The Project Gutenberg EBook of Angelina, by Rafael Delgado

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Title: Angelina
       (novela mexicana)

Author: Rafael Delgado

Release Date: June 17, 2005 [EBook #16082]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Coleccin de Escritores Americanos dirigida por Ventura Garca Caldern.

XI




ANGELINA

(NOVELA MEXICANA)


POR

RAFAEL DELGADO

Con un estudio preliminar de V. GARCA CALDERN

CASA EDITORIAL MAUCCI

Gran medalla en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid 1907, Budapest
1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910.

Calle de Mallorca, 166.--BARCELONA
ES PROPIEDAD DE ESTA CASA EDITORIAL

AL

Sr. D. Jos M. Roa Brcena
en prenda de respetuosa amistad,

EL AUTOR


[Ilustracin]




RAFAEL DELGADO Y SU NOVELA _ANGELINA_


Con este libro obtuvo el gran novelista mexicano el ms sonado xito;
con l hemos querido propagar en Amrica su nombre[*]. En sus armoniosas
pginas reconocemos un acento nuestro. All revive y se prolonga la
musical historia de _Mara_.

[Nota *: A la exquisita amabilidad del eminente abogado mexicano, Don
Miguel Hernndez Suregui, heredero de los derechos del novelista,
debemos la autorizacin para publicar este libro.]

No s si, como aseguran cuerdos jueces, volvemos en Amrica al
romanticismo de Espronceda, si otra vez repetiremos el romnticos
somos de Rubn Daro, del Rubn envejecido y suspirando por la juventud
que se acab. Retorno encantador que sera solo censurable si
romanticismo significara otra vez el tumulto forense de una poesa
callejera; mas no si regresramos, por los collados de Bcquer, al
reclamo luntico, al epitalamio triste del ruiseor y la noche. Son
_rimas_ nuevas algunos cantos de Daro y en ciertas _arias_ de Jimnez,
que sedujeron a Amrica, toda la Sevilla becqueriana est con sus
divinos suspirantes y la guitarra de luto.

En tales libros han aprendido a amar y a delirar nuestras mujeres. Por
ellos son abnegadas vctimas del cruel amor e incomparables amantes. Son
Elviras y no han cesado de ser Julietas. Y en ese coro de vivientes
pasionarias, tan americano, tan nuestro, en la sentimental alegora de
la poesa sin ventura, yo creo que la mexicana y la colombiana vienen
juntas. La Angelina de este libro est, silvestre y coronada, con
Mara....

Como la historia de Isaacs, sta tambin--segn nos dice el autor en el
prlogo--fu ms vivida que imaginada. Alterando apenas ciertas fechas
y ciertos nombres, nos relata una aventura propia. Pueden acaso, las
ajenas, contarse bien? Delgado no lo cree. Dirigindose en el prlogo de
_Los Parientes Ricos_ al que leyere, confiesa que el autor est siempre
en la obra y que eso de la impersonalidad en la novela es empeo tan
arduo y difcil que, a decir verdad, lo tengo por sobrehumano e
imposible. El relatar, pues, su aventura y con ella la de las
mocedades americanas y mejicanas hacia 1860, cuando los libros de
nuestro romanticismo tardo ensean todos la santidad de amar, la vital
necesidad de amar y al mismo tiempo el perenne fracaso de los idilios,
la crispada rebelin de los puos y la fatalista languidez de los labios
que cantan con Leopardi el desposorio del Amor y la Muerte.

Leopardi y Bcquer son los cultos de la adolescencia sentimental de
Rafael Delgado. En 1881, a los veintiocho aos, lea estudios sobre
ambos poetas desamparados, en la Sociedad Snchez Oropeza de Orizaba.
El protagonista de _Angelina_ confiesa que sabe de memoria versos de
Justo Sierra y prosas de Altamirano. Pero tambin conoce algunas quejas
de esa generacin mexicana de grandes clsicos. Con tal lectura se
modera y mitiga el moceril romanticismo. Ya su generacin pone el odo a
los consejos de la escuela realista. Y la novela _La Calandria_ que
publicara Delgado en 1889, en la _Revista Nacional de Letras y
Ciencias_, es obra de regionalista y costumbrista. Cuando aos ms
tarde, dice a su amigo don Francisco Sosa que en el plan de sus relatos
no entra por mucho el enredo, y que para l la novela es historia,
adivinamos que ha adoptado una idea de los Goncourt presentida ya en
Amrica por don Ricardo Palma.

Acercndose a la historia, llegan estos romnticos a la vida; pero en su
pesquisa de la veracidad y el documento se apartan siempre, con
aprensivo ademn, del estercolero de Job en donde Zola prospera y se
solaza. Y porque vienen con Lamartine de un pas de azahares y de lunas
de miel, queda en sus personajes una bondad contagiosa, en su estilo una
recndita y efusiva dulzura que se infiltra en el alma como una bruma de
noviembre.

Nada puede dar mejor idea del operado cambio que el cuento _Amor de
nio_ (publicado en un tomo de relatos breves) en donde est en
crislida la novela _Angelina_. Es la encantadora y juvenil locura de un
chiquillo que se enamora hasta enfermar... de un cuadro, del lienzo en
donde vive una de las ms suaves heronas de Shakespeare. Cordelia es el
primer amor de este adolescente que delira. El episodio recuerda, hasta
en el tono, un relato de Heine: aquella estatua feminizada por el musgo
que el futuro poeta de los _lieder_ iba a besar, con una oscura congoja
de Werther bisoo, en un rincn del parque familiar. Todos los
romnticos--se llamen Heine o Delgado--irn despus a ms carnales
musas, pero ya llevan en la frente el signo de ceniza. Y ante las
abnegaciones y los rendimientos de los acendrados carios, no podrn ser
en su pristina simplicidad, el joven y el amante. Una intrusa jams
olvidada, la obsesionante compaera de un pacto adolescente, acude
siempre a citas que no fueron para ella: Cordelia impalpable y
silenciosa, estatua derribada en el jardn que hel y eterniz con
labios de mrmol perfecto, el primer beso. Es casi la tragedia de este
libro.

Mara muere, Angelina se retira para olvidar, a un convento, para
olvidar un amor que ya adivina amenguado en el perfecto amante de su
fantasa. Porque ellas tambin, a su manera, son resignadas vctimas de
la educacin sentimental y casi mstica. Sus lecturas favoritas, la
sarracena ardenta de su sangre espaola, no les dejan entrever otra
ventura que un amor de exceso como dijo el poeta, en donde amor y beso
fueran sntesis de la eternidad. Pero cuando la vida va a ensearles la
dolorosa experiencia de su fragilidad, ellas no quieren aventurarse por
la senda en que la seora de Bovary camina, velada y suspirando, hacia
el amor que engaa. stas hijas de Mara expiarn su candor en la
celda horrenda y nuestros conventos son asilos de novias, desamparadas.

Ningn eplogo, poda ser, pues, ms americano que el de _Angelina_.
Americano, an cuando fuera antao europeo tambin. Traducida en la
actualidad, hara sonreir. Recordara esos grabados encantadores en
donde Lamartine, de cara al empreo, increpa al cielo por su ventura
perdida; aquellas imgenes de Elvira, de pie en la barca, bajo la luna
que entumece los corazones y los lagos.... Pero estamos seguros de que
seduce y seducir esta obra a cuantos nacimos en pases romnticos. En
esos pases donde hay siempre margaritas que deshojar, versos ingenuos
en los abanicos, novias que juran, desde una reja nocturna, el amor
vitalicio de Angelina.

VENTURA GARCA CALDERN

[Ilustracin]




PRLOGO DE LA PRIMERA EDICIN


All te va esa novela, lector amigo; all te van esas pginas
desaliadas o incoloras, escritas de prisa, sin que ni primores de
lenguaje ni gramaticales escrpulos hayan detenido la pluma del autor.
Son la historia de un muchacho pobre; pobre muchacho tmido y crdulo,
como todos los que all por el 67 se atusaban el naciente bigote,
creyndose unos hombres hechos y derechos; historia sencilla, vulgar,
ms vivida que imaginada, que acaso resulte interesante y simptica para
cuantos estn a punto de cumplir los cuarenta. Como el Rodolfo de mi
novela, gran lector de libros romnticos, eran todos mis compaeros de
mocedad,--te lo aseguro a fe de caballero,--y ni ms ni menos que como
Villaverde algunas ciudades de cuyo nombre no quiero acordarme.

Rugote por tu vida, amigo lector, que no te metas en honduras, que no
te empees en averiguar dnde est Villaverde, cuna de mi protagonista.
Mira que perderas el tiempo y correras peligro de mentir. Ya sabes que
los noveladores inventan ciudades que no existen, y de las cuales no te
dara noticia ni el mismsimo Garca Cubas.... Tampoco busques en los
capitulejos que vas a leer _hondas trascendencias y problemas_ al uso.
No entiendo de tamaas _sabiduras_, y aunque de ellas supiera me
guardara de ponerlas en novela; que a la fin y a la postre las obras de
este gnero,--poesa, pura poesa,--no son ms que libros de grata,
apacible diversin para entretener desocupados y matar las horas,
libritos efmeros que suelen parar, olvidados y comidos de polilla, en
un rincn de las bibliotecas. Adems: una novela es una obra artstica;
el objeto principal del Arte es la belleza, y... con eso le basta!

Mas si por acaso fueses de esos crticos zahores que adivinan o
presumen de adivinar las intenciones y propsitos de un autor, para que
el mejor da no salgas diciendo que quise decir _esto o aquello_,
declarte que tengo en aborrecimiento las novelas _tendenciosas_, y que
con esta novelita, si tal nombro merecen estas pginas, slo aspiro a
divertir tus fastidios y alegrar tus murrias. Y no me pidas otra cosa, y
queda con Dios.

Orizaba, a 30 de Julio de 1893.


[Ilustracin]

[Ilustracin]




I


La diligencia iba que volaba. Sin embargo, me pareca lenta y pesada
como una tortuga. Ya no me causaba repugnancia el hedor de los cueros
engrasados, ni me ahogaba el polvo, ni me arrancaban una sola queja los
tumbos del incmodo y ruidoso vehculo. Hubiera yo querido duplicar el
tiro, emborrachar a los cocheros y hostigar a las bestias, a fin de
recorrer en pocos minutos las tres leguas que faltaban para llegar a
Villaverde. Aniquilado por la impaciencia, me arrincon en el asiento,
delante de la anciana y junto al ganadero; recog la indomable cortina y
me puse a contemplar el paisaje, aquellos campos frtiles y ricos,
aquellas montaas cubiertas de abetos, vistos diez aos antes, a travs
de las lgrimas, una fra maana del mes de Enero a los fulgores
purpreos del sol naciente.

Nada haba variado: las arboledas, ms copadas, conservaban la misma
disposicin, el mismo aspecto; el casero de la hacienda prxima volva
ante mis ojos igual, idntico, como una estampa admirada en la niez, y
que el mejor da, cuando menos lo esperamos, viene a recordarnos pocas
dichosas. Blancas las paredes del lado del Poniente; las orientales,
pardas, ennegrecidas por los vientos salobres de la Costa. Las
enredaderas, que trepaban por la torrecilla hasta prender sus tallos en
la cruz de hierro, hacan gala de sus festones floridos, y en las
cornisas, en los tejados, en los rboles, friolentas palomas, pichones
tornasolados, esperaban la noche para recogerse al amoroso nido.

El triste Octubre prodigaba en laderas y rastrojos amarillas flores, y
al soplo del viento que pasaba susurrando, los fresnos se estremecan y
dejaban caer las muertas hojas.

En el ancho camino el rechinar lejano de una carreta vaca, y orilladas
a un vallado de piedras, paso a paso, vuelto el arado doblegadas al yugo
y seguidas de los gaanes, media docena de yuntas que volvan de los
barbechos. En el real solitario, junto al estanque de aguas turbias, una
parvada de ocas; los techos pajizos envueltos en la gasa del humo
vespertino; detrs, la casa de la hacienda, vetusta en parte, con aires
de arruinada fortaleza, en parte sonriente y alegre, restaurada,
rejuvenecida al gusto europeo, dejando adivinar en las vidrieras
luminosas y en las verdes persianas un interior elegante y rico.

Fondo de aquel hermoso cuadro, graciosa cordillera, valles conocidos y
amados, un cielo lmpido y puro, por el cual ascenda la creciente luna
semivelada en un celaje.

--De quin es esta hacienda?--pregunt.

Hcelo, acaso con el pensamiento, porque nadie me respondi. La anciana
dormitaba; el ganadero doblaba cuidadosamente, por la milsima vez, su
valioso zarapo multicolor.

--Cmo se llama esta finca? De quin es?--repet.

--Santa Clara.... Es de un tal Fernndez....--murmur el campesino,
exclamando en seguida, sin dejar el jorongo:--Buena boyada! Hartos
pesos! Alzan aqu unas cosechas, amigo, unas cosechas... que... vaya!

Segu entregado a la contemplacin del paisaje.

Para m se haca transparente, como para dejarme ver entre sombras una
casa humilde y modesta, la casa paterna, donde me aguardaban mis tas,
dos hermanas de mi madre, dos ancianas amables y cariosas.

Unico amparo del nio desdichado que no tuvo la buena suerte de conocer
a sus padres, ellas le recogieron, le criaron, y a costa de no pocos
sacrificios le proporcionaban educacin. El que sali chiquillo volva
hecho un mancebo; vena crecido y guapo; negro bozo le sombreaba los
labios; no haba malogrado tantos afanes, y en l cifraban las buenas
seoras toda su dicha.

Ya estaran disponindose para ir a recibirle; ya le tendran lista la
alcoba y la merienda. Ah! s, todo quedara dispuesto y bien arreglado.
La recamarita, aquella que daba al patio, muy aseada y cuca, con su cama
albeando, con su aguamanil provisto de todo. Y all estara, sin duda,
el retrato del abuelo, muy estirado, de gran uniforme, el pecho cuajado
de cruces.... El abuelito! Un general del antiguo ejrcito, honor y
gloria de la familia; santanista feroz que pele en Tampico y en
Veracruz, que se bati como un hroe en Churubusco; y que sigui a
S.A.S. a las Antillas, de donde volvi desengaado, viejo, enfermo,
y... pobre.

Habran colocado tambin, a la cabecera, el cuadrito de San Luis
Gonzaga, que no quise llevarme, a pesar de las splicas de mi ta
Carmen. Ella me le regal el da que hice mi primera comunin. Piadoso
obsequio, dulce recuerdo de aquel Viernes de Dolores venturoso y feliz
en que mi alma tena la pureza de las azucenas; en que los cielos y la
tierra me sonrean, cuando en el templo alfombrado de amapolas, entre el
humo de los incensarios, a los acordes solemnes del rgano, delante de
un altar, resplandeciente, me acerqu trmulo, anonadado, a recibir el
Pan Eucarstico.

Me parece que veo al sacerdote, venerable anciano de aspecto dulcsimo
como San Vicente de Paul, que, seguido de los aclitos que vestan
mantos nuevos y sobrepellices limpias, descenda, trayendo en una mano
ureo copn, y en la otra la Forma Inmaculada.

De un lado las nias, cubiertas con velos vaporosos, ceida la sin de
rosas blancas; del opuesto nosotros, los varoncitos, de gala, ornado el
brazo con un moo de moar flecado de oro. Y luego, la salida del
Templo, despus de dar gracias. Ah! Qu alegremente que repicaban las
campanas! Cmo olan los aires a primavera! Venan las brisas cargadas
de azahar, y esparcan por la ciudad no slo el aroma de los naranjales,
sino los mil olores de los huertos y de los bosques cercanos; los aromas
embriagantes de las amapolas, de los acnitos y de los _jinicuiles_
florecidos, como si la naturaleza despilfarrara todos sus perfumes en
obsequio de los nios que volvan a sus hogares. Y all, qu fiesta tan
hermosa! Qu desayuno aquel! El comedor que pareca un jardn! Sobre
blanco mantel las garrafas llenas de leche fresca; en fuentes que slo
salan cuando repicaban recio, pasteles, tortas, hojaldres, las
bizcotelas del convento de las Teresitas, suaves, esponjadas, porosas,
llovidas de azcar como nieve; vasos y copas que de limpios parecan
diamantes. En grandes jarrones de porcelana espaola,--los viejos
jarrones de la familia,--frescos ramilletes de rosas, lirios y azucenas;
y por todas partes, regados aqu y all, ptalos rosados, amarillos,
blancos, purpreos; y apiladas en torno de mi taza, las msticas y
caducas balsaminas,--_los chinos de castor_,--que de ordinario
engalanaban la humilde lamparilla de la Dolorosa, lucan ahora en aquel
banquete religioso su nvea veste manchada de carmn.

En la vasera, convertida en altar, entre dos candelabros con las velas
encendidas, el cuadrito de San Luis Gonzaga, el santo angelical,
ofreciendo de rodillas, ante la Reina de los Cielos, lisada corona, la
vida y el alma. Enfrente el retrato del abuelito, el abuelo que muy
grave y seriote pareca desarrugar el adusto ceo para sonreir a su
nieto.

Al concluir el alegre desayuno, cuando me levantaba yo ahito de
pasteles, mi ta Pepa, entre afable y severa, me detuvo diciendo:

--Te falta una cosa, Rodolfo....

--Qu cosa, ta?

--Dar gracias, Rorr!...

Me hicieron rezar el Padre nuestro, el Ave Mara, la oracin de San
Luisito, y un requiem, y otro, y otro ms, por el abuelito, por la
abuelita y por mis padres.

Cmo me entristecieron las fnebres preces! Pas por mi alma no s
qu, algo como una sombra de fugitivo dolor!

El carruaje iba a todo correr por el ancho camino. La noche vena, y el
casero se perda en las tinieblas. Al fin de la dehesa, al otro lado
del riachuelo, detrs de una hilera de sauces babilnicos, blanqueaba el
templo, cuyas campanas convocaban a la oracin.

En las vertientes, en los repliegues de las montaas, en las espesuras
del valle, fulguraban las hogueras. La noche obscureca los matorrales
cercanos; llegaban hasta nosotros el mugir de las reses y el _tomear_ de
los vaqueros; un ejrcito alado cruzaba los espacios raudo y vibrante, y
en el cielo sin nubes brillaba la triste luna con apacible claridad.

Desde lo alto de la cuesta descubrimos la ciudad. Silenciosa y lnguida,
se me antoj rendida de cansancio. A la plida luz del astro nocturno
columbr los principales edificios: el convento de los franciscanos,
pesado y sombro; la iglesia del Cristo con su arrogante cpula; la
Parroquia, la Casa Municipal, y a la derecha, en el montecillo, en una
loma, siempre tapizada de mullido csped, la capilla de San Antonio,
donde las muchachas solteras y sin galn iban a rezar y a decir aquello
de

     Bendito San Antonio, tres cosas te pido: salvacin, y dinero, y un
     buen marido;

y donde los chicos de la Escuela del Cura y los de la Escuela Nacional
rean tremendas batallas.

All, en la sabanita, a espaldas del santuario, eran las carreras de
caballos el da de San Juan.

Poco tiempo, pocas horas, y de maanita ira yo con algunos amigos de la
infancia a recorrer aquellos sitios. Subiramos al campanario para mirar
desde all el magnfico panorama de Villaverde, tan hermoso, tan bello
para m, que otros, tal vez mejores, no me le hicieran olvidar.

La diligencia se detuvo en la garita. Los guardas salieron a cobrar no
s qu gabela de seguridad pblica, con lo cual no haba contado el
pobre estudiante escaso de dineros. Qu hacer? Le detendran si no
pagaba? Lleno de angustia registr mis bolsillos.... Nada! El ganadero
comprendi lo que me pasaba, y desprendido, francote como era,
veracruzano al fin, pag por la anciana y por m, antes de que dijsemos
una palabra. Diciendo pestes del recaudador, que le oa sereno e
inmutable, y echando ternos contra el Gobierno, que cobraba semejantes
impuestos sin mantener en los caminos ni un soldado, volvi a su asiento
y a su zarape multicolor.

All el vehculo comenz a dar tumbos y ms tumbos. Las calles de
Villaverde estaban peores que la carretera. Fu reconociendo las casas y
sitios de aquel barrio perdidos en mi memoria. Tenduchas solitarias,
alumbradas por un farolillo; casucas de madera deshabitadas y
miserables; expendios de bebidas y comestibles, donde grupos de obreros
y campesinos charlaban y fumaban frente a un vaso de toronjil o de
naranja amarga. Ms adelante jarcieras y almacenes de pasturas; ancho
portal en que pernoctaban unos arrieros, y cerca del cual arda una
fogata; luego, la calle anchsima.... All ms animacin, ms vida;
gentes que iban y venan; el alumbrado pblico, faroles con lmparas de
petrleo, que solo servan para dejar que se viese la obscuridad;
jinetes que volvan de las haciendas y de los pueblos cercanos; un
almacn de ultramarinos, EL PUERTO DE VIGO, iluminado profusamente,
centelleando en las botellas, en los frascos y en las latas de sardinas
el reflejo de los quinqus; una botica soolienta, hipnotizada por sus
reverberos y sus aguas de colores, la botica de don Procopio Meconio;
delante del mostrador un marchante en espera; detrs un mancebo que
haca pldoras, y en la puerta el dueo, de charla con un amigo.

Al pasar por el Convento reconoc al P. Solis que saba muy tranquilo,
embozndose en la capa; dos calles adelante al doctor Sarmiento, lo
mismo que siempre, con levita larga, el bastn bajo el brazo y el
sombrero espeluznado cado hacia la nuca. Por fin... la Casa de
Diligencias! El zagun abierto de par en par, personas que aguardaban,
mozos dispuestos para cerrar la puerta luego que entrase el ruidoso
vehculo.

Hemos llegado! El Administrador, un joven cejijunto, de negra y espesa
barba, un poquito cargado de espaldas, sale a recibir a los viajeros,
seguido de varios curiosos, los cuales, viendo que no han llegado
amigos, ni parientes, ni personajes notables, ni muchachas bonitas, se
retiran mohnos, haciendo un gesto de contrariedad.

Pronto las mulas quedan desenganchadas. Un momento antes entraban
sudorosas, echando espuma, sacando chispas del empedrado; ahora se
pasean solas por el gran patio, arrastrando las cadenas, sonando sus
cadenas tintinantes.

El ganadero recoge cajitas y bultos chicos, se echa al hombro el zarape,
y baja de un salto. Corts y comedido ayuda a la anciana que no sin
dificultades llega a tierra, toda envarada y adolorida. Sigo yo,
cargando el abrigo y la exigua maleta estudiantil, y buscando a mis
tas. En vano! No estaban all! Se habran retardado.... Creeran que
la diligencia llegaba ms tarde.... Me dispuse a salir cuando sent que
me tocaban el hombro.

--Aqu estoy! Ya no me conoces? No me conoce usted? Soy Andrs.

Era un antiguo criado nuestro que cuando la familia vino a menos dej la
casa y se dedic al comercio.

--Andrs! T?

--Qu grande est usted!

--No me hables as. De t! De t!

El buen viejo, trmulo de emocin, arrasados en lgrimas los ojos, me
ech los brazos.

--Ests hecho un hombre! Y qu buen mozo! Si el amo viviera!... Si
tu mam pudiera verte!...

--Y mis tas?

--No vinieron.... Ya sabes: como doa Carmelita est un poco mala....

--De qu?--pregunt inquieto.

--Lo de siempre.... Los achaques.... Anda, que te estn esperando. Dame
la maletita. No dejas nada?

--No; maana temprano vendrs por el bal.

En marcha. A la salida me desped, muy de prisa, de mis compaeros de
viaje.

Andrs no dejaba de verme ni de acariciarme. A cada paso me deca.

--Pero, nio... si ests tamao!




II


Tom por calles que conducan a la casa paterna. En ella deban vivir
mis tas. Nadie me haba dicho lo contrario hasta que Andrs me detuvo:

--A dnde vas? Ya no conoces tu tierra?

--A casa.

--Si ya no viven donde antes.

--Pues dnde?...

--Por aqu....

Echndome el brazo me impuls a seguir por una callejuela.

--Cundo mudaron de casa?

--Uh! Hace tiempo! Como vendieron la casita.... Yo les dije que no lo
hicieran; pero fu preciso....

Estas palabras del antiguo servidor de mis padres fueron para m como un
rayo de luz. Todo lo comprend. La situacin de mis tas era, sin duda,
por extremo precaria. Ahora me daba yo cuenta de la tristeza que
informaba sus cartas; ahora estimaba yo en lo justo la magnitud de sus
afanes y de sus sacrificios.

Andrs prosigui:

--Estn muy pobres. No han querido decirte nada para no afligirte. Las
pobrecitas te quieren mucho!

--Que si me quieren! Vaya!

--Nada les digas. Veremos a ver por dnde salen. Para tu gobierno: ya no
pueden seguir dndote la mesada. Las ayudo cuanto puedo, pero ya
comprenders que no les doy mucho; los tiempos estn malos; no se paga
un peso.... Sin embargo, si quieres, haremos un esfuerzo, cueste lo que
costare. Tienes que estudiar mucho todava? Pues si no es mucho, si no
es mucho alcanzar. Aunque me quede sin nada! Al fin, para lo que yo he
de vivir! Al fin no hago ms que pagar lo que a los amos les debo....

Y sin dejarme contestar pas a otra cosa.

--Pero, nio... si ests tamao! qu grande! qu buen mozo!

Detvose delante de una casa de pobre apariencia. Asi el llamador, y

--Tan! Tan!

No tardaron en abrir. Apareci una joven que me mir con insistente
curiosidad.

--Entren...--dijo.

--Doa Carmelita!--grit Andrs, entrando,--Doa Carmelita! Aqu est
el nio! Muy grande! Y... muy formal!

No saba yo por dnde dirigirme. Llegaron a mis odos voces conocidas,
son en la cerradura de la puerta contigua ruido de llave, y sali mi
ta Pepa, tendiendo los brazos.

--Muchacho! Muchacho! Mi Rorr, ven, ven para que te abrace!

Estrechndome, repeta con su locuacidad de siempre:

--Nio de mi alma! Si ests tan alto que no te alcanzo! Entra para que
te veamos.

La emocin la ahogaba. Me bes en las mejillas, como si fuera yo un
chiquitn. Estaba llorando. Me dej hmedo el rostro.

--Entra para que te vea Carmen!--Y agreg sigilosamente, agarrndome de
un brazo:--La pobrecilla est muy malita, muy malita. Te vas a
entristecer al verla. No te lo hemos dicho para que no perdieras la
tranquilidad en tus estudios. El doctor Sarmiento dice que no tiene
remedio; pero que la cosa va larga; vivir as, tullida, ms o menos,
pero que eso de sanar, slo por milagro.... Pero mira, mira, tengo mucha
fe en la Santsima Virgen. Entra, Rorr, entra. La pobre Carmen se va a
poner tan contenta. Todito el santo da ha estado diciendo: Por dnde
vendr mi seor don Rofoldo? Por dnde vendr? Dios quiera y no le
pase una desgracia!

Entramos en la salita. Qu pobre y qu triste! De una ojeada, a la luz
de la vela que traa la joven que nos abri la puerta, apreci lo que
encerraba: algunos muebles vetustos; sillas seculares de alto respaldar
y garras de len, resto de antiguos esplendores domsticos; dos
rinconeras con sus nichos de hoja de lata; un sof tapizado de cerda.

En la pieza siguiente, cerca de la ventana cerrada, yaca la enferma
sentada en un silln de vaqueta, envuelta en grueso paoln de lana. En
la cabeza tena un pauelo blanco, atado bajo la barba.

--Rodolfito!--exclam con acento dbil--Rodolfito! Ven, dame un
abrazo; mira que no puedo levantarme!

Llegu a su lado y me inclin para estrecharla contra mi pecho y darle
un beso en la frente. Tena los ojos arrasados de lgrimas. Apenas poda
hablar. Levant el nico brazo que tena expedito, y me acariciaba con
dulzura infantil.

--Aqu, a mi lado! Sintate aqu, mientras te ponen la cena. Tendrs
hambre, no es cierto? Se come muy mal por esos caminos. Pepa, Pepa! Pon
la vela aqu, cerca, para que vea yo bien al seor de la casa.

Ta Carmen arrim la mesita, en la cual, en un candelero de latn, arda
con luz rojiza una vela de sebo. Como no me viese a su gusto, insisti
impaciente:

Obedecironla. Me sent a su lado. Andrs y ta Pepa permanecan de pie
delante de nosotros. Desde la puerta, que daba paso a las habitaciones
interiores, la joven nos vea. Era alta y esbelta; vesta de blanco, y
me pareci de singular hermosura.

La enferma sec sus lgrimas. Siempre fu adusta y severa; jams
lisonjeaba, nunca tena una frase dulce y afable. La enfermedad haba
quebrantado aquel carcter entero, frreo, como de una pieza. Ahora
tena ternuras y delicadezas que conmovan profundamente.

--Vamos, ya te veo a mi gusto! Jess! Qu guapo que ests! Mira,
Pepa, mira: ya tiene bigotito! Enterito a su abuelo!

Su voz era dbil y apagada. Como si el pensamiento la abandonara para
volar hacia las regiones de ultra-tumba, quedse la anciana silenciosa,
fija en el suelo la mirada. Despus de un rato prosigui, sonriendo
dolorosamente, con esa sonrisa de los ancianos prximos a morir:

--Cmo me encuentras, hijo? Mal, verdad? Te acuerdas? Antes tan
fuerte, tan activa! Estaba yo en todo! Ahora, aqu me tienes, como
presa, como si tuviera grillos... peor que si los tuviera! Aqu me
tienes, clavada en el butaque, sin poder dar un paso; sin poder ayudar a
tu ta. La pobrecilla, que no para! Y yo que en nada le aligero el
trabajo; antes, al contrario, le doy quehacer. Estos nervios, hijo!
Don Pancho Sarmiento, (es muy bueno con nosotras, si vieras!) dice que
todo lo que tengo es cosa de los nervios. Nervios, nervios, y ello es
que a m se me van las fuerzas ms y ms cada da!...

Cuando dijo esto me hizo una seal de inteligencia, como indicndome que
la engaaban, que ella no crea nada de cuanto le decan acerca de su
enfermedad.

--Que te pongan la cena. Mientras hablaremos de otra cosa. Para cosas
tristes, tiempo habr.

Procur tranquilizarla. Le refer mil casos de enfermedades nerviosas
que tenan aspecto de gravsimos males, y que con el tiempo y el cuidado
haban desaparecido, dejando a los pacientes buenos y sanos.

Pareci convencida y, volvindose a m, me dijo sonriendo:

--Te habrs paseado mucho. Vas a ver esto muy triste. Tendrs razn,
hijo; aqu nadie se mueve; todos viven como cansados, como abrumados de
fastidio. Saliste bien de tus exmenes, ya lo sabemos! Nos lo dijo
Ricardito Tejeda la noche que vino a visitarnos. El pobrecillo te quiere
mucho. Nos cont que tenas mucho miedo. Nosotras rezamos por t; Pepa
fu a misa ese da, y yo le encend una lamparita a San Luisito, a tu
San Luisito, para que te sacara con bien.

Y dime, te entregaron el dinero que te mandamos para el traje? Ya
sabemos que s; pero te lo pregunto por saber si te lo dieron a tiempo.

--S; y por cierto que sent mucho que ustedes hicieran ese
sacrificio....

--Ah muchacho! Ya vienes con lo del sacrificio, como en todas tus
cartas? Qu sacrificio!

--No, ta, pero....

--Era preciso que te presentaras bien. Por fortuna en esos das
recibimos un dinerito, el de la casa. Ya sabes que la vendimos?

--S;--contest--creo que me lo escribieron.

--T dirs: estaba ya tan vieja! En reponerla se hubiera gastado ms.

Comprend que trataban de engaarme, de hacerme creer que vivan
cmodamente.

--Mira, Pepa: que le pongan a ste la cena. Se come tan mal por esos
caminos!...

Mi ta, la joven y Andrs se retiraron al comedor. No tardaron en
llamarme. La joven se present diciendo:

--Que ya est la cena....

Acarici a mi pobre ta, y pas al sitio donde me esperaban. Las buenas
seoras quisieron tratarme a cuerpo de rey, y sin embargo, qu cena tan
modesta y tan triste!




III


Cerr la puerta, dej en la mesa la brillante palmatoria, y de un soplo
apagu la buja.

De codos en el alfizar me puse a contemplar el cielo. Los vientos
otoales haban extendido en pocos minutos negro manto de nubes,
uniformemente obscuras, y slo en un punto ralas y tenues, hacia el
Oriente, donde a travs de blancos velos dejaban adivinar las ms altas
regiones del ter, los ocanos superiores del aire, limpios, surcados
por mil celajes voladores. Oase el ruido lejano de la lluvia. Las
plantas del jardincillo se balanceaban rumorosas. Las adelfas
columpiaban sus tallos flexibles; los floripondios mecan en la
obscuridad sus campanas de raso, y en la esplndida copa de un naranjo
las primeras gotas, gruesas y resonantes, caan con mpetu
extraordinario, precursoras de un largo aguacero.

Estaba yo en la casa de los mos. Pero ay! qu triste apareca ante mis
ojos. No era aquella casita la casita alegre y risuea que me vi nacer,
que alberg mi niez y que me vi salir de all baado en lgrimas. La
casa de mis padres era ajena! Quines la habitaban? Acaso quien no era
capaz de amarla y de estimar sus bellezas. All murieron mis padres,
dejndome en la cuna; all el abuelo se durmi tranquilamente en el
Seor; all corri mi vida regocijada y venturosa. Con qu pena
dejaran mis tas aquella casa, centro de todos sus afectos, relicario
de los ms dulces recuerdos! Me la imaginaba, y mis ojos se llenaban de
lgrimas. Bien visto, estaba solo; las buenas ancianas pronto
emprenderan el eterno viaje, y me quedara yo abandonado en un mundo
que me causaba miedo.

La lluvia arreciaba. Truenos lejanos, plido fulgurar de relmpagos
distantes, anunciaban que la tempestad invada la cordillera. El agua
caa a torrentes. En el naranjo aleteaban los pjaros, amedrentados al
sentir inundado su nido. Una mariposa nocturna pas rozndome la frente.

Encend la buja y cerr la vidriera. All estaba mi lecho de nio: la
camita de hierro con sus blancas colgaduras, y por la cual haba yo
suspirado tantas veces en el fro y desolado dormitorio del colegio.
All estaba el aguamanil provisto de todo, con su toalla tejida por la
ta Pepa. Junto a la cama, arriba del bur, el cuadrito de San Luis
Gonzaga. Enfrente, sobre la cmoda, el retrato del abuelito. A un lado
un estante lleno de libros, y cerca de la ventana el pupitre del
escolar, el negro pupitre de estudiante, compaero carioso del nio,
confidente de sus amarguras, casi testigo de sus triunfos, mudo
depositario de sus esperanzas. All haba colocado la mano discreta de
la ta mis primeros libros de estudia, conservados cuidadosamente en la
familia; desde el Catecismo de Ripalda y el Fleury, hasta la Gramtica
de Iriarte, aquella gramtica atiborrada de malos versos, que puso en
mis manos don Basilio, el eterno alcalde de Villaverde, una noche
inolvidable, la noche del reparto de premios.

Abr los libros. Aun conservaban en sus guardas la caricatura del
maestro, don Romn Lpez, _el pompossimo Cicern_, como le llambamos
porque nunca hablaba del orador de Tsculo sin aplicarle rimbombante
epteto, y legibles todava, notas, significados de inusitadas voces,
slo usadas de tal o cual poeta; listas de condiscpulos condenados a
ser detenidos dos o tres horas, por no haber acertado con no s qu
dificultades horacianas.

Felices tiempos aquellos! Cmo varan las cosas! Dnde estn las
alegras de aquella poca? Dnde los infantiles regocijos? A dnde se
fueron las ilusiones rosadas, las mariposillas de la infancia? Ahora
todo ha cambiado; no hay sueos para el alma; la frente, antes soadora,
tiene ya la palidez del primer dolor; ya prob las amarguras de la vida,
y s que sus dejos se quedan en los labios para siempre.

En uno de los libros, al abrirle al acaso, tropezaron mis ojos con un
nombre de mujer: MATILDE! As, entre dos admiraciones, como un grito de
alegra, como la expresin de la ms dulce esperanza, como la confesin
de un afecto sofocado en el pecho, que un da se nos escapa irresistible
y delata ante la malicia estudiantil, ante la cruel y dura indiscrecin
de los condiscpulos, que una mujer de ese nombre tiene en nuestro
corazn un altar, donde recibe culto y homenajes; donde slo ella reina,
seora de todo afecto puro, dueo de todos los pensamientos, soberana de
nuestro albedro. Y me pareci mirar una nia plida y rubia, esbelta y
graciosa, de grandes ojos de color de violeta; una nia en cuyo
semblante puso el cielo angelicales bellezas, que ataviada gallardamente
con rica veste azul, corta la falda, dejando ver unos pies brevsimos,
pasaba y hua, e iba a perderse entre la sombra que proyectaba en el
muro el blanco lecho: la dulce nia objeto de mi primer amor, de ese
amor primero que embalsama con su aroma de azucenas la ms larga vida,
toda una existencia.

No pude contenerme, y llev a mis labios aquel libro, aquella pgina,
aquel nombre que no gusto de repetir, aunque resuena en mis odos como
celeste meloda; que est grabado en mi corazn; que no se aparta de mi
mente; que para m expresa todo cuanto hay de tierno y puro y santo aqu
en la tierra.

No le olvido ni le olvidar; quizs porque de nio le escrib tantas
veces, a todas horas, en todas partes, en los libros, en los cuadernos,
en cualquier papel que tena yo cerca, cuando en mis manos haba un
lpiz o una pluma. Nombre escrito en las arenas de la ribera; en las
cortezas de los rboles; en la bveda azul las noches consteladas,
trazndole con el pensamiento, como sobre una pauta, de estrella en
estrella, para verle extendido por los espacios ilimitados, irradiando
en divina canopea.

Cmo me ro ahora, al copiar estas pginas, de mis romanticismos de
entonces! Cmo me burlo de aquellos raptos amorosos, de aquellos
xtasis quijotescos! Pero ay! no lo hago impunemente; que me hiero en
el pecho, me desgarro el corazn como si me arrastrara yo sobre l un
haz de espinas. Y sin embargo, aquello era una locura, un delirio de
loco. Aquella vida siempre dada al ensueo, siempre mecida en los
columpios de la fantasa, alimentada y nutrida con platillos
lamartinianos, era desviada, acaso perniciosa; pero ay! tan bella, que
cada hora, suya se me antojaba como el canto de un poema sublime cuyas
delicadezas y excelsitudes nos arrancan de esta pobre vida terrena y nos
llevan a vivir en un mundo ideal; me parecen como una sinfona
adormecedora, algo como la msica de los grandes maestros, as como de
Mozart, Beethoven o Wagner, que nos saca de la penosa y prosaica vida
material y por breves horas nos hace felices, aniquilando en nosotros
todo dolor, todo fastidio.

El cansancio me tena rendido; el estropeo del viaje en la malhadada
diligencia me haba magullado de pies a cabeza, y principi a sentir el
desmayo precursor del sueo. A los diez y siete aos siempre se duerme
bien. Ni tristezas domsticas ni el recuerdo de venturas desvanecidas
nos quitan el sueo. La cama albeaba en un rincn; el cario velaba
cerca de m, y el aguacero con su ruido montono me arrullara
dulcemente. A la cama! Un soplo.... Pfff! Ahora, como dijo Bcquer:

     _A dormir y roncar como un sochantre._




IV


No s a qu hora despert. Desconoc el sitio en que me hallaba, me
volv del otro lado y segu durmiendo hasta las ocho de la maana. No
quisieron, sin duda, despertarme, para que me desquitara de las
desmaanadas del Colegio.

--Que duerma hasta que quiera!--diran las buenas seoras.--Harto habr
madrugado en diez aos de encierro.

La luz que se filtraba por las junturas del techo y por las hendiduras
de la ventana, alegre y regocijada me hizo dejar el lecho. Fuera
resonaba la escoba cantante de una barredora inteligente, cantaban
pajarillos y cacareaban las gallinas. Un gallo ronco lanzaba, de tiempo
en tiempo, su canto de ensoberbecido sultn.

Presenta yo hermoso da, uno de esos inolvidables das que dan a las
almas de los nios festivo buen humor; uno de esos das que convidan, a
sacudir el yugo escolar para irse por los campos a tenderse bajo los
lamos del ro, cabe las ondas murmurantes, cerca de las piedras
cubiertas de musgo, lejos del dmino cetrino e irrascible, lejos de las
coplas del Iriarte, de las discusiones del Foro y de las catilinarias
terrficas; da de los ms bellos para _salar_. Me olvid de mi edad, me
imagin que tena siete aos, me persuad de ello, y me dije:

--Lo que es hoy, me desayuno, y dejo al _pompossimo_ don Romn con sus
odas y sus glogas. All se las avenga! Ahora.... Al cerro del Cristo,
a las dehesas del Escobillar, a cortar guayabas en las sabanillas que
bordan las orillas del Pedregoso!

Y, dicho y hecho, en pie. Pronto estuve listo. No procur cambiar de
traje, y me puse el muy empolvado de la vspera, que me ola a lo que
huelen los caminos de la Mesa Central, a sequedad y tierra estril.
Cuando entr en el comedor,--qu comedor!--una pieza de seis varas
cuadradas, mi ta Pepa, muy risuea y parlera, me esperaba sentada a la
mesa.

--Por Dios, Rorr! Quieres que me d un ataque! Son las nueve, y aqu
me tienes, sin probar bocado, en espera del caballero, mientras ste
duerme como un marqus. Carmen no ha dormido en toda la noche, pensando
en t, muy contenta de haberte visto. Tiene tu ta unas cosas! Dice que
pronto liar el petate; que ya viniste y que, tal vez, eso nada ms
espera Dios para llevrsela. As sucede todos los das; siempre
amargndonos la vida con tristezas, siempre hacindonos llorar! Pero
vaya! a todo esto ni quien piense en el desayuno.... Seora Juana: aqu
estamos ya! El chocolatito! T tomars caf con leche, no es eso?
Ustedes los muchachos no gustan ya del chocolate; dicen que es
antigualla. Yo, hijo, como tu abuelo, chocolate y nada ms; chocolate
bueno eso s. Mira, Rorr: a eso s no puedo acostumbrarme, al
chocolate malo. Comes algo? Dlo, muchacho, que para eso ests en tu
casa. Seora Juana: a ver qu le hace usted a Rodolfo.... Hay que
chiquear al nio!...

La buena de mi ta, no me dejaba hablar. Suelta de lengua, viva,
ingeniosa, era difcil cortarle el hilo una vez que principiaba a
hablar. No bien pidi el almuerzo, sigui diciendo:

--Ya sabes que est con nosotros una joven? No la viste anoche?

--Creo que s....

--Muy buena! Muy buena! Cmo un pan de gloria! Y te quiere mucho....
Parece que te conoci desde que eras as. Te acuerdas qu travieso? Te
acuerdas de cuando rompiste el juego de caf de tu ta Carmen? Me parece
que te veo: te fuiste a esconder en la bodega. De all te sacamos para
que vinieras a comer, y viniste plido y lloroso. T dirs! Por unos
cacharros cualesquiera.... Eran de China, y muy bonitos; pero qu
importaba. Todava se acuerda de ellos tu ta! Por que te sonrojas?
Vaya, hijo! Todava tienes miedo de que te castigue tu madrina?

Efectivamente, el recuerdo de aquella diablura me sacaba al rostro los
colores. Se trataba de un precioso servicio de caf, de legtima
procedencia chinesca, que mi abuelo compr en un puerto del Pacfico, a
bordo de un navo ingls que volva del Celeste Imperio. Era el encanto
de la casa. Un da, jugando a la pelota, chas! qued hecho pedazos.

--Pues bien, como te iba yo diciendo:--prosigui mi ta,--es muy buena
muchacha... y te quiere mucho. Las ltimas camisas que te mandamos las
hizo ella, y con qu cuidado!

--Dgame usted, ta, quin es esa joven?

--Ahora te dir!--e interrumpindome, grit:

--Angelina! Angelina! Ven ac!

Y continu, dirigindose a m:

--Est, con Carmen. Si t vieras: es muy hbil para todo, muy hacendosa,
o, como dice, seora Juana, _muy mujer_! Es la alegra de la casa.
Parece un pajarito que a todas horas est cantando. Nos tiene un cario,
un amor... que.... Si te diga que pareces de la familia! Qu cuidados
con Carmen! Es muy viva, muy sabia; escribe que es un, encanto! Ya
conoces su letra; ella escribe cuando yo estoy con la jaqueca. La
pobrecita ha sido muy desgraciada. Dios le d un buen marido!...

--Pues... pedrselo a San Antonio.

--Lo merece, hijo, lo merece.

--Ya tendr novio, verdad, ta Pepa? O, por lo menos, sus
amartelados....

--Qu? qu dices?

--Que ya tendr novio....

--Novio Angelina? Por Dios, Rorr! Qu otro vienes!

Y en tono dulce y suplicante agreg:

--Ay!, Rorr! No hagas malos juicios de las personas!...

En aquellos momentos lleg la joven. Tmida y cortada se detuvo en el
umbral; bajaba los ojos, y al parecer distrada jugaba con la punta del
delantal.

--Me llamaba usted, doa Pepita?--dijo.

--S,--respondi mi ta,--para que conozcas al sobrino. No deseabas
conocerlo? Pues aqu lo tienes. Ya lo ves.

La doncella murmur una excusa. Mi ta continu, dirigindose a m:

--Aqu tienes a la que, con esas manecitas, te hizo las camisas que te
gustaron tanto; la que bord aquellos pauelos que te mandamos de cuelga
el da que cumpliste diez y siete aos, Mentira parece! Y quien te
conoci, as, chirriquitn, que cabas en un azafate!...

Elogi las habilidades de Angelina. Esta, confusa y contrariada, no
alzaba los ojos para verme.

Mientras seora Juana pona delante de m el caf, el pan, la
mantequilla, y no recuerdo qu ms, y en tanto que la ta Pepa me
serva, admir a la joven. Era alta, esbeltsima y arrogante; haba en
ella esa externa y encantadora debilidad de las personas sensibles y
delicadas que reside en todo el cuerpo y que se revela en todos los
movimientos. Su rostro era de lo ms distinguido. Plida, con palideces
de azucena, aquella carita fina y dulce se haca casi marmrea por el
contraste que producan en ella lo negro de los cabellos y lo espeso de
las cejas. Permaneca con la vista baja, con cierto aire gazmoo, s,
gazmoo, que no me caus buena impresin. Cmo hacer para que me dejara
ver sus ojos?

--Vea usted, vea usted. Angelina...,--dije precipitadamente,--ese
pajarito que est bandose.

Volvi el rostro, levant la cabeza, y mir hacia la jaula.

--Ese es el que ha estado cantando?

--Ese!--contest, volvindose a m.

Qu hermosa! Ojos negros, luminosos, hmedos; nariz delgada, fina,
correctsima; boca agraciada; mejillas en las cuales se dibujaban apenas
lindos hoyuelos, que ms acentuados, al reir la joven, seran
encantadores.

--Buen cantante!--djele, mirando al pajarillo.

--Le molestara un poco. Desde muy temprano se suelta cantando. A
veces,--agreg, haciendo un mohn risueo,--est insufrible!

Pude gozar entonces de la belleza singular de aquella boca, de aquellos
labios rosados que dejaron ver, al plegarse dulcemente, una dentadura
irreprochable.

Mi ta Pepa se entretena con el chocolate, y yo me serva en una
rebanada de pan la fresca e incitante mantequilla.

La anciana, como si quisiera establecer entre nosotros una corriente de
recproca simpata, exclam despus de engullirse una sopa.

--Oye, Angelina: Rodolfo est muy contento de las camisas que le
mandamos, y dice que nadie las har mejores. Elogia mucho las marcas de
los pauelos, y....

--Ay, seor!--murmur la joven, trmula, y levemente sonrojada.

--Y dice tambin...--prosigui la santa seora, en un arranque de
indiscreta sencillez,--dice... que....

Comprend la inconveniencia de mi ta, y la interrump.

--Ta, qu tal, est bueno el soconusco?

Pero ella no me oy, o no quiso orme.

--Dice que si ya....

--Ta!--exclam sin poderme contener.--Eso no debe decirse!

--Adis! Y por qu no?

--Porque no.

Angelina, turbada, nos vea con penosa curiosidad.

--Qu tiene eso! Dice que si ya tienes novio.

La doncella se estremeci de pies a cabeza, se encendi como una
amapola, y baj los ojos avergonzada.

--No!... no!...--repiti entre dientes.

--Ya lo ve usted, ta. Qu malos ratos le hacemos pasar a esta buena
nia!...

Oyse el repicar de una campanilla. Ta Carmen llamaba. En esto encontr
la doncella su salvacin.

--Usted perdone...--dijo--la seora necesita de m.




V


Arrodillado delante de la enferma convers largo rato. La pobre anciana,
aunque dulce y cariosa, en realidad fu siempre spera y severa, acaso
agria. Contbase en la familia, que en su primera juventud se distingua
de mi madre y de mi ta Pepa en lo festivo de su conversacin, en lo
dulce de su trato. Alegro y bulliciosa, muy dada a fiestas y saraos,
encanto de toda buena sociedad, a los veinte aos se torn silenciosa,
reservada, melanclica. A qu se debi tal cambio? Ello es que la
Carmelita, (as la nombraba el abuelito), renunci a los espectculos,
moder su lujo en el vestir, se apart del trato de sus compaeras, y
engros las filas de las solteronas, innumerables en Villaverde. Pero no
era, como ellas, murmuradora y amiga de censurar a toda bicho viviente,
vicio de cortijos y poblachones, donde no se vive ms que para espiar a
los vecinos y relatar diariamente cuanto stos hacen o dejan de hacer.
En mi ta Carmen no arraig la murmuracin ni hall tierra propicia la
maledicencia, acaso porque a la nobleza de su alma repugnaba todo lo
bajo y miserable. Por lo contrario, en todas ocasiones sala en defensa
del ausente, desgarrado en su buen nombre por las tijeras del gremio
solterl. De aqu que todos la quisieran y la respetaran; de aqu, sin
duda, que nadie, o muy pocos, gustaran de penetrar en los misterios de
aquel cambio de carcter, para ninguno inadvertido, que ms que tal era
resultado de una resolucin hija de una voluntad inquebrantable y firme.

Se dijo,--as me lo cont una vez don Basilio,--que todo provena de un
desengao amoroso. Ta Carmen no tuvo, como todas las muchachas de
Villaverde, muchos novios. Para la festiva y bulliciosa seorita el amor
era cosa muy grave y muy seria, con la cual no deba jugarse, sino algo,
nico en la vida, que se alcanza vivo, noble, duradero y dichoso; que
asegura la felicidad o resulta malogrado, pasajero e infeliz, y al cual
todo corazn bien puesto, toda alma elevada debe permanecer fiel en
todos los instantes de la vida, hasta la hora de la muerte. Fu el
caso,--responda de la historia el seor alcalde,--que mi ta residi en
Pluviosilla varios aos, a la sazn que mi abuelo desempeaba all un
importante papel poltico. Como era natural, no le faltaron a la ta
Carmita muy finos galanes, donceles amartelados que no la dejaban ni a
sol ni a sombra; que desde la esquina le hacan unos osos fenomenales;
que la seguan a todas partes, lo mismo a las distribuciones piadosas en
la iglesia de San Francisco, que, todos los domingos, a la misa de diez
en el templo de San Juan de la Cruz, que era, en aquel antao, la
preferida de todas las muchachas lindas y en privanza, como ahora, en
estos felices das, la misa de ocho en Santa Marta.

En un parntesis agregaba el seor alcalde, que mi ta era uno de los
palmitos ms codiciados de la piadosa y prspera Pluviosilla. Y no lo
dudo: en la familia se conserv durante muchos aos, una miniatura hecha
en Jalapa por Castillo, una miniatura, que, al decir de mi abuelo, era
de mrito singular; en la cual apareca la Carmita con una hermosura y
una cierta, majeza, dignas del pincel de Goya. Majeza y hermosura que
nada tenan de ordinario, vulgar y provocativo, cierta gracia andaluza,
sevillana, que robaba las miradas y cautivaba el corazn.

Haba que verla en aquel retrato: amplio el escote; corto el talle;
desnudo el torneado brazo; ricillos en las sienes; rica, donairosa
mantilla, y ladeada peineta de boca de olla; ni ms ni menos que la
reina, doa Mara Luisa! Con razn los pisaverdes y lechuginos de
Pluviosilla se beban los vientos por mi hechicera ta!

Sucedi lo que tenia que suceder, (aqu entra lo ms importante de la
historia del seor alcalde), que un gallardo capitn, guapo, discreto,
elegante como el que ms, logr clavar una saeta en aquel corazoncito de
roca, y consigui que la rubia Carmita pusiera alma y vida en tan
brillante y codiciado oficial. Hallsela ste en un sarao; bail con
ella una contradanza y una ceremoniosa cuadrilla, declarle su atrevido
pensamiento, y la seorita dijo, terminantemente, que estaba dispuesta a
dar la blanca mano a su admirador, siempre que el afortunado galn (que
la escuchaba atusndose el audaz bigote), se dirigiera, como hacerlo
debe todo caballero de altas prendas, al jefe de la familia, al seor mi
abuelo. El galn, a quien abonaban no slo particulares prendas sino
tambin nobilsimo abolengo, habl a su jefe, y con toda solemnidad
pidi la mano de la seorita. Todo se arregl a maravilla; disponase ya
la boda cuando estall en el Interior un pronunciamiento. El regimiento
tuvo que salir de Pluviosilla, y el matrimonio qued aplazado. De todo
esto nada se saba en la ciudad. La familia hizo de ello un misterio, y
los murmuradores se contentaron con repetir que el capitn Fuenleal
estaba loco por mi ta, pero que sta envanecida y orgullosa de su
hermosura, jugaba con el corazn de su amartelado, sin dejarse coger en
las amorosas redes, sin dar prenda que la comprometiese ms tarde.
Pasaron los das, los meses y los aos, y nada supo Pluviosilla del
capitn Fuenleal. Unos contaban que haba muerto en campaa, despus de
batirse como un hroe; otros que pereciera en un duelo a que le llev
una aventura escandalosa; quienes que se haba casado en Guadalajara con
una rica heredera; quienes qu estaba procesado por un delito que la
Ordenanza castiga con pea de muerte. Hasta que un da la rubia Carmita
di en vestir lutos, y lutos fueron por toda su vida. Parece cierto--as
lo asegura don Basilio,--que Fuenleal pereci en un duelo; pero no
garantiza que fuera por causas de escandalosos amoros ni por altos
motivos de pundonor militar. Mi ta permaneci fiel a la memoria de su
nico amor, fiel a su brillante y apuesto capitn.

Esta es la historia de la pobre anciana; a esto se atribua su cambio de
carcter, la melancola de su rostro sus vestidos de luto, su acritud y
su aspereza aparentes. Es una rosa,--deca don Basilio,--una rosa que
de un da para otro se convirti en cardo!

Siempre agria e intolerante conmigo hasta que dej la casa paterna, hoy,
acaso fuera por los sufrimientos de la enfermedad, se mostraba dulce,
afable, tierna. Se afanaba en mimarme, se complaca en satisfacer el
menor de mis caprichos, y no saba qu inventar para tenerme contento.

--No, hijito;--deca,--nosotras hemos sido contigo lo que debamos ser:
hemos hecho las veces de madre. Has que quieras; ests en tu casa; eres
como el jefe de la familia. Aqu estamos para servirte y obedecerte.
Pero qu, vas a salir con ese traje?--agreg viendo el mo empolvado y
sin alio.--No, vstete otro mejor. Andrs trajo ya el bal!... Vstete;
sal a pasear, a que te vean....

Y al orme decir que deseaba yo ir a vagar por los ejidos de Villaverde
y por las mrgenes del Pedregoso:

--Pero, dime: ests loco? No: eso ser otro da. Ahora, ponte elegante,
y sal a visitar a los viejos amigos. Ni un da ha pasado sin que
pregunten por t. Visita a don Romn, tu maestro; al doctor Sarmiento,
que es tan bueno con nosotras; a don Basilio, que te quiere tanto; al
seor Fernndez.... No; a ese no, porque no te conoce. Es el dueo de la
hacienda de Santa Clara. Muy buena persona! Ya irs con Pepa. Ya vers:
tiene una hija como una plata! Aqu no le faltan pretendientes.... Ya la
conocers.... Almorzaste bien? Pues anda, vstete, y sal a pasear.

Hubo que obedecerla. No vena muy provisto el bal; no haba en l mucho
con que engalanarme; pero en dos por tres, con ayuda de ta Pepa y de
Angelina, saqu la ropa, y pronto me present delante de la enferma
hecho un veinticuatro.

--Eso es, as, como persona decente!--dijo: Ta Pepa Y Angelina me
seguan. Una me vea de arriba abajo con aires de satisfaccin maternal.
La doncella, desde la puerta del corredor, donde los pajarillos cantaban
alegremente, me miraba con inters. Cuando yo volva el rostro, ella
finga componer una planta que luca en el pretil hermosos ramilletes
de encendida, flores.

Ya en la puerta me grit ta Pepa:

--A qu hora vuelves? Te esperamos a comer.

Al fin de la calle me ocurri regresar para ir a la casa del dmine.
Angelina estaba en la ventana. Sin duda haba salido a verme.

Al pasar la salud. Djele algo que la hizo sonrer.

Qu haba en el rostro de la doncella que me trajo a la memoria la
angelical figura de Matilde, la dulce nia de mi primer amor?




VI


Villaverde es una ciudad de ocho mil habitantes. Situada entre los
repliegues de una cordillera, en valle pintoresco y dilatado, circundada
de risueas colinas y de montes altsimos, Villaverde, como la isla de
Calipso, goza de una constante primavera. No agotan calores estivales la
mullida grama de sus dehesas, ni los vientos glaciales del Citlaltpetl
marchitan la exuberante lozana de sus florestas. Para ella no hay ms
que dos estaciones: la que engalana los campos con los dones de Abril, y
la pluviosa que renueva los no empalidecidos verdores de las selvas y de
las llanuras.

All por las ltimas semanas de septiembre acaban las lluvias diarias y
copiosas, los cielos se despejan, y principia lo que suelen llamar los
villaverdinos el _veranito de octubre_, frescos y hermosos das, cuyas
alegres y lmpidas maanas y cuyos crepsculos ureos y nacarados vienen
a ser como la nota regocijada de la elegiaca sinfona otoal.

Despus las brumas entristecen los paisajes, y con ellas, puntuales
mensajeras del plaidero noviembre, llegan a las dehesas y se esparcen
por laderas y rastrojos las flores amarillas.

Repentinamente, una maanita, los campos aparecen como espolvoreados de
oro de Tbar, y los picachos y las cumbres se envuelven en gasas
cenicientas.

As durante los meses invernales. A fines de febrero las nieblas se
remontan, y se van, para que las montaas luzcan sus nuevos trajes, el
vistoso atavo con que se engalanan, los rboles al advenimiento de la
primavera, la cual se acerca precedida de arrasantes huracanados
vientos, que se llevan las frondas caducas, siegan las ramas muertas,
hinchan con su hlito vivfico yemas y brotes, y aceleran el desarrollo
de los capullos.

Estos vientos huracanados recorren los valles, bajan al fondo de las
hondonadas, barren las llanuras e inundan de mil aromas la ciudad:
olores de lquenes y musgos, esencia de azahar, suave fragancia de
liquidmbar y de mil flores campesinas.

Id entonces al Escobillar, subid a la cercana colina, y gozaris del ms
hermoso panorama; trepad a lo ms alto, y tendris ocasin de admirar la
fecunda vega del Pedregoso, celebrada mil y mil veces por los poetas de
Villaverde, y cantada en exmetros latinos y en liras arcaicas por el
_pompossimo Cicern_.

Imaginaos una llanura siempre verde, limitada en todas direcciones por
obscuras montaas y risueos collados. El tono subido de los bosques
hace resaltar el tinte alegre de los prados y de los campos de caa
sacarina.

El Pedregoso, grrulo y cantante en las quebradas, sesgo y cerleo en
los planos, corta en dos partes la ciudad. Sinuoso aqu, recto all,
corre como una serpiente hacia la barranca de Mata-Espesa, libre de
arboledas en algunos sitios, oculto en otros por las alamedas y los
naranjales.

Desde lo ms alto de la colina del Escobillar veris la ciudad como un
juego de domin esparcido en un tapete verde, cortada por la cinta
plateada del ro a cuyas mrgenes se agolpan caserones y templos.

Singular alegra la de aquel valle! Esplndido panorama el de aquel
paisaje en que se mezclan y confunden la serenidades de la tierra fra
con la vegetacin abrumadora de las regiones clidas! Pero ay! no
busquis en los habitantes de Villaverde una alegra placentera, como
pudierais esperarla, en harmona con la naturaleza; no busquis all
caracteres regocijados, espritus afables y risueos. Villaverde es la
ciudad de los espritus desalentados y melanclicos; es la ciudad de las
_almas tristes_.

Cosa del clima? No; porque ciudades de la misma regin y de naturaleza
idntica son animadas, alegres, festivas, _jucundas_, como deca el
_pompossimo Cicern_. Los villaverdinos son de semblante triste, y en
sus labios tiene la risa dolorosa expresin, como en gentes contrariadas
y pesimistas. Se me antojan prematuramente envejecidos; seres
desventurados para los cuales muri en crislida la mariposa azul de las
juveniles esperanzas.

Esta tristeza de las almas, en contraste con el risueo aspecto de los
campos, trasciende a todo: a los edificios, a las calles, a los trajes,
a las personas, a su trato, a sus maneras y a su lenguaje.

Los villaverdinos no se entusiasman por nada; hay en su vida algo--o
mucho--de la inmovilidad budstica, slo comparable con esas lagunas
adormecidas, en cuyas aguas, eternamente lmpidas y serenas, se retratan
como en espejo clarsimo las copas de los rboles, los pompones de la
enea y la obscuridad de las cercanas espesuras; lagunas perdidas en lo
ms recndito de los bosques, muertas, heladas, sin peces ni ovas, que
cualquiera creera de cristal, que no se estremecen al beso de la luz
meridiana, cuyo reposo no turban cefirillos juguetones ni huracanes
bravos.

Son los villaverdinos un tesoro de virtudes. En su mirada se
transparentan la mansedumbre y la benevolencia; es en ellos ingente la
piedad, y al par de sta sobresale la resignacin. Pero el sentimiento
religioso no es en las almas villaverdinas plcido y activo, sino, por
lo contrario, lgubre, apocado, meticuloso. La abnegacin y la caridad,
las grandes virtudes del cristiano, fuente de alegra en todas partes,
en Villaverde, aunque espontneas, tienen algo que en ocasiones causa
disgusto y repugnancia.

De todo recelan los villaverdinos; a nadie conceden su confianza; todo
se lo temen de los extraos, tanto lo malo como lo bueno; nada les
place; todo lo censuran; a nada se atreven por miedo a los dems; viven
con el da y nunca piensan en lo venidero.

De aqu que no prosperen ni adelanten; de aqu su mezquindad y su
pobreza vergonzantes. Son una especie de _cristianos fatalistas_. Lo que
ha de suceder, suceder, y no suceder de otra manera. Por eso no medran
ni progresan; por eso lo malo se perpeta y reina soberano en
Villaverde; por eso los alcaldes son all eternos, y las bodas muy
raras, y por eso all nada cambia ni vara. Villaverde es una ciudad en
petrificacin. Pueblo por excelencia agrcola, mira cultivados sus
campos como hace cien aos, rinde los mismos productos, cosecha los
mismos frutos. Y gasta y consume hoy lo mismo que gastaba y consuma
hace veinte lustros.

Las casas como cortadas por el mismo patrn; los trajes iguales; las
caras parecidas; unsonas las voces. Los varones, agrios, displicentes,
huraos, sombros; las mujeres, tmidas, asustadizas, amables, pero con
amabilidad monjil. La vida como las cosas y las personas.

Pero en medio de esta rara inmovilidad, secreta y silenciosa como la
sorda y lenta labor de la polilla, una guerra sin treguas ni victorias,
una guerra de pasiones bajas, rastreras y mezquinas, ruines y dolosas,
en que todo bicho viviente toma participacin; los unos capitaneados por
la envidia, los otros acaudillados por la codicia, todos azuzados por la
murmuracin y aguijoneados por la maledicencia de los que se dicen
ajenos a toda rencilla y enemigos de chismes y rencores.

En Villaverde se murmura de todos y de todo; se averigua qu hacen, y en
qu se ocupan los dems; se lleva cuenta y razn de los actos de cada
vecino; nadie ignora hasta lo ms secreto de la vida de los otros, y
quien vive ms alejado de los mentideros--que los hay a docenas, en
boticas y tiendas de ultramarinos--pudiera inventariar de memoria las
ropas de quienes no pisan los umbrales de su casa ms que por Corpus y
San Juan.

Puede afirmarse que todo villaverdino, al meterse en la cama por la
noche, sabe de cualquiera de sus paisanos cuntas cucharadas de sopa se
engull ese da, as se trate del vecino ms conspicuo como del bracero
ms humilde.

Villaverde no pasar nunca de perico perro. Qu ha de pasar! Si a sus
hijos todo los alarma; todo paso adelante o atrs los inquieta, y ni por
la gloria celestial,--que es cuanto hay que ofrecer,--fijaran un clavo
fuera del sitio en que le fijaron sus abuelos.

Me diris:--Y los extranjeros? Y los que de fuera vienen, no dan a
esa ciudad en petrificacin ideas nuevas, nuevas costumbres, savia de
vigor que transfundida en ese organismo le rejuvenezca y reviva? Ay!
No; el extranjero se aviene pronto al medio. Enriquece en pocos aos,
explotando a los villaverdinos, y se va a gozar a otra parte de los
duros atesorados. Algunos, pocos, lo hacen as; los ms, a los dos o
tres aos de haber llegado, son ya unos villaverdinos completos, ni ms
ni menos que si all hubieran nacido; como si de rapaces hubiesen
guerreado en homricas pedreas al pie del cerro del Cristo, en pro o en
contra de la Escuela del Cura; como si hubieran _salado_ en las dehesas
del Escobillar, y aprendido latines en los bancos del _pompossimo
Cicern_. A poco en nada difieren de mis paisanos; renen los cuatro
reales, se prendan de alguna villaverdina modesta, hacendosa y
pacata,--que las hay lindas como una rosa y buenas como el pan de
gloria,--y... _lasciate ogni speranza voi che entrate_!

La belleza del paisaje, la dulzura del clima y la tranquilidad de la
poblacin, seducen a quien pone los pies en Villaverde; la budstica
ciudad extiende sus redes misteriosas, y presa segura!

De cierto que los villaverdinos no son localistas, a lo menos de un modo
comn y corriente, de modo que choca, como los hijos de una ciudad
vecina. En su localismo se advierte una originalidad digna de ser
apuntada. Alardean de recibir bien al extrao; pocas veces alaban y
ponderan las cosas de la tierra, antes por el contrario las apocan y
menosprecian; miran con indiferencia cuanto hay en la ciudad: la belleza
de los campos y la hermosura de las mujeres; critican acerbamente cuanto
tienen; fingen que nada de otras partes les sorprende; y podis, con
toda libertad, hacer trizas cualquiera cosa de la tierra en presencia de
un villaverdino, seguros de que no dir nada en contrario, antes bien,
acentuar la nota burlesca. Pero si observis con detenimiento a mis
paisanos no tardaris en descubrir que viven pagados y enorgullecidos de
sus cosas; que para ellos no hay otras como las suyas, y que no las
quieren distintas porque creen, de buena fe, que no las hay mejores.

De lo que s no hacen misterio, de lo que se muestran francamente
satisfechos, es de la ingnita lealtad que atribuye a los villaverdinos
la leyenda de su viejo blasn. Mustranse merecedores de cuantas
lindezas les dice el mote; prodigan en todas partes la herldica presea,
en edificios, sellos, telones, marcas de tabacos y botellas de cerveza;
repiten la empresa en inscripciones castellanas y latinas, en discursos,
en documentos oficiales, en peridicos,--que tambin tiene peridicos
Villaverde--y hasta en los sermones sale a relucir el famoso lema,
concedido a mi querida ciudad natal por la Muy Catlica Majestad del Rey
Don Felipe IV. Fuera el consabido lema poderoso estmulo para mis
paisanos, si stos entendieran las cosas a derechas, pero Villaverde es
la tierra de las ideas falsas, y el mote lisonjero de su blasn slo
sirve para que los villaverdinos vivan estacionarios y no suelten los
andadores para entrar, libres y decididos, por los amplios caminos de la
vida moderna.

_En Villaverde_--dicen sus hijos--_no se hace poltica_. Y s se hace,
pero por debajo cuerda, a la calladita, de modo vergonzante, sin riesgos
ni peligros, sin temor de verse derrotados y blanco de odios, rencores y
venganzas. Y como por buenos que sean los diestros que estn en el
tendido, si los lidiadores son malos, mala resultar la corrida; para
los buenos villaverdinos no hay chupa que les venga, ni capote que les
salga a gusto. As no consiguen nunca lo que desean y viven condenados
al perpetuo alcaldazgo de don Basilio, conspicuo villaverdino, reflexivo
y listo, que intriga ms de lo que parece y que sabe ms de lo que
suponen sus paisanos.

