The Project Gutenberg EBook of Un viaje de novios, by Emilia Pardo Barzn

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Title: Un viaje de novios

Author: Emilia Pardo Barzn

Release Date: December 28, 2005 [EBook #17406]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Un viaje de novios

Por

Emilia Pardo Bazn

Pueyo

Madrid

1919




Prefacio


En Septiembre del pasado ao 1880, me orden la ciencia mdica beber las
aguas de Vichy en sus mismos manantiales, y habiendo de atravesar, para
tal objeto, toda Espaa y toda Francia, pens escribir en un cuaderno
los sucesos de mi viaje, con nimo de publicarlo despus. Mas acudi al
punto a mi mente el mucho tedio y enfado que suelen causarme las
hbridas obrillas viatorias, las Impresiones y Diarios donde el
autor nos refiere sus xtasis ante alguna catedral o punto de vista, y a
rengln seguido cuenta si ac dio una peseta de propina al mozo, y si
acull cen ensalada, con otros datos no menos dignos de pasar a la
historia y grabarse en mrmoles y bronces. Movida de esta consideracin,
resolvime a novelar en vez de referir, haciendo que los pases por m
recorridos fuesen escenario del drama.

Bastara con lo dicho para prlogo y antecedentes de mi novela, que ms
no exige ni merece; pero ya que tengo la pluma en la mano, me entra
comezn de tocar algunos puntos, si no indispensables, tampoco
impertinentes aqu. A quien parezcan enojosos, queda el fcil arbitrio
de saltarlos y pasar sin demora al primer captulo de UN VIAJE DE
NOVIOS, y plegue a Dios no se el antoje despus peor que la enfermedad
el remedio.

Tiene cada poca sus luchas literarias, que a veces son batallas en toda
la lnea--como la empeada entre clasicismo y romanticismo--y otras se
concretan a un terreno parcial. O mucho me equivoco o este terreno es
hoy la novela y el drama, y en el extranjero, la novela sobre todo.
Reina en la poesa lrica, por ejemplo, libertad tal, que raya en
anarqua, sin que nadie de ello se espante, mientras la escuela de
noveladores franceses que enarbolan la bandera realista o naturalista,
es asunto de encarnizada discusin y suscita tan agrias censuras como
acaloradas defensas. Sus productos recorren el globo, mal traducidos,
peor arreglados, pero con segura venta y nmero de ediciones
incalculable. Es de buen gusto horrorizarse de tales engendros, y
certsimo que el que ms se horroriza no ser por ventura el que menos
los lea. Para el experto en cuestiones de letras, todo ello indica algo
original y caracterstico, fase nueva de un gnero literario, un signo
de vitalidad, y por tal concepto, ms reclama detenido examen que
sempiterno desprecio o ciego encomio.

De la pugna surgi ya algn principio fecundo, y tengo por importante
entre todos el concepto de que la novela ha dejado de ser mero
entretenimiento, modo de engaar gratamente unas cuantas horas,
ascendiendo a estudio social, psicolgico, histrico, pero al cabo
estudio. Dedcese de aqu una consecuencia que a muchos sorprender: a
saber, que no son menos necesarias al novelista que las galas de la
fantasa, la observacin y el anlisis. Porque en efecto, si reducimos
la novela a fruto de lozana inventiva, pararemos en proponer como ideal
del gnero las _Sergas de Esplandin_ o las _Mil y una noches_. En el
da--no es lcito dudarlo--la novela es traslado de la vida, y lo nico
que el autor pone en ella, es su modo peculiar de ver las cosas reales:
bien como dos personas, refiriendo un mismo suceso cierto, lo hacen con
distintas palabras y estilo. Merced a este reconocimiento de los fueros
de la verdad, el realismo puede entrar, alta la frente, en el campo de
la literatura.

Puesto lo cual, cumple aadir que el discutido gnero francs novsimo
me parece una direccin realista, pero errada y torcida en bastantes
respectos. Hay realismos de realismos, y pienso que a ese le falta o ms
bien le sobra algo para alardear de gnero de buena ley y durable
influjo en las letras. El gusto malsano del pblico ha pervertido a los
escritores con oro y aplauso, y ellos toman por acierto suyo lo que no
es sino bellaquera e indelicadeza de los lectores. No son las novelas
naturalistas que mayor boga y venta alcanzaron, las ms perfectas y
reales; sino las que describen costumbres ms licenciosas, cuadros ms
libres y cargados de color. Qu mucho que los autores repitan la dosis?
Y es que antes se llega a la celebridad con escndalo y talento, que con
talento solo; y aun suple a veces al talento el escndalo. Zola mismo lo
dice: el nmero de ediciones de un libro no arguye mrito, sino xito.

No censuro yo la observacin paciente, minuciosa, exacta, que distingue
a la moderna escuela francesa: desapruebo como yerros artsticos, la
eleccin sistemtica preferente de asuntos repugnantes o desvergonzados,
la prolijidad nimia, y a veces cansada, de las descripciones, y, ms que
todo, un defecto en que no s si repararon los crticos: la perenne
solemnidad y tristeza, el ceo siempre torvo, la carencia de notas
festivas y de gracia y soltura en el estilo y en la idea. Para m es
Zola el ms hipocondriaco de los escritores habidos y por haber; un
Herclito que no gasta pauelo, un Jeremas que as lamenta la prdida
de la nacin por el golpe de Estado, como la ruina de un almacn de
ultramarinos. Y siendo la novela, por excelencia, trasunto de la vida
humana, conviene que en ella turnen, como en nuestro existir, lgrimas y
risas, el fondo de la eterna tragicomedia del mundo.

Estos realistas flamantes se dejaron entre bastidores el pual y el
veneno de la escuela romntica, pero, en cambio, sacan a la escena una
cara de viernes mil veces ms indigesta.

Oh, y cun sano, verdadero y hermoso es nuestro realismo nacional,
tradicin gloriossima del arte hispano! Nuestro realismo, el que re y
llora en la _Celestina_ y el _Quijote_, en los cuadros de Velzquez y
Goya, en la vena cmico-dramtica de Tirso y Ramn de la Cruz! Realismo
indirecto, inconsciente, y por eso mismo acabado y lleno de inspiracin;
no desdeoso del idealismo, y gracias a ello, legtima y profundamente
humano, ya que, como el hombre, rene en s materia y espritu, tierra y
cielo! Si considero que aun hoy, en nuestra decadencia, cuando la
literatura apenas produce a los que la cultivan un mendrugo de amargo
pan, cuando apenas hay pblico que lea ni aplauda, todava nos adornan
novelistas tales, que ni en estilo, ni en inventiva, ni acaso en
perspicacia observadora van en zaga a sus compaeros de Francia e
Inglaterra (pases donde el escribir buenas novelas es profesin, a ms
de honrosa, lucrativa), enorgullzcome de las ricas facultades de
nuestra raza, al par que me aflige el mezquino premio que logran los
ingenios de Espaa, y me abochorna la preferencia vergonzosa que tal vez
concede la multitud a rapsodias y versiones psimas de Zola, habiendo en
Espaa Galds, Peredas, Alarcones y otros ms que omito por no alargar
la nomenclatura.

Si a algn crtico ocurriese calificar de realista esta mi novela, como
fue calificada su hermana mayor _Pascual Lpez_, pdole por caridad que
no me afilie al realismo transpirenaico, sino al nuestro, nico que me
contenta y en el cual quiero vivir y morir, no por mis mritos, si por
mi voluntad firme. Tanto es mi respeto y amor hacia nuestros modelos
nacionales, que acaso por mejor imitarlos y empaparme en ellos, di a
_Pascual Lpez_ el sabor arcaico, ensalzado hasta las nubes por la
benevolencia de unos, por otros censurado; pero, en mi humilde parecer,
no del todo fuera de lugar en una obra que intenta--en cuanto es posible
en nuestros das, y en cuanto lo consiente mi escaso ingenio--recordar
el sazonadsimo y nunca bien ponderado gnero picaresco. No tendra
disculpa si emplease el mismo estilo en UN VIAJE DE NOVIOS, de ndole
ms semejante a la de la moderna novela llamada de costumbres.

Aun pudiera curarme en salud, vindicndome anticipadamente de otro cargo
que tal vez me dirija algn malhumorado censor. Hay quien cree que la
novela debe probar, demostrar o corregir algo, presentando al final
castigado el vicio y galardonada la virtud, ni ms ni menos que en los
cuentecicos para uso de la infancia. Exigencia es esta a que no estn
sujetos pintores, arquitectos ni escultores: que yo sepa, nadie puso
tacha a Velzquez porque de sus _Hilanderas_ o sus _Nios bobos_ no
resulte leccin edificante alguna. Slo al msero escritor entregan
frula y palmeta a fin de que vapulee a la sociedad, pero con tal
disimulo, que sta haya de tomar los disciplinazos por caricias, y
enmendarse a puros entretenidos azotes. Yo de m s decir que en arte me
enamora la enseanza indirecta que emana de la hermosura, pero aborrezco
las pldoras de moral rebozadas en una capa de oro literario. Entre el
impudor fro y afectado de los escritores naturalistas y las homilas
sentimentales de los autores que toman un plpito en cada dedo y se van
por esos trigos predicando, no escojo; me quedo sin ninguno. Podr este
mi criterio parecer a unos laxo, a otros en demasa estrecho: a m me
basta saber que, prcticamente, lo profesaron Cervantes, Goethe, Walter
Scott, Dickens, los prncipes todos de la romancera.

Y perdname, lector benigno, que a tan ilustres personajes haya trado
de los cabellos con ocasin de mis insignificantes escritos. Por ventura
suele la vista de una charca recordar el Ocano; mas la charca, charca
se queda. Harto se lo sabe ella, y bien le pesa de su pequeez; pero no
la hizo Dios ms grande, por lo cual echar mano de la resignacin que a
ti te desea, si has de recorrer estas pginas.

EMILIA PARDO BAZN




Un viaje de novios




-I-


Que la boda no era de gentes del gran mundo, conocase a tiro de
ballesta, a la primer ojeada. No hay duda que los desposados podan
alternar con la ms selecta sociedad, al menos por su aspecto exterior;
pero la mayora del acompaamiento, el coro, perteneca a la clase
media, en el lmite en que casi se funde con la masa popular. Haba
grupos curiosos y dignos de examen, ofreciendo el andn de la estacin
de Len golpe de vista muy interesante para un pintor de gnero y
costumbres.

Ni ms ni menos que en los pases de abanico cuyas mitolgicas pinturas
representan nupcias, se notaba all que el squito de la novia lo
componan hembras, y slo individuos del sexo fuerte formaban el del
novio. Advertase asimismo gran diferencia entre la condicin social de
uno y otro cortejo. La escolta de la novia, mucho ms numerosa, pareca
poblado hormiguero: viejas y mozas llevaban el sacramental traje de
negra lana, que viene a ser como uniforme de ceremonia para la mujer de
clase inferior, no exenta, sin embargo, de ribetes seoriles: que el
pueblo conserva aun el privilegio de vestirse de alegres colores en las
circunstancias regocijadas y festivas. Entre aquellas hormigas humanas
habalas de pocos aos y buen palmito, risueas unas y alborotadas con
la boda, otras quejumbrosicas y encendidos los ojos de llorar, con la
despedida. Media docena de maduras dueas las autorizaban, sacando de
entre el velo del manto la nariz, y girando a todas partes sus pupilas
llenas de experiencia y malicia. Todo el racimo de amigas se apiaba en
torno de la nueva esposa, manifestando la pueril y vida curiosidad que
despierta en las multitudes el espectculo de las situaciones supremas
de la existencia. Se estaban comiendo a miradas a la que mil veces
vieran, a la que ya de memoria saban: a la novia, que con el traje de
camino se les figuraba otra mujer, diverssima de la conocida hasta
entonces. Contara la herona de la fiesta unos diez y ocho aos:
aparentaba menos, atendiendo al mohn infantil de su boca y al redondo
contorno de sus mejillas, y ms, consideradas las ya florecientes curvas
de su talle, y la plenitud de robustez y vida de toda su persona. Nada
de hombros altos y estrechos, nada de inverosmiles caderas como las que
se ven en los grabados de figurines, que traen a la memoria la mueca
rellena de serrn y paja; sino una mujer conforme, no al tipo
convencional de la moda de una poca, pero al tipo eterno de la forma
femenina, tal cual la quisieron natura y arte. Acaso esta superioridad
fsica perjudicaba un tanto al efecto del caprichoso atavo de viaje de
la nia: tal vez se requera un cuerpo ms plano, lneas ms duras en
los brazos y cuello, para llevar con el conveniente desenfado el traje
semimasculino, de pao marrn, y la toca de paja burda, en cuyo casco se
posaba, abiertas las alas, sobre un nido de plumas, tornasolado colibr.
Notbase bien que eran nuevas para la novia tales extraezas de ropaje,
y que la ceida y plegada falda, el casaqun que modelaba exactamente su
busto le estorbaban, como suele estorbar a las doncellas en el primer
baile la desnudez del escote: que hay en toda moda peregrina algo de
impdico para la mujer de modestas costumbres. Adems, el molde era
estrecho para encerrar la bella estatua, que amenazaba romperlo a cada
instante, no precisamente con el volumen, sino ms bien con la libertad
y soltura de sus juveniles movimientos. No se desmenta en tan lucido
ejemplar la raza del recio y fornido anciano, del padre que all se
estaba derecho, sin apartar de su hija los ojos. El viejo, alto, recto y
firme, como un poste del telgrafo, y un jesuita bajo y de edad mediana,
eran los nicos varones que descollaban entre el consabido hormiguero
femenil.

Al novio le rodeaban hasta media docena de amigos: y si el squito de la
novia era el eslabn que une a clase media y pueblo, el del novio tocaba
en esa frontera, en Espaa tan indeterminada como vasta, que enlaza a la
mesocracia con la gente de alto copete. Cierta gravedad oficial, la tez
marchita y como ahumada por los reverberos, no s qu inexplicable matiz
de satisfaccin optimista, la edad tirando a madura, signos eran que
denotaban hombres llegados a la meta de las humanas aspiraciones en los
pases decadentes: el ingreso en las oficinas del Estado. Uno de ellos
llevaba la voz, y los dems le manifestaban singular deferencia en sus
ademanes. Animaba aquel grupo una jovialidad retozona, contenida por el
empaque burocrtico: herva tambin all la curiosidad, menos ingenua y
descarada, pero ms aguda y epigramtica que en el hormiguero de las
amigas. Haba discretos cuchicheos, familiaridades de caf indicadas por
un movimiento o un codazo, risas instantneamente reprimidas, aires de
inteligencia, puntas de puros arrojadas al suelo con marcialidad, brazos
que se unan como en confidencia tcita. La mancha clara del sobretodo
gris del novio se destacaba entre las negras levitas, y su estatura
aventajada dominaba tambin las de los circunstantes. Medio siglo menos
un lustro, victoriosamente combatido por un sastre, y mucho alio y
cuidado de tocador; las espaldas queriendo arquearse un tanto sin
permiso de su dueo; un rostro de palidez trasnochadora, sobre el cual
se recortaban, con la crudeza de rayas de tinta, las guas del engomado
bigote; cabellos cuya raridad se adverta an bajo el ala tersa del
hongo de fieltro ceniza; marchita y abolsada y floja la piel de las
ojeras; terroso el prpado y plmbea la pupila, pero an gallarda la
apostura y esmeradamente conservados los imponentes restos de lo que
antao fue un buen mozo, esto se vea en el desposado. Quizs ayudaba el
mismo primor del traje a patentizar la madurez de los aos: el luengo
sobretodo cea demasiado el talle, no muy esbelto ya; el fieltro,
ladeado gentilmente, peda a gritos las mejillas y sienes de un mancebo.
Pero as y todo, entre aquella coleccin de vulgares figuras de
provincia, tena la del novio no s qu tufillo cortesano, cierto
desenfado de hombre hecho a la vida ancha y fcil de los grandes
centros, y la soltura de quien no conoce escrpulos, ni se para en
barras cuando el propio inters est en juego. Hasta se distingua del
grupo de sus amigos, por la reserva de buen gnero con que acoga las
insinuaciones y bromas _sotto voce_, tan adecuadas al carcter
mesocrtico de la boda.

Anunciaba ya la mquina con algn silbido la prxima marcha; acelerbase
en el andn el movimiento que la precede, y temblaba el suelo bajo la
pesadumbre de los rodantes camiones, cargados de bultos de equipaje.
Oyose por fin el grito sacramental de los empleados. Hasta entonces las
gentes de la despedida haban conversado en voz queda,
confidencialmente, por parejas: el cercano desenlace pareci
reanimarlas, desencantarlas, mudando la escena en un segundo. Corri la
novia a su padre, abiertos los brazos, y el viejo y la nia se
confundieron en un abrazo largo, verdadero, popular, abrazo en que
crujan los huesos y el aliento se acortaba. Salan de las bocas, casi
unidas, entrecruzadas y rpidas frases.

--Que escribas... cuidado me llamo... todos los das, eh? No bebas agua
fra cuando ests sudando.... Tu marido lleva dinero... pedid ms si se
acaba.

--No se aflija usted, seor.... Yo har por volver pronto.... Cudese
usted mucho, por Dios... atienda usted al asma.... Vaya usted de tiempo
en tiempo a ver al seor de Rada.... Si tiene usted algo, un telegrama
volando.... Palabra de honor?

Despus vinieron los apretones, los besucones, los pucheros del
acompaamiento femenino, y el ltimo encargo, y el ltimo deseo....

--Dios os haga dichosos... como patriarcas....

--San Rafael te acompae, hija.

--Quin como t, chica!, a Francia en un vuelo!

--No te olvides de mi abrigo.... Van en el mundo las medias?
Confundirs los hilos?

--Mira que las tiras bordadas no sean de ojales, que de esas ya las hay
por ac.

--Abre bien esos ojazos, mralo todito, y despus nos contars cada
cosa!...

--Padre Urtazu--dijo la desposada llegndose al que su negra faja
declaraba por jesuita, y, asindole la mano, sobre la cual cayeron a un
tiempo sus labios y dos lgrimas, claras como agua--, pida usted a Dios
por m....

Y acercndose ms, aadi bajito:

--Que si pap tiene algo, me lo avise usted, usted verdad? Yo le
enviar a usted las seas de todas partes donde nos detengamos.... No me
lo descuide usted; ir usted de vez en cuando a ver cmo lo pasa? Se
queda el pobre tan solito....

Alz el jesuita la cabeza y fij en la nia sus ojos levemente bizcos,
como son los de las personas hechas a concentrar y sujetar la mirada. Y
con la vaga sonrisa distrada de las gentes meditabundas, y en el propio
tono confidencial:

--Vete en paz, y Dios Nuestro Seor te acompae, que es buen
acompaante--contest--. Ya he rezado por ti el itinerario, para que
volvamos tan sanos y satisfechos.... Acurdate de lo que te avis,
chiquilla; ahora ya somos, como quien dice, una seora casada y de
respeto; y aunque nos parece que todo se va a volver florecicas y mieles
en el nuevo estado, y nos largamos por esos mundos a echar canas al aire
y divertirnos.... cuidadito, cuidadito!, puede que donde menos se
piense salte la liebre, y tengamos rabietas, y pruebecitas y trabajos
que no tuvimos de nios.... No ser tonta entonces.... eh? Ya sabemos
que Aquel que anda por all arriba moviendo aquellas estrellas tan
preciosas, es el nico que nos entiende y nos consuela cuando a l le
parece... mira, en vez de tanto trapo como has metido en las maletas,
mete paciencia, chiquilla! mete paciencia. Es mejor an que el rnica y
los emplastos...; si a quien era tan grande le hizo falta para aguantar
aquella cruz, t que eres chiquitita....

Durara an la homila, acompaada de blandos golpecitos en los hombros,
a no interrumpirla la trepidacin del tren, brusca como la realidad.
Produjose confusin momentnea. Se apresur el novio a despedirse de
todo el mundo con cierta llaneza cordial, donde ojos expertos podan
advertir matices de afectacin y superioridad protectora. Al suegro
abraz con un solo abrazo, y recostole en el hombro la mano, pulcramente
calzada con guante de castor, color bronce.

--Escriba usted si se enferma la chica--suplic con paternal angustia,
preado de lgrimas los ojos, el viejo.

--Pierda usted cuidado, seor Joaqun..., no hay que afectarse, vamos!,
cuenta con esa salud.... Adis, Mendoya, adis, Santin.... Gracias,
gracias. Seor gobernador de la provincia, a mi vuelta, reclamo esas
ofrecidas botellas de Pedro Jimnez.... No se haga usted el olvidadizo!
Luca, hay que subirse: el tren andar en seguida, y las seoras no
pueden....

Y con ademn corts y discreto ayud a subir a la novia, empujndola
levemente por el talle. Despus salt l, sin casi apoyarse en el
estribo, arrojando antes el puro a medio fumar.

Ya oscilaba la frrea culebra cuando l penetr en el departamento,
cerrando la portezuela tras de s. El compasado balance fue
acelerndose, y el tren completo cruz ante las gentes de la despedida,
dejndoles en los ojos confusos torbellino de lneas, de colores, de
nmeros, la visin rpida de las cabezas asomadas a todas las
ventanillas. Algn tiempo se distingui la cara de Luca, sofocada y
baada en llanto, y su pauelo que se agitaba, y oyose su voz diciendo:
Adis, pap..., padre Urtazu, adis, adis.... Rosario.... Carmen...,
abur.... Al fin se perdi todo en la distancia, la escamosa sierpe del
tren revelose a lo lejos por una mancha obscura, luego por desmadejado
penacho de turbio vapor, que presto se disip tambin en el ambiente.
Ms all del andn, extraamente silencioso ya, resplandeca el cielo
claro, de acerado azul; se extendan montonas las interminables
campias; los rieles sealaban como arrugas en la rida faz de la
tierra. Un gran silencio pesaba sobre la estacin. Quedronse inmviles
los acompaantes, como sobrecogidos por el aturdimiento de la ausencia.
Fueron los amigos del novio los primeros en moverse y hablar. Se
despidieron del padre con rpidos apretones de mano y frases triviales
de sociedad, un tanto descuidadas en la forma, como dirigidas de
superior a inferior; tras de lo cual, el pelotn entero tom el camino
de la ciudad, reanudando la broma y algazara.

Por su parte, el squito de la novia empez a animarse tambin, y a
vueltas de algn suspiro y de limpiarse los ojos con los pauelos y aun
con el dorso de la mano, fueron rebullendo los grupos de hormigas
negras, con nimo de abandonar el andn. La incontrastable fuerza de los
hechos las empujaba a la vida real. Hasta el padre sacudi la cabeza,
alz con elocuente resignacin los hombros, y rompi el primero a andar.
A su lado iba el jesuita, que estiraba su corta estatura para hablarle,
sin conseguir, a pesar de sus laudables esfuerzos, que el cerquillo de
su corona pasase ms all de los atlticos hombros del viejo afligido.

--Vaya, seor Joaqun--deca el padre Urtazu--, que ahora sienta bien
esa cara de Viernes santo! No parece sino que a la chica se la llevan
robada y que usted no es gustoso en el enlace! Pues estamos buenos,
hombre! No ha sido usted mismo, desgraciado, quien resolvi este
casorio? A qu vienen los gimoteos?

--Y si en todo lo que uno hace estuviese seguro del acierto!--pronunci
con ahogada voz el seor Joaqun, balanceando su cuello de toro.

--Eso se mira antes..., pero tenamos tanta prisa..., tanta prisa, que
no s para qu sirven esos pelos blancos y esos aitos que llevamos
acuestas! Lo mismito estbamos que los chicos de mi clase cuando les
ofrezco contarles algo, que se les despierta la curiosidad... y no les
cabe en el cuerpo la impaciencia. A fe de Alonso, que pareca usted la
novia... digo, no; porque la novia, maldito el apuro que....

--Ay padre! Si tendra usted razn? usted quera diferir la boda....

--No, poco a poco; cepitos quedos, amigo: yo quera no hacerla. Soy muy
claro.

El seor Joaqun se puso ms ttrico an.

--Por vida de la Constitucin! Qu aprieto y qu compromiso es para un
padre!...

--Tener hijas--concluy el jesuita con su vaga sonrisa, adelantando el
belfo labio, en mueca de benvolo desdn. Y aadi--: El peor aprieto es
ser ms terco que una mula, con perdn sea dicho, y creer que el pobre
Padre Urtazu slo entiende de sus piedras y de sus astros y de su
microscopio, y es un bolonio, un simpln, para aconsejar en la vida....

--No me aflija usted ms, Padre. Harto tendr con no ver a Luca en qu
s yo qu tiempo. Slo me faltaba que tambin salga mal la cosa, y que
pase ella penas....

--Bueno, bueno. Djese de eso ya: a lo hecho, pecho. Esto de
matrimonios, slo lo ata y lo desata el de arriba. Y quin sabe si
saldr muy bien, a pesar de todos mis ageros y mis necedades? Porque
quin soy yo sino un cegato, un miope? Bah! Esto es como lo que pasa
con el microscopio. Mira usted una gota de agua a simple vista y parece
tan clara!, vamos, que dan ganas de bebrsela. Pero aplique usted
aquellos lentecicos y... zas, zis!, ya se encuentra usted con los
bicharracos y las bacterias que bailan dentro un rigodn.... Pues el que
anda por all, encimita de las nubes, tambin ve cosas que a los bobos
de por ac nos parecen tan sencillas... y para l tienen su _quid_....
Bah, bah!, l se encargar de arreglarnos las cosas... nosotros, ni que
nos empeemos.

--Lleva usted razn.... Dios sobre todo--aprob el seor Joaqun,
arrancando doliente suspiro de la vasta cavidad de su pecho. Esta noche,
con el mal rato, la condenada asma va a darme qu hacer.... Encuentro ya
la respiracin muy corta. Dormir, si duermo, casi incorporado.

--Llame, llame a ese mala cabeza de Rada... tiene mucho acierto--murmur
el jesuita considerando compadecido, a la luz oblicua del sol de otoo,
la inyectada tez y los ojos edematosos del viejo.

Mientras el acompaamiento desfilaba, con lentitud de duelo, por las
calles mal empedradas de Len, el tren corra, corra, dejando atrs las
interminables alamedas de chopos que parecen un pentagrama donde fuesen
las notas verde claro, sobre el crudo tono rojizo de las llanadas. Hecha
Luca un ovillo en la esquina del departamento, sollozaba sin amargura,
con algn hipo, con vehemente llanto de nia inconsolable. Bien
comprenda el novio que le tocaba decir algo, mostrarse afectuoso,
compartir aquel primer dolor, ponerle trmino; mas hay en la vida
situaciones especiales, casos en que no tropieza ni se embaraza la gente
sencilla, y en que acaso el hombre de mundo y experiencia se convierte
en doctrino. Preferible es en ocasiones un adarme de corazn a una
arroba de habilidad; donde fracasan las huecas frmulas, vence el
sentimiento, con su espontnea elocuencia. A fuerza de quebrarse los
cascos ideando manera de anudar el dilogo con su esposa, ocurriole al
novio aprovechar una circunstancia insignificante.

--Luca--le dijo en voz algo turbada--mdate de ventanilla, hija ma,
crrete ac; ah te da el sol de lleno, y es tan malsano....

Levantose Luca con automtica rigidez, pas al lado opuesto del
departamento, y dejndose caer de golpe, torn a cubrir el semblante con
el fino pauelo, y se oyeron otra vez sus sollozos y el anhelar de su
seno juvenil.

Levemente frunci el ceo el novio, que no en vano haba corrido
cuarenta y pico de aos de la vida cercado de gentes de festivo humor y
fcil trato y huyendo de las escenas de lagrimitas y de lstimas y
disgustos que alteraban por extrao modo el equilibrio de sus nervios,
desagradndole como desagrada a las gentes de mediano nivel intelectual
el sublime horror de la tragedia. Al gesto con que manifest su
impaciencia, sigui un alzar de hombros que claramente quera decir:
Caiga el chubasco, que el aguase agota tambin, y tras de la lluvia
viene el buen tiempo. Resuelto, pues, a aguardar que descargase la
nube, dio comienzo a minucioso examen de sus enseres de camino,
enterndose de si abrochaban bien las hebillas del correaje de la manta,
y de si su bastn y paraguas iban en debida y conveniente forma liados
con el quitasol de Luca. Cerciorose asimismo de que una cartera de
cuero de Rusia y plateados remates que pendiente de una correa llevaba
terciada al costado, abra y cerraba fcilmente con la llavecica de
acero, que volvi a guardar en el bolsillo del chaleco, con cuidado
sumo. Despus sac de las hondas faltriqueras del sobretodo el
_Indicador de los Caminos de Hierro_, y con el dedo ndice, fue
recorriendo las estaciones del itinerario de viaje.




-II-


Es de rigor saber de qu boca parti el soplo que encendi la antorcha
de aquellas nupcias.

Mancebo, en los verdores de la edad, fuerte como un toro y laborioso
como manso buey, sali de su patria el seor Joaqun, a quien entonces
nombraban Joaqun a secas. Colocado en Madrid en la portera de un
magnate que en Len tiene solar, dedicose a corredor, agente de negocios
y hombre de confianza de todos los honrados individuos de la
maragatera. Buscabales posada, proporcionabales almacn seguro para la
carga, se entenda con los comerciantes y era en suma la providencia de
la tierra de Astorga. Su honradez grande, su puntualidad y su celo le
granjearon crdito tal, que llovan comisiones, menudeaban encargos, y
caan en la bolsa, como apretado granizo, reales, pesos duros y
doblillas en cantidad suficiente para que, al cabo de quince aos de
llegado a la corte, pudiese Joaqun estrechar lazos eternos con una
conterrnea suya, doncella de la esposa del magnate y seora tiempo
haca de los enamorados pensamientos del portero; y verificado ya el
connubio, establecer surtida lonja de comestibles, a cuyo frente
campeaba en doradas letras un rtulo que deca: _El Leons.
Ultramarinos_. De corredor pas entonces a empresario de maragatos;
comproles sus artculos en grueso y los vendi en detalle; y a l
forzosamente hubo de acudir quien en Madrid quera aromtico chocolate
molido a brazo, o esponjosas mantecadas de las que slo las astorganas
saben confeccionar en su debido punto. Se hizo de moda desayunarse con
el Caracas y las frutas de horno del Leons; comenz el magnate, su
antiguo amo, dndole su parroquia, y tras l vino la gente de alto
copete, engolosinada por el arcaico regalo de un manjar digno de la mesa
de Carlos IV y Godoy. Y fue de ver como el seor Joaqun, ensanchando
los horizontes de su comercio, acapar todas las especialidades
nacionales culinarias: tiernos garbanzos de Fuentesaco, crasos chorizos
de Candelario, curados jamones de Caldelas, dulce extremea bellota,
aceitunas de los sevillanos olivares, melosos dtiles de Almera y
ureas naranjas que atesoran en su piel el sol de Valencia. De esta
suerte y con tal industria granje Joaqun, limpia si no hidalgamente,
razonables sumas de dinero; y si bien las gan, mejor supo despus
asegurarlas en tierras y casero en Len; a cuyo fin hizo frecuentes
viajes a la ciudad natal. A los ocho aos de estril matrimonio naciole
una nia grande y hermosa, suceso que le alboroz como alborozara a un
monarca el natalicio de una princesa heredera; ms la recia madre
leonesa no pudo soportar la crisis de su fecundidad tarda, y enferma
siempre, arrastr algunos meses la vida, hasta soltarla de malsima
gana. Con faltarle su mujer, faltole al seor Joaqun la diestra mano, y
fue decayendo en l aquella ufana con que dominaba el mostrador,
luciendo su estatura gigantesca, y alcanzando del ms encumbrado estante
los cajones de pasas, con slo estirar su poderoso brazo y empinarse un
poco sobre los anchos pies. Se pasaba horas enteras embobado, fija la
vista maquinalmente en los racimos de uvas de cuelga que pendan del
techo, o en los sacos de caf hacinados en el ngulo ms obscuro de la
lonja, y sobre los cuales acostumbraba la difunta sentarse para hacer
calceta. En suma, l cay en melancola tal, que vino a serie
indiferente hasta la honrada y lcita ganancia que deba a su industria:
y como los facultativos le recetasen el sano aire natal y el cambio de
vida y rgimen, traspas la lonja, y con magnanimidad no indigna de un
sabio antiguo, retirose a su pueblo, satisfecho con lo ya logrado, y sin
que la sedienta codicia a mayor lucro le incitase. Consigo llev a la
nia Luca, nica prenda cara a su corazn, que con pueriles gracias
comenzaba ya a animar la tienda, haciendo guerra crudsima y sin tregua
a los higos de Fraga y a las peladillas de Alcoy, menos blancas que los
dientes chicos que las mordan.

Creci la nia como lozano arbusto nacido en frtil tierra: dijrase que
se concentraba en el cuerpo de la hija la vida toda que por su causa
hubo de perder la madre. Venci la crisis de la infancia y pubertad sin
ninguno de esos padecimientos annimos que empalidecen las mejillas y
apagan el rayo visual de las criaturas. Equilibrronse en su rico
organismo nervios y sangre, y result un temperamento de los que ya van
escaseando en nuestras sociedades empobrecidas.

Se desarrollaron paralelamente en Luca el espritu y el cuerpo, como
dos compaeros de viaje que se dan el brazo para subir las cuestas y
andar el mal camino; y ocurri un donoso caso, que fue que mientras el
mdico materialista, Vlez de Rada, que asista al seor Joaqun, se
deleitaba en mirar a Luca, considerando cun copiosamente circulaba la
vida por sus miembros de Cibeles joven, el sabio jesuita, padre Urtazu,
se encariaba con ella a su vez, encontrndole la conciencia clara y
difana como los cristales de su microscopio: sin que se diesen cuenta
de que acaso ambos admiraban en la nia una sola y misma cosa, vista por
distinto lado, a saber: la salud perfecta.

Quiso el seor Joaqun, a su modo, educar bien a Luca; y en efecto,
hizo cuanto es posible para estropear la superior naturaleza de su hija,
sin conseguirlo, tal era ella de buena. Impulsado, por una parte, por el
deseo de dar a Luca conocimientos que la realzasen, recelando, de otra,
que se dijese por el pueblo en son de burla que el to Joaqun aspiraba
a una hija seorita, educola hbridamente, tenindola como externa en un
colegio, bajo la frula de una directora muy remilgada, que afirmaba
saberlo todo. All ensearon a Luca a chapurrear algo el francs y a
teclear un poco en el piano; ideas serias, perdone usted por Dios;
conocimientos de la sociedad, cero; y como ciencia femenina-ciencia
harto ms complicada y vasta de lo que piensan los profanos--, alguna
laborcica tediosa e intil, amn de fea; cortes de zapatillas de psimo
gusto, pecheras de camisa bordadas, faltriqueras de abalorio...
Felizmente el padre Urtazu sembr entre tanta tierra vana unos cuantos
granitos de trigo, y la enseanza religiosa y moral de Luca fue, aunque
sumaria, recta y slida, cuanto eran ftiles sus estudios de colegio.
Tena el padre Urtazu ms de moralista prctico que de asctico, y la
nia tom de l ms documentos provechosos para la conducta, que
doctrina para la devocin. De suerte que sin dejar de ser buena
cristiana, no pas a fervorosa. La completa placidez de su temperamento
vedaba todo extremo de entusiasmo a su alma: algo haba en aquella nia
del reposo olmpico de las griegas deidades; ni lo terrenal ni lo divino
agitaban la serena superficie del nimo. Sola decir el padre Urtazu,
adelantando el labio con su acostumbrado visaje:

--Estamos dormiditos, dormiditos; pero ya s yo que no estamos
muertecitos... y el da en que nos despertemos... tendr que ver. Dios
quiera que para bien sea.

Eran las amigas de Luca Rosarito, la hija de la fondista doa Agustina;
Carmen, la sobrina del magistral, y varias doncellas de anloga
posicin, entre las cuales muchas soaban con el blando sosiego, con la
apacible uniformidad de la vida conventual, y hacan pintura tentadora
de las delicias del claustro, del sentimiento suavsimo del da de la
profesin, cuando coronadas de flores bajo el cndido velo, se
ofreciesen a Cristo, con el refinado dulzor de aadir: para siempre,
para siempre. Oalas Luca sin que una sola fibra de su ser
respondiese, vibrando, a aquel ideal. La vida activa la llamaba con
voces enrgicas y profundas. No obstante, tampoco la inspiraban deseo de
imitarlas otras compaeras suyas, a quienes vea esconder furtivamente
en el corpio la cartita, o asomarse al balcn prontas, ruborizadas y
ansiosas. En su infancia, prolongada por la inocencia y la radiante
salud, no caban ms placeres que correr por las alamedas que a Len
rodean, brincar con regocijo, cual pudiera adolescente ninfa retozando
por los valles helenos.

Crea el seor Joaqun a pie juntillas haber dado educacin bastante a
su hija, y aun le pareci de perlas el destrozo de valses y _fantasas_
que sin compasin ejecutaban en el piano sus dedos inhbiles. Por muy
recndita que la guardase all en los postreros rincones del
pensamiento, no faltaba al leons la aspiracin propia de todo hombre
que ejerce humildes oficios, y se gan con sudores el pan, de que su
descendencia beneficiase tamaos esfuerzos, ascendiendo un peldao en la
escala social. Bien llevara l en paciencia continuar siendo tan to
Joaqun como siempre; no tena nfulas de ricachn, y era en genio y
trato sencillo con extremo; pero si renunciaba al seoro en su persona,
no as en la de su hija; parecale or voz que le deca, como las brujas
a Banquo: No sers rey, pero engendrars reyes. Y luchando entre el
modesto convencimiento de su falta absoluta de rango, y la certeza moral
de que Luca a grandes puestos estaba destinada, vino a parar a la
razonable conclusin de que el matrimonio realizara la anhelada
metamorfosis de muchacha en dama. Un yerno empingorotado fue desde
entonces anhelo perenne del antiguo lonjista.

Ni eran estas las nicas flaquezas y manas del seor Joaqun. Otras
tuvo, que descubriremos sin miramientos de ninguna especie. Fue quiz la
mayor y ms duradera su desmedida aficin al caf, aficin contrada en
el negocio de ultramarinos, en las tristes maanas de invierno, cuando
la escarcha empaa el vidrio del escaparate, cuando los pies se hielan
en la atmsfera gris de la solitaria lonja, y el lecho recin abandonado
y caliente aun por ventura, reclama con dulces voces a su mal despierto
ocupante. Entonces, semiaturdido, solicitando al sueo por las
exigencias de su naturaleza herclea y de su espesa sangre, coga el
seor Joaqun la maquinilla, cebaba con alcohol el depsito, prenda
fuego, y presto sala del pico de hojalata negro y humeante ro de caf,
cuyas ondas a la vez calentaban, despejaban la cabeza y con la leve
fiebre y el grato amargor, dejaban apto al coloso para velar y trabajar,
sacar sus cuentas y pesar y vender sus artculos. Ya en Len, y rbitro
de dormir a pierna suelta, no abandon el seor Joaqun el adquirido
vicio, antes lo reforz con otros nuevos: acostumbrose a beber la
obscura infusin en el caf ms cercano a su domicilio, y a acompaarla
con una copa de _Kummel_ y con la lectura de un diario poltico, siempre
el mismo, invariable. En cierta ocasin ocurri al Gobierno suspender el
peridico una veintena de das, y falt poco para que el seor Joaqun
renunciase, de puro desesperado, al caf. Porque siendo el seor Joaqun
espaol, ocioso me parece advertir que tena sus opiniones polticas
como el ms pintado, y que el celo del bien pblico le coma, ni ms ni
menos que nos devora a todos. Era el seor Joaqun inofensivo ejemplar
de la extinguida especie progresista: a querer clasificarlo
cientficamente, le llamaramos la variedad progresista de impresin. La
aventura nica en su vida de hombre de partido, fue que cierto da, un
personaje poltico clebre, exaltado entonces y que con armas y bagajes
se pas a los conservadores despus, entrase en su tienda a pedirle el
voto para diputado a Cortes. Desde aquel supremo momento qued mi seor
Joaqun rotulado, definido y con marca; era progresista de los del seor
don Fulano. En vano corrieron aos y sobrevinieron acontecimientos, y
emigraron las golondrinas polticas en busca siempre de ms templadas
zonas; en vano mal intencionados decan al seor Joaqun que su jefe y
natural seor el personaje era ya tan progresista como su abuela; que
hasta no quedaban sobre la haz de la tierra progresistas, que stos eran
tan fsiles como el megaterio y el plesiosauro; en vano le enseaban los
mil remiendos zurcidos sobre el manto de prpura de la voluntad nacional
por las mismas pecadoras manos de su dolo; el seor Joaqun, ni por
esas, erre que erre y ms firme que un poste en la adhesin que al don
Fulano profesaba. Semejante a aquellos amadores que fijan en la mente la
imagen de sus amadas tal cual se les apareci en una hora culminante y
memorable para ellos, y, a despecho de las injurias del tiempo
irreverente, ya nunca las ven de otro modo, al seor Joaqun no le cupo
jams en la mollera que su caro prohombre fuese distinto de como era en
aquel instante, cuando encendido el rostro y con elocuencia fogosa y
tribunicia se dign apoyarse en el mostrador de la lonja, entre un piln
de azcar y las balanzas, demandando el sufragio. Suscrito desde
entonces al peridico del consabido prohombre, compr tambin una mala
litografa que lo representaba en actitud de arengar, y aadido el marco
dorado imprescindible, la colg en su dormitorio entre un daguerrotipo
de la difunta y una estampa de la bienaventurada virgen Santa Luca, que
enseaba en un plato dos ojos como huevos escalfados. Acostumbrose el
seor Joaqun a juzgar de los sucesos polticos conforme a la pautilla
de su prohombre, a quien l llamaba, con toda confianza, por su nombre
de pila. Que arreciaba lo de Cuba: bah! dice don Fulano que es asunto
de dos meses la pacificacin completa. Que discurran partidas por las
provincias vascas: no asustarse!; afirma don Fulano que el partido
absolutista est muerto, y los muertos no resucitan. Que hay profunda
escisin en la mayora liberal; que unos aclaman a X y otros a Z...
Bueno, bueno; don Fulano lo arreglar, se pinta l solo para eso. Que
hambre.... s, que se mama el dedo don Fulano!, ahora mismito van a
abrirse los veneros de la riqueza pblica.... Que impuestos.... don
Fulano habl de economas! Que socialismo.... paparruchas! Atrvanse
con don Fulano, y ya les dir l cuntas son cinco! Y as, sin ms dudas
ni recelos, atraves el seor Joaqun la borrasca revolucionaria y entr
en la restauracin, muy satisfecho porque don Fulano sobrenadaba, y se
apreciaban sus mritos, y tena la sartn por el mango hoy como ayer.

Dado tal linaje de culto, juzgue el po lector cul sera el gozo,
confusin y anonadamiento del seor Joaqun, al recibir una maana a un
grave y apuesto sujeto, encargado de saludarle de parte del mismsimo
Don Fulano.

Llambase el visitante D. Aurelio Miranda, y desempeaba en Len uno de
esos destinos que en Espaa abundan, no por honorficos peor
retribudos, y que sin imponer grandes molestias ni vigilias, abren las
puertas de la buena sociedad, prestando cierta importancia oficial:
gnero de prebendas laicas, donde se dan unidas las dos cosas que
asegura el refrn no caber en un saco. Era Miranda de origen y familia
burocrtica, en la cual se transmitan y como vinculaban los elevados
puestos administrativos, merced a especial maa y don de gentes
perpetuado de padres a hijos, a no s qu felina destreza en caer
siempre de pie y a cierta delicada sobriedad en esto de pensar y opinar.
Logr la estirpe de los Mirandas teirse de matices apagados y
distinguidos, sobre cuyo fondo, as poda colocarse insignia blanca,
como roja divisa; de suerte, que ni hubo situacin que no les respetase,
ni radicalismo que con ellos no transigiera, ni mar revuelto o
bonancible en que con igual fortuna no pescaran. El mozo Aurelio casi
naci a la sombra protectora de los muros de la oficina: antes que
bigote y barba tuvo colocacin, conseguida por la influencia paterna,
reforzada por la de los dems Mirandas. Al principio fue una plaza de
menor cuanta, que cubriese los gastos de tocador y otras menudencias
del chico, derrochador de suyo; en seguida vinieron ms pinges brevas,
y Aurelio sigui la ruta trillada ya por sus antecesores. Con todo esto,
vease que algo degeneraba en l la raza: amigo de goces, de ostentacin
y vanidades, faltabale a Aurelio el tino exquisito de no salir de
mediano por ningn respecto, y careca de la formalidad exterior, del
compasado porte que a los Mirandas pasados acreditaba de hombres de seso
y experiencia y madurez poltica. Comprendiendo sus defectos, trat
Aurelio de beneficiarlos diestramente, y ms de una blanca y pulcra mano
emborron por l perfumadas esquelas con eficaces recomendaciones para
personajes de muy variada ralea y clase. Asimismo se declar gran
amigote y compinche de algunos prohombres polticos, entre ellos el _don
Fulano_ que ya conocemos. No habl jams con ellos diez palabras
seguidas que a poltica se refiriesen: contbales las noticias del da,
el escndalo fresco, el ltimo dicharacho y la ms reciente caricatura;
y de tal suerte, sin comprometerse con ninguno se vio favorecido y
servido de todos. Agarrose, como nadador inexperto, a los hombros de tan
prcticos buzos, y ac me sumerjo, y acull me pongo a flote, fue
sorteando los furiosos vendavales que azotaron a Espaa, y continuando
la tradicin venerable de los Mirandas. Pero tambin la influencia se
gasta y agota, y lleg un perodo en que, mermada la de Aurelio, no
alcanz a mantenerle en el nico punto para l grato, en Madrid, y hubo
de irse a vegetar a Len, entre el Gobierno civil y la Catedral,
edificios que ni uno ni otro le divertan. Lo que singularmente amargaba
a Aurelio, era comprender que su decadencia administrativa naca de otro
decaimiento irreparable, a saber, el de su persona. Cumplida la
cuarentena de aos, faltbanle ya los billetitos de recomendacin o por
lo menos no eran tan calurosos: en los despachos de las notabilidades
iba siendo su persona como un mueble ms, y hasta l mismo senta
apagarse su facundia. La madurez se revelaba en l por un salto atrs;
basele metiendo en el cuerpo la seriedad de los Mirandas; y de amable
calavera, pasaba a hombre de peso. No del todo extraas a tal
metamorfosis deban ser algunas dolencias pertinaces, protesta del
hgado contra el malsano rgimen, mitad sedentario y mitad febril, tanto
tiempo observado por Aurelio. As es que, aprovechando la estancia en
Len, y los conocimientos y acierto singular de Vlez de Rada, dedicose
a reparar las brechas de su desmantelado organismo; y la vida metdica y
la formalidad creciente de sus maneras y aspecto, que en la corte la
perjudicaban revelando que empezaba a ser trasto arrumbado y sin uso,
sirvironle en el timorato pueblo leons de pasaporte, ganndole
simpatas y fama de persona respetable y de responsabilidad y crdito.

Sola Miranda hacer, de pascuas a ramos, tal cual escapatoria a Madrid,
y en una de las ltimas encontr al Don Fulano del seor Joaqun--a
quien llamaremos Colmenar por respetos a su incgnito--, amostazado y
furioso con otro Don Zutano que se empeaba en desbaratarle sus
combinaciones todas y en echarle por tierra todas sus hechuras. No haba
manera de arreglarse con aquel diablo de hombre, que as cortaba y
segaba en el granado campo de los adictos colmenaristas. El destino de
Miranda, a la sazn, estaba comprometidsimo. Peg Miranda al escucharlo
un brinco en el muelle divn.

--Nada, hombre--prosigui Colmenar--: as como te lo digo. Basta que yo
tenga inters en conservar a uno, para que lo barra l.... Es cosa fija.
Y no hay modo de evitarlo. El pega sin duelo.

--Yo--contest Miranda--, si todo se redujese a salir de Len....
Porque, la verdad sea dicha, aquel pueblo me encocora, aunque tiene sus
ventajas... Pero si las cosas llegan ms all, lucido quedo.

--No, pues lo probable es que lleguen.... La fortuna es enemiga de los
viejos, y nosotros vamos sindolo ya.... T ests muy arruinado de algn
tiempo a esta parte. Ese pelo.... Te acuerdas qu famoso pelazo tenas?
Pronto recurriremos ambos al aceite de bellotas, como remedio heroico.

--Hombre...--exclam Miranda atusndose los mechones de las sienes con
el ademn belicoso de los pasados das--. Cualquiera pensar que estoy
calvo. Pues an me defiendo muy bien. Los padecimientos me tienen as,
un poco....

--Ests enfermo? Goteras, chico, goteras!

--Una afeccin heptica, complicada con.... Pero en aquel pueblo
anticuado de Len di con un facultativo de lo ms moderno, un
sabio--apresurose a aadir Miranda viendo el gesto aburrido del
prohombre, que tema el relato de la enfermedad--. Te aseguro que Vlez
de Rada es un prodigio... Materialista cerrado, eso s....

--Como todos los mdicos...--Y Colmenar se encogi de hombros--. Y...
qu tal? Haces muchas conquistas en Len? Son blandas de corazn las
leonesitas?

--Bah! gazmoillas--pronunci Miranda, que en confianza y reserva se
permita su poco de irreligiosidad--. Trenlas los jesuitas embobadas
con cofradas y novenas, y andan comindose los santos.... Sociedad,
poca; cada uno en su casa y Dios en la de todos. No deja, por otra
parte, de convenirme, puesto que he menester descanso y mtodo....

Colmenar oa baja la vista, contando los arabescos de la tupida
alfombra.

Alz al fin la cabeza y diose una palmada en la frente.

--Me ocurre una idea sin ejemplar--dijo, repitiendo la clebre frase del
ministro portugus.--Chico, por qu no te casas?

--No est mala la ocurrencia! S, que son baratas las mujercitas en
estos tiempos... y lo que viene despus! Al que no quiere caldo, taza y
media: a quedarme sin destino voy quizs, y de casamiento me hablas!

--Tonto, no te propongo mujer que te haga peso, sino que te traiga
pesos.

Y el prohombre celebr su propio retrucano disparando larga risa.
Miranda quedose pensativo mascando la miga de la proposicin, cuyas
ventajas le saltaron a los ojos prontamente. Ningn medio ms acertado
para prevenir las embestidas de la mala fortuna y asegurar el dudoso
porvenir, mientras no emigrasen del todo los ya ralos cabellos, y no
desapareciese el barniz de gallarda que an abrillantaba su persona.
Por otra parte, Len era ciudad que involuntariamente sugera ideas
matrimoniales. Qu hacer sino casarse all donde todo era calma y
tedio, donde la soltera inspiraba desconfianza, donde la ms
insignificante aventurilla provocaba los furiosos ladridos del
escndalo? As es que dijo en voz alta:

--Es cierto, chico; en Len le entran a uno ganas de casarse y de vivir
santamente.

--Es que para ti--insisti Colmenar--es ya de necesidad el consorcio.
Aparte de que eres mayor de edad... (aqu sonri maliciosamente) y si no
quieres llamarte soltern debes pensar en bodas, lo reclama tu salud...
y tus pesetas. Si no puedes sostenerte, cmo te las compones? Supongo
que no tendrs economas.

--Economas yo! _Au jour le jour_--dijo Miranda, pronunciando con
cierta soltura la frasecilla transpirenaica.

--Pues entonces, _il faut faire une fin_--replic Colmenar, muy
satisfecho de poder lucirse a su vez.

--El caso es dar con la mujer, con el ave fnix--murmur Miranda
meditabundo--. No, lo que es nias casaderas no faltan; pero yo ahora
perd el rumbo aqu.... Dime t....

--Nias de aqu! Lbrete de ellas Dios! Ms temibles son que el
clera. Sabes t las exigencias que tiene cualquiera de esos angelitos?
Sabes t cmo las gastan?...

--De modo que....

--La mujer que t necesitas est en Len mismo.

--En Len!... S, en efecto acaso all sea ms fcil.... Pero no
veo... Las de Arga, tienen ya novio; Concha Vivares slo es rica en
esperanzas, hay una ta que piensa dejarle su herencia: mas de aqu a
que estire la pata.... La de Hornillos... no; la de Hornillos slo tiene
pergaminos, y eso no se echa en el puchero....

--Te andas por las alturas... el ramo de seoritas est mal: agurdate,
que voy a decirte....

Levantose Colmenar, y abriendo un cajn de su pupitre, sac una tira de
papel, rancia y amarillosa, cubierta de nombres, que recordaba las
listas de proscripcin. Y lista era, en efecto: all estaban inscritos
por riguroso orden alfabtico los feudatarios de la gran personalidad
colmenariana, en las diversas provincias de la Pennsula; haba
apellidos que tenan al pie una A mayscula, que significaba _adicto_;
otros sealados con M A, _muy adicto_, alguno llevaba agregada una D,
_dudoso_.

