The Project Gutenberg EBook of Las inquietudes de Shanti Andia, by Po Baroja

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Title: Las inquietudes de Shanti Andia

Author: Po Baroja

Release Date: July 8, 2004 [EBook #12848]
[Last updated: May 19, 2014]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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PO BAROJA


EL MAR


#Las inquietudes de Shanti Anda#


NOVELA


(#Ilustraciones de R. Zubiaurre y R. Baroja#)


[Ilustracin]


1920





INDICE


LIBRO PRIMERO

INFANCIA

I.--Shanti se disculpa II.--El mar antiguo III.--Tengo que hablar de m
mismo IV.--La casa de mi abuela V.--La ta rsula VI.--Lope de Aguirre,
el traidor VII.--El funeral de mi to Juan VIII.--Correras de chico
IX.--Yurrumendi, el fantstico X.--Las indignaciones de Shacu XI.--El
naufragio del Stella Maris XII.--Nuestra gran aventura XIII.--La gruta
del Izarra


LIBRO SEGUNDO

JUVENTUD

I.--Mis primeros viajes II.--Historia de la Bella Vizcana
III.--Dolores de vanidad IV.--La palmera y el pino V.--Nuevas fatigas de
amor VI.--Grandeza y miseria VII.--El paradero de Juan de Aguirre


LIBRO TERCERO

LA VUELTA AL HOGARO

I.--La herida II.--Lzaro y su formacin III.--La tertulia de la
relojera IV.--La playa de las nimas V.--Frayburu VI.--Bisusalde
VII.--El recado VIII.--Urbistondo y su familia IX.--El devocionario de
Allen X.--La cueva de la serpiente


LIBRO CUARTO

LA URCA HOLANDESA, EL DRAGN

I.--El capitn de la Dama Zuri II.--NARRACIN DE ITCHASO.--Los dos
caminos del marino III.--El capitn Zaldumbide IV.--De otras personas
distinguidas que formaban la tripulacin de El Dragn V.--Los dos
Tristanes VI.--La sublevacin VII.--Por el Pacfico


LIBRO QUINTO

JUAN MACHN, EL MINERO

I.--Mala noticia II.--Das felices III.--Una noche en Frayburu
IV.--Ardides de guerra V.--La tempestad VI.--Una cancin pesada
VII.--Machn desaparece


LIBRO SEXTO

LA SHELE

I.--Habla el mdico viejo II.--La confesin III.--La venta de la ternera
IV.--El final de la Shele


LIBRO SPTIMO

EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE

I.--Resolucin desesperada II.--De negrero III.--El pontn IV.--La
evasin V.--A la deriva VI.--La casa hospitalaria VII.--El odio estalla
VIII.--Patricio Allen y el tesoro de Zaldumbide


EPLOGO





LIBRO PRIMERO




INFANCIA




I


SHANTI SE DISCULPA

Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayora de
la gente opaca y sin inters. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de
ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el ocano de la
vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros
pensamientos tienen bastante inters para ser comunicados a los dems, a
no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la
vida, las ideas, las aspiraciones de todos.

Yo, en cierta poca de mi existencia, he pasado por algunos momentos
difciles, y el recordarlos, sin duda, despert en m la gana de
escribir. El ver mis recuerdos fijados en el papel me daba la impresin
de hallarse escritos por otro, y este desdoblamiento de mi persona en
narrador y lector me indujo a continuar.

No tena la menor intencin de dar mis cuartillas a la imprenta; pero,
cuando sali _El Correo de Lzaro_, todos los amigos me instaron para
que publicase mis memorias en el peridico.

Deba colaborar en la cultura de la ciudad. Yo era uno de los puntales
de la civilizacin luzarense. Nos remos en casa un poco de estos
elogios y comenc a publicar mi diario en _El Correo de Lzaro_ y a
pagar peridicamente las facturas de la imprenta.

Estuve ausente de Lzaro una semana para llevar mi segundo hijo al
colegio, y al volver de mi viaje me encontr con que _El Correo_ haba
pasado a mejor vida, y mis memorias quedaban colgadas en lo que yo
consideraba ms interesante. A pesar del inters supuesto por m, nadie
se ocup de saber su continuacin, lo cual sirvi para mortificar
bastante mi amor propio de literato.

Ahora, mi amigo Cincunegui se ha empeado en que publique mi diario
ntegro. Lzaro necesita un grande hombre; le es preciso tener una
figura presentable ante los ojos del mundo. Desde la muerte de don Blas
de Artola, el teniente de navo retirado, la plaza de hombre ilustre
est vacante en nuestro pueblo. Cincunegui excita mis sentimientos
ambiciosos, quiere mi encumbramiento, mi exaltacin; segn l, no puedo
dejar a mis paisanos en la orfandad en que se hallan; debo llegar al
pinculo de la gloria.

[Ilustracin]

A m, la verdad, la gloria no me entusiasma. La gloria no es para los
pases lluviosos; tener una estatua a orillas del Mediterrneo, en una
ciudad de Andaluca, de Valencia o de Italia, est bien; pero qu voy a
hacer yo si en premio de este libro me levantan una estatua en Lzaro?
Estar recibiendo constantemente la lluvia en la espalda?

No, no; soy muy reumtico, y ni aun en efigie me gustara estar asi a la
intemperie.

Habr que decir a mis lectores que no tengo pretensin literaria
alguna? Ellos lo vern si hojean, aunque sea distradamente, las pginas
de mi libro. Estas cuartillas estn escritas en distintas pocas de mi
vida y con diferentes estados de nimo. El sentimiento ha sido sincero;
la forma, seguramente, poco hbil. Mi pblico creo que no me reprochar
mi falta de atildamiento. Ms que para los jvenes crticos del casino
de Lzaro, escribo para mis amigos del Guezurrechape de Cay luce (El
mentidero del Muelle largo).

Soy un marino poco culto, un rudo marino, como dicen en los folletines y
melodramas, y de m no hay que esperar los perfiles literarios de un
profesor de retrica.




II


EL MAR ANTIGUO

He tenido fama de indolente y optimista, de indiferente y aptico. Basta
poseer una reputacin cualquiera, buena o mala, para que las personas
conocidas por uno vayan poniendo su piedra en el monumento de valor o de
cobarda, de ingenio o de brutalidad, asignado a cada uno.

Esta colaboracin espontnea adorna los grandes hechos y los grandes
caracteres. El uno insina: Podra ser; el otro aade: Se dice; un
tercero agrega: Ocurri asi, y el ltimo asegura: Lo he visto.... De
este modo se va formando la historia, que es el folletn de las personas
serias.

Segn la gente de mi pueblo, la indolencia ma ha sido de esas
extraordinarias: borrascas, tempestades, rayos, truenos, nada ha logrado
sacarme de mi pasividad habitual.

Se han inventado ancdotas acerca de mi frialdad y de mi indiferencia.
Una vez, un juramentado de Filipinas vino a m, con el yatagn
levantado, a cortarme la cabeza; yo le mir y bostec de fastidio.

Es indudable que el fondo mo de pereza, de indolencia, ha dado pbulo a
estas historias, no lo niego; lo inaudito para mis panegiristas o para
mis detractores sera si oyeran que con frecuencia me lamento de mi
manera de ser. De no tener mayor actividad? De no tener ms espritu
de empresa?

No, de todo lo contrario. Ciertamente es una demostracin de mi
naturaleza cnica e inmoral; pero la verdad ante todo.

La mayora de los hombres se sienten muy orgullosos de su constancia, de
la permanencia de sus propsitos. Son consecuentes como el acero de una
brjula rota o enmohecida, y esto les parece una gran virtud.

Saben adnde van, de dnde vienen. Cada paso en el camino de la vida lo
llevan contado y calculado.

Si les escuchamos, nos dirn: No nos detengamos a contemplar el mar o
las estrellas; no hay que distraerse. El camino espera. Corremos el
peligro de no llegar al fin.

El fin! Qu ilusin! No hay fin en la vida. El fin es un punto en el
espacio y en el tiempo, no ms trascendental que el punto precedente o
el siguiente.

Debe ser grande el asombro de esos hombres discretos, previsores y
sensatos, al ver a muchos que, sin preocuparse gran cosa por las
revueltas del camino, van llevados en alas de la suerte por iguales
derroteros que ellos, y que tienen, los insensatos!, adems de la
satisfaccin de conseguir un fin, cuando lo consiguen, el placer de
mirar a un lado y a otro de su ruta y de ver cmo sale el sol y se pone
el sol, y cmo brotan las estrellas en el cielo de las noches serenas.

[Ilustracin]

La preocupacin por conseguir un fin nos intranquiliza a todos los
hombres, aun a los ms desaprensivos, aun a los ms indolentes, y yo,
por mi parte, hubiera deseado vivir todava ms en cada hora, en cada
minuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad por el porvenir.

Este deseo es consecuencia de mi fondo de epicurismo y de la decantada
indolencia que tanto me han reprochado, y que, sin duda, desarrolla y
exagera la vida del marino.

Realmente, el mar nos aniquila y nos consume, agota nuestra fantasa y
nuestra voluntad. Su infinita monotona, sus infinitos cambios, su
soledad inmensa nos arrastran a la contemplacin.

Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mece
nuestra pupila, van como rozando nuestra alma, desgastando nuestra
personalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta identificarla
con la Naturaleza.

Queremos comprender al mar, y no le comprendemos; queremos hallarle una
razn, y no se la hallamos. Es un monstruo, una esfinge incomprensible;
muerto es el laboratorio de la vida, inerte es la representacin de la
constante inquietud. Muchas veces sospechamos si habr en l escondido
algo como una leccin; en momentos se figura uno haber descifrado su
misterio; en otros, se nos escapa su enseanza y se pierde en el reflejo
de las olas y en el silbido del viento.

Todos, sin saber por qu, suponemos al mar mujer, todos le dotamos de
una personalidad instintiva y cambiante, enigmtica y prfida.

En la Naturaleza, en los rboles y en las plantas hay una vaga sombra de
justicia y de bondad; en el mar, no: el mar nos sonre, nos acaricia,
nos amenaza, nos aplasta caprichosamente.

Si a uno le coge mozo como a m, le moldea de una manera definitiva, le
hace marino para siempre; al que de nio se entrega a su poder con el
alma cndida, con la inteligencia virgen, le convierte en su esclavo.

Para el pescador, para el hombre ignorante y sencillo que no puede
apoyar sus ideas en las bases de la ciencia, el mar es un tirano, le
engaa, le adula, le seduce, le ahoga. Para el pobre marinero, el mar es
el _summum_ del inters, del encanto, de la variedad. Esos trabajadores
mseros cuya vida es una continua lucha y un esfuerzo titnico y
desproporcionado, son muchas veces felices, y el mar, su enemigo, el
mar, el monstruo incomprensible, llena su existencia y hace su
felicidad.

Para nosotros los marinos de altura, el mar es principalmente una ruta,
es casi exclusivamente un camino. Pero qu camino!

Yo no olvidar nunca la primera vez que atraves el Ocano. Todava el
barco de vela dominaba el mundo.

Qu poca aqulla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor, no; pero
s ms potico, ms misterioso, ms desconocido.

Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco de
hierro, sabe cunto anda, cundo va a parar; tiene los das, las horas
contadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena
suerte, el viento favorable.

En aquel tiempo, todava el mundo estaba mal conocido, todava haba
derroteros tradicionales y una inmensidad de Ocano en blanco jams
visitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue las
huellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguos
nautas. As, los que se dirigan al Cabo de Buena Esperanza, al llegar a
las islas de Cabo Verde marchaban al Brasil, obedientes a la rutina y al
viento, y atravesaban el Atlntico de nuevo.

Entonces, en la mayora de los buques se deduca la situacin ms por
conjeturas que por clculos; los instrumentos de navegacin empleados
por la generalidad de los marinos tenan errores de grados enteros.
Claro que en Londres y en Liverpool haba ya admirables sextantes y
crculos de reflexin; pero muchos capitanes no saban usarlos y
navegaban a la antigua.

La variedad de formas y de aparejos era extraordinaria. Todava se vean
en los puertos, alternando con los bergantines y las fragatas vulgares,
las carabelas turcas, las saicas greco-romanas, las polacras venecianas,
las urcas de Holanda, los sndalos tunecinos y las galeotas toscanas.

Todava en el mundo haba piratas, todava haba negreros, males todos
quin lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante los
hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la
imaginacin, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra
el mal y de vencerlo.

A la gran barbarie del mar corresponda la barbarie de su servidor el
marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En
aquella poca, un marino volva a su rincn con un anillo en la oreja,
una pulsera en la mueca y una cacata o una mona en el hombro.

Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino
era un ser para quien la moral ofreca otros aspectos que para los dems
mortales.

--Te preguntarn cunto has hecho--decan los padres a sus hijos, que se
lanzaban a la aventura--, no cmo lo has hecho.

Y los hijos se hundan en los abismos de la vida intensa, sin
preocupaciones ni escrpulos. La madre casualidad los llevaba por sus
ignorados derroteros; el Destino, en su misterioso molde, vaciaba esta
humanidad y sacaba intrpidos mareantes o feroces negreros, exploradores
audaces o vendedores de chinos.

Para aquellos hombres, la moral era una cuestin de paralelo. El mar era
el ms grande escenario de los crmenes y violencias de los hombres.

Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado tambin
el marino. De aquellas airosas arboladuras que tanto nos entusiasmaban,
no quedan ms que esos palos cortos para sostener los vstagos de las
poleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva.

Antes, el barco de vela era una creacin divina, como una religin o
como un poema; hoy, el barco de vapor es algo continuamente cambiante
como la ciencia ... una maquinaria en eterna transformacin.

Antes, el capitn era un personaje sabio, un tirano de un poder
inaudito, un hombre que tena que bastarse a s mismo; hoy es un
especialista injerto en un burcrata.

Hoy, es la mquina la impulsadora del barco, algo exacto, matemtico,
medido; antes, era el viento, algo caprichoso, impalpable, fuera de
nosotros. Llevamos el ngel de la Guarda en la lona de nuestras velas,
me deca don Ciriaco, un viejo capitn de fragata muy inteligente y muy
romntico; llevamos la fuerza en nuestra carbonera, puede decir el
capitn de hoy.

El carbn, ese dios modesto, pero til, ha reemplazado las alas del
potico ngel de la Guarda que llevbamos en nuestras velas, y ha
cambiado las condiciones del mar.

Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada y
caprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer a quien hemos hecho nuestra
esclava.

Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebrbamos de reina y
no la admiramos de esclava.

Seguramente, no; el mar entonces no era tan bueno como hoy, ni tan
pacfico; pero s ms hermoso, ms pintoresco, un poco ms joven. La
belleza del mundo y del mar dependa en gran parte de su rutina y de su
inmovilidad.

El mapa espiritual del universo de aquella poca era como un plano de
diferentes colores, en donde se apreciaban no slo las entonaciones
fuertes, sino los ms ligeros matices.

Hoy, estos matices se pierden; el mundo lleva el camino de confundir y
borrar sus colores. Hoy, un japons es un seor civilizado vestido a la
europea; un polinesio va como turista a la Meca, en un magnfico
paquebot de quince mil toneladas. La musa del progreso es la rapidez: lo
que no es rpido est condenado a morir.

Todo ello es mejor, quin lo duda? Indica ms civilizacin; pero para
el que todava conserva en la retina el recuerdo del mar antiguo, para
se, la confusin moderna es un espectculo lamentable.

       *       *       *       *       *

Oh, gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proa
levantada y su mascarn en el tajamar! Redondas urcas, veleros
bergantines! Qu pena me da el pensar que vais a desaparecer! Amable
sirena, que te levantabas sobre las olas azules para mirarnos con tus
ojos verdes, ya no te vern ms!

Oh, das de calma! Oh, momentos de indolencia!

Cuntas horas no habr pasado en la hamaca contemplando el mar, claro o
tempestuoso, verde o azul, rojo en el crepsculo, plateado a luz de la
luna y lleno de misterio bajo el cielo cuajado de estrellas!




III


TENGO QUE HABLAR DE M MISMO

Tengo que hablar de m mismo: en unas memorias es inevitable. Adems de
mi apata e indolencia, exagerada un tanto por mis convecinos los
luzarenses para presentarme como un tipo estrambtico, soy un
sentimental y un contemplativo.

Me gusta mirar, tengo la avidez en los ojos; me quedara contemplando
horas y horas el pasar una nube o el correr una fuente. Quiz viviendo
en tierra se hubiera desarrollado en m el sentido musical, como en
muchos de mis paisanos; en el mar se ha ampliado, se ha alargado mi
sentido ptico.

Muchas veces me he figurado ser nicamente dos pupilas, algo como un
espejo o una cmara obscura para reflejar la Naturaleza.

Soy, adems, al decir de mi familia, un tanto novelero, un tanto curioso
y amigo de novedades. Pero, qu es la curiosidad--digo yo para
defenderme--sino el deseo de saber, de comprender lo que se ignora?

A m me gusta ver; y si hay una molestia o un peligro para satisfacer mi
curiosidad, no tengo inconveniente en afrontarlo.

Soy tambin patriota a mi modo, sin sentido tradicional alguno. No
conozco la historia de Espaa, y realmente no me preocupa gran cosa. Si
me preguntaran quin fu Wamba o Atanagildo, me vera en un gran
aprieto; pero, a pesar de no conocer nada o casi nada la historia de mi
pas, cuando despus de un largo viaje he visto desde lejos la costa de
Espaa, he sentido siempre una gran impresin.

El recuerdo de la patria, y sobre todo de Lzaro, de este rincn de la
costa vasca donde he nacido y donde vivo, ha estado siempre presente en
mi espritu. No lo considero como un mrito; no tengo esa tendencia
exclusivista de las gentes mi pueblo. La tierra para el labrador, el mar
para el marino. Discutir si esto es mejor que aquello, me parece una
tontera.

Lzaro me gusta; pero el haber nacido en l, y el que mi familia haya
vivido aqu muchos aos, no creo constituya ninguna superioridad.

Pienso lo mismo que un masn a quien conoc en Liverpool. Este masn
haba llegado al grado treinta y tres, o cuarenta y tres, no s a cul;
pero al ms alto de todos. Los das de fiesta, el hombre se pona el
frac, un mandil y una porcin de placas y tringulos, se marchaba a la
logia y volva perfectamente borracho. En la casa todo el mundo le
admiraba, y el buen seor, que era muy ingenuo, me deca:

--Mi padre me hizo ingresar en la logia a los catorce aos; tengo
sesenta y cinco y he llegado al ltimo grado. La gente le encuentra a
esto mucho mrito, pero yo, la verdad, no le encuentro ninguno.

Era un hombre sencillo el honrado masn.

Lo mismo que aquel albail de la albailera celeste, me sucede a m con
el mrito de mi familia de haber vivido mucho tiempo en Lzaro. Esto no
es obstculo para que me encuentre en mi pueblo como en ningn otro.

Muchas veces, en mi camarote, navegando por el Atlntico o por el mar de
las Indias, al pensar en Lzaro senta el recuerdo intenso de un monte,
de una pea, de un hayal. Vea con la imaginacin levantarse Lzaro
sobre el mar, con el ro que penetra por su flanco, y vea los montes a
un lado y a otro llenos de maizales y de robles.

Entonces me gustaba cantar, en voz baja, zortzicos y sones de tamboril,
y, al ormelos a m mismo, crea andar por las callejuelas de mi pueblo,
oler el olor del heno, contemplar las rocas del Izarra azotadas por el
mar, y el cielo azul plido surcado por nubes blancas.

Se comprende mi entusiasmo por Lzaro; soy de aqu, y de aqu es toda mi
familia. Adems, mi vida se puede clasificar en dos perodos: uno el
pasado en Lzaro, en el cual me han ocurrido los hechos ms
trascendentales y ms agradables de mi existencia; otro, el del mar, en
que no me ha sucedido nada, por lo menos nada bueno, y en que he vivido
con el corazn fro y la retina impresionada.

Mi familia ha sido de Lzaro, y ha sido de marinos. Sobre todo, por
parte de mi madre, por los Aguirres, la genealoga martima es abundante
e inacabable.

Mi padre, Damin de Anda, fu tambin capitn de barco. Muri en el
mar, en el Canal de la Mancha. Una noche, cerca del Finisterre ingls,
naufrag la corbeta que mandaba, la _Mary-Rose_; slo un marino pudo
salvarse.

[Ilustracin]

A pesar de que yo era muy nio, recuerdo bastante bien a mi padre. Era
un tipo indiferente y algo burln; tena la cara expresiva, los ojos
grises, la nariz aguilea, la barba recortada; por mis informes deba
ser un tipo parecido a m, con el mismo fondo de pereza y de tedio
marineros; ahora, que no era triste; por el contrario, tena una fuerte
tendencia a la stira. Senta una gran estimacin por las gentes del
Norte, noruegos y dinamarqueses, con quienes haba convivido; hablaba
bien el ingls, era muy liberal y se rea de las mujeres.

Pareca haber nacido para burlarse de todo y para encogerse de hombros;
pero su stira no encerraba veneno; se rea sin amargura y sin pena.

Era de estos vascos que dejan todo su lastre de intolerancia y de
fanatismo al pisar el primer barco. Haba echado la sonda en la sima de
la estupidez y de la maldad humanas y saba a qu atenerse.

Mi abuela no se entenda bien con l y arrastraba a su hija, a mi madre,
a ponerse en contra de su marido. Sin duda el instinto de suegra le
cegaba. l ceda, riendo, y mi abuela rabiaba.

Cuando mi padre llegaba a Lzaro se reuna con otros pilotos, marineros
y pescadores, y charlaba con ellos, y algunas veces cantaba y
alborotaba, en su compaa, por las calles.

Todos los que le conocieron me han asegurado que era un hombre de gran
corazn. He sentido siempre una gran pena por no haberle llegado a
conocer. Hubiramos sido buenos amigos.

Mi abuela, doa Celestina de Aguirre, no quera a mi padre; despus de
pasados muchos aos la he odo hablar en contra de l. Es muy triste que
el rencor de las personas alcance hasta los muertos; pero, quin no
tiene algo de podrido en el alma?

Los motivos de mi abuela para no querer a mi padre eran un tanto
lejanos. Mi padre haba nacido en Elguea, pueblo rival de Lzaro. Para
mi abuela, las tres millas y media de costa que hay entre Lzaro y
Elguea separan dos mundos aparte: la seriedad de los de Lzaro, de la
petulancia, volubilidad y fatuidad de los de Elguea.

Otra causa de enemistad de doa Celestina para su yerno, provena de ser
mi abuela paterna hija de un quincallero suizo, establecido en Elguea.

Doa Celestina haba conocido a la hija del quincallero, en su juventud,
cuando las dos eran solteras, y parece que se desarroll entre ellas una
gran antipata.

Para doa Celestina, la sangre del quincallero suizo me ha perdido; el
bazar, con sus aros y sus pelotas de goma, ha perturbado la marcha del
severo barco con sus velas y sus anclas. Mi abuela me dijo muchas veces,
de chico, que yo sala a mi padre. Entonces no poda comprender bien la
terrible acusacin encerrada en esta semejanza.

Mi abuela tuvo siempre grandes ambiciones escondidas, el orgullo del
nombre, y un amor extraordinario por su abolengo. Para ella, la familia
de los Aguirres constitua lo ms selecto de la raza, y la profesin de
marino, por ser la ms frecuente entre los de su estirpe, era
aristocrtica y distinguida por excelencia.

Doa Celestina, en su fuero interno, deba suponer que las dems
familias de Lzaro, exceptuando dos o tres, haban nacido, como los
hongos, entre la hierba, o que quiz sus individuos estaban modelados
con el fango del ro.

No era fcil convencer a mi orgullosa abuela de que no tena
precisamente una gran trascendencia para el mundo el que un Aguirre
apareciera o no apareciera en Lzaro en el siglo xv. A doa Celestina le
pareca todo cuanto se refiriese a los Aguirres de una capital
importancia, y no senta ningn escrpulo en mentir, si era para mayor
gloria de su familia.

De vivir hoy, cmo se hubiera indignado la buena seora con las ideas
del mdico joven que tenemos en Lzaro! Este mdico es hijo de un
camarada de mi infancia, del piloto Jos Mari Recalde.

Nuestro joven doctor se entretiene ahora en medir crneos; se ha metido
en el osario del Camposanto, y all anda, ayudado por el enterrador,
llenando de perdigones las venerables calaveras de nuestros antepasados,
pesndolas y haciendo con ellas una porcin de diabluras.

Recalde tiene talento, ha estado en Alemania y sabe mucho; pero yo, la
verdad, no creo gran cosa en sus afirmaciones.

Segn l, en la raza blanca no hay ms que dos tipos: el cabeza redonda
y el cabeza larga: Can y Abel.

El cabeza redonda, Can, es violento, orgulloso, inquieto, sombro,
minero, aficionado a la msica; el cabeza larga, Abel, es tranquilo,
plcido, inteligente, agricultor, matemtico, hombre de ciencia. Can es
salvaje, Abel, civilizado; Can es religioso, fantico, reaccionario,
adorador de dioses; Abel es observador, progresivo, no le gusta adorar y
estudia y contempla.

Para Recalde, yo soy todo lo contrario de lo que era para mi abuela.
Segn el doctor, la sangre de los Aguirres me ha estropeado; sin la
nefasta influencia de esa raza violenta de Canes de cabeza redonda, yo
hubiera sido un hombre de un tipo admirable; pero esa sangre inquieta se
ha cruzado en mi camino.

--Usted--me suele decir Recalde--es uno de los tipos verdaderamente
europeos que tenemos en Lzaro. Su abuelo, el suizo, deba ser un
dolicocfalo rubio, un germano puro sin mezcla de celta ni de hombre
alpino. Los Andas son de lo mejor de Elguea, del tipo ibrico ms
selecto. Lstima que se cruzaran con esos Aguirres de cabeza redonda!

--No te preocupes por eso--le suelo decir yo, riendo.

--No me he de preocupar!--replica l--. Si usted fuera uno de esos
brbaros de cabeza redonda como mi padre, por ejemplo, yo no le dira a
usted nada; pero como no lo es, le recomiendo que tenga usted cuidado
con sus hijos y con sus hijas: no les permita usted que se casen con
individuos de cabeza redonda.

Verdaderamente sera el colmo de lo cmico impedir a un hijo que se
casara con una buena muchacha por tener la cabeza redonda; pero no sera
menos cmico oponerse a un matrimonio porque el abuelo del novio o de la
novia hubiese sido en su tiempo zapatero o quincallero. En estas
cuestiones, los jvenes suelen tener mejor sentido que los viejos,
porque no atienden ms que a sus sentimientos.

Contaba una criada de mi casa, la _Iure_, que un indiano rico de su
pueblo, ex negrero, que estaba muy incomodado porque su hijo quera
casarse con una muchacha pobre, hizo a la chica esta advertencia:

--Yo, como t, no me casara con mi hijo. Ten en cuenta que yo he sido
negrero y que en mi familia ha habido dos personas que fueron ahorcadas.

--Eso no importa--contest la muchacha--. Gracias a Dios, en mi familia
ha habido tambin muchos ahorcados.

Realmente, esta muchacha discurra muy bien.




IV


LA CASA DE MI ABUELA

Mi madre y yo vivamos en una casa solitaria, a un cuarto de hora del
pueblo, al lado de la carretera. El sitio era alto, claro, abierto y
despejado.

La casa tena balcones a tres fachadas. Desde all dominbamos toda la
ciudad, el puerto hasta la punta de la atalaya, y el mar. Veamos, a lo
lejos, las lanchas cuando entraban y salan, y por delante de nuestra
casa pasaba la diligencia de Elguea, que se detena en la fonda prxima.

En el mirador central de esta casita nuestra, transcurrieron los
primeros aos de mi infancia.

Los das de temporal, ms que una casa, pareca aquello un barco; las
puertas y ventanas golpeaban con furia, el viento se lamentaba por las
rendijas y chimeneas, gimiendo de una manera fantstica, y las rfagas
de lluvia azotaban furiosamente los cristales.

En la casa vivamos tres personas: mi madre y yo, y la vieja que haba
sido nodriza de mi madre, a quien llambamos la _Iure_. Me parece que
estoy viendo a esta vieja. Era flaca, acartonada, la boca sin dientes,
la cara llena de arrugas, los ojos pequeos y vivos. Vesta siempre de
negro, con pauelo del mismo color en la cabeza, atado con las puntas
hacia arriba, como es uso entre las viudas del pas.

No creo que la _Iure_ llegase a decir dos palabras seguidas en
castellano; pero, en cambio, se expresaba en vascuence con una rapidez
vertiginosa, en tono de persona que reza.

La _Iure_ tena una hermana, la Joshepa Iashi, que era, al mismo
tiempo, cerora de la iglesia y mujer del sacristn. La Joshepa Iashi
viva en una casa antigua y negra, prxima a la parroquia y dependiente
de sta. Como el sacristn era un simple, la cerora dispona lo que
haba de hacerse en los altares y color de las casullas. Constantemente
estaba consultando el aalejo. Cuando yo iba a casa de la Joshepa
Iashi, con la _Iure_, solamos meternos en la cocina y hacamos
hostias pequeas y grandes, echando un poco de harina y agua en una
plancha y calentndola al fuego.

Mi madre se pasaba casi todo el da con mi abuela; pero no quera ir a
vivir con ella, conociendo de sobra el carcter dominador y absorbente
de doa Celestina.

[Ilustracin]

La casa de mi abuela se llamaba Aguirreche, en vascuence, Casa de
Aguirre, y era, y sigue siendo, de las mejores del pueblo.

Tena el aspecto severo de esos antiguos caserones de piedra del pas
vasco: el color negro, el tejado muy saliente, una fila de balcones muy
espaciados, con los hierros llenos de florones y adornos; encima unas
pequeas ventanas, y un escudo grande en el chafln.

La casa se hallaba incrustada entre casuchas negras, en la parte ms
baja de Lzaro, rodeada de callejuelas tortuosas y hmedas.

En aquella poca en que viva mi abuela, sola verse Aguirreche casi
siempre cerrada, lo que produca una impresin de tristeza, mitigada un
tanto por las muchas flores que resplandecan en los balcones.

Entrando, se experimentaba una sensacin de ahogo y de lobreguez. El
zagun, pintado de azul, era obscuro, con las paredes desconchadas y
salitrosas; la escalera, de castao, torcida y apolillada; en el rellano
principal, dentro de una hornacina, brillaba una virgen pintada en
tabla, dorada y estofada.

La casa de mi abuela tena muchos cuartos con puertas de cuarterones,
que nunca se abran. Estos cuartos, de paredes encaladas, con las vigas
del techo al descubierto y el piso con grandes tablas obscuras, ya
combadas por el tiempo, estaban vacos.

Mi abuela y mi ta rsula se hallaban posedas por la mana de poner el
suelo brillante, y las dos, y una muchacha, solan estar encerndolo y
frotndolo hasta dejarlo como un espejo.

En la sala, sntesis y recapitulacin de lo ms selecto de Aguirreche,
el lustre era ya sagrado. Aquel cuarto poda llamarse el altar de la
familia; nada gozaba del honor de encontrarse all si no tena historia;
las sillas de damasco rojo, los dos o tres veladores de laca, el espejo,
el cuadro con la ejecutoria de los Aguirres, el arca.... De cada cosa de
stas, mi abuela, o mi ta rsula, podan hablar media hora.

Del techo de aquella sala colgaba una fragata de marfil y de bano, con
todos sus palos, sus velas y sus caones correspondientes.

En el sitio de honor, encima del sof, se vea un dibujo iluminado.
Representaba un barco luchando con las olas en medio de un temporal; el
capitn apareca atado al palo mayor, dando rdenes, y sobre el mar
embravecido se vean tablas y cubas. El barco ste era _La Constancia_,
fragata que mand, durante mucho tiempo, el padre de mi abuela.

El dibujo tena al pie esta inscripcin:

La fragata espaola _La Constancia_, al mando de su capitn don Blas de
Aguirre, al amanecer del da 3 de febrero de 1793, en el meridiano de la
isla Rodrigo, atormentada con mares gruesas del nordeste y sudeste,
corriendo un huracn en su viaje de Manila a Cdiz, en el que perdi
todos los gallineros de la toldilla, vasijera, cubas y varias tablas de
obra muerta.

Pintado por _Ant. de Iturrizar_.

Yo me figuraba antes, recordando las exageraciones de mi abuela, que
este cuadro tendra algn valor; pero despus he visto que es un grabado
de la poca, en el cual se pona al pie una leyenda explicativa, y
serva a los marinos vascos de ex voto para llevarlo a la iglesia de
Begoa, a la Virgen de Guadalupe o a Nuestra Seora de Iciar.

[Ilustracin]

A los lados de _La Constancia_ se vean dos grabados en color, con sus
respectivas leyendas: Navo de lnea, espaol, visto a proa de la amura
de sotavento, en facha y saludando, deca en uno; en el otro: Navo
espaol del porte de 112 caones, fondeado, visto por su mediana o
portaln.

Todava estos dos grabados siguen haciendo compaa a _La Constancia_,
en donde est mi bisabuelo atado al palo mayor, en el momento en que
prometa un cirio a la Virgen de Rota.

Haba tambin en casa de mi abuela, encerrados en marcos de caoba, unos
grabados ingleses que representaban la batalla naval entre la fragata
inglesa _Eurotas_ y la francesa _Clorinda_, en 1814. Eran tres: en el
primero se vean los dos buques, con las velas desplegadas, que iban
acercndose; el segundo fijaba el preciso momento del fragor del
combate, y en el ltimo los dos navos estaban desarbolados, a punto de
irse a pique.

Otro cuadro iluminado que gozaba gran estimacin en la casa, era uno que
tena en medio la Rosa de los Vientos, y a los lados, todas las
banderas, gallardetes y matrculas del mundo.

En una categora todava superior estaban dos escapularios grandes que
le dieron a mi abuelo las monjas de Santa Clara, de Lzaro, y a los
cuales l puso marco en Cdiz, y le acompaaron en sus viajes y en su
vuelta al mundo.

Mi abuela daba una importancia tan extraordinaria a estas cosas, que yo
crea que eran del dominio comn, y que las hazaas de mi bisabuelo eran
tan conocidas como las de Napolen o las de Nelson.

Haba tambin en la sala una brjula, un barmetro, un termmetro, un
catalejo y varios daguerrotipos plidos, sobre cristal, de primos y
parientes lejanos. Recuerdo tambin un octante antiguo muy grande y muy
pesado, de cobre, con la escala para marcar los grados, de hueso.

Sobre la consola solan estar dos cajas de t de la China, una copa
tallada en un coco y varios caracoles grandes, de esos del mar de las
Indias, con sus volutas nacaradas, que uno crea que guardaban dentro un
eco del ruido de las olas.

Lo que ms me chocaba y admiraba de toda la sala era una pareja de
chinitos, metidos cada uno en un fanal, que movan la cabeza. Tenan
caras de porcelana muy expresivas y estaban muy elegantes y peripuestos.
El chinito, con su bigote negro afilado y sus ojos torcidos, llevaba en
la mano un huevo de avestruz, pintado de rojo; la chinita vesta una
tnica azul y tena un abanico en la mano.

Al movimiento de las pisadas en el suelo, los dos chinitos comenzaban a
saludar amablemente, y parecan rivalizar en zalameras.

Cuando me dejaban entrar en la sala, me pasaba el tiempo mirndolos y
diciendo:

--Abuelita, ahora dicen que s, ahora que no. Ahora s, ahora no.

[Ilustracin]

Mi abuela posea tambin un loro, _Paquita_, que dominaba el dilogo y
el monlogo.

Se le preguntaba:

Lorito, eres casado?

Y l contestaba:


  Y en Veracruz velado.
  A ja jai, qu regalo!


Su monlogo constante era esta retahila de loro de puerto de mar:


  A babor! A estribor!
  Buen viaje! Buen pasaje!
  Fuego! Hurra, lorito!


Yo encontraba en las palabras de aquel pajarraco verde un fondo de
irona que me molestaba. La _Iure_ me cont que una vez, hace mucho
tiempo, un loro que tena un marino de Elguea lo denunci, y por l se
supo que su amo haba sido pirata.

A pesar de la ciencia y de las habilidades de todos los de su clase,
_Paquita_ me era muy antiptico; nunca quera contestarme cuando le
preguntaba si era casado, y una vez estuvo a punto de llevarme un dedo
de un picotazo. Desde entonces le miraba con rabia, y, de cogerlo por mi
cuenta, le hubiera atracado de perejil hasta enviarlo a decir sus
relaciones al paraso de los loros. Tambin tena mi abuela una caja de
msica, ya vieja, con un cilindro lleno de pas, a la que se le daba
cuerda; pero estaba rota y no funcionaba.




V


LA TA RSULA

Tard bastante tiempo en ir a la escuela. De chico tom un golpe en una
rodilla, y no s si por el tratamiento del curandero, que me aplic
nicamente emplastos de harina y de vino, o por qu, el caso es que
padec, durante bastante tiempo, una artritis muy larga y dolorosa.

Quiz por esto me cri enfermizo, y el mdico aconsej a mi madre que no
me llevara a la escuela. Mi infancia fu muy solitaria. Tena, para
divertirme, unos juguetes viejos que haban pertenecido a mi madre y a
mi to. Estos juguetes que pasan de generacin en generacin, tienen un
aspecto muy triste. El arca de No de mi to Juan era un arca
melanclica; a un caballo le faltaba una pata; a un elefante, la trompa;
al gallo, la cresta. Era un arca de No que ms pareca un cuartel de
invlidos.

Mi ta rsula, hermana mayor de mi madre, solterona romntica, comenz a
ensearme a leer. Doa Celestina era como el espritu de la tradicin en
la familia Aguirre; la ta rsula representaba la fantasa y el
romanticismo.

Cuando mi ta rsula llegaba a casa, sola sentarse en una sillita baja,
y all me contaba una porcin de historias y de aventuras.

En Aguirreche, en su cuarto, la ta rsula guardaba libros e
ilustraciones con grabados, espaoles y franceses, en donde se narraban
batallas navales, pirateras, evasiones clebres y viajes de los grandes
navegantes. Estos libros deban de haber estado en alguna cueva, porque
echaban olor a humedad y tenan las pastas carcomidas por las puntas. En
ellos se inspiraba, sin duda, mi ta para sus narraciones.

La ta rsula sola contar la cosa ms insignificante con una solemnidad
tal, que me maravillaba. Ella me llen la cabeza de naufragios, islas
desiertas y barcos piratas.

Sabia ms que la generalidad de las mujeres, y, sobre todo, que las
mujeres del pas. Ella me explic cmo iban los vascos, en otra poca, a
la pesca de la ballena en los mares del Norte; cmo descubrieron el
banco de Terranova, y cmo an, en el siglo pasado, en los astilleros de
Vizcaya y de Guipzcoa, en Orio, Pasajes, Aguinaga y Guernica, se hacan
grandes fragatas.

Me habl tambin, con orgullo, de los marinos y capitanes vascos: de
Elcano, dando la vuelta al mundo; de Oquendo, victorioso en ms de cien
combates, y que, vencido en la vejez por el almirante Tremp, muere de
tristeza; de Blas de Lezo, tuerto y con una sola pierna, batindose
constantemente y venciendo, con unos pocos barcos, la escuadra poderosa
del almirante ingls Vernon en Cartagena de las Indias; del sabio y
heroico Churruca, de Echaide, de Recalde, de Gaztaeta. Con frecuencia
terminaba sus narraciones con estos versos de Concha, en su _Arte de
Navegar_:


  Por tierra y por mar profundo
  Con imn y derrotero,
  Un vascongado el primero
  Di la vuelta a todo el mundo.


Y aunque estos versos no tuvieran relacin alguna con lo contado, por el
tono solemne con que los recitaba mi ta rsula, me parecan un final
muy oportuno para cualquier relato.

En tan lejana poca de mi infancia, yo no conoca ms chicos de mi edad
que unos primos segundos. Estos chicos vivan en Madrid y venan a
Lzaro durante el verano.

Cuando estaban ellos en casa de mi abuela, bamos juntos a un casero de
la familia, donde solan darnos cuajada. La ta rsula la reparta,
mientras nosotros, los chicos, mirbamos si a alguno le daban ms que a
los otros, para protestar.

Mis primos solan contar cosas de los teatros y circos de la corte;
pero, la verdad, esto no me llamaba la atencin. Lo que me atraa era el
mar. Miraba con envidia los chicos descalzos del muelle. Me hubiera
gustado ser hijo de pescador, para corretear por las escolleras y jugar
en los lanchones y gabarras.

Mi ta rsula, adems de su biblioteca, formada por folletines
ilustrados franceses, y de sus libros de aventuras martimas, tena otro
fondo de donde ir sacando los relatos emocionantes que a m tanto me
cautivaban.

En la sala de Aguirre, en el arca, se guardaba, entre otras cosas viejas
y respetables, un tomo manuscrito, en folio, muy voluminoso. En la
cubierta, de pergamino, deca, con letras ya desteidas y rojizas:
Historia de la familia de Aguirre.

[Ilustracin]

Como casi todos los miembros de la familia de este nombre y los
emparentados con ella haban sido marinos y viajeros, para explicar sus
correras, intercaladas en las amarillentas pginas, se vean cartas de
navegar antiguas, bastante raras. En estos mapas, el mar se simbolizaba
con una ballena echando un surtidor de agua, un galen y varios
delfines; los pueblos, por casitas; los montes, por rboles, y los
pases salvajes, por indios con plumas en la cabeza, un arco y una
flecha. Haba, tambin, planos para indicar las corrientes y los
vientos, y dibujos de sondas, brjulas primitivas y astrolabios.

Todo el libro se reduca a una serie de narraciones de aventuras
martimas y terrestres.

Mi ta rsula se calaba las antiparras y lea con gran detenimiento
alguno de estos relatos, y los comentaba.

La mayora eran breves, y estaban redactados en una forma tan amanerada,
que yo no me enteraba de su sentido. De las ms entretenidas era la
historia de Domingo de Aguirre, llamado el Vascongado, que form parte
en la expedicin de Gonzalo Jimnez de Quesada, cuando la conquista de
Amrica. Domingo de Aguirre presenci el incendio de Iraca, que debi de
tener mucha importancia a juzgar por sus descripciones.

Cuando comenc a escribir, a mi ta rsula se le ocurri dictarme
prrafos del gran libro de la familia, y todava conservo, por
casualidad, un pliego en papel de barba, escrito por mi inhbil mano,
con letras desiguales, que dice as:

El capitn de barco, Martn Prez de Irizar, hijo de Rentera, cuando
volva de Cdiz de cargar un galen de mercaderas, se encontr en alta
mar con el corsario francs Juan Florn, cuyo nombre espantaba a cuantos
salan al mar. El orgulloso francs llevaba dos barcos bien pertrechados
de armas. A los que coga en el mar, grandes o chicos, hombres o
mujeres, los desvalijaba y los dejaba en cueros; as que estaba muy
rico.

Al divisar el galen del capitn guipuzcoano, como el francs le atacara
con bro, Irizar se defendi en su barco, valientemente. Por ambas
partes corri la sangre en abundancia, y despus de la refriega, Martn
Prez de Irizar apres a Juan Florn, a sus barcos y a toda su gente.

De los piratas murieron treinta hombres y quedaron heridos ms de
ochenta. Juan Florn quiso dar veinte mil duros al capitn Irizar por su
rescate; pero fu intil su ofrecimiento, porque el hombre entendido y
de buen juicio prefiere su honra a todo el dinero del mundo.

Con noventa hombres presos y los dos barcos cogidos, el capitn Irizar
volvi a Cdiz, como corresponda a su fina lealtad.

El emperador don Carlos, nuestro Seor, mand que fuese ahorcado Juan
Florn, el pirata, y que el capitn Martn Prez de Irizar pusiera en su
escudo, para eterno recuerdo, el galen, el arpn y la bandera ganados
en la batalla.

Recuerdo que al escribir esto, que me dictaba mi ta, le hice varias
preguntas acerca de la vida y de las costumbres de los piratas, y, a
pesar de que ella trataba de exagerar la odiosidad de los caballeros de
la fortuna, a m me pareca que aquello de ser pirata y de abordar a los
barcos y quitarles sus tesoros y guardarlos en una isla desierta deba
tener grandes encantos.

Yo aprend a leer y a escribir con todas estas narraciones y aventuras
de la familia. Cosa extraa: casi siempre haba algn Aguirre aventurero
cuyo fin se ignoraba. El uno quedaba entre indios, el otro se deca que
se haba hecho pirata.

Pareca como si un destino fatal persiguiese a algunos individuos de la
familia, a travs del tiempo y de las generaciones.




VI


LOPE DE AGUIRRE, EL TRAIDOR

De muchos capitanes, marinos, aventureros y frailes se ocupaba el libro
de la familia; pero, entre todas aquellas historias, la ms
extraordinaria, la ms absurda, dentro de su realidad, era la de Lope de
Aguirre, el loco, llamado tambin Lope de Aguirre, el traidor.

Varias veces le las aventuras asombrosas de este hombre, que en el
manuscrito se contaban con todos sus detalles.

Domingo de Cincunegui, el autor de los _Recuerdos histricos de Lzaro,_
me ha pedido repetidas veces que registre por todos los rincones de
Aguirreche, para ver si se encuentra el viejo manuscrito; pero el
infolio no aparece; sin duda, a la muerte de mi abuela, se perdi; quiza
a alguno de los marineros que vive ahora en el viejo casern le habr
servido para encender el fuego.

Lo que dice Cincunegui en sus _Recuerdos de Lzaro_ est tomado de la
historia del Per y de Venezuela.

De sus _Recuerdos_ tomo estos datos, para dar una idea de mi terrible
antepasado:

Lope de Aguirre naci en el primer tercio del siglo XVI, y era
vizcano. No se sabe de qu pueblo. En el siglo XVI aparecen tres casas
de Aguirre importantes: una de Oyarzun, otra de Gaviria y otra de
Navarra.

Lope de Aguirre deba ser de una de estas casas.

Lleg Lope al Per, a mediados del siglo XVI, y tom partido por Gonzalo
Pizarro en la rebelin de ste. Durante algn tiempo estuvo a sus
rdenes, hasta que le hizo traicin y ejecut contra sus antiguos
compaeros actos de una crueldad inaudita.

Era Lope hombre inquieto y turbulento, terco y mal encarado. Condenado
a muerte durante una sedicin, se evadi y tom el oficio de domador de
caballos. Buen oficio para poner a prueba su brbara energa. A Lope le
conocan entre los soldados por el apodo de Aguirre, el loco.

En 1560, el virrey, don Andrs Hurtado de Mendoza, confi al capitn
vasco Pedro de Ursa una expedicin para explorar las orillas del
Maran en busca de oro. Lope fu uno de los principales jefes de la
partida.

Una noche, el inquieto Aguirre sublev a la tropa expedicionaria, y l
mismo cosi a pualadas al capitn Ursa y a su compaera, Ins de
Atienza, que era hija del conquistador Blas de Atienza.

Lope asesin tambin al teniente Vargas y dirigi un manifiesto a los
rebeldes, que le siguieron. Los sublevados proclamaron general y
prncipe del Per a Fernando de Guzmn, y mariscal de campo a Lope de
Aguirre.

Como Guzmn reconviniera a Lope por su intil crueldad, el feroz vasco,
que no admita reconvenciones, se veng de l, asesinndolo y cometiendo
despus una serie de atropellos y de crmenes.

A la cabeza de sus hombres, subyugados por el terror (ahorc a ocho que
no le parecan bastante fieles), baj por el Amazonas y recorri,
despus de meses y meses, la inmensidad del curso de este enorme ro, y
se lanz al Atlntico.

No contaba Lope ms que con barcas apenas tiles para la navegacin
fluvial; pero l no reconocia obstculos y se intern en el Ocano. Lope
de Aguirre era todo un hombre.

Resisti en alta mar, cerca del Ecuador, dos terribles temporales en sus
ligeras embarcaciones, y fu bordeando con ellas las costas del Brasil,
de las Guayanas y de Venezuela.

All donde arribaba, Lope se dedicaba al pillaje, saqueando los puertos,
quemando todo cuanto se le pona por delante, llevado de su loca furia.

El fraile de la flotilla se permiti aconsejar, suplicar a su capitn
que no fuera tan cruel. Aguirre le escuch atentamente, y atentamente lo
mand ahorcar.

Sintiendo quiz remordimientos en su corazn endurecido, llam a su
presencia a un misionero de Parrachagua, para confesarse con l; y como
el buen sacerdote no quisiera darle la absolucin, orden lo colgaran,
sin duda para que hiciese compaa al otro fraile ahorcado.

Los aventureros poco adictos a su persona iban sufriendo la misma
suerte.

De los cuatrocientos hombres que salieron con Ursa, no le quedaban a
Lope ms que ciento cincuenta, y de stos, muchos iban, por das,
desertando.

Aguirre, al verse sin la tripulacin necesaria para sus barcos, les peg
fuego, y luego se refugi, con su hija y algunos compaeros fieles, en
las proximidades de Barquisimeto, de Venezuela.

All, en el campo, en una casa abandonada, Aguirre escribi un memorial
a Felipe II, justificndose de sus desmanes, y para dar ms fuerza a su
documento, lo firm de esta manera audaz, cnica y absurda:


  _Lope de Aguirre,
  el traidor_.


Las tropas del rey, unidas con algunos desertores de Aguirre, fueron
acorralando al capitn vasco como a una bestia feroz, para darle muerte.

Quebrantado, cercado, cuando se vio irremisiblemente perdido, Lope,
sacando su daga, la hundi hasta el puo en el corazn de su hija, que
era todava una nia.

[Ilustracin]

--No quiero--dijo--que se convierta en una mala mujer, ni que puedan
llamarla, jams, la hija del Traidor.

Despus mand a uno de sus soldados fieles que le disparara un tiro de
arcabuz.

El soldado obedeci.

--Mal tiro!--exclam Lope al primer disparo, al notar que la bala
pasaba por encima de su cabeza.

Y cuando sinti, al segundo disparo, que la bala penetraba en su pecho
y le quitaba la vida, grit, saludando a su matador, con una feroz
alegra:

--Este tiro ya es bueno.

Realmente, Lope de Aguirre era todo un hombre.

Despus de muerto le cortaron la cabeza y descuartizaron el tronco,
conservndose la calavera en la iglesia de Barquisimeto, encerrada en
una jaula de hierro.

Esto es lo que cuenta Cincunegui en sus _Recuerdos histricos de
Lzaro,_ y, poco ms o menos, es lo que deca el libro de casa de mi
abuela, aunque con muchos ms detalles y comentarios.

El leer aquellas aventuras de Aguirre me produca un poco la impresin
que produce a los nios _Guignol_ cuando apalea al gendarme y cuelga al
juez. A pesar de sus crmenes y de sus atrocidades, Aguirre, el loco, me
era casi simptico.




VII


EL FUNERAL DE MI TO JUAN

Una impresin de la infancia que me caus gran efecto, fu el funeral de
mi to Juan de Aguirre.

Durante mucho tiempo constituy un misterio el paradero del hermano
mayor de mi madre, hasta que se supo que haba muerto.

Comprob, con esa penetracin que es frecuente en los chicos, que en mi
familia exista cierta reserva al referirse a mi to Juan; ni mi madre,
ni su hermana rsula, ni mi abuela, queran hablar del desaparecido, y
este misterio y esta reserva excitaron mi fantasa.

Nuestra criada la _Iure,_ que era muy supersticiosa, me asegur que el
to Juan no haba muerto.

--Pues dnde est?--le pregunt yo.

--Est lejos de aqu.

--Y por qu no viene?

--No puede venir.

--Pero por qu?

Al ltimo, y despus de grandes recomendaciones para que no dijera nada
a mi madre, la _Iure_ me cont que mi to Juan se haba hecho pirata,
que le haban llevado a un presidio de Inglaterra, donde estaba preso
con cadenas en los pies y unas letras impresas con un hierro candente en
la espalda. Por eso, aunque viva, no poda venir a Lzaro.

La historia de la _Iure_ me sobreexcit an ms, y exalt mi
imaginacin hasta un grado extremo. De noche me figuraba ver a mi to en
su calabozo, lamentndose, desnudo, con las letras grabadas en la
espalda, que se destacaban de un modo terrible.

Por esta poca, y para que se fijara ms en m la memoria de mi to, se
celebr su funeral en Lzaro. Al parecer, mi abuela recibi del cnsul
de un pueblo de Irlanda una carta participndole que Juan de Aguirre
haba muerto. Pero era verdad? La _Iure_ asegur, rotundamente, que
no.

Recuerdo muy bien el da del funeral; tan grabado qued en mi memoria.

Mi madre me despert al amanecer; ella estaba ya vestida de negro; yo me
vest rpidamente, y salimos los dos al camino con la _Iure._

Era una maana de otoo; el pueblo comenzaba a desperezarse, las brumas
iban subiendo por el monte Izarra y del puerto sala, despacio, una
goleta.

Llegamos a Aguirreche; estuvimos un momento, y despus, mi abuela, la
ta rsula y mi madre, vestidas con mantos de luto, y yo con la _Iure,_
nos dirigimos a la iglesia.

La alta nave se encontraba obscura y desierta; en medio, delante del
altar mayor, la cerora y el sacristn iban vistiendo de negro un
catafalco mortuorio; en el suelo se entrevean una porcin de objetos,
trozos de madera, en donde se arrollan las cerillas amarillentas, y
cestas con paos negros.

Mi abuela, mi madre y mi ta se reunieron con la cerora, y las cuatro
anduvieron de un lado a otro, disponiendo una porcin de cosas.

La _Iure_ quera que me sentara en uno de los bancos prximos al
tmulo, donde tenan que colocarse los parientes a presidir el duelo;
pero a m me daba miedo estar all solo.

Anduve detrs de mi madre, cogido a su falda, sin dejarla hacer nada,
hasta que vino el viejo Irizar, con su traje negro y su sombrero de
copa, y me tuve que sentar junto a l en el banco del centro.

Poco a poco fueron entrando mujeres vestidas de luto, que se
arrodillaban, extendan paos negros en el suelo, desarrollaban la
cerilla amarillenta y la encendan.

Los cirios, en el altar mayor, comenzaron a arder, y a su luz
resplandeci todo el retablo churrigueresco, dorado, retorcido, con sus
columnas salomnicas y sus racimos de uvas.

Arriba del crucero de la iglesia, colgaba el barco de vela y se
balanceaba suavemente, como si fuera navegando hacia los esplendores de
oro que brillaban en el altar mayor.

Comenz a sonar una campana; la gente fu afluyendo, primero, poco a
poco, luego de golpe; los dos bancos destinados a los parientes y amigos
se llenaron, y comenz la misa.

[Ilustracin]

Yo estaba asustado; ya saba que en el tmulo no haba nadie; pero me
pareca que all dentro deba de estar agazapado el to Juan con sus
cadenas y sus letras ignominiosas en la espalda.

De cuando en cuando sonaba el rgano, y su voz armoniosa se levantaba
hasta la alta bveda. Yo miraba por todas partes, a pesar de que el
viejo Irizar me exhortaba a que estuviera con ms devocin.

Qu fervor el de aquellas mujeres! Arrodilladas sobre sus paos negros
rezaban con toda su alma. Eran algunas viudas de capitanes y de pilotos,
y, al recordar el hombre perdido en el mar, sollozaban.

Despus de la misa, el cura se volvi hacia los fieles y rez por el
muerto y por todos los sepultados en el Ocano.

Entonces los sollozos aumentaron.

Luego, el cura se acerc al catafalco a rezar sus responsos y lo roci
varias veces con agua bendita.

Yo me encontraba amilanado. Al salir de la iglesia, el sol plido
iluminaba el atrio. Irizar y yo nos quedamos a la puerta. Todas las
mujeres, con sus capuchones negros, cruzaron por delante de nosotros, en
procesin, hacia casa de la abuela, y tras ellas fueron saliendo los
seores, con su sombrero de copa, y los marineros y la gente pescadora,
con los trajes de pao y las manos metidas en los bolsillos del
pantaln.

Por la noche, la _Iure_ me asegur de nuevo que mi to Juan no haba
muerto. Yo le tena que ver, tarde o temprano.

Su convencimiento se me comunic. Estaba persuadido de que un da vera
a un seor con el aspecto de marino de los libros de mi ta rsula, con
patillas, botas altas, levitn y sombrero de hule con cintas colgantes.
Hablara con aquel seor y resultara mi to Juan.

Durante mucho tiempo, el misterio de Juan de Aguirre inquiet mi
espritu, y con este misterio relacionaba aquel funeral en la iglesia,
con las nubes de incienso en el aire y el barco de vela colgado del
crucero, como si fuera navegando hacia los fuegos de oro del altar
mayor....

Una impresin semejante de misterio me producan las fiestas de Navidad.
En estos das, el aire, la luz, las cosas, todo me pareca distinto.

Haba la tradicin, en Aguirreche, de armar un gran nacimiento en un
cuarto del piso bajo. Una vieja medio loca, la _Curriqui_, vestida con
una falda de flores y una toca blanca, era la encargada de explicar lo
que pasaba en Beln. Llevaba una varita en la mano para mostrar las
figuras, y una pandereta para acompaarse cuando cantaba villancicos.
Tena dos o tres tonadillas montonas y unos cuantos versos monorrimos.
Entre las figuritas del nacimiento haba una mujer desastrada, que sin
duda era la bufona. Recuerdo la cancin que le diriga la _Curriqui_.
Era as:


  Orra Mari Domingui
  Beguira orri
  Gurequin naidubela
  Belena etorri.


(Ah est Mari Domingui. Miradla qu facha! Quiere venir con nosotros a
Beln.)

Y la _Curriqui_ segua:

Gurequin naibadezu Belena etorri Atera bearco dezu Gona zar hori.

(Si quieres venir con nosotros a Beln, tendrs que quitarte esa falda
vieja.)

El pblico de pescadores y de chicos celebraba estos detalles
naturalistas.

La _Curriqui_ volva el da de Reyes a su escenario de Aguirreche, con
una capa blanca y una corona de latn, a cantar otras canciones.

Este da, algunos pastores del monte bajaban a las casas y entonaban
villancicos con voces agudas y roncas, acompandose de panderos y de
zambombas.

Si el ama de la casa les daba algunos cuartos, decan en el villacinco
que se pareca a la Virgen; en cambio, si no les daba nada, le acusaban
de ser una vieja bruja.




VIII


CORRERAS DE CHICO

Tanto me haban hablado de la maldad de los chicos, que fu a la escuela
como un borrego que llevan al matadero.

Yo estaba dispuesto a luchar, como Martn Prez de Irizar, contra
cualquier Juan Florn que me atacase, aunque mis fuerzas no eran muchas.

Al principio me puso el maestro entre los ltimos, lo que me avergonz
bastante; pero pas pronto al grupo de los de mi edad.

El maestro, don Hilario, era un castellano viejo que se haba empeado
en ensearnos a hablar y a pronunciar bien. Odiaba el vascuence como a
un enemigo personal, y crea que hablar como en Burgos o como en Miranda
de Ebro constitua tal superioridad, que toda persona de buen sentido,
antes de aprender a ganar o a vivir, deba aprender a pronunciar
correctamente.

A los chicos nos pareca una pretensin ridicula el que don Hilario
quisiera dar importancia a las cosas de tierra adentro. En vez de
hablarnos del Cabo de Buena Esperanza o del Banco de Terranova, nos
hablaba de las vias de Haro, de los trigos de Medina del Campo.
Nosotros le temamos y le desprecibamos al mismo tiempo.

El comprenda nuestro desamor por cuanto constitua sus afectos, y
contestaba, instintivamente, odiando al pueblo y a todo lo que era
vasco.

Nos sola pegar con furia.

A m me salv muchas veces de las palizas la recomendacin de mi madre
de que no me pegara, porque me encontraba todava enfermo.

Yo, comprendiendo el partido que poda sacar de mis enfermedades, sola
fingir un dolor en el pecho o en el estmago para esquivar los castigos.
Me libr muchas veces de los golpes; pero perd mi reputacin de hombre
fuerte. Este chico no vale nada, decan de m; y hasta hoy creen lo
mismo.

Ahora se re uno pensando en las marrulleras infantiles; pero si se
intenta volver con la imaginacin a la poca, se comprende que los
primeros das de la escuela han sido de los ms sombros y lamentables
de la vida.

Despus se han pasado tristezas y apuros, quin no los ha tenido? Pero
ya la sensibilidad estaba embotada; ya dominaba uno sus nervios como un
piloto domina su barco.

S; no es fcil que los de mi poca, al retrotraerse con la memoria a
los tiempos de la niez, recuerden con cario las escuelas y los
maestros que nos amargaron los primeros aos de la existencia.

Esta impresin de la escuela, fra y hmeda, donde se entumecen los
pies, donde recibe uno, sin saber casi por qu, frases duras, malos
tratos y castigos, esa impresin es de las ms feas y antipticas de la
vida.

Es extrao; lo que ha comprendido el salvaje, que el nio, como ms
dbil, como ms tierno, merece ms cuidado y hasta ms respeto que el
hombre, no lo ha comprendido el civilizado, y entre nosotros, el que
sera incapaz de hacer dao a un adulto, martiriza a un nio con el
consentimiento de sus padres.

Es una de las muchas barbaridades de lo que se llama civilizacin.

A los pocos das de entrar en la escuela entabl amistad con dos chicos
que han seguido siendo amigos mos hasta ahora: el uno, Jos Mari
Recalde; el otro, Domingo Zelayeta.

Jos Mari era hijo de Juan Recalde, el Bravo. Llamaban as a su padre
por haber demostrado, repetidas veces, un valor extraordinario; Jos
Mari iba por el mismo camino: se mostraba arrojado y valiente.

El otro chico, Chomin Zelayeta, era hijo de un tornero y vendedor de
poleas del muelle.

Chomin se distingua por su viveza y por su ingenio. El padre era un
tipo, hombre enrgico, de carcter fuerte y un poco fosco, que
encontraba motivos raros para sus decisiones.

--Por qu no se casa usted de nuevo, Zelayeta?--le dijo alguno.

--No, no; para qu? Tendra que hacer mayor la casa, y no me conviene.

Haban querido una vez nombrarle concejal; pero l se opuso con todas
sus fuerzas.

--Pero, hombre, por qu no quieres ser concejal?

--Antes me matan--dijo l--que obligarme a llevar una levita de cola de
golondrina.

Esta levita, tan aborrecida por Zelayeta, era el frac que, en ciertas
solemnidades de Lzaro, hay la costumbre de que lo vistan los
concejales.

Zelayeta, padre, a pesar de sus genialidades y de sus rabotadas, era
hombre de tendencia progresiva; le gustaba suscribirse a los libros por
entregas, sobre todo para que los leyese su hijo.

Los primeros meses de escuela mi madre me enviaba a la _Iure_, a la
salida, y aunque la buena vieja no era muy severa conmigo, tena que
marchar a su lado, mientras mis camaradas campaban solos por donde
queran.

Despus de muchas splicas y reclamaciones, consegu libertad para ir y
venir a la escuela sin rodrign vigilante. Mi madre me recomendaba que
anduviera por donde quisiera, menos por el muelle, lo cual significaba
lo mismo que decirme que fuera a todos lados y a ninguno.

A pesar de sus advertencias, al salir de la escuela echaba a correr
hasta las escaleras del muelle.

Otros chicos, en general los de familias terrestres o terrqueas, como
dicen algunos en Lzaro, tenan ms aficin a ir al juego de pelota;
nosotros, los de familia marinera, entre los que nos contbamos Recalde,
Zelayeta y yo, nos acercbamos al mar.

Veamos salir y entrar las barcas; veamos a los chicos que se
chapuzaban, desnudos, en la punta de Cay luce, y a los pescadores de
caa haciendo ejercicio de paciencia. Los pescadores nos conocan.

Qu sorpresa cuando apareca, al final de un aparejo, un pulpo con sus
ojos miopes, redondos y estpidos, su pico de lechuza y sus horribles
brazos llenos de ventosas! Tampoco era pequea la emocin cuando sala
enroscada una de esas anguilas grandes, que luchaban valientemente por
la vida, o uno de esos sapos de mar, inflados, negros, verdaderamente
repugnantes.