Estos son muy celosos de sus glorias y admiradores fidelsimos de sus
hombres ilustres. No son los tales muchos, ni muy conocidos, pero los
villaverdinos traen a cuento sus nombres, en toda ocasin, vengan o no
vengan al caso.

Dos son los principales. El uno, general victorioso en no s qu
batallas, que la Historia olvidadiza habr registrado en sus pginas
inmortales, antiguo cosechero de tabaco, hombre nulo, cuyo habilidad
consisti en rodearse de media docena de ambiciosos villaverdinos, los
cuales le encumbraron, a fuerza de charlatanismo y demasas, hasta donde
propios mritos y altas dotes de inteligencia nunca le hubieran
elevado. El general cay pronto del encumbrado puesto, y acab sus das,
triste y descorazonado Cincinato, en miserable ranchejo, cuidando de
unas cuantas vacas tsicas y estriles. En aquel retiro fu hasta o
ltimo da dechado de patriotas, modelo de firmeza poltica, y all
muri, como Napolen, de una enfermedad heptica, despreciando a los
villaverdinos, y burlndose de sus antiguos partidarios,--a quienes
atribua el fracaso que le ech por tierra,--y siendo objeto de la
incondicional admiracin de todos sus paisanos.

_Para que tan ilustre nombre pasase a los psteros_,--as lo dijo en
cabildo pleno el _pompossimo Cicern_,--el apellido _ilustre_ del
general fu aplicado a todo establecimiento pblico, escuela, teatro,
hospital, paseo, etctera, etctera.

Una lpida conmemorativa,--los villaverdinos se parecen por la
epigrafa,--seala al viajero la casa en que naci el grande hombre. La
_Escuela Nacional_ se llam: _Escuela Pancracio de la Vega_; el
hospital: _Hospital Pancracio de la Vega_; el teatro,--un teatrillo en
proyecto, nunca concluido y frecuentemente visitado por volatines y
comicotes,--_Gran Teatro Vega_, y as lo dems.

La otra gloria villaverdina fu un buen clrigo que nunca se acord de
su pueblo natal; un sacerdote austero, sencillo y trabajador, gran
telogo,--al decir de don Romn Lpez--que lleg a cannigo
angelopolitano, y despus a obispo, honor a que nunca aspiraron los
villaverdinos; que nunca pensaron alcanzar, y que los llen de alegra
Obispo un hijo de Villaverde! Cielos! Qu dicha! Desde entonces
suean mis paisanos con que Villaverde llegue a ciudad episcopal. Y lo
ser; s, seores, lo ser. Eso, y ms, se merecen sus piadosos hijos.

No digis en Villaverde que no tiene grandes hombres; no lo digis, por
vida vuestra, porque luego os replicarn mis paisanos, as sean
jornaleros, o abogados, o mdicos, o propietarios vuestros
interlocutores:--Y el Seor General Don Pancracio de la Vega? Y el
Ilmo y Reverendsimo Seor Don Pablo Ortiz y Santa Cruz, Obispo _in
prtibus_ de Malvaria?.... Si est presente el _pompossimo_ os
dir:--El General de la Vega? Gran poltico! El Mecenas de todos
los poetas veracruzanos! Mi maestro el Ilmo Seor Obispo de Malvaria?
Gran telogo! Amigo, amigo... no hay que darle vueltas! El Melchor
Cano de Villaverde!

Mi querida ciudad natal es pobre, _pauprrima_, como deca don Romn.
Una agricultura descuidada es para ella la nica fuente de riqueza,
gracias a las lluvias, que all, como en Pluviosilla, no escasean. El
suelo es frtil, pero le falta riego. El Pedregoso con su cauce
hondsimo no basta para las necesidades de la tierra.

A la pobreza debemos atribuir la indiferencia de los caracteres y la
tristeza de las almas. En Villaverde nada se desea, y a nada se aspira;
todos estn contentos con su suerte. El porvenir es obscuro, y anhelarle
risueo sera una locura. El alcalde perpetuo, don Basilio, dice, cuando
de esto se trata: que en esa falta de aspiraciones est la dicha de
Villaverde y la felicidad de sus gobernados. El vive muy satisfecho. Con
el producto de seis u ocho solares y de un rancho cafetero le basta y
sobra para vestir a la seora alcaldesa, y a su hijo, un muchacho idiota
hinchado de vanidad.

En Villaverde se trabaja poco, lo suficiente para comer, no andar
desnudo, pasar el da, y santas pascuas! Quien se excediese en el
trabajo sera un tonto de capirote. No por eso ganara ms. As dejara
el alma en la tarea no se guardara en el bolsillo, ni achocara para el
arcn media docena de duros. En Villaverde se gana poco, y la vida es
cara. Los mritos de un servidor, de un empleado, son mayores y ms
estimados cuando gana poco. Aquello parece una escuela de franciscana
pobreza, una hermandad de miseria voluntaria. En Villaverde nadie paga,
ni aunque le ahorquen, ms de lo que pagaron sus abuelos, all en los
tiempos felices del estanco del tabaco, poca venturosa para mi querida
ciudad, lo mismo que para Pluviosilla, su vecina afortunada y prspera.

Pero me diris:--Y esas haciendas, esas fincas, que, como Santa Clara
y Mata-Espesa, levantan prodigiosas cosechas? Santa Clara, Mata-Espesa,
dijisteis? Pues queda dicho todo. En ella cifran los de Villaverde
prosperidad y bienestar.

_El pompossimo Cicern_, en sus das de murria, cuando no tena un
real, y se olvidaba de los grandes autores del siglo de Augusto, y
renegaba de Villaverde, y no se le daba un ardite la susodicha empresa
del glorioso blasn, me deca de sus paisanos:

--Unos vernicos! Unos vernicos! Ni buenos ni malos! Para ellos...
ni pena ni gloria!

Y aada, mesndose el copete ralo y encanecido:

--Est en la sangre! En la sangre!




VII


El aire de la tierra natal! Qu grato y qu fresco esa maana! El sol
inundaba el valle y dibujaba en los muros de las vetustas casas la
sombra ondulada de los aleros. De las hmedas montaas, baadas la
vspera por copiosa lluvia, soplaba un vientecillo halagador y
perfumado. Segu hasta las afueras de la ciudad, a fin de gozar,
siquiera fuese por breves horas, del magnfico panorama que se extenda
delante de m: variado lomero, dilatada llanura, espesas arboledas que
dan pintoresco fondo a la capilla de San Antonio, una iglesita que tiene
aspecto de melindrosa vejezuela. Faldeando la colina va el camino de la
sierra, desde all quebrado y pedregoso. Por ah suban lentamente unos
arrieros, silbando una cancin popular, arreando a unos cuantos asnillos
enclenques cargados de loza arribea: ollas y cazuelas vidriadas que
centelleaban con el sol. Un ranchero, jinete en parda mula, vena por el
llano, y all, cerca de las vertientes del Escobillar, trazaban las
yuntas surcos profundos en la tierra negra y vigorosa. Los galanes las
seguan paso a paso, guiando el arado, muy enhiesta la crinada pica.
Qu benfico el aire de las montaas! Insufla en los pulmones vida
nueva, acelera la sangre y comunica a las almas dulcsima alegra. Cmo
suspir, durante diez aos, en las soledades del Colegio, por aquellos
sitios y por aquel espectculo! Cmo, mil y mil veces, a la hora de la
siesta, desde el balconcillo del dormitorio, ante la colina poblada de
cactos, cansada de las arideces del Valle de Mxico, so despierto con
la hmeda belleza de la tierra natal!

No puedo olvidar aquellos tristes das. Jueves y domingos salamos de
paseo, a lo largo del fangoso ro, cuyas aguas parecan dormidas a la
sombra de los sauces piramidales. All, cerca de una hacienda, frente
por frente de una aldea salinera, entre cuyos montculos estriles
yergue una pobre palma, msera desterrada de fecundo suelo, su empolvado
penacho, haba un sitio que hasta en lo ms crudo del invierno haca
gala de sus hierbajes verdes. Era mi sitio predilecto. Mientras la turba
estudiantil iba y vena buscando nidos en los rboles, o, vigilada por
el Padre Rector, jugaba al salta-cabrillas, yo me tenda en la hierba, y
dejaba que mi pensamiento volara ms all de la populosa ciudad, ms
all del obscuro lago de Texcoco. Y volaba, volaba, tramontaba los
volcanes, y segua, a travs de bosques y espesuras, en busca de
regiones amadas, de rostros amigos, de voces cariosas. Entonces, el
paisaje que yo tena delante se iba borrando poco a poco: el suelo
pajizo; la acequia fangosa; la llanura inundada; los chopos cenicientos
del camino polvoso, siempre lleno de viandantes; las hileras de sauces
melanclicos; la ciudad lejana, trrida, envuelta en pesados vapores; la
aldea salinera, situada como en un islote; la remota cordillera de
Ajusco y los picachos de la Cruz del Marqus. Baados en la luz de
brillante crepsculo, surgan ante mis ojos valles y colinas, llanuras y
dehesas, bosques y heredades, en donde la rica vegetacin de las tierras
clidas desplegaba su frondosidad incomparable. El Citlaltpetl, corona
esplndida de las serranas, apareca baado en rosada luz, como si le
iluminaran los fuegos de la aurora. Tornaba yo a la casa de mis padres.
Villaverde me convidaba a recorrer sus calles desiertas, y el acento
tierno y conmovido de los mos resonaba en mis odos regocijado y
amante.

De aquel ensueo me sacaba la voz del Rector o el toque de _ngelus_ en
la cercana Catedral. Honda tristeza se apoderaba de mi espritu, y
lento, retrasado, perezoso, volva yo al colegio, entregado a la
subyugadora melancola que despierta en los jvenes el espectculo
siempre nuevo de la tarde moribunda, de la llegada de la noche. Dulce
nostalgia; anhelo de algo sublime; grato sentimiento de muerte, que
alivia, consuela, y eleva las almas hacia la bveda celeste, ya
entenebrecida y salpicada de luceros.

El sueo de aquellos das de largo destierro, la ilusin de aquellas
tardes invernales, era una realidad. Estaba yo en Villaverde.

Adnde ira yo? En busca de los amigos de mis primeros aos? Acaso me
recibiran indiferentes y fros. Regres por donde haba venido, y al
azar, sin darme cuenta de lo que haca, me intern en la ciudad, por las
calles cntricas, camino de la plaza. Me detuve en el puente. El
Pedregoso, el grrulo Pedregoso corra, como siempre, lmpido y parlero;
como le vi tantas veces cuando era yo nio: espumoso al tropezar con una
roca; cerleo y adormecido en sus pozas umbras, bajo el dosel de los
lamos, queriendo arrastrar a su paso las espiras lnguidas de los
convlvulos perennes.

Buscaba yo rostros conocidos, y muchos vi, pero empalidecidos, como
fotografas borradas. Todas las gentes me miraban curiosas, como si
quisieran reconocerme, para llamarme por mi nombre. Temerosas de un
chasco no se atrevan a hablarme, y se daban por satisfechas con verme
de pies a cabeza y examinar mi traje de cortesano. Me pareci que unas a
otras se preguntaban al verme:

--Quin es ste? A qu vendr?

Pobre de m que haba soado con un recibimiento caluroso! Todos me
conocan, me vieron crecer y me tuteaban.... Me detuve en un tenducho, y
pregunt por don Romn Lpez. El tendero sali a la puerta, y
sealndome una casa me dijo:

--All, joven, all!... En aquella casa pintada de amarillo! El ruido de
los muchachos le dir dnde! All est la escuela!

Y si mi buen maestro, si el _pompossimo_ no me reciba cariosamente?
Ech calle arriba, y llam a la puerta de la _Casa de Estudios_. As
sola decir el dmine. No gustaba de que su _establecimiento_ fuese
equiparado ni con la _Escuela del Cura_ ni con la _Escuela Nacional_.

Un chico abri la puerta. Un muchacho jetudo, de cabello erizado y ojos
lacrimonos. Haba tormenta. Alguna tempestad producida por un concertado
gallego o por alguna oracin de infinitivo revesada y de tres bemoles.

El granuja sonri al mirarme, viendo en m el iris de la suspirada
bonanza.

--Pase ust!--me dijo.

--El seor maestro?...

--Pase ust!

Y me col por la puertecilla del cancel.

Ruido de la chiquillera que se pona en pie. Movimiento de sorpresa en
el dmine....

--Silencio!--exclam, levantndose y subindose a la frente las
antiparras. Y dirigindose a m:

--Adelante, caballero!

Dej el libro en la mesa, un horacio antiqusimo, y vino paso a paso a
recibirme.




VIII


Atraves el dmine por entre la doble hilera de bancos, diciendo a los
chicos que tomaran asiento. Los muchachos le obedecieron cuchicheando.
Se felicitaban sin duda, de mi llegada. Don Romn vesta su eterno
traje, su traje tpico: pantalones anchos; larga levita negra, verduzca
y mugrienta; chaleco blanco, pringado de rap en las solapas; el cuello
de la camisa altsimo, arrugado, sin almidn; ancho y apretado corbatn.
As le conoc cuando era yo nio, cuando mis buenas tas me confiaron a
la frula resonante de aquel buen anciano, maestro de dos o tres
generaciones de villaverdinos. Esto de la frula no es figura retrica;
el _pompossimo_ la tena, y muy slida, de perdurable zapotillo,
ennegrecida por el uso. Verdugo diligente e implacable, dispuesto a
vengar en las manos infantiles el menor desmn, cualquiera osada contra
los poetas del siglo de Augusto, don Romn no se andaba con chicas, ni
tena piedad; quien la haca la pagaba, as fuera el hijo del alcalde.

Don Romn se detuvo a dos pasos de m. Me vi atentamente, y
componindose los anteojos me pregunt en tono de notario aburrido.

--Qu mandaba usted?

No tard en reconocerme, y abriendo los brazos exclam:

--Rodolfo! Rodolfo! T por aqu? Ya saba yo que de un da a otro
llegaras.... Bendito sea Dios! Y qu crecido ests! Alabado sea el
Seor que me concede verte hecho un varoncito, un lechuguino de lo ms
guapo! Y... ante todo, ya lo s! ya lo s! Como siempre estoy
preguntando por t. Ya s que has salido muy aprovechado.... No como
estos asnillos que para nada sirven. Ni uno solo de estos bribones
sacar buey de barranco.

El pobre anciano, loco de alegra, se complaca en mirarme, y me
abrazaba, y pasaba por mis mejillas sus manos larguiluchas y exanges.

--Pasa, muchacho; vamos a la sala.... Tengo muchas ganas de platicar
contigo. Y tus tas? Como siempre no es eso? Las pobrecillas siempre
afligidas y achacosas.... A toda hora pensando en el sobrinito, en el
sobrinito mimado. Quirelas mucho, Rodolfo! Por t... hacen
milagros!... Pero, qu tengo que decirte, cuando eres tan bueno y tan
noblote! Pasa, muchachito, pasa!

Deca esto acaricindose e impulsndome hacia adelante, entre la doble
hilera de bancas. Los chicos abran tamaos ojos para verme, como
sorprendidos de la rara dulzura de su maestro. Cerca de la mesa se
detuvo don Romn, volvise hacia la chiquillera, y prorrumpi
solemnemente, en tono de sermn:

--Este, ste que ven ustedes, es uno de mis discpulos ms queridos.
Muchas veces, muchas, os he hablado de l. Es inteligente, bueno,
estudioso.... Tomadle por modelo. Este s que no me daba, como ustedes,
tantos disgustos; ste s que no haca concordancias gallegas, y se
saba al dedillo los pretritos, y entenda, como un maestro, al _dulce
Virgilio, al conciso Tcito, y al asitico y pompossimo Cicern_.

Ya me lo esperaba yo. Milagro que no acab el discurso con algn
exmetro oportuno. Los chicos, al oir el consabido epteto, sonrieron
maliciosamente, seal de que el apodo puesto al maestro por nosotros
diez aos antes, segua en uso. Los bribonzuelos rean y se miraban unos
a otros con caritas de diablillos regocijados.

--Vamos:--prosigui--os doy la maana, a fin de que celebris la llegada
de mi discpulo muy amado. Pero, odme; nadie se ir hasta que suenen
las doce. Quedaos aqu, sin cometer faltas. El mejor da volver este
joven, y os examinar, y ya veremos, ya veremos cules son vuestros
adelantos en la hermosa lengua latina.

Don Romn levant la cabeza y agreg:

--T, Pancho Martnez....

Un mozuelo trigueo, vivaracho, de simptico aspecto, sali al frente.

Mientras el nio acuda al llamado de su maestro ech una ojeada por el
saln. En nada haba variado. Los mismos muebles, los mismos objetos;
las papeleras manchadas de tinta, con letreros en las tapas, grabados a
punta de cortaplumas; el pizarrn, el mismo pizarrn de otro tiempo, en
su caballete verde; la mesa del dmine ocupada por los mismos libros,
todos muy bien colocados. All estaba la campanilla, con el mango roto,
y el tintero circundado de plumas de ave,--don Romn no usaba de
otras,--y al lado la palmeta de zapotillo. En las paredes, ennegrecidas
y desconchadas, dos o tres mapas amarillentos; arriba del silln
magistral, muy pulido y resobado, la Virgen de Guadalupe, la patrona de
la escuela; delante de la imagen una lamparita, un vaso azul lleno de
aceite obscuro, en el cual sobrenadaba una mariposilla moribunda.

No bien entramos en la salita se oy el vocero de la turba escolar,
festiva, retozona. Ruidos, carcajadas, estrpito de libros cerrados de
golpe, las mil y mil voces, francas y alegres, de la dichosa libertad
infantil.

El anciano retrocedi colrico. Abri la puerta; por ella se precipit
desbordado, recordndome felices aos, un torrente de ingenuas
carcajadas. Don Romn, severo e irascible, dict nuevas rdenes, amenaz
con duros castigos, y luego, haciendo un gesto de dolor, pronto borrado
por una expresin resignada de tristeza, vino al estrado.

--Sintate, sintate aqu, en este silln. Qu gusto me da verte!
Cuando te fuiste cre que no me volveras a ver.... Estoy ya muy viejo.
No me ves? En Febrero cumplir los setenta y dos. Los achaques me
tienen triste y desmazalado. T consideras todo esto, no es verdad?
Viejo, enfermo, solo y pobre! No te parece cosa triste, cosa que parte
el alma, esta situacin ma despus de haber trabajado tanto? Todos
ustedes se van logrando. Tengo discpulos en toda clase de oficios y
profesiones. Unos, en altos puestos de la poltica, los que fueron ms
desaplicados, (muchos no pasaron del _quis vel quid_); otros en la
Iglesia, (dos me han dado ya la comunin); otros, mdicos, y buenos
mdicos; otros abogados; otros, como t, en camino de ser gente de
provecho!

A decir verdad, nunca val gran cosa ni por la conducta ni por la
aplicacin; de seguro que pocos estudiantes dieron ms guerra que yo al
_pompossimo_ maestro. Pero tal era de bondadoso el seor don Romn.
Cuando estaban en sus bancos, todos eran flojos, incapaces, asnillos;
luego, con excepcin de aquellos por extremo perdularios, todos
resultaban excelentes, cumplidos, aprovechados.

Pero es lo cierto que don Romn me quiso siempre como a un hijo; que me
trat con suma benevolencia; que pocas veces sintieron mis manos los
golpes de su frula, y que el buen anciano, no obstante su pobreza, me
dio lecciones durante dos aos, sin exigir de mis tas extipendio
alguno.

Me apen ver a mi maestro tan triste y abatido, cuando estaba tan cerca
del sepulcro. Hubiera yo deseado ser rico, riqusimo, para ampararle
contra la miseria, darle cuanto quisiera, y comprar para l, si tal cosa
fuese posible, salud y mocedad.

--Te he dicho que estoy pobre? Pues estoy ms pobre de lo que t puedas
imaginrtelo. Tengo pocos discpulos. Ya viste cuntos! Slo faltaron
dos; unos bribones que se van a salar todos los das; unos pcaros que
no tienen remedio. Qu hemos de hacer! Hijo mo, nadie quiere que sus
hijos aprendan el latn. T dirs! El latn que es la llave de las
ciencias! Ni latn, ni otras cosas; todo lo que puedo ensear, todo lo
que s, cuanto aprendiste aqu! Dicen que estoy atrasado; que mi manera
de ensear es _anacrnica_, has oido? _anacrnica_? Eso lo dicen los
pedantes de hoy en da; y todo porque mascullan el francs. Eso dicen
los que aqu aprendieron todo lo que saben, y que ahora no quieren
confesar que me lo deben todo. Dicen que ya no sirvo para nada.... Para
nada? Pues a que no se ponen delante de mi, y abren el Tcito, o el
Terencio, y traducen el pasaje que yo les seale? Pero eso s, sin que
se ayuden de versiones francesas... Oye: lo que ms me duele, lo que me
llega a lo ms vivo, lo que me desgarra el corazn, lo que siento aqu,
como la hoja de un pual, es que dicen....--El pobre anciano quera
llorar; el rostro se le contraa dolorosamente, su voz se iba poniendo
trmula, en sus ojos asomaba una lgrima,--dicen...--hizo un esfuerzo y
acab--qu estoy chocho!

Me parta el corazn al ver al pobre anciano. Lloraba como un chiquillo.
Deseoso de alivio y de consuelo vejado por la maldad y la ingratitud,
abra su alma, sencilla y llena de dolores, a un pobre muchacho que aos
antes fu su discpulo y del cual esperaba frases compasivas, palabras
cariosas.

--Y como dicen que estoy chocho, y como andan repitiendo eso por todas
partes, me faltan discpulos, y faltndome discpulos me falta trabajo;
y sin trabajo, como t lo comprenders, me falta dinero. No hay
remedio! Me morir de hambre, y me enterrarn de limosna. Diez o doce
discpulos, que pagan poco, y es cunto! Unas leccioncitas y nada ms!

--Don Romn,--respond--no hay que abatirse. Nada es eterno; los tiempos
varan... el mejor da....

--S, hijo mo, variarn los tiempos, quin lo duda, pero no para m! No
me queda ms que prepararme para morir cristianamente. Pobrezas,
miserias, hambres, contumelias, todo lo sufro con paciencia. Lo que me
apena y me amarga, lo que me contrista y conturba es la ingratitud.

--No hay que abatirse, seor maestro. En cambio tiene usted la gratitud
y el amor de muchos.

--Abatirme? Eso no!--replic en un arranque de energa.--Eso no!
Nadie me ver rendido. Al contrario: altivo, con soberbia dignidad. Por
eso no me quieren. Siempre que se ofrece les ajusto las cuentas a esos
ingratos, a esos charlatanes. Que lo diga Agustn, ese macuache, que
aprendi aqu, aqu, todo lo que sabe, y que ahora est de Director,
(yo no s lo que podr dirigir!) de Director de la Escuela Nacional!.
El otro da,--aqu sonri satisfecho el buen anciano,--el otro da,
public en La Voz de Villaverde, (el peridico ese que sacaron cuando
las elecciones del Jefe Poltico), un papasal, dndosela de espritu
fuerte, de libre pensador, y yo,--el dmine habl quedito, como temeroso
de que le oyesen--qu hice? Tom la pluma, y burla burlando le puse de
oro y azul. Mand a El Montas tres comunicados de chupa y daca.
Hijo: mi hombre vio lumbre, y grit, pate, rabi. Pero no escarmienta,
y sigue disparatando a su gusto en esa Voz de Villaverde que no es voz
ni cosa que lo valga, sino un papelucho asqueroso, indigno de una ciudad
que, como la muestra, es patria de tantos hombros ilustres, como el
General de la Vega, y mi respetable y siempre respetado maestro el
ilustrsimo Sr. D. Pablo Ortiz y Santa Cruz, Obispo in prtibus de
Malvaria! El mejor da, luego que me deje el reuma, le largo un artculo
morrocotudo, en latn, en latn crespo y ciceroniano, y entonces ya
veremos, ya veremos si es capaz de entender una palabra... una sola!
Y el otro! otro que bien baila! Ocaa, Jacinto Ocaa, el que vino de
Pluviosilla tan sabio como un guardacantn, y que ahora regenta la
Escuela del Cura? Este no habla mal de m en los mentideros, ni me
insulta en los peridicas, ni se burla de mis canas en la botica de
Meconio, no; pero un da, en El Puerto de Vigo, en la tienda de mi
compadre don Venancio, cuando ya se acercaban los exmenes, dijo que no
quera que yo fuese de sinodal a su escuela porque mi mtodo es
anacrnico. De dnde habr sacado la palabreja? As dijo, y eso que
yo le hice el discurso que pronunci el 16 de Septiembre. Yo no fu a
los exmenes. El seor cura, que es persona excelentsima, me invit;
pero mamola! no fu, no fu!... Qu haba de ir este pobre viejo!
Ocaa vino despus a darme satisfacciones, y con mil hipocresas me neg
lo dicho.... Embustero! Si yo lo supe todo por boca de Santiaguito, el
hijo de mi compadre don Venancio, que es mi discpulo. El chiquillo me
cont la cosa del pe al pa. Pero, hijo mo: no hablemos ms de eso.
Estoy muy contento; me da gusto verte tan grande! Dime: has aprendido
bien? vas a seguir los estudios? Sguelos, sguelos, que hars buena
carrera. Todava te acordars del latn, verdad? Ya lo veremos.
Vendrs, y veremos si puedes traducir una cosita que tengo guardada por
ah: una oda slica al Pedregoso, nuestro rojo Tber. Te gustar, estoy
cierto de que te ha de gustar!

Dieron las doce en la torre de la Parroquia, y en las dems iglesias de
Villaverde. Las campanas de la ciudad natal! Grave y solemne la de la
Parroquia; gritonas y disonantes las del Cristo; destemplada la de San
Antonio, muy compasada y majestuosa la del convento franciscano.

Otra vez la bulla, el vocero, el cerrar de libros y el estrpito de
gavetas.

--Voy a ver a esos diablejos!--dijo contrariado el anciano.--Me
aguardas o te vas? Mira: ven una noche; de noche estoy aqu, no salgo
nunca. De noche no tengo que lidiar con el rebao; ven y oirs la odita.
Pero antes dame un abrazo! Vaya, muchacho, si eres ya un hombre! Di a
tus tas que por all ir.




IX


A la salida me detuvo en la esquina unos cuantos minutos. Iba delante de
m un grupo de chiquillos que venan de la Escuela Nacional, alegres,
parlanchines, con sus bolsas de brin en bandolera, muy cuidadosos de sus
tinteros, unas botellitas tapadas con un corcho y pendientes de un hilo
que los granujas se enredaban en el ndice de la mano derecha. Casi a mi
lado avanzaban paso a paso algunos discpulos de don Romn, con el
Nebrija bajo el brazo, serios, graves, orgullosos, muy pagados de su
ciencia, como personas de altsimos saberes. Mientras los escolares se
detenan en la esquina para emprender en la parte ms llana de la acera
un partido de canicas o de burras, los latinistas del pompossimo
Cicern siguieron de largo, volvindose para mirarme con cierta
curiosidad entre burlona e impertinente. Al fin de la calle, delante de
una tienda, una carreta, tirada por una yunta, aguardaba la salida de
los gaanes. Estaba cargada de barriles de aguardiente y pilones de
azcar blanqusima, cuyos cristales, heridos por el sol, centellaban con
diamantinas luces. Los animales, entornados los ojos, parecan dormitar.
El buey de la izquierda, un hermoso buey sardo permaneca inmvil; el
otro, blanco, manchado de negro, se azotaba el lomo con la cola para
espantar las moscas que le hostigaban. En la parte posterior de la
carreta, sobre el barandal, descansaba la crinosa pica.

A mi paso, en todas las calles, en ventanas y puertas, vea yo rostros
que no eran nuevos para m. Al contemplarlos yo como que se reproducan
vagamente, all en los rincones ms escondidos de mi memoria.

Hombres y mujeres me miraban con insistencia y examinaban atentamente mi
traje, sorprendidos del corte de mi ropa, del pantaln ceido, entonces
al uso; de la americana cortita; de mi corbata roja (que los
villaverdinos decan de chinacos); de mi sombrero abombado, blanco,
salpicado de puntitos negros, como si me le hubieran asperjado de tinta.

Antao los villaverdinos tenan en el extranjero que llegaba a su
pintoresca ciudad motivo de burla y diversin. Principiaban por reirse
del color de sus vestidos y de su manera de llevar el cabello.
Cuchicheaban de l en sus bigotes, le cortaban un sayo, y luego acababan
por imitar lo que censuraban,--y de la peor manera.

Hace mucho tiempo que no pongo los pies en Villaverde, y entiendo que
mis paisanos son ya ms cultos, pues de all me escriben, y me dicen que
ya no son as: que ya no gustan de presentarse mal vestidos; que adoptan
las modas acertadamente, y que en las sastreras villaverdinas se
reciben figurines nuevos cada tres meses. Pero entonces, cuando
acaecieron los sucesos que voy a referir, era otra cosa. Los ms guapos
usaban zapatones de gamuza; el traje de charro, mal hecho y peor
elegido, era el usual, y por eso los jinetes y ccoras de la vecina
Pluviosilla, donde siempre hubo, aun entre los obreros y gente del
campo, charros muy galanos, llamaban a los petimetres de Villaverde los
charritos de barro.

En la plaza de la blasonada ciudad nada haba variado: la Parroquia
estaba intacta, igual, como la dej diez aos antes, con su graciosa
cpula de azulejos, su torre arruinada, abrindose al peso de sus
campanas ponderosas,--como deca don Romn--la yerba crecida en el
cementerio; el frontis del templo, festonado con espontneos helechos
que a lo largo de las cornisas lucan sus palmas sricas, y coronaban
con gallardos plumajes el susodicho blasn que los villaverdinos ponen
en todas partes.

Arrimado a la torre, en su rollo grietado y leproso, el cascado reloj
virreinal, con su esfera de mrmol y sus agujas doradas, invisibles para
quien las viese de lejos, porque las ocultaba el ramaje de soberbios
ahuehuetes, a cuya sombra se refugiaban los lechuguinos que cada
domingo, despus de la misa de doce, se instalan all para ver a las
muchachas que salen de misa muy emperifolladas y de ataque. En el
cuadrante un clrigo melanclico, pensativo, fumando, como un rabe
delante de su tienda; en el corredor baja de las Casas Municipales un
polica haraposo, con el fusil al hombro, pasendose; y all por la
Calle Real, centro del miserable comercio villaverdino, una recua, un
pordiosero, y el doctor Sarmiento, muy de prisa, echado el sombrero
hacia la nuca; figura invariable, tipo eterno del mdico de las
poblaciones cortas.

La plaza, mejor dicho el centro de ella, jardn en otro tiempo, gracias
a los empeos de un prefecto santanista, se conservaba como yo la dej.
En medio la fuente secular, ancho piln de ocho lados con surtidor de
granito, en forma de alcachofa, del cual sala poderosamente grueso
chorro de agua cristalina, que cuando el viento huracanado de invierno
le haca pedazos inundaba las baldosas del contorno. La barda de cal y
canto estaba ruinosa y desconchada; los bancos derruidos y
desportillados; y los naranjos que circundaban la fuente, anmicos,
devorados por las hormigas. En un arriate, el nico que pareca tal,
algunas plantas frondosas y lucientes, enflorecidas y galanas.

Atrajo mi atencin al costado del templo, un edificio nuevo, una casa
magnfica, de brillante aspecto; magnfica para Villaverde y para
aquella plaza donde todo es mezquino y vulgar. Linda casa, de airoso
alero, de anchas y rasgadas ventanas, con rejas de hierro, vidrieras
elegantes y umbrales de mrmol.

Las ventanas del saln estaban abiertas. El ajuar lujoso, los
cortinajes, los muros empapelados, los espejos, los grandes cuadros con
grabados finsimos que representaban escenas bblicas (el casamiento de
Isaac, Ruth y Booz, Rebeca en el pozo), todo, todo indicaba la riqueza
de quienes all vivan.

Sonaba brillantemente el soberbio piano. Manos habilsimas tocaban en l
una redoma muy aplaudida, La cada de las hojas, msica soadora y
lnguida que delataba un ejecutante melanclico.

Me detuve cerca de una reja. Entonces pude columbrar el interior:
gracioso jardn, amplios y frescos corredores, pretiles llenos de
macetas con rosales, camelias y azaleas, jaulas y jaulitas, una pajarera
llena de canarios que cantaban regocijados.

En un espejo, frontero a la ventana, vi quin tocaba. Era una joven
rubia, ataviada con modesto traje blanco, uno de esos vestidos de
muselina de hilo, frescos, ligeros, vaporosos, que tanto sientan a las
muchachas nbiles: trajes que llevan con singular donaire las pollitas
de Villaverde y de Pluviosilla. Qu gallarda caa en torno del taburete
la ondulante cola de aquella falda!

Concluda la redowa, la hermosa seorita sigui jugando en el teclado.
Primero, escalas rapidsimas, cuyas notas se desgranaban como las
cuentas de un collar; luego pasajes favoritos, temas predilectos,--un
fragmento meldico, arrullador y deleitoso.

De pronto, cuando menos lo esperaba yo, dej su asiento la tocadora.
Cerr el piano y corri a la ventana.

Linda, hechicera criatura! Pero ay! no pude contemplarla. Segu
adelante, y segu dulcemente impresionado. Me pareca que oa yo detrs
de m el ruido de la ondulante falda de muselina. No tuve valor para
volver el rostro.

Por qu en aquel momento pens en Matilde, la dulce nia de mi primer
amor? Ay! por qu cre ver delante de m un rostro apenado, lloroso y
dolorido, el rostro de Angelina?

Minutos despus, al entrar en mi casa, sali a mi encuentro la gentil
doncella. Estaba radiante de alegra. Al mirarme, se encendi... y baj
los ojos.




X


Andrs vino a visitarme. Le invit a dar un paseo por las orillas del
ro, y entonces me declar que mis tas estaban en la miseria. Para
sostenerme en el colegio, sin que nada me faltara, haban hecho toda
clase de sacrificios. Redujeron sus gastos a lo menos posible, y
trabajaban del da a la noche, cosiendo, confeccionando pastas y
conservas, y haciendo flores artificiales. En cierta poca torcieron
cigarrillos para El Puerto de Vigo. Pero el mejor da enferm ta
Carmen. Una enfermedad, muy comn en Villaverde a la entrada del verano,
la postr en el lecho. Pas la disentera, pero la pobre anciana qued
achacosa. Aunque aparentemente sana, estaba herida de incurable
enfermedad. Al principio se present un sntoma que no acertaron a
explicarse las buenas seoras:

Algo--deca la enferma--como hormigueo en la columna medular; algo que
descenda, rpido como relmpago, hacia las extremidades inferiores. En
ocasiones, vrtigos que duraban un instante y que dejaban a la paciente
cansada y sin fuerzas. As durante algunos meses. Despus no volvieron
hormigueos ni vrtigos, pero sobrevinieron convulsiones, muy fuertes en
el brazo izquierdo, el cual, pasado el acceso, quedaba dbil y
entorpecido. Vino el doctor Sarmiento: recet pomadas y bebidas tnicas;
prescribi alimentos sanos y nutritivos, ejercicio moderado por la
maana y por la tarde, y durante las horas intermedias sosiego y reposo.

La anciana no quera estar mano sobre mano; pero tuvo que obedecer las
rdenes del mdico en vista de los progresos de la enfermedad.

Desde entonces pes sobre la ta Pepa todo el trabajo, el cual, como es
de suponerse, no bast a las necesidades de aquella casa, ni para
sostener al sobrino, para sostenerme en el colegio. Ta Pepa dijo:

--Que se venga! Que no siga estudiando! Aqu le buscaremos un empleo,
cualquier destino en que se gane alguna cosa. Pero la enferma se opuso
a ello:

--Que acabe el ao,--replic--Dios dir! Acaso para entonces nos paguen
la pensin.

Y as pas un ao, y buena parte de otro. Nunca me falt nada; nunca
dej de recibir, con toda puntualidad, el dinero que desde un principio
me sealaron para atender a mis gastos. Slo una vez, por mayo o junio,
no recib el dinero en los primeros das del mes. Escrib; y vino orden
para que un villaverdino ricacho, de aos atrs establecido en la
Capital, me diese veinticinco duros.

Por Andrs vine en conocimiento de que entonces vendieron la casita, la
hermosa casita en que nac, donde muri el abuelito, donde murieron mis
padres. Nunca fuimos ricos; tenamos lo necesario para pasar la vida;
pero todo se fu acabando poco a poco; aquello era lo ltimo que nos
quedaba. En verdad que la tal casita no vala gran cosa; sin embargo, no
haba en Villaverde otra mejor. Ninguna ms amplia, ni ms alegre, ni
mas cmoda. Tena agua corriente, y un gran patio, que mis tas haban
convertido en hermoso jardn, donde se producan hermosas flores y
magnficas frutas; naranjas de China, como almbar de dulces; aguacates,
muy afamados en Villaverde; chinenes, blancos como la leche y sin una
hebra; jinicuiles riqusimos, anchos, aromticos, carnudos;
guayabas-manzanas deliciosas. Estas las daban unos rboles plantados por
el abuelito, quien trajo la simiente de las Antillas.

Vinieron las escaseces, la pobreza y la miseria. La enferma iba de mal
en peor. Las convulsiones eran diarias, y duraban dos o tres horas. El
brazo izquierdo no le serva para nada; las piernas fueron
debilitndose, y la buena seora no pudo caminar sin el auxilio de ajena
mano. A las amarguras de la pobreza se juntaron en mi pobre ta otras
mayores: las que le causaba ver que su hermana trabajaba del da a la
noche, sin que ella la pudiese ayudar. Ta Pepa haca flores, cosa, y
daba lecciones de lectura y de catecismo a una veintena de nios.

No pudieron conseguir que la pensin fuese pagada. El gobierno no estaba
en condiciones de hacer esos gastos, decan; pero yo he credo siempre
que para quienes entonces estaban en privanza no fueron nunca simpticas
las ideas de mi abuelo. Qu entendan ellos de pelear en defensa de la
patria, en Tampico, en Veracruz y en Churubusco! Qu les importaba a
ellos que se murieran de hambre unas pobres viejas!

Andrs acudi en auxilio de mis tas; hizo por ellas y por m cuanto
pudo; pero el fiel servidor no tena mucho: un tendejn insignificante,
y paremos de contar.

Mis tas conservaron siempre en su pobreza su amada dignidad. Nunca
pidieron ni un real a sus amigos, (y eso que los tenan muy ricos y
dispuestos a socorrerlas) y prefirieron imponerse las ms duras
privaciones, antes que molestar a nadie. Se privaron de cuanto les
pareci superfluo,--y nada superfluo haba en aquella casa,--y hasta de
lo ms necesario. Me duele el corazn cuando lo recuerdo; se me
humedecen los ojos al apuntarlo aqu: mi ta Carmen se neg a
medicinarse para que no me faltase nada.

Con el dinero de la casita hubo para algunos meses. Saldaron un gran
adeudo de contribuciones, me proveyeron de ropa, y me adelantaron el
importe de mis gastos dos o tres meses.

Entonces vino Angelina a nuestra casa. La infeliz haba quedado
hurfana. El sacerdote que la tom bajo su proteccin la puso all, al
verse obligado a desempear la cura de almas en un pueblo de la sierra,
que a la sazn estaba infestada de guerrilleros y bandidos.

Algn amigo de la familia habl de mis tas al prroco, y Angelina se
qued con ellas. El sacerdote les pagaba una corta pensin. El cura era
pobre, y no poda derrochar el dinero as como quiera. Sin embargo,
sobradas pruebas dio de generosidad.

Era preciso renunciar a todo; prescindir de estudiar; no pensar en ser
mdico o abogado, y perder la risuea esperanza de suceder al doctor
Sarmiento o de heredar la clientela del Sr. Lic. Castro Prez, el ms
ilustre jurisconsulto de Villaverde.

No haba ms que ponerse a trabajar. En qu y cmo? Slo Dios lo saba.
Cundo? Cuanto antes. Andrs se encarg de allanar el camino. El
desinteresado servidor me propuso que volviera yo a la Capital para
continuar los estudios.

Sacrificar--me repiti--hasta el ltimo medio!--Eso no era posible.
Convinimos en que hablara con algunas personas de las ms ricas de
Villaverde, particularmente al seor Castro Prez, para que me
proporcionaran empleo. Cualquiera sera bueno, se ganara mucho, se
ganara poco. El caso era trabajar.

Seria yo capaz de aliviar de alguna manera la precaria situacin de mi
familia? Me sera dable corresponder a los sacrificios de aquellas
cariosas ancianas que por verme dichoso habran dado su vida? Confieso
que en aquellos momentos me falt el valor. Qu hara el inexperto
escolar, apenas salido del colegio, convertido en jefe de familia?
Responda de su diligencia, de su abnegacin; pero no fiaba en sus
aptitudes. Le alentaba saber que en Villaverde todos le conocan; que
all, de tiempo atrs, todos los suyos merecieron consideraciones de los
ms conspicuos villaverdinos. Le alentaba esto, pero al mismo tiempo
miraba en ello cierta dolorosa humillacin Valor! Aydate que Dios te
ayudar.




XI


Dejme triste y abatido la conversacin de Andrs. La generosidad de
aquel servidor, fiel en todo tiempo a sus amos, me llen de admiracin.
Andrs no tena familia; no conoci a sus padres; le dejaron hurfano en
muy temprana edad, y pas la infancia en el campo, desempeando
rudsimas labores, al servicio de gentes que lo trataban mal. Sola
recordar las amarguras de esa poca, y contaba minuciosamente sus
trabajos y sus penas; pero nunca le omos quejarse de la aspereza de sus
primeros amos, ni jams se le escap una palabra en contra de ellos.

Mi padre le sac del rancho donde viva, le tom a su servicio, y el
mancebo fu bien pronto digno del cario de todos nosotros.

No quiso casarse.

--Para qu?--contestaba.--Para qu? No me hace falta la familia.
Ustedes son mi familia, ustedes son todo para m!

Cuando la familia vino a menos, y mis tas no pudieron ya retribuir sus
servicios, Andrs, ms por ser til a nosotros que por deseos de medro,
nos dej y fu a establecerse en un pueblo cercano. Con sus ahorros, ya
muy mermados por haber subvenido secretamente a las necesidades de la
familia, puso una tienda, y all, a fuerza de trabajo y de economas
hizo un piquillo, que,--como deca,--le bastaba para vivir y auxiliar a
las seoritas.

Cay enferma mi ta Carmen, y Andrs se dijo:--A Villaverde! No debo
vivir lejos de la familia. Ahora ms que nunca necesitan de m. De qu
sirve ir a verlas de cuando en cuando?

Traspas, malbarat el changarro, li el petate, y se vino a
Villaverde. En Pluviosilla hubiera estado mejor y habra medrado
fcilmente, pero como su objeto era vivir cerca de mis tas no vacil en
trasladarse a la budstica ciudad.

Mientras residi en Santa Rosa vena cada ocho das, sin faltar nunca,
as lloviera a cntaros. Entre ocho y nueve de la maana, all estaba
Andrs en su caballejo, muy cargado de frutas, semillas, y aves de
corral. Al irse, domingo por la tarde o lunes muy tempranito, no dejaba
de poner en el comedor cuatro o cinco duros; acaso buena parte de sus
ganancias.

De tiempo en tiempo reciba yo en el colegio algn regalo suyo:
magnficas frutas, mangos cordobeses, pias amatecas, y naranjas-limas.
Algunas veces dinero, despus que pasaba la cosecha del tabaco y del
caf. Al recibir los diez o doce pesos me deca:--Andrs est en
fondos! Y me alegraba yo por l y por mis tas.

Cierta ocasin recib una cajita de puros. Me la entreg Ricardo Tejeda.
Dentro de la carta de la ta Pepa vena una tira de papel, en la cual
escribi Andrs, con aquella su letra torpe y desgarbada: Para que
chupes. Ya eres grandecito, y ya te gustarn los buenos puros. Deca mi
amo que un puro bien revoleado disimula la arranquera.

Entonces no me gustaba el tabaco. Ricardo se fum todos los puros. El
domingo se me presentaba hecho un figurn:

--Rodolfo: dame uno de aquellos de nuestra tierra!

El dio cuenta de los tabacos; l, que no tena necesidad de disimular la
arranquera.

El fiel servidor, establecido en Villaverde, all por el barrio de San
Antonio, en una tienda que se llamaba La Legalidad, fu, como siempre,
una providencia para las tas. Desde luego resolvi que ellas le
asistieran, y por ello pagaba ms de lo justo.

--Que nada falte;--repeta--veremos hasta dnde alcanza la pita!

Nada de esto me dijo; lo supe ms tarde de boca de la ta Pepa. El buen
viejo se limit a ofrecerme lo que acaso no le era dable hacer--gastarse
cuanto tena.

Ni la salud de Andrs ni su piquillo resistiran cuatro aos de
gastos, y cuatro aos, cuando menos, me seran necesarios para que
tuviera yo un ttulo y pudiera tratar de compaero al doctor Sarmiento o
al Lic. Castro Prez.

Hube de conformarme con lo que la suerte me deparaba. Me resign a dejar
los libros y a renunciar a las alegras de la vida estudiantil, para
buscar en Villaverde lo que tal vez no faltara: un destinejo que me
proporcionara cada mes algunos duros.

Confiaba yo en la bondad de mis paisanos, en la benevolencia de nuestros
amigos, para quienes no era un misterio la situacin precaria de mis
tas. Me lisonjeaba la idea de que iban a cesar en aquella casa
dificultades y miserias. Tal vez, en lo futuro, gozaramos de vida ms
tranquila; y, a decir verdad, me halagaba ser el jefe de la casa. Con
ms dinero la enferma sera mejor atendida, la veramos aliviada, y
acaso recobrara la salud.

A nadie comuniqu mis proyectos. Procur, no sin esfuerzo, que me vieran
alegre y contento. Estaba yo apenado y triste. No me crea yo extrao en
aquella casa, ni me senta degradado al recibir de las pobres ancianas
cuanto me era necesario; no; porque el afecto filial con que las vea, y
el cario maternal con que siempre me trataron, alejaban de mi nimo
toda idea mezquina y todo pensamiento humillante. Durante varios das
estuve abatido. Por la noche, a buena horita, me encerraba yo en mi
cuarto, metame en la cama, y me pona a leer. Lea yo pginas y
pginas, sin parar mientes en los conceptos. En un vetusto armario me
hall varios libros: una Historia de Napolen; no recuerdo qu obra
clsica de arte militar, y oh dicha! dos o tres volmenes de Walter
Scott. Tom uno, La Novia de Lammermoor. En pocas noches le d fin. Al
acabar la ltima pgina advert que aquella lectura haba sido intil.
Mi cabeza no estaba para novelas.

Temprano, antes de que se despertaran mis tas, sala yo al patio. All
me lavaba yo en una gran jofaina que desde la vspera ponan para m en
el borde de la fuente, entre los tiestos floridos, bajo la copa
aparasolada de un floripondio cuyas campanas de raso se columpiaban al
soplo vivfico de los vientos matinales, mientras en jaulas y ramajes
cantaban los pajarillos la incomparable alborada otoal. El agua
retozaba en el surtidor y caa desbordante en el piln. En la superficie
del cristalino lquido bogaban ptalos y flores cados durante la noche.
Se me antojaban esquifes, gondolillas maravillosas en que bogaban seres
invisibles.

Volva yo a mi cuarto. A poco principiaba Angelina su matinal faena.
Pronto resonaba en el corredor el ruido de su escoba. En los labios de
la joven susurraba alegre cancioncilla que pareca un eco suave, apenas
perceptible, de la que cantaban los alados msicos en su prisin de
caas y en la copa de los naranjos ornados ya con amarillas pomas.

Al salir me detena a conversar con la doncella. Tratbala yo como a una
hermana predilecta, y procuraba inspirarle confianza; pero ella se
mostraba siempre, reservada y asustadiza. Sin embargo, no tard en
comprender que aquel airecillo gazmoo que tanto me choc en Angelina el
primer da, no era ms que timidez de bondad, muy en harmona con su
carcter y su belleza, muy natural en quien haba tenido tanto que
llorar.

La pltica, iniciada con una frase lisonjera en elogio de su diligencia,
se iba enredando poco a poco, sin saber cmo, y ms de una vez la ta
Pepilla vino a interrumpir nuestra charla.

Dulces instantes aquellos! Angelina, de pie cerca del pretil, envuelta
en el rebozo, cados los brazos con placentera indolencia, entre las
manos la escoba perezosa. Yo a horcajadas en una silla, o puesto un pie
en el travesao. Ella, escuchndome cariosa; yo, baado en la luz de
sus rasgados ojos.

A las veces, si algn ruido nos anunciaba que ta Pepa vena, sin
motivo, sin saber por qu, nos despedamos de prisa, y sala yo con
rumbo a los barrios ms distantes.

Volva yo a la hora del desayuno. Ya la casa estaba lista: barrido el
corredor, arreglada la salita, dispuesta la mesa. La doncella sola
sentarse a mi lado. Me atenda y me serva como una hermana cariosa al
chicuelo preferido, dispuesta a satisfacer todos mis deseos y caprichos,
adivinndome el pensamiento.

Mi ta pareca complacerse en aquella dulce y sencilla fraternidad.
Cualquiera que nos viese juntos a los tres, habra credo que ramos dos
hermanos, y que la anciana era nuestra madre.

El desayuno duraba frecuentemente una hora. Ta Pepa charlaba a su
sabor. Yo y Angelina no sentamos correr el tiempo. La anciana se
levantaba para ir a sus quehaceres, y al pasar detrs de nosotros se
detena y nos acariciaba; a m, estrechando mi frente entre sus manos; a
ella, dndole una palmadita en cada mejilla.

Un campanillazo sola poner trmino a nuestra conversacin. Era que ta
Carmen llamaba.

--Dnde est mi Angelina? Qu hace mi Angelina que no viene?




XII


Entonces iba yo a saludar a la enferma. La pobrecilla pasaba muy malas
noches. Padeca insomnios, y ataques de convulsin que la obligaban a
dejar el lecho por algunas horas y a pasearse por el aposento, apoyada
en el brazo de Angelina.

--Es para m una hermana de la Caridad!--me deca la ta
Carmen.--Conmigo no tiene la pobrecilla sueo tranquilo.

Y a Angelina:

--Pobre de t! Eres muy buena, muy buena! Qu obligacin tienes de
velar mi sueo? Me da pena llamarte, s, me da pena! Si lo hago es
porque no quiero despertar a Pepa. La infeliz cae rendida, y ya no est
para eso!

En tanto que yo conversaba con la enferma, en el corredor ms lejano se
reunan los discpulos: veinte o treinta niitos de las principales
familias de Villaverde; un coro de querubines traviesos y mimados.

Pronto resonaba en el patio el rumor alegre del estudio. La buena seora
daba leccin a cada nio, y luego se pona al trabajo en una mesa larga
y angosta.

De manos de mi ta, hbiles por extremo, salan todos los ramilletes que
adornaban las iglesias de Villaverde. Flores de mil clases y colores.
Unas, fantsticas, de papel dorado y plateado; otras, las ms bellas,
tan propias y bien dispuestas, que, a cierta distancia, nadie las
distinguira de las naturales. All, torciendo alambres, enhebrando
capullos, acocando ptalos, pintando hojillas, se pasaba mi ta toda la
maana, y toda la tarde. Slo dejaba su labor para atender a los nios y
tomarles la leccin.

La joven vena en ayuda de la anciana. La doncella se pintaba para
aquellas labores. De su mano reciban flores y ramilletes el ltimo
toque. Qu guirnaldas y qu festones aquellos! Gallardos, sueltos,
flexibles, como las guas de convlvulos y cabrifollos que sombreaban la
fuente. Las rosas... ah! las rosas! Lindas y esplndidas salan de
manos de la anciana; pero Angelina las embelleca al tocarlas. Un tallo
duro, una hoja rebelde, un ptalo sin gracia, todo reciba de la joven
singular hermosura. Pareca que a travs de los ramilletes pasaba un
soplo primaveral que daba a las flores vida y lozana.

Los nios, atrados por tanta belleza, dejaban sus sillitas, y paso a
paso se iban colocando en torno de la florista. Con las manos detrs,
ocultando el libro, permanecan largo rato, embobados y boquiabiertos,
delante de tantas maravillas.

A las doce conclua la tarea. Los criados llegaban por los nios, y era
la hora de la leccin. Mi ta se mostraba severa, frunca el ceo,
reprenda, amenazaba. Los chicos preferan que Angelina les tomase la
leccin. Ella, paciente y bondadosa, consegua que los nios estuvieran
atentos, y con una mirada o una caricia pona orden en aquella turba de
diablillos rubios, vestidos con faldellines de seda.

Angelina era una muchacha muy inteligente. Escriba con mucho primor.
Linda letra la suya; suelta, cursiva, elegantsima, sin que lo donairoso
de los trazos le hiciera perder esa suavidad del carcter femenil que no
slo se manifiesta en el estilo, sino que trasciende a la forma de las
letras, siempre que la mujer no presume de sabia o gusta de llamar la
atencin. Difcilmente se le escapaba una falta de ortografa. Escriba
como hablaba, con mucha naturalidad y sencillez, sin rebuscar frases ni
atildamientos, siguiendo el orden lgico de las ideas, ajena a la
calculada afectacin, que hace del estilo epistolar una cosa
insoportable y ridcula. Mas no por eso caa en el extremo opuesto, en
las frmulas de rito y en los conceptos de estampilla. Era muy dada a
los libros; pero slo lea cuando se lo permitan sus quehaceres. Lea
todas las noches el Ao Cristiano, y se saba al dedillo las vidas de
los santos.

Una noche le toc leer la vida de Santa Teresa.

--Jess!--exclam.--Si ya me la s de memoria. Puedo repetirla del pe
al pa!

Y como ta Carmen dudara, Angelina refiri, con muy buen acuerdo y muy
donosamente, la vida de la mstica.

Cosa rara en una joven; gustaba de los libros serios y se pereca por
los histricos. Haba ledo tres o cuatro veces la Historia de Alamn,
y sola atreverse contra los juicios del clebre escritor, no sin gran
disgusto de mi ta Pepa, para quien los dichos de don Lucas eran un
evangelio.

Discurra de historia patria con mucha donosura, sonriendo, sin
fatuidades ni alardes de saber. Valdra la pena consignar aqu el juicio
de Angelina acerca de algunos libros. Para ella no haba mejor novelista
que Fernn Caballero, ni peor novelador que Prez Escrich.

--Abrir un libro de esos, la Mujer Adltera, la Esposa Mrtir, y
tener sueo, todo es uno! Novelas? De Fernn Caballero. Sus personajes
me parecen vivitos, de carne y hueso. Aquello s que es verdad! Comen,
duermen.... Si me parecen gentes a quienes trato todos los das! Yo no
entiendo de esas cosas.... pero los libros de Fernn me gustan porque
pintan la vida tal y como es. Ha ledo usted La Gaviota? Elia?
Lgrimas?

--Y de Cervantes, qu me dice usted, Angelina?

--Eso es aparte! El Quijote? Es algo que parece novela y acaso no lo
es....

--Pues entonces....

--No acierto a explicarme. Si, es una novela; pero algo hay en ese libro
que le pone por encima de todas las novelas.

Me pasaba largas horas conversando con Angelina. A pesar del estado de
mi nimo y del abatimiento de mi espritu, cuando teja con ella la red
de viva pltica, recobraba yo mi buen humor de otro tiempo, y me volva
alegre y jovial, y me olvidaba de esas enervantes melancolas que han
sido, y acaso todava lo son, nota sombra de mi carcter; de este
carcter mo soador y lnguido, dado a la pereza y al fantaseo, al
delirio vago y a la meditacin sin objeto. Perniciosa melancola, nacida
tal vez en mi alma cuando viv lejos de mi familia, condenado a las
soledades de un colegio, cuyos claustros vetustos entenebrecieron mi
espritu; melancola que me arrastra a los campos y a la espesura de los
bosques, para extasiarme largas horas ante el espectculo deslumbrador,
a orillas de laguna adormecida, escondido entre los juncos; o para
abismarme en la contemplacin de una flor desconocida, modesta y rstica
beldad. Sentimiento tristsimo de la naturaleza que me hace odiosos el
mundo ruidoso y frvolo y los atractivos de una sociedad vanidosa;
sentimiento profundo de las bellezas del mundo fsico, sentimiento que
desarrollan en m los poetas y novelistas romnticos. Por fortuna me he
redimido un tanto de las preocupaciones y falsas ideas del romanticismo,
y aunque no del todo exento de ellas, pues aun me queda en el alma
lamartiniana levadura, miro la vida de otro modo, no pretendo que todo
sea a mi gusto y a medida de mi deseo, y vivo tranquilo, como vive toda
buena persona, sin que me atormenten poticos anhelos, ni me divaguen
devaneos intiles, ni me amarguen delicadas sensibleras.




XIII


A las diez de la maana tomaba yo el sombrero y me iba a pasear por la
ciudad. Al principio prefer los arrabales, los callejones sombros, las
mrgenes pintorescas del Pedregoso o las plazoletas de la Alameda, vasto
cuadro sembrado de fresnos, al pie de la colina del Escobillar; alameda
sin flores y sin rboles copados, que por lo apacible y retirada me era
gratsima. A la sombra de un naranjo, el nico crecido y frondoso, en
cuya copa anidaban bulliciosos pajarillos, pasaba yo la maana. All, en
un asiento musgoso y desportillado, me entregaba yo a la lectura de mis
autores favoritos; all le la Atala y el Renato; el Rafael y la
Graciela; all devor el Conde de Monte Cristo, y repas, por mi
mal, algunas novelas de Jorge Sand, que acongojaron mi corazn y dejaron
en mi alma sedimentos de acbar. All gust de la poesa de Zorrilla.
Zorrilla! Le conoca yo; le haba odo leer de un modo maravilloso sus
admirables versos, aquellas serenatas que eran, en labios del poeta,
miel de abejas, susurro de arboledas, cantos del agua en las acequias de
la Alhambra; msica del cielo. All aprend de memoria muchas
composiciones del incomparable soador de Milly: El Lago, El
Crucifijo, Las Estrellas. Aun las recuerdo, y suelo repetir:

     Ainsi, toujours pousss vers de nouveaux rivages, Dans la nuit
     ternelle emports sans retour....

Y all, preciso es que lo confiese, all comet un pecado maysculo, del
cual no me arrepentir debidamente en los aos que me restan de vida. Me
pas lo que a los gastrnomos: principian por gustar de los buenos
platillos, y acaban por invadir la cocina y preparar ellos mismos los
guisos predilectos. A fuerza de leer versos me di por hacerlos.
Malsimos salieron los mos, a juzgar por lo que dijo de ciertos sonetos
un peridico villaverdino. Publiqu los tales sonetos en El Montas,
previa la aprobacin de don Romn, quien los tuvo por buenos y muy
buenos, antes y despus de que La Voz de Villaverde, La Sombra de
Vega, y cierto periodiqun de Pluviosilla los hicieran trizas y
pusieran al autor como chupa de dmine. Por supuesto que no salieron con
mi firma. Firmlos: Anteo, y el seudnimo sirvi para que mis crticos
extremaran la zumba. Entiendo que mi literatura potica no era inferior
a la muy aplaudida de los ms afamadas poetas de Villaverde, el
pompossimo y el Lic. Castro Prez, quien, de tiempo en tiempo, tena
sus dares y tomares con las esquivas deidades del Parnaso. Discpulo
aprovechado de don Romn, criado en los clsicos, como l me dijo,
dime,--a pesar de mis aficiones romnticas,--por la poesa mitolgica y
horaciana. Cantaba yo la vega villaverdina, el sesgo y undvago
Pedregoso, y la hermosura de mis paisanas. En el ltimo soneto puse
sobre los cuernos de la luna a la dulce Angelina, oculta bajo el potico
nombre de Flrida.

Los rivales de mi maestro, Jacinto Ocaa, el director de la Escuela del
Cura, y Agustn Venegas, el de la Escuela Nacional, creyeron que el
sonetista era el pompossimo, y al domingo siguiente, cuando esperaba
yo elogios y aplausos, sali en La Voz de Villaverde un articulejo
desentonado y custico, en que ponan a don Romn de oro y azul.

Corr a verle:

--Ya ley usted?--le dije al entrar.

--No, muchachito.... Qu cosa?

--Lo que dice La Voz.

--No; no quiero leer esos disparates. Ya me imagino lo que dirn.

Pero la curiosidad pudo ms en el dmine que el desprecio con que miraba
a sus rivales. Despus de un rato de silencio me dijo:

--Dame ese papasal!

El anciano se cal las gafas, se compuso en el asiento, y principi a
leer el artculo editorial.

--No, a la vuelta. Una crtica de los sonetitos aquellos....

--Y quin es Agustn Venegas para meterse a crtico?

--Lea usted.

Don Romn estruj el peridico y ley.

A las pocas lneas se puso trmulo, plido, balbuciente.

--Han credo que usted es el autor. Lamento lo que ha sapado. Nunca pude
imaginar....

--Bellacos! Ftuos! Presumidos!--exclam.--Quines son ellos? Qu
obra los acredita para darla de sabios y de crticos? Les perdono las
ofensas. Lo nico que no puedo perdonar es la ingratitud. No les temas!
No te asustes! Escribe, muchacho; escribe, y que rabien! T hars algo;
al paso que ellos.... As se quemen las pestaas aos y aos, cuanto
escriban servir nada ms para que envuelvan cominos en la casa de mi
compadre don Venancio.

--Contestamos?

--No! Eso se quieren ellos, que les den tela. Oye, oye un consejo.
Nunca salgas a defender tus escritos. La modestia... ya lo sabes....
Nada tengo que decirte! Conozco bien a esos necios. Por eso no he dado
a la estampa los sficos aquellos que te gustaron tanto, la odita al
Pedregoso. Mira, Rodolfo: no hablemos ms de esos bellacos.

Serense don Romn, sac la tabaquera, tom un polvo, y, quitndose las
gafas, me dijo en tono carioso:

--Vamos: qu piensas hacer? Sigues los estudios, o te quedas en tu
tierra, y en tu casa, para buscarte la vida? Habl ya con tus tas. Las
pobrecillas quisieran verte mdico, abogado... pero ya s, ya s que
las cosas andan malas, como yo me las figuraba! Habl Andrs con Castro
Prez? Mira: yo le ver esta noche. All puedes ganarte alguna cosa;
poco, poco, porque ya lo sabes, en Villaverde todo es roa; pero algo es
algo! Por lo pronto.... Despus, ya veremos!.... Estoy cierto de que te
colocar; se lo pedir, y no ha de negrmelo. Le recordar que fu amigo
de tu padre.

Andrs haba hablado ya con el abogado, pero nada obtuvo: promesas,
ofrecimientos.... Slo Castro Prez poda darme trabajo. El doctor
Sarmiento se interes en favor mo, y prometi a mis tas arreglar el
asunto. As las cosas, corran los das y las semanas, y el empleo
deseado no vena. En verdad que la idea de alejarme de Villaverde no me
halagaba. No slo me detena en la budstica ciudad el amor de los mos,
no; cuando me ocurra que acaso sera preciso ausentarme, pensaba yo con
tristeza en Angelina.

Haba ya entre nosotros cierta intimidad fraternal, dulce y respetuosa,
que me haca grata la vida en Villaverde. En ocasiones pens: si estar
enamorado? No; hasta entonces aquello era una amistad afable, un afecto
sencillo que mi ta Pepa fomentaba a todas horas. Una vez la buena
seora, se dej decir:

--Ay, Rorr! Si alguna vez piensas casarte... busca una mujer como
Angelina.

Estbamos solos. Mi ta trabajaba en sus flores, y yo, cerca de ella, me
entretena oyndola.

--Le gustara a usted que me casara con Angelina?

--Cmo no!--exclam alborozada.--Si es tan buena! Si te quiere tanto!

No s por qu se me encendi el rostro. Nunca pens que Angelina pudiera
amarme. Y bien visto el caso por qu no? Angelina era muy digna de ser
amada. Me ocurri averiguar si alguien haba puesto los ojos en ella.

--Y diga usted, ta: No ha tenido novio Angelina?

--Por Dios, Rorr! Desde el otro da ests con eso!.... No, seor.
Angelina es una nia muy juiciosa. Angelina no tendr ms novio que
aquel que llegue a ser su marido. No es ella capaz de jugar con el amor.

--As lo creo, pero.... Dgame usted: no ha tenido pretendientes?

--Ah! Eso es otra cosa. As!--y mi ta junt los dedos de la mano
derecha, y los movi como para indicarme una multitud de personas.

--En Pluviosilla,--prosigui--muchos! Un espaol rico; un mancebo de
botica muy burln y endiantrado, capaz de rerse hasta de su sombra; un
colegial muy guapo, que le haca versos; otros, y otros. Aqu...
aqu....

--Quin?

--Uno nada ms.

--Quin?

--Amigo tuyo, condiscpulo tuyo....

--Pepe Lpez?

--No.

--Diga usted, ta....

--Adivina.

--Eduardo, el hijo del alcalde?

--No. Eduardito es un pedazo de alcornoque. El, el hijo del alcalde,
prendarse de una muchacha pobre? Cundo! El enamora a Gabrielita
Fernndez....

--A la jovencita rubia, la que toca muy bien el piano?

--Ya la conoces?

--El otro da la vi en la reja.

--Guapa! No es verdad?

--Reguapa! Linda como un sol!

--Eduardo se perece por ella.

--Entonces, quin es el pretendiente de Angelina?

--Adivina!

--Jacinto Ocaa?

--Dios nos libre!

--Agustn Venegas?

--Jess me valga! No te digo que es amigo tuyo?....

--Ricardo Tejeda?

--El mismo que viste y calza!

--No es rival temible!--dije para m.




XIV


A veces iba yo a charlar en la botica de don Procopio Meconio. En aquel
famoso mentidero, centro recreativo de ociosos y desocupados, se reunan
a todas horas los jvenes ms guapos y los viejos ms parlanchines de la
budstica ciudad. En aquella botica concurran: Venegas, espritu
fuerte, liberal de la nueva echada, republicano incipiente, muy enconado
contra el malaventurado ensayo imperial; Jacinto Ocaa, monarquista
hasta la mdula de los huesos, que siempre que hablaba de Maximiliano,
se descubra respetuosamente, y que a cada instante trababa disputas con
Venegas, sacando a bailar la Saratoga y el Tratado Mac-Lane; el doctor
don Crisanto Sarmiento, retrgrado por los cuatro costados, que viva
suspirando por el rgimen colonial, que se haca lenguas de
Revillagigedo, que de buena gana viera restablecido en Mxico el Santo
Tribunal de la Fe, y que cuando alguno hablaba de la Independencia,
deca, echndola de agudo:

--La maldita india pendencia que nos tiene hechos una lstima!

Y no s cuntos ms, entre quienes figuraba el dueo de la botica, el
invariable don Procopio, jugador desenfrenado, que haba convertido
aquel templo de Galeno en un santuario de Birjn. Solamos ver all al
P. Sols. Vena de tarde en tarde, a la hora en que haba menos
tertulios; se lea de cabo a rabo los peridicos, y luego... a charlar
con Sarmiento y con Venegas! Mientras don Procopio jugaba adentro con
sus cofrades, afuera, delante del mostrador, en presencia de los
compradores, se enredaban plticas que frecuentemente se convertan en
disputa. Venegas se complaca en atacar al cado Imperio; Sarmiento le
defenda acalorado y lleno de bro. El republicano se ensaaba contra el
Catolicismo; el mdico deca pestes del partido liberal. El pedagogo,
muy encariado con el Catecismo Poltico de Pizarro Surez, alegaba no
s qu razones, en favor de la tolerancia de cultos, y opona a los
dichos de su contrario algunos de aquellos argumentos protestantes tan
usados por los peridicos a fines del 56 y principios del 57. El mdico
montaba en Jpiter; sacaba a relucir sus argumentos en forma, su ciencia
de seminarista, y, por ltimo, a los desahogos de Sarmiento contestaba
con dicterios.

El P. Sols, reflexivo y cachazudo, se estaba quedo; oa y callaba,
hasta que para calmar los nimos, terciaba en la disputa. Primero, tal
era su tctica--se iba derecho hacia el doctor; le conceda la razn,
pero censurndole acremente sus exageraciones de monarquista.

--Iturbide, (a quien el Acta de Independencia llama: un genio superior
a todo elogio) hizo una tontera. En nuestro tiempo nadie se improvisa
rey ni emperador. Papel tan alto slo cuadra a quin fu mecido en regia
cuna, a quien naci en las gradas de un trono. Un pueblo no se da a s
propio, slo porque as lo quiere, un buen gobierno y buenas
instituciones. Es preciso que se los busque de acuerdo con sus
tradiciones; es necesario que tenga en cuenta las enseanzas de su
historia; es preciso que las instituciones y la Forma de gobierno le
vengan apropiadas, como a m la sotana, a usted la levita, y a este
joven el saquito corto. Ah tiene usted explicado lo efmero del imperio
de Maximiliano.