El prohombre apoy el dedo ndice en uno de las nombres honrados con la
M A.

--Te propongo--dijo Miranda--una nia de pocos aos, que acaso llegue, y
an pase, de los dos millones de capital.

Abri Miranda tamao ojo, y tendi la mano para apoderarse de la
bienhadada lista.

--As como suena!--exclam--. Pero es que no hay como t para tales
hallazgos.

--No conoces en Len a la persona aqu apuntada?--sigui Colmenar
sealando con la ua el rengln de la lista--. Un viejo muy guapo y
fornido, muy tieso an, Joaqun Gonzlez, _el Leons_?

--_El Leons!_ Si no hay cosa que ms conozca. Varias veces vino a
asuntos al Gobierno civil de Len. Claro que le conozco. Y ahora
recuerdo; es verdad que tiene una chica, pero en esa s que no me fij
jams. Se la ve muy poco.

--Hacen vida modesta. Duplicar el capital en diez aos--, para
agenciar es mucho hombre _el Leons_! Un infeliz, un simpln en lo
restante; en poltica no ve ms all de sus narices el pobre; pero ha
sabido crearse una fortuna. No tiene sino esa nia y adora en ella.

--Y crees t que no tendr ya la chiquilla sus amoros?

--Bah... es tan joven! En presentndote t... con tu buen trato, y tu
prctica en tales lides....

--Ser una paleta, fea por aadidura.

--Fue su padre arrogante mozo, y su madre una morena agraciada; por qu
ha de ser fea la chica? Ni hay quince aos feos. Estar por desbastar,
eso s; pero entre t y una modista... cuestin de un mes. Mucho ms
aptas son las mujeres para civilizarse y pulirse que los hombres..
Ensales el instinto de agradar lo que cien maestros no pudieran.

--Y qu dirn de m todas mis relaciones--sobre todo en Len--,
vindome casado con la hija del Leons?

--Bah, bah! eso es cuestin de trasladarse.... En casndoos solicitas
bajo cuerda que te lleven a otro sitio... el viejo se queda por all
cuidando de las rentas, y t y la nia os estis donde nadie sepa si la
engendr un archiduque o el verdugo.... Por de pronto, en la luna de
miel sales con tu mujer a dar una vuelta por Europa, y as te libras de
las hablillas de la primera temporada. Y date prisa, antes que esa panza
se ponga esfrica, y ese cabello.... Ay! Y cmo pasa el tiempo!
Envejecemos que es un dolor.

Miranda contemplaba la punta de su elegante bota de caa clara, y
rascbase la frente cavilando.

--Medio de presentarme en esa casa--pronunci al cabo resueltamente--.
Son personas de poco trato, y es preciso... yo no voy a pasearle la
calle a la mocosa, supongo.

--Llevars una visita ma. El viejo te recibir mejor que al rey!

Y diciendo y haciendo, sentose el prohombre a la mesa atestada de
peridicos, cartas y libros, y tomando un pliego de timbrado papel, dej
correr la mano garrapateando el blanco folio con su letra precipitada,
ininteligible casi, de hombre abrumado de asuntos. Doblolo, deslizndolo
dentro de un sobre, y sin cerrarlo lo entreg a su amigo.

Al levantarse Miranda para despedirse, acercose a Colmenar, y,
hablndole bajo, casi al odo, murmur:

--Ests bien seguro... bien cierto de lo de... los dos mill....

--Me qued corto! No tienes sino informarte all. En conciencia, me
debes una prima--y al decirlo, rease el hombre poltico, y golpeaba a
Miranda en las mejillas, cual si de un nio de ocho aos se tratase.

Con tan alto patrocinio se present Miranda en la pacfica morada del
feudatario colmenarista, siendo en efecto recibido cual lo exiga el
venir de tal persona recomendado. Naturalmente se propuso no aparecer al
pronto como candidato a la mano de Luca. Sobre ser indelicadeza, fuera
carencia de tacto; y adems pretenda Miranda ante todo estudiar el
terreno que pisaba. Hall ser verdad cuanto le haba anunciado el
prohombre y aun algo ms en lo tocante a bienes de fortuna: vio una casa
chapada a la antigua, tosca y popular en sus usos, pero honrada en todo,
y un caudal slido y seguro, diariamente acrecido por la celosa
administracin del seor Joaqun y su sencillez y parsimonia. Es cierto
que el bueno del Leons pareci a Miranda hombre de tediosa compaa, en
todo vulgar e infeliz, corto de alcances, con sus ribetes de mentecato,
pero hubo de sufrirlo, y aun de acomodarse a las ideas del viejo, tanto
que ste lleg a no poder tomar caf ni leer _El Progreso Nacional_,
rgano de Colmenar, sin la salsa de los sabrosos comentarios que Miranda
haca a cada fondo, a cada suelto y gacetilla. Saba Miranda de memoria
el reverso, la cara interna de la poltica, y explicaba desenfadadamente
las solapadas alusiones, las reticencias hbiles, las stiras finas que
en todo peridico importante abundan y son eterno logogrifo para el
cndido suscritor provinciano. De suerte que desde su intimidad con
Miranda, gozaba el seor Joaqun el hondo placer de la iniciacin y
miraba por cima del hombro a sus correligionarios leoneses, no admitidos
en el santuario de la poltica reservada. Adems de estos gustos que a
la relacin con Miranda deba, esponjbase el buen viejo--que ya sabemos
cun poco tena de filsofo--cuando le encontraban las gentes mano a
mano con tan bien portado caballero, ntimo del gobernador y familiar
comensal de las gentes ms encopetadas de la ciudad.

Vio Luca sin disgusto al corts y afable Miranda, y repar con pueril
curiosidad el aseo de su persona, su calzado pulcro, sus nveos cuellos,
los caprichosos dijes de su reloj y corbata: que toda mujer, comprndalo
o no, se paga de exterioridades y menudencias por este estilo. Adems,
posea Miranda--y la despleg--, una ciencia que llamar pudiramos la de
agradar por diversin. Traa a la nia diariamente alguna baratija, para
ella desconocida hasta entonces, ya un cromo, ya una fotografa, ya
lindas flores, ya nmeros de peridicos ilustrados, ya novelas de Fernn
Caballero o de Alarcn; y las graciosas chucheras que por las puertas
de la anticuada casa se entraban, como partculas de la vida moderna,
eran otras tantas bocas encomiadoras del dadivoso. Acert ste a ponerse
al nivel de conversacin de Luca, y mostrose muy enterado de cosas
femeniles, infantiles dijera mejor; y lleg el caso de que la nia le
consultase acerca de su peinado, de sus trajes, y Miranda muy serio le
dispusiese bajar o subir dos centmetros el talle o el moo. Tales
incidentes variaban un poco los iguales das de la doncellita leonesa,
prestando atractivo al trato de su disimulado pretendiente.

En Len caus al principio sorpresa grande que el currutaco Miranda
eligiese por amigo a un seor Joaqun, hombre en cuyos cuadrados hombros
pareca soldada y remachada la chaqueta; ms presto anduvo la malicia el
camino necesario para llegar a racional explicacin del fenmeno, y
comenz Luca a recibir larga broma de sus compaeras, que la aturdan a
fuerza de glosar la pasin del seor de Miranda, sus atenciones, sus
obsequios y rendimientos. Recibi ella la descarga risuea y
sosegadamente, sin un sonrojo, sin perder minuto de sueo, sin que el
latir del corazn se le acelerase cuando Miranda, desahogado siempre,
repicaba la campanilla o entraba haciendo ruido con las flamantes botas.
Como ningn amoroso requiebro de Miranda vino a confirmar los dichos de
las gentes, estaba Luca descuidada y tranquila lo mismo que de
costumbre. Pero Miranda, resuelto ya a dar cima a su empresa, y
considerando suficiente la preparacin, un da, despus de haber tomado
caf y ledo _El Progreso Nacional_ con el seor Joaqun, le pidi
redondamente a su hija.

Quedose el Leons hecho un papanatas, sin saber qu decir ni qu cara
poner. Realizbase del todo su sueo: el ingreso de Luca en la esfera
seoril tan ambicionada. Mas seamos justos con el seor Joaqun: no le
falt, en tan supremos instantes, la percepcin lcida de ciertos puntos
negros de la boda. Vio las edades diferentes, la hacienda de Miranda
incgnita, y clara y cierta la rica dote de su hija; en suma, tuvo
intuiciones pasajeras del clculo inicuo que envolva la demanda. El
demandante se mostr hbil estratgico previniendo en cierto modo la
sospecha, y anticipndose a los pensamientos del padre.

--Yo--dijo--no tengo bienes de fortuna; poseo mi carrera, eso s
(Miranda haba aprovechado los primeros aos de su juventud hacindose
licenciado en Derecho, como suele la mayora de los espaoles), y si el
destino me faltase, me sobran nimos para trabajar y abrir bufete con
muy lucida clientela en Madrid. Deseo que mi mujer goce de cmoda
posicin, pero para ella, por ella sola; nada para m; yo me basto a m
mismo. La diferencia de caudal me retrajo mucho tiempo de pedir a Luca;
pero pudo ms el afecto que me inspira tan preciosa e inocente
criatura.... As y todo, a no asegurarme Colmenar que usted es persona
desinteresada y de nimo generoso, no me decidiera nunca....

--El seor Colmenar me favorece ms de lo que merezco--respondi muy
hueco el Leons--; pero estas cosas han de pensarse.... Dese usted una
vuelta por ah....

--Dentro de quince das vendr a saber su resolucin--repuso
discretamente Miranda cogiendo el sombrero.

Pasolos dado a Satans, porque era ciertamente ridculo para un hombre
de sus nfulas y categora pedir la hija de un tendero de ultramarinos,
y haber de esperar, como quien dice, en la antesala de la lonja, a que
se dignasen abrirle la puerta. Entretanto, el seor Joaqun, leyendo
solo el peridico y paladeando solo el caf, vena a echarle muy de
menos, e base arraigando en su mente la idea de la boda. Cada da
consideraba ms adecuado para yerno al amigo de Colmenar. Con todo, hizo
lo que suelen las gentes que gustan de seguir su inclinacin sin
contraer responsabilidad: asesorarse con algunas personas acerca del
asunto, esperando que su aprobacin le escudase. Hubo de salirle
frustrado el intento. El Padre Urtazu, consultado primero, exclam con
su franqueza navarra:

--A gato viejo rata tierna. No se pierde el don almibarado y pulido.
Pero no ve, desgraciado, no ve que el merengue ese puede ser padre de
Luca? Sabe Dios las liebres que en su vida habr corrido! Santsima
Virgen qu de historias llevar escondiditas en los bolsillos del
levitn!

--Pero usted, qu hara en mi caso, Padre Urtazu?

--Yo? Pensarlo, en vez de quince das, un ao; y otro ao despus, por
lo que pudiera tronar!

--Por vida de la Constitucin! Usted, Padre, no ha notado los mritos
del seor don Aurelio.

--Los mritos... los mritos.... vaya unos mritos! Pch, pch! Si es
mrito ir todo sopladico, y enseando diez centmetros de puo de
camisa... y darla de mozalbete, estando peor que yo, que canas tengo,
pero al menos no se me cae la hoja!

Y el Padre Urtazu se tiraba enrgicamente de los cortos cabellos
entrecanos que en sus sienes crecan, fuertes como matas de abrojos.

--Qu dice a eso la chica?--interrog despus de sbito.

--No hemos hablado an....

--Pues eso es lo primero, desgraciado! Ay, que con los aos se nos va
reblandeciendo la mollera! A qu aguarda?

Vlez de Rada fue todava ms terminante y categrico.

Casar a su hija de usted con Miranda!--grit enarcando las cejas y
colrico y descompuesto--. Est usted loco! El mejor ejemplar de raza
que de diez aos a esta parte encontr! Una nia que tiene glbulos
rojos en la sangre, bastantes para surtir a cuantas muequillas anmicas
se pasean por Madrid! Una estatura! Un equilibrio! Unos dimetros! Y
con Miranda, que... (aqu la discrecin profesional sell los labios del
mdico, y rein silencio en la estancia.)

--Seor Rada...--os decir el seor Joaqun, que no entenda bien.

--Sabe usted, sabe usted cul es el deber del padre que tiene una hija
como Luca? Pues buscar, como otro Digenes, un hombre que en
constitucin y riqueza de organismo la iguale, y unirlos. Le parece a
usted que con este descuido que hay en los enlaces, con los sacrlegos
consorcios que solemos presenciar entre naturalezas pobres, viciadas,
enfermas, y naturalezas sanas, es posible que muy pronto, a la vuelta de
tres o cuatro generaciones, sobrevenga la decadencia fatal de estos
pueblos de Europa? O qu, se puede impunemente transmitir a nuestros
tataranietos veneno y pus, en vez de sangre?

Sali el seor Joaqun del gabinete del Esculapio un tanto asustado,
pero an ms confuso, sirvindole nicamente de consuelo el pensar que
las desdichas vaticinadas a su prosapia no ocurriran hasta dentro de un
siglo lo ms pronto. Y el ltimo percance que en sus consultas
matrimoniales le esperaba, fue con una hermana suya viejsima, en sus
mocedades planchadora y hoy pensionada y socorrida de su hermano. La
infeliz, que arrastrado, haba con su difunto vida de perros, exclam en
cascajosa voz, alzando las secas manos y meneando la cabeza temblona:

--Miranda? Miranda? Ser un pillo, un condenado: todos los hombres
son unos condenados! que los parta un ra....

No quiso or ms el Leons, y dio por terminadas las consultas.

Faltaba el fondo de la cuestin, el parecer de Luca. Quebrbase el
padre la cabeza en busca de un medio diplomtico de averiguarlo, cuando
la misma nia se lo proporcion.

--Pap--interrog un da con la mejor fe del mundo--, estar enfermo el
seor de Miranda? Hace das que no viene por aqu.

Asi de los cabellos la ocasin el Sr. Joaqun y expuso los planes de
Miranda. Luca escuchaba atenta, con la sorpresa pintada en sus
brillantes ojos.

--Mire usted--pronunci al cabo--. Pues acertaban Rosarito y Carmela al
asegurar que el seor de Miranda vena a esta casa por m. Pero, quin
lo dijera!

--Vamos, hija; qu le contesto a ese seor?--pregunt afanoso el
Leons.

--Pap... qu s yo? Nunca pens que quisiera casarse conmigo.

--Pero a ti.... te gusta el seor de Miranda?

--S que me gusta. Todava es muy buen mozo, declar Luca con
naturalidad.

--Y su genio... y su trato...?

--Muy obsequioso, muy amable.

--Te repugna la idea de que viviese siempre aqu... con nosotros?

--No tal. Al contrario. Si me divierte mucho cuando viene.

--Pues.... por vida de la Constitucin! T tambin ests enamorada del
seor de Miranda!

--Mire usted.... eso s que me parece que no! Yo no he pensado despacio
en esas cosas, ni s cmo ser el enamorarse; pero se me figura que debe
ser as... ms de bullanga, y que entrar... vamos, ms de prisa y ms
recio.

--Pero esos amores de bullanga, qu falta hacen para ser buenos
casados?

--Yo supongo que ninguna. Para ser buenos casados, dice el Padre Urtazu
que lo preciso es la gracia de Dios... y paciencia, mucha paciencia.

El padre le dio, con su ancha diestra, una palmadita en la mejilla.

--Hablas como un libro... por vida de la Const.... conque, segn eso,
voy a darle un buen rato al seor de Miranda?

--Ay, padre! El asunto merece pensarse: hgame usted el favor de
pensarlo por m! Qu entiendo yo de bodas, ni de?...

--Pues mira, ya eres grandullona.... Eres demasiado simplota t.

--No--exclam Luca posando en el viejo su clara mirada--: si no es que
soy simple, es que no quiero entender; lo oye usted? Porque si comienzo
a cavilar en esas cosas, doy en no comer, en no jugar, en no dormir...
Esta noche de fijo no pegara ojo... y despus dice el seor de Rada, en
latn, que enfermo del cuerpo y que vendr a enfermar del alma.... No
quiero acordarme sino de mis juegos, y de mis lecciones; de eso no,
padre, porque se me va adelgazando, adelgazando el magn, y me paso
horas enteras con las manos cruzadas, sentada, hecha un poste.... El
caso es que cuando me da por ah, se me antoja que ni todos los hombres
del mundo juntos valen lo que un novio como me finjo yo al mo... que
tampoco est en el mundo, no crea usted! est all en unos palacios, y
en unos jardines muy remotos.... En fin, no s explicarme; usted
comprende?

--Te habrn metido en la cabeza ser monja, como gueda, la nia de la
directora del colegio!--grit el seor Joaqun, con ira.

--Ca!... no seor--murmur Luca, cuya tez animada y encendida pareca
fresqusima rosa--. No sera monja por un imperio.... No me llama Dios
por ese camino.

--Est visto--pens el seor Joaqun para su capote--: hierve la olla; a
esta chica hay que casarla. Y en voz alta: pues siendo as, nia, creo
que no debes hacer un desaire al seor de Miranda. Es todo un seor... y
en poltica, vamos, es mucho olfato el suyo! A ti no te desagrada?

--Ya he dicho que no--repuso Luca, en tono ms tranquilo.

La misma tarde fue el Leons a llevar en persona a Miranda la
satisfactoria respuesta.

Colmenar escribi al seor Joaqun una carta que tuvo que leer. Y no
transcurridos muchos das, dijo Miranda al presunto suegro, en tono
satisfecho y confidencial:

--Nuestro amigo Colmenar apadrina; delega en usted y enva esto para la
novia.

Y sac de su estuche de raso un abanico de ncar, cuyo delicado pas de
encaje de Bruselas temblaba al aliento como la espuma del mar al soplo
de la brisa. Referir lo orondo que se puso el seor Joaqun, fuera
empresa superior a las fuerzas humanas. Pareciole que la personalidad
_prohmbrica_ del insigne jefe de partido, repentinamente y por arte de
birlibirloque se confundiera con la suya; creyose metamorfoseado,
idntico con su dolo, y no cupo en su pellejo, y borrronse los recelos
que a veces senta an pensando en el cercano desposorio. Ganoso de no
quedarse atrs de Colmenar en generosidad, amn de sealar pinges
alimentos a Luca, le regal una suma redonda, destinada a invertirse en
el viaje de novios, cuyo itinerario traz Miranda, comprendiendo a Pars
y a ciertas bienhechoras aguas minerales, recetadas tiempo atrs por
Rada, como remedio soberano para la ditesis heptica. La idea del viaje
no dej de parecer extraa al seor Joaqun. Al casarse l, no hizo
excursin ms larga que el trayecto de la portera a la lonja. Pero
considerando que su hija entraba en superior rango, hubo de admitir los
usos de la nueva categora, por singulares que fuesen. Miranda se lo
pint as, y el seor Joaqun convino en ello: las inteligencias
medianas ceden siempre al aplomo que las fascina.

El que conozca un tanto las ciudades de provincia, imaginar fcilmente
cunto comentario, cunta murmuracin declarada o encubierta provoc en
Len la boda del importante Miranda con la obscura heredera del ex
lonjista. Hablose sin tino ni mesura; quin censuraba la vanidad del
viejo, que harto al fin de romper chaquetas, quera dar a su hija viso y
tono de _marquesa_ (Miranda pareca a no pocas gentes el tipo clsico
del marqus). Quin hincaba el diente en el novio, hambrn madrileo,
con mucho aparato y sin un ochavo, venido all a salir de apuros con las
onzas del seor Joaqun. Quin describa satricamente la extraa figura
de Luca la mocetona, cuando estrenase sombrero, sombrilla y cola larga.
Mas estos runrunes se estrellaban en la orgullosa satisfaccin del seor
Joaqun, en la infantil frivolidad de la novia, en la corts y mundana
reserva del novio. Fiel Luca a su programa de no pensar en la boda
misma, pensaba en los accesorios nupciales, y contaba gozosa a sus
amigas el viaje proyectado, repitiendo los nombres eufnicos de pueblos
que tena por encantadas regiones; Pars, Lyn, Marsella, donde las
nias imaginaban que el cielo sera de otro color y lucira el sol de
distinto modo que en su villa natal. Miranda, a cuenta de un emprstito
que negoci contando satisfacerlo despus a expensas del generoso
suegro, hizo venir de la corte lindas finezas, un aderezo de brillantes,
un cajn atestado de lucidas galas, envo de renombrado sastre de
seoras. Mujer al cabo Luca, y nuevos para ella tales primores, ms de
una vez, como la Margarita de _Fausto_, se colg ante un espejillo los
preciosos dijes, complacindose en sacudir la cabeza a fin de que
fulgurasen los resplandores de los pendientes y las flores de pedrera
salpicadas por el obscuro cabello. En esto se solazan las mujeres cuando
son nias, y todava muchsimo tiempo despus de dejar de serlo. Pero
Luca no era nia para siempre.




-III-


Segua corriendo el tren, y la desposada no lloraba ya. Apenas se
advertan en su rostro huellas de llanto, ni sus prpados estaban
enrojecidos. As acontece con las lgrimas que vertemos por las primeras
penillas de la vida: llanto sin amargura, roco leve, que antes refresca
que abrasa. Comenzaban a entretenerla las estaciones y la gente que se
asomaba curiosa a la portezuela, escudriando el interior del
departamento. Llova preguntas sobre Miranda, el cual daba pormenores de
todo, esmerndose en divertirla, y entreverando con las explicaciones
alguna terneza, que la nia escuchaba sin turbarse, parecindole
naturalsimo que el esposo mostrase afecto a la esposa, sin que el ms
leve oscilar de su corpio delatara la dulce confusin que el amor
despierta. Hallbase ya en su centro Miranda, habiendo cesado los lloros
y reaparecido el buen humor y el temple normal del nimo. Satisfecho de
tal resultado, hasta bendeca interiormente a una de sus causas, una
vejezuela que con enorme banasta al brazo se col en el departamento
algunas estaciones antes de Palencia, y cuya grotesca facha ayud a
llamar la sonrisa a los labios de Luca.

Al llegar a Palencia, dejolos la vejezuela y subi un hombre grave,
decentemente vestido, silencioso.

--Se parece a pap--dijo Luca en voz baja a Miranda--. Pobrecillo!--Y
esta vez slo un suspiro pag la deuda del amor filial.

Caa ya la noche; andaba el tren lentamente, como si temblase de pavor
al confiarse a los rales, y observ Miranda que llevaba notable
retraso.

--Llegaremos a Venta de Baos--pronunci volviendo la hoja del
_Indicador_--mucho ms tarde de lo que se acostumbra.

--Y en Venta de Baos...--interrog Luca.

--Podemos cenar... si nos dan tiempo. En circunstancias ordinarias, no
slo se cena, sino que hasta se descansa un rato, esperando el otro
tren, el expreso, el que ha de llevarnos a Francia.

--A Francia! (Luca palmote como si escuchase nueva inesperada y
gratsima.) Reflexionando despus, aadi en voz grave--: Pues lo que es
yo tengo ganas de cenar.

--Cenaremos, cenaremos: al menos para cenar espero que nos alcanzar el
rato que dure la parada.... Hay apetito, eh? Ello es que... que t no
has probado casi nada hoy....

--Con la prisa y el ahogo... y atender a que sirviesen bien los
chocolates... y la pena de dejar al pobre pap, y de verle tan
alicado... y tambin....

--Qu ms?

--Y vamos! que eso de casarse no sucede todos los das... y es natural
que trastorne un poco... es cosa grave, muy grave, ya me lo avis el
Padre Urtazu..., y as es que yo anoche no pegu ojo, y cont todas las
horas, las medias y los cuartos que dio el cuco de la antesala... a cada
campanada que oa.... tam, tam!, exclamaba yo maldito! agurdate, que
voy a taparme la cara con las sbanas, y a llamar el sueo, y no
volvers a hacer de las tuyas..., pero ni por esas. Ahora, como ya pas,
es lo mismo que cuando hay que saltar un foso muy ancho: se salta,
zas!, y ya no se piensa en ello. Se acab!

Miranda se rea, sentado prximo a su novia, mirndola de cerca y
hallndola muy linda, transformada casi con el tocado de viaje y la
animacin que encenda sus mejillas y arrebolaba su fresca tez. Luca
tambin comenzaba a recobrar la antigua familiaridad con Miranda, algo
interrumpida ltimamente por la novedad de la situacin respectiva de
ambos.

--No se ra usted de mis tonteras, seor de Miranda--murmur la nia.

--Hazme el favor de no equivocarte, hija... me llamo Aurelio, y debes
hablarme de t como yo a ti.... sabes?

Todo este dilogo pasaba en discreto tono, a media voz, inclinados el
uno hacia el otro ambos interlocutores, con misterioso y casi amante
silabeo. El testigo de vista, silencioso, recostado en un ngulo,
impona a la pltica de los esposos, pltica llana y corriente, cierta
intimidad y secreto que acrecentaban su atractivo, dndole visos de
tierno coloquio. Las mismas cosas, dichas en alto, seran indiferentes y
sencillas por dems. De ordinario sucede as, que no sean las palabras
importantes en s mismas, sino por el tono con que se pronuncian y el
lugar en que se colocan, a la manera de menudas piedrecillas que
incrustadas convenientemente en la labor de mosaico, ya dibujan un
rbol, ya una casa, ya un rostro.

Detvose al cabo el tren en Venta de Baos, y las luces de la estacin
mostraron su encendida pupila a travs de la niebla leve de sosegada
noche de otoo.

--Es aqu? Es aqu donde nos bajarnos y se cena?--pregunt Luca, a
quien el suceso, nuevo para ella, de una cena en la estacin, abra a un
tiempo apetito y curiosidad.

--Aqu--contestole Miranda en tono mucho menos regocijado--. Ahora,
cambio de tren! Los suprimira todos! No hay cosa ms incmoda. Busque
usted el equipaje para que no se lo lleven a Madrid... mueva usted todos
esos embelecos....

Diciendo lo cual, cogi de la red manta, saco y lo de paraguas; pero
Luca con su juvenil vigor y sus hbitos de hija del pueblo arrebatole
de la mano lo ms pesado, el saco, y brincando, ligera como un ave, al
suelo, dio a correr hacia la fonda.

Sentronse a la mesa dispuesta para los viajeros, mesa trivial, sellada
por la vulgar promiscuidad que en ella se estableca a todas horas; muy
larga y cubierta de hule, y cercada como la gallina de sus polluelos, de
otras mesitas chicas, con servicios de t, de caf, de chocolate. Las
tazas, vueltas boca abajo sobre los platillos, parecan esperar
pacientes la mano piadosa que les restituyese su natural postura; los
terrones de azcar empilados en las salvillas de metal, remedaban
materiales de construccin, bloques de mrmol blanco desbastados para
algn palacio liliputiense. Las teteras presentaban su vientre
reluciente y las jarras de la leche sacaban el hocico como nios mal
criados. La monotona del prolongado saln abrumaba. Tarifas, mapas y
anuncios, pendientes de las paredes, prestaban al lugar no s qu
perfiles de oficina. El fondo de la pieza ocupbalo un alto mostrador
atestado de rimeros de platos, de grupos de cristalera recin lavada,
de fruteros donde las pirmides de manzanas y peras pardeaban ante el
verde fuerte del musgo. En la mesa principal, en dos floreros de azul
porcelana, acababan de mustiarse lacias flores, rosas tardas, girasoles
inodoros. Iban llegando y ocupando sus puestos los viajeros, contrado
de tedio y de sueo el semblante, caladas las gorras de camino hasta las
cejas los hombres, rebujadas las mujeres en toquillas de estambre,
oculta la gentileza del talle por grises y largos impermeables,
descompuesto el peinado, ajados los puos y cuellos. Luca, risuea, con
su ajustado casaqun, natural y sonrosada la color del semblante,
descollaba entre todos, y dijrase que la luz amarillenta y cruda de los
mecheros de gas se concentraba, proyectndose nicamente sobre su cabeza
y dejando en turbia media tinta las de los dems comensales. Les
trajeron la comida invariable de los fondines: sopa de hierbas, chuletas
esparrilladas, secos alones de pollo, algn pescado recaliente, jamn
fro en magrsimas lonjas, queso y frutas. Hizo Miranda poco gasto de
manjares, despreciando cuanto le servan, y pidiendo imperativo y en voz
bastante alta una botella de Jerez y otra de Burdeos, de que escanci a
Luca, explicndole las cualidades especiales de cada vino. Luca comi
vorazmente, soltando la rienda a su apetito impetuoso de nio en da de
asueto. A cada nuevo plato, renovabsele el goce que los estmagos no
estragados y hechos a alimentos sencillos hallan en la ms leve novedad
culinaria. Palade el Burdeos, dando con la lengua en el cielo de la
boca, y jurando que ola y saba como las violetas que le traa Vlez de
Rada a veces. Mir al trasluz el lquido topacio del Jerez, y cerr los
ojos al beberlo, afirmando que le cosquilleaba en la garganta. Pero su
gran orga, su fruto prohibido, fue el caf. No acertaremos jams los
mnimos y escrupulosos cronistas del seor Joaqun el Leons, cul fuese
la razn secreta y potsima que le llev a vedar siempre a su hija el
uso del caf, cual si fuese emponzoada droga o pernicioso filtro: caso
tanto ms extrao cuanto que ya sabemos la aficin desmedida, el amor
que al caf profesaba nuestro buen colmenarista. Privada Luca de gustar
de la negra infusin, y no ignorante de los tragos que de ella se echaba
su padre al cuerpo todos los das, dio en concebir que el tal brebaje
era el mismo nctar, la propia ambrosa de los dioses, y sucedale a
veces decir a Rosarito o a Carmela:

--Deja, que en casndome, yo tomar caf. Pues no!

No era muy genuino, ni muy aromtico el del fondn de Venta de Baos; y
con todo eso, al introducir en sus labios por vez primera la cucharilla,
al sentir el leve amargor y el tibio vaho que la penetraban, experiment
Luca hondo estremecimiento, algo como una expansin de su ser, cual si
a un tiempo se abriesen sus sentidos, semejantes a capullos de arbusto
que a la vez florecen todos. La copa de _chartreuse_, bebida despacio,
le dej en la lengua y en los dientes un aroma penetrante y
fortalecedor, una sed grata, ligersima, que apagaban los sorbos ltimos
del caf, saturados del fino polvillo que en remolinos lentos se
depositaba en el fondo de la taza.

--Si viniese pap ahora--murmur--, qu dira!

Miranda y Luca fueron los ltimos en alzarse de la mesa. Los restantes
viajeros se desparramaran ya por el andn a fin de coger sitio en el
expreso, que acababa de llegar y detenerse, vibrante an de su rpida
marcha, en la estacin.

--Vamos--advirti Miranda--, vamos, que el tren va a salir.... No s si
hallaremos un departamento desocupado.

Emprendieron su peregrinacin, recorriendo la lnea de vagones, en busca
del departamento vaco. Hallronle, al fin no sin trabajo, y tomaron
posesin de l, arrojando sus fardos en los almohadones. La luz opaca
del farol, filtrndose a travs de la cortinilla de azul tafetn; el
gris uniforme y mate del forro, que pareca blanquecina colgadura; el
silencio, la atmsfera reposada, sucediendo a la claridad brutal y a la
confusa batahola del fondn, convidando estaban a apacible sueo y
sosiego. Desabroch Luca la goma de su sombrero, colocndolo en la red.

--Estoy aturdida--dijo pasndose la mano por la frente--. Me pesa algo
la cabeza; tengo calor.

--Los licores.... Las bebidas--respondi festivamente Miranda--.
Descansa un instante, mientras facturo el equipaje. Es formalidad
precisa aqu....

Diciendo esto, levant uno de los cojines del coche; meti debajo su
manta enrollada para que formase cabecera, alz el brazo de silln que
divida los dos cojines, y aadi:

--Una cama pintiparada!

Sac Luca del bolsillo un paolito de seda, con esmero doblado, lo
extendi delicadamente sobre el cojn, y se tendi reclinando la cabeza
en donde el pauelo impeda el roce con el pao sobado del forro.

--Si me duermo--advirti a Miranda--, despirtame cuando pase algo digno
de verse.

--Pierde cuidado--contest Miranda rindose--. Vuelvo en seguida.

Quedose Luca sola, cerrados ya los ojos, embargadas por grato sopor las
potencias. Fuese el movimiento del tren, fuese el insomnio de las
vsperas nupciales, fuese el hbito de acostarse en Len a aquella misma
hora de diez y media de la noche, o todas estas cosas juntas, ello es
que el sueo caa sobre ella como un manto de plomo. Aflojbanse sus
tirantes nervios, y corra por sus venas esa inexplicable sensacin de
calor rtmico, que anuncia que el curso de la sangre regulariza, y que
el reposo comienza. Hizo Luca la seal de la cruz, entre dos bostezos,
murmur un Padrenuestro y un Avemara, y dio principio a una oracin
aprendida en el devocionario, y escrita en detestables versos, que
comienza:

          Del prvulo tierno,
          cndido e inocente,
          Dios justo y clemente
          el sueo me dad...

Operaciones todas que si haban de espantar la somnolencia, la atrajeron
ms y ms. De la boca de Luca se exhal leve suspiro; su mano cay
inerte, y la nia se qued sepultada en el sueo ms suelto y profundo,
cual si entre blandas sbanas lo gozase.

Entregbase mientras tanto Miranda a la importante tarea de facturar el
equipaje, no escaso, compuesto de dos bales mundos, una sombrerera y un
cajn especial de tela y cuero, a propsito para guardar de arrugas el
planchado de sus camisas de vestir. Fuerza fue esperar pacientemente el
turno de bultos rotulados A. M., frente al gran mostrador, donde se
alineaba respetable fila de maletas, cajas y cajones de toda especie que
iban trayendo a hombros los mozos de la estacin, agobiados, hinchadas
las venas del cuello. Cuando llegaban al mostrador, dbanse prisa a
soltar la carga de golpe, con movimientos brutales, haciendo crujir la
madera de los bales y gemir y rechinar los aros de hierro que la
afianzan. Al cabo logr Miranda que llegase su vez, y ya con el taln en
el bolsillo, salt del andn a la va triple buscando su departamento.
Costole algn trabajo, y abri en balde varias puertas antes de dar con
l; al abrirlas, sola asomarse una cabeza, y una voz spera decir:
est lleno. En otros departamentos vio formas confusas, gente
acurrucada en los rincones o tumbada en los cojines. Al fin acert,
reconoci su sitio.

El cuerpo de Luca, tendido sobre la improvisada cama, era complemento
de la paz, de la quietud de aquella movible alcoba. Miranda consider a
su desposada un rato, sin que se le ocurriesen las cosas sentimentales y
poticas que la situacin pareca sugerir.

--Es guapa de veras esta chica--pensaba el hombre maduro y experto--.
Sobre todo, tiene su tez la pelusa de los albrchigos cuando no les han
tocado y cuelgan an en la rama. Ese diablo de Colmenar parece que
adivina todas las cosas... otro me hubiera dado los millones con alguna
virgen y mrtir de cuarenta aos.... Pero esto es miel sobre hojuelas,
como suele decirse.

Al glosar as su dicha, quitbase Miranda el sombrero y buscaba en los
bolsillos del sobretodo la gorrilla de viaje roja y negra a cuarterones.
Hay movimientos que por instinto nos recuerdan otros, cuando los
ejecutamos. El antebrazo de Miranda, al descender, not un vaco, la
falta de algo que antes le estorbaba. Y el dueo del antebrazo, al
advertirlo, dio brusco salto, y empez a mirarse de abajo arriba, y las
manos trmulas recorrieron y palparon el pecho y la cintura sin hallar
nada; y la boca, impaciente y colrica, solt en voz ahogada tacos,
ternos y votos redondos; y el puo cerrado hiri la desmemoriada frente,
como evocando el recuerdo con aquel cachete expresivo: llamado as el
recuerdo, acudi por ltimo; al cenar, habase quitado la cartera, que
le molestaba para comer, y pustola a su lado sobre una silla vacante.
All deba de estar. Era forzoso recogerla. Pero, y el tren que iba a
salir! Ya roncaban las chimeneas, bufando como erizados gatos, y dos o
tres silbos agudos preludiaban la marcha. Miranda tuvo un segundo de
indecisin.

--Luca--dijo en voz alta.

Y contestole slo el respirar igual y fuerte de la nia, indicando un
sueo tenaz y hondo.

Entonces se decidi prontamente, y con agilidad digna de un muchacho de
veinte aos, salt a la va y rompi a correr hacia la fonda. No es para
perdida cartera como aquella, repleta de dinero en sus formas ms
variadas y seductoras: oro, plata, billetes de Banco, letras. Se
precipitaba.

Extinguido ya la mayor parte del alumbrado en el fondn, slo arda una
bomba en cada cudruple mechero; los mozos charlaban sentados en los
rincones, o conducan perezosamente a la cocina obeliscos de platos
grasientos y sucios, y montones de arrugadas servilletas. En la mesa
grande, casi vaca, se alzaban solitarios los altos floreros, y a la luz
escasa era lgubre la mancha blanca del enorme mantel, semejante a un
sudario. Sobre el mostrador, un quinqu de petrleo despeda en torno un
crculo de claridad anaranjada, concreta, y el amo del
establecimiento--sirvindole de pupitre la tableta de mrmol--, escriba
guarismos en una gran agenda. Miranda, azorado, se lleg a l,
acercndose mucho, tocndole casi:

--Caballero...--pregunt con voz anhelante--ha visto usted por ah...
han recogido los mozos?...

El amo alz el rostro, rostro franco, patilludo y vulgar.

--Una cartera? S, seor.

Respir anchamente el amigo de Colmenar.

--Es de usted?--interrog receloso el fondista.

--Ma, s! Dmela usted sin prdida de tiempo: va a salir el tren....

--Tenga usted la bondad de facilitarme alguna sea....

--Color encarnado obscuro... de piel de Rusia... broches plateados....

--Basta, basta--dijo el fondista, que tom de un cajn del mostrador la
preciosa prenda, entregndola honradamente a su poseedor legtimo. El
cual, no parndose a reconocerla, se la colg en un abrir y cerrar de
ojos, sepult la mano en el bolsillo del chaleco, y sacando un puado de
monedas de plata, las desparram sobre el mrmol, exclamando: para los
mozos. La accin fue tan rpida, que algunas rodaron, y despus de
danzar sobre la lisa superficie, vinieron a aplanarse con sonoro taido.
An duraba el argentino repique y ya Miranda volaba. En su aturdimiento
no acertaba con la puerta.

--Que sale el tren, caballero--le gritaron los mozos--. Por aqu... por
aqu....

Lanzose desatinado al andn: el tren, con prfida lentitud de reptil,
comenzaba a resbalar suavemente por los rieles. Miranda le ense los
puos, y un sentimiento de impotente y fra rabia apoderose de su
espritu. As perdi un segundo, un segundo precioso. El andar del
convoy se aceleraba, como el columpio que, empezando a oscilar, describe
a cada paso curvas ms abiertas, y vuela con bro mayor por los aires.
Precipitadamente y sin mirar al terreno, salt Miranda a la va, para
alcanzar los vagones de primera, que en aquel punto desfilaban ante sus
ojos, como mofndose de l. Quiso lanzarse al estribo, pero al tocarle
fue despedido a la va con gran violencia, y cay, sintiendo agudo y
repentino dolor en el pie derecho. Quedose en el suelo, medio
incorporado, profiriendo una imprecacin de esas que en Espaa los
hombres ms preciados de distinguidos y elegantes no recelan tomar del
lenguaje patibulario de los facinerosos. El tren, rugiente, majestuoso y
veloz, cruz ante l, despidiendo la negra mquina centellas de fuego,
semejantes a espritus fantsticos danzando entre las tinieblas
nocturnas.

Pocos momentos despus de que Miranda baj a recoger su cartera, habase
abierto la puerta del departamento donde quedaba Luca dormida,
penetrando por ella un hombre. Llevaba ste en la mano un maletn, que
dej caer a su lado, sobre los cojines. Cerrando la portezuela, sentose
en un ngulo, pegada la frente al vidrio, fro como el hielo y empaado
por el roco de la noche. No se vea ms que la negrura exterior, que
apenas contrastaba la confusa penumbra del andn, el farolillo del
guarda que lo recorra, y los mustios reverberos aqu y all esparcidos.
Cuando el tren rompi a andar, pasaron unas chispas, rpidas como
exhalaciones, ante el cristal en que apoyaba su rostro el recin
llegado.




-IV-


Al cual no dej de parecer extraa y desusada cosa--as que, cesando de
contemplar las tinieblas, convirti la vista al interior del
departamento--el que aquella mujer, que tan a su sabor dorma, se
hubiese metido all en vez de irse a un reservado de seoras. Y a esta
reflexin sigui una idea, que le hizo fruncir el ceo y contrajo sus
labios con una sonrisa desdeosa. No obstante, la segunda mirada que
fij en Luca le inspir distintos y ms caritativos pensamientos. La
luz del reverbero, cuya cortina azul descorri para mejor examinar a la
durmiente, la hera de lleno; pero segn el balanceo del tren, oscilaba,
y tan pronto, retirndose, la dejaba en sombra, como la haca surgir,
radiante, de la obscuridad. Naturalmente se concentraba la luz en los
puntos ms salientes y claros de su rostro y cuerpo. La frente, blanca
como un jazmn, los rosados pmulos, la redonda barbilla, los labios
entreabiertos que daban paso al hlito suave, dejando ver los nacarinos
dientes, brillaban al tocarlos la fuerte y cruda claridad; la cabeza la
sostena con un brazo, al modo de las bacantes antiguas, y su mano
resaltaba entre las obscuridades del cabello, mientras la otra penda,
en el abandono del sueo, descalza de guante tambin, luciendo en el
dedo meique la alianza, y un poco hinchadas las venas, porque la
postura agolpaba all la sangre. Cada vez que el cuerpo de Luca entraba
en la zona luminosa, despedan ureo destello los botones de cincelado
metal, encendindose sobre el pao marrn del levitn, y se entrevea, a
trechos de la revuelta falda, orlada de menudo volante a pliegues, algo
del encaje de las enaguas, y el primoroso zapato de bronceada piel, con
curvo tacn. Desprendase de toda la persona de aquella nia dormida
aroma inexplicable de pureza y frescura, un tufo de honradez que
trascenda a leguas. No era la aventurera audaz, no la mariposuela de
vuelo bajo que anda buscando una buja donde quemarse las alas; y el
viajero, dicindose esto a s mismo, se asombraba de tan confiado sueo,
de aquella criatura que descansaba tranquila, sola, expuesta a un
galanteo brutal, a todo gnero de desagradables lances; y se acordaba de
una estampa que haba visto en magnfica edicin de fbulas ilustradas,
y que representaba a la Fortuna despertando al nio imprevisor
aletargado al borde del pozo. Ocurrisele de pronto una hiptesis: acaso
la viajera fuese una _miss_ inglesa o norteamericana, provista de
rodrign y paje con llevar en el bolsillo un revlver de acero de seis
tiros. Pero aunque era Luca fresca y mujerona como una Niobe, tipo muy
comn entre las seoritas _yankees_, mostraba tan patente en ciertos
pormenores el origen espaol, que hubo de decirse a s mismo el que la
consideraba: no tiene pizca de traza de extranjera. Mirola aun buen
rato, como buscando en su aspecto la solucin del enigma; hasta que al
fin, encogindose levemente de hombros, como el que exclamase: Qu me
importa a m, en resumen?, tom de su maletn un libro y prob a leer;
pero se lo impidi el fulgor vacilante que a cada vaivn del coche
jugaba a embrollar los caracteres sobre la blanca pgina. Se arrim
nuevamente entonces el viajero a los helados cristales, y se qued as,
inmvil, meditabundo.

El tren segua su marcha retemblando, acelerndose y cuneando a veces,
detenindose un minuto solo en las estaciones, cuyo nombre cantaba la
voz gutural y melanclica de los empleados. Despus de cada parada
volva, como si hubiese descansado, y con mayores bros, a manera de
corcel que siente el acicate, a devorar el camino. La diferencia de
temperatura del exterior al interior del coche, empaaba con un velo de
tul gris la superficie del vidrio; y el viajero, cansado quiz de
fundirlo con su hlito, se dedic nuevamente a considerara la dormida, y
cediendo a involuntario sentimiento, que a l mismo le pareca ridculo,
a medida que transcurran las horas perezosas de la noche, iba
impacientndole ms y ms, hasta casi sacarle de quicio, la regalada
placidez de aquel sueo insolente, y deseaba, a pesar suyo, que la
viajera se despertara, siquiera fuese tan slo por or algo que
orientase su curiosidad. Quiz con tanta impaciencia andaba mezclada
buena parte de envidia. Qu apetecible y deleitoso sueo; qu calma
bienhechora! Era el suelto descanso de la mocedad, de la doncellez
cndida, de la conciencia serena, del temperamento rico y feliz, de la
salud. Lejos de descomponerse, de adquirir ese hundimiento cadavrico,
esa contraccin de las comisuras labiales, esa especie de trastorno
general que deja asomar al rostro, no cuidadoso ya de ajustar sus
msculos a una expresin artificiosa, los roedores cuidados de la
vigilia, brillaba en las facciones de Luca la paz, que tanto cautiva y
enamora en el semblante de los nios dormidos. Con todo, un punto
suspir quedito, estremecindose. El fro de la noche penetraba, aun
cerrados los cristales, a travs de las rendijas. Levantose el viajero,
y sin mirar que en la rejilla haba un envoltorio de mantas, abri su
propio maletn y sac un chal escocs, peludo, de finsima lana, que
delicadamente extendi sobre los pies y muslos de la dormida. Volviose
sta un poco sin despertar, y su cabeza qued envuelta en sombra.

Fuera, los postes del telgrafo parecan una fila de espectros; los
rboles sacudan su desmelenada cabeza, agitando ramas semejantes a
brazos tendidos con desesperacin pidiendo socorro; una casa surga
blanquecina, de tiempo en tiempo, aislada en el paisaje como monstruosa
testa de grantica esfinge; todo confundido, vago, sin contornos,
flotante y fugaz, a imitacin de los torbellinos de humo de la mquina,
que envolvan al tren cual envuelve a la presa el aliento de fuego de
colrico dragn. Dentro del coche silencio religioso; dijrase que era
un recinto encantado. El viajero corri el transparente azul, cubriendo
la lmpara; recostose en una esquina cerrados los ojos, y, estirando las
piernas, las apoy en el asiento fronterizo. As pasaron estaciones y
estaciones. Dormitaba l un poco, y despus, asombrado del silencio y
largo sopor de Luca, levantbase, receloso de que la hubiese
sobrecogido un sncope. Iba a ella, inclinndose, y otra vez tornaba a
su rincn, habiendo percibido el ritmo acompasado del pacfico respirar
de la nia.

Difusa y plida claridad comenzaba a tenderse sobre el paisaje. Ya se
discerna la forma de montaas, rboles y chozas; la noche se retiraba
barriendo las tembladoras estrellas, como una sultana que recoge su velo
salpicado de arabescos argentinos. El estrecho segmento de crculo de la
luna menguante se difumaba y desvaneca en el cielo, que pasaba de
obscuro a un matiz de azul opaco de porcelana. Glacial sensacin corri
por las venas del viajero, que subi el cuello de su americana y lleg
los pies instintivamente al calorfero, tibio an, en cuyo seno de metal
danzaba el agua, produciendo un sonido anlogo al que se oye en la cala
de los buques. De improviso se abri bruscamente la puerta del
departamento, y salt dentro un hombre ceudo, calada la gorra de dorado
galn, en la mano una especie de tenacilla o sacabocados de acero.

--Los billetes, seores!--grit en voz seca e imperiosa.

El viajero ech mano a su chaleco y entreg un trozo de cartn amarillo.

--Falta uno! El billete de la seora. Eh, seora!, seora! El
billete!

Agitbase ya Luca en su asiento, y echando abajo el chal escocs e
incorporndose, se frotaba asombrada los ojos con los nudillos, a la
manera de las criaturas soolientas. Tena revuelto y aplastado el pelo,
y muy encendido el lado del rostro sobre que reposara; una trenza suelta
le descenda por el hombro, y, destrenzndose por la punta, ondeaba en
tres mechones. Arrugada la blanca enagua, se insubordinaba bajo el
vestido de pao; un lazo de un zapato se haba desatado, flotando y
cubriendo el empeine del pie. Luca miraba en derredor con ojos vagos e
inciertos; estaba seria y atnita.

--El billete, seora! Su billete de usted!--segua gritndole el
empleado, con no muy afable tono.

--El billete...--repiti ella. Y de nuevo tendi la vista en torno, sin
lograr sacudir totalmente el estupor del sueo.

--S, seora, el billete--reiter ms desapaciblemente an el empleado.

--Miranda.... Miranda!--exclam Luca por fin, enlazando sus dispersos
recuerdos de la vspera. Y registr con los ojos todo el departamento,
estupefacta al no ver a Miranda all.

--El seor de Miranda tendr mi billete--dijo dirigindose al empleado,
como si ste hubiese de conocer forzosamente a Miranda.

El empleado, desorientado, se volvi hacia el viajero, tendida la
diestra.

--No me llamo Miranda--murmur ste.

Y como viese al empleado furioso, dispuesto a interpelar a Luca con
grosero ademn, aadi:

--Vena alguien con usted, seora?

--S, seor...--contest Luca, atribulada ya--. Pues claro est que
vena... vena don Aurelio Miranda, mi marido...--y al decirlo, sonriose
involuntariamente, de lo nueva y peregrina que se le figuraba tal
expresin en su boca.

--Muy nia parece para casada--pens el viajero; pero recordando el
anillo que haba visto lucir en el meique, aadi en alta voz:

--De dnde venan ustedes?

--De Len. Pero qu, no est? Virgen Santa! Caballero... dgame
usted... permitame....

Y olvidando que el tren andaba, iba a abrir la portezuela rpidamente,
cuando el empleado la detuvo asindola del brazo con vigor.

--Eh, seora--dijo en voz ruda--, pues no ve usted que se mata! No se
puede salir ahora. Est usted loca? Y acabemos, que yo necesito el
billete.

--No lo tengo; cmo he de hacer, si no lo tengo!--pronunci Luca
acongojada, prendosele de lgrimas los ojos.

--Tendr usted que tomarlo en la primera estacin, y pagar multa.

Y el empleado gru ms fuerte.

--No moleste usted ms a la seora--dijo el viajero terciando muy a
tiempo, que ya empezaban a rodar por las mejillas de Luca lagrimones
como avellanas--. So desatento!--prosigui con clera--, no ve usted
que ha ocurrido a esta seora un suceso que no poda prever? Ea,
mrchese usted, o por mi nombre....

--Ya ve usted, caballero, que tenemos nuestra obligacin... nuestra
responsabilidad....

--Vyase usted noramala. Tome usted para el billete de la seora.

Diciendo esto, introdujo la diestra en el bolsillo de su americana, y
sac unos papeles grasientos y verdosos, cuya vista despej al punto el
perruno entrecejo del empleado, que al recibir el billete baj dos o
tres tonos el diapasn de su bronca voz.

--Perdone usted--dijo al cogerlo y guardrselo en su sucia y desflorada
cartera.... La palabra de usted bastaba. Al pronto le desconoc; pero
ahora recuerdo muy bien de su fisonoma, y caigo en la cuenta de que le
conozco mucho, y tambin he conocido a su padre, seor de Artegui....

--Pues si me conoce--repuso severamente el viajero--, sabr que gasto
pocas palabras ociosas.... Abur.

Y empujando al importuno hacia fuera, cerrole la portezuela en las
narices. Pero sbitamente la abri otra vez, y ceceando al empleado, que
ya corra con no vista agilidad por la angosta plataforma de los
estribos, gritole en voz sonora:

--Psit... psit... eh!, que si hay por esos vagones algn seor de
Miranda, avsele usted que aqu est su seora.

Hecho lo cual, se sent en el rincn, y bajando el vidrio, respir con
ansia el vivificante fresco matinal. Luca, secando sus ojos del segundo
llanto vertido en el curso de tan pocas horas, senta extraordinaria
inquietud de una parte, de otra inexplicable contentamiento. La accin
del viajero le causaba el gozo ntimo que suelen los rasgos generosos en
las almas no gastadas an. Morase por darle las gracias, y no osaba
hacerlo. l, entretanto, miraba amanecer, con la misma atencin que si
fuese el ms nuevo y entretenido espectculo del mundo. Al fin se
resolvi la nia a atreverse, y con balbuciente labio dijo la mayor
tontera que en aquel caso decir pudiera (como suele suceder a cuantos
piensan mucho y preparan anticipadamente un principio de dilogo).

