The Project Gutenberg EBook of Amaury, by Alexandre Dumas

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: Amaury

Author: Alexandre Dumas

Translator: Florencio S. de Yarza

Release Date: April 4, 2008 [EBook #24988]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AMAURY ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net









AMAURY

POR

Alejandro Dumas

Traduccin por Florencio S. de Yarza

La Nacin

Buenos Aires

1911




Existe en Francia una cosa tan peculiar, tan genuina del carcter
nacional, que con dificultad se encuentra en otro pas cualquiera: la
conversacin, en cuya especialidad no hay nadie que pueda competir con
los franceses.

En el resto del globo se discute, se argumenta, se perora; slo en
Francia se conversa por costumbre.

No pocas veces, estando yo en Italia, en Alemania o en Inglaterra, me ha
ocurrido anunciar de pronto que al da siguiente me volva a Pars. Si
alguno, admirado de tan sbita resolucin, me preguntaba:

--A qu vas a Pars?

Yo le responda sencillamente:

--A conversar.

Y no era flojo su asombro al saber que yo, ahito de conversacin,
pensaba en hacer un viaje de centenares de leguas slo por darme el
gusto de conversar.

Nadie poda explicarse un capricho semejante; slo me comprendan los
franceses. Estos solan exclamar:

--Qu dicha! qu placer!

Y suceda a veces que alguno de ellos se vena conmigo.

A decir verdad no hay nada ms grato que esas minsculas tertulias que
en un saln elegante improvisan unas cuantas personas charlando a su
sabor, dando vueltas a una idea mientras dura el hechizo que produjo,
para abandonarla despus de sacar de ella todo el partido posible,
cediendo al atractivo de otra nueva que a su vez surge en medio de las
bromas de unos, de los discreteos de otros y de las agudezas de todos,
lo cual no obsta para que sbitamente, al llegar al punto culminante de
su desenvolvimiento, se desvanezca como pompa de jabn tocada por la
duea de la casa, que mientras sirve el te lleva de grupo en grupo el
hilo de la charla general, recopilando opiniones, pidiendo pareceres,
planteando problemas y obligando casi siempre a cada corrillo a verter
su correspondiente frase en ese tonel de las Danaides que se llama la
conversacin.

Por el estilo del saln que describo hay en Pars cinco o seis en los
cuales no se baila, ni se carta, ni se juega, y sin embargo no se sale
de ellos nunca antes del amanecer.

Cuntase entre estos salones el de un buen amigo mo, el conde M... Digo
amigo mo y en realidad no hara mal en decir amigo de mi padre, pues es
el caso que el conde de M... quien por nada de este mundo es capaz de
confesar _motu proprio_ su edad (ni, por otra parte, tampoco hay quien
le pregunte sobre ella), no dejar de tener sus sesenta y tantos aos
bien cabales, aunque no represente ms all de los cincuenta, gracias al
extremado esmero con que cuida su persona. Es uno de los ltimos y ms
genuinos representantes del tan calumniado siglo XVIII, lo cual debe sin
duda explicar la escasez de sus creencias, circunstancias que (dicho sea
en su honor), no le ha hecho caer, como a la mayora de los incrdulos,
en el afn de empearse en que los dems dejen de creer tambin.

Puede decirse que hay en l dos principios, uno hijo del corazn y otro
del entendimiento, que mutuamente se repelen. Es egosta por sistema y
generoso por naturaleza. Nacido en tiempo de nobles y filsofos, el
instinto aristocrtico viene a equilibrar en su espritu la
independencia del pensador. Conoci a los hombres ms conspicuos del
pasado siglo. Fue bautizado por Rousseau con el ttulo de ciudadano;
Voltaire le augur que sera poeta; Franklin le recomend simplemente
que fuese un hombre honrado y bueno.

Juzga el ao terrible, el cruento 93, como juzgaba San Germn las
proscripciones de Sila y las matanzas de Nern. Con escptica mirada ha
presenciado el desfile de los asesinos, de los septembristas, y de los
guillotinadores, primero en carro y luego en carreta. Ha conocido a
Florin y a Andrs Chnier, a Demoustier y a Madama de Stael, a Bertin y
a Chateaubriand; ha rendido homenaje a madama Tallin, a madama
Rcamier, a la princesa Borghse, a Josefina, y a la duquesa de Berry.
Ha asistido al encumbramiento de Bonaparte y a la cada de Napolen. El
padre Maury y Talleyrand le llaman discpulo: es un diccionario de
fechas, un catlogo de acontecimientos, un archivo de ancdotas, una
mina de agudezas.

Nunca ha querido escribir por temor de perder su preeminencia, pero en
cambio presume de _narrador_.

He ah por qu su saln, como he dicho ms arriba, es uno de los cinco o
seis salones de Pars en los que, sin haber juego, msica, ni baile, se
pasan de un modo grato las horas hasta bien entrada ya la madrugada.
Cierto es que en las esquelas de invitacin escribe de su puo y letra:
_Se conversar_, como otros estampan: _Se bailar_. Frmula es sta que
suele alejar a banqueros y agiotistas; pero que atrae a los hombres de
ingenio, siempre gustosos de hablar; a los artistas, dispuestos a
escuchar, y a los misntropos de todo gnero, que nunca complacieron a
la duea de la casa bailando un solo, con el ftil pretexto de que la
contradanza recibe ese nombre por ser lo contrario de lo que se llama
danza.

Es innegable, adems, que posee un admirable talento para cortar con una
sola palabra, ya el desarrollo de cualquiera teora que est en pugna
con el modo de pensar del auditorio, ya toda discusin que tienda a
hacerse pesada.

Cierto da, un joven melenudo y de barbuda faz haca en su presencia
desmedidos elogios de Robespierre, declarndose acendrado partidario de
su sistema, lamentando su prematuro fin y augurando su rehabilitacin
como un acto de justicia.

--Ese grande hombre no ha sido bien comprendido--dijo al terminar su
perorata.

--Pero s guillotinado, afortunadamente--replic el conde de M...

Esta frase dio fin a la conversacin por aquel da.

Hace un mes prximamente asist yo a una de estas reuniones. A ltima
hora se haba hablado ya de tantas cosas que, agotados los temas, vnose
a tratar de amor. A la sazn, la conversacin se haba hecho general y
entre los grupos cruzbanse algunas palabras sueltas.

--Quin habla por ah de amor?--pregunt el conde de M...

--El doctor P...--contest una voz.

--Ah! Es curioso! Y qu dice el doctor?

--Que el amor es una congestin cerebral de carcter benigno que se
puede curar poniendo al enfermo a dieta, aplicndole sanguijuelas y
usando de sangras moderadas.

--As opina usted, doctor?

--Claro que s; por ms que concepto preferible la posesin. Ese s que
es el remedio ms eficaz.

--Est bien; pero supongamos que sta no se consigue y que en tal trance
no acudimos a usted, que ha hallado la panacea universal, sino a alguno
de sus colegas, menos prcticos que usted en la teraputica, y que le
espetamos esta pregunta concreta: Podemos morirnos de amor?

--Eso no se pregunta a los mdicos, sino a los enfermos--repuso el
doctor.--Respondan ustedes, seoras, y ustedes tambin, caballeros.

Arduo por dems era el problema y, como no poda menos de esperarse,
dividironse las opiniones. Los jvenes, que crean tener sobrado tiempo
para morir de desesperacin, respondieron que s; los viejos, cuya vida
penda ya de un ataque de gota o de un simple catarro, contestaron que
no; las mujeres se limitaron a hacer un gesto de duda. Eran demasiado
altivas para negar y sobrado sinceras para afirmar.

A todo esto empebanse todos en explicar sus votos respectivos; as,
que no haba manera de entenderse.

--Ea!--dijo el conde de M...--Yo voy a dilucidar la cuestin.

--Usted?

--S, seores, yo mismo.

--Cmo?

--Explicndoles a ustedes el amor que mata y el amor que no trunca la
existencia.

--As, pues, hay varios amores?--pregunt una mujer que era tal vez, de
todas las presentes, la que menos debiera haber hecho tal pregunta.

--S, seora--respondi el conde.--Crea usted que costara trabajo
enumerarlos. Pero vamos al asunto. An no son las doce; de modo que
disponemos de unas horas. Est cayendo una copiosa nevada; aqu nos
calentamos ante un fuego magnfico, y ustedes forman un auditorio muy de
mi gusto; conque, preprense a orme. Augusto! Ordene usted que cierren
bien las puertas y trigame aquel manuscrito que usted sabe.

Obedeci el interpelado, que era el secretario del conde, joven amable y
distinguido, del cual se susurraba que poda ser acreedor a un ttulo
ms ntimo; y, a la verdad, el paternal cario que el conde le mostraba
pareca justificar esta creencia.

La palabra _manuscrito_ origin un movimiento de impaciente curiosidad y
todo el mundo se dispuso a escuchar con religiosa atencin.

--Perdonen ustedes--dijo el conde.--No hay novela sin prlogo, y yo debo
concluir el mo. Adelantndome a toda sospecha he de advertir en primer
trmino que nunca invent yo nada. Explicar cmo ha venido a mis manos
ese manuscrito. Hace ao y medio fui nombrado albacea de un amigo mo, y
al registrar y clasificar sus papeles me top con unas Memorias. El,
como mdico que era, escribi en ellas una especie de autopsia... (No
hay que asustarse, seoras; me refiero a una autopsia moral, a una de
esas autopsias del corazn que a ustedes les gustan tanto.) Con esas
Memorias encontr otro diario de distinta letra, unido a sus recuerdos
del mismo modo que la biografa de Kressler anda confundida con las
meditaciones del gato Muur. Yo conoca aquella letra: era la de un joven
a quien haba visto muchas veces en casa de mi amigo, por ser ste tutor
del tal mancebo. Los dos manuscritos, que sueltos resultaban
incomprensibles, completbanse mutuamente constituyendo una historia que
me pareci muy... cmo dir?... muy humana. Interesome mucho, a causa
tal vez del escepticismo que me atribuyen... Felices aqullos a quienes
se crea una reputacin, sea cual fuere!... Deca, pues, que a causa del
escepticismo que se me atribuye, casi nunca encuentro cosas que me
interesen, y viendo que ese relato me haba subyugado el corazn en
absoluto... (perdone usted, doctor; yo bien s que propiamente hablando,
esa vscera nada tiene que ver en tales asuntos; pero por fuerza hay que
valerse del lenguaje corriente para hacerse entender). Juzgu pues, que
una historia que de tal modo me haba cautivado tena que embelesar
tambin a mis contemporneos. Y adems, a qu ocultarlo? no era la
vanidad del todo ajena a mi propsito: ambicionaba el ttulo de escritor
aunque para alcanzarlo hubiese de perder mi fama de hombre de ingenio,
como le sucedi a M... aquel consejero de Estado a quien todos ustedes
conocen. Me puse a la tarea de ordenar ambos diarios y enumerar sus
hojas colocndolas de modo que la narracin fuese inteligible; borr
despus los nombres propios, que sustitu por otros muy diferentes, y
puse todo el relato en tercera persona, acabando por encontrarme con dos
tomos bastante voluminosos...

--Que usted no hizo imprimir porque an viven los personajes de esa
historia. No es as?

--Ni por pienso. De los dos personajes principales, el uno muri ya hace
ao y medio, y el otro sali de Pars hace dos semanas; y yo les creo a
ustedes sobrado atareados y olvidadizos para conocer a un muerto y a un
ausente, por mucha semejanza que exista en los retratos. Dista mucho de
ser se el motivo que me ha impulsado a ocultar los nombres de ellos.

--Pues cul es?

--Chitn! No se lo digan ustedes a Lamennais, ni a Branger, ni a
Alfredo de Vigny, ni a Souli, ni a Balzac, ni a Deschamps, ni a
Sainte-Beuve, ni a Dumas. Me han dicho que cuente con uno de los
primeros sillones que queden vacantes en la Academia a condicin de que
siga sin escribir absolutamente nada. As que est nombrado, recobrar
mi libertad de accin y har de mi capa un sayo. Augusto--prosigui el
conde, dirigindose al joven, que acababa de entrar con el
manuscrito,--sintese usted y lea: le escuchamos.

Obedeci Augusto, tomando asiento en el acto, y cuando todos nos hubimos
acomodado bien para ser, como suele decirse, todo odos y no perder
detalle del relato, el joven comenz as su lectura:




I


Al dar las diez de la maana de uno de los primeros das de mayo del ao
1838, se abri la puerta cochera de un pequeo palacio de la calle de
los Maturinos para dar paso a un joven montado en magnfico corcel de
pura raza inglesa. Tras l y a la debida distancia sali un criado
vestido de negro y montado tambin en un caballo de pura sangre, pero
visiblemente inferior al primero.

No haba ms que ver a aquel jinete para clasificarlo entre los que,
sirvindonos de una palabra de la poca, llamaremos lechuguinos. Era un
joven que aparentaba tener unos veinticuatro aos, y vesta con
estudiada sencillez, que revelaba en l esos hbitos aristocrticos que
se adquieren desde la cuna y que no puede crear la educacin en aquellos
que no los posean ya de un modo natural.

Forzoso es reconocer que su fisonoma estaba en perfecta consonancia con
su apostura y su traje, y que no era fcil el imaginar facciones ms
elegantes que las de su rostro orlado de negros cabellos y negras
patillas que le servan de marco y al que prestaba un carcter altamente
distinguido la mate y juvenil palidez que lo cubra. Cierto es que dicho
joven, ltimo representante de una de las ms linajudas familias de la
monarqua, llevaba uno de esos antiguos apellidos que van de da en da
extinguindose, hasta el punto de que muy pronto no figurarn ya sino en
la historia. Se llamaba Amaury de Leoville.

Si del examen externo, esto es, del aspecto fsico, pasramos al del
ente moral, veramos en su sereno semblante reflejado fielmente su
espritu. La sonrisa que de vez en cuando erraba por sus labios como si
a ellos quisieran asomarse las impresiones de su alma, era la sonrisa
del hombre feliz.

Vayamos en pos de ese hombre privilegiado que recibi de la suerte, con
el don de una ilustre prosapia, los de la fortuna, la distincin, la
belleza y la dicha, porque es el protagonista de nuestra historia.

Sali de su casa al trote corto, y a este paso lleg al bulevar: dej
atrs la Magdalena, y tomando por el arrabal de San Honorato entr en la
calle de Angulema.

All acort el paso mientras fijaba con persistencia su mirada, que
hasta entonces haba vagado al azar, en un punto de la calle.

Lo que tanto atraa su atencin era un lindo palacio situado entre un
florido patio y uno de los extensos jardines, ya muy raros en Pars, que
los ve desaparecer poco a poco para ceder el puesto a esos gigantes de
piedra sin aire, sin espacio y sin verdor, llamados casas, con notoria
impropiedad. Frente al edificio se detuvo el caballo, como obedeciendo a
la costumbre; pero el joven, tras de lanzar una intensa mirada a las
ventanas, que aparecan cerradas o imposibilitaban toda investigacin
indiscreta, sigui su camino, volviendo de vez en cuando la cabeza y
consultando con frecuencia el reloj como queriendo asegurarse de que no
era an la hora en que deban serle abiertas las puertas de aquella
hermosa mansin.

No le quedaba otro recurso que el de matar el tiempo de algn modo.
Desmont, pues, en casa de Lepage y se entretuvo en romper algunos
muecos, cuya suerte corrieron despus varios huevos, sirvindole por
ltimo, de blanco, hasta las moscas.

Como los ejercicios de destreza aguijonean el amor propio, el joven, aun
sin otros espectadores que los criados, estuvo cerca de una hora
consagrado a este deporte. Despus volvi a montar a caballo, dirigiose
al trote hacia el Bosque de Bolonia, y habindose tropezado con un amigo
en la alameda de Madrid le habl de las ltimas carreras y de las
prximas a celebrarse en Chantilly, y as conversando transcurri otra
media hora.

Encontrronse en la puerta de San Jaime con un tercer paseante, el cual,
recin llegado del Oriente, les relat de un modo tan interesante la
vida que haba llevado en el Cairo y en Constantinopla, que en tan amena
conversacin pas una hora o quiz ms. Entonces nuestro hroe ya
manifest impaciencia, y despidindose de sus amigos, se dirigi al
galope a la esquina de la calle de Angulema que da a los Campos Elseos.

Detvose en aquel sitio, consult el reloj, y viendo que sealaba la
una, se ape, dej el caballo a cargo del criado, adelantose hacia la
casa ante cuya fachada se haba detenido tres horas, y llam a la
puerta.

Si Amaury hubiese abrigado algn temor, no habra dejado de parecerle
bien extrao a quien hubiere observado la sonrisa con que le reciban
todos los criados, desde el conserje que acudi a abrirle la verja hasta
el ayuda de cmara que al pasar encontr en el vestbulo, sonrisa
reveladora de que lo consideraban como miembro de la familia que
habitaba en el palacio.

Por eso al preguntar el joven si el seor de Avrigny estaba visible, le
contest el criado, como quien habla a una persona con la cual no rezan
ciertas trabas impuestas por conveniencias sociales:

--No lo est, seor conde, pero en el saloncito encontrar usted a las
seoras.

Y como se dispusiese a adelantarse para anunciarle, el joven le indic
que era cosa innecesaria. Amaury, a fuer de buen conocedor del terreno,
lleg en seguida a la puerta del saloncito en cuestin, que precisamente
estaba entreabierta, y antes de entrar permaneci un instante en el
umbral como fascinado por el cuadro que se ofreca ante su vista.

Dos lindas jvenes, que contaran de unos diez y ocho a veinte aos,
bordaban en un mismo bastidor, casi enfrente la una de la otra mientras
que una inglesa, situada junto a la ventana, las contemplaba con
curiosidad cariosa, olvidndose de reanudar la lectura del libro que
tena en la mano a la sazn.

Justo es reconocer que nunca el arte pictrico reprodujo un grupo ms
seductor que el que formaban, casi juntas, las cabezas de aquellas dos
criaturas, tan diametralmente opuestas en sus rasgos fsicos y en su
carcter, que no pareca sino que el propio Rafael las haba unido para
hacer un estudio de dos tipos graciosos en igual medida, aunque
ofreciendo con su unin el contraste ms vivo.

Era la una, en efecto, rubia y plida con largos bucles a la inglesa,
ojos de cielo y cuello de cisne; un tipo, en fin, que traa a la memoria
a aquellas delicadas y vaporosas vrgenes osinicas prestas a deslizarse
sobre las nieblas que coronan las cimas de las ridas montaas escocesas
o a esfumarse entre las brumas que invaden las llanuras britnicas; una
de esas visiones que tienen a un tiempo naturaleza de mujer y de hada,
slo vislumbradas por el genio de Shakspeare, que logr transportarlas
del mundo de la fantasa al de la realidad; portentosas creaciones que
nadie haba alcanzado adivinar antes que l, que nadie ha repetido
despus, y a las que l puso los dulces nombres de Cordelia, Ofelia o
Miranda.

Tena la otra, en cambio, negros cabellos cuya doble trenza serva de
orla al ovalado rostro; con sus ojos brillantes, sus labios purpurinos y
sus vivos y resueltos ademanes, semejaba una de aquellas doncellas
doradas por el sol del Medioda, a las cuales reuna Bocaccio en la
villa Palmieri para leerles los alegres cuentos de su _Decamern_.
Rebosaba su cuerpo vida y salud; chispebale en la mirada el donaire
cuando ste no brotaba de sus labios; su tristeza, si alguna vez la
senta, nunca llegaba a velarle por completo la expresin risuea que
animaba habitualmente su rostro, y aun al travs de su melancola
dejbase adivinar su sonrisa como se presiente el sol tras una nube de
esto.

As eran las dos jvenes que, inclinadas sobre el mismo bastidor, hacan
surgir sobre el lienzo un ramo de flores en el cual, fieles a su
temperamento, pona la una lirios y jacintos de suave blancura, mientras
la otra lo adornaba con claveles y tulipanes que le prestaban animacin
con sus encendidos tonos.

Pasados unos instantes de muda contemplacin, empuj Amaury la puerta, y
penetr en la sala.

Al or el ruido las dos jvenes volvieron la cabeza, lanzando un grito
como gacelas sorprendidas por el cazador, al tiempo que anim un
fugitivo rubor las mejillas de la rubia y una suave palidez blanque
ligeramente el rostro de la morena.

--Ya veo que he hecho mal en no dejar que me anunciasen--dijo el joven,
adelantndose hacia la rubia, sin cuidarse de su amiga--pues te he
asustado, Magdalena. Perdona mi ligereza: siempre me concepto hijo
adoptivo del seor de Avrigny y procedo en esta casa como si todava
fuese uno de sus comensales.

--Haces muy bien, Amaury--respondi Magdalena.--Adems, creo que aunque
quisieras obrar de otro modo no sabras, pues no se pierden as en pocas
semanas las costumbres adquiridas en el transcurso de diez y ocho aos.
Pero, no le dices nada a Antoita?...

Amaury se apresur a estrechar la mano a la morena, dicindole
sonriente:

--Perdneme usted, querida Antoita; ante todo tena que presentar mis
disculpas a la que haba asustado mi torpeza: he odo el grito de
Magdalena e instintivamente he corrido hacia ella.

Y volvindose hacia el aya, aadi:

--Seora Braun, tengo el honor de saludarla.

Con cierta expresin de tristeza sonri Antoita al estrechar la mano
del joven, pensando que tambin ella haba gritado, sin que su voz
llegase a los odos de Amaury.

La institutriz no haba visto nada, o mejor dicho, lo haba visto todo,
pero habase detenido su mirada en la superficie de las cosas sin querer
profundizar.

--No se excuse, conde--dijo;--antes bien, convendra que con frecuencia
se hiciese lo que usted hizo, para curar a esa criatura de su
impresionabilidad nerviosa. Debe eso consistir en su cavilosa
imaginacin. Creo yo que se ha construido para s un mundo aparte en el
cual busca refugio tan pronto como dejan de sujetarla al mundo material.
No s qu es lo que pasa en ese mundo; pero si esto contina acabar de
seguro por abandonar los dos, y entonces su existencia ser el sueo y
en sueo se convertir su vida.

Magdalena clav en el rostro del joven una amorosa mirada que pareca
decirle:

--De sobras sabes t en quin pienso cuando estoy tan abstrada:
verdad, Amaury?

Antonia, que sorprendi esta mirada se levant, pareci quedar perpleja
un instante y despus, abandonando definitivamente su interrumpida
labor, sentose al piano y se puso a ejecutar de memoria una fantasa de
Thalberg.

Magdalena continu bordando y Amaury ocup un asiento a su lado.




II


El joven dijo a su amada en voz baja:

--Es un horrible tormento, Magdalena, el no poder vernos con libertad y
a solas muy de tarde en tarde! Crees que es casualidad o que tu padre
lo ha dispuesto de este modo?

--No s qu pensar, Amaury--respondi Magdalena.--Slo puedo decirte que
lo siento como t. Cuando podamos vernos a todas horas no sabamos
apreciar en su justo valor nuestra dicha. No en vano dicen que la sombra
es lo que hace que el sol sea deseable.

--Hay inconveniente en que hagas comprender a Antoita que nos
prestara un sealado servicio alejando de aqu por un rato a la seora
Braun? Me parece que se queda aqu ms por costumbre que por prudencia,
y no creo que tu padre le haya dado el encargo de vigilarnos.

--Ya se me ha ocurrido muchas veces, y es el caso que no s a qu
atribuir el sentimiento que me veda el hacer eso. Siempre que abro la
boca para hablar de ti a mi prima siento que se ahoga la voz en mi
garganta. Y sin embargo, no ignora ella que te quiero.

--Tambin yo lo s, Magdalena; pero necesito que me lo digas t misma en
alta voz. Para m no hay dicha comparable a la que disfruto al verte, y
as y todo preferira privarme de ella a tener que contemplarte ante
personas extraas, fras e indiferentes que obligan al disimulo. No
acierto a expresarte lo que en este momento me mortifica semejante
tirana.

Magdalena se levant y dijo sonriente:

--Amaury, quieres ayudarme a buscar en el jardn algunas flores? Estoy
pintando un ramo y el que hice ayer se ha marchitado ya.

Antonia dej el piano al or esto y cruzando con ella una mirada de
inteligencia repuso:

--Magdalena, no debes salir al aire libre y exponer tu salud con el
tiempo fro y nebuloso que est haciendo. Ya ir yo. Vers qu ramo tan
precioso voy a traerte! Seora Braun, hgame el favor de traerme al
jardn el ramo que ver usted en un jarro del Japn sobre una mesita del
cuarto de Magdalena, porque hay que hacerlo enteramente igual a se.

Diciendo esto baj al jardn por la escalinata, mientras que el aya, que
no tena que cumplir orden alguna respecto a Amaury y a Magdalena y que
conoca los vnculos de afecto que les unan desde la niez, iba en
busca del ramo.

Siguila Amaury con los ojos, y as que la perdi de vista tom con
dulzura la mano de Magdalena, exclamando con acento apasionado:

--Ya nos han dejado solos, siquiera sea por un instante!
Aprovechmoslo, Magdalena: mrame, dime que me amas, pues a ser sincero,
desde que he visto a tu padre tan transformado, voy dudando ya de todo.
De m, bien sabes que te amo, que te amo con todo mi ser.

--S, Amaury, lo s!--dijo la joven, exhalando un gozoso suspiro de
esos que parecen aliviar un corazn oprimido.--Al verme as tan endeble,
me parece que nicamente tu amor me da la vida. Qu singular es lo que
me pasa, Amaury! Vindote a mi lado, respiro mejor y me siento ms
fuerte. Antes de tu llegada y despus de tu partida noto que me falta el
aire, y tus ausencias son demasiado prolongadas desde que no vives en
nuestra compaa. Cundo voy a tener el derecho de no separarme de ti,
que eres mi alma y mi existencia?

--Oyeme, Magdalena: ocurra lo que quiera, esta misma noche pienso
escribir a tu padre.

--Y qu ha de ocurrir, sino que al fin se realizarn los sueos de toda
nuestra vida? Desde que cumplimos t veinte aos y yo diez y ocho, no
venimos considerndonos destinados el uno al otro? Escribe a mi padre
sin temor, que no habr de resistir a nuestros ruegos.

--Bien quisiera yo participar de tu confianza, Magdalena... Pero por
desdicha veo de algn tiempo a esta parte a tu padre muy cambiado para
m. Al cabo de haberme tratado durante quince aos como si fuera su
propio hijo, viene a mirarme ahora como si fuera un extrao. Despus de
haber vivido a tu lado como un hermano, hoy mi entrada te asusta y
lanzas un grito al verme...

--Me arranc el gozo ese grito, Amaury; jams me sorprende tu presencia,
puesto que siempre la aguardo; pero estoy tan dbil y soy tan nerviosa,
que todas las impresiones me causan un efecto extraordinario. Pero no te
preocupes por eso; acostmbrate a tratarme como a aquella pobre
sensitiva que das pasados atormentbamos por puro entretenimiento,
olvidndonos de que tiene vida como nosotros y de que tal vez le
hacamos mucho dao. Ten en cuenta que yo soy lo mismo que ella. Tu
presencia me da el bienestar que senta en mi niez al sentarme en el
regazo de mi madre. Cuando Dios me la quit te puso junto a m para que
la reemplazaras. A ella debo mi primera existencia; a ti te soy deudora
de la segunda. Ella hizo que brillase para m la luz del mundo; t, en
cambio, me hiciste ver la del alma. Amaury, para que renazca eternamente
tuya, mrame siempre: no apartes de m tus ojos.

--Oh! siempre, siempre!--exclam Amaury cubriendo sus manos de besos
ardientes y apasionados.--Magdalena: te amo! te amo con frenes!

Mas al sentir estos besos la pobre nia levantose temblorosa y febril, y
con la mano puesta sobre el corazn, exclam:

--Oh! as, no. Tu voz apasionada me trastorna; tus labios me abrasan.
Trtame con miramiento. Acurdate de la pobre sensitiva; ayer quise
contemplarla y la encontr marchita, muerta.

--Har lo que t quieras, Magdalena. Sintate y deja que me siente en
este almohadn, a tus pies. Si mi amor te conmueve demasiado te hablar
como un hermano. Gracias, Dios mo! Tus mejillas vuelven a tener su
color natural; ya ha desaparecido de ellas el brillo extrao que me
sorprendi cuando entr y la triste palidez que las cubra entonces. Ya
te encuentras mejor, Magdalena; ya ests bien, hermana ma.

Magdalena se dej caer en la butaca, inclinando el rostro, medio oculto
por sus blondos cabellos, cuyos bucles acariciaban con leve roce la
frente del mancebo.

Confundanse sus alientos.

--S, Amaury, s--dijo la joven.--T me haces ruborizar y palidecer a tu
antojo. Eres para m lo que el sol para las flores.

--Oh! Qu placer! Qu feliz soy al poder vivificarte as, con la
mirada, al poder reanimarte con una palabra! Te amo, Magdalena, te amo!

Rein el silencio un momento, durante el cual pareca haberse
concentrado toda el alma de Amaury en su mirada.

Oyose de pronto un leve ruido. Magdalena alz la cabeza. Amaury se
volvi y vieron al seor de Avrigny que les miraba de hito en hito con
manifiesta severidad.

--Mi padre!--exclam Magdalena echndose hacia atrs.

--Mi querido tutor!--dijo Amaury levantndose para saludarle y sin
poder disimular su turbacin.

El padre de Magdalena, antes de responder, se quit con calma los
guantes, dej el sombrero sobre una butaca, y slo entonces rompi el
glacial silencio que tuvo un rato en tortura a nuestros dos jvenes,
para decir con acritud:

--Ya ests aqu otra vez, Amaury! A fe ma que vas a hacer un gran
diplomtico si sigues estudiando la poltica en los tocadores y las
necesidades y los intereses de tu pas viendo bordar a las nias! A ese
paso no sers por mucho tiempo simple agregado; pronto te nombrarn
primer secretario en Londres o en San Petersburgo, si as te engolfas en
la ciencia de los Talleyrand y los Metternich haciendo compaa a una
colegiala.

--Seor de Avrigny--contest Amaury con acento en el cual vibraban a la
vez el amor filial y el orgullo herido.--Quizs a sus ojos descuide yo
algn tanto los estudios a que usted me ha destinado; pero puedo decirle
que el ministro nunca ha observado en m esa falta y que ayer mismo
leyendo un trabajo que me haba encomendado...

--Hola! Conque el ministro te ha encomendado un trabajo?... Y sobre
qu, vamos a ver? sobre la formacin de un nuevo Jockey-club, sobre los
principios del boxeo o de la esgrima, sobre las reglas del _sport_ en
general o del _steeple-chase_ en particular? En tal caso, ya me explico
la satisfaccin que muestras!

--Pero, querido tutor--repuso Amaury, sin poder reprimir una ligera,
sonrisa,--habr de hacerle observar que todos esos conocimientos
superfluos que usted me critica los debo a su cuidado casi paternal.
Usted me ha dicho siempre que la esgrima y la equitacin, unidas al
conocimiento de algunos idiomas extranjeros, vienen a completar la
educacin de un noble en nuestra poca.

--As es, no lo niego, cuando esas cosas se tornan como una distraccin
a trabajos serios; pero no cuando se juzgan stos como un pretexto para
divertirse. Veo que eres el prototipo de los hombres de nuestro siglo,
que creen poseer la ciencia infusa; que con pasarse una hora por la
maana en la Cmara, otra en la Sorbona por la tarde y otra en el teatro
por la noche, se consideran capaces de eclipsar la gloria de Mirabeau,
de Cuvier y de Geoffroy, juzgando todas las cosas desde la altura de su
ingenio y dejando caer con desdn sus fallos de saln en la balanza
donde se pesan los destinos de la humanidad... Conque ayer te felicit
el ministro? Enhorabuena! Vive de esas gloriosas esperanzas, descuenta
esos pomposos elogios, y el da en que llegue la ocasin te traicionar
la suerte. Porque a los veintitrs aos, dirigido por un tutor bonachn,
te ves doctor en derecho, bachiller en letras y agregado de embajada;
porque asistes de uniforme a las fiestas palatinas; porque te han
prometido la cruz de la Legin de honor, lo mismo que a otros muchos que
an no la tienen, crees ya haberlo hecho todo y que lo dems te lo
ofrecer la suerte. T razonas as:--Soy rico, y por lo tanto, tengo
derecho a ser intil; y con arreglo a tan luminoso raciocinio tu ttulo
de nobleza ha venido a parar en privilegio de holgazanera.

--Padre mo!--exclam Magdalena, atemorizada por la irritacin
creciente del seor de Avrigny.--Qu es lo que dice usted? Nunca le he
visto tratar a Amaury de ese modo!

--Seor de Avrigny!--deca el joven, aturdido por las palabras de su
antiguo tutor.

--Qu es eso!--repuso el padre de Magdalena con acento ms tranquilo,
pero ms mordaz todava.--Te ofenden mis reproches porque son justos,
no es cierto? Pues no tendrs ms remedio que habituarte a ellos si
sigues llevando esa vida ociosa, o renunciar a tratarte con un tutor
regan y descontentadizo. Tu emancipacin es de fecha muy reciente.
Las atribuciones que tu padre me leg sobre ti han dejado ya de existir
para la ley, pero subsisten todava moralmente, y debo advertirte que en
esta poca turbulenta en que las riquezas y las distinciones dependen de
un capricho de la muchedumbre o de una revuelta popular, nadie puede
contar sino consigo mismo y que a despecho de tu opulencia y de tu
ttulo de conde, un padre de familia de elevada alcurnia y de cuantioso
caudal, obrara con acierto si te negara la mano de su hija,
conceptuando como insuficientes garantas tus triunfos en las carreras y
tus grados obtenidos en el Jockey-club como hombre diestro en deportes.

El seor de Avrigny se excitaba, ms y ms con sus propias palabras y
pasebase por la estancia visiblemente agitado, sin mirar a su hija, que
temblaba como la hoja en el rbol, ni a Amaury que le escuchaba de pie y
frunciendo el entrecejo.

La mirada del joven, que a duras penas lograba reprimir su enojo, vagaba
del seor de Avrigny, cuya irritacin no atinaba a explicarse, a
Magdalena, estupefacta, como l.

--An no has comprendido--prosigui el doctor interrumpiendo sus paseos
y parndose delante de ellos,--por qu te he rogado que no permanecieses
por ms tiempo con nosotros? Pues fue porque no le est bien a un joven
rico y de ilustre prosapia consumir as el tiempo entre muchachas;
porque lo que es natural a los doce aos resulta ridculo a los
veintitrs; porque, al fin y a la postre, mi hija puede salir
perjudicada de esas visitas tan repetidas.

--Caballero! caballero!--exclam Amaury.--Tenga usted compasin de
Magdalena! No ve que la est matando?

Era verdad. Magdalena se haba desplomado en su butaca, quedando inmvil
e intensamente plida.

--Oh! hija ma!--grit Avrigny, demudndose como ella.--Ah! T le
das la muerte, Amaury!

Y alzndola en sus brazos la llev al aposento contiguo.

Amaury sigui al doctor.

--No entres!--dijo ste detenindole en el umbral de la puerta.

--Magdalena necesita asistencia.

--Acaso no soy mdico?

--Perdone usted, caballero; yo pensaba... no quera irme sin saber...

--Gracias por tu cuidado. Pero tranquilzate: yo estoy aqu para
asistirla. Puedes irte cuando quieras.

--Adis! Hasta la vista!

--Adis!--repiti el doctor lanzndole una mirada glacial.

Despus empuj la puerta, que volvi a cerrarse en seguida.

Amaury qued como clavado en el sitio en que estaba, inmvil y como
aturdido.

De pronto se oy la campanilla que llamaba a la doncella, y al propio
tiempo entr Antoita seguida de la seora Braun.

--Dios eterno!--exclam Antoita.--Qu le pasa, Amaury, que est usted
tan plido? Y Magdalena? en dnde est?

--En su cama! muy enferma!--exclam el joven.--Entre usted a verla,
seora Braun, que la necesita.

La inglesa corri a la estancia que Amaury le indicaba con la mano
mientras que Antoita le preguntaba:

--Y usted por qu no entra?

--Porque me han cerrado la puerta y me han echado de esta casa.

--Quin?

--El! el padre de Magdalena!

Y tomando el sombrero y los guantes, Amaury huy como un loco del
palacio de Avrigny.




III


Cuando Amaury entr en su casa encontr a un amigo que le estaba
aguardando. Era un joven abogado condiscpulo suyo en el colegio de
Santa Brbara primero, y en la facultad de derecho ms tarde. Tena, con
poca diferencia, la misma edad que Amaury. Viva con desahogo, pues
disfrutaba de una renta que podra estimarse en unos diez mil pesos;
pero no era, como su compaero, de esclarecido linaje.

Se llamaba Felipe Auvray.

Por el ayuda de cmara tuvo Amaury noticia de aquella visita inoportuna
y su primera intencin fue subir directamente a su cuarto, dejando a
Felipe que esperara hasta que ya, aburrido, se marchase, cansado de
aguardar.

Pero Auvray era tan buen amigo que le dio lstima y entr en su
despacho, donde saba por el criado que estaba esperndole Felipe.

--Gracias a Dios!--dijo ste al ver a Amaury.--Una hora hace que te
aguardo. Ya lo habra dejado para mejor ocasin si no fuese porque tengo
que pedirte un gran favor, contando con tu amistad.

--Ya sabes, Felipe--respondi Amaury,--que te considero como mi mejor
amigo. As, no habrs de enojarte por lo que ahora te dir. Tienes que
pagar una deuda de juego o batirte en duelo? Esas son las dos nicas
cosas que no admiten demora. Has de pagar hoy? Has de batirte maana?
En cualquiera de esos casos dispn en el acto de mi bolsa y de mi
persona.

--Nada hay de lo que imaginas--respondi Felipe.--Vena a hablarte de un
asunto bastante ms importante, pero no de tanta urgencia.

--Entonces debo decirte francamente que estoy en una situacin de nimo
nada a propsito para prestar atencin a tus palabras, no obstante el
gran inters que me inspira todo cuanto te concierne.

--Siendo as, permteme que te pregunte a mi vez si por mi parte puedo
prestarte ayuda de algn modo.

--No es fcil, por desgracia. Lo ms que puedes hacer es diferir por dos
o tres das la confidencia que queras hacerme ahora. Necesito estar
solo.

--Es posible que no seas feliz t, Amaury, con un apellido ilustre y
una fortuna que nada tiene que envidiar a las primeras de Francia! Se
puede ser desgraciado siendo conde de Leoville y poseyendo cien mil
francos de renta! A fe ma que no lo creyera si no lo oyese de tu propia
boca.

--Y sin embargo, as es, amigo mo! soy desgraciado, muy desgraciado!
y tengo para m, que cuando a nuestros amigos les aqueja un infortunio
estamos en el caso de dejarlos a solas con su afliccin. Si no
comprendes esto, Felipe, ser porque jams te ha herido la desgracia.

--Puesto que me lo pides, lo har, contra mis deseos.--Quieres estar
solo? pues solo te dejo. Adis, Amaury! adis, amigo mo!

--Adis!--respondi Amaury, dejndose caer en un silln.

Y aadi:

--Di a mi ayuda de cmara que no quiero ver a nadie y que no permita que
se me moleste sin que yo llame. No estoy para soportar la menor molestia
ni deseo contemplar un rostro humano.

Auvray cumpli el encargo, y sali devanndose los sesos por atinar con
la causa de aquella misantropa que de un modo tan brusco haba hecho
presa en el alma de su amigo.

Este, perplejo y malhumorado, evocaba entretanto sus recuerdos, pugnando
por explicarse la razn del extremado rigor que el seor de Avrigny
haba usado con l.

Segn ya hemos dicho, Amaury era un hombre que poda considerarse, en
todos conceptos, nacido con buena estrella.

Dotado por la Naturaleza de elegancia, apostura y distincin, haba
recibido de su padre un apellido glorioso, cuyos mritos contrados
cerca de la monarqua habanse acrecentado en las guerras del Imperio, y
una fortuna que pasaba de milln y medio, confiada a la intachable
administracin del doctor Avrigny, uno de los mdicos ms renombrados de
la poca y amigo ntimo y muy antiguo de la familia de Leoville.

A mayor abundamiento, su fortuna, manejada con gran tacto por tutor tan
cuidadoso, aument durante su menor edad en ms de un tercio.

Pero el doctor no se haba limitado a velar por el patrimonio de su
pupilo, sino que haba dirigido personalmente su educacin como pudiera
haberlo hecho tratndose de un hijo.

Result de ello que Amaury, criado junto a Magdalena, que era casi de su
edad, se haba acostumbrado a querer entraablemente y con amor ms que
fraternal, a la que le miraba como un hermano.

As, ambos concibieron desde nios, en la sencillez de su alma inocente
y en la pureza de su corazn, el proyecto halagador de no separarse
nunca.

El amor intenssimo que Avrigny haba profesado a su esposa, arrebatada
a este mundo por la tisis, en la flor de su juventud, y que haba
cifrado ms tarde en su nica hija, unido al cario casi paternal que
Amaury le inspiraba, haca que ste y Magdalena ni por pienso hubiesen
nunca dudado de obtener su aquiescencia.

Todo se aunaba para infundir en sus almas la esperanza de ver unidos sus
destinos, y ste era siempre el tema de sus coloquios desde que uno y
otro haban ledo claro en el fondo de su pecho.

Las frecuentes ausencias del doctor, cuya persona reclamaba a cada
instante la clientela, el hospital que diriga y el Instituto del cual
era miembro, dejbanles tiempo de sobra para forjarse hermosos sueos
que por la memoria del tiempo pasado y fiando en la esperanza del
venidero juzgaban realizables.

As las cosas, acababan de cumplir, Magdalena veinte aos y Amaury
veintids cuando cambi sbitamente el humor del doctor Avrigny que
comenz a mostrarse grave y severo desde entonces.

Al pronto se atribuy este cambio de carcter a la circunstancia de
haberse muerto una hermana a la cual quera acendradamente, y que le
legaba, para que velase por ella, una hija de la edad de Magdalena, su
mejor amiga, y su inseparable compaera de estudios y de recreos. Pero,
con el transcurso del tiempo, el semblante del doctor fue acusando cada
vez ms severidad y llegose a notar que su mal humor sola desahogarse,
deshacindose en reproches sobre Amaury. No pocas veces alcanzaba el
chubasco a Magdalena, a aquella hija adorada, a la cual haba prodigado
a raudales un amor del que slo pareca susceptible un corazn materno.
Desde entonces se observ que la jovial y aturdida Antoita era la
predilecta del doctor y que ella y no Magdalena posea el privilegio de
decirle cuanto le vena en gana.

Delante de Amaury, no cesaba el doctor de encomiar las cualidades de
Antoita, dejando traslucir en ms de una ocasin el agrado con que
vera que Amaury renunciase a los planes que l mismo haba trazado
respecto a su pupilo y a Magdalena, para dedicarse a aquella sobrina que
haba prohijado, y en la cual pareca haber concentrado ya todo el
afecto.

Para Amaury y Magdalena, a quienes la fuerza de la costumbre no les
dejaba ver la verdadera causa de las rarezas del doctor, no obedecan
stas a otra causa, que a pasajeras contrariedades, y estaban muy lejos
de advertir la pesadumbre real que motivaba aquella metamorfosis.

As, conservaban casi toda su confianza, cuando un da y mientras
jugaban como dos nios, corriendo alrededor de la mesa de billar por
haberse empeado Amaury en quitarle una flor a Magdalena, se abri de
pronto la puerta y entr el doctor, el cual se encar con ellos y en
tono spero exclam:

--Qu nieras son stas? Piensas tener an doce aos, Magdalena?
Crees no haber pasado de los quince, Amaury? Te imaginas que corres
todava por el parque del castillo de Leoville? A qu viene ese empeo
en arrebatarle a Magdalena una flor que te niega con sobrada razn?
Hasta hoy, haba credo que esos pasos coreogrficos, slo estaban
reservados a los pastorcillos de la Opera; pero por lo visto andaba yo
equivocado.

--Pero, pap!--os decir Magdalena, que acababa de advertir que el
doctor hablaba en serio.--Ayer an...

--Una cosa era ayer, y otra es hoy--replic con sequedad
Avrigny.--Sujetarse de ese modo a lo pasado es renunciar a dirigir lo
futuro. Para sentir tal aficin a las costumbres de la infancia no vala
la pena de haber abandonado las muecas y juguetes. A aquel de los dos
que no alcance a comprender que el tiempo transforma los deberes y
conveniencias sociales, yo cuidar de hacrselo bien presente.

--Permtame usted, querido tutor--repuso Amaury,--que le tache de ser
demasiado severo con nosotros. Hoy se queja de nuestras nieras, y yo
recuerdo haberle odo decir muchas veces, que entre las plagas de
nuestro siglo se contaba el afn de los nios por echarla ya de hombres.

--Lo dije as? Sera indudablemente por esos mozalbetes recin salidos
del colegio, que la echan de polticos altruistas; por esos Richelieu de
veinte aos que alardean de misntropos; por esos poetas en capullo para
quienes la desilusin es una dcima musa. Pero t, querido Amaury, ya
que no por tu edad, por tu posicin, debes pretender algo ms serio. Y
si en realidad no es as, aparntalo siquiera. Pero he venido para
hablarte de cosas graves. Retrate, Magdalena.

La joven sali, dirigiendo a su padre una mirada preada de splicas que
en otro tiempo hubiera desarmado su enojo por completo. Indudablemente
record el doctor por quin intercedan aquellos hermosos ojos, pues
permaneci irritado e inmutable. Dio algunos paseos por el aposento sin
pronunciar palabra, mientras que Amaury le segua anhelosamente con la
vista. Por ltimo se par ante su pupilo y, sin atenuar la expresin de
severidad, manifiesta en su rostro, le dijo:

--Escchame, Amaury. Quizs he tardado ms de lo conveniente en decirte
lo que vas a or, y es que un joven de veintids aos, como t, no puede
vivir bajo un mismo techo que dos seoritas con las que no le une ningn
vnculo de parentesco. Esta separacin es para m muy penosa.
Difirindola por ms tiempo, incurrira yo en una falta imperdonable.
Ahrrate reflexiones que seran de todo punto intiles y no se te ocurra
hacer objecin alguna, pues mi resolucin es inquebrantable.

--Pero, querido tutor--dijo Amaury con acento conmovido,--crea yo que
la costumbre de verme a su lado y de llamarme hijo le haba hecho ya
considerarme como individuo de su familia, o por lo menos como digno de
ingresar en ella. Me habr cabido la desgracia de ofenderle
involuntariamente? Me condena a alejarme de aqu por haberme retirado
su estimacin?

--Querido Amaury--repuso el doctor,--siempre he credo, que una vez ya
arregladas contigo las cuentas de la tutela, quedbamos en paz.

--Pues se equivoca usted, seor de Avrigny--replic Amaury,--porque al
menos yo no creer nunca haberle pagado. Ha sido usted para m ms que
un tutor fiel un padre carioso y previsor; me ha educado, ha hecho de
m lo que soy, me ha inculcado los sentimientos ms nobles y generosos;
ha sido a la vez, tutor, padre, mentor, gua y amigo. As, debo ante
todo obedecerle con respeto, y en virtud de ello me retiro. Adis, padre
mo; confo en que algn da se acordar usted de su hijo.

Diciendo estas palabras, se acerc Amaury al doctor, tomole la mano casi
a la fuerza, y despus de besrsela sali.

Al otro da hzose anunciar en casa de su tutor, como si hubiera sido un
extrao, y esforzndose por aparecer sereno, participole con firmeza
desmentida a las claras por sus hmedos ojos, que haba alquilado un
pequeo palacio en la calle de los Maturinos y que su visita era ya de
despedida.

Magdalena, que presenciaba esta entrevista, dobl la cabeza, abatida por
el paternal capricho, como lirio que troncha el cierzo helado, y cuando
alz la vista para mirar a Amaury, su padre la vio tan demudada que se
estremeci de espanto.

Quizs comprendi el seor de Avrigny que su inexplicable rigor haba de
parecer odioso a su hija, pues deponiendo su actitud severa tendi la
mano al joven, dicindole:

--Amaury, no has interpretado bien mi pensamiento. Tu partida no reviste
el carcter de un destierro. Aqu estars siempre en tu casa y cuando
vengas a vernos te recibiremos con los brazos abiertos.

Un destello de alegra brill en los hermosos ojos de Magdalena y por
sus descoloridos labios vag una dbil sonrisa al or las palabras de su
padre.

Pero Amaury, adivinando que el doctor haca esta concesin
exclusivamente a su hija, salud con humildad a su tutor y bes la mano
de Magdalena, revelando su semblante tan profunda tristeza que en esta
accin el amor pareca ceder su puesto al pesar.

Slo a partir de aquel da, slo cuando se vieron separados,
comprendieron ambos jvenes cunto se amaban y hasta qu punto la
intensidad de su afecto haca que el uno fuese indispensable a la
existencia del otro.

Los vehementes deseos de volverse a ver despus de separarse, la
sensacin de grata sorpresa al encontrarse de nuevo, las pueriles
tristezas y las misteriosas alegras, sntomas de esa enfermedad del
alma que llaman amor, todo lo fueron sucesivamente experimentando los
dos jvenes, sin que ni una sola circunstancia escapara a la escrutadora
mirada, del doctor, quien en ms de una ocasin haba parecido como que
se arrepenta de haber sido condescendiente con Amaury, cuando ocurri
la escena que queda relatada.

El joven recordaba, uno por uno todos estos acontecimientos, y haca mil
conjeturas sin lograr hallar, por ms que consultase su conciencia y
sondeara su memoria, una explicacin razonable de aquel cambio
repentino.

Ocurrisele entonces la nica idea que poda explicar de una manera
plausible la conducta de su tutor, esto es, supuso que, como por
considerar que su enlace con Magdalena, era ya asunto resuelto, no haba
hablado nunca de ello al doctor, ste poda haber credo que su pupilo,
viniendo en su casa primero y frecuentndola despus, abrigaba
propsitos muy diferentes de los que al principio se haba imaginado.

Crey que esta informalidad haba ofendido al seor de Avrigny, y se
decidi a escribirle oficialmente pidindole la mano de Magdalena.

Tan pronto como se resolvi a hacerlo, puso manos a la obra, escribiendo
esta epstola:




IV


Seor de Avrigny:

He cumplido veintitrs aos, me llamo Amaury de Leoville y llevo, por
lo tanto, uno de los apellidos ms antiguos de Francia, venerado en los
consejos e ilustre en los ejrcitos.

A fuer de hijo nico, hered de mis padres una fortuna de tres millones
de francos en bienes races, que me producen ms de cien mil de renta.

Enumero estas circunstancias, que son hijas del acaso y no debidas a mi
propio mrito, considerando que con este patrimonio, con la nobleza de
mi estirpe, y con la proteccin de los que me aman puedo escalar la
cumbre de la carrera de la diplomacia, a la que me he consagrado.

Caballero: tengo el honor de pedir a usted la mano de su hija, la
seorita Magdalena de Avrigny.

* * *

Querido tutor:

Terminada mi carta oficial al seor de Avrigny, carta descarnada y seca
como todo formalismo, permite usted a su hijo que le hable con el
lenguaje de la gratitud y de los sentimientos que llenan su corazn?

Amo a Magdalena y ella corresponde a mi afecto. Si hemos tardado tanto
en hacerle a usted esta confesin, es porque nosotros no habamos
sondeado an nuestras almas.

Este amor ha ido tomando cuerpo tan lentamente y se ha revelado de un
modo tan sbito, que nos sorprendi a los dos como un trueno que
estallara en un da despejado. Me he educado junto a ella y bajo la
vigilancia de usted, y cuando el novio sustituy al hermano, no supo
darse cuenta de este cambio.

Se lo demostrar a usted.

Me acuerdo an de los juegos y las caricias de nuestra niez, pasada en
la hermosa quinta que usted posee en Ville d'Avray, ante los benvolos
ojos de la seora Braun.

Magdalena y yo aprendimos all a tutearnos. Corramos por las extensas
alamedas en cuyo fondo se ocultaba el sol; saltbamos bajo los
corpulentos castaos del parque en las hermosas noches de verano;
dbamos deliciosos paseos por el agua y emprendamos largas excursiones
por el bosque.

Oh! Qu feliz tiempo aqul!

Por qu nuestras existencias, confundidas en su aurora, han de
separarse sin haber llegado siquiera a la mitad de su carrera?

Por qu no he de ser para usted en realidad un hijo, como lo soy ya de
nombre?

Por qu no hemos de seguir Magdalena y yo haciendo la misma vida?

Me parece todo ello tan natural, tan sencillo, que mi imaginacin
inventa mil obstculos; pero existen realmente, querido tutor?

Quizs me juzga usted joven y frvolo en demasa; pero le llevo a ella
dos aos y la frivolidad no es elemento esencial de mi carcter.

Hasta me atrevo a decirle que si soy frvolo no lo soy por naturaleza,
sino porque usted me ha aconsejado que lo sea.

Dispuesto estoy a renunciar a todos los placeres cuando usted lo
quiera; bastar para ello una palabra suya o una indicacin de
Magdalena, pues la amo tanto cuanto a usted le respeto, y la har
dichosa, se lo aseguro.

S! muy dichosa! Me considera usted muy joven? Mejor! As podr
dedicar ms tiempo a amarla. Mi vida entera le pertenece.

Usted, que adora a su hija, sabe de sobra que cuando se ama a Magdalena
es para siempre.

Acaso sera posible dejar de amarla? Fuera insensato quien tal
imaginara. Verla, contemplar su hermosura, y los inmensos tesoros de
bondad y de fe, de amor y castidad, que encierra su alma equivale a
quedar subyugado, confesando que no hay en el mundo mujer que se le
iguale. Creo que ni en el Cielo hay un ngel que pueda serle comparado.
Oh, tutor, padre mio! La quiero con toda mi alma. Escribo con esta
incoherencia porque expreso las ideas tal y como se me agolpan a la
mente. De sobra comprender usted que este amor me enloquece.

Confemela, querido tutor. No nos separaremos de su lado para que pueda
usted ser nuestro gua. Usted no nos abandonar; velar por nuestra
dicha, y si algn da ve asomar a los ojos de Magdalena una lgrima, una
sola lgrima de pena o de tristeza cuya causa sea yo, eche mano a una
pistola y levntame la tapa de los sesos: lo tendr muy merecido.

Pero no, no haya cuidado: Magdalena no tendr por qu llorar.

Quin sera capaz de hacer verter a ese ngel, a un ser tan bueno y
delicado, a quien una palabra algo severa lastima, a quien un
pensamiento celoso causara la muerte? Sera una infamia, y ya me
conoce usted, querido tutor, y sabe que no soy ningn infame.

Su hija ser feliz, padre mo. Ya ve que le llamo _padre_: sa es otra
costumbre que usted no querr extirpar. Pero de algn tiempo a esta
parte me mira y me habla con una severidad a la cual no me tena
acostumbrado, sin duda por mi tardanza en decirle lo que hoy le escribo,
no es verdad?

S es as, me lisonjeo de haber hallado para justificarme un medio muy
sencillo que me ha proporcionado usted mismo.

Est enfadado conmigo porque cree que no le he sido franco, porque le
he ocultado como un agravio este amor que no deba ni poda ofenderle.
Lea usted en mi corazn y ver si hay que culparme.

No ignora usted que por la noche escribo mis actos y pensamientos de
todo el da, siguiendo una costumbre que me hizo usted adoptar desde la
infancia y que usted mismo, atareado por tan graves ocupaciones, no ha
descuidado jams.

Siempre que uno est as solo y frente a frente consigo mismo, se juzga
con imparcialidad, y al da siguiente se conoce mejor. Esta meditacin
renovada cada da, este examen de la propia conducta, bastan para dar
unidad a la vida y rectitud de proceder.

Constantemente he seguido hasta hoy esta prctica que usted mismo me
ense, y nunca he comprendido su utilidad mejor que ahora, ya que
gracias a ella podr usted leer en mi alma como en un libro exento de
falsa, si no de toda reprensin.

Vea usted en este espejo mi amor siempre presente aunque para m
invisible, pues a decir verdad no supe hasta qu punto amaba yo a
Magdalena sino el da en que usted me separ de ella, en el momento en
que comprend que poda perderla, y cuando usted me conozca, como yo me
conozco, entonces juzgar si soy digno an de su aprecio.

Ahora, padre mo, aunque confiando en esta prueba y en su afecto espero
con angustia el fallo que va a dictar sobre mi suerte.

En sus manos est mi destino. No lo rompa, se lo ruego como se lo ruego
al Altsimo.

Ah! Cundo podr saber si la sentencia pronunciada por usted es de
muerte o es de vida? Una noche es a veces infinita y ocasiones hay en
que una hora puede convertirse en un siglo.

Adis, querido tutor. Haga el Cielo que el padre enternezca al juez!
Adis!

Perdone a la fiebre que me devora el desorden y la incoherencia de esta
carta, que comienza con la frialdad de un documento comercial y que
quiero terminar con un grito salido de lo ms hondo de mi pecho y que
debe hallar eco en el suyo.

Amo a Magdalena, padre mo, y no podra vivir si usted o Dios me
separase de ella.

Su adicto y agradecido pupilo

_Amaury de Leoville._

* * *

Despus, Amaury tom el diario en el cual apuntaba da por da los
pensamientos, las sensaciones y los hechos ms notables de su vida,
encerr en un sobre el manuscrito y la carta, y llamando al criado le
hizo llevar el paquete a su destino, mientras l quedaba con el corazn
agitado por la ansiedad y la incertidumbre.




V


Cuando Amaury cerraba la carta que queda transcrita, el seor de Avrigny
sala de la estancia de su hija para encerrarse en su despacho.

El doctor estaba plido y tembloroso y en su semblante notbanse las
huellas de un profundo pesar. Se acerc en silencio a una mesa atestada
de papeles y libros, inclin la cabeza, que ocult entre las manos,
lanz un hondo suspiro y permaneci largo rato sumido en profundas
reflexiones.

Abandon su asiento, dio unos paseos por la habitacin presa de viva
inquietud, se detuvo ante una papelera, sac del bolsillo una llavecita,
y tras una corta vacilacin abri con ella un mueble y extrajo de l un
cuaderno.

Aquel cuaderno era el diario del doctor. En l escriba el seor de
Avrigny todo cuanto le pasaba cotidianamente, lo mismo que haca Amaury
en el suyo.

El doctor permaneci un momento en pie, leyendo las ltimas lneas que
haba escrito el da anterior. Luego, como quien acaba de tomar una
resolucin penosa, sentose, tom la pluma y escribi lo que sigue:

_Viernes, 12 de mayo, a las cinco de la tarde._

Gracias al Cielo, est mejor Magdalena. Ahora reposa.

He hecho cerrar todos los postigos de su aposento, y a la dbil luz de
la lamparilla he visto cmo su tez recobraba poco a poco el color de la
vida y su respiracin, ya tranquila, levantaba su pecho a intervalos
iguales. Entonces he besado su frente, hmeda y enardecida, y he salido
de puntillas, procurando no hacer ruido.

A su lado quedan Antonia y la seora Braun. Estoy, pues, aqu a solas
con mi conciencia para juzgarme y condenarme yo mismo.

Reconozco que he sido injusto y cruel; he herido sin compasin dos
corazones puros, generosos y que me aman. He causado un desmayo de pena
a mi hija, criatura tan delicada que basta un soplo para hacerla caer al
suelo.

He vuelto a despedir de mi casa a mi pupilo, al hijo de mi mejor amigo,
a Amaury, excelente muchacho que de seguro se empea todava en
disculpar mi crueldad. Y todo, por qu razn?

Qu es lo que motiva esta injusticia y esta perversidad? Qu causa
reconoce tan intil barbarie con unos seres a quienes yo quiero tanto?

Todo es porque estoy celoso.

Habr quien no me comprenda; pero no suceder as con los padres. Tengo
celos de mi hija, de su amor a otro, de lo porvenir, del destino de su
vida.

Hay que confesarlo, por triste que sea. Aun los que se juzgan ms
buenos (y todos creemos contarnos entre ellos) tienen en su alma
execrables misterios y vergonzosas reservas. Los conozco como Pascal.

En el ejercicio de mi profesin he sondeado muchos corazones y he
penetrado muchas conciencias en el lecho del dolor; pero explicarse con
la conciencia propia es tarea algo ms ardua.

Al reflexionar como ahora lo hago en mi estudio, lejos de mi hija y
dueo de toda, mi serenidad, me prometo vencerme y curarme de este mal.
Pero luego sorprendo una mirada amorosa que Magdalena dirige a Amaury,
comprendo que ocupo slo un lugar secundario en el corazn de mi hija,
que posee el mo por entero, y el egosta sentimiento paternal triunfa,
me ciego, y en mi irritacin llego a perder la cabeza.

Y, bien mirado, el caso es muy natural. El tiene veintitrs aos y ella
poco ms de veinte: son jvenes y hermosos, y el amor inflama sus
corazones.

Antes, cuando Magdalena era nia, pens mil veces con gusto en esta
unin, y hoy tengo que preguntarme si mis actos son razonables y dignos
de un hombre que en el mundo de la ciencia ocupa un lugar tan
envidiable.

S, me reputan de lumbrera cientfica, porque he penetrado un poco ms
que otros de mis compaeros en los misterios del organismo humano;
porque cuando tomo el pulso del enfermo suelo adivinar el mal que
padece; porque he tenido en ocasiones la suerte de curar ciertas
dolencias que otros ms ignorantes que yo tenan por incurables.

Pero encomindeseme la curacin de la ms leve enfermedad moral y se
estrellar mi orgullo en el escollo de la impotencia.

Ah! Es que hay otros males que no alcanza a curar la ciencia humana!
As perd a la nica mujer que ha sido duea de mi cario, a la madre de
Magdalena.

Oh, Avrigny! Tu esposa, joven, bella, a la cual amabas con locura y
por la cual eras correspondido, abandona este mundo y vuela al Cielo,
dejndote como nico consuelo, como esperanza suprema un ngel, imagen
suya que semeja su alma rejuvenecida y un resurgimiento de su hermosura
y entonces te aferras a ese gozo postrero como un nufrago a los restos
del navo, y besas esas manecitas que te ligan a la vida y te hacen ms
amable la existencia.

Juzgabas t que tu dicha se haba ya disipado; pero viene otra a
sustituirla; an puedes recobrarla gozando de la felicidad que vas a
dar. Al ocurrirte tan consoladora idea te consagras con alma y vida a
las de tu tierna hija. Cuando la ves respirar te parece que respiras t
mismo.

Tu triste vida se anima con su presencia y se cubre de flores a su paso
este mundo que sin ella habra sido para ti un desolado desierto.

Desde que la recibiste de los brazos de su madre moribunda no la has
perdido de vista ni un momento; tu mirada la ha seguido siempre; de da
mientras jugaba, de noche mientras dorma, a cada instante has
interrogado su aliento y su pulso, alarmndote cada vez que cubra su
rostro una sbita palidez o un repentino rubor. Su fiebre ha inflamado
tus arterias, su tos te ha desgarrado el pecho; has gritado cien veces a
la muerte, a ese espectro que siempre anda en torno nuestro, invisible
para todos, menos para nosotros los mseros privilegiados de la ciencia;
has gritado cien veces a ese espectro, que tocando tu flor puede
troncharla y con su soplo puede matar tu resurreccin y tu dicha:

Arrstrame contigo, pero djala vivir!

Y ha huido la muerte, no por acceder a tus ruegos, sino por no haber
sonado an la hora, y a medida que iba alejndose te has sentido
renacer, lo mismo que al acercarse te sentiste morir.

Mas no es suficiente que tu hija haya recobrado la vida; hay que
criarla y educarla para la sociedad.

Posee una hermosura, ideal; pero hay que realzar con la gracia su
belleza.

Tiene un corazn hermoso; pero hay que ensearle cmo se ha de hacer
para practicar el bien.

Su imaginacin es viva; pero hay que ensearle de qu modo se debe usar
el ingenio.

Constantemente te dedicas a construir ese pensamiento, a formar ese
corazn, a esculpir esa alma. Cmo te asombras luego de tu propia
creacin y qu natural te parece que sea el pasmo de la sociedad entera!

Quiz los dems la juzgan vacilante; pero para ti anda con paso seguro.

No balbucea, que ya habla.

No deletrea, que lee.

Te empequeeces para ser de su estatura y te admiras de encontrar en
los cuentos de Perrault ms inters que en la Iliada.

Un hombre ilustre, sabio, poeta o estadista, te hablar quiz en tu
jardn de los abstrusos problemas de la ciencia, de las concepciones
poticas ms sublimes, de los clculos polticos ms ingeniosos. Le
parece que ests pendiente de sus palabras porque inclinas la cabeza con
ademn pensativo...

Pobre estadista! pobre poeta! pobre sabio!

Ests a cien leguas de lo que te est diciendo, sin atender a otra cosa
que a la hija adorada que juega junto a ese maldito estanque en el cual
podra caer corriendo y sin pensar ms que en el fresco de la noche que
pueda helarla, porque recuerdas que su madre, a los veintids aos,
sucumbi vctima de una de esas enfermedades que siegan en flor la
vida.

No obstante, tu Magdalena ha crecido, su espritu se ilustra, su
imaginacin se ensancha y te entiende cuando le hablas de los poetas, de
los campos, de Dios Todopoderoso. Empieza a quererle de otro modo que
por el solo instinto, y empieza a orse a su paso un lisonjero rumor de
alabanzas que su hermosura y gentileza arrancan a quien le ve.

Opinan todos que es la ms encantadora; mas, para que nada le falte, es
preciso que tambin disponga de riquezas. Para ti nada necesitas; pero
para ella todo es mezquino segn lo que merece.

Conque, manos a la obra! Convirtete por ella en ambicioso y avaro,
crale una aureola con tu gloria y un tesoro con tus sudores; las rentas
del Estado estn sujetas a fluctuaciones que pueden ser causa de
depreciacin de su valor; cmprale esa hermosa granja; con dos aos de
trabajo puedes proporcionrsela.

