The Project Gutenberg EBook of Novelas y cuentos, by S. Estbanez Caldern

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Title: Novelas y cuentos

Author: S. Estbanez Caldern

Release Date: April 15, 2008 [EBook #25074]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK NOVELAS Y CUENTOS ***




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COLECCIN UNIVERSAL

N.os 46 y 47

S. ESTBANEZ CALDERN

(EL SOLITARIO)

Novelas y cuentos

Precio, 0,60 ptas.

MADRID-BARCELONA

MCMXIX

ES PROPIEDAD

Copyright by Calpe, 1919.

Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAOLA.

"Tipogrfica Renovacin" (C. A.), Larra, 8.--MADRID.

[Nota del transcriptor: La ortografa del libro impreso est conservada.]

       *       *       *       *       *




   NDICE


   A Don Luis Usoz y Ro

   Cristianos y moriscos.--Cap. I
                  --    --     II
                  --    --    III
                  --    --     IV
   Los tesoros de la alhambra
   El collar de perlas.  I
           --    --     II
           --    --    III
           --    --     IV
           --    --      V
           --    --     VI
   Novela rabe. Carta I.--De Abenzeid a Velid Nazar
   Del mismo al mismo
   Carta de Velid a Abenzeid
   Catur y Alicak o dos ministros como hay muchos
   Don Egas el Escudero y la Duea Doa Aldonza
   Hala, Nadir y Bartolo
   El Fariz


_Don Serafn Estbanez Caldern, poltico y conspirador, novelista,
historiador y poeta, naci en Mlaga en 1799, y muri en Madrid en 1867.
Hizo clebre su seudnimo_ El Solitario, _que us desde 1831, dejando el
que hasta entonces haba usado de_ Safinio.

_Por la poca en que escribi tuvo sus puntas de romntico, aunque nunca
lo fuera de los ms convencidos. Sus obras--y especialmente las_ Escenas
andaluzas, _coleccin de artculos costumbristas--muestran bien a las
claras su castizo espaolismo y su amor por nuestras letras antiguas._

_Las_ Novelas y cuentos _que publicamos en este volumen tienen, por los
asuntos, por el ambiente y por los trgicos desenlaces, todo el aire
romntico de las obras de sus contemporneos; pero son, por su lenguaje,
por el giro de las frases, lo ms cercano a las producciones de los
siglos de oro. Hay en el estilo de_ El Solitario _una preocupacin
grande por imitar a Cervantes, y, como l dice anunciando sus novelas,
procura mostrar "su originalidad en que sus obras y partes componentes
no se presenten afeadas con el moderno, vandlico, brbaro idioma que
hoy suplanta a la propiedad y hermosura de nuestra lengua"._

_La preparacin que como arabista tena Estbanez Caldern, y su amor a
Granada y a toda Andaluca, llevronle a escribir novelas y cuentos
cortos, con argumentos ya histricos, ya fantsticos; pero todos
relacionados con el mundo musulmn. Entre los que publicamos, slo en el
cuento_ Don Egas el escudero--_imitacin algo cmica de la lengua
medioeval--dejan de ser rabes sus personajes._

_De la mejor de estas novelas_, Cristianos y moriscos, _dice Cnovas del
Castillo en su obra_ El Solitario y su tiempo: _"Si alguien quiere
conocer lo que a la raz de la conquista de Granada era un pueblo de la
serrana de Ronda, de la Ajarquia de Mlaga o de la Alpujarra, y por qu
manera se pensaba en l y se viva, no tiene ms que recorrer las
pginas de aquel librillo delicioso. Y de seguro, si es de veras
conocedor de los anales de Espaa en tal tiempo, y particularmente de
los del reino de Granada, dir para s algo parecido a lo que en el_
Censeur Europen _de fin de mayo de 1820 escribi el clebre Agustn
Thierry a propsito de_ Ivanhoe; _es, a saber: que haba ms historia
all que en las genuinas historias."_




A DON LUIS USOZ Y RIO


Cosa difcil por cierto ser, querido amigo mo, el que esos desairados
rasgos de mi pluma y esas fantasas de mi imaginacin abatida logren de
la severidad y correccin de tu gusto y de tus conocimientos en los
primores y galas de nuestro feliz idioma la indulgencia de que tanto
necesitan los frutos de mi estril ingenio. Cosa ser, por cierto,
difcil; pues en poca como la presente, en que por todas partes y en
todas las lenguas de Europa se ven brotar obras de imaginacin, hijas de
ingenios esclarecidos, que se afanan por coger una hoja de laurel en
senda tan spera, a puro ser batida y trillada; es preciso achacar antes
a lance de buena fortuna, que no a deliberado fruto del talento y del
estudio, el crear, el escribir por tal estilo, que merezca los honores
de la lectura. Mas no todo lo que se escribe se escribi con el
estudiado objeto de mantener la atencin pblica, con la pretensin de
crear en los otros nuevas sensaciones, con el prurito de hacerse
notable, de hacerse mirar, como ventana de donde sale disparado cohete
volador. No, amigo mo: se escribe por fiebre, por enfermedad; se
escribe tambin por consuelo, por desahogo, por verdadero remedio.
Quin podr explicar a cul de los dos instintos deban referirse esas
inspiraciones que vas a leer? Ni quin puede jams, en medio de las
borrascas de la vida, explicarse, comprenderse a s mismo, darse cuenta
de los resortes que han movido a su mente, ni de las ideas que han
presidido a sus inspiraciones? Nadie, amigo mo. T, empero, leyendo
esas mis fantasas nacidas en un suelo de azahares, en un pas de
ilusiones y recuerdos, retratando las desventuras de una nacin
desgraciada, los infortunios de altos personajes trados a menos, a la
muerte, y al vilipendio por el desdn y la crueldad de la mala suerte,
sabrs distinguir la realidad de la ficcin, lo que son memorias lejanas
de lo que son ecos de sensaciones ms inmediatas, de impresiones acaso
palpitantes todava. Tu sagacidad sabr hacer tal distincin, y de todos
modos un leve signo de aprobacin tuya, un movimiento solo de simpata
de parte de tu corazn, llenar al mo de placer y de cierto linaje de
agradecimiento, que me enlaza con el sentimiento de la gloria y del
porvenir.

EL SOLITARIO

       *       *       *       *       *




CRISTIANOS Y MORISCOS

NOVELA LASTIMOSA




CAPITULO PRIMERO


    Otros declararon a sus naturales las cosas extraas y peregrinas
    por interpretacin, y perpetuaron las propias para un claro
    ejemplar en la memoria de las letras, dando a cada cual su medida
    como jueces de la fama y testigos de la verdad.

    LUIS DEL MARMOL.


Fresca y apacible tarde del otoo haca, y como domingo alegre despus
de vsperas, por gustoso recreo se derramaban all en los ruedos y
ejidos del lugar los habitantes rsticos de cierta aldea, cuyo nombre,
si no lo apuntamos ahora, es por hacer poco al propsito de la historia
que vamos relatando. Baste slo decir que el tal lugar estaba en lo ms
bien asentado de la Andaluca, para saber que era rico, y que no
distando sino poco trecho de la ciudad de Ronda, disfrutaba del sitio
ms pintoresco y de ms rstica perspectiva que pueden antojarse a los
ojos que se aficionan de las escenas de riscos, fuentes y frescuras.