Luego, pasando a la cuestin religiosa, deca sereno y reposado:

--Amigo, amigo don Crisanto: entiendo que la Iglesia no patrocina ni
monarquas ni repblicas. Para ella, cualquiera forma de gobierno es
buena... cundo es buena! Poco le importa que el jefe de un Estado se
llame rey o presidente o emperador. No, amigo; no hay que pretender eso
que usted quiere. Nada de identificar la cuestin poltica con la
cuestin religiosa.

En seguida cerraba contra Venegas. Era de oirle cuando, en un estilo
conciso, breve, incisivo, pona en la picota los dislates del pedagogo
que nada saba a derechas y todo se volva palabras sonoras y
retumbantes. Se burlaba de l; se rea a ms y mejor de sus conclusiones
luteranas, y despus rebata, con mucho acierto, los errores del mozo.

--Joven! joven!--prorrumpa en tono de sermn.--Esta Constitucin que
usted pone por las nubes, no ha sido hecha de acuerdo con las
necesidades del pas. Hago punto omiso de cuanto hay en ella contra la
Religin. Pugna contra nuestras costumbres. Nuestro prelado no est
educado para esas libertades. Dgame usted: si yo para contestar una
demanda tendra que consultar con Castro Prez, o con cualquier
tinterillo, qu har si un da llego a diputado y tengo que legislar? Y
cualquiera puede llegar a diputado: usted, el doctor, ese indio que va
por all, muy cargado con su soberana, yo.... No, yo no, porque soy
sacerdote, ministro de un culto, y por ende no soy ciudadano ms que a
medias. Pues claro! o no sabran ustedes lo que habran de hacer, y
votaran a la buena de Dios, o lo que es ms seguro a la buena del
Diablo. Ahora, cuanto a las perreras esas que ha vomitado usted contra
la Santa Madre Iglesia, vamos al grano, seor y amigo mo: no sabe usted
lo que se dice. Ya se ve! Toda su ciencia de usted est en el Catecismo
de Nicols Pizarro. Vamos, joven: beba usted en fuentes ms limpias, y
no hable por ahora de cosas que no entiende. Y aqu paz, y despus
gloria! Y adis, amigos! Me voy; no he rezado el oficio, y es la horita
del chocolate. Ustedes gustan?

El exclaustrado se iba; Sarmiento se compona la chistera y tomaba el
portante, y Venegas se marchaba diciendo pestes de frailes y
retrgrados.

Nosotros nos quedbamos comentando la conversacin de los tertulios,
hasta que a las seis me iba yo a instalar en un asiento de la Plaza,
para oir tocar a la seorita Fernndez.

Conviene saber que la familia Fernndez era mal vista en la ciudad. Su
cultura chocaba a los buenos budistas de Villaverde. Cuando compr la
hacienda de Santa Clara, el seor Fernndez vino a vivir a mi ciudad
natal, y procur relacionar a los suyos con lo mejor de Villaverde.

Pero stos no hicieron relaciones con nadie; mejor dicho: los
villaverdinos no correspondieron a los deseos de la seora y seorita
Fernndez. Slo intimaron stas, con Sarmiento y el P. Sols, pues
aunque visitaron a las principales familias de la ciudad, mis buenas
paisanas no dieron muestras de estimacin por las recin llegadas.

Las gentes de Villaverde, las mujeres particularmente, no vean con
agrado los usos y costumbres de la familia Fernndez. Murmuraban de
ella, susurraban acerca de la seorita tonteras y burlas, y, como es
natural, a la simptica y elegante pollita nada de esto le agrad.

--Gabriela Fernndez? Ms orgullosa! Ms frvola! Qu pagada de s!
Qu entonada! Qu se estar creyendo? Si creer que en Villaverde no
hemos visto lujo ni elegancia.... S, s, ya sabemos que dice que esta
poblacin es una hacienda grande.... Creer que viene a deslumbrarnos
con sus exterioridades y sus trajes. Y todo por qu? Porque sabe tocar
el piano. All est Luisita Castro Prez que toca tan bien como ella, y
sin embargo es modesta y humilde. Pues se engaa; no hemos de visitarla
ni por una de estas nueve cosas. Que gocen de su lujo y de su dinero!
Que luzca Gabrielita sus trapos caros! Para nada necesitamos de ella.
Qu gusto!--repetan las envidiosas.--Qu gusto! Todos los muchachos
de aqu salen con cajas destempladas! Mejor! Mejor! Quin les manda
enamorar marquesitas! Y bien visto, quines son los enamorados?
Eduardito... slo Eduardito! El muy tonto, como tiene dinero, como su
padre es rico, est seguro de que le har caso.

Mis paisanos no tardaron en advertir que, tarde a tarde me pasaba yo las
horas oyendo tocar a Gabrielita. Una noche, al entrar en la botica, o
que hablaban de la seorita Fernndez, y que decan algo de m. Pronto
supe que en todos los corrillos, en todos los mentideros, en cada casa,
decan y repetan que estaba yo enamorado; que me beba los vientos por
la hija del acaudalado dueo de Santa Clara.




XV


Una tarde recib una cartita de don Romn, una esquela muy punticomada,
escrita gallardamente, con aquella la excelente letra de Palomares que
aos atrs di a mi maestro fama de habilsimo pendolista.

Muy querido discpulo y amigo:

Como te lo ofrec anteayer, estuve anoche a visitar al seor Lic.
Castro Prez para hablarle acerca de t, y de lo til que podas serle
en el despacho. Djele cuanto me pareci oportuno: le habl de tus
buenas prendas, de tu buen carcter, de tu ndole laboriosa, de tu
instruccin slida y bien dirigida, y de la dificultad en que te
hallabas para seguir los estudios y la carrera tan brillantemente
iniciada, as como de la necesidad en que te veas de buscar algo
productivo. Oyme de buena voluntad (lo cual me pareci de buen agero)
y me prometi ocuparse en el asunto a la mayor brevedad. Juzgo necesario
que le hagas una visita, cuanto antes, y te recomiendo que trates a mi
amigo (que lo fu tambin, y muy ntimo, del seor tu abuelo) con tu
genial y caracterstica bondad, con la cortesa que te distingue. Castro
Prez se paga mucho de exterioridades, y para tenerle propicio es
necesario halagarle. Es manitico, y la menor cosa le contrara. Ya te
dejo preparado el campo. A t te corresponde lo dems.

Ven por ac. El hgado me tiene desde ayer molesto y achicopalado.
Ven, charlaremos, y te ensear algo que te gustar mucho; unos
exmetros que forj anoche contra esos sabios de La Sombra y de La
Voz.

Ya sabes cunto te quiere este tu maestro y amigo

     Romn Lpez.

Me di mala espina la esquelita de mi seor maestro. Desde luego pens
que iba yo a tratar con un hombre de mal carcter. Esto me puso
disgustado. Me imagin que Castro Prez era uno de esos abogados viejos,
peritsimos en cuestiones de Jurisprudencia, pero en lo dems unos
ignorantes de tomo y lomo; un seorn de aldea, pagado de su fama y de
su ciencia, de esos que suspiran por todo lo antiguo, y que siempre
estn mal dispuestos para todo lo nuevo; un fantasmn iracundo, grun,
de esos que ven con desconfianza a los jvenes, y que se complacen en
censurar a todas horas la educacin enciclopdica de estos tiempos, la
cual, si bien no produce sabios a granel no cra ftuos, como tantos
viejos que yo conoca, encastillados en su saber hipottico, muy
vanidosos y engredos con su ciencia; ciencia exgua y mezquina que les
conquista en el ppulo vil admiradores y monaguillos de amn que
aprueban cuanto dicen los Scrates de aldea, as suelten stos el mayor
disparate. En una palabra: me imagin que Castro Prez era uno de esos
abogados viejos, repletos de latines, que se saben de memoria las
Partidas, que tienen pujos de canonistas, y que escriben errar con h;
telogos de capote, como los llamaron in illo tmpore; peritos en
las triquiuelas jurdicas, pero vacuos de todo lo dems; habilsimos
para ocultar su ignorancia, y desdeosos de cuanto no entienden; que
miran a todo el mundo con aire de proteccin, y que apareciendo graves y
sesudos, mostrndose inaccesibles y huraos pasan por unos portentos y
vienen a ser, en pueblos y ciudades como Villaverde, seores de vidas y
haciendas.

Nada sacaris de ellos si no os mostris humildes, sumisos,
incondicionales admiradores de sus personas. Ay de vosotros si no os
acercis a tan excelsos caballeros, aparentando que todo lo esperis de
ellos! Ay de quin no les rinda parias! De seguro que nada obtendr;
de fijo que a todo le contestarn con monoslabos, y saldr de all
colrico y desesperado.

Me repugnaba seguir los consejos de mi maestro. Entend muy bien lo que
ste me quera decir con aquello de te recomiendo que trates a mi amigo
con tu genial y caracterstica bondad; pero me chocaba presentarme
tmido y meticuloso como un donado, aparentando una estimacin que no
pasaba en m de los lmites de un respeto vulgar y corriente, como el
que concedemos a todos por razones de urbanidad y cortesa. Qu hacer?
Me dispuse a seguir los consejos del pompossimo Cicern, y de
tardecita, poco antes de que sonara el Angelus, me encamin a la casa
de Castro Prez. Viva a espaldas de la Parroquia, en un casern vetusto
y sombro.

Cuando llegu al zagun me v tentado de retroceder e ir a charlar a
casa de don Procopio. Hice de tripas corazn y avanc hasta la puerta
del despacho.

--Adentro!--dijo una voz atiplada.

--El seor Castro Prez?

--Adentro!--repiti la voz de falsete.

Era el escribiente. Mala impresin me caus tan delicada personilla. Era
un muchacho plido, ojeroso, exange y consumido por el trabajo; un
infeliz, condenado, sin duda, a prisin perpetua en aquel mundo de
legajos y mamotretos; siempre inclinado sobre aquella mesita cubierta
con un tapete de bayeta verde, delante de aquel tintero de plomo lleno
de tinta espesa y natosa.

--El seor Castro Prez?

--En la otra pieza!--me contest el covachuelista.

--Puedo pasar?

--Pase usted.

Me col de rondn. Mi hombre, casi tendido en una poltrona, cerca de la
ventana, revisaba un legajo. Al sentirme se incorpor contrariado, dej
el asiento, y fu a cerrar la puerta, acaso para que no pudiese oirnos
el escribiente.

--Qu mandaba usted?--me dijo frunciendo el entrecejo.

--Mi maestro, el seor don Romn Lpez, me ha recomendado....

El rostro de Castro Prez cambi de expresin.

--Vamos, joven,--murmur levantndose, y ofrecindome un asiento,--aqu
tiene usted una silla.

Mi hombre volvi a su poltrona, y luego, por sobre los anteojos, me mir
de pies a cabeza.

--Qu se ofrece? Ah! Ya recuerdo! Es usted el joven que desea entrar
de amanuense en esta casa?

--S, seor.

--Pues bien.... Veremos, veremos si es usted til. Aqu tenemos mucho
trabajo. Ya sabe usted: mi clientela es numerossima, y por ende no
falta quehacer. Si quiere usted trabajar....

--Es lo que deseo...--murmur, bajando la vista, mientras el abogado me
miraba de hito en hito.

--Pues bien, as lo quiero, trabajadorcito. Diez amanuenses he cambiado
en este ao, y, a decir verdad, ninguno me ha dejado contento. El mejor
no vala tres caracoles!

--No pretendo valer mucho; pero... procurar, bajo tan buena direccin,
aprender en poco tiempo cuanto sea necesario.

Castro Prez sonri, y a dos manos, juntando el pulgar y el ndice se
compuso los anteojos, y luego, dndose palmaditas en el abdmen, echse
atrs y me interrumpi.

--Nada de lisonjas, joven! Nada merezco de cuanto dicen de m....

Hablaba lenta y pausadamente, oyndose.

--Es usted por extremo modesto...--Aqu!--me dije.--Aqu del
incienso!--Quin no tiene noticia de los talentos de usted, de su saber
profundo, de su fama, de su acrisolada honradez?

Estos elogios me sonrojaban.

--Bien! Bien! Veremos si obtiene usted lo que desea. Est usted
eficazmente recomendado por Romn. Me dice que fu usted su discpulo, y
de los ms aventajados....

--El seor mi maestro me quiere mucho, y es conmigo demasiado benvolo.
Deseo trabajar, y estoy seguro de adelantar al lado de persona tan
recomendable. Quin no sabe que es usted el primer abogado del Estado
de Veracruz!

Castro Prez se hinch como un pavo, se meci en la poltrona, fingi
sonrojarse, y me dijo:

--Al grano! Al grano! Conoce usted el ramo?

--No, seor.

--Pues entonces, cmo solicita usted una ocupacin que le es
desconocida? Tengo buenas noticias de usted. Ya Romn me dijo que es
usted un muchachito inteligente, que sabe usted hacer bonitos versos....
Pero, es cosa sabida: no son los mejores empleados los que se andan todo
el da a caza de consonantes....

Me dieron ganas de estrangular al viejo.

--Seor:--repliqu--es cierto que hago versos; pero no vivo entregado a
tan grata ocupacin. Adems, tengo entendido que usted... suele
hacerlos... y muy hermosos!

--Gracias, joven! Restos de mis aficiones juveniles! En verdad que la
poesa suele cautivarme, pero slo de tiempo en tiempo. Bien, bien,
bien!

Esta era su muletilla.

--Espero que usted en memoria de mi abuelo.... Ya don Romn le hablara
de las circunstancias en que me encuentro. No puedo volver a Mxico; no
puedo seguir los estudios, y estoy obligado a buscarme un pedazo de
pan....

--Bien! Bien! Bien! As lo hace un joven delicado. Veremos, veremos
si me sirve usted. Pero debo advertirle que... hasta dentro de una
semana no podr resolverlo. Maana ver si puedo conciliar varias cosas.
Vuelva usted por ac, viernes o sbado.... Y.. diga usted. Tiene usted
buena letra?

--Regular, seor licenciado.

--Vamos, vamos. All tiene usted lo necesario.

Obscureca. En la mesa haba un candelero con una buja.

--No ve usted? Pues encienda la vela y escriba lo que guste.

Obedec. Tom la pluma y escrib: Si el seor Licenciado Castro Prez
se digna recibirme en su casa, procurar servirle con toda fidelidad.

Me acerqu al abogado, llevando la hoja y la buja. Mi hombre se acomod
en su poltrona, se compuso con ambas manos las gafas, y ley lo escrito.

--Bien! Bien! Bien! Conforme! Prefiero la antigua y gallarda letra
espaola.... Pero, en fin, la de usted es clara y hermosa. Esta letra
inglesa tan amanerada y presumida!

Y despus de un rato de silencio:

--Ya sabe usted: viernes o sbado....

--Vendr por ac....

--No; yo le llamar a usted.

Entiendo que no le ca mal a Castro Prez. As me lo dijo dos das
despus el bueno de don Romn.

--La cosa es segura, muchacho. Has clavado una pica en Flandes!




XVI


Estbamos a fines de octubre, mediaba el otoo, y los campos
reverdecidos por las lluvias hacan gala de sus follajes. Las maanas
eran lmpidas, frescas, prdigas de luz; los crepsculos breves,
esplndidos, incomparables.

Me placa vagar por los alrededores de Villaverde. Cien veces recorr
las mrgenes del Pedregoso, y otras tantas v, desde lo ms alto de la
colina del Escobillar, la puesta del sol. Mi sitio favorito, a donde iba
yo todas las tardes, era una roca casi plana, que pareca derrumbada del
ltimo picacho, y que ladeada sobre un peasco, me brindaba cmodo
asiento que circundaban buvardias coralneas, cebadillas de suave
fragancia, helechos maravillosos y vaporosas gramneas que, mecidas por
el viento, esparcan el pardo plumn de sus espigas maduras.

Qu panorama tan hermoso! A mis pies las primeras calles de la ciudad,
como extendidas en una alfombra de felpa amarillenta; la alameda de
Santa Catalina; los edificios apindose a proporcin que se acercaban a
la Plaza; el poblado dividido por el ro, y a orillas de ste el
convento franciscano, lgubre y sombro, desolado y triste, como si
llorara la ausencia de sus mendigos.

Del lado del Norte, las lomas de San Antonio; los potreros del
Escobillar; las casucas del Barrio-Alto, ocultas en la espesura de los
jinicuiles y de los naranjales.

Al Oriente, lo ms pintoresco de la vega. A derecha e izquierda las
montaas de Mata-Espesa, cubiertas con la exuberante vegetacin de las
tierras calientes; el cerro de los Otates que, visto desde el punto en
que yo estaba, parece un camello que postrado en la arena aguarda el
soplo abrasador de los desiertos.

Entre ambas alturas el llano entenebrecido; el cielo dividido en dos
fajas horizontales y paralelas: la superior cerlea y transparente; la
inferior teida de color de violeta. Sobre esta zona se dibujaban los
perfiles suaves y ondulados de lejana cordillera, y la arrogante cpula
de la iglesia del Cristo, domo correcto y presumido, rematado con una
cruz de hierro, en torno de la cual trazaban crculos interminables
algunas docenas de rezagadas golondrinas.

En el cnit cmulos nveos flecados de plata; celajes de tul; girones de
gasa incendiados por la luz poniente; retales de brocado que ardan
enrojecidos; cintas nacaradas; aves de fuego; serpientes de gualda que
se retorcan y se alargaban; esquifes con velas de encaje, que bogaban
como cisnes en el inmenso zafirino pilago.

El sol iba ocultndose lento y majestuoso en un abismo de oro, entre
montaas de brillantes nubes, a travs de las cuales pasaban las ltimas
rfagas que suban divergentes a perderse en los espacios, o bajaban a
iluminar con misteriosa claridad purprea las solitarias dehesas, los
gramales de las laderas, los plantos de caa sacarina, los carrizales
cenicientos del ro, las arboledas que dividen las heredades, y el
tupido bosque de una aldea cercana, cuyo campanil recin enjalbegado
surga de la espesura como un pilar ruinoso.

Y aqu, y all, y ms all, y por todas partes, en sabanas, vertientes y
rastrojos, ureo centelleo de amarillas flores, precursoras de los das
lgubres y melanclicos de la primera semana de noviembre.

Los ltimos fuegos del moribundo sol fulguraban en la tranquila ciudad,
en los azulejos de las cpulas, y de los campanarios, y espejeaban en
las vidrieras, y prestaban brillos argentados al Pedregoso. Las aves
volvan raudas a sus nidos, millares de pajarillos cantaban en los
matorrales de la colina, y el viento susurraba en las gramneas.

Me abismaba yo en la contemplacin de aquel espectculo encantador. Se
despertaban en mi mente dulces memorias, y estremecan mi corazn
sentimientos y ternuras del amor primero. De mis labios se escapaban las
ms bellas estrofas de mi poeta favorito; mi mano trazaba en la tierra
rojiza un nombre amado, y entre las sombras que bajaban en tropel hacia
la llanura crea yo ver la silueta donairosa de gentil doncella.

A tales delirios,--que delirios eran, y nada ms,--suceda en mi alma
cierta melancola dolorosa que me arrancaba suspiros y humedeca mis
ojos. Y buscaba yo, entre las mil casas de Villaverde, la humilde casita
de mis tas. Ah estaban las buenas ancianas que tanto me queran; ah
estaba Angelina, la pobre hurfana objeto de mi amor. Quedito, muy
quedito, temeroso de que alguno me oyera, deca yo el nombre de la
dulce nia, como si ella estuviera cerca de m y pudiera escucharme y
fuese yo a decirle: Angelina; te amo, te amo! mame! Eres
desgraciada? Yo tambin soy desgraciado. Vivamos uno para el otro;
seamos, como dice el poeta:

     Dos almas con un mismo pensamiento Y palpitando acorde el corazn.

Confieso que al ir copiando estas pginas, escritas hace cuatro lustros,
y tanto tiempo olvidadas, torna y se apodera de mi alma rida y triste
aquella plcida melancola de mi penosa juventud; confieso que al copiar
los captulos de esta historia amorosa, viene a mi memoria el recuerdo
de aquellos das, y de mis ojos, que ya no saben llorar, rueda una
lgrima....

Y sin embargo, me ro de mis tonteras juveniles, de mis locuras de
enamorado, de aquel fantasear de mi mente que malogr en m fuerzas y
energas que debieron ser tiles a los dems. Pero no me burlo de mis
ensueos juveniles impunemente; cuando me ro de ellos me duele el
corazn.

Ahora vivo la vida prosica de quien no fa en humanos afectos, de quien
llama las cosas por sus nombres, de quien slo gusta de la poesa en
teatros y academias, y no quiere que el mundo y la sociedad sean como
los pintaban los novelistas de antao, los soadores lamartinianos, los
grandes ingenios de la legin romntica. Ay de m que malgast en vanas
imaginaciones las energas de mi alma, y despilfarr los ms nobles
sentimientos, y cans mi fantasa, y dej en los zarzales del camino
pedazos del corazn!

A las veces renuncio a copiar estas pginas envejecidas en la gaveta, y
que acaso no sern entendidas de la generacin presente, que ha de
leerlas deprisa en el folletn de un peridico. Me ocurre echarlas al
fuego para entretenerme en ver las llamas que las devoraran en pocos
minutos; pero me es imposible resistir al deseo de que sean conocidas
estas memorias, escritas por un pobre muchacho, admirador incondicional
de aquellos escritores gallardos y de aquellos poetas amables y sentidos
que fueron delicia de nuestros padres. He dado en creer que su lectura
ser provechosa para la actual generacin.

Me ocurre preguntar: Ser interesante para ella este modesto libro que
acaso peca de indiscreto? No ser acogido con menosprecio y risas
burlonas? Yo quiero que los muchachos que ahora empiezan a vivir, sepan
cmo sentan y pensaban los jvenes de aquel tiempo. Sea como fuere,
prosigamos la tarea, y que la mocedad de hoy, agitada y turbulenta,
tristemente precoz, falta de nobles ideales, prematuramente envejecida y
nunca saciada de placeres, sepa cmo eran, qu pensaban y qu sentan
los jvenes de entonces.

Permaneca yo en mi sitio predilecto hasta que las sombras invadan la
ciudad, hasta que se apagaban en los horizontes y en las cimas los
ltimos reflejos del sol, y Villaverde encenda sus luces, y Vspero, el
amado Vspero, baaba la vega en apacible y misteriosa claridad.
Entonces, apoyado en nudoso tallo, cortado a la subida, bajaba yo
lentamente, cargado de flores: irdeas de subido escarlata, que a
millares crecen entre las piedras de la vertiente; patas de len,
simpticas moradoras de las umbras; buvardias que se me antojan
talladas en coral; helechos que parecen tiras de raso; musgos raros;
frutos desconocidos; guas enflorecidas de cierta campnula blanquecina
que huele a miel virgen.

Ya saba yo que Angelina me saldra al encuentro. Al llegar me la
encontraba yo en la puerta, cariosa, sonriente, como toda nia delante
de aqul a quien ama, cuando sospecha que es amada.

--Qu me trae usted?

--Lo ms hermoso que pude hallar.

La hurfana reciba las flores y corra a examinarlas. Mirbalas una a
una, aspiraba su aroma, y en la corola de la ms bella, en el ramillete
ms lindo, dejaba un beso silencioso que yo me apresuraba a recoger.

Por aquel beso hubiera yo subido entonces, en busca de flores, hasta lo
ms encumbrado de la sierra; ahora no caminara yo cien metros en busca
de una rosa, as fuese para obsequiar a la mujer ms bella. Llamo a un
jardinero, le encargo un ramillete, y... listo!




XVII


De noche me quedaba en casa, conversando con la enferma o charlando con
Angelina. Ella y ta Pepa hacan sus flores, y yo hojeaba un libro o
lea para m.

--Lea usted en voz alta!--sola decirme la doncella.--Lea usted algo
bonito....

--La vida del santo del da?

--No!--contestaba en tonillo suplicatorio, hacindome un mohn de nia
mimada.

Traa yo un tomo de versos, generalmente de Zorrilla. Angelina se
encantaba con las leyendas del afamado poeta: A buen juez, mejor
testigo, La Pasionaria, Margarita la Tornera. Con sta, sobre todo,
que era para ella lo ms hermoso de la poesa moderna.

Me parece que veo a la anciana y a la joven muy diligentes y afanosas,
oyendo atentamente los sonoros versos.

Aquella mesita baja y larga, cubierta con un mantel viejo, iluminada por
un quinqu con pantalla verde, y llena de cajitas, ruedas de alambre y
rollos de papel, se me antojaba, a veces, como un arriate engalanado con
todos los primores de un jardn. Mi ta acocaba spalos sobre la
rodilla; Angelina, pincel en mano, delante de un gran plato, y cercano
el papelillo de arrebol, pintaba ptalos de rosa. Empapbalos primero en
agua acidulada, los enjugaba despus entre los pliegues de una toballa y
luego les aplicaba la tinta. Al poner el pincel en el hmedo paquetillo,
apareca una mancha carminada, de tono intenso, que poco a poco se
desvaneca sin llegar a los bordes. Entonces la joven sumerga las
hojuelas en una solucin de alumbre muy ligera, para fijar el color. Yo
segua leyendo; pero en ocasiones la doncella demandaba mi auxilio.

--Rorr;--as me deca ya, sin que este nombre carioso llamara la
atencin de mi ta.--Rorr, deje usted el libro y aydeme!

Se trataba de separar los ptalos uno a uno, sin estropearlos, con la
punta de un alfiler, para que la tela no perdiese el barniz que traa de
la fbrica y sacaran las flores un brillo natural. Iba yo despegando
las hojas y colocndolas cuidadosamente, en filas paralelas, sobre una
servilleta. Esta operacin era muy larga.

Una noche la ta se qued dormida. Advirtilo Angelina, y me hizo sea
para que hablramos en voz baja, y quedito, muy quedito, mientras
oprima con la punta de los dedos los empapados paquetillos y los
apartaba en el borde del plato, me dijo:

--Esta maana estuve en la Conferencia.... Tuvimos una discusin muy
acalorada.

--Por qu?

--Cosas de las gentes! No piensan con juicio ni entienden las cosas a
derechas.

--Quines?

--Eso s no dir; pero es el caso que una seora que usted conoce....

--Quin es ella?

--Curioso!

--Despierta usted mi curiosidad y....

--Ya dije que no lo he de decir!

--Bueno. Qu pas?

--Propuso una compaera que diramos socorros a una familia que est en
la miseria. Todas aceptamos; pero entonces esa seora dijo que no; que
no era justo quitar a verdaderos necesitados, auxilios y socorros que no
abundan, para darlos a unas muchachas muy emperifolladas y que tienen
novio.

--La verdad es que....

--No, Rodolfo, qu verdad, ni qu verdad! No es cierto que esas
infelices anden emperifolladas. Suelen vestir bien, es cierto, pero no
porque despilfarran en trapos y moos lo poco que ganan. Andan
arregladas y aseaditas. Eso no es un pecado! Si a veces llevan un
bonito traje es porque se los da una alma caritativa. Y en cuanto a lo
del novio, eso es cosa que a nadie le interesa! As lo dije yo. Pero la
seora insisti, y entonces una seorita, una seorita muy guapa que
estaba all, (tambin la conoce usted) se mostr muy contrariada, y dijo
que aquello no le gustaba; que era muy feo eso de averiguar vidas
ajenas. Y tuvo razn; s, seor, mucha razn! Verdad que eso no es
caridad? Qu es eso? No, seor; si esa familia es pobre y necesita del
auxilio de la Conferencia, pues darlo, si es posible, si lo hay; o
negarlo si no alcanzan para ello los recursos; pero a qu tales
averiguaciones? La seora no ceda, y entonces la seorita no pudo ms,
y exclam con mucha gracia: En cuanto a eso de los novios, seora,
piense usted que esas pobres muchachas no se han de quedar para vestir
santos, y recordemos que asunto es eso en el cual nada tienen que hacer
las Conferencias. Si alguna vez ve usted a esas nias con vestidos
buenos, es decir, con vestidos que no parecen de pobre, es porque yo,
(slo porque es preciso lo digo), se los he regalado. Y esto lo dijo
encendida y muy apenada.

--Y quin es esa seorita?

--Despus hablaremos de ella.

--Y en qu par la discusin?

--En qu haba de parar! En lo que era debido; en que la presidenta
dijo que tenamos razn; que se dieran los auxilios, y que no se
volviera a hablar de eso. La seora se fu mohina, y nosotras salimos
muy contentas.

--Bien hecho, Angelina. Tenan ustedes razn.

--Ahora, vamos a otra cosa. Sabe usted lo que me dijeron esta maana,
al salir de la Conferencia?

--Si usted no me lo dice.... Veamos, quin y qu?

--Ah!--exclam, sonriendo, dejando ver toda la hermosura de sus
hoyueladas mejillas.--Es algo que a usted se refiere.

--A m?

--S.

--Quin fu?

--Un pajarito.

--Un pajarito?

--S.

--De qu color? Azul, como el de los cuentos?

Angelina no me contest, y como si creyera que haba dicho algo
inconveniente sigui hablando de otra cosa: de la obra que tenan
empezada, de no s qu!...

Yo me complaca en mirar los ojos de la doncella, aquellos ojos
soberbios, negros, rasgados, sombreados por la rizada pestaa y la negra
y arqueada ceja. Advirti Angelina que la miraba yo con inters de
amante, y se encendi al igual de los ptalos que llenaban el plato.

--Angelina... qu dijo el pjaro azul?

Sonri dulcemente, y me respondi, bajando la mirada:

--Que.... Es usted muy curioso!

--No tengo yo la culpa. Usted despert mi curiosidad.

--No fu pajarito, que fu pajarita. Dice usted que azul? Pues azul; no
se equivoca usted. Azul y oro... porque es rubia y estaba vestida de
color de cielo.

--Qu dijo?

--Pues... dijo, (no crea usted, que lo invento yo, eh?) me dijo...
que.... No; es mejor no poner tentaciones!

Aunque la joven inclinaba la cabeza sobre el plato, pude observar que se
haba puesto plida, sumamente plida. Velaba su rostro una sombra de
repentina tristeza.

--Angelina...--supliqu--qu dijo y quin es esa pajarita? Ser una
golondrina de las que anidan en la torre....

--Adis! Las golondrinas no son rubias, ni visten de azul.

--Y a qu viene eso de las tentaciones?

--A nada. Cosas mas! Por decir algo... por avivar la curiosidad del
caballero....

--Seriamente. Dgame usted todo. Sin duda que me ha de interesar....

--Ah! Y s que s!

--Pues... oigo.

--Es el caso....

--Dgame usted todo....

--Todo. Es el caso que una seorita muy guapa, muy elegante, y adems
muy rica, la misma que se puso tan seria y abog por esas pobres
muchachas que pedan socorro a las Conferencias, me tom del brazo...
y....

--Bien, tom a usted del brazo... y qu?

--Y salimos.

--Salieron... y qu ms?

--Y me pregunt con mucho inters, con demasiado inters, quien era un
joven recin llegado a Villaverde, que vive en esta casa, y que tarde a
tarde, se pasa las horas muertas, en un asiento de la Plaza, de codos en
la baranda, y vuelto hacia....

--Hacia la casa del seor Fernndez. No es eso?--conclu riendo.

Ella prosigui:

--Y oyendo tocar a una seorita que vive all.

Angelina me miraba atentamente, procurando observar el efecto que sus
palabras producan en m.

--Pues Angelina: diga usted a esa seorita que ese joven soy yo, y que
paso muy gratas horas, oyndola tocar!

--No! Yo no le dir nada! Pero.... Con razn dicen las gentes que
est usted enamorado de Gabriela!--exclam apenada, trmula el labio,
hmedos los ojos.

--Enamorado de esa nia? Ni por pienso! Murmuracin villaverdina!

--Murmuracin? Vale ms. Ya dieron en decirlo, y seguirn....

--Crame usted, Angelina; crame usted: la seorita es guapa, s que es
guapa, linda como un ramo de rosas; pero el joven que se complace en
oirla tocar no ha puesto en ella los ojos, ni los pondr jams!

Mi voz despert a ta Pepa. Yo estaba separando el ltimo ptalo.

La anciana se volvi a dormir, y entonces sigui la interrumpida
conversacin, e interrumpida de tal modo que nos dej turbados, como si
furamos dos amantes sorprendidos en furtivo coloquio.

--Usted dir lo que quiera, Rodolfo. Buenos son los hombres para eso!
No me doy por engaada. El tiempo lo dir!

--Le juro a usted que hasta hoy supe su nombre. Oa yo: la seorita
Fernndez... por aqu; la seorita Fernndez... por all!

--Conque no saba usted el nombre de esa nia?

--No.

--No?

--No.

--Conque no?

--No, y no!

--Pues ya lo sabe usted: se llama Gabriela.

Angelina me vea y sonrea como si dudara de mi dicho, como si quisiera
sorprender en mis ojos la verdad.

--No, Angelina: sera una locura eso de que yo pusiera los ojos en esa
seorita. S, una locura, y por mil razones. La primera, la principal, y
que vale por todas, es sta: porque soy pobre.

La doncella suspir como si quedase libre de un gran peso.

--Algn da, acaso no muy lejano, sabr usted, Angelina, a quien amo yo.

Djele esto fijos mis ojos en los suyos. Ella me dirigi una mirada
profunda, intensa, llena de infinita ternura, dulcemente alegre.

Ta Pepa despert.

--De qu hablaban, Rorr?

Angelina se apresur a responder:

--De que Rodolfo se ha estado un siglo para separar esos ptalos.

--Y diga usted tambin que deca que estoy prendado de la seorita
Fernndez.

--Qu es eso, Rorr!--exclam mi ta.

--Seora, eso cuentan por ah....

--Usted lo cree, ta?

--No, muchacho; ni sera de mi agrado. A Carmen s que le gustara. La
otra tarde me dijo: Ay, Pepa! A m la nica muchacha que me gusta para
Rodolfo es Gabrielita! Qu bonita pareja haran los dos!

El rostro de la joven se entristeci de sbito, como esos manantiales de
agua pursima cuando pasajera nube les roba por un instante los rayos
del sol.




XVIII


Angelina se mostr conmigo muy reservada y desdeosa. Ya no me esperaba
en el corredor a la hora en que lavaba las jaulas y regaba las flores, y
si all la sorprenda yo pareca ms atenta a los quehaceres domsticos
que a mi conversacin.

--A dnde va usted?--me deca.--Ya es tarde Pronto, pronto! A pasear!
Si ha de volver usted para desayunar... a la calle!

As me despeda. Tomaba yo el portante, y cuando sala muy contrariado y
mohino, al detenerme en la puerta para quitar la aldabilla, senta yo
en pos de m las miradas de la hurfana. Ms de una vez me volv
rpidamente, y siempre logr sorprenderla en momentos en que me vea con
cariosa curiosidad.

Despus de vagar una o dos horas por los callejones o en la alameda de
Santa Catalina, volva yo a casa. La mesa estaba lista, y la ta
aguardndome. Andrs, a quien diariamente mandaban desayuno y comida a
su changarro del Barrio Alto, sola almorzar con nosotros. Me place
recordar aquellos desayunos. Qu de veces, en el comedor de fastuoso
banquero, he pensado, con triste alegra, en aquellas horas dichosas!
Ta Pepa en un extremo; yo a su derecha, y enfrente de m Angelina.
Andrs tomaba asiento lejos de nosotros, en la otra cabecera, siempre
distante de sus amos, sin igualarse a ellos, sin confundirse con las
personas que crea superiores a l. En vano le instbamos para que se
acercara; en vano pretendimos que ocupara a nuestro lado el lugar
merecido. Andrs no era un extrao que por clase y condicin deba vivir
de manera distinta que nosotros. Siempre le vimos como pariente nuestro,
como individuo de la familia, igual a m, igual a mis tas; pero el
honrado viejo nunca quiso aceptar tales distinciones; nunca accedi a
nivelarse con aquellos que consideraba sus amos.

--Aqu estoy bien, Rodolfo!--me contestaba,--aqu estoy bien.

Y sin sentirse humillado, sin desdear lo que tanto mereca, se quedaba
en el sitio acostumbrado.

Cmo si le tuviera yo delante! Me parece que le veo. Hace tiempo que
baj al sepulcro, y no he podido olvidarle.

En este momento creo verle aqu, del otro lado de la mesa en que
escribo, muy sencillote y franco, muy recatado y pudoroso para cualquier
acto de generosidad, y nunca ms tmido que cuando quera averiguar si
necesitbamos algo. Parceme que estoy viendo aquel rostro moreno, tipo
hermoso de la raza indgena, afinado por el cruzamiento en dos o tres
generaciones: obscuro, muy obscuro del color; estrecha la frente; alto
el crneo; salientes los pmulos; la barba escasa, escassima; los ojos
pequeitos, negros, negros y vivos; la mirada franca; el aire resuelto,
como en todo aquel que no tiene en su vida accin que le avergence, que
a nadie teme y de nadie es temido; que as se enternece a la vista de
ajenos dolores como rechaza sereno, con dura franqueza, con valerosa
resolucin, a quien le ofende o desconfa de l. Robusto, ancho de
espaldas, dobladote como se dice vulgarmente, tena una fuerza y un
vigor hercleos. A su edad nadie alardea de vigoroso y fuerte, y Andrs
dejaba atnitos a los mozos ms fornidos en eso de echarse a cuestas un
fardo y levantar y poner en el mostrador un barril de aguardiente. Bajo
aquella blusa azul, bajo aquella camisa sin almidones ni planchados ni
ailes presuntuosos, se abrigaban una musculatura de acrbata y un
corazn de oro. Cada visita de Andrs tena por objeto hacer bien a la
familia de sus amos;--a sus amas,--mis tas;--al amito,--yo.

De ordinario, acabado el desayuno, mientras seora Juana retiraba los
platos, Andrs se levantaba y se iba a la cocina:

--Seora Juana: vaya usted por all; tengo muy buen arroz. Vaya usted,
que ahora est todo muy bueno en el changarro. Hay una mantequilla
que... qu ya ver usted cmo se chupa los labios el amito!

Volva, tomaba asiento, y conversaba un rato. Al pasar por la cocina
hablaba en voz baja con seora Juana; encenda un puro, y se iba. Jams
se atrevi a fumar delante de mis tas.

Angelina, tan desdeosa conmigo cuando estbamos solos, en presencia de
mis tas se mostraba amable y obsequiosa. Cuando yo no la vea me
miraba; cuando yo clavaba en ella los ojos volva el rostro encendida y
ruborosa.

Me amara la doncella? S; clarito, clarito que me lo decan su
aparente desdn, su cauteloso empeo en mirarme cuando yo pareca
distrado y muy atento a la conversacin de la anciana.

Despus, como de costumbre, segua la charla con la enferma. Angelina se
pona a coser. A las veces terciaba en la conversacin, pero aparentando
indiferencia, sin alzar los ojos. Cuando ta Carmen estaba muy dbil me
costaba trabajo entenderla. Como entonces su voz era trmula y apagada,
la enferma se vea obligada a repetir las frases, y no lo haca sin dar
muestras de impaciencia. La doncella, habituada a oirla, se apresuraba a
decirme lo que yo no haba entendido, y apuraba el ingenio para no
entristecer a la anciana.

Ocurriseme una vez tratar de las muchachas ms lindas de Villaverde.
Ta Carmen se prest a la conversacin, y estuvo ese da de muy buen
humor. En ocasiones como aquella, se complaca en charlar como una polla
y en agotar el frvolo y gastado tema de noviazgos y bodas. No dejamos
de nombrar a ninguna de las nias casaderas. Ninguna fu del agrado de
mi ta. Unas le parecan tontas, coquetas, feas, sin gracia; otras,
aunque bellas, superficiales y vanas; algunas, buenas muchachas, pero de
mala rama,--como deca la enferma,--esto es, de familias
desconceptuadas e incorrectas; cuales simpticas, pero de mala
educacin; cuales bien educaditas, pero vanidosas y muy pagadas de su
letra menuda. La educacin!--deca--la educacin antes que nada!

Llegamos a la seorita Fernndez.

--Esa s!--exclam la buena seora.--Esa s me gusta! Tan bonita, tan
inteligente, tan buena, tan sencilla! Es rica, y tiene la sencillez de
una pobre; es inteligente e instruda, y no hace alarde de ello; es
hermosa, y no est pagada de su belleza. Ay Rorr!--agreg despus de
elogiar con mucho entusiasmo a la nia.--Es una perla. As quiero una
mujer para t. El otro da se lo dije a Pepa: para Rodolfo, solamente
Gabrielita! No temas, no temas; yo s lo que te digo. Ya sabes que para
esas cosas tengo yo buenos ojos. Eres pobre... cierto! pues estoy
segura de que Gabrielita te preferira a cualquier villaverdino, as la
pretendiera Ricardo Tejeda, tu amigote, o el hijo de don Basilio, ese
muchacho que es un bobo, que no sirve ms que para contar a todo el
mundo cunto vale el traje que lleva, y cunto el caballo en que montar
dentro de pocos das. No es verdad, Angelina? No es verdad que para
Rorr, slo Gabriela?

La doncella clav la aguja en el lienzo, y plida como una muerta,
arrasados en lgrimas los ojos, contest, sonriente:

--Seora... quin sabe! Es buena, muy buena... pero las Tejedas no la
quieren; ni tampoco las Castros; ni las Martnez, ni otras. Y yo no s
por qu! Ser porque esa seorita es ms elegante que ellas, y ms
bonita, y de muy buen trato. En cuanto a eso.... No hay en Villaverde
otra como Gabrielita! Pero yo creo que Rodolfo merece otra muchacha
mejor.

--Mejor la quieres?

--S, porque ninguna me parece digna de l.

Era aquello un arranque de soberbia? Era irona? Me volv para ver a
la doncella. Segua hilvanando.

Ta Carmen prosigui dulcemente:

--Mira, Rorr: t eres un buen muchacho, y por eso te queremos mucho.
Mira: nosotras deseamos tu felicidad; siempre has odo nuestros
consejos... pues oye ahora uno: no seas como tantos otros muchachos
de tu edad, que andan, como mariposillas, de flor en flor.... Yo
comprendo muy bien que los jvenes se entusiasmen con las muchachas
bonitas. Es natural! La edad lo quiere as! Pero, vamos, hijo mo:
por qu engaar a tantas, por qu engaar a tantas antes de fijarse en
aquella que ha de ser su esposa? El amor no es un juego; con el amor no
hay que jugar. Es cosa muy seria. Para una persona de buenos
sentimientos y de alma noble y elevada, no hay ms que un amor, slo
uno. En la vida no se ama de veras ms que una vez.

La voz de la anciana se iba poniendo trmula. Acaso el recuerdo de un
amor malogrado le oprima el corazn. Observ que por sus mejillas
exanges y marchitas rodaban gruesas lgrimas, dos lgrimas seniles, de
esas que no se pueden contener. La enferma busc un pauelo que tena en
el regazo, y levantndolo difcilmente, con la nica mano que tena
expedita, se enjug los ojos.

--S, Rorr,--prosigui conmovida--as entenda estas cosas tu pap; as
las entenda tu abuelito. Mira; oye mis consejos, que no te ir mal.
Aunque eres pobre te casars, s, porque no te has de quedar soltero,
como don Romn, tu maestro, ni has de ser sacerdote. Te casars, y...
cunto le pedimos a Dios que hagas buena eleccin! Cuando busques
esposa atiende a encontrarla fina, bien educada, modesta, prudente, de
buena familia. Atiende, sobre todo, a la educacin; mira que por falta
de ella se pierden muchos matrimonios. Lo s bien, lo s bien; yo s lo
que te digo. Ante todo la educacin y la prudencia. Una mujer prudente
es la bendicin del Cielo para su esposo, y la educacin suele hacer
veces de la prudencia. Por eso Gabriela me gusta para t. Te res? Ya
lo veo; te res tristemente. Ya te entiendo; piensas que eres pobre, y
que por eso no puedes aspirar a ser amado de esa nia. Pues bien, si hoy
eres pobre, acaso maana sers rico. Y aunque no lo seas! Pobre, muy
pobre, ms pobre de lo que eres, por tu familia, por tu educacin, por
todo, eres muy digno de ser esposo de Gabriela.

Me sonroj, pero no quise interrumpir a mi ta.

--No te ras as; mira que tu risa la siento aqu, en el corazn. No te
ras; ya s lo que me vas a contestar; no hables, te lo dir yo. Vas a
decirme que eres pobre, y que aunque descendieras de un rey, aunque
fueras un sabio, y el primero por lo guapo y buen mozo, de nada te
servira todo esto, de nada, si no tenas dinero....

--Eso, ta!

--Tienes razn. Pero, dime: seras el primero que sin poseer caudales
se casaba con una rica? No. Pues ya lo ves.

--S, ta; pero no siempre en esos casos queda a salvo la dignidad.

--Te engaas: muchos pobres se han casado con ricas, y se han casado sin
que su nombre pierda lo ms mnimo....

--Tal vez; pero la sociedad murmura....

--Ya lo s. Crees t que yo no s los males que causa la murmuracin?
Hijo mo: el mundo murmura de todo. Procura que tu conciencia est
tranquila, y deja que el mundo diga lo que quiera. No engaes a ninguna
muchacha. A qu mentir amores a quien no ser tu esposa!

Angelina segua cosiendo. Las campanas de la Parroquia soltaron en ese
momento alegre repique.

--Ah!--prorrumpi la joven.--La fiesta de Todos Santos! Ni quien se
acordara!

Levantse y sali.

Cuando quedamos solos ta Carmen me dijo:

--Ven, acrcate.

Y mirndome tristemente agreg:

--No seas causa de que una mujer llore un desengao; no, Rodolfo, no
hagas eso! No puedes imaginar qu de males ocasiona un hombre cuando
miente amor. Mira, lo s por experiencia. Csate con quien quieras....

--Ta: yo no lo har nunca movido por el inters y la codicia....

--Muy bien. Apruebo ese modo de pensar. Pero si te es posible conciliar
(por supuesto que sin mengua de tu decoro) el amor y la conveniencia,
por qu desdear a una mujer rica? Por eso te deca yo que
Gabrielita....

--S, ta, s; tiene usted razn; pero, crame usted: si algn da
pienso en casarme, no consultar ms que a mi corazn.




XIX


Charl media hora en la botica de Meconio. All estaban los pedagogos,
el P. Sols y don Crisanto.

Adentro, como de costumbre, se tributaba culto a Birjn. Oficiaba su
gran pontfice don Procopio, y entre los cofrades v, con sorpresa, al
piadoso y manso don Basilio. Era muy aficionado a las cuarenta el seor
alcalde; pero nunca pasaban de un duro sus apuestas. Slo
jugaba--palabras textuales--para matar el tiempo.

Clebre ciudad de jugadores fu Villaverde all en los tiempos
coloniales, y sotas, caballos y reyes, se llevaron de all ms dineros
que de la Veracruz los piratas de Lorencillo.

Ahora, es decir, en los tiempos en que acaecieron los sucesos que voy
narrando, contaba Birjn pocos oratorios, pero aun tena culto en muchos
sitios.

Antiguamente se jugaba en todas partes, en trastiendas, talleres,
boticas, mentideros, y hasta en la Plaza, durante la segunda quincena de
Diciembre. Al anuncio de las rifas se regocijaban mis paisanos, y hua
de Villaverde la budstica tristeza que de ordinario la consume. Monte,
ruletas, dados, polacas y lotera de cartones, congregaban todas las
noches en la Plaza a los piadosos villaverdinos, que all dejaban los
cuartos para que los ediles nivelaran con el producto de las rifas el
presupuesto municipal siempre deficiente.

No s lo que ahora sucede en Villaverde. A ser ciertas algunas noticias
que de all recibo, aun son fieles los villaverdinos a su dios; el culto
ha decado, pero la devocin vive, y vivir en ellos por los siglos de
los siglos.

La tertulia languideca; los pedagogos estaban displicentes y mal
humorados; el doctor disertaba de farmacologa indgena, y el P. Sols
lea con avidez cierto peridico conservador, el primero que salt a la
palestra despus de la catstrofe imperial.

Viendo que los tertulios no rean ni disputaban, me decid a pasar la
velada en la casa del dmine. Adems me era insoportable la presencia de
los periodistas, desde el da en que me ajustaron las cuentas y pusieron
en solfa mis sonetos. Me repugnaba el trato de mis crticos, solamente
soportables para m cuando discutan y se peleaban, cada cual en defensa
de sus ideales.

Nada ms triste que Villaverde al fin del da; nada ms horrendo que mi
ciudad natal despus de obscurecer. Todo el mundo se mete en casita, y
si el aburrido no acude a cualquier mentidero, es cosa de morirse de
fastidio. Las calles desiertas, obscuras, lbregas, silenciosas. Ni un
organillo que alegre aquella espantosa soledad. Casi todas las casas
estn cerradas. Qu se hacen a esa hora las dulces y modosas
villaverdinas? Sbelo Dios. Ah se estn en la sala, acurrucadas en el
sof, columpindose en las mecedoras, soolientas y aburridas, en espera
del novio, atisbando el momento oportuno para pelar la pava.

Me lanc a la calle. Iba yo perdido en las tinieblas, tropezando a cada
paso. Camino de la casa de mi maestro, pas por la plaza, delante de la
morada de Gabriela. La hermosa seorita estaba en el piano. La
pobrecilla, para entretener sus fastidios villaverdinos, repasaba el
repertorio en boga. No me detuve a escucharla. Me pareci que cometa yo
una infidelidad.

La plaza estaba casi a obscuras. Ardan los cinco faroles, pero con luz
tan dbil y escatimada, que apenas dejaban ver los rboles, la fuente y
el barandal. Salan del templo algunos hermanos de la Vela Perptua;
los vicarios departan en el cuadrante con los campaneros, y en la
esquina opuesta una vendedora de frutas secas dormitaba en espera de
marchantes, a la luz de un farolillo de papel. En un ngulo del
cementerio una garnachera condimentaba sus fritadas. El airecillo
nocturno llevaba calle abajo el picante olor de la cebolla y el hedor de
la manteca requemada.

Sal de la botica contagiado de tristeza pedaggica. Pens en mi
situacin; me puse a cavilar en mi suerte; en que era yo pesada carga
para mis tas, las cuales me haban sostenido por tantos aos a costa de
extremos sacrificios. Aquello no poda seguir as. Y bien, por qu slo
de tarde en tarde me detena yo a considerar mi penosa situacin? Esto
fu el tema constante de mis meditaciones en los primeros das, pero
luego puse toda mi atencin en la belleza de los campos de Villaverde,
en las puestas de sol, en la galanura de mis poetas favoritos, en las
visitas de mi maltrecha musa, en el amor de Angelina. Mente maldita la
ma, tan divagada e inestable, inquieta como una giraldilla, encariada
con todas las cosas intiles y frvolas!

Haban pasado los ocho das de plazo sealados por Castro Prez, y mi
hombre no daba seales de vida. Se me cerr el mundo, y me v solo en
l, sin dinero, sin esperanza. Me dieron ganas de morir, un deseo vago y
dulce de morir, que entonces, como ahora, surge en mi corazn, no
solamente en momentos de angustia, sino tambin cuando me considero
feliz: grata inclinacin al suicidio, en la cual no he parado mientes
hasta despus de cumplir los treinta aos, y, que,--como digo para m,
riendo tristemente,--es la nota trgica de mi carcter, de este carcter
mo, llevadero, resignado, benvolo y complaciente.

Acaso beb el germen pesimista en las fuentes romnticas: en algunas
pginas de Chateaubriand, en el Werther, en las cartas de Fsculo, que
repas mil y mil veces; en los melanclicos versos de mis poetas
favoritos. Despus he ledo las obras de Leopardi, de Schopenhuer y de
Hrtman, y confieso que me son simpticos, aunque no acepto sus ideas.
Este mundo es un valle de lgrimas, pero la vida del hombre es
pasajera, y algo divino llevamos aqu dentro. No hay grandes
caracteres, ni almas grandes, sino a condicin de ser templadas en el
fuego del dolor. Sin l, qu seria el hombre? Algo as como la planta
que vive y muere sin darse cuenta de su existencia; algo como la piedra
que reposa en la cantera o rueda en el camino. Conservo ntegras las
creencias en que fu criado; guardo inclume la fe de mis padres, y ella
ha sido para m, en mis horas negras, en mis das tristes, fuente de
consuelo, faro salvador; ella alivi mis dolores y resta siempre las
heridas ms hondas de mi corazn con el blsamo de las eternas
esperanzas.

--Tenga usted paciencia, Rorr,--me deca Angelina,--vaya usted a la
iglesia y pdale a la Virgen amparo y proteccin.

Entonces record estas palabras de la doncella, palabras que resonaron
detrs de m como si ella me hablase al odo.

Enfrente estaba el templo. Desde la calle vea yo la humilde lamparita
del Sagrario. Me encamin hacia la iglesia. Entr en ella. Estaba
obscura. Cuatro individuos, de rodillas, con sendos cirios delante,
rezaban el rosario. Busqu el rincn ms retirado, y all or, or con
fervor de mujer, con sencillez de nio. Pero a poco me di a considerar
lo augusto del templo, la majestad del edificio, lo suntuoso del altar;
el efecto que producan en muros y columnas las luces de los hachones;
las sombras que al titilar de las flamas bailaban en las pilastras una
danza de endriagos espantables y trmulos, y hasta me re de la grotesca
figura de los devotos, del sonsonete de sus rezos, de un estornudo
inoportuno que vino a interrumpir una oracin solemnemente principiada.

Y despus, por una de esas volubilidades de la fantasa, me imagin que
era el amanecer; que el altar estaba adornado con rosas blancas; que
resplandeca iluminado con centenares de luces; y que una joven, en
traje de boda, oraba en un reclinatorio; una joven elegantsima, no s
si Angelina o Gabriela, cubierta graciosamente con el velo nupcial.
Cerca de ella estaba el caballero que iba a ser su esposo.

Entregado a tales fantasas, no advert que los devotos se haban ido,
hasta que el sacristn pas cerca de m, sacudiendo un manojo de llaves.

Sal, y a poco estaba yo en la casa de don Romn. El anciano se dispona
a cenar.

--Quieres chocolate? No es de lo mejor; pero te le ofrezco de buena
voluntad. Recibiste mi esquelita?

--No.

--Pues todo queda arreglado. Lee.

Sac del bolsillo una carta y me la dio. Principi a leerla. A cada
palabra, una falta de ortografa. No dej de sonreirme.

--De qu te res muchacho? Ah! Ya me lo imagino.... De los disparates
de Castro. Pues no te ras. Castro Prez es un hombre muy instruido.

--Lo ser; pero no sabe una palabra de....

--Hijo! Defectos de la educacin antigua! Pero, mira: prefiero mil
veces estos abogados que no saben escribir con propiedad y correccin a
esos sabios de nuevo cuo, como Venegas y Ocaa.

Don Romn engulla sopas y sopas.

--Bueno: ests contento?

--S, seor.

--Pues ya lo sabes; maana, a las nueve, te presentas en la casa de
Castro.

--Maana?

--No, tienes razn; maana es da de fiesta, y pasado maana da de
Difuntos. Ya irs. Poco vas a ganar, muchacho; pero, algo es algo! Ya
veremos si despus encontramos cosa mejor.

Castro Prez haba despedido a su escribiente, y en atenta carta avisaba
a mi maestro que el empleo estaba a mi disposicin. Haca grandes
elogios de m, y se prometa encontrar en el nuevo amanuense un joven
inteligente, activo y til....

Yo dije para m, cuando le el prrafo:

--Y que gane poco!




XX


Sal de all muy alegre y regocijado. Angelina sali a encontrarme.

--Doa Carmelita ha tenido un ataque horroroso, como nunca! Hace mucho
tiempo que estaba bien: coma con apetito, dorma tranquilamente.... Es
cierto que iba perdiendo las fuerzas, pero no tena esos ataques, esas
convulsiones que a m me asustan....

Corr al cuarto de la enferma. Hallla sosegada; haba tomado alimento y
pareca dormitar. Y quin me aseguraba que aquel sosiego no era sntoma
de suma gravedad?

La anciana haba sufrido uno de esos ataques que caracterizaron el
principio de su enfermedad; una convulsin general, mayor en un brazo, y
una inquietud que no la dejaba queda cinco minutos. Ni en la cama, ni en
el silln estaba a gusto; era preciso traerla y llevarla de aqu para
all. A cada instante se quejaba, diciendo:

--Esta convulsin interior que me mata!

A poco despert, y quiso levantarse y caminar por la habitacin, apoyada
en Angelina y en mi ta Pepa. Iba y vena, pero sin fuerza, casi
arrastrando los pes. Las extremidades inferiores eran ms dbiles cada
da, la pobre tema caerse, y su angustia aumentaba al considerar que
sus enfermeras no podran sostenerla. Acud a relevar a mi ta,
esperando que la anciana segura de mi vigor, se mostrara ms decidida y
animosa, pero todo fu intil.

--T no sabes llevarme.

--S, ta.

--No, djame.... Voy mejor con Pepa.

Insist, rogu, supliqu.... En vano! Quise imponerme dulcemente,
fingiendo que no acertaba yo a comprender por qu rehusaba mi ayuda.

--Djame! djame!--deca angustiada, sollozando.--En el silln! En
el silln!

Era su voz tan dbil que apenas la oamos. En nuestra congoja cremos
por momentos que iba a expirar.

En esto lleg el doctor.

--Qu tenemos de nuevo? Vamos, vamos.... Qu tal, mi seora? Esos
nervios! Esos nervios!

Sentse cerca de mi ta, y mientras conversaba con nosotros y bromeaba
con Angelina estuvo observando a la enferma.

--No hay cuidado....--repeta.--Esto pasar, pasar!.... Es un accidente
penoso, pero que no debe preocuparnos. Vamos, mi seora doa Carmen:
nimo, nimo, que ya todo pas! Dnde est ese valor famoso? Veamos
esa lengua.... Y el apetito? Bien? Pues calma, y valor, valor!

Y dirigindose a la joven:

--Vaya, nia: una tacita de t de hojas de naranjo, con unas gotas de
ter.

La enferma pareca no poner atencin a los dichos del mdico, y me
miraba dolorosamente, como si quisiera decirme. Ya lo ves! No creo en
nada de esto!

Recet Sarmiento unas cucharadas y una pomada. Le acompa hasta el
zagun.

--Doctor; dgame la verdad.... Cmo ve usted a mi ta?

--Mal muchacho, muy mal! Pero no te aflijas; esto va largo, a menos que
cualquier da sobrevenga otra cosa.... La enfermedad sigue su curso....
Es una enfermedad orgnica, y, como lo comprenders, incurable.

--Volver usted maana?

--No es preciso. Que observe el rgimen que tengo prescrito: reposo,
distraccin, buenos alimentos, una copita de vino en cada comida, y
adelante! Que no est sentada todo el da; que camine; que se mueva; que
salga por aqu, que vaya a la salita. La inmovilidad es perjudicial; que
ande, que camine hasta donde pueda. Pronto ser completa la parlisis.

Don Crisanto me vi tan apenado, que me puso una mano en el hombro y me
dijo cariosamente:

--Muchacho, no te asustes, no te acongojes.... Y, vamos, dime: qu tal
andamos de dinero?

--Mal, doctor! Precisamente iba yo a decirle a usted que no podemos
pagarle la visita....

Don Crisanto frunci el ceo, manifestando disgusto.

--Pagarme la visita?--prorrumpi casi colrico--pagarme la visita? Ni
sta, ni cien, ni mil ms! Ninguna! Cundo he cobrado yo en tu casa
por mis servicios? Soy amigo viejo de tu familia, fu condiscpulo de tu
padre.... Oyelo bien: sabes a quin debo la carrera? Pues a tu abuelo.
Ya vers que no puedo venir a esta casa por inters. Mira, muchacho: no
vuelvas a hablarme de eso.

--Pero, doctor....

--Qu pero ni qu peras!

Cunto agradec al facultativo su desinters! Bien sabe Dios que nunca
he olvidado tanta generosidad; pero esa noche me sonroj, me dio
vergenza aceptar los servicios del mdico, sin retribuirlos
debidamente.

--Vamos...--prosigui don Crisanto, en tono afable,--ya te resolvi
Castro Prez? Vas a servirle de amanuense?

--El martes estar por all. No entiendo nada de esas cosas....

--Bueno; pero todo se aprende. Hijo: eso es el huevo de Juanelo!
Cunto vas a ganar?

--No lo s todava.... De seguro que ser poco.

Sonri Sarmiento, me hizo una caricia, y me dijo en voz baja, casi al
odo:

--Ten paciencia! Yo te buscar algo mejor. Ms bien dicho, ya tengo
para t una colocacin. No todo sale a medida del deseo, y no podremos
contar con el destino hasta dentro de dos meses, a principios de ao.
Fernndez necesita un empleado en su hacienda de Santa Clara. All
ganars un poco ms.

--Temo una cosa....

--Cul? No servir para el caso?

--S... qu entiendo yo de cosas de campo!

--Aprenders, muchacho. No seas tmido, porque nunca hars letra.
Estars all muy contento. Fernndez es persona muy fina. Trata muy bien
a sus empleados. Y aunque as no fuera, ests obligado a no perder la
oportunidad.... Adis, muchacho! Tengo por ah un enfermo de suma
gravedad, un ranchero, que va que vuela para el otro mundo.

Tendime la mano, y agreg:

--Nada digas a Castro Prez de eso del empleo en Santa Clara. Eh? Ya
ests advertido. Chitn! No te apenes al ver a tu ta. Eso no es nada!

La enferma estaba tranquila, el acceso haba pasado. Sin embargo, la
noche fu penosa. Angelina y mi ta se la pasaron en claro. Desde mi
cuarto las oa yo que iban y venan.

Entonces comprend toda la abnegacin de la doncella. Cuidaba a la
anciana dulce y cariosamente, con afecto de hija. Fina y bondadosa con
todos, con ella extremaba sus delicadezas. La mimaba; todos sus deseos
eran mandatos para Angelina, y sufra resignada desagrados y
reprensiones, el mal humor caprichoso de los enfermos, que de nada
estn contentos, y que se impacientan sin motivo.

--Esta nia--me conversaba ta Pepa--es un ngel; creo que por eso le
pusieron Angelina. No tiene sueo tranquilo; cada noche se levanta dos o
tres veces para ver a Carmen y darle el alimento y la medicina. A m no
me gusta eso, porque no tiene obligacin de velar a tu ta. Eso me toca
a m. Ya se lo he dicho; pero ella no dejara, por nada de este mundo,
que me levantara yo a deshora. El otro da, como le dijera que iba yo a
velar a Carmen, me contest un poco mohina, como impaciente y molesta:
No, seora. Si yo lo hago con mucho gusto! Usted ya no est para eso.
De da tiene usted mucho que trabajar. No, no; el da que yo no quiera
hacerlo, no lo hago. Mira, Rorr: yo creo que Angelina ha de parar en
hermana de la Caridad. Un da que hablbamos de eso sali dicindome:
S, seora, por qu no? Y es muy capaz de ser un modelo de hermanas
de la Caridad; lo mismo para ensear a los nios, que para cuidar a los
enfermos. El seor Cura dijo el otro da, en casa de don Romn, que no
hay en las Conferencias de San Vicente otra socia como Angelina. Ahora
es secretaria de la conferencia de la Parroquia, y todos estn muy
contentos. No s si Angelina habr nacido para ser casada, pero, la
verdad, Rorr, si te casaras con Angelina a m me dara mucho gusto,
mucho, mucho; s, porque la quiero tanto como a t, como ella se lo
merece; porque as todo quedara en casa; porque a esa nia la miro como
algo nuestro, como persona de la familia.




XXI


Villaverde se regocija de cuando en cuando, y tiene sus fiestas y sus
paseos populares. No siempre ha de estar triste y malhumorada.

El da tres de Mayo acuden los villaverdinos a la herbosa alameda de
Santa Catalina. Pasan la maana en los callejones del Escobillar,
recorren todo el barrio, se renen en los solares, y all comen el
tradicional mole de guajolote, y los tamales de frijol, a la sombra de
los naranjos y de los jinicuiles rumorosos. Por la tarde, hombres y
mujeres, ancianos, jvenes y nios, suben a la colina del Escobillar,
donde un viejo borrachn, ya medio loco por el aguardiente, y muy
conocido de mis paisanos, clava una gran cruz de madera en una roca de
la vertiente oriental, al son de las msicas, al estallido de los
petardos, y al disparar de los morteretes.

Pero el paseo ms hermoso es el dos de Noviembre, en un pueblecillo
cercano situado en el borde izquierdo de la Barranca de Mata Espesa, no
lejos del punto en que rpido y espumante se despea el Pedregoso,
formando pintoresca cascada.

Recorred ese da las calles de Villaverde y las veris desiertas. Todo
el mundo est de gira; el pobre lo mismo que el rico. Vnse con sus
familias, muy de maana, antes que el sol caliente, despus de or dos o
tres misas por los difuntos.

All, en las hmedas y boscosas calles de Barrio Viejo, encontraris a
todos los villaverdinos: unos a caballo, luciendo el potro rijoso y bien
enjaezado, el pantaln ceido, el sombrero suntuoso y el zarape de mil
colores; otros, en viejos y desvencijados carruajes; los ms, caballeros
en el corcel de San Francisco.

Desde la entrada del pueblo principian los puestos,--las vendimias,
como dicen en Villaverde--las fondas y los figones, improvisados bajo un
toldo de manta, o a la sombra de una enramada. Por todas partes
vendedores de frutas, de torrados, de cacahuates, de tepache, de
bizcochos y de dulces. Helados, refrescos, aguardientes, todo tiene all
salida. Hay all cosas para todos los gustos. Desde lejos percibiris el
olor del mole que hierve en grandes cazuelas, y os dejarn aturdidos el
incesante vocero de los vendedores, el gritar de los chicos, y el
cantar bquico de los artesanos que han cogido la zorra. Los
habitantes del pueblo, indgenas viciosos y haraganes, ven invadidas sus
casas por la multitud, y los indizuelillos andan asustados en los
cafetales o se asoman a travs de los vallados de hierba para mirar a
los transentes. Llamadlos, y al punto echarn a correr como gamos
perseguidos. En los jarales huele a copal quemado, y de la calle a la
puerta de las cabaas un reguero de cempaxchiles os guiar hasta el
lugar en que estuvo la ofrenda dedicada a las almas de los que dejaron
para siempre este mundo de dolor.

Es curioso notar que mis paisanos, los budistas villaverdinos, nunca se
alegran y regocijan como en da tan lgubre y de tan penosas memorias.
No poda suceder de otra manera en la ciudad de las almas tristes.

Cmo suspir en el Colegio por aquella fiesta y aquel paseo! As es que
al ver que ta Carmen segua bien me encamin hacia Barrio Viejo. La
tarde era esplndida, una linda tarde de otoo, fresca y luminosa.
Hormigueaba la multitud en la ancha calle; puertas y ventanas estaban
cuajadas de muchachas bonitas, y era aquello un conjunto de gentes
festivas y alegres, tan pintoresco y hermoso, que no le olvidar jams.
Unas que iban bulliciosas y parlanchinas; otras, que volvan cansadas,
arrepentidas, cargando el cesto de la comida. Mozos encandilados por el
alcohol, que se detenan para requebrar a las chicas; honrados padres de
familia que bregaban con la prole mxima, mientras la esposa traa en
brazos al mocoso rebelde y llorn. Ms all, un viejo, de capote antes
negro y ahora tornasol, cofrade de la Vela Perptua, hermano de la
Tercera Orden de San Francisco; el panadero de flamante azulada camisa,
faja purprea, flecada de blanco, y sombrero a lo terne; unos rancheros,
muy orondos con la calzonera de pana y el sombrero galoneado; unas
lavanderas, que hacan ruido de huracn con sus enaguas tiesas; unos
gachupincillos, vendedores de ropa o dependientes de El Puerto de
Vigo, inocentones, recin llegados, toscos de pies, mirando a todos con
airecillo protector; una media docena de pisaverdes villaverdinos,
jinetes en buenos caballos, y al fin, solo, en el overo acabado de
comprar, el hijo del alcalde.

Esa tarde pude admirar la hermosura de las muchachas ms lindas de
Villaverde. Sencillas, vestiditas modestamente, ajenas a las modas y a
los figurines de Pars; modositas, tmidas, pacatas, tristes, como si a
los quince aos empezaran a envejecer; nias grandes, que me parecan
sin ilusiones ni esperanza, y para quienes el mundo se reduca a la
silenciosa ciudad nativa. Las mas aristocrticas,--que tambin tiene
aristocracia Villaverde--avanzaban lentamente. No iran hasta Barrio
Viejo ni visitaran la cascada; se quedaran a medio camino, en la casa
de cualquier amigo: all les daran asiento, e instaladas en la acera
alfombrada de csped se divertiran con los paseantes.

Los carruajes pasaban dando tumbos mortales, y los jinetes sacando
chispas del empedrado, al caracolear de la escarceadora caballera. De
trecho en trecho, un mozo de cordel, un artesano o algn hortera,
pasaditos del fuerte, dando mayatazos.

Ni una nube en el cielo. El cielo de un hermoso azul; el sol ponindose
detrs de la colina del Escobillar, y al Noroeste soberbias montaas, el
pie nevado del Citlaltpetl.