Y no ya la riqueza, sino hasta el lujo, es preciso procurarle.

Esos lindos piececitos que apenas pueden llevarla, estn pidindote un
coche. Es cuestin de un mes de economa; no es, pues, cosa de oponer
ningn reparo.

Cuando sientas fatigado tu cuerpo, dile que te mire; cuando sientas
cansado tu espritu, haz que te sonra.

Ya tiene granja y coche; ahora le faltan joyas.

Qu padre hay que repare en la fatiga del cuerpo y del alma para
lograr que su hija se atave con riqueza? Cada arruga de tu frente tiene
el valor de una perla, cada una de tus canas puede comprarle un rub; si
agregas algunas gotas de tu sangre completars su aderezo. Merced al
sacrificio de unos aos de tu vida tu hija estar deslumbradora como una
reina, y ser un modelo de belleza y distincin.

A la postre todos estos esfuerzos, todos estos cuidados, todos estos
trabajos son otros tantos goces, y en plazo no lejano obtendr la
recompensa. Pronto la nia ser mujer. Cul no ser tu alegra cuando
veas que su entendimiento comprende todas tus ideas y su corazn todo tu
amor!

Entonces tendrs ya una amiga, una confidente, una compaera: ms que
todo eso, porque ningn sentimiento terrenal podr mezclarse con ese
amor mutuo que habrn de profesarse padre e hija. Su presencia ser la
de un ngel que por permisin divina habita en la tierra.

Ten an un poco de paciencia y cosechars lo que sembraste, y tus
privaciones te valdrn cuantiosas riquezas, y tus pesares se convertirn
en inefables alegras.

Mas he aqu que en un momento dado pasa un extrao, ve a tu hija, le
desliza unas cuantas palabras al odo, y no bien las ha escuchado cuando
le consagra un amor ms intenso que el que te profesa a ti y te deja por
l y entrega para siempre a ese extrao su vida, que es la tuya.
Cmplese as la ley de la Naturaleza; sta mira siempre a lo futuro.

Y, ay de ti, si profieres una queja! Estrecha con la sonrisa en los
labios la mano de tu yerno, es decir, de ese ladrn de felicidad que
viene a robarte tu dicha, si no quieres resignarte a que se diga de ti:

He ah a Sganarelle, que no permite que su hija Lucinda se case con
Clitandro.

Pues Molire ha escrito a propsito de esto una terrible comedia,
intitulada EL AMOR MDICO, en la cual como en todas sus producciones, la
jovialidad slo sirve de mscara para cubrir un rostro baado en amargo
llanto.

Ya pueden ponderar hasta el colmo los amantes el martirio que les
causan sus celos. Qu supone la ira de un Otelo si se la compara con la
desesperacin de Brabantio y de la Sachette?

Oh! Los amantes! Acaso vivieron veinte aos de la vida del ser que
ellos idolatran?

Por ventura, despus de crearlo una vez, lo perdieron para salvarlo
otras veinte?

Acaso es para ellos su sangre y su alma, como para nosotros los padres
lo es nuestra hija? Nuestra hija! Esas dos palabras lo expresan todo.

Cuando les traiciona por otro, exclaman a voz en grito que aquello es
un crimen; pero cuando antes nos hizo traicin por ellos les pareci la
cosa ms natural.

Y an me dejo por decir lo ms terrible, lo ms doloroso; y es que
nuestro abandono y nuestra pena no tienen ya lenitivo, mientras que los
amantes si pierden su amor conservan la posesin de lo presente y
esperan en lo futuro.

Nosotros los padres damos nuestro adis de una vez a lo venidero, a lo
actual y a lo pasado.

A los amantes les acompaa la juventud, en tanto que a los padres nos
acecha la vejez.

Lo que para ellos es su primera pasin para nosotros es nuestro ltimo
sentimiento.

Cuando a un marido le engaan, cuando a un amante le venden, encuentra
a su placer mil queridas, y sucesivos amores llegan a hacerle olvidar
el primero.

Mas ay! un padre podr encontrar otra hija?

Que se atrevan ahora todos esos jvenes paliduchos a comparar con el
nuestro su infortunio!

El amante asesina, cuando el padre se sacrifica; el amor del primero no
es ms que orgullo, mientras que el del segundo es todo abnegacin;
ellos aman a sus esposas y a sus queridas en beneficio propio, con un
cario egosta; nosotros queremos a nuestras hijas pensando nicamente
en labrar su felicidad.

Hagamos, pues, el ltimo sacrificio, el ms cruento de todos, aunque
nos cueste la vida. Ni la menor sombra de egosmo debe manchar lo ms
desinteresado, misericordioso y divino que posee el alma humana: el amor
de padre.

Consagrmonos ahora ms que nunca a esa hija que se aleja de nosotros;
mostrmosle tanto o ms cario cuanto ms indiferencia y frialdad veamos
en ella; queramos al que ella quiere, entregumosla al que viene a
robrnosla.

Qu vale nuestra pena, si a costa de ella podemos darle la dicha?

No lo hace as el propio Dios de cuyo amor inmenso participan tambin
los que no le aman, Dios que no es otra cosa que un gran corazn
paternal?

Queda as, pues, decidido: dentro de tres meses Magdalena ser la
esposa de Amaury, a no ser que...

Oh! Dios mo! no me atrevo a proseguir...

As era en efecto. La pluma se le cay de la mano, lanz un profundo
suspiro o inclin la cabeza, presa de profundo abatimiento.




VI


Se abri en esto la puerta del despacho para dar paso a una joven que se
aproxim de puntillas al doctor y despus de contemplarle un instante
con melanclica expresin a la que no pareca habituado su semblante
risueo, le dio en la espalda una palmada cariosa.

El doctor se estremeci y levant la cabeza.

--Cmo! Antoita! eres t?--exclam.--Bien venida seas, hija ma!

--No s si dir usted eso mismo dentro de muy poco rato, to.

--No? por qu no he de decirlo?

--Porque vengo a reirle.

--Reirme, t?

--S, yo misma.

--A ver! Explcate; dime por qu.

--Querido to, lo que tengo que decirle es cosa muy seria.

--De veras?

--Mire usted si lo ser, que casi no me atrevo...

--En verdad, tiene que ser algo muy serio para que te d tanto reparo a
ti, querida sobrina. Pero veamos, de qu se trata?

--De cosas que no son propias ni de mi edad, ni de mi posicin.

--Vamos, habla de una vez, tontuela. Ya s yo que tu jovialidad encubre
una inteligencia sesuda y grave y que tras de tu frivolidad aparente
escndese un carcter ms prudente y razonable que el nuestro. Habla,
pues, sin recelo, mxime si, como supongo, vienes a hablarme de mi
hija...

--S, to, precisamente vengo a hablarle a usted de Magdalena.

--Y qu tienes que decirme?

--Tengo que decirle, to, mejor dicho, debo decirle a usted... perdneme
si soy tan atrevida, pero debo decirle que quiere demasiado a mi prima y
acabar por matarla...

--Yo! Matarla, yo! Qu es lo que ests diciendo?

--Digo, to, que su lirio, como usted la llama, es cosa muy frgil, muy
delicada, y que combatido por dos amores a la vez no resistir, sino que
habr de quebrarse.

--No te entiendo, Antoita, si no te explicas mejor.

--S que me entiende usted, to--dijo la joven rodeando con sus brazos
el cuello de Avrigny.--Ya lo creo que me entiende!... Tan bien como yo
le he comprendido.

--Pero ests loca, chiquilla?--exclam el doctor, aterrado.--Que t me
has comprendido, dices?

--S, seor.

--No puede ser!

--To--dijo la joven sonriendo tan melanclicamente que no se comprenda
cmo podan sonrer as aquellos labios tan sonrosados--to, no hay
corazn impenetrable para los ojos de los que aman; yo que le quiero a
usted he alcanzado a leer en el suyo.

--Y qu has visto en l?

Antonia mir a su to e hizo un gesto de vacilacin.

--Vamos! habla!--orden el doctor.--No me martirices ms con tus
reticencias!

Antonia, acercando sus labios al odo de Avrigny le dijo en voz muy
baja:

--Est usted celoso, to.

--Yo?--exclam el doctor.

--S--afirm la joven--y esos celos llegan a hacerle obrar mal.

--Dios de bondad!--exclam el doctor inclinando la cabeza con profundo
abatimiento.--Yo crea que slo T, con tu omnisciencia infinita,
conocas mi secreto.

--Acaso hay en ello algo que pueda causar horror? Los celos constituyen
una pasin execrable, pero que no es tan difcil de vencer, despus de
todo. Yo tambin he tenido celos de Amaury.

--T? Celos de Amaury, dices?

--S--repuso Antoita bajando a su vez la frente;--los tena porque l
vena a robarme a mi hermana y porque cuando viva con nosotros mi prima
slo tena ojos para l y ni siquiera se acordaba de que yo estaba con
ellos.

--As, pues, has sentido t lo mismo que siento yo?

--Poco ms o menos, s; pero gracias a Dios yo he logrado dominarme,
puesto que vengo a decirle: To, los dos se aman con locura y es
conveniente casarlos, porque separarlos sera la muerte de ambos.

El doctor movi la cabeza tristemente y sin despegar sus labios mostr a
Antoita las ltimas lneas que acababa de trazar. Su sobrina las ley
en voz alta, y dijo:

--Tranquilcese usted, to; Magdalena no ha sufrido ni un solo acceso de
tos.

--Dios mo!--exclam Avrigny mirando a su sobrina con asombro
manifiesto.--Todo lo adivina esta criatura! Lo ha comprendido todo!

--S, to, s, he llegado a comprender toda la ternura que encierra su
corazn. Mas reflexione que si Magdalena se ha de casar alguna vez, no
hemos de preferir todos que se case con Amaury? Es que habremos de
creer que su dicha constituir nuestra desgracia? Acaso hemos de
echarle en cara su alegra? Dejemos que sean felices y no tratemos de
oponernos insensatamente a su destino. No por eso ir usted a quedarse
solo, porque tendr en su compaa a su sobrina, a su Antoita, que
tanto le quiere, que a nadie ama ms que a usted y que jams se separar
de su lado. No sabr reemplazar a Magdalena, demasiado lo comprendo,
pero s ser otra hija, aunque no tan rica ni tan hermosa, que no se
enamorar como ella, pues aunque la pretendiesen y poseyera las dotes de
Magdalena no habr de querer a nadie, porque le consagrar toda su vida
y le consolar... As como usted ser a su vez su consuelo.

--Pues Felipe Auvray, ese amigo de Amaury no est enamorado de ti? Y t
no le correspondes?

--To!... To!...--exclam Antoita, como queriendo reconvenirle.

--Est bien, no hablemos de ello. Todo se har como quieras, que en
resumen es lo mismo que yo tena en proyecto. Pero es necesario hacer
que se explique Amaury, porque hemos podido equivocarnos... Si as
fuera... Si no amase a Magdalena...

--No es posible equivocarse, to, y usted est bien seguro de su amor...
como tambin lo estoy yo.

Avrigny no replic porque su conviccin era la misma de su sobrina.

Se abri de pronto la puerta del aposento y Jos, el ayuda de cmara del
doctor, entr para anunciarle que el criado del conde Amaury de Leoville
traa para l una carta de parte de su amo.

Avrigny y su sobrina cambiaron una mirada de inteligencia, pues los dos
supusieron en el acto cul sera el contenido de la misiva de Amaury.

El doctor dijo al criado:

--Venga la carta y di a Germn que espere un momento y podr llevarse la
respuesta.

Pocos instantes despus tena Avrigny la carta entre sus manos sin
atreverse a abrirla.

--Valor, to!--djole Antoita para darle nimo.

Obedeci maquinalmente el doctor, abri la carta y despus de leerla de
un tirn alargla a su sobrina que con un gracioso ademn la rechaz y
le dijo:

--Para qu, to? Si ya me imagino lo que dice!

--Tienes razn--asinti el padre de Magdalena, contestando a Antonia con
las palabras de Hamlet a Polonio (_Words, Words, Words_):--Palabras,
palabras, palabras!

--Slo palabras ha visto usted en esa carta?--pregunt con viveza
Antonia arrebatndosela y devorndola de una ojeada.

--Palabras solamente--replic el doctor;--palabras con que esos artistas
de la frase saben suplantarnos en el corazn de nuestras hijas que no
tienen empacho en sacrificar a esa retrica huera el cario que les
profesamos.

--To--dijo con gravedad Antonia devolvindole la carta;--crame usted:
Amaury quiere a Magdalena con amor puro y sincero. Y yo, que he ledo
esta carta como usted, he visto algo ms en ella y le respondo que la ha
escrito con el corazn, no con el entendimiento.

--Entonces...

Antonia ofreci a su to una pluma que l acept para escribir acto
continuo:

Querido Amaury: Ven a verme maana. Te aguardar a las once.

Tu padre,

_Leopoldo de Avrigny._

--Y por qu no le cita usted para esta misma noche?--pregunt Antoita,
que por encima del hombro de su to lea lo que ste iba escribiendo.

--Porque seran muchas emociones juntas, para mi pobre hija. Ahora irs
a decirle que le he escrito ya y que crees que vendr maana por la
maana.

Y haciendo entrar al ayuda de cmara de Leoville le entreg la
respuesta.




VII


Cuando al da siguiente despert Magdalena, a quien la intensa emocin
sufrida haba rendido hasta el extremo de dejarla sumida en un sopor
profundo, era ya bien entrada la maana.

Llam a su doncella y le mand que abriese las ventanas.

Por el muro exterior trepaba un frondoso jazmn a la sazn en plena
florescencia y cuyas ramas penetrando algunas veces en la estancia
embalsamaban el ambiente con el fragante aroma de sus flores.

Magdalena, como todo temperamento nervioso, adoraba las flores y sus
perfumes, que por cierto le eran muy perjudiciales, y pidi que le
diesen su jazmn acostumbrado.

Antonia pasebase ya por el jardn sin otro abrigo que un sencillo
peinador de batista. Su salud robusta permitiale hacer muchas cosas que
a Magdalena le estaban vedadas en absoluto.

La hija de Avrigny, bien arropada en su lecho, tena que pedir que le
acercasen las flores; en cambio Antonia corra a buscarlas con la
ligereza de un pjaro, sin miedo a la brisa matutina y al relente de la
noche. Esto era lo nico que poda envidiarle Magdalena, ya que era ms
hermosa y ms rica que su prima.

Pero en aquella ocasin Antoita, contra su costumbre, en lugar de
correr en busca de sus flores pasebase lentamente en actitud
meditabunda y casi triste.

Magdalena, incorporada en su lecho, la sigui con la mirada, en la que
se revelaba cierta inquietud, y luego cuando Antoita, que haba
desaparecido acercndose a la casa, volvi a aparecer lejos del
edificio, se dej caer de nuevo en la cama lanzando un hondo suspiro.

--Qu tienes, hija ma?--pregunt el doctor, que entraba a verla, y
habiendo levantado con sigilo el cortinaje presenci aquel pequeo
combate de la envidia contra los buenos sentimientos que abrigaba el
corazn de Magdalena.

--Tengo, pap, que me parece Antoita muy feliz--contest la
joven.--Ella es libre en absoluto en tanto que yo estoy condenada a
eterna esclavitud. Que el sol del medioda es demasiado ardiente... Que
el aire matinal es demasiado fro... Siempre la misma cancin! Para
qu quiero unos pies tan gustosos de correr, sino se les deja salirse
con la suya? Me tratan como a una pobre flor de invernadero, condenada a
vivir en un medio artificial. Ser que estoy enferma, pap?

--No, hija ma, no, qu niera! No padeces ninguna enfermedad, pero tu
constitucin es muy delicada. T misma acabas de decirlo: Eres una flor
de invernadero, una de esas flores que as se guardan porque se las
tiene en gran estima. Ya habrs visto que son las ms cuidadas. Qu es
lo que puede faltarles? Carecen por ventura de algo que puedan poseer
sus compaeras? No disfrutan como ellas de la vista del cielo? No las
acaricia el sol del mismo modo? Me dirs que eso es al travs de los
cristales, pero cuenta tambin que stos las resguardan del viento y de
la lluvia, que tronchan las dems flores.

--No dir lo contrario, pap; pero ms me gustara ser violeta o
margarita al aire libre como Antonia, que verme convertida en la planta
preciosa y delicada que tanto pondera usted. Mrela; vea cmo ondean al
aire sus sueltos cabellos; as se orea su frente mientras la ma... Oh!
Observe usted cmo abrasa.

Al decir esto Magdalena tom la mano de su padre, acercndola a su
frente.

--Pues por eso mismo temo tanto los efectos de ese aire glacial. Cuando
hagas que los sueos de un corazn ilusionado dejen de abrasar tu frente
te permitir correr como tu prima. Si tienes empeo en salir de tu
invernculo y vivir al aire libre, te llevar a Hyres, a Niza o a
Npoles, y en un edn de esos tres que te he nombrado yo te dejar hacer
lo que quieras.

--Pero... vendr l con nosotros?--pregunt Magdalena mirando a su
padre con cierta timidez.

--S; vendr, ya que te es necesaria su presencia.

--Y no le reir usted? No ser un pap tan malo como lo fue ayer
verdad?

--No abrigues ningn temor. Ya sabes que me he arrepentido, puesto que
anoche mismo le escrib para que venga.

--Y ha hecho usted muy bien, pap, pues si le prohibiesen quererme
amara a mi prima y entonces yo sucumbira de pena.

--Quin habla de morir, hija, ma?--dijo el doctor acariciando sus
manos.--No pienses en esas cosas que me causan tristeza, pues aunque s
que no las dices de veras, me parece, cuando te oigo hablar as, que
estoy viendo a un nio jugando con un arma envenenada.

--Pero si yo no digo que deseo morir ni mucho menos, pap, yo te lo
juro! Me siento ahora demasiado feliz para pensar en tal cosa. Adems,
no es usted el primer mdico de Pars? Pues no dejara as como as que
se muriese su hija.

Avrigny lanz un suspiro.

--Ay!--murmur.--Si mi ciencia y mi saber tuviesen la eficacia que
imaginas, an vivira tu madre, hija ma... Pero quieres decirme en qu
piensas, Magdalena, para perder as el tiempo? Mira que son ya las diez
y Amaury debe venir a las once, pues a esta hora le he citado.

--Ya lo s, pap; llamar a Antoita que me ayudar a vestirme y dentro
de un momento me tendr usted, a su disposicin. A ver si ahora me
llamar, como siempre, perezosa!

--Porque lo eres, te llamo as, Magdalena.

--Considere usted, pap, que no me encuentro bien sino en la cama.
Mientras estoy levantada siento dolor o cansancio.

--Acaso te has sentido enferma estos das alguna vez, sin
participrmelo?

--No, pap; siempre me he encontrado bien. Luego, ya sabe usted que lo
que me atormenta no puede calificarse propiamente de dolor, pues es un
malestar sordo y febril, y aun no es continuo, porque me deja en paz
algunos ratos. Ahora mismo estoy bien, no siento nada... Te tengo a mi
lado y pronto ver a Amaury... Soy feliz y me encuentro muy a gusto.

--Mira: ah tienes a Amaury.

--En dnde est?

--En el jardn, hablando con Antoita. Por lo visto ha equivocado la
hora--dijo sonrindose el doctor;--yo le deca en mi carta que viniera a
las once y l habr ledo con los ojos del deseo que la cita era a las
diez.

--Que est con Antoita en el jardn!--exclam Magdalena incorporndose
para mirar en aquella direccin.--Es cierto... Pap, llama a Antoita
en seguida, por favor! Quiero vestirme y necesito su ayuda.

Avrigny se aproxim a la ventana y llam a su sobrina.

Amaury, sorprendido, no queriendo que se notase en la casa su prematura
llegada, se escondi rpidamente tras un grupo de rboles, creyendo que
as no sera visto.

Poco despus entr Antoita en el dormitorio de Magdalena y el doctor
se retir mientras su hija se dispona a vestirse; y una hora ms tarde
Antoita quedaba en el aposento en tanto que su prima y el doctor
aguardaban a Amaury en el mismo saloncito donde ocurri la escena de la
vspera.

Un criado anunci al conde de Leoville y al entrar ste el doctor se
adelant a recibirle sonriente; Amaury le estrech la mano con timidez y
Avrigny, le condujo ante Magdalena, que le miraba asombrada.

--Hija ma--le dijo;--te presento a Amaury de Leoville, tu prometido.
Amaury--aadi volvindose hacia el joven,--he aqu a Magdalena de
Avrigny, tu futura esposa.

Magdalena lanz un grito de alegra y Amaury cay de hinojos. Mas de
pronto levantose porque acababa de ver que Magdalena vacilaba y estaba a
punto de desplomarse.

El seor de Avrigny se apresur a acercar una butaca en la que Magdalena
se dej caer ms bien que se sent, porque, en efecto, sentase
desfallecer por momentos. Tantas emociones trastornaban su espritu
aniquilando sus fuerzas, y para ella el gozo era casi tan peligroso como
la pena.

Al volver a abrir los ojos vio a Amaury arrodillado junto a ella y a su
padre estrechndola contra su pecho. Besaba el uno sus manos y el otro
prodigbale cuidados, llamndola con los nombres ms cariosos. Su
primer beso fue para su padre; su primera mirada fue para su prometido.

Los dos sintieron a un tiempo el torcedor de los celos.

--Querido Amaury--dijo el seor de Avrigny,--hoy eres mi prisionero y
tenemos que pasar juntos el da haciendo proyectos, y forjando
novelas... Digo, dando por supuesto que quieras admitir en tu
intimidad, a un padre tan dspota como yo.

--As, pues, padre mo (ya que ahora bien puedo llamarle as), su
frialdad no reconoci otra causa que la que yo haba supuesto: mi falta
de franqueza con usted.

--S, Amaury; pero no hablemos ya de eso--repuso sonrindose el
doctor.--Te perdono tu disimulo si t me perdonas a m mi mal humor.
Quedamos as en paz, no te parece? Pensemos desde hoy solo en amarnos,
ingratos! As lo exige mi condicin de tirano implacable y
desnaturalizado.

A tal punto haban llegado las cosas que nicamente faltaba fijar la
poca, en que haba de celebrarse la boda.

Como es natural, Amaury quera apresurarla y se opona enrgicamente a
todo aplazamiento; pero al fin la certeza de su dicha le hizo someterse
a las razones que le expuso el padre de Magdalena.

Verdad es que ste se mostr de todo punto inflexible pues deca con
razn:

--La sociedad en que vivimos no gusta de que se la den sorpresas
especialmente en esta clase de asuntos y suele vengarse de ello
esgrimiendo el arma de la calumnia.

En resumen, no haba ms remedio que dejar pasar el tiempo preciso para
poder hacer la presentacin de Amaury como yerno de Avrigny.

Entonces pidi el joven que se llevase a cabo cuanto antes aquella
formalidad.

En su virtud, fijose la presentacin para la semana siguiente, y para
dos meses ms tarde qued acordada la fecha del casamiento.

De todo ello se trat en presencia de Magdalena, sin que sta despegase
los labios, pero sin que perdiese ni una palabra de cuanto all se
habl. Sus mejillas ruborosas y su mirada, un tanto inquieta prestaban a
su semblante una expresin de candor inefable. La felicidad revelada en
su rostro, realzaba su belleza: sus miradas vagaban de su novio a su
padre, y de ste a su novio, hacindoles por igual con coquetera
encantadora los honores de su gracia.

Cuando ya no hubo nada que decidir entre todos levantose el doctor y con
un ademn indic a Amaury que le siguiese:

--Desde hoy, nia mimada, atrvete a estar enferma, y vers cmo te las
entiendes conmigo--dijo a su hija al disponerse a salir.

--Gracias a usted, hoy entro en convalecencia, y ya considero que he
recobrado la salud de un modo definitivo. Qu bueno es usted, pap!
Pero, dgame, adonde se lleva a Amaury? Por qu no se queda aqu?

--Porque ahora lo necesito. Lo siento mucho, pero es una ausencia
necesaria. A la poesa del amor sigue la prosa del matrimonio. Mas no te
apenes, por eso, hija ma, porque, si te dejamos un momento, lo hacemos
para tratar de tu dicha.

Amaury se acerc a ella, y besando sus cabellos le dijo en voz muy baja:

--Te prometo volver en seguida.

El doctor haba pensado que tenan que fijar las condiciones del
contrato. Conoca l muy bien la fortuna de Amaury, casi doblada por su
integrrima administracin; pero el joven no tena la menor idea de la
cuanta de la de su suegro, que, dicho sea de paso, casi igualaba a la
suya.

Avrigny, seal la cantidad de un milln de francos como dote de su
hija. Al saberlo Amaury, crey atinar con la causa de aquella
sistemtica oposicin que a su amor haba hecho el padre de Magdalena;
pens que quizs esperaba proporcionarle a sta un esposo, si no ms
rico que l, por lo menos en situacin ms brillante que la suya; que
ocupase un puesto conquistado por sus mritos en lugar de una posicin
heredada de sus padres. Y como esta explicacin era la ms razonable, a
ella se atuvo Leoville.

Verdad es que pronto desterr de su mente estas ideas retrospectivas.
Generalmente buscan refugio en los recuerdos del pasado, los que tienen
cerrado el porvenir; los que lo ven abierto ante s preciptanse en l
sin reflexionar jams.

Media hora escasa dur la conferencia entre Amaury y el doctor, pues
viendo ste la impaciencia del joven, se compadeci de l, y fingiendo
que no la adverta, dio por terminado el asunto, y dej en libertad a su
antiguo pupilo, que se apresur a volver al saln, en busca de
Magdalena.




VIII


Pero la joven estaba a la sazn en el jardn, adonde haba bajado,
dejando sola a Antoita, y ante sta, se encontr Amaury cuando entr en
la vasta pieza.

Antonia hizo ademn de retirarse en el acto, pero comprendiendo que, si
se marchaba de aquel modo, pareca rehuir la presencia de Leoville como
si se sintiese pesarosa de su dicha, se detuvo y volviendo la cabeza le
dijo, sonriendo de un modo encantador:

--Es usted feliz ya, Amaury?

--Mucho, Antoita! Aunque me haba dejado usted adivinar algo esta
maana, no poda yo sospechar en modo alguno la realidad. Y
usted?--agreg, acompandola hasta su asiento. Dgame: Cundo podr
felicitarla yo a usted?

--Felicitarme a m? De dnde saca usted que pueda ocurrir tal cosa?
Es posible que llegue nunca ese caso?

--S, Antoita; casndose usted. Ni su linaje, ni su edad, ni su figura
dan motivo para suponer ni por asomo que pueda usted quedarse para
vestir imgenes.

--Pues oiga usted lo que voy a decirle ahora, en este momento cuya
solemnidad dar suficiente valor a mis palabras para que queden por
siempre grabadas en su memoria: No me casar jams.

Y al pronunciar Antoita estas palabras era su acento tan grave y
revelaba tal resolucin, que Amaury qued asombrado al orla.

--Vaya! vaya!--exclam procurando tomar en broma la afirmacin de
Antoita.--A otro perro con ese hueso! Va usted a decirme eso a m que
conozco tanto al feliz mortal que habr de hacerle mudar de intencin?

--Oh! Ya s, ya, adnde quiere usted ir a parar!--repuso Antonia con
melanclica sonrisa,--pero se equivoca usted Amaury; esa persona a que
se refiere no ha puesto nunca en m sus ojos ni ha pensado en m para
nada. No hay nadie que pretenda a una hurfana que carece de bienes de
fortuna, y yo, si he de serle franca, tampoco amo a ningn hombre...

--Ahora es usted quien se engaa--replic Amaury,--pues no puede usted
ser pobre, siendo la sobrina, del doctor Avrigny, y la hermana de
Magdalena. Cuenta usted, Antonia, con doscientos mil francos de dote, y
en estos tiempos, ese capital, representa, muchas veces, el triple de la
fortuna de las hijas de algunos pares de Francia.

--No ignoro yo que mi to tiene un corazn muy noble, y no necesitaba
esta prueba para convencerme de ello; pero por eso mismo no hay razn
alguna para que yo pague con ingratitud sus beneficios. Mi to quedar
solo, y cuando esto ocurra no me separar de su lado mientras l me lo
permita. Despus, mi destino futuro est en Dios.

Con tal conviccin se expresaba Antoita, que Amaury comprendi que por
el momento, al menos, era intil hacer ninguna objecin; as, que se
limit a estrecharle la mano en silencio, con ternura, porque amaba a
Antoita con cario de hermano. Pero la joven retir la mano con
rapidez, y Amaury volvi la cabeza, sospechando que algn motivo deba
tener para ello.

Entonces vio a Magdalena que estaba contemplndoles, tan plida como la
rosa blanca que acababa de cortar en el jardn, y que con infantil
coquetera luca en los cabellos.

Leoville corri hacia ella y le pregunt en voz baja:

--Qu te pasa, Magdalena? Ests indispuesta? Qu tienes?

--No me pasa nada, Amaury--respondi la pobre nia.--Me encuentro bien:
quien debe estar indispuesta es Antoita; mira qu triste parece.

--S, est triste, precisamente yo le preguntaba ahora la causa de esa
tristeza... Sabes cul es?... Dice que nunca se casar. Ser que est
enamorada?

--S--respondi Magdalena de un modo singular;--creo que has acertado.
Pero dejemos esto y acerqumonos a ella, pues nuestras conversaciones en
voz baja, le causan gran pesadumbre.

Efectivamente, Antoita pareca estar inquieta, como si fuese presa de
una viva desazn. Aproximronse a ella, mas no lograron que se sentase
de nuevo. Dijo que tena que escribir una carta, y se retir a su
cuarto.

As que hubo salido del saln, respir Magdalena con ms libertad, y
volvieron ella y Amaury a forjarse nuevos planes. Proyectaron largos
viajes por Italia, y en medio de sus protestas de amor no menos nuevas
por ser siempre repetidas, prometironse prolongar aquellos dulces
coloquios durante toda su vida.

De este modo sorprendioles la noche cuando ellos imaginaban no haber
pasado juntos sino muy pocos instantes.

De su arrobamiento vinieron a sacarles Antonia y el doctor que
aparecieron cada uno por su lado y se acercaron a ellos sonriendo.
Amaury estaba, de nuevo a los pies de su amada, pero esta vez Avrigny,
lejos de irritarse como la vspera, le indic que no se moviese y tras
de contemplar un momento aquel hermoso grupo, les tendi sus manos,
exclamando:

--Hijos mos!

Antoita, por su parte, ya fuese debido a su fuerza de voluntad o a
versatilidad de humor, estuvo como nunca, encantadora, haciendo gala de
su jovialidad y de su gracia. Quizs un fro observador habra
considerado algo febril aquella animacin y algo aparente aquella franca
alegra.

Los dos novios, absorbidos en sus propios sentimientos, no tenan tiempo
para analizar los ajenos. Slo de vez en cuando Magdalena haca
recordar a Amaury, tocndole en el codo, que estaban en presencia de su
padre. Entonces la conversacin se haca general, no siendo ella la que
menos pona de, su parte en tal empeo; pero pronto triunfaba el
sentimiento predominante, dando motivo al doctor para evaluar con
amargura el sacrificio que haba hecho al otorgarle la limosna de una
caricia, de una mirada, o de una simple palabra.

No tuvo valor para ver cmo le escatimaba su amor filial y apenas dieron
las nueve pretext la fatiga de la vspera para retirarse a descansar
dejando en su lugar a la seora Braun.

Pero antes de marcharse, al dar a su hija el beso de despedida,
apoderose de una de sus manos y le tom disimuladamente el pulso. Una
rfaga de indecible alegra, ilumin en el acto el contrado semblante
del doctor. El pulso era normal; circulaba la sangre con regularidad
perfecta; la arteria no denunciaba la ms leve agitacin y los hermosos
ojos de Magdalena no brillaban ya con el fulgor de la fiebre, sino con
el resplandor de la felicidad.

Volviose Avrigny hacia Amaury, y estrechndole en sus brazos le desliz
al odo estas palabras:

--Si t pudieras salvarla!...

Y gozoso casi en igual medida que los novios se dirigi a su despacho
para trasladar a su diario las impresiones de aquel da, uno de los ms
memorables de su vida.

No tard en retirarse Antoita, cuya desaparicin no advirtieron ni
Amaury ni Magdalena, y aun podra asegurarse que ambos la crean
presente cuando al dar las once se les acerc la seora Braun, para
recordar a Magdalena que su padre no permita que se acostase ms
tarde.

Hubieron, pues, de separarse por fuerza, no sin hacerse las ms tiernas
promesas para el da siguiente.

Al volver Amaury a casa, se conceptuaba el ms dichoso de los mortales.
Haba pasado un da de felicidad completa, de esos que hacen poca en la
existencia de un hombre; uno de esos das que no son oscurecidos por la
ms ligera nube, y en que todos los accidentes de la vida ordinaria
confndense de un modo armnico lo mismo que los detalles de un
magnfico paisaje se confunden con el cielo.

Ni una leve ondulacin haba turbado la tranquila superficie del lago de
aquel da, ni una sombra haba venido a oscuraecer los perdurables
recuerdos que deba dejar en su memoria.

Leoville entr en su casa, casi asustado de tanta dicha, tratando
vanamente de adivinar de dnde podra venir la primera nube capaz de
empaar el cielo radiante de su felicidad.




IX


Para Amaury la velada que acabamos de describir, tuvo su continuacin en
los deliciosos sueos que ocuparon su imaginacin aquella noche.

As, por la maana despert en la mejor disposicin de nimo para
recibir a su amigo Felipe, que no tard en presentarse.

Cuando Germn entr anunciando su visita, record Amaury que dos das
antes haba estado Auvray a verle para pedirle un favor y que no
encontrndose dispuesto a pensar en otra cosa que en los asuntos que a
l le preocupaban, haba diferido para otro da aquella conferencia.

Felipe volva con la perseverancia que formaba parte de su carcter, a
preguntar a Amaury si poda al fin orle.

Leoville, que aquel da habra contribuido de buen grado a hacer dichoso
a todo el mundo, orden que le hiciesen entrar en seguida y le recibi
sonriente. Felipe, en cambio, entr muy serio y con aire grave y
acompasado. An cuando era muy temprano, pues no haban dado las nueve,
vesta de rigurosa etiqueta.

Permaneci de pie, hasta que el criado hubo salido, y luego con solemne
ademn pregunt a su amigo:

--Vengo en mejor ocasin que anteayer? Ests hoy dispuesto a
concederme una audiencia?

--Amigo Felipe--contest Amaury,--no me guardes rencor por esta pequea
dilacin; haras muy mal en ello, pues ya pudiste advertir el otro da
que no estaba yo para escuchar confidencias. Hoy s que vienes en
ocasin muy oportuna. Por lo tanto, sintate y dime qu asunto es ese
que hace que vengas tan serio, tan estirado y tan correcto.

Auvray sonri con satisfaccin, y luego haciendo un gesto teatral, como
actor que se prepara para declamar un largo parlamento, dijo:

--Suplcote no olvides que soy abogado, lo cual quiere decir que debes
escucharme con paciencia, sin interrumpirme ni replicar hasta el fin de
mi discurso. Desde luego te prometo que ste no pasar de un cuarto de
hora.

--Convenido--dijo riendo Amaury,--pero ten mucho cuidado, porque te
escuchar reloj en mano. Mira: seala en este momento las nueve y diez
minutos.

Felipe sac tambin el suyo, compar los dos cronmetros con cmica
gravedad, que era habitual en l, y repuso:

--Tu reloj adelanta cinco minutos.

--O los atrasa el tuyo. Ya te he dicho muchas veces que me pareces t
aquel hombre de quien se dice que vino al mundo con un da de retraso, y
en toda su vida no pudo ya recobrarlo.

--Ya lo s. S; sa es mi costumbre, hija de la maldita irresolucin
propia de mi carcter, que me hace titubear sin resolverme a hacer una
cosa hasta que los dems ya la han hecho; de dnde resulta que en todos
mis asuntos cualquiera me gana siempre por la mano. Pero en esta ocasin
confo, _Deo volente_, en llegar con oportunidad al fin que me propongo.

--Pues si pierdes el tiempo perorando intilmente no ser nada extrao
que haya quin lo aproveche y t te quedes rezagado como siempre.

--Si as sucede la culpa ser tuya, porque yo te he suplicado que no me
interrumpas y no parece sino que te ha faltado tiempo para hacerlo.

--Est bien. Habla, pues; ya te escucho. Veamos qu es lo que tienes que
contarme.

--Se trata de una historia que t conoces tan bien como yo; pero debo
forzosamente empezar por recordrtela para llegar a mi objeto.

--A ver si vamos a representar ahora la escena de Augusto y Cinna!
Tendra gracia! Te imaginas que conspiro?

--Vaya! Ya me has interrumpido dos veces, a pesar de haberme empeado
tu palabra. Despus te quejars de que mi discurso ha durado ms de lo
convenido, y te creers con derecho para hacerme objeto de tus
reproches.

--No temas, Felipe; me acordar de que eres abogado.

--Ea, dejmonos de bromas y hablemos en serio porque el asunto es grave.

--Muy bien! Mrame--repuso Amaury, afirmando los codos sobre el lecho
con seriedad afectada.--Qu te parece? Estoy bien de este modo? Pues
yo te juro que no har ni un movimiento mientras tu hables... Conque,
empieza cuando quieras.

--Escchame, Amaury--dijo Felipe.--Te acuerdas del primer curso de
leyes que estudiamos juntos? Salamos de clase abarrotados de filosofa,
sabios como Scrates y sensatos como Aristteles. El corazn de Hiplito
habra envidiado al nuestro pues si nosotros ambamos a alguna Aricia,
no era ms que en sueos, y as en los exmenes hubo tres bolas blancas,
smbolos de nuestra inocencia, que recompensaron nuestra aplicacin y
que colmaron de alegra a nuestra familia. De m, yo s decir que,
emocionado por las alabanzas de mis profesores y las muestras de cario
de mis padres, haba hecho ya nada menos que un propsito firme de morir
envuelto en virginal vestidura, lo mismo que San Anselmo; pero no
contaba con el diablo, con el mes de abril, y con mis diez y ocho aos,
que haban de dar al traste con mi buena intencin. En suma, que muy
pronto cay por tierra mi plan al choque de una violenta contrariedad.
Yo hasta entonces haba visto siempre ante mis ventanas otras dos en las
que de vez en cuando apareca el rostro avinagrado de una vieja fea y
gruona, verdadero tipo de clsica duea espaola que pareca vivir sin
otra compaa que un perro tan asqueroso como ella; por lo menos nunca
vi asomarse a las ventanas, exceptuando a la vieja, otro ser viviente
que aquel animalito, el cual, cuando por casualidad su duea abra la
ventana, corra a poner las patas sobre el alfizar y me miraba con ojos
curiosos al travs de su pelaje ensortijado por el fango. El perro y la
vieja me inspiraban horror, e indudablemente, el tener yo siempre
cerrada hermticamente mi ventana para no verlos, fue la causa principal
de que yo obtuviese al terminar el curso un resultado tan brillante en
la carrera de los Cuyacios y los Delvincourt.

Pero ay! un da, all a principios de marzo, vi con jbilo una plancha
en la cual haba escritas estas consoladoras palabras:

CUARTO Y GABINETE POR ALQUILAR PARA EL MES DE ABRIL

Era indudable que iba a verme libre de la vecindad de aquella horrible
vieja, y que por fin vendra un ser humano a sustituir a la espantosa
bruja que durante dos aos haba afeado mi perspectiva con el espectro
de Medusa.

Ya aguardaba yo impaciente la fecha del 1. de abril cuando la vspera
me escribi mi excelente to, el mismo que me ha dejado veinte mil
francos de renta, invitndome a pasar el da siguiente, que era festivo,
en su quinta de Enghien.

Como yo no andaba muy al corriente de mis estudios, pas en vela buena
parte de la noche a fin de encontrarme el lunes al nivel de los dems
compaeros, y claro est! a la maana siguiente en lugar de levantarme
a las siete, lo hice a las ocho y en vez de partir a las ocho lo hice a
las nueve, por lo que no me fue posible llegar a las diez, como deba,
sino a las once bien dadas, cuando estaban ya acabando de almorzar. Ya
supondrs que el retardo no me quit el apetito. Me sent, pues, a la
mesa, prometiendo a los dems comensales que pronto los alcanzara; pero
por ms que hice y por bien que jugu mis mandbulas, no logr impedir
que todos concluyeran antes que yo, y como haca un da esplndido y
figuraba en el programa un paseo por el lago, me manifestaron que salan
a dar una vuelta mientras yo terminaba de almorzar y concedironme diez
minutos, asegurndoles yo que an me sobrara tiempo.

Pero quiso el diablo que me sirviesen el caf hirviendo, y entre soplar,
hacer gestos y tomarlo poco a poco, perd muy cerca de una hora. Por si
algo faltaba, para colmo de desdichas, haba en la comitiva un
matemtico, uno de esos hombres que por lo ordenados guardan gran
analoga con un cuadrante solar, que supeditan, todos sus actos a su
reloj, tan fijo como el sol. As que hubieron pasado los diez minutos
que me fueron concedidos, consult mi hombre su cronmetro y haciendo
notar que yo no haba cumplido mi palabra se dirigi a la orilla y dio
comienzo el embarco.

A la sazn sala, yo de la casa, y al ver la jugarreta que iban a
hacerme, ech a correr, llegando al embarcadero en el preciso momento en
que la barca se apartaba de la orilla. Saludronme las carcajadas de
todos, esto pic mi amor propio, med con la vista la distancia a que se
hallaba la barca, y viendo que no me separaban de ella ms de unos
cuatro pies, salt y... zas!... d con mi cuerpo en el lago!

--Pobre Felipe! Gracias a que sabes nadar como un pez, pues de otro
modo...

--Esa circunstancia me vali--interrumpi Auvray.--Mas, como el agua
estaba helada, volv a la orilla aterido y tiritando de fro, mientras
que el matemtico calculaba de seguro, cuntos milmetros me haban
faltado para caer en el bote y evitarme el chapuzn. A consecuencia de
aquel bao intempestivo, tomado en tan malas condiciones, pas tres das
en la quinta, con una fiebre muy alta. El mismo da en que el mdico me
declar radicalmente curado, obligome mi to a volver a Pars sin perder
tiempo, pues mi ausencia poda perjudicarme para los exmenes, y entr
en mi casa a las diez de aquella noche, no sin ir antes a llamar a tu
puerta; pero o t estabas fuera o te habas acostado. Por cierto que
despus he recordado esta circunstancia muchas veces.

--Pero, querrs decirme adonde diablos vas a parar?

--Pronto lo vers. Prosigo. Me met en la cama respetando tu ausencia,
tu sueo o lo que fuere; dorm como un lirn, y por la maana me
despert el piar de los gorriones, cosa que me produjo la ilusin de que
estaba an en el campo; as, que abr los ojos creyendo ver el verdor,
las flores y los pjaros y me qued sorprendido cuando me encontr, con
que desde mi cuarto vi todo eso. Aun vi ms, porque al travs de los
vidrios y entre rosas y claveles contempl a la modistilla ms linda y
ms retrechera que puedas t imaginarte, distribuyendo comida a varios
pjaros de especie diferentes, que merced sin duda al dulce gobierno de
su duea, convivan en paz dentro de una misma jaula. Pareca un cuadro
de Mieris. No ignoras t que los cuadros me gustan con delirio: te
explicars, pues, perfectamente, que yo me estuviera all ms de una
hora contemplando aquel que me pareca tanto ms encantador cuanto que
vena a destruir el efecto que durante dos aos me haba causado la
odiosa visin de la vieja y el perro. Mientras yo estuve fuera, mi
Fisifona se haba largado, cediendo su puesto a la gentil griseta. Sin
pasar de aquel da, decid enamorarme con locura de mi encantadora
vecina, y no desperdiciar la primera ocasin que se me ofreciera para
declararle mi pasin.

--Ah! Ya te veo venir, amigo Felipe--dijo Amaury riendo;--pero ya crea
yo que habas olvidado aquella aventura en la que tuve la desgracia de
ser tu rival, llevndote dos das de delantera.

--Ni mucho menos, Amaury; antes bien, la recuerdo con todos sus detalles
y como t no conoces stos, me permitirs que te los cuente para que
sepas hasta dnde llegan tus culpas para con tu amigo Felipe.

--Pero, hombre, habrs sido capaz de venir a provocarme a un duelo
retrospectivo?

--Qu disparate! No vengo ms que a pedirte un favor, y si te cuento
esa historia es con el fin de que a la amistad inquebrantable que existe
entre nosotros y que debe moverte a prestarme ayuda se sume el deseo de
reparar ciertos agravios.

--Muy bien; pero volvamos a Florencia.

--Florencia se llamaba?--pregunt Felipe.--No lo saba yo. Me gusta
mucho ese nombre, casi tanto como me gustaba ella. Volvamos, pues, a
Florencia. Te deca que tom dos decisiones a un tiempo, cosa muy
extraa en m, que apenas s tomar una. Verdad es que, si alguna vez lo
hago, no hay nadie que persevere ms en su propsito ni que siga su
camino tan impertrritamente como yo... Por vida de!... Se me figura
que acabo de soltar un adverbio.

--Tienes perfecto derecho a hacerlo--repuso Amaury con gravedad.

--El primer propsito era el de enamorarme, como un loco, de mi hermosa
vecina--continu Felipe,--y como era el ms factible, lo puse en
prctica aquel mismo da. Consista el segundo en declararle mi pasin a
la primera oportunidad, y eso ya no era tan fcil; como que era
necesario primeramente encontrar la ocasin y despus atreverse a
aprovecharla.

Tres das tuve que estar en constante espionaje; el primero, oculto
detrs de mis cortinas, porque tema asustarla dejndome ver
sbitamente; al otro da ya la contempl pegado a los cristales, pero
aun no me atrev a abrir mi ventana; al tercero ya la abr, y observ
gozoso que no la espantaba mi osada.

Aquella misma tarde la vi echarse sobre los hombros un chal, y
abrocharse las botas. Mi vecina iba a salir, y como eso precisamente era
lo que esperaba ansioso, me prepar a seguirla adondequiera que fuese.




X


Auvray prosigui:

--Mi plan ya estaba trazado. Tena que armarme de valor para detenerla y
ofrecerme a compaarla, declarndole por el camino mi pasin, y
explicndole con fuego los estragos que en mi pobre corazn haban hecho
en tres das su nariz arremangada y su graciosa sonrisa. Tom, pues, el
bastn, el sombrero y el gabn y en cuatro brincos me plant en la
calle, sin que me fuera dable evitar, a pesar de mi presteza, que ella
ya me llevase unos treinta pasos de delantera. Me lanc como una flecha
en seguimiento suyo, y poco a poco logr acortar la distancia. En la
esquina de la calle de San Jaime, llevaba yo ganados diez pasos; en la
calle de Racine eran ya veinte, y despus de atravesar un patio,
emprendi la ascensin por una escalera, cuyos ltimos escalones
alcanzaban a verse desde la calle. Pasome por la mente la idea de
aguardarla en el patio, pero la desech pronto, considerando que el
portero, que a la sazn estaba barriendo me preguntara adnde iba y yo
no sabra responderle ni siquiera explicarle a quin segua, puesto que
ignoraba el nombre de la joven. Hube, pues, de contentarme con esperar
paseando por la acera de enfrente como pudiera hacerlo un centinela, y
he de confesar que si alguna aficin hubiera tenido yo a la guardia
nacional la habra perdido entonces.

As pas una hora, y otra, y otra ms, y mi griseta no se dejaba ver por
parte alguna.

--Ser que la habr espantado?--me pregunt.

A todo esto se acercaba ya la noche y yo, msero de m, no dispona del
poder de Josu para detener el sol a mi placer. De repente, a la escasa
luz del farol que alumbraba la escalera, alcanc a ver el vestido de mi
fugitiva, pero sta no iba sola, pues tambin vi la capa de un hombre
que bajaba en su compaa.

--Ser su amante? Ser su hermano?--pens.

Muy bien poda ser lo primero, pero tampoco era descabellado suponer que
fuera lo segundo, y recordando a la sazn la famosa mxima del sabio:
En la duda abstente, yo me abstuve. Los dos pasaron junto a m sin
verme, pues la oscuridad no poda ser ms densa.

Aquel acontecimiento me hizo cambiar de plan. As como as, en mi fuero
intento, renegaba de mi pusilanimidad, temiendo que en el instante en
que hubiera de dirigirle la palabra me abandonara el valor de que vena
haciendo tan gran acopio, y, por lo tanto, juzgu que era mejor
declararme por escrito.

Y as como lo pens lo hice en seguida; apenas llegu a casa, sentome
ante mi mesa, pluma en ristre. Pero trazar una epstola amorosa de la
que dependa el juicio que yo iba a merecer a mi vecina y, por lo tanto,
la mayor o menor rapidez con que yo deba captarme su voluntad, no era
empresa muy fcil que digamos. Adems, era la primera vez que yo me
meta en tales aventuras. As, me pas hasta la madrugada trazando una
serie de borradores que al releerlos luego me parecieron detestables. A
la maana siguiente hice unos cuantos ms, y por fin adopt este ltimo
ensayo.

Y al decir esto Auvray, sac su cartera y de ella un papel que desdobl
y ley en voz alta. He aqu lo que deca aquella carta:

Seorita:

Verla a usted es adorarla; yo la he visto y la adoro. Por las maanas
la veo distribuyendo el alimento a sus pjaros, demasiado dichosos,
porque les da de comer una mano tan linda; la veo regar sus rosas, menos
rosadas que sus mejillas, y sus claveles, que no tienen la fragancia de
su aliento, y aquellos breves instantes bastan para llenar mis das de
ilusiones y mis noches de ensueos.

Seorita, usted no me conoce y yo ignoro tambin quin es usted, pero
me basta vislumbrarla un segundo para juzgar que bajo tan seductora
apariencia se oculta un alma llena de pasin y de ternura. Su espritu
no puede menos de ser tan potico como su hermosura y sus sueos son de
fijo tan dulces como sus miradas. Feliz aqul que pueda dar realidad a
esas encantadoras ilusiones! Triste de quien se atreva a destruir tan
dulces quimeras!

--Qu te parece? Verdad que logr imitar perfectamente en ese borrador
el estilo de la poca?--pregunt Felipe con visible satisfaccin de s
mismo.

--Lo mismo iba yo a decirte: pero he recordado a tiempo que no te deba,
interrumpir--contest Amaury.

Auvray continu:

Ya ve usted seorita, que la conozco. Y a usted, jams le ha dicho su
instinto de mujer que muy cerca de usted, en la casa de enfrente, haba
un joven que poseyendo algunos bienes, vive solo y aislado y necesita un
corazn amante y carioso que sepa comprenderle? No ha adivinado usted
que aqu haba un hombre capaz de dar su sangre, su vida, y su alma al
ngel que bajase del Cielo para llenar el vaco de su triste existencia,
y cuyo amor no sera un capricho profano y ridculo, sino una adoracin
eterna? Seorita, si usted no me ha visto, por qu no me habr siquiera
presentido?

Volvi a detenerse Felipe para mirar a Amaury, como pidindole su
opinin sobre este segundo perodo de la carta.

Leoville hizo un gesto de aquiescencia, y Auvray prosigui:

Perdone usted, seorita, si no he sabido resistir al ardiente deseo de
declararle la volcnica pasin que su sola presencia me ha inspirado:
perdone mi atrevimiento, pero no poda menos de revelarle este amor que
de hoy ms habr de llenar mi vida. No le ofenda la ingenua sencillez de
quien le profesa tanto amor como respeto y si quiere creer en la
sinceridad de este pobre corazn que ya es suyo por entero, permtame
que le manifieste de palabra toda la ternura y veneracin que siento por
usted.

Por favor, seorita, djeme ver de cerca a mi dolo. No pido que me
conteste, no me atrevo a exigir tanto; pero ser suficiente una palabra,
una sea, un ademn, la ms leve indicacin para que yo vuele a sus
pies, y pase a su lado la existencia.

_Felipe Auvray._

Calle de San Nicols, 5. piso. Hay una pata de liebre en el cordn de
la campanilla.

--Has comprendido, Amaury? No le peda respuesta, porque no me juzgase
muy osado; pero le daba las seas de mi habitacin por si se compadeca
de m y me contestaba sin pedirle yo que lo hiciese.

--No era mala precaucin--repuso Amaury.

--No, no era mala, pero en cambio era excusada, amigo Amaury. Concluida
la apasionada epstola, no faltaba otra cosa que llevarla a su destino:
pero, cmo iba a hacerla llegar a manos de mi vecina?... Valindome
del correo? No conoca el nombre de mi deidad. Comisionando al portero
para que se la entregase mediante una propina de tres francos? Yo no
fiaba mucho en ese medio porque haba odo hablar muchas veces que hay
porteros incorruptibles. La enviara por un demandadero? Este medio me
resultaba prosaico y hasta un tanto peligroso, pues poda suceder
perfectamente que encontrase all al hermano, es decir, al individuo
aquel que la acompaaba la noche en que la segu, y que en medio de mi
ilusin, crea yo que no poda ser ms que su hermano. Costbame trabajo
el resignarme a creer que fuese un amante.

Pens contarte entonces mi aventura, pero me arrepent en el acto porque
se me ocurri que t, como ms experto que yo en lides de amor, te
burlaras de mis perplejidades. En suma, paralizado por ellas, tuve tres
das la carta cerrada sobre mi mesa sin saber qu hacer con ella. Por
fin, cuando ya anocheca el tercero y mientras yo entristecido por su
ausencia, pues haba salido aquella tarde, contemplaba su habitacin
desierta, vi desprenderse de sus rosales una hoja que empujada por el
viento cay revoloteando hasta la calle.

La manzana que a Newton le cay en la nariz, fue para el sabio una
revelacin de la gravitacin universal. Del mismo modo una hoja flotando
a merced del viento, me revel a m el medio de correspondencia que
deba emplear. Envolv con la carta el primer objeto pesado que hall a
mano, y lo tir con habilidad a la habitacin de mi vecina, hecho lo
cual y asombrado de m mismo por este rasgo de audacia, cerr
prestamente la ventana y aguard temblando por las consecuencias que
poda tener el acto de osada perpetrado, porque si mi vecina regresaba
con su hermano, y ste lea la carta, quedara muy comprometida la
infeliz muchacha.

Oculto tras de las cortinas, y con el corazn lleno de angustia, esper
su vuelta. De pronto vi que entraba, y al advertir que no le acompaaba
nadie, respir con libertad. Ligera y juguetona como siempre, recorri
en todos sentidos su aposento sin tropezar con mi carta, hasta que por
ltimo quiso la casualidad que pusiera el pie encima. Entonces se
inclin para recogerla.

Yo estaba en ascuas. Lata mi corazn con violencia inusitada y
comparbame con la Lauzun, Richelieu y Lovelace.

Como ya te he dicho antes, comenzaba a anochecer. Mi vecina se acerc a
la ventana como queriendo averiguar de dnde podan haber arrojado la
misiva, y luego se dispuso a leerla. Entonces cre llegada la ocasin de
darme a ver, y a mi vez me asom yo a mi ventana. Al or el ruido que
hice al abrirla, volviose mi vecina y pase su mirada con cierto asombro
no exento de curiosidad, de la carta a mi persona y de sta a la carta.

Con elocuente mmica supe indicarle que era yo su autor, y cruzando las
manos, le rogu que la leyera.

Qued perpleja un instante, mas se decidi muy pronto.

--A qu?

--A leerla, hombre, a leerla.

Comenz por abrir la carta con la punta de los dedos; me mir sonriendo,
ley unas cuantas lneas, volvi a sonrer, y por ltimo, aumentando su
jovialidad, prorrumpi en una franca carcajada que a m me dej
desconcertada. Con todo, como acab de leer la carta de cabo a rabo, ya
iba yo recobrando una ligera esperanza, cuando sbitamente vi que la
rasgaba. Estuve a punto de gritar, pero en seguida pens que quizs
tomaba tal precaucin por miedo a que la carta cayese en manos de su
hermano. Entonces juzgu que obraba bien y hasta aplaud su idea por ms
que se me antojaba que era demasiado cruel el encarnizamiento con que se
cebaba en mi desventurada epstola. Que la hubiese roto en cuatro
pedazos, pase; en ocho, an poda tolerarse; pero que la rasgase en y
diez y seis, en treinta y dos, en sesenta y cuatro, que la redujese a
imperceptibles trozos, era ya refinamiento, y convertirla en un puado
de tomos, era dar muestra de insigne perversidad.

Y es el cas que as lo hizo, y slo cuando por ser ya los fragmentos
muy pequeos le fue imposible hacer una nueva divisin, abri la mano, y
envolvi a los transentes en aquella nevada intempestiva; hecho esto
volvi a rerse en mis barbas y cerr la ventana, mientras una importuna
rfaga de viento me traa un fragmento de mi carta y una muestra con l
de mi elocuencia. A qu no imaginas cul era? Pues nada menos que
aquel que contena la palabra _ridculo_!

Sent que la furia me cegaba; pero, como al fin y a la postre ninguna
culpa tena ella de este ltimo incidente, nicamente achacable al
viento inoportuno, cerr tambin mi ventana con dignidad, y me puse a
discurrir, buscando el medio de vencer aquella, resistencia desusada en
la honorable corporacin de las grisetas.




XI


Los primeros planes que ide se resintieron, como es natural, del estado
de exaltacin en que me encontraba yo; as, no se me ocurrieron ms que
feroces combinaciones y proyectos tan locos como salvajes, mientras
pasaba revista en mi memoria a todas las catstrofes amorosas ocurridas
en el mundo desde Otelo hasta Ansony.

Pero antes de adoptar ningn plan definitivo decid acostarme con el fin
de que el sueo amansase mi furor, teniendo por bueno aquel proverbio
que dice que la noche es buena consejera. Y as debe ser en efecto,
porque al otro da me levant completamente tranquilo; aquellos planes
sanguinarios de la vspera, se haban trocado en resoluciones mucho ms
parlamentarias, y yo me resolv a aguardar la noche para llamar a su
puerta, y una vez que me abriese arrojarme a sus pies, y repetirle
verbalmente lo que ya le haba dicho en mi carta. Si rechazaba mi amor,
estando con ella a solas, siempre tena el recurso de apelar a los
medios ms violentos. No poda ser este plan ms atrevido; pero en
cambio su autor lo era bien poco.

Dispuesto a ponerlo en prctica aquella noche, llegu valientemente
hasta el pie de la escalera, pero de all no pas. A la noche siguiente,
sub hasta el segundo piso; pero all me detuvo mi falta de decisin. A
la tercera llegu hasta el rellano de su propio piso, pero me qued
delante de su puerta, sin atreverme a llamar. Me pasaba a m lo mismo
que a Querubn: _No me atreva a atreverme._

Pero a la cuarta noche, jur acabar de una vez y no ser por ms tiempo
tan necio y tan cobarde. Entr en un caf, tom hasta seis tazas de este
brebaje, y reanimado mi valor por aquellos tres francos de energa, sub
sin retenerme los tres pisos, y con mano temblorosa y febril ademn, sin
querer pensar en nada por miedo de arrepentirme, tir del cordn de la
campanilla, cuyo sonido me hel la sangre en las venas.

Dironme entonces tentaciones de echar a correr, pero me qued como
clavado en el suelo, retenido all por mi propio juramento. No tard en
or pasos... Alguien abri... Lancme al interior de una habitacin
oscura como boca de lobo, abr una puerta por cuyos intersticios se
filtraba la luz y exclam con acento de resolucin suprema:

--Seorita!

Pero en el acto, me sent asido por una mano varonil que me puso delante
de mi hermosa vecina, y mientras sta se levantaba de su asiento
haciendo un mohn lleno de gracia, mi amigo Aumary, le dijo:

--Vida ma, tengo el gusto de presentarte a mi amigo, Felipe Auvray. Es
vecino tuyo y hace tiempo que desea conocerte.

Ya conoces el resto de la aventura. Pas all diez minutos, sin lograr
reponerme de mi aturdimiento, y abrumado al fin por el peso del ridculo
balbuce algunas excusas y me retir acompaado por las carcajadas de
Florencia que no pudo contener la hilaridad al ofrecerme su casa.

--Y a qu viene el recordar ahora tales cosas? A raz de aquel suceso,
me pusiste mala cara, y tard bastante en pasrsete el enfado; pero cre
que ya me habas perdonado, en gracia a que t mismo tuviste la culpa de
lo que te pas entonces.

--De sobra lo s y nunca te guard rencor por ello. Pero debes reconocer
que esas cosas no sirven de gusto a nadie, y como t, queriendo
resarcirme en cierto modo de la amarga impresin que dej en mi nimo la
desdichada aventura te opusiste a presentarme a tu tutor y contrajiste
solemne compromiso de hacerme en adelante cuantos favores pudieses, he
credo conveniente recordarte tu crimen para recordarte tu promesa, ya
que hoy necesito que me ayudes.

--Habla, Felipe--dijo Amaury, pugnando por contener la risa.--Estoy
arrepentido de mi culpa, tengo en cuenta el compromiso y aguardo la
ocasin de expiar aquel pecado... involuntario.

--Bueno. Sabe, pues, que ha llegado el momento--dijo Felipe con
gravedad.--Amaury: estoy enamorado.

--Diablo! Lo dices en serio?

--S; y esta vez no es un amor pasajero, sino una afeccin honda y
duradera que llenar mi vida.

Amaury se sonri, pensando en Antoita.

--Y de seguro quieres pedirme que te sirva de intrprete cerca de tu
dolo? Desdichado! Me haces temblar... Pero prosigue. Cmo te has
enamorado? y de quin?...

--Ya no se trata de una modistilla cuyo amor se busca por capricho, sino
de una seorita de noble alcurnia a la que slo puedo unirme en
matrimonio. Mucho he titubeado en decrtelo a ti, que eres mi mejor
amigo, pero al fin tena que hacerlo y he credo llegado el momento
oportuno. No poseo ttulos de nobleza, pero tampoco soy de origen
oscuro, pues pertenezco a una familia distinguida; hace poco hered de
mi buen to veinte mil francos de renta y su quinta de Enghien, y estas
circunstancias me animan a decirte a ti, que ms que amigo eres para m
un hermano y adems ests propicio a darme reparacin de las pasadas
ofensas: Amaury, quieres pedir en mi nombre a tu tutor la mano de su
hija Magdalena?

--Cmo! qu es lo que dices?--exclam Amaury, con la estupefaccin
pintada en el semblante.

--Digo--respondi Felipe sin abandonar su aire solemne,--que suplico a
mi amigo y hermano Amaury, recordndole sus compromisos, que pida para
m la mano de...

--De Magdalena?

--Si.

--De Magdalena de Avrigny?

--S; de la hija de tu tutor.

--Pero no estabas enamorado de Antoita?

--Yo? Ca, hombre!

--As, pues, amas a Magdalena?

--Claro est! Por eso vengo a pedirte...

--Calla, desgraciado! Est de Dios que siempre llegues tarde! Yo
tambin la amo.

--Qu dices? Que t la amas?

--S, y es el caso...

--Qu?...

--Que ayer mismo ped y obtuve su mano.

--La mano de Magdalena?

--S: la mano de Magdalena.

Felipe se llev las manos a las sienes como temiendo que su cabeza
estallara; luego, aturdido, sin darse cuenta de sus actos, se levant
vacilante, tom maquinalmente el sombrero y con paso de autmata sali
sin despegar ya los labios, como si aquel golpe le hubiese dejado mudo.

Amaury, compadecido de su amigo, estuvo tentado a correr tras l para
detenerle y prodgarle consuelos; pero en aquel instante oy las diez y
se acord de que a las once le esperaba Magdalena.




XII

DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY


15 de mayo

Por lo menos no me separar de mi hija; se quedarn a mi lado; yo ir a
donde ellos vayan y vivir con ellos.

Proyectan pasar el invierno en Italia, o para hablar con ms propiedad,
mi prudente previsin les ha sugerido ese propsito. As, pues,
presentar mi dimisin de mdico de cmara y me ir con mis hijos.

Magdalena es rica y yo tambin lo soy. Qu puedo necesitar yo, si lo
que guard fue para ella!

Seguro estoy de que mi partida causar a muchos gran sorpresa y que
tratarn de retenerme en nombre de la ciencia, dicindome que no debo
dejar abandonada mi clientela, pero, qu importa?

Para m la nica persona en quien tengo que pensar es Magdalena; eso no
slo constituye una dicha sino que es adems un deber. Mis hijos
necesitan de m y a ellos me debo. Les servir de cajero; es necesario
que Magdalena sea la ms deslumbradora entre todas, ya que es la ms
hermosa, sin que su fortuna disminuya por tal causa.

Nos procuraremos en Npoles, en Villa Reale, un palacio cuya fachada d
al Medioda. All mi hija florecer como una planta lozana restituida
al suelo natal.

Yo dirigir su casa, organizar sus saraos, har el papel de intendente
y les descargar del peso de todos los cuidados materiales que la vida
social lleva consigo.

Slo habrn de pensar en ser felices y en quererse... Ya es bastante
ocupacin, despus de todo.

Quiero adems que este viaje, que para ambos es de puro recreo, sea
provechoso para Amaury y le sirva para adelantar en su carrera; as, sin
enterarles de nada, ayer mismo ped al ministro que le encomendase una
importante comisin secreta y mi pretensin fue atendida.

Todo lo que treinta aos de trato con los hombres ms eminentes y de
observacin constante en el orden fsico y en el moral me han producido
en influencia y en conocimientos, lo pondr a su disposicin para que se
sirva de ello.

Y no slo me propongo ayudarle en el cumplimiento de la misin que le
encargan, sino que su trabajo lo llevar a cabo yo mismo. Sembrar para
l a fin de que slo tenga que tomarse el trabajo de recoger la cosecha.