Aquellas buenas gentes, digo, unas suban a las ms altas crestas de
los montes, para divertir los ojos en la sosegada llanura del mar, que
all al lejos se pareca; otras se entraban por entre las arboledas y
frutales de tanto huerto y jardn como cercaban la aldea, y aqu o all
grupos de mancebos granados o muchachos de corta edad se entretenan en
jugar al mallo y en tirar la barra, o en soltar al aire pintadas
pandorgas con la mayor alegra del mundo.

Entretanto, ciertas personas ms graves y de mayor autoridad, como
desdendose de participar de aquellos entretenimientos, o comunicarse
con tales gentes, buscaban separadamente su recreacin, pasendose por
cierta senda muy sombreada de rboles y apacible por todo extremo.

Esta senda era la que conduca al principal pueblo de la comarca, y por
ello, y por no ser tan riscoso el terreno por aquella parte, ofreca
cierta apariencia y espaciosidad muy de molde para emprender un buen
paseo, que por tcito consentimiento de los paseantes, tena su trmino
en una blanca capilla, alzada a San Sebastin por el buen celo de los
cristianos viejos que habitaban entre los moriscos de aquellas
quebradas.

El csped que creca al pie de los tapiales de las heredades contiguas
ofreca asiento en todo lo largo del camino, y los ramos y follaje que
rebosaban por cima de los setos y bardales, formando una bveda de
verdura, templaban los duros rayos del sol, o las asperezas del viento
en las estaciones rgidas del ao.

En cierta anchura que abra la senda a distancia igual de la aldea y de
la bendita capilla, al lado de una fuentecilla fresca, de clara y
sonante agua, y bajo la frondosa sombra de dos nogales hermosos, estaba
sentado un personaje, no de la mejor catadura, y que por ser sujeto de
razonable influencia en este cuento, no ser fuera de propsito
presentarlo en este punto con ayuda de cuatro pinceladas.

Su estatura estaba entre los dos extremos, ni muy alto ni muy bajo, bien
que si se tomaba en cuenta cierta curvatura de la espalda, que bien le
embeba y menguaba dos pulgadas, ms se alejaba de sta que no de
aquella medida: ciertas muletas que al lado tena, mostraban no
conservar sus piernas un paralelo bien exacto, y un parche que le
obscureca el siniestro ojo lo dara por tuerto, a no ser que lo
encendido, bermejizo y fontanero del otro no lo pusiese casi casi en
opinin de ciego, para todo el que tropezaba con tal figura.

El traje no era de gala, y distaba mucho de lo profano, pues del zapato
hasta la rodilla no haba ms adorno que una pierna viva, que si bien
tostada por el aire, daba lstima, por sus formas y su vigor, que
adoleciese el amo de aquel achaque de la cojera. Desde la rodilla
reinaban unas medias calzas de mal pardillo, condecorado con los cuatro
ttulos de revuelto, roto, rado y remendado, y con esto y un mal gabn
pasado con mangas por los hombros se cumpla la buena traza de aquella
persona, si es que no contamos un zurroncillo como de pastor que le
adornaba las espaldas.

La cara de este mendigo (pues tal nombre antes que cualquiera otro
mereca) estaba muy lejos de parecer tan triste como su mal porte peda;
muy al contrario, y con gran maravilla del que lo viera, mostrbase
alegre y nada desatalentado, y ms bien avenido con las burlas que no
con lstimas y quejumbreras. Estaba sentado con gran sosiego, halagando
con una mano el lomo de un buen gozque, que le serva a un tiempo
(rareza extraa) de sincera ayuda y de amigo desinteresado, mientras que
risueamente as hablaba con un muchacho, que frontero de l se vea
sentado, respondiendo a las curiosas preguntas que le enderezaba el de
las muletas.

--Con que dime, Mercado, ya que tus ojos linces por medio de tu bien
cortada lengua me enteran y dan razn de lo que mi vista menguada no
alcanza alrededor suyo, dime, repito, ese que pas tan mesurado, es el
recin venido para completar las dos docenas de cristianos viejos que
viven entre esta canalla morisca?

--S, hermano, ste es, Pero Antnez el viejo.

--Este es el que presta un celemn, y recoge dos fanegas de grano de
los perros descredos?

--Hermano, s.

--He ah una usura, respondi el soldado, que ningn mal acarrea ni al
cuerpo ni al alma. Y el otro que le acompaaba era Juan Molino, el
corchete ganza, que lleva cuenta de los moriscos que ni van ni vienen a
la iglesia?

--S, hermano.

--El que la hace pagar gallina por falta, o maraved por descuido?

--S, hermano.

--Bueno, bueno; he aqu el primer corchete que no ejecuta el mal,
cumpliendo con su empleo. Y pas tambin la duea Bermdez, la que
endotrina a las cristianillas nuevas, y las pellizca si no le toman sus
aleluyas, y las repellizca si no la dan sendas blancas por ellas?

--S, hermano, ya pas.

--Y el arcabucero Jinez, y el soldado Pinto, y el herrador Ortuo,
todos han ido su paso, eh?

--S, s, hermano.

--Y ninguno ha dicho, buen ciego, hermano Cigarral, tome ah esa tarja,
o relmase con ese buen cuartalejo de pan?... Vaya, vaya, fuerza ser
dejar el paso libre a estos cristianos viejos, y ponerse delante de los
que no tienen tanta enjundia de rancio en la caridad; pero, quin que
tenga sangre pura castellana alargar la mano ante estos miserables
aljamisados, que por ladinos que sean, siempre huelen sus pensamientos a
Mahoma, como sus palabras a la algaraba? Ms vale morir por hambre...
Pero alto all, Mercado hijo, gente suena... Principiaremos las lstimas
por si ablandamos la dureza de algunos de estos hombres de pedernal.

--S, hermano, respondi Mercado, pasos se sienten, y no hara mal en
repetir la retahila.