Avanzaba yo entretenido con el espectculo de aquella regocijada
multitud, cuando columbr a Castro Prez. Vena cansadsimo, fatigado,
como perro jadeante, apoyndose en el bastn de puo de oro, arrollada
sobre los hombros la espaola capa, echado hacia la nuca el sombrero de
copa. Haba ido a pasear por los callejones de Barrio Viejo su esponjada
prosopeya.

Al verme se detuvo:

--Amiguito: va usted a donde todos, no es eso? Vengo medio muerto!

--Lleg usted hasta la cascada?

--Gurdeme el Cielo! No pas de la puerta, y ya no puedo con mi
humanidad.

Echse para atrs, y mirndome por sobre las gafas agreg:

--Ayer escrib a Lpez.... Tendr mucho gusto en darle a usted el
empleo. Me gustan los jvenes como usted. Ya veremos! Ya veremos si
encuentro en mi nuevo amanuense lo que deseo y he buscado siempre: un
joven inteligente, activo y til...

--Maana me tendr usted por all.

--Bien! Bien! A las nueve.... A las nueve en punto!... Me gusta mucho
la exactitud.

Iba yo a seguir la conversacin; pero el abogado me interrumpi
bruscamente y tendindome la mano me dijo:

--Adis! Que usted se divierta!

No bien me separ de Castro Prez, cuando o a mi espalda un ruido de
carruaje ligero. No sonaba como los otros vehculos de Villaverde, como
carro viejo o diligencia desvencijada. Resonaba con ese ruido uniforme,
compacto, de los trenes suntuosos, que nos hacen presentir mujeres
hermosas y en privanza. Volv la vista y me encontr con un carruaje
abierto, nuevo, flamante, de ruedas altas y ligeras en las cuales
centelleaba el sol.

Ocupaban el coche un caballero de noble aspecto, de barba gris, y una
seorita que atraa las miradas de la multitud por su hermosura y la
elegancia de su traje. Vesta de color obscuro y llevaba cubierta la
cabeza con un gorro de blondas sobre las cuales resaltaba una rosa de
Alejandra. Un grupo de galanos jinetes se detuvo para saludarla. Era
Gabrielita. El coche pas como un relmpago. Me detuve un instante, y
segu con mirada curiosa a la encantadora seorita, deslumbrado a veces
por el reflejo del sol poniente que centelleaba en las brillantes ruedas
del carruaje.




XXII


Acud con toda puntualidad a la cita del abogado. Aguard en la esquina
prxima la hora sealada, y al sonar sta en el reloj de la Parroquia me
present en el despacho. El jurisperito, gran madrugador, haba vuelto
de misa y del acostumbrado paseo por la alameda de Santa Catalina, o sea
el Bosque Pancracio de la Vega, y muy instalado en su poltrona aguardaba
la llegada de su nuevo amanuense.

--Adelante, joven!--dijo en alta voz.--Adelante! Bien! Bien! Me
place la exactitud! Tome usted asiento. Voy a decirle cules son aqu
sus obligaciones. No hay aqu mucho trabajo, pero bueno es que sepa
usted, amigo mo, que aqu no se pierde el tiempo!

--Puede usted ordenar lo que guste...--respond, sentndome en una
silla de ojo de perdiz, muy vieja y vacilante.

--Vendr usted a las ocho de la maana, en punto, como ahora. A las
ocho... me entiende usted? En punto! Saldr usted a la una, hora de ir a
comer. Por la tarde, a las tres. En punto de las tres! Trabajaremos
hasta las cinco. A esa hora puede usted retirarse. Cuando tengamos algo
extraordinario trabajaremos hasta concluir. Pero esto no sucede ms que
de tarde en tarde. Est usted conforme? S? Pues bien, quedamos
arreglados! Si al llegar ve usted cerrado el despacho, seal es de que
aun no vuelvo o de que estoy durmiendo la siesta. Entonces pide usted
las llaves a las nias, y abre usted. Ahora, a otro punto. No quiero
retribuir el trabajo de usted como a los dems, de una manera eventual,
a lo que caiga. As lo hice con otros; pero con usted ser otra cosa. Le
estimo a usted, y a su familia, y me complazco en proteger a los jvenes
listos y de porvenir, por lo cual he decidido sealar a usted un sueldo
fijo. As no quedar usted expuesto a contingencias nocivas para sus
intereses.

Hizo una pausa, me vi de arriba abajo, y agreg:

--Tendr usted quince pesos mensuales. Me parece que para empezar es una
cantidad... muy decente!...

Era una miseria, sin duda, pero, dadas mis circunstancias, aquella
cantidad me pareci el premio gordo. En los trminos ms corteses
contest que agradeca el favor, y que procurara corresponder a la
confianza que se me dispensaba.

Castro Prez me interrumpi:

--Joven: me prometo hallar en usted lo que tanto he deseado, lo que
hasta hoy no pude conseguir: un escribiente activo, inteligente y til.
No perdamos el tiempo. En aquella habitacin encontrar usted lo
necesario para escribir. Vamos a despachar, antes de que principien a
llegar los clientes. Ya ver usted. Esto es atroz! No paro en todo el
da. Esto parece un jubileo.

Se levant, y fuimos a la pieza contigua.

--Tome usted asiento. En facha! Voy a dictar un escrito.

Me puse en facha. Castro Prez se cal una gorra de terciopelo verde
bordada de oro, a manera de fez, con una gran borla que colgaba hacia
atrs y se balanceaba como un pndulo. Mi hombre se compuso las gafas, y
con las manos atrs, ocultas bajo los faldones de la pringosa levita,
principi a pasearse, mientras yo, con el papel delante y lista la
pluma, me dispona a escribir.

Despus de largo silencio, durante el cual el jurisperito recogi sus
ideas, y tosi y se son con el inmenso pauelo de hierbas, habl en
tono muy enftico:

--Ciudadano Juez.... Dos puntos!

Y yendo, y viniendo, Castro Prez dict largusimo alegato, en estilo
pesado, difuso, verdaderamente fatigador, empedrado de latines y citas
de las Partidas, (mi hombre se las saba al dedillo), y lleno de los mil
primores y maravillas de la jerga jurdica.

Castro Prez alardeaba de ser un dictador de primera fuerza, como
Csar, Isabel de Inglaterra, Napolen y el Arzobispo Mungua. Es verdad
que dictaba sin tropiezos ni vacilaciones, sin que fuera preciso
repetirle la frase anterior, sin que el amanuense le hiciera eco,
murmurando entre dientes la ltima silaba de la palabra final; pero as
sala aquello. Compadec de todo corazn al infeliz magistrado que
tendra que echarse al coleto el indigesto frrago, y tem que de puro
aburrido sentenciara en contra de los patrocinados por Castro Prez.

Le en alta voz el alegato. Mi hombre qued satisfecho.

--Bien! Bien!--exclam.--Mucha lgica! Veamos esos latines.

No les puso tacha. Entonces le hice observar, muy delicadamente, que se
le haba escapado una concordancia gallega, una de aquellas
concordancias por las cuales nos castig tantas veces don Romn.

--No, joven,--replic disgustado Castro Prez--as est bien! En eso s
que ninguno me enmienda la plana, amiguito. As est bien! As debe
ser! Recuerde usted aquella reglita del Nebrija....

Y no la dijo.

Mi hombre prosigui:

--Amigo: sepa usted que en esa materia no le temo a nadie, ni a Lpez su
maestro de usted, que lo vale, lo vale para eso de los tiquismiquis
gramaticales! Larga y erudita polmica tuvimos l y yo. Escribimos ms
que el Tostado. Romn deca que debe decirse villaverdino; yo, que
debemos decir vilarverdino. La victoria fu para m.

Efectivamente, en Villaverde todos decan y escriban villaverdino,
hasta que, en mala hora, se le ocurri a un periodista dudar de la
acertada formacin de la palabreja. Se alborot el cotarro: sali a
contender el pompossimo; salt a la palestra Castro Prez; charlaron
los pedagogos a su sabor; la cosa lleg al Cabildo, y los ediles
tuvieron asunto para varias sesiones. Villaverde se dividi en dos
bandos; villaverdinos el uno, vilaverdino el otro, y se arm la de
Dios es Cristo. El dmine y el abogado se dijeron mil perreras; el
periodista se meti en cabaa, y la budstica ciudad estuvo mucho tiempo
entretenida con la polmica.

Por fin, el Gobierno del Estado puso trmino a las disputas. Expidi una
circular que cay como bomba en Villaverde. Con la tal circular sancion
el Ejecutivo la opinin de Castro Prez.

Desde entonces en mi querida ciudad natal todo el mundo dice y escribe
vilaverdino, menos don Romn que no se da por vencido.

Firm el jurisconsulto su alegato, se quit el bordado fez, tom el
sombrero y el bastn, y se fu a la calle.

Apenas sali el jurisconsulto me puse a examinar el despacho. Era el
despacho tpico de los abogados de provincia.

Dos piezas. En una, la que estaba destinada al amanuense, unos estantes
con papeles y legajos polvorientos, comidos de la polilla, folletos y
peridicos, en paquetes atados con hilo de Campeche; una mesa secular,
cubierta con una carpeta de pao verde, manchada de tinta; gran tintero
de plomo, una marmajera del mismo metal, dos plumas dignas del gabinete
de un arquelogo, y un retal de casimir negro para limpiar las plumas,
procedente, sin duda, de algn pantaln viejo del abogado. Enfrente de
la mesa, un banco conventual y tres sillas desvencijadas, para los
clientes que esperaban audiencia. Las paredes blanqueadas con cal, el
piso ladrillado y sucio. Qu falta hacan all unas escupideras!

Tena mejor aspecto el gabinete de Castro Prez. Paredes, piso y techo
iguales a los de la otra pieza. Aseado, en cuanto era posible, dada la
incuria de su dueo, el tal gabinete mereci toda mi atencin.

Daba fro, el fro polar que sentirn los que pierden un pleito, y se
arruinan, y se quedan a un pan pedir por culpa de un patrono ignorante,
o torpe, o desidioso.

Muebles: dos estantes de cedro, con alambrera, llenos de libros viejos,
infolios monumentales, aosos pergaminos que nadie tocaba, en los cuales
ninguno pona mano, y que estaran hechos polvo. Y cuenta que, segn me
dijo cierto da Castro Prez, valan mucho, mucho, mucho!

--Nada, joven!--repeta el abogado acaricindose el abdomen.--En esos
libros est la ciencia. Todo lo que ahora priva lo encuentra usted all.
En esos librotes que ve usted all, tan desdeados por los eruditos a la
violeta, es donde beben los sabios de hoy cuanto hay de bueno en sus
flamantes teoras, que es poco. Y luego nos presentan sus novedades,
muy orondos y pagados de s! Aqu viene muy a pelo lo que dijo un msico
clebre de un innovador. En todas esas sabiduras de los abogados de hoy
no falta lo nuevo, ni lo bueno.... Pero... ni lo bueno es nuevo, ni lo
nuevo es bueno! S, joven; no hay que tomarlo a broma o a engreimiento
mo con las cosas antiguas: en esos pesados volmenes est la ciencia,
la verdadera ciencia.

Casi en el centro del gabinete, una mesa, una gran mesa con su cubierta
de pao verde, que caa hasta cerca del suelo, dejando ver los pies del
mueble, unas garras de len o de grifo que hincaban en sendas esferillas
las pujantes uas, como en msera presa famlico milano.

Cargada de legajos y mamotretos, aquella mesa caracterstica no tena
espacio libre en su ancha superficie. Detalle fastuoso de aquel cerro de
papeles: valioso tintero de plata, (sin uso, porque Castro Prez se
serva de uno de plomo) un verdadero tintero colonial, de oidor
enriquecido, o de cannigo prximo a obispar, con una campanilla que le
serva de tapa.

De entre aquella cordillera de olvidados expedientes, de los cuales
hasta sus dueos haban perdido el recuerdo, y aglomerados all por la
contumaz procrastinacin del ilustre Papiniano villaverdino; de entre
aquella balumba de papeles amarillentos y polvorosos surga un
crucifijo, un cristo de talla, hecho en Guatemala, al decir de don Juan.
La divina imagen, fija en el madero con cuatro clavitos de plata, se me
antoj, en tal sitio, oportuno signo de resignacin. Desencajadas las
facciones, plido el rostro, amoratadas las sienes, afilada la nariz,
los ojos mortecinos, los labios entreabiertos por la agona, me pareci
que diriga a los mamotretos echados en olvido, dolorosa mirada de
extraa compasiva piedad.

El nico mueble moderno que all haba era una poltrona de caoba,
obsequio de algn cliente agradecido. En ella se arrellanaba el
jurisperito con gravedad de obispo en misa pontifical.

Cerca de la ventana, sobre un tapete empalidecido, dos butaques
medellineros, de cuero resobado y lustroso, y un gran silln,
incomparable para dormir la siesta. Los visillos de la vidriera, en un
tiempo blancos, tenan hoy color de ceniza hmeda, y en sus pliegues
eran visibles los estragos de la polilla.

Frontero a la ventana, encima de una mesa, entre dos jarrones de
porcelana, un reloj de cristal, una lira, con la esfera de cobre dorado
y las cifras esmaltadas de azul, bajo roto fanal cuyas partes estaban
cogidas con laas de papel. La forma de aquel reloj recordaba las
aficiones poticas del jurisperito. Parado, siempre mudo, siempre
sealando la misma hora, me pareca aterrador como la eternidad.

Entre un estante y la pared estaba otro reloj de pesas, en larga y
estrecha caja de bano, siempre andando, siempre arreglado. Previo un
sordo gruido de sus intestinos de cobre, soltaba un repique de cien
campanillas de timbre agudo y disonante, y luego con voz grave y solemne
daba la hora: tn! tn! tn!...

Yo, al ver aquellos relojes me deca: Uno para los clientes, el de
pesas; otro, el de cristal, para el seor licenciado.

A la derecha, junto a la ventana, un cuadro atribudo a Cabrera: San
Juan Nepomuceno, vestido como un cannigo angelopolitano, presentando,
asida con el pulgar y el ndice de la mano derecha, una cosita, roja
como fresa estival, la lengua sanguinolenta, acabadita de cortar. El
rostro del mrtir me causaba risa; era una carita de tonto, plida,
risuea, sin majestad, sin nobleza, sin la expresin augusta que
corresponde a santo tan ilustre.

A la izquierda, en un marco dorado, bajo un cristal verdoso y orlado de
oro sobre fondo negro, un retrato de don Antonio Lpez de Santa-Anna,
de gran uniforme, al cuello la cruz de Guadalupe.

Uno igual haba en mi casa. La buena de mi ta Pepa le releg al cuarto
del bao.

--All est bien!--deca, cuando le hacamos notar la
profanacin.--All, all est bien! A ese maldito viejo debemos todas
nuestras desgracias!

A eso de las diez comenzaron a llegar los clientes. Primero, una logrera
irascible que se fu echando chispas, muy quejosa del abogado; despus
unos indios que entraron tmidos y respetuosos, con el sombrero entre
las manos, vestidos de limpio, al hombro el zarape purpreo.

Traan para don Juan un par de pavos. Qu pavos! Que ni de encargo para
un mole en los callejones de Barrio Viejo el da de Difuntos!

Habl el ms listo.

--Aqu te lo trais el guajolotito de la ofrenda para el sior
licenciado....

Alguien me dijo despus que aquellos hijos de Motecuhzoma eran ediles de
un pueblo cercano, clientes de don Juan en un lite de quince aos, para
recuperar una dehesa y una faja de monte.




XXIII


Grato pasatiempo diario fu para m la tertulia que se reuna todas las
tardes, dadas las cinco, en el despacho del jurisconsulto. Concurran de
ordinario en aquel sitio, el doctor Sarmiento (a menos que los deberes
de su profesin se lo impidieran), don Cosme Linares, y el escribano
Quintn Porras. Este era el alma de la tertulia por lo bullicioso y
decidor. Inteligente, instrudo, perspicaz, oportuno, haca que le
oyramos sin darnos cuenta de las horas que pasaban. Recibi el ttulo a
mediados del 67; haba estudiado en Villaverde, en Pluviosilla y en
Mxico. Lea mucho, y aunque joven, y al parecer ligero, tena grande
aficin a los estudios serios; gustaba de las ciencias eclesisticas, y
siempre andaba a vueltas con la Moral y la Teologa. Haba que
escucharle cuando soltaba la sin hueso. Le dominaban dos pasiones: la de
controvertir y disputar, y otra, muy dulce y pacfica, el tresillo
nocturno en casa de Sarmiento, con el P. Sols, don Cosme, y algunos
ms. Baltronero como el mejor, a causa de la vehemencia de su carcter,
cuando tomaba la palabra era imposible cortarle la hebra del discurso.
Cuando l peroraba nadie meta baza; era capaz de discutir con el lucero
del alba, y hasta con los moradores de ultra-tumba. Cierta vez,--as lo
cuentan en Villaverde,--el amigo Porras fu llevado a un crculo
espiritista, con visos de lgia masnica, fundado recientemente por don
Juan Jurado, un huizachero de Pluviosilla. El gran crculo, centro de
tesofos y de libres pensadores, formando al uso del liberalismo ms
avanzado, era por aquellos das piedra de escndalo para los piadosos
timoratos villaverdinos, y di quehacer y congojas al Cura y a sus
vicarios, y mucha tela para sermones al bueno del P. Sols; y, qu ms,
hasta puso en manos del pompossimo la pluma gloriosa del apologista.
Los individuos de la sociedad catlica fundaron un peridico, La Era
Cristiana, que, sea dicho de paso, y repitiendo las palabras del
dmine, es el papel que habla ms alto en favor de la cultura
villaverdina. Le redactaba don Romn, ayudado por el exclaustrado y por
Castro Prez. Porras no pudo refrenar sus bros, y se meti a
periodista, y public en La Era unos articulillos con mucha sal y
pimienta y mucho s seor, enderezados a impugnar las nuevas y
perniciosas doctrinas. Mucho me dieron que rer los articulitos de
Porras, quien, bajo el seudnimo de Canta Claro, hizo gala de sus
saberes y di cada felpa a los ardorosos discpulos de Alln-Kardec, que
Dios tocaba a juicio.

Los del bando espiritista no se quedaron callados, y a su vez sacaron un
papel, rotulado La Nueva Revelacin, en el cual trataron a los de La
Era poco menos que como a cafres o negritos del Congo. Porras, especie
de Veuillot villaverdino, cobr alientos, apur su ciencia, y extrem
sus stiras contra los que l llamaba destructores de la unidad
religiosa de la blasonada Ciudad. Se arm el zpizape; Villaverde tuvo
con qu entretenerse cada domingo, y las cosas subieron a tal punto que
a poco se llegan a las manos los exaltados contendientes. El Cura,
persona muy juiciosa y prudente, puso paz en ambos ejrcitos, y la
budstica poblacin volvi a su calma y tranquilidad habituales.

Antes de que las cosas llegaran a tal altura, Venegas, presidente del
nigromntico senado, supo o sospech que Canta Claro era mi amigo
Porras, y acometi la empresa de llevarle al crculo para que
presenciara las maravillas que all se producan. Sac el cuerpo mi
don Quintn; pretext ocupaciones; se neg a tratar del asunto, como no
fuera en los peridicos; pero Agustn persever en la empresa, y... la
curiosidad pudo ms en el nimo del improvisado escritor que las
censuras de la Iglesia. Porras fu llevado a una reunin extraordinaria,
especialmente convocada para que el incrdulo Canta Claro saliera de
all vencido por los hechos. As lo dijo en varios corrillos el
sabihondo Jurado que era el ms fantico de la cohorte nigromntica.

All tuvo que habrselas mi amigo con el mismsimo Voltaire. El clebre
escritor no tard en acudir al llamado de la pitonisa, y sta escribi
bajo la influencia del evocado espritu, en castellano de gacetilla, y
en estilo difuso y pesado, semejante al de los redactores de La Nueva
Revelacin, no s cuntas perreras luteranas, contra la confesin
auricular.

Es fama que al oirlas salt Porras en el asiento, como lanzado por un
resorte, y pidi la palabra para decirle a Voltaire cuanto era del caso.
Echle en cara su mala fe, las contradicciones de sus escritos y su
desprecio para con la nacin francesa; cit textos del mismo Voltaire
que decan de la confesin cosas muy distintas de las que ahora repeta,
y acab, con grandsimo escndalo de los sectarios, por negar que fuese
Voltaire quien hablaba por boca de la pitonisa.

--No!--exclam.--Voltaire era un gran escritor! Cmo pocos! Yo no s
si posea el castellano, pero si as era, como supongo, no escribira
tan mal la hermosa lengua de Guilln de Castro, de Lope de Vega y de
Ruiz de Alarcn. Sin duda, caballeros, que un espritu chocarrero se
est burlando de todos nosotros.

Y dijo, y tom el sombrero, y se retir, sin que nadie pudiera
detenerle.

Mucho se habl en Villaverde del incidente. Desde entonces, si mentis
al escribano, os dirn todos:

--Porras? Si es capaz de disputar con los difuntos!

Correctamente vestido de negro, albendole la camisa, desaliado el
calzado y muy peinada y brillante la profusa barba, era un tipo de los
ms simpticos; pero ms simptica an era su charla. Conoca muy bien a
Castro Prez; se complaca en hacerle rabiar, y cuando ste iba
ponindose mohino le calmaba con un chiste o con una frase halagadora.

Los primeros das me le encontraba yo en la esquina, y pasaba sin
saludarme; despus sola decirme, entre afable y sereno: Adis, joven!
Ms tarde, cuando convers con l en el despacho, se mostr conmigo
carioso y sincero. Le o, y qued encantado de su charla. Por gozar de
ella procuraba yo retardar el trabajo, aquellas copias de los alegatos
de Castro Prez, difusos, cansados y fastidiosos, que me tenan por
largas horas pegado a la mesa. Castro no dejaba salir de su casa un
escrito suyo si no iba puesto en limpio por el amanuense. Tengo
entendido que sabedor de que sus conocimientos gramaticales eran pocos,
tema soltar una faltilla ortogrfica que hiciera reir a sus enemigos y
amenguara su bien sentada reputacin de sabio y profundo conocedor de
las humanas letras.

Volvamos a mi amigo Quintn. No tena humos ni vanidades, y lo mismo
trataba al rico que al pobre, al discreto que al tonto. Llegaba, y
parado en la puerta, bajo el carcomido dintel, se detena atusndose el
bigotazo. Al verle yo, se inclinaba, quitndose el sombrero, me diriga
correcto saludo, siempre acompaado de una picante alusin a la disputa
de la vspera, y luego, en voz baja me deca:

--Est el to?

El to era el abogado. As llamaba a un superior cuando hablaba de l
con quienes le estaban sometidos.

Tomaba asiento en el banco monacal. A poco, despus de ofrecerme un
tuxteco y de encender el suyo, se soltaba:

--No ha venido Linares? No ha venido el gran tartufo? Qu dice el
doctor? No pas por aqu esta maana? Tal para cual! El uno,
hipocondriaco, quejndose todos los das de una nueva enfermedad; el
otro, listo para recetar y sacar los pesos al don Cosme. Entre los
tacaos, Linares.... Las tenazas de Nicodemus!

Porras era maldiciente; pero tena una cualidad muy rara en los
murmuradores: no calumniaba ni ofenda. Por lo menos nadie se daba por
lastimado. Con una gracia particular y cierto no s qu donoso y
chispeante, provocaba a reir, por mucho que de ordinario alzaran mpulas
sus censuras. La vctima rea y quedaba desarmada, y ni replicaba mohina
ni responda disgustada.

Pronto estim a Porras en cuanto vala; no tard en medir, aquella
nobleza de corazn, aquella sencillez de alma que pareca opuesta a toda
acritud, y que, sin embargo, era ingente en mi amigo; sencillez ingenua,
infantil, que se manifestaba a cada minuto en burlas y censuras de
cuanto pareca injusto y merecedor de vituperio. Quintn deca cada
verdad que temblaba la tierra, cada verdad tamaa como un templo, y ni
sus amigos ni las personas a quienes tena en subida estimacin
escapaban de sus filosas tijeras. Tena algo, mucho, del amigo ingenuo
que nos ha pintado a maravilla Edmundo de Amicis en uno de sus libros
ms hermosos; de ese cruel amigo que nos domina desde el primer da, que
nos subyuga, que nos hace sus esclavos, sin que nos sea dable rebelarnos
en contra de l; que con una frase nos parte medio a medio, y que,
riendo, del modo ms natural, en presencia de todos, sin discrecin ni
consideraciones de ninguna especie, nos dice lo que no queremos que
nadie nos diga, o que a propsito de una debilidad o de un afecto que
ocultamos con el mayor empeo, nos lanza un chiste que penetra en
nuestro corazn como la hoja de un pual; amigo contra el cual no
podemos alzarnos indignados por duro que sea con nosotros, ya porque
somos impotentes para replicarle de modo que nos asegure el triunfo, ya
porque, a pesar de todo, le estimamos y le amamos por sus muchas
cualidades. Quintn Porras,--no le vena mal el apellido--posea el don
de penetrar con la mirada en lo ms hondo de la conciencia ajena. Caa
en ella como el buzo en el mar, como buzo que se sumerge hasta
apoderarse de la concha. La asa, no la soltaba, y sala luego a flote,
pregonando su victoria. Sin pararse en pelillos descubra el secreto
sorprendido, haciendo de l fisga y chacota. En ocasiones nos sacaba los
colores al rostro. Ganas daban de contestarle con un revs o con un
insulto atroz; pero Quintn tena siempre una sonrisa, un chiste, una
frase cariosa para calmar la tempestad. Paraba el golpe, y no haba ms
remedio que tomar a broma el incidente, reir, dar un abrazo a quien
momentos antes hubiramos estrangulado de muy buena gana, y seguir
oyndole.

Nadie como Porras para dar un buen consejo; ninguno mas discreto y
atinado para el arreglo de un asunto grave; nadie como mi amigo para
hacer un beneficio, sencilla y noblemente, del modo ms natural, sin lo
repugnante y forzado que tienen en Villaverde la abnegacin y el
desprendimiento.

Buen contraste haca Porras con Castro Prez y con don Cosme. El
primero: un pavo vanidoso, engredo con su fama, pagado de su saber, de
su crdito y de su dinero, atascado en el pantano de su prosopopeya
jurdica; el segundo: larguirucho, cetrino, amojamado, con aspecto de
sacristn, clibe por egoismo, alardeando a todas horas de timorato y
concienzudo, discreto y medido, paciente y culto. Parceme que le veo
sentado en el butaque, con la pierna cruzada, preso en la estrecha y
perdurable levita, puesto en las rodillas el gran pauelo de algodn, de
color indefinible. A nadie contrariaba; con nadie rea; tena el
talento de saber callar, siempre temeroso de que le conocieran, empeado
en ser un arcano para todos, sonriendo, poniendo paz, tratando de
conciliar sus deseos y sus malas pasiones con los preceptos de la moral
ms severa, el cumplimiento de la ley divina con la utilidad y
conveniencia propias. El rostro de suaves lneas; los labios delgados;
la nariz afilada; el mentn saliente y azuloso; la voz fina, aguda, de
timbre dulzarrn. Esto le pinta maravillosamente: se cuenta en
Villaverde, que nombraron albacea de un clrigo rico, que dej largos
los cien mil del guila, desempe con singular actividad el pesado
encargo. Dicen todos los villaverdinos que el piadoso clrigo seal una
fuerte suma para que su albacea mandara decir mil misas. Mil pesos leg
para ello el testador y Linares se dijo:--Aqu mil misas me costaran
mil pesos. Har que las digan en Italia. En Roma es corto el estipendio,
una lira...--y as lo hizo, y se aplic el sobrante en pago de sus
buenos servicios.

Era de ver cmo se diverta con l y con Castro Prez el amigo Porras.
Los viejos se instalaban en los butaques. Quintn permaneca de pie,
movindose de aqu para all, atusndose la barba o retorcindose el
bigote con beatfica dulzura. Sola poner a discusin un punto teolgico
o una cuestin de Derecho; a veces refera un cuento carminado. Si era
lo primero, luego saltaba el abogado, que se deca muy fuerte en tales
asuntos, y all era aquello de citar autores y el oponer razones que
Porras desbarataba de un soplo. Solan ser de aquellas que algunos
llaman de porque si, y haba que or al escribano. Si eran buenas, mi
amigo argumentaba con sofismas que sus compaeros no acertaban nunca a
distinguir; si eran vacas y fuera de propsito, Porras recurra a la
stira para quemar a los buenos seores.

Los cuentecillos venan al fin. Castro Prez no se alarmaba, antes
pareca oirlos con inters; pero Linares montaba en Jpiter, o mova la
cabeza como repitiendo:--Qu cosas! Qu cosas! Es usted atroz!

Yo, desde la pieza contigua, lo oa todo, me rea a carcajadas y gozaba
de la tertulia lo que no es dado imaginar.

A las seis me iba yo a la plaza para or a la seorita Fernndez; pero
cuando la discusin se prolongaba hasta las siete, me haca yo el sueco
y me quedaba oyndola.

Un da Quintn estaba de vena. Se hablaba de las costumbres de
Villaverde. Porras las censuraba con la mayor acritud; el abogado las
defenda, y Linares deca que haban variado mucho, y que l no se
explicaba el cambio de ellas.

--Veamos claro;--deca lleno de fuego el amigo Quintn,--veamos, don
Cosme; veamos claro, don Juan: se quejan ustedes de que hay en nuestra
tierra muchos jvenes holgazanes? Tienen ustedes razn; los hay, y son
ms de los que ustedes suponen. Lamentan ustedes la corrupcin de los
villaverdinos (villaverdinos con perdn de usted), que crece ms y
ms cada da? Pues voy a explicar la causa de todo eso. En dos
palabras! En dos palabras! No; en dos palabras no; pero ver de
explicarlo brevemente.

Encendi el apagado puro, tom aliento, se pas la mano por los
bigotazos, y prosigui en tono dulce, persuasivo, apacible, como si
quisiera agradar a sus interlocutores:

--Vean ustedes: el mundo siempre ha sido mundo; corrupcin la hubo
siempre; por algo mand Dios el Diluvio. Quin se atreve a tirar la
primera piedra? Vamos, quien? Usted, Licenciado? Usted, mi seor don
Cosme?

Y los miraba de hito en hito. El abogado se acariciaba el abdmen con
cierta complacencia de epuln, y Linares bajaba los ojos humildemente, y
enclavijaba las manos larguiluchas y exanges, como diciendo:--Soy un
gran pecador!

--Pues bien: corrupcin siempre la hubo, aqu en esta levtica ciudad, y
en Pluviosilla, y... vamos, en todas partes! Vagos y ociosos no faltan
en parte alguna. Ahora bien: por qu son tantos en Villaverde?

Don Cosme mova la cabecilla y haca un gesto de duda, para decir:--No
lo s! Castro Prez se compona las gafas.

--Voy a decirlo, porque en esta tierra no tiene porvenir la juventud!
Porque los horizontes son obscuros! Y todos, usted, don Juan; y usted,
Linares; y yo; todos los villaverdinos, sin excepcin alguna, nos
empeamos en cerrar a los jvenes el camino de la prosperidad. Esto es
lo cierto!

Dudan de ello? Vamos al grano; dgame usted, mi seor don Juan, hgame
el favor de decirme: cunto gana ese muchacho que tiene usted aqu, y
que trabaja de la maana a la noche? Veinte pesos al mes. Y me parece
mucho! Cree usted que con eso pueda vivir?

Don Juan iba a contestar:

--Pero, amigo don Quintn....

Este le quit la palabra:

--Tendr con eso lo suficiente para comer, vestir, pagar casa, y
subvenir a las necesidades de su familia? No, claro que no! Con esos
veinte pesos, o quince, o diez, o menos, que eso ganar, porque usted no
peca de prdigo, no le alcanzar para comprarse un par de botines.
Cuando ms para sostener ese lujo de corbatas chillonas con las cuales
anda tan majo, rondando la casa de la seorita Fernndez....

Le oa yo desde la otra pieza, y sin embargo, me sonroj. Me pareci que
tomaban a prodigalidad que gastara yo corbatas bonitas, como si eso me
hiciera merecedor de castigo. Lo de que rondaba yo la casa de Gabriela
Fernndez me hizo reir. Todos lo decan en Villaverde, pero no era
verdad. Me gustaba la rubia, a qu negarlo, pero nada ms; mi corazn
era de Angelina.

--Pues bien,--continu Porras--y qu tiene eso de extrao? Gasta lindas
corbatas.... Es natural! No haba de usar harapos de seda, como ese
pauelo rado y sempiterno que lleva usted al cuello, a manera de dogal,
amigo don Cosme! No hay que divagar. Sigamos con el captulo primero.
Pregunto: de qu viva ese joven? Pues de lo que en su casa le dan!

Sent ganas de entrar en el gabinete de Castro Prez y estrangular al
escribano, el cual sigui diciendo:

--No puedo hacer otra cosa! En qu puede ganar ms un chico que acaba
de salir del colegio, y que vive, acaso por necesidad, en esta ilustre y
magnfica Villaverde? Pues as como Rodolfo viven todos los muchachos
villaverdinos. Muchos no tiene en qu ocuparse. Los que gozan de un
empleo ganan poco, tal vez quien trabaja ms tiene sueldo ms corto.
Usted, don Juan, no se dejara ahorcar por diez o doce mil duros; tiene
usted magnficas entradas, porque los pleitos y los chismes producen la
plata, pues, bien, as fuera usted ms rico que el mismsimo Creso, no
le subira el sueldo a ese pobre muchacho. Eso que hace usted es lo que
hacen todos aqu, todos! Cuntos conozco yo, personas ricas, podridas en
plata, que reciben en su casa a sto o al otro joven.... De meritorios,
por supuesto que de meritorios, y en dos o tres aos no les pagan un
real. No les dan nada, nada, no seor, que bastante tienen los infelices
con el honor de servirlos. Pero al cabo llega un da en que la vctima
ya no quiere trabajar de balde, se aburre de hacer mritos, y tmida y
temerosa solicita respetuosamente que le sealen sueldo, sueldo, aunque
sea corto. Entonces, saben ustedes lo que sucede? Pues entonces con
cualquier pretexto le despiden, o le ponen en condiciones tales que le
obligan a tomar el portante. Se va? No hay cuidado! Hace falta el
meritorio, que era muy til y muy cuidadoso de los intereses de su jefe?
No importa! Ya caer en la red otro meritorio, otro infeliz, otra
victima.... El pobre mancebo que sirvi fielmente dos a tres aos se va
a la calle. Necio de l, que, en su candorosa necedad, crey que alguna
vez seran recompensados sus trabajos, si no con dinero, s con
estimacin y cario! Pobre tonto que tuvo la esperanza de encontrar
all brillante y risueo porvenir, trabajo para toda la vida, modesto
bienestar! Se va.... Quiera Dios que salga de all con la reputacin
intacta! El jefe, para evitar hablillas y censuras, se disculpar
fcilmente. Saben ustedes cmo? Dir que el pobre meritorio meta la
mano en el cajn; que vesta bien, que frecuentaba los teatros.... Qu
irona! Los teatros de Villaverde! De dnde sala dinero para todo
esto? Pues ya lo sabe todo el mundo! Del cajn! Hay otro medio ms
expedito. Cul? No hablar del asunto. Preguntan por qu se fu el
meritorio? Pues no hay ms que hacer un gesto intencionado, fingir una
sonrisa despreciativa, discretamente maliciosa, que lo diga todo.
Mentira y calumnia! La madre y las hermanas del pobre meritorio
trabajaban para vestir al muchacho. Cmo haba de ir al establecimiento
hecho un pordiosero! Esta es la verdad: crean, como el muchacho, que el
mancebo estaba en camino de ganar el oro y el moro. Cmo el jefe lo
quiere tanto--diran pronto le sealar sueldo, y buen sueldo! Entonces
ser otra cosa.

--Pero....--repuso Castro Prez.

--Por Dios, Don Quintn!--exclam don Cosme.

--No hay pero que valga!--continu el escribano.--Esa es la verdad!
La pura verdad! Eso pasa todos los das! No se alarmen ustedes, que
falta lo mejor! Sale el pobre muchacho de aquella casa, y sale con el
crdito perdido, y, como es del caso, no halla empleo. Espera
encontrarle ms tarde, pero el dichoso da, no llega nunca, y como ya se
acostumbr a que le mantengan los suyos, y perdi el nimo y toda
esperanza de medro, se echa a vagar, a vivir de ocioso; se envicia, se
corrompe, se resuelve a entrar en cualquier establecimiento donde
trabajar mucho y ganar una miseria, casi nada, y entonces, entonces
s que no responde de su conducta! Ahora vamos al punto segundo Sabe
usted, don Cosme, por qu los jvenes de Villaverde no son un modelo de
buenas costumbres? Pues... por la sencilla razn de que aqu no hay
trato social; porque aqu ni los hombres tratan a las mujeres ni las
mujeres a los hombres. Viven separados los sexos. Nada ms a propsito
para que se corrompan las costumbres que la soledad y la tristeza
villaverdinas, (con perdn de usted); nada ms a propsito que la
separacin cenobtica de los sexos. Por la noche nadie sabe qu hacer de
su persona. Hay aqu bailes, tertulias, teatros? Reciben las familias?
Qu han de recibir! A las ocho de la noche se encierran a piedra y
lodo, y las que no lo hacen.... Pase usted, y ver cmo estn las nias
durmindose en la sala, murindose de fastidio y desesperacin. Separe
usted los sexos, y ya ver usted, ya lo ver! Por lo pronto se llevar
Satans a los del gnero masculino.... Despus.... Omito el cuadro!
Una boda? Cada veinte aos...! Y con razn! Si los chicos y las
chicas ni se conocen ni se tratan. Los muchachos no tienen en qu
pensar, y como no han de ir a jugar tresillo con nosotros, se van por
esos mundos de Dios, o del Diablo, y... ustedes saben lo que sigue!...
Y he dicho y preguntado ms que Ripalda, y aqu paz y despus gloria!
Amn.

Gru el reloj de pesas, y solt el repique de sus campanas disonantes.
Eran las siete de la noche. Tom el sombrero y me dispuse a salir antes
de que acabara la tertulia. Al irme o que Porras deca:

--Vamonos. Ya estamos en tinieblas, y el buen amigo don Juan es tan
avaro que no quiere gastar en una vela; por eso nos tiene a obscuras.
Viva el obscurantismo!




XXIV


Mi entrada en el despacho de Castro Prez fu para mi ta Pepa el colmo
de la dicha, no slo porque all ganara algunos duros su pobre sobrino,
sino porque crea, en su candorosa sencillez, que dados el crdito y la
buena posicin del abogado, ste asegurara mi porvenir. Se mostraba
contentsima la buena seora e iba diciendo por todas partes:

--Ya saben ustedes? No lo saben? Estamos muy contentas! Rodolfita
est colocado en el bufete del seor don Juan. Ahora s que se acabaron
las penas y las dificultades! Ya el sobrino tiene un buen sueldo, y, si
Dios quiere, me quitar de lidiar con la chiquillera!

Pero la enferma vea las cosas de otro modo.

--Estoy contenta; s, porque de algo a nada... algo es algo! T mereces
ms, mucho mas. No es justo que trabajes as, todo el santo da, por tan
poco dinero! Pero, qu quieres! As es todo en Villaverde. Digmoslo
claro: todos quieren que los dems les sirvan de balde. Confrmate,
Rorr, y procura cumplir con tus obligaciones, para que si maana es
necesario que te ocupes en algo que te produzca ms, no tenga Castro que
decir de t lo que yo le he odo decir de otros muchachos.

Desde el da en que entr a servir al jurisconsulto me propuse vivir
aislado, lejos de los chismes villaverdinos que ya comenzaban a
disgustarme, as es que a las horas de descanso me encerraba en casa, a
leer o a conversar con Angelina, y nicamente los domingos por la tarde
me echaba a vagar por los callejones, o me iba a pasar dos o tres horas
en las orillas del Pedregoso o en las verdes laderas del Escobillar, de
donde volva cargado de helechos y flores campesinas.

Angelina se mostraba amable y cariosa conmigo, pero pronto pude
observar que no gustaba de quedarse sola a mi lado, antes, por el
contrario, hua de m como temerosa de un peligro. Sin duda obedeca
prudentes consejos de su confesor el buen P. Sols. Aquel despego de la
hermosa nia avivaba en mi alma, de un modo terrible, la pasin que la
belleza y las cualidades de la joven haban encendido en mi, y que mi
ta Pepa procuraba fomentar.

Cuando por las maanas, al salir de mi cuarto, buscaba yo a la gentil
doncella, y esperaba encontrarla en el comedor, me hallaba yo a Juana,
muy engestada, y mohina.

--Qu hace usted aqu?

--Estoy barriendo! Esto no es de mi obligacin, pero como la nia no
quiere hacer este quehacer, aqu me tiene usted....

Por la noche, en torno de la mesa, mientras mi ta Pepa y Angelina
hacan aquellas hermosas flores que han dejado perdurable fama en
Villaverde, me instalaba yo, triste y contrariado, en un silln, cerca
de ellas, y sin decir palabra me engolfaba en la lectura de un libro
ameno. La enferma estaba ya en el lecho, y la anciana y la joven
trabajaban hasta media noche.

--Qu te pasa?--sola decirme ta Pepa.--Qu tienes que as ests como
pajarillo en muda?

--Nada ta. Este libro que me tiene interesado y lleno de curiosidad.

Angelina conversaba de cosas indiferentes, pero a cada instante clavaba
en m una mirada llena de ternura. Yo habra deseado decirle: Angelina,
mi dulce Angelina, yeme: por qu huyes de m? por qu te muestras
indiferente y desdeosa con quien te ama? Antes no eras as; antes....
Te amo, Angelina, te amo. No puedo ofrecerte una fortuna, no puedo
brindarte riquezas.... Nadie sabe mejor que t que soy pobre y
desgraciado. T has sido desdichada tambin. Pues ammonos, ammonos,
pero no como dos hermanos. Tus ojos, esos hermosos y brillantes ojos,
hmedos por las amargas lgrimas de la orfandad, me dicen que me amas.
En vano pretendes ocultarme que vives para m; es intil que te empees
en esconder as ese secreto de tu corazn. No ves que a cada momento te
traicionan tus miradas? El cielo nos ha reunido bajo el mismo techo,
como para decirnos: Amaos! Amaos! Y te amo, dulce y buena nia; te amo
con la plcida ternura de los primeros aos de la vida. Temes? Por
qu, mi dulce nia? Sabes acaso que hace mucho tiempo me rob el
corazn una chiquilla graciosa y bella? Ah! Piensa que ese amor fu un
delirio... un sueo fugitivo, algo as como esos alczares de nubes,
palacios de plata que forma el viento de la noche en la serena
inmensidad de los cielos, brillantes edificios que duran un instante, y
luego se desvanecen, dejndonos ver un reguero de astros. Mira: ese
amor, alegra venturosa de mis primeros aos juveniles, pas para
siempre. La que despert en mi alma eso sentimiento, es ahora esposa y
madre; es feliz, y su felicidad me tiene contento y satisfecho. Acepta
el amor que te ofrezco, Angelina; noble, sencillo, puro, ese amor
renueva en m la plcida ilusin de los quince aos, tmida flor de
plalos embalsamados que se abre al rayo apacible de tus miradas, regada
con el llanto de tempranos infortunios. Eres desgraciada? Yo tambin lo
soy. Eres hurfana? Tambin soy hurfano. El cario maternal no ungi
nuestra frente con sus besos envidiables. mame. Nada puedo ofrecerte de
cuanto el mundo codicia y aplaude, ni riquezas, ni poder, ni gloria.
Pongo en tus manos mi corazn, mi pobre corazn trmulo de amor.

Al dejar el libro en que lea yo, levant los ojos para mirar a la
doncella. Nunca ms hermosa! Vesta ligero traje de muselina, y estaba
graciosamente envuelta en un rebozo que cruzndose flojo y llena de
pliegues en el pecho de la joven dejaba caer hacia atrs, sobre los
hombros, las flecadas puntas. La luz de la lmpara daba de lleno en el
rostro de la doncella, en aquel rostro plido y melanclico, doblemente
interesante bajo los negros cabellos. Angelina armaba un ramillete de
fantsticas flores de papel de plata, de esas que presentan tan buen
aspecto en los altares, y que son, desde hace algunos aos,
indispensables en toda fiesta religiosa, en toda funcin clsica.
Visitad en Pluviosilla la iglesia de Santa Marta, y veris qu aspecto
tan hermoso presenta el templo con esos adornos, con esa floracin
metlica que parece robada de los jardines de los gnomos. La joven iba
disponiendo los tallos floridos en una varilla larga y flexible. En el
extremo superior un grupo de azucenas rodeado de espigas; abajo de
stas, a cada lado, grandes malvceas de anchos ptalos, y en seguida
estupendas rosas de apretado seno, capullos vigorosos, hojas de lirio
grciles y flexibles.

Cuando Angelina hizo el ltimo nudo y cort el haz de pita floja, y li
el tallo con una tirilla de papel de China, alarg el brazo para
observar a la distancia el efecto del ramillete. Mirle largo rato, y
luego compuso las flores que no le parecan bien colocadas, encorvando
los alambres, o dando con breve toque de sus afilados dedos, gallarda
y expresin a las corolas.

--Vaya!--exclam.--Hemos concluido! El P. Sols quedar contento.

Y volvindose cautelosamente para ver si estbamos solos, agreg:

--No lee usted ya?

--Ha tiempo que cerr el libro.

--Qu haca usted?

--Verla a usted.

--Verme?

--S; admirar tanta belleza....

--Tanta belleza? Parece que el seor don Rodolfo se ha vuelto
galante....

--Ay, Angelina!--exclam ponindome en pie.--Es preciso que esto tenga
trmino!...

La joven comprendi al punto lo que iba yo a decirle, y se puso trmula,
asustada, roja como una amapola. Me acerqu de puntillas, y apoyado en
el respaldar del silln, me inclin, y en voz baja le dije al odo:

--Angelina: la amo a usted! Me muero de amor!...

No me contest; llevse las manos al pecho, y fij la mirada en una
cestilla que tena delante.

--Angelina...--supliqu.

Silencio! Silencio horrible! La emocin la ahogaba. Oa yo los latidos
de su corazn.

--Angelina, una palabra.... Una palabra, por piedad!

--No quiero hablar,--me dijo tristemente,--no quiero hablar; no lee
usted en mis ojos ms de lo que mis labios pudieran decirle? A qu
negar lo que ya sabe usted! A qu ocultar, Rodolfo, que hace mucho
tiempo que le amo! A qu negar lo que mis ojos le han dicho tantas
veces!

Apart los ramilletes que tena delante, y ocult el rostro entre las
manos.

Sonaban en aquel momento las doce en el viejo reloj de la sala, y ta
Pepa, que andaba en las piezas interiores, se present en la habitacin.

--Acabaste ya?

--Ya! Vea usted....

--Maana, hijita. Es preciso madrugar. No dices que quieres ir a las
misas de aguinaldo? Yo tambin, yo tambin quiero ir!

--Ni quien se acordara de eso!

--Rodolfo no ir!--prosigui la anciana.--Bueno es l para levantarse
tan temprano! Si t quisieras, Rorr, iras con nosotras.... Yo no
pierdo nunca esas misas; me gustan mucho, mucho. Me parece que soy
muchacha. El abuelito nos levantaba tempranito. Con l bamos todos,
menos Carmen, porque siempre fu muy floja. Ya se ve! Se acostaba a
las mil y quinientas! Vas con nosotras? Ya no te acordars de cmo son
las misas de aguinaldo.... No son como antes, cundo! pero vers cmo
te gustan. Qu all en Mxico no hay misas as?

Mientras mi ta hablaba, Angelina puso en orden las cosas de las mesas;
cerr cajas y cajitas; las aline en un extremo, recogi los alambrillos
dispersos y tap el cacito del engrudo para que los ratones no hicieran
de las suyas en l. Charlaba la anciana, y yo, ms atento a la joven que
a la conversacin de mi ta, me gozaba en los rubores de la doncella
que, medio envuelta en el rebozo, hua de mis miradas como si hubiera
cometido un delito. Colocaba Angelina sus ramilletes en una gran cesta y
los cubra con un lienzo, cuando mi ta, tocndome en el hombro, exclam
impaciente:

--Pero, muchacho, ests ido, o qu te pasa que no oyes lo que te digo!

--Usted dispense, ta--contest avergonzado, temeroso de que
sorprendiera el secreto que me tena distrado.--Misas de aguinaldo?
Las hay en todos los templos, y con pitos, sonajas y msica de
cuerda... mas no para los colegiales sujetos a rigoroso reglamente,
condenados a perenne clausura, como si fueran monjitas capuchinas. En el
oratorio haba misa, pero muy silenciosa y triste. La oamos soolientos
y desesperados, tiritando de fro. Ahora ir con Angelina y con usted a
todas, a todas, para acordarme de mis buenos tiempos. Se acuerda usted,
ta Pepilla, de cuando me llevaba usted a las misas de aguinaldo que
deca en el Cristo el P. Artega?

--No me hables de eso, hijo mo, ni me recuerdes a ese infeliz que se
hizo hereje, protestante, apstata....

Y desdeando la conversacin cort la hebra de su charla.

--Vamos, Angelina.... A dormir, que es muy tarde! Carmen te est
esperando. La pobrecilla quiere cambiar de postura....

En tanto que Angelina cerraba la puerta de la sala me dirig a mi
recamarita. El viento inundaba la habitacin con los mil aromas del
jardn, y el amor derramaba en mi alma el perfume embriagante de los
aos juveniles.

Apagu la buja, y de codos en la ventana me puse a contemplar el cielo.

Era yo feliz, muy feliz. Mis labios quisieron pronunciar el nombre de
Angelina, y slo dijeron: Matilde!

La dulce nia de mi primer amor ocupaba todava un lugar en mi corazn.




XXV


Aquel recuerdo me llen de tristeza. Vinieron a mi memoria las alegras
de los quince aos, las fugitivas amarguras del primer pesar, la tortura
congojosa del primer desengao.

Msera humanidad en la cual todo pasa y perece! En ella no persisten ni
dichas ni dolores; la ms intensa alegra se disipa como la niebla; el
afecto de hoy se ve traicionado por el afecto de ayer, afecto que
creamos muerto, y que de pronto revive en el alma fuerte y activo. El
dolor, con el cual llegamos a encariarnos, del cual nos abrazamos
perdida toda esperanza de volver a la dicha, deseosos de vivir para l,
slo para l, pasa y se va, huye y no vuelve, nos deja para que brisas
de ventura, de una ventura fugaz y efmera tambin, venga a refrescar
nuestra frente y a reanimar el desmayado corazn.

La noche era magnfica, una de esas noches de Villaverde, tibias y
benignas, sin nubes ni celajes, en que los astros centellean como
diamantes, en que los vientos traen a la ciudad el rumor de los campos
adormecidos, los cantares del perezoso ro y los gratos perfumes del
valle. El agua corra dulcemente por el sumidero del piln, y en la
espesura del jardincillo el huele de noche embalsamaba el espacio con
el penetrante aroma de sus flores tardas. Al pie de los muros y en
torno de la fuente las ltimas maravillas prodigaban, como en las noches
otoales, la esencia suavsima de sus caducas corolas. Orin fulguraba
esplndido; Sirio brillaba apacible como una lgrima de oro; Aldebarn
arda purpreo; la cerlea Capella parpadeaba melanclica, y all por el
Sud, joya sin par de las regiones australes, resplandeca Canopo con
irradiaciones azules, blancas y rojas. En suma, hermossima noche, una
de esas noches ante las cuales se dilata el alma y se ensancha el
corazn; en que el pensamiento vuela de estrella en estrella, y en que,
olvidados de las miserias de la triste vida terrena, quisiramos volar y
subir hasta ms all de los ltimos astros, para perdernos y abismarnos
en las soledades misteriosas del ter.

Me puse de codos en el alfizar, y all pas la noche, solo con mi dicha
y mis recuerdos. El constelado firmamento haca gala de sus plidos
fuegos, la tierra dorma silenciosa, y de cuando en cuando se oa a lo
lejos el ladrido de un perro o el canto de un gallo.

Record cosas y sucesos pasados; evoqu memorias dolorosas de la niez,
pesares y amarguras infantiles; los tristes das de colegio, las
melancolas del primer amor. Uno a uno desfilaron delante de m
parientes cariosos, fieles servidores, amigos nunca olvidados. Al
repasar las pginas del librillo de mi vida me pareci que iba yo
recorriendo largusima y desolada calle, entre dos hileras de tumbas que
aqu y all blanqueaban a la sombra de los sauces y de los cipreses.

La felicidad y bienestar de mi familia en tiempos mejores vino a
sonreirme, a lastimar con sus alegres memorias mi dolorido corazn.
Antes abundancia, respetos, halagos, lisonjas. Ahora, pobreza,
desconfianza, menosprecio, olvido.... Dnde estaban los amigos de mis
padres? No quedaban ms que dos: el bondadoso mdico y el desgraciado
dmine....

Me d a pensar en los das felices de mi primer amor. Entonces surgi
ante mis ojos blanca figura de mujer. Esbelta, plida, vaporosa, ideal,
aquella imagen querida vena a recordarme olvidados juramentos, promesas
no cumplidas. Triste, doliente, llorosa, pareca decirme:--Me ofreciste
tu alma y tu vida; me ofreciste tu corazn, y se los diste a otra....
Ingrato!

Y aquella voz tena el timbre de la voz de Angelina. La visin
desapareci arrebatada por una rfaga del viento matinal que pas
estremeciendo las copas de los naranjos y columpiando los floripondios.

Locuras de muchacho! Delirios de ardorosa fantasa! Presentimientos
de una alma tmida, de un corazn inconstante!

Sent anhelo infinito de que aquel amor que llenaba mi alma fuese el
ltimo de mi vida; deseo firmsimo de vivir slo para Angelina, slo
para ella; deseo vehemente de ser bueno para merecer el amor de la
modesta nia; para gozar, como de cosa propia, de la hermosura de aquel
cielo tachonado de luceros, de las mil y mil bellezas que la noche tena
cubiertas con sus velos, y que dentro de breves horas, al clarear el
alba, apareceran en toda su magnificencia; que slo a condicin de ser
bueno me sera dable gozar del supremo espectculo de la naturaleza, de
modo que se me revelaran todos sus encantos, y no fueran arcanos para m
la dulce melancola de una tarde de otoo, ni la risuea alegra de una
alborada de Mayo, ni la serenidad abrasadora de un da canicular, ni la
terrfica majestad de la tormenta, cuando, desatada en las alturas,
incendia con crdenos fulgores las cumbres de la sierra.

Crea yo entonces--pobre muchacho soador!--que un orto de fuego sera
opaco y brumoso para el malvado; que los lirios del ro no tendran
aromas para el perverso; que las selvas acallaran sus msicas y
enmudeceran medrosas cuando pasaran bajo sus arcadas, bajo sus bvedas
de follaje, corazones manchados. Crea yo que el verdadero amor era
premio y palma de la bondad, y que para amar y ser amados, con amor tan
alto como yo le senta y alcanzaba a comprenderle, elevacin sublime,
anhelo incesante de perfeccin, aspiracin interminable a lo absoluto,
era preciso que el alma se asemejase, por lo inmaculada y pura, a la
flor que coronada de roco abre su intacta corola al soplo carioso de
los cfiros.

Pas la noche en la ventana. Orin descenda hacia el ocaso, y el Carro
iba ocultando sus estrellas en las profundidades de luctuosa nube que
suba lenta y creciente en los hmedos valles de Pluviosilla.

Permanec largo rato con el rostro entre las manos. El sueo entornaba
mis prpados, e iba yo a recogerme, cuando grave y majestuosa son la
campana mayor del templo parroquial. Taido, misterioso y solemne que
anuncia la llegada del da; que repetido de montaa en montaa dice a
los moradores de la serrana que Villaverde ha despertado.

A los ecos del sagrado bronce contestan el ro, la selva, los huertos y
las aves. Las corrientes del Pedregoso cambian de ritmo; hay en las
espesuras preludios corales, amorosos aleteos, y principia por todas
partes el movimiento y la vida.

Dirase que los vientos se apresuran a derramar por los valles el aroma
de las flores que se abrieron durante la noche.

Los toques de la campana eran pesados y lentos.... Cesaron, y, un
instante despus, estall en todas las torres un repique bullicioso y
plcido, retozn e infantil, como si convocara turbas escolares, como si
los taedores fuesen angelillos traviesos escapados del cielo.

Las misas de aguinaldo!




XXVI


O ruido en la habitacin contigua. Ta Pepilla se haba levantado, y no
tard en llamarme. Daba golpes en la puerta, y al contestarle yo deca:

--Vamos perezoso! Ya est amaneciendo.... Arriba! Ya es hora!... Si
has de ir con nosotras, levntate! No has odo el repique?

Y la buena seora rea y bromeaba como una chiquilla.

Aun no cesaba la msica de las mil campanas villaverdinas. Las de la
Parroquia, graves, solemnes, como un arcediano cuando entona el prefacio
en la misa de Corpus; las de San Francisco seriotas, sonando en ritmo
circular, rotundo el toque, como en los domingos de cuerda; las de San
Juan desafinadas y chillonas; el campanario de la iglesita de San
Antonio armaba una algazara sin igual, como en una orquesta platillos y
chinesco; en la espadaa del convento de Santa Teresa se volvan locas
las campanillas, y el esquiln rajado del Cristo resonaba presumido y
vanidoso, a semejanza de un tenor cascado que no quiere retirarse del
teatro.

El conjunto era singularmente bello. Aquel repicar vario y caprichoso,
sin unidad ni medida, tan distinto del otro con que se anuncian los das
solemnes y las fiestas clsicas, tena algo de la maravillosa msica
moderna en que parece que los instrumentos van libres, de su cuenta,
campando por sus respetos, desdeando comps y disciplina, huyendo los
unos de los otros, pero que de pronto se unen y concuerdan en rara e
incomparable harmona que primero sorprende, luego subyuga, y, por
ltimo, nos hace ver bosques silenciosos, regiones celestes sin nubes ni
celajes, cerleos adormecidos mares.

La msica de los campanarios caa sobre la ciudad en frescas oleadas y
se difunda por el valle, a manera de ro desbordado que quisiera
escaparse por los barrancos. All se detena un instante, y luego como
que se levantaba ansiosa de volver a las alturas, para remontarse a los
cielos en pos de los astros que iban palideciendo y borrndose en la
tnue claridad del crepsculo.

Qu bien se harmonizaba aquel vibrante vocero con el despertar de
valles y montaas, con los preludios del pueblo alado, con el susurro de
las arboledas, con el canto idlico del Pedregoso, con el centellear de
los luceros, y con el mugir de las vacadas en el cercano ejido!

No s por qu tem que la ta Pepilla supiera que no haba yo probado el
sueo. Deshice el intacto lecho, revolviendo sbanas y colchas; tom el
sombrero y el gabn, y sal al corredor. La anciana y Angelina me
aguardaban all. Ta Pepa muy rebozada con el paoln; la doncella,
cado sobre los hombros el abrigo, dejaba ver su hermosa frente.

--Buenos das!--me dijo tmida y medrosa.

Seguro estoy de que se puso roja como una amapola al estrechar mi mano.

--Vamos, muchacho... vamos! Qu aguardas? Y t Angelina: despertaste
a seora Juana para que se quede con Carmen?

--S, seora.

--Pues vmonos, Rorr, que de aqu a San Antonio ya tenemos que andar.
Est lejos, pero all iremos,--repeta--que all hay pisos, y sonajas,
y panderos, y msica de cuerda que toca sones y piezas alegres, y la
misa no es larga.... Cmo que la dice el P. Sols!

Tomamos calle arriba, por una acera angosta y desigual. Haba que subir
penossima cuesta. La capilla de San Antonio est en el Barrio Alto.
Desde all se goza de un hermoso panorama.

Los farolillos ardan con mortecina luz. Los serenos apagaban sus
linternas, y grupos de mujeres y nios iban apresurados hacia el templo.
Las madres regaaban a los chicos porque sonaban sus pitos y sus
panderetas, como temerosas de que a la hora precisa unos y otras se les
quedaran mudos.

Ofrec mi brazo a la anciana.

--No,--me contest--voy mejor sola! Dselo a la seorita....

Angelina no le rehus, pero comprend que le aceptaba por compromiso. De
pronto se detuvo ta Pepa y, sonriendo, nos dijo:

--Bonita figura! La vieja siguiendo a los galanes!

Angelina quiso desenlazar su brazo; pero yo no lo permit.

Encontramos nuevos grupos que iban a toda prisa, sin duda para ganar
puesto en la capilla. En una esquina topamos con unos nacateros que se
dirigan al mercado, muy cargados con grandes piezas de carne
sanguinolenta. Al llegar a la plazuela pas delante de nosotros un
lechero, jinete en un caballejo, a cada lado un cntaro. Nos salud
respetuosamente. Era joven; bien claro nos lo dijo su fresca y limpia
voz:

--Es Mauricio....--dijo Angelina.

--Es el lechero de Santa Clara.... De la hacienda del seor
Fernndez....--agreg la anciana, dirigindose a m.

Cuando subimos la escalinata vimos que las gentes se agolpaban en la
puerta. Aun no abran los sacristanes, y todos pugnaban por colocarse en
buen sitio para entrar los primeros.

La capilla de San Antonio, el santuario, como la llaman los viejos
villaverdinos, es una iglesita de estilo churrigueresco, muy bien
dispuesta y situada en lo ms alto de una loma desde la cual se domina
toda la ciudad.

El cementerio est acotado con una verja que tiene sendas puertas en los
tres lados. Cuatro aosos cipreses dan al sitio un aspecto fnebre,
verdadero aspecto de cementerio.

Ta Pepilla no quiso llegar hasta el punto donde los devotos bregaban
para abrirse paso, y tom asiento en el ltimo peldao de la escalinata.

Rean los mozos, charlaban las doncellas, regaaban las viejas, y la
chiquillera iba de un lado para otro, con incesante ruido de cascabeles
y de pitos de agua que remedaban a maravilla los gorjeos de un coro de
alondras.

Angelina y yo nos acercamos a la verja, vueltos hacia la ciudad. Ya no
repicaban en las torres. En cada una de ellas una campanita atiplada,
urgente y chillona, llamaba a los fieles.

Aun no despuntaba el da. Los faroles de Villaverde brillaban en las
calles obscuras y por encima de los tejados como un enjambre de cocuyos.
El cielo menguaba en luces, y una apacible claridad glauca, pura como la
atmsfera y plcida como el fresco vientecillo que meca los cipreses,
iba inundando el firmamento. Orin se hunda entre los picos de la
cordillera, y la Osa Mayor descenda hacia los valles de Pluviosilla. En
la regin opuesta vagos albores anunciaban la aurora. La vega toda
reviva; el Pedregoso corra grrulo y cantante, como si sus ondas
repitieran quedito la extraa harmona de los repiques.

El cielo lmpido de aquella noche casi invernal perda poco a poco su
inmensa serenidad. Del vago albor que clareaba en las cimas orientales,
de las suaves tintas glaucas que todo lo invadan, brotaron lentamente,
primero indecisos e indefinibles, luego distintos y bien perfilados,
celajes y nubecillas de color de violeta, a travs de las cuales vimos
que desaparecan las estrellas entre rfagas de fuego. Las campanitas
seguan llamando a misa, el ro segua cantando, y susurraban las
arboledas, y vena de las selvas y de las caadas algo como rumor de
lejanas orquestas misteriosas que ejecutaban, all en la sierra, en lo
ms recndito de la cordillera, inaudita sinfona.

Abrise, por fin, la puerta de la capilla, y la multitud se precipit en
el sagrado recinto.

De codos en la verja contemplbamos nosotros el espectculo arrobador de
aquel esplndido crepsculo, el panorama de Villaverde alumbrado por los
rojos fulgores del naciente da que incendiaba con reflejos de hornaza
los celajes que bogaban en el horizonte.

--Angelina:--exclam, estrechando la mano de la doncella--me amars
siempre, siempre, como yo te amo?

--Siempre!--contest estremecida.--Como hoy, como maana, hasta despus
de muerta!

A la incierta luz de la aurora, que baaba en celestes claridades el
rostro de Angelina, vi que lloraba, que dos lgrimas rodaban por sus
mejillas.

--Nia!--grit mi ta desde los umbrales del templo.--Qu haces? Ya
empez la misa!

La joven corri hacia la iglesia. Las torres soltaron el ltimo repique;
el rgano desat sus raudales de msticas harmonas, y a sus acordes
solemnes se uni festivo coro de infantiles voces, de gorjeadores pitos,
de ruidosas y tintinantes panderetas. La misa principiaba.... El P.
Sols entonaba con su vocecilla devota y simptica:

Gloria in excelsis Deo!




XXVII


De mi casa al despacho de Castro Prez. Terminado el trabajo, a eso de
las cinco, nada de tertulia en la botica, nada de oir tocar a la
seorita Fernndez. A mi casita, a mi pobre casita, que me pareca un
alczar. Si acaso, y eso de cuando en cuando, a visitar al dmine o a
charlar con Andrs. Los domingos, de vuelta de misa, a conversar con las
tas y con Angelina, a leer, a escribir....

Por la tarde al patio. La doncella y yo regbamos las plantas, y luego
nos instalbamos al pie del naranjo. Cortbamos violetas y rosas, y nos
entretenamos en hacer ramilletes, empeado cada uno en que el suyo
fuese el mejor. Angelina sola tejer unas guirnaldas en que mezclaba los
helechos de un modo maravilloso. Gran variedad hay de ellos en
Villaverde, y en nuestro jardincillo crecan de los ms lindos. Cerca de
la fuente, en las piedras, y en los troncos viejos, se daban algunos que
parecan plumas, cintas de seda, tiras de raso.

Concluda la obra, corramos a oir el fallo de las seoras. Para la
enferma eran mejores los mos; para ta Pepa los de Angelina eran los
ms bonitos. El premio de aquellos certmenes florales consista en un
abrazo carioso de la infeliz anciana, la cual apenas poda alargar la
mano para acariciar al vencedor. Pero siempre haba para la joven una
frase tierna, un halago de aquellos labios trmulos, a las veces
contrados por una sonrisa de dolor.

Los ramilletes servan despus para decorar el altarcito de la Virgen,
ante la cual arda a todas horas una mariposilla. Colocada la ofrenda
volvamos al patio. Entonces Angelina haca otro ramillete, un
ramilletn muy cuco, para que alegrara mi recmara, puesto en una copa
de cristal en que nunca faltaban, diamelas, capullos carminados o
heliotropos fragantes.

Mientras la joven dispona las flores, fiados en que las tas no podan
escucharnos y en que seora Juana haba salido, hablbamos de nuestro
amor. Las misas de aguinaldo nos dieron ocasin de conversar muy a
gusto. Salamos: ta Pepa nos dejaba atrs, yo daba el brazo a la
doncella, y desde la casa hasta la iglesia charlbamos que era una
gloria.

Ms de una vez supliqu a mi ta que me contara la historia de Angelina;
le ped con insistencia que me refiriera cmo haba quedado bajo la
proteccin del P. Herrera, un anciano que a la sazn apacentaba en un
pueblecillo de la sierra numerosa grey de labradores; pero la seora
callaba, sin que ni ruegos ni splicas le hicieran abrir los labios.

--Pero, ta:--decale yo--recuerde usted que a mi llegada, hablando de
Angelina, me dijo usted: yo te dir....

--Para qu!--contestaba.--Es una historia muy triste....

No me causaba extraeza la singular discrecin de mis tas. As fueron
siempre todos los de la familia.

De ciertas cosas no se hablaba en mi casa. Esta reserva les fu
perjudicial en ciertas ocasiones. Hasta que cumpl los veinticinco aos
no supe que mi to Alberto, un bravo militar que muri en Yucatn
vctima del vmito, no era hermano de mi madre.

Mis abuelos le recogieron no s dnde; le dieron crianza, nombre y
carrera, y todos le crean hermano de mis tas. Nadie me cont esa
historia. Spela casualmente. Registrando un estante arrumbado me
encontr varios documentos, cartas del abuelito y una copia de su
testamento. En ellos le la historia de mi to, y pude estimar el alma
nobilsima del testador, generosa y desinteresada como pocas. Y vaya si
el anciano militar era bueno! Y vaya si era inteligente! Qu cartas
tan bien escritas! Tan claros los conceptos como aquella su letra
espaola serena y gallarda.