--Caballero... es que yo no podr pagarle a usted lo que le debo hasta
que encontremos a Miranda. l llevaba los fondos....

--Yo no presto dinero, seora--contest apaciblemente el viajero, sin
volver la faz ni dejar de mirar el alba, que rompa por los cielos
envuelta en leves vapores de rosa y ncar.

--Bien... pero no es justo que usted, as, sin conocerme....

El viajero no contest.

--Y dgame usted, por Dios--aadi Luca con inflexiones infantiles en
su voz pura--, qu ser de Miranda? Qu le parece a usted de mi
situacin? Qu hago yo ahora?

Gir el viajero en su asiento, y qued frente a Luca, con aspecto de
hombre a quien obligan a ocuparse en lo que no le importa y que se
resigna a ello. El timbre fresco de la voz de Luca le volvi a sugerir
la misma reflexin de antes.

--Imposible parece que est casada. Cualquiera pensar que sale de un
colegio.--Y, de recio, pregunt:

--Vamos a ver, seora; dnde dej usted a su marido? Lo recuerda
usted?

--Qu s yo? Si me dorm....

--Y dnde se durmi usted? No lo sabe usted tampoco?

--En la estacin donde cenamos.... En Venta de Baos. Miranda se baj a
facturar el equipaje, y me dijo que descansase un rato, que procurase
dormir....

--Y lo ha procurado usted bien!--murmur con una media sonrisa el
viajero--. Duerme usted desde all... cinco horas seguidas, de un
tirn....

--Pero... es que ayer madrugu tanto.... Estaba rendida.

Y Luca se frot los ojos, cual si otra vez sintiese en ellos la comezn
del sueo. Despus busc en su moo dos o tres horquillas, recogindose
con ellas la rebelde trenza.

--Me ha dicho usted--interrog el viajero--que venan ustedes de Len?

--S, seor.... La boda fue a las once de la maana; pero yo tuve que
madrugar para disponer el refresco...--refiri Luca con su sencillez de
nia no hecha al trato social--. Las tres y media eran cuando salimos de
Len....

El viajero la miraba, empezando a comprender el enigma. La nia le daba
la clave de la mujer.

--Deb figurrmelo--dijo para su sayo--. Llegaron ustedes juntos hasta
Venta de Baos?--pregunt a Luca despus.

--S, s... all cenamos. Miranda se qued sin duda facturando....

--No puede ser.... La operacin de facturar termina siempre a tiempo
suficiente para que los viajeros tomen el tren.... Algn incidente
imprevisto, algn contratiempo debi de ocurrirle.

--No le parece a usted... diga usted con franqueza... lo habr hecho a
propsito, eso de dejarme?

Tan pueril y sincera congoja revelaba el semblante de Luca al
pronunciar esto, que la seria boca del viajero hubo de sonrerse
nuevamente.

--Mire usted!--aadi ella meneando grave y reflexiva la cabeza--; y
yo que pensaba que una mujer en casndose tena quien la acompaase y
defendiese! Quien la diese proteccin y sombra! Pues si esto sucede a
las veinticuatro horas no completas.... No completas. Bien estamos!

--De seguro... de seguro que su marido de usted est ms disgustado por
lo ocurrido que usted misma. Crea usted que algo sucede que no sabemos,
y que explicar la conducta de ese seor.... Miranda. O tendra usted
algn antecedente, algn motivo para sospechar que... que la quiso
abandonar?

--Motivo! Qui! Ninguno. Si el seor de Miranda es una persona formal.

--Usted le llama el _seor de Miranda_?

--No... l ya me advirti ayer que le llamase Aurelio.... Pero como an
no adquir confianza... y l tiene ms edad.... En fin, no se me vena a
la boca.

El viajero puso dique a una marea de preguntas indiscretas que se
asomaban a sus labios, y volviose hacia la ventanilla para no perder la
hermosa decoracin que le ofreca la Naturaleza. El sol, apareciendo
sobre la cumbre de una montauela cercana, disipaba la bruma matutina,
que descenda al valle en jirones de encaje gris, y, brillando en un
espacio azul clarsimo, alumbraba con luz naciente, fresca y suave. Por
los flancos de granito de la montaa, sembrados de mica que reluca,
bajaba desatado un torrente espumoso; y entre el matiz sombro de los
encinares asomaba un pradillo, de tonos plidos de hierba temprana,
donde paca un rebao de ovejas, cuyos blancos cuerpos constelaban la
alfombra verde como enormes copos de algodn. Al travs del ruido
ensordecedor del tren, dijrase que se oan en aquella pintoresca solana
remotos gorjeos de aves y argentino repiquetear de esquilas.

Cuando el viajero hubo mirado largamente el lindo paisaje, que ya se
perda en lontananza, dejose caer, como hombre fatigado, en la esquina,
y sus brazos exhaustos pendieron a ambos lados de su cuerpo, mientras se
le escapaba del pecho leve suspiro, que ms que a pesares sonaba a
cansancio.

El sol suba y sus rayos comenzaban a travesear en los cristales del
coche, y en las frentes de los dos que lo ocupaban, como invitndoles a
contemplarse el uno al otro. Midironse, en efecto, instintivamente con
la vista, procurando que su mutua curiosidad no fuese advertida, de lo
cual result una escena muda y expresiva, representada por ella con
infantil desenfado, y con reserva ceuda por l.

Era el viajero un hombre en la fuerza de la edad y en la edad de la
fuerza. Veintiocho, treinta o treinta y dos aos podan haber corrido
sobre l, sin que fuese dable decir si los representaba. El descolorido
semblante lo tena an ms plido en los pmulos, all donde suelen
estar las que en verso se llaman rosas. Con todo esto no pareca de
endeble salud, y era bien proporcionado de cuerpo, la barba negra y
hermosa, el cabello rebelde a las artes del peluquero, flexible y libre,
ondulante por aqu y por acull, sin simetra ni comps, mas no sin
cierta colocacin propia que caracterizaba y embelleca la cabeza.

Tena las facciones bien dispuestas, pero encapotadas por unas nubes de
melancola y padecimiento, no del padecimiento fsico que destruye el
organismo, pega la piel a los huesos, amojama las carnes y empaa o
vidria el globo ocular, sino del padecimiento moral, o mejor dicho,
intelectual, que slo hunde algo la ojera, labra la frente, empalidece
las sienes y condensa la mirada, comunicando a la vez descuido y
abandono a los movimientos del cuerpo. Esto ltimo era lo que en el
viajero se notaba ms.

Eran todas sus actitudes y ademanes como de hombre rendido y exnime.
Algo haba descompuesto y roto en aquel noble mecanismo, algn resorte
de esos que al saltar interrumpen las funciones de la vida ntima. Hasta
en su vestir percibase la languidez y desaliento que tan a las claras
revelaba la fisonoma. No era negligencia, era indiferencia y caimiento
de nimo lo que manifestaba aquel traje obscuro de mezclilla, aquella
cadena de oro, impropia para un viaje, aquella corbata atada sin esmero
y al caer, aquellos guantes nuevos, de fina piel de Suecia, de color
delicado, que no iban a durar limpios ni diez minutos. Faltbale al
viajero la elegancia primorosa e inteligente que cuida de los detalles,
que hace ciencia del tocador; vease en l al hombre que es superior a
la propia elegancia porque no la ignora, pero la desdea: grado de
cultura por donde se ingresa en una esfera ms alta que el buen tono,
que al fin y al cabo es categora social, y quien se eleva por cima del
buen tono, eximese tambin de categoras. Miranda vesta la librea del
buen gusto, y por eso, antes de reparar en Miranda, se fijaban las
gentes en su ropa, al paso que lo que en Artegui atraa la atencin, era
Artegui mismo. Ni la irregularidad del vestir encubra, antes bien,
patentizaba, la distincin de la persona: cuantas prendas componan su
traje eran ricas en su gnero; ingls el pao, holanda la tela de la
camisa, de primera el calzado y guantes. Todo esto lo not Luca, ms
con el instinto que con el entendimiento, porque, inexperta y bisoa, no
haba llegado an a dominar la filosofa del traje, en que tan maestras
son las mujeres.

A su vez la consideraba Artegui como aquel que, volviendo de pases
nevados y desiertos, mira a un vallecillo alegre que por casualidad
encuentra en el camino. Jams haba visto reunidas en nadie tanta
juventud, robustez y frescura. A pesar de la noche pasada en
ferrocarril, estaba el rostro de Luca ms lozano que unas hierbas de
San Juan, y sus cabellos revueltos y a trechos aplastados, le prestaban
cierto aspecto de ninfa que sale del bao, destocada y hmeda. Reansele
los ojos, las facciones todas, y el sol, indiscreto cronista de los
cutis marchitos, jugaba sin temor entre el dorado imperceptible vello
que tapizaba las mejillas de la nia, tindolas con tonos calientes de
rancio mrmol.

Luca esperaba que la hablasen, y su mirada lo peda. Pero como el
viajero no pareciese dispuesto a realizar sus esperanzas, se resolvi
ella, pasado algn tiempo, a volver a la carga, exclamando:

--Bien, y qu hago yo? Usted no me dice cmo voy a salir del paso.

--Adnde iba usted, seora, con su marido?

--Ibamos a Francia... a las aguas de Vichy, que le haban recetado los
mdicos.

--A Vichy directamente? No pensaban ustedes detenerse en alguna parte?

--S tal, en Bayona. All descansaramos.

--Est usted bien segura?

--Segursima. Me lo explic cien veces el seor de Miranda.

--Pues en ese caso, dir a usted lo que opino. Indudablemente, su marido
de usted, detenido por una circunstancia cualquiera, que no hace al
caso, se qued en Venta de Baos anoche. Por medida de precaucin, le
haremos, si usted quiere, un telegrama desde Hendaya; pero lo que yo
supongo es que tomar el primer tren que vea salir para Francia,
corriendo en busca de usted. Si retrocedemos, se expone usted a cruzarse
con l en el camino, y a perder tiempo, y a molestarse ms. Si se queda
usted en la primera estacin que encontremos, para esperarle all....

--Eso, eso sera lo mejor.

--No, porque como l no lo sabe, y como han pasado horas y ya estar
andando quiz para unirse a usted, y no podremos avisarle, y el tren se
detiene brevsimos momentos en esas estaciones... no me parece acertado.
Adems, que tendran ustedes acaso que quedarse los dos en una estacin
mezquina, esperando otro tren.... Ese recurso no es aceptable.

--Pues discurra usted...--dijo la nia con empeo y confianza, animada
por el si retrocedemos... del viajero, que le prometa implcitamente
asistencia y auxilio.

--Seguir a Bayona, seora: es lo nico que cabe. Creo que su marido de
usted se dirigir desde luego all. Nosotros llegamos en el tren de la
tarde y l en el de la noche. Cuando no ha telegrafiado avisando a usted
de que se vuelva (cosa que pudo hacer), es que sigue.

No puso Luca objeciones. Ignorante de la ruta, sinti placer singular
en entregarse a la ajena experiencia. Callada, se inclin a la
ventanilla y sigui la lnea escabrosa de la sierra, que se recortaba en
el cielo despejado. El tren andaba ms despacio cada vez: estaban
llegando a una estacin.

--Qu es esto?--dijo volvindose a su compaero.

--Miranda de Ebro--contest l lacnicamente.

--Qu sed tengo!--murmur Luca--. Diera por un vaso de agua....

--Bajmonos: beber usted en la fonda--respondi Artegui, a quien el
imprevisto suceso comenzaba a sacar de su abstraccin. Y saltando el
primero, ofreci el brazo a Luca, que se apoy sin ceremonias, y a
impulsos de la sed, ech a correr hacia la cantina, donde algunas
botellas empezadas, naranjas a medio exprimir, tarros de horchata y
jarabe, frasquitos de azahar, se disputaban un mostrador cubierto de
zinc y unos estantes pintados de amarillo. Sirvironle el agua, y sin
dar tiempo a que se disolviese el bolado, la bebi a sorbetones, de
prisa; sacudi los mojados dedos, limpindose despus con su paolito.

Artegui pag.

--Muchas gracias--dijo ella mirando a su taciturno acompaante--. A
gloria me ha sabido. Cuando hay sed.... Muchas gracias, seor don....
cmo se llama usted?

--Ignacio Artegui--pronunci l con visos de extraeza.

La ingenuidad suele parecerse al descaro, y slo el candor de aquellos
ojos lmpidos que se clavaban en l pudo hacer que el viajero
distinguiese entre ambas cosas.

--No quiere usted algo ms?--murmur--. Desayunarse? Caf o
chocolate?

--No, no... lo que es por ahora, no siento apetito.

--Pues espreme en el coche. Voy a arreglar el asunto de su billete de
usted.

Volvi en breve, y el tren comenz de nuevo su marcha, que de noche
pareca vertiginosa y fatigosa de da. El sol iba ascendiendo a su
cenit, y el calor se anunciaba por rfagas tibias y pesadas, alientos de
fuego que encendan la atmsfera. Ligero polvillo de carbn, procedente
de la mquina, entraba por las ventanas, depositndose en los
blanquecinos cojines y en el velo de percal que preservaba el respaldo
de los asientos. A veces, contrastando con el tufo penetrante del carbn
de piedra, vena una bocanada del agreste perfume de los encinares y las
praderas, extendidas a uno y otro lado del tren. Tena el pas mucho
carcter: eran las Vascongadas, rudas y hermosas. Por todas partes
dominaban el camino amenazantes alturas, coronadas de recias casamatas o
fuertes castillos recientemente construidos all para seorear aquellos
indomables cerros. En los flancos de la montaa se distinguan anchas
zanjas de trincheras o lneas de reductos, como cicatrices en un rostro
de veterano. Altos y elegantes chopos cean las bien cultivadas
llanuras, verdes e iguales, a manera de un collar de esmeraldas. De
entre el blanco y limpio casero se destacaban las torres de los
campanarios. Luca se signaba al verlas.

Al pasar por delante de Vitoria un recuerdo acudi a su mente. Se lo
trajeron las largas alamedas que adornan y cercan la ciudad.

--Parecen los rboles de Len--murmur suspirando.

Y aadi en voz ms baja, como hablndose a s misma:

--Qu har ahora el pobre pap!

--Se ha quedado su padre de usted en Len?--pregunt Artegui.

--S, en Len.... Si l supiese lo que pasa, tendra un terrible
disgusto. l, que me hizo tantos cientos de encargos y advertencias!
Que tuvisemos cuidado con los ladrones... con las enfermedades... con
no tomar sol... con no mojarnos.... Vamos, cuando lo pienso....

--Es anciano su padre de usted?

--Viejecito, viejecito... pero muy guapo y bien conservado, ms hermoso
que un oro para m. Yo logr la suerte de tener el mejor padre de toda
Espaa... no ve sino por mis ojos el pobre.

--Es usted nica, acaso?

--S, seor... y hurfana de madre desde que era as--explic Luca
bajando la extendida mano y colocndola a la altura de sus rodillas--.
Qu! si an mamaba cuando se muri mi madre! Y mire usted, esa fue la
nica desgracia que yo tuve; porque por lo dems, personas habr
felices, pero ms de lo que yo lo fui....

Artegui pos en ella sus ojos dominadores y profundos.

--Era usted feliz!--repiti, como un eco del pensamiento de la nia.

--Vaya! S que lo era. El Padre Urtazu me deca a veces: cuidado,
chiquilla; mira que Dios te lo est pagando todo adelantado, y despus,
cuando te mueras, sabes t lo que va a decir? Que no te debe nada.

--De suerte que usted--pregunt Artegui--nada echaba de menos en su
tranquila existencia de Len? No deseaba usted nada?

--Deseaba, s... algunas veces, sin saber qu. Ahora pienso que lo que
deseaba era esto: salir, variar algo de vida. Pero no me impacientaba,
porque me pareca que, tarde o temprano, llegara a lograrlo; no es
cierto? El Padre Urtazu sola rerse de m, exclamando: paciencia, que
cada otoillo trae su frutillo.

--El Padre Urtazu.... es jesuita?

--Jesuita... y ms sabio! Entiende de cuanto Dios cri. Yo algunas
veces, por desesperar a doa Romualda, que es la directora de mi
colegio, le deca: De mejor gana aprendera con el Padre Urtazu, que con
usted.

--Y ahora--pronunci Artegui, con la brutal curiosidad de unos dedos
que abren a viva fuerza un capullo de flor--, sera usted ms feliz que
nunca! Digo! Casarse nada menos!

No percibi Luca el tono irnico que dieron a aquella frase los labios
de su acompaante, y respondi con sinceridad:

--Le dir a usted.... Siempre dese casarme a gusto del viejecito, y no
afligirlo con esos amoros y esas locuras con que otras muchachas
desazonan a sus padres.... Mis amigas, digo algunas, vean pasar por
delante de su ventana a un oficial de la guarnicin.... zas! ya estaban
todas derretidas, y carta va y carta viene.... Yo me asombraba de eso de
enamorarse as, por ver pasar a un hombre.... Y como al fin nada se me
daba de los que pasaban por la calle, y al seor de Miranda ya le
conoca, y a padre le gustaba tanto... calcul: mejor! as me libro de
cuidados, no es verdad? cierro los ojos, digo que s y ya est hecho...
Padre se pone muy contento y yo tambin.

Artegui se qued mirndola tan fijamente, que Luca sinti, digmoslo
as, el peso y el calor de aquellos ojos en sus mejillas, y encendiose
toda en rubor, murmurando:

--Le cuento a usted cada tontera! Como no tenemos de qu hablar....

Segua l escudriando con la vista el franco y juvenil semblante, como
una hoja de acero registra la carne viva. Harto saba que el desahogo y
libertad revelan quiz ms ausencia de malicia que la cautelosa reserva;
mas con todo eso, le maravillaba la extremada sencillez de aquella
criatura. Era preciso, para entenderla, observar que la salud poderosa
del cuerpo le haba conservado la pureza del espritu. Nunca
enlanguideciera la fiebre aquellos ojos de azulada crnea; nunca secara
aquellos fresqusimos labios la calentura que consume a las nias en la
difcil etapa de diez a quince. La imagen ms adecuada para representar
a Luca, era la de un cogollo de rosa muy cerrado, muy gallardo,
defendido por pomposas hojas verdes, erguido sobre recio tronco.

Agobiaba el calor, cada vez ms sofocante. Al llegar a Alsasua, quejose
nuevamente Luca de sed, y Artegui, ofrecindole el brazo, la condujo al
comedor de la fonda, recordndole que era razn tomar algo, puesto que
tantas horas haban transcurrido desde la cena.

--Dos almuerzos--grit al mozo, palmoteando para que le atendiesen.

El mozo se acerc, servilleta al hombro; tena una cara tostada,
amilitarada, que rea con los escarpines de charol y el pelo atusado
con bandolina, librea que el pblico impone a sus servidores en tales
lugares. Hacale an ms marcial ancha cicatriz, que naciendo en la gua
izquierda del bigote, iba a perderse en el cuello. Miraba el mozo
fijamente a Artegui, con ojos muy abiertos; hasta que dando un grito, o
ms bien una especie de alegre latido perruno, exclam:

--l o el diablo en su figura! Seorito Ignacio! Dichosos los
ojos!!...

--T por aqu, Sardiola?--murmur reposadamente Artegui. Almorzaremos
bien, porque pondrs cuidado en servirnos.

--Pues s, seorito, yo por aqu... _Despus_--dijo recalcando la frase
y bajando la voz--, como todo lo mo lo encontr arrasado... la casa
hecha cenizas, y el campo perdido... me di a ganar la vida como pude....
Y usted, seorito.... Sigue usted a Francia?

--A Francia voy; pero con tu charla nos vamos a quedar sin comer.

--No faltara ms....

Sardiola dirigi a uno de sus compaeros de servilleta algunas palabras
en eskaro, erizadas de _zetas, kas_ y _tes_. Fueron al punto servidos
Artegui y Luca, mientras el mozo se apoyaba en el respaldo de la silla
del primero.

--Con que a Francia! Y la seora doa Armanda? Se conserva bien?

--No muy bien...--contest Ignacio, nublado ms que de costumbre el
ceo--. Padece mucho.... Cuando la dej estaba, sin embargo, ms
aliviada.

--Con su vuelta de usted se pone buena del todo.

Y mirando a Luca y dndose una razonable puada en la frente, grit de
pronto Sardiola:

--Cuanto ms, que.... Bobo de mi!; pues claro que va a sanar la seora
doa Armanda, cuando vea la alegra que se le entra por las puertas. Ay
qu gusto verle a usted casado, seorito! Y con tan linda muchacha!
Para bien sea!

--Majadero--dijo Ignacio, bronco y desapacible--; esta seora no es mi
mujer.

--Pues es lstima--contest el vasco, mientras Luca le miraba
risuea--. Haran ustedes una pareja, que ya, ya.... Ni escogidos. Slo
que la seorita....

--Acabe usted--suplic Luca, divertida hasta lo sumo y ocupada en
quitar a una mandarina su cubierta de papel de seda.

--Lo digo, seorito Ignacio?

Artegui se encogi de hombros. Sardiola, creyndose autorizado, se
explay.

--La seorita tiene cara de estar de buen humor siempre... y usted..,
Usted siempre est as, como si le hubiesen dado caazo! En eso no
emparejaran ustedes bien.

Solt Luca la carcajada y mir a Artegui, que sonrea complaciente, lo
cual an la anim a rer ms. El almuerzo prosigui en el mismo tono
cordial, alegrado por la charla de Sardiola, por el infantil regocijo de
Luca. Hasta la misma puerta del departamento les sigui el mozo cuando
se volvieron a su coche; y a ser Luca duea de los brazos de Artegui,
los hubiera echado al cuello de Sardiola, a tiempo que ste repeta,
entornados los ojos y en el tono con que se reza, si se reza de veras:

--La Virgen de Begoa vaya con usted, seorito..., que encuentre usted
bien a doa Armanda.... Mndeme usted como si fuese un perro, un perro
suyo.... Mire usted, que estoy aqu....

--Bien, bien--dijo Artegui, vuelto ya a su displicente reserva.

Rompi el tren a andar, y quedose Sardiola de pie en el andn, agitando
la servilleta en seal de despedida, sin mudar de actitud hasta que el
humo de la chimenea se borr en el horizonte. Luca miraba a Artegui, y
hervanle las preguntas en los labios.

--Mucho le quiere a usted ese pobre hombre--murmur al fin.

--He tenido la desgracia de hacerle un favor--contest Ignacio--, y
desde entonces....

--Oiga! A eso llama usted desgracia? Pues muy desgraciado est usted
siendo desde esta maana, porque me hizo usted cien favores ya.

Sonriose Artegui de nuevo y mir a la nia.

--No consiste la desgracia--dijo--en hacer el favor, sino en que se lo
agradezcan a uno tanto.

--Pues yo tambin padezco del achaque de Sardiola.... y a mucha
honra!--declar Luca--; ya ver usted!

--Bah!... Slo falta que tambin me salgan agradecidos sin
causa!--respondi Artegui en el mismo tono festivo--. Pase aun cuando
hay algn motivo, como con ese infeliz de Sardiola....

--Qu hizo usted por l?--pregunt Luca, incapaz de sellar sus labios
preguntones.

--Poca cosa: curarle una herida, bastante grave.

--Aquella cicatriz que tiene que le cruza la mandbula?

--Justamente.

--Es usted mdico?

--De aficin.... Y por casualidad.

Call Artegui, y no os inquirir ms Luca. El calor iba en aumento, ms
pegajoso cada vez. Pareca el da de otoo sofocante jornada estival, y
el polvillo del carbn, disuelto en la candente atmsfera, ahogaba.
Intrincbase el pas, hacindose cada vez ms montaoso y quebrado. De
cuando en cuando penetraban en un tnel, y entonces la obscuridad, el
crujido fuerte del tren, un aire hmedo de subterrneo, colndose en el
departamento, consolaban algo de la trrida temperatura.

Luca se abanicaba con un peridico dispuesto por Artegui en forma de
concha, y leves gotitas transparentes de sudor salpicaban su rosada
nuca, sus sienes y su barbilla: de cuando en cuando las embeba con el
pauelo: los mechones del cabello, lacios, se pegaban a su frente.
Desabrochose el cuello almidonado, se quit la corbata, que la
estrangulaba, y se recost, dando indicios de gran desmadejamiento, en
la esquina. A fin de refrescar un poco el interior, corri Artegui las
cortinillas todas ante los bajos vidrios, y una luz vaga y misteriosa,
azulada, un sereno ambiente, formaban all, algo de gruta submarina,
aadiendo a la ilusin el ruido del tren, no muy distinto del mugir del
Ocano. Insensible al clido da, Artegui levantaba la cortina un poco,
se asomaba, miraba el pas, los robledales, la sierra, los valles
profundos. Una vez acert a ver pintoresca romera. Fue rpido y fugaz
el cuadro, pero no tanto que no distinguiese a la gente siguiendo el
sendero angosto, escapulario al cuello, a pie o en carretas de bueyes,
cubiertos con boina roja o azul los hombres, las mujeres tocadas con
paolitos blancos. Pareca el desfile la bajada de los pastores en un
Nacimiento; el sol claro, alumbrando plenamente las figuras, les daba la
crudeza de tonos de muecos de barro pintado. Artegui llam a Luca, que
alzando la cortina a su vez, ech el cuerpo fuera, hasta que una
revuelta del camino y la rapidez del tren borraron el cuadro.

Aconteca que los pcaros de los tneles se solazaban en taparles adrede
los mejores puntos de vista de la ruta. Que apareca un otero, risueo,
un grupo de frondosos rboles, una amena vega, paf! el tnel. Y se
quedaban inmviles al vidrio, sin osar hablar, ni moverse, cual si de
pronto entrasen en una iglesia. Algo familiarizada Luca ya con el
calor, interesbanle mucho los accidentes de paisaje que a uno y otro
lado del tren se extendan. Le agradaron las fbricas de fsforos,
altas, enyesadas, limpias, con su gran letrero en la frente; y en
Hernani bati palmas al divisar a la izquierda un magnfico parque
ingls, con sus macizos de flores resaltando sobre el verde csped, y
sus conferas elegantes, de ramaje simtrico y pndulo. En Pasajes, tras
de la monotona fatigosa de las montaas reposaron al fin los ojos,
viendo extenderse el mar azul, un tanto rizado, mientras los buques,
fondeados en la baha, se columpiaban con oscilacin imperceptible, y
una brisa marina, acre y salitrosa, estremeca las cortinillas de
tafetn del coche, aventando el sudor de la frente de los cansados
viajeros. Luca se qued embobada ante el Ocano, nunca de ella visto
hasta entonces, y cuando el tnel--de sopetn y sin pedir
permiso--cubri el espectculo con negro velo, permaneci de codos en la
ventanilla, absorta, las pupilas dilatadas, entreabiertos de admiracin
los labios.

A medida que corran las horas y la jornada avanzaba iba Artegui
perdiendo un poco de su estatuaria frialdad, y cada vez ms
comunicativo, explicaba a Luca las vistas de aquel panorama mvil.
Escuchaba la nia con el gnero de atencin que tanto agrada y cautiva a
los profesores: la del discpulo entusiasta y sumiso a la vez. Artegui
era elocuente, cuando a hablar se resolva; detallaba las costumbres del
pas, contaba pormenores de los pueblecitos, hasta de los caseros
entrevistos al paso. A su voz, respondan unas pupilas fijas y atentas,
un rostro que escuchaba todo l, mudando de expresin segn el narrador
quera. Fue de suerte, que al bajarse en Irn y or las primeras slabas
pronunciadas en idioma extrao, Luca murmur como con pena:

--Pero qu? Hemos llegado ya?

--A Francia, casi--respondi Artegui--; pero an nos falta un trecho
regular hasta Bayona. Aqu se registran los equipajes: es la aduana de
Irn. No nos molestarn mucho: los que vienen de Francia a Espaa, son
vctimas de los carabineros, de nosotros, que vamos de Espaa a Francia,
nadie supone que llevemos contrabando, ni ropa nueva....

--Pues yo si la llevo--exclam Luca--. Mis galas.... Ve usted aquel
mundo grande que han puesto sobre el mostrador? Es el mo... y aquel
otro, el de Miranda... y la sombrera....

--Dme usted el taln y las llaves para que registren.

--Cmo? El recibo dice usted y las llaves? Si todo lo llevaba consigo
Miranda! No tengo nada de eso.

--En tal caso, est usted sin equipaje. Tendr que quedarse aqu hasta
que su marido de usted lo recoja.

Luca mir a Artegui, el rostro un tanto compungido, y casi
instantneamente solt la risa.

--Sin equipaje!--repiti.

Y redoblaba el arpegio de sus carcajadas, parecindole donossimo
incidente el de quedarse sin equipaje alguno. Hallbase, pues, como una
criatura que se pierde en la calle, y a la cual recogen por caridad
hasta averiguar su domicilio. Aventura completa. Nia como era Luca,
as pudo tomarla a llanto como a risa; tomola a risa, porque estaba
alegre, y hasta Hendaya no ces la rfaga de buen humor que regocijaba
el departamento. En Hendaya prolong la comida aquel instante de
cordialidad perfecta. El elegante comedor de la estacin de Hendaya,
alhajado con el gusto y esmero especial que despliegan los franceses
para obsequiar, atraer y exprimir al parroquiano, convidaba a la
intimidad, con sus altos y discretos cortinajes de colores mortecinos su
revestimiento de madera obscura, su enorme chimenea de bronce y mrmol,
su aparador esplndido, que dominaba una pareja de anchos y barrigudos
tibores japoneses, rameados de plantas y aves exticas; fulgurante de
argentera Ruolz, y cargado con montones de vajillas de china opaca.
Artegui y Luca eligieron una mesa chica para dos cubiertos, donde
podan hablarse frente a frente, en voz baja, por no lanzar el sonido
duro y corto de las slabas espaolas entre la sinfona confusa y ligada
de inflexiones francesas que se elevaba de la conversacin general en la
mesa grande. Hacia Artegui de maestresala y copero, nombraba los platos,
escanciaba y trinchaba, previniendo los caprichos pueriles de Luca,
descascarando las almendras, mondando las manzanas y sumergiendo en el
bol de cristal tallado lleno de agua, las rubias uvas. En su semblante
animado pareca haberse descorrido un velo de niebla y sus movimientos,
aunque llenos de calma y aplomo, no eran tan cansados y yertos como
antes.

Al subir ellos al tren, caa la tarde y el sol descenda con la rapidez
propia de los crepsculos del otoo. Cerraron las ventanillas de un
lado, y los rayos del Poniente vinieron a reflejarse un instante en el
techo del departamento, retirndose despus como nios que acaban de
hacer alguna jugarreta. Las montaas se ennegrecan, los celajes ms
remotos eran de color de brasa; luego se apagaban unos tras otros como
una rosa de fuego que fuese soltando sus ptalos encendidos. Languideci
la conversacin entre Artegui y Luca, y ambos se quedaron silenciosos y
mustios, l con su acostumbrado aspecto de fatiga, ella sumida en
profundo recogimiento, dominada por la melancola del anochecer. Creca
la sombra, y de uno de los vagones, venciendo el ruido de la lenta
marcha del tren, brotaba un coro apasionado y triste en lengua extraa,
un zortzico, entonado a plena voz, por multitud de jvenes vacos, que,
juntos, iban a Bayona. A veces una cascada de notas irnicas y risueas
cortaba el canto, despus la estrofa volva, tierna, honda, cual un
gemido, elevndose hasta los cielos, negros ya como la tinta. Luca
escuchaba, y el convoy, despacioso, haca el bajo, sosteniendo con su
trepidacin grave, las voces de los cantores.

La llegada a Bayona sorprendi a Artegui y Luca como el despertar de
prolongado sueo. Artegui retir aprisa su mano de la asilla del vidrio,
donde la apoyaba, y la nia mir atnita a su alrededor. Not que haca
fresco, y abroch su cuello y anud su corbata. Hombres con boina, mozas
con el paolito atado tras del moo, una marea de viajeros de diversa
catadura y condicin social, se empujaba, se codeaba y bulla en la
ancha estacin. Artegui dio el brazo a su compaera por no perderla en
aquel remolino.

--Haba elegido su marido de usted algn hotel en Bayona?--le pregunt.

--Me parece...--murmur Luca recordando--que le o hablar de una fonda
de San Esteban. Me fij porque yo tengo de ese santo una estampa muy
bonita en mi libro de misa.

--Saint Etienne--dijo Artegui al cochero del mnibus que, desde el
pescante, vuelta la cabeza, aguardaba la orden.

Arrancaron los caballos a su pesado trote perchern, y fueron rodando
por las calles bien enlosadas, hasta detenerse ante un portal estrecho,
con sus tiestos de plantas raquticas, su escalerilla de mrmol y sus
claros faroles de gas.

Una mujer alta, rubia, limpia, de gorra planchada y encaonada, acudi
solcita a la puerta, apresurndose a dar el maletn de Artegui a un
mozo.

--Los seores querrn una habitacin--murmur en francs con su voz
melosa y complaciente.

--Dos--contest Artegui lacnico.

--Dos--repiti ella en espaol, si bien con acento transpirenaico--. Y
las _quierren los seoress cuntas_?

--Independientes del todo.

--_Tout a fait_... _Serrn_ servidos.

La duea llam a una camarera, no menos que ella pulcra y servicial, y
tomando sta dos llaves de la tabla numerada en que colgaban todas las
del hotel, ech delante por las escaleras enceradas, y la siguieron
Artegui y Luca.

En el tercer piso se detuvo, no sin algn sobrealiento, y abriendo las
puertas de dos gabinetes contiguos, pero independientes, encendi con
pajuelas las bujas colocadas, sobre la chimenea, y fuese. Artegui y
Luca permanecieron unos segundos callados, de pie, en la puerta de las
habitaciones. Al fin pronunci l:

--Es natural que quiera usted lavarse y quitarse el polvo, y descansar
un rato. La dejo a usted. Llame usted a la camarera, si necesita algo;
aqu todas hablan su poco de espaol.

--Hasta luego--contest mecnicamente ella.

As que el batir de la puerta hubo anunciado a Luca que estaba sola del
todo, y que sus ojos se fijaron en la habitacin desconocida, mal
alumbrada por las bujas, desvanecisele la especie de mareo del viaje;
record su cuartico de Len, sencillo, pero primoroso como una taza de
plata, con su pila, sus santos, sus matas de reseda, su costurero y su
armario de cedro, monumental y atestado de ropa limpia. Vinsele tambin
a la memoria su padre, Carmela, Rosarito, todo el dulce pasado. Sintiose
entonces triste, muy triste; la asaltaron miedos y terrores
indefinibles, pero fortsimos; pareciole su situacin extraa y
peligrosa, preado de amenazas el presente, obscuro el porvenir. Dejose
caer en una butaca y clav en las luces la mirada fija y vaca de los
que se absorben en penosa meditacin.




-V-


Sera pasada una hora, o quizs hora y media, cuando oy Luca herir con
los nudillos a la puerta de su cuarto, y abriendo, se hall cara a cara
con su compaero y protector, que en los blancos puos y en no s qu
leves modificaciones del traje, daba testimonio de haber ejercido ese
detenido aseo, que es uno de los sacramentos de nuestro siglo. Entr, y
sin sentarse, tendi a Luca un portamonedas, amorcillado de puro
relleno.

--Aqu tiene usted--dijo--dinero suficiente para cuanto pueda
ocurrrsele, hasta la llegada de su marido. Como estos das suelen los
trenes sufrir mucho retraso, creo que no vendr hasta la madrugada; pero
de todas suertes, aunque no llegase en diez das o en un mes, le alcanza
a usted para esperar.

Mirbale Luca cual si no comprendiese, y no alargaba la mano para tomar
el portamonedas. l se lo introdujo en el hueco del puo.

--Yo tengo que salir ahora a unos asuntos.... Despus coger el primer
tren que salga. Adis, seora--aadi ceremoniosamente: y dio dos pasos
hacia la puerta.

Entonces ya la nia, comprendiendo, y descolorida y turbada, le asi de
la manga de la americana, exclamando:

Pero qu... cmo? Qu quiere decir eso del tren?

--Lo natural, seora--pronunci con su ademn cansado el viajero--. Que
sigo mi ruta; que voy a Pars.

--Y me deja usted as... sola! Sola aqu, en Francia!--gimi Luca con
el mayor desconsuelo del mundo.

--Seora... esto no es ningn desierto, ni corre usted el riesgo menor,
tiene usted dinero, es lo nico que hace falta en tierra francesa;
estar usted muy bien servida y atendida, yo se lo fo....

--Pero.... Jess, sola, sola!--repeta ella sin soltar la manga de
Artegui.

--Dentro de breves horas estar aqu su marido de usted.

--Y si no viene?

--Por qu no ha de venir? De dnde saca usted que no vendr?

--Yo no digo eso--balbuci Luca--; slo digo que si tardase....

--En fin--murmur Artegui--, yo tengo tambin mis ocupaciones.... Es
fuerza que me vaya.

No contest Luca cosa alguna; antes le solt, y desplomndose otra vez
en el silln, ocult el rostro entre ambas manos. Artegui se lleg a
ella, y vio que su seno se alzaba a intervalos desiguales, como si
sollozara. Entre sus dedos saltaban gotitas de agua, cual saltan de la
esponja al comprimirla.

--Alce usted esa cara--mand Artegui.

Luca enderez el rostro sofocado y hmedo, y a pesar suyo, sonriose al
hacerlo.

--Es usted una nia--pronunci l en grave tono--, una nia que no tiene
obligacin de saber lo que acontece en el mundo. Yo, que lo he visto...
ms de lo que quisiera, sera imperdonable en no desengaarla. El mundo
es un conjunto de ojos, odos y bocas, que se cierran para lo bueno y se
abren para lo malo gustossimas. Mi compaa le hace a usted ahora ms
dao que provecho. Si su marido de usted no tiene un criterio
excepcional--y no hay razn para que lo tenga--, maldita la gracia que
le har encontrarla a usted tan acompaada.

--Ay, Dios mo! Y por qu? Qu sera de m si no le hubiese hallado a
usted tan a tiempo? Puede que el brbaro del empleado me metiese en la
crcel. Yo no s lo que har el seor de Miranda; pero lo que es el
pobre pap... besara en donde usted pisa. Estoy segura de ello.

Y Luca, con un movimiento de apasionada y popular gratitud, hizo ademn
de inclinarse ante Artegui.

--Un marido no es un padre...--contest ste--. Lo racional, lo sensato,
seora, es que me vaya. Ya telegrafi a Miranda de Ebro para que, en el
caso de hallarse all su esposo, le digan que est usted aqu en Bayona
esperndole. Pero de fijo estar en camino.

--Mrchese usted, pues.

Y Luca volvi a Artegui la espalda, reclinndose en la ventana de
codos.

Permaneci Artegui un rato indeciso, de pie en mitad de la estancia,
mirando a la nia, que sin duda se estaba sorbiendo las lgrimas
silenciosamente. Al fin se acerc a ella, y hablndole casi al odo:

--Despus de todo--murmur--, no hay para qu se apure usted tanto.
Guarde usted sus lgrimas, que si vive, tiempo y ocasin tendrn de
correr!

Bajando an ms su voz timbrada, aadi:

--Me quedo.

Volviose Luca con la rapidez de un mueco de resorte, y batiendo
palmas, grit como una loca:

--Muchas gracias, muchas gracias, seor de Artegui. Ay!, pero se queda
usted de veras? Estoy fuera de m de contenta. Qu gusto, Dios mo!
Pero...--dijo de pronto reflexionando--, puede usted quedarse? No le
cuesta ningn sacrificio? No le molesta?

--No--respondi Artegui con faz sombra.

--Aquella seora... aquella Doa Armanda que le aguarda a usted en
Pars.... le necesitar tambin?

--Es mi madre--pronunci Artegui.

Y la respuesta pareci a Luca satisfactoria, aun cuando realmente no
resolviese la duda que acababa de expresar.

Artegui, entretanto, rodando un silln hasta tocar con la mesa, se
sent, y acodndose sobre el tapiz, escondi el rostro entre las manos,
meditabundo. Luca, desde el hueco de la ventana, observaba sus
movimientos. Cuando vio que eran corridos hasta diez minutos sin que
Artegui diese indicios de menearse ni de hablar, fuese aproximando
quedito, y con voz tmida y pedigea, balbuce:

--Seor de Artegui....

Alz l el rostro. El velo de niebla cubra otra vez sus facciones.

Qu quiere usted?--dijo broncamente.

--Qu tiene usted? Me parece que se ha quedado usted as..., muy
cabizbajo y muy triste... supongo que ser por... lo de antes.... Mire
usted, si ha de estar usted tan afligido... creo que prefiero que usted
se vaya, s, seor.

No estoy afligido, estoy... como suelo. Ah!, como usted apenas me
conoce, le coger de nuevo mi modo de ser.

Y viendo a Luca que permaneca de pie y con aire contrito, le seal el
otro silln. Trjolo Luca arrastrando hasta ponerlo frente al de
Artegui, y tom asiento.

--Hable usted de algo--prosigui Artegui--; hablemos.... Necesitamos
distraernos, charlar... como esta tarde.

--Ah!, esta tarde estaba usted de tan buen humor!

--Y usted?

--El calor me agobiaba. Nuestra casa de Len es muy fresca: yo soy mucho
ms sensible al calor que al fro.

--Habr usted tomado con gusto el lavatorio y las palanganas.... Parece
que se revive, al lavarse despus de un viaje.

--S, pero...--Luca se interrumpi--. Me faltaba una cosa muy esencial.

--Qu cosa? Colonia, de fijo.... yo me olvid de traerla a usted mi
neceser!

--No, seor... el bal, donde viene la ropa blanca.... No pude mudarme.

Artegui se levant.

--Por qu no lo dijo usted antes?, justamente estamos en el pueblo
donde se equipan las novias espaolas! Vuelvo pronto.

--Pero.... adnde va usted?

--A traerla a usted un par de mudas.... Debe usted de estar en un potro
con esa ropa.

--Seor de Artegui, por Dios!, yo abuso de usted; aguarde....

--Por qu no se viene usted conmigo a elegirlas?

Y Artegui present a Luca su toca.

Los escrpulos de la nia se volaron como un bando de asustadas
codornices, y algo vergonzosa, pero ms contenta, se colg del brazo de
Artegui prontamente.

--Veremos las calles, verdad?--exclam entusiasmada.

Y al bajar despacio los encerados y resbaladizos escalones, dijo con un
resto de encogimiento y meticulosidad provinciana:

--Por supuesto, seor de Artegui, que mi marido le abonar a usted todos
estos gastos....

Artegui, sonriendo, la sostuvo mejor en el brazo, y dironse a andar por
Bayona tan cordiales como si en toda su vida otra cosa hubiesen hecho.
La noche era digna del da: en el cielo de aterciopelado azul
centelleaban claras y vivas las estrellas; el gas de las innumerables
tiendas con que Bayona explota la vanidad de los espaoles pudientes y
trashumantes, pona a las obscuras manzanas de casas un collar de luz, y
en los escaparates se lucan, con todos los tonos de la escala
cromtica, telas ricas, porcelanas y bronces caprichosos, opulentas
joyas. Caminaba la pareja silenciosa, a paso igual y rtmico, midiendo
Artegui su andar largo y varonil por el paso ms corto de Luca. En las
calles la gente circulaba de prisa, animada, como el que va a algo que
le interesa: no con esa lentitud de los espaoles que se pasean por
tomar el aire y matar el tiempo. Ante los cafs, las mesas al aire libre
tenan mucho parroquiano, porque la templada atmsfera lo consenta; y
bajo la claridad fuerte de los reverberos bullan los mozos sirviendo
cerveza, caf o bavaresa de chocolate, y el humo de los cigarros, y el
crujir de los peridicos que desdoblaban, y las conversaciones, y el
sonido seco de las fichas del domin dando contra el mrmol, llenaban de
vida aquel trozo de acera. De pronto Artegui, al volver una esquina, se
meti en una tienda no muy ancha, cuyo escaparate ocupaban casi por
entero dos luengos peinadores salpicados de cascadas de encaje y lazos
de cinta azul el uno, rosa el otro. Dentro, era una exhibicin de
cuantos objetos componen el tocado ntimo del nio y la mujer. Las
camisas presentaban coquetonamente el adornado escote, ocultando la lisa
falda; los pantalones estiraban, simtricas y unidas, una y otra pierna;
las chambras tendan los brazos, las batas inclinaban el cuerpo con
graciosa laxitud.

El blanco suave y ebrneo de las puntillas contrastaba con el candor de
yeso del madapoln. Alguna cofia de maana, colocada sobre un pie de
palo torneado, lanzaba un toque de colores vivos, de seda y oro, entre
las alburas que cubran aquel recinto como una capa de nieve.

Hablaba espaol la duea de la tienda, semejante en esto a la mayora de
los comerciantes de Bayona; y al pedirle Luca dos juegos de ropa
blanca, aprovech sus conocimientos en la lengua de Cervantes para
tratar de embarcarla en ms compras. Tomando a Luca y a Artegui por
recin casados, se puso lisonjera, insinuante, pesadsima, y se empe
en ensearles un equipo completo, barato, de lo ms distinguido; ech
sobre el mostrador brazadas de prendas, una marea de randas, de
bordados, de cintas y de batista. No contenta con lo cual, y viendo que
Luca, semianegada en olas de lino, haca signos negativos con cabeza y
manos, toc otro resorte y trajo enormes cajas de cartn, que,
destapadas, mostraron encerrar gorritas microscpicas, paales de
franela festoneados menudamente, capas de merino y de piqu, faldones
inverosmilmente largos, y otras menudencias que arrebataron a Luca la
sangre al rostro.

Artegui puso fin al ataque pagando los juegos elegidos y dando las seas
del hotel para que se enviasen.

Libres ya, salieron; pero Luca, enamorada de la hermosura y sosiego de
la noche, se mostr deseosa de prolongar algo ms el paseo.

Volvieron a cruzar ante los iluminados cafs, bordearon el teatro y
tomaron hacia el puente, a tales horas casi solitario. Las luces de la
ciudad se reflejaban trmulas en el dormido seno del Adour.

--Cmo brillan las estrellas!--exclam Luca.

Y tirando repentinamente del brazo a Artegui para que se detuviese:

--Cul es--pregunt--aquella que brilla tanto?

--Se llama Jpiter. Es un planeta de nuestro sistema.

--Qu bonita y qu resplandeciente! Algunas parece que tienen fro, que
tiemblan al brillar, y otras se estn quietas, como si nos mirasen.

--Son, en efecto, las estrellas fijas.... Ve usted esa faja de luz que
cruza el cielo?

--Eso que parece una cinta de gasa de plata, muy ancha?

--Es la Va Lctea: un conjunto de estrellas, tantas en nmero, que la
imaginacin no puede concebirlas siquiera. Nuestro sol es una hormiga de
ese hormiguero, una de esas estrellas.

--El sol... es una estrella?--interrog asombrada la nia.

--Una estrella fija. Nosotros damos vueltas en torno de ella como locos.

--Ay, qu gusto es saber todo esto! En el colegio no nos ensean ni
jota de esas cosas, y se rea de m Doa Romualda cuando le dije que iba
a preguntarle al Padre Urtazu (que siempre est mirando al cielo con un
catalejo muy largo) lo que son las estrellas y el sol y la luna.

Artegui torci a la derecha, siguiendo el malecn, mientras explicaba a
Luca esas nociones elementales astronmicas, que parecen novela
celeste, cuento fantstico escrito con letras de lumbre sobre hojas de
zafiro. La nia, embelesada, miraba tan pronto a su acompaante, como al
firmamento apacible. Sobre todo, la magnitud y cantidad de los astros la
confunda.

--Qu grande es el cielo! Santo Dios de bondad; si as es el material,
el visible, cmo ser el Empreo, donde estn la Virgen, los ngeles y
los santos!

Artegui sacudi la cabeza, e inclinndose hacia Luca, murmur:

--Qu le parece a usted del aspecto de esas estrellas? Cualquiera dira
que estn tristes. No es verdad que su centellear las hace muy
semejantes a una pupila que vierte lgrimas?

--No estn tristes--respondi Luca--; estn pensativas, que es cosa muy
diferente. Meditan y no les falta en qu! sin ir ms lejos, en Dios,
que las cri.

--Meditar! Lo mismo meditan ellas que ese puente o esos barcos. El
_privilegio_ de la meditacin--Artegui subray amargamente la palabra
_privilegio_--est reservado al hombre, rey de los seres. Y si en esas
estrellas existen--como no puede menos--hombres dotados de todas las
inmunidades y franquicias humanas esos s que meditarn!

--Usted cree que habr hombres en esos luceros? Sern como nosotros,
seor de Artegui? Comern? Bebern? Andarn?

--Lo ignoro. Una sola cosa puedo asegurarle a usted de ellos; pero esa,
con pleno conocimiento y entera certeza.

--Cul?--interrog la nia curiosamente, mirando, a la vaga luz de los
astros, el rostro descolorido de Artegui.

--Que sufrirn como nosotros sufrimos--contest l.

--Cmo lo sabe usted?--murmur ella impresionada por aquel hondo
acento--. Pues a m se me figura que en las estrellas, que son tan
bonitas y lucen tanto, no ha de haber penas, ni rias, ni muertes, como
ac.... Si all debe de ser la gloria!--afirm alzando la mano, para
sealar al refulgente globo de Jpiter.

--El dolor es la ley universal, aqu como all--dijo Artegui, mirando
fijamente al Adour, que corra, negro y silencioso, a sus pies.

Poco ms departieron, hasta volverse al hotel. Hay conversaciones que
despiertan pensamientos profundos y tras de las cuales pega mejor el
silencio que palabras frvolas. Luca, quebrantados los huesos, sin
saber por qu, se afianzaba fuertemente en el brazo de Artegui, y l
andaba despacio, con su aire de indiferencia. Las ltimas frases del
dilogo fueron casi desapacibles, casi hostiles.

--A qu hora llega el tren de maana?--pregunt Luca de pronto.

--El primero, a las cinco o cosa as.

La voz de Artegui era seca y dura.

--Iremos a esperarlo, a ver si viene el seor de Miranda?

--Ir usted si gusta, seora; en cuanto a m, permtame usted que me
niegue.

Tan agrio era el tono de la respuesta, que Luca se qued sin saber qu
decir.

--Van mozos del hotel--aadi Artegui--con usted, o sin usted, a esperar
a los trenes. No necesita darse el madrugn... a no ser que su ternura
conyugal sea tan viva....

Luca baj la frente y se le encendi la faz, como si un hierro hecho
ascua le aproximasen. Al entrar en el hotel, la duea se acerc a ellos;
su sonrisa, avivada por la curiosidad, era an ms complaciente y
obsequiosa que antes. Les explic que haba olvidado un requisito:
preguntar el nombre del seor y de la seora y su pas, para apuntarlo
en la lista de viajeros.

--Ignacio Artegui, madame de Miranda, espaoles--declar Artegui.

--Si el seor tuviese una tarjeta--os decir la hostelera.

Artegui entreg el pedazo de cartulina, y la fondista se deshizo en
cortesas y cumplimientos, cual si implorase perdn por aquella frmula.

--Har usted--orden Ignacio--que al esperar maana al tren de Espaa,
pregunten por _monsieur_ Aurelio Miranda.... no se olvide usted! que le
digan que _madame_ est aqu en este hotel, sin novedad, y que le
aguarda.... Entendido?

--_Parfait_--contest la francesa.

Dironse las buenas noches Luca y Artegui en el umbral de sus
respectivos cuartos. Luca, al desnudarse, vio sobre la mesa los
paquetes de sus compras de ropa blanca. Se mud con delicia, y acostose
creyendo dormir como una bienaventurada, a semejanza de la noche
anterior. Mas no goz de tan regalado reposo, sino de un sueo inquieto
y desigual. Acaso la novedad del lecho, su propia blandura, hicieron en
Luca el efecto que suelen hacer en las personas habituadas a la vida
monstica, de quienes se puede decir con paradjica exactitud que la
comodidad les incomoda.




-VI-


Al despertar a Luca con un bol de caf con leche, diole la camarera,
por primer noticia, la de que _monsieur_ Miranda no haba venido en el
tren de Espaa. Salt del lecho, y se visti en un decir Jess, tratando
de reanudar sus dispersos recuerdos, y mirando la habitacin con la
sorpresa que suelen los que, no habiendo viajado nunca, amanecen en
lugar desacostumbrado y nuevo. Mir al reloj de sobremesa: eran las
ocho. Sali al pasillo, y tecle suaves golpecitos en la puerta del
cuarto de Artegui.

Estaba ste en mangas de camisa, terminando sus operaciones de tocador,
y al or que llamaban, enjugose aprisa manos y rostro, se ech por los
hombros la americana y fue a abrir.

--Don Ignacio... buenos das. Estorbo?

--No por cierto. Entre usted, si gusta.

--Est usted vestido ya?