Y de como esto oy el del gabancillo y muleta, el manco y de entrambos
ojos mal parado, aqul emparchado y ste manantial y bermejizo, as
comenz a perorar:

--Oh, caballeros, gente honrada, acudan a socorrer a un len de Espaa,
que aqu y all y por diversas regiones y apartados pases ha dado
bizarras muestras de su persona en muchos encuentros y batallas, asaltos
y escaramuzas; el que siempre acompa al rayo de la guerra, el glorioso
imperante D. Carlos, y que se encontr en cuanta jornada de importancia
ha tenido lugar de diez aos para ac; al que se hall, tuvo parte y
puso mano en aquella famosa de Pava, rindiendo a ms de cuatro que
decan _mon dieu_, y al que mir no de lejos aprisionar al rey
Francisco, y no quiso su mala estrella ponerle tan cerca que le cogiera
alguno de aquellos diamantes tamaos como nueces que llevaba al cuello,
cosa que al rey de los lamparones no le hubiera hecho mayor mal, y a m
estorbara estos pesados trabajos! Seores, al soldado pobre que ha sido
blanco en su cuerpo de sendas rociadas de arcabucera, botes de las
lanzas y cintarazos de los infantes! Al soldado, seores, al soldado
que forz sobre el campo de batalla a decir _viva Espaa_, y en
distintas y endiabladas lenguas, al francs, al tudesco, al esguzaro,
al italiano, al turquesco y cuantos soldados hay en el universo mundo;
al estropeado, mal parado y peor herido arcabucero Moyano del Cigarral!
Caballeros, gente honrada, acudan, alivien, ayuden y den socorro al ms
granado de la compaa del bravo Francisco de Carvajal, al arcabucero
Moyano!... Pero, Mercado hijo, nadie mosquea; es que vuelven atrs, o
que se traga la tierra a los paseantes?

--No, hermano; los pasos del que viene siguen muy reposados, y suenan
muy al comps; pero el ramaje, que tanto se inclina y enmaraa por este
sitio, roba al alcance de los ojos lo que permite al sentido de las
orejas.

--Si vienen con mucha pausa, es sin duda el doctor y boticario
Gorgueran, el mdico, que cura por igual todos los miembros del
doliente.

--El mdico, si anda a comps, tose sin medida, y ya por este son le
hubiera yo conocido.

--Pues si l no es, ser el notario Candurgo, cristiano viejo venido de
Berbera.

--No ser l, pues a serlo, vendra entonando algn buen salmo, para
probar que sabe latn y que es de los buenos y aejos.

--Pues, diablo, ser el sacristn, tercera autoridad y persona grave del
pueblo.

--Nones y ms nones, que a ser l, ya entenderamos algn ofertorio, que
por buen ejemplo vendra entonando.

--Puesto--respondi Cigarral--que ni viene el doctor, ni suena el
notario, ni asoma el sacristn, trinidad y compaa la ms grave que
est al comienzo y cabeza de este pueblo, no hay ms que decir, sino
que esa persona que autorizadamente marcha, y paso pasito llega, no es
ni puede ser menos, y sin ofensa de parte, que el sardesco lucero,
jumento principal de don Antonio Gerif, que a esta hora y cotidianamente
pasa, en conserva de algn sirviente, por regalos, frutas y flores de la
huerta que el rico Antn posee con tantos jardines all en el ro.

Y era as, como sospechaba el buen entender del estropeado Cigarral;
pues decir esto y salir de entre las ramas y verdura que ocultaban la
vista un jumento lozano y de cabeza entonada, fu todo un punto, y all
mismo, y sin ms parecer ni mejor licencia, di al aire el cuello, y
mostrando una boca risuea solt dos o tres golpes de diapasn, que, si
no muy armoniosos, no por eso dejaron de ser repetidos y revocados por
la ninfa Eco, y llevados de monte en monte. Y nada de este cuadro
ofreca por s algo de extraordinario, pues este nuevo interlocutor, que
tomamos la libertad de ofrecer al leyente, como siempre, a la propia
hora y en el mismo punto y sitio tomaba algn descanso, saludaba por las
ms veces con toda su garganta aquel asueto a su fatiga.

--Vctor, Vctor--dijo Cigarral--, as haya consuelo con esta visita,
como bien me suenan a mis orejas estos speros sonidos. Plegue a Dios
que lleguen tiempos en que el clarn de la fama no sepa repetir sino
estos sones de mi buen amigo, y srvale de premio tal corona, por las
buenas obras de que me es portador.

Y no se engaaba en esto tampoco el cojo soldado, pues saltando quien
cabalgaba en el rucio, as le deca, entregndole algo de vianda y
algunos otros regalillos, que para entretenimiento de los dientes le
sac de los serones que adornaban al rucio; regalillos que bien pudieran
despertar el paladar de un penitente, no que de hombre tan apetitoso
como el soldado.

--La hermossima Mara--le dijo--me encomienda os d estas limosnas, que
hoy domingo son ms abundantes y de mejor gusto que otro da: mucho se
encomienda a vuestra memoria, y an ms a las oraciones que digis a la
Santsima Virgen.

--Llegue ella al cielo--respondi el estropeado--como yo la subir y
ensalzar, y encomendar con palabras y pensamientos, hasta donde
alcance mi humilde merecimiento, puesto que ni todo el lugar en junto,
ni cada su morador apartadamente, ni el cristiano viejo por caridad, ni
el morisco por el respeto que se debe a un soldado de S. A., como yo, me
han dado tanto en un mes como esta hermossima doncella en un solo da.
Lstima es que la naturaleza al sacarla del vientre de su madre, la
dotase de tanta hermosura, dejndole as poco que hacer al resplandor de
belleza que lleva consigo la caridad; pero cierto es que si la mujer es
hermosa por s, con la ayuda de su blando corazn y piadosa condicin,
menos que hermosa, es un ngel sobre la tierra, y arcngel ser la
hermossima Mara.

--Amn, amn--respondieron a una el muchacho Mercado y el mensajero del
asno, quien, al seguir su paso, le dijo al soldado:

--Con algo de desabrimiento hablis de nosotros, pobres moriscos, y a fe
a fe que no sino moriscos son estos bocados que comis, y no sino
morisca es esa Mara que tanto alabis y que todos bendecimos.

--Buen Ferri--respondi el soldado--, yo no hablo mal de la gente de tu
nacin sino por esas malas voces que corren de vuestra mala creencia;
por lo que toca a Mara, ngel es y ngel se estar, y libre se
encuentra de tan negra mancha; yo la fo y la confo, y desde el nio
Mercado, monaguillo de hopa y bonete, que esto escucha, hasta el
licenciado y cura Tristn, y los dos beneficiados, darn la vida por
ella. Esto en cuanto a fe y creencia, que por linaje y sangre, quien
tiene como ella sangre de reyes, ninguna mcula le puede caber. Quin
no respeta a los Granadas y Benegas?[1]. Con que as, hermano Ferri,
sosegos, y no echis a mala parte lo que apunto y digo, que honrado
sois, y honrado me conocis, y, sobre todo, agradecido.

[Nota 1: El apellido _Venegas_ es rabe; por consiguiente, debe
escribirse _Ben-Egas_. Los que le llevaban, por ocultar el origen
moruno, escribieron _Venegas_, y algunos despus _Vanegas_.]

--La paz de Dios te acompae, soldado--dijo el Ferri--; Dios es grande,
Dios es misericordioso, y mira por los suyos.