Cuando no nos vigilaba nadie nos descolgbamos por las amarras y
corretebamos por las gabarras y lanchones, y saltbamos de una barca a
otra.

En este punto de la independencia infantil se va ganando terreno
velozmente, y yo fu avanzando en mi camino, con tal rapidez que llegu
en poco tiempo a gozar de completa libertad.

Muchas veces dejaba de ir a la escuela con Zelayeta y Recalde. Don
Hilario, el maestro, mandaba recados a casa avisando que el da tal o
cual no haba ido; pero mi madre me disculpaba siempre y, como vea que
me iba poniendo robusto y fuerte, haca la vista gorda.

Los domingos y los das de labor que faltbamos a clase solamos ir al
arenal, nos quitbamos las botas y las medias y andbamos con los pies
descalzos.

Recogamos conchas, trozos de espuma de mar, _mangos de cuchillo_ y
piedrecitas negras, amarillas, rosadas, pulidas y brillantes.

Al anochecer saltaban los pulgones en el arenal, y los agujeros redondos
del solen echaban burbujas de aire cuando pasaba por encima de ellos la
ligera capa de agua de una ola.

Alguna vez logramos ver ese molusco, que nosotros llambamos en
vascuence _deituba_ y que no s por qu decamos que sola
estrangularse. Para hacerle salir de su escondrijo haba que echarle un
poco de sal.

El que tena ms suerte para los descubrimientos era Zelayeta; l
encontraba la estrella de mar o la concha rara; l vea el pulpo entre
las peas o el delfn nadando entre las olas. Siempre estaba
escudrindolo todo; su padre, por esta tendencia a registrar, le
llamaba el carabinero.

Los domingos mi madre comenz a dejarme andar con los camaradas, despus
de hacerme una serie de advertencias y recomendaciones.

Ya, teniendo tiempo por delante, no nos contentbamos con ir al arenal;
subamos al Izarra y despus bamos descendiendo a las rocas prximas.

Cuando ya estuvimos acostumbrados a andar entre los peascos, nos
pareci la playa inspida y poco entretenida.

El fin prctico de nuestros viajes a las rocas era coger esos cangrejos
grandes y obscuros que aqu llamamos carramarros, y, en otros lados,
centollas y ermitaos.

El monte Izarra, a una de cuyas faldas est Lzaro, forma como una
pennsula que separa la entrada del puerto de una ensenada bastante
ancha comprendida entre dos puntas: la del Faro y la de las Animas.

El monte Izarra es un promontorio pizarroso, formado por lajas
inclinadas, rodas por las olas. Estos esquistos de la montaa se
apartan como las hojas de un libro abierto, y avanzan en el mar dejando
arrecifes, rocas negras azotadas por un inquieto oleaje, y terminan en
una pea alta, negra, de aire misterioso, que se llama Frayburu.

Para hacer nuestras excursiones solamos reunimos a la maanita en el
muelle, pasbamos por delante del convento de Santa Clara, y por una
calle empinada, con cuatro o cinco tramos de escaleras, salamos a un
callejn formado por las tapias de unas huertas. Luego cruzbamos
maizales y viedos y salamos ms arriba, en el monte, a descampados
pedregosos con helechos y hayas.

En la punta del Izarra debi de haber en otro tiempo una batera; aun se
notaba el suelo empedrado con losas del baluarte y el emplazamiento de
los caones. Cerca exista una cueva llena de maleza, donde solamos
meternos a huronear.

Era un agujero, sin duda hecho en otro tiempo por los soldados de la
batera, para guarecerse de la lluvia, y que a nosotros nos serva para
jugar a los Robinsones.

El viejo Yurrumendi, un extrao inventor de fantasas, le dijo a
Zelayeta que aquella cueva era un antro donde se guareca una gran
serpiente con alas, la _Egan suguia_. Esta serpiente tena garras de
tigre, alas de buitre y cara de vieja. Andaba de noche haciendo
fechoras, sorbiendo la sangre de los nios, y su aliento era tan
deletreo que envenenaba.

Desde que supimos esto, la cueva nos impona algn respeto. A pesar de
ello, yo propuse que quemramos la maleza del interior. Si estaba la
_Egan suguia_ se achicharrara, y si no estaba, no pasara nada. A
Recalde no le pareci bien la idea. As se consolidan las
supersticiones.

La parte alta del Izarra era imponente. Al borde mismo del mar, un
sendero pedregoso pasaba por encima de un acantilado cuyo pie estaba
horadado y formado por rocas desprendidas. Las olas se metan por entre
los resquicios de la pizarra, en el corazn del monte, y se las vea
saltar blancas y espumosas como surtidores de nieve.

Algunos chicos no se atrevan a asomarse all, de miedo al vrtigo; a m
me atraa aquel precipicio.

All abajo, en algunos sitios, las piedras escalonadas formaban como las
graderas de un anfiteatro. En los bancos de este coliseo natural
quedaban, al retirarse la marea, charcos claros, redondos, pupilas
resplandecientes que reflejaban el cielo.

El mismo Yurrumendi aseguraba, segn Zelayeta, que aquellas gradas
estaban hechas para que las sirenas pudieran ver desde all las carreras
de los delfines, las luchas de los monstruos marinos que pululan en el
inquieto imperio del mar.

El agua, verde y blanca, saltaba furiosa entre las piedras; las olas
rompan en lluvia de espuma, y avanzaban como manadas de caballos
salvajes, con las crines al aire.

Lejos, a media milla de la costa, como el centinela de estos arrecifes,
se levantaba la roca de aspecto trgico, Frayburu.

Los pescadores decan que enfrente de Frayburu, el monte Izarra tena
una gran cavidad, una enorme y misteriosa caverna.

Pasada esta parte, el Izarra se cortaba en un acantilado liso, pared
negra y pizarrosa, veteada de blanco y de rojo, en cuyas junturas y
rellanos nacan ramas y hierbas salvajes.

Aqu, el mar de mucho fondo era menos agitado que delante de los
arrecifes.

Cuando ya bajaba el camino, se vea la playa de las Animas, entre la
punta del Faro y otro promontorio lejano. Sobre el arenal de la playa se
levantaban dunas tapizadas de verde, y las casitas esparcidas de la
barriada de Izarte, echando humo.

Ya cerca de la punta del Faro abandonbamos el camino para meternos
entre las rocas. Haba por all agujeros como chimeneas, que acababan en
el mar. En algunas de estas simas se senta el viento, que mova las
florecillas de la entrada; en otras se oa claramente el estrpito de
las olas.

Saltbamos de pea en pea, y solamos avanzar hasta los peascos ms
lejanos; pero cuando comenzaba a subir la marea tenamos que correr,
huyendo de las olas, y a veces descalzarnos y meternos en el agua.

En la marea baja, entre las rocas cubiertas de lquenes, solan verse
charcos tranquilos, olvidados al retirarse el mar. Muchas horas he
pasado yo mirando estos aguazales. Con qu inters!Con qu entusiasmo!

Bajo el agua transparente se vea la roca carcomida, llena de agujeros,
cubierta de lapas. En el fondo, entre los lquenes verdes y las
piedrecitas de colores, aparecan rojos erizos de mar cuyos tentculos
blandos se contraan al tocarlos. En la superficie flotaba un trozo de
hierba marina, que al macerarse en el agua, quedaba como un ramito de
filamentos plateados, una pluma de gaviota o un trozo de corcho. Algn
pececillo plateado pasaba como una flecha, cruzando el pequeo ocano, y
de cuando en cuando el gran monstruo de este diminuto mar, el cangrejo,
sala de su rincn, andando traidoramente de lado, y su ojo enorme
inspeccionaba sus dominios buscando una presa.

Algunos de estos charcos tenan sus canales para comunicarse unos con
otros, sus ensenadas y sus golfos; vindolos, yo me figuraba que as, en
gran tamao, seran los ocanos del mundo.

En los recodos de las peas donde se amontonaban las algas y se secaban
al sol, me gustaba tambin estar sentado; ese olor fuerte de mar me
turbaba un poco la cabeza, y me produca una impresin excitante como la
del aroma de un vino generoso.

Las horas se nos pasaban entre las rocas, en un vuelo; casi siempre yo
llegaba tarde a casa.

Muchos domingos el tiempo nos fastidiaba; comenzaba a llover de una
manera desastrosa, y mi madre no me dejaba salir. Le acompaaba a
Aguirreche, comamos en casa de mi abuela y pasbamos la tarde all.
Qu aburrimiento!

Se formaba una tertulia de seoras respetables, entre las que haba dos
o tres viudas de capitanes y pilotos, y al anochecer se tomaba
chocolate.

...Y yo oa la charla continua, en vascuence, de las amigas de mi
abuela, y vea con desesperacin el caer de la lluvia continua y
montona, y escuchaba el ruido de los chorros de agua que caan de los
canalones a chocar en las aceras.




IX


YURRUMENDI, EL FANTSTICO

En mi tiempo, el muelle largo de Lzaro, que en vascuence se llama _Cay
luce,_ no era tan ancho ni tan bien empedrado como ahora; tena una
pequea muralla, y en vez de terminar en el Rompeolas, conclua en las
mismas peas.

A todo lo largo del muelle, en aquella poca y en sta, sigue pasando lo
mismo; haba casas de pescadores con balcones, ventanas y galeras de
madera, adornados por colgaduras formadas por camisetas encarnadas,
medias azules, sudestes amarillentos, aparejos y corchos.

En estas casas hay siempre ropa tendida, lo que depende, en parte, del
instinto de limpieza de esa gente pescadora, y en parte, de lo
difcilmente que se seca lo impregnado por el agua del mar.

Entre las casas de a lo largo del muelle de _Cay luce_, antes, como
ahora, haba algunos almacenes de carbn, y una fila de tabernas en
donde los pescadores se reunan y se renen a beber y a discutir, y que
destilaban, sobre todo los domingos, por su nica puerta, una tufarada
de sardina frita, de atn guisado con cebolla, y de msica de
acordeones.

Entre aquellas tabernas haba la del _Telescopio_, la de la _Bella
Sirena_, la del _Holands,_ la _Goizeco Izarra_ (Estrella de la maana);
y la ms clebre de todas era la de Joshe Ramn, conocida por el
_Guezurrechape de Cay luce_, o sea, en castellano, el Mentidero del
muelle largo.

En este muelle y a pocos pasos del Mentidero, tena su taller el padre
de Zelayeta. En la ventana de la casa, convertida en escaparate, expona
poleas de madera, faroles, caas de pescar, un cinturn de
salvavidas....

El padre de Zelayeta trabajaba en su torno con un aprendiz, y, mientras
l torneaba, solan sentarse a la puerta, a charlar, algunos amigos.

Yo me haba hecho ntimo de Chomin Zelayeta. Chomin era muy hbil y muy
pacienzudo. Lleg a domesticar un gaviln pequeo, y el pjaro, cuando
se hizo grande, rea con todos los gatos de la vecindad. Los das de
tormenta se ocultaba en algn agujero obscuro, y no sala hasta que
pasaba.

Zelayeta senta, como yo, el entusiasmo por la isla desierta y por los
piratas, y, como tena talento para ello, dibujaba los planos de los
barcos en que bamos a navegar los dos, y de las islas desconocidas en
donde pasaramos el aprendizaje de Robinsones.

Nuestra inclinacin aventurera, en la cual lata ya la inquietud atvica
del vasco, pudo aumentarse ms oyendo las narraciones de Yurrumendi el
piloto, el viejo y fantstico Yurrumendi, amigo y contertulio de
Zelayeta padre.

Eustasio Yurrumendi haba viajado mucho; pero era un hombre quimrico a
quien sus fantasas turbaban la cabeza. Todos tenemos un conjunto de
mentiras que nos sirven para abrigarnos de la frialdad y de la tristeza
de la vida; pero Yurrumendi exageraba un poco el abrigo.

Era Yurrumendi un hombre enorme, con la espalda ancha, el abdomen
abultado, las manos grandsimas, siempre metidas en los bolsillos de los
pantalones, y los pantalones, a punto de carsele, tan bajo se los
ataba.

Tena una hermosa cara noble, roja; el pelo blanco, patillas muy cortas
y los ojos pequeos y brillantes. Vesta muy limpio; en verano, unos
trajes de lienzo azul, que a fuerza de lavarlos estaban siempre
desteidos; y en invierno, una chaqueta de pao negro, fuerte, que deba
de estar calafateada como una gabarra. Llevaba una gorra de punto con
una borla en medio. Era soltero, viva solo, con una patrona vieja;
fumaba mucho en pipa, andaba tambalendose y llevaba un anillo de oro en
la oreja.

Yurrumendi haba formado parte de la tripulacin de un barco negrero;
navegado en buques franceses, armados en corso; vivido en prisin por
sospechoso de piratera. Yurrumendi era un lobo de mar. El Atlntico le
conoca desde Islandia y las islas de Lofoden, hasta el Cabo de Buena
Esperanza y el de Hornos. Saba lo que son las tempestades del Pacfico
y los tifones del mar de las Indias.

Yurrumendi haba visto mucho; pero ms que lo que haba visto, le
gustaba contar lo que haba imaginado.

A Chomin Zelayeta y a m nos tena locos con sus narraciones.

Nos deca que en el fondo del mar hay, como en la tierra, bosques,
praderas, desiertos, montaas, volcanes, islas madrepricas, barcos
sumergidos, tesoros sin cuento y un cielo de agua casi igual al cielo de
aire.

A todo esto, muy verdad, una las invenciones ms absurdas.

[Ilustracin]

--Algunas veces--deca--el mar se levanta como una pared, y en medio se
ve un agujero como si estuviera lleno de perlas. Hay quien dice que, si
se mete uno por ese agujero, se puede andar como por tierra.

--Y adnde lleva ese agujero?--preguntaba alguno con ansiedad.

--Eso no se puede decir aunque se sepa--contestaba seriamente
Yurrumendi--; pero hay quien asegura que dentro se ve una mujer.

--Alguna sirena--deca el padre de Zelayeta, con irona.

--Quin sabe lo que ser!--replicaba el viejo marino.

Siempre que Yurrumendi hablaba de s mismo, lo haca como si se tratara
de un extrao, en tercera persona. As deca: Entonces Yurrumendi
comprendi.... Entonces Yurrumendi dijo tal cosa.

Pareca que senta ciertas dudas sobre su personalidad.

Yurrumendi tena una fantasa extraordinaria. Era el inventor ms grande
de quimeras que he conocido. Segn l, detrs del monte Izarra, un poco
ms lejos de Frayburu, haba en el mar una sima sin fondo. Muchas veces,
l ech el escandallo; pero nunca di con arena ni con roca. Se le deca
que su sonda era, seguramente, corta; pero Yurrumendi aseguraba que,
aunque fuera de cien millas, no se encontrara el fondo.

Respecto a la cueva que hay en el Izarra, frente a Frayburu, l no
quera hablar y contar con detalles las mil cosas extraordinarias y
sobrenaturales de que estaba llena; le bastaba con decir que un hombre,
entrando en ella, sala, si es que sala, como loco. Tales cosas se
presenciaban all. Bastaba decir que las sirenas, los unicornios navales
y los caballos de mar andaban como moscas, y que un gigante, con los
ojos encarnados, tena en la cueva su misteriosa morada.

Este gigante deba ser hermano, o por lo menos primo, de otro, no se
sabe si tan grande, pero s con los ojos rojos, que en poca de mayor
candidez y de mayor temor de Dios apareca en Donosti, entre las rocas
de la Zurriola, con un pez en la mano, y a quien se le preguntaba:


  _Onentzaro begui gorri
  Nun arrapatu dec array hori?_


(Onentzaro, el de los ojos encarnados, dnde has cogido ese pez?)

Y el pobre gigante de los ojos encarnados, en vez de desdear la
pregunta impertinente de su interlocutor, contestaba con amabilidad:


  _Bart arratzean amaiquetan
  Zurriyolaco arroquetan._


(Ayer noche, a las once, en las rocas de la Zurriola.)

No s a punto fijo en qu categora colocaba Yurrumendi a su gigante de
los ojos encarnados; pero creo que no le consideraba a la altura de la
_Egan suguia_, la gran serpiente alada del Izarra, con sus alas de
buitre, su cara siniestra de vieja y su aliento infeccioso.

Nos hablaba, tambin, Yurrumendi de esos pulpos gigantescos con sus
inmensos tentculos, que pueden hacer naufragar una fragata; del mar de
los Sargazos, en donde se navega por tierra, por verdadera tierra, que
se abre para dejar pasar un buque; de los pases donde nievan plumas; de
los delfines, que tienen esa extraa simpata mal explicada por los
hombres; de las sentimentales ballenas, cuya desgracia es pensar que la
humanidad estima ms su aceite que su melanclico corazn; de los mil
enanos jorobados y extravagantes de las costas de Noruega; de las
serpientes de mar que persiguen, aullando, a los barcos; de la araa del
Kraken, en el pino de Portland, en Inglaterra, y de ese monstruo
terrible del Malstrom, cuyas fauces sorben el mar y tragan las
imprudentes naves hacindolas desaparecer en sus gigantescas entraas.
Tambin le daba mucha importancia a la _Curcushada_ (los cuernos de la
luna), que crea que tena una gran relacin con la vida de los hombres.

Otro de los motivos favoritos de Yurrumendi era la descripcin de la
isla del Fuego, en donde l haba estado alguna vez. En la cumbre de
esta montaa inaccesible arde un fuego intermitente que se enciende de
noche y se apaga de da.

Alguno pensaba que quiz se trataba de un volcn cuyas llamas no se
pueden ver a la luz del sol; pero Yurrumendi aseguraba que esta hoguera
la hacan todas las noches las almas de los marineros del clebre pirata
Kidd, que guardan all un inmenso tesoro escondido.

Otra de las cosas ms interesantes que algunos llegaban a ver en el mar,
segn Yurrumendi, era un buque fantasma, tripulado por un capitn
holands. Este perdido, borracho, blasfemador y cnico pirata, anda, con
un equipaje de canallas, haciendo fechoras por el mar. Si el maldito
holands se acerca al barco de uno, el vino se agria; el agua se
enturbia; la carne se pudre. Si le enva a uno una carta, ya puede no
leerla, porque se vuelve loco inmediatamente, tales absurdos y mentiras
dice.

Yurrumendi contaba que slo una vez haba visto, a lo lejos, al maldito
holands; pero, afortunadamente, no se le haba acercado.

Otras veces, el viejo marino nos contaba una serie de crueldades
horribles: piratas que mandaban cortar la lengua o las manos a los que
caan en su poder; otros que echaban al agua a sus enemigos, metidos en
una jaula y con los ojos vaciados. Nos haca temblar, pero le oamos.
Hay un fondo de crueldad en el hombre, y sobre todo en el nio, que goza
obscuramente cuando la barbarie humana sale a la superficie.

Casi siempre, al hablar de las pirateras y de las brutalidades de los
barcos negreros, Yurrumendi sola recordar una cancin en vascuence.

--Esta cancin--sola decir--la cantaba Gastibeltza, un piloto paisano
nuestro, de un barco negrero en donde yo estuve de grumete. Gastibeltza
sola cantarla cuando dbamos vuelta al cabrestante para levantar el
ancla, o cuando se izaba algn fardo.

--Cmo era la cancin?--le decamos nosotros, aunque la sabamos de
memoria--. Cntela usted!

Y l cantaba con su voz ronca de marino, formada por los fros, las
nieblas, el alcohol y el humo de la pipa:


  Ateraquiyoc
  Emanaquiyoc
  Aurreco orri
  Elduaquiyoc
  Orra! Orra!
  Cinzaliyoc
  Itsastarra oh! oh!
  Balesaquiyoc.


Lo que quera decir en castellano: Scale! Dale! A ese de adelante,
agrrale. Ah est, ah esta, culgale, marinero, oh! oh! Puedes estar
satisfecho.

Nadie cantaba esta cancin como Yurrumendi; al orla, yo me figuraba una
tripulacin de piratas al abordaje, trepando por las escalas de un
barco, con el cuchillo entre los dientes.

Para Zelayeta y para m, los relatos de Yurrumendi fueron una
revelacin. Estbamos decididos; seramos piratas, y despus de
aventuras sin fin, de desvalijar navos y bergantines, y burlarnos de
los cruceros ingleses; despus de realizar el tesoro de viejas onzas
mejicanas y piedras preciosas, que tendramos en una isla desierta,
volveramos a Lzaro a contar, como Yurrumendi, nuestras hazaas. Si por
si acaso tenamos loro, para que no nos denunciase, como contaba la
_Iure,_ le ataramos una piedra al cuello y lo tiraramos al mar.

Zelayeta hizo el plano de la casa que construiramos fuera del pueblo,
en un alto, cuando volviramos a Lzaro.

En aquella poca, Yurrumendi era nuestro modelo; solamos andar, como
l, balancendonos con las piernas dobladas y los puos cerrados, y
fumbamos en pipa, aunque yo, por mi parte, a los dos chupadas no poda
con el mareo.

Cuando nuestro amigo, el viejo lobo de mar, estaba ms alegre que de
ordinario, contaba cuentos. Sus cuentos no se diferenciaban gran cosa de
las historias que l tena por verdaderas.

Pero entre ellos haba uno a quien l daba infinitas variantes.

[Ilustracin]

El asunto se reduca a un marinero, buena persona, aunque un poco
borracho, que se encontraba con un viejo mendigo zarrapastroso y sucio.
El mendigo peda, humildemente, un ligero favor, el marinero se lo
haca, y el viejo resultaba nada menos que San Pedro, que en
agradecimiento conceda al marinero un don.

Este don variaba en los diferentes cuentos: en unos era una bolsa, de
donde sala todo lo que se deseaba con decir unas cuantas frases
sacramentales; en otros, una semilla maravillosa que plantada se
converta en poco tiempo en un rbol, de tal naturaleza, que daba madera
para diez o doce fragatas y otros tantos bergantines, y todava sobraba.

Le gustaba a Yurrumendi, cuando relataba estos cuentos extraordinarios,
documentar sus narraciones con una exactitud matemtica, y as deca:
Una vez, en Liverpool, en la taberna del Dragn Rojo.... O si no: Nos
encontrbamos en el Atlntico, a la altura de Cabo Verde....

Cuando se trataba de un barco, siempre tena que explicar con detalles
la clase de su aparejo, su tonelaje y sus condiciones marineras.

ltimamente, las serpientes aladas, las sirenas, las brujas y la
_Curcushada_, en combinacin con la vejez y con el alcohol, le
trastornaron un poco. Yo, que, de muchacho, tena cierto ascendiente
sobre l, intentaba convencerle de que deba tomar aquel mundo
fantstico como real, si quera, pero sin darle demasiada importancia.

El sola replicarme, de una manera solemne:

--Shanti, t sabes ms que nosotros, porque has estudiado; pero otros de
ms edad y de ms saber que yo han visto estas cosas.

--Es verdad--deca algn viejo amigo suyo.

Pobre Yurrumendi! Dara cualquier cosa por verle en la tienda de poleas
de Zelayeta o en el Guezurrechape de Cay luce, contando sus cuentos;
pero los aos no pasan en balde, y hace ya mucho tiempo que Yurrumendi
duerme el sueo eterno en el Camposanto de Lzaro.




X


LAS INDIGNACIONES DE SHACU

Recalde, Zelayeta y yo ingresamos en la Escuela de Nutica. Hubiramos
preferido ir, como los chicos del muelle, a pescar con algn viejo
marinero: pero no podamos. Eramos vctimas de nuestra posicin elevada.
Si queramos ser marinos de altura, tenamos que estudiar, y, para
nosotros, el ser pilotos de derrota constitua una gran superioridad.

Afortunadamente, despus del curso con don Gregorio Azurmendi, que nos
explicaba matemticas vestido de frac y corbata blanca, llegaron las
vacaciones de verano. Yo no poda hacer grandes escapadas, porque estaba
vigilado; pero algunas veces me fui a pescar chipirones y jibias con un
pescador, fuera de las puntas. Mi madre se alarmaba tanto, que me
quitaba todos los alientos.

--No se qu vas a hacer cuando me embarque--le deca.

--Entonces, ya veremos.

Como tena tantas dificultades para andar en lancha, decidimos Zelayeta
y yo comprar un barco de juguete para ver cmo se hacan las maniobras,
y fuimos los dos a casa de Caracas, que era el maestro constructor de
aquella clase de barquitos. Los chicos le considerbamos a Caracas como
un ingeniero naval admirable, y pensbamos que lo mismo que un modelo
hara una fragata.

Caracas tena su tienda en la punta del muelle; un agujero negro,
socavado en la muralla, donde venda alquitrn, sebo, barricas, clavos,
maderas embreadas, redes y anzuelos de todas clases. Adornaba el fondo
de esta covacha un gran mascarn de proa, pintado y dorado, de algn
barco antiguo.

Caracas, adems de comerciante, era carpintero; de tarde en tarde tena
que hacer algn modelo de barco de vela, para colgarlo en la iglesia de
un pueblo prximo, y, cuando estaba concludo y pintado, los pescadores
amigos desfilaban por el rincn aquel, para ver la obra maestra. Tambin
haca modelos para algunos marinos como ex voto. Sabido es que el llevar
un modelo a una ermita es una forma de aplacar a la divinidad.

El hermano de Caracas haba sido hasta su muerte uno de los hombres ms
trapisondistas del pueblo; algunos aseguraban que haba dejado ms de
media docena de viudas en diferentes puntos de Espaa y de Amrica, y
una porcin de herencias fabulosas en su testamento, herencias que no
existan ms que en su acalorada imaginacin.

En la cueva de Caracas solan estar a todas horas, de tertulia, un
borracho, que se llamaba Joshepe Tiacu, y un tipo mediotonto, de blusa
azul y de gorro rojo, que vigilaba las lanchas, apodado Shacu.

Zelayeta y yo intimamos con aquellos y otros avinados personajes, al ir
a ver cundo conclua Caracas nuestro barco.

Joshepe Tiacu era de esos marineros holgazanes y borrachos que se pasan
la vida en el puerto con las manos en los bolsillos. Muy de tarde en
tarde se embarcaba y volva pronto a Lzaro. Continuamente andaba de
taberna en taberna y de sidrera en sidrera. Cuando estaba borracho
haca tales dibujos por las calles, que, como deca Yurrumendi, slo por
verle marchar trompicando, se le poda convidar a vino.

Al llegar Joshepe Tiacu a casa, se paraba, y, con voz suave e
insinuante, sola decir a su mujer:

--Anthoni, saca el disco.

La mujer se asomaba a la ventana con una luz, y el borracho, entonces,
entraba en su casa.

Cuando Caracas concluy nuestro barco, fuimos, Zelayeta y yo, a la rampa
del muelle, lo pusimos en el agua, y el barco, como si estuviera
cansado, se tendi suavemente y se le mojaron las velas.

Por ms arreglos que intentamos hacer, no llegamos a poner a flote el
barco construdo por Caracas. Como decorativo, lo era; para aparecer
colgado en el crucero de una iglesia estaba muy bien; pero no andaba en
el agua.

As son muchas de nuestras cosas.

Para mitigar este fracaso, Shacu se avino, por consejo de Caracas, a
prestarnos una chanela de Zapiain, el relojero y corredor de comercio.
Esta chanela, que Shacu guardaba, se llamaba el _Cachalote_.

Al principio le dbamos al guardin alguna moneda para tenerle contento;
pero luego le cogamos la lancha sin decirle nada. Mientras vea que
entrbamos en el bote, haca como que no se fijaba; pero cuando
pasbamos por delante del agujero de Caracas, Shacu se adelantaba y se
pona a gritar con todas sus fuerzas:

--Dejad esa lancha, granujas!

Nosotros no le hacamos caso, seguamos remando, y l, ms enfurecido
gritaba:

--Ladrones! Piratas! Corsarios! Ojal os muris de repente.

Entonces Zelayeta, que a veces tena mala intencin, le deca:

--Vamos a vender tu lancha. Llora, Shacu!

Y a l le entraba tal desesperacin, que pateaba, tiraba el gorro rojo
al suelo, y casi comenzaba a llorar de rabia.

Con el _Cachalote_ no andbamos ms que por el puerto y por la ra; no
nos atrevamos a cruzar la barra en una lancha tan ligera, porque una
ola un poco ms fuerte poda tumbarla.

Si el puerto no tena nada que ver, en cambio la ra era muy bonita. Una
de las orillas la formaba un arenal fangoso, en donde estaba el
astillero de Shempelar. En la marea baja, en este arenal se pescaban
anguilas, y constantemente haba una serie de barcas negras, en hilera.
La otra orilla era agreste, rocosa; mostraba entre las peas y
matorrales cuevas en donde, segn la tradicin popular se guardaban
armas cuando la guerra de la Independencia. Nosotros, Zelayeta, Recalde
y yo, encontramos en una un gran can de bronce; pero hicimos los tres
juramento de no comunicar a nadie nuestro hallazgo.

Un poco ms lejos, antes de la primera presa, haba poticos rincones
llenos de espadaas y de sacos, y una pequea gruta por donde brotaba
un manantial.

Al volver de nuestras expediciones, a Shacu se le haba pasado la
rabieta. nicamente alguna vez nos recomend, en tono de malhumor, que
no volviramos a coger el _Cachalote_. Al domingo siguiente se lo
volvamos a robar.

Un da nos decidimos a pasar la barra, y desde entonces perdimos el
miedo y entrbamos y salamos del puerto con el _Cachalote_, aunque
hubiera mucho oleaje.

[Ilustracin]

[Ilustracin]




XI


EL NAUFRAGIO DEL STELLA MARIS

Una maana de otoo, tendra yo entonces catorce o quince aos, vino
Recalde, antes de entrar en clase en la Escuela de Nutica, y nos llam
a Zelayeta y a m.

Una goleta acababa de encallar detrs del monte Izarra, cerca de las
rocas de Frayburu.

Recalde el Bravo, padre de nuestro camarada Joshe Mari, y otro patrn,
llamado Zurbelcha, haban salido en una trincadura para recoger a los
nufragos. Decidimos, Zelayeta, Recalde y yo no entrar en clase, y,
corriendo, nos dirigimos por el monte Izarra hasta escalar su cumbre.

Haca un tiempo obscuro, el cielo estaba plomizo, y una barra amoratada
se destacaba en el horizonte; el viento soplaba con furia, llevando en
sus rfagas gotas de agua. Las masas densas de bruma volaban rpidamente
por el aire. Tomamos el camino del borde mismo del acantilado; las olas
batan all abajo haciendo estremecerse el monte. La niebla iba
ocultndolo todo, y el mar se divisaba a ratos con una plida claridad
que pareca irradiar de las aguas.

Contemplbamos atentos el teln gris de la bruma. De pronto, tras de un
golpe furioso de viento, sali el sol, iluminando con una luz cadavrica
el mar lleno de espuma y de color de barro.

Con aquella claridad de eclipse vimos entre las olas la lancha que
intentaba acercarse a la goleta encallada.

--Es tu padre el que va de patrn?--le pregunt yo a Recalde.

--No, es Zurbelcha--me dijo l.

Zurbelcha, envuelto en el sudeste, encorvado hacia adelante, llevaba el
remo que haca de timn, era el prctico que conoca mejor la costa y
los arrecifes.

Un movimiento a destiempo, y la lancha se estrellara entre las rocas.
Zurbelcha tena los nervios de acero, y una precisin de algo
matemtico. Los remos se hundan y se levantaban rtmicamente; a veces
los remeros daban una pasada para atrs, con el objeto de no avanzar,
sin duda esquivando alguna roca. Olas como montes y nubes de espuma
ocultaban, durante algn tiempo, a aquellos valientes.

En la cubierta del barco encallado, dos hombres y una mujer accionaban y
gritaban. El viento nos trajo sus voces.

La lancha se fu acercando al costado de la goleta, estuvo slo un
momento junto a ella, y se desasi violentamente del casco del buque
perdido y se hundi entre las espumas. Los dos hombres y la mujer
desaparecieron de la cubierta.

Cremos que la trincadura haba desaparecido en el mar. Esperamos con
ansiedad, registrando el horizonte con la mirada. All estaban; los
vimos entre la niebla. Zurbelcha segua inclinado sobre su remo y la
lancha avanzaba hacia el puerto.

Quedaba otra dificultud: el pasar la barra. Recalde, Zelayeta y yo
llegamos a la punta del muelle en este momento. El atalayero, desde las
rocas, fu dando instrucciones con la bocina a Zurbelcha, y la lancha
pas sin dificultad.

Poco despus los nufragos estaban en tierra firme. De los dos hombres,
uno era alto, viejo, de sotabarba, vestido de negro, con gorra; el otro,
pequeo y moreno. La mujer llevaba un nio en brazos.

Zapiain, el relojero y corredor de comercio, se entendi con ellos. Eran
bretones, no hablaban ms que su idioma y algo de francs.

La goleta se llamaba _Stella Maris_, y era de la matrcula de Quimper.
No pudieron explicar lo que haba pasado con los dems marineros. Sin
duda la tripulacin del barco, dndose cuenta del peligro antes que el
capitn, se apoder del bote, que choc con algn arrecife y se fu a
pique.

Das despus, pasado el temporal, se intent sacar de los escollos al
_Stella Maris;_ pero fu imposible. La quilla estaba hincada entre los
peascos de Frayburu, y no hubo manera de arrancarla de all y de poner
el barco a flote.

Los prcticos desistieron de la empresa, y aconsejaron al capitn bretn
que aprovechara la carga y abandonara lo dems.

As se hizo; cuando mejor el tiempo unos cuantos hombres descargaron el
barco y lo desmantelaron. Quince das despus, el cabo de miqueletes del
puerto de la carretera de Elguea particip al comandante de Lzaro que
en la pea llamada _Leizazpicua_ encontraron el cadver de un hombre de
unos cuarenta aos de edad, arrojado por las olas.

Vesta el cadver, traje de marinero, compuesto de elstica de lana de
punto y pantaln y chaleco con botones amarillos. Apareca calzado slo
en el pie derecho; le faltaba la mano del mismo lado y tena el rostro
carcomido. Sent verlo, porque despus, durante mucho tiempo, se me
vena su imagen a la memoria.




XII


NUESTRA GRAN AVENTURA

Cuando vi que el _Stella Maris_ quedaba abandonado, se me ocurri el
proyecto de ir hasta l y reconocerlo. Tena la ilusin de que, por una
casualidad, pudiese quedar a flote. Al exponer mi plan a Zelayeta y a
Recalde les produjo a los dos entusiasmo y asombro.

Decidimos esperar a que cesaran las lluvias; tuvimos que aguardar todo
el invierno. Las fantasas que edificamos sobre el _Stella Maris_ no
tenan fin, lo pondramos a flote, llevaramos a bordo el can
enterrado en la cueva prxima al ro, y nos alejaramos de Lzaro
disparando caonazos.

Un da de marzo, sbado por la tarde, de buen tiempo, fijamos para el
domingo siguiente nuestra expedicin.

Yo advert por la noche a mi madre que bamos los amigos a Elguea, y que
no volveramos hasta la noche.

El domingo, al amanecer, me levant de la cama, me vest y me dirig de
prisa hacia el pueblo. Recalde y Zelayeta me esperaban en el muelle.
Zelayeta dijo que quiz fuera mejor dejar la expedicin para otro da,
porque el cielo estaba obscuro y la mar algo picada; pero Recalde afirm
que aclarara.

Ya decididos, compramos queso, pan y una botella de vino en el
_Guezurrechape_ del muelle; bajamos al rincn de _Cay erdi_ donde
guardaba sus lanchas Shacu; desatamos el _Cachalote_ y nos lanzamos al
mar. Llevbamos un ancla pequea de cuatro uas, atada a una cuerda, y
un achicador consistente en una pala de madera para sacar agua.

Iramos dos remando y uno en el timn, y nos reemplazaramos para
descansar. Salimos del puerto; el horizonte se presentaba nublado, con
algunos agujeros, en cuyo fondo brillaba el azul del cielo; pasamos la
barra en nuestro _Cachalote_, que bailaba sobre las olas como un
cetceo jovial, y comenzamos a doblar el Izarra a larga distancia de los
arrecifes.

Yo me acordaba de las fantasas de Yurrumendi acerca de la sima que hay
en aquel sitio en el mar, y me vea bajando al insondable abismo con una
velocidad de veinticinco millas por minuto.

A pesar de las seguridades de Recalde, el cielo no aclaraba; por el
contrario, iba quedando ms turbio, ms gris; haba pocas traineras y
lanchas de pesca fuera del puerto.

El viento soplaba con fuerza, en rfagas violentas; las olas batan las
rocas del Izarra produciendo un estruendo espantoso y llenndolas de
espuma.

Pasamos por delante de Frayburu, la pea grande, negra, la hermana mayor
de las rocas del Izarra, que desde el mar parece un torren en ruinas.

Comenzamos a acercarnos al _Stella Maris_. El aspecto de la goleta con
los mstiles rotos, tumbada sobre una banda como un animal herido en el
corazn, era triste, lastimoso.

El mar chocaba contra las peas y sobre el costado del barco,
produciendo un ruido violento como el de un trueno, las gaviotas
comenzaban a revolotear en derredor nuestro, lanzando gritos salvajes.

Estbamos emocionados; Zelayeta y yo, creo que hubiramos vuelto a
Lzaro con mucho gusto, pero nada dijimos. Recalde no era de los que
retroceden. Las dificultades y el peligro le excitaban. Proponindole
volver no le hubiramos convencido, y, tcitamente, los dos ms reacios
nos decidimos a obedecerle. Terco, pero sin arrebatos, Joshe Mari era
hbil y marino de instinto.

Saba que haba un canalizo estrecho, de cuatro o cinco brazas, entre
los arrecifes, y quera penetrar por l para acercarse a la goleta.
Muchas veces enfilamos la entrada del canal; pero al ir a tomarlo nos
desvibamos.

Recalde nos mandaba aguantar en sentido contrario para detenernos.

--Ciad! Ciad!--gritaba.

Y nosotros metamos las palas de los remos en el agua, resistiendo todo
lo posible.

Hubo un instante en que no pudimos contrarrestar el impulso de una ola,
y entramos en el canalizo rasando las rocas, envueltos en nubes de
espuma, expuestos a hacernos pedazos.

Alrededor, cerca de nosotros, todo el mar estaba blanco; en cambio, por
contraste, ms lejos pareca completamente negro.

Las olas saltaban sobre las peas con tal fuerza que, al caer la espuma
en copos blancos como nieve lquida, nos calaba la ropa.

A medida que avanzbamos en el canal, el mar iba quedando ms tranquilo;
el agua verdosa, casi inmvil, se cubra de meandros de plata.

Cuando nos vimos en seguridad nos miramos satisfechos. Zelayeta se puso
a proa con el bichero, y Recalde y yo, unas veces remando y otras
empujando contra las rocas, avanzamos despacio. De pronto, Zelayeta
grit, mientras apretaba con el bichero:

--Eh! Parad.

--Qu pasa?

--Hay que pararse. Perdemos fondo.

El bote iba rasando la roca. Nos detuvimos. Estbamos a veinte pasos del
barco. Yo vi que de la popa colgaba una braza de cuerda; salt de pea
en pea y comenc a escalar el _Stella Maris_ a pulso.

[Ilustracin]

Al asomarme por la borda, una bandada de pjaros y de gaviotas levant
el vuelo, y tal impresin me hicieron que por poco me caigo al mar.

Algunas de aquellas furiosas aves me atacaban a picotazos y revoloteaban
alrededor de m lanzando gritos agudos. Con un trozo de amarra pude
defenderme y hacerlas hur.

--Qu pasa?--grit Recalde.

--Nada--dije yo--. Son pjaros. Se puede subir.

--Echa esa cuerda.

Les ech una cuerda, que ataron al _Cachalote_, y luego, saltando como
yo, de una piedra en otra, subieron al barco.

Tomamos posesin, solemnemente, del _Stella Maris_. Fu lstima que no
tuviramos el can de la cueva del ro para saludar con salvas nuestra
primera conquista.

Luego nos dispusimos a reconocer el barco. El _Stella Maris_ estaba
hundido por la proa y levantado por la popa. La cubierta se hallaba
rajada a consecuencia de haberse venido abajo los palos y las poleas. En
la parte donde no llegaba el agua se amontonaban excrementos de pjaros,
huesos de gaviotas y plumas; cerca de la proa, desencuadernada, deshecha
y humedecida por la marea, las tablas se hallaban cubiertas de algas y
de fucos y resbaladizas como una cucaa.

La humedad y el sol iban abriendo las maderas y derritiendo la brea;
todos los hierros y argollas se hallaban rodos por el orn; la rueda
del timn giraba todava, chirriando; no se tocaba nada que no se
desmoronase; algunos manojos de maromas, como serpientes enroscadas, se
pudran sobre cubierta.

Recalde, que forcejeaba para abrir la escotilla de popa, lleg a
conseguirlo y desapareci por ella.

--Se puede andar por ah?--le preguntamos.

--S, hay agua; pero se puede andar.

Bajamos los tres y registramos el camarote principal, la despensa y la
bodega, anegados. No encontramos nada; solamente Zelayeta hall un
devocionario en francs, impreso en Quimper, que se lo guard.

Con las emociones y el cansancio se nos haba abierto el apetito.
Sacamos el pan y el queso y, sentados en la popa, los devoramos pronto.

Discutimos nuestro programa para la tarde; decidimos ir a explorar
Frayburu.

Este pen, desde el mar, por la parte protegida del noroeste, aparece
distinto a como se le ve desde tierra, pues tiene una pequea playa y
unos cuantos zarzales que crecen entre las rocas.

El tiempo mejoraba; la marea comenzaba a subir; las olas verdes y mansas
iban cubriendo las rocas, y avanzaban cada vez ms cerca de nosotros; el
agua entraba por las aberturas de la proa del _Stella Maris_, se tenda
por el plano inclinado de la cubierta y se retiraba con un suave
murmullo.

A veces, un golpe de mar violento haca estremecerse a todo el barco, y,
entonces, los hierros y argollas, la rueda del timn y la obra muerta,
rechinaban como con una protesta de malhumor.

--Podremos salir de aqu sin tomar el canal por donde hemos
entrado?--pregunt yo.

--Con la marea alta saldremos ms fcilmente--dijo Recalde.

En esto omos un crujido fuerte.

--Qu pasa?--nos preguntamos los tres.

No nos pudimos dar cuenta de lo que ocurra.




XIII


LA GRUTA DEL IZARRA

Nos asomamos a la borda. El _Cachalote_ estaba hundido, sujeto a la
amarra. Sin duda, al chocar el bote con alguna piedra, se haba abierto.
Qu bamos a hacer? Cmo volver a Lzaro?

Zelayeta propuso subirse al trozo de palo ms alto de los dos que
quedaban a la goleta, y pedir auxilio desde all, si pasaba cerca alguna
lancha pescadora; pero este remedio era lento y poco eficaz. A Recalde
debi parecerle, adems, el procedimiento un tanto humillante, y dijo
que tenamos que sacar el bote.

Entre los tres, tirando de la amarra, pudimos extraer del agua la
chanela sumergida; pero no tenamos fuerza para subirla hasta la
cubierta del _Stella Maris,_ y fuimos llevndola hasta el lado donde no
azotaban las olas, entre el barco y Frayburu.

As dejamos el bote, medio atado, medio sostenido en el agua. Recalde se
desnud, se descolg por un trozo de escala hasta sostenerse en unas
rocas, y l empujando, y Zelayeta y yo tirando de la cuerda, logramos
poner la lanchita a flote. A m me daba espanto ver a Recalde en medio
del agua, y le dije que subiera, pero l afirm que no corra el menor
peligro.

El _Cachalote_ tena entre las costillas una rajadura como de un palmo
de larga.

--Echadme trozos de cuerda--dijo Recalde.

Le echamos todos los que pudimos encontrar, y fue rellenando la abertura
hasta cerrarla por completo. Como las cuerdas estaban empapadas en brea,
servan muy bien. Despus, cuando concluy de cerrar la va de agua,
dijo:

--Dadme la ropa.

Le echamos la ropa, y se fue vistiendo despacio.

--Aqu no podemos ir ms que dos--aadi--. Esto no resiste ms; uno que
reme y otro que vaya achicando el agua y teniendo cuidado de que no se
abra el boquete. Quin de vosotros va a venir?

--Dilo t--contest Zelayeta, no muy entusiasmado.

--Bueno; que venga Shanti. Dnde est el achicador?

--Debe estar en el bote, si no se ha ido al agua--le dije yo.

--Sin achicador no podemos hacer nada--murmur Recalde.

Lo buscamos, y lo vimos flotando a poca distancia.

--Vamos, baja--me dijo Recalde.

Me descolgu, un poco emocionado. La posibilidad de ir a explorar la
gran sima negra de que hablaba Yurrumendi se iba haciendo cada vez
mayor. Me vea como aquel marinero del _Stella Maris_, que el mar haba
arrojado a una pea, con la cara carcomida y sin una mano.

--Hasta salir de las rocas rema t--me dijo Recalde--; yo guiar.

Comenc a remar; miraba con terror el suelo del bote, que se iba
llenando de agua. Recalde diriga; la marea estaba en su pleno; pasamos
por encima de los arrecifes, sin el menor contratiempo. Dejamos Frayburu
a un lado y nos dirigimos hacia el Izarra.

Al salir de entre las peas, en donde se rompan las olas, cambiamos de
sitio.

--Ahora, yo remar--dijo Recalde--; t no hagas ms que ir achicando.

Era tiempo, porque el bote iba haciendo agua; tena yo los pies y los
pantalones mojados. Me puse a trabajar con el achicador, con bro, y
consegu que el nivel del agua dentro del bote disminuyera muchsimo.

Pensbamos dar la vuelta al monte Izarra y atracar en la punta del Faro.
Cuando se cans Recalde de remar, le substitu yo. No quera mirar a
tierra, para no ver la distancia que nos separaba.

Adems, nos encontrbamos enfrente de la gruta del Izarra, de que tanto
hablaba Yurrumendi, y nos daba cierto temor.

Al cambiar de sitio no s qu hicimos; el tapn de la abertura debi
moverse, y empez a inundarse de nuevo el bote. Recalde se agach e
intent cerrar la va de agua, pero no lo consigui. Yo dej de remar.

--Dame el pauelo--me grit l.

Le di el pauelo.

--A ver, la boina.

Le di la boina, y mientrastanto me puse a sacar agua, para no pensar en
la situacin desesperada en que nos veamos. Recalde cerraba el agujero
por un lado, pero se le abra por otro. Sudaba sin conseguir su objeto.

--Sabes andar?--me dijo, ya comenzando a asustarse de veras.

--Muy poco--contest yo, con un estoicismo siniestro.

Recalde persisti en sus tentativas, y lleg a impedir que siguiera
inundndose el bote.

Estbamos a unos doscientos metros de la gruta de Izarra.

--Habr que ir directamente a la cueva--dije yo.

--A la cueva! Para qu?--pregunt Recalde, sobresaltado.

--No habr ms remedio. Si no se nos va a abrir el _Cachalote_ antes de
llegar a la punta del Faro.

--S, es verdad; vamos.

Comenc a remar despacio, con cuidado, haciendo la menor violencia, para
que no saltaran los tapones del bote. Yo miraba a Recalde, y Recalde
miraba el agujero enorme del Izarra, que iba hacindose ms grande a
medida que nos acercbamos.

Vea el terror representado en los ojos de mi compaero. La sima abra
ante nosotros su boca llena de espumas. Me esforc en hablar
tranquilamente a Recalte y en convencerle de que toda la fantasmagora
atribuda a la gruta era slo para asustar a los chiquillos.

Cuando yo me volv me qued sobrecogido. Aquello pareca la puerta de
una inmensa catedral irregular edificada sobre el agua. Dos grandes
lajas de pizarra negra la limitaban. Nos acercamos; nuestro estupor
aumentaba.

Fuimos bordeando algunas rocas de la entrada de la cueva: extraos y
fantsticos centinelas. Recalde, en el fondo mucho ms supersticioso que
yo, no quera mirar. Cuando le inst para que contemplara el interior de
la gruta, me dijo rudamente:

--Djame!

Yo, al ver aquella decoracin, comenc a perder el miedo. Miraba con una
curiosidad redoblada. El momento de acercarnos a la entrada fu para
nosotros solemne. Dentro de la gruta negra todo era blanco; pareca que
haban metido en aquella oquedad los huesos de un megaterio grande como
una montaa; unas rocas tenan figura de tibias y metacarpos, de
vrtebras y esfenoides; otras parecan agujas solitarias, obeliscos,
chimeneas, pedestales sobre los que se adivinaba el perfil de un hombre
y de un pjaro; otras, rodas, tenan el aspecto de verdaderos encajes
de piedra formados por el mar.

Las nubes, al pasar por el cielo aclarando u obscureciendo la boca de la
cueva, cambiaban aparentemente la forma de las cosas.

Era un espectculo de pesadilla, de una noche de fiebre.

El mar herva en el interior de aquella espelunca, y la ola produca el
estruendo de un caonazo, haciendo retemblar las entraas del monte.
Recalde estaba aterrado, demudado.

--Es la puerta del infierno--dijo en vascuence, en voz baja, y se
santigu varias veces.

Yo le dije que no tuviera miedo; no nos pasaba nada. El me mir, algo
asombrado de mi serenidad.

--Qu hacemos?--murmur.

--No habr sitio donde atracar?--le pregunt.

Las paredes, hasta bastante altura, eran lisas. Recalde, que las miraba
desesperadamente, vi una especie de plataforma, que segua formando una
cornisa, a unos tres metros de altura sobre el agua.

Nos acercamos a ella.

--A ver si cuando estemos cerca puedes saltar arriba--me dijo Recalde.

Era imposible; no haba saliente donde agarrarse y el bote se mova.

--Si echramos el ancla?--me pregunt mi compaero.

--Para qu? Aqu debe haber mucho fondo--contest yo.

Me acordaba de lo que deca Yurrumendi.

--Qu hacemos entonces? Salir de este agujero?--pregunt.

Recalde estaba desendolo.

--Echa el ancla ah arriba, a ver si se sujeta--le dije yo, indicando
aquella especie de balcn.

Lo intentamos, y a la tercera vez uno de los garfios qued entre las
piedras. Sub yo por la cuerda a la plataforma, y despus l.
Desenganchamos el ancla, por si la cuerda nos poda servir, y
descansamos.

Estbamos sobre una cornisa de piedra carcomida, llena de agujeros y de
lapas, que corra en pendiente suave hacia el interior de la cueva. Unos
pasos ms adentro, en su borde, haba un tronco de rbol, lo que me di
la impresin de que esta cornisa era un camino que llevaba a alguna
parte. El _Cachalote_, abandonado ya, lleno de agua, comenz a marchar
hacia el fondo de la gruta, di en una piedra y se hundi rpidamente.

Yo me adelant unos metros.

La cornisa en donde estbamos se continuaba siempre con aquel tronco de
rbol carcomido en el borde.

--Vamos a ver si de aqu se puede salir a algn lado--dije yo.

--Vamos--repiti Recalde, tembloroso.

Realmente, si no tenamos salida, nuestra situacin, en vez de mejorar,
haba empeorado. Avanzamos con precaucin, afirmando el paso; al
principio se vea bien, luego la obscuridad se fu haciendo intensa. Las
olas entraban y hacan retemblarlo todo; rugan furiosas, con su voz
ronca, en medio de las tinieblas, y aquel estrpito del mar pareca una
algaraba infernal de clamores y de lamentos.

A los treinta o cuarenta pasos de negrura comenzamos a ver delante de
nosotros una plida claridad. Se adivinaban a esta luz incierta las
pirmides afiladas de las rocas, las estalactitas blancas del techo y,
abajo, el mar, hirviendo en espumas, semejaba una aglomeracin de
monstruos de plata revolvindose en un torbellino. Era realmente
extraordinario. El choque de las olas haca temblar las rocas, y su
ruido iba repercutiendo en todos los agujeros y anfractuosidades de la
gruta.

--Mira, mira--le dije a Recalde.

Mi amigo, temblando, murmur:

--Shanti, volvamos atrs.

--No, no--le contest yo--. Aqu debe haber un agujero por donde viene
la luz.

El tronco de rbol del borde de la cornisa indicaba que en otro tiempo
haba andado por all gente. Seguimos avanzando y salimos debajo de una
chimenea inclinada que formaban dos lajas de pizarra. Quedaban restos de
tramos de una escalera. Recalde, ms gil que yo, trep hasta arriba, y
yo sub despus de l, ayudndome de la cuerda.

Estbamos entre las rocas del Izarra; nos faltaban unos metros para
llegar hasta el camino del acantilado. Recalde me confes que pas
momentos de miedo terrible en aquella maldita cueva. Yo intent
convencerle de que dentro de ella no haba nada extraordinario ms que
juegos de luz y de sombra.

La fila de troncos de rbol que haba en el camino indicaba que por all
se haban hecho desembarcos de armas o de contrabando en otras pocas.

Bajamos del Izarra y salimos por entre las peas a la punta del Faro.
Recalde saba que en un pequeo fondeadero, labrado entre las rocas del
promontorio donde se levantaba la torre sola haber una barca que el
torrero utilizaba para pescar; fuimos all y encontramos la lancha; pero
estaba atada con una cadena.

Llamamos en el faro, y una vieja nos dijo que el torrero haba ido a
Elguea. Por otra parte, el que tena la llave de la cadena de la lancha
era un seor que viva en la primera casa de Izarte.

--Este seor estar ahora en la playa. Idos por el arenal y lo
encontraris.

Avanzamos por la playa de las Animas. Primero encontramos un hombre
alto, rojo, con patillas cortas, a quien explicamos lo que nos pasaba y
que no pareci entendernos.

Este hombre se reuni con nosotros y fuimos juntos ms lejos, donde
estaba un seor con una nia. Volvimos a explicar lo que nos pasaba y el
seor se levant y habl con el hombre alto. Luego, los dos hombres, la
nia, Recalde y yo nos acercamos al fondeadero de la punta del Faro; el
seor desat la barca y l y el hombre alto entraron en ella.

Nosotros bamos a embarcarnos, pero el seor nos dijo:

--Vosotros quedaos ah.

El seor se puso al timn, el hombre iz la vela, y la lancha comenz a
marchar rpidamente hacia Frayburu. Una hora despus volvan, trayendo a
Zelayeta.

El viejo nos pregunt nuestros nombres, y cuando yo le dije el mo se
qued mirndome fijamente.

Los tres aventureros reunidos volvimos a Lzaro, cansados, destrozados.

En mi casa no pude ocultar la aventura; tuve que contarlo todo. Mi madre
y la _Iure_ se hacan cruces.

--Qu chico! Qu chico!--decan las dos.

Desde aquel da Joshe Mari Recalde comenz a mirarme con gran
estimacin. El no haberme asustado tanto como l en la cueva del Izarra
le pareca, sin duda, una gran superioridad.

--No creis--sola decir a los condiscpulos--. Parece que no, pero
Shanti es muy valiente.

Muchas veces, despus de tantos aos, suelo soar que voy en el
_Cachalote_ por la entrada de la cueva del Izarra y que no encuentro
sitio donde atracar, y tal espanto me produce la idea, que me despierto
estremecido y baado en sudor.

[Ilustracin]





LIBRO SEGUNDO




JUVENTUD




I


MIS PRIMEROS VIAJES

Nuestra aventura fu muy sonada en _Lzaro;_ todo el mundo se enter, y
hubo que pagar el _Cachalote_ a Zapiain, el relojero y corredor de
comercio.

Para nosotros no era cosa de avergonzarnos; los chicos nos admiraban. Yo
cont de mil maneras distintas las impresiones que se experimentaban en
la cueva del Izarra y demostr que en ella no haba nada maravilloso,
sino restos del paso de contrabandistas.

Mi abuela y mi madre no quisieron, sin duda, dejarme envanecer con esta
aura popular, y despus de los exmenes en la Escuela de Nutica, me
entregaron en manos de don Ciriaco Andonaegui, capitn de una fragata de
la derrota de Cdiz a Filipinas y de Filipinas a Cdiz.

Don Ciriaco haba comenzado su carrera de marino de la misma manera, con
mi abuelo, y era justo hiciese por m lo que uno de mi familia haba
hecho por l.

Mi abuela y don Ciriaco decidieron enviarme a navegar como agregado.
Despus le acompaara a don Ciriaco en la derrota de Cdiz a Filipinas,
y, tras este viaje de un ao o ao y medio, me quedara en San Fernando
para conclur mis estudios de nutica.

Mi viaje como agregado fu desde Liverpool a la Habana, en el bergantn
_Caridad_, con el capitn Urdampilleta. Tardamos ms de dos meses; no
fuimos en lnea recta: bajamos a las Canarias, y desde all nos
encaminamos a las Antillas.

De Cuba volvimos a Manchester y de Manchester a Cdiz.

En el bergantn aqul el aprendizaje era terrible; no se coma apenas,
ni se poda dormir, ni mudarse; en cambio, cuando haca buen tiempo, una
delicia: se jugaba a las cartas y se contaban cuentos de brujas y de
piratas. Los marineros, casi todos vascos, se avenan bien y no haba
rias.

A la vuelta de este viaje me embarqu con don Ciriaco en Cdiz, en la
_Bella Vizcana._ La fragata me pareci un saln, tan limpia, tan
arreglada estaba.

Don Ciriaco, como su barco, era tambin muy atildado y muy pulcro.
Llevaba casi siempre sombrero de paja, traje blanco, patillas cortas, ya
grises. Hablaba con un acento entre vascongado y andaluz, intercalando
palabras filipinas; tipo de marino a la antigua, conoca muy bien su
derrota, pero en lo dems estaba poco enterado. Le gustaba la ciudad y
la vida social. Haba estudiado en Vergara y saba tres cosas no muy
frecuentes entre los marinos mercantes: saba latn, saba bailar y
saba hacer versos.

Don Ciriaco quiso completar mi educacin, y varias veces me pregunt si
no tena aficin a la poesa o al baile; pero sin duda mis aptitudes no
iban por ese camino.

Salimos de Cdiz; aun no se haba pensado en abrir el istmo de Suez, y
el viaje a Filipinas se haca por el Cabo de Buena Esperanza. Bajamos
por la costa de frica a buscar los vientos alisios, atravesamos las
calmas ecuatoriales y paramos en Cabo Verde. Continuamos hacia el sur,
hasta hallar los vientos del oeste y poder cortar las calmas del trpico
de Capricornio; doblamos el Cabo y fuimos dando una gran vuelta por el
mar de las Indias, en direccin del estrecho de la Sonda.

La primera Nochebuena a bordo la pas en el Ocano ndico, despus de
una tarde sofocante. De da, el mar estuvo como una llanura inmvil de
cristal fundido por el sol, y la noche fu esplndida, cuajada de
estrellas refulgentes.

La mayor parte de la tripulacin la formaban chinos que no celebraban
este da. Pero los espaoles vascongados y andaluces estuvimos bebiendo
y cantando hasta muy entrada la noche.

Atravesado el estrecho de la Sonda, nos quedaba poca distancia. Tardamos
en toda la travesa cinco meses, y, como el viaje en este tiempo era
para don Ciriaco un xito, entramos en la baha de Manila disparando
cohetes.

Los das que pas en Manila se deslizaron para m rpidamente; todo lo
encontraba nuevo y lleno de inters; era un chico, y no tena motivos
mas que para estar contento.

Salimos de Filipinas en marzo, y, en vez de volver por el estrecho de la
Sonda, fuimos con la monzn del sudoeste a entrar en el mar de las
Molucas, pasamos por el estrecho de Gilolo y luego por el paso de Pitt y
el estrecho de Ombay.

Desde aqu hicimos rumbo, para llegar lo ms pronto posible a la regin
de los alisios, que pensbamos encontrar hacia los paralelos 18  20;
pero no tuvimos suerte.

Al doblar el Cabo de Buena Esperanza luchamos con una violenta
tempestad, que por poco no nos arrastra hacia los escollos del
continente africano, y en todo el resto del viaje fuimos padeciendo
borrascas y tiempos duros.

Cuando pis Cdiz, sent un verdadero placer. Hubiese querido ir a
Lzaro, pero el curso empezaba, y don Ciriaco opin que no deba perder
ni un da de clase. El capitn me present en la escuela de San Fernando
y me llev a casa de una seora conocida suya en esta ciudad, para que
me tuvieran de husped.

De la escuela de San Fernando saldra piloto primero, despus hara un
par de viajes y luego don Ciriaco se retirara, dejndome que le
substituyera en el mando de la _Bella Vizcana._

[Ilustracin]




II


HISTORIA DE LA BELLA VIZCANA

El primer sbado del curso, por la tarde, don Ciriaco se present en mi
casa, en San Fernando, y me dijo:

Vente a dormir al barco. Maana tenemos que ir a Cdiz. Te voy a
presentar en casa de Cepeda. Lleva el traje nuevo.

El seor don Matas Cepeda era el socio principal de la Sociedad naviera
Vasco-Andaluza, Cepeda y Compaa, propietaria de la fragata que mandaba
don Ciriaco y de otros muchos buques.

Fuimos al barco, dorm yo en mi camarote y por la maana me despertaron
dos golpes en la puerta.

--Eh, Shanti!--me dijo don Ciriaco--, ya es hora. Duermes como un
lirn.

Me levant, me vest y me acical todo lo posible. Los marineros de la
fragata, vestidos de da de fiesta, nos esperaban en el bote; entramos
don Ciriaco y yo, y nos dirigimos al puerto de Cdiz. En el camino mi
capitn me explic en vascuence que la visita la hacamos principalmente
a la seora de Cepeda, una vascongada, paisana nuestra, casada primero
con Fermn Menchaca y despus con don Matas Cepeda, un almacenista,
socio del primer marido.

Desembarcamos en el muelle, pasamos la puerta del Mar y seguimos por una
calle prxima a la muralla.

Llegamos cerca de la Aduana, y don Ciriaco se detuvo delante de una casa
grande, con miradores.

--Aqu es--dijo.

Entramos en un portal altsimo, enlosado de mrmol. Lo cruzamos. Llam
el capitn; un criado abri la cancela y nos pas a un patio con el
suelo tambin de mrmol, el techo encristalado y las galeras con
arcadas.

Precedidos por el criado, subimos la escalera monumental, y,
recorriendo un pasillo, llegamos a un saln inmenso, con grandes espejos
y medallones.

Esperamos un rato y apareci la duea de la casa, doa Hortensia, una
mujer opulenta, hermossima.

Nos recibi con gran amabilidad. Don Ciriaco estuvo muy cortesano con
ella. Realmente, el viejo capitn era un hombre de saln.

Don Ciriaco, exagerando un poco, le habl a doa Hortensia de mi
familia, de nuestra casa solariega de Lzaro, de mis antepasados.... Al
or los detalles de nuestro preclaro abolengo, la amabilidad de la bella
seora aument.

Doa Hortensia senta una extremada debilidad por las preeminencias
nobiliarias, y result cosa no muy rara entre vascongados, que tenamos
un apellido comn.

--Debemos ser parientes--dijo ella.

--Es muy posible--repuse yo.

--Pues si eres algo pariente mo, no te choque que te hable de t,
porque a m me pareces todava un chiquillo.

Yo, completamente confundido y turbado, le dije que me alegrara de esta
confianza por su parte.

Estbamos hablando cuando entr, acompaada de una criada vieja, la hija
de doa Hortensia, Dolorcitas, una muchachita de catorce o quince aos,
preciosa. Don Ciriaco estuvo con ella como un viejo galante de la corte
de Versalles. Dolorcitas se pareca a su madre; pero era ms pequea de
estatura, de ojos ms negros y de tez algo ms morena. Tena una gran
movilidad en la expresin y mucha gracia hablando.

Habr que decir que yo estuve en su presencia torpe, turbado, hecho un
tonto? No, no es necesario. Me encontraba en la edad del pavo, no haba
tratado a ninguna mujer y era naturalmente tmido.

Doa Hortensia dijo al criado:

--Dgale al seor que le esperamos para almorzar.