Todo lo que yo le doy pertenece a mi hija, como le pertenecen mi
fortuna, mi vida y mi pensamiento, que ya le haba dado antes.

Todo ser para ellos; yo no quiero reservarme para m otra, cosa que el
derecho de mirar de vez en cuando a Magdalena, escucharla cuando me
hable y verla hermosa y satisfecha.

No me separar de ella y me olvidar, como me olvido ya, del instituto,
de los clientes y hasta del rey, que hoy ha enviado a preguntar por mi
salud. Todo lo olvidar menos mis hospitales; los dems enfermos son
ricos v pueden acudir a otro mdico, pero mis pobres no; si stos no me
tuvieran a m quin los asistira?

Y el caso es que no tendr ms remedio que dejarles, cuando me vaya con
mi hija. Algunas veces me pregunto si tengo derecho a abandonarles; pero
no paso a creer que haya nadie en el mundo que tenga sobre m ms
derecho que mi hija.

Parece increble la facilidad con que dudamos a veces de las cosas ms
simples. Ya rogar a Cruveilhier o a Jaubert que ocupen mi lugar.


16 de mayo.

Tan felices son que en m se refleja su jbilo. No dejo de comprender
que el aumento de amor hacia m que en ella advierto no es otra cosa que
un desbordamiento del que le profesa a l; pero a veces lo echo en
olvido, como quien viendo una representacin dramtica, llega a
imaginarse que presencia escenas de la realidad.

Hoy le he visto venir tan regocijado que me priv de entrar en la
habitacin de mi hija para no obligarles a que se hiciesen violencia
delante de m.

Ah! Son tan escasos en la vida estos momentos que, como dicen muy bien
los italianos, es un crimen ponerles tasa cuando se tiene la dicha de
disfrutarlos.

Unos minutos despus paseaban los dos por el jardn. Este es su edn.
En l estn ms aislados, sin que por eso estn solos; pero abundan los
rboles tras de los cuales pueden estrecharse la mano, y recodos en que
pueden acercarse el uno al otro.

Contemplbales yo oculto tras de mi ventana y vea por entre las lilas
buscarse sus manos y confundirse sus miradas. Tambin ellos parecan
nacer y florecer, como las plantas que los rodeaban. Oh, primavera,
juventud del ao! Oh juventud, primavera de la vida!

A pesar de todo no puedo pensar, sin estremecerme, en las emociones,
por agradables que sean, que esperan a mi pobre hija. Es tan delicada, y
tan dbil de cuerpo y de espritu que una alegra la trastorna tanto
como a otros una pena.

Obrar el novio con la prudencia del padre? La tasar ciertas cosas
como yo, que le taso el viento que puede perjudicarla? Encerrar a la
delicada flor en una atmsfera tibia y embalsamada sin sobra de sol y
sin vientos tempestuosos?

Ese joven fogoso y apasionado puede destruir en un mes con sus locos
transportes mi compleja tarea de diez y siete aos de cuidado constante.

Navega pues, supuesto que es preciso, frgil barquilla ma; ve a
desafiar la tempestad. Afortunadamente yo ser tu piloto; yo sabr
gobernarte y no te abandonar a merced de las olas.

Qu sera de mi vida, pobre hija ma, si te abandonara yo?

Pensando en lo delicada y endeble que es tu constitucin, siempre
creera verte enferma, o amenazada de estarlo. Quin podra decirte a
todas horas:--Mira, Magdalena, que ese sol del medioda quema
demasiado.--Mira, que esa brisa nocturna es fra con exceso.--Magdalena,
cbrete la cabeza con un velo.--Magdalena, chate un chal sobre los
hombros?

No; nadie te hablar as. El te amar, pero no pensar en otra cosa que
en quererte, mientras que yo pensar en hacer que vivas.




XIII


17 de mayo

Desdichado de m!

Se desvanecieron otra vez mis sueos; volaron todas mis ilusiones.

Cuando me levant confiaba en pasar un da feliz, y Dios haba
dispuesto que fuese de afliccin y de dolor.

Amaury ha venido como siempre esta maana. Los he dejado muy contentos
bajo la vigilante mirada de la seora Braun y he salido a mis quehaceres
acostumbrados.

Me he pasado todo el da pensando en el gozo con que anunciara a
Amaury la comisin que logr para l y los planes que he forjado. Cuando
llegu a casa eran ms de las cinco y se disponan a sentarse ya a la
mesa.

Amaury haba salido para volver ms pronto indudablemente, y se conoca
que no haca mucho rato porque el semblante de Magdalena, estaba,
radiante an de felicidad.

Pobre hija ma! A creerla, nunca se encontr mejor.

Me habr equivocado yo? Este amor que a m me asustaba, tanto, habr
venido a dar vigor a esa complexin enfermiza y enclenque, cuya
destruccin tema? La Naturaleza est llena de abismos que la mirada ms
escrutadora jams alcanzar a sondear.

Todo el da haba estado pensando en la dicha que les tena preparada,
lo mismo que el nio que guarda una sorpresa para una persona a quien
ama y que siempre est a punto de revelar el secreto. Temiendo descubrir
el mo a Magdalena, dej a sta en el saln y descend al jardn.
Mientras me paseaba oa vagamente la sonata que estaba tocando al piano;
era una meloda que ejecutada por mi hija me llenaba de gozo el corazn.

Aquel arrobamiento dur como un cuarto de hora.

Complacame yo en aproximarme a aquella fuente de armona, y despus de
deleitarme un instante me alejaba de ella para dar la vuelta al jardn.

Cuando llegaba al lmite de ste, casi yo no oa el piano, y nicamente
llegaban a mis odos las notas ms agudas bastante amortiguadas por la
distancia. Despus, al regresar, entraba de nuevo en el crculo
armonioso, del cual volvan a alejarme mis paseos en direccin opuesta.

A todo esto iba cerrando la noche.

Sbitamente ces de orse el piano. Yo sonre, adivinando la causa de
ello: Amaury acababa de llegar.

Entonces volv al saln, pero por otro camino; por una senda oscura, a
lo largo del muro.

En ella encontr a Antoita, que estaba sentada en un banco, sola y muy
pensativa. Dos das haca que tena el propsito de hablarla, y juzgando
el momento favorable, me detuve ante ella.

Pobre Antonia! Haba credo yo que en cierto modo iba a ser un estorbo
para la feliz existencia que pensbamos pasar; que los sentimientos ms
ntimos no deban ser manifestados entre testigos y por lo tanto,
juzgaba muy conveniente que ella no viniese con nosotros.

Pero tampoco poda yo dejar aqu sola a la pobre criatura. Quera
separarme de ella; mas dejndola disfrutando tambin de una dicha
anloga a la nuestra. El cario que yo siento hacia ella y el que
profes a mi hermana, me obligaban a obrar as.

Cuando me vio, alz la vista y me dijo sonriendo:

--Ya ve usted cmo no me engaaba cuando le dije que la felicidad de
ellos le hara dichoso.

--S, hija ma, pero eso no es bastante; has de serlo t tambin.

--Yo? Si ya lo soy! Me falta algo, por ventura? Usted me quiere como
un padre; Magdalena y Amaury me quieren como una hermana: qu ms puedo
desear?

--Una persona que te quiera como esposa, Antoita; y ya me parece que
he encontrado esa persona.

--To!--exclam Antoita con acento que pareca suplicarle que no
prosiguiese.

--Escchame, querida sobrina, y ya responders luego.

--Hable usted, to.

--Conoces a Julio Raymond?

--Quin? Ese joven que es procurador de usted?

--S, el mismo. Qu te parece?

--Me parece muy simptico... aun cuando procurador.

--Vaya! djate de bromas. Te repugnara ese joven?

--Para que a una mujer le cause repugnancia un hombre, tiene que amar
a otro, y como yo no me encuentro en ese caso, todos me son igualmente
indiferentes.

--Pues bien, Antoita: sabe que ayer vino Julio a verme; si t no has
fijado en l tus ojos, l en cambio pronto ha puesto en ti los suyos...
Te advierto, que es un hombre destinado a tener gran porvenir; ya se ha
labrado por s mismo una fortuna, y quiere compartirla contigo. Por lo
pronto comienza por dotarte en doscientos mil francos...

--Mire usted, to--repuso Antonia interrumpindole,--todo eso que usted
me dice, no deja de ser, y as lo reconozco, muy noble, y muy hermoso y
yo no puedo menos de darle por ello las gracias ms cumplidas. No negar
que Julio es entre los hombres de su clase, una excepcin muy digna de
estima; pero ya le he dicho a usted en ms de una ocasin, que no tengo
otro deseo que quedarme a su lado, viviendo en su compaa, mientras
usted lo permita. Ni concibo ni quiero otra felicidad, y si usted no
dispone otra cosa, sa es la que yo elijo.

Trat de insistir, queriendo convencerla de las ventajas que le
aportaba ese enlace. Yo le propona un joven rico, y considerado; mi
vida no poda ser muy larga; qu sera de ella, cuando le faltasen mi
apoyo y mi cario?

Me escuch con calma, que revelaba su resolucin, y cuando hube
terminado, me contest:

--To, yo le debo a usted obediencia como se la deba a mis padres, ya
que al morir stos me confiaron a usted. Ordene, pues, y me apresurar a
obedecerle; pero no intente convencerme, porque mi situacin de nimo es
tal, que mientras sea duea de mi voluntad no aceptar partido alguno,
as se trate de un millonario o de un prncipe.

Tan gran firmeza revelaban su voz, sus ademanes y hasta sus menores
gestos, que el insistir yo, habra significado tanto como querer
convertir la persuasin en mandato. As, pues, djele que poda disponer
libremente de su mano, le d cuenta de los planes que iba a exponer a
mis hijos, y le anunci que vendra con nosotros, al or lo cual movi
la cabeza y me respondi que quedaba muy agradecida a mi buena
intencin, pero que no poda aceptar mi oferta. Protest yo, y entonces
ella repuso:

--Oiga usted, to. Dios, que manda en los destinos del mundo, ha
dispuesto para unos la felicidad, y para otros la desdicha. Mi suerte es
la soledad. De muy joven he perdido ya mis padres. La animacin y el
ruido de un largo viaje, y el variado espectculo de pueblos y paisajes
no me convienen a m. Me quedar aqu en Pars, y acompaada de nuestra
aya, esperar el regreso de ustedes. Slo dejar mi aposento para ir a
misa, o para salir a dar un paseo por la noche a este jardn, y cuando
ustedes vuelvan me encontrarn donde me han dejado, y yo les recibir
con la misma calma en mi corazn, e igual sonrisa en mis labios; lo cual
no podra ser si usted se empeara en introducir en mi existencia el
cambio de lo que me hablaba, que la convertira en cosa muy distinta de
lo que debe ser.

No quise insistir ms; pero hube de preguntarme qu era lo que podra
impulsar a Antoita a convertirse en religiosa cambiando en celda la
habitacin de una joven como ella, hermosa, gentil, llena de gracia y
que posea un dote de doscientos mil francos.

Mas, para qu haba de entretenerme en buscar la razn de tan
inexplicables caprichos, y en apiadarme de Antonia, en vez de ir al
saln directamente?

No s cunto tiempo habra estado yo all contemplando a mi sobrina, es
decir a mi segunda hija, a no haber sido porque ella algo confusa quiz
por mis miradas y queriendo esquivar mis futuras preguntas, me pidi
permiso para retirarse a su aposento.

--No, hija ma, no--le dije;--yo soy quien se retira. T puedes tomar
el fresco sin cuidado. Ojal pudiera Magdalena hacer lo mismo!

--To--repuso Antoita levantndose,--le juro por las estrellas que
tachonan el cielo y por la luna que nos alumbra con su suave resplandor,
que si me fuese factible el dar mi salud a Magdalena, se la dara con
toda mi voluntad. No sera mejor que el peligro en que se encuentra, lo
corriese una triste hurfana como yo, que no ella rodeada de riquezas y
de afecto?

Abrac a Antoita, que haba pronunciado estas palabras en un tono de
sinceridad que no dejaba lugar a la ms leve sombra de duda; y mientras
ella volva a tomar asiento en su banco, yo me dirig hacia la
escalinata para subir al saln.




XIV


Al poner el pie en la primera grada, o la voz de Magdalena, suave como
el cntico de un ngel, y esto vino a disipar mi tristeza.
Instintivamente me detuve para escuchar embelesado, sin parar mientes
en lo que pudiera hablar: pero algunas palabras que llegaron
distintamente a mis odos lograron excitar mi curiosidad, y entonces ya
no me content con or, sino que quise escuchar y enterarme de la
conversacin que arriba se sostena.

Detrs de la cortina, que para interceptar el aire de la noche, haba
sido corrida ante la ventana que da al jardn, abierta a la sazn, vea
yo la sombra de sus dos cabezas, inclinada y muy juntas.

Como si temieran ser odos, hablaban en voz baja. Yo les escuch
inmvil, petrificado, reteniendo el aliento y con el pecho oprimido,
pues sus palabras caan sobre mi corazn como gotas de agua helada.

--Voy a ser feliz, Magdalena--deca Amaury.--Todos los das podr ver
tu adorable cabeza encerrada en el marco que mejor le sienta: el claro
cielo de Npoles y Sorrento.

--S, Amaury--contestaba Magdalena.--Y yo podr decir como Mignon:
_Qu hermoso es el pas en que florece el naranjo!_ Pero tu amor, que
refleja el paraso, es para m an ms hermoso.

--Ay!--suspir Amaury.

--Qu te pasa?--le pregunt Magdalena.

--Por qu la dicha va siempre acompaada de una sombra que por muy
leve que sea, lleva, la inquietud consigo?

--Qu quieren decir con eso? Explcate!

--Quiero decir que para nosotros sera Italia un edn en donde yo
repetira contigo las palabras de Mignon: _S, aqu debemos amar; aqu
debemos vivir_, a no ser por una cosa que llenar de turbacin nuestra,
existencia e infundir tristeza a nuestro cario.

--Qu cosa es esa?

--No oso decrtela, Magdalena.

--Pues, quiero que me la digas. Habla.

--Es que creo que para ser completamente dichosos, deberamos estar
solos los dos; creo que el amor es una flor delicada y pura, que con la
presencia de un tercero se agosta y se marchita, y que para vivir
confundidos en una sola alma y en un solo pensamiento no deberamos ser
tres...

--Qu quieres decir, Amaury?

--No me comprendes, Magdalena?...

--Lo dices porque nos acompaa mi padre? No consideras que sera una
ingratitud dejarle sospechar, siendo como es el autor de nuestra dicha,
que sta no es completa por impedirlo su presencia? Considera que mi
padre no es una persona extraa; no es un tercero, no; nos ama tanto a
ti como a m, y en la misma moneda debemos los dos pagarle.

--Est bien, Magdalena--dijo Amaury framente.--Puesto que disentimos
en ese punto, no hablemos ms de ello; olvida mis palabras, y hazte
cuenta que no te he dicho nada.

--Te has enojado, Amaury?--repuso con viveza Magdalena.--Perdname si
te he puesto de mal humor. No sabes acaso que el amor filial es muy
diferente del que se tiene al marido?

--Ya lo s; pero el amor de un padre no es celoso ni absorbente como el
del esposo; lo que para l es una costumbre es para mi necesidad. La
Biblia, que es el gran libro de la humanidad, dijo ya hace veinticinco
siglos: _Dejars a tus padres paraseguir a tu esposo_.

Tentaciones me dieron de interrumpirles, gritando:

--Tambin la Biblia dijo a propsito de Raquel: _No quiso que la
consolasen, porque sus hijos haban dejado de existir!_

Yo estaba como clavado en el suelo, saboreando la triste satisfaccin
de or la defensa que de m haca mi hija, por ms que a mi juicio
aquello no bastaba, pues habra preferido orla declarar a Amaury, que
tena necesidad de m, como yo de ella, y an confiaba en que llegara,
a hacerlo; pero lejos de eso contest:

--Tal vez ests en lo cierto; pero no podemos evitar que nos acompae
sin causarle una gran pena, y debemos considerar que, si alguna vez
puede ser un estorbo para la expansin de nuestro cario, en cambio
otras completar nuestros recuerdos y nuestras impresiones.

--No lo creas, Magdalena. Tienes que desengaarte. Cuando estemos en
presencia de tu padre, crees que podr expresarte como ahora mi pasin?
Cuando nos paseemos los tres juntos bajo los floridos naranjos de que
hablbamos hace un momento, o a orillas del mar lmpido y sereno, 
crees que podr rodear con mi brazo tu cintura, o imprimir en tus labios
un beso apasionado?

No menguar l con su gravedad nuestro jbilo? Acaso su edad le
dejar comprender nuestras locuras? Ya vers cmo su severidad habitual
envolver en su sombra toda nuestra alegra, mientras que si los dos nos
encontrsemos solos, cuntas cosas nos diramos! y  cunto
callaramos!Pero con tu padre nunca tendremos libertad; habremos de
callar, cuando queramos hablar y habremos de hablar cuando ms deseos
tengamos de callar. Con l habr que hablar siempre, y siempre de los
mismos asuntos; no habr que pensar en aventuras ni en excursiones
arriesgadas, ni en nada que nos reserve ignotos atractivos; siempre
iremos por el camino trillado, siempre sujetos a la regla y a las
conveniencias. No s si s expresarme, Magdalena; hacia tu padre siento
a un tiempo gratitud, respeto y cario acendrado; pero has de convenir
conmigo en que un compaero de viaje, debe inspirar otro sentimiento que
el de la veneracin. No hay cosa ms incmoda en semejantes
circunstancias que las reverencias del respeto. A ti, con tu amor filial
y tu virginal castidad, no se te haba ocurrido pensar nunca en esto, y
ahora piensas en ello por primera vez, segn me revela tu rostro
meditabundo. Cuanto ms medites acerca de esta cuestin, ms claramente
vers que estoy en lo cierto, y que cuando viajan tres juntos siempre
hay por lo menos dos que se aburren.

Yo aguardaba con angustia la respuesta de mi hija que no se hizo
esperar. Despus de cortos instantes de silencio, dijo:

--Y aun cuando yo pensase como t, qu bamos a hacerle? Todo est ya
preparado para ese viaje; de modo que aunque tuvieras razn ya no habra
tiempo. Por otra parte, quin se atrevera a decirle a mi padre que es
para nosotros un estorbo? Lo haras t? Yo, jams.

--Bien lo s; precisamente por eso me desespero. Ya que tu padre posee
una gran inteligencia y una sutil penetracin que le permite leer a
fondo en lo ms recndito de nuestra naturaleza, bien podra tener igual
privilegio respecto a nuestra mente y no caer en esa cargante mana
senil, propia de todo anciano, de querer imponerse a los jvenes a toda
costa. No quisiera agraviarle al acusarle; pero no es posible
desconocer que se obedecen lamentablemente los padres que, no sabiendo
adivinar los sentimientos de sus hijos ni contando con su edad, se
empean en someterlos a los gustos y caprichos de la de ellos. Ya ves;
nosotros tenemos en perspectiva un viaje que habra podido ser delicioso
y que por una falta...

--Calla!--exclam Magdalena.--Calla! No soy duea de enfadarme por
esas exigencias que despus de todo nacen de tu mismo amor; pero...

--Qu? Las crees fuera de razn en absoluto, verdad?--repuso Amaury
en tono ligeramente irnico.

--No digo tanto... Mas hablemos bajo, porque tengo miedo hasta de or
mi propia voz. Lo que ahora te dir creo que es una impiedad manifiesta.

Y Magdalena baj la voz, en efecto, para decir:

--Oye, Amaury; lejos de creer que tus exigencias son insensatas, pienso
tambin como t, y si no te he dicho nada, es porque no tena valor para
confesarme a m misma una cosa semejante. Pero tanto te suplicar y
tanto habr de repetirte que te quiero, que al fin tendrs que hacer
algo por m. No tendrs ms remedio que resignarte como me resigno yo
tambin.

Me fue imposible or ms. Las ltimas palabras hirieron mi corazn,
como pudiera hacerlo la punta aguda y fra de un pual, y no pude
resistir aquella situacin.

Comprenda entonces cun ciego y egosta haba sido. Yo, que haba
visto que Antoita me estorbaba, no me haba dado cuenta de que yo a
ellos les estorbaba a mi vez.

Afortunadamente la reaccin fue tan rpida, como el golpe. Con
semblante tranquilo y disimulando mi tristeza, sub la escalinata y
penetr al saln.

Al verme, se levantaron los dos. Bes a mi hija en la frente, y
estrech la mano a Amaury.

--Hijos mos! Soy portador de una nueva bastante desagradable--les
dije.

Aun cuando mi acento deba revelarles que no se trataba de una
desgracia muy grande, sobre todo para ellos, vi que ambos temblaban.

--S, hijos mos, s, me veo obligado a renunciar a mi sueo dorado,
que consista en hacer el viaje los tres juntos. Yo me quedar aqu,
porque el rey se niega a concederme el permiso que yo le haba pedido,
dignndose decirme que le soy til y hasta indispensable, y rogndome,
por lo tanto, que me quede. Qu poda responder yo? El ruego de un rey
es una orden para el vasallo.

--Es usted muy malo, pap--dijo Magdalena,--puesto que prefiere agradar
al rey a darle gusto a su hija.

--Qu vamos a hacerle, querido tutor! No hay ms remedio que bajar la
cabeza ante una imposicin de esa ndole--dijo a su vez Amaury, sin
poder ocultar su gozo bajo la apariencia de la pena.--Aun cuando usted
est lejos de nosotros, siempre pensaremos en usted, y lo tendremos
presente.

Intentaron darle vueltas a este tema; pero yo imprima a la
conversacin otro giro; me apenaba mucho su inocente hipocresa.

Comuniqu a Amaury lo que tena que decirle; mi misin diplomtica
obtenida para l, y la idea de hacer que este viaje de recreo fuese de
provechosa utilidad a su carrera.

Me pareci que quedaba muy agradecido a mis gestiones; pero, a decir
verdad, lo que entonces le absorba por completo era su amor y no otra
cosa. Al retirarse le acompa Magdalena hasta la puerta, y por
casualidad no se fij en que a la sazn estaba yo detrs de sta.

--Verdad--le dijo,--que los acontecimientos parece que adivinan
nuestros deseos y se adelantan a ellos?... Qu piensas de todo esto?

--Pienso que no habamos contado con la ambicin y que los que
calumnian a esa debilidad humana hacen muy mal en ello... Cuntos
defectos hay que a veces son ms beneficiosos que las propias virtudes!

As, creer mi hija que me quedo en Pars por ambicin.

Todo sea por Dios! Quizs esto sea lo mejor.




XV


En los das sucesivos nada vino ya a turbar la alegra de los novios, y
durante una semana pudo verse asomar a todos los labios la sonrisa, sin
que la menor sombra flotase en el ambiente ni pudiese vislumbrarse que
entre los cuatro corazones reunidos all haba dos amargados por la pena
que all en la soledad haca a sus semblantes recobrar la triste
expresin oculta bajo la ficcin del disimulo.

Cierto es que el padre de Magdalena tan alarmado como antes por el
estado de su hija, no la perda de vista en los contados momentos que
pasaba en casa.

Desde que haba quedado acordado su casamiento, Magdalena estaba a
juicio de todos ms robusta que nunca; pero los ojos del mdico y del
padre alcanzaban a ver en ella sntomas de dolencia fsica y moral que
a todas horas se manifestaban claramente.

No poda negarse que las mejillas, generalmente plidas de Magdalena,
haban recobrado el color de la salud; pero este color, sobrado vivo
quiz, se concentraba demasiado en los pmulos, dejando el resto del
semblante envuelto en una palidez que dejaba trasparentarse una red de
azuladas venas casi imperceptibles en otra persona cualquiera y que
marcaba una huella sensible en el cutis de la joven.

El fuego de la juventud y del amor brillaba en sus ojos, pero en sus
fulgores, el doctor saba advertir a veces algn que otro relmpago de
fiebre.

Pasbase el da saltando por el saln o corriendo locamente por el
jardn, como la muchacha ms animada y robusta; pero, por la maana
antes de llegar Amaury y por la noche cuando ste se marchaba, pareca
extinguirse todo el ardor juvenil que slo la presencia de su novio
pareca reanimar, y su dbil cuerpo, libre de toda traba femenina,
doblbase como una caa y necesitaba apoyo, no ya para andar, sino hasta
para permanecer en reposo.

Su propio carcter, suave y benvolo de ordinario, pareca haber sufrido
recientemente, aunque respecto a una sola persona, ciertas
modificaciones. Si aparentemente Antonia, a quien Magdalena haba
considerado como hermana suya desde que su padre la haba prohijado dos
aos antes, segua siendo la misma para la hija del doctor, sta, a los
ojos escrutadores de su padre que era observador profundo, haba
cambiado mucho para con su prima.

Siempre que la graciosa morenita, con su cabellera negra como el bano,
sus ojos rebosantes de vida, sus labios purpurinos y su aire de vigorosa
y alegre juventud entraba en el saln, dominaba a Magdalena un
sentimiento instintivo de pesar que habra tenido semejanza con la
envidia, si su corazn angelical hubiera sido capaz de abrigar tal
sentimiento; y esa desnaturalizaba en su nimo todos los actos de su
prima.

Cuando Antonia se quedaba en su cuarto y Amaury preguntaba por ella,
bastaba aquella simple muestra de inters debido a la amistad para
provocar una respuesta agria y desabrida.

Cuando Antonia estaba presente y a Amaury se le ocurra mirarla, ponale
mala cara Magdalena, y le haca bajar con ella al jardn.

Cundo estaba en l Antonia y Amaury, ignorante de ello, propona a su
novia bajar a dar un paseo, siempre encontraba Magdalena un pretexto
para no abandonar el saln, ya brillase un sol abrasador, ya reinase una
vivificadora brisa.

En suma, Magdalena tan encantadora, tan graciosa, tan amable para todos,
cometa en menoscabo de su prima todas esas faltas que un nio mimado
suele cometer con cualquier otro nio que le estorba o molesta.

Cierto es que Antonia por propio instinto y conceptuando como cosa muy
natural el proceder de su prima, aparentaba no dar ninguna importancia a
aquellos actos que tiempo atrs habran herido tanto su corazn como su
orgullo; antes bien, pareca que las faltas de Magdalena le inspiraban
compasin. Siendo ella quien deba perdonar pareca que era quien
imploraba perdn, por culpas imaginarias. Todos los das antes de llegar
Amaury y despus de partir ste, se acercaba a su prima, y entonces,
como si Magdalena se hubiese dado cuenta de su injusticia le estrechaba
la mano con efusin, o se colgaba de su cuello deshecha en llanto.

Habra entre sus dos corazones alguna misteriosa comunicacin
desconocida para todos?

Siempre que el doctor trataba de excusar a Magdalena, Antoita sonriendo
hacale callar en el acto.

Acercbase ya a todo esto la noche del baile. El da anterior las dos
jvenes hablaron mucho de los trajes que haban de lucir, y con asombro
de Amaury, Magdalena pareci preocuparse bastante menos del suyo que del
de su prima. Quiso proponer Antonia que vistiesen iguales, segn su
costumbre, es decir, un vestido de tul blanco con transparente de raso;
pero empeose Magdalena en que el color que mejor sentaba a Antonia era
el de rosa, y la interesada acept en el acto el parecer de su prima, no
volviendo a hablarse ya del asunto. Al otro da, fijado para la solemne
fiesta en que el doctor deba hacer pblica entre sus convidados la
dicha de sus hijos, Amaury no se separ apenas de Magdalena mientras
sta preparaba su tocado con visible agitacin y cuidado singular, sobre
todo para Amaury, que conoca la natural sencillez de la hija del
doctor. A qu obedeca aquella prolijidad y aquel deseo de agradar?
Olvidaba acaso que para l siempre sera la ms hermosa de todas?

El joven dej a Magdalena a las cinco para volver a las siete. Quera
que antes de llegar los convidados y de verse obligada Magdalena a
atender a unos y a otros le dedicase a l por lo menos una hora; quera
contemplarla a su placer y hablarla, en voz muy queda sin que nadie
tuviera que escandalizarse de ello.

Al entrar Amaury no le quedaba a la joven por hacer otra cosa que
ceirse una corona de camelias de nvea blancura que preparada tena
sobre la mesa; pero, se quejaba de no estar bien vestida. Su palidez
asust a Amaury. Habiendo sufrido durante el da mltiples desazones que
acabaron con sus fuerzas, slo se sostena gracias a una violenta
reaccin moral y a la energa que le prestaban los nervios.

No recibi a Amaury con su sonrisa acostumbrada; lejos de ello, se le
escap, al verle entrar, un movimiento de despecho, y le dijo:

--De seguro esta noche te parecer muy fea verdad? Hay das horribles
en los que no hago cosa derecha, y hoy es uno de esos. Luzco un peinado
risible y un vestido muy mal hecho: en fin, parezco un espantajo.

La costurera que la ayudaba haca vivas protestas, sin salir de su
asombro.

--T, un espantajo?--exclam Leoville.--Calla! calla! Yo te aseguro
que el peinado te sienta a las mil maravillas, que el traje es
elegantsimo y que t eres tan hermosa como un ngel.

--Pues entonces la culpa no es de la modista ni del peluquero, sino
exclusivamente ma. Dios de bondad! Cmo haces, Amaury, para tener un
gusto tan detestable como el de quererme a m?

Acercsele Amaury y quiso besar su mano; pero Magdalena fingi no
advertir su ademn a pesar de haber delante un espejo y sealndole a la
costurera una arruga casi invisible del corpino, dijo:

--Hay que quitarla en seguida, porque, si no, tiro en el acto este traje
y me visto con el primero que encuentre a mano.

--No se enfade, seorita; esto es obra de un instante; pero, eso s,
tiene que quitrselo.

--Ya lo ests oyendo, Amaury; tienes que dejarnos solas. No quiero
presentarme con este pliegue que me afea horriblemente.

--Y prefieres que te deje, Magdalena? En fin, hgase tu voluntad. Ya te
obedezco: no quiero que se me acuse de un crimen de lesa belleza.

Y Amaury se retir a la habitacin contigua, sin que Magdalena, ocupada
real o aparentemente en el arreglo del vestido, tratase de detenerle.
Como aquella compostura no deba durar mucho, Leoville ech mano a una
revista que encontr sobre la mesa y se puso a hojearla por puro
entretenimiento. Mientras su mirada recorra las lneas impresas, su
espritu estaba ausente, preso en la vecina estancia, de la cual
solamente le separaba una puerta; as, pues, escuchaba las frases con
que Magdalena segua expresando su indignacin contra el peluquero y las
reprensiones que diriga a la costurera, y hasta oa cmo su impaciente
piececito golpeaba el pavimento del tocador.

De pronto se abri la puerta situada frente a esta pieza y apareci la
prima de Magdalena. Siguiendo el consejo de sta se haba puesto
Antoita un sencillo traje de crespn rosado sin adornos ni flores, y no
ostentaba ni aun la ms insignificante joya: no poda estar vestida con
ms sencillez ni ver realzada de un modo ms adorable su belleza
hechicera.

--Cmo!--exclam la joven al ver a Leoville.--Estaba usted ah? No lo
saba yo.

E hizo ademn de retirarse acto seguido.

--No se vaya usted!--dijo Amaury con viveza.--Djeme siquiera que la
felicite; esta noche est usted encantadora.

--Chist!--repuso Antonia en voz muy baja.--No diga usted esas cosas.

--Con quin ests hablando, Amaury?--pregunt Magdalena, apareciendo
entonces en la puerta, arrebujada en un amplio chal de cachemira y
lanzando una rpida mirada a su prima, que dio un paso pretendiendo
retirarse.

--Ya lo ests viendo, Magdalena: hablo con Antoita, y estaba
felicitndola por su elegancia.

--Tan sinceramente como acababas de felicitarme a mi, de seguro. Ms te
valdra, Antoita, venir a ayudarme que no escuchar sus falaces
lisonjas.

--Si acababa de entrar en este mismo instante! A haber sabido que me
necesitabas habra venido mucho antes.

--Calle! Quin te ha hecho ese traje?

--Quin, me lo ha de hacer? Yo misma. Ya sabes que lo tengo por
costumbre.

--Y haces perfectamente: nunca te har una modista un vestido semejante.

--He querido hacer el tuyo y t no lo has consentido.

--Quin te ha vestido?

--Yo.

--Y quin te ha peinado?

--Yo. No ves que voy peinada como siempre?

--Es cierto--asinti Magdalena con amarga expresin.--Tu hermosura no
necesita de adornos que la realcen.

--Oye, Magdalena,--repuso Antonia acercndose a su prima y deslizando en
su odo estas palabras que Amaury no pudo or:--Si por cualquier motivo
no quieres que se me vea en el baile, dmelo francamente y me volver a
mi habitacin.

--Y con qu derecho y por qu razn habra yo de privarte de ese
gusto?--pregunt Magdalena en voz alta.

--Yo te juro que eso no constituye ningn gusto para mi.

--Pues, hija, yo crea--repuso con sequedad Magdalena--que todo aquello
que para m era una dicha lo era tambin para mi amiga y mi prima, para
mi buena Antoita.

--Necesito acaso el son de los instrumentos, el resplandor de las luces
y el bullicio del baile para participar de tu dicha? No, Magdalena, no;
yo te vuelvo a jurar que en la soledad de mi cuarto elevo mis preces al
Altsimo y hago votos por tu felicidad como pudiera hacerlos en la
fiesta ms solemne. Esta noche, adems, no me encuentro bien del todo;
estoy algo indispuesta.

--Que ests indispuesta, t, con tal brillo en esos ojos y tal
animacin en esa tez? Pues cmo estar yo entonces, con esta palidez en
el rostro y este cansancio en los ojos?

--Seorita--dijo entonces la modista,--ya est arreglado el vestido.

--No queras que te ayudase?--pregunt Antonia con timidez.--Qu
hacemos? Dime.

--Haz t lo que te plazca--contest la hija del doctor;--creo que no soy
yo quien debo ordenarte nada. Puedes venir conmigo, si quieres; puedes
quedarte con Amaury, si eso te agrada ms.

Y as que hubo pronunciado estas palabras, abandon la estancia para
entrar en su tocador, haciendo un ademn de displicencia que no pas
inadvertido para Amaury de Leoville.




XVI


--Aqu estoy--dijo Antonia, siguiendo a Magdalena y cerrando tras s la
puerta del tocador.

--Qu le pasar hoy a Magdalena?--exclam Amaury, exteriorizando su
pensamiento en voz alta.

--Es que sufre--respondi alguien detrs de l.--Tantas y tan repetidas
emociones le producen fiebre y la fiebre la trastorna.

--Usted!--exclam Amaury al ver al doctor, pues no era otro el que
haba pronunciado las anteriores palabras, despus de haber asistido a
la escena antes descrita, oculto tras de la puerta.--No trataba de
reprochar su conducta a Magdalena; era slo una pregunta que a m mismo
me diriga, temiendo haber sido causa de su enfado.

--Tranquilzate, Amaury; ni t ni Antoita tienen culpa de nada. En caso
de ser t culpable lo seras solamente de ser amado por mi hija con
entusiasmo excesivo.

--Cun bueno es usted que as trata de tranquilizarme, padre mo!

--Ahora, Amaury, vas a prometerme no hacerla bailar demasiado y estar en
todo momento a su lado procurando distraerla con tu conversacin.

--Se lo prometo a usted.

Oyose entonces la voz de Magdalena, que deca, reprendiendo a la
modista:

--Por la Virgen Santsima! Cuidado que est usted hoy torpe! Vaya!
Deje usted que me ayude nicamente Antoita y acabemos de una vez!

Al cabo de un instante de silencio exclam:

--Pero qu haces, Antoita?

Y a esta exclamacin sigui un ruido parecido al que se produce cuando
se rasga una tela.

--No hay que apurarse, no ha sido nada--dijo Antoita riendo:--un
alfiler que ha resbalado sobre el raso. No pases pena: esta noche sers
la reina del baile.

--La reina del baile, dices! Qu broma ms generosa! Puede ser reina
del baile, aquella a quien todo sienta bien y a quien todo la hermosea;
pero no la que es tan difcil de adornar y embellecer como yo.

--Qu cosas dices, Magdalena!--repuso Antonia en son de reprensin
cariosa.

--La verdad. Quien pronto podr burlarse de m en el saln y aniquilarme
con sus sarcasmos y coqueteras no procede de un modo muy noble
persiguindome hasta mi cuarto para entonar en mi presencia un canto
anticipado de triunfo.

--Cmo! Me despides, Magdalena?--pregunt Antonia, con los ojos
preados de lgrimas.

La hija del doctor no se dign responder y su prima sali del aposento
prorrumpiendo en sollozos.

El seor de Avrigny detvola al pasar. Amaury, estupefacto, estaba como
clavado en su asiento.

--Ven, hija ma; ven conmigo, Antoita--dijo en voz baja el doctor.

--Ay, padre mo! Soy muy desgraciada!--gimi la pobre joven.

--No digas eso, hija ma; di ms bien que Magdalena es injusta; pero
debes perdonarla, porque es la fiebre y no ella, quien habla por su
boca; ms que vituperio merece compasin. Con la salud recobrar la
razn; entonces reconocer su yerro, y arrepentida pedir perdn por su
injusta clera.

Al or Magdalena el rumor de este dilogo sostenido en voz baja, debi
creer que Antonia conversaba con Amaury, y abriendo la puerta
bruscamente, dijo con imperioso acento:

--Amaury!

Como movido por un resorte se levant el joven. Magdalena vio entonces
que estaba solo, y paseando la mirada en torno suyo vio a su padre y a
Antonia en el fondo de la estancia. Se sonroj levemente al darse cuenta
de su error, mientras Amaury tomndola de la mano la haca volver al
tocador y le deca con acento que revelaba, una penosa ansiedad.

--Magdalena! Magdalena ma! Qu tienes? No te conozco esta noche!

Ella se dej caer en un asiento y rompi a llorar.

--S! S!--exclam.--Soy muy mala, verdad que soy muy mala?... S que
todos piensan eso y nadie se atreve a decrmelo... S! soy mala! he
ofendido a mi pobre prima; no hago otra cosa que causar pesadumbre a
aquellos que ms me quieren... Pero es que nadie comprende que todo se
vuelve contra m, que todo me molesta, y la menor cosa me hace sufrir,
hasta las ms indiferentes y las ms gratas. Me causan enojo los muebles
en que tropiezo, el aire que respiro, las palabras que me dirigen, todo
en fin, todo! No s a qu achacar este mal humor que me domina; no s
por qu mis nervios debilitados sufren una impresin desagradable al
percibir la luz, la sombra, el silencio y el ruido... Yo no s... A una
negra melancola sucede en mi nimo una clera injusta e inmotivada. Yo
temo volverme loca... A estar enferma o ser desgraciada no me
sorprendera nada de esto; pero, siendo felices como lo somos
nosotros... verdad, Amaury?... Oh, Dios mo!... Dime que somos
felices...

--S, Magdalena; s, vida ma, s, somos felices... Pues no hemos de
serlo? Nos queremos; dentro de un mes nos uniremos para siempre...
Podran pedir ms dos elegidos a quienes por permisin divina les fuese
factible regular a su gusto la existencia?

--Oh! Gracias! gracias! Bien s que cuento con tu perdn; pero
Antoita, mi pobre prima, a quien he tratado de un modo tan cruel...

--Tambin ella te perdona, Magdalena; yo te lo aseguro. No te
apesadumbres por ello; todos tenemos momentos de mal humor y tristeza. A
veces la lluvia, la tempestad, una nube que nos intercepta el sol, nos
produce un malestar cuya causa no sabemos explicarnos y que determina
nuestras alternativas de temperatura moral, si as puede llamarse el
fenmeno... Venga usted, querido tutor--aadi volvindose hacia el
seor de Avrigny,--venga usted a decirle que todos conocemos la bondad
de su alma y que ni nos ofende un antojo suyo ni nos alarma uno de sus
arranques impetuosos.

El doctor, antes de responder se acerc a su hija, la examin
atentamente y le tom el pulso. Pareci reflexionar un instante y luego
dijo con grave acento:

--Hija ma, voy a pedirte un sacrificio y es preciso que me prometas no
negrmelo en modo alguno.

--Dios mo! me asusta usted, pap!--exclam Magdalena.

Amaury palideci porque vislumbr vivos temores en el acento de splica
del doctor, cuyo rostro iba adquiriendo por momentos una expresin muy
sombra.

--Dgame, pap, qu exige usted de mi? qu quiere usted que
haga?--pregunt temblando Magdalena.--Es que estoy ms enferma de lo
que pensbamos?

--Hija ma!--respondi el doctor, tratando de esquivar esta
pregunta.--No me atrevo a pedirte que dejes de asistir al baile aunque
eso sera lo ms conveniente, porque diras que te pido demasiado...
Pero s te ruego que no bailes, sobre todo el vals... No es que ests
enferma; pero te veo tan nerviosa y agitada que no puedo permitir que te
entregues a un ejercicio que habra de exacerbar tu excitacin. Conque,
me lo prometes, Magdalena? Di, hija ma.

--Es muy triste y costoso de hacer lo que usted me pide, pap!--repuso
Magdalena, haciendo un mohn de desagrado.

--Yo no bailar--le dijo Amaury al odo.

Como Amaury deca muy bien, Magdalena era la bondad personificada, y si
tena aquellos arranques de mal humor era tan slo obrando a impulsos de
la fiebre. Conmoviose hondamente ante las muestras de abnegacin de los
que la rodeaban, y enternecida y pesarosa, dijo, mientras a sus labios
asomaba, para extinguirse en el acto, una fugitiva sonrisa:

--Est bien: me sacrifico. Debo a todos una reparacin y quiero
demostrar que no siempre soy caprichosa y egosta. Pap, no bailar. Y a
ti, Amaury, como tienes que cumplir con los deberes que impone la
sociedad, te autorizo para bailar cuanto quieras, a condicin de que no
lo hagas a menudo y que de vez en cuando me acompaes, ya que la
facultad y la paternidad se han confabulado para condenarme a
representar un papel pasivo en la fiesta de esta noche.

--Gracias, hija ma, gracias!--exclam el doctor sin poder contener su
jbilo.

--Eres adorable! Te adoro, Magdalena!--le dijo Amaury en voz baja.

Entr entonces un criado para anunciar que comenzaban a llegar los
invitados. Haba que bajar, pues, al saln. Pero Magdalena no quiso
hacerlo sin que antes fuesen en busca de su prima. Apenas manifest este
deseo cuando apareci en el umbral Antoita con los ojos hmedos an por
el llanto, pero con su sonrisa ms encantadora, dibujada en los labios.

--Hermana ma!--exclam Magdalena adelantndose hacia ella para
abrazarla.

Al mismo tiempo su prima le ech los brazos al cuello y la colm de
besos. As reconciliadas, entraron luego en el baile unidas de la mano:
Magdalena tan plida y demudada como Antoita animada y jovial.




XVII


Todo fue a las mil maravillas al principio.

A despecho de la postracin y la palidez de Magdalena, la hermosura
soberana y la perfecta distincin de la joven hacanla ser sin disputa
reina de la fiesta. nicamente Antoita por su gracia atractiva y por la
animacin de su carcter, poda alegar derechos a compartir con ella su
trono.

Para que nada faltara, los primeros acordes de la orquesta produjeron en
Magdalena un efecto magntico, hacindole recobrar el color y la
sonrisa y reavivando a impulsos de su mgica influencia aquellas fuerzas
que momentos antes parecan agotadas.

Y an haba otra circunstancia que hencha su corazn de indecible
alegra. Su padre presentaba a Amaury por yerno a cuantas personas
notables entraban en el saln y todo el mundo, al mirar alternativamente
a Magdalena y a su novio, pareca decir de un modo unnime que era muy
feliz aquel que se iba a unir con una joven tan encantadora.

Amaury haba cumplido su palabra con rigurosa exactitud. Slo haba
bailado dos o tres veces con otras tantas damas a las que sin pecar de
grosero no habra podido dejar de invitar al baile; pero en cuanto
estaba libre volva en seguida al lado de Magdalena, que estrechndole
la mano con cario le manifestaba as su gratitud mientras su muda
mirada le deca elocuentemente cun dichosa se juzgaba.

Tambin Antoita se acercaba alguna vez a su prima como vasalla que
rindiera homenaje a su reina, preguntndole por su salud y burlndose
con ella de esas fachas ridculas que suelen verse hasta en los salones
ms distinguidos ni ms ni menos que si fuesen all para ofrecer un tema
de conversacin a los que no tienen asuntos de que hablar.

Al alejarse Antoita despus de una de esas visitas que haca a
Magdalena, Amaury, que acompaaba a sta, le dijo:

--Ya que eres tan magnnima, no te parece, Magdalena, que para que la
reparacin sea completa debo bailar con tu prima?

--Naturalmente!--respondi Magdalena.--No haba pensado en eso y se
resentira ella...

--Cmo! Que se resentira?

--Claro est! Creera que yo me opongo a que bailes t con ella.

--Qu niera!--replic Amaury.--Cmo supones que ira a ocurrrsele
idea tan insensata?

--Tienes razn--repuso Magdalena esforzndose para rer.--Sera una
hiptesis absurda; pero, de todos modos, como que es cosa que entra en
el terreno de la posibilidad ha sido una buena idea la que has tenido al
pensar en invitarla. Ve, pues, sin perder tiempo; ya ves que la rodea
una corte de adoradores.

Amaury, sin advertir el mal humor que ligeramente se trasluca en el
acento con que Magdalena pronunci las anteriores palabras, las tom al
pie de la letra y se dirigi hacia Antonia. Poco despus, tras de
sostener con ella un largo coloquio, volvi adonde estaba Magdalena, que
no lo haba perdido de vista ni un instante y as que lo vio a su lado
le pregunt con la mayor indiferencia que pudo aparentar:

--Qu baile te ha concedido?

--Por lo visto--contest Leoville--si t eres la reina del baile, ella
es la virreina y yo he llegado tarde; me ha enseado su _carnet_ tan
atestado de nombres que ya no haba manera de aadir all ninguno.

--Es decir que no hay medio posible?--repuso Magdalena con viveza.

--S, pero por especial merced, pues en virtud de pedrselo yo en tu
nombre va a sacrificar a uno de sus adoradores, me parece que a mi amigo
Felipe Auvray, y tengo el nmero cinco.

--El nmero cinco!--dijo Magdalena.--Y despus de meditar un momento,
aadi:

--As, bailars un vals!

--Puede ser--contest Amaury en tono indiferente.

A partir de aquel instante estuvo Magdalena distrada y visiblemente
preocupada, tanto que casi no responda a las palabras de Amaury. Segua
con la mirada a Antoita, que habiendo recobrado con el bullicio, la luz
y el movimiento, su habitual jovialidad, pareca infundir a su paso una
corriente de alegra en el ambiente de aquel saln que atravesaba ligera
y gentil como una slfide.

Felipe Auvray pareca estar enojado con Amaury. En un principio haba
decidido no asistir al baile por juzgarse lastimado en su dignidad;
pero, ms fuerza que esta consideracin haba hecho en su nimo el deseo
de poder decir al da siguiente que haba estado en el gran baile con
que el doctor Avrigny celebraba el enlace de su hija, y no pudiendo
resistir a los requerimientos de su amor propio, haba ido como todos.

Ya en casa del doctor y despus de lo que haba pasado entre l y
Amaury, dispsose a mostrarse tan rendido y obsequioso con Antoita como
indiferente y fro con Magdalena.

Pero, como Amaury haba guardado bien el secreto, su reserva y su
galantera pasaron inadvertidas para todo el mundo.

En cierta ocasin, el seor de Avrigny, que desde lejos observaba a
Magdalena, se aproxim a ella despus de un baile, y le dijo:

--Haras bien en retirarte, hija ma, pues no te conviene permanecer ms
tiempo en el saln.

--Pero si me encuentro aqu muy bien!--respondi ella con viveza.--Me
distraigo con el baile y en ningn sitio creo que estar mejor.

--Pero Magdalena!

--No me mande usted que me retire, pap, se lo suplico; se engaa usted
si cree que no estoy buena. Ojal estuviese siempre como hoy!

Efectivamente, Magdalena, en medio de su excitacin nerviosa, estaba
encantadora, y todos a su alrededor lo repetan.

A medida que el tiempo pasaba y se acercaba el vals que Antoita haba
prometido a Amaury, la pobre nia miraba a Magdalena con inquietud
manifiesta. Ms de una vez chocaron sus miradas con las de ella y cuando
esto suceda Antonia inclinaba su cabeza al mismo tiempo que en los ojos
de Magdalena brillaba el fulgor de un relmpago.

Al terminar el baile que haca el nmero cuatro, es decir, el anterior
al vals que tena comprometido con Amaury, Antonia fue a sentarse al
lado de su prima para hacerle compaa hasta que la orquesta preludiase
los primeros compases de la prxima danza.

El padre de Magdalena, que con los ojos fijos en su hija observaba con
inquietud reciente el extrao brillo de sus ojos y los nerviosos
estremecimientos que de vez en cuando agitaban su cuerpo, no pudo
contenerse por ms tiempo y acercndose a ella dijole con triste acento,
mientras estrechaba cariosamente una de sus manos:

--Quieres algo, Magdalena? Dime, hija ma, lo que deseas, porque todo
es preferible al oculto pesar que aflige tu corazn.

--Habla usted de veras, pap?--exclam Magdalena, en cuyos ojos brill
un destello de alegra.--Va usted a complacerme?

--S, aunque sea contra mi voluntad.

--As, pues, me permitir bailar un vals, uno solo, con Amaury?

--S; si as lo quieres, sea--dijo el doctor.

--Ya lo oyes, Amaury: bailaremos el prximo vals.

--Pero recuerda, Magdalena--repuso Amaury, gozoso y turbado a un
tiempo,--que precisamente se es el vals que deba bailar con
Antoita...

Magdalena volvi vivamente la cabeza y sin pronunciar palabra interrog
a su prima con una muda mirada. Antonia contest en el acto:

--Me siento tan cansada que si Magdalena quisiera sustituirme, yo muy a
gusto descansara un ratito.

Brill un rayo de alegra en la febril mirada de Magdalena, y como a la
sazn se oyesen las primeras notas del vals, alzose de su asiento y
asiendo con su mano nerviosa la de Amaury lo arrastr al centro del
saln, en donde abundaban ya las parejas. Cuando Amaury pas junto al
doctor, ste le dijo en voz baja:

--Ten prudencia!

--Pierda usted cuidado--repuso Leoville;--daremos muy pocas vueltas.

Y se lanzaron en medio del torbellino, perdindose muy pronto entre las
otras parejas.

Bailaban un vals de Weber cuyo comps, que al principio era lento y
moderado, se animaba gradualmente hasta el final, en que terminaba de un
modo vertiginoso. Ardiente y grave a la vez, como trasunto del genio de
su autor, era uno de esos valses que arrebatan y a la vez invitan a
meditar.

Amaury haca lo posible para sostener a Magdalena; pero a las pocas
vueltas not que flaqueaban sus fuerzas y le dijo con carioso inters:

--Quieres sentarte a descansar, Magdalena?

--No! no!--contest la hija del doctor.--No pases cuidado: me siento
con fuerzas suficientes para continuar. Si pap ve que nos detenemos no
me dejar bailar ms.

Y aferrndose al brazo de Amaury, a quien comunic sus ardientes
mpetus, sigui con increble ligereza el ritmo del vals, cuyo aire era
cada vez ms vivo.

No es fcil imaginarse pareja ms admirable que la formada por aquellos
dos jvenes, a quienes la Naturaleza haba colmado de dones con
prodigalidad, que enlazados se deslizaban a lo largo del saln con rauda
ligereza como si sus pies tocasen apenas el pavimento. Magdalena,
dechado de elegancia y distincin, apoybase en su novio y ste,
radiante de felicidad, olvidndose de los espectadores, del bullicio del
baile, del ritmo de la msica, y anegando sus miradas en los ojos
entornados de Magdalena, confundiendo con ella su aliento y escuchando
los latidos de sus corazones, unidos por misteriosa corriente magntica,
sintiose contagiado por la embriaguez que dominaba a su novia y le
trastorn el vrtigo. Olvid la recomendacin del doctor y su promesa;
extinguiose su memoria para dejar paso al delirio ms extrao y a partir
de aquel instante ni vio ni oy nada ms de cuanto le rodeaba; toda su
alma la tena concentrada en Magdalena, cuyo flexible talle oprima con
su brazo. Ya no se deslizaban; parecan volar en alas de aquel comps
febril que pareca empujarlos como un huracn, y as y todo, Magdalena
repeta a cada, instante:--Ms de prisa, Amaury! vayamos, ms de
prisa!--Y Amaury obedeca, estrechando su talle con ms fuerza.

Ya no era la plida y desencajada Magdalena quien deca esas palabras,
sino una joven vigorosa, radiante de belleza, cuyos ojos lanzaban rayos
de fuego y en cuya frente brillaba el esplendor de la vida. Ya haban
cesado de bailar los ms resistentes y ellos seguan valsando, y aun no
contentos con esto, aceleraban el comps en medio de su vrtigo sin ver
ni or ya nada, ciegos de amor y ebrios de dicha. Las luces, los
convidados, el saln, todo les pareca que rodaba en torno suyo. En una
o dos ocasiones crey Amaury or la voz del doctor que le deca
angustiado:

--Bastante, Amaury, bastante! Mira que vas a matarla!

Pero en el acto oa tambin la voz de Magdalena, que con nervioso acento
repeta:

--Ms de prisa, Amaury! vayamos ms de prisa!

Los dos novios parecan no pertenecer ya a la tierra. Sentanse
arrebatados por la felicidad, envueltos en un torbellino de amor y
sumidos en un sopor delicioso; sus miradas fundan en una sus dos almas;
jadeantes decanse: te amo! y reavivado su vigor por estas mgicas
palabras valsaban y valsaban vertiginosamente, de un modo insensato, y
esperaban morir en aquel xtasis, juzgndose lejos de este mundo,
creyndose ya en el Cielo.

Mas, sbitamente, Amaury sinti que haca presin sobre su brazo todo el
peso del cuerpo de su amada, entonces se detuvo asustado al verla con el
talle doblado hacia atrs, lvido el rostro, cerrados los ojos y
entreabiertos los labios. Se haba desmayado.

Amaury no pudo contener un grito. El corazn de Magdalena no lata;
hubirase dicho que la muerte lo haba paralizado.

Sinti el joven que la sangre se helaba en sus venas y qued un momento
inmvil, como clavado en el suelo, mudo de estupor, inconsciente de
cuanto le rodeaba; luego se repuso un tanto y al volver a darse cuenta
de lo que haba pasado alz a Magdalena como una pluma y la llev en sus
brazos lejos de aquel saln en el que se saboreaba una felicidad que
poda costar tan cara.

El doctor corri en pos de ellos y cuando alcanz a Amaury no le dirigi
la menor reconvencin.

Le acompa al tocador, tom all una luz y pasando delante le gui al
cuarto de su hija. Amaury dej a Magdalena sobre su lecho y el seor de
Avrigny se consagr por entero a prestarla sus cuidados, tomndole el
pulso con una mano mientras con la otra le haca respirar algunas sales.

No tard Magdalena en recobrar sus sentidos, y aunque su padre estaba
inclinado ante ella mientras que Amaury permaneca casi invisible
arrodillado junto a la cama, a ste fue a quien busc con su mirada
apenas abri los ojos.

--Amaury! Amaury!--exclam.--Qu ha ocurrido? Estamos muertos o
vivos? Nos encontramos en el Cielo con los ngeles o no hemos
abandonado an la tierra?

El joven no pudo reprimir un sollozo. Entonces Magdalena le mir con
sorpresa.

--Amaury--dijo el doctor--vuelve al saln y encrgate de despedir a los
invitados. Entre Antoita y las doncellas desnudarn y acostarn a
Magdalena: yo te tendr al corriente de su estado. Si no quieres
alejarte de ella har que te preparen una cama en tu antigua
habitacin.

Amaury, despus de besar la mano a Magdalena que sonri y le sigui con
la vista hasta la puerta, sali del aposento. Cuando lleg al saln ya
se haban marchado todos los convidados. Entonces orden que le
arreglasen su cuarto y se acerc al de Magdalena, detenindose junto a
la puerta y procurando escuchar desde all lo que adentro se hablaba.

Poco rato despus sali el doctor y estrechndole la mano le dijo:

--Ya est mejor. Yo me quedo a velarla toda la noche; vete t a
descansar y maana veremos.

Amaury se dirigi al aposento que ocupaba cuando viva en la casa; pero
a fin de poder responder al primer llamamiento que se le hiciera, en
lugar de acostarse en el lecho prefiri arrellanarse en un silln junto
al fuego que arda en la chimenea.

El doctor por su parte se fue a su biblioteca y all pas mucho rato
hojeando los libros de los profesores ms eminentes del mundo; pero a
cada momento mova la cabeza con cierto desaliento porque nada nuevo
para l encontraba en todas aquellas obras. Slo al llegar a un reducido
volumen que, encuadernado en piel de zapa y ostentando sobre la tapa una
cruz de plata, ofreca ms bien todo el aspecto de un devocionario que
el de una obra cientfica, se detuvo en sus investigaciones y tomndolo
fue a sentarse junto a la cabecera de Magdalena, que a la sazn dorma.

Aquel libro era la _Imitacin de Cristo_.

Nada poda esperar ya de los hombres el doctor; no le restaba otra cosa
que su confianza en Dios.




XVIII

DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY


22 de mayo, por la noche.

Queda entablada la lucha entre el mdico y la muerte. De nuevo tengo
que infundir la vida en el cuerpo aniquilado de mi hija. Si Dios me
ayuda confo en conseguirlo; pero, si me abandona a mis propias fuerzas,
no habr remedio para Magdalena y mi pobre hija morir.

Ahora su sueo es febril y agitado, pero siquiera duerme, pronunciando
sin cesar el nombre de Amaury.

Oh! Yo soy culpable de todo! Por qu he permitido que bailara?... Y
sin embargo, si otra vez me encontrase en iguales circunstancias
volvera a proceder como esta noche lo he hecho.

Es preciso tratar el alma de mi hija con ms delicadeza y ms cuidado
que su cuerpo, porque la pena que a veces le causan sus pensamientos es
mucho ms temible que la dolencia de su pecho. Antes se habr desmayado
de celos, que de desfallecimiento fsico.

Sucumbi a los celos!... Dios mo! Era verdad lo que yo tanto
tema!... Tiene celos de su prima... Pobre Antonia! Ella lo ha
advertido tan pronto como yo y en todos sus actos ha mostrado toda la
bondad y la abnegacin de que su alma es capaz.

Amaury es el nico que ignora todo esto; l no ha sabido ver nada. En
verdad hay que convenir en que el hombre a veces es rematadamente ciego.

Tentaciones me han dado de enterarle de lo que pasa; pero he tenido
miedo de que ahora se fijase ms que antes en Antonia... No, no, vale
ms que no sepa una palabra.

Hija ma!

Me pareci que despertaba. Acaba de murmurar palabras incoherentes, que
no he podido entender, y ha vuelto a dejar caer la cabeza sobre el
almohadn, sumida en su sopor.

Estoy muy inquieto y como sobresaltado. Deseara hacer que despertase
cuanto antes... Quisiera averiguar si est mejor... Pero me detiene el
temor de encontrar que se ha agravado.

Esperemos, pues, y velar entretanto... Dios mo! Cada vez que pienso
en que se ha repetido el caso de que Amaury la hiera slo con tocarla...
Ese hombre acabar por matarla! Cuando pienso en que si no le conociera
ella podra vivir... Pero, no, no; si no fuera l sera otro; as lo
exige de un modo implacable la ley de la Naturaleza. Tanto los corazones
como las almas se buscan unos a otros. Desgraciados de aqullos cuyo
corazn y cuya alma se encierran en un cuerpo dbil y sin resistencia!
Esos sucumben al choque que los despedaza.

No y no! Ese casamiento es un sueo irrealizable; es un proyecto
utpico. Mi hija sera vctima de su propia dicha. No la tengo ah
moribunda por haber sido feliz un solo instante?


30 de mayo.

En los ocho das transcurridos nada he tenido que apuntar en mi diario.

Ocho das, durante los cuales he vivido pendiente de los latidos de su
corazn y de las alteraciones de su pulso! Ocho das, durante los
cuales no he salido de casa, no me he movido de este aposento ni me he
apartado siquiera de la cabecera de esa cama; y, no obstante, jams han
pasado para m en tan poco tiempo tantos sucesos, jams he sufrido
tantas emociones ni me han asaltado tantas ideas! He dejado abandonados
a todos mis enfermos para pensar en uno solo.

En esos das, el rey me ha enviado a buscar dos veces, participndome
que estaba indispuesto y que necesitaba de mis servicios. Yo he
respondido a su mensajero:

--Diga usted al rey que mi hija se est muriendo.

Gracias a Dios, est ya un poco mejor. Hora era de que la Parca
comenzara ya a cansarse. Jacob no haba combatido ms que una noche,
mientras que yo llevo ocho das con sus noches luchando contra la
muerte.

Oh, Dios eterno! Quin sera capaz de describir la angustia de
aquellos instantes en que crea prximo mi triunfo; en que vea cmo la
Naturaleza, (admirable auxiliar del arte, por la permisin divina!)
venca a la enfermedad; en que tras una crisis que podra muy bien
calificarse de batalla, lograba yo descubrir una leve mejora que vena
a henchir mi corazn de esperanza... y un simple acceso de tos o un
nuevo ataque de la fiebre se encargaba de desvanecer tan gratas
ilusiones?

Todo volva entonces a ser materia de duda, y yo descenda de nuevo
abatido por el desaliento al abismo de la desesperacin, al ver que el
enemigo ahuyentado un instante reanudaba el combate con ms
encarnizamiento que nunca.

El horrible buitre que con su pico y sus garras destroza el pecho de mi
hija volva a hacer presa en ella y entonces yo, prosternado y con la
frente inclinada, invocaba a Dios diciendo:--Dios mo, escucha mis
splicas! no me abandones! Si tu providencia infinita no ayuda a mi
ciencia desmedrada y estril, mi hija y yo estamos perdidos!

Gozo fama de ser mdico muy entendido; hay en Pars centenares de
personas que a mi saber y a mis desvelos deben su vida; yo, que he
devuelto tantas esposas a sus maridos, tantas madres a sus hijos, tantos
hijos a sus padres, tengo en estos momentos a mi hija moribunda, y no
soy dueo de decir: La salvar!

No pasa da sin que tropiece en la calle con personas, que ni siquiera
se cuidan de saludarme, porque creen haberme pagado bien con su dinero,
y sin embargo, a haberlas yo abandonado, ahora reposaran para siempre
en el fondo del sepulcro, en vez de pasear a la luz del sol... Y yo,
que he sabido combatir a la muerte y llegar a humillarla en pro de seres
extraos y hasta desconocidos para m, tendr que sucumbir forzosamente
ahora que lucho por la vida de mi hija, que es mi propia existencia!

Oh! Qu amargo sarcasmo! Qu leccin tan terrible recibe del destino
mi vanidad de sabio!

Ah! Es que las enfermedades de todos esos a quienes yo he curado eran
terribles, s, pero no mortales necesariamente; eran enfermedades para
todas las cuales hay remedios conocidos. El tifus se cura con caldo y
agua de Sedlitz; las meningitis ms graves, con tratamientos
antiflogsticos; las afecciones del corazn ms rebeldes, con el mtodo
de Valsava; pero ay! la tisis... No hay ms que una enfermedad, slo
una, que ni el mismo Dios puede curar, si no es haciendo un milagro, y
precisamente es sa la que me arrebata a mi hija.

Con todo, tengo yo noticia de dos o tres ejemplos de tisis de segundo
grado, que ha sido radicalmente curada, y yo mismo he presenciado un
caso en el hospital. Tratbase de un pobre hurfano, sobre cuya tumba no
habra llorado nadie. Creo yo que Dios se apiad de l porque lo vio tan
solo, tan abandonado en este mundo.

Muchas veces doy gracias al Altsimo por haber infundido en mi alma la
vocacin que me hizo abrazar esta carrera, que hoy me permite velar por
la vida de mi hija.

Puede haber alguien capaz de tener, como yo tengo, la paciencia de
permanecer da y noche a la cabecera de mi enferma sin guiarle otro
estmulo que el sentimiento altruista de la ciencia? Habra alguien
capaz de hacer por el oro o por la gloria lo que por amor paternal estoy
yo haciendo? No; no hay nadie capaz de eso. Si yo la abandonase un
momento y no estuviese a su lado para prever y combatir los riesgos que
puedan presentarse, ya habra sido amenazada su existencia varias veces.

Cierto es tambin que constituye un suplicio muy superior a todos los
del infierno del Dante el ver con tal claridad en el pecho de una hija
los dos fieros adversarios, los dos principios de vida y de muerte,
cuando la vida, vencida, aniquilada, retrocede paso a paso para ir
abandonando el campo poco a poco a su enemigo implacable y eterno.

Afortunadamente el progreso del mal parece haberse detenido por ahora y
me deja respirar con libertad un instante.

Espero. Podr tambin confiar? Dios lo sabe!




XIX


5 de julio

Sigue muy mejorada y esta mejora la debo a Amaury y a Antoita. Amaury
se ha portado como hombre capaz de todo sacrificio por la mujer a quien
ama. Verdad es que l fue el causante del mal; pero justo es reconocer
que no poda hacer ms por llevar a la cima la empresa de repararlo. Ha
dedicado a Magdalena todo el tiempo que le ha sido posible,
consagrndose a cuidarla y reanimndola con su cario y su tierna
solicitud; y estoy seguro de que ella sola ha ocupado su pensamiento en
todo instante.

Mas yo adverta una cosa; cuando Amaury y Antoita me acompaaban cerca
de Magdalena, sta pareca inquieta; miraba alternativamente al uno y al
otro como si quisiera sorprender sus miradas y sus gestos, y como casi
siempre tena su mano en la ma, sin que ella se diese cuenta, yo senta
en su pulso latir los celos.

