The Project Gutenberg EBook of Cdiz, by Benito Prez Galds

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Title: Cdiz

Author: Benito Prez Galds

Release Date: June 23, 2007 [EBook #21906]

Language: Spanish

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Cdiz

Benito Prez Galds

1878




I


En una maana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla,
donde estaba de guarnicin, para ir a Cdiz, obedeciendo a un aviso tan
discreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El da
era hermoso, claro y alegre cual de Andaluca, y recorr con otros
compaeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban,
el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha de
estar separado de Cdiz; examinamos al paso las obras admirables de
Torregorda, la Cortadura y Puntales, charlamos con los frailes y
personas graves que trabajaban en las fortificaciones; disputamos sobre
si se perciban claramente o no las posiciones de los franceses al otro
lado de la baha; echamos unas caas en el fign de Poenco, junto a la
Puerta de Tierra, y finalmente, nos separamos en la plaza de San Juan de
Dios, para marchar cada cual a su destino. Repito que era en Febrero, y
aunque no puedo precisar el da, s afirmo que corran los principios de
dicho mes, pues an estaba calentita la famosa respuesta: La ciudad de
Cdiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que al
seor D. Femando VII. 6 de Febrero de 1810.

Cuando llegu a la calle de la Vernica, y a la casa de doa Flora, esta
me dijo:

--Cun impaciente est la seora condesa, caballerito, y cmo se conoce
que se ha distrado usted mirando a las majas que van a alborotar a casa
del seor Poenco en Puerta de Tierra!

--Seora--le respond--juro a usted que fuera de Pepa Hgados, la
Churriana, y Mara de las Nieves, la de Sevilla, no haba moza alguna en
casa de Poenco. Tambin pongo a Dios por testigo de que no nos detuvimos
ms que una hora y esto porque no nos llamaran descorteses y malos
caballeros.

--Me gusta la frescura con que lo dice--exclam con enfado doa Flora--.
Caballerito, la condesa y yo estamos muy incomodadas con usted, s
seor. Desde el mes pasado en que mi amiga acert a recoger en el Puerto
esta oveja descarriada, no ha venido usted a visitarnos ms que dos o
tres veces, prefiriendo en sus horas de vagar y esparcimiento la
compaa de soldados y mozas alegres, al trato de personas graves y
delicadas que tan necesario es a un jovenzuelo sin experiencia. Qu
sera de ti--aadi reblandecida de improviso y en tono de confianza--,
tierna criatura lanzada en tan temprana edad a los torbellinos del
mundo, si nosotras, compadecidas de tu orfandad, no te agasajramos y
cuidramos, fortalecindote a la vez el cuerpecito con sanos y gustosos
platos, el alma con sabios consejos! Desgraciado nio... Vaya se
acabaron los regaos, picarillo. Ests perdonado; desde hoy se acab el
mirar a esas desvergonzadas muchachuelas que van a casa de Poenco y
comprenders todo lo que vale un trato honesto y circunspecto con
personas de peso y suposicin. Vamos, dime lo que quieres almorzar. Te
quedars aqu hasta maana? Tienes alguna herida, contusin o rasguo,
para currtelo en seguida? Si quieres dormir, ya sabes que junto a mi
cuarto hay una alcobita muy linda.

Diciendo esto, doa Flora desarrollaba ante mis ojos en toda su
magnificencia y extensin el panorama de gestos, guios, saladas muecas,
graciosos mohnes, arqueos de ceja, repulgos de labios y dems signos
del lenguaje mudo que en su arrebolado y con cien menjurjes albardado
rostro serva para dar mayor fuerza a la palabra. Luego que le di mis
excusas, dichas mitad en serio mitad en broma, comenz a dictar rdenes
severas para la obra de mi almuerzo, atronando la casa, y a este punto
sali conteniendo la risa la seora condesa que haba odo la anterior
retahla.

--Tiene razn--me dijo despus que nos saludamos--; el Sr. D. Gabriel es
un chiquilicuatro sin fundamento, y mi amiga hara muy bien en ponerle
una calza al pie. Qu es eso de mirar a las chicas bonitas? Hase visto
mayor desvergenza? Un barbilindo que debiera estar en la escuela o
cosido a las faldas de alguna persona sentada y de libras que fuera un
almacn de buenos consejos... cmo se entiende? Doa Flora, sintele
usted la mano, dirija su corazn por el camino de los sentimientos
circunspectos y solemnes, e infndale el respeto que todo caballero debe
tener a los venerandos monumentos de la antigedad.

Mientras esto deca, doa Flora haba trado luengas piezas de damasco
amarillo y rojo y ayudada de su doncella empez a cortar unas como
dalmticas o jubones a la antigua, que luego ribeteaban con galn de
plata. Como era tan presumida y extravagante en su vestir, cre que doa
Flora preparaba para su propio cuerpo aquellas vestimentas; pero luego
conoc, viendo su gran nmero, que eran prendas de comparsa de teatro,
cabalgata o cosa de este jaez.

--Qu holgazana est usted, seora condesa!--dijo doa Flora--, y cmo
teniendo tan buena mano para la aguja no me ayuda a hilvanar estos
uniformes para la <i>Cruzada del Obispado de Cdiz</i>, que va a ser el
terror de la Francia y del Rey Jos?

--Yo no trabajo en mojigangas, amiguita--repuso mi antigua ama--y de
picarme las manos con la aguja, prefiero ocuparme, como me ocupo, en la
ropa de esos pobrecitos soldados que han venido con Alburquerque de
Extremadura, tan destrozados y astrosos que da lstima verlos. Estos y
otros como estos, amiga doa Flora, echarn a los franceses, si es que
les echan, que no los monigotes de la Cruzada, con su D. Pedro del
Congosto a la cabeza, el ms loco entre todos los locos de esta tierra,
con perdn sea dicho de la que es su tiernsima Filis.

--Niita ma, no diga usted tales cosas delante de este joven sin
experiencia--indic con mal disimulada satisfaccin doa Flora--; pues
podra creer que el ilustre jefe de la Cruzada, para quien doy estos
puntos y comas, ha tenido conmigo ms relaciones que la de una aficin
pursima y jams manchadas con nada de aquello que D. Quijote llamaba
<i>incitativo melindre</i>. Conociome el Sr. D. Pedro en Vejer en casa de mi
primo D. Alonso y desde entonces se prend de m de tal modo, que no ha
vuelto a encontrar en toda la Andaluca mujer que le interesara. Ha sido
desde entonces ac su devocin para m cada vez ms fina, espiritada y
sublime, en tales trminos que jams me lo ha manifestado sino en
palabras respetuossimas, temiendo ofenderme; y en los aos que nos
conocemos ni una sola vez me ha tocado las puntas de los dedos. Mucho ha
picoteado por ah la gente suponindonos inclinados a contraer
matrimonio; pero sobre que yo he aborrecido siempre todo lo que sea obra
de varn, el seor D. Pedro se pone encendido como la grana cuando tal
le dicen, porque ve en esas habladuras una ofensa directa a su pudor y
al mo.

--No es tampoco D. Pedro--dijo Amaranta riendo--con sus sesenta aos a
la espalda, hombre a propsito para una mujer fresca y lozana como
usted, amiga ma. Y ya que de esto se trata, aunque le parezcan
irrespetuosas y tal vez impdicas mis palabras, usted debiera
apresurarse a tomar estado para no dejar que se extinga tan buena casta
como es la de los Gutirrez de Cisniega; y de hacerlo, debe buscar varn
a propsito, no por cierto un jamelgo empedernido y seco como D. Pedro,
sino un cachorro tiernecito que alegre la casa, un joven, pongo por
caso, como este Gabriel, que nos est oyendo, el cual se dara por muy
bien servido, si lograra llevar a sus hombros carga tan dulce como
usted.

Yo, que almorzaba durante este gracioso dilogo, no pude menos de
manifestarme conforme en todo y por todo con las indicaciones de
Amaranta; y doa Flora sirvindome con singular finura y amabilidad,
habl as:

--Jess, amiga, qu malas cosas ensea usted a este pobrecito nio, que
tiene la suerte de no saber todava ms que la tctica de cuatro en
fondo. A qu viene el levantarle los cascos con...? Gabriel, no hagas
caso. Cuidado con que te desmandes, y mal instruido por esta pcara
condesa, vayas ahora a deshacerte en requiebros, y desbaratarte en
suspiros y fundirte en lgrimas... Los nios a la escuela. Qu cosas
tiene esta Amaranta! Criatura, acaso el muchacho es de bronce?... Su
suerte consiste en que da con personas de tan buena pasta como yo, que
s comprender los desvaros propios de la juventud, y estoy prevenida
contra los vehementes arrebatos lo mismo que contra los lazos del
enemigo. Calma y sosiego, Gabriel, y esperar con paciencia la suerte que
Dios destina a las criaturas. Esperar s, pero sin fogosidades, sin
exaltaciones, sin locuras juveniles, pues nada sienta tan bien a un
joven delicado y caballeroso, como la circunspeccin. Y si no aprende de
ese Sr. D. Pedro del Congosto, aprende de l; mrate en el espejo de su
respetuosidad, de su severidad, de su aplomo, de su impasible y jams
turbado platonismo; observa cmo enfrena sus pasiones; como enfra el
ardor de los pensamientos con la estudiada urbanidad de las palabras;
cmo reconcentra en la idea su aficin y pone freno a las manos y
mordaza a la lengua y cadenas al corazn que quiere saltrsele del
pecho.

Amaranta y yo hacamos esfuerzos por contener la risa. De pronto oyose
ruido de pasos, y la doncella entr a anunciar la visita de un
caballero.

--Es el ingls--dijo Amaranta--. Corra usted a recibirle.

--Al instante voy, amiga ma. Ver si puedo averiguar algo de lo que
usted desea.

Nos quedamos solos la condesa y yo por largo rato, pudiendo sin testigos
hablar tranquilamente lo que ver el lector a continuacin si tiene
paciencia.




II


--Gabriel--me dijo--, te he llamado para decirte que ayer, en una
embarcacin pequea, venida de Cartagena, ha llegado a Cdiz el sin par
D. Diego, conde de Rumblar, hijo de nuestra parienta, la monumental y
grandiosa seora doa Mara.

--Ya sospechaba--respond--que ese perdido recalara por aqu. No trae
en su compaa a un majo de las Vistillas o a algn cortesano de los de
la tertulia del Sr. Mano de Mortero?

--No s si viene solo o trae corte. Lo que s es que su mam ha recibido
mucho gusto con la inesperada aparicin del nio, y que mi ta, ya sea
por mortificarme, ya porque realmente haya encontrado variacin en el
joven, ha dicho ayer delante de toda la familia: Si el seor conde se
porta bien y es hombre formal, obtendr nuestros parabienes y se har
acreedor a la ms dulce recompensa que pueden ofrecerle dos familias
deseosas de formar una sola.

--Seora condesa, yo a ser usted me reira de don Diego y de las
mortificaciones de cuantas marquesas impertinentes peinan canas y
guardan pergaminos en el mundo.

--Ah, Gabriel; eso puede decirse; pero si t comprendieras bien lo que
me pasa!--exclam con pena--. Creers que se han empeado en que mi hija
no me tenga amor ni cario alguno? Para conseguirlo han principiado por
apartarla perpetuamente de m. Desde hace algunos das han resuelto
terminantemente que no venga a las tertulias de esta casa, y tampoco me
reciben a m en la suya. De este modo, mi hija concluir por no amarme.
La infeliz no tiene culpa de esto, ignora que soy su madre, me ve poco,
las oye a ellas con ms frecuencia que a m... Sabe Dios lo que le
dirn para que me aborrezca! Di si no es esto peor que cuantos castigos
pueden padecerse en el mundo; di si no tengo razn para estar muerta de
celos, s, y los peores, los ms dolorosos y desesperantes que pueden
desgarrar el corazn de una mujer. Al ver que personas egostas quieren
arrebatarme lo que es mo, y privarme del nico consuelo de mi vida, me
siento tan rabiosa, que sera capaz de acciones indignas de mi categora
y de mi nombre.

--No me parece la situacin de usted--le dije--ni tan triste ni tan
desesperada como la ha pintado. Usted puede reclamar a su hija,
llevndosela para siempre consigo.

--Eso es difcil, muy difcil. No ves que aparentemente y segn la ley
carezco de derechos para reclamarla y traerla a mi lado? Me han jurado
una guerra a muerte. Han hecho los imposibles por desterrarme, no
vacilando hasta en denunciarme como afrancesada. Hace poco, como sabes,
proyectaron marcharse a Portugal sin darme noticia de ello, y si lo
imped presentndome aquella noche en tu compaa, me fue preciso
amenazar con un gran escndalo para obligarlas a que se detuvieran. La
de Rumblar me cobr un aborrecimiento profundo, desde que supo mi
oposicin a que Ins se desposase con el tunantuelo de su hijo. Mi ta
con su idea del decoro de la casa y de la honra de la familia me
mortifica ms que la otra con su enojo, que tiene por mvil una
desmedida avaricia. Si me encontrara en Madrid, donde mis muchas
relaciones me ofrecen abundantes recursos para todo, tal vez vencera
estos y otros mayores obstculos; pero nos hallamos en Cdiz, en una
plaza que casi est rigurosamente sitiada, donde tengo pocos amigos,
mientras que mi ta y la de Rumblar, por su exagerado espaolismo
cuentan con el favor de todas las personas de poder. Suponte que me
obliguen a embarcarme, que me destierren, que durante mi forzada
ausencia engaen a la pobre muchacha y la casen contra su voluntad;
figrate que esto suceda, y...

--Oh!, seora--exclam con vehemencia--eso no suceder mientras usted y
yo vivamos para impedirlo. Hablemos a Ins, revelmosle lo que ya
debiera saber...

--Dselo t, si te atreves...

--Pues no me he de atrever?...

--Debo advertirte otra cosa que ignoras, Gabriel; una cosa que tal vez
te cause tristeza; pero que debes saber... T crees conservar sobre
ella el ascendiente que tuviste hace algn tiempo y que conservaste aun
despus de haber mudado tan bruscamente de fortuna?

--Seora--repuse--, no puedo concebir que haya perdido ese ascendiente.
Perdneseme la vanidad.

--Desgraciado muchacho!--me dijo en tono de dulce compasin--. La vida
consiste en mil mudanzas dolorosas, y el que confa en la perpetuidad de
los sentimientos que le halagan, es como el iluso que viendo las nubes
en el horizonte, las cree montaas, hasta que un rayo de luz las
desfigura o un soplo de viento las desbarata. Hace dos aos, mi hija y
t erais dos nios desvalidos y abandonados. El apartamiento en que
vivais y la comn desgracia, aumentando la natural inclinacin,
hicieron que os amarais. Despus todo cambi. Para qu repetir lo que
sabes tan bien? Ins en su nueva posicin no quiso olvidar al fiel
compaero de su infortunio. Hermoso sentimiento que nadie ms que yo
supo apreciar en su valor! Aprovechndome de l, casi llegu hasta
tolerarle y autorizarle, impulsada por el despecho y por mortificar a mi
orgullosa parienta; pero yo saba que aquella corazonada infantil
concluira con el tiempo y la distancia, como en efecto ha concluido.

O con estupor las palabras de la condesa, que iban esparciendo densas
oscuridades delante de mis ojos. Pero la razn me indicaba que no deba
dar entero crdito a las palabras de mujer tan experta en ingeniosos
engaos, y esper aparentando conformarme con su opinin y mi desaire.

--Te acuerdas de la noche en que nos presentamos aqu viniendo del
Puerto de Santa Mara? En esta misma sala nos recibi doa Flora.
Llamamos a Ins, te vio, le hablaste. La pobrecita estaba tan turbada
que no acert a contestar derechamente a lo que le dijiste.
Indudablemente te conserva un noble y fraternal afecto; pero nada ms.
No lo comprendiste? No se ofreci a tus ojos o a tus odos algn dato
para conocer que ya Ins no te ama?

--Seora--respond con perplejidad--, aquel instante fue tan breve y
usted me suplic con tanta precipitacin que saliese de la casa, que
nada observ que me disgustara.

--Pues s, puedes creerlo. Yo s que Ins no te ama ya--afirm con una
entereza tal que se me hizo aborrecible en un momento mi hermosa
interlocutora.

--Lo sabe usted?

--Yo lo s.

--Tal vez se equivoque.

--No: Ins no te ama.

--Por qu?--pregunt bruscamente y con desabrimiento.

--Porque ama a otro--me respondi con calma.

--A otro!--exclam tan asombrado que por largo rato no me di cuenta de
lo que senta--. A otro! No puede ser, seora condesa. Y quin es ese
otro? Sepmoslo.

Diciendo esto, en mi interior se retorcan dolorosamente unas como
culebras, que me estrujaban el corazn mordindolo y apretndolo con
estrechos nudos. Yo quera aparentar serenidad; pero mis palabras
balbucientes y cierta invencible sofocacin de mi aliento descubran la
flaqueza de mi espritu cado desde la cumbre de su mayor orgullo.

--Quieres saberlo? Pues te lo dir. Es un ingls.

--Ese?--pregunt con sobresalto sealando hacia la sala donde resonaba
lejanamente el eco de las voces de doa Flora y de su visitante.

--Ese mismo!

--Seora, no puede ser!, usted se equivoca--exclam sin poder contener
la fogosa clera que desarrollndose en m como sbito incendio, no
admita razn que la refrenara, ni urbanidad que la reprimiera--. Usted
se burla de m; usted me humilla y me pisotea como siempre lo ha hecho.

--Qu furioso te has puesto--me dijo sonriendo--. Clmate y no seas
loco.

--Perdneme usted si la he ofendido con mi brusca respuesta--dije
reponindome--; pero yo no puedo creer eso que he odo. Todo cuanto hay
en m que hable y palpite con seales de vida, protesta contra tal idea.
Si ella misma me lo dice, lo creer; de otro modo no. Soy un ciego
estpido tal vez, seora ma, pero yo detesto la luz que pueda hacerme
ver la soledad espantosa que usted quiere ponerme delante. Pero no me ha
dicho usted quin es ese ingls ni en qu se funda para pensar...

--Ese ingls vino aqu hace seis meses, acompaando a otro que se llama
lord Byron, el cual parti para Levante al poco tiempo. Este que aqu
est, se llama lord Gray. Quieres saber ms? Quieres saber en qu me
fundo para pensar que Ins le ama? Hay mil indicios que ni engaan ni
pueden engaar a una mujer experimentada como yo. Y eso te asombra?
Eres un mozo sin experiencia, y crees que el mundo se ha hecho para tu
regalo y satisfaccin. Es todo lo contrario, nio. En qu te fundabas
para esperar que Ins estuviera querindote toda la vida, luchando con
la ausencia, que en esta edad es lo mismo que el olvido? Pues no pedas
poco en verdad! Sabes que eres modestito? Que pasaran aos y ms aos,
y ella siempre querindote... Vamos, pide por esa boca. Es preciso que
te acostumbres a creer que hay adems de ti, otros hombres en el mundo,
y que las muchachas tienen ojos para ver y odos para escuchar.

Con estas palabras que encerraban profunda verdad, la condesa me estaba
matando. Parecame que mi alma era una hermosa tela, y que ella con sus
finas tijeras me la estaba cortando en pedacitos para arrojarla al
viento.

--Pues s. Ha pasado mucho tiempo--continu--. Ese ingls se apareci en
Cdiz; nos visit. Visita hoy con mucha frecuencia la otra casa, y en
ella es amado... Esto te parece increble, absurdo. Pues es la cosa ms
sencilla del mundo. Tambin creers que el ingls es un hombre
antiptico, desabrido, brusco, colorado, tieso y borracho como algunos
que viste y trataste en la plaza de San Juan de Dios cuando eras nio.
No: lord Gray es un hombre finsimo, de hermosa presencia y vasta
instruccin. Pertenece a una de las mejores familias de Inglaterra, y es
ms rico que un perulero... Ya... t creste que estas y otras
eminentes cualidades nadie las posea ms que el Sr. D. Gabriel de
Tres-al-Cuarto! Lucido ests... Pues oye otra cosa.

Lord Gray cautiva a las muchachas con su amena conversacin. Figrate,
que con ser tan joven, ha tenido ya tiempo para viajar por toda el Asia
y parte de Amrica. Sus conocimientos son inmensos; las noticias que da
de los muchos y diversos pueblos que ha visto, curiossimas. Es hombre
adems de extraordinario valor; hase visto en mil peligros luchando con
la naturaleza y con los hombres, y cuando los relata con tanta
elocuencia como modestia, procurando rebajar su propio mrito y
disimular su arrojo, los que le oyen no pueden contener el llanto. Tiene
un gran libro lleno de dibujos, representando paisajes, ruinas, trajes,
tipos, edificios que ha pintado en esas lejanas tierras; y en varias
hojas ha escrito en verso y prosa mil hermosos pensamientos,
observaciones y descripciones llenas de grandiosa y elocuente poesa.
Comprendes que pueda y sepa hacerse amar? Llega a la tertulia, las
muchachas le rodean; l les cuenta sus viajes con tanta verdad y
animacin, que vemos las grandes montaas, los inmensos ros, los
enormes rboles de Asia, los bosques llenos de peligros; vemos al
intrpido europeo defendindose del len que le asalta, del tigre que le
acecha; nos describe luego las tempestades del mar de la China, con
aquellos vientos que arrastran como pluma la embarcacin, y le vemos
salvndose de la muerte por un esfuerzo de su naturaleza gil y
poderosa; nos describe los desiertos de Egipto, con sus noches claras
como el da, con las pirmides, los templos derribados, el Nilo y los
pobres rabes que arrastran miserable vida en aquellas soledades; nos
pinta luego los lugares santos de Jerusaln y Beln, el sepulcro del
Seor, hablndonos de los millares de peregrinos que le visitan, de los
buenos frailes que dan hospitalidad al europeo; nos dice cmo son los
olivares a cuya sombra oraba el Seor cuando fue Judas con los soldados
a prenderle, y nos refiere punto por punto cmo es el monte Calvario y
el sitio donde levantaron la santa Cruz.

Despus nos habla de la incomparable Venecia, ciudad fabricada dentro
del mar, de tal modo, que las calles son de agua y los coches unas
lanchitas que llaman gndolas; y all se pasean de noche los amantes,
solos en aquella serena laguna, sin ruido y sin testigos. Tambin ha
visitado la Amrica, donde hay unos salvajes muy mansos que agasajan a
los viajeros, y donde los ros, grandsimos como todo lo de aquel pas,
se precipitan desde lo alto de una roca formando lo que llaman
cataratas, es decir, un salto de agua como si medio mar se arrojase
sobre el otro medio, formando mundos de espuma y un ruido que se oye a
muchsimas leguas de distancia. Todo lo relata, todo lo pinta con tan
vivos colores, que parece que lo estamos viendo. Cuenta sus acciones
heroicas sin fanfarronera, y jams ha mortificado el orgullo de los
hombres que le oyen con tanta atencin, si no con tanta complacencia
como las mujeres.

Ahora bien, Gabriel, desgraciado joven, por lo que digo comprendes que
ese ingls tiene atractivos suficientes para cautivar a una muchacha de
tanta sensibilidad como imaginacin, que instintivamente vuelve los ojos
hacia todo lo que se distingue del vulgo enfatuado? Adems, lord Gray es
riqusimo, y aunque las riquezas no bastan a suplir en los hombres la
falta de ciertas cualidades, cuando estas se poseen, las riquezas las
avaloran y realzan ms. Lord Gray viste elegantemente; gasta con
profusin en su persona y en obsequiar dignamente a sus amigos, y su
esplendidez no es el derroche del joven calavera y voluntarioso, sino la
gala y generosidad del rico de alta cuna, que emplea sabiamente su
dinero en alegrar la existencia de cuantos le rodean. Es galante sin
afectacin, y ms bien serio que jovial.

Ay, pobrecito! Lo comprendes ahora? Llegars a entender que hay en
el mundo alguien que puede ponerse en parangn con el Sr. D. Gabriel
Tres-al-Cuarto? Reflexiona bien, hijo; reflexiona bien quin eres t. Un
buen muchacho y nada ms. Excelente corazn, despejo natural, y aqu paz
y despus gloria. En punto a posicin oficialito del ejrcito... bien
ganado, eso s... pero qu vale eso? Figura... no mala; conversacin,
tolerable; nacimiento humildsimo, aunque bien pudieras figurarlo como
de los ms alcurniados y coruscantes. Valor, no lo negar; al contrario,
creo que lo tienes en alto grado, pero sin brillo ni lucimiento.
Literatura, escasa... cortesa, buena... Pero, hijo, a pesar de tus
mritos, que son muchos, dada tu pobreza y humildad, insistirs en
hacerte indestronable, como se lo crey el buen D. Carlos IV que hered
la corona de su padre? No, Gabriel; ten calma y resgnate.

El efecto que me caus la relacin de mi antigua ama fue terrible.
Figrense ustedes cmo me habra quedado yo, si Amaranta hubiera cogido
el pico de Mulhacn, es decir, el monte ms alto de Espaa... y me lo
hubiese echado encima.

Pues lo mismo, seores, lo mismo me qued.




III


Qu poda yo decir? Nada. Qu deba hacer? Callarme y sufrir. Pero el
hombre aplastado por cualquiera de las diversas montaas que le caen
encima en el mundo, aun cuando conozca que hay justicia y lgica en su
situacin, rara vez se conforma, y elevando las manecitas pugna por
quitarse de encima la colosal pea. No s si fue un sentimiento de noble
dignidad, o por el contrario un vano y pueril orgullo, lo que me impuls
a contestar con entereza, afectando no slo conformidad sino
indiferencia ante el golpe recibido.

--Seora condesa--dije--, comprendo mi inferioridad. Hace tiempo que
pensaba en esto, y nada me asombra. Realmente, seora, era un
atrevimiento que un pobretn como yo, que jams he estado en la India ni
he visto otras cataratas que las del Tajo en Aranjuez, tenga
pretensiones nada menos que de ser amado por una mujer de posicin. Los
que no somos nobles ni ricos, qu hemos de hacer ms que ofrecer
nuestro corazn a las fregatrices y damas del estropajo, no siempre con
la seguridad de que se dignen aceptarlo? Por eso nos llenamos de
resignacin, seora, y cuando recibimos golpes como el que usted se ha
servido darme, nos encogemos de hombros y decimos: paciencia. Luego
seguimos viviendo, y comemos y dormimos tan tranquilos... Es una
tontera morirse por quien tan pronto nos olvida.

--Ests hecho un basilisco de rabia--me dijo la condesa en tono de
burla--, y quieres aparecer tranquilo. Si despides fuego... toma mi
abanico y refrscate con l.

Antes que yo lo tomara, la condesa me dio aire con su abanico
precipitadamente. Sin ninguna gana me rea yo, y ella despus de un rato
de silencio, me habl as:

--Me falta decirte otra cosa que tal vez te disguste; pero es forzoso
tener paciencia. Es que estoy contenta de que mi hija corresponda al
amor del ingls.

--Lo creo seora--respond apretando con convulsa fuerza los dientes, ni
ms ni menos que si entre ellos tuviera toda la Gran Bretaa.

--S--prosigui--, todo suceso que me d esperanzas de ver a mi hija
fuera de la tutela y direccin de la marquesa y la condesa, es para m
lisonjero.

--Pero ese ingls ser protestante.

--S--repuso--, mas no quiero pensar en eso. Puede que se haga catlico.
De todos modos, ese es punto grave y delicado. Pero no reparo en nada.
Vea yo a mi hija libre, hllese en situacin tal que yo pueda verla,
hablarla como y cuando se me antoje, y lo dems... Cmo rabiara doa
Mara si llegara a comprender...! Mucho sigilo, Gabriel; cuento con tu
discrecin. Si lord Gray fuera catlico, no creo que mi ta se opusiera
a que se casase Ins con l. Ay!, luego nos marcharamos los tres a
Inglaterra, lejos, lejos de aqu, a un pas donde yo no viera pariente
de ninguna clase. Qu felicidad tan grande! Ay! Quisiera ser Papa para
permitir que una mujer catlica se casara con un hombre hereje.

--Creo que usted ver satisfechos sus deseos.

--Oh!, desconfo mucho. El ingls aparte de su gran mrito es bastante
raro. A nadie ha confiado el secreto de sus amores, y slo tenemos
noticias de l por indicios primero y despus por pruebas irrecusables
obtenidas mediante largo y minucioso espionaje.

--Ins lo habr revelado a usted.

--No, despus de esto, ni una sola vez he conseguido verla. Qu
desesperacin! Las tres muchachas no salen de casa, sino custodiadas por
la autoridad de doa Mara. Aqu doa Flora y yo hemos trabajado lo que
no es decible para que lord Gray se franquease con nosotras, y nos lo
revelara; pero es tan prudente y callado, que guarda su secreto como un
avaro su tesoro. Lo sabemos por las criadas, por la murmuracin de
algunas, muy pocas personas de las que van a la casa. No hay duda de que
es cierto, hijo mo. Ten resignacin y no nos des un disgusto. Cuidado
con el suicidio.

--Yo?--dije afectando indiferencia.

--Toma, toma aire, que te incendias por todos lados--me dijo agitando
delante de m su abanico--. Don Rodrigo en la horca no tiene ms orgullo
que este general en agraz.

Cuando esto deca, sent la voz de doa Flora y los pasos de un hombre.
Doa Flora dijo:

--Pase usted milord, que aqu est la condesa.

--Mrale... vers--me dijo Amaranta con crueldad--y juzgars por ti
mismo si la nia ha tenido mal gusto.

Entr doa Flora seguida del ingls. Este tena la ms hermosa figura de
hombre que he visto en mi vida. Era de alta estatura, con el color
blanqusimo pero tostado que abunda en los marinos y viajeros del Norte.
El cabello rubio, desordenadamente peinado y suelto segn el gusto de la
poca, le caa en bucles sobre el cuello. Su edad no pareca exceder de
treinta o treinta y tres aos. Era grave y triste pero sin la pesadez
acartonada y tardanza de modales que suelen ser comunes en la gente
inglesa. Su rostro estaba bronceado, mejor dicho, dorado por el sol,
desde la mitad de la frente hasta el cuello, conservando en la huella
del sombrero y en la garganta una blancura como la de la ms pura y
delicada cera. Esmeradamente limpia de pelo la cara, su barba era como
la de una mujer, y sus facciones realzadas por la luz del Medioda
dbanle el aspecto de una hermosa estatua de cincelado oro. Yo he visto
en alguna parte un busto del Dios Brahma, que muchos aos despus me
hizo recordar a lord Gray.

Vesta con elegancia y cierta negligencia no estudiada, traje azul de
pao muy fino, medio oculto por una prenda que llamaban <i>sort</i>, y
llevaba sombrero redondo, de los primeros que empezaban a usarse.
Brillaban sobre su persona algunas joyas de valor, pues los hombres
entonces se ensortijaban ms que ahora, y luca adems los sellos de dos
relojes. Su figura en general era simptica. Yo le mir y observ
vidamente, buscndole imperfecciones por todos lados; pero ay!, no le
encontr ninguna. Mas me disgust orle hablar con rara correccin el
castellano, cuando yo esperaba que se expresase en trminos ridculos y
con yerros de los que desfiguran y afean el lenguaje; pero consolome la
esperanza de que soltase algunas tonteras. Sin embargo no dijo ninguna.

Entabl conversacin con Amaranta, procurando esquivar el tema que
impertinentemente haba tocado doa Flora al entrar.

--Querida amiga--dijo la vieja--, lord Gray nos va a contar algo de sus
amores en Cdiz, que es mejor tratado que el de los viajes por Asia y
frica.

Amaranta me present gravemente a l, dicindole que yo era un gran
militar, una especie de Julio Csar por la estrategia y un segundo Cid
por el valor; que haba hecho mi carrera de un modo gloriossimo, y que
haba estado en el sitio de Zaragoza, asombrando con mis hechos heroicos
a espaoles y franceses. El extranjero pareci or con suma complacencia
mi elogio, y me dijo despus de hacerme varias preguntas sobre la
guerra, que tendra grandsimo contento en ser mi amigo. Sus refinadas
cortesanas me tenan frita la sangre por la violencia y fingimiento con
que me vea precisado a responder a ellas. La maligna Amaranta rease a
hurtadillas de mi embarazo, y ms atizaba con sus artificiosas palabras
la inclinacin y repentino afecto del ingls hacia mi persona.

--Hoy--dijo lord Gray--hay en Cdiz gran cuestin entre espaoles e
ingleses.

--No saba nada--exclam Amaranta--. En esto ha venido a parar la
alianza?

--No ser nada, seora. Nosotros somos algo rudos, y los espaoles un
poco vanagloriosos y excesivamente confiados en sus propias fuerzas,
casi siempre con razn.

--Los franceses estn sobre Cdiz--dijo doa Flora--, y ahora salimos
con que no hay aqu bastante gente para defender la plaza.

--As parece. Pero Wellesley--aadi el ingls--ha pedido permiso a la
Junta para que desembarque la marinera de nuestros buques y defienda
algunos castillos.

--Que desembarquen; si vienen, que vengan--exclam Amaranta--. No crees
lo mismo, Gabriel?

--Esa es la cuestin que no se puede resolver--dijo lord Gray--, porque
las autoridades espaolas se oponen a que nuestra gente les ayude. Toda
persona que conozca la guerra ha de convenir conmigo en que los ingleses
deben desembarcar. Seguro estoy de que este seor militar que me oye es
de la misma opinin.

--Oh, no seor; precisamente soy de la opinin contraria--repuse con la
mayor viveza, anhelando que la disconformidad de pareceres alejase de m
la intolerable y odiossima amistad que quera manifestarme el ingls--.
Creo que las autoridades espaolas hacen bien en no consentir que
desembarquen los ingleses. En Cdiz hay guarnicin suficiente para
defender la plaza.

--Lo cree usted?--me pregunt.

--Lo creo--respond procurando quitar a mis palabras la dureza y
sequedad que quera infundirles el corazn--. Nosotros agradecemos el
auxilio que nos estn dando nuestros aliados, ms por odio al comn
enemigo que por amor a nosotros; esa es la verdad. Juntos pelean ambos
ejrcitos; pero si en las acciones campales es necesaria esta alianza,
porque carecemos de tropas regulares que oponer a las de Napolen, en la
defensa de plazas fuertes harto se ha probado que no necesitamos ayuda.
Adems, las plazas fuertes que como esta son al mismo tiempo magnficas
plazas comerciales, no deben entregarse nunca a un aliado por leal que
sea; y como los paisanos de usted son tan comerciantes, quizs gustaran
demasiado de esta ciudad, que no es ms que un buque anclado a vista de
tierra. Gibraltar casi nos est oyendo y lo puede decir.

Al decir esto, observaba atentamente al ingls, suponindole prximo a
dar rienda suelta al furor, provocado por mi irreverente censura; pero
con gran sorpresa ma, lejos de ver encendida en sus ojos la ira, not
en su sonrisa no slo benevolencia, sino conformidad con mis opiniones.

--Caballero--dijo tomndome la mano--, me permitir usted que le
importune repitindole que deseo mucho su amistad?

Yo estaba absorto, seores.

--Pero milord--pregunt doa Flora--; en qu consiste que aborrece
usted tanto a sus paisanos?

--Seora--dijo lord Gray--, desgraciadamente he nacido con un carcter
que si en algunos puntos concuerda con el de la generalidad de mis
compatriotas, en otros es tan diferente como lo es un griego de un
noruego. Aborrezco el comercio, aborrezco a Londres, mostrador
nauseabundo de las drogas de todo el mundo; y cuando oigo decir que
todas las altas instituciones de la vieja Inglaterra, el rgimen
colonial y nuestra gran marina tienen por objeto el sostenimiento del
comercio y la proteccin de la srdida avaricia de los negociantes que
baan sus cabezas redondas como quesos con el agua negra del Tmesis,
siento un crispamiento de nervios insoportable y me avergenzo de ser
ingls.

El carcter ingls es egosta, seco, duro como el bronce, formado en el
ejrcito del clculo y refractario a la poesa. La imaginacin es en
aquellas cabezas una cavidad lbrega y fra donde jams entra un rayo de
luz ni resuena un eco melodioso. No comprenden nada que no sea una
cuenta, y al que les hable de otra cosa que del precio del camo, le
llaman mala cabeza, holgazn y enemigo de la prosperidad de su pas. Se
precian mucho de su libertad, pero no les importa que haya millones de
esclavos en las colonias. Quieren que el pabelln ingls ondee en todos
los mares, cuidndose mucho de que sea respetado; pero siempre que
hablan de la dignidad nacional, debe entenderse que la quincalla inglesa
es la mejor del mundo. Cuando sale una expedicin diciendo que va a
vengar un agravio inferido al orgulloso leopardo, es que se quiere
castigar a un pueblo asitico o africano que no compra bastante trapo de
algodn.

--Jess, Mara y Jos!--exclam horrorizada doa Flora--. No puedo or a
un hombre de tanto talento como milord hablando as de sus compatriotas.

--Siempre he dicho lo mismo, seora--prosigui lord Gray--, y no ceso de
repetirlo a mis paisanos. Y no digo nada cuando quieren echrsela de
guerreros y dan al viento el estandarte con el gato monts que ellos
llaman leopardo. Aqu en Espaa me ha llenado de asombro el ver que mis
paisanos han ganado batallas. Cuando los comerciantes y mercachifles de
Londres sepan por las <i>Gacetas</i> que los ingleses han dado batallas y las
han ganado, bufarn de orgullo creyndose dueos de la tierra como lo
son del mar, y empezarn a tomar la medida del planeta para hacerle un
gorro de algodn que lo cubra todo. As son mis paisanos, seoras. Desde
que este caballero evoc el recuerdo de Gibraltar, traidoramente ocupado
para convertirle en almacn de contrabando, vinieron a mi mente estas
ideas, y concluyo modificando mi primera opinin respecto al desembarco
de los ingleses en Cdiz. Seor oficial, opino como usted: que se queden
en los barcos.

--Celebro que al fin concuerden sus ideas con las mas, milord--dije
creyendo haber encontrado la mejor coyuntura para chocar con aquel
hombre que me era, sin poderlo remediar, tan aborrecible--. Es cierto
que los ingleses son comerciantes, egostas, interesados, prosaicos;
pero es natural que esto lo diga exagerndolo hasta lo sumo un hombre
que ha nacido de mujer inglesa y en tierra inglesa? He odo hablar de
hombres que en momentos de extravo o despecho han hecho traicin a su
patria; pero esos mismos que por inters la vendieron, jams la
denigraron en presencia de personas extraas. De buenos hijos es ocultar
los defectos de sus padres.

--No es lo mismo--dijo el ingls--. Yo concepto ms compatriota mo a
cualquier espaol, italiano, griego o francs que muestre aficiones
iguales a las mas, sepa interpretar mis sentimientos y corresponder a
ellos, que a un ingls spero, seco y con un alma sorda a todo rumor que
no sea el son del oro contra la plata, y de la plata contra el cobre.
Qu me importa que ese hombre hable mi lengua, si por ms que charlemos
l y yo no podemos comprendernos? Qu me importa que hayamos nacido en
un mismo suelo, quizs en una misma calle, si entre los dos hay
distancias ms enormes que las que separan un polo de otro?

--La patria, seor ingls, es la madre comn, que lo mismo cra y
agasaja al hijo deforme y feo que al hermoso y robusto. Olvidarla es de
ingratos; pero menospreciarla en pblico indica sentimientos quizs
peores que la ingratitud.

--Esos sentimientos, peores que la ingratitud, los tengo yo, segn
usted--dijo el ingls.

--Antes que pregonar delante de extranjeros los defectos de mis
compatriotas, me arrancara la lengua--afirm con energa, esperando por
momentos la explosin de la clera de lord Gray.

Pero este, tan sereno cual si se oyese nombrar en los trminos ms
lisonjeros, me dirigi con gravedad las siguientes palabras:

--Caballero, el carcter de usted y la viveza y espontaneidad de sus
contradicciones y rplicas, me seducen de tal manera, que me siento
inclinado hacia usted, no ya por la simpata, sino por un afecto
profundo.

Amaranta y doa Flora no estaban menos asombradas que yo.

--No acostumbro tolerar que nadie se burle de m, milord--dije, creyendo
efectivamente que era objeto de burlas.

--Caballero--repuso framente el ingls--, no tardar en probar a usted
que una extraordinaria conformidad entre su carcter y el mo ha
engendrado en m vivsimo deseo de entablar con usted sincera amistad.
igame usted un momento. Uno de los principales martirios de mi vida, el
mayor quizs, es la vana aquiescencia con que se doblegan ante m todas
las personas que trato. No s si consistir en mi posicin o en mis
grandes riquezas; pero es lo cierto que en donde quiera que me presento,
no hallo sino personas que me enfadan con sus degradantes cumplidos.
Apenas me permito expresar una opinin cualquiera, todos los que me oyen
aseguran ser de igual modo de pensar. Precisamente mi carcter ama la
controversia y las disputas. Cuando vine a Espaa, hcelo con la ilusin
de encontrar aqu gran nmero de gente pendenciera, ruda y primitiva,
hombres de corazn borrascoso y apasionado, no embadurnados con el vano
charol de la cortesana.

Mi sorpresa fue grande al encontrarme atendido y agasajado, cual lo
pudiera estar en Londres, sin hallar obstculos a la satisfaccin de mi
voluntad, en medio de una vida montona, regular, acompasada, no
expuesto a sensaciones terribles, ni a choques violentos con hombres ni
con cosas, mimado, obsequiado, adulado... Oh, amigo mo! Nada aborrezco
tanto como la adulacin. El que me adula es mi irreconciliable enemigo.
Yo gozo extraordinariamente al ver frente a m los caracteres altivos,
que no se doblegan sonriendo cobardemente ante una palabra ma; gusto de
ver bullir la sangre impetuosa del que no quiere ser domado ni aun por
el pensamiento de otro hombre; me cautivan los que hacen alarde de una
independencia intransigente y enrgica, por lo cual asisto con jbilo a
la guerra de Espaa.

Pienso ahora internarme en el pas, y unirme a los guerrilleros. Esos
generales que no saben leer ni escribir, y que eran ayer arrieros,
taberneros y mozos de labranza, exaltan mi admiracin hasta lo sumo. He
estado en academias militares y aborrezco a los pedantes que han
prostituido y afeminado el arte salvaje de la guerra, reducindolo a
reglas necias, y decorndose a s mismos con plumas y colorines para
disimular su nulidad. Ha militado usted a las rdenes de algn
guerrillero? Conoce usted al Empecinado, a Mina, a Tabuenca, a Porlier?
Cmo son? Cmo visten? Se me figura ver en ellos a los hroes de
Atenas y del Lacio.

Amigo mo, si no recuerdo mal, la seora condesa dijo hace un momento
que usted deba sus rpidos adelantamientos en la carrera de las armas a
su propio mrito, pues sin el favor de nadie ha adquirido un honroso
puesto en la milicia. Oh, caballero!, usted me interesa vivamente,
usted ser mi amigo, quiralo o no. Adoro a los hombres que no han
recibido nada de la suerte ni de la cuna, y que luchan contra este
oleaje. Seremos muy amigos. Est usted de guarnicin en la Isla? Pues
venga a vivir a mi casa siempre que pase a Cdiz. En dnde reside usted
para ir a visitarle todos los das...?

Sin atreverme a rechazar tan vehementes pruebas de benevolencia, me
excus como pude.

--Hoy, caballero--aadi--es preciso que venga usted a comer conmigo. No
admito excusas. Seora condesa, usted me present a este caballero. Si
me desara, cuente usted como que ha recibido la ofensa.

--Creo--dijo la condesa--que ambos se congratularn bien pronto de haber
entablado amistad.

--Milord, estoy a la orden de usted--dije levantndome cuando l se
dispona a partir.

Y despus de despedirnos de las dos damas, sal con el ingls. Pareca
que me llevaba el demonio.




IV


Lord Gray viva cerca de las Barquillas de Lope. Su casa, demasiado
grande para un hombre solo, estaba en gran parte vaca. Servanle varios
criados, espaoles todos a excepcin del ayuda de cmara que era ingls.

Dbase trato de prncipe en la comida, y durante toda ella no tenan un
momento de sosiego los vasos, llenos con la mejor sangre de las cepas de
Montilla, Jerez y Sanlcar.

Durante la comida no hablamos ms que de la guerra, y despus, cuando
los generosos vinos de Andaluca hicieron su efecto en la insigne cabeza
del <i>mister</i>, se empe en darme algunas lecciones de esgrima. Era gran
tirador segn observ a los primeros golpes; y como yo no posea en tal
alto grado los secretos del arte y l no tena entonces en su cerebro
todo aquel buen asiento y equilibrio que indican una organizacin
educada en la sobriedad, jugaba con gran pesadez de brazo, hacindome
ms dao del que corresponda a un simple entretenimiento.

--Suplico a milord que no se entusiasme demasiado--dije conteniendo sus
bros--. Me ha desarmado ya repetidas veces para gozarse como un nio en
darme estocadas a fondo que no puedo parar. Ese botn est mal y puedo
ser atravesado fcilmente!

--As es como se aprende--repuso--. O no he de poder nada, o ser usted
un consumado tirador.

Despus que nos batimos a satisfaccin, y cuando se despejaron un tanto
las densas nubes que oscurecan y turbaban su entendimiento, me march a
la Isla, a donde me acompa deseoso, segn dijo, de visitar nuestro
campamento. En los das sucesivos casi ninguno dej de visitarme. Su
afectuosidad me contrariaba, y cuanto ms le aborreca, ms desarmaba l
mi clera a fuerza de atenciones. Mis respuestas bruscas, mi mal humor,
y la terquedad con que le rebata, lejos de enemistarle conmigo,
apretaban ms los lazos de aquella simpata que desde el primer da me
manifest; y al fin no puedo negar que me senta inclinado hacia hombre
tan raro, verificndose el fenmeno de considerar en l como dos
personas distintas y un solo lord Gray verdadero, dos personas, s, una
aborrecida y otra amada; pero de tal manera confundidas, que me era
imposible deslindar dnde empezaba el amigo y dnde acababa el rival.

rale sumamente agradable estar en mi compaa y en la de los dems
oficiales mis camaradas. Durante las operaciones nos segua armado de
fusil, sable y pistolas, y en los ratos de vagar iba con nosotros a los
ventorrillos de Cortadura o Matagorda, donde nos obsequiaba de un modo
esplndido con todo lo que podan dar de s aquellos establecimientos.
Ms de una vez se hizo acompaar al venir desde Cdiz por dos o tres
calesas cargadas con las ms ricas provisiones que por entonces traan
los buques ingleses y los costeros del Condado y Algeciras; y en cierta
ocasin en que no podamos salir de las trincheras del puente Suazo,
transport all con rapidez parecida a la de los tiempos que despus han
venido, al Sr. Poenco con toda su tienda y brtulos y squito mujeril y
guitarril, para improvisar una fiesta.

A los quince das de estos rumbos y generosidades no haba en la Isla
quien no conociese a lord Gray; y como entonces estbamos en buenas
relaciones con la Gran Bretaa, y se cantaba aquello de

        La trompeta de la Gloria
        dice al mundo <i>Velintn</i>...

(lo mismo que est escrito) nuestro <i>mister</i> era popularsimo en toda la
extensin que inunda con sus canales el cao de Sancti-Petri.

Su mayor confianza era conmigo; pero debo indicar aqu una
circunstancia, que a todos llamar la atencin, y es que aunque
repetidas veces procur sondear su nimo en el asunto que ms me
interesaba, jams pude conseguirlo. Hablbamos de amores, nombraba yo la
casa y la familia de Ins, y l, volvindose taciturno, mudaba la
conversacin. Sin embargo, yo saba que visitaba todas las noches a doa
Mara; pero su reserva en este punto era una reserva sepulcral. Slo una
vez dej traslucir algo y voy a decir cmo.

Durante muchos das estuve sin poder ir a Cdiz, a causa de las
ocupaciones del servicio, y esta esclavitud me daba tanto fastidio como
pesadumbre. Reciba algunas esquelas de la condesa suplicndome que
pasase a verla, y yo me desesperaba no pudiendo acudir. Al fin logr una
licencia a principios de Marzo y corr a Cdiz. Lord Gray y yo
atravesamos la Cortadura precisamente el da del furioso temporal que
por muchos aos dej memoria en los gaditanos de aquel tiempo. Las olas
de fuera, agitadas por el Levante, saltaban por encima del estrecho
istmo para abrazarse con las olas de la baha. Los bancos de arena eran
arrastrados y deshechos, desfigurando la angosta playa; el horroroso
viento se llevaba todo en sus alas veloces, y su ruido nos permita
formar idea de las mil trompetas del Juicio, tocadas por los ngeles de
la justicia. Veinte buques mercantes y algunos navos de guerra
espaoles e ingleses estrellronse aquel da contra la costa de
Poniente; y en el placer de Rota, la Puntilla y las rocas donde se
cimenta el castillo de Santa Catalina aparecieron luego muchos cadveres
y los despojos de los cascos rotos y de las jarcias y rboles deshechos.

Lord Gray, contemplando por el camino tan gran desolacin, el furor del
viento, los horrores del revuelto cielo, ora negro, ora iluminado por la
siniestra amarillez de los relmpagos, la agitacin de las olas verdosas
y turbias, en cuyas cspides, relucientes como filos de cuchillos, se
alcanzaban a ver restos de alguna nave que se hunda luego en los
cncavos senos para reaparecer despus; contemplando lord Gray, repito,
aquel desorden, no menos admirable que la armona de lo creado, aspiraba
con delicia el aire hmedo de la tempestad y me deca:

--Cun grato es a mi alma este espectculo! Mi vida se centuplica ante
esta fiesta sublime de la Naturaleza, y se regocija de haber salido de
la nada, tomando la execrable forma que hoy tiene. Para esto te han
criado oh mar! Escupe las naves comerciantes que te profanan, y prohbe
la entrada en tus dominios al srdido mercachifle, vido de oro,
saqueador de los pueblos inocentes que no se han corrompido todava y
adoran a Dios en el ara de los bosques. Este ruido de invisibles
montaas que ruedan por los espacios, chocndose y redondendose como
los guijos que arrastra un ro; estas lenguazas de fuego que lamen el
cielo y llegan a tocar el mar con sus afiladas puntas; este cielo que se
revuelca desesperado; este mar que anhela ser cielo, abandonando su
lecho eterno para volar; este hlito que nos arrastra, esta confusin
armoniosa, esta msica, amigo, y ritmo sublime que lo llena todo,
encontrando eco en nuestra alma, me extasan, me cautivan, y con fuerza
irresistible me arrastran a confundirme con lo que veo... Esta
alteracin se repite en mi alma; esta rabia y desesperado anhelo de
salir de su centro, propiedad es tambin de mi alma; este rumor, donde
caben todos los rumores de cielo y tierra, ha tiempo que tambin
ensordece mi alma; este delirio es mi delirio, y este afn con que
vuelan nubes y olas hacia un punto a que no llegan nunca, es mi propio
afn.

Yo pens que estaba loco, y cuando le vi bajar del calesn, acercarse a
la playa e internarse por ella hasta que el agua le cubri las botas,
corr tras l lleno de zozobra, temiendo que en su enajenacin se
arrojase, como haba dicho, en medio de las olas.

--Milord--le dije--volvmonos al coche, pues no hay para qu convertirse
ahora en ola ni nube, como usted desea, y sigamos hacia Cdiz, que para
agua bastante tenemos con la que llueve, y para viento, harto nos azota
por el camino.

Pero l no me haca caso, y empez a gritar en su lengua. El calesero,
que era muy pillo, hizo gestos significativos para indicar que lord Gray
haba abusado del Montilla; pero a m me constaba que no lo haba
probado aquel da.

--Quiero nadar--dijo lacnicamente lord Gray, haciendo ademn de
desnudarse.

Y al punto forcejeamos con l el calesero y yo, pues aunque sabamos que
era gran nadador, en aquel sitio y hora no habra vivido diez minutos
dentro del agua. Al fin le convencimos de su locura, hacindole volver a
la calesa.

--Contenta se pondra, milord, la seora de sus pensamientos si le viera
a usted con inclinaciones a matarse desde que suena un trueno.

Lord Gray rompi a rer jovialmente, y cambiando de aspecto y tono,
dijo:

--Calesero, apresura el paso, que deseo llegar pronto a Cdiz.

--El lamparn no quiere andar.

--Qu lamparn?

--El caballo. Le han salido callos en la jerrara. <i>Ay s!</i> Este
caballo es muy respetoso.

--Por qu?

--Muy respetoso con los amigos. Cuando se ve con Pelatas, se hacen
cortesas y se preguntan cmo ha ido de viaje.

--Quin es Pelatas?

--El violn del Sr. Poenco. <i>Ay s!</i> Si usted le dice a mi caballo:
vas a descansar en casa de Poenco, mientras tu amo come una aceituna y
bebe un par de copas, correr tanto, que tendremos que darle palos para
que pare, no sea que con la fuerza del golpe abra un boquete en la
muralla de Puerta Tierra.

Gray prometi al calesero refrescarle en casa de Poenco, y al or esto
pareca mentira!, el lamparn aviv el paso.

--Pronto llegaremos--dijo el ingls--. No s por qu el hombre no ha
inventado algo para correr tanto como el viento.

--En Cdiz le aguarda a usted una muchacha bonita. No una, muchas tal
vez.

--Una sola. Las dems no valen nada, seor de Araceli... Su alma es
grande como el mar. Nadie lo sabe ms que yo, porque en apariencia es
una florecita humilde que vive casi a escondidas dentro del jardn. Yo
la descubr y encontr en ella lo que hombre alguno no supo encontrar.
Para m solo, pues, relampaguean los rayos de sus ojos y braman las
tempestades de su pecho... Est rodeada de misterios encantadores, y las
imposibilidades que la cercan y guardan como crceles inaccesibles ms
estimulan mi amor... Separados nos oscurecemos; pero juntos llenamos
todo lo creado con las deslumbradoras claridades de nuestro pensamiento.

Si mi conciencia no dominara casi siempre en m los arrebatos de la
pasin, habra cogido a lord Gray y le habra arrojado al mar... Hcele
luego mil preguntas, di vueltas y giros sobre el mismo tema para
provocar su locuacidad; nombr a innumerables personas, pero no me fue
posible sacarle una palabra ms. Despus de dejarme entrever un rayo de
su felicidad, call y su boca cerrose como una tumba.

--Es usted feliz?--le dije al fin.

--En este momento s--respondi.

Sent de nuevo impulsos de arrojarle al mar.

--Lord Gray--exclam sbitamente--vamos a nadar?

--Oh! Qu es eso? Usted tambin?

--S, arrojmonos al agua! Me pasa a m algo de lo que a usted pasaba
antes. Se me ha antojado nadar.

--Est loco--contest riendo y abrazndome--. No, no permito yo que tan
buen amigo perezca por una temeridad. La vida es hermosa, y quien
pensase lo contrario, es un imbcil. Ya llegamos a Cdiz. To Hgados,
eche aceite a la lamparilla, que ya estamos cerca de la taberna de
Poenco.

Al anochecer llegamos a Cdiz. Lord Gray me llev a su casa, donde nos
mudamos de ropa, y cenamos despus. Debamos ir a la tertulia de doa
Flora, y mientras llegaba la hora, mi amigo, que quise que no, hubo de
darme nuevas lecciones de esgrima. Con estos juegos iba, sin pensarlo,
adiestrndome en un arte en el cual poco antes careca de habilidad
consumada, y aquella tarde tuve la suerte de probar la sabidura de mi
maestro dndole una estocada a fondo con tan buen empuje y limpieza, que
a no tener botn el estoque, hubiralo atravesado de parte a parte.

--Oh, amigo Araceli!--exclam lord Gray con asombro--. Usted adelanta
mucho. Tendremos aqu un espadachn temible. Luego, tira usted con mucha
rabia...

En efecto; yo tiraba con rabia, con verdadero afn de acribillarle.




V


Por la noche fuimos a casa de doa Flora; pero lord Gray, a poco de
llegar, despidiose diciendo que volvera. La sala estaba bien iluminada,
pero an no muy llena de gente, por ser temprano. En un gabinete
inmediato aguardaban las mesas de juego el dinero de los apasionados
tertuliantes, y ms adentro tres o cuatro desaforadas bandejas llenas de
dulces nos prometan agradable refrigerio para cuando todo acabase.
Haba pocas damas, por ser costumbre en los saraos de doa Flora que
descollasen los hombres, no acompaados por lo general ms que de una
media docena de beldades venerables del siglo anterior, que, cual
castillos gloriosos, pero ya intiles, no pretendan ser conquistables
ni conquistadas. Amaranta representaba sola la juventud unida a la
hermosura.

Saludaba yo a la condesa, cuando se me acerc doa Flora, y
pellizcndome bonitamente con todo disimulo el brazo por punto cercano
al codo, me dijo:

--Se est usted portando, caballerito. Casi un mes sin parecer por aqu.
Ya s que se divirti usted en el puente de Suazo con las buenas piezas
que llev all el Sr. Poenco hace ocho das... Bonita conducta! Yo
empeada en apartarle a usted del camino de la perdicin, y usted cada
vez ms inclinado a seguir por l... Ya se sabe que la juventud ha de
tener sus trapicheos; pero los muchachos decentes y bien nacidos
desfogan sus pasiones con compostura, antes buscando el trato honesto de
personas graves y juiciosas que el de la gentezuela maja y tabernaria.

La condesa afect estar conforme con la reprimenda y la repiti, dndola
ms fuerza con sus irnicos donaires. Despus, ablandndose doa Flora y
llevndome adentro, me dio a probar de unos dulces finsimos que no se
repartan sino entre los amigos de confianza. Cuando volvimos a la sala,
Amaranta me dijo:

--Desde que doa Mara y la marquesa decidieron que no viniera Ins,
parece que falta algo en esta tertulia.

--Aqu no hacen falta nias, y menos la condesa de Rumblar, que con sus
remilgos impeda toda diversin. Nadie se haba de acercar a la nia, ni
hablar con la nia, ni bailar con la nia, ni dar un dulce a la nia.
Dejmonos de nias: hombres, hombres quiero en mi tertulia; literatos
que lean versos, currutacos que sepan de corrido las modas de Pars,
diaristas que nos cuenten todo lo escrito en tres meses por las
<i>Gacetas</i> de Amberes, Londres, Augsburgo y Rotterdam; generales que nos
hablen de las batallas que se van a ganar; gente alegre que hable mal de
la regencia y critique la cosa pblica, ensayando discursos para cuando
se abran esas saladsimas Cortes que van a venir.