--O poco menos.

--Sabe usted que no vino el seor de Miranda?

--Ya me lo han advertido.

--Qu me dice usted de eso? No es una cosa muy rara?

Ignacio no contest. Comenzaba, en efecto, a parecerle algo y aun algos
extraa la conducta de aquel recin casado, que as abandonaba a su
mujer la noche de novios, dejndola en un vagn de ferrocarril. Por
fuerza algn incidente desagradable, imprevisto, haba ocurrido al
Miranda incgnito, cuyo destino, por singular caso, influa as en el
suyo de cuarenta y ocho horas ac.

--Voy--dijo--a telegrafiar a todas partes, a las principales estaciones
de la lnea, a Alsasua, a.... quiere usted que telegrafe a Len, a su
padre de usted?

--Dios nos libre!--exclam Luca--; capaz es de tomar el tren para
venir a buscarme, y de ahogarse en el camino con el asma... y con el
disgusto. No, no.

--De todas suertes, voy a dar los pasos..

Y Artegui embuti los brazos en los de su americana, y ech mano al
sombrero.

--Va usted a salir?--pregunt Luca.

--Quiere usted algo ms?

--Sabe usted... sabe usted que ayer era sbado y que hoy es domingo?

--As suele suceder todas las semanas--contest Artegui con afable
burla.

--No me entiende usted.

--Pues explquese. Qu se le ocurre?

--Qu se me ha de ocurrir sino ir a misa como todo el mundo?

--Ah!--exclam Artegui. Y despus aadi--: Pues es cierto. Y quiere
usted....

--Que usted me acompae. No he de ir sola a misa, me parece.

Sonriose Artegui una vez ms, y la nia repar cun de perlas caa la
sonrisa en aquel rostro, apagado y ttrico de ordinario. Era como la
aurora cuando pinta de rosa los pardos montes; como el rayo del sol
cuando rasga los crespones de un da brumoso. Vivan los ojos, vivan
las mejillas sumidas y plidas, renaca la juventud en aquel semblante
marchito por tribulaciones misteriosas, y empaado por perpetuos celajes
obscuros.

--Deba usted estar siempre risueo, Don Ignacio--exclam Luca--.
Aunque--aadi reflexionando--del otro modo se parece usted ms a usted.

Artegui, risueo y solcito, le ofreci el brazo, pero ella no quiso
cogerse. Al llegar a la calle anduvo muy callada, con los ojos bajos,
echando de menos la protectora sombra del negro velo de su manto de
encaje, que le cubra las mejillas, dndole tan modesto porte, cuando en
Len cruzaba bajo las bvedas medio derruidas y llenas de andamiaje de
la catedral. La de Bayona le pareci linda como un dije de filigrana;
pero no pudo or en ella tan devotamente la misa: se lo estorbaba la
pulcritud esmerada del templo, semejante a caja primorosa; los colores
vivos de las figuras neobizantinas pintadas sobre oro en el crucero, o
la novedad de aquel coro descubierto, de aquel tabernculo aislado y sin
retablo, el moverse de los reclinatorios, el circular de las
alquiladoras de sillas. Parecale estar en un templo de culto diverso
del que ella profesaba. Una Virgen blanca, con filetes de oro en el
manto, que presentaba el divino infante en una de las capillas de la
nave, la tranquiliz algo. All rez buena porcin de salves, deshoj
las rosas sangrientas del rosario, los msticos lirios de la letana.
Sali del templo con ligero paso y alegre corazn. Lo primero que vio a
la puerta fue a Artegui, contemplando con inters la gtica forma de la
portada.

--Ya he puesto cantidad de telegramas a las diversas estaciones,
seora--dijo descubrindose cortsmente al verla--. En especial a la ms
importante, Miranda de Ebro. Me he tomado la libertad de firmar con su
nombre de usted.

--Gracias... pero qu? no oy usted misa? exclam la nia mirndole
atenta al rostro.

--No, seora. Vengo, como le he dicho a usted, de la oficina de
telgrafos--contest l evasivamente.

--Pues dese usted prisa si quiere alcanzarla. En este mismsimo instante
sala el sacerdote revestido....

Contrajose levemente la faz de Artegui.

--No oigo misa--repuso entre grave y chancero--. A menos que usted
manifestase formal empeo... en cuyo caso....

--No or misa!--pronunci la nia, y vel sus pupilas el asombro, y
turbose toda--. Y por qu no oye usted misa? No es usted cristiano?

--Supongamos que no lo fuese--balbuci l muy quedo, como reo que
confiesa su crimen ante el juez, y meneando melanclicamente la cabeza.

--Pues qu es usted.... Dios mo!

Y Luca cruz acongojada las manos.

--Lo que el Padre Urtazu llamara... un incrdulo.

Ah!--grit ella con mpetu--. El Padre Urtazu dira que son unos
malvados los incrdulos todos.

--Pudiera aadir el Padre Urtazu que todava son ms infelices.

--Es verdad--replic Luca trmula an, como arbusto sacudido por el
cierzo--. Es verdad: todava ms infelices. El Padre Urtazu no dira, de
seguro, otra cosa. Y tan infelices como son! Madre ma del Rosario!

Inclin la nia la pensativa frente, y quedose anodada, aturdida por el
golpe repentino. El sentimiento religioso, dormido hasta entonces, con
todos los dems, en el fondo de su alma plcida y serena, despertbase
potente al impensado choque. Iban mezcladas dos sensaciones: de punzante
lstima la una, de terror y repulsin la otra. Quera apartarse
espantada de Artegui, y aun se derretan de compasin sus entraas slo
al mirarlo. La gente sala de misa; verta el prtico ondas y ondas
humanas, y Luca, en pie, no acertaba a separarse de aquella catedral,
erguida y blanca como una mrtir cristiana en el circo. Le present
Artegui en silencio el brazo, y ella, dudosa al pronto, acept por fin,
caminando ambos automticamente en direccin al hotel. La maana, un
tanto encapotada, prometa temperatura menos clida y ms grata que la
de la vspera. Corra regalado fresquecillo, y tras del celaje brumoso
adivinbase la sonrisa del sol, como suele columbrarse el amor al travs
del enojo.

--Est usted triste, Lucia--dijo Artegui a la nia afectuosamente.

--Un poco, Don Ignacio--y Luca arranc del pecho doliente suspiro--. Y
usted tiene la culpa--aadi en blando son de amenaza.

--Yo?

--Usted, s. Por qu dice usted esas tonteras que no pueden ser?

--Que no pueden ser?

--S, seor. Cmo es posible que no sea usted cristiano? Vamos, que no
dice usted lo que siente.

--Qu le importa a usted eso, Luca?--exclam l, llamndola segunda
vez por su nombre--. Es usted acaso el Padre Urtazu? Soy yo alguien
que a usted le interese o le importe? Le han de pedir a usted cuenta de
mi alma en algn tribunal? Nia!, eso a usted no le va ni le viene.

--No que no! Vaya, Don Ignacio, que hoy est usted de lo ms... de lo
ms desatinado! Que no me ha de importar a m que usted se condene o se
salve, que usted sea cristiano o judo!

--Judo... lo que es judo no lo soy--respondi Artegui, tratando de dar
al dilogo giro festivo.

--Es lo mismo... renegar de Cristo es ser judo en suma.

--Dejmonos de eso, Luca; no quiero verla a usted con ese gesto; se
pone usted fea!--dijo en tono desahogado l, aludiendo por vez primera a
las condiciones fsicas de Luca--. Qu desea usted ahora? Quiere
usted que la lleve a ver alguna curiosidad de este pueblo? El hospital?
Los fuertes?

Hablaba afable cual nunca, y Luca se aplac, como las crespas olas al
cubrirlas capa de aceite.

--No podramos salir a dar una vuelta por el campo? Me muero por los
rboles.

Artegui torci hacia el teatro, ante cuyo prtico aguardaban dos o tres
cochecillos de los llamados cestos. Hizo breve sea al ms prximo, y el
auriga vasco, alzando su fusta, halag con ella el anca de las tarbesas
jaquitas, que, la cerviz enhiesta, se prepararon a arrancar. Salt
Luca, recostndose en el ligero vehculo, y Artegui se acomod a su
lado, ordenando:

--Camino de Biarritz.

Sali el carruaje veloz como un dardo, y Luca cerr los ojos, gozando
en no pensar, en sentir las rpidas caricias del viento, que echaba
atrs las puntas de su corbata, los undvagos mechones de su cabellera.
Pintoresco y ameno, el camino mereca, no obstante, una mirada. Eran
cultivadas tierras, casas de placer con picudos techos, parques ingleses
de fresco csped y menuda grama, amarillenta ya, como de otoo. Al
divisar torcida vereda que, desvindose de la carretera, culebreaba por
entre los sembrados, detuvo Artegui con un grito al cochero, y dio a
Luca la mano para que descendiese. Busc el vasco el abrigo de unas
tapias donde parar sin riesgo el sudoroso tronco, y Artegui y Luca se
internaron a pie siguiendo el senderito, ella delante, recobrada su
alegra infantil, su gozar inocente en el cansancio del cuerpo. La
cautivaba todo, las flores del trbol, que salpicaban de una lluvia de
pintas carmeses el verdinegro campo; las manzanillas tardas y los
acianos plidos en las lindes, las digitales que coga risuea
hacindolas estallar con las dos manos, los rizados airones del apio,
las acogolladas coles, puestas en fila, separada cada fila por un surco,
semejante a una trinchera. La tierra, de puro labrada, abonada,
removida, tena no s qu aspecto de decrepitud. Sus poderosos flancos
parecan gemir, sudando una humedad viscosa y tibia, mientras en los
linderos incultos, al borde del caminillo, quedaban an rincones
vrgenes, donde a placer crecan las bellas superfluidades campestres,
las gramineas vaporosas, las florecillas multicolores, los agudos
cardos.

No cabiendo juntos por la angosta senda, iban Lucia y Artegui uno tras
otro, si bien Artegui a veces se echaba a campo traviesa, sin gran
respeto de la ajena propiedad. Detuvo al fin la nia su indisciplinada
carrera al pie de espesos mimbrales, que, creciendo al borde de un
pantano, sombreaban pendiente ribazo muy mullido de hierba, y desde el
cual se oteaba todo el paisaje recorrido. Dejronse caer en el natural
divn, y vieron tenderse ante ellos la vega, como remendada de varios
colores, segn eran los de las verduras que en cada heredad se
cultivaban. En la blanca cinta de la carretera distinguieron un punto
negro: el cesto con las jacas. No picaba el sol; su luz se cerna por un
velo de nubes, y la campia tena tonos mates, verdes glaucos,
amarilleces areniscas, lejanas delicadamente cenicientas, suaves
matices que se copiaban en la cinaga tranquila.

--Esto es muy hermoso, Don Ignacio--dijo Luca por decir algo, pues
pesaba sobre su alma el silencio, la soledad profunda del lugar--. No
le gusta a usted?

--S que me gusta--contest Artegui distradamente.

--Bien que a usted parece que no le gusta nada.... Siempre est usted
como cansado... es decir, cansado no, es ms bien triste. Mire
usted--sigui la nia, asiendo de un flexible mimbre y divirtindose en
coronarse con la obediente rama--, a que no es usted capaz de creer que
su tristeza se me va pegando, y que tambin yo me hallo as... no s
cmo, preocupada, vamos! Diera... lo que no s por verle contento y...
natural, como son todos los hombres. Usted no tiene el mirar ni la cara
como los dems, Don Ignacio.

--Pues viceversa--respondi l--; a m se me comunica su alegra de
usted, y a veces an gasto mejor humor del que usted misma gastara.
Tambin el jbilo es contagioso.

Djolo atrayendo a s otra rama de mimbre que descortez con las uas,
arrojando las tiras de pelcula tierna al pantano, y mirando fijamente
los crculos que en el agua abran al caer.

--Claro est que s--afirm Luca--. Y si usted quisiera ser franco, si
usted se decidiese a... confiarme lo que as le aflige, vera cmo en un
santiamn le disipaba yo esa sombra que tiene en la cara. No s por qu
se me figura que tanta seriedad, tanto ceo, tanto caimiento de animo,
no nace de que usted sea desdichado de veras, sino all de.... qu s
yo!, de nieras, de ideas sin ton ni son que le bullen a usted en los
cascos. A que acert?

--Tan plenamente--exclam Artegui soltando la rama de mimbre y asiendo
la mano de la nia--, que ahora me confirmo en creer que los seres puros
poseen cierta presciencia, cierta intuicin maravillosa y singularsima,
negada a los que conocemos, en cambio, el triste misterio del vivir.

Luca, seria e inmutada, miraba a su compaero de viaje.

--Lo ve usted!--acert a pronunciar por fin, buscando en los ngulos de
su boca la sonrisa, y hallndola a duras penas--. De modo que ya pasaron
todas esas ideas sin fundamento, que son como los castillos de naipes
que me haca padre siendo yo chiquita; soplaba, y, patats!, al suelo.

--En eso yerra usted, hija--dijo Artegui soltndole la mano con uno de
sus lnguidos movimientos de autmata--. Es lo contrario lo que sucede.
Cuando nace y se engendra la tristeza de alguna causa, puede desaparecer
si la causa cesa; pero si la tristeza brota espontneamente como esas
malas hierbas y esos juncos que usted ve al borde del pantano; si est
en nosotros; si forma la esencia de nuestro ser mismo; si no se
encuentra aqu ni all solamente, sino en todas partes; si ninguna cosa
de la tierra alcanza a darle alivio, entonces... crame usted, nia, el
enfermo est desahuciado. No hay esperanza.

Hablaba sonriente, pero era su sonrisa semejante a la luz que alumbra un
nicho.

--Pero, sepamos...--interrog Luca a pesar suyo con angustiosa y febril
curiosidad--. Pesa sobre usted alguna desdicha? Alguna pena grande?

--Ninguna de las que el mundo llama tales.

--Tiene usted familia... que le quiera?

--Mi madre me adora.... y si no fuese por ella!--declar Artegui
abandonndose, como mal de su grado, a la dulce corriente de la
confianza.

--Y su padre de usted?

--Muri aos ha. Era vascongado, emigrado carlista, hombre de grande
energa, de muchos nimos: internronle en Francia, viose pobre y solo,
trabaj como se haba batido... como un len, hasta llegar a poder
establecer una vasta agencia de comercio, enriquecerse, adquirir en
Pars casa propia, y casarse con mi madre, que es de una familia
distinguida de Bretaa, legitimista tambin. No tuvieron ms hijo que
yo: me adoraron, sin descuidar mi educacin ni excederse en mimos y
locuras; estudi, vi mundo; dije que quera viajar, y me abri mi madre
su bolsa anchamente; tuve, hombre ya, algn capricho, muchos caprichos,
y se cumplieron. He visto los Estados Unidos y el Oriente, sin hablar de
Europa; paso los inviernos en Pars, y los veranos suelo visitar Espaa;
mi salud es buena y no soy viejo. Ya ve usted que soy lo que suele la
gente denominar... un mimado de la fortuna, un hombre feliz.

--Es cierto--dijo Luca--; pero quin sabe si por eso mismo estar
usted as! He odo decir que para que el pan sepa bien hay que ganarlo:
verdad que yo no lo gano, y hasta ahora no me amarg.

--Tiempo hubo--murmur Artegui como respondindose a s mismo--en que
cre provena mi indiferencia de la seguridad de mi vida, y en que dese
deberme a m mismo, a m solo, el subsistir. Dos aos rehus los
auxilios de mis padres, y, entrando en calidad de socio industrial en
una gran empresa, dime a trabajar con ardor. Gan ms de lo necesario;
me segua, como rendida amante, la suerte; pero aquella especulacin sin
tregua ni entraas me provocaba nuseas, y quise probar alguna labor en
que entendimiento y cuerpo fuesen unidos, y en que la ganancia no
alcanzase ms que a no dejarme morir de hambre. Estudi la medicina, y,
aprovechando la guerra que a la sazn arda en el Norte de Espaa, vine
al cuartel de Don Carlos. El nombre de mi padre me abri todas las
puertas y me dediqu a ejercer en los hospitales....

--Fue entonces cuando cur usted a Sardiola?

--Exactamente. Tena el pobre diablo un metrallazo horrible: partida la
mejilla, interesada la mandbula, y desangrndose a ms andar por la
arteria. Una cura difcil, pero afortunadsima. Muchas hice entonces, y
fue aquel el tiempo en que menos me acos el cansancio moral. Pero en
cambio....

Artegui se detuvo, temeroso de proseguir.

--Diga usted, diga usted--interrog Luca ansiosamente.

--Para qu, seora! para qu? Ni s por qu le he contado a usted ya
tantas cosas ridculas, y para usted, probablemente, ininteligibles...
como son los sueos del demente para los cuerdos.

--No, seor--declar Luca ofendida--; le entiendo a usted muy bien, y
en prueba de ello voy a adivinar eso que se call. Ver usted que
s!--grit, cuando Artegui hubo meneado sonriendo la cabeza--. Usted se
aburri menos en esa temporada en que fue mdico de aficin; pero en
cambio... con ver tanto muerto, y tanta sangre, y tanta barbaridad, an
se volvi usted ms... ms judo que antes. No es as? Di o no di en
ello?

Artegui la mir, y con mudo asombro frunci el entrecejo sin replicar.

--Y quiere usted que le diga? Pues eso, eso es lo que usted tiene, y
por lo que est usted tan a mal con la suerte y consigo mismo. Si usted
fuese buen cristiano podra usted estar triste, pero... de otra manera,
vamos, de otra manera; con tristeza ms dulce y ms resignada. Porque
quien espera irse al cielo, sabe sufrir ac y no se desespera.

Y como Artegui, silencioso y apretados los labios volviese a otra parte
la cabeza, murmur la nia, en voz suave como una caricia:

--Don Ignacio, el padre Urtazu me ha dicho que haba unos hombres que no
queran admitir lo que la Iglesia ensea y creemos nosotros, pero que
all... a su manera, a su capricho, en fin, adoraban a un Dios que ellos
se forjaban... y crean en la otra vida tambin, y en que el alma no
muere al morir el cuerpo.... Es usted de esos?

l no respondi palabra, y doblando violentamente dos o tres ramas de
mimbre, hzolas estallar. Cayeron inertes los tronchados troncos; pero
unidos an por la corteza, quedaron colgando como rotos miembros de
invlido.

--Tampoco es usted de esos?--sigui la nia volvindose hacia l, con
las manos juntas, semiarrodillada en el ribazo--. Tampoco as cree
usted? Don Ignacio, de veras, no cree usted en nada? En nada?

Levantose Ignacio de un brinco, y, quedndose en pie sobre la parte ms
elevada del ribazo, dominando el paisaje todo, pronunci lentamente:

--Creo en el mal.

De lejos, era escultural el grupo. Luca, anonadada, casi de hinojos,
cruzadas las manos, imploraba: Artegui, alzado el brazo, erguido el
cuerpo, mirando con doloroso reto a la bveda celeste, pareciera un
personaje dramtico, un rebelde Titn, a no vestir el traje llano y
prosaico de nuestros das. Ms entoldado cada vez el celaje, se
acumulaban en l nubarrones plomizos, como enormes copos de algodn en
rama, hacia la parte donde caan Biarritz y el Ocano. Rfagas
sofocantes cruzaban, muy bajas, casi a flor de tierra, doblegando los
tallos de los juncos y estremeciendo el agudo follaje de los mimbrales a
su hlito de fuego. Poderoso gemido exhalaba la llanura al percibir los
signos precursores de la tormenta. Dijrase que el mal, evocado por la
voz de su adorador, acuda, se manifestaba tremendo, asombrando a la
naturaleza toda con sus anchas alas negras, a cuyo batir pudieran
achacarse las exhalaciones asfixiantes que encendan la atmsfera.
Lbrego y obscuro, como la luna de un espejo de acero, el pantano
dorma, y las florecillas acuticas se desmayaban en sus bordes. La voz
de Artegui, ms intensa que elevada, resonaba entre el pavoroso
silencio.

--En el mal--repeta--, que por todas partes nos cerca y envuelve, de la
cuna al sepulcro, sin que nunca se aparte de nosotros. En el mal, que
hace de la tierra vasto campo de batalla, donde no vive cada ser sin la
muerte y el dolor de otros seres; en el mal, que es el eje del mundo y
el resorte de la vida.

--Seor de Artegui...--balbuci dbilmente Luca--, usted, segn creo,
dar culto al demonio, negndoselo a Dios.

--Culto! no, he de dar culto al poder inicuo que, guarecido en la
sombra, conspira al dao comn? Luchar, luchar con l quiero ahora y
siempre. Usted le llama demonio: yo el mal, el dolor universal. Yo, s
cmo se le vence.

--Con fe y buenas obras--exclam la nia.

--Muriendo--respondi l.

Quien de lejos divisara aquella pareja, mancebo galn y lozana
doncellita, departiendo solos en la vega frondosa, tomralos, a buen
seguro, por enamorados novios; y no creyera que hablaban de dolor y
muerte, sino de amor, que es la vida misma. Artegui, de pie, se vea
claramente en los garzos ojos que hacia l alzaba Luca, ojos que, a
pesar de la obscuridad del cielo, parecan salpicados de pajuelas
luminosas.

--Muriendo!--repiti ella, como el rbol repercute el sonido del golpe
que le hiere.

--Muriendo. El dolor no concluye sino en la muerte: slo la muerte burla
a la fuerza creedora que goza en engendrar para atormentar despus a su
infeliz progenitura.

--No le entiendo a usted--murmur Luca--; pero tengo miedo--. Y su
cuerpo temblaba todo como los mimbrales.

Artegui no contest palabra: mas una voz grave y poderosa, retumbando en
los cielos, se uni de pronto al extrao do. Era el trueno, que
estallaba a lo lejos, solemne y terrible. Luca exhal un gemido de
pavor, cayendo con la faz contra la hierba. Desgarrronse las nubes, y
anchas gotas de agua cayeron, sonando como goterones de plomo lquido en
la crujiente seda de las frondas de mimbre. Bajose rpidamente Artegui,
y tomando con nervioso vigor a Luca en sus brazos, dio a correr sin
mirar por dnde, saltando zanjas, atravesando barbechos, pisando apios y
coles, hasta llegar, azotado por la lluvia, perseguido por el trueno que
se acercaba, a la carretera. El cochero renegaba del mal tiempo
enrgicamente cuando Artegui deposit a Luca casi exnime en el
asiento, subiendo a toda prisa el hule, para guarecerla algo. Las jacas,
espantadas, salieron sin aguardar la caricia de la fusta, y, aguzadas
las orejas y ensanchando las fosas nasales, arrancaron hacia Bayona.




-VII-


Luca acababa de secarse ante la chimenea encendida por Artegui en su
cuarto. Los cabellos, antes empapados y pegados a la frente, comenzaban
a revolar ligeros en torno de sus sienes; su ropa humeaba an, pero ya
el benfico calorcillo, penetrndola, le restitua la acostumbrada
soltura. Slo la pluma del sombrero, lastimosamente alicada,
atestiguaba los estragos de la arroyada, a despecho de la prolijidad con
que su duea, aproximndola a las llamas, intentaba devolverle las
grciles roscas.

En una butaca yaca Artegui, cual siempre, yerto, abandonado a la
inercia de sus ensueos. Reposaba sin duda la fatiga de haber prendido
fuego a los cepos que tan regocijadamente ardan, y pedido t y
servdolo, mezclndole unas gotas de ron. Silencioso y quieto ahora,
posaba los ojos en Luca y en el fuego, que daba mvil fondo rojo a su
cabeza. Mientras Luca sinti el peso de la mojada ropa y la prensin
del calzado hmedo, mantvose tambin muda y encogida, tiritando,
creyendo escuchar an el redoble de los truenos y sentir los picotazos
de las mltiples agujas de la lluvia en sus mejillas.

Poco a poco la suave influencia del calor fue desatando sus miembros
entumecidos y paralizada lengua. Adelant los pies, luego las manos,
hacia la hoguera; sacudi las enaguas, con objeto de enjugarlas por
igual, y finalmente, sentose en el suelo a la turca para mejor gozar del
fuego, que contempl fija y absorta, oyndole crujir y viendo los
troncos pasar de color de brasa al negro.

--Don Ignacio?--dijo de pronto

--Luca?

--A que no sabe usted lo que estoy pensando?

--Usted dir.

--Son tan raras las cosas que desde anteayer me suceden; est tan fuera
de sus naturales caminos mi vivir desde estos das; tan singular e
inaudito me parece lo que usted dijo all... junto al pantano, que
imagino si me quedara dormida en Miranda de Ebro, y no habr despertado
an. Yo debo estar todava en el vagn, es decir, all estar mi cuerpo,
pero mi alma se escap y suea tales tonteras... a la fuerza.

--No s qu tenga de particular cuanto a usted acontece: antes tiene
mucho de vulgar y sencillo. Se queda atrs su marido de usted; y yo, que
por casualidad la encuentro entonces, la acompao hasta que l venga. Ni
ms ni menos. No hagamos novela.

Artegui hablaba con su entonacin lenta y desdeosa de costumbre.

--No--insisti Luca--, si lo extrao no es lo que me ha sucedido. Lo
que hallo inusitado, es usted. Vamos, Don Ignacio, que usted bien lo
conoce. Yo nunca vi a nadie que pensase lo que usted piensa, ni que lo
dijese; y por eso a veces--murmur cogindose la frente con ambas
manos--suele pasarme por ac la idea de que estoy soando an.

Levantose Artegui del silln y acercose al fuego. Su gallarda estatura
creca al reflejo de la lumbre, y a Luca, sentada en el suelo,
pareciole ms alto que de ordinario.

--Importa--dijo l inclinndose--que le pida a usted perdn. Yo no
acostumbro decir ciertas cosas al primero que llega; pero a personas
como usted todava menos. He soltado mil necedades, que con razn
asustaron a usted. Sobre ser inconveniente, es de mal gusto y hasta
cruel, lo que hice. Proced como un necio y me pesa de ello: cralo
usted.

Luca, levantando el rostro, le miraba. El resplandor de la lumbre
doraba su cabello castao, y tea de rosa toda su carne: brillbanle
los ojos, que alzaba, obligada por la postura.

--Tengo--prosigui Artegui--dos temperamentos, y suelo obedecerles
irreflexivamente, como un nio. Por lo regular, soy como era mi padre,
muy firme de voluntad, muy reservado y dueo de s mismo; pero a veces
domina en m el temperamento materno. Mi pobre madre padeci siendo muy
joven, all en su castillote de Bretaa, ataques de nervios, melancolas
y trastornos que nunca ha logrado curar del todo, si bien se aliviaron
algo despus de mi nacimiento. Ella solt parte del mal, y yo le recog;
qu mucho que en ocasiones obre y hable, no como hombre, sino como nio
o mujer!

--Eso es, Don Ignacio--exclam Luca--, que en sana razn no pensara
usted lo que... lo que dijo all.

--Yendo con usted--prosigui l--, con una criatura joven y leal, que
ama la vida y siente, y cree, quin me meta a m a hablar de nada
triste, ni exponer desvaros abstrusos, convirtiendo el paseo en
ctedra? Ridiculez igual! soy un majadero. Lucia--aadi con
naturalidad y sin la menor expresin de amargura--, usted dispensa mi
falta de tino, no es cierto?

--S, Don Ignacio--murmur ella bajo.

Artegui arrastr el silln, y sentose cerca del fuego tambin, alargando
manos y pies hacia la llama.

--No siente usted fro ya?--pregunt a Luca.

--No, seor. Un calor muy agradable, al contrario.

--A ver esas manos?

Luca, sin levantarse, entreg sus manos a Artegui, que las hall tibias
y suaves, y las solt presto.

--Con la lluvia--aadi--, no pude llevarla a usted un poco ms lejos,
hacia la parte de Biarritz, donde hay tan bonitas quintas y parques al
estilo ingls. Ni hemos disfrutado casi de la hermosa campia. Qu bien
olan los henos y los trboles! Y la tierra. El olor de la tierra
labrada es algo acre, pero muy grato.

--Lo que ola bien, eran unas mentas que vi al borde del pantano. Siento
no haberme trado ramas.

--Quiere usted que vaya por ellas? Pronto estara de vuelta....

--Jess, Mara y Jos! Qu disparate, Don Ignacio! ir ahora por las
mentas!--dijo Luca; pero el placer de la oferta ti de prpura su
rostro.

--Oye usted cmo diluvia?--agreg por mudar de asunto.

--La maana no anunciaba este turbin--repuso Artegui--. Es muy hmeda
toda Francia en general, y esta cuenca del Adour no desmiente la regla.
Lstima no haber podido recorrer Biarritz! Hay all palacios y
comercios monsimos. La llevara a usted a ver la Virgen que, desde una
roca, parece que sosiega el Ocano.... Ms hermosa idea artstica no se
puede dar.

--Cmo? la Virgen?--pregunt muy interesada Luca.

--Una estatua erigida sobre unos peascos.... Al ponerse el sol, es un
efecto maravilloso: la estatua parece de oro, y la rodea un mar de
fuego.... Es una aparicin.

--Ay, Don Ignacio! me llevar usted maana?--grit Luca, dilatados
los ojos con el afn y alzando sus manos suplicantes.

--Maana...--Artegui se qued otra vez pensativo--. Pero,
seora--pronunci ya con diverso tono--, hoy debe llegar su marido de
usted!

--Es verdad.

Ces de suyo el dilogo, y ambos interlocutores miraron el fuego, y an
Artegui le aadi lea, porque menguaba. Crujieron los inflamados
tizones, y algunos se abrieron, hendindose como la granada madura;
saltaron mil chispas, y medio se desmoron el gneo edificio bajo el
peso de los nuevos materiales. Lami suavemente la llama el reciente
pasto que le ofrecan, y al fin comenz a clavarle sus lenguas de spid,
arrancando con cada beso ardiente un chasquido de dolor. Aunque no fuese
todava muy remota la hora meridiana, estaba el aposento casi obscuro,
tal era al exterior el aguacero y el negror del cielo.

--No ha almorzado usted, Luca--record de pronto Artegui,
levantndose--. Voy a decir que le traigan a usted el almuerzo aqu.

--Y usted, Don Ignacio?

--Yo... almorzar tambin, abajo, en el comedor. Es ya muy hora.

--Pero por qu no almuerza usted aqu, conmigo?

--No, abajo--replic l avanzando hacia la puerta.

--Como usted quiera... pero yo no tengo ganas. No me traiga usted nada.
Estoy... as, vamos, no s cmo.

--Tome usted algo... ha cogido usted fro y le conviene entrar en
reaccin.

--No... an si usted almorzase aqu, me animara tal vez--, insisti
ella con tenacidad de nia voluntariosa.

Encogiose Artegui de hombros como aquel que se resigna, y tir del
cordn de la campanilla. Cuando un cuarto de hora despus entr el
camarero con la bandeja, arda el fuego ms que nunca claro y
regocijado, y las dos butacas, colocadas a ambos lados de la chimenea, y
el velador cubierto de nveo mantel, convidaban a la dulce intimidad del
almuerzo. Brillaban las limpias copas, las garrafas, la salvilla, las
vinagreras, el aro de plata del mostacero: los rbanos, nadando en fina
concha de porcelana, parecan capullos de rosa; el lenguado frito
presentaba su dorado lomo, donde se destacaba el oro plido de las
ruedas de limn, y el verde chamuscado de las ramas de perejil; los
bisteques reposaban sangrientos en lago de liquida manteca; y en las
transparentes copas de muselina destellaba el intenso granate del
Borgoa y el rubio topacio del Chateau-Iquem. Al entrar y salir; al
dejar cada plato, o recogerlo, rease el camarero, para su sayo, de la
enamorada pareja espaola, que quera habitacin aparte, para luego
almorzar as, mano a mano, al halago de la lumbre. A fuer de francs de
raza, el sirviente aprovechaba la situacin, subiendo el gasto. Haba
presentado a Artegui la lista de los vinos, y se permita indicaciones y
consejos.

--El seor querr Champagne helado.... Se lo traer en garrafa, es ms
cmodo.... Las ananas que hay en la casa son excelentes: voy a traer...
El Mlaga nos llega directamente de Espaa: oh! el vino de Espaa...
clac! no hay como la Espaa para vinos....

Y fueron viniendo botellas, aumentndose copas a la ya formidable
batera que cada convidado tena ante s; anchas y planas, como las de
los relieves antiguos, para el espumante Champagne; verdes y angostas,
finsimas, para el Rhin; cortas como dedales, sostenidas en breve pie,
para el Mlaga meridional. Apenas lleg Luca a catar dos dedos de cada
vino; pero los iba probando todos por curiosidad golosa; y, un tanto
pesada ya la cabeza, olvidando deliciosamente las peripecias del paseo
matinal, se recostaba en la butaca, proyectando el busto, enseando al
sonrer los blancos dientes entre los labios hmedos, con risa de
bacante inocente an, que por vez primera prueba el zumo de las vides.
La atmsfera de la cerrada habitacin era de estufa: flotaban en ella
espirituosos efluvios de bebidas, vaho de suculentos manjares, y el
calor uniforme, apacible de la chimenea, y el leve aroma resinoso de los
ardidos leos. Lindo asunto para una anacrentica moderna, aquella mujer
que alzaba la copa, aquel vino claro que al caer formaba una cascada
ligera y brillante, aquel hombre pensativo, que alternativamente
consideraba la mesa en desorden, y la risuea ninfa, de mejillas
encendidas y chispeantes ojos. Sentase Artegui tan dueo de la hora,
del instante presente, que, desdeoso y melanclico, contemplaba a Luca
como el viajero a la flor de la cual aparta su pie. Ni vinos, ni
licores, ni blando calor de llama, eran ya bastantes para sacar de su
aptico sueo al pesimista: circulaba lenta en sus venas la sangre, y en
las de Luca giraba pronta, generosa y juvenil. Hermoso era, sin
embargo, para los dos el momento, de concordia suprema, de dulce olvido;
la vida pasada se borraba, la presente era como una tranquila eternidad,
entre cuatro paredes, en el adormecimiento beato de la silenciosa
cmara. Luca dej pender ambos brazos sobre los del silln; sus dedos,
aflojndose, soltaron la copa, que rod al suelo, quebrndose con
cristalino retintn en el bronce del guardafuego. Riose la nia de la
fractura, y, entreabiertos los ojos y clavados en el techo, se sinti
anonadada, invadida por un sopor, un recogimiento profundo de todo su
ser. Artegui, en tanto, mudo y sereno, permaneca enhiesto en su butaca,
orgulloso como el estoico antiguo: acre placer le penetraba todo, el
goce de sentirse bien muerto, y cerciorarse de que en vano la traidora
Naturaleza haba intentado resucitarle.

Y as se estuvieran probablemente hasta sabe Dios cundo, a no abrirse
de golpe la puerta, apareciendo en ella un hombre; no el camarero, ni
menos el esperado Miranda, sino un mozalbete de algunos veinticuatro o
veinticinco aos, mediano de estatura, pronto y desenfadado de modales.
Traa el sombrero puesto, y lo primero que se vea de su persona era el
reluciente alfiler de la corbata, y las botas de caa clara, atrevidas,
cortas, un tanto manolescas. Caus la entrada de este nuevo personaje
una transformacin a vista en la escena: mientras Artegui se levantaba
furioso, Luca, vuelta a la conciencia de s misma, pas las manos por
las sienes, enderezose en el silln adoptando actitud reservada, pero
con las pupilas vagas an, perdidas en el espacio.

--Hola, Artegui.... Usted por aqu? Lo veo, lo veo ahora mismo en la
tablilla, y vengo a escape...--pronunci imperturbable el recin venido.
Y de pronto, haciendo como que reparaba en Luca, inclinose con soltura,
descubrindose, sin aadir otra palabra.

--Seor Gonzalvo--respondi Artegui recatando el enojo bajo un tono
glacial--, muy amigos nos habremos vuelto desde que no nos vemos. En
Madrid....

--Usted siempre tan ingls, tan ingls!--pronunci sin turbacin ni
encogimiento el mancebo--. Mire usted; ya sabe usted que soy franco,
franco; en Madrid andbamos cada cual a nuestro negocio y a nuestro
gusto; pero en el extranjero, en el extranjero agrada encontrar
paisanos. En fin, dispense usted; dispense usted; veo que vine a
molestarle; lo siento por la seora....

Nueva reverencia, mientras sus ojos entornados se cosan cnicamente al
rostro de Luca, alumbrado por los moribundos tizones.

--No, espere usted--grit Artegui levantndose y asindole de una manga
sin ceremonia, al ver que volva la espalda. Ya que ha entrado usted
aqu sin ms ni ms, es preciso que sepa usted que no me coge en ninguna
aventura escandalosa, ni de eso nace mi enojo por su importunidad.

--Hombre, hombre, hombre; si yo no pregunto...--dijo l encogindose de
hombros.

--Me importa un bledo lo que creyese usted de m.... Pero esta seora
es... una mujer honrada; por incidentes que no son del caso viene sola,
y la acompao hasta entregrsela a su esposo....

Y viendo la media sonrisa de su interlocutor, aadi:

--Le aconsejo a usted que me crea, porque mi reputacin de verdico es
quizs la nica que en el mundo aprecio....

--Le creo a usted; le creo a usted...--dijo sencilla y sinceramente el
mozo--; usted pasa por algo raro, raro; pero muy franco tambin...
Adems, yo soy prctico, prctico, prctico en la materia, y bien
distingo las verdaderas seoras....

Djolo haciendo tercera vez venia a Luca, con gentil desembarazo.
Levantose ella, instintivamente digna, y serio y compuesto el rostro le
devolvi el saludo. Artegui se adelant entonces, y solt la frmula
sacramental:

--El seor don Pedro Gonzalvo, la seora de Miranda.

Miranda.... S, s, lo he visto, lo he visto abajo escrito en la
tablilla tambin... conozco un Miranda que se habr casado estos das...
soltern, soltern....

--Don Aurelio?--pregunt Luca a pesar suyo.

--Justo.... Le trato mucho, mucho.

--Es mi marido--murmur ella.

Encendironse rpidamente en una llamarada de curiosidad las mejillas
del mancebo, y clav de nuevo en Luca sus ojos chicos examinndola
implacablemente.

--Miranda.... Ah! Conque es usted la seora, la seora de Aurelio
Miranda!--repiti, sin ocurrirsele decir ms. Pero, discretamente
indicadas, le bullan en los labios las preguntas de tal modo, que
Artegui se impuso la penitencia de narrarle todo la acaecido de pe a pa.
Escuchaba l, refrenando con su prctica del mundo, la risa maliciosa
que le asomaba a las facciones. Era evidente que al mozo calaverilla le
diverta infinito el cmico percance conyugal del calavern rancio. Un
rayo de sol vergonzante rompa las pardas nubes, y recortaba sobre el
fondo obscuro la cabeza linftica, rubia, la tez pecosa, las facciones
delicadas, pero no exentas de rasgos caractersticos, del mancebo. Sus
manos blancas y femeniles atormentaban la cadena de acero del reloj, y
en el meique de una de ellas rojeaba grueso carbunclo, al lado de otro
aro inocente, sortija de colegiala, sobrado estrecha para el dedo, una
crucecica de perlas sobre un crculo de oro.

--Y, en resumen, de Miranda, no se sabe nada, nada?--pregunt odo el
relato.

--Nada hasta hoy--afirm gravemente Artegui.

--Hombre, es divino es divino!--mascull el mozalbete entre dientes,
rindose ms bien con los ojos que con la boca--. Lance igual! Estar
chistoso Miranda; estar chistoso.

Artegui le miraba fijamente, sorprendiendo en sus pupilas la risa
indiscreta. Con solemne seriedad, le interrog:

--Es usted amigo de Don Aurelio Miranda?

--S, mucho, mucho...--cece rpidamente Gonzalvo, que sola al
pronunciar comerse dos o tres letras de cada palabra, repitiendo en
cambio la palabra misma dos o tres veces, lo que haca galimatas
peregrino, sobre todo cuando hablaba colrico, barajando o suprimiendo
vocablos enteros:

--Mucho, mucho--prosigui--. En todas partes, hombre, en todas partes,
me lo encontraba en Madrid.... Fue una temporada del, cmo se llama?,
del Veloz Club, del Veloz Club, y estaba abonado con nosotros, con los
muchachos, a se, vamos... a Apolo, a Apolo.

--Me felicito--exclam Artegui sin menguar un pice en seriedad--. Pues,
seora--sigui volvindose a Luca--, ya tiene usted aqu lo que tanto
le hubiera convenido encontrar dos das hace: un amigo de su esposo, que
con harta ms razn, motivo y derecho que yo, puede servirla de rodrign
hasta que el seor Miranda aparezca.

A esta inesperada salida, Gonzalvo sonri inclinndose cortsmente, como
hombre de mundo acostumbrado a todo gnero de situaciones; pero Luca,
con el rostro atnito, encendido an, se ech atrs, en ademn de
rehusar la nueva escolta que se le brindaba.

Interrumpi la escena muda el camarero, entrando y presentando a Artegui
en una bandejilla un sobre azul, que encerraba un telegrama. No era
dable en Artegui palidecer, y, sin embargo, visiblemente se tornaron an
ms descoloridos sus pmulos al leer, roto el sobre, lo que el parte
deca. Nublronse sus ojos, y por instinto busc el apoyo de la
chimenea, en cuya tableta de mrmol se recost. A este punto, Luca,
vuelta ya de su asombro primero, se lanzaba a l, y ponindole las dos
manos en los brazos, le suplicaba ansiosamente:

--Don Ignacio, Don Ignacio... no me deje usted as.... Para lo que falta
ya.... qu trabajo le cuesta a usted quedarse? Yo no conozco a este
seor... en mi vida le he visto....

Artegui oa maquinalmente, como oyen los catalpticos. Al fin se desat
su lengua. Mir a Luca sorprendido, cual si la viese por primera vez, y
con voz debilitada pronunci:

--Me voy a Pars ahora mismo.... Mi madre se muere.

Sinti ella en el crneo otro golpe de maza, y quedose sin voz, sin
aliento, sin pulsos. Cuando pudo exclamar:

--Pero... su madre de usted.... Dios mo, qu desgracia tan
grande!--estaba Artegui ya en la puerta, sin or las ceceosas ofertas de
servicio que le prodigaba Gonzalvo.

--Don Ignacio!--grit la nia al ver poner la mano en el pestillo.

Cual si a aquella voz vibrante se despertase la memoria del desdichado
hijo, volvi pies atrs, fue derecho a Luca, y sin pronunciar palabra
cogiole las dos manos, y las prens entre las suyas, con enrgico y mudo
apretn. As se estuvieron breves segundos sin acertar a decirse una
frase de despedida. Luca quiso hablar; pero parecale que un dogal muy
suave, de seda, se cea a su garganta, estrangulndola cada vez ms. De
improviso la solt Artegui; ella respir, adosndose a la pared,
aturdida.... Cuando mir en torno, no estaba en la habitacin sino
Gonzalvo, que lea entre dientes el telegrama, olvidado por su dueo
sobre la mesa.

--Pues es verdad, pues es verdad.... Y est en castellano, murmuraba:
La seora bastante grave. Desea venga seorito.... Engracia. Quin
ser esta Engracia, esta Engracia?Ah! ya s: el ama de cra de
Artegui... el ama, de fijo. Hombre, hombre! pues no s si coger el
expreso, el expreso (esta palabra en labios de Gonzalvo sonaba as:
_eps_). Las dos y media... hace poco lleg el de Espaa... an tiene
tiempo.

Guard otra vez el lindo reloj esqueleto con cifras grabadas en ambos
cristales, y volviendo los ojuelos a Luca, aadi:

--Lo siento por usted; por usted, seora; ahora soy yo su escolta.... Lo
mejor es que se venga usted conmigo; aqu tengo a mi hermana, a mi
hermana, y las pondr a ustedes juntas.... No est.... No est bien una
seora as, sola en una fonda....

Gonzalvo tendi el brazo, y Luca, pasivamente, iba a apoyarse en l;
pero se abri de nuevo la puerta, y el camarero, con actitud teatral,
anunci:

--_Monsieur_ de Miranda.

Era, en efecto, el asendereado novio, cojeando de la pierna derecha,
pudiendo apenas sentar el pie, porque los agudos dolores de la luxacin,
consecuencia ingrata del salto a la va, se renovaban al apoyar la
planta en el suelo. Perdida as la gallarda del andar, los cuarenta y
pico se asomaban implacables a todas las lneas del rostro: la triste
raya de tinta de los bigotes resaltaba sobre la marchita tez; el prpado
cado, hundidas las sienes y desaliado el cabello, pareca el ex buen
mozo una de esas desmanteladas torres, bellas a la luz crepuscular, pero
que a medioda todas se vuelven grietas, ortigas, zarzales y lagartos. Y
como Luca se quedase dudosa, indecisa, sin acertar ni a darle los
buenos das, ni a arrojarse en sus brazos, Gonzalvo, censor eterno y
sempiterno del matrimonio, desenlaz la extraa situacin disparando la
risa, y adelantndose a dar un abrazo jocoserio a aquella lamentable
caricatura del esposo que llega.




-VIII-


Pocos das en Bayona bastaron para que Miranda se aliviase notablemente
de la dolorosa luxacin, y a que Pilar Gonzalvo y Luca se conociesen y
tratasen con cierta confianza. Pilar haca rumbo, como Miranda, a Vichy;
slo que mientras Miranda quera que las aguas enseasen a su hgado a
elaborar el azcar en justas y debidas proporciones para no daar a la
economa, la madrileita iba a las saludables termas en demanda de
partculas frreas que coloreasen su sangre y devolviesen el brillo a
sus apagados ojos. Hambrienta como toda persona dbil, como todo
organismo pobre, de excitaciones, novedades y acontecimientos,
divirtiole en extremo la relacin nueva de Luca, y las raras peripecias
de su viaje, y el registro de sus galas de novia, que visit sin
perdonar una, examinando los encajes de cada chambra, los volantes de
cada traje, las iniciales de cada pauelo. Adems, la simplicidad franca
de la leonesa le brindaba campo virgen e inculto donde plantar todas las
flores exticas de la moda, todas las plantas ponzoosas de la
maledicencia elegante. Tena Pilar, de edad entonces de veintitrs aos,
la malicia precoz que distingue a las seoritas que, con un pie en la
aristocracia por sus relaciones y otro en la clase media por sus
antecedentes, conocen todos los lados de la sociedad, y as averiguan
quin da citas a los duques, como quin se cartea con la vecina del
tercero. Pilar Gonzalvo era tolerada en las casas distinguidas de
Madrid; ser tolerado es un matiz del trato social, y otro matiz ser
admitido, como su hermano lo era: ms all del tolerar y del admitir
queda an otro matiz supremo, el festejar; pocos gozan del privilegio de
que los festejen, reservado a las eminencias, que no se prodigan y se
dejan ver nicamente de ao en ao, a los banqueros y magnates
opulentos, que dan bailes, fiestas y misas del gallo con cena despus, a
las hermosuras durante un breve y deslumbrador perodo de plena
florescencia, a los polticos que estn en puerta como los naipes.
Personas hay admitidas, que un da, de repente, se hallan festejadas por
cualquier motivo, por un peinado nuevo, por un caballo que gan en las
carreras, por un escndalo que las gentes susurran bajito y piensan leer
en el rostro del feliz mortal. De estos xitos efmeros Perico Gonzalvo
tuvo muchos: su hermana, ninguno, a despecho de reiterados esfuerzos
para obtenerlos. Ni logr siquiera subir de tolerada a admitida. El
mundo es ancho para los hombres, pero angosto, angosto para las mujeres.
Siempre sinti Pilar la valla invisible que se elevaba entre ella y
aquellas hijas de grandes de Espaa, cuyos hermanos tan familiar e
ntimamente frisaban con Perico. De aqu naci un rencor sordo, unido a
no poca admiracin y envidia, y se engendr la lenta irritacin nerviosa
que dio al traste con la salud de la madrilea. El paroxismo de un deseo
no saciado, las ansias de la vanidad mal satisfecha, alteraron su
temperamento, ya no muy sano y equilibrado antes. Tena, como su
hermano, tez de linftica blancura, encubriendo el afeite las muchas
pecas: los ojos no grandes, pero garzos y expresivos, y rubio el
cabello, que peinaba con arte. A la sazn, sus orejas parecan de cera,
sus labios apenas cortaban, con una lnea de rosa apagado, la amarillez
de la barbilla, sus venas azuladas se sealaban bajo la piel, y sus
encas, blanquecinas y flcidas, daban color de marfil antiguo a los
ralos dientes. La primavera se haba presentado para ella bajo malsimos
auspicios; los conciertos de Cuaresma y los ltimos bailes de Pascua, de
los cuales no quiso perder uno, le costaron palpitaciones todas las
noches, cansancio inexplicable en las piernas, perversiones extraas del
apetito: derivaba la anemia hacia la neurosis, y Pilar masticaba, a
hurtadillas, raspaduras del pedestal de las estatuitas de barro que
adornaban sus rinconeras y tocador. Senta dolores intolerables en el
epigastrio; pero por no romper el hilo de sus fiestas, call como una
muerta. Al cabo, hacia el esto, se resolvi a quejarse, pensando
acertadamente que la enfermedad era pretexto oportuno para un veraneo
conforme a los cnones del buen tono. Viva Pilar con su padre y con una
ta paterna; ni uno ni otro se resolvieron acompaarla; el padre,
magistrado jubilado, por no dejar la Bolsa, donde a la chita callando
realizaba sus jugaditas modestas y felices; la ta, viuda y muy dada a
la devocin, por horror de los jolgorios que sin duda le preparaba su
sobrina como mtodo curativo. Recay, pues, la comisin en Perico
Gonzalvo, que, cargando con su hermana, hubo de llevrsela al Sardinero,
contando con que no faltaran amigas que all le relevasen en su oficio
de rodrign. As fue: sobraban en la playa familias conocidas que se
encargaron de zarandear a Pilar, y de llevarla de zeca en meca. Mas
desgraciadamente para Perico, los baos de mar, que al pronto aliviaron
a su hermana, concluyeron, cuando abus de ellos y quiso nadar y meterse
en dibujos, por abrir brecha en su dbil organismo, y comenz a cansarse
otra vez, a despertar baada en sudor, a sentir desgano, al par que
coma vorazmente raros manjares. Lo que ms la asust fue ver que se le
caa el pelo a madejas. Al peinarse, se enfureca, y llamaba a gritos a
Perico, pidindole un remedio para no quedarse calva. Un da el mdico
que la visitaba llam aparte a su hermano, y le dijo:

--Es preciso que tenga usted tino con su hermanita. Que no tome ms
baos.

--Pero est de cuidado, de cuidado?--interrog el mozo abriendo cuanto
poda sus ojos chicos.

--Podr estarlo muy en breve.

--Diablo, diablo, diablo! usted cree que tiene una tisis, una
tisis?--(_tiziz_ pronunciaba Perico.)

--No digo tanto: opino que an no se halla interesado el pulmn, pero en
el momento menos pensado la sangre se agolpa all, la congestin
sobreviene, y... a cada instante se dan casos de ese gnero. Hay en ella
un terrible empobrecimiento de la sangre: est con el pulso de un pollo:
hay adems una sobreexcitacin nerviosa que se acenta peridicamente, y
una honda perturbacin gstrica.... Si valiese mi parecer, aprovecharan
ustedes el otoo para tomar unas aguas....

--Panticosa, Panticosa?

--En este caso tengo, por preferibles los manantiales ferruginosos de
Vichy.... La anemia es el primer enemigo que hay que combatir, y la
indicacin gstrica est tambin atendida en esas aguas.... En segundo
trmino, Aguas-Buenas o Puertollano... pero no se descuide usted: en
esta quincena ha perdido terreno, y la alopecia y el sudar son sntomas
muy caractersticos....

Y como Perico se retirase cabizbajo, aadi el doctor:

--Sobre todo pocas excitaciones... nada de bailar, ni de nadar... reposo
moral... ni msica, ni novelas.... Las aldeanas que padecen el mal de su
hermana de usted se curan con agua, donde echan un manojo de clavos, o
escoria de fragua.... La civilizacin hace artificioso todo: si quiere
sanar, que no trasnoche, que no ande en funciones... el cors flojo, los
tacones anchos....

--S, s, pide peras al olmo, al olmo--ceceaba Perico por lo bajo--.
Cualquier da se pone mi seora hermana un alfiler menos, un alfiler
menos, aunque se la lleve pateta.

Cuando Pilar supo la decisin del Esculapio, colgrse del cuello de
Perico, en un arranque de amor fraternal no manifestado hasta entonces.
Hizo mil moneras felinas, se volvi dulce, obediente, prudentsima en
todo, prometiendo cuanto se le exiga y ms an.