Media hora despus vino don Matas Cepeda y fu presentado a l. El
seor Cepeda no era un hombre simptico ni mucho menos; tena la cara
dura, juanetuda, la nariz chata, la frente pequea y el bigote corto y
cerdoso.

Con don Ciriaco el seor Cepeda estuvo muy atento, y hasta pretendi ser
ocurrente; a m no me mir. Sin duda, el no tener cincuenta aos, para
don Matas era una impertinencia.

Solamente me dirigi una frase, y sta me escoci:

--Ten cuidado--me dijo--, porque aqu, en Cdiz, te van a tomar el pelo.

Despus de almorzar, don Matas y don Ciriaco se retiraron para hablar
de negocios, y doa Hortensia y Dolorcitas quisieron ensearme la casa.
Esto halagaba su vanidad.

La casa era enorme. Se trasluca all un verdadero delirio de grandezas:
el suelo era de mrmol, los salones vastsimos, con techos pintados e
historiados; los miradores tan anchos y espaciosos como si fueran otras
habitaciones. En los testeros se vean espejos de toda la pared, y en
los pasillos se levantaban estatuas y fuentes de alabastro.

Yo entonces aun no haba visto nada, no poda comprender la diferencia
que existe entre la ostentacin lujosa y el buen gusto, y qued
maravillado.

Despus de recorrer la casa subimos la azotea y estuvimos contemplando
la baha de Cdiz, inundada de sol, llena de fragatas, de bergantines y
de goletas.

Dolorcitas trajo un anteojo y miramos el Puerto de Santa Mara, Rota y
Puerto Real.

Yo cont lo mejor que pude mi viaje con don Ciriaco. Despus vinieron
unas cuantas amigas de Dolorcitas. Yo estuve hablando con doa
Hortensia, que se mostr muy amable conmigo.

A media tarde don Ciriaco me llam.

--Vamos, Shanti--me dijo.

El ama de la casa me advirti que todos los domingos y das de fiesta
estaba invitado a comer all. Si no iba, preguntaran por m y me
llevaran a la fuerza.

Me desped de todos, y sal con don Ciriaco, entusiasmado. El viejo
capitn me llev a un colmado de la misma calle de la Aduana, llam al
dueo, un montas amigo suyo, y le recomend una comida escogida, una
comida para gente que comprende lo trascendental de la misin de
engullir. El dueo del colmado y don Ciriaco discutieron detalladamente
los platos, las salsas y los vinos.

--Necesito una hora para preparar todo eso--dijo el montas.

--Muy bien--contest el capitn--. Le concedemos a usted la hora.

--Pueden ustedes dar una vuelta si quieren.

--No, no. Para qu? Trigase usted una botella de manzanilla de
Sanlcar y unas aceitunas.

Bebimos los dos, y, de pronto, me dijo don Ciriaco:

--Mira, pilotn; te he presentado a Hortensia y a don Matas, porque te
pueden servir.

--Muchas gracias!--repuse yo.

--Esprate. Aqu tienes que quedarte durante un ao; no conoces a nadie
y es conveniente que, en caso de necesidad, puedas dirigirte a alguien;
pero te voy a contar la historia de Hortensia para que sepas a qu
atenerte.

--Demonio! Tiene historia.

--T vers. Hortensia es vizcana, de un pueblo prximo a Bilbao. Su
padre era un contramaestre a quien llamaban el Griego. Probablemente lo
sera; algn aventurero que lleg al pueblo y se cas. La bella
Hortensia tena pretensiones, era muy hermosa y no quera casarse con un
cualquiera. Despus de todo haca bien. En esto, un amigo mo, Fermn
Menchaca, capitn de barco metido a comerciante en Cdiz, fu al pueblo,
donde acababa de morir su padre, que era patrn de una lancha; vio a
Hortensia y se enamor de ella. Menchaca no estaba dispuesto a casarse,
ni tampoco a dejar a Hortensia. La llen de regalos y de joyas. Ella
dijo que no a todo. O su mujer o nada. Menchaca prometi hacerla su
mujer y Hortensia cedi. En el momento del matrimonio, Menchaca, que era
voluble, se escap del pueblo, dejando a Hortensia embarazada.

La muchacha, nada tmida, al ver su abandono, vendi las joyas que le
haba regalado el amante y se present con su hija en Cdiz. Menchaca
estaba en Filipinas; Hortensia fu a Filipinas, encontr a Menchaca y le
oblig a casarse con ella.

Menchaca era un hombre exaltado, brutal, atrevido, con ideas geniales,
capaz de cosas buenas y de cosas malas. Menchaca no era un hombre
completo; crea como en un artculo de fe en esa simpleza de que a las
mujeres no hay que tomarlas en serio. Te lo dice un viejo, y un viejo
soltern que ha adorado a las mujeres; Shanti, no creas nada de lo que
digan ellas, y menos lo que te digan de ellas. No creas que una mujer
es, por serlo, dbil o tmida o poco inteligente. El sexo es una
indicacin muy vaga y las variaciones son infinitas. Si quieres saber
cmo es una mujer, primeramente no te enamores de ella; despus
estdiala con tranquilidad, y cuando la conozcas bien ... te pasar que
ya no te importar nada por ella.

--Tratar de seguir su consejo.

--Si puedes, pilotn; si puedes.... Como iba diciendo, a pesar de que
Menchaca tena medios de comprobar que Hortensia era un carcter, no
quiso verlo ni reconocerlo. Menchaca se haba asociado con este don
Matas Cepeda que has visto; asociacin extraa desde el punto de vista
del carcter, porque Menchaca era un hombre atrevido y lleno de
iniciativas, y, por el contrario, Cepeda es el tipo vulgar del
comerciante escamn que va marchando rutinariamente sobre seguro. Cepeda
es un asturiano que vino aqu sin un cuarto y hoy tiene una gran
fortuna.

--Pues eso, don Ciriaco, no me parece de tontos.

--Pero t sabes por qu medio ha hecho Cepeda su fortuna?

--No.

--Pues con su fsico.

--Con su fsico? Tiene gracia.

--S, con su fsico. T dirs que no es un Adonis; pero la fealdad en un
hombre no es casi nunca un obstculo. Cepeda lleg a Cdiz, de sus
montaas de Asturias, y entr de dependiente en un gran almacn de
azcar, de caf y de cacao de la calle de la Aduana; luego se cas con
la duea, y sta, al morir, le instituy heredero nico, con lo que
qued viudo y riqusimo.

Cepeda era naturalmente tmido con su dinero; Menchaca le impuls a los
negocios y los dos ganaron millones. El uno completaba al otro. Menchaca
era el hombre de iniciativa y de bro, el que conceba los proyectos;
Cepeda resolva los detalles y las dificultades prcticas.

Menchaca, cuando se instal en Cdiz, tuvo la veleidad de poner casa a
una muchacha de Puerto Real, y de pasear con ella en coche y regalarla
trajes y joyas.

Entonces fu cuando se comenz a hablar de que Hortensia se entenda con
el socio de su marido, con Cepeda. Yo nunca lo cre. Menchaca era, como
te he dicho, un exaltado, casi un loco, y al or que su mujer le
engaaba se enamor de ella nuevamente. Menchaca ya era viejo. Tendra
cerca de cincuenta aos, y un hombre de cincuenta aos que se enamora es
como el caballo de un coche simn que se desboca. Menchaca abandon a la
muchacha de Puerto Real y comenz a vigilar a su mujer.

Ella estaba ofendida profundamente; l, celoso y sombro, no quiso pedir
explicaciones ni reconocer su culpa, considerando este reconocimiento
como un agravio a su dignidad; una palabra a tiempo hubiera reconciliado
a los esposos; pero ninguno de ellos quiso pronunciarla. La hostilidad
entre los dos se hizo cada vez mayor. Coman separados y no se vean ni
se dirigan la palabra.

En esto, estaban concluyendo en Portsmouth una fragata para la Sociedad
Vasco-Andaluza; no le faltaba ms que algunos detalles. Menchaca fu a
Inglaterra a recogerla. No s si sabrs que, cuando se construye un
buque, se hace un libro o cuaderno que se entrega por el constructor al
primer oficial que lo manda.

--S, lo s. Se llama _pliego de historia_, y en l se anotan cuantas
circunstancias se han observado en la construccin.

--Exacto. Pues cuando le entregaron el _pliego de historia_ del barco y
ley el nombre, Menchaca estuvo a punto de tener una congestin.

--Demonio! Cmo se llamaba el barco?

--La _Bella Vizcana._

--Nuestra fragata?

--La misma, pilotn, la misma. Y alguien encontr que la sirena del
mascarn de proa tena las facciones de la hermosa Hortensia.

--Bah!

--Fantasas que se inventan. Menchaca desde entonces qued ms sombro
que nunca. No era posible que a Cepeda se le hubiese ocurrido aquella
idea de bautizar as el barco, con el fin de mortificar a su socio. El
pensamiento parti seguramente de ella.

La situacin del matrimonio segua difcil y sin mejorar, cuando un da
Menchaca, jugando con unas pistolas, no se sabe si inadvertida o
intencionadamente, se peg un tiro en la sien y cay muerto.

Al ao Hortensia celebr su matrimonio con don Matas Cepeda; compraron
la casa de la calle de la Aduana y la arreglaron.

Esas son cosas de todos los tiempos--concluy diciendo don Ciriaco
filosficamente--, que han pasado, que pasan y que pasarn. Te he
contado la historia de Hortensia para que sepas qu clase de mujer es, y
para que no digas sin querer delante de ella alguna inconveniencia.

Comentamos los hechos y despus hicimos honor a la cena, que fu
exquisita.

Don Ciriaco pensaba zarpar al da siguiente; yo quise acompaarle hasta
el barco; pero l no lo permiti.

--T vete a estudiar a San Fernando--me dijo--. No pasar mucho tiempo
en que seas t el que te vayas y yo el que me quede. Adis, Shanti!

--Adis.

Nos abrazamos, l se meti en el bote y desapareci.




III


DOLORES DE VANIDAD

El domingo siguiente, por la maana, marchaba yo a casa de doa
Hortensia, por las calles de Cdiz. Iba con el corazn en un puo. Tema
que me recibieran mal o framente; pero no: mi paisana y su hija
Dolorcitas me acogieron con grandes extremos de amistad.

Estaban preparndose para ir a misa, y yo las acompa hasta una iglesia
prxima. A la vuelta dimos un paseo por la calle Ancha y la plaza de
Mina, y volvimos a casa.

El encuentro con don Matas me preocupaba. Aquella estpida insinuacin
del seor Cepeda de que se burlaran de m me intranquilizaba. Era muy
suspicaz, como todos los hombres tmidos, y estaba siempre en guardia,
creyendo ver ofensas en cualquier cosa.

Lleg don Matas y, efectivamente, me recibi con frialdad y como con
cierto alarde de no darme importancia.

--Este joven insignificante para m no existe--era lo que pareca querer
dar a entender aquel seor.

Don Matas era, aunque no de una manera ostensible, mi adversario. Haca
como si no me notara, por mi insignificancia; pero yo, a travs de su
aire indiferente, le senta hostil. Tena sobre m la ventaja de hablar
castellano bien, y se vala de ella para humillarme. Es una idea
estlida y mezquina, muy frecuente en Espaa, creer que se demuestra
superioridad burlndose de una persona ingenua con frases de doble
sentido que dejan estupefacto al que ignora su significado. Don Matas
demostraba as su superioridad.

Yo, al caer en uno de estos lazos burdos, me confunda, y don Matas
soltaba la carcajada. Entonces, ya turbado, no saba qu hacer y miraba
desde el amo de la casa hasta los criados como a enemigos que queran
humillarme.

Es ridculo y absurdo cmo en la juventud se sufre por necedades sin
importancia.

Don Matas y yo nos sentamos como tipos de distinta raza. El no deba
notar en m suficiente respeto, y el que yo me permitiese tener opinin
acerca de las cosas le produca una mezcla de clera y de asombro que
ahora me hubiera parecido cmica. El seor Cepeda no poda discurrir,
razonar con libertad; no contaba con el suficiente nmero de ideas para
comparar y obtener juicios propios; verdad es que a la mayora de la
gente le pasa lo mismo.

Para suplir esta falta de ideas, don Matas se refugiaba en las
ancdotas. En su cabeza, cada idea tosca y primitiva lleva como
atornillada una serie de cuentos y de chistes.

--Eso no es as--deca, por ejemplo, al exponer yo una opinin
cualquiera--, y te contestar con lo que dijo Periquito Snchez a don
Juan Martnez en Cdiz, en el ao de 27....

Y don Matas segua as con una velocidad de galpago, hasta contar una
ancdota de una vulgaridad aplastante.

Como hombre de poca delicadeza natural y de cultura rudimentaria, no
era, ni mucho menos, un modelo de discrecin, y a veces tena salidas de
patn que le regocijaban muchsimo. En el fondo estaba sorprendido de
verse a s mismo tan alto; haba hecho esfuerzos para convencerse de que
su caudal, que no dependa ms que de un matrimonio afortunado y de la
suerte, era obra de su talento y de su perseverancia.

Don Matas era el tipo del buen burgus: bruto, rutinario, indelicado y,
en el fondo, inmoral. Toda rutina le pareca santa, el precedente la
mejor razn. Don Matas tena sus manas; por ejemplo, ir siempre tarde
a comer para demostrar que los muchos trabajos no le permitan ser
puntual.

Don Matas sola estar en su despacho con su gorro y su bata, cuando no
andaba por el almacn, por entre hileras de sacos y de cajas, dando
rdenes o paseando con las manos cruzadas en la espalda.

El dependiente principal, que le conoca bien, un jerezano muy chistoso,
deca del seor Cepeda que se pasaba el tiempo cortando papeles para
llevarlos al retrete, o haciendo punta a los lpices lo ms despacio
posible para obtener el gusto de aparecer ante su familia como atareado.
Hasta en eso era mezquino, porque haca las puntas de los lpices cortas
y cortaba los papeles pequeos. Rooso para todo, era hombre de rumbo
para los gastos de la casa y de la bella Hortensia. Tena el sentimiento
del comerciante rico que considera a la mujer como el mejor medio de
lucirse.

En la apariencia, don Matas era un hombre respetabilsimo, serio, de
ideas profundas; en el fondo era un pobre majadero, un caso de
pedantera y de vanidad grotescas. A Dolorcitas la trataba secamente, no
por ser su hijastra y no su hija, sino porque consideraba que se era su
papel de hombre de negocios.

Aquel solemne y majestuoso idiota crea que, para ser marido y padre a
la inglesa, tena que mostrarse fro con su mujer y su hija.

Esa tendencia anglmana que se ha desarrollado en algunos pueblos
andaluces, no me resulta. Los ingleses, que en general son tiesos y
formales, tienen la ventaja de su tiesura y de su formalidad; pero estos
anglmanos del Medioda, con su mezcla de tiesura y de mandanga, me
parecen bastante cmicos.

Dolorcitas, como era natural, no tena mucho cario por su padrastro.
Don Matas varias veces le prometi llevarla al teatro, y luego, para
demostrar su autoridad sin duda, haca como que se olvidaba de su
promesa y dejaba a la muchacha llorando.

Todos los domingos, despus de almorzar, don Matas, con su levita, sus
guantes, su sombrero de copa y sus botas siempre crujientes, se marchaba
al Casino Moderado, y no volva hasta el anochecer.

Nos quedbamos de sobremesa doa Hortensia, Dolorcitas y yo. Dolorcitas
y yo jugbamos como chicos, recorramos la casa, subamos a la azotea,
bamos al miramar.

La seora Presentacin, una vieja muy graciosa y gesticuladora, a quien
yo no entenda nada de cuanto hablaba, sola venir a avisar a la
seorita Dolores, que alguna de sus amigas acababa de llegar.

Cuando se reuna Dolorcitas con alguna amiga, entonces yo ya no jugaba:
ellas jugaban conmigo. Recuerdo mis conversaciones con Dolores y con una
amiga suya, Mara Jess; deban ser algo como el juego de un oso con dos
monitas.

Las amigas se contaban sus cosas al mismo tiempo, con una velocidad
vertiginosa; yo, en cambio, marchaba como una gabarra cargada hasta el
tope. No he podido hablar nunca el castellano rpidamente, y entonces,
menos. Adems, como buen vasco, he sido siempre un poco irrespetuoso con
esa respetable y honesta seora que se llama la Gramtica.

Las dos chiquillas charlaban haciendo moneras y gestos expresivos.
Dolorcitas, a pesar de ser hija de vascongados, era tan aguda y tan
redicha como una gaditana.

Despus de Mara Jess, que sola llegar la primera, venan a la casa
otras chicas y chicos de la misma edad. Entonces yo me suma en el
mutismo; para qu hablar, si por cada palabra ma ellos soltaban diez o
doce?

Dicen que un nuevo idioma es una nueva alma, y hay algo de verdad en
esto; yo comprenda, al or aquellos muchachos, que no slo no saba el
castellano, sino que mi alma era distinta a la suya. Yo me senta otra
cosa, pero no tena el valor ni la fuerza para creer que mi espritu,
ms concentrado y ms sobrio, vala tanto como el de ellos, todo
expansin, palabras y muecas. Mi humildad me induca a creerme un
salvaje entre civilizados.

Mi timidez me haca pasar unos momentos horribles; una palabra, un
gesto, cualquier cosa bastaba para que la sangre me subiese a la cara.

Dolorcitas sonrea al verme turbado. Vea que sufra y se alegraba. Era
la crueldad natural de la mujer.

Luego, ms tarde, no se contentaba con el placer de confundirme, sino
que le gustaba darme celos. Yo estaba enamorado. Enamorado? Realmente
no s si estaba enamorado, pero s que pensaba en Dolorcitas a todas
horas, con una mezcla de angustia y de clera.

Si ella hubiese hablado un da con un joven y otro da con otro sin
hacer caso de m, quiz no me hubiera hecho efecto; pero vea que sus
coqueteras me las dedicaba expresamente con intencin de mortificarme,
y esto me sublevaba.

En general, el amor es eso, sobre todo en las personas muy jvenes, que
no tienen preocupaciones espirituales; un instinto ms cercano a la
crueldad y al odio que al afecto tranquilo.

A veces, huyendo de la coquetera y de los desdenes mortificantes de
Dolorcitas, pretextaba una ocupacin cualquiera y me marchaba de casa de
don Matas. Qu aburrimiento! Qu saturacin de fastidio! Qu
amargura interior!

El sol brillaba en las calles desiertas, el cielo estaba azul, el mar,
tranquilo. Qu hacer? El mundo entero me pareca intil. El disgusto de
uno mismo, la hostilidad del ambiente, la imposibilidad de formarse otro
a gusto de uno, todo caa sobre m con una pesadumbre de plomo.

En alguna ocasin que Dolorcitas vi en m la decisin firme de
marcharme y no volver por su casa, se sinti de nuevo cariosa conmigo.
Yo no me atreva a reprocharle su coquetera claramente, pero s le dije
varias veces que comprenda que no tuviera simpata por m, porque yo
era ms tosco que ella, y ella me contest que yo le _gutaba az_. Le
gustaba as para mortificarme.

Las tardes del domingo solamos ir a la Alameda de Apodaca, Dolorcitas y
alguna amiga suya; ellas muy elegantes, yo de marinerito.

Desde cerca de la Maestranza contemplbamos la baha de Cdiz, tan azul;
all lejos, Rota y Chipiona brillando al sol con sus caseros blancos;
luego, la costa baja formando una serie de arenales rojizos hasta el
Puerto de Santa Mara, y en el fondo, los montes de Jerez y de
Grazalema, violceos al anochecer, con una lnea recortada y extraa en
el horizonte.

Veamos la entrada de alguna fragata o de algn bergantn que vena con
el atoaje. Luego, al avanzar la tarde, nos dirigamos a casa por la
muralla dando la vuelta a una punta que, si no recuerdo mal, se llama de
San Felipe.

Veamos las bateras con sus caones, avanzbamos por el adarve a mirar
por los huecos de las almenas. Tardbamos todo lo ms posible en entrar
en casa. Al llegar a la Aduana comenzaba a obscurecer.

En las torres blancas de las casas prximas a la muralla quedaban an
resplandores de sol. Echbamos una ltima mirada a la baha.

El mar, como un lago azul, se rizaba apenas por el viento; en los barcos
comenzaban a brillar las luces, y en el puerto resplandeca una fila de
faroles; el cielo de otoo, un cielo azul y rosa, sin una nube, iba
obscureciendo. Las luces de San Fernando comenzaban a reflejarse en el
agua, y la esfera del reloj del Ayuntamiento de Cdiz se iluminaba y se
destacaba en el cielo plido.

Muchas veces, desde aquel sitio de la muralla, oamos las lentas
campanadas del _ngelus._

Al anochecer tomaba la diligencia en una plazoleta prxima y me marchaba
a San Fernando con el espritu angustiado y lleno de una extraa
amargura.

[Ilustracin]




IV


LA PALMERA Y EL PINO

Algunas veces he odo referirse a una poesa de un poeta alemn, creo
que de Enrique Heine, en donde un pino del Norte suspira por ser una
palmera del trpico.

Este smbolo poda representar la situacin espiritual ma en aquella
poca lejana en que estudiaba en San Fernando. Hoy, cosa extraa, no me
gusta nada el Medioda, y tampoco me entusiasman las palmeras, que son,
indudablemente, decorativas, pero que tienen aspecto de algo artificial.

En el tiempo de que hablo era yo el pino que aspira a transformarse en
palmera. Hubiese querido hablar con abandono y ligereza, saber hacer
chistes y comparaciones y echrmelas de Tenorio. Hasta se me ocurri
abandonar el mar y hacerme comerciante, o por lo menos empleado.

Ya no pensaba en islas desiertas ni en hacer de Robinsn; mis ideales
eran otros. Quera transformarme en un andaluz flamenco, en un andaluz
agitanado. Entrar en una de esas tiendas de montas a tomar pescado
frito y a beber vino blanco, ver cmo patea sobre una mesa una
muchachita plida y expresiva, con ojeras moradas y piel de color de
lagarto; tener el gran placer de estar palmoteando una noche entera,
mientras un galafate del muelle canta una cancin de la _maresita_
muerta y el _simenterio_; or a un chatillo, con los tufos sobre las
orejas y el calas hacia la nariz, rasgueando la guitarra; ver a un
hombre gordo contonendose marcando el trasero y moviendo las nalguitas,
y hacer coro a la gente que grita: _Ol!_ y _Ay tu mare!_ y _Ezo l;_
sas eran mis aspiraciones.

Hoy no puedo soportar a la gente que juega con las caderas y con el
vocablo; me parece que una persona que ve en las palabras, no su
significado, sino su sonido, est muy cerca de ser un idiota; pero
entonces no lo crea as. Cada edad tiene sus preocupaciones.

Entonces hubiera querido ser tan discreto, tan conceptuoso y tan
alambicado como todos mis conocimientos.

Le las novelas de Fernn Caballero, que tenan mucha fama; no me
gustaron nada, pero me convenc de que me deban gustar. Las he vuelto a
leer despus, y me han parecido una cosa bonita, pero mezquina. Me dan
la impresin de un cuarto bien adornado, pero tan estrecho, que dentro
de l no se pueden estirar las piernas sin tropezar en algo.

Yo no comprendo bien el entusiasmo que ha habido en la Espaa del siglo
XIX por cultivar la mezquindad. En libros, en dramas y en toda clase de
escritos se ha exaltado con fruicin la ms estpida y fra mezquindad,
como la nica virtud del hombre.

En aquellos tiempos era demasiado tmido para pensar as, no porque no
lo creyese en el fondo, sino porque no tena confianza en m mismo para
afirmar mis ideas categricamente.

El no saber vivir como los dems me produca una sorda clera, una
indignacin frentica.

Me senta como una rueda de reloj suelta que no engrana con otra.

La verdad es que si la civilizacin era lo que crea don Matas Cepeda:
tener un almacn de cacao y de azcar y otro almacn de chistes y de
frasecitas, yo no llevaba camino de civilizado.

A veces me daban ganas de dar un puntapi a aquella gente, que despus
de todo no me serva para nada, y mandar a paseo a don Matas, a su
mujer, a la nia y a todos sus amigos y amigas.

Yo no comprenda que haba en m una exuberancia de vida, un deseo de
accin; no vea que alternaba con gente orgnica y moralmente
encanijada; que yo necesitaba hacer algo, gastar la energa, vivir.

Muchas veces, al asomarme a la muralla, al ver la baha de Cdiz,
inundada de sol, el mar somnoliento, dormido; los pueblos lejanos, con
sus casas blancas; la sierra azul de Jerez y Grazalema recortada en el
cielo; al contemplar esta decoracin esplndida, me preguntaba:

--Y todo esto, para qu? Para vivir como un miserable conejo y recitar
unos cuantos chistes estpidos?

Realmente era poca cosa.

Un domingo de invierno, por la tarde, al anochecer, no s por qu me
decid a dejar la diligencia de San Fernando y a quedarme en Cdiz.

Haba en el muelle esa tristeza de domingo de los puertos de mar. No me
senta alegre, sino agresivo, con gana de hacer una brutalidad
cualquiera. Entr en una tienda de montas, ped pescado frito y vino
blanco. Com y beb en abundancia. Estos colmados andaluces resumen el
carcter de la regin: son pequeos, pintorescos y complicados.

Sal del colmado, fu a un caf de la calle Ancha, tom unas copas de
licor y me march de all dispuesto a todo.

Era ya de noche; mis botas metan un ruido tremendo por las calles
desiertas.

Me pareci que quiz no haba bebido bastante para ser todo lo insolente
y procaz que quera, y me sent en la mesa de una taberna, en la acera,
en una calle en donde hay tal profusin de colmados y de peluqueras,
que no parece sino que aquella gente se ha de pasar la vida entre el
plato de pescado frito y la tenacilla para rizarse el pelo.

A mi lado haba un hombre borracho, vestido de negro, con el sombrero
ladeado y una flor roja en el ojal.

Se levant de su silla y se acerc a m sonriendo. Yo le mir de mala
manera y, como estaba iracundo, le pregunt:

--Qu pasa? Qu quiere usted?

El sonri estpidamente.

--Marino?--me dijo despus, en ingls, sealndome con el dedo.

--S, marino--le contest yo--. Y qu?

--Yo tambin marino--aadi l--. Usted espaol?

--S, espaol.

--Yo, holands. Los dos marinos..., los dos borrachos. Buenas
amistades.

Despus de decir esto y estrecharme la mano, el holands se sent a mi
mesa. Bebimos juntos. El holands era capitn de la corbeta _Vertrowen_.
Era chato, rojo, rubio, con unos bigotes amarillentos, cados y lacios
como los de un chino; el traje negro, casi de etiqueta, que en aquella
taberna llamaba la atencin.

Yo me constitu en su defensor, y pens que si se burlaban de l tena
derecho para hacer algn disparate.

Nos levantamos los dos. Entonces en Cdiz, y ahora probablemente pasar
lo mismo, haba la costumbre de andar de noche por unas cuantas calles,
los das de fiesta sobre todo. Estas calles eran la calle Ancha, la de
Columela, la de Aranda, la de San Francisco, y no recuerdo si alguna
ms. Este paseo nocturno tena algo de procesin.

El capitn de la _Vertrowen_ y yo nos echamos por aquellas calles; haba
por todas partes olor a aceite frito y humo de castaas asadas. En los
bancos de las plazas, gente sentada pacficamente descansaba; algunos
obreros, endomingados, pasaban en coche, tocando la guitarra y cantando.

Los chiquillos se rean de nosotros. Invitamos a algunas muchachas de
aire equvoco a tomar algo en los cafs y tabernas; pero al vernos
borrachos huan. Aburridos, cansados, dimos con nuestros cuerpos en una
tienda de montas prxima a la Puerta del Mar. Aquella noche hice yo un
gasto de clera y de rabia intil.

Al entrar en la taberna vi a un hombre moreno, mal encarado, que me
miraba de una manera aviesa. Deba de ser un matn. Me alegr; era el
momento. Me acerqu a l y le dije:

--Qu? Qu pasa? Qu mira usted?

--Yo!--exclam l, sorprendido.

--S, me mira usted con una cara....

--Cara de _jambre, zeorito_--me dijo amablemente--. No ha _pazao_ por
mi cuerpo en _to_ el da a razn de _doz cuartoz_ de comida.

Aquello me di una ira y una tristeza profunda. El hombre me cont que
estaba sin colocacin; la familia y los hijos sin comer. Le invit a
tomar cualquier cosa; pero l me dijo que, si quera pagarle algo,
prefera llevarlo a casa. Le di dos o tres pesetas y el hombre se larg
corriendo.

Mi aburrimiento y mi desesperacin se iban fundiendo en una niebla
melanclica que se apoderaba de mi cerebro. El capitn de la _Vertrowen_
y yo estuvimos mirndonos sin hablarnos. De pronto nos decidimos a
marcharnos. Al salir el capitn tropez con un marinero que entraba, y
estuvo a punto de caer al suelo. El holands no slo no se incomod,
sino que di excusas al marinero, que, a su vez, pidi mil perdones por
su torpeza.

Yo me avergonc de mis instintos fieros. La bruma melanclica iba
avanzando en mi alma, dando a mis ideas un tono de sentimentalismo
verdaderamente ridculo.

Fuimos el holands y yo al muelle. Mi compaero de embriaguez baj los
escalones de una escalerilla y se puso a gritar, hasta que brot de
entre las tinieblas un bote blanco. Cre que el hombre se caa al agua
con su traje de etiqueta y su flor en el ojal; pero no, se mantuvo firme
y salt al bote con agilidad.

Luego, me salud con el sombrero en la mano, con gran reverencia.

_--Good night_--me dijo.

--Buenas noches--le contest yo.

Me qued solo. Estaba cansado, triste, con la cabeza pesada. Ya no me
quedaba ni un rastro de clera. No saba qu hacer, y me decid a ir a
San Fernando a pie.




V


NUEVAS FATIGAS DE AMOR

Como todos los hombres sentimentales que esperan demasiado de las
mujeres, he tenido momentos de aborrecer al bello sexo. Don Ciriaco
muchas veces me deca, con una exasperacin alegre que le era
caracterstica:

--Shanti, ten esto en cuenta. De cien mujeres, noventa y nueve son
animales de instintos vanidosos y crueles, y la una que queda, que es
buena, casi una santa, sirve de pasto para satisfacer la bestialidad y
la crueldad de algn hombrecito petulante y farsantuelo. As nos vamos
vengando unos en otros, de la manera ms inhumana y estpida.

Realmente, la naturaleza es prdiga con el hombre egosta y con la mujer
voluble e insensible. Quiz es lo natural en el hombre ser un poco
canalla, y en la mujer un poco cruel. Hasta es posible que la bondad y
la generosidad sean una anomala.

Tengo que reconocer que Dolorcitas no era la excepcin de las cien de
que hablaba don Ciriaco. Estaba entre las noventa y nueve restantes: era
caprichosa, cruel, instintiva, voluble. Por un capricho hubiera
sacrificado a su padre, a su madre, al pueblo entero y, probablemente, a
media humanidad.

Dolorcitas pareca decidirse por m; pero, al mismo tiempo, todo el
mundo deca que iba a casarse con el hijo del marqus de Vernay, un
seor de Jerez, no muy rico, pero de familia aristocrtica.

Le escrib a Dolorcitas y le habl varias veces por la reja. Ella negaba
que fuera a casarse y aseguraba que no torceran su voluntad. Sin
embargo, los indicios de la boda eran ciertos.

En todos los puertos de mar, constitudos casi siempre por una poblacin
advenediza y aventurera, se forma un espritu aristocrtico endiablado.
En las ciudades arcaicas y tradicionales, los individuos que creen
formar parte de la aristocracia alegan los prestigios de la clase con
ms o menos razn; en las ciudades modernas ya no es la clase solamente
lo que se defiende, sino el matiz. As sucede que Bilbao o Buenos Aires,
Manila o Barcelona, tienen ms prejuicios de casta que Toledo, Burgos o
Len.

En Lzaro, en pequeo, ocurre lo propio desde que se ha llenado de
indianos y de gente forastera.

El comerciante, que, en general, procede de la parte ms turbia de la
sociedad, necesita, ya que no pueda decir que sus abuelos estuvieron en
la conquista de Jerusaln, demostrar que su escritorio es algo sagrado y
que todos sus pequeos tiles y procedimientos de robo constituyen
ejecutoria de nobleza.

Me choc or que don Matas hablaba repetidas veces de su clase. Al
mismo tiempo, y refirindose a Dolorcitas, dijo que sta se casara con
un hombre de su posicin, indicndome de pasada que no pretendiese poner
los ojos demasiado alto.

Para el seor Cepeda, como para todos los comerciantes de puerto, haba,
sin duda, la aristocracia de la sangre y la del escritorio, el
devocionario y el libro mayor, la espada y la pesa, la coraza y el
mandil.

Era extrao: as como mi abuela afirmaba la aristocracia de la
marinera, el seor Cepeda afirmaba la aristocracia del escritorio.

En el comercio del azcar y del cacao la elevacin social est en razn
directa de la cantidad; en cambio, en el comercio de drogas la elevacin
est en razn inversa. Si uno vende azcar y canela en pequea cantidad,
es un vulgar ultramarino; en cambio, si negocia con estos gneros en
grande, es un comerciante.

Fenmeno singular: con las drogas sucede lo contrario; vendindolas en
grande, es uno un droguero; vendindolas en pequeo, un farmacutico, un
hombre de ciencia.

La primera vez que comprend claramente las pretensiones aristocrticas
de la familia de Dolorcitas, fu hablando con un empleado del almacn de
don Matas, a quien yo llamaba el Almirante.

Muchos domingos, al llegar a casa de doa Hortensia me encontraba con
que no haba nadie, y sola entrar en el almacn. Los empleados me
conocan. All se trabajaba lo mismo das de labor que das de fiesta.
Era todava la buena poca de Cdiz. Constantemente estaban cargando y
descargando carros en la calle de la Aduana, llena de almacenes y de
escritorios, y constantemente los carretones entraban y salan del
almacn de don Matas.

El almacn era inmenso, con bvedas en donde se apilaban sacos,
barricas, toneles y cajas. A la entrada estaba el escritorio, con su
pantalla y sus ventanillas con letreros. Una parte estaba destinada al
comercio y la otra al despacho de buques.

Antes de entrar en las cuevas se pasaba por un vestbulo, en donde haba
unas grandes balanzas colgadas del techo. En este vestbulo, vigilando
las pesadas y la entrada y salida de los fardos, sola verse un seor
que no era ms que algo como un conserje o portero; pero que, por su
aspecto, pareca un personaje. En la casa, medio en serio, medio en
broma, le conocan por don Paco. Yo le llamaba el Almirante y tambin el
primer lord del Almirantazgo.

Este personaje decorativo gastaba patillas largas y blancas, abdomen
abultado, pantaln obscuro y una chaquetilla blanca, de dril. Hablaba de
manera doctoral. La geografa, la historia, el comercio, la navegacin,
todo lo dominaba este hombre extraordinario.

Don Paco me explic que don Matas y doa Hortensia buscaban para la
nia un novio de la aristocracia. Les faltaba el ttulo para la
decoracin de la familia, y haban hablado con el viejo marqus de
Vernay, y en principio la boda estaba concertada. El Almirante saba que
la nia estaba por m. Yo no saba otro tanto.

Conclu mi curso en San Fernando y fu a vivir a Cdiz; tena que
esperar a don Ciriaco para embarcarme.

Varias veces habl por la reja con Dolores. Yo le deca que no se
casara, que me esperara.

--S, te esperar--contestaba ella framente.

Supe que no era yo el nico que hablaba con Dolorcitas por la reja y que
un joven guardia marina iba muchas noches a charlar con ella.

Hice proyectos absurdos de provocarle, que, afortunadamente, no llegu a
realizar, y a mediados del mes de julio me qued sorprendido con la
entrada en la baha de Cdiz de la _Bella Vizcana._

Llegaba el momento fatal. Haba que embarcarse. Me desped de mi novia,
que me hizo mil promesas de fidelidad y de escribirme, y me fu a la
fragata considerndome un hombre desgraciado. Don Ciriaco firm el
conocimiento que se haca por triplicado para responder de las
mercancas embarcadas, y levamos el ancla.

Para aliviar mi pena le cont a don Ciriaco mis amores. El viejo capitn
me escuch burlonamente.

--Cuando vuelvas, esa nia se habr casado ya--dijo tranquilamente, y,
aadi despus--: Mejor para ti.

Don Ciriaco era un hombre tremendo.

[Ilustracin]




VI


GRANDEZA Y MISERIA

Salimos de Cdiz y comenzamos el enorme viaje por el Atlntico hasta el
Cabo de Buena Esperanza, y despus por el Ocano ndico al Estrecho de
la Sonda y a Filipinas.

Por exigencias comerciales, en vez de volver a Europa directamente,
tuvimos que atravesar el Estrecho de San Bernardino y dirigirnos por el
Pacfico a buscar el de Magallanes. Por cierto que antes de llegar a las
Palaos encontramos dos islas de coral que no aparecan en los mapas, y a
una le llamamos con el apellido de don Ciriaco, isla Andonaegui, y a la
otra, isla de Santiago Anda.

Dos aos y medio despus de la salida llegamos a Cdiz. Yo recuerdo que
marqu el punto con la brjula con una gran emocin. Mentira si dijera
que no me acordaba de Dolorcitas; pero me acordaba de una manera vaga,
remota.

En el barco supe que se haba casado; pero por ms esfuerzos que hice
para desesperarme no lo pude conseguir.

Entramos en la baha de Cdiz una maana de invierno, con un sol
esplndido. Sent una gran alegra; all estaban Chipiona y Cdiz con
sus casas blancas como huesos calcinados; all estaba el castillo de San
Sebastin y la Caleta.

Al pasar por delante de la Maestranza y al ver de cerca la muralla, me
acord de mis paseos con Dolorcitas y de mi poca de estudiante en San
Fernando.

El casero de Cdiz se desarrollaba ante mi vista, sus casas blancas sin
alero, la catedral con sus dos torres y su cpula dorada, las azoteas
con sus torrecillas como minaretes y algunos de esos lienzos de pared
blancos, con dos o tres ventanas pequeas, como los paredones de las
casas rabes.

Tena ganas de pisar tierra espaola, de pasear por aquellas viejas
murallas con sus garitas, sus baluartes y sus caones, de ver el hermoso
golfo de Cdiz.

La primer visita era indispensable hacerla a don Matas. Doa Hortensia
me recibi como si fuera su hijo. Mi capitn le hizo grandes elogios de
m. Doa Hortensia estaba esplndida. Era una mujer de un gran
atractivo; pareca una emperatriz romana. Despus he visto la estatua de
Agripina en el Museo del Capitolio, en Roma, y me acord de ella.

Por lo que yo pude comprender, senta por su marido un desprecio
inaudito. Se consideraba completamente emancipada. Yo tena un poco ms
de mundo que cuando estudiante, y pude comprender que la bella Hortensia
se desentenda de toda preocupacin moral y que no buscaba ms que
prosperar y gozar. Satisfacer los sentidos y la vanidad.

Su fama en Cdiz era un tanto equvoca.

Don Ciriaco pensaba retirarse y quera que yo le reemplazara en el mando
de la fragata; pero esta combinacin no le gustaba a don Matas. Mi
capitn y yo fuimos a ver varias veces a Hortensia para que convenciese
a su marido. Ella prometi insistir hasta conseguir su asentimiento.

--Amigo, los chicos guapos tenis esas ventajas--me dijo don Ciriaco,
con su tono zumbn--: las mujeres estn de vuestra parte. Os ayudan, os
protegen, creen que sabis mucho de marinera. Ya le quisiera yo ver al
capitn Cook, calvo y con las barbas blancas, venir a esta casa. Estoy
seguro de que Hortensia le encontrara el defecto de que no estaba muy
enterado de marinera.

Yo me ech a rer.

--S, s, rete--replic mi capitn--; pero ten cuidado. Esta mujer
tiene malas intenciones para ti. Ya que has salido de la hija, no vayas
a caer en la madre.

--Qu me puede hacer don Ciriaco?--le dije yo, riendo.

--A otros barbilindos ms listos que t les he visto yo andar de cabeza
y hacer una porcin de tonteras por una mujer. Conque, ojo a la
brjula, pilotn, y cuidado con la rueda del timn!

--La ataremos, si le parece a usted, don Ciriaco.

--No, no; el buen timonel no tiene necesidad de eso.

Los consejos de don Ciriaco hicieron que no acudiese con frecuencia a
casa de Hortensia. Mi asunto marchaba bien. Antes de un mes podra ver
en la calle de la Aduana este letrero:


    _COMPAA VASCO ANDALUZA_

    _El da 5 de enero saldr para las
    Canarias, Cabo Verde, el Cabo de
    Buena Esperanza y Manila la fragata
    La Bella Vizcana,
    al mando del capitn don Santiago de Anda._


Los das que me quedaban de Cdiz pens aprovecharlos. Me empezaba a
encontrar bien all; llevaba una vida ligera y alegre. Paseaba mucho, me
encantaba el pueblo, sus plazas alegres, sus calles rectas; contemplaba
las casas blancas de miradores enormes, las iglesias tambin blancas, y
recorra la muralla al ponerse el sol.

Una tarde, al anochecer, al ir a entrar a la fonda, pas por delante de
m la criada vieja de casa de doa Hortensia, la seora Presentacin, y
me di una carta. Era de Dolorcitas. Me citaba para las diez de la
noche; tena que hablar conmigo. Me esperara en la reja. Viva en la
calle de los Doblones, cerca de la Aduana. Toda mi ecuanimidad se vino
abajo desde aquel momento.

Se me ocurrieron dos cosas: una, la prudente, el ir a ver a don Ciriaco
y pedirle consejo; otra, la que ms halagaba mi vanidad, escribir
diciendo que acudira a la cita. Me decid por lo ltimo. Haba entre
los marineros de la _Bella Vizcana_ un chico de Cdiz, a quien llamaban
el Morito, porque haba estado en Tnger y sola llevar con frecuencia
un fez rojo en la cabeza.

El Morito era muy partidario mo. Un barco es un pequeo mundo aparte,
donde las simpatas y las antipatas se establecen rpidamente, y el
Morito era joven y haba simpatizado conmigo. Este muchacho sola estar
con frecuencia en una tienda de montas de cerca de la Puerta del Mar.
Fu a buscarle, le encontr, le di el encargo de llevar la carta a
Dolores, y despus le dije que volviera por m. Cenamos juntos el Morito
y yo; para las diez nos presentamos en la calle de los Doblones.

El Morito estaba contento de intervenir en un asunto un poco misterioso
como aqul.

--T vigila--le dije yo--, y si pasa alguno, avsame.

--Descuide usted--me contest l.

A las diez en punto se oy ruido detrs de la reja; vi una vaga luz,
despus una falleba que chirriaba suavemente y una persiana que se
abra.

El corazn me golpeaba en el pecho como un martillo de fragua; cre que
me caa. Apareci ella y extendi la mano. Yo la cog entre las mas.
Estaba tan emocionado que no poda decir nada.

Dolores, de pronto, rpidamente, me dijo que se haba casado y que era
muy desgraciada. Haba comprobado que su marido, el marqus, era el
amante de su madre, y ella quera vivir conmigo y abandonar Cdiz.

Yo qued asombrado, perplejo, sin saber qu contestar. El Morito me sac
del apuro, porque se acerc a decirme que vena alguien por la acera.
Pas el transente y seguimos hablando Dolores y yo.

Al da siguiente me esperara en una casa prxima, que tena una puerta
a otra calle, por donde yo entrara.

Se cerr la persiana, le avis al Morito que nos bamos y me fu a la
fonda. No pude dormir en toda la noche. Realmente yo no estaba
enamorado, porque discurra framente, con tranquilidad completa. Vea
que me jugaba mi porvenir. Mis relaciones con Dolores se averiguaran en
seguida, por muchas precauciones que tomramos, y don Matas me echara
a la calle en cuanto se enterara. A veces se me ocurra la idea de
marcharme al barco y encerrarme all; pero me pareca vergonzoso.

Por la maana, despus de una noche de insomnio, me decid a seguir la
aventura. Estaba convencido de que en el fondo no tena cario por
Dolores; de que, probablemente, ella tampoco me quera; que obraba por
vengarse; pero no importaba; haba que ir hasta el fin.

Al da siguiente nos vimos. Dolores haba cambiado en los dos aos que
no la vea. Era una mujer, pero una mujer esplndida, hermossima. Yo
empec a sentirme como en un sueo.

--Ser la vida as?--pensaba al retirarme a la fonda.

Era un comenzar a vivir extraordinario. Despus de haber dado la vuelta
al mundo y respirado el ambiente voluptuoso de las islas del Pacfico;
despus de haber luchado con los huracanes del Atlntico, con los
tifones del mar de la China y los bancos de hielo del Cabo de Buena
Esperanza, encontrarse con una mujer joven, bonita, marquesa, que le
dice a uno que le quiere!

Sentirse uno al mismo tiempo viejo por las cosas vistas y nio por el
corazn! Era una situacin extraordinaria. No haba ledo todava
ninguna novela de Balzac, de esas en que figuran nicamente duquesas y
jvenes ambiciosos; de haberla ledo, me hubiera encontrado a m mismo
doblemente interesante. La seguridad en m mismo me hizo ser temerario.

Recuerdo cmo fu varias veces al palco de Dolorcitas en el teatro.
Dolores pareca una princesa; yo llevaba mi frac azul entallado, de
botones dorados, pantaln _collant_ de color gris, polainas y corbata
negra, de varias vueltas.

La gente me sealaba disimuladamente con el dedo. Si alguien me hubiera
dicho que no era el rey, el czar, el emperador, el nio mimado de la
suerte, le hubiera mirado con olmpico desprecio.

En el teatro haba pera, y ms de una vez de pie, en el palco junto a
ella, se me arrasaron los ojos de lgrimas oyendo al tenor en _Luca_,
aquello de: _Tu che a Dio spiegasti l'ale_.

Petulancia, sentimentalismo, vanidad, tristeza, todo esto se funda en
mi alma, hacindome creer unas veces que era un hroe y otras un
desdichado.

Mis penas procedan de Dolores. Yo hubiera querido identificarme con
ella, saber sus pensamientos ms ntimos, penetrar en su alma. Sueo
irrealizable. Siempre haba en ella una reserva, un temor de dejar su
espritu al descubierto.

--Qu ms quieres de m?--me dijo algunas veces. Y esta sola pregunta,
expresada con acritud, bast para hacerme desgraciado.

Qu estupidez, pensaba en estos momentos tristes, el considerar a la
mujer como una criatura ideal! Qu error mirar la riqueza y el fausto
como felicidad!

Se acercaba el momento de que la _Bella Vizcana_ tena que partir. Yo
fu a la fragata a dirigir la maniobra y a ponerla en franqua, fuera de
todos los barcos de la baha de Cdiz. De all volv en el bote. Me
encontraba en la mayor incertidumbre.

Un acontecimiento, a pesar de su lgica no esperado por m, acab, no
precisamente de una manera agradable, mis vacilaciones. Una maana se
presentaron en mi hotel dos caballeros, de parte del marqus de Vernay.
Venan a provocarme a un duelo a pistola en condiciones graves. Yo
acept desde luego; tena la seguridad de que no me haba de pasar nada.
Nombr de padrinos a un condiscpulo de San Fernando y a un oficial
ingls de Marina que coma en el hotel y que estaba en un navo surto en
la baha de Cdiz.

Como digo, tena una confianza absoluta, una confianza estpida; me
pareca imposible que el marqus me hiriera. No s qu idea absurda de
mi inviolabilidad se me haba metido en la cabeza.

El duelo se verificara en el Puerto de Santa Mara, en la finca de un
amigo del marqus. Se hicieron los preparativos con extraordinaria
reserva; el marqus y sus padrinos, con las cajas de pistolas, fueron a
primera hora de la maana, y yo, con los mos, nos metimos en una barca
despus de comer.

El patrn se sent a la popa. Era un tipo de teatro, con patillas, faja
encarnada y calas.

Nos remos de l, porque deca en un andaluz muy cerrado:

--Bueno, vmonoz, que ze va el viento.

Cruzamos la baha de Cdiz, desembarcamos, atravesamos las calles del
Puerto de Santa Mara, en coche, y llegamos a la finca del amigo del
marqus, a eso de las dos de la tarde.

Haca un tiempo de invierno admirable; los padrinos midieron veinte
pasos dando unas zancadas enormes; nos dieron las pistolas, disparamos,
y al mismo tiempo que o el fogonazo sent un golpe que me derrib al
suelo. Intent respirar, la boca se me llen de sangre y sent el ruido
del aire al entrar por el agujero de la herida.

Tena atravesado el pulmn. Pas das muy malos entre la vida y la
muerte. Un mes estuve en cama, y al cabo de este tiempo pude levantarme
hecho una momia. Don Ciriaco, desde que supo lo ocurrido, se plant al
lado de mi cama y me cuid como a un hijo. Hortensia vino tambin a
verme. Dolores y su marido haban ido a vivir a Madrid, al parecer
reconciliados.

Cuando ya estuve en disposicin de salir de casa, don Ciriaco me llev a
ver a un amigo suyo, capitn de una fragata, _La Ciudad de Cdiz_. El
viejo capitn, que me tena cario, quera que su amigo pasara a mandar
la _Bella Vizcana_ y yo ocupara la vacante en _La Ciudad de Cdiz_.

El amigo no present dificultad alguna; don Ciriaco fu a ver a doa
Hortensia, quien parece que dijo que se hara lo que desebamos sin la
menor vacilacin.

Efectivamente; unos meses despus, ya restablecido del todo, era capitn
de una hermosa fragata, a los veintitrs aos.




VI


EL PARADERO DE JUAN DE AGUIRRE

Nunca volv a ocuparme de mi to Juan de Aguirre, que en mi infancia
tanto me preocup; pero un da iba en una de esas canoas que cruzan la
baha de Manila conduciendo el pasaje, y que llaman _guilalos_, cuando
entabl conversacin con un viejo capitn vasco que mandaba un
bergantn, y al decirle que yo era de Lzaro, me pregunt:

--Usted sabe algo de la vida de Juan de Aguirre?

--No. Y eso que Juan de Aguirre era pariente mo.

--Juan de Aguirre y Lazcano?

--El mismo. Era mi to carnal.

--Qu se hizo de l?

--Debi morir. Yo he asistido a su funeral.

--Cunto tiempo har de eso?

--Pues, har cerca de veinte aos.

--No puede ser. Hace unos catorce o quince aos, Juan de Aguirre viva,
y estaba, segn me dijeron, en Ilo-Ilo.

--No creo que fuera l; me parece imposible.

--Yo no le he visto--repuso el capitn--, pero he conocido gente que ha
hablado con l.

--Podra ser una persona del mismo nombre.

--Del mismo nombre, del mismo pueblo y que hubiera navegado de piloto
en el mismo barco?... Muy raro tena que ser.

--S, es verdad. Pero si hubiese vivido en Ilo-Ilo, le hubiese escrito a
su madre.

El capitn se encogi de hombros como si el argumento no le convenciera
y aadi con indiferencia:

--Hace veinte aos que no le escribo yo a mi mujer, y probablemente
creer que me he muerto.

Me desped de este paisano, que sin duda no era un caso muy
significativo de ternura matrimonial; le cont la conversacin a mi
segundo, e hicimos una serie de indagaciones entre capitanes, pilotos y
contramaestres vascongados. Varios nos confirmaron que, efectivamente,
haban odo hablar haca unos quince aos de un Juan de Aguirre,
propietario en Ilo-Ilo y antiguo marino; en cambio, el capitn de la
corbeta _Mari Galante_, Francisco Iriberri, a quien encontramos en una
de esas calmas del Ocano ndico, al sur de Madagascar, me di otros
datos.

Iriberri era un viejecito pequeo, imberbe, con el aire enfermizo, el
pelo rubio y los ojos ribeteados. Despus he sabido que Iriberri fu uno
de los capitanes ms audaces de su tiempo.

Iriberri me asegur que Juan de Aguirre haba estado, como l, haciendo
el comercio de negros y de chinos hasta que fu apresada su urca por un
crucero ingls. Iriberri me dijo que la urca en donde naveg mi to se
llamaba _El Dragn_ y que era de una Sociedad franco-holandesa, y me di
tales detalles, que qued convencido. Segn l, mi to, si no se haba
escapado o no haba muerto, seguira en presidio.

Su final lo desconoca, pero era indudable que mi to, despus de andar
en algn barco negrero o pirata, haba sido preso.

Desde Ilo-Ilo hubiera escrito a su madre y sta no hubiese tenido
inconveniente en declarar que su hijo viva. Encontrndose en presidio,
se comprenda que mi orgullosa abuela prefiriese darle por muerto.

Con un viaje muy malo, despus de siete meses de navegacin con
temporales y borrascas, llegamos a Cdiz.

Llevaba cinco aos de mar. Tena veintiocho. Estaba cansado. Recog las
cartas en el correo, y en la primera que le mi madre me deca que la
abuela haba muerto. Era conveniente que fuese a Lzaro, para arreglar
las cuestiones de la herencia.

Tena tanto deseo de ver tierra, que rechac la proposicin de un
compaero que quera llevarme en su barco hasta Bilbao, y tom la
diligencia para Madrid.

Estuve una semana en la corte, y el primer da, al llegar al Prado, vi
en un coche a Dolorcitas con su marido. l quiz no me conoci, pero
ella s debi conocerme al momento, y volvi la cabeza con desdn.

Era una estupidez, pero aquel ademn desdeoso me hizo mucho efecto.

Ms melanclico de lo que haba llegado, sal de Madrid; pas por Burgos
y Vitoria, y de aqu, tomando un coche y dejando otro, llegu a Lzaro.

Los bienes de la abuela tenan que repartirse en partes iguales entre mi
ta rsula y mi madre.

Aguirreche quedaba para las dos; pero como mi ta rsula, sintiendo
cierta veleidad mstica, haba manifestado el deseo de entrar en el
convento de Santa Clara, y mi madre no quera para vivir la antigua casa
solariega, decidieron alquilarla.

Yo, movido por el inters de averiguar el paradero de mi to Juan,
registr los armarios de la abuela y le todas las cartas y papeles
viejos.

Quera aclarar el enigma de la vida de mi to, de quien se contaban
tantas historias, y que me volva otra vez a preocupar.

Registrando los armarios, encontr un daguerrotipo en cristal, hecho en
Pars. Pregunt a mi madre si conoca al retratado, y me dijo que era su
hermano Juan, pero tan raro, que casi no le conoca. Nunca haba visto
aquel retrato.

En un paquete de cartas amarillas le una firmada _Juan_. En ella se
acusaba recibo de una cantidad no pequea y se deca que enviaba su
daguerrotipo, hecho por un fotgrafo de Pars.

No caba duda que la carta era de mi to. Estaba escrita desde un pueblo
de Bretaa y fechada diez aos despus de que en Lzaro se celebrara el
entierro. Era indudable que Juan de Aguirre viva cuando su familia y
yo, de chico, asistimos a su funeral.

[Ilustracin]





LIBRO TERCERO




LA VUELTA AL HOGAR




I


LA HERIDA

Por las maanas, al asomarme al balcn, veo el pueblo con sus tejados
rojos, negruzcos, sus chimeneas cuadradas y el humo que sale por ellas
en hebras muy tenues en el cielo gris del otoo.

Despus de las lluvias abundantes, las casas estn desteidas, las
calles limpias; la carretera descarnada, con las piedras al descubierto.
El azul del cielo parece lavado cuando sale entre nubes: es ms difano,
ms puro.

En el jardn del convento prximo, dos monjas de toca blanca han estado
mirndome y hablando entre ellas. Qu idea ms rara deben formarse de
un marino estas pobres mujeres que no han salido jams fuera de las
tapias de su huerta.

Enfrente veo las casas solariegas contempladas por m en la infancia,
tristes, viejas, negras. Entre ellas, Aguirreche, la de mi abuela,
convertida hoy en casa de pescadores; se destaca por su magnitud, con
las ventanas y balcones atestados de ropas puestas a secar, de aparejos
con corchos y anzuelos. Ah siguen todas esas viejas casas bien
agarradas al suelo, con sus negros paredones y sus tejados llenos de
pedruscos. Estn siempre igualmente tristes, igualmente severas,
durmiendo, envueltas en la bruma.

Qu contraste con la inquietud del mar y con sus mil caminos diversos!
Qu existencias ms inmviles!

Esa casa de piedra amarilla, sombreada por el saliente alero, se me
figura la cara de un viejo aldeano, tosco y pensativo.

Qu quietud en todo el pueblo! El mismo monte no es tan esttico; al
menos, cambia de color en las estaciones. Las casas, no; as estaran
hace doscientos aos, as estn hoy.

Todo sigue igual. Hasta el loro de mi abuela, heredado por mi madre,
ahora en el balcn de mi casa, sigue diciendo, con su voz estridente y
chillona:

A babor! A estribor!

S, todo est igual; yo slo soy diferente, yo slo he variado; era un
nio, soy un hombre; era un ingenuo, soy un desengaado y un
melanclico. He vivido en medio de los acontecimientos, y los
acontecimientos me han escamoteado la vida.

Algunas veces me miro en el espejo y, al verme viejo y cambiado, me digo
a m mismo:

--Ah!, pobre hombre. Tu juventud se fu.

Han pasado muchos aos desde que sal de mi pueblo, y qu he hecho? Ir,
andar, moverme de aqu para all, llevado por un turbin de
acontecimientos que me han dejado el alma vaca. Cuando he buscado un
poco de calor y de abrigo, he encontrado frialdad, dureza y egosmo.

Navegando, he perdido la nocin del tiempo; embarcado, los das son
largos, y, sin embargo, los aos, suma de das, son cortos, escapan,
vuelan. El tiempo ha corrido bien rpidamente para m. Ese pensamiento
en el pasado, cuando se deja atrs la juventud, es como una herida en el
alma, que va fluyendo constantemente y nos anega de tristeza. Todo el
camino andado parece una va Apia sembrada de tumbas.

La _Iure_ ha muerto: ya no la oir contar historias supersticiosas; la
cerora ha muerto: ya no le har las hostias, como antes; el atalayero
tambin ha muerto: ya no le ver, en el extremo del muelle, levantando
sus gallardetes. Ya, ni Caracas har sus barcos, ni Yurrumendi hablar
de los piratas, ni Joshepe Tiacu ir haciendo eses por las calles.
Todos han desaparecido. No he debido salir de aqu, o no he debido
volver aqu.

Extraa existencia la ma y la de los hombres andariegos. En una poca,
todos son acontecimientos; en otra, todos son comentarios a los hechos
pasados.

La primera impresin, al llegar Lzaro, fu un gran asombro, al ver lo
insignificante de los muelles, de la ciudad, del ro. Me pareca tan
pequeo, tan desierto, tan triste! Me haba figurado grande la entrada
del puerto; hermoso, el ro; anchos, los muelles, y al verlos qued
asombrado; me parecieron de juguete.

--No vale la pena de vivir aqu--me dije al llegar.

Y ahora, absurdo cambio de opinin!, me digo muchas veces:

--No vale la pena de vivir fuera de aqu.

Hace un mes no quera pensar en quedarme en Lzaro; me pareca una
locura cambiar esas horas de indolencia y ensueo de los das de
navegacin, por la vida de un pueblecillo triste, aburrido, lleno de
preocupaciones y de mezquindades. Ahora me espanta la idea de volver a
mi barco, de hundirme en el ajetreo contnuo del acontecimiento. Toda la
vida de a bordo se va alejando de m; me parece una cosa vaga y sin
realidad. A medida que adquiero mi calidad luzarense me voy aficionando
a las cosas viejas; me paso las horas muertas contemplando, desde el
balcn, el pueblo, el campo y el mar, y me figuro encontrarles aspectos
antes no vistos por m.

Me levanto todos los das muy temprano. Me gusta ver, al amanecer, cmo
se aligera la niebla y sube por el monte Izarra, y comienza a brotar la
ciudad y el muelle de las masas inciertas de bruma; me encanta or el
cacareo de los gallos y el chirriar de las ruedas de las carretas en el
camino.

Cuando hace buen tiempo salgo por las maanas y recorro el pueblo.
Contemplo estas casas solariegas, grandes y negras, con su alero ancho y
artesonado; me meto por las callejuelas de pescadores, empinadas y
tortuosas. Algunas de estas calles tan pendientes tienen tres y cuatro
tandas de escaleras; otras estn cubiertas y son pasadizos en zig-zags.
Al amanecer, por las callejuelas estrechas, slo se ve alguna mujer,
corriendo de puerta en puerta, golpendolas violentamente, para avisar a
los pescadores. Las golondrinas pasan rasando el suelo, persiguindose y
chillando....

Los das de lluvia Lzaro me gusta ms. Esa tristeza montona del tiempo
gris no me molesta. Es para m como un recuerdo amable de los das
infantiles.

Acostumbrado al horizonte violento de los trpicos, a esos cielos
nublados y brillantes de las zonas en donde reinan los vientos alisios,
estas nubes grises y suaves me acarician. La lluvia me parece caer sobre
mi alma, como en una tierra seca, refrescndola y dndole alegra.

Muchas veces me paso el tiempo en el balcn viendo cmo la carretera se
llena de charcos y se ennegrecen las casas.

De noche, el ruido de la lluvia, esa cancin del agua, es como un rumor
que acompaa resonando en los tejados y en los cristales; ritmo olvidado
vuelto a recordar.

Aun desde la cama lo oigo en la gotera del desvn, que, al caer en un
barreo, hace un ruido metlico.

Y la lluvia, y el viento, y el agua, todo me encanta y todo me
entristece.

Es la herida, esa herida que va fluyendo y anegando mi alma; manantial
cegado que ahora torn a brotar.

No s por qu parecen llenas de magia melanclica las cosas pasadas; no
se lo explica uno bien; se recuerda claramente que en aquellos das no
era uno feliz, que tena uno sus inquietudes y sus penas, y, sin
embargo, parece que el sol de entonces deba brillar ms, y el cielo
tener un azul ms puro y ms esplndido.

Uno quisiera que las personas y las cosas relacionadas con nuestros
recuerdos fueran eternas; pero nuestra existencia no representa nada en
la corriente tumultuosa de los acontecimientos. All tenamos un
amigo..., en aquel rincn fuimos felices..., nuestra felicidad o nuestra
amistad tienen poca importancia.

Siento, al pensar en esto, un profundo terror, como si la vida se me
escapara en un momento de desmayo. La inanidad de las cosas me conturba;
la esperanza me falta. Yo quisiera que mi espritu fuera como el
ruiseor, que canta en la noche negra y sin estrellas, o como la
alondra, que levanta su vuelo en la desolacin de los campos, y no el
pjaro herido que se viene a tierra velozmente....

[Ilustracin]




II


LZARO Y SU FORMACIN

Si no hubiera vuelto ya de hombre a Lzaro, no hubiera tenido una idea
clara de cmo es. Los recuerdos de la infancia me daban datos falsos;
esto amplificado, aquello disminudo, y entre una cosa y otra grandes
lagunas.

Si, basado en mis impresiones de chico, hubiese pretendido describir mi
pueblo, seguramente mi descripcin se parecera muy poco, o quiz nada,
al original. Lzaro es un pueblo bonito, obscuro, como todos los pueblos
del Cantbrico; pero de los menos sombros. A un hombre del norte de
Europa le debe dar la impresin de una villa andaluza.

Muy templado, muy protegido del noroeste, Lzaro tiene una vegetacin
exuberante. Por todas partes, en las paredes negruzcas, en las escaleras
de piedra de algunas casas, en las tapias de los jardines, salen hierbas
carnosas y relucientes, con florecillas azules y rojas. En las huertas
hay inmensas magnolias, naranjos y limoneros.

Yo encuentro a mi pueblo algo de Cdiz, de un Cdiz pequeo, melanclico
y negro, menos suave y ms rudo. Lzaro tiene una salida al mar bastante
estrecha y una playa de arena muy movediza.