--Yo no creo que haya tales Cortes--dijo Amaranta--porque las Cortes no
son ms que una cosa de figurn, que hace el rey para cumplir un antiguo
uso. Como ahora estamos sin rey...

--Pues no ha de haber? Nada; vengan esas Cortes. Cortes nos han
prometido, y Cortes nos han de dar. Pues poco bonito ser este
espectculo. Como que es un conjunto de predicadores, y no baja de ocho
a diez sermones los que se oyen por da, todos sobre la cosa pblica,
amiga ma, y criticando, criticando, que es lo que a m me gusta.

--Habr Cortes--dije yo--porque en la Isla estn pintando y arreglando
el teatro para saln de sesiones.

--Pero es en un teatro? Yo pens que en una iglesia--dijo doa Flora.

--El estamento de prceres y clrigos se reunir en una iglesia--indic
Amaranta--y el de procuradores en un teatro.

--No, no hay ms que un estamento, seoras. Al principio se pens en
tres; pero ahora se ha visto que uno solo es ms sencillo.

--Ser el de la nobleza.

--No, hija, sern todos clrigos. Esto parece lo ms propio.

--No hay ms estamento que el de procuradores, en que entrarn todas las
clases de la sociedad.

--Y dices que estn pintando el teatro?

--S, seora. Le han puesto unas cenefas amarillas y encarnadas que
hacen una vista as como de escenario de titiriteros en feria... En fin,
monsimo.

--Para esta festividad quiere sin duda el Sr. D. Pedro los cincuenta
uniformes amarillos y encarnados que le estamos haciendo, todos
galoneados de plata y cortados en forma que llaman de espaola antigua.

--Me temo mucho--dijo Amaranta riendo--que D. Pedro y otros tan
extravagantes y locos como l, pongan en ridculo a Cortes y
procuradores, pues hay personas que convierten en mojiganga todo aquello
en que ponen la mano.

--Ya principia a venir gente. Aqu est Quintana. Tambin vienen Bea y
D. Pablo de Xrica.

Quintana salud a mis dos amigas. Yo le haba visto y odo hablar en
Madrid en las tertulias de las libreras, pero sin tener hasta entonces
el placer de tratar a poeta tan insigne. Su fama entonces era grande, y
entre los patriotas exaltados gozaba de mucha popularidad, conquistada
por sus artculos polticos y proclamas patriticas. Era de fisonoma
dura y basta, moreno, con vivos ojos y gruesos labios, signo claro esto,
as como su frente lobulosa, de la viril energa de su espritu. Rea
poco, y en sus ademanes y tono, lo mismo que en sus escritos, dominaba
la severidad. Tal vez esta severidad, ms que propia, fuera atribuida y
supuesta por los que conocan sus obras, pues en aquella poca ya haban
salido a luz las principales odas, las tragedias y algunas de las
<i>Vidas</i>; Pndaro, Tirteo y Plutarco a la vez, estaba orgulloso de su
papel, y este orgullo se le conoca en el trato.

Quintana era entusiasta de la causa espaola y liberal ardiente con
vislumbres de filsofo francs o ginebrino. Ms beneficios recibi de su
valiente pluma la causa liberal que de la espada de otros, y si la
defensa de ciertas ideas, que l enalteca con todas las galas del
estilo y todos los recursos de un talento superior y valiente cual
ninguno; si la defensa de ciertas ideas, repito, no hubiera corrido
despus por cuenta de otras manos y de grrulas plumas, diferente sera
hoy la suerte de Espaa.

Ms simptico en el trato que Quintana, por carecer de aquella
grandlocua y solemne severidad, era D. Francisco Martnez de la Rosa,
recin llegado entonces de Londres, y que no era clebre todava ms que
por su comedia <i>Lo que puede un empleo</i>, obra muy elogiada en aquellos
inocentes tiempos. Las gracias, la finura, la encantadora cortesa, la
amabilidad, el talento social sin afectacin, amaneramiento ni empalago,
nadie lo tena entonces, ni lo tuvo despus, como Martnez de la Rosa.
Pero hablo aqu de una persona a quien todos han conocido, y a quien
vida tan larga no imprimi gran mudanza en genio y figura. Lo mismo que
le vieron ustedes hacia 1857, salvo el detrimento de los aos, era
Martnez de la Rosa cuando joven. Si en sus ideas haba alguna
diferencia, no as en su carcter, que fue en la forma festivamente
afable hasta la vejez, y en el fondo grave, entero y formal desde la
juventud.

No s por qu me he ocupado aqu de este eminente hombre, pues la verdad
es que no concurri aquella noche a la tertulia de doa Flora, que estoy
con mucho gusto describiendo.

Fueron, s, como he dicho, Xrica y Bea, poetas menores de que me
acuerdo poco, sin duda porque su fama problemtica y la mediocridad de
su mrito hicieron que no fijase mucho en ellos la atencin. De quien me
acuerdo es de Arriaza, y no porque me fuera muy simptico, pues la
ndole adamada y aduladora de sus versos serios y la mordacidad de sus
stiras me hacan poca gracia, sino porque siempre le vi en todas
partes, en tertulias, cafs, libreras y reuniones de diversas clases.
Este lleg ms tarde a la tertulia.

Despus de los que he mencionado, vimos aparecer a un hombre como de
unos cincuenta aos, flaco, alto, desgarbado y tieso. Tena como D.
Quijote los bigotes negros, largos y cados, los brazos y piernas como
palitroques, el cuerpo enjutsimo, el color moreno, el pelo entrecano,
aguilea la nariz, los ojos ya dulces, ya fieros, segn a quien miraba,
y los ademanes un tanto embarazados y torpes. Pero lo ms singular de
aquel singularsimo hombre era su vestido, a la manera de los de
Carnaval, consistente en pantalones a la turquesca, atacados a la
rodilla, jubn amarillo y capa corta encarnada o herreruelo, calzas
negras, sombrero de plumas como el de los alguaciles de la plaza de
toros y en el cinto un tremendo chafarote, que iba golpeando en el
suelo, y haca con el ruido de las pisadas un comps triple, cual si el
personaje anduviese con tres pies.

Parecer a algunos que es invencin ma esto del figurn que pongo a los
ojos de mis lectores; pero abran la historia, y hallarn ms al vivo que
yo lo hago pintadas las hazaas de un personaje, a quien llamo D. Pedro,
para no ridiculizar como l lo hizo, un ttulo ilustre, que despus han
llevado personas muy cuerdas. S; vestido estaba como he pintado, y no
fue l solo quien dio por aquel tiempo en la mana de vestir y calzar a
la antigua; que otro marqus, jerezano por cierto, y el clebre Jimnez
Guazo y un escocs llamado lord Downie, hicieron lo mismo; pero yo por
no aburrir a mis lectores presentndoles uno tras otro a estos tipos tan
caractersticos como extraos, he hecho con las personas lo que hacen
los partidos, es decir, una fusin, y me he permitido recoger las
extravagancias de los tres y engalanar con tales atributos a uno solo de
ellos, al ms gracioso sin disputa, al ms clebre de todos.

Al punto que entr D. Pedro, oyronse estrepitosas risas en la sala;
pero doa Flora sali al punto a la defensa de su amigo, diciendo:

--No hay que criticarle, pues hace muy bien en vestirse a la antigua; y
si todos los espaoles, como l dice, hicieran lo mismo, con la
costumbre de vestir a la antigua vendra el pensar a la antigua, y con
el pensar el obrar, que es lo que hace falta.

D. Pedro hizo profundas reverencias y se sent junto a las damas, antes
satisfecho que corrido por el recibimiento que le hicieron.

--No me importan burlas de gente afrancesada--dijo mirando de soslayo a
los que le contemplbamos--ni de filosofillos irreligiosos, ni de ateos,
ni de francmasones, ni de <i>democratistas</i>, enemigos encubiertos de la
religin y del rey. Cada uno viste como quiere, y si yo prefiero este
traje a los franceses que venimos usando hace tiempo, y cio esta espada
que fue la que llev Francisco Pizarro al Per, es porque quiero ser
espaol por los cuatro costados y ataviar mi persona segn la usanza
espaola en todo el mundo, antes de que vinieran los franchutes con sus
corbatas, chupetines, pelucas, polvos, casacas de cola de abadejo y
dems porqueras que quitan al hombre su natural fiereza. Ya pueden los
que me escuchan rerse cuanto quieran del traje, si bien no lo harn de
la persona porque saben que no lo tolero.

--Est muy bien--dijo Amaranta--. Est muy bien ese traje, y slo las
personas de mal gusto pueden criticarlo. Seores, cmo quieren ustedes
ser buenos espaoles sin vestir a la antigua?

--Pero seor marqus (D. Pedro era marqus, aunque me callo su
ttulo)--dijo Quintana con benevolencia--por qu un hombre formal y
honrado como usted, se ha de vestir de esta manera, para divertir a los
chicos de la calle? Ha de tener el patriotismo por funda un jubn, y no
ha de poder guarecerse en una chupa?

--Las modas francesas han corrompido las costumbres--repuso D. Pedro
atusndose los bigotes--y con las modas, es decir, con las pelucas y los
colores, han venido la falsedad del trato, la deshonestidad, la
irreligin, el descaro de la juventud, la falta de respeto a los
mayores, el mucho jurar y votar, el descoco e impudor, el atrevimiento,
el robo, la mentira, y con estos males los no menos graves de la
filosofa, el atesmo, el democratismo, y eso de la soberana de la
nacin que ahora han sacado para colmo de la fiesta.

--Pues bien--repuso Quintana--si todos esos males han venido con las
pelucas y los polvos, usted cree que los va a echar de aqu vistindose
de amarillo? Los males se quedarn en casa, y el seor marqus har rer
a las gentes.

--Sr. D. Manolo, si todos fueran como usted que se empea en combatir a
los franceses, imitndolos en usos y costumbres, lucidos estbamos.

--Si las costumbres se han modificado, ellas sabrn por qu lo han
hecho. Se lucha y se puede luchar contra un ejrcito por grande que sea;
pero contra las costumbres hijas del tiempo, no es posible alzar las
manos, y me dejo cortar las dos que tengo, si hay cuatro personas que le
imiten a usted.

--Cuatro?--exclam con orgullo D. Pedro--. Cuatrocientas estn ya
filiadas en la <i>Cruzada del obispado de Cdiz</i>, y aunque todava no hay
uniformes para todos, ya cuento con cincuenta o sesenta, gracias al celo
de respetables damas, alguna de las cuales me oye. Y no nos vestimos
as, seores mos, para andar charlando en los cafs y metiendo bulla
por las calles, ni imprimiendo papeles que aumenten la desvergenza e
irrespetuosidad del pueblo hacia lo ms sagrado, ni para convocar Cortes
ni cortijos, ni para echar sermones a lo dmine Lucas, sino para salir
por esos campos hendiendo cabezas de filsofos y acuchillando enemigos
de la Iglesia y del rey. Ranse del traje en buena hora, que en cuanto
sean despachados los mosquitos que zumban ms all del cao de
Sancti-Petri, volveremos ac y haremos que los redactores del <i>Semanario
Patritico</i> se vistan de papel impreso, que es la moda francesa que ms
les cuadra.

Dicho esto, D. Pedro celebr mucho con risas su propio chiste, y luego
tom Bea la palabra para sostener la conveniencia de vestir a la
antigua. Verdad que era graciosa la mana? Para que no se dude de mi
veracidad, quiero trasladar aqu un prrafo del <i>Conciso</i> que conservo
en la memoria:

Otro de los medios indirectos--deca--pero muy poderoso, para renovar
el entusiasmo, sera volver a usar el antiguo traje espaol. No es
decible lo que esto podra influir en la felicidad de la nacin. Oh,
padres de la patria, diputados del augusto congreso! A vosotros dirijo
mi humilde voz: vosotros podis renovar los das de nuestra antigua
prosperidad; vestos con el traje de nuestros padres, y la nacin entera
seguir vuestro ejemplo.

Esto lo escriba poco despus aquel mismo Sr. Bea, poeta de
circunstancias, a quien yo vi en casa de doa Flora. Y recomendaba a
los padres de la patria que imitasen en su atavo al gran D. Pedro,
pasmo de los chicos y alboroto de paseantes! Qu bonitos habran estado
Argelles, Muoz Torrero, Garca Herreros, Ruiz Padrn, Inguanzo, Meja,
Gallego, Quintana, Toreno y dems insignes varones, vestidos de
arlequines!

Y aquel Bea era liberal y pasaba por cuerdo; verdad es que los
liberales como los absolutistas, han tenido aqu desde el principio de
su aparicin en el mundo ocurrencias graciossimas.

Quintana pregunt a D. Pedro si la <i>Cruzada del obispado de Cdiz</i>
pensaba presentarse a las futuras Cortes en aquel talante el da de la
apertura.

--Yo no quiero nada con Cortes--repuso--. Pero usted es de los bolos
que creen habr tal novedad? La regencia est decidida a echar la tropa
a la calle para hacer polvo a los vocingleros que ahora no pueden
pasarse sin Cortes. Angelitos! Dseles la novedad de este juguete para
que se diviertan.

--La regencia--repuso el poeta--har lo que la manden. Callar y
aguantar. Aunque carezco de la perspicacia que distingue al seor D.
Pedro, me parece que la nacin es algo ms que el seor obispo de
Orense.

--Verdaderamente, Sr. D. Manuel--dijo Amaranta--eso de la soberana de
la nacin que han inventado ahora... anoche estaban explicndolo en casa
de la Morl, y por cierto que nadie lo entenda; eso de la soberana de
la nacin si se llega a establecer va a traernos aqu otra revolucin
como la francesa, con su guillotina y sus atrocidades. No lo cree
usted?

--No, seora; no creo ni puedo creer tal cosa.

--Que pongan lo que quieran con tal que sea nuevo--dijo doa Flora--;
no es verdad, Sr. de Xrica?

--Justo, y afuera religin, afuera rey, afuera todo--vocifer D. Pedro.

--Denme trescientos aos de soberana, de la nacin--dijo Quintana--y
veremos si se cometen tantos excesos, arbitrariedades y desafueros como
en trescientos aos que no la ha habido. Habr revolucin que contenga
tantas iniquidades e injusticias como el solo perodo de la privanza de
D. Manuel Godoy?

--Nada, nada, seores--dijo D. Pedro con irona--. Si ahora vamos a
estar muy bien; si vamos a ver aqu el siglo de oro; si no va a haber
injusticias, ni crmenes, ni borracheras, ni miserias, ni cosa mala
alguna, pues para que nada nos falte, en vez de padres de la Iglesia;
tenemos periodistas; en vez de santos, filsofos; en vez de telogos,
ateos.

--Justamente; el Sr. de Congosto tiene razn--replic Quintana--. La
maldad no ha existido en el mundo hasta que no la hemos trado nosotros
con nuestros endiablados libros... Pero todo se va a remediar con
vestirnos de mojiganga.

--Pero en ltimo resultado--pregunt la condesa--hay Cortes o no?

--S, seora, las habr.

--Los espaoles no sirven para eso.

--Eso no lo hemos probado.

--Ay, qu ilusin tiene usted, Sr. D. Manuel! Ver usted qu escenas
tan graciosas habr en las sesiones... y digo graciosas por no decir
terribles y escandalosas.

--El terror y el escndalo no nos son desconocidos, seora, ni los
traern por primera vez las Cortes a esta tierra de la paz y de la
religiosidad. La conspiracin del Escorial, los tumultos de Aranjuez,
las vergonzosas escenas de Bayona, la abdicacin de los reyes padres,
las torpezas de Godoy, las repugnantes inmoralidades de la ltima Corte,
los tratados con Bonaparte, los convenios indignos que han permitido la
invasin, todo esto, seora amiga ma, que es el colmo del horror y del
escndalo, lo han trado por ventura las Cortes?

--Pero el rey gobierna, y las Cortes, segn el uso antiguo, votan y
callan.

--Nosotros hemos cado en la cuenta de que el rey existe para la nacin
y no la nacin para el rey.

--Eso es--dijo D. Pedro--el rey para la nacin, y la nacin para los
filsofos.

--Si las Cortes no salen adelante--aadi Quintana--lo debern a la
perfidia y mala fe de sus enemigos; pues estas majaderas de vestir a la
antigua y convertir en sainete las ms respetables cosas, es vicio muy
comn en los espaoles de uno y otro partido. Ya hay quien dice que los
diputados deben vestirse como los alguaciles en da de pregn de Bula, y
no falta quien sostiene que todo cuanto se hable, proponga y discuta en
la Asamblea, debe decirse en verso.

--Pues de ese modo sera precioso--afirm doa Flora.

--En efecto--dijo Amaranta--y como se renen en un teatro la ilusin
sera perfecta. Prometo asistir a la inauguracin.

--Yo no faltar. Sr. de Quintana, usted me proporcionar un palco o un
par de lunetas. Y se paga, se paga?

--No, amiga ma--dijo Amaranta burlndose--. La nacin ensea y pone al
pblico gratis sus locuras.

--Usted--le dijo Quintana sonriendo--ser de nuestro partido.

--Ay, no, amigo mo!--repuso la dama--. Prefiero afiliarme a la <i>Cruzada
del obispado</i>. Me espantan los revolucionarios, desde que he ledo lo
que pas en Francia. Ay, Sr. Quintana! Qu lstima que usted se haya
hecho estadista y poltico! Por qu no hace usted versos?

--No estn los tiempos para versos. Sin embargo, ya usted ve cmo los
hacen mis amigos; Arriaza, Bea, Xrica, Snchez Barbero no dejan
descansar a las prensas de Cdiz.

Bea y Xrica se haban apartado del grupo.

--Ay, amigo mo!, que no oiga yo aquello de

    Oh! Velintn, nombre amable
    grande alumno del dios Marte.

--Es horrible la poesa de estos tiempos, porque los cisnes callan,
entristecidos por el luto de la patria, y de su silencio se aprovechan
los grajos para chillar. Y dnde me deja usted aquello de

    Resuene el tambor;
    veloces marchemos...?

--Arriaza--indic Quintana--ha hecho ltimamente una stira preciosa.
Esta noche la leer aqu.

--Nombren al ruin...--dijo Amaranta, viendo aparecer en el saln al
poeta de los chistes.

--Arriaza, Arriaza--exclamaron diferentes voces salidas de distintos
lados de la estancia--. A ver, lanos usted la oda <i>A Pepillo</i>.

--Atencin, seores.

--Es de lo ms gracioso que se ha escrito en lengua castellana.

--Si el gran Botella la leyera, de puro avergonzado se volvera a
Francia.

Arriaza, hombre de cierta fatuidad, se gallardeaba con la ovacin hecha
a los productos de su numen. Como su fuerte eran los versos de
circunstancias y su popularidad por esta clase de trabajos
extraordinaria, no se hizo de rogar, y sacando un largo papel, y
ponindose en medio de la sala, ley con muchsima gracia aquellos
versos clebres que ustedes conocern y cuyo principio es de este modo:

Al nclito Sr. Pepe, Rey (en deseo) de las Espaas y (en visin) de sus
Indias.

    Salud, gran rey de la rebelde gente,
    salud, salud, Pepillo, diligente
    protector del cultivo de las uvas
    y catador experto de las cubas.

    . . . . . . . . . . . . . . . .

A cada instante era el poeta interrumpido por los aplausos, las
felicitaciones, las alabanzas, y vierais all cmo por arte mgico
habanse confundido todas las opiniones en el unnime sentimiento de
desprecio y burla hacia nuestro rey pegadizo. Por instantes hasta el
gran D. Pedro y D. Manuel Jos Quintana parecieron conformes.

La composicin de Pepillo corri manuscrita por todo Cdiz. Despus la
refundi su autor, y fue publicada en 1812.

Dividiose despus la tertulia. Los polticos se agruparon a un lado, y
el atractivo de las mesas de juego llev a la sala contigua a una buena
porcin de los concurrentes. Amaranta y la condesa permanecieron all, y
D. Pedro, como hombre galante no las dejaba de la mano.




VI


--Gabriel--me dijo Amaranta--es preciso que te decidas a trocar tu
uniforme a la francesa por este espaol que lleva nuestro amigo. Adems,
la orden de la <i>Cruzada</i> tiene la ventaja de que cada cual se encaja
encima el grado que ms le cuadra, como por ejemplo D. Pedro, que se ha
puesto la faja de capitn general.

En efecto, D. Pedro no se haba andado con chiquitas para subirse por
sus propios pasos al ltimo escaln de la milicia.

--Es el caso--dijo sin modestia el hroe--que necesita uno condecorarse
a s propio, puesto que nadie se toma el trabajo de hacerlo. En cuanto a
la entrada de este caballerito en la orden, venga en buen hora; pero
sepa que los nuestros hacen vida asctica durmiendo en una tarima y
teniendo por almohada una buena piedra. De este modo se fortalece el
hombre para las fatigas de la guerra.

--Me parece muy bien--afirm Amaranta--y si a esto aaden una comida
sobria, como por ejemplo, dos raciones de obleas al da, sern los
mejores soldados de la tierra. nimo, pues, Gabriel, y hazte caballero
del obispado de Cdiz.

--De buena gana lo hara, seores, si me encontrara con fuerzas para
cumplir las leyes de un instituto tan riguroso. Para esa <i>Cruzada</i> del
obispado se necesitan hombres virtuossimos y llenos de fe.

--Ha hablado perfectamente--repuso con solemne acento D. Pedro.

--Disculpas, hijo--aadi Amaranta con malicia--. La verdadera causa de
la resistencia de este mozuelo a ingresar en la orden gloriosa es no
slo la holgazanera, sino tambin que las distracciones de un amor tan
violento como bien correspondido, le tienen embebecido y trastornado. No
se permiten enamorados en la orden, verdad, Sr. D. Pedro?

--Segn y conforme--respondi el grave personaje tomndose la barba con
dos dedos y mirando al techo--. Segn y conforme. Si los catecmenos
estn dominados por un amor respetuoso y circunspecto hacia persona de
peso y formalidad, lejos de ser rechazados, con ms gusto son admitidos.

--Pues el amor de este no tiene nada de respetuoso--dijo Amaranta,
mirando con picaresca atencin a doa Flora--. Mi amiga, que me est
oyendo, es testigo de la impetuosidad y desconsideracin de este
violento joven.

D. Pedro fij sus ojos en doa Flora.

--Por Dios, querida condesa--dijo esta--usted con sus imprudencias es la
que ha echado a perder a este muchacho, ensendole cosas que an no
est en edad de saber. Por mi parte la conciencia no me acusa palabra ni
accin que haya dado motivo a que un joven apasionado se extralimitase
alguna vez. La juventud, Sr. D. Pedro, tiene arrebatos; pero son
disculpables, porque la juventud...

--En una palabra, amiga ma--dijo Amaranta dirigindose a doa Flora--.
Ante una persona tan de confianza como el Sr. D. Pedro, puede usted
dejar a un lado el disimulo, confesando que las ternuras y patticas
declaraciones de este joven no le causan desagrado.

--Jess, amiga ma--exclam mudando de color la duea de la casa--, qu
est usted diciendo?

--La verdad. A qu andar con tapujos? No es verdad, seor de Congosto,
que hago bien en poner las cosas en su verdadero lugar? Si nuestra amiga
siente una amorosa inclinacin hacia alguien, por qu ocultarlo? Es
acaso algn pecado? Es acaso un crimen que dos personas se amen? Yo
tengo derecho a permitirme estas libertades por la amistad que les tengo
a los dos, y porque ha tiempo que les vengo aconsejando se decidan a
dejar a un lado los misterios, secreticos y trampantojos que a nada
conducen, s seor, y que por lo general suelen redundar en desdoro de
la persona. En cuanto a mi amiga, harto la he exhortado, condenando su
insistente celibato, y se me figura que al fin mis prdicas no sern
intiles. No lo niegue usted. Su voluntad est vacilante, y en aquello
de si caigo o no caigo; de modo que si una persona tan respetable como
el Sr. D. Pedro uniera sus amonestaciones a las mas...

D. Pedro estaba verde, amarillo, jaspeado. Yo, sin decir nada, procuraba
al mismo tiempo que contena la risa, corroborar con mis actitudes y
miradas lo que la condesa deca. Doa Flora, confundida entre la
turbacin y la ira, miraba a Amaranta y al esperpento, y como viera a
este con el color mudado y los ojos chispeantes de enojo, turbose ms y
dijo:

--Qu bromas tiene la condesa, Sr. D. Pedro quiere usted tomar un
dulcecito?

--Seora--repuso con iracunda voz el estafermo--, los hombres como yo se
endulzan con acbar la lengua, y el corazn con desengaos.

Doa Flora quiso rer, pero no pudo.

--Con desengaos, s seora--aadi D. Pedro--, y con agravios recibidos
de quien menos deban esperarse. Cada uno es dueo de dirigir sus
impulsos amorosos al punto que ms le conviene. Yo en edad temprana los
dirig a una ingrata persona, que al fin... mas no quiero afear su
conducta, ni pregonar su deslealtad, y guardareme para m solo las penas
como me guard las alegras. Y no se diga para disculpar esta
ingratitud, que yo falt una sola vez en veinticinco aos al respeto, a
la circunspeccin, a la severidad que la cultura y dignidad de entrambos
me impona, pues ni palabra incitativa pronunciaron mis labios, ni gesto
indecoroso hicieron mis manos, ni idea impdica turb la pureza de mi
pensamiento, ni nombr la palabra matrimonio, a la cual se asocian
imgenes contrarias al pudor, ni mir de mal modo, ni fij los ojos en
las partes que la moda francesa tena mal cubiertas, ni hice nada, en
fin, que pudiera ofender, rebajar o menoscabar el santo objeto de mi
culto. Pero ay!, en estos tiempos corrompidos no hay flor que no se
aje, ni pureza que no se manche, ni resplandor que no se oscurezca con
alguna nubecilla. Est dicho todo, y con esto, seoras, pido a ustedes
licencia para retirarme.

Levantbase para partir, cuando doa Flora le detuvo diciendo:

--Qu es eso, Sr. D. Pedro? Qu arrebato le ha dado? Hace usted caso
de las bromas de Amaranta? Es una calumnia, s seor, una calumnia.

--Pero qu es esto?--dijo Amaranta fingiendo la mayor estupefaccin--.
Mis palabras han podido causar el disgusto del Sr. D. Pedro? Jess,
ahora caigo en que he cometido una gran imprudencia. Dios mo, qu dao
he causado! Sr. D. Pedro, yo no saba nada, yo ignoraba... Desunir por
una palabra indiscreta dos voluntades... Este mozalbete tiene la culpa.
Ahora recuerdo que mi amiga le est recomendando siempre que le imite a
usted en las formas respetuosas para manifestar su amor.

--Y le reprendo sus atrevimientos--dijo doa Flora...

--Y le tira de las orejas cuando se extralimita de palabra u obra, y le
pellizca en el brazo cuando salen juntos a paseo.

--Seoras, perdnenme ustedes--dijo don Pedro--pero me retiro.

--Tan pronto?

--Amaranta con sus majaderas le ha amoscado a usted.

--Tengo que ir a casa de la seora condesa de Rumblar.

--Eso es un desaire, Sr. D. Pedro. Dejar mi casa por la de otra.

--La condesa es una persona respetabilsima que tiene alta idea del
decoro.

--Pero no hace vestidos para los <i>Cruzados</i>.

--La de Rumblar tiene el buen gusto de no admitir en su casa a los
politiquillos y diaristas que infestan a Cdiz.

--Ya.

--All no se juega tampoco. All no van Quintana el fatuo, ni Martnez
de la Rosa el pedante, ni Gallego el clerizonte ateo, ni Gallardo el
demonio filosfico, ni Arriaza el relamido, ni Capmany el loco, ni
Argelles el jacobino, sino multitud de personas deferentes con la
religin y con el rey.

Y dicho esto, el estafermo hizo una reverencia que medio le descoyunt,
marchndose despus con paso reposado y ademn orgulloso.

--Amiga ma--dijo doa Flora--, qu imprudente es usted! No es verdad,
Gabriel, que ha sido muy imprudente?

--Ya lo creo; contarlo todo en sus propias barbas!

--Yo temblaba por ti, niito, temiendo que te ensartara con el
chafarote.

--La condesa nos ha comprometido--afirm con afectado enojo.

--Es un diablillo.

--Amiga ma--dijo Amaranta--, lo hice con la mayor inocencia. Despus de
lo que he descubierto, me pongo de parte del desairado don Pedro. La
verdad, seora doa Flora; es una gran picarda lo que ha hecho usted.
Trocarle, despus de veinticinco aos, por este mozuelo sin
respetabilidad...

--Calle usted, calle usted, picaruela--repuso la duea--. Por mi parte
ni a uno ni a otro. Si usted no hubiera incitado a este joven con sus
provocaciones...

--De aqu en adelante--dije yo--ser respetuoso, comedido y
circunspecto, como don Pedro.

Doa Flora me ofreci un dulce, pero viose obligada a poner punto en la
cuestin, porque otras damas, que como ella pertenecan a la clase de
plazas desmanteladas y con artillera antigua, intervinieron
inoportunamente en nuestro dilogo.

He referido la anterior burlesca escena, que parece insignificante y
slo digna de momentnea atencin, porque con ser pura broma, influy
mucho en acontecimientos que luego contar, proporcionndome sinsabores
y contrariedades. De este modo los ms frvolos sucesos, que no parecen
tener fuerza bastante para alterar con su dbil paso la serenidad de la
vida, la conmueven hondamente de sbito y cuando menos se espera.




VII


Poco despus entr en la sala el memorable D. Diego, conde de Rumblar y
de Pea Horadada, y con gran sorpresa ma, ni salud a la condesa, ni
esta tuvo a bien dirigirle mirada alguna. Reconocindome al punto,
llegose a m, y con la mayor afabilidad me salud y felicit por mi
rpido adelantamiento en la carrera de las armas, de que ya tena
noticias. No nos habamos visto desde mi aventura famosa en el palacio
del Pardo. Yo le encontr bastante desfigurado, sin duda por recientes
enfermedades y molestias.

--Aqu sers mi amigo, lo mismo que en Madrid--me dijo entrando juntos
en la sala de juego--. Si ests en la Isla, te visitar. Quiero que
vengas a las tertulias de mi casa. Dime, cuando vienes a Cdiz, paras
aqu en casa de la condesa?

--Suelo venir aqu.

--Sabes que mi parienta aprecia la lealtad de los que fueron sus
pajes?... Ya sabrs que de esta me caso.

--La condesa me lo ha dicho.

--La condesa ya no priva. Hay divorcio absoluto entre ella y los dems
de la familia... oh!, ahora me acuerdo de cuando te encontramos en el
Pardo... Cuando le preguntaron a Amaranta que qu hacas all, no supo
contestar. Lo que hacas, t lo podrs decir... Juegas, o no?

--Jugaremos.

--Aqu al menos se respira, chico. Vengo huyendo de las tertulias de mi
casa, que ms que tertulias son un cnclave de clrigos, frailucos y
enemigos de la libertad. All no se va ms que a hablar mal de los
periodistas y de los que quieren Constitucin. No se juega, Gabriel, ni
se baila, ni se refresca, ni se hablan ms que sosadas y boberas... De
todos modos, es preciso que vengas a mi casa. Mis hermanas me han dicho
que quieren conocerte; s, me lo han dicho. Las pobres estn muy
aburridas. Si no fuese porque lord Gray distrae un poco a las tres
muchachas... Vendrs a casa. Pero cuidado con echrtela de liberal y de
jacobino. No abras la boca sino para decir mil pestes de las futuras
Cortes, de la libertad de la imprenta, de la revolucin francesa, y ten
cuidado de hacer una reverencia cuando se nombre al rey, y de decir algo
en latn al modo de conjuro siempre que citen a Bonaparte, a Robespierre
o a otro monstruo cualquiera. Si as no lo haces, mi mam te echar al
punto a la calle, y mis hermanas no podrn rogarte que vuelvas.

--Muy bien; tendr cuidado de cumplir el programa. En dnde nos
veremos?

--Yo ir a la Isla o nos veremos aqu, aunque la verdad... Tal vez no
vuelva. Mi mam me tiene prohibido poner los pies en esta casa. Vete a
la ma, y pregunta por tu amigo don Diego, el que gan la batalla de
Bailn. Yo le he hecho creer a mi mam que entre t y yo ganamos aquella
clebre batalla.

--Y Santorcaz?

--En Madrid sigue de comisario de polica. Nadie le puede ver; pero l
se re de todos y cumple con su obligacin. Con que juguemos. Yo voy al
caballo.

El juego, antes fro y mal sostenido por personas sin entusiasmo, se
anim con la presencia de Amaranta, que fue a poner su dinero en la
balanza de la suerte. Para que todo marchase a pedir de boca, lleg en
aquel crtico punto lord Gray, de quien dije haba desaparecido al
comienzo de la tertulia. Como de costumbre, el esplndido ingls reclam
para s las preeminencias de banquero, y tallando l con serenidad,
apuntando nosotros con zozobra y emocin, le desvalijamos a toda prisa.
Sobre todo Amaranta y yo tuvimos una suerte loca. Doa Flora, por el
contrario, vea mermados con rapidez sus exiguos capitales y D. Diego se
mantuvo en tabla con vaivenes de desgracia y fortuna.

Indiferente a su ruina el ingls, ms sacaba cuanto ms perda, y todo
lo que de sus bolsillos se traseg al montn, vena despus del montn a
visitar los mos, que se asombraban de una abundancia jams por ellos
conocida. La funcin no concluy sino cuando lord Gray no dio ms de s,
acabndose la tertulia. Los polticos, sin embargo, continuaban
disputando en la sala vecina, aun despus de retirada la ltima moneda
de la mesa de juego.

Cuando salimos para continuar el monte en casa de lord Gray, D. Diego me
dijo:

--Mi mam cree a estas horas que duermo como un talego. En casa nos
retiramos a las diez. Mi mam, despus de cenar, nos echa la bendicin,
rezamos varias oraciones y nos manda a la cama. Yo me retiro a la
alcoba, fingiendo tener mucho sueo, apago la luz y cuando todo est en
silencio, escpome bonitamente a la calle. Muy de madrugada vuelvo, abro
mis puertas con llaves a propsito, y me meto en el lecho. Slo mis
hermanitas estn en el secreto y favorecen la evasin.

Lord Gray nos obsequi en su casa con una esplndida cena; sacamos luego
el libro de las cuarenta hojas y con sus textos pasamos febrilmente
entretenidos la noche. D. Diego en tabla, el ingls perdiendo las
entraas, y yo ganando hasta que cansados los tres y siempre invariable
y terca la fortuna, dimos por terminada la partida. Oh!, en los
gloriosos aos de 1810, 1811 y 1812 se jugaba mucho, pero mucho.

Desde aquella noche no pude volver a Cdiz hasta la tarde del 28 de
Mayo, formando parte de las fuerzas que se enviaron para hacer los
honores a la Regencia, que al da siguiente deba instalarse en el
palacio de la Aduana. Esta ceremonia de la instalacin fue muy divertida
y animada tanto el da 29 como el 30, por ser en este los de nuestro
seor rey D. Fernando VII. Cuando estbamos en la Aduana, haciendo
guardia de honor a la Regencia, reunida dentro en sesin solemne, omos
decir que en aquel mismo da se presentaran en Cdiz al pie de cien
coraceros a la antigua que queran ofrecer sus respetos al poder
central. Al punto que tal o, acordeme del insigne D. Pedro, y no dud
que l fuese autor de la diversin que se nos preparaba.

Las doce seran, cuando una gran turba de chicos desembocando por las
calles de Pedro Conde y de la Manzana, anunci que algo muy
extraordinario y divertido se aproximaba; y con efecto, tras el infantil
escuadrn, que de mil diversos modos y con variedad de chillidos
manifestaba su regocijo, vierais all aparecer una falange de cien a
caballo vestidos todos con el mismo traje amarillo y rojo que yo haba
visto en las secas carnes del gran D. Pedro. Este vena delante con faja
de capitn general sobre el arlequinado traje, y tan estirado,
satisfecho y orgulloso, que no se cambiara por Godofredo de Bouilln
entrando triunfante en Jerusaln.

Ni l ni los dems llevaban corazas, pero s cruces en el pecho; y en
cuanto a armas, cul llevaba sable, cul espadn de etiqueta. Como
diversin de Carnestolendas, aquello poda tolerarse; pero como <i>Cruzada
del obispado de Cdiz</i> para acabar con los franceses, era de lo ms
grotesco que en los anales de la historia se puede en ningn tiempo
encontrar.

La multitud les victoreaba, por la sencilla razn de que se diverta;
ellos, con los aplausos, se crean no menos dignos de admiracin que las
huestes de Csar o Anbal; y por fortuna nuestra, desde el Puerto de
Santa Mara, donde estaban los franceses, no poda verse ni con
telescopio semejante fiesta, que si la vieran, de buena gana habran
hecho ms ruido las risas que los caones.

Llegaron a la Aduana, pidi permiso el que los mandaba para entrar a
saludar a la Regencia, se lo negamos, creyendo que los de la Junta no
habran perdido el juicio; insisti D. Pedro, golpeando el suelo con el
sable y profiriendo amenazas y bravatas; entramos a notificar a los
seores qu clase de estantiguas queran colarse en el palacio del
gobierno, y este al fin consinti en ser felicitado por los caballeros a
la antigua, temiendo despopularizarse si no lo haca. Debilidad propia
de autoridades espaolas!

Entr, pues, Congosto, seguido de cinco de los suyos, escogidos entre
los ms granados, atraves el saln de corte, y al encarar con los de la
Regencia hizo una profunda cortesa, irguiose despus, pase su
orgullosa vista de un confn a otro de la sala, meti la mano en el
bolsillo de los gregescos y con gran sorpresa de todos los que le
veamos, sac unos anteojos de gruesa armadura, que se cal sobre la
martilluda nariz. Tal facha y vestido con anteojos era de lo ms
ridculo que puede imaginarse. Los de la Regencia fluctuaban entre el
enojo y la risa, y los extraos que presenciaban aquello, no disimulaban
su contento por disfrutar de escena tan chusca.

Luego que se ensart los espejuelos y los acomod bien, enganchados en
las orejas y apoyados en la nariz, meti la otra mano en el otro
bolsillo y saco un papel, pero qu papel! Lo menos tena una vara.
Todos cremos que sera un discurso; pero no, seores, eran unos versos.
Entonces, para hablar al Rey o al pblico o a las autoridades, privaban
los malos versos sobre la mala prosa. Desdobl, pues, el luengo papel,
tosi limpiando el gaznate, se atus los largos bigotes, y con voz
cavernosa y retumbante dio principio a la lectura de una sarta de
endecaslabos cojos, mancos y lisiados, tan rematadamente malos como
obra que eran del mismo personaje que los lea. Siento no poder dar a
mis amigos una muestra de aquella literatura, porque ni se imprimieron
ni puedo recordarlos; pero si no la forma, tengo presente el sentido,
que se reduca a encomiar la necesidad de que todo el mundo se vistiera
a la antigua, nico modo de resucitar el ya muerto y enterrado herosmo
de los antiguos tiempos.

Durante la lectura haba sacado D. Pedro la espada, y todas las frases
fuertes las acompaaba de tajos, mandobles y cuchilladas en el aire,
volteando el arma por encima de su cabeza, lo cual remat el grotesco
papel que estaba haciendo. Luego que acabara de leer los malhadados
versos, guard el cartapacio, descolg de la nariz los anteojos, y
envainando la espada, hizo otra profunda reverencia y sali del saln
seguido de los suyos.

Seores, que es verdad lo que digo! Me ofenden esas muestras de
incredulidad de los que me escuchan. brase la historia, no las que
andan en manos de todos, sino otras algo ntimas, y que testigos
presenciales dictaron. Pues qu, se ha olvidado ya la condicin
sainetesca y un tanto arlequinada de nuestros partidos polticos en el
perodo de su incubacin? Verdad pursima, santa verdad es lo que he
referido, aunque parece inverosmil, y an me callo otras cositas por no
ofender el decoro nacional.

Despus, la graciosa procesin recorri las calles de Cdiz con grande
alegra de todo el pueblo, que se regocijaba con tal motivo
extraordinariamente, sin decidirse por eso a vestir a la antigua... Tan
grande era su buen sentido! Los balcones y miradores se poblaban de
damas, y en la calle la multitud segua a los cruzados. Sobre todo los
chicos tuvieron un da felicsimo. No falt ms para que aquello se
pareciese a la entrada de D. Quijote en Barcelona, sino que los
muchachos aplicaran a ciertas partes del caballo que montaba don Pedro
las clebres aliagas, y aun creo que algo de esto aconteci al fin del
triunfal paseo y cuando se volvan a la Isla.

Despus del acontecimiento referido, ciertos sucesos tristsimos
determinan un parntesis no corto en esta parte de la historia de mi
vida que voy refiriendo. El 1 de Junio sentame enfermo y ca con la
fiebre amarilla, cual otros tantos que en aquella temporada fueron
vctimas del terrible tifus, con menos suerte que un servidor de
ustedes, el cual escap de las garras de la muerte, despus de verse en
estado tal que vislumbraba los horizontes del otro mundo.

Mi mal (ya me haba atacado en la niez con distinto carcter) no fue
muy largo. Yo estaba en la Isla. Asistironme mis amigos cariosamente;
visitbame lord Gray todos los das, y Amaranta y doa Flora hicieron
largas guardias y vigilias en la cabecera de mi lecho. Cuando me vieron
fuera de peligro las dos lloraban de alegra.

Durante la convalecencia, D. Diego fue a visitarme, y me dijo:

--Maana mismo vendrs a mi casa. Mis hermanas y mi novia me preguntan
por ti todos los das. Qu susto se han llevado!

--Ir maana--le respond.

Pero yo estaba muy lejos de esperar la orden militar e inapelable que
por algn tiempo me desterrara de mi ciudad querida. Es el caso que D.
Mariano Renovales, aquel soldado atrevido que tan heroicas hazaas
realiz en Zaragoza, fue destinado a mandar una expedicin que deba
salir de Cdiz para desembarcar en el Norte. Renovales era un hombre muy
bravo; pero con esta bravura salvaje de nuestros grandes hombres de
guerra: valor desnudo de conocimientos militares y de todos los dems
talentos que enaltecen al buen general. Haba publicado el guerrillero
una proclama extravagantsima, en cuya cabeza se vea un grabado
representando a Pepe Botellas cayndose de borracho y con un jarro de
vino en la mano, y el estilo del tal documento corresponda a lo innoble
y ridculo de la estampa. Sin embargo, por esto mismo le elogiaron mucho
y le dieron un mando. Achaques de Espaa! Estos majaderos suelen hacer
fortuna.

Pues seor, como deca, diose a Renovales un pequeo cuerpo de ejrcito,
y en este cuerpo de ejrcito me incluyeron a m, obligndome, casi
enfermo todava, a seguir al loco guerrillero en su ms loca expedicin.
Obedec y embarqueme con l, despidindome de mis amigos. Oh, qu
aventura tan penosa, tan desairada, tan funesta, tan estril! Fiad
empresas delicadas a hombres ignorantes y populacheros que no tienen ms
cualidad que un valor ciego y frentico.

No quiero contar los repetidos desastres de la expedicin. Sufrimos
tempestades, aguantamos todo gnero de desdichas, y para colmo de
desgracia, lejos de hacer cosa alguna de provecho, parte de las tropas
desembarcadas en Asturias cayeron en poder de los franceses. Gracias
dimos a Dios los pocos que despus de tres meses y medio de angustiosas
penas, pudimos regresar a Cdiz, avergonzados por el infausto xito de
la aventura. Yo compar a mis compaeros de entonces con los individuos
de la <i>Cruzada</i> en la falta de sentido comn.

Regresamos a Cdiz. Algunos fueron a recibirnos con jbilo creyendo que
volvamos cubiertos de gloria, y en breves palabras contamos lo
ocurrido. La gente entusiasta y patriotera no quera creer que el
valiente Renovales fuese un majadero. Por desgracia, de esta clase de
hroes hemos tenido muchos.

Luego que descansamos un poco, despus de poner el pie en tierra, fuimos
a presentarnos a las autoridades de la Isla. Era el 24 de Setiembre.




VIII


Una gran novedad, una hermosa fiesta haba aquel da en la Isla.
Banderolas y gallardetes adornaban casas particulares y edificios
pblicos, y endomingada la gente, de gala los marinos y la tropa, de
gala la Naturaleza a causa de la hermosura de la maana y esplendente
claridad del sol, todo respiraba alegra. Por el camino de Cdiz a la
Isla no cesaba el paso de diversa gente, en coche y a pie; y en la plaza
de San Juan de Dios los caleseros gritaban, llamando viajeros:--A las
Cortes, a las Cortes!

Pareca aquello preliminar de funcin de toros. Las clases todas de la
sociedad concurran a la fiesta, y los antiguos bales de la casa del
rico y del pobre habanse quedado casi vacos. Vesta el poderoso
comerciante su mejor pao, la dama elegante su mejor seda, y los
muchachos artesanos, lo mismo que los hombres del pueblo, ataviados con
sus pintorescos trajes salpicaban de vivos colores la masa de la
multitud. Movanse en el aire los abanicos, reflejando en mil rpidos
matices la luz del sol, y los millones de lentejuelas irradiaban sus
esplendores sobre el negro terciopelo. En los rostros haba tanta
alegra, que la muchedumbre toda era una sonrisa, y no haca falta que
unos a otros se preguntasen a dnde iban, porque un zumbido perenne
deca sin cesar:--A las Cortes, a las Cortes!

Las calesas partan a cada instante. Los pobres iban a pie, con sus
meriendas a la espalda y la guitarra pendiente del hombro. Los chicos de
las plazuelas, de la Caleta y la Via, no queran que la ceremonia
estuviese privada del honor de su asistencia, y arreglndose sus
andrajos, emprendan con sus palitos al hombro el camino de la Isla,
dndose aire de un ejrcito en marcha, y entre sus chillidos y bufidos y
algazara se distingua claramente el grito general:--A las Cortes, a las
Cortes!

Tronaban los caones de los navos fondeados en la baha; y entre el
blanco humo las mil banderas semejaban fantsticas bandadas de pjaros
de colores arremolinndose en torno a los mstiles. Los militares y
marinos en tierra ostentaban plumachos en sus sombreros, cintas y
veneras en sus pechos, orgullo y jbilo en los semblantes. Abrazbanse
paisanos y militares congratulndose de aquel da, que todos crean el
primero de nuestro bienestar. Los hombres graves, los escritores y
periodistas, rebosaban satisfaccin, dando y admitiendo plcemes por la
aparicin de aquella gran aurora, de aquella luz nueva, de aquella
felicidad desconocida que todos nombraban con el grito placentero
de:--Las Cortes, las Cortes!

En la taberna del Sr. Poenco no se pensaba ms que en libaciones en
honor del gran suceso. Los majos, contrabandistas, matones, chulos,
picadores, carniceros y chalanes, haban diferido sus querellas para que
la majestad de tan gran da no se turbara con ataques a la paz, a la
concordia y buena armona entre los ciudadanos. Los mendigos abandonaron
sus puestos corriendo hacia la Cortadura que se inund de mancos, cojos
y lisiados, ganosos de recoger abundante cosecha de limosnas entre la
mucha gente, y enseando sus llagas, no pedan en nombre de Dios y la
caridad, sino de aquella otra deidad nueva y santa y sublime,
diciendo:--Por las Cortes, por las Cortes!

Nobleza, pueblo, comercio, milicia, hombres, mujeres, talento, riqueza,
juventud, hermosura, todo, con contadas excepciones, concurri al gran
acto, los ms por entusiasmo verdadero, algunos por curiosidad, otros
porque haban odo hablar de las Cortes y queran saber lo que eran. La
general alegra me record la entrada de Fernando VII en Madrid en Abril
de 1808, despus de los sucesos de Aranjuez.

Cuando llegu a la Isla, las calles estaban intransitables por la mucha
gente. En una de ellas la multitud se agolpaba para ver una procesin.
En los miradores apenas caban los ramilletes de seoras; clamaban a voz
en grito las campanas y gritaba el pueblo, y se estrujaban hombres y
mujeres contra las paredes, y los chiquillos trepaban por las rejas, y
los soldados formados en dos filas pugnaban por dejar el paso franco a
la comitiva. Todo el mundo quera ver, y no era posible que vieran
todos.

Aquella procesin no era una procesin de santas imgenes, ni de reyes
ni de prncipes, cosa en verdad muy vista en Espaa para que as llamara
la atencin: era el sencillo desfile de un centenar de hombres vestidos
de negro, jvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares los
ms. Precedales el clero con el infante de Borbn de pontifical y los
individuos de la Regencia, y les segua gran concurso de generales,
cortesanos antao de la corona y hoy del pueblo, altos empleados,
consejeros de Castilla, prceres y gentileshombres, muchos de los cuales
ignoraban qu era aquello.

La procesin vena de la iglesia mayor donde se haba dicho solemne misa
y cantado un <i>Te Deum</i>. El pueblo no cesaba de gritar <i>Viva la
nacin!</i>, como pudiera gritar viva el rey!, y un coro que se haba
colocado en cierto entarimado detrs de una esquina enton el himno, muy
laudable sin duda, pero muy malo como poesa y msica; que deca:

     Del tiempo borrascoso
    que Espaa est sufriendo
    va el horizonte viendo
    alguna claridad.
     La aurora son las Cortes
    que con sabios vocales
    remediarn los males
    dndonos libertad.

El msico haba sido tan inhbil al componer el discurso musical, y tan
poco conoca el arte de las cadencias, que los cantantes se vean
obligados a repetir cuatro veces <i>que con sabios, que con sabios</i>, etc.
Pero esto no quita su mrito a la inocente y espontnea alegra popular.

Cuando pas la comitiva encontr a Andrs Marijun, el cual me dijo:

--Me han magullado un brazo dentro de la iglesia. Qu gento! Pero me
propuse ver todo y lo vi. Lindsimo ha estado.

--Pero ya empezaron los discursos?

--Hombre no. Dijo una misa muy larga el cardenal narigudo, y luego los
regentes tomaron juramento a los procuradores, dicindoles:--Juris
conservar la religin catlica? Juris conservar la integridad de la
nacin espaola? Juris conservar en el trono a nuestro amado rey D.
Fernando? Juris desempear fielmente este cargo?, a lo cual ellos iban
contestando que s, que s y que s. Despus echaron un golpe de rgano
y canto llano y se acab. Gabriel, a ver si podemos entrar en el saln
de sesiones.

Yo no cre prudente intentarlo; pero fui hacia all, codeando a diestro
y siniestro, cuando al llegar junto al teatro, ante cuyas puertas se
agolpaban masas de gente y no pocos coches, sent que vivamente me
llamaban, diciendo:--Gabriel, Araceli, Gabriel, seor D. Gabriel, Sr. de
Araceli.

Mir a todos lados, y entre el gento vi dos abanicos que me hacan
seas y dos caras que me sonrean. Eran las de Amaranta y doa Flora. Al
punto me un a ellas, y despus que me saludaron y felicitaron
cariosamente por mi feliz llegada, Amaranta dijo:

--Ven con nosotras, tenemos papeletas para entrar en la galera
reservada.

Subimos todos, y por la escalera pregunt a la condesa si algn
acontecimiento haba modificado la situacin de nuestros asuntos,
durante mi ausencia, a lo que me contest:

--Todo sigue lo mismo. La nica novedad es que mi ta padece ahora un
reumatismo que la tiene baldada. Doa Mara la domina completamente y es
quien manda en la casa y quien dispone todo... No he podido ni una vez
sola ver a Ins, ni ellas salen a la calle, ni es posible escribirle. Yo
esperaba con ansia tu llegada, porque D. Diego prometi llevarte all.
Cuando vayas espero grandes resultados de tu celosa tercera. A lord
Gray no hay quien le saque una palabra; pero los indicios de lo que te
dije aumentan. Por la criada sabemos que doa Mara est con una oreja
alta y otra baja, y que el mismo D. Diego, con ser tan estpido, lo ha
descubierto y rabia de celos. Maana mismo es preciso que vayas all,
aunque yo dudo mucho que la de Rumblar quiera recibirte.

No hablamos ms del asunto porque el Congreso Nacional ocup toda
nuestra atencin. Estbamos en el palco de un teatro; a nuestro lado en
localidades iguales veamos a multitud de seoras y caballeros, a los
embajadores y otros personajes. Abajo en lo que llamamos patio, los
diputados ocupaban sus asientos en dos alas de bancos: en el escenario
haba un trono, ocupado por un obispo y cuatro seores ms y delante los
secretarios del despacho. Poco haban unos y otros calentado los
asientos, cuando los de la Regencia se levantaron y se fueron como
diciendo: Ah queda eso.

--Esta pobre gente--me dijo Amaranta--no sabe lo que trae entre manos.
Mrales cmo estn desconcertados y aturdidos sin saber qu hacer.

--Se ha marchado el venerable obispo de Orense--dijo doa Flora--. Por
ah se susurra que no le hacen maldita gracia las dichosas Cortes.

--Por lo que oigo, estn eligiendo quien las presida--dije--. Hay aqu
un traer y llevar de papeletas que es seal de votacin.

--Buenas cosas vamos a ver hoy aqu--aadi Amaranta con el regocijo que
da la esperanza de una diversin.

--Yo lo que quiero es que prediquen pronto--aadi doa Flora--.
Prontito, seores. Veo que hay muchos clrigos, lo cual es prueba de que
no faltarn picos de oro.

--Pero estos clrigos filsofos son torpes de lengua--afirm Amaranta--.
Aqu hablarn ms los seglares, y ser tal el barullo, que veremos
escenas tan graciosas como las de un concejo de pueblo con fuero. Amiga,
preparmonos a rer.

--Ya parece que tienen presidente. Oigamos lo que lee aquel caballerito
que est en el escenario y que parece un mal actor que no sabe el papel.

--Est conmovido por la majestad del acto--repuso Amaranta--. Me parece
que estos seores daran algo ahora porque les mandasen a sus casas.
Verdaderamente las fachas no son malas.

--Desde aqu veo al vizconde de Matarrosa--indic doa Flora--. Es aquel
mozalbete rubio. Le he visto en casa de Morl, y es chico despejado...
Como que sabe ingls.

--Ese angelito debiera estar mamando, y le van a dispensar la edad para
que sea diputado--repuso la condesa--. Como que no tiene ms aos que
t, Gabriel. Vaya unos legisladores que nos hemos echado. Aqu tenemos
Solones de veinte abriles.

--Querida condesa--dijo la otra--desde aqu veo todas las narices y toda
la boca de D. Juan Nicasio Gallego. Est abajo entre los diputados.

--S, all est. De un bocado se tragar Cortes y Regencia. Es el hombre
de mejores ocurrencias que he visto en mi vida, y de seguro ha venido
aqu a rerse de sus compaeros de procuradura. No es aquel que est a
su lado D. Antonio Capmany? Miren qu facha! No se puede estar quieto
un instante y baila como una ardilla.

--Ese que se sienta en este momento es Meja.

--Tambin veo la cara serfica de Agustinito Argelles. Dicen que este
predica muy bien. Ve usted a Borrull? Cuentan que este no quiere
Cortes. Pero empiece de una vez la funcin qu pesados son!

--Aqu como no se paga la entrada, no hay derecho a impacientarse.

--Ya est dispuesta la presidencia. Tocarn un pito para empezar?

--Yo tengo una curiosidad por or lo que digan...

--Y yo.

--Ser un disputar graciossimo--dijo Amaranta--porque cada cual pedir
esto y lo otro y lo de ms all.

--Conque salga uno diciendo: Yo quiero tal cosa, y otro responda:
Pues no me da la gana, se animar esta desabrida reunin.

--Cundo las habrn visto ms gordas! Ser gracioso or a los clrigos
gritar: Fuera los filsofos, y a los seglares: Fuera los curas. Veo
con sorpresa que el presidente no tiene ltigo.

--Es que guardarn las formas, amiga ma.

--En dnde han aprendido ellos a guardar formas?

--Silencio, que va a hablar un diputado.

--Qu dir? Nadie lo entiende.

--Se vuelve a sentar.

--En el escenario hay uno que lee.

--Se levantarn algunos de sus asientos.

--Ya. Acaban de decir que quedan enterados.

--Nosotros tambin. Tanto ruido para nada.

--Silencio, seores, que vamos a or un discurso.

--Un discurso! Oigamos. Qu ruido en los palcos!

Si no calla el pblico, el presidente mandar bajar el teln.

--Es aquel clrigo que est all enfrente quien va a hablar?

--Se ha levantado, se arregla el solideo, echa atrs la capa. Le conoce
usted?

--Yo no.

--Ni yo. Oigamos qu dice.

--Dice que sera prudente adoptar una serie de proposiciones que tiene
escritas en un papelito.

--Bueno: lanos usted ese papelito, seor cura.

--Parece que hablar primero.

--Pero quin es?

--Parece un santo varn.

En los palcos inmediatos corra de boca en boca un nombre que lleg
hasta el nuestro. El orador era D. Diego Muoz Torrero.

Seores oyentes o lectores, estas orejas mas oyeron el primer discurso
que se pronunci en asambleas espaolas en el siglo XIX. An retumba en
mi entendimiento aquel preludio, aquella voz inicial de nuestras glorias
parlamentarias, emitida por un clrigo sencillo y apacible, de nimo
sereno, talento claro, continente humilde y simptico. Si al principio
los murmullos de arriba y abajo no permitan or claramente su voz, poco
a poco fueron acallndose los ruidos y sigui claro y solemne el
discurso. Las palabras se destacaban sobre un silencio religioso,
fijndose de tal modo en la mente que parecan esculpirse. La atencin
era profunda, y jams voz alguna fue oda con ms respeto.

--Sabe usted, amiga ma--dijo en un momento de descanso doa Flora--que
este cleriguito no lo hace mal?

--Muy bien. Si todos hablaran as, esto no sera malo. An no me he
enterado bien de lo que propone.