--Periqun, reprecioso, anda, mono, verdad que me llevas? Anda, di que
s, bobo, anda. Si vales t ms que todas las cosas! Anda, qu
Puertollano ni qu...? Vamos a Francia, qu gusto, seor! parece
mentira! Qu dirn cuando lo sepan Visitacin y las de Lomillos! No, ya
ves t, cuando el mdico lo dice, hay que hacerlo.... Qu te voy a
estorbar siempre cosida a ti? Hombre, yo encontrar amigas: no ha de
estar all nadie conocido? Yo me ingeniar, vers. Voy a hacerme un
traje de tela cruda, que hasta all.... Bueno, bueno, hombre, no te
pongas hecho una sierpe.... Si ya s que tengo que guardar mtodo, y
acostarme temprano... a las ocho con las gallinitas: qu ms pides?
Ay, qu rico hermano me dio Dios! As todas se me mueren por l!

--Si pensars, si pensars t que me la das con tus lagoteras? Anda,
djame en paz... te llevo porque es preciso, preciso, si no quin te
aguanta en invierno? Pero a ver cmo somos formales, formales... o te
quemo esos moos malditos... al fin nunca vas sino hecha una cursi, una
cursi....

Devor la injuria Pilar, como devorara en tales circunstancias otra ms
fuerte an, y slo pens en el elegante viaje que con tanto lucimiento
coronaba sus expediciones veraniegas. Gonzalvo padre, que amn de la
jubilacin no careca de bienes, afloj los cordones de la bolsa, no sin
recomendar la parsimonia y economa a su hija: en los asuntos de Perico
no se meta nunca, pasbale una pensin mensual, y haca como si no
viese que Perico, recibiendo como uno, gastaba como diez, la daba de
prncipe y jams peda aumento de sueldo.

Con esto, los dos hermanos salieron en triunfo del Sardinero para
Francia y detuvironse en Bayona, en el hotel de San Esteban, donde
tuvimos la honra de conocerles. Vio el cielo abierto Perico cuando supo
que Miranda y su mujer seguan a Vichy, y comprendi que Luca era la
persona ms a propsito para relevarle en acompaar a Pilar, y an para
hacer de enfermera en caso de necesidad. Desde luego foment el trato de
las dos, y concertaron salir reunidos para Vichy.

Las noticias dadas por su hermano acerca de Luca y Miranda lograron
aguzar singularmente la hambrienta curiosidad de la anmica, y su olfato
fino perciba no s qu emanaciones novelescas en los sucesos acaecidos
al matrimonio. El hermano y la hermana haban conferenciado largamente
acerca del asunto, a medias palabras, atrevindose a veces a lanzar una
expresin ms viva y cruda, rindose entrambos. Era uno de los goces
mayores de Luca las conversaciones que a veces pasaba con Perico cuando
l se dignaba tratarla, no como a una chiquilla, sino como a mujer
hecha, y le comunicaba detalles, ancdotas y sucesos de lo que por lo
regular no llegan a odos de las doncellitas educadas con cierta
severidad y recato. Perico y su hermana, no muy tiernos y afectuosos
entre s, se entendan a maravilla en el terreno de las picardigelas, y
a veces la hermana completaba la frase picante, detenida en labios del
hermano por unas miajas de la reserva que inspira la mujer an al hombre
menos capaz de tenerla. Experimentaba Pilar malsana fruicin en recorrer
aspectos del cosmorama de la vida, donde nunca fijaban sus ojos las
hijas de los grandes de Espaa por ella tan envidiadas, y que, por
entonces, viviendo en la claustral atmsfera de sus palacios, vigiladas
siempre por la institutriz rgida, llevan en la frente, a los
veinticinco aos, el sello de su altiva inocencia.

--Pues yo--deca Perico a Pilar--sub al cuarto de Artegui, porque la
verdad, la verdad, me dio curiosidad cuando me dijeron que tena una
chica muy guapa, muy guapa, consigo.

--Claro que era para dar curiosidad a la mismsima estatua de
Mendizbal, hombre.... Ese Artegui, a quien nunca se le conoci un mal
trapicheo....

--No, si es un raro, un raro. Riqusimo, y hace vida de fraile. Si yo
tuviese sus onzas, sus onzas.... ole con ole!

--Pero di, y te parece a ti, que no hay gato encerrado en lo de Artegui
y Luca?

--Pch! no--silb Perico, que a diferencia de su hermana, no era
maldiciente, sino cuando se irritaba contra alguno--. Ese Artegui tiene
sangre de horchata, de horchata, y estoy segursimo de que ni esto, ni
esto le ha dicho. (Y chasque la ua del pulgar contra uno de sus
paletos,)

--La verdad es que ella es una cursi destemplada.... Pero vamos a
cuentas, Periqun: no me dijiste t que se qued muy triste, y toda
turulata, cuando l se fue y entr Miranda despus?

--Pero ponte en el caso, ponte en el caso.... Miranda pareca la estampa
de la hereja....

--No, no quisiera verme en el caso--exclam Pilar riendo a carcajadas.

--Luego el muy papanatas, hizo lo que todos los gallos, lo que todos los
gallos que estn de mal humor...--sigui Perico riendo a su vez--. Si
haba de ponerse agradable, de decirle algo a la pobre chica... le solt
una filpica como para ella sola, para ella sola, porque no se haba
vuelto a Miranda de Ebro, de Ebro, a cuidarle la pata desencolada...
Tambin slo a l se le ocurre desmayarse por una torcedura, y no
telegrafiar a su mujer avisndola.... Y le pregunt con un aire trgico,
trgico: dnde anda tu solcito acompaante? Estaba el hombre
celestial.

--Ves? Pues tiene celos el marido. Lo deca yo.... Si t eres un
inocentn.

--Hija, hija, hija! Cualquiera me la pega a m, a m, en esas
cuestiones! Te digo, te digo, que no tenan nada Artegui y Luca, y
Luca....

Ahora mismo apuesto cuatro onzas, cuatro onzas....

--Pues yo--recalc Pilar con su insistencia de enfermo lcido--, aseguro
que lo que es ella... ella... a l no le he visto, que si le viese,
sabra.... Pero ella... cada suspiro le o... y esos no son por Miranda.
Est a veces tan pensativa.. aunque otras se alegra y re, y es una
chiquilla....

--Bah, bah, bah! no digo yo que a ella, all en sus adentros, sus
adentros... pero t no entiendes de esto... yo te afirmo que lo que es
tener, no han tenido nada, nada... si sabr yo....

--Y yo tambin...--afirm cnicamente Pilar--. Bueno, los dos
acertamos... no hubo nada... pero est.... cmo dicen de las palomas en
el tiro? Tocada en el ala.

--Bah! Bah!--silb de nuevo Perico, indicando su desdn hacia todo
sentimentalismo, ensueo o anloga nimiedad amorosa--. Eso no vale nada,
nada... como no le esperen a Miranda peores ratos... tiene bemoles,
bemoles, eso de torcerse una pata, y esperarse dos das a que la
enderecen, enderecen... dejando a su novia andar por esos mundos.... Es
divino, divino. Lo que le carga a l, es que se sepa, que se sepa... yo
le doy cada solo....

--No, mira, no le enfades.... Ya sabes que nos vinieron como llovidos
del cielo....

--No te ocupes, hija, no te ocupes.... Si lo cierto es que Miranda no
vive, no vive sin m, porque se aburre, se aburre, y slo yo le quito el
espln, el espln, el espln, hablndole de sus conquistas.... Y est
hecho una plasta.... Falta le hace beberse medio Vichy... meterse ahora
en floreos, a su edad, a su edad....

No era aburrimiento lo que tena Miranda: era su mal del hgado,
furiosamente exacerbado con el despecho de la ridcula aventura que
cort el viaje de novios. Sus sienes verdeaban, sus ojeras se tean de
matices amoratados, la bilis se infiltraba bajo la piel, y as como una
casa nueva hace parecer ms vetustas las que estn a su lado, as la
lozana juventud de Luca acentuaba el deterioro del marido. Verificbase
en Luca la encantadora transicin de nia a mujer; sus movimientos, ms
lentos y reposados, tenan mayor gracia; al paso que en l, la madurez
se trocaba en vejez, ms bien que por los aos, por la ruina de la
organizacin. Mostrbase Luca con l tanto ms afectuosa, cuanto ms le
vea rodo por los achaques, y cuanto ms notaba en su rostro las
huellas del padecimiento cruel. No la arredraban ciertos despegos,
ciertas durezas inexplicables de Miranda; servale piadosa y
filialmente, hablbale con dulzura, hacale ella misma los remedios y le
vendaba el pie lastimado, con la devocin con que vestira a una santa
imagen. Era feliz y hasta se conmova, cuando l hallaba bien colocado
el apsito. Al fin Miranda pudo andar sin riesgo. Las lujaciones duran
poco, aunque en la edad de Miranda sean ms tenaces. Dironle de alta, y
todos se dispusieron a tomar la ruta de Vichy. La estacin adelantaba:
estaban casi a mediados de Septiembre, y esperar ms era exponerse a las
persistentes lluvias de aquel clima. Por encargo de Miranda el ama del
hotel escribi a la villa termal, encargando hospedaje. Con verbosidad
enteramente francesa convenci a Miranda y a Perico de que deban
alojarse en un _chalet_, por evitar a las damas la enojosa promiscuidad
de la mesa redonda de hotel, y para que se encontrasen como en su propia
casa. Repartido entre las dos familias, no sera exorbitante el coste y
las ventajas muchas. Convinironse en ello, y Miranda hubo de pedir la
cuenta del gasto hecho en el hotel, que le trajeron escrita en casi
indescifrables garrapatos. Cuando logr entenderlos llam al ama.

--Aqu--dijo apoyando el dedo sobre las patas de mosca--hay un error; se
equivoca usted en contra suya. A la seora le pone usted los mismos das
de estancia que a m, y en realidad tiene dos ms.

--Dos ms... contest el ama reflexionando.

--S, seora; no lleg dos das antes?

--Ah! tiene el seor razn... pero es que _Monsieur_ Artegui, los dej
pagados.

Luca, que a la sazn doblaba algunas prendas de ropa para colocarlas en
su bal, volvi repentinamente la cabeza, como ave al reclamo. Sus
mejillas estaban encendidas.

--Pagados!--repiti Miranda, en cuya pupila mortecina y trrea se
encendi breve chispa--. Pagados! Y con qu derecho, seora? Quisiera
saberlo.

--Seor, eso no me concierne... (_ce n'est pas mon affaire_)--exclam la
fondista, acudiendo, para mejor explicarse, a su idioma natal--. Yo
recibo viajeros, no es eso? Viene una dama con un caballero, no es
eso? Me paga la estancia de esa dama al marcharse, y yo no le pregunto
si tiene o no derecho para pagar, no es eso? l paga, y basta (_voil
tout_).

--Pues--pronunci Miranda, alzando la voz--lo de la seora lo pago yo, y
nada ms; y usted me har merced de girar una letra a... ese seor,
devolvindole lo cobrado.

--El seor ser bastante amable de dispensarme...--protest la fondista,
despedazando sin compasin, en su aturdimiento, la sintaxis
castellana--. Yo me rehso a lo que el seor propone, yo soy
verdaderamente desolada, pero esto, no se hace, esto no se hizo jams en
nuestras casas.... Sera una falta, una grave falta, Monsieur Artegui
tendra razn de quejarse.... Yo demando bien perdn al seor....

--Vyase usted al demonio--contest en castizo castellano Miranda,
volviendo las espaldas a su interlocutora, y olvidando, como sola, sus
postizas finuras de saln ante la herida de su amor propio.

Luca aun vend aquella noche el pie, casi sano ya, de Miranda. Hzolo
con el tino y delicadeza que acostumbraba; pero al apoyar en su rodilla
la planta de su marido para mejor poder colocar la compresa y ceir las
tiras de goma elstica a la articulacin, no sonrea como las dems
veces. Silenciosa llen el caritativo deber, y al levantarse del suelo,
exhal leve suspiro, como el que desahoga, cumplida alguna tarea de que
cuerpo y espritu por igual recibieron cansancio.




-IX-


El _chalet_ alquilado en Vichy por las dos familias, Miranda y Gonzalvo,
llevaba el potico letrero de _Chalet de las Rosas_. A fin de justificar
el nombre, sin duda, corran por todos sus calados balastres airosos
festones de rosal enredadera, al extremo de cuyas ramas oscilaban las
cabecitas lnguidas de las ltimas rosas de la estacin. Habalas color
barquillo bajo, realzadas por la nota de fuego de las bengalas, y las
rosas enanas, de matiz de carne, parecan rostros microscpicos, que
miraban curiosos a las vidrieras del _chalet_. En el jardinete, ante el
peristilo, era una gentil confusin de rosas de todos los tonos y
tamaos. Las _Maimaison_ descollaban rosadas y turgentes, como un
hermoso seno; las t se deshacan, dejando pender sus desmayados
ptalos; las de Alejandra, erguidas y elegantes, vertan su copa de
esencia embriagadora; las musgosas rean irnicas con sus labios de
carmn, al travs de una barba tupida y verde; las albas desafiaban a la
nieve con su fra y cndida belleza, con su rigidez pdica de flores de
batista. Y entre sus lindas hermanas, la extica viridiflora ocultaba
sus capullos glaucos, como avergonzndose del extrao color alagartado
de sus flores de su fealdad de planta rara, interesante tan slo para el
botnico.

Tena el _chalet_ los dos pisos de rigor; el entresuelo repartido en
comedor, cocina, salita y un angosto recibimiento; el principal dedicado
a dormitorios y cuartos de aseo. A la altura del principal corra una
balconada, calada como finsimo encaje, que se repeta en el entresuelo,
cubierta casi por las enredaderas. Delgada verja de hierro aislaba el
_chalet_ por la parte que daba a la va pblica, avenida plantada de
rboles; por donde confinaba con otras casas y jardines, hacan el mismo
oficio unas breves tapias. A la entrada de la verja, sobre sendas
columnas de mrmol gris, dos nios de bronce alzaban sus bracitos
gordezuelos para sostener una bomba de cristal mate, que protega un
mechero de gas. Comprendase a primera vista que el _chalet_, con sus
delgadas paredes de madera, mal defendera a sus habitantes del fro del
invierno y los calores del verano; pero en la estacin de otoo,
templada y benigna, aquella caprichosa construccin, orlada de franjas
de menuda crestera, trabajada como un juguete de sobremesa, engalanada
de fresca guirnalda de rosales, era el albergue ms coquetn y donoso
que puede imaginar la mente, el nido ms adecuado para una pareja de
enamoradas trtolas. Yo siento tener que dar a tan lindos edificios, que
en Vichy abundan, el nombre extranjerizo de _chalet_; pero qu hacer si
en castellano no hay vocablo correspondiente? Lo que aqu denominamos
choza, cabaa o casa rstica, no significa en modo alguno lo que todo el
mundo entiende por _chalet_, que es una concepcin arquitectnica
peculiar a los valles helvticos, donde el arte, inspirndose en la
Naturaleza, reprodujo las formas de los alerces y pinabetes, y los
delicados arabescos del hielo y la escarcha, bien como los egipcios
tomaron de la flor del loto los capiteles de sus pilones, En Vichy los
_chalets_ se construyen con el exclusivo objeto de alquilarlos
amueblados a los extranjeros. La conserje del _chalet_ se encarga del
gobierno de casa, de la compra y aun de guisar: el conserje atiende a la
limpieza, corta las ramas del jardinete, gua las enredaderas, barre las
calles enarenadas, sirve a la mesa y abre la puerta. Instalronse, pues,
los Miranda y los Gonzalvo si ms cuidado que el de entregar al conserje
sus abrigos de viaje y sentarse en sus respectivos puestos en el
comedor.

Aunque Luca, y sobre todo Pilar, se sentan un tanto fatigadas del
largo trayecto en ferrocarril, no dejaron de entusiasmarse con la
belleza de la morada que les deparaba el destino. El balcn, sobre todo,
les pareca delicioso para hacer labor y para leer. Acordbase Pilar de
cuantas acuarelas, pases de abanico y estampas sentimentales haba
visto, que representasen el ya trivial asunto de una joven cuya cabeza
asoma por entre un marco de follaje. Luca, a su vez, comparaba su casa
de Len, antigua, maciza, y lbrega, con aquella vivienda, donde todo
era flamante y gentil, desde los encerados relucientes pisos hasta las
cortinas de cretona azul rameadas de campanillas rosa. Al otro da de la
llegada, cuando Luca salt del lecho, fue su primer cuidado salir al
balcn, de all al jardn, recogindose la bata con unos alfileres para
no mojarla en el hmedo piso. Hall a las rosas acabaditas de salir del
bao de roco, tersas, muy ufanas, adornadas cada cual con su collar de
perlas o de diamantes. Fue olindolas una por una, pasndoles los dedos
por las hojas sin atreverse a cortarlas; dbale mucha lstima pensar
cmo se quedara la mata, hurfana de su flor. A aquella hora apenas
olan las rosas: era ms bien un aroma general de humedad y frescura,
que se elevaba del csped de las plantas, y del conjunto de rboles
vecinos. Haylos en Vichy por todas partes; a la tarde, cuando Luca y
Pilar recorrieron las calles de la villa termal para informarse de su
traza, lanzaron exclamaciones de contento al dar a cada instante con una
sombra, una alameda, un parque. Pilar opinaba que Vichy tena aspecto
elegante; Luca, menos entendida en elegancias y modas, gustaba
sencillamente de tanto verdor, de tanta Naturaleza, que reposaba sus
ojos, movindola a veces a imaginar que, a despecho de sus calles
concurridas, de sus tiendas brillantes, era Vichy una aldea, dispuesta a
propsito para contentar sus exigencias secretas e ntimas de soledad.
Aldea formada de palacios, adornada con todo el refinamiento de
comodidad y lujo inteligente que caracteriza a nuestro siglo; pero al
fin aldea.

A un tiempo comenzaron Pilar y Miranda la temporada termal, si bien con
mtodo tan distinto como lo requera la diferencia de sus males. Miranda
hubo de beber las aguas hirvientes y enrgicas de la _Reja-Grande_,
sometindose a la vez a un complicado sistema de afusiones locales,
baos y duchas, mientras la anmica absorba a pequeas dosis la picante
linfa, gaseosa y ferruginosa del manantial de las _Seoras_.
Estableciose desde entonces una lucha perenne entre Pilar y los que la
acompaaban. Eran necesarios esfuerzos heroicos para contenerla e
impedir que hiciese la vida de las baistas del gran tono, que ocupaban
el da entero en lucir trajes y divertirse. Desde este punto de vista,
fue funesta a Pilar la presencia en Vichy de seis u ocho espaolas
conocidas que an aprovechaban all el fin de la estacin. Era pasado ya
lo mejor y ms brillante de sta; las corridas, el tiro de pichn, las
grandes excursiones en calesas y mnibus al Borbons, comenzadas en
Agosto, concluan en los primeros das de Septiembre. Pero quedaban an
los conciertos en el Parque, el gran paseo por la avenida pavimentada de
asfalto, las fiestas nocturnas en el Casino, el teatro, que, prximo a
cerrarse, se vea ms concurrido cada vez. Pilar se mora por reunirse a
la docena de compatriotas de distincin que revoloteaban en el efmero
torbellino de los placeres termales. El mdico de consulta a quien se
haban dirigido en Vichy, al par que recomendaba las distracciones a
Miranda, prohiba severamente a la anmica todo gnero de excitacin,
encargndole mucho que procurase aprovechar el carcter semi rural de la
villa para hacer vida de campo en lo posible, acostndose con las
gallinas y madrugando con el sol. Exiga este rgimen mucha constancia
y, sobre todo, una persona que, continuamente al lado de la rebelde
enferma, no descuidase ni un segundo el obligarla a seguir las
prescripciones del facultativo. Ni Miranda ni Perico servan para el
caso. Miranda cubra las formas sociales exhortando a Pilar a cuidarse
y no hacer tonteras, todo ello dicho con el calor ficticio que
muestran los egostas cuando se trata de la salud ajena. Perico se
enojaba de ver a su hermana echando en saco roto las advertencias del
doctor, cosa que poda alargar la cura, y por ende la estancia en Vichy,
pero no era capaz de vigilarla y de atender a que cumpliese las rdenes
recibidas. Decale a veces:

--Me alegrar de que te lleven los demonios, los demonios, y de que
ests este invierno color de limn seco, de limn seco.... T lo
quisiste, pues aguntalo....

La nica persona que se consagr a que Pilar observase el rgimen
saludable, fue, pues, Luca. Hzolo movida de la necesidad de abnegacin
que experimentan las naturalezas ricas y jvenes, a quienes su propia
actividad tortura y han menester encaminarla a algn fin, y del instinto
que impulsa a dar de comer al animal a quien todos descuidan, o a coger
de la mano al nio abandonado en la calle. Al alcance de Luca slo
estaba Pilar, y en Pilar puso sus afectos. Perico Gonzalvo no
simpatizaba con Luca, encontrndola muy provinciana y muy poco mujer en
cuanto a las artes de agradar. Miranda, ya un tanto rejuvenecido por los
favorables efectos de la primer semana de aguas, se iba con Perico al
Casino, al Parque, enderezando la espina dorsal y retorcindose otra vez
los bigotes. Quedaban pues frente a frente las dos mujeres. Luca se
sujetaba en todo al mtodo de la enferma. A las seis dejaba pasito el
lecho conyugal y se iba a despertar a la anmica, a fin de que el
prolongado sueo no le causase peligrosos sudores. Sacabala presto al
balcn del piso bajo, a respirar el aire puro de la maanita, y gozaban
ambas del amanecer campesino, que pareca sacudir a Vichy,
estremecindole con una especie de anhelo madrugador. Comenzaba muy
temprano la vida cotidiana en la villa termal, porque los habitantes,
hosteleros de oficio casi todos durante la estacin de aguas, tenan que
ir a la compra y apercibirse a dar el almuerzo a sus huspedes cuando
stos volviesen de beber el primer vaso. Por lo regular, apareca el
alba un tanto envuelta en crespones grises, y las copas de los grandes
rboles susurraban al cruzarlas el airecillo retozn. Pasaba algn
obrero, larga la barba, mal lavado y hurao el semblante, renqueando,
sooliento, el espinazo arqueado an por la curvatura del sueo de plomo
a que se entregaran la vspera sus miembros exhaustos. Las criadas de
servir, con el cesto al brazo, ancho mandil de tela gris o azul, pelo
bien alisado--como de mujer que slo dispone en el da de diez minutos
para el tocador y los aprovecha--, iban con paso ligero, temerosas de
que se les hiciese tarde. Los quintos salan de un cuartel prximo,
derechos, muy abotonados de uniforme, las orejas coloradas con tanto
frotrselas en las abluciones matinales, el cogote afeitado al rape, las
manos en los bolsillos del pantaln, silbando alguna tonada. Una
vejezuela, con su gorra muy blanca y limpia, remangado el traje, barra
con esmero las hojas secas esparcidas por la acera de asfalto; seguala
un faldero que olfateaba como desorientado cada montn de hojas reunido
por la escoba diligente. Carros se velan muchsimos y de todas formas y
dimensiones, y entretenase Luca en observarlos y compararlos. Algunos,
montados en dos enormes ruedas, iban tirados por un asnillo de
impacientes orejas, y guiados por mujeres de rostro duro y curtido, que
llevaban el clsico sombrero borbons, especie de esportilla de paja con
dos cintas de terciopelo negro cruzadas por la copa: eran carros de
lechera: en la zaga, una fila de cntaros de hojalata encerraba la
mercanca. Las carretas de transportar tierra y cal eran ms bastas y
las mova un forzudo perchern, cuyos jaeces adornaban flecos de lana
roja. Al ir de vaco rodaban con cierta dejadez, y al volver cargados,
el conductor manejaba la fusta, el caballo trotaba animosamente y
repiqueteaban las campanillas de la frontalera. Si haca sol, Luca y
Pilar bajaban al jardinete y pegaban el rostro a los hierros de la
verja; pero en las maanas lluviosas quedbanse en el balcn, protegidas
por los voladizos del _chalet_, y escuchando el rumor de las gotas de
lluvia, cayendo aprisa, aprisa, con menudo ruido de bombardeo, sobre las
hojas de los pltanos, que crujan como la seda al arrugarse.

Mas el tiempo se empe en festejar a las viajeras, y poco despus de su
llegada a Vichy brindoles los ms esplndidos y apacibles das que
quepan en otoo, estacin de serenidad, sobre todo cuando comienza.

Despejada y clara la atmsfera, el calor benigno, las plantas en la
plenitud de su coloracin y riqueza, las tardes entrelargas y las
maanas alegres, aprovechose Luca de tan buenas circunstancias para
resolver a Pilar a salir al campo, segn lo dispuesto por el doctor.
Entraba en la medicacin el que Pilar anduvese a lomos de borrico, a
fin de que el trotecillo desigual le sirviera de ejercicio moviendo su
sangre, sin causarle fatiga; y aunque la enferma aborreca con toda su
alma semejante cabalgadura, y hasta salir del pueblo iba a pie a costa
de arrastrarse trabajosamente, consenta en montar, apenas se hallaba
fuera de poblado. El sacudimiento la agitaba, y sonrosebanse unas
miajas sus mejillas. Luca hallaba en ello ocasin de bromas.

--Ves cmo es bueno montar en caballos briosos? Ests muy reguapa:
pareces otra: mira, para hacer una conquista, no tenas ms que darte
una vueltecita as, por delante del Casino, cuando est tocando la
orquesta.

--Qu horror!--exclamaba la anmica dando un grito--. Si me viesen las
de Amzaga.... ellas, que nunca van sino en charabn o en milor!

Diriganse las dos amigas, ya hacia la _Montaa Verde_, ya hacia el
camino de _las Seoras_ o hacia el manantial intermitente de Vesse. La
_Montaa Verde_ es el punto ms elevado de las inmediaciones de Vichy.
Est la montauela cubierta de vegetacin, pero de vegetacin baja, a
flor de tierra, de suerte que, vista de lejos, se les figuraba cabeza de
gigante con cabellera corta y espessima. Ya en la cspide, suban al
mirador y manejaban el gran anteojo, registrando el inmenso panorama que
se extenda en torno. Las suaves laderas, tapizadas de vias, bajaban
hasta el Allier, que culebreaba a lo lejos como enorme sierpe azul. En
lontananza, la cadena del Forez ergua sus mamelones donde la nieve
refulga cual una caperuza de plata; los gigantes de Auvernia, vaporosos
y grises, parecan fantasmas de neblina; el castillo de Borbn Busset
surga de las brumas con sus torreones seoriales, avergonzando al
pacifico palacio de Randn, con todo el desdn de un Borbn legtimo
hacia la rama degenerada de los Orlens. El camino de _las Seoras_ era
la excursin favorita de Luca. Estrecha vereda, sombreada por espesos
rboles, sigue dcil el curso del Sichn, detenindose cuando al ro se
le antoja formar un remanso y torcindose en graciosas curvas como la
tranquila corriente. A cada paso corta la monotona de las hileras de
chopos y negrillos algn accidente pintoresco: ya un lavadero, ya una
casita que remoja los pies en el ro, ya una presa, ya un molino, ya una
charca de patos. El molino, en particular, pareca dispuesto por un
pintor efectista para algn lienzo de naturaleza perfeccionada. Vetusto,
comido de hmeda y verdegueante lepra, sustentado en postes de madera
que iba pudriendo el agua, brillaba sobre el edificio la rueda, como el
ojo disforme sobre la morena y rugosa frente de un cclope. Eran
destellos de la enorme pupila las gotas de refulgente argentera lquida
que saltaban de rayo a rayo, a cada vuelta; y el quejido penoso que la
pesada rueda exhalaba al girar, completaba el smil, remedando el hlito
del monstruo. Un puente lanzado con osada sobre el mismo arco de la
catarata que formaba la presa dejaba ver, al travs de su tablazn mal
junta, el agua espumante y rugiente. En la presa bogaban con pachorra
hasta media docena de patos, e infinitos gorriones revolaban en el alero
irregular del tejado, mientras en el obscuro agujero de una de las
desiguales ventanas floreca un tiesto de petunias. Quedbase Luca
muchos ratos mirando al molino, sentada en el ribazo opuesto, arrullada
por el ronquido cadencioso de la rueda y por el blando chapaleteo del
agua batida. Pilar prefera el manantial intermitente que le
proporcionaba las emociones de que era tan vido su endeble organismo.
Llegbase al manantial por un ameno sendero; ya desde el puente se coga
bella perspectiva. El Allier es vasto y caudaloso, pero muy mermado a la
sazn por los calores estivales; slo en los puntos ms anchos del cauce
llevaba agua, y el resto descubra el lveo formado de arena en
prolongadas zonas blancas. A lo ms rpido de la corriente, obscuros
peascos se interponan, originando otros tantos remolinos; saltaba el
agua, espumaba un punto colrica, y despus segua mansa y sesga como de
costumbre. En lontananza se descubra extensa vega. Dilatadas praderas,
donde pacan vacas y borregos, estaban limitadas al trmino del
horizonte por una lnea de chopos verde plido, muy rectos y agudos, a
la manera de los rboles contrahechos de las cajas de juguetes; los
mimbrales, en cambio, eran rechonchos y panzones, como bolas de verdor
sombro rodantes por la pradera. Completaba la lejana la cima de la
_Montaa Verde_, recortndose sobre el cielo con cierta dureza de
paisaje flamenco en sus contornos exactos y marcados, de un verde
obscuro lmpido. A la margen del ro se vea bajar y subir el brazo
derecho de las lavanderas, como miembro de marioneta movido por
resortes, y se oa el plas acompasado de la paleta con que azotaban la
ropa. Por el agrio talud de la ribera ascendan lentos carros cargados
de arena y casquijo, y cruzaban despus el puente, baado en sudor el
tiro, muy despacio, sonando a largos intervalos las campanillas. Pasaban
las aldeanas auvernesas, vestidas de colores apagados, la esportilla de
paja puesta sobre la blanca escofieta, conduciendo sus vacas, cuyos
ubres henchidos de leche se columpiaban al andar, y que, posando una
mirada triste en los transentes, solan pegar una huida de costado, un
trote de diez segundos, tras de lo cual recobraban la resignacin de su
paso grave. En la esquina del puente, un pobre, decentemente vestido y
con trazas de militar, peda limosna con slo una inflexin suplicante
de la voz y un doliente fruncimiento de cejas.

Conforme dejaban atrs el puente, llegando a internarse en la frondosa
alameda que a Vesse conduce, dilatbasele el corazn a Luca, creyendo
hallarse de veras en el campo. Estaban all los rboles menos
simtricos, limpios y derechos que en Vichy; ms desigual el suelo de la
ruta; ms virgen la hierba de los linderos; menos barnizadas, pulidas y
flamantes las quintas y hoteles que ambos lados del camino guarnecan.
Ninguna mano celosa barriera las hojas secas que hacan natural y blanca
alfombra, ni los parches de boiga de vaca cados a trechos como
descomunales obleas negras. De tiempo en tiempo vease algn cobertizo,
en cuya sombra relucan los aperos de labranza y el rstico y potente
olor de la fecunda tierra labrada penetraba en los pulmones, sano y
fuerte como las robustas hortalizas que vegetaban en los huertos
prximos. Corta distancia haba desde el puente al manantial
intermitente. Cruzaban el zagun de la casita, entraban en el jardn y
se dirigan al cenador cubierto de via virgen, que el piln
resguardaba. Hallbase el piln vaco, y el tubo de bronce del surtidor
no despeda ni gota de agua. Pero Pilar saba de antemano la hora del
singular fenmeno, y calculaba con exactitud. El tiempo que tardaba en
presentarse estbase ella inclinada sobre el piln, palpitante, muda,
haciendo un embudo al odo con la diestra.

--Ya viene: lo he sentido, ya silb--deca Luca como si de algn dragn
se tratase.

--Vers cmo no viene por cinco minutos--responda con seguridad Pilar.

--Te digo que s, mujer... si ya borbotea.

--A ver? No, no. Es el ruido del viento que sacude los arbustos. T ves
visiones.

Seguase breve pausa y completo silencio. Una espera trgica.

--Chist! Ahora, ahora--gritaba la anmica palmoteando--. Ahora s que
viene! Y con alma!

En efecto, oase un borboteo extrao, despus un silbido agudo, y un
chorro de agua hirviente, que despeda intolerable olor sulfuroso, se
lanzaba, espumante, recto y rpido, hasta la cpula misma del alto
cenador. Vaho espeso cubra el piln, enturbiando la atmsfera, que
apestaban las emanaciones del azufre. As ascenda impetuoso el raudal
hasta que comenzaba a menguar su fuerza. Entonces la furia de la
impotencia le haca dar saltos desiguales, convulsiones de epilptico en
que se torca irritado, espumarajeando, con desesperada proyeccin al
fin, caa domado y exnime, despidiendo slo a intervalos un escaso
chorro, separado por largos espacios, como las llamaradas postrimeras de
la luz que se extingue. Terminaba su agona con dos o tres hipos del
surtidor, a cuyo orificio se asomaba el chorro, sin conseguir lanzarse
fuera. No volvera ya el manantial a correr en diez horas lo menos.

Disputaban frecuentemente Luca y Pilar sobre la conclusin del
fenmeno, como sobre su comienzo.

--Ya par. Va a dormir. Buenas noches, caballero--exclamaba Luca
saludndole con la mano.

--No, mujer, quia! An ha de asomar tres o cuatro veces las narices.

--Qu, si no puede.

--Que s puede. Vers t si todava echa unas _salivillas_, como dice el
asistente de un primo mo artillero. Chist! Oye, oye cmo an ronca.
Una, dos, tres.... Ahora escupe.

--Cuatro, cinco, seis... vaya, ya no vuelve; est el pobre muy cansado.

--Ahora no: ya dio las boqueadas.

A la vuelta solan las amigas hallar el puente ms animado que a la ida.
Era el momento en que tornaba de sus expediciones campestres la gente de
Vichy y los baistas, y abundaban los jinetes, llevando sus monturas al
paso, luciendo los pantalones de punto y las abrochadas polainas, sobre
las cuales reluca la nota brillante del estribo y del espoln. Algn
sociable, semejante a ligera canoa, corra arrastrado por su gallardo
tronco de jacas bien iguales, bien lustrosas de pelo y lucias de cascos,
y ufano de su elegante tripulacin; entreveanse un instante anchas
pamelas de paja muy florecidas de filas y amapolas, trajes claros,
encajes y cintas, sombrillas de percal de gayos colorines, rostros
alegres, con la alegra del buen tono, que est siempre a diapasn ms
bajo que la de la gente llana. Esta gozaban los expedicionarios de a
pie, en su mayor parte familias felices, que ostentaban satisfechas la
librea de la urea mediocridad, y aun de la sencilla pobreza: el padre,
obeso, cano, rubicundo, redingote gris o marrn, al hombro largusima
caa de pescar; la hija, vestido de lana obscura, sombrerillo de negra
paja con una sola flor, en la izquierda el cestito de los anzuelos y
dems enseres piscatorios, y llevando de la diestra al hermanito, a
quien pantalones y chaqueta quedaron ya muy cortos, y que luce la caa
de las botinas, y levanta orgulloso el cubo donde flotan los simples
peces vctimas del mortfero pasatiempo de su padre.

Tanto agradaban a Luca el puente y el ro, que a propsito andaba
despacio al pasarlos. La cortina de verdor del parque nuevo se tenda
ante su vista. Un tiempo fueron pantanos todo aquel hermoso jardn,
hasta que los potentes diques, colocados por Napolen III para evitar la
inundacin que segua a cada crecida del Allier, y el saneamiento del
terreno, lo haban transformado en un lugar paradisaco. Los rboles
selectos, bien nutridos, tenan en su mayor parte tonos de felpa verde,
intensos y aterciopelados; pero algunos amarilleando ya, se encendan al
sol poniente como pirmides de filigrana de oro. Otros eran rojizos, de
un rojo teja, que en las partes heridas por el sol se haca carmn. La
anmica sola manifestar, al volver del paseo, el capricho de ir un rato
a sentarse en los bancos del parque. Por lo regular, all haba gente, y
alguno de los espaoles de la colonia, conocidos de Perico o de Miranda,
hacase acaso el encontradizo, y las saludaba y diriga algunas frases
de ritual. A veces se aparecan tambin, a guisa de sorprendentes
cometas, las ricas cubanas de Amzaga, con sus sombreros
extraordinarios, sus sombrillas monumentales y sus atavos caprichosos,
destilados siempre a la quinta esencia de la moda. Pilar las distingua
de cien leguas, por sus famosos sombreros, imposibles de confundir con
otro tocado alguno. Eran como dos budineras grandes, cubiertas todas de
finsimas y menudas plumas encarnadas: un pjaro natural, una especie de
faisn disecado con primor, contorneaba el ala, torcindose con gracia a
un lado de la cabeza. Tan singular adorno, semi-indostnico sentaba bien
a la palidez tropical y a los ojos de fuego de las dos cubanitas. Cuando
se aproximaban, Luca daba un codazo a Pilar, dicindole sin asomo de
malicia:

--Mira... ah vienen los pajarracos de esas amigas tuyas.

La presencia de las Amzagas, como les llamaba Perico, determinaba
siempre en Pilar una especie de fiebrecilla que la dejaba postrada
despus para dos horas. Al divisarlas a lo lejos, se compona
instintivamente el pelo, sacaba el pie calzado con zapatito Luis XV de
tafilete, y paseaba su mano nerviosa por los morenos encajes de su
paoleta, haciendo destacar la flechilla de turquesas que la prenda.
Trababan conversacin, y las de Amzaga hablaban como con pereza y
desdn, mirando al cielo o a los transentes, e hiriendo la arena con el
cuento de las sombrillas. Respuestas cortas e indolentes hija, qu
quieres; y estuvo magnfico, gente, como nunca; pues ya se ve que
estaba la sueca; raso crema y granadina heliotropo combinados; como
siempre, dedicadsimo a ella; s, s, calor; vaya, me alegro que lo
pases bien, hija; contestaban a las afanosas preguntas de Pilar. Luego
se alejaban las cubanas, con carcajadillas discretas, con medias
palabras, taconeando firme y moviendo un ruge-ruge de telas frescas y de
ropa fina. Un cuarto de hora lo menos quedaba Pilar murmurando de las
petimetras y de alguien ms tambin.

--Cada da ms exageradas y ms estrepitosas! Vamos, te gusta a ti ese
traje tan raro, con una cabeza de pjaro igual a la del sombrero, en el
remate de cada frunce? Parecen un escaparate del Museo de Historia
Natural.... Hasta en el abanico una cabeza de pjaro! No se concibe que
Worth haya ideado ese mamarracho.... Yo creo que los hacen en casa, con
la doncella, y despus dicen que se los mand Worth....

--No, si aseguran que su padre es un banquero riqusimo de la Habana....

--S, s, tiene ms ingenios que ingenio--pronunci Pilar repitiendo un
chiste que todo el invierno haba rodado por Madrid a propsito de las
Amzagas.

--Ello no cabe duda que los pjaros son un adorno bien extrao.... Yo
tambin tengo uno en un sombrero.

--S, en una toca; pero es diferente. Adems, una seora casada puede
permitirse ciertas cosas, que en el traje de las solteras....

--Por eso hizo bien Perico en no comprarte aquel abrigo bordado de
cuentas de colores que se te antoj. Era muy llamativo.

--No hay nada de eso... era distinguidsimo.... qu entiendes t de
esas cosas?

--Yo, nada--responda Luca risuea.

--El traje de la sueca s que sera bonito... crema y heliotropo! me
gusta la combinacin!... Pero qu escndalo est dando con Albares...
un hombre casado! Buena necesidad que tendrn los dos de las aguas....

--Mujer, yo le o decir a tu hermano que ella no le hace maldito el
caso.

--Bah!, no parece sino que no estn dando un cuarto al pregonero desde
que llegaron. Albares es un tonto, forrado de lo mismo, que se muere por
apariencias.... El caso es que todo el mundo en Vichy habla de ellos.

Luca se quedaba pensativa, fija la pupila en las canastillas de flores
del parque, que parecan medallones de esmalte prendidos en una falda de
raso verde. Formbanlas diversas variedades de colios; los del centro
tenan hojas lanceoladas y brillantes, de un morado obscuro, rojo
prpura, rojo ladrillo, rojo de cresta de pavo, rojo rosa. Al borde, una
hilera de _ruinas de Italia_ destacaba sus medallitas azuladas sobre el
verde campesino, gayo, hmedo, de la hierba. Los alerces y los pinos
lrices formaban en algn rincn del parque un grupo nemoroso, suizo,
dejando caer sus mil brazos desmadejados, hasta besar lnguidamente el
suelo. Las catalpas, majestuosas, filtraban entre su claro follaje los
ltimos rayos del poniente, y manchillas movedizas y prolongadas de oro
danzaban a trechos sobre la fina arena de la avenida. Era un
recogimiento de iglesia, impregnado de misterio, un silencio grave,
potico, solemne, y pareca sacrilegio turbarlo con una frase o un
ademn.

Los paseantes comenzaban a retirarse, y el leve crujido de la arena
revelaba sus pasos lejanos. Pero ambas amigas acostumbraban, como suele
decirse, llevarse las llaves del parque, porque justamente a la puesta
del sol era cuando Luca lo encontraba ms hermoso, en aquella
melanclica estacin otoal. Bajos ya y moribundos los rayos solares,
caan casi horizontalmente sobre los pradillos de hierba, inflamndolos
en tonos ardientes como de oro en fusin. Los obscuros conos del alerce
cortaban este ocano de luz, en el cual se prolongaban sus sombras.
Deshojbanse los pltanos y castaos de Indias, y de cuando en cuando
caa, con golpe seco y mate, algn erizo, que, abrindose, dejaba rodar
la reluciente castaa. En las grandes canastillas, que se destacaban
sobre el fondo de csped, las plidas eglantinas, a la menor brisa
otoal, soltaban sus frgiles ptalos, las verbenas se arrastraban
lnguidas, como cansadas de vivir, descomponiendo con sus caprichosos
tallos la forma oval del macizo; los ageratos se erguan, todos llovidos
de estrellas azules y los peregrinos colios lucan sus exticos matices,
sus coloraciones metlicas y sus hojas atigradas, semejantes a escamas
de reptil, ya blancas con manchas negras, ya verdes con vetas carne, ya
amaranto obscuro cebradas de rosa cobrizo. Profundo estremecimiento,
precursor del invierno, atravesaba por la Naturaleza toda, y dijrase
que antes de morir, quera vestirse sus ms ricas galas: as la via
virgen tena tan esplndido traje de prpura, y el lamo blanco elevaba
con tal coquetera el penacho de cndidos airones de su copa; as la
coralina se adornaba con innumerables sartas y zarcillos de sangriento
coral, y las cinias recorran toda la escala de los colores vivos con
sus festoneadas enaguas. El maz listado sacuda su brial de seda verde
y blanca a rayas, con melodioso susurro, y all en las lindes de la
pradera baada por el sol, unos arbolillos tiernos inclinaban su joven
copa. De tal suerte mullan las hojas secas el piso de las calles, que
se enterraba Luca hasta el tobillo, con placer. El roce de su traje
produca en ellas un ruido continuo, rpido, parecido a la respiracin
jadeante de alguien que la siguiera; y presa de pueril temor, volva a
veces el rostro atrs, rindose al convencerse de su ilusin. Hojas
haba muy diferentes entre s: unas, obscuras, en descomposicin,
vueltas ya casi mantillo: otras secas, quebradizas, encogidas; otras
amarillas, o aun algo verdosas, hmedas todava, con los jugos del
tronco que las sustentara. Hacase la alfombra ms tupida al acercarse a
los parajes sombros del borde del estanque, cuya superficie rielaba
como cristal ondulado, estremecindose al leve paso del aura vespertina,
y rizndose en mil ondas chiquitas en choque continuo las unas con las
otras.

Grandes sauces se inclinaban, llorosos y desconsolados, hacia el agua,
que reproduca el blando columpiar de las ramas trmulas, entre las
cuales se vea el disco del sol, y sus rayos, concentrados por aquella
especie de cmara obscura, heran la pupila como saetas. En un remanso
del estanque, enorme macizo de malangas ostentaba su vegetacin
exuberante y tropical, y sus gigantescas hojas, abiertas como abanicos
de tafetn verde, se mantenan inmviles. Cisnes, patos y nades
bogaban, aqullos con su acostumbrada fantstica suavidad, balanceando
el largo cuello, stos graznando desapaciblemente, todos con rumbo a la
orilla apenas Luca y Pilar se acercaban,--en demanda de mendrugos de
pan, que engullan atragantndose y alzando al aire la cola--. La isleta
y el pino que en ella creca lanzaban a la superficie del estanque
misteriosa sombra. Un haz de caas se elevaba esbelto, y a su lado, las
agudas poas sacudan su escobilln de terciopelo castao.

Regalada frescura suba del agua. Era la nota caracterstica del
paisaje, dulce melancola, blando adormecimiento, el reposo de la madre
Naturaleza cuando, fatigada de la continua gestacin del esto, se
prepara al sopor invernal. Luca haba dejado de ser nia; los objetos
exteriores le hablaban ya elocuentemente, y comenzaba a escucharlos; el
parque la suma en vaga contemplacin. Su alma pareca desasirse del
cuerpo, como se desase del tronco la hoja, y vagar como ella sin objeto
ni direccin, entregada a la delicia del anonadamiento, al dulzor de no
sentirse existir. Y cun grata deba de ser la muerte, si parecida a la
de las hojas; la muerte por desprendimiento, sin violencia,
representando el paso a ms bellas comarcas, el cumplimiento de algn
anhelo inexplicable, oculto, all, en el fondo de su ser! Cuando tales
ideas en tropel se le venan a la mente, un pajarillo descenda de un
rbol, y oase el batir de sus alas en el aire. Andaba algn tiempo a
brincos por las calles de arena rebotando en las hojas secas; al
acercrsele Luca daba de pronto un voleteo yendo a posarse en la cima
ms alta de las acacias rumorosas.




-X-


Sola la voz de la anmica romper el encanto.--Eh, chica.... en qu
estars t pensando? Qu romnticas son estas nias criadas en
provincia!

Los ojos agudos y perspicaces de Pilar se clavaban, al decir esto, en la
fisonoma de Luca, descubriendo en ella una sombra leve, una especie de
veladura parda desde la frente y las sienes a las ojeras, y cierto
hundimiento en las comisuras de la boca. Su curiosidad enfermiza se
despertaba, infundindole deseos de disecar, por solaz y pasatiempo,
aquel corazn. Habale dicho la infalible penetracin mujeril muchas
cosas, e incapaz de contentarse con la adivinacin discreta, quera la
confidencia. Era una emocin ms que se brindaba a s propia en el curso
de la estacin termal.

--Qu s yo en qu pensaba! En nada--contestaba Luca apelando al
expediente ms vulgar y siempre ms socorrido.

--Pues parece a veces que ests tristona, monsima... y no s de qu;
porque ests precisamente en lo ms bonito de la luna de miel...
Cspita! Quin como t! Miranda es muy agradable; tiene tan buen
trato, se presenta tan bien....

--Eso s, muy bien--repiti como un eco Luca.

--Y est chocho por ti.... Vaya! si eso se ve! l anda por all mucho
con mi hermano.... Pero chica, qu quieres? As son todos los
hombres... El caso es que mientras estn con una gasten buen humor y le
hablen con cierto mimo.... Y que no sean celosos.... No, Miranda eso s
que lo tiene de bueno: celoso, no es.

Pusose Luca color de brasa, y bajndose, cogi un puado de hojas
secas, maniobra que le sirvi para disimular su confusin. Despus se
entretuvo en reducirlas a polvo entre el ndice y el pulgar, soplando
para aventarlo ms presto.

--Y cuidado--prosigui Pilar--que otro en su caso.... No, mira, si yo
fuese hombre, no s lo que hubiera hecho... eso de que un caballero
acompaase a mi novia tantos das... as, mano a mano... y precisamente
cuando....

A este golpe directo y brutal, alz Luca la frente, y pos en su amiga
la mirada cndida, pero digna y aun severa, que a veces sola chispear
en sus ojos. Pilar, diestra en tctica, retrocedi para saltar mejor.

--Es verdad que conocindote a ti... y a l, cualquiera sera tan
confiado como Miranda.... T, ya se sabe, una santita, un angeln de
retablo... y l... l es un caballero chapado a la antigua, a pesar de
sus manas... ms fama tiene que el Cid. Ya viene de atrs! Yo le
conozco mucho, hace tiempo--asever Pilar, que como todas las jvenes de
la clase media introducidas en la buena sociedad, tena prurito de
conocer al mundo entero.

--T... le conoces hace tiempo?--murmur Luca, subyugada y ofreciendo
a la anmica el brazo para que se apoyase.

--S, mujer. Va cada ao a Madrid, a veces por todo el invierno, pero
generalmente un mes o dos de primavera. De sociedad gusta poco; le
convidaron a algunas casas, porque parece que su padre, el cabecilla,
era una persona distinguida de las Provincias, y est emparentado con
los Puenteancha, y con los Mijares, que son Urbietas de apellido... pero
se venda tan caro, que en todas partes se andaban pereciendo por
tenerle.... Una vez, porque bail un rigodn en casa de Puenteancha con
Isabelita Novelda, hubo broma toda la noche... le dijeron que ya poda
domar osos y tomar a Plewna sin artillera.... Isabelita estaba ms
hueca que... y luego result que era que la Puenteancha se lo haba
pedido por favor, y l le haba contestado: bueno, bailar con la
primera que encuentre... encontr a Isabelita, y zas, la invit....
Cuando se supo, figrate la tontuela de Isabelita qu cara pondra!
Ella que estaba persuadida de haber hecho una conquista... se le alarg
la nariz ms de lo que la tiene, que no es poco.... ja, ja!...

La risa de la anmica se volvi tos, una tosecilla que le rascaba la
garganta y la sofocaba, obligndola a sentarse en un banco rstico de
los muchos que en el parque haba. Luca le dio blandos golpecitos en
las espaldillas, y permaneci silenciosa, no queriendo pronunciar
palabra que torciese el giro de la conversacin. Sus ojos interrogaban.

--Ej... ej... te aseguro que fue un chasco famoso...--continu Pilar
calmndose--. A la Noveldita le vendran de perlas los cientos de miles
de francos que el padre reuni para el hijo... pero dicen que no le
gustan las mujeres!

--No le gustan...--repiti Luca, como si aquel pronombre no pudiera
aplicarse sino a una persona sobreentendida, pero no nombrada.

--Aaden que, eso s, es un hijo como pocos... a su madre la trae en
palmas. Ella cuentan que es una seora muy fina, de la aristocracia
francesa... muy delicaducha de salud, y aun creo que all en sus
juventudes....

La anmica se apoy el ndice en la frente, con expresivo ademn.

--Parece que el padre quiso que el chico fuese espaol, y trajo a su
mujer a dar a luz a Ondarroa, de donde es l... le hicieron hablar
castellano siempre y vascongado con su ama de cra... me lo ha contado
Paco Mijares, que como es pariente suyo, sabe todo eso....

Luca se beba con avidez aquellas palabras y aquellos detalles nada
importantes en s.

--Tiene extravagancias y caprichos muy particulares.... Hubo un tiempo
en que se le antoj trabajar, y entr en una casa de comercio....
Despus estudi medicina y ciruga, y tengo entendido que deja tamaitos
a Rubio y a Camisn.... En Madrid se iba a los hospitales, por gusto, a
estudiar.... En la guerra hizo lo mismo. Sabes t dnde me lo
encontraba yo a veces en Madrid? Pues en el Retiro, mirando al estanque
grande fijamente.... Qu tienes, chica?

Luca, con los ojos cerrados, mortecina la color, se recostaba en el
tronco del pltano que sombreaba el banco. Cuando abri los prpados, la
sombra de sus sienes era ms marcada, y su mirar vago, como de persona
que vuelve en s de un sncope.

--No s.... Es que a veces parece que me quedo as, sin sentido.... Es
como si me arrancasen el estmago--balbuci.

--Ciertos son los toros--pens Pilar--; bien madruga la bendicin de
Dios!--aadi para s, descaradamente.

La noche se vena a ms andar, un soplo helado movi el follaje; las dos
damas se abrocharon, estremecindose, sus abriguillos de pao caf con
leche, a tiempo que dos bultos negros se destacaban al fin de la
avenida. Eran Miranda y Perico, que se asombraron de hallarlas all tan
tarde.

--Bonito modo, bonito modo de curarse! Demonios! Si no coges una
pulmona, una pulmona como para ti sola! Anda, loca, vente, vente.

Levantose Pilar, decada, murindose, y fue a cogerse del brazo de
Miranda. Perico ofreci el suyo a Luca, cuya robustez se haba
sobrepuesto ya el desfallecimiento momentneo.