El puerto se ha agrandado en mi ausencia; hoy, la escollera de _Cay
luce_ avanza mucho; va paralelamente al barrio de pescadores, y termina
en el Rompeolas. El Rompeolas es hermoso; se ensancha en forma de
explanada; tiene en medio una cruz de piedra, y a un lado la atalaya
nueva, en cuya pared suelen jugar los chicos a la pelota. Desde all se
disfruta del espectculo admirable del mar batindose con furia contra
las olas.

Como en todos los pueblos de pescadores, en Lzaro se ven lanchas en los
sitios ms extraos e inverosmiles: en una calle en cuesta,
interceptando el paso; debajo de una tejavana, dentro de la guardilla de
una casa.

La ra de Lzaro es pequea, pero muy romntica; sobre ella se tiende un
puente de un solo arco, por donde pasa la carretera de Elguea. Una de
las orillas de esta ra es rocosa, accidentada; la otra es un fangal
negruzco. Sobre este fangal, desde hace aos, segn algunos, siglos,
est instalado un astillero. Antes, en l se construan fragatas y
bergantines; hoy slo se hacen lanchas y alguna goletilla de poco
tonelaje.

El actual dueo del astillero es Shempelar. El astillero no es muy
complicado; consta solamente de dos barracas negras, formadas por
maderas de barcos desguazados y de una rampa con un carril en medio.

Ordinariamente se calafatea y se hacen composturas. Cuando hay trabajo
nuevo, Shempelar disfruta; saca sus compases y all se est, dibujando
las piezas de un barco, sin levantar cabeza. Si se le pregunta qu tal
va la obra, dir que mal, porque Shempelar es un _dilettanti_ del
pesimismo.

Concluye el maestro de dibujar las piezas, y entonces los carpinteros de
ribera comienzan a trabajar con el hacha y la azuela, cortando las
tablas, barrenndolas y armando despus las costillas. El esqueleto del
barco se va cubriendo, la obra marcha; Shempelar, interiormente
entusiasmado con su obra, anda muy fosco, riendo a todo el mundo. Los
calafates van clavando gruesos clavos en el costado del barco, a golpes
de martillo; alrededor suelen verse mazos, grandes barrenos, gubias,
gatos para levantar pesos y varias calderas negras llenas de alquitrn,
que los hijos pequeos de Shempelar suelen hacer hervir con virutas y
pedazos de tablas viejas. Luego, todos van cogiendo alquitrn con los
candiles de calafatear, y rellenan las hendiduras del barco, hundidos en
el fango como patos. Y cuando el barco queda a flote, y todo el mundo
dice que es un gran barco, hay que verle a Shempelar haciendo esfuerzos
maravillosos para demostrarse a s mismo que tiene motivos, motivos
graves, motivos serios para estar profundamente incomodado.

Suelo ir a ver a Shempelar, sobre todo si tiene obra nueva, y hablamos;
pero mi paseo constante no es hacia el ro, sino hacia el muelle; veo
cmo pescan en _Cay luce_, y cmo van entrando las barcas de bonito y
las goletas de cabotaje; oigo, riendo, las rias en vascuence de las
mujeres a los chicos, porque todas estas mujeres de mar tratan a la
prole a fuerza de chillidos, como si imitaran a las gaviotas, y cambio
algunas palabras con los pescadores.

En ver esto, en recordar los sitios donde anduve de chico, en paladear y
saborearlo todo, he pasado ms de un mes sin hacer mucho caso de visitas
y de prcticas sociales.

Mi madre quiere ayudarme a la reconquista de mi calidad luzarense,
haciendo ella misma una porcin de guisos complicados y de postres
clsicos del pas.

--Esto te gustaba mucho antes--me dice.

--De veras?

--S.

--Pues ahora tambin me gusta.

Ya, saturado de sabor local, he comenzado a ir a la tertulia de Zapiain,
el relojero y corredor de comercio, el antiguo dueo del _Cachalote_. La
relojera es una academia enciclopdica, un gimnasio ateniense. All se
ha discutido de todo lo divino y humano, y, entre lo no divino, una de
las cuestiones ms debatidas ha sido la formacin de Lzaro.

Garmendia, el farmacutico, atribuye la formacin de Lzaro casi
exclusivamente al ro, que fu, dice l, abrindose paso lentamente,
disgregando los terrenos blandos hasta salir al mar. Segn Garmendia,
Frayburu y sus arrecifes, como los arenales de Legorreta, no son ms que
restos de la disgregacin de las rocas; los ncleos fuertes resistieron
a la accin corrosiva del aire y del agua y se convirtieron en peascos;
los dbiles se han disuelto en arena.

Socoa, el viejo capitn, quiere atribuir el boquete de Lzaro nicamente
a la influencia de la Gran Corriente del Golfo o _Gulf Stream_.

El _Gulf Stream_, ese inmenso ro de agua caliente, como le llam el
mayor Rennell, que corre por dentro del mar y que atraviesa con
oblicuidad el Atlntico, proyecta, al llegar a la costa oeste de Espaa,
dos corrientes: una la del golfo de Vizcaya o corriente costera, que al
subir por las costas de Francia se llama corriente de Rennell, y que
luego se incorpora al _Gulf Stream_; otra la corriente que baja hacia el
frica y se llama corriente de Guinea.

La corriente costera se mete en las grandes curvas que hace la costa, y
despus en las ensenadas y bahas, y lleva, adems, restos orgnicos que
se depositan en las playas.

Para el capitn Socoa, esta corriente, y slo ella, ha producido el
boquete de Lzaro. La predileccin de Socoa por el _Gulf Stream_ se
explica porque viaj continuamente por el Golfo de Mjico y pudo
apreciar la violencia de la corriente que parte de aquel punto y que es
como el horno que calienta las costas del noroeste de Europa.

Otro piloto antiguo, tambin contertulio de la relojera, aseguraba que
los arenales de Legorreta estn formados por el viento.

Discutan los tres para demostrar que slo lo que cada uno de ellos
deca era la verdad, y me preguntaron mi opinin.

--Creo que los tres tienen ustedes parte de razn--dije yo--. El ro,
como dice el farmacutico, fu, sin duda, el que abri las tierras
blandas hasta llegar al mar y hacer un boquete; la corriente costera
vino despus a ensancharlo, a redondearlo y a formar una ensenada;
luego, el viento del noroeste, que sigue al _Gulf Stream y_ que es el
semillero de todos los temporales del Cantbrico, fu echando las arenas
hacia Legorreta.

Por dar una opinin tan sensata y desapasionada, fu calificado de
pancista y de pastelero.

Si hubiese sido ya antroplogo entonces el hijo de Recalde, hubiera
encontrado, probablemente, que todos ellos tenan la cabeza redonda y
que por eso eran tan absolutistas y violentos.




III


LA TERTULIA DE LA RELOJERA

Mi madre quera que, aprovechando mi licencia, me casara. Me tena
destinada la hija de un propietario de _Lzaro,_ ms vieja que yo,
fecha, flacucha y mstica. Yo, la verdad, no estaba muy decidido.
Sabido es que los marinos no somos modelo de amabilidad ni de
sociabilidad. La perspectiva de los viernes con vigilias y abstinencias,
que me prometa el destino, de unirme con Barbarita, as se llamaba la
candidata de mi madre, no me sonrea. Mayormente, las mujeres de Lzaro,
a pesar de su dulzura, tienen bastante aficin a hacer su voluntad. Como
son casi todas hijas y mujeres de marinos, el vivir mucho tiempo solas
les ha dado decisin y energa, y las ha acostumbrado a no obedecer a
nadie.

Hoy no debe pasar esto, no porque las mujeres se hayan hecho ms
humildes, sino porque apenas quedan en Lzaro marinos de altura, con lo
cual las mujeres tendrn, de grado o por fuerza, que soportar a sus
respectivos esposos, todos los das del ao.

El caso de mi amigo Recalde, padre del actual antroplogo, que me
contaron en la relojera, me pareci sintomtico.

Recalde, mi antiguo camarada, el terrible Recalde, el piloto ms
atrevido y ms valiente del pueblo, se haba casado con la Cashilda, la
hija del confitero de la plaza, muequita con los ojos azules, muy
modosita y formal. Todo el almbar, todo el cabello de ngel de la
tienda de su padre se le haba comunicado a ella.

Recalde era un dspota: decidido, audaz, acostumbrado a mandar como se
manda en un barco, no poda soportar que nadie le contrariase. Se cas,
pas la luna de miel; la Cashilda tuvo un nio, el antroplogo; Recalde
estuvo luego navegando tres aos, y volvi a su hogar a pasar una
temporada.

El primer da, al volver a su casa, quiso ser fino:

--Qu hay? Ha pasado algo?--le pregunt a su mujer.

--Nada. Estamos todos bien.

--Ha habido muertos en el pueblo?

--Si; don Fulano, don Zutano. La seora de Tal ha estado enferma.

Recalde escuch las noticias, y despus pregunt:

--A qu hora se cena aqu?

--A las ocho.

--Pues hay que cenar a las siete.

La Cashilda no replic.

Recalde crea que el verdadero orden en una casa consista en ponerla a
la altura de un barco.

Al da siguiente Recalde fu a su casa a las siete, y pidi la cena.

--No est la cena--le dijo su mujer.

--Cmo que no est la cena? Ayer mand que para las siete estuviera la
cena.

--S; pero la chica no puede hacer la cena hasta las ocho, porque tiene
que estar con el nio.

--Pues se le despide a la chica.

--No se le puede despedir a la chica.

--Por qu?

--Porque me la ha recomendado la hermana de don Benigno, el vicario, y
es de confianza.

--Bueno; pues maana, haga la cena la muchacha o la hagas t, se ha de
cenar a las sietes.

Al da siguiente, la cena estaba a las ocho. Recalde rompi dos o tres
platos, di puetazos en la mesa, pero no consigui que se cenara a las
siete, y cuando la Cashilda le convenci de que all se haca nicamente
su voluntad, y que no haba ningn capitn ni piloto que le mandara a
ella, para remachar el clavo acab diciendo a su marido:

--Aqu se cena todos los das a las ocho, sabes, chiquito? Y si no te
conviene, lo que puedes hacer es marcharte; puedes ir otra vez a
navegar.

Y la Cashilda, mientras deca esto, le miraba a Recalde sonriendo, con
sus ojos azules.

Recalde, el terrible Recalde, comprendi que all no estaba en su barco,
y se fu a navegar. Este caso ocurrido con mi camarada, ejemplo de la
energa femenina luzarense, no me induca a casarme, ni aun con la
espiritual Barbarita. Me contaron el proceso de este conflicto familiar
entre Recalde y la Cashilda, en la relojera de Zapiain, que era el
mentidero de las personas pudientes del pueblo. Mi to, el viejo Irizar,
fu el que me llev all. Todava no se haba fundado el casino de
Lzaro, que, despus de una poca de pedantera y de esplendor, qued
reducido a una reunin soolienta de indianos y de marinos retirados.

En la relojera me enter de cuanto pasaba en el pueblo. Casi todos los
contertulios eran carlistas y fanticos; yo no lo era; pero all pasaba
el rato enterndome de las vidas ajenas, y me entretena. Mi norma era
no discutir cuestiones de poltica ni de religin.

El que por las trazas deba de ser liberal, mucho ms an de lo que se
mostraba en pblico, era el boticario Garmendia. No le convena
desenmascararse por completo; pero, en el fondo, no tena ideas
religiosas.

Garmendia no se atreva a mostrarse francamente volteriano, y proceda
en la conversacin con insidia, por frases sueltas, por observaciones al
parecer cndidas.

Los que ms se indignaban con l eran dos carlistas cerrados, venidos
del interior de la provincia: el uno, administrador de un ttulo; el
otro, contratista de piedras.

El administrador se llamaba Argonz; el contratista, Echaide.

Garmendia les sacaba fuera de quicio con sus observaciones, al parecer
ingenuas, pero de doble fondo.

El boticario deca, por ejemplo, que haba conocido algn protestante o
judo, buena persona, y aada que era para l muy extrao y muy triste
que un hombre que profesaba una religin falsa pudiera ser mejor que
muchos catlicos.

--Qu importa que un hombre sea bueno o malo, si no es
cristiano?--preguntaba Echaide, furioso.

--Hombre, s importa.

--No importa nada--replicaba el otro--. Nada. Si no va a misa, no se
puede salvar.

Garmendia les mortificaba continuamente. Lo mismo Echaide que Argonz
eran muy aficionados a la sidra y al chacol, y a toda clase de licores.

--Es una lstima--les dijo una vez Garmendia--que los vascongados, a
pesar de ser tan religiosos, sean tan borrachos.

--Mentira!--exclam Echaide, ponindose rojo de indignacin--. El
pueblo vascongado es un pueblo honrado, y los que le denigran son
indignos de pertenecer a l.

--Son unos canallas--aadi Argonz, con los ojos fuera de las rbitas.

--No lo dudo--replic Garmendia--. Soy tan vascongado como cualquiera,
pero siento que a mis paisanos les pase lo que a los irlandeses, que son
muy religiosos, pero les gusta demasiado el vino.

--Y qu? Por qu no les ha de gustar?

Los dos carlistas exaltados comprendan que Garmendia era su enemigo, y
uno de ellos dijo una vez, amenazadoramente:

--Lo que hay que hacer aqu es salir al campo con el fusil, y a todo
liberal que se encuentre, fuego!

--Y por la espalda--aadi el otro, con la cara inyectada de rabia.

El relojero era de estos hombres que a todo el mundo dan la razn, y,
con su lente en el ojo derecho, mova la cabeza, en seal de
asentimiento, a cuanto decan sus contertulios; pero, al marcharse los
carlistas exaltados, murmuraba:

--Son unos brbaros: la Inquisicin no es para estos tiempos. El mundo
marcha.

Esta frase no expresaba para Zapiain ms que el contento de vivir
tranquilo y satisfecho, sin guerras ni trifulcas.

Uno o dos meses despus de llegar yo a Lzaro, en la relojera se
comenz a hablar a todas horas de las minas de hierro que se estaban
explotando en Izarte, y del embarcadero que se iba a construir en un
extremo de la playa de las Animas.

Estas minas se haban descubierto y comenzado a explotar mientras yo
estaba viajando. Diriga los trabajos un tal Juan Machn, hijo de
Lzaro, a quien se recordaba haber conocido holgazaneando por el pueblo.

En mis tiempos de chico, hablaba mucho de minerales y de filones de
hierro un seor que se llamaba don Juan Beracochea, de quien la gente
sola burlarse porque andaba con un criado suyo haciendo excursiones por
los montes prximos, y deca que los alrededores de Izarte valan una
millonada.

Beracochea era hombre con tipo de mosquetero: nariz aguilea, barba
negra en punta, sombrero de ala ancha y melenas. Llevaba un bastn
grueso, cuyo mango era un martillo, y volva de sus paseos con los
bolsillos llenos de piedras.

Beracochea tena fama de hereje; l deca con orgullo que su padre haba
sido uno de los primeros suscriptores a la clebre _Enciclopedia
metdica_ de Diderot. Cuando se muri se encontraron en su casa muchos
libros. La sobrina de Beracochea, que era la heredera, llam a don
Benigno, el vicario, para que los examinara, y ste afirm que aquellos
libros eran tan malos, que era mejor quemarlos. Algunos preguntaron cmo
haba averiguado la maldad de estos libros el buen cura, no sabiendo
francs e ingls, idiomas en que la mayora estaban escritos; pero un
vicario no necesita de eso para comprender la ponzoa que hay encerrada
en el papel impreso. Beracochea tena una porcin de minas denunciadas;
pero, a pesar de la decantada bondad del mineral, no pudo explotarlas ni
venderlas.

En esto apareci Juan Machn, en compaa de unos ingleses; se entendi
con la sobrina de Beracochea, formaron una sociedad y comenzaron a
ganar dinero.

De un vagabundo de mala fama, Machn se convirti en hombre
todopoderoso: daba trabajo, favoreca a los pescadores, era un
personaje.

Juan Machn se cas con una mujer rica de Bilbao; compr una casa
solariega en Izarte, y comenz a arreglarla a su gusto.

Varias veces me dijeron que fuera a ver los trabajos y excavaciones que
se hacan en el pueblecito vecino; pero no tena gran curiosidad, y no
hubiese ido por all a no aconsejarme mi madre que fuera, aunque por
otra causa.

Mi abuela haba dejado un casero en Izarte, sobre las dunas de la playa
de las nimas. Este casero se llamaba _Bisusalde_.

_Bisusalde_ corresponda a mi madre, y estaba alquilado a un ingls. No
saba mi madre el contrato que mi abuela haba hecho con l; y como se
acercaba Ao Nuevo, quera averiguarlo para cobrar la renta.

Este motivo me hizo sacudir la pereza e ir despacio, una maana de
noviembre, a la playa de las nimas. Fu por el monte Izarra; quera
recorrer aquel camino del acantilado que tantas veces pas de nio,
echar una ojeada a la cueva de la _Egansugua_ y recordar el olor de las
aliagas y de los helechos, ya olvidado por m desde la infancia.

[Ilustracin]




IV


LA PLAYA DE LAS NIMAS

El monte Izarra forma una pequea pennsula: a un lado tiene el boquete
de Lzaro, al otro, una playa extendida algunos kilmetros entre la
punta del Faro y los cantiles pizarrosos de la parte de Elguea.

Esta playa es la llamada playa de las nimas; playa solitaria y
desierta. Sobre ella, dominndola en toda la extensin y limitando el
arenal, hay como una cornisa de dunas de treinta o cuarenta metros en la
parte ms alta, formadas por masas de arena y de arcilla, amarillentas y
blancas, cortadas en unas partes a pico, en otras constitudas por
mamelones terrosos llenos de grietas, de anfractuosidades y de
torrenteras. Un hilo de agua rompe esta barrera de dunas y corre por el
fondo del barranco. Esta pequea corriente se llama _Sorgui-Erreca_ (el
arroyo de las Brujas). En el combate del mar con la tierra, en unas
partes el mar roe la costa, transformndola en acantilado, hacindola
desmoronarse; en otras, por el contrario, la tierra avanza; la arena se
convierte en duna; la duna se defiende con sus hierbas, con sus algas;
resiste el empuje del mar, se consolida y se afianza como terreno
fuerte. Sobre las dunas de la playa de las nimas la vegetacin se hace
cada da ms tupida, y van llegando las praderas y las heredades de
Izarte hasta el borde mismo de la cornisa.

Hacia el lado del Izarra, en un pequeo promontorio, hay un faro de poca
importancia; por el lado de Elguea se ve toda la costa espaola y parte
de la francesa.

La playa de las nimas es punto donde se desarrollan grandes temporales
y galernas.

Este mar de las costas vascas es de los ms salvajes, de los ms
violentos; tiene cleras rpidas e imprevistas; es prfido y cambiante,
hierve, tiembla, siempre agitado y tumultuoso.

Aqu, en el fondo del golfo de Gascua, el Cantbrico tiene mucha
profundidad, la costa es de roca y las corrientes fuertes.

En invierno, la playa de las nimas es triste; la bruma blanquecina
cubre el mar; jirones de niebla se levantan por el Izarra, y el aire y
el agua se confunden. Ni una lnea se destaca claramente; cielo y agua
son la misma cosa: un caos sin forma y sin color.

Se siente ese silencio del mar lleno del gemido agudo del viento, del
grito spero de las gaviotas, de la voz colrica de la ola, que va en
aumento hasta que revienta en la playa y se retira con el rumor de una
multitud que protesta.

Muchas veces el cielo gris permite ver perfectamente a lo lejos; hay una
claridad difusa, que parece no venir del cielo entoldado, sino del mar
blanquecino y turbio; las olas, de un color de arcilla, llegan con
meandros dislocados de espuma a dejar en la playa una curva plateada, y
la resaca hace hervir la arena al contacto del mar.

Las gaviotas juegan por encima de las olas, se meten en las concavidades
abiertas entre unas y otras, descansan sobre las espumas, se acercan a
la playa a mirar con sus ojos grises, en donde se refleja la luz apagada
del da, y lanzan ese grito salvaje parecido al spero chirriar de la
lechuza.

Muchas veces, en pleno invierno, se aligera el cielo, huyen las nieblas
y queda el mar azul, admirable; pero nunca la playa de las nimas da una
impresin de serenidad, de belleza, como en otoo, despus de pasar las
tormentas equinocciales.

Sabido es que la climatologa ocenica y terrestre no es igual; en
tierra, el mximum de fro y de calor es febrero y agosto; en el mar, es
marzo y septiembre.

Octubre, en nuestras costas, es el verdadero principio del otoo; cuando
la tierra empieza a enfriarse, el mar sigue templado.

En estos das tranquilos, suaves, de temperatura benigna, se pueden
pasar las horas dulcemente contemplando el mar. Las grandes olas
verdosas se persiguen hasta morir en la playa; el sol cabrillea sobre
las espumas, y al anochecer algn delfn destaca su cuerpo y sus aletas
negras en el agua.

Ese espectculo de las olas, tan pronto tranquilas en su marcha como
lanzadas a la carrera en un furioso galope, tiene, a pesar de su
monotona, un inexplicable inters. Es un lquido cargado de sales,
movido por el viento con un ritmo mecnico en su circulacin, y, sin
embargo, da la impresin de una fuerza espiritual de algo infinito.

Los das de viento sur, los promontorios lejanos se ven con una claridad
difana, y la costa de Francia y la de Espaa se dibujan como en un
plano en el mar. En estos das la arena no echa fuego, como en el
verano; espejean los charcos dejados por la marea; el liquen de las
rocas verdea ms al sol; en los agujeros redondos formados por los
_mangos de cuchillo_ se escapan burbujas al pasar la ola; las algas
negruzcas forman madejas semejantes a correas, y los fucus y las
laminarias y las gelatinosas medusas brillan en el arenal.

Al anochecer, el crepsculo hace ostentacin de su magia; el sol tiene
fantasas, aparece en un fondo de nubes rojo, da a la superficie de las
olas reflejos rosados e inunda a veces el mar de luz dorada, dejndolo
como un metal fundido.

Por marzo, cuando el invierno ha pasado; cuando la estufa, encendida por
los rayos solares en el verano, se extingue por completo, el mar est
fro. Entonces es la poca de los grandes temporales, de las mareas
vivas, con el flujo y el reflujo muy grandes.

Casi siempre, antes de las tempestades, el mar arroja a la playa medusas
y estrellas de mar, algas y trozos de madera arrancados del fondo del
abismo por las agitaciones interiores del Ocano.

Despus de los temporales y de las lluvias abundantes, ese hilo de agua
limpia que sale del barranco abierto entre las dunas _Sorgui-Erreca_
(el arroyo de las Brujas), se hincha, se agranda y se convierte a veces
en un torrente.

[Ilustracin]




V


Frayburu

Y con la suavidad del mar en la playa, contrasta la violencia de las
olas en la punta del Faro, hacia el lado del Izarra, en los arrecifes de
Frayburu.

En pocas partes la conjuncin del mar y de las rocas se verifica de una
manera tan violenta, tan tumultuosa, tan trgica como en esos peascales
del Izarra, dominados por ese islote negruzco llamado Frayburu.

Desde la barandilla del faro, el espectculo es extraordinario; abajo,
al mismo pie del promontorio, hay una sima con fondo de roca, y all el
agua, casi siempre inmvil, poco agitada, es de un color sombro; a lo
lejos, el mar aparece azul verdoso; cerca del horizonte, de un tono de
esmeralda. Cuando el viento riza las aguas, toman el aspecto y el brillo
de la mica, y se ve el mar surcado por lneas blancas que indican las
diversas profundidades.

Lejos, detrs del Izarra, las lanchas pescadoras, negras, parecen
inmviles; algn barco de vela se presenta en el horizonte, y pasa una
gaviota despacio, casi sin mover las alas.

Toda esta serenidad, toda esta placidez se cambia en agitacin y en
violencia cerca de la costa, junto al acantilado del Izarra, con sus
lajas pizarrosas, negras, hendidas, y sus rocas diseminadas como
monstruos marinos entre las aguas.

La lucha del mar y de la tierra tiene en estos arrecifes acentos
supremos. El agua est all como desesperada, verde de clera, sin un
momento de reposo, y lanza contra las rocas todas sus furias, todas sus
espumas.

Los peascales negros avanzan desafiando el mpetu de la ola
embravecida, y por las hendiduras de las rocas, huellas del combate
secular entablado entre el mar y la tierra, penetra el agua y salta a lo
lejos en un surtidor blanco y brillante como un cohete.

Se piensa vagamente si el mar tendr algn misterioso designio al
querer conquistar estos peascos, y que lucha y se desespera al no
conseguirlo. Vienen a lo lejos las olas como manadas de caballos
salvajes, adornados con crines de plata, empujndose, atropellndose;
asaltan las rocas, se apoderan de ellas; pero como si les faltara la
confianza en su dominacin, la confianza en su justicia, vuelven atrs
con el clamor de un ejrcito derrotado, en lminas brillantes, en hilos
de agua, en blancos espumarajos.

El hombre, sin duda, no est organizado para comprender lo trascendental
de lo que es extrao a l. As presta sus designios a las cosas e
inventa las religiones; as supone que el sol est hecho para alumbrarle
y las estrellas para adornar su noche.

Todo lo vaciamos en el molde de nuestro espritu; fuera de ese pequeo
molde, no tenemos nada para asir y comprender las cosas que pasan por
delante de nosotros. Por eso damos a todo el universo, desde la gota de
agua hasta Sirio, una intencin humana.

As, alguna de estas olas se nos figura que suben arteramente, buscando
el camino estrecho y tortuoso, como una guerrilla intrpida, y ya desde
la cumbre de un peascal bajan en una rpida fuga.

Frayburu, negro, en medio de las aguas espumosas, parece una
representacin del orgullo y de la fuerza de la tierra frente a las iras
del mar.

En los das de oleaje, Frayburu desaparece como tragado por las espumas,
y vuelve a surgir por instantes con su color negro, su piel de monstruo
marino y la franja de meandros de plata que lo ribetea.

Este peasco misterioso y extrao exaltara la imaginacin de un
Hamlet? Es la ruina de un castillo? Es un enorme delfn? Es un
tiburn? Es una esfinge que mira al mar, o la cabeza pensativa de un
sabio?

El hombre de la costa no ha querido que sea un delfn, ni un tiburn, ni
una ruina; ha decidido que sea la cabeza de un monje y le ha llamado
as, en vasco: Frayburu.

La imaginacin fabrica cosas extraas con las nubes y con las rocas, con
lo ms impalpable y con lo ms duro. En las forjas del espritu se
funden todas las substancias.

El Izarra presenta tambin motivos de fantasa para las imaginaciones
vagabundas; en ese alto acantilado, paredn gigantesco, pizarroso, con
vetas blancas, las hornacinas se abren como esperando una imagen; los
balcones, ribeteados por lquenes verdes, se alargan en lo alto. Podra
asomarse all una ondina o una hada. A veces, al pie de este acantilado,
aparecen manchas rojas de algas adheridas a las peas, que sugieren
cierta idea trgica.

Pero cuando la costa y, sobre todo, Frayburu llegan a lo lgido de su
fuerza, al paroxismo de su misterio, es al anochecer. Entonces el
horizonte se alarga bajo la bruma rojiza, el cielo azul del crepsculo
va palideciendo y sus colores de rosa se tornan grises; los promontorios
lejanos, dorados por el ltimo resplandor del sol, desaparecen en la
niebla, y Frayburu se yergue en la soledad de su desolacin ms
misterioso y ms sombro, en su continuo reto lanzado al cielo obscuro y
al mar hipcrita que intenta conquistarlo.

[Ilustracin]




VI


BISUSALDE

Una maana de otoo llegu a la playa de las nimas antes del medioda.
Un hombre iba con un carro por el arenal, aguijoneando la yunta; se oa
el chirrido de los ejes de la carreta y el ruido crepitante de la arena
bajo las pezuas de los bueyes.

Pregunt al boyero por dnde se suba ms de prisa a Bisusalde, y me
mostr el camino, que, al principio, ms que camino, era una escalera
formada por tres o cuatro tramos hechos con vigas y que terminaba en una
cuesta en zig-zag. Este sendero se llamaba Cuesta de los Perros _(Chacur
aldapa)_.

Ms avanzado que ninguna de las casas de Izarte, ms al borde de las
dunas estaba el casero de mi abuela, un casero negro, con un balcn
corrido hacia el lado del mar.

Se llamaba Bisusalde (cerca de las borrascas). Realmente, el viento
deba azotar all de una manera furiosa.

Me acerqu a contemplar el casero: la fachada que miraba al mar era
toda negra; la otra tena un jardn abandonado, con dos cipreses secos,
y luego una huerta, que se continuaba con un prado.

Entr en la casa y llam. Esper algn tiempo, y un hombre que trabajaba
en la huerta me dijo que el capitn, as llamaba sin duda al amo, no
estaba en casa. Haba ido a Elguea con su hija.

Record que aquel viejo era el mismo que encontramos Recalde y yo
cuando, despus de nuestra expedicin al _Stella Maris_, anduvimos
buscando al que tena la llave de la lancha que sola estar atada en la
punta del Faro.

Pregunt al viejo cundo volvera el seor, y me dijo que por la tarde,
a eso de las cinco.

Me dirig hacia el pueblo, formado por quince o veinte casas agrupadas
en derredor de la iglesia, y me detuve en una venta del camino, con el
objeto de almorzar, y de paso a enterarme de la clase de gente que viva
en Bisusalde.

La venta era de esas mixtas entre campesina y marinera; tena las
puertas y las paredes pintadas de verde, mostrador en el portal y a un
lado un cuarto pequeo con una mesa de pino, blanca, un espejo cubierto
con gasa y varias sillas.

Estaba todo limpio a fuerza de arena y de baldeo. Contiguo a la venta
haba un soportal con una fragua: en aquel momento estaban herrando a un
buey amarillento.

Llam; vino una mujer, a quien pregunt si poda comer algo; me dijo que
esperara un momento. Hablamos; le expliqu quin era y a lo que iba, y a
mis preguntas contest dndome los informes que le peda acerca del
inquilino de nuestro casero.

El hombre de Bisusalde a quien llamaban el capitn era un marino ingls,
que viva con su hija, muchacha de catorce o quince aos, y un criado,
llamado Allen.

Algunos aseguraban que el viejo haba sido pirata; pero esto, segn la
mujer de la venta, eran ganas de hablar.

El ingls daba lecciones de su idioma y sola ir todos los das a
Elguea, donde tena varios discpulos. Le haban invitado tambin a
establecerse en Lzaro, pero no quera: prefera vivir en Izarte.

La vida de aquella gente era muy sencilla y muy pobre. Por las maanas,
el capitn y su hija solan recorrer la playa desierta, los dos
descalzos. Haba una cueva pequea en las dunas con una puerta; all,
los das buenos, la chica entraba a desnudarse, se pona un traje de
bao y se meta en el mar. Sola estar nadando, y cuando se cansaba, al
salir a la playa, su padre le pona una manta blanca.

Por la tarde, despus de almorzar, el capitn iba a Elguea y volva por
la playa despacio. Muchas veces se quedaba entre las rocas hasta el
anochecer.

La chica apenas apareca en el pueblo; el criado trabajaba en el campo,
y los domingos iban los tres al faro de las nimas, pues se trataban con
el torrero y su familia.

La mujer de la taberna aadi que al principio decan que Mary, la hija
del capitn, era dbil; pero que con aquella vida al aire libre se
estaba haciendo una muchacha muy robusta.

Todos estos datos contribuyeron a hacerme creer que aquella gente era
bastante misantrpica y extraa.

Despus de almorzar y descansar en la venta, me fu por el borde de las
dunas adelante. Seran las cuatro y media, cuando vi al capitn y a su
hija, que volvan, hacia su casa, por la playa. El iba despacio; ella
corra, tiraba piedras, gritaba.

La subida por la Cuesta de los Perros era bastante fatigosa, y el viejo
se detuvo varias veces a descansar. Tena aire de hombre enfermo y
abatido; al pararse bajaba la cabeza hasta dar con la barba en el pecho.

Me acerqu a ellos. La muchacha era muy bonita, rubia, tostada por el
sol; al pasar por delante de m me mir con un aire completamente
salvaje. Aguard a que entraran en su casa, y poco despus me decid a
llamar.

Haba obscurecido. El viejo alto que trabajaba en la huerta me indic
que pasara. Entr. Una lmpara de aceite alumbraba un cuarto pequeo y
modesto, que tena un armario con cortinillas blancas.

El capitn lea sentado cerca de la mesa; la muchacha estaba haciendo la
cena all mismo; el viejo criado raspaba el mango de una azada.

El capitn se levant al verme, con aire de alarma; yo le rogu que se
sentara, y le dije quin era y a lo que iba. La muchacha sali del
cuarto.

--De manera que usted es nieto de doa Celestina?--me pregunt el
capitn.

--S, seor.

--Hijo de Clemencia?

--S, as se llama mi madre.

El hombre se turb, no supo decirme lo que pagaba de renta a mi abuela,
y murmur:

--Dgale usted a su madre que me diga lo que tengo que pagar al ao por
la casa, y si puedo me quedar en ella.

Yo le indiqu repetidas veces que no, que siguiera pagando como hasta
entonces; pero no le pude convencer.

De cuando en cuando la muchacha rubia se asomaba a la puerta y me miraba
con sus ojos azules obscuros, con una expresin de temor y desconfianza,
como si tuviera miedo de que yo le hiciera algn dao a su padre.

Me levant molestado del aire de suspicacia de toda aquella gente, y,
saludando a los tres con frialdad, me volv a Lzaro.

[Ilustracin]




VII


EL RECADO

Una tarde de diciembre, al volver de la relojera, ya obscurecido, un
chiquillo me detuvo y me entreg una carta. Quin poda escribirme?
Examin el sobre a la luz de un farol. Era letra de mujer. Con gran
curiosidad le la carta, que deca as:

Al capitn don Santiago de Anda.

Mi padre, que se encuentra enfermo, le suplica encarecidamente a usted
que venga a verle lo ms pronto posible; si puede, esta misma noche.
Tiene que hablarle a usted de asuntos importantes. Si se decide a salir
por la noche, a la salida del pueblo, en la herrera de Aspillaga, le
esperar un amigo con un caballo.

_Mary A. Sandow_.

Bisusalde: Playa de las nimas.

Al entrar en casa ense la carta a mi madre, que se qued tambin
asombrada. Como senta gran curiosidad, quise marcharme en seguida; pero
mi madre me oblig a sentarme a cenar. Cen rpidamente, y, envuelto en
el capote, tom el camino hacia la herrera de Aspillaga.

All se encontraba Allen, el viejo hortelano de Bisusalde. Le dirig
algunas preguntas acerca del capitn; me contest con monoslabos, y, en
vista de que no manifestaba muchas ganas de hablar, enmudec.

El caballo tom un trotecillo no muy cmodo, y por la carretera, hmeda,
llegamos en una hora a la playa de las nimas.

El viento silbaba y gema con alaridos violentos; el mar bramaba en la
playa y la resaca deba de ser furiosa.

Nos acercamos al casero. No hubo necesidad de llamar; la puerta se
hallaba abierta y en el umbral se encontraban la hija del ingls en
compaa de una muchacha morena, desgarbada, con los pies desnudos.

La hija del capitn tena los ojos como de haber llorado.

--Cunto ha tardado usted!--me dijo.

--No he podido venir antes.

--Vamos a ver a mi padre.

Dimos vuelta a la esquina de la casa, y, por una escalera que haba a un
lado, subimos al piso principal. El capitn se hallaba en un silln,
envuelto en un capote azul, viejo y rado, con los ojos cerrados.

Al or mis pasos se incorpor y murmur con voz apagada:

--Mary, trae una silla.

Cog yo la silla y me sent. Qu poda querer aquel hombre de m? Qu
relacin poda haber entre nosotros dos?

La muchacha di a beber al viejo un poco de caf, y yo pude contemplar
al padre y a la hija. Era l un hombre esculido, de unos sesenta aos;
la barba, blanca, recortada y en punta; los ojos, pequeos, grises y
vivos, debajo de unas cejas largas y amarillentas; la nariz, aguilea.

La muchacha tendra quince o diez y seis aos; era delgada, esbelta, con
las mejillas doradas por el sol; los ojos brillantes, obscuros; el pelo
rubio, de fuego, y la expresin entre asustada y salvaje.

En las paredes del cuartucho haba unos mapas, un barmetro, un reloj de
barco y una brjula; se notaba que era la casa de un marino.

Afuera, el viento silbaba con furia, haciendo retemblar puertas y
ventanas.

El capitn, despus de tomar el caf, pareci reanimarse; me mir con
atencin, esper a que su hija saliera y me dijo rpidamente:

--Yo soy Juan de Aguirre, el marino, el hermano de su madre de usted, el
que desapareci.

--Usted es Juan de Aguirre!

--S.

--Mi to?

--El mismo.

--Y por qu no habrmelo dicho antes!

El viejo me mir con cierta sorpresa. Sin duda no esperaba mi pregunta,
ni mi rpido asentimiento a sus palabras. Luego, dijo:

--Cre que tu madre y t me hubierais considerado como un impostor....
Mi estado civil no est claro, no podra fcilmente identificar mi
personalidad.

--Y qu?

--Se hubiera averiguado de dnde vena y tu madre hubiera tenido un
disgusto.... Tu abuela saba que yo estaba aqu.

--Yo tambin sospechaba que usted viva.

--S?

--S. Un tal Iriberri, capitn de barco, me dijo dnde deba usted de
estar.

--Iriberri, Francisco Iriberri, que mandaba el _Fnix_, un barco
negrero.... S, lo recuerdo.... Dejemos eso, si quieres.... He sido un
hombre desgraciado, no criminal; puedes creerlo. Ligero, imprudente,
violento; pero no malo. Antes de que se me nuble la inteligencia por
completo, tengo que hacerte dos encargos: uno, que entregues este sobre
a Juan Machn, el minero. Entrgaselo un ao despus de mi muerte, o
antes, si las circunstancias te obligan a abandonar Lzaro. El otro
encargo es que protejas en lo que puedas a mi hija, que va a quedar
desamparada. Has comprendido?

--S.

--Tienes inconveniente en jurar que cumplirs mis encargos?

--Ninguno.

--Pues bien. Juras que reconocers como pariente a mi hija Mara de
Aguirre, siempre, digan lo que digan, y que la favorecers con todos tus
medios?

--S, lo juro.

--Juras que entregars esta carta a Juan Machn, el minero, dentro de
un ao o antes si las circunstancias te obligan a abandonar Lzaro?

--Lo juro.

--Oh, gracias; gracias! No es que pudiera dudar de una simple promesa
tuya, pero as estoy ms tranquilo. Toma el sobre. Gurdalo.

Yo guard el sobre en el bolsillo interior de la americana.

--Quiere usted algo ms?--le pregunt.

--No, nada ms. Cmo te llamas, sobrino?

--Santiago.

--Ah! _Shanti_. As se llamaba tambin mi padre. Haz el favor de decir
a mi hija que venga.

Llam, y se present la muchacha rubia, mi prima! Tena los cabellos
despeinados por el viento, la ropa mojada por la lluvia; en sus ojos se
lea una decisin huraa y melanclica, que me sorprendi.

--Ven, Mary--dijo el viejo capitn--. Da la mano a este caballero. Es
primo hermano tuyo. Ser para ti un amigo, un defensor cuando yo falte.

La muchacha solloz al or esto.

--Dale la mano--sigui diciendo mi to--; tiene la cara franca, y aunque
no le conozco apenas, creo que puedes fiarte de l.

--S, yo tambin lo creo--dije yo.

La muchacha miraba a su padre y me miraba a m con honda amargura.
Alarg su mano, pequea y callosa, que estrech un momento en la ma.

--Bueno--murmur el viejo--, no quiero retenerte ms, Shanti.
Adis!--y me tendi los brazos y me estrech en ellos dbilmente. Sal
del cuarto y baj con Mary al raso del casero.

--Si puedo servir a usted en algo, dgamelo usted--advert a mi prima.

--Hoy no necesito nada. Cuando necesite....

--Entonces, hbleme usted sin ningn reparo.

--As lo har. Muchas gracias!

--Adis, Mary.

--Adis.

En la puerta de la tapia me esperaba Allen con el caballo. Lo sostuvo de
la brida para que yo pudiese montar, y me dijo:

--No necesitar usted gua, eh?

--No.

--El caballo sabe el camino; le dejar a usted en la herrera de
Aspillaga.

--Muy bien.

La noche haba aclarado; la luna, en creciente, apareca envuelta en
nubes, y su luz alumbraba con vaguedad el mar. El viento bramaba
furioso. Crculos de espuma fosforescente brillaban sobre las olas.

Como me haba dicho Allen, el caballo saba el camino y tuve que
refrenarlo para que no partiera al galope. Llegu rpidamente a la
herrera, y de all, a pie, volv a mi casa.

No saba qu decir a mi madre; quiz le iba a producir una gran emocin
hablndole de que su hermano viva a poca distandia de ella, enfermo,
casi moribundo.

Cuando entr en mi cuarto, mi madre, aun despierta, me pregunt desde la
cama:

--Te ha ocurrido algo?

--No, nada.

--Te has mojado?

--No.

--Pasa algo importante?

--No; maana te to dir.

Guard en el cajn de la mesa, bajo llave, la carta que me haba dado mi
to para Machn; luego me acost; pero por ms que quise dormir, no pude
conseguirlo.

Al da siguiente cont a mi madre la escena de la noche anterior en
Bisusalde, y no s si dud de la veracidad de lo dicho por su presunto
hermano, o si crey que querra quitarnos parte de la herencia; el caso
fu que mi madre no se conmovi tanto como yo crea, y hasta se me
figur que le pareci mal que yo me comprometiese a ayudar a mi prima.

Despus he visto claramente que las madres lo reconcentran todo en el
inters de los hijos y desconfan de lo que puede perjudicarles.

Yo no dudaba: tena la evidencia de que el viejo era Juan de Aguirre y
de que Mary era mi prima.

[Ilustracin]




VIII


URBISTONDO Y SU FAMILIA

Durante algn tiempo fu casi todos los das a la casa de la playa. Mi
to marchaba cada vez peor. El mdico vaticinaba el final para un breve
plazo.

Varias veces pregunt a Mary si tena algn proyecto para el porvenir.
Ella me dijo que podra dar lecciones de ingls a los muchachos de
Elguea y seguir viviendo all; pero yo le advert que esto era
imposible.

--Por qu?

--Porque no, criatura. Cmo le van a tener respeto muchachos de su
misma edad o mayores que usted? No puede ser.

--Y si les enseo el ingls tan bien como otro profesor?

Aunque as sea. No ira nadie, o, mejor dicho, iran muchos; pero no a
aprender el ingls, sino a hacerle a usted el amor.

Ella qued pensativa.

--Y si me pusiera a coser y a hacer trajes para las seoras?

--Pero sabe usted algo de eso?

--No, pero aprender.

--Quiz fuera prctico.

Yo le ofrec pagarle todo lo que necesitara, aunque dudaba mucho del
xito. El mismo da escribi a Bayona y a Pars pidiendo catlogos y
peridicos de modas.

Mi madre, que desde el principio que le habl de Mary sinti por ella
antipata, se inform, y obtuvo malos informes; segn le dijo una mujer
de Izarte, la chica llevaba una vida salvaje, corra por las peas,
andaba tirando piedras, y muchas veces haba ido con la hija del
torrero, una muchacha igualmente salvaje, a pescar calamares.

Yo intent convencer a mi madre de que Mary no tena edad para
reflexionar; si haba ido a pescar calamares con la hija del torrero,
probablemente no sera por capricho, sino ms bien por necesidad. Mi
madre no se convenci, y me di a entender que, si la chica se quedaba
hurfana, no estaba dispuesta a recogerla.

--Aunque se pruebe que es tu sobrina?

--Si se prueba eso, la llevaremos a un colegio.

Unos das despus de esta conversacin encontr a Mary en su casa, con
la hija del torrero, la muchacha amiga suya, con la que iba a pescar
detrs del Izarra.

Esta muchacha se llamaba Genoveva; pero todo el mundo la deca
_Quenoveva_, y ella estaba convencida de que as se pronunciaba su
nombre.

Quenoveva me fu muy simptica. Era fuerte, valiente, tmida, tostada
por el sol y por el aire del mar, con las cejas un poco juntas. Aquel
da estaba vestida de fiesta: llevaba una blusa clara, una falda azul,
medias rojas y alpargatas blancas.

Cualquier cosa la confunda y la turbaba. Me pareci ser una excelente
amiga para Mary y que la tena mucho afecto.

Mary me dijo que ellas iban al faro.

--Si quieren ustedes, las acompaar.

--Bueno.

Pasamos los tres por el arenal y salimos a la punta del Faro. Me choc
que Mary hablase el vascuence tan bien. Pareca una aldeana que no
hubiese salido del pueblo. Nos acercamos a la casa del torrero; de
pronto Quenoveva comenz a gritar como un hombre, y corri a la
barandilla del faro, donde haba visto a uno de sus hermanos inclinado
hacia afuera.

Mary me mir, para ver, sin duda, el efecto que me hacan los exabruptos
de su amiga.

La casa del torrero y el faro formaban un solo edificio, asentado sobre
una plataforma cortada en las rocas. Bajamos a la vivienda por una
escalera estrecha y entramos por un corredor con puertas a los lados.
Una porcin de chiquillos, que andaban chillando y riendo, se nos
acercaron.

El torrero era viudo, y Quenoveva diriga a sus ocho hermanos como a un
rebao, a fuerza de gritos furiosos.

Quenoveva nos pas a Mary y a m al despacho del torrero, lo mejor de la
casa, y cerr la puerta para que la prole de chicos y chicas no se nos
amontonara encima.

--Un seorito!--decan aquellos pequeos salvajes, con una curiosidad
inmensa.

Mary abri la puerta y trajo en brazos a un chiquitn, que al verse
preso y en presencia ma empez a llorar y patear, con tal rabia, que
tuvo que dejarlo.

--El torrero tarda--le dije yo a Mary.

--Como est cojo....

--Ah! Es cojo?

--S.

Esperamos en el despacho. En la pared haba un mapamundi, el plano del
faro, en papel azul, clavado con tachuelas; un cronmetro y un
barmetro. Sobre la mesa se vea un barquito que, sin duda, el torrero
estaba tallando con un cortaplumas.

Se oy poco despus en el pasillo el ruido de una pierna de palo, y
entr el torrero, Juan Urbistondo. Urbistondo era un tipo
extraordinario, un viejo lobo de mar.

Tendra cerca de sesenta aos, la cara curtida, la expresin simptica,
la nariz roja, que brillaba entre la barba, inculta, como una rosa entre
el follaje. Hablamos largo rato, y yo qued verdaderamente asombrado.
Era un hombre de una fe tan absurda en s mismo y en sus fuerzas, que se
senta capaz de emprenderlo todo. Ni la ms ligera duda ni la ms
pequea desconfianza enturbiaba su convencimiento. A esta confianza una
una sencillez y una falta tan absoluta de malicia, que le dejaban a uno
perplejo. Slo el mar puede producir tipos semejantes.

El faro de las nimas era de ltima clase; alguna persona de influencia
de Elguea haba conseguido que le llevaran all a Urbistondo; pero ste
crea que el mundo entero dependa de su linterna. Le pareca tambin un
asunto trascendental y complicadsimo encender la lmpara de petrleo y
ponerle la chimenea.

Urbistondo suba las escaleras de caracol de la torre, convencido de su
sacerdocio, de la trascendencia de su misin. Tambin le pareca una
ciencia profunda y hermtica la de conocer las indicaciones del
barmetro y del termmetro. El posea, por encima de todos los
barmetros del mundo, su pierna. Me explic cmo se la amputaron, a
consecuencia de haberle destrozado el pie una barrica, y no supe si
horrorizarme o rerme cuando contaba que al operarle, como el mun que
le quedaba se le gangrenaba, le tuvieron que cortar la pierna dos o tres
veces en rodajas, como si fuera una merluza.

Al da siguiente, en la relojera, me enter de la vida del torrero y de
su gran odio.

Urbistondo haba sido capitn, durante mucho tiempo, de un paquebot de
la carrera Bilbao-Liverpool. La casa armadora, a la que le quedaban
algunos barcos de vela viejos, los reemplaz por barcos de vapor.

Urbistondo no crea en el vapor; le pareca que gastar carbn, pudiendo
navegar a vela, era una estupidez, y cuando vea que soplaba un buen
viento, creyendo hacer un obsequio a la Compaa, mandaba apagar los
fuegos, largaba las velas y se lanzaba a navegar como Dios manda. La
Compaa recomend a Urbistondo que no se metiese a favorecerla; pero el
capitn, con aquella admirable confianza que tena en sus facultades
intelectuales, no hizo caso. Crea deber suyo no perjudicar a nadie, y
el director de la casa lo sac del barco y lo llev al almacn, donde le
ocurri el percance de la pierna.

El torrero tena muy poco sueldo para alimentar nueve hijos, y los dos
mayores trabajaban en el pueblo como aprendices. Urbistondo pescaba
desde el faro con un aparejo que le haban regalado, y venda su pesca;
la Quenoveva tambin era pescadora; iba con alguno de sus hermanos, en
lancha, a coger calamares.

La familia era muy graciosa y simptica; el viejo Urbistondo nos ense
la casa; luego me llev a la torre. Me pregunt all, confidencialmente,
cmo estaba el padre de Mary, y al decirle que no andaba bien y que no
saba qu iba a ser de aquella muchacha, me dijo:

--Eh!, cuidado, compaero. Si Mary tiene que salir de Bisusalde, que
venga aqu. Esta casa, como si fuera suya. Se le dejar un cuarto para
ella, y Quenoveva la atender.

--Pero, hombre, Urbistondo, usted tiene mucha gente.

--Nada, Shanti. No hay ms que hablar. Que venga aqu.

Yo le di las gracias a este hombre, de una generosidad tan absurda, que
con poco sueldo y nueve hijos todava quera cargarse con una persona
ms, y, al ver su insistencia, acced; el faro podra ser un buen
recurso para Mary, al menos al principio.

Nos despedimos del torrero, acompa a mi prima a casa y volv a Lzaro.




IX


EL DEVOCIONARIO DE ALLEN

La enfermedad de mi to Aguirre segua aproximndose al desenlace. Se
acercaba para m el da de la marcha; el tiempo de licencia conclua; de
Cdiz me mandaban recados urgentes. Aquello de pasarme cuatro o cinco
aos seguidos en el mar, me pareca muy duro.

Mi madre se lamentaba al mismo tiempo de que tuviese que ir y de que
perdiese una plaza tan buena.

No saba a quin dirigirme, y se me ocurri, medio en serio, medio en
broma, ir a consultar a Quenoveva. Una maana me acerqu al faro de las
nimas. Al asomarme a la plataforma vi a uno de los chicos del torrero y
le pregunt:

--Est tu hermana?

--Quin, Quenoveva?

--S.

--Aqu est.

Baj, y me encontr a la muchacha, despeinada, con las piernas desnudas,
envuelta en una falda hecha jirones. Estaba lavando. Al verme, se
levant avergonzada; yo la tranquilic y le expliqu a lo que iba. Le
dije que la derrota de mi barco era tan larga, que tendra que estar dos
o tres aos sin venir a Lzaro y sin ver a Mary. No me gustaba dejar a
la muchacha sola, y a ella, que era su amiga, le peda consejo, le
preguntaba qu deba hacer.

Quenoveva me escuch con gran atencin para no perder palabra.

Era partidaria de que dejara esta derrota larga y me embarcara en algn
vapor de la travesa Bilbao-Liverpool. Su padre podra escribir al
director de la Compaa donde antes haba navegado.

Me pareci un buen consejo, y habl a Urbistondo para que escribiera
inmediatamente. El hombre qued muy satisfecho de poder demostrar su
influencia.

Avis a Cdiz, diciendo que me encontraba enfermo y que abandonaba mi
cargo de capitn de la fragata, y esper los acontecimientos. Mi madre
encontraba que dejar la derrota de Cdiz a Filipinas para ir a Liverpool
era bajar de categora; pero a m no me han preocupado gran cosa las
categoras.

[Ilustracin]

A principios de febrero, una maana, Mary me mand un recado urgente
dicindome que fuera a Bisusalde lo ms pronto posible. Me vest, tom
el caballo de Aspillaga y, al trote, me fu a la casa de la playa. Mi
to Juan haba muerto.

En la casa estaban Mary, el criado viejo, Quenoveva y Urbistondo. Me
enter de lo que se necesitaba. Haba que mandar construir un atad en
Lzaro. El entierro lo haran al da siguiente en Izarte.

Enviamos a un hombre a que encargara el atad al carpintero, y
Urbistondo y yo nos quedamos en la casa.

Me sorprendi bastante ver al mdico de Elguea, que all mismo sobre la
mesa extendi la partida de defuncin del muerto, a nombre de Tristn
Ugarte, de profesin marino.

Me choc, pero no dije nada. Por la noche velamos el cadver Urbistondo,
el criado y yo, y por la maana lo enterramos en el pequeo cementerio
de la aldea.

Al da siguiente Mary fu a instalarse al faro, y Allen, el criado
viejo, march a vivir a la venta de Izarte.

Unos das despus, Allen se present en mi casa con una pretensin
extraa. Traa un devocionario en la mano.

--Su to de usted y yo--me dijo con mucho misterio--sabamos dnde hay
un tesoro escondido.

--Hombre!--exclam yo.

--S. Est en la costa de frica, y en este libro viene la indicacin.

--En el devocionario?

--S.

--Y qu quiere usted que yo haga?

--Primero leer lo que dice en el libro; despus, si usted quiere, puede
asociarse a m.

--Respecto a leer, no tengo inconveniente. Lo que no me explico es por
qu no lo lee usted.

--Es que la indicacin est en vascuence, y no comprendo bien el
sentido.

--Bueno, vamos a verlo.

Tom el devocionario, escrito en ingls, y vi que varias letras estaban
marcadas con lpiz.

--Hay que unir todas las letras sealadas--me dijo el viejo.

Tom un papel, fu uniendo las letras y apareci al final esta serie de
palabras en vascuence:


    Nun ibayean, costatic urruti amabost
    milla, N. zazpi O. Gaztelu zarra. Elefantearen
    beguitic beiratuaz bi arrien tartean,
    arri sorrotzaren arquitzendanari milla baten
    erdi ibayaren ondoan. Iraillareco ogueitazazpi
    garren egunean arratzaldeco lau orduaren itzalean.


Lo que, traducido literalmente, quera decir:


    A quince millas de la costa, en el ro
    Nun, Norte 7 grados Oeste. Castillo viejo.
    Visual del ojo del elefante entre dos piedras
    a la pea afilada que hay a media
    milla cerca del ro. En la sombra de las
    cuatro de la tarde del da 27 de Septiembre.


Le di la traduccin a Allen, quien me pregunt:

--Usted quiere venir conmigo?

--Adnde?

--Al frica, por el tesoro escondido.

--Hombre, yo no puedo, no tengo medios....

No quise decirle que me pareca una fantasa absurda esta historia del
tesoro.

--De manera que usted me cede sus derechos?

--En absoluto.

--Est bien.

Allen se despidi de m, y pocos das ms tarde desapareci del pueblo.




X


LA CUEVA DE LA SERPIENTE

Una semana despus, mi prima me comunic su pensamiento de trasladarse a
Lzaro.

Volv a insistir con mi madre para que recogiese a la hurfana, pero
ella se neg en redondo. No crea que fuera su sobrina, sino la hija de
un aventurero; sabe Dios de quin.

Entonces fu a ver a Cashilda, la mujer de Recalde, e hice un convenio
con ella de pagarle un tanto por tener en su casa a Mary, siempre que la
muchacha se portara bien.

De Bilbao haban contestado a Urbistondo aceptando mi ofrecimiento. Iba
a tener barco que mandar.

Fu a buscar a Mary para traerla a Lzaro y presentarla en casa de la
mujer de Recalde. Era el da de Nochebuena. Llevaba en un estuchito
forrado de raso un anillo de oro con unas perlas para Quenoveva, que me
haba costado ocho duros, y en un paquete unos juguetes para los chicos
de Urbistondo.

Quenoveva palideci y se ruboriz de alegra al recibir la sortija;
respecto a los juguetes, Urbistondo opin que para el primer da bastaba
con que los chicos los vieran nicamente; si no, los iban a romper.

Me desped de Urbistondo y de su familia, y Mary y yo nos dirigimos a
Lzaro por el Izarra. Ella marchaba al mismo paso que yo, con una
agilidad de campesina; en sus miradas se expresaba alternativamente la
timidez, la audacia y el enfado. El da estaba gris, el mar lleno de
bruma; el viento silbaba entre los rboles, agitando las hojas rojizas
de las hayas que aun quedaban en las ramas y las copas negruzcas de los
pinos. Grandes gotas de agua sonaban en la hojarasca seca.

Mary estaba enfurruada.

--Qu le pasa a usted?--la dije.

--Nada.

--No, algo le pasa. Est usted incomodada conmigo?

--S.

--Por qu?

--A m no me ha trado usted anillo!--me dijo, dolorida.

--No importa; le comprar otro ms bonito.

--No, no; yo lo quiero igual que el de Quenoveva.

--Pues como el de Quenoveva.

--Adems--aadi con la voz preada de lgrimas--, su madre de usted no
me quiere.... Ha dicho que yo soy una chica mala ... que ando tirando
piedras. Su madre de usted no me quiere ... usted tampoco. Slo mi padre
me quera y yo voy a reunirme con l.

Y la chica, en un momento de arrebato, se acerc al acantilado con
intencin de tirarse al mar; yo la cog de un brazo y la retir de all.

--Mary--la dije agarrndola enrgicamente y zarandendola con furia--.
Cuidado con hacer necedades!

La muchacha comenz a sollozar con inmensa amargura. La dej que llorase
largo rato, hacindome el incomodado, y despus, ofrecindole la mano,
le dije:

--Vamos, Mary, que empieza a llover.

Ella puso entre la ma su mano pequea y callosa, y comenzamos a subir
el Izarra. Ibamos escalando el monte, deprisa, huyendo del agua. Llova
cada vez ms fuerte, cuando llegamos cerca de la cueva de la
_Egan-suguia._

--Entremos aqu--dijo Mary, que, despus de las lgrimas, haba quedado
sonriente y de buen humor.

--Ah, mi querida Mary--le dije yo--, hay, segn dicen, una gran
serpiente con alas, con garras de buitre y cara de mujer, que se llama
_Egan-suguia._

--Y qu hace?

--Envenena con el aliento y se come a los chicos.

--Quin la ha visto?

--Creo que nadie la ha visto.

--Y usted la tiene miedo?

--Yo, no.

--Pues vamos a entrar en su casa.

--Vamos.

Entramos en la cueva. No estaba, como en mi tiempo, llena de malezas,
sino completamente limpia; en el fondo haba una cama de paja, de algn
pastor.

--Dnde ests, _Egan-suguia?_--dijo Mary--. Ven, que queremos hablarte
y darte las gracias porque nos prestas tu casa. No aparece!

--Estar haciendo algn recado--repliqu yo--. Quiz se haya perdido por
el monte o ande buscando un paraguas por las calles de Lzaro.

--Pobrecita! En una cueva as debe tener mucho fro! Yo no creo que
esa _Egan-suguia_ sea tan mala como dicen. Si se comiera los nios, aqu
estaran los huesos, y no hay nada.

--Es que tiene el estmago fuerte y la pcara de ella se los traga.
Ahora, Mary, qu hacemos? Quiere usted que vaya a Lzaro y venga con
un paraguas?

--No; sentmonos. Ya pasar la lluvia.

--Y qu vamos a hacer?

--Hablaremos.

Nos sentamos en el suelo.

Mary me pregunt adnde iba a llevarla; le dije quin era la mujer de
Recalde y cmo viva; luego me interrog acerca de lo que pensaba hacer
yo; le expliqu cmo tena que embarcarme, lo que ganaba, cundo
volvera, todo.

Hablamos muy seriamente largo rato. Al cabo de algn tiempo ces de
llover y salimos de la cueva.

--Gracias, _Egan-suguia!_ Muchas gracias!--dijo Mary--. No es verdad
que comes a los chicos; eres muy buena y prestas tu casa a los que van
por el monte! Adis!

Llegamos a Lzaro y llev a Mary a casa de Recalde. Ella estaba
tranquila, pensaba que tendra que trabajar pronto. En cambio, mi
inquietud era grande. Comprenda que estaba enamorado. Mary, casi nia;
yo, casi viejo, y teniendo que ausentarme continuamente. Mis amores
comenzaban mal.

[Ilustracin]





LIBRO CUARTO




LA URCA HOLANDESA. EL DRAGN




I


EL CAPITN DE LA DAMA ZURI

De la Compaa de vapores de Bilbao a Liverpool, pas a otra de
tras-atlnticos de la lnea de Burdeos a Buenos Aires. El corto tiempo
que tena licencia lo aprovechaba para llegar a Lzaro y ver a mi madre
y a Mary.

Mary iba acomodndose a la vida sedentaria, y comenzaba a trabajar de
modista. Nos escribamos en todos los correos; yo la llamaba a ella mi
querida Mary, y ella mi querido Shanti. Muchas veces me deca en
broma: La _Egan-suguia_ nos protege. Yo no le haba dicho claramente que
estaba enamorado de ella y que aspiraba a hacerla mi mujer.

Mi madre saba que el mdico de Elguea haba certificado la muerte de su
presunto hermano a nombre de Tristn de Ugarte, y quera creer que el
parentesco con el capitn de Bisusalde era un engao. A pesar de esto,
como la conducta de Mary en casa de Cashilda era buena, comenzaba a
sentir por la muchacha cierta simpata.

Yo tena que vivir desesperado en el vapor. Cumpla los deberes de mi
cargo como un autmata. Mis pensamientos estaban en Lzaro.

Sola encerrarme en mi camarote, teniendo su retrato delante de los
ojos. Qu largos me parecan estos das de navegacin! Qu horrible
este cielo azul de los trpicos!

A la vuelta de mi viaje, cuando perda de vista por las noches la Cruz
del Sur y comenzaba a divisar la Estrella Polar y las dos Osas, me
senta tranquilo.

Al acercarnos a Europa, al or las sirenas de los vapores dando sus
largos alaridos, experimentaba una alegra infinita. Si tena ocasin
propicia, al llegar a Burdeos tomaba un vapor, aunque no fuese ms que
para pasar un da en Lzaro. Si no, me quedaba en el barco, escribiendo
a Mary.

       *       *       *       *       *

La cuestin del nombre de mi to Juan de Aguirre, que a veces me
preocupaba, se aclar en Burdeos. Un viejo marino retirado, que tena
una tienda de objetos nuticos, y que naveg con mi to Juan, me dio
nuevos datos acerca del padre de Mary.

Un da estaba haciendo los preparativos para zarpar, cuando recibi la
visita del capitn de la goleta _Dama Zuri_, que me traa una carta de
recomendacin de mi amigo Recalde. La _Dama Zuri_ era una goleta de tres
palos, blanca como una gaviota y airosa como un cisne.

El capitn deseaba buscar aparejos para su barco; le haban dicho que
all, en Burdeos, se hacan los mejores y ms baratos, y que la gente de
Bayona y de la costa vasco-francesa se entenda para esto con un
comerciante vascongado.

Acompa al paisano en busca del comerciante; preguntamos en una
cordelera de la orilla del ro, y nos dirigimos a una tienda de objetos
navales del muelle de Borgoa, casi en el centro de la poblacin.

Era una covachuela a ms bajo nivel de la calle, que tena unos
escalones desde la acera. En el escaparate, ancho y de poca altura, se
vean fanales de barco, rodeados de alambres gruesos y dorados;
cronmetros, cmaras de bitcora, correderas, sextantes, catalejos y
otros muchos instrumentos. Se mostraban, adems, cables metlicos,
rollos de amarras, de relingas, de cordajes en camo, anclas, argollas,
impermeables blancos y negros y otros muchos objetos navales, de lona,
fabricados en Angers y en Burdeos, y diversos aparatos de pesca y latas
de conservas inglesas.