A decir lo cierto, deseaba yo saber la historia da Angelina, pero no me
atrev nunca a hablarle de esto. Ella se adelant a mis deseos, y una
tarde, sentada al pie del naranjo, mientras dispona sobre sus rodillas
un haz de violetas, separando las que estaban marchitas y comidas de
gusanos, cercenndoles el tallo y hacinndolas en grupos, me dijo:

--Mira, mi Rorr: quireme mucho, mucho, como te quiere tu Angelina. Te
amo con el amor ms grande que puede abrigarse en corazn de mujer; como
saben amar los pobres y los desgraciados. Nunca te han contado las
desdichas de mi vida? Nunca? Pues si no las sabes, si tus tas no han
querido referirte mi historia, yela de mis labios. Acaso deb
contrtela antes de dar odos a tu amor, antes de confesarte mi cario.
Muchas veces he querido hablarte de eso; pero o no he tenido valor para
hacerlo, o t, con tus palabras amorosas, has distrado mi pensamiento.
Bueno es que lo sepas todo. As no podrs decir nunca que te enga. Yo
s muy bien cunto vales; que, por mil motivos, eres digno de una mujer
que te honre, sin que la historia de su familia, o el origen de la que
llegue a ser tu esposa sea obstculo a tu felicidad; yo bien s, Rorr,
que tu ta, doa Carmelita, desea para t una mujer de brillante cuna,
elegante, hermosa... rica. Nada de esto tengo yo. No s si soy buena o
si soy mala. Me basta saber que te quiero, y que te quiero tanto, que
por t, bien mo, ser capaz del mayor sacrificio. Si te conformas con
eso, hoy, maana, cuando quieras, cuando cambie tu suerte, o en
cualquier tiempo, que yo a todo me avengo y no busco riquezas ni lujos,
y slo vivo para amarte, dame tu nombre, ser tu esposa, y viviremos
felices. No es cierto, mi Rorr, que basta muy poco para que dos que se
aman como nosotros sean dichosos? Oyeme: no te apenes si ves que lloro,
y djame, djame que te cuente todas las tristezas de mi vida!

Quise ahorrarle aquella pena, y le ped que hablramos de otra cosa; le
rogu que no me atormentara, con aquella narracin dolorosa. A qu
saber la historia de Angelina! No me bastaba saber que viva para m?

--No! Me oirs! Me oirs, Rorr! S muy bien que voy a darte una
pena... pero, yeme...--Y fingiendo disgusto y como amenazndome, tom una
violeta de largusimo tallo, y con ella me azot el rostro
cariosamente, agregando:--Me oir usted, seor mo, o.... No vuelvo a
mirarte as, como a t te gusta! As....

Y clav en mis ojos una mirada apasionada y profunda.

--Te oir, alma ma,--repuse--si as lo quieres....

La doncella suspir, quedse pensativa largo rato, baj los ojos abatida
y triste, y sin mirarme dijo con inmensa ternura:

--As te quiero!

Y sigui sin decir palabra, separando flores y cortando tallos. Le
arrebat las tijeras y el ovillo.

--Habla, Angelina....

--Quiera Dios,--replic--que mi historia no sea para t causa de pena!

En seguida agreg, variando de tono.

--Dame las tijeras y el ovillo.... Mira que si no me los das no tendrs
flores en tu mesa... flores puestas por m!

Le d lo que peda. Al drselo observ que tena los ojos arrasados en
lgrimas. Qued silenciosa largo rato, hasta que al fin logr dominar su
emocin, y riendo, o fingiendo que rea, como un nio que va a contar un
cuento, principi:

--Est usted para bien saber y yo para mal contar...




XXVIII


--Est usted para, bien saber, y... yo para mal contar... que era yo
chirriquitina... as... como ese rosal. Tengo buena memoria, de todo
me acuerdo, pero me parece que veo las cosas de ese tiempo como entre
sombras, como en el fondo de una calle obscura.... Hace ya tantos aos!
Recuerdo que vivamos en una ciudad muy grande, no s si en Puebla o en
Mxico. Acaso en Mxico, porque los edificios eran hermosos y altos, y
vea yo desde el balcn muchos coches que iban y venan.

Estbamos, sin duda en la miseria; algunas veces peda yo pan y no haba
pan para m. Mi madre, Dios la tenga en el cielo, me abrazaba y se
echaba a llorar: Linilla,--me deca--Dios nos dar pan; vamos a
pedrselo. Y me pona de rodillas, y me haca rezar, con las manos
juntas sobre el pecho, como un angelito de esos que vimos el otro da en
la capilla de San Antonio.

Mi padre era militar, andaba siempre en la guerra, o en conspiraciones,
y por eso sus enemigos, los del partido contrario, le perseguan de
muerte.

No lo v ms que una sola vez. Haban triunfado los suyos y vino a
vernos. Trajo mucho dinero, y nos compr ropa y muebles, y a m dulces y
juguetes, y un rorro muy lindo, de cabellos rubios y ojos azules, que
deca pap y mam. No he olvidado a mi padre: era un caballero alto,
de ojos muy hermosos, con unos bigotes muy retorcidos. Me abrazaba
cariosamente, me besaba, y alzndome exclamaba:--Lina! Linilla!
Quin es mi encanto? Quin es mi presea? A quin quiero yo mucho,
mucho... mu... cho!

Pero un da se fu a la guerra.... Siempre la guerra y las
revoluciones! Se fu muy de maana, e iban con l oficiales y soldados.
Salimos a decirle adis. Me tom en brazos, me bes los ojos, abraz a
mi madre, luego mont a caballo, y nos dijo: Hasta la vista!... y
parti. No volvimos a verle. Tres aos dur esa guerra. El estaba en no
s qu Estado lejano, y nosotras nos quedamos esperando su vuelta.

Un da recibi mi madre una carta. Mi padre nos llamaba. Fu preciso
obedecerle, y despus de vender cuanto tenamos, muebles, ropa, todo lo
que haba en la casa, emprendimos el viaje, solitas, en un carruaje que
daba muchos tumbos y que haca mucho ruido al rodar en los empedrados.
Caminbamos de da y de noche, y slo nos detenamos en las posadas para
dormir y descansar unas cuantas horas. Antes de amanecer, otra vez al
carruaje, otra vez a los caminos desiertos, temerosas de los ladrones.
Solamos pasar por algunos pueblos. El coche se detena, bajbamos para
ir a la fonda, comamos, y vuelta a caminar. Un da mi mam se quej
diciendo que le dola la cabeza. Tena fiebre, y fu preciso quedarnos
en un pueblo, en un mesn. Dorma yo con ella, y recuerdo que arda en
calentura, que su cuerpo quemaba como una brasa. Despertaba yo a media
noche, y deca yo: Mam! Mam! Y no contestaba, permaneca como
muerta. Una vez, viendo que no me responda, me ech a llorar....
Entonces mi mam volvi en s, y me arrop diciendo cosas que yo no
entend, cosas muy raras. Pap me ha contado que mi madre tena tifo. La
mesonera llam al seor cura, y cuando ste lleg la enferma haba
perdido el conocimiento. Vino el mdico del pueblo y declar que ya era
tarde, que la agona estaba prxima!

--No vivir una hora...--dijo.--Padre, pngale los leos!

--Esta criatura no debe estar aqu...--respondi el sacerdote,
ponindose la estola--que la lleven a mi casa!

Yo no quera separarme de all. Resist, llor, solloc... pero en
vano! Era yo una chiquitina de siete aos, y, sin embargo, comprend lo
que pasaba: que no volvera a ver a mi madre. Lloraba yo y mis lgrimas
eran lgrimas de inmenso dolor. Mi madre se mora; no haba de verme
ms. Me llevaron a la casa cural. All nada me diverta ni me consolaba;
pas el da sin comer, huraa, renuente a las atenciones del padre y a
los obsequios de una anciana, ama de gobierno de aquella modesta casa.
Me acurruqu en el sof, y all me rindi el sueo, y de all me
llevaron a la cama. A media noche despert, llorando, llamando a mi
mam. La anciana vino a verme, me arrop y se estuvo acaricindome hasta
que me qued dormida. A la maana, apenas abr los ojos, pregunt por mi
madre. Me dijeron que estaba en el cielo. La anciana me lav, me visti,
y me di el desayuno. Para distraerme me llevaron a la sala, y me dieron
juguetes, muecos de nacimiento, pastores y pastoras, cabras, ovejas,
una casita de cartn, un molino, con su rueda que daba vueltas movida
por un chorro de arena.

Cuando el sacerdote volvi de la iglesia me sent a su lado y me hizo
muchas preguntas: Cmo te llamas? Cmo se llama tu mam? Tienes
pap? No s lo que respond.... El seor cura dice que de mis
respuestas sac lo bastante para saber quines ramos, quin era mi
padre. Encontr en el bal cartas y papeles, documentos que le dieron
noticias acerca de la residencia de mi padre. Le escribi
inmediatamente, dndole la fatal noticia; pero la carta no lleg a sus
manos. Volvi a escribir y no recibi contestacin. El autor de mis das
haba muerto tambin. Pereci en una escaramuza. Su cadver fu
arrastrado y paseado como trofeo de gloria, al son de msicas
victoriosas, por una soldadesca ebria que celebraba un triunfo
inesperado. El seor cura se dirigi entonces a unos parientes mos, los
cuales se negaron a recogerme... No queremos nios;--le
contestaron--no queremos hurfanos; son ingratos, tarde o temprano dan
el pago.

Me han contado que cuando el santo anciano recibi la carta de mis
parientes, exclam: Corazones de piedra! Dios los perdone? El trajo
esta nia a mi casa? Pues ma es. Luego me llam, y tomando entre sus
manos mi cabeza, me dijo dulcemente: Mueca: desde ahora yo soy tu
padre; yo soy tu pap! Pap le llamo desde entonces; desde entonces me
llama mueca. Algunas veces me dice Linilla, como mis padres me
decan.

Angelina haba terminado el ramillete, un ramillete de violetas, y me le
acerc para que aspirara yo el suave aroma de las flores.

--Linilla? Linilla te decan? Pues Linilla he de llamarte yo! Siga el
cuento....

--Cuento? Historia de dolor!

--Prosigue.

--As, de ese modo, fui a la casa del padre; padre ha sido para m, y
muy tierno y carioso. Lo dems ya lo sabes; te lo habrn dicho tus
tas....

--Y esa es la triste historia de tu vida? A qu decirme, Linilla
ma,--repuse--todo esto que me apena y aflige? A qu poner en duda mi
cario, que en duda le has puesto cuando me desgarrabas el corazn,
diciendo que no eras digna de m? Indigna de mi amor, Linilla ma? Por
qu? Porque has sido desgraciada, porque eres hurfana? Al contrario,
nia ma: qu mayores motivos para ser amada?

Angelina se qued cabizbaja, como atormentada por un triste
presentimiento, como temerosa de decir algo que la avergonzaba.

--Habla!... Contstame!...

La hurfana callaba, baja la frente, mientras abra con la punta de los
dedos el apretado seno de una rosa plida.

--Linilla... no seas cruel!

Suspir penosamente, sacudi la cabeza para echar hacia atrs una trenza
que le caa sobre el hombro, y murmur bajito, bajito, tal vez deseosa
de no ser oda:

--Aun no he dicho todo... y debo decirlo. Oyeme, por piedad! No quiero
decirlo... pero el corazn me grita: Habla! Habla!

--Pues, dmelo!

--S, Rodolfo: no soy digna de t. T mismo lo has dicho muchas veces,
delante de tus tas, delante de m.

--Yo, Angelina?

--S.

--Yo?

--S, y... cmo me has hecho llorar!

--Yo, Angelina?

--Muchas veces. Para qu viniste! Para qu te conoc! Rodolfo: porqu
me amas? Porqu te amo yo? Qu de lgrimas me cuesta tu cario! Mira:
si no merezco que me ames, olvdame, olvdame; me ir de aqu,
llorando, s, llorando... pero me ir, a la Sierra, a cualquiera
parte.... T puedes ser feliz. Apenas empiezas a vivir.... El corazn
humano es mudable; llegar da en que me olvides.... Amars a otra, y
sers amado, y sers dichoso!

--Angelina:--repliqu suplicante--a qu viene todo eso?

Oyeme: este pobre corazn mo, no haba amado nunca: llegu a esta casa
y me hablaron de t; me dijeron que eras hurfano, hurfano como yo, y
me fuiste simptico; y me dijeron que eras bueno, muy bueno, y me
interes por t; le tus cartas, vi tu retrato, y hall que eras como yo
te haba soado; viniste, y me estremec al oir tu voz; me hablaste...
te acuerdas?... y se ahog la voz en mi garganta, y palpit mi corazn
trmulo de amor. Despus... a qu decirlo!... Me dijiste: te amo, y
quise callar, y no pude; y cuando intente matar tu cario con una
palabra desdeosa, se abrieron mis labios, y dijeron: yo tambin te
amo!

--S, te amo, Angelina!...

--Oyeme. Me has lastimado el corazn; has entristecido mi alma.... Pero
te perdono, te perdono, porque lo has hecho sin saber lo que hacas....
Estoy segura de ello.

--Cundo y cmo?

--Dijiste una vez... y lo has repetido muchas veces... jams me
casar con quien no sea digna de m; y no es digna de ser esposa de un
hombre honrado aqulla cuyos padres... Lo dir de una vez.... La unin
de los mos no tuvo la bendicin del Cielo.

--Perdn!...--murmur.

La hurfana call, y de sus ojos hmedos se desprendieron dos lgrimas
que cayeron en las violetas como dos gotas de roco.

--Perdn!--repet, estrechando a la joven entre mis brazos, y atrayendo
su gallarda cabeza.--Perdname, Linilla!

Y sobrecogida de espanto me apart dulcemente.

--Cmo no perdonarte! Si te amo con toda el alma.... Ya sabes quien
soy.... En mi vida no hay nada que me avergence... pero en los
mos.... Ya lo sabes todo!... Te hice sufrir, verdad? S, porque ests
llorando.... Perdname!... Era preciso.. Ms tarde habras dicho que
yo te haba engaado.

Tom las manos de la joven y las llev a mis labios. Ella, sonriendo,
las retir, dicindome graciosamente:

--Y el cuento que entr por un caminito de plata sali por un caminito
de oro.




XXIX


La revelacin de Angelina me dej triste, abatido, avergonzado. Entonces
me d cuenta de ciertas melancolas de la nia, cuando yo hablaba de
bodas y noviazgos. Me propuse calmar el nimo de la doncella, quitarle,
en cuanto fuera posible, la mala impresin que mi ligereza y mis
imprudentes palabras le haban causado, y lo consegu. Le hice ver que
mi poca reflexin no deba ser motivo de disgusto, y puse todo mi empeo
en que comprendiera que cuanto yo haba dicho no era ms que la
repeticin de opiniones ledas en no s qu libro, odas a no s qu
personas. Nunca pens que hera a Angelina en lo ms vivo; jams pude
imaginar que la pobre nia supiese la historia de su infeliz madre. Yo
tambin la ignoraba, por culpa de mi ta, quien siempre se rehus a
contarme cmo y de qu manera fu Angelina a la casa del P. Herrera, del
carioso anciano, del santo sacerdote que vea, y con razn, en su hija
adoptiva, un ngel bajado del cielo para alegrar las tristes horas de su
vida rural. Y no me cost poco trabajo conseguir que mi amada olvidara
mis dichos inoportunos y crueles. Fallos, juicios y opiniones omos en
el mundo que nos parecen atinados y justos, y los acogemos ligeramente,
los repetimos, los hacemos nuestros, y suele suceder que ms tarde
caemos en la cuenta de que hemos repetido una tontera.

Linilla--as la llam en lo de adelante--no volvi a tocar el punto, y
siempre se mostr conmigo afable y satisfecha. No sala yo a la calle
ms que a las horas de trabajo, y al volver del despacho me pasaba las
horas al lado de la hurfana, cada da ms enamorado de ella. Una o dos
veces, en toda la temporada, fui a las rifas de Navidad, que
congregaban todas las noches en la Plaza a los pacficos habitantes de
Villaverde. Ni juegos ni msicas me eran gratos; no paraba yo atencin
en la hermosura de mis paisanas, ni en la elegancia y gallarda de
Gabriela.

--No vas a las rifas?--decan mis tas.

--No me divierto; prefiero quedarme en casa, leyendo o conversando con
ustedes.

--No pareces muchacho, Rorr!...--replicaba la enferma.

--Todos los jvenes de tu edad se perecen por ir all;--deca ta
Pepa--slo t, como un viejo chocho, te ests entre las cuatro paredes.

All estaba yo bien, cerca de Angelina. No me cansaba de mirarla: cada
palabra suya era para m un poema. Era yo muy dichoso. Qu mayor
ventura que no separarme de su lado!

Uno de los boticarios puso a mi disposicin todos sus libros, doscientos
o trescientos volmenes de versos y novelas. Entonces le mucho, en voz
alta, mientras trabajaban Angelina y mi ta; entonces hice muchos
versos, muchos, diariamente. Angelina era en ellos celebrada con un
calor y un entusiasmo tales que la buena nia se sonrojaba al orlos.

--No digas esas cosas, Rorr,--sola decirme,--porque no las creo. Si
me pintas hermosa y gallarda como una virgen de Murillo! Dime en prosa,
aqu, hablndome, que me amas mucho, mucho, y me tendrs contenta,
satisfecha y feliz.

Angelina no era hermosa como una virgen de Murillo, pero s lo era como
alguna de Rafael, como la Madona de la silla. No puedo ver el famoso
cuadro sin recordar a la doncella. Idntico el valo del rostro, y la
sonrisa, y la mirada, y los labios dulcemente expresivos.

A las veces, despus de pasar en mi cuarto largas horas, sala yo con el
papel en la mano, aprovechando el momento en que Angelina se quedaba
sola.

--Versos? Versos para m, no es eso?

Y me los arrebataba; los lea en voz baja, sonriente y ruborosa,
mientras yo, colocado a su espalda, la iba siguiendo en la lectura.

--Bonitos!--exclamaba.--Pero todas estas cosas me gustan ms cuando me
las dices sin pensarlas. No s por qu, pero los versos me parecen
siempre graciosas mentiras!

Doblaba la hoja, se la guardaba, y me sealaba un asiento:

--Aqu, cerca de m. Dime, Rorr: me quieres as, tanto como dices,
como yo te quiero a t?

Comenzaba la conversacin, y segua, y pasaba el tiempo, y no sentamos
correr las horas, felices, dichosos, con la dicha de los que aman y son
amados.

Nos dio por la jardinera. Preparamos los cuadros y sembramos rosales,
claveles, lirios, azucenas, que nos prometan para la prxima primavera
abundantes flores. Plantamos en torno de la fuente la flor preferida, la
encantadora florecilla azul, la dulce myosotis, tan querida de los
enamorados.

Qu cuidado con nuestras plantas! Qu deseo de que florecieran pronto!
Dividimos los arriates en dos partes. Linilla sembraba una, yo la otra.

--Dnde brotar la primera flor? En mis cuadros o en los tuyos?

--En los mos, porque yo te quiero ms que t a m!

--No; en los tuyos no ser porque no me quieres como yo te quiero....

--Ya lo vers.

--Ya lo veremos.

El amor y la dicha de ser amada embellecan a la joven. Nunca ms
hermosa. Su plido rostro tom suaves tintas de rosa; sus labios, antes
descoloridos, se encendieron, y sus negros y brillantes ojos fulguraban,
hmedos y alegres. Ella, siempre tan modesta y enemiga de galas, se
torn presumidilla. Peinaba graciosamente sus cabellos, y sola
adornarse con alguna flor; de ordinario con entreabierto capullo de
rosa, purpreo o blanco, que haca parecer ms intensa la negrura de
aquel pelo sedoso, negro como las alas del cuervo. Todas las noches, al
despedirnos, le deca yo:

--Linilla: esa flor....

Angelina desprenda de sus cabellos la deseada flor, y me la ofreca por
alto, como se ofrece a un nio el incitante fruto acabado de cortar.

Yo me finga enfadado:

--As, seorita?

--As, caballero!

--No; como t sabes....

Linilla sonrea, besaba la flor, y me la daba. Inolvidables besos!
Dulces besos recogidos en la corola de una rosa!




XXX


Tuvimos una fiesta de Navidad muy alegre, como nadie se la esperaba.
Andrs vino y dijo a mis tas:

--Seoras; es preciso que tengamos fiesta. En aos pasados la Noche
Buena estuvo para nosotros muy triste.... Ahora no ha de ser as, no,
seor, porque quiero que el amito est contento. Todo corre de mi
cuenta. A ustedes les tocar lo ms penoso, disponerla, y hacer los
buuelos. Sin buuelos no hay Noche Buena! All usted, Angelina, usted
que se pinta para todo eso! Pondremos la mesa en la sala, y usted, doa
Carmelita, cenar con nosotros. No habr nacimiento.... Quin nos mete
en dificultades? Yo bien quisiera, para que el amito se acordara de
cuando era coconete. Te acuerdas? Pues ah, en la bodega, en un
cajn, estn guardadas las casitas, y los pastores, y los rebaos, y el
portal, y todo! Si tus tas quieren, hasta nacimiento habr, Rodolfito.

Ta Carmen, con su buen humor de siempre, se solt hablando:

--Pues s, por qu no? Maana nos ponemos a la obra, y la fiesta saldr
muy lucida. Programa: cena a las ocho de la noche; despus acostaremos
al nio, y luego: a la misa del gallo! La madrina ser....

--Quin?--pregunt Andrs.--Gentes de fuera? No, no, que todo quede en
casa! Pero, en fin, que Rodolfo decida....

--Gente de la casa,--contest--como quiere Andrs; pero, de cualquiera
manera, vendr mi maestro.

--Don Romn?--exclam ta Pepilla.--No vendr, Rorr, no vendr.... El
pobrecillo no est para esas cosas!

--Le traer yo, si no est con el reuma; le traer yo, y estar muy
contento, y para que no tenga que salir a la calle a media noche dormir
aqu. Angelina y l sern los padrinos.... Se aprueba lo que propongo?
S? Pues.... Aprobado!

Qu gratamente que pasamos la noche! A medio da ya estaba listo el
nacimiento. El cario de las tas haba conservado mis juguetes, y con
ellos bast y sobr para el nacimiento. Me sent un chiquillo, como si
tuviera yo seis aos, a la vista de objetos que fueron para m, en
mejores das, motivo de fiesta y diversin. Con qu cuidado saqu de la
gran caja, uno por uno, temeroso de romperlos, aquella multitud de
zagalas y rabadanes que tejan danzas cerca del portal, y aquellos magos
que seguidos de criados y soldados, tan suntuosos de vestidos como sus
seores, y jinetes en caballos, elefantes y camellos, deban ser lo ms
lindo de aquel beln que tendra chozas y palacios, caminos de hierro y
barcos de vapor, volcanes nevados, cascadas de brea, lagunas de cristal
pobladas de nades y garzas, catedrales y mezquitas, feroces beduinos y
apuestos charros mexicanos que perseguan con el lazo al aire las reses
montaraces. El portal.... Qu portal! Una maravilla!

Fu obra de ta Carmen: era un portal lindsimo, de cristal, con
estrellas, soles y cometas, y ngeles, y serafines, y arcngeles que
tenan en las manos bandas de seda con letreros dorados que decan:
Gloria in excelsis Deo. Mi ta Carmen le hizo con prismas y candeleros
de cristal, y fu el encanto de cuantos le vieron. La enferma no pudo
esta vez ponerse a la obra, pero la dirigi, y todo sali a medida del
deseo. Desde su silln atendi a todo. Todo estaba listo al fin del da,
y el regocijo era general. Desde ta Carmen hasta seora Juana todos
parecan nios en aquella casita. Angelina estaba atareada, friendo los
buuelos, y ta Pepilla iba y vena ms alegre que una sonaja. De cuando
en cuando nos asaltaba el temor de que la enferma tuviera un ataque, y
esto malograra nuestra fiesta, pero felizmente no sucedi as. A las
seis sal en busca de don Romn. El pobre viejo se envolvi en su rada
capa, se apoy en mi brazo, y, pian pianito, hasta la casa. El
pobrecillo vino muy cargado: traa algunas libras de confites, para
obsequiarnos. Era el padrino, y deba hacerlo.

A las ocho ya estbamos en la mesa. La enferma accedi a nuestro deseo y
vino a presidir el banquete. Al lado de ella se coloc don Romn, en el
otro ta Pepilla y Andrs. Angelina y yo ocupamos el lugar acostumbrado.
Pocos platillos: rica sopa de almendra, sopa de la pelea pasada, como
deca don. Romn; un plato de pescado, el afamado bobo de los ros
veracruzanos, con la ensalada del da: lechuga con aceite y vinagre y
algunos rabanillos, los precoces purpurados de la hortaliza,
chiquitines, rechonchos, enredndose en los anillos de la bien
desflemada cebolla; frjoles, (cmo haban de faltar) buuelos de arroz,
los ms exquisitos a juicio de las tas, y una tacita de t. No falt el
vino, un par de botellas, obsequio del doctor Sarmiento, escondidas dos
o tres aos en el fondo de una cmoda.

Reiamos, charlamos, recordaron los viejos sus buenos tiempos, hablamos
los jvenes de nuestra dicha, y la velada se pas del modo ms alegre.

A las diez y media, cuando los campanarios de Villaverde soltaron el
primer repique, encendimos el nacimiento, y los padrinos acostaron el
nio en su lecho de pajas. Andrs quem en el patio una docena de
cohetes, y el pompossimo distribuy sus cucuruchos de confites.

--Ustedes perdonarn la cortedad... pero... los tiempos no estn para
lujos!

Y agregaba:

--Dios pagar a ustedes este buen rato.... De veras, de veras, si me
parece que tengo veinte aos!

Angelina y ta Pepilla nos dejaron para atender a la anciana que ya
suspiraba por su lecho; don Romn busc el suyo, y Andrs se qued
conmigo en espera de Angelina y de mi ta que iran con nosotros a la
misa del gallo. No tardaron en volver.

--Vmonos, vmonos,--murmuraba la anciana--que pronto darn las doce!
A misa, nios! A misa, Andrs!.... Fiesta completa!

Inolvidable Noche Buena! Qu poco necesita el hombre para ser feliz!




XXXI


Por aquellos das recibi Angelina una carta del P. Herrera. En ella le
anunciaba que pasadas las fiestas de Navidad le tendra en Villaverde.

All voy, mueca;--le deca--es justo que despus de los trabajos y
fatigas del Adviento me d yo mis verdes. Viejo y enfermo, este pobre
cura todava tiene ganas de subir y bajar. Adems, me muero por ver a mi
Linilla! Buena falta me haces aqu. Francisca ya no sirve para nada;
cada da est ms chocha, y todo se le va en gruir y regaar. Ni yo me
escapo. El otro da me ech una loa que ni aquellas con que los inditos
te hicieron reir tanto en la fiesta de Xochiapan. La pobre Francisca
est ms vieja que yo, y ya es tiempo de ello; tiene largos los setenta
y cinco, y ha trabajado mucho. Ya es fuerza que descanse. Si t
estuvieras aqu sera otra cosa; ya sabes cunto te quiere; habra menos
gruidos y menos regaos; los altares tendran manteles limpios, y las
albas menos rasgones; me leeras algo todas las noches, aunque fuera
para que los libros no se estuvieran arrumbados en el armario;
jugaramos un partido de ajedrez, y la vida de este cura sera menos
fastidiosa en este destierro. Por aqu todo est tranquilo; ni asaltos,
ni robos, ni temores de bola. Me quieren mucho ciertos bichos que t
sabes, y no hay temor de que me den un mal rato. Tan seguro estoy de
ello, que casi, casi me resuelvo a que te vengas al pueblo. Pienso en
ello mucho; seguir pensndolo, y Dios dir! Por ahora ve disponindome
el cuartito; no te metas en lavaduras de suelo, y mientras nos vemos y
te doy un abrazo recibe la bendicin de este pobre viejo.

Cuando Angelina ley esta carta se puso pensativa y triste.

--Temo separarme de t, Rorr. Pero qu he de hacer! No necesito que l
me lo diga; comprendo muy bien que hago falta. Te figuras cmo estar
aquella casa? Ya me la imagino, desaseada, inmunda. Seora Francisca ya
no est para fiestas, y mi deber, mi obligacin es estar all, con el
santo anciano que tanto necesita de quien le vea y le mime. Bueno, es
cierto, hago falta all... pero... aqu quin cuidar de tu tia?
Doa Pepita? La pobrecita ya no puede.... Slo de pensar en eso me
apeno y me aflijo. Yo s muy bien que si le digo al seor cura que no
quiero ir, no me lo exige, pero....

--Haz lo que l te diga.

--Y te dejo, y me separo de t? Quieres que me vaya?

--No, Linilla ma; pero lo primero es lo primero.

--Si no puedo creer en esta separacin! Si nunca pens en ella!... La
vida lejos de t no ser vida, no, sino agona lenta, horrible,
desesperante.... Pienso que puedo separarme de t, y siento que se me
hace pedazos el corazn.

--Piensa que tu deber es cuidar del pobre anciano. No te dice claro en
esa carta, que si t estuvieras all su vida sera ms alegre? Pues
obedcele sin chistar. No temas por ta Carmen!... Cuanto a m...
cualquier da, el mejor da, tendr que dejarlas....

-Razn de ms para que no me separe de ellas....

--No, Linilla; yo te lo agradezco, ganas mucho en mi cario, pero antes
que yo y que mis tas est tu protector, tu padre, que padre ha sido
para t ese buen anciano.

--Tienes razn. Ser lo que Dios quiera, lo que Dios quiera! Ya no me
vers triste. Si el seor cura dice: vmonos,--me ir, y me separar de
t muy contenta, muy alegre. Ya lo vers: no llorar; ni una lgrima
saldr de mis ojos, y eso que parezco una chiquitina, y por cualquiera
cosa ya estoy llorando.... Me escribirs? Cada semana, todos los das
si es posible.... Yo tambin te escribir.... Me dars tu retrato?
Irs a verme? Con qu ansia he de esperar tus cartas! Y las leer
muchas veces, muchas, hasta que me las aprenda de memoria....

--Y yo, Linilla, no bar ms que pensar en ti; pensar en la muequita,
que estar triste, tristsima, porque vive lejos de su Rodolfo!

--Y no pensars en otra, y no vers a otras muchachas, porque yo lo
sabr.... Y no irs a la Plaza a oir a Gabrielita....

--Linilla! No pienses mal de m....

--Gabriela es guapa, elegante, y qu cosa ms fcil que t....

--Me enojo, Linilla!...

--No; es pura chanza!... Pero, seriamente: verdad que no pensars en
otra, aunque sea linda, hermosa, mejor que yo?

--Te lo juro, Angelina....

Un campanillazo la separ de m, y yo tom el sombrero y me fu a la
casa de Castro Prez.

Aun no llegaba el jurisperito. En la puerta estaban, las seoritas.
Salan de arreglar el despacho. Al verme se detuvieron a charlar
conmigo.

--Tarde viene usted....

--Tarde? Acaban de dar las nueve....

--No, no es tarde;--me dijo la menor, Teresa, una rubia desabrida y
vana,--nunca es tarde para los enamorados....

--Cllate! Cllate mujer!--Qu dir el seor!--exclam su hermana, la
pianista, una morena vivaracha y parlera.

--Djela usted, Luisa.... Que diga lo que quiera!... Veamos: a qu
viene eso de los enamorados?

Me pareci que haban adivinado mi secreto, lo cual, aunque en cierto
modo me contrariaba, tena para m algo halagador.

--Quiere usted--replic la rubia--que le endulcemos el odo?

--Jess, mujer!--volvi a exclamar hipcritamente la morena.--Qu
libertades gastas!

La chiquilla se ech a reir.

--Yo no quiero nada, seorita...--respond.

A lo cual contest:

--Como al seor le ha dado por la msica.... As lo cuenta en todo
Villaverde!

--Cuentan en Villaverde tantas cosas! S; me gusta la msica... desde
que o tocar a Luisa.

La morena se sonroj. Teresa se solt diciendo:

--Adis! Pues no s cmo, porque sta toca muy mal! Tocar bien, como
una profesora.... Venga usted ac,--y me sac hasta el zagun--venga.

--Ve usted aquella casa, aquella, la nueva, la que est pintada de
gris? Pues ah vive una persona que toca mejor que Luisa.... No lo
saba usted?

--Ah! S, la seorita Fernndez.

--S! Esa!...--murmur maliciosamente la parlanchina.

--Y qu?

--Qu?

--La seorita Fernndez...--repiti con mucha sorna la morena.

--Por qu lo niega usted?--dijo la rubia.--Qu tiene eso de malo?

--Seoritas, si yo no niego, ni afirmo!...

--S niega!--exclamaron a una.

--No acierto a comprender a ustedes....

La parlanchina me mir de hito en hito, hasta que no pudo ms, y riendo
me dijo:

--Vaya, pues, como usted no ha de confesarlo, se lo dir: ya sabemos que
usted es novio de Gabriela Fernndez.

--Estn ustedes engaadas....

--Vea usted que nos lo dijo persona que lo sabe.

--Pues no es verdad!

Iba a contestarme cuando apareci al fin de la calle mi seor don Juan.
Vile la rubia y di el grito de alarma:

--Ah viene pap!

Y las muchachas echaron a correr.




XXXII


Despidise el ao, como suele despedirse en Villaverde y en la vecina
Pluviosilla, con nieblas y brumas. Montaas y valles permanecen velados
durante algunas semanas, y slo de cuando en cuando, de maanita, asoma
el sol su rostro paliducho a travs de las gasas, como para decir a los
villaverdinos que no ha muerto, que ya le tendrn, el mejor da, muy
guapo y rozagante.

Acab Diciembre, nos dijo adis, y se fu, casi sin ser visto, mientras
la gente corra hacia los templos a dar gracias, a pedir mercedes para
el ao nuevo, o se entretena, alegre y divertida, jugndose los cuartos
en polacas y loteras. Desde la noche de Navidad no fu a la Plaza. No
tardara en llegar el P. Herrera, y, como era posible que Angelina se
fuera con l, quera yo gozar de los pocos das de felicidad que me
quedaban. La pobre nia no volvi a hablar de viaje. Se apresur a
disponer la recmara de su protector. Convinimos en que mi habitacin
era la ms cmoda, y, aunque las tas se empearon en dejarle la suya,
decidise que el husped ocupara la ma. En dos por tres qued arreglada
y lista, con su cama que alheaba, y su escritorio, y su lavabo, y cuanto
era indispensable. Nada faltaba all, ni el reclinatorio. El P. Sols
nos prest uno muy elegante, con un crucifijo muy devoto.

--Venga a cualquiera hora;--deca la joven--que venga, que todo est
listo!

Linilla sonrea alegremente, pensando en la prxima llegada de su
protector; pero no poda disimular su tristeza. A cada rato bajaba los
ojos, y se pona pensativa y suspiradora. La atormentaba, sin duda, la
idea de que iba a separarse de la enferma, y como si quisiera dejarle
grato recuerdo de sus cuidados, la pobre nia se extremaba en todo
cuanto a la anciana se refera.

--No lo ves, Rorr?--sola decirme al odo la ta Pepa.--No lo ves?
Esta nia es un ngel! Mira, mira cmo atiende a tu ta!... Qu mimos!
Qu paciencia!

No slo Angelina estaba triste; yo lo estaba tambin. Slo de recordar
que se iba se me oprima el corazn, se me obscureca el mundo. Qu
hara yo sin ella? Qu sera de m sin la palabra consoladora de
Angelina? Ella era la nica que posea el secreto de mis tristezas; slo
ella saba darme aliento y nimo.

Frecuentemente me encerraba yo en mi recmara para dar rienda suelta a
mis cavilaciones y melancolas. All pasaba yo horas y horas.

--Ests enfermo?--me preguntaban las tas.--Di que tienes....

Vaya si soy desgraciado!--pensaba yo, tendido en el lecho.--Llegu a
mi casa descorazonado y abatido, y cuando crea encontrar aqu dichas y
alegras, no hall ms que penas y tristezas. Angelina ha sido para m
como un ngel salvador. A ella he confiado mis pesares; en ella he
puesto mi cario; me am, me ama, y cuando su amor iluminaba mi alma con
celestes claridades; cuando de ella reciba mi corazn vigor y
fortaleza, se va, y me deja.... Se ir, y en esta casa se acabar toda
alegra.... Adis amorosas platicas! Adis gratas lecturas! Las
plantas que los dos hemos sembrado prosperarn, se cubrirn de follaje,
se llenarn de flores.... Y Linilla no las ver!... Y volviendo a mi
mana potica me daba yo a repetir aquello de nuestro Carpio:

     De qu me sirven los jacintos rojos, el lirio azul y el loto de la
     fuente....

Pero Angelina no se olvidar de m; ni yo la olvidar; me escribir, y
le escribir, cada semana... todos los das! Pero ay! no la ver en
muchos meses, tal vez en muchos aos, porque al P. Herrera no le gusta
separarse de su parroquia. Puede suceder que Linilla no me escriba; no
habr quin traiga las cartas, y pasarn das y ms das, y yo... sin
saber de Angelina!

A decir verdad, estaba yo enamorado como un loco. No era mi amor aquel
amor de nio, tmido, vago, ensoador, que me inspir Matilde; cario
melanclico, nacido en un juego, alimentado por las predilecciones de
una chiquilla graciosa y admirada, y breve y fugitivo en sus anhelos;
dulce amor que dulcific la vida del pobre estudiante; plido fulgor de
la aurora juvenil que inund de reflejos primaverales los claustros
solitarios de un colegio sombro; amor que no consegu arrancar de mi
alma en muchos aos; que aun suele estremecer mi corazn, porque ni
atrevidos devaneos, lograron aniquilarle en m. Ahora todava, despus
de tantos aos, suspiro a veces por la donairosa nia, objeto de mi
primer amor. Matilde ha sido, viva y muerta, temida rival para cuantas
me amado. Su nombre se me ha escapado de los labios, involuntariamente,
cuando iba yo a decir el de otra mujer, y acaso sea el ltimo que salga
de mi boca a la hora de morir.

El amor que Angelina me inspiraba no era ese que nos promete dichas y
venturas, lisonjeando nuestra vanidad, halagando nuestro orgullo, y
despertando risueas esperanzas; ni ese otro abrasador, apasionado, que
nos encadena a las plantas de soberbia beldad, sumisos a su capricho,
esclavos de su hermosura, desesperados si nos desdea, locos de
felicidad si nos favorece con una sonrisa. No; era pursimo y
desinteresado afecto; sentimiento de profundo dolor que slo parece
traer desgracias, que slo nace y vive para llorar, y que libre de
sensuales impurezas es una eterna aspiracin al cielo. Amaba yo a
Angelina, la amaba con toda el alma, y no por hermosa, sino por buena y
desgraciada. Crea yo que mi madre bendeca desde el cielo aquellos
amores sencillos, puros, inmaculados como el lirio silvestre que abre su
ntida corola al borde de un abismo, entre los iris de espumosa cascada,
all donde no ha de tocarle la mano del hombre. Amaba yo a Angelina, y
quera yo ser digno de ella, para que la pobre hurfana compartiera
conmigo sus desgracias y su orfandad, y tuviera en m un amigo, un
hermano, un compaero de infortunios. Acaso algn da, andando el
tiempo, se mudara mi suerte, y me sera dable ofrecerle cuanto el
hombre gusta de poner a los pies de la mujer amada.

Pero hasta all no iban mis deseos sino vagamente. Amor, abnegacin,
sacrificio; estos eran los mviles de mi cario, nobilsimos sin duda, y
que no han vuelto a conmover mi corazn. Despus... he amado, he amado
muchas veces, pero nunca, como entonces, me he sentido capaz de tamaos
heroismos.

Romanticismo! Locura!--exclamarn muchos al leer estas
pginas.--Idealismo!--dirn los desengaados, los hijos de esta
generacin egosta y sensual. Pero aquellos que hace cinco lustros eran
jvenes, esos dirn que los mozos de entonces eran ms felices que los
de ahora; que aquella juventud aparentemente melanclica, plaidera y
sentimental, vala ms por la pureza del sentimiento y la hidalgua del
corazn, que sta de los actuales tiempos, tan alegre al parecer, y en
realidad tan triste y desconsoladora, precozmente envejecida y
prematuramente codiciosa.




XXXIII


Le v desde la ventana del despacho, a eso de las diez, jinete en una
soberbia mula de magnfico andar. Qu bien que se sostena el anciano
en su caballera! De fijo que el P. Herrera fu todo un charro all en
sus mocedades. Vaya con el simptico viejecillo! Al verle con su blusa
blanca que dejaba ver los pliegues de la recogida sotana, con el
sombrero de jipi, el pao de sol y el abierto paraguas, se me antoj el
tipo ms hermoso del cura de aldea. Plido y expresivo el rostro,
naricilla aguilea y muy dulces los azules ojos, el buen sacerdote me
cay en gracia. Seguale, a guisa de caballerango, un muchacho trigueo,
guapo y bien dispuesto, de pantaln ceido y jarano galoneado, que, por
lo arrestado y vigoroso, contrastaba singularmente con el aspecto manso
y bondadoso del clrigo.

Iban lentamente. Tal vez haban pernoctado en alguna hacienda, de donde
salieron a la madrugada, para llegar temprano a Villaverde. Atravesaron
la Plaza con direccin a la Parroquia. No tard en or una campanilla
que llamaba a misa.

Hasta entonces, fuera porque eso halagaba mis deseos, fuera porque la
carta del P. Herrera no era terminante, me haba parecido mentira el
temido viaje de la joven; pero al ver al clrigo me dio un vuelco el
corazn, como si alguno me dijera: Tu Linilla se va!... Se ira, sin
duda. El cura estaba ya muy viejo, no le faltaran los achaques de la
edad, y nada ms justo que Angelina estuviese a su lado. Tir la pluma,
cruc los brazos sobre la mesa, y me puse a pensar, desalentado y
triste, en la partida de la joven. Por fortuna lleg Castro Prez, y fu
preciso ponerse a trabajar. Dos o tres veces escrib una palabra por
otra; ech a perder una hoja de papel sellado, y estaba yo a punto de
decir: No sigo escribiendo! Estoy enfermo!... cuando dio la una.

Corr a la casa. El P. Herrera conversaba en la sala con mis tas, y
Angelina arreglaba la mesa en el comedor.

No me sinti al llegar; me tena a su lado y no me haba visto. Me
acerqu de puntillas y le tap el rostro con mi pauelo.

--Jess!--exclam.--Qu susto me has dado! Ya vino pap... ya
vino... y....

--Y qu?--pregunt ansioso.

--Dice que viene por m; que est enfermo; que seora Francisca est
ms chocha cada da.... En fin, que el viernes nos iremos....

--Y t... contenta como una sonaja!... no es verdad?

--Contenta yo? S; tienes razn. Quiero irme para no verte, para
olvidarte... porque te odio, te aborrezco!...

Luego, agreg en tono de regao:

--Vaya usted a la sala: vaya usted a saludar al seor cura. Ya pregunt
por usted.

--Pregunt por m?

--S; quiere conocer esta buena alhaja.

Y cambiando de acento, festiva y urgente:

--Anda, anda! Te veran entrar y dirn que ests aqu, charlando
conmigo. Djame, que deseo acabar.

Fu a la sala. All estaban mis tas. Despus de la presentacin o con
espanto que Angelina no me haba engaado. El anciano tena resuelto
llevrsela. Lamentaba la separacin, porque, al fin, la mueca estaba
all muy bien. Pero haca falta, haca falta en la casa cural.

--Ya estoy viejo,--repeta el sacerdote--el mejor da me da un
supiritaco y no tengo quien me vea.... Pancha est peor que yo....

Mis tas lamentaban la ida de la joven, pero no se atrevieron a
contrariar al padre. Se limitaron a rogarle que la trajese de cuando en
cuando.

El buen seor me trat con mucho cario. Cuando supo que no volvera yo
al colegio, exclam:

--Qu se ha de hacer! Conformarse con la voluntad de Dios! Cundo me
mandan ustedes a este muchacho?... Que vaya a pasar conmigo algunos
das. Le mandamos la mula; sale temprano de aqu, y en la noche estar
con nosotros.

Acept la invitacin.

--Cualquier da, seor cura... tendr mucho gusto....

Angelina se present en la sala.

--A comer, pap! Vamos, que slo tiene usted en el estmago una taza de
t!

--Vamos, mueca, vamos;--contest lentamente, levantndose del
silln--dame tu brazo.... Ya tu pap est muy cascado.... Ha trabajado
mucho!... Los aos no pasan as, como quiera, sin estropear a uno....

Entre ta Pepa y yo llevamos a la enferma a su cuarto. No quiso ir al
comedor.

--No estoy para eso.... No ven que he vuelto a la primera edad y que
tengo que comer por mano ajena?

Angelina pareca haberse olvidado de m; no me diriga la palabra, no me
miraba, como temerosa de que el anciano sorprendiera nuestro amor.
Charlaba alegremente, con ingenuidad de chiquilla, haca reir al
sacerdote, y no cesaba de recordarle cosas y sucesos de otro tiempo.

--Digo bien, digo bien, mueca: cuando ests all voy a ser otro....
Tendr con quien hablar, con quien reir.... Ya vers que alegra en
aquella mesa! All no faltar un buen mozo, algn ranchero rico, y te
casar. Don Rodolfo,--agreg, dirigindose a m y desplegando la
servilleta, mientras Angelina serva la humeante sopa,--queda usted
invitado a la boda!

La joven se encendi. El anciano levant la cara para verla, y continu:

--Nada ms que all no se estilan vestiditos blancos, ni velos, ni
coronas de azahares.

Angelina hizo un mohn.

--Me quiere usted tener contenta? Pues no le diga usted a su mueca
todas esas cosas....

--Vaya, vaya! Enojadita ests? Pues, chitn por ahora! All, cuando te
cases, (que te casars, porque ya no hay conventos, y t no tienes cara
de monja) no le faltarn al seor cura de San Sebastin algunos durillos
para que vayas al altar hecha una princesa. Cuando para hacer rabiar a
Pancha le hablo de esto, grue no s qu perreras, y dice: Casarse la
nia? Dios nos ampare! Si no hay gandul que se la merezca!... T qu
dices de eso?

--Pues yo digo,--replic Angelina con viveza,--que lo que seora
Francisca quiere, es que su Linilla se quede para vestir santos!

Rea el seor cura y reamos todos. Ta Pepa observaba en mi rostro el
efecto que me causaba aquella conversacin. Angelina me vi, como
dicindome con los ojos:

--Y t qu dices?




XXIV


Cayme en gracia el viejecito. Fino, afable, corts, jovial, sin
llanezas ni bromas de mal gusto, de fcil palabra y amena conversacin,
el P. Herrera, a pesar de sus aos, pareca un mozo por la frescura de
sentimientos. Le hall tal como Angelina me le pintara.

--Ya le conocers--me deca la joven--es muy sencillo, muy locuaz. A
veces tiene cosas de chiquillo. Por eso le quieren tanto sus feligreses.
Y mira que los indios son insufribles. Dicen: por aqu, esto, lo otro,
y no hay manera de que entren en razn. Pap los sobrelleva de un modo
que a las dos palabras ya estn sumisos y obedientes. Dicen que San
Sebastin era antes un pueblo perdido, un pueblo de haraganes y de
borrachos. All slo las mujeres trabajaban.... Ahora es otra cosa!
Pap consigui que le oyeran, y hoy todo anda a las mil maravillas. Ha
puesto escuelas; una de nios y otra de nias. La iglesia no es ya la
que encontramos, fra, hmeda, pavorosa. Pap la ha puesto como una
tacita de plata. Yo quisiera que t la vieras.... Los altares
lindsimos; el plpito magnfico, nuevo, de madera muy rica, digno de un
obispo; las imgenes muy buenas.... Una Virgen de los Dolores, que es
una perla; un San Sebastin que da gusto verle. Todava quedan algunas
imgenes feas... pero... imposible! Pap dice que con el tiempo todo
se consigue, y que l acabar con esos santos que parecen hechos para
asustar chiquillos. Ya t sabes lo que son los indios. Y todos quieren
mucho a su cura. Una vez dijeron all que se iba; que le mandaban a otro
curato, y todo el pueblo, todito, se junt en la plaza, para pedirle que
no los dejara. Pap les dijo que no, que estuvieran tranquilos; pero
ellos no hicieron caso, y ms de cien fueron a Jalapa, y se le
presentaron al seor Obispo. Ahora, si t vieras a mi papa!... No
para, no para! Temprano dice misa. Despus, un rato al jardincito, una
huerta muy bonita, con muchos rboles frutales, con hortaliza, y un
gallinero, qu gallinero! Luego, a la iglesia, a or confesiones, a
bautizar, a cuanto se ofrece. Lstima me daba verle. En ocasiones
llueve a cntaros, como llueve por all, y vienen por l, para ir a una
confesin.... Y all va el pobrecillo, en su mula, a subir y bajar
cerros, porque all todo es subir y bajar. De regreso descansa un
ratito, y a las escuelas, a ensear a los muchachos, a dar leccin de
catecismo a las inditas. Y en la tarde: rosario, sermn. En Mayo... mes
de Mara, y qu altar! qu flores! Para flores... la Sierra! Ahora,
si vieras qu bueno y qu bondadoso es con todos!... Nunca se
impacienta, nunca est malhumorado. Para una cosa si es terrible, para
el arreglo de la casa. No puede ver nada fuera de su sitio. La mesa ha
de estar bien puesta, sin que falte nada. Cuidadito! El dice que en las
casas bien arregladas no dura mucho la tristeza; que en una mesa bien
servida, aunque no haya en ella ricos manjares, ni perdices, ni
lampreas, no falta la alegra. Ya t vers, hay que andar listas. Que
lo diga seora Francisca!...

Era muy ilustrado el P. Herrera, muy instrudo, saba de muchas cosas, y
se pereca por la Botnica. Era de orle cuando se soltaba hablando del
movimiento religioso en Inglaterra y en los Estados Unidos. Estaba al
tanto de los progresos cientficos, y sin pedantera ni vanidades, as,
como quien no quiere la cosa, discurra como un sabio, de Filosofa y de
ciencias fsicas y naturales, dando innumerables muestras de su claro
talento y de su copiosa erudicin. Buenos ratos me pas oyndole hablar
de religin! Qu mansedumbre! Qu dulzura! Nada de vanos escrpulos
ni de ridculas gazmoeras!

Tres das estuvo con nosotros; al cuarto se fu a Pluviosilla, con
objeto de arreglar algunos negocios, y asistir a no s qu fiesta
solemnsima en el templo de Santa Marta. Estuvo por all una semana. El
da veinte de Febrero ya le tenamos de regreso.

El viaje de Angelina qued resuelto. Se ira, y no la volveramos a ver
hasta que pasara la Semana Mayor. Qu amargo fu para m aquel mes de
Febrero! Y para todos. Mis tas ocultaban su tristeza. Ta Pepa, siempre
tan parladora, enmudeci como los pajarillos del corredor, silenciosos y
tristes a la sazn por el cambio de pluma; la enferma nos pareca ms
abatida que de ordinario, y Angelina sala y entraba, arreglando los
equipajes, mustia y cabizbaja.

No s cmo pude trabajar durante ese tiempo. Para colmo de males tuvimos
quehacer de sobra en el despacho. Castro Prez traa entre manos un
negocio muy difcil, y se le iban las horas hojeando librotes y dictando
alegatos. La tarea terminaba a las mil y quinientas, volva yo a casa
entre nueve y diez de la noche, y apenas poda conversar con Linilla
unos cuantos minutos, y eso delante de las tas o del P. Herrera....

La vspera del viaje no hubo que ir al despacho. Era domingo, y me
estuve en casa todo el da. El P. Herrera se fu a comer con su grande y
buen amigo el P. Sols; ta Pepa no se apart de la enferma en toda la
tarde, y Angelina y yo nos la pasamos en el jardincillo, sentados al pie
de los naranjos.

--Este--me deca la doncella, haciendo un ramillete--ser el ltimo....
Quin asegura que nos volvamos a ver? Quin me asegura que volver a
esta casa, donde he pasado los das ms felices de mi vida? Me separo de
t, y no me sorprende la separacin. As la esper, as la tem, no slo
porque deba yo volver al lado de mi pap, sino porque desde nia me
persigue la desgracia. He aprendido en la escuela del dolor que toda
dicha, toda felicidad es pasajera, fugitiva y efmera. Te amo y te amar
hasta la hora de morir, hasta despus de la muerte! Pues bien, no fo en
tu cario.... Acaso me olvides: ojos que no ven, corazn que no
siente.... Todos los sentimientos son mudables, y el amor que yo te he
inspirado, amor que hoy te parece firme y duradero, maana, cuando ya no
me tengas cerca de t, cuando la pena que hoy te abate se disipe, ese
amor ir languideciendo poco a poco, se extinguir, y aunque conserves
de tu Linilla gratos recuerdos, ser preciso que pongas tus ojos y tu
corazn en otra mujer. Pero, yelo, yelo: ninguna te amar como yo;
ninguna tendr para t este amor que encadena mi alma a la tuya; amor
que es mi dicha y desgracia. Se ha hecho dueo de mi corazn, le ha
dominado por completo, y ahora, y siempre, ser objeto de todos mis
anhelos, consuelo mo en todas las horas de dolor.

--Angelina, no hables as!... Mira que me atormentas!

--Apura hasta las heces el cliz del dolor. Padeces, s, padeces; lo s
muy bien; tus ojos estn hmedos.... Llora; no te avergences de llorar;
pero no llores porque me voy; llora porque me has de olvidar. Miras el
porvenir triste y sombro, y te dices: No hay esperanza! Y quin te
asegura que esa obscuridad no se tornar maana en esplndido da?
Aunque crees que en la vida no hay ms que tinieblas, la idea de plcido
crepsculo te hace sonreir, y cuando sueas con das mejores, ya no
piensas en tu Linilla, en la hurfana desventurada.... A qu negarlo?
No es verdad que a solas, en la soledad de tu pensamiento, miras
luminosos das de incomparable felicidad? S, y entonces... no piensas
en m! Tienes razn. A qu pensar en la infeliz muchacha a quien tanto
amas, porque me amas, s, me amas con toda tu alma!... A qu pensar en
esta hurfana que no puede satisfacer tus ambiciones, ni corresponder a
ese porvenir con que sueas a todas horas? Rorr: no olvides lo que te
digo hoy, en vsperas de separarme de t: me olvidars, y acaso muy
pronto;--yo no te olvidar!--Ya s lo que vas a contestarme, ya lo s;
pero no lo digas, yelo de mis labios: Pues si ests segura de que te
olvidar, por qu no rompes ahora mismo los lazos que nos unen?

--S, Linilla, eso digo!

--Por qu? Porque tu amor es mi vida, y quiero vivir, quiero vivir,
para amarte, para verte dichoso. Quieres que yo misma aumente mis
penas? Quieres que te olvide? Si no puedo, si no puedo!... Djame
vivir engaada; deja que tu Angelina se crea dichosa. Presiento el
desengao, lo veo venir. Qu negro! Pero no quiero que llegue, y busco
en tus ojos luz de amor perenne, amor que no acabe, amor que viva
siempre!... Una cosa voy a pedirte.... No una, dos.

--Cunto quieras, Linilla!

--Primero: que si un da me olvidas, procures guardar en lo ms hondo de
tu corazn; all donde no haya nada de otra mujer, un poquito de cario
para m, un poquito nada ms... para que cuando padezcas y llores
puedas decir pensando en m: Angelina, consulame!

--Y qu otra cosa?

--Otra...--me respondi, sonriendo con inmensa tristeza:--Esto....

Y poniendo su trmula mano en mi cabeza, alis mis desordenados
cabellos, y mostrndome unas tijeritas me dijo dulcemente, en voz baja,
como si temiese ser oda:

--Corto?

--Corta.




XXXV


En vano charl el P. Herrera esa noche. Nos cont memorias de su vida
estudiantil; pero no consigui alegrarnos, y cuenta que el buen anciano
tena mucha gracia para conversar. Todos estbamos tristes. El mismo, en
cierto modo, participaba de nuestra tristeza. La enferma llam a
Angelina, y le dijo:

--Nia: ven a platicar conmigo; maana te vas, y acaso no volvers a
verme, porque, desengate, hija, mi mal no tiene remedio! El doctor
dice que nervios; pero yo no creo nada de eso! El mejor da sabrs que
me he muerto.... Pero, nia, no hablemos de eso; sintate aqu, a mi
lado. Voy a pedirte un favor. Maana no te despidas de m. Si Dios
quiere darme algunos meses de vida, cuando vengas, despus de Semana
Santa, me vers. Y ya lo sabes, no irs a otra parte, no, porque nos
daras un pesar muy grande. Ya sabes que esta es tu casa. Nosotras te
queremos mucho, mucho, y vivimos muy agradecidas a tus bondades. Porque,
dime, qu necesidad tenas t de convertirte en enfermera para cuidar
de esta vieja achacosa? No, ya se lo dije al seor Cura, que cuando
vuelvan a Villaverde vengan a esta casa, a esta pobre casa que es suya.
Nosotras te queremos mucho, y Rodolfo lo mismo,--me lo ha dicho muchas
veces--te quiere como a una hermana.

Y cuando lleg la hora de recogerse le dijo:

--Cerraste ya los bales? No? Pues mira: toma la llave, y abre mi
ropero para que saques una cosa. Lleva la vela; yo te dir lo que
quiero....

Angelina la obedeci.

--No hay all una cajita de laca, una cajita negra?... Pues, scala.
Abrela, aqu, delante de m. En ella encontrars un paquete de retratos.

Angelina hizo lo que deseaba la ta Carmen.

Era una coleccin de retratos de familia.

--Ahora, nia, toma uno mo, otro de Pepa, y otro de Rodolfo. De Rodolfo
hay uno que no quiero darte, uno que ya conoces, de cuando era chiquito,
uno en que est jugando con un aro.... Ese no. De los dems el que t
quieras.

Despus le regal unos pauelos de seda y un abanico de laca.

--Este abanico no es de moda, lo s bien, pero dicen que es una pieza de
mucho mrito, legtima de China. Consrvalo como un recuerdo de
nosotras. Nos escribirs de cuando en cuando, no es verdad? Nosotras
tambin. Cuando Pepa no est para eso lo har Rorr. Ahora, dame un
abrazo, y acustate. Llama a Pepa. Me parece que el seor Cura ya est
en su cuarto.

El sacerdote se haba retirado a su habitacin. Deba salir muy de
maana y no quera desvelarse.

Sal al corredor. Esplndida noche, una noche invernal por lo serena,
limpia de nubes y prdiga en luceros, semejante a aquella que pareci
participar de mi dicha despus de que la joven me confes su amor.

Sentado en un viejo silln, que perteneci a mi abuelo, pensaba yo en
Angelina. No la veramos ms en aquel patio ni en aquellos corredores,
ni cuidara de los pajarillos y de las plantas. Galanas, frondosas, al
llegar la primavera, nuestras flores queridas, las que nosotros
plantamos, de las cuales esperbamos Linilla y yo pruebas maravillosas
de amorosa fidelidad, no luciran para mi amada sus perfumadas corolas;
ninguna de ellas adornara los negros cabellos de la nia. Adis
alegra! Se iba con ella, y acaso para no volver ms! Nos quedaramos
llorosos, abatidos, malhumorados, echando de menos a la pobre hurfana,
cuya hermosa y modesta juventud haba sido para nuestra pobre casa,
siempre triste y sombra, como un rayo de sol.

Silbaban los insectos nocturnos en lo ms escondido de los follajes;
los floripondios, mecidos por el viento, columpiaban pesadamente sus
campanas de raso; el huele de noche no tena aromas, y el agua corra
silenciosa por el sumidero del piln. De pronto arreci el viento, me
estremec de fro, y cerr los ojos.

No s cunto tiempo estuve as, adormecido, abrumado de pesar. Me dola
el corazn...--Sent que me tocaban en el hombro, y que me decan
quedito, muy quedito:

--Rodolfo!... Rodolfo!

Era Linilla.

--Ya todos se han recogido,--murmur--y he venido a decirte adis,
porque no quiero verte maana.

--No quieres verme?

--No; me sera imposible salir de aqu!... No podra contener mis
lgrimas! Finge que ests dormido; que ests enfermo; que no quieres
levantarte, lo que sea mejor, pero no salgas!

--Sintate aqu, a mi lado, en esta silla....

--No, Rorr. Me voy, y no s cundo volver. Irs a verme? S... no
es verdad? Me escribirs.... Llevo tu retrato, y lo mirar a todas
horas, y leer tus cartas hasta que me las sepas de memoria. No dejes de
escribirme, te lo ruego, y mame, mame como yo te amo! Piensa que he
sido muy desgraciada; que estoy sola, casi sola en el mundo, porque el
santo anciano, que ha sido para m un verdadero padre, vivir poco, y el
da que me falte.... Antes de conocerte l era mi nico amor, y me deca
yo: mientras mi pap viva yo vivir, despus... para qu? Ahora pienso
en eso, y quiero vivir, quiero vivir para t, para amarte, para ser
amada! Te dije que me olvidaras, que me olvidars.... No, Rodolfo, no
me olvides! No me olvidars... porque no debes, no puedes olvidarme!
Tu amor ha sido la nica felicidad de mi vida, y no puedo perderlo!...
Siquiera eso para esta pobre hurfana! No; el cielo no permitir que me
olvides.... Verdad que no es posible? Piensa en m; habla de m, a
todas horas, con tus tas, con seora Juana, con cualquiera!... Quiero
estar siempre en tu corazn; quiero estar a todas horas en tu
pensamiento; ir contigo a todas partes. Piensa en m cuando trabajes,
cuando leas, cuando reces.... Hasta cuando duermas!... Suea conmigo,
suea con tu Linilla!...

No pudo ms. El llanto la ahogaba. Se ech en mis brazos, y reclin su
cabeza sobre la ma. Sollozaba.... Quiso hablar y no pudo. Tom mi mano,
la estrech fuertemente, y me la bes con efusin infantil.

Despus de largo rato de silencio hizo un esfuerzo, y fatigada, como si
le oprimieran el pecho, me dijo, alargndome un objeto que sac del
bolsillo del delantal:

--Toma: es una medallita; la he llevado al cuello desde nia; me la puso
mi madre, y me la he quitado para drtela.... Ahora, dime adis, y
perdona si mi cario es causa de amarguras para t!...

Iba yo a detenerla. Me apart dulcemente, y se retir paso a paso.




XXXVI


Volv entonces a mis paseos favoritos, todas las maanas y todas las
tardes, antes y despus de ir al despacho del jurisconsulto. Recorr
otra vez las orillas del Pedregoso, y sub cien veces a la colina del
Escobillar. En todos los lamos del ro grab las iniciales de Linilla,
o una sola letra, una L, para que me recordaran a cada paso el nombre
de mi amada. Pero mi sitio predilecto era la pea ms alta de la colina.
Desde all descubra yo las cumbres ms elevadas de la Sierra. Detrs de
una de ellas estaba el pueblo de San Sebastin donde moraba la pobre
nia. Me pasaba yo largas horas en aquel sitio, siguiendo con mirada
curiosa las nubes o los jirones de niebla que iban hacia all impulsados
por el viento, y me complaca en contemplar cmo se apagaban, poco a
poco, en los picos de aquellas montaas, las ltimas luces del moribundo
da. De noche me echaba yo a vagar por las ltimas calles de la ciudad,
o iba a sentarme en el cementerio de San Antonio, al pie de un ciprs,
cerca del lugar en que Angelina me dijo, cuando le pregunt si me amara
siempre:

--Cmo hoy, como maana, hasta despus de muerta!

Desde all se domina toda la parte meridional del valle, limitado por
las montaas de la Sierra, sobre las cuales desplegaba el cielo de
invierno sus incomparables constelaciones: Orin, el Can, y el Navo
entre cuyos mstiles centelleaba el soberbio Canopo. Pero las noches
obscuras eran ms hermosas para m. Volaba mi pensamiento a travs de
las sombras en busca de la humilde casa cural; me imaginaba yo que
estaba all, en la modesta salita, cerca del sacerdote, y al lado de
Angelina. Asista yo a la partida de ajedrez, y a la sesin de lectura.
El anciano en su silln; Angelina a un lado, cerca de la mesa, a la luz
de una lmpara, con un libro en las manos. Si hasta me pareca or
aquella voz argentina, insinuante, sugestiva, que sonaba en mis odos
como el canto de un arpa elica.

Algunas noches cuando la tempestad alumbraba con crdenos reflejos las
cumbres de la serrana, me complaca yo en admirar los fuegos de la
tormenta, los relmpagos que se sucedan sin cesar con el estrpito de
mil truenos que, repetidos por los ecos, aumentaban la grandeza de aquel
espectculo celeste, como si a toda carrera cruzaran por el cielo cien
trenes de guerra, al estallido de mil y mil caones.

Se alejaba la tempestad; se despejaba el firmamento; asomaba la luna, y
las nubes, antes aterradoras y negras, se convertan en blancos celajes
orlados de plumas, de blondas, de argentados flecos; en veleros
esquifes; en gndolas de ncar; en cisnes maravillosos de cuello
enhiesto y alas erguidas, que bogaban en un golfo de aguas lmpidas
salpicado de estrellas.

Quin estuviera all! Quin bogara como ellos hacia esos valles
perdidos en los repliegues de la cordillera! Quin pudiera seguirlos en
sus giros misteriosos! A esa hora dorman las aves, callaban los
vientos, y slo se oiran en las vertientes, en los barrancos, en los
desfiladeros, el aliento de las selvas, el pavoroso respirar de los
bosques.

Una maana se present en casa el doctor Sarmiento; iba muy de prisa,
muy de prisa; llam a la puerta, y dijo a seora Juana:

--Rodolfo? No est en casa? Pues ea! decirle que le espero esta
noche... que le necesito... eh?

No me hice esperar. El facultativo estaba en su gabinete, hojeando no s
qu libracos.

--Vaya, muchacho, llegas a buena hora. Cenars conmigo. Tengo buenas
noticias para ti.... Vamos, sintate, charlaremos un rato. Cmo estn
por all? Pasando, no es eso? Mal vamos, hijo; doa Carmen anda mal,
muy mal; la ida de esa chiquilla nos va a dar un disgusto. Ya lo sabes:
alegra, distraccin....

--Alegra?

--S, alegra!...

--En mi casa no puede haber eso....

--Pues mira lo que haces. Dile a tu ta Pepa que procure distraer a su
hermana. El otro da llegu, y me las encontr llorando, llorando a
lgrima viva. Qu pasa?--pregunt.--Nada: que Angelina se fu!...
Pero ya vers, muchacho, como todo eso pasa! Lo que es ahora, cuando
llegues... ya vers.... Buen rato vas a darles!

--Por qu, doctor?

--Ya vino Fernndez... habl con l, y me dijo que el quince de Abril
te espera en la hacienda. Maana saldr para all con toda la
familia.... Es cosa hecha; all tendrs una colocacin muy regular....
Avisa a Castro.... No ms alegatos! No ms chismes ni pleitos! Ya dije
a ese caballero que no entiendes jota del negocio, pero que aprenders.
Buena persona! Muy buena persona! Procura verle maana, antes de medio
da; le dars esta tarjeta... y... listo! Ahora: al comedor!...

Cuando llegu a mi casa me dio un vuelco el corazn. Entr, y ta
Pepilla sali a mi encuentro:

--Rorr! Rorr! Mira...--y me enseaba una carta.

--Qu es eso?

--Mira... una carta!

--De Angelina?

--De Angelina!... Vamos a ver qu te dice....

--S, ta; pero despus de que yo la lea....

--Cmo t quieras, Rorr!--contest sonriendo.

Corr a mi cuarto, encend el quinqu, y, presa de hondsima emocin,
le la carta.

Mi ta pretenda en vano disimular su impaciencia.

--Qu dice?...

--Vamos, ta, calma, calma! Voy a leerla; pero que ta Carmen la oiga
tambin....

Linilla haba previsto el caso, y escribi dos cartas: una para que
pudiera yo leerla delante de mis tas; la otra para m.... Slo para
m!

Con qu alegra recibieron las buenas ancianas la carta de la joven!
Cuando acab la lectura estaban llorando.

Quera yo estar solo, y corr a mi cuarto.... Decirles que tena yo
empleo en la hacienda de Santa Clara? Quin pensaba en eso!

La carta de Angelina deca as:




XXXVII


     Rorr:

Ya me imagino que estars muy enojado conmigo porque no te escrib,
luego, luego, como t deseabas. Pero, mira: no fu por culpa ma:
Llegamos muy tarde, y yo muy cansada, cansadsima, que toda ponderacin
es corta. Estos caminos son muy bonitos, lindsimos, y... muy pesados!
Qu cuestas! Qu desfiladeros! Pero... qu paisajes! T, que eras
tan afecto a todas estas cosas, quedaras encantado. Por todas partes
espesos bosques.... Parece que no los ha tocado la mano del hombre. Por
todas partes siembras, ranchos y cabaas. Y de flores, ni se diga! He
visto unas en los troncos de los rboles, y otras, enredaderas, que son
para alabar a Dios. Y eso que estamos todava en invierno. Qu ser en
Abril y Mayo?