--Al diablo por estos tornadizos--dijo el estropeado Cigarral as como
vi trasponer al morisco hortelano--; al diablo por estos tornadizos,
que siempre responden con sentencias y palabras de comps y medida, que
huelen todava al Alcorn, como plvora al azufre, y como vasija al
primer caldo que encerr en ella. Pero, Mercado, alto all y no
murmuremos, que, a fuer de agradecido, ms hace el morisco con ser
mensajero dadivoso que yo con callarle sus puntas y collares. Qudate
conmigo, monaguillo insigne, que quiero con parte de estos regalillos
pagar la buena gracia con que me acoges y hospedas toda noche en tu
encogido aposento, librndome as del fro que derrama el zagun de la
iglesia o las plagas que derrama y llueve el mesn nico que permite
gallardamente el seor duque a estos infelices vasallos. Todava, amigo
Mercado, habrs de pagar tu costa en este banquete, vacindome algunas
de las vinajeras que habrs puesto, cual sueles t, a recaudo, como
varn prudente, pues sabes que el agua del cielo no siempre baja cuando
hace sequa, y que para entonces sirven y tienen su acomodo y aplicacin
los aljibes y depsitos, y aunque no tanto, siempre me contentar con
una buena azumbre para m solo, pues a ti ningn provecho pueden hacerte
estas bebidas ardientes, que en la primera edad previenen y disponen a
los muchachos para ser sanguinolentos y colricos, faltando as a la
mansedumbre y humildad, que tanto nos encargan nuestros padres y
maestros. En cambio, partir contigo todos estos adminculos y
bastimento, y te alcanzar, como mejor pueda, sendos jarros de agua de
la fuente alta de la plaza, para que te refrigeres y tomes todo placer a
la comida.

--Admito--dijo el de la hopa--, amigo Cigarral, tan cordial convite, y
en lo del vino nada me advierta, bastndole saber que muy bien s y se
me alcanzan las franquicias, gajes y libertades del oficio del
despensero y sisn, para renunciar a lo ms bueno y mejor parado de lo
apartado, y puesto a seguro por estas mis manos, a hurto del sacristn.
Pero entornad la parla inoficiosa, que ya vuelven de la capilla por lo
alto del pueblo todos los paseantes que fueron para lo bajo; y siendo
as que poco o ms nada les entra ni vuestra humildad, ni menos penetran
vuestras plegarias estropeadas, soldadescas y lagrimosas, poned en
campaa las buenas partes de vuestro gozque Canique, que lo que vos no
alcanzis, acaso logrranlo sus buenas gracias, saltos, danzas y
donaires.

--As sea--dijo Cigarral.

Y dndole dos palmadas a su gozque Canique, ste se ali y prepar
diligentemente para algo de importancia.

En tanto iban allegndose los paseantes, y en cuanto los sinti a tiro
el estropeado, as dijo al gozque:

--Salid, don Canique, can honrado y placentero, y dad cuatro vueltas de
villano o de Bran de Inglaterra por lo alegre o autorizado, segn ms os
conviniere, ante los altos seores que os miran, todo por darles gusto y
placer.

Y esto diciendo, con dos tejoletes que mova entre el meique y pulgar
de la siniestra, y un tris con tras que sacaba de los palos de las
muletas, formaba una como manera de comps, que el can bailador se
esforzaba por coger con sus patillas traseras lo ms galanamente
posible. Lo que no lograran las lstimas, lo alcanzaron las danzas y
saltos caninos, cual presumi Mercado, y todos los vinientes se pararon
formando corro, admirando y celebrando los donaires de la alimaa. El
estropeado, con algo ms de aliento, ya cautivada la atencin de su
auditorio, prosegua diciendo:

--Ahora, don Canique, haced la salva por el Rey de Francia y los otros
Prncipes de la cristiandad.

Y el perro daba tres ladridos alegres.

--Ahora, haced la mesura al seor Emperador, vuestro Seor natural.

Y el perro cruzaba las manillas y bajaba humildemente la cabeza.

--Y ahora--repeta--cantad las alabanzas a don Lutero y otros canes de
herejes, peores y peorsimos que vos.

Y el avisado can amulaba como un diablo del infierno.

--Ahora emplead las splicas y pedid albricias, comenzando por el ms
rico y concluyendo por el ms dadivoso.

El perro, que deba haber un mal espritu en el cuerpo, as como esto
oy, se puso a los pies de aquel Pero Antnez, usurero honrado, que,
como ya se apunt, prestaba un celemn, y recoga dos fanegas. El buen
avaro, bien como se vi sealado y proclamado por el ms rico del
auditorio, di un paso atrs, y ponindose entrambas manos en los
bolsillos, daba al diablo al perro, y apellidaba aquello por algo de
brujera. El perro, aunque segua en sus genuflexiones y zalemas, nada
alcanzaba; hasta que enfadado el cojo por la esterilidad del tiempo, y
la mezquina condicin de tanto estante y ningn donante, as dijo a su
cofrade, sirviente y amigo:

--Pues, amigo Canique, lo que no dan ni prestan, fuerza ser tomarlo;
entrad a saco a estas buenas gentes, como all en antao en el asalto y
saco de Roma; mas contad y advertid que no les habis de tomar sino de
lo superfluo y profano, dejndoles entera la piel, y menos interesar
algo del tegumento de las carnes, y sin detraccin alguna, que todo lo
dems, camisa inclusive, os lo fallo y declaro por buena y legtima
presa.

Decir esto, y como cobijarse el maligno gozque con ligereza y travesura
del mismo diablo, fu todo un punto, no habiendo arremetida en que no
dejase alguna prenda por despojo bajo la salvaguardia del soldado,
volviendo a la carga ms desesperadamente, brincando, latiendo,
lanzndose y agazapndose, siempre huyendo y siempre burlando los quites
y reparos de aquella gente salteada. Esta, ya por lo intempestivo del
asalto, y ya por la placentera traza del amo y sirviente, no acordaron
en lo que les aconteca, hasta que vieron a los pies del soldado quien
el lenzuelo del bolsillo, quien la caperuza, cual la gorra, y hasta la
duea Bermdez mir con escndalo sus venerables tocas, siendo prenda
pretoria del burlador soldado. Este toc a recoger diciendo:

--Alto y parad, hermano Canique: bien lo habis hecho, y ahora
rescatemos estos trofeos, quiero decir que nos los rescatarn,
trocndolos por blancas y ochavos, no de otra suerte que hizo vuestro
capitn y el mo, Francisco Carvajal, en aquel de Roma. Y no os parezca
mal esto, seores, ni se me amostacen por tal niera, que mi capitn
Francisco de Carvajal en aquel saco de Roma, como ya dije, no
encontrando su parte de despojo, pues se entretuvo harto en pelear, al
revs de otros que medran ms, mientras menos se refriegan con los
enemigos, tom traza y medio para enmendar el disfavor de la fortuna;
pues encontrando con uno como vos, seor Candurgo (hablaba con el notario
del lugar), que era el notario de la santa Datara, le pidi 200.000
escudos, que no dndoselos el italiano, puso a pique de poner fuego a un
monte de papeles que de la notara sacamos sus soldados a la inmediata
plaza, para hacer lumbradas y candelarias; pero el notario, que daba
mucha importancia a tanto papel, y que por ello le haba amagado por
aquel flanco mi capitn y vuestro seor, Canique, queriendo conservar
las buenas cosas que all se guardaran, sin ms espera, y como deuda
que tiene aparejada ejecucin, le cont los 200.000 escudos a mi capitn
Francisco Carvajal, que ahora en gracia de Dios y por mritos de sus
manos, conquista y arregla esos imperios del Per.