La tienda exhalaba un olor de alquitrn, muy agradable. En el cristal
del almacn, escrito con letras negras, se lea un nombre medio borrado:
Fermn Itchaso.

Entramos en el establecimiento el capitn de la _Dama Zuri_ y yo. Habl
yo con un hombre joven que nos sali al encuentro, y que no comprenda
el vascuence. El capitn, paisano mo, no saba el francs, y quera
entenderse directamente con el comerciante. En vista de esto, el joven
dijo que esperramos un momento a que llegara su padre.

No tard mucho en venir. Era un hombre viejo, encorvado por la cintura,
con el pelo blanco y la pipa en la boca. Vesta de negro, la cara
rasurada, la boina grande, de gascn; llevaba patillas cortas, que entre
los marinos franceses solan llamar patas de conejo, y por debajo de la
manga se le vean en las dos muecas unas anclas tatuadas, de color
azul. Tena la nariz larga, los ojos pequeos, las cejas como pinceles y
un rictus sardnico en los labios.

Al decirle su hijo que ramos vascos, levant los brazos al aire con
grandes extremos.

[Ilustracin]

--De qu pueblo?--nos dijo en vascuence.

--De Lzaro.

--Espaoles?

--S.

--Yo soy vasco-francs. Nuestra tierra es muy buena, eh? Yo no digo que
la Gironda sea mala, no. Es un pas rico; pero la tierra vasca es otra
cosa.

Luego, mirndome con fijeza, me pregunt:

--De qu pueblo habis dicho que sois?

--De Lzaro.

--Lzaro!--exclam el viejo--. Yo he conocido a alguien de Lzaro. Ah,
s!--aadi, llevndose la mano a la frente--. El piloto de _El Dragn_
... Tristn, Tristn de Ugarte.

Tristn de Ugarte era el nombre con que el mdico de Elguea haba
extendido la partida de defuncin de mi to, y _El Dragn_ el nombre del
barco en donde haba navegado Juan de Aguirre, segn me cont Francisco
Iriberri.

--De manera que usted ha conocido a Tristn de Ugarte?--pregunt el
viejo.

--S. Usted tambin lo ha conocido?

--Ya lo creo! Era pariente mo!

--Es verdad ... Se parece usted a l en la voz..., en algo, no s en
qu ... Y qu fu de su vida?

--Muri hace unos meses.

--En Espaa?

--Si.

--Con quin viva?

--Con su hija y con un criado, alto, rojo ...

--Escocs, quiz?

--S.

--Allen: lo recuerdo.

--Y en qu condiciones le conoci usted a mi pariente?--le dije.

--Est usted para bastante tiempo aqu, mi oficial?--me pregunt el
viejo.

--Maana por la maana he de zarpar para Buenos Aires.

--Pues si no tiene usted algo ms importante que hacer, venga usted esta
tarde a las cinco; le contar lo que s de Ugarte.

--Muy bien. A las cinco estar aqu.

--Ahora, vamos--aadi el viejo, dirigindose al capitn de la _Dama
Zuri_--, a nuestros asuntos.

Me desped del capitn y de Itchaso, fu a mi barco, y a las cinco en
punto estaba en el muelle de Borgoa, en la tienda de objetos navales.

El viejo Itchaso me esperaba, e, inmediatamente de llegar, me pas a un
cuarto pequeo con una ventana que daba al muelle.

Desde all se vean los mstiles entrecruzados de las fragatas y
bergantines, de las goletas y pailebots.

Haba en el cuarto, en un armario, varios libros, y entre ellos el
_Diccionario filosfico_ de Voltaire.

--Este libro es mi amigo--me dijo el viejo, sealndolo.

--No es usted religioso?--le pregunt yo.

--No, no. No creo en supersticiones.

Itchaso tena preparada una botella de vino de Burdeos, aejo, que
conservaba en el casco polvo y telaraas. Llen dos copas; luego levant
la suya, y dijo:

--Por el pas vasco, mi oficial.

--Por Espaa.

--Por Francia.

Chocamos las copas, bebimos, y el viejo comenz su narracin de este
modo:




II


NARRACIN DE ITCHASO

LOS DOS CAMINOS DEL MARINO

--Soy de Guethary, un pueblo pequeo prximo a Espaa, y que quiz usted
conozca. All pas mi infancia. Sabr usted tan bien como yo que los
vascos nunca hemos sentido gran entusiasmo por el Ejrcito ni por la
Marina de guerra. Yo no fu una excepcin; por el contrario, la quinta
me indignaba; un hermano mo muri en Argelia; el otro estaba sirviendo
en un navo del Estado; la tierra de la familia no se poda cultivar, y
mi pobre padre me recomend que fuera a Amrica.

A los diez y seis aos hice un viaje no muy feliz a Terranova, de
grumete. Casi todos los vascos que bamos a la pesca del bacalao nos
reunamos en Saint-Mal; arrendbamos unas cuantas barcas y marchbamos
a pescar a las islas de Saint-Pierre y Miquelon; pero los arrendadores
nos daban goletas viejas sin condiciones marineras, llenas de agujeros
tapados con estopa. En el viaje que yo fu de grumete naufragaron una
porcin de barcos, y ms de cincuenta hombres de aquella costa se
ahogaron.

No haba para m porvenir de ninguna clase en el pas; no tena dinero,
y antes de que viniese la odiosa quinta, decid ir a Brest o a
Saint-Mal, con intencin de pasar a Inglaterra y embarcarme para
Amrica.

Usted conocer seguramente la ciudad de Brest, cuya rada es magnfica.
Al da siguiente de llegar all, paseaba por los muelles, contemplando
la punta del Cuervo y la de los Espaoles, la embocadura del ro Elhorn,
y en el puerto las fragatas, los bricks, los vapores y las largas
chalupas de cincuenta remos, tripuladas por los forzados. Estaba
cansado de andar sin objeto y sin rumbo, cuando se me acerc un marinero
de buenas trazas, hombre afable, que se puso a hablar conmigo.

[Ilustracin]

En aquella poca, el puerto de Brest se cerraba al anochecer, por medio
de una enorme cadena de hierro tendida de una orilla a otra, y se abra
al estampido de un caonazo, a la hora de la diana.

En el momento que encontr a aquel marinero estaban cerrando el puerto.
Yo no conoca a nadie, y me alegr de relacionarme con alguien que
pudiese darme una orientacin. Le dije a mi nuevo conocido que no tena
plaza en ningn barco, que deseaba ir a Amrica, y le ense mis
certificados de buena conducta.

El hombre me dijo:

--No se apure usted. El mundo es grande, y, sabiendo trabajar, se vive
siempre. Venga usted conmigo.

Le segu, y me condujo a una posada de marineros de la calle de la
Souris, calle estrecha, infecta, sombra. Bajamos unas escaleras,
hablamos y bebimos. Sin duda, yo beb demasiado. Recuerdo que me ech a
dormir sobre la mesa, y cuando me quise dar cuenta de dnde estaba, me
encontr, como por arte de magia, a bordo de un gran buque, que sala en
aquel instante de la rada de Brest. Pasbamos por delante del Fuerte del
Diablo, cuando omos el caonazo indicando que se abra el puerto.

El barco en donde estaba era un barco negrero. Me dijeron que me haba
comprometido la noche anterior en la taberna. Yo, la verdad, no
recordaba nada. Despus comprend, viendo cmo a otros los cazaban, lo
que hicieron conmigo. A unos les emborrachaban sencillamente; a otros
les solan dar opio y los llevaban a los barcos de noche, por delante de
la polica, como marineros borrachos.

Ya en el barco me pintaron el porvenir de color de rosa; me dijeron que
poda hacerme rico, y yo dije: Bueno, sigamos adelante.

El hombre, en la vida y en el mar, no tiene ms que dos caminos: el
torcido y el derecho. Mientras se marcha por el camino torcido, es
intil hacer cosas buenas; va uno dando tumbos y tumbos, perdiendo las
velas, hasta que queda uno desarbolado. Entonces lo nico que hay que
hacer es cambiar de derrotero ... si se puede, porque lo dems es
intil.

El barco en donde acababa yo de entrar involuntariamente era un barco
moderno para la poca: un barco de carga con gran bodega, una verdadera
urca holandesa, de aquellas que llamaban urcas mayores. Desplazara de
seiscientas a setecientas toneladas, tendra unos ciento sesenta o
ciento ochenta pies de largo y ms de treinta de ancho.

Como barco de carga destinado al transporte de mercancas, era un tanto
pesado; de figura muy redonda, casi igual a proa que a popa, tena una
cubierta, sollado a proa para la marinera, cmaras en popa y todo lo
dems preparado para bodega. Como la generalidad de los barcos de
entonces, no tena puente; su aparejo era de corbeta o brick-barca de
mucho volumen. Navegaba en aquel momento en lastre y enseaba dos pies
de cobre fuera del agua.

Se llamaba _El Dragn_, nombre que trascenda a barco pirata.

_El Dragn_ era de una Sociedad franco-holandesa para la trata de
negros, que tena sus principales accionistas en Amsterdam, Saint-Mal y
Nantes. Esta Sociedad no firmaba ms que por sus iniciales: V.d.H., Z. y
C.'a.

Comparado con los de hoy, aquel barco dara rsa. Era ancho, de madera;
tena la proa como un pico; el bauprs, muy levantado sobre el castillo,
a la antigua usanza, con su red para que no cayesen los marineros al
andar por las cuerdas. Sostenido sobre la flecha del tajamar ostentaba
un dragn chino, blanco y dorado. Su popa estaba muy adornada, y entre
las ventanas de la cmara del capitn y del teniente haba un
dragoncillo esculpido y debajo el ttulo: _El Dragn_.

No era este barco como aquellos viejos bombos holandeses que en mi
tiempo se vean arrinconados en los puertos. Su color era negro, con una
faja blanca, y tena portas fingidas para darse aires de barco de
guerra.

_El Dragn_ era, como he dicho, una urca, una urca coquetona y elegante;
pareca una dama holandesa, blanca y rolliza, vestida de negro, que
marchaba contonendose con gracia por el mar. _El Dragn_ era un buen
barco, un barco seguro, en el que uno se poda confiar, con una
arboladura gallarda y muchas velas de cuchillo. Era de esas
embarcaciones que los franceses llaman ardientes.

Ofreca verdaderos refinamientos para la poca; estaba limpio, bien
arreglado y dispuesto; las cmaras para la marinera, en el sollado y
castillo de proa, eran muy capaces; la bodega, muy aireada. Llevaba dos
grandes aljibes de hierro, uno a proa y otro a popa.

_El Dragn_ estaba autorizado, segn decan, para usar caones, y tena
tres de a seis pulgadas en la toldilla de popa y dos sobre el castillo
de proa.

En el espacio comprendido desde el palo del centro y el ltimo,
llevbamos una barca grande, de stas que llaman balleneras, con
cubierta, y encima de ella un botecillo.

Entre la tripulacin haba ingleses, franceses y espaoles; pero el
ncleo mayor lo formaban los holandeses y los portugueses. En conjunto,
seramos cuarenta.

Los marineros dorman en las tarimas del sollado, y cuando hacia calor,
ponan las hamacas en la cubierta.

Sin duda a m no me destinaban a la marinera, porque me llevaron a la
cmara de popa, me mostraron mi hamaca y un cofre de cinc y me dijeron
que me explicaran mis obligaciones. Me conform rpidamente.

Como deca antes, el hombre, en la vida y en el mar, no tiene ms que
dos derroteros: el torcido y el derecho. Mientras se marcha por el
camino torcido, es intil la brjula y el sextante; se va de escollo en
escollo hasta dar el ltimo batacazo.

All no haba nadie que me pudiera dar un buen consejo; me pareca que
la vida del negrero era una gran cosa, y marchaba por el camino torcido
a la ruina.

[Ilustracin]




III


EL CAPITN ZALDUMBIDE

El ser vasco en aquel buque constitua gran ventaja. El capitn lo era,
lo mismo que su camarilla o guardia negra, con quien se entenda en
vascuence. Yo iba a formar parte de esta camarilla.

No era raro, sino muy frecuente, que los armadores de barcos corsarios o
negreros escogieran capitanes de puertos lejanos; as, los de Saint-Mal
tomaban un capitn de Burdeos; los de aqu, uno del Havre o de Honfleur.
En el tiempo en que Nantes era uno de los centros negreros ms activos
de Europa, haba all pilotos de todo el mundo.

El capitn Zaldumbide era hombre alto, encorvado, amojamado. Nosotros le
llambamos el Viejo; en ingls, el Viejo de a bordo, y en vascuence,
_Gure Zarra_ (nuestro viejo). Zaldumbide no hablaba apenas; tena una
mirada de travs, con sus ojos encarnados, poco agradable. Se dejaba
sotabarba, ya blanca, y el pelo lo llevaba largo. Vesta levita negra y
rada; en la cabeza, una gorrita, y los das de fro, un gabn viejo con
esclavina.

Zaldumbide beba poco o no beba nada. Era muy religioso. Nunca se
sentaba a comer sin rezar antes el _Benedicite._ Tena en su camarote
una virgen peruana, con dos ramas de romero bendito debajo. Ante esta
imagen rezaba con un rosario de cuentas gruesas.

Yo muchas veces pens si nuestro capitn estara loco, porque algunas
noches se las pasaba sin dormir, andando por el cuarto, llorando e
invocando a la Virgen. Quiz le remordan sus crmenes.

Antes de ser negrero, el Viejo, segn decan, haba hecho naufragar
varios barcos asegurados, llegando hasta exponer su vida. Tantos
naufragios seguidos le dieron una buena fortuna y una mala fama.
Entonces se dedic al comercio del _bano._

Zaldumbide llevaba a la tripulacin muy derecha, sin que nadie se le
desmandara.

Los domingos deseaba que se celebrasen convenientemente, y en estos das
se pona una levita azul, que l llamaba la nueva, y paseaba por la
cubierta. Suba al alczar de proa, inspeccionaba el sollado, recorra
el barco mirndolo todo, riendo porque no encontraba las cosas bastante
limpias, y al final de su paseo escalaba la toldilla de popa y se
apoyaba en unos de los caones. As permaneca silencioso, sumido en sus
pensamientos.

Si en estos das de fiesta algn vasco, imitando a los dems,
blasfemaba, Zaldumbide le castigaba cruelmente.

Como marino, era entendido, pero algo rutinario. Saba poco, pero tena
mucha prctica. En _El Dragn_ no se verificaban operaciones con el
sextante. Zaldumbide haca la estima calculando el punto de situacin en
que se hallaba el barco, la direccin que se deba seguir segn las
indicaciones de la aguja nutica, y las distancias medidas con la
corredera. Los resultados los anotaba todos los das en el cuaderno de
bitcora. Yo sola ayudarle muchas veces a echar el cordel de la
corredera, y luego a medir. Tena una corredera antigua. En general, lo
que usaba el capitn, el barmetro, los cronmetros, las cartas de
derrota, todo era viejo. En su camarote tena un reloj de arena; lo
prefera por seguro y por silencioso. Zaldumbide odiaba lo nuevo. El
crea, como los hombres antiguos, que el hombre va del bien al mal;
nosotros, los progresistas, creemos lo contrario: que va del mal al
bien.

En casos apurados, Zaldumbide era un gran piloto y hombre de un valor
furioso. Slo por los golpes del viento en la cara comprenda
inmediatamente las maniobras que haba que hacer. Cuando suba a la
toldilla, seguido de Old Sam, el contramaestre, que refrendaba las
rdenes con los silbidos del pito, se vea a un hombre sabiendo mandar;
tena una gran precisin en sus disposiciones, y su voz spera de
marino, formada de gritar en medio del mar y de las tempestades, pareca
hecha para dominar a los hombres y a los elementos.

Usted sabe muy bien, mi oficial, que el hombre que manda durante mucho
tiempo un barco de vela, llega a mirarle como una cosa viva; el Viejo
as lo crea, y hablaba con su _Dragn_ ms que con su gente.
Consideraba a su corbeta como si fuera su mujer, su novia o su querida.

La nica distraccin de Zaldumbide era jugar con Mar Zancos, una mona
que le haba regalado un capitn espaol.

Zaldumbide era avaro como pocos; tena dos o tres maletas con aros de
hierro y cofres de latn, que, segn se deca, estaban llenos de
preciosidades.

Zaldumbide era vasco-francs, y me design para formar parte de su
guardia negra.

--Aqu--me dijo el primer da--, el que cumple vive bien. Ahora, el que
no cumple puede encomendarse a San Chicote.

Yo, al principio, no andaba apenas por el barco. Nunca iba a la proa.
Mis dominios eran desde la toldilla hasta el palo de popa. La cmara del
capitn y la del teniente se hallaban bajo cubierta y tenan ventanas
con rejas; delante de ellas estaba nuestra cmara y encima de las tres
la sobrecmara, en el alczar de popa, formando dos cuartos separados
por un mamparo: uno que ocupaba el piloto, Franz Nissen, un dinamarqus
que no hablaba nunca, y otro el mdico, el doctor Cornelius.

Franz Nissen era un hombre muy serio; gobernaba siguiendo el rumbo con
una precisin admirable; slo cuando las olas ofrecan peligro por su
magnitud, se ocupaba de ellas.

La brjula estaba delante de la toldilla, a la vista del timonel. Era
una bitcora grande, con caperuza de cristal y dos lmparas de cobre a
los lados para iluminar la rosa de noche. En aquellos buques de madera
no se necesitaban las correcciones que hoy son precisas en los barcos de
hierro; con los compases de Thompson y las barras de Flindrs.

El cuarto de Nissen, el timonel, tena un ventanillo, desde donde poda
mirar la brjula, y una trampa que comunicaba con la cmara del capitn.
En casos de sublevacin, la sobrecmara del alczar de popa, las cmaras
del capitn, del teniente y la nuestra se cerraban y quedaban
incomunicadas. Estas tres ltimas estaban blindadas.

Debajo del cuarto del capitn se encontraba la sala de armas y la Santa
Brbara; debajo del cuarto del teniente, el paol del pan, y debajo de
nuestro cuarto, que se llamaba Cmara de los vascos, la despensa.

Como he dicho, fuera de la camarilla vasca, el resto de la tripulacin
lo formaban ingleses, holandeses, portugueses, un espaol, dos o tres
chinos, un malayo y un negro.

Nosotros hacamos la guardia de popa. No pasbamos casi nunca de la
escotilla grande hacia la proa, ms que cuando haba alguna sublevacin.
Desde la ballenera hasta el bauprs, mandaban realmente el contramaestre
y el cocinero. El equipaje alternaba las guardias de cuatro en cuatro
horas, dividindose en guardias de babor y estribor, y Tommy, el
grumete, avisaba con campanadas cuando se tenan que renovar los de un
lado y los de otro.

El capitn no deba de tener mucha confianza en aquella gente, porque
haba tomado grandes precauciones. Para llegar a su camarote era
necesario pasar por nuestra cmara, en donde dormamos gentes de su
confianza, y luego seguir por un pasillo en zig-zags, forrado de
hierro, con agujeros pequeos y redondos para disparar por ellos en caso
de ataque.

Los respiraderos de nuestra cmara estaban cruzados por rejas: las
paredes y las puertas, chapeadas de hierro; tenamos en medio una mesa,
sujeta al suelo, que se poda desarmar y adaptar a la pared; unas
cuantas sillas de tijera, una estufa de Plymouth, varios ganchos para
las hamacas, colgadores para cada uno de nosotros y los cofres de cinc.

Las lmparas se apagaban, por reglamento, a las ocho de la noche. Para
esta hora haba que tener colgadas las hamacas; las descolgbamos al
salir el sol. La marinera y el contramaestre se alojaban a proa, en el
sollado, y en las zonas clidas, cerca del Ecuador, dorman en la
cubierta y guardaban las telas de los coys arrolladas sobre las bordas.

Los vascos, por disposicin del capitn, comamos solos. Zaldumbide nos
regalaba fiambres y postres para tenernos contentos.

Todos los das tombamos un caf muy fuerte, que haca Arraitz, un
compaero nuestro, y una copa de ron. La vida material era buena;
comamos bien, tenamos tabaco; los das de mal tiempo nos encerrbamos
en la cmara a hablar y a jugar.

El capitn era un brbaro, como todo capitn negrero de esa poca. All,
al que faltaba, ya se saba, lo azotaban como a un perro. Zaldumbide
tena un chicote retorcido, con el cual l mismo daba un castiguillo.
Llamaba as a pegarle a uno hasta dejarle desmayado. En general,
Zaldumbide castigaba la mala intencin, pero casi nunca la torpeza.

Cuando Zaldumbide se encontraba alegre y con ganas de pasar el rato,
pegaba l mismo; cuando estaba displicente, pegaba Demstenes el negro,
un marinero que con frecuencia haca de verdugo. Para los delitos de
robo, Zaldumbide empleaba el cepo y la barra.

En el fondo, el capitn era ms egosta y avaro que cruel. Su nica
preocupacin era reunir dinero. Deba de ganar mucho. Los capitanes de
barcos negreros no necesitaban plizas de cargo para dar cuenta del
gnero recibido. Yo me figuro que Zaldumbide deba quedarse con ms de
la mitad de la ganancia en cada expedicin.

Durante el viaje, fuera de sus trabajos de capitn, sola rezar. Cuando
se meta en el camarote, pasaba el tiempo jugando con sus monedas de
oro, en compaa de la mona Mari-Zancos.

Su sistema era no pagar soldadas regulares a la marinera.

--Luego os encontraris con ms dinero--deca.

Pero despus, pasado el tiempo, enredaba las cuentas, y siempre sala
ganancioso. Sus frases favoritas eran estas dos de los piratas
ingleses: _No prey no pay_ (Sin botn no hay paga); y _No peace beyond
the line_ (Todo es enemigo ms all de la lnea).

Para indicarle a usted la barbarie de Zaldumbide, le contar a usted dos
casos. Un da, al pasar cerca de Cabo Verde, echamos a pique una barca
de pescadores; unas horas despus, en la cubierta, encontramos a un
portugus vestido slo con un pantaln y una camisa.

--Qu hacemos con este hombre?--pregunt el contramaestre.

--Atadlo--contest el capitn.

Se le at, a pesar de sus protestas y sus gritos.

--Y ahora?

--Ahora, echadlo al mar.

As se hizo.

Otra vez habamos llegado a la Barbada con un cargamento de _bultos de
madera de bano_. Estbamos haciendo nuestras seales, cuando en un bote
se acercaron a _El Dragn_ dos individuos de la polica de aquella isla.
El capitn los recibi amablemente, y al mismo tiempo orden al negro
Demstenes y a Chim, el malayo, que los matasen. Estos se echaron como
perros, y un momento despus iban los dos policas al fondo del mar
cosidos a pualadas. En seguida nos alejamos del puerto, y al da
siguiente volvimos a hacer el desembarco de los _fardos_ con perfecta
tranquilidad.

[Ilustracin]




IV


DE OTRAS PERSONAS DISTINGUIDAS QUE FORMABAN LA TRIPULACIN DE EL
DRAGN

Como barco cuya tripulacin la formaban gentes perseguidas y fuera de la
ley, haba all mucho tipo extrao.

El negro Demstenes, de quien le hablaba a usted hace un instante, era
un negrazo gigantesco, tatuado, fuerte como un cabrestante. Chim, el
malayo, su amigo, era un _dayak_ de Borneo, de estos malayos de pura
raza, de los ms violentos y crueles.

Chim haba sido, segn deca, capitn de uno de esos barcos piratas que
llaman _paraos_, en Borneo, y cuando estaba a punto de ser colgado logr
escaparse.

Chim llevaba una peineta de concha y el pelo largo, como las mujeres.
Sola ir con mucha frecuencia, aunque hiciera fro, desnudo de medio
cuerpo arriba. Demstenes, el negro, era un hombre a quien haban hecho
brutal, pero que no era naturalmente malo; en cambio, Chim era
sanguinario y perverso y su mayor placer consista en hacer sufrir a los
dems.

La camarilla de confianza de Zaldumbide la formbamos cinco vascos:
Tristn de Ugarte, el piloto, que era de Elguea; Albizu, de Pasajes;
Burni, de Ondarroa; Arraitz, de Fuenterraba, y yo. Nuestro trabajo
consista en limpiar desde la escotilla grande hasta la popa, arreglar
los cuartos, bruir los caones y vigilar la despensa. Adems, tenamos
el cargo de cortar el tocino para el rancho del da, sacar el carbn
para el cocinero, las provisiones de la despensa, el pan, el aceite para
guisar y para las lmparas y el agua.

Los cinco vascos nos conocamos unos a otros como si furamos hermanos.
Cada cual tena su vicio; Burni era glotn y brutal; Albizu no pensaba
mas que en la elegancia y en las mujeres; y cuando llegaba a un puerto
se gastaba el dinero con ellas. Era el nico que tena la moral de un
negrero o de un pirata. Le gustaba divertirse. Los dems ramos unos
farsantes. Arraitz era jugador. Siempre estaba haciendo proyectos
mientras miraba vagamente el humo de su pipa. Arraitz se jugaba las
pestaas, y cuando no poda jugar, apostaba. Tena muy mala suerte y era
muy supersticioso. Llevaba una porcin de escapularios y de medallitas,
y era bastante inocente para creer que estos pedacitos de tela y de
latn le iban a preservar de la desgracia.

A Burni le llambamos _Tripa triste_, porque siempre se quejaba de no s
qu melancola que le daba en el estmago cuando no coma bastante.

El enamorado Albizu era hombre de mucha fuerza y muy nervioso, flaco,
alto, seco; tena unos dedos de hierro. El capitn le tema y no le
dejaba andar con nada delicado, porque lo rompa.

Zaldumbide no quera que nos hiciramos amigos de los marineros. Los
cinco vascos ramos bastante odiados por la tripulacin. Nosotros
tenamos un perro de lanas blanco, que alimentbamos, y la marinera
otro. Los dos perros se detestaban. El equipaje se hallaba dividido en
dos bandos: el de los holandeses y el de los portugueses.

De esta gente no se sabe cul es peor, los unos son una canalla rubia y
los otros una canalla morena. El ms inocente de aqullos tena unas
cuantas muertes, sobre la conciencia. En el rancho del sollado rean a
todas horas unos contra otros. Muchas veces haba algn muerto. Lo
echbamos al mar y seguamos adelante.

Diriga a los holandeses Ryp, el cocinero de _El Dragn,_ un hombre que
tena todo el cuerpo tatuado con la figura de los barcos en donde haba
servido.

Ryp Timmermans, el cocinero, posea un estmago que era una
especialidad; beba lo mismo alcohol puro que petrleo, aguarrs o
tinta; rompa las monedas con los dientes, y hasta rompa el cristal.
Cosa que l agarrara con los dientes no haba manera de quitrsela.

Ryp Timmermans tena como pinche un chino, el chino Bernardo; un chino
rubio que se dedicaba a cazar todas las ratas del barco y a comrselas.

El jefe de los portugueses era un mestizo de indio, lacrimoso y sucio,
que haca de intrprete, y se llamaba Silva Coelho.

El contramaestre, Old Sam, muchas veces no poda sujetar aquella gente y
buscaba el auxilio del capitn. Entonces bamos nosotros a restablecer
el orden; pero, si se juntaban los dos bandos, tenamos que retirarnos a
popa y algunas veces meternos en la cmara y cerrar la escotilla, sacar
los rifles y prepararnos para la defensa.

En estas condiciones solamos navegar a la buena de Dios; la
tripulacin, borracha, no haca caso de los silbidos del contramaestre,
y marchbamos expuestos a chocar con otro barco o con algn bajo
cualquiera. Zaldumbide tena el procedimiento de hacer como que no se
enteraba de lo que pasaba cuando no poda dominar la situacin.

Old Sam era un desertor de la marina inglesa, hombre inteligente y
prctico. Tena unos cincuenta aos. Vesta marsells y una gorra de
pelo y llevaba el pito de plata, pendiente de un cordn de seda negro,
enlazado en el ojal de la chaqueta.

Franz Nissen, el timonel, era el que no abandonaba nunca la rueda del
timn. Era un viejo ex presidiario que no hablaba con nadie ni se
mezclaba en nada. Tena bastante con sus recuerdos. El y Old Sam eran
los nicos a quienes el capitn pagaba con exactitud la soldada.

Nissen nos salv de muchos peligros.

Nosotros, la cuadrilla de vascos, ya habituados a aquella vida extraa e
indiferentes a todo cuanto pasaba a nuestro alrededor, nos ponamos a
jugar a la manilla o al truque nuestros ahorros. Solamos tener
discusiones interminables por las cosas ms tontas; por ejemplo: cul de
nuestros pueblos era mejor, y llegbamos hasta contar las casas que
haba en cada uno.

Un reloj ingls que tenamos en la cmara nos acompaaba en nuestro
encierro, dando las horas con campanadas muy agudas.

Gracias a que holandeses y portugueses se odiaban, podamos dominarlos
nosotros. De los cinco vascos, cuatro ramos relativamente buenas
personas; pero el teniente Ugarte, no. Este era endemoniado, malo,
atrabiliario.

El capitn Zaldumbide le conoca, y como mandaba en dueo absoluto y
all no se guardaban ms jerarquas que la suya, nos dijo varias veces
en vascuence delante del piloto:

--Este es un perro. Cuando estis entre los dems, respetadle como
teniente; pero si aqu os molesta, os autorizo para que le deis una
buena.

Se sigui el consejo, y un da Arraitz le calent las costillas para una
temporada.

Como ramos la parte ms tranquila de la tripulacin, se hizo amigo
nuestro un irlands, Patricio Allen. Era un buen muchacho, grandulln,
con los ojos azules y el pelo de color rojo, pesado, pero excelente
persona. Tena una buena voz, pero nos aburra tocando cosas tristes con
su acorden. Yo no s cmo demonio sacaba unos sonidos tan lamentables y
tan melanclicos a su fuelle. Casi el ruido ms alegre de su instrumento
era cuando le faltaba una nota, y pareca tener un ataque de asma. Slo
oyendo a Allen se senta uno desgraciado, como si el mar, el viento, la
soledad y la niebla se echaran sobre uno y lo acogotaran.

El espaol don Jos era simptico y formaba en el partido de los
holandeses. Era generoso, hidalgo, hombre de palabra; no tena ms
defecto que el de ser ladrn. Deca que nada era comparable con la
emocin de robar. El nunca haba robado por el valor de las cosas, sino
por sentir la deliciosa impresin del acto. Haba recibido una educacin
cristiana, segn deca. Era hijo de un cannigo de la catedral de
Toledo.

Don Jos haba trabajado en casi todos los puntos de Espaa y de sus
Indias despus, encontrando pequea su patria para su gloria, haba ido
a otros pases, hasta que, vindose perseguido, tuvo que meterse en el
barco negrero, cosa que le repugnaba profundamente por sus sentimientos
de humanidad.

Don Jos consideraba como su obra maestra un robo que hizo en una
iglesia de un pueblo de Amrica, de la que se llev una custodia, varios
clices y coronas. Despus de verificar esta bella sustraccin con una
maravillosa habilidad, don Jos llam en casa del juez, denunci el
hecho, di una pista falsa y se fu del pueblo sin que nadie le
molestara.

Cuando se le preguntaba si, como hombre religioso, no senta
remordimientos por este robo, deca que no, porque lo haba hecho con
reservas mentales y sentido un gran propsito de enmienda.

Otros dos tipos curiosos tenamos en el barco: el mdico Ewaldus
Hollenkind, a quien nosotros llambamos el doctor Cornelius, y el
pequeo Tommy, el grumete.

El doctor Cornelius era un hombre rechoncho, algo jorobado, triste y
desagradable. Tena barbuchas amarillas y deshilachadas, la expresin
suspicaz y un color de manteca de Flandes. Decan que era judo. Llevaba
una bata vieja y una gorra de pelo. El maestro Ewaldus tena en su
cuarto libros en todos los idiomas y hablaba muchas veces solo consigo
mismo en latn. El vasco no lo saba; alguna vez quiso que le
explicramos el significado de las palabras; pero como no nos era
simptico, le decamos mentiras.

El doctor Cornelius, si no era brujo, le faltaba poco. Calculaba la
cantidad de aire que necesitaban los negros para respirar en la bodega;
estudiaba el mar, y, segn se deca, estaba haciendo una obra
describiendo los distintos fondos.

Algunos aseguraban que el doctor Cornelius era tan sabio, que a unos
indios les haba convertido en negros para venderlos despus; pero otros
decan que lo nico que haba hecho era teirles la piel con una mezcla
de alquitrn, sebo y nuez vmica.

El doctor Cornelius tena un sistema extrao de espionaje en el barco.
Se enteraba de todo, no s por qu medios. Era como una de esas araas
panzudas que estn en su agujero, pero que, cuando sienten la tela que
se mueve, salen en seguida a devorar la presa.

El doctor Cornelius curaba por la homeopata, procedimiento que l
llamaba el Sistema de L'Homme du Coq (el sistema del hombre del gallo).
No comprenda el por qu de la frase, hasta que l mismo me dijo que la
homeopata la haba inventado un seor Hahnemann, que en alemn quiere
decir el Hombre del Gallo.

Constantemente repeta un latinajo que, si no recuerdo mal, era _similia
similibus curantur_, lo que yo, en verdad, no s qu quiere decir; pero
cuando algn marinero se quejaba al capitn de una paliza, l le
aconsejaba que le diera otra; si se quejaba de falta de dinero, que le
quitase el sueldo. Siempre con el sistema del Hombre del Gallo.

A aquel pajarraco de mal agero todo el mundo le odiaba. Su nico amigo
era un gato negro, Belzebuth, con el que andaba por todas partes
llevndolo en el hombro.

As como el doctor Cornelius era la bestia negra del barco, un
_jettator_, como dicen los italianos, o un Jonas, como dicen los
ingleses, Tommy, el grumete, era _la mascota_. A este muchacho se lo
haban encontrado en _El Dragn_ un da a bordo, al pasar por Santa
Elena. De dnde era? De dnde vena? Nadie se lo pregunt. Dijo
llamarse Tom, y como era pequeo, todo el mundo empez a decirle Tommy.
Le quisieron hacer limpiar las botas de los marineros, l se neg; le
quisieron pegar, y l corri como una ardilla a esconderse, y al da
siguiente le hinch un ojo a uno de sus perseguidores, y al otro da le
derram una caldera de agua hirviendo a los pies a otro.

En poco tiempo Tommy se impuso. No quera trabajar y trataba con un
desprecio profundo a la marinera. Era un ejemplo de lo que puede el
convencimiento de la propia fuerza aun entre gente bestial. Tommy se
rea de nosotros; hasta la campana la tocaba de una manera burlona,
haciendo un tin-tan endemoniado.

Como Tommy no haca nada, todos los trabajos del barco iban a dos pobres
muchachos, el uno portugus y el otro bretn, a quienes aquellos
brbaros de marineros trataban a golpes.

Zaldumbide mismo le mir a Tom con simpata. Tommy era un clown, un
verdadero diablo. Se haba ganado la independencia, y fuera de tocar la
campana para renovar las guardias, lo que haca de la manera ms
escandalosa e impertinente que puede suponerse, no trabajaba nada. En
cambio, educaba a nuestro perro y a la mona Mari Zancos, a la alta
escuela.

Little Tommy haca juegos malabares con Demstenes, el negro, y con
Chim, el malayo. Chim y Tommy representaban con frecuencia una parodia
de Guillermo Tell. Chim saba jugar con los cuchillos con una gran
habilidad. Tommy se pona delante de la puerta de la cocina con una
manzana en la cabeza. Chim le tiraba un cuchillo y, despus de atravesar
la manzana, lo dejaba clavado en la puerta. Entonces Tommy extenda la
mano, arrancaba el cuchillo, y se coma la manzana entre las carcajadas
de todos.

El diablo del chico, cuando se pona de malhumor, iba a la cofa de un
palo y all estaba hasta que se le pasaba la murria, y volva ms alegre
que antes.

Otro de los personajes importantes del barco era Poll. Poll era un loro
ingls; lo haban robado una noche Old Sam y un amigo suyo en el
Consulado de Inglaterra de un pueblo del Brasil. Poll, en vez de decir:
_Bonjour Jacquot!_ o _Lorito real!_, como hubiese dicho siendo francs
o espaol, gritaba:


  _Scratch Poll! Scratch poor Polly!_


y pona la cabeza entre la reja de la jaula para que se le rascara.

Belzebuth, el gato negro del doctor Cornelius, tena un odio feroz a
Poll, y dos o tres veces estuvo a punto de matarlo.

Tommy sola entretenerse en hacer rabiar al pajarraco. Le echaba humo de
tabaco, le llamaba y sola poner entre los barrotes de la jaula un trozo
de madera, como si fuese el dedo, y Poll, que era rencoroso, se echaba
sobre l y le daba un picotazo con su pico fuerte, y cuando se
encontraba que no tena presa, se recoga, burlado y hurao, ante las
carcajadas del pillo del grumete....

Con esta tropa salamos de Amsterdam en mayo, pasbamos en junio a la
altura de las Canarias y cruzbamos por delante de las islas de Cabo
Verde.

Aqu nos detenamos para la aguada y nos acercbamos a las costas de
Africa. Solamos ver en el viaje barcos que iban a la India, fragatas y
bergantines; pero en aquella poca la cordialidad martima no era muy
grande. Se tema el encuentro de barcos piratas, y los negreros, que
eran muchos en aquellas costas, huan de todo buque, temiendo encontrar
en cada uno un crucero ingls.

Llegbamos a la costa de Angola; all haba agentes de todas las
nacionalidades, sobre todo americanos y portugueses. Estos se metan
entre los reyezuelos y jefes de tribu y hacan negocio. A cambio de los
negros daban fusiles, plvora, instrumentos de hierro y brazaletes de
latn y de cristal.

Embarcbamos doscientos o doscientos cincuenta negros entre hombres,
mujeres y chicos, y aprovechando los alisios del sudeste, bamos casi
siempre al Brasil. All vendamos el saldo entero. Luego, el comerciante
negociaba al por menor. Los hombres valan de mil pesetas hasta cinco
mil; los nios, veinticinco duros antes de bautizar y cincuenta despus;
las mujeres se vendan a precios convencionales.

Zaldumbide no regateaba fusiles ni plvora para adquirir un buen gnero.
A l no le daban un anciano venerable por un hombre joven, aunque
estuviese teido, ni un hombre con una hernia por un individuo bien
organizado.

El, con el doctor Cornelius, miraba los dientes de los negros, estudiaba
los msculos y las articulaciones; vea si tenan hinchado el vientre.

--Cuando yo doy un negro, un buen negro por mil duros, es que es una
cosa excelente--deca Zaldumbide--; y aada--: Antetodo la seriedad
comercial.

El gnero femenino de color no le gustaba al capitn, quiz por razones
de moralidad.

Zaldumbide no era partidario de maltratar ni de pegar siquiera a los
negros, no por nada, sino por no estropearlos.

Los dems capitanes negreros trataban a _fuetazos_ a sus negros. Estos
_fuetazos_ no eran ms que el ligero prlogo de los que les daran
despus los bandidos de Amrica. Hay que reconocer, en honor de la bella
Francia, que los negreros franceses debieron dejar atrs a los dems en
el arte de desollar negros, porque incrustaron en el lenguaje de las
colonias el nombre del ltigo francs, lo impusieron, y a todas partes
donde haba negros llevaron triunfante el _fouet_.

Bien es verdad que, a cambio de esa pequea molestia de arrancar a los
negros algunas piltrafas insignificantes de carne, se les bautizaba, y
eso salan ganando.

Zaldumbide era el San Francisco de Ass de los negros. No los tena a
todos en la misma cmara, sino en cuatro grandes cuadras, hechas con
mamparos; les pona camas de paja y les sacaba sobre cubierta para
airearlos y lavarlos.

--Es una mercanca delicada--sola decir.

No era el capitn de los que consideran que para cumplir como un buen
negrero hay que maltratar al ganado humano. Prefera matar a un marinero
que a un negro. Varias veces le reprocharon esto, y l contestaba:

--Qu imbciles! Cmo quiere compararse un marinero con un negro? Un
marinero no vale nada; lo reemplazo con otro en cualquier parte. Un
negro puede valerme mil duros.

Con nosotros no tenan gran cosa que hacer los tiburones; otros barcos
negreros, que hacinaban los bultos de bano en la bodega, en malas
condiciones, iban tenindolos que echar al agua a que sirvieran de pasto
a los tiburones; nosotros, no; hubo viaje en que no muri ninguno.

Zaldumbide era muy poltico; cuando bajaba a tierra a visitar al rey
Badeg o al mariscal Taparrabo, les rogaba que mandasen azotar a los
negros que iban a vender. Los otros lo hacan sin ningn inconveniente.
Despus, Zaldumbide, al tenerlos en el barco, les hablaba, porque saba
algo del bant y del mandigo, y les deca, en aquella infame algaraba
negra, que les iba a llevar o un pas en donde no haran ms que tomar
el sol y comer habichuelas con tocino. Los negros quedaban encantados.
No les alimentaba con mijo y manteca de palma, como los dems negreros;
sino que les daba pescado ahumado, habichuelas y miel. Los alimentaba
mejor que a los marineros. No haba sublevaciones; al revs, haba negro
que, salido de la prisin, al verse en el barco con cierta libertad y
sin ser golpeado, consideraba al capitn como a un bienhechor. El
farsante del vasco sonrea dulcemente. En aquellos momentos se
consideraba el San Juan de Dios de los negros. Era un canalla pintoresco
y simptico aquel Zaldumbide. Lstima de hombre! Tena grandes
condiciones de previsor y de organizador.

En otros barcos negreros solan hacer bailar a los negros el baile de
homba, y, cuando no queran, les instaban a zarandearse a _fuetazos_.
All, no. Zaldumbide contaba con Tommy, que era el gracioso. Se sacaban
cincuenta negros, se les pona en crculo, y Tommy haca saltar a
Mari-Zancos, vestida de rojo, y a nuestro perro le haca pasar por un
aro. Luego, cuando el pequeo Tommy vena con un sombrero de copa hasta
las orejas y la nariz pintada de encarnado, andando con los piernas para
adentro; cuando imitaba al capitn y al doctor Cornelius, entonces los
negros comenzaban a rer, enseando los dientes y soltando la quijada
hasta el punto de que Tommy sola empujarles la mandbula con cuidado
para que la cerraran. Despus se sacaba la bomba, que era un tonel con
una piel estirada, en donde se tocaba con las manos como en un tam-tam,
y bailaban los negros. Tom les enseaba las ms extraordinarias jigas de
todo el Reino Unido. El negro es un inocente, e iba as en el barco
entretenido, sin ganas de sublevarse.

Solamos estar en el Brasil una temporada. El capitn nos daba algn
dinero, que gastbamos alegremente, y cuando no nos quedaba un cuarto,
bamos todos volviendo a _El Dragn._

No se podan hacer expediciones tan frecuentes como nosotros hubiramos
querido; primero, no haba siempre negros que llevar, y luego era
indispensable tener mucho cuidado con la limpieza. Si se descuidaba la
bodega, se armaba una peste que no se poda vivir.

Por dentro y por fuera tenamos que limpiar el barco casi continuamente.
Por fuera lo fregbamos todas las semanas, y cuando recalbamos en
alguna baha conocida por el capitn, lo primero que hacamos era raspar
los fondos para quitarles algas, hierbas y escaramujos que,
principalmente en los mares tropicales, se adhieren en tal cantidad que
dejan los fondos como una selva. Cuando no tenamos mucho tiempo ni gran
seguridad, avanzbamos sobre un banco de arena, en la marea alta, y en
la baja, cuando se retiraba el agua, limpibamos con una escoba de brezo
lo que se poda.

A veces traamos los fondos lavados y nos encontrbamos que, despus de
un largo viaje, el cobre de la quilla y de las partes prximas estaba
limpio como el oro; otras veces, en cambio, se hallaba cubierto de algas
y haba que limpiarlo.

Si contbamos con tiempo, buscbamos un sitio tranquilo y desierto,
hasta encontrar un buen agarradero para anclas. Sacbamos la ballenera y
el bote, los anclbamos, los unamos con tablones, formando una balsa, y
a sta la lastrbamos con los caones. Luego fijbamos en la balsa una
polea, atbamos una amarra a la primera cofa del palo mayor, y a proa y
a popa echbamos dos anclas.

Despus, al mismo tiempo, con los cabrestantes empezbamos a estirar las
amarras atadas al palo mayor y a las dos anclas, hasta conseguir que el
barco se tumbase por una banda y descubriera la quilla.

Antes haba que calafatear las aberturas de un lado, para que no entrase
el agua. Ponamos unos andamios, raspbamos toda la parte descubierta y
volvamos a torcer el casco al lado contrario y a rasparlo.

Todas las precauciones eran pocas para poder huir rpidamente, en caso
de ser perseguidos.

[Ilustracin]




V


LOS DOS TRISTANES

Llevaba ya varios aos en _El Dragn,_ pensando algunas veces abandonar
aquella vida.

La tripulacin cambiaba constantemente; nosotros los vascos, en un
perodo largo seguimos siendo los mismos, hasta que en uno de los viajes
se fu Ugarte, el piloto, y lo sustituy otro, con el mismo nombre y
apellido.

En barcos como aqul no haba que fiarse de los nombres ni pedir los
papeles a nadie. Cada cual se llamaba como le pareca; yo mismo cambi
de nombre; no quera que, si me llegaban a ahorcar, el apellido de mi
padre saliera a la vergenza pblica.

Entr el nuevo Tristn en Batavia, adonde habamos ido a desembarcar
unos negros. No era el nuevo piloto un canalla, como el anterior,
insolente y envidioso; pareca, s, un poco sombro y triste. Haba
navegado en barcos de buenas Compaas; pero se le haba muerto la
mujer, segn dijo, y estaba desesperado, deseando vivir a la ventura
para olvidar sus tristezas.

El nuevo Tristn calculaba los errores de la estima por las
observaciones del sextante; tomaba la altura del sol, y en unas tablas
haca sus comprobaciones para encontrar la altura y la latitud.
Zaldumbide, que conoca bien a la gente, le trataba con gran
consideracin, y el piloto y el capitn se reemplazaban en las guardias,
como iguales.

El tal Tristn, o como se llamara, no nos di suerte; desde que entr en
_El Dragn_ no hicimos un viaje feliz. Del estrecho de la Sonda fuimos a
Mozambique, y fondeamos cerca de Quelimane, en una ra conocida por el
capitn.

El nuevo piloto quera presenciar el embarque de negros. Solamos llevar
las luces roja y verde reglamentarias, y al acercarnos a tierra se
pona un farol grande de luz blanca en el palo de proa.

Un centinela se colocaba en el bauprs y avisaba cuando vea brillar un
fanal rojo.

Al momento, el intrprete, el doctor Cornelius y Zaldumbide iban a
tierra con la chalupa. En la factora les esperaba el agente.

_El Dragn_ entraba en el ro despacio, navegando slo con las velas
triangulares del foque y alguna del palo de proa.

Al meternos en el ro preparbamos las cuatro anclas. Al mismo tiempo yo
me dedicaba a sondar. Llenaba el agujero de la gruesa bala de sebo, le
daba vueltas en el aire como una honda y la despeda lo ms lejos
posible. Luego le deca al piloto las brazas con que contbamos.

--Qu fondo tenemos?--preguntaba l.

Yo sacaba la sonda para que viese si era arena, fango, trozos de coral o
de concha.

Cuando el fondo disminua, el contramaestre suba al castillo de proa, y
quedaba de guardia con el martillo en la mano, esperando la orden para
dejar caer el ancla.

--Fondo!--gritaba el piloto.

Old Sam daba un martillazo a la palomilla de hierro que sujetaba el
ancla de proa, y poco despus se echaban las otras tres y quedaba el
barco inmvil.

El nuevo Tristn y yo presenciamos el embarque, el primero que hicimos
con este piloto. Sin duda, el surtido de bano se haba agotado en
aquella parte de frica, porque no pudieron traer ms que veinte o
treinta negros encadenados. Y qu personal! Viejos, tiosos, ulcerados:
un espectculo horrible.

El doctor Cornelius se encarg de ellos para ver si los dejaba
presentables. Enderezamos el rumbo hacia el Cabo de Buena Esperanza, y
con unos das borrascosos, luchando con la corriente del Cabo de las
Agujas, pasamos al Atlntico, y tras de muchas penalidades llegamos a
Angola y fondeamos en la Baha de los Elefantes, nuestro puerto de
refugio.

De los veinte o treinta negros tomados en Mozambique haban muerto y
servido de pasto a los tiburones ms de la mitad.

Esperamos en la Baha de los Elefantes una larga temporada. Se deca que
uno de los reyezuelos del interior iba a hacer una _razzia_ y a traer
cientos de esclavos.

Despus de aguardar cerca de un mes, no pudimos embarcar ms que quince
o veinte negros, otras tantas negras y unos cuantos chiquillos. Era una
miseria. El capitn estaba desesperado, la tripulacin se revolva
furiosa; el nico indiferente era el nuevo piloto, a quien no importaba
sin duda la ganancia gran cosa.

Con un cargamento tan ligero subimos hacia el norte con los alisios,
teniendo que echar varias veces algunos viejos negros al mar para regalo
de los tiburones, y, al pasar cerca de la isla de la Ascensin,
estuvimos a pique de ser cazados por un crucero ingls.

Los viajes de _El Dragn_ tomaban un nuevo aspecto. Segn algunos
marineros, el doctor Cornelius haba echado la maldicin al barco.

Llegamos al Brasil, dejamos la carroa que llevbamos y volvimos al
Africa. Los mercados estaban vacos. Ni mandingos, ni congoleses, ni
uolofs, ni bants ni lucumes se encontraban por ninguna parte. Sin
duda, el comercio de negros atravesaba una crisis, y al capitn le
ordenaron que fuera a Batavia a recibir nuevas rdenes.

El capitn renegaba; se trataba de un viaje largusimo y sin resultado
pecuniario alguno. Tardamos cuatro meses en llegar al estrecho de la
Sonda. Lo atravesamos, y llegamos a Batavia.

Entonces, no s si ahora pasar lo mismo, la gente se mora en aquellos
parajes como chinches. Nosotros tuvimos en la tripulacin varias
defunciones por fiebres.

El capitn y el doctor Cornelius conferenciaron con los representantes
de la Compaa, y por la noche se nos anunci que zarpbamos para China.
Tenamos que recoger trabajadores _coolies_ chinos, cerca de la colonia
portuguesa de Macao, y conducirlos a Amrica. Silva el portugus era el
encargado de llevar a cabo estas negociaciones.

Llegamos a las aguas de China. Haca un calor bestial; todos tenamos
que andar casi desnudos. Nos acercamos a tierra. Se vea una costa
pantanosa verde, y la desembocadura de un ro a lo lejos. El capitn, el
doctor Cornelius y Silva Coelho fueron a tierra. Luego supimos que
bamos a llevar a Amrica trescientos chinos, ms cincuenta barriles de
opio. El opio vala entonces una enormidad. Cada libra se pagaba a
cuatro y cinco libras esterlinas.

El capitn quera desquitarse a toda costa. Haba calculado la cantidad
de agua necesaria para el viaje; pero estos clculos en barcos de vela,
como usted sabe, no tienen mucho valor.

El Pacfico es muy grande, el viaje largo; ramos demasiada gente y el
agua nos haba de perder.

Por la noche comenz el embarque de los chinos. Venan en unas canoas de
dos velas de esteras que all llaman tancales; se acercaban al barco e
iban subiendo por la escala, entrando por el portaln y desapareciendo
por la escotilla de la bodega.

La ballenera nuestra fue y vino varias veces. Por la noche entraban los
trescientos chinos en el barco.

--Cundo salimos?--pregunt Ugarte.

--En seguida; cuando haya viento--contest el capitn.

El piloto mand la maniobra. Sali el bote para levar el ancla, el
cabrestante comenz a chirriar para levantarla, las velas se tendieron
en los palos, y unos momentos despus zarpbamos con viento fresco.

Al pasar a la altura de Cabo Engao recogimos al antiguo piloto Ugarte,
que haba salido en un junco a nuestro paso. Ugarte, por lo que dijo,
haba vivido en Filipinas, y estaba aburrido de aquello y quera
marcharse a Amrica.

Tristn, el antiguo, se encontraba muy cambiado; tena una cicatriz
reciente, roja an, en la cara, que le coga desde la ceja de un lado
hasta la comisura de la boca del otro, cortndole el labio superior.
Nuestro antiguo piloto beba el _brandy_ como si fuera agua.

Algn motivo de enemistad deba existir entre los dos Tristanes, porque
el de la cicatriz, como le llambamos al antiguo piloto, pareca buscar
las ocasiones para herir y molestar a su sustituto.




VI


LA SUBLEVACIN

El viaje por el Pacfico es, como usted sabe, de una monotona terrible.
En general, muy al sur, los vientos son constantes, y hay grandes
facilidades para la navegacin a vela; pero nosotros tenamos que
recorrer cientos de millas para alcanzar los vientos alisios.

Salimos en marzo, y tardamos muchsimo en salir del mar de la China y
pasar la Lnea.

Llevbamos un mes de navegacin, esperando en la calma ecuatorial la
monzn del sudeste, cuando el capitn tuvo que mandar acortar la racin
de agua. Afortunadamente, en la isla de San Agustn pudimos hacer la
aguada y seguir delante.

El piloto aconsej al capitn que desembarcara algunos chinos; poda
volver a ocurrir el mismo conflicto con el agua. La travesa del
Pacfico no sabamos lo que nos reservaba. Zaldumbide vea nicamente la
manera de desquitarse de sus prdidas anteriores, y dijo:

--Si nos molestan los chinos, los echaremos al agua.

Zaldumbide no tena ninguna simpata por los celestes, y se le haba
ocurrido que era ms cmodo, en caso de necesidad, en vez de echar agua
a los chinos, echar los chinos al agua.

Tres semanas despus quedamos entre el Ecuador y el trpico de
Capricornio en una calma chicha. Estbamos a unas cincuenta millas de la
isla de la Sociedad. Haca un calor espantoso; el cielo arda
implacable, sin una nube, como una cpula roja; no se mova ni una
brizna de viento; las velas, desinfladas, caan a lo largo de los palos;
el mar, como un cristal fundido, reverberaba una claridad tan cruel que
le dejaba a uno como ciego.

En la cubierta, la brea se derreta; los pies se nos quedaban pegados;
haca un vaho de calor imposible de resistir. La piel y la garganta las
tenamos abrasadas. Algunos marineros se desmayaban tendidos por los
rincones; otros se ponan como locos; el sol morda la piel de estos
desdichados.

Los chinos se ahogaban en la bodega y comenzaron a pedir agua a grandes
voces; se asfixiaban. El capitn dijo que no haba agua, y nos mand a
nosotros quitar las bombas de mano que sacaban el agua de los aljibes.
Al hacerlo comprendimos que la tripulacin estaba alborotada; pudimos
retirar las bombas sin que nos atacaran. Los marineros fueron a ver al
capitn enardecidos, como locos, con los ojos inyectados, fuera de las
rbitas. El capitn repiti varias veces que no haba agua, que se
contentaran con la media racin. Dicho esto se sent cerca de la
ballenera a charlar con el doctor Cornelius.

Al anochecer, los vascos salimos a respirar sobre cubierta aquel aire
trrido. El mar se extenda incendiado, como un metal incandescente. Lo
contemplbamos con una enorme desesperacin cuando vino Arraitz, uno de
los nuestros, corriendo a decirnos que el chino Bernardo haba abierto
la escotilla de la bodega a los _coolies_, y que salan todos
sublevados. El capitn y el mdico estaban hablando sentados los dos en
sillas de lona al socaire de la ballenera, y no vieron a los marineros y
a los chinos que avanzaban por el otro lado de la lancha grande.

Les avisamos con un grito; Zaldumbide agarr el rebenque y se lanz
hacia proa repartiendo chicotazos a derecha y a izquierda. Nosotros le
seguimos, creyendo que dominara el tumulto; pero, al llegar l solo
hasta unas cubas que haba delante de la cocina, uno de los marineros le
tir el cuchillo, con tal acierto, que se lo clav en la garganta.

El capitn cay en medio de aquella turba; la tripulacin entera se ech
sobre nosotros como perros y, gracias a que el piloto tena la puerta de
la sobrecmara abierta, pudimos refugiarnos all y salvarnos.

Quedamos dentro los vascos y el timonel. Al doctor Cornelius lo haban
atrapado, y seguramente estaban dando cuenta de l en aquel momento.
Tristn, el de la cicatriz, deba haber hecho causa comn con los
sublevados.

Los marineros y chinos no se preocuparon al principio de nosotros;
pusieron las bombas y estuvieron bebiendo hasta hartarse.

Pasado el primer momento de pnico, nos aprestamos a defendernos. Como
he dicho, la sobrecmara de la toldilla tena una trampa que daba a la
cmara del capitn; por ella bajamos nosotros y cerramos la puerta de
nuestra cmara, donde solamos dormir los vascos. Quedamos
incomunicados. En seguida el piloto nos mand encender la linterna de la
Santa Brbara, bajamos al paol de las armas y de la plvora y tomamos
cada uno nuestro rifle y cartuchos en abundancia.

Hecho esto, volvimos debajo de la toldilla porque haca ms fresco, y
adems porque podamos desde all ver algo de lo que pasaba en cubierta.
Nuestro anhelo y nuestro temor eran tan grandes, que casi no sentamos
la sed.

Pasamos las primeras horas de la noche alerta. En el camarote del
capitn haba botellas de cerveza, que era bebida que l sola tomar
alguna vez. El piloto nos hizo beber a los cuatro vascos y al timonel un
poco de lquido. Frans Nissen, indiferente a todo, con una brjula
pequea de mano, segua en la rueda del timn.

A eso de la media noche sonaron dos golpes fortsimos en la puerta.

--Quin va?--dijo el piloto.

--Yo--contest Silva el portugus.

--Qu queris?

--Han matado al capitn. Rendos! No se os har nada.

--Entregaos vosotros antes--contest Tristn.

En este momento, alguien meti el can de la pistola por un ventanillo
que tena la puerta, y dispar un tiro adentro. Yo apagu el farol y
quedamos a abscuras.

--Si os entregis ahora, no os haremos nada--volvi a decir el
portugus.

--Estis borrachos--replic el piloto--; maana hablaremos.

--Ea, muchachos!--grit el portugus--. Echad la puerta abajo. Traed un
martillo.

Alguien fu por el martillo.

--Eh, vosotros!--volvi a gritar Tristn--; os advierto que estamos
armados, que somos dueos de la Santa Brbara, y que hay tres toneles de
plvora. No os atacamos porque no queremos hacer una matanza intil;
pero tened en cuenta que podemos hacer saltar el barco.

La amenaza hizo su efecto. Silva mand a uno de los suyos a que viera si
nuestra cmara estaba cerrada, y cuando el otro volvi diciendo que lo
estaba, murmur:

--Estos brbaros son capaces de todo.

Desde el ventanillo de la puerta omos durante toda la noche los cantos
de los marineros y la algaraba de los chinos.

Nos sustitumos para hacer la guardia; aunque nadie pudo dormir,
estuvimos tendidos, descansando.

Comenz a llegar la luz del alba. Debajo de la toldilla haca un calor
horrible; al amanecer, la abrimos para ventilarla un poco. No nos
vigilaba nadie.

Como no se senta ningn movimiento en la cubierta, salimos Arraitz y yo
para darnos cuenta de lo que pasaba. Tristn el piloto no quera que
entablramos combate; pues aunque hubiramos vencido al ltimo, estando
armados como estbamos y ellos no, hubiese sido a costa de mucha gente.

Avanzamos Arraitz y yo; todo el mundo dorma, y el barco navegaba a la
ventura. A pesar de esto, Nissen no haba abandonado el timn.

Nos extra tanto silencio. Luego supimos que el cocinero haba llenado
cuatro barricas a medias de agua y de ron, y haban bebido todos los
marineros y chinos hasta quedar borrachos.

En vista de que nadie nos espiaba, cremos que se poda hacer un intento
de buscar agua, y se lo dijimos al teniente. Vaciamos en la cubierta una
damajuana llena de _brandy_, que sacamos de nuestra cmara, y decidimos
traerla con agua.

Albizu y yo daramos a la bomba; Arraitz y Burni nos escoltaran armados
de rifles, y a la puerta de la sobrecmara quedaran el teniente y
Nissen para dar, en caso de necesidad, la voz de alarma.

Salimos despacio; hicimos funcionar la bomba del aljibe de popa. Nos
figurbamos que no dara agua. Efectivamente: estaba agotado. Haba que
acercarse al castillo de proa. Fuimos avanzando los cuatro con cautela,
estudiando el camino. En las crujas, cerca de los palos, se vean
tendidos marineros borrachos. Pasamos con grandes precauciones por
delante del camaranchn de la cocina.

Llegamos a la bomba de proa que comunicaba con el otro aljibe, la
hicimos funcionar, y trajimos diez o doce litros de agua. Como el viaje
se haba hecho sin riesgo, lo volvimos a repetir, y llenamos todas las
botellas y depsitos que encontramos. El aljibe de proa deba quedar
tambin muy mermado.

En uno de los viajes, Burni, sealando con el can del rifle, nos dijo:

--Mirad, mirad all.

Nos quedamos sorprendidos. A la luz plida del alba se vea el cadver
de Zaldumbide, colgado de una verga, balancendose con los movimientos
del barco.

Se lo advertimos al teniente y a Nissen, y ste, con su habitual
laconismo, nos dijo:

--Las llaves, las llaves.

--Es verdad--repuso el teniente--; hay que registrarle, a ver si tiene
el llavero.

Ninguno de los otros vascos se atreva, y fui yo. Sub por una cuerda y
llegu al cadver. Al estar junto a l me estremec; una cosa salt
sobre mis hombros. Era la mona Mari-Zancos, acurrucada en los hombros
del ahorcado. Cog las llaves, y cuando bajaba o la voz de Tommy que,
desde lo alto de una cofa, deca:

--Hola! Hola! Buenos das! El capitn est en una postura incmoda,
eh!..., Ja, ja!... Pues en la otra verga est el doctor Cornelius. Ese
s que est gracioso dando tumbos.

[Ilustracin]

Invitamos a Tommy a venir con nosotros, pero dijo que no, que se estaba
divirtiendo mucho para meterse en un rincn.

El teniente mand que cerrramos la puerta de la toldilla y le
siguiramos. Bajamos a nuestra cmara, la abrimos, y salimos a la
escalera.

--Cerrad la escotilla--dijo el piloto--; cuando esa gente se despierte
entrar a saco en la despensa y no dejar nada. Ahora hay que
aprovecharse.

Nos metimos en la despensa y llevamos a nuestra cmara provisiones para
quince das, dos barriles de vino y de ron, embutidos, carne seca,
galletas; luego entramos en el paol del pan y lo dejamos casi vaco.

Arraitz, que estaba de guardia, nos avis que la gente comenzaba a ir y
venir por la cubierta.

--Vamos ya--dijo el teniente.

--Cerramos la despensa?--le pregunt yo.

--No. Para qu? Si se cierra, rompern la puerta.

--Entonces, la dejamos abierta.

--S; dejadla abierta, y dejad abierta la escotilla. Nosotros, adentro.

Desde la sobrecmara pudimos presenciar el alboroto del barco. Los
chinos, sobre todo, armaban una algaraba infernal.

Nissen record que el doctor Cornelius tena guardado en su armario un
alambique. Nos sobraba el alcohol, y podamos destilar el agua de mar
que se quisiera. Preparamos el alambique y le hicimos funcionar.
Destilaba perfectamente. La cuestin del agua estaba resuelta.

El portugus Silva volvi a intimarnos para que nos rindiramos. Quera,
sobre todo, los cofres de Zaldumbide. El teniente contest que podamos
atacarlos y vencerlos, porque estbamos bien armados; pero no quera
hacer una carnicera intil, y que, si nos desembarcaban en cualquier
punto, nosotros nos iramos, dejando el tesoro de Zaldumbide.

Poco despus, el cocinero Ryp vino con la misma proposicin; tambin
quera las cajas de Zaldumbide. Cuando supo que el portugus tena la
misma pretensin, le entr una clera terrible, y jur que le haba de
calentar las orejas al intrprete.