Si se le aproximaba uno solo de los dos, volva el pulso a su estado
normal. Mas si los dos dejaban la habitacin, qu horrible deba ser
el sufrimiento de mi pobre hija! Cmo se recrudeca su estado febril
hasta que alguno de ellos volva a acompaarnos!

Yo no poda hacer que Amaury se alejase, porque ella necesita como el
aire su presencia. Ya veremos ms adelante.

Y tampoco era dueo de alejar de aqu a Antoita. Cmo poda decirle a
esa pobre criatura, casta como la pura luz del cielo:--Vete!, Antoita?

Pero ella, que todo lo adivina, entr ayer en mi despacho y me dijo:

--To, creo que usted dijo un da que en cuanto volviera el buen tiempo
y Magdalena estuviese algo mejor, la llevara a su quinta de
Ville-d'Avray. Pues bien, Magdalena se encuentra ya mejor, y estamos ya
en primavera, y si hemos de ir all, hay que visitar primeramente la
quinta, que est deshabitada desde el ao pasado, y sobre todo, tenemos
que preparar con especial cuidado la habitacin de mi prima. Deje a mi
cargo esas cosas, que yo lo arreglar todo.

Adivinando yo su intencin, en cuanto comenz a hablar, la mir
fijamente clavando mis ojos en los suyos, que acabaron por bajar su
mirada, mientras su rostro se tea de vivo carmn. Cuando volvi a
alzar la vista, arrojose llorando en mis brazos y yo la estrech contra
mi pecho.

--To! to!--exclam con voz ahogada por los sollozos.--No tengo yo
la culpa, se lo juro. Amaury no ha puesto en m sus ojos, ni siquiera le
he llamado la atencin, y desde que Magdalena est enferma se ha
olvidado hasta de s mismo para pensar slo en ella; y a despecho de
todo eso est celosa, y esos celos la matan. Pobre Magdalena! Usted,
to, sabe lo que ocurre tan bien como yo; es un sentimiento que se
revela en sus miradas ardientes, en su voz temblorosa, en sus
movimientos bruscos. Ya ve usted que debo partir; lo comprende usted muy
bien y si no fuera tan bueno, ya me lo habra indicado usted mismo.

Por toda respuesta, imprim un beso en su frente.

Poco despus entrbamos en el dormitorio de Magdalena, a la cual
encontramos inquieta y visiblemente agitada.

No nos cost mucho trabajo adivinar la causa; Amaury se haba marchado
haca media hora y mi hija crea indudablemente que estaba con Antoita.

Me inclin hacia ella y le dije:

--Hija ma, puesto que ests ya mucho mejor y de aqu a quince das
podremos irnos al campo, tu prima se ha ofrecido a aposentarnos, yendo
antes que nosotros para prepararlo todo en la quinta.

--Qu dice usted, pap?--exclam Magdalena.--Que Antoita va a Ville
d'Avray?

--S, Magdalena--contest su prima.--Ahora t ya ests mejor, como
acabas de or de labios de tu padre, y tu doncella y la seora Braun y
Amaury bastarn para cuidarte. Creo que no necesita ms un
convaleciente. Mientras tanto yo ir all, preparar tu cuarto, cuidar
tus flores, arreglar tus invernaderos; en fin, pondr todo en orden y
vers como cuando t llegues lo encuentras a medida de tus deseos.

--Y cundo partes?--pregunt Magdalena con una emocin que no pudo
ocultar.

--Dentro de breves momentos. Ya hemos dado orden de que enganchen.

Magdalena, impulsada por el remordimiento, por la gratitud, o quizs a
la vez por ambas cosas, abri entonces sus brazos a Antoita y las dos
primas se abrazaron con efusin. Hasta me pareci or que mi hija
deslizaba al odo de Antoita esta palabra:--Perdn!

Despus, Magdalena pareci reunir sus fuerzas para preguntar:

--No vas a aguardar a Amaury? Vas a marcharte sin despedirte de l?

--Despedirme? Qu necesidad hay de eso, si hemos de volver a vernos
de aqu a dos o tres semanas? Hazlo t en mi nombre, que eso le gustar
ms.

Y despus de pronunciar estas palabras, sali de la habitacin.

Poco despus, omos rodar el coche que la llevaba, al mismo tiempo que
Jos entraba a anunciarnos que acababa de partir.

En aquel momento yo, que tomaba el pulso a Magdalena, not un cambio
muy sensible cuando ella oy la noticia.

De noventa pulsaciones, baj setenta y cinco; luego fortalecida de
aquellas emociones que a cualquier observador superficial habran
parecido bastante menos intensas, se durmi, tal vez con el sueo ms
tranquilo que haba podido conciliar desde la noche fatal en que Amaury
la llev desde el saln al lecho en que aun estaba acostada.

Como yo ya supona que Amaury volvera pronto, adopt la precaucin de
abrir la puerta con cuidado para que no la despertase el rumor de su
llegada.

Esta no se hizo esperar. Cuando l entr, le indiqu con una sea que
se sentase en el lado hacia el cual tena vuelta la cara mi hija, para
que pudiese verle as que abriera los ojos, Ay de m! Bien sabe Dios
que ya no estoy celoso. Quiera El que no se cierren sus ojos, sino
despus de gozar de dilatada existencia, y no importa que todas sus
miradas las dedique a su novio!

Desde este momento se afirma la mejora.

9 de junio

Acentase cada vez ms la mejora...Gracias, gracias, Dios mo!

10 de junio.

Su vida est ahora en manos de Amaury. Si consiente en lo que le pido,
est salvada.




XX


Para relatar los anteriores sucesos nos hemos valido del diario del
doctor, por ser ste el mejor medio de enterarnos de todo lo ocurrido a
la cabecera del lecho de su hija y de compenetrarnos con el estado de
nimo de los que en ella tenan cifradas sus ms caras afecciones.

El seor de Avrigny no se equivocaba al decir que estaba mejor la
enferma. Gracias a los cuidados del padre y a la ciencia del sabio se
haba operado el milagro, y por aquella vez la muerte haba sido
vencida.

Con todo, el doctor, a pesar de toda su ciencia o tal vez a causa de
ella, que le descubra todos los misterios del organismo humano, haba
vislumbrado interpuesta entre l y la enfermedad, una tercera
influencia que l se consideraba impotente para combatir y que tan
pronto vena en auxilio del mal con en el del mdico. Esta tercera
influencia la representaba Amaury; por eso haba estampado en su diario
que en manos de l estaba la vida de Magdalena.

As, obrando en consecuencia, al da siguiente a aqul en que haba
escrito esta triste confesin envi a Amaury un recado dicindole que le
aguardaba, pues necesitaba hablarle. El joven, que an no se haba
acostado, acudi inmediatamente al despacho del doctor.

El padre de Magdalena, sentado junto a la chimenea con la cabeza oculta
entre las manos, estaba abstrado en tan hondas reflexiones que no lo
oy entrar ni not su presencia cuando lleg adonde l estaba, hasta que
Amaury, despus de contemplarle un momento, le pregunt con acento de
inquietud:

--Qu ocurre? Por qu me ha hecho usted llamar? Ha recado Magdalena?

--No, hijo mo, no--respondi el doctor.--Precisamente porque est mucho
mejor he querido hablar contigo. Sintate, pues, y hablaremos.

Obedeci Amaury sin replicar, mas no libre de inquietud, porque el
acento del doctor, por lo solemne, le revelaba que iba a tratarse all
de algn asunto muy serio.

Efectivamente, tan pronto como Amaury se acomod en un asiento, le tom
el doctor la mano y mirndole fijamente, le dijo:

--Escchame, Amaury: t y yo somos como dos soldados que han peleado
juntos en el campo de batalla; nos conocemos mutuamente, tenemos
perfecta idea de nuestro valor y de nuestras fuerzas, y as podemos
hablarnos con toda sinceridad, con absoluta franqueza.

--Ay!--repuso el joven.--Desgraciadamente, en esta larga lucha en la
que todos aguardamos que usted triunfe, le he servido de muy poco; ha
tenido usted en m un mal auxiliar. Cierto es que si la intensidad del
amor y el fervor de la oracin constituyesen mritos a los ojos de Dios
y sirviesen de ayuda a la ciencia, yo tambin podra atribuirme en
cierto modo la gloria de haber contribuido a que Magdalena hoy est
convaleciente.

--Lo s, Amaury, lo s. Por eso, porque s hasta qu punto la quieres,
espero de ti, en bien de ella, un ligero sacrificio.

--Hable usted. Estoy dispuesto a todo, menos a renunciar a ser su
esposo.

--No temas, hijo mo. Magdalena es tuya, o mejor dicho, no pertenecer
nunca a otro hombre.

--Qu quiere usted decir?

--Oye, Amaury; escucha en mis palabras la observacin del mdico y no el
reproche de un padre. Yo comenc a temer por la salud de mi hija el
mismo da en que naci; pero las dos veces en que ms seriamente me ha
alarmado desde que est en el mundo han sido: una, cuando le declaraste
tu amor, y la otra...

--No me la recuerde usted, padre mo. Cuntas noches, mientras usted
velaba a su cabecera y yo lloraba en mi cuarto, me ha asaltado ese
recuerdo, causndome la tristeza propia del remordimiento! Pero por
fuerza tendr usted que perdonarme, porque junto a Magdalena pierdo la
razn, todo lo olvido, el amor me trastorna...

--De todo corazn te perdono, hijo mo, porque si as no fuera no la
querras. Ves? En eso consiste la diferencia que hay entre tu amor y el
mo; yo presiento las desgracias futuras y t olvidas las pasadas. Por
eso me parece conveniente y hasta juzgo que es preciso que apartes de
ella, siquiera sea temporalmente, tu amor ciego y egosta, para que por
su salud pueda velar tan slo el cario previsor y desinteresado de su
padre.

--Qu dice usted? Que abandone a Magdalena? Imposible!

--Por unos cuantos meses solamente.

--Pero considere usted que Magdalena me quiere tanto como yo a ella; no,
tanto no, porque eso no puede ser. (Estas palabras de Amaury hicieron
sonrer al doctor.) No teme usted que esa ausencia le perjudique an
ms que mi presencia?

--No, porque aguardar tu vuelta y para las heridas del alma no hay
blsamo ms eficaz que la esperanza.

--Pero, adonde ir? Y con qu pretexto?

--Por pretexto no te apures no hace falta, porque existe una razn
justsima. Yo consegu para ti una misin que debas cumplir en la corte
de Npoles, y en su virtud t dirs o, aun mejor, lo dir yo, y as
quedas exento de responsabilidad, que en provecho de tu carrera tienes
que desempear esa comisin inmediatamente. Si mi hija se queja, yo le
dir que calle, que iremos a recibirte cuando regreses y, en vez de tres
meses, la separacin no llegar a seis semanas.

--De veras? Lo har usted as?

--S, hijo mo; ya lo vers. A Magdalena le conviene el clima de Italia,
con su hermoso cielo y su aire tibio y suave. La llevar a Niza, porque
ese viaje es poco costoso y puede hacerse sin gran fatiga, remontando
el Sena, siguiendo el canal de Briare y bajando luego el Saona y el
Rdano. Desde all te escribir que aceleres o dilates tu regreso, segn
como est mi hija. De este modo la ausencia es, y as lo debes
comprender, bastante soportable, endulzada por la esperanza de una
reunin prxima, y yo ver a Magdalena libre de esas fuertes emociones y
de esas terribles sacudidas debidas a tu presencia, que la postran y la
matan. Fija bien en tu memoria, lo que ahora voy a decirte y tenlo
siempre muy en cuenta: La he salvado ya dos veces; pero a la tercera
crisis no habr remedio para ella y sucumbir forzosamente. Esa crisis
tiene que sobrevenir con tu presencia.

--Oh! Es horrible! Qu situacin, Dios mo!

--Te lo pido, pues, no ya por ti ni por m, sino por ella. Te pido que
me ayudes a salvarla y lo hars si comparas esa separacin tan corta con
la separacin eterna, impuesta por la muerte.

--Qu remedio!... Har lo que usted quiera, padre mo.

--No esperaba menos de ti, Amaury. Gracias, hijo mo, gracias!--exclam
el doctor sonriendo por primera vez desde haca quince das.--Ahora es
cuando a modo de recompensa por tu abnegacin puedo decirte: Esperemos.




XXI


Al otro da, el doctor, seguro ya de que Magdalena no sufrira por el
momento ninguna recada, comenz a salir de casa para dedicarse a sus
quehaceres habituales. Tena que ir a palacio para explicar al rey su
conducta y deba tambin visitar al ministro de Negocios Extranjeros
para recordarle su promesa relativa a la misin que se encargara a
Amaury.

Con sobrada razn poda haber dicho el doctor que el enfermo era l,
pues en aquellos quince das haba envejecido quince aos, y aunque no
pasaba de los cincuenta y cinco, haba encanecido su cabeza por
completo.

Cuando regres a su casa llevaba la seguridad de que el da que quisiese
tendra a su disposicin la carta diplomtica.

Al entrar se encontr con Felipe en el umbral.

Desde la noche del baile, Auvray haba ido todos los das, sin faltar
uno, a informarse del estado de Magdalena. Sola recibirle Antoita, y
despus que sta parti, era Jos quien le daba las noticias. No quiso
preguntarle nada a Amaury, porque, segn su modo de ver las cosas,
exigale su dignidad que le pusiera mala cara; pero Leoville no advirti
nada de esto, porque no se acordaba ya de la existencia de su antiguo
amigo.

El seor de Avrigny, que estaba enterado de las atenciones o inters de
Felipe, le dio las gracias mientras le estrechaba la mano cariosamente.
Despus se dirigi al cuarto de su hija.

Transcurra a la sazn el mes de junio, y haca un hermoso da, digno de
servir de despedida a la primavera, prxima ya a dejar paso al esto. El
doctor haba permitido que al medioda, por ser aqulla la hora de ms
calor y no ofrecer peligro para la enferma, se abriesen por primera vez
las ventanas del aposento de Magdalena; de modo que encontr a sta
sentada en su cama con el deseo retratado en el semblante de respirar
aquel aire que le estaba vedado todava y contemplar de cerca aquel
frondoso verdor del parque, bajo cuya sombra no poda correr an; pero
en cambio ya que nada de esto le estaba permitido, haba hecho cubrir su
cama de flores, como se hace con los palios en la potica fiesta del
Corpus.

Amaury se haba prestado a ello y le llevaba del jardn al lecho las
flores que ella quera.

--Pap!--exclam al ver al doctor.--No puede usted imaginarse cunto
le agradezco la sorpresa que Amaury, con el permiso de usted, me ha dado
al devolverme el aire y las flores! Me parece que respiro con ms
libertad y me comparo con aquel pobre pajarillo que usted puso con un
rosal en el interior de la campana neumtica. Recuerda usted? Cuando se
le retiraba el rosal pareca pronto a morirse, y cuando se le devolva
pareca tambin que se le restitua la vida. Diga usted, pap: Cuando a
m me falta aire y me ahogo, como aquella infeliz avecilla, no se me
podra tambin devolver la vida rodendome de flores?

--S, Magdalena; s, hija ma; ya lo haremos as--asinti el doctor.--No
pases pena: yo te llevar a un pas en que no mueren jams ni las
flores, ni las nias y all vivirs t entre rosas como una abeja o un
pjaro.

--Adnde me llevar usted, pap? A Npoles?

--No, hija ma, porque a Npoles est demasiado lejos para ir all de un
tirn sin hacer ni un descanso. Adems, Npoles ofrece el inconveniente
del _sirocco_, que agosta las flores, y la tenue ceniza del Vesubio, que
abrasa los pulmones de las nias. No llegaremos all; nos detendremos en
Niza...

Antes de proseguir, el doctor pareci titubear, consultando a su hija
con la mirada.

--Y qu?...--pregunt Magdalena, mientras su novio bajaba la cabeza.

--Amaury seguir su viaje hasta Npoles.

--Cmo es eso? Nos deja?--exclam Magdalena.

--No, hija ma, porque eso no es dejarnos--repuso el doctor, con viveza.

Y muy despacio y adoptando toda suerte de precauciones oratorias, dio
cuenta a Magdalena de su plan, que, como ya sabemos, consista en llegar
hasta Niza y aguardar la vuelta de Amaury en aquel invernadero de
Europa, en la estacin de invierno ms esplndida del mundo.

Escuchole Magdalena con la cabeza baja y como absorbida por un
pensamiento fijo, y cuando acab de hablar le pregunt:

--Vendr tambin con nosotros Antoita?

--Siento en el alma, hija ma--respondi el doctor,--verme obligado a
separarte de tu amiga, de tu hermana; pero fcilmente se te alcanzar
que no puedo dejar a cargo de personas extraas la vigilancia y el
cuidado de mis casas de Pars y de Ville d'Avray. Tu prima, por lo
tanto, tendr que quedarse aqu.

En los ojos de Magdalena brill un rayo de jbilo: sentase consolada de
la ausencia de su novio con la ausencia de Antoita.

--Y cundo partiremos?--pregunt con cierta impaciencia.

Al or esta pregunta, alz Amaury la frente y la mir sorprendido...
Como su pasin egosta y ciega no le haba dejado adivinar los misterios
que el cario paternal del doctor haba logrado descubrir, todo era para
l, motivo de asombro, porque todo lo ignoraba.

--La fecha de la partida, depende de ti, hija ma--respondi el seor de
Avrigny,--tan pronto como puedas soportar el traqueteo del coche,
despus que hayas probado tus fuerzas, dando algunos paseos por el
jardn apoyada en mi brazo o en el de Amaury, emprenderemos el viaje.

--Pues no tengas cuidado, pap. Har lo que me mandes y pronto estar
dispuesta para la marcha.

El seor de Avrigny no se haba equivocado en sus presunciones: de Ville
d'Avray a Pars, haba an poca distancia.


AMAURY A ANTONIA

Me ruega usted, Antoita, que la entere de todos los pormenores
relativos a la convalecencia de Magdalena, y me explico su curiosidad:
no le basta saber que est mejor, sino que quiere saber cmo ha
recobrado la salud. A decir verdad no podra usted encontrar un narrador
ms apropiado que yo, porque, no estando usted aqu para poder hablar de
ella, los dos, me concepto dichoso al escribirle. Cosa extraa! Con su
padre, que la quiere tanto como yo, me siento, no s por qu, sin esa
confianza que usted me inspira. No s si ser la diferencia de edad o la
gravedad de su carcter la causa de ello; pero el hecho es que con usted
no me ocurre nada de eso; con usted, Antoita, hablara yo sin cesar
toda la vida.

Una semana despus de marcharse usted an segua yo preguntndome todas
las noches: Vivir o morir? porque entonces estaba en peligro
Magdalena. Ahora, querida Antoita ya le puedo decir: _Vivir_, porque
le puedo anunciar que vivir.

Crea usted, Antoita, que mi amor hacia Magdalena no es vulgar ni
pasajero; mi unin con ella no era matrimonio de conveniencia, ni
siquiera lo que se ha dado en llamar un matrimonio de inclinacin: me
una una pasin nica, sin ejemplo: y si ella mora tena yo que morir
tambin con ella.

La misericordia de Dios no lo ha querido, Gracias, Dios mo!

Su padre no ha podido responder de su vida hasta anteayer, y aun eso
con una condicin muy extraa; con la condicin de que yo me separe de
Magdalena siquiera temporalmente.

Al pronto yo tem que esta noticia envolviese nuevos peligros para
Magdalena; pero, indudablemente, a la pobre ya no le quedan fuerzas para
experimentar sensaciones muy vivas, porque al saber que nos reuniramos
en Niza, donde ella me aguardara, casi manifest prisa por partir, cosa
que me caus gran extraeza, acrecentada por la circunstancia de haberle
dicho su padre que usted no podra acompaarla.

Hay que reconocer que los enfermos parecen nios grandes. Desde ayer es
para ella ese viaje un motivo de extraordinaria alegra.

Cierto es que ella se imagina que partiremos juntos, siendo as que se
engaa porque su padre acaba de anunciarme que debo yo ponerme en camino
dentro de una semana, y aun dando por sentado que siga la mejora, no es
de esperar que Magdalena est en disposicin de emprender el viaje antes
de tres semanas o de un mes, tal vez.

No s cmo har su padre para lograr que ella me deje marchar; pero l
me ha dicho que eso corre de su cuenta, y ya debe tener su plan
trazado.

Hoy ha sido el primer da en que Magdalena, ha podido al fin abandonar
el lecho; su padre la ha trasladado desde su cama a un silln preparado
ex profeso junto a la ventana, y tan dbil est an que se habra
desmayado en el camino si la seora Braun no le hubiera dado a respirar
un frasco de esencias. A m me dejaron entrar cuando ya estuvo sentada,
y entonces oh Dios mo! slo entonces me fue dable apreciar los
estragos que la terrible enfermedad ha causado a mi pobre Magdalena.

Aun as est hermosa, ms hermosa que nunca, pues con su larga bata
abrochada hasta el cuello, se asemeja a uno de esos ngeles tan bellos,
de difana cabeza y cuerpo inmaterial del Beato Anglico. Pero esos
ngeles tan hermosos estn ya en el Cielo, mientras que Magdalena (y a
Dios le damos gracias por ello), est an con nosotros. As resulta que
lo que en ellos es una belleza divina, en Magdalena es un belleza que
casi espanta.

Y qu dichosa se senta, de estar all tan cerca de la ventana!
Hubiera dicho cualquiera que vea el cielo por primera vez, que por
primera vez, tambin, aspiraba aquel aire tan puro y respiraba el aroma
de aquellas flores. Al travs de su cutis blanco y transparente veamos
cmo volva a la vida. Dios eterno! No s si sucumbir a los goces y a
los pesares humanos, sin poderlos resistir. Tambin su padre parece
temer lo mismo, porque a cada momento se le acerca y, so pretexto de
estrecharle la mano, le toma el pulso.

Anoche se mostraba muy contento porque durante el da haba acusado el
pulso tres o cuatro pulsaciones menos por minuto que los das
anteriores.

A media tarde, cuando ya el sol no daba en el jardn la orden
acostarse, sin escuchar sus splicas. El mismo la transport al lecho,
comprobando gozoso que ella soportaba mejor que la primera vez ese
transporte. No hubo necesidad de hacerla respirar esencias, lo cual era
buena prueba de que el aire y el sol haban contribuido a devolver
cierto vigor a su cuerpo.

Cuando la acostaban, tocaba yo en el saln una meloda de Schubert. Ya
estaba a punto de terminarla, cuando la seora Braun vino de su parte, a
pedirme que siguiese. Por primera vez volva Magdalena a or msica
desde la terrible noche en que la msica pudo costarle la vida. Acced a
su ruego, y cuando al terminar entr en su cuarto, la encontr sumida en
una especie de arrobamiento.

--Oh! No puedes imaginarte, Amaury--me dijo--los crueles encantos que
yo encuentro en la terrible enfermedad que tanto alarma a todo el mundo,
pues me parece que no slo mis sentidos corporales han duplicado su
virtud de percibir, sino que en m se han despertado nuevos sentidos que
pudiramos llamar sentidos del alma. Ahora mismo, en esa msica que
acabas de hacerme or y que he escuchado tantas veces, he percibido
nuevas melodas que no sospech jams y el aroma de mis flores me
produce sensaciones que nunca conoc y que quiz no vuelva ya a percibir
cuando haya recobrado la salud por completo. Cuando ayer... (no vayas a
burlarte de m, Amaury) una silvia cantaba en un arbolito, en el cual
haba un nido, sabes lo que se me ocurri pensar mientras la oa
cantar? Que si as como estoy contigo y con mi padre, hubiera estado
sola, habra concentrado mi espritu en aquel canto, aplicando a
interpretar todas mis facultades, segura de llegar a comprender lo que
aquel pjaro deca a su hembra y a sus hijuelos.

Yo miraba al padre de Magdalena, y asustado de or aquellas ideas que
me parecan hijas del delirio, buscaba en sus ojos una respuesta a mis
dudas y a mis inquietudes; pero l, con un ademn procur
tranquilizarme, y poco despus abandon el aposento.

Entonces Magdalena se inclin hacia m y dijome al odo:

--Amaury, quieres tocar aquel vals de Weber que bailamos juntos?

Yo me asust ante la idea de hacerle or la misma meloda que la haba
causado una crisis nerviosa tan terrible, y no hall otro medio de
excusarme que decirle que no la saba de memoria.

--No importa. Maana la enviars a buscar y la tocars. Verdad que lo
hars as?

Yo se lo promet, sin saber lo que deca.

Tendr razn su padre al decir que las emociones ms perjudiciales son
las que ms apetece?

Al despedirme por la noche me hizo prometer de nuevo que al otro da la
complacera tocando el famoso vals de Weber.

Ha pasado bien la noche ltima, durmiendo con un sueo ms tranquilo y
reparador que el de costumbre. Tres veces, desde las diez de la noche al
amanecer, ha entrado su padre en el dormitorio y siempre la ha
encontrado descansando. La seora Braun, que la velaba, ha asegurado que
en toda la noche no se despert ms que dos veces, y despus de tomar
un calmante, dando muestras de sentirse muy aliviada, haba vuelto a
dormirse.

Cuando esta maana me ha explicado el doctor cmo haba pasado la noche
su hija, segn suele hacerlo cotidianamente antes de entrar yo en su
cuarto, le d cuenta de la obstinacin que mostraba Magdalena por or el
vals en cuestin. Reflexion unos instantes, al cabo de los cuales,
respondi:

--Ya te lo deca yo! Ya ves cmo eran ciertos mis temores! Mientras
t no te vayas, siempre tendr esa necesidad de emociones fuertes que me
da tanto cuidado. No tomes a mal lo que te digo, Amaury; pero, he de
confesarte con noble sinceridad que dara yo algo bueno por verte ya
lejos de ella.

--Pero, qu hago? Toco o no toco el vals?

--Tcalo. Yo estar a tu lado. Haz caso de lo que yo te recomiende y no
accedas a los ruegos que ella pueda hacerte.

Me dirig al cuarto de Magdalena y encontr a sta con el rostro
radiante y haciendo gala de tener muy buen humor. La fiebre haba
seguido en su marcha descendente.

--Ay, Amaury!--me dijo.--Si supieras qu bien he dormido y con qu
fuerzas me siento! Tan bien estoy, que si consintiese en ello mi
tiranuelo (y al decir esto, envolvi a su padre en una mirada de amor
inefable), creo que andara, o ms bien, sera capaz de volar, ms
ligera que un pjaro. Pero l con su pretensin de conocerme mejor que
yo misma, me tiene aqu sujeta a este maldito silln.

--Te has olvidado ya, Magdalena--le repliqu,--que hace dos das
reducase toda tu ambicin a sentarte en ese _maldito silln_ como t
dices, y ah, junto a la ventana, creas estar en un paraso terrenal.
As pasaste ayer todo el da y te diste por muy contenta con ello.

--Tienes razn, pero lo que ayer tena yo por bueno no lo es ya hoy. Si
hoy t slo me quisieras lo mismo que ayer no me dara por satisfecha;
para m, las sensaciones que no aumentan disminuyen. A ver si adivinas
en dnde querra yo estar ahora? Quieres que te lo diga? Pues quisiera
estar bajo un grupo de rosales, tendida sobreel csped, que se me
figura suave como el terciopelo.

--Me complace tu ambicin por lo modesta--dijo el doctor.--De aqu a
tres das, podrs satisfacer tus deseos.

--De veras!--exclam Magdalena, palmoteando como un nio a quien se le
promete un juguete deseado con ansia mucho tiempo.

Y aun hoy mismo te dejar ir sin el auxilio de nadie a sentarte en el
_maldito silln_. Hay que ensayar las piernas antes que las alas. La
seora Braun y yo marcharemos a tu lado por si acaso hubiera que
sostenerte.

--Tal vez sea acertada esa previsin, pap, porque si he de ser franca,
he de confesar que soy como esos cobardes que alardean de su valor si
estn lejos del peligro, y en cuanto se les presenta la ocasin de
demostrarlo cambian en el acto de lenguaje y de actitud. Cundo me
levantar hoy? Habr de aguardar, como ayer, al medioda? Eso es mucho,
pap; considere usted que ahora son las diez escasas.

--Bien, hija ma; hoy permitir que te levantes una hora antes, y como
hace muy buen da y la temperatura es agradable, abriremos la ventana
para que respires el aire puro del exterior.

Mientras abran la ventana, y el aire y el sol inundaban el aposento,
inclinose a mi odo Magdalena para decirme:

--Y el vals?...

Le respond con una sea afirmativa y con ella pareci quedar tranquila
y satisfecha.

Pronto entraron a anunciarnos que el almuerzo estaba servido. Ya sabe
usted, Antoita, que antes su to y yo hacamos las comidas separados,
para poder relevarnos a la cabecera de la enferma; pero desde que sta
convalece, tal precaucin es intil, y hace unos cuantos das que
comemos juntos.

Prximamente a las once se levant de la mesa el padre de Magdalena,
diciendo:

Cuando se quiere que los nios y los enfermos, hagan lo que se les
manda, no hay ms remedio que cumplirles fielmente lo que se les
promete. Ahora la ayudar a levantarse y t podrs entrar dentro de unos
diez minutos.

Efectivamente, poco despus encontraba yo a Magdalena sentada junto a
la ventana, y, al parecer, muy contenta, contemplando el jardn.

Entre su padre y la seora Braun la haban ayudado a trasladarse desde
el lecho hasta el silln. Cierto es que sin el apoyo que ambos le
prestaron quizs se habra visto apurada para llegar hasta all, pero,
cunta, diferencia no haba entre aquel da y la vspera, cuando hubo
que llevarla en brazos! Me sent a su lado y a los pocos instantes dio
muestras de sentir cierta impaciencia.

El doctor, que parece leer por arte de magia en lo ms hondo de su
corazn, la comprendi en el acto y levantndose dijo:

--Amaury, permanecers aqu con Magdalena sin separarte de ella,
verdad? Yo tengo que ausentarme por un par de horas. Promteme no
abandonarla hasta que yo vuelva.

--Vyase usted confiado. No la dejar.

El seor de Avrigny dio un beso a su hija y sali del aposento.

--Vamos! Pronto! Pronto, Amaury!--exclam sta, acto continuo.--Ve a
tocar el vals de Weber. Esta idea me obsesiona y no puedo desterrarla de
mi mente: toda la noche he estado oyendo ese vals.

--Pero, si no puedes acompaarme al saln, Magdalena!

--Demasiado lo s, pues, por desgracia, casi no puedo tenerme en pie;
pero t dejars todas las puertas abiertas y as podr orte bien.

Record la recomendacin de su padre, y seguro de que estara muy cerca
velando por su hija, me levant para ir a sentarme al piano. Con las
puertas abiertas poda yo ver desde all a Magdalena, que en medio de
los cortinajes que servan de marco a su figura, pareca un cuadro de
Greuze. Vi que me haca una sea con la mano; pseme el papel delante y
me prepar a tocar.

--Empieza.--o que deca una voz detrs de m.

--Volv la cabeza y vi al doctor.

El vals, como usted ya sabe, Antoita, era uno de esos enloquecedores
motivos de melanclico ardor que nadie saba desarrollar sino el autor
de _Freyschutz_, con su poderoso genio.

Yo no la saba de memoria; tena que ir, por lo tanto, descifrando las
notas mientras tocaba. No obstante, cre ver, como a travs de una
espesa niebla, que Magdalena se alzaba de su silln, y al volverme vi
que no me haba engaado. Quise entonces detenerme, pero su padre, que
lo vio, me contuvo, diciendo:

--Contina.

Y yo continu, sin que la interrupcin fuese advertida por ella, cuya
potica naturaleza pareca animarse con la armona e iba adquiriendo
fuerzas a medida que el comps se aceleraba.

Permaneci un instante en pie e inmvil, y echando a andar de pronto,
aquella dbil enferma, que para ir de la cama a la butaca haba
necesitado ayuda de dos personas, avanz con paso seguro, deslizndose
sobre el pavimento como una sombra, sin buscar apoyo ni en la pared ni
en los muebles. Yo me volv hacia el doctor y vindole muy plido y
demudado, quise parar otra vez; pero l volvi a prohibrmelo, diciendo:

--Contina. Acurdate del violn de Cremona.

Y continu de nuevo. El comps se aceleraba por momentos y cuanto ms
aumentaba la rapidez, ms de prisa caminaba Magdalena, acercndose a m,
hasta llegar a poner sobre mi hombro su diestra. Entonces su padre, que
haba salido pocos momentos antes, volvi a entrar por una puerta
situada a nuestra espalda y repiti por tercera vez:

--Contina, contina. Bravo, hija ma! Pues no decas esta maana que
estabas tan extenuada y tan dbil?...

Y el pobre padre, lleno de mortal angustia, rea y temblaba a la vez.

--Parece cosa de magia, pap--contest Magdalena.--El efecto que me
causa la msica es realmente maravilloso, tanto, que a mi juicio existen
melodas capaces de hacerme abandonar la sepultura. As me explico cmo
comprenda tan bien las escenas de las monjas de _Roberto el Diablo_ y
las _Willis_ de la _Gisela_.

--As lo creo; pero no conviene abusar de esa facultad--replic el
doctor.--Apyate en mi brazo y t, Amaury, contina: esa msica es
admirable. Pero despus--me dijo en voz baja,--procura pasar de ese vals
a alguna meloda vaga que vaya expirando como un eco que se pierde en
lontananza.

Comprend su intencin, y obedec. La misma msica que haba causado en
ella tal exaltacin, deba sostenerla hasta el momento en que llegase a
su silln; mas entonces deba decrecer ya por grados, pues, cesando de
repente, poda producirle un efecto desastroso que determinase una
agravacin del mal.

Efectivamente, Magdalena volvi a sentarse sin aparentar cansancio, y
con semblante tranquilo y revelando alegra, se acomod en el silln. Yo
comenc a retardar el comps y la vi inclinar hacia atrs la cabeza, y
cerrar los ojos. El doctor, que no la perda de vista y la contemplaba
fijamente, me indic que tocase piano piansimo; entonces reemplac el
vals por algunos acordes que poco a poco fueron apagndose hasta quedar
extinguidos, como el lejano canto de un pjaro que huye cruzando el
espacio, hacia lugares remotos.

Despus me levant y quise acercarme a Magdalena; pero su padre me
sali al paso y me dijo:

--Ahora duerme; no vayas a despertarla.

Y llevndome a la antesala, agreg:

--Ya ves, Amaury, que es indispensable tu partida. Si eso hubiese
sucedido en mi ausencia, si yo no llego a estar aqu para dirigirte,
sabe Dios lo que sera de Magdalena a estas horas! Slo el pensarlo me
aterra. Creme: a toda costa es preciso que te marches.

--Pero Magdalena se figura que an tardar en partir... Cmo vamos a
decirle?...

--No pases pena; ella misma te pedir que te vayas.

Y despus que hubo pronunciado estas palabras, el seor de Avrigny
entr en el cuarto de su hija.

Yo, entonces, me volv al mo y me puse a escribir a usted esta carta.
Cmo le parece a usted, Antoita, que se las arreglar el doctor para
que su misma hija me ordene que parta?




XXII

AMAURY A ANTONIA


Mi partida se ha fijado para dentro de seis das y la misma Magdalena
ha sido quien me ha rogado que parta. No me haba, pues, engaado el
doctor al prevenrmelo as.

Ayer por la maana estbamos reunidos en la misma sala en que ocurri
la escena aquella del piano (que afortunadamente no dio malos
resultados, pues Magdalena cada da est mejor), cuando el seor de
Avrigny, despus de hablar mucho rato de usted con ella en trminos que
no repetir por no herir su rara modestia, anunci que el lunes
regresara usted de Ville d'Avray.

Al orlo se estremeci Magdalena y palideci densamente. Mir al
doctor, y viendo que tena una mano de ella entre las suyas comprend
que aquella sensacin no deba haber pasado para l inadvertida.

Al otro da deba Magdalena bajar al jardn para disfrutar all, entre
las flores, el aire y los aromas que con tanto afn apeteca en los
das, anteriores. Pero vea usted, Antoita, cun razonable era la
comparacin que su to estableca entre los enfermos y los nios: ya no
pareca causarle impresin alguna la promesa que le haba hecho su
padre; semejante a una nube, haba pasado sobre su espritu, y ya su
pensamiento se hallaba exclusivamente ocupado por un solo objetivo.

Proponame yo aprovechar el primer momento en que estuviese a solas con
ella para preguntarle qu era lo que causaba su ensimismamiento, cuando
entr Jos trayndome una carta que abr en seguida. El ministro de
Negocios Extranjeros me escriba rogndome que pasase a su despacho
porque tena que hablarme.

Apenas le la carta se la entregu a Magdalena. Mientras ella la lea a
su vez senta yo cierta inquietud. Comprenda la correlacin que poda
tener aquella carta con lo que el doctor me haba dicho la vspera a
propsito de mi viaje, y no poda menos de temblar, mirando a Magdalena.
Pero cul no sera mi asombro cuando vi que se alegraba su semblante!

Cre que en el mensaje no haba, visto otra cosa que un suceso
ordinario y no quise revelarle la verdad. Me desped, diciendo que
volvera en seguida, y sal dejndola a solas con su padre.

No me engaaban mis presentimientos. El ministro, que se mostr conmigo
tan amable y complaciente como siempre, me dijo que me llamaba porque
haba querido manifestarme personalmente que mi comisin, por virtud de
imprevistos acontecimientos polticos, se haba hecho muy urgente y yo
deba disponerme para el viaje; pero, defiriendo a mis compromisos
contrados con la familia de Avrigny me conceda, fiando en mi
discrecin, el tiempo que necesitase para preparar a mi novia y a su
padre.

Le d las gracias por sus atenciones y le promet responderle el mismo
da fijando la fecha de mi partida.

Volv a casa muy preocupado, no sabiendo cmo darle a Magdalena tal
noticia. Cierto es que confiaba en el doctor, porque me haba prometido
librarme de este apuro; pero casualmente acababa de salir haca muy poco
rato y Magdalena haba dado orden de que cuando yo llegara me hiciesen
entrar en su habitacin.

Yo escuchaba perplejo estas explicaciones que me daba la doncella,
cuando son la campanilla de Magdalena, que preguntaba si haba yo
regresado.

No haba excusa posible; as, que me dirig en el acto a su aposento.
Ella debi conocerme por el rumor de mis pasos, porque al entrar yo la
vi con los ojos fijos en la puerta, revelando en sumirada la ms
profunda ansiedad. Al verme llegar, me dijo:

--Ven, ven, Amaury. Has visto ya al ministro?

--S--le contest, con cierta vacilacin.

--Ya s para qu te ha llamado: para decirte lo mismo que le dijo ayer
a pap a quien vio en palacio: que debas partir en seguida.

--Magdalena! amada ma!--exclam.--Te juro que estoy dispuesto a
renunciar a esta comisin y aun a mi propia carrera, si es preciso,
antes que abandonarte!

--Qu dices, Amaury?--replic Magdalena, con viveza.--Eso es una
locura! No, no, Amaury; hay que tener juicio y pensar con sensatez.
Jams me perdonarla yo el haber interrumpido tu carrera precisamente
cuando sta empieza a infundir las ms lisonjeras esperanzas.

Yo la mir asombrado, no atrevindome a dar crdito a mis odos. Ella
entonces me dijo, sonriendo:

--Verdad que no aciertas a explicarte cmo te habla de un modo tan
razonable una mujer tan excntrica y tan caprichosa como yo? Pues ahora
te dir lo que acabamos de acordar pap y yo.

Me acerqu a ella, me sent a sus pies como siempre, y mientras
acariciaba sus demacradas manos entre las mas, prosigui:

--An no estoy bastante fuerte para soportar las fatigas del viaje,
pero pap asegura que dentro de quince das podr ponerme en camino sin
ningn inconveniente. As, pues, tu marchars y yo ir tras de ti;
mientras t cumples en Npoles tu comisin, yo ir a aguardarte a Niza,
adonde llegars casi al mismo tiempo que yo, gracias al vapor. Oh! Qu
hermosa invencin es la del vapor! verdad? Para m, Fulton ha sido el
hombre ms grande de las edades modernas.

--Y cundo debo partir?--le pregunt.

--El domingo por la maana--respondi sin titubear Magdalena.

Me acord, Antoita, de que usted llegaba el lunes de Ville d'Avray y
pens en que no la vera antes de mi marcha. Iba a decirle esto a
Magdalena, cuando prosigui diciendo:

--Partes de aqu el domingo por la maana; tomas la posta hasta Chlons
(escchame: todo esto me lo ha explicado pap); desde Chlons sigues tu
viaje por el ro hasta Marsella, y de aqu, en un buque del Estado que
sale el da primero de cada mes, vas a Npoles en seis das. Te concedo
el plazo de diez das para desempear tu comisin. En diez das puede
hacerse mucho no te parece? Al expirar ese plazo emprendes el viaje de
vuelta, y a fines de julio llegas a Niza, en donde estaremos
aguardndote desde el 15 o el 20. Slo se trata de seis semanas de
ausencia, pasadas las cuales nos reuniremos bajo aquel hermoso cielo
para no volver a separarnos ya ms. Niza constituir nuestra tierra de
promisin, nuestro paraso recobrado. Despus que las suaves brisas de
Italia me hayan acariciado dulcemente devolvindome la salud del cuerpo
y me haya restaurado tu amor el vigor del espritu, nos casaremos;
entonces pap volver a Pars y nosotros seguiremos nuestro viaje. Qu
te parece? Verdad que es un proyect magnfico?

--Si, Magdalena; solamente es de sentir que comience por una
separacin.

--Ya te lo he dicho antes, Amaury: esa separacin la exige tu carrera y
yo acato esa exigencia con la abnegacin debida.

Yo estaba cada vez ms sorprendido, sin acertar a explicarme en modo
alguno una serenidad y una sensatez como aqullas en una nia tan mimada
y caprichosa como Magdalena; pero ni interrogndola ni pidindole toda
suerte de explicaciones, pude lograr esclarecer el misterio. Ella me
repiti sin cesar que por propia voluntad se sacrificaba para complacer
al ministro, merced al cual lograra yo ascensos en mi carrera.

No le causa a usted todo esto tanta extraeza como a m, querida
Antoita? A causa de ello he estado pensativo todo el da. Yo no
hubiera osado hablar a Magdalena de ese viaje y ella se me anticipa,
salvando todo obstculo y allanando toda dificultad!

Oh! Qu razn tienen los que dicen que el corazn de la mujer es un
arcano!

Ayer pasamos todo el da ideando proyectos y trazando planes. Magdalena
recobra poco a poco el buen humor a medida que su salud y sus fuerzas se
restablecen.

Su padre se mira en ella. Ya he visto dibujarse en sus labios algunas
sonrisas que han ensanchado mi corazn henchindole de gozo.




XXIII

AMAURY A ANTONIA


Hoy hemos celebrado una gran solemnidad: Magdalena deba bajar al
jardn, segn su padre se lo haba prometido.

Haca un tiempo delicioso. Nunca he visto un cielo ms esplndido ni
ms alegre; la Naturaleza pareca haberse adornado con sus ms hermosas
galas y el rigor de la temperatura era templado por el soplo de la
brisa.

Yo, para prevenir cualquier accidente, propuse al doctor que entre los
dos transportsemos a Magdalena, sentada, en su silln; y aunque ella se
opuso en un principio, ofendida en su amor propio de convaleciente y
creyendo intil semejante precaucin, accedi al fin cuando le hicimos
formal promesa de permitirle pasear por el jardn. Entonces procedimos a
llevarla con exquisito cuidado, y poco despus se encontraba a sus
anchas en el lugar anhelado que los das anteriores slo le era dable
contemplar sentada ante la ventana.

Si usted, querida Antoita, hubiese estado entre nosotros, habra
disfrutado del hermoso espectculo de la juventud que vuelve a la vida
con nuevos alientos, con ansias de amor y de dicha. Dilatbase su pecho,
por tanto tiempo oprimido, como si quisiera hacer provisin del aire
puro que respiraba. Desde su asiento alcanzaba a cortar las flores que
echaba a brazadas sobre su regazo, las estrechaba contra su seno y las
besaba como amigas de las cuales la separase una larga ausencia que la
hubiese hecho temer no volverlas a ver ya. Dando libre expansin a los
sentimientos que llenaban su alma, prorrumpa en exclamaciones admirando
la Naturaleza, daba gracias a Dios y verta copioso llanto de gratitud
hacia su padre. Era una flor ms entre aquellas de que estaba rodeada;
un hermoso lirio, humedecido por el beso del roco.

Su padre y yo estbamos enternecidos y veamos con lgrimas en los ojos
aquella dicha inefable y ultra-terrena. All, slo faltaba usted,
Antoita!

No bastndole a Magdalena aquella, contemplacin tranquila y reposada,
me indic que me acercase y, levantndose, se apoy en mi brazo.
Entonces el doctor hizo un ademn y ella dijo, como queriendo contestar
de antemano a una objecin que esperaba:

--Recuerde usted, pap, su promesa. Me dijo usted que me permitira
pasear por el jardn.

--S, y lo permito con gusto; pero procura no andar muy de prisa.

--Padre mo--dije yo,--recomiende usted a Magdalena que vaya apoyada en
m.

Me respondi con un simple movimiento de cabeza y yo entonces crea que
estaba celoso porque Magdalena, al levantarse del silln busc apoyo en
mi brazo; pero si as fue pas aquella impresin con la rapidez del
relmpago, pues en el acto nos indic con una sea que podamos
emprender el paseo.

No nos alejamos mucho.

Magdalena pareca ver por vez primera los rboles, las flores y el
csped que adornaban el jardn. Arrancbanle exclamaciones de asombro
los insectos, las aves y los reptiles; sorprendanle, en fin, todas las
manifestaciones de la Naturaleza, que, justo es reconocerlo, nunca haba
semejado ser tan viviente como entonces.

Las hierbas, los arbustos, todo pareca poblarlo un mundo de seres
alegres y animados, que con sus ruidos, sus gritos y sus cantos parecan
entonar un himno de gracias a Dios, que los haba creado.

Dimos la vuelta entera al jardn (lo creera usted, Antoita?) sin
pronunciar palabra. nicamente Magdalena lanz algunas exclamaciones de
entusiasmo; yo no haca otra cosa que contemplarla.

En una ocasin volv la cabeza para buscar con la mirada a su padre, y
a travs del follaje le vi sentado en el mismo silln de Magdalena y
besando las flores que ella haba besado tambin momentos antes.

Terminbamos nuestra vuelta cuando l nos sali al paso y examinando a
su hija vio con satisfaccin que haba soportado muy bien la fatiga de
aquel pequeo esfuerzo; pero, aunque ella, se empe en dar otra vuelta,
el doctor fue inflexible y la oblig a sentarse nuevamente.

Permanecimos en el jardn hasta las tres de la tarde. En aquellas horas
pasadas al aire libre Magdalena pareci recobrar ms que nunca sus
debilitadas fuerzas; ahora creo poder separarme de ella sin temor a que
sobrevengan complicaciones de ningun gnero.

No terminar despidindome de usted, amiga ma, porque con ese motivo
pienso escribirle una carta muy extensa en la que habr de hacerle mis
recomendaciones: entre todas, la primera debe ser la de hablarle de m a
Magdalena todos los das, sin olvidar ni uno solo.


Sbado, a las cinco de la tarde.

Me marcho maana, querida Antoita. No le he escrito a usted en estos
cuatro das transcurridos, porque no poda comunicarle otra cosa que la
mejora de Magdalena, y de eso ya est usted bien enterada por dos
cartas que le ha escrito su to.

Todos los das ha ensayado Magdalena sus fuerzas bajo la vigilancia
constante del doctor, que es un verdadero modelo de padres.

A la hora presente se levanta sola, sin ayuda de nadie va al jardn y
tampoco la necesita para volver a casa; yo casi tengo celos de su salud,
porque gracias a ella ya no tiene que buscar el sostn de mi brazo, en
el que antes se apoyaba.

Por lo dems, debo decirle a usted que tiene en ella una amiga sincera
que la quiere con amor acendrado, segn yo he tenido ocasin de
observarlo por m mismo.

Cuando al pensar en mi prxima partida se oscuraece su frente, su padre
slo tiene que decirle:

--Vamos, nimo, hija ma, que no te quedars sola; yo seguir a tu
lado y el lunes vendr Antoita!

Entonces se despeja su frente y contesta al punto:

--Si, s: es precisa esa partida.

Hoy mismo lo repeta, aun sabiendo que debo marchar maana.

Sin embargo, he observado que a su padre le inquieta la proximidad del
momento de mi marcha.

Esta tarde, al separarme de Magdalena, me ha seguido y, llamndome
aparte, me ha dicho:

--Amaury, maana partes. Ya has visto que Magdalena es ms razonable de
lo que te imaginabas y has tenido ocasin de observar cmo va recobrando
la salud cuando no sufre ninguna fuerte emocin. Por lo tanto procurars
dominarte y evitarle en lo posible la impresin que ha de causarle tu
marcha. Aparenta frialdad, si es preciso, pues la expansin de tu amor
es lo que me da ms miedo. Ya has podido notar dos veces sus efectos:
una, cuando estuvo a punto de desmayarse al declararle tu pasin; la
otra, cuando el bailar contigo la puso al borde del sepulcro. T ejerces
sobre su naturaleza, nerviosa y delicada, una influencia fatal; tus
palabras, tu aliento y hasta tu presencia, la trastornan. Trtala como a
una flor, y as como yo procuro rodearla de una atmsfera templada,
rodala t tambin de un amor suave y sereno. Ya se me alcanza lo
difcil que es esto para un hombre joven y fogoso como t; pero
considera que en lo que te pido va su propia vida y que, si vuelve a
repetirse la crisis, ya no respondo de nada. Adems, en el momento de la
despedida yo estar tambin presente y te infundir valor.

Le promet lo que quiso. Qu otra cosa poda hacer?

Tampoco a m se me esconde que la vida de mi pobre Magdalena est
pendiente de un hilo que puede romper cualquiera emocin violenta, y yo
la quiero demasiado para negarme a hacer por ella, ya que es preciso, el
sacrificio de aparentar que no la quiero tanto como la adoro realmente.

Al separarme del doctor sub a mi cuarto para escribirle a usted esta
carta que ahora dejo interrumpida y continuar ms tarde, pues acabo de
recibir recado de Magdalena dicindome que me aguarda, y corro a verla.




XXIV


A las diez.

Puede usted reirme, Antoita; bien lo merezco porque temo haber
cometido una gran locura.

Magdalena estaba sola. Me llamaba, para decirme que quera hablar
conmigo antes de mi marcha, y para ello me peda con adorable inocencia
una cita que otra cualquiera, habra rehusado concederme de seguro si yo
hubiera osado pedrsela.

Quiz no me crea usted, Antoita, pero le aseguro por mi honor que
acordndome de la promesa que yo haba hecho al doctor, quise en un
principio renunciar a aquella hora de dicha con que Magdalena me
brindaba y por la cual habra dado gustoso en cualquiera otra ocasin un
ao de mi vida.

Tratando de resistir a mi propio deseo le respond que la seora Braun,
obedeciendo a instrucciones del seor de Avrigny, no se prestara en
modo alguno a secundar nuestros planes.

--Y qu necesidad tenemos de la seora Braun?--repuso Magdalena.

--No olvides que slo la separa de ti un simple tabique y que tan
pronto como oiga el ms leve rumor entrar creyendo que no te sientes
bien y me encontrar contigo.

--As ocurrira, no lo dudo, si t vinieras aqu.

--Cmo! Pues adonde he de ir?

--Al jardn. Yo bajara a reunirme contigo a la hora en que
conviniramos.

--Qu dices? Al jardn! Pero lo has pensado bien? Y el relente de
la noche?

--No le tengo miedo. Ya oste decir ayer a mi padre que slo es
peligroso al anochecer y que a medida que avanza la noche se siente el
mismo calor que hace durante el da. Sin embargo a guisa de precaucin
bajar bien embozada en mi chal.

Yo sentame arrastrado contra mi voluntad por sus palabras; pero aun
hall fuerzas para insistir todava dicindole:

--Y te parece bien que nos veamos solos y a deshora?

--Hacindolo as durante el da no veo la razn para que no lo podamos
hacer de igual modo por la noche--me contest con candidez admirable.

--S--repuse algo confuso;--pero de da...

--Qu diferencia hay?--pregunt.

--Una muy grande--repliqu sonriendo a pesar mo.

--No te quejabas estos das atrs de que en nuestro viaje sera
molesta para nosotros la presencia de mi padre? Al decir eso bien
tendras el propsito de que viajsemos solos los dos da y noche...

--S; pero contaba con que estuviramos ya casados para entonces.

--Ya s que las casadas gozan ciertos privilegios negados a las
solteras, como si al casarse quedase una nia alocada convertida _ipso
facto_ en mujer juiciosa!... Pero, no nos hemos desposado? No es
pblico y notorio que nuestro casamiento se celebrar muy pronto? No
estaramos ya casados a estas horas si yo no hubiese cado enferma de
gravedad?

No era fcil responder a estas preguntas. Ella prosigui con ms ahinco
al ver que yo callaba:

--Irs a negrmelo? Sers capaz de darme un chasco como se la
vspera de tu marcha, cuando tienes que decirme tantas cosas y hacerme
tantas promesas? Si supieras qu triste voy a quedar despus que t te
vayas! Qu menos puedes hacer que dejarme al partir el recuerdo de esas
palabras tiernas y cariosas que me hacen tan dichosa pronuncindolas
tus labios?

No pude resistir ms, y juzgando que mi posicin era ya ridcula y mi
rigor impertinente me jur velar por los dos y le promet acudir al
jardn as que diesen las once.

Hay que ser justo, Antoita, y reconocer que para negarse a acceder a
su demanda se habra necesitado poseer toda la discrecin de los siete
sabios de Grecia, y quiz me quede corto.

Me limit a recomendarla que no se olvidase de bajar bien abrigada. As
acababa de prometrmelo cuando entr su padre a verla.

Cuando, a las diez, salimos juntos del aposento, me dijo el doctor:

--Ya has tenido ocasin de ver que he fiado en tu palabra, porque te he
dejado solo con ella. Comprend que tenas que decirle muchas cosas. Te
doy las gracias porque has sabido proceder con una cordura cuya mejor
recompensa es la tranquilidad que ahora goza Magdalena, merced a la cual
pasar una buena noche. Maana por la maana podrs pasar una hora en su
compaa, y dentro de mes y medio volvers a encontrar en Niza a tu
futura esposa ya restablecida y muy contenta de reunirse contigo.

Al escuchar sus palabras sent el aguijn del remordimiento y estuve a
punto de revelrselo todo; pero pens en Magdalena para quien el
disgusto que ello le hubiera ocasionado habra sido ms pernicioso que
la entrevista en proyecto, y esta consideracin me dio fuerzas para
abstenerme de decir nada a su padre.

Por lo dems, cuando sea necesario yo velar sobre m y sabr
dominarme.

Oigo dar las once. Buenas noches, Antoita! La dejo a usted para ir en
busca de Magdalena, que ya me estar aguardando.


A las 2 de la madrugada.

Tan pronto como llegue a sus manos esta carta pngase en camino y
venga, porque nos hace mucha falta su presencia.

Dios mo! Dios mo! Magdalena se muere sin remedio! Oh! Qu
miserable soy! Venga, venga usted a escape!

_Amaury_.


EL DOCTOR AVRIGNY A ANTONIA

Aunque te necesitamos y por mucho que te alarmes cuando sepas el estado
de Magdalena, no vengas, Antoita, no vengas, hija ma, hasta que ella
misma se decida a llamarte. Desgraciadamente estoy temiendo que no
tardar mucho en hacerlo. Ten compasin de m, t que sabes hasta qu
punto la quiero!

Tu to

_Leopoldo de Avrigny_.




XXV


Veamos lo que haba acontecido.

Cuando termin su carta Amaury sali de su cuarto teniendo la fortuna de
no tropezar con nadie. Atraves el saln, se par un momento a escuchar
junto a la puerta del cuarto de Magdalena y no oyendo ningn ruido
supuso que habra aparentado que se acostaba para engaar a la seora
Braun. Entonces se dirigi a la escalinata y baj al jardn.

Por las ventanas del aposento de Magdalena no sala ni un rayo de luz.
En medio de la oscuridad en que estaba envuelto el edificio, tan slo
una ventana apareca iluminada en aquella amplia fachada: la del doctor
Avrigny.

Amaury dirigi a ella su mirada, sintiendo en su pecho la inquietud de
un vago remordimiento.

Por Magdalena velaban a un mismo tiempo su padre y su novio; pero cun
diferente era el objeto de esta vela! Velaba el uno por amor
desinteresado, consultando la ciencia para tratar de arrebatarle a la
muerte su presa casi segura; velaba el otro por un amor egosta que
haba aceptado la cita solicitada sabiendo lo fatal que poda ser
aquella entrevista para la que la peda.

Hubo un momento en que Amaury sinti vehementes deseos de retroceder y
de decirle a Magdalena a travs de la puerta de su cuarto:

--No salgas, Magdalena! Tu padre vela y podra venir a sorprendernos...

Pero en aquel momento se apag la luz del doctor y apareci en la
escalinata una sombra que despus de estar inmvil un momento se desliz
hasta el jardn. Amaury, comprendiendo que aquella sombra era Magdalena,
se precipit hacia ella y la detuvo.

La joven ahog un grito que estuvo a punto de arrancarle la presencia de
su novio y sintiendo instintivamente que obraba mal se apoy temblando
en el brazo de Amaury. Este senta latir aquel pobre corazn que buscaba
en l su apoyo.

Detuvironse ambos un instante sin proferir palabra y casi sin aliento,
embargados por una intensa emocin.

Luego Amaury la condujo al frondoso sitio lleno de flores en donde ella
acostumbraba sentarse cuando bajaba al jardn durante el da; la hizo
sentarse en el banco y l tom asiento a su lado.

Magdalena estaba en lo firme al no temer el relente de la noche. Era una
magnfica noche de esto, templada y serena, una de esas noches en las
que innmeras estrellas semejan en su constante centelleo extensa
polvareda de diamantes. La brisa suave y acariciadora como un soplo de
amor, arrancaba a la arboleda misteriosos murmullos.

La rumorosa capital pareca descansar a la sazn; su ensordecedor ruido
haba cedido el paso a ese murmullo apagado y armonioso que por lo
incesante parece la respiracin de la ciudad dormida.

All, al extremo del jardn, cantaba un ruiseor cuyos acentos suaves y
melodiosos al principio convertanse de pronto en brillante cascada de
notas claras y agudas. Era aqulla una de esas noches armoniosas que
parecen hechas ex profeso para los ruiseores, los poetas y los amantes,
y que en una naturaleza tan nerviosa como la de Magdalena no poda menos
de causar una impresin muy profunda.

La hija del doctor pareca respirar aquella brisa, contemplar aquel
cielo fulgurante, or aquellos acentos y aspirar las embalsamadas
emanaciones de aquella vvida naturaleza por la primera vez en su vida y
al mirar al firmamento, sumergida en xtasis delicioso, corran por sus
mejillas dos lgrimas semejantes a dos gotas de roco cadas del cliz
de alguna flor de las que el aire meca sobre su cabeza acaricindola
blandamente.

Tambin Amaury senta en alto grado el influjo de aquella noche cuyas
ardientes emanaciones aspiraba tambin l; pero lo que derramaba sobre
Magdalena una suave languidez haca circular torrentes de fuego por las
venas de su novio.

Los dos permanecieron un rato silenciosos, hasta que por fin rompi ella
a hablar diciendo:

--Qu noche ms hermosa! Te parece a ti que en Niza, cuyo clima tanto
pondera todo el mundo, puede haberlas como sta? Podra creerse que
antes de separarnos Dios ha querido ofrecernos esta compensacin para
que en nuestro pecho guardemos un recuerdo tan sublime.

--Si, tienes razn, Magdalena, pues a mi se me figura que hoy empiezo a
vivir y que ahora es cuando empiezo a quererte. Esta noche con sus
armonas despierta en mi corazn ciertas fibras que hasta hoy estaban
aletargadas. Si alguna vez he dicho que te amaba hazte cuenta que menta
o al menos no lo dije como deba decrtelo, como te lo dir ahora.
Escucha, Magdalena: te amo! te amo!

Y efectivamente, Amaury pronunci estas palabras con tal acento de
pasin, que Magdalena sinti estremecerse todo su cuerpo.

--Tambin yo--dijo, apoyando la frente en el hombro de su
novio,--tambin yo te amo!

Amaury cerr un momento los ojos, sintindose desfallecer, ebrio de
dicha.

--Dios mo!--dijo.--Cada vez que pienso en que maana me he de separar
de ti, Magdalena adorada, cada vez que pienso en que al volver a verte
habr un tercero ah cuya presencia me prive de caer a tus pies, de
estrecharte contra mi pecho, te juro que estoy tentado a abandonarlo
todo por ti.

Y al decir esto Leoville cea con su brazo el talle de Magdalena, que
se dobl acercndose ms a su novio.

--No, no, de ningn modo--dijo en voz baja.--Tiene razn mi padre: debes
marchar. Tienes que dejarme recobrar las fuerzas para poder soportar
nuestro amor que, como sabes muy bien, ha estado a punto de hundirme en
el sepulcro. He podido morirme, y si esto hubiera ocurrido, en lugar de
estar ahora junto a ti, alegre y dichosa, estara a estas horas tendida
en el fondo de una tumba... Pero, qu tienes, amor mo?

--No me hables as, Magdalena, no me digas nada de eso: haras que
perdiera la razn.

--No; soy feliz y afortunadamente salvada y vuelta al mundo, estoy aqu
a tu lado en esta noche plcida en que todo parece hablarnos con el
lenguaje del amor. No te imaginas or a los ngeles murmurando palabras
parecidas a las nuestras?

Y enmudeci, como queriendo escuchar las fantsticas voces del espacio.

Se alz entonces una leve brisa y los ondulantes cabellos de Magdalena
acariciaron el rostro de Amaury, quien sintindose muy dbil para
resistir una sensacin tan fuerte, ech hacia atrs la cabeza y exhal
un hondo suspiro.

--Magdalena!--murmur.--Por favor! Ten compasin de m!

--Que tenga compasin de ti! Pues acaso no eres feliz? Yo me creo
sumergida en un xtasis divino. No ser esta misma la felicidad que nos
aguarda en el Cielo? Podr existir en el mundo otra mayor?

--S, s que existe!--exclam Amaury, volviendo a abrir los ojos y
viendo que la hermosa cabeza de la joven se inclinaba hacia l.--S,
Magdalena ma: existe otra mayor todava.

Y ciole el cuello con sus brazos. Juntronse sus cabezas, y sus
cabellos y sus alientos se confundieron.

--Y cul es, Amaury?--pregunt Magdalena.

--La de expresarse dos su amor juntos y en un mismo beso... Te amo,
Magdalena!

--Te amo... Am!...

Sus labios buscaron los de Amaury, que llegaron a rozar los de su amada;
pero la ltima palabra, que ms bien era un grito de amor indecible,
acab en un lamento de acerbo dolor.

Amaury retrocedi asustado, con el rostro baado en sudor fro.
Magdalena, cayendo hacia atrs, haba vuelto a quedar sentada
oprimindose el pecho con una mano y llevndose el pauelo a los labios
con la otra.

Por la mente de Amaury cruz una idea espantosa y cayendo a los pies de
Magdalena rodele la cintura con su brazo, le arranc el pauelo de la
boca y examinndolo pudo observar en medio de la semioscuridad que tena
algunas manchas de sangre.

Tom entonces en brazos a Magdalena y corriendo como un loco la llev a
su aposento, la deposit jadeante y afnica sobre el lecho y tir con
todas sus fuerzas del cordn de la campanilla en demanda de socorro.

Pero en seguida, temiendo la mirada del desdichado padre de Magdalena y
comprendiendo que no tendra fuerzas para soportarla huy de la
habitacin, y como si acabara de cometer un crimen fue a refugiarse, en
la suya.




XXVI


All estuvo ms de una hora mudo, sin aliento, escuchando por la
entornada puerta los ruidos de la casa, sin atreverse a bajar para
adquirir noticias y sufriendo las torturas de la desesperacin y de la
incertidumbre.

Oy al fin ruido de pasos que suban la escalera y se acercaban luego a
su cuarto, a cuya puerta llam Jos.

--Cmo est Magdalena?--pregunt Amaury con anheloso acento.

--_Esta vez le costar la vida y la habrs muerto t._

Tal fue la contestacin que el fiel criado puso en su mano y que pareca
dictada por su propia conciencia.

Fcil es de comprender cun terrible debi ser para Amaury aquella
noche. Como su cuarto estaba situado sobre el de Magdalena se la pas
toda entera con el odo pegado al suelo, levantndose tan slo para
abrir de vez en cuando la puerta por si pasaba algn criado a quien
poder pedir noticias.

Oa a veces rumor de idas y venidas reveladoras de nuevas crisis o
accesos de tos que desgarraban su pecho.

Ya amaneca cuando fue extinguindose el ruido poco a poco, lo cual hizo
creer a Amaury que Magdalena haba acabado por dormirse. Queriendo
asegurarse de ello baj al saloncito y estuvo escuchando un rato junto a
la puerta de su aposento, sin atreverse a entrar ni a volverse. Pareca
estar clavado en el suelo.

De pronto dio un paso atrs. Acababa de abrirse la puerta y el doctor
sali del cuarto de su hija.

El sombro semblante del seor de Avrigny adquiri una expresin de
severidad terrible al ver a Amaury ante s. El joven sinti que sus
piernas flaqueaban y cay de hinojos pronunciando con ahogada voz esta
palabra:--Perdn!

As estuvo un rato con los brazos extendidos y la frente inclinada,
sollozando y regando el suelo con sus lgrimas.

Por fin el doctor le tom la mano y le oblig a levantarse.