--Pues a m me parece todo lo que ha dicho muy puesto en razn. Ya
sigue. Atendamos.

El discurso no fue largo, pero s sentencioso, elocuente y erudito. En
un cuarto de hora Muoz Torrero haba lanzado a la faz de la nacin el
programa del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando la
ltima palabra expir en sus labios, y se sent recibiendo las
felicitaciones y los aplausos de las tribunas, el siglo dcimo octavo
haba concluido.

El reloj de la historia seal con campanada, no por todos oda, su
ltima hora, y realizose en Espaa uno de los principales dobleces del
tiempo.




IX


--Atencin, que van a leer el papelito.

D. Manuel Luxn ley.

--Se ha enterado usted, amiga doa Flora?

--Acaso soy sorda? Ha dicho que en las Cortes reside la <i>Soberana de
la Nacin</i>.

--Y que reconocen, proclaman y juran por rey a Fernando VII...

--Que quedan separadas las tres potestades... no s qu terminachos ha
dicho.

--Que la Regencia que representa al Rey o sea poder ejecutivo preste
juramento.

--Que todos deben mirar por el bien del Estado. Eso es lo mejor, y con
decirlo, sobraba lo dems.

--Ahora se levanta gran tumulto entre ellos, amiga ma.

--Van a disputar sobre eso. Pues no levantar mal cisco el cleriguito.
Cmo se llama?...

--D. Diego Muoz Torrero.

--Parece que vuelve a hablar.

En efecto, Muoz Torrero pronunci un segundo discurso en apoyo de sus
proposiciones.

--Ahora me ha gustado ms, mucho ms, seora condesa--dijo la de
Cisniega--. A este hombre le hara yo obispo. No es justo y razonable
lo que ha dicho?

--S, que las Cortes mandan y el rey obedece.

--De modo, que segn la <i>Soberana de la Nacin</i>, el gobierno del reino
est dentro de este teatro.

--Ahora le toca a Argelles, amiga ma. Lo que me gusta es que todos
dicen que estn de acuerdo. Para cundo dejan el disputar?

--Al principio todo es mieles. Repare usted que estamos en el primer
acto.

--Ahora habla Argelles.

--Oh, qu bien! Ha conocido usted muchos predicadores que se expresen
con esa elegancia, esa soltura, esa majestad, ese elevado tono, el cual
nos sorprende y embelesa de tal modo que no podemos apartar la atencin
del orador, encantndose igualmente con su presencia y voz, la vista y
el odo?

--Cosa incomparable es esta!--expres con entusiasmo doa Flora--. Diga
usted lo que quiera, han hecho muy bien en traer a Espaa esta novedad.
As todas las picardas que cometan en el gobierno se harn pblicas, y
el nmero de los tunantes tendr que ser menor.

--Sospecho que esto va a ser ms brillante que til--repuso la
condesa--. Oradores creo que no faltarn. Hoy todos han hablado bien;
pero acaso es tan fcil la obra como la palabra?

Y de este modo iban comentando los discursos que sucedieron al de Muoz
Torrero, los cuales alargaban tanto la sesin, que bien pronto se hizo
de noche y el teatro fue encendido. No por la tardanza se cansaron las
dos damas, quienes, como el resto de la concurrencia, permanecieron en
sus asientos hasta entrada la noche, gozando de un espectculo que hoy a
pocos cautiva por ser muy comn, pero que entonces se presentaba a la
imaginacin con los mayores atractivos. Los discursos de aquel da
memorable dejaron indeleble impresin en el nimo de cuantos los
escucharon. Quin podra olvidarlos? An hoy, despus que he visto
pasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que los
de aquel da fueron los ms elocuentes, los ms sublimes, los ms
severos, los ms superiores entre todos los que han fatigado con sus
palabras la atencin de la madre Espaa. Qu claridad la de aquel da!
Qu oscuridades despus, dentro y fuera de aquel mismo recinto, unas
veces teatro, otras iglesia, otras sala, pues la soberana de la nacin
tard mucho en tener casa propia! Hermoso fue tu primer da, oh, siglo!
Procura que sea lo mismo el ltimo.

Ya avanzada la noche, corri un rumor por las tribunas. Los regentes
iban a jurar, obligados a ello por las Cortes. Era aquello el primer
golpe de orgullo de la recin nacida soberana, anhelosa de que se le
hincaran delante los que se conceptuaban reflejo del mismo Rey. En los
palcos unos decan: Los regentes no juran: y otros: Vaya si jurarn.

--Yo creo que unos jurarn y otros no--dijo Amaranta--. Ellos han
intentado tener de su parte el pueblo y la tropa; pero no han encontrado
simpatas en ninguna parte. Los que tengan un poco de valor, mandarn a
las Cortes a paseo. Los dbiles se arrastrarn en ese escenario, donde
me parece que resuena todava la voz del gracioso Querol y de la
Carambilla, y besarn el escabel donde se sienta ese vejete verde, que
es, si no me engao, don Ramn Lzaro de Dou.

--Que juren! Con eso no habr conflictos. Parece que hay tumulto abajo.

--Y tambin arriba, en el paraso. El pueblo cree que est viendo
representar el sainete de Castillo <i>La casa de vecindad</i>, y quiere tomar
parte en la funcin. No es verdad, Araceli?

--S seora. Ese nuevo actor que se mete donde no le llaman, dar
disgustos a las Cortes.

--El pueblo quiere que juren--dijo Flora.

--Y querr tambin que se les ponga una soga al cuello y se les cuelgue
de las bambalinas.

--Y fuera tambin hay marejadita.

--Me parece que esos que han entrado en el escenario son los regentes.

--Los mismos. No ve usted a Castaos, al viejo Saavedra?

--Detrs vienen Escao y Lardizbal.

--Cmo!--exclam la condesa con asombro--. Tambin jura Lardizbal?
Ese es el ms orgulloso enemigo de las Cortes, y andaba por ah diciendo
a todo el mundo que l se guardara las Cortes en el bolsillo.

--Pues parece que jura.

--Ya no hay vergenza en Espaa... Pero no veo al obispo de Orense.

--El obispo de Orense no jura--murmuraron las tribunas en rumoroso coro.

Y en efecto, el obispo de Orense no jur. Hicironlo humildemente los
otros cuatro, con mala gana sin duda. La opinin pblica en general
estaba muy pronunciada contra ellos. Levantose la sesin, y salimos
todos, oyendo a nuestro paso las opiniones del pblico sobre el suceso
que haba puesto fin al solemne da. Casi todos decan:

--Ese testarudo vejete no ha querido jurar! Pero el juramento con
sangre entra.

--Que lo cuelguen. No acatar el decreto que se llamar de 24 de
Setiembre, es dar a entender que las Cortes son cosa de broma.

--Yo me quitaba de cuentos, y al que no bajara la cabeza, le mandara
prender, y despus...

--Si esos seores no quieren ms que gobierno absoluto...

En cambio otros, los menos por cierto, se expresaban as:

--Magnfico ejemplo de dignidad ha dado el obispo a sus compaeros!
Humillar el poder real ante cuatro charlatanes...

--Veremos quin puede ms--decan unos.

--Veremos quin ms puede--respondan los otros.

Los dos bandos que haban nacido aos antes y crecan lentamente, aunque
todava dbiles, torpes y sin bro, iban sacudiendo los andadores,
soltaban el pecho y la papilla y se llevaban las manos a la boca,
sintiendo que les nacan los dientes.




X


Despedime de Amaranta y su amiga, prometiendo visitarlas al da
siguiente, como en efecto lo hice. En un caf de Cdiz juntseme D.
Diego, quien al punto renov sus promesas de llevarme a la casa materna,
en lo cual le di tanta prisa, que fijamos para el prximo da la visita.
Tambin hice una a lord Gray, al cual hall sin variacin alguna, y como
le dijese que yo pensaba ir a casa de doa Mara, se sorprendi,
asegurndome despus que l iba todas las noches.

Cuando lleg el anochecer del da indicado, fuimos Rumblar y yo, previa
repeticin de las advertencias que el caso requera.

--Ten mucho cuidado--me dijo--de fingirte mojigato, si no quieres que te
echen a la calle. Mis hermanas, a quien dije que estabas aqu, desean
que vayas; pero no te la eches de galante con ellas. Mucho cuidado con
aludir a mis salidas de noche, porque lo hago a escondidas de mi seora
mam. A los seores que veas all, trtales cual si fueran lumbreras de
la patria y prodigios de talento y virtudes. En fin, confo en tu buen
sentido.

Llegamos a la casa, que estaba en la calle de la Amargura y era de
hermosa apariencia. Viva en el piso alto la de Leiva y en el principal
la de Rumblar, quien por el reciente reumatismo de su ilustre parienta,
ejerca el cargo de jefe y director supremo de la familia con toda la
extensin propia de su carcter. Al entrar y subir detvonos un lejano y
solemne rumor de rezos, y D. Diego dijo:

--Aguardemos aqu; que estn rezando el rosario con Ostolaza, Tenreyro y
D. Paco. A este ya le conoces. Los otros son diputados, que vienen aqu
todas las noches.

Mientras aguardbamos observ la casa, que era alegre y bonita como
todas las de Cdiz. Espaciosas vidrieras cerraban el corredor por el
patio, y en las paredes no se vea un palmo de superficie desocupado de
cuadros al leo, representando asuntos diversos, y confundidos los
religiosos con los profanos. Al fin, concluido el rezo, tuve el honor de
entrar en la sala, donde estaba doa Mara con sus dos nias, D. Paco y
tres caballeros ms que yo no conoca. Recibiome la de Rumblar con
cierta cortesana ceremoniosa y un tanto finchada, pero afablemente y
mostrndome benevolencia de alto a bajo, es decir, entre generosa y
compasiva. Las nias, observando el ritual a que estaban acostumbradas,
me hicieron una reverencia, sin desplegar los labios; D. Paco, tan
pedante en Cdiz como en Bailn, hzome grandilocuentes cumplidos y los
dems personajes mirronme con recelosa prevencin, sin mostrarme
urbanidad ms que con algunas rgidas inclinaciones de cabeza.

--Has llegado tarde al rosario--dijo doa Mara a D. Diego despus que
me indic un asiento.

--Pero no dije a usted--respondi el joven--que lo rezaba esta tarde en
el Carmen Calzado? De all vengo ahora, junto con Gabriel, que volva de
confesarse con el padre Pedro Advncula.

--Qu excelente sujeto es el padre Pedro Advncula!--me dijo en tono
sumamente ponderativo doa Mara.

--No existe otro en toda la redondez de Cdiz--respond--con especialidad
para lo tocante al confesonario. Pues y en el plpito? Y quin le
echar la zancadilla a cantar una epstola?

--Es verdad.

--A m me cautiva orle cantar la epstola--repiti D. Diego.

--Yo celebro mucho--me dijo doa Mara--los grandes adelantamientos que
ha hecho usted en su carrera.

Me inclin ante la matrona con el mayor respeto.

--Toda persona de rectitud y caballerosidad, atenta al buen servicio de
la religin y del rey--continu--no puede menos de encontrar premio a su
trabajo. Yo sent mucho que mi hijo no siguiese en el ejrcito algn
tiempo ms...

--Harto trabajamos Gabriel y yo junto al puente de Herrumblar--dijo D.
Diego--. Verdaderamente, seora madre, si no es por nosotros... Ello fue
que hicimos un movimiento con nuestro escuadrn en tales trminos que...
te acuerdas, Gabriel? Francamente, si no es por nosotros...

--Calla, vanidoso--dijo doa Mara--. Ms ha hecho el seor que t y no
se alaba de ello. La propia alabanza es cosa ruin e indigna de personas
bien nacidas. Estar mucho en Cdiz el Sr. D. Gabriel?

--Hasta que concluya el sitio, seora. Despus pienso dejar las armas y
seguir en mi ardiente vocacin, que me impele a la carrera de la
Iglesia.

--Alabo mucho su resolucin, y esclarecidos santos tiene el cielo, que
primero fueron valientes soldados, como San Ignacio de Loyola, San
Sebastin, San Fernando, San Luis y otros.

--Ha estudiado usted teologa?--me pregunt un seor de los presentes.

--Mi maleta de campaa no contiene ms que libros de teologa, y desde
que tengo un rato de vagar, entre batalla y batalla, me harto de leer
una materia que es para m ms grata que las mejores novelas. Las
tristes horas de la guardia me dan espacio y tiempo para mis
meditaciones.

--Asuncin, Presentacin--dijo doa Mara con entusiasmo--, aqu tenis
un ejemplo que debe sorprenderos y admiraros.

Asuncin y Presentacin, al or que yo era una especie de santo, me
contemplaron con admiradas. Yo las mir tambin. Estaban tan bonitas,
ms bonitas que en Bailn; pero oprimidas bajo la exagerada pesadumbre
de la autoridad materna, sus hermosos ojos estaban llenos de tristeza.
Sin que su madre lo advirtiera, dijronse algunas palabras por lo bajo.

--Y qu nuevas nos trae usted de la Isla?--me pregunt doa Mara.

--Seora, ayer se inaugur esa jaula de locos. Ya sabr usted que el
seor obispo de Orense se ha negado, con pretexto de enfermedad, a jurar
ante las Cortes.

--Y ha hecho perfectamente. En verdad no se concibe que haya gente tan
loca... Antes del rosario nos explicaba el Sr. Ostolaza lo que entienden
ellos por la soberana de la nacin, y nos hemos horripilado. Verdad,
nias?

--Dios nos tenga en su mano!--exclam yo--. Y ahora se susurra que nos
van a dar lo que llaman <i>libertad de la imprenta</i>, que consiste en
permitir a cada uno escribir todas las maldades que quiera.

--Y luego hablan de vencer al francs.

--Los excesos de nuestros polticos--dijo Ostolaza--excedern con mucho
a los de la revolucin francesa. Acurdese usted de lo que le digo.

Observ entonces a aquel hombre, el mismo que tanto figur despus en la
camarilla del rey, durante la segunda poca constitucional, y puedo
decir que era grueso, de cara redonda, coloradota y reluciente, mirar
provocativo, hablar chilln y ademanes desembarazados y casi siempre
descompuestos. Junto a l estaba el llamado Teneyro, diputado tambin,
cura de Algeciras, hombre con pretensiones y fama de gracioso, aunque
ms que a la agudeza de los conceptos, deba esta al ceceo con que
hablaba; de cuerpo mezquino, de ideas estrafalarias, tan pronto demagogo
furibundo, como absolutista rabioso; sin instruccin, sin principios ni
ms conocimientos que los del toque del rgano, cuyo arte medianamente
posea. El tercero, D. Pablo Valiente, no era ridculo, ni en el trato
ordinario se distingua por cosa alguna chocante, en maneras o en
lenguaje.

Contestando a Ostolaza, dije yo con el acento ms grave que me era
posible:

--El cielo se apiade de nuestra infortunada nacin, y nos traiga pronto
a nuestro amado monarca D. Fernando el VII!

El nombre del soberano lo acompa de una reverencia tan exagerada que
casi hube de besarme las rodillas.

--Pues se dice por ah--indic Teneyro--que van a procesar al obispo de
Orense.

--No se atrevern a ello--repuso Valiente, sacando su caja de tabaco y
ofreciendo del oloroso polvo a los circunstantes.

--A qu no se atrever, seores... seores, a qu no se atrever esta
desalmada grey de filsofos y atestas?--exclam yo mirando al techo.

--Seor oficial--me dijo doa Mara--, es indudable que ustedes los
militares tienen la culpa de que los <i>cortesanos</i>... as los llamo yo...
estn tan ensoberbecidos. Dicen que la Regencia tante a la tropa para
dar un golpe, pero la tropa no quiso ponerse de su parte.

--La tropa--dijo Ostolaza--ha cometido la falta de inclinarse al
populacho.

--Lo que no se ha hecho, seores--dije yo con proftico tono--se har.

Y repet varias veces, mirando a todos lados, el enrgico se har.

--Si todos fueran como t, Gabriel--me dijo don Diego--pronto acabaran
las picardas que estamos viendo.

--Durarn las Cortes hasta el mes que viene, seor de
Valiente?--pregunt la de Rumblar.

--Durarn algo ms, seora. A no ser que los franceses envalentonados
con nuestras discordias, entren en Cdiz, y hagan con todos los que aqu
estamos un picadillo. Yo he dicho que la soberana de la nacin por un
lado y la libertad de la imprenta por otro, son dos obuses cargados de
horrorosos proyectiles que nos harn ms dao que los que ha inventado
Villantroys.

--Caballero--dije yo afeminadamente--, esa comparacioncita es exacta y
procurar retenerla en la memoria.

--Deploro tantos errores--dijo la duea de la casa--. Pero aqu, Sr. D.
Gabriel, no tomamos a pecho la poltica, y los que en casa se renen no
hacen ms que departir discretamente sobre el mal gobierno y los
filosofastros. Yo no me ocupo ms que del matrimonio de mi querido hijo,
que se efectuar en breve, y de completar la educacin religiosa de mi
hija--seal a Asuncin--que debe entrar muy pronto en un convento de
Recoletas, siguiendo su decidida e inquebrantable inclinacin.
Ocupaciones son estas que llenan alegremente mi cansada vida, y a las
que me consagro con el mayor celo.

Asuncin haba bajado los ojos, y Presentacin me miraba, queriendo leer
en mi cara el efecto que me producan las palabras de su mam.

--Enviasteis recado a Ins?--pregunt doa Mara--. Diego, tu futura
esposa estar sin duda enojada contigo, por tu mal comportamiento y
desaplicacin. Necesario es que vares de conducta. Ahora, cuando baje,
puedes manifestarle con palabras tiernas tu propsito de no ofenderla
ms, como lo has hecho saliendo a la calle por las tardes en la hora que
tengo dispuesto hables con ella y le recites alguna fbula bonita o
poesa instructiva. Yo, seor D. Gabriel--y se dirigi a m de nuevo--,
no gusto de tiranizar a la juventud. Conozco que es preciso ser
tolerante con los muchachos, sobre todo cuando llegan a cierta edad, y
s muy bien que los tiempos presentes exigen algo ms de holgura que los
pasados en los lazos que atan a los jvenes con sus familias.

Con estos principios, permito a mi nuera que baje a la tertulia y
platique con personas finas y juiciosas sobre asuntos profanos, porque
una muchacha destinada al siglo y a dar lustre a una gran casa como la
suya, no debe ser criada con aquel encogimiento y estrechez que tan bien
sienta en la que slo ha de vivir en su casa, bien reducida a un
decoroso celibato, bien instruyndose para servir a Dios en el mejor y
ms perfecto de los estados. Mis dos nias viven aqu gozosas sin
apetecer bailes, ni paseos, ni teatros. No soy yo enemiga tampoco de que
se diviertan, ni crea usted que estoy siempre con el rosario en la mano,
hacindolas rezar y aburrindolas con un excesivo manoseo de las cosas
santas, no. Tambin aqu se habla de cosas mundanas, siempre con el
debido comedimiento. A veces tengo que imponer silencio, mandando que
cesen las controversias sobre teologa, porque lord Gray, que viene aqu
muy a menudo, gusta de tratar con desenvoltura asuntos muy delicados.

--Como que anoche--dijo D. Paco inoportunsimamente--dio en afirmar que
no comprenda el misterio de la Encarnacin, para que la seorita
Asuncin se lo explicara.

--Estoy hablando yo, Sr. D. Paco--dijo con firmeza y enojo la condesa--.
Nada importa ahora lo que lord Gray hiciera o dejase de hacer anoche...
Pues como deca, aqu viene lord Gray, un sujeto respetabilsimo y tan
formal y circunspecto, que no hay otro que se le iguale. Ellas se
entretienen oyndole contar sus aventuras. Conoce usted a lord Gray?

--S, seora. Es un hombre muy digno y temeroso de Dios. Pero no saben
ustedes que parece inclinado a convertirse al catolicismo?

--Jess y qu me dice usted!--exclam con asombro y jbilo doa
Mara--. Aqu se ha tratado algunas veces este punto, y las nias y yo
le hemos exhortado a que tome tan saludable determinacin.

--Como suelo pasarme las horas muertas en el Carmen Calzado--dije yo--he
visto entrar varias veces a lord Gray en busca del padre Florencio, que
es el mejor catequizador de ingleses que hay en todo Cdiz.

--Lord Gray no ha de faltar esta noche--dijo doa Mara--. Y usted, Sr.
D. Gabriel, no nos acompaar algunos ratitos?

--Seora--respond--de buen grado lo hara; pero mis ocupaciones
militares y la necesidad que tengo de despachar de una vez todo el
captulo <i>de prescientia</i>, que es el ms difcil de todos, me retendrn
en la Isla.

--Y qu opina usted de la <i>prescientia</i>?--me pregunt Ostolaza cuando
yo estaba muy lejos de esperar semejante embestida.

--Qu opino yo de la <i>prescientia</i>?--dije tratando de no turbarme para
contestar alguna ingeniosa vulgaridad que me sacase del compromiso.

--Opinar lo mismo que San Agustn, <i>secundum Augustinus</i>--indic
oficiosamente D. Paco, que anhelaba mostrar su erudicin.

--Ya estn las nias con cada ojo...--dijo doa Mara observando que sus
hijas atendan a la planteada discusin con demasiado inters--. Nias,
dejad a los hombres que debatan estas cosas tan intrincadas. Ellos se
sabrn lo que se dicen. No abrir tales ojazos, y miren los cuadros y las
pinturas del techo, o hablen conmigo, preguntndome si se me alivia el
dolor del hombro.

--Lo mismo que San Agustn--indic don Diego--. Opinar como San Agustn
y como yo.

--Segn y conforme--dije recapacitando--. Ustedes piensan como San
Agustn?

Ostolaza, Teneyro y D. Paco se desconcertaron.

--Nosotros...

--Supongo que conocern los nuevos tratados...

A este punto llegaba la controversia, cuando entr lord Gray a sacarme
del apuro. No pudiera llegar en mejor ocasin. Recibironle doa Mara y
sus tertulios con la mayor cordialidad y agasajo, y l salud a todos
con afectado encogimiento. Tal vez extraar alguno de los que me oyen o
me leen, que con tan buena amistad fuera recibido un extranjero
protestante en casa donde imperaban ciertas ideas con absoluto dominio;
pero a esto les contestar que en aquel tiempo eran los ingleses objeto
de cariosas atenciones, a causa del auxilio que la nacin britnica nos
daba en la guerra; y como era opinin o si no opinin, deseo de muchos,
que los ingleses, y mayormente los hermanos Wellesley, no vean con
buenos ojos la novedad de la proyectada Constitucin, de aqu que los
partidarios del rgimen absoluto trajeran y llevaran con palio a
nuestros aliados. Lord Gray adems con su ingeniossima labia, su
simptico carcter, y tambin poniendo en prctica estudiadas artimaas
y mojigateras, como yo, haba conseguido hacerse respetar y querer
vivamente de doa Mara. Adems sola ridiculizar con gran desenfado las
ceremonias protestantes.

Mientras lord Gray responda a ciertas enfadosas preguntas que le hizo
Ostolaza, doa Mara llam a sus hijas y dijo a Asuncin, no tan por lo
bajo que yo dejase de orlo:

--Mira, Asuncin, habla con lord Gray un ratito; coge con disimulo el
tema de la religin y sondale, a ver si es cierto que est dispuesto a
abjurar sus errores, por abrazarse a nuestra santa doctrina.

En aquel instante sent ruido de pasos y entr Ins. Dios mo, qu
guapa estaba, pero qu guapa! No recuerdo si en el libro anterior habl
a ustedes de la soltura, de la elegancia, de la armoniosa
proporcionalidad que el completo desarrollo haba dado a su bella
figura. Adems de esto, encontrbale mayor animacin en el rostro, y una
grata expresin de conformidad y satisfaccin, no menos simptica que su
antigua tristeza, resto de la miserable y ruin vida de la infancia.
Observndola, consider cunto haba ganado en encantos y atractivos
aquella criatura, aadiendo a sus bellezas naturales, a su discrecin e
ingnito saber, la dulce cortesana y las gracias que infunde el trato
frecuente con personas distinguidas y superiores. En su cara advert el
extrao realce que da la conciencia del propio mrito, lo cual no es lo
mismo que vanidad.

No pareca haber perdido la hermosa modestia que la haca tan simptica;
pero s aquella especie de encogimiento, aquel desmedido amor a la
oscuridad, que emanaban del malestar hallado en su repentino cambio de
fortuna. Haba adquirido lo que le faltaba cuando la vi en Crdoba y en
el Pardo, el perfecto conocimiento de su posicin y las mil menudencias
personales, accidentes casi imperceptibles de la voz, del gesto, de la
mirada con que el individuo da a entender claramente que se halla donde
debe hallarse. Estaba ms alta, un poco ms gruesa, con el color menos
plido, la boca ms risuea, los ojos no menos seductores y
arrebatadores que los de su madre, clebres en toda la redondez de
Espaa, la voz ms segura, sonora y grave, y el conjunto de su persona
respirando firmeza, vida, soltura y nobleza. Oh imagen tan perfecta
vista como soada! Fue suerte o desgracia haberte conocido?




XI


Ins, no indiferente a mi presencia, segn comprend, pero tampoco
sorprendida, deba saber que yo estaba all.

--Ah!--exclam con despecho para mis adentros--. La muy pcara aunque
la llamaron, no baj hasta que vino el maldito ingls.

Doa Mara me present ceremoniosamente a ella diciendo:

--A este caballero le conocimos en nuestra casa de Bailn cuando la
clebre batalla. Es amigo del que va a ser tu marido; all pelearon
juntos con tan buena suerte, que, segn afirma Diego, si no es por
ellos...

--Gabriel es un gran militar--dijo don Diego--. Pero no le conoces t?
Es amigo de tu prima la condesa.

Doa Mara frunci el ceo.

--En efecto--dije yo--tuve el honor de conocer en Madrid a la seora
condesa. Ambos tenamos un mismo confesor. Yo solicit de la seora
condesa que me consiguiese una beca en el arzobispado de Toledo; pero
despus me vi obligado a servir al rey, y sal de la corte.

--Este joven--aadi doa Mara--nos acompaar algunas noches, robando
tal cual rato a sus estudios religiosos y a las meditaciones msticas
que le traen tan absorbido. Hoy el servicio de las armas le obliga a
sofocar su ardiente vocacin; pero cantar misa despus de la guerra.
Noble ejemplo que debieran imitar la mayor parte de los militares! Yo
me complazco, hija ma, en que se renan aqu personas formales y de
excelentes y slidos principios. Caballero--aadi encarando conmigo--,
esta damisela es mi futura nuera, prometida esposa de este mi amado hijo
don Diego.

Ins me hizo una profunda reverencia. Se sonri al mismo tiempo,
comprendiendo el astuto ardid de mi fingida religiosidad.

En tanto dnde estaba lord Gray? Extend la vista y le vi tras el
respaldo del monumental silln de doa Mara, muy enfrascado en estrecha
pltica con Asuncin, que sin duda le estaba convenciendo de la
superioridad del catolicismo con respecto al protestantismo. A cada paso
apartaba l los ojos de su interlocutora para mirar a Ins.

--Bien deca el tunante--observ para m--que se vala de las discretas
amigas. La otra con su santidad es quien les lleva y trae los recaditos.

Ins me dijo con dulce irona:

--Celebro mucho que est usted tan decidido a seguir la carrera
eclesistica. Hace usted bien, porque hoy no hacen falta militares, sino
buenos clrigos. El mundo est tan pervertido, que no lo curarn las
espadas sino las oraciones.

--Esta aficin la tengo desde muy nio--repuse--y nadie puede apartarla
de m porque sobrevive a todas mis alternativas y desgracias.

Ins miraba a cada instante el grupo formado por el ingls y Asuncin.
Tambin doa Mara volvi all los ojos, y dijo:

--Hija, basta ya. No marees al buen lord Gray. Ven a mi lado.

La muchacha acudi al lado de su madre, y al mismo tiempo Ins, por
indicacin muda de la condesa, pas al lado del ingls. Yo estaba
asombrado de aquel ir y venir y del incomprensible dilogo de expresivas
miradas que las muchachas tenan constantemente, trabado entre s. Me
propuse observar atentamente, para descubrir los misterios que all
pudieran existir; pero doa Mara distrajo mi atencin, dicindome:

--Sr. D. Gabriel, usted, como persona casi divorciada del siglo, aunque
en su continente y rostro no se advierte nada que lo indique,
comprender que en estas recatadas tertulias de mi casa no se puede
tener con las muchachas la licenciosa tolerancia que madres inadvertidas
y ciegas tienen con sus hijas en otras familias. Por eso ver usted que
apenas permito a mis nias hablar un poco con Ostolaza, con lord Gray o
con usted, si bien ha habido noches en que les he consentido
conversaciones de quince minutos en distintas horas. Comprendo que mi
sistema, aunque no es riguroso, ser criticado por los que dan rienda
suelta a los impulsos naturales de la juventud. Pero no me importa.
Usted me hace justicia sin duda y alaba la prudencia de mi proceder.

--Seguramente, seora--respond con afectacin y pedantera--qu cosa
ms sabia, ni ms prudente puede haber que prohibir en absoluto a las
nias toda conversacin, dilogo, mirada o sea con hombre que no sea su
confesor? Oh, seora condesa, parece que ha adivinado usted mi
pensamiento! Como usted, yo he observado la corrupcin de las
costumbres, hija de la desenvoltura francesa; como usted, he observado
el descuido de las madres, la ceguera de los padres, la malicia de las
tas, la complicidad de las primas y la debilidad de las abuelas; y he
dicho: orden, rigor, cautela, reclusin, tirana, o si no dentro de
poco la sociedad se precipitar en los abismos del pecado. Nada, nada,
seora condesa, yo lo aconsejo a todas las madres de familia que
conozco, y les digo: mucho cuidado con las nias mientras sean
solteras. Despus de casadas, all se entiendan ellas, y si quieren
tener dos docenas de cortejos, hganlo.

--En todo estamos de acuerdo--dijo doa Mara--menos en esto ltimo,
pues ni de solteras ni de casadas, les tolero la inmoralidad. Ay, yo
tengo ideas muy raras, Sr. D. Gabriel! Me asombro de ver por ah madres
muy cristianas, que celando hasta lo sumo las hijas solteras, ven con
indiferencia los pecadillos de las casadas. Yo no soy as; por eso no
quiero que se casen mis nias; no, jams, jams. Casadas estaran libres
de mi autoridad, y aunque no las creo capaces de nada malo, la idea de
que pueden cometer una falta, sindome imposible castigarla, me
horripila.

--El gran sistema es el mo, seora; este sistema que no ceso de
recomendar a todas las madres que conozco. Orden, rigor, silencio,
encierro perpetuo y esclavitud constante. Mis lecturas y meditaciones me
han inspirado estas ideas.

--Son tambin las mas. Mi hija Asuncin entrar pronto en un convento,
y Presentacin est destinada a ser soltera, porque as lo he resuelto
yo.

--Cosa justsima y naturalsima que usted haya resuelto eso.

--Siendo el destino de la una el claustro y de la otra el celibato, a
qu viene el consentirles conversaciones con los jvenes?

--Es claro... a qu viene... No aprenderan ms que cosas malas,
pecados... y qu pecados!

--Pero como es preciso transigir un poquito con las costumbres, que
exigen cierta licencia, suele rseme la mano en esto del rigor. Ya ve
usted, a casa suelen venir algunas personas muy distinguidas, honestas y
prudentes, s, pero de mundo. Necesito contemporizar con ellas, por no
aparecer gazmoa, intolerante y extremada. Felizmente baja todas las
noches a mi tertulia, Ins, a quien como muy prxima a ser mujer casada,
puede permitirse que sostenga coloquios tirados con tal cual persona
decente y bien nacida. Si no fuera por ella, lord Gray se aburrira
grandemente en casa. No cree usted, que a una muchacha que va a ser
mayorazga y que ocupar posicin muy encumbrada en la corte, se le debe
dar cierta libertad?

--Todas las libertades, seora, todas. Una mayorazga! Pues digo; si me
la hacen camarista de reina, o dama de honor de emperatrices, qu ha de
hacer sin la desenvoltura, el desenfado, la astucia que el buen servicio
y concierto de los palacios exige?

--Cierto; a cada cual se le debe educar segn su destino. En posiciones
elevadsimas no puede sostenerse todo el rigor de los principios, segn
dice la gente, aunque ciertas leyes s deben regir en todas partes. Sin
embargo, como as viene de atrs, debemos respetar la obra de nuestros
mayores, quienes harto supieron lo que se hacan.

--Justamente.

--Pero me parece que se prolonga demasiado la conversacin de Ins con
lord Gray, y voy a hacer que hablen en corrillo donde les oigamos todos.
Sr. D. Gabriel, ni un momento debe abandonarse el ejercicio de la
prolija autoridad materna. La autoridad! Qu sera del mundo sin la
autoridad?

--En efecto, qu sera? El caos, el abismo!

Doa Mara, que reglamentaba los dilogos de sus tertulias como mueve y
ordena un general experto los movimientos de una batalla campal, dispuso
que Ins continuase hablando con lord Gray, y que Presentacin pegase la
hebra con Ostolaza. En tanto Asuncin charlaba en voz bastante alta con
su hermano, dicindole cosas cuyo sentido no pude entender. Ostolaza,
Teneyro y D. Paco estaban muy metidos en lenguas disertando sobre los
grandes males de la educacin a la moderna, y forzosamente me enredaron
en su coloquio, teniendo ocasin de lucir mi intolerancia, y un poco de
cierta erudicioncilla trasnochada que yo tena para el caso. Poco
despus volv al lado de doa Mara a punto que don Diego, apartndose
de su hermana, haca lo mismo, y le o decir:

--Seora madre, a ser usted, yo no permitira a Ins tantas intimidades
con lord Gray. Francamente, seora, esto no me gusta, y menos cuando veo
que la que va a ser mi mujer, se est los minutos de Dios oyndole y
contestndole sin pestaear.

--Diego--manifest doa Mara con severo acento--. Me enfada la bajeza
de tus conceptos, que indican la ruindad de tus juicios. Si Ins fuera
tu hermana, podras tener esos escrpulos; pero siendo tu futura esposa,
cuanto has dicho es ridculo. Una gran seora, ha de ser encogida y
corta de genio como una novicia de convento?

D. Diego, odo esto, se acerc de muy mal talante a sus hermanas.

--Sr. de Araceli--me dijo doa Mara--la juventud es as. Comprendo los
celillos de mi hijo. Verdaderamente Ins se alarga demasiado con lord
Gray. Aunque le supongo a usted poco aficionado a perder el tiempo
conversando con muchachas frvolas, hgame el favor de departir un rato
con mi futura nuera.

Doa Mara mir a Ins con enojo, y dirigindose luego a lord Gray, le
llam con afectuosa splica.

Ins qued sola y acud hacia ella. Por primera vez durante la tertulia
hallaba ocasin de poderle hablar lejos de los dems, y la aprovech con
presteza. Ella, anticipndose al afn con que yo iba a hablarle, me
dijo:

--Mi prima te ha mandado aqu? Me traes algn recado de ella?

--No--respond--. No me ha mandado tu prima. No he venido por traerte
recado alguno. He venido porque he querido, y por el deseo de verte y de
saber por m mismo que me has olvidado.

--Por Dios--me contest disimulando su emocin--. Repara dnde ests. La
condesa no cesa de observarme. Aqu es preciso fingir a todas horas, y
disimular los pensamientos. Por qu no has venido antes? Pero di: mi
prima no te ha dado ningn recado?

--Qu me importa tu prima?--exclam con enfado--. T no sospechabas que
viniera a sorprenderte.

--Pero ests loco?, doa Mara no me quita los ojos.

--Vaya al diantre doa Mara. Respndeme, Ins, a lo que te pregunto, o
gritar y escandalizar para que nos oigan hasta los sordos.

--Pero si no me has preguntado nada.

--S te he preguntado. Pero t haces que no oyes, y no quieres
responderme.

--No nos entendemos--repuso llena de confusiones, y mortificada por la
observacin tenaz de doa Mara--. Vendrs todas las noches? Aqu es
preciso mucha cautela. Para respirar necesito pedir la venia a la
seora. Ten prudencia, Gabriel; tambin D. Diego nos mira. Haz de modo
que doa Mara y los murcilagos crean que estamos a hablando de
religin, o de los cuadros de la pared o de esa gran grieta que hay en
el techo. Aqu es preciso hacerlo todo as. No te expreses con
vehemencia. Ponte risueo y mira a las paredes diciendo: Qu bonitas
lminas! All estn Dafne y Apolo.

--Pero es preciso ser cmico para entrar aqu?

--S; es preciso estar siempre sobre las tablas, Gabriel; fingiendo y
enredando. Esto es muy triste.

--Pues lord Gray no disimula.

--Eres amigo de lord Gray?

--S, y me lo ha contado todo.

--Te lo ha dicho...--exclam confusa--. Qu hombre tan indiscreto! Y yo
le haba encargado la mayor prudencia... Por Dios, Gabriel, no
pronuncies una palabra, ni un gesto que puedan dar a conocer lo que te
ha contado lord Gray. Qu indiscrecin! Hazme el favor de olvidar lo
que te ha dicho. l te ha trado aqu?

--No; he venido con D. Diego. He querido saber por ti misma que ya no me
amas.

--Qu ests diciendo?

--Lo que oyes. Ya lo saba; pero a m me haca falta orlo de tus
propios labios.

--Pues no lo oirs.

--Ya lo he odo.

--Por Dios, disimula. Ahora, Gabriel, alza la vista y di: Qu terrible
grieta se ha abierto en el techo!. Con que no te quiero yo? Sabes que
no lo haba advertido? Y en tanto tiempo qu has hecho t? Has estado
en el sitio de Zaragoza? Aquello sera un paraso; no estaba all doa
Mara.

--No he vivido ms que para ti; y si alguna vez he hecho un esfuerzo
para subir un peldao en la escala del mundo, hcelo slo con el deseo
de llegar, si no a valer tanto como t, al menos a ponerme en condicin
tal, que no se rieran de m cuando te miraba.

--Mentiroso, t tambin has aprendido a disimular. Ni una sola vez te
has acordado de m en tanto tiempo... Pero no te acerques tanto.
Cuidado, no me tomes la mano. Parece que tienes fuego dentro de los
guantes. Doa Mara nos observa.

--Yo no s disimular como t. Te he querido con toda mi alma, Inesilla,
y con veinte almas ms, porque una sola no basta para quererte como te
quiero... Dime con la mano puesta sobre el corazn si lo mereces t;
dmelo.

--Pues no lo he de merecer--me contest sonriendo--. Merezco eso y mucho
ms, porque me lo tengo ganado y pagado con inters y anticipacin.
Pero no ve usted, Sr. D. Gabriel--aadi alzando la voz--qu hendidura
tan grande es esa que hay en el techo?

--Ins, si es verdad lo que me dices, dmelo otra vez, y alza la voz.
Quiero que lo oigan doa Mara, D. Diego y los murcilagos.

--Calla; por haber estado tanto tiempo sin verme, mereceras... a ver,
que mereceras?

--Bastante castigado estoy por los celos, por unos terribles celos que
me han estado mordiendo el corazn, y me lo muerden todava.

--Celos! De quin?

--Me lo preguntas t? De lord Gray.

--T has perdido el juicio--dijo con precipitacin y atropellndose en
sus labios frases rpidas y confusas--. l lo dice!... Tal vez... Ese
hombre me causar grandes pesadumbres.

--T le amas?

--Por Dios, habla bajo, disimula.

--Yo no puedo disimular. Yo no estoy, como t, educado en esta escuela
de los fingimientos. Yo no puedo decir ms que la verdad.

--Has dicho que yo amo a lord Gray? Jams he pensado en tal cosa.

--Oh! Qu har para creerlo? Bajo la autoridad de doa Mara has
aprendido de tal modo a disfrazar los pensamientos, que hasta se ocultan
a mis ojos, tan acostumbrados, no slo a leerlos, sino a adivinarlos. Ha
desaparecido aquella claridad que te rodeaba, y que te haca doblemente
hermosa ante m. Ya no hablas aquella palabra divina que ningn mortal,
y menos yo, poda poner en duda. Ahora, Ins, me asegurars una cosa, me
la jurars, y... qu quieres t?, no lo creer. Maldita sea mil veces
doa Mara que te ha enseado a disimular!

--Si te alteras de ese modo, no podremos hablar--repuso con agitacin en
voz baja; y luego, en voz alta, aadi--: Sr. D. Gabriel, estas estampas
de Dafne y Apolo, de Jpiter y Europa son indecorosas, y hemos encargado
a Sevilla una coleccin de santos para sustituirlas. Pero qu has dicho
de lord Gray?--prosigui quedamente--. Que le amo yo? Oh, ese hombre
me traer alguna desgracia! No repara en nada. Qu loca he sido! Me
encuentro comprometida! Gabriel, te suplico que olvides lo que te haya
dicho lord Gray. Olvdalo, y a nadie, ni a tu confesor, hables de eso.
T reconocers que est lleno de seducciones y que no es extrao que su
fantasa acalore y agite el alma de una... Pero no hables de eso. Calla,
por favor.

--De veras no le amas?

--No.

--Ama a alguna otra de esta casa?

--No s... calla... no, a nadie de esta casa--respondi turbada--. Pero
no merezco que me creas?

--No, casi no.

--Me has conocido mentirosa?

--No s qu tiene esta casa y todos los que la viven. Me parece que en
esta morada del disimulo y la mentira, ninguna cosa es como aparece.
Mienten los que aqu moran; mienten los que aqu viven, y hasta yo he
necesitado mentir para que me admitieran. Esta atmsfera est formada de
falsedad y engao. Los corazones, oprimidos por una autoridad
insoportable, necesitan desfigurarse para que se les permita vivir. Esta
casa, esta familia, a quien preside desde su silln doa Mara, como el
genio de la tristeza, no es para m. Me ahogo, y deseo huir de este
sitio. Veo aqu mil misterios, y sobre todos mis sentimientos domina
uno, que es el ms antiptico y desagradable de todos: la desconfianza.
El corazn se me oprime cuando considero que t, Inesilla, t me dices
una cosa, me la juras y yo no la puedo creer.

--Ten calma. Doa Mara no nos quita los ojos. D. Diego tampoco. Yo me
muero de pena... Pero, por Dios, Sr. D. Gabriel--aadi en voz alta--.
Un hombre que va a tomar el hbito cuando acabe la guerra, no debe
entusiasmarse tanto al hablar de una batalla.

Doa Mara, desde su trono, me interpel pompossimamente de esta
manera:

--Pero, Sr. D. Gabriel, que oigamos todos esas maravillas que est usted
contando con tanta vehemencia, con tanto ardor.

--Me contaba--dijo Ins con una naturalidad que me asombr--que en cierta
ocasin, estando l en una casa del arrabal de Zaragoza, los franceses
abrieron una mina, pusieron no s cuntos barriles de plvora, no fue
as?, y luego pegaron fuego.

--Y luego, Sr. D. Gabriel?

--Y luego volamos todos hasta el quinto cielo--repuse--. Siento que
usted no hubiera estado all... pues... para que lo hubiera visto.

--Gracias.

Los vencejos me tomaron por su cuenta para que les explicase cmo fue
aquello de mis vuelos y cabriolas por el aire, y en tanto llegose Ins
junto al silln de doa Mara, llamado por esta; y yo con disimulo
(tambin aprenda) prest atencin a lo que dijeron.

--Ha sido demasiado larga tu conversacin con el militarcito--le dijo
con desabrimiento la seora--. Veinte minutos! Has estado en coloquio
con l veinte minutos!

--Seora madre--repuso Ins--si se empe en contarme sus hazaas... Yo
buscaba ocasin de poner punto; pero l, dale que dale. Me refiri siete
sitios, cinco batallas y no s cuntas escaramuzas.

--Cmo finge, cmo miente, cmo engaa!--exclam para m ciego de
rabia--. La ahogara!

Lord Gray se junt despus con Ins y hablaron largamente. Mi rabia,
motivada por una duda cruel, era tanta, que apenas poda disimularla,
hablando pestes de las Cortes ante doa Mara, Ostolaza y Valiente.

Avanzaba la hora y doa Mara indic con majestuosa gravedad el fin de
la tertulia. Despedime de Ins, que a hurtadillas me dijo:

--Cuidado con lo que te he encargado.

Y luego tard en despedirse de lord Gray ms de diez minutos. Por mi
parte anhelaba salir para no volver ms a aquella casa, y saludando a la
condesa, echeme fuera, juntndose conmigo en la escalera lord Gray, que
sali un poco despus.

--Amigo--le dije cuando estbamos en la calle--en todas partes es usted
el favorecido de las damas.

No se dign contestarme. Iba con la cabeza inclinada, fruncido el ceo y
mudo como una estatua. Repetidas veces me esforc por hacerle hablar;
pero sus labios no articularon una slaba, y slo en la calle Ancha, al
despedirse de m, me dijo sombramente:

--El amigo que sorprende un secreto mo y usa de l sin mi licencia, no
es mi amigo. Usted me conoce?

--Un poco.

--Pues suelo reir con los amigos.

--Antes de reir nosotros, quiere usted acabar de perfeccionarme en la
esgrima?

--Con mucho gusto. Adis.

--Adis.




XII


Pasaron das, muchos das. Yo tan pronto deseaba volver a casa de
Rumblar, como haca intencin de no poner ms los pies en aquella casa,
porque me repugnaban los artificios que hacan de las tertulias una
completa representacin de teatro. Durante algn tiempo no vi a lord
Gray ni en la Isla ni en Cdiz, y cuando pregunt por l en su casa, el
criado me neg la entrada, dicindome que su amo no quera recibir a
nadie.

Ocurri esto el da de la bomba. Saben ustedes lo que quiero decir?
Pues me refiero a un da memorable porque en l cay sobre Cdiz y junto
a la torre de Tavira la primera bomba que arrojaron contra la plaza los
franceses. Ha de saberse que aquel proyectil, como los que le siguieron
en el mismo mes tuvo la singular gracia de no reventar; as es que lo
que vena a producir dolor, llanto y muertes, produjo risas y burlas.
Los muchachos sacaron de la bomba el plomo que contena y se lo
repartan llevndolo a todos lados de la ciudad. Entonces usaban las
mujeres un peinado en forma de saca-corchos, cuyas ensortijadas
guedejas se sostenan con plomo, y de esta moda y de las bombas
francesas que provean a las muchachas de un artculo de tocador, naci
el famossimo cantar:

    Con las bombas que tiran
    los fanfarrones,
    hacen las gaditanas
    tirabuzones.

Pues como deca, el da de la bomba, despus de tocar intilmente a la
puerta del noble ingls, llevome el destino segunda vez a casa de la
seora doa Mara, disponindose las cosas de modo que cuando me
encaminaba a casa de dona Flora, tropezase con el seor D. Diego, el
cual me habl as:

--Vienes de casa de lord Gray? Dicen que est con la morria. Nadie le
ve por ninguna parte. Por fin, he conseguido de mi madre que no le
reciba ms en casa.

--Por qu?

--Porque es muy aficionado a las muchachas, y no me gusta verle hablar
con mi novia. Mam no quera; pero me plant, chico. O lord Gray o
yo--dije--y no hubo ms remedio.

--Segn eso, le han puesto en la puerta de la calle.

--Con cortesa y disimulo. Mi mam ha dicho que hallndose un poco
enferma, suspende por ahora las tertulias.

--Y no salen?

--A misa van las cuatro los domingos muy temprano. Pero puedes ir a casa
cuando gustes. Mam te aprecia y siempre est preguntando por ti. Ahora
precisamente, te ruego vengas conmigo para servirme de testigo.

--De testigo?

--S. Mi mam quiere castigarme porque le han dicho que me vieron ayer
en un caf. Es verdad que estaba, pero yo lo he negado, y para dar ms
fuerza a mis argumentos he dicho: Pregntele usted al Sr. D. Gabriel, y
como no diga que estuvimos juntos viendo sacar agua de la noria....

--Pues vamos all.

Entramos, pues, y en la reja del patio, el criado nos dijo que la seora
doa Mara haba salido.

--Viva la libertad!--exclam D. Diego haciendo un par de cabriolas--.
Gabriel, estamos solos. Hermanillas, alegrmonos y regocijmonos.

La chillona algazara que desde los aposentos vino a mis odos, indicome
que las hembras estaban libres tambin de la ominosa esclavitud. Cuando
entramos en la estancia de D. Diego, al punto se nos present D. Paco,
aturdido, sofocado, balbuciente, con unas disciplinas en la mano, el
vestido menos puesto en orden que de ordinario, y ostentando algunas
desgreaduras en lo alto de su peluqun.

--Seorito D. Diego--exclam con furia semejante a la de esos perrillos
que ladran mucho sin que jams el transente se detenga a mirarlos--, la
seora mand que no saliese usted de casa. Se lo dir cuando venga.

El condesito tom un palo que frontero a la cama y en lugar medio oculto
tena, y esgrimindolo de un modo alarmante por las costillas del ayo,
grit:

--Canalla, pedantn... Si dices una palabra... no te dejar un hueso en
su lugar.

--Esto no puede tolerarse--dijo D. Paco, no ya enfurecido sino
lloroso--. Dios eterno, y t, Virgen Santsima del Carmen, tened
compasin de m! Este nio y sus hermanas van a quitarme los pocos das
que me restan de vida. Si les permito hacer su gusto, la seora me rie,
y ms quisiera ver al sol apagado que a la seora colrica. Si quiero
sujetarlos, palos, rasguos, araazos, tijeretazos y otros mil martirios
espantosos... Pues s, seor D. Dieguito: se lo dir a la seora, yo no
puedo aguantar ms... Pues no digo nada de lo de las saliditas por las
noches! Yo no puedo acallar la voz de mi conciencia que me dice:
Malvado!, servidor desleal!, traidor!... No; se lo dir a la seora,
se lo dir al ama, y entre tanto, orden, silencio, obediencia, todo el
mundo a su sitio.

D. Diego, ciego de enojo, enarbol el palo, y a comps con los
movimientos de su brazo que apuntaban impamente a las costillas del
pobre ayo, iba diciendo:

--Orden, silencio, obediencia.

Tuve que imponerme para que no acabara con el desdichado perceptor, que
aun vapuleado de aquel modo, tena la prudencia de no gritar, porque no
se enterase la vecindad del escndalo, y con voz sofocada deca
llorando:

--Que me mata este caribe! Favor, seor D. Gabriel, favor!

Huy D. Paco por el pasillo adelante buscando refugio, y siguiendo tras
l, dimos los tres en una gran pieza, desde la cual se pasaba a otra con
espaciosas rejas a la calle, donde vimos el espectculo de la ms
horrenda anarqua que pueden ofrecer en el interior de una honesta casa
las demasas de la libertad. Asuncin, Presentacin, Ins, las tres
estaban all, libres, sueltas, en posesin completa de sus gracias,
donaires, iniciativa y travesura. Pero antes de deciros lo que hacan
aquellos pajaritos aprisionados a quienes se permita por un momento dar
vueltas holgadamente por la jaula, voy a indicaros cmo era esta.

Varias cestas de labores y algunos bastidores de bordados indicaban que
all tena la seora condesa el taller de educacin y trabajo de sus
nias. Una pequea pero anchsima silla, de fondo hundido por el peso
constante de corpulenta humanidad, denotaba el lugar de la presidencia.
Tambin haba una mesilla con libros, al parecer devotos, y en las
paredes no caban ya ms estampas y lminas bordadas, entre las cuales
el mayor nmero era una variada serie de perritos con el rabo tieso y
los ojos de cuentas negras.

Un pequeo altar ostentaba mil figuras de bulto y realce, alternando con
estampas que sin duda haban pertenecido a libros, y en la delantera
algunos pares de candelabros de plata antigua, sostenan velas de picada
y filigranada cera, adornadas con papelitos, festones y otros primores
de tijera. Pomposos ramos de flores de trapo, que a cien mil leguas
declaraban haber sido hechos por manos de monjas, completaban el ajuar
del altarejo, juntamente con algunos pequesimos objetos de plomo,
representando sagrados adminculos, tales como clices y custodias,
lmparas y misales. Estos juguetes los hacan entonces los veloneros
para los nios buenos y que no lloraban.

Vi asimismo objetos de un orden enteramente distinto, es decir, trajes
hermossimos de mujer, arrojados en desorden por el suelo, y tambin
escofietas, moos, lazos, abanicos, quirotecas, zapatillas de raso y
luengos encajes de aquellos finsimos y hereditarios, que eran, como los
diamantes, orgullo y riqueza de las familias. Los bordados, las cestas
de costura, rellenas de fastidiosas telas blancas de indiana y cotona,
pertenecan a Presentacin; los libros, el altar con todo lo que en l
haba de mstico e infantil, eran de Asuncin; y los lujosos trajes y
adornos eran de Ins, que los haba bajado para que los viesen sus
primas.

Estaban las tres vestidas segn lo que entonces el vulgo, no menos
galicista que ahora, llamaba un <i>savill</i>. Con semejante traje, que era,
por exigirlo la moda, la menos cantidad posible de traje, y lo
absolutamente necesario para que las lindas personas no anduvieran
desnudas, ni la madre ms tolerante y descuidada habra permitido que se
presentasen delante de un hombre, aunque fuese pariente cercano. Estaban
las tres, como digo, graciossimas y sin comparacin ms guapas que en
las tertulias. La libertad permitindoles una alegre y bulliciosa
agitacin, haba impreso en sus mejillas frescos y risueos colores, y
las lenguas charlatanas de las dos hermanitas llenaban con dulce y
picotera msica el mbito de la estancia. La voz de Ins apenas se oa.

Os dir lo que hacan y esto es reservado, reservadsimo, pues si doa
Mara supiese que ojos humanos haban visto a sus nias en tales arreos,
y que orejas de varn haban odo cantar seguidillas a una de ellas,
reventara de pesadumbre, o se sepultara para siempre, antes avergonzada
que muerta en el sarcfago de sus mayores. Pero seamos indiscretos y
contemos lo que vimos, ocultos en la estancia inmediata y sin ser vistos
por ellas. Ins, en quien primeramente se fijaron mis ojos desde la
puerta, estaba en la reja, como en acecho, mirando ora a la calle, ora
adentro, sin duda para dar la voz de alarma en cuanto el pomposo perfil
y los pomposos y temidos espejuelos de doa Mara volviesen la esquina
de la calle Ancha. Le o decir claramente:

--No seis locas... que va a venir.

Presentacin, la ms pequea de las dos hermanas, estaba en medio de la
pieza. Creern ustedes que rezando, cosiendo u ocupada en algn otro
grave menester? Nada de eso, pues no estaba sino bailando, s, seores,
bailando. Y qu zorongo, qu zapateado tan hechicero! Quedeme absorto
al ver cmo aquella criatura haba aprendido a mover caderas, piernas y
brazos con tanta sal y arte tan divino cual las ms graciosas majas de
Triana. Agitada por la danza, chasqueando los dedos para imitar el ruido
de las castauelas, su vocecita sonora y dulce deca con lnguida y
soolienta msica:

    Toma, nia, esta naranja
    que he cogido de mi huerto,
    no la partas con cuchillo
    que est mi corazn dentro.

Asuncin, que era la mayor, de una hermosura menos picante y graciosa
que su hermana, pero ms acabada, ms interesante, ms seria, digmoslo
as, en una palabra, mucho ms hermosa, se haba puesto algunas de las
joyas y preseas de Ins. Cogi una gran rosa de papel de las que
adornaban el altar, y psosela orgullosamente en el moo; tom despus
tres varas de aquellos encajes finsimos de Brujas, de tan sutil
urdimbre que parecen hechos por moscas o araas, plidos ya y
amarilleados por el tiempo, y agitndolos en las manos, los ech hacia
arriba, dejndolos caer sobre su cabeza y hombros, con tanta, con
tantsima gracia, seores, cual si toda su vida hubiese estado midiendo
en las tardes de primavera las baldosas de la calle Ancha, plaza de San
Antonio y alameda del Carmen.

Yo estaba asombrado contemplando tales transformaciones y me sorprenda
su extraordinaria belleza de la muchacha, cuando la vi realzada con los
atractivos que el arte presta tan hbilmente a la hermosura. Y qu bien
saba ella aplicarlos a su persona! Qu singular talento el suyo para
poner cada objeto en el sitio donde deba estar, y donde las leyes ms
rigurosas de la esttica queran y mandaban que estuviese!

Despus de rodear su cabeza con las blondas, colgose de las orejitas los
ms hermosos pendientes que creo han salido de manos de artfice
platero. Luego estuvo mirndose un rato en el vidrio que cubra cierta
estampa del Purgatorio, llena toda de nimas, diablos, llamas,
culebrones, sapos, cocodrilos, ruedas, sartenes, peroles, etc..., y
contempl all su imagen confusa, por no haber en la estancia espejo, ni
vidrio azogado que hiciese sus veces. Despus volvi la cabeza para
verse la cada de faldas por detrs, tom un abanico, dio el meneo a las
varillas, que chillaron desarrollando un vasto paisaje poblado de
amorcitos, y echndose aire con l, comenz a pasear por la habitacin,
rindose de s misma y de la risa que a las otras dos causaba.

Viendo tal profanacin, escndalo y desacato, penetr el insigne D. Paco
en la pieza, y exclam:

--Qu alboroto es este? Asuncioncita, Presentacioncita, todo se lo
contar a mam cuando venga, todo, todito.

Presentacin ces de cantar, y tomando al preceptor por un brazo, le
dijo:

--Sr. D. Paquito mo, si no le dices nada a mam, te doy un beso.

Y en el acto se lo dio en sus secas y arrugadas mejillas.

--A m no se me seduce con besitos, nias--repuso el viejo vacilando
entre el rigor y la tolerancia--. Cada una a su puesto, a leer, a coser.
Asuncioncita de todos los demonios, qu descaro es ese?

--Calle usted, so bruto--dijo Asuncin con muchsima sal.

--Si es un animal--aadi Presentacin dndole un sopapo con su suave
manecita.

--Ms respeto a mis canas, nias--exclam afligido el anciano--. Si no
fuera porque las he visto nacer, porque las he criado a mis pechos,
porque las he cantado el ro-ro...