Los circunstantes, que no se maravillaban menos de aquella taravilla que
de las artes caninas del don Canique, mitad enfadados, mitad
placenteros, rescataron por este o aquel ochavo o blanca cada uno la
parte que perdieron de despojo, si exceptuamos al usurero Antn, que
enroscndose como sierpe y guarecindose en s propio contra el suelo,
cual erizo breal, se libr de ser prendado en el primer asalto, y que
ahora durante la pltica se escurri silenciosamente, dndose albricias
que por su industria y buen nimo pudo libertarse de todo empeo y de
toda multa.

El campo quedaba ya del todo en todo despejado, segn entender del
soldado y del muchacho de la hopa; pero aqul, alzando los ojos, vi que
tena ante s a otra tercera persona extraa, que sin duda haba ocupado
lugar al concluir el asalto del perro, y el saco de los paseantes.

Este nuevo personaje, vestido por aquella manera, mitad morisca, mitad
castellana, que aun usaba la nacin vencida, bien mostraba cuya era su
estirpe; si bien el buen porte de sus arreos, lo venerable de su barba,
y el respeto que derramaba su persona, mostraba por otra parte no ser de
vulgar condicin. Este personaje fu el primero que rompi el silencio,
dicindole al soldado:

--Mal hacis en despojar, ni aun en burlas, ni por un ardite, a vuestros
cristianos viejos; pues tenis a tiro modo ms llano de medrar,
tomndolo todo de los moriscos. Lo que perdone la farda, lo que dejen
las socalias y lo que olviden las derramas, tomadlo vos antes que otros
de vuestros compatricios; tomadlo, que segn vuestros doctores y
polticos entendidos, estamos a merced, y lo que nos dejis, eso debemos
agradecer. Con todo ello, bien me place el donaire con que habis
burlado a tanto cristiano viejo. Entretanto, si queris vos venir esta
noche, entrad en mi casa, y asistiris a la fiesta que doncellas y
mancebos celebran hoy por el natalicio de mi sobrina, tu bienhechora.
Quedad a Dios, y si mi sobrina Mara salta del puente ac, decidla que
paso voy, para que pueda alcanzarme, pues no me vendr mal la ayuda de
su brazo para subir el ltimo recuesto.

El venerado D. Antonio Gerif, pariente de los destronados reyes de la
Alhambra, sigui el camino diciendo estas palabras, acompaado de una
inclinacin respetuosa del soldado y del muchacho; pues este poder
tienen los grandes infortunios de las personas elevadas, que imponen el
respeto hasta a los mismos enemigos.

Entretanto que esto pasaba, el de la hopa revolva una al parecer como
bolsa que divis en el suelo, all en el mismo sitio donde el usurero
Antnez se atrincher, encorvndose y encogindose para no ser salteado
por los tropeles del Canique.

Ya el muchacho se dispona a forzar insolentemente la bolsa, y
revolverla y registrarla sin comedimiento alguno, cuando el soldado,
levantndose de su asiento, que ni tena cojn ni respaldo,
diligentemente se acerc al muchacho, increpndole su intento,
dicindole:

--Alto all, y entrgueme ese despojo, trofeo de mi sirviente Canique.
El esclavo adquiere para su seor, segn toda buena regla de derecho, y
nadie me disputar el seoro que ejerzo sobre mi perro; y mirad,
Mercado, en prueba de ello, cmo reclama con su inquieto latir, lo que
le pertenece de derecho.

El monaguillo repugnaba y tomaba el largo, el cojo insista y le daba
caza a pesar de su manquedad de piernas, y el can, como prctico ya en
tal guerra, brincaba y saltaba a las espaldas del muchacho, conociendo
bien que no hay como amenazar la retirada para perturbar al enemigo.

Nadie sabe dnde hubiera ido esta disputa, si Mercado, vindose en tanto
apremio y asedio, no hubiera dicho:

--Reprtese, seor Cigarral; su amigo soy, y prendas tiene de ello: si
vuestro sirviente hizo el despojo, yo lo he restaurado con mi hallazgo;
y bueno ser que, si encontramos por sano y bueno el alzarnos con la
presa, partamos como buenos hermanos, partiendo as las asechanzas al
diablo, que quiere invadirnos y ponernos en rifa. Adems, que cualquiera
de entrambos que se disgustara hara mal tercio y peor obra al
compaero, llevndole nuevas al usurero de la bolsa perdida.

Parecieron tan elocuentes tales razones al uno, y le mostr tal fuerza
el ltimo argumento, que afirmndose en las muletas y asegurando en
tierra el zoquete que le sobrellevaba la pierna, as dijo alargando la
mano al monaguillo:

--Tus palabras, nio, son tan discretas como razonables; en lo de la
partija, si hay materia partible, estaba concedido sin ser demandado,
pues tanta estimacin me merecen tus buenas gracias: y como estaremos
juntos hasta tarde, en tanto tiempo haremos toda composicin, es decir,
que en tu aposentillo, una cosa tras otra y por su orden, iremos
ejecutando lo de la cena, lo de las vinajeras y lo de la visita y
partija de la bolsa; a no ser que nos asistan razones que muevan a
principiar por la bolsa, por preferencia a su linaje y calidad, en lo
cual no podrn agraviarse ni los bastimentos ni la bebida.

Acaso no concluyera tan presto este coloquio burln como maligno, a no
ser que el perro, dejndolos de un salto, no arrancara a correr con toda
su carrera hacia un sitio sealado de esta escena.

Para mejor inteligencia deber entenderse que el terreno, que por all
formaba una falda espaciosa, estaba dividido por un hondsimo tajo,
practicado por la accin lenta de las aguas, o por alguna otra explosin
rabiosa de la naturaleza all en los remotos siglos. De lejos no se
adverta esta abertura horrible; pero de cerca pareca un anchsimo foso
por donde pasaba un ro entero, que desde lo alto slo se escuchaba
mugir pausadamente, divisndose apenas una como faja de plata, sin ms
distincin ni claridad; pues tal y tanta es la altura desde donde se
mira.

Por lo ms encumbrado, en tiempos antiguos, practicaron los moros
cultivadores de aquellas frtiles asperezas, un puentezuelo o arcaduz,
estribando entre las peas de aquellos abismos, por donde hacan pasar
las aguas de un lado a otro, para regar los jardines y verjeles de la
parte inferior. Este puente acueducto se haba roto y derrumbado por su
clave, ya por la injuria del tiempo, o ya por consecuencia de las
revueltas pasadas; mas los aleros del arco, no estando sino separados
por vara y media o dos varas, muchas personas de agilidad y soltura, por
librarse del cansancio y fatiga de bajar un gran recuesto, y volver a
subir la rambla empinada que conduca a la aldea, de un salto ligero,
salvando as el tajo, se miraban casi casi tocando a las primeras casas.
Aunque el salto no era peligroso, todava helaba de temor el ver lo
profundo del abismo, las negras bocas que se abran en las paredes
cavernosas del tajo y el haber de andar cuatro o seis pasos por el
pretil no ancho del puente y arco dividido.