--Levanta, Amaury--le dijo.--No tienes t la culpa, sino la Naturaleza
que hace que el amor sea una atraccin que da a unos la vida y un
contacto que a otros les causa la muerte. Ya lo haba yo previsto, y por
eso tena tanto empeo en que partieras cuanto antes.

--Padre mo! Slvela usted!--grit Amaury.--Slvela, aunque yo no la
vuelva a ver ms!

--No es necesario que me lo ruegues para salvarla si puedo--repuso el
doctor;--pero, en esta ocasin, no debes dirigirme a m ese ruego, sino
a Dios, que es el nico que puede hacer el milagro.

--Qu dice usted? Se perdi toda esperanza? Estamos condenados de un
modo irrevocable?

--Yo har en lo posible ensayar la ciencia humana; pero de antemano te
declaro que nada puede hacer contra esa enfermedad cuando llega al grado
a que ha llegado ya la que mina a Magdalena.

Y de los secos prpados del anciano rodaron dos gruesas lgrimas al
pronunciar estas palabras.

Amaury estaba enloquecido. Retorcase los brazos con tal desesperacin
que el doctor se compadeci de l y abrazndole le dijo:

--Oye, Amaury. Nuestra misin redcese ya ahora a endulzar su muerte en
lo posible, yo con mi ciencia y t con tu amor: cumplamos nuestro deber
con fidelidad. Ahora sube a tu cuarto; ya te llamar cuando puedas ver a
Magdalena.

El joven, que esperaba or de labios del doctor los ms acerbos
reproches, qued confundido por su triste magnanimidad. Habra preferido
que le maldijese a verse tratado con aquella sombra benevolencia.

Volviose a su habitacin y quiso escribir a Antonia; pero no pudiendo
coordinar sus ideas, arroj la pluma, y con la frente apoyada sobre el
borde de la mesa, qued inmvil y sin conciencia de s mismo hasta que
vino a sacarle de su marasmo la voz de Jos, dicindole que le aguardaba
el doctor.

Sin despegar los labios se levant Amaury y sigui al criado. Pero al
llegar a la puerta del cuarto de Magdalena no pudo menos de detenerse:
sus fuerzas decaan y comprendi que le faltaba valor para presentarse
ante ella.

--Entra, Amaury, entra--dijo Magdalena, esforzndose para hacer or su
voz.

La infeliz haba conocido los pasos de Amaury.

Este estuvo a punto de precipitarse en el aposento; pero, dndose cuenta
en el acto de que as podra causar un efecto fatal en el nimo de su
amada, procur revestir su semblante con una expresin serena, y
empujando la puerta con suavidad, entr sonriente, aunque la
desesperacin ms sombra embargaba su alma.

Magdalena extendi hacia l sus brazos, tratando de incorporarse pero
aquel esfuerzo superaba a su energa y volvi a caer sin fuerzas sobre
la almohada.

Cuando vio esto Amaury se desvaneci su aparente tranquilidad y aterrado
por su palidez y enflaquecimiento lanz un grito y se abalanz a
abrazarla.

Levantose el padre de Magdalena; pero sta hizo un ademn de splica tan
insinuante que volvi a sentarse ocultando la frente entre sus manos.

Rein un largo silencio que slo interrumpa Amaury con sus sollozos.
Las cosas volvan al mismo estado que dos semanas atrs; pero con la
diferencia de que el nuevo accidente haba sido una grave recada.




XXVII

AMAURY A ANTONIA


Vivir o morir?

Esta es la pregunta que me hago da por da al ver cmo pierde fuerzas
Magdalena y se desvanecen todas mis ilusiones. Le juro a usted,
Antoita, que al entrar por la maana en su cuarto no le pregunto a su
padre por mera frmula:

--Cmo vamos?

As, que al responderme:--Est peor, me asombro de que no me
diga.--Ests peor?

Ya no puedo recrearme en mis ensueos. Mi incredulidad se rebel en un
principio contra el fallo de la ciencia; pero hoy mi esperanza va
debilitndose. Antes del otoo Magdalena ya no ser de este mundo.

Pero crea usted, Antoita, que tendrn que abrir dos tumbas.

Oh, Dios mo! No pretendo blasfemar, pero considero que habr sido
bien triste y bien miserable mi destino en esta vida. Habr llegado
hasta el umbral de toda felicidad para caer al pisarlo; habr columbrado
todas las alegras para no alcanzar ninguna; me habr visto desposedo
de todos los dones de la suerte, que me habrn sido arrebatados uno a
uno. Siendo rico, joven y amado, poda desear yo otra cosa que vivir?
Y lejos de eso morir cuando Magdalena, que es mi vida, exhale el
postrer aliento!...

Al pensar que soy yo quien.. Dios mio! Por qu me falt el valor para
negarle aquella ltima entrevista? Es que me embarg el temor de que
creyera que no la amaba y de que se entibiara su cario. Casi estoy por
decir que prefiero lo ocurrido pues as estoy seguro de morir cuando
ella muera.

Oh, Antoita! Qu corazn tan grande el de su to! Desde que me
escribi aquellas palabras no ha vuelto a dirigirme ni un reproche.
Sigue llamndome hijo como si adivinase que soy el prometido de
Magdalena, no slo en este mundo sino tambin en el otro.

Pobre Magdalena! Ignora que estn contadas nuestras horas. Merced al
raro privilegio que tiene su enfermedad no advierte el peligro: habla
del porvenir, forja proyectos, traza planes, y su fantasa inventa las
cosas ms novelescas.

Jams la he visto tan encantadora ni tan tierna y cariosa para
conmigo. Slo me rie porque no la ayudo a levantar castillos en el
aire.

Hoy por la maana me ha dado un susto muy grande.

--Amaury--me dijo,--ahora que estamos solos dame papel y tinta. Voy a
escribir.

--Qu dices? Qu vas a escribir estando tan dbil como ests?

--Ya me sostendrs t, Amaury.

Qued inmvil y mudo, aterrado al pensar que mi pobre Magdalena,
advertida, quiz por un fatal presentimiento, de su cercano fin, quera
escribir su ltima voluntad.

Pero no tuve ms remedio que prepararle todo para que escribiera.
Desgraciadamente no me haba engaado en mis presunciones: estaba tan
dbil que a pesar de sostenerla yo la acometi el vrtigo y cayndosele
la pluma de la mano se desplom de nuevo sobre la almohada.

Repos un momento, y luego me dijo, con voz dbil:

--Tenas razn, Amaury: yo no puedo escribir. Hazlo t, que yo te
dictar.

Tom la pluma y con la frente baada en angustioso sudor me dispuse a
obedecerla.

Me dict un plan de vida, distribuyendo el tiempo que bamos a pasar
juntos.

Su padre quiere celebrar maana una consulta con algunos compaeros,
pues a pesar de ser mdico tan eminente no tiene ya confianza en s
mismo. Maana, seis hombres vestidos de negro, seis jueces, pronunciarn
sentencia de vida o muerte, sobre nuestra pobre enferma. Terrible
tribunal, encargado de adivinar los fallos de Dios!

He ordenado que me avisen su llegada. Ellos no vern a Magdalena,
porque el doctor teme que al verlos se d cuenta de su verdadero estado,
y ni siquiera sabrn que se trata de la hija de su compaero, porque l
ha temido que oculten la verdad si conocen esta circunstancia.

Yo pienso asistir a la junta, escondido en cualquier parte.

Ayer pregunt al padre de Magdalena qu propsito le guiaba al pedir
esa consulta.

--No persigo un propsito, sino una esperanza--repuso.

--Y cul es?--le pregunt con ansiedad.

--La de que pueda haberme engaado al hacer el diagnstico o al tratar
la enfermedad; por eso he llamado a los que mantienen los sistemas
combatidos por m ms rudamente. Ojal me confundan y resulte yo al
lado de ellos ms ignorante que un patn de aldea! Si alguno fuera capaz
de devolvernos a Magdalena, lejos de hacer lo que esos clientes que le
prometen a uno la mitad de su fortuna para enviarle luego veinticinco
luises por medio de un lacayo, yo, al salvador de mi hija, le dira:--Es
usted el Dios de la medicina y suyos son la gloria, la clientela y los
honores que yo le he usurpado y que usted solo merece. Pero ay! mucho
me temo acertar en mis tristes vaticinios... Me parece que Magdalena
despierta; voy a verla. Hasta maana, Amaury.

Hoy a las diez me avis Jos que los mdicos estaban ya reunidos en el
despacho del doctor.

Me dirig a la biblioteca y all pude convencerme de que me era fcil
verlo y orlo todo desde aquel sitio.

En el despacho estaban reunidos los profesores ms eminentes de la
Facultad, los prncipes de la ciencia mdica, seis hombres que no tienen
quien les iguale en toda Europa, y no obstante, todos ellos, al entrar
el padre de Magdalena, se inclinaron con respeto como sbditos que
rinden vasallaje a su seor.

El doctor aparentaba perfecta tranquilidad; pero yo, que hace dos meses
le veo constantemente ocupado en su obra salvadora, conoc en la
contraccin de sus labios y en su voz, alterada por la emocin, que en
su alma se libraba una batalla muy ruda.

Expuso a sus colegas el motivo de la junta; les refiri la muerte de su
esposa, la delicada constitucin de su hija, los cuidados, las
minuciosas precauciones de que haba rodeado su vida desde el momento
del nacimiento hasta el presente, y les enter de los temores que a l
le haba inspirado al acercarse a la edad de las pasiones y del cario
que a m me profesaba. Habl de esto sin nombrarnos a ninguno de los
dos.

Explic la resistencia de un padre a consentir en que su hija se
casara, los mltiples accidentes que haban puesto en riesgo su vida, y
por fin lleg al terrible episodio en que otra vez amenaz la muerte a
aquella criatura a quien, desde que naci, consideraba como presa
legtima.

Cuando as se expresaba me acometi tan gran temor de que me acusara
que temblando como un azogado busqu instintivamente apoyo en la pared.
Pero no hizo tal cosa, contentndose con referir el hecho simplemente.

De la historia de la enferma, pas luego a la de la enfermedad,
enumerando una por una todas sus peripecias, analizando todos sus
fenmenos, mostrndoles la muerte en el pecho de su hija, haciendo, por
decirlo as, la autopsia de aquel cadver viviente con tanta claridad,
con tanta precisin, que hasta yo, completamente ajeno a la medicina,
poda seguir paso a paso los progresos de aquella destruccin que me
llenaba de horror.

Desgraciado padre, que todo lo ha visto y averiguado y ha tenido
fuerza para resistirlo todo!

A medida que l hablaba, pintbase la admiracin en el semblante de sus
oyentes, y a cada pausa que haca le felicitaban todos con sincero
entusiasmo. Al terminar su anlisis, despus de haber relatado la
enfermedad de su hija con todo lujo y pormenores y dejar ya trazado el
exacto inventario del sufrimiento que nos tortura a los tres, le
proclamaron unnimes su maestro.

Razn tenan para ello. Nada se haba escapado a su penetracin y a su
sabidura; su poder de investigacin le daba el don de la clarividencia,
y casi le igualaba con el propio Dios.

El se enjugaba mientras tanto la sudorosa frente, sintiendo
desvanecerse su ltima esperanza. Afirmbase en su nimo la conviccin
que tena de no haberse equivocado.

Pero, si no exista error en el diagnstico, poda haberlo en el
tratamiento, y aferrado a esta esperanza comenz a exponer los medios
que haba puesto en prctica para combatir el mal; los sistemas, ya
propios, ya ajenos, que haba seguido, y las armas esgrimidas contra la
horrible dolencia, imposible de vencer. Qu otra cosa le quedaba por
hacer?

Dijo que haba pensado en apelar a un remedio que luego le pareci
demasiado fuerte, y lo desech, para recurrir a otro, que ms tarde le
pareci insuficiente. Por eso peda la ayuda de sus colegas, confesando
que se vea reducido a la impotencia, detenido ante la insuperable valla
que constituye el lmite de la ciencia humana, imposible de salvar.

Los doctos consejeros estuvieron callados un momento, mientras la
frente del doctor se iluminaba con un rayo de esperanza. Pobre padre!
Quizs se vanagloriaba de haberse engaado, y crea que sus sabios
colegas, ilustrados por sus preciosos anlisis, antes de hablar callaban
y se recogan para proponer al fin algn remedio capaz de salvar a su
hija.

Pero, ay! aquel silencio motivbalo nicamente la admiracin,
demostrada bien pronto por los elogios de que todos aquellos hombres
hicieron objeto al doctor Avrigny, a quien consideraban como honra y paz
de la Francia mdica.

Todos convinieron en que l, en aquella guerra admirable del hombre
contra la Naturaleza, haba probado todo cuanto humanamente poda probar
la ciencia, cuyos recursos quedaban ya agotados. Si la enfermedad no
hubiese sido esencialmente mortal, el enfermo habra curado, gracias a
los medios usados por el doctor; pero, aunque ste hiciese nuevos
milagros, no haba remedio; el paciente no poda vivir ms all de
quince das.

Cuando oy esta sentencia el doctor Avrigny palideci; faltronle las
fuerzas y rompiendo en sollozos cay en su asiento.

--Qu inters le inspira a usted la enferma?--le preguntaron sus
colegas.

--Ahora ya pueden saberlo ustedes: esa enferma--contest el pobre
padre,--es mi hija!

No pude resistir ms, y entrando en el despacho fui a arrojarme en sus
brazos.

Todos se retiraron entonces silenciosamente, salvo uno que se acerc al
padre de Magdalena, cuando ste alz la cabeza. Era un mdico
presuntuoso y exclusivista, un hombre engredo que hasta entonces haba
combatido al doctor Avrigny y pasaba por ser gran detractor suyo. Aquel
hombre, con amistosa y respetuosa expresin le dijo:

--Yo tambin tengo a mi madre moribunda como usted tiene a su hija.
Tambin yo, como usted, he hecho cuanto era posible hacer para
devolverle la salud. Al entrar en esta casa estaba yo convencido de que
para ella no haba ningn remedio; pero aqu, al orle a usted, he
variado de opinin: Le confo a usted, seor de Avrigny, la vida de mi
madre: usted la salvar.

El doctor estrech la mano a su colega lanzando un suspiro de tristeza.

Despus de esta escena fuimos los dos al cuarto de Magdalena, que nos
recibi alegre y sonriente. Estaba bien lejos de imaginarse que
nosotros la considerbamos ya desde entonces como un cadver, pues
acabbamos de or su sentencia de muerte!




XXVIII

AMAURY A ANTONIA


Anoche, Antoita, tena que velar su to; pero, aunque a m no me
tocaba hacerlo, no pude conciliar el sueo ni por un instante.

Creo que en cinco semanas no habr dormido en junto unas cuarenta y
ocho horas. Gracias a que muy pronto descansar por toda una eternidad!

Hoy, cualquiera que viese mi rostro demacrado y mi frente rugosa, no
reconocera en m, a aquel joven apasionado, alegre, lleno de vida y
henchido de esperanza hace dos meses. Estoy aniquilado, envejecido; en
cuarenta das he vivido cuarenta aos.

Viendo que no poda dormir, esta maana me he levantado a las siete y
he bajado cuando el doctor sala del cuarto de su hija. Casi no me ha
visto. Parece dominado por una idea fija y en seis semanas no ha aadido
una palabra al diario en que siempre ha apuntado los sucesos culminantes
de su vida.

Transcurren ahora los das lentos y tristes, sin acontecimientos que
vengan a romper la monotona del dolor. Al da siguiente de la recada
de Magdalena, escribi su padre:

Ha recado!

Y nada ms... Oh! De sobra s lo que tendr que escribir despus de
esas dos palabras!

Le detuve al pasar y le pregunt por Magdalena.

--No est mejor, pero ahora duerme--contest con aire distrado, casi
sin mirarme.--La seora Braun est hacindole compaa; yo voy a
preparar el medicamento.

Desde la noche del baile, el doctor ha convertido su habitacin en
farmacia, y todas las medicinas las prepara l por s mismo.

Quise dirigirme al cuarto de Magdalena, pero l me detuvo dicindome
estas palabras:

--No entres: se despertara.

Y sigui su camino sin preocuparse ms de m, con la frente baja, la
mirada fija y un dedo sobre los labios, absorbido su pensamiento por una
idea exclusiva.

Yo, no sabiendo qu hacer hasta que Magdalena despertase, ensill a
_Sturm_ y sal a dar un paseo. Llevaba un mes confinado en la casa y
necesitaba respirar el aire libre.

Al llegar al bosque y cruzar la Avenida de Madrid, vino a mi mente el
recuerdo de un paseo que hace tres meses hice en circunstancias bien
distintas. Pisaba yo aquel da el umbral de la felicidad, mientras que
hoy me encuentro al borde de la desesperacin ms profunda.

An no ha entrado el otoo, y ya empiezan a desprenderse las hojas. El
esto ha sido muy riguroso, clido y seco, sin brisas templadas ni
refrescantes lluvias, y la prxima estacin parece anticiparse como si
desease marchitar y aniquilar las flores de Magdalena.

Eran poco ms de las diez, haca una maana fra y nebulosa, y aun as
me pareci que haba en aquellos sitios excesiva concurrencia. Fuime
hacia Marly y a las once volv a casa, rendido por el cansancio y la
pena. Sin embargo, pude observar que la fatiga corporal es casi siempre
un alivio para los dolores del alma.

A la sazn acababa de despertar Magdalena.

Pobre amor mo! Ella no sufre: se muere poco a poco, sin advertirlo
siquiera.

Me ha reido por mi prolongada ausencia, dicindome que ha pasado mucha
inquietud, mientras yo falt de casa. Pero de usted nunca me habla.
Cmo se explica ese silencio, Antoita?

Me acerqu a su cabecera y procur excusarme dicindole que haba
salido porque cre que dorma.

Interrumpindome, me dio a besar su mano abrasadora y luego me suplic
que le leyese algunas pginas de _Pablo y Virginia_.

Precisamente fui a abrir el libro por el pasaje donde se describe la
despedida de los dos nios. Mientras lea costbame gran trabajo el
reprimir los sollozos que me ahogaban.

De vez en cuando entraba el doctor a ver a su hija y en seguida se
marchaba, con aire preocupado. Reale cariosamente Magdalena, al verle
tan cabizbajo; pero l no la escuchaba ni le contestaba. No parece sino
que a fuerza de estudiar la enfermedad ha acabado por no ver ya a la
enferma. A ltima hora ha vuelto a entrar para administrarle un
calmante, y despus de recomendarle un reposo absoluto, me ha hecho
salir con l para dejarla descansar un rato.




XXIX


Por la noche me tocaba a m velar.

El doctor, la seora Braun y yo, nos relevamos por turno en compaa de
una enfermera que nos ayuda a cuidar a Magdalena. A pesar de sentirme
rendido de pena y de cansancio, reclam mi derecho y el seor de
Avrigny, se retir sin hacer la menor observacin.

Poco despus, Magdalena se ha dormido con un sueo tan tranquilo como
si sus das no estuviesen ya contados. Yo estaba despierto; el sueo
hua ante los negros pensamientos que me dominaban. No obstante, a media
noche sent nublarse mis ojos y aletargarse mi cabeza que despus de
luchar un instante con el sueo dej caer sobre el borde del lecho de mi
amada.

Entonces so, y mi ensueo fue tan delicioso, que me desquit con
creces de las terribles vigilias que acababa de pasar... Era una noche
del mes de julio, plcida y serena, y a la luz de la luna, Magdalena y
yo nos pasebamos en un pas extrao, pero que a m me era desconocido.
Conversbamos a orilla del mar, siguiendo la ondulada lnea de una
preciosa baha, y admirando desde la playa, los esplndidos efectos de
luz que el astro de la noche prestaba a las argentadas ondas. Yo le daba
el nombre de esposa y ella repeta el mo con voz suave, angelical.

Despert de pronto y la visin desapareci en el acto, volviendo a
contemplar mis atnitos ojos el aposento a media luz, el blanco techo,
la triste lamparilla y a mi lado el doctor, que silencioso y grave, con
semblante impasible, pero con mirada terriblemente profunda, contemplaba
a Magdalena dormida.

--Ya ves que has hecho mal en reclamar tu turno--me dijo framente.--No
me extraa, porque a los veintitrs aos hay que dormir mucho ms que a
los sesenta. Vete a descansar, Amaury; ya quedar yo velando.

Sus palabras no eran de acritud ni burla; antes al contrario, las dijo
con acento de compasin paternal por mi poca fortaleza. Pero al orle
sent, sin saber por qu, una sorda irritacin semejante a un
sentimiento de celos o de envidia.

Es que ese hombre tiene algo de sobrehumano, viene a ser un espritu
intermedio entre el hombre y la divinidad, en quien no hacen mella las
emociones terrestres ni las necesidades de la materia parecen existir.
Ni siquiera le han hecho un da la cama durante el mes que acaba de
transcurrir; l vela incesantemente, siempre meditabundo y siempre
buscando un remedio imaginario. Es un hombre de hierro.

En vez de subir a mi cuarto, he preferido bajar al jardn para sentarme
en el mismo banco donde estuvimos juntos la otra noche. All volv a
recordar aquella escena con todos sus pormenores... Slo a travs de la
ventana de su cuarto se vea una dbil claridad, y yo, contemplando
aquella luz vacilante, la comparaba instintivamente con el resto de vida
que aun anima a mi pobre Magdalena, cuando se extingui de pronto...

No pude menos de temblar, sugestionado por aquella fatal coincidencia
en la que cre ver la imagen de mi propio destino. De igual modo va
apagndose el nico rayo de luz que ha rasgado las tinieblas de m
vida... Me volv a mi cuarto llorando como un nio.


AMAURY A ANTONIA

No estaba yo en lo cierto, Antoita; tambin su to tiene momentos de
desesperacin y abatimiento profundos. Cuando entr esta maana en su
despacho estaba con los brazos apoyados en la mesa y el rostro oculto
entre ellos. Creyendo yo que le haba sorprendido durmiendo senta
amenguarse mi pasada humillacin y vea al doctor depender como todos de
su condicin humana, cuando me d cuenta de que me haba engaado,
porque al or mis pasos alz la cabeza y volvi hacia m su rostro
baado en llanto.

Sent entonces que el corazn se me oprima y me qued sin aliento. Era
aqulla la primera vez que le vea llorar, y esto me revelaba que ya no
haba esperanza.

--Estamos, pues, perdidos!--exclam.--No conoce usted ningn recurso?
No puede inventar ningn remedio?

--Todo es intil ya--me respondi.--Ayer prepar un nuevo medicamento
que result tambin ineficaz como los otros. Oh! Luego dicen que la
ciencia!... La ciencia! Qu es la ciencia?--continu abandonando el
asiento para pasear, agitado, por la estancia.--Ja! ja! No es ms que
una sombra vana, una palabra huera y vaca de sentido... Se
comprenderla su impotencia para vencer la naturaleza si se tratase de
devolver la vida a una vejez gastada, de reanimar una sangre empobrecida
por la edad; pero se trata de una criatura que entra ahora en la vida,
de una existencia joven y fresca a quien queremos salvar de las garras
de la muerte y... y ya lo ests viendo: tan imposible es eso en este
caso como lo es en el primero!

Y el desolado padre, cuya agitacin iba en aumento, se retorca las
manos con dolor, mientras yo le contemplaba mudo y aterrado.

Y, sin embargo--continu como hablando consigo mismo,--si todos
cuantos cultivaron la Medicina hubieran cumplido con su deber trabajando
con el mismo ahinco que yo, algo ms adelantada estara hoy esta
ciencia! Ah, miserables! Para qu me sirve el estado en que hoy se
encuentra? Solamente para hacerme saber que le restan a mi hija ocho o
diez das de vida.

Al orle proferir estas palabras no fui dueo de m mismo, y se me
escap un grito de dolor, al cual respondi l con rabiosa excitacin:

--Oh! Pero no, no! Yo he de salvarla: yo encontrar un filtro, un
elixir, el secreto de prolongarle la vida, as haya de componerlo con la
sangre de mis venas. Yo le encontrar, s, y mi hija vivir!

Le sostuve con mis brazos porque tem que se desplomase.

--Oye, Amaury--me dijo.--dos ideas atenacean mi cerebro y amenazan
volverme loco. La primera es la de que si en un instante con el
pensamiento pudiese trasladar a mi hija a un clima ms benigno, a Niza,
a Madera o a Palma, tal vez se salvara. Oh! Por qu Dios no me ha
dado un poder igual a mi amor, el poder de disponer del tiempo, de
suprimir el espacio, de trastornar el mundo?... Oh, rabia!... La otra
idea es que en cuanto se muera mi hija se descubrir tal vez, o acaso
descubrir yo mismo el remedio que con tanto afn buscamos. Si as
ocurriera y fuese yo quien lo hallara, juro por mi nombre no revelarlo a
nadie en este mundo. Qu me importan a m las hijas de los dems?
Vienen acaso sus padres a salvar ahora a la ma?

Cuando el doctor se expresaba de este modo, entr la seora Braun a
decirnos que haba despertado Magdalena. Entonces, Antoita, he tenido
ocasin de ver el maravilloso dominio que tiene ese hombre sobre su
voluntad. Gracias a un vigoroso esfuerzo de esta facultad supo revestir
su trastornada fisonoma con la expresin seria y grave que le es
habitual.

Pero esa aparente calma va siendo ms sombra cada vez.

Me pregunt si le acompaaba; pero yo no poseo su energa ni su
estoicismo admirable; y necesitando mucho ms tiempo que l para cubrir
con la mscara mi rostro, pas ms de media hora en esta triste labor.

Esa media hora es la que le dedico a usted escribindole, Antoita.


AMAURY A ANTONIA

Qu ngel va a abandonar este mundo!

Al contemplar yo esta maana a Magdalena adornada de esa suprema
belleza que los ltimos fulgores de la vida prestan a los moribundos,
pensaba:

--Oh! esa belleza, esas miradas y esa sonrisa iluminadas por un amor
profundo, todo eso, no es el alma?... Y acaso puede morir el alma?

Y no obstante, Magdalena morir.

Y dejar esta vida y se eclipsar sin haberme pertenecido! Y el da
del Juicio, el arcngel que ha de llamar a Magdalena para convertirla en
un serafn como l no le dar mi nombre!...

Desventurada Magdalena! Ya va viendo acercarse a su ocaso el sol de su
existencia y empiezan a asaltarla tristes presentimientos. Hoy, antes de
entrar en su cuarto, me detuve un momento en el umbral, segn suelo
hacerlo, para reunir mis energas, y o que le deca a su padre con voz
infantil, llena de ternura:

--Estoy muy mala!... Pero usted, pap, me salvar? Porque si yo
muriera--aadi en voz baja,--morira l tambin.

--S, Magdalena ma, s: si t mueres, tambin yo morir.

Entonces entr y me sent a su cabecera. Iba a contestarle su padre,
pero ella con un ademn le suplic que callase; cree la infeliz que a m
se me oculta su estado y no quiere darme a conocer sus presentimientos y
sus temores. Al poco rato me ha rogado que saliese del saloncito y que
volviese a tocar aquel vals de Weber a que tanta aficin muestra.

Yo no me decida a hacerlo; pero el doctor me indic con una sea que
accediese a su splica y entonces obedec.

Pero, ay! esta vez no se levant mi pobre Magdalena para venir hacia
m sostenida por el mgico poder de esa sugestiva meloda. Casi no logr
incorporarse en el lecho, y al extinguirse la ltima nota lanz un
suspiro y con los ojos cerrados se desplom sobre la almohada.

Asaltronle luego pensamientos ms graves y rog a su padre que llamase
al cura prroco de Ville d'Avray que le administr la primera comunin,
y al cual, segn dijo, vera con mucho gusto. Entonces el doctor se
traslad a su despacho para escribir al cura y yo qued acompaando a mi
amada.

Oh! Qu tristeza causa todo esto, Dios mo! Hay momentos en que se
desea la muerte ms que la vida.

Pero, cmo se explica, querida Antoita, que no hable de usted jams,
y que tampoco su padre le recuerde que existe usted en el mundo?

A no ser por la prohibicin que usted me hizo de pronunciar su nombre
en presencia de ella, ya sabra a estas horas cul es el motivo de un
silencio tan extrao.


EL DOCTOR AVRIGNY AL CURA PRROCO DE VILLE D'AVRAY

Seor cura:

Mi hija va a morir, y antes de comparecer en la presencia de Dios,
deseara ver al sacerdote que inculc en su alma inocente la sagrada
doctrina de Cristo. Le suplico, padre mo, que venga lo antes posible.
Le conozco a usted lo bastante para saber que no tengo que aadir ni una
palabra ms, porque cuando el afligido acude a usted en demanda de
auxilio jams necesita hacerlo ms que una sola vez.

An espero de su bondad, otro favor. No le sorprenda mi peticin, padre
mo: olvdese de que se la hace un hombre a quien inmerecidamente tiene
todo el mundo por una lumbrera mdica de los tiempos actuales.

El favor que quiero pedir a usted, consiste en esto:

Creo recordar que en Ville d'Avray hay un pobre pastor, llamado Andrs,
que posee recetas maravillosas y que, a creer lo que dicen los aldeanos,
ha devuelto la salud a muchos enfermos que la Facultad haba
desahuciado. Tengo una idea vaga de todo esto, y estoy seguro de que yo
no lo he soado. O referir esas curas maravillosas en una poca en que
yo era feliz y por lo tanto incrdulo.

Trigame, pues, a ese hombre, se lo suplico.

_Leopoldo de Avrigny._




XXX


El padre de Magdalena encarg de llevar esta carta a un criado montado
en buen caballo, y aquella misma tarde cerca del anochecer llegaron el
cura y el pastor, quienes al recibir el mensaje se apresuraron acudir al
llamamiento.

Era el tal Andrs un aldeano tosco, sin instruccin y reconocase en su
aspecto esta circunstancia de modo tal que si el doctor haba llegado a
abrigar alguna esperanza en los recursos de aquel hombre, a las primeras
palabras hubo de convencerse de que tal ilusin no era ms que una
quimera. Sin embargo, le acompa al cuarto de su hija, so pretexto de
que vena a avisarle que el cura no tardara en llegar. Magdalena que en
su niez haba visto con frecuencia a aquel pastor en la quinta, se
alegr mucho al verle.

Cuando sali de la estancia despus de ver a la enferma le pidi el
doctor su opinin sobre el estado de Magdalena. Respondiole el patn con
la osada y la necedad de su ignorancia que a su juicio estaba en verdad
muy grave; pero con el auxilio de las hierbas que traa ex profeso haba
triunfado no pocas veces en casos ms extremos an que aqul. Y al
hablar as puso de manifiesto los hierbajos en cuestin cuya virtud,
segn l, deba reduplicarse por razn de las pocas del ao en que
haba buscado en el campo aquellas plantas.

El padre de Magdalena las examin con rpida mirada, y qued convencido
que el efecto que de ellas esperaba no sera otro que el de una tisana
ordinaria; pero, como al fin y al cabo no podan perjudicar a la
enferma, dej que el pastor las preparase y l fue a reunirse con el
cura.

--El remedio de Andrs--dijo al prroco--es pueril y ridculo, pero le
dejo hacer porque eso no envuelve ningn peligro, ni influir para nada
en la hora de la muerte de mi hija, que ocurrir en la noche del jueves
al viernes, o a lo sumo en la maana del viernes. Tengo bastante
experiencia profesional--aadi con amargura--para estar bien seguro de
que no me equivoco en mis tristes augurios. Ya ve usted, seor cura, que
ninguna esperanza me resta ya en este mundo.

--Espere usted en Dios; confe en El--repuso el cura.

--A eso quera yo venir a parar--dijo el doctor con cierta
vacilacin.--Yo siempre he credo en Dios, siempre he confiado en El,
sobre todo desde que su bondad infinita me concedi una hija; y a pesar
de ello he de confesarle a usted que con sobrada frecuencia ha venido la
duda a turbar mi contristado espritu. Todo aqul que analiza tiene que
ser escptico por necesidad; a fuerza de ver materia, y nada ms que
materia, se llega a dudar de que pueda existir un alma y quien duda del
alma est a dos pasos de dudar del Creador... Cuando se niega la sombra
se niega tambin el sol. En algunas ocasiones mi miserable vanidad
humana ha osado someter a su impo examen, a su anlisis, hasta el mismo
Dios. Oh! No se escandalice usted, padre mo, porque bien arrepentido
estoy al presente de mis necias rebeldas que ahora juzgo culpables y
odiosas. Hoy creo...

--Crea usted, amigo mo, y se salvar--dijo el cura.

--En esa promesa del Evangelio confo, padre mo. S, creo en Dios
omnipotente y en su bondad y misericordia infinitas; creo que el
Evangelio no slo encierra smbolos sino tambin hechos ciertos; creo
que las parbolas de Lzaro y de la hija de Jairo no aluden a la
resurreccin de las sociedades sino que refieren sucesos de orden
individual, reales y verdaderos; creo por ltimo en el poder que el
Divino Redentor leg a los apstoles, y por lo tanto, en los milagros
obrados por su intercesin divina.

--Entonces es usted feliz, hijo mo.

--S, lo soy!--exclam el doctor cayendo de hinojos,--porque poseyendo
esa fe ciega puedo postrarme a sus pies y decirle: Padre mo, nadie
mejor que usted merece que rodee su cabeza la aureola de los santos,
puesto que ha consagrado a curar a los enfermos y a socorrer a los
pobres su existencia entera. Todas sus acciones son puras y benditas a
los ojos de Dios. Es un santo, y pues lo es, haga un milagro: devulvale
a mi hija la vida y la salud... Pero qu hace, padre mo?

El cura se haba levantado, con la tristeza retratada en el semblante.

--Ay!--exclam.--Me apena muy de veras su dolor; le compadezco y siento
en el alma no poseer la virtud que me atribuye, pues no me es dable otra
cosa que elevar mis preces a Aquel que dispone de los destinos humanos.

--As, pues, todo es intil--dijo el seor de Avrigny, levantndose
tambin.--Dios dejar morir a mi hija del mismo modo que dej morir a mi
hijo.

Y sali detrs del cura, que horrorizado al orle blasfemar de aquel
modo, abandon el despacho precipitadamente.

Como era de esperar, ningn efecto produjo el brebaje de Andrs.
Magdalena durmi con sueo febril e inquieto, vindose en su pesadilla
bien a las claras el influjo de la agona que se avecinaba ya. Al rayar
el alba se despert, lanz un grito y extendiendo los brazos hacia su
padre, exclam:

--Pap! pap! Verdad que no morir?

Abrazla el doctor respondindole con las lgrimas que brotaban de sus
ojos. Magdalena pareci tranquilizarse a costa de un gran esfuerzo y
pregunt por el cura.

--Ya ha venido--respondi el seor de Avrigny.

--Quiero verle en seguida--dijo Magdalena.

Entonces su padre envi a llamar al sacerdote, que no tard en
presentarse.

--Seor cura--djole Magdalena,--supliqu a pap que le llamase porque
siendo mi director espiritual de siempre, quiero confesarme con usted.
Est dispuesto a escucharme?

El sacerdote hizo un signo afirmativo. Magdalena volviose hacia su padre
y le dijo:

--Pap, djeme usted sola un instante con este otro padre que es padre
de todos.

El doctor obedeci y despus de besarle la frente sali del aposento.

Junto a la puerta estaba Amaury. El padre de Magdalena, sin despegar los
labios le llev de la mano al oratorio de su hija; all se arrodill
ante la cruz y obligando tambin al joven a arrodillarse le dijo:

--Oremos, hijo mo!

--Dios eterno! Ha muerto ya Magdalena?--grit Amaury.

--No. Tranquilzate; an la tendremos veinticuatro horas en nuestra
compaa y yo te prometo que t estars presente cuando muera.

Amaury dej caer la cabeza sobre el reclinatorio, prorrumpiendo en
sollozos.

Hara un cuarto de hora que all estaban de ese modo cuando se abri la
puerta del oratorio y entr el sacerdote. Al ruido de sus pasos volvi
Amaury la cabeza y le pregunt:

--Qu hay?

--Es un ngel!--contest el prroco de Ville d'Avray.

El seor de Avrigny alz a su vez la cabeza y pregunt:

--A qu hora se le administrar la extremauncin?

--A las cinco de la tarde. Magdalena quiere que a esta ltima ceremonia
pueda asistir Antoita.

--Es decir, que mi hija sabe ya que va a morir?

Se levant y sali para ordenar que fuesen en seguida a buscar a su
sobrina; despus de dada esta orden volvi adonde la guardaban Amaury y
el sacerdote y dirigiose con ellos al cuarto de Magdalena.

Hacia las cuatro de la tarde lleg Antoita. A la sazn no poda darse
espectculo ms triste que el que ofreca la habitacin de la enferma. A
un lado de la cama vease al doctor con semblante abatido, desesperado,
oprimiendo la mano de su hija, mirndola con la misma fijeza con que el
jugador mira la carta en que arriesga su fortuna y buscando como l un
postrer recurso en lo ms hondo de su inteligencia.

Al otro lado Amaury, tratando de sonrer no haca en realidad otra cosa
que llorar.

A los pies de la cama el sacerdote, con semblante noble y grave,
contemplaba a la pobre moribunda elevando de vez en cuando sus ojos
hacia el Cielo adonde su espritu habra de volar pronto.

Sbitamente apareci Antoita en el marco de la puerta, quedndose en la
sombra que envolva uno de los ngulos del cuarto.

--No intentes ocultarme tu llanto, Amaury--deca Magdalena con acento
carioso.--Si no viese las lgrimas en tus ojos me avergonzara yo de
las que asoman a los mos. Si lloramos, no es nuestra la culpa: Es que
es muy triste separarse a nuestra edad, cuando la vida nos pareca tan
buena y veamos el mundo tan hermoso! Pero lo ms terrible, lo que ms
me horroriza, es dejar de verte, Amaury, no estrechar ya tu mano, no
expresarte mi agradecimiento por tu amor, no dormirme esperando que te
me aparezcas en mis sueos. Djame que te contemple por ltima vez para
poder acordarme de ti en la eterna noche de mi sepulcro.

--Hija ma--dijo el sacerdote.--En compensacin de las cosas que
abandona usted en este mundo, gozar la gloria del paraso.

--Ay! Yo lo tena en su amor!--suspir Magdalena.

Y alzando la voz, aadi:

--Quin te querr como yo te quiero? Quin te comprender como yo he
llegado a comprenderte? Quin sabr someterse como yo a tu suave
autoridad, amado mo? Quin cifrar como yo su amor propio y su orgullo
en tu amor? Oh! Si yo conociese alguna capaz de eso, te juro, Amaury,
que le legara con gusto tu cario, porque ahora ya no me atormentan los
celos... Pobre amor mo! Tengo tanta compasin de ti como de m misma,
porque el mundo va a parecerte tan desierto como mi sepultura.

Amaury sollozaba; por las mejillas de Antoita rodaban gruesas lgrimas;
el sacerdote, para no llorar, procuraba recogerse en la oracin.

--No hables tanto, Magdalena: te fatigas demasiado!--dijo con acento de
ternura el doctor, nico de los presentes a quien su amor haba dado
fuerzas para conservar la serenidad.

Volviose hacia l la moribunda y le dijo con su voz ms cariosa:

--Qu podra decirte, padre mo, a ti que, desde hace dos meses, dices
y haces cosas tan sublimes; a ti, que de un modo tan admirable has
sabido prepararme para no quedar vislumbrada ante la bondad celeste; a
ti, cuyo amor es tan magnnimo que no has sentido los celos, o, lo que
tiene an ms mrito, has logrado aparentar no sentirlos? Ahora ya slo
Dios podra inspirarte celos. Tu abnegacin es sublime: me admira... Y
me causa envidia--agreg, bajando la voz.

--Hija ma--dijo el ministro de Dios,--su amiga, su hermana Antoita ha
acudido a su llamamiento. Acaba de llegar; ah est.




XXXI


Antonia, al verse descubierta, lanz un grito y vertiendo abundantes
lgrimas se acerc a la enferma. Magdalena hizo un movimiento instintivo
para echarse hacia atrs; pero, luego se rehizo y, dominando aquel mal
impulso abri los brazos para recibir a su prima que se arroj en ellos
con efusin, quedando as abrazadas un buen rato hasta que Antoita se
desprendi y retrocediendo fue a ocupar el puesto del sacerdote, que
acababa de dejar la habitacin.

A despecho de las inquietudes y desazones de aquellos dos meses y de la
profunda pena de aquel momento, Antonia estaba ms hermosa que nunca;
rebosante de vida, pareca destinada a disfrutar una existencia
prolongada y feliz y poda creerse con derecho al amor de un corazn
tierno y apasionado. As, poda sin dificultad interpretarse el primer
movimiento de Magdalena como un impulso de celos revelado tambin por la
involuntaria mirada en que envolvi a la vez a su hermosa prima y a su
desesperado novio que iba a dejar al lado de ella.

Su padre, para quien nada pasaba inadvertido, se inclin y le dijo en
voz muy baja:

--T misma la has llamado; no ha hecho ms que obedecerte.

--S, pap, y me alegro mucho de verla.

Y la infeliz moribunda mir a Antonia, sonrindose con anglica
resignacin.

Amaury no supo ver en aquel mpetu de Magdalena otra cosa que un
sentimiento de celos, muy natural en un ser ya aniquilado respecto a
otro lleno de vigor y de vida. El mismo, comparando a la una con la
otra, sinti algo parecido (o al menos as lo crey l) al sentimiento
experimentado por la hija del doctor, esto es, un sentimiento de odio y
de clera contra la insultante belleza, causa de aquel cruel contraste,
y hasta le pareci que si no hubiese de morir como tena resuelto,
llegara a aborrecer a Antoita, por considerarla como viviente irona,
con la misma intensidad con que amaba a Magdalena.

Disponase a tranquilizar a la moribunda deslizando un juramento en su
odo cuando se oy una campanilla que le hizo estremecerse y quedar como
clavado en su sitio.

Era el sacerdote que volva en compaa del sacristn de San Felipe de
Roule y de dos monaguillos para administrar a Magdalena los ltimos
sacramentos.

Todos callaron al sonar la campanilla y se postraron de hinojos.
nicamente Magdalena se incorpor como disponindose a recibir la visita
del Seor.

Entr el sacristn con la cruz, luego los monaguillos con la vela en la
mano, y por fin el venerable sacerdote portador del santo Vitico.

--Padre mo--dijo Magdalena,--los pensamientos pecaminosos pueden llegar
a combatir nuestra alma hasta los umbrales de la eternidad.--Temo mucho
haber pecado desde que me confes esta maana y le agradecer a usted
que antes de recibir el cuerpo del Seor, se digne permitirme que le
manifieste mis dudas.

Se apartaron Amaury y el doctor para dejar que el prroco se acercase a
la enferma, la cual en voz muy baja y mirando alternativamente a su
prima y a Amaury, le dijo algunas palabras. El santo varn, por toda
respuesta la bendijo. Despus de esto comenz la santa ceremonia.

Solamente aquel que se haya arrodillado en momentos semejantes al pie
del lecho de muerte de una persona querida es capaz de saber el efecto
que causan en nuestra alma las palabras que en tal caso pronuncia el
sacerdote y repiten los presentes. Amaury, con el corazn prximo a
estallar, retorcindose los brazos y vertiendo amargo llanto, semejaba
la estatua de la desesperacin y del dolor.

El seor de Avrigny, mudo e inmvil, sin lanzar ni un suspiro ni
derramar ni una lgrima, morda el pauelo, tratando de recordar las
plegarias recitadas en su niez y olvidadas haca ya mucho tiempo.

Antonia, dbil mujer, no poda contener los sollozos que la ahogaban.

Transcurri la ceremonia en medio de aquellas tres penas manifestadas de
un modo tan diferente. Termin el sacerdote su triste misin acercndose
a Magdalena, que, incorporada, con las manos cruzadas y los ojos alzados
al cielo recibi en sus secos labios la sagrada hostia.

Luego, abatida por este esfuerzo, se desplom en su lecho, diciendo con
apagado acento:

--Dios mo! No permita Tu bondad que nunca sepa que cuando he visto a
mi prima he sentido deseos de que ella muriese tambin conmigo.

El ministro del Seor, acompaado de su squito, sali de la estancia.

Rein en sta un silencio que nadie se atreva a interrumpir. Magdalena,
que an segua con los brazos cruzados, lanz una intensa mirada a su
padre y otra a Amaury. Antonia oraba en voz baja.

Entonces comenz una vela silenciosa y triste. La enferma quiso hablar
por vez postrera para despedirse de los seres ms queridos de su
corazn, pero su debilidad era tan grande y sus fuerzas decaan de tal
modo, que slo a costa de un esfuerzo sobrehumano, logr articular
algunas palabras. El doctor, inclinando hacia ella su encanecida cabeza,
le suplic que callase: bien claramente vea que todo haba acabado y ya
slo deseaba retardar cuanto pudiera la eterna separacin. El, que en
los comienzos de la enfermedad haba pedido a Dios la vida de su hija,
que despus le haba rogado que le concediese algunos aos, luego
algunos meses y ms tarde solamente algunos das, contentbase con pedir
para ella unas horas ms de vida.

--Tengo fro--dijo Magdalena con voz apagada.

Antonia se acost entonces sobre los pies de su prima e intent
calentrselos con su aliento a travs de la sbana. Magdalena murmuraba
algo entre dientes sin que lograse hacer salir de sus labios un sonido
articulado.

No es posible describir la angustia y el dolor que opriman aquellos
tres corazones. Quien en una noche terrible y suprema como aqulla haya
velado a su hija o a su madre comprender lo que nosotros no sabramos
explicarle; y aquellos a quienes su buena fortuna no haya puesto en
tales trances pueden bendecir a Dios por no verse en el caso de tener
que comprenderlos.

Amaury y Antonia no apartaban su mirada del doctor. Es tan costoso para
el hombre el renunciar a toda esperanza, que ellos no se resignaban a
creer que todo hubiese acabado y de un modo instintivo buscaban en el
rostro del seor de Avrigny algn rayo de esa ilusoria esperanza.

Pero el padre de Magdalena permaneca grave y sombro, sin que ningn
resplandor iluminase su rostro impasible ni el rayo de esperanza deseado
viniese a desdoblar las arrugas de su frente ceuda.

Hacia las cuatro de la madrugada se aletarg la enferma. Amaury, al
verla cerrar los ojos, se puso en pie de un salto, pero el doctor le
detuvo dicindole estas palabras:

--Ahora duerme; an le queda una hora de vida.

Efectivamente, Magdalena dormitaba con el ltimo sueo de la vida
mientras el crepsculo ahuyentaba las sombras de la noche y las
estrellas se eclipsaban una a una ante la limpia claridad de la rosada
aurora.

El seor de Avrigny tom el pulso a su hija, notando que ya desapareca
poco a poco de las extremidades.

A las cinco oyose la campana de una iglesia prxima que tocaba el
_angelus_, llamando a la oracin a los fieles.

Un pajarillo se pos en la ventana, enton un gorjeo y emprendi el
vuelo de nuevo, perdindose en los aires.

Magdalena abri los ojos, quiso incorporarse exclamando:--Aire! aire!
Me ahogo! y se desplom lanzando un suspiro.

Era el ltimo. Magdalena de Avrigny ya no exista.

Levantose el doctor y con voz ahogada dijo:

--Adis, Magdalena! Adis, hija ma!

Amaury lanz un grito terrible.

Antonia sollozaba como si su pecho fuera a desgarrarse.

Era verdad, Magdalena ya no exista... Se haba eclipsado con las
estrellas del cielo; suavemente haba pasado del sueo a la muerte sin
esfuerzo, sin exhalar ms que un suspiro.

Los tres contemplaron en silencio a la pobre criatura. Luego, viendo
Amaury que sus hermosos ojos haban quedado abiertos, quiso cerrrselos,
pero el doctor detuvo su ademn dicindole:

--Lo har yo, que soy su padre.

Prest a la muerta este servicio piadoso y terrible, y despus de
contemplarla un instante con muda y dolorosa mirada, cubri con la
sbana a guisa de sudario aquel hermoso rostro helado por el soplo de la
muerte.

Y entonces los tres, arrodillados y llorosos, oraron en la tierra por la
que en el mismo instante tambin oraba por ellos en el Cielo.




XXXII


Cuando Amaury volvi a su cuarto encontr en derredor suyo en los
muebles, en los cuadros, hasta en el aire, recuerdos tan amargos que, no
pudiendo resistirlos y loco de dolor, se lanz a la calle, saliendo a
pie, sin objeto, sin propsito deliberado, sin otra idea que la de
llevar lejos de all a cualquier parte la pena que le abrumaba.

Eran las seis y media de la maana.

Caminaba con la cabeza baja, y en medio de las tinieblas en que su alma
se agitaba slo distingua la figura de Magdalena envuelta en un
sudario, y en la soledad de su espritu slo oa un eco que sin cesar
repeta esta palabra: Morir! Morir!

En el bulevar de los Italianos, a donde lleg sin saber cmo, le
cerraron el paso tres antiguos amigos, alegres camaradas de su vida de
soltero que con el cigarro en la boca y las manos en los bolsillos
revelaban bien a las claras hallarse en ese estado de expansiva
animacin que raya en la embriaguez.

--Caramba, chico! Pues no es Amaury!--exclam uno de ellos con
estentrea voz, hija de su despreocupacin del momento.--De dnde
sales, di? Y adnde vas ahora? Dnde te has metido en estos dos
meses, que no te has dejado ver en ninguna parte?

--Poco a poco!--dijo otro interrumpiendo al primero.--Todas esas
preguntas estn muy en su punto; pero vayamos por partes. Ante todo
tenemos que justificarnos a los ojos de Amaury, que es hombre bien
nacido, de nuestro crimen. Miren que andar por las calles a las siete
de la maana! Chico, no vayas a imaginarte que hemos madrugado tanto: lo
que ocurre es que an no nos hemos acostado, entiendes? Ahora nos vamos
a la cama... Los tres hemos pasado... (es decir, tres y tres, eh?)...
hemos pasado la noche en casa de Alberto, donde nos hemos regalado con
un festn digno de Sardanpalo y ahora nos volvemos santamente a
nuestras casas a pie, como puedes ver, para tomar un poco el aire de la
maana.

--Todo lo cual demuestra--agreg el tercero, que estaba ms borracho que
ninguno--la verdad que se encierra en aquel aforismo poltico (oh! es
un gran apotegma!) de Talleyrand: _Cuando uno ha sido siempre feliz..._

Amaury les miraba aturdido y como alelado, sin entender lo que hablaban.

--Ya ests enterado--repuso el primero que haba tomado la
palabra;--ahora ests t en el deber de justificar tu madrugn y de
decirnos por qu te has eclipsado estos dos meses.

--Bah! Eso lo dir yo mismo, seores--salt el segundo,--porque, a Dios
gracias, no ando mal de memoria, lo cual, dicho sea de paso, viene a
probar lo que digo hace ya rato y es que habiendo bebido por dos soy el
que est ms sereno de los tres. Yo s por qu no hemos visto a Amaury
en tanto tiempo y ahora lo dir. Recuerdo muy bien que nuestro amigo
est enamorado de la hija del doctor Avrigny y acaricia respecto a ella
proyectos matrimoniales.

--Ah, s! Yo tambin me acuerdo ahora! Y hasta me parece que el
suegro, el da del baile, seal para hoy (no es hoy once de
septiembre?) la boda de su hija con Amaury.

--S; pero te olvidas de que aquella misma noche la novia se puso
enferma.

--Pero aquella indisposicin sera pasajera y no habr sido nada...

--No, seores--contest Amaury.

--Ya est buena?

--Ha muerto.

--Cundo?

--Hace una hora.

--Demonio!--exclamaron estupefactos los tres.

--Conque ha muerto! Y hace una hora! Qu fatal coincidencia! Yo que
iba ahora mismo a pedirte que nos acompaaras a almorzar!...

--No puede ser. Yo, lejos de almorzar con mis amigos, les invito a mi
vez a que me acompaen maana en el entierro de la que fue mi prometida.

Y, despidindose de ellos, se alej con rapidez.

--Est loco rematado--dijo uno, al ver cmo se alejaba.

--O es demasiado discreto--repuso otro.

--Pchs!... Lo mismo da--agreg el llamado Alberto.

--En fin, no importa... Pero dejemos a un lado el gnero triste; hay que
convenir en que es muy poco agradable eso de tropezarse despus de beber
bien, con un novio que acaba de enviudar.

--Asistirs al entierro?

--Creo que no podemos excusarnos--observ Alberto.

--No hay que olvidar que maana la Grisse vuelve a cantar el _Otelo_.

--Tienes razn; ya no me acordaba. Concurriremos a la iglesia para que
nos vean; la cuestin es que Amaury no pueda quejarse de que faltamos.

Y dicho esto, prosiguieron su interrumpido camino.

Cuando Amaury se separ de ellos asalt su cerebro una idea que ya otras
veces haba acudido a su mente aunque con ms vaguedad. El joven pens
en morir.

Qu le quedaba que hacer en este mundo? Muerta Magdalena, qu lazo
poda unirle a esta msera existencia? No lo haba perdido todo con su
amada? No le restaba otra cosa que reunirse con ella, como ya se lo
haba prometido a s mismo tantas veces desde que estuvo seguro de que
no haba remedio.

Amaury razonaba de este modo:

Una de dos: o hay otra vida o no la hay. Si es verdad que la hay,
volver a ver a Magdalena y con ella recobrar la felicidad perdida. Y
si esa vida no existe, al extinguirse la ma todo acaba, mis lgrimas se
secan y yo no siento ya mi desdicha. De todos modos he de salir ganando,
pues nada perder al dejar la vida que para m nada vale.

Tomado ya este partido, le convena a Amaury aparecer tranquilo y casi
alegre. No haba por qu interrumpir su vida ordinaria y adems no
quera que al saberse su muerte se dijera de l que se haba suicidado a
impulsos de la desesperacin, en un rapto de locura. Lejos de eso tena
empeo en que todo el mundo considerase su acto bien premeditado, como
prueba de valor y no como signo de cobarda.

Segn su plan deba ordenar sus asuntos, escribir sus ltimas
disposiciones y visitar a sus amigos anuncindoles nicamente que iba a
emprender un viaje de larga duracin. Asistira al da siguiente al
entierro de su amada y por la noche concurrira al teatro para or desde
su palco el ltimo acto de _Otelo_, aquella romanza del _Sauce_, aquel
ltimo canto del cisne, obra maestra de Rossini que tanto gustaba a
Magdalena. Despus regresara a casa y all se levantara la tapa de los
sesos.

Hay que advertir que Amaury posea un alma recta, un corazn sincero y
sin doblez; as, que combinaba uno por uno los detalles de su prximo
fin, sin echar de ver la afectacin que pudiera haber en tales
preparativos, sin fijarse en que haba otros modos de morir, quizs
mucho ms sencillos.

A sus aos no poda menos de parecerle grande y a la vez muy natural
todo lo que pensaba hacer y buena prueba de ello es que, persuadido de
que ya no haba de vivir ms que dos das domin su pena, y al volver a
casa se acost, y, rendido por tantas y tantas emociones como el joven
acababa de sufrir, se durmi tranquilamente.

Despertose a las tres, se visti con esmero, visit a sus amigos,
anuncioles su viaje, abraz a unos, estrech la mano a otros, regres a
casa y comi solo (pues no vio en todo el da al doctor ni a su
sobrina), aparentando en todos sus actos una calma tan terrible que los
criados dudaban de que estuviera en su juicio.

A las diez fue a su casa y se puso a redactar su testamento, dejando la
mitad de su fortuna a Antoita, un legado de cien mil francos a Felipe,
que todos los das haba ido a enterarse del curso de la enfermedad de
Magdalena, y distribuyendo el resto en diferentes mandas.

Despus sigui escribiendo su diario, continundolo hasta aquel mismo
instante y anunciando en l su propsito de quitarse la vida, sin perder
la tranquilidad, sin la menor emocin, con pulso firme.

Cuando acab su tarea eran las ocho de la maana. Tom sus pistolas y
despus de cargarlas con dos balas se las guard bajo la levita, mont
en su carruaje y fue a casa del doctor. El seor de Avrigny no haba
salido desde el da anterior de la habitacin de su hija.

En la escalera tropezose Amaury con Antonia, que se diriga a su cuarto
y tomndole la mano la bes en la frente sonriendo.

Su tranquilidad asust a la joven, que le sigui con la vista hasta que
l hubo entrado en su aposento.

Amaury meti las pistolas en un cajn de la mesa, cerr ste y guardose
la llave en el bolsillo. Hecho esto se visti para el entierro y al
bajar luego al saln se encontr con el doctor que haba pasado la noche
velando el cuerpo de su hija. El infeliz padre, al salir del cuarto de
Magdalena con los ojos hundidos y el rostro lvido, como un espectro que
saliera del sepulcro, retrocedi cegado por el vivo resplandor de la luz
del da.

--Ya van pasadas veinticuatro horas--dijo con ademn meditabundo.

Y estrech la mano a Amaury, contemplndole en silencio. Quizs pensaba
demasiadas cosas para poder expresarlas.

Sin embargo, el da anterior haba dictado sus disposiciones con una
calma inaudita, con una impasibilidad aterradora. Segn sus rdenes el
cuerpo de Magdalena, despus de estar expuesto en una capilla ardiente a
la puerta de la casa, deba ser conducido a San Felipe, en donde al
medioda se celebrara el oficio de difuntos, y de all sera
transportado a Ville d'Avray.




XXXIII


A las once y media llegaron los coches de luto. En el primero de ellos
entraron Amaury y el doctor que, rompiendo con la costumbre que no
permite a los padres seguir el cadver de sus hijos, quiso formar parte
del cortejo fnebre.

Llegaron a la iglesia, cuyas naves, coros y capillas, estaban
enteramente adornados con blancas colgaduras. El padre y el novio fueron
los nicos que entraron en el coro con el cuerpo de la muerta. Los
amigos y los curiosos (si es que puede establecerse semejante
distincin) fueron a colocarse en las naves laterales para presenciar
desde all la fnebre ceremonia.

Esta se celebr con gran pompa, contribuyendo a prestar relieve al acto
la circunstancia de que Thalberg, que era amigo de Amaury y del doctor,
haba querido encargarse del rgano, por lo cual, el oficio de difuntos
revesta en aquella ocasin los caracteres de un gran acontecimiento
artstico.

Vase cmo aquellos tres elegantes de la vspera, que tenan que asistir
a or el _Otelo_ en los Bufos, disfrutaban aquel da de dos conciertos
en vez de uno.

Pero, entre aquella muchedumbre que llenaba los mbitos de la iglesia,
slo el padre y el novio sintieron penetrar en sus corazones las
terribles palabras de las plegarias que con lgubre armona se elevaban
al Cielo entre nubes de incienso; y, particularmente el doctor se
apropiaba con avidez el sentido de los versculos ms tristes y en el
fondo de su alma repeta las palabras del sacerdote que oficiaba:

_Dar el reposo a los justos--dice el Seor--porque hallaron gracia a
mis ojos y les conozco por su nombre._

_Felices aquellos que mueren en m, pues descansarn de sus trabajos y
les seguirn sus obras!_

Con cunto fervor exclamaba el pobre padre:--Seor, liberta mi vida,
porque es muy largo mi destierro. Yo aguardo, Seor, esa liberacin; mi
alma te desea de igual modo que la tierra abrasada por la sequa desea
la lluvia; del mismo modo que el ciervo sediento busca con ansia el agua
de los torrentes, as mi corazn te echa de menos, Seor!

Pero lo que ms conmovi a los dos fue el imponente _Dies ir_, cuando
reson bajo las bvedas del templo, tocado por el eminente Thalberg.

El fogoso Amaury repiti en su fuero interno aquel himno de clera como
respondiendo a un impulso de su propio corazn; el doctor escuch
profundamente abatido el espantable clamor de aquel canto apocalptico e
inclin la frente bajo el peso de las terribles amenazas que envolva.

Mientras que el novio vea expresada por la msica su propia
desesperacin y se complaca en desear el aniquilamiento y la
destruccin de este mundo miserable que para l careca de valor desde
que Magdalena lo haba abandonado, el alma angustiada del padre, menos
colrica que la juvenil de Amaury, tembl ante el versculo, revelador
de la majestad de Dios tonante que acababa de absolver a su hija y muy
pronto deba juzgarle a l mismo. Qu pequeo, y qu humilde se sinti
en aquella ocasin el soberbio doctor, el sabio entre los sabios!

Examin, aterrado, su conciencia y al verla llena de culpas tuvo miedo,
no de ser herido por el rayo de la clera divina, sino de verse separado
de su hija.

Pero ah! cuando al versculo amenazador sigui el de la esperanza con
qu fe, con qu fervor escuch la promesa de la infinita misericordia!
cmo, vertiendo copioso llanto, rog a Dios, invocando su clemencia,
que olvidase su justicia, recordando slo su misericordia y su
magnanimidad!

Despus de la ceremonia, sali Amaury de la iglesia con la cabeza
erguida, como desafiando al universo mientras que el doctor caminaba con
la frente inclinada, como queriendo desarmar con su humildad la clera
celeste.

Magdalena, segn ya hemos dicho, deba de ser enterrada en Ville
d'Avray, porque al doctor le pareca que all, en un cementerio de
aldea, oscuro y desierto, le pertenecera su hija ms que en una
necrpolis de la gran ciudad.

Los convidados que formaban el cortejo y que venan a ser los mismos que
concurrieron al baile, no se sentan con nimo de acompaar a la muerta
hasta su ltima morada. Habran transigido con ir al cementerio del
_Pre Lachaise_ por tratarse de un paseo; pero no era cosa de ir hasta
Ville d'Avray, con lo cual perdan un da entero, y un da tiene en
Pars gran valor.

Por eso, conforme a las previsiones del doctor, slo tres o cuatro
amigos muy adictos, entre ellos Felipe de Auvray, ocuparon el tercer
coche del duelo. En el primero iba el clero; al segundo subieron el
doctor y Amaury.

A la puerta de la iglesia de Ville d'Avray esperaba a la comitiva el
cura prroco. En aquella iglesia en que Magdalena haba comulgado por
vez primera deba hacer su ltima estacin antes de que su cuerpo
descendiese a la fosa.

No hubo all pompa ni boato, ni rganos ni cantos: todo se redujo a una
sencilla oracin, a un postrer adis murmurado, por decirlo as, en voz
baja al odo de la virgen que haba volado al Cielo, y todos continuaron
su camino a pie hasta la puerta del cementerio adonde llegaban cinco
minutos ms tarde.

El sencillo cementerio de Ville d'Avray es un admirable campo de reposo,
tranquilo, casi ameno. En lugar de suntuosos panteones e hipcritas
epitafios slo hay cruces de madera y simples inscripciones. No es
imponente, pero s enternecedor. Al entrar en l se respira paz y
recogimiento, y el visitante se siente tentado a exclamar como Lutero en
Worts:

--Les envidio porque reposan: _envideo quia quiescunt_.

Pero cuando Lutero pronunci esas palabras no entraba en el cementerio
siguiendo el cortejo fnebre de una persona querida: hablaba el
filsofo, no el padre o el esposo.

Quin podra describir las torturas de un alma en tales circunstancias?
El canto de los sacerdotes; el espectculo de la fosa recin abierta; el
rumor de la tierra que cae sobre el atad, producen emociones que llenan
de horror el nimo ms esforzado.

El seor de Avrigny asisti al sepelio, arrodillado y con la frente
inclinada. Amaury se qued en pie pero tuvo que apoyarse en un ciprs,
sintiendo que las piernas no queran sostenerle.

Cuando la tumba qued cubierta de tierra pusieron sobre ella una gran
losa de mrmol blanco, que ostentaba este doble epitafio:

      _Aqu yace Magdalena de Avrigny
      muerta en 10 de septiembre de 1839
   a los 20 aos, 8 meses y 5 das de edad._

       _Aqu yace el doctor Avrigny,
                su padre,
            muerto en el mismo da
            y enterrado en..._

Haban dejado la fecha en blanco; pero el doctor confiaba en que estara
llena antes de un ao.

Plantronse rosales blancos alrededor de la tumba porque Magdalena haba
tenido siempre gran aficin a las rosas blancas y el doctor daba a su
hija esas flores _a fin de que en vida y muerte su cuerpo siempre fuese
todo rosas_.

Cuando todo acab, el doctor se despidi de su hija envindole un beso y
diciendo a media voz:

--Hasta maana, hija ma... Hasta maana... y para no separarme ya de
ti.

Y acompaado de sus amigos sali con paso seguro del cementerio, cuya
puerta cerr el sacristn tras de ellos.

--Seores--dijo entonces el padre de Magdalena a sus escasos
acompaantes:--ya han visto ustedes por la inscripcin de la losa, que
el hombre que les habla ya no es un ser viviente. Yo desde hoy, ya no
pertenezco a la tierra, sino a mi hija solamente; desde maana nadie
volver a verme ni yo tampoco ver a nadie en Pars. Aqu vivir solo y
retirado y en esa casa que ah tengo y cuyas ventanas, como ustedes ven,
dan a este cementerio, aguardar resignado hasta que Dios seale la
fecha que en la losa dej en blanco. Reciban, pues, seores, por vez
postrera, el sincero testimonio de mi agradecimiento y mi cordial
despedida.

Habl con voz tan firme y con tal conviccin que nadie os responderle,
y despus de estrechar en silencio y con muestra de tristeza su mano, se
alejaron respetuosamente todos.

Cuando parti el coche que los llevaba, se volvi el doctor hacia
Amaury, que estaba a su lado de pie y con la cabeza descubierta.

--Ya lo has odo, Amaury--dijo.--Desde maana no vivir ya en Pars; no
volver all jams. Pero hoy tengo que regresar contigo a casa para
dictar mis disposiciones y dejar mis asuntos arreglados.

--Lo mismo que yo--contest Amaury con frialdad.--Usted no ha pensado en
m para hacer el epitafio de Magdalena; pero he visto con jbilo que a
su lado hay sitio para dos.

--Ah!--exclam el doctor mirndole de hito en hito, pero sin manifestar
asombro por sus palabras.