Por la noche del segundo da debi cambiar el tiempo, porque el barco
empez a navegar, dando tumbos, y comenz a llover.

Se oa el ruido de la lluvia, que azotaba y repiqueteaba en la toldilla.
Era una de esas lluvias de los trpicos, abundantes y densas. El
teniente mand a un marinero que avisara al contramaestre, y, cuando
vino ste, le dijo lo que tena que hacer para llenar el aljibe con el
agua de la lluvia.

La cordialidad entre nosotros y los de fuera iba establecindose, pero
aun no estbamos muy seguros.

Como la cmara de debajo de la toldilla era pequea y cerrada, el
teniente no quera que durmisemos todos en ella, y nos repartamos en
los cuatro departamentos que poseamos. Yo dorma en la misma cama de
Zaldumbide.

Pronto dej de llover, pero sigui el viento y sigui el oleaje, que nos
zarandeaba furiosamente. Por intervalos se nos meta el agua en la
cubierta por toneladas; y, como no poda marcharse con facilidad por los
agujeros, se formaba una ola que rodaba a derecha e izquierda, y entraba
en las cmaras.

--Qu hacen esos bestias?--pensbamos nosotros--. Van a conseguir que
el barco se hunda.

Varias veces instamos al teniente a que saliramos a dominar a los
amotinados, pero l nos contena, diciendo:

--No, no; que vean que nos necesitan. Si no, en seguida se volvern a
sublevar otra vez.

Al quinto da nos sorprendi la agitacin que haba en cubierta; se oan
gritos furiosos, voces iracundas.... Al anochecer, estaba yo de guardia
cuando sonaron dos golpes suaves en la puerta.

--Quin va?--pregunt.

--Soy yo, Allen. Vengo con Sam Cooper, el contramaestre, y con Tommy,
que quieren hablar con el piloto.

--Esperad un momento.

Despert a Tristn, que se ech de la hamaca y que mand abrir
inmediatamente. Por lo que cont Old Sam, portugueses y holandeses,
sintiendo renacer sus odios, se batan a palos y a cuchilladas en la
cubierta. Despus de una lucha en que quedaron en el campo varios
combatientes, los holandeses, ms en nmero, haban hecho meterse en el
castillo de proa a los enemigos.

Era el momento oportuno de apoderarse de nuevo del barco.

--Y los chinos?--pregunt Tristn.

--Los chinos han encontrado los barriles de opio y estn en la cubierta
borrachos, como muertos la mayora--contest el contramaestre.

Tristn hizo que se trajeran tres rifles ms para Old Sam, Allen y el
joven grumete, y, a la luz de una literna que llevaba Tommy, nos
lanzamos los nueve a pacificar el barco. Toda la parte de la cubierta
entre el alczar de popa y el castillo de proa estaba llena de celestes,
revueltos unos con otros. La chimenea de la cocina en aquel momento
echaba chispas que suban destacndose sobre las velas. Supusimos que al
cocinero lo encontraramos en su garita entre sus cacerolas, y,
efectivamente, lo vimos junto al fogn. Ryp no intent resistir; se
rindi y dijo que conseguira la sumisin inmediata de sus paisanos.

Efectivamente, as fu. Resuelto este punto importante, fuimos al
castillo de proa, en donde se haban fortificado los portugueses.
Tristn llam a Silva Coelho, y le dijo que ramos ms que ellos y que
estbamos armados; aadi que no pensbamos atacarlos; podan hacer lo
que quisieran. Los portugueses optaron por rendirse.

Tristn de Ugarte, ya capitn de hecho, mand coger a todos los chinos y
bajarlos a la bodega. Se echaron los muertos de la ltima refriega al
mar y se descolg el cadver de Zaldumbide y el del doctor Cornelius.

A ste lo haban puesto una pipa en la boca y tena el vientre hinchado.
Se echaron tambin los cuerpos del capitn y del doctor a que sirvieran
de pasto a los peces. Se cerraron las escotillas y se dieron rdenes
para comenzar el arreglo de todo.

Al encontrarse de nuevo unidos holandeses y portugueses, comenz otra
vez la hostilidad, y para zanjarla decidieron los dos grupos elegir a la
suerte un campen para que se batieran.

Chim, el malayo, estaba con los holandeses; en cambio, el negro
Demstenes era del partido portugus; poda suceder que a los dos amigos
les tocara en suerte batirse; pero no fu as. Se jug a cara y cruz con
una moneda y salieron elegidos Chim, el malayo, y Silva Coelho.

Tristn no tuvo ms remedio que dejar hacer, y se retir a su cmara. Yo
me qued a presenciar la lucha. Era al comenzar el alba. En el cielo
aparecan celajes espesos y desgarrados que anunciaban viento.

Los dos hombres desafiados eran fuertes, astutos y manejaban el cuchillo
con habilidad. Se les dej a los dos una chaqueta para envolver el brazo
izquierdo y parar los golpes.

Fu un combate terrible, en que los dos enemigos saltaban, se agarraban,
se mordan. Varias veces Silva Coelho tuvo sujeto por los pelos a Chim e
intent herirle; pero entonces el malayo se acercaba al portugus, hasta
estrecharse con l, y le morda en la mueca, y el otro tena que soltar
la cabellera. Al ltimo, en uno de aquellos momentos, al desasirse
bruscamente uno de otro, sin que yo al menos notara el golpe, se vi a
Silva que caa, dando un grito y llevndose la mano al vientre. Tena
una ancha herida, por donde se iba desangrando.

--Ya, mtalo!--dijeron todos.

El malayo se inclin sobre el herido como un chacal, y le hundi el
cuchillo en el pecho, con tal fuerza, que la punta de acero se clav en
la tabla de la cubierta.

Inmediatamente Demstenes, el negro, y otro marinero cogieron el cadver
y lo tiraron al agua.

--Bravo, Chim!--dijo Tommy, y di unas cuanlas volteretas y un
magnfico salto mortal, seguido de Mari-Zancos, que haba tomado al
grumete por su protector.

Fu hacindose de da. El capitn nombr a Nissen teniente piloto,
aunque acord que siguiera de timonel hasta encontrar alguien que lo
sustituyera.

El nuevo capitn y el teniente fueron estudiando las medidas que haba
que tomar. El barco estaba sucio, lleno de basura, de manchas de sangre.
Apenas navegaba; unas masas verdes de vegetacin que all flotan en el
mar se haban acumulado en la proa y no dejaban avanzar a _El Dragn_.

El capitn mand que desde la ballenera y el bote furamos cortando
aquel estero por la mitad, y despus de una larga faena lo pudimos
partir en dos pedazos y pasar por en medio.

Al da siguiente se comenz a limpiar la cubierta con los lampazos. El
capitn mand retirar todas las botellas y barriles, y prohibi al
cocinero que sacara licores sin su consentimiento.

[Ilustracin]




VII


POR EL PACFICO

Aunque el plan nuestro era bajar por el Pacfico, hasta llegar al
paralelo 50 a 55 al sur, se decidi ponerse en rumbo hacia las islas de
Tait y desembarcar en cualquiera de ellas por lo menos a la mitad de
los chinos.

La falta de agua ya no nos preocupaba; los das siguientes a la
pacificacin del barco estuvo lloviendo en abundancia, y llenamos los
aljibes.

Al despejarse el tiempo nos encontramos a la vista de una de las islas
de Tait. Nos fuimos acercando, y pasamos por delante de bahas
estrechas, de una vegetacin lujuriante, hasta detenernos en una de
stas.

El capitn baj a la bodega y habl a los chinos. Les dijo que eran
demasiados, que poda ocurrir de nuevo el percance de la falta de agua,
que estaban delante de una isla feracsima y que sera conveniente que
la mitad por lo menos desembarcaran. Ellos podan elegir quines deban
quedarse y quines seguir hasta Amrica. Los chinos contestaron que
donde iban unos iran los dems, y decidieron desembarcar.

Salan de la bodega en grupos de treinta, con su hatillo, entraban en la
ballenera y los llevbamos hasta un arenal de la playa, y cuando haba
una braza de fondo o algo menos, echbamos toda la chinera al agua.
Ellos chillaban como gaviotas al ver el mar alborotado; se les recomend
que formaran la cadena, y as fueron llegando a tierra.

Libres de chinos, hubo que limpiar la bodega, que era una verdadera
pestilencia.

Comenzamos a marchar hacia el sur, a buscar el estrecho de Magallanes o
el Cabo de Hornos, en aquella inmensidad desierta del Pacifico,
llevados por la monzn del oeste. Encontramos algunos barcos balleneros,
con los que nos pusimos al habla, y nos indicaron la situacin exacta en
que nos encontrbamos.

En esto se nos acerc un barco que iba a la deriva de una manera
desesperada. Nos hizo seales y nos pregunt si tenamos mdico; le
dijimos que no, y nos pidi quinina. Buscamos en el botiqun del doctor
Cornelius, pero no haba quinina. Lo nico que pudimos enviarles fu
unas cajas de t. El barco aqul se hallaba apestado. La tripulacin,
enferma de vmito negro, tena un aire lamentable; estaba formada por
hombres harapientos, verdaderos esqueletos amarillos, con pauelos y
trapos en la cabeza.

Al da siguiente el vmito negro se desarroll en _El Dragn_ con una
gran violencia; uno de los marineros holandeses, Stass, atacado por la
fiebre, se levant de la cama delirando, y, despus de cantar una
extraa cancin, se tir al mar. El teniente hizo que toda la
tripulacin sana se alejara en la parte de la popa, y convirti el
castillo de proa en enfermera. El miedo que se desarroll entre los
marineros fu tan grande, que nadie quera acercarse a la proa; se
sorteaba quin haba de dar la comida y el agua a los enfermos, y el
designado sola ir llevando los vveres en una prtiga larga, los dejaba
y echaba a correr. De pronto, el espaol don Jos se indign con aquella
inhumanidad, y dijo que Cristo nos mandaba cuidar de los enfermos y
consolar a los tristes. Nosotros le oamos burlonamente y le decamos:

--Anda, vete t.

Don Jos, con gran sorpresa nuestra, se meti en la enfermera a cuidar
a los enfermos.

Tristn, el de la cicatriz, fu a ver al capitn, y le propuso que se
modificaran los libros de a bordo, se cambiara el nombre del barco y nos
quedramos con l. El capitn le dijo que, si volva a proponerle
aquello, le mandara arrestar.

Tristn, el de la cicatriz, pareci conformarse; pero, no slo no se
conform, sino que intent sublevar la tripulacin. Era cosa bien
difcil, porque casi toda estaba en la convalecencia. Entre el segundo
contramaestre, el cocinero y Tristn, el de la cicatriz, hicieron un
pacto para apoderarse del barco y formar una asociacin de piratas. Una
noche, al entrar en el camarote, se apoderaran del capitn y
enarbolaran la bandera negra.

Nosotros sabamos cmo marchaba la maquinacin, y dejbamos hacer a los
conspiradores, convencidos de su impotencia. Un da, al anochecer, en
que los conjurados comenzaron a gritar, los prendimos y se les cogi el
escrito de asociacin y un trozo cuadrado de tela negra. Todos fueron
arrestados, menos los convalecientes; unos firmaron, otros pusieron una
cruz en el papel, por no saber firmar.

El serfico don Jos, que fu tambin de los del pacto de los piratas,
se nos muri del vmito. Verdaderamente, aquel hombre era un santo.
Muri reconociendo que era un gran pecador y lamentando no tener un cura
catlico a su lado. Los vascos nos libramos del vmito negro y del
escorbuto, que comenz tambin a presentarse en el barco.

Seguimos navegando, cortamos el paralelo 50 sur por los 102 oeste
prximamente, y nos acercamos al continente americano, hacia la isla de
la Desolacin.

Ya no nos quedaba ningn caso de vmito negro. No le pareci prudente al
capitn intentar el paso por el estrecho de Magallanes, y se decidi a
doblar el Cabo de Hornos, a gran distancia de tierra.

Slo mirando el plano hay para echarse a temblar por aquellos parajes:
la isla de la Desolacin, el puerto del Hambre, la baha de la
Desesperacin.... Acercndose a tierra, no se vean ms que rocas
peladas y bancos de hielo. Haca un fro terrible, y no se encontraba un
rincn donde guarecerse. Pasamos das muy angustiosos, ateridos de fro,
y estuvimos a punto de chocar con un enorme banco de hielo que vena
flotando, al que tomamos al principio, entre la niebla, por un barco con
las velas desplegadas.

Descansamos al llegar a las islas Malvinas, en la Baha de la Soledad.
Luego remontamos al norte, atravesando las calmas de Capricornio por los
22 oeste, y, aprovechando todo el aparejo en los alisios del sudeste y
la corriente brasilea, cortamos la lnea hacia los meridianos 18  20
al oeste.

La travesa haba sido muy feliz. Ibamos a la altura de San Vicente, a
la anochecida, cuando un crucero ingls nos hizo seas de que nos
detuviramos, y nos lanz, por primera providencia, una andanada.

El capitn consult con el teniente y con el contramaestre. Haba
bastante viento. Se poda escapar bien. La bruma se nos echaba encima.
Despus de la conferencia, el capitn mand poner el barco al pairo.
Nosotros mismos, los vascos, estbamos furiosos. Entregar _El Dragn_ a
los ingleses, que, con cualquier pretexto, nos ahorcaran, era un
disparate. Sabamos cmo las gastaban los ingleses. Cuando cogan algn
negrero, solan ahorcar al capitn y vendan los negros por su cuenta;
si el barco era sospechoso de piratera, se quedaban con la presa. As
trabajaban por la humanidad y por el bolsillo.

A nosotros podan acusarnos de negreros y de piratas. La muerte del
capitn y del mdico, mal explicadas, podan comprometernos. Todo esto
haca que fuera un disparate el entregarnos.

Sin embargo, y a pesar de que todos protestbamos interiormente, se hizo
la maniobra, y _El Dragn_ qued inmvil. El barco de guerra lanz una
de las chalupas, para que viniera a visitarnos a bordo. La niebla se iba
echando por encima del mar y aumentando por momentos. Nuestra
tripulacin estaba anhelante. Qu se propona el capitn? De pronto
son el pito del contramaestre: haba que cambiar la maniobra; doce
hombres treparon con mpetu por los palos para largar todas las velas y
arrastraderas; las lonas, cuadradas y triangulares, se extendieron para
coger el mayor viento, los anillos chirriaban, las vergas eran estiradas
con fuerza; foques, petifoques, toda vela utilizable iba a ser
aprovechada. Las velas dieron un parchazo furioso en los palos, y alguna
se rasg; _El Dragn,_ como asombrado, di un bote terrible, se inclin
hasta hundir la proa en el agua, se tendi al viento y se lanz a la
carrera.

--Hurra! Hurra!--gritamos todos, entusiasmados.

--Callaos!--dijo el capitn.

El barco de guerra se di cuenta de la estratagema y comenz a
dispararnos caonazos; pero slo nos hicieron sus granadas algn agujero
en las velas. Tristn, el de la cicatriz, propuso que contestramos con
el fuego de uno de nuestros caones; pero el capitn le orden
enmudecer.

A la maana siguiente sacamos velas del paol y substitumos las que
llevbamos rotas. La suerte hizo que amainara el viento; navegbamos con
una gran lentitud; bamos desviados del derrotero general de los buques,
intencionadamente.

De pronto, al caer de la tarde, vimos que apareca el crucero ingls.

--Lo que yo me tema--murmur el capitn--. Estas cosas tienen segunda
parte.

El navo se encontraba en aquel momento en mejor situacin que nosotros,
y pudo acercarse con relativa rapidez. Nosotros largamos todas las velas
y tiramos los caones al mar, para aligerarnos de carga. Al ponerse a
tiro nuestro perseguidor, iz la bandera inglesa, y, sin ms prembulos,
nos solt una andanada, que hizo caer sobre la cubierta de _El Dragn_
una verdadera lluvia de pedazos de madera, de poleas y de cuerdas.

Una de las velas se raj en dos pedazos y cay echa un montn de
pingajos, con un trozo de astilla que di en la cabeza a uno de nuestros
hombres y lo dej muerto. A la segunda andanada, el palo mayor qued
hecho trizas, como el tubo de una pipa de barro, y mat a otro marinero.

Se iz la bandera holandesa; fu intil. El crucero ingls no ces el
bombardeo.

Nuestro capitn iba dando rdenes desde la toldilla; echamos el palo
mayor al mar, y seguimos navegando. Al mismo tiempo mand botar la
ballenera, la izamos tirando de las cuerdas, y la bajamos al mar por el
lado contrario adonde se encontraba el ingls. Se at la rueda del
gobernalle de _El Dragn._

Tristn, el de la cicatriz, dijo al teniente que, si no le pareca mal,
iba a abrir un boquete al barco. El capitn no replic.

El de la cicatriz y Old Sam bajaron con un berbiqu, un cortafro y un
mazo a la bodega, y se les oy golpear por dentro largo rato.

Al cabo de un momento salieron los dos a cubierta.

El capitn llev los planos y los instrumentos de su cmara a la
ballenera; algunos sacamos de nuestros cofres el dinero que guardbamos.
Ryp, el cocinero, registr los armarios de Zaldumbide y vino ayudado por
dos amigos con tres cofres de latn.

Otros, por orden del teniente, bajaron los rifles. Embarcamos tres cajas
de galleta, agujas, tijeras, todo lo que pudimos.

La ballenera llevaba un barril de agua y una linterna, que nos servira
para mirar de noche la brjula. bamos remolcados por _El Dragn_ y
protegidos por l, cuando el capitn cort la amarra y comenzamos a
alejarnos del barco a fuerza de remos.

_El Dragn_ sigui navegando, hundindose lentamente; algunas de las
granadas de los ingleses cayeron en el agua a poca distancia de
nosotros. Los del crucero teman, sin duda, alguna estratagema, porque
iban acercndose despacio al barco abandonado.

De pronto, _El Dragn_ se detuvo y se puso a oscilar. Pareca un animal
moribundo. La proa fu hundindose, hundindose ... hasta desaparecer en
las aguas, y la popa se levant en el aire.

Luego la popa fu bajando y metindose en el mar y se formaron
torbellinos y grandes olas encima.

Las velas fueron desapareciendo majestuosamente y no qued ni rastro de
_El Dragn_.

Al hacerse de noche izamos la vela de la ballenera y comenzamos a
navegar hacia el norte. El capitn quera apartarse del derrotero
habitual y desembarcar en alguna de las Canarias. Al enterarse de que
haban bajado los cofres de Zaldumbide, dijo que lo mejor era tirarlos
al mar; pero viendo la protesta de todos, decidi acercarse a la costa
africana, enterrar all los cofres en un sitio seguro y volver a las
Canarias. Todos convinimos en que era lo ms prudente. Llegar a una de
aquellas islas con cajas llenas de oro, poda parecer sospechoso. A todo
esto, no sabamos a punto fijo lo que haba dentro.

Al da siguiente, a media tarde, comenzamos a ver la costa africana; una
costa baja, de arena que brillaba al sol, con alguna colina de trecho en
trecho.

Debamos estar cerca, por lo que dijo el capitn, de la colonia espaola
de Ro de Oro; se vea alguna que otra cabaa de moros salvajes y
desharrapados. No nos pareci conveniente desembarcar all, a pesar de
que estbamos hambrientos. Pasamos por entre las islas Canarias y la
costa de Africa, hasta que, al llegar a la desembocadura de un ro, nos
detuvimos. Haba en las orillas algunos rboles aislados que parecan
olivos. Este rbol, el argn, tiene un fruto parecido a la aceituna,
aunque ms redondo y amarillo.

A la hora de remontar el ro nos detuvimos delante de una fortaleza
arruinada. Dicen que por all, en los lmites del Atlas, se encuentran
estos poderosos castillos antiguos. Nadie sabe quin los ha construido
ni contra qu clase de enemigos se hicieron. El castillo aqul era de
piedra labrada y de torres con arcos.

Inmediatamente de llegar abrimos apresuradamente los cofres de
Zaldumbide. El primero produjo un gran desencanto: haba dentro una
porcin de baratijas de las que se empleaban para regalar a los
reyezuelos africanos. Los otros cofres costaron mucho trabajo abrirlos,
y los encontramos llenos de monedas de oro y de joyas.

Todos hubiramos querido apoderarnos de aquellas riquezas; pero al or
al capitn que no estbamos en seguridad porque el crucero ingls
andara buscndonos, decidimos enterrar los cofres.

El capitn nos indic una pea cnica como el mejor punto para guardar
el tesoro; nosotros hicimos un agujero al pie de esta pea y enterramos
los tres cofres.

Habamos acabado esta operacin, cuando se presentaron media docena de
moros, sarnosos, desharrapados, armados con fusiles antiguos. Haban
pensado, sin duda, sorprendernos; pero al vernos en mayor nmero y
tambin armados, se manifestaron como amigos.

Les propusimos cambiarles un rifle por dos corderos y ellos aceptaron.
El capitn dijo que sera prudente que nos furamos a la ballenera, pues
estos moros eran todos traidores. De paso dejamos sin un fruto los
rboles de argn que fuimos encontrando. Nos metimos en la ballenera y
qued uno de guardia en un alto. Estbamos esperando, cuando son una
descarga cerrada, y el centinela y cuatro de los que estaban a mi lado
cayeron a tierra. Entre ellos, Burni. Me acerqu a l, pero estaba
muerto. Toda una partida de moros avanzaba escondindose.

Nos metimos en la barca y remamos con furia hacia el centro del ro; la
corriente nos llevaba hacia el mar; as que nuestra nica preocupacin
fu alejarnos de la orilla. Los moros aparecieron a la descubierta.
Algunos de ellos se metieron valientemente en el agua, y dos se
quisieron subir en la ballenera; Arraitz le di a uno tal golpe en la
cabeza con la culata del rifle, que los sesos saltaron por el aire. El
otro huy. Los de la orilla siguieron disparando. Ya no nos hicieron
ninguna baja; en cambio, nosotros tuvimos el gusto de tumbar una docena
lo menos de aquellos sarnosos.

Salimos de all con la intencin de coger la isla de Lanzarote.

A los dos das nos cogi un temporal del sudoeste, y como el viento,
aunque muy fuerte, era manejable, concebimos la esperanza de llegar
pronto a las Canarias. A la luz de la linterna, el capitn, con la
brjula, estudiaba el plano.

Despus de recibir encima del cuerpo chubascos y ms chubascos que nos
empaparon hasta los huesos, dimos vista a Lanzarote. Se revelaba la isla
como un nubarrn sobre el mar. Nos acercamos llenos de esperanzas,
cuando un demonio de cutter velero nos di el alto disparndonos un
caonazo. Era imposible resistir. El capitn mand atar un pauelo
blanco en un remo, en seal de que nos rendamos.

No sabamos si este cutter estaba avisado por el otro buque que nos
haba dado caza anteriormente, pero pronto no nos cupo duda al ver al
crucero grande acercarse a nosotros.

La serenidad del capitn no se desminti en aquel instante. A medida que
avanzbamos hacia los dos barcos ingleses, fu dicindonos lo que nos
convena declarar y lo que tenamos que ocultar en beneficio comn.
Adems, nos explic lo que cada uno poda alegar en su propia defensa.

El negocio de los chinos lo hacan nicamente el capitn Zaldumbide, el
mdico y el portugus Silva Coelho; a stos los haban matado los chinos
por haberles engaado. Respecto a la trata, nadie saba nada. Si el
barco se haba dedicado a este negocio, era antes de que entrramos en
l.

El capitn se mostr tal como era, sereno y tranquilo. Llegamos al buque
ingls; nos fueron interrogando a todos, y todos contamos, poco ms o
menos, la misma historia, con los mismos detalles, haciendo lo posible
para evitar nuestra responsabilidad.

Yo me permit abogar por el capitn y decir que era un hombre cado en
desgracia, pero honrado y justo como pocos.

La serenidad le salv al capitn y quiz tambin nuestros informes. El
ingls, que es muy perro, no necesita muchos expedientes para ahorcar a
un capitn sospechoso de piratera. No en balde han pirateado ellos
durante cientos de aos.

Tristn, el de la cicatriz, se manifest rebelde y lo castigaron varias
veces. Los dems, los marineros, fuimos tratados con poca severidad,
obligados nicamente a hacer las faenas penosas.

Llegamos a Plymouth; estbamos ayudando a la maniobra del _Argonauta_,
as se llamaba el navo ingls en que bamos prisioneros, cuando pas un
barco francs a poca distancia. Al verlo me ech al agua sin que nadie
lo notara y pude agarrarme al ancla.

Llegu a Dunkerque y me embarqu en una goleta de ciento cincuenta
toneladas, para ir a Islandia a la pesca del bacalao. Estuve una
temporada en las islas de Loffoden y vine por casualidad a Burdeos a
componer las velas, y aqu me qued; puse una cordelera, me cas y mi
comercio fu prosperando.

De la suerte de los dems ya no supe nada. Yo haba tomado el camino
derecho, y desde entonces me empez a salir todo bien. Esta ha sido mi
historia.

       *       *       *       *       *

Dej de hablar el viejo y se me qued mirando con sus ojos grises.

--Quin cree usted que sera el verdadero Ugarte de los dos?--le
pregunt yo--. El de la cicatriz o el otro?

--El de la cicatriz, seguramente. El otro, sin duda, no quiso dar su
nombre.

Me desped de Itchaso y me fu a mi barco.

No me caba ninguna duda de que mi to Aguirre haba navegado en _El
Dragn_. Lo que no comprenda era por qu Ugarte le haba cedido su
nombre.

Para cerciorarme de la verdad de lo dicho por el viejo de Burdeos,
encargu al abogado de la Compaa, por cuenta de la cual yo navegaba,
que se enterase en Londres de si entre las presas hechas haca unos
treinta aos apareca la de la ballenera de _El Dragn_.

No tardaron en encontrar lo que yo peda, y, efectivamente, me enviaron
una relacin de cmo se haba apresado la ballenera de este brick-barca
sospechoso de piratera, a la altura de las Canarias, y una lista de la
tripulacin, en la cual se encontraban los nombres de Juan de Aguirre y
Tristn de Ugarte.

Que haba una relacin estrecha entre estas dos personas era indudable.
Pero cul? No poda comprenderlo.





LIBRO QUINTO




JUAN MACHIN, EL MINERO


I

MALA NOTICIA

Todas las preocupaciones que me servan para olvidarme un poco de mis
inquietudes amorosas fueron pronto desechadas al recibir una carta de
Genoveva, la hija de Urbistondo.

Genoveva me deca que Juan Machn, el poderoso minero de Lzaro,
galanteaba a Mary. Ella no le haca por ahora el menor caso, pero l la
persegua y la asediaba cada vez con ms ahinco.

El barrio entero de pescadores se hallaba preocupado con tal
persecucin.

Al recibir aquella carta me dispuse a ir a Lzaro; antes pensaba en
esperar a reunir algn dinero para casarme; ya no vacil, decid casarme
en seguida. Si Mary quera, por supuesto. Pasaria unos das en Lzaro,
pondramos la casa en Burdeos y me ira a navegar.

Firme en mi decisin, escrib a la Compaa, pregunt en el puerto si
algn barco zarpaba hacia la costa de Espaa y me met en un vapor que
iba a Bayona.

Recuerdo que haca un tiempo de agosto, pesado, horrible. Los ojos se
quemaban contemplando las playas arenosas, las dunas amarillentas, los
estanques rodeados de pinos y la reverberacin del mar.

Vena en el barco un indiano vascongado que embarc en Buenos Aires en
mi barco. En todo el viaje de Amrica a Europa no se atrevi a hablarme.
Deba de ser hombre muy tmido. Luego, en el vapor que nos llevaba a
Bayona, se acerc a m y hablamos. Haba pasado veinticinco aos en las
pampas hasta enriquecerse. No tena familia y no saba qu hacer ni en
dnde fijar su residencia.

Era todava un hombre en pleno vigor, grueso, fuerte, de facciones
nobles, de pelo gris.

Me dio mucha pena, y al orle olvid mis preocupaciones. Aquel hombre
era un Hamlet, un Hamlet campesino, uno de los hombres que me han
producido una impresin ms triste y desconsoladora.

Este Hamlet indiano me record esa cancin vasca de un epicurismo algo
grotesco, que dice as:


  Munduan ez da guizonic
  Nic aa malura dubenic
  Enamoratzia lotzatzenau
  Ardo eratia moscortzenau
  Pipa fumatzia choratzenau
  Ay zer consolatucotenau!


(En el mundo no hay hombre de tan mala suerte como yo. El enamorar me
avergenza, el beber vino me emborracha, el fumar en pipa me marea. Ay!
Qu me va a consolar a m?)

Llegamos este Hamlet indiano y yo a Bayona, y yo tuve la suerte de
encontrar un patache de cabotaje que iba a Lzaro: el _Rafaelito_. Sala
al amanecer. Llev mis bales a la barca, me tend, apoyado en un rollo
de cuerdas, y esper impaciente la salida. Tena esperanzas de que
hubiera viento, porque la espuma del mar resplandeca mucho en la
obscuridad.

Antes de amanecer nos pusimos en franqua. No haba brisa an, el mar
estaba tranquilo, las estrellas brillaban con un gran fulgor.

Vea ir y venir a las sombras de los marineros por la cubierta y senta
las pisadas de sus pies desnudos.

Sonaron las tres en el reloj de la catedral de Bayona, y el patrn dio
la orden de partir. Haba seis hombres, cuatro marineros, el timonel y
un grumete.

Salimos llevados por la corriente del Adour, cruzamos por el Boucau, y
al rayar el alba, a fuerza de remos, pasamos la barra.

Los marineros retiraron los remos. Las garruchas de las dos velas
comenzaron a chirriar, los anillos corrieron por las cuerdas y una
obscura forma se levant en el aire, encima de m. No se mova ni una
rfaga de viento. La noche estaba tranquila y hmeda. A lo lejos
brillaba con intermitencias la luz roja del Cabo Higuer.

De pronto la vela se agit temblorosa, se distendi como con un
latigazo; el barco se inclin de costado y comenz a deslizarse volando.
El patrn se coloc en la caa del timn y los marineros se sentaron en
las bordas. El mar se cortaba bajo la proa del barco y cuchicheaba
dulcemente, bamos dejando una estela blanca, brillante, a la luz del
amanecer.

El sol comenz a abandonar las olas y a subir en el cielo claro y
limpio, ahuyentando la bruma; las velas se tean por el rojo sol
naciente y se hinchaban cada vez ms. El patrn hablaba a sus hombres y
les ordenaba tirar de las cuerdas para recoger las velas de cuando en
cuando. El grumetillo cantaba a proa una cancin vascongada. Era una
cancin al mismo tiempo alegre y melanclica, montona y llena de
variaciones.

[Ilustracin]

Pasamos por delante de Biarritz, con sus rocas, y comenzamos a avanzar
por delante de esa lnea de dunas blancas que forma la costa
vasco-francesa hasta llegar al promontorio pizarroso de Socoa. Larrun
apareci cortando el cielo, y ms lejos, los montes de Espaa.

El viento haba aumentado; el _Rafaelito_ volaba como una gaviota; la
costa, despejada de brumas, formada por cantiles obscuros, se vea clara
y distinta.

Los cuatro marineros del patache, obedeciendo la orden del patrn,
comenzaron a meter a golpes de mazo una cua grande al palo ms alto
para inclinarlo a barlovento.

Estos pataches de cabotaje, como algunas barcas pescadoras, tienen tan
malas condiciones marineras, que les es necesario inclinar los palos
hacia donde viene el viento, por poco que sea ste fuerte. Marchan a
fuerza de habilidad; cualquiera racha huracanada los puede tumbar.

Un poco antes del medioda cambi el viento; bamos dejando atrs la
costa francesa, sus suaves y bajas colinas, sus dorados arenales y sus
lajas pizarrosas carcomidas por el mar.

Pasamos Hendaya y Fuenterraba, dormidos al sol en las mrgenes del
Bidasoa. Estbamos delante de Jaizquibel. Era hora de comer. El grumete
trajo una cazuela de patatas con bacalao, y comimos todos
fraternalmente.

La brisa era cada vez ms dbil; bamos avanzando despacio por la costa
guipuzcoana.

El comenzar de la tarde fue sofocante; el sol derramaba una lluvia de
fuego; el mar se extenda tranquilo, apenas rizado, sin ms olas que
algunas pequeas ondulaciones; con la respiracin rtmica de un buen
monstruo dormido, el agua, soolienta, reflejaba la costa con todos sus
detalles en la claridad de aquella tarde perezosa y esplndida. Yo
miraba estas aguas sin pensamiento, con una vaga tristeza.

De cuando en cuando el grumete volva a su cancin. A lo lejos veamos
vagamente los pueblos y el mar, muy azul, con un azul de Prusia, cerca
de la costa. Las rocas de los acantilados aparecan ribeteadas por una
lnea negra dejada por la marea, y los arenales hmedos brillaban al
sol.

Antes de llegar a Orio, el viento ces por completo y las velas quedaron
inmviles, arrugadas en sus grandes pliegues, como muertas en la calma
absoluta de la tarde.

Uno de los hombres del patache y el grumete echaron sus aparejos de
pesca, mientras los dems marineros sostenan una larga conversacin en
vascuence acerca de las divisiones de las cofradas de pescadores de
Lzaro.

Pasamos as horas, inmviles, en el mismo sitio. La languidez de la
tarde haba acabado con mi impaciencia.

Seran las cinco o cinco y media cuando el mar comenz a rizarse con
olas redondas, blandas, que fueron tomando anchura y cuerpo con rapidez.
El chico se subi por el palo del patache, como una ardilla, a arreglar
una polea.

El viento volva de nuevo; comenzamos a navegar despacio. Cruzamos por
delante de la costa alta y escarpada de Orio, pasamos el arenal de
Zarauz y dejamos atrs el monte de San Antn, que se dibujaba sobre el
mar como una ballena de color gris.

El sol bajaba en el horizonte, inclinndose hacia el mar; su disco rojo
iba dejando las olas como formadas por un metal fundido. En el cielo
aparecan nubes de colores pronunciados y brillantes; dragones de fuego
agitndose en la boca de un horno.

Las grandes nubes escarlatas, los stratus obscuros en forma de peces,
acabaron por ocultar el sol. En algn momento se abra una abertura y
sala un haz de rayos que llenaba el mar de reflejos de color de rosa y
morados, reflejos que no llegaban al interior de las olas, porque stas
presentaban su hueco en sombra de un tono azul verdoso muy pronunciado.

[Ilustracin]

A la altura de Zumaya se ocult definitivamente el sol, tiendo de rojo
las ganas, y la obscuridad se precipit sobre el mar. No dur mucho el
imperio de las tinieblas; el cielo, obscuro y sombro, fue aclarndose,
y la luna, amarilla, enorme, apareci por encima de un montn de nubes y
comenz a iluminar fantsticamente los acantilados negros de la costa y
a brillar con reflejos y cabrilleos en las olas.

--Vamos a tener lluvia--dijo el patrn sealando la luna, rodeada de un
halo rojizo.

El viento, que haba saltado a otro cuadrante, se hizo fuerte al avanzar
la noche, y pudimos navegar de nuevo. Las velas, ahora retemblaban, se
impacientaban, se enfurecan, tenan cleras de algo vivo, brillaban muy
blancas a la luz de la luna. El barco marchaba jugueteando entre las
olas negruzcas, llenas de reflejos, de blancos meandros de espuma: unos,
regulares; otros, desgarrados y rotos.

A los lados del barco el agua produca un murmullo, interrumpido por el
estruendo de algn golpe de mar: cuchicheo misterioso y montono. Las
espumas, fosforescentes sobre el lomo negro de las olas, parecan
tritones luminosos que nos perseguan jugando.

Pasamos por delante de la playa de las Animas. Bisusalde y las casas de
Izarte, prximas al acantilado, se vean a la luz de la luna.

Frayburu segua en su desolacin y en su tristeza. Dimos vuelta al
Izarra y comenzamos a entrar en las puntas.

Las luces del puerto se reflejaban en el mar; brillaba alguna que otra
ventana iluminada de la ciudad. Fuimos penetrando por las calles
estrechas formadas por las barcas en el muelle silencioso.

La marcha del patache era lenta; yo les ayudaba a los marineros en la
maniobra.

--Ahora mandar un hombre a que recoja mi equipaje. Me voy, porque tengo
prisa--dije.

--Bueno, bueno--me contest el patrn.

Fu saltando de barca en barca hasta ganar las escaleras del muelle.
Estaba desierto. Yo senta una gran angustia. Al pasar por el taller de
tornero de Zelayeta encontr a mi amigo; le cog del brazo y le pregunt
lo que se deca en el pueblo de Mary y de Machn. Su contestacin me
tranquiliz. Era verdad que Machn galanteaba a la chica, pero ella no
le haca caso.

--Puedes estar sin cuidado--me dijo.

Y ya menos inquieto, fu a casa de mi madre.




II


DAS FELICES

Al amanecer del da siguiente me levant muy de maana. Estaba el tiempo
templado. Saqu una silla al balcn, me sent, y apoyado en la
barandilla estuve contemplando el pueblo y la casa donde viva Mary.

El sol se levantaba, ahuyentando las nieblas; el viejo campanario, las
casas, el puerto, la punta del Rompeolas iban apareciendo ante mi vista.

No s qu influencia deprimente tiene en m la maana, que es como una
matadora de ilusiones; todo lo que me parece fcil y asequible de noche
se me figura erizado de dificultades al amanecer.

Era demasiado temprano para ir a ver a Mary. Estaba impaciente; sal de
casa, y en la carretera me encontr con el mdico viejo. Era gran
madrugador y sala temprano para su visita. Le salud, le acompa, le
dije si conoca a Mary y le pregunt qu se deca en el pueblo de las
galanteras de Machn.

--Nada malo. Puedes estar tranquilo. No creo que le haga el amor a Mary.
Est correctsimo con ella y la trata con gran consideracin.

--Sin embargo ...--murmur yo.

A pesar de las palabras del mdico viejo no me tranquilic, y, con esta
tendencia que se tiene a aumentar el propio mal, le ped informes de
Machn.

--Machn es un hombre de una voluntad de hierro--me dijo el mdico--. T
le conocers.

--No; no creo haberle visto nunca.

--Pero habrs odo hablar de l.

--Poco.

--Pues Machn es hijo de un casero de tu abuela. No s si naveg un
poco; pero si naveg, no le tom gusto al oficio. Yo sola decir de l,
cuando andaba vagabundeando por el pueblo, que era un lord Byron de
taberna. Juan Machn se fu a Bilbao y se confundi con los holgazanes y
perdidos de baja estofa que pueblan de noche el barrio de Miravilla;
pero, de pronto, el granuja intil apareci como un hombre emprendedor;
vino a Lzaro, tom las minas de Beracochea, y comenz a explotarlas. A
los cuatro o cinco aos ganaba el dinero de una manera fabulosa. Ya
machucho, a los cuarenta aos, se ha casado con una seorita rica y
remilgada, pero parece que est harto de su gazmoera. Los pescadores
le odian porque anda rondando a las chicas guapas del barrio.

Respecto a lo que me dices de esa muchacha inglesa que es tu novia, no
creo que se haya dirigido a ella; pero si t ves que la importuna,
dmelo a m: yo le llamar a Machn y le dir algo importante.

Me desped del mdico, que iba a entrar en una casa de la carretera, y
me volv al pueblo. No las tena todas conmigo. Cuando llegu a casa de
Recalde, se abra la puerta. Esper un poco. El recibimiento que me hizo
Mary borr todas mis inquietudes. Sal de casa de Recalde loco de
contento.

Al llegar a mi casa le dije a mi madre que me casaba con Mary; ella no
replic; mas al da siguiente me dijo que Mary era una buena muchacha,
pero que poda haber hecho una boda mejor. Yo le advert alegremente que
no se trataba de hacer una buena boda, sino de ser feliz.

Escrib a Burdeos diciendo que tardara en volver algo ms de lo que
haba prometido.

Todos los das esperaba a Mary despus de que ella conclua su trabajo,
y pasebamos juntos, solos o en compaa de Cashilda la de Recalde. Nos
sentbamos en el Rompeolas y veamos cmo el mar se agitaba entre las
peas. Algunos amigos me dijeron que Machn me espiaba.

--Ten cuidado--aadan--. Machn tiene malas entraas.

Me pareca una amenaza ridcula. Era verdad que, al toparse conmigo, me
miraba de travs; pero no pasaba de ah. Machn, apenas estaba en
Lzaro; tena un magnfico pailebot de recreo bastante grande, muy fino,
hecho en Inglaterra, y se marchaba a pasear por el mar.

El primer domingo que pas en Lzaro fu uno de los das ms felices de
mi vida. Todo el da y toda la tarde estuve en compaa de Mary.

Por la tarde, despus de comer, cuando fu a casa de Recalde a buscar a
mi novia, me encontr con Quenoveva. Le pregunt por su padre, el gran
Urbistondo, y por toda la chiquillera, y, aunque ella se opona y se
ruborizaba, la abrac efusivamente.

A Mary no le hizo mucha gracia el abrazo que di a su amiga, pero se le
pas pronto el enfado.

--Qu le pasa a Quenoveva?--le dije a Mary--. La encuentro ms plida
y triste que antes.

--Es que est algo enamorada.

--De veras?

--S.

--Y de quin?

--De un chico marinero que t no conocers, que se llama Agapito. Y l
no la hace mucho caso.

--No? Qu majadero! Qu ms puede desear ese imbcil?

--Si no le parece bien ...

Encontraba algo absurdo que un simple marinero desdeara a una muchacha
como Genoveva; pero no quise discutir con Mary.

Das despus era la Exaltacin de la Santa Cruz, y haba romera en
Aguir, un monte prximo a Lzaro. Fuimos Mary, la mujer de Recalde con
su hijo y Genoveva con toda la chiquillera de Urbistondo. Llevbamos
una gran cesta, que Genoveva subi hasta la cumbre del monte en la
cabeza sin permitir que nadie le ayudara.

Tomamos por el camino de Elguea. Nunca me haba fijado en la belleza de
este camino. A un lado tenamos el monte poblado de robles, de zarzas,
de helechos, de toda clase de plantas salvajes y de florecillas
silvestres; al otro lado y abajo, el mar, entre castaos y carrascas.

La tarde del domingo era de una calma y de un reposo absolutos; haba en
el aire una temperatura y un olor admirables; la gente suba al monte, y
estos aldeanos, por las cuestas, entre el follaje, parecan figuras de
un nacimiento; algo humilde y pastoril.

Hablbamos y reamos; pero yo en el fondo iba absorto en mi felicidad,
gozando de la hermosura del da, del silencio interrumpido por el rudo
del mar, de los perfumes de la tierra en otoo.

Llegamos a la cima del monte donde se celebraba la romera. Entramos en
la ermita. Brillaban dentro las luces, resplandecan los ex votos y el
barquito colgado del techo se balanceaba con las velas desplegadas.

En el raso de la ermita, cercado por una tapia baja encalada, unas
cuantas muchacas estaban sentadas. Hubo que comprar una rueda de
rosquillas blancas y regalar una a cada uno de los chicos de Quenoveva y
al nio de la Cashilda.

Fuimos despus a merendar entre los helechos. All abajo, en el fondo,
se vea Lzaro como un pueblo de juguete. Ni una lancha apareca en el
mar. Despus de merendar, nos reunimos todos los romeros en el raso de
la ermita.

--Eh, Shanti, hay que bailar!--me dijeron varios viejos pescadores,
algunos dndome una palmada en el hombro.

[Ilustracin]

--Ya lo creo, bailaremos.

Efectivamente; cuando empez la msica, yo fui el primero en sacar a
bailar a Mary.

Despus de la charanga comenz a tocar el tamboril. Genoveva miraba a
Agapito melanclicamente con el rabillo del ojo; yo me acerqu a l, y
dndole un empujn, le dije:

--Anda, no seas tonto; scala a bailar.

El se decidi. El tal Agapito era de estos mozos petulantes que se creen
guapos, y a quienes la estupidez irremediable de las mujeres (al menos
as nos parece a los hombres) va dando alas. Agapito bailaba _ex
cthedra._ Yo me decid a intentar bailar el fandango al son del
tamboril; pero, como no saba mover los pies, hice que se rieran de m
las mujeres y los hombres.

--Bravo, Shanti! Bravo!--me gritaban los viejos pescadores, que se
acercaron a mirarme todos en fila, con las manos metidas en los
bolsillos del pantaln.

--Creo que estoy bailando como un lobo de mar--le dije a Mary.

Ella no pudo contener la risa. Realmente, los dos desmoralizbamos el
baile. Ella, sin poder bailar, rindose; yo, saltando pesadamente con la
gracia de un oso blanco entre los hielos, al lado de Quenoveva y de
Agapito, tan serios y tan graves, ramos un insulto a las tradiciones
ms veneradas del pas.

Sabido es que, entre estas tradiciones, la religin y el baile son las
ms importantes. Por eso dijo Voltaire, con razn, que el pueblo vasco
es un pequeo pueblo que baila en la cumbre de los Pirineos.

Despus de saltar y brincar emprendimos la vuelta entre la algazara de
los chiquillos y las canciones de los mozos.

A primera hora de la noche ya estbamos otra vez en Lzaro, en la plaza,
bailando.

Despus de cada baile, en que yo me cubra de gloria con gran risa de
Mary, dbamos una vuelta por la Alameda. A las diez, tras de una tarde
de gimnasia y una serie no interrumpida de habaneras y de jotas,
ejecutadas (as decimos en el pueblo) unas veces por la banda y otras
por los tamborileros, hubo un castillo de fuegos artificiales que hizo
las delicias de la gente menuda y de los pescadores.

Quenoveva encaj toda su chiquillera a un pariente; la Cashilda dej a
su nio, el futuro antroplogo, en casa, y fuimos luego Quenoveva con
Agapito, la Cashilda, Mary y yo a dar un ltimo paseo al Rompeolas. Esta
es la costumbre clsica de Lzaro.

Al llegar a la cruz del Rompeolas, los hombres suelen poner en ella la
mano y las mujeres los labios.

En el camino, Cashilda me explic una particularidad que yo no saba. Si
las chicas quieren un novio marino--me dijo--, tienen que besar la cruz
por el lado del mar; y si lo quieren terrestre, por el lado de tierra.
Segn parece, hay algunas que no tienen inconveniente en ser anfibias.

Llegamos al Rompeolas, y Quenoveva y Mary besaron la cruz por el lado
del mar.

Al volver a casa, yo quise abrazar a Mary a espaldas de la Cashilda y
devolverle el beso que haba dado a la cruz, pero ella se me escap
riendo.




III


UNA NOCHE EN FRAYBURU

Aunque la vea por las tardes, sola pasar todas las noches por delante
de su casa. Los enamorados son insaciables. Ella estaba junto a los
cristales, me vea, me saludaba y cerraba las maderas del balcn de su
cuarto. Yo necesitaba estar solo para saborear mi felicidad, y en vez de
ir al casino o a mi casa, me marchaba al Rompeolas, me sentaba en el
pretil con las piernas para afuera y miraba el mar a la luz de la luna o
a la luz de las estrellas, retorcindose en torbellinos furiosos.

Una noche, ya al final de septiembre, me haba retrasado. Estaba solo en
el Rompeolas; el mar, agitado, haca el estrpito de una serie de
truenos al chocar contra las rocas, y levantaba nubes de espuma.

O en el reloj de la iglesia que daban las once de la noche, y me dirig
hacia casa. Haba en la explanada del Rompeolas dos grandes redes
puestas a secar, y para no estropearlas pisando encima, me fui hacia el
borde del malecn. Iba marchando de prisa, silbando, cuando de repente
dos hombres se lanzaron sobre m, me agarraron, y antes de que pudiera
gritar me taparon la boca y me ataron los brazos.

Cre que me queran tirar al agua, y mis pensamientos se reconcentraron
en Mary.

Los dos hombres rpidamente me bajaron por la rampa del muelle y me
tumbaron a proa en la cubierta de un barco. A popa haba un hombre
envuelto en un sudeste, a quien no se le vea la cara. A pesar de esto,
le conoc. Era Machn. Me haba llevado a su goleta. Con qu objeto?
Sin duda quera jugarme una mala pasada.

Los dos hombres, dejndome a m atado y con la boca tapada, cogieron
cada uno un remo y, apalancando en las paredes y remando, llevaron el
barco hasta las puntas. Ya all, tiraron de las cuerdas para izar las
velas, chirriaron las garruchas, y dos formas obscuras aparecieron en la
obscuridad de la noche.

El foque se extendi, dando un estallido como si fuera a romperse;
despus se hincharon las otras velas; el barquito se torci
violentamente; yo me agarr para no caerme al agua. Comenzamos a navegar
con gran velocidad.

Encima de mi cabeza la vela se agitaba furiosa, como loca; las garruchas
chirriaban, el mar se cortaba debajo de la punta aguda de lespoln, y
cuchicheaba y pareca entretenerse en contar algo. A veces, la ola
entraba sobre cubierta y me calaba por completo.

La noche estaba muy negra, el viento soplaba con furia, nubarrones
obscuros se extendan por el cielo y dejaban espacios ms claros, donde
brillaba un grupo de estrellas.

Hice un esfuerzo y me quit el pauelo de la boca. Respir a pleno
pulmn. Luego pens con frialdad:

--Qu queran de m aquellos hombres? Si Machn hubiera pensado echarme
al agua, qu esperaba?

Atravesamos la barra dando terribles bandazos, bamos escalando una tras
otra aquellas montaas de agua y bajando despus a los profundos
abismos.

La obscuridad era tan grande que no se vea por encima de la borda mas
que la espuma de las olas, que fosforeca en las tinieblas.

Hice un esfuerzo para volverme y mirar hacia el frente. A dos metros ms
all del foque dominaban las tinieblas y las olas obscuras, en su
concierto continuo de ruidos y de murmullos.

Una hora despus estbamos delante de Frayburu. No s cmo pudo atracar
Machn en la roca, en aquella obscuridad, con la terrible marejada.
Demostr que era un piloto atrevido.

Hizo encallar la proa de la pequea goleta en el arenal de Frayburu.

--Cogedle--dijo Machn a los suyos--y dejadle ah arriba. Puedes hacer
reflexiones durante una temporada--aadi, dirigindose a m con
irona--. Ya sabes que esa mujer no es para ti. Que te conste. Hoy me
contento con dejarte aqu para que vayas madurando tus ideas; otro da
irs a hacer compaa a los peces.

Yo le mir estoicamente y no le contest. Para qu protestar, si mi
protesta no iba a servir de nada?

Los dos marineros se metieron en el agua, me cogieron, el uno de los
hombros y el otro de los pies, y con grandes esfuerzos me subieron a una
meseta de la roca y me dejaron tendido entre malezas y zarzales.

Luego saltaron los dos al barco y o el ruido que hacian al alejarse.

--Buenas noches--me dijo Machn burlonamente.

Segu cultivando mi estoicismo; record que deba tener un cortaplumas
en el bolsillo, y esta idea me anim a esforzarme para soltar la
ligadura de las manos.

La noche estaba tan negra que no vea dnde ni cmo me encontraba; tena
miedo de caer al mar en un movimiento brusco. Las olas rugan en la
obscuridad a pocos pasos de m, de una manera lamentable y desesperada.

Tras de muchos esfuerzos y afanes, desollndome una mano, pude soltarla
de la ligadura. Registr mis bolsillos y encontr el cortaplumas. Lo
abr y cort la cuerda con que me haban atado los pies. Me sent en la
plataforma de la roca; estaba entumecido. Senta un terror espantoso de
pesadilla al pensar que cualquier movimiento poda hacerme caer.

[Ilustracin]

No me atreva a levantarme y a ver la extensin de roca con que contaba;
me pareca que con slo un paso me faltara el terreno o que la pea
donde descansaba estara en una pendiente tan grande que con moverme un
paso podra caerme.

El viento vena en rfagas violentas, haciendo un ruido como si se
hubieran desencadenado todas las furias del Averno. Pas la noche de una
manera horrible; helado, extenuado. A veces senta el temor de
deslizarme. Comprenda que era una ilusin; pero el terror era ms
grande que mis facultades de anlisis, y me agarraba a las piedras hasta
hacerme sangre en las manos, y gritaba frenticamente como un loco.

Cuando comenz a amanecer sent que mi corazn se aligeraba, y mi pecho
respir con desahogo.

La luz vena iluminando el mar, ya calmado y tranquilo.

El resplandor de la maana aumentaba rpidamente; el horizonte se
enrojeca; nubes sonrosadas comenzaron a aparecer en el cielo, y el
disco del sol sali del fondo del mar.

Por entre las zarzas y malezas de Frayburu, en donde yo estaba tendido,
escaparon una porcin de pajarracos y de gaviotas.

Todo el mar iba iluminndose. La brisa ligera haca temblar los maizales
de Izarte; alguna golondrina, sola, como despavorida, pas por el cielo
y se perdi en la extensin del espacio.

Pens en lo que sera mejor. Me decid a esperar a que pasara cerca
alguna trainera. En ltimo caso, aprovechando la marea baja, poda ir
avanzando por las rocas, nadar hasta la gruta del Izarra, y salir, como
en la infancia salimos Recalde y yo; pero el viaje era peligroso, y,
adems, no me haca ninguna gracia la perspectiva de entrar solo en
aquel agujero.

Lo mejor era tener paciencia. Mi madre habra dado parte de mi
desaparicin. Al ver que llegaba la maana y no apareca, la pobre
estara desesperada, pensando que quiz me habra ocurrido alguna
desgracia.

Comenzaron a salir las lanchas pescadoras. Grit, pero iban demasiado
lejos para que me oyesen; tampoco era fcil que me pudieran ver.
Entonces me acord del recurso que el atalayero sola emplear para
comunicarse con los pescadores a gran distancia: el hacer la ahumada. Me
registr los bolsillos; tena fsforos. All no haba paja, pero s
zarzas.

No quera gastar los fsforos en intentar encender hierbas demasiado
hmedas, y fui cortando las zarzas y los hierbajos ms secos con el
cortaplumas, y los puse en una concavidad de la roca resguardada del
viento.

Esper a que saliera el sol y secara un poco la maleza cortada.

Intent encenderla sin papel; no pude. Me registr los bolsillos.
Guardaba unas cuantas cartas de Mary. Era indispensable, haba que
sacrificarlas. Encend una, luego otra, y a la cuarta, una hermosa
hoguera se levant del peasco.

Qu afecto ms extrao deba producir desde lejos esta roca solitaria,
con su penacho de humo en el aire!

--A ver si los que ven el humo creen que es algo diablico y no se
atreven a venir--pensaba yo.

Realmente, aquella llama en el vrtice de la roca deba tener el aspecto
de algo sagrado y religioso.

Cuando se calent el hornillo de la roca, ardan lo mismo las hierbas
secas que las verdes; pero pronto dej talado todo el peasco, sin el
menor rastro de vegetacin.

Pas una hora y otra; lleg el medioda. Impaciente, escudriaba el mar.
Nadie se acercaba. Desalentado, en un momento de cansancio y de
debilidad, me tend al sol y qued dormitando. Me despert una voz y el
ruido de los remos. Una trainera llegaba en mi auxilio. En ella vena
Agapito, el novio de Genoveva, y otros marineros. Al verme tendido se
asustaron, creyndome muerto.

Unos chicos de un bote contaron espantados en Lzaro que haban visto
fuego en Frayburu.

Mary, mi novia, les inst a Agapito y a sus amigos a que se acercaran a
Frayburu, suponiendo que quiz fuera yo el que me encontraba en el
peasco.

No quise decir quin haba sido mi secuestrador; pero todo el mundo lo
comprendi.

Los de la lancha me dijeron que me limpiara la frente, pues la tena
manchada de gotas de sangre por los pinchazos de las zarzas.

Al llegar al muelle vi a mi madre y a Mary, que me esperaban. Las dos me
abrazaron llorando.

--Ahora, abrazaos vosotras--les dije yo.

Y mi madre estrech a Mary contra su pecho y la bes varias veces
efusivamente.

El juez me interrog por si sospechaba quin poda ser el secuestrador,
pero yo declar que no tena ningn indicio.

Despus supe que la maquinacin de Machn no se haba limitado a
llevarme a m a Frayburu. La misma maana envi una carta a Mary,
citndola a la salida del pueblo, firmada con mi nombre; pero la
Cashilda y mi novia sospecharon un lazo, e, interrogando al chico que
llev la carta, averiguaron que proceda de Machn. Al saber luego que
yo haba desaparecido, comprendieron el plan del poderoso enemigo
nuestro.




IV


ARDIDES DE GUERRA

Al ver a Machn de nuevo, comprend que se haba declarado entre los dos
una guerra a muerte. El, con su dinero y su influencia, poda hacerme
mucho dao; yo tena de mi parte a casi todos los pescadores y marineros
dispuestos a defenderme.

No era fcil que mi enemigo me cogiese desprevenido como la otra vez;
contaba con una polica espontnea que vigilaba mis pasos.

Mi madre estaba deseando que me casara cuanto antes, pero haba que
pedir dispensa por razn de parentesco; en la fe de bautismo de Mary
apareca como hija legtima de Juan de Aguirre y Lazcano.

Un da, al volver a casa, me encontr con que haban dejado un bulto
para m. Era una caja de unos veinte centrmetros en cuadro, muy
empaquetada y llena de sellos de lacre.

--Qu es eso?--me dijo mi madre.

--No s.

--Has pedido algo?

--Yo, no.

--Pero, esperas alguna cosa?

--Ninguna.

Desat el paquete, le quit el papel, y apareci una caja de metal con
su asa, y en sta una llave sujeta por un cordn. En la tapa, en una
banda de papel pegada, pona: Muy reservado. Para abrirla a solas.

Estaba soltando la llave para meterla en la cerradura, cuando mi madre
me dijo:

--No la abras; no s por qu me parece que viene algo malo para ti
dentro.

Me detuve. La verdad es que esta caja con su advertencia era sospechosa.
Pesaba lo menos tres o cuatro kilos. La dej sin abrir, cog los papeles
que la envolvan, y mir a ver si en ellos haba alguna indicacin de su
procedencia. Nada; no haba nada. Llamamos a la criada, que era una
muchacha nueva.

--T has recibido esta caja?--le pregunt.

--S.

--Quin la ha trado?

--Un hombre.

--Me lo figuro. Pero qu hombre? Un hombre de aqu del pueblo?

--No; yo al menos no le conoca.

--Cundo ha venido?

--Un poco despus de llegar la diligencia.

--Y qu ha hecho?

--Nada; ha preguntado por usted, ha dejado el paquete y se ha ido.

--Le has visto luego en la carretera?

--No.

--Ha pasado la diligencia en seguida?

--S; no ha tardado mucho.

--De manera que se ha podido marchar en el coche?

--S; muy bien puede ser.

A la maana siguiente, cuando pas Samson, el cochero, le pregunt si
recordaba las seas de un hombre con una caja, que haba venido en el
coche el da anterior; pero no recordaba ms que de un carnicero con una
cesta y de una mujer con un saco.

No tena mucha confianza en Samson, porque era hombre muy marrullero, y
no quise preguntarle ms.

Habl del caso a Garmendia, el farmacutico, y ste me dijo:

--Lleve usted la caja a la botica, y veremos lo que tiene dentro.

Por la noche la cog y la llev.

--Indudablemente, aqu, si hay algo peligroso, debe estar en abrir la
caja con la llave. Vamos a atacarla por otro lado.

Garmendia mand un recado a Zapiain, el relojero, pidindole un
taladrador de metales, y cuando volvi el mancebo de la botica con l,
nos pusimos los dos a horadar la caja por uno de los lados. La caja era
fuerte y nos cost mucho tiempo el conseguir hacer un agujero. Hecho
ste, metimos una aguja y miramos a ver si sala algo del orificio. Al
poco tiempo sali un polvo negro.

--Qu ser esto?--pregunt yo. Parece plvora.

--Lo es--contest Garmendia--. El que le ha mandado a usted esto no es
un amigo. Probablemente si llega usted a intentar abrir la caja, lo
hubiera usted pasado muy mal.

Hicimos otro boquete en el metal y sumergimos la caja en agua para que
la plvora se humedeciese, y a los dos das, cuando ya se notaba que
toda la plvora estaba mojada, abrimos la caja. Haba dentro un
mecanismo ingenioso, formado por varios tubos de pistola en forma de
abanico, que disparaban al meter la llave en la cerradura y abrir la
tapa. Segn me dijo Garmendia, unos aos antes haban enviado una caja
igual al general Egua, y al abrirla se le destrozaron las manos.

Tampoco quise dar parte a la autoridad de esta tentativa de asesinato de
Machn; lo que s hice fu contar lo ocurrido a la Cashilda y advertirle
que si vena algo de fuera para Mary, no se lo diese. Ella, horrorizada,
me dijo que no tuviese cuidado; si algo llegaba, ella lo detendra y me
lo enviara.

Una semana despus, la Cashilda me entreg un peridico de Bilbao que se
haba recibido para Mary. Me pareci la previsin un tanto exagerada;
pero al leerlo, cre que me haba salvado de un peligro tan grande como
el de la caja explosiva.

El peridico traa al principio una narracin que se llamaba: El duelo
de Shanti Anda, y contaba mis amores con Dolorcitas en Cdiz y mi
desafo con el marido, todo arreglado de tal manera, dicho con tal
perfidia, que yo apareca como un miserable completo.

El artculo me produjo una clera profunda y determin insultar y
abofetear a Machn la primera vez que lo encontrara.

Ya haca tambin aproximadamente un ao que haba muerto el padre de
Mary, y tena que entregar a Machn el sobre de mi to Juan. Mi to me
recomend que se lo diera en su mano, y pens hacer las dos cosas al
mismo tiempo: entregarle el sobre y desafiarle.

No s cmo se enter el mdico viejo de mi resolucin; el caso fu que
dijo que tena que acompaarme.

Yo me opuse, pero al fin me convenci. Fuimos juntos a Izarte, en coche.
Paramos en casa de Machn y subimos los dos a su despacho. Me choc ver
a mi enemigo de cerca. En poco tiempo se haba avejentado. Quiz, en
vista de su aire miserable, parte de mi clera desapareci. Machn nos
mir con aire sombro, nos salud y nos dijo:

--Qu queran ustedes?

--Este seor tiene que hablarle--contest secamente el doctor--. Yo le
hablar despus.

Machn levant la cabeza, asombrado del tono del mdico, dispuesto, sin
duda, a replicar con violencia; pero se call.

--Yo vengo a hacer dos cosas--dije yo--. La una, entregarle a usted
este sobre del difunto padre de Mary.

--A m?--pregunt l en el colmo del asombro.

--S, a usted--y saqu el sobre y lo dej encima de la mesa.

--Est bien, muchas gracias--murmur l.

--La otra, que no emplee usted medios tan miserables y tan indignos como
ste--y ech el peridico al suelo.

Las mejillas plidas de Machn tomaron un tono rojo, sus pupilas
fulguraron; pero no replic.

--Yo tambin tengo que hablar con usted--dijo el doctor, con severidad.

--Muy bien. Si usted quiere, ir a su casa esta tarde.

--A qu hora?

--A las cuatro, si le parece bien.

--Bueno.

--Pues a esa hora all estar.

El doctor y yo nos levantamos, dejamos a Machn entregado a su
desesperacin, y nos fuimos.




V


LA TEMPESTAD

Unos das despus, una maana de octubre, me despert con el ruido
furioso del viento.

--Hoy debe estar el mar digno de verse--me dije a m mismo, y aunque
todava no haba aclarado, me vest, me puse el impermeable y me ech a
la calle.

Amaneca una maana imponente, con un temporal deshecho. El viento muga
en las calles. Las mujeres y chicos de los pescadores que haban salido
al mar estaban en el Rompeolas y en el muelle contemplando el horizonte
en actitud de trgica desesperacin.

Recorr el muelle luchando con las rfagas de aire y sub al cobertizo
del atalayero en el Rompeolas.

El viejo, con su gorra calada hasta las orejas, envuelto en el sudeste,
se asomaba a una de las ventanas de la atalaya. Tena la bocina en una
mano y el anteojo en la otra. No estaba contento; prevea una
catstrofe.