Presentacin haciendo gestos de delicada urbanidad, remedando a una
persona que durante el paseo encuentra en la calle a un conocido, parose
ante D. Paco, hizo una graciosa reverencia y le dijo:

--Oh! Sr. D. Protocolo, usted por aqu? Cmo est la seora doa
Circunspecta? Va usted al baile del barn de Simiringande? Qu dice
hoy la <i>Gaceta</i> de Pliquisburgo?...

--Eh... eh...--exclam D. Paco, queriendo contener la risa que le
embobaba--. Miren la mocosa cmo habla, hacindose la seora mayor.
Buena pieza tenemos en casa. Qu escndalo, qu profanidad! De dnde
habr sacado esta nia tales picardas?

Y luego insistiendo ella en llevar adelante el chistoso papel que estaba
desempeando, llegose a Ins, que tambin se mora de risa, y le dijo:

--Ola, madama! Cmo la porta bu...? Ha visto bu a la condesa? Qu
magnfico ha estado el concierto y la pera de Mitrdates! Oh!,
madama... andiamo a tocare il forte piano... Aqu viene il maestro sior
D. Paquitini... tan, taral, tan tin, tan.

Y se puso a bailar un minueto.

--Vaya--exclam D. Paco, echndosela de benvolo, pero afectando mucha
seriedad--les perdono lo que ha pasado si se acaba este jaleo, y va cada
una a su puesto. La seora viene.

Ins continuaba en la reja atisbando afuera, y tambin a ratos deca:

--Que va a llegar!

Presentacin volvi a cantar, y luego dijo:

--Paquito de mi alma, si bailas conmigo te doy otro beso.

Y sin esperar respuesta del anciano, le tom por los brazos, hacindole
dar rpidas vueltas.

--Que me atonta, que me mata esta condenada--exclamaba el maestro,
describiendo curvas sin poderse defender, ni soltar.

--Ay, Paquito de mi alma y de mi vida, cunto te quiero!--deca
Presentacin.

El preceptor, abandonado de los giles brazos de su pareja, cay al
suelo, pidiendo al cielo justicia; la muchacha le enred una flor entre
las blancas guedejas de su peluca de ala de pichn, y dijo as:

--Toma, amor mo, esta flor en memoria de lo que te quiero.

Quiso levantarse, y empujado por Asuncin, cay al suelo. Quiso tirar de
l Presentacin y quedose con un pedazo de solapa en la mano. Levantose
al fin, y persiguindole las dos con risas y festejo, trat una de ellas
de darle un latigazo con una varita de sacudir telas; mas lo hizo con
tan mala suerte que dando un cachiporrazo al altar, toda la mquina de
santos, velas y juguetes se vino al suelo con estrpito. Mientras acuda
a remediar el desperfecto, D. Paco estaba en tierra de rodillas, con los
brazos en cruz y la mirada fija en el techo y con voz compungida y
entrecortada, mientras gruesos lagrimones lustraban sus mejillas, deca:

--Seor Omnipotente y Misericordioso: que estas agonas sean en
descargo de mis pecados! Mucho padeciste en la cruz; pero y esto,
Seor, esto no es cruz, estos no son clavos?, estas no son espinas?,
estos no son bofetones y hiel y vinagre? Castigo es este del gran
pecado que comet ocultando a mi seora las travesuras de estas nias, y
las mil picardas que han aprendido sin que nadie se las ensease; pero
por la lanzada que te dieron, Seor, juro que ser leal y fiel con mi
querida ama, y que no he de ocultarle ni tanto as de lo que pasa.

D. Diego y yo, que habamos permanecido observando aquel espectculo sin
ser vistos, quisimos entrar; pero vimos que Ins se apart vivamente de
la reja, y en el mismo instante pas por la calle una figura, una
sombra, en quien reconocimos a lord Gray. Apenas habamos tenido tiempo
de reconocerle, cuando un objeto, entrando por la reja, vino a caer en
medio de la sala. Al punto se abalanz hacia el pequeo bulto D. Paco, y
observndolo y recogindolo, dijo:

--Una cartita, eh? La ha arrojado un hombre.

Ins, que se acerc de nuevo a la reja, exclam con terror:

--Doa Mara, doa Mara viene ya!




XIII


Se quedaron muertas, petrificadas; pero con presteza extraordinaria las
tres empezaron a ordenar los objetos, para que cada cosa estuviese en su
sitio. Arreglaron el altar atropelladamente; despojose la una de los
atavos que se haba puesto; compuso la otra su vestido en desorden;
pero por ms prisa que se daban, tales eran la confusin y desconcierto
producidos all por la anarqua, que no haba medio de volverlo todo a
su primitivo estado. D. Diego me dijo, al ver que las muchachas iban a
ser sorprendidas antes de poder borrar las huellas de su rebelin:

--Amigo, huyamos.

--A dnde?

--A la Patagonia, a las Antpodas. T no adivinas lo que va a pasar
aqu?

--Quedmonos, amigo, y tal vez hagamos una buena obra defendiendo a
estas infelices, si el preceptor las delata.

--Viste que pas un hombre y arroj dentro un billete?

--Era lord Gray. Veamos en qu para esto.

--Pero mi madre viene; y si te ve aqu en acecho...

Ni esta consideracin me hizo apartar de la estancia que nos serva de
observatorio; pero afortunadamente doa Mara no entr por all, y
pasando primero a su alcoba, penetr por esta a la funesta habitacin
donde ocurriera el sainete que iba a terminar en tragedia. Nosotros nos
pusimos en disposicin de poder orlo todo sin ser vistos, aunque
tambin sin ver nada. Sepulcral silencio rein por breve tiempo en la
pieza, y al fin interrumpiole la condesa, diciendo con la mayor
severidad:

--Qu desorden es este? Ins, Asuncin, Presentacin... ese altar
destrozado, esos vestidos por el suelo... Nias, por qu estis tan
sofocadas, por qu tenis tan encendido el rostro?... Temblis... Vamos
a ver; Sr. D. Paco, qu ha pasado aqu?... Pero qu veo? Seor D.
Paco, seor preceptor, por qu tiene usted destrozada la ropa?... Pues
y ese gran cardenal en el carrillo...? Ha estado usted quitando
telaraas con la peluca?

--Se... se... seora doa Mara de mi alma--dijo el ayo con voz trmula
y cierto hipo producido por su gran zozobra y la lucha que diversos
sentimientos sostenan sin duda entonces en su pobre alma--yo no puedo
callar ms... Mi conciencia no me lo permite. Yo... hace cuarenta aos
que co... co... como el pan de esta casa... y no puedo...

No pudiendo seguir, prorrumpi en llanto copiossimo.

--Pero a qu vienen esos lloros?... Qu han hecho las nias?

--Seora--dijo al fin D. Paco entre sollozos, hipidos y babeos--; me han
pegado, me han arrastrado, me han... Asuncioncita se puso a imitar a la
gente de los paseos. Presentacioncita bail el zorongo, el bran de
Inglaterra y la zarabanda... Luego pas por la calle un caballerito,
mir adentro y les arroj este billete.

Hubo un momento de silencio, de esos silencios angustiosos como el que
precede al caonazo, despus que se ha visto la mecha prxima al cebo.
Durante aquel intervalo de mudo terror, que desde la escena donde tal
drama pasaba se comunic a nosotros, hacindonos temblar como quien
aguarda un terremoto, se sintieron los tenues chasquidos de un papel que
se desdobla, y luego una exclamacin de sorpresa, asombro o no s si de
fiereza inaudita, que sali del tempestuoso seno de doa Mara.

--Esta letra es de lord Gray...--exclam--. Qu desvergonzado
atrevimiento! A quin de vosotras se dirige la carta? Dice: Idolatrado
amor mo: si tus promesas no son vanas.... Pero una persona como yo no
puede leer tales indecencias!... A quin de vosotras dirige lord Gray
esta esquela?

Continu el silencio, uno de esos silencios que parecen anunciar el
desplome del mundo.

--Presentacin, es a ti? Asuncin, es a ti? Ins, es a ti? Responded
al momento. Seor misericordioso! Si alguna de mis hijas, si alguien
nacido de mis entraas ha dado motivo para que un hombre le dirija estas
palabras, prefiero que muera ahora mismo, y yo detrs, antes que tolerar
tal deshonra!

La imprecacin retumb en la sala como una voz de los pasados siglos que
clamaba en defensa de cien generaciones ultrajadas. Oyronse luego
llantos comprimidos y el resoplido de D. Paco, que as desfogaba los
ardores de su corazn, inflamado ya por nobles impulsos de generosidad.

--Seora--dijo moqueando y babeando--perdone usa a las nias. Eso no
habr sido nada. Tal vez un tuno que pas por la calle. Ellas se han
estado muy calladitas.

--Se me figura--dijo doa Mara sin perder la dignidad en su clera--que
no tendr que hacer grandes averiguaciones para saber quin ha motivado
esta amorosa epstola. T, Ins, t has sido. Hace tiempo que sospechaba
esto...

Nuevo silencio.

--Responde--prosigui doa Mara--. Yo tengo derecho a saber en qu
emplea su tiempo la que va a casarse con mi hijo.

Entonces o la voz de Ins, que claramente y no muy turbada responda:

--S, seora doa Mara. Lord Gray escribi para m. Perdneme usted.

--De modo que t!...

--Yo no tengo culpa... Lord Gray...

--Te ha trastornado el juicio--dijo doa Mara--. Bonita y ejemplar
conducta de una nia de tu condicin, que representa una de las ms
principales casas de Espaa! Ins, vuelve en ti, por Dios, repara quin
eres! Es posible que una joven destinada?... Yo he observado que es tu
natural de suyo profano a las mundanidades. Ya supieron lo que se hacan
destinndote a ser casada y a ocupar alto puesto en la corte, que si por
arte del demonio hubirante consagrado al claustro o a un decoroso
celibato... pobre criatura!, tiemblo de pensarlo.

La ansiedad y zozobra que yo experimentaba no me permitieron reflexionar
sobre las peregrinas ideas de doa Mara.

--No has sido t educada por m--prosigui esta--que de haberlo sido...
otra sera tu conducta...

--Seora madre--dijo Asuncin llorando--. Ins no volver a faltar ms.

--Calla t, necia. Despus os ajustar a vosotras dos las cuentas, pues
dijo D. Paco que habais bailado y cantado.

--No, seora, no ha habido nada de baile ni de canto: fue broma
ma--exclam muy sofocado el pobre preceptor, cuyo espritu se afliga
con los crueles alardes de justicia de su seora.

--Y para qu has bajado estas ropas?--pregunt la condesa a Ins.

--Para que ellas las vieran. Las subir, seora, y no las volver a
bajar ms--repuso Ins con humildad.

--Qu fundamento de nia! No conoces que si a ti te cuadran estos
trapos y adornos, a ellas ni aun debe permitrseles el mirarlos? Tu
conducta no puede ser ms contraria al decoro.

--Seora doa Mara--dijo D. Paco--permtame usa que la diga que la
seora doa Inesita en lo ntimo de su corazn deplora el disgusto que
la ha dado. No es verdad, seora doa Inesita? Vaya, seora doa Mara,
perdn al canto, y todo se acab.

--No se meta usted en lo que no le importa, Sr. D. Paco--dijo la
condesa--. Y t, Ins, ten entendido que sers perdonada, si las cosas
no siguen adelante. Y no digo ms sobre el particular. Ya saben ustedes
que soy benvola hasta la exageracin, tolerante hasta la debilidad.
Cirrense esas rejas al punto, y vamos a trabajar y a rezar... Ins, te
lo repito, respira tranquilamente. Con tal que no vuelva a repetirse...

Oyronse voces de las muchachas, que si no de alegra y completa
bonanza, indicaban que el temporal iba pasando.

D. Diego me dijo:

--Vmonos, no sea que mi madre quiera salir por aqu y nos sorprenda.

Nos apartamos de all.

--Qu te parece lo que hemos odo?

--Una infamia, una alevosa, un crimen sin ejemplo--exclam no pudiendo
contener la clera que me dominaba.

--Qu te parece la Inesita?... Buena pieza en verdad...

--Ese ingls de los demonios, ese monstruo que nos ha enviado aqu la
Gran Bretaa es el ser ms odioso, ms abominable que existe en la
tierra. Por mi parte, digo que le aborrezco, que le abomino; que sin
piedad le matara, que me bebera su sangre... Adis, me voy.

--Te vas?

--S: no quiero estar ms en esta casa.

--Pero hombre, t ests tonto. Si te he trado aqu para que me ampares.
T no sabes que ahora mi seora mam, despus que ponga fin a la
justiciada de all, ha de venir a emprenderla conmigo por la escapatoria
de ayer tarde. Olvidas, hombre ligero y frvolo, que has de atestiguar
que me viste ayer ocupado en dar vueltas a la noria?

--No quiero farsas, ni falsos testimonios, ni tengo para qu ver a doa
Mara... Adis.

--Hombre cruel, detente. Mi madre sale.

En efecto, en el corredor atrapome la seora condesa, la cual despus de
mostrarse sorprendida y no muy agradablemente con mi presencia, me
salud, obligndome a pasar a la sala.

--Estabas aqu?--pregunt a su hijo.

--S, seora: Gabriel y yo estbamos en mi cuarto leyendo unos libros de
aritmtica, y l me enseaba a encontrar la quinta parte por un medio
nuevo; y como ayer cuando estuvimos viendo dar vueltas a la noria, yo
apost a que no poda ser tal cosa, vino hoy a demostrrmelo.

--Conque estuvieron ustedes ayer tarde en la noria?

--S, seora; dando vueltas a la noria... quiero decir, viendo.

--Es un entretenimiento inofensivo...

--S, seora... e instructivo.

--Propio de jvenes de cabeza sentada--dijo doa Mara--. Sin embargo,
he odo que a la noria va mucha gente de mal vivir.

--No seora, de ninguna manera. Cannigos, militares de coronel para
arriba, seoras mayores, frailes...

--Mi hijo es algo distrado, y por eso temo... Pronto ser libre y dueo
de sus acciones, porque en los asuntos de un hombre casado, sobre todo
si est en cierta posicin, no deben entrometerse las madres.

--Exactamente. Y cundo se casa D. Diego?

--Ya no hay da seguro--respondi doa Mara, con firmeza.

--Y en verdad, Sr. D. Diego--dije yo volvindome hacia mi amigo--que se
lleva usted la ms hermosa muchacha que hay en todo Cdiz.

--Lo que es eso...--dijo la condesa con afectacin--mi hijo puede estar
satisfecho de la suerte que le ha cabido en su eleccin, mejor dicho, en
nuestra eleccin, pues nosotras lo hemos arreglado todo. Para que nada
falte a esa muchacha, tiene hasta aquellas sutiles cualidades de ingenio
y amabilidad que la harn uno de los ms bellos adornos de la corte,
cuando la haya. Y no se diga que a una joven mayorazga, destinada a
casarse con otro mayorazgo, se la debe sujetar y comprimir para que ni
hable, ni trate con personas de mundo. Eso no; eso sera ridculo, y
nada hay ms contrario a la alteza y sonoridad de ciertas familias que
verlas representadas en la corte por una damisela encogida, vergonzosa,
que se asusta de la gente y no sabe decir ms que <i>buenas tardes</i> y
<i>buenas noches</i>.

--Pues maldita la gracia que me hace--dijo D. Diego con
desabrimiento--ver a mi novia muy amartelada con lord Gray en este
saln.

Doa Mara se puso encendida.

--Este joven--dije yo--no eleva su entendimiento hasta los altos
principios de la educacin castiza. Pues acaso su mujer va a ser monja?
A las que van a ser monjas o solteras, bueno que se las ensee a no
levantar los ojos del suelo; pero a las que van a casarse y a ser
grandes seoras... Pero hombre, est usted loco? Mi amigo es un necio,
un caviloso, seora. Apostamos a que por estas y otras imaginaciones
ridculas va a dar en la flor de decir que no se casa?

--Cmo!--exclam la dama--. Mi hijo no ser capaz de tal simpleza.

--S, seora, s ser capaz--dijo D. Diego sin poder contener el mpetu
de sus celos.

--Diego, hijo mo!

--S, seora, lo que dice Gabriel es verdad, no quiero casarme, al menos
hasta ver...

--No puede darse necedad mayor--dije--. Porque lord Gray haya conseguido
con su buena apostura, sus finos modales, su talento...

--Mi hijo no me dar tan gran pesadumbre.

La condesa, por hallarse en presencia de un extrao, no solt la ira que
a borbotones quera escaprsele del pecho, al ver en su hijo la
obstinada genialidad, que amenazaba echar por tierra todos sus
proyectos; mas conociendo yo que aquel volcn necesitaba cumplido
desahogo por el crter de la boca y quizs por el de las manos, juzgu
prudente retirarme.

--Se marcha usted?--me dijo--. Ya, una persona discreta no puede
soportar las bachilleras y antojos de este inconsiderado nio.

--Seora--repuse--D. Diego es un nio obediente y har lo que su madre
le mande. Beso a usted los pies.

Quiso D. Diego salir conmigo; pero la condesa le detuvo, diciendo con
enojo:

--Caballerito, tenemos que hablar.

Yo anhelaba respirar fuera de aquella casa.




XIV


Al encontrarme en la calle mir a las rejas y las vi cerradas.
Atormentado por el recuerdo de lo que haba visto y odo, revolviendo en
mi cabeza pensamientos de venganza, proyectos de barbarie, y no s qu
ideas impas y locas, dije para m:

--Ya no me queda duda. Matar a ese maldito ingls.

En las mil alternativas y vicisitudes de mi vida, baj, sub, ca y
levanteme; cre tocar con mis manos fatigadas el fondo de aquel mar de
la borrascosa desventura, donde transcurri mi niez, y fuerzas
ignoradas me sacaron de nuevo a la superficie; luch y padec, dese la
muerte y am la vida; grandes vaivenes y sacudidas experiment; pero
cuando suba, y bajaba, y luchaba, y viva, y mora, jams dej de
percibir aquella luz, encendida ante la desgracia, lejana estrella a
quien consideraba como expresin de lo divino y sobrenatural que hay en
la existencia. Pero ya la luz se haba apagado, y volviendo los ojos en
derredor, yo no vea sino espantosas oscuridades. Lo que yo crea
perfecto ya no lo era; lo que yo juzgu mo, tampoco era mo, y pensando
en esto no cesaba de exclamar:

--Matar a ese condenado lord Gray. Ahora comprendo la satisfaccin de
matar a un hombre.

Turbado por los celos, mi corazn, que hasta entonces haba como
florecido, despidiendo un sentimiento apacible y contemplativo cual el
de la religin, arda ahora con apasionado centelleo, y lo que haba
amado, por extraordinaria contradiccin ms digno de ser amado le
pareca. Senta ansia de destruccin, y mi amor propio, mi orgullo
herido clamaban al cielo, haciendo a toda la creacin solidaria de mi
agravio. Yo crea que el universo entero estaba ofendido, y que cielo y
tierra respiraban anhelo de venganza. Cruc varias calles, repitiendo:

--Matar a ese ingls, le matar.

Al volver una esquina cre distinguirle y apresur el paso. S, era l.
Dios me lo pona delante; le vi de espaldas y corr; mas cuando estaba
junto a l y antes que me viera, pens que no era prudente precipitar un
hecho que deba tener justificacin completa. Procurando serenarme, dije
para m:

--Tengo la seguridad de sorprenderle dentro de la casa. Entretanto,
esperemos.

Le toqu en el hombro, y l, al volverse, me mir impasible, sin mostrar
ni alegra ni desagrado.

--Lord Gray--le dije--ha tiempo que estoy esperando la ltima leccin de
esgrima.

--Hoy no tengo humor para lecciones.

--La necesitar pronto.

--Va usted a batirse? Qu felicidad! Hoy tengo yo un humor!... Deseo
atravesar a cualquiera.

--Yo tambin, lord Gray.

--Amigo mo, proporcineme usted un hombre con quien romperme el alma.

--Tiene usted <i>spleen</i>?

--Horroroso.

--Y yo. Los espaoles tambin solemos padecer esa enfermedad.

--Es muy raro. En buena ocasin me ha salido usted hoy al encuentro.

--Por qu?

--Porque tena una mala tentacin. Estaba en lo ms negro de la negrura
del <i>spleen</i>, y pas por m la idea de pegarme un tiro o de arrojarme de
cabeza al mar.

--Todo por un amor desgraciado. Cunteme usted eso y le dar buenos
consejos.

--No me hacen falta. Yo me entiendo solo.

--Yo conozco a la mujer que le trae a usted a tan lastimoso estado.

--Usted no conoce nada. Dejemos esa cuestin y no hablemos ms de ella.

Aquella vez, como otras muchas, lord Gray esquivaba tratar el asunto.

--Con que quiere usted que le d una leccin?--me dijo despus.

--S; pero tal, que con ella aprenda de una vez todo lo que encierra el
noble arte de la esgrima; porque, milord, tengo que matar a uno.

--Es cosa fcil. Le matar usted.

--Vamos a casa de milord?

--No; vamos al ventorrillo de Poenco. Beberemos un poco. Y cundo va
usted a matar a ese hombre?

--Cuando tenga la certeza de su alevosa. Hasta hoy tengo indicios que
casi son datos evidentes; de los cuales resultan sospechas que casi son
la misma certidumbre. Pero necesito ms, porque mi alma, crdula hasta
lo sumo, forja sutilezas y escrpulos. La pcara quiere prolongar su
felicidad.

l call y yo tambin. Silenciosamente llegamos a Puerta de Tierra.

Haba en casa del seor Poenco gran remesa de majas y gente del bronce,
y las coplas picantes, con el guitarreo y las palmadas, formaban
estrepitosa msica dentro y fuera de la casa.

--Entremos--me dijo lord Gray--. Esta graciosa canalla y sus costumbres
me cautivan. Poenco, llvanos al cuarto de dentro.

--Aqu viene lo geno--exclam Poenco--. Desapartarse todo el mundo.
Abran calle; calle, seores... espejen, que pasa su majestad miloro.

--Muchachos, viva miloro y las cortes de la Isla!--grit el to
Lombrijn levantndose de su asiento y saludndonos, sombrero en mano,
con aquel garbo majestuoso que es tan propio de gente andaluza--. Y en
celebracin del santo del da, que es la santsima libertad de la
imprenta, se Poenco, suelte usted la espita y que corra un mar de
manzanilla. Todo lo que beba miloro y la compaa lo pago yo, que aqu
est un caballero pa otro caballero.

El to Lombrijn era un viejo robusto y poderoso, de voz bronca y gestos
gallardos y caballerescos. Era traficante en vinos y gozaba opinin de
hombre rico, as como de gran galanteador y mujeriego, a pesar de la
madurez de sus aos.

Lord Gray le dio las gracias, pero sin imitarle ni en el tono ni en los
movimientos, diferencindose en esto de la mayor parte de los ingleses
que visitan las Andalucas, los cuales tienen empeo en hablar y vestir
como la gente del pas.

--Oigast, to Lombrijn--dijo otro a quien llamaban Vejarruco, y que
era joven y curtidor en el Puerto--. A m no me falta ningn hombre
naco.

--Por qu lo dices, camaraya y en qu te he faltado?--dijo Lombrijn.

--Bien lo sabes, camaraya--repuso Vejarruco--. En que asina que vi
venir a miloro y la compaa, dije al seor Poenco: Lo que beba miloro
y la compaa, corre de mi cuenta; que aqu hay un caballero pa otro
caballero.

--Zorongo!--exclam Lombrijn--. Pero di, Vejarruco, eso es conmigo?

--Cachirulo!, contigo es.

--Estira ms esa estampa, que no te veo bien.

--Alarga el jocico pa que te tome el molde de l.

--Carambita! Ust no sabe que cuando me pica un mosquito le
desmondongo al momento?

--Sonsoniche! Ust no sabe que cuando le pego un pezco a un hombre
tiene que pedir prestaos dientes y muelas para comer?

--Basta ya, que se me van regolviendo los sentidos garrofales--dijo
Lombrijn--. Seores, empiecen a cantar el <i>requieternam</i> por ese
probesito Vejarruco.

--Alentato est el viejo.

--Pues all va la lezna.

Lombrijn se llev la mano al cinturn en ademn de sacar la navaja, y
todos los presentes, principalmente las mujeres, empezaron a gritar.

--Seores, no temblar--indic Vejarruco.

--No se batirn--me dijo lord Gray--. Todos los das hacen lo mismo y
despus no hay nada.

--No he trado el escarbador de dientes--dijo Lombrijn, encontrndose
sin armas.

--Pues ni yo tampoco--aadi Vejarruco.

--Camaraya, por eso no ha de quedar. Ust est amarillo. Seores,
cuando ech mano al cinturn me relucieron las uas, y pens que era
jierro.

--Zorongo! Camar, ust ha escondido la lezna para que no haya
compromiso.

--T te la habrs meto en el garguero.

--Yo no la traigo, por humani--repuso Vejarruco--porque como tengo esta
mano tan pes, se necesita mucha prudencia pa no matar caa momento.

--Vaya, djenlo para despus--dijo Poenco--y a beber.

--Lo que hace por m, no tengo prisa... Si Vejarruco se quiere confesar
antes que le endie...

--Lo que es por m... cuando Lombrijn quiera el pasaporte para la
<i>secula culorum</i>, se lo dar.

--Pelillos a la mar--dijo Poenco--; y pos que los dos han de morir,
mueran amigos.

--No hay por qu ofenderse, comparito. Ust se ha ofendo?--pregunt
Lombrijn a su antagonista.

--Cachirulo! Yo no, y ust?

--Tampoco.

--Pues vengan esos cinco mandamientos.

--All van, y vivan las Cortes y viva miloro.

--Para cortar la cuestin--dijo lord Gray--yo pagar a todo el mundo.
Poenco, srvenos.

Las majas que all haba obsequiaron a lord Gray con sonrisas y dichos
graciosos; pero el ingls no tena humor de bromas.

--Ha venido Mara de las Nieves?--pregunt a una.

--Pesato est con Mara de las Nieves. Nosotras somos aljofifas?

--Si miloro va esta noche a mi casa--dijo en voz baja otra, que era, si
no me engao, Pepa Higadillos--ver lo bueno. Mi maro ha ido a comprar
burros, y me divierto pa matar la sole.

--A donde ir miloro esta noche es a mi casa--indic otra que era ya
matrona--. A mi casa va toda la sal del mundo, y si miloro quiere poner
un par de pesetas a un caballo, no tengo comeniente... Mi casa es muy
principal...

Lord Gray se apart con hasto de aquella gente, y entramos en un
cuarto, donde el tabernero reciba tan slo a cierta clase de personas,
y la mesa junto a la cual nos sentamos viose al punto cubierta del rico
tributo de aquellas vias costaneras, que no tuvieron ni tienen igual en
el mundo.




XV


--Hoy voy a beber mucho--me dijo el ingls--. Si Dios no hubiese hecho a
Jerez, cun imperfecta sera su obra! En qu da lo hizo? Yo creo que
debi de ser en el stimo, antes del descanso, pues cmo haba de
descansar tranquilo si antes no rematara su obra?

--As debi de ser.

--No; me parece que fue en el clebre da, cuando dijo: Hgase la luz;
porque esto es luz, amigo mo, y quien dice la luz, dice el
entendimiento.

--Se miloro--dijo Poenco acercndose a mi amigo para hablarle con
oficioso sigilo--; Mara de las Nieves est ya loquita por vucencia. Se
hizo todo, y ya tiene su paoln, sus zarcillos y su basquia. Si no hay
nada que resista a ese jociquito rubio; y como vucencia siga aqu, nos
vamos a quedar sin donceyas.

--Poenco--dijo lord Gray--djame en paz con tus doncellas, y lrgate de
aqu, si no quieres que te rompa una botella en la cara.

--Pues najencia, me voy. No se enfade mi nio. Yo soy hombre discreto.
Pero sabe vucencia que ofrec dos duros a la ta Higadillos que llev el
paoln... ctera; ctera.

Lord Gray sac dos duros y los tir al suelo sin mirar al tabernero,
quien tomndolos, tuvo a bien dejarnos solos.

--Amigo--me dijo el ingls--ya no me queda nada por ver en las negras
profundidades del vicio. Todo lo que se ve all abajo es repugnante. Lo
nico que vale algo es este vivfico licor, que no engaa jams, como
proceda de buenas cepas. Su generoso fuego, encendiendo llamas de
inteligencia en nuestra mente, nos sutiliza, elevndonos sobre la vulgar
superficie en que vivimos.

Lord Gray beba con arte y elegancia, idealizando el vicio como
Anacreonte. Yo beba tambin, inducido por l, y por primera vez en la
vida, senta aquel afn de adormecimiento, de olvido, de modificacin en
las ideas, que impulsa en sus incontinencias a los buenos bebedores
ingleses.

Reson un caonazo en el fondo de la baha.

--Los franceses arrecian el bombardeo--dije asomndome al ventanillo.

--Y al son de esta msica los clrigos y los abogados de las Cortes se
ocupan en demoler a Espaa para levantar otra nueva. Estn borrachos.

--Me parece que los borrachos son otros, milord.

--Quieren que haya igualdad. Muy bien. Lombrijn y Vejarruco sern
ministros.

--Si viene la igualdad y se acaba la religin, quin le impedir a
usted casarse con una espaola?--dije regresando junto a la mesa.

--Yo quiero que me lo impidan.

--Para qu?

--Para arrancarla de las garras que la sujetan; para romper las barreras
que la religin y la nacionalidad ponen entre ella y yo; para rerme en
las barbas de doce obispos y de cien nobles finchados, y derribar a
puntapis ocho conventos, y hacer burla de la gloriosa historia de diez
y siete siglos, y restablecer el estado primitivo.

Deca esto en plena efervescencia, y no pude menos de rerme de l.

--Hermoso pas es Espaa--continu--. Esa canalla de las Cortes lo va a
echar a perder. Hu de Inglaterra para que mis paisanos no me rompieran
los odos con sus chillidos en el Parlamento, con sus pregones del
precio del algodn y de la harina, y aqu encontr las mayores delicias,
porque no hay fbricas, ni fabricantes panzudos, sino graciosos majos;
ni polizontes estirados, sino chusqusimos ladrones y contrabandistas;
porque no haba boxeadores, sino toreros; porque no hay generales de
academia, sino guerrilleros; porque no hay fondas, sino conventos llenos
de poesa; y en vez de lores secos y amojamados por la etiqueta, estos
nobles que van a las tabernas a emborracharse con las majas; y en vez de
filsofos pedantes, frailes pacficos que no hacen nada; y en vez de
amarga cerveza, vino que es fuego y luz, y sobrenatural espritu...

Oh, amigo! Yo deb nacer en Espaa. Si yo hubiese nacido bajo este
sol, habra sido guerrillero hoy y mendigo maana, y fraile al amanecer
y torero por la tarde, y majo y sacristn de conventos de monjas, abate
y petimetre contrabandista y salteador de caminos... Espaa es el pas
de la naturaleza desnuda, de las pasiones exageradas, de los
sentimientos enrgicos, del bien y el mal sueltos y libres, de los
privilegios que traen las luchas, de la guerra continua, del nunca
descansar... Amo todas esas fortalezas que ha ido levantando la
historia, para tener yo el placer de escalarlas; amo los caracteres
tenaces y testarudos para contrariarlos; amo los peligros para
acometerlos; amo lo imposible para rerme de la lgica, facilitndolo;
amo todo lo que es inaccesible y abrupto en el orden moral, para
vencerlo; amo las tempestades todas para lanzarme en ellas, impelido por
la curiosidad de ver si salgo sano y salvo de sus mortferos remolinos;
gusto de que me digan de aqu no pasars, para contestar pasar.

Yo senta inusitado ardor en mi cabeza, y la sangre se me inflamaba
dentro de las venas. Oyendo a lord Gray, sentime inclinado a abatir su
estupendo orgullo, y con altanera le dije:

--Pues no, no pasar usted.

--Pues pasar!--me contest.

--Yo amo lo recto, lo justo, lo verdadero, y detesto los locos absurdos
y las intenciones soberbias. All donde veo un orgulloso, le humillo;
all donde veo un ladrn, le mato; all donde veo un intruso, le arrojo
fuera.

--Amigo--me dijo el ingls--me parece que a usted se le van los humos de
la manzanilla a la cabeza. Yo le digo como Lombrijn a Vejarruco:
Camarata, eso que ha dicho es conmigo?.

--Con usted.

--No somos amigos?

--No: no somos ni podemos ser amigos--exclam con la exaltacin de la
embriaguez--. Lord Gray, le odio a usted!

--Otro traguito--dijo el ingls con socarronera--. Hoy est usted
bravo. Antes de beber, habl de matar a un hombre.

--S, s... Y ese hombre es usted.

--Por qu he de morir, amigo?

--Porque quiero, lord Gray; ahora mismo. Elija usted sitio y armas.

--Armas? Un vaso de Pero Jimnez.

Me levant fuera de m, y as una silla con resolucin hostil; pero lord
Gray permaneci tan impasible, tan indiferente a mi clera, y al mismo
tiempo tan sereno y risueo, que sentime sin bros para descargarle el
golpe.

--Despacio. Nos batiremos luego--dijo rompiendo a rer con expansiva
jovialidad--. Ahora voy a declarar la causa de ese repentino enfado y
anhelo de matarme. Pobrecito de m!

--Cul es?

--Cuestin de faldas. Una supuesta rivalidad, Sr. D. Gabriel.

--Dgalo usted todo de una vez--exclam sintiendo que se redoblaba mi
coraje.

--Usted est celoso y ofendido, porque supone que le he quitado su dama.

No le contest.

--Pues no hay nada de eso, amigo mo.--aadi--. Respire usted tranquilo
las auras del amor. Me parece haberle odo decir a Poenco que usted anda
a caza de esa Mariquilla, que no de las Nieves, sino de los Fuegos
debera llamarse. A usted le han dicho que yo... pues, dir como
Poenco... ctera, ctera. Amigo mo, cierto es que me gustaba esa
muchacha; pero basta que un camaraya haya puesto los ojos en ella para
que yo no intente seguir adelante. Esto se llama generosidad; no es el
primer caso que se encuentra en mi vida. En celebracin de paz, acabemos
esta botella.

Al frenes que antes haba yo sentido sucedi un entorpecimiento y
oscuridad tal de mis facultades intelectuales, que no supe qu responder
a lord Gray, ni realmente le respond nada.

--Pero, amigo mo--prosigui l, menos afectado que yo por la
bebida--hemos sabido que a Mariquilla de las Nieves la corteja...
cortejar!, hermosa palabra que no tiene igual en ningn idioma... pues
deca que la corteja un guapo de Jerez que se me figura es ms
afortunado que nosotros. Sin duda a ese es a quien usted quiere matar.

--A ese, a ese!--dije sintiendo que se me despejaban un tanto los
aposentos altos.

--Cuente usted conmigo. Currito Bez, que as se llama el jerezano, es
un necio presumido y matasiete, que con todo el mundo arma camorra.
Deseo tener cuestin con l. Le provocaremos.

--Le provocaremos, s, seor; le provocaremos!

--Le mataremos delante de toda la gente del bronce, para que vean cmo
sucumbe un tonto a manos de un caballero... Pero no saba que estuviera
usted enamorado. Desde cundo?

--Desde hace mucho, mucho tiempo--respond viendo cmo daba vueltas la
habitacin delante de mis ojos--. ramos nios; ella y yo estbamos
abandonados y solos en el mundo. La desgracia nos impeli a
compadecernos, y compadecindonos, sin saber cmo, nos amamos. Padecimos
juntos grandes desventuras, y fiando en Dios y en nuestro amor vencimos
inmensos peligros. Llegu a considerarla como indisolublemente unida a
m por superior destino, y mi corazn fortalecido por una fe sin
lmites, no padeci en mucho tiempo los martirios de celos,
desconfianzas, temores ni amorosos sobresaltos.

--Hombre: eso es extraordinario. Y todo por Mara de las Nieves!...

--Pero todo se acab, amigo mo. El mundo se me ha cado encima. No lo
ve usted, no lo ve usted caer a pedazos sobre mi cabeza? No ve usted
estas montaas que me machacan los sesos? Mi cerebro hecho trizas salta
en piltrafas mil y salpicando se esparce por las paredes... aqu...
all... ms all. No lo ve usted?

--Ya lo veo...--repuso lord Gray, rematando una botella.

--El mundo se me cay encima. Se apag el sol... No lo ve usted,
hombre; no advierte las horribles tinieblas que nos rodean? Todo se
oscureci, cielo y tierra, y el sol y la luna cayeron, como ascuas de un
cigarro... Ella y yo nos separamos: leguas y ms leguas, das y das y
ms das se pusieron entre nosotros; yo alargaba los brazos ansiando
tocarla con mis manos; pero mis manos no tocaban sino el vaco. Ella
subi y yo me qued donde estaba. Yo miraba y no vea nada... estaba
escondida: dnde?, dir usted... dentro de mi cerebro. Yo me meta las
manos en la cabeza y escarbaba all dentro; pero no la poda coger. Era
una burbuja, una partcula, un tomo bullicioso y movible que me
atormentaba en sueos y despierto. Quise olvidarla y no pude. De noche
cruzaba los brazos y deca: aqu la tengo; nadie me la quitar....
Cuando me dijeron que me haba olvidado, no lo quera creer. Sal a la
calle y todo el mundo se rea de m. Espantosa noche! Escup al cielo y
lo dej negro... Me met la mano en el pecho, saqu el corazn, lo
estruj como una naranja y se lo arroj a los perros.

--Qu inmenso e ideal amor!--exclam lord Gray--. Y todo eso por
Mariquilla de las Nieves... Beba usted esa copa.

--Supe que amaba a otro--aad sintiendo que mi cerebro despeda una
lumbre vagorosa y desparramada, llama de alcohol que trazaba mil figuras
en el espacio con sus lenguas azules--. Amaba a otro. Una noche se me
apareci. Iba de brazo con su nuevo amante. Pasaron por delante de m y
no me miraron. Yo me levant y tomando la espada, her en el vaco, y en
el vaco surgi un manantial de sangre. La vi que se llegaba hacia m
pidindome perdn. La manga de su vestido toc mi rostro, y me quem.
Ve usted la quemadura, la ve usted?

--S, la veo, la veo. Y todo por Mara de las Nieves!... Hombre es
gracioso. A ver a qu sabe este Montilla.

--Yo quiero matar a ese hombre, o que l me mate a m.

--No, a l, a l. Pobre Currito Bez!

--Le matar, le matar, s--exclamaba yo con furor, poniendo mi puo
cerrado en el pecho de lord Gray--. No siente usted cmo baila el mundo
bajo nuestros pies? El mar entra por esa ventana. Ahogumonos juntos y
todo se concluir.

--Ahogarme? No--dijo el ingls--. Yo tambin amo.

A pesar de mi lastimoso estado intelectual prest atencin vivsima a
sus palabras.

--Yo tambin amo--prosigui--. Mi amor es secreto, misterioso y oculto,
como las perlas, que adems de estar dentro de una concha estn en el
fondo del mar. No tengo celos de nadie, porque su corazn es todo mo.
No tengo celos ms que de la publicidad; odio de muerte a todo el que
descubra y propale mi secreto. Antes me arrancar la lengua que
pronunciar su nombre delante de otra persona. Su nombre, su casa, su
familia, todo es misterioso. Yo me deslizo en la oscuridad, en oscuridad
profunda que no proyecte sobra alguna, y abro mis brazos para recibirla,
y los oscuros cuerpos se confunden en el negro espacio. Bullen tomos de
luz, como estos que ahora nos rodean, y en las puntas de nuestros
cabellos palpita con galvnica fuerza, embriagadora sensibilidad. No
percibe usted estas ondas que vienen del cielo, no siente usted cmo se
abre la tierra y despide cien mil vidas nuevas, creadas en esta corola
donde estamos, y en cuyos bordes nos movemos a impulso de la suave y
embalsamada brisa?

--S, lo veo, lo veo!--respond llevando el vaso a mis labios.

--Amigo mo, Dios hizo perfectamente al amasar este barro del mundo.
Habra sido lstima que no lo hiciera. La materia vivificada por el amor
es sin duda lo mejor que existe despus del espritu. Yo adoro el
universo lleno de luz, pintado con lindos colores, sombreado por
amorosas opacidades que cubren el discreto amor; yo adoro la naturaleza
que todo lo hizo hermoso, y detesto a los hombres corruptores del
elemento donde habitan, como ensucian los sapos la laguna. Mi alma se
arroja fuera de este lodazal y busca los aires puros; huye de las
infectas madrigueras de la civilizacin, abiertas en fango pestilente y
se baa en los rayos de oro que cruzan los espacios.

Olvidaba decir a usted que para hacer ms encantadora mi aventura, la
historia, es decir, diez y siete siglos de guerras, de tratados de
privilegios, de tirana, de fanatismo religioso, se oponen a que sea
ma. Necesito demoler las torres del orgullo, abatir los alczares del
fanatismo, burlarme de la fatuidad de cien familias que cifran su
orgullo en descender de un rey asesino, D. Enrique II, y de una reina
liviana, doa Urraca de Castilla; apalear cien frailes, azotar cien
dueas, profanar la casa llena de pintarreados blasones, y hasta el
mismo templo lleno de sepulcros, si la refugian en l.

--La va usted a robar, milord?--pregunt en un instante de rpida
lucidez.

--S; la robar y me la llevar a Malta, donde tengo un palacio. He
pedido un barco a Inglaterra.

Sent sbito estremecimiento, como si mi conturbada naturaleza hiciera
un esfuerzo colosal para recobrar su perdido aliento.

--Lord Gray--dije--somos amigos. Soy discreto. Yo le ayudar a usted en
esa empresa, que no ser fcil por desgracia.

--No lo ser... veremos--repuso exaltado despus de beber con ardiente
anhelo--. Yo le ayudar a usted a matar a Currito Bez.

--S, le matar; as tuviera mil vidas. Pero permtame usted que le
pague su auxilio, ofrecindole el mo para robar a esa mujer, y
burlarnos de diez y siete siglos de guerras, de tratados, de
privilegios, de fanatismo, de religin, de tirana.

--Bien, amigo Gabriel; venga esa mano. Viva lo imposible! El placer de
acometerlo es el nico placer real.

--Yo quisiera estar en los secretos de usted, milord.

--Lo estar usted.

--Yo matar a mi hombre.

--Y pronto. Venga esa mano.

--Ah va.

--Ahora bajemos--dijo lord Gray en el apogeo de su delirio.

--A dnde?

--Al mundo.

--El mundo se ha hecho pedazos, no existe--dije yo.

--Lo compondremos. Una vez se me rompi en mil pedazos un vaso etrusco
que compr en Npoles. Yo recog los trozos uno a uno y los pegu
perfectamente... Oh, amada ma! Dnde ests que no te veo? Este
perfume de flores, esta msica me anuncian que no ests lejos. Sr. de
Araceli, no la oye usted?

--S, una msica encantadora--respond, y era verdad que cre orla.

--Ella viene envuelta en la nube que la rodea. No advierte usted la
deslumbradora claridad que entra en la pieza?

--S, la veo.

--Mi amada viene, Sr. de Araceli; ya entra; aqu est.

Mir a la puerta y la vi; era ella misma, rodeada de una luz dorada y
plida como la manzanilla y el Jerez que habamos bebido. Quise
levantarme; pero mi cuerpo se hizo de plomo, mi cabeza pes ms que una
montaa y cay entre mis brazos sobre la mesa, perdiendo de sbito toda
nocin de existencia.




XVI


Al recobrarla lenta y oscura, la voz del seor Poenco fue el accidente
que me dio a conocer que haba mundo. Lord Gray haba desaparecido.
Reconocime y me encontr estpido; pero la vergenza, motivada por el
recuerdo de mi envilecimiento, vino ms tarde. Y qu vergenza aquella,
seores! Mucho tiempo tard en perdonarme.

Pero echemos un velo, como dicen los historiadores, sobre el infausto
suceso de mi embriaguez, y sigamos el cuento.

Desde tal da, el servicio en la Cortadura y en Matagorda me entretuvo
algn tiempo, y no me fueron posibles aquellas visitas, ya tristsimas,
ya alegres, que haca a Cdiz; pero al fin, como el asedio no era
penoso, disfrut de algn vagar, y un da pseme en camino de la calle
Ancha, con intento de resolver all qu direccin tomar.

En tiempos normales era la calle Ancha el sitio donde se reuna la
caterva de mentirosos, desocupados, noveleros y toda la gente curiosa,
alegre y holgazana. All iban tambin de paseo a la hora de medio da en
invierno y por las tardes en verano las damas a la moda y los
petimetres, abates y enamorados, ocurriendo con estos mil lances y
escenas de que nos ha dejado retrato muy vivo D. Juan del Castillo en
sus sainetes urbanos, no menos graciosos y verdaderos que los populares
y consagrados a la majeza.

Pero en 1811, y despus que las Cortes se trasladaron a Cdiz, la calle
Ancha, adems de un paseo pblico, era, si se me permite el smil, el
corazn de Espaa. All se conocan, antes que en ninguna parte, los
sucesos de la guerra, las batallas ganadas o perdidas, los proyectos
legislativos, los decretos del gobierno legtimo y las disposiciones del
intruso, la poltica toda, desde la ms grande a la ms menuda, y lo que
despus se ha llamado chismes polticos, marejada poltica, mar de fondo
y cabildeos. Conocanse asimismo los cambios de empleados y el
movimiento de aquella administracin que, con su enorme balumba de
consejos, secretaras, contaduras, real sello, juntas superiores,
superintendencias, real giro, real estampilla, renovacin de vales,
medios, arbitrios, etc., se refugi en Cdiz despus de la invasin de
las Andalucas. Cdiz reventaba de oficinas y estaba atestada de
legajos.

Adems, la calle Ancha obtena la primaca en la edicin y propaganda de
los diferentes impresos y manuscritos con que entonces se apacentaba la
opinin pblica; y lo mismo las rencillas de los literatos que las
discordias de los polticos, lo mismo los epigramas que las diatribas,
que los vejmenes, que las caricaturas, all salieron por primera vez a
la copiosa luz de la publicidad. En la calle Ancha se recitaban, pasando
de boca en boca, los malignos versos de Arriaza, y las biliosas
diatribas de Capmany contra Quintana.

All aparecieron, arrebatados de una mano a otra mano, los primeros
nmeros de aquellos periodiquitos tan inocentes, mariposillas nacidas al
tibio calor de la libertad de la imprenta, en su crepsculo matutino;
aquellos periodiquitos que se llamaron <i>El Revisor Poltico</i>, <i>El
Telgrafo Americano</i>, <i>El Conciso</i>, <i>La Gaceta de la Regencia</i>, <i>El
Robespierre Espaol</i>, <i>El Amigo de las Leyes</i>, <i>El Censor General</i>, <i>El
Diario de la Tarde</i>, <i>La Abeja Espaola</i>, <i>El Duende de los Cafs</i> y <i>El
Procurador general de la Nacin y del Rey</i>; algunos, absolutistas y
enemigos de las reformas; los ms, liberales y defensores de las nuevas
leyes.

All se trabaron las primeras disputas de las cuales hicieron luego
escandalosa sntesis los autores respectivamente de los dos clebres
libros <i>Diccionario manual</i> y <i>Diccionario crtico-burlesco</i>, ambos
signo claro de la gran reyerta y cachetina que en el resto de siglo se
haba de armar entre los dos fanatismos que ha tiempo vienen luchando y
lucharn por largo espacio todava.

En la calle Ancha, en suma, se congregaba todo el patriotismo con todo
el fanatismo de los tiempos; all, la inocencia de aquella edad; all,
su bullicioso deseo de novedades; all, la voluble petulancia espaola
con el heroico espritu, la franqueza, el donaire, la fanfarronada, y
tambin la virtud modesta y callada. Tena la calle Ancha mucho de lo
que llamamos Saln de conferencias, de lo que hoy es Bolsa, Bolsn,
Ateneo, Crculo, Tertulia, y era tambin un club.

Cualquiera que entonces entrase en ella por las calles de la Vernica o
Novena y la atravesase en direccin a la plaza de San Antonio, habrase
credo transportado a la capital de un pueblo en pleno goce del ms
acabado bienestar y aun de la paz ms completa, si no mostrara otra cosa
la multitud de uniformes militares, tan varios como alegres, que
abundantemente se vean. Gastaban las damas gaditanas ostentoso lujo, no
slo por hacer alarde de tranquilidad ante las amenazas de los
franceses, sino porque era Cdiz entonces ciudad de gran riqueza,
guardadora de los tesoros de ambas Indias. Casi todos los petimetres y
la juventud florida en masa, lo mismo de la aristocracia que del alto
comercio, se haban instalado en los diferentes cuerpos de voluntarios
que en Febrero de 1810 se formaron; y como en tales cuerpos ha dominado
siempre, por lo comn, la vanidad de lucir uniformes y arreos de gran
golpe de vista, aquello fue una bendicin de Dios para el lucimiento de
sastres y costureras, y los milicianos de Cdiz estaban que ni pintados.

Debo advertir que se portaron bien y con verdadero espritu militar en
todo lo muy difcil y arriesgado que durante el sitio se les confi;
pero su principal triunfo estaba en la calle Ancha entre muchachas
solteras, casadas y viuditas.

Llambanse unos los <i>guacamayos</i>, por haber elegido el color grana para
su uniforme, y estos formaban cuatro batallones de lnea. Menos vistoso
y deslumbrador era el vestido de los dos batallones de ligeros, a
quienes llamaron <i>cananeos</i>, por usar cananas en vez de cartucheras.
Otros, por haber aplicado profusamente a sus personas el color verde,
fueron designados con el nombre de <i>lechuguinos</i>, si bien hay quien
atribuye este apodo a la circunstancia de pertenecer los tales
<i>lechuguinos</i> a los barrios de Puerta de Tierra y extramuros, donde se
cran lechugas. Con los mozos de cuerda y trabajadores formose un
regimiento de artillera, y como eligieran para decorarse el morado, el
rojo y el verde, en episcopal combinacin, fueron llamados los
<i>obispos</i>, y no hubo quien les quitara el nombre durante todo el
transcurso de la guerra. Otros, que militaron en la infantera, y eran
modestsimos en estatura y traje, fueron designados con el mote de
<i>perejiles</i>, y a las personas graves que haban formado una milicia
urbana y exorndose con un levitn negro y cuello encarnado, se les
titul los <i>pavos</i>. Todos llevaban nombre contrahecho, y hasta el cuerpo
que se form con los desertores polacos, no pudo llamarse nunca de los
<i>polacos</i>, sino de las <i>polacras</i>.

Todo este inmenso, variado y pintoresco personal de guacamayos,
cananeos, obispos, perejiles y pavos discurra por la calle Ancha y
plaza de San Antonio, llamada entonces <i>Golfo de las damas</i>, en las
horas que dejaba libres el servicio, menos penoso y arriesgado all que
en Zaragoza. Formaban los variados uniformes, a los cuales se aadan
los nuestros y los de los ingleses, la ms animada y alegre mescolanza
que puede ofrecerse a la vista; y como las seoras no llevaban sus
guardapis y faldellinas de luto, sino por el contrario, de los ms
brillantes rasos blancos, amarillos o rosa, con mantillas quier blancas,
quier negras, y cintas emblemticas, y cucardas patriticas a falta de
flores, jzguese de cun bonita sera aquella calle Ancha, la cual, como
calle, y aun desierta y abandonada por el alegre gento, es, con slo el
adorno de sus lindas casas, de sus balcones siempre pintados y de sus
mil vidrios, lo ms bonito que existe en ciudades del Medioda.

Desde que llegu hube de encontrar muchos amigos, y comenz el preguntar
y el responder, de esta manera:

--Qu dice hoy <i>El Diario Mercantil</i>?

--Llama ladrones a todos los amigos de las reformas, y dice que llegar
da en que el obispo de Orense ponga un grillete al pie a los pcaros
que le encausaron por no querer jurar.

--Pues para ser enemigo de la libertad de la imprenta, <i>El Diario
Mercantil</i> no se muerde la lengua.

--Pero qu bien le contesta hoy <i>El Conciso</i>! Le dice que <i>los
matacandelas de toda luz de la razn, no quisieran que alumbrase al
mundo ms luz que la de las hogueras inquisitoriales.</i>

--Peor les trata <i>El Robespierre Espaol</i>, que dice: <i>El antiguo
edificio romanesco-gtico-moruno de las preocupaciones caer, y
quedaranse a la luna de Valencia tanto vampiro, crabo y lechuzo
como...</i>

Lmparas mata y el aceite chupa.

--Pero veamos qu dice <i>El Concisn</i>.

Y sacaron un diminuto papel, hmedo an como recin salido de la prensa,
el cual era una especie de suplemento, hijuela y lugarteniente de <i>El
Conciso</i> grande, y en su lenguaje figuraba un nio que vena a contarle
a su pap lo que ocurra por las Cortes.

--<i>El Concisn</i> dice: Despus del Sr. Argelles, que habl con tanta
elocuencia como de costumbre, antojsele a Ostolaza dar al viento el
repiqueteo de su voz clueca y becerril, y entre las risas de las
tribunas y el alborozo del paraso, defendi a los uilargos y
pancirrellenos que viven del arca-boba de la Iglesia.

--Hombre, los trata con demasiada benevolencia.

--Ellos nos llaman a nosotros <i>herejotes y calabazones</i>.

--Si no se puede sufrir a esa canalla. Hay que poner una horca en el
Golfo de las Damas para colgar serviles, empezando por los de capilla y
acabando por los de faldn.

--Deje usted que nos sacudamos a Soult, y los cananeos dejaremos a
Espaa como una balsa de aceite. Y qu se sabe del lord?

--Va sobre Badajoz.

--Massena viene en retirada desde Portugal.

--Los franceses han abandonado a Campomayor.

--Pronto se unir Castaos a Wellington.

--Seora doa Flora de Cisniega, tenga usted felices das.

--Felices, seores guacamayos. Lord Gray, felices, y usted, Sr. de
Araceli, tngalos muy buenos, aunque no sea sino por lo caro que se
vende.

Al mismo tiempo que doa Flora, se present ante m lord Gray. Hablome
la dama con cierto sonsonete reprensivo que me hizo mucha gracia.
Reciba al mismo tiempo plcemes y finezas de todos los del corrillo, y
cortesa va, cortesa viene, la rodeamos llevndola calle adelante como
en procesin, con cola de cortesanos.

--Seores--dijo doa Flora--la libertad de la imprenta es cosa que ha de
darnos muchas jaquecas. No han visto ustedes cmo se atreve <i>El Revisor
Poltico</i> a ocuparse de mis tertulias, y de si van o no van a ellas
filsofos y jacobinos? Pues acaso entra en mi casa persona que no sea
digna del mayor respeto? No se han atrevido esos pcaros diaristas a
nombrarme, pero harto se conoce a quin va dirigido el dardo.

--Seora--dijo un guacamayo--la libertad de la imprenta, segn dijo
Argelles en las Cortes, all donde tiene el veneno tiene tambin la
triaca. Pues ellos andan con alusioncitas, devolvmoselas, y no pequeas
como nueces, sino gordas como calabazas, y no rellenas de plomo fro
cual las bombas de Villantroys, sino de fuego y metralla cual las
nuestras.

--Qu quiere decir eso, amiguito?

--Que a nuestra disposicin tenemos <i>El Robespierre Espaol</i>, <i>El Duende
de los Cafs</i> y al pcaro <i>Concisn</i> que se encargarn de poner cual no
digan dueas a los apaga-candelas.

--La alusin, seora doa Flora--dijo un obispo--ha salido sin duda de
la tertulia de Paquita Larrea, la esposa del Sr. Bhl de Faber.

--Qu ms que escribir una stira de la tal tertulia con mucha sal y
pimienta, retratando a todos los que van a ella, y mandarla al
<i>Robespierre</i> para que la estampe?--aadi un pavo.

--No quiero que se diga que la stira se ha fraguado en mi casa--dijo
doa Flora--. En paz con todo el mudo es mi mote, y si a mis tertulias
van tantas personas honradas y discretas es por pasar el tiempo
cultamente, y no para enredos e intriguillas.

--Es preciso defender la libertad hasta en las tertulias--dijo un
obispo, o un lechuguino, que esto no lo recuerdo bien.

--En las trincheras es mejor--repuso doa Flora--. No quiero reir con
Paquita Larrea, que si ella recibe a los Valientes, Ostolazas, Teneyros,
a los Morros y Borrulles, yo tengo el gusto de que vayan a mi casa los
Argelles, Torenos y Quintanas, y no porque los haya escogido en el haz
de los que llaman liberales, sino porque casualmente concordaron en
ideas.

--No nos prive usted del placer de hacer una letrilla al menos en honor
de los tertulios de la Larrea--dijo un perejil.

--No, seor perejil--repuso ella--reprima usted sus bros liberales, que
ya voy viendo que la dichosa libertad de la imprenta es un azote de
Dios, y un castigo de nuestros pecados, como dice el Sr. D. Pedro del
Congosto.

Debo indicar, que doa Francisca Larrea, esposa del entendido y digno
alemn Bhl de Faber, era mujer de mucho entendimiento, escritora, lo
mismo que su marido a quien eran muy familiares los primores de la
lengua castellana. De este matrimonio, naci Eliseo Bhl, a quien
debemos las mejores y ms bellas pinturas de las costumbres de
Andaluca, novelista sin igual y de fama tan grande como merecida dentro
y fuera de Espaa.

Luego que la nube de guacamayos, cananeos y dems tropa voluntaria
descarg el nublado de sus adulaciones y cortesas, doa Flora,
aprovechando un claro de la conversacin, me dijo:

--Muy bien, Sr. D. Gabriel! Das y ms das sin pasar por casa. Despus
de aquella tremenda y borrascosa escena con D. Pedro, pocas veces has
ido por all. Y no qued poco comprometido mi honor...

--Seora, francamente, temo que el seor D. Pedro me ensarte con su gran
espadn, porque de que est celoso como un turco no me queda duda
alguna. Su seora el gran cruzado, va a tomar una venganza terrible por
el grandsimo agravio que le he hecho.

Cont a lord Gray en breves palabras lo ocurrido.

--No temas nada--dijo doa Flora--. Ahora te agradecer que vayas a casa
a llevar a la seora condesa un recadito que me importa mucho.