El verdn de la humedad resbalaba mucho; pero unos cuantos golpes de
espadaa y juncia, nacidos entre la fbrica y mantenidos por la
frescura, prestaban ayuda y apoyo para los atrevidos pasajeros, y hacia
este sitio salvaje y pintoresco fu adonde vieron partir Cigarral y
Mercado al tercer interlocutor de la escena, el insigne gozque Canique.

All dirigiendo los ojos, y a pesar de lo que ya anocheca, vieron
desprenderse desde el boscaje obscuro de la ribera opuesta una como
sombra area, ligera como el viento, que, deslizndose sobre el pretil
del arco destrudo, y salvndolo de un vuelo, no que de un salto, se
acercaba ligeramente entre los saltos y caricias del gozque.

--Ya saba yo--dijo el soldado--que la acometida alegre del perro no
pudiera ser sino por la llegada de la hermossima Mara; l paga con sus
fiestas y escarceos sus obligaciones de agradecimiento, as como yo las
guardo en lo ms ntimo del corazn, para manifestarlas en tiempo que
puedan ser de algn til.

En esto lleg aquella tan celebrada por hermosa, tan amada por su
piadosa condicin y tan respetada por su religiosidad, y cierto que as
como lleg y descorri el velo que penda de las tocas de su cabeza,
mostr maravillosamente que an pasaba su belleza al encarecimiento de
la fama. Su traje era an el usado por la nacin vencida; esto es, toda
la profusin oriental, realzada por los golpes de gracia y caprichos
aadidos por los moros de Granada, que hacan de su vestido un adorno
tan lindo como peculiar a aquel pas. El pelo recogido, las trenzas
vagando por las espaldas, daban una picante extraeza a su rostro,
iluminado dulce y melanclicamente con ojos del linaje del Yemen. Dos
leves y riqusimas girndulas de oro y esmeralda, pendientes de sus
breves orejas, mostraban la riqueza de su dueo, as como una cruz que
adornaba su joyel, mostraba la creencia de la doncella.

--Dios os guarde--dijo.

Y los cielos pareca que haban hablado por su boca; tal fu su acento
de armnico y delicado, y el soldado, con su mejor gracia posible,
replic:

--Si no Dios, al menos los ngeles estn en nuestra compaa; vuestro
sirviente, dama hermosa, ha cumplido con vuestro dadivoso encargo, y
mirad lo que mandis, que obligacin tengo de obedeceros, aunque
menester fuera ir a las tierras del Catay, o a la noche de la Noruega;
mandad, seora, y no reparis en este entorpecimiento de mi persona,
apoyada en rodrigones de palo; mandadme, que tal fuerza hara la
voluntad, que todava se hiciese obedecer cumplidamente de la ligereza
del cuerpo.

--Os lo agradezco en el alma, bravo soldado; pero esas tierras apartadas
que por m querais visitar, no se miran holladas por los tercios
espaoles. No es cierto?

--Doncella--replic el soldado--; yo no s qu rincn del mundo no
habrn ya visitado mis compaeros; pero cuando yo dej las banderas del
Emperador, quedaban nuestros tercios en Alemania, prestos para pasar el
Danubio, y el que obedeca al bravo como mancebo Lope de Ziga, ya os
he dicho...

--Adis, soldado--le dijo la doncella dando un blando suspiro--. Adis.

A pocos pasos de distancia volvi hacia el soldado, y le dijo:

--Esta noche hay velada en la casa de mi to; podis all ir a recoger
limosna. De este modo miraris bien como cristiano viejo (y la doncella
se sonrea agradablemente) que estos festejos distan mucho de las
zambras y supersticiones con que los mal intencionados acusan a los de
mi nacin.

--S, ir, hermossima Mara--replic el estropeado--; pero entended
que, aunque el mismo fiscal del diablo soplara y acusara a cuantos
moriscos hay desde El Cairo hasta aqu, slo as como os viera en un
lugar bastara para sobreseer y desistir de todo pensamiento sospechoso,
cuanto ms que de otras demostraciones ms vigorosas, pues donde vos
estis, bien as como la noche de la luz, han de ir a mil leguas
Mahomilla y don Satans.

No pudo or replicar el soldado, pues Mara ya traspuso por entre las
sombras de los rboles desde la primera palabra, y la blanca alcandora
que vesta flotaba entre el verde obscuro de los ramos.

Mara se acercaba hacia la aldea diligentemente, para ayudar con su
brazo los cansados pasos de su to en el subir el recuesto fatigoso que
ya hemos apuntado.

Lleg al apoyo de piedra que serva de arranque a la subida, sitio donde
siempre era esperada, y no encontrando al anciano to, ocup, mientras
aguardaba, aquel asiento, entregndose a las imaginaciones que la
soledad, lo apacible de la hora y la edad breve de diez y ocho aos
llevan siempre consigo en el blando corazn de una mujer.

A un lado y otro volva los ojos con tierna inquietud, hasta que,
dejando ir su diestra y linda mano debajo del pecho, y con la siniestra
manteniendo la hermosura de su mejilla, fija la vista en la luna, que ya
pareca entre los cielos, estuvo exttica un breve instante, hasta que,
dando un blando aliento, y casi sin abrir los labios, y como si esta
armona se le deslizara furtivamente por ellos, cant esta cantinela,
por aquel tono triste y penetrante de los cantares moriscos:


CANTINELA

            Dnde ests,
    dnde ests, amigo mo!
    Ora acaso gala y bro
          mostrars
    cabe el Elba o Reno fro.

            Fiera lid,
    fiera lid y sus azares
    t prefieres, o ir por mares,
          bravo Cid,
    a este suelo de azahares.

            No ms ya,
    no ms ya tu mente amada
    en placer embelesada
          llorar
    los vergeles de Granada.

            Pienso en ti,
    pienso en ti con dulce empeo
    cuando el plcido beleo
          me da, s,
    con tu imagen blando ensueo.

            Otra flor,
    otra flor de ms belleza
    prenda acaso tu fineza
          con su amor:
    Ay, mi Dios, qu cruel tristeza!

            Mientras yo,
    mientras yo, apartada y sola,
    canto y lloro con mi viola:
          "No irs, no,
    del pecho de tu espaola."