--Estos pescadores son unos brutos--murmur--. Quieren salir, haga buen
tiempo o malo. Sin comprender que vale ms pasar apuros que no quedar
sepultado entre las olas.

El viejo me explic con detalles varias costumbres de pescadores, que yo
ignoraba.

[Ilustracin]

--Los pescadores--me dijo--suelen tener algunos seeros en el Izarra y
en Aguir, para que estudien los cambios atmosfricos. Si las seales
son de bonanza, se lo indican a las llamadoras, que se encargan de ir
avisando a los tripulantes de cada chalupa dando fuertes golpes en las
puertas de sus casas. Si las seales son de tempestad, no hay aviso;
pero si el tiempo es dudoso, los seeros, en vez de mandar recado a
todos los pescadores, llaman slo a los patrones, y en el extremo del
muelle, al amanecer, discuten las probabilidades de que haya bueno o mal
tiempo. Si no se llega a la unanimidad, entonces se somete el fallo a
votacin, se saca una caja de madera con dos compartimientos y dos
ranuras. Junto a una de stas hay pintada una lancha; al lado de la
otra, una casa. La lancha quiere decir que se puede salir al mar; la
casa, que hay que quedarse en tierra. La votacin suele ser
absolutamente secreta. Cada patrn echa su cartoncito en el lado de la
lancha o en el de la casa, y luego se cuentan unos y otros. Si hay ms
votos para salir, el que quiera puede ir al mar, y el que no quiera
puede quedarse; si la mayora vota por no salir, entonces es obligatorio
permanecer en tierra, y al que no cumple el acuerdo se le condena a una
multa y se le decomisa el pescado que traiga.

--Hoy--termin diciendo el atalayero--, despus de discutir los
patrones, tuvieron en la votacin una mayora de pocos votos los
partidarios de salir. Muchos de los que haban votado por la salida, al
ver el cariz del tiempo, concluyeron por quedarse.

La maana iba ponindose cada vez peor. El viento soplaba furioso; las
olas, como montes, suban por las rocas, llegaban hasta las casas,
arrancaban puertas, arrastraban todo cuanto encontraban.

Llegaban rtmicamente, entraban por las ventanas de la atalaya, nos
llenaban de agua al viejo atalayero y a m, y salan por la escalera de
piedra con un ruido de catarata. Algunas veces golpeaban la pared del
cobertizo de tal modo que pareca que un puo revestido por un
guantelete de hierro llamaba con fuerza.

El aspecto del mar iba siendo cada vez peor. Segn dijo el atalayero,
quedaban an cuatro lanchas fuera del puerto.

Vi cmo se acercaban dos en medio de las olas. El atalayero, con la
bocina, les mand pararse, y, cuando vi la ocasin propicia, grit:
Avante!

Las dos lanchas, danzando en el agua, desapareciendo entre las espumas,
se acercaron a la barra, atravesaron las puntas y entraron en el puerto.

--Las otras estn all--me dijo el atalayero, sealndolas--; sera
preferible que se alejaran a coger Guetaria. Deben venir cansados. Si
pretenden entrar aqu, se van a perder. Quiere usted decirle a
Larragoyen, el patrn, que prepare el bote de salvavidas?

--S, hombre.

Sal de la atalaya, cruc el Rompeolas. El mar saltaba por los malecones
y llegaba hasta las mismas casas, haciendo un ruido de terremoto.
Metindome por el agua, llegu hasta el ngulo del muelle y dije a los
pescadores lo que pasaba, lo que me haba dicho el atalayero. Se solt
el bote de salvavidas. Larragoyen y otros marineros fueron entrando, a
pesar de los gritos de sus mujeres. A m me miraban, como diciendo: Qu
ir a hacer ste? Salt al bote, y Larragoyen, con una galantera
marina, me dijo que dirigiera yo. La lancha no tena timn. Para
momentos peligrosos, es ms conveniente un remo largo, bien sujeto a
popa, haciendo de espadilla. Todas las mujeres y chicos nos contemplaban
con ansia. Era un momento aquel por el cual yo tena la certidumbre de
que haba de pasar alguna vez en mi vida.

Quiz mi sino era morir asi, en el mar, de hroe, y que los chicos de mi
pueblo hablaran de Shanti Anda como de un personaje de leyenda.

La primera impresin al entrar en el bote fu de sofocacin; los
sudestes y Ciras de los pescadores echaban un olor, mezcla de aceite de
linaza, de pescado frito y de agua de mar, muy desagradable.

[Ilustracin]

Esperamos a ver lo que ocurra, los seis hombres en los remos; yo, de
pie, en el timn. Una de las barcas pas; la otra, segn dijeron, se
perda.

--Hala! Fuera!--dije yo.

Salimos de las puntas. El horizonte se llenaba de nubes negras, cuyas
formas cambiaban continuamente; a lo lejos, en el fondo del cielo, cerca
del agua, se vea una barra negrsima, cuyo borde superior tena un
tinte cobrizo. Las olas, enormes, amarillas, venan de tres o cuatro
partes diferentes y se rompan en un torbellino de espumas.

En este momento, Larragoyen, quitndose la boina, dijo:

--Un padrenuestro por el primero de nosotros que se ahogue.

Confieso que la cosa me hizo muy mal efecto. Rezaron todos; yo miraba a
lo lejos. El atalayero nos grit que no furamos directamente hacia
donde haba zozobrado la lancha, sino dando la vuelta.

As lo hicimos. Realmente la tormenta era ruda; pero manejable; el
viento soplaba siempre del mismo lado, sin cambiar apenas. El bote
saltaba como un delfn sobre las olas.

Estos peligros grandes y aparatosos quitan el miedo, sobre todo si uno
tiene que asumir la responsabilidad; entonces dan la impresin de un
problema de matemticas que hay que resolver. Desde el mar, el
espectculo de la tierra era extrao. El pueblo entero pareca invadido
por las olas y las espumas.

Por intervalos llegaba una ola casi cilndrica, como hueca, ms
voluminosa que las otras. En vez de recibirla de travs, maniobramos
para cogerla de frente, o, por lo menos, en un ngulo lo ms acentuado
posible.

Esta maniobra de defensa nos obligaba a inclinarnos y a perder el rumbo.
Dimos la primera vuelta, pasando por el sitio donde haba zozobrado la
lancha, y recogimos dos nufragos; luego volvimos a dar otra vuelta y
pudimos salvar otro; a la tercera vuelta, no encontramos a nadie.

Faltaban Agapito, el novio de Genoveva, y tres muchachos ms. Nuestros
remeros estaban rendidos. Nos acercamos a las puntas, y el atalayero con
la bocina nos mand detenernos.

Yo le dije a Larragoyen que me pareca mejor seguir e intentar pasar la
barra lo ms pronto posible. Ir a guarecerse a Guetaria, con la gente
cansada y anhelante, me pareca peligroso. Larragoyen nada dijo.

El sostenerse all era casi tan peligroso como pasar. Despus de las
tres olas fuertes, los golpes de mar de ordenanza, como les llaman los
marinos, vena un momento de relativa calma. Este momento crea yo que
se deba aprovechar para atravesar la barra; pero los hombres estaban
rendidos.

Yo empec a ver la cosa mal; los hombres se encontraban jadeantes,
demasiado cansados para hacer un esfuerzo verdadero y eficaz.

Nuestra inquietud iba en aumento; la moral de nuestros remeros
desfalleca. A m me sostena la idea de la responsabilidad. Desde donde
estbamos, a veces, se oan las conversaciones de la gente en el
Rompeolas; a veces, en cambio, no llegaban hasta nosotros los gritos del
atalayero con su bocina.

Los marineros iban perdiendo tono; cuanto ms tiempo tardramos en
intentar atravesar la barra, nuestra probabilidad de pasar era menor.

El mar segua cada vez ms furioso; las nubes corran por el horizonte
de una manera tan rpida que producan el vrtigo. En esto, una ola de
aquellas cilndricas, como hueca, se nos ech encima, vino en diagonal
tan rpida, tan sbita, que no hubo tiempo de ponerle la proa. La ola
di un golpe en la espalda de los dos primeros remeros, les hizo
torcerse violentamente y pas por encima de nosotros.

No hubo nadie de los nuestros que no creyera que aquel era nuestro
final. Al verme todava en la lancha, yo me indign.

--Estamos aqu parados estpidamente--les dije--. Hay que pasar. Hala!

--Nada, vamos--dijeron todos.

Estbamos dispuestos a hacer un esfuerzo supremo, cuando, con un enorme
estupor, vimos la goleta de Machn, que vena, saliendo de las puntas,
con el foque hinchado, como un cisne fantstico, rasando el agua.

Todos nos quedamos atnitos. El pailebot sali de las puntas y di una
larga vuelta, con una rapidez inaudita. Llevaba dos pasajeros: Machn y
su criado. Era admirable de precisin: una maniobra mal hecha, una
cuerda rota, y la goletilla iba al fondo del mar.

Al cambiar de direccin cremos que se hunda; hubo un momento en que
estuvo tendida casi por completo; pero pronto se fu enderezando y vino
hacia nosotros ciendo el viento. Sobre la cubierta estaba Machn,
tendido, acurrucado, y, al pasar cerca de nosotros, nos ech una cuerda.
Uno de los que iban a proa la cogi y la sujet. Nuestro bote di un
salto al ser arrastrado por la goleta y comenz a hundir la proa en el
agua.

Machn, sin atender a las indicaciones del atalayero, se lanz sobre las
olas amarillas de la barra, all donde se confundan el cielo y el mar,
y pas l y pasamos nosotros con una velocidad vertiginosa, tan pronto
en la cumbre de una montaa de agua, como casi atravesndola por en
medio.

Antes de que nos diramos cuenta estbamos a salvo; Machn y su criado
bajaron las velas y nosotros remolcamos la goleta.

Salimos al muelle. En aquel momento los chicos de la escuela volvan de
rezar de la ermita por nosotros y nos contemplaban con admiracin.

Machn saba que entre los pescadores era odiado, y no quiso presentarse
como nuestro salvador. El y su criado se retiraron. A este ltimo le
detuve y le dije:

--Han estado ustedes admirables. Qu bien han hecho la maniobra!

--S, el barco es bueno--dijo el criado.

--Y los tripulantes.

El hombre me di las gracias y desapareci tras de su amo.

Ni mi madre ni Mary se haban enterado de lo sucedido. Iba a marcharme a
casa, cuando los pescadores porfiaron en que les acompaara, y tuve que
prometerles que por la noche ira al Guezurrechape del muelle a comentar
los acontecimientos del da.




VI


UNA CANCIN PESADA

Cuando, por la tarde, le cont a Mary lo que haba pasado, vi a mi novia
palidecer y llorar. La conducta de Machn la dej asombrada, y la muerte
de Agapito la impresion por el pesar que producira a Genoveva.

Mary y yo fuimos los encargados de comunicar a la muchacha la triste
noticia. Vino con nosotros una hermana de Agapito, que estaba sirviendo
en Lzaro. Al llegar al faro, Genoveva sali a abrirnos, y al vernos a
los tres comprendi rpidamente lo que pasaba y se alej llorando.

Yo me separ de las tres muchachas y fu a ver al gran Urbistondo, que
me explic sus ideas acerca del sentimentalismo de las mujeres con una
seriedad un tanto cmica.

Volvimos a Lzaro, dejando a la hija del torrero anegada en un mar de
lgrimas.

Por la noche fui al Guezurrechape, como haba prometido. All estaban
Larragoyen y sus amigos, que me recibieron entre aplausos y gritos. Ya
nadie se acordaba de los sepultados por la maana en el mar. As es la
vida. Ellos vivan, despus de haber estado cerca de la muerte, y
celebraban su fortuna. Andaban todos un poco intoxicados por el alcohol
y se contaban uno a otro las mismas cosas que juntos haban visto. En
general ninguno quera creer en la buena intencin de Juan Machn al
socorrernos.

--Pero qu otro objeto poda tener?--pregunt yo.

--Quin sabe, Shanti, quin sabe!--me dijeron.

Alguno lleg a manifestar la sospecha de si Machn no habra salido con
su barco con la idea de hacernos naufragar. No era posible convencerles
de otra cosa y los dej. A un marinero, y a un marinero vascongado, no
se le convence nunca de nada.

Yo pensaba que Machn era, sin duda, un hombre violento, capaz de cosas
buenas y de cosas malas, dispuesto lo mismo a salvar a una persona
exponiendo su vida que a asesinarla; pero ni al mismo Larragoyen, que
era una persona sensata, le pude convencer de esto.

Se olvidaron los detalles tristes de la jornada, para entregarse a la
alegra y al vino. Yo me sent entre los patrones y tomamos caf y ron.

[Ilustracin]

Shempelar, el del astillero, sac a relucir una cancin que se repiti
hasta el mareo. La gracia de la cancin consista principalmente en que
se refera a un capitn piloto y se hablaba de un Shanti.

En el fondo, la cancin no deca nada; pero eso qu importa? Casi
siempre, y aunque parezca absurdo, cuando menos dice una cancin es
mejor. La cancin era as:


  Ni naiz capitn pillotu
  Neri bear rait obeditu
  Buruban jartzen batzait neri
  Bombillun bat, eta
  Bombillum bi
  Eragiyoc Shanti
  Arraun or.


(Yo soy el capitn piloto--Hay que obedecerme a m--Si se me ponen en la
cabeza--Una botella grande--y dos botellas--Mueve Shanti ese remo!)
As estuvimos repitiendo cancin y estribillo hasta media noche.
Despus se cantaron otros muchos zortzicos y luego vino un muchacho con
un acorden, que trenzaba, sin parar, la msica ms heterognea; un vals
se converta en una habanera, y sta apareca al final con las notas de
_La Marsellesa_ o de un himno cualquiera.

Yo, en el estado de pesadez que me encontraba entre los vapores del
alcohol y el humo del tabaco, persegua estas melodas atropelladas,
monstruosas, que salan de la filarmnica y que iban cambiando a cada
instante.

A veces deca:

--Bueno, seores, me voy--y me levantaba para marcharme.

--No, no--decan todos.

--No te vayas, Shanti--gritaba un viejo.

--Tengo que marcharme.

--Fuera! Fuera! Ese patrn al agua! No te vayas, Shanti--gritaban los
dems.

Cuando ya no podamos con nuestra alma, abandonamos el Guezurrechape, y
nos fuimos a casa. Llova, el muelle estaba cenagoso; yo me equivoqu y
en vez de ir hacia casa fu al Rompeolas. Gracias al sereno, que me
encontr y me acompa hasta casa, pude encontrarme al amanecer en mi
cuarto.




VII


MACHN DESAPARECE

Haca ya mucho tiempo que Machn no se ocupaba de Mary ni de m para
nada. No se le vea jams por Lzaro.

Se iba acercando el da de nuestra boda.

Una noche, al entrar en casa, vi a Machn que me esperaba en el portal.
Me ech a temblar, lo confieso. Qu querra aquel hombre?

--Tengo que hablar con usted--me dijo.

--Bueno, pase usted a casa--le indiqu.

Pens que no intentara atacarme. Adems, yo era ms fuerte que l.

Pas Machn, subi las escaleras conmigo, entr en mi cuarto y se qued
mirando los libros de mi armario y los cuadros de las paredes, con gran
curiosidad.

--Vienen de casa de su abuela estos cuadros?--pregunt.

--S.

Qued mirndolos de nuevo. Yo le contemplaba con marcada impaciencia.

--Usted dir lo que quiere ...--le advert.

--S. Voy a decrselo a usted en seguida. Me entreg usted un sobre del
padre de Mary....

--Cierto.

--Pues yo le tengo que entregar a usted otro para ella. Dselo usted el
da de la boda.

--No ser una venganza?

--No, no; puede usted estar tranquilo. Dgale usted que es de parte de
su familia. Ser para usted y para ella una sorpresa agradable.

Tom el sobre, vacilante. El sigui mirndolo todo con atencin.
Luego me dijo:

--Est su madre de usted?

--S.

--Quisiera saludarla.

--Bueno, pase usted.

Entramos en el cuarto de mi madre que, al ver a Machn, qued
sorprendida no s por qu: Machn estuvo con ella muy amable. Hablaron
los dos largo rato. Yo estaba inquieto con aquella visita
incomprensible.

--Qu cambio es ste?--me preguntaba.

Al salir Machn, me dijo:

--Quiero marcharme de Lzaro. Probablemente ya no nos volveremos a ver.
Me guarda usted rencor?

--No, nunca, a pesar de que creo que tengo motivos.

--Entonces, adis!

Me tendi la mano, yo alargu la ma y me la estrech con fuerza.

Al volver encontr a mi madre un poco excitada.

--Qu te pasaba?--la dije.

--Nada, que al verle entrar he credo que vena mi hermano Juan.

--Eh?

--S.

--Tanto se parece?

--Es idntico.

El tal Machn era un tipo raro en todo, en su conducta, en sus parecidos
y en las simpatas y antipatas que despertaba.

Das despus, una maana de otoo muy clara y muy hermosa, Machn, con
su criado, se embarc en la goleta. Pasaron das, semanas; han pasado
aos; no ha vuelto a saberse ms de l.

El da de mi boda, al llegar a casa de mi madre, Mary abri el sobre que
me haba dado Machn. Cayeron sobre la mesa una porcin de papeles. Eran
acciones de minas, ttulos de la Deuda..., una fortuna. Entre ellos
haba una carta, que deca as:

Mi querida Mary: La carta de tu padre que me trajo tu marido hace algn
tiempo me revel que t y yo somos hermanos, hijos del mismo padre.
Shanti, a quien tanto he odiado, es pariente mo, casi hermano.

Yo soy hijo de Juan de Aguirre y de una muchacha, sirviente de casa de
nuestra abuela. No le culpo a mi padre del abandono en que me han
tenido. La fatalidad lo ha dispuesto as.

Tu marido y t tendris seguramente la idea de que soy un hombre
perverso y daino. No he podido ser otra cosa; todo el mundo me hizo
sufrir cuando era un miserable; yo he contestado haciendo sufrir a los
dems cuando he sido poderoso.

La bondad es la fuerza de los privilegiados. La envidia y la tristeza
del bien ajeno son enfermedades del espritu. Los que han luchado y se
han agitado en los antros donde se muerden los pestferos estn
contagiados.

No todo el mundo puede ser sano, ni todo el mundo puede ser bueno. Yo
aun no lo puedo ser, y como no lo puedo ser, al enviarte esta dote a ti,
hermana ma, para que puedas vivir con tu marido, pienso que sta es mi
venganza, la venganza del abandonado, la venganza del sarnoso contra el
sano, la venganza del miserable con el descendiente de la familia
considerado y mimado.

Adis, querida hermana. Felicidades.

Juan.

Al escribir esta carta se vea que Machn habla arrugado el papel y lo
haba mojado con sus lgrimas.

Machn, nuestro enemigo, se converta en nuestro protector y nuestro
pariente.

[Ilustracin]





LIBRO SEXTO




LA SHELE




I


HABLA EL MDICO VIEJO

Unos das despus de mi matrimonio, el mdico viejo me encontr en la
calle y me dijo con grandes extremos que fuera a su casa. Me tena que
hablar. Fu despus de comer; pasamos a un despacho con armarios, que
tena en las paredes unas lminas anatmicas bastante desagradables; el
doctor me hizo sentarme en una poltrona, y me dijo:

--Sabrs que se march Machn?

--S, ya lo s.

--Sabes a qu se debe el cambio que hizo con relacin a tu novia y a
ti?

--No.

--Pues a lo que le cont el mismo da que fuimos a verle en este
despacho. Estaba ah sentado, donde t ests. Al principio me oa
irnicamente, con aquella sonrisa dolorosa que le caracteriza; pero
cuando le cont lo que te voy a contar a ti, se transform. Lloraba como
un chico. No crea que tuviera el corazn tan blando. Yo mismo me
conmov.

--Y a qu se refiere lo que me va usted a contar?

--Se refiere al padre y a la madre de Machn.

--Los ha conocido usted?

--S.

--A los dos?

--A los dos.

       *       *       *       *       *

El mdico empez as:

--Hace ya ms de cuarenta aos acababa yo de venir de Regil, en donde
estuve dos aos de mdico.

En aquella poca Lzaro no era como ahora; haba cuatro o cinco
familias que mandaban, y, entre ellas, la de Aguirre y la de Andonaegui
eran de las ms principales e influyentes.

Siendo mdico aqu, haba que estar bien con ellas, so pena de perecer y
no tener una visita.

Yo iba con mucha frecuencia a casa de tu abuela, que por entonces se
haba quedado viuda.

Tu abuela tena en casa una muchacha, que era ahijada suya, y a quien
llambamos la Shele. Yo bromeaba mucho con ella cuando iba a a tomar
caf a Aguirreche.

--Qu hay, Shele?--la deca.

--Nada, seor mdico.

--Cundo piensas casarte?

--Cuando me quieran--contestaba ella con gracia.

--No tienes novio todava?

--No.

--Pues en qu ests pensando?

--Ella sonrea mientras llenaba las tazas de caf. La Shele era muy
bonita, muy modosita, muy fina. Era este tipo vascongado, esbelto, que
tiene algo de pjaro. Muchas veces yo pienso--aadi el mdico
viejo--que nuestra raza no es fuerte. Esto no lo digo delante de un
forastero, no, jams. Esta raza vasca es bonita, fina de tipo, pero en
general no es fuerte. Tiene ms resistencia la gente del centro:
aragoneses, riojanos y castellanos. Esta es una raza vieja que se ha
refinado en el tipo, aunque no en las ideas, y que no tiene mucha fuerza
orgcica. T habrs visto que aqu una muchacha se casa y al primer hijo
se le caen los dientes, parece que se le alarga la nariz.... Pero me
alejo de mi historia. Vuelvo a ella.

Una maana de invierno muy hermosa y muy clara me llamaron para ir a
Aguirreche. Haca pocos das que tu to Juan haba marchado a embarcarse
a Cdiz.

--Esto es un hospital--me dijo tu abuela--. Todos estamos enfermos.

Vi a tu abuela, a tu madre, a tu ta rsula, y, al marcharme, me
dijeron:

--Espere usted, que tambin la Shele est mala.

Entr la muchachita, muy plida y muy triste, y salud, sin levantar los
ojos del suelo.

--Vamos, acrcate--le dijo tu abuela.

Pude notar que la Shele sufra y que las comisuras de sus labios
temblaban, como por un sufrimiento contenido.

--Qu tiene esta muchacha?--pregunt yo alegremente.

--Debe estar enferma del estmago--dijo tu abuela--. Tiene vmitos,
est ojerosa.

Contempl a la muchacha, que baj la vista; le tom el pulso, y dije:

--Que vaya a mi casa y la reconocer ms despacio.

--Bueno, ya ir. Cree usted que tendr algo grave?

--Ya veremos.

Me desped de la familia y segu haciendo mi visita.




II


LA CONFESIN

Acababa de tomar caf; estaba charlando con mi madre y mi hermana en esa
pequea galera de cristales que da a la huerta, cuando entr la Shele.
Acud a su encuentro, la pas al despacho y cerr la puerta.

--Sintate--la dije.

La muchacha se sent y yo comenc el interrogatorio.

--Hace mucho tiempo que ests en Aguirreche?

--S, ya va a hacer mucho tiempo.

--Cuntos aos tienes?

--Diez y ocho.

--Tus padres estn en un casero de la familia Aguirre, verdad?

--Si, seor.

--Les tienes cario a los de tu casa?

--S, seor.

--A la seora y a las seoritas?

--Si, seor.

--Y al seorito Juan?

--Tambin.

Y la muchacha se ruboriz. Yo continu con mis preguntas.

--No quieres marcharte de Aguirreche?

--No, seor.

--No tienes confianza en m?

La muchacha me mir extraada, preguntndose, sin duda, por qu le
diriga estas cuestiones. Yo segu el interrogatorio.

--Digo si tienes confianza en m. Si crees que soy un hombre malo.

--Un hombre malo! No; no, seor.

--Entonces, tienes confianza en m? No crees que yo te quiera hacer
dao?

--No; no, seor; yo no he dicho eso.

--Ya s que no lo has dicho; te lo advierto, para que sepas que soy tu
amigo, que te quiero bien. Comprendes?

--S, seor.

Entonces ya le dije claramente lo que tena que decirle.

--T has tenido amores con el seorito Juan, verdad?

--No; no, seor.

--Para qu negarme la verdad! T has tenido amores con l, y lo que te
pasa es la consecuencia natural ... Comprendes?

La Shele call y baj la cabeza.

--Te prometi casarse contigo? Te enga?

--No, no me enga; no me prometi nada.

--Sabe en qu estado te encuentras?

--No, no lo sabe.

--Y por qu no se lo dijiste antes de que se marchara?

--Me daba vergenza.

La muchacha ocult la cara entre las manos y comenz a llorar en
silencio.

--Ay, en!--deca, de cuando en cuando, sofocando un suspiro.

Yo la contemplaba emocionado.

--Bueno, clmate--la dije--. Aqu el nico que sabe tu estado soy yo.
Qu piensas hacer? Vale ms que te resuelvas pronto, antes de que noten
tu estado. Comprendes?

--S, seor.

--Qu te parece que hagamos? Le escribimos a Juan?

--Bueno.

--Sabes sus seas?

--S; va de Cdiz a Filipinas en un barco.

--No sabes ms?

--No.

--Debas enterarte del nombre del barco.

--Bueno. Ya me enterar.

--Y mientras llega la carta y la recibe, si es que la recibe, qu
piensas hacer? Ir al casero?

--No, al casero, no. Mi padre y mis hermanos me pegarn.

--Entonces, quieres que yo se lo diga a la seora para ver qu decide?

--No, no. Ay, en!

--Pues, qu vas a hacer? Adnde vas a ir?

--No s.

La Shele miraba el suelo y suspiraba. Las lgrimas corran por sus
mejillas.

Yo, algo impaciente, me levant y la dije:

--Nada, t decidirs. Yo ya te he indicado lo que te puede pasar. No s
qu aconsejarte.

La muchacha suspir ms fuerte, y viendo que me dispona a salir, me
detuvo.

--No, no me deje usted.

--Qu quieres que haga?

La Shele pens un momento, y dijo:

--Escrbale usted al seorito Juan!

--Le escribir, pero va a tardar mucho en saber la noticia. Si ha salido
de Cdiz, hasta dentro de un ao no vamos a poder tener noticias suyas.

--Entonces dgale usted a la seora lo que me pasa. A ver qu quiere
hacer conmigo.

La pobre muchacha me dio lstima. Se entregaba a su suerte adversa, como
un cordero que llevan al sacrificio.




III


LA VENTA DE LA TERNERA

Yo insinu varias veces, hablando con doa Celestina, despus de
comunicarle lo que le ocurra a la muchacha, que deba dar cuenta a su
hijo de lo que pasaba con la Shele; pero comprend que era intil y que
estando en su mano no haba de hacer nada con ese fin.

Saba que Juan de Aguirre navegaba en la derrota de Cdiz a Filipinas,
pero ni la Shele ni yo pudimos averiguar en qu barco. A pesar de todo
le escrib, y la carta no debi llegar, porque no tuve contestacin.

Mientrastanto, doa Celestina y el vicario haban decidido casar a la
Shele. Como sabes, aqu a los matrimonios que se hacen entre la gente
del campo, atendiendo slo al dinero, se llaman _la venta de la
ternera_. En el caso aqul no era la venta corriente, sino la de una res
estropeada y enferma, y haba que dar mucho dinero encima para sacarla
de casa.

--Nada, hay que llevarla de aqu cuanto antes--dijo el vicario--; que
vaya a vivir a otro pueblo o a un casero lejano, y nadie tendr en
cuenta si la criatura ha nacido antes o despus del plazo legal.

--S, es lo ms conveniente--aadi la seora de Aguirre--. A usted qu
le parece, doctor?

--Yo digo lo de siempre; antes consultara con Juan--replicaba yo.

--Juan no vendr aqu hasta dentro de cuatro o cinco aos.

--Y mientrastanto, cmo se evita el escndalo!--exclam el vicario.

--No, no; si eso no puede ser--repuso doa Celestina--. Es perder el
tiempo hablar de Juan. Aqu lo nico es encontrar un marido y casarla.

--Creo lo mismo que doa Celestina--agreg el vicario, --Pues vamos a
ver quin nos convendra. Yo conozco a todas las familias de los
caseros ... El mozo de Olazbal est casado, el de Olazbal Aspicua es
muy joven, el de Endoya se ha ido a Somorrostro ...

--En Iturbide hay un muchacho carbonero ...--insinu el cura.

--Pero esos son unos salvajes--replic doa Celestina--. No quiero que
la Shele vaya all. La trataran muy mal.

--Y Machn?--pregunt el cura--. Machn el mozo?

--El de mi casero?

--S.

--Pero, no es tonto ese muchacho?

--Ah! Claro! No vamos a encontrar un hombre perfecto como los de la
Constitucin del ao doce.

El seor vicario se permita alguna bromita de cuando en cuando contra
las ideas liberales.

--Entonces, qu? Le llamaremos a Machn?

--Me parece lo mejor.

--Al padre?

--Al padre y al hijo. Se les explica lo que pasa y veremos las
condiciones que ponen.

--Bueno, pues les llamaremos.

Presenci la entrevista en la cocina. Era una escena triste, daba una
idea bien miserable de la humanidad. Machn padre y Machn hijo estaban
los dos arrimados al fuego en la cocina.

--De manera--deca doa Celestina con voz imperiosa--que yo le doy a la
Shele cuatro onzas y dos vacas.

--Y las azadas y el trillo--aada Machn el viejo.

--Bueno, y las azadas y el trillo. Con esto estamos ya conformes?

--Es que ...--deca Machn padre, rascndose la cabeza--como la chica ha
quedado en ese estado, yo no s si estar bien..., porque las gentes
dirn que ...

--Eso ya os lo he dicho antes. La muchacha est en ese estado. Ya lo
sabemos. Conque resolved de una vez: s o no. O decid qu queris ms.

--El caso es--murmur el viejo--que hay un trozo de tierra cerca del
barranco que no pertenece a nuestro casero, y mi mujer dice que deban
drnoslo a nosotros sin subir la renta ... Yo no digo nada, pero mi
mujer ...

--Bueno, la tierra esa ser para vosotros.

La conversacin continu as, con un lujo de detalles de esa avaricia
campesina tan repugnante, y cuando llegaron a un arreglo definitivo,
doa Celestina grit a sus hijas:

--Que venga la Shele!

Vino la Shele, plida, con los ojos bajos y las ojeras moradas.

--Hemos quedado de acuerdo en que te casars con este joven.

--Bueno, seora--contest ella, con una voz dbil como un sollozo.

--No dices nada?

--Nada, seora.

--Bueno, ya lo sabes. Dentro de unos das ser la boda.

--Est bien, seora.

Machn, el joven, sonri, queriendo echrselas de malicioso, y el viejo
sigui dando vueltas en su cabeza al pensamiento de si poda sacar
alguna cosa ms de la seora de Aguirre.

Esa es la moral tradicional de las gentes ricas. Se destroza una vida,
se deja a un hijo sin padre, se lleva la desolacin a una familia. Y se
dice se ha salvado la honra de una casa; se ha salvado la sociedad.

[Ilustracin]




IV


EL FINAL DE LA SHELE

Siempre que pensaba en la Shele--sigui diciendo el mdico viejo--,
tena el presentimiento, muy lgico en el fondo, de que haba de acabar
mal. Hubiera quedado muy sorprendido si en el transcurso de los aos
hubiese sabido que la Shele viva tranquila y feliz con su marido.

Cuatro o cinco meses despus de esta escena que te he contado de los
preliminares de la boda, me llamaron del casero de Machn. La Shele
haba tenido un hijo fuerte, robusto, pero ella estaba enferma.

La encontr, la primera vez que fui a visitarla, muy quebrantada y con
un principio de fiebre.

Pas un da y otro da. La pobrecilla no mejoraba. Cualquier cosa, la
menor palabra, la haca llorar.

Doa Celestina me llam reservadamente.

--Qu le pasa a la Shele?--me dijo.

--Que est mal.

--Pero no mejora?

--No.

--Qu tiene?

--Tiene un estado de excitacin continua, y creo que padece una lesin
cardaca, que el embarazo y los disgustos han exacerbado.

Doa Celestina se inmut porque, aunque mujer orgullosa, tena buenos
sentimientos.

--Usted cree que el matrimonio con ese hombre habr contribudo...?

--Es posible, pero no es fcil asegurarlo.

No quise tranquilizarla. Que pesara sobre su conciencia la brutalidad
que haba hecho.

Segu visitando a la Shele diariamente. No haba manera de hacerla
reaccionar. Estaba decidida a dar un adis definitivo a la vida.

Ante una resolucin tan firme de morirse, todos los planes teraputicos
se estrellan.

A los quince das hubo que confesar y dar la Uncin a la Shele.

Doa Celestina y sus hijas fueron a verla.

Adornaron el cuarto de la enferma de blanco, lo cubrieron de sobrecamas
y trajeron flores y estampas religiosas. En el momento de darle el
Vitico haba unas mujeres en el pasillo del casero con velas
encendidas.

La Shele era muy cariosa, y sin duda de verse mimada en aquel trance,
se encontraba alegre y sonriente.

Por la maana muri la pobrecilla.

       *       *       *       *       *

El mdico viejo dej de hablar y se qued mirndome, buscando conocer mi
opinin.

--S, es horrible--dije yo--esa falta de respeto por la vida ajena.
Cunta gente no se habr sacrificado por esas ideas del rango y de la
posicin social que, despus de todo, no sirven para nada! Son restos
del feudalismo.

--Eso es. Es verdad.

--Y qu dijo Machn al orle contar a usted esto?

--Se puso como un loco. Lloraba desconsolado. Pobre madre, lo que la
hicieron sufrir!--murmur varias veces; luego dijo, con voz iracunda--:
Ahora le pegara fuego al pueblo entero.

Despus, ms tranquilizado, me pidi que le dijese cmo era; si se
pareca a l, si no se pareca; y cuando yo le indiqu que su padre se
haba portado mal, replic:

--No, no; l tampoco tuvo la culpa.

Me habl de que por tu mano haba recibido un manuscrito de su padre, y
prometi envirmelo.

--Y se lo envi a usted?

--S; lo he ledo ya; por cierto que no s qu hacer con l. Creo que t
eres el ms indicado para guardarlo. De manera que llvatelo.

Cog el manuscrito, lo llev a casa y comenc a leerlo en seguida.





LIBRO SPTIMO




EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE


I

RESOLUCIN DESESPERADA

He sido educado con una gran severidad de principios. Mi madre me
inculc la idea de que mi posicin me obligaba a ser ms rgido que los
dems. Yo, en el fondo, era un muchacho atolondrado, de buen corazn,
aunque un tanto violento.

Muy joven comenc a navegar, y en el barco tuve que ir olvidando cuantas
enseanzas me dio mi madre.

Mi vida, en los primeros aos de navegacin, fu muy intensa. Formaba
parte de la tripulacin del _Asia_, un bergantn que recorra los mares
de la China. El capitn era australiano; el piloto, vascongado.

Nuestro comercio se desarrollaba entre Malaca, Siam, Sumatra, Borneo y
las Filipinas. Los principales puntos de parada eran Singapur, Batavia,
Macasar, Hong-Kong y Manila.

Constantemente estbamos visitando sitios desconocidos, puertos en donde
no haba entrado aun el europeo. Sil Wilkins, mi capitn, era un hombre
de genio.

Con frecuencia tenamos que batirnos, ya con los merodeadores chinos del
golfo de Tonkn, como con los piratas moros que pululan por aquellas
latitudes, y dan muestra de un valor y de una audacia asombrosos.

Sobre todo hacia el nordeste de Borneo, cerca de las islas de Serasn y
del Archipilago de los Piratas, tuvimos batallas navales furibundas
contra dos y tres de esos barcos armados que llaman _praos_.

Estos _praos_ o _paraos_ suelen ser, generalmente, lanchas afiladas que
navegan a vela y a remo, y llevan varios hombres armados con fusiles; la
mayora tienen cobertizos de esteras, pero hay algunos de estos _praos_
grandes, de tres palos, que llevan una toldilla slida con cristales y
estn defendidos con una porcin de caones. No es fcil que un barco de
comercio pueda luchar en velocidad con estas lanchas, que tienen grandes
condiciones marineras.

Sir Wilkins no tena por costumbre huir, y aguardaba el ataque de los
piratas.

Conoca muy bien sus procedimientos y sus argucias. Hicimos verdaderos
horrores. Cerca de las islas Celebes echamos a pique, a caonazos, tres
grandes embarcaciones de piratas que venan dispuestos a tomar nuestro
bergantn al abordaje. Tambin tuvimos que dar una buena leccin a unos
moros ladrones de la isla de Jol.

Sir Wilkins era un marino sencillamente extraordinario. No he conocido a
nadie de un valor ms sereno ni de mayor indulgencia y generosidad para
las debilidades ajenas. No pude llegar a comprender bien si en su fondo
haba un inmenso desprecio o un gran cario por los hombres. Quiz
senta las dos cosas al mismo tiempo.

Como todos los capitanes que llevan muchos aos en un barco, l haba
navegado casi siempre en aqul, saba lo que daba de s su _Asia_, y no
le peda ms.

Conoca el mar de la China como pocos; lo que no saba lo adivinaba.
Wilkins era un ejemplo de lo que puede llegar un hombre cuando pone su
inteligencia y sus sentidos en una especialidad. Y, a pesar de su juicio
claro de las cosas y de la cantidad de experiencia que atesoraba, aun se
poda decir que en l el talento era lo de menos.

La maldad, la ruindad, la envidia, todo lo disculpaba. Para Wilkins el
mal no era ms que la cantidad de sombra necesaria para que brille el
bien.

Pas con Wilkins cerca de ocho aos, y al cabo de stos mi capitn se
retir, ya viejo, a Sidney; yo fui a Manila, y desde Manila a Cdiz. Iba
a entrar de piloto en la derrota de Cdiz a Filipinas. Mi madre me
llam, y volv a Lzaro.

Entonces conoc a la Shele. La Shele era hija de una familia de buena
posicin que se haba arruinado. Tena algn parentesco con mi madre.

En nuestro pas no suele ser ningn desdoro el que una muchacha entre a
servir en una casa del pueblo. Adems, la Shele, como digo, era pariente
y ahijada de mi madre. Su situacin en mi casa poda considerarse
intermedia entre criada y pariente pobre.

La Shele, muy joven e inocente; yo, un marino que vena de las soledades
del mar de la China con gran deseo de vivir; nos vimos, y sucedi lo que
no era raro que sucediera. No s si mi madre sospech lo que pasaba; si
sospech y se vali de una estratagema para alejarme, Dios se lo haya
perdonado. El caso fu que mi madre recibi una carta de Cdiz, en la
que decan que era conveniente que yo volviese cuanto antes. All nadie
me supo decir quin haba escrito esta carta. Todava faltaba cerca de
un mes para la salida de la fragata _Marbeles,_ donde tena que
embarcar.

[Ilustracin]

Estuve por volver a Lzaro, pero vacil; qu pretexto iba a dar a mi
madre?

Siempre me inspir ms temor que otra cosa. Yo no sospechaba el estado
de la Shele. De sospecharlo, me hubiera decidido a volver y a casarme
con ella, saltando por todo.

Lleg la poca de entrar en la _Marbeles_ y de perder hasta el recuerdo
de las personas conocidas. Tardamos seis meses en llegar a Manila y
estuvimos all dos. Recog varias cartas de mi madre, y entre muchas
noticias para m indiferentes, me comunicaba que la Shele se haba
casado.

Cuando supe esto, me figur que, como dice todo el mundo, las mujeres
son volubles e ingratas, y pens que la Shele me haba olvidado con la
ausencia.

Escrib a uno de los amigos de Lzaro preguntndole lo ocurrido con
ella.

Meses despus pude recoger en Cdiz dos cartas suyas en contestacin a
la ma. En una me deca que la Shele se haba casado, o, mejor dicho, la
haba casado mi madre con el hijo de Machn, un mozo estpido y
borracho, a cuyo padre haban tenido que dar dinero y tierras para
permitir que su hijo se casara con la Shele, que estaba embarazada. En
la segunda me deca el amigo que la Shele acababa de morir de sobreparto
en el casero de Machn.

Al saber esto me entr una desesperacin profunda. Intent marcharme del
barco; pero el capitn not algo en m, y no me lo permiti.

Tena que zarpar la fragata, y hubo que seguir adelante. Los seis meses
de viaje a Filipinas los pas desesperado. Mi clera y mi rabia llegaban
a ponerme como enloquecido, y una porcin de ideas furiosas me venan a
la imaginacin.

Poco a poco mi clera disminuy, y se fu convirtiendo en una profunda
melancola. Todo me pareca triste; en la cosa ms sencilla e inocente
encontraba motivo para una reflexin lgubre. Llegaban a molestarme
tanto estas ideas, que, para ahogarlas, tom la costumbre, al llegar a
Manila, de ir a las tabernas a emborracharme.

En una de ellas encontr, por mi desdicha, a Tristn de Ugarte, que ha
sido para m uno de esos hombres providencialmente funestos, seres
reclamos del mal que se ponen en el camino para arrastrarnos al vicio y
a la ruina.

Ugarte estaba de piloto en un barco negrero; se haba marchado de l
haca unas semanas, y llevaba una vida de rias y francachelas. Se
hallaba cansado del mar, de la vida agitada del barco negrero, y quera
recalar en un rincn y pasar unos aos carenndose.

Yo le dije que a m, por el contrario, me faltaba la vida agitada como
la que llevaba en el _Asia_ con sir Wilkins; batirme todos los das,
pasar a cuchillo al que se me pusiera por delante, y morir cualquier da
de un balazo en la borda de un barco.

--Hombre, vamos a hacer una cosa--me dijo l.

--Qu?

--Vamos a cambiar de destino y de estado civil. T te vas al negrero y
te llamas Tristn de Ugarte; yo ...

--No puede ser--repliqu--. En el barco en donde yo estoy no te van a
tomar con mis papeles y con mi nombre.

--No importa. Yo no pienso ir a tu barco. Voy a comprar unas tierras en
Filipinas, y me gustara usar tu nombre mejor que el mo.

--Entonces, s.

--Pues nada. Yo me llamo desde ahora Juan de Aguirre; y si t quieres
entrar en _El Dragn_ como piloto y con mi nombre, ahora mismo le
escribo al capitn, que es un paisano.

--Bueno, escrbele. Dnde est el barco?

--En Batavia.

Se puso Tristn a escribir la carta, y cuando concluy me la dio.
Cambiamos de papeles. Eramos, poco ms o menos, de la misma edad y de la
misma estatura. l de Elguea, yo de Lzaro, tenamos el mismo acento. La
sustitucin era fcil.

Dej salir _La Marbeles_, y unos das despus iba a Batavia y entraba
en _El Dragn_ con una absoluta inconsciencia.

[Ilustracin]




II


DE NEGRERO

El capitn Zaldumbide era un vasco francs. Me recibi amablemente, me
llev al alcazar de popa, y hablamos. Me pregunt dnde haba navegado,
y me expuso con gran claridad todos los peligros que corra al entrar en
_El Dragn._

Al ver que yo aceptaba a pesar de esto, no hizo objecin alguna. Las dos
condiciones para desempear el cargo eran ser un buen piloto y hablar
vasco. Las dos las reuna yo. Ya aceptado, me ense la cmara que haba
de ocupar cerca de la suya. Me hizo observar que las dos estaban
blindadas y tenan las ventanas con rejas.

No voy a contar las peripecias de mis viajes; fueron, poco ms o menos,
las mismas de todos los que se lanzan al mar a buscar aventuras.

El capitn Zaldumbide me trataba con mucha atencin. Era, relativamente,
buena persona, aunque muy desigual y poco lgico. Tena por norma la
arbitrariedad ms absoluta; ahora, que dentro de su arbitrariedad, y
desde su punto de vista, era justo.

Sus dos caracteres ms salientes eran el fanatismo religioso y la
avaricia. A pesar de las muchas brutalidades y muertes que deba haber
hecho en su vida, no se resignaba a perder su lugar en el paraso. Lo
reclamaba con todas sus fuerzas.

Como avaro, era una especialidad. Tena un armario forrado, donde
guardaba sus riquezas, y una porcin de bales pequeos de latn,
reforzados con barras de hierro.

Alguna vez me permit bromear acerca de sus tesoros, y l me dijo con
gran sigilo:

--Que no te oigan. No vayan a creer que tengo mucho dinero y quieran
asesinarme.

La marinera era completamente patibularia; quitando los vascos, que
iban al lado del capitn por codicia, campesinos en su mayora, y otros
dos o tres, los dems eran una coleccin de borrachos, de ladrones, de
presidiarios, lo peor de lo peor, el detritus de los puertos de las
cinco partes del mundo.

Los vascos, no. Estos eran casi buenas personas. Estaban convencidos de
que, saliendo de su pueblo, el vender una familia de negros o de chinos,
o el robar barcos, no tena importancia. Se figuraban cndidamente mis
paisanos que la honradez, el cumplimiento de la palabra, la buena fe,
eran necesarios e imprescindibles en la aldea. Ahora, ya en el Ocano,
consideraban el piratear, el saquear o el robar como medios de
enriquecerse ms o menos decorosos.

Entre los cuarenta tripulantes que bamos en _El Dragn,_ los haba de
todas clases: desde tipos cuya vida era una continua serie de maldades y
de crmenes, como el doctor Ewaldus, hasta un pobre muchacho irlands,
Patricio Allen, que era un modelo de probidad y de nobleza.

Patricio Allen era una de tantas vctimas de la suerte. Su padre, un
campesino arruinado, haba ido huyendo de un pueblo de Irlanda a
Liverpool, en busca de trabajo, dejando en la miseria, al morir, a la
viuda y a una porcin de chicos y chicas.

Allen era un hombre afectivo, tena un gran cario por la familia y
sufra al verla en la miseria. Recorra los muelles cenagosos buscando
trabajo, e iba a caer a esas tabernas de marineros borrachos, en donde
se mezclan gentes de todos los pases.

Allen no saba, no tena certificados, y los _skippers_ no le aceptaban.
Vea con desesperacin el momento en que la miseria deshara su pobre
hogar y llevara a sus hermanas a aquellos antros horribles del placer
barato, en donde los marinos del mundo entero se emborrachan con
_whisky_, al lado de una mujer rubia y pintada.

Allen saba que en Liverpool, como en todos los grandes puertos, haba
enganchadores, comerciantes de hombres.

Estos enganchadores acogen en su casa a los marinos sin empleo, les dan
de comer y hasta algn dinero, y cuando viene un capitn que le falta
marinera, se entiende con el enganchador, escoge sus hombres y paga las
deudas con los anticipos de la soldada del marinero.

Allen encontr uno de estos enganchadores y se vendi por unos cuantos
chelines, que dio a su madre. Le llevaron de Liverpool a Amsterdam, y
Zaldumbide lo rescat, pagando sus deudas y embarcndole en _El Dragn._

Allen era un buen muchacho, pero muy poco marino. Por ms que yo intent
explicarle las maniobras, no pude. Miraba al mar como algo sin inters.
Tena espritu de labrador.

Otro hombre bueno en el fondo era Franz Nissen, el timonel. Hablaba muy
poco, y nunca de su vida. Era un buen marino aquel hombre silencioso.
Zaldumbide me cont que, estando en el servicio, parece que haba
servido en la marina danesa; un oficial, injustamente, le mand azotar.
Poco tiempo despus, Nissen, una noche reg con petrleo la cama y el
cuarto del oficial y les peg fuego. Despus se escap no s cmo.

Mi mejor amigo en el barco era Allen. El conocia mi vida y yo la suya.
Estbamos unidos como si furamos hermanos.

Su amistad me haca ms llevadera mi estancia en _El Dragn_.
Charlbamos; yo le enseaba lo que saba. El hablaba. As pasamos meses
y aos en medio de peligros continuos.

Hicimos una porcin de viajes llevando desgraciados negros de Angola y
de Mozambique al Brasil y a las Antillas.

Nunca llegu a acostumbrarme al espectculo de miseria y de horror que
ofrecan; casi siempre me meta en el camarote para no ver aquellos
desdichados. Zaldumbide los trataba bien; pero eso no evitaba que el
espectculo fuera repulsivo.

_El Dragn_ no era de aquellos clsicos negreros que podan considerarse
como atades flotantes. Estaba bien estudiada la capacidad de aire, la
cantidad de agua necesaria y la manera de evitar la infeccin y los
miasmas ptridos. Zaldumbide comprenda que su negocio no estaba en
dejar morir a los negros.

Por lo que me decan todos, antes de llegar yo al barco se llevaban
partidas grandes de bano, y la tripulacin se mostraba dcil. En mi
tiempo, la mitad de los das los marineros estaban sublevados. Se sala
de estos peligros a la buena de Dios.

Tres o cuatro aos despus de entrar yo en el negrero salamos de cerca
de Macao, llevando un pasaje de trescientos _coolies_ chinos para
Amrica, cuando, a la altura del Cabo Engao, se nos acerc un pailebot
de dos palos, de esos que llaman en Filipinas _pontines_, y de l
apareci Tristn de Ugarte. Estaba transformado; tena una cicatriz que
le desfiguraba por completo.

Me dijo, recriminndome, que mi nombre le haba dado muy poca suerte; su
finca de Ilo-Ilo marchaba mal; sin duda no saba administrarla.

Su carcter inquieto no le dejaba vivir. Era un hombre borracho y
nervioso. Muchas veces pens si estara loco, tales eran sus gestos y
sus arrebatos.

Ibamos cruzando el Pacfico, cuando se nos sublevaron los chinos, y no
s si ellos o alguno de la tripulacin mataron a Zaldumbide y al mdico
holands.

Hubo luego una serie de luchas y de reyertas entre parte de la
tripulacin, que era enemiga de la otra; pero, al fin, se pudieron
arreglar estas diferencias y yo me encargu del mando de _El Dragn._

Mi plan era llegar a Europa, entregar el barco a los armadores y volver
a Espaa.

Marchando por el Pacfico, hacia el sur, nos encontramos con un barco
desmantelado que nos hizo seales y nos pregunt si llevbamos mdico.
Le dijimos que no, y lo nico que pudimos darles fu agua y t.

Al da siguiente tenamos el vmito negro en el barco. Alguno encontr
en el cuarto del mdico un frasco con polvos de quina. Hicimos una
pocin para los enfermos. De veinte atacados se nos murieron ocho.

Ugarte tuvo la humorada de sublevar algunos marineros estando el barco
atacado de fiebres. Quera que cambisemos de nombre a _El Dragn_ y nos
dedicramos a la piratera por el Pacfico.

Tuve que arrestar a aquel loco.

Despus de una travesa larga y llena de peripecias, llegamos frente al
Estrecho de Magallanes; pero como no tenamos viento favorable, decid
bajar y doblar el Cabo de Hornos.

Pasamos por el Cabo Deseado y el de la Desolacin, con un fro muy
intenso y tiempo claro; pero al llegar a la altura de la isla de
Wollaston se nos ech encima una bruma denssima, que no se quit en una
porcin de das.

La prudencia nos aconsejaba detenernos, pero yo segu. Varias veces
estuvimos a punto de chocar con grandes bloques de hielo que venan
flotando. Estos bancos de hielo nos servan para hacer la aguada.

Recalamos un da en la baha de Nassau, y sin esperar a que mejorara el
tiempo, seguimos adelante. La tripulacin estaba aniquilada, los
marineros trabajaban como febricitantes; yo tema que, de descansar, se
apoderara de ellos la atona y pereciramos todos en aquellos parajes
inhospitalarios.

Con tiempos horribles y borrascas salimos de la baha de Nassau,
atravesamos el Estrecho de _Le Maire_; y en medio de una tormenta de
nieve llegamos al puerto Cook de la isla de los Estados.

Pocos sitios ms ttricos que aqul. El puerto era un fiordo flanqueado
por montaas altsimas, con rocas desnudas y siniestras; el suelo,
fangoso e inculto. A pesar de que la tripulacin quera descansar all,
yo decid seguir adelante hasta recalar en la baha de la Soledad de las
islas Malvinas.

Aqu pudimos reponernos, y cuando la tripulacin ya se encontr con
fuerzas, nos pusimos en derrota, camino de Europa.

A la altura de San Vicente, un barco de guerra ingls nos di caza dos
veces, y a la ltima nos destroz la arboladura de _El Dragn_ a
caonazos. Huimos en la ballenera, y creo que al cocinero y a algn otro
se le ocurri apoderarse de los cofres de Zaldumbide y llevarlos con
nosotros. Cuando huamos, _El Dragn_ se hundi. Despus Ugarte se
jactaba de haber hecho en el casco un boquete. No s si esto fu verdad.
Si no hubiera sido por la carga del tesoro de Zaldumbide, hubisemos
desembarcado en seguida en una de las islas de Cabo Verde; pero con
aquella impedimenta me pareci peligroso tocar en tierra. Comenzamos a
navegar con rumbo al norte, hacia las Canarias. Decidimos, de comn
acuerdo, acercarnos a la costa africana y enterrar los cofres.

Entramos por el ro Nun y exploramos sus orillas. Junto al mar, dunas de
arena blanca, formadas por el viento, reflejaban el sol, hasta dejarle a
uno ciego. Despus comenzaban a verse zarzas, _callistris_ y algunas
piteras. A unas quince millas de la costa encontramos unas ruinas; quiz
eran restos de una de las torres que Diego Garca de Herrera levant,
por orden del rey de Espaa, cerca de la costa. No me pareca prudente
enterrar all los cofres, y busqu otro punto mejor. Todas aquellas
lomas y montculos del ro, formados de arena, probablemente cambiaran
de posicin y de forma al impulso del viento del Sahara. Era necesario
encontrar jalones ms firmes.

Me acerqu a un muro del castillo, que tena grabado un elefante, y,
siguiendo la visual del ojo, vi que entre dos grandes bloques de piedra
se vea en aquella hora la sombra de una pea afilada, colocada a
orillas del ro. El vrtice de la sombra caa en aquel momento al pie de
un rbol de argn. Aqul me pareci el sitio mejor para enterrar los
cofres.

Fij el lugar, y como era muy posible que nos dieran caza y
encontrndonos un papel as nos lo quitaran, traduje la indicacin al
vascuence, y, mientras esperbamos que acabaran de enterrar el tesoro,
Allen, por mi consejo, fue marcando en un devocionario las letras que
componan los datos puestos en vasco.

Los marineros se haban entendido con unos moros para cambiarles un
rifle de los que llevbamos por dos corderos; pero los moros, en vez de
cumplir el pacto, nos atacaron y nos mataron varios hombres.

Salimos de all perseguidos por los moros, y nos lanzamos al mar. Nos
cogi un temporal deshecho. No podamos navegar; las olas enormes nos
inundaban la ballenera; tenamos que sacar el agua con las gorras; la
espuma nos azotaba la cara y el viento nos apagaba el farol cuando
queramos ver la brjula, y nos dejaba sordos.

Luchamos durante dos das con la lluvia, y a la maana del tercero vimos
la isla de Lanzarote como una nube.

Creamos encontrar la salvacin, cuando un buque ingls de guerra nos
captur y nos llevo al navo que das antes nos haba dado caza.

Eramos sospechosos de piratera. Sabido es que las leyes contra los
piratas son muy severas. El pirata est fuera del derecho de gentes, y
la ley inglesa le condena a ser colgado por el cuello, hasta que
sobrevenga la muerte.

El navo ingls se llamaba _El Argonauta_. El mdico de este barco era
una excelente persona; no tuve ningn inconveniente en contarle mi vida,
sin ocultarle nada. El di de m buenos informes e influy, seguramente,
para que no me colgaran de una verga.

Durante la travesa de las Canarias a Plymonth me trataron bien los
ingleses. Ugarte era el que se encargaba de hacerme la vida odiosa,
recriminndome por no haber seguido su consejo cuando navegbamos por el
Pacfico.




III


EL PONTN

Llegamos a tierra y nos condujeron delante de los jueces. Aparecimos en
el banquillo todos los tripulantes de _El Dragn._ El no haber resistido
y el quedar los hechos obscuros nos salv de ser ahorcados.

Si el juicio hubiera sido como los ordinarios, quiz hubiramos quedado
libres; pero nos juzgaron tan sumariamente, que no pudimos defendernos.
Fuimos condenados a la deportacin en distintos presidios y pontones:
los jefes a diez aos, los marineros a cinco.

No a todos nos enviaron al mismo punto. Los marineros fueron conducidos
a presidios del interior y a los pontones prximos a Portsmouth y
Chathan. A nosotros nos destinaron a un pontn del norte.

Embarcamos en un _cutter_ que se llamaba _Flyng Fish_ (el Pez Volador).
Ugarte, Nissen, el timonel, Old Sam, el contramaestre, el irlands
Allen, que quiso venir conmigo por amistad, y otros prisioneros
franceses. Al salir de Plymouth, Old Sam se tir al agua. No se le vio
durante algn tiempo. Los soldados dispararon a todos los sitios que les
indicaron. No quise ver aquella horrible caza. Al da siguiente, al
anochecer, se detuvo el _Flying Fish_ y una barca vino a acercrsele.

Bajamos, con las esposas en las muecas, y nos sentamos en la barca.
Vena custodindonos un oficial con varios soldados.

Perdimos de vista el _Pez Volador_, y fuimos avanzando hacia tierra. No
se vea ms que la entrada de un ro entre la niebla espessima. En
medio de la bruma de un cielo polar se destacaban promontorios
avanzados, grises, sin vegetacin, y hacia tierra pantanos negros, por
encima de cuyas aguas inmviles volaban nubes de pjaros.

Todava segua el crepsculo cuando nos acercamos al pontn. El barco,
desmantelado y sin palos, se destacaba como una mancha, obscura entre el
cielo gris y el mar del mismo color. De cerca, el viejo navo pareca un
arca de No, sujeta por amarras y cadenas; era altsimo, de tres pisos,
como un tejado; por sus chimeneas salan columnas negras de humo. En el
mascarn de proa se destacaba una figura de Neptuno.

[Ilustracin]

Por todas partes, alrededor, dominaba igual color neutro, triste; las
aguas amarillentas se confundan en la penumbra con el cielo.

Nunca he sentido mayor melancola.

Pasamos por delante del coronamiento de popa, que tena tres pisos
fuera del agua, con galeras y ventanas recargadas de adornos barrocos.

La parte ms alta del coronamiento de popa estara lo menos a treinta
pies sobre el agua, y de ella colgaba un gran farol, que brillaba en el
ambiente gris del anochecer.

El pontn era un viejo navo de la poca de Trafalgar. Se llamaba el
_Neptuno._

Al llegar a la cubierta estuvimos esperando durante una hora larga y
fra. Me mandaron quitarme la ropa. Obedec y me dieron unos pantalones
rados, un chaleco viejo y una chaqueta con un nmero grande en la
espalda. Tena el propsito decidido de no protestar de nada, y eso me
sirvi, porque algunos de nuestros compaeros, entre ellos Ugarte,
adems del despojo, tuvieron que sufrir el encierro.

Cuando me encontr con Allen sobre cubierta, los dos vestidos de
pontoneros, nos miramos atentamente y nos dimos la mano. Juramos no
separarnos jams.

All tena uno que vivir diez aos. Una vida! Tenan que pasar
primaveras, veranos e inviernos en aquella crcel flotante, siempre a la
vista de un mar gris, de unos pantanos llenos de fango, sin ms
comunicacin con el mundo exterior que el ruido de las olas y el grito
spero de las gaviotas y de los patos salvajes.

La vida en el pontn era horrible; apenas tenamos sitio donde
revolvernos; a proa se alojaban los soldados de guardia, y a popa, los
oficiales. La poblacin pontonera viva entre la galera baja y la
barraca hecha sobre cubierta, vigilada por unos y otros.

Difcil era acostumbrarse a vivir all, pero todo se consigue a fuerza
de energa y de perseverancia.

Estoy convencido de que los primeros das no enferm por un esfuerzo
extraordinario de la voluntad. Constantemente estaba febril, mi cabeza
arda; de noche no poda dormir y caa en un estado de abatimiento
profundo. Al amanecer, a la hora de diana, me levantaba con las ropas
hmedas y el pelo mojado; senta dolores en todas las articulaciones y
una gran postracin.

A pesar de esto, mi voluntad no ceda; yo la encontraba fuerte y tensa,
dispuesta a cualquier esfuerzo. Tom una pocin de quina, y a los quince
das haba recobrado la salud.

A los confinados en los pontones se les trataba como a presidiarios. En
caso de rebelda se les mandaba azotar, se les ponan cadenas o se les
llevaba al calabozo, el _black hole_ (agujero negro), en donde se les
tena a pan y agua.

Casi todos los reclusos tenan palomas, pjaros, ardillas y otra porcin
de animales domesticados. Cada cual buscaba el entretenimiento ms en
armona con sus gustos e inclinaciones.

Haba un capitn negrero ingls que, segn nos cont l mismo, cuando
los negros se le sublevaban los ataba a la boca de los caones y
disparaba. Este capitn, cuando le cazaron, iba recogiendo negros,
metindolos en barricas y echndolos al agua. Tan brutal energmeno se
conmova pensando en un conejo al que haba domesticado.

Ugarte y un marsells nos fastidiaban con frecuencia, Ugarte era el
eterno descontento; la mala alimentacin, la humedad, el fro, todas las
molestias naturales en una crcel de aquel gnero, le tenan fuera de
s, y sus protestas no le servan ms que para estar encadenado y en el
calabozo.

A m me acusaba de adulador y de vil porque no protestaba. No le poda
convencer de que una protesta que no sirve ms que para que a uno le
castiguen nuevamente, es una necedad.

El marsells, que se llamaba, no s si de nombre o de apodo, Tiboulen,
era, por otro estilo, un hombre molesto.

Lo que en Ugarte era dignidad vidriosa, en Tiboulen era patriotismo y
odio a los ingleses. El marsells tena esa amargura y esa personalidad
de los mediterrneos excesiva, aparatosa, unida al patriotismo petulante
y exaltado de los franceses.

Tiboulen no era un hombre violento y malo como Ugarte; estando solo era
razonable, pero cuando tena pblico se volva loco. Tiboulen necesitaba
que se ocuparan de l con cualquier motivo, y rea con los compaeros
de prisin y diriga mil ridiculas amenazas a los carceleros.

Esta clase de hombres, que viven nicamente para la galera, producen
alternativamente clera y desprecio. A veces yo deseaba que arrancaran
la piel a golpes a semejante idiota; otras me daba lstima verle
entregado sin defensa a la brutalidad de sus verdugos.

A Tiboulen y a Ugarte los llevaron a otra cuadrilla y nos dejaron en
paz.

Los primeros meses, Allen y yo nos dedicamos a estudiar sistemticamente
todas las formas y posibilidades de fugarse.

Era muy difcil; las aberturas tenan fuertes hierros, las puertas,
pesados cerrojos. Alrededor del barco corra una galera baja, a flor de
agua, con las ventanas tan prximas una a otra, que era imposible que
pasara nadie ni nada por delante sin que lo vieran los centinelas.

Siempre haba gran vigilancia en esta galera, y las rondas circulaban
por ella cada cuarto de hora.

Adems, como flotaban otros pontones en esta entrada del mar, unos se
vigilaban a otros, y varias lanchas con gente armada recorran las
proximidades de los viejos navos, de noche.

Por las conversaciones de los dems compaeros, pude enterarme de que en
el pontn funcionaba una logia masnica llamada Fe y Libertad, que
tena agentes para relacionarse con los presos de los dems pontones, y
no slo con los presos, sino tambin con algunos oficiales de la
guarnicin.

Allen y yo expusimos deseos de ingresar en la logia, y despus de hacer
nuestras pruebas, pasamos a ser hermanos. El venerable era un viejo
pirata griego, cuya historia era una serie de horrores.

Por esta masonera pudimos enterarnos de algunos datos interesantes para
una posible evasin. La ra donde se encontraba nuestro pontn era como
un gran lago, de ms de una legua de ancho. Haba en ella tres pontones,
y el nuestro estaba en medio.