--Con mil amores. Pero est all D. Pedro?

--Qu ha de estar!

--Respiro.

--Pues bien. Vas a casa al momento, y dices a Amaranta, que si quiere
ver a Ins y aun hablarla, vaya a las Cortes. Ella tiene cdula para la
tribuna.

--Qu dice usted?--exclam con asombro--. Que Ins est en las Cortes?

--S, se han plantado en San Felipe las tres nias beatas. Qu te
parece? Hace un rato volva yo de la secretara de Consolidacin y
Contadura general, en la plazuela de San Agustn, y me las encontr con
D. Paco. Djome el buen preceptor, que las pobrecitas haca dos semanas
que estaban suplicando a la seora doa Mara que las dejase salir a dar
un pasello por la muralla; y por ltimo parece que los muchos ruegos y
continuas lamentaciones ablandaron la roca de las terquedades de la
condesa, que permiti a sus tres cautivas esparcirse un poco en el da
de hoy, durante hora y media. Bajo la tutela de D. Paco, en quien tiene
confianza sin lmites la seora, dejolas esta salir, despus de
vestirlas a lo monjil en tales modos, que parece van pidiendo para la
<i>Archicofrada de los Clavos y Sagradas Espinas de Hermanas Siervitas
con voto de pobreza</i>.

Dioles orden expresa de pasearse desde la Aduana hasta el baluarte de
la Candelaria, yendo y viniendo tres veces, sin que por causa alguna
infringiesen esta premtica paseantil, ni traspasasen la lnea indicada,
ni menos se internasen en las calles de Cdiz, por donde despus que
estn aqu las Cortes, discurren, como dice el Sr. Teneyro, todos los
pecados y vicios en endemoniada procesin... Pero, qu hacen mis nias?
Vers. En cuanto llegaron a la calle del Baluarte amotinronse,
empendose en que D. Paco las haba de llevar a las Cortes, porque
tenan gran curiosidad, sed devoradora de ver tan bonito espectculo;
gru el pobre preceptor, chillaron ellas, se aferr l al programa que
le trazara su ama, rebelronse las chicas, negndose a ir a la muralla,
y luego le acribillaron a pellizcos y alfilerazos. Presentacin propuso
a las otras dos arrojar a D. Paco al mar, y despus le quitaron el
sombrero para guardarlo en rehenes y privarle de tan til prenda, si no
las llevaba al Congreso Nacional.

Una de ellas tena una papeleta de tribuna, que sin duda algn galn
travieso le dio con el fin que puede suponerse. Antes los galanes,
cuando no podan comunicarse con sus amadas, las citaban en las
iglesias, donde la religiosa oscuridad protega el trasiego de las
cartitas, el apretn de manos u otro desahogo de peor especie, mientras
los padres embobados contemplaban las llamaradas del cuadro de nimas
del Purgatorio. Hoy cuando no puede haber reja ni correo, los amantes se
suelen citar en la tribuna de las Cortes. Es esta una invencin
donossima, no es verdad, lord Gray? Sin duda est muy en boga en los
parlamentos de Inglaterra, y ahora nos la introducen en Espaa para
mejoramiento de las costumbres.

Lord Gray, que haba puesto atencin a lo que doa Flora nos contaba,
repuso con malicia:

--Seora ma, deme usted licencia para retirarme, porque tengo una
ocupacin, un quehacer imprescindible no lejos de aqu.

--S, vaya usted, vaya usted. Ahora deben estar en la discusin de los
seoros jurisdiccionales. Mucho ruido, mucho barullo en las tribunas.
Usted entrar en la de los diplomticos, que est mano a mano con la de
seoras. Corra usted, adis.

Dejome lord Gray en las garras de doa Flora, la cual continu as:

--El pobre D. Paco se defendi hasta que no pudo ms. Pobre seor! No
tuvo ms remedio que bajar la cabeza ante el nmero y llevarlas a las
Cortes. Cuando le encontr y me cont el lance, iba el pobre tan
cari-entristecido, cual si lo llevaran a ajusticiar, y me dijo: Ay de
m, si doa Mara llega a saber esto... Malditas sean las Cortes y el
perro que las invent!.

--Estarn todava all?

--S; corre a avisrselo a la condesa. La pobrecita hace tiempo que est
arando la tierra por ver a Ins dentro o fuera de su crcel, y no puede
conseguirlo, pues a ella no la admiten all, y se pasan meses y meses
sin que se les permita dar un paseo con el ayo. Conque ve a decrselo y
t mismo la acompaars a San Felipe. No tardes, hijo, y en seguida a
casa derechito que tengo que hablarte. Comers hoy con nosotros?

Me desped con gran precipitacin de doa Flora, dejndola en poder de
los guacamayos, y me alej de all; pero en vez de correr hacia la calle
de la Vernica, mi curiosidad, mi pasin y un afn invencible me
impulsaron hacia la plaza de San Felipe, olvidando a Amaranta y a doa
Flora, fija el alma y la vida toda en las tres muchachas, en D. Paco, en
lord Gray, en las Cortes, en los diputados y en la discusin sobre
seoros jurisdiccionales.




XVII


Llegu, y en la pequea plazoleta que hay a la entrada de la iglesia,
entonces convertida en Congreso, haba, como de costumbre, gran gento.
Extend con avidez la vista por la multitud de caras que all se
confundan, y no vi ninguna de las que buscaba. Pensando que estaran
todos arriba, traspas la puertecilla que conduca a la escalera de las
tribunas, pero en el vestbulo, o ms bien pasadizo, la gente que
bajaba, tropezando con la que quera subir, formaba remolinos y
marejada. Pugnaba yo por entrar cuando vi cerca de m a Presentacin,
que estrujada por espaldas y hombros muy robustos, mostraba gran
afliccin y pesadumbre de haberse metido en tal fregado. Las otras dos y
D. Paco no estaban all.

Al punto acud a sacarla de apreturas, y al reconocerme se alegr mucho
y me dio las gracias.

--Dnde estn las otras dos y D. Paco?--le pregunt.

--Ay!, no s...--exclam con zozobra--. Entre el gento, Ins y Asuncin
se separaron de m. Despus las vimos con lord Gray en el fondo de este
pasadizo. D. Paco fue tras ellas y a ninguno veo.

--Pues avancemos--dije resguardndola con mis brazos--. Ya parecern.

Despejose algo el local con la salida de una fuerte masa de gente,
cansada ya de or discursos, y entonces vi venir a D. Paco, como que
bajaba de la escalera de las tribunas reservadas.

--No estn--deca el pobre viejo con la mayor ansiedad--. Asuncioncita e
Inesita han desaparecido. Deben de haber salido otra vez a la calle.
Lord Gray se junt a ellas. Dios mo! Qu nueva tribulacin es esta?
Seor de Araceli, las ha visto usted?

--Subamos, que arriba han de estar.

--Que no estn. En buena nos han metido!... El santo ngel de la Guarda
me acompae. Estas nias me harn condenar, seor de Araceli... Se
habrn metido abajo en el saln de sesiones?

--Yo no he trado papeleta para las tribunas reservadas; pero subamos a
la pblica y desde all veremos si estn.

--Yo me muero de pena--exclam el buen profesor con lastimosos
aspavientos--. Dnde estarn esas dos nias? El gento las separ de
nosotros por casualidad... qu digo casualidad? El demonio ha andado
aqu.

--Yo subir con esta madamita a la tribuna pblica, y veremos si estn o
no estn aqu.

--Yo saldr a la calle... Yo buscar por todo el edificio; yo volver
patas arriba Cortes y procuradores, y han de parecer, aunque se hayan
metido dentro de la campanilla del presidente o en la urna donde se
vota. Qu aprieto, qu compromiso, qu situacin!

Y el pobre viejo se ech a llorar como un chiquillo.

--Subamos, Sr. de Araceli--dijo resueltamente Presentacin--que tengo
mucho deseo de ver eso.

La muchacha, en su anhelo de ver las Cortes, no se cuidaba de la prdida
de sus compaeras.

--Suban ustedes a la tribuna pblica--dijo D. Paco--y agurdenme all,
que voy a preguntar a los porteros.

Presentacin se aferr a mi brazo, y lejos de hacer peso en l, pareca
que me impulsaba y aligeraba, segn era su impaciencia y afn de subir
pronto. Cuando llegamos arriba y entramos, no sin trabajo, en la
tribuna, la pobre muchacha mostraba en sus asombrados ojos y en el
encendido color de sus mejillas, la viva emocin que espectculo tan
nuevo para ella le produjera. Al abarcar con la vista la iglesia-saln,
observ la tribuna de seoras, la de diplomticos, y no vi a las dos
muchachas ni a lord Gray. Asombrado de esto, pens retirarme para buscar
fuera; pero Presentacin, arrobada y suspensa con la gravedad del
Congreso y el hablar de los diputados, me dijo detenindome:

--D. Paco las buscar. Yo he venido aqu para ver esto, Sr. de Araceli.
Acompeme usted un momento. Mi hermana e Ins pueden parecer cuando
quieran. Quin les mand separarse?

--Pero no vio usted hacia qu parte fueron con lord Gray?

--No s--repuso sin poder apartar su atencin de lo que estaba viendo--.
Sabe usted, Sr. de Araceli, que esto es muy bonito? Me gusta tanto como
los toros.

Trat de acomodarla en un asiento, y para esto me fue forzoso molestar a
algunas personas de las que se haban instalado all desde el principio
de la sesin y asistan con devotsimo recogimiento a los debates.
Grueron unos, murmuraron otros; pero al fin Presentacin obtuvo un
puesto y yo otro a su lado; pero mi inquietud y ansiedad eran tales, que
me levantaba con frecuencia para alargar el cuerpo fuera de las
barandillas con objeto de examinar todo el mbito del saln y las
pobladas tribunas. Fltame decir que el gento que nos acompaaba en la
pblica, era compuesto, en parte, de gente de baja esfera; y en parte,
de personas graves del comercio menudo, de tenderos, periodistas y
tambin muchos vagos de la calle Ancha y algunas mozas de diferente
estofa.

La iglesia, convertida en saln, no era grande. Ocupaban los diputados
el pavimento, la presidencia el presbiterio y los altares estaban
cubiertos con cortinones de damasco, que los escondan, lo mismo que a
las imgenes, de la vista del pblico, como objetos que no haban de
tener aplicacin por el momento. El arquitecto Prast, reformador del
edificio, discurri tambin sin duda que a los santos no les hara mucha
gracia aquello. Algunos han credo que los diputados suban al plpito
para hablar; pero no es cierto. Los diputados hablaban, como hoy, desde
sus asientos; y los plpitos no servan para nada ms que para
apolillarse. Tena la iglesia sus tribunas laterales, que fueron
destinadas a los diplomticos, a las seoras y al pblico distinguido; y
en los pies del edificio abrironse dos nuevas con barandal de madera,
que se dedicaron al pueblo en general, y que ste invadi desde las
primeras sesiones, alborotando ms de lo que pareca conveniente al
decoro de su recin lograda soberana.

Presentacin no tena ojos ms que para observar la presidencia, los
diputados, y muy principalmente al que hablaba; las tribunas, los
ujieres, el dosel, el retrato del rey; ni tena alma ms que para
atender a aquellos indefinibles bullicios, propios de todo cuerpo
deliberante, y que son como el aliento de la pasin que all por tan
diferentes rganos habla, del noble entusiasmo, del vil egosmo; el
sordo mugir de las mil ideas, siempre desacordes, que hierven dentro de
ese cerebro calenturiento que se llama saln de sesiones. Yo observ la
estupefaccin de la muchacha, y le dije:

--Le gusta a usted este espectculo?

--Muchsimo. Nos haban dicho que era muy feo, pero es bonito. Quin es
aquel seor que est en medio del redondel?

--Es el presidente. Es el que dirige esto.

--Ya, ya... Y cuando quiera mandar una cosa, sacar el pauelo y lo
agitar en el aire.

--No, seora doa Presentacioncita. As pasa en los toros; pero aqu el
presidente se vale de una campanilla.

--Y el diputado que va a hablar, por dnde sale? Por detrs de aquella
cortina o por esa puertecilla?

--El diputado no sale por ninguna parte, que aqu no hay toril ni
telones. El diputado est en su asiento, y cuando quiere hablar se
levanta. Vea usted: todos esos que ah estn son diputados.

La muchacha, a cada nueva conquista hecha por su inteligencia en el
conocimiento de las cosas parlamentarias, ms sorpresa mostraba, y no
distraa su atencin del Congreso sino para hacerme preguntas tan
originales a veces, y a veces tan inocentes, que me era muy difcil
contestarle. Careca en absoluto de toda idea exacta respecto de lo que
estaba presenciando; y aquel espectculo la conmova hondamente, sin que
las ideas polticas tuviesen ni aun parte mnima en tal emocin, hija
slo de la fuerte impresionabilidad de una criatura educada en estrechos
encierros y con ligaduras y cadenas, mas con poderosas alas para volar,
si alguna vez rompa su esclavitud.

Era tierna, sensible, voluble, traviesa, y por efecto de la educacin,
disimuladora y comedianta como pocas; pero en ocasiones tan ingenua, que
no haba pliegue de su corazn que ocultase, ni escondrijo de su alma
que no descubriese. Por esto, que era sin duda efecto de un anhelo
irresistible de libertad, apareca a veces descomedida y desenvuelta con
exceso.

Posea en alto grado el don de la fantasa; la falta de instruccin
profana unida a aquella cualidad, la haca incurrir en desatinos
encantadores. No slo en aquella ocasin, sino en otras varias, observ
que al separarse de doa Mara y al sentirse libre del peso de aquella
gran losa de la autoridad materna, desbordbanse en ella con
desenfrenada impetuosidad, fantasa, sentimiento, ideas y deseos.
Presenciando la sesin, no caba en s misma; tan inquieta estaba, y tan
sublevados sus nervios y tan impresionados sus sentidos.

--Seor de Araceli--me dijo despus que por un instante medit--y esto
para qu es?

--El Congreso?

--S, eso es; quiero decir que para qu sirve el Congreso.

--Sirve para gobernar a los pueblos, juntamente con el rey.

--Comprendido, comprendido--repuso vivamente agitando su abaniquillo--.
Quiere decir que todos estos caballeros vienen aqu a predicar, y as
como los curas de las iglesias predican diciendo que seamos buenos, los
procuradores de la nacin predican otras cosas; viene la gente, los oye
y nada ms. Slo que, segn dicen los que van de noche a casa, los
diputados predican que seamos malos, y esto es lo que no entiendo.

--Esos discursos--le contest risueo--no son sermones, son debates.

--Efectivamente; me ha parecido que no son sermones, sino que uno dice
una cosa, otro otra, y parece como que disputan.

--Justamente. Disputan; cada uno dice lo que cree ms conveniente, y
despus...

--El disputar me gusta mucho. Sabe usted que me estara aqu las horas
muertas oyendo esto? Pero me agradara que hablaran fuerte y se
insultaran, tirndose los bancos a la cabeza.

--Alguna vez...

--Pues yo quiero venir ese da. Se anunciar por carteles en las
esquinas?

--Nada de eso. La poltica no es una funcin de teatro.

--Y qu es la poltica?

--Esto.

--Ahora me parece que lo entiendo menos. Pero quin es ese hombre alto,
moreno y de aspecto temeroso, que est hablando ahora? Le aseguro a
usted que ese modo de charlar me gusta.

--Es el Sr. Garca Herreros, diputado por Soria.

La atencin del Congreso estaba fija en el orador, uno de los ms
severos y elocuentes de aquella primera fecunda hornada. Profundo
silencio reinaba en el saln lo mismo que en las tribunas. Callamos
Presentacin y yo, y atendimos tambin, ambos absortos y suspensos,
porque la palabra de Garca Herreros, enrgica y sonora, era de las que
imperiosamente se hacen or y acallan todos los rumores de una Asamblea.

Combatiendo las servidumbres, exclamaba:--Qu dira de su representante
aquel pueblo numantino, que por no sufrir la servidumbre quiso ser
pbulo de la hoguera? Los padres y tiernas madres que arrojaban a ellas
a sus hijos, me juzgaran digno del honor de representarles, si no lo
sacrificase todo al dolo de la libertad? An conservo en mi pecho el
calor de aquellas llamas, y l me inflama para asegurar que el pueblo
numantino no reconocer ya ms seoro que el de la nacin. Quiere ser
libre y sabe el camino de serlo.




XVIII


Ruidosos aplausos de abajo, y aplausos, patadas y gritos de arriba,
ahogaron las ltimas palabras del orador. Presentacin me mir, y sus
mejillas estaban inundadas de lgrimas.

--Oh, Sr. de Araceli!--me dijo--. Ese hombre me ha hecho llorar. Qu
hermoso es lo que ha dicho!

--Seora doa Presentacioncita, no repara usted que ni su hermana, ni
Ins, ni lord Gray parecen por ningn lado?

--Ya parecern. D. Paco ha ido a buscarlas y dar con ellas... Ahora
est hablando otro, y dice que aquel no tiene razn. Cmo entendemos
esto?

Otro orador us de la palabra, pero por poco tiempo.

--Parece que ahora tratan de otro asunto--dijo la muchacha, observando
siempre--. Y all se ha levantado uno que saca un papel y lo lee.

--Se me figura que ese es D. Joaqun Lorenzo Villanueva, el diputado por
Valencia.

--Es clrigo. Parece que lee un papel impreso.

--Es sin duda un peridico de los que ponen como chupa de dmine a las
Cortes. Aqu acostumbran leer las picardas que los papeles pblicos
dicen de los diputados, y las contestaciones que estos se sirven
dirigirles.

En efecto: Villanueva, furioso porque <i>El Conciso</i> se rea de sus
proyectos de ley, lo denunciaba al Congreso Nacional, y luego nos
regalaba la contestacin. Era esta una de las anomalas y rarezas de
aquella nuestra primera Asamblea, bastante inocente para detenerse en
disputar con los peridicos, dictando luego severas penas que
contradecan la libertad de la imprenta.

--Parece que va a haber tumulto--me dijo Presentacin--. Cielos
divinos! Se levanta a hablar otro predicador... Pero si es Ostolaza...
no le ve usted?, el mismo Ostolaza. No ve usted su cara redonda y
encarnada?... Si su voz parece una matraca... y qu gestos, qu
miradas!...

Ostolaza empez a hablar, y con su discurso las risas y burlas, arriba y
abajo, sin que el presidente pudiera acallarlas, ni el orador hacerse
or con claridad. Volviose a las tribunas y con el gesto desenfadado las
despreci, y crecieron tumultos y voces, sobre todo en nuestro balcn,
donde varios individuos de sombrero gacho y marsells no podan
convencerse de que estaban en lugar muy distinto de la plaza de toros.

--Dice que nos desprecia--exclam Presentacin en voz muy baja--. Se ha
puesto rojo como un tomate. Amenaza a las tribunas porque nos remos de
su facha. S, Sr. Ostolaza, nos remos de usted... Miren el mamarracho,
espantajo. Por qu no le retiran las licencias? Si es un predicador de
aldea... Insulta a los dems. Usted qu sabe, so bruto? Porque en casa
le omos con la boca abierta cuando nos sermonea, cree que le van a
tolerar aqu?...

Un individuo de las tribunas grit:

--Afuera el apaga-candelas!

Y el barullo y vocero tomaron proporciones tales que los porteros nos
amenazaron con echarnos a todos a la calle.

--Sr. de Araceli--me dijo Presentacin, encendida y agitada por el
entusiasmo--tendra un grandsimo placer... en qu creer usted? Me
regocijara muchsimo... de qu pensar usted? De que ahora se
levantara de su asiento el seor presidente y le diera dos palos a
Ostolaza.

--Aqu no es costumbre que el presidente apalee a los diputados.

--No?--exclam con extraeza--. Pues debiera hacerlo. Me estara riendo
hasta maana: dos palos, s seor, o mejor cuatro. Los merece. Aborrezco
a ese hombre con todo mi corazn. l es quien aconseja a mam que no nos
deje salir, ni hablar, ni rer, ni pestaear. Asuncin dice que es un
zopenco. No cree usted lo mismo?

--Que le den morcilla!--grit una voz becerril en el fondo de la
galera.

--Comparito--dijo otra voz dirigindose al orador--todo ese enfao es
verd o conversasin?

--Seores--exclam volvindose a todos lados, un diarista almibarado,
peli-crecido y amarillento--estos escndalos no son propios de un
pueblo culto. Aqu se viene a or y no a gritar.

--Camarata--preguntole con sorna un viejo chusco que all cerca
haba--eso que ost ha dicho es jabla o rebuzno?

--Splenme ese ojo--grit otro.

--Seores, que el presidente nos va a echar a la calle y perderemos lo
mejor de la sesin.

--Seora doa Presentacioncita--dije yo a la muchacha--bueno ser que
nos marchemos. La tribuna se alborota y no es prudente seguir aqu.
Adems los extraviados no parecen y debemos buscarlos fuera.

--Esperemos an... En suma, Sr. D. Gabriel--me dijo con encantadora
inocencia--todos esos hombres para qu estn aqu, para qu hablan,
para qu gritan?

Le contest lo que me pareca y no me entendi.

--Ostolaza sigue hablando. Sus brazos parecen aspas de molino... Todos
se ren de l. Veo que las Cortes, como los teatros, tienen su gracioso.

--As es en efecto.

--Y el gracioso es Ostolaza... Pues me parece que junto a l est el Sr.
Teneyro... Qu par! Si querr tambin hablar... Dgame usted otra cosa,
quin es ese seor <i>Preopinante</i> de quien todos hablan tan mal?

--El <i>Preopinante</i> es el que ha hablado antes.

--Dgame usted. Y cuando tengamos rey, Su Majestad vendr tambin a
predicar aqu?

--No lo creo.

--Y en qu consiste eso que dicen de que con Cortes hay libertad?

--Es una cosa difcil de explicar en pocas palabras.

--Pues yo lo entiendo de este modo... Pongo por caso... las Cortes
dirn: ordeno y mando, que todos los espaoles salgan a paseo por las
tardes, y vayan una vez al mes al teatro, y se asomen al balcn despus
de haber hecho sus obligaciones... Prohbo que las familias recen ms de
un rosario completo al da... Prohbo que se case a nadie contra su
voluntad y que se descase a quien quiere hacerlo... Todo el mundo puede
estar alegre siempre que no ofenda al decoro...

--Las Cortes harn eso y mucho ms.

--Oh, Sr. Araceli, yo estoy muy alegre!

--Por qu?

--No s por qu. Siento deseos de rer a carcajadas. Siempre que salgo
de casa, y voy a alguna parte donde puedo estar con alguna libertad, me
parece que el alma quiere salrseme del cuerpo y volar bailando y
saltando por el mundo; me embriaga la atmsfera y la luz me embelesa.
Todo cuanto veo me parece hermoso, cuanto oigo elocuente (menos lo de
Ostolaza), todos los hombres justos y buenos, todas las mujeres guapas,
y me parece que las casas, la calle, el cielo, las Cortes con su
presidente y su preopinante me saludan sonriendo. Oh, qu bien estoy
aqu! Ins y Asuncin no parecen, D. Paco tampoco. Cuanto ms tarde
vengan mejor. Otra cosa..., por qu no ha seguido usted yendo a casa
por las noches? Nosotras nos hemos redo de usted.

--De m?--pregunt con turbacin.

--S, porque se la echaba usted de devoto para agradar a mam. Qu bien
haca usted su papel! Lo mismo, lo mismito hacemos nosotras.

Me asombr de la frescura con que la infeliz nia deca claramente que
engaaba a su mam.

--Vaya usted a casa. A nosotras no nos dejaban hablar con usted, pero
nos entretuvimos mirndole.

--Mirndome!

--S, s; a todo el que va a casa le examinamos y le medimos las
facciones lnea por lnea. Despus, cuando nos quedamos solas, decimos
cmo tiene el pelo, los ojos, la boca, los dientes, las orejas, y
disputamos sobre cul de las tres se acuerda mejor.

--Bonita ocupacin.

--Las tres estamos siempre juntas. La seora marquesa de Leiva est muy
enferma, y como mam dice que quiere tener a Ins bajo su vigilancia, ha
mandado que viva en casa. Las tres dormimos en una misma alcoba y
charlamos bajito por las noches. Ah! Sabe usted lo que me ha dicho
Ins? Que usted est enamorado.

--Qu bromazo! Tal cosa no es verdad.

--S, nos lo dijo, y aunque no me lo dijera... Eso se conoce.

--Lo conoce usted?

--Al instante. En cuanto veo a una persona.

--Dnde ha aprendido usted eso? Lee usted novelas?

--Jams. No las leo; pero las invento.

--Eso es peor.

--Todas las noches saco de mi cabeza una distinta.

--Las novelas inventadas son peores que las ledas, seora doa
Presentacioncita.

--Vuelva usted a casa por las noches.

--Volver. Lord Gray las entretiene a ustedes bastante.

--Lord Gray no va tampoco--dijo con pena.

--Y si supiera doa Mara que usted ha venido aqu?

--Creo que nos matara. Pero no lo sabr. Inventaremos algo muy gordo.
Diremos que venimos del Carmen, donde fray Pedro Advncula nos entretuvo
contndonos vidas de santos. Otras veces le hemos dicho esto, y luego
fray Pedro Advncula no nos ha desmentido. Es un santo varn y yo le
quiero mucho. Tiene las manos blancas y finas, los ojos dulces, la voz
suave, el habla graciosa; sabe tocar el ole en un organito muy mono, y
cuando no est mam delante, habla de cosas mundanas con tanta gracia
como decencia.

--Y fray Pedro Advncula, va a casa de usted?

--S... es amigo de lord Gray. Es el que hace la preparacin espiritual
de Ins para el matrimonio, y de Asuncin para el monjo... Se me figura
(y esto es reservado) que l llev la papeleta de la tribuna.

--Y a usted no la prepara para algo?

--A m--contest la muchacha con profundo desconsuelo--a m, para nada.

Yo estaba absorto, pasmado y lelo, contemplando la seductora ignorancia,
la infantil malicia, la franqueza sin freno de aquella alma, a quien la
falta de toda educacin mundana presentaba en la desnudez de su
inocencia. Como era linda de rostro, y haba tal viveza en su hablar
espontneo y armonioso, me encantaba verla y orla, y como vulgarmente
se dice con respecto a los nios, me la hubiera comido. No hallo otra
frase mejor para expresar la admiracin que aquel raudal de gracia y
travesura, de sentimiento y de dulce ingenuidad me produca. Nombr
antes a los nios, y aqu repito, aunque Presentacioncita haba dejado
de serlo, a m me haca el efecto de uno de esos chiquillos
sentenciosos, que con sus verdades como puos nos causan asombro y risa.
Verdad es que la de Rumblar, aun hacindome rer, me causaba al mismo
tiempo tristeza.




XIX


De pronto mir a la tribuna de seoras, que estaba al lado de la
Epstola, en lo que podemos llamar el proscenio de la iglesia, y cre
distinguir a las dos muchachas.

--All estn, all estn!...--dije a mi acompaante.

--S, y en la tribuna inmediata, que es la de los diplomticos, est
lord Gray. No le ve usted?... Est con la cabeza entre las manos,
pensativo y meditabundo.

--No habla con ellas, ni puede hablar, porque una tabla les separa.
Acaban de entrar en este momento.

Lleg a la sazn D. Paco, rojo como un pimiento, y abrindose paso por
entre la apiada muchedumbre de <i>galerios</i> (as llamaban a los devotos
de aquella religin, y as les nombraron despus en son de remoquete en
el tiempo de las persecuciones), acercsenos y nos dijo:

--Gracias a Dios que han parecido!... Lord Gray las llev engaadas al
campanario de la iglesia... despus adentro... despus a la calle...
Hase visto infamia semejante?... Estoy bramando de furor!... Qu
habrn hecho, seor de Araceli, qu habrn hecho?... La seora doa
Inesita estaba ms plida que una muerta, y la seora doa Asuncioncita
ms roja que una amapola... Vmonos, nia, vmonos de aqu.

--S, vmonos--repet yo.

--Yo no me muevo de aqu, Paquito. Esto me gusta mucho. Ya han acabado
de leer peridicos y papeles y vuelven los discursos... Quin habla?

--Es el Sr. de Argelles. Buen pjaro est! Pues bonitas cosas est
oyendo la nia!--dijo D. Paco en voz ms alta que la que a la
respetabilidad del sitio corresponda--. Tratar de abolir las
jurisdicciones, los seoros, los fueros, el tormento y el derecho de
poner la horca a la entrada del pueblo, y de nombrar jueces; quieren
quitar las prestaciones y dems sabias prcticas en que consiste la
grandeza de estos reinos.

--Pues que lo supriman todo--dijo Presentacin con enfado--. De aqu no
me muevo hasta que lo supriman todo.

--La nia no sabe lo que habla--exclam D. Paco, suscitando los
murmullos de los circunstantes con lo destemplado de su voz--. Ahora la
seora doa Mara no podr nombrar el alcalde de Pea-Horadada, ni
cobrar tanto de fanega en el molino de Herrumblar, ni las doce gallinas
de Baeza, ni podr prohibir la pesca en el arroyo, ni los asnos de casa
podrn meterse en las heredades del vecino a comerse lo que se les
antoje.

--Se abate--grit una voz, mientras una mano pesaba con formidable
empuje sobre los hombros del preceptor--; sintese y calle.

--Caballero--dijo otro--se podra saber quin es usted?

--Soy D. Francisco Xavier de Jindama--repuso con timidez y urbanidad el
viejo.

--Lo digo porque en cuanto le vi a usted y le o, diome olor a
lechucera.

--Quiere decir que es usted de la hermandad de los bobos--aadi una
moza que frontera a D. Paco estaba--. Con su voz de matraca no nos deja
or los escursos.

--Haya paz, seores--exclam un tercero--y silencio. Aqu no se viene a
lamentarse de que los asnos no puedan entrar en la heredad ajena.

--El asno ser l.

--Orden y conveniencia!--grit el portero--. Si no, en nombre de Su
Majestad les echo a todos a la calle.

--Aqu no hay ninguna Majestad--dijo D. Paco.

--La Majestad son las Cortes, seor esparavn--afirm con enfado un
galerio.

--Es de los que vienen a aplaudir cuando rebuzna Ostolaza--dijo otro
sealando a don Paco.

Viendo que la cuestin se agriaba, empeeme en romper por medio del
gento, y esto caus nueva confusin y reconvenciones. Al mismo tiempo
entre los diputados son rumor de disgusto por lo que pasaba en la
tribuna, habl el presidente imponiendo silencio a los galerios, y
acallados estos un tanto, el diputado Teneyro tom la palabra. Como si
la primera pronunciada por el buen cura de Algeciras fuera seal
convenida, desatose una tempestad de risas y demostraciones, y cuanto
ms el orador alzaba la voz, ms la ahogaban entre su murmullo los de
arriba.

Repetir el sinnmero de dichos, agudezas y apodos que salieron como
avalancha de la tribuna pblica, fuera imposible. Jams actor aborrecido
o antiptico recibi tan atroz silba en corrales de Madrid. Lo extrao
es que siempre pasaba lo mismo. Ya se saba: hablar Teneyro y
alborotarse el pueblo soberano, eran una misma cosa. Y qu ceceo el
suyo, qu ademanes tan graciosos, qu ira olmpica para apostrofar a las
tribunas, qu lastimoso gesto, qu cruzar de brazos, qu arrugada cara,
qu singular donaire para decir disparates, ya abogando por la
Inquisicin, ya por una soberana popular a la moda, representada por
una especie de concilio de prrocos y guerrilleros! Vamos, francamente,
era cosa de morir de risa.

El presidente saba que sesin en la cual Teneyro hablase, era sesin
perdida, por no ser posible contener a las tribunas; trabbanse disputas
inevitables entre ciertos procuradores y el pblico, y el escndalo
obligaba a despejar los altos de la iglesia.

Esto ocurri en aquel da, cuando el Cicern de Algeciras, volvindose
hacia arriba con ademanes descompuestos y lengua balbuciente, grit:

--Ya sabemos que esa es gente pagada.

Al or esto, los denuestos, los improperios que lanz el pueblo llenaron
el mbito de la iglesia en trminos que aquello pareca una jaula de
locos. Agitbanse los diputados, echndose unos a otros la culpa del
alboroto; nos apostrofaban tambin desde abajo llamndonos canalla soez,
y los porteros dieron principio a la expulsin. Aqu de los apuros.
Presentacin y yo queramos salir sin poder lograrlo, por tener delante
una muralla de carne humana que resista la orden del presidente.
Algunos se echaron fuera; mas no por eso se acall el tumulto, y lo peor
fue que aparecieron de sbito dos o tres personas que tomaron el partido
del orador silbado contra el silbante pueblo.

--Que ustedes son unos servilones, mata candelas!

--Que ustedes son unos afrancesados!

--Que ustedes son...--imagnese el lector lo peor que haya odo en
plazas, presenciado en tabernas y aprendido en garitos.

Y no par aqu el desastre, sino que don Paco, viendo que alguien tomaba
a pechos la defensa del pobre Teneyro, arriesgose, como leal amigo y
contertulio, a ponerse de su parte.

--Envidia, no es ms que envidia y rabia por las verdades como puos que
dice--exclam.

En mal hora lo dijera. Vimos desaparecer su enjuta figura entre una masa
uniforme de brazos y manos. Presentacin grit con angustia:

--Que matan al pobre D. Paco!

Sali el infeliz, o lo sacaron, es decir, all se fue todo junto,
vctima y verdugos, por la puerta afuera. Con esto se despej un tanto
la tribuna y pudimos salir de los ltimos tras la oleada de gente que
mal de su grado abandonaba la sesin. Quisimos auxiliar al maestro, pero
no nos era posible por hallarse distante; y aunque el infeliz no recibi
golpe de arma alguna, las herramientas de puos y codos le hacan mucho
dao. Al fin, acosado por todos, huy, corriendo velozmente por la
escalera abajo, dando no pocos tumbos y costaladas.

Nuestra gran contrariedad consista en que nos separaba de l una masa
enorme de gente que nunca acababa de salir; as es que, cuando llegamos
abajo, en vano mirbamos a todos lados. D. Paco no estaba. Hacamos
preguntas a todos, pero nadie nos daba razn satisfactoria. Quin deca;
le han llevado adentro; quin le han llevado afuera.

--Qu situacin, qu compromiso!--deca la muchacha--. Pero dnde est
el pobre don Paco? Ahora tendr que ir a casa sola o con usted.

En la calle haba tambin apiado gento, entre el cual vi a uno de esos
individuos que se aparecen como llovidos en toda escena de agitacin
popular, dispuestos a echar el peso, no de su autoridad, sino de sus
garrotes, en la balanza de las contiendas polticas. Desgraciado
Teneyro, desgraciado Ostolaza! Qu ovacin les esperaba!

La hermandad de la porra no es tan antigua como el mundo, no; pero
entradilla en aos es.

--Busquemos, busquemos a ese infeliz--me deca mi linda pareja--. De
modo que tengo que ir sola a casa... Y qu voy a decir?... Y mi hermana
e Ins dnde estn?... Oh, seor de Araceli, ms vale que se abra la
tierra y me trague!

Al fin nos dio razn del desgraciado preceptor un soldado, dicindonos:

--Se lo llevaron entre cuatro.

--Pero a dnde, no se sabe a dnde?

El soldado, encogindose de hombros, fij su vista en la puerta de San
Felipe, por donde salan bastantes diputados. Felizmente y gracias a la
intervencin de D. Juan Mara Villavicencio, los que se disponan a
obsequiar a Teneyro y Ostolaza no pasaron a vas de hecho; mas con la
agudeza de sus silbidos y el mugir de sus insultos fueron dando msica a
ambos personajes por largo trecho de la calle.

Fue aquel lance uno de los muchos que afearon la primera poca
constitucional; pero no lleg a ser tan escandaloso como el ocurrido
poco despus con motivo del famoso incidente Lardizbal, y que puso en
gran peligro la vida de D. Jos Pablo Valiente, diputado absolutista, el
cual hubiera sido despedazado por el pueblo si Villavicencio no le
librara heroicamente de las garras de aquel, embarcndole al instante.

--Virgen Santsima!--repeta Presentacin--. Y esas nias no
parecen!... Vmonos al punto de aqu. All sale el Sr. Ostolaza... Me va
a conocer.

Marchamos por la calle de San Jos para tomar la del Jardinillo: pero no
nos fue posible esquivar las miradas y la persecucin del Sr. Ostolaza,
que llamndonos desde lejos nos oblig a detenernos.

--Seora ma--dijo el taimado clrigo--eso est muy bien... En la calle
con un mozalbete... Por fuerza ha muerto la seora condesa.

--Por Dios y la Virgen--exclam la muchacha llorando--. Sr. de
Ostolaza... no diga usted nada a mam... Yo le explicar a usted...
Salimos a paseo y como nos perdiramos, pues... No diga usted nada a
mam. Ay! Sr. de Ostolaza; usted es un buen sujeto y tendr lstima de
m.

--En efecto; siento lstima de la seorita.

--Quiero decir... Llveme usted a casa... Amigo--aadi esforzndose en
aparecer jovial--o su discurso y me pareci muy bonito. Qu bien habla
usted, qu bien!... Da gusto...

--Basta de lisonjas--dijo el clrigo; y luego mirndome aadi--: y
usted, seor militar-telogo, de qu arteras se ha valido para sacar
de su casa a esta seorita?

--Yo no he sacado de su casa a esta seorita--repuse--; la acompao
porque la he encontrado sola.

--A causa del gento nos perdimos D. Paco y yo... quiero decir: se
perdieron ellas.

--Comprendido, comprendido.

--Sabe usted, seor oficial-telogo--me dijo con aviesa mirada--que
antes de poner esto en conocimiento de doa Mara voy a dar parte a la
justicia?

--Sabe usted--respond--seor clerign-entrometido, que si no se me
quita de delante ahora mismo, le ensear a ser comedido y a no meterse
en camisa de once varas?

--Comprendido, comprendido--repuso ponindose como de almagre su
abominable rostro, y echndome de lleno su insolente mirada--. Sigan los
pimpollitos su camino. Adis...

Marchose a toda prisa y cuando le perdimos de vista, Presentacin me
dijo dando un suspiro.

--Nos llam pimpollitos y cree que somos novios, y que nos hemos
escapado... Ahora qu dir a mam cuando me vea entrar con usted?
Necesito inventar algo muy ingenioso y bien urdido.

--Lo mejor es decir la verdad clara y desnuda. Esto ofender menos a la
seora que las invenciones con que usted pretenda engaarla.

--La verdad!... est usted loco? Yo no digo la verdad aunque me
maten... Corramos... Habrn llegado ya las otras dos? Jess divino! Si
ellas dicen una mentira distinta de la ma...

--Por eso lo mejor es decir la verdad.

--Eso ni pensarlo. Mam nos matara... A ver qu le parece a usted mi
proyecto. Yo entrar llorando, llorando mucho.

--Malo...

--Pues me desmayar, diciendo que usted es un traidor que quiso robarme.

--Peor. Diga usted que se perdieron, que encontraron a lord Gray...

--No nombrar al ingls; eso jams.

--Por qu?

--Porque ahora, nombrar en casa a lord Gray y nombrar al demonio es lo
mismo.

--Yo s la causa, lord Gray es amado por una de ustedes.

--Oh, qu cosas dice usted!--exclam muy turbada--. Nosotras...

--Usted.

--No; ni mi hermana tampoco.

--S que la seora Inesita est loca por l.

--Oh! S... loca... loca!... Dios mo ya llegamos... Estoy medio
muerta.

Al entrar en la calle y acercarnos a la casa, alc la vista y detrs del
vidrio de uno de los miradores, distingu un bulto siniestro, despus
dos ojos terribles separados por el curvo filo de una nariz aguilea,
despus un rayo de indignacin que parta de aquellos ojos. Presentacin
vio tambin la fatdica imagen y estuvo a punto de desmayarse en mis
brazos.

--Mi mam nos ha visto--dijo--. Sr. de Araceli. Escpese usted, slvese
usted, pues todava es tiempo.

--Subamos, y diciendo la verdad nos salvaremos los dos.




XX


En el corredor Presentacin cay de rodillas ante su madre que al
encuentro nos sala, y exclam con ahogada voz:

--Seora madre perdn!, yo no he hecho nada.

--Qu horas son estas de venir a casa!... Y D. Paco, y las otras dos
nias?...

--Seora madre...--continu con aturdimiento la muchacha--bamos por la
muralla... cay una bomba, que parti en dos pedazos a D. Paco... no, no
fue tanto... pero corrimos, nos separamos, nos perdimos, yo me
desmay...

--Cmo es eso?--dijo la madre con furor--. Si el Sr. de Ostolaza que
acaba de llegar, dice que te vio en la tribuna de las Cortes...

--Eso es... me desmay... me llevaron a las Cortes... Despus mataron a
D. Paco...

--Esto debe de ser obra de alguna infame maquinacin--exclam la condesa
llevndonos a la sala--. Seores... ya no hay nada seguro... no pueden
las personas decentes salir a la calle!

En la sala estaban Ostolaza, D. Pedro del Congosto y un joven como de
treinta y cuatro aos y de buena presencia, a quien yo no conoca.
Mirome el primero con penetrante encono, el segundo con altanero desdn
y el tercero con curiosidad.

--Seora--dije a la condesa--usted se ha exaltado sin razn,
interpretando mal un hecho que en s no tiene malicia alguna.

Y le cont lo ocurrido, disfrazando de un modo discreto los accidentes
que pudieran ser desfavorables a las pobres nias.

--Caballero--me contest con acrimonia--dispnseme usted, pero no puedo
darle crdito. Yo me entender despus con estas inconsideradas y locas
nias; y en tanto no puedo menos de creer que usted y lord Gray han
urdido un abominable complot para turbar la paz de mi casa. Seores, no
hablo con razn? Estamos en una sociedad donde se hallan indefensos y
desamparados el honor de las familias y el decoro de las personas
mayores. No se puede vivir! Me quejar al gobierno, a la Regencia...
pero a qu, si todo esto proviene de las altas regiones, donde no se
alberga ms que alevosa, desvergenza, escndalo y despreocupacin!

Los tres personajes, que cual tres estatuas exornaban con simtrica
colocacin el testero de la sala, movieron sus venerables cabezas con
ademn afirmativo, y alguno de ellos golpe con la maciza mano el brazo
del silln.

--Seor de Araceli, siento decir a usted que ya reconozco la lamentable
equivocacin en que incurr respecto al carcter de usted.

--Seora, usted puede juzgarme como guste, pero en el suceso de hoy, no
ha habido malicia por mi parte.

--Yo me vuelvo loca--repuso la seora--. Por todas partes asechanzas,
celadas, inicuos planes. No hay defensa posible; son intiles las
precauciones; de nada sirve el aislamiento; de nada sirve el apartarse
de ese corruptor bullicio. En nuestro secreto asilo viene a buscarnos la
traidora maldad que todo lo invade y hasta en lo ms recndito penetra.

Los tres personajes dieron nuevas seales de su unnime asentimiento.

--Basta de farsas--dijo Ostolaza--. La seora doa Mara no necesita que
usted se disculpe ante ella, porque le conoce. Cmo va de teologa?

--Con la poca que s--repuse--cualquier sacristn poda pronunciar en
las Cortes discursos dignos de ser odos.

--El seor es de los que van todos los das a alborotar a la tribuna. Es
un oficio con el cual viven muchos.

--Qu aberracin! Y desde tal sitio y desde tales tribunas se piensa
gobernar el reino?

--No quiero hacer aqu apologas de mi conducta--repuse con calma--ni
las injurias de ese hombre me harn olvidar el hbito que viste y el
respeto que debo a la casa en que estoy. Aqu est una persona que, si
puede haber formado de m juicio desfavorable en ciertas cuestiones,
conoce muy bien mis antecedentes y mi reputacin como hombre honrado. El
Sr. D. Pedro del Congosto me oye, y yo apelo a su lealtad, para que doa
Mara sepa si ha admitido en su casa a una persona indigna.

Oyendo esto D. Pedro, que indolentemente se apoyaba en el respaldo del
silln, irguiose, atus los largos bigotes y gravemente habl de esta
manera:

--Seora, seorita y caballeros: puesto que este joven apela a mi
lealtad, probada en cien ocasiones, declaro que no una, sino muchsimas
veces he odo elogiar su buen comportamiento, su caballerosidad, su
valor como militar, con otras distinguidas prendas de paisano que le han
creado abundante nmero de amigos en el ejrcito y fuera de l.

--Pues qu duda tiene!--exclam Presentacin, descuidndose en
manifestar sus sentimientos.

--Calla t, necia--dijo la madre--. Tu cuenta se ajustar despus.

--Nunca--continu el estafermo--ha llegado a mis odos noticia alguna de
este joven que no le sea favorable. Bien quisto de todos, ha hecho su
carrera por el mrito, no por la intriga; por el valor, no por la
astucia; y como esto es verdad, y yo lo s, y me consta, y lo afirmo y
lo sostengo, y soy hombre que sabe sostener lo que dice, estoy dispuesto
a defenderle contra todo agravio que en este terreno se le haga. Seora,
seorita y caballeros: como hombre que ama a ese don del cielo, esa
inmaculada virgen de la verdad, que es norte de los buenos, he dicho
todo lo que puede favorecer a este joven; ahora voy a decir lo que le
desfavorece...

Mientras D. Pedro tosa y sacaba el infinito pauelo encarnado y azul
para limpiarse boca y narices, rein solemne silencio en la sala y todos
me miraban con afanosa curiosidad.

--Es, pues, el caso--continu el cruzado--que este joven, si bajo un
aspecto es la misma virtud, bajo otro es un monstruo, seores, un
monstruo; el mayor enemigo del sosiego domstico, el corruptor de las
familias, el terror de la pudorosa amistad...

Nueva pausa y asombro de todos. Presentacin me miraba con la mitad de
su alma en cada ojo.

--S; qu otro nombre merece quien posee un arte infernal para romper
lazos de muy antiguo trabados entre dos personas, y que resistieran
durante veinticinco aos a las asechanzas del mundo y a la persecucin
de los ms diestros cortejos?... Permtanme los presentes que no nombre
personas. Bsteles saber que este joven, poniendo en juego sus malas
artes amorosas, embauc y enga y arrastr tras s a quien haba sido
la misma firmeza, el pudor mismo y la mismsima lealtad, dejando burlada
la ideal adoracin de un hombre que haba sido el dechado de la
constancia y delicadeza.

El desairado llora en silencio su desaire, y el victorioso mozalbete
goza sin reparo de las incomparables delicias que puede ofrecer aquel
tesoro de hermosura. Pero guay!, que no es bueno confiar en las
delicias de un da; guay!, que en la hora menos pensada encontrarn uno
y otro criminales amantes delante de s la aterradora imagen del hombre
ofendido, que est dispuesto a vengar su afrenta... Conque dganme si el
que tal ha hecho, si el que en la difcil conquista de esa humana
fortaleza, jams antes rendida, ha probado su travesura, qu no har
dirigindola contra inexpertas jovenzuelas? Abrirle las puertas de una
casa es abrirlas a la liviandad, a la seduccin, a la imprudencia. Esto
es todo lo que s acerca del Sr. de Araceli, sin quitar ni poner cosa
alguna.

Presentacin estaba absorta y doa Mara aterrada.

--Seora, seorita y caballeros--repuse yo, no disimulando la risa--. Al
Sr. D. Pedro del Congosto han informado mal respecto al suceso que
ltimamente ha contado. Ese portento de hermosura habr cado en las
redes de otra persona, que no en las mas.

--Yo s lo que me digo--exclam D. Pedro con atronadora voz--y basta.
Denme licencia para retirarme, que avanza la hora y esta tarde he de
embarcarme con la expedicin que va al Condado de Niebla a operar contra
los franceses. La ociosidad me enfada y deseo hacer algo en bien de la
patria oprimida. No tenemos gobierno, no tenemos generales; las Cortes
entregarn maniatado el reino al pcaro francs... Sr. de Araceli, va
usted al Condado?

--No seor; guarnecer a Matagorda en todo el mes que viene... Pero yo
tambin me retiro, porque la seora doa Mara no ve con buenos ojos que
entre en su casa.

--La verdad, Sr. de Araceli, si hubiese sabido... Aprecio sus buenas
prendas de militar y de caballero; pero... Presentacin, retrate. No
te da vergenza or estas cosas?... Pues, como deca, deseo aclarar el
punto oscursimo del encuentro de usted en la calle con mi hija. An
creo que hay tribunales en Espaa, no es verdad, Sr. D. Tadeo
Calomarde?

Esto lo dijo dirigindose al joven que antes he mencionado.

--Seora--repuso este desplegando para sonrer toda su boca, que era
grandsima--; a fe de jurisconsulto dir a usted que an puede
arreglarse. Hablemos con franqueza. Estoy acostumbrado a presenciar
lances muy chuscos en mi carrera y nada me asusta. Ha habido noviazgo?

--Jess!, qu abominacin--exclam con indecible trastorno doa
Mara--. Noviazgo!... Presentacin, retrate al instante.

La muchacha no obedeci.

--Pues si ha habido noviazgo, y los dos se quieren, y han dado un
paseto juntos, y el seor es un buen militar, a qu andar con
farndulas y mojigatera, lo mejor es casarlos y en paz.

Doa Mara, de roja que estaba volviose plida y cerr los ojos, y
respir con fuerza, y el torbellino de su dignidad se le subi a la
cabeza, y se mare, y estuvo a punto de caer desmayada.

--No esperaba yo tales irreverencias del Sr. D. Tadeo Calomarde--dijo
con voz entrecortada por la ira--. El Sr. D. Tadeo Calomarde no sabe
quin soy; el Sr. D. Tadeo Calomarde recuerda los planes casamenteros
que servan para hacer fortuna en los tiempos de Godoy. Mi dignidad no
me permite seguir este asunto. Ruego al Sr. D. Tadeo Calomarde y al Sr.
D. Gabriel de Araceli que se sirvan abandonar mi casa.

Calomarde y yo nos levantamos. Presentacin me mir, y con toda su alma
en los ojos, me dijo en mudo lenguaje:

--Llveme usted consigo.

Cuando nos retirbamos, entraron en la sala Ins y Asuncin, conducidas
por un fraile.

--Fray Pedro Advncula, qu es esto?--dijo doa Mara--. Me explicar
usted al fin el singular suceso de la desaparicin de las nias?

--Seora... nada ms natural--repuso jovialmente el fraile, que era
joven por ms seas--. Una bomba... Pobre D. Paco!, no se ha sabido ms
de l... Iban por la muralla!... Las dos nias corrieron, corrieron...
pobrecitas... Las recogimos en casa... se les dio agua y vino... qu
susto!, pobrecillas... a la seora doa Presentacioncita no se la pudo
encontrar...

--La pcara se fue a las Cortes con... Justicia, cielos divinos,
justicia!

No o ms porque sal de la casa. Desde aquel momento fui amigo de
Calomarde. Hablar de l algn da? Creo que s.




XXI


Pasaron das y San Lorenzo de Puntales me vio ocupado en su defensa
durante un mes, en compaa de los valientes canarios de Alburquerque.
All ni un instante de reposo, all ni siquiera noticias de Cdiz, all
ni la compaa de lord Gray, ni cartas de Amaranta, ni mimos de doa
Flora, ni amenazas de D. Pedro del Congosto.

Dentro de Cdiz, el sitio era una broma y los gaditanos se rean de las
bombas. La alegre ciudad, cuyo aspecto es el de una perpetua sonrisa,
miraba desde sus murallas el vuelo de aquellos mosquitos, y aunque
picaran, los reciba con coplas donosas, como los bilbanos de la
presente poca. Cuando el bombardeo hizo verdaderos estragos, los
llantos y lgrimas perdironse en el bullicioso rumor de aquel hervidero
de chistes. Pero eran contadas las desgracias. Una bomba mat a un
ingls, y estuvo a punto de ser vctima de otra en los mismos brazos de
su nodriza D. Dionisio Alcal Galiano, hijo de D. Antonio. Fuera de
estos casos y otros que no recuerdo, los efectos de la artillera
enemiga eran risibles. Un proyectil penetr en cierta iglesia,
arrancando las narices a un ngel de madera que sostena la lmpara;
otro destroz el lecho de un fraile de San Juan de Dios que
afortunadamente se hallaba fuera en el instante crtico.

Cuando, despus de ausencia tan larga, fui a visitar a Amaranta, la
encontr desesperada, porque el aislamiento de Ins en la casa de la
calle de la Amargura, haba tomado el carcter de una esclavitud
horrorosa. Cerrada la puerta a los extraos con rigor inquisitorial, era
locura aspirar ya a burlar vigilancias, y engaar suspicacias y menos a
romper la fatal clausura. La desgraciada condesa me expres con estas
palabras sus pensamientos:

--Gabriel, no puedo vivir ms tiempo en esta triste soledad. La ausencia
de lo que ms amo en el mundo, y ms que su ausencia, la consideracin
de su desgracia, me causan un dolor inmenso. Estoy decidida a intentar,
por cualquier medio, una entrevista con mi hija, en la cual, revelndole
lo que ignora, espero conseguir que ella misma rompa espontneamente los
hierros de su esclavitud y se decida a vivir, a huir conmigo. No me
queda ya ms recurso que el de la violencia. Yo esper que t me
sirvieras en este negocio; pero con la necedad de tus celos no has hecho
nada. No sabes cul es mi proyecto ahora? Confiarme a lord Gray,
revelarle todo, suplicndole que me facilite lo que tanto deseo. Ese
ingls tiene una audacia sin lmites, en nada repara y ser capaz de
traerme aqu la casa entera con doa Mara dentro, cual una cotorra en
su jaula. No le crees t capaz de eso?

--De eso y de mucho ms.

--Pero lord Gray no parece. Nadie sabe su paradero. Fue a la expedicin
del Condado, y aunque se cree que regres a Cdiz, no se le ve por
ninguna parte. Bscamele por Dios, Gabriel, tremele aqu o dile de mi
parte que me interesa hablar con l de un asunto que es de vida o muerte
para m.

Efectivamente, nadie saba el paradero del noble ingls, aunque se
supona que estuviese en Cdiz. Haba tomado parte en la expedicin que
fue al condado de Niebla con objeto de hostilizar a los franceses por su
ala derecha, y que, si menos clebre, no fue menos lastimosa que la de
Chiclana, con su clebre batalln del <i>Cerro de la cabeza del Puerco</i>.
Acaeci en la jornada del Condado un suceso digno de pasar a la
historia, y fue que en ella descalabraron del modo ms lamentable a
nuestro heroico y por tantos ttulos famoso D. Pedro del Congosto, quien
en lo ms recio de un combate que cerca de San Juan del Puerto trabaron
con los nuestros los franceses, metiose denodadamente, llevando en pos a
sus cruzados de rojo y amarillo, con lo cual dicen hubo gran risa en el
campo francs. Trajronlo todo molido y quebrantado a Cdiz, donde deca
que por haber perdido una herradura su caballo no se gan la batalla,
pues cuando el maldito jaco tropez, ya empezaban a huir cual bandadas
de conejos los batallones franceses; y fija esta idea en su acalorada
mente, no cesaba de repetir: Si no me hubiese faltado la
herradura!....

Lord Gray tambin fue al Condado, y se contaban de l maravillas; pero a
su regreso desapareci su persona de todos los sitios pblicos, y aun
hubo quien le creyese muerto. Fui a su casa y el criado me dijo:

--Milord est vivo y sano, aunque no del juicio. Estuvo encerrado quince
das sin querer ver a nadie. Despus me mand que reuniese a todos los
mendigos de Cdiz, y cuando lo hice, juntolos en el comedor, y all les
obsequi con un banquete como para reyes. Dioles a beber los mejores
vinos; los pobres, se rean unos y lloraban otros; pero todos se
emborracharon. Luego fue preciso echarles a puntapis de la casa, y
trabajamos tres das para limpiarla, porque dejaron por fanegas las
pulgas y otra cosa peor.

--Pero dnde est en este momento milord?

--Debe andar ahora all por el Carmen.

Dirigime hacia el Carmen Calzado, cuyo gran prtico frontero a la
Alameda, llama la atencin del forastero. No es una obra maestra de los
buenos tiempos de nuestra arquitectura aquella fachada, pero los mil
accidentes con que lujosamente la adorn la imaginacin del artista, le
dan cierta belleza que el mar all cercano parece que fantasea a su
antojo. No s por qu se me ha parecido siempre dicho frontispicio a las
popas de los grandes navos antiguos; hasta parece que se mece
gallardamente impulsado por el viento y las olas. Los santos que lo
adornan semejan farolones gigantescos; las hornacinas troneras, los
barandajes, los nichos, las mrbidas roscas de las columnas salomnicas,
todo se me antoja como perteneciente al dominio de la antigua
arquitectura naval.

Caa la tarde. Entraban mansamente los buenos frailes, como ovejas que
vuelven al aprisco; los pobres rboles de la Alameda apenas sombreaban
el espacio que media entre el edificio y la muralla, y el sol iluminaba
el frontis, dorndolo completamente. En lnea recta se extenda la
pequea pared del convento; y en su extremo una puertecilla estrecha,
que serva de ingreso al claustro, estaba completamente obstruida por un
regular gento que hormigueaba all en formas oscuras y movedizas,
acompaadas de un rumor sordo o gruido chilln, como de plebe menuda
que se impacienta. Eran los pobres que esperaban la sopa boba.

En Cdiz no han abundado tanto como en otros lugares los mendigos
haraposos y medio desnudos, esos escuadrones de gente llagada, sarnosa e
invlida que an hoy nos sale al encuentro en ciudades de Aragn y
Castilla. Pueblo comercial de gran riqueza y cultura, Cdiz careca de
esa lastimosa hez; pero en aquellos tiempos de guerra muchos pedigeos
que pululaban en los caminos de Andaluca, refugironse en la
improvisada corte. Para que nada faltase y fuese Cdiz en tales das
compendio de la nacionalidad espaola, puso all sus reales hasta la
hermandad de <i>pan y piojos</i>, que tanto ha figurado en nuestra historia
social, y tanto, tantsimo ha dado que hablar a propios y extranjeros.