Al otro da me puse a arreglar la casa. Estaba atroz! Francisca no
sirve para nada. La pobre est vieja y enferma. No la saques de la
cocina, porque no har nada. Ya sabes que no soy perezosa; digo a
trabajar, y... a trabajar! Ha quedado la casa lindsima, lindsima,
porque el orden y el aseo todo lo embellecen. Cuando llegamos toda
estaba triste y sombro. Lo que es ahora da gusto pasear por estas
piezas. Slo yo no lo tengo para nada, porque la tristeza me mata.... A
cada rato me dan ganas de llorar. Me escapo, me voy al jardn, o a la
iglesia, y all, solita, sin que nadie me vea, lloro y lloro por t. A
veces creo que estoy sola en el mundo; que nadie me quiere; que t ya no
piensas en m, en tu pobre Linilla.... Pero tengo ratos de alegra, muy
dulces, cuando pienso en que me quieres mucho, mucho, y en que estars
taciturno, cabizbajo, melanclico y apesadumbrado por mi separacin. Y
me digo: Mejor! Mejor! Que se apene! Que padezca! Eso ser seal
de que me quiere y piensa en mi! Perdname. El amor es egosta.
Deseamos la dicha de la persona amada, y, sin embargo, nos complace que
padezca y llore como nosotros. Verdad que ests triste, y que hasta
tienes ganas de llorar, porque no estoy all, a tu lado, y no me ves, ni
oyes mi voz? Yo si te veo, te veo a todas horas, y no en retrato.
Entorno los ojos, y luego apareces delante de mi, igualito, como
eres.... Y te hablo, y me hablas, y eres conmigo muy carioso, muy
tierno! Y me miras, y te miro.... Entonces soy dichosa, muy dichosa, y
siento que soy la ms feliz de las mujeres. Pero cuando me pongo triste
y con ganas de llorar, entonces cierro los ojos y... no te veo! He
dado en pensar, cuando esto me pasa, que en esos momentos no me quieres;
que no piensas en m; que me has olvidado; que soy un cadver en tu
memoria. Y esto me aflige, me acongoja, me llena de amargura. Ser
cierto que a veces te olvidas de tu Linilla? Pues tu Linilla no te
olvida, ni te aparta un momento de su memoria. Ser cierto que en
algunos momentos vives para... otra? Verdad que no? Verdad que slo
vives para m?

Anteayer en la tarde salimos de paseo por las orillas del pueblo, que
todas son laderas. Pap tom asiento en una roca, y se puso a rezar el
oficio, y yo, entretanto, me ech por aquellos vericuetos, y sub y
sub, hasta un picacho desde el cual se ve algo de los valles de
Pluviosilla y de Villaverde. Llegu a la cima, y llegu fatigadsima. Es
cierto que desde all se dominan los campos de Pluviosilla; pero ay!
slo un poquito, muy poquito, los cerros de Villaverde; nada ms la
punta del Escobillar. Cunto hubiera yo dado por ver, aunque fuera
desde tan lejos, esa pea en la cual te sientas a contemplar la puesta
del sol. Estaba el cielo muy limpio y despejado; ni una nube en esa
regin; y yo me deca: quin fuera pajarito para volar hacia all, y
volar, y volar en busca de Rorr, de mi Rorr! Sentada all, entre el
follaje, estuve pensando en t; pero con muchas ganas de llorar.... Era
ya muy tarde; baj, y a la bajada, cort muchas flores, y como no puedo
mandrtelas, eleg un helecho que va dentro de esta carta. Lleva una
cosita... a qu adivinas? Te acuerdas que la noche, cuando nos
despedamos, me pedas las flores que tena yo en la cabeza? Te
acuerdas qu me decas?... Me da vergenza escribirlo; pero t me
entiendes!... Escrbeme, Rorr. Escrbeme, alma ma; mira que si no me
pones cuatro letras, aunque sean cuatro letras nada ms, me voy a morir
de pena. No seas perezoso, Rorr. T eres muy perezoso, y aunque me
quieres mucho, como yo a t, eres capaz de no escribirme a tiempo, y el
mozo vendr, y no me traer carta tuya, y tendr que esperar ocho das,
ocho das, que sern para m ocho siglos! Escrbeme; mira que estoy
dispuesta a ir hasta el rancho de los Cedros a encontrar al mozo, para
que me d las cartas y los encargos. Imagnate qu pena tendr si t no
me escribes!

Ya es muy tarde: acaban de dar en el reloj de la sala las doce de la
noche, y no puedo seguir escribiendo. Ya escrib la otra carta, para que
no te veas en el compromiso de leer sta delante de tus tas, y as ser
en lo de adelante. Dos cartitas: una para t y para todos, otra para...
mi Rodolfo.

Cuida mucho de tus tas, particularmente de doa Carmelita. Piensa que
la pobre est muy enferma, muy nerviosa, y necesita cario y amor. Ya
les escribo cuatro renglones. Dile a doa Pepilla que si tiene entre
manos alguna obra grande, que me mande los avos; que yo la ayudar
aqu; que tengo mucho gusto en ayudarla; que me sobra tiempo y puedo
emplearlo en eso.

Dime lo que haces, y en qu pasas el tiempo cuando sales del escritorio;
dime si piensas en m; si te acuerdas de tu Linilla que te quiere mucho,
mucho, mucho, y slo vive para amarte. Adis!

     Angelina.

P. D.--Cuidadito con no escribir! Te castigo: no vuelvo a pensar en
t.




XXXVIII


La carta de Angelina fu para mi alma entristecida como el rayo del sol
que disipa en valles y riberas las brumas que dej la tempestad. Me
sent dichoso y feliz, feliz y orgulloso de ser amado. Algo como un
soplo de primaverales vientos inund mi alma y vino a reanimar mi
desmayado corazn.

No quise recogerme sin escribir antes a Linilla. Todo reposaba en torno
mo. Por la ventana, abierta de par en par, entraban los aromas del
jardn; el agua corra silenciosa por el sumidero del piln, y de cuando
en cuando, anunciador de la estacin florida, preludiaba un jilguero su
amorosa serenata.

A media noche dej la pluma, y le, y rele mi carta: seis pliegos
escritos por las cuatro carillas. Presa de un desaliento inexplicable
met los pliegos en el sobre. No; no decan aquellas pginas lo que
senta mi corazn. En vano me empe en transmitir al papel las
impresiones que en m produjo aquella carta; en vano luch por expresar
la emocin de mi alma hondamente conmovida, la emocin sublime que
seoreada de mi espritu anudaba mi lengua, humedeca mis ojos y
paralizaba mi pensamiento.

Desalentado, rendido de cansancio, me tend en el lecho. A la
incomparable alegra de un instante sucedi en m cierto estado penoso,
y procur dormir.

Alguien ha dicho que el sueo es un anticipo que nos hace la muerte.
Dulce y reparador despus del trabajo; consolador y benfico cuando el
dolor hinca en nuestro pecho sus garras de milano; rico en imgenes y
fantasas cuando est con nosotros la esperanza, suele ser esquivo,
desdeoso, cruel, si cuando la felicidad nos sonre le pedimos, para
completar nuestra dicha, un ramo de su corona de adormideras.

El sueo tard mucho en venir. En tanto me d a pensar en que
prximamente tendra yo que separarme de aquella casa para ir a ganar
entre desconocidos y extraos un pedazo de pan.

Qu haran sin m las pobres ancianas? Qu haran si yo me iba?
Tendran ms dinero, es cierto, pero se quedaran solas, como
abandonadas, sin ms amigos que un viejo servidor trabajado y achacoso;
un mdico tan pobre como ellas, y un dmine que se mora de tristeza
y... de hambre!

Al irse Angelina fu preciso buscar una criada que viniera en auxilio de
mi ta Pepa y de seora Juana. Pero, con qu pagarle sus servicios? Mi
sueldo, no siempre pagado con puntualidad, a causa de la mala memoria de
Castro Prez y de mi timidez para reclamrselo, lo que ganaba mi ta con
sus flores y sus chiquillos, y lo que Andrs nos daba, era lo nico que
tenamos. Resolvimos suprimir un platillo en la mesa, y eso que la
nuestra no era, por cierto, mesa de banqueros ni de prncipes.

Iba yo a ganar un buen sueldo; no saba yo cuanto; pero, en fin, no
sera tan exguo como el que me pagaba el jurisperito. Tendra yo en la
hacienda casa y comida; los tiempos mejoraban, y era del caso aprovechar
la buena suerte; pero la idea de abandonar a mis tas, aunque fuese para
atender a sus necesidades de un modo ms amplio, me atormentaba, me
llenaba de angustia, y no dejaba de aterrorizarme el pensamiento de que
en el prometido empleo me sera necesario tratar con personas que no me
estimaran, que acaso no me conocan, y de las cuales tendra yo que
sufrir menosprecio y maltrato. Cuando se habla de la pretendida
felicidad de los ricos, y se elogia la abundancia en que viven, el lujo
que gastan, las comodidades de que disfrutan y el bienestar que los
rodea, nadie acierta a sealar lo nico que a los mimados de la fortuna
da verdadera superioridad sobre aqullos que viven de un trabajo diario,
penoso y mal retribudo. No; no est su envidiable superioridad en los
respetos sociales, ni en la estimacin pblica, que, aunque aparente y
mentida, es poderoso elemento de felicidad, porque hace que todos les
guarden consideraciones y respetos; ni est en la tranquilidad de una
vida sin afanes,--que tambin los tiene el rico, y grandes y
terribles,--sino en la noble entereza que les da el dinero para rechazar
los ultrajes, para no pedir a nadie favores ni indulgencia con mengua
del propio decoro. La pobreza rebaja de ordinario los caracteres, abate
el espritu, envilece el alma, la nivela con lo ms abyecto, y slo
espritus muy levantados, espritus de sublime temple, salen ilesos de
la prueba. Cuando solemos encontrarnos con seres mezquinos, con almas
degradadas, para las cuales el respeto propio es vana palabra, que si
llega a los odos no conmueve el corazn, ni tie de rojo las mejillas,
decimos: Alma de esclavo! Y sin quererlo pensamos en una vida de
miseria que envileci el carcter y encanall el espritu. Dgase lo que
se quiera, esa nobleza es la nica felicidad de los ricos. Por ella,
slo por ella, los admira el mundo. Todo lo dems que en ellos envidia
la multitud es como la corona de oropel que cie la frente del
comediante. Noble dignidad, dignidad envidiable que pone a salvo las
prendas ms altas del corazn!

Observad a todos aqullos que vivieron una niez miserable; en cuyo
hogar falt muchas veces el pan; que no tuvieron ropas para cubrir el
demacrado cuerpo; que imploraron avergonzados la caridad pblica, y no
como el mendigo, con serena franqueza, sino ocultando la demanda en una
frase lisonjera; que pasaron, poco a poco, de la timidez bochornosa a la
splica sonriente; de la peticin insinuante a la explotacin
vergonzosa, y de all... a la tolerancia interesada, y veris cmo,
aunque estn en la opulencia, aunque la sociedad los mime y la fortuna
los haya indemnizado de cuanto en un tiempo les neg, aun tienen en lo
ms escondido del corazn el vinagre y la hiel de la miseria. La pobreza
desesperanzada imprime carcter, y en su seno se cran la soberbia
hipcrita, la modestia burlona, la astucia dolosa, que tienen
flexibilidades de vbora; la ruindad intrigante, la maledicencia
ponzoosa, y la envidia exange que todo lo codicia y que todo lo afea.

En pos de esa noble dignidad corren todas las almas levantadas, alto el
pensamiento, alto el corazn: el estudiante que se afana por
conquistarse digno puesto en la sociedad; el mercader que gasta en el
trabajo los aos mejores de la vida; el menestral que lucha por
conseguir vida independiente. El deseo de alcanzarla es la nica
disculpa que tiene la avaricia.

Mi padre quiso darme esa codiciada felicidad; no pudo lograr sus
propsitos; pero de l hered ese instinto de soberbia altivez con la
cual rechac en todo tiempo, de nio, de mozo, y de hombre maduro, la
humillacin indigna, la reprensin inmotivada, el atropello brutal de
quien se consideraba superior a m. De mi madre hered plcida dulzura
para la debilidad, sumisin respetuosa para todo acto de justicia,
tendencia irresistible para compadecerme del ajeno dolor, y cierta
delicadeza femenil que me ha causado muchas amarguras.

Entregado a estas meditaciones pas una hora. Vino el sueo, y vino
dulce y halagador, como un amigo carioso que acude a nuestro llamado
para darnos consuelo, para reanimar el abatido corazn; como una hermana
compasiva que se acerca a nuestro lecho, acaricia nuestra frente,
entorna nuestros ojos, y nos invita a reposar porque sabe que padecemos
y necesitamos descanso.




XXXIX


Al da siguiente, despus del desayuno, dije a mis tas lo que pasaba.

--Y te vas!--exclam mi ta Pepa.--Te vas y nos dejas?

--Es preciso. Comprendo que esto ha de ser muy penoso para ustedes....
Lo comprendo, ya he pensado en ello, pero qu hacer?

--Ahora que estamos solas, cuando Angelina acaba de irse... cuando
despus de tantos aos de ausencia has vuelto a nuestro lado!

--S, ta, me ir; y no por gusto. Bien sabe Dios cunto me duele esta
separacin!... Pero no se aflija usted. Es necesario.... Estoy obligado
a....

--A vivir con tus tas!--exclam interrumpindome.

--Estoy obligado a subvenir a las necesidades de ustedes.

--Y no te basta con lo que ganas en la casa de Castro Prez? Te
pedimos algo que no puedas darnos?

--No, ta; pero no puedo mirar tranquilamente la vida de trabajo que
lleva usted. Andrs hace por nosotros cuanto puede, y el pobre puede
poco. No me avergenzo de aceptar sus favores; pero eso no debe seguir
as, indefinidamente.... Ya sabe usted que en la casa de Castro Prez
gano poco, y que no es posible ganar ms.

--Pues yo creo que all est tu porvenir....

No pude menos de sonreir al escuchar a mi pobre ta.

--Mi porvenir?

--S.

--No, ta; yo no me pasar la vida escribiendo alegatos. Ese trabajo me
mata. No porque sea rudo, sino porque es insuficiente. Prefiero las
faenas agrcolas y la vida agitada de los campos que dan salud y buen
humor.

La enferma permaneca silenciosa. Ta Pepa trat de convencerme de que
no deba yo dejarlas. Discutimos largamente el punto; ella, viva,
nerviosa, desatando todas las dificultades; yo, aparentando una
serenidad que no tena. Ni la anciana quera rendirse ni yo consegua
convencerla.

--Vamos,--exclam--que resuelva mi madrina!

--S, hijo mo:--contest la anciana--eso me toca a m! Pepa te quiere
mucho y se le hace duro que nos dejes. Piensa t, Pepa, que no estar
muy lejos de nosotras; piensa que vendr frecuentemente, y considera que
aqu, con Castro Prez, no har nada. Te irs, Rodolfo, te irs, y nos
quedaremos muy contentas. No hablemos ms. Vstete, que como te veo te
juzgo, vstete y vete a la casa de Fernndez. No saldrs descontento, es
una persona muy fina. No es verdad, Pepa?

--As lo har, ta.

--Despus, te vas a la casa de Castro Prez, y le avisas que dentro de
veinte das, o los que sean, segn lo convenido, tendrs que separarte
de all, y ya est!

Y agreg un poco trmula y conmovida:

--Mira: siento que nos dejes; pero la razn me dicta que te deje ir; que
no te impidamos lo que vas a hacer. Yo el mejor da me ir tambin, y no
quiero que a la hora de morir me atormente la idea de que por culpa
nuestra has perdido un bienestar que nosotras no podemos darte....

La voz de la anciana iba siendo ms dbil cada da, y a la menor emocin
se le apagaba hasta hacerse imperceptible. Para calmar a la enferma y
dejarla tranquila le d un abrazo y la bes en la frente.

--No, madrina, no hay que afligirse! Vendr a ver a ustedes cada ocho
das. Adems, la hacienda de Santa Clara no est en el fin del mundo....
Ya, ya ver usted a su sobrino, qu majo y qu gallardo que viene,
vestidito de charro, en un caballo soberbio! Ya ver usted, ta Pepa,
qu elegante y guapo estar con el pantaln ceido, el jarano galoneado,
la chaquetilla airosa y la pistola al cinto! Y taca, taca, taca! Ah
est el ranchero! Ya lleg! Y entrar Juana, diciendo: Seora... ya
vino el charro! Y usted, ta Pepilla, usted saldr corriendo a
recibirme y abrazarme, o se asomar usted a la ventana para verme
llegar, y ver a todas las muchachas que han de mirarme con tamaos ojos,
como diciendo: Qu reguapo! Y entrar, sonando las espuelas, y
ustedes se pondrn muy alegres. Y... chas! Ah est el chorro de
pesos!

Sonrea la enferma, sonrea ta Pepilla, y yo me paseaba por la
estancia, afectando la gallarda apostura de un jinete admirable.

Una hora despus sala yo de la casa del seor Fernndez. Present la
tarjeta del doctor y fu recibido perfectamente. El hacendado me hizo
pasar a su despacho, una pieza elegantemente ajuarada. En dos por tres
quedamos arreglados.

--Le espero a usted el da quince. Vendrn por usted. Mandar un criado.
Tiene usted costumbre de montar a caballo?

--No, seor, debo hacerlo como un colegial....

Sonri el hacendado, y me dijo:

--Amiguito: ya veremos!... Cabalgando se aprende....

Despus se habl de mi familia, de mis tas, de la enfermedad de mi
madrina, de mi abuelo, a quien haba tratado en no s qu parte, y
luego, en dos palabras me despidi.

--Bien:--dijo--asunto arreglado! Usted me perdonar... estamos de
viaje!... Gusta usted de almorzar?

Y se levant y me condujo a la puerta.

En esos momentos apareci la seorita.

--Pap!

Sonrojse al verme, y murmur tmidamente:

--Usted dispense....

--Qu quieres, Gabriela?--le pregunt el caballero.

--A qu hora hemos de salir?

--Despus de comer... a menos que t quieras salir ms tarde....

Salud, y me fu. Linda criatura! Aun me parece que la veo con aquel
vestido azul que pareca un jirn de cielo; esbelta, donairosa,
elegante, sencilla, hmedos los rubios cabellos, que, atados con una
cinta de seda, caan hacia la espalda sobre una toalla anchsima. Nunca
me pareci ms bella!




XL


Cuando llegu al despacho me encontr con el jurisperito. Sala para ir
al Juzgado.

--Amigo:--me dijo muy gestudo y mohino--ya me cans de esperar.... Qu
le ha pasado? Por qu viene usted a esta hora? Recuerde usted que el
deber es lo primero. Djese usted los amoros para los ratos de huelga.

Me sent herido, y murmur una disculpa, que no calm la clera de don
Juan, sino que, por lo contrario, le impacient, porque, interrumpiendo
mis excusas, agreg en tono despreciativo:

-Bien! Bien! Que no se repita esto!... Me voy al juzgado. Avise usted
a las muchachas que no me esperen.... Volver entre cuatro y cinco. Ah
en mi bufete est un escrito.... Cpiele usted!

Se compuso el sombrero, y se fu. A poco, cuando principiaba yo a
escribir, o en el zagun voces femeniles que distrajeron mi atencin.
Luisa y Teresa, (no eran otras las que hablaban) aparecieron en la
puerta del escritorio. Venan muy majas y de ataque.

--Pap!--grit la rubia, asomando su vivaracha cabecita.--Pap! Ya
estamos de vuelta!

Luego que supieron que don Juan haba salido, y que no volvera hasta la
tarde, las dos muchachas se colaron de rondn en el despacho, y tomaron
asiento en la banca de los clientes. Se abanicaban furiosamente, y se
miraban y sonrean como deseosas de decir algo que no les caba en el
cuerpo.

--No le robamos el tiempo?--pregunt la morena.

--No, seorita.

--De veras?--dijo la rubia.

--No.

--Pues entonces,--prorrumpi Luisa,--deje la pluma y charlemos un rato.

--Como ustedes gusten.

--A qu no sabe usted de dnde venimos?

--De la iglesia; de las tiendas; vendrn de comprar perendengues y
moos.

--No!--exclamaron a una.

--No acierto....

--Adivine usted!...--dijo la morena.

--Adivine usted!...--repiti la rubia.

--No acierto, seoritas....

--Oyes, Luisa? No acierta! Pues nosotras sabemos dnde estuvo usted
hace media hora....

--Ah! No es difcil saberlo. Acabo de llegar, y ustedes me veran salir
de casa..

--Oyes, Tere? De... casa!

--Pues de all sal hace una hora.

--Conque de casa, eh?--murmur la morena.--De casa!

Se miraron discretamente, y sonrieron.

Luisa, para lucir sus lindas manos, se compuso el peinado, afirmando las
horquillas con la punta de los dedos. Teresa se acomod en el asiento
dejndome ver los pies, primorosamente calzados; luego, cerr de un
golpe el abanico, fingi que arreglaba las varillas, baj los ojos, y
despus de un rato de silencio, repiti, vindome de hito en hito:

--Conque de casa, eh?

Me ech a rer. Aquel conque era la muletilla de las seoritas Castro
Prez, y en Villaverde cuando de ellas se hablaba, todos decan las
nias Castro Conque.

--De qu se re usted?--pregunt contrariada la rubia.

--De nada. Son ustedes muy maliciosas....

--Conque de casa!--volvi a decir.--No sabamos que viva usted all,
en el pa... la... cio de la marquesita! Por qu no avisa usted
cuando muda de casa?

La tormenta estaba encima.

--Son ustedes muy maliciosas. Es cierto que estuve en la casa del seor
Fernndez..., y qu?

--Vaya! Vaya! Confiesa usted...--exclam Luisa, abanicndose.

--Nada tiene de extrao. Ya saben ustedes que los negocios.... Fu a
recoger una firma.

--Puede! Si nosotras estbamos all.... Fuimos a pagar la visita. Ya
nos daba vergenza ver a Gabriela. Figrese usted que hace ms de un ao
que vino ac. Pap deca a cada rato: Nias... ya pagaron esa
visita? Nosotras no queramos ir... porque... la verdad....

--No la digas;--interrumpi la morena--no la digas, que Rodolfo es de
los interesados!

--Adis! Y por qu no? Una es muy duea de decir lo que quiera....

--S; pero... no a todo el mundo! No ves que Rodolfo....?

--Diga usted, Teresa, diga usted!

--No, Tere!--suplic Luisa.

--Pues lo he de decir!... Pues, vaya, que... esa seorita nos...
choca!

--Y por qu?

--Friolera!--exclam Luisa.--No la ve usted tan pagada de s, y tan
orgullosa, que a todos desprecia, y que dice que todas las vilaverdinas
somos unas payas..., unas ridculas.

--Vean ustedes, seoritas: pienso que esa nia no es orgullosa, ni est
pagada de s; pienso que no desprecia a nadie, y que, por lo contrario,
es muy amable con todos; y de seguro que es incapaz de decir eso que
ustedes le atribuyen....

--Usted qu ha de decir!... Usted la defiende porque... vaya! porque
est usted enamorado de ella!

--Yo, Teresa?

--S.

--Quin ha dicho eso?

--Todo el mundo! Todo el mundo lo dice!

--Pues todo el mundo dice mentira.

--Mentira? Que me azoten en la plaza, y que no lo sepan en mi casa!
Usted dir lo que guste... pero si no es verdad eso que cuentan, usted
tiene la culpa de todo, porque le hace usted unos osos terribles....
Noche a noche va usted a oirla tocar.... All se est usted horas y
horas, en la baranda de la Plaza. Y por eso Gabriela, que sabe que
tiene... au... ditorio, no se quita del piano.... Y por cierto
que... (no se enoje usted!) por cierto que la pobrecilla lo hace bien
mal!... Verdad, Luisa?

--Por Dios, Tere!--exclam la morena.

--Cllate t! Ahora ver usted, Rodolfo: le dijimos que tocara, y toc
la Sonmbula de Talberg. Jess nos asista! Qu Sonmbula!

--No, hija, no; no digas eso.... Ella toca sin expresin, sin comps...
pero en cuanto a ejecutar... ejecuta mucho! Ya quisieran muchos, de
esos que se llaman profesores, ejecutar como Gabriela.

--Pues, mira, Luisa; yo ni eso le concedo! Qu chiste tiene eso de
aporrear el piano? Si aquello me pareca un pleito de perros.

Y la rubia se tap las orejas.

--Teresa, por Dios: ten caridad!--dijo en tono compasivo la morena.--No
hables as; dirn que decimos eso por... envidia!

--Envidia yo? Y de qu? Yo? Gracias a Dios que no toco el piano!

--No; pero pensarn que t no haces ms que repetir lo que yo digo.

--Y dirn la verdad. Quin me dijo ahora, al salir de all: Viste,
oiste? Eso no es tocar! Lstima de piano! No fuiste t? Pues
entonces de qu te espantas? Yo dir lo que me d la gana. Ya lo sabes:
tan fea como tan franca!

Me indignaba la murmuracin de aquellas nias tan mal educadas y tan
cursis.

--Fea? Nada de eso! Quin ha dicho que es usted fea? No lo digo yo,
ni lo dice nadie, y menos... Ricardo Tejeda.

Encendise la rubia al or este nombre. Ricardo haba sido su novio, lo
saba yo muy bien, l mismo me lo dijo en el Colegio, y Teresa no le
perdonaba a mi amigo que, a poco de terminar con ella, hubiera visto
con demasiado inters a la elegante y encantadora seorita. De aqu el
odio a Gabriela; de aqu que murmurase de su hermosura; de aqu el que
afeara todo en la seorita Fernndez.

--S;--contest vivamente Teresa--ya s que en Ricardo tiene usted un
rival....

La maldiciente polluela estaba enamorada de amigo; le quera, a su
manera, le amaba como loca, y no poda olvidarle.

--S, ya s que Ricardo est enamorado de Gabriela, lo s; y s tambin
que por eso no habla con usted, ni le busca como antes. Antes tan
amigos! Ahora enemigos a muerte!

--Enemigos? Quin ha dicho eso?

--S, se pasan pero no se tragan.... Pero est usted tranquilo, Rodolfo;
Ricardo no es temible... no es temible!

--Vea usted, seorita: si Ricardo est creyendo que yo pretendo a
Gabriela, es porque alguno le ha engaado.... Alguno que ha querido
burlarse de nosotros...!

Luisa nos escuchaba atentamente, jugaba con el abanico, y sonrea al
oirme. Teresa se qued un instante pensativa.

--Oiga usted, Rodolfo: me quiere usted hacer un favor?

--Veamos, cul?...

--Tiene usted amores con esa seorita?

--No.

--De veras?

--De veras.

--Pues, enamrela usted; enamrela usted. Yo conozco muy bien a las
mujeres, como que soy del sexo. Enamrela usted! Yo le aseguro que en
dos por tres se arreglan ustedes!

--Y Ricardo?--pregunt con mucha seriedad.

--Ricardo? Qu rabie! Quin le manda ser tonto!

Las muchachas se levantaron, chacharearon dos o tres minutos, y se
fueron. Ya en la puerta se detuvieron. Teresa se volvi hacia m, y con
tono entre suplicante y malicioso me dijo:

--Rodolfo: enamrela usted!




XLI


Castro Prez lleg un poco antes de las cinco. Entr silencioso, dej en
su mesa el sombrero y el bastn, y luego, paso a paso, se dirigi a la
ma:

--Acab usted la copia?

--Aqu est.

Ley el alegato, firm, y volvi a su pieza. Yo le segu.

--Deseo hablar con usted dos palabritas.

--De qu se trata?

Djele que iba yo a separarme; que a ello me vea obligado por la
necesidad; mis gastos iban siendo mayores cada da, y lo que all ganaba
no me era suficiente para atender a mi familia.

--Vamos:--me interrumpi--a qu viene todo eso? Est usted disgustado
porque esta maana....

--No;--me apresur a contestar--d motivo para que usted me reprendiera.
Tiene usted razn; el deber es lo primero. No, seor: le aseguro que no
es esa la causa de mi separacin. No gano aqu cuanto necesito, y, como
es natural, estoy obligado a procurar que mis tas no carezcan de nada.
Tengo empleo en otra parte.... All ganar ms.

Encendise el jurisperito, se irgui en la poltrona, se compuso las
gafas, y mirndome por encima de los cristales me dijo desdeosamente:

--Bien! Bien! Y... sepamos, qu empleo es ese? Va usted a meterse a
maestro de escuela?

--No, seor.

--Pues, entonces?

--Voy a la hacienda de Santa Clara....

--Ya me lo imaginaba! Lo de siempre! Ese Fernndez se ha empeado en
quitarme los escribientes! Bien! Bien! Haga usted lo que guste; haga
usted lo que mejor le convenga; pero no diga que aqu ha estado usted
mal retribudo, porque no es verdad! Nadie ha ganado aqu ms que usted.
No dir que le pago un capital, ni mucho menos, porque el dinero no cae
con la lluvia, pero... es usted soltero, no tiene usted familia, ni
obligaciones.... Con lo que tiene usted aqu... le basta y le sobra!
Bien! Bien!

Quise replicar, pero me pareci intil toda aclaracin. Castro Prez
prosigui:

--No estar usted contento en Santa Clara. Lo anuncio desde ahora. All,
segn noticias, se trabaja mucho, mucho!... Usted no tiene costumbre de
matarse as, de sol a sol, como un gan. Aqu est usted mejor; tiene
usted tiempo libre para todo.... Hasta para hacer versos! Bien! Bien!
Y cundo se va usted?

--Dentro de quince das.

--Eso s est malo, malsimo! Bien! Se ir usted cuando guste. Hoy
mismo llamar al sustituto. Queda usted libre desde hoy!

--Yo contaba con seguir aqu, al servicio de usted, hasta el da en que
debo estar en la hacienda, y he querido....

--No, joven, no; lo que ha de ser tarde que sea temprano.

Me sent humillado, y call.

--Vea usted, joven;--agreg con dulzura--qudese usted conmigo.... Le
aumentar los emolumentos; le dar cinco pesos ms. Creo que con eso no
tendr usted dificultades!

--Imposible, seor! Acept ya el destino, y no me parece conveniente
rehusarle ahora.

--Tiene usted razn. Bien! Bien!

Abri el cajn de la mesa, sac un puado de monedas, me hizo la cuenta,
a tanto por da, como a un criado, y me di unos cuantos duros. De buena
gana me hubiera yo negado a recibirlos, a pretexto de generoso
desprendimiento, pero aquel dinero me era necesario; era pan y vida
alegre para algunos das.

Triste condicin la del pobre!--pens.--Triste condicin la de quin
est obligado a servir a otro! Y entonces record, uno por uno, todos
los malos ratos que haba pasado yo en la casa del jurisperito, y en los
cuales no repar nunca, aunque no fueron pocos. Recelos, malos modos,
desptico trato, reprensiones inmotivadas, correcciones estpidas,
alardes de ciencia que tenan por objeto mantener un crdito cimentado
en arena, y, sobre todo, esa desconfianza ofensiva, insultante, que hay
en algunos ricos para con el desgraciado que les sirve y gana poco, de
quien se teme todo lo malo, y a quien se puede ultrajar impunemente,
pues se sabe que el ultrajado tendr que callar, porque si habla y
replica, y rechaza con noble energa la infame sospecha, se quedar sin
el mendrugo diariamente ganado a costa de un trabajo penoso.

Hasta entonces par mientes en que el pobre, el que vive de un sueldo
mezquino, est a merced de quienes le pagan. Qu har si le echan a la
calle? Qu har, si, lastimado en su honradez y en su dignidad,
protesta de su inocencia, y toma el sombrero, y se va? No har
tal!--dice el amo.--Qu come maana? Tiene hijos, esposa... Y fiado
en esto le ultraja y atropella sin piedad.

Pero entonces no haba cado en mi corazn ni una gota de hiel. La
juventud es generosa, es buena, y no cree, no quiere creer que los dems
son o pueden ser malos; piensa que slo hay corazones nobles y almas
bondadosas.

No olvido ni olvidar jams que cierto da, en el despacho de Castro
Prez, recib una buena cantidad en metlico; cont y volv a contar las
monedas, las revis con el mayor cuidado, y estaban completas. Contlas
despus el jurisperito, y le falt una. No tard en salir trmulo y
colrico.

--Aqu falta dinero!...--prorrumpi en voz alta, delante de Porras y
Linares.

Volv a contar el dinero en presencia de todos. Cabalito!

--Tiene usted razn!--murmur don Juan.--Usted dispense!

Don Cosme no se di cuenta de lo que pasaba. Porras me detuvo al paso,
y, poniendo sus manos en mis hombros, me dijo dulcemente:

--Este hombre no tiene remedio! Quin le manda a usted gastar esas
corbatas... tan bonitas Paciencia, joven! Paciencia!

Dieron las seis, recog algunos papeles que tena yo en el cajn de la
mesa, d las gracias a Castro Prez por sus bondades para conmigo, y me
lanc a la calle.




XLII


Aquellos veinte das fueron muy amargos para m. Ms de medio mes sin
ganar un peso! Nuestros gastos haban subido considerablemente; hubo que
pagar a una criada, y fu preciso comprar no s qu medicinas muy caras
que recet Sarmiento, y vino de suprema clase para la enferma. Andrs,
generoso como siempre, acudi en mi auxilio.

--No te aflijas,--me deca,--el tenducho da para mucho. Toma!

Y puso en mis manos un rollo de pesos.

Mi salida de la casa de Castro Prez, salida que adems de enojosa me
pareci ofensiva para mi buen nombre, me puso abatido y desalentado.

Todos aqullos que me vean en la calle, sin ocupacin ni empleo, y que
antes me vieron en el despacho del abogado, pensaran, sin duda, que
Castro Prez me haba despedido por algo vergonzoso. Dime a cavilar en
esto, y me resolv a no salir de casa. Me pasaba yo el da leyendo,
escribiendo y cuidando del jardn. Las plantas que Angelina y yo
habamos sembrado prosperaban a maravilla; los rosales recobraban su
lozano follaje; las violetas macollaban que era una gloria, y el cuadro
de no me olvides pareca una alfombra de felpa.

Cierto da, aburrido de pasar el tiempo entre cuatro paredes, tom el
sombrero y me fu de tertulia a la casa de don Procopio. All estaban
los pedagogos y el P. Sols. No bien me vieron mis crticos se pusieron
a sonreir como si de m se burlaran, como si recordaran que me haban
puesto de oro y azul en sus peridicos. Los mancebos que trabajaban
detrs del mostrador, el uno triturando cierta sustancia ftida, y el
otro copiando una receta, se miraron, se hicieron una sea de
inteligencia, que no pas inadvertida para m, y de buenas a primeras me
preguntaron por qu causa me haba despedido el jurisconsulto. Domin
la clera que en m provoc aquel ataque, que ataque era, y muy audaz,
puesto que la palabreja usada era ofensiva, y en pocas palabras, con
mucha cortesa, expliqu los motivos de mi separacin. Ocaa y Venegas
me oyeron con indiferencia, casi con desprecio, pero los boticarios
dieron muestras de que se interesaban por m.

--Ya!--exclam el ms parlachn.--Ya me lo imaginaba yo! As son las
cosas. Se lo dije a ste y a don Procopio. Me alegro de saber la verdad
del caso. Ahora ya no daremos crdito a Ricardo ni a don Juan.

De seguro que uno y otro contaban a su manera lo sucedido, y en
perjuicio mo. Pronto supe todo; los chicos de la botica no me ocultaron
nada. Ricardito les dijo que el jurisconsulto me haba despedido por
abuso de confianza; no lo aseguraba... as lo decan... algo habra
de cierto; el dinero es pegajoso; no es difcil que al contarlo se le
pasen a uno dos o tres monedas falsas, o, lo que es ms fcil todava,
que le falten a uno cinco o... ms duros. Pero Ricardo repeta que era
yo persona honradsima, incapaz de faltar a la confianza que depositaran
en m; ramos condiscpulos, amigos, y l me defendera contra viento y
marea.

Me irrit la maldad de mi amigo, me indign su hipocresa; pero no haba
remedio, no le haba, era justo que agradeciera yo a mi condiscpulo
defensa tan brillante.

Don Juan, interrogado en la botica acerca de la causa de mi separacin,
se limit a decir:

--Es muchacho inteligente, trabajador, tiene bonita letra, muy bonita, y
aunque de cuando en cuando se le escapan algunas faltas de ortografa,
escribe bien, muy bien! No saba nada cuando entr en mi despacho, y
pronto se puso al corriente.

--Bueno,--le replicaron.--Entonces... por qu se ha separado de la
casa de usted?

Castro no respondi, hizo un gesto, y despus de un rato de silencio
murmur:

--No me convena tenerle en casa!...

Todos callaron, y nadie se atrevi a inquirir el motivo de mi
separacin. Unos pensaron que, sin duda, no vea yo con malos ojos a
Teresa o a Luisa; otros que, acaso, no cumpla yo con mis deberes; y
todos que.... No me atrevo a repetirlo! Todava, despus de tantos
aos, ahora que de nadie necesito, ahora que si no soy rico, por lo
menos vivo cmoda y decentemente, sin pensar en el dinero para el da de
maana, cuando recuerdo la hipcrita calumnia de Ricardo y las
reticencias de don Juan, siento que me ahoga la sangre.

Me retir de la botica triste y afligido. Y si la calumnia aquella,
corriendo de boca en boca, llegaba a odos del seor Fernndez? Este me
cerrara las puertas de su casa, me negara el empleo, ordenara que me
vigilasen los dems empleados.... Y si la calumnia llegaba hasta mis
tas?... Las pobrecillas se moriran de pena!

Es la calumnia como los miasmas de los pantanos: se levantan del fango
en leve, imperceptible burbuja; se extienden, se difunden, envenenan
los aires, y llevan la muerte a todas partes. En todas partes nos
acechan: en el aire, en el agua, en los frutos incitantes que esmaltan
los follajes, hasta en el aroma de las flores.

Muere el calumniado, pero la calumnia sobrevive, como para perseguir a
la vctima hasta ms all de la tumba. La calumnia es la fetidez de las
almas corrompidas. El corazn del calumniador es un esterquilinio.

Corr a mi casa, me encerr en mi cuarto, y me tend en la cama. Mis
sienes ardan; el corazn se me haca pedazos. Volvindome y
revolvindome en mi lecho pas dos o tres horas. Odio, odio terrible,
deseos insaciables de venganza, que era preciso satisfacer!... Las
pasiones ms horrendas se agitaban en mi alma; las tinieblas del mal se
agrupaban en torno mo, y al entornar los ojos perciba yo fulgores
rojizos, relmpagos de sangre. Aborrec la vida; maldije de ella; ped
la muerte, quise morir, morir, y no para escapar de mis enemigos, sino
para libertarme de aquellas pasiones tempestuosas que entenebrecan mi
espritu y batallaban dentro de m como legiones de irritados demonios.
Pens con alegra en la muerte. Dulce, amable, consoladora, surgi ante
mis ojos como una doncella plida, de rostro tristemente risueo.... Sin
darme cuenta de lo que haca yo, mis labios repetan estos versos de
Leopardi, ledos, pocos das antes, en las notas de un libro francs:

     Solo aspettar sereno Quel di ch'io pieghi addormentato il volto
     Nel tuo virgineo seno.




XLIII


Entr la noche, lleg la hora de la cena, y ta Pepilla vino en busca
ma.

--Muchacho: qu tienes? ests enfermo?

Tocme en la frente y en las mejillas para ver si tena yo calentura, y
acaricindome dulcemente prosigui:

--Qu te pasa? Dmelo, muchacho, dmelo.... No hay en tu rostro la
serenidad de siempre. Algo ha pasado que te apena.... T padeces....
Habla, Rorr, habla por Dios! Con quin has de quejarte si no es con
nosotras?

--Nada, ta, nada!... He dormido toda la tarde, y la modorra me tiene
as. Vamos a la mesa!

Salt de la cama, ofrec mi brazo a la anciana, y paso a paso nos
dirigimos al comedor. Afectando la ms alta correccin, como la de
apuesto caballero que asiste y corteja en un baile a gentilsima dama,
bromeaba yo con mi ta:

--Seorita... es usted encantadora! Dgnese usted escucharme. Ya no
puedo, ni debo callar.... Amo a usted!... La adoro!

La anciana rea, rea a su sabor, y contestaba a mis requiebros con
frases entrecortadas, como si fuera presa de profunda emocin. Al entrar
en el comedor, exclam, detenindose y separndose de m:

--Basta! Basta! Eres atroz! Ni de muchacha, hice yo esto.... Suelta!
Suelta!

Al sentarme a la mesa o la voz de Andrs el cual conversaba con la
enferma. Hablaba de mi y de mi separacin. No tard en venir a charlar
conmigo.

--Te vas, no? Cosa decidida?--me dijo ocupando su asiento.--Te vas?
Me alegro! Me alegro! Mejor! No habas de pasarte lo mejor de la
vida escribiendo papelotes en casa de don Juan. En la hacienda estars
muy bien; ganars buen sueldo, porque ese seor sabe pagar a los que le
sirven; vendrs a vernos cada quince das, y todos estaremos muy
contentos.

Ta Pepa entraba y sala. En momentos en que no poda ornos me dijo
Andrs:

--Las seoras estn muy tristes porque te vas, tan tristes que ni el sol
las calienta. Pero no tengas cuidado; no tengas cuidado.... Ya se les
pasar la afliccin.

Luego prosigui en alta voz:

--Oye: y t no sabes montar a caballo, verdad? Ya me parece que te veo.
Qu figura! Como la del P. Sols cuando se va a la dominica.... Mira:
procura salir buen charro; tu pap se pintaba para eso, y les daba
cartilla a muchos de esos que se la echan de buenos cuando no son ms
que unos cachaletes. Cuidado, Rorr! Cuidado, amito! No dejes mal
puesto el pabelln! Aprende a sentarte bien en la silla; para que no
parezcas colegial o sacristn que va diciendo: Para la misa de
doce!.... Pon cuidado; te sientas a plomo, naturalmente, sin echarte ni
para atrs ni para adelante; nada de estirar las piernas como un gringo,
sueltas, sueltas.... Ya veremos. Si lo haces mal me voy a rer de t, y
te harn burla las muchachas. Procura que si las obras son malas la
facha sea buena. Siquiera la facha! Ya me imagino al charro! Ja, ja,
ja, ja!

El buen servidor gustaba de bromearse conmigo; se complaca en tratarme
como a un nio en quien conviene apagar las llamaradas de una vanidad
jactanciosa. Acaso no cuadraban con el carcter de Andrs, grave,
formal, modesto, casi adusto, ciertas genialidades y ligerezas del mo.
Muy parlachn y comunicativo hasta los diez aos, volvme despus
hurao, reservadsimo y melanclico. Ya he dicho que la vida del
Colegio, spera, fra, montona, entenebreci mi espritu; ahora es
bueno apuntar que la excesiva severidad de mis maestros, no siempre
oportuna y atinada, me hizo desconfiado y receloso. Recelo y
desconfianza intiles y que nunca me salvaron del egosmo y de las
arteras de amigos y extraos. Me crea yo persona de experiencia,
conocedor del mundo, y descubra a todos mi corazn, a nadie ocultaba yo
mis sentimientos, y as era yo vctima de todos.

Confieso que el buen servidor con sus burlas y fisgas me hizo rabiar
muchas veces. Hera mi vanidad en lo ms vivo, lastimaba mi amor propio,
y provocaba mi clera. Slo el cario me haca callar, que si no, habra
recibido de su amito muy dura reprensin. Pobrecillo! Le hubiera yo
matado.

--Bueno;--me dijo ese da, al acabar la cena,--acompame. Toma tu
sombrero y vente conmigo. Tengo que decirte muchas cosas.

Caminando hacia el Barrio Alto, Andrs a la derecha, yo a la izquierda,
cont al buen viejo cuanto me pasaba; los dichos de Castro Prez, la
hipcrita calumnia de Ricardo, y por ltimo, le habl de mis
esperanzas.

--No te apenes;--me deca conmovido--no te apenes que no hay para qu;
eso es cosa diaria y corriente en Villaverde. Mira, yo podra estar muy
bien en cualquiera parte; entiendo de tabaquera, y muchas veces han
querido destinarme... pero no, no quiero, en el tendajn estoy mejor;
all mando yo; y como Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como.
Crees t que todos los amos son como tu padre y tu abuelo? No hagas
caso de esos falsos testimonios; no, muchacho, no hagas caso de esas
cosas; desprecialas, desprecialas, porque nadie ha de creer en ellas. Y
vete, vete a Santa Clara, que all estars muy bien. Y, oye: ya que de
eso hablamos: tienes plata?

--Plata?

--S, qu si tienes dinero?

--Dinero? Para esta semana, y... nada ms! Yo contaba con ganar algo
en estos quince das... pero ya lo sabes.... Castro Prez me oblig....

--Hiciste bien. Bien hecho! De modo que necesitars algo?

--La verdad... s!--respond sonrojado.

--No te apures, Rorr. Mientras ganas en tu nuevo destino, no te apures.
Adems... creo que necesitas ropa para ir a la hacienda. No has de ir
vestido de catrn. Ahora arreglaremos eso.

En esto llegamos a la tienda de La Legalidad. Andrs, abri la puerta,
me hizo pasar, encendi una lmpara, me dej un rato, y volvi con un
rollo de pesos.

--Toma, aqu tienes cuarenta grullos. Con esto basta para que te hagas
dos trajes de charro, y para que te compres un sombrero jarano. La
ropa.... Mira: de dril. El dril es fresco, y se lava. El sombrero...
sencillito. No querias lujos. Para que la ropa salga buena, bien
cortada, te recomiendo al sastre que vive aqu, a la vuelta, frente a la
iglesia; trabaja bien y es baratero. Yo te dar una pistola para que
vayas armado. Entiendes de eso de armas? No? Pues yo te ensear.
Ahora, en cuanto a tus tas... yo me encargo de todo! Despus te tocar
a t. Por ahora, djame, djame a m! Y no vuelvas a pensar en esos
chismes. Vete a la hacienda, ya vers. Luego que el seor Fernndez te
conozca te ha de querer mucho, mucho, porque t te lo mereces todo. Me
das lstima; da lstima que vayas a servir en casa ajena! Yo siempre le
ped a Dios que te librara de eso... pero, ya lo ves, no hay remedio!
El dispone otra cosa.


Y esto me lo deca impulsndome a salir, y abriendo la puerta.

--Vete; ya es muy tarde.... Tengo que madrugar.... Mientras t ests
roncando... yo tengo que trabajar en el changarro.

Me desped del buen anciano, y tom calle arriba, hasta el cementerio de
San Antonio. Sub la escalinata, y de codos en la verja me puse a
contemplar la ciudad. La noche estaba obscura; negras nubes ocultaban el
horizonte. Apenas se descubran los picachos de la Sierra, dibujndose
sobre un claro de cielo, en el cual centellaban con plidos fulgores
unas cuantas estrellas.

Mi pensamiento vol en busca de mi Angelina.




XLIV


Me levant muy de maana, y me pas las primeras horas en el
jardincillo. En los rosales, muy hermosos con su nuevo follaje, aun no
brotaban los capullos; pero en el cuadro de no me olvides, sembrado
por Angelina, se abran las primeras flores.

Haba triunfado el amor de la pobre hurfana. Mis plantas, lnguidas y
tristes, no floreceran en muchos meses, hasta fines de Abril o
principios de Mayo. Las de mi nia pronto estaran engalanadas con todos
los primores de la prxima primavera.

De repente me sent acometido de profunda tristeza. Contemplaba yo las
cerleas florecillas, frescas, lozanas, salpicadas de roco, y pensaba
yo en lo efmero de las esperanzas del hombre. Acaso aquel amor que
subyugaba mi alma, aquel sentimiento inefable que ennobleca mi espritu
y diriga mis pensamientos hacia los propsitos ms nobles, sera
pasajero como la vida de aquellas flores que no bien fueran arrancadas
del tallo se doblaran plidas y mustias. Sera cierto que el amor de
Angelina estaba destinado a vivir eternamente! Sera verdad lo que me
dijo la joven, que pronto la olvidara?... No, que la amaba yo con todo
mi corazn, con toda la energa de mi alma. Pero ay! as am a Matilde,
y aunque no haba muerto en mi memoria, y aun viva en m su recuerdo
dulcsimo, ya no era ay! para el pobre mancebo, que le haba jurado
amor eterno, el ngel benfico que a todas partes le segua, que
seoreado de su espritu fu luz en todas las tinieblas, rumor de fuente
en la soledad, iris de bonanza que anuncia, a travs del nublado, que la
tormenta se aleja, que ha cesado la tempestad. No; Angelina viva para
mi, yo viva para ella; la desgracia y el amor haban unido nuestras
almas, almas hermanas, nacidas una para otra, creadas para formar una
sola:

     Dos almas con un mismo pensamiento Y palpitando acorde el
     corazn.

Sentado al pie de aquel naranjo, mudo testigo de nuestro amor, pensaba
yo en Angelina, cuando llamaron a la puerta.

Present que alguien me traa noticias de mi amada y acud presuroso. No
me haba engaado el corazn. Era el caballerango del P. Herrera.

--Aqu tiene usted...--me dijo, sin bajarse del caballo,--esta cajita y
estas cartas. Volver maana por la contestacin. Cartas de Angelina!
Una para mis tas; otra para m.

Corr a mi cuarto y cerr la puerta. Deseaba estar solo, solo....

Ya comprenders--me deca la nia--cuan grata fu tu carta para m.
Qu ansia! Qu impaciencia! Toda la noche estuve pensando en la
llegada del mozo, hasta que al fn me qued dormida. So contigo! So
que estaba yo en Villaverde, en tu casa y cerca de t. T leas y yo
estaba pintando ptalos de rosa. De pronto cerraste el libro, lo pusiste
en la mesa, y pasito a pasito te acercaste a m, hasta reclinarte en el
respaldo del silln.... Entonces... (como aquella noche te acuerdas?)
me dijiste quedito: Angelina.... Angelina... te amo! Y despert.
Despert llorosa y apenada, como si ya no me quisieras, como si no
hubiera de verte ms. Pero verdad que no me olvidas; verdad que a todas
horas piensas en m? No es cierto que estoy siempre en tu memoria? La
semana pasada salimos a pasear. La tarde estaba lindsima.... Qu
cielo! Qu nubes! Qu celajes! Qu colores tan hermosos los del
horizonte al ponerse el sol! Pap me dijo: Mueca: quieres venir
conmigo? Lo dije que s. Salimos hasta el principio de la cuesta, y
all, en una sabanita, nos detuvimos. Abri pap el breviario y se puso
a rezar maitines. Yo me fui a lo largo de una milpa. Crecen entre los
surcos ciertas plantas que dan unas flores como margaritas, y yo cort
muchas, muchas, tantas que ya no me caban en el delantal; luego me
sent en una roca, y, acordndome de un poema que t me leste, me
entretuve en preguntar a las flores si me queras. Deshoj todas, y
todas me decan, con el ltimo ptalo, que me quieres... mucho!...
mucho! Ya no tengo ratos de tristeza, ya no. Estoy muy contenta y muy
segura de tu cario. Perdname; perdname si alguna vez he dudado de tu
constancia y de tu fidelidad.

Pero a todo esto no te he dicho cmo recib tu carta. No pude ir hasta
el rancho de los Ocotes para encontrar al mozo y me conform con
aguardarle en el corredor. Yo esperaba que pap, no estuviera presente,
pero s estuvo. Qu miedo, Rorro! Qu miedo!. El mozo que llega, y
pap que sale. El recibi el paquete, lo abri, tom sus cartas y me dio
las mas, sin decir palabra. Despus no me pregunt nada. Yo me apresur
a leer la carta de doa Pepita. Qu larga se me hizo la velada! Al fin
me vi sola en mi cuarto, y entonces le, y rele, y volv a leer tu
cartita. Por qu eres tan perezoso a tu Linilla? Seis plieguitos! No
es cierto que ahora ser ms? Si no es as, voy a castigarte. Y ya
vers: una hojita... y... ser mucho!

Te quiero con toda el alma, Rodolfo mo; no vivo ms que para t, y me
duele mucho que me digas esas cosas tan tristes. A qu hablar de la
muerte cuando somos tan dichosos? T dices que la muerte debe ser
deseada en los momentos de felicidad, y entonces ms que en las horas de
dolor. Dnde has aprendido eso? Dime: dnde? Tienes unas cosas muy
raras. Hay en t no s qu muy lgubre; cierta tristeza y cierto
desconsuelo que no me gustan, que me hacen padecer, que me hacen
llorar. No parece sino que tienes poco amor a la vida. Pues yeme: yo no
pienso as, no. Dios me libre de ello! La vida, por amarga que sea, es
muy hermosa y amable; si tiene penas y dolores, tiene tambin dichas y
alegras, muchas, y yo quiero vivir, vivir para ti, mi Rorr; para ser
dichosa si eres dichoso; para amar lo que t ames y aborrecer lo que t
aborrezcas; para padecer si t padeces, que en eso cifro mi dicha mayor.
No es verdad que t no aborreces a nadie? No, estoy segura de ello.
Rodolfo mo: es preciso que cambies de modo de pensar; que apartes de t
esas ideas tan raras y tan negras, y que ames la vida; que la ames como
yo la amo, como un don del cielo. Dices que la vida no es ms que
dolor? No es cierto. Cuando dices que me amas, cuando recuerdas que eres
amado, eres dichoso, y entonces amas la vida. No te sientes feliz
cuando haces algo bueno, cuando socorres a un necesitado, cuando enjugas
una lgrima o das una palabra de consuelo? Pues yo s, y t tambin, t
tambin, porque eres bueno. Por eso te quiero, por eso te amo.

La ltima parte de tu cartita me dej muy contenta de t. As te
quiero, as te so, as debes ser siempre con tu Linilla.

Tengo aqu en el corazn una cosa que me apena, y quiero decrtela;
pero me falta tiempo para escribir. Pablo ha de salir a las tres, son
las doce y media, aun no he visto si la mesa est lista, y ya sabes que
mi pap come a la una en punto; suena el reloj, y no bien acaba de dar
la hora ya le tienes en el comedor, dando palmadas y pidiendo la sopa.

Pablo te entregar una cajita; en ella va un pauelo; he bordado el
monograma en los ratos desocupados. Dice pap que est muy bonito; le ha
gustado mucho, y creo que a t te parecer lo mismo.

Cuida mucho de tus tas, principalmente de doa Carmelita; mira que le
gusta mucho que la mimen. La ves as, que es tan seca y adusta? Pues
sin cario no puede vivir.

Vivo por t y... slo para t, tu

     Linilla.




XLV


Estuvo escribiendo hasta despus de media noche. A esa hora sal al
patio y cort los ramos ms lindos de myosotis para meterlos en mi
carta y que llegaran a manos de Angelina.

Ah van--escrib--esas flores de color de cielo, tan amadas de mi
Linilla. Son las primeras que brotaron en el cuadro que t sembraste.
Est lindsimo; parece llovido de chispas de zafiro. Me encanto
mirndole y pensando en t.

Linilla ma: me has ganado la apuesta. Tus plantas han florecido antes
que las mas; pero eso no es porque t me quieras tanto como yo te
quiero a t. Las mas no dan ni esperanzas, pero ya florecern, y se
pondrn ms hermosas que las tuyas, lo cual ser prueba de que yo te
amar toda mi vida.

He tenido un gran disgusto en estos ltimos das; un disgusto que me ha
causado gran pena. Bien vista la cosa no era para tanto, y acaso he
pasado das muy amargos sin que hubiese motivo para ello. El da que nos
veamos te contar todo. A qu perder el tiempo en referir cosas
desagradables? No te pongas a cavilar en esto. Chismes villaverdinos...
y nada ms!

Debo decirte que hace tres das me separ de la casa de don Juan. El
doctor me ha conseguido un empleo, muy bueno, en la hacienda de Santa
Clara, que, como t sabes, es del seor Fernndez, el pap de
Gabrielita, tu compaera de Conferencia. Estuve en la casa de ese
caballero que es muy buena persona; me recibi con mucha cortesa, como
a un amigo, no como a empleado, nos arreglamos en un dos por tres, y el
da 15 salgo para la hacienda. Yo siento mucho separarme de mis tas;
pero, hija ma, no hay ms remedio, Qu hacer! No entiendo de campo,
pero aprender; cosas ms difciles he aprendido. Me apena el pensar que
voy a vivir lejos de t, y que en mucho tiempo no he de verte, pues no
me sera posible ir a San Sebastin como se lo ofrec a tu pap. Lo
siento, lo siento mucho; pero, como t comprenders, no debo perder la
colocacin que el pobre don Crisanto me ha buscado. Con lo que gane yo
en Santa Clara habr lo necesario en esta casa para que ta Pepilla no
tenga que trabajar en sus flores, ni con la chiquillera. Gracias a
Dios! Voy a subvenir a todos los gastos de la casa, y acaso este destino
ser para tu Rorr el principio de una vida laboriosa, s, muy
laboriosa, pero bien retribuida. Ya te digo que no entiendo de cosas de
campo; y que no s de eso ni una jota. Aprender todo, aunque, segn
entiendo, mi ocupacin estar en el escritorio. Procurar ser til y
hasta necesario. Har que el seor Fernndez estime mi empeo y mi
laboriosidad; y, si mis ilusiones no se malogran, este empleo ser el
medio ms apropiado para conseguir la felicidad; es decir, para que
pueda yo unir mi suerte a la tuya. No deseo ms, no aspiro a otra cosa,
y en ello cifro toda mi dicha.

Por qu me echas en cara mis tristezas y melancolas? Piensa que he
sido muy desgraciado, y que padezco de murrias y fastidios. Tienes
razn: la vida es amable, amabilsima, a pesar de que el dolor,
inherente a la naturaleza humana, nos persigue por todas partes y a
todas horas. Tienes razn: cuando el hombre ama y es amado la vida es
amable. Hacemos mal en aborrecerla; si la empleramos en hacer el bien,
en aliviar los dolores ajenos, en consolar al triste y socorrer al
necesitado, no pensaramos que la vida es dura y que mejor sera no
tenerla. Perdname, Linilla ma, perdname! Es cierto que mi carcter
es un poco sombro y taciturno; lo conozco y no puedo remediarlo. Qu
quieres! As soy, as me he vuelto en estos ltimos aos, y aunque tu
amor y tu cario alegran mi existencia; aunque t eres para mi alma
desmayada luz y regocijo, en ciertos momentos se entenebrece mi alma y
me complazco en alimentar mi pena, hundindome voluntariamente en la
tristeza. S t mi redentora; disipa esas tinieblas que suelen nublar mi
alma, y torna en plcida aurora las noches de mi espritu.

Tienes razn: la vida es amable; debo amar la vida como un don del
cielo; debo amarla para hacer el bien, y... para amarte mucho, mucho,
como t mereces ser amada!

Me dices que las margaritas de los maizales te han dicho que te amo?
No te han engaado como a la herona del poema. S; te amo, te amo,
Linilla ma! Yo no consulto eso con las flores, que suelen ser engaosas
y lagoteras, sino con mi corazn que es todo tuyo.

Imagnate un hombre que hubiera vivido muchos aos en la obscuridad de
un calabozo, y que de pronto, cuando tena perdida toda esperanza de
libertad, le sacaran a la luz. Cmo amara la claridad del cielo, los
celajes veladores, los horizontes lmpidos y serenos! Pues as te amo
yo, as, ni ms ni menos.

S justa. No es verdad que ese hombre recordara con placer, acaso con
incomparable alegra, las sombras del calabozo en que vivi tantos aos?
No es cierto que algunas veces suspirara amorosamente al recordar su
prisin, el estrecho recinto que fu para l casa, patria y mundo? Pues
as vuelven a m las tristezas y melancolas de ayer, cuando aun no me
amabas, cuando la luz de tu cario no iluminaba mi alma. A las veces no
creo, no puedo creer que me amas, que te amo, y que soy dichoso. As te
explicars eso que t llamas cosas mas muy raras. As te explicars
esa lgubre tristeza, ese desconsuelo que has observado en m, y que te
hace padecer. Imploro tu perdn, Linilla ma. Perdname; no volver a
pensar en eso, y si pienso en esas cosas no te las dir. No es verdad
que me perdonas? Verdad que s?

El pauelo est lindsimo; el monograma es soberbio, muy elegante, y
muy sencillo, como dibujado y bordado por t. Saluda a tu pap, si crees
oportuno hacerlo, de modo que no sospeche nuestros amores. Acaso no los
apruebe, y sea el recuerdo mo motivo de disgusto para t y para l.

Ya me dirs eso que te apena, Linilla, Linilla ma, dime: tienes
secretos para m? Dmelo, dmelo. Ya me imagino lo que es: alguna
niera....

No dirs ahora que no te escribo como t deseas. El da que t no me
escribas como sabes hacerlo, yo, a mi vez, te he de castigar, y pobre
de t!

Adis, bien mo!

     Rodolfo.




XLVI


Rara vez sala yo de casa, y slo para visitar a don Romn. Me pasaba la
maana en mi cuarto, y la tarde en el jardincillo, entregado a mis
poetas favoritos.

--Qu libro lees ahora?--sola preguntarme el pompossimo, cuando iba
a verle.--Lamartine? Vctor Hugo? Novelitas de Dumas?

Contestaba yo afirmativamente, y el buen anciano haca un gesto, grua,
y agregaba mohino:

--Uf! No, nio; no pierdas el tiempo. Los clsicos! Los grandes
autores del siglo de Augusto! Virgilio... el dulce Virgilio!
Horacio.... Y si no tienes muy firmes tus latines, los clsicos
espaoles.... Fr. Luis de Len, Herrera.... Djate de los romnticos;
son intemperantes y monstruosos.... Qu ha dicho Vctor Hugo que no
est superado por los poetas latinos? En qu han sobrepujado l y tu
Zorrilla, tu gran Zorrilla, a Lope y a Caldern? Vamos, muchacho,
quieres tener buen gusto? Pues deja de la mano esos mamarrachos. Si t,
a quien yo inici en las grandes bellezas de la literatura clsica,
gustas de las novedades esas, qu harn los discpulos de Venegas y
Ocaa? As anda todo! As andan las letras patrias!... Por eso ya no
hay Carpios ni Pesados!

Pero yo no escuchaba los consejos de don Romn, y repasaba las pginas
ms elocuentes de Chateaubriand, los versos ms dulces de Lamartine, y
me aprend de memoria las mejores escenas del Hernani, en una
coleccin de comedias, traducidas por no s quin. Aun recuerdo algo del
clebre drama romntico, aquello de doa Sol a Carlos V:

    --Callad, que me avergonzis...! Don Carlos, entre los dos todo
     amoro es locura.... Mi padre su sangre pura verti en la guerra
     por vos, y yo, que airada os escucho, soy, pese a furor tan loco,
     para esposa vuestra, poco, para dama vuestra, mucho.

Desdeaba los libros clsicos, y me engolfaba en el pilago anchuroso de
la literatura romntica. Andrs compr cierto da, en su tienda de La
Legalidad, un tercio de papeles viejos, entre los cuales hall
folletines, libros, folletos, entregas, y tomos de La Cruz, que me
apresur a recoger. Entonces le buena parte de El Fistol del Diablo;
devor las novelitas de Florencio del Castillo, y en dos das me ech al
colecto los dos tomos de La Guerra de Treinta Aos, de Fernando
Orozco, el ms intencionado de nuestros novelistas.

Qu impresin tan penosa me caus ese libro! Me llen de tristeza, y
lastim cruelmente mi corazn. No pude ms: tir el volumen, cog el
sombrero, y me lanc a la calle.

Hermosa tarde primaveral, dorada, luminosa.... Me dirig hacia la
colina, y sub hasta mi sitio predilecto.

El cielo sin nubes ni celajes pareca una bveda de cristal cerleo. Las
arboledas, frescas y reverdecidas, hacan gala de su flamante veste, y
en las dehesas y en los collados flotaba una misteriosa claridad rosada.
Medio valle gozaba an de los ltimos esplendores del da, y all detrs
de la iglesia de San Juan, a espaldas de un molino, medio escondido
entre los platanares y los izotes, en la curva ms ancha y despejada
del Pedregoso, los ltimos rayos del sol trazaban una estela de plata,
que parta de un foco esplendoroso, cuyas poderosas irradiaciones
lastimaron mis pupilas.

La ciudad estaba como envuelta en una gasa de oro, y hacia el Oriente se
perfilaban las cimas de los montes, el pico de los Otates, y los
crestones de Mata Espesa, sobre un fondo verdoso de suaves opalinas. Del
lado del Poniente fingan las nubes ardiente cordillera, un abismo de
llamas, entre las cuales se ocultaba el sol. En Villaverde, lo mismo que
en Pluviosilla, esos crepsculos de fuego son anuncio seguro de caluroso
da; anuncia el sur, el viento abrasador que caldea la atmsfera y
calcina la tierra.

Llegaban hasta m las voces de los transeuntes que atravesaban la
Alameda, o iban a lo largo del ancho camino carretero orillado de
fresnos.

El grato vientecillo nocturno acariciaba mi frente con sus perfumados
besos.

Aun brillaban en la Sierra los ltimos reflejos del da, y mientras
suban del valle los mil rumores de la naturaleza adormecida, las voces
del ro y el canto de los pjaros, me puse a contemplar el magnfico
cuadro que tena delante.

Las sombras invadan poco a poco la ciudad. Bajaban de las montaas;
surgan de los barrancos; salan de los bosques; corran por las
llanuras, y se precipitaban en tropel por los callejones. Tmidas y
cautelosas se detenan all, un instante nada ms, y luego avanzaban
presurosas hacia la plaza. Brill en el ro la ltima rfaga de luz; la
verdosa claridad del aire se torn en un vago reflejo de color de
violeta, ennegrecise el valle, y lleg la noche.

--As,--pensaba yo,--as se van las alegres ilusiones, as se
desvanecen las ms risueas esperanzas: La vida es un perpetuo dolor. Lo
pasado nos entristece con el recuerdo del bien perdido; en lo presente
no encontramos la dicha; lo porvenir nos llena de espanto...

Ser cierto que el dolor es el triste patrimonio de la msera
humanidad? Ser cierto que no es posible la realizacin de nuestros ms
nobles deseos? Malgrense enhorabuena los planes del malvado; dispense
como la niebla los proyectos del perverso; pero por qu han de ser
intiles y vanos todos los pensamientos generosos, todas las
desinteresadas aspiraciones de la juventud? Ser cierto que la maldad
nos acecha por todas partes? Ser verdad que el vicio se disfraza con
el blanco traje de la virtud, y que la flor ms bella est comida de
gusanos? Si es una verdadera miseria vivir en la tierra, no es mejor
morir cuando no hemos probado an las amarguras de la vida?

Me d a pensar en mi suerte. Me v solo en el mundo, sin padres, sin
parientes, sin amigos. Quines me amaban? Dos ancianas que estaban, sin
duda, a orillas del sepulcro; un pobre mdico, rendido al peso de los
aos; un buen servidor; un maestro de escuela, enfermo y miserable; una
nia desgraciada, hurfana, condenada a padecer. La desdicha y el
infortunio nos haban juntado, y seran siempre nuestros compaeros...

A veces me senta dichoso, feliz; aleteaban en mi alma las mariposillas
de la ilusin; me sonrea la esperanza, y soaba con auroras
primaverales y venturosos das. Y qu era todo eso? Delirios,
fantasas, locuras de muchacho que no sabe nada de la vida. Ah! Si me
fuera dable matar en m esta voluntad, siempre activa, siempre
inquieta.... No buscar la felicidad, huir del dolor...

Entregado a estas ideas pas largo rato, cerrados los ojos, de codos en
la roca, oculto el rostro entre, las manos. Haba obscurecido y era
preciso volver a la ciudad. El casero estaba iluminado y el firmamento
tachonado de luceros. Un fulgor de plata inundaba el horizonte, y all,
tras los picachos de la Sierra, surga la luna llena, esplndida y
magnfica.




XLVII


A las cuatro de la tarde ya todo estaba listo. Ta Pepilla arregl mi
petaca en dos por tres, y concluda la faena me dijo cariosamente,
echndome los brazos:

--Rorr... no vas a despedirte de tus amigos?

--Amigos?

--S; el doctor, tu maestro, Ricardito Tejeda....

--S, ir, es natural... tiene usted razn. Pero no ver a Ricardo....

--Por qu, Rodolfo? Te quiere mucho... desde nios fueron amiguitos.
Si t vieras... cuando estabas en el colegio, siempre que vena a
vacaciones, o de paseo, no dejaba de visitarnos. Y nos deca: Doa
Pepita: yo quiero mucho a Rorr, mucho; somos muy buenos amigos; siempre
andamos juntos. Necesita algo? Yo se lo doy. Yo lo necesito? El me lo
da. Cmo dos hermanos!

--Pero, ta: no ve usted que no viene a verme, ni me busca? Cuntas
veces ha venido?

--S, eso es cierto; pero la verdad es que no ha estado aqu. Su mam me
dijo que en Pluviosilla tiene unos parientes con quienes ha pasado todo
el mes. Vas a visitarlo.... Antes tan amigos... y ahora...! Mira,
vas; irs porque yo te lo ruego. Sus padres han sido muy buenos con
nosotros. Verdad que irs?

--Ta: para qu he de mentir? No.

--Por qu, dime, por qu? Han tenido ustedes algn disgusto?

--No, ta; pero no es decoroso que yo le busque, cuando l se muestra
conmigo desdeoso y fro.

No insisti la anciana; sospech, tal vez, que motivos muy justos me
obligaban a no visitar a mi amigo, y se limit a decirme:

--Bueno; hars lo que quieras... pero no dejes de ir a la casa de don
Crisanto; no dejes de ver a don Romn....

--Ir, ir de mil amores!

El doctor no estaba en su casa. Le encontr en la calle, cerca de la
Parroquia, y hablamos largamente.