La distancia desde el _Neptuno_ a tierra era, aproximadamente, de dos
millas.

Un peligro mucho mayor que el del mar, en caso de evasin, lo
constituan los pantanos fangosos de la costa, de ms de cien metros de
ancho. Segn se deca, era tan imposible atravesarlos andando como
nadando.

La mayora de los evadidos haban quedado en ellos sin poder avanzar,
sirviendo de pasto a los cuervos y a las aves de rapia que se cebaban
en los cadveres putrefactos.

En aquellos pantanos negros y siniestros que de noche exhalaban fuegos
fatuos haban desaparecido muchos de los escapados de los barcos
prisiones.

En vista de que no haba posibilidad de evadirse, me dediqu a estudiar
matemticas. La recomendacin del mdico de _El Argonauta_ segua siendo
eficaz para m, y, gracias a ella, el comandante me prest varios libros
de geometra, de lgebra y de fsica. A stos aadi una Biblia.

Allen, que era un catlico fantico, me recomend varias veces que no la
leyera.

Como los presos estaban aburridos de su inaccin, cada cual buscaba el
mejor modo de entretenerse. Yo me dediqu a darles lecciones de
matemticas, y llegu a ganar algn dinero. Por la noche, a pesar de que
estaba prohibido tener luz, yo lea; guardaba los trozos de tocino que
daban en el rancho, les pona una mecha con un poco de estopa y me
servan para alumbrarme.

La indiferencia que senta por todo, unida a una filosofa estoica que
iba adquiriendo, me ayudaban a soportar las penalidades tranquilo y sin
clera. Adems, tena la esperanza de que, pasados dos o tres aos, me
llevaran a una colonia penitenciaria, donde la vida sera ms
soportable.

Varias veces quise ensear matemticas a Allen, pero no quera.
Prefera, acompandose de un acorden que no le abandonaba, cantar
canciones sentimentales de su pas.

[Ilustracin]




IV


LA EVASIN

Al ao conoca yo a toda la gente pontonera.

Haba algunos viejos confinados que tenan una industria curiosa.
Consista sta en hacer un agujero en el pontn y vendrselo al que
pagara ms. Estos agujeros deban salir entre el nivel del agua y la
galera baja, lugar vigilado de noche y de da.

Ugarte, que se estaba pasando la mayor parte del tiempo en el calabozo,
me dijo que me enterara de quin podra hacer un agujero para escaparnos
nosotros. Tena dinero, y pagara lo que fuese.

Un marinero holands de la tripulacin de _El Especulador_, un barco
pirata que di mucho que hablar en su tiempo, entabl negociaciones con
l, y se comprometi a cederle una mina despus de terminada. Ugarte
comenz a mostrarse ms dcil con la esperanza de la fuga.

El holands hizo parte de su galera; pero a la mitad del trabajo un
vigilante encontr la mina, y hubo que suspender la obra.

Ugarte, despus de esta tentativa frustrada, ya no me dej vivir en paz.
Todos los das me expona uno o dos proyectos. La idea de la evasin le
obsesionaba; gracias a aquella idea fija poda estar tranquilo.

Yo comenzaba a acostumbrarme a la vida del pontn. La posibilidad de
quedar en el pantano para servir de pasto a los cuervos no me seduca.

Ugarte estaba enfermo, irritado por los castigos, y me excitaba
preguntndome si es que tena miedo.

Yo trat de convencerle de que haba que conservar la energa para los
momentos graves, sin malgastarla estpidamente en rabiar por cosas
ftiles; adems, le advert que la condicin indispensable para que
aceptase un plan de fuga era el que fuese sencillo. La nica garanta
del xito era la sencillez.

Nos asociamos Ugarte, Allen y yo. Discutimos varios das un plan, hasta
que llegamos a aceptar uno. Consista ste en hacer un agujero en el
muro de la barraca donde dormamos, para salir a cubierta. De aqu haba
que subir a la toldilla, que ocupaba casi la mitad posterior del barco,
descolgarnos por las galeras de la cmara del comandante con una
cuerda, y echarnos al mar.

Yo puse como condicin previa que no nos defendiramos ni matramos a
nadie. Era tan difcil salir del pontn, ganar la costa y salvarse, que
haba que pensar que tenamos cien probabilidades contra una de volver.

Comenzamos los preparativos, Ugarte haba recibido dinero y estaba
dispuesto a pagar.

Por mediacin de nuestra masonera nos trajeron unas limas, una sierra,
una brjula de bolsillo y manojos de camo para hacer cuerda.

Dormamos todos en hamacas. Era en invierno, y quedamos los tres
convenidos en permanecer con la cabeza tapada, como si tuviramos fro.

La idea era ir acostumbrando al _master_, cuando haca la requisa, a que
nos viera en una misma posicin, y hacerle creer, en das sucesivos, que
nos dormamos en seguida.

Tambin convinimos en no hablarnos delante de gente. Para que no chocase
su cambio de conducta, le aconsej a Ugarte que fingiera de cuando en
cuando alguna clera violenta.

El da de Nochebuena comenzamos a hacer el boquete. Ibamos labrando por
la noche cuatro ranuras en forma de cuadro, que al terminar el trabajo
se cubran con alquitrn. Se trataba de horadar la pared de tal modo,
que el pedazo arrancado fuera como un tapn, que al ponerlo no se notara
que haba agujero.

Tardamos bastantes das en terminarlo. Cuando estuvo acabado, Allen se
sent varias veces en la parte de afuera de la pared agujereada por
nosotros a tocar el acorden, y con el dedo untado en alquitrn fu
tapando las rendijas que podan verse.

Ya hecho este primer camino, discutimos entre los tres una cuestin
importante: la manera de cruzar el pantano de la orilla. Por l, segn
decan, era tan imposible andar como nadar. Allen dijo que podamos
hacer unas a modo de suelas anchas para los pies, y al llegar a los
pantanos sujetarlas como unas sandalias y buscar la parte ms dura del
cieno.

Aceptada la idea, decidimos fabricarlas con unas tablas finas. Allen
pidi al _master_ madera para hacer dos cajas, una para l y otra para
m, para guardar nuestros efectos. La madera cost un dineral, porque
los caprichos de los presos se pagaban. El dinero de Ugarte qued
reducido a unas pocas monedas. No se desconfi de la peticin, y Allen
hizo seis tablas delgadas, aunque bastante resistentes, que guardaba con
autorizacin de un vigilante en la toldilla de popa. Estas tablas tenan
pie y medio de ancho por tres de largo, y llevaban en medio agujeros
disimulados con cera para sujetarlas a los pies.

Terminados los preparativos, nos dedicamos a esperar un da obscuro. La
luna comenzaba a menguar, pero an las noches eran bastante claras.

A medida que el momento se acercaba, me senta intranquilo y febril. No
soy cobarde; pero al mirar desde la borda aquella agua espumosa y gris,
al pensar que era indispensable lanzarse a ella, me daba el vrtigo y se
me encoga el corazn.

En esto, un sbado, pocos das despus de Reyes, Allen vio en la costa,
a gran distancia, con un catalejo de uno de los pontoneros, un botecillo
atado a una punta, sin duda dejado por algn cazador de patos salvajes.

El bote estaba ms all de los pantanos.

Nos decidimos e hicimos nuestros ltimos preparativos; cada uno llevara
su ropa, una lima y cuatro o cinco chelines en una bolsa, todo envuelto
en un trozo de tela impermeable, formando un paquete, atado a la
espalda.

Las las pequeas para sujetarnos al pie las sandalias de madera las
llevaramos, mientras bamos nadando, atadas al cuello.

La cuerda grande la tendramos que dejar abandonada en la barandilla del
coronamiento de popa.

La noche fijada para la evasin fu la del domingo.

Nuestros vecinos saban el proyecto, y esperaban ver el resultado, como
en una funcin de teatro.

La guardia entr y nos pas lista, como siempre, antes de acostarnos;
despus, era la costumbre que volviese el _master_ con algunos
guardianes y mirase si todos estbamos en nuestras hamacas.

Pasada la lista, nos desnudamos Allen, Ugarte y yo, e hicimos los con
la ropa y los envolvimos en la tela impermeable. Luego cogimos del
colgador las ropas de otros reclusos y las metimos en nuestras hamacas.
Dejamos las gorras poco ms o menos como los dems das, y cuando entr
el _master_ nos echamos en el suelo los tres, abrimos el boquete,
pasamos primero los fardeles con las ropas y luego nosotros, como por
una gatera, y salimos a cubierta. Cerramos el boquete. Haca un fro
terrible. El centinela, a nuestro lado, grit: _All is vell_ (todo va
bien).

La noche no estaba del todo obscura; haba una vaga niebla rojiza.
Agachados, corriendo por cerca de la borda, nos fuimos acercando hasta
saltar a la toldilla de popa, que coga casi toda la mitad del barco.

Estuvimos all esperando hasta ver si ramos descubiertos. Yo estaba
temblando de fro.

--Tome usted; frtese usted--me dijo, en voz baja, Allen dndome un
trozo de sebo.

Comenc a frotarme con aquello, y l me embadurn la espalda. Con esta
capa de grasa desapareci el fro. Ugarte y Allen hicieron lo mismo.

--Y las maderas para los pies?--dije yo.

--Aqu, a un lado, las tengo--me contest Allen.

Esperamos a que terminaran de hacer la requisa. Si se haban dado cuenta
de nuestra falta, era una locura intentar nada.

Sali el _master_ y su tropa, como de ordinario. Se renovaron los
centinelas. No haban notado nuestra desaparicin. Era el momento de
obrar.

Allen corri por la toldilla y vino al poco rato, deslizndose con
nuestras sandalias de madera. _All is vell_ (todo va bien), podamos
decir tambin nosotros.

Avanzamos por el techo de la toldilla sin hacer el menor ruido. De all
tenamos que saltar a la galera redonda del coronamiento de popa,
adonde daban los balcones de la cmara del comandante. De aqulla era
necesario descender a otro balcn corrido ms bajo y menos saliente.

Desde una a otra barandilla haba una altura de doce pies.

Si atbamos la cuerda en la galera alta, podramos bajar a la otra.
Pero cmo desatarla despus para seguir bajando hasta el mar? La cuerda
en dos dobles no bastaba. Queramos entrar en el agua sin ruido que
pudiera llamar la atencin del centinela.

A los lados de la popa del pontn, en las aristas, haba chaflanes con
vidrieras llenas de adornos barrocos.

A esta clase de chaflanes llamaban en los navos antiguos los jardines.
No haba manera de pasar por encima de ellos.

--Dame la lima--me dijo Ugarte.

Se la di. Ugarte se fu con decisin a una de las aristas del chafln de
popa, y clav con fuerza una de las limas en la juntura; prob si le
sostena, se inclin y clav otra ms abajo. Desde all gan la
barandilla de la segunda galera.

Le seguimos, y agarrndonos a las dos limas pudimos bajar los tres al
segundo balcn. Arrancamos la lima colocada ms abajo.

Esta galera inferior tena tres ventanas iluminadas. A travs de sus
cristales se vea a dos jefes sentados en el cuarto.

Desde all nos faltaban unos quince o diez y seis pies para llegar al
agua. Debajo, todava estaba la galera inferior con sus centinelas,
pero en esta parte de popa era donde haba menos vigilancia.

Hubiramos podido bajar desde all al mar por una de las cadenas que
sujetaban el pontn; pero esta cadena se hallaba tan iluminada por la
luz del fanal de popa, que tuvimos miedo de que nos viese la guardia.

Allen at la cuerda en uno de los barrotes de la barandilla, y al otro
extremo las tablas que nos tenan que servir para atravesar los
pantanos. El irlands comenz a bajar sin hacer el menor ruido; cuando
la cuerda dej de estar tensa, se descolg Ugarte, y despus fui yo.
Hubo un momento, al descender, que cre que el centinela me estaba
mirando; pero, sin duda, fu ilusin ma.

--Bueno; vamos.

Soltamos las tablas de la cuerda y comenzamos a nadar los tres hacia la
costa. Haba mucha mar. Soplaba un nordeste muy fuerte, que comenz a
traer grandes gotas de lluvia.

Ugarte comenz a nadar con bro; yo le dije que tuviera cuidado, porque
se iba a cansar pronto. Me atendi, y de cuando en cuando los tres nos
echbamos boca arriba para descansar.

Nos sustitumos llevando el fajo de tablas, que nos serva para nadar
con menos fatiga.

Pasamos por delante del otro pontn. En medio de la bruma pareca un
inmenso y fantstico gusano de luz. Fuimos dejando atrs el barco fanal.
Gracias a nuestro sistema de paradas metdicas, pudimos resistir ms de
dos horas nadando.

Seran las diez de la noche cuando llegamos al borde del pantano. La
corriente del ro separaba las aguas del mar del terreno cenagoso.
Cruzamos el ro, que estaba helado, y entramos en la zona del fango. Al
principio, era imposible marchar sobre aquel lgamo lquido; pero a los
cuatro o cinco metros se espesaba. Nos metimos valientemente en el
pantano, hasta llegar a una zona en que era lo bastante espeso para
sostener el cuerpo de un hombre, aunque no para permitirle andar.
Echados en el lodo, nos atamos a los pies, unos a otros, las suelas de
madera; luego, nos levantamos los tres, y comenzamos a andar en fila,
agarrados. El olor de aquella masa ftida de cieno nos mareaba. Hubo
momentos en que nos hundimos en agujeros viscosos y blandos; y cayendo y
levantndonos, con barro hasta la coronilla, llegamos a tocar tierra
firme en una punta arenosa.

Anduvimos por la costa. All no estaba el bote; o se lo haban llevado o
nos habamos despistado de noche.

Ugarte se puso a blasfemar y a lamentarse de su suerte. Allen le dijo
que se callara; la Providencia nos estaba favoreciendo, y blasfemar as
era desafiar a Dios.

Ugarte le contest sarcsticamente, y hubieran llegado a las manos, a no
ponerme yo en medio a tranquilizarlos.

--Si vierais lo ridculos que estis con ese caparazn de barro, negro
como el de un cangrejo, no os pondrais a reir.

Dimos vuelta a la punta arenosa en que nos encontrbamos, y llegamos a
una playa en donde el agua estaba limpia. Nos lavamos lo mejor que
pudimos, frotndonos con manojos de hierbas para quitarnos la capa de
grasa y barro que nos cubra, y nos pusimos la ropa. No sabamos qu
hacer: si echar a andar o esperar a que llegara la maana. Por gusto,
hubiramos comenzado a marchar inmediatamente, pero nos retena la
esperanza de encontrar el bote visto el da anterior por Allen.

Decidimos, por ltimo, quedarnos, y estuvimos en aquel mismo sitio
esperando a que se hiciera de da.




V


A LA DERIVA

Por fin, despus de aquella largusima noche, comenz a aclararse la
bruma y se present la maana, una maana triste, de un color sucio,
como envuelta en lluvia y en barro. Los cuervos pasaron por encima de
nuestras cabezas lanzando gritos estridentes. Parecan lamentarse de no
ver nuestros cadveres sobre el cieno inmundo de los pantanos.

Allen vio de pronto el bote en una punta prxima.

--All est--dijo, y ech a correr.

Ugarte y yo le seguimos. El bote estaba atado con una cadena. Nos
quedaban dos limas, y comenzamos a limar el hierro. Tardbamos mucho,
Ugarte, siempre impaciente, bnsc una piedra, vino con ella, y dio tal
golpe en el candado, que lo hizo saltar. Estuvo a punto de romper el
bote; pero l no calculaba nada.

Haba dos remos. Nos metimos en la lancha y comenzamos a remar,
sustituyndonos alternativamente. Al principio, aquel ejercicio nos
reanim; pero pronto empezamos a cansarnos, bamos entre la bruma.

A media maana vimos que se acercaba hacia nosotros un guardacostas;
retiramos los remos y nos tendimos los tres en el fondo de la lancha.
Los del guardacostas no nos vieron o creyeron que se trataba de un bote
abandonado, y siguieron adelante.

Yo tena un plano hecho por m de memoria, recordando el que haba en el
cuerpo de guardia de los oficiales del pontn. No podamos encontrar
pueblo alguno hasta recorrer por lo menos cinco o seis millas. Sali un
momento el sol, un sol plido, que apareci en el cielo envuelto en un
halo opalino. Nos contemplamos los tres. El aspecto que tenamos era
horrible; trascendamos al presidio: en nuestra espalda podan leerse
an los nmeros del pontn.

Cuando les hice observar esto, Ugarte y Allen se sacaron la chaqueta y
con la punta de la lima quitaron los infamantes nmeros. Yo hice lo
mismo.

Fuimos navegando sin alejarnos mucho de la costa; de cuando en cuando
nos sustituamos, y uno descansaba de remar. Como habamos perdido la
costumbre, las manos se nos hinchaban y despellejaban.

El pas que se nos presentaba ante la vista era una tierra desolada, con
colinas bajas y pantanos cerca de la costa. A lo lejos se vea el humo
de alguna quinta aislada o la ruina de un castillo.

Al comenzar la tarde, la bruma se apoder del mar, y fuimos navegando a
ciegas.

El hambre, la sed y el cansancio nos impuls a acercarnos a tierra.
Haca ms de veinticuatro horas que llevbamos sin comer; tenamos las
manos ensangrentadas.

Aterramos en una playa desierta, prxima a un pueblecito que tena su
puerto.

Yo haba odo decir que en algunos puntos de Escocia y de Irlanda comen
esas algas que se llaman laminarias, y era tal nuestra hambre, que
intentamos tragarlas; pero fue imposible.

Allen encontr unas lapas y nos llam. Fuimos arrancndolas con la punta
de la lima, y esto nos sirvi de comida para todo el da.

Decidimos encallar el bote y pasar la noche en tierra. No quisimos
entrar en el pueblecito con aquellas trazas, y subimos por el arenal, y
escalando unas dunas, sin que nos viera nadie, nos metimos en el
cementerio de la aldea, y tendidos entre dos sepulcros, resguardados del
viento, pudimos descansar y dormir.

A media noche nos despertamos de hambre y de fro. Nos levantamos,
salimos del cementerio y echamos a andar.

--Vamos al pueblo--dijo Ugarte--a ver si encontramos algo que comer.

El cielo estaba despejado y lleno de estrellas; los charcos, helados; el
suelo, endurecido por la escarcha. El viento fro soplaba con fuerza.
Nos acercamos a la aldea. Era sta de pocas casas. Los perros ladraban
en el silencio de la noche. Pasamos por delante de una casita pobre con
dos ventanas iluminadas. Decidimos que Allen entrara a comprar un poco
de pan. Allen volvi en seguida, diciendo que no haba nadie.

--No hay nadie--exclam Ugarte--. Pues mejor.

Y entr y volvi al poco rato con un pan y un trozo de cecina.

Estbamos convertidos en ladrones vulgares, Ugarte se dirigi al puerto.

--Pero, a qu vamos por aqu? No es mejor ir a la playa?--dije yo.

--Haremos una intentona--contest l.

Llegados al puerto, se dirigi a un quechemarn que estaba atado a una
argolla, y baj a l.

--No hay nadie. Es magnfico! Hala, bajad.

--Aqu?--pregunt yo en el colmo del asombro.

--Por qu no? Qu importa robar un bote o un barco de vela? Es lo
mismo.

En el fondo tena razn. Soltamos la amarra, y los tres, apoyndonos en
la pared de un malecn, sacamos el queche fuera del puerto. Luego,
levantamos las velas y nos echamos al mar. Haba dentro del quechemarn
agua y comestibles para unos das. Por la maana, raspamos el nombre del
barco, que se llamaba _Betty_, y le bautizamos con el de _Rosa_, de la
matrcula de Bangor, el pueblo de Allen.

Navegamos todo el da y toda la noche y pudimos comer y descansar. La
maana del mircoles nos encontrbamos ya a bastante distancia del
pontn para no temer que diesen con nosotros. Habamos aprovechado el
tiempo.

Si llegbamos a tener vientos favorables, podamos arribar a Francia.
Nos faltaba un plano; pero para salir del mar de Irlanda, a pesar de la
niebla, el rumbo era bastante.

Yo estaba deseando llegar a un lugar cualquiera en donde se separaran
Ugarte y Allen. Al encontrarse ambos fuera de peligro, se despert entre
ellos un odio feroz. Todo cuanto uno deca le pareca mal otro.

Yo intentaba apaciguarlos, pero no era fcil siempre, dada la terquedad
del irlands y la irritabilidad de mi paisano.

Luchamos con vientos fuertes durante tres das. El barco cabeceaba de
proa; iba como rompiendo el agua, dando en ella como un machete, lo que
era muy molesto. La noche del viernes navegbamos por el canal de San
Jorge, que yo conoca bastante bien.

Durante toda la noche y todo el da danzamos por encima de las olas,
envueltos en la niebla, sin poder ponernos en rumbo. El viento se moder
por la maana a la salida del sol, y cuando el cielo comenz a limpiarse
y a desvanecerse la bruma, nos encontramos a la vista de la costa de
Irlanda, costa formada all por acantilados de roca viva. El mar,
agitado, se fue calmando hasta quedar inmvil, y el viento ces por
completo.

Nos faltaba el agua, y se decidi que nos acercramos a la costa.

Tenamos el recelo de que si entrbamos en cualquier puerto pudieran
conocer el barco, y por primera providencia nos prendiesen; as, que
decidimos aterrar en un arenal. Allen ira a la aldea prxima con los
cuatro o cinco chelines que nos quedaban para ver si poda agenciarse
vveres; yo marchara por agua, y Ugarte se quedara pescando.

No encontr por los alrededores ni arroyo ni fuente. Un hombre del campo
me indic que por all no haba agua.

[Ilustracin]

Volv al barco y esper a que llegara Allen. Este traa vveres, que
devoramos, y una botella de cerveza. Despus de comer dijo:

--Ahora les tengo que contar lo que me ha pasado y la proposicin que me
han hecho. He ido al pueblo, he entrado en la tienda a comprar la
comida; me han preguntado quin era, de dnde vena. Les he contado la
historia de un naufragio, y me ha dicho el tendero:

--Si quiere usted trabajar, ah en el pueblo de al lado hay una finca
donde necesitan gente.

He tomado la carretera y he ido a la finca; se me ha presentado un joven
moreno, y, al ver que me aceptaba sin inconveniente, le dije que venan
dos compaeros conmigo.

De pronto el joven moreno me dijo:

--Vosotros sois corsarios.

--No, no.

--Aunque os hayis escapado de algn pontn, no me importa. Si trabajis
bien os pagar como a los dems. Los otros compaeros son tambin
irlandeses?

--No, son espaoles.

--Me es igual. Con tal de que no sean ingleses, los acepto.

--Me desped de l--continu diciendo Allen--y vine corriendo aqu.

Discutimos si aceptar o no la proposicin y convinimos en que era lo ms
prudente. Despus pensamos en lo que haramos con el queche. Abandonarlo
all era dejar un indicio de dnde habamos desembarcado.

Llevamos el queche hasta un extremo del arenal; haba en aquel instante
algo de viento; izamos los foques y la cangreja, atamos la caa del
timn y empujamos el barco metindonos en el agua. La embarcacin, al
principio, pareca como desconcertada, como asombrada; avanzaba un poco,
retroceda, daba la impresin de una persona indecisa que quiere dar un
salto y no se atreve. Al ltimo cogi tan bien el viento, que se alej,
dejndonos estupefactos.

--Ya sabe ella dnde va--dijo Allen, convencido.

Al subir un montculo de arena volvimos la mirada hacia atrs. Nuestro
barco segua navegando.

--Ahora vamos a la finca--dije yo.

Desde la altura adonde habamos subido se vean dos pueblecillos, uno
que deba ser una aldea de pescadores, y el otro un pueblo de tierra
adentro, rodeado de campos de labranza.

Por la noche, y esquivando las miradas de la gente, llegamos a la finca
en donde haba estado Allen. Se hallaba sta a un lado de la carretera y
tena delante una frondosa alameda de rboles altsimos. La casa era de
piedra, grande y negruzca, y estaba rodeada de construcciones bajas, de
ladrillo.

El capataz nos dio ropas nuevas, y al da siguiente comenzamos a
trabajar en el campo.

A pesar de sus ofrecimientos de tratarnos lo mismo que a los dems
obreros, el capataz se aprovechaba de nuestra cualidad de indocumentados
y presuntos convictos para explotarnos.

Yo comprenda que no haba manera de librarse de esta explotacin. Allen
se defenda por ser irlands; pero Ugarte, que no tena esta
preeminencia, se desesperaba y me molestaba continuamente.

--Vamonos de aqu-nos deca a cada paso.

--Espera que podamos vestirnos decentemente y reunir unos cuartos, y nos
iremos-le deca yo.

Esper, con grandes protestas. Con el primer dinero que tuve compr una
chaqueta, un morral y unas botas grandes con polainas. Allen se visti a
la moda del pas; Ugarte, cuando se vio con su traje nuevo, dijo que
tenamos que marcharnos.

El quera que nos furamos los dos, dejando a Allen; en cambio, Allen
haba pensado en abandonar a Ugarte. Yo hubiese preferido ir con Allen y
dejar a Ugarte; pero ya ste me daba lstima.

--Creo que lo mejor-les dije a uno y a otro-es que cada cual tire por su
lado, y luego nos reuniremos en Francia.

--No, no; eso no.

--Bueno, entonces vayamos los tres juntos y tengamos la misma suerte;
pero hay que someterse a una direccin; si no, es imposible.

--T mandas-me dijeron los dos-. Te obedeceremos.

--De manera que me nombris el jefe?

--S.

--Bueno. Pues desde ahora os advierto que me separar del que no siga mis
rdenes, sea en el camino, en el mar o en cualquier parte.

--Los dos se comprometieron a obedecerme ciegamente.

Al otro da le habl al capataz. Le dije que, efectivamente, habamos
estado en un pontn presos por cuestiones polticas; que habamos visto
rondando la finca a uno de la polica inglesa, y que tenamos que
marcharnos. Aad que estbamos muy contentos de su acogida y que le
suplicbamos que, si le preguntaban algo de nosotros, no dijera nada.

El capataz, que era de estos irlandeses que tienen un odio furioso a
Inglaterra, nos prometi que no slo no dira nada, sino que si vea
algn espa en la finca lo zambullira en el estanque.

Salimos de all; pensbamos ir al sur, por la costa, a ganar Wexford, en
donde podramos tomar un barco que nos dejara en el continente.

Echamos a andar. Era un da de otoo muy melanclico; el cielo estaba
obscuro; lloviznaba; los cuervos pasaban graznando por el aire. Los
rboles se despojaban de sus hojas rojizas y amarillas, cubriendo el
campo con ellas; las rfagas de viento las llevaban de ac para all por
el camino; haba un olor otoal de hierba marchita, de helecho mojado y
de hojas hmedas.

Marchbamos por la orilla del mar, subiendo y bajando por una sucesin
de colinas de poca altura, cubiertas de matorrales. Veamos a lo lejos
ruinas negruzcas de algn castillo, casas de campo, cuyas chimeneas
arrojaban columnas de humo en el aire, verdes praderas, lomas tambin
verdes y algunos bosques espesos y sombros.

El primer da, por la tarde, comenzaron las reyertas entre Ugarte y
Allen. Rean por cualquier cosa. Como era natural, el irlands,
encontrndose en su pas, lo conoca mejor y tena ms simpatas que
nosotros. Ugarte consideraba este hecho tan lgico como un insulto que
nos dirigan a l y a m.

Les advert que, si seguan riendo, les abandonaba y me iba solo. Se
calmaron un tanto y cesaron en su disputa.

Al anochecer alcanzamos a unos enormes rebaos de ovejas. Allen se hizo
amigo de los pastores. Con ellos llegamos a una venta del camino que se
llamaba la Campana Azul. Desde su portalada se divisaba el mar y los
cantiles y rocas de la costa.

Los das siguientes, la compaa de Allen, que tanto exasperaba a
Ugarte, sigui librndonos de una porcin de conflictos.

Antes de llegar a una aldea se destacaba el irlands y entraba solo;
inspeccionaba el pueblo; si vea algo que consideraba peligroso, en la
primera casa marcaba una cruz con carbn; en cambio, si no haba nada
inquietante, dibujaba un ocho.

Nosotros nos acercbamos, fijndonos en las marcas; si la seal era no
entrar, dbamos la vuelta al pueblo; si no, bamos a alguna taberna, a
cuya puerta l nos esperaba. Solamos tomar en el albergue una sopa
caliente, un trozo de carne cocida y un vaso de cerveza, y nos tendamos
en algn camastro o en la hierba seca.

Por las maanas, antes de salir, comprbamos algunos vveres y
almorzbamos en el campo. Ugarte traa la lea, yo haca el fuego y
Allen guisaba.

[Ilustracin]




VI


LA CASA HOSPITALARIA

Se nos haba hecho de noche a cuatro millas de Wexford. Entramos en una
aldea y llegamos hasta la posada a pedir alojamiento. La posada era una
casita pequea, retirada de la carretera, con un arco en medio, sobre el
cual se balanceaba una muestra que representaba un delfn de colores
chillones. A los lados del arco haba dos ventanas y debajo de ellas dos
bancos de piedra.

La posadera, una mujer enrgica, nos dijo que tena el establecimiento
lleno y no poda alojarnos. Conseguimos que nos diera de cenar, por la
insistencia de Allen. Luego, mientras nos serva la cena, nos pregunt:

--Qu son ustedes?

--Marinos. Hemos naufragado en la costa hace ocho das y venimos andando.

--Si son ustedes marinos, vayan ustedes a casa del capitn Sandow. All
les aceptarn.

--Quin es el capitn Sandow?-pregunt yo-. Un militar?

--No; es un antiguo capitn de barco. Un viejo loco que vive con su hija.
Otras veces ha alojado en su casa nufragos.

Salimos de la posada en compaa de un chico, que nos fu acompaando.

La casa de Sandow era un viejo castillo guarnecido con una torre
cuadrada de piedra gris, cubierta de hiedras. A su alrededor se
levantaban varios edificios desiguales. Una porcin de chimeneas, como
tubos de rgano, le daban un aspecto fantstico, y otras en zig-zags
parecan brazos en flexin. Una escalera exterior suba hasta el piso
principal. Rodeaba a la casa un terreno pantanoso, antiguo jardn
abandonado y salvaje, de un aire dramtico y misterioso, sobre todo a la
blanca claridad de la luna.

No haba camino del castillo a la puerta de la tapia; la avenida
principal estaba casi borrada por las hierbas y por los arbustos.

En dos ventanas del castillo brillaban luces; miradas melanclicas que
parecan observar algo a travs del follaje. El jardn tena grandes
olmos copudos, como haciendo centinela, y muchos rosales que aun
conservaban marchitas rosas blancas.

Tiramos de una cadena que colgaba cerca de la puerta y son una campana
a lo lejos.

Sali a la puerta una criada vieja, y Allen le dijo que ramos
nufragos.

--Se lo voy a decir al capitn. Esperad.

Desapareci, y al poco rato se abri una de las ventanas iluminadas de
la casa y se present en ella una figura de hombre, que grit:

--Eh, los nufragos! Adelante!

Empujamos la puerta, pasamos al jardn y entramos por un patio a cuyos
lados haba dos perros de piedra. Subimos por la antigua escalera, hasta
llegar a un saln con cierto aire entre abandonado y seorial, un cuarto
sin luz, hmedo y fro.

El capitn Sandow era un viejo flaco y cetrino, con barba blanca; su
hija, una muchacha delgada y muy plida, con el pelo negro y los ojos
azules.

Allen comenz a contar en irlands una narracin arreglada a su gusto,
que tena aprendida de nuestro fingido naufragio; pero le interrumpi el
capitn contando sus viajes. Le escuchamos atentamente, nos invit a
cenar, cenamos con l y, al retirarnos, nos dijo:

--Aqu podis estar el tiempo necesario para vuestro descanso.

Despus, precedidos por una vieja, subimos por una escalera de caracol
que llevaba a la torre; haba que marchar con cuidado por los escalones
hmedos, resbaladizos y rotos, y bajar la cabeza para no tropezar.

Al final, la criada abri una puerta y pasamos los tres a una biblioteca
abandonada, en donde haba varios colchones de paja tirados en el suelo,
y all dormimos.

Al da siguiente yo le dije a Allen que advirtiera al capitn Sandow
que, para corresponder de alguna manera a su hospitalidad, trabajaramos
en su casa.

A Ugarte le pareca una simpleza ponerse a trabajar cuando no se lo
pedan a uno; el capitn Sandow replic que no quera que hicisemos
nada; pero, sin duda, en vista de la insistencia de Allen, dijo que
podramos ponernos a arreglar el jardn.

Aquel castillo lo haba comprado el capitn por muy poco dinero, y no
tena intencin de arreglarlo. All todo era viejo y arruinado: las
paredes estaban carcomidas por debajo de las hiedras negruzcas; haba
una capilla vieja en el mayor abandono, unas salas viejas y
desmanteladas, una biblioteca vieja llena de libros hmedos y tres o
cuatro criados tan viejos y arruinados como toda la casa.

En los aleros y canalones haban hecho sus nidos las golondrinas, y en
los altos rboles se cobijaban cornejas y lechuzas que lanzaban de noche
su grito siniestro. El jardn era un jardn abandonado, con un estanque
misterioso y sombro, a cuyas orillas los chopos, desprendindose de sus
hojas, durante aos rodearon de lminas de plata.

Al da siguiente de llegar, Allen, Ugarte y yo comenzamos a descubrir
las avenidas del jardn y a arrancarles la hierba y a enarenarlas; luego
nos dedicamos a limpiar los perales, en forma de abanico extendidos
delante de las tapias. El domingo omos la misa en la capilla, y despus
yo estuve registrando la biblioteca. Era ste un cuarto fantstico,
grande, con el techo artesonado, abierto en muchas partes; tena varios
armarios llenos de libros humedecidos, y sobre los armarios cuadros
negros, agujereados y desgarrados. Se vean en este cuarto una porcin
de trofeos de caza, que sin duda al actual poseedor del castillo no le
agradaban. Por una puerta de cuarterones, apolillada, con la cerradura
roosa, se sala a una galera llena de nidos de murcilagos y de
golondrinas. Al final haba una bveda con ventanas pequeas en las
gruesas paredes. Esta bveda estaba ocupada por varios bustos de
personajes antiguos, mutilados, y por una serie de relojes de pared de
todos los tamaos, parados y la mayora rotos.

Yo registr por todos los rincones y encontr varios libros de Walter
Scott y los _Poemas de Ossian_, de Macpherson.

Los sequ en el comedor, delante de la chimenea; les compuse la pasta y
se los di a la hija del capitn.

--Dnde los ha encontrado usted?-me pregunt ella.

--Ah, en la biblioteca. Debe haber ms.

Efectivamente, encontr muchos otros. Lemos al mismo tiempo los dos
_Rob Roy, Ivanhoe_ y _Quintn Durward_, y hablamos mucho de los
personajes de las novelas del gran escritor. Yo encontraba a la hija del
capitn cierto parecido con Diana Vernon, aunque Ana Sandow era ms
melanclica que la herona de Walter Scott.

Ana viva a merced de los caprichos de su padre, viejo loco y egosta,
que no la dejaba hablar con nadie.

Allen se haba hecho amigo de la criada y de las gentes de la vecindad;
yo escuchaba, sin muestras de impaciencia, la sptima, la octava y la
novena vez la relacin de las aventuras de Sandow, y Uguarte, despus de
hacer como que trabajaba en el jardn, se tenda en la cama, y all
estaba maldiciendo de su suerte.

Yo comenzaba a sentir una amistad fraternal por Ana Sandow. La pobre
muchacha, tan alegre y tan viva naturalmente, era una vctima.

El viejo capitn no quera que su hija se casara ni que tuviera
amistades con nadie. Por este motivo se haba encerrado en aquel
castillo, amenazando con la expulsin a los criados si dejaban entrar
personas extraas a la casa. A pesar de este deseo de incomunicacin, el
viejo egosta se aburra y quera que fuera gente, pero slo a
distraerle a l.

Ugarte vio que la seorita de la casa me manifestaba simpata, y,
llevado por uno de sus movimientos de rabia y de envidia, escribi al
capitn Sandow, dicindole que yo iba entablando amistades con su hija,
que los tres ramos piratas, que venamos escapados de los pontones.

El capitn Sandow me llam y le cont lo que nos haba pasado, sin
ocultarle nada. Como comprend su disgusto, por su aspecto de malhumor,
le dije: --No tenga usted cuidado, hoy mismo nos iremos. --Lo
celebrar--me contest--, no por usted, sino por no ver al denunciador.

Despus de haberle prometido que nos iramos en seguida, no comprenda
bien su malhumor; pero, por lo que dijo Allen al da siguiente, me lo
expliqu. Le haba interrogado a l sobre lo que yo le cont, y, al
cerciorarse de que era verdad, se sinti humillado, porque sus aventuras
eran completamente vulgares en comparacin de las nuestras.




VII


EL ODIO ESTALLA

Avis a Allen y a Ugarte que nos tenamos que marchar. --Y por
qu?--pregunt Ugarte, echndoselas de sorprendido. --Por nada. Por
algn bien intencionado que le ha dicho a Sandow qu clase de gente
somos nosotros y de dnde venimos. --Y quin ser?--me pregunt l.
--Eso lo sabes t mejor que nadie--le contest yo, en castellano. Allen
nos oa, suponiendo la mala accin de Ugarte. --No s qu quieres decir
con eso--murmur Ugarte; y, viendo que yo no replicaba, aadi
cnicamente--: La verdad es que la cartita te ha reventado. --Hombre!
Claro! --Y qu te ha dicho el capitn? --Me ha dicho que le dan asco
los denunciadores, y que por eso slo nos debemos ir.

Ugarte palideci. Y Allen, que haba comprendido todo, exclam: --Ah!
Es l el que nos ha denunciado? --T no te metas en lo que no te
importa, animal!

El irlands prorrumpi en insultos, y yo imped que se lanzara sobre
Ugarte.

La ltima noche que pasamos en casa de Sandow, yo escrib una larga
carta a Ana. Dormamos los tres huspedes del capitn en la biblioteca;
Ugarte y Allen se haban tendido en sus camastros, pero estaban
despiertos.

Cuando termin de escribir, sal de la biblioteca, met la carta en un
libro, llam a la criada y le encargu que diera aquello a la hija del
capitn. Tema que, al volver, me iba a encontrar a Uguarte y a Allen
luchando a brazo partido.

No pudimos dormir ninguno de los tres; Allen estaba indignado contra
Ugarte. Antes de amanecer, salimos de casa, sin despedirnos de nadie.
Haca un da fro; tomamos la carretera y fuimos marchando por la
costa, azotados por una lluvia menuda.

Allen y Ugarte no queran hablarse. Para no tener relacin el uno con el
otro, Ugarte me hablaba en castellano y Allen en ingls.

--Que por un canalla miserable tengamos que andar as!--murmuraba
Allen, entre dientes.

Por la noche, mojados hasta los huesos, encontramos un albergue, medio
taberna, medio cabaa, que se llamaba el _Reposo del Cazador_. Era una
choza, con las paredes y el tejado cubiertos por completo de hiedra, con
dos ventanas con cortinillas rojas, iluminadas por la luz interior.
Pareca aquella cabaa la cabeza hirsuta y peluda de un monstruo, con
sus dos ojos encarnados.

Aunque nos faltaba poco para el pueblo, decidimos quedarnos all. Nos
sentamos a una mesa y pedimos de cenar. Ugarte se puso a burlarse del
capitn Sandow y de su hija. Al principio me indign; pero luego me
produjo lstima y desprecio, comprendiendo que estaba en uno de sus
arrebatos de locura, de insensatez. Ya tanto me dijo y me insult, que
le pregunt con sorna:

--Qu te he hecho yo para que me odies as?

--Me estorbas--grit l--. Uno de los dos sobramos en el mundo.

Y en el paroxismo de la clera empez a insultarme con furia, a decirme
que estaba deseando que me muriera, porque era su bestia negra.

Allen, desencajado, plido de rabia, exclam:

--Yo no lo aguantara.

--Qu te mezclas t? Canalla! Miserable!--grit Ugarte.

Y, en su furor, sac una de las limas de las sacadas del pontn, que aun
llevaba, e hiri al irlands en la mejilla.

Este, de pronto, se levant, cogi el banco en donde estaba sentado, lo
alz en el aire y le dio a Ugarte tal golpe en la cabeza, que lo dej
muerto.

Despus Allen, como loco, sigui golpeando el cadver, la mesa, con una
furia de elefante herido, hasta que rompi el banco y se qued con un
trozo de madera en la mano, contemplndolo como un sonmbulo que
despierta; luego lo tir al suelo, y comenz a llorar. Toda la gente de
la taberna haba presenciado el hecho, y estaba de parte de Allen.

--Vamos--le dije yo--. Hay que huir.

--No, no. Para qu?

Me qued a su lado. La herida que tena en la cara era leve.

--Usted, s. Vayase. Escpese usted--me dijo Allen.

--No, no le abandono.

--Hay testigos aqu de lo que ha pasado. Vayase usted. Si se escapa me
puede usted servir mejor desde fuera de la crcel que de dentro. Tome
usted el dinero que me queda. Si llega usted a Francia, escriba usted a
la criada vieja de casa de Sandow. Sal de la taberna y ech a correr
por el camino; el viento contrario me impeda avanzar, un viento hmedo
cargado con efluvios de mar. O voces de lejos de gente que pasaba.
Quiz era la polica, avisada; me escond a un lado de la carretera.
Luego segu corriendo hasta llegar a la ciudad: entr en una callejuela.
El viento silbaba en las encrucijadas, ladraban los perros, comenzaba a
llover a chaparrn. Decid entrar en la primera fonda o posada que me
saliera al paso. La primera que encontr fue una que tena una ensea
con un caballo. Se llamaba as: _El Caballo Blanco_. Era de estas fondas
tranquilas, poco frecuentadas, que hay en las islas britnicas, que
tienen un carcter de limpieza y respetabilidad.

Una muchacha muy vivaracha me pregunt si haba cenado; le dije que s,
me llev a un cuarto, y vino poco despus, con un gran calentador, a
templar la cama.

Caa un verdadero diluvio.

--Le voy a pagar a usted--le dije a la muchacha--, porque voy a salir de
casa muy temprano.

--Como usted quiera.

--Estar la puerta abierta desde por la maana?

--S. Siempre suele estar abierta.

Le pagu lo que me dijo y me acost. Segua lloviendo; el agua azotaba
los cristales, el viento silbaba furioso, dando unas notas de tiple
extraordinarias. Me met en la cama y me dorm al momento. Me despert
antes del amanecer con un sobresalto. Me asom a la ventana; no llova;
me vest rpidamente y baj las escaleras. La puerta no estaba abierta;
Pens si alguien habra advertido en la casa que la cerrasen aquella
noche; quiz la cerraron por el viento.

Me asom a la ventana. La altura no era grande. Salt a la calle.

Encontrndome solo, sin la compaa de Allen y de Ugarte, me senta ms
enrgico y con mayor miedo de ser preso. Todo, antes de volver al
pontn. El recuerdo de aquellos promontorios negruzcos, del mar gris, de
los pantanos fangosos, me horrorizaba.

Pas la noche en el campo, y a la maana siguiente, al salir el sol,
entr en el puerto de Wexford. Haba una goleta que iba a Saint-Mal.
Habl con el capitn para que me llevara, y tuve que vencer su
resistencia. Le di el dinero que tena y promet pagarle ms al llegar a
Francia.

El capitn era una especie de oso de mal humor.

Hicimos un viaje horrible, con tiempo malsimo y mar borrascoso. El
capitn, sin duda, no tena por costumbre ocuparse del barco, y se meti
en su camarote a intoxicarse con _whisky_. A la hora, apareci borracho,
con la nariz roja y balbuceando, y en vista del temporal, intent
cambiar de rumbo y marchar a refugiarse a Inglaterra.

Yo le convenc de que era un absurdo.

El hombre, que no tena las ideas muy claras, hizo lo que le deca, y
llegamos a Saint-Mal.

Inmediatamente escrib a Ana Sandow contndole lo ocurrido despus de
salir de su casa e interesndole por el pobre Allen.

Al cabo de algn tiempo recib carta suya y un recorte de peridico, en
donde se contaba la muerte de Ugarte en una venta prxima a Wexford,
llamada el _Reposo del Cazador_.

El muerto apareca con el nombre de Juan de Aguirre, y yo, de quien se
ignoraba el paradero, como Tristn de Ugarte.

Por lo que me contaba Ana, Allen se encontraba en situacin favorable;
todos los testigos haban declarado a su favor; el ser el muerto un
aventurero extranjero, y l una persona del pas, le favoreca tambin
mucho.

Como toda esta zona francesa de Normandfa y de Bretaa tiene su
principal comercio con Inglaterra, y a m no me convenan los aires de
la prfida Albin, tard mucho en encontrar empleo, hasta que lo hall
en un almacn del Havre.

Mi vida tena un fin, un entusiasmo: haba una mujer que pensaba en m.
Les escriba constantemente a ella y a Allen, y a ste le enviaba parte
de mi sueldo.

Allen pas poco tiempo preso. Cuando sali fue a ver a Ana. El capitn
Sandow estaba cada vez ms brutal y ms desptico con su hija. Allen se
concert con ella, y un da, con gran asombro por mi parte, les vi a los
dos venir hacia mi casa.

Ana y yo nos casamos y tuvimos una nia, Mary.

Entonces, pensando en mi hija, quise enterarme de lo que pasaba en
Lzaro, y escrib a mi madre, y ella me comunic cmo se me haba credo
muerto y se haban celebrado mis funerales.

Mi vida con Ana hubiera sido feliz; pero mi mujer tena poca salud.
Aquella delicada criatura, tan sencilla, tan ingenua, muri en mis
brazos despus de lenta agona.

La recuerdo siempre en la casa sombra de su padre, y a su recuerdo uno
el de la Diana Vernon de Walter Scott. Al mismo tiempo que la conoc le
la obra del novelista escocs, y no puedo pensar en mi querida muerta
sin recordar la figura literaria del gran escritor.

Cuando ella muri me decid a dejar Francia y a volver a Lzaro con mi
hija y con Allen, que no quera separarse de m.

Esta ha sido mi vida. Errores, faltas, he cometido. Quin no los
comete?...

       *       *       *       *       *

Esto deca el manuscrito de mi to Juan de Aguirre.




VIII


PATRICIO ALLEN Y EL TESORO DE ZALDUMBIDE

Un da de otoo, al anochecer, se presentaron en Lzaro, en la posada de
Chiquierdi, dos extranjeros de aspecto sospechoso.

Bajaron de las diligencias, entraron en la cocina de la posada, y,
mientras cenaban, preguntaron con gran inters por don Santiago Anda.
La posadera les dijo que haca mucho tiempo que yo no viva en Lzaro,
sino en Izarte, y al saberlo se informaron de la distancia a que se
hallaba nuestra aldea del pueblo.

A la maana siguiente, el cartero, al traer el peridico, me dio estos
datos, y me dijo que aquellos hombres me buscaban. Les esper, un tanto
intrigado, y poco antes del medioda les vi acercarse a mi casa.

Uno de ellos era alto, rojo, pesado; el otro, pequeo, de pelo negro y
ojos vivos. Los contempl por entre las cortinillas de mi cuarto. Al
primer golpe de vista no me pareci gente de mala catadura.

Llamaron, y la criada les hizo pasar a mi cuarto.

El alto y grueso pareca un poco turbado; el otro, sonriendo con una
sonrisa insinuante, me dijo en castellano, con acento andaluz:

--Podra usted escucharnos media hora?

--S, seor, con mucho gusto. Hagan el favor de sentarse.

--Gracias!--contest el bajito, y aadi en ingls, dirigindose a su
compaero--: Sintese usted, Smiles.

Se sentron los dos.

--No es usted espaol?--le pregunt al moreno.

No, soy ingls. He nacido en Gibraltar. Soy un escorpin de roca, como
nos llaman en Inglaterra a los del Pen. Me llamo Small, Ricardo
Small. Mi padre era ingls, mi madre, gaditana; por eso hablo
regularmente el espaol.

--Regularmente, no, muy bien; bastante mejor que yo.

--Muchas gracias! Le explicar en las menos palabras posibles el asunto
que nos trae aqu. Hasta hace unos meses viva en Liverpool
humildemente, estaba de empleado en un almacn e iba a casarme, cuando
conoc a un viejo irlands, hermano de la madre de mi novia. Este
irlands se llamaba Patricio Allen.

--Patricio Allen!--exclam yo--. El que ha vivido tanto tiempo aqu!

El mismo. Allen lleg a casa de su hermana y cont la historia del
tesoro del capitn Zaldumbide; dijo cmo usted le haba dado la
indicacin exacta del lugar, que estaba escrita en vasco en un
devocionario. Desde aquel da, la casa de mi novia se transform; mi
novia, sus hermanos, la familia entera no vea ms que millones por
todas partes. Me encargaron de buscar un socio capitalista que pusiera
los medios necesarios para ir adonde est el tesoro; y yo encontr al
seor Smiles.

--Presente!--dijo el hombre alto y rojo, llevndose la mano a la cabeza
y haciendo un saludo militar.

--Bueno. Cllese usted--replic el joven moreno--. Como deca, encontr
al seor Smiles, que tena un _saloom bar_ en Liverpool. El seor Smiles
traspas su establecimiento, yo abandon mi empleo, y, en compaa de
Allen, los tres bien armadas, fuimos a Las Palmas. Aqu alquilamos una
goleta, con tripulacin y todo, y nos dirigimos al ro Nun. El patrn de
la goleta tena la orden de esperarnos durante una semana cerca de la
desembocadura del ro, y, en el caso de que no apareciramos, volver
durante seis meses en el perodo de luna llena. Abandonamos la goleta, y
en un bote remontamos el ro, hasta llegar frente a las ruinas de una
fortaleza que se levantaba en un cerro. Dejamos el bote atado a un rbol
de la orilla, y escondindonos entre las peas con grandes precauciones,
subimos el cerro, hasta llegar al castillo arruinado. No nos habamos
topado con nadie. Por lo que dijo Allen, tenamos que encontrar entre
aquellas paredes un muro en donde estuviera esculpido un elefante. El
primero que lo vio fui yo.

--Ah est--grit.

Allen se acerc al muro, se puso de espaldas a l y sac un pequeo
anteojo de bolsillo. Estbamos Smiles y yo mirndole con ansia, cuando
vimos que dos hombres blancos se arrastraban por detrs de un muro a
observar lo que haca Allen. Al ver que nos habamos dado cuenta de su
espionaje, los hombres se abalanzaron sobre nosotros, y tras ellos diez
o doce moros que estaban escondidos. No tuvimos tiempo de hacer uso de
nuestras armas, y quedamos prisioneros.

[Ilustracin]

Por lo que dijo Allen, los dos blancos eran, uno, Ryp Timmermans, el
cocinero de _El Dragn,_ y el otro, un marinero holands llamado van
Stein. Ambos llevaban ms de un ao buscando el tesoro, pero no daban
con l. Haban pasado por all varios de los antiguos tripulantes de _El
Dragn,_ haban hecho excavaciones en todos los montculos de la orilla
del ro, sin encontrar los cofres de Zaldumbide.

Ryp y van Stein, ms tenaces, se quedaron all; renegaron de su
religin, y, convertidos al mahometismo, se casaron con moras, y eran los
jefes de un aduar establecido en un pequeo oasis con unos cuantos pozos
salobres, un bosquecillo de palmeras y acacias espinosas y arganes.

Los dos renegados y los moros nos llevaron a Smiles, Allen y a m
prisioneros a su aduar. Era ste un conjunto de cabaas miserables,
hechas con palos, piedras y barro, cubiertas unas con hierbas y otras
con un tejido especial formado por pelo de camello o de cabra. Nos
encerraron en una choza, y Ryp y van Stein Stein nos comenzaron a
interrogar. Smiles y yo dijimos la verdad: que nos haban dicho que all
haba un tesoro y que habamos ido a buscarlo.

Ryp supona que tenamos algunos datos, y nos asegur que, mientras no
dijramos lo que sabamos, no saldramos de all. Allen estaba dispuesto
a callar. Smiles y yo nada podamos decir, porque nada sabamos.

Estuvimos en aquella barraca un mes; nos daban de comer un poco de pan,
pescado salado, leche y miel.

Los moros del aduar eran la mayora salvajes; mestizos de negros. All
unicamente trabajaban las mujeres. Aquellos bigardos se pasaban la vida
con un fusil al hombro, charlando. Ellas cultivaban la tierra y metan
las cosechas en silos, ahumaban y secaban carne y pescado, fabricaban
anzuelos y flechas.

Los hombres nicamente cazaban, pastoreaban las cabras y compraban y
vendan pieles curtidas, jaiques, azufre, camellos y bueyes.

Casi todos los aos, en cierta poca, se internaban tierra adentro y
hacan una expedicin de un par de meses para robar negros suss. Al
llegar a una aldea negra, la rodeaban durante la noche, y a una seal
dada comenzaban a tirar tiros y a dar gritos. Los desdichados negros se
asustaban, echaban a correr y los moros los iban cogiendo como conejos.
Estos negros, formados en caravanas, los vendan a los comerciantes de
esclavos, que los llevabau a Fez, Marrakesh y Tafilete.

Era difcil comprender cmo Ryp y van Stein haban llegado a dominar a
aquellos bandidos moros, crueles y cobardes; pero la verdad es que los
tenan en un puo. Los moros nos hubieran hecho pedazos con mucho gusto,
pero Ryp nos protegi. El cocinero supuso que Allen tena la indicacin
exacta de dnde se encontraba el tesoro, y mand registrarle; pero no se
le encontr nada. Entonces quiso pactar con l y convinieron en que, si
Allen encontraba los cofres enterrados, se hicieran dos partes: una para
ellos, otra para nosotros.

Allen, tan pronto deca que s como deca que no. Haba llegado a dar
ms importancia al tesoro que a su vida.

--Quieres que te diga dnde est el tesoro, para quedarte con l y
luego matarme?--sola decir por la noche--. No, hijo mo, no.

Nosotros, Smiles y yo, le decamos que se entendiera con Ryp; yo, por mi
parte, estaba deseando salir de all, aunque fuera con las manos vacas.
Allen no quera.

Un da nos dijo que s, que estaba dispuesto a decir dnde estaba el
tesoro. Llam a Ryp y quedamos de acuerdo en ir todos a la orilla del
ro, escoltados por diez moros armados. Llegamos a la arruinada
fortaleza, y Allen exigi que le dejaran solo. Estuvo un cuarto de hora,
y despus se encamin hacia el ro, y apoyndose en una piedra de la
orilla, dijo: Aqu est. No acababa de decir esto cuando van Stein le
dispar un pistoletazo a boca de jarro y lo dej muerto.

Smiles y yo echamos a correr, temiendo que siguieran con nosotros. Ryp,
van Stein y los moros se pusieron a cavar furiosamente, mientras
nosotros nos alejbamos corriendo por la orilla del ro. Llegamos
rendidos cerca del mar, y nos encontramos en un arenal inmenso, formado
por dunas que el viento levantaba y deshaca. Nos guarecimos los dos en
una grieta de la arena y estuvimos as escondidos horas y horas, con el
odo atento.

De pronto, en la calma de la tarde, omos voces. Eran Ryp y van Stein.

--No se ve a nadie?--preguntaba Ryp.

--A nadie.

--Habrn atravesado el ro, quiz.

--Y, despus de todo, qu nos importa por ellos?--dijo van Stein.

--Qu nos importa!--replic el otro--. A m no me chocara nada que el
moreno sepa dnde est el tesoro.

Smiles y yo omos la conversacin; al dejar de distinguirse las dos
voces, Smiles me dijo:

--No han encontrado nada.

--Es indudable.

No supe si alegrarme o entristecerme; no habiendo encontrado el tesoro,
nos buscaran con ms ahinco. Al hacerse de noche salimos de nuestro
escondrijo, y, metindonos en la arena hasta la cintura, avanzamos por
la playa. Con qu objeto? No tenamos ninguno. De pronto, Smiles
exclam:

--Maldicin! La luna llena. Nos van a descubrir.

Efectivamente, la luna sali, iluminando la playa con una fuerza tal que
se vean todos los montculos y piedras.

Yo, en aquel momento, me acord de que el patrn de la goleta alquilada
en Canarias se haba comprometido a acercarse a la desembocadura del ro
todos los meses en el plenilunio. Todava estbamos en el quinto mes. Si
haba cumplido su palabra y la goleta estaba all, podamos darnos por
salvados. Smiles y yo, saltando por encima de aquella arena movediza,
llegamos a la desembocadura del ro.

All estaba la goleta; sin duda se dispona a partir.

--Socorro! Socorro!--gritamos Smiles y yo desesperadamente, uniendo
nuestras voces.

Al principio no nos debieron or; despus vimos a la luz de la luna que
el barco se acercaba a nosotros con las velas desplegadas.

La gente de Ryp debi darse cuenta de nuestros gritos y comenz a
dispararnos. Smiles y yo nos echamos al agua y, nadando, llegamos a
coger la goleta.

Cuando yo me encontr sobre cubierta, promet no volver a aquel maldito
paraje. Llegamos a las Canarias, y de las Canarias a Liverpool. Yo
pensaba que con la relacin de nuestras fatigas y con la muerte de
Allen, la familia de mi novia se habra curado del deseo de encontrar
tesoros, pero fue todo lo contrario.

--Tienes que ir--me deca mi futura suegra--a ver a ese espaol, a que
te diga dnde est el tesoro de Zaldumbide. Y a eso venimos. Usted
pnganos sus condiciones.

--Yo, ninguna. Soy rico, no tengo necesidad de nada. Les dar la
indicacin. Slo deseo que tengan ustedes mejor suerte.

--Sin embargo....

--Nada, nada.

Les di la indicacin, traducida del devocionario de Allen, y se fueron,
despus de darme las gracias efusivamente.

       *       *       *       *       *

Un ao despus recib una carta del joven Small y un paquete pequeo:

El tesoro nos ha dado mala suerte--deca--. Fuimos al Nun con una tropa
de quince hombres armados. Al ver que descubramos las cajas enterradas
y nos las llevbamos, Ryp y los suyos nos atacaron a la desesperada. En
la refriega, Smiles y Ryp murieron; van Stein qued malherido y dos de
nuestros hombres cayeron prisioneros. Yo cog una fiebre y no me he
curado todava de ella.

En el paquete venan dos grandes perlas que Small me enviaba. Me
repugnaba quedarme con ellas; no quise ensearlas a mi mujer, y,
subiendo al Izarra, las ech al mar.

--Servirn--pens--para que se adorne alguna ondina de aquellas
conocidas por Yurrumendi.





EPILOGO


Han pasado muchos aos de vida normal, tanquila, sin ms incidentes que
los cotidianos.

Juan Machn no ha aparecido. Quiz anda perdido por los mares; quiz
tambin ha ido a buscar algn tesoro en un rincn del planeta.

Como guardando la tradicin de la familia, es l el Aguirre inquieto que
se pierde por el mundo.

Vive? No vive? Volver? No lo s. Confieso que al principio no
hubiese querido que volviera; hoy, s, me alegrara de verle y de
estrechar su mano.

Respecto de m, siento un poco de vergenza al decir que soy feliz, muy
feliz. Es verdad que no lo he merecido, pero as es.

Cuando pienso en mi mujer, me acuerdo tambin de Diana Vernon; pero no
tengo que recordarla como mi to Juan de Aguirre, ni como el hroe de
Walter Scott, muerta, sino que la veo viva, a mi lado. Hoy, con sus
cincuenta aos y los cabellos grises, me parece ms encantadora que
nunca.

Mi madre vive ya constantemente en nuestra casa de Izarte. Le gusta
estar siempre en la cocina hablando con las muchachas y con mis hijas,
echando lea al fuego y murmurando contra mi mujer.

En el fondo se entienden las dos perfectamente; pero mi madre tiene que
reir un poco, acusa a mi mujer de mandona y de que siempre quiere hacer
su voluntad.

Todos mis hijos han sido mecidos en los brazos de su abuela, y dentro de
poco podr mi madre mecer a su biznieto.

Yo cada da me siento ms indolente y ms distrado. Muchas maanas, con
el buen tiempo, me levanto muy temprano y sigo el camino abandonado,
escuchando el rumor de los campos. Los pjaros cantan en las enramadas,
el sol se derrama brillante por la tierra.

Al volver me detengo a contemplar mi casa, sobre el jardinillo que le
sirve de pedestal. En el balcn de madera brillan los geranios rojos; en
el huerto, algunos girasoles levantan sus grandes flores sobre sus
tallos. Subo la escalera y me asomo al balcn. Las vacas pastan en
nuestro prado; mis chicos suelen seguirlas protegidos del sol por
grandes sombreros de paja. Enfrente veo las casas desparramadas de
Izarte, que parecen de juguete, echando humo por la chimenea, y a lo
lejos los montes.

Mi mujer sabe que algunas veces necesito vagabundar un poco, y me deja.
Antes me sola acompaar en mis paseos, y algunas veces, al ver aparecer
el lucero de la tarde, recit esa poesa de Ossian, que hemos ledo los
dos en un ejemplar de Ana Sandow, y que empieza as:

Estrella del crepsculo, que resplandeces soberbia en Oriente, que
asomas tu radiante faz por entre las nubes y te paseas majestuosa sobre
la colina..., qu miras a travs del follaje?

Yo le sola escuchar con las lgrimas en los ojos. Aquellos cantos de
Ossian me parecan admirables. Hoy mi mujer tiene demasiadas cosas en
qu ocuparse para corretear por el campo. Nuestro clan va aumentando y
ella es la administradora. Yo le digo que es el buen tirano, la
dictadora inteligente, la representacin del gobierno ideal para los
perezosos.

Yo soy el vagabundo de la familia.

Cuando cambia el tiempo experimento la nostalgia de sentir la paz
profunda del mar, de su abandono y soledad. Entonces voy a pasearme por
la playa de las Animas, y contemplo, como si fuera por primera vez en mi
vida, las tres rayas de espuma de las olas que rompen en la arena.

En la primavera me produce una gran alegra; en el otoo, una gran
tristeza; pero una tristeza tan extraa, que me parece que sera muy
desgraciado si no la sintiera alguna vez.

En esos das de noviembre, cuando vuelve la humedad y el dominio del
gris; cuando vuelven las lneas vagas y borrosas y vuelve el silbar
agudo del viento; cuando el arroyo _Sorgui-Erreca_ semeja un torrente,
entonces me gusta pasear por la playa y saturarme de la enorme
melancola del mar y empaparme en su gran tristeza.

Luego, cuando ya estoy saturado de espumas, de olas, de gemidos del
viento, subo por la Cuesta de los Perros hasta lo alto de las dunas, y
avanzo por entre los maizales. All est la aldea tranquila donde vivo,
all estn los mos. Voy acercndome a mi casa; la familia, en estos
das de invierno reunida en la cocina, delante del fuego del hogar, me
espera.

All cuento yo mis aventuras, y las adorno con detalles sacados de mi
imaginacin; pero las he contado tantas veces, que mi mujer me reprocha
un poco burlonamente que las repito demasiado.

A veces me preocupa la idea de si alguno de mis hijos tendr inclinacin
por ser marino o aventurero.

Pero no, no la tienen, y yo me alegro..., y, sin embargo.... Ya en
Lzaro nadie quiere ser marino; los muchachos de familias acomodadas se
hacen ingenieros o mdicos. Los vascos se retiran del mar.

Oh, gallardas arboladuras! Velas blancas, muy blancas! Fragatas
airosas, con su proa levantada y su mascarn en el tajamar! Redondas
urcas, veleros bergantines! Qu pena me da el pensar que vais a
desaparecer, que ya no os volver a ver ms!

S, yo me alegro de que mis hijos no quieran ser marinos..., y, sin
embargo....


FIN


[Ilustracin]











End of Project Gutenberg's Las inquietudes de Shanti Andia, by Po Baroja

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDIA ***

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