--Dudo que pueda maana beber las aguas--dijo Luca a su acompaante--.
Estuvo hoy algo excitada... y ahora viene la reaccin de cansancio....

--A que resucita, a que resucita si la dejo ir al Casino?

--Ay, Periquillo del alma!--grit la anmica, que con su fino odo no
perda palabra--. Me dejas, eh? Qu dao me ha de hacer eso? Ande
usted, Miranda, interceda usted por m.

--Hombre, alguna vez.... Puede que le sirva de alivio, distrayndola.

--No haga usted caso, Gonzalvo.... Dice el seor Duhamel que no....
quin lo sabr mejor, el mdico o ella?

--Y usted?--pronunci Perico, con unos asomos de galantera a que le
incitaban el anochecer, el marido caminando delante y sus inveteradas
malas maas--. Y usted, joven y bonita como es, por qu no viene al
Casino? Esas galas que se mueren de risa, de risa, en los bales mundos,
estaran mejor lucindose all.... Vamos, anmese usted, anmese usted,
y yo la traer un ramo de camelias como el que tena anoche la sueca.

--No quiero eclipsar a la sueca--exclam risuea Luca--. Qu ser de
ella si me presento yo?

--Pues aunque lo diga usted de guasa, de guasa, es la pura verdad...--y
Perico bajaba traidoramente la voz--. Vale usted por diez suecas...--y
en tono ms alto aadi--si Juanito Albares no hiciese tanta majadera,
maldito si nadie se acordaba, se acordaba de ella....

Juanito Albares, como le llamaba amistosamente Perico, era duque, grande
de Espaa dos o tres veces, marqus y conde no s cuntas; dato que es
muy digno de ser tenido en cuenta por los bigrafos del elegante
Gonzalvo.

--Dnde tiene usted los ojos, hombre?--exclam Luca con su franqueza
castellana--. Valor se necesita para decir eso!, es hermossima la
sueca; en cualquier parte, emboba a la gente. Ms blanca es que la
leche, y luego unos ojos....

--No te fes de blancuras--intervino Pilar--. Habiendo en el mundo
toalla de Venus y blanco de Paros.... Es demasiado mujerona.

--Demasiado alta--afirm Perico como el zorro de las uvas.

--Pierda usted cuidado--deca bajito Miranda a Pilar--. Conquistaremos a
ese hermano fiero, e ir usted una noche al Casino: no faltaba otra
cosa! Se haba usted de marchar de Vichy sin ver el teatro, y sin
asistir al concierto? Eso sera inaudito.

--Ay, Miranda! usted es mi ngel salvador. Si no hay otro medio de
lograrlo, nos escapamos usted y yo una noche... un rapto... hay que
hacer como en las novelas... traer usted un corcel, me subir a la
grupa, y, hala!, que nos pillen... encerramos con llave primero a
Perico y a Luca, y all se quedan haciendo penitencia.... eh? Qu le
parece a usted?

Cuando llegaron ante la verja del _chalet_, cuyos mecheros de gas
brillaban ya entre la sombra de los rboles, Miranda dijo para s:

--sta es ms entretenida que mi mujer. Al menos dice algo, aunque sean
tonteras, y est de buen humor, a pesar de que tiene medio pulmn sabe
Dios cmo....

--Esta chica es ms sosa que el agua, que el agua--pens a su vez Perico
al separarse de Luca.

nterin llegaba el esperado da de asistir a la fiesta nocturna, Pilar
se acostumbr a pasar un par de horas en el saln de Damas del Casino,
de una a tres de la tarde generalmente. Es el saln de Damas un
atractivo ms del hermoso edificio donde se reconcentra la animacin
termal; all las seoras abonadas al Casino pueden refugiarse, sin temor
a invasiones masculinas; all estn en su casa, y son reinas absolutas,
tocan el piano, bordan, charlan, y a veces se deslizan hasta el lujo de
un sorbete o de alguna confitura o bombn que roen con igual deleite que
si fuesen ratoncillos sueltos en un armario de golosinas. Es un harn de
moras civilizadas, un gineceo no oculto en la pudorosa sombra del hogar,
sino descaradamente implantado en el sitio ms pblico que darse puede.
All concurran y se congregaban todos los astros hembras del firmamento
de Vichy, y all encontraba Pilar reunida a la escasa, pero brillante
colonia hispano americana; las de Amzaga, Luisa Natal, la condesa de
Monteros: y se formaba una especie de ncleo espaol, si no el ms
numeroso, tampoco el menos animado y alegre. Mientras alguna rubia
inglesa ejecutaba en el piano trozos de msica clsica, y las francesas
asan de los cabellos la ocasin de lucir primorosas labores de
caamazo, dando en ellas tres puntos por hora, las espaolas, ms
francas, aceptaban la holgazanera completa, dedicndose a hablar y a
manejar el abanico. Una magnfica esfera geogrfica, colocada al extremo
del saln, pareca preguntarse cul era su objeto y destino en semejante
lugar; y en cambio, los retratos de las dos hermanas de Luis XVI,
Victoria y Adelaida, _damas_ tradicionales de Vichy, sonrean, empolvada
la cabellera, rosadas y benvolas, presidiendo el certamen de frivolidad
continua celebrado a honra suya. Eran murmullos como de voleteos de
pjaros en pajarera, ruido de risitas semejante a sartas de perlas que
caen desgranndose en una copa de cristal, sedoso crujir de pases de
abanico, estallido seco de varillajes, ruedecillas de silln que un
punto corran sobre el encerado piso, ruge-ruge de faldas, que pareca
estridor de alitas de insecto. Embalsamaban la atmsfera leves auras de
gardenia, de vinagre de tocador, de sal inglesa, de perfumera Rimmel.
No se vean sino dijes y prendas graciosas abandonadas sobre sillas y
mesas; sombrillas largas, de seda, muy recamadas de cordoncillo de oro;
cabs y estuches de labor, ya de cuero de Rusia, ya de paja con moos y
borlas de estambre; aqu un chal de encaje, all un pauelo de batista;
ac un ramo de flores que agoniza exhalando su esencia ms deliciosa;
acull un velito de moteado tul, y encima las horquillas que sirven para
prenderle.... El grupo de espaolas, capitaneado por Lola Amzaga, que
era muy resuelta, tena cierta independencia e intimidad, bien distinta
de la reserva secatona de las inglesas: y an entre ambos bandos se
adverta disimulada hostilidad y recproco desdn.

De mucha diversin haba servido a las espaolas ver cmo las inglesas
sacaban muy formales un peridico, tamao como la sbana santa, del
bolsillo, y se lo lean de la cruz a la fecha.

No haba podido obtener Pilar que Luca la acompaase al saln de Damas;
cortedad y encogimiento de nia educada en provincia se lo vedaban,
hacindole temer ms que al fuego a aquellas mujeres curiosas que
examinaran su tocado como el diestro confesor los repliegues de la
conciencia del penitente. Pilar, en cambio, estaba all en su elemento y
esfera natural. Su voz algo aflautada slo renda el pabelln ante el
ceceo cubano de la Amzaga capitana.

Oigamos el concertante.

--Pues ste lo compr hoy--deca Lola remangando desenfadadamente la
manga de su vestido de muselina rosa con lazos de raso granate obscuro,
y enseando un brazalete de cuyo aro penda un cochinillo retorcido de
rabo y potente de lomo, ejecutado en fino esmalte.

--Yo lo tengo en imperdible--aada Amalia Amzaga, sealando a otro
marrano no menos lucio, que hozaba entre los encajes de su corbata.

--Vlgame Dios! qu moda ms fea!--exclamaba Luisa Natal, hermosura
prxima al ocaso, y muy atenta a no usar perifollo alguno que su belleza
no realzase--. Yo no me pondra semejantes bichos; se acuerda uno del
mondongo! verdad, condesa?

Hizo un signo aprobativo la condesa de Monteros, espaola rancia, devota
y un tanto severa.

--Yo no s qu van a inventar ya--pronunci reposadamente--. He visto en
esas tiendas elefantes, lagartos, ranas y sapos, y hasta araas; en fin,
los animalejos ms asquerosos en adornos de seoritas. En mis juventudes
no nos pagbamos de tales extravagancias; buenos brillantes, bonitas
perlas, algn corazn de rubes.... ah! tambin usbamos los camafeos;
pero era un capricho precioso... se grababa en ellos el retrato de uno
mismo... o alguna virgen, algn santo.

Rein breve silencio; las Amzagas no se atrevan a replicar, subyugadas
por el seoro de aquella autorizadsima voz.

--Mire usted, condesa--dijo Pilar al cabo, satisfecha de hallar un
motivo para desesperar a las Amzagas--, lo bonito, es ese agujn de
Luisa.

Luisa sac de su moo el clavo de oro, con cabeza de amatista,
constelada de diamantes chiquititos.

--Otro igual tena ayer la sueca--explic al ponerlo en manos de la
condesa--. Llevaba todo el juego: pendientes, collar de bolas de
amatista y el agujn. Reguapsima que estaba la mujer con eso y el traje
heliotropo.

--Ayer de noche?--pregunt Pilar.

--S, en el teatro. El otro, penado y muerto como de costumbre... a las
diez hizo su entrada en el palco, presentndole el ramo consabido de
camelias y azaleas blancas... dicen que le cuesta sus setenta
franquillos por noche.... Es un aditamento regular al coste de la
pensin en el hotel....

--Ese sobrino mo no tiene vergenza ni decoro--afirm gravemente la
condesa de Monteros.

--Un hombre casado!--dijo Luisa Natal, que haca excelente menaje con
su marido, ciego cumplidor de todos los caprichos de su mitad.

--Y se sabe por fin si la sueca es hija o mujer de ese barn de...
de... nunca puedo acordarme de su nombre... vamos, de ese viejo que anda
con ella?--interrog la condesa, entrando por fin en la corriente de
curiosidad que la arrastraba, a pesar de su digna actitud.

--De Holdteufel?--pronunci con acento cantarn Amalia Amzaga--. Bah,
quin lo puede averiguar!, pero segn la libertad que le deja, ms
parece su esposo que su padre.

--Se necesita descaro--prosigui con discreta y risuea indignacin
Luisa Natal--, para ser as la comidilla de todo el mundo....

--Toma!--dijo la voz de flauta de Pilar--. Pues eso quiere l, qu se
crean ustedes?; el toque y el gustazo estn en dar que hablar.

--Siempre fue Juanito as, muy farfantoncillo--murmur la condesa
enternecida al recordar a su sobrino, cuando hecho un diablo
traviessimo de diez aos, iba a su casa a darle jaqueca pidiendo mil
chucheras.

--Hasta anteayer....

El grupo se estrech: acercronse unos a otros los sillones, y por un
instante se oy el cadencioso chirriar de las ruedas sobre el piso.

--Anteayer...--sigui Amalia Amzaga en tono algo ms bajo--fue sta al
tiro de pistola....

--Tiras ahora?--preguntaron a un tiempo Pilar y Luisa Natal.

--Un poco... por distraerme...--Y Lola se atus el negro flequillo,
cortado recto a un dedo de distancia de las cejas, que la asemejaba a un
paje de la Edad Media, realzando su cara descolorida de hija de los
trpicos y sus grandes ojos, infantiles, pero de nio malicioso y
precoz.

--Pues...--sigui Amalia, vindose religiosamente escuchada--all
estaban Jimnez y el marquesito de Caahejas, y _Monsieur_ _Anatole..._
y todos lean y comentaban un suelto del _Fgaro_, en que se refera la
sensacin causada en una de las estaciones termales ms elegantes de
Francia y de Europa, por el loco amor de un magnate espaol a una dama
sueca....

--Pone iniciales no ms--agreg Lola--; pero es claro como la luz.... Y
dice, por ms seas: _ce digne petit fils du Comte d'Almaviva se ruine
en fleurs_...

Un coro de risas sofocadas brot del crculo. Lola saba decir las cosas
con cierto ceceo y cierto parpadeo, que las mejoraba en tercio y quinto.

--Y ella, qu tal, se ablanda?--pregunt Pilar.

--Ella?--repuso Lola--. Ah!, todas las noches, al recibir el ramo, le
contesta lo mismo, invariablemente: _Jrasis, seor duque, trop amable._

Redoblaron las carcajadas. Hasta la condesa se sonrea, con el abanico
abierto delante por decoro.

--Chist!--pronunci Luisa Natal--. Ah viene!

--La sueca!--exclam Pilar.

Todas volvieron el rostro, en extremo conmovidas. La puerta del saln de
Damas se abra solemnemente; un elegante y correcto anciano, con blancas
patillas y delicadamente afeitado el resto de la faz, se qued en el
umbral en diplomtica postura; una mujer alta y gallarda penetr en el
recinto; acrecentaba su clsica beldad el negro traje de tafetn, muy
ceido y golpeado de azabache; sobre su frente de diosa, el sombrero de
tul con espigas de oro, pareca mitolgica diadema; era su andar noble y
soberano, y sin cuidarse de saludar a nadie, se fue hacia el piano,
vacante a la sazn, y sentndose, comenz a interpretar magistralmente
unas mazurcas de Chopn. La postura patentizaba lo brioso de su talle,
los largos y torntiles brazos, las caderas, los omoplatos que, a cada
pulsacin de la blanca mano, se dibujaban vigorosamente bajo el ajustado
corpio.

--No es cierto--dijo por lo bajo Pilar a Luisa Natal--que si Luca
Miranda se vistiese como ella, se pareceran algo, as en las formas?

--Bah!--murmur Luisa Natal--, la Mirandita no tiene pizca de chic.

Brot entonces del grupo de inglesas ese enrgico silbido que en todos
los idiomas significa: Silencio!: cllense ustedes, y oigan, o dejen
or siquiera. Las espaolas se dieron al codo, y prosiguieron
impertrritas con sus cuchicheos.

--No veis aquello?--deca Lola Amzaga.

--El qu... el qu... el qu?--preguntaron todas.

--Qu ha de ser?, Albares. All, all, en los vidrios.... Con
disimulo... que no lo note....

Por la parte de las vidrieras, que caan a la azotea del Casino, vease,
en efecto, un rostro de pisaverde, imberbe casi, destacndose entre la
blancura de porcelana de primorosa camisa y nvea corbata de batista,
cuyo tringulo cerraba una de esas gatas llamadas _ojo de gato_, a que
dio tan fabuloso valor el capricho de los elegantes de dos o tres aos
ac. Traje de maana de un gris humo suave y exquisito, hongo de
finsimo castor, una flor de gardenia en el ojal, guantes de gamuza
flamantitos, tal era el atavo del indiscreto que as registraba el
saln de Damas. Advertase en su tipo mezcla singular de debilidad y
fuerza, cuerpo de sietemesino y msculos de Hrcules. La gimnasia, la
esgrima, la equitacin, la caza, deban haber endurecido aquel organismo
que la Naturaleza hiciera endeble, enteco casi. La estatura era corta;
los miembros delicados y femeniles; pero la musculatura, de acero.
Conocase esto en el modo de caerle la ropa, en no s qu corte viril de
las rodillas y los hombros; adems, se trasluca en aquel hombre la
altiva superioridad que dan juntamente la riqueza, el nacimiento y el
hbito de ser obedecido.

Mas si esperaba el duque algn fruto de acechar as por los cristales,
cayole la pascua en viernes, porque la sueca, despus de haber tocado
con gran sosiego y maestra hasta media docena de mazurcas, se levant
con no menor majestad de la desplegada al entrar, y sin volver el
rostro, tom hacia la puerta. sta se abri como por obra de un conjuro,
y el diplomtico de blancas patillas se present afable y serio,
ofreciendo el brazo. Fue una salida de reina, trs russie, como decan
en el grupo de francesas.

--Parece la princesa Micomicona!--dijo Lola Amzaga, que aquella maana
no se haba pasado menos de dos horas al espejo, ensayando el regio modo
de andar de la sueca.

--Qu empaque!--observ Luisa Natal--. No, buena moza, ya lo es.
Cuidado con el talle! Y qu manos! No se las habis reparado?

--Yo la miro poco--contest Pilar--. No le doy ese plato de gusto. Slo
adopta esos ademanes teatrales para llamar la atencin!

--Fresco se ha quedado Albares!--exclam Amalia--. Ella ni se enter
de que estaba ah!

Todas se volvieron a mirar hacia las vidrieras. Ya no se hallaba all el
duque.

--Ahora se habr ido escapado a intentar verla en el Parque. Vamos a
convencernos?

--S, vamos, vamos; la escena ser chistosa.

Levantronse, y recogieron aprisa abanicos, sombrillas y velos,
precipitndose hacia la puerta.

--Eh, seoritas!--deca la condesa de Monteros--. No corran ustedes
tanto, yo no soy tan joven como ustedes, y voy a quedarme atrs. A
fe--aada entre dientes--que cuando le eche la vista encima a mi seor
sobrino, le espeto lo que viene al caso, por matar as a disgustos a
aquella pobre Matilde que es un ngel.

Mientras se solazaba Pilar de manera tan conforme a sus inclinaciones,
aguardbala Luca en el balcn del _chalet_. A aquella hora, nadie
estaba en casa, ni Miranda, ni Perico; el Casino se los haba tragado a
todos. Apenas cruzaba un transente por la retirada calle. Slo se oa,
entre el silencio, el estridor montono de la mquina de coser que la
hija de la conserje manejaba. En el jardn, las rosas, embriagadas del
calor bebido durante la maana entera, se deshacan en perfumes; hasta
las fras rosas blancas tenan matices rancios, como de carne plida,
pero carne al fin. De todo el coro de aromas se formaba uno solo,
penetrante, fortsimo, que se suba a la cabeza, como si fuera la
fragancia de una rosa no ms, pero rosa enorme, encendida, que exhalaba
de su boca de prpura hlito fascinador y mortal. Luca empezaba por
coser, al sentarse; pero al cuarto de hora la almohadilla se caa de su
regazo, escapabsele el dedal del dedo, y vagarosa la pupila, permaneca
con los ojos fijos en los macizos de rosales, hasta que al fin sus
prpados se cerraban, y recostando la frente en las ramas que tapizaban
el balcn, abandonbase a la delicia de aquella atmsfera embalsamada,
sin or, sin ver, respirando no ms. Dos meses antes, no hubiera podido
estarse quieta media hora; los jardines la convidaban a correr. Ahora,
por el contrario, la incitaban a dejarse estar as, inmvil, y
anonadada, como el gebro ante el sol.

Una tarde, Pilar, al volver de su club, la hall como nunca pensativa.

--Tonta--le dijo--en qu cavilas? Si vinieses al Casino, te divertiras
mucho.

--Pilarcita--murmur Luca echndole al cuello los brazos--, me
guardars un secreto si te lo digo?

Encendironse los ojos de la anmica.

--Pues no! Desahoga ese corazn, mujer.... Entre nosotras, verdad?,
todo puede contarse.... Yo he visto tantas cosas... nada me sorprende....

--Escucha...--dijo Luca--. Quisiera saber, a toda costa, cmo sigue la
madre del seor don Ignacio Artegui.

Retrocedi Pilar desorientada; y rindose en seguida con su cnico rer,
exclam:

--No es ms que eso? Vaya un secreto! Gran puado son tres moscas!

--Por Dios--suplic apurada Luca--, que a nadie se lo indiques.... Yo
me muero por saberlo, pero si se entera... alguien.... Miranda, o as....

--Eh! boba, yo lo sabr pronto, y sin informar a nadie.... Tengo mil
medios de averiguarlo.... Te prometo que saldrs de la curiosidad....

Pilar dio dos o tres golpecitos en la barbilla a Luca, que estaba grave
y aun algo confusa.

--Paseamos hoy, seora enfermera?--interrog la anmica.

--S, y bebers leche en Vesse. Pero coge otro traje de ms abrigo, por
Dios: eres capaz de resfriarte.... No has notado qu bien huelen las
rosas? En Len apenas las hay: me acuerdo de que las que poda coger se
las pona todas a la Pursima que tengo en mi cuarto.




-XI-


Era el Casino para Perico y Miranda, como para todos los ociosos de la
colonia, casa y hogar durante la temporada termal. En conjunto el gran
edificio se asemejaba a un concierto de voces que convidasen a la
existencia rpida y fcil de nuestro siglo. El espacioso peristilo, la
fachada principal con su vasta azotea, su jardinete reservado, donde
vegetan en graciosas canastillas exticas plantas, y sus ricos y
caprichosos adornos renacientes de blanqusima sillera; las altas
columnas de bruido prfido que el interior sustentan; las muelles
butacas y los anchos divanes; los cupidillos traviesos (smbolo
artstico de efmeros amores que suelen vivir el espacio de una quincena
de aguas) que corren por la cornisa del gran saln de baile, o
revolotean en el azul de los anchos recuadros del teatro; el oro
prodigado en toques hbiles, como puntos de luz, o en luengos listones,
como rayos de sol; las grandes ventanas de lmpidos cristales, todo, en
suma, ayudaba a la fantasa a representarse un templo ateniense,
corregido y aumentado con los beneficios y goces de la civilizacin
actual. Quien mirase el Casino por su fachada sur, poda ver desde luego
el numen que all reciba culto y sacrificios: la Ninfa de las aguas,
inclinando la urna con graciosa actitud, mientras salen a sus pies de
entre un caaveral dos amorcillos, y uno de ellos, alzando una valva,
recoge la sacra linfa que de la urna copiosamente fluye. Sacerdotes y
flamines del templo de la Ninfa son los mozos del Casino, que a la menor
seal, a un movimiento de labios, acuden tcitos y prontos con lo que se
desea: cigarros, peridicos, papel, refrescos, hasta las aguas, que
traen a escape, en un tanque vuelto boca abajo sobre un plato, a fin de
que no pierdan su preciosa temperatura ni sus gases.

Prefera Miranda el saln de lectura, donde hallaba cantidad de
peridicos espaoles, incluso el rgano de Colmenar, que lea dndose
tono de hombre poltico. A Perico se le encontraba con ms frecuencia en
otro departamento ttrico como una espelunca, las paredes color de
avellana tostada, los cortinajes gris sucio con franjas rojas, donde una
hilera de bancos de gutapercha moteada haca frente a otra hilera de
mesas, cubiertas con el sacramental, melodramtico y resobadsimo tapete
verde. As como la marea al retirarse va dejando en la playa orlas
paralelas de algas, as se advertan en los respaldos de los bancos de
gutapercha roja series de capas de mugre, depositadas por la cabeza y
espaldas de los jugadores, seales que iban en aumento desde el primer
banco hasta el ltimo, conforme se ascenda del inofensivo _piquet_ al
vertiginoso _cart_, porque la hilera empezaba en el juego de sociedad,
acabando en el de azar. Los bancos de la entrada estaban limpios, en
comparacin de los del fondo. Aquella pieza donde tan nefando culto se
tributaba a la Ninfa de las aguas fue testigo de hartas proezas de
Perico, que, por su semejanza con todas las de la misma laya, no merecen
narrarse. Ni menos requiere ser descrito el espectculo, caro a los
novelistas, de las febriles peripecias que en torno de las mesas se
sucedan. Tiene el juego en Vichy algo de la higinica elegancia del
pueblo todo, cuyos habitantes se complacen en repetir que en su villa
nadie se levant la tapa de los sesos por cuestin del tapete verde,
como sucede en Mnaco a cada paso; de suerte que no se presta la sala
del Casino a descripciones del gnero dramtico espeluznante; all el
que pierde se mete las manos en los bolsillos, y sale mejor o peor
humorado, segn es de nervioso o linftico temperamento, pero convencido
de la legalidad de su desplume, que le garantizan agentes de la
Autoridad y comisionados de la Compaa arrendataria, presentes siempre
para evitar fraudes, quimeras y otros lances, propios solamente de
garitos de baja estofa, no de aquellas olmpicas regiones en que se
talla calzados los guantes. Es de advertir que Perico, aun siendo de los
que ms ayudaban a engrasar y bruir con la pomada de su pelo y el frote
de sus lomos los bancos de gutapercha, no realizaba el tipo clsico del
jugador que anda en estampas y aleluyas morales y edificantes. Cuando
perda, no le ocurri jams tirarse de los cabellos, blasfemar ni
ensear los puos a la bveda celeste. Eso s, l tomaba cuantas
precauciones caben, a fin de no perder. Anlogo es el juego a la guerra:
dcese de ambos que los decide la suerte y el destino; pero harto saben
los estratgicos consumados que una combinacin a la vez instintiva y
profunda, analtica y sinttica, suele traerles atada de manos y pies la
victoria. En una y otra lucha hay errores fatales de clculo que en un
segundo conducen al abismo, y en una y otra, si vencen de ordinario los
hbiles, en ocasiones los osados lo arrollan todo y a su vez triunfan.
Perico posea a fondo la ciencia del juego, y adems observaba
atentamente el carcter de sus adversarios, mtodo que rara vez deja de
producir resultados felices. Hay personas que al jugar se enojan o
aturden, y obran conforme al estado del nimo, de tal manera, que es
fcil sorprenderlas y dominarlas. Quiz la quisicosa indefinible que
llaman vena, racha o cuarto de hora no es sino la superioridad de un
hombre sereno y lcido sobre muchos ebrios de emocin. En resumen:
Perico, que tena movimientos vivos y locuacidad inagotable, pero de
hielo la cabeza, de tal suerte entendi las marchas y contramarchas,
retiradas y avances de la empeada accin que todos los das se libraba
en el Casino, que despus de varias fortunitas chicas, vino a caerle un
fortunn, en forma de un mediano legajo de billetes de a mil francos,
que se guard apaciblemente en el bolsillo del chaleco, saliendo de all
con su paso y fisonoma de costumbre, y dejando al perdidoso dado a
reflexionar en lo efmero de los bienes terrenales. Aconteci esto al
otro da de aquel en que Luca manifestara a Pilar tal inters por la
salud de la madre de Artegui. Era Perico naturalmente desprendido, a
menos que careciese de oro para sus diversiones, que entonces
escatimara un maraved, y avisando a Pilar que estaba en el saln de
Damas, reuniose con ella en la azotea, y le dijo dndole el brazo:

--Para que no salgas siempre con que no te compr nada en Vichy, anda,
vente; te voy a hacer un regalo.

--Un regalo?--y Pilar abri desmesuradamente los ojos.

--Un regalo, s seor; no parece sino que es el primero. Pide por esa
boca, por esa boca.

--Pero es de veras? Qu rico de Pe-ri-co!--exclam la anmica
cantando--. Me comprars lo que se me antoje?

--Vamos a las tiendas--exclam l, y ech a andar.

Pilar dud buen rato, como los nios ante una bandeja de dulces
diversos; por ltimo se decidi, eligiendo dos gotitas de agua para las
orejas, y un espejo porttil de oro cincelado, joya caprichosa y
novsima, que se colgaba de la cintura y slo la sueca llevaba an en
Vichy. Al regresar a casa con sus compras, brillaban de tal suerte los
ojos de la anmica y estaban sus mejillas tan encendidas, que Perico le
dijo:

--El demonio sois las seoras mujeres. En dndoos un sonajero o un
cascabel, un cascabel, os curis de todos los males. Me ro yo de la
botica, de la botica. Ahora no te duele el estmago.

--Periquillo.... Eres t la flor de la canela! Mira, estoy loca de
contenta... y si quisieras.... eh? Di que s.

--Si quisiese.... Se te antoja algo ms? No, hijita, basta por hoy,
basta.

--No, nada de compras... pero esta noche... quera ir al concierto a
lucir el espejo... mira t, ni las de Amzaga ni esa jamona de Luisa
Natal lo tienen... ni saban que en Vichy lo hubiese... van a quedarse
de una pieza... anda, Periqun; que s, verdad? Una vez, hombre...
anda.

Luca pidi casi de rodillas a Pilar que renunciase al peligroso goce
que anhelaba. Era precisamente la ocasin ms crtica; Duhamel esperaba
que la Naturaleza, ayudada por el mtodo, venciese en la lucha, y acaso
quince das de voluntad y tesn decidiesen el triunfo. Pero no hubo
medio de persuadir a la anmica. Pas el da en un acceso de fiebre
registrando su guardarropa; al anochecer, sali del brazo de Miranda;
llevaba un traje que hasta entonces no haba usado por ligero y
veraniego en demasa, una tnica de gasa blanca sembrada de claveles de
todos colores; penda de su cintura el espejillo; en sus orejas
brillaban los solitarios, y detrs del rodete, con espaola gracia,
ostentaba un haz de claveles. As compuesta y encendida de calentura y
vanidoso placer, pareca hasta hermosa, a despecho de sus pecas y de la
pobreza de sus tejidos devastados por la anemia. Tuvo, pues, gran xito
en el Casino; puede decirse que comparti el cetro de la noche con la
sueca y con el lord ingls estrafalario, del cual se contaba que tena
alfombrada con tapiz turco la cuadra de sus caballos y baldosado de
piedra el saln de recibir. Gozosa y atendida, vea Pilar una fiesta de
las _Mil y una noches_ en el Casino constelado de innumerables mecheros
de gas, en el aire tibio poblado con las armonas de la magnifica
orquesta, en el saln de baile donde los amorcillos juguetones del techo
se baaban en el vaho dorado de las luces. Jimnez, el marquesito de
Caahejas y _Monsieur_ _Anatole_, se disputaron el placer de bailar con
ella. Miranda reclam un rigodn, y para colmo de dicha y victoria, las
Amzagas se reconcoman mirando de reojo el espejillo, dije que slo
brillaba sobre dos faldas: la de Pilar y la de la sueca. Fue, en suma,
uno de esos momentos nicos en la vida de una nia vanidosa, en que el
orgullo halagado origina tan dulces impresiones, que casi emula otros
goces ms ntimos y profundos, eternamente ignotos para semejantes
criaturas. Pilar bail con todas sus parejas como si de cada una de
ellas estuviese muy prendada; tanto brillaban sus ojos y tal expansin
revelaba su actitud. Perico no pudo menos de decirle _sotto voce_:

--Bailas, eh? Veremos maana qu dice Duhamel!... Estar celestial,
celestial. Maana me escapo, me escapo. De fijo, revientas, revientas,
revientas como un triquitraque.

--No lo creas. Me siento tan bien!--exclam ella bebindose un vaso de
grosella que le presentaba el hispanfilo _Monsieur_ _Anatole_.

A la maana siguiente, cuando Luca fue a despertar a Pilar, retrocedi
tres pasos sin querer. Tena la anmica la cabeza enterrada de un lado
en las almohadas, y dorma con sueo inquieto y desigual; en las orejas,
plidas como la cera, resplandecan an los solitarios, contrastando su
blancura ntida con los matices terrosos de las mejillas y cuello.
Rodeaba los ojos un crculo negro, como hecho al difumino. Los labios,
apretados, parecan dos hojas de rosa seca. El conjunto era cadavrico.
Por las sillas andaban dispersas prendas del traje de la vspera: los
zapatos, de raso blanco, vueltos tacn arriba, estaban al pie del lecho;
en el suelo haba claveles y el nunca bien ponderado espejillo, causa
inocente de tantos males, reposaba sobre la mesa de noche. Al tocar
Luca suavemente el hombro de la dormida, sta se incorpor a medias, de
un brinco; sus ojos, entreabiertos, tenan velada y sin brillo la
crnea, como si los cubriese la telilla que se observa en los ojos de
los animales muertos. Del lecho sala un vaho espeso y ftido; la
anmica estaba baada en copioso sudor.

No pudo levantarse, porque al poner el pie en el suelo le asalt
terrible fro, castaetearon los dientes, y hubo de arroparse otra vez,
sintiendo que el sudor se le congelaba en los miembros. Adems not
agudo y violento dolor de costado, en trminos que para respirar le fue
preciso volverse del lado izquierdo. Temblaba toda, como una vara verde,
sin que cuantos abrigos le echaron encima fuesen parte a calentarla un
poco.

De un brinco se traslad Luca al cuarto de su marido, que entre duerme
y vela fumaba un cigarrillo de papel. A Miranda le sentaban bien las
aguas: desaparecan los tonos marchitos de su piel, bajo la cual
comenzaba a infiltrarse un poco de sangre y grasa, dndole esa frescura
trasnochada, gala de las cincuentonas obesas que estn todava de buen
ver. Tal era para Miranda el resultado fsico: el moral era un anhelo de
reposo y bienestar egosta, esa regularidad del hbito, esa tirana de
la costumbre que se impone en la edad madura, y que mueve a tener como
desdicha irreparable el que la comida o el sueo se retrasen media hora
ms de lo ordinario. El ex buen mozo quera descansar, vivir bien,
cuidar de su salud preciosa, y llegar en suma al tipo respetable e
importante de los clsicos Mirandas. Luca entr como un huracn, y
alterada y trmula, le dijo:

--Levntate... ve a ver si coges en casa al seor Duhamel.... Pilar est
malsima.

Miranda se incorpor.

--Claro que estar mala la grandsima loca! Pues no bail anoche como
una descosida! Bien empleado!

Luca clav en su marido los ojos atnitos.

--Ve pronto, pronto...--exclam--. Est con un acceso de fro... se
queja de dolor a un lado, y se le ha tomado la voz....

Miranda se levant refunfuando.

--No s para qu tiene a su hermanito--murmur al calzarse la botas--.
Bien poda ir l.

--Dselo t, si quieres--pronunci lentamente Luca, preados de
lgrimas los ojos--. Yo no he de entrar a despertar a Gonzalvo. As como
as, ya ibas a levantarte para beber las aguas.

--Lo menos en tres cuartos de hora no haba para qu. No parece sino que
esa chica es la nica que tiene aqu que cuidarse. Tambin los dems
padecemos y hemos de observar rgimen. Hoy justamente estoy fatal....

Era hbito de Luca interesarse mucho por la salud de Miranda, y
preguntarle cada da esos pormenores que las madres exigen de sus hijos
y que hastan a los indiferentes; pero en esta ocasin le volvi la
espalda, y sali encaminndose a la cocina, donde pidi a la conserje
una taza de tila, que ella misma subi a Pilar.

Duhamel frunci el ceo cuando hubo visto a la paciente. Lo que ms le
desagrad fue saber que en el baile haba bebido dos o tres refrescos.
Era Duhamel un vejezuelo chico y apergaminado, en quien la vida se
refugiaba en los ojos relucientes y perspicaces. Pelicano y cejicano,
luca todos sus dientes, largos y rancios como teclas, con el frecuente
sonrer.

Era en sus movimientos pronto y escurridizo cual las anguilas, y
habiendo estado en el Brasil con una comisin cientfica, chapurreaba un
poco el portugus brasileo, empendose en hacerlo pasar por espaol.

--Interrmpase completamente el mtodo termal, o _tratamento_--dijo
dirigindose exclusivamente a Luca, a pesar de estar presente el
hermano de la enferma, merced a ese instinto infalible de los mdicos,
que distinguen al punto la persona atenta a sus prescripciones e
interesada en ejecutarlas--. Ha obrado mal la enferma, a _doente_, en
romper as el rgimen prescrito.

--Pero y ahora, qu se le hace?

--Ensayaremos un revulsivo enrgico, _forte.... E um retrocesso ao
pulmao_... veremos de desviarlo.... _Bon Deus_! bailar, y beber
refrescos! Y ahora tenemos que luchar con el sudor... _O suor esgota-a_.

Pasaba este dilogo entre el doctor y Luca, a distancia suficiente del
lecho de la enferma, a fin de que no oyese palabra. Luca se enter muy
al por menor de cuanto concerna a la asistencia, de las horas del
alimento, de las precauciones que adoptar importaba. Despus de aplicar
a Pilar los medicamentos que el doctor dispuso, arregl el cuarto
andando en la punta de los pies, puso cada cosa en su sitio, entorn las
celosas y se instal al lado de la cama, en una silleta baja de hacer
labor. Pilar estaba muy agitada, y arda de sed; a cada paso Luca le
llegaba a los labios el pistero de agua de goma, previamente templada en
una estufilla. Por la tarde vino Duhamel, y se cercior de que los
revulsivos haban logrado aclarar un poco la voz de la enferma y
facilitar su respiracin congojosa. No obstante, la calentura era alta,
el sudor se haba suprimido. Ocho das dur la congestin pulmonar, y
cuando Duhamel orden a Pilar levantarse, porque la cama acrecentaba el
recargo y agotaba sus fuerzas, era aquella criatura un espectro; a los
caracteres asaz tristes de la anemia, se unan ahora otros ms
alarmantes. Al vestirse, sus miembros no sostenan la ropa, que se
escapaba del cuerpo como de un maniqu mal relleno. Ella misma se
asust, y en uno de los momentos lcidos que suelen tener los atacados
del terrible mal que ya la oprima entre sus garras, pidi el espejillo
famoso, y Luca, por no contrariarla, se lo present de mala gana. Al
fijar sus ojos en l, Pilar recordaba cmo se haba visto la noche del
baile, con sus claveles, su pelo artsticamente rizado, y la sonrisa de
placer que le iluminaba el rostro. Fue tal el contraste entre lo pasado
y lo presente, entre la cara de ocho das atrs y la de hoy, que Pilar,
con rpido movimiento, arroj al suelo el espejillo. Quebrose la clara
luna, y las cinceladuras finsimas del marco se abollaron al golpe.

Poco tard, no obstante, en volver a apoderarse de ella la pertinaz
ilusin que dulcemente lleva de la mano a los tsicos, vendados los
ojos, hasta la puertas de la muerte. Eran tan patentes los sntomas del
mal, que al verlos en otra cualquiera le hubiese extendido la papeleta
mortuoria; y con todo eso, Pilar, animada y llena de planes, se crea
sujeta nicamente a un resfriado tenaz que haba de curarse poco a poco.
Tena tosecilla blanda y continua, expectoracin pegajosa, sudores que
la menor elevacin de temperatura determinaba, y las perversiones del
apetito se haban convertido en desgano horrible. Intilmente la
conserje del _chalet_ luca sus primores culinarios, ideando mil
golosinas delicadas. Pilar lo miraba todo con igual repugnancia,
especialmente los platos nutritivos. Comenz entonces para las dos
amigas una existencia valetudinaria. Luca no se apartaba de Pilar,
sacndola al balcn a respirar el fresco si hacia bueno, acompandola
si no en su cuarto, procurando entretenerla y hacerle menos tediosas las
horas. Senta ya la enferma esa impaciencia, ese deseo de mudar de aires
y sitios que acosa generalmente a cuantos padecen su mal. Vichy se le
haca insoportable, y ms desde que vio que la estacin terminaba, que
se vaciaba el Casino, que se marchaba la compaa de pera y que
emigraban las brillantes golondrinas de la moda. Las Amzagas vinieron a
despedirse de ella y a darle el ltimo mal rato de la temporada; a
seguir a Luca su inclinacin, las recibira en el saloncito bajo,
disculpando a Pilar; pero sta se empe en que subiesen a su aposento,
y preciso fue ceder. Estaban las cubanitas triunfantes y radiantes
porque se iban a Pars a hacer sus compras de invierno, y de all a
lucirlas en los primeros saraos madrileos y en el Retiro, y hablaban
con el ceceo y melindre de los das de victoria.

--S, chica.... Quin resiste ya aqu? Esto se ha quedado de lo ms
tonto.... Vaya! Ni alma viviente.... S, la krauss se fue; la
contrataron en Pars.... Un xito la ltima noche de _Mignon..._ Hay
hoteles que ya se han cerrado.... Como comprenders, la soga tras el
caldero... pues, en marchndose la sueca, iba l a quedarse? Hasta
Estocolmo ir.... No que no! Pero no lo sabas? El da de la marcha le
llen el coche de ramos... todo un vagn-saln cubierto de gardenias y
camelias.... qu te parece? Ya representa algunos franquillos, ya....
Luisa Natal.... adnde sino a Madrid?... Ah! La condesa hace el viaje
detenindose en Lourdes... una semana lo menos piensa pasar all.... S,
Caahejas va a un castillo de unos parientes de _Monsieur_ _Anatole_,
donde cazarn hasta Noviembre.... Jimnez? No s, chica... se siempre
anda en misterios y tapujos.... Dicen que si la Laurent, la soprano de
la compaa.... Aquella bizca.... No creo ni esto.... Es un jactancioso,
alabadizo sempiterno.

--Y t, te quedas, eh?--aada Amalia uniendo su ceceo al de Lola--.
Hasta cundo, chica...? Pero te vas a secar.... Esto es ahora un
monasterio! Si eso no vale nada.... qu importa un catarro?...
Animarse.... Este ao tendr comedias la Puenteancha... la Monteros me
lo dijo.... Los Torreplana de Arganzn indicaron ya que recibiran los
jueves.... Tendremos en el Real a la Patti y a Gayarre; figrate! Hemos
escrito que nos abone, por si no llegamos a tiempo....

--Yo voy a que Worth me haga dos o tres trajecitos... sencillos, porque
no siendo seora casada.... Uno de patinar.... me muero por el
_Skating_!... En la Casa de Campo el ao pasado.... te acuerdas,
Amalia? Aquel da....

--Que dijo el rey que te habas lucido?... S, pues me acuerdo....
vaya!

Y la voz de ambas hermanas se fundi en un concierto de risitas de
placer y orgullo; ambas volvan a ver el estanque helado, los rboles
cubiertos de encajes de escarcha, la brumosa maana, y la figura juvenil
del rey, con su rostro plido de fro, su cuerpo esbelto, sus modales
sueltos y elegantes, y su sonrisa entre picaresca y corts, al
inclinarse para felicitar a la gil patinadora.

Dej la visita a Pilar ms impaciente, ms calenturienta, ms excitada
que nunca. Pilar se consuma; a toda costa quera salir de Vichy, volar,
romper el opaco capullo de la enfermedad y presentarse de nuevo,
brillante mariposa, en los crculos mundanos. Crea de buena fe poder
hacerlo y contaba con sus fuerzas. No menos que ella se impacientaban
otras dos personas: Miranda y Perico. Perico, hecho a vivir en perenne
divorcio consigo mismo, no poda sufrir la soledad que le obligaba a
reunirse a s propio; y por lo que toca a Miranda, terminada su
temporada de aguas, notablemente restablecida su salud, parecale que ya
era hora de acogerse a cuarteles de invierno y de gozar en paz los
frutos de la medicacin. Aburrale en extremo ver que su mujer, por
altos decretos sealada para cuidarle a l, se sustrajese en tal manera
a su providencial misin, consagrando das y noches a una extraa,
atacada de un mal penoso a la vista y quiz contagioso. As es que
insinu a Luca que era preciso partir y, dejarse all a los Gonzalvos
entregados a su triste suerte; como se deja en un naufragio a los que no
caben en las lanchas. Pero contra todo lo que esperaba, hall en Luca
protesta calurosa y enrgica resistencia. Indemnizbase confesado aquel
noble sentimiento, de todo lo que callaba hasta a s misma.

--Sera preciso no tener corazn... no tener corazn! Pobrecita Pilar
de mi vida, bien quedara, por cierto, con su hermano, que ni colocarle
una almohada sabe! Qu sera de ella! Pensarlo slo me espanta....

--Llamar a una hermana de la caridad... no ser la primera--refunfu
Miranda duramente.

--Qu pena... pobre criatura!... Eso es ms cruel an que dejarla
morirse sola, como un perro.

--Pues lo que es ella, maldito si se hubiera quedado por ti, ni por m,
ni por el lucero del alba. Y nosotros, qu obligacin tenemos de
asistirla? No parece sino que....

--No dices que eres amigo de Gonzalvo?--pronunci Luca clavando los
ojos en su marido.

--Amistad, as... de sociedad; qu sabes t de esas cosas? Amistad,
como hay muchas.

--Pues entonces, por qu vivimos juntos con los Gonzalvo? Yo no los
conoca; pero ahora le tom cario a ella, y eso de irme, dejndola tan
mala....

--Por vida de!... no tiene pap, ta, hermano? que vengan con mil
diablos a cuidarla! A nosotros qu nos va en eso? Si tienes vocacin de
Hermana de la Caridad, dijraslo y no te casaras, hija... tu obligacin
es atender a tu marido y a tu casa, nada ms....

--En fin--dijo Luca alzando el semblante donde las lneas redondeadas y
fugaces de la adolescencia comenzaban a trocarse en trazos ms firmes--,
yo marchar si t me lo ordenas; pero convencida de que es una mala
accin abandonar as a una amiga, cuando se est muriendo.

Sali del cuarto. En su mente germinaba un concepto singular de la
autoridad conyugal: parecale que su marido tena derecho perfecto,
incontestable, evidente, a vedarte todo gnero de goces y alegras, pero
que en el sufrimiento era libre y que prohibirle el padecer, el velar y
el consagrarse a la enferma, era duro despotismo. De estas ideas
peregrinas tienen muchas los desdichados que llegan a refugiarse en el
dolor y a proclamarle lugar de asilo. Arreglose, sin embargo, la
cuestin mejor de lo que Luca pensaba, porque aconteci que aquella
misma tarde tom cartas en ella Perico, resolvindola con su clsico
desenfado.

--Adis, chicos--dijo entrando en el cuarto de Miranda vestido de viaje,
con polainas de pao, un casquete de fieltro y terciada al hombro una
escopeta de caza de dos caones.

Y como Miranda lo contemplase con tamaa boca abierta.

--Me he resuelto--explic--. Vichy est demasiado tonto; y _Anatole_ se
empea....

--Te vas a Auvernia?

--Al castillo de Ceyssat, de Ceyssat.... Parece que hay liebres y corzos
a puados, a puados... y en el castillo se pasa bien; hay mucha gente;
diez y ocho huspedes.

Miranda reuni cuanta energa supo en voz y actitud y dijo al animoso
cazador:

--Pero mira que Luca y yo habamos decidido emprender la vuelta para
Espaa... dentro de dos o tres das, a lo sumo... y como Pilar est as,
delicada... tu presencia es necesaria aqu.

--Anda a paseo a paseo!--exclam Perico, fiel a su sistema de franqueza
y desahogo--. No te podrs aguardar una quincena por darme gusto? Qu
vas hacer t en Espaa? Meterte en Len, y vegetar, vegetar. Aqu ests
en la luna, en la luna de miel.... Nada, nada; os dejo a mi hermanita,
ya s que estar bien cuidada, bien cuidada. Abur, que es la hora del
tren. Te traer una cabeza de corzo para porta-bastn....

--Pero, oye; mira que....

Perico estaba ya en el portal. Miranda le llam por la ventana; pero l
se volvi risueo, le dijo adis con la mano y ech a correr hacia la
estacin. Y he aqu cmo de dos egosmos venci el ms osado, ya que no
el ms fuerte y grande.

Dado estaba Miranda a todos diablos, cuando Duhamel vino a consolarle un
poco, asegurndole que la enferma experimentaba de algunos das ac unos
asomos de mejora, y que deba aprovecharlos regresando a Espaa, en
busca de clima benigno; aadiendo, en su chapurrado franco-portugus,
que puesto que l pensaba, como casi todos los mdicos de consulta en
Vichy, salir pronto para Pars, podran combinar el viaje juntos, y as
vera cmo probaba el movimiento del tren a la enferma, y resolver si
necesitaba descanso, o si resistira volver a Espaa de una vez. Pareci
acertadsimo a todos el consejo del mdico, y Luca escribi, bajo el
dictado de Pilar, una carta a Perico, encargndole estuviese de vuelta
dentro de quince das justos, trmino fijado por Duhamel para cerrar su
temporada de consulta en Vichy. El nuevo arreglo templ un tanto el
malhumor de Miranda, consol a Luca y regocij a la enferma, que sobre
todas las cosas soaba con la vuelta a Madrid.

Era cierto: la misma constitucin endeble de Pilar, ofreciendo menos
campo al mal, retrasaba la crisis funesta de su padecimiento; y as como
el huracn, que desgaja encinas, slo encorva las caas, la tisis
entraba con mpetu menor en aquel cuerpo linftico, que lo hiciera en
uno sanguneo y pujante. La oquedad de un pulmn estaba infestada de
tubrculos, y tena ya esas brechas terribles que los facultativos
denominan cavernas; pero el otro resista an, si bien en esto de
pulmones acontece lo que con las manzanas: minutos bastan para perder a
la sana, si est al lado de una podrida. De todas suertes, el momentneo
alivio de Pilar era tan patente, que le consenta dar todas las maanas
algunos cientos de pasos por la calle, cogida del brazo de Luca; y el
alimento no le repugnaba invenciblemente como antes.




-XII-


A la verdad, infunda tristeza en aquellos das de fin de Octubre, el
aspecto de Vichy. No eran sino hojas cadas: el Parque, tan animado
siempre, se vea solitario; slo algunos agistas tardos, enfermos de
veras, paseaban la acera de asfalto, henchida ayer del roce de ricos
trajes y del rumor de alegres conversaciones. Nadie se cuidaba ya de
recoger y barrer el amarillo tapiz del follaje, porque Vichy, tan
peripuesto y adornado en la estacin de aguas, se torna desastrado y
desaliado no bien le vuelven la espalda sus elegantes huspedes de
esto. Toda la villa semejaba una inmensa mudanza: de los _chalets_,
desalquilados ya, desaparecan los adornos y balconadas, para evitar que
los pudriesen las lluvias; en las calles se amontonaban la cal, el
ladrillo para las obras de albailera, que nadie osaba emprender en
verano por no ensuciar las pulcras avenidas. Las tiendas de objetos de
lujo iban cerrndose unas tras otras, y dueos y surtido tomaban el
rumbo de Niza, Cannes o cualquiera estacin invernal semejante. Algunas
quedaban rezagadas todava, y sus escaparates servan de entretenimiento
a Luca y Pilar, cuando esta ltima sala a sus despaciosos paseos.
Entre ellas se sealaba un almacn de curiosidades, antigedades y
objetos de arte, situado casi frente a la famosa Ninfa, y, por
consiguiente, a espaldas del Casino. Angosta en extremo la tienda,
apenas poda encerrar el maremgnum de objetos apiados en ella, que se
desbordaban, hasta invadir la acera. Daba gusto revolver por aquellos
rincones escudriar aqu y acull, hacer a cada instante descubrimientos
nuevos y peregrinos. Los dueos del baratillo, ociosos casi todo el da,
se prestaban a ello de buen grado. Erase una pareja; l, bohemio del
Rastro, ojos soolientos, rado levitn, corbata rota, semejante a una
curiosidad ms, a algn mueble usado y desvencijado; ella, rubia, flaca,
ondulante, gil como una zapaquilda de desvn, al deslizarse entre los
objetos preciosos amontonados hasta el techo. Miraban Luca y Pilar muy
entretenidas la heterclita mescolanza. En el centro de la tienda se
pavoneaba un soberbio velador de porcelana de Svres y bronce dorado. El
medalln principal ofreca esmaltada, sobre un fondo de ese azul
especial de la _pasta tierna_, la cara ancha, bonachona y tristota de
Luis XVI; en torno, un crculo de medallones ms chicos, presentaba las
gentiles cabezas de las damas de la corte del rey guillotinado; unas
empolvado el pelo, con grandes cestos de flores rematando el edificio
colosal del peinado, otras con negras capuchas de encaje anudadas bajo
la barbilla; todas impdicamente descotadas, todas risueas y
compuestas, con fresqusima tez y labios de carmn. Si Luca y Pilar
estuviesen fuertes en Historia, a cunta meditacin convidaba la vista
de tanto ebrneo cuello, ornado de collares de diamantes o de estrechas
cintas de terciopelo, y probablemente segado ms tarde por la cuchilla;
ni ms ni menos, que el pescuezo del rey que presida melanclicamente
aquella corte! La cermica era el primor de la coleccin. Haba cantidad
de muequitos de Sajonia, de colores suaves, puros y delicados, como las
nubes que el alba pinta; rosados cupidillos, atravesando entre haces de
flores azul celeste; pastoras blancas como la leche y rubias como unas
candelas, apacentando corderillos atados con lazos carmeses; zagales y
zagalas que amorosamente se requestaban entre sotillos verdegay,
sembrados de rosas; violinistas que empuaban el arco remilgadamente,
adelantando la pierna derecha para danzar un paso de minueto;
ramilleteras que sonrean como papanatas, sealando hacia el canasto de
flores que llevaban en el brazo izquierdo. Prximos a estos caprichos
galantes y afeminados, los raros productos del arte asitico proyectaban
sus siluetas extraas y deformes, semejantes a dolos de un brbaro
culto; por los panzudos tibores, cubiertos de una vegetacin de hojas
amarillas y flores moradas o color de fuego, cruzaban bandadas de
pajarracos estrafalarios, o serpenteaban monstruosos reptiles; del fondo
obscuro de los vasos tabicados surgan escenas fantsticas, ros verdes
corriendo sobre un lecho de ocre, kioscos de laca purprea con
campanillas de oro, mandarines de hopalanda recta y charra, bigotes
lacios y pndulos, ojos oblicuos y cabeza de calabacn. Las maylicas y
los platos de Palissy parecan trozos de un bajo fondo submarino,
jirones de algn hondo arrecife, o del lecho viscoso de un ro; all
entre las algas y fucus resbalaba la anguila reluciente y glutinosa, se
abra la valva acanalada de la almeja, coleteaba el besugo plateado,
enderezaba su cono de gata el caracol, levantaba la rana sus ojos
fros, y corra de lado el tenazudo cangrejo, parecido a negro aran.
Haba una fuente en que Galatea se recostaba sobre las olas, y sus
corceles azules como el mar sacaban los pies palmeados, mientras algunos
tritones soplaban, hinchados los carrillos, en la retuerta bocina. Amn
de las porcelanas, haba piezas de argentera antigua y pesada, de esas
que se legan de padres a hijos en los honrados hogares de provincia:
monumentales salvillas, anchas bandejas, soperones rematados en macizas
alcachofas; haba cofres de madera embutidos de ncar y marfil,
arquillas de hierro labradas como una filigrana, tanques de loza con aro
de metal, de formas patriarcales, que recordaban los bebedores de
cerveza que inmortaliz el arte flamenco. Pilar se embobaba
especialmente con las copas de gata que servan de joyeros, con las
alhajas de distintas pocas, entre las cuales haba desde el amuleto de
la dama romana hasta el collar, de pedrera contrahecha y finos
esmaltes, de la poca de Mara Antonieta; pero Luca se enamor sobre
todo de los objetos de iglesia, que despertaban el sentimiento
religioso, tan hecho para conmover su alma sincera y vehemente. Dos
Apstoles, alzado el dedo al cielo en grave actitud se destacaban,
fileteados de latn los contornos, sobre dos cristales de colores,
arrancados sin duda de la ojiva de algn desmantelado monasterio. En un
trptico de rancio y acaramelado marfil, apareca Eva, magra y desnuda,
ofreciendo a Adn la manzana funesta, y la Virgen, en los misterios de
su Anunciacin y Ascensin; todo trabajado incorrectamente, con ese
candor divino del primitivo arte hiertico, de los siglos de fe. A
despecho de la rudeza del diseo, gustaba a Luca la figura de la
Virgen, la modestia de sus ojos bajos, la mstica idealidad de su
actitud. Si poseyese una cantidad crecida de dinero, a buen seguro que
la dara por un Cristo que andaba confundido entre otras curiosidades,
en el baratillo. Era de marfil tambin, y todo de una pieza, menos los
brazos; y clavado en rica cruz de concha, agonizaba con dolorosa verdad,
encogidos msculos y nervios en una contraccin suprema. Tres clavos de
diamante trucidaban sus manos y pies. Luca le rezaba todos los das un
padrenuestro, y aun sola besar sus rodillas, cuando no la miraba nadie.