Al llegar aqu, la titulada doncella sinti una mano desconocida que la
llam en el hombro, y estremecindose y volviendo el rostro, mir entre
las ramas levantarse las blancas tocas de un turbante, y luego un
mancebo saltar gallardamente ante sus ojos, dicindola:

--No te asustes, prima, esposa y seora ma; t, hermosa Zaida, como te
nombra el corazn mo, o bellsima Mara, como te nombran nuestros
altivos vencedores, queriendo as los soberbios, trocndonos los
nombres, arrebatarnos los ttulos y motes de nuestra eleccin; t, Zaida
ma, has visto llegar la luna de Rajeb, trmino puesto por nuestro to
para este enlace afortunado, nica dicha que les resta a los dos
vstagos de los Reyes de Granada, a los descendientes de los Califas del
Oriente y sucesores de los Omiadas de Crdoba. Este trmino deseado lo
vi llegar en estas costas de Berbera, donde buscaba apoyo para sacudir
la funesta servidumbre que nos agobia; desde all, alegre con mil
promesas, y ms alegre con las esperanzas de mi ventura, me embarqu en
una goleta, que antes de ahora me hubiera echado en estas playas de
Espaa, a no tener que esquivarse de las Galeras de Leiva, que han
vuelto de Sicilia. Al fin, hace tres das que tom tierra, a despecho de
los corredores y atalayas de la costa, y llegando como llegu a esta
aldea, donde saba que era aguardado de los mos, y abrazando a nuestro
to en esas casas que se ocultan entre las alamedas, he venido a
presentarme a tus ojos, ya para llevarme yo mismo las albricias, si tal
merezco, o para anticiparme a la pena, si es que mi desgracia no alcanza
otro premio.

Luengos instantes estuvo la hermosa morisca, fijos los ojos en la
tierra, sin articular palabra alguna, hasta que, pasando la mano por la
frente, como si pidiera ayuda a su discrecin, algo ms sosegada, le
respondi al mancebo de esta manera:

--No s, primo y seor, cmo es (si vuestra memoria no os ha abandonado)
que os atrevis a entrar por las puertas del alma ma, llamndome por
otro nombre que el de Mara, nico que reconozco, nico que quiero, y
slo por el que responder de hoy ms hasta la muerte. Esta irrevocable
determinacin ma bien os mostrar cul sea mi pensamiento en esas locas
esperanzas de coronas y de imperios. Si es que nuestra miserable nacin
ha de emprender algn da el imposible de su libertad, aguarde a que los
vencedores castellanos adolezcan de la misma enfermedad y corrupcin que
desmay a los moros de Boabdil, y tomen este largo plazo, y contntense
o resgnense al menos con l, ya que no supieron, o no pudieron, o, por
no lo decir, no quisieron defender su libertad y su independencia,
dejando para un "maana" incierto lo mejor que pareca en un "hoy"
seguro de seguras y firmes esperanzas.

No quiera Dios que mi nombre ni la sangre de donde vengo entren a parte,
para provocar tamaas desdichas sobre nuestros antiguos vasallos, y
menos para arrebatarles la msera fortuna que les resta, dndoles, en
cambio, la servidumbre y la muerte. Si alguna esperanza pueden tener las
que nuestro to ha podido inspirar sobre mi posesin, fuerza ser que
abandonen vuelos tan locos y osadas tan temerosas, por lo mismo que son
tan atrevidas. No alhambras, no coronas quiero; no anso ni por esclavos
ni por tesoros; no anhelo por las fiestas ni por las zambras; quietud
quiero, mi hogar me basta, los bienes de mis padres me sobran en parte;
y puesto que mi dicha me ha dado una en una religin santa, en ella
quiero morir a trueque de los mayores bienes, ya que bienes queris
llamar a los que, si se consiguen, han de comprarse en tantos duelos,
fuerzas, lgrimas, hogueras y muertes. No, primo; si os pude considerar
rabe lejos de mis ojos, abanderizando el Africa, confindoos en la fe
berberisca y combatiendo intilmente en la Goleta y Tnez estos mismos
castellanos que queris vencer en nuestro pas, nunca presum que en
nimo morisco, quien naci ya cristiano, viniese a ofrecer su amor a
quien no quisiera ver un prncipe en un amante, sino slo un caballero.

--No ms, Zaida--le interrumpi el mancebo--; tu palabra ltima revela
cuanto pasa en tu corazn. Esa fe de que tanto blasonas acaso se
sostiene ms en ti con la memoria de un caballero que no con las
plticas de las misiones; ms con el recreo de los papeles y endechas,
que con la lectura de catecismos; pero no cuentes con burlar a nuestro
to ni burlar las esperanzas mas.

Vive Dios!...

Algo ms de colrico hubiera dicho el moro, a no haber llegado el viejo
Gerif, quien, apoyndose en aquellos dos reales vstagos de su familia,
los hizo andar hacia la aldea, l pensando en las grandezas pasadas de
su estirpe, el mancebo en su engrandecimiento futuro y Mara en el bien
pasado, las angustias presentes y en lo incierto del porvenir.




CAPITULO II


En tanto de esto, el estropeado y Mercadillo, sentados en la celdilla
del campanario, noble aposento del monaguillo, a la pavilosa luz de una
de tantas candelillas como sisaba el muchacho, entrambos repasaban los
papeles y envoltorios de la bolsa que olvid el honrado usurero. Al cabo
de buena pieza no pudo ms el soldado, y dijo:

--Vive Dios! que todo el dinero lo tiene el bueno de Antnez situado a
ganancias, tal es la esterilidad de su bolsa. Pero en trueque papeles a
carga: no queda ms remedio... nminas... listas de prstamos... no
resta ms senda, Mercado amigo, que aplicarle a este prestamista la
receta que mi capitn Francisco de Carvajal le aplic al susodicho
notario romano, el de los 200.000 escudos. O mltese Antnez, o sus
papeles sufrirn el auto de fe ms riguroso que ha visto Toledo. Pero
alto all: este otro papel es de fresca data, y envuelve otro papel
cerrado y sellado con blasones y armeras. Antnez no se contenta ya con
la delgada usura de los aldeanos, y presta tambin a los grandes
seores. Pero leamos; y en seguida as ley el soldado:

"Mi buen Antnez, he llegado con rdenes de Su Majestad a la Aljecira en
las galeras de Leiva: vuestras cuentas las he aprobado: no por ellas,
sino para asunto de importancia quiero estar a recaudo en esa aldea y en
vuestra casa, a hurto de todo curioso, por dos o tres das. Ese billete
entregadlo, y vuestra vida me responde de vuestra fidelidad.--_Don Lope
de Ziga._"

--Mejor dijera, dijo el soldado, vuestro dinero me responde, y fuera
mayor encarecimiento. Pero este don Lope y de Ziga, y viniendo con
rdenes, y en las galeras de Leiva, no puede ser sino el superior de un
tercio y amo mo; y ahora recuerdo, Mercado hijo, que o decir que tena
heredamiento por estos rincones de Andaluca. Este don Lope, amigo
Mercado, es el ms valiente hombre del mundo, capaz de dar el ltimo
maraved, como la ltima estocada, si aqul le obliga u ste le ofende.
Y te digo esto para que moderes esa curiosa picazn que leo en tus ojos
y que quisiera penetrar e insinuarse por los poros y resquicios de este
cerrado billete; bien as como si fueses pegajosa humedad que todo lo
traspasa. Modera, repito, esa picazn, pues no nos valiera, si
hiciramos tal demasa, aunque nos sepultsemos en el nicho ltimo de la
honda bveda de las nimas. Entretanto resolvamos y fallemos qu hemos
de hacer para obligar al que mata, es decir a don Lope, para agradecer
a la hermosa, quiero decir, a Mara, y para multar al honrado usurero.