Y echando a andar, agreg:

--Ven.

Subieron al ltimo coche que les estaba aguardando y emprendieron el
regreso hacia Pars.

Ya en la capital, Amaury mand parar el coche en el Arco de la Estrella.

--Perdone, usted--dijo el seor de Avrigny;--yo tambin tengo que hacer
esta noche. Tendr el gusto de verle?

El padre de Magdalena contest con un signo afirmativo.

El joven se ape, y el coche sigui rodando en direccin a la calle de
Angulema.




XXXIV


Acababan de dar las nueve de la noche.

Amaury tom un simn, y poco despus entraba en su palco del teatro de
los Italianos.

La sala, resplandeciente de luces y de diamantes, pareca un ascua de
oro. El joven, plido y grave, desde el fondo del palco contemplaba
aquel brillo y aquella esplendidez con mirada indiferente, con desdeosa
sonrisa.

Su presencia caus una gran sorpresa; pero la austeridad de su semblante
y su aire grave imponan tal respeto an a sus ms ntimos amigos, que
nadie se atrevi a dirigirle la menor pregunta.

Nadie conoca su fatal propsito, y no obstante, todos temieron que
Amaury fuese quizs a dirigir al mundo su ltimo saludo como los
antiguos gladiadores romanos saludaban al Csar con las famosas
palabras: _Ave, Csar! morituri te salutant!_

Presenci el tercer acto de _Otelo_, aquel terrible acto cuya msica
pareca ser digna continuacin del _Dies ir_ de la maana, en la que
Rossini pareca completar a Thalberg; y al llegar a la escena en que el
moro se suicida despus de asesinar a Desdmona, tan en serio tom la
tragedia que estuvo a punto de gritar como Aria a Petus:

--Verdad, Otelo, que no hace dao?

Despus de la funcin, Amaury subi a otro coche de punto, y se hizo
llevar a casa del seor de Avrigny.

Los criados le aguardaban. Se dirigi al despacho de su antiguo tutor,
llam a la puerta y oy una voz que le respondi desde adentro:

--Eres t, Amaury?

El joven, despus de responder afirmativamente, entr.

El seor de Avrigny, que estaba sentado ante su mesa de trabajo, se
levant para salir a su encuentro.

--No he querido acostarme sin venir a dar a usted un abrazo--le dijo
Amaury en tono tranquilo.--Adis, padre mo!

Su tutor le mir con fijeza y abrazndole respondi:

--Adis, Amaury!

Al estrecharle contra su pecho le haba puesto la mano sobre el corazn,
notando que sus latidos acusaban perfecta tranquilidad. El joven, sin
advertir nada, se dispuso a retirarse, y ya iba a traspasar el umbral
del aposento, cuando el doctor le llam de nuevo, dicindole con voz
ahogada por la emocin:

--Oye, Amaury, una palabra.

--Tiene usted algo que mandarme?

--Agurdame en tu habitacin. All acudo dentro de cinco minutos, pues
tengo que hablarte, Amaury.

--Est bien. Le esperar, padre mo.

Y despus de hacer una ligera inclinacin de cabeza, sali, dirigindose
a su cuarto. Lo primero que hizo, as que entr, fue abrir el cajn de
la mesa donde haba dejado las pistolas, y al ver que estaban intactas,
se sonri, alzando los gatillos. Pero en el mismo instante oy pasos, y
comprendiendo que se acercaba el doctor, escondi otra vez sus armas.

El padre de Magdalena abri la puerta, la cerr de nuevo y, acercndose
en silencio al joven, psole la mano en el hombro.

Amaury aguardaba que el doctor le dijese algo; pero, viendo que callaba,
rompi al fin aquel silencio solemne para preguntar:

--Dice usted que tiene que hablar conmigo?

--S.

--Hable, pues: ya le escucho.

--Te imaginas, hijo mo, que no he comprendido que tratabas de
matarte... esta noche... ahora mismo?

Amaury se sinti estremecer de pies a cabeza y dirigi instintivamente
los ojos al cajn donde estaban las pistolas.

--Si, queras matarte--continu el doctor,--y guardas el instrumento de
muerte, las pistolas, el pual o el veneno, ah mismo, en ese cajn. Aun
cuando no has mostrado intranquilidad, o quizs por eso mismo, lo ech
de ver en seguida. Es muy grande y muy extraordinario lo que me pasa; te
amo con el mismo cario que profesabas a mi hija y ahora veo que haca
muy bien en quererte y que t eras digno de ella. Verdad que no se
puede vivir sin su presencia? Ya vers cmo nos entenderemos; pero no
quiero que te suicides.

--Pero si...

--Djame hablar, hijo mo.

--Crees que pienso recomendarte consuelo y distracciones? Eso es muy
convencional y poco digno de nuestra profunda pena. No; no esperes tal
cosa. Yo tambin, como t, pienso que habiendo abandonado Magdalena la
tierra, no nos queda otro recurso que ir a buscarla en el Cielo. Mas al
reflexionar acerca de ello, he visto que si se es el camino ms corto
es tambin el menos seguro, porque no es el que Dios nos ha marcado.

--Pero, padre mo...

--Calla y no me interrumpas. Esta maana has odo en la iglesia el _Dies
ir_. No es verdad que lo has odo?

Amaury se pas la mano por su ardorosa frente y no contest.

--Pues bien--prosigui el doctor,--ya sabrs que ese canto es capaz de
impresionar el corazn del hombre ms impvido. Yo, de m s decir que
me ha hecho meditar, y tengo miedo. Si lo que en l se dice fuese
cierto; si el Seor, irritado por la destruccin de su obra, no
admitiese entre sus elegidos a los que as delinquen; si nos separase de
Magdalena... Oh! Cuando pienso en que esto pudiera ser!... Aunque slo
hubiera una probabilidad muy remota de que esa amenaza pudiera
realizarse sera yo capaz de sufrir, para evitarla, los tormentos ms
crueles; vivira, si fuera preciso, diez aos ms... S, diez aos ms
de sufrimiento, a cambio de la esperanza de reunirme con ella en la
eternidad.

--Ay! Vivir! vivir!--exclam Amaury con doloroso acento.--Cmo vivir
sin aire, sin sol, sin amor? Cmo vivir sin ella?

--No hay ms remedio, Amaury; oye bien esto: En nombre de Magdalena, en
su sagrado nombre, yo, su padre, te prohbo suicidarte.

Amaury se cubri el rostro con las manos. Estaba desesperado.

--Escucha, hijo mo--prosigui el doctor despus de una breve pausa:--en
mi mente se agita una idea, que ha venido a iluminar mi entendimiento
mientras yo oa caer la tierra sobre el fretro de mi hija. Desde aquel
momento me siento ya ms tranquilo; voy a explicrtela, Amaury, y luego,
invitndote a reflexionar y recordndote mi prohibicin te dejar solo,
seguro de volverte a ver maana para conferenciar contigo y con Antoita
antes de volverme yo a Ville d'Avray.

--Hable usted.

--Amaury--dijo el doctor en tono solemne,--abandonmonos a nuestro dolor
y no dudemos de la eficacia de nuestra desesperacin, porque eso sera
demostrar que no es muy honda. No olvides, hijo mo, estas palabras, las
ltimas que he credo escuchar de labios de Magdalena: _A qu matarse,
cuando la muerte viene por si sola?_

Y el desventurado padre, as que hubo pronunciado las palabras que
quera grabar en la memoria de Amaury, se retir tan lenta, y gravemente
como haba entrado.

Nada importa morir cuando gravitan sobre nosotros el peso del tiempo y
los achaques, cuando se est ya aniquilado a fuerza de vivir. Nada
importa morir cuando murieron ya sentimientos, ilusiones y esperanzas;
cuando los afectos se extinguieron uno a uno, cuando el fuego que arda
en nuestra alma se convirti en ceniza... Ya no queda ms que el
cuerpo... Qu importa que ste tarde ms o menos en seguir al espritu
si le abandon cuanto lo purificaba, si desapareci cuanto le sonrea?
Al rbol slo le queda una raz incapaz de sostenerle; la existencia es
tan menguada, que est dispuesta a cesar a la menor sacudida; el fro de
la vejez, es precursor del hielo del sepulcro...

Pero morir en plena juventud, qu digo morir? matarse, arrancar de una
vez todas las races, romper todos los hilos que nos ligan a este mundo,
aniquilar todos los sueos de nuestra imaginacin, ahogar todo nuestro
amor, despus de apurar el primer sorbo, abdicar del vigor y de la
fuerza que da vida a nuestro cuerpo, renunciar a la felicidad que
vislumbramos a travs de un horizonte risueo y dilatado, abandonar la
vida cuando apenas se ha comenzado a vivir, llevndose consigo
creencias, sentimientos, ilusiones y quimeras, eso s que constituye un
sufrimiento espantoso; eso s que es morir de veras. As, no es de
extraar que, contra toda reflexin, nuestro instinto se aferr con
tanta fuerza a la vida; que, contra todo valor, tiemble la mano al
empuar el arma homicida, que, contra todo esfuerzo sobre la voluntad,
sta se resista y a pesar del valor se tenga miedo.

--Ah! No es solamente la duda la que inspira a Hamlet sus famosas
reflexiones:

--Ser o no ser: he ah el problema. Qu es ms de admirar? La
resignacin que de rodillas acata los caprichos de la ciega Fortuna o la
fuerza que lucha en el mar proceloso y encuentra el trmino de sus males
en ese terrible combate con los embravecidos elementos? Morir! Slo
dormir, y despus... cesar de sufrir, escapar a las tristes
contingencias que son propias de la vida. Dormir! Pero al dormir,
quin sabe! quiz se suee... Quiz!... Ese es el misterio... Qu
ensueos vendrn a poblar el sueo de la tumba cuando en nuestra frente
no resplandezca ya la animacin de la vida?

La vida! Esta palabra es la esfinge; ella envuelve la duda que nos
lleva por el camino trillado. Ah! Quin sera capaz de sufrir tanta
vergenza, de soportar el insulto del poderoso, el ultraje del orgullo,
las desconocidas torturas del amor desdeado, las artes de la intriga y
tantas y tantas vejaciones de que somos objeto a cada paso si para
darnos la paz bastara la aguda punta de un acero bien templado? Quin
no arrojara su pesado fardo? quin regara con su llanto y su sudor el
tenebroso camino sin las misteriosas sombras que ms all de los
umbrales del sepulcro se alzan para acobardarle? Ese mundo ignoto del
cual jams volvi ningn viajero lleno de horror, la voluntad, y hace
que el espritu espantado se detenga prefiriendo el dolor que le abruma
al reposo inseguro de la tumba!... Luego nos arrastra el tiempo, la
reflexin debilita nuestro propsito y convirtindose el hroe en
cobarde acabamos por humillarnos, resignndonos a proseguir nuestra
triste tarea en esta vida.

Ah! No se avergencen, no se sonrojen aquellos que como Hamlet,
conturbado el nimo y armada la diestra de un pual lo han acercado mil
veces a su pecho para apartarlo de l otras tantas: el mismo Dios les
infundi ese amor innato a la existencia para que no abandonen este
mundo que necesita que vivan.

Nunca el soldado lanzndose con sublime arrojo contra el arma enemiga,
nunca el mrtir al entrar en el circo con santa resignacin estuvieron
ms dispuestos a morir que Amaury al volver a la casa donde haba muerto
su amada.

Preparada estaba el arma, escrito el testamento y tomada la fatal
resolucin de un modo tan firme que el joven framente poda pensar en
ella como s se tratase de un hecho ya consumado. No se engaaba a s
mismo; a no haber experimentado la necesidad irresistible de dar el
ltimo abrazo al hombre que habra sido un padre para l, no habra
titubeado y con heroica fe se habra levantado la tapa de los sesos.

Pero el tono solemne del doctor, la gravedad de sus palabras, el sagrado
nombre de Magdalena, le hicieron meditar, y cuando se encontr solo en
su cuarto, permaneci un rato inmvil, recogido en s mismo, pareci
luego volver a la vida que poco antes quera abandonar tan decidido y al
fin, levantndose, psose a pasear por la estancia, asaltado por la
ansiedad y las dudas que embargaban su espritu.

No era cosa cruel la vida sin finalidad, sin horizonte, sin esperanzas?
No era preferible concluir de una vez? El lo juzgaba indudable.

Pero, y si la vida no vuelve a comenzar en la eternidad para el
suicida, si el XIII canto de Dante no es un sueo, si los que obraron
con violencia contra s mismos (_violenti contra loro stessi_) como dice
el poeta, son en realidad precipitados al antro infernal en donde l los
ha visto? Y si Dios no quiere que desertemos de las filas del numeroso
ejrcito de los que en la tierra sufren y aleja de su augusta presencia
a los rprobos de la vida, y renegados de la humanidad? y si consumando
su propsito deba privarse de ver a Magdalena en la otra vida? Si todo
esto era verdad, el seor de Avrigny tena razn y haba que obedecerle.
Aun cuando la probabilidad de que todo eso pudiera suceder fuese muy
remota, era preferible sufrir mil aos de vida y dejar que la
desesperacin hiciera el oficio de pual, fiar en la amargura de las
lgrimas ms que en la ponzoa del opio, morir al cabo de un ao y no
matarse en un instante.

Bien mirado, el resultado era el mismo, porque la pena de Amaury no
poda perdonar; la herida era mortal y la muerte inevitable. Por lo
tanto, nicamente los medios y el tiempo podan constituir materia de
discusin en aquel caso.

Amaury sola decidirse muy pronto y nunca dilataba la resolucin de los
asuntos que dependan de su voluntad directamente. As, al cabo de una
hora estaba tan dispuesto a vivir como decidido a morir haba estado
poco antes.

nicamente necesitaba para ello un poco ms de energa.

Entonces volvi a sentarse, y se puso a considerar su nueva posicin con
nimo sereno. Comprendi que por su parte deba acudir en ayuda de su
propio pesar huyendo del mundo para abandonarse a su dolor. Para ello no
tena, en verdad, que hacer grandes esfuerzos. Aquella noche haba visto
l la sociedad dominado por la idea de que iba a separarse de ella para
siempre; pero no hacindolo as, las fras amistades y los placeres y
consuelos convencionales y falsos que la sociedad poda ofrecerle no
eran otra cosa que otros tantos suplicios.

Lo importante, lo que urga, era verse libre de esas amargas
compensaciones que la sociedad ofrece a las penas vulgares. De ese modo
poda absorberse en sus ideas, ver tan slo lo pasado, evocar
constantemente el recuerdo de sus desvanecidas esperanzas y sus
marchitas ilusiones, irritando sin cesar su herida para no dejar que se
cicatrizara y apresurar as la mortal curacin apetecida.

Y aun prometase encontrar amargos goces en estas evocaciones de la
dicha perdida, y, contaba con disfrutar cierta dolorosa voluptuosidad al
soar su imaginacin con aquella retrospectiva existencia.

Le bast sacar de su pecho el ramo, ya marchito, que haba lucido
Magdalena en su cintura la fatal noche del baile para que las lgrimas
brotasen de sus ojos a raudales, y aquel llanto, derramado despus de la
febril irritacin que excitaba sus nervios haca cuarenta y ocho horas,
fue para l tan benfico como es para la tierra la lluvia despus de un
caluroso da de verano.

A l debi el encontrarse al despuntar la aurora tan quebrantado y tan
rendido que repiti con la misma conviccin que el doctor lo haba hecho
la vspera estas palabras:

--_A qu matarse cuando la muerte viene por s sola?_




XXXV


Seran las ocho de la maana cuando Jos subi a avisar a Amaury que el
doctor le aguardaba en el saln. Baj el joven en seguida, y al verle
entrar el padre de Magdalena se adelant hacia l con los brazos
abiertos, exclamando:

--Gracias, hijo mo! Ya confiaba yo en ti y saba que no me equivocaba
al contar con tu valor.

Amaury respondi a esta lisonja con un triste movimiento de cabeza, y
sonrindose con amargura se dispona a replicar cuando entr Antonia,
llamada tambin por su to.

Rein en la estancia un silencio que todos parecan temerosos de romper.
El doctor hizo por fin una sea a los dos jvenes para que se sentasen
y, colocndose entre ambos les dijo con triste y bondadoso acento:

--Hijos mos, cuando se posee hermosura, juventud y atractivos, se vive
en plena primavera, en perspectiva de un tiempo mejor; la existencia es
opulenta y muy grata. Slo la contemplacin de los dos seres a quienes
ms quiero y en quienes se cifran todos mis amores de este mundo, hace
penetrar un rayo de gozo en mi triste corazn lacerado por la pena... Ya
s que soy amado, s que se me corresponde, pero hay que perdonarme: no
puedo quedarme aqu; necesito vivir solo.

--Qu dice, usted? que nos deja? Oh, to! Cmo puede ser eso?
Explquese--exclam Antoita.

--Djame hablar, hija ma--dijo el seor de Avrigny.--Digo que aqu est
la vida representada por Amaury y por ti, y a m me reclama la muerte.
Los dos amores que me quedan en este mundo no pueden compensar el que
tengo all, en el otro. Justo es que nos separemos porque nuestras
miradas deben dirigirse hacia puntos muy distintos; las de Amaury y las
tuyas hacia lo futuro, que an contiene promesas y esperanzas; las mas
hacia lo pasado, donde est concentrada mi existencia. Nuestros caminos
son muy diferentes, y mi determinacin inquebrantable y sorda a toda
splica es la de vivir desde hoy completamente solo, aislado en absoluto
de la sociedad humana. Parecer que lo que estoy diciendo es egosta, y
pido perdn por ello; pero no hay otro remedio; no es cosa de
entristecer con mi desesperacin la juventud floreciente de los dos
hijos que me restan. Lo mejor que podemos hacer es separarnos y seguir
cada cual nuestro camino que respectivamente habr de conducirnos a la
vida y a la tumba.

El doctor hizo aqu una breve pausa y luego prosigui:

--Ahora voy a decir cmo pienso emplear los pocos das que me restan de
existencia. Desde hoy vivir solo con Jos, mi criado ms antiguo, en
Ville d'Avray. No saldr de casa sino para visitar la tumba de
Magdalena, que no tardar tambin en ser la ma, y no recibir a nadie,
ni a mis mejores amigos, que deben considerarme como muerto desde este
da porque yo no pertenezco ya a este mundo. nicamente el da primero
de cada mes podrn verme dos personas que me contarn sus cosas y a
quienes yo explicar mi estado. Necesitar decir quines son esos dos
seres que gozarn de tan exclusivo privilegio?...

--Ay! Qu ser de m sin usted, querido to?--exclam Antonia, anegada
en lgrimas.--Qu voy a hacer yo, sola y abandonada? Pobre de m!

--Cmo puedes imaginar que no haya pensado en ti, hija ma, en ti que
siempre has sido para Magdalena una hermana tan cariosa y tan adicta?
Considerando que Amaury posee una fortuna cuantiosa y ms que suficiente
para l te lego en mi testamento para despus de mi muerte todos mis
bienes y desde hoy mismo todos los de mi hija.

Antonia hizo un ademn, como queriendo rechazar donacin tan generosa.

--No me digas nada--prosigui el doctor;--de sobra s que te es
indiferente todo esto y que tu noble corazn slo desea cario. Escucha,
pues, Antoita: a ti te conviene casarte, estamos?

Antonia intent replicar; pero el seor de Avrigny, le impuso silencio
con un gesto.

--Sers capaz de negarte a cumplir los sagrados deberes de esposa y de
madre slo por no poder ser til a tu to? Qu vas a responder cuando
Dios te pida cuenta de tus actos? Tienes que casarte, Antonia! Y
cuenta que puedes tener aspiraciones muy altas. Aunque yo viva apartado
de la sociedad no dejar de conservar en ella mi influencia y mis amigos
y podr proponerte un buen partido. A propsito: te acuerdas de que el
ao pasado el conde de Mengis, uno de mis amigos ms antiguos, me pidi
para su hijo nico la mano de Magdalena? Yo se la negu, pero a falta de
mi hija creo que no vacilar en aceptar a mi sobrina que es tan joven,
tan rica y tan hermosa como ella. Qu te parece, Antoita, el vizconde
de Mengis? Ya le conoces por haberle visto aqu muchas veces y sabes que
es noble, elegante, inteligente e instruido.

El doctor call, esperando la respuesta de Antonia; pero sta permaneci
muda, como perpleja y avergonzada, mientras Amaury la miraba emocionado,
porque para l tambin revesta excepcional inters lo que ella
contestase. De sus dos compaeros de dolor, el uno se retiraba para
sufrir a solas, y era muy natural que tuviese inters en saber si
Antoita, cuya pena tanto se asemejaba a la suya, abandonara tambin a
su triste compaero de infortunio y dejndole llorar solo destruira del
todo lo que an le recordaba su dichosa infancia, sus amores con
Magdalena y su familia de antao.

As, al mirar a Antoita, no poda Amaury disimular su ansiedad. La
joven vio su mirada y, como si la hubiese comprendido, dijo con voz
temblorosa:

--To mo, le agradezco en el alma lo que por m quiere hacer y recibo
de rodillas sus paternales consejos, tan sagrados para m; pero djeme
tiempo para pensar en ellos. Usted no quiere tener ya la menor relacin
con este mundo y siento que se haya hecho violencia para volver de nuevo
su pensamiento a los dos nicos seres que le interesan en la tierra.
Dios se lo pague, to! Sus deseos sern siempre rdenes para m. No he
de oponerme a ellos; slo le pido una dilacin. No quiera usted que me
case vestida de luto; permtame poner un intervalo entre el tiempo
venidero que usted vaticina tan dichoso y el pasado que tantas lgrimas
me hace derramar. Mientras tanto, ya que le han de servir de molestia
mis cuidados, Dios mo! quin habra podido suponerlo! he trazado ya
mi plan y se lo voy a exponer, decidida a llevarlo a la prctica si me
da su aprobacin. Yo me quedar aqu entre el recuerdo de Magdalena, del
mismo modo que usted se queda a vivir junto al sepulcro. Custodiar esos
recuerdos a los que rendir culto resucitando en mi imaginacin a cada
instante los das que ya pasaron. Confo en que la seora Braun no
tendr inconveniente en hacerme compaa y hablaremos de Magdalena como
de una ausente con la cual habremos de reunimos un da. Slo saldr para
ir a la iglesia; slo recibir a los amigos ms antiguos de usted, a los
ms adictos, a los que usted mismo me indique; yo ser entre usted y
ellos un postrer lazo que les permitir creer que no le han perdido por
completo. Ah! Esa vida sin ser feliz, porque eso es imposible, an
podra ofrecer algunos atractivos para m... To, tiene confianza en
m? me cree usted digna de guardar esos preciosos recuerdos? Si es as,
si no le inspiran recelos mi juventud y mi inexperiencia, djeme elegir
esa existencia, nica que yo apetezco, nica que me conviene.

--Si sa es tu voluntad, hgase lo que deseas; yo apruebo en todo tu
plan--dijo el doctor, enternecido.--Cuida esta casa, que desde hoy es
tuya, y qudate en ella con todos nuestros criados, que tanto te
quieren, y con la seora Braun, que te ayudar a dirigirla, como lo
haca en vida de Magdalena. Al comenzar cada trimestre recibirs el
dinero que te haga falta, y si necesitas adems de mis consejos ya
sabes, hija ma, que todos los meses he de consagrarte un da. Entre mis
buenos amigos, tampoco dejar de haber alguno que a instancias mas
pueda servirte de tutor y de gua, reemplazndome a m cuando yo muera.
Querrs estar bajo la tutela del conde de Mengis y su esposa, l tan
bueno y tan afectuoso como un padre, y ella tan digna y tan cariosa
mujer que para ti casi sera una madre? No quiero hablarte de su hijo,
porque antes ya eludiste esta cuestin y adems actualmente viaja por el
extranjero.

--To, no es menester que le diga que, cualesquiera que sean las
personas que me designe...

--Bien; pero sepamos antes si tienes que decirme algo contra las que
acabo de citarte.

--De ningn modo! Dios es sabedor de que despus de usted son las que
ms merecen mi cario.

--Siendo as, no hay ms que hablar. El conde y su esposa te protegern
y sabrn aconsejarte. Queda, pues, as, hija ma, regulada por el
momento tu existencia. Y t, Amaury? Qu piensas hacer? Cul es tu
plan?

Al or esto fue Antonia quien alz la cabeza aguardando una respuesta de
Amaury con la misma ansiedad que ste haba aguardado antes la de su
compaera de la infancia.

--Veo, querido tutor--dijo Amaury con voz bastante segura,--que los
grandes sufrimientos se soportan de distinto modo segn los
temperamentos. Usted va a vivir junto al sepulcro de Magdalena. Antonia
no quiere abandonar la estancia que parece llenar an con su espritu.
Yo, llevo a Magdalena en mi corazn, y me son por completo indiferentes
los lugares en donde yo pueda estar. La llevar conmigo a todas partes,
porque en mi alma est enterrada y slo procurar que el mundo burln e
impo no profane mi dolor con su contacto. Del mismo modo que ustedes,
yo a mi vez quiero estar solo. Cada uno de los tres puede tener por su
parte a Magdalena aunque miles de leguas nos separen a unos de otros.

--Es decir que te propones viajar?--pregunt el doctor.

--Deseo vivir con mi pena; quiero saborear mi dolor sin que nadie se
crea autorizado para ofrecerme consuelo; quiero sufrir libremente, y
puesto que nada me obliga a permanecer en Pars, donde ya no he de verle
a usted ms, me ir muy lejos de aqu, a un pas en donde todo sea
extrao para m, en donde pueda yo recogerme en mis pensamientos sin que
nadie me importune.

--Y a dnde se marcha usted?--pregunt Antonia con acento de
tristeza.--A Italia?

--Oh! Italia! Italia!--exclam Amaury estremecindose.--All debamos
ir ella y yo. No! no! De ningn modo! Italia con su cielo sereno, con
su clima templado, con las bellezas que a cada paso puede ofrecer al
viajero, constituira para mi dolor una cruel irona. Al pensar en que
nos disponamos a ir los dos a ese pas encantador y en que ahora
deberamos estar en Niza!... Oh! Cun diferente, Dios mo!...

Amaury se interrumpi: los sollozos ahogaron su voz. Levantose el doctor
y ponindole la mano en el hombro, le dijo:

--Vamos, Amaury; s hombre.

--Amaury! Hermano mo!--dijo Antonia tendindole la mano.

Pero el corazn del joven, rebosante ya de hiel, tena que desbordarse y
su dolor, contenido hasta entonces, hizo explosin de pronto.

El doctor y Antoita se miraron y dejaron libre curso a aquella
expansin que no poda menos de proporcionar alivio a Amaury viniendo a
calmar en parte su terrible excitacin nerviosa.

Cuando el joven pudo hablar, ya algo ms tranquilo, despus que por sus
plidas mejillas corrieron a raudales las lgrimas, dijo:

--Perdnenme ustedes si aumento su dolor con la expansin del mo. Si
supieran lo que sufro!...

El anciano se sonri con tristeza.

--Pobre Amaury!--dijo en voz baja Antoita.

--Ya estoy sereno--agreg Leoville.--Deca que no me conviene el sol
ardiente de Italia, sino las nieblas invernales del Norte; quiero
contemplar una naturaleza triste y desolada como est mi alma; nada ms
a propsito que Holanda con sus pantanos, el Rhin con sus ruinas,
Alemania con su cielo nuboso. Por eso esta misma noche, con el permiso
de usted, querido tutor, partir para Amsterdam y La Haya, de donde
regresar por Colonia e Heidelberg.

Antonia escuchaba con inquieto afn las palabras de Amaury, pronunciadas
con singular amargura. El doctor, que al ver terminado el acceso
nervioso del joven haba vuelto a sentarse para quedar abstrado en sus
tristes pensamientos, cuando aqul ces de hablar se pas la mano por la
frente como queriendo apartar de s la nube que el dolor interpona
entre las ideas que ocupaban su mente y el mundo exterior, y repuso:

--Resumiendo: t, Amaury, te vas a Alemania llevndote contigo a
Magdalena; t, Antoita, te quedas en esta casa, en la que ella ha
vivido; yo, me vuelvo a Ville d'Avray, en donde reposa su cuerpo. Pero
como tengo que quedarme an algunas horas en Pars para escribir a mi
amigo el conde de Mengis y dictar algunas disposiciones, si no hay nada
ms que hablar, hijos mos, separmonos ahora y a las cinco volveremos a
reunimos para comer juntos como lo hacamos antes, en otro tiempo mejor.
Despus, cada cual se marchar por su lado.

--Hasta la tarde, pues, querido tutor. Adis, Antoita--dijo Amaury.

--Hasta la tarde--repiti Antonia.

--Hasta luego, hijos mos.

Amaury sali, el doctor se retir a su despacho, y Antoita, no teniendo
ya que esforzarse para aparecer serena, se dej caer en una butaca
sollozando.




XXXVI


Amaury fue puntual. A las cinco en punto, despus de haber empleado el
da en hacer refrendar su pasaporte, en recoger algunos fondos de manos
de su banquero, en disponer su carroza de viaje para las seis y media de
aquella tarde y en llevar a cabo otras varias diligencias, lleg a casa
del doctor.

El momento fue terrible cuando al sentarse a la mesa fijaron los tres
sus ojos en aquel sitio vaco que otro tiempo ocupaba Magdalena.

Amaury estuvo a punto de dejar que estallara de nuevo su dolor, pero
haciendo un esfuerzo para dominarse se levant y cruzando rpidamente el
saln dirigiose al jardn.

Poco despus dijo el doctor a su sobrina:

--Antoita, ve a buscar a tu hermano.

Antonia baj al jardn. All encontr a Amaury sentado en el mismo banco
en que haba dado a Magdalena el ltimo beso que fue la causa de su
muerte y mordiendo desesperado el pauelo como queriendo impedir que se
escapasen de su pecho los sollozos que le ahogaban.

--Amaury--dijo la joven tendindole la mano que l, emocionado, estrech
en silencio--nos da usted mucha pena a mi to y a m.

Leoville, sin contestar, se levant y dejndose conducir como un nio
por Antonia la sigui, volviendo con ella al comedor.

Sentronse de nuevo a la mesa, pero Amaury se neg a probar bocado. El
doctor quiso hacerle tomar una taza de caldo, pero fue intil su empeo;
el joven contest que le era de todo punto imposible tornar ningn
alimento y volvi a caer en su abstraccin.

Tras de las escasas palabras pronunciadas rein un largo silencio
durante el cual el doctor con la cabeza hundida entre las manos, no vea
nada de cuanto pasaba en torno suyo. Mas los dos jvenes, quiz porque
en sus corazones se encerraba un tesoro de ternura, pensaban al mismo
tiempo que en la muerta en los dos caros afectos que muy pronto tendran
que abandonar. Mirronse y debieron leer recprocamente en sus almas y a
un mismo tiempo el sentimiento de pena por la muerta y de dolor por la
ausencia que sobre ellos se cerna, pues Amaury dijo, rompiendo el
silencio:

--De los tres yo quedar ms abandonado que ninguno. Ustedes podrn
verse una vez cada mes, pero yo... triste de m!... Quin me traer
noticias suyas? Quin les dar a ustedes las mas?

El doctor, como si despertase de un sueo, alz la cabeza al or esta
queja del joven y repuso:

--No pienses en escribirme, Amaury, pues te prevengo que no habr de
admitir ninguna carta.

--Ya lo estn viendo ustedes!--exclam Leoville.

--Nadie te priva de escribir a Antoita, ni nadie le prohbe
contestarte. Puedes, pues, dirigirte a ella.

--Lo permite usted?--pregunt Amaury, mientras que Antoita fijaba en
su to con ansiedad la mirada.

--Y por qu razn he de prohibir que dos hermanos se comuniquen su
dolor y rieguen una misma tumba con sus lgrimas?

--Y usted consiente, Antoita?--pregunt Amaury.

--Si eso puede proporcionarle algn consuelo...--murmur la joven
bajando los ojos, mientras sus mejillas se tean de un vivo rubor.

--Oh! Gracias! gracias, Antoita! Merced a usted mi partida ser, si
no menos triste, por lo menos ms tranquila.

La comida acab sin que entre aquellas tres personas que tan oprimidos
sentan sus corazones se pronunciase una palabra ms. La emocin que
embargaba sus almas haca enmudecer sus labios.

Cuando a las seis y media Jos entr a anunciar que en el patio
aguardaba la silla de posta de Amaury, que acababa de llegar, y la del
doctor, que ya estaba esperando haca rato, el seor de Avrigny se
sonri; Amaury lanz un suspiro y Antonia palideci densamente.

Se levant el anciano, pero ambos jvenes se abalanzaron hacia l, y al
volver a caer en su silln, agobiado por el pesar y hondamente
conmovido, se encontr con que los dos estaban a su lado arrodillados.

--Abrceme usted, querido tutor--exclam Amaury.

--Deme usted su bendicin, to mo--suplic Antonia.

El doctor, con los ojos arrasados en lgrimas, los estrech en sus
brazos y exclam elevando los ojos al cielo:

--Oh, mis dos ltimos amores en la tierra!... Dios mo! Haz que sean
felices y gocen tranquilidad; s, que vivan tranquilos en este mundo, y
alcancen la dicha eterna en el otro!

Les bes la frente. Unironse las manos de los jvenes, y ambos se
estremecieron, mirndose conmovidos y con la turbacin de su nimo
reflejada en el semblante.

--Dale un beso, Amaury--dijo el doctor, acercando a los labios del joven
la frente de Antoita.

--Adis, Antoita!

--Adis, Amaury! Hasta la vista!

Despidironse con temblorosa voz, ahogada por la emocin.

El doctor, que en aquella ocasin era entre los tres el ms dueo de s
mismo, se levant para poner trmino al dolor de aquella separacin que
desgarraba su alma. Ellos hicieron lo propio y despus de contemplarse
en silencio estrechronse por ltima vez la mano, mientras el doctor
deca:

--Ea! en marcha, Amaury! Adis!

--En marcha--repiti Amaury de un modo maquinal.--No se olvide de
escribirme, Antoita. Lo har usted as?

La joven no se sinti con fuerzas para contestar ni para seguirles. Los
dos se despidieron de ella con un ademn y salieron precipitadamente.

Pero, merced a una extraa reaccin, Antoita, tan pronto como ellos
desaparecieron recobr toda su energa y corriendo a la ventana de la
estancia que daba al patio la abri. Aun pudo ver que se abrazaban de
nuevo y cambiaban algunas palabras que ella logr adivinar ms bien que
oy.

--A Ville d'Avray, a reunirme con mi hija!--deca el doctor.

--A Alemania, llevndome a mi amada!--responda Amaury.

--Y yo--exclam Antonia,--aqu en esta casa desierta me quedo con mi
hermana... y con el remordimiento de mi amor!--agreg separndose de la
ventana para no ver la partida de los coches y con la mano puesta sobre
el corazn como queriendo amortiguar sus latidos.




XXXVII

AMAURY A ANTONIA


Lille, 16 de septiembre.

Por una casualidad, querida Antoita, me veo precisado a detenerme en
Lille unas cuantas horas y aprovecho la ocasin para escribirle esta
carta.

Cuando entrbamos en la ciudad se ha roto el eje del coche, y a causa
de este contratiempo he tenido que meterme en la posada ms cercana. Vea
usted por qu mi egosmo aumenta hoy su pena haciendo gravitar sobre
ella todo el peso de la que a m me devora.

Antes de salir de Pars, sent que no poda alejarme sin ir a
despedirme de Magdalena; as, despus de traspasar la barrera, he hecho
que mi carruaje diese la vuelta a los _bulevares_ exteriores y a las dos
horas estaba yo en Ville d'Avray.

Llegu al cementerio, que, como usted sabe, est rodeado por una tapia
muy baja. No queriendo yo enterar a nadie de mi visita escal la tapia
en lugar de ir a pedir la llave al sacristn.

Seran las ocho y media de la noche y reinaba en el fnebre recinto la
oscuridad ms completa. Avanc con sigilo en las tinieblas procurando
orientarme y llegu hasta la tumba de Magdalena... Pero, cul no sera
mi sorpresa cuando vi una sombra humana tendida sobre la sepultura! D
un paso ms y reconoc al doctor. He de confesarle, Antoita, que sent
un impulso de clera al ver que aquel hombre, que mientras vivi su hija
no se separaba de ella, me la disputaba ahora hasta en el sepulcro.

Me apoy en un ciprs y resolv aguardar a que l se hubiese marchado.

De rodillas, con la cabeza inclinada casi hasta tocar en tierra, el
seor de Avrigny, murmuraba:

--Magdalena, si es verdad que hay otra vida, si el alma no muere con el
cuerpo que le sirve de envoltura, si por la misericordia divina les es
permitido a los muertos visitar a los vivos, yo te suplico que te me
aparezcas tan pronto y tan frecuentemente como puedas, porque hasta el
momento en que haya de ir a reunirme contigo yo, hija ma, te aguardar
a todas horas esperando siempre verte.

Lo que el doctor estaba diciendo a su hija, era lo mismo que yo quera
pedirle. Oh! Siempre aquel hombre haba de anticiprseme en todo.

Pronunci algunas palabras ms en voz baja; se levant y yo no pude
contener mi asombro al verle dirigirse en derechura hacia m. Me haba
visto y me haba conocido.

--Querido Amaury--me dijo,--aqu te dejo a solas con Magdalena, pues me
doy perfecta cuenta de esos celos que tienes de mis lgrimas y comprendo
el egosmo de tu dolor que te hace desear mi partida para arrodillarte
t tambin sobre la tumba. Tengo adems en cuenta que t te vas y no
podrs verla ya hasta tu vuelta, mientras que yo vivo ah cerca y podr
ver esa sepultura maana, pasado, todos los das y en todos los
instantes que yo quiera. Adis, Amaury, adis!

Y alejndose con lentitud sin aguardar mi respuesta, desapareci en la
oscuridad.

A mi vez me arroj sobre la tumba, y repet su plegaria, no con su voz
grave y resignada, sino con el llanto y los sollozos de mi desesperacin
y mi dolor.

Oh, Antonia! Qu alivio tan grande me proporcion aquella explosin
de mi pena! Me era indispensable aquella postrera crisis y slo al
recordarla, lloro y sollozo tanto que no s si podr usted leer esta
carta cuyas lneas llegarn a sus manos empapadas en mis lgrimas
ardientes.

Ignoro cunto tiempo estuve en el cementerio, quizs no habra salido
de aquel sagrado recinto si el postilln, desde lo alto de la tapia, no
me hubiera avisado que ya era hora de que volviese a mi coche.

Entonces romp una rama de los rosales que adornan el sepulcro, y me
alej de all, cubriendo de besos aquellas flores en cuyo aroma crea yo
respirar el puro aliento de mi pobre Magdalena.




XXXVIII

DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY


Oh, Antoita! qu ngel perdimos al perder a Magdalena!

La aguard toda la noche y luego todo el da y toda la noche siguiente
y no ha acudido.

Afortunadamente, pronto ir yo a reunirme con ella.


AMAURY A ANTONIA

Ostende, 20 septiembre.

Me encuentro en Ostende.

Estando ella y yo en Ville d'Avray cuando ella slo contaba nueve aos
y yo doce concebimos un da un proyecto cuya sola idea nos llenaba de
temor y regocijo. Nos proponamos ir solos y de ocultis al otro lado del
bosque, a casa de un floricultor de Glatigny en busca de un ramo para
ofrecrselo al doctor en el da de su santo.

Se acuerda usted de Magdalena cuando tena esa edad? Se acuerda usted
de aquel querubn rubio y hermoso al que slo pareca que le faltaban
las alas?

Ay! querida Magdalena!

El proyecto era grave y demasiado seductor para que dejramos de
ponerlo en planta; as, que la vspera de la fiesta, aprovechando la
ausencia del padre de Magdalena, que haba tenido que ir a Pars por
asuntos de su profesin y favorecidos por la esplendidez del da,
salimos corriendo del jardn al parque y de ste al bosque sin que nadie
nos viese.

Al vernos fuera de casa nos detuvimos medrosos, mirndonos el uno al
otro, como perplejos ante nuestro atrevimiento.

An me parece estar viendo a Magdalena con su traje de seda blanca, con
su cinturn de color azul celeste.

El camino no me era del todo desconocido, porque alguna vez haba
paseado por l con la familia del doctor. Ella lo conoca menos porque
nunca se fijaba en el terreno que pisaba, entretenida en la caza de
mariposas, pjaros y flores silvestres. A pesar de todo nos internamos
en el bosque resueltos a atravesarlo, y yo, orgulloso de la
responsabilidad que aquel acto implicaba para m, ofrec el brazo a
Magdalena, que se apoy en l temblorosa y quiz algo arrepentida de su
propia osada. Pero los dos ramos demasiado presuntuosos para volver
atrs, y guindonos por las indicaciones de los postes, seguimos nuestro
camino hacia Glatigny.

Me acuerdo de que se nos antoj muy largo el camino; que tomamos a un
corzo por un lobo, y a unos pacficos campesinos por feroces bandoleros.
Pero, como ni el lobo nos atac ni los bandidos se preocuparon para nada
de nosotros, recobramos toda nuestra presencia de nimo y andando a
buen paso, al cabo de una hora llegamos a Glatigny.

All preguntamos dnde viva el famoso jardinero y nos guiaron hasta su
casa, que estaba situada a un extremo del pueblo. Penetramos en ella y
nos encontramos en medio de preciosos _parterres_ y macizos de flores,
de entre los cuales sali un anciano de aspecto bondadoso, que al vernos
se sonri y nos pregunt qu queramos.

--Venimos a comprar flores--contest yo.

Y sacando con majestad del bolsillo dos monedas de a cinco francos,
suma de nuestras dos fortunas reunidas, aad:

--Podemos gastar todo esto.

Magdalena se haba quedado detrs de m, presa de la mayor turbacin.

--Todo ese dinero es para invertirlo en flores?--pregunt el
jardinero.

--S--contest Magdalena, adelantndose entonces,--y queremos que sean
las ms hermosas que haya, para festejar con ellas a mi padre, el doctor
Avrigny en el da de su santo, que es maana.

--Ah! Si son para el seor doctor--repuso el buen viejo--por fuerza
han de ser las ms hermosas. Ahora mismo voy a abrir los invernculos
donde estn las ms raras y all hay de sobra donde elegir, si no bastan
las de los parterres.

--Ay, qu gusto!--exclam palmoteando de alegra.--Y podemos
llevarnos las que queramos?

--Todas, todas?--pregunt Magdalena.

--Todas... mientras haya fuerzas para cargar con ellas, hijos mos.

--Oh! Es que tenemos ms fuerza de la que usted cree!

--S; pero el camino es largo de aqu a Ville d'Avray.

Nosotros ya no escuchbamos al jardinero. Habamos comenzado a hacer
nuestra cosecha de flores y slo nos preocupbamos de cobrar un buen
botn en aquel saqueo que debi dejar arruinadas a mariposas y abejas.

A cada instante volvamos la cabeza para preguntar al jardinero:

--Puedo cortar sta?

--S.

--Y sta?

--Tambin.

--Y esta otra?

--Tambin; y lo mismo las dems.

Estbamos trastornados de alegra. En poco rato reunimos no dos ramos,
sino dos gavillas de flores.

--Y quin va a cargar con todo eso?--me dijo el jardinero.

--Nosotros. Vea usted--replicamos levantando en alto cada uno su ramo.

--Pero eso de atravesar solos el bosque... Es extrao que el seor de
Avrigny haya concedido tal libertad a sus hijos!...

--Y por qu no?--repuse con mucho orgullo.--Ya saben en casa que yo
conozco el camino.

--De todos modos no estara de ms el volver acompaados.

--Oh! Muchas gracias, pero es intil. No hay necesidad de que nadie se
moleste por nosotros que sabremos regresar lo mismo que hemos sabido
venir.

--Bien, bien, amiguitos: no hay ms que hablar. Feliz viaje! Slo
quiero que el doctor sepa que le enva esas flores el jardinero de
Glatigny, cuya hija vive porque l le salv la vida.

Con los brazos cargados de flores y el corazn rebosante de alegra
salimos de casa del jardinero y emprendimos el camino hacia la quinta de
Ville d'Avray.

Ya lo ve usted, Antoita: el doctor Avrigny, que en cierta ocasin supo
salvar a la hija de aquel hombre, no ha logrado salvar ahora a su propia
hija.

Una idea tan slo nos preocupaba llevando cierta intranquilidad a
nuestro nimo: la de que hubiese vuelto el doctor y al preguntar por
nosotros se hubiera descubierto la escapatoria... Nos habamos
entretenido unas dos horas en casa del jardinero; por lo tanto haca ms
de tres que faltbamos de la nuestra.

Para colmo de desdichas se me ocurri la mala idea de echar por un
atajo que nos deba ahorrar buena parte del camino. Magdalena no tena
ya miedo y adems confiaba en m de un modo absoluto; as, que no hizo
la menor observacin y me sigui sin temor por una senda que yo crea
conocer, la cual me condujo a otra, y sta a una encrucijada, para ir
por fin a perdernos en un ddalo de caminos muy pintorescos, pero no
menos desiertos. Anduvimos una hora al azar, y al fin no tuve ms
remedio que confesar que me haba extraviado, que no saba dnde
estbamos ni qu direccin haba que seguir.

Magdalena rompi a llorar.

Figrese usted cmo estara yo, Antoita! La tarde declinaba; deba
ser ya la hora de comer y los dos empezbamos a sentirnos fatigados
bajo el peso de los ramos que agotaban nuestras fuerzas.

Yo pensaba en Pablo y Virginia, en aquellos dos muchachos extraviados
tambin como nosotros, pero que siquiera contaban con Domingo y su
perro. Cierto es que los bosques de la isla de Francia son ms
solitarios que los de Ville d'Avray; pero para nosotros, dada nuestra
situacin de nimo, en aquel instante, no haba entre aqullos y stos
la menor diferencia.

Con todo, convencidos de que las lamentaciones no nos sacaran del
apuro, sacamos fuerzas de flaqueza y caminamos una hora ms. Pero todo
fue intil; nuestro intrpido esfuerzo se estrell contra la fatalidad
que nos haba metido en aquel laberinto cada vez ms intrincado.
Magdalena acab por caer rendida al pie de un rbol y yo comenc a
sentir que mis fuerzas tambin me abandonaban.

Haca un cuarto de hora que estbamos as desesperados, abatidos, sin
saber qu partido tomar, cuando omos un rumor a nuestra espalda y
volviendo la cabeza vimos a una pordiosera que vena hacia nosotros con
un nio de la mano.

No pudimos contener un grito de alegra juzgndonos ya en salvo. Me
levant y corr hacia ella rogndole que nos enseara el camino que
tenamos que seguir; pero la impaciencia de la miseria se sobrepuso a la
del miedo, pues en lugar de responderme y casi sin dejarme hablar, me
interrumpi para implorar con voz lastimera:

--Caballero, seorita, tengan ustedes compasin de m y de mi hijo!
Una limosna por el amor de Dios, y que El les premie a ustedes su
caridad como se merecen!

Me ech mano al bolsillo y lo mismo hizo Magdalena, pero habamos
gastado en flores todo nuestro dinero y no nos quedaba nada. Al darnos
cuenta de ello nos miramos los dos con cierto embarazo que la mendiga
debi tomar por vacilacin, porque continu diciendo:

--Tengan piedad de nosotros! Enviud hace tres meses; la enfermedad de
mi esposo acab con nuestros pocos ahorros y hoy no puedo mantener a
este nio y a un hermanito suyo que he dejado en la cuna. Pobrecillo!
El angelito no ha probado bocado desde ayer, porque no encuentro ni
limosna ni trabajo. Caballero, seorita, ustedes que deben ser
bondadosos, compadzcanse de estos desgraciados!

Magdalena y yo estbamos conmovidos. Tenamos hambre, porque desde la
maana no habamos comido nada, y aquella pobre criatura, aquel nio
infeliz, de menos edad y ms dbil que nosotros, no haba probado bocado
desde el da anterior.

--S, que son muy desgraciados! Dios mo!--exclam Magdalena con los
ojos arrasados en lgrimas. Pero con su prontitud y su gracia peculiares
dijo ponindose en pie:

--Mire usted, buena mujer: nosotros no llevamos dinero encima y nos
hemos perdido en el camino de Glatigny a Ville d'Avray; pero, si usted
nos gua y nos acompaa a casa del doctor Avrigny, que es nuestro padre,
ste sabr recompensarle tal favor, pues si hay alguien en el mundo
capaz de socorrerla, es l, cralo usted.

--Dios mo! Gracias, por mis hijos, seorita!--respondi la mujer con
reconocimiento.--Pero, cmo han podido ustedes extraviarse? Si estn a
dos pasos de Ville d'Avray!... Tomando esa senda de la izquierda vern
en seguida las primeras casas de la poblacin.

Estas palabras nos devolvieron como por encanto la alegra y el humor,
si bien, a decir verdad, pronto nos echamos a temblar pensando en el
recibimiento que nos aguardaba. Confieso por mi parte sin empacho que
segua cabizbajo y preocupado a mi intrpida compaera que me preceda
conversando con su protegida y hacindole preguntas acerca de su
desdichada situacin.

Al entrar en el parque omos la voz de la seora Braun que nos llamaba
con insistencia. Detvose Magdalena y volvindose hacia m me dijo:

--Qu vamos a hacer? Qu diremos ahora?

La seora Braun, que acababa de echarnos la vista encima, vena
corriendo hacia nosotros.

--Hola, traviesos! Ya es hora que nos veamos!--grit,--Ay, Dios mo!
Qu mal rato he pasado!... El seor de Avrigny, que acaba de llegar,
preguntando por sus hijos, mientras los caballeretes andan perdidos por
ah de ceca en meca! Por fortuna todo ha pasado ya, y no hay necesidad
de decir ni una palabra. Si l se enterase de esta escapatoria se
enfadara conmigo y me echara una reprensin que no merezco, puesto que
no tengo la menor culpa de nada.

--Qu suerte!--exclam.

--Y esa infeliz que ha venido con nosotros?--pregunt Magdalena.

--Qu?

--Que se le debe dar la recompensa que le hemos ofrecido, y para ello
no hay ms remedio que confesar que nos habamos perdido y que ella nos
ha guiado hasta nuestra casa.

--S, pero nos va a reir--dije yo.

--Pero tanto ella como su hijo estn hambrientos--replic
Magdalena.--No vale ms que nos rian y que esos pobres coman? No lo
crees t as tambin?

Oh, Magdalena! amada ma! Qu bien retratan su alma esas palabras!

El doctor, en lugar de reprendernos, nos colm de besos. Aquella pobre
viuda, despus de obtener informes de ella, qued colocada en la granja
de Maursan, en donde hoy hay tres corazones ms que ruegan a Dios por el
alma de nuestra querida Magdalena.

Y pensar que no han transcurrido ms que diez aos desde que tuvo
lugar esta aventura!

Esto es todo lo que acierto a escribirle hoy, Antoita, y cuenta que
tengo enfrente la inmensidad del mar...

Ay! Tambin es inmenso mi dolor que se recrea en estos recuerdos de la
niez del mismo modo que el Ocano infinito se recrea en juguetear con
esos pequeos seres que pululan a millares, entre las rocas que azota
con sus olas encrespadas...

    _Nessum maggior dolore_
  _che ricordarsi del tempo felice_
    _nella miseria!..._

_Amaury_.


DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY

Qu cosa ms rara! Antes de ser padre negaba yo que existiera otra
vida.

A partir del da en que naci Magdalena esper. Desde el da en que
ella muri cre.

Gracias, Dios mo, por haberme dado la fe all donde pude no haber
hallado otra cosa que la desesperacin!


ANTONIA A AMAURY

3 de octubre.

Nada tengo, Amaury, que decirle a usted de m. Solamente le hablar de
mi to, de Magdalena y de usted.

Anteayer, 1. de octubre, vi a mi to, cumpliendo con el acuerdo que,
como usted recordar, tomamos, de vernos el da 1. de cada mes.

Pero con frecuencia me da noticias suyas el anciano Jos que viene a
Pars enviado por l para llevarle las mas.

En nuestra entrevista hablamos poco. Mi to pareca distrado, y yo,
temiendo contrariarle, me contentaba con mirarle de vez en cuando a
hurtadillas.

Est muy cambiado, aunque para las personas indiferentes tal vez
pasara inadvertido este cambio. Pero a m no se me oculta: yo veo ms
arrugas en su frente, menos brillo en su mirada y ms preocupacin en
toda su actitud. Aunque parece increble, se ha desmejorado aun ms de
lo que estaba cuando muri Magdalena, despus de abatir su cuerpo y su
espritu los dos meses mortales que dur la enfermedad.

Cuando me vio, me dio un abrazo, y preguntme si tena algo que
contarle de mi nueva vida. Yo le responda que nada, que nicamente
haba recibido dos cartas de usted; y al querer entregarle la segunda,
dicindole que en toda ella encontrara recuerdos de Magdalena, se neg
a tomarla a pesar de mi insistencia, y me dijo:

--Ya s yo lo que dice. Amaury vive como yo en el pasado; pero como le
llevo treinta y cinco aos de delantera es indudable que llegar yo
primero.

Despus de esto slo me dirigi la palabra para hablarme de asuntos
generales. Santo Dios! Me da miedo su abstraccin; me espanta el ver su
indiferencia hacia las cosas relacionadas hasta con su propia vida.

Cuando acab la comida durante la cual casi no hablamos, le abrac
llorosa y l me acompa hasta el coche que a la seora Braun y a m nos
volvi a nuestra casa de Pars.

Tal fue, Amaury, la entrevista que celebr con mi to. Siempre que Jos
viene a Pars, le pregunto por su amo, y como mi to, para quien todo es
indiferente, no le ha prohibido que responda a mis preguntas, me entero
de lo que hace y s cmo vive.

Todas las maanas, sin preocuparse para nada del tiempo que pueda
hacer, baja al cementerio para dar, segn l dice, los buenos das a
Magdalena.

Despus de pasar una hora junto a la tumba, vuelve a casa, se desayuna,
se retira a su despacho y abre los cuadernos en que desde que es hombre
viene escribiendo el diario de su vida. En ellos, durante los veinte
aos que ha vivido Magdalena, no se ha olvidado nunca de apuntar las
acciones de su hija juntamente con las suyas, puesto que la vida del uno
ha sido la del otro. De ese modo puede decir a todas horas: Hoy hace
tantos aos que estaba aqu o all, que hicimos tal cosa juntos; que
hablamos de tal asunto, etc.

As vuelven a pasar ante su vista todas las escenas del pasado, cuyos
recuerdos le hacen llorar y sonrer a un tiempo; por ms que siempre
acaba por llorar, porque la conclusin siempre es la misma: l recuerda
sus gracias, su hermosura, sus encantos, y siempre ha de acabar pensando
en que todos esos dones se han desvanecido al soplo de la muerte. Y si
alguna vez le parece eso increble, bstale abrir la ventana y la vista
de su tumba le muestra la cruel realidad.

As se pasa las horas mi pobre to saboreando las emociones que le
causa esta penosa revista. Ninguna noche se acuesta sin despedirse de
Magdalena; cuando se levanta va a darle los buenos das y en el resto
del da siempre lleva en la mano una rosa blanca cortada de los rosales
de su tumba y que al retirarse a descansar conserva hasta la maana
siguiente en un jarro de Bohemia que Magdalena tena siempre en su
cuarto.

Con frecuencia habla tambin al retrato de su hija, a aquel famoso
retrato de Champmartn por cuya posesin manifestaba usted tanto
inters.

Nunca abre un libro, ni una carta, ni lee peridicos, ni recibe a
nadie. Ha muerto para el mundo de los vivos: nicamente vive l para la
muerta.

Ya est usted tan enterado como yo de lo que ocurre en Ville d'Avray.
All llora mi to a Magdalena como yo la lloro en mi casa de la calle de
Angulema, como usted, all donde se encuentra, la llora del mismo modo.
Quin sera capaz de haberla conocido y no llorarla?

Mucho le agradezco a usted que me hable de ella; hbleme siempre de
ella, usted que la ha conocido mejor que yo.

Al recordarla ahora se me figura una aparicin celeste que me visita en
sueos. Acaso no era una santa que Dios nos presentaba para servirnos
de ejemplo? Usted, Amaury, conoce una de sus buenas acciones; pero yo,
podra citarle mil que le ayud a practicar, y no son pocos los pobres
que a estas horas deben bendecir su nombre.

Antes, slo elevaba mis oraciones a Dios; ahora, le ruego a Dios, pero
tambin le ruego a ella.

Hbleme de Magdalena con frecuencia, con mucha frecuencia, pero hbleme
tambin de usted. Ay! Le hago esta recomendacin con el corazn
palpitante y temblndome la mano porque temo ofenderle o incurrir en su
desagrado. Quizs la achacar usted a curiosidad o a indiscrecin de mi
parte.

Para poner las manos en una heridas como las suyas hay que tenerlas muy
suaves y muy delicadas. Magdalena habra escrito esta carta con gracia
incomparable, con sin igual ternura; pero, en dnde se podra encontrar
otra como ella? Yo slo puedo hablarle con el instinto de mi corazn y
con mi amistad antigua y sincera, con mi hondo afecto de hermana.

Oh, Dios mo! Qu no dara yo por ser en realidad su hermana? Ah! Si
lo fuera, me escuchara usted cuando yo le dijera:

--Amaury, hermano mo, no ser yo quien te aconseje que olvides y
traiciones un recuerdo sagrado. S que tu corazn ha muerto para el amor
y que ninguna mujer habr ya de conmoverte. Justo es que seas fiel a tu
muerta adorada; as obras con lealtad y as debes portarte. Pero aun
siendo el amor la cosa ms sublime que existe sobre la tierra, no hay
nada ya fuera de l? Acaso no valen nada el arte, la ciencia, la
poltica y tantas y tantas manifestaciones de la actividad humana en que
se cifran las mas nobles ambiciones?

--S, Amaury, pinselo bien. Usted es joven, es rico, disfruta de una
posicin brillante y por lo mismo tiene grandes deberes que cumplir para
con sus semejantes; ha de procurar ser til a la humanidad. Aun
concretndose simplemente a hacer limosnas podra considerar que la
caridad es una de las mltiples formas del amor, cuya manifestacin
reviste tantos matices.

Usted puede hacer la felicidad de muchos, porque es rico, y lo es ahora
doblemente porque su hermana Antoita lo es tambin. No me he atrevido a
rechazar de un modo categrico la proposicin de mi to por no causarle
afliccin; pero mi vida es muy triste para consentir en asociarla con
otra. De ninguna manera podra yo emplear esta fortuna mejor que en
otorgar beneficios o estimular nobles ambiciones; y para ello, a quin
he de confiarla sino a usted? En ningunas manos puede estar mejor que en
las suyas, hermano mo. Yo...

Pero hablemos de usted y no de m. Qu no dara, yo por saber
enternecerle!

No es verdad que ha abandonado ya su idea de morir? Eso sera
horrible; cometera usted un crimen. Mi to llega ya al trmino de su
vida, mientras que usted est an al principio de la suya. Pocos
conocimientos tengo yo en estos asuntos, pero creo que entre la suerte
de ambos y entre los deberes respectivos de uno y otro, media una
enorme distancia. Ya s que usted no ha de amar, pero aun puede ser
amado y debe ser tan grato el verse amado!

No muera usted, Amaury, no muera usted. Piense constantemente en
Magdalena; pero cuando se encuentre a orillas del Ocano contemple ese
Ocano al mismo tiempo que recuerda su dolor. Dios mo! Por qu he de
carecer de elocuencia para poder convencerle? Djese convencer siquiera
por las grandes cosas que admiran sus ojos, por esa eterna Naturaleza
cuyos inviernos son nuncio de primavera y la muerte es siempre en ella
el prlogo de una resurreccin esplendorosa.

No es verdad que, al parecer, bajo esas nieves y esos hielos
invernales no puede estar latente la vida para hacer su aparicin
pujante y vigorosa algo ms tarde? Pues as tambin palpita con ardiente
actividad la vida humana bajo las penas que intilmente pugnan por
aniquilarla y destruirla. No sea usted ingrato rechazando los dones que
Dios le enve; djese consolar si le agrada que le consuelen; permtase
a s mismo vivir y obedzcale si le ordena que viva.

Perdneme usted, Amaury, si le hablo de un modo tan expansivo y con tan
abierta franqueza. Al pensar que est tan lejos, tan desesperado y solo,
siento en mi alma una compasin y una ternura fraternales (iba a decir
maternales), y estos afectos que su desgracia me inspira, me infunden
fuerza y valor para dirigir esta splica al amigo de mi niez, para
lanzar este grito al novio de Magdalena:

No muera usted, Amaury! No muera usted!

_Antonia de Valgenceuse._




XXXIX

AMAURY A ANTONIA


15 de octubre.

Estoy ahora en Amsterdam.

Por mucha que sea mi indiferencia hacia el mundo exterior, querida
Antonia, por honda que sea mi abstraccin, por atrado que me sienta
hacia el abismo en que se hundieran todas mis ilusiones, no puedo menos
de admirar a este pueblo holands tan activo y flemtico, metdico y
codicioso, sedentario y nmada al mismo tiempo, que tan fcilmente se
traslada a las costas asiticas, pero que antes va a Java, al Malabar o
al Japn que a Pars.

Los holandeses vienen a ser los chinos de Europa y los castores de la
humanidad.

Recib en Amberes su carta, cuya lectura fue muy grata para mi, querida
Antoita. Sus consuelos son muy tiernos y mi herida muy profunda. Mas no
importa: siga usted escribindome y hbleme de su persona. Le suplico
que as lo haga. Hace usted mal en creer que me pueda ser indiferente
aquello que le concierne.

Dice usted que su to est cambiado. No debe usted inquietarse por eso,
Antoita. A cada cual se le ha de desear lo que ms apetece, y siendo
as que cuanto ms abatido se siente l est ms contento, tenga usted
por seguro que cuanto peor le parezca que se encuentra tanto mejor
juzgar estar el doctor.

Quiere usted que le hable de Magdalena, y si he de decir verdad no
sabra de qu hablar si no hablo de ella; nada hay capaz de alegrar mi
entristecido corazn tanto como su recuerdo, que siempre vive en mi
pecho.

Quiere usted que le explique cmo nos revelamos mutuamente nuestro
amor al mismo tiempo que este sentimiento se nos revel a nosotros
mismos?

Hace de esto unos dos aos y medio.

Era una tarde de primavera. Estbamos los dos sentados en el jardn, en
la plazoleta de los tilos que usted puede ver a todas horas desde la
ventana de su cuarto. Ambos nos sentamos con humor para charlar y tras
de recordar todo el pasado nos complacamos en tratar de adivinar lo que
nos reservaba el porvenir.

Ya sabe usted que mi amada Magdalena ocultaba bajo su melanclica
apariencia un corazn que no estaba reido con la jovialidad y la
alegra. No tardamos mucho rato en venir a parar al tema eterno y
hablamos del matrimonio, aunque sin hablar ni una palabra de amor.

Qu cualidades haba que poseer para conquistar el corazn de
Magdalena? A qu encantos podra rendirse el mo?

Contestando a estas preguntas enumerbamos las perfecciones que
exigiramos en la persona objeto de nuestro amor y pudimos comprobar que
se asemejaban mucho.

--Ante todo--deca yo,--querra conocer a fondo a la persona elegida y
saber de memoria todas las circunstancias de su existencia.

--Yo tambin--repuso Magdalena.--Cuando pretende nuestro amor un
desconocido, ste oculta bajo su negro frac un tipo convencional y no
pudiendo nosotras leer en un rostro humano, si no logramos adivinar lo
que encubre su mscara resulta que no conocemos al marido hasta despus
de casadas.

--Entonces, eso es cosa resuelta--agregu yo.--A m me gustara
cerciorarme, por una prolongada intimidad, de todas las cualidades que
poseyera la duea de mi corazn. No hay que decir que exigira (y soy
parco) las tres esenciales, a saber: hermosura, bondad e inteligencia;
no se puede pedir menos.

--Ni podra desearse ms--repuso Magdalena.

--Sabes que lo que dices acusa poca modestia?

--No la creas. Yo, por mi parte, no me atrevera a exigir de un esposo
las condiciones correspondientes a las que quieres t exigir de una
mujer: elegancia, abnegacin y superioridad de espritu.

--Ya te costara tiempo el encontrar las tres juntas!

--Hasta en la modestia es mala la afectacin... Pero, en fin, acaba de
trazar el retrato de tu novia ideal.

--Oh! No tengo que aadir sino dos o tres rasgos secundarios. Quiz mi
deseo sea una puerilidad, pero me agradara que hubiera nacido como yo
en noble cuna.

--Si hablases de eso a mi padre, l, que a la nobleza de su estirpe une
la distincin de su talento, te expondra algunas teoras sociales
elevadas, a las que yo me adhiero instintivamente, deseando para m un
esposo cuya ilustre prosapia no desdiga de la ma.

--Y por ltimo--agregu--aunque no peco de codicioso querra, en pro de
nuestra igualdad moral, a fin de evitar todas aquellas cuestiones
afectas a intereses materiales, que la elegida de mi corazn fuese poco
ms o menos tan rica como yo. No piensas tambin as, Magdalena?

--S, Amaury; aunque nunca me he preocupado por eso, toda vez que mis
riquezas bastaran para los dos, comprendo por lo que dices que est muy
puesto en razn.

--Slo una cosa me falta saber ahora.

--Y qu es?

--Si al encontrar al hada de mis ensueos y hacerla reina de mi
albedro querr ella que reine yo en el suyo.

--Por qu no?

--Seras t capaz de responderme de eso?

--En absoluto: yo te respondo por ella. Pero y a m l me querra?

--Te adorar, Magdalena: yo te lo aseguro.

--Veamos. Llevemos esta ilusin al campo de la realidad; busquemos en
torno nuestro. Dime si entre las personas que nos tratan hay alguna de
quin t sepas positivamente que rene las circunstancias que cada cual
exigimos. Yo...