Acerqueme a los infelices y los vi de todas clases; unos mutilados,
otros entecos, demacrados y andrajosos los ms, y todos chillones,
desenfadados, resueltos, como si la mendicidad, ms que la desgracia,
fuese en ellos un oficio y gozasen a falta de rentas, del fuero
inalienable y sagrado de pedir al resto del humano linaje. Sali el lego
con el caldern de bazofia, y all era de ver cmo se empujaban y
revolvan unos contra otros, disputndose la vez, y con qu bros y con
qu altivo lenguaje alargaban el cazuelillo. Reparta el cogulla a
diestro y siniestro golpes de cuchara, y ellos se aporreaban para
quitarse la racin, y entre manotadas y coces iban logrando la parte
correspondiente, para retirarse despus a un rincn, donde pacficamente
se lo coman.

Yo les miraba con lstima, cuando divis en el hueco de una puerta una
figura que me hizo quedar perplejo y aturdido. No creyendo a mis ojos la
mir y remir, sin convencerme de que era realidad lo que ante m tena.
El mendigo que as llamaba mi atencin (pues mendigo era) vesta con los
andrajos ms desgarrados, ms rotos, ms desordenados y extravagantes
que puede darse. Aquel vestido no era vestido, sino una informe hilacha
que se deshaca al comps de los movimientos del individuo. La capa no
era capa sino un mosaico de diversas y descoloridas telas; pero tan mal
hilvanadas que el aire se entraba por las mil puertas, ventanas y rejas,
obra de la tosca aguja. Su sombrero no era sombrero, sino un mueble
indefinido, una cosa entre plato y fuelle, entre forro y cojn vaco; y
por este estilo las dems prendas de su cuerpo anunciaban el ltimo
grado de la miseria y abandono, cual si todas hubiesen sido recogidas
entre aquello que la misma mendicidad arroja de s, materias que se
devuelven a la masa general de lo inorgnico, para que de nuevo tomen
forma en las revoluciones del universo.

Tambin me caus sorpresa ver el garbo con que el hi de mala mujer se
terciaba la capita y echaba sobre la ceja el sombrerete y guiaba el ojo
a los compaeros, y deca donaires al buen lego. Pero ay!, lo que ms
que traje y sombrero me asombr, dejndome lelo delante de tan
esclarecido concurso, fue la cara del mendigo, s seores, su cara;
porque sepan ustedes que era la del mismsimo lord Gray.




XXII


Cre soar, le mir mejor, y hasta que no me llam saludndome, no me
atrev a hablarle, temiendo padecer una equivocacin.

--No s, milord--le dije--si debo rerme o enfadarme de ver a un hombre
como usted, con ese traje, y llenando su escudilla en la puerta de un
convento.

--El mundo es as--me respondi--. Un da arriba y otro abajo. El hombre
debe recorrer toda la escala. Muchas veces paseando por estos sitios, me
detena a contemplar con envidia la pobre gente que me rodea. Su
tranquilidad de espritu, su carencia absoluta de cuidados, de
necesidades, de relaciones, de compromisos; despertaron en m el deseo
de cambiar de estado, probando por algn tiempo la inefable satisfaccin
que proporciona este eclipse de la personalidad, este verdadero sueo
social.

--Es verdad, milord, que tan descomunal extravagancia no la he visto
jams en ningn ingls, ni en hombre nacido.

--Parece esto una aberracin--me dijo--. La aberracin est en usted y
en los que de ese modo piensan. Amigo, aunque parezca contradictorio, es
cierto que para ponerse encima de todo lo creado, lo mejor es bajar aqu
donde yo estoy... Lo explicar mejor. Yo tena la cabeza loca del ruido
de los martillos de Londres, y vena maldiciendo la ingrata tierra en
que el hombre para poder vivir necesita hacer clavos, bisagras y
cacerolas. Bendita tierra esta, donde el sol alimenta y donde lleva la
atmsfera en su inmensa masa ignoradas sustancias!...

Mi cuerpo se rebela hace tiempo contra los repugnantes bodrios de
nuestros cocineros, inmundos envenenadores del humano linaje. Yo senta
ha tiempo profundo rencor hacia los sastres, que seran capaces de
ponerle casaqun, chupa y corbata al Apolo de Fidias si se lo
permitieran. Yo experimentaba profunda aversin hacia las casas y
ciudades, que, segn vamos viendo en nuestra graciosa poca, slo sirven
para que se luzcan y diviertan los artilleros destruyndolas. Yo
detestaba cordialmente la sociedad de los hombres de hoy compuesta de
multitud de casacas que hacen cortesas, y dentro de las cuales suele
haber la persona de un hombre. Me horrorizaba al or hablar de naciones,
de polticas, de diferencias religiosas, de guerras, de congresos;
invenciones todas de la necedad humana que al mismo tiempo que ha
establecido leyes, estados, privilegios, dogmas, ha inventado caones y
fusiles para destruirlo todo. Yo detestaba los libros que se han creado
para muestra de que no hay en todo el mundo dos hombres que piensen de
la misma manera, y que nacieron en manos de un artesano, como en manos
de un fraile la plvora, otra especie de libro que habla ms alto, pero
que tampoco dice nada que no sea confusin.

Lord Gray se expresaba con exaltado acento. Tom su mano y advert que
quemaba.

--Vi luego este pas bendito, y mi pensamiento agitado descans
contemplando esta suprema estabilidad, este profundo reposo, este sueo
benfico de la sociedad espaola. Mis ojos se deleitaron contemplando en
la inmensidad de la tierra las siluetas de los grandes conventos, a cuyo
amparo protector un pueblo, a quien todo se lo dan hecho, puede esparcir
su gran fantasa por los espacios de lo soado y buscar lo ideal en la
nica regin donde existe; sin cuidarse de desempear papeles ms o
menos difciles en la sociedad, sin cuidarse de su persona, ni de los
molestos accidentes del escenario humano, que se llaman posicin,
representacin, nombre, fortuna, gloria... Quise saciar mi ardiente
anhelo de conocer este beatfico estado, y aqu me tiene usted en l.

Amigo mo, durante dos das he vivido tan lejos de la sociedad, cual si
me hubiera transportado a otro planeta; he podido apreciar la rara
hermosura de un da de sol, la pureza del ambiente, la profunda
melancola de la noche, mar donde el pensamiento navega a su antojo sin
llegar jams a ninguna orilla; he experimentado la indecible
satisfaccin de que centenares de hombres con casaca, entorchados y
sombreros de distintas formas, pero todos ms feos que los que en Egipto
ponen al buey Apis, pasen junto a m sin saludarme; he conocido el
pursimo deleite de ver pasar los minutos, las horas, los das, cual
cortejo de dulces sombras que llevan en sus suaves manos la vida, a la
manera de aquellas deidades hermossimas que pintaron los antiguos,
transportando en sus brazos las almas de los justos al cielo; he
saboreado las delicias de no ir a ninguna parte deliberadamente, de
sentir mis hombros libres de toda obligacin, de no sentir en mi
pensamiento ese hierro candente cuya quemadura significamos en el
lenguaje con la palabra <i>despus</i>, y que encierra un mundo de deberes,
de ocupaciones, de molestias sin fin.

Despus de una breve pausa, prosigui as:

--Esta gente que me rodea tiene las mismas pasiones que las de all
arriba; pero no disimula nada. Es una ventaja. Prendas diversas les
caracterizan, pero aqu todo es abrupto y primitivo como las rocas,
donde no ha golpeado an el martillo del hombre para labrar un camino.
Los hay ms crueles que Glocester, ms mentirosos que Walpole, ms
orgullosos que Cromwell, ms poetas que Shakespeare, y casi todos son
ladrones. Yo me deleito con la salvaje manifestacin de sus pasiones y
me finjo ignorante de sus truhaneras. Aquel viejo que all se ve
haciendo cruces encima de la escudilla, me ha robado todos los doblones
de oro que yo llevaba en mi bolsillo. Juntos pasbamos largas horas por
las noches en la muralla. l me contaba vidas de santos espaoles; yo
finga dormitar, embelesado por los msticos encantos de su relato, y
entonces meta bonitamente sus manos en mi bolsillo para sacarme el
dinero. Yo lo observaba y callaba, gozndome en su avariciosa
concupiscencia, como se goza viendo un abismo, una tempestad, un
incendio o cualquier aparente desorden de la naturaleza. Aquellos
gitanos que estn all rezando el rosario, me han entretenido dulcemente
contndome sus ingeniosas maneras de robar.

Amigo mo; aqu tambin hay una especie de alta sociedad, y se pasa el
rato alegremente en conciertos, fiestas y representaciones. Los romances
moriscos que recita aquella vieja que parece exacto traslado de la ta
Fingida, y en efecto lo es, han producido en m mayor sensacin que las
fanfarronadas de todos los cmicos modernos. Hay all una muchacha
ciega, a quien llaman la Tiosa, la cual canta el jaleo y el ole con
tanto primor, que oyndola he sentido emociones dulcsimas y me he
trasportado a las ltimas, a las ms remotas regiones de lo ideal.
Aquellos nios cojos y mancos, en cuyos grandes ojos negros parece
centellear el genio del gran pueblo que guerre durante siete siglos con
los moros y descubri, conquist y domin regiones y continentes hasta
que ya no haba ms mundo para saciar su ambicin, aquellos nios, digo,
son la ms graciosa pareja de pilletes que he visto en mi vida, y cuanta
sal, ingenio y travesura ha derramado la Naturaleza en granujas de
Madrid, lperos de Mjico, lazzaronis de Npoles, lipendes de Andaluca,
pilluelos de Pars, <i>pic-pockets</i> de Londres, es nada en comparacin de
su gran ciencia. Si les educaran, es decir, si les corrompieran
torciendo el natural curso de sus instintos, yo quisiera ver dnde se
quedaban Pitt, Talleyrand, Bonaparte, y todos los grandes polticos de
la poca.

--Amigo--le dije sin poder reprimir mi enfado--me da compasin verle a
usted entre esta desgraciada gente, y ms an orle encomiar su triste
estado.

--No parece sino que nosotros somos mejores que ellos. Ah! Desde que
hay en Espaa filsofos y polticos charlatanes y escritores con pujos
de estadista, se ha empezado a declarar ominosa guerra a estos mis
buenos amigos, lo mismo que a los salteadores de caminos, que no son
otra cosa que una protesta viva contra los privilegios de los
cosecheros; a los buenos frailes que son la piedra fundamental de esta
armona envidiable, de este sistema benfico, en que todos viven
modestamente sin molestarse unos a otros.

Esto deca cuando una vieja que acababa de llenar la escudilla, llegose
a nosotros y despus de pedirme una limosna, que le di, puso la
descarnada mano sobre el hombro del par de Inglaterra y cariosamente le
dijo:

--Niito querido, qu buenas nuevas te traigo esta tarde! Algrate,
picarn, y escupe otra moneda amarilla, otro pedazo de sol como el que
ayer me diste en premio de mis desinteresados servicios.

--Qu me cuentas, ta Alacrana, espejo de las busconas?

--A m no se me han de decir esos feos vocablos. Pues qu? Acaso en mi
vida he hecho algo que tenga olor de alcahuetera? Aqu donde me ven,
yo, doa Eufrasia de Hinestrosa y Membrilleja soy muy principal y mi
difunto fue empleado en la renta del noveno y el excusado. Pero vamos a
lo que importa.

--Fuiste all, brujita ma?

--Por stima vez. Y qu buena que es mi doa Mara! Hemos brindado
juntas muchos <i>paternoster</i>, a modo de copas de vino, en esta iglesia
del Carmen y en obsequio de nuestros respectivos difuntos. Seora ms
enseorada no la hay en todo Cdiz. En generosidad no, pero en
principalidad se monta por encima de cuanta gente conozco, que es medio
mundo. Me da algunos ochavos y lo que sobra de la olla que es (dicho sea
sin incurrir en el feo vicio de la murmuracin) bien poco sustanciosa.
Me ha comprado algunas crucecitas de los padres mendicantes, y
huesecillos benditos para hacer rosarios. Hoy le llev mi comercio y la
noble seora hizo que le contara mi historia; y como esta es de las ms
patticas y conmovedoras, llor un tantico. Despus, como ella saliera
de la sala para ir a sus quehaceres, quedeme sola con las tres nias, y
all de las mas.

En cuarenta aos de piadoso ejercicio en este ajetreo de ablandar
muchachas, avivar inclinaciones, y hacer el recado, qu no habr
aprendido, niito mo, qu trazas no tendr, qu maquinaciones no
inventar, y qu sutilezas no me sern tan familiares como los dedos de
la mano? As es que si me hallo con bros para pegrsela al mismo
Satans, de quien estos pcaros dicen que soy sobrina carnal, cmo no
he de poder pegrsela a doa Mara, que aunque principalota, se deja
embobar por un credo bien rezado y por una parla sobre la gente antigua,
siempre que cuide uno de adornar el rostro con dos lagrimones, de cruzar
las manos y mirar al techo, diciendo: Seor, lbranos de las maldades
y vicios de estos modernos tiempos!?

--Tu charlatanera me enfada, Alacrana. Qu recado me traes?

--Qu recado? Tres das de santa conferencia he empleado, mi nio. Qu
ha de hacer la pobrecita? Creo que est dispuesta a echarse fuera y huir
contigo a donde quieras llevarla. Para entrar en la casa y en el sagrado
tabernculo de su alcoba, ya tienes las llavecitas que has forjado,
gracias al molde de cera que te traje. Oh, dichoso, mil veces dichoso
nio! Ya sabes que la doa Mara duerme en aquella alcobaza de la
derecha y las tres nias en un cuarto interior. La sala y dos piezas ms
separan un dormitorio de otro: no hay peligro ninguno.

--Pero no te ha dado recado escrito o de palabra?

--Me lo ha dado, s seor; a fe que es la nia poco corts para no
contestarte. En esta hoja de libro que aqu traigo, marca, apunta y
especifica el da, hora y punto en que caer en los brazos de este
haraposo la ms...

--Calla y dame.

--Paciencia. Hoy me ha dicho doa Mara que tiene un dormir tan profundo
como el de los muertos. Eso prueba una conciencia tranquila. Dios la
bendiga!... Ahora, para darte el documento, deja caer sobre m el roco
de esas monedas de oro que me fueron prometidas.

Lord Gray dio algunas monedas a la vieja, recogiendo luego un papel que
guard en el seno. Despus se levant, dispuesto a partir conmigo.

--Vmonos--le dije--o estrangulo a esa maldita bruja.

--Es una respetable seora esta doa Eufrasia--me contest con irona--.
Admirable tipo que hace revivir a mi lado la incomparable tragicomedia
de Rodrigo Cota y Fernando de Rojas.

Y luego, volvindose hacia la miserable turba, con voz entre grave y
burlona, le dijo:

--Adis Espaa; adis soldados de Flandes, conquistadores de Europa y
Amrica, cenizas animadas de una gente que tena el fuego por alma y se
ha quemado en su propio calor; adis, poetas, hroes y autores del
Romancero; adis, pcaros redomados que ilustrasteis, Almadrabas de
Tarifa, Triana de Sevilla, Potro de Crdoba, Vistillas de Madrid,
Azoguejo de Segovia, Mantera de Valladolid, Perchel de Mlaga,
Zocodover de Toledo, Coso de Zaragoza, Zacatn de Granada y los dems
que no recuerdo del mapa de la picaresca. Adis, holgazanes que en un
siglo habis cansado a la historia. Adis, mendigos, aventureros,
devotos, que vests con harapos el cuerpo y con prpura y oro la
fantasa. Vosotros habis dado al mundo ms poesa y ms ideas que
Inglaterra clavos, calderos, medias de lana y gorros de algodn. Adis,
gente grave y orgullosa, traviesa y jovial, fecunda en artificios y
trazas, tan pronto sublime como vil, llena de imaginacin, de dignidad,
y con ms chispa en la mollera que lumbre tiene en su masa el sol. De
vuestra pasta se han hecho santos, guerreros, poetas y mil hombres
eminentes. Es esta una masa podrida que no sirve ya para nada? Debis
desaparecer para siempre, dejando el puesto a otra cosa mejor, o sois
capaces de echar fuera la levadura picaresca, oh nobles descendientes de
Guzmn de Alfarache?... Adis, Sr. Monipodio, Celestina, Gardua,
Justina, Estebanillo, Lzaro, adis.

Indudablemente lord Gray estaba loco. Yo no pude menos de rer oyndole,
en lo cual me imitaron los pilletes a quienes se diriga, y pens que
las ideas expresadas por l eran frecuentes entre los extranjeros que
venan a Espaa. Si eran exactas o no, mis lectores lo sabrn.

--Amigo--me dijo el lord--uno de los placeres ms halageos de mi vida
es pasar largas horas entre las ruinas.

Marchbamos despacio por la muralla adelante hacia las Barquillas de
Lope, cuando encontramos a dos padres del Carmen que volvan
apresuradamente a su casa.

--Adis, Sr. Advncula--dijo lord Gray.

--San Simen bendito!--exclam perplejo uno de los frailes--. Es
milord! Quin le haba de conocer en semejante traje!

Uno y otro carmelita rieron a carcajada tendida.

--Voy a soltar el manto real.

--Creamos que milord se haba marchado a Inglaterra.

--Y me alegr, s seor me alegr--dijo el ms joven--porque no quiero
compromisos, y milord me est comprometiendo. Acabronse las
condescendencias peligrosas.

--Bueno--dijo Gray con desdn.

El ms anciano pregunt:

--Entr al fin milord en el seno de la iglesia catlica?

--Para qu?

--Ese traje--dijo fray Pedro Advncula con sorna--indica que milord se
prepara a ello con dolorosas penitencias... Veo que ahora usted se las
arregla usted por s mismo, y que no necesita amigos.

--Sr. Advncula, ya no los necesito. Sabe usted que maana me marcho?

--S? Para dnde?

--Para Malta. Nada tengo que hacer en Cdiz. Vayan al diablo los
gaditanos.

--Me alegro. La seora se defiende bien. Su casa es una fortaleza a
prueba de galanes. Sabe usted que lo ha hecho por consejo mo?

--Picarn!...

--De veras que ya no hay nada?

--Nada.

--Es una determinacin acertada. Hgase usted catlico y le prometo
arreglarlo todo.

--Ya es tarde.

Advncula ri de muy buena gana, y apretando las manos al lord, ambos
frailes se despidieron de l con cariosas demostraciones.




XXIII


Dos horas despus, lord Gray estaba en el saln de su casa, vestido como
de costumbre, despus de haber borrado con abundantes abluciones la
huella de sus barrabasadas picarescas.

Vestido al fin con la elegancia y el lujo que le eran comunes, mand que
pusiesen la cena, y en tanto que venan dos personas a quienes dirigi
verbal invitacin por conducto de sus criados, pasebase muy agitado en
la larga estancia. A ratos me diriga algunas palabras, preguntas
incongruentes y sin sentido; a ratos se sentaba junto a m como
intentando hablarme, pero sin decir nada.

Como el oro improvisa maravillas en la casa del rico, la mesa (slo
haba en ella cuatro cubiertos) ofreca esplendidez portentosa.
Centenares de luces brillaban en dorados candelabros, reflejndose en
mil chispas de varios colores sobre los vasos tallados y los vistosos
jarros llenos de flores y frutas. El mismo desorden que all haba, como
en todo lo perteneciente a lord Gray, haca ms deslumbradora la extraa
perspectiva del preparado festn.

Al fin, mostrando impaciencia, dijo el ingls:

--Ya no pueden tardar.

--Los amigos?

--Son amigas. Dos muchachas.

--Las que dan quehacer a la seora Alacrana?

--Araceli--dijo con inquietud--usted oy el coloquio que conmigo tuvo
aquella mujer?... Es una indiscrecin. Los buenos amigos cierran los
odos al susurro de lo que no les importa.

--Yo estaba tan cerca, y la seora Alacrana se cuidaba tan poco de la
presencia de un extrao, que no pude cerrar los odos. Milord, lo o
todo.

--Pues muy mal, muy mal--exclam con acritud--. Todo aquel que se jacte
de conocer lo que yo quiero ocultar hasta de Dios, es mi enemigo. No he
dicho lo mismo otra vez?

--Entonces reiremos, lord Gray.

--Reiremos.

--Por tan poca cosa?--dije afectando buen humor, pues no me convena
chocar con l en ocasin tan inoportuna--. Yo soy el ms discreto y
prudente de los hombres. Usted mismo me ha puesto al corriente de sus
aventuras. Vamos, amigo mo, seamos francos. No me dijo usted mismo que
pensaba llevrsela a Malta?

Lord Gray sonri.

--Yo no he dicho eso--exclam vacilando.

--Usted... usted mismo. Y yo promet ayudarle en la empresa, a cambio de
su auxilio para matar a mi aborrecido rival Currito Bez.

--Es verdad--dijo riendo--. Bien, amigo mo. Mataremos a Currito y
robaremos a la muchacha. En caso de que necesite ayuda puedo contar con
usted?

--Sin duda. Slo me falta saber para cundo se dispone el gran golpe.

--Qu golpe?

--El del rapto.

Lord Gray medit largo rato. Sin duda vacilaba en fiarse de m.

--Para el rapto no necesito de nadie--dijo al fin--. Necesitar s para
huir de Cdiz, lo cual no es cosa fcil.

--Yo sacar a usted del apuro. Sepamos cundo...

--Cundo?

--Para ayudar a usted necesito pedir licencia con anticipacin.

--Es verdad. Pues bien. Antes me arrancar la lengua que revelarle a
usted todava el lugar y la persona...

--Ni yo quiero saberlo: lo que me importa es la hora...

--Es cierto... Bien; repito que ni lugar ni persona los sabr usted.
Dir nicamente...

Sac un papel que reconoc como el mismo que le entregara la Alacrana, y
aadi:

--Este papel fija da y hora. Ser maana por la noche.

--Basta. Es todo lo que necesito saber. Maana por la noche.

--Lo dems no lo dir ni a mi sombra. Temo traiciones y emboscadas y
desconfo hasta de mis mejores amigos.

--Ni yo quiero ser indiscreto preguntando... No me importa. Me basta
saber que maana a la noche tengo que venir a Cdiz para ponerme a
disposicin de un amigo a quien estimo mucho.

Yo pens que lord Gray escondera de mis ojos el papel que tan extraos
avisos traa para l, pero con gran sorpresa ma, me lo mostr. Era una
hoja de un libro, en cuyo margen haba algunas rayas con lpiz.

--Esta es la carta? A fe que no puedo entender lo que dice, ni es fcil
conocer el carcter de la escritura.

--Yo lo entiendo bien... Estas rayas se refieren a determinadas letras
de los renglones impresos y con un poco de paciencia se descifra. Pero
me parece que sabe usted bastante. Silencio, pues, y no se nombre ms
este asunto. Me mortifica, me pone nervioso y colrico el ver que hay
alguien que posee una parte de mi secreto. Ahora no pensemos ms que en
Currito Bez. Amigo, siento deseo irresistible, anhelo profundo de matar
a un hombre.

--Yo tambin.

--Cundo le despachamos?

--Maana por la noche se lo dir a usted.

--Quiere usted que le ejercite un poco en la esgrima?

--Nada ms oportuno. Vengan los floretes. Espero adquirir de aqu a
maana tanta destreza como mi maestro.

Empezamos a tirar.

--Oh, qu fuerte est usted, amigo!--dijo al recibir una estocada
medianilla.

--No estoy mal, no.

--Pobre Currito Bez!

--S. Pobre Currito Bez! Maana veremos.

Son en la escalera gran estrpito, suspendimos al punto el juego,
permaneciendo con los floretes en la mano en actitud observadora, y he
aqu que entran metiendo ruido y cual brazos de mar que todo lo arrollan
e inundan delante de s, dos mozas de lo mejor que puede criar
Andaluca. Las conocis? Eran Mara Encarnacin llamada la Churriana y
Pepilla la Poenca, a quien nombraban as por ser sobrina del Sr. Poenco.

--Endinote!--exclam una corriendo ligersima hacia mi amigo--. Cmo
tanto tiempo sin verte? No sabas que esta probe se estaba muriendo?

--Miloro est encalabrinao por aqu dentro, y ya no quiere nada con la
gente de la Via.

--Amable canalla--dijo el ingls--, sentaos. Sentaos y cenemos.

Los cuatro tomamos asiento y no pas despus nada digno de contarse, por
lo cual me abstengo de quitar espacio y atencin a asuntos de mayor
importancia.




XXIV


D. Diego de Rumblar fue a despertarme a mi alojamiento en la tarde del
siguiente da. No habiendo podido dormir en la noche, haba pasado en
calenturientos sueos parte del da, y me hallaba al despertar afectado
de gran postracin. Mi alma llena de tristeza se abata, incapaz del
menor vuelo, y encontrndose inferior a s misma, hasta pareca perder
aquella antigua pena que le producan sus propias faltas, y se adormeca
en torpe indiferencia. Tolerante con los errores, con los extravos, con
el mismo vicio, iba degradndose de hora en hora. D. Diego me dijo:

--Te participo que el sbado de esta semana tendrn lugar en casa dos
acontecimientos. Yo me caso y mi hermana entrar de novicia en las
Capuchinas de Cdiz.

--Lo celebro.

--Ya he perdido aquellos escrpulos, hijos de una delicadeza excesiva y
ridcula. Mi mam me dice que soy un asno si al punto no me decido.

--Tiene razn.

--Adems, chico, has de saber que mi mam me ha sitiado por hambre.

--Por hambre!

--S, hombre. Asegura que nuestra fortuna est por los suelos a causa de
la guerra, y luego aade: Como no te cases, hijo, no s cmo podremos
vivir!. A todas estas ni un real para mis gastos. Eminente joven,
gloria de la patria, si le prestaras cuatro duros al seor conde de
Rumblar, Europa entera te lo agradecera.

Le di los cuatro duros.

--Gracias, gracias, benemrito soldado. Te los pagar cuando me case.
Dime, no te parece que hago bien en desechar vanos escrpulos?

--Eso qu duda tiene?

--Lord Gray no ha vuelto por casa; nadie sabe dnde est, y es probable,
que haya marchado a Inglaterra.

--Creo que en efecto se ha marchado a su pas.

--Te advierto que mi novia no me puede ver ni pintado; pero eso no hace
al caso. Mi madre me ha bloqueado por mar y tierra, y yo me rindo,
chico, me rindo a discrecin. Con mi seora mam no hay burlas,
amiguito. Si vieras qu coscorrones me da... He tenido que hacer llaves
nuevas para poder salir de noche. Pues y mis hermanitas y mi novia?
Hace lo menos dos meses que no saben de qu color es la calle. Ni
siquiera salen a misa; en paseos no hay que pensar. Han sido clavados
por dentro los cristales de los balcones, y no se les permite que tengan
a la mano papel, tinta ni plumas. Las tres infelices estn que da
lstima verlas de marchitas y acongojadas, y de seguro preferiran la
peor vida del mundo a la que ahora llevan, aguantando con gusto palos de
marido o rigores de abadesa, con tal de abandonar las sombras mazmorras
de mi casa. No ven a otros hombres que a m y a D. Paco. Te parece que
estarn divertidas?

--Usted sale por las noches de su casa?

--S; no sabes que ahora voy todas las noches a una reunin de hombres
solos donde se trata de poltica? Encantadora, deliciosa es la
poltica! Pues te dir: nos juntamos en una casa de la calle de la
Santsima Trinidad y all estamos horas y ms horas hablando de la
democracia y del servilismo, diciendo perreras de los frailes
escribiendo a trozos el graciossimo papel satrico que se llama el
<i>Duende de los Cafs</i>. Nos ocupamos de la vida y milagros de todo
<i>quisque</i>, y criticamos sin piedad. Pero lo ms salado es aquella parte
en la cual con mucho donaire nos burlamos de los clrigos, de la
Inquisicin, del Papa, de la santa Iglesia y del Concilio de Trento.
tame esa mosca...

--Por fuerza anda en ese lo el gran Gallardo.

--Si mi madre supiera esto, me colgara del techo de la sala, ya que no
tenemos almenas en que hacer conmigo un escarmiento. Vamos ahora a la
tertulia. Tambin nos reunimos de da. Hoy van a leer un folleto que ha
escrito uno en contestacin al <i>Diccionario manual para inteligencia de
ciertos escritores que por equivocacin han nacido en Espaa</i>. Conoces
ese librito? Es una sarta de necedades. Ostolaza lo ha llevado a casa, y
por las noches l, el Sr. Teneyro y mam lo leen y celebran mucho sus
sandios chistes y groseras. Vers el que va a salir en contestacin.

--Por pasar el rato iremos all--dije disponindome a salir.

--Esta noche--aadi--iremos a casa de Poenco. Te convido a echar unas
copas...

--Magnfica idea. Cuando la seora doa Mara duerma sale usted, se mete
la llave en el bolsillo, y a casa de Poenco... Pasaremos una buena
noche. S que estarn all Mara Encarnacin y Pepilla y la Poenca.

--Me chupo los dedos, amigo Araceli, con la noticia. All voy de cabeza.
Mi seora madre duerme como una piedra, y no advierte mis escapatorias.

--Pero lo advertirn las hermanitas.

--Ellas lo saben, y me impulsan a salir para que les cuente lo que
ocurre por ah durante la noche. Tambin voy al teatro. Las pobrecitas
llevan una vida... Como duermen juntas las tres en una misma alcoba, se
entretienen de noche contndose historias en voz baja.

Llegamos a la calle de la Santsima Trinidad y en un cuarto bajo, oscuro
y humildsimo, haba hasta dos docenas de personas de diferentes edades,
aunque abundaban ms que los viejos los jvenes, todos alegres y
bulliciosos, como grey estudiantil, vestidos de voluntarios los unos y
con sotana un par de ellos, si no estoy trascordado. Describir la
confusin y bulla que all reinaba fuera imposible; pintar la variedad
de sus fachas, la movilidad de sus gestos y la comezn de hablar y rer
que les posea, fuera prolijo. Unos se sentaban en desvencijadas sillas,
otros de pie sobre las mesas haciendo de estas tribuna, se adiestraban
en el ejercicio parlamentario; algunos disputaban furiosamente en los
rincones, y no faltaba quien en las rodillas o sobre el breve espacio de
mesa que dejaban libre los pies de los oradores, emborronaba cuartillas.
Era aquello un nido, una hechura de polticos, de periodistas, de
tribunos, de agitadores, de ministros, y daba gusto ver con cunto
donaire rompan el cascarn los traviesos polluelos.

Aquello era club incipiente, redaccin de peridico, academia
parlamentaria, todo esto, y algo ms. Qu hervidero! Cuntas pasiones,
cuntas crisis, cuntas revoluciones, cunta historia, en fin, bullan
dentro da aquel pastel que acababa de ponerse al fuego! Los huevecillos
que deposita la mariposa para dar vida al gusano no se abren, no echan
fuera la diminuta criatura, ni esta se desarrolla con ms presteza al
calor de la primavera que aquellos inocentes embriones de gente
poltica. Su precocidad asombraba, y oyndoles hablar, se les crea
capaces de dar guerra al universo entero.

Al punto D. Diego y yo fuimos tratados como antiguos amigos.

--Ahora va a venir ese insigne bibliotecario de las Cortes--dijo uno--y
nos acabar de leer su obra.

--Ya veo cmo tiemblan los frailes panzudos y los rollizos cannigos. Yo
he dicho que debe grabarse letra por letra con oro y plata en las
esquinas de las calles.

--Aqu est, aqu est el insigne Gallardo!

Era altsimo, flaco, desgarbado, amarillento, siendo de notar en su
rostro la viveza de los ojos as como la regular longitud de las
abanicadas orejas. Singular hombre! Cincuenta aos despus le habis
visto en las calles de Madrid desfigurado por el medio siglo; pero
siempre distinguindose muy bien por la prolongacin longitudinal de su
persona; le habris visto siempre flaco, siempre amarillo, pero antes
atrabiliario que jovial, marchando aprisa con los bolsillos de un como
redingot gris llenos de libros viejos, con su sombrero de hule hecho a
las injurias de aguas y soles; y si por acaso dirigisteis vuestros pasos
a la Alberquilla, dehesa prxima a Toledo, le verais all sepultado en
una biblioteca, donde le devoraba, como a D. Quijote la caballera, la
estupenda locura de los apuntes; le verais encerrado semanas enteras,
sin tomar otro alimento que el modestsimo de una diaria racin de sopas
de leche. Algo haba en aquella cabeza, para ofrecer el fenmeno de que
sabiendo cuanto haba que saber en materia de libros, y siendo el
almacn de apuntes y datos y noticias ms colosal que ha existido en el
mundo, jams hiciese cosa de provecho.

Pero ustedes no conocieron a Gallardo como yo le conoc, en la plenitud
de su frenes clerofbico; ustedes no le oyeron leer como yo las
clebres pginas del <i>Diccionario burlesco</i>, el libro ms atroz y ms
insolente que contra la religin y los religiosos se haba escrito en
Espaa. Estaba posedo de un estro impo, y fue la primera musa de esa
grrula poesa progresista que durante muchos aos atont a la juventud,
persuadindola de que la libertad consiste en matar curas.

--A leer, a leer!--gritaron seis o siete voces.

--Has acabado el prrafo del <i>cristianismo</i>?

--Calma y no me vuelvan loco--dijo Gallardo sacando unos papelotes--. No
se puede ir tan aprisa.

--Si ests a la mitad, insigne bibliotecario, habrs llegado al
parrafillo de la <i>Inquisicin</i> que caer en la I.

--No, porque pongo la Inquisicin en la <i>y griega</i>.

Grandes y estrepitosas y retumbantes risas.

--Atended un poco. A ver qu os parece esto de la Constitucin--dijo
sentndose, mientras se formaba corrillo en torno suyo--. Ya sabis que
el asno hilvanador del <i>Diccionario manual</i> deca que la Constitucin
ser <i>una taracea de prrafos de Condillac cosidos con hilo gordo...</i>
Pero mirad antes cmo defino el <i>Cristianismo</i>. Digo as: Amor ardiente
a las rentas, honores y mandos de la Iglesia de Cristo. Los que poseen
este amor saben unir todos los extremos y atar todos los cabos, y son
tan diestros que a fuerza de amor a la esposa de Jesucristo, han logrado
tener a su disposicin dos tesoreras, que son las del <i>arca-boba</i> de la
corte de Espaa y la de los tesoreros de las gracias de la corte de
Roma. Ya veis que he parafraseado lo que dijo el <i>Manual</i> en el
prrafo del <i>Patriotismo</i>.

--Bartolillo--pregunt uno--, y no le has contestado nada a aquello de
que el alma es un <i>huesecillo o ternilla que hay en el celebro, o segn
otros en el diafragma, colocado as como el palitroquillo que se pone
dentro de los violines</i>?

--Paciencia. All va lo que pongo a la voz <i>Fanatismo</i>... Enfermedad
fsico-moral, cruel y desesperada, porque los que la padecen aborrecen
ms la medicina que la enfermedad. Es una como rabia canina que abrasa
las entraas, especialmente a los que arrastran holapandas. Los sntomas
son bascas, convulsin, delirio, frenes; en su ltimo perodo degenera
en licantropa y misantropa, en cuyo estado el enfermo se siente con
arranques de hacer una gran hoguera para quemar a medio linaje humano.

--Eso est bien dicho; pero algo fro, Bartolo.

--Duro, ms duro en ellos. Veamos cmo te desenvuelves en la voz
<i>Fraile</i>.

--<i>Frailes</i>... Atencin--continu el lector--. Una especie de animales
viles y despreciables que viven en la sociedad a costa de los sudores
del vecino en una especie de caf-fonda, donde se entregan a todo
gnero de placeres y deleites, sin ms que hacer que rascarse la
barriga.

Aqu no pudieron contener los mozalbetes su entusiasmo, y fue tal la
algazara y el jaleo de pies y manos, que los transentes se detenan en
la calle sorprendidos por el estentreo ruido.

--Vaya, seores, que no leo ms--dijo Gallardo guardando sus papeles con
orgullo--. Esto va a perder la novedad cuando se publique.

--Bartolo, echa el <i>Obispo</i>.

--Bartolo, lenos el <i>Papa</i>.

--Eso se quedar para maana.

--Ya andan por ah los Zampatortas con la cabeza inclinada como higo
maduro desde que saben va a salir tu <i>Diccionario</i>.

--Bartolo, escribes hoy algo contra Lardizbal?

Lardizbal, individuo de la Regencia que haba dejado de funcionar el
ao anterior, public en aquellos das un tremendo folleto contra las
Cortes.

--Yo? Jams le he echado paja ni cebada al seor Lardizbal.

--Hombre, defendamos la soberana de la nacin.

--Si no tiene ms enemigos que Lardizbal... Sopla, y vivo te lo doy...

--Maana saldr bueno nuestro <i>Duende</i>.

--Cuando sea diputado--dijo uno que por lo enteco pareca
sietemesino--pedir que todos los frailes que hay en Espaa sean
destinados a dar vueltas a las norias para sacar agua.

--De ese modo se regar muy bien la Mancha.

--Seores, no olvidarse de que maana habla Ostolaza y quizs D. Jos
Pablo Valiente.

--Hay que ir a la tribuna.

--Yo esperar en la calle para ver la funcin de salida.

--Eh... Antonio, chanos un discurso.

--Un discurso como el de anoche, y sobre el mismo tema de la democracia.

--Pero no digas, como el <i>Diccionario manual</i>, que la democracia es una
especie de guarda-ropa en donde se amontonan confusamente medias,
polainas, botas, zapatos, calzones y chupas, con fraques, levitas y
chaquetas, casacas, sortes y capotes ridculos, sombreros redondos y
tricornios, manteos y unos <i>monstruos de la naturaleza que se llaman
abates</i>.

--De ese modo ha querido pintar a las Cortes.

--La democracia--dijo otro mozalbete con voz elocuente, aunque
ceceosa--es aquella forma de <i>gobierno en que el pueblo, en uso de su
soberana, se rige por s mismo, siendo todos los ciudadanos tan iguales
ante la ley que ellos se imponen, como lo somos los desterrados hijos de
Eva a los ojos de Dios</i>.

--Hombre, repteme eso que es muy bonito, y quiero aprenderlo de memoria
para decrselo a mi pap esta noche al tiempo de cenar. A mi pap, que
es muy liberal, le gustan estas cosas.

Yo me aburra entre aquella gente, sin poder sacar sustancia de tan
inaguantable confusin de voces diversas, ni de aquel laberinto de
opiniones, de insensateces, de puerilidades, manifestadas en coro
inarmnico, cuyo susurro hubiera enloquecido la cabeza ms fuerte. Dije
a D. Diego, que me marchaba, y l se empe en que le acompaase hasta
el fin.

--Yo oigo atentamente todo lo que hablan--me dijo--para aprendrmelo de
memoria y soltarlo despus en los cafs y en los ventorrillos. De este
modo voy adquiriendo fama de gran poltico, y cuando me acerco a la mesa
del caf, todos me dicen: a ver, D. Diego, qu piensa usted de la
sesin de hoy.

Nos detuvimos un poco ms; pero al fin pude sacarle con grandes
esfuerzos de all, y nos marchamos a tomar el fresco a la muralla.

--Qu dira doa Mara--le pregunt--si ahora me presentase yo en la
casa?

--Hombre, se me figura que mi seora madre no te juzga del todo mal.
Ostolaza dice de ti mil herejas; pero mam se opone a que hablen mal de
nadie delante de ella... Sin embargo, tienes en casa fama de ser un
terrible conquistador de hermosuras. Ms vale que no vayas all. Ah,
pcaro!, ya s que te gusta mi hermanita Presentacin. Todos los das me
pregunta por ti... Por mi parte si la quieres... yo s que eres un
hombre honrado.

--En efecto, me agrada.

--Como que te la llevaste a las Cortes una tarde... S, cuando salieron
y cay la bomba, y les dio auxilio el padre Pedro de Advncula... El
pobre D. Paco estuvo enfermo cinco das... volvi a casa lleno de
bizmas, porque el estallido de la bomba, asmbrate, chico!, le moli
como si le hubieran dado una paliza.

--Desgraciado preceptor!... No olvide usted, amiguito, que esta noche
hemos de ir a casa de Poenco.

--S; a olvidarme iba. Las carnes me tiemblan ya del gusto. Dices que
va Pepilla la Poenca?

--Y toda la flor de la majeza.

--Me parece que no ha de llegar el momento en que mi seora mam cierre
los ojos.

--Aguardo en Puerta de Tierra.

--Puerta del Cielo deba llamarse. Ir tambin la Churriana?

--Tambin.

--Pues aunque supiera que mi mam estaba en vela toda la noche...
adis... me voy a cenar y a rezar el rosario. Dentro de hora y media
estar all... Tunante, dir a Presentacin que te he visto. Qu
contenta se va a poner!

Cuando nos separamos visit de nuevo a lord Gray, y como le encontrara
dispuesto a salir a la calle, le dije:

--Milord, la seora condesa (Amaranta) me encarg ayer que rogase a
usted pasase a verla.

--Ahora mismo marchar all... Est usted libre esta noche?

--Libre, y a la orden de usted.

--Ser algo tarde cuando yo necesite de su auxilio. Dnde nos
encontraremos?

--No es preciso fijar sitio--repuse--. Yo tengo la seguridad de que nos
encontraremos. Una splica tengo que hacer a usted. Mi espada no es
buena. Quiere usted prestarme esa magnfica hoja toledana que est en
la panoplia?

--Con mil amores: ah va.

Dimela, y cambi su arma por la ma.

--Pobre Currito Bez!--dijo riendo--. Han fijado ustedes el duelo para
esta noche. Pero, amigo mo, yo no puedo estar en todas partes. Esta
noche no podr asistir a la muerte de ese hombre.

--Pues no ha de poder? Hay tiempo para todo.

--Fijemos horas.

--No es preciso. Ya nos encontraremos. Adis.

--Pues adis.

Era de noche y corr al ventorrillo. Don Diego tard mucho; pas una
hora, pasaron dos y yo no caba en m de ansiedad y afn. Por fin le vi
aparecer y calmose mi febril impaciencia con su llegada.

--Poenco--grit dando manotadas sobre la mesa--trae manzanilla. Hay
algo de pescado para hacer sed?... Querido Gabriel, hombre benvolo y
caritativo, pongo en tu conocimiento que ahora al pasar por la calle del
Burro me dieron ganas de entrar en casa de Pepe Caifs, y all perd los
cuatro duros que me diste esta tarde. Llevaras tu longanimidad hasta
el extremo de darme otros cuatro? Ya sabes que me caso pronto.

Le di lo que me peda.

--Seor Poenco, dnde est Pepilla?

--Ha ido a confesar y est haciendo penitencia.

--A confesar! Tu hija se confiesa? No la dejes acercarse a ningn
fraile. Ya sabes que los frailes son <i>unos animales viles y
despreciables que viven en la ociosidad y holganza en una especie de
caf-fondas donde se entregan a todo gnero de placeres...</i>

--Todo lo que gastemos lo pago yo, to Poenco--dije--. Venga Jerez.

--Gracias, gracias, valiente soldado. Siempre has sido generoso. De modo
que podr emborracharme... Poenquillo, me sabrs decir dnde se puede
ver esta noche a Mara Encarnacin?

--Seorito D. Diego--dijo el pcaro--no me comprometer yo a decirle
dnde est, manque me diera esos cuatro soles de plata mejicana, porque
Mara Encarnacin sali de aqu con Currito Bez, y tomando hacia la
calle del Torno de Santa Mara... ctera, ctera.

Entraron varios majos ya de nosotros conocidos, y D. Diego les convid a
beber, lo cual lejos de molestarles les caus muchsimo agrado.

--Vienes de las Cortes, Vejarruco?--pregunt D. Diego a uno de ellos.

--S... y qu borrasca han armado all con el pap de Lardizbal.

--Toos, toos son unos pillos--exclam Lombrijn--. Qu gomitaeras tena
aquel diputao alto, berrendo, querencioso, y qu cosas les dijo cuando
le dio aquel spito, engrimpolndose too!...

--Qu entiendes t de eso, Lombrijn?... Si lo que dijo fue que el
puebro...

--En las orejas tengo el voquible, Vejarruco. Fue lo de la mococrasia...

--Apostad a cul es ms bruto--dijo don Diego con pedantera--. La
democracia, y no la mococrasia <i>es aquella forma de gobierno en que el
pueblo, en uso de su soberana se rige por s mismo, siendo todos los
ciudadanos iguales ante la ley...</i>

--Justo y cabal. Qu bien parla este angelito! Si en mi poder
estuviera, maana sera diputado.

--Algn da me votaris, amigos Vejarruco y Lombrijn--dijo mi amigo
sintiendo ya en su cabeza con los vapores del generoso licor el humo de
la vana ambicin.

--Viva el puebro soberano!--grit Vejarruco.

--Vivan las Cortes!--gru Lombrijn batiendo palmas con el ritmo de la
malaguea--. Lo que igo es que un ruedo de muchachas bailando, con un
par de guitarras y otros tantos mozos genos y un tonel de lo de
Trebujena que d gelta a la reonda, me gustan ms que las Cortes, donde
no hay otra msica que la del cencerro que toca el presiente y el romrom
de los escursos.

--Que vengan las muchachas, que vengan las guitarras--grit el de
Rumblar, dueo ya tan slo de la mitad de su corto entendimiento.

--Poenco, si las traes te hacemos...

--Te hacemos diputao...

--Qu es eso? Menistro! Viva la libertad de la imprenta y el menistro
se Poenco!

Mientras de este modo se enardeca el espritu y se exaltaban los
sentidos de aquellos brbaros, iba pasando mucho tiempo, ms tiempo del
que yo quera que pasase sin poner en ejecucin mi pensamiento. Haban
sonado las nueve, las diez, casi las once.

Ms fuerte que si tuviera algo dentro, la cabeza de mi amigo D. Diego
resista a frecuentes trasiegos del ardiente lquido; pero cuando
vinieron las mozas y comenz la msica, el noble vstago perdi los
estribos y dio con su alma y su cuerpo en el torbellino de la ms
grosera orga que ventorrillo andaluz puede ofrecer al sibaritismo.
Bail, cant, pronunci discursos polticos sobre una mesa, imit el
pavo y el cerdo, y por ltimo, ya muy tarde, cuando el afn me devoraba
y la impaciencia me tena nervioso y aturdido, dio con su noble cuerpo
en tierra, cayendo inerte, como un pellejo de vino. Las mozas formaban
elegantes parejas con Vejarruco y Lombrijn; los guitarristas se
divertan por su cuenta en otro extremo de la taberna, roncaba como una
bestia enferma el gran Poenco y la ocasin era propicia para m. Tom
las dos llaves que el durmiente D. Diego llevaba en su bolsillo, y corr
como un insensato fuera de la taberna.

La repugnante zambra habase alargado bastante, porque eran ya casi las
doce.




XXV


Yo no corra, volaba, y en poco tiempo llegu a la calle de la Amargura,
mortificado por el recelo de acudir tarde. Un hombre que se lanza
desesperado al crimen no experimenta en el instante de perpetrar su
primer robo, su primer asesinato, emocin tan viva como la que yo
experiment cuando introduje la llave, cuando le di vueltas poco a poco
para evitar todo ruido, cuando empujando la puerta ya abierta, esta
cedi ante m sin rechinar, merced a las precauciones que con este fin
haba tomado D. Diego. Entr, y por un rato halleme desorientado en la
profunda oscuridad del zagun; pero a tientas y cuidadosamente pude
llegar al patio, donde la claridad del cielo que por la cubierta de
vidrios entraba, me permiti marchar con pie ms seguro. Abriendo la
segunda puerta que daba paso a la escalera, sub muy despacio asido al
barandal.

El corazn me lata con loca presteza, parecindome tan desmesuradamente
ensanchado, que experiment la sensacin de llevar dentro del pecho un
objeto mayor que la casa en que estaba. Me tent la espada, por ver si
estaba en mi cintura, y prob si sala con holgura de la vaina. En las
sombras que me rodeaban, crea ver a cada instante la imagen de lord
Gray y otra imagen, corriendo ambas fuera de la casa profanada.
Verdaderamente, seores, discurriendo con serenidad, no poda darme
cuenta del objeto de mi arriesgada expedicin all dentro. Iba a
satisfacer en la persona de lord Gray mi anhelo de venganza, iba a
gozarme en mi propio desaire o a impedir la violenta determinacin de
los locos amantes? Yo no lo saba. En mi pecho bullan ardientes
furores, y se quemaba mi frente circundada por anillo de candente
hierro. Los celos me llevaban en sus alas negras llenas de agudas uas
que desgarran el pecho, y dejndome arrastrar, no poda prever cul
sera el trmino de mi viaje.

Al llegar al corredor de cristales que daba vuelta a todo el patio,
percib con claridad los objetos, por la mucha luz de la luna que all
penetraba. Entonces medit, y formulando vagamente un plan, dije:

--Aqu buscar un sitio donde ocultarme. Lord Gray no puede haber
llegado todava. Le espero, y cuando venga le saldr al paso.

Puse atento el odo, y cre sentir un rumor vago. Parecame ruido de
faldas y pasos muy tenues. Aguardando un rato, al cabo distingu una
forma de mujer que sala al corredor por la puerta menos prxima al
sitio donde yo me encontraba. Haba all un alto, pesado y negro ropero
que proyectaba sombra muy oscura sobre sus costados, y junto a l me
guarec. Atisb la figura que se acercaba, y al punto la reconoc. Era
Ins. Acercbase ms, y al fin pas por delante de m. Yo me aplast
contra la pared: hubiera querido ser de papel para ocupar el menor
espacio posible.

A la escasa luz pude advertir en ella una gran confusin. Ins iba hacia
la escalera, volva, tornaba a adelantar, retrocediendo despus. Sus
ademanes indicaban zozobra vivsima, ms que zozobra, desesperacin.
Exhalaba hondos suspiros, miraba al cielo como implorando misericordia,
reflexionaba despus con la barba apoyada en la mano, y al fin volva a
sus anteriores inquietudes.

--Es que le espera--dije para m--. Lord Gray no ha venido.

Ins entr de repente en las habitaciones y sali al poco rato con un
largo mantn negro sobre la cabeza. Andaba con gran cautela, y sus
delicados pies pareca que apenas esfloraban los ladrillos del piso.
Volvi a pasar junto a m, dirigindose a la escalera, pero retrocedi
otra vez.

--Est loca--pens--se dispone a salir sola. Sin duda l le espera en la
calle.

La muchacha descendi dos o tres peldaos, y torn a subir. Entonces
observ claramente su rostro; estaba muy inmutada. Balbuca o ceceaba, y
su soliloquio, en que se le escapaban voces articuladas, era de los que
indican una gran agitacin del alma. Algunas voces tenues y confusas que
salan de sus labios, llegaron a mi odo y percib con toda claridad
estas dos palabras: <i>Tengo miedo</i>.

Al pasar cerca de m, no s si sinti mi respiracin o el roce de mi
cuerpo contra la pared, porque me era imposible permanecer en absoluta
quietud. Estremeciose toda, mir al rincn, y de seguro me vio, es
decir, vio un bulto, un fantasma, un ladrn, cualquiera de esos
vestigios o imaginarios duendes de la noche, que asustan a los nios y a
las muchachas tmidas. En el paroxismo de su miedo, tuvo, sin embargo,
bastante presencia de nimo para no gritar; quiso correr, mas le
faltaron las fuerzas. Maquinalmente sal de mi escondite, dando algunos
pasos hacia ella, la vi temblorosa con los ojos desencajados y las manos
abiertas, acerqueme ms, y le dije en voz muy baja:

--Soy yo; no me conoces?

--Gabriel--dijo como quien despierta de un mal sueo--. Cmo has
entrado aqu? Qu buscas?

--No me esperabas sin duda.

Su acento de profunda sorpresa no indicaba pesadumbre ni contrariedad.
Despus aadi:

--No parece sino que te ha enviado Dios en socorro mo. Acompame:
tengo que salir a la calle.

--A la calle!--exclam ms desconcertado an.

--S--dijo recobrando la zozobra que al principio haba advertido en
ella--; quiero traerla aunque sea arrastrada por los cabellos... Ay!
Gabriel, estoy tan angustiada que no s cmo contarte lo que me pasa.
Pero vamos, acompame. No me atreva a salir sola a estas horas.

Diciendo esto tomaba mi brazo, y con impulso convulsivo me empujaba
hacia la escalera.

--Esta casa est deshonrada... Qu vergenza! Si maana despierta doa
Mara y no la encuentra aqu... Vamos, vamos. Yo espero que me
obedecer.

--Quin?

--Asuncin. Voy a buscarla.

--En dnde est?

--Se ha marchado... Ha huido... Vino lord Gray... En la calle te
contar...

Hablbamos tan bajo que nos decamos las palabras en el odo. En un
instante y andando con toda la prisa que permita la oscuridad de la
casa, bajamos, abrimos las puertas y nos encontramos en la calle.

--Ay!--exclam al ver cerrar por fuera la puerta--. En mi
atolondramiento se me olvidaba, al querer salir, que no tena llaves
para abrir la puerta.

--Pero a dnde vas t, a dnde vamos?

--Corramos--dijo aferrndose a mi brazo.

--A dnde?

--A la casa de lord Gray.

Aquel nombre encendi de nuevo mi sangre, y pregunt con desabrimiento:

--Y a qu?

--A buscar a Asuncin. Tal vez lleguemos a tiempo para impedir su fuga
de Cdiz... Est loca esa muchacha, loca, loca, loca... Gabriel, con
qu objeto entrabas esta noche en la casa? Ibas a buscarme?... Ibas de
parte de mi prima?

--Pero lord Gray... Explcame eso.

--Lord Gray entr esta noche. Asuncin le esperaba... levantose
callandito de su cama y se visti. Yo despert tambin... Asuncin se
llega a mi cama cuando iba a partir, y besndome, en voz muy bajita me
dijo: Ins de mi corazn, adis, me voy de esta casa. Yo salt de mi
cama, quise detenerla, pero la pcara lo tena todo muy bien dispuesto y
sali con gran ligereza. Quise gritar, pero tuve miedo... La idea de que
despertase doa Mara en aquel instante me haca temblar... Se fueron
muy despacito, y cuando me qued sola... Ay! La insensatez de esa
muchacha, a quien todos tienen por santa, me enardeca la sangre. Lord
Gray la ha engaado; lord Gray la abandonar... Vamos, vamos pronto.

--Me parece que estoy soando! De modo que Asuncin... Pero qu vamos
a hacer, qu vamos a decir a Asuncin y a lord Gray?

--Y eso dice un hombre, un caballero, un militar que lleva una espada?
Cuando les vi salir sent un impulso de clera... quise correr tras
ellos... luego me ocurri llamar a los de la casa... pero despus,
pensando que lo mejor sera impedir la fuga de Asuncin, discurr si
podra traerla de nuevo a casa, con lo cual la condesa no se enterar de
nada... Yo ped auxilio al cielo y dije: Dios mo, qu puede hacer una
mujer, una pobre y desvalida mujer, contra la perfidia, la astucia y la
fuerza de ese maldito ingls? Dios poderoso, aydame en esta empresa.
Cuando yo deca esto te me presentaste t.

--Y cul es tu intencin?

--Yo dudaba si salir o no. Era una locura salir... Qu hubiera podido
lograr sola? Nada. Ahora es distinto. Me presentar en casa de ese
bandido; procurar convencer a esa desgraciada de la miserable suerte
que le espera. Oh!, nunca la cre capaz de acto tan abominable... Har
lo posible por trarmela conmigo. Un hombre me acompaa, no temo a lord
Gray, y veremos si persiste en sus viles proyectos delante de m.

--No persistir. Lo que est pasando es un plan admirable de la
Providencia.

--La pobre Asuncin es una tonta. Su fondo es bueno, pero con la
santidad, con el encierro y con lord Gray se le ha convertido la
imaginacin en un hervidero. Nos queremos mucho. Varias veces he
conseguido de ella con mis cariosas amonestaciones ms que su madre con
el rigor y toda la Iglesia catlica con sus santidades... Volver,
volver con nosotros... Qu peligroso paso!... Ella y yo fuera de
casa!... Corramos, corramos. La casa de ese hombre est en el fin del
mundo.

--Lord Gray abandonar su presa. Ya pronto llegamos. Lord Gray tendr el
castigo que merece.

--As te oyera Dios! Pobre Asuncin! Pobre amiga! Tan buena y tan
loca! Se me parte el corazn al considerarla deshonrada y perdida para
siempre. La arrancaremos de manos de su seductor... No, no huir de
Cdiz... An faltan muchas horas para el da... Vamos, corramos pronto.




XXVI


Por fin llegamos a casa de lord Gray. Toqu fuertemente a la puerta y un
criado sooliento y malhumorado baj a abrirnos.

--El seor no est--nos dijo.

Creyendo que nos engaaba, empuj puerta y portero para abrir paso, y
entramos diciendo:

--S est. Me consta que est.

Como la casa de lord Gray era centro de aventuras, y all entraban con
frecuencia hombres y mujeres a distintas horas del da y de la noche, el
criado no puso obstculo a que invadiramos imperiosamente la casa, y
guindonos a la sala, encendi luces, sin cesar de repetir:

--El seor no est, el seor no ha venido esta noche.

Ins, desfallecida, dejose caer en un silln. Yo recorr la casa toda, y
en efecto, lord Gray no estaba. Despus de mis pesquisas Ins y yo nos
miramos con angustiosa perplejidad, confundidos ante la inutilidad del
arriesgado paso que habamos dado.

--No estn, Ins. Lord Gray ha tomado sus precauciones y es intil
pensar en impedir la fuga.

--Intil!--exclam con dolor--. No s qu pensar. Llvame otra vez a mi
casa. Dios mo santsimo, si me sienten llegar contigo!... Si doa
Mara se levanta y ve que Asuncin y yo no estamos all!... Esto ha
sido una locura! Desgraciada Asuncin! Tan buena y tan loca!

Ins lloraba con vivo dolor la prdida de su amiga.

--Para m es como si hubiera muerto--aadi--. Que Dios la perdone!

--Engaado por su aparente santidad, jams cre que tuviera tan ciega
pasin por un hombre.

--Su hipocresa es superior a todo lo que puede concebirse. Ha aprendido
a disimular con tal arte sus sentimientos, que todos se engaan respecto
a ella.