No le desagradaban los cuadros; tanto ms, cuanto que los comprenda, a
diferencia de lo que pasaba con algunos objetos artsticos, que se le
antojaban asaz de feos y extravagantes. Claro est que aquel jaque
fiero, que espada en mano se arroja sobre su adversario, va a partirle
el corazn de una buena estocada. Qu bien amaneca en aquel Daubigny!
Con qu naturalidad pastaban aquellos carneros de Jacque, tasados en
mil francos cada uno!--doce tena el cuadro--. Qu piececitos tan
blancos mojaba en el marmreo tazn la sultana favorita, de Cala y Moya!
La cabeza de nia, estilo de Greuze, era una maravilla de gracia
inocente. Pues y la ria en una posada flamenca? Era cosa de risa ver
cmo volaban los tiestos hechos aicos, y rodaban las cacerolas de
cobre, y los dos gaanes de Van Oustade, deformes y ridculos, repartan
mojicones, menudeaban puadas y exageraban con lo grotesco de la actitud
su simiaca fealdad.

Pero ms an que el bazar de objetos de arte donde tantas formas y
colores, estilos e ideales artsticos la marcaban al fin y al cabo,
gustaba Luca de un puesto ambulante al aire libre, de los muchos que
haba cerca del Casino, situados al borde de la acera. Representaban los
tales puestecillos la industria chica y modesta; aqu un viejo alemn
pregonaba vasos de cristal para beber las aguas, y con una rueda de
esmerilar, a vista del comprador, grababa en el cristal las iniciales de
su nombre; all un suizo ofreca juguetes, muecos, cajitas y plegaderas
grabados en leo de haya por los pastores; ac se feriaban lentes;
acull peines y objetos de escritorio. El predilecto de Luca era el de
un vendedor de piadosas chucheras de Jerusaln y Tierra Santa.
Calvarios de ncar con ingenuos relieves, cabos de pluma de raz de
olivo, rematados en figura de cruz, cabezas de la Virgen entalladas
sobre una concha, broches y dijes de esmaltes con arabescos, tazas de
negra piedra del Asfaltites, pastillas de olor; a esto se reduca la
caja porttil. Vendalo todo un israelita no mal parecido, ojinegro y
cetrino mucho, con su fez rabe encarnado sucio, y sus pantalones
bombachos; dulce, insinuante, levantino en todo, chapurreador de muchas
lenguas y buen hablador de la castellana, que manejaba con soltura,
incurriendo slo en algn arcasmo de vez en cuando. Con ste, pues, se
desquitaba Luca, informndose de la santa aldea de Beln, de la divina
mansin de Nazaret, del monte Olivete, de todos los lugares sacrosantos,
que apenas crea ella pudiesen estar en la tierra, sino en algn
misterioso y remoto paraso. Entre el vendedor y Luca se estableci as
una intimidad de diez minutos todas las tardes, al aire libre, y ms
cuando l la hubo dicho que era cristiano, catlico, catequizado e
instruido por los franciscanos de Beln. Compr Luca de cuanto pudo
hallar en el puesto, hasta un rosario de esas cuentas verdosas y turbias
como un agua amarga, que no sin gran verdad analgica se llaman lgrimas
de Job.

--No s cmo te gusta ese rosario tan feo!--deca Pilar.

--Mira!--exclamaba Luca--. Si parecen lgrimas de veras!

Mas tambin la golondrina de Levante se vol, en busca de zonas ms
templadas. Un da no encontraron ya a Ibrahim Antonio en su sitio de
costumbre: probablemente cansado de una jornada sin venta, haba cargado
con el surtido y emprendido el camino Dios sabe dnde. Luca le ech de
menos; pero el movimiento de retirada era general; no se vean sino
tiendas que se vaciaban y cerraban. Haba en las aceras montones de
paja, rimeros de recortes de papel de embalaje, cajones y cajas con
grandes rtulos que decan: muy frgil. Era la tristeza, el desorden,
el creciente vaco de una casa mudada. Pilar encontraba tan feo a Vichy
de aquel modo, que ideaba paseos inusitados, que la apartasen de las
calles principales. Una maana se encaprich en ir a ver la pastillera,
y presenci el nacimiento de dos o tres mil pastillas y bombones; otra
quiso visitar las subterrneas galeras que encierran los inmensos
depsitos del agua, y los formidables tubos por donde asciende a
alimentar los baos del establecimiento termal. Bajaron estrecha
escalera, cuyos ltimos peldaos se hundan ya en la obscuridad de las
galeras. La guardiana les preceda alumbrando con una lmpara de
minero, aplastada y de hediondo tufo; Miranda llevaba otra, y un
pilluelo que all se apareci cado de las nubes, encargose de la
ltima. Era la bveda tan baja, que Miranda hubo de inclinar la cabeza,
por no deshacerse la frente. Haca brusco recodo el angosto pasadizo, y
se hallaron de pronto en otra galera, abierta como una boca, donde se
internaban los tubos, comidos de orn, gracias a la perenne humedad.
Sudaba el techo plidas y brillantes gotitas de vapor acuoso; a uno y
otro lado corra el agua, sobre un lecho de residuos, de fosfatos
alcalinos, blancos y farinceos, como nieve recin llovida. A medida que
adelantaban por el largo canal subterrneo, calor sofocante anunciaba el
paso de las sobras de la Reja Grande, un raudal hirviente, cuya
temperatura suba ms an en aquella prisin. De las paredes, leprosas,
herpticas, cubiertas de roa caliza, colgaban monstruosas fungosidades,
criptgamas preadas de veneno, cuya blancura ponzoosa se destacaba
sobre el muro, como una pupila plida y siniestra en un rostro
amoratado. En los codos de los tubos, polvorientas telaraas se tendan,
semejantes a sudario gris de olvidados muertos. Las losas der pavimento,
dislocadas, dejaban entrever el agua negra. Sobre sus cabezas oan los
expedicionarios el pisar de la gente, el batir del duro casco de las
bestias. A veces se abra un respiradero, y al travs de la reja de
hierro filtrbase la luz del da, lvida y cadavrica, amarilleando la
rojiza de las lmparas. Los tubos, intestinos de aquel hmedo vientre,
daban mil vueltas, y tan pronto rastreaban a flor de tierra, parecidos a
sierpes enormes, como se erguan a la bveda, remedando los negros
tentculos de un pulpo descomunal. Hubo un instante en que los
expedicionarios salieron de los pasadizos a plaza ms despejada; era una
especie de cueva circular, con tragaluz, y en su fondo bostezaban las
anchas fauces del pozo Lucas, lleno de un agua soolienta, sombra y
honda. El pilluelo acerc curioso su lmpara. La guardiana le asi del
brazo.

--Eh, amiguito, cuidado con caerse ah. No sera fcil ir a buscarte a
cien metros de profundidad que tiene ese agujero.

Luca, fascinada, se aproxim a la boca. Los gases mefticos exhalados
del pozo hacan temblar la llama turbia de las lmparas. All no haca
calor, sino fro; un fro espeso, sin aire respirable. Entrronse
resueltamente por otra galera, y abierta una puerta de hierro, se
asustaron todos, menos la guardiana, viendo en torno suyo vasta
extensin de agua, una especie de lago subterrneo. Ellos estaban sobre
angosta tabla echada a manera de puente a lo ancho del depsito.
Aquellas aguas, tendidas en su tumba de piedra, tenan quietud y
limpidez lgubre. La luz de una de las lmparas, dejada exprofeso en la
otra orilla por la guardiana para que se viese el grandor del depsito,
oscilaba en prolongados rieles sobre la triste transparencia del lago, y
remedaba, all a lo lejos, la tea de un sicario en alguna prisin
veneciana. Tal era de fantstico aquel lago, que reflejaba un cielo de
granito, que la imaginacin se finga cadveres flotando en l.
Experimentaban Luca y Pilar vago temor, y sobre todo, cosa pueril, o
mejor dicho, eminentemente femenina, les horrorizaba la idea de que en
las estrecheces y revueltas de los pasadizos pudiesen encontrar ratas.
Saban que los depsitos comunicaban con las alcantarillas, y ya dos o
tres veces palidecieron creyendo ver cruzar una sombra negra, que no era
sino la temblona silueta de alguna planta parsita, dibujada en el muro
por las luces. De improviso, ambas exhalaron un grito; no caba duda;
sonaba el chillido agrio y agudo de la rata. Luca, sobre todo, se qued
un punto con los ojos dilatados, inmvil; all no era posible correr y
huir. Pero el pilluelo y la guardiana soltaron la risa; conocan bien
aquel silbido, que no era sino el de las botellas de agua mineral que al
otro lado de la pared estaban corchando. Con todo, las mujeres
respiraron al salir del sombro ddalo y ver de nuevo la claridad diurna
y sentir el aire fresco que congelaba en su frente las gotas de sudor.

Slo a un punto iba Luca sola: a la iglesia de San Luis. Al pronto, el
edificio agrad muy poco a la leonesa, habituada a la majestad de su
soberbia baslica. San Luis es mezquina rapsodia ojival, ideada por un
arquitecto moderno; por dentro la afea estar pintada de charros
colorines; en suma, parece una actriz mundana disfrazada de santa. Pero
Luca hall en el templo una Virgen de Lourdes, que la cautiv
sobremanera. Campeaba en una gruta de floridos rosales y crisantemos, y
sobre su cabeza deca un rtulo: Soy la inmaculada Concepcin. Poco
saba Luca de las apariciones de Bernardita la pastora, ni de los
prodigios de la sacra montaa; pero con todo eso la imagen la atraa
dulcemente con no s qu voces misteriosas, que vagaban entre el grato
aroma de los tiestos de flores y el titilar de los altos y blancos
cirios. La imagen, risuea, sonrosada, candorosa, con ropas flotantes y
manto azul, llegaba ms al alma de Luca que las rgidas efigies de la
catedral de Len, cubiertas de rozagante atavo. Yendo una tarde camino
de la iglesia, vio pasar un entierro y lo sigui. Era de una doncella,
hija de Mara. Rompa la marcha el bedel, oficialmente grave, vestido de
negro, al cuello una cadena de plata; seguan cuatro nias, con trajes
blancos, tiritando de fro, morados los pmulos, pero muy huecas del
importante papel de llevar las cintas. Luego los curas, graves y
compuestos en su ademn, alzando de tiempo en tiempo sus voces anchas,
que se dilataban en la clara atmsfera. Dentro del carro empenachado de
blanco y negro, la caja, cubierta de nveo pao, que constelaban flores
de azahar, rosas blancas, pias de lila a granel, oscilantes a cada
vaivn de la carroza. Las hijas de Mara, compaeras de la difunta, iban
casi risueas, remangando sus faldellines de muselina, por no ensuciarlo
en el piso lodoso. El comisario civil, de uniforme, encabezaba el duelo;
detrs se extenda una reata de mujeres enlutadas, rodeando a la
familia, que mostraba el semblante encendido y abotargados los ojos de
llorar. Doblaba tristemente la campana de la iglesia, cuando bajaron la
caja y la colocaron sobre el catafalco. Luca penetr en la nave y se
arrodill piadosamente entre los que lloraban a una muerta para ella
desconocida. Oy con delectacin melanclica las preces mortuorias, los
rezos entonados en plena y pastosa voz por los sacerdotes. Tenan para
ella aquellas incgnitas frases latinas un sentido claro: no entenda
las palabras; pero harto se le alcanzaba que eran lamentos, amenazas,
quejas, y a trechos suspiros de amor muy tiernos y encendidos. Y
entonces, como en el parque, volva a su mente la idea secreta, el deseo
de la muerte, y pensaba entre s que era ms dichosa la difunta,
acostada en su atad cubierto de flores, tranquila, sin ver ni or las
miserias de este pcaro mundo--que rueda, y rueda, y con tanto rodar no
trae nunca un da bueno ni una hora de dicha--que ella viva, obligada a
sentir, pensar y obrar.

--S, pero y el alma?--preguntbase Luca a s misma.

Por tan extrao modo, repeta una pobre chica ignorante el filosfico
monlogo del soador dinamarqus!

--Oh, y qu bueno debe de ser estar muerta!--calculaba Luca--. Don
Ignacio tena razn en decir que... que no hay felicidad, vamos. Si uno
supiese lo que le aguarda en el otro mundo! Dnde andar ahora el alma
de ese cuerpo que est ah! Y de qu servir morirse, si al fin no deja
uno de existir y de acordarse de todo cuanto le pasa!

Ello es, que estas locas imaginaciones, ayudadas de los desvelos de
enfermera, y acaso de alguna otra causa, marchitaban la tez de Luca y
alteraban su antes regocijado y apacible genio. Miranda, que privado de
toda sociedad ya frecuentaba la de su mujer, not el sello de melancola
impreso en sus facciones, y renacieron en l pensamientos nunca del todo
extintos desde el malhadado percance del ferrocarril, jams haba de
arrancrsele por completo aquella espina, que dolorosamente le punzaba
en lo ms sensible del amor propio, el cual era a su vez lo ms vivo de
sus afectos. A tener Miranda alma mejor templada, ganara con el amor el
corazn abierto y generoso de la nia leonesa; pero no parece sino que
le inspiraba el diablo para hacer todo lo ms inoportuno. Dio en hablar
speramente a Luca y en mostrarle cierto desdn, como si reconociese su
condicin inferior. Recordole con embozadas alusiones su esfera social.
Espi sus menores actos, le ech en cara el tiempo invertido en cuidar a
la hermana de Perico, y, en suma, adopt el sistema de contrariedad y
violencia, de seguros resultados con las mujeres fciles y depravadas, a
quienes subyuga y enamora. A Luca la puso a dos dedos de la
desesperacin.

Pocos das antes del fijado para la vuelta de Perico, recibi Pilar una
carta suya, que entreg a Luca, a fin de que se la leyese. Anunciaba su
llegada prxima, refiriendo a la vez algunos pormenores de su elegante
vida en el castillo de Ceyssat, y entre varias noticias daba la de la
muerte de la madre de Ignacio Artegui, que _Anatole_ le haba contado,
creyendo que le interesara por tratarse de un compatriota. Aada que
su hijo la haba llevado a enterrar a Bretaa, al mismo castillote de
Hotidan, en que, trascurriera su niez. Miranda estaba delante cuando se
ley, este prrafo, y hubo de notar la ojeada rpida que se cruz entre
Pilar y Luca, y la palidez repentina de su mujer. Sali Luca aquella
tarde, y se fue a San Luis, donde pasara como media hora. Volvi al
_chalet_, y entr en su dormitorio, donde tena recado de escribir;
escribi una carta, y guardndosela en el pecho baj las escaleras a
brincos, y tom a buen paso hacia la calle principal. Anocheca;
encendanse los primeros faroles, y se esparcan por el arroyo los
pilluelos, nios de coro de la civilizacin, voceando los peridicos
recin llegados de Paris. Luca fue derecha al rojo reverbero del
estanco, y acercndose a la caja de madera que haca de buzn, ech en
ella la epstola. Al punto mismo, sinti, como una tenaza que le oprima
el brazo y se volvi. Miranda estaba all.

--Qu es esto?--murmur l con voz sorda--. Sola... aqu.... qu
haces?

--Nada...--pronunci ella balbuciente.

--Nada? pues no acabas de echar una carta en el buzn?

--S, una carta--contest ella.

--Por qu mentas?--exclam el marido con iracundo acento, temblndole
la barba y los celosos labios.

--No s lo que dije cuando me lastimaste en el brazo--replic Luca
recobrando su entereza--; lo cierto es que ech una carta ahora mismo.

--Y por qu no me la diste a m? Por qu te vienes t... sola?

--Quise echarla yo misma.

Alguna gente que pasaba volva la cabeza, para or el dilogo en
irritada voz y extranjero idioma.

--Estamos dando espectculo--dijo Miranda--. Vente.

Internronse por callejuelas excusadas, y guardaron silencio elocuente
por espacio de algunos minutos.

--Para quin era esa carta?--interrog al cabo el marido en voz breve.

--Para Don Ignacio Artegui--contest Luca en tono reposado y firme.

--Ya lo saba yo!--dijo entre dientes y mascando una imprecacin
Miranda.

--Su madre se ha muerto.... Bien lo has odo hoy.

--Es altamente indecoroso, altamente ridculo--pronunci Miranda, cuya
voz crepitaba como los sarmientos al arder--, que una seora escriba
as, sin ms ni ms, a un hombre....

--Al seor de Artegui le debo obligaciones y favores--dijo Luca--que me
obligaban a interesarme en sus penas.

--Esas obligaciones, caso de haberlas, me toca reconocerlas a m. Yo le
hubiese escrito....

--Tu carta--objet con sencillez Luca--no le hubiera servido de
consuelo, la ma s; y como no era cuestin de hacer cumplidos, sino
de....

--Cllate--grit Miranda desatentado--; cllate y no digas
necedades!--prosigui con esa grosera conyugal de que no se eximen ni
los hombres de buen tono--. Antes de casarte, debieras haber aprendido a
conducirte en el mundo, para no ponerme en evidencia y no hacer
ridiculeces de mal gnero; pero no s de qu me quejo; no deb esperar
otra cosa, al casarme con la hija de un tendero de aceite y vinagre.

Miranda caminaba a paso desaforado, arrastrando mejor que conduciendo
del brazo a su mujer; y casi estaban ya a la puerta del _chalet_. A la
afrentosa invectiva, Luca, descolorida y echando fuego por los ojos, se
solt violentamente, y qued parada en mitad del camino.

--Mi padre--exclam en voz alta, y con ms de doscientos sollozos
atravesados en la laringe--es honrado, y me ense a que tambin lo
fuese.

--Pues no se conoce--repuso Miranda con risa irnica y amarga--. Por las
trazas te ense a falsificar la honradez como l habr falsificado
comestibles.

A este postrer metrallazo, Luca dio a correr, cruz la verja, subi la
escalera no menos de prisa que la haba bajado, y se encerr en su
cuarto, soltando la rienda al dolor. De lo que pens en aquella larga
noche, que pas tendida en un sof, dar idea la siguiente carta, no
destinada seguramente por su autora a la publicidad, ni menos al aplauso
de las generaciones venideras:

Querido Padre Urtazu: Las rabietillas que usted me anunci van
empezando a venir, y ms pronto y ms a montones de lo que yo crea. Lo
peor del caso es que, ahora que lo reflexiono bien, me parece que alguna
culpa tengo. No se ra usted de m, por Dios, porque yo me estoy
sorbiendo las lgrimas al mojar la pluma, y hasta ese borrn, que usted
dispensar, es porque se me cay una sobre el papel. Voy a contrselo a
usted todo, como si estuviera en esa a sus pies en el confesonario. Se
ha muerto la madre del Sr. de Artegui. Ya sabe usted por mis cartas
anteriores que esto es una desgracia terrible, porque tal vez traiga
consigo otras... ni imaginarlas quiero, padre. En fin, yo pens que el
Sr. de Artegui estara muy triste, muy triste, y que acaso nadie se
acordase de decirle cosas cariosas, y, sobre todo, de hablarle de Dios
nuestro Seor, en quien l no puede menos de creer, verdad, padre? pero
de quien se olvidar quizs en estos momentos tan crueles.... Llevada de
estas consideraciones le escrib una carta, consolndole all a mi
modo.... si viera usted! me parece que se me ocurrieron cosas muy
buenas y eficaces... le habl de que Dios nos manda las penas para
convertirnos a l; de que son visitas que nos hace; en resumen, todo lo
que usted me ha enseado... adems le deca que bien poda creer que no
era el nico en sentir a aquella pobre seora, aquella santa; que yo la
lloraba con l, aunque saba que estaba gozando ahora de la gloria... y
que la envidiaba.... ay, eso si que es verdad, Padre! quin como ella!
morirse, ir al cielo.... Cundo lograr yo tal ventura!

Pues volviendo a mi relato, fui a echar la carta al correo, y Miranda me
sigui y me cogi del brazo y me llen de denuestos, injurindome mucho,
y lo que sent ms, insultando a mi padre. Pobre padre de mi alma! qu
culpa tiene l de lo que haga yo! Que no sepa nada, Padre Urtazu, por
amor de Dios. Yo me indign de tal modo, que contest con altivez, y me
encerr en mi cuarto. Estoy como aquel a quien se le ha cado una casa
encima.

Mi salud se resiente de todas estas cosas: dgale usted al Sr. Vlez de
Rada que cuando me vea, ya no le voy a gustar... ahora mismo se me va la
cabeza, y noto unos desvanecimientos muy fuertes. Adis, Padre;
aconsjeme usted, porque no s lo que me pasa. A veces pienso que obr
mal, y otras me creo libre de toda culpa. Es pecado la misericordia?
Cuando miro dentro de m, misericordia y nada ms encuentro.

Perdone la letra, que me tiembla mucho el pulso. Conteste pronto por
caridad, que nos vamos luego y antes quisiera tener carta de usted. Besa
su mano su hija respetuosa en Jesucristo.--LUCA GONZLEZ.

Para los que, conociendo el estilo verbal del Padre Urtazu, sientan
deseos de enterarse del epistolar que usaba tan claro varn, ser cosa
de gusto la esquela que a continuacin se inserta:

Lucigela de mis pecados: ay, hija, y qu bien pintamos las cosas para
dejar a nuestra personita en el lugar ms lucido! Misericordia, eh? yo
te dar la misericordia! Has hecho mal, remal, en escribir esa cartita a
hurtadillas de tu cnyuge, y no me sorprende que l se haya puesto hecho
un dragn. Debiste pedirle permiso; y si te lo negaba paciencia! No te
he dicho, mujer, que para ser buena casada, y hacer el viaje en paz,
metieses en las maletas un par de arrobas de paciencia? Se nos olvid, y
mire las resultas.... Anda, desgraciada, cmprate ah la paciencia y
usala a pasto, que te ir bien. Tu marido no debi insultar al bonazo de
tu padre (aunque algo se lo merece, yo me s por qu); pero repara que
estaba airado, y cuando uno se enfada... yo que tengo el genio vivo, me
considero. Lo dicho: paciencia, y ms paciencia; y nada de esquelitas de
tapadijo. Quin la mete a ella a predicadora? Y no afligirse: Dios
aprieta, pero no va a ahogar, que no es ningn verdugo; y puede que
cuando menos pienses, te mande consuelos, as, de regalo, y no por tus
mritos. Y adis, que va a salir el correo, y adems tengo los pulmones
de una rana en el porta-objetos del microscopio, y voy a ver qu casta
de respiracin gastan las seoras ranas. Acurdate de rezar un poquito,
eh? y bajaremos los humos. La bendicin de Dios y de San Ignacio sean
contigo, chiquilla.--ALONSO URTAZU, S. J.

Cuando lleg esta amonestacin, ya Luca haba hecho por instinto lo que
el Padre Urtazu le aconsejaba. Humilde y mansa como una cordera, sus
miradas pedan a cada paso perdn. Miranda apartaba de ella los ojos,
tratndola con desdn glacial. Luca, exhausta con tantos esfuerzos, y
con el esmero incesante a Pilar consagrado, mudaba las rosas de las
mejillas en azucenas, y adelgazaba notablemente, a pesar de comer con
buen apetito. Una maana, Duhamel la llam aparte, y la dijo en su
chapurrado caracterstico:

--Cuidarse, _menina.... Conservar-se. Vae cair doente_... menos
vigilias, menos fatigas, un _somno_ regularizado.... Esta asistencia
_altera-lhe a sande_.

--Cree usted que se me pegar el mal de Pilar?--pregunt Luca con tan
sereno acento, que Duhamel se la qued mirando.

--No, no es eso.... El mdico baj la voz ms aun, engolfndose con ella
en larga y misteriosa pltica.

Aquella noche contest Luca al Padre Urtazu en estos trminos:

Padre querido: bendita sea su boca! no parece sino que tiene usted don
de profeca, segn acert al pronosticarme consuelo. Estoy loca de
alegra, y no s lo que escribo casi. Sepa usted que me hallo en cinta,
segn dice el seor Duhamel, que es un sabio, y no puede equivocarse en
esto. Lo que yo tom por enfermedades, eran las molestias del estado...
S; ahora lo comprendo muy bien; pero qu tonta soy! Cmo no lo conoc
antes? Parece que una cosa tan grande, deba adivinarla sin que nadie me
lo advirtiese. Un hijo! Pero qu gusto, Padre Urtazu! Desde maana
empezar con la canastilla, no vaya el angelito a nacer como Jess, sin
paos en qu envolverse.... Estoy poniendo tonteras, y lloriqueo, pero
no como el otro da... hoy es de placer.

Maana o pasado emprenderemos el viaje; Miranda y yo vamos unos das a
Pars antes de volver a Len (rabiando estoy por verme ah y contarle a
padre la noticia: no se lo diga usted, que quiero sorprenderle yo), y la
pobre Pilar y su hermano, a Espaa, si es que se lo consiente el mal, y
no tiene que pararse en algn pueblo del camino, y morirse all quiz.
Porque a m no me engaa su mejora; est sealada por la muerte. Lo que
siento es tener que dejarla acaso quince o veinte das antes de.... En
fin, estoy tan alegre, que no quisiera pensar en eso. Aplique usted una
misa por mi intencin.




-XIII-


No fue posible a los Gonzalvo proseguir a Espaa, porque ya hacia la
mitad de la ruta se sinti Pilar presa de tales congojas y sudores, con
tales desvanecimientos, arcadas y soponcios, que all creyeron todos
llegado el punto de su muerte; y an tomaron por feliz suceso el que
pudiesen llegar a Pars, siguiendo el consejo del doctor Duhamel, que
les dej entrever la esperanza de que acaso algunos das de descanso
repusiesen las fuerzas de la enferma, consintindole emprender la vuelta
a su patria. Avinagr el gesto Miranda, que ya se crea libre de la
moribunda, a quien si no cuidaba, le enfadaba ver cuidar; ensanchsele
el corazn a Luca, mal hallada con la idea de abandonar a su amiga en
la antesala, como quien dice, del sepulcro; y Perico se dispuso a
conocer Pars, seguro como estaba de que no faltaran a su hermana
cuidados. Por lo que toca a Pilar misma, poseda del extrao optimismo
caracterstico de su padecimiento, mostr gran regocijo por visitar la
metrpoli del lujo y elegancia, pensando en hacer all sus comprillas de
invierno, por no ser menos que las currutacas Amzagas.

Llegaron a la gran capital de la repblica francesa en una maana
nebulosa y turbia, y los asaltaron en la estacin innumerables
comisionados de las fondas, sealando cada cual al respectivo mnibus, y
pugnando por llevarse consigo a la gente. Encarose uno de estos tales
con Miranda y mostrando el rostro atezado, que cruzaba un mediano
chirlo, dijo en buen castellano:

--Fonda de la Alavesa, seores.... Se habla espaol... criados espaoles
tambin... se da cocido... calle de Saint Honor, el sitio ms
cntrico....

--Convendr ir all...--dijo Duhamel tocando a Miranda en el brazo--. En
esa casa _espanhoa_ atendern ms a _la doente_....

--Vamos, pues--contest Miranda resignadamente, entregando el taln de
su equipaje al comisionado--. Escucha--prosigui dirigindose a
Perico--, t y yo nos iremos con el equipaje en el mnibus de la casa;
pero a Luca y Pilar las vamos a despachar ya en uno de esos simones....
Tienen mejor movimiento.

Trasportaron a Pilar casi en brazos, del departamento a la berlina, y el
cochero azot al destartalado jamelgo. El comisionado se instal en el
pescante, no sin muchos encargos y explicaciones hechos antes al
postilln del mnibus. Cuando despus de rodar por anchas y magnficas
calles se detuvo el simn frente a la fonda de la Alavesa, salt Luca
al suelo ligera como una perdiz, diciendo al comisionado:

--Suplico a usted que me ayude a bajar a esta seorita, que viene
enferma....

Pero fijndose de pronto en la cara de aquel hombre, exclam dando una
gran voz:

--Sardiola!

--Seorita!--contest el vasco con no menor alegra, cordialidad y
sorpresa--. Yo que no la haba conocido a usted! necio de m! Ya se
ve, son tantos los viajeros que uno lleva y trae y espera y despide en
esa bendita estacin.... Jess!

Y despus de considerar a Luca algunos instantes ms, aadi:

--No, ello es que tambin se ha desfigurado usted mucho.... Si no parece
usted la misma que cuando la acompaaba el seorito Ignacio....

A este nombre, que ninguna voz humana haba hecho resonar en sus odos
por tanto tiempo, Luca se encendi y se puso como una guinda; y bajando
los ojos, murmur:

--Subamos a nuestras habitaciones.... Pilar, vente. Echame as, un brazo
al cuello... otro a Sardiola... apyate sin miedo, anda.... Quieres que
te llevemos a la silla de la reina?

Y el vasco y la valerosa amiga cruzaron las manos y alzaron blandamente
en el improvisado trono a la enferma, que se dej ir como un cuerpo
inerte, recostando la cabeza en el cuello de Luca y humedecindoselo
con el viscoso sudor de la calentura. Subieron as las escaleras hasta
el entresuelo, donde introdujo Sardiola a ambas mujeres en una ancha y
desahogada habitacin en que no faltaba su marmrea chimenea, sus
monumentales camas colgadas, su alfombra de moqueta algo desflorada y
rada a trechos, sus lavabos y sus perchas clsicas. Caa la pieza a un
jardinete, en cuyo centro ligero kiosco de madera y cristales serva de
sala de bao. Depositaron a Pilar en una butaca y Sardiola se qued en
pie esperando rdenes. Su mirada, negra y reluciente como la de un
cachorro de Terranova, se clavaba en Luca con sumisin y afecto
verdaderamente caninos. Ella, por su parte, se morda los labios para
retener las preguntas que impacientes asomaban a ellos. Sardiola
adivin, con su instinto fiel de animal domstico, y prevnole el deseo.

--Cuando las seoritas necesiten algo...--dijo tmidamente, como el que
no se atreve a hacer un favor--, llmenme siempre--, siempre.... Si
estoy en la estacin, llamen por Juanilla... es la camarera de este
tramo, una muchacha lista como una pimienta.... Pero siempre que yo
pueda servir de algo... vamos, que me alegrara mucho; basta haber visto
a la seorita con el seorito Ignacio....

Y como Luca callase, interrogando slo con el mudo y ardiente lenguaje
de los ojos, prosigui el vasco.

--Porque.... no sabe la seorita? Pues si fue el seorito Ignacio
quien me coloc aqu! Como la Alavesa se trajo a Juanilla, que es prima
hermana ma... y a m me daba, vamos, tanta tristeza de ver corretear
las columnas _guiris_ por aquellos picachos adonde solo subamos, con la
ayuda de Dios, los mozos del pas y las fieras de los montes... y en
fin, que me mora de pena en aquella estacin... le escrib una carta al
seorito... an viva su madre, en gloria la tenga Dios! y me recomend
a la Alavesa... y aqu me tiene usted, tan campante....

Las pupilas de Luca preguntaban ms apremiantes cada vez. Sardiola
sigui:

--Pues, lo que ms gusto me daba, era vivir tan cerca del seorito....

--Tan cerca?--preguntronle, sin voz, los ojos brillantes.

--Tan cerca--contest l complaciente--, tan cerquita, que, si es un
regalo! que atravesando ese jardn, se entra en su casa....

Luca corri al balcn, y plida esta vez como la cera, se qued all
mirando con ojos extraviados el edificio que enfrente de s tena.
Sardiola la sigui, y hasta la enferma volvi la cabeza con curiosidad.

--Ve usted?--explicaba Sardiola--. Ve usted este lado del edificio y
el otro que hace esquina con l? Pues es la fonda. Pero ve usted ese
otro que forma el tercer lado del cuadro? es la casa de Don Ignacio; cae
a la calle de Rvoli.... Ve usted esas escaleritas que desembocan en el
jardn? por ah se sube al comedor... lo tienen en la planta baja: un
comedor muy hermoso! Toda la casa es muy buena; el padre de Don Ignacio
gan muchsimo.... Ve usted ese arbolito que hay ah, al lado de la
escalera? ese platanillo desmedrado? ah sacaba el seorito a su mam,
que parece que se muri de una cosa que no s cmo le dicen, pero vamos,
que es hincharse mucho el corazn... y como le daban unos ahogos tan
fuertes a veces, y se quedaba sin aliento, lo mismo que un pez fuera del
agua, haba que traerla al jardn... toda la anchura le era poca, y
sola estarse ah una hora resollando.... Si viera usted al seorito!
aquello se llama cuidar a una persona... le sostena la cabeza, le
calentaba los pies con sus manos, le daba cuatro mil besos por hora, le
haca aire con un abanico.... vamos, era cosa de ver! Alma ms buena,
no la ech Dios al mundo, ni volver a echarla en todo el siglo que
corre.... El da que se muri, la santa bendita, qued tan risuea... y
tan natural, y tan guapa, con su pelo rubio... l si que pareca el
muerto; si lo ponen en la caja, cualquiera lo entierra.

--Calla--ordenaron de pronto los ojos elocuentes.

Y Sardiola obedeci. Era que entraban Duhamel, Miranda y Perico. Duhamel
examin con minuciosidad aquella pieza, y declarola, en su jerga
luso-franca, abrigada, cmoda, baja asaz y ventilada mucho, y en todo
conveniente para la enferma. Miranda y Perico se retiraron a la del
lado, a asearse, y tcitamente, sin discusin alguna, se resolvi que
enferma y enfermera se quedasen juntas, y los dos hombres ocupasen,
juntos tambin, la cmara prxima. Miranda no puso reparo a este
sacrificio de Luca, porque Duhamel, llamndole aparte, le notici que
la cosa se iba por la posta, y que apenas crea que la enferma durase un
mes: en vista de lo cual propuso l en su corazn de tomar el portante
dentro de ocho o diez das, llevndose a su mujer con cualquier
pretexto. Pero el hado, que de muy distinta manera tena resuelto atar
los cabos de estos sucesos, dispuso, sirvindole de instrumento Perico,
que Miranda comenzase presto a hallarse satisfecho, entretenido y
regocijado en aquella babilonia y golfo parisiense, por cuyos arrecifes
y bajos le pilote el pollo Gonzalvo con ms acierto y destreza que
buena intencin.

--Qu demonio, qu demonio vas a hacer ahora metindote en
Len?--exclamaba Perico--. Tiempo tendrs de sobra, de sobra, para
aburrirte... mira, aprovchate ahora.... Si ests muy bueno! Diez aos,
diez aos te quitaron de encima las tales aguas.

Ya saba el pcaro lo que se haca. Ni padre, ni ta se mostraban muy
dispuestos a venir a encargarse de Pilar, y auguraba el contratiempo de
tener que quedarse de enfermero.... Su mente, fecunda en tretas, le
sugiri mil para embelesar a Miranda, en aquella ciudad mgica que ya de
suyo emboba a cuantos la pisan. Aprendi el esposo de Luca los
refinamientos de la cocina francesa en los mejores _restauradores_
(ensordezca todo hablista); y con la golosina experta de su edad madura,
lleg a tomarse gran inters en que la salsa holandesa fuese mejor aqu
que dos puertas ms abajo, y en que las setas rellenas se hallasen o no
a la poca ms propia para ser saboreadas. Amn de estos goces
culinarios, aficionose a los teatrillos del gnero chocarrero que tanto
abundan en Pars: divirtironle las canciones picarescas, las muecas del
payaso, la msica retozona y los trajes ligeros y casi paradisacos de
aquellas bienaventuradas ninfas que se disfrazaban de cacerolas, de
violines o de muecos. Hasta se susurra--pero sin que existan datos para
establecerlo como rigurosa verdad histrica--que el insigne ex buen mozo
quiso recordar sus pasadas glorias, y verter una regaderita de agua
sobre sus secos y mustios lauros, y eligi para cmplice a cierta rata
de proscenio, nombrada Zulma en la docta academia teatral, si bien est
averiguado que en regiones menos olmpicas pudo llamarse Antonia,
Dionisia o cosa as. Tena sta tal el salero del mundo para cantar el
estribillo (_refrain_) de ciertas tonadas (_chansonnettes_); y era para
descuajarse y deshacerse de risa cuando, la mano en la cintura, la
pierna derecha en el aire, guiados los ojos y entreabierta la boca,
despeda una exclamacin canallesca, un grito venido en derechura de las
pescaderas y mercados a posarse en sus labios de prpura, para deleite
y contentamiento de los espectadores. Ni eran estas las nicas gracias y
donaires de la cantora, antes lo mejor de su repertorio, la
quintaesencia de sus moneras, guardbala para la dulce intimidad de los
felices mortales que a aquella Dnae de bambalinas lograban aproximarse,
bien provistos de polvos de oro. Con qu felina zalamera menudeaba los
golpecitos en la panza, y llamaba a graves sesentones ratoncillos,
perritos suyos, gatitos, _bibis_, y otros apelativos cariosos y
regalados, que a arrope y miel saban! Pues qu dir del chiste y garbo
incomparable con que oprima entre sus dientes de perlas, un pitillo
ruso, lanzando al aire volutas de humo azul, mientras la contraccin de
sus labios destacaba la arremangada nariz y los hoyuelos de los
arrebolados carrillos? Qu de aquella su maestra en ocupar dos sillas
a un tiempo sin que propiamente estuviera sentada en ninguna de ellas, y
puesto que reposaba en la primera el espinazo, en la segunda los
tacones? Qu de la agilidad y destreza con que se sorba diez docenas
de ostras verdes en diez minutos, y bebase dos o tres botellas de Rhin,
que no parece sino que le untaban el gaznate con aceite y sebo para que
fuese escurridizo y suave? Qu de la risuea facundia con que probaba a
sus amigos que tal anillo de piedras les vena estrecho al dedo,
mientras a ella le caa como un guante? En suma, si la aventura que se
murmur por entonces en los bastidores de un teatrillo, y en la mesa
redonda de la Alavesa, parece indigna de la prosopopeya tradicional en
la mirandesca estirpe, cuando menos es justo consignar que la herona
era la ms divertida, sandunguera y comprometedora zapaquilda de cuantas
mayaban desafinada y gatunamente en los escenarios de Pars.

Mientras de tal suerte espantaban Perico y Miranda el mal humor, a Pilar
se le deshaca el pulmn que le restaba, paulatinamente, como se deshace
una tabla roda por la carcoma. No empeoraba, porque ya no poda estar
peor, y su vivir, ms que vida, era agona lenta, no muy penosa,
amargndola solamente unas crisis de tos que traan a la garganta las
flemas del pulmn deshecho, amenazando ahogar a la enferma. Estaba all
la vida como el resto de llama en el pbilo consumido casi: el menor
movimiento, un poco de aire, bastan para extinguirlo del todo. Se haba
determinado la afona parcial y apenas lograba hablar, y slo en voz muy
queda y sorda, como la que pudiese emitir un tambor rehenchido de
algodn en rama. Apoderbanse de ella somnolencias tenaces, largas;
modorras profundas, en que todo su organismo, sumido en atona vaga,
remedaba y presenta el descanso final de la tumba. Cerrados los ojos,
inmvil el cuerpo, juntos los pies ya como en el atad, quedbase horas
y horas sobre la cama, sin dar otra seal de vida que la leve y
sibilante respiracin. Eran las horas meridianas aquellas en que
preferentemente la atacaba el sueo comtico, y la enfermera, que nada
poda hacer sino dejarla reposar, y a quien abrumaba la espesa atmsfera
del cuarto, impregnada de emanaciones de medicinas y de vahos de sudor,
tomos de aquel ser humano que se deshaca, sala al balconcillo, bajaba
las escaleras que conducan al jardn, y aprovechando la sombra del
desmedrado pltano, se pasaba all las horas muertas cosiendo o haciendo
_crochet_. Su labor y dechado consista en camisitas microscpicas,
baberos no mayores, paales festoneados pulcramente. En faena tan
secreta y dulce banse sin sentir las tardes; y alguna que otra vez la
aguja se escapaba de los giles dedos, y el silencio, el retiro, la
serenidad del cielo, el murmurio blando de los magros arbolillos,
inducan a la laboriosa costurera a algn contemplativo arrobo. El sol
lanzaba al travs del follaje dardos de oro sobre la arena de las
calles; el fro era seco y benigno a aquellas horas; las tres paredes
del hotel y de la casa de Artegui formaban una como natural estufa,
recogiendo todo el calor solar y arrojndolo sobre el jardn. La verja,
que cerraba el cuadriltero, caa a la calle de Rvoli, y al travs de
sus hierros se vean pasar, envueltas en las azules neblinas de la
tarde, estrechas berlinas, ligeras victorias, lands que corran al
brioso trote de sus preciados troncos, jinetes que de lejos semejaban
marionetas y peones que parecan chinescas sombras. En lontananza
brillaba a veces el acero de un estribo, el color de un traje o de una
librea, el rpido girar de los barnizados rayos de una rueda. Luca
observaba las diferencias de los caballos. Habalos normandos, poderosos
de anca, fuertes de cuello, lucios de piel, pausados en el manoteo, que
arrastraban a un tiempo pujante y suavemente las anchas carretelas;
habalos ingleses, cuellilargos, desgarbados y elegantsimos, que
trotaban con la precisin de maravillosos autmatas; rabes, de ojos que
echaban fuego, fosas nasales impacientes y dilatadas, cascos bruidos,
seca piel y enjutos riones; espaoles, aunque pocos, de opulenta crin,
soberbios pechos, lomos anchos y manos corveteadoras y levantiscas. Al
ir cayendo el sol se distinguan los coches a lo lejos por la mvil
centella de sus faroles; pero confundidos ya colores y formas,
cansbanse los ojos de Luca en seguirlos, y con renovada melancola se
posaban en el mezquino y tico jardn. A veces turbaba su soledad en l,
no viajero ni viajera alguna, que los que vienen a Pars no suelen
pasarse la tarde haciendo labor bajo un pltano, sino el mismsimo
Sardiola en persona, que so pretexto de acudir con una regadera de agua
a las plantas, de arrancar alguna mala hierba, o de igualar un poco la
arena con el rodezno, echaba prrafos largos con su meditabunda
compatriota. Ello es que nunca les falt conversacin. Los ojos de Luca
no eran menos incansables en preguntar que solcita en responder la
lengua de Sardiola. Jams se describieron con tal lujo de pormenores
cosas en rigor muy insignificantes. Luca estaba ya al corriente de las
rarezas, gustos e ideas especiales de Artegui, conociendo su carcter y
los hechos de su vida, que nada ofrecan de particular. Acaso
maravillar al lector, que tan enterado anduviese Sardiola de lo
concerniente a aquel a quien slo trat breve tiempo; pero es de
advertir que el vasco era de un lugar bien prximo al solar de los
Arteguis, y familiar amigo de la vieja ama de leche, nica que ahora
cuidaba de la casa solitaria. En su endiablado dialecto platicaban largo
y tendido los dos, y la pobre mujer no saba sino contar gracias de su
criatura, que oa Sardiola tan embelesado como si l tambin hubiese
ejercido el oficio nada varonil de Engracia. Por tal conducto vino Luca
a saber al dedillo los pices ms menudos del genio y condicin de
Ignacio; su infancia melanclica y callada siempre, su misntropa
juventud, y otras muchas cosas relativas a sus padres, familia y
hacienda. Ser cierto que a veces se complace el Destino en que por
extraa manera, por sendas torturosas, se encuentren dos existencias, y
se tropiecen a cada paso e influyan la una en la otra, sin causa ni
razn para ello? Ser verdad que as como hay hilos de simpata que los
enlazan, hay otro hilo oculto en los hechos, que al fin las aproxima en
la esfera material y tangible?

--Don Ignacio--deca el bueno de Sardiola fue siempre as. Mire usted,
del cuerpo dicen que nunca padeci nada.... ni un dolor de muelas! pero
asegura el ama Engracia que ya desde la cuna tuvo una a modo de
enfermedad... all del alma o del entendimiento, o qu me s yo! Cuando
chiquillo le entraban unos miedos al anochecer y de noche, sin saberse
de qu! se le agrandaban los ojos, as, as... (Sardiola trazaba en el
espacio con sus dedos pulgar e ndice una O cada vez mayor), y se meta
en un rincn del aposento, sin llorar, hecho una pelota, y pasbase as
quietecito, hasta que amaneca Dios.... No quera decir sus visiones;
pero un da le confes a su madre que vea cosas terribles, a todos los
de su casa con caras de muertos, bandose y chapuzndose bonitamente en
un charco de sangre.... En fin, mil disparates. Lo raro del asunto es
que a la luz del sol el seorito fue siempre un len, como todos
sabemos... lo que es en la guerra daba gozo verle.... bendito Dios! lo
mismo se meta entre las balas que si fuesen confites.... Nunca us
armas, sino una cartera colgada donde haba yo no s cuntas cosas:
bistures, lancetas, pinzas, vendas, tafetn.... Adems tena los
bolsillos atestados de hilas y trapos y algodn en rama.... Dgole a
usted, seorita, que si se ganasen los grados por no tener asco a los
pepinillos liberales, nadie los ganara mejor que Don Ignacio.... Una
vez cay una bomba, as, a dos pasos de l... se la qued mirando,
esperando sin duda a que reventase, y si no lo coge de un brazo el
sargento Urrea, que estaba all cerquita.... Ni en las cargas a la
bayoneta se retiraba. En una de stas un soldado _guiri_, maldita sea
su casta!, se fue a l derecho con el pincho en ristre.... Qu dir
usted que hizo mi Don Ignacio? no se le ocurre ni al demonio.... Lo
apart con la mano como si apartase un mosquito, y el muy brbaro abati
la bayoneta y se dej apartar. Tena el seorito entonces una cara....
Vlgame Dios y qu cara. Entre seria y afable, que el alma de cntaro
aquel debi de quedarse cortado.

Despus eran pormenores sobre los cuidados del hijo a la madre en su
ltima enfermedad.

--Parece que los estoy viendo.... Ah, ah, donde usted est, la seora
Doa Armanda; y l, aqu, as, lo mismito que yo, dicho sea con el
respeto que.... Pues se bajaba, y le alzaba los pies y se los apoyaba en
un taburete... as, as, y le pona detrs de la cabeza hasta una docena
de almohadas, almohadones y almohadillas, de distintos tamaos y
hechuras, todo para acomodarlas a la respiracin de la pobre seora....
Y los jaropes, y los potingues... digital por aqu, atropina por all...
qui! ni por esas... se muri al fin la infeliz.... Creer usted que
no hizo Don Ignacio ningn extremo? es un pozo; todo se lo guarda, y as
le ahoga eso que va encerrando, encerrando.... A m no me la peg con su
serenidad... porque cuando me dijo: Sardiola, me acompaars esta noche
a velarla, me acord, mire usted, seorita, qu tontera! pues me
acord de un corneta de nuestras filas, que tocaba unas dianas famosas
con su instrumento, que era tan claro y tan lleno y tan hermoso... y un
da toc mal, y como nos burlsemos de l, cogi la corneta, y sopl y
nos dijo: Chicos, ha tenido una pena y se ha reventado la pobrecilla
ma... Pues mire usted, la misma diferencia de son que not en la
corneta de aquel majadero de Triguillos, not en la voz del seorito...
usted ya sabe que la tiene muy sonora, que dara gozo orle mandar la
maniobra... y aquel da... estaba reventada la voz, vamos. En fin, que
l amortaj a Doa Armanda, y entre l y yo la velamos, y al amanecer...
zas! tren especial y a Bretaa con el cuerpo en un atad de palo santo
fileteado de plata: al castillote de qu s yo qu, a enterrar con sus
padres, abuelos y tatarabuelos a la pobre seora.

Luca, que cada la labor en el regazo escuchaba con vida y alma, psola
toda en sus ojos para preguntar, mudamente, algo a Sardiola. El
inteligente vasco respondi al punto:

--No ha vuelto desde entonces, y se ignora qu piensa hacer.... Engracia
no sabe de la misa a la media.... Bien que l nunca dice nada a persona
de este mundo de lo que proyecta, ni.... Ah se est Engracia sola,
porque a los dems criados los despidi muy bien galardonados, al
partir.... Ella arregla lo poco... lo nada que hay que arreglar ah...
Abrir alguna vez las ventanas, para que la humedad no se divierta con
los muebles... pasar un plumero....

Volvi Luca la cabeza, y fijose en las ventanas, cerradas a la sazn,
al travs de los cuales se vea a intervalos cruzar una figura de mujer
provecta, la cabeza adornada con la tradicional coba guipuzcoana, sujeta
con dos agujones dorados.

--Merece cuidarse la casa--prosigui Sardiola--, porque la tena como
una taza de plata aquella bendita Doa Armanda... muy bien alhajada, y
muy capaz.... Y ahora que se me ocurre--exclam dndose fiera palmada en
la frente--. Seorita.... por qu no va usted a verla? Yo se lo dir a
Engracia... nos la ensear toda... ea, decdase usted.

--No--contest dbilmente Lucia--para qu....

--Para verla! pues claro est.... Ver usted el cuarto del seorito
Ignacio, con sus libros y sus juguetes de chiquillo, que todo lo
conserva el ama Engracia....

--Bien, Sardiola--respondi Luca como pidiendo tregua--. Un da que me
coja de humor.... Hoy no estoy para ello. Ya te avisar.

Andaba Luca, en efecto, harto cavilosa, por una circunstancia que a
nadie importaba sino a ella. Duhamel le haba notificado que el fin de
Pilar era inminente, y Pilar, no sospechndolo en lo ms mnimo, no daba
indicios de querer disponer su alma para el terrible paso. Hablbanle de
Dios, y contestaba, en voz apenas perceptible, modas o viajes; queranle
recordar cosas tristes, y la desventurada, sin soplo vital casi, deca
alguna festiva ocurrencia, que tomaba color de cementerio al pasar por
sus lvidos labios.