Se interrumpi ruborosa y ambos instintivamente cruzamos una mirada.
Nuestro espritu comenzaba a vislumbrar la verdad. Fij mis ojos en los
de Magdalena y repet, como si a m mismo me hiciese aquella pregunta:

--Una amiga muy conocida y muy querida desde la niez...

--Un amigo cuyo corazn no tuviese secreto para m...--dijo Magdalena.

--Buena, cariosa, inteligente.

--Elegante, generoso, de superiores dotes...

--Rica y noble...

--Noble y rico...

--En suma: todas tus perfecciones y todos tus encantos, Magdalena.

--En suma, todas tus cualidades, Amaury.

--Oh!--exclam con el corazn palpitante de gozo.--Si me amase una
mujer como t!...

--Dios mo!--exclam Magdalena palideciendo.--Habas pensado en m!

--Magdalena!

--Amaury!

--S! s! Te amo, Magdalena!

--Te amo, Amaury!

Esta doble exclamacin abri nuestras almas y ambos lemos a un tiempo
en nuestros corazones, rebosantes de amor.

Ay! Qu mal hago, Antoita, en evocar estos recuerdos! Son muy
gratos, pero son muy dolorosos tambin!

Tenga usted la bondad, cuando me conteste, de dirigirme la carta a
Colonia, desde donde le escribir mi prxima.

Adis, hermana ma! meme un poco y compadezca mucho a su hermano,

_Amaury_

--Es muy singular lo que me sucede!--deca para s Amaury mientras
cerraba la carta repitiendo _in mente_ su contenido.--De cuantas mujeres
conozco, Antoita sera la nica capaz de dar realidad a los ensueos
que acariciaba yo en otro tiempo, si esos ensueos no hubiesen dejado de
existir con Magdalena. Tambin Antonia es una amiga de la infancia,
hermosa, buena, inteligente, noble y rica... Pero, no es menos
cierto--aadi con melanclica sonrisa--que ni yo amo a Antoita ni ella
me ama a m.




XL

ANTONIA A AMAURY


5 de noviembre.

He estado otra vez en casa de mi to; le he vuelto a ver y he pasado en
su compaa un da parecido al del mes pasado. Hemos hallado en su
persona los mismos sntomas de abatimiento y he dicho y he escuchado
casi las mismas palabras que en la anterior entrevista; as, que casi no
puedo decir a usted nada nuevo que se refiera a su estado, pues de sobra
lo conoce.

Ni tampoco tengo nuevas noticias que darle en todo lo que a m afecta.

Con la bondad que le caracteriza me dice usted que quiere saber de
m.--Qu puedo yo decirle, Amaury? Slo Dios ve y juzga mis
pensamientos; y mis acciones se repiten a diario con una uniformidad,
con una monotona desesperante.

Durante el da me ocupo en los quehaceres domsticos y en las labores
propias de mi sexo: a ratos bordo y a ratos toco el piano.

Algunas veces vienen a visitarme los antiguos amigos de mi to y su
presencia rompe en tales ocasiones esta monotona de mi vida. Pero, si
he de ser sincera, dir que slo dos nombres oigo pronunciar con
agrado.

Es el primero el del conde de Mengis, pues l y su esposa se muestran
conmigo muy amables y me tratan como a una hija.

El segundo nombre, Amaury, es el de su amigo Felipe Auvray. Este es el
nico que sin ser sesentn tiene entrada en mi casa, y yo le recibo en
presencia de la seora Braun, naturalmente. Y si goza tal privilegio,
bien sabe Dios que no lo debe a su insulsa conversacin, sino a la
circunstancia de ser amigo de usted, hermano mo.

El me habla poco de usted, pero en cambio le hablo yo, y como l le
conoce tanto, aprovecho esa circunstancia y aun abuso de ella siempre
que viene a verme. Cuando entra me saluda, y si hay otra visita guarda
silencio con aire meditabundo y se contenta con mirarme de un modo tan
insistente que yo acabo por sentirme desazonada y molesta.

Si me encuentra sola con la seora Braun se muestra ms animado; pero
as y todo, me veo obligada a soportar casi todo el peso de la
conversacin, que indefectiblemente recae sobre Magdalena o sobre usted.

No debo ocultar esta confesin a un hombre de sentimientos tan nobles y
delicados como usted... El cario es el alimento del alma, y usted
constituye el nico afecto de mi infancia, el nico que hoy tengo y el
nico que me resta en lo futuro.

Con toda sinceridad le declaro que me consume este aislamiento en que
vivo, y del cual me quejo a usted porque en mi alma no cabe el
disimulo... Obro bien? No lo s; pero yo quisiera distraerme, salir,
frecuentar la sociedad... vivir, en suma.

Estas habitaciones me dan fro; en ellas tengo miedo, y al encontrarme
ante un busto marmreo o uno de esos inmviles retratos que adornan sus
paredes, resurge en m la Antoita de siempre. Temo que soy la misma,
Amaury!

El melanclico y tristn Felipe, goza el privilegio de que me ro de l
para mi fuero interno cuando le tengo en mi presencia, y con la seora
Braun cuando se ha marchado... A se no tengo que respetarle...

Puede usted reirme por esta tendencia a la burla que yo misma me echo
en cara, sobre todo tratndose de uno de sus mejores amigos. Puede usted
reirme, Amaury, pues es el nico capaz de corregir mis defectos si as
se lo propone... Pero no me gusta orle hablar de usted: querra orle a
usted mismo.

Cul es ahora su disposicin de nimo? En qu piensa? Qu siente?

Oh! Cun triste es mi posicin, colocada entre usted y mi to!... Me
espantan, me aniquilan, esos dos grandes dolores...

Tenga usted en m, hermano mo, un poco de confianza y no deje que mi
alma se consuma en tan triste soledad. Un espritu dbil que se asusta y
que llora merece alguna condescendencia.

A veces llego a envidiar la suerte de Magdalena. Ella dej este mundo
siendo amada y ahora es feliz all arriba, mientras que yo vivo
enterrada en la soledad y el olvido, ms odiosos que la tumba...

_Antonia de Valgenceuse._




XLI

AMAURY A ANTONIA


Colonia, 10 de diciembre.

Se queja usted, Antoita, de que le hablo poco de m. Ahora mismo voy a
castigarla escribindole una carta egosta hasta la exageracin.
Comenzar por dedicarme dos o tres pginas, y as tendr el derecho de
consagrarle luego algunas lneas. Quedar usted con ello satisfecha?

Ya estoy en Colonia, o mejor dicho frente a Colonia: en Deutz.

Desde mi balcn de la fonda de _Bellevue_ veo el Rhin y la ciudad.
Esta, al ponerse el sol, ofrece un aspecto por dems fantstico. El
astro del da se oculta detrs de ella y enciende el fondo del cuadro
haciendo destacarse las casas y las agujas de las iglesias entre
maravillosos efectos de claroscuro. El ro corre, y sus aguas
presentando variados reflejos, ya rojos, ya oscuros, siniestros casi
siempre, completan la sorprendente belleza de la esplndida puesta de
sol.

Yo me extaso ante ese cuadro que la catedral domina con sus dos
ciclpeas torres.

Cuando los arquitectos inspirados por la fe y pagados por la vanidad
humana hayan terminado su obra, ya el sol no podr hacer brillar la
majestad de Dios al travs del edificio transformando en horno
resplandeciente el abismo que forman los dos sublimes fragmentos de esa
magna obra del hombre.

Contemplo el cuadro con el inters de un artista.

Lo confieso: me gusta esta ciudad que a un tiempo es antigua y es
moderna, que es venerable y coqueta, que piensa y ejecuta. Ah! Por qu
Magdalena no ha de estar aqu conmigo para contemplar juntos esa puesta
de sol incomparable?...

Mi banquero me ha obligado a aceptar un vale que me da entrada en el
Casino. No asisto, por supuesto, a las veladas que all se celebran;
pero durante el da me paso largos ratos hojeando los peridicos en el
saln de lectura.

He de confesarle a usted, Antoita, que al principio me causaban
indecible repugnancia aquellas doce columnas que hacindose eco de
cuanto ocurre en el mundo no me decan ni una palabra de lo que a m me
interesaba. Esa sociedad parisiense que re y se divierte sin cesar, y
todo ese equilibrio europeo incapaz de alterarse por el ms hondo dolor
individual, me ponan colrico. Pero al fin hube de pensar:

--Qu puede importarle a ese mundo indiferente la muerte de mi pobre
Magdalena? Todo se reduce a que haya en la tierra una mujer menos y en
el Cielo un ngel ms...

Cun egosta soy! Empearme en verme acompaado en mi tristeza,
siendo as que no comparto la tristeza ajena!

Por fin he llegado a recorrer con mi vista las columnas de esos
peridicos que me causaban enojo y hoy los leo con cierta curiosidad...

Sabe usted que casi hace ya tres meses que falto de Pars? Con qu
rapidez transcurre el tiempo lo mismo para el dolor que para el
gozo!... Ah! A veces esta idea pone espanto en mi nimo. An me parece
ver a Magdalena, postrada en su lecho de agona, dndome una mano a m y
otra a su padre, mientras que usted trataba en vano de dar calor a sus
pies, invadidos ya por el fro de la muerte...

Existe, Antoita, una gran verdad que slo sabemos apreciar cuando
estamos en el extranjero, y es que la nica vida que tiene realidad es
la vida de Pars. En los dems pases del mundo se vegeta con ms o
menos actividad, pero se vegeta al fin. nicamente en Pars se agita el
espritu y progresan las ideas.

A pesar de reconocerlo as, Antoita, yo sera capaz de permanecer aqu
mucho tiempo si a mi lado hubiese una persona con quien hablar de ella,
si compartiese usted conmigo la contemplacin de estos cuadros
magnficos que a mi vista se ofrecen de continuo.

Ah! Si yo pudiese estrechar una mano cariosa en esas horas de mudo
arrobamiento que paso de pie ante mi balcn!... si me fuese dable el
ver reflejadas en una tierna mirada todas mis impresiones!... si
hubiese un alma a quien poder confiar mis pensamientos!...

Pero ay!... mi destino no lo quiere. Estoy condenado a vivir y morir
solo!...

Me pregunta usted, Antonia, qu me pasa... Qu quiere que yo le diga?
Debo entristecer con mis penas un corazn que con toda sinceridad se
rebela abiertamente contra la soledad que le hiela y manifiesta deseos
de compartir la vida de otro corazn que sienta lo que siente l?

Quiera Dios que se cumpla su deseo! Ojal encuentre usted esa alma
que la suya est buscando y al disfrutar todas las dichas del amor no
llegue a conocer sus tempestades! Porque, qu sera de usted, Antoita,
si se viese arrollada por la ola del infortunio, cuando yo, que soy
hombre, he sucumbido a su empuje irresistible?

Ah! Usted, Antoita, no conoce an el amor. El amor es fuente de goces
y de dolores, es embriaguez y fiebre, es elixir de vida y es ponzoa a
un mismo tiempo. Al embriagar mata. Cuando amamos, nuestro corazn deja
de latir en nuestro pecho para latir en el de otro... Renunciamos a
nosotros mismos para confundir nuestra existencia con otra formando
entre las dos una sola... Gozamos anticipadamente en la tierra de las
dichas celestiales...

Pero cuando la muerte arrebata una de las dos mitades de nuestra alma
trocando nuestro dulce paraso en un infierno de desesperacin y de
dolor, entonces todo ha concluido. A aquel que sobrevive slo le resta
una esperanza: la muerte, que al fin y al cabo rene en su da a los
seres que ella misma ha separado.

Usted, Antoita, rebosante de vida y juventud, dotada de gracia y de
hermosura, tiene derecho a disfrutar la dicha que de seguro le reserva
el porvenir. No se deje, pues, dominar por el dolor que a su to y a m
nos arrastra hacia el sepulcro... El sentimiento de haber perdido a una
hermana no debe abrir en su alma un abismo tan profundo como lo abre la
prdida de una novia, o de una hija.

Y sin embargo, pudiendo reemplazar con creces su afecto, est usted
tan triste!... Pobre Antoita! Comprendo lo que le pasa, conozco bien
su mal. La devora el amor; su espritu, queriendo desplegar la
actividad que hasta hoy se mantuvo en l latente, se revuelve y se agita
anheloso de tomar parte en las grandiosas luchas pasionales. Tiene usted
ansia de vida porque sta es para su ingenua inocencia un libro del que
apenas ha alcanzado a vislumbrar el prlogo, y que en sus pginas
encierra un misterio que lo atrae... En descifrarlo quiere usted
ejercitar las portentosas facultades con que Dios la dot... Nada hay
ms justo, Antoita: es muy legtimo y natural su deseo.

No se sonroje por ello, hermana ma; no se avergence de su destino y
de su naturaleza. Frecuente usted la sociedad y procure buscar en su
seno un corazn que sea digno del suyo. Yo, desde el umbral de la tumba
de Magdalena la seguir con fraternal mirada haciendo votos por su
felicidad.

Pero, encontrar usted, Antoita, ese corazn que pueda hacerla
dichosa?... Ay! Como el suyo hay pocos, por desgracia, y una decepcin
en esa materia, sera cosa terrible... Se aventura en ese albur la
existencia entera, y el peligro de errar aumenta con la amplitud del
campo en que se puede elegir... Hay que fiar la suerte de toda la vida
al capricho del azar, hay que seguir los impulsos de un instinto que
puede ser falaz, y eso es muy triste, Antoita...

Sea usted muy circunspecta; proceda con mucho tiento, y no olvide que
va en ello su felicidad... Ah! Si yo estuviera en Pars la guiara como
un hermano carioso, y a fe que habra de ser bien descontentadizo y que
sera preciso que el candidato a su mano reuniese en su persona prendas
no muy comunes para que yo le apoyase...

A usted, Antoita, nada le falta. Posee gracia, hermosura, fortuna,
nobleza; atesora todos los encantos de la Naturaleza avalorados por su
primorosa educacin moral. Y no sera cosa de entregar una joya tan
preciada a un hombre incapaz de comprender su valor.

Aunque sea a travs de la distancia, tmeme por confidente, Antoita.
Yo procurar hacerme cargo de las cosas y prevenir los acontecimientos,
pues desde lejos, lo mismo que desde cerca, soy de usted en cuerpo y
alma.

_Amaury._

P. S. Tenga mucho cuidado con Felipe. Le conozco bien y s que es muy
capaz de enamorarse de usted.

Es un ente ridculo; pero su propia ridiculez puede comprometerla. Yo
le comparo a una mquina que tarda en calentarse, pero que, cuando al
fin hierve, es siempre de temer una explosin.

Con toda sinceridad le confieso que no quisiera ver esa prosa mezclada
a la poesa, sobrado delicada para no empaarse a su contacto.


DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY

Dios me ha escuchado al fin. Gracias, Dios mo! Noto ya en mi ser un
germen de destruccin que dentro de pocos meses me conducir
indefectiblemente al sepulcro.

Creo que no ofendo a Dios dejndome aniquilar por la enfermedad que El
me enva; no hago ms que acatar sus designios.

Seor! Seor! Cmplase Tu voluntad, as en la tierra como en el
Cielo!

Magdalena, hija ma, agurdame!




XLII

ANTONIA A AMAURY


6 de enero.

Qu bien siente usted el amor, Amaury y cmo sabe expresarlo! Siempre
que leo su carta (y lo he hecho ya muchas veces) pienso en lo feliz que
era la mujer que logr inspirarle esa pasin y me causa honda tristeza
el considerar que toda su ternura y toda su abnegacin carecen ya de
objetivo en este mundo.

Me aconseja usted que frecuente la sociedad y busque en ella un afecto
capaz de llenar mi corazn... Para qu? Quin habra, entre todos
cuantos me dirigiesen palabras de amor, que pudiera ser para m un amigo
como usted lo ha sido para Magdalena y sigue sindolo, aun separado de
ella por la tumba? Ay! No hay que hacerse ilusiones: esas almas
caballerescas constituyen en nuestra poca raros casos de atavismo. Slo
veo en torno mo hombres dominados por bajas pasiones, indiferentes a
todo lo que no sea dar satisfaccin a su egosmo e incapaces de sentir y
comprender el amor en toda su grandeza.

As, he decidido, hermano mo, que todos mis bienes vayan a los pobres
cuando mi alma abandone su envoltura carnal. Por eso, Amaury, soy tan
chancera y jovial; riendo, me eximo de pensar y tomo a chacota lo que de
otro modo me pondra triste y de mal humor.

Pero dejemos a un lado ideas tan poco alegres y hablemos de Felipe
Auvray.

Esto s que es ya otra cosa. Acert usted, Amaury, al decir que era
capaz de amarme: Felipe me ama. An no me ha declarado su amor y doy
gracias por ello a la prudencia de su carcter, que no le deja llegar a
tamao atrevimiento; pero eso salta a la vista y estara yo ciega si no
lo hubiera advertido.

Le cree usted capaz de comprometerme, pero nada hay ms lejos de la
verdad. La triste figura que el pobre mozo hace siempre en mi presencia
basta para dar a comprender a cualquiera que si tiene trazas de
comprometer a alguien, es solamente a s mismo. Estoy segura de que
lucha con su pasin de un modo desesperado.

No me es molesto, aunque l lo est muchas veces, y hay momentos en que
me mueve a lstima.

Pobre muchacho! Le aseguro a usted, Amaury, que no es nada peligroso,
y le prometo que han de pasar ms de seis meses antes que el apocado
Felipe se atreva a hacerme la menor insinuacin amorosa.

No he credo necesario hablarle, a mi to de asunto tan balad. No es
cosa de molestarle con tan poco fundamento; el pobre est cada da ms
abatido y es muy de temer que no tarde mucho en reunirse con su hija. En
eso cifra l toda su dicha, que a m me arrancar muchas lgrimas el da
en que l la alcance.

Es indudable que est herido mortalmente, no s si a causa de la pena o
de alguna dolencia originada por la concentracin de su dolor.

Acerca de esto consult un da al doctor Gastn, aquel mdico joven a
quien usted concede gran talento, y l me dijo que todo trastorno moral
en que se complazca el enfermo tiene grave transcendencia, sobre todo a
una edad ya avanzada. Me pregunt si podra conversar siquiera cinco
minutos con mi to, asegurndome que con ello tendra suficiente para
examinar al doctor Avrigny y ver por los sntomas que le ofrezca si
adems de la pena que le consume padece en efecto una verdadera
enfermedad fsica.

Yo le promet hacer cuanto estuviera en mi mano para que celebrase esa
entrevista, pero aun no lo he logrado hasta la fecha. He dicho a mi to
que el doctor Gastn a quien l ha hecho nombrar mdico de palacio y que
es uno de sus discpulos ms queridos tena que consultarle acerca del
tratamiento que deba adoptar para con un cliente suyo; pero l, lejos
de caer en la red me contest:

--Ya s de quin se trata y no veo la necesidad de tal consulta. Dile,
hija ma, que es intil todo remedio, pues la enfermedad de ese cliente
es mortal.

Y al ver que yo no poda contener mis lgrimas, agreg:

--No llores, Antoita, no te intereses por esa persona. An le restan
algunos meses de vida y entretanto estar Amaury de vuelta.

Dios mo! Me asusto al pensar en que mi to pueda morir estando usted
tan lejos y yo aqu sola, absolutamente sola!

Echaba usted de menos una compaera con quien compartir el arrobamiento
que le produce la contemplacin de los magnficos espectculos que la
Naturaleza le ofrece a cada instante... No me es a m ms necesario un
amigo que confunda sus lgrimas con las mas? Yo tengo, s, ese amigo;
pero me separan de l la distancia y sus propios pesares, que lo alejan
de m ms que la distancia...

Por qu est usted tan lejos y tan solo, Amaury, amigo mo? Por qu
se condena voluntariamente a una soledad tan triste? Qu ventajas le
reporta el permanecer extrao a cuanto hay en torno suyo? Si usted
regresase sufriramos siquiera los dos juntos...

Oh! Vuelva, vuelva, usted, Amaury!... Se lo ruega su hermana,

_Antonia._


ANTONIA A AMAURY

2 de marzo.

Habindome dicho el seor conde de Mengis que un sobrino suyo al pasar
por Heidelberg se enter de que usted estaba en esa ciudad le escribo
esta carta confiando en que ser ms afortunada que las anteriores cuya
contestacin aguardo todava.

Qu es lo que le pasa, Amaury? Hace cerca de dos meses que nada s de
usted. Le he escrito en ese tiempo tres cartas y en todas le manifestaba
mi creciente angustia. Las ha recibido usted? Oh! Si hubiesen llegado
a sus manos, estoy segura de que no habra permanecido tan callado
sabiendo cunta pesadumbre me causa su silencio.

Al saber ahora que an vive y a dnde debo dirigirle mis cartas escribo
por cuarta vez. Si sta no obtiene respuesta inferir que soy importuna
y no volver a molestarle de nuevo.

Ay! Cun desgraciada soy, Amaury! Tres personas haba que me amaban,
y de ellas, una ha muerto, otra est al borde del sepulcro y la tercera
me olvida...

Es posible que quien posee un corazn tan noble y tan generoso tenga
tan poca compasin de los que sufren?

Si usted demora su vuelta y mi to muere antes de que sta se
verifique, yo ingresar en un convento.

Si no contesta a esta carta ya no volver a escribir. Amaury, tenga
usted compasin de su hermana!

_Antonia._


AMAURY A ANTONIA

10 de marzo.

No he recibido esas cartas de que usted me habla, Antoita, o por mejor
decir, no he querido recibirlas.

La penltima de ellas me caus una impresin tan terrible que sal de
Colonia sin itinerario fijo, impulsado solamente por la idea de huir del
mundo entero, hasta de usted misma...

Conque, el doctor Avrigny est en camino de desligarse de la msera
existencia antes que yo? Siempre ese hombre me ha de aventajar en
todo! Magdalena nos aguardaba a los dos y el que pretenda amarla con
ms vehemencia ser el ltimo en reunirse con ella!

Por qu su to, Antoita, no permiti que me quitase la vida? Por qu
detuvo mi brazo con aquel falaz argumento:? _A qu matarnos, si la
muerte ha de venir por si sola?_

En parte no le faltaba razn, puesto que l se est muriendo; pero o
nuestras naturalezas son distintas o l tiene la edad en su favor. Lo
cierto es que yo no puedo morir. Oh, Antonia! Usted con su carta ha
hecho brillar esta terrible luz en mi espritu. Poco a poco y sin darme
cuenta de ello he ido cediendo a las imperiosas exigencias de la
naturaleza y de la vida que de consuno reclamaban sus derechos.

De da en da ha ido siendo ms frecuente mi contacto con la sociedad
que me rodea, hasta que en una ocasin ech de ver que slo me
distingua de los dems hombres con quienes estaba reunido la gasa que
ostentaba en el sombrero. Al volver a casa encontr la carta en que
usted me pinta al padre de Magdalena prximo a reunirse con su hija,
mientras yo cada vez llevo ms alta la frente y me intereso ms por las
cosas terrenales.

Sern acaso distintos el amor de padre y el de amante? Ser el uno un
amor del cual se muere y el otro un amor que no nos mata?

He huido de Colonia porque all haba adquirido algunas relaciones y
sin quererlo yo mismo comenzaba a distraerme. He roto con todo y he
venido a refugiarme en Heidelberg, para escrutar aqu mi espritu y
juzgar en la soledad y el silencio la metamorfosis que en m se ha
efectuado durante estos seis meses. Se habrn agotado mis lgrimas a
fuerza de llorar y se habr cerrado mi herida por no tener ya sangre que
verter? Sera posible que yo llegase a curar? Oh! Msera humanidad!
Tan flacos somos que nada, ni siquiera el dolor, perdura en nosotros?

No lo s. Slo tengo por cierto que yo no puedo morir entregndome a mi
pena.

Queriendo sustraerme al bullicio de las poblaciones, me interno a veces
en las montaas y en el hermoso valle de Necker, en donde la naturaleza
inerte y majestuosa me brinda una paz y una tranquilidad que la
naturaleza viva y alegre de la ciudad no puede ofrecerme; pero tambin
all veo en los brotes de las plantas los preludios de la primavera,
tambin all se manifiesta la vida con todas sus energas en el
renacimiento universal que me rodea. Al buscar la muerte, encuentro por
doquier el esplendor de la vida, que se me muestra pujante y vigorosa.
Oh, sarcasmo cruel! Cuntas veces me echo en cara mi ruin cobarda y
cuan odiosa se me hace esa necia sociedad a la cual me cre superior en
un instante de insensato orgullo!

Hasta siento a veces tentaciones de ir a hacerme matar en frica, ante
el temor de que me falte la fuerza de nimo suficiente para darme la
muerte por m mismo.

No s si tengo cabal el juicio. Perdone usted, Antonieta, estas
incoherencias y con ellas mi silencio y el mal efecto que haya podido
causarle. Tenga usted en cuenta mis sufrimientos.

Recuerda usted el consejo que da Hamlet a Ofelia? Pues as como l le
dice: _Ingresa en un convento_, yo tambin siento deseos de decirle a
usted: _Get thee to a nunnery_.

S, Antoita. Encirrate en un convento, porque en el mundo no hay
juramentos eternos, ni dolores profundos ni amor duradero: todo aqu es
falso y fugaz. Tropezars con un hombre que parecer que te ama, que as
te lo jurar de buena fe, quiz, que querr morir contigo si tu mueres,
pero que lejos de ir a buscarte a la tumba, volver a los pocos meses a
verse pletrico de vida y de salud. _Get thee to a nunnery._

Deseo ver al padre de Magdalena antes que vaya a reunirse con su hija,
para caer de hinojos a sus pies y pedirle perdn. Ir, pues, a Pars; no
s cundo, pero ser antes del mes de mayo, yo se lo aseguro a usted.

Se acerca ya el buen tiempo; iniciarase la era de los viajes, y a las
orillas del Rhin, vendr a reunirse una sociedad de la que yo quiero
huir a toda costa. El mejor medio para evitar su encuentro, es
refugiarme en ese Pars que todo el mundo abandona en el verano.

Adems, all me lleva el deseo de verla a usted, a quien debo una
expiacin por mis culpas. Sus cartas, esas cartas que me han seguido y a
las que no he contestado, han conmovido mi ser. Al leerlas parceme
tener delante a una hermana cariosa, encantadora en su tristeza,
risuea y llorosa a un tiempo, pidindome estrecha cuenta por el
abandono de que en medio de mi dolor egosta la haca objeto,
olvidndome del suyo.

S, Antoita; quiero que usted me perdone, y para ello debo confiarle
mi suerte, someterme a sus generosas inspiraciones, y poner en sus manos
este pobre corazn abatido por el infortunio, lacerado por la pena.

_Amaury._


DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY

El doctor Gastn ha venido a visitarme pretextando querer celebrar
conmigo una junta; pero en realidad, con el solo propsito de verme. Ya
me explico su deseo: Antoita le ha dicho que estoy enfermo y l ha
querido examinarme.

Pero yo, sospechando la verdad, me he negado a recibirle. Quiero
guardar para m solo, substrayndolo a toda mirada extraa, el tesoro
que Dios se digna enviarme.

Mucho tiempo he pasado en la incertidumbre; pero hoy ya los sntomas no
ofrecen la menor duda: estoy atacado de una cerebritis, de una de esas
raras dolencias que siguen casi siempre a un dolor moral intenso.

Se me presenta magnfica ocasin de hacer en mi propio cuerpo estudios
que habrn de ser sumamente curiosos para la ciencia, pues nada hay ms
interesante para el mdico que seguir las fases que una enfermedad
recorre libremente al travs de un organismo humano sin tropezar con
trabas que traten de detener sus progresos.

Atravieso el primer perodo. En ocasiones noto que momentneamente he
perdido la memoria, y a este fenmeno suceden extraas exaltaciones,
dolores de cabeza, tan agudos como pasajeros, y contracciones parciales,
que con frecuencia, y cuando menos lo espero, me hacen caer en mi
asiento o privan de movimiento a mis brazos cuando los alargo en busca
de algn objeto.

De aqu a dos o tres meses todo habr terminado y no sufrir ya.

Dos o tres meses! Qu largo es ese plazo!

Mas, cun ingrato soy! Perdname, Dios mo!




XLIII


El 1. de mayo hacia las once de la maana como tena de costumbre,
lleg Antoita a Ville d'Avray, encontrando al doctor Avrigny inclinado
un grado ms, hacia la sepultura.

Desde algn tiempo ac notaba en aquella inteligencia, antes vigorosa,
extraas distracciones y algo as como un principio de insania.

El espritu se perturba como la vista a fuerza de mirar siempre hacia un
mismo objeto y as la nica idea que irradiaba en las tinieblas de
aquella triste existencia, la arrastraba como un fuego fatuo hacia los
abismos de la locura a fuerza de contemplar la muerte.

No obstante, el 1. de mayo, haciendo un supremo esfuerzo, y como
estimulado por la rapidez del tiempo, quiso informarse con mayor
solicitud an que en las anteriores visitas de la vida presente y de los
proyectos que su sobrina haba trazado para el porvenir.

Antonia procuraba evadir la conversacin siempre enojosa; pero el doctor
insisti diciendo con alegre y serena sonrisa:

--Oye, Antoita, no trates de engaarme, hazte cargo de la realidad.
Presiento ya mi fin, y mi alma que, en efecto, est ms impaciente que
el cuerpo, empieza por abandonar a intervalos este mundo para volar al
otro en ensueos y divagaciones. Este es mi estado y podrs creerme que
me congratulo de ello, porque el hecho de que un cerebro se rebele
contra mi voluntad es un sntoma de lcido y antes de que me abandone
del todo, quiero pensar en ti, querida hija de mi hermana, para que tu
madre me reciba all arriba con satisfaccin. Primeramente: A quin
sueles recibir en tu casa, Antoita?

La sobrina del doctor empez a nombrar a aquellas de sus antiguas
amistades que no haban cesado de visitar la casa de la calle de
Angulema, citando por ltimo a Felipe Auvray.

El enfermo recapacit.

--Ese Felipe Auvray no es amigo de Amaury?

--S, seor.

--Uno muy elegante?

--Oh! no, to.

--Pero joven y de gran posicin, no es eso?

--S.

--Noble?

--No.

--Te ama?

--Lo sospecho.

--Y t a l?

--Ni un comino.

--A eso se llama contestar categricamente. Pero, vamos! no amas a
otro?

--Mi pecho no alberga otro amor que el de usted, to--respondi la joven
suspirando.

--Antoita, eso no basta. Dentro de un mes o dos yo voy a dejar de
existir, y si slo me amas a m no quedar nadie que te ame.

--Oh! to de mi alma, espero que se habr usted equivocado.

--No lo creas, hija ma; no me equivoco: mis fuerzas me abandonan de da
en da. Todas las maanas cuando voy a despedirme de mi pobre
Magdalena, me da el brazo Jos, que tiene cinco aos ms que yo.
Afortunadamente--prosigui volvindose al cementerio,--esa ventana abre
por casualidad sobre su tumba, de suerte que a lo menos podr
contemplarla en el momento de morir.

En aquel momento dirigi los ojos hacia el lugar donde reposaba
Magdalena, y levantose de sbito, apoyando la mano sobre uno de los
brazos de su butaca con una fuerza inslita, exclamando con visible
emocin:

--Quin es aquel que est ante la tumba de Magdalena? Dime, quin es?

Despus sentose de nuevo, diciendo:

--Ah! no es un extrao: es l.

--Quin?--exclam Antoita precipitndose al exterior.

--Amaury!--respondi el doctor.

--Amaury!--repiti Antoita, apoyndose en el muro, porque se sinti
desvanecer.

--S. A su vuelta, ha querido hacer a esa tumba su primera visita.

Y dicho esto volvi a quedar el doctor en su inamovilidad y silencio de
costumbre.

Antoita qued asimismo muda e inmvil, mas por una causa totalmente
diversa. El doctor no senta nada; ella, en cambio, senta
excesivamente.

El que acababa de llegar era, efectivamente, Amaury, quien se haba
hecho llevar en seguida al cementerio. Una vez all se arrodill sobre
la tumba, or durante diez minutos y luego dirigiose hacia la la puerta
con nimo de retirarse.

Antoita experiment un extrao desfallecimiento, pues comprendi que
iba a entrar en la estancia.

Efectivamente, unos segundos despus, oyronse los pasos de alguien que
suba la escalera, abriose la puerta y apareci Amaury.

A pesar de estar advertida, Antoita no pudo reprimir un grito que
pareci despertar al doctor de su letargo y de su postracin.

--Amaury!--exclam Antoita.

--Amaury!--dijo tranquilamente el doctor, cual si se hubiese separado
la vspera de su pupilo.

Tendiole la mano y Amaury se le acerc y se postr ante l de hinojos.

--Bendgame, padre mo,--dijo.

El doctor puso, sin decir palabra, las manos sobre su cabeza.

Amaury permaneci unos momentos en esta posicin mientras sus ojos
vertan abundantes lgrimas. Antoita haca lo mismo; slo el viejo
permaneca impertrrito.

Por fin, levantose el joven y acercndose a Antoita le bes la mano.
Luego, los tres se contemplaron un instante en el mayor silencio.

El efecto que el doctor produjo a Amaury era de los ms deplorables.
Despus de ocho meses de ausencia le encontraba ms cambiado que si
hubiesen transcurrido ocho aos. Su pecho se haba encorvado, su frente
estaba llena de arrugas, la voz le temblaba, y sus cabellos se haban
puesto blancos como la nieve.

No era ya ms que una ruina.

Respecto a Antoita, no pareca sino que el tiempo, al trazar cada da
una nueva arruga en el rostro del anciano, haba aadido una gracia ms
al bello semblante de la joven.

En efecto, Antoita estaba ms encantadora que nunca y nada haba ms
hechicero que la elegante y ondulosa lnea de su talle. Las rosadas
ventanas de su graciosa nariz, aspiraban vidamente la vida, y sus
negros y rasgados ojos, parecan tan capaces de expulsar la melancola
como el gozo, tan fciles para la ternura como para la tristeza. Su
cutis tena la frescura y el aterciopelado del albrchigo; su boca el
carmn de la cereza; sus manos eran diminutas, blancas, mrbidas y
venosas; sus pies minsculos.

Amaury la estaba contemplando y no acertaba a reconocerla. Era una hur,
una musa, un hada, que apareca de pronto ante sus ojos.

Consista esto en que antao, cuando Antoita estaba cerca de Magdalena,
la miraba raras veces y sin ninguna atencin.

Por su parte, Antoita le encontraba muy cambiado, quiz mejorado. La
soledad no le haba perjudicado, y el pesar, en vez de ajar su
semblante, haba impreso en l un sello de gravedad que no le sentaba
mal. El hbito de pensar, que su turbulenta ociosidad no conoca, haba
dotado su mirada de una expresin ms profunda y ensanchado su frente.
Adems las largas excursiones por las montaas, haban fortificado su
organismo, como las ideas y reflexiones lo haban hecho a su vez con su
energa moral y su voluntad. La palidez de su rostro le haca ms
espiritual, ms serio y sencillo, ms hombre, en una palabra.

Al travs de sus entornados ojos, Antoita le contemplaba y senta
agitarse en su espritu mil confusos pensamientos.

El doctor rompi el silencio.

--Te encuentro mejor, Amaury--dijo,--y t tambin debes encontrarme
mejor a mi, no es verdad?--aadi con intencin.

--Efectivamente--respondi el joven:--es usted muy dichoso y le doy por
ello mi enhorabuena. Qu le vamos a hacer! Es la voluntad de Dios
manifestada por la Naturaleza que no tiene el hbito de obedecerme como
a usted. Ahora--aadi con gravedad,--estoy resuelto a vivir mientras al
Seor le plazca.

--Oh! Gracias, Dios mo!--dijo Antoita con las lgrimas en los ojos.

--Vas a vivir!--repuso el doctor.--Est bien. As te he conocido yo
siempre, sincero y animoso. Apruebo tu resolucin. Vive!

A decir verdad no ocultar que casi me avergenza el pensar que el dolor
del padre ha sido ms intenso y ms mortfero que el del novio, pero al
reflexionarlo con detencin pienso que quiz no es cosa tan admirable,
el sucumbir de pena, como el vivir en la viudez solo, grave y resignado,
tratando con generosa, bondad a los dems hombres, tomando parte en sus
actos sin menospreciarles, y en sus ideas sin que ejerzan en el nimo
influjo alguno.

--Esa, padre, es la vida, que quiero llevar, se es el papel que en
efecto me est reservado para el porvenir--dijo Amaury.--No es verdad
que el que haya aguardado ms, ser el que ms habr apurado el cliz de
amargura?

--Perdnenme--exclam Antoita, sintindose conmovida, por aquel
pugilato de estoicos.--Bien est que hablen as dos hombres, fuertes,
grandes y superiores, pero, tengan en cuenta que yo estoy aqu y no
puedo or estas cosas sin gran pesar de mi alma. Atiendan a que estn
ante una mujer dbil y medrosa, que no entiende nada de estas cosas,
pero a quien trastorna el tono en que estn pronunciadas.

Dejemos a Dios estas altas cuestiones de la vida y de la muerte, y
hablemos de su regreso, Amaury, de la alegra con que le vemos despus
de haberle esperado tanto tiempo.

Y diciendo esto la encantadora joven estrech candorosamente las manos
de Amaury. Luego estamp un beso en las plidas mejillas del doctor,
logrando as que aquellos dos filsofos se atemperaran a su humor ms
plcido y ms sereno.

--Vamos!--exclam el doctor,--ya que este da pertenece a mis hijos por
entero, hay que aprovecharlo bien. Muy pronto me ver en la
imposibilidad de repetir semejante oferta.

De este modo pudieron Amaury y Antoita renovar sus antiguas
conversaciones. Enterose el doctor de los propsitos del joven, poniendo
freno con la exquisita benignidad del talento reflexivo a las
exageraciones e instransigencias de la mocedad, y acogiendo las
ilusiones y ensueos con la amable sonrisa de la duda a que le daba
derecho su experiencia. En fin, no poda menos de ver con singular
contento cun nobles cualidades atesoraba aquel corazn de valor
inestimable, que no poda apreciar su propio poseedor.

Con acento de entusiasmo hablaba Amaury de su desilusin, con vehemencia
de sus extinguidas pasiones, diciendo que no quera vivir ms para s,
sino para los dems, pues no aceptaba la existencia ni poda
comprenderla sin una total consagracin al amor del prjimo.

El doctor aprobaba, tcitamente todas estas utopas y mova la cabeza
con grave continente al or tales ensueos. Su discrecin ocultaba su
juicio, pero su penetracin lo vea todo y lo apreciaba en su justo
valor.

Despus de comer tocole el turno a Antoita, que estaba entusiasmada de
ver a Amaury, tan noble, tan generoso y tan vehemente. Trat de su
suerte como haba tratado antes Amaury de la suya. Por la noche cuando
volvieron a encontrarse solos, dijo el doctor las siguientes palabras:

--Amaury, el infortunio ha madurado completamente tu juicio. A ti te la
confo para cuando yo haya dejado de existir. Lejos del mundanal
bullicio podrs en adelante juzgar a los hombres con mayor serenidad,
aconsjala, guala, s su hermano, en una palabra.

--Su hermano, s!--exclam Amaury con efusin,--un hermano adicto en
cuerpo y alma, se lo juro. Acepto, querido tutor, con gratitud, estos
deberes paternales que me impone su tierna solicitud, y a pesar de mi
juventud, prometo no abandonarla hasta que tenga a su lado un marido
digno de ella, que la ame de corazn.

Al or estas palabras baj Antoita los ojos con aire triste y
meditabundo, mientras el doctor deca con viveza.

--Cabalmente de eso estbamos hablando a tu llegada, Amaury. Sera para
m la dicha ms grande verla ante de abandonar este mundo, feliz y
amada en casa de un esposo amante y digno de ella. Vamos a
ver, Amaury, no conoces a alguno que pudiese llenar este fin?

Amaury permaneci silencioso.

--Qu contestas a eso?--insisti el anciano.

--Que es sta una cuestin muy grave y vale la pena de meditarla con
calma. Conozco a la mayora de los jvenes de la nobleza...

--Vamos a ver: nombra algunos.

El joven busc los ojos de Antoita para interrogarla, pero sta apart
rpidamente la mirada.

--Arturo de Lancy, por ejemplo--dijo Amaury al verse en la precisin de
contestar.

--No me disgusta--respondi el doctor;--es joven capaz y arrogante,
tiene buen apellido y adems brillante posicin.

--Es verdad: pero no me atrevera a recomendar este partido a Antoita;
es un libertino de costumbres muy relajadas que cifra todo su orgullo en
la pretensin de pasar plaza de seductor como Novelace o don Juan
Tenorio. Eso podr satisfacer a los alocados como l; pero, francamente,
sera una garanta muy dbil para la futura felicidad de Antoita.

Esta respir, dirigiendo a Amaury una mirada de agradecimiento.

--No hablemos ms de l--dijo el doctor.--Ctanos otro.

--Gastn de Sommervieux...

--Tampoco me desagrada, es tan noble y rico como franco, y tengo
entendido que es un joven modesto, serio y de buenas costumbres.

--Ciertamente, pero ya que le enumeraron a usted todas sus cualidades
podan haber aadido un defecto capital. En toda su afectacin y
aparatosa dignidad no hay ms que un brillo superficial, y puedo
garantizarle que es un necio completo y un personaje vulgar.

--Calla!--exclam el doctor como evocando un remoto recuerdo.--No me
presentaste un da a un tal Leoncio de Guerignou?

--S--respondi Amaury, sonrojndose.

--Ese joven me pareca destinado a hacer brillante carrera. No es
consejero de Estado?

--Es cierto; pero no es rico.

--Antoita lo es por los dos.

--Adems--prosigui Amaury, no sin cierta acritud,--parece que su padre
no desempe un papel muy honroso en la Revolucin.

--Su abuelo, querrs decir en todo caso; y adems, aunque esas hablillas
tuviesen fundamento, hoy no se hace ya a los hijos responsables de las
faltas de los padres. As es que puedes presentar ese joven a Antoita
por medio del seor de Mengis y si le place...

--Ah! qu olvidadizo soy!--exclam Amaury, dndose una palmada en la
frente.--Est visto que unos meses de ausencia han bastado para hacerme
perder por completo la memoria. Olvidaba que Leoncio jur vivir y morir
en el celibato. Es un propsito monomanaco y las ms adorables y
aristocrticas beldades del barrio de San Germn se han estrellado en su
sistemtica esquivez.

--Pues bien!--dijo el doctor.--Tendremos que acudir a Felipe de
Auvray?

--Ya le he dicho, to mo...--interrumpi Antoita.

--Deja hablar a Amaury, hija ma.

--Querido tutor--contest Amaury con visible malhumor,--no me pregunte
nada que ataa a ese Felipe a quien no volver a ver en mi vida.
Antoita le ha recibido a pesar de mis consejos y puede recibirle
todava, si le parece bien, pero yo no podr perdonarle su indigno modo
de olvidar.

--Olvidar a quin?--pregunt el anciano.

--A Magdalena, seor.

--Cmo! Magdalena?--exclamaron a un tiempo el doctor y Antoita.

--S. En dos palabras van a conocer a ese hombre: Amaba a Magdalena; l
mismo lo confes y hasta me suplic que la pidiese para l en
matrimonio, precisamente el mismo, da en que acababa usted de
concederme su mano. Pues bien! hoy ama a Antoita como haba amado a
Magdalena y como haba amado a otras diez. Juzgue, pues, de la confianza
que puede merecer un carcter tan voluble que borra en menos de un ao
una pasin que l aseguraba ser eterna.

Antoita baj la cabeza ante esta profunda indignacin de Amaury y
permaneci como aterrada.

--Eres muy severo, Amaury--dijo el doctor.

--Oh! s muy severo--aadi tmidamente Antoita.

--Le defiende usted, Antoita?--exclam vivamente Amaury.

--Defiendo a nuestra pobre naturaleza humana--contest la joven.--No
todos los hombres, Amaury, tienen su alma inflexible y su inmutable
constancia. Debe usted ser ms generoso compadeciendo las debilidades de
que no participa.

--Segn eso--replic Amaury,--Felipe encuentra indulgencia en su
corazn... Y es Antoita...

--Quien tiene razn--dijo el doctor terminando la frase.--- Condenas con
demasiado rigor, Amaury.

--Pero me parece...--replic ste con vehemencia.

--S--interrumpi el anciano,--tu apasionada edad no es clemente, lo s,
y no quiere transigir con las debilidades del corazn humano. Yo en mi
vejez, he aprendido a ser indulgente y ya experimentars quiz algn da
a tu costa que las ms indomables voluntades se doblegan con el tiempo y
que en el juego terrible de las pasiones el ms fuerte no puede
responder de s mismo; el ms orgulloso no puede decir: Yo ser el
mismo maana.

No juzguemos, pues, severamente a nadie, a fin de no serlo a nuestra
vez; el destino es el que nos conduce y no nuestra voluntad.

--De ese modo--exclam Amaury,--me supone capaz de olvidar algn da a
Magdalena?

Antoita palideci.

--Nada supongo, Amaury--dijo el anciano meneando la cabeza;--- he
vivido, he visto y s. Sea de esto lo que quiera, puesto que has
aceptado el papel de padre joven de Antoita, procura, amigo mo, ser
ante todo misericordioso y bueno.

--Y no me reprenda--aadi Antoita con ligero acento de amargura,--el
haber confesado un instante que despus de haber amado a Magdalena poda
amarse a otra. No me reprenda: estoy arrepentida.

--Ah! Quin puede reprenderla, Antoita, ngel de dulzura?--dijo
Amaury, que no haba reparado en el amargo sentimiento que haban
inspirado sus palabras en la joven.

En aquel momento Jos, fiel a la consigna dada, vino a anunciar que ya
era la hora de partir y que estaba listo el coche que deba conducir a
Antoita.

--Acompao a Antoita?--pregunt Amaury al doctor.

--No, amigo mo--replic el doctor.--A pesar de tus funciones
paternales, eres muy joven todava, y es preciso conservar ante el mundo
el ms estricto decoro.

--Pero le advierto--dijo Amaury.--que ya he despachado el carruaje en
que he venido.

--No tengas cuidado: queda otro coche a tus rdenes. Aun hay ms: como
no puedes continuar viviendo en la calle de Angulema y como sin duda
quieres visitar a Antoita en Pars, te suplico que no le hagas visita
alguna sin ir acompaado de alguno de mis ms ntimos amigos. Mengis,
por ejemplo, va a verla tres veces por semana y a horas fijas. El puede
acompaarte y lo har con mucho gusto, como lo ha hecho siempre con
Felipe.

--De ese modo, se me considera como una persona extraa?

--No, Amaury; eres mi hijo, a mis ojos y a los de Antonia; pero a los
del mundo, eres un joven de veinticinco aos y nada ms.

--No dejar de ser divertido, encontrarme sin cesar a ese Felipe que no
puedo sufrir y que pensaba no volver a ver jams.

--- Oh! djele venir--exclam Antoita,--aunque no sea ms que para
hacerse cargo del recibimiento que le hago y convencerse de que es muy
difcil el tratar de desanimarle cuando persiste en sus visitas.

--De veras?--dijo Amaury.

--Juzgar usted mismo.

--Cundo?

--Desde maana, el conde de Mengis y su esposa quieren consagrar a su
pobre reclusa las tertulias de los martes, jueves y sbados. Venga
maana que es sbado.

--Maana...--murmur Amaury vacilando.

--Oh! venga, venga, se lo suplico--insisti Antoita.--Hace tanto
tiempo que no nos vemos que debemos tener muchas cosas que decirnos.

--Ve, Amaury, ve--dijo el anciano.

--Pues bien, hasta maana, Antoita--dijo el joven.

--Hasta maana, hermano mo--respondi Antoita.

--Y yo, hijos mos, hasta dentro de un mes--dijo el doctor, que haba
escuchado su discusin con melanclica sonrisa;--y si durante este mes
soy necesario por cualquier motivo, tendr abierta mi casa para ambos.

Y apoyado en el brazo de Jos, los acompa hasta sus coches
respectivos.

Cuando se disponan a partir, les dio un abrazo, y les dijo:

--Adis, amigos mos.

--Adis, nuestro buen padre--contestaron los jvenes.

--Amaury--exclam Antoita, en tanto que Jos cerraba la
portezuela,--acurdese de los martes, jueves y sbados!

Y dirigindose al cochero, le dijo:

--Calle de Angulema.

--Calle de Maturinos--dijo Amaury al suyo.

--Y yo--murmur el doctor, despus de haberlos visto alejarse,--y yo al
sepulcro de mi hija.

--Y apoyado en el brazo de su fiel criado, el anciano tom el camino del
cementerio para ir, como todos los das, a dar las buenas noches a
Magdalena.




XLIV


Al siguiente da se present Amaury en casa del conde de Mengis, el cual
no era un extrao para l, por haberle visto ms de veinte veces en casa
del doctor Avrigny. Verdad es que sus relaciones haban sido fras y
puramente corteses; hay cierto imn que atrae a la juventud hacia la
juventud, mientras que por el contrario hay cierta repulsin que aleja
al joven del viejo.

Una carta de Antoita precedi a Amaury en casa del conde, pues la joven
haba querido advertir a su anciano amigo de las intenciones del doctor
Avrigny, en cuanto al papel de protector que haba dado, o ms bien
dejado tomar a su pupilo, y prevenir de este modo preguntas, dudas o
admiraciones que hubieran podido embarazar u ofender a Amaury.

--Me alegro mucho--le dijo el conde,--- de que mi pobre y querido doctor
me haya dado por compaero en la tutela oficiosa de Antoita un segundo
que merced a su juventud, sabr leer mejor que yo en un corazn de
veinte aos y que, por el privilegio que goza de ver a Avrigny, podr
instruirse sobre los planes de mi amigo.

--Ay, caballero!--respondi Amaury con triste sonrisa.--Mi juventud ha
envejecido mucho desde que no tengo el honor de verle y he echado de
menos tantas cosa en mi propio corazn durante los seis meses que acaban
de transcurrir, que no s en verdad si ser bastante hbil para sondear
el corazn de los dems.

--S, ya s--respondi el conde,--la desgracia que le ha sobrevenido y
comprendo cun terrible ha sido para usted ese golpe. Su amor a
Magdalena era uno de esos amores fuertes que ocupan todo el lugar en la
vida; pero cuanto ms amase a Magdalena ms imperioso es el deber que
tiene de velar sobre su prima, sobre su hermana, porque as era, si mal
no recuerdo, como Magdalena llamaba a nuestra querida Antoita.

--S, seor; Magdalena amaba santamente a nuestra pupila, aunque durante
los ltimos tiempos esta amistad pareci entibiarse. Pero el mismo
Avrigny deca que esto era una aberracin de su enfermedad, un capricho
de su delirio.

--Pues bien, hablemos seriamente. Nuestro querido doctor desea casarla,
no es eso?

--As lo creo.

--Y yo estoy seguro. No le ha hablado a usted de cierto joven?

--Me ha hablado de varios.

--Pero del hijo de uno de sus amigos?

Amaury vio que no poda retroceder.

--Ayer pronunci delante de m el nombre del vizconde Ral de Mengis.

--De mi sobrino? S; s que tal es el deseo de nuestro querido Avrigny.
Tambin sabe que yo pens en Ral para Magdalena?

--S, seor.

--Ignoraba que Avrigny estuviese comprometido con usted; pero a la
primera palabra que me dijo de este compromiso, retir, como sabe, mi
peticin. Confisole que casi la he renovado respecto a Antoita, y mi
pobre anciano amigo me ha contestado que por su parte no pondra
inconveniente alguno a este proyecto. Podr obtener el asentimiento de
usted como he obtenido el suyo?

--Sin duda ninguna, seor conde--replic Amaury con cierta turbacin;--y
si Antoita ama a su sobrino... Pero perdone, no estaba agregado el
vizconde a la embajada de San Petersburgo?

--En efecto, ejerce en ella el cargo de secretario segundo; pero ha
obtenido licencia.

--Entonces, va a venir?--pregunt Amaury, no sin cierta brusquedad.

--Lleg ayer, y voy a tener el honor de presentrselo, porque hele aqu
que entra.

Efectivamente apareci a la sazn en el umbral de la puerta un joven
alto, moreno, de semblante tranquilo y fri y vestido con elegancia;
luca en su solapa la cinta de la Legin de honor, de la estrella Polar
de Suecia y de Santa Ana de Rusia.

Amaury, a la primera ojeada, detall todas las ventajas fsicas de su
compaero en diplomacia.

Ambos jvenes, cuando el conde de Mengis pronunci sus nombres, se
saludaron framente; pero como para ciertas personas, la frialdad es uno
de los elementos de los buenos modales, el conde no observ ese desvo
que su sobrino y Amaury se manifestaban, al parecer por instinto, el uno
al otro.

Sin embargo, cambiaron algunas frases corrientes. Amaury conoca mucho
al embajador que protega a Mengis. Hablaron principalmente del concepto
de que disfrutaba la legacin francesa en la corte del imperio
moscovita, haciendo el vizconde grandes elogios del Zar.

Al empezar a languidecer el dilogo, anunciaron a Felipe Auvray.

Como hemos dicho, tena la costumbre de ir a casa del conde de Mengis
los martes, jueves y sbados, para acompaarle a visitar a Antoita;
costumbre que haba acabado por hacerse muy agradable a la anciana
condesa.

Amaury recibiole no solamente con frialdad, sino con altanera.

Felipe, al ver a su antiguo camarada, cuyo regreso ignoraba, se dirigi
hacia l alborozado, acercndosele con afectuosa familiaridad; pero
Amaury no correspondi ms que con un ligero movimiento de cabeza, y
como el otro siguiese cumplimentndole muy corts y obsequioso, le
volvi completamente la espalda y apoyose en la chimenea, aparentando
concentrar toda su atencin sobre unos objetos de fantasa que decoraban
la sala.

Sonriose imperceptiblemente el vizconde, mirando a Felipe, quien con
ojos azorados y con el sombrero en la mano, permaneca clavado en su
sitio como pidiendo el socorro de un alma caritativa.

Por fortuna entr en esto la condesa, y Felipe, sintindose salvado,
acercose presuroso a ofrecerle sus respetos.

--Seores--dijo el conde,--no cabemos los cinco en el coche; pero, si no
me equivoco, Amaury ha trado su cup.

--As es--exclam Amaury.--Puedo ofrecer un asiento al seor vizconde.

--Iba a pedirle ese favor--dijo el seor de Mengis.

--Ambos jvenes se saludaron.

Amaury, como puede inferirse, se apresur tanto a ofrecer al vizconde su
asiento en su cup, temeroso de que le endosaran a Felipe.

Pero, al fin, se arregl todo. Felipe subi a la vetusta berlina de los
condes, y Ral y Amaury siguieron en el cup de este ltimo.

Llegaron a la casita de la calle de Angulema en la cual Amaury no haba
puesto los pies haca ocho meses: los criados eran los mismos y al verle
prorrumpieron en exclamaciones de alegra, a las cuales respondi Amaury
vaciando sus bolsillos con amarga sonrisa.




XLV


El conde de Mengis detvose en la sala, y dijo:

--Seores, les prevengo que van a encontrar al lado de Antoita a seis
de mis contemporneos a quienes tiene encantados, y que han tomado la
resolucin de consagrarle con puntualidad tres noches por semana; es
preciso adems que para agradar a Antonia los jvenes complazcan a los
viejos. Ahora, seores, ya estn avisados.

Entremos, si les place.

Ya se comprender que tertulias formadas por una joven de veinte aos y
por ancianos de setenta seran muy sobrias y sobre todo poco ruidosas;
dos mesas de juego en un rincn, los bastidores de bordar de Antonia y
de la seora Braun en medio del saln y sillones al rededor para los que
preferan al _wist_ o al boston, la conversacin; tales eran los
accesorios de aquellas sencillas reuniones.

A las nueve se tomaba el te; a las once cada uno estaba ya en su casa.

Ya sabemos que Felipe era el nico joven que hasta entonces haba sido
admitido en aquel santuario. Pues as y todo, con elementos tan
montonos, Antoita haba hecho confesar a sus amigos sexagenarios que
jams haban gozado de mejores tertulias que las de su casa, aun en
tiempos en que sus cabellos blancos eran negros o rubios. Ciertamente,
era un hermoso triunfo y para alcanzarlo haba necesitado Antoita
valerse de su encanto seductor, de su carcter risueo y de su
amabilidad exquisita.

La impresin de Amaury al entrar en el saln fue profunda. Antonia
estaba sentada en el mismo sitio donde acostumbraba sentarse, pero
tambin era donde se sentaba Magdalena. Un ao haba transcurrido,
cuando Amaury entrando de puntillas en el saln, asust a las dos primas
que lanzaron al verle un chillido. Ay! esta vez nadie grit; solamente
Antoita al escuchar los nombres sucesivos de las personas que entraban,
no pudo menos de ruborizarse y temblar oyendo el de Amaury. Pero como
puede suponerse no deban limitarse a esto las emociones de los dos
jvenes. Recurdese que el saln caa al jardn. El jardn, pues, deba
encerrar para Amaury un mundo de recuerdos. En tanto que se organizaban
las partidas del _wist_ y del boston, mientras que los aficionados a la
charla se agrupaban alrededor de Antoita y de la seora Braun, Amaury,
que no poda olvidar completamente que estaba a inedias en su casa, se
desliz y sali al corredor y desde all al jardn.

El cielo estaba estrellado; el aire era tibio y embalsamado. Sentase a
la primavera batir sus alas al cernirse sobre el mundo. La, Naturaleza
esparca por toda la creacin esa vida que se respira con las primeras
brisas de mayo. Despus de algunos das magnficos y de algunas noches
serenas, las flores se apresuraban a abrir sus cauces y las lilas
estaban casi agostadas.

As, que Amaury no encontr en aquel jardn las emociones que iba a
buscar en l. All como en Heidelberg su vida estaba en todas partes y
en todo. El recuerdo de Magdalena moraba en aquel jardn indudablemente,
pero tranquilo y consolador. Magdalena era la que le hablaba en la
brisa, la que le acariciaba en el perfume de las flores, la que sujetaba
su vestido a las espinas de aquel rosal, cuyas rosas haba ella
arrancado tantas veces. Pero todo esto distaba mucho de ser triste y
melanclico y ms bien toda aquella emanacin de la joven era alegre y
pareca gritar a Amaury:

--No te muerto, Amaury. Hay dos existencias: una sobre la tierra y otra
en el Cielo. Desgraciados los que estn todava encadenados a la tierra
y bienaventurados los que se encuentran ya en el Cielo!

Amaury crea hallarse bajo el peso de un encanto; avergonzbase de s
mismo al sentir tan dulce impresin por verse en aquel jardn, paraso
de su infancia, unida con la de Magdalena. Visit el bosque de tilos
donde por primera vez se dijeron que se amaban y los recuerdos de este
primer amor le parecieron llenos de encantos, pero desnudos de toda
doliente impresin. Sentose entonces bajo el pabelln de lilas, en aquel
banco fatal donde haba dado a Magdalena el mortal beso.

Trat de llenar su memoria con los detalles ms punzantes de su
enfermedad: habra dado cualquier cosa por sentir correr nuevamente por
sus mejillas las copiosas lgrimas que seis meses antes haban brotado
de sus ojos; pero stos se haban secado ya. Sinti que se apoderaba de
su ser una voluptuosa languidez; cerr los ojos; se concentro en s
mismo; oprimiose el corazn para sacar de l algunas lgrimas; pero todo
fue intil.

Pareca que Magdalena estaba a su lado; el aire que pasaba sobre su
rostro era el soplo de la joven; racimos de bano que acariciaban su
frente eran sus cabellos flotantes; la ilusin era extraordinaria,
inaudita, viva; parecale sentir hundirse el banco en el cual estaba
sentado, como si un dulce peso hubiese venido a aumentar el suyo; su
boca estaba jadeante, su pecho se levantaba y hunda; la ilusin era
completa. Murmur algunas palabras incoherentes y alarg la mano...

Otra mano tom la suya.

Amaury abri los ojos y lanz un grito de terror. Una mujer estaba a su
lado.

--Magdalena!--exclam.

--Ay! no--respondi una voz;--es Antoita.

--Oh, Antoita!--exclam el joven estrechndola contra su corazn y
hallando en la plenitud de una alegra sobrado grande tal vez, las
lgrimas que haba buscado en vano en su dolor.--Ya lo ve usted; estaba
pensando en ella.

Este era el grito del orgullo satisfecho; haba all una persona para
ver llorar a Amaury y Amaury lloraba. Haba una persona a la cual poda
contar lo que sufra y lo dijo con tan sincero acento que casi lleg a
imaginarse que l mismo crea en la sinceridad de su dolor.

--S--dijo Antoita,--por lo mismo que he sospechado que estaba usted
aqu entregado al dolor, he venido a suplicarle que venga a la sala.

--Ir. Deje usted solamente que se sequen mis lgrimas.

Comprendiendo Antoita que poda notarse su ausencia desapareci ms
ligera que una gacela. Amaury sigui con los ojos la estela de su
vestido blanco y viola subir la escalera, rpida y fugitiva como una
sombra; en seguida se cerr tras ella la puerta que daba acceso a la
casa.

Diez minutos despus, cuando Amaury entr en el saln, el conde de
Mengis fij en l su mirada compasiva y dijo a su mujer que reparase en
los ojos enrojecidos del joven.




XLVI


Creemos haber hecho en el ltimo captulo el elogio del constante buen
humor de Antoita, y, una de dos; o han sido prematuras nuestras
apreciaciones, o la llegada de los flamantes huspedes turb el estado
de beatitud y calma de su espritu, que repentinamente se torn
caprichoso y verstil.

Es lo cierto que en el breve, transcurso de un mes cambiaron tres veces
de objeto las atenciones y preferencias de Antoita, y a fuer de meros
cronistas nos limitaremos a consignarlo as.

Como reinaron los emperadores bizantinos, cuya historia est formada por
tres perodos, a saber: triunfo, decadencia y ruina, as Amaury, Ral y
Felipe gozaron sucesivamente durante diez das cada uno la privanza de
Antoita.

De tan efmeros reinados vamos a dar algunas noticias incompletas, que
seguramente el lector sabr complementar con discrecin y perspicacia.

En las cuatro veladas que siguieron a la ya consignada, el que obtuvo
mejor acogida fue, sin duda, Amaury, a pesar de la inteligencia y
habilidad con que Ral despleg las galas de su ingenio para hacerse
agradable. En cuanto a Felipe, diremos que pas inadvertido, anulado en
absoluto, por el brillo de sus dos rivales, y por lo que toca a Antoita
ser justo consignar que, otorgando el premio de sus atenciones a tenor
del mrito de los solicitantes, estuvo encantadora con el primero,
graciosamente amable con el segundo, y framente corts con el tercero.

Organizadas las partidas de juego y generalizada la conversacin,
procuraba siempre Amaury ocupar el asiento ms prximo a Antoita, y
aconteca que en medio de la garrulera de los dems, ellos dos,
conversando en voz baja parecan silenciosos; tan quedamente departan.

Como Antoita manifestase deseos de leer un libro italiano titulado _Le
Ultime Lettere di Jacopo Ortis_, Amaury, que tena esa obra en su
biblioteca, y entre las ms estimadas por cierto, fue al da siguiente a
entregrsela a la seora Braun; pero habindose encontrado por
casualidad con Antonia en la antesala, no pudo menos de cambiar con ella
algunas palabras.

Otro da, encargose Amaury de buscar autgrafos notables para llenar un
lbum de Antoita; algn tiempo despus, como tardase mucho Froment
Messrice, el Benvenuto Cellini de la poca, en cincelar una pulsera para
la joven, Amaury se la llev triunfalmente despus de arrebatrsela al
artista, y por fin, cierta noche que jugaba distrado con una llavecita
de oro se la guard por distraccin en el bolsillo, vindose obligado al
otro da por la maana a devolverla por si Antoita la necesitaba.

No par todo en esto. Durante su viaje por Alemania, Amaury no haba
montado a caballo, o por lo menos no lo haba hecho en caballo de su
gusto y estaba deseoso de cabalgar, tanto como puede estarlo un buen
jinete privado por largo tiempo de su ejercicio favorito; as, todas las
maanas sala a pasear sobre su fiel _Sturm_, dando sus matinales paseos
a capricho del noble bruto que pareca seguir con fruicin el mismo
camino que en otro tiempo. As, pues, nadie extraar, que Antoita, ya
que ella madrugaba ms que la pobre Magdalena, contestase cotidianamente
desde la ventana por donde pocos meses antes haba presenciado la
partida del joven y de su to, al amable saludo de Amaury, saludo
siempre acompaado de una sea o de una sonrisa.

Desde aquel instante el inteligente _Sturm_ disponase a cambiar la
marcha, y apenas doblaba la esquina parta al galope, repitindose los
mismos hechos a la vuelta. El instinto de _Sturm_ era admirable.

Despus del interminable invierno que haba pasado Amaury en Alemania,
sentase renacer a nueva vida y era su corazn tan sensible como en la
adolescencia. Se senta feliz, aunque no acertaba a dar con la causa de
su dicha, y alzaba con gallarda su frente tanto tiempo inclinada bajo
el peso del dolor y el desengao, hallndose ms dispuesto a la
indulgencia con los dems y ms enamorado de la existencia.

Pero un da desvaneciose el encanto. Habindose mostrado Amaury ms
galante que nunca y ms delicadamente afectuoso con Antoita, renovando
sus apartes con ms frecuencia que otras veces y prolongndolos como
nunca, el conde, que aunque pareca absorto en el juego, lo vea todo,
acercose a Antoita al despedirse y le dijo despus de besarla en la
frente:

--Oiga, usted, hipocritilla: Por qu tena tan callado que Amaury, el
inconsolable disfrazado de hermano, proceda como novio tratando de
pasar por tutor para mejor cortejar a su pupila? Qu diantre! Todava
no es tan viejo que pueda asemejarse a un Bartolo, ni yo tan necio que
me resigne a desempear el papel de Geronte. Vaya! vaya!... Pero no se
sonroje usted por eso, porque nada de censurable hay en que l la ame.