--Para decrtelo todo de una vez, Ins, yo cre que la que amaba a lord
Gray eras t. Todos, incluso Amaranta, crean lo mismo.

--Ya lo s. Yo misma tengo la culpa de esto, porque deseando evitar a mi
amiga las crueles reprensiones y castigos de su madre, callaba y sufra
siempre, y las sospechas caan sobre m. Conmigo tenan cierta
tolerancia, y como slo se trataba de cartitas y tonteras, dej correr
el engao, pasando por casquivana... Algunas veces me apropiaba
deliberadamente las faltas de Asuncin, por el beneficio que me
traan... no entiendes? Mi mayor gusto era ver rabiar a D. Diego,
diciendo que no se casara nunca conmigo.

--l espera que pronto le dars tu mano.

Por primera vez en aquella noche la vi rer.

--Yo saba--aadi despus--que todas las sospechas caan sobre m, y
callaba. Jams hubiera delatado a la pobre Asuncin. Esperaba arrancarle
de la cabeza esa locura, y en una ocasin cre conseguirlo. Lord Gray
pona en juego mil ingeniosas estratagemas... T sabes todo lo que pas
el da que fuimos a las Cortes?... Hombre ms original!... Yo esperaba
que siguieras yendo a casa por la noche... te hubiera informado de
todo... Pasaron das y meses, y entretanto, sola y abandonada de todos,
necesitaba valerme de mis propios esfuerzos para ir prolongando,
prolongando mi situacin, con la esperanza de verme libre algn da...
Pero marchemos al punto de aqu. Dios mo, qu tarde!

--Ins, te he recobrado, te he reconquistado despus de creerte perdida
para siempre--afirm olvidando la situacin en que nos encontrbamos--.
Has resucitado para m. Querida ma, imitemos la conducta de Asuncin y
lord Gray, y vmonos por esos mundos!

Me mir con severidad.

--Deseas volver a aquella horrible prisin, ms cerrada y ms sombra
que la casa de los Requejos?--le dije con exaltacin, estrujando sus
manecitas entre las mas.

--Ms vale esperar--me contest--. Llvame a mi casa.

--Otra vez all!--exclam detenindola en su marcha con la barrera de
mis brazos, que hubieran querido ser muralla indestructible para
separarla del resto del mundo--. Otra vez all! Ya no te volver a ver
ms. Se cerrarn las puertas de ese purgatorio presidido por doa Mara,
y adis para siempre. Querida ma, vamos a casa de la condesa; all te
convenceremos. Sabrs lo que importa ms que nada en el mundo.

Ins demostraba gran impaciencia.

--Pero un momento ms, un momento! Pasan meses sin verte. Sabe Dios
hasta cundo no nos veremos. No sabes lo que me pasa? El gobierno ha
dispuesto que salga una expedicin para desembarcar en Cartagena y
socorrer a las partidas de Castilla. Me han designado para formar parte
de ella. Pobre soldado, tengo que obedecer. Cundo nos volveremos a
ver? Nunca. No te separes de m esta noche. Salgamos de aqu, y te
llevar al lado de la condesa, tu prima.

--No, a casa, a casa!

--La puerta de aquella mansin me parece que es la losa de tu sepulcro.
Cuando se cierre, dejndote dentro, todo se acab.

--No, yo no quiero salir como Asuncin, acechando el sueo de su madre
para escapar. Yo no quiero salir as de mi encierro, sino en pleno da,
con las puertas abiertas y a la vista de todos. Vmonos. Qu locura he
hecho esta noche, Dios mo! Asuncin, dnde ests? Has muerto ya para
m y para los dems?... No puedo estar aqu ni un instante ms. Me
parece que siento la voz de doa Mara llamndome, y los cabellos se me
erizan de espanto.

Ins se dirigi a la salida. En el mismo instante omos ruido de un
coche en la calle. Aguardamos, sintiendo que alguien suba, y por fin
abriose la puerta de la sala, y apareci lord Gray. Estaba sombro,
fosco, agitado, nervioso.

Nos mir con asombro, quiso rer, pero su colrico semblante no echaba
de s ms que rayos. Temblaba de ira, iba de un lado para otro de la
sala, como un tigre en su jaula, nos miraba, nos deca algo inconexo,
risible, estpido, y luego hablaba consigo mismo en monoslabos
incomprensibles, mezclando la lengua inglesa con la espaola.

--Sr. de Araceli, buenas noches... Y usted, nia, qu hace aqu? Ah!,
ya... Mi casa sirve de refugio a los amantes... Son ustedes ms
afortunados que yo... Condenacin eterna para las nias mojigatas!...
Un hombre como yo... No deb acceder... Por San Jorge y San
Patricio!...

--Lord Gray--dije--hemos venido a esta casa con mvil muy distinto del
que usted supone.

--En dnde est Asuncin?--exclam Ins con vehemencia--. No, no saldrn
ustedes de Cdiz. Voy a alborotar toda la ciudad.

--Asuncin?--repuso el ingls pateando con clera y elevando el puo--.
He sido un necio... pero maana veremos... El demonio me lleve si
cedo... Qu deca usted? Asuncin... es una nia honradita y
formalita... Maldito <i>bigotism</i>!... Mucho lloro, mucho hipo, mucho
suspirito... Mala peste!... Qu deca usted?... Perdone usted... Estoy
nervioso... despido fuego y electricidad... Pues como deca, Asuncin...

--S!, dnde est? Es usted un malvado.

--La pobrecita nia est ya de vuelta en casa rezando el <i>Confiteor</i>
con las manecitas cruzadas delante del altarejo... Malditas sean las
nias piadosas!... Parece que su voluntad ha de ser de roca, y es cera
de iglesia. Estn buenas para sacristanes... Pues s. En su casa est ya
de vuelta. El serfico arcangelillo se asust al verse solo conmigo en
lugar extrao... No les gusta ms que la sacrista!... Llor, rabi,
quiso matarse, escandaliz la casa de aquella ilustre doa Mnica a
donde la llev... Jams me ha pasado otra como esta... Pobre gatita,
cmo mayaba! Qu lastimeros ayes! Qu gritos para clamar por su
honor!... Nada; es preciso ser fraile o sacristn... En fin, ya est
otra vez en su casa, a donde acabo de llevarla sigilosamente, lo mismo
que la saqu... Seora doa Inesita, veo que es usted mujer resuelta...
Usted se ha echado a la calle con este insigne mancebo... No hay que
hacer aspavientos de honor y dems bambolla... La seora condesa me lo
ha contado todo esta tarde desde la cruz a la fecha... Ella quera que
yo me comprometiese a librarla a usted de su cautiverio, y convine en
ello... Pero ustedes lo han sabido arreglar. As se hace... Esta noche
las contrariedades y las desdichas son para m... Pero maana... tomar
precauciones... O hizo Lucifer a las mojigatas para rerse de los
enamorados, o las hizo Dios para castigarlos... Recapacitemos; las hizo
Dios, Dios, Dios!...

--Salgamos al instante de aqu--dijo Ins--. Este hombre est loco. Si
es cierto que la infeliz ha vuelto a casa, pronto lo sabremos.

Impulsado por una determinacin sbita, dije al ingls:

--Milord, me presta usted su coche?

--Est a la puerta.

--Pues vamos.

Bajamos. Cog a Ins en mis brazos, y subindola en la alta carroza (una
de las singularidades del Cdiz de entonces, introducida por lord Gray)
dije al cochero:

--A casa de la seora de Cisniega, en la calle de la Vernica.




XXVII


--A dnde me llevas?--exclam Ins con espanto cuando me sent junto a
ella dentro del coche que empez a rodar pesadamente.

--Ya lo has odo. No me preguntes por qu. All lo sabrs. He tomado
esta resolucin y no hay fuerza humana que me aparte de ella. No es una
calaverada; es un deber.

--Qu dices! Yo sal para salvar a mi amiga de la deshonra, y la
deshonrada soy yo.

--Ins, oye lo que te digo. Ests decidida a casarte con D. Diego?

--Djate de simplezas.

--Pues entonces calla y resgnate a ir a donde yo te lleve. Una serie de
acontecimientos providenciales te ha puesto en mi poder y creera
cometer un crimen si te llevara de nuevo a aquel aborrecido encierro,
donde al fin seras vctima del egosmo fantico y de la insoportable
autoridad de quien no tiene ningn derecho a martirizarte... Pobrecilla,
graba en tu memoria lo que te estoy diciendo y ms tarde bendecirs esta
locura ma. No, no volvers all. No pienses ms en doa Mara. Confa
en m. Dime: te he engaado alguna vez? Desde que nos conocimos no has
sido para m una criatura venerada a quien de ningn modo se puede
ofender? No has visto siempre en m, junto con el cario ms vivo que
jams se tuvo hacia persona alguna, un respeto, un culto superior a
todas las debilidades humanas? Ins, t eres vctima de un gran error.
Temes a doa Mara, temes a la de Leiva, temes a esas siniestras y
medrosas figuras que constantemente te estn vigilando con sus ojos
terribles? Pues bien; esas dos personas no son para ti otra cosa que dos
figurones como los que asustan a los chicos. Acrcate, tcalos y vers
cmo son cartn puro.

--No s qu quieres decir.

--Quiero decir--continu hablando con tanta vehemencia como rapidez--que
te has forjado respetos de familia, consideraciones e ideas que son
hijas de un error. Te han engaado, estn abusando de tu bondad, de tu
dulzura para fines execrables, y no pudiendo amoldar tu hermosa
condicin a la suya, te corrompen por grados, falsificndote, querida
ma, con la escuela del disimulo. No hagas caso, no pienses en ellas,
considrate libre. Vivirs al amparo de la nica persona que tiene
derecho a mandar en ti; sers libre, disfrutars de los goces inocentes,
de los nobles placeres de la Naturaleza; podrs mirar al cielo, admirar
las obras de Dios, podrs ser buena sin hipocresa, alegre sin
desenfado, vivir rodeada de personas que te adoren, y con la conciencia
en paz y tranquila. No interrumpir tu sueo la cavilacin de los
fingimientos que tendrs que hacer al da siguiente para que no te
castiguen. No te vers en el doloroso caso de mentir; no te aterrar la
idea de desposarte con un hombre aborrecido; no estars expuesta a la
alternativa de que peligre tu virtud o seas desgraciada, desgraciadsima
y digna de lstima en esta breve vida y luego condenada en la eternidad
de la otra.

--Gabriel--me dijo ella baado el rostro en lgrimas--no entiendo lo que
me dices. No puedo creer que t seas capaz de engaarme. Lo que dices
es una locura o qu es...? A dnde me llevas...? Por Dios, no hagas una
locura. Cochero, cochero, a la calle de la Amargura.

--El cochero ir donde yo le mande--exclam alzando la voz, porque el
ruido del carruaje nos obligaba a hablar a gritos--. Regocjate, Ins,
algrate, amiguita. El aspecto de tu existencia va a cambiar desde esta
noche. Cuntas penas, pobrecita, cuntas alternativas y vaivenes en tan
pocos aos! Por un lado t, por otro yo. Ambos sujetos a mil fatigas,
mecidos y arrastrados por este oleaje terrible que ya nos sube, ya nos
baja, ya nos junta, ya nos separa...

--Es verdad, es verdad.

--Pobre amiga ma! Quin haba de decirte que en tu grandeza seras
tan desgraciada como en tu miseria!

--S, es verdad, es verdad... Pero me dejo arrastrar por tu demencia.
Llvame a mi casa, por Dios! Despus concertaremos...

--Ya est concertado...

--Pero mi familia... Yo tengo nombre y familia...

--A eso voy.

--No, no puedo consentirlo. Es imposible que me engaes... A casa, a
casa! Qu dirn de m! Virgen Santsima!

--No dirn nada.

--Yo tengo imaginado un gran plan...

--Este plan es el mejor... Tu prima acabar de drtelo a conocer. Al
diablo doa Mara y la de Leiva.

--Es el jefe de la familia. Ella manda.

--Ahora mando yo, Ins. Obedece y calla. No recuerdas que en todos los
instantes supremos de tu vida has necesitado de mi ayuda? Ahora es lo
mismo. Hace tiempo que buscaba esta ocasin... te atisbaba con vigilante
mirada... quera robarte, como te rob en casa de los Requejos, y al fin
lo he conseguido... Que venga ac doa Mara a arrancarte de mi poder.
Lo dems te lo dir tu prima. Ya llegamos.

Fuera que confiaba en m entonces como en otras ocasiones de su vida,
abandonndose a aquel destino suyo, de que yo haba sido tantas veces
celoso ejecutor; fuera que un vago presentimiento la inclinaba a aprobar
mi conducta, lo cierto es que no hizo esfuerzo para resistir cuando
entr con ella en la casa y la conduje arriba, despertando con el
estruendo de mi llegada a todos los habitantes de la casa. Gran susto
tuvo Amaranta al sentir tan a deshora los golpes y voces con que yo me
anunci. Al salir a mi encuentro, doa Flora y la condesa estaban
aturdidas de puro asombradas.

--Qu es esto? Cmo has salido de la casa?--exclam la condesa,
besndola con ternura--. A Gabriel debemos sin duda esta buena obra.

--Qu placer es estar junto a usted, querida primita--dijo Ins
sentndose en el sof de la sala tan cerca de Amaranta, que casi estaba
sobre sus rodillas--. Me olvido de la falta que he cometido huyendo de
mi casa, y los gritos de mi conciencia son ahogados por la gran
felicidad que ahora siento. Estar un ratito, un ratito nada ms.

--Gabriel--dijo Amaranta con el rostro inundado de lgrimas--cundo
sale la expedicin? Yo pedir permiso para marchar en ella y nos
llevaremos a Ins.

--Huir!--exclam la muchacha con terror--. Yo aparecer a los ojos de
todos como una criatura sin pudor que deshonra y envilece a su
familia... Volver a casa de doa Mara.

--Fuera engaosas apariencias!--grit yo--. Por ms que vuelvas a todos
lados la vista, no encontrars ms familia que la que en estos momentos
te rodea.

La condesa con su mirada penetrante quiso imponerme silencio; pero yo no
poda callar, y los pensamientos que se agitaban con febril empuje en mi
cerebro, afluan precipitadamente a mis labios, dndome una locuacidad
que no poda contener.

--El entraable amor que te ha manifestado siempre la persona en cuyos
brazos ests, no te dice nada, Ins? Cuando pasaste de la humildad de
tu niez a la grandeza de tu juventud, qu brazos te estrecharon con
cario? Qu voz te consol? Qu corazn respondi al tuyo? Quin te
hizo llevadera la soledad de tu nobleza? Seguramente has comprendido que
entre ella y t existan lazos de parentesco ms estrechos que los que
reconoce el mundo. T lo conoces, t lo sabes, tu corazn no puede
haberse engaado en esto. Necesito decrtelo ms claro? La voz de la
Naturaleza antes de ahora, en todas ocasiones, y ms que nunca ahora
mismo clamar dentro de ti para declarrtelo. Seora condesa, abrcela
usted, porque nadie vendr a arrancarla de manos de su verdadero dueo.
Ins, descansa tranquila en ese seno, que no encierra egosmo ni
intrigas contra ti, sino slo amor. Ella es para ti lo ms santo, lo ms
noble, lo ms querido, porque es tu madre.

Diciendo esto call; descans como Dios despus de haber hecho el mundo.
Estaba tan satisfecho de haber hablado, que las lgrimas, la turbacin,
la emocin silenciosa y profunda de las dos mujeres, abrazadas y
oprimidas una contra otra como queriendo formar una sola persona, me
halagaban ms que al orador elocuente los aplausos de la multitud y el
delirio del triunfo. Las ltimas palabras las solt como se echa fuera
algo que nos ahoga.




XXVIII


Mientras madre e hija espaciaban a sus anchas y a solas los sentimientos
y ternezas de su corazn, yo me encontraba (seis horas despus de lo
contado, y ya muy entrado el da) frente a frente de mi seora doa
Flora, separada su persona de la ma tan slo por la breve superficie de
una mesa, donde dos regulares tazones de chocolate nos servan de
almuerzo. Hablamos un rato del acontecimiento que mis lectores conocen,
y despus, arrimando con arte la conversacin hacia asunto ms de su
gusto, me dijo:

--Amaranta me asegura que no miras con malos ojos a esa jovenzuela que
nos trajiste anoche. Bonita formalidad es la tuya! Y qu dirn de un
chiquillo que en vez de inclinarse a buscar apoyo para sus
inexperiencias en la compaa de personas mayores, se enloquece con las
nias de su misma edad?... Vuelve en ti, hombre... oye la voz de la
razn... pentrate bien de...

--Vuelvo, oigo y penetro, seora doa Flora. Estoy arrepentido de mi
locura... Tentome el demonio, y... Pero siento pasos, que se me figura
son los del Sr. D. Pedro del Congosto.

--Jess, Mara y Jos... Y t ah tan serio tomando chocolate
conmigo!... Pero hombre, y el pudor y la decencia?

No pudo continuar porque entr D. Pedro, todo lleno de bizmas y parches,
fruto amargusimo de la brillante campaa del Condado. Levantose azorada
doa Flora, y dijo:

--Sr. D. Pedro... es una casualidad, cralo usted, que se encuentre aqu
este mozuelo... Nunca est una libre de calumnias... Este chico es tan
loco, tan imprudente...

Congosto me mir con ira, y tomando asiento, habl as:

--Dejemos a un lado esa cuestin. A su tiempo ser tratada... Ahora
vengo a decir a usted que se prepare a recibir a la seora condesa de
Rumblar, que viene seguida de respetables personas para que le sirvan de
testigos.

--Dios mo! La justicia en mi casa!

--Parece que lord Gray rob anoche a la seora doa Inesita,
depositndola aqu.

--Es un error! Pero de veras viene doa Mara? Yo estoy temblando...
Alguien ha entrado en la casa.

No haba acabado de decirlo cuando sintiose gran ruido abajo y arriba
gran conmocin. Apareci Amaranta, apareci Ins, emitironse distintos
pareceres, pero prevaleci el de que se recibiese decorosamente a la de
Rumblar, contestando a sus cargos en el terreno legal, si ella en el
mismo los haca.

Todos menos Ins nos reunimos en la sala, y a poco entr el lgubre
cortejo, presidido por doa Mara, con una pompa y severa majestad que
le habran envidiado reinas y emperatrices. Profundo silencio rein en
la sala por un instante, mas rompiolo al fin, sin gastar tiempo en
saludos, doa Mara, no pudiendo contener el volcn que bramaba dentro
de las cavidades de su pecho.

--Seora condesa--dijo--venimos a casa de usted en busca de una doncella
puesta a mi cuidado, la cual ha sido robada esta noche de mi casa por un
hombre que se supone sea lord Gray.

--Aqu est, s, seora--repuso Amaranta--. Es Ins. Si estaba puesta al
cuidado de personas extraas, yo la reclamo porque es mi hija.

--Seora--dijo doa Mara temblando de clera--ciertas supercheras no
producen efecto ante la declaracin categrica de la ley. La ley no la
reconoce a usted por madre de esa joven.

--Pues yo me reconozco y declaro aqu delante de los que me escuchan,
para que conste con arreglo a derecho. Si usted alega una ley, yo alego
otra, y entretanto mi hija no saldr de mi casa, porque a ella ha venido
espontneamente y por su propia voluntad, no seducida por un cortejo,
sino con deliberado propsito de vivir a mi lado, como hija obediente y
cariosa.

--No me sorprende la conducta de lord Gray--dijo doa Mara--. Los
nobles de Inglaterra suelen corresponder de este modo a la hospitalidad
que se les da en las casas honradas... Pero no debo culpar tan slo a
l, hombre de mundo, privado de ideas religiosas y ciego ante la luz de
la verdadera y nica Iglesia, no. Qu ha de hacer el ciego sino
tropezar? A quien principalmente acuso es a ella; lo que ms que nada me
asombra es la liviandad de esa muchacha casquivana... Verdaderamente,
seora condesa, voy creyendo que tiene usted razn en llamarla su hija.
rbol y fruto con iguales propiedades se distinguen.

--Seora doa Mara--replic Amaranta con la voz tan temblorosa, a causa
de la clera, que apenas se entendan sus palabras--no vino mi hija
seducida por lord Gray. Vino acompaada por l o por otro, que esto no
hace al caso, y movida de propia inspiracin y deseo. Me congratulo de
ello, porque as la persona que ms amo en el mundo estar libre de
corromperse con el mal ejemplo de dos conocidas nias mojigatas, que
esconden a sus novios bajo las faldas de brocado de los santos que
tienen en los altares de su casa.

Doa Mara se levant como si el silln en que estaba sentada se
sacudiera repelido por subterrnea explosin. Sus ojos fulminaban rayos,
su curva nariz, afilndose y tindose de un verde lvido, pareca el
cortante pico del guila majestuosa: moviose convulsivamente su barba
picuda, reliquia de la antigua casta celtbera a que perteneca, hizo
ademn de querer hablar; mas con gesto majestuoso semejante al de las
reinas de la dinasta goda cuando mandaban hacer alguna gran justicia,
seal a la otra condesa, y desdeosamente dijo:

--Vmonos de aqu. No es este mi lugar. Me he equivocado. Seora
condesa, quise que no se agriara esta cuestin; quise evitar a usted la
visita de los emisarios de la ley. Pero usted no merece otra cosa, y no
ser yo quien desempee en esta casa el papel que corresponde a
alguaciles y polizontes.

--Como experta en pleitos--repuso Amaranta--y conocedora de tal laya de
gente, puede usted buscar en la familia de estos una esposa para su
digno hijo el seor conde, varn insigne en las tabernas y garitos de
Madrid. Jugando al monte podr restablecer el mermado patrimonio, sin
verse en el caso de solicitar un enlace violento con una joven
mayorazga.

--Salgamos de aqu, seores; son ustedes testigos de lo que aqu ha
pasado--dijo doa Mara dirigindose a la puerta.

Y sin esperar a ms, resueltamente y bramando de ira, que expresaba con
olmpico fruncimiento de cejas, sali de la sala y de la casa, seguida
de los mismos que le haban acompaado, a cuya cola iba D. Paco.

Por largo rato rein profundo silencio en la sala. Amaranta, despus de
desahogar las antiguas cleras de su pecho, estaba meditabunda y aun
dir que arrepentida de todo lo que haba dicho, doa Flora preocupada,
y Congosto, con los ojos fijos en el suelo, revolva sin duda en su
cabeza altos y caballerescos pensamientos. Sac a todos de su
perplejidad una visita que nadie esperaba, y que causara general
asombro. En la sala se present de improviso lord Gray.

Advert en su fisonoma las huellas de la agitacin de la pasada noche,
y lo turbado de su hablar indicaba que aquel singular espritu no haba
recobrado su asiento.

--En mal hora viene milord--le dijo secamente D. Pedro--. Ahora acaba de
salir de aqu doa Mara, cuyo enojo por las picardas de usted es tan
fuerte como justo.

--La he visto salir--repuso el ingls--. Por eso he entrado. Deseo
saber... Se sospecha de m, seora condesa, se me acusa?...

--Pues no se le ha de acusar, hombre de Dios!...--dijo D. Pedro--. Pues
a fe que ech requiebros la seora doa Mara... y con mucha razn por
cierto. Pues qu, robar a la seora doa Inesita, aun con consentimiento
de la que se llama su madre...

--Vamos, estoy tranquilo--dijo lord Gray--. Veo que me imputan las
hazaas de este pcaro Araceli, dejando en el olvido las mas propias.
Desvanecer el engao, aunque en realidad, yo acepto todas las glorias
de esta clase que me quieran adjudicar... La seora condesa estar ya
contenta.

Amaranta no contest.

--Disimule usted--dijo D. Pedro--. Eche usted sobre el prjimo sus
abominables culpas.

--Veo con dolor--repuso lord Gray jovialmente--que en el rostro de
usted, Sr. de Congosto, estn escritas con parches y ungentos las
gloriosas pginas de la expedicin al Condado.

--Milord--exclam el hroe con ira--, no es propio de un caballero
zaherir desgracias motivadas por la casualidad. Antes que hacer tal cosa
examinara yo mi conciencia por ver si est libre de faltas. La ma no
me acusa de haber cometido en ningn tiempo bellaqueras como la de
anoche.

--Cul?

--Ya lo sabe usted. Acabamos de or a la seora de Rumblar--aadi la
estantigua enfurecindose gradualmente--. Digo y repito que es una gran
bellaquera.

--Eso va con usted, Araceli.

--No, con usted, con usted, lord Gray. Usted es quien ha sacado a esa
joven de aquella honesta casa, morada augusta de los buenos principios;
usted quien la ha quitado de la proteccin y amparo de doa Mara, cuya
santidad y nobleza engrandecen cuanto a su alcance se halla.

--Con que es una gran bellaquera?--repiti lord Gray burlonamente--.
Eso quiere decir que soy un gran bellaco.

--S seor, un grandsimo bellaco!--repiti don Pedro, ponindose tan
encendido que las arrugas de su rostro semejaban los pliegues y
abolladuras de un pimiento riojano--. Y aqu est D. Pedro del Congosto,
para sostener lo que ha dicho, aqu y fuera de aqu en la forma y manera
que usted lo crea conveniente.

--Oh, Sr. D. Pedro!--exclam lord Gray con jbilo--. Qu gran placer me
proporciona usted! Desde que por primera vez visit esta noble tierra,
he buscado ansiosamente al gran D. Quijote de la Mancha; yo quera
verle, yo quera hablarle, yo quera medir la fuerza de mi brazo con la
del suyo, pero ay!, hasta ahora lo he buscado en vano. He revuelto
media pennsula buscando a D. Quijote, y D. Quijote no pareca por
ninguna parte. Yo cre que tan noble tipo se haba extinguido,
disipndose en la corruptora sociedad de los modernos tiempos; pero no,
aqu est, al fin le encuentro con idntico traje y rostro, un Quijote
algo degenerado en verdad, pero Quijote al fin, que no se encuentra ni
puede encontrarse ms que en Espaa.

--Si usted bromea, seor lord, yo soy hombre serio--repuso D. Pedro--.
Yo tomo a mi cargo la defensa de esa ultrajada seora que acaba de
salir; yo deshar su agravio y me tomo a pechos el castigar esta gran
injuria que ha recibido limpiando con la sangre del traidor la infame
mancha. Esto digo sin nada de quijotera. Ya se ve... en esta casa no me
entienden. Es indudable que han entrado aqu las ideas filosficas,
ateas y masnicas, segn las cuales ya se acab el honor y la grandeza,
lo noble y lo justo, para que no haya ms que pillera, liberalismo,
libertad de la imprenta, igualdad y dems corruptelas... Lo dicho,
dicho. Este traje que visto prueba que he tomado a mi cargo la defensa
de los principios en cuyo nombre se ha levantado la nacin contra
Bonaparte. Oh, si todos me imitaran!... Si todos empezando por el
traje acabaran por las obras!... Pero basta de palabras. Elija usted
hora y sitio. Accin tan aleve no puede quedar sin castigo.

--D. Quijote, s, es l mismo--dijo el ingls--. D. Quijote degenerado y
nacido de cruzamientos, pero que algo conserva de la generosa sangre del
padre, como el mulo lleva en s un poco de la dignidad y nobleza del
caballo.

--Cmo! Llama usted mulo a un hombre como yo?--exclam Congosto
requiriendo colricamente la espada.

--No, caballero insigne; deca que el quijotismo espaol de hoy se
parece al antiguo, como se parece el mulo al caballo. Por lo dems
acepto el reto de usted y nos batiremos a la jineta, a pie, con sable,
espada, lanza, honda, ballesta, arcabuz, o como usted quiera. Pronto
partir de Cdiz, quizs maana mismo. Disponga usted de m cuando
guste.

--De vers se marcha usted?--dijo Amaranta saliendo de su atona.

--S, seora, estoy decidido... Vendr a despedirme de usted... Conque
Sr. D. Pedro...

--Lo dicho, dicho. Enviar mi padrino.

--Lo dicho, dicho. Enviar el mo.

D. Pedro sali mirndonos con altanera soberbia, que nos hizo sonrer a
todos menos a doa Flora, la que reprendi al ingls su deseo de sujetar
a nuevas pruebas la quebrantada osamenta del hroe del Condado. Despus
la condesa, que no participaba de nuestro humor festivo por la escena
cmica que haba seguido a la trgica, cual ordinariamente ocurre en el
mundo, llevome aparte, y con afliccin me dijo:

--Temo haberme dejado arrastrar demasiado lejos por la ira que me
produjo la presencia de aquella mujer. Le dije cosas demasiado duras, y
cada palabra me pesa sobre la conciencia. Exasperada por lo que le dije,
tomar venganza de m, y si acude a la ley, no creo que la ley me sea
favorable. Yo no tom precaucin alguna cuando se verific el
reconocimiento de Ins.

--Venceremos esas y otras dificultades, seora.

--Yo transigira con ella y con mi ta, con tal que me dejaran a Ins.
Creo que cediendo a doa Mara parte de mis derechos mayorazguiles,
sera fcil aplacar esa furia. La de Leiva no es ni con mucho tan
inconquistable.

--Quiere usted que lo proponga a la seora doa Mara?... Nada se
pierde... No s si me recibir; pero intentar hablarla. Me favorece el
que no sospecha nada de m en el suceso de anoche.

--Es una buena idea. S... tampoco sera malo que yo me mostrase
arrepentida de las atrocidades que le dije... no... Oh, qu confusin,
Dios mo! No s qu hacer...

--Cualquiera de esos actos me parece aceptable.

--Te parece que debo ir all?

--Hoy no es conveniente. Se reanudara al punto la reyerta, porque aquel
volcn en erupcin estar echando fuego, humo y lava por algn tiempo.
Ser prudente que yo me anticipe e indique a doa Mara esa idea de
transaccin que usted le propone, con tal que no la priven de su hija.

--S, hazlo t primero. Yo me arriesgar a tratar con mi ta, que es el
jefe de la familia, pero antes conviene tantear a la de Rumblar, a ver
qu tal se presenta.

--Ante todo debo indicar prudentemente a doa Mara que usted reconoce
haber estado algo dura en la entrevista.

--S... lo encomiendo a tu habilidad, y me quedo tranquila... Si te
recibe mal, no te importe. Con tal que te deje hablar, aguanta
desprecios y desaires.

Hago mencin de este dilogo que tuvimos la condesa y yo, para que
comprenda el lector la razn de la extraa visita que hice a doa Mara
un da despus de aquel de tanto ruido en que ocurri lo que acabo de
contar.




XXIX


En efecto, traslademe a hora que me pareci oportuna a casa de doa
Mara, recelando no ser recibido, pero con el firme propsito de no
salir de all sin intentar por todos los medios ver y hablar a la
orgullosa dama. Encontr a D. Diego, quien, contra mi creencia,
recibiome muy bien y me dijo:

--Ya sabrs los escndalos de esta casa. Lord Gray es un canalla. Cuando
yo dorma en casa de Poenco, fue all y me sac las llaves del
bolsillo... No poda haber sido otro. Le viste t entrar?

--Sr. D. Diego, quiero ver a la seora condesa para hablarle de un
asunto que a esta familia, lo mismo que a la de Leiva, importa mucho.
Tendr la seora la bondad de recibirme?

Madre e hijo conferenciaron a solas un rato all dentro, y por fin la
seora se dign ordenar que me llevaran a su presencia. Estaba la de
Rumblar en la sala acompaada de sus dos hijas. La madre tena en el
altanero semblante la huella de la gran pesadumbre y borrasca del da
anterior, y la penosa impresin se trasluca en una especie de repentino
envejecimiento. De las dos muchachas, Presentacin revelaba al verme
cierta alegra infantil, que ni aun la proximidad de su madre poda
domar, y Asuncin una tristeza, una decadencia, una languidez taciturna
y sombra, seal propia de los muy msticos o muy apasionados.

La seora de Rumblar, despus de ordenar a Presentacin que se alejase,
me recibi con un exordio seversimo, y luego aadi:

--No deba ocuparme de nada que se refiera a aquella casa donde ayer por
mi desgracia estuve; pero la cortesa me obliga a orle a usted, nada
ms que a orle por breve tiempo.

--Seora--dije--yo me marchar pronto. Recuerdo que usted me rog que no
volviese ms a su casa. Hoy me trae un deber, un deseo vehemente de
restablecer la paz y armona entre personas de una misma familia, y...

--Y a usted quin le mete en tales asuntos?

--Seora, aunque extrao a la casa, me ha afectado tan profundamente el
agravio recibido por esta augusta familia, a quien respeto y admiro
(aunque mis enemigos calumniadores hayan hecho creer a usted lo
contrario) que me sent vivamente inclinado a terciar de parte de usted.
Seora doa Mara, vengo a decir a usted que la condesa se muestra hoy
arrepentida de las duras palabras...

--Arrepentimientos?... Yo no lo creo, caballero. Suplico a usted que no
me hable de esa seora. Si es eso lo que usted quera decirme... La
justicia est ya encargada de esto y de devolver a Ins al jefe de la
familia.

Asuncin alz la vista y mir a su madre. Pareca deseosa de hablarle,
pero con tanto miedo como deseo. Al fin, cobrando valor, se expres de
este modo con voz quejosa y tristsima, que produca en m extraa
sensacin.

--Seora madre, me permite usted que hable una palabra?

--Hija ma, qu vas a decir? T no entiendes de esto.

--Seora madre, djeme usted decirle una cosa que pienso.

--Est delante una persona extraa y no puedo negrtelo. Habla.

--Pues yo pienso, seora, que Ins es inocente.

--He aqu, Sr. D. Gabriel, lo que es la limpieza de corazn. Esta tierna
y piadosa criatura, a quien una celestial ignorancia de las maldades de
la tierra eleva sobre el vulgo de los mortales, es incapaz de comprender
que haya ruines pasiones en la sociedad. Hija ma, bendita sea tu
ignorancia.

--Ins es inocente, lo repito--afirm Asuncin--. Lord Gray no puede
haberla sacado de esta casa, porque lord Gray no la quiere.

--No la quiere porque no te lo ha dicho... Qu sabes t de eso, hija
ma? Tienes acaso idea de los ardides, de la perfidia, de los disimulos
y malignas artes que usa la seduccin?

--Ins es inocente--repiti cruzando las manos--. Algn otro motivo la
habr impulsado a abandonarnos, pero no el amor de lord Gray. No, lord
Gray no la ama. Cree usted en los Evangelios? Pues tan verdad como los
Evangelios es esto que estoy diciendo.

--En otra ocasin me enfadara--dijo la madre--al ver la exageracin de
tu benevolencia. Hoy mi espritu est quebrantado: anhelo la
tranquilidad y te perdono.

--No me deja usted decir otra cosita que me falta?

--Acaba de una vez.

--Yo quiero ver a Ins.

--Verla!--exclam con enfado doa Mara--. Mis hijas no estiman sin duda
su dignidad.

--Seora, yo quiero verla y hablarla--prosigui Asuncin con suplicante
acento--. Si hay en ella pecado, estoy segura de que me lo confesar. Si
no le hay, como creo, tendr la dicha de descubrir la verdadera causa de
su fuga, y reconciliarla con la familia.

--No pienses en eso. Que cada cual se entienda con su conciencia. Si t
a fuerza de devocin y reconcentracin, y gracias tambin al rigor de mi
prudente autoridad has logrado elevar tu alma a cierto grado de
beatitud, concedido a pocos, no te achiques empendote en disculpar a
los dems. La perfecta virtud anda muy escasa por el mundo. Si en
algunas honestas moradas, inaccesibles a las profanidades de hoy, se
conserva encerrada como el ms precioso tesoro, no debe contaminarse con
el roce de la desenvoltura. En infausta hora vino Ins a mi casa.
Renuncia a verla y a hablar con ella, mientras est fuera de aqu. Tu
sublimada virtud debe quedar satisfecha con perdonarla.

--No, yo quiero verla, yo quiero ir all--exclam la joven derramando de
sbito un torrente de lgrimas--. Yo quiero verla. Ins es una buena
alma. Estamos engaados. Ella no puede haber cometido ninguna mala
accin. Seora, lord Gray no la ama ni puede amarla. Quien lo dijese es
un infame que merece arder en el infierno por toda la eternidad,
traspasada la lengua con un hierro candente.

--Asuncin, sosigate--dijo la madre con menos severidad, al notar que
la infeliz muchacha padeca una febril excitacin, semejante a los
primeros sntomas de una enfermedad grave--. A qu tanto empeo?
Siempre eres lo mismo... Tus manos arden... los ojos se te quieren
saltar de la cara; ests lvida... Hija, tu piedad exaltada de algn
tiempo a esta parte te hace mucho dao, y es preciso no olvidar la salud
del cuerpo. Tus largos insomnios cavilando en las cosas santas, tus
meditaciones sin fin, la viva pasin que te consume por lo religioso, te
han marchitado en pocos das.

Y luego, dirigindose a m, aadi:

--Yo no quisiera que se extremara tanto en sus devociones; pero no se la
puede contener. Su alma es muy vehemente, y una vez que logr dirigirla
al santo fin que me propona, hase inflamado en una piedad estupenda. Es
un fuego abrasador su espritu, no un vano soplo, y la creo capaz de
grandes cosas en la esfera de la vida mstica que tan celosamente ha
abrazado.

--Por Dios y todos los santos, ruego a usted, seora, que me permita ver
a Ins. Es mi amiga, mi hermana. Yo tengo orgullo en su virtud, yo me
siento ofendida y lastimada por la mala opinin que hoy se tiene de ella
en esta casa. Quiero hacer una buena obra y volverle su honor. Por qu
ha de intervenir en esto la justicia, si yo confo en que la traer a
casa? La justicia es el escndalo... Yo quiero ver a Ins, y conseguir
de ella con una palabra ms que toda la curia con una montaa de
papeles. Seora madre, esto que digo es inspiracin de Dios, me salen
estas palabras del fondo del alma, siento dentro de m un blando
susurro, como si la voz de un ngel me las dictara. No se oponga usted a
esta divina voluntad, pues voluntad divina es en este momento la ma.

La seora de Rumblar reflexion, mir al techo, despus a m, luego a su
hija, y al fin exhalando un hondo suspiro, dijo:

--La dignidad y entereza tienen su lmite, y la razn no puede a veces
resistir a las splicas del sentimiento y la piedad reunidos. Asuncin,
puedes ir a ver a Ins. Te llevar D. Paco.

La muchacha corri ligera a vestirse.

--Pues como indiqu a usted, seora condesa...--dije, reanudando mi
interrumpida conferencia diplomtica.

--Haga usted cuenta de que no ha indicado nada, caballero. Todo es
intil. Si el objeto de su visita es traerme recados o proposiciones de
la condesa, puede usted retirarse.

--La seora condesa se apresura a conceder a usted...

--No quiero que me conceda nada. El jefe de la familia es la seora
marquesa de Leiva, y a estas horas ha tomado todas las providencias
necesarias para que todo vuelva a su lugar. Nada me corresponde hacer.

--La seora condesa est tan arrepentida de aquellas palabras!

--Que Dios la perdone... Mi responsabilidad est a cubierto... Pero a
qu estos artificios, Sr. de Araceli? Cree usted que no le comprendo?

--Seora, no hay artificio en lo que digo.

--Vamos, que a m no se me engaa fcilmente. Me faltar entendimiento
para comprender que todos esos supuestos recados de la condesa, son
pretexto que usted toma para entrar aqu y ver a mi hija Presentacin,
de quien est tan enamorado?

--Seora, la verdad, no haba pensado...

--Un ardid amoroso... en efecto, no es ningn crimen. Pero ha de saber
usted que he destinado a mi hija al celibato. Ella no quiere casarse...
Adems, aunque de mis repetidos informes resulta que no es usted mala
persona, no basta... porque, veamos, quin es usted?... de dnde ha
salido usted?

--Creo que del vientre de mi madre.

--Bueno ser, pues, que renuncie a sus locas esperanzas.

--Seora, usted padece una equivocacin.

--Yo s lo que digo. Ruego a usted que se retire.

--Pero... si me permitiera usted que acabara de exponerle...

--Ruego a usted que se retire--repiti con grave acento.

Me retir, pues, y en el corredor, una puerta se entreabri para dejarme
ver el lindo rostro de Presentacin y una blanca manecita que me
saludaba.




XXX


Poco despus entraba en casa de doa Flora. Despus de enterar a la
condesa del resultado de mi visita, dije a Ins:

--Asuncin vendr aqu. Ahora sala con D. Paco.

Un momento despus, Asuncin entr y las dos amigas se abrazaban
llorando. Salimos del gabinete Amaranta y yo, dejndolas solas para que
hablaran a su gusto; pero la condesa apostndose tras de la puerta, me
dijo con malicioso acento:

--Yo me quedo aqu para orlo todo. Ser curioso lo que hablen. Ya sabes
que en palacio he realizado grandes cosas escuchando detrs de las
cortinas.

--No es ningn negocio de Estado lo que van a tratar. Yo me voy.

--Qudate, necio, y oye... Por no querer or rompimos las amistades en
el Escorial... Considera que han de hablar algo de ti...

Verdad es que si la delicadeza me ordenaba cerrar los odos, la
curiosidad me impulsaba a abrirlos. Venci la curiosidad, mejor dicho,
venci la pcara Amaranta, que no poda dejar de ser cortesana. Las
muchachas hablaban en alto y lo omos todo, y aun veamos algo.

--No quera mam que te viera, Ins--exclam Asuncin--. Qu raro
acontecimiento! Yo me desped creyendo no verte ms... y ahora yo estoy
en casa y t fuera. Hipcrita, tan preparado lo tenas, y no me habas
dicho nada.

--Te equivocas--repuso Ins--yo no he salido como t... Pero no quiero
acusarte ahora, puesto que arrepentida de tu gran falta, volviste a casa
de tu madre. Has conocido tu error, has abierto los ojos comprendiendo
el abismo de perdicin en que ibas a caer, en que quizs has cado ya?

--No s lo que me pasa--exclam Asuncin apretando las manos de su
amiga--. Estoy horrorizada de lo que hice. Me volv loca, se me
encendieron en la imaginacin unas llamas que no me dejaban vivir, y
conociendo el mal me era imposible evitarlo. Lord Gray ha tiempo que
quera sacarme de la casa; yo me resista; mas al fin tanto pens en
ello, tanto discurr sobre aquel gran pecado a que l me quera inducir,
que se me clav dentro de la cabeza la idea de cometerle, y sin saber
cmo lo comet. Por qu no te echaste en mis brazos para impedirme
salir? Ahora vengo a que me fortalezcas. Yo no puedo vivir lejos de ti;
y si desde mucho antes no ca en el lazo, lo debo a tu buena amistad.
Nos separaremos ahora? Entonces voy a ser muy desgraciada, querida ma.
Vuelve a casa, por Dios, y yo te juro que luchar con todas las fuerzas
de mi alma para olvidar a lord Gray, como t deseas.

--Yo no podr lograr ahora lo que antes no logr--repuso Ins--.
Asuncin, entra en el convento maana mismo. Cuando traspases la puerta
de la santa casa, deja fuera todos los pensamientos de este mundo, pide
a Dios que te libre de la gran enfermedad que padece tu alma, procura
formarte de nuevo y ser otra mujer diferente de la que hoy eres.

--Ay!--exclam la otra con dolor, arrodillndose delante de su amiga--.
Todo eso lo he intentado; pero cuanto ms he querido no pensar en l,
ms he pensado. De qu me vale rezar, si no puedo representarme imagen
ninguna de Dios ni de santo que sea distinta de la suya?... Ay, Ins!
T sabes muy bien la vida que llevamos en casa de mi madre; t sabes muy
bien la espantosa soledad, tristeza y fastidio de nuestra vida. T sabes
muy bien que all quiere una rezar y no puede, quiere una trabajar y no
puede, quiere una ser buena y no puede. Obligadas por el rigor de mi
madre, trabajan las manos, pero no el entendimiento; reza la boca, pero
no el alma; se ciegan y abaten los ojos, pero no el espritu... Las mil
prohibiciones que por todas partes nos entorpecen, despiertan en nuestro
pecho ardientes curiosidades. Ya sabes que todo lo queremos saber, todo
lo averiguamos y de todo hacemos un objeto de afanes e inquietudes. Como
sabemos disimular, vivimos en realidad con dos vidas, una para mam y
otra para nosotras mismas; una vida, ac para una sola, y que tiene sus
pesares y sus delicias... Como nos apartan del mundo, nosotras nos
hacemos un mundito a nuestro modo, y echando fuego, mucho fuego al horno
de la imaginacin, all forjamos todo lo que nos hace falta. Ya lo ves,
amiga. Tengo yo la culpa? Si no lo podemos remediar, si se nos ha
metido dentro un demonio, un demonio grandsimo, Ins, al cual no es
posible echar fuera.

--T y tu hermana seris muy desgraciadas.

--S; desde que ramos chiquitas, mam nos asign a cada una el puesto
que habamos de tener en la sociedad: yo monja, mi hermana nada. A m me
educaron para el claustro; a mi hermana la criaron para no ser nada.
Nuestro entendimiento, nuestra voluntad, no poda apartarse ni tanto as
del camino que se les haba trazado; a m el camino del monjo, a
Presentacin el camino de no ser nada. Ay, qu niez tan triste! No nos
atrevamos a decir, ni a desear, ni siquiera a pensar cosa alguna que
antes no estuviera previsto e indicado por mam. No respirbamos en su
presencia, y nos infundan tanto, tanto pavor sus mandatos y
reprimendas, que nos era imposible vivir. Ay, para poder vivir nos fue
preciso engaarla, y la engaamos!... Dios, o no s quien, nos inspiraba
un da y otro mil ingeniosidades, y se desarroll en las dos un talento
superior para el engao. Yo me esforzaba, sin embargo, en tener
devocin, y peda a Dios que me diera fuerzas para no mentir y que me
hiciera santa; yo se lo peda todas las noches cuando me quedaba sola y
poda rezar con el corazn. Delante de mam no rezaba sino con los
labios... Pues bien; en cierta poca de mi vida llegu a conseguir lo
que a Dios peda; llegu a aficionarme a las cosas santas; llegu a
sentir un entusiasmo, una exaltacin religiosa semejante a la que ahora
siento por muy distinto objeto. Me consideraba feliz y peda a la Virgen
que conservara en m tan agradable estado. Entonces me perfeccion por
algn tiempo, se acabaron los disimulos y tuve la gran satisfaccin de
hablar repetidas veces con mi madre sin decir cosa alguna que no saliese
de mi corazn. Raudales de verdad, de fe, de amor apacible y mstico a
los santos y santas brotaban de l. Yo dije: Qu fortuna he tenido en
que me destinaran al claustro!. Mis insomnios eran dulces y
placenteros, y mi imaginacin era como un celaje poblado de angelitos.
Cerraba los ojos y vea a Dios... s, a Dios, no te ras; a Dios mismo,
con su barba blanca y su capa... pues, como le pintan...

--Todo eso dur hasta que viste a lord Gray con su pelo rubio y su capa
negra... pues, como es--dijo Ins.

--Me lo has quitado de la boca--prosigui Asuncin, siempre de rodillas
y con los brazos apoyados en los de su amiga--. Lord Gray fue a casa; yo
le mir y dije para m que se pareca a un San Miguel que est pintado
en mi devocionario. Le dijeron que yo era muy piadosa y l hizo
demostraciones de gran admiracin. Despus, en las noches sucesivas,
empez a contar las maravillosas aventuras de sus viajes, y yo le oa
con ms religiosidad que si fuera el primer predicador del mundo
narrando las hermosuras del cielo. En aquellas noches yo no vea
alrededor de m ms que tigres del frica, cataratas de Amrica,
pirmides de Egipto y lagunas de Venecia. Estaba encantada y bendeca a
Dios por haber creado tantas cosas bellas, incluso a lord Gray.

Oh! Lord Gray no se apartaba de mi imaginacin. Al sentir sus pasos me
era difcil disimular la alegra; si tardaba me pona triste; si hablaba
con vosotras, y no conmigo, me mora de rabia... Le decan siempre que
yo era muy piadosa; ya recordars que l me alababa mucho por esto. Mam
nos permita a las tres que hablramos con l. Con el pretexto de la
piedad, me deca mil cosas sobre asuntos de religin delante de
vosotras. Una noche que pudo hablarme a solas me dijo que me amaba... Yo
sent un sacudimiento; me pareci que el mundo se haba abierto en dos
pedazos debajo de nosotras. Le mir y l clavaba los ojos en m. Estaba
fascinada y no acertaba a contestarle... Todas las noches hablaba, como
sabes, de cosas santas; con dificultad me deca algunas palabras a
solas; me pregunt durante tres noches seguidas si le amaba, y a la
tercera noche le contest que s... T sabes muy bien cmo nos
entendamos. Lord Gray me dijo: Yo hablar con Ins cerca de ti. Pon
atencin a lo que le diga y haz cuenta de que te lo digo a ti. Habla t
con tu hermano y procura contestarme con palabras dirigidas a l....

Tenamos adems mil seales. T eras tan buena que te conformaste con
tu papel. Ojal no hubieras sido tan condescendiente. Cuando lord Gray
me arrojaba cartas por la ventana y t te apropiabas la culpa para
librarme de las crueles reprensiones, lejos de detenerme en la pendiente
me hacas precipitar ms por ella. Nada conoci ni ha conocido mam;
ojal lo conociera, aunque me hubiese matado!... Te acuerdas del da
en que fui con ella al convento del Carmen, convidadas por fray Pedro
Advncula para ver desde una tribuna la funcin de la Virgen? Ay!
Despus de la funcin, un lego nos llev a ver la sala de captulo. No
s cmo, ni por qu causa me encontr separada de los dems en una
celdita sombra. Tuve miedo... de repente se me present lord Gray,
quien me estrech en sus brazos repitindome con ardientes palabras que
me quera mucho. Fue un segundo y nada ms, pero en aquel segundo lord
Gray me dijo que me era forzoso partir con l, porque si no morira de
desesperacin...

--Nada de eso me habas dicho.

--Te tena miedo. Vers lo dems. Me reun al instante con mi madre y
con el lego. Aquella splica, o ms bien que splica mandato de huir con
l, se me clav en el pensamiento como una espina. No dorma, no viva,
no pensaba ms que en aquello. Me pareca un delito horroroso: echaba de
m esta idea y cuando me encontraba sin ella sala volando a buscarla,
porque sin ella no poda vivir... No creas que aborrec la devocin, al
contrario. La meditacin era mi delicia y meditando era feliz... Ay!
Lord Gray en todas partes; lord Gray en los altares de la iglesia, en el
de mi casa; lord Gray en el breve espacio de calle y de mundo que se nos
permita ver desde nuestro cuarto; lord Gray en mis rezos, en mi libro
de oraciones, en la oscuridad, en la luz, en el bullicio y en el
silencio. Las campanas tocando a misa me hablaban de l. La noche se
llenaba toda con l. Oh, Ins de mi corazn! Cun desgraciada soy!
Tener esta enfermedad en el espritu y no poderla desechar, tener esta
fragua de pensamientos en el cerebro y no poder echarle agua para que se
apague...!

Breve rato permanecieron las dos amigas en silencio y despus Asuncin
prosigui de este modo:

--Nos comunicbamos al fin por un medio que t no conociste ni llegaste
a sospechar. Parece imposible que por tanto tiempo pueda guardarse
secreto tan peligroso sin que por nadie sea descubierto. Yo le haba
dicho que si por indiscrecin o vanidad suya alguna persona, cualquiera
que fuese, llegaba a conocer nuestro secreto, le aborrecera... Despus
del da en que habl con l en las Cortes, cuando se empe en que le
habamos de seguir a bordo de no s qu barco, y al fin nos envi a casa
con fray Pedro Advncula; despus de aquel da, digo, no le haba vuelto
a ver... Mi madre sospechaba de ti y le haba prohibido entrar en casa.
Recuerdas aquella anciana pordiosera que iba a casa a vender rosarios?
Pues ella me traa sus recados y le llevaba los mos. Yo le escriba
poniendo ciertos signos con lpiz en una hoja arrancada de la <i>Gua de
Pecadores</i> o del <i>Tratado de la tribulacin</i>; de modo que el gran fray
Luis de Granada y el padre Rivadeneyra han sido nuestras estafetas.

l me deca cosas hermossimas y apasionadas que ms me arrebataban y
confundan. Me pintaba su infelicidad lejos de m y las grandes dichas
que Dios nos tena reservadas. Por algn tiempo dud. Yo creo que
vindole, hablndole, o distrayendo con el trato de diversas gentes mi
espritu, se habra aplacado la efervescencia, el bullicio, la borrasca
que yo senta dentro de m; pero ay!, el largo encierro, la soledad, la
idea de sepultarme para siempre en el claustro me perdieron... Ins,
figrate que el corazn se destroza y se oprime, que con la opresin de
la naturaleza toda, alma y cuerpo estallan; figrate que se siente por
dentro una iluminacin, una inquietud no comparable a las dems
inquietudes, porque es la sed del espritu que quiere saciarse, una
quemazn que crece por grados, un mareo que desfigura todo cuando nos
rodea, un impulso, un frenes, una necesidad, porque necesidad es la de
romper el cerco de hierro que nos estrecha; figrate esto, y me
comprenders y me disculpars...

Yo deca: S, Dios mo, me marchar con l, me marchar. Momentos de
alegra loca sucedan a otros de tristeza ms negra que el purgatorio.
Glorias e infiernos se sucedan rpidamente unos tras otros dentro de mi
pecho. Dudaba, deseaba y tema, hasta que un da dije: S que me
condenar, pero no me importa condenarme..., y despus me pona a
llorar pensando en la deshonra de mi familia. Por ltimo, pudo ms mi
amor que todas las consideraciones y me decid. Lord Gray por unos
moldes de cera que le envi, falsific las llaves de la casa, le escrib
fijando hora, fue... sal... Pero ay!, al verme fuera de casa, parece
que se me cay el cielo encima con todas sus estrellas... lord Gray me
llev a una casa que est muy cerca de la nuestra, en la calle de la
Novena... No era aquella su vivienda. Sali una seora de edad a
recibirnos. Yo me sent acongojada y aturdida, empec a llorar y ped
ardientemente a lord Gray que me llevase otra vez a mi casa.

Quiso consolarme; el sentimiento del honor se encendi en m con
inusitada fuerza, y la vergenza me inflamaba el alma como momentos
antes la pasin. Dese la muerte y busqu un arma para extinguir mi
vida; lord Gray fingi enojarse o se enoj realmente. Djome algunas
palabras duras. Promet amarle con ms vivo cario si me volva a mi
casa. Viendo que no acceda a mis splicas, grit, acudi la seora
anciana, diciendo que la vecindad se haba alarmado y que nos furamos a
otra parte. Irritose lord Gray y amenaz a aquella seora con ahorcarla.
Despus pareci conformarse con mi deseo, y dndome mil quejas llevome
sin dilacin a mi casa. Por el camino me asegur que partira pronto
para Inglaterra y que le concediera otra entrevista fuera de casa. Yo se
lo promet, porque al paso que me aterraba la idea de mi deshonor, me
haca muchsimo dao su determinacin de partir para Inglaterra... Ay,
Ins qu noche! Entr en casa llena de miedo. Me pareca ver a mi madre
esperndome en la escalera con una espada de fuego... sub temblando...
Tard ms de una hora en volver a mi cuarto, porque no andaba, sino que
me arrastraba lentamente para no hacer ruido. Al fin, llegando a la
alcoba, corr a tu cama para confesrtelo todo y no estabas all.
Figrate cul sera mi confusin.

--Yo despert--dijo la otra--. Cre sentir pasos dentro de la casa. Te
vi salir, y por un instante el temor no me permiti hacer ningn
movimiento ni tomar resolucin alguna. Quise despus correr tras de ti;
yo saba que tena poder bastante para destruir tu alucinacin, y fiaba
en el cario que nos profesbamos, en lo que me debes, en la deuda que
tienes conmigo por haberte librado de las sospechas de tu madre. La idea
de tu deshonor me volva loca... Sal en busca tuya. Lo dems no
necesitas saberlo. Yo no soy esclava de la autoridad de doa Mara como
lo eres t; aquella casa no es la ma; mi casa es esta. Asuncin,
querida amiga y hermana ma, nos separamos hoy quizs para siempre.

--No te separes de m--exclam Asuncin abrazando a su amiga y besndola
con ardiente cario--. Si te separas, no s qu ser de m. Recuerda lo
que hice anoche... Ins, no me dejes. Vuelve a mi casa, y prometo no
hacer cosa alguna sin tu permiso, esclavizando mi pensamiento al tuyo, y
lograr adquirir una parte al menos de la santa serenidad que te
distingue. He venido slo a rogarte que vuelvas a mi casa. Promteme que
volvers.

--Por distintos caminos nos lleva Dios a ti y a m, Asuncin. Por de
pronto no admitas cartas, ni avisos, ni recados de lord Gray. Levntate
a la altura de tu dignidad, abraza con resignacin la vida del claustro,
y dentro de algn tiempo te vers libre de ese gran peso.

--No, no puedo. La vida del claustro me aterra. Sabes por qu? Porque
tengo la seguridad de que en el convento he de amarle ms, mucho ms. Lo
s por experiencia, s: la soledad, el mucho rezar, las penitencias, las
meditaciones, las vueltas y revueltas y dolorosos giros del pensamiento,
ms y ms avivan en m la pasin que me quema. Lo s muy bien, lo veo,
lo toco. Yo he amado a lord Gray porque en mis solitarias devociones se
ha apoderado de mi espritu como el demonio tentador... No, no ir al
claustro, porque s que lo tendr siempre delante, mezclado con aquella
dulce poesa del coro y el altar. Ay, amiga ma! Creers esto que te
digo? Creers esta profanacin horrible? Pues s, es verdad. En la
iglesia ha tomado cuerpo esta insensata inclinacin. Tal efecto hace en
mi espritu turbado todo lo que se refiere a devociones y piedades, que
siempre que escucho el son de un rgano, tiemblo de emocin; las
campanas de la iglesia hacen palpitar mi pecho con ardiente viveza; la
oscuridad de los templos me marea, y Jesucristo crucificado no puede
serme amable si no me lo presento con el mismo rostro que veo en todas
partes... Esto espanta, no es verdad? Pero no puedo remediarlo. Yo creo
que esto es una enfermedad. Tendr yo un mal incurable? Ojal me muera
maana de l. As descansara...