Toda la retrica piadosa de Luca se estrellaba ante la invencible y
benfica ilusin de la hora postrera. Acudi a Miranda y Perico
demandando ayuda, y ambos se encogieron de hombros, declarndose de todo
punto inexpertos y poco a propsito para asuntos tales. Justamente el
da en que se le puso en la cabeza hablarles del asunto, tenan ellos
concertada una cena con Zulma y compaeras no mrtires en el ms
calentito y retirado gabinete de _Brbant_. Brava sazn de pensar en
semejantes cosas! No obstante, alguien hubo que sac a Luca del
atolladero; y fue ni ms ni menos que Sardiola, que conoca a un jesuita
paisano suyo, el Padre Arrigoitia, y lo trajo en un santiamn. Era el
Padre Arrigoitia alto como una caa, encorvado por la cintura, dulce
como el jarabe y tan pegadizo e insinuante como brusco y desamorado su
conterrneo el Padre Urtazu. Entr pretextando una visita de la ta de
Pilar, volvi manifestando mucho inters por la salud corporal de la
enferma, trajo tierra de la santa gruta de Manresa y pastillas
pectorales de Belmet, todo junto y envuelto en muchos papelitos, y en
suma, se dio tal maa y arte, que a la semana de conocerle y tratarle,
Pilar espontneamente pidi lo que tanto deseaban darle el jesuita y la
enfermera. Al salir el Padre Arrigoitia del cuarto de la que bien
podemos llamar moribunda, despus de haber pronunciado las palabras de
la absolucin, sinti detrs de la puerta el ulular de un congojado
pecho, y oy una voz que deca:

--Gracias... muchas gracias....

Luca estaba all y lloraba a mares,

--A Dios sean dadas...--contest el jesuita afablemente--. Vamos, no
afligirse, mi seora Doa Luca... al contrario. Estamos de enhorabuena.

--No... no, si es de gozo--contest la enfermera.

Y como la sotana negra y el alto talle fajado se alejasen, hizo
suavemente: ce, ce. El jesuita se volvi.

--Yo tambin, Padre Arrigoitia, me quiero confesar, pronto, pronto.

--Ah! bien, bien... pero usted no est en peligro de muerte, gracias al
Seor... en San Sulpicio, confesonario de la derecha, entrando... a sus
rdenes siempre, seora ma. Volver, volver a ver a nuestra
enfermita... no hay que llorar.... Parece usted una Magdalena!

Aquella tarde Luca baj como de costumbre al jardn. Pero era tal el
cansancio que sentan sus miembros y su espritu, que recostando en el
tronco del pltano la cabeza, quedose dormida. Empez presto a soar: y
es lo raro del caso que no soaba hallarse en lugar alguno nuevo ni
desconocido, sino en el mismo sitio, en el jardinete; nicamente las
caprichosas representaciones del sueo se lo convirtieron de chico y
estrecho en enorme. Era el propio jardn, pero visto al travs de una
colosal lente de aumento. No se distingua la verja sino a distancia
fabulosa, como una hilera de puntos brillantes, all en el horizonte; y
tal aumento de proporciones acrecentaba la tristeza del mezquino jardn,
hacindolo parecer ms bien seco y agostado erial. Recorrindolo, fijaba
Luca la vista en la fachada correspondiente a la casa de Artegui, de
una de cuyas ventanas sala una mano plida que le haca seas. Era
mano de hombre o de mujer? era de vivo, o de cadver? Luca lo
ignoraba; pero los misteriosos llamamientos de aquella diestra
desconocida la atraan cada vez ms, y corriendo, corriendo, trataba de
acercarse a la casa; pero el erial se prolongaba, detrs de unas calles
de arena venan otras, y despus de andar horas y horas an vea delante
de s largusima hilera de pltanos entecos, cuyo fin no se divisaba, y
la casa de Artegui ms lejana que nunca. Y la mano haca seas
impacientes y furiosas, semejante a diestra de epilptico que se agita
en el aire: sus cinco dedos eran aspas incesantes en girar, y Luca,
desalentada, jadeante, iba a escape, y a cada pltano suceda otro, y la
casa lejos... lejos... Necia de mi! exclamaba al fin; ya que
corriendo no llego nunca... volar. Dicho y hecho: como se vuela tan
ana en sueos, Luca se empinaba y.... pim! al aire de un brinco. Oh
placer! oh gloria! el erial quedaba debajo; surcaba la regin ambiente,
pura, serena, azul, y ya la casa no estaba lejos, y ya se acababan los
eternos pltanos, y ya distingua el cuerpo dueo de la mano... era un
cuerpo esbelto sin delgadez, dignamente rematado por una cabeza varonil
y melanclica... pero que entonces se sonrea cariosamente, con
expansin infinita.... Cmo volaba Luca! cmo respiraba a placer en
la atmsfera serena! nimo, poco falta.... Luca escuchaba el batir de
sus propias alas, porque tena alas; y el regalado frescor de las plumas
le refrigeraba el corazn.... Ya estaba cerca de la ventana....

Sinti de pronto dos dolores agudos, como una herida gemela hecha con
dos armas a un tiempo: distingui una tijera enorme que sobre ella se
cerna; vio caer al suelo dos alas de paloma blancas y ensangrentadas; y
sin ser poderosa a ms, cay ella tambin, pero de prodigiosa altura; no
al suelo del jardn, sino a un precipicio, una sima muy honda, muy
honda.... All en el fondo ardan dos lucecicas, y la miraban unos ojos
compasivos de mujer vestida de blanco.... Ni ms ni menos que caa en la
gruta de Lourdes... no poda ser otra; estaba tal como la haba visto en
la iglesia de San Luis en Vichy; hasta la Virgen tena los mismos
rosales, los mismos crisantemos.... ay, qu fresca y hermosa era la
gruta, con su manantialillo murmurador! Luca ansiaba llegar... pero la
angustia de la cada la despert, como sucede siempre en las pesadillas.




-XIV-


A pocos das de haberse confesado Pilar, expir. Fue su muerte casi
dulce y del todo imprevista, en cuanto careci de agona. Una flema
mayor que las dems cort su respiracin algunos segundos, y apagose la
dbil luz de la vida en la exhausta lmpara. Luca estaba sola con ella,
y sostenale la cabeza para toser, a tiempo que, doblando de pronto el
cuello, la tsica entreg el alma. Tiene este horrible mal de la tisis
tan diversas fases y aspectos, que hay enfermo que al morir cuenta los
instantes que le restan de existencia, y haylo que cae sorprendido en la
eternidad, como la fiera en el lazo. Luca, que nunca haba visto
muertos, no pudo imaginar que fuese sino un sncope profundo; crea ella
que el espritu no abandonaba sin lucha y ansas mayores su vestidura
mortal. Sali gritando y pidiendo auxilio; acudi primero Sardiola a sus
voces, y meneando la cabeza, dijo: Se acab. Miranda y Perico llegaron
en breve; justamente estaban en casa por ser las once, hora de cambiar
el lecho por el almuerzo. Miranda alz las cejas, frunciolas despus, y
dijo poniendo la voz en el registro grave:

--Era de temer, de temer.... S, estaba muy mal.... Pero tan de pronto,
seor... si es que parece imposible....

En cuanto a Perico, escondi la cabeza entre las manos, y murmur ms de
tres docenas de Jess, Jess.... Vlgame Dios, vlgame Dios.... Qu
desgracia, qu desgracia... y an debo aadir, en honra de la
sensibilidad del insigne pollo, que se demud bastante su rostro, y
pugnaron por asomar a sus lagrimales, y asomaron al fin, unas cuantas
gotas de eso que los poetas llaman roco del alma. No quise omitir estos
pormenores, a fin de que no se crea que Perico era malo, siendo as, que
de investigaciones y curiosos datos estadsticos resulta que an vala
ms que las dos terceras partes de la prole de Adn. Triste y mustio de
veras, se dej conducir por Miranda a su cuarto, y es cosa averiguada
tambin, que en todo el curso de aquel da no entraron en su cuerpo ms
alimentos que dos tazas de t y un huevo pasado por agua, que la extrema
debilidad le oblig a sorber, entrada ya la noche.

El Padre Arrigoitia y el mdico Duhamel, de acuerdo con Miranda, y
facultados telegrficamente por la desconsolada familia Gonzalvo,
proporcionaron a la muerta cuanto necesitaba ya: mortaja y atad. Pilar,
vestida de hbito del Carmen, fue extendida en la caja sobre su mismo
lecho; encendieron luces, y dejronla, a la espaola, en la cmara
mortuoria, no acatando la costumbre francesa de convertir en capilla
ardiente el portal, exponiendo all el cadver para que todo el que pase
lo roce con una rama de boj que flota en una caldereta de agua bendita.
Depsito, exequias y entierro, deban verificarse el da siguiente.

Hzose todo con tal celeridad y tino, que seran las tres de la tarde no
ms cuando en la estancia, ordenada ya, y junto al balcn abierto, lea
el Padre Arrigoitia en su Breviario las oraciones por los difuntos, y
Luca le contestaba entre sollozos Amn. La llama de los cirios,
devorada por la claridad gloriosa del sol, no era ms que un punto
rojizo, en cuyo centro se distingua la negra raya del pbilo. A lo
lejos se escuchaba el sordo rodar de los coches, anunciado antes por el
retemblido de los vidrios; y dominando los rumores de la calle, la voz
del jesuita que deca:

--_Qui quasi putredo consumendus sum, et quasi Vestimentum quod
comeditur a tinea_....

Protestando contra el cntico de muerte, el hermoso sol de invierno
enviaba sus rayos a la cabeza inclinada y canosa del sacerdote, y
encenda con tonos calientes la nuca de Luca, inclinada tambin.

Y continuaba el rezo:

--_Heu mihi, Domine, quia pecavi nimis in vita mea_....

Un rayo de luz ms vivo y directo se col en la cmara, y fue a posarse
en la difunta. Estaba Pilar consumida y hecha un mirlo de flaca; ni
majestad ni hermosura aada la muerte a aquel residuo de organismo
devorado por la extenuacin y la fiebre. La toca blanca haca resaltar
la verdosa palidez de su rostro chupado. Pareca haber encogido y
menguado en estatura. Su expresin era vaga, entre sonrisa y mueca.
Veansele los dientes de marfil. Sobre su pecho destell, al reflejo
solar, el latn de un crucifijo que el Padre Arrigoitia le haba puesto
entre las manos.

Bien rezaran el jesuita y la amiga cosa de una hora; pero al cabo de
ese tiempo se levant el Padre, manifestando que para volver a velarla,
necesitaba ir a su casa y despachar algunos urgentes asuntos que le
reclamaban. Mir a Luca, y vindola descolorida y los ojos hinchados,
le dijo bondadosamente:

--Retrese un poco, hija, a descansar... est usted del color de la
muerta. No ordena Dios tratarse as.

--Lo que har, Padre--respondi Luca--, ser bajar un rato al jardn a
tomar el fresco.... Juanilla se quedar aqu.... Me arde la cabeza,
necesito aire.

De nuevo fij en ella su mirada el jesuita, y prontamente, acercndose a
su odo y silabeando como en el confesonario, murmur:

--Ahora que esa pobrecita se ha muerto... ya sabe usted mi consejo,
verdad? Tierra en medio, hija! Esta vecindad... estos aires no le
convienen. A Len.... Si me envan all... la he de felicitar.

Y como Luca lo mirase elocuentisimamente, aadi:

--S, s... tierra en medio. Cuntas almitas enfermas he curado yo con
eso solo! Vaya, hasta luego... hasta cuanto antes. Si, hijita querida,
s; esas cosas las apunta todas Dios en el cielo....

--Padre... quisiera ser aquella...--murmur Luca sealando a la muerta.

--Virgen ma! no, hija... vivir para servir a Dios... cumpliendo su
voluntad.... Hasta luego, eh?

Cuando Luca baj al jardn, pareci ste a sus ojos fatigados de
llorar, menos enteco y rido que de costumbre. Las yucas alzaban su
cabeza majestuosa, perpetuamente coronada; las hiedras exhalaban leve
aroma campesino, siempre ms grato que el tufo de la cera. El sol iba ya
retirndose, pero an doraba las moharras de las lanzas, en la verja.
Sentose Luca por costumbre bajo el pltano, que, pelado por el
invierno, ya se haba quedado sin una mala hoja con que dar sombra. El
reposo de aquel rinconcillo solitario trajo de nuevo los pensamientos
familiares.. No, Luca no poda llorar ms, sus ojos secos no contenan
lgrima alguna; lo que deseaba era descanso, descanso.... Habanle
prohibido Dios y la naturaleza pensar en la muerte; as es que empleando
ingenioso subterfugio, pensaba en un sueo muy largo, que no tuviese
fin.... Absorta, vio venir a Sardiola corriendo.

--Seorita... seorita....

El bueno del vasco se asfixiaba.

--Qu hay?--dijo ella, y levant lnguidamente la cabeza.

--Est ah--dijo Sardiola atragantndose.

--Est... ah....

Luca se irgui recta como una estatua y puso ambas manos sobre el
pecho.

--El seorito... seorito Ignacio.... Lleg esta maana... marcha esta
noche... adnde no se sabe... no quiso recibirme.... Engracia dice que
est ms demudado que cuando sali para Bretaa....

--Sardiola...--pronunci difcilmente Luca, sintiendo el corazn no
mayor que una nuez--. Sardiola....

--Tengo que subir, me estn necesitando a cada paso... con la desgracia
de hoy, hay mil recados...Quiere usted algo, seorita?

Nada....

Y la voz sorda de Luca expir en su garganta. Zumbbanle los odos y
giraban en torno suyo verja, paredes, pltano y yucas. Hay as en la
vida momentos supremos en que el sentimiento, oculto largas horas, se
levanta rugiente, y avasallador, y se proclama dueo de un alma. ralo
ya; pero el alma lo ignoraba por ventura o barruntbalo solamente; hasta
que repentina marca de hierro enrojecido viene a revelarle su
esclavitud. Aunque el smil pueda parecer profano, dir que acontece con
esto algo de lo que con las conversiones: flota indeciso el nimo algn
tiempo, sin saber qu rumbo toma, ni qu causa su desasosiego, hasta que
una voz de lo alto, una luz deslumbradora, de improviso, disipan toda
duda. Pronto es el asalto, nula la resistencia, segura la victoria.

Descenda rpidamente el sol a su ocaso, caa sobre el jardn la sombra;
Sardiola, el lebrel fidelsimo que haba dado el ladrido de alarma, no
estaba ya all. Luca mir en torno suyo con ojos vagos, y llevose las
manos a la garganta oprimida. Despus convirti la vista a la fachada,
cual si sus macizos muros pudiesen por mgico arte volverse cristal y
trasparentar lo que en su interior guardaban. Quedose fascinada,
sofocando un grito antes que naciera. La puerta del comedor estaba
entornada. Cosa era esta que suceda muchas tardes, siempre que al ama
Engracia se le ocurra tomar el fresco un rato en el umbral charlando
con Sardiola; pero en tal instante Luca sinti que la puerta
entreabierta la penetraba de terror glacial y de ardiente jbilo a un
tiempo. Su cerebro, vaco de ideas, slo encerraba un sonsonete montono
y cadencioso, repitiendo como la pndola de un horario: Vino esta
maana, se va esta noche... Y al fin la repeticin la irritaba de tal
manera, que slo oa la palabra noche, noche, noche, palabra que
pareca vibrar, como esos puntos luminosos que se ven en las tinieblas,
durante el insomnio, y que se acercan y se alejan, sin movimiento de
traslacin, por el mero sacudimiento de sus molculas. Apretose las
sienes como para detener la tenaz pndola, y lentamente, paso a paso, se
encamin al vestbulo de casa de Artegui. Al poner el pie en el primer
peldao de la escalera, la msica zumbadora de la sangre le cantaba en
los odos, como un coro de cien moscardones. Parece que le deca:

--No vayas, no vayas.

Y otra voz silbada y misteriosa, la voz del viento en las ramas secas
del pltano, le murmuraba con prolongado susurro:

--Sube, sube, sube.

Subi. Al llegar al segundo peldao tropez pisndose el traje por
delante, y slo entonces ech de ver que su bata de merino negro,
manchada por la asistencia, arrugada por las vigilias, era muy fea y de
corte asaz descuidado. Vio, adems, que tena los puos de la chambra
hechos un trapo, remojados de lgrimas, y la falda sembrada de hilitos
de hacer labor. Se recorri maquinalmente con ambas manos, sacudiendo
los cabos de hilo, y estirose algo los puos, mientras llegaba a la
puerta. En sta vacil an; pero la media obscuridad que ya reinaba le
dio nimos. Empuj las hojas y hallose en una gran pieza lbrega a la
sazn, que no era sino el comedor, y por tener cubiertos los muros de
una imitacin del antiguo cuero cordobs, pareca harto ms sombra,
ayudando a ello los altos aparadores de roble esculpido, y sitiales de
lo mismo.

--ste es el comedor--dijo en voz alta Luca.

Y mir hacia todas partes buscando la puerta. La cual estaba en el
fondo, frontera a la que al jardn sala, y Luca alz el tupido
cortinn y puso la trmula mano en el pestillo, saliendo a un corredor
casi del todo tenebroso. Quedose sin respirar, y lo que es peor, sin
saber adnde se encaminase, y entonces maldijo mil veces de su terquedad
en no haber querido visitar antes la casa. De pronto oy un ruido, unos
tropezones sonoros, un choque de vajilla y loza.... El ama Engracia
fregoteaba sin duda los platos en la cocina. Cmo lo adivin tan presto
Luca? El entendimiento se aguza en las horas crticas y
extraordinarias. Guiada negativamente por el ruido, Luca sigui andando
en direccin opuesta, hacia el extremo del pasillo, en que reinaba el
silencio. El piso alfombrado apagaba su andar, y con ambas manos
extendidas palpaba las dos murallas buscando una puerta. Al fin, sinti
ceder el muro, y, siempre con las manos delante, penetr en una estancia
que le pareci chica, y donde al pasar tropez en varios objetos, entre
ellos unas barras de metal que se le figuraron de una cama. De all pas
a otra habitacin mucho mayor, todava iluminada por un leve resto de
luz diurna, que entraba por alta vidriera. Luca no dud ni un instante
de su acierto: aquella cmara deba de ser la de Artegui. Haba
estanteras cargadas de volmenes, preciosas pieles de animales
arrojadas al desdn por la alfombra, un divn, una panoplia de ricas
armas, algunas figuras anatmicas, enorme mesa escritorio con papeles en
desorden, estatuas de tierra cocida y de bronce, y sobre el divn un
retrato de mujer, cuyas facciones no se distinguan. Medio desmayada se
dej caer Luca en el divn, cruzando ambas manos sobre el seno
izquierdo, que levantaban los desordenados latidos del corazn, y
diciendo en voz alta tambin:

--Aqu.

Estvose as un rato, sin pensar, sin desear, entregada slo al placer
de hallarse all, en donde moraba Artegui. La obscuridad creca, y al
fin viniera a ser completa si el resplandor de un reverbero fronterizo
no se quebrase en los cristales de la ventana. La vista de la luz hizo
saltar en el divn a Luca.

--Es de noche--exclam siempre en alto.

Atropellronse en su mente mil pensamientos. De seguro que ya habran
preguntado en la fonda por ella. Puede que estuviese de vuelta el Padre
Arrigoitia; y se volveran locos buscndola en el jardn, en su cuarto,
en todas partes. No saba ella misma por qu se acordaba antes del Padre
Arrigoitia que de Miranda; pero es lo cierto que su temor principal era
darse de manos a boca con el afable jesuita, que le dira sonriendo:
De dnde bueno, hija? Hostigada por tales imaginaciones, se levant
tambalendose, y diciendo entre dientes:

--No es justo que la muerta est sola....

Y busc la salida: pero de pronto se detuvo paralizada, como autmata a
quien se acaba la cuerda.... Oy pasos en el corredor, pasos que se
acercaban, pasos fuertes y resueltos: no eran, no, los del ama Engracia.
La puerta de la cmara grande se abri, y entr una persona. Luca se
hallaba ya en la cmara chica, y se qued detrs de la cortina. No
estaba sta corrida del todo. Por el resquicio vio que el recin llegado
encenda un fsforo y despus la buja de un candelero; mas la luz
sobraba, y ya, sin ella, haba conocido a Artegui.

Ahora lo distingua perfectamente; era l, pero aun ms abatido y
desmejorado que cuando por ltima vez lo vio; velaban su rostro tintas
crdenas, y la negra barba lo suma en un cerco de sombra; sus ojos
brillaban cual si tuviese calentura. Sentase al escritorio y escribi
dos o tres cartas. Estaba frente por frente a Luca y ella le devoraba
con los ojos. A cada carta que cerraba Artegui, decase:

--Ya le he visto; vmonos.

Y se quedaba. Por fin Artegui se levant, e hizo una cosa rara; llegose
al retrato colgado sobre el divn, y lo bes. Mir Luca afanosamente a
aquel lugar, y viendo un rostro de dama, pero parecido al de Artegui,
murmur:

--Su madre.

Tras de lo cual, el pesimista abri un cajn de su mesa-escritorio, y
sac un objeto reluciente y prolongado, que reconoci con el mayor
esmero.... Estaba absorto en su ocupacin, cuando sinti que le asan
del brazo con fuerza convulsiva, y vio ante s a una mujer plida, ms
plida que l, ardientes y fijos los ojos como dos carbones encendidos,
abierta la boca para hablar... pero muda, muda. Solt la pistola, que
cay en la alfombra con ruido mate, y estrech a la mujer.... Cedi el
talle de sta como una flor tronchada, y hallose con Luca exnime en
los brazos.

La coloc atnito en el divn, y trayendo de su cuarto de tocador un
frasco de lavanda, se lo verti entero por sienes y pulsos, rompindole
al mismo tiempo los ojales de la bata, en la prisa con que quera
aflojarle el cors. Ni un momento le ocurri llamar al ama Engracia; al
contrario, murmuraba muy bajito:

--Luca..., me oye usted? Luca.... Luca..., soy yo, yo no ms...,
Luca!

Ella abri los ojos aun turbios y vagos, y contest, muy quedo tambin,
pero claro:

--Aqu estoy, Don Ignacio. Dnde est usted?

--Aqu..., aqu mismo..., no me ve usted?, aqu, a su lado....

--S, s, ya veo.... Es usted?

--Explqueme usted este... este milagro, Luca, por lo que ms quiera.
Cmo vino usted aqu?

--Explicar..., explicar, no puedo, Don Ignacio..., tengo as, la
cabeza.... Como estaba usted aqu... quise verle... y yo deca: Pues he
de verle.... No, yo no, lo decan cien mil pajaritos dentro de m...
Ellos lo dijeron. Y vine. No s ms.

--Descanse usted--dijo con dulcsima voz Artegui, hablando blandamente,
como se habla a los nios--. Apoye usted la cabeza en el almohadn...
Quiere usted t..., alguna cosa? Se siente usted mejor?

--No, descansar, descansar. As... as...--Luca cerr los ojos, y
recostndose en el divn, call. Artegui la miraba ansioso, dilatadas
las pupilas, y estremecido an de sorpresa y de asombro. Arreglole el
descompuesto traje, y le puso a los pies un taburete, estirndole la
bata de manera que se los tapase. Luca segua inmvil, murmurando
palabras en voz baja, divagando un poco an, pero ya con ms ilacin, y
discurso ms claro.

--Ni s cmo llegu al cuarto... tena miedo, mucho miedo de encontrar
con alguien... con el ama Engracia... pero yo deca: adelante: Sardiola
asegura que se marcha hoy... y si se marcha... t tambin te irs a
Len... y ya, en toda la vida, y en la eternidad, Luca, como no le veas
en el cielo, no s yo dnde le vers.... Cuando uno piensa cosas as
tiene un valor... yo temblaba, temblaba como un azogado: puede que haya
roto algo en el cuartito chico... lo sentira... y tambin sentir que
afeen mi conducta el Padre Urtazu y el Padre Arrigoitia... la afearn,
s que la afearn... yo les dir que slo quera verle un minuto... como
le daba la luz en la cara, le vi muy bien: est tan descolorido...
siempre descolorido! Tambin Pilar lo est... y yo... y todos... y el
mundo, s, el mundo se ha puesto de un color, que... antes era rosa y
azul celeste... pero ahora... bueno, pues como quera verle, entr....
El comedor es grande. El ama Engracia lavaba la vajilla.... Bien que
corr. Casualidad fue acertar con su cuarto. Es un cuarto muy bonito.
Tiene el retrato de su madre: pobre seora! Duhamel es un gran mdico,
pero hay males que slo se curan, digo yo... en el hoyo. All todo se
cura. Qu bien se debe estar all... y aqu tambin. Se est muy bien...
dan ganas de dormir, porque....

--Duerme, Luca, mi alma y mi vida--murmur apasionada y vibrante voz--.
Duerme, a mi amparo y no temas. Duerme: ni en el lecho de tu infancia,
velada por tu madre, dormiste ms segura. Que vengan, que vengan a
buscarte aqu.

Como cierva herida a traicin por una saeta, brinc Luca al sonido de
aquellas palabras, y abriendo los ojos y pasndose la mano por la
frente, quedose de pie ante Artegui, mirando a todos lados, encendidas
por sbito rubor las mejillas y clara ya la mirada y el entendimiento.

--Pero...--exclam con tono diferente--yo aqu... s, ya s por qu
vine, y a qu vine, y cundo... y ya recuerdo tambin.... Ah, Don
Ignacio, Don Ignacio! se asombrar usted y con razn de haberme hallado
cuando menos lo pensaba.... En qu instante entr! Gracias, Virgen y
madre ma; ya tengo mis cinco sentidos y mi juicio cabal, y puedo
echarme a los pies de usted, Don Ignacio, y decirle: por Dios seor, por
la memoria de su seora madre, que est en el cielo, por.... no s por
qu! Por todo, no vuelva usted.... Promtame que no volver a idear
quitarse la vida, que puede emplearla tan bien!... Si yo supiese de
discursos, y fuese sabia como el Padre Urtazu, lo dira mejor, pero
usted me entiende.... verdad que s? Promtame usted... no volver... no
volver....

Y Luca, desgreada, pattica, hermosa, se arroj a los pies de Artegui,
y abraz sus rodillas, y se arrastr en la alfombra. A duras penas la
alz el pesimista.

--Usted sabe--dijo confuso--que yo estimaba poco la vida... digo ms,
que la aborreca desde que llegu a entender su vacuidad y cun intil
carga es para el hombre... y ahora, muerta mi madre y sin tener a nadie
que sintiera mi falta....

Dos arroyos de llanto y el anhelar de un pecho fueron la respuesta.
Artegui subi a Luca en vilo al divn y se sent a su lado.

--No llores--dijo apendole otra vez el tratamiento--, no llores,
regocijate, porque has vencido. Qu mucho, si representas la ilusin
ms cara al hombre, la ilusin nica que vale cien realidades, la
ilusin que slo se disipa en el regazo de la muerte! La ms tenaz e
invencible de cuantas la naturaleza dispone para adherirnos a la vida y
conservar nuestra especie! Escchame. No quiero decirte que t eres para
m la felicidad, porque la felicidad no existe y yo no he de engaarte,
pero lo que s te afirmo es que por ti puede ser digno de un espritu
noble preferir la vida a la muerte. Entre los engaos que a la tierra
nos apegan, uno hay que ilude ms dulcemente con mieles suavsimas, con
regalos tan inefables y embriagadores, que es lcito al hombre
entregarse a un bien que, con ser fingido, as embellece y dora la
existencia. yeme, yeme. Hu siempre de las mujeres, porque, conocedor
del triste misterio del inundo, del mal transcendente de la vida, no
quera apegarme por ellas a esta tierra msera, ni dar el ser a
criaturas que heredasen el sufrimiento, nico legado que todo ser humano
tiene certeza de transmitir a sus hijos.... S, yo consideraba que era
un deber de conciencia obrar as, disminuir la suma de dolores y males;
cuando pensaba en esta suma enorme, maldeca al sol que engendra en la
tierra la vida y el sufrimiento, las estrellas que slo son orbes de
miseria, el mundo este, que es el presidio donde nuestra condena se
cumple, y por fin, el amor, el amor que sostiene y conserva y perpeta
la desdicha, rompiendo, para eternizarla, el reposo sacro de la nada...
La nada!, la nada era el puerto de salvacin a que mi combatido
espritu quiso arribar.... La nada, la desaparicin, la absorcin en el
Universo, disolucin para el cuerpo, paz y silencio eterno para el
espritu.... Si yo tuviese fe, qu hermossimo y atractivo y dulce me
parecera el claustro! Ni voluntad, ni deseo, ni sentidos, ni
pasiones... un sayal, un muerto ambulante debajo.... Pero....

Artegui se inclin a Luca con inquietud.

--Me comprendes?--interrog de pronto.

--S, s...--dijo ella, y su cuerpo temblaba.

--Pero... pero te vi...--continu Artegui--. Te vi por casualidad, y por
azar tambin, y sin que de m dependiese, estuve a tu lado algn tiempo,
respir tu aliento, y sin querer... sin querer... comprend que.... No
quise confesarme a m mismo tu victoria, ni la conoc hasta que te dej
en ajenos brazos.... Oh! Cmo maldije mi necedad en no haberte llevado
conmigo entonces! Cuando recib tu carta de psame, estuve a dos dedos
de ir a buscarte....

Artegui hizo breve pausa.

--T fuiste la ilusin.... S, por ti hizo otra vez presa en mi alma la
naturaleza inexorable y tenaz.... Fui vencido.... No era posible ya
obtener la quietud de nimo, el anonadamiento, la perfecta y
contemplativa tranquilidad a que aspiraba... por eso quise poner fin a
mi vida, cada vez ms insufrible....

Interrumpiose de nuevo, y aadi, viendo que Luca callaba:

--Quiz no me comprendas bien.... Son cosas, aunque tan ciertas,
obscuras para quien por vez primera las oye.... Pero me entenders si te
digo llanamente que no morir, porque te quiero, y me quieres, y ahora,
suceda lo que suceda, vivo.

Dijo esto con mpetu ms violento an que amoroso, y ech sus brazos al
cuello de Luca, y arrimola a s con fuerza sobrehumana. Crey ella
sentir dos tenazas dulcsimas de fuego que la derretan y abrasaban
toda, y reuniendo su vigor nervioso, se desprendi de ellas, quedndose
trmula y erguida ante el pesimista. Su alta estatura, su ademn de
indignacin suprema, la asemejaran a bello mrmol antiguo, si la bata de
merino negro no borrase la clsica semejanza.

--Don Ignacio--balbuca la leonesa--usted se engaa, se engaa.... Yo no
le quiero a usted... es decir, de ese modo, no, nunca.

--Atrvete a jurarlo--rugi l.

--No... no, me basta decirlo--replic Luca con creciente firmeza--. Eso
no.

Y dio dos pasos hacia la puerta.

--Escchame un instante--insisti l detenindola--. Slo un instante.
Tengo fortuna sobrada; mi viaje, segn cree todo el mundo, se verificar
esta noche. Estamos en un pas libre, iremos a otro ms libre an. En
los Estados Unidos nadie le pregunta a nadie de dnde viene, ni adnde
va, ni quin es, ni qu hace. Nos vamos juntos. La vida juntos oyes? la
vida. Mira, yo s que t lo deseas. T ests muriendo por decir que s.
S de fijo que no eres dichosa, ni ests bien casada, y que te
desmejoras, y sufres.... No pienses que no lo s. Slo yo te quiero, y
te ofrezco....

Luca dio otros dos pasos, pero fue hacia Artegui, y con uno de esos
movimientos rpidos, infantiles, festivos, que suelen tener las mujeres
en las ocasiones ms solemnes y graves, se apret la holgada bata en la
cintura, y manifest la curva, ya un tanto abultada, de sus gallardas
caderas. Sacudi la cabeza, y dijo:

--Cree usted eso? Pues Don Ignacio.... ya mandar Dios quien me
quiera!

Ignacio baj la frente, abrumado por aquel grito de triunfo de la
naturaleza vencedora. Pareciole que era Luca la personificacin de la
gran madre calumniada, maldecida por l, que risuea, fecunda, prvida,
indulgente, le presentaba la vida inextinguible encerrada en su seno, y
le deca: Tonto de pesimista, mira lo que puedes t contra m. Soy
eterna.

--No importa--murmur l resignado y humilde--. Por lo mismo.... Yo le
servir de padre, Luca; yo respetar tus sacros derechos como no los
respetar tu marido, no. Seremos tres dichosos en vez de dos... nada
ms.

Cogiola de la falda y la oblig blandamente a sentarse.

--Hablemos as, tranquilos.... Pero, por qu no quieres? Yo no te
entiendo--dijo con renovada vehemencia--. No era amor, no era amor lo
que mostrabas en el camino y en Bayona? No es amor venir aqu hoy...
sola... por verme? Oh! no puedes defenderte.... Urdirs mil sofismas,
idears mil sutilezas, pero.... ello se ve! Mientes si lo niegas,
sabes? No cre que en tu inocencia cupiese el mentir.

Alz la frente Luca.

--No, Don Ignacio; dir la verdad... creo que ya es mejor que la diga,
porque tiene usted razn, he venido aqu.... S, seor; ogalo usted. Yo
le quiero como una loca, desde Bayona... no desde que le vi.... Ya lo
oye usted. Yo no tengo la culpa; ha sido contra mi voluntad, bien lo
sabe Dios.... Al principio cre que no era posible, que slo me daba
usted... lstima... y as... mucho agradecimiento por sus bondades
conmigo... Crea yo que una mujer casada slo puede querer a su
marido.... Si alguien me dijese que era esto... le insultara, de
fijo.... Pero a fuerza de cavilar... no, yo no lo acert, ni por
pienso.... Fue otro, fue quien conoce y entiende ms que yo de los
misterios del corazn.... Mire usted, si yo supiese que era usted feliz,
me hubiera curado... y tambin si alguien me mostrase compasin a su
vez.... Caridad! Compasin!... Yo la tengo de todo el mundo... y de
m... nadie, nadie la tiene.... As es que.... Se acuerda usted de lo
alegre que era yo? Usted aseguraba que mi presencia le traa
regocijo.... Pues... ya me he acostumbrado a pensar cosas tan negras
como usted.... Y a desear la muerte. Si no fuese por lo que espero... me
dara el mejor rato del mundo el que me pusiese donde est Pilar. Yo era
fuerte y sana.... Ya no tengo ni una hora buena. Esto ha sido como si un
rayo me abrasase toda.... Es un azote de Dios. Lo ms amargo de todo es
pensar en usted... que ha de ser desdichado en este mundo, rprobo en el
otro....

Artegui escuchaba entre jubiloso y compadecido.

--Entonces, Luca...--dijo con expresin.

--Entonces, usted que es bueno y rebonsimo, porque si no lo fuese yo no
le querra de tal modo, me va a dejar marchar... y en caso contrario, me
marchar yo, aunque salte por la ventana.

--Desdichada!--murmur l torvamente, volviendo a su abatimiento
antiguo--. Das con el pie a la felicidad! es decir, a la felicidad no,
pero al menos a su sombra, y sombra tan hermosa al fin....

Incorporose de pronto; sacudindose y retorcindose como un len en la
agona.

--Dame una razn--grit--. Si no, me matar a tu vista. Sepa yo al menos
por qu. Es por tu padre? es por tu marido? es por tu hijo? es por
el mundo? es?...

--Es--murmur ella bajndose y con gran dulzura--. Es... por Dios.

--Dios!--gimi el pesimista--. Y si no lo hub....

Una mano le tap la boca.

--Duda usted an despus de que hoy, por un milagro... usted lo dijo,
por un milagro... ha preservado su vida!

--Pero tu Dios est enojado contigo--objet l--. Le ofendiste al
amarme; le ofendes al seguir amndome; viniendo aqu, le agraviastes
ms....

--Con un pie en el borde del abismo para caer, con el cuerpo medio
hundido ya en las llamas del infierno... mi Dios me salva y me perdona,
si a l se convierte mi voluntad.... Ahora, ahora voy a pedirle que me
salve.

--Y no te salvar--repuso Artegui tomndole las manos--; no te salvar,
porque adondequiera que vayas, aunque huyas de m hasta ocultarte en el
mismo centro de la tierra, aunque te escondas en la celda de un
convento, me querrs, me adorars, le ofenders recordndome. No, tu
sinceridad no te permite negarlo. Ah! Si se pudiese querer o no, a
voluntad! pero harto te dice la conciencia que, hagas lo que hagas, yo
estar contigo siempre... siempre. Mira: por lo mismo que te
horroriza... por lo mismo suceder. Y te digo ms: vendr un da en que,
como hoy, desears verme, aunque slo sea el espacio de un segundo... y
atropellando por cuantos obstculos se ofrezcan, y despreciando cuantas
trabas te lo impidan, vendrs a m... a m.

Diciendo esto la sacuda por las muecas, como el huracn sacude al
tierno arbusto.

--Dios--murmuraba ella dbilmente--. Dios sabe ms que usted, y que yo,
y que todos.... Le pedir que me ampare, y lo har; le conviene hacerlo;
lo har, lo har.

--No--respondi Artegui con fuerza--. S que vendrs, que vendrs
arrastrada como la piedra, por tu peso propio, a caer en este abismo...
o en este cielo; vendrs, vendrs. Mira, estoy tan cierto de ello, que
ya no debes temer que me mate.... No quiero morir, porque s que es la
ley de las cosas que un da vengas a m, y ese da--que llegar--quiero
estar an en el mundo para abrirte as los brazos.

A no estar Luca vuelta de espaldas a la luz, Artegui pudiera haber
visto el jbilo que se difunda por su rostro, y sus ojos que un segundo
se alzaron al cielo dando gracias. Los brazos de Artegui, abiertos
esperaban, Luca se inclin, y ms rpida que las golondrinas, cuando al
cruzar los mares rozan el agua, apoy un instante la cabeza en los
hombros de Artegui.

En seguida, y con presteza no menor, fue a la mesa, y tomando el
candelero y entregndoselo a Ignacio, dijo en voz entera y tranquila:

--Alumbre usted.

Artegui alumbr sin pronunciar palabra. Su sangre se haba enfriado de
pronto, y slo le quedaba, de la terrible crisis, cansancio y melancola
ms profundos que nunca. Cruzaron el dormitorio, el pasillo, sin
despegar los labios. En el pasillo ya, Luca se volvi un momento y mir
aquel rostro como si quisiera grabarlo con indelebles y fortsimos
caracteres en su retina y en su memoria. La cabeza de Artegui, alumbrada
en pleno por la luz que en la mano tena, se destacaba sobre el fondo
obscuro del cuero estampado que cubra la pared. Era una bella cabeza,
ms por la expresin y carcter que por la misma regularidad de
facciones. El negror de la barba realzaba su interesante palidez, y su
abatimiento la asemejaba a las cabezas muertas del Bautista, tan
valientes en su claro obscuro, que cre nuestra trgica escuela nacional
de pintura. Tambin l miraba a Luca, con tal pena y lstima, que no lo
pudo ella sufrir ms, y corri a la puerta. En el umbral, Artegui sonde
con la mirada las profundidades del jardn.

--La acompao a usted?--dijo.

--No pase usted de ah... apague la luz, cierre al punto la puerta.

Artegui ejecut lo primero; pero antes de realizar lo segundo, murmur
al odo mismo de Luca:

--En Bayona me dijiste una vez: Me va usted a dejar sola? Ahora me
toca a m repetrtelo. Qudate.... A tiempo ests an. Ten compasin de
m, y de ti.

--Porque la tengo...--replic ella ahogndose--. Por eso.... Adis, Don
Ignacio.

--Hasta luego--contest una voz perceptible apenas. La puerta se cerr.

Luca mir al cielo, en que brillaban las estrellas, y sinti un fro
agudo. Arrodillose en el vestbulo, y apoy la cara contra la puerta. En
aquel momento se acordaba de una circunstancia pueril; la puerta estaba
por dentro forrada de brocado rojo obscuro, de los tonos mates del
cuero. No supo por qu recordaba tal detalle; pero suele ocurrir as; en
momentos semejantes, acuden ideas que ninguna importancia tienen ni
guardan conexin alguna con los acontecimientos decisivos que estn
pasando.

Miranda haba salido aquella tarde a dar una vuelta, para despejarse,
deca l, la cabeza. Cuando volvi al hotel subi a la cmara mortuoria,
y all hall a Juanilla, transida de miedo y de cansancio, velando a la
difunta. La criada le dijo, en son de queja, que la seorita Luca le
haba encargado velar un rato, pero que el rato era ya muy largo,
largusimo, y que ella no poda ms. Por el espritu suspicaz de Miranda
no cruz ni sombra de recelo entonces, y dijo con naturalidad:

--La seorita se habr ido a dormir; est muy cansada... pero vete,
chica que yo enviar a Sardiola.

As lo hizo, en efecto, y oyendo en seguida la campana que llamaba a la
mesa redonda, baj al comedor, sintiendo aquel da excelente apetito,
cosa no cotidiana en su enervado estmago. Faltaba an, para que
sirviesen la sopa, los sacramentales segundos y tercer toque. Haba
grupos de huspedes que conversaban esperando; la mayor parte hablaban
de la muerte de Pilar en voz queda, por consideracin a Miranda, a quien
conocan; slo un ncleo de tres o cuatro navarros y vascongados
platicaban de recio, por ser el asunto de su conversacin de aquellos
que no encierran misterio alguno. No obstante, de tal manera fij la
atencin de Miranda lo que decan, que inmvil y vuelto todo odos, no
respiraba casi. A los diez minutos de escuchar supo cuanto saber no
quisiera: que Artegui estaba en Pars, que viva en la casa de al lado,
que se poda pasar a su domicilio por el jardn, puesto que uno de los
vascongados declaraba haber lo hecho aquella maana con objeto de
visitarle.... El camarero que cruzaba a la sazn con una bandeja llena
de platos de humeante sopa, indic a Miranda que poda sentarse, y l en
vez de orle, tom escalera arriba como un frentico, y entr sin
respeto alguno en la cmara mortuoria.

--Dnde est la seorita Luca?--pregunt brutalmente a Sardiola, que
velaba.

--No s...--El fiel perro alz los ojos y contempl las facciones
descompuestas del marido, y una intuicin rpida le dijo docenas de
cosas. Miranda sali como un cohete, y recorri las habitaciones
llamando a Luca a gritos. Silencio profundo. Entonces resueltamente
sali al balcn, y baj al jardn.

Un bulto negro descenda las escaleras del vestbulo de casa de Artegui.
A la luz de los astros, y a la de los lejanos faroles de la calle, se
adverta su vacilante andar, y a las manos que frecuentemente llevaba a
su rostro. Miranda esper, esper como el cazador en acecho. El bulto
iba acercndose. De pronto sali de entre un seto de arbustos un hombre
y se oy una imprecacin soez, que traducida al lenguaje de las personas
beneparlantes pudiera sonar as:

--Mala mujer!

Hubo ademanes violentos, y un cuerpo cay.... Llegaba en esto corriendo
otra figura humana, que vena tambin del hotel por la escalera, e
interponindose, se inclin para recoger a Luca. Miranda accionaba, y
con voz ronca, estrangulada y tartajosa de rabia, deca, dando al diablo
todo su porte cortesano:

--Fuera de ah, so to... so entrometido.... usted que... qu tiene que
ver?... Yo la abo... la abofeteo, porque pu... pu... puedo y me da la
gana.... Soy su marido. Si no se va usted, le parto por la mitad... le
abro en canal....

A ser Sardiola alguna pared de cal y canto, atendiera ms a las
invectivas de Miranda de lo que lo hizo. Con soberana indiferencia y
fuerza herclea carg en sus hombros el bello bulto inanimado, y
separando al marido de un vigoroso empujn, tom escalera arriba, no
parando hasta depositar la preciosa carga en un sof de la estancia
mortuoria. Tras l entr el energmeno, pero se contuvo algo al ver la
actitud briosa y los centelleantes ojos del ex voluntario carlista, que
con su cuerpo haca parapeto al de la desmayada.

--Si no se va usted...--aull Miranda tendiendo los puos.

--Irme!--contest Sardiola apaciblemente--. Bueno es irme! Para que
usted la ahogue, y se quede tan fresco! mal hombre! vergenza debiera
darle a usted tocar al pelo de la ropa a la seorita.

--Pero usted.... qu autoridad tiene aqu?... quin le mete?... y la
cabeza iracunda de Miranda tena un temblor senil.... Vyase
usted--grit con renovado furor, o buscar un arma--. Los ojos
inyectados del marido recorrieron la estancia, hasta tropezar con el
cadver, que conservaba ante aquella escena su vaga sonrisa fnebre.
Sardiola, entretanto, metiendo la mano en el bolsillo de su chaleco,
sac una mediana faca, de picar tabaco sin duda, y la arroj a los pies
de su adversario.

--Tome usted--dijo con ese garbo caballeresco que tan frecuentemente se
halla en la plebe espaola... a m me ha dado Dios buenos puos.

Quedose Miranda indeciso un punto, y volviendo a aullar, derram a
borbotones su ira, exclamando:

--Mire usted que la coger... la coger.... Vyase usted, no me tiente
la paciencia....

--Cjala usted--replic Sardiola risueo de puro desdeoso... a ver cmo
se lucen esos nimos... porque pensar que he de irme yo... a no ser que
la misma seorita me lo mandase....

--Vete, Sardiola--dijo una dbil voz desde el sof; y Luca abri los
ojos, y clav su mirada en el camarero, con reconocimiento y autoridad.

--Pero seorita, eso de irme, y....

--Vete, digo.--Y Luca se incorpor, tranquila en apariencia: Miranda
oprima en la diestra la faca. Sardiola, arrojndose a l, se la
arrebat, y tomando desesperada resolucin, sali al pasillo gritando:
Socorro, socorro; se ha puesto mala la seorita. Diose de manos a boca
con dos personas que suban la escalera, y que al orle se precipitaron
en la estancia mortuoria. Eran el Padre Arrigoitia y Duhamel, el mdico.
Hallaron un grupo extrao: al pie de la cama en que yaca la muerta, una
mujer tenda las mano s para amparar sus flancos y su seno de los golpes
que le descargaba, a puo cerrado, un hombre.... Con vigor no presumible
en su endeble cuerpo de caaheja, interpsose el Padre Arrigoitia,
atrapando, si las crnicas no mienten, algn sopapo en la venerable
tonsura; y a su vez Duhamel, emulando con cientfico valor el arresto
del jesuita, cogi del brazo al furioso, logrando pararle.... Lstima
grande que no fuese posible a ningn taqugrafo estenografiar el donoso
y elocuente discurso que en chapurradsima ensalada
franco-luso-brasilea dirigi el buen doctor a Miranda, con el fin de
demostrarle cun brbaro y cruel era eso de aporrear a una _menina_ que
est en las circunstancias de Luca.... Miranda oa con rostro cada vez
ms torvo, mientras el Padre Arrigoitia prodigaba a la maltratada mujer
cuidados y consuelos afectuossimos. De pronto el marido se encar con
el mdico, y preguntndole broncamente:

--Dice usted... que esa mujer est encinta? Lo ha dicho usted.

--_Sim_--contest Duhamel meneando la cabeza afirmativamente, con
rtmica precisin.

--De cuntos meses?

--_Acrescento_ que de cuatro. _O tempo_ justo que har que se cas....

Miranda tendi la vista por todos lados, hinc sus pupilas en su mujer,
en el jesuita, en el doctor.... Despus cogi a estos dos de la mano y
les rog tartamudeando, que le concediesen una conferencia de algunos
minutos. Pasaron a la habitacin inmediata, y Luca qued sola con el
cadver. Pudo creer que era terrible pesadilla todo lo ocurrido. El
balcn, abierto, dejaba ver las obscuras masas del arbolado del jardn;
las estrellas brillaban convidando a dulces meditaciones; ardan los
cirios ante Pilar, y en la fachada de Artegui se vea luz al travs de
unas cortinas.... Bajar diez escalones, y encontrarse en el jardn;
atravesar el jardn, y encontrarse sobre un pecho amante que para ella
era cera suavsima, acero para sus enemigos.... Horrible tentacin!
Luca se apretaba el corazn con las manos, se hincaba las uas en el
pecho.... Uno de los golpes recibidos le dola mucho; era en la
clavcula, y parecale como si tuviese all un tornillo que le
retorciera los msculos para que estallasen. Si Artegui se presentase
entonces.... Llorar, llorar con la cabeza apoyada en sus hombros.... Al
fin se acord de una oracin, que le haba enseado el Padre Urtazu, y
dijo: Dios mo, por vuestra Cruz, dadme paciencia, paciencia. Estuvo
largo rato repitiendo entre gemidos: paciencia.

El Padre Arrigoitia se present al fin, solo. Su frente ebrnea vena
cubierta de arrugas y sombras. Hablaron largo rato Luca y l, en el
balcn, sin sentir el fro, que era ms que mediano. Luca abri por fin
ancho cauce al dolor.

--Ya ve usted si yo mentira... ah, delante de ese cadver.... Ahora
mismo pudiera marcharme con l, Padre... y si Dios no estuviese en el
cielo....

--Pero est, est... y nos mira...--responda el jesuita acaricindole
afablemente las manos heladas--. Basta de delirio.... No ve usted cmo
empieza ya a castigarla? Inocente es usted de lo que la imputa el seor
don Aurelio, y, sin embargo, su atroz sospecha... tiene, tiene
apariencias de fundamento... porque usted misma se las ha dado, yendo
hoy a casa de ese hombre.... La castiga a usted Dios en lo que ms
quiere; en ese angelito que no vino an al mundo....

Luca solloz amargamente.

--Vamos, nimo, pobrecita, hijita ma... sigui el padre espiritual cada
vez ms meloso y consolador. Y por Dios y su madre santa! A Espaa, a
Espaa maana mismo.

--Con l?--pregunt Luca horrorizada.

--l hace sus maletas para tomar el tren de la noche.... Se va a
Madrid... La deja a usted.... Si usted quisiera arrojarse a sus pies, y
con humildad y arrepentimiento....

--Eso no, padre...--grit la altiva castellana--. Creer que soy lo que
l me llama.... No, no.--Y con ms blandura, aadi--: Padre, hoy me he
portado como buena, pero estoy rendida..., no me pida hoy ms. Fltanme
ya las fuerzas.... Piedad, Seor, piedad.

--Pido, s, pido por amor de Jesucristo... que maana mismo se vaya
usted a Espaa.... No me aparto de usted hasta dejarla en el tren....
Vyase usted, hija querida, con su padre. No ve usted que tengo razn?
Qu creer su marido de usted si se queda usted aqu... pared por
medio... usted es demasiado discreta y buena para intentarlo siquiera.
Por esa criaturita! Que su padre se persuada.... porque se persuadir
con el tiempo y su conducta de usted.... Ah! No separe el hombre lo
que Dios ha unido! l volver, volver al lado de su esposa..., no lo
dude usted. Hoy en su clera... se dej arrastrar... pero maana....

Sollozos ms hondos y desgarradores fueron la respuesta.

El Padre Arrigoitia estrech cariosamente las manos de la afligida.

--Me promete usted...?--murmur con ardiente splica, con la autoridad
toda de su voz, acostumbrada a mandar en los espritus.

--S, respondi Luca.... Me ir maana... pero djeme ahora
desahogar..., me muero.

--Llore usted--contest el jesuita--. Ensanche ese corazn. Yo rezar
entretanto.

Y entrando de nuevo en la estancia, arrodillose al lado del lecho
mortuorio, sac su breviario, y a la luz parpadeante de los blandones,
fue leyendo en voz alta, compuesta y grave, las clusulas melanclicas
del oficio de difuntos.

       *       *       *       *       *

Ms de dos semanas dio pasto a las lenguas ociosas de Len el singular
suceso de la llegada de Luca Gonzlez, sola, triste, desmejorada y
encinta, a la casa paterna. Inventronse mentiras como castillos para
explicar el misterio de su vuelta, el retiro en que se dio a vivir, la
tremenda pesadumbre que nublaba el rostro del to Joaqun Gonzlez, la
desaparicin del marido, y tantas y tantas cosas que a escndalo y drama
conyugal transcendan. Como suele suceder en casos anlogos, rodaron
algunos adarmes de verdad envueltos en arrobas de patraas, y algo se
dijo que no iba del todo fuera de camino; mas por falta de datos
secretos que enlazara los conocidos, anduvo a tropezones el juicio del
pblico, y all caigo, y aqu me levanto, acab por extraviarse del
todo. Bien se colige que los despellejadores de oficio hicieron el suyo
con diligencia y afn extremado, y quin censur al maduro pisaverde que
buscaba novia de pocos aos, quin al padre vanidoso y majadero, que
sacrificaba a su hija por afn de hacerla dama, quin a la nia loca
que.... En suma, pusieron ellos tantas moralejas a la historia de Luca,
que yo creo poder eximirme de aadir ninguna. Lo que con ms empeo
critic la gente, fue este moderno requisito del VIAJE DE NOVIOS,
costumbre extranjerizada y vitanda, buena slo para engendrar disturbios
y horrores de todo linaje. Sospecho que con el triste ejemplo de Luca,
tradicionalmente conservado y repetido a las nias casaderas en lo que
resta de siglo, no habr desposados leoneses que osen apartarse de su
hogar un negro de ua, al menos en los diez primeros aos de matrimonio.

_Marzo, 1881_

Recurdese la fecha de este Prefacio.





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