--Te vas maana? Me alegro; es preciso que salgas de aqu. Comprendo lo
que ha pasado; todo lo s; en la botica me lo dijeron todo. Yo hablar
con Castro y le dir cuntas son cinco. Nada de eso me ha causado
extraeza; me lo esperaba yo. Por eso te recomend que no dijeras nada,
y te dije: Chitn! As es Castro Prez. Se le ha metido en la cabeza
que el seor Fernndez le quita todos los escribientes, cuando el buen
seor es incapaz de semejante cosa. Adems, quieren que le sirvan de
balde, y no paga debidamente a quienes le sirven. No te apenes: esa
murmuracin es aqu comn y corriente, y nadie para mientes en ella....

--S; pero temo que el seor Fernndez desconfe de su nuevo
empleado....

--Tienes razn. Calma, muchacho, calma! A fin de semana estar en la
hacienda; ir a ver al nio, a ese pobre chiquillo que est muy
delicado, y entonces, delante de t, arreglaremos eso. Nada tengo que
decirte. Visitar a tus tas, cuidar de ellas.... Puedes irte
tranquilo. Vers qu bien te va...! Adis, muchacho; dame un abrazo,
y que Dios te bendiga!

Don Romn me recibi cariosamente, como de costumbre:

--Gracias a Dios! me duele en el alma que te vayas; pero no es cierto
que de cuando en cuando vendrs a visitarme? Eres mi nico amigo.
Quin me hubiera dicho que t, el chiquitn que yo conoc de este
tamao, que caba en un azafate, sera mi amigo? Ya sabes cunto te
quiero, y cunto te estimo, y los buenos ratos que pasamos aqu,
charlando de mis cosas y de las tuyas; de mis tristezas mortales y de
tus alegres esperanzas; de tus penas de nio y de mis desengaos de
viejo.... S, me apena que te vayas. Ya me acostumbr a verte por
aqu.... Oye: se me olvidaba! Quieres tomar chocolate? Con
franqueza!... Si quieres... llamar a Mara para que te haga el
chocolatito. No? Pues t te la pierdes. Ven a visitarme, aunque sea de
cuando en cuando, y un ratito, para que no digan las tas que te alejo
de all. S, ven; mira que el mejor da sabrs que me di un supiritaco
y estoy de muerte, o enterrado, y que no volvers a ver a tu maestro. T
no quieres creer que ya estoy viejo. Pues, hijo mo, nada ms cierto!
Las piernas estn ms dbiles cada da; la cabeza no anda de lo
mejor.... Ya es tiempo! A mi edad todo es decadencia!

El pobre anciano me diriga miradas tristsimas, tena hmedos los ojos,
y le temblaba la voz. Trat de consolarle, y l me interrumpi:

--T que has de decir! Me quieres, me amas, me respetas, y deseas
consolarme. Gracias, hijo mo! Gracias! Resgnate con la voluntad de
Dios! El vela por sus criaturas. Recibe humildemente cuanto l te mande;
mira que no se mueve la hoja del rbol sin la voluntad de Dios. El
hombre no puede explicarse por que padece y llora; pero no hay mal que
por bien no venga. El seor Fernndez es muy fina persona.... Srvele
con empeo, procura agradarle.... Estoy seguro de que sabr estimar tus
buenas cualidades. Me alegro, me alegro de que te vayas! He observado
que el amor a las letras, que es en t tan vivo y constante, como lo fu
siempre en este pobre viejo, suele quitar a las gentes el sentido
prctico. Los literatos no entienden sino de libros, de su arte, y no
sirven para otra cosa. Djate un poco de versos y libros, y aplcate al
trabajo. Sers ms feliz que yo.

Don Romn me abrazaba, y me acariciaba la frente apesarado y conmovido.

--Cundo te vas? Maana? No podr ir a decirte adis.... Te vas a
caballo? Cuidado, nio! Mira que esos animalitos hacen de las suyas el
mejor da. Pero, en fin, si sales tan jinete como tu padre, no hay que
temer por t....

Cuando llegu a mi casa, a eso de las siete, me entregaron una carta del
seor Fernndez:

Maana,--deca--a las seis en punto ir por usted mi caballerango. Si
trae usted algn bulto mndelo a mi casa, para que a medio da se lo
traigan los arrieros.

Andrs estaba en la sala con mis tas. Al verme exclam:

--Aqu est el campirano! Ya lo vern ustedes maana, qu plantadote,
con el sombrero charro y el pantaln ceido!

Y me tom del brazo y me llev a mi cuarto.

--Vaya! Aqu est todo. Me parece que toda est bueno. Mira: qu bonito
sali el pantaln! La chaqueta y el chaleco no pueden ser mejores.... El
sombrero.... Vamos, qu dices del sombrero? Est decentito. T lo
quisieras galoneadote.... Ya lo comprars as. Ahora toma.... Mi manga
de hule.... Las gentes de campo la necesitan mucho. Este joronguito es
para que te lo pongas cuando haga fro.... Es fino, de muy buena clase.
Te gusta? Te lo regalo.... Para t lo compr hace mucho tiempo, cuando
eras catrn, y por eso no te lo d. Ahora te servir. Te falta una
pistola... pero tus tas no quieren que andes armado. Aqu la traigo;
escndela, y mira lo que haces maana para que no te la vean. La pistola
es necesaria... causa respetillo, y a un hombre armado no se le atreve
cualquiera. All con los mozos no estar de sobra; que te la vean, para
que no te falten al respeto. Hay gente mala... eres muy muchacho, y
bueno es que sepan que tienes esto para defenderte! Ponte la ropa;
vstete de charro; quiero verte, porque maana no podr venir....

Quise darle gusto, y proced a mudar de vestido. Andrs me ayud. Pronto
estuve listo. Zapato vaquerizo; ceido y bien cortado pantaln;
chaquetilla gentil; sombrero bien ladeado, y joronguillo al hombro.

--Buena facha! Eso es! Bien plantado! Pero.... Ven, para que te vean
tus tas!

Echme el brazo y me condujo hacia la sala. Al entrar exclam:

--Aqu est el hombre! Vamos a ver... qu le falta?

Ta Pepilla sonrea regocijada. La enferma me vea apenada y triste.




XLVIII


Faltaban pocos minutos para las cinco cuando despert. Ya seora Juana
andaba por la cocina disponindome el desayuno. Ta Pepa no sala an de
sus habitaciones.

El sur soplaba furioso, y la campanita chillona de San Francisco
sonaba alegremente, llamando a misa.

Me vest el famoso traje de charro, cerr el ropero, y cuando me diriga
yo al comedor, la ta Pepilla me detuvo.

--Rorr....

--Buenos das, ta....

--Me haces un favor?

--Mande usted.

--Coge el sombrero, y corriendito te vas a or misa. Oye: estn
llamando; es la misa del P. Sols, que es ligera.... Anda, ve, pdele a
Dios que te vaya bien!

Obedec a la anciana, corr al templo, y o la misa muy devotamente.
Media hora despus estaba yo de vuelta. Cuando llegu, los caballos me
esperaban a la puerta. El criado se adelant, y descubrindose me dijo:

--Usted es el seor que ha de ir a la hacienda?

--S.

--Pues... aqu estn los caballos! Cuando usted lo disponga....

Entr, y me desayun muy de prisa, sin apetito, abatido, silencioso. Ta
Pepa se sent a mi lado. Trataba de animarme, y haca esfuerzos para
disimular su pena.

Lleg la hora de partir. No quise irme sin decir adis a la enferma. Aun
estaba en el lecho la pobrecilla. Al verme sonri tristemente.

--Ya te vas?--murmur con voz muy trmula.

--S, ta;--le contente, abrazndola--ya es hora de irnos; ya dieron las
seis y me estn esperando....

--Bueno... vete, y que Dios te bendiga! Escribe luego que puedas.
Saludas de nuestra parte al seor Fernndez, y a la seorita. Escribe
con frecuencia. Acaso tengas que tratar con los mozos.... Te encargo
mucha prudencia, mucha seriedad.... Vamos, dame otro abrazo, y que Dios
te lleve con bien!

La pobre anciana tena los ojos arrasados en lgrimas, y haca grandes
esfuerzos para aparentar calma y serenidad. Ta Pepa nos miraba y
sonrea tristemente. Abrac a la enferma, le d un beso en la frente, y
sal de la estancia. Me puse al cinto la pistola, dije adis a mi
casita, y a mis libros, mis buenos amigos, mis cariosos compaeros, y
me dirig a la calle. Mientras el mozo arreglaba la silla y ataba a la
grupa la manga y el joronguillo, sali mi ta Pepa, y tras ella seora
Juana.

--Vamos, hijo mo, no me dices adis? Te olvidas de m?

--No, seora, cmo!

--Cundo vendrs?

--No s. Acaso dentro de ocho o quince das.

--No me haces ningn encargo?--me pregunt entre llorosa y risuea.

--S, ta. La ropa limpia. Con ella el traje nuevo.

--Y nada ms?

--Nada ms. Ah! Si escribe Angelina mndeme usted las cartas. Las mete
usted en otra cubierta. A mi buen Andrs muchas cosas. Y adis, ta, que
no hay tiempo que perder.... Vaya, un abrazo, seora ma! Otro a usted,
seora Juana! Cuide usted de mis pjaros y mis flores.

Mont a caballo y ech a andar. El criado, un mancebo vivaracho y listo,
me miraba de hito en hito, como si dudara de mis aptitudes para la
equitacin. Cuando puse el pie en el estribo sonri maliciosamente. Sin
duda deca para s:

--Este es un cachalete....

Me avergonce. El mancebo me segua a corta distancia. Tom por las
calles ms apartadas y solitarias, temeroso de que las gentes me vieran
a caballo. Charrito de barro, charrito de agua dulce!...--diran.--De
cundo ac?

La idea de que poda yo ser objeto de risas y de burlas me atormentaba
cruelmente. Ya me pareca oir a los murmuradores villaverdinos en la
botica de don Procopio.

--Saben ustedes la gran noticia?

--Cul?--preguntaran en coro con Ricardo, Venegas y Ocaa.

--Gran noticia! Asmbrense: Rodolfo a caballo! Yo lo he visto; lo
hemos visto nosotros....

--Y qu tal?

--Mala facha y mala ficha. Muy vestido de charro, tamao sombrerote, y
al cinto una pistola que parece un can.

Por fin me v fuera de la ciudad, al principio de aquel camino por donde
pas diez aos antes acongojado y lloroso, una fra maana del mes de
Enero. Record aquellos das amargos en que por primera vez me alej de
los mos, nio tmido y medroso, en quien cifraban sus tas las ms
risueas esperanzas. Cun distinto me pareci el camino! Entonces le v
ancho, anchsimo; ahora angosto, como una vereda montaesa. Entonces
miraba yo en el ltimo trmino del viaje una ciudad populosa, brillante,
de todos alabada, para todos alegre y festiva, hasta para el nio que
con los ojos llenos de lgrimas y con el corazn hecho pedazos acababa
de salir de la casa paterna. Ahora...  dnde iba yo? A ganar en ajena
morada, entre desconocidos y extraos, un pedazo de pan. Cuntas
ilusiones malogradas! Cuntas esperanzas desvanecidas!

Ni la hermosura del paisaje ni el aspecto incomparable de las montaas,
coronadas por el Citlaltpetl con brillante cono de nieve, ni la belleza
sin igual del Pedregoso que corra grrulo y cantante, distrajeron mi
mente y ahuyentaron de mi alma la tristeza....

Pocas horas despus me apeaba yo a las puertas de la hacienda. Estaba yo
en Santa Clara.




XLIX


Acerqu el caballo a la puerta principal. Cmo me ro ahora de
aquellas timideces mas! Cerca de la hacienda, al descubrir el casero a
travs de las arboledas, me sent tentado de volverme a Villaverde, y
desde all escribir cuatro letras, dar las gracias al seor Fernndez, y
renunciar al destino. Me asaltaban tristes presentimientos; me dominaba
la idea de que iba yo a ser mal recibido, y me puse temeroso y
asustadizo. Temblaba yo al apearme del caballo; estaba yo rojo como una
guindilla, y las miradas de cuantos en aquel instante me vean se me
antojaron hostiles y burlonas, particularmente las de cierto mancebo muy
gallardo que conversaba con otros empleados a la puerta del rayador.
Mirbame de pies a cabeza, con cierta insistencia insolente y tenaz,
como sorprendido de mi ridculo aspecto de colegial convertido en
jinete. Me dirig al grupo, y pregunt por el seor Fernndez.

--En el comedor...--me contestaron desdeosamente.

--Le aguardar aqu....

El mancebo levant los hombros y me seal un asiento.

--No;--advirti otro de los empleados, el de ms edad,--le esperan a
usted!

Llamaron a un criado que me condujo hasta la puerta del comedor. Toda la
familia estaba all reunida. Fernndez, en la cabecera; cerca de l, a
la izquierda, un nio, como de seis aos, plido y enclenque; en seguida
una seora que pasaba de los cuarenta, y a la derecha del dueo de la
casa, Gabriela.

--Pase usted, joven;--me dijo el caballero con mucha
cortesa--pensbamos que no llegara usted y no le esperbamos a
almorzar; pero llega usted a tiempo Tendr usted apetito, no? Ah! El
aire del campo.... Aqu tienen ustedes,--agreg dirigindose a las
seoras--al joven de quien me habla el doctor. T Gabriela, ya le
conoces.... Esta seora es mi esposa.... Este nio es mi hijo....
Pero... ea! sintese usted....

Y me seal una silla al lado de la joven. Despus prosigui, sin darme
tiempo para hablar:

--Este es Pepillo.... Aqu le tiene usted... enfermo. Pero ya vamos
bien; no es eso? Y pronto estar muy guapo y muy alegre....

El nio contest con una sonrisa, dejndome admirar la hermosura de sus
ojos negros, muy brillantes y expresivos.

Mientras Gabriela me serva, observ al chico. Era corcovado y tena
color de cadver. Causme dolorosa impresin la figura de aquel pobre
nio enfermizo y lisiado. Su rostro era el rostro de un polichinela:
naricilla de poeta satrico, boca grande y sarcstica, sonrisa burlona.
El crneo voluminoso, bien conformado, acusaba rara inteligencia,
aterradora precocidad. El pobre chico apuraba a sorbos una taza de
leche, y no dejaba de mirarme.

El seor Fernndez me habl de la belleza del camino, de la buena
condicin del caballo que me haba mandado, y termin preguntndome por
mis tas.

-Y Angelina?--dijo la seorita.

-Angelina?... En San Sebastin... con el P. Herrera...--contest.

--Pap: conoces a esa joven?

--No;--respondi el caballero--pero debe ser muy hermosa, y sobre todo
muy estimable... porque t nos hablas de ella a cada instante!

--Verdad, seor,--dijo la seorita dirigindose a m--verdad que
Angelina es una muchacha muy inteligente y muy cariosa? Es compaera
ma en la Conferencia, y todos la queremos mucho, mucho!... Y, dgame
usted: por qu es tan retrada? Yo siempre empeada en llevarla a casa,
y ella excusndose. Cuando usted la vea, dgale que la quiero mucho; que
la estimo en todo lo que vale; y que hace mal en no corresponder a mi
cariosa amistad.

--No, seorita:--me apresur a replicar--Linilla (as le decimos en
casa) corresponde al afecto de usted como es debido. Usted hace de ella
muchos elogios, y ella no escasea las alabanzas.

Entonces la seora pregunt con inoportuna curiosidad:

--Esa joven es de la familia de usted?

--No, mam;--interrumpi Gabriela--ya te he dicho la historia de
Angelina. El P. Sols nos la cont una noche. Esa joven es hija adoptiva
del P. Herrera.

--Ah que mam!--exclam el corcovadito.--Qu memoria la tuya!
Acurdate, acurdate.... El P. Sols cont la historia. Esa joven....

--Calla, Pepillo; no hables de eso.... No son cosas de nios...--dijo
Gabriela.

El chico prosigui:

--Esa joven, que el seor llama Linilla, es hija de un militar, y el P.
Herrera la recogi en un mesn; es hurfana, no tiene ni padre ni
madre....

--Pues yo no me acuerdo de eso!...--dijo la seora con mucha calma,
sirvindose una tajada de rosbif.

--Ah que mam! Pues yo s me acuerdo! Todo eso nos lo cont el P.
Sols, all en casa, una noche, a la hora de la cena. No es cierto,
Gabriela? Y tambin dijo que a l le gustara mucho que el seor se
casara con Linilla.... Vaya... con la seorita Angelina!

Rieron todos de la indiscrecin del corcovado. Gabriela me mir, y
pasndome un plato murmur a mi odo:

--No haga usted caso, seor; este nio es as.... Le miman tanto!

Al terminar el almuerzo me invit el seor Fernndez a visitar las
oficinas.

--Viene usted contento? Las seoras se quedaran muy tristes, no es
eso? Calma!... Ya le vern a usted. He dispuesto que se encargue usted
de mi correspondencia. No estaba yo satisfecho del empleado que antes la
despachaba... pero, en fin, como haca cuanto estaba de su parte, nunca
le dije nada. Se va, usted viene a sustituirlo, y estoy seguro de que la
cosa andar mejor. Aqu vivir usted en familia, con nosotros, como en
propia casa. Entindalo usted: no ser, no ser usted aqu un empleado
como los dems. Cada cual merece ser tratado conforme a su clase y
condiciones. Llevar usted la correspondencia; desempear usted otros
trabajos que se ofrezcan en el escritorio, y no tendremos dificultades.
Desde hoy tendr usted una pieza cerca de nuestras habitaciones, un
sitio en nuestra tertulia, un asiento en nuestra mesa, y un lugar en
nuestra estimacin. Ayer me escribi Sarmiento. Algo me cuenta de
ciertas murmuraciones. Me dice que estaba usted muy apenado.... En
cuanto a m, quede usted tranquilo!... Aprenda usted a vivir, y vaya
usted conociendo a los hombres. Esta ciencia de la vida, que es tan
difcil y tan amarga!... Valor, joven! De todo eso s yo, que he
pasado, y con mucha dificultad, por ese camino... y nada de eso me
sorprende! Conoc al padre de usted, era persona muy estimable....

Se detuvo delante de una puerta cerrada, la abri, y me hizo entrar.

--La habitacin de usted.... Esta ventana da al jardn. No es de las
mejores piezas, como usted ve, pero est junto al escritorio.

La distincin y la cortesa del seor Fernndez me cautivaron desde
luego, y cambiaron en pocos minutos el estado de mi alma. Me sent
fuerte y vigoroso para luchar contra todo, para salir vencedor de las
mil contrariedades de la vida. Nada me importaba el trabajo, el ms duro
trabajo; por el contrario le deseaba yo, a diario, constante, sin un
momento de reposo.

A la verdad: no mereca yo ser objeto de tantas atenciones. Quin era
yo para ser tratado de tal manera? El pobre amanuense de Castro Prez,
herido y lastimado por la murmuracin villaverdina; un pobre estudiante,
recin salido de aulas, favorecido por los elogios de don Quintn
Porras, y llevado a Santa Clara por las recomendaciones de un maestro de
escuela, de un mdico a la antigua, sin fortuna ni fama, y de un mendigo
franciscano. Acaso me abonaban tambin la buena memoria de mi padre y el
nombre respetabilsimo de mi abuelo. Qued prendado de la nobleza de
carcter y de la esmerada educacin del seor Fernndez. Desde ese da
le tuve en altsimo concepto, sin que durante los aos que viv a su
lado se amenguara en m la opinin que de l me form desde el primer
momento.

Era el seor don Carlos Fernndez un caballero en toda la extensin de
la palabra, fino, delicado, discreto, de clara inteligencia y de
nobilsimo corazn. Tena conciencia de su mrito, y procuraba, por
todos los medios que estaban a su alcance, conservar su buen nombre, y
cuidar de que ni la sombra ms leve empaara su envidiable reputacin.
En ella, ms que en la riqueza, cifraba su dicha, y sola decir muy
sinceramente:

--No temo el juicio de los dems. Temo el fallo seversimo de mi propia
conciencia.

No gustaba de parecer generoso, pero no era mezquino ni avaro. Nunca le
alabaron en Villaverde por liberal y desprendido, elogio que fcilmente
se consigue en mi querida ciudad natal, donde la generosidad y el
desprendimiento no son virtudes muy al uso, antes solan tacharle de
egosta y codicioso. Pero s muy bien, y muchos no lo ignoran, que no
era duro de corazn, ni muy cerrado de bolsillo.

Cuando yo le conoc pasaba de los cincuenta y cinco, y las canas que
brillaban entre sus rubios cabellos, como hebras de plata, lo decan muy
claro. Afable con todos, corts y comedido con cuantos le trataban, era,
sin embargo, enemigo de andar en reuniones y corrillos, y tal vez por
eso se pasaba en Santa Clara buena parte del ao, y cuando resida en
Villaverde no concurra a la tertulia de don Procopio ni al tresillo de
mi querido amigo Quintn Porras.

--Mis negocios y mi casa--deca cuando le acusaban de hurao y
retrado--aqu estoy a mis anchas, con mi familia, con los mos. Los
amigos? Vengan, vengan, que sern bien recibidos!

Conoci desde luego el carcter de los villaverdinos, y quiso evitarse
el andar en lenguas. Se comprende que no lo consiguiera, cosa difcil en
aquella tierra, pues le trajeron y le llevaron de aqu para all,
durante varios meses; pero al fin le declararon hurao y orgulloso, y le
dejaron en paz.

Sarmiento me cont muchas veces el origen de la fortuna del seor
Fernndez. A la muerte de sus padres qued don Carlos muy nio, y
nominalmente heredero de una fortuna, muy mermada y comprometida, que en
manos de tutores y albaceas, perseguida por acreedores y legatarios, y
tamizada por leguleyos y abogados, se volvi sal y agua en menos de diez
aos. Algo logr salvar el heredero, gracias a la habilidad de un
jurisconsulto michoacano, y con ese pico, unos cuantos miles de duros, y
a fuerza de inteligencia, de trabajo y de economas, el capitalillo fu
en aumento, hasta convertirse en una fortuna muy saneada y redonda,
hecha contra viento y marea, en los das ms desastrosos de la guerra
civil. La tal fortuna consista en fincas urbanas, y no de las manos
muertas; en algunos capitales bien colocados, y en la hacienda de Santa
Clara que don Carlos compr muy barata, casi en ruinas, y que l
restaur y engrandeci all por el 64, al advenimiento del rgimen
imperial.

Que don Carlos haba padecido mucho en su juventud no caba duda; l
mismo contaba que se vi obligado a trabajar al lado de personas
extraas que le trataron mal; que ms tarde tuvo un jefe que le estim y
le imparti franca proteccin, hasta que le fu dado ponerse al frente
de sus propios negocios.

Y, cosa rara en personas que han padecido mucho en la mocedad, no se
torn misntropo, ni egosta, ni se le agri el carcter. Era, en cierto
modo, desconfiado y receloso, digamos mejor, cauto. Difcilmente le
engaaban. Experimentado, conocedor de la maldad humana y de las
flaquezas del prjimo, posea una cualidad rarsima en los que como l
salieron victoriosos de los combates de la vida: no juzgaba de las
gentes por las apariencias; a cada cual daba lo suyo; no crea en
patentes virtudes, ni andaba a caza de vicios escondidos, y con pasmoso
acierto descubra en los individuos defectos encubiertos y ocultas
virtudes.

Era bueno, inteligente, franco, leal, desinteresado, (que tambin en el
rico cabe el inters) y se preciaba de urbano y atento; pero justo es
decir que sola ser desdeoso con las personas en quienes no hallaba
correccin y buenos modales, y acaso el nico camino por donde fuera
fcil vencerle era el de la ms exquisita pulcritud; todo lo perdonaba,
los mayores defectos, los ms grandes vicios, menos el trato burdo, la
maledicencia y la mala crianza. De aqu que su conversacin fuese por
extremo grata, y de aqu las maneras irreprochables de l y de los
suyos. La seora doa Gabriela me pareci siempre un simptico y
elegante tipo de mujer. Fina y correcta como su esposo, elegante por
naturaleza y educacin, desdeosa como l para con las gentes vulgares y
ordinarias, la seora doa Gabriela posea el rarsimo don de hacerse
amar de todos, sin que para ello empleara lisonjas y lagoteras. Lujosa
sin ostentacin, elegante sin pretender atraerse las miradas de los
dems, fina sin charla zalamera, para todos tena una palabra cariosa.
Haba en ella algo o mucho de aquellas damas mexicanas, chapadas a la
antigua, piadosas sin gazmoera, caritativas sin parecer sensibleras,
y en las cuales no podemos pensar sin imaginrnoslas vestidas de negro y
veladas con rica y aristocrtica mantilla. En doa Gabriela slo una
cosa mereca censura: su bondadosa tolerancia para con el pobre nio
corcovado. Cierto es que la miserable condicin de Pepillo, enfermizo y
lisiado, explicaba muy bien los mimos y consentimientos de sus padres.

Muchas veces les o decir dolorosamente:

--Si este nio tuviera salud y robustez como esos chiquitines que pasan
por ah... aunque fusemos tan pobres como un mendigo!

Pepillo era en aquella casa tristeza y dolor.

Gabriela, felicidad y alegra.




L


En poco tiempo me hice amigo de los otros empleados. Mi edad y mi
carcter tmido e irresoluto me fueron propicios en esta ocasin. Mis
compaeros crean habrselas, sin duda, con balandrn mancebo,
presumido, jactancioso y pagado de s, que vendra a imponrseles,
abusando de la bondad con que le trataba el seor Fernndez. Este hizo
en presencia de ellos grandsimos elogios de su nuevo empleado, y tal
vez por eso me recibieron reservados y desdeosos; pero al ver que se
haban engaado, que me esforzaba en ser comedido y corts, cambironse
en grata simpata la reserva y menosprecio manifestados a mi llegada.
Slo uno, el joven cuyo puesto ocup, me vi con malos ojos. Entonces lo
mismo que ahora. Por qu? Spalo Dios. Enrique, as se llamaba, sala
de aquella casa por su gusto, para mejorar de empleo, para ir a
desempear otro muy codiciado, en no se qu oficina administrativa. Por
mi parte no acierto a explicar la antipata con que siempre me ha visto.
Aun vive, rico y estimado; suelo encontrrmele en el casino, en el
paseo, en los teatros; pasa cerca de m y no se digna saludarme; no
olvida ni quiere olvidar que yo le sustitu en el escritorio del seor
Fernndez. Repito que muy pronto fueron muy buenos amigos mos los dems
empleados. En ellos tuve siempre auxiliares y consejeros. Procur
serles til: los ayudaba en cuanto poda, y ms de una vez ocup su
puesto para que ellos pasearan o se divirtieran, ya en alegres partidas
de caza, ya en Villaverde con motivo de alguna fiesta o de algn
espectculo teatral que llamaba la atencin.

Era yo en Santa Clara objeto de las atenciones de toda la familia. La
seora sola decirme:

--Rodolfo: est usted en su casa! Tendr mucho gusto en hacer con usted
las veces de madre....

Don Carlos no me trataba como a un mozo inexperto y vano, antes, por el
contrario, me distingua con su afecto, me confiaba planes y negocios, y
conversaba conmigo franca y lealmente, con la sinceridad y llaneza de un
amigo viejo. A las veces, despus del trabajo, me encerraba yo en mi
habitacin, o, cediendo a mis inclinaciones de soador, me iba a vagar
por los campos, deseoso de estar solo con mis pensamientos, con el
recuerdo de Linilla.

Cuando don Carlos me vea salir o adverta que estaba yo en mi cuarto,
me detena o me llamaba.

--A dnde va usted? Qu hace usted all? Vengase a charlar con
nosotros.

Por la noche, despus de la cena, nos reunamos en la sala. La seora se
recoga temprano para cuidar del corcovadito, siempre delicado y
enfermo; don Carlos jugaba ajedrez con alguno de los empleados, y
Gabriela teja o lea y revisaba sus peridicos de modas. Entre tanto
recorra yo los papeles de Villaverde y los diarios de la capital. All
se reciban casi todos, adems de alguna publicacin exclusivamente
literaria que Gabriela coleccionaba con el mayor cuidado.

Entonces le muchos versos de Justo Sierra, las crnicas teatrales de
Peredo, y las revistas que Altamirano escriba en El Siglo XIX y en
La Revista de Mxico. No olvido ni olvidar jams el inters con que
devor algunos trabajos literarios publicados en aquellos das. El
estudio del Edipo en que Peredo hizo alarde de su saber en materia de
arte dramtico; el juicio de Altamirano con motivo de la representacin
del Baltasar de la Avellaneda, artculo brillante y galano que me
pareci insuperable. El Renacimiento fu mi peridico favorito. Qu
amena y grata lectura me proporcion esta revista! Versos de Lus G.
Ortiz, de Collado, de Roa Brcena, de Sierra, de Segura, de Ipandro
Acaico.... Qu amable, qu simptica me pareca la unin de todos estos
escritores, algunos contrarios en ideas polticas, todos amigos sinceros
en literatura y en arte! As deba ser, as me imagin siempre la
repblica literaria, sin odios, sin envidias, sin rencores. Todos los
ingenios mozos y viejos, conservadores y liberales, unidos por el amor a
la belleza.

Me seducan las estrofas de Justo Sierra.... Aun ahora las recito con el
entusiasmo de los diez y nueve aos.

Cuando en los peridicos trataban mal a algn poeta, de uno u otro
bando, (los partidos me eran repugnantes y odiosos) me senta yo
lastimado, y saltaba indignado al venir en acuerdo de que tales censuras
y tales crticas, de ordinario desentonadas y acerbas, eran inspiradas
por el rencor poltico. La poltica! Qu me importaba a m la vieja
inmunda como Altamirano la llamaba? Los jvenes de aquella poca se
cuidaban poco o nada de la poltica. Nacidos y criados en los das
azarosos de la guerra civil, testigos de horribles catstrofes, de
tremendas injusticias y de sangrientos combates, nos repugnaban aquellos
horrores, tan opuestos a la nobleza y a la generosidad juveniles. No
simpatizbamos con ninguno de los partidos contendientes; odibamos las
luchas de la poltica, y los mejores artculos de Zarco o de Aguilar y
Marocho, y los ms elocuentes discursos de Montes o de Zamacona, no
valan para nosotros lo que un sonetito mediano publicado a la zaga de
cualquier peridico villaverdino.

He odo decir muchas veces que los jvenes de aquel tiempo amaban poco a
su patria. S la amaban y con todas las fuerzas de su corazn; pero no
queran para ella agitaciones y turbulencias, ni avances peligrosos ni
retrocesos intiles. Deseaban paz y justicia para todos, para vencedores
y vencidos; paz fecunda en bienes, a cuya sombra prosperaran los pueblos
y se aumentara la riqueza pblica; paz que hiciera renacer las artes y
las letras, a los cuales reservaba la gloria das venturosos y felices;
y justicia para todos y en todas partes, justicia sin la cual no puede
existir la libertad.

A ruego mo, mientras don Carlos se engolfaba en su partida de ajedrez,
abra Gabriela el piano, un soberbio Erard, y tocaba lo ms selecto
del repertorio en boga....

Las horas pasaban dulcemente, dulcemente, como las ondas del ro lejano
que nos enviaba, a travs de los bosques rumorosos, y de las alamedas
del jardn, el canto misterioso de sus turbias aguas.

El balcn abierto; las llanuras adormecidas; la selva silenciosa; el
cielo lmpido y puro, sin nubes ni celajes; la luna a la mitad de su
carrera; el piano derramando a torrentes la msica de los grandes
maestros; la belleza y la juventud rindiendo culto al arte, y en mi alma
la dulce alegra de quien ama y es amado, el enjambre cerleo de las ms
risueas esperanzas....

Pero ay! de repente me senta yo acometido de profunda tristeza, de
mortal melancola, de aquella melancola mortal, mi dulce compaera en
las tardes de otoo, cuando sentado en la florida vertiente del
Escobillar me abismaba en la contemplacin del hermoso valle nativo
iluminado por los ltimos fuegos del crepsculo.




LI


La rubia Gabriela era franca, alegre, expansiva, y haba en ella cierta
sencillez infantil muy en harmona con el azul violado de sus ojos y el
ureo color de sus joyantes cabellos. Destrenzados, sueltos, atados con
una cinta de seda, se me antojaban un haz de mies madura.

Gabriela subyugaba las almas con la dulzura de su carcter, mejor que
con su delicada y elegante belleza. Y era lindsima: fisonoma suave y
aristocrtica; perfil correcto; labios ingenuos, expresivos, como
entreabiertos levemente por una exclamacin de sorpresa; las mejillas
con los tintes de la rosa: la cabeza artstica y gentil; el cuello
delgado y donairoso. Posea la blonda seorita, algo, o mucho, de la
singular belleza de dos mujeres muy clebres y admiradas entonces:
Adelina Patti y la Emperatriz Eugenia.

Alta, delgada, esbeltsima, ideal, como acostumbran a decir los
poetas, en Gabriela se juntaban maravillosamente la frescura de una
arrogante juventud y los encantos misteriosos de una belleza apacible y
casta.

Durante los primeros das la joven se mostr conmigo seria y
ceremoniosa, lo cual, a decir lo cierto, no fu muy grato para m.
Procur portarme de la misma manera; correspondiendo as a la reservada
actitud de la doncella; pero el trato diario en la mesa, en la tertulia,
en el paseo y en las horas de descanso nos acerc poco a poco, y pronto
hubo entre los dos cierta confianza decorosa y afable de la cual naci
una amistad placentera y cordial.

Entonces pude admirar en Gabriela no slo la sencillez de su alma, sino
lo que en ella vala ms, la nobleza de su corazn.

Habituada al trato de personas cultas y distinguidas; educada con
esmero; rodeada de cuanto la opulencia y el amor paternal pueden ofrecer
a una nia de su clase y condiciones, la seorita Fernndez ni estaba
engreda con su elegancia, ni pagada de su hermosura, ni satisfecha de
sus raras habilidades. Tocaba el piano como una profesora y se crea una
pobre aficionada; dibujaba magistralmente, pintaba lindas acuarelas,
frutas, flores, pjaros, paisajes, y no se daba cuenta de sus aptitudes
artsticas, ni de que saba robar a la naturaleza la lnea, el tono, la
expresin, el ambiente que aisla y destaca las figuras, el rasgo
oportuno que anima los objetos, la tinta desvanecida, vaga, vaporosa,
que hace resaltar las imgenes sin endurecer los contornos.

Obediente, sumisa a la voz de sus padres, jams se opona a sus
mandatos, como suelen hacerlo las seoritas de las clases elevadas, que
gustan de ser caprichosas y se complacen en ser mimadas por los suyos.
La vida de Gabriela estaba consagrada a sus padres. Obsequiarlos,
tenerlos alegres y contentos era su nico deseo, y de seguro que nunca
dej de agradarlos. Sufra con paciencia ejemplar al infeliz jorobadito
en quien estaban reunidos todos los defectos morales y todas las
desgracias fsicas. El pobre nio, lisiado, enfermizo, horrendamente
precoz, era ruin, mezquino, insolente, atrevido y deslenguado. Como
todos le halagaban y le complacan, y no haba capricho que no
consiguiera ni falta que no le fuese perdonada, imperaba en aquella casa
como soberano absoluto, como seor de vidas y haciendas, siempre
dispuesto a hacer el mal, complacindose en atormentar a los animales
que caan en sus manos, gozndose en insultar y calumniar a los criados,
en burlarse de todos, y en repetir las palabras ms soeces aprendidas en
la calle o de labios de los cocheros. La seorita Gabriela, objeto
frecuente de las iras del nio, a causa, sin duda, de que slo ella le
correga y le castigaba, pasaba ratos muy amargos. El corcovadito la
aborreca de muerte, como a todos cuantos se oponan a sus caprichos y
deseos, y a la menor correccin la insultaba con dichos y palabras de
taberna.

La joven sola implorar en su defensa la autoridad del seor Fernndez.

--Pap!--deca suplicante y apenada.--Oye a Pepillo.... Abri una
jaula, atrap un canario y le ha quebrado las alas.... Le reprendo... y
me contesta con Unos dichos y unas palabras....

--Perdnale, hija!--responda el padre.--Pobre nio!...

El corcovadito quedaba victorioso, finga arrepentimiento, se acercaba a
la joven para acariciarla y darle un beso, y luego que se iba el seor
Fernndez volva a los improperios y a las obscenidades. Rea, se mofaba
de su hermana, e inventaba nuevas fechoras.

Una tarde, despus de una escena de stas, fuimos al jardn; Fernndez y
la seorita se quedaron con el nio en un merendero; Gabriela y yo nos
perdimos, a lo largo de una calle de fresnos, en busca de violetas. La
nia lloraba y no levantaba los ojos.

--No llore usted, Gabriela....

--Que no llore?--murmur enjugndose los ojos.--Cmo no he de llorar!
Quiero a Pepillo con toda mi alma. Da y noche le tengo en la
memoria.... Su desgracia es la eterna amargura de mi vida. Deforme,
enfermizo, y... malo! S, Rodolfo; ese nio es malo. A quin ha
salido? De quin ha heredado esa perversidad de corazn? Qu ser de
l si llega a hombre? Me odia, me detesta, y yo le amo.... Ya usted ha
visto cmo me trata.... Y todas las gentes me envidian, y todos dicen
que soy la ms feliz de las mujeres!... Feliz?--Debe usted perdonar a
Pepillo....--Le perdono... pero no puedo permitir que sea as.... La
perversidad de ese nio crece de da en da.... Por fortuna no vivir
mucho!... No le deseo la muerte, no. Dios me libre de ello! Pero, a
dnde iremos a parar si Pepillo sigue con esos instintos crueles y
depravados? Si viera usted cmo tiemblo al pensar que el mejor da, por
cualquier motivo, ser, usted objeto de las iras de esa infeliz
criatura.--No tema usted.... Me quiere, hacemos buenas migas....

--No, Rodolfo; es mi hermano, le quiero mucho, pero le conozco; no hay
que fiar de ese nio....

Entonces Gabriela me refier mil incidentes desagradables, y me hizo
comprender, muy claramente, que tema que Pepillo dijera el mejor da
algo que me lastimara y me ofendiera, y con este motivo la pobre nia me
abri su corazn.

--Todos me envidian y codician mis riquezas, pero, a decir verdad, amigo
mo, de qu me sirven lujo, comodidades y bienestar, si en medio de
todo eso soy vctima de ese pobre nio, de mi hermanito, de mi nico
hermano a quien amo y compadezco?

De pronto, como si aquella conversacin le fuese penosa, vari de asunto
y detenindose al pie de un rbol se puso a contemplar, entre el follaje
las ltimas luces del da, el cielo dorado, sobre el cual se dibujaban,
lmpidas y claras las ramas de un gran, fresno desnudo, mientras yo
ataba un haz de violetas.

--Hermosa tarde! Quin pudiera trasladar al papel el esplndido cuadro
que tenemos delante! Usted est triste... por qu? Nosotras deseamos
verle contento. A qu ese rostro abatido y melanclico? Pap nos ha
dicho que ha sufrido usted mucho....

Ciertamente, me renda la tristeza. Pensaba yo en los mos, en mi pobre
casita, en las buenas ancianas cuyo recuerdo me era tan querido, y en
Linilla, en mi dulce Linilla.

--No, seorita...--murmur sonriendo.--A las veces se me va el
pensamiento hacia Villaverde, en busca de los que me aman....

--Y ms all... ms all... detrs de esas montaas que atraen las
miradas de usted.

Sonri la nia, y me seal a lo lejos los picos ms altos de la Sierra,
y agreg:

--Diga usted: No es en aquellos valles donde est el pueblo de San
Sebastin?

--S.

--Pues... all est Angelina!




LII


De madrugada, antes de salir el sol, mont a caballo y sal de la
hacienda camino de Villaverde.

Era domingo. Delante de m avanzaban lentamente algunos peones y una
media docena de rancheros que iban al tianguis, jinetes en malas
caballeras. Clareaba el alba en la cima de los montes, y sobre la
esplendorosa claridad del sol naciente se dibujaban los perfiles
boscosos de los cerros de Villaverde, las grandes moles de la cordillera
meridional, y las montaas de Pluviosilla envueltas en los vapores
matinales que parecan gasas hechas girones en los picachos. Repicaban
alegremente en el campanario de una aldea cercana, y del profundo lecho
del Pedregoso, protegido por los ahuehuetes y los lamos, se alzaba
espesa y se desvaneca vagarosa blanquecina nube que velaba las
arboledas.

Qu largo me pareca el camino! Con qu ansia me aguardaran mis tas!
Qu anhelo el mo por llegar a la ciudad! La campana de la aldea sonaba
festiva, y el viento matinal, fresco e impetuoso, traa hasta all las
mil voces de los templos villaverdinos; msica incomparable que repetida
por los ecos pareca el canto de los valles y de los bosques. A poco
descubr el caserio, las torres y las cpulas en cuyos azulejos
centelleaba el sol.

Media hora despus estaba yo al lado de mis tas.

--Muchacho!--exclam ta Pepilla.--Entra, entra para que te vea tu
madrina.... La pobrecilla ha estado muy mala; buen susto nos di....
Por eso no te hemos escrito. Quin lo haba de hacer? Si Angelina
estuviera aqu....

Entr en el cuarto de la enferma. La pobre anciana estaba en un silln,
muy abatida y trmula. Se anim al verme, y cuando me acerqu para
abrazarla me mir tristemente, y con voz muy dbil, tan dbil que apenas
la omos, me dijo:

--Al fin viniste.... Gracias a Dios! Tem que no volvieras a verme....
Pero ya pas... ya pas! Ya estoy bien, muy bien! Ests contento? Te
gusta la hacienda?

Me apresur a contestarle que el seor Fernndez me trataba muy bien;
que toda la familia me distingua con su afecto; que el trabajo era
ligero y agradable, y que tena yo un sueldo muy bueno, como nunca pens
alcanzarle, como jams le so.

--As lo esperaba yo! Me alegro, hijito, me alegro mucho! Si t vieras
cunta pena me causaba ver que en la casa de Castro Prez ganabas poco y
trabajabas mucho!... Vaya! A desayunarte, hijo mo.... Y despus
qutate ese traje de ranchero.... No me gusta! No quiero verte as!
Ponte otro vestido, y vete a pasear.... Cundo te vas, esta tarde o
maana?

--Maana tempranito....

Ta Pepilla me esperaba en el comedor, en el pobre comedor donde seora
Juana iba y vena muy deseosa de atenderme y obsequiarme.

Mientras yo me desayunaba alegremente y con buen apetito, ta Pepilla
conversaba.

--Tengo una carta para t, una carta de Angelina. Ayer la trajeron;
hasta ayer vino el mozo.... Ahora te la dar....

--Venga esa carta, ta; venga esa carta....

--Impaciente! Come y calla. Para todo hay tiempo.... Y dime: qu tal
es la seorita Gabriela?

--Lindsima!

--No tanto, hijo, no tanto! No es fea... ya me lo s. Pero, es buena,
es simptica? No es orgullosa ni altiva? Vamos: dime, dime....

--Antes la carta, ta; antes la carta de Linilla!

--Paciencia, nio, paciencia! Qu fugas son esas? Cualquiera
dira....

--Qu dira?

--Nada!...

La anciana sonri dulcemente, y sali del comedor. A poco apareci en la
puerta, mostrndome la carta deseada.

--Qu me das por esto?

--Un abrazo.

--Es poco!

--Un beso.

--Es poco.

--Pues entonces, qu quiere usted?

--Tu cario! Tu cario, muchacho, que con eso me basta!

La seora lleg hasta m, me abraz, me acarici dulcemente, y puso
delante de m la carta de Linilla, dicindome:

--Ay, Rorr! Anoche so una cosa....

--Qu?

--La dir.... No; mejor es callar!

--Hable usted, ta.

--So que te habas enamorado de.... Gabriela.

--De Gabriela?

--Si, de esa seorita que es tan buena, tan amable, tan elegante, tan
inteligente, tan linda, y... tan rica!

--No, ta. Mi corazn tiene dueo.

--Y quin es?

--Ese es mi secreto.

--Secreto?

--Secreto.

--Mira, Rorr; a m no me engaas....

--Ah!

--Mira, lee tu carta... y djame en paz!

En mi cuarto, a solas, le la carta de Lanilla.

     Rodolfo mo:

En vano habrs esperado mi contestacin, y ya me imagino tu impaciencia
al no recibir noticias mas. Pap ha estado enfermo. Cosa de nada, es
cierto, pero nos tuvo muy inquietas, y de ms a ms el mozo no ha ido a
Villaverde. Fu a Pluviosilla a traer muchas cosas para la Semana
Santa: cera, ornamentos, y una urna lindsima que ser estrenada el
jueves. Vamos a tener unos das de mucho trabajo. Figrate que aqu no
se cuenta con nadie para eso de arreglar el altar, y yo tengo que
hacerlo todo. He preparado cosas muy bonitas: cortinas, ramilletes,
moos, y otras mil chucheras, todo nuevo. Pap est contentsimo, y
cuando descansa del confesionario viene a divertirse y a ver cmo
trabajo. Ahora no es tiempo de pensar en el novio, seor mi; es mucho
lo que falta por hacer, y todo tiene que salir de mis manos. Al fin del
da estoy muy cansada; pero yo no te olvido y a todas horas pienso en
t, y adems te dedico un rato todas las noches, y a esa hora no hago
ms que recordarte y ver tu retrato. Son las once de la noche, estoy
solita en mi pieza, y con lpiz, porque olvid traer el tintero y la
pluma, te escribo estas lineas, muy de prisa, tan de prisa que no s
cuntos disparates estoy poniendo.

Me alegro que pienses de otro modo. Qu es eso de creer que la vida es
mala? No, seor mo; ni yo que he sido tan desgraciada tengo esas ideas.
El otro da le en un peridico un artculo muy largo en que trataban,
de unos filsofos que tienen ideas parecidas a las tuyas. All hablan de
un alemn, cuyo nombre no recuerdo porque es muy largo y muy revesado,
del cual dicen que tiene ideas as como las tuyas. Y yo me dije: vaya!
sin duda que Rorr ha ledo los libros de ese seor, y en ellos aprendi
esas tristezas con las cuales me apena y me congoja. Pregunt a pap si
esas obras estn prohibidas, y me dijo que s. De manera que, ya lo
sabes, si las tienes, qumalas; si las has ledo, no vuelvas a leerlas.
No es cierto que as lo hars? S, porque me quieres mucho.

Cuando recibas esta carta ya estars en Santa Clara. Cuidado te
enamores de Gabrielita. Es muy hermosa, y muy simptica, y muy
inteligente, y muy buena, y adems rica; pero no te querr tanto como
yo.

Despus que leia la carta en que me decas que ibas a colocarte en la
hacienda del seor Fernndez me puse muy triste. Por qu? Dios lo
sabe! Como eso es bueno para t deba yo ponerme alegre, muy alegre,
pues con ese destino ya no tendrs dificultades y tu vida ser ms
tranquila; pero voy a confesarte una cosa, aunque te ras de m. Me
desagrad la noticia; sent que el corazn se me oprima y que los ojos
se me llenaban de lgrimas. Ya s la que vas a decir, ya lo s. Dirs
que estoy celosa.... Celosa? No s lo que son celos. Acaso esto que
siento al pensar que vives cerca de esa seorita tan hermosa y tan
elegante; acaso sern celos estos temores que me asaltan cuando recuerdo
que hace tiempo que Gabriela me pregunt por t, con mucho inters, con
demasiado inters. Comprendo que en ella encontrars muchas cosas que
yo no tengo; Gabriela es una seorita ms digna que yo de ser amada, s,
ms digna que yo. No me da pena confesarlo; y yelo bien, mira que te lo
digo sinceramente, como lo siento, como si mi madre me oyera: si te
enamoras de Gabriela; si en el amor de esa nia esta cifrada tu
felicidad; si ella es para t dicha y ventura, no vaciles, olvdame,
olvida a la pobre Linilla, y se feliz! Ya te lo dije, te lo he dicho
muchas veces, todo el anhelo de mi corazn es verte dichoso. Porque lo
seas lo sacrificar todo, me arrancar del alma tu cario y procurar
olvidarte. Acurdate de lo que dice tu ta Carmen: que para t, slo
Gabriela. El corazn me dice que nuestros amores no sern dichosos....
Sabes por qu? Porque nac condenada a padecer, y no me conformo con el
cario de mi pap, que es lo nico en que debo fiar. Una cosa voy a
pedirte: que el da que ya no me quieras me hables francamente, y me
digas la verdad, toda la verdad! T dirs que estos temores mos son
infundados, que son locuras mas.... D lo que quieras! Yo cumplo con
no ocultarte nada, nada de cuanto pienso y siento. Ya sabes que no tengo
secretos para ti, y que cuanto se me ocurre te lo digo, aunque sea en
contra ma.

Quera decirte una cosa, pero reflexiono y pienso que sera inoportuno
hablar de ella. Sin embargo, voy a confesarte mi deseo de no ocultar a
pap nuestros amores. Me parece cruel, inhumano, que los ignore. No deb
corresponder a tu cario sin que pap tuviera noticia de que te amo y me
amas. Hice mal, muy mal, as lo comprendo, y acaso esta pena que oprime
mi corazn es un castigo para m. Celos! dirs t. Lo que t quieras;
yo s que me duele el alma; que no ceso de llorar, y que tengo que
ocultar mis lgrimas. No tengo a quien contar lo que me pasa, y acaso el
pobre anciano podra consolarme y aliviar mi pena. Si pap supiera
nuestro amor con l hablara yo de t, de mis temores, de mis
presentimientos, de que slo pienso en tu felicidad, aunque sea a costa
de mi dicha. Pero no le dir nada, no, jams; se apenara el santo
viejecito, y no quiero contristar ese noble y apasionado corazn,
corazn de nio, corazn de mujer que fcilmente se lastima. Aunque t
me digas que s, que le diga todo, no lo har.

Pero, verdad, Rodolfo mo, que me amas, que me adoras, que slo vives
para m? No es cierto que me apeno sin motivo y que no tengo razn para
estar celosa? Y aun cuando t quieras a Gabriela o a cualquiera otra,
qu me importa! Te amo, y con eso me basta! No soy egosta; no te
quiero porque t me quieras, te amo, y en amarte cifro toda mi dicha.
Me amas? Feliz de mi! No me amas? Y qu? Me basta con amarte!

     Linilla.




LIII


Esta carta me caus profunda pena. Linilla padeca y lloraba, temerosa
de que Gabriela le robara mi corazn.... Obscura nube vel de pronto el
cielo de mi dicha, y tembl al considerar que me aguardaban nuevas
amarguras. Pero, a decir lo cierto, no me causaron extraeza ni las
palabras de Angelina, ni el tono de su carta.

Desde los primeros das, cuando mi cario era todava un misterio para
la doncella, pude observar mil veces que nunca le fueron gratos los
elogios de mi ta para la gallarda seorita. Y no porque la envidia o el
orgullo fuesen causa de ello, que tales pasiones no tenan morada en
aquel corazn generoso y sencillo, sino porque debido a las torpes
murmuraciones villaverdinas o a presentimientos y recelos, muy
naturales en una nia que ama y cree que es amada, la pobre Linilla
temi, aun antes de corresponder a mi amor, que yo me prendara de
Gabriela, cuya belleza y elegancia, no podan ser vistas sin inters por
ningn mozo de mi edad. Pobre nia infortunada! El dolor y la desgracia
la haban hecho temerosa. Muchas veces me dijo: Rodolfo: nuestros
amores no sern dichosos. Nac condenada al infortunio; nac condenada a
padecer, y cuanto es para m felicidad y ventura perece y se malogra....
Me amas? S; pues dejars de amarme. Te amo? Pues, yelo bien: este
amor que es en mi como la aurora de hermoso da; este amor en el cual he
cifrado todas mis ilusiones y todas mis esperanzas, no ser coronado por
la dicha...

Y la pobre nia no poda ocultar sus recelos, y me los confiaba
sencillamente, como deseosa de conseguir, por este medio, la perennidad
de un afecto que le pareca vano y fugitivo. Despus se arrepenta de
haber dudado de mi constancia, y llorando me peda que la perdonara. Mas
a poco, cuando calmada por mis palabras y mis promesas sonrea dichosa,
y en su plido rostro irradiaba la alegra, tornaba a sus
presentimientos: No me engao, no quiero engaarme.... Me da pena
decrtelo, pero ya sabes que nada te oculto, que no quiero ocultarte
nada. Vives engaado; dices que me amas, y no mientes, no, porque eres
incapaz de mentir.... Dices que me amas, y, ciertamente, tu corazn es
mo, y a toda hora piensas en m. Pero no es Linilla, la pobre Linilla,
la hurfana recogida en un mesn por un sacerdote caritativo, la nia
infeliz fruto de amores que el cielo no bendijo, la que ser tu esposa.
Te conozco, Rorr. Eres ambicioso; deseas una mujer brillante que a
todos cautive con su belleza, que deslumbre en los salones.... Sueas
al fin poeta! con dichas que yo no puedo darte.... Me amas? Ya me
olvidars!

Linilla se engaaba. La amaba yo con toda mi alma, y bien sabe Dios que
mi corazn era todo suyo; que nunca mis ojos se fueron en pos de otra
mujer, y que era yo celoso, en bien de mi amada, hasta, de la menor
palabra que pudiera salir de mis labios con olvido de Angelina, y fuera
para ella como una infidelidad ma. Lo que nunca quiso hacer, y de ello
me acuso sinceramente, fu borrar de mi memoria el recuerdo de Matilde,
la dulce nia de mi primer amor.

Pero ah! yo aliviara las penas de mi amada, desvanecera sus
tristezas, le escribira largusima carta, y pronto estos, temores
quedaran disipados.

Me vest de prisa y me lanc a la calle.

El domingo es alegre en Villaverde; muy alegre si se le compara con los
dems das en que las calles y plazas estn casi desiertas. La poblacin
rural viene a la ciudad con motivo del tianguis, y los villaverdinos
salen de sus casillas para ir a misa y al mercado. Las tiendas estn
abiertas hasta las tres de la tarde, y los rancheros, muy vestidos de
limpio, luciendo la camisa planchada y azulosa, suben y bajan por las
calles, llenan templos y tiendas, y a eso de las tres se vuelven a sus
campos y a sus aldeas.

La misa de doce es la ms concurrida; a ella van, las muchachas en
privanza, muy emperejiladas y lindas, y en el atrio de la Parroquia,
bajo los fresnos y los ahuehuetes, se reune la flor y nata de la
pollera villaverdina.

Visit a don Romn, el cual se mostr muy afable y carioso con su
discpulo. Estuve en la casa de Sarmiento; pero no tuve la fortuna de
verle, como yo deseaba, para darle las gracias por sus eficaces
recomendaciones. Le dej una carta del seor Fernndez, en la cual le
consultaba no s qu acerca de las enfermedades de Pepillo, y me fu en
busca de Andrs hacia su tenducho de La Legalidad. El pobre viejo se
olvid de sus marchantes, salt por encima del mostrador, y corri hacia
mi, abriendo los brazos. Charl conmigo unos cuantos minutos, y luego me
dijo, poniendo su mano en mi cabeza:

--Ya ves, tengo muchos marchantes... y ya lo sabes: el que tenga tienda
que la atienda.... All te ver.... Esta noche ir a cenar contigo. Vete
a pasear... divirtete, que bastante habrs trabajado desde que te
fuiste....

Al pasar frente a la botica de Meconio o que me llamaban. All estaban
los pedagogos y Ricardo Tejeda. Me fu entrar. Todos se adelantaron a
saludarme, menos mi amigo, el cual fingi que estaba muy engolfado en la
lectura de El Montas. Mancebos y maestros de escuela me vean, de
pies a cabeza, se miraban unos a otros, y sonran maliciosamente. No
dejaron de dirigirme algunas bromas.

--Ya es usted charro...--me deca uno de los mancebos.--Todo Villaverde
sabe que hace quince das vieron salir, camino de Santa Clara, al
ex-covachuelista de Castro Prez, jinete en un corcel brioso, hecho un
caballero andante. Vaya! Dej la pluma por la reata....

Venegas y Ocaa coreaban con ruidosas carcajadas las bromas del imberbe
galeno, y Ricardo segua abismado en la lectura. Despus me hablaron de
Gabriela.

--Chico:--repetan--lograste lo que deseabas! Ests en la arena y junto
al rio.... Buen partido! Te cay el premio... te casars.... Cundo
es la boda? Cundo nos das el gran da?

Me indignaban aquellas burlas; pero rechazarlas enrgicamente habra
sido una tontera. Hice risa de mi clera; me burl de m, repitiendo
los dichos del boticario, y as logr que se calmara la tempestad. Luego
se habl de una compaa dramtica, recin llegada, y que esa noche
dara su primera funcin en el Teatro Pancracio de la Vega.

--Irs?...--me decan.--Buena compaa! Esta noche nos darn Fe,
Esperanza, y Caridad. No queda una butaca; los palcos estarn llenos, y
la temporada ser magnfica.

En aquellos momentos pasaron frente a nosotros las seoritas Castro
Prez. Entonces empez la murmuracin y el hacer trizas a las pobres
muchachas. Ricardo dej el peridico y sali a la puerta para ver a las
seoritas. Las chicas se detuvieron un instante, saludaron, y la rubia
exclam, dirigindose a m:

--Rodolfo! (con permiso de los seores).... Acompenos hasta la
iglesia.... Tenemos que hablar con usted.

Me desped del grupo, y acud al llamado de la seorita. A la sazn
sala Ricardo; vile Teresa, y la pobre nia se encendi como una
amapola, baj los ojos, y se adelant. Cuando yo le tend la mano estaba
trmula y sofocada por la exitacin. Mi amigo la miraba desdeoso y
altivo.

No bien nos alejamos de la botica, se solt Luisa:

--Conque se casa usted! Ya lo sabemos todo.... Buena suerte, y
gracias por el favor!... Tere est, muy agradecida.... Vi usted a
Ricardo? Est que rabia! El que se crea tan afortunado! Estaba seguro
de que le correspondera Gabriela.... Buen chasco se ha llevado! Muy
merecido!...

--Pero, seoritas....

--S, s, no lo niegue usted! Ya todos saben que la familia le distingue
a usted mucho; que usted y Gabriela estn a partir un pin; que el
negocio est, arreglado, y que tendremos boda. Ser muy lujosa. Gabriela
y usted echarn el resto....

--Por Dios!--interrumpi la hermana.

Protest contra la murmuracin villaverdina de la cual era yo vctima
haca tantos das; declar que me indignaba or tantas mentiras como
repetan las gentes, y supliqu a las nias que no dieran odos a tales
dichos.

--Pues usted lo negar... pero es cierto que Gabriela y usted estn
arreglados. Todo se sabe!... Para que vea usted que nada ignoramos, le
diremos lo que aqu se cuenta. No es cierto que esa nia y usted se
pasean en el jardn, solos, solitos?...

--S, es verdad... y qu?

--Y qu? Pues qu quiere decir cristiano!

--Cierto que todas las tardes paseamos en el jardn; pero no solos, como
usted dice, Luisa. Don Carlos y doa Gabriela van detrs de nosotros, y
Pepillo nos hace compaa....--S, Pepillo; como quien dice: el bufn
del Rey... Sabe usted cmo le llama ste a Pepillo, a su cuadito de
usted?....

--No.

--Rigoleto!

Las chicas se echaron a rer.

Estbamos en el atrio de la Parroquia. All, a la sombra de los
ahuehuetes, charlaban y rean cinco o seis lechuguinos. Entre ellos
estaba el joven cuyo destino fu a ocupar. O mi nombre y el de
Gabriela, y una voz que deca:

--Se casarn?

--Es cosa arreglada!--exclam alguno.... Parece que.... Y no escuch
ms. Hablaron tan quedo que no percib lo que decan. Alguna infamia!


Las seoritas Castro Prez entraron en el templo. Yo las segu
maquinalmente....

Parece que... Estas palabras resonaban en mis odos como los rumores
de lejana tempestad.

Bien saba yo hasta dnde era capaz de llegar la murmuracin
villaverdina!




LIV


Lejos de esta gente!--me dije esa maana al salir de la misa de doce, y
me fui a mi casa, a mi pobre casita, resuelto a no tratar ms ni con los
tertulios de la botica ni con las seoritas Castro Prez, y decidido a
no venir a Villaverde sino de tiempo en tiempo.

Despus de la comida me puse a escribir. La idea de que Linilla padeca
y lloraba por causa ma me tuvo inquieto toda la tarde. Cuando cerr mi
carta, estaba yo tranquilo. En ella le habl francamente:

A qu pensar en eso, Linilla ma? Te amo, te adoro! Qu motivos
tienes para dudar de mi fidelidad? Me ofendes cuando dices que tarde o
temprano he de olvidarte. Angelina: eres cruel conmigo, y no temes
lastimar mi corazn. No dices que me amas? Pues entonces, por qu
dudas as de mi cario? Ms de una vez he odo de tu boca que soy
ambicioso, que sueo con opulencias y lujos. No comprendes que con esas
palabras me desgarras el corazn. Dime, con toda sinceridad: crees que
sera yo capaz de buscar fortuna y riquezas por ese camino? No ambiciono
grandezas; con poco me conformo; poco necesito para ser feliz. Una
posicin modesta, modestsima, rayana en la pobreza, es cuanto deseo
para que mis pobres tas pasen tranquilas los ltimos aos de su vida, y
nada ms! Nada me seduce en el mundo como no seas t, t, Linilla, alma
de mi alma, en quien cifro ilusiones y esperanzas, en quien he puesto
todo mi cario.

Mientras yo sueo a todas horas contigo, mientras vivo pensando en t,
t te complaces en dudar de mis palabras, y temes que, prendado de
Gabriela y empujado por una ambicin vulgar, desdee tu amor olvide que
me amas y que vives para m, y corra en busca de un enlace que me
proporcione bienestar y riquezas.... No piensas que me calumnias, que
calumnias a tu Rodolfo? Hurfano, desgraciado, pobre, el mundo era para
m un valle de dolores; quise cerrar mi corazn a todo afecto, no amar
ni ser amado, cuando te conoc y te am. Te habl noble y
desinteresadamente. Qu inters poda guiarme? Te am y te di mi
corazn; me amaste, y al or de tus labios que me amabas se disiparon
las tinieblas de mi vida; se ilumin mi alma con los esplendores de la
tuya, y anhel ser bueno porque t eras buena; quiso tener resignacin
como t, y la tuve; y el que poco antes deseaba morir, am la vida, y
so con dichas y felicidades, no esas que t supones, sino otras
verdaderas, humildes... un hogar modesto y tranquilo, ni envidiado ni
envidioso, del cual t fueras alegra. T amas como yo a las buenas
ancianas que ampararon mi orfandad, ellas te aman tambin.... Qu
dichosos seremos!

A veces, por la noche, cuando todos duermen, me paso las horas en el
balcn, pensando en mi Linilla. Tengo delante el real solitario, la
llanura desierta y silenciosa, en el fondo de la cual corre el Pedregoso
adormecido y manso bajo las arboledas.... Me abismo en la contemplacin
del paisaje; te nombro, y mi alma corre hacia las montaas esas que me
separan de t, y escala las cimas, y vuela con las nubes, y va a velar
tu sueo. Y me imagino que eres mi esposa; que vivimos tranquilos y
felices al lado de mis tas, en una casita muy linda y muy alegre,
embellecida por t, llena de flores y cantos de pjaros. Sueo que mi
casa, hoy tan triste, est de fiesta; que tu pap ha venido a pasar con
nosotros algunos das; que celebramos su cumpleaos y que todos remos
venturosos y satisfechos. Ta Carmen, sentada en su silln y muy
aliviada de sus males, nos contempla y sonre; ta Pepilla parece una
abuela bondadosa y tierna; tu pap charla y se goza en nuestra dicha, y
mientras t y yo estamos en el comedor y preparamos una sorpresa al
santo sacerdote, poniendo entre los pliegues de su servilleta los
retratos de la gente menuda, all, en el fondo del jardn... dos
chiquitines inteligentes y guapos, muy vestidos de gala,--una nia que
se parece a t, y un rapazuelo que se parece a m--corren en pos de un
aro tintinante.

Ya lo ves, Linilla! Y as dudas de mi cario!... Dime: haces bien en
eso? Verdad que no? Mira: la seorita Gabriela vale mucho, es muy
buena, y a cada rato me habla de t, y se queja de que t no la
quieras.... Ests celosa, s, celosa, mal que te pese, y no hay motivo
para ello. Por el contrario, debe ser objeto de tu cario. Esta familia
me trata muy bien. Ya te he dicho que me distinguen como no lo merezco.

Vamos, Linilla: quieres que deje yo esta casa, que pierda yo esta
colocacin tan codiciada en Villaverde, y que vuelva yo a ser amanuense
de Castro Prez? Tal vez ni eso pudiera yo conseguir. Quieres que me
vaya a la tienda de Andrs a vender cominos y pimienta? Responde. Te
conozco, y creo que slo as estars tranquila.... Desde luego me ira
yo de Santa Clara; as quedaras contenta; pero pienso que no debo
privar a mis pobres tas del bienestar que ahora les proporciono. El
seor Fernndez me quiere mucho, y muchas veces me ha dicho que l me
pondr en buenas condiciones para que pueda yo vivir tranquilo, sin
depender de nadie. Es hombre que cumple lo que promete. Y entonces,
Linilla: qu ms podremos desear?

Dices que no le dirs a tu pap que te amo y que me amas? Haz lo que
te plazca. El deber y el amor filial aconsejan que no le ocultes nada;
pero, a decir la verdad, como no tengo asegurado el porvenir, me parece
inoportuno que le hables de eso. Sin embargo, repito, haz lo que te
parezca mejor.

Acaso lleguen a tus odos ciertas murmuraciones de las gentes de
Villaverde. Dicen que soy novio de Gabriela. Ya me imagino quin invent
eso. Las Castro Prez que odian a la seorita Fernndez, o Ricardo
Tejeda que ha estado muy enamorado de la nia. Hoy me le hall en la
botica, y no me habl, ni siquiera se dign saludarme. Ellos lo
inventaron y todos lo darn por cierto, y lo creern, y dirn, como yo
lo he odo de labios de las Castro Prez, que la cosa es hecha, y que
nos casaremos Gabriela y yo dentro de pocos meses. Espero, Linilla ma,
que no dars odo a las murmuraciones villaverdinas. Te confieso que
tales embustes me tienen apenado. Qu dir el seor Fernndez si llega
a saberlos! Es persona de buen juicio y de mucha experiencia, pero se
trata de su hija, y no le ser grato saber que Gabriela y yo somos a
estas fechas sabrossimo plato para los villaverdinos maldicientes.
Pensar que yo he dado motivo para esas conversaciones.

Andrs vino a cenar conmigo. Don Romn pas con nosotros la velada, y al
siguiente da, muy de maana, sal camino de la hacienda.




LV


Gracias a las advertencias de Gabriela que me pusieron en guardia contra
los caprichos del nio, Pepillo fu siempre dcil y carioso conmigo.
Todas las maanas iba al escritorio, me peda lpiz y papel, y se pasaba
las horas pintando monos y casitas. Tena el corcovadito ciertas
aptitudes para el dibujo, cierto espritu observador, y en dos por tres,
de un rasgo, con dos o tres lneas trazaba la silueta de un buey o de
una vaca, sus animales predilectos, predilectos porque les tena miedo.
No as con otros; haba declarado la guerra a las palomas y a las
gallinas, se entretena en atormentar los insectos que caan en sus
manos, y de ellas no escapaban con vida ni mayales ni mariposas. El
gato, un gato regaln, muy querido de todos en la casa, hua del nio
como del agua fra. Slo Leal, el terranova pacfico y bonachn, el
favorito de don Carlos, le sufra paciente y resignado. El corcovadito
le maltrataba de diario, aguzaba el ingenio para atormentarle, y todos
los das inventaba nuevas diabluras contra el pobre animal que, cansado
de las fechoras del muchacho, escapaba, gruendo, para volver a poco,
carioso y sumiso, a lamerle las manos. As quera Pepillo que fuesen
con l las personas y criados que le trataban y servan; as quera que
fuese Gabriela, la cual no cesaba de corregir en el nio cuanto en l
observaba contrario a una buena educacin. Pero el pobre nio no sufra
las reprensiones de su hermana, se revelaba contra ella y la colmaba de
insultos. La joven apelaba a sus padres pero stos rara vez la
escuchaban.

--Cosas tuyas, Gabriela!--exclamaba la seora.--Nada le toleras a
Pepillo! Nia: piensa que el pobrecillo est enfermo.... Recuerda que es
muy desgraciado....

El jorobadito y yo hicimos buenas migas; yo compadeca su miseria, y l
me respetaba y me quera. A fuerza de paciencia y de dulzura consegu
que fuese amable con su hermana, y aunque de tiempo en tiempo renovaba
su odiosidad, en algo mejor las atroces tendencias del nio. Mucho me
agradeci la seorita mi empeo en dulcificar el carcter de su
hermanito, y esta gratitud hizo que cada da fuese Gabriela ms y ms
obsequiosa con su amigo. Me hizo una confidencia; me refiri que haba
estado enamorada de un joven muy rico y apuesto, mas, por desgracia,
dado al juego y a los vicios. Le quise mucho!--me deca
entristecida,--pero fu preciso olvidarle.... Olvidarle? No, no le
olvido an. Fu preciso poner trmino a esos amores que no eran del
agrado de mi pap; pero le confieso a usted, Rodolfo, que le quise
mucho, mucho!... Se parece usted mucho a l. Cualquiera que los viese
juntos dira que son hermanos. Una vez, acaso no lo recuerde usted,
estaba yo tocando, pas usted y se detuvo en la ventana. Yo no pude
contenerme y corr a la reja.... Usted sigui su camino.. Desde ese da
me simpatiz usted. Pregunt: quin es ese joven? Y Angelina me dijo:
se llama Rodolfo.... Si supiera usted lo que pens? Sabe usted qu? A
que no adivina? Que Linilla estaba enamorada...Bonita
pareja!--pens.--Ahora, estoy segura de que usted tambin est
enamorado. Cuando hablamos de Angelina no puede usted dominar su
emocin. Sean ustedes felices! Yo... no volver a querer a nadie!...