No, no quiero claustro. Quiero distraerme con el trato de multitud de
gentes, ver diversidad de espectculos, visitar el mundo, la sociedad,
asistir a tertulias donde se hable de muchas cosas que no sean lord
Gray: quiero que mi pensamiento se enrede aqu y all, se desparrame
pasando y repasando por distintos caminos, para dejarse un velln de
lana en cada flor, en cada espina. Lo que me ha de curar es el mundo,
amiga querida, es el mundo con todo lo bueno que encierra, la sociedad,
la amistad, las artes, el viajar, el mucho ver y el mucho or; que
verdaderamente, aunque mi madre crea lo contrario, la mayor parte de lo
que se ve y oye en el mundo es honrado, lcito y provechoso... Aprtenme
de la soledad, que es causa de mi perdicin; aprtenme de las
meditaciones, del cavilar, de este perenne volteo y constante rodar
sobre el eje de una sola idea. Si he de curarme, no me curarn los
conventos. Querida amiga, segura estoy de que si entro en l, amar ms
locamente a lord Gray, porque no habr cosa alguna que lo aparte de los
vigilantes y calenturientos ojos de mi espritu; y si ese hombre se
empea en perseguirme aun en la casa de Dios, como sabe hacerlo, no
podr guardar la santidad de mis juramentos, y rompiendo rejas y votos,
me asir a la primera cuerda que ponga en la ventana de mi celda para
arrojarme a la calle. Yo me conozco, querida ma; s leer claramente en
este oscuro libro de mi alma, y no me equivoco, no.

Oyendo estas palabras en boca de la infeliz joven, al paso que
compadeca su desventurada pasin, admiraba la gran perspicacia de su
entendimiento.

--Pues ten valor. Di a tu madre que no quieres ser monja--indic Ins.

--Ayudada por tu amistad, podra hacerlo. Sola no me atrevo. Ella
considerar esto como una deshonra, y entonces tendr el claustro en
casa, porque me encerrar para siempre.

--Todo eso puede vencerse. Principia por rechazar a lord Gray.

--Lo har si no le veo, si no me persigue...

Asuncin pronunciaba estas palabras, cuando sentimos los pasos de lord
Gray.

--Es l!--dijo con terror.

--Ocltate y sal de la casa.

Amaranta hizo pasar a lord Gray a una estancia inmediata y al instante
me llam a su lado. El ingls afectaba tranquilidad; mas la condesa
adivinando sus propsitos, le desconcert al momento.

--Ya s a que viene usted--le dijo--. Sabe que Asuncin ha entrado en mi
casa... Por Dios, lord Gray, retrese usted. No quiero tener nuevas
ocasiones de disgusto con doa Mara.

--Discreta amiga ma--repuso l con vehemencia--. Usted me juzgue mal.
Impedir usted que me despida de ella? Dos palabras nada ms. Saben
que me voy esta noche?

--Es de veras?

--Tan cierto como que nos alumbra el sol... Pobrecita Asuncin!...
Tambin ella se alegrar de verme... Vamos, no salgo de aqu sin decirle
adis...

--Francamente, milord--indic Amaranta--. No creo en su partida.

--Seora, aseguro a usted que partir de madrugada. Me ha detenido tan
slo la broma que pensamos dar a Congosto... Sea testigo Araceli de lo
que digo.

La condesa sin aguardar ms, abri la mampara, y las dos muchachas
aparecieron ante nosotros.

Asuncin no poda ocultar la angustia que la dominaba y quiso retirarse.

--Se marcha usted porque estoy aqu?--dijo secamente lord Gray--.
Pronto saldr de Cdiz y de Espaa, para no pisar ms esta tierra de la
ingratitud. Los desengaos que aqu he padecido me impelen con fuerza a
huir, aunque mi corazn no ha de encontrar ya reposo en ninguna parte.

--Asuncin no puede detenerse para orle a usted--dijo Ins--. Tiene que
marcharse a su casa.

--No merezco ya ni dos minutos de atencin?--afirm con amargura el
noble lord--. Ya no se me concede ni el favor de una palabra?... Est
bien, no me quejo.

--Ahora parece indudable que parte--dijo Amaranta.

--Seora, adis--exclam lord Gray con emocin profunda, verdadera o
fingida--. Araceli, adis; Ins, amigos mos, procuren olvidar a este
miserable. Y usted, Asuncin, a quien sin duda debo haber ofendido,
segn el encono con que me mira, adis tambin.

La infeliz se deshaca en lgrimas.

--Haba solicitado de usted el ltimo favor, una entrevista para
despedirme de la que tanto he amado, pero no espero conseguirlo. He sido
un insensato... Ha hecho usted bien en cobrarme de pronto ese
aborrecimiento que me estn revelando sus bellos ojos... Miserable de
m, he aspirado a lo que me era tan superior! En mi demencia juzgu
posible apartar esta noble alma de la piedad a que desde el nacer se
inclina; aspir a lo imposible, a luchar con Dios, nico amante que cabe
en la inconmensurable grandeza de ese corazn... Adis, vuelva usted a
sus santidades, remntese usted a aquellas celestiales alturas, de donde
este infame quiso hacerla descender. Entre usted en el claustro... entre
usted... Perdneme Dios mis arrebatados pensamientos... cada cual a su
puesto. ngeles al cielo, miseria y debilidad a la tierra... Antes amor,
locura, ardientes arrebatos; ahora respeto, culto. Maana, como ayer,
vivir usted en mi corazn; pero ahora, santa mujer, est usted dentro
de l canonizada... Adis, adis.

Y apretando calurosamente las manos de la joven, parti con tales modos,
que todos le creamos con el corazn despedazado y tuvimos lstima de
l.

Poco despus Asuncin, acompaada de su ayo, sali a la calle, y la
santa imagen, entrando en la casa materna, volvi a su altar.

Mis lectores creern, juzgando a lord Gray por las palabras arriba
reproducidas, que el astuto seductor parta realmente renunciando a la
empresa frustrada en la clebre noche. Qu error! Sigan leyendo un poco
ms, y vern que aquella despedida, admirable y hbil recurso
estratgico empleado contra la alucinada muchacha, sirviole de
preparacin para el hecho (catstrofe podemos llamarlo) consumado
aquella misma noche, y con el cual da fin la curiosa aventura que estoy
contando.




XXXI


Narrar punto por punto. Aconteci, pues, que cerca ya del oscurecer en
el siguiente da entraba yo con toda tranquilidad en casa de doa Flora,
cuando esta, Amaranta y su hija salironme al encuentro con gran
sobresalto y alarma.

--No sabes lo que ocurre?--dijo doa Flora--. El bribn de lord Gray ha
cargado con la santa y la limosna. La Asuncioncita ha desaparecido
anoche de la casa.

--Pero ha sido violentamente--dijo Ins--porque D. Paco apareci atado
al barandal de la escalera. Ella debi de resistir... A sus gritos
despertose doa Mara, pero cuando salieron ya estaban fuera. Esta
maana, Presentacin, hostigada por su madre, hizo confesin de los
amores de su hermana.

--No me digan a m que ha resistido--objet doa Flora--; lord Gray es
muy galn y muy lindo mozo... A qu vienen con hipocresas?... La nia
se march con l porque le dio la gana.

--Doa Mara estar satisfecha de la formalidad de las nias...--dijo
Amaranta riendo--. Ahora repetir su muletilla: Yo educo a mis hijas
como me educaron a m.

--Pero se ha marchado lord Gray con ella?--pregunt.

--Se dispone a partir.

--Ahora acaba de estar aqu un capitn de navo, el cual me ha dicho que
milord ha fletado el bergantn ingls <i>Deucalin</i>, que sale maana.

--Pero no corremos a impedirlo?--dijo Ins con gran zozobra--. An es
tiempo.

--Eso ser de cuenta de doa Mara.

--Pero ser forzoso avisarle que el <i>Deucalin</i> sale esta noche y que
lo ha fletado lord Gray.

--S, es preciso avisrselo--repiti Ins con energa--. Ir yo misma.

--Gabriel ir al momento.

--Por qu no? Aunque doa Mara me arroj ayer de su casa, no tengo
inconveniente en prestarle este servicio.

--Pero no pierdas tiempo... Yo me muero de impaciencia--indic Ins.

--Ve pronto, que la nia se impacienta.

--All voy... De veras no cre volver a poner los pies en aquella
casa... Conque el <i>Deucalin</i>?... Un bergantn ingls... Me parece que
no les atraparn.

Corr a la casa de Rumblar, y desde que entr todo me indic que reinaba
all la consternacin ms profunda. D. Diego y D. Paco estaban sentados
en el corredor, el uno frente al otro, mirndose como dos esfinges de la
tristeza, y en las manos del ltimo los verdes cardenales indicaban el
suplicio de que haba sido vctima. El infeliz anciano a ratos henda
los aires con la rfaga de sus fuertes suspiros, que habran hecho
navegar de largo a un navo de lnea. Cuando entr, levantronse los
dos, y el ayo dijo:

--Vamos a ver si la encontramos ahora. Es el stimo viaje...

La condesa de Rumblar y su hija menor estaban escondiendo su dolor y
vergenza en un gabinete inmediato a la sala, y en sta la marquesa de
Leiva, atada por el reuma a un silln porttil; Ostolaza, Calomarde y
Valiente sostenan viva polmica sobre el gran suceso. Cuando o la voz
de la de Leiva, lleno de recelo, aunque sin arredrarme, dije para m:

--Ahora va a ser la tuya, Gabriel. La marquesa te conocer, con lo cual,
hijo, has hecho tu suerte.

Entr, sin embargo, resueltamente.

--De modo--deca la marquesa--que un ingls se puede burlar impunemente
de toda Espaa...

--En la embajada--indic Valiente--rieron mucho cuando les cont lo
ocurrido, y dijeron: Cosas de lord Gray.

--Yo he afirmado siempre--dijo Ostolaza con petulancia--que la alianza
con los ingleses sera a Espaa muy funesta.

Yo cort de sbito el coloquio, diciendo:

--Traigo noticias de lord Gray.

La marquesa examinome de pies a cabeza, y luego, sealndome
impertinentemente con la muleta que sus doloridas piernas le obligaban a
usar, pregunt:

--Usted?... Y usted quin es?

--Es el Sr. de Araceli--dijo Ostolaza con sonsonete desdeoso.

--Ya... ya conozco a este caballero--dijo la de Leiva con malicia--.
Sigue usted al servicio de mi sobrina?

--Me honro en ello.

--Viene usted de all? Ins est ya dispuesta a volver a su casa? Ya
sabr que el gobernador de Cdiz va esta noche misma por ella...

--No saben nada--repuse tan desconcertado como sorprendido.

--Creo que bajo el punto legal, la cosa no ofrecer dificultad alguna,
no es verdad, seor de Calomarde?

--Absolutamente ninguna. La nia volver a casa de usted, que es el jefe
de la familia, y cuantas sutilezas se aleguen en contrario no tienen
fuerza de derecho.

--Tal vez la seora condesa--dije--alegue algn motivo que no est
previsto.

--Todo est previsto; Sr. Calomarde, no es verdad? Y agradzcame mi
sobrina que no he solicitado se dicte auto de prisin contra ella...
Pero a esta fecha no nos ha dicho usted lo que anunciaba con respecto a
lord Gray. En qu piensa usted, seor de... de qu?

--De Araceli--repiti Ostolaza con el mismo sonsonete.

Muy brevemente les dije lo que saba.

--Pues hay que avisar a la Comandancia de Marina--replic la de Leiva
con viveza--. Plumas, papel...

En aquel instante entr en la sala un personaje grave, al cual saludaron
todos con el mayor respeto. Era D. Juan Mara Villavicencio, gobernador
de la ciudad, varn estimabilsimo, buen patriota, instruido, algo
filsofo y hbil por dems en el conocimiento y trato de las gentes.

--Ya tenemos datos, Sr. Villavicencio--dijo la marquesa, contndole lo
del <i>Deucalin</i>.

--En este negocio, seora--respondi el funcionario bajando la voz--hay
que andar con prudencia... Antes de ocuparme de lord Gray voy a cumplir
el acto legal, en cuya virtud la Inesita volver esta noche a su casa.

El alma se me parti al or esto.

--Pronto, pronto, amigo mo--dijo la reumtica--. Tambin temo que se me
escapen. La gente de esta casa se marcha por el escotilln, y esto
parece escenario de un teatro... Y cremos que haba sido robada por
lord Gray. La pcara se march sola...

--En cuanto a lord Gray--dijo Villavicencio en tono dubitativo y con
cierto embarazo--me parece que no podemos hacer nada contra l... La
Asuncioncita volver al lado de su madre o a donde la quieran llevar;
pero eso de prender y castigar a milord...

--Pero...

--Seora, no podemos chocar con la embajada... Ya conoce usted las
circunstancias; Wellesley es quisquilloso... la alianza...

--Maldita sea la alianza!

--Y esto lo dice una dama espaola--exclam Villavicencio con
entusiasmo--el da en que nos llega la noticia de una gloriosa batalla,
de esa gran victoria, seores, ganada por espaoles, ingleses y
portugueses en los campos de Albuera!

--Otra batalla!--exclam la marquesa con hasto--. Siempre batallas, y
la guerra no se acaba nunca.

--Creo que ha sido muy sangrienta--dijo Calomarde.

--Como todas las que damos--repuso con orgullo Villavicencio--. Hemos
perdido cinco mil hombres y matado a los franceses ms de diez mil...
Precioso resultado!... Han muerto dos generales franceses, dos
ingleses, y de los nuestros han quedado heridos D. Carlos Espaa y el
insigne Blake.

--De todo eso se deduce que no podemos hacer nada contra Gray--dijo con
disgusto la de Leiva.

--Nada, seora... Se va a erigir un monumento a Jorge III... La embajada
inglesa... Wellesley... Oh!, esta batalla de la Albuera estrechar ms
an las relaciones entre ambos pases.

--Gran victoria!--dijo Valiente--. En Extremadura nos envalentonamos un
poco.

--Pero est muy mal de la parte del Ebro. Tortosa ha cado ya en poder
del enemigo...

--Traicin, pura traicin del conde de Alacha.

--Tambin se han apoderado los franceses del fuerte de San Felipe en el
Coll de Balaguer.

--Pero an resiste Tarragona.

--Y resistir ms todava.

--Y de Manresa, qu se ha dicho hoy?

--Ya es seguro que ha sido incendiada.

--Nada de eso nos importa por ahora--dijo la marquesa, interrumpiendo la
chispeante conversacin patritica--. En suma, Sr. Villavicencio, si
milord se escapa...

--Qu le hemos de hacer! Nadie sabe dnde est.

--Creo que esta noche se le podr ver--dijo Valiente--porque a las diez
se verificar, segn he odo, entre lord Gray y D. Pedro del Congosto
una especie de desafo quijotesco con que espera rerse mucho la gente.

--Bobadas... En fin, seora marquesa, Wellesley me ha prometido que la
muchacha volver, pero hay que dejar en paz a lord Gray... Seora
marquesa, me llama mucho la atencin este extrao caso. Soy experto en
ciertos asuntos, y creo que en el lance de que nos ocupamos juega alguna
persona que no es lord Gray.

--Lo cree usted? Yo opino que Ins se ha marchado sola.

--Pues yo creo que no.

--O con lord Gray. Ese seor ingls se propone desocupar mi casa.

--Algn otro pjaro, seora, algn otro pjaro ha enredado aqu, y no
parar hasta averiguar quin es... Los dos raptos tienen entre s ntima
conexin.

--Busque usted, pues--dijo la marquesa--a ese cmplice desconocido, y
haga caer sobre l todo el peso de la ley, si es que nada puede hacerse
contra lord Gray.

--Espero sacar mucho partido de mis averiguaciones esta noche.

--Verdaderamente--dijo Calomarde--si ha de haber un choque con la
embajada inglesa, lo mejor es dar fuerte sobre el pobre cmplice si se
descubre, y decir: aqu que no peco.

--As anda la justicia en Espaa--objet la de Leiva.

--Veremos lo que saco en limpio--dijo Villavicencio--. Vaya, seora ma,
me voy a hacer una visita de cumplido a la calle de la Vernica. Creo
que bastar mi autoridad...

De pronto presentose D. Paco en la sala sofocado y jadeante, y exclam:

--Ah est, ah est ya!... al fin la encontramos.

--Quin?

--La seora doa Asuncioncita... Pobre nia de mi alma!... Est en la
escalera... No quiere subir... parece medio muerta la pobrecita!...




XXXII


Rein sepulcral silencio, y miramos todos a la puerta del fondo por
donde apareci doa Mara. Con decoroso silencio, que no con lgrimas,
mostraba esta seora su honda pena. El color blanco de su cara habase
convertido en una palidez pergaminosa; su frente estaba surcada de
repentinas arrugas, y los secos ojos tan pronto irradiaban el fulgor de
la ira como se abatan amortiguados. Pero otro incidente llam la
atencin ms que el grave silencio y la amarillez y las arrugas, y fue
que sus cabellos, entrecanos algunos das antes, estaban enteramente
blancos.

--Est ah!--repiti un sordo murmullo.

--Te negars a recibirla?--dijo con emocin la marquesa, adivinando los
pensamientos de doa Mara.

--No... que venga aqu--repuso la madre con energa--. Ver a la que ha
sido mi hija... La encontr usted? Estaba sola?

--Sola, seora--exclam llorando D. Paco--. Y en qu triste y lastimoso
estado! Los vestidos estn rotos, en su preciosa cabecita tiene varias
heridas, y en su voz y ademanes demuestra el ms grande arrepentimiento.
No ha querido subir, y yace exnime y sin fuerzas en la escalera.

--Que entre--dijo la de Leiva--. La infeliz empieza a expiar su culpa.
Mara, pas la ocasin del rigor y ha llegado el momento de la
benevolencia. Recibe a tu hija, y si acab para el mundo, no acabe para
ti.

--Retirmonos para evitarle la vergenza de verse delante de
nosotros--dijo Valiente.

--No, queden todos aqu.

--Sr. D. Francisco--dijo doa Mara al ayo--traiga usted a Asuncin.

El ayo sali determinando fuertes corrientes atmosfricas con la
violencia de sus suspiros.

Bien pronto omos la voz de Asuncin que gritaba:

--Mtenme, que me maten: no quiero que mi madre me vea.

Por D. Diego y el ayo conducida, a intervalos suavemente arrastrada,
casi trada a cuestas, entr la infeliz muchacha en la sala. En la
puerta arrojose al suelo, y sus cabellos en desorden sueltos, le cubran
la cara. Todos acudimos a ella, la levantamos, la consolamos con
palabras cariosas; pero ella clamaba sin cesar:

--Mtenme de una vez. No quiero vivir.

--La seora doa Mara la perdonar a usted--le dijimos.

--No, mi madre no me perdonar. Estoy condenada para siempre.

Doa Mara, por largo tiempo llena de entereza y superioridad, comenz a
declinar y su grande nimo se abati ante espectculo tan lamentable.
Despus de mucho luchar con la sensibilidad y el cario materno, pugn
por sobreponerse a este, y resueltamente exclam:

--He dicho que la traigan aqu? No, me equivoqu. No quiero verla, no
es mi hija. Vyase a los lugares de donde ha venido. Mi hija ha muerto.

--Seora--exclam D. Paco ponindose de rodillas--si la seora doa
Asuncioncita no se queda en la casa, usted se condenar. Pues qu ha
hecho? Salir a dar un paseo. Verdad, nia ma?

--No; mi madre no me perdona!--grit con desesperacin la muchacha--.
Llvenme fuera de aqu. No merezco pisar esta casa... Mi madre no me
perdona. Vale ms que me maten de una vez.

--Sosigate, hija ma--dijo la de Leiva--. Grande es tu culpa; pero si
no puedes reconquistar el cario de tu madre y la estimacin de todos,
no sers abandonada a tu dolor. Levntate. Dnde est lord Gray?

--No s.

--Vino a buscarte con conocimiento y consentimiento tuyo?

La desgraciada se cubra el rostro con las manos.

--Habla, hija ma, es preciso saber la verdad--dijo la de Leiva--. Tal
vez tu culpa no sea tan grande como parece. Saliste de buen grado?

La presencia de doa Mara se conoca por su respiracin que era como un
sordo mugido. Luego omos distintamente estas palabras que parecan
salir de la cavernosa garganta de una leona:

--S... de grado... de grado.

--Lord Gray--dijo Asuncin--me jur que al da siguiente abrazara el
catolicismo.

--Y que se casara contigo, pobrecita!--dijo con benevolencia la
marquesa.

--Lo de siempre... historia vieja--balbuce Calomarde a mi odo.

--Seores--dijo Villavicencio--retirmonos. Estamos aumentando con
nuestra presencia la confusin de esta desgraciada nia.

--Repito que se queden todos--dijo la de Rumblar con fnebre acento--.
Quiero que asistan a los funerales del honor de mi casa. Asuncin, si
quieres, no que te perdone, sino que tolere tu presencia aqu, confiesa
todo.

--Me prometi abrazar el catolicismo... me dijo que marchara de Cdiz
para siempre, si no... Yo cre...

--Basta--exclam Villavicencio--. Que se retire a buscar algn reposo
esta criatura.

--Pero ese infame hombre la ha abandonado...

--La ha arrojado de su casa--dijo D. Paco.

Mltiple exclamacin de horror reson en la sala.

--Esta maana--aadi Asuncin sacando difcilmente de su pecho el
aliento necesario para hablar--lord Gray sali dejndome sola en la
casa. Yo temblaba de zozobra... Entraron luego unas mujeres, unas
mujerzuelas... qu horrible gente!... Con sus gritos me desvanecieron y
con sus manos me maltrataron. Todas se rean de m y me desgarraron los
vestidos, dicindome palabras ignominiosas... Beban y coman en una
mesa que el criado de milord les dispuso... disputaban unas con otras
sobre cul de ellas era ms amada por l... Entonces comprend el abismo
en que haba cado... Lord Gray volvi... Le increp por su vil
conducta... Estaba taciturno y sombro... Tom una chinela y con ella
les azot la cara a aquellas viles mujeres... Me colm de cuidados. Me
dijo que me iba a llevar a Malta... Yo me negu a ello y empec a llorar
amargamente invocando el nombre de Jess... Volvieron las mujeres
acompaadas de hombres soeces; uno de ellos quiso ultrajarme. Lord Gray
le rompi la cabeza con una silla... Corri la sangre... Dios mo, qu
horror!...

Detenase a cada rato, y luego con gran esfuerzo segua:

--Lord Gray me dijo despus que l no poda hacerse catlico, y que se
alegraba de que yo entrase en el convento para robarme. Quise salir y el
criado anunci la llegada de una seora... Oh! Entr una seora
principal que le llam ingrato... La seora se rea de m... Qu hora,
Dios mo, qu hora!... La seora dijo que yo era la ms piadosa y devota
seorita de todo Cdiz, y luego me rog que encomendase a lord Gray a
Dios en mis oraciones... La vergenza me inflamaba, y busqu un cuchillo
para matarme... Despus...

Estbamos todos conmovidos y aterrados con la pattica relacin de la
desgraciada nia, digna de mejor suerte.

--Despus... entraron unos hombres; qu hombres! Vestan de cruzados
como don Pedro del Congosto, y venan a recordar a lord Gray que este le
haba desafiado... Entraron los amigos de lord Gray y todos se rieron
mucho del desafo con D. Pedro. Luego... milord me rog de nuevo que
partiese con l a Malta... Yo le deca que me hiciese el favor de
matarme... Rease a carcajadas y jugando con un pual haca como que me
quera matar... Me inspiraba tal horror que hu de su lado... Yo corr
por la casa dando gritos... l se rea... un criado me dijo: milord me
ha mandado que la acompae a usted a su casa. Salimos a la calle y en
la puerta aadi: No tengo ganas de ir tan lejos: vaya usted sola, y
cerr la puerta... Di algunos pasos... una mujer frentica que dijo
haber perdido por m los favores de lord Gray, quiso castigarme... Ay!,
yo estaba medio muerta y me dej castigar... Libre al fin recorr varias
calles... me perd... yo buscaba la muralla para arrojarme al mar... al
fin despus de dar mil vueltas volv junto a la casa de lord Gray...
Encontrronme D. Paco y mi hermano... yo no quera venir aqu... pero me
trajeron al fin a mi casa de donde sal culpable, y a donde vuelvo
castigada, pues las penas todas del purgatorio y el infierno no son
superiores a las que yo he padecido hoy... Aun as no merezco perdn. Mi
falta es grande... No merezco ms que la muerte, y pido a Dios que me la
conceda esta noche misma, para que ni un da ms soporte la vergenza y
el deshonor que han cado sobre m. Seora madre ma, adis! Hermana
ma, adis! No quiero vivir!

No dijo ms y cay desmayada en el pavimento.

Conmovidos y aterrados, contemplamos el semblante de doa Mara, que
reclinada en el silln, con la barba apoyada en la mano, silenciosa,
ceuda primero como una sibila de Miguel ngel, y conmovida despus,
pues tambin las montaas se quebrantan al sacudimiento del rayo,
derram lgrimas abundantes. Pareca que su rostro se quemaba. Su llanto
era metal derretido.

--Hija ma--dijo la marquesa--, retrate a descansar... Sr. D.
Francisco, o t, Diego, llvala a su cuarto.

El conmovedor espectculo de la infeliz Asuncin desapareci de nuestra
vista.

--Seoras--dijo Villavicencio--tengo el alma despedazada, y me retiro.

--Siento mucho... pues...--murmur Ostolaza, y se retir tambin.

--He tenido un verdadero sentimiento...--dijo Valiente, marchndose tras
el anterior.

--Por mi parte...--indic Calomarde saludando--. Si es preciso entablar
recurso...

Se fueron todos. Yo me qued, porque una fuerza irresistible me clavaba
en aquella sala, y no poda apartar el pensamiento del desolado cuadro
que haba visto. Delante de m estaba la de Rumblar en la misma actitud
en que antes la he descrito. El fenmeno de su llanto me llenaba de
asombro. A mi lado la marquesa de Leiva lloraba tambin.

Pero no estbamos solos los tres. Acababa de entrar una figura
estrambtica, un mamarracho de los antiguos tiempos, una caricatura de
la caballera, de la nobleza, de la dignidad, del valor espaol de otras
edades. Mirando aquella figura de sainete que se presentaba tan
inoportunamente, dije para m:

--Qu vendr a hacer aqu D. Pedro del Congosto? Si creer que sus
caballeras ridculas sirven de alguna cosa en estas circunstancias?

La de Leiva abri los ojos, vio al estafermo, y como si no diera
importancia alguna a su persona, volviose a m y me dijo:

--Qu piensa usted de lord Gray?

--Que es un infame, seora.

--Quedar sin castigo?

--No quedar--exclam arrebatado por la ira.

D. Pedro del Congosto dio algunos pasos, psose delante de doa Mara, y
alzando el brazo, con voz y gesto que al mismo tiempo parecan trgicos
y cmicos, habl as:

--Seora doa Mara... esta noche!... a las once!... en la Caleta!

--Oh! Gracias a Dios!--exclam la noble seora levantndose con
mpetu--. Gracias a Dios que hay en Espaa un caballero... Cuatro
personas han presenciado el lastimoso cuadro de la deshonra de mi hija,
y a ninguno se le ha ocurrido tomar por su cuenta el castigo de ese
miserable.

--Seora--dijo Congosto con voz hueca, que antes que risa, como otras
veces, me produjo un espanto indefinible--. Seora, lord Gray morir.

Aquellas palabras retumbaron en mi cerebro. Mir a D. Pedro y me pareci
trasfigurado. Aquel espantajo, recuerdo de los heroicos tiempos, dej de
ser a mis ojos una caricatura desde el momento en que me lo represent
como providencial brazo de la justicia.

--No es usted, D. Pedro--dijo con incredulidad la de Leiva--quien ha de
arreglar esto.

--Seora doa Mara--repiti el estafermo sublimado por una alta idea de
su propio papel, por la idea de la hidalgua, del honor, de la
justicia--esta noche!... a las once!... en la Caleta! Todo est
dispuesto.

--Oh! Bendita sea mil veces la nica voz que ha sonado en mi defensa en
esta sociedad indiferente. Abominables tiempos, an hay dentro de
vosotros algo noble y sublime.

Esto que en otras circunstancias hubiera sido ridculo, tratndose de D.
Pedro, en aquellas me haca estremecer.

--Bendito sea mil veces--continu doa Mara--el nico brazo que se ha
alzado para vengar mi ultraje en esta generacin corrompida, incapaz de
un sentimiento elevado.

--Seora--dijo D. Pedro--adis... voy a prepararme.

Y parti rpidamente de la sala.

--Mara--dijo la de Leiva a su parienta--sosigate; debes procurar
dormir...

--No puedo sosegar--repuso la dama--. No puedo dormir... Oh Dios mo!
Si permites que el miserable quede sin castigo... Si vieras, mujer...
siento una salvaje complacencia al recordar aquellas palabras esta
noche... a las once... en la Caleta.

--No esperes de D. Pedro ms que ridiculeces... Sosigate... Han dicho
aqu que el desafo de D. Pedro con lord Gray era una funcin
quijotesca. No es verdad, caballero?

--S, seora--repuse--. Son ya las diez... Soy amigo de lord Gray y no
puedo faltar.

Respetuosamente me desped de ellas y sal. Detvome en la escalera D.
Diego, que a toda prisa y muy sofocado suba, y me dijo:

--Gabriel, ah me traen otra vez a la buena alhaja de doa Inesita.

--Quin?

--El gobernador. Esta noche todas las ovejas descarriadas vuelven al
redil... Vengo de all... si vieras. La condesa ha llorado mucho y se ha
puesto de rodillas delante de Villavicencio; pero no pudo conseguir
nada. La ley y siempre la ley. Si es lo que yo digo: la ley... Por
supuesto, chico, no puedo negarte que me dio lstima de la pobre
condesa. Lloraba tanto... Ins estaba ms serena y se conformaba.
Agurdate y la vers llegar. Sin embargo, ms vale que no parezcas en tu
vida por aqu. Villavicencio quiso averiguar el cmo y cundo de la fuga
de Ins, y all le dijeron que la sacaste t de la casa. Te anda
buscando porque no te conoce. Dice que eres cmplice de lord Gray y el
verdadero criminal. Calumnia, pura calumnia; pero no te metas en
vindicar tu honra mancillada y echa a correr, que Villavicencio tiene
malas pulgas, y aunque te escuda el fuero militar... Conque en marcha y
no vuelvas a Cdiz en tres meses.

--Pues s; yo fui quien la sac de casa.

--T!--exclam con tanto asombro como clera--. Ya no me acordaba que
eres servidor de mi famosa parienta la condesa. Conque la sacaste t?

--Y la volver a sacar.

--T bromeas... no pienses que me apuro mucho... Crees que insisto en
casarme con ella?... Pues ahora de mejores veras debes poner los pies en
polvorosa, porque voy a contarle a mam tu hazaa... Francamente, yo
cre que era una calumnia. Ahora me explico el furor de Villavicencio
contra ti. Pues no dice que t eres el autor de todo y que es preciso
sentarte la mano?

--A m?

--Y disculpaba a lord Gray... Se me figura que quieren hacer justicia en
tu persona sin molestar para nada al seor milord. ndate con cuidado,
pues se le ha puesto en la cabeza que t eres cmplice del maldito
ingls y le ayudaste en esta gran bribonada que nos ha hecho.

--Ha visto usted a lord Gray?--le pregunt--. Dnde se le podr
encontrar?

--Ahora mismo me han dicho que le acaban de ver paseando solo por la
muralla. Maldito ingls! Las pagar todas juntas... Hace poco la
Inesita me llam vil y cobarde por dejar sin castigo esto de anoche, y
aseguraba que si ella fuera hombre... estaba furiosa la nia. Por
supuesto, yo pienso buscar a lord Gray, y cuando le vea le he de decir
so tunante..., pues... conque mrchate... t tambin eres buena pieza.
Adis.

No me poda detener a contestar sus majaderas, porque un pensamiento
fijo me atormentaba, y dirigida mi voluntad a un punto invariable con
arrebatadora fuerza; nada poda apartarme de aquella corriente por donde
se precipitaba impetuosamente todo mi ser.




XXXIII


Un cuarto de hora despus tropezaba en la muralla, frente al Carmen, con
lord Gray, el cual, deteniendo la velocidad de su paso, me habl as:

--Oh, Sr. de Araceli... gracias a Dios que viene alguien a hacerme
compaa!... He dado siete vueltas a Cdiz corriendo todo lo largo de la
muralla... Aburrimiento y desesperacin!... Mi destino es dar
vueltas... dar vueltas a la noria.

--Est usted triste?

--Mi alma est negra... ms negra que la noche--repuso con
alucinacin--. Camino sin cesar buscando la claridad, y no hago ms que
dar vueltas recorriendo un crculo fatal. Cdiz es una crcel redonda,
cuya pared circular gira alrededor de nuestro cerebro... Me muero aqu.

--Tan feliz ayer y tan desgraciado hoy!--le dije--. Cun limitada es la
creacin que est a nuestro alcance! Cun pobre es el universo!... El
Omnipotente se ha reservado para s lo mejor, dejndonos la escoria...
No podemos salir de este maldito crculo... no hay escape por la
tangente... El ansia de lo infinito quema nuestra alma, y no es posible
dar un paso en busca de alivio... Vueltas y ms vueltas... Mula de
noria... arre!... Otro circulito y otro y otro...

--Lord Gray, Dios le ha dado a usted todo y usted malgasta y arroja las
riquezas de su alma hacindose infortunado sin deber serlo.

--Amigo--me dijo apretndome la mano tan fuertemente que cre me la
deshaca--soy muy desgraciado. Tenga usted lstima de m.

--Si eso es desgracia, qu nombre daremos a la horrenda agona de una
criatura, a quien usted acaba de precipitar en la mayor deshonra y
vergenza?

--Usted la ha visto?... Infeliz muchacha!... Le he rogado que vaya
conmigo a Malta y no quiere.

--Y hace bien.

--Pobre santita! Cuando la vi, ms que su hermosura que es mucha, ms
que su talento que es grande, me cautiv su piedad... Todos decan que
era perfecta, todos decan que mereca ser venerada en los altares...
Esto me inflamaba ms. Penetrar los misterios de aquella arca santa; ver
lo que exista dentro de aquel venerable estuche de recogimiento, de
piedad, de silencio, de modestia, de santa uncin; acercarme y coger con
mis manos aquella imagen celestial de mujer canonizable; alzarle el velo
y mirar si haba algo de humano tras los celajes msticos que la
envolvan; coger para m lo que no estaba destinado a ningn hombre y
apropiarme lo que todos haban convenido en que fuese para Dios... Qu
inefable delicia, qu sublime encanto!... Ay!, fing, enga, burl...
Maldita familia... Luchar con ella es luchar con toda una nacin... Para
atacarla toda la inteligencia y la astucia toda no bastan... Mil veces
sea condenada la historia que crea estas fortalezas inexpugnables.

--La audacia y la despreocupacin de un hombre son ms fuertes que la
historia.

--Pero cmo se desvanece todo... Aquello que ayer an vala, hoy no vale
nada y su encanto desaparece como el humo, como la nave, como la
sombra... El hermoso misterio se disip... La realidad todo lo mata...
Ay! Yo buscaba algo extraordinario, profundamente grandioso y sublime
en aquella encarnacin del principio religioso que caa en mis brazos;
yo esperaba un tesoro de ideales delicias para mi alma, abrasada en sed
inextinguible; yo esperaba recibir una impresin celeste que
transportara mi alma a la esfera de las ms altas concepciones; pero
maldita Naturaleza!, la criatura serfica que yo soaba rodeada de
nubes y de angelitos en sobrenatural beatitud, se deshizo, se disip, se
descompuso, como una imagen de mquina ptica cuya luz sopla el brbaro
titiritero diciendo: buenas noches.... Todo desapareci... Las alas de
ngel agitndose zumbaban en mi odo, pero yo me desencajaba los ojos
mirando y no vea nada, absolutamente nada ms que una mujer... una
mujer como otra cualquiera, como la de ayer, como la de anteayer...

--Hay que conformarse con lo que Dios nos ha dado y no aspirar a ms. En
resumen: usted sac a Asuncin de su casa, jurndole que abrazara el
catolicismo y se casara con ella.

--Es verdad.

--Y lo cumplir usted.

--No pienso casarme.

--Entonces...

--Ya le he dicho que venga conmigo a Malta.

--Ella no ir.

--Pues yo s.

--Milord--dije dando a mis palabras toda la serenidad posible--usted
debajo de ese humor melanclico, debajo de los oropeles de su
imaginacin tan brillante como loca, guarda sin duda un profundo sentido
y un corazn de legtimo oro, no de vil metal sobredorado como sus
acciones.

--Qu quiere usted decirme?

--Que una persona honrada como usted sabr reparar la ms reciente y la
ms grave de sus faltas.

--Araceli--me dijo con mucha sequedad--es usted impertinente. Acaso es
usted hermano, esposo o cortejo de la persona ofendida?

--Lo mismo que si lo fuera--repuse, obligndole a detenerse en su marcha
febril.

--Qu sentimiento le impulsa a usted a meterse en lo que no le importa?
Quijotismo, puro quijotismo.

--Un sentimiento que no s definir y que me mueve a dar este paso con
fuerza extraordinaria--repuse--. Un sentimiento que creo encierra algo
de amor a la sociedad en que vivo y amor a la justicia que adoro... No
le puedo contener ni sofocar. Quizs me equivoque; pero creo que usted
es una peligrosa, aunque hermosa bestia, a quien es preciso perseguir y
castigar.

--Es usted doa Mara?--me dijo con los ojos extraviados y la faz
descompuesta--es usted doa Mara que toma forma varonil para ponrseme
delante? Slo a ella debo dar cuentas de mis acciones.

--Yo soy quien soy. Por lo dems, si parte de la responsabilidad
corresponde a la madre de la vctima, eso no aminora la culpa de
usted... Pero no es una sola vctima; las vctimas somos varias. La
salvaje pasin de una furia loca y desenfrenada para quien no hay en el
mundo ni ley, ni sentimiento, ni costumbre respetables, alcanza en sus
estragos a cuanto la rodea. Por la accin de usted personas inocentes
estn expuestas a ser mortificadas y perseguidas, y yo mismo aparezco
responsable de faltas que no he cometido.

--En fin, Araceli, en qu viene a parar toda esa msica?--dijo con tono
y modales que me recordaban el da de la borrachera en casa de Poenco.

--Esto viene a parar--repuse con vehemencia--en que usted se me ha hecho
profundamente aborrecible, en que me mortifica verle a usted delante de
m, en que le odio a usted, lord Gray, y no necesito decir ms.

Yo senta inusitado fuego circulando por mis venas. No me explicaba
aquello. Deseaba sofocar aquel sentimiento exterminador y sanguinario;
pero el recuerdo de la infeliz muchacha a quien poco antes haba visto,
me haca crispar los nervios, apretar los puos, y el corazn se me
quera saltar del pecho. No haba clculo en m. Todo lo que determinaba
mi existencia en aquel momento era pasin pura.

--Araceli--aadi respirando con fuerza--, esta noche no estoy para
bromas. Crees que soy Currito Bez?

--Lord Gray--repuse--tampoco yo estoy para bromas.

--Todava--dijo con amargo desdn--no he gustado el placer de matar a un
deshacedor de agravios propios y amparador de doncellas ajenas.

--Maldito sea yo, si no es noble y nuevo lo que inflama mi espritu en
este instante.

--Araceli!--exclam con sbita furia--quieres que te mate? Deseo acabar
con alguien.

--Estoy dispuesto a darle a usted ese gusto.

--Cundo?

--Ahora mismo.

--Ah!--dijo riendo a carcajadas--. Tiene la preferencia el Sr. D.
Quijote de la Mancha. Espaa, me despido de ti luchando con tu hroe.

--No importa. Despus de las burlas pueden venir las veras.

--Nos batiremos... Quiere usted antes recibir las ltimas lecciones de
esgrima?

--Gracias, ya s lo bastante.

--Pobre nio!... Le matar a usted!... Pero son las diez y media...
mis amigos me esperan...

--A la Caleta.

--Nombramos padrinos?

--No nos faltarn amigos para elegir.

--Vamos pronto.

--Ahora mismo.

--Cre--dijo con espontnea fruicin--, que no haba en Cdiz ms
Quijote que D. Pedro del Congosto... Oh, Espaa! Delicioso pas!




XXXIV


La noche era oscura y serena. Al acercarnos a la puerta de la Caleta
vimos de lejos la iluminacin que haba en la plazuela de las
Barquillas, junto al teatro y en las barracas. Inmensa multitud se
apiaba en aquellos improvisados sitios de recreo, y oanse los gritos y
vivas con que se celebraba el gran suceso de la Albuera.

Aguardamos largo rato. Los amigos de lord Gray y D. Pedro esperaban en
la muralla en dos grupos distintos.

--Se han trado los garrotes?--pregunt sigilosamente uno de los de lord
Gray.

--S... son vergajos de cuero para que pueda ser vapuleado sin recibir
golpes mortales...

--Y las hachas de viento?

--Y los cohetes?

--Todo est--dijo uno sin poder disimular su gozo--. El figurn vestido
de todas armas a la antigua que ha de presentarse en lugar de lord Gray
aguarda en aquella casa. Mamarracho igual no le ha visto Cdiz.

--Pero D. Pedro no parece...

--All viene... sus amigos los cruzados le rodean.

--Todo ha de hacerse como lo he dispuesto yo...--indic lord Gray--quiero
despedirme de Cdiz con buen bromazo.

--Lstima que esto no pudiera hacerse en el escenario del teatro.

--Seores, se acerca la hora. Baja usted... Araceli?

--Al instante voy.

Bajaron todos, y me detuve deseando aislarme por breve rato para recoger
mi espritu y dar alas a mi pensamiento. Habame paseado un poco entre
la puerta y la plataforma de Capuchinos, cuando vi en la muralla una
persona, un bulto negro, cuya forma y figura no poda distinguirse bien,
y que se volva hacia la playa, siguiendo con la vista a los
espectadores y hroes del burlesco desafo. Picbame la curiosidad por
saber quin era; mas teniendo prisa, no me detuve y baj al instante.

Dos grandes grupos se formaron en la playa, y los de uno y otro bando,
excepto algunos bobalicones que vestan el traje de cruzados, estaban en
el ajo. Entre los de lord Gray, vi un figurn armado de pies a cabeza,
con peto y espaldar de latn, celada de encaje, rodela y con tantas
plumas en la cabeza que ms que guerrero pareca salvaje de Amrica.
Dbanle instrucciones los dems y l deca:

--Ya s lo que tengo que hacer. Triste cosa es dejarse matar, manque sea
de mentirijiyas... Yo le dir que me pongo en guardia, luego hablar
ingls as: Pliquis miquis..., y despus dar un berrido, ctera,
ctera...

--Haz todo lo posible por imitar mis modales y mi voz--le dijo lord
Gray.

--Descuide miloro.

Uno de los presentes acercose al otro grupo y dijo en voz alta:

--Su excelencia lord Gray, duque de Gray, est dispuesto. Vamos a partir
el sol; pero como no hay sol, se partirn las estrellas... Hagamos una
raya en la arena.

--Por mi parte, pronto estoy--dijo D. Pedro, viendo avanzar hacia el
ruedo la espantable figura del caballero armado--. Me parece que tiembla
usted, lord Gray.

Y en efecto, el supuesto lord temblaba.

--Dios venga en mi ayuda--exclam huecamente Congosto--y que este brazo,
pronto a defender la justicia y a vengar un vergonzoso ultraje, sea ms
fuerte que el del Cid... Lord Gray, reconoce usted su error y se
dispone a reparar la afrenta que ha causado?

El Sr. Poenco (pues no era otro) crey prudente contestar en ingls de
esta manera:

--Pliquis miquis... ay!, ooo!... Esperpentis Congosto... Nooo!

--Pues sea!--dijo D Pedro sacando la espada--y a quien Dios se la d...

Cruzronse los terribles aceros; daba don Pedro unos mandobles que
habran hendido en dos mitades al Sr. Poenco, si este con prudencia suma
no se retirara dando saltos hacia atrs. Los presentes aguantaban con
gran trabajo la risa, porque el desafo era una especie de baile, en el
cual vease a don Pedro saltando de aqu para all para atrapar bajo el
filo de su espada al supuesto lord Gray. Por fin, despus de repetidas
vueltas y revueltas, este exhal un rugido y cay en tierra, diciendo:

--Muerto soy.

Al punto D. Pedro viose rodeado por un lado y otro. Multitud de vergajos
cayeron sobre sus lomos, y con loco estrpito repetan los
circunstantes:

--Viva el gran D. Pedro del Congosto, el ms valiente caballero de
Espaa!

Las hachas de viento se encendieron y comenz una especie de escena
infernal. Este le empujaba de un lado, aquel del otro, queran llevarle
en vilo; pero fue preciso arrastrarle, y en tanto llovan los palos
sobre el infeliz caballero y los dos o tres cruzados que salieron en su
defensa.

--Viva el valiente, el invencible D. Pedro del Congosto, que ha matado
a lord Gray!

--Atrs canalla!--gritaba defendindose el estafermo--. Si le mat a l,
har lo mismo con vosotros, gentuza vengativa y desvergonzada.

Y apaleado, pinchado, empujado, arrastrado, fue conducido hacia la
puerta como en grotesco triunfo, hasta que condolidos de tanta crueldad,
le cargaron a cuestas, llevndole procesionalmente a la ciudad. Unos
tocaban cuernos, otros golpeaban sartenes y cacharros, otros sonaban
cencerros y esquilas, y con el ruido de tales instrumentos y el fulgor
de las hachas, aquel cuadro pareca escena de brujas o fantstica
asonada del tiempo en que haba encantadores en el mundo. Ya en lo alto
de la muralla, dejaron de mortificar al hroe, y llevado en hombros, su
paseo por delante de las barracas fue un verdadero triunfo. La espada de
D. Pedro qued abandonada en el suelo. Era segn antes he dicho, la
espada de Francisco Pizarro. A tal estado haban venido a parar las
grandezas heroicas de Espaa.

Lord Gray y yo con otros dos, nos habamos quedado en la playa.

--Una segunda broma?--pregunt Figueroa, que era uno de los padrinos,
sobre el terreno nombrados.

--Acabemos de una vez--dijo lord Gray con impaciencia--. Tengo que
arreglar mi viaje.

--Dense explicaciones--dijo el otro--y se evitar un lance desagradable.

--Araceli es quien tiene que darlas, no yo--afirm el ingls.

--A lord Gray corresponde hablar, sincerndose de su vil conducta.

--En guardia--exclam l con frenes--. Me despido de Cdiz matando a un
amigo.

--En guardia--exclam yo sacando la espada.

Los preliminares duraron poco y los dos aceros culebrearon con luz de
plata en la oscuridad de la noche.

De pronto uno de los padrinos dijo:

--Alto, alguien nos ve... Por all avanza una persona.

--Un bulto negro... Maldito sea el curioso.

--Si ser Villavicencio, que ha tenido noticia de la broma y creyendo
venir a impedirla, sorprende las veras...

--Parece una mujer.

--Ms bien parece un hombre. Se detiene all... nos observa.

--Adelante--dijo lord Gray--. Que venga el mundo entero a observarnos.

--Adelante.

Volvieron a cruzarse los aceros. Yo me senta fuerte en la segunda
embestida; lord Gray era habilsimo tirador; pero estaba agitado,
mientras que yo conservaba bastante serenidad. De pronto mi mano avanz
con rpido empuje; sintiose el chirrido de un acero al resbalar contra
el otro, y lord Gray articulando una exclamacin, cay en tierra.

--Muero--dijo, llevndose la mano al pecho--. Araceli... buen
discpulo... honra a su maestro.




XXXV


Arrojando la espada, mi primer impulso fue correr hacia el herido y
auxiliarle; pero Figueroa lleno de turbacin, me dijo:

--Esto es hecho... Araceli, huye... no pierdas tiempo. El gobernador...
la embajada... Wellesley.

Comprendiendo lo arriesgado de mi situacin, corr hacia la muralla.
Turbado y hondamente impresionado y conmovido andaba hacia la puerta,
cuando me detuvo una persona que avanzaba resueltamente hacia el lugar
de la catstrofe.

--El gobernador Villavicencio!--dije en el primer momento antes de
distinguir con claridad el bulto de aquel extrao espectador del duelo.

Mas reconociendo a la persona al acercarme a ella, exclam con asombro:

--Seora doa Mara... Usted aqu a esta hora!

--Ha cado--dijo mirando con viva atencin hacia donde estaba lord
Gray--. Acert la marquesa al asegurar que no era D. Pedro hombre a
propsito para llevar adelante esta grande empresa. Usted...

--Seora--dije bruscamente--no alabe usted mi hazaa... Quiero
olvidarla, quiera olvidar que esta mano...

--Ha castigado usted la infamia de un malvado, y el alto principio del
honor ha quedado triunfante.

--Lo dudo mucho, seora. El orgullo de mi hazaa es una llama que me
quema el corazn.

--Quiero verlo--dijo bruscamente la seora.

--A quin?

--A lord Gray.

--Yo no--exclam con espanto, deseando alejarme de all.

Doa Mara se acerc al cuerpo y lo examin.

--Una venda--dijo uno.

Doa Mara arroj un pauelo sobre el cuerpo, y quitndose luego un chal
negro que bajo el manto traa, hzolo jirones y lo tir sobre la arena.

Lord Gray abriendo los ojos, con voz dbil habl as:

--Doa Mara! Por qu tomaste la figura de este amigo?... Si tu hija
entra en el convento, la sacar.

La condesa de Rumblar se alej con presteza de all.

Movido de un sentimiento compasivo, acerqueme a lord Gray. Aquella
hermosa figura, arrojada en tierra, aquel semblante descolorido y
cadavrico me inspiraba profundo dolor. El herido se incorpor al verme,
y alzando su mano me dijo algunas palabras que resonaron en mi cerebro
con eco que no pude nunca olvidar; extraas palabras!

Aparteme rpidamente de all y entraba por la puerta de la Caleta,
cuando la de Rumblar, andando a buen paso tras de m, me detuvo.

--Llveme usted a mi casa. Si es preciso ocultarle a usted, yo me
encargo. Villavicencio quiere prenderle a usted; pero no permito que tan
buen caballero caiga en manos de la justicia.

Ofrecile el brazo y anduvimos despacio. Yo no deca nada.

--Caballero--prosigui--. Oh, cunto me complazco en dar a usted este
nombre! La hermosa palabra rarsima vez tiene aplicacin en esta
corrompida sociedad.

No le contest. Seguimos andando, y por dos o tres veces me prodig los
mismos elogios. Yo principiaba a cobrar aborrecimiento a mi estupenda
caballerosidad. La sangre de lord Gray corra en surtidor espantoso
delante de mis ojos.

--Desde hoy, valeroso joven, ha adquirido usted el ltimo grado en mi
estimacin, y le dar una prueba de ello.

Tampoco dije nada.

--Cuando mi hija se present en casa en el lastimoso estado en que usted
pudo verla, invoqu a Dios, pidindole el castigo de ese verdugo de
nuestra honra. Me indignaba ver que de tantos hombres como en casa se
reunieron, ni uno solo comprendi los deberes que el honor impone a un
caballero... Cuando vi al buen Congosto dispuesto a vengar mi ultraje,
cre firmemente que Dios le haba hecho ejecutor de su justicia. Dicen
que D. Pedro es ridculo; pero ay!, como la hidalgua, la nobleza y la
elevacin de sentimientos son una excepcin en esta sociedad, las gentes
llaman ridculo al que discrepa de su nauseabunda vulgaridad... Yo, no
s por qu confiaba en el xito del valor de Congosto... Anhelaba ser
hombre, y me consuma en mi profundo dolor. Yo crea que la armona del
mundo no poda existir mientras lord Gray viviera, y una curiosidad
intensa devoraba mi alma... No poda dormir, el velar me haca dao...
no se apartaba de mi pensamiento la escena que despus he presenciado
aqu, y cada minuto que pasaba sin saber el resultado de una contienda
que yo cre seria, me pareca un siglo...

--Seora doa Mara--dije procurando echar fuera el gran peso que tena
sobre mi alma--el varonil espritu de usted me asombra. Pero si vuelve
usted a nacer y vuelve a tener hijas...

--Ya s lo que me quiere usted decir, s... que las tenga ms sujetas,
que no les permita ni siquiera mirar a un hombre. He sido demasiado
tolerante... Pero apartmonos de aqu... el ruido de esa canalla me hace
dao.

--Son los patriotas que celebran la victoria de Albuera y la
Constitucin que se ha ledo hoy a las Cortes.

Detvose un instante ante las barracas y al andar de nuevo, habl as
lgubremente:

--Yo he muerto, he muerto ya. El mundo acab para m. Le dejo entregado
a los charlatanes. Al dirigirle la ltima mirada, mi espritu se recoge
en s mismo, se alimenta de s mismo, y no necesita ms... Siento haber
nacido en esta infame poca. Yo no soy de esta poca, no... Desde esta
noche mi casa se cerrar como un sepulcro... Valeroso joven, al
despedirme de usted para siempre, quiero darle una prueba de mi
gratitud.

Tampoco dije nada... Lord Gray continuaba delante de m.

--Usted--prosigui--se presenta desde este instante a mis ojos rodeado
de una aureola. Usted ha respondido a mis ideas como responde el brazo
al pensamiento.

--Maldita aureola--exclam para m--maldito brazo y maldito pensamiento.

--Le premiar a usted del modo siguiente. Ya s que usted ama a la
estudianta... me lo ha dicho la de Leiva.

--Quin es la estudianta, seora?

--La estudianta es Ins, hija como usted sabe... dejmonos de
misterios... hija de la buena pieza de mi parienta la condesa y de un
estudiantillo llamado D. Luis. He querido sacar algn partido de esa
infeliz; pero no es posible. Su liviana condicin la hace incapaz de
toda enmienda. Vale bien poco. Es cierto que la sac usted de casa?

--S, seora. La saqu para llevarla al lado de su madre. Me vanaglorio
de esta accin ms que de la que usted acaba de presenciar.

--Y la ama usted?

--S, seora.

--Es una lstima. La estudianta es indigna de usted. Yo se la regalo.
Puede usted divertirse con ella... Ser como su madre... le han dado una
educacin lamentable, y criada entre gente humildsima, tuvo tiempo de
aprender toda clase de malicias.

O tales palabras con indignacin, pero call.

--Me asombro de mi necedad. Oh! Mi hijo no puede casarse con tal
chiquilla... La condesa la reclama, la llama su hija, desbarata la
admirable trama de la familia para asegurar el porvenir de la hija y
poner un velo al deshonor de la madre. La condesa la reclama... Qu
nombre llevar? Desde este momento Ins es una desgraciada criatura
esprea, a quien ningn caballero podr ofrecer dignamente su mano.

Continu en silencio. Mi entendimiento estaba como paralizado y
entumecido por el estupor.

--S--prosigui--. Todo ha concluido. Pleitear... porque el mayorazgo
me corresponde. La casa de Leiva no tiene sucesin... Supongo que usted
no ser capaz de dar su nombre a una... Llvesela usted, llvesela
pronto. No quiero tener en casa esa deshonra... Una muchacha sin
nombre... una infeliz esprea. Qu horrible espectculo para mi
pobrecita Presentacin, para mi nica hija!...

Doa Mara exhal un suspiro en que pareca haberse desprendido de la
mitad de su alma, y no dijo ms por el camino. Yo tampoco habl una
palabra.

Llegamos a la casa, donde con impaciencia y zozobra esperaba a su ama D.
Paco. Subimos en silencio, aguard un instante en la sala, y doa Mara
despus de pequea ausencia apareci trayendo a Ins de la mano, y me
dijo:

--Ah la tiene usted... Puede usted llevrsela, huir de Cdiz...
divertirse, s, divertirse con ella. Le aseguro a usted que vale poco...
Despus de la declaracin de su madre, yo aseguro que ni la marquesa de
Leiva ni yo haremos nada por recobrarla.

--Vamos, Ins--exclam--huyamos de aqu, huyamos para siempre de esta
casa y de Cdiz.

--Van ustedes a Malta?--me pregunt doa Mara con una sonrisa, de cuya
expresin espantosa no puedo dar idea con las palabras de nuestra
lengua.

--No me deja usted--dijo Ins llorando--entrar en el cuarto donde est
encerrada Asuncin, para despedirme de ella?

Doa Mara por nica contestacin nos seal la puerta. Salimos y
bajamos. Cuando la condesa de Rumblar se apart de nuestra vista; cuando
la claridad de la lmpara que ella misma sostena en alto, dej de
iluminar su rostro, me pareci que aquella figura se haba borrado de un
lienzo, que haba desaparecido, como desaparece la vieta pintada en la
hoja, al cerrarse bruscamente el libro que la contiene.

--Huyamos, querida ma, huyamos de esta maldita casa y de Cdiz y de la
Caleta--dije estrechando con mi brazo la mano de Ins.

--Y lord Gray?--me pregunt.

--Calla... no me preguntes nada--exclam con zozobra--. Aprtate de m.
Mis manos estn manchadas de sangre.

--Ya entiendo--dijo ella con viva emocin--. La infame conducta de ese
hombre ha sido castigada... Ha muerto lord Gray.

--No me preguntes nada--repet avivando el paso--. Lord Gray... Yo tuve
ms suerte que l en el duelo. Maana dirn que el honor... pues... me
pondrn por las nubes... Infeliz de m!... El desgraciado cay baado
en sangre; acerqueme a l y me dijo: Crees que he muerto? Ilusin!...
yo no muero... yo no puedo morir... yo soy inmortal....

--De modo que no ha muerto?

--Huyamos... no te detengas... yo estoy loco. Esa figura que ha pasado
delante de nosotros no es la de lord Gray?

Ins estrechndose ms contra m, aadi:

--Huyamos, s... quizs te persigan... Mi madre y yo te esconderemos y
huiremos contigo.

FIN

Septiembre-Octubre, 1874.





End of the Project Gutenberg EBook of Cdiz, by Benito Prez Galds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CDIZ ***

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