--Si fuese cierto, seor conde, lo que usted dice--afirm con entereza.
Antoita si bien cubri su semblante una fugitiva palidez,--no hara
bien en ello, porque yo no le amo.

Un movimiento repentino del conde revel en ste la sorpresa y la duda
que le produjeron las palabras de su interlocutora; pero al ver que
alguien se les acercaba, se retir prudentemente sin hablar ms. Desde
aquel momento empez el perodo de triunfo para Ral, y el de decadencia
para Amaury. Como aqul era despus de ste el ms prximo y asiduo de
todos los admiradores de Antoita, ella le dedic sus ms amables
sonrisas, sus ms insinuantes miradas, sus ms expresivas palabras y
animadas conversaciones. Esto caus desde luego la estupefaccin de
Amaury, quien al siguiente da, al llevar a Antoita una romanza que
ella le haba pedido haca una semana, fue recibido por la seora Braun;
y aunque no dej de volver los das siguientes con varios pretextos, no
pudo ver a la graciosa y tornadiza joven, sino a la fra y enjuta seora
de compaa.

Por ms que sigui pasando como antes todas las maanas por delante de
la ventana, sta no se abri, y sus cortinas siempre corridas parecan
indicar que tenan la misin de velar el rostro de su bella propietaria.
No hay que decir si Amaury estara desesperado, mientras Felipe
representaba como siempre su papel secundario, pasivo y silencioso.

Amaury se aproxim a l en cierto modo y le mostr algo mejor semblante,
por lo cual el buen muchacho no saba cmo demostrar su agradecimiento,
pues en presencia de su antiguo compaero pareca un culpable necesitado
de ajena indulgencia: le oa con respetuosa y afectada atencin,
aprobando en silencio cuanto Amaury le contaba.

Este no paraba mientes en tan deferente amabilidad y no tena ojos sino
para fijarse en los galanteos cada da ms asiduos de Ral de Mengis, y
en sus progresos, visibles por momentos.

Antoita se preocupaba de l casi exclusivamente, y le trataba con ms
intimidad que a los otros, al paso que colocaba en segundo lugar a
Felipe; y por lo que toca a Amaury casi no podra decirse que fuese el
tercero en la serie de las preferencias de Antoita, por lo que el grave
tutor juzg que era impertinente semejante conducta, y a la quinta
noche, aprovechando un momento de general distraccin, acercose a
Antoita, y en voz baja y con amargo acento le dijo:

--Sabe usted, Antonia, que manifiesta honrar con muy poca confianza a
un amigo y a un hermano, ya que tal me considero? Conoce usted, sin
duda, el proyecto del conde de Mengis y aprueba su plan de casarla con
su sobrino...

Antoita manifest su desagrado con un ademn.

--Si no lo censuro! pero entiendo que no hay motivo para que se aparte
usted de m, rehuyendo mi presencia como la de un importuno que la
molestase, slo por haber hallado el hombre que sin duda llena sus
aspiraciones. Yo apruebo su eleccin, pues opino que no es posible
hallar un hombre a la vez ms inteligente, noble y rico que el vizconde
de Mengis.

Escuchaba estas palabras con asombro Antoita, pero no sabia con qu
razones interrumpirlas ni impugnarlas; slo cuando Amaury hubo concluido
pudo exclamar:

--Casarme con el vizconde!...

--Y por qu no? A qu fingir as?--dijo Amaury.--Yo no he de hallar
extrao que le haya dicho a usted lo mismo que a m me ha revelado;
mxime, cuando sus propsitos armonizan con los de usted y tambin,
segn parece, con sus inclinaciones.

--Pero, Amaury, yo le juro a usted...

--Extrao tesn! no hay para qu jurar ni negar nada; insisto en que
tiene usted razn y en que no poda ser su eleccin ms acertada.

Por ms que quiso replicar Antoita, no le fue posible, pues sus
invitados se aproximaron para despedirse, y se fue Amaury con ellos sin
que le fuese dable agregar a lo dicho una palabra.




XLVII


El da siguiente lo pas Amaury esperando una carta que, segn l
supona, no dejara Antoita de enviarle para pedirle explicaciones
acerca de sus palabras de la noche anterior; pero en vano se cans de
aguardar.

A la noche siguiente, que era jueves, dio principio el tercer perodo,
de auge y bienandanza para Felipe, y de cada terrible para Ral, sin
ventaja alguna para Amaury, el primer desahuciado.

No se atreva Felipe a dar crdito a la realidad, y era realmente
gracioso ver al pobre muchacho en el pinculo de la dicha comunicando
sus impresiones de felicidad a dos censores tan adustos, a dos rivales
tan formidables como Amaury de Leoville y Ral de Mengis.

El infeliz no tan slo no supo colocarse a la altura de su inmerecida
suerte, sino que se hallaba como asustado de tanta fortuna, confesndose
indigno de ella, y evitando las distinciones de que era objeto por parte
de Antoita, con un gesto que imploraba la clemencia de sus dos rivales,
quienes por su parte aparentaban, no enterarse de nada, mostrando por
sistema una indiferencia glacial.

Esto no era obstculo para que cada uno de lo desairados hiciese acerca
del caprichoso y raro proceder de Antoita, comentarios nada favorables
para el ltimo agraciado.

Era posible que Antoita prefiriese a un hombre como aqul, indigno de
ella, tan altiva, tan aristocrtica y tan... burlona?

Tan inverosmil fenmeno slo poda explicarse por una humorada un tanto
extravagante, y pensando que sera una broma pasajera esperaron
impacientes la noche del sbado.

Pero el sbado lleg, y continu el programa iniciado el jueves; es
decir, las atenciones de Antoita, y el visible favor de que Felipe
disfrutaba, y su penosa turbacin por esa causa.

No caba duda de que era l el pretendiente preferido, y era esto tan
evidente que el pobre chico no saba ni lo que le pasaba, y si le
hubiesen obligado a decir lo que senta, habra confesado que siete
meses de desdenes no le haban atormentado tanto como aquellas dos
veladas de favor.

Ocioso es decir que por ms que el modesto Felipe procuraba mostrarse
humilde como nunca ante su amigo Amaury, no consegua ser tratado por
ste de otro modo que con una altivez antiptica y humillante, sin que
hubiese una sola atenuante a semejante actitud por parte de Leoville
para con su antiguo amigo.

En tres consecutivas ocasiones, al pasar a caballo por delante de la
casa de su pupila, haba visto el severo tutor a un individuo que
rondaba alrededor del edificio y que al verle escurri el bulto, no sin
que Amaury notase una perfecta semejanza entre l y su ex amigo Felipe.

Este encuentro, que se repiti muchas veces, siempre que pasaba Amaury
por la calle de Angulema, le hizo indignarse en sumo grado, pues habra
razn para pensar que muy grande y manifiesta deba ser la preferencia
de una dama para que un hombre tan tmido como Felipe venciese su
natural poquedad con tan inusitado atrevimiento.

Cmo creer aquello en Antoita! Pareca mentira que coquetease con
semejante majadero; y era lo peor que aquellas ligerezas acabaran por
comprometerla. No; l no deba consentirlas en su carcter de tutor, y
amigo y hermano, por lo que decidi pedirle en forma solemne una
explicacin categrica de su conducta, como lo hubiera hecho en tal caso
el doctor Avrigny.

Mientras esto llegaba, proponase pasar por la calle de Angulema unas
diez veces diarias para convencerse de que era Felipe y no otro quien
estaba comprometiendo a su pupila.

No menos excitado y estupefacto ante estos hechos se hallaba Ral de
Mengis, quien se dedic en los primeros momentos de su cada a estudiar
las causas de las bruscas variaciones que acusan los barmetros
femeninos, dndose luego a observar lo que pasaba a su alrededor con la
penetracin y perspicacia de un diplomtico, hasta que un da el conde,
a ltimos de mayo habindole visto ganar en favor tanto que le crey en
el apogeo de la dicha, preguntole cmo le iba con Antoita, a lo que
Ral respondi sin rodeos:

--De tal modo me va, querido to, que a mi juicio, si me ha obligado
usted a hacer un viaje de ochocientas leguas para casarme en la calle de
Angulema, creo que ha sido intilmente; debo manifestarle con toda
franqueza que renuncio generosamente a la mano de una Isabel que todas
las maanas tiene rondando al pie de sus balcones un Leandro como Felipe
y un Lindoro como Amaury.

--Ral--dijo con severidad el conde,--no se debe juzgar por las
apariencias.

--Querido to--repuso Ral,--no me fo precisamente de la polica de la
embajada, sino de mis propios ojos, que esta vez no me engaan.

No le pidi el conde explicaciones, como era de esperar, concretndose a
reprenderle speramente, y decirle que no consenta que se pusiese en
tela de juicio la intachable reputacin de su protegida.

Ante tal actitud, Ral se abstuvo de proseguir, pues adems de ser
naturalmente discreto, estaba habituado a tratar al conde de Mengis con
todo el respeto que un sobrino de buena educacin debe profesar a un to
que teniendo cincuenta mil libras de renta se ha dignado instituirle su
heredero universal.

Tena Ral la costumbre de ir todas las maanas a ver a un amigo que
viva frente a la casa del doctor Avrigny, y fumar en su compaa un
cigarrillo mientras tenan un rato de conversacin. As, si bien le era
imposible saber lo que pasaba en la casa de la otra acera, porque sus
cortinas estaban tan corridas para l como para el resto de los
mortales, no dej de enterarse minuciosamente de cuanto pasaba en la
calle.

Por ms que el conde no concedi o pareci no conceder en el primer
momento importancia a las revelaciones de su sobrino, tal preocupacin
le causaron que en seguida escribi a Amaury, solicitando una entrevista
con l. Esto suceda un jueves, 30 de mayo.

Recibi Amaury la carta en el momento de disponerse a salir de su casa,
y lo hizo inmediatamente para satisfacer los deseos de un anciano por
quien senta un respeto rayano en veneracin, a cambio de un afecto casi
paternal.

--Mucho le agradezco--dijo el conde al verle--la diligencia que ha
puesto en el cumplimiento de mis deseos. Pocas palabras tengo que
decirle, pues bien creo que me comprender sin necesidad de prolijas
explicaciones. Usted ha prometido al doctor Avrigny velar por su sobrina
y ser para ella consejero fiel, gua y hermano, no es as?

--S, seor, y espero cumplir mis promesas.

--Entonces, su reputacin ser para usted, no slo respetable, sino muy
preciosa.

--Ms que la ma propia, seor conde.

--En tal caso quiero que sepa usted que hay un joven que compromete a
Antoita pasando y repasando por delante de la casa que habita, y hasta
llega en su audacia a pararse y mirar con toda fijeza y descaro hacia
los balcones.

--Tengo que contestarle, seor conde, que eso que usted me comunica es
cosa vieja para m--dijo Amaury, frunciendo las cejas.

--Pero quiz--continu el conde--con el propsito de hacer comprender a
uno de los dos culpables lo grave del asunto, cree usted, o finge creer
que nadie, excepto _usted_ (y el conde subray esta palabra) est
enterado de estas cosas.

--Es la verdad, seor conde--repuso Amaury, con grave acento--que yo
crea ser el nico conocedor de todas esas inconveniencias; pero, segn
veo, estaba equivocado.

--Siendo as, ya comprender usted, querido Leoville, que por ms que la
honra, de Antoita est a cubierto de toda sospecha y no habr de sufrir
menoscabo por lo que el vulgo pueda suponer, acaso sera conveniente...

--Que cesen esas demostraciones--interrumpi Amaury,--en lo cual somos
ambos de la misma opinin.

--Este era mi propsito al hacerle molestarse en venir a mi presencia y
espero me perdonar la franqueza de que abuso.

--Antes bien se la agradezco, caballero; y yo doy a usted mi palabra de
honor de que, muy pronto, todo eso habr terminado.

--Basta, amigo mo; a tal promesa cerrar de hoy ms mis ojos y mis
odos.

--Por mi parte no puedo menos de agradecerle que me haya llamado con
toda confianza y elegido para encargarme la misin de acabar con las
audacias de un impertinente.

--Cmo! Qu quiere usted decir?

--Tengo el honor de saludarle, seor conde--dijo Amaury, hacindolo
gravemente.

--Perdone usted, Leoville. Temo que me haya comprendido mal, o mejor
dicho, que no me haya comprendido.

--S, seor conde; le he comprendido perfectamente--dijo Amaury.

Y sali, saludando por segunda vez y haciendo con la mano un ademn para
indicar que no haba que agregar una palabra a lo que haban hablado.

Cuando suba al cup pensaba casi en voz alta:

--Ah, miserable Felipe! (Amaury no sospechaba que la reprimenda haba
sido para l).--Conque era su seora el que rondaba la calle de
Angulema? Conque eres t el que pones en lenguas la reputacin de
Antoita? A fe ma que tengo hace mucho tiempo fuertes ganas de darte un
buen tirn de orejas, y pues me lo aconseja un hombre tan respetable
como el conde de Mengis, voy a saborear ese placer.

Embebido en estas divagaciones no daba ninguna orden a su lacayo, que
las esperaba sombrero en mano, hasta que cansado de aguardar, pregunt:

--A dnde, seorito?

--A casa del seor Felipe Auvray--contest Amaury en tono que no tena
nada de pacfico.




XLVIII


Como Felipe, que no quera renunciar a sus antiguas costumbres, segua
viviendo en el barrio Latino, era larga la distancia que habla que
recorrer, y Amaury tena tiempo para que se transformase en clera todo
el mal humor que haba sacado de casa del conde. As, cuando Orestes
lleg a la casa de su antiguo Plades, llevaba su alma en tal estado que
sin abusar de la metfora puede decirse que ruga en ella una tempestad
furiosa.

Sacudi violentamente el cordn de la campanilla, sin fijarse en el
hecho de que la pata de liebre de la calle de San Nicols se haba
trocado en pata de ganso.

Abri la puerta una gorda maritornes, pues Felipe, siempre infantil y
candoroso, haba conservado la costumbre de hacerse servir por una
mujer.

En aquellos momentos estaba en su despacho, con los codos apoyados en la
mesa, la cabeza entre las manos, y los dedos ferozmente hundidos en el
cabello, embebido en la formidable cuestin de la pared medianera.

La obesa servidora que no se tom ni aun la molestia de enterarse del
nombre del visitante ech a andar delante de l pasillo adentro y abri
la puerta del despacho anunciando la visita con esta sencilla frmula:

--Seorito, aqu hay un caballero que pregunta por usted.

Levant Felipe la cabeza al tiempo que lanzaba un profundo suspiro
revelador de la existencia de su melancola hasta en las cuestiones de
propiedad, y dej escapar una exclamacin de sorpresa al ver a su
antiguo amigo.

--Cmo! eres t, querido Amaury? Cunto me alegro de tu venida!

Amaury, al parecer insensible a tan calurosas demostraciones, le dijo
framente:

--Sabes a qu vengo aqu?

--Hombre, no; lo nico que s es que desde hace unos das tengo el
propsito de hacerte una visita, y por una u otra causa no te la hago.

--Comprendo tu vacilacin--dijo Amaury, sonriendo desdeosamente.

--S?--pregunt Felipe palideciendo.--Entonces sabrs...

--Lo que s es que el doctor Avrigny me ha encargado de reemplazarle en
la guarda de su sobrina y que tengo el encargo de velar por su
reputacin. Tambin s que le he visto a usted tres o cuatro veces en la
calle de Angulema bajo las ventanas de Antoita, y en vista de todo,
esto, que le hace aparecer culpable cuando menos de ligereza, vengo a
pedirle cuenta de su conducta.

--Querido amigo: ya tena yo ganas de verte para que hablsemos
precisamente de esas menudencias.

--Cmo! menudencias llama usted a cosas que ataen a la honra, a la
reputacin, al porvenir de una persona?

--No te enfades por mi manera de expresarme; ya comprendo que no he
debido llamar menudencias a cosas graves, porque grave es en verdad un
asunto de amor, de verdadero amor.

--Acabramos! Conque ama usted a Antoita?

Muy compungidamente Felipe contest que s.

Amaury se cruz de brazos, alzando la vista con verdadera indignacin.

--Con honradas intenciones, por supuesto...

--Ama usted a Antoita?

--S, mi buen amigo; puede que no sepas que se me ha muerto otro to, de
modo que hoy poseo una renta de cincuenta mil libras...

--No hablo de eso.

--Perdona; yo creo que esta circunstancia no me perjudica.

--Est bien; pero lo que da mal cariz a esta cuestin es el hecho de
haber usted amado a Magdalena ocho meses hace con tanta vehemencia como
en la actualidad ama a Antoita.

--Oh, Amaury!--dijo lastimeramente Felipe.--Ests abriendo la herida de
mi corazn, desgarrando mi atormentada conciencia; concdeme siquiera
diez minutos de audiencia y al cabo de ellos me compadecers lejos de
culparme.

Indicole Amaury con un ademn que estaba dispuesto a prestarle atencin,
no sin hacer cierta mueca, que revelaba su prematura incredulidad para
cuanto le iba a decir. Y Felipe habl as:

--Si es verdadera la mxima evanglica que recomienda la indulgencia y
el perdn para los que mucho han amado, yo debo merecer absolucin por
todas mis culpas, pues siendo de complexin amorosa, como deca nuestro
grave Molire, he amado con frecuencia suma y ardiente apasionamiento,
sin ser correspondido, lo que constituye una causa, eximente, ms que
atenuante. Pasando por alto las que t ignoras, bien sabes que am a
Florencia y a Magdalena, pero ellas no se han enterado a no ser que t
te hayas encargado de comunicrselo. Ah! Mi amor hacia Magdalena era
tan profundo como respetuoso. Acaso no lo creas al ver que esta pasin
no me ha impedido sentir otra; pero no puedes figurarte a costa de
cuntas angustias y dolores ha tomado cuerpo en mi pecho este nuevo
amor.

De igual modo que al enamorarme de Magdalena, en el primer momento yo
mismo no me d cuenta (y srvate de enseanza por si algn da te ves en
mi caso), lo hubiera negado con toda sinceridad, y hasta me hubiese
estremecido de horror ante la prueba de ello; pero yendo diariamente a
visitar a Antonia y al hablarle de Magdalena, de su gracia, de su
belleza, notaba que Antoita era tan bella como la prima; y, es claro,
te parece posible Amaury, pasar mucho tiempo al lado de tanta gracia y
hermosura sin enamorarse uno perdidamente?

Amaury, cada vez ms abismado en sus pensamientos, no respondi a la
pregunta sino con una especie, de suspiro que ms bien pareca un
gemido, cuya explicacin esper Felipe en vano durante unos momentos,
prosiguiendo despus:

--Te voy a explicar los indicios que sirvieron a tu pobre y dbil amigo
para conocer que estaba enamorado nuevamente.

Y exhalando un suspiro ms hondo an que el de Amaury, prosigui:

--Al principio, como a pesar mo y casi inconscientemente, las piernas
me llevaban hacia la calle de Angulema, y cada vez que sala de casa por
la maana para ir al Palacio de Justicia y por la tarde para dirigirme a
la Opera Cmica (ya sabes que siempre me ha gustado este gnero
genuinamente nacional) me encontraba sin saber cmo, tras una caminata
de una hora, frente a la casa del doctor Avrigny, no con la esperanza de
ver a la dama de mis pensamientos ni con otro motivo ni idea
preconcebida, sino porque me haba impulsado la fuerza irresistible del
amor. Por qu no confesarlo?

Se interrumpi Felipe un momento en medio de su perorata, esperando
conocer en el semblante de Amaury la impresin que le producan sus
palabras, de cuya elocuencia por su parte no estaba descontento; pero
slo pudo notar que su oyente aadi un pliegue a los muchos que ya
surcaban su frente, y exhal un suspiro an ms profundo que el
anterior. Esto le hizo creer que su _auditorio_ estaba conmovido por la
fuerza emocional de su discurso y cobrando ms nimo, continu as:

--El segundo de los sntomas que me hicieron conocer el estado de mi
alma fue una viva pasin de celos; pues cuando en los primeros das del
mes corriente Antoita se mostraba contigo tan insinuante, no pude
impedir que germinase en mi corazn un odio feroz contra mi amigo de la
infancia; odio, pronto apagado por la reflexin de que no te sera fcil
corresponder a ese amor hallndote tan influido por el recuerdo de otro
amor que absorba tu alma.

Estas palabras hicieron a Amaury estremecerse.

--S, amigo mo! Aquello no fue ms que una sospecha fugaz como el
relmpago, que apenas nace muere: lo que me produjo ms que odio, ms
que despecho, ms que clera, fue el conocimiento de las ventajas que
por momentos ganaba el fatuo Mengis en el corazn de aquella que tan
absoluta y sbitamente se haba hecho duea de mi voluntad y de mis
sentimientos. No dejaba de observar un momento a mi rival, y vea cmo
se apoyaba con familiaridad en el respaldo de su butaca, y le hablaba en
voz baja, y se rean y, en fin, otras muchas cosas que apenas hubiese
podido tolerarte a ti, al amigo de la infancia. La irritacin, los celos
terribles que todo esto despertaba en m, fueron la prueba de mi
apasionamiento... Pero t no me escuchas, Amaury!

Es de creer que, al contrario, Amaury escuchbale demasiado bien, pues
el rostro se le encenda como si le caldeasen ondas de fuego, lo cual
haca presumir que cada palabra de las que haba odo repercuta
dolorosamente en su corazn. Taciturno y sombro, ensimismose de modo
que senta latir su corazn y le zumbaban los odos al circular la
sangre en impetuosa carrera por las arterias cerebrales.

Muy acobardado por tan inquietante silencio, Felipe continu:

--No aseguro que todo eso no indique un completo olvido de pasados
juramentos y una flagrante traicin al recuerdo de Magdalena; pero no es
creble que todos puedan ser como t, modelos de constancia. Adems ella
te amaba, estaba dispuesta a ser tu esposa, y a tu vez te disponas a
ser su compaero de por vida, idea grata a la cual ya te habas
acostumbrado, mientras que yo no haba pensado ni esperado nada
semejante, sino de una manera fugaz, pues t me arrebataste la
esperanza, no bien que fue nacida. No pienses que trato de atenuar mi
culpa; por mucho que la execres no he de quejarme de ello; pero
escchame un momento ms y dime luego si no existen circunstancias que
atenan el delito que he cometido, dejando de amar a Magdalena para amar
a Antoita.

--Hable usted; ya le escucho--dijo con viveza Amaury, aproximando su
silla para or mejor a Felipe.




XLIX


Y el mulo de Cicern y de M. Dupn, envanecido por la impresin que su
dialctica y su retrica parecan producir en el nimo de su
interlocutor, prosigui diciendo:

--En primer lugar, mi traicin a Magdalena no era tan grave como
pareca, puesto que el objeto de mi nuevo amor era una persona que haba
vivido siempre a su lado, una amiga, prima, hermana pudiramos decir, en
quien me parece continuar mis pristinos amores, pues me retrata
constantemente a Magdalena en sus gestos, en sus palabras. Amar a la
segunda es como seguir amando a la primera.

--Has dicho bien--respondi el pensativo Amaury, con el rostro algo ms
sereno.

--Ya ves, pues, que tena razn--contest Felipe con regocijo.--Ahora, y
en segundo lugar, no podrs menos de convenir conmigo en que el amor es
el ms espontneo y libre de nuestros sentimientos, y el que nace ms
ajeno a la influencia de nuestra voluntad.

--Es muy cierto!--asinti Amaury.

--Todava no he terminado--dijo Felipe con creciente entusiasmo.--En
tercer lugar, ya que mi juventud y mi vehemente facultad amorosa han
hecho resurgir en m el amor intenso y vivaz, estoy obligado a matar un
instinto noble, natural, legtimo, casi divino, por dejarme llevar de
preocupaciones y convencionalismos opuestos al orden de la Naturaleza, y
por tanto no posibles en lo humano y dignos de que Basn les llamara
_errores fort_?

--Claro est que no!--mascull Amaury.

--En tal caso--concluy Felipe, con acento triunfal,--debes confesar que
no es tan grave mi delito, y hasta disculpar mi amor hacia Antoita.

--Y a m qu me importa que la ames o no?--dijo Amaury.

A tal grosera contest Felipe sonriendo con la mayor impertinencia:

--Querido Amaury, eso es cuenta ma.

--Cmo! Despus de comprometer con tus audacias e impertinencias a
Antoita, te atrevers a decir que ella te corresponde?

--No digo nada, querido Amaury, sino que buscando del mal el menos, si
bien la comprometo con mis paseos por la calle de Angulema (ya comprendo
que a ellos te refieres), por lo menos no la comprometo con mis
palabras.

--Seor Auvray, tendra usted bastante audacia para decir en mi
presencia que le ama?

--Antes a ti que a otro: al fin eres su tutor.

--Est muy bien, pero se lo callara usted.

--No veo el motivo si ello fuera verdad--dijo Felipe que empezaba a
salir de sus casillas.

--Le repito a usted que no se atrevera a decirlo.

--Y yo le repito a usted que como ello fuese verdad me juzgara tan
orgulloso que se lo hara saber a todo el mundo, y lo publicara a
gritos...

--Cmo! Te atreves a decir?...

--La verdad.

--Se atreve usted a afirmar que Antoita le ama?

--Me atrevo a decir que ha hecho buena acogida a mis pretensiones y que
ayer mismo...

--Acaba!

--Me autoriz para pedir su mano al doctor Avrigny.

--No es verdad!--exclam Amaury.

--Cmo que no es verdad? Usted se fija en que es un categrico ments
el que acaba de darme?

--Ya lo creo.

--Y me lo da deliberadamente!

--Por supuesto.

--Y no retira usted ese insulto inmotivado que acaba de dirigirme?

--De ningn modo!

--Basta, Amaury!--dijo entonces Felipe animndose por grados.--Te
concedo que a pesar de mis atenuantes soy algo culpable en el fondo;
pero entre amigos y personas de cultura social se trata al prjimo con
ms tolerancia. Eso, dicho en el Palacio de Justicia, como all es
costumbre, puede pasar; pero aqu, de ningn modo; no puedo tolerarlo ni
aun viniendo de ti, y si te ratificas...

--Mira si lo hago, que repito que mientes.

--Amaury!--grit Felipe exasperado.--Te advierto que, aunque abogado,
tengo algn valor adems del cvico, y me siento capaz de batirme.

--Acabramos! Ya ve usted que hasta le concedo la ventaja de la
eleccin de armas, porque soy yo el ofensor.

--Me son indiferentes, pues no he tenido hasta hoy en mi mano una
pistola ni una espada.

--Yo llevar unas y otras al terreno, y sus testigos elegirn. Indique
usted la hora.

--A las siete de la maana, si te conviene.

--Sitio?

--El bosque de Bolonia.

--Avenida?

--De la Muette.

--Est muy bien. Creo que tendremos bastante con un solo testigo para
los dos, pues cuanto menos publicidad demos al lance, tanto menos
padecer la reputacin de Antonia. Se trata de calumnias y...

--Cmo calumnias? Te atreves a sostener que yo he calumniado a
Antoita?

--No sostengo sino que maana a las siete estar en el bosque de
Bolonia, avenida de la Muette, con un testigo, y armas. Hasta maana!

--Mejor hasta la noche; pues hoy es jueves, da de recepcin en casa de
Antoita, y por nada me privara de verla.

--Est bien; a la noche _la_ veremos, y maana _nos_ veremos.

Dicho esto, Amaury se alej furioso y regocijado al mismo tiempo.




L


Nunca Felipe haba pasado una velada tan feliz y a la vez tan dolorosa
como lo fue aqulla para l. Feliz, porque Antoita no tuvo sino dulzura
y amabilidad para su adorador, y dolorosa por la perspectiva de aquel
lance a que le arrastraba Amaury. Gracias a que algo se lo haca olvidar
la incesante y gratsima conversacin de Antoita.

Amaury, por su parte, no dejaba de mirarlos a hurtadillas con
frecuencia, y al verlos tan entretenidos conversando y sonrindose, no
dejaba de prometerse con cierta satisfaccin cruel que se las pagaran
todas juntas, principalmente su amigo Felipe, quien por su parte
embobecido por las preferencias de Antoita y atormentado por el
remordimiento, casi haba echado en olvido su prximo duelo.

Aunque se sintiese en cierto modo pesaroso de su triunfo, era ste tan
notorio, que no haba ms remedio que saborear la amarga dicha y tomar
con calma las cosas. No dejaba de pensar a cada coquetona sonrisa de
Antoita que acaso a la maana siguiente le costara demasiado cara;
pero aun as le pareca deliciosa, tanto como terrible la primera que el
adversario le lanzara sobre el terreno y que l vea con toda realidad
en su imaginacin.

Estaba escrito que el calavera sera infiel a la memoria de la pobre
muerta, pues el recuerdo de Magdalena en lo pasado y la visin del
fnebre porvenir que le preparaba la venganza de Amaury se fueron
esfumando tras del gozo que le produca su triunfo del presente, y no se
volvi a dar cuenta exacta de su nada envidiable situacin hasta que
llegado el momento de retirarse, Antoita le tendi la mano dndole las
buenas noches de una manera encantadoramente afectuosa.

Sobrecogido entonces por un triste presentimiento aquella mano que acaso
no volvera a estrechar la bes repetidas veces mientras con visible
agitacin y de un modo incoherente deca:

--Seorita, cunta dicha! Su amor... su bondad... Promtame que si
maana sucumbo pronunciando su nombre me dedicar un recuerdo, una
lgrima, una palabra de compasin...

--A qu se refiere usted?... Qu quiere usted decir?--pregunt
Antoita, sorprendida y asustada.

Felipe no contest, contentndose con dirigirle una pattica mirada, y
sali en trgica actitud, con sentimiento de haber hablado demasiado.

Antoita, que no poda permanecer indiferente despus de lo que haba
odo, pues comprenda que algo muy grave indicaban las incoherentes
palabras de Felipe, dirigiose a Amaury presurosa y cuando ste tomaba el
sombrero para retirarse, y sin aparentar inquietud; pero con el firme
propsito de conjurar cualquier peligro que por parte de Amaury pudiese
amenazar a su preferido, le dijo:

--No olvide usted que maana es el primero de junio, y debemos ir a
visitar a mi to.

--No lo he olvidado--contest Amaury.

--Entonces nos encontraremos all como de costumbre. A las diez, no es
as?

--S, a las diez--repiti distradamente Amaury;--pero si no pudiese ir
hasta las doce, yo le rogara que dijese usted a su to que tal vez me
retenga en Pars algn asunto urgente.

Estas palabras fueron dichas con tan fra entonacin que Antoita no
pudo menos de estremecerse; pero no dijo palabra, y acercndose al conde
de Mengis le rog que permaneciese an en la casa unos cuantos minutos.

As lo hizo el conde, y cuando Antoita, pudo hablarle a solas, le
enter de las palabras de Felipe, de las reticencias de Amaury, y de sus
tristes presunciones.

No dej de alarmarse el conde al relacionar lo que acababa de or con
algo que haba odo de boca de Amaury aquella misma maana; pero
prudentemente ocult su zozobra para no aumentar los temores de
Antoita, y afectando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir,
prometi que al da siguiente se ocupara de tan importante asunto,
avistndose con aquel par de insensatos.

En efecto, muy de maana, mand enganchar y se hizo conducir a escape a
casa de Amaury, a quin no encontr; le dijeron que acababa de montar a
caballo y que, hacindose seguir tan slo de su _groom_ ingls, haba
partido con tal precaucin y silencio que ni siquiera dej dicho adnde
iba.

Al conde le falt entonces tiempo para lanzarse en busca de Felipe.

Pero tampoco le hall en casa. Slo vio al portero, de pie en el umbral
de la puerta, refirindole a un su amigo, que, una hora antes, haba
visto salir al seor de Auvray junto con su procurador, y que ste, en
vez del consabido rollo de papel sellado, que era la caracterstica de
su grave personalidad y profesin llevaba bajo el brazo aquel da un par
de espadas y una caja de pistolas. Este relato hubo de repetirlo el
bueno del portero en obsequio al conde, aadiendo finalmente que el
seor de Auvray y su acompaante haban tomado un simn, y que l les
oy dar esta orden al auriga:

--Volando al Bosque de Bolonia... avenida de la Muette!

El conde no quiso saber ms; repiti estas seas a su cochero y
partieron al galope.

Pero eran ya las seis y media y la cita se haba pactado para las siete.
Era un contratiempo muy sensible!




LI


Y efectivamente, daban las siete en punto cuando Felipe y su apoderado,
que le acompaaba en calidad de testigo, llegaban a la Muette,
descendiendo de su alado vehculo. Casi en el mismo instante, fieles a
la consigna, Amaury y su amigo Alberto se presentaban tambin en el
lugar de la accin, aqul apendose de a caballo, y saltando de su
elegante cabriol el otro.

No tardaron en ponerse a discusin las condiciones del duelo. El amigo
de Felipe, que estaba algo avezado a esos trotes, acort mucho los
preparativos.

En su concepto su apadrinado era el ofendido, y como tal tena derecho a
la eleccin de armas: deban, a mayor abundamiento, servirse de las
espadas o pistolas que, a prevencin, haban llevado Felipe y l.

Alberto, advertido de antemano por Amaury para que accediese a todas las
peticiones de la parte contraria, aunque rayaron en exigencias, se avino
desde luego a todo, sin oponer ms objeciones que las que son de rigor
en tales casos.

Convinose, pues, en que el encuentro se verificara a espada y con las
propias armas de Felipe, dos espadas militares magnficas.

Una vez puestos de acuerdo Alberto y el procurador, aqul ofreci a ste
un cigarro de su preciossima petaca, pero viendo que rehusaba la
fineza, psose a encender tranquilamente su habano y luego, acercndose
a Amaury, djole sin recatar la voz y como para vengarse del desaire
curialesco:

--Ea, ya est todo listo y a punto; el duelo va a ser a espada. Conque
buena mano y no te d lstima ese pobre diablo!

Amaury sonri e hizo un saludo; quitose el sombrero, que deposit en
tierra; despojose del frac, el chaleco y los tirantes, y al serle
entregada el arma volvi a saludar con verdadera elegancia, sin pizca de
afectacin. Felipe le imit en todo con simiesca exactitud, pero al
tomar la espada lo hizo en tan ridcula y deplorable forma que pareci
que reciba un bastn.

Los dos se aproximaron simultneamente, cruzronse los aceros a seis
pulgadas de la punta y luego de separarse un tanto los padrinos a
derecha e izquierda respectivamente, comenz la brega en seguida que se
oy la frase sacramental:

--Pueden empezar, caballeros!

Ni corto ni perezoso, Felipe fue el primero en tirarse a fondo con
intrpida torpeza, que Amaury aprovech para darle un bote y desarmarle,
arrancndole de la mano el arma, que fue a parar buen trecho lejos de su
dueo.

--Le haca a usted algo ms diestro, Felipe--dijo Amaury con tono
irnico, no exento de amargura, porque en el fondo le repugnaba aquella
superioridad que no deseaba.

--Perdone usted--repuso su adversario,--me parece haberle dicho antes
algo de eso. Desconozco el manejo de la espada.

--Siendo as, que nos traigan las pistolas--replic Amaury--hay que
nivelar las fuerzas.

--Amaury--intervino Alberto por oficiosidad--ests realmente decidido a
seguir adelante?

--Pregntaselo ms bien a Felipe.

Alberto comprendi la indicacin y dirigindose solamente a su
adversario repiti la pregunta.

--Pues no he de querer continuar!--prorrumpi Felipe.--Amaury me ha
ultrajado y, a menos que no me d amplias explicaciones, no cejar en mi
empeo.

--Pues bien, yo me lavo las manos--contest Alberto;--he pretendido
evitar el derramamiento de sangre; mas ante tal obstinacin hay que
bajar la cabeza. Pueden, pues, acribillarse, ya que ese es su gusto.

A una sea suya se le acerc el _groom_ de Amaury, le entreg el cigarro
y psose a cargar flemticamente las pistolas.

A todo esto Amaury se paseaba entretenido en hacer saltar con la punta
de la espada los botones de oro de las margaritas silvestres.

--Alberto--exclam de pronto volvindose hacia su amigo--puesto que este
caballero es el insultado supongo que disparar primero.

--Claro!--repuso Alberto, impvido, sin cesar en su operacin.

Amaury, con la misma calma, torn a su pueril tarea de arrancarles el
corazn de oro a las inocentes florecillas.

Colocado que hubo las armas, Alberto entr en negociaciones con el
procurador de Felipe, conviniendo ambos en que los dos adversarios se
colocaran a cuarenta pasos de distancia pudiendo avanzar cada uno hasta
diez, lo que reduca el trayecto a veinte pasos. Despus de fijar en el
suelo dos bastones a fin de sealar el punto de parada a cada uno de los
combatientes, separronse los padrinos, que al llegar a su respectivo
puesto dieron las tres palmadas de rbrica, para indicar a aqullos que
podan avanzar.

No bien adelantaron cuatro pasos, Felipe dispar. Amaury no hizo el
menor movimiento; slo Alberto dej caer el cigarro y corri a buscar su
sombrero.

Extraado Amaury e inquieto por la direccin que, segn supona, haba
tomado la bala, pregunt a su amigo:

--Qu ocurre?

--Nada--contest Alberto dando vueltas a su sombrero entre los dedos e
introduciendo el pulgar en un agujero que acababa de descubrir en el
fieltro.--Una de dos; o este caballero se figura que juega a la
carambola, o de otro modo desconoce por completo lo que tiene entre
manos.

--Qu significa esto?--interpel Amaury,--vacilando entre el temor y la
duda de si su amigo se permita alguna chanza.

Alberto le sac de esta situacin dicindole:

--Sucede que no eres t, sino yo el que se bate con este caballero, y a
juzgar por la destreza que ha demostrado al dispararme, se ve que es un
enemigo peligroso. Venga la pistola y concluyamos; quiero ver si gozo de
tan buena puntera como l.

Felipe no saba qu hacer ni qu excusa presentar; era tan grotesca su
actitud y tan francas y ridculas sus palabras, que los dems rompieron
a rer estrepitosamente.

Vino a sacarle al pobre Felipe de aquel apuro un coche que, apareciendo
por una avenida transversal al trote largo, se detuvo en la de la
Muette, al mismo tiempo que asomando medio cuerpo por la portezuela,
gritaba un caballero con toda la fuerza de sus pulmones:

--Alto, seores, alto; detnganse ustedes!

Era el anciano conde de Mengis, a quien reconocieron al punto Felipe y
Amaury.

Este arroj el arma y se acerc a Alberto, quien a su vez acercose a
Felipe, el cual an conservaba la pistola descargada en la mano.

--Diantre, seor de Auvray, deme usted pronto esa arma!--exclam el
procurador.--Existe una ley contra los desafos.

Felipe se la entreg maquinalmente, mientras se deshaca en protestas
exageradas para convencer a Alberto de que si le haba agujereado el
sombrero haba sido sin intencin deliberada...

--Soberbia carrera acabo de emprender por vuestra culpa,
caballeritos!--dijo el conde bajando del coche.

A Dios gracias llego a tiempo de evitar un desastre. Porque supongo que
la detonacin que acabo de or no ha tenido consecuencias.

--Salvo el orificio que mi torpeza ha abierto en el sombrero de este
seor--dijo humildemente Felipe,--no ha sido nada; y aun ello se debe a
mi falta de maestra en el manejo de las armas.

--Pero, se ha batido usted con este caballero?--pregunt asombrado el
conde.

--No, seor, con Amaury; pero sin duda se me ha desviado el can y sin
saber cmo el proyectil, dirigido a Amaury, ha estado a punto de matar a
este caballero.

El conde juzg que era hora de tratar en serio un negocio que le pareca
muy grave; as, dijo cambiando de tono:

--Tengan la bondad, seores, de dejarme hablar slo unos minutos con los
seores de Auvray y de Leoville.

Alberto y el procurador se inclinaron, alejndose a una discreta
distancia para que se quedaran solos los tres.

--Cmo as, seores?--dijo el de Mengis a los jvenes.--Por qu han
llevado acabo ese duelo? Usted no me prometi esto, Amaury. Le ruego que
me diga el motivo que le indujo a tener ese encuentro con Felipe,
faltando a su palabra.

--Felipe comprometi a Antoita, y por eso me bato con l.

--Y usted, Felipe, por qu causa se bati con su amigo?

--Porque Amaury me ha ofendido gravemente.

--Repito que usted estaba comprometiendo a Antoita, y por eso le he
insultado. El propio seor conde me advirti que...

--Dispnseme, seor Auvray, le suplico me deje decirle dos palabras a
Amaury.

--Y bien, seor conde?...

--No se aleje usted mucho; tengo que hablarle tambin.

Felipe salud y se apart unos pasos.

--Usted no me comprendi, por lo visto, Amaury--dijo el conde al quedar
solo con ste.--Felipe no era el nico que comprometa a Antoita.

--Cmo!--exclam Amaury--hay otra persona que se haya atrevido...

--Desgraciadamente, s, y esa otra persona es usted, Amaury. Felipe
comprometa a Antoita con sus paseos a pie y usted con los suyos a
caballo.

--Qu dice usted!--exclam Amaury.--Es posible que alguien sospechara
siquiera que yo quera a Antoita?

--No ha faltado quien haya hecho esta conjetura; sepa usted que mi
sobrino, nico pretendiente formal a la mano de la seorita de
Valgueceuse, se ha retirado, no por ceder el terreno al seor de
Auvray, sino por usted, amigo mo.

--Por m?--murmur Amaury, aterrado.--Por m!...

--Qu le extraa a usted?

--Dice usted que su sobrino se retira ante m?

--En efecto, como no declare usted de un modo categrico que no abriga
pretensin alguna a la mano de Antoita.

--Har ms, si es preciso--repuso Amaury violentndose
interiormente.--Soy pronto en mis decisiones: antes de anochecer sabr
usted si fui digno de la confianza que deposit en m y si merezco el
consejo que ahora mismo me est dando.

E hizo un ademn de retirarse, despus de dirigir un saludo al conde.

--Se va usted sin decir nada a Felipe?--insinu el anciano, deseando
que terminase all el lance.

--Cierto; le debo una satisfaccin y voy a drsela--dijo Amaury.

--Felipe, acrquese usted--dijo el conde.

--Querido amigo--continu Amaury dirigindose a Felipe,--despus de
haber disparado contra m o con esta intencin al menos, debo decirle
que siento infinito la ofensa que haya podido inferirle y que ha
motivado el lance.

--Amigo Amaury--repuso Felipe estrechndole francamente la mano,--no he
pretendido matarte, ni siquiera agujerear el sombrero de tu amigo,
percance que yo lamento en el alma.

--Muy bien, muy bien--exclam satisfecho el conde;--as se hace. Desde
hoy, a seguir siendo siempre buenos amigos. Se acabaron las rencillas.

Los aludidos se estrecharon efusivamente las manos.

--Seor conde--dijo luego Amaury,--me parece haberle odo decir que
tena que hablar con Felipe. Yo me marcho para poner en prctica la idea
que he concebido.

Dicho esto salud y se retir con lentitud, como si en su nimo
influyese la gravedad del paso que iba a dar. Habl un instante con
Alberto, a quien tuvo presente su agradecimiento, mont a caballo y se
alej al galope.

--Ahora que podemos hablar con entera franqueza, puesto que estamos
solos--dijo el conde a Felipe,--le dir a usted que Amaury tena razn
al juzgar su conducta como comprometedora para Antoita. Tan cierto es
esto, que con otra, aventura como sta, difcilmente lograra casarse,
aun contando con una belleza y una fortuna como las que ella posee.

--Seor conde--contest Felipe.--Hace poco he confesado mi culpa y ahora
lo hago de nuevo. Suelo titubear mucho antes de tomar una resolucin,
pero as que me decido no hay nada capaz de detenerme en mi propsito.
Ya s cmo debo reparar mis yerros. Caballero, tengo el honor de
presentarle mis respetos.

--Qu se propone usted hacer?--pregunt el conde de Mengis, temeroso de
que Felipe se dispusiese a cometer alguna nueva simpleza.

--No le d a usted cuidado, seor conde. Yo le aseguro que quedar
contento de m.

Y despus de saludarle con gravedad se separ del anciano, para ir a
reunirse con su padrino.

--Amigo mo--dijo a ste,--es necesario que se vaya usted a pie hasta la
barrera de la Estrella o que apechugue con el mnibus, pues yo necesito
el coche para una carrera ms larga que todo eso.

--Eh! Caballero! Alto ah!--exclam Alberto, que an conservaba en la
mano la pistola de Amaury.--Ser usted capaz de irse sin que dispare
contra usted?

--Ah! Es verdad, se me olvidaba. Perdone usted, caballero... Quiere
usted medir la distancia?...

--No hay necesidad--repuso Alberto.--Ya est usted bien ah mismo; no se
mueva.

Felipe se qued parado y tieso como un poste al ver que Alberto le
apuntaba.

--Qu va usted a hacer?--exclamaron corriendo hacia l, el procurador y
el conde de Mengis.

Pero no tuvieron tiempo de impedir que disparara. Son el tiro y el
sombrero de Felipe rod sobre la hierba, con un agujero en el mismo
sitio en que lo tena, el de Alberto, horadado, como sabemos, por la
bala de Felipe.

--Ahora estamos en paz--dijo riendo Alberto.--Puede usted irse, cuando
guste, a sus quehaceres.

Auvray salud, recogi su sombrero, salt al simn, dijo algunas
palabras al cochero, y el pesado vehculo parti por el camino de
Boulogne.

Alberto ofreci al procurador un cigarro y un asiento en su tlburi, e
intil es decir que el curial acept ambas cosas.

El conde por su parte, dirigiose al otro extremo de la avenida en donde
le aguardaba su carruaje, y al tiempo de montar en l murmur:

--A fe ma, bien puede afirmarse que la generacin llamada a suceder a
la nuestra, es una generacin de necios o de dementes.




LII


Seran las diez y media de aquella misma maana, es decir, una hora
despus de los sucesos que acabamos de narrar cuando Amaury se apeaba de
su caballo a la puerta del doctor Avrigny, en el mismo instante en que
tambin se detena ante ella ti coche de Antoita.

La joven, al ver a Amaury que le ofreca la mano para ayudarla a echar
pie a tierra, no fue duea de contener un grito de alegra, al mismo
tiempo que sus plidas mejillas, se tean de un vivo rubor.

--Amaury! Usted aqu! Dios mo! Qu plido viene! Est usted
herido?

--No, Antoita; tranquilcese usted--contest Amaury.--Nadie ha
resultado herido: ni Felipe ni yo...

--Cul es, pues, la causa--interrumpi Antoita--de ese aire tan
sombro y tan meditabundo?

--Tengo que hablarle a su to de asuntos muy importantes.

--Ay! Tambin yo...--dijo Antonia suspirando.

Subieron en silencio y precedidos por Jos entraron en la estancia donde
el doctor los aguardaba.

Al verle no fueron dueos de reprimir un ademn de sorpresa y cambiaron
una mirada llena de secretos temores. Le encontraban tan ajado, tan
decrpito!...

Pero l estaba tan tranquilo como ellos alarmados.. El que iba a
abandonar este mundo se dispona a hacerlo con jbilo, y en cambio
estaban tristes los que aqu quedaban.

--Por fin veo a mis hijos!--exclam besando en la frente a Antonia y
estrechando la mano a Amaury.--Cun impaciente estaba y qu grande es
ahora mi satisfaccin por la dicha que el Cielo me depara! Quiero que
unos a otros nos consagremos este da y no nos separemos hasta la
noche... Pero, qu pasa?; a qu viene ese aire tan contristado?...
Ser por verme prximo ya a terminar mi viaje?

--Oh! Pensamos conservarle an mucho tiempo--respondi Amaury, sin
acordarse de que hablaba a un hombre distinto de los dems.--Pero yo
tengo que hablarle de cosas muy importantes y creo que tambin Antoita
quiere hablar con usted de algn asunto grave.

--Muy bien! Pues aqu estoy--repuso el seor de Avrigny, revistiendo de
seriedad su semblante y mirndoles con carioso inters.--T, Amaury,
sintate en esa silla, a mi derecha, y t, Antoita, ocupa esa butaca a
este otro lado. Ajaj! Ahora, vengan las manos. No es verdad que
estamos muy bien as, con un tiempo tan hermoso, bajo un cielo tan puro,
y a dos pasos de la tumba de nuestra inolvidable Magdalena?

Los dos jvenes miraron instintivamente hacia el cementerio como
queriendo pedir a aquella tumba el valor que les faltaba; pero ambos
guardaron un religioso silencio.

--Ea!--dijo el doctor.--Ya escucho. Comienza t, Antoita.

--Pero, to!...--suplic la joven con embarazo.

--Ya comprendo, Antoita--repuso Amaury, abandonando su
asiento.--Perdone usted; me retiro.

Y sali del aposento, acompaado por una afectuosa mirada del doctor,
sin que Antonia, muy ruborosa y turbada, intentase detenerle.

--Ya estamos solos, hija ma; puedes, pues, hablar. Qu quieres?--dijo
el seor de Avrigny tan pronto como hubo salido Amaury.

--To mo--respondi Antoita con voz temblorosa y sin alzar la vista
para mirar al doctor.--Siempre le he odo decir que deseaba verme unida
a un hombre cuyo amor me hiciese dichosa. Mucho tiempo he vacilado antes
de hacer mi eleccin, pero al fin me he decidido. No se trata de una
proporcin brillante, pero estoy segura de ser amada y de que sabr
cumplir sin esfuerzo con mis deberes de esposa. Usted conoce muy bien al
hombre que he elegido por marido: es...--prosigui Antoita con voz
ahogada lanzando una furtiva mirada al sepulcro de Magdalena como si
quisiera pedirle aliento para hacer tal confesin,--es... Felipe Auvray.

Mientras hablaba Antonia, contemplbala el doctor sin querer
interrumpirla; pero entreabra sus labios una benvola sonrisa y pareca
tentado a hacerle alguna advertencia.

--Conque, Felipe Auvray!--repiti despus de un momento de
silencio.--A se eliges entre todos los jvenes que te rodean?

--S, to; l ser mi esposo--continu Antoita, bajando an ms la voz.

--Pero, si la memoria no me es infiel, t has dicho muchas veces que no
podan tomarse en serio sus pretensiones, y hasta se me figura que te
tenan sin cuidado las torturas que le hacas sufrir con tus desdenes.

--As es, to mo; pero de entonces ac he cambiado de opinin, y esa
constancia y esa abnegacin de un amor sin esperanza me ha enternecido
hasta tal punto que...

Antoita se interrumpi como si tuviese que hacer un gran esfuerzo para
acabar la frase, y por fin, dijo:

--...estoy decidida a ser su esposa.

--Est bien, Antoita--dijo el seor de Avrigny, y puesto que sta es tu
resolucin...

--S, padre mo, sa es mi resolucin inquebrantable--contest la joven
pugnando en vano por contener los sollozos que la ahogaban.

--Hgase tu voluntad, hija ma... Ahora, djame un momento a solas para
que entre Amaury, que tambin parece que tiene que decirme algo
importante. Ya te llamar despus.

Y el doctor despidi a su sobrina estampando un prolongado beso en su
frente virginal.




LIII


As que sali Antoita, el seor de Avrigny llam a Amaury en voz alta.

--Ven, hijo mo--djole al verle entrar,--y dime t tambin lo que
tengas que decirme.

--En dos palabras voy a decirle a usted, no lo que me ha trado a verle,
pues lo que me trae aqu es el deseo de aprovechar este nico da que
nos concede en un mes, sino el asunto de que tengo que hablarle...

--Habla, hijo mo, habla--dijo el doctor reconociendo en la voz de
Amaury los mismos sntomas de turbacin que ya haba reconocido en la de
Antonia.--Habla: te escucho con toda mi alma.

--Seor--continu Amaury,--a pesar de mi juventud ha querido usted que
le reemplace cerca de Antoita; me ha nombrado, en fin, su segundo
tutor.

--S, porque vea en ti una amistad de hermano para con ella.

--Tambin me invit a que buscase entre mis amigos algn joven noble y
rico que fuese digno de ella.

--Es verdad.

--Pues bien--sigui diciendo Amaury;--despus de haber pensado
maduramente en el hombre que convena a Antoita por su nombre y su
riqueza, acabo de pedir la mano de su sobrina para...

Amaury se detuvo sin aliento.

--Para quin?--pregunt el doctor mientras Amaury se afirmaba en su
resolucin, dirigiendo una larga mirada hacia el cementerio.

--Para el vizconde Ral de Mengis--dijo Amaury.

--Est bien--dijo el doctor.--La proposicin es grave y merece tomarse
en consideracin.

Volvindose en seguida exclam:

--Antoita!

Esta abri tmidamente la puerta.

--Ven ac, hija ma--dijo alargndole una mano, mientras que con la otra
obligaba a Amaury a permanecer en su asiento;--ven y sintate aqu.
Ahora dame tu mano; Amaury ya me ha dado la suya.

Antoita obedeci.

El doctor mir con gran ternura a ambos, que mudos y trmulos
aguardaban, y despus besoles en la frente, diciendo:

--He podido contemplar dos corazones generosos, y me alegro de lo que
pasa.

--Pero, qu sucede?--pregunt temblando Antoita.

--Sucede que Amaury te ama y que t amas a Amaury.

Los dos lanzaron un grito de sorpresa, y quisieron levantarse.

--To mo!--dijo Antoita.

--Seor!--exclam el joven.

--Hay que dejar hablar al padre, al anciano, al moribundo--contest el
doctor con extraa solemnidad,--sin interrumpirle; y ya que estamos los
tres reunidos como hace nueve meses en el momento en que Magdalena
acababa de expirar, voy a trazar la historia de ese amor en este tiempo.
He ledo lo que t has escrito, Amaury; he odo lo que t has dicho,
Antoita. Todo lo he observado y estudiado bien en mi soledad y despus
de la vida agitada que Dios me ha dado, conozco no solamente las
enfermedades, sino tambin las pasiones, que son dolores del alma: as
es que repito (y sta es una felicidad por lo cual me felicito), que es
real y verdadero ese amor. Y para que no haya dudas voy a probarlo ahora
mismo.

Los dos jvenes permanecieron como petrificados. El doctor continu:

--Amaury, tienes un corazn muy noble y un alma leal y sincera. A raz
de la muerte de mi hija, estabas firmemente resuelto a suicidarte y al
marchar concebiste la esperanza de morir. En tus primeras cartas se vea
un profundo hasto de la vida. Nada mirabas sino dentro de ti mismo, no
fijabas la atencin en lo que te rodeaba... Pero, despus, poco a poco
los objetos exteriores han acabado por interesarte, el don de admirar,
el entusiasmo, que tiene races tan vivas en las almas de veinte aos,
han principiado a renacer y reverdecer en tu pecho.

Entonces te cansaste de la soledad y pensaste en lo venidero, tu
naturaleza tierna ha llamado vagamente y sin darte t cuenta de ello,
al amor, y como eres de esos hombres en quienes los recuerdos ejercen un
poder sin lmites, la primera figura que ha aparecido en tus sueos, ha
sido la de una amiga de tu infancia. Precisamente la voz de esta amiga
era la nica que lleg hasta ti durante el destierro, y como las
palabras que deca eran dulces y seductoras, te dejaste arrastrar por
tus secretas esperanzas; volviste a Pars, a ese mundo con el cual
creas hace nueve meses haber roto para siempre.

Te embriagaste all con la presencia de la que era para ti el universo,
y excitado por los celos, animado por la resistencia que t mismo te
oponas, iluminado por algn acontecimiento fortuito que tal vez en el
momento en que ni siquiera lo sospechabas, ha alumbrado tus propios
sentimientos, has ledo con espanto en tu propio corazn, y convencido
de que si continuabas luchando sucumbiras en la lucha, has tomado un
partido extremo, una resolucin desesperada; has venido, en fin, a
pedirme la mano de Antoita para Ral.

--Mi mano para Ral?--exclam Antonia.

--S, para Ral de Mengis, que sabas que ella no amaba, con la vaga
esperanza tal vez, de que en el momento de que propusiera este
casamiento, haba de confesar que te amaba.

Amaury cubriose el rostro con las manos, y lanz un gemido.

--Me parece que he hecho perfectamente la autopsia de tu corazn, y el
anlisis de tus sentimientos. Enorgullcete, Amaury, porque esos
sentimientos son los de un joven honrado y tu corazn es hidalgo.

--Oh, padre mo, padre mo!--exclam Amaury--en vano trataramos de
ocultarle algo: nada se escapa a su mirada que, como la de Dios, sondea
los ms secretos pliegues del alma.

--Por lo que atae a ti, Antoita--continu el doctor,--ya es otra cosa.
T amas a Amaury desde que le conociste.

--No hay por qu negarlo, hija ma--agreg, al ver que Antonia se
estremeca e inclinaba la frente como tratando de ocultar su rubor.--Ese
amor oculto ha sido siempre demasiado sublime y generoso para que te
avergences de l. T has sufrido mucho. Celosa e indignada contra ti
misma por tus celos, hallaste una tortura y un remordimiento en lo que
hay de ms santo en el mundo, en un amor virginal.

Mucho has sufrido y sin un testigo de tu pena, sin un confidente de tus
lgrimas, sin un sostn de tu debilidad que te gritase: Animo! eso
que has hecho es grande y hermoso!

Una persona, sin embargo, contemplaba, y admiraba tu heroico, silencio.
Esa persona era tu anciano to, que muchas veces ha sentido asomarse las
lgrimas a sus ojos y ha abierto los brazos dejndoles caer luego con un
suspiro; y hasta cuando Dios llam a su rival... a tu hermana, quise
decir (Antonia, hizo un movimiento), hasta entonces te reprendiste toda
esperanza, como un delito.

No obstante, Amaury sufra, y como su pesar te atormentaba a ti, no
pudiste menos de consolarle con todo tu poder, transformndote, aunque
de lejos, en hermana de la caridad de su enfermo espritu. Despus
volviste a verle, y entonces fue ms dolorosa y terrible que nunca la
lucha que hubo de sostener tu alma. Por ltimo, un da comprendiste que
l tambin te amaba, y para resistir esta ltima prueba, para permanecer
fiel hasta el fin a tus grandes quimeras de abnegacin y de respeto a
los muertos, pierdes tu vida, la das al primero que llega, buscas a
Felipe para huir de Amaury; y sin hacer feliz al uno hieres mortalmente
el corazn del otro, sin hablar de tu propio corazn, que tambin
sacrificas y ofreces en holocausto.

Pero, por fortuna--continu el doctor mirndoles alternativamente,--por
fortuna me hallo todava entre los dos para evitar los efectos de este
recproco engao, para salvar a dos almas de su doble error gritndoles
que se aman.

El padre de Magdalena hizo una pausa mirando primero a Amaury, sentado a
su derecha, despus a Antonia, sentada a su izquierda, ambos
confundidos, con los ojos bajos y sin atreverse a dirigir sus miradas ni
hacia l ni hacia ellos mismos. Sonriose y prosigui diciendo con su
bondad paternal.

--Hijos mos, no hay motivo para permanecer as delante de m, mudos y
cabizbajos, como quien se juzga culpable y demanda perdn. No; no hay
que arrepentirse de amar; no, no se debe ofender a la muerta venerada,
cuya tumba vemos desde aqu. En el Cielo, desde donde ahora nos
contempla, desaparecen las miserables pasiones y los mezquinos celos, y
su perdn es mucho ms absoluto y menos personal que el mo; porque, si
es preciso decir la verdad, Amaury, si es preciso abrirte el alma del
hombre que aqu hace ahora de juez no te absuelvo tan fcilmente, sino
con una especie de alegra vanidosa y de varo egosmo.

Ciertamente, yo soy tan culpable y menos puro que t, al decirme
orgullosamente, como lo hago, que voy a ser el nico en reunirme con mi
hija. Virgen en la tierra, virgen en el Cielo, ser de este modo
exclusivamente ma y sabr que yo la amaba mejor. Est mal hecho y no es
justo--prosigui como hablando para s;--el padre es ya un anciano y el
novio es joven. Yo he recorrido ya el camino de mi vida y puedo
considerarme llegado al trmino de un viaje tan largo y tan doloroso
mientras que los dems comienzan ahora su peregrinacin al travs de la
existencia, vislumbrando en lo venidero lo que yo ya he tenido en lo
pasado. A esa edad no se muere, sino que se vive de amor, por el
contrario.

As, pues, hijos mos, no hay que tener injustificados reparos, ni hay
que luchar contra los propios intereses, ni empearse en ir contra las
leyes de la Naturaleza, ni rebelarse contra Dios, que rige nuestro
destino y nuestros actos. Bastante hemos luchado, sufrido y expiado!
Para ambos guarda amor y felicidad lo venidero, y yo bendigo ese amor en
nombre de Magdalena. He aqu mis brazos!

Al or estas palabras los dos jvenes deslizronse de sus asientos y
cayeron de hinojos a los pies del doctor, que poniendo las manos sobre
sus cabezas, alz los ojos al cielo brillndole de gozo la mirada
mientras sus labios parecan murmurar una oracin de gracias al
Altsimo. Ellos, en tanto, con timidez y en voz baja se decan:

--Es cierto que me amaba usted hace ya tiempo, Antoita?

--As, pues, su amor no era una ilusin, Amaury?

--No est usted viendo mi alegra?--exclamaba ste.

--Y usted no ve mis lgrimas?--replicaba ella.

Y en palabras entrecortadas, apretones de manos y miradas de intensa
ternura, desbordbase su amor por tanto tiempo contenido, mientras el
bondadoso anciano, presto a dejar ya esta vida, desde el borde de su
tumba impetraba de Dios bendiciones sobre la cabeza de los que aun
deban disfrutar los goces de la existencia.

--Ea, hijos mos, yo no estoy para sufrir emociones--dijo el seor de
Avrigny.--Ahora soy completamente feliz con esta unin, y me ir muy
tranquilo al otro mundo. Pero no tenemos tiempo que perder; por lo menos
yo, no puedo tener ms prisa. La boda se habr de efectuar dentro de
este mismo mes. Como yo no puedo ni quiero salir de Ville d'Avray
enviar poderes e instrucciones al conde de Mengis para que me
represente. Dentro de un mes, Amaury, el 1. de agosto, me traers a tu
esposa y aqu pasaremos, como hoy, el da los tres juntos.

En aquel instante, mientras Amaury y Antonia, muy emocionados
contestaban al doctor cubriendo de besos y de lgrimas sus manos, se oy
un gran rumor en el vestbulo y abrindose la puerta de la estancia
entr el criado Jos.

--Quin viene ahora a molestarnos?--pregunt Avrigny.

--Seor--respondi el sirviente--es un caballero que ha venido en un
simn y dice que necesita verle a usted a toda costa para hablarle de un
asunto del cual depende la felicidad de la seorita Antonia. Pedro y
Jaime se han visto muy apurados para contenerle. En fin, ah le tiene
usted.

Efectivamente, cuando el fiel Jos pronunciaba estas palabras, entr
Felipe, encendido y jadeante: salud al doctor y a su sobrina y estrech
la mano a Amaury. Jos se retir discretamente.

--Ah! Ests aqu, amigo Amaury?--dijo Felipe.--Me alegro mucho; as
podrs decirle luego al conde de Mengis cmo sabe Felipe Auvray reparar
los desaciertos que le hace cometer su torpeza.

Amaury y Antoita cambiaron una mirada y Felipe, avanzando con gravedad
hacia el doctor le dijo solemnemente:

--Pdole mil perdones, seor de Avrigny, por presentarme aqu con tal
desalio en el traje, que hasta traigo agujereado el sombrero; pero las
circunstancias que me obligan a venir son tan especiales que no admiten
dilacin. Caballero, tengo el honor de pedirle la mano de su sobrina la
seorita Antonia de Valgenceuse.

--Y yo a mi vez, caballero--contest el doctor--tengo el honor de
invitarle a usted a la boda de mi sobrina, la seorita Antonia de
Valgenceuse, con el conde Amaury de Leoville, la cual habr de
celebrarse a fines de este mes.

Felipe de Auvray lanz un grito agudo, desgarrador, indefinible, y sin
saludar, sin despedirse de nadie, huy de aquella casa como un loco, y
un momento despus el simn llevaba al desesperado mozo camino de Pars.

El desdichado Felipe haba llegado, como siempre, con media hora de
retraso.




CONCLUSIN


Era el da 1. de agosto. Los dos esposos, instalados en su lindo
palacio de la calle de los Maturinos, no observaban en medio de su
arrulladora conversacin de recin casados, que el da avanzaba a pasos
agigantados.

--Oye, Amaury--dijo de pronto Antoita.--Tenemos que marcharnos; ya son
cerca de las doce y mi to nos aguarda.

--Ya no les aguarda, seorita--dijo a su espalda la voz de Jos.--El
seor de Avrigny, que sintiendo agravarse su enfermedad estos das me
prohibi en absoluto comunicrselo a ustedes para no entristecerlos,
dej de existir ayer a las cuatro de la tarde.

A aquella misma hora, Antoita y Amaury haban recibido la bendicin
nupcial en la iglesia de Santa Cruz de Autin.

* * *

Al concluir el secretario del conde de M... la lectura del manuscrito,
rein un sepulcral silencio que al fin hubo de romper el conde para
decir:

--Ya ven ustedes ahora cul es el amor del cual se muere y cul es aqul
que no consigue matarnos.

--S--repuso un joven,--pero, y si yo dijese que cuando ustedes quieran
puedo contarles una historia en la cual el novio muere sin remedio y el
padre es all el superviviente?

--Eso nos demostrara--dijo el conde riendo--que, si las historias
pueden probar mucho en literatura, no prueban en moral absolutamente
nada.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Amaury, by Alexandre Dumas

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AMAURY ***

***** This file should be named 24988-8.txt or 24988-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/2/4/9/8/24988/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