La, hermosa seorita baj los ojos y suspir tristemente. No supe qu
decir y me qued contemplndola. Despus de un rato de silencio, durante
el cual me sent dominado por la soberana belleza de la joven, murmur:

--Gabriela.... Usted merece ser dichosa. Llora usted muerta la ms
dulce ilusin? Ya renacern en esa pobre alma dolorida las flores de la
esperanza. Amar usted... y ser feliz!

Levant Gabriela su gallarda cabeza, y fij en m sus ojos. Me
estremec. Una imagen que no se aparta de mi memoria surgi de pronto
ante mis ojos.... As, as me mir muchas veces la hermosa nia rubia,
objeto de mi primer amor....

Dej Gabriela el libro que tena en las manos, y se dirigi lentamente
hacia un extremo de la sala, abri el piano, y me llam, diciendo:

--Ha odo usted esta sonata?

Y no hablamos ms aquella noche. Al acabar la pieza lleg don Carlos:

--Vamos, amiguito: un partido de ajedrez....

Desde ese da me persigui a todas horas el recuerdo de Gabriela; me
pasaba yo el da pensando en ella, y las horas eran instantes cuando
estaba yo a su lado. Entonces s que sola yo olvidarme de Angelina.
Amor? Amistad? Amor, si, amor?... No ha dicho Byron que la amistad es
el amor sin alas?

Puse gran empeo en saber lo que pasaba en mi corazn. Qu sentimiento
era aqul que no me apartaba de Angelina, y que, sin embargo, me
arrastraba hacia Gabriela? Me acusaba yo de infidelidad para con
Linilla; repasaba mis actos uno por uno, y aunque me hallaba yo
inocente, me condenaba yo con la severidad del juez ms recto, y me
propona alejarme de Gabriela. En vano! No se me pasaba un instante sin
pensar en ella. Era para m luz, alegra, juvenil regocijo, primera
aspiracin de amor; ilusin de nio que yo crea perdida para siempre y
que de pronto apareca delante de m, esperanza malograda que bria de
vida sacuda sus alas de mariposa en el fondo de mi corazn, reanimada
por la luz de los ojos azules de la nia.

Y, preciso es decirlo, aunque nadie lo crea, aunque estas pginas hagan
sonrer a los lectores: no estaba yo enamorado de Gabriela, no; mi
corazn era de Linilla, de la hurfana tierna y cariosa, que all, en
un rincn de la Sierra, viva pensando en m.... No sabia yo qu fuerza
misteriosa me arrastraba haca Gabriela. Su belleza, su elegancia, su
discrecin, el fraternal afecto con que me distingua? Acaso todo esto,
y algo ms, de lo cual no me daba yo cuenta, y que era poderoso,
irresistible; secreto impulso contra el cual no poda yo luchar. Y qu
noches de insomnio! Y qu das tan penosos! A las veces me rea de m;
s, rea de mi locura, y maldeca yo de aquella pasin que poco a poco
me iba subyugando, que me tena intranquilo, y que ante mi propia
conciencia me haca parecer despreciable y desleal. Cunta razn tena
Linilla para dudar de m!

Procur dominarme, me decid, aun a trueque de que Gabriela me creyera
descorts, a huir de ella, y me mostr durante varios das desabrido y
hurao. Me pasaba yo en el escritorio las horas de descanso, fingiendo
ocupaciones extraordinarias, o me iba yo, como escapado, a vagar por la
llanura o a tenderme en la hierba, bajo los rboles del ro. Varias
veces me llam la seorita para ensearme sus dibujos, y una linda
acuarela, pintada en obsequio mo: un ramo de violetas puesto en una
copa de cristal, y tard en acudir a su llamado. Por la noche, a la hora
en que nos reunamos en la sala, permaneca yo lejos de Gabriela,
hojeando los peridicos; hasta que al fin, comprendiendo ella que algo
grave me tena pensativo y cabizbajo, me dijo cariosamente, como una
hermana que trata de consolar al pequeuelo preferido.

--Vamos, Rodolfo... qu tiene usted? Enojos de Linilla?




LVI


A fin de semana recib una carta de ta Pepa. En ella me deca que la
enferma haba sufrido un ataque horrible; que el doctor se mostraba muy
alarmado e inquieto, y que la cosa iba mal, muy mal.

Yo quiero que ests aqu, en caso de una desgracia, para que me
acompaes y me ayudes. Juana hace cuanto puede. La pobre ya no sirve
para cuidar a un enfermo, y la criada no tiene modo. Qu falta me hace
Angelina! Si estuviera aqu no seria tan grande mi inquietud. No por eso
vengas; Sarmiento dice que vamos bien, que el peligro pas ya, y que,
Dios mediante, no hay que temer una desgracia, por ahora. Pero yo veo
las cosas de otra manera: Carmen no puede durar mucho; eso no es vivir,
y de da en da la veo ms dbil y cada. Antes coma muy bien, pero
ahora me cuesta mucho trabajo conseguir que tome alguna cosa; un triunfo
cuesta el que acepte las medicinas. Considrame: estoy muy acongojada,
apenas duermo, y vivo en constante zozobra. Don Romn vino a verme, y
vino tambin tu amigo don Quintn. Es un joven muy bueno. Me pregunt si
en algo poda serme til y si necesitaba yo alguna cosa. Le dije que no,
y le di las gracias.

Tambin vinieron las nias de Castro Prez, me preguntaron por t y me
encargaron que te diera memorias de parte suya de su pap. No me
simpatizan esas nias, ya te lo he dicho. Qu murmuradoras y qu
indiscretas! T dirs! Le preguntaron a Carmen, sin considerar el
estado que guarda, que si era cierto que eras novio de la seorita
Fernndez y que te ibas a casar con ella. A m me dio mucha clera eso;
porque comprend que slo por averiguar y saber la verdad haban venido.
Se estuvieron aqu ms de tres cuartos de hora, charlando como unas
cotorras. Si vuelven, que no volvern, se quedarn en la sala, y por
nada de esta vida las dejar entrar en la recmara.

No te inquietes ni te aflijas; si hay algo grave te escribir para que
vengas. Sarmiento me ha ofrecido decirme la verdad. Ayer le escrib a
Linilla con unos msicos que fueron a San Sebastin a tocar en los
oficios de la Semana Santa. Qu Semana Santa voy a pasar, hijito! Y yo
que deseaba ir a todo. Va a predicar un padre nuevo. Dicen que lo hace
muy bien. Las siete palabras van a estar magnficas. En la casa de
Castro Prez estn ensayando el Stabat Mater.

Pero a nada de eso ir yo. El pobre de Andrs viene todas las noches,
luego que cierra su tienda, y dos veces se qued ac para acompaarme. A
m me agrada eso, porque as no estoy tan sola, y si se ofrece algo hay
quien vaya a la botica o a llamar al mdico; pero temo que una noche,
mientras l est aqu pase algo en la tienda.

Tengo la esperanza de que Angelina venga con el Padre, luego que pasen
los das santos. Dios lo haga!

No quise ensear esta carta al seor Fernndez, ni habl de ella; pero
Gabriela que me vi pensativo y triste inquiri la causa de mi
abatimiento, y yo le cont todo.

--Pues dgaselo usted a pap!

Me negu a ello. No era necesario. Ms tarde sera preciso ir, cuando la
situacin fuese verdaderamente grave.

As las cosas lleg el Mircoles Santo. La familia se fu a Villaverde,
y slo nos quedamos en la hacienda el mayordomo, yo, y Mauricio, el
caballerango, un muchacho muy simptico y muy servicial. Iba a la ciudad
todos los das, muy de maana, para traerme noticias de la enferma. El
peligro haba pasado, ta Carmen mejoraba, y las cartas que reciba yo
eran satisfactorias.

Gabriela volvi el Lunes de Pascua. Dichoso el momento en que la v!
Aquellos cinco das de ausencia fueron siglos para m. Cmo ech de
menos a la joven! Recorra yo la casa en busca de ella; me iba yo a
vagar por el jardn, imaginndome que all la encontrara, y turnaba yo
a mi cuarto desconsolado y abatido. El piano, la mesa de dibujo, los
peridicos que Gabriela lea y las plantas que ella cultivaba me
hablaban de la joven, y a solas, en la sala, me complaca yo en recordar
sus palabras, cerrar los ojos para fijar en mi mente la imagen de la
nia.

Y sin embargo aseguro que mi corazn era de Angelina, porque a las
voces, en mis ensueos, no vea yo a Gabriela, sino a Linilla; a Linilla
que me miraba tristemente, como si fuera a decirme:

Ingrato! Por qu te olvidas de m?

Aquello era una locura, un delirio, algo como un hechizo que me dominaba
y me posea.

Me deca yo:

Ests enamorado de Gabriela?...

Y mi corazn contestaba que no, que no! Jams me hubiera atrevido a
murmurar en sus odos una frase amorosa; nunca hubiera sido capaz de
decirlo:--Gabriela... vivo para usted! No, porque amaba yo a Linilla;
para ella soaba yo dichas y venturas; en ella pensaba yo cuando en el
silencio de la noche, de codos en el balcn, meditaba yo en lo porvenir.
Y hasta me ocurra que si mis deseos se realizaban, si un da me era
dado llevar a Linilla al pie de los altares, Gabriela y don Carlos
apadrinaran nuestra boda.

Ser amado de Gabriela? No lo pensaba yo, y si alguna vez lleg a
ocurrrseme tal idea, la apart de mi mente como un pensamiento
criminal. Pero no se me ocult que aquella alegra que embargaba mi
nimo al ver a Gabriela, al estar a su lado, al conversar con ella, en
la mesa o en la sala, y la tristeza que se apoderaba de mi espritu
cuando me vea lejos de la encantadora seorita eran indicios de que en
mi pecho se encenda irresistible amor.

No,--me dije--no, es preciso ahogar esta pasin que apenas nace y ya me
quema. Huir de Gabriela; ser con ella desdeoso, indiferente, fro;
procurar hacerme odioso; quiero que me aborrezca.... Vanos propsitos!
Empeo intil! Me refugiaba yo en el recuerdo de Angelina, como en un
puerto salvador; me repeta una y mil veces cuanto ella me haba dicho,
sus palabras ms tiernas, sus frases ms doloridas, las expresiones que
ms hondamente haban penetrado en mi corazn, y cuando me crea
victorioso y alardeaba de haber triunfado en m mismo, la voz de
Gabriela, el eco de su piano, el ruido de su falda, el aroma de sus
vestidos, cualquiera cosa suya me haca estremecer, y me senta dbil
como un nio, impotente para resistir una mirada, la ms indiferente, de
sus ojos azules.

Me resolv a confiar a Gabriela mis amores con Angelina. As,--pensaba
yo--me salvar, y no podr decirle nunca que la amo. Usted, amiga ma,
amiga cariosa,--le dira--usted sabr, antes que nadie, que en la dicha
de esa joven, que es y ha sido muy desgraciada, cifro todas mis
ilusiones, todas mis esperanzas! Estoy lejos de ella, muy lejos; hace
mucho tiempo que no la veo, y necesito oir su nombre, necesito que
alguno sepa que la amo, que la adoro!...

Pero llegaba el momento deseado, y mis labios permanecan mudos, y el
corazn quera salrseme del pecho.




LVII


De tarde en tarde, despus del despacho, salamos de paseo, a lo largo
del ro, hacia los campos de caa de azcar, hasta las faldas de
pintoresca y cercana colina, algunas veces a acaballo, las ms a pie.

Mauricio empujaba el cochecito de Pepillo, y don Carlos y doa Gabriela
le seguan a corta distancia. La joven y yo nos detenamos aqu y all
en busca de flores o de helechos.

Una ocasin, vindonos a gran distancia de los seores, nos sentamos al
pie de un rbol, uno de los ms hermosos de la ribera, cerca del cual se
precipita el ro a travs de tupidos carrizales. Delante de nosotros
tenamos hermoso panorama, dilatada dehesa, verdes gramales, risueos
collados, arboledas seculares cubiertas por floridas enredaderas, viejos
troncos poblados de orqudeas y de mil plantas trepadoras. A la
izquierda lejano casero, la fbrica, el real, los establos, hacia los
cuales volva el ganado, la capilla con su torre envuelta en un manto de
hiedras; a la derecha la vega villaverdina iluminada por los ltimos
reflejos del sol; y en el fondo las altas montaas de la Sierra,
sombras, boscosas, coronadas de abetos y de ocotes. Gabriela observaba
atentamente el magnfico espectculo de la puesta del sol, prestando
atento odo a los ruidos del campo, a los rumores del ro, a los
zumbidos extraos con que los insectos saludan el advenimiento de la
noche; yo, recostado en el tronco de aquel rbol gigantesco, no apartaba
los ojos de la encantadora seorita. Gabriela volvise de pronto, y me
dijo con sencilla franqueza:

--A que adivino en qu piensa usted?

--En qu?

--Me ofrece usted decirme la verdad?

--S.

--Piensa usted en.... Linilla!

--En Angelina?

--S; desde que salimos no aparta usted los ojos de aquellas montaas.
El amor no puede estar escondido.... Cuando hablo de esa nia no me
responde usted.... Le inspiro poca confianza?

--No, Gabriela: a quin mejor que a usted pudiera yo confiar uno de
esos secretos que no se pueden guardar mucho tiempo?

--Hable usted, Rodolfo, hable usted. Una amiga como yo suele ser buena
consejera.... Hay enojos en la nia? Pues contarlos a esa amiga. La
nia est contenta? Pues decirlo!... Padece usted?... Pida
consuelo!... Es usted feliz? La felicidad es expansiva y franca. Slo
el dolor suele ser reservado y silencioso. Corresponde usted mal a mi
amistad. No he sido yo la primera en contarle la triste historia de un
amor desgraciado?

--S, Gabriela.

--Pues entonces, dgame usted que ama a Linilla, y que Linilla le ama a
usted....

--No, Gabriela;--le dije, trmulo y sonrojado,--estimo la confianza de
usted; agradezco infinito la bondad con que usted me trata, la
amabilidad con que me distingue... pero qu decir de Linilla? Que la
amo con fraternal afecto?

--Fraternal solamente? Cmo a m?

Sent que me ahogaba la emocin. Gabriela escriba en la arena, con la
contera de la sombrilla, una letra, una letra, que brill ante mis ojos
como si fuera de fuego. Me doli el corazn como si me le mordiera una
vbora. Tuve celos, celos horribles! En quin pensaba la seorita?
Aquella letra era la primera de un hombre amado, y ese nombre... no
era el mo!

--Cmo a m?--repiti la doncella.

--Cmo a usted, Gabriela!

--Se engaa usted, Rodolfo. Angelina es duea de ese corazn. Lo s, no
me cabe duda... mi perspicacia de mujer supo descubrirlo ha tiempo. El
nombre de Angelina suena en los odos de usted como celeste meloda. Ya
usted lo v! Me estoy volviendo poetisa.... Ustedes se aman. Nada le ha
dicho usted? Algn da le confesar usted que la ama. Y entonces ella,
que calla y oculta su secreto en lo ms hondo del corazn, hablar
tambin, y quedito, muy quedito, as se dicen esas cosas!
contestar:--Te amo! Cmo se hablan ustedes, de t o de usted?

--De usted, Gabriela!

La seorita se ech a reir, y exclam:

--Los labios dirn as... pero los corazones no!

En aquellos momentos omos voces que nos llamaban. Los seores se haban
detenido en un puentecillo por donde el coche del corcovadito no poda
pasar.

--Seorita, nos llaman!

--Vamos.

Gabriela se levant, y antes de dar un paso mir entristecida la cifra
escrita en la arena.

Yo, al pasar, la borr con los pies.

--Qu ha hecho usted?

--Nada, seorita!

--Bien hecho!... Mejor! Locuras mas.... Quin pudiera olvidar!




LVIII


O que preguntaban por m, dej la pluma, me restregu los ojos y sal
al corredor. Era Mauricio que volva de Villaverde con la
correspondencia.

--Tenga usted;--me dijo el mancebo, quitndose respetuosamente el
jarano--ah vienen dos cartas para usted. Me dieron una en la casa; la
otra en el correo. Habl con la seora... y v a la enferma; yo creo
que va muy de alivio porque estaba en la sala, sentadita en un silln.
Me pareci muy alegre. No se ofrece nada? Dgale usted al amo que ya
vine.... Estoy hecho un pato! Me cogi el aguacero al pasar por la
garita. Qu aguacero! Qu Dios lo mandaba! El primero del ao! Vaya!
Y ya lo necesitaban las tierras, que la seca ha sido buena, los pastos
estaban amarillos, amarillos! Se ha muerto ms ganado! Me voy, don
Rodolfo, que estoy chorreando agua, y tengo que desensillar....

Puse en la mesa de don Carlos el paquete de peridicos; volv a mi
asiento; acab los apuntes empezados, y en seguida le mis cartas. Una
era de cierto condiscpulo mo que sola escribirme de tiempo en
tiempo, la otra de la ta Pepa que me deca:

Carmen va muy bien. Sarmiento viene todos los das, y est
contentsimo, porque la pobrecilla come y duerme a las mil maravillas.
Ahora me ha confesado don Crisanto que en el ltimo ataque vio a tu
madrina muy mala, tan mala que poco falt para que la mandara disponer.
La Virgen me ha hecho el milagro; se lo ped de todo corazn, y le
ofrec unos ramilletes. Recib el dinero. Gracias, hijito. Dios te lo
pague. Eres muy bueno con nosotras. Por qu mandaste todo el sueldo, y
nada guardaste para t? Andrs dice que nada le debes, y nada quiso
recibir. Dios lo ayudar siempre porque es muy bueno y muy agradecido.
Del dinero he tomado para los avos de los ramilletes de la Virgen. T
pondrs el dinero que se necesite y yo el trabajo, porque la promesa la
hice por los dos, por t y por m. Angelina no ha escrito. No ha venido
el mozo en toda la semana, y por ac estamos con mucho cuidado, temiendo
que el Padre siga malo. El trabajo de la Semana Santa es pesadsimo.
Figrate que el Padre tiene que hacerlo todo. Yo estoy temiendo que siga
malo; pero me tranquiliza la idea de que a ser as ya hubieran venido
por Sarmiento, que es el mdico de all, aunque quin sabe si, por estar
ms cerca, llamaran a alguno de Pluviosilla. Hay all uno que acaba de
recibirse y dicen que ha hecho curas muy buenas. Lo que s me disgusta
es que Angelina no escriba, ni siquiera para saber de la salud de tu
madrina. El domingo me puso cuatro letras, pero nada me dice para t. Si
hay carta te la mandar con el muchacho. Ya s que eres muy impaciente.

Saluda de nuestra parte a doa Gabriela, a Gabrielita y a don Carlos, y
diles que deseamos que el nio est mejorcito.

Me di un vuelco el corazn; no pens en el P. Herrera, ni en que
estuviera enfermo. Me asalt el presentimiento de que Linilla no
escriba por alguna otra causa, y, a decir verdad, me crea yo culpable,
y me pareci que Angelina adivinaba que la seorita Gabriela le robaba
mi amor.

Linilla no me quiere; Linilla no me ama; Linilla desea
olvidarme,--pensaba yo. Y entonces oh miseria del corazn humano! la
pobre nia ocup mi pensamiento, y cuando me encontr con Gabriela a la
entrada del comedor me pareci que era otra mujer, otra joven cualquiera
que ni me causaba inters ni era simptica para m. Durante la cena
habl de Angelina, de su belleza, de la dulzura de su carcter, de su
discrecin, de sus habilidades y de lo mucho que todos la queramos en
casa. Gabriela acogi los elogios muy contenta, y repiti con entusiasmo
cuanto yo deca. Se trat del P. Herrera, y don Carlos dijo que era muy
digno de ocupar los puestos ms elevados en la dicesis; que mereca ser
obispo, y que su extremada modestia le tena relegado en la Sierra, en
un pueblo remoto que era como una Tebaida.

Despus fuimos a la sala.

--Gabriela,--dijo don Carlos--sintate al piano y tcanos algo!

Obedeci la seorita, y durante una hora, hasta las once, estuvo tocando
cuanto saba que era del agrado de su padre.

Me puse a leer los peridicos; pero ni oa yo la msica ni me enteraba
yo de las noticias. Mi pensamiento, y mi alma estaban en otra parte. Me
senta yo satisfecho de m. La conversacin acerca de Linilla haba
sido, a mi ver, como una prueba de fidelidad, como una manifestacin
pblica de mi amor. Linilla estara contenta; el corazn le dira que su
Rodolfo no amaba a otra; que su Rodolfo viva slo para ella; que su
Rodolfo es incapaz de olvidarla. La idea de que Linilla dejase de
quererme me llenaba de espanto y me prometa yo serle fiel hasta ms
all de la tumba. La idea de que poda yo perder a Linilla me persegua
de tal modo, y de tal modo me asediaba que hubiera yo querido volar en
busca de la joven para decirle:

--Linilla, perdname, perdname! He faltado a mis promesas! Te he
olvidado un instante, pero un instante nada ms! Por piedad! No me
niegues tu cario!... Mira que slo vivo para t, para t, Linilla ma!

No par mientes en la msica. Cuando dej de sonar el piano advert que
Gabriela estaba cerca de m.

--Qu de noticias interesantes traern los peridicos, Rodolfo, cuando
abismado en la lectura no ha odo usted la sonata aquella...!

No supe como disculparme; murmur torpes excusas, alab una pieza que no
haba yo escuchado, y me levant para despedirme.

Habl don Carlos de Villaverde, del da de la Cruz, del paseo en la
Alameda y en la colina del Escobillar, y de la fiesta del Cinco de Mayo.
Dijo la seora que Pepillo deseaba pasar ese da en Villaverde, se
resolvi darle gusto, y la salida qued acordada para el da siguiente.

En los momentos de retirarnos me detuvo don Carlos:

--El da cinco le esperamos a usted. Ver Usted a sus tas y comer con
nosotros. En la Plaza es la fiesta, y sin salir a la calle lo veremos
todo: el paseo cvico, y los fuegos... que ser cuanto habr que ver.




LIX


El da dos, al caer la tarde, lleg Mauricio. Me trajo una carta de ta
Pepilla:

Tu madrina sigue bien. Don Crisanto me dijo ayer que ya pas el
peligro; pero que el estado de Carmen no es bueno. Me ofreci venir a
verla cada tres das. Bendita sea la Santsima Virgen que nos ha sacado
con bien! Los ramilletes salieron lindsimos, y ya estarn en el altar.
Se llevaron de avos ms de cinco pesos, pero, eso s, son de papel muy
fino! No han escrito de San Sebastin, ni Angelina ni el Padre; ser
porque han tenido mucho a que atender con las fiestas de Semana Santa.
Ahora tienen huspedes; Castro Prez anda por all con motivo de que fu
a dar posesin de unos terrenos a don Pedro Amador, uno de los ricos de
por all. Qu ocurrencias de don Juan! Ir cargando con las muchachas!
El Juez se va maana. Como vive aqu enfrente vimos que ya le trajeron
los caballos. T dirs! En San Sebastin no hay ms que jacales, y toda
esa gente habr posado en la casa del Padre. No s lo que harn, para
colocar a tantos en una casa tan chica y tan incmoda, ni qu darn de
comer a tanta boca. Mandaran por vveres a Pluviosilla. Antier a las
seis de la maana pasaron por aqu las Castro Prez: iban a caballo, con
sombreros jaranos. Buena visita! Pobre de Angelina que habr tenido
que lidiar con ellas!

A la una, cuando volva yo de misa, me encontr a don Carlos. Iba con
Gabrielita. De veras que la muchacha es hermosa! Me dijeron que el da
cinco vendrs a la fiesta. Nosotras estamos contando las horas. Carmen
te manda un abrazo, y tambin Juana y Andrs.

Sabes cunto te quiere tu ta

     Mara Josefa.

Esta carta de la ta me devolvi la tranquilidad. Todo quedaba
explicado. Angelina no haba escrito por los quehaceres de la Semana
Santa y por los huspedes. Pero escribira, s, escribira. De seguro
que al llegar a Villaverde tendra yo carta de Linilla, y acaso dentro
de pocas semanas vendra el Padre, y con l Angelina. Bueno era el
santo seor para no traerla!

Despus de la cena, luego que los empleados se retiraron a sus
habitaciones, me fui a la sala, abr el balcn, y sentado en una
mecedora, gozando del fresco de la noche, una hermosa noche de luna, me
puse a pensar en Linilla. S, s, ella sera la dulce compaera de mi
vida! Me la imaginaba yo vestida de blanco, cubierta con vaporoso velo,
coronada de azahares, tmida, sonrojada, radiante de alegra. Ya me
pareca verla a mi lado, de rodillas, delante del altar.

Por el balcn, abierto de par en par, llegaban hasta m, en alas de la
brisa, los rumores del ro, el susurro de los rboles, el zumbido de los
insectos, el silbido de los reptiles, la voz vibrante de alado trovador.
Delante de m se abra dilatada calle de rboles. La luz de la luna
pasaba a travs del follaje y dibujaba en la arena blanquecina crculos
vagarosos. En los vecinos naranjales se abran los ltimos azahares.

Hermosa noche! Qu dulcemente que susurraban los vientos! Pero, ay,
qu solitaria y triste me pareci la sala!... Estaba fra como una
tumba, desolada como una alcoba de la cual han sacado un cadver. El
piano mudo; los pinceles olvidados; las rosas, plidas y desfallecidas,
se inclinaban al borde del rico tazn de Svres, y cuando el viento las
mova dejaban caer, uno a uno, sus ptalos marchitos. Aun quedaba en el
aposento el aroma de los vestidos de Gabriela.... El rumor de las hojas
secas que caan, en el balcn remedaba el roce de una falda de seda....

Se haba ido la hermosa seorita. No viva para m, no me amaba, no
poda amarme, y ay! me haba robado el corazn!...

Pens muy seriamente en la vida. La vida! Un crepsculo esplndido que
dura unos cuantos minutos! Despus... sombras y obscuridad. Todo nos
engaa... la fortuna, la gloria, la amistad, el amor. Amamos, queremos
ser amados, caemos a los pies de una mujer, y le ofrecemos el corazn,
la vida, el alma, y luego, cuando somos correspondidos, cuando la dicha
y la felicidad nos sonren, olvidamos nuestras promesas ms sinceras,
nuestros juramentos ms sagrados.

Me sent desalentado y triste; comprend que aquel amor que poco a poco
iba apoderndose de mi alma, era un delirio, una locura que me
arrastraba hacia la ingratitud y la infidelidad.

Pobre nia desgraciada, hurfana, vctima del infortunio! Me amaba;
haba escuchado mis ruegos; me haba dado su corazn, aquel corazn
hecho pedazos por el dolor, y yo pagaba tanta ternura con el olvido. No;
mi conducta era infame, inicua, vergonzosa! Qu amaba yo en Gabriela?
La hermosura, la discrecin? Tambin Angelina era hermosa y discreta.
La elegancia? S, Angelina con sus trajes humildes y sencillos era tan
elegante como Gabriela.... La riqueza? No; la riqueza no puede dar
felicidad a los corazones!... Ta Carmen me haba dicho que la seorita
Fernndez era rica... s, pero tambin me deca: no seas causa de que
una mujer llore un desengao.

Ahogar este amor y vivir para Linilla;--pens--slo para ella! Le
escribir, ir a verla, y le confesar todo! Es tan buena, tan
sencilla, tan cariosa!... Mira Angelina, Linilla ma, perdname!--le
dira yo.--He sido infiel a tu cario, a tu amor. De hoy ms, te lo
juro por la memoria de mis padres! vivir para ti, slo para t. Qu
har si me faltas t, si me niegas tu cario? Qu har abatido y
postrado por el dolor si no tengo el consuelo de tus palabras? Eres
buena, muy buena, eres un ngel.... Yo quiero ser bueno como t.
Slvame, Angelina. Una palabra tuya puede salvarme. Verdad que me
perdonas? Verdad, nia ma, que todo lo olvidars? Nadie te ha dicho
nada, y yo mismo, yo mismo, sin temer tus enojos, vengo a confesarte que
durante varios das otra mujer ha sido duea de este corazn que es
tuyo, solamente tuyo. Pero nunca te olvid, aunque quise olvidarme de
ti.

Linilla me perdonara, seramos felices, viviramos dichosos, y veramos
realizadas nuestras ms bellas esperanzas.

Pensando en estas cosas pas dos o tres horas, en lucha conmigo mismo.
La codicia, s, la codicia, porque slo ella me poda hablar de ese
modo, me deca:--Dices que Gabriela ama a otro, que vive pensando en
otro, que no puede amarte? Ten paciencia, ten calma, que no todo ha de
ir tan de prisa como t quieres! Ese joven a quien ya detestas, aunque
no le conoces, no es digno del amor de Gabriela, y tarde o temprano, el
mejor da, se casar, con alguna seorita ms rica que sta a quien ya
amas. Gabriela le olvidar, y entonces.... Ten calma! Eres un muchacho
sin experiencia! Djate de melancolas y de novelas; abomina de
Lamartine y de Zorrilla, y recuerda que tu poeta favorito fu rico
porque se cas con una inglesa millonaria. Ya vers cmo Zorrilla se
muere de hambre, sin que le valgan glorias ni laureles, sin que los
favores de prncipes y reyes le hayan sacado de pobre. Ya s lo que vas
a responderme! Que eso de casarse por inters te parece indigno de un
caballero? Escrpulos pueriles! Ya proceders de modo que tu buen
nombre salga ileso. Qu Gabriela no te ama? Espera.

El amor hablaba noblemente.--Eres un villano! No seas egosta!
Angelina te ama con todo el corazn, con toda el alma.Pobre nia!
Piensa que ha sido muy desgraciada; recuerda con qu franqueza, con qu
sublime sencillez te cont la triste historia de su vida. Puedes hacerla
dichosa. No tiene parientes ni amigos. El da que muera el P. Herrera la
hermosa Linilla se quedar sola en el mundo, y se quedar en la
miseria.... Qu de amarguras se le esperan! Aun no te haba visto y ya
te amaba; viniste y desde que t llegaste fu dichosa! Gabriela es
buena, pero Angelina es un ngel. Rodolfo eres un loco! El corazn de
la hurfana es un manantial inagotable de ternura. En esa alma dolorida
viven el amor con todas sus virtudes, y el desinters, y la abnegacin.
Ests en uno de los momentos ms solemnes de tu vida: mira lo que haces!
No eres codicioso ni avaro; no ambicionas riquezas; sueas con una
felicidad modesta y tranquila.... Hace pocos das pintabas en una carta
bellsimo cuadro. Te acuerdas? Una casa embellecida por Angelina; tus
tas, felices, complacindose en verte; el P. Herrera lleno de alegra;
t y Linilla preparndole una sorpresa; y all en el jardn dos nios,
que parecan dos querubines, jugando con un arillo encascabelado. Eso
es lo que t quieres! Lo tendrs a poco que te empees. Oyeme, yeme: t
eres el nico amor de Angelina. Antes de amarte a t no am a
ninguno.... Gabriela ama a otro, y acaso no le olvide jams!...
Supongamos que maana eres esposo de esa elegante seorita.... Quin
responde, quin, de que Gabriela, es decir, tu esposa, no piense
algunas veces en Ernesto? El otro da le viste escribir una letra... y
sentiste celos, celos horribles! Me pides consejo? Haz lo que quieras;
pero antes consulta con tu conciencia.

Esta me acusaba de ingrato. La conciencia quedara tranquila y callara.
La firmeza de mis propsitos y mi conducta futura lograran dejarla
satisfecha. Linilla no sabra nunca que su Rodolfo le haba sido infiel.

Me asalt entonces horrible presentimiento. Las seoritas Castro Prez
estaban en San Sebastin.... Eran tan indiscretas! Pero, en suma, qu
podran decir? Los embustes que todos repetan en Villaverde, y nada
ms!

Cuando me levant de la mecedora para cerrar el balcn, daban las doce
en el reloj del escritorio. All, en el fondo del jardn, segua
cantando el trovador alado.

Al atravesar la sala aspir con delicia el aroma de las flores que se
moran en el tazn de Svres; el piano de Gabriela me pareci como todos
los pianos; los pinceles esparcidos en la mesa de trabajo, junto a la
acuarela principiada, nada me dijeron de la rubia seorita.

Dorm tranquilamente. As deben dormir los que tienen una buena
conciencia.




LX


Valiente fiesta! Villaverde fu imperialista hasta la mdula de los
huesos, y por aquellos tiempos hizo alarde de su hostilidad al partido
imperante. En mi querida ciudad natal todos eran conservadores, y al
advenimiento del rgimen monrquico ms de un budista villaverdino so
con ttulos y blasones.

Ya se comprender, por lo dicho, que las fiestas del Cinco de Mayo no
podan ser en Villaverde ni populares ni lucidas. Los patrioteros
alborotaban el cotarro, pero sin resultado alguno.

Repiques y disparos de morterete al amanecer, a medio da y a la cada
de la tarde; procesin cvica a las once de la maana; discurso de
Jurado y versos de Venegas en la alameda de Santa Catalina, y fuegos
artificiales en la Plaza principal, bautizada ese da con el nombre de
don Pancracio de la Vega. Este era el programa acordado por la R.
Junta Patritica, el cual, impreso en grandes pliegos de papel tricolor,
fu repartido profusamente y fijado en todas las esquinas. En un
artculo transitorio se deca que la Junta peda y reclamaba de los
villaverdinos que decorasen por el da e iluminasen por la noche el
frente de las casas.

Pero a pesar de los esfuerzos del H. Ayuntamiento y de la R. Junta
Patritica, presidida por el eterno don Basilio, nadie correspondi a
tan corts invitacin. Los edificios pblicos, esto es, el Palacio
municipal, la Aduana, el Juzgado, la Escuela y el Hospital Pancracio de
la Vega amanecieron muy adornados con banderas de papel y festones de
rama de tinaja, y as la casa del Alcalde, la de Venegas y la de
Jurado.

La procesin cvica, o, como dicen en Villaverde, el paseo, sali muy
rascuacho y ratonero. Iban en ella los individuos del Ayuntamiento y
de la Junta, los empleados, el comandante de la polica, diez o doce
gendarmes, y los chicos de la Escuela.

Estos llevaban sendas banderitas de papel de China. Cerca de don Basilio
marchaban los oradores: Jurado y Venegas. El primero, muy orondo y
gravedoso, con vestido negro y sombrero de seda, dejando ver entre las
solapas de la levita voluminoso papasal; el segundo no se ech encima el
fondo del bal, iba con el traje diario, pero aseado y limpio, y finga
una modestia verdaderamente angelical.

Lease en el rostro de todos que la indiferencia del pblico los tena
contrariados, y que la hostilidad de mis paisanos los haca rabiar. De
seguro que Jurado previ el desaire y se prepar para el desquite,
porque en su discurso, que dur cerca de una hora, trat atrozmente a
los conservadores, dijo pestes de las testas coronadas, y maldijo mil
veces de quienes haban vendido a su patria por un puado de lentejas.
El tal discurso fu aplaudido calurosamente. No pude oir los versos del
pedagogo, porque las doce haban dado ya, y me esperaban en la casa del
seor Fernndez.

--Usted me perdonar:--le dije--mis tas me aguardan....

--Tiene usted razn!--me contest.--Pero vendr usted esta noche. Desde
aqu gozaremos de la fiesta.

Me pas la tarde con mis tas.... Andrs fu a comer con nosotros, y
all, como a las seis, me propuso que saliramos a dar una vuelta. El
viejo servidor estaba contentsimo.

-Qu gusto!--exclamaba a cada rato.--Qu gusto! Hijo: no te lo dije?
El seor don Carlos es muy buena persona. Aprate, aprende esas cosas
del comercio que antes no sabas, y adelante, hijito! El corazn me dice
que antes de morirme te ver establecido y casado.

--Casado?

--Por supuesto!

--Con quin?

--Con una muchacha buena, hacendosa, que te quiera mucho.

--Pobre o rica?

--Eso ser como Dios quiera! Por mi gusto... pobre! Como Angelina....
Yo he sospechado...--el buen viejo sonrea maliciosamente, guiaba los
ojuelos vivarachos--yo me sospecho que no le pareces a Linilla un costal
de paja.... Vaya! Y ella, bien que te agrada! Te alabo el gusto,
hijito! Trabaja, trabaja con fe, con mucha fe, y csate. Si tus padres
vivieran estaran muy contentos.... Las muchachas as, como Angelina, le
gustaban mucho a tu mam. Csate. Yo no me cas porque cuando pude
hacerlo ya era viejo, y adems no necesitaba de familia. Con los de tu
casa tena yo bastante. Siempre me quisieron mucho. Lo nico que siento
es que no he podido pagarles tantos favores como les debo. Amito: si yo
fuera rico no tendras que servir a nadie, nadie te mandara....

El pobre Andrs me abrazaba enternecido.

Llegamos a la tienda de La Legalidad.

--Entras?--me dijo.--Quieres un refresco?

--No; voy a tomar chocolate con las tas, y luego a casa de don Carlos.

--A qu hora saldrs de all?

--Despus de los fuegos, o, si puedo, antes.

--Te aguardar en la esquina de la parroquia.

--Pasa por m a la casa del seor Fernndez.

--No....

--Por qu no?

--Bonita facha la ma para ir all! Qu viene a buscar ese
viejo?--dirn.

--Andrs!

--No, amito; conocerse no es morirse....

A las nueve y media llegu a la casa de Gabriela. En la antesala jugaban
a los naipes varios amigos. Sarmiento, Porras, don Carlos y el P. Sols.
La seora y Pepillo estaban todava en el comedor. No bien salud a los
jugadores cuando apareci Gabriela.

--Rodolfo: usted no gusta del tresillo.... Venga usted ac. Le ensear
unas acuarelas de mi maestro.... Nos dirigimos a la sala que estaba a
media luz. Mientras Gabriela fu a traer los dibujos yo me acerqu a la
reja.

La plaza estaba iluminada a giorno, como decan los programas de la
Junta. En el Palacio ardan centenares de vasos de colores. Cerca de la
fuente, en un tablado, la charanga del Maestro Bemoles tocaba una
desastrada fantasa del Baile de Mscaras. La concurrencia era
numerosa, pero popular, popularsima: gente humilde, la que acude en
tropel a los espectculos gratuitos. Al pi de la balaustrada, a lo
largo del atrio y a la orilla de las aceras, puestos de cacahuates, de
torrados, de nueces, iluminados con hogueras de ocote, y algunos con
mortecinas linternas. En todas partes se oan los gritos de los
vendedores: Cuarenta nueces! Al buen tostado! A tomar la niii
... eve! De limn y de leche! En los espacios libres de paseantes
jugaban al toro los granujas. Los chicos quemaban petardos y cohetes
chinos, y todo era bullicio y confusin. No lejos de m una vieja de
superabundante plasticidad frea sus buuelos. La fina membrana, blanca,
suavsima, iba en pocos minutos de la rodilla de la buolera, de la
servilleta nivea, a la sartn hirviente; chillaba la manteca al
apoderarse de la masa, la cual se esponjaba en mil ampollas, y a poco
sala el buuelo incitante y tentador, aunque despidiendo cierta
fragancia empalagosa.

De tiempo en tiempo, un cohete de arranque suba rasgando los aires,
estallaba en las alturas, y se deshaca en chorros de fuego, en luces
blancas, verdes, rojas, que esmaltaban con los colores nacionales el
obscuro cielo. Tronaban en el atrio los mortereres disparando marquesas,
reventaba la bomba, y se iluminaban con rapidsima claridad, cpulas y
torre.

--Aqu, Rodolfo!--me dijo la seorita desde el velador.--Ver usted qu
linda coleccin.

Y me mostr veinte o treinta acuarelas: flores, frutas y pjaros,
pintados magistralmente.

Nunca vi a Gabriela ms hermosa! Vesta galano traje azul, de un azul
desvanecido, plido, como el color del cielo en una maana de otoo.

--Nosotros nos colocaremos en esa ventana. Dejaremos la otra para
Pepillo que se divierte mucho con estas cosas....

Repito que nunca me pareci ms bella la rubia seorita. Cuando la
contempl a la luz del quinqu la vi como envuelta en una atmsfera de
oro. Todos mis proyectos vinieron a tierra; la pasin adormecida se
despert anhelante, y la imagen de Linilla, presente hasta ese momento
en mi memoria, se desvaneci de pronto en las tinieblas del olvido. Me
sent sin fuerzas ante la hermosura de Gabriela, vencido, avasallado.

--Sopla un viento muy fresco... cosa rara en este mes. Sin duda ha
llovido en la Sierra.... No tiene usted fro? Yo s. Ser porque estoy
muy nerviosa. Voy por un abrigo.

Se dirigi a la recmara. Mis ojos la siguieron.... A poco sali
envuelta en un chal anchsimo, de felpa de seda, color de prpura.

--Vea usted:--exclam, sentndose en una mecedora,--cerca tenemos el
castillo....

En aquel instante levantaban frente a nosotros a cincuenta pasos de la
acera, un rbol de fuego, la pieza principal, que era saludada por los
granujas con jubiloso vocero. Los discpulos de Bemoles volvan a la
carga con festiva polca, Arlequn, muy en boga a la cada del Imperio
y popularizada por los famosos msicos de la Legin austraca.

--Deseaba yo hablar con usted, Rodolfo. Tengo que contarle muchas cosas;
tengo que darle muy alegres noticias....

--Alegres noticias?

--S, muy alegres....

--Veamos cules son.

--No merece usted, amigo mo, que yo le confe dichas de mi corazn. No;
ciertamente que no! Usted no ha sido franco conmigo. Cre que usted y
Linilla se amaban, y lo dije; quera yo que tuviese usted en m una
amiga, una hermana, a quien le contara usted sus dichas y sus penas....
Y usted, Rodolfo, no me dijo la verdad....

--Bien,--prosigui alegremente--yo no pago en la misma moneda. S bien
que el amor, el verdadero amor, es tmido y pudoroso, que no gusta de
revelar secretos, que se afana por vivir escondido.... Merece usted
disculpa! Pero s tambin que cuando amamos, cuando se ama como yo s
amar, es necesario que hablemos con alguno, de la persona amada. Se
entiende que con alguno que sepa sentir como nosotros. Yo me haba
soado que seriamos muy buenos amigos.... Usted sera el confidente de
mis tristes amores; yo, de los venturosos amores de usted. Pero el
caballero don Rodolfo no tuvo confianza, en Gabriela, en la pobre
Gabriela que amaba y no era feliz. Y me deca yo: Dichosa Linilla! Ama,
y es amada!...

En aquellos momentos principiaron los fuegos. Ni Gabriela ni yo volvimos
el rostro hacia la calle. Ardan ruedas y ruedas, tronaban las
marquesas, surcaban el aire vistosos cohetes, y nosotros no mirbamos
nada.

Gabriela prosigui:

--Dgame usted.... No es verdad que est usted enamorado de Linilla?

No pude articular una palabra.

--No es cierto que ustedes se aman? Respndame, Rodolfo!

--Oiga yo antes, Gabriela, esas noticias alegres que tienen a usted tan
contenta.

--Ah!--prorrumpi la hermosa seorita, iluminada por los reflejos
multicolores de las luces de Bengala.--Tan contenta!.... Quiero que
usted participe de mi dicha!

Present lo que Gabriela iba a decir. Un ser invisible lo murmur a mis
odos. Entorn los ojos, deslumbrado por el incendio general del rbol
de fuego, y a travs de la mancha rojiza que perciban mis lastimadas
pupilas, me pareci ver el rostro de Angelina plida y llorosa.

--Diga usted, Gabriela...--dije muy quedito....

--Me ha escrito! Me ha escrito! Una carta muy tierna, una carta muy
sentida!

--Quin?

--Ernesto.

--S?

--Le sorprende a usted?

--No... pero no lo esperaba. La resolucin de usted... los deseos de
don Carlos....

--Mi padre ceder.... En cuanto a m.... Soy mujer, esto es, soy dbil.
Ernesto me ama, estoy segura de ello!... Ahora me escribe, implorando mi
perdn. Ruega, suplica, y no puedo despreciarle porque le amo.... Puede
mucho una mujer.... Yo matar en el corazn de Ernesto esa pasin
funesta... yo ser su ngel tutelar... y cuando le vea yo regenerado,
cuando haya dejado para siempre ese vicio horrible... le dar mi mano!
Dicen que soy hermosa, dicen que soy inteligente, que soy amable....
Pues bien, todas esas cualidades me servirn para redimirle.... Aprueba
usted mi pensamiento?

--Y si no consigue usted lo que se ha propuesto?

--Entonces.... Entonces seguir amndole como ahora! Si es mi primer
amor, mi nico amor!

La pobre seorita baj la mirada, y qued pensativa y silenciosa.
Entraba por la ventana un torrente de luz, y la estancia, casi obscura,
se ilumin con melanclica claridad lunar. Los fuegos haban terminado.
Centenares de cohetes de arranque, disparados a la vez, salan del
atrio. Ascendan, trazando en los espacios gigantescas curvas, tronaban
en lo alto, y de la explosin brotaban raudales de polvo de oro,
centenares de luces que al descender semejaban una lluvia de piedras
preciosas. La charanga se solt tocando el Himno Nacional. Domin
Gabriela su abatimiento, y me dijo en voz baja, con expresivo acento
sigiloso:

--Hoy le contest a Ernesto. Pap lo ignora, slo usted lo sabe....
Dgame, Rodolfo: Quiere usted a Angelina, as, como yo quiero a
Ernesto?

--S.

--Y ella le ama a usted?

--S, mucho! Cmo no lo merezco!

--Pues bien, amigo mo: sea usted digno de ella!

La fiesta haba concluido, la multitud se dispersaba, y los tertulios de
don Carlos salan en busca de las seoras para despedirse de ellas.
Media hora despus estaba yo en mi casa. Me encerr en mi cuarto y
escrib largusima carta. Ay! Una carta que nunca lleg a manos de
Angelina.




LXI


A las siete, cansado de esperar a mi ta Pepilla, me sent a la mesa.
Juana se apresur a servirme. En esos momentos lleg la anciana.

--Ay, Rorr! Qu dirs de mi! Pero, hijito de mi alma, qu misa tan
larga! Ya te desayunaste? No? Pues aqu tienes compaera.... Vamos,
Juana; pronto, prontito, vea usted que Rorr tiene que irse!...

Ta Pepilla puso en un extremo de la mesa el libro y el rosario, y
quitndose el paoln le arroj sobre el respaldo de una silla.

--Te vas hoy?

--S, ta; luego que acabemos. Ah en mi mesa est una carta para
Linilla. Mndela usted con el que venga de San Sebastin. Hoy o maana
vendr el muchacho....

--Si t vieras, Rorr,--contest mi ta precipitadamente--que ya voy
entrando en cuidado. Hace ms de quince das que no tenemos noticias de
Angelina. Antes... vaya!... la Semana Santa... luego los
huspedes...pero ahora... Las nias Castro Prez llegaron desde antier....
Por qu no escribi con ellas?

--As la dejaran de aburrida!

--Tal vez.... Quieres mantequilla? Juana: traiga usted la mantequilla!
Yo voy a escribir esta tarde, para que si alguno viene no tenga que
esperar.... Luego tengo que andar a las carreras.

--Oiga usted, ta: si Angelina me escribe, ya lo sabe usted, luego,
lueguito, me manda usted, la carta. Le dir a Mauricio que pase por ac
todos los das.

--Bueno! Con l te mandar la ropa. Ese Mauricio tiene cara de buen
muchacho. Qu respetuoso! Qu bien hablado!

Y la ta se solt charlando alegremente. Estaba muy contenta,
contentsima.

Qu gusto, Rorr, qu gusto! Nada de lidiar con los chicos.... Desde el
da primero voy a descansar.... Ya los nios me tienen hasta aqu!
Para eso Angelina!... Lo mismo que para cuidar de un enfermo!... Ya te
lo he dicho, Rorr; si Angelina no se casa ha de parar en hermana de la
Caridad. Tiene vocacin, hijo, tiene vocacin! El otro da se lo dije al
P. Sols, y me contest: Tiene usted razn!

--Vaya con usted y con el P. Sols! Angelina monja? Dios nos libre!
Linilla ser esposa y madre de familia....

Mirme fijamente la anciana, y, sonriendo, me dijo:

--Te casaras con Linilla?

--De mil amores!

--Ese casamiento seria muy de mi gusto. Dicen por ah, pero yo no lo
creo, que ests enamorado de Gabriela....

--No, ta! Ya sabe usted que las gentes dicen cuanto se les ocurre....

--Pues mejor, hijo, mejor! Yo quiero mucho a Linilla!... Gabriela ser
muy elegante, muy bonita, muy rica, cunto t quieras! pero donde est
Angelina....

Era preciso irse.

--Bien, ta...--dije levantndome--ya es hora, de montar a caballo....

--No te despides de tu madrina?

--S, cmo no!

Nos dirigimos a la recmara.

Ta Carmen estaba cerca de la cama, sentadita en su silln. Me recibi
risuea y cariosa.

--Ya te vas?

--S, ta... quiero llegar temprano.

Nunca la vi ms plida ni ms dbil; apenas oamos lo que deca, la
parlisis era casi completa. La pobre anciana tena un brazo
completamente inmvil y los dedos contrados. En las extremidades
inferiores no haba fuerza; los pies estaban hinchados.

--Rorr:--exclam ta Pepilla--dile a tu madrina lo que te recomend el
doctor.

--S, ta; ejercicio, mucho ejercicio; siquiera una vuelta por la sala
todos los das; una vuelta, una sola, madrina! Eso de estar as,
sentada, todo el da sentada, no puede ser bueno!...

--Pero... si... no puedo!--murmur.

--Un esfuerzo....

Ta Pepa me hizo una sea para que viera yo los pies de la enferma. Los
tena tan hinchados que apenas caban en los pantuflos.

--Verdad, madrina, que har usted todo lo que le mande el doctor?--Me
respondi que s, moviendo la cabeza.

--Verdad que tomar usted las medicinas? Sonri e hizo un movimiento
afirmativo.--Ta Pepilla tena hmedos los ojos. Me acerqu, y
arrodillndome junto al silln quise abrazar a la anciana.

--Adis, ta! Vendr la prxima semana.

--Bueno... bueno!--dijo con mucha dificultad, y con voz tan dbil, que
apenas la oamos.--Quiera Dios que me encuentres viva! Estoy muy
mala... pero... ni sta ni Sarmiento quieren creerlo.

--No ta!--prorrump, riendo.--Est usted nerviosa y por eso se siente
usted tan dbil....

--Vaya... vaya,--me dijo sonriendo dolorosamente--dame un abrazo....

Cuando me levant y me inclin para darle un beso en la frente, vi que
por las plidas mejillas de la enferma rodaban dos lgrimas, dos
lgrimas de esas que en el rostro de un cadver parecen gotas de roco
en el seno de una rosa blanca.

Sal del aposento con el corazn hecho pedazos. Ta Pepa me segua
silenciosa y cabizbaja....

Por fin habl:

--Qu dices de eso?

--Nada, ta; que si por m fuera... no me ira yo!...

--Cundo vuelves?

--El domingo.... Pedir licencia.

--S, s, ven.... Mira que estoy sola, muy sola!...

--Dgale usted a Andrs que venga todas las noches....

--No dejes de venir el domingo!

--Aqu estar.

No quise irme sin hablar con Sarmiento. Le hall en su casa.

--Vaya, muchacho.... Ten valor!... Fa en m.... Si algo tenemos que me
parezca grave, no tardar en avisarte... pero no quiero que vivas
engaado.... Todas las cosas tienen su fin.... El estado general de tu
ta es malo, malsimo, pero, repito: por ahora no hay que temer.... Ms
tarde, cualquier da.... En fin.... Dios dir! Vete con Dios.

Al pasar habl con Andrs.

--No tengas cuidado, amito. Ir todas las noches.... Vete tranquilo....
Anoche estuve con tu ta y estaba muy contenta.

Y tom el camino de la hacienda. El corazn me iba diciendo que ta
Carmen no vivira mucho.... Siete aos de enfermedad! Ya era
tiempo!...




LXII


No me atrev a pedir licencia para ir a Villaverde, aunque las noticias
recibidas esa tarde no eran buenas. Ta Carmen haba tenido calentura
muy ligera. Un resfriado, en concepto del doctor, y nada ms. Sin
embargo, no estaba yo tranquilo.

Trabajamos en el escritorio hasta las ocho de la noche, y al sentarnos a
la mesa, me dijo don Carlos:

--Maana, despus de misa, escribir usted esas cartas, y por la tarde
haremos la liquidacin esa. Quiere Gabriela unos papeles de msica. Me
dice que estn en el piano; recjalos usted y mndeselos. Ah en la mesa
est la lista....

Cenamos alegremente. El seor Fernndez estaba de buen humor, y durante
la comida charl a su gusto de las fiestas de Villaverde. Despus habl
de trabajos agrcolas y de las obras del camino de hierro.

--Es de sentirse,--deca--que el ferrocarril no pase por Villaverde.
Pluviosilla ser la ciudad que saque ms provecho. En sus aguas y en sus
ros tiene una fuente de riqueza.... Cuntas fbricas tiene ahora?
Una.... Pues de aqu a veinte aos ya vern ustedes!... Sera oportuno
adquirir terrenos en Pluviosilla, particularmente cerca de los ros....
Dentro de pocos aos han de valer el doble de lo que ahora cuesten.
Pluviosilla ser, no hay que dudarlo, la primera ciudad fabril del
Estado y de la Repblica....

Los criados se haban retirado ya. De pronto apareci Mauricio en el
comedor, diciendo que alguien me buscaba.

--A m?--pregunt sobresaltado.

--S, traen una carta....

--Quin la trae?

--No lo conozco.

Me levant precipitadamente en busca del desconocido. Me traa dos
cartas: una de Linilla y otra de ta Pepa. Corr a leerlas.

--Qu pasa?--pregunt don Carlos.--Algo de cuidado?

Abr el pliego. No contena ms que unos cuantos renglones.

Carmen est muy grave. Ya el doctor mand que se disponga, y a las
cinco recibir el Vitico. Vente luego, luego; pide permiso, que el
seor don Carlos no te lo ha de negar. Considrame.

Puse la cartita en manos de don Carlos. Leyla de una ojeada, y exclam:

--Pues que ensille Mauricio, y vayase usted!

Y dirigindose al mozo agreg:

--Te vas con el seor.

Media hora despus bamos, y a buen paso, camino de Villaverde.

La noche estaba obscura. All en el corazn de la Sierra fulguraba
lejana tempestad. Oanse truenos lejanos, muy lejanos, y de cuando en
cuando, a la luz de los relmpagos, descubramos las cimas de los montes
ms distantes. El cielo pareca envuelto en una red de rayos.

Amenazbanos la lluvia, caan gruesas gotas, y en el bosque cercano
resonaban las arboledas como al paso de impetuoso viento. Silbaban las
serpientes entre los matorrales del camino, zumbaban mil insectos entre
las hierbas, y el ruido del aguacero se aproximaba rpido y pavoroso.
Los rboles me parecan espectros; las luces de las chozas cirios que
ardan delante de un cadver.

Ibamos al trote. Yo iba silencioso y angustiado; Mauricio me segua
diligente y respetuoso. La lluvia no invadi el valle, se detuvo en las
montaas, descarg all, y pronto fu despejndose el cielo. All, rumbo
a Villaverde, centelleaban las estrellas del Carro. La tempestad segua
batallando, pero ya floja y desmayada, en lo ms remoto de la Sierra.

La muerte!--pensaba yo, mientras Mauricio silbaba entre dientes un
canto melanclico.--La muerte! Voy a verla llegar... acaso ha llegado
a esta hora.... Nunca cre que los mos, los que yo amaba, pudieran
morir!....

Me dola el corazn, y mi pensamiento iba de una cosa a otra sin
detenerse en ninguna. Complacime el recuerdo de mejores aos, de
venturosos das; suspiraba yo por la tranquilidad del colegio en que
pas dos lustros, y me pareca que las alegres memorias de la infancia
alejaban de m pesares y dolores. Angelina! Dnde estaba Angelina?
Cmo llorara por la enferma! Gabriela! Qu dulcemente consolara a
su amigo! Pero luego caa yo en un abatimiento tal y tan grande, que no
acertaba a guiar la caballera. Por qu se mueren las gentes? Dios
mo! por qu?--repeta yo.--Por qu quieres llevarte a la pobre
anciana? Necio de m que no acert a pensar que la muerte estaba tan
cerca! No, s, lo pens; lo pens muchas veces; pero siempre la v
lejos, muy lejos!... Y ahora vena de pronto, insidiosa, inesperada...
cruel... terrible!... El que se muere--me deca yo--es como un nufrago
arrebatado por las olas: lucha por ganar la orilla, todos los que le
aman quieren salvarle, y no pueden, y es imposible, todo esfuerzo es
intil... y el infeliz pide socorro... y parece que no le oyen!...
Horrible! Horrible!

Angustiado, trmulo, me diriga yo a Dios, pidindole ayuda, pidindole
un milagro!... El corazn, rendido de cansancio, quedaba insensible; la
inteligencia entorpecida no acertaba a fijarse en nada... hasta que
recobraba fuerzas el corazn. Entonces me ocurra que todo aquello era
una pesadilla espantosa, de la cual despertara consolado y feliz. Pero
ah! la realidad estaba all, delante, cruel, implacable. Y oraba
devotamente, lleno de fe, con fe de santo, y acudan a mis labios las
oraciones que aprend de nio, y las recitaba cuidadosamente, poniendo
el alma y la vida en cada frase, en cada palabra, en cada slaba.
Deseaba llegar a Villaverde, y me senta tentado de volverme a la
hacienda, y huir, huir a las montaas, a los bosques, a ciudades
remotas, para no saber nada, nada de lo que aconteca en mi casa. Quera
verme rodeado de mis amigos, de todos mis amigos, de todos, para
refugiarme en su afecto como en un puerto de salvacin.... Tena miedo
de estar solo, y a cada rato miraba si Mauricio iba cerca de m....

No s qu hora sera cuando entramos en Villaverde. Pasada la garita
seguimos por la calle Principal. Estaba desierta! No poda ser de otra
manera, pero yo esperaba que estuviese llena de gentes, de amigos que
vendran a mi encuentro para decirme: No temas: todo ha sido un
sueo!...

Y no haba nadie, nadie! Aullaba un perro en una callejuela. Los serenos
que dormitaban en las esquinas, sentados cerca de su linterna, se
levantaban al oir el paso de los caballos, saludaban, y se iban a lo
largo de las aceras perezosos y distrados.... Los faroles mortecinos
brillaban de trecho en trecho con luz rojiza en la obscuridad de las
calles, como cirios en funeraria pompa.

Unos cuantos minutos y estara yo a la cabecera de la enferma. Las
pulmonas y las fiebres perniciosas son terribles en Villaverde, pocos
ancianos las resisten, y mi pobre madrina, achacosa, dbil, extenuada
por largos padecimientos, tendra que sucumbir. Pero no, por qu, si la
queramos tanto... si era tan buena, tan cariosa... si era una
santa!

--Por aqu, seor, por aqu llegaremos ms pronto...--me dijo Mauricio,
que iba a mi lado.--Yo conozco muy bien las calles, porque antes venia
yo todos los das a vender leche.

Le segu sin oir lo que el mancebo deca. Cmo resonaba en la calle
desierta el paso de las cabalgaduras!

--Aqu!--exclam Mauricio, deteniendo el caballo.

--No es aqu....

--S, seor.

--El zagun estaba abierto. Por una de las ventanas sala un torrente de
luz.

Lo comprend todo. Sent que se me desgarraba el corazn, que la sangre
se me suba al cerebro. Al apearme del caballo v, sin quererlo, el
cadver de mi madrina. Estaba velado con un lienzo blanco.

Andrs me recibi en sus brazos.

--Bien te lo deca el corazn!

Vacilante, sin saber lo que haca, me dirig a la sala, apoyado en el
noble servidor que no poda contener los sollozos.

Ta Pepa sali a mi encuentro, reclin en mi hombro la encanecida
cabeza, y sin decir una palabra me abraz fuertemente.




LXIII


Cuando regresamos del cementerio me retir a mi cuarto. All me sigui
Andrs. Sentado cerca de mi pretenda distraerme con no s qu historias
de mi infancia. Yo le oa sin contestar. De pronto entr mi ta.

--Rorr: te dieron una carta de Angelina?

--No.

--Cmo no? Te la mand ayer con el mozo que fu, a llamarte....

--Tiene usted razn.

Me levant y fui en busca de la carta. La tena yo en el bolsillo de la
blusa.

Rodolfo:

Perdname si esta carta te llena de amargura. Bien s que me amas, y
comprendo que mis palabras van a lastimarte el corazn; pero algn da,
cuando seas feliz, porque hoy no lo eres, me agradecers lo que ahora ha
de causarte tanta pena.

Olvdame, olvdame, yo te lo ruego, yo te lo pido por la santa memoria
de tus padres que estn en el cielo, por tus tas, a quienes tanto
quieres y que te quieren tanto!

Al escribir estos renglones estoy baada en lgrimas, siento que el
alma se me va, porque te he amado y te amo todava con todas las fuerzas
de mi corazn; pero he comprendido que debo ser franca; que hara mal,
muy mal, si fomentara en el tuyo un sentimiento que te cierra las
puertas de un porvenir que yo no debo malograr. Te causan sorpresa mis
palabras? Pues yeme en calma. Muchas veces le he preguntado a mi
corazn si te ama como mereces ser amado, y siempre me responde que s;
pero mis gustos me inclinan hacia otro lado, me llevan por otro
camino.... A dnde? Yo misma no lo s. Acaso a servir a los pobres, a
los enfermos, a los hurfanos como yo, para quienes el mundo es un
desierto. Tal vez no sera yo una buena esposa, y t puedes y debes ser
amado de quien sea digna de t. La ilusin engaa; la esperanza es una
sirena que nos atrae a los abismos. Ests seguro de que el amor que me
tienes no es una impresin fugitiva? Verdad que no? Empiezas a vivir,
eres un nio, y no sabes que los afectos son efmeros. Te engaas cuando
dices que a nada aspiras, que nada ambicionas. No sospechas cuntos
encantos y cuntas seducciones tiene la vida!

Perdname, y no pienses mal de m; seras injusto, y la injusticia no
cabe ni cabr nunca en un corazn tan noble y tan generoso como el tuyo.
Vive para tus tas, vive para ser feliz, que yo buscar en Dios otra
felicidad mejor que todas esas tan codiciadas en el mundo.

No pienses que el trmino de nuestros amores se debe a todos esos
embustes que corren en Villaverde, que trajeron hasta aqu las Castro
Prez, y de los cuales t mismo me has hablado; no, Rodolfo: no soy
injusta ni ligera. Ya me conoces. Nunca he credo que fueses capaz de
engaarme. Tampoco creas si elijo un estado distinto del que prefieren
todas las mujeres, que lo hago por despecho o atrada por una falsa
vocacin. No; considera que si no he querido engaar a un hombre, no he
de querer engaarme yo misma, ni engaar a Dios.

Mucho le pido que te d fuerzas y resignacin para sufrir este golpe, y
te dar las dos cosas porque en cambio le he ofrecido mi vida.

Pap te dar tus cartas; t le entregars las mas. Te acuerdas que al
despedirme de t me quit del cuello una medallita, y te la di? Pues
deseo que la conserves siempre, para que si un da te casas y tienes
hijos se la des al que t prefieras. Hars lo que te pido? S; porque
con eso me dars una prueba de que mi memoria es dulce para t.

Verdad, Rodolfo, que no me guardars rencor? Eres muy bueno, y me
perdonars.

No me escribas. Para qu? Acabaron nuestros amores, es cierto, pero en
lo de adelante seremos muy buenos amigos.

Cuida mucho de tus tas. Si algn da necesita pap de tus cuidados,
vela por l, y pgale, en nombre mo, cuanto le debo yo.--_Angelina_.

Indignado, colrico, estruj la carta, y yo que no tuve en mis ojos una
lgrima ni en los momentos de amortajar a mi ta, a quien tanto am, a
quien tanto deba yo, que tanto me quiso, que fu para m como una
madre, no pude resistir aquel nuevo dolor. Sent que me ahogaba, y me
ech a llorar como un chiquillo.

--Qu te pasa?--grit Andrs asustado.

--Nada!--le respond sollozando.




LXIV


Respet, con gran dolor de mi alma, los deseos de la joven. Seguro de la
sinceridad de sus palabras, ocult mi pena y busqu consuelo en el
trabajo.

Luego que Angelina supo el fallecimiento de mi ta, nos escribi una
carta muy sentida. El P. Herrera vino a Villaverde pocos meses despus,
le hospedamos en nuestra casa, y estuvo con nosotros varios das.
Entonces le cont a mi ta, muy en secreto, que la mueca quera dejar
el mundo y hacerse hermana de la Caridad. El santo sacerdote estaba muy
triste. Todos temamos que aquel monjo le costara la vida.

--Hgase la voluntad de Dios!--exclamaba.--Yo me haba soado que
Linilla y Rodolfo.... Pero, en fin.... Vaya con la mueca! Dios me la
trajo y Dios se la lleva!

Aun conservo las cartas de Linilla. El P. Herrera nunca me dio las mas.

--Para qu!--pensara.--Cosas de muchachos!

Angelina profes en Mxico dos aos despus. Cuando las Hermanas fueron
expulsadas pas a Pars, y de all la mandaron a Cochinchina.

En Pars la vieron los seores Fernndez.

--Si usted la viera, Rodolfo!--me deca la seora.--Lindsima! Parece
una santa.

El P. Herrera muri a fines del 78 en su curato de San Sebastin. Poco
antes fu llamado al coro de la Catedral de Jalapa, pero el humilde
anciano renunci la prebenda.

--No! No!--contest.--No quiero canongas.... De aqu... al cielo, si
Dios Nuestro Seor tiene piedad de este pobre pecador!

Gabriela cas con Ernesto, y es madre de dos nios tan hermosos como
ella. Es feliz? Creo que s. La rubia seorita era muy lista e hizo de
su novio un marido discreto, laborioso y de excelentes costumbres.

A mi juicio nunca fu calavera ni jugador. Sospecho que le calumniaron,
que para el caso cualquiera ciudad se parece a Villaverde, y en todas
partes abunban los amigos como Ricardo Tejeda y los seorones como
Castro Prez.

Mi generoso rival cay en la red, y se cas con Teresa. Luisa se ha
quedado para vestir santos.

Ocaa se meti a tinterillo. Venegas renunci la Escuela Nacional, se
lanz a la revolucin, y ahora es diputado--por obra y gracia de
Tuxtepec.

Buena memoria dejaron en Villaverde el doctor Sarmiento y mi buen
maestro don Romn. Todos se acuerdan de ellos, alaban sus virtudes, y se
dicen amigos del uno y discpulos del otro.

Andrs y ta Pepilla vivieron todava mucho tiempo tranquilos y
contentos. Tuve la dicha de cerrarles los ojos, y les d cristiana
sepultura junto a la tumba de mis padres.

En cuanto a m.... No me he casado, y vivo muy feliz, gozando del fruto
de mi trabajo. En l encontr consuelo y fortaleza. El trabajo
productivo me apart de aquellos idealismos romnticos que me causaron
tantas amarguras. No soy rico, pero estoy contento con mi suerte; ya s
lo que valen los hombres, y no espero de ellos lo que no pueden darme.
Tengo pocos amigos, pero, eso s, muy buenos y merecedores de toda
estimacin.

No hago versos, ni vivo entregado a los delirios de la fantasa. Creo
que no es cuerdo andarse por las nubes cuando hay abajo tantas cosas que
reclaman nuestra atencin. Sin embargo, no desdeo los libros, he
comprado muchos, y con ellos me paso largas horas. Aun suelo leer versos
de Lamartine... y... a la verdad... como Lamartine no hay otro poeta
para m!




LXV


Aqu concluye esta novela sencilla y vulgar. He vivido otras muchas,
(que no merecen ser escritas) muy dramticas e interesantes, pero
ninguna como sta tan sincera y tan casta, triste flor de mi dolorida
juventud.

Angelina se llama en memoria de la pobre nia que sacrific por m,
con sublime heroismo, todas las ilusiones de su vida.

En lo ms hondo de mi corazn, como la hurfana lo deseaba, hay un
rinconcito que no he profanado con el amor de otra mujer,--y all vive
Linilla.

Orizaba, Diciembre de 1893.




FIN






End of the Project Gutenberg EBook of Angelina, by Rafael Delgado

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ANGELINA ***

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