Grandes debates tuvieron, y divididos en pareceres se mostraban
entrambos amigables componedores, hasta que cansados por el fastidio,
ms que no convencidos por buenas razones, ejecutoriaron por captulo
principal, primero callar tal descubrimiento con la debida discrecin,
teniendo presente entre varios fundamentos la soberbia condicin y brazo
fuerte de aquel misterioso don Lope. En segundo, que el billete buscara
el soldado medio aquella noche en la fiesta para ponerlo en manos de
Mara; y ltimo y final, que el rescate que se lograra por los dems
papeles del honrado Antnez se dividira entre los dos, el soldado y el
de la hopa, salvo el quinto, que antes de todo debera sacarse en pro y
beneficio del gozque Canique, que tanta parte tuvo en aquella buena
ocasin.

El soldado recogi sus ayudas y muletas, asegur el zoquete que mantena
la siniestra rodilla, y en conserva de su gozque enderez derecho a la
casa de Gerif, donde se admitan en fiesta aquella noche los principales
moriscos de la aldea.

La casa de Gerif era de apariencia; la puerta de entrada sala a uno
como vestbulo ancho y espacioso, sostenido en redondo por arcos
moriscos, formado cada uno por cuatro pilastras arabescas. En medio
surtan tres fuentes de agua cristalina, encerradas en cercos de lamo y
albahaca puesta en tiestos de bcaro y azulejos: macetas de amraco y
verdones halagaban el olfato o la vista, segn fuera el sentido que
quisiera recrearse en tales plantas; y como al frente hubiese tres
puertas que daban a los huertos y jardines, y como stos iban subiendo
en anfiteatro a medida de lo que all se enriscaba la sierra, se gozaba
desde el vestbulo de la mejor vista del mundo entre doseles de
enredadera y celinda, entre pirmides de verdura o entre obeliscos altos
de jazmines, lamos y cipreses.

Los pimpollos de las parras y los ramos de la madreselva asaltaban
desordenadamente aquella estancia, trayendo hasta en medio de ella los
colores de la prpura y los olores del mbar, pareciendo todava ms
encantada esta escena con los golpes de luces y luminarias que iban por
las cornisas de las columnas, con las girndulas que se mecan en los
arcos y con los fanales pintados y faroles caprichosos que se sostenan
de los ramos y pimpollos de los huertos.

Mucho concurso llenaba ya la casa cuando lleg el soldado a los
umbrales.

Las costumbres rabes, alteradas antes que puestas en olvido, y las
usanzas castellanas admitidas y siempre repugnadas, daban mucha
extraeza a este festejo.

Las doncellas moriscas con sus tocas en la cabeza, con sus velos
arrojados sobre el hombro, con sus alcandoras pintadas, con sus carcajes
de oro al comienzo del borcegu y sus brazaletes de piedras en las
manos, ponan el colmo a su alio con el alheo de los ojos.

Este afeite, ideado para dar mayor realce a los ojos, daba al rostro
femenil una expresin de voluptuosidad irresistible para los moros
espaoles, y nunca fu posible arrancar este uso hasta que aquella
infeliz nacin fu descuajada de sus hogares.

Entre la turba alegre de aquellas bellas orientales, y sobre los
almohadones de damasco, se hallaba Mara o Zaida, como la nombraban los
moriscos celosos, y que miraban en ella un vstago de sus pasados reyes.
Mara sola descuid el afeite de sus ojos, ya por despreciarlo como
ocioso, o porque fiase ms en el podero de los suyos.

En la parte inferior, y separados enteramente de las que ellos llaman el
cielo en la tierra, estaban los mancebos adornados con los bordados ms
ricos y con toda la atauja oriental.

Los aafiles y atabales, los albogues y tamboriles resonaban alegremente
por la estancia: algunos mancebos ya haban dado muestras de su destreza
ensayando los asaltos y bailes que tanto tenan de desenfado rabe, como
de galantera castellana.

El primo de Mara, Muley para los moriscos y don Fernando entre los
espaoles, como desdeando de emplearse en tan frvolo pasatiempo,
sirvindole de arrimo una de las columnatas, no pensaba sino en sus
proyectos, y slo pareca asistir en la zambra por el ahinco con que
derramaba a veces la vista en su hermosa Mara. El mancebo, venciendo
por su riqueza a cuantos le rodeaban, sobresala por su gentil estatura,
descollando sobre los ms aventajados en todo lo alto de la cabeza.

A este propsito llegaba nuestro estropeado a la puerta, y all encontr
dos castellanos que as hablaban:

--No hay duda, amigo Juan, sino que esta zambra tiene ms apariencia que
lo usual y ordinario. Se suena que cierto mozo principal ha tomado
tierra en esas calas de la costa, viniendo de Berbera, y que a su buena
venida es este festn y zambra. A fe a fe que todava no ha entrado ni
un cristiano viejo; y cmo han de venir si no los llaman? Y cmo han
de ser llamados, si los descredos quieren estar solos para sus
prcticas y maquinaciones? Vamos, hermano, que vos como alguacil, y yo
como persona de autoridad del pueblo, debemos dar cuenta de todo al
alcalde de nuestro Ayuntamiento.

Y al partirse, y reparando en el soldado, aadi el otro:

--Este Cigarral todo lo asalta y con todos se comunica: bien va, y ser
recibido a las mil maravillas, que a falta de otras hechiceras, bien
podr prestar a la chusma las buenas habilidades de su gozque.

Entretanto, el estropeado entr seguido de su perro, y sin cuidarse del
mal ojo y sobreojo con que muchos le miraban, solt sus palos y tom
asiento en el suelo entre la gente inferior de la familia, poniendo por
trinchera de sus rodillas al perro, que asentado con mucha compostura
sobre sus piernas, se apoyaba en las zarpas delanteras alzando el
cuello, levantando las orejas y mirando atentamente a su bienhechora
Mara, a quien saludaba de su mejor modo, moviendo mansamente la cola.
Acaso el agradecido perro la hubiera saludado ms sealadamente desde
lejos y a despecho de la fiesta, si no sintiera la mano de su seor, que
segn sus cuentas le mandaba quietud y silencio, y as todo qued
tranquilo.

Mara se sonri blandamente al ver entrar el soldado; ste, contento con
tal distincin, baj humildemente la cabeza con tanta cortesa como
reverencia, y al alzarla se encontr con la vista de Muley, que lo
miraba con ojos de desprecio y de una clera mal reprimida; pero el
soldado, con gran enojo de algunos y mayor maravilla de todos, no huy
su rostro de tan feroz mirada, antes bien la provocaba con su gesto
maligno y burlador.

Acaso la zambra se hubiera turbado desde aquel punto, a no ser porque
Mara, dejndose vencer de tanto rogar y tanto suplicar, no pulsara la
vihuela y entonara maravillosamente, por lo blando y expresivo, el
siguiente:

ROMANCE

      En un alazn brioso,
    por entre bravos jarales,
    huyendo, huyendo Jarifa,
    en grupas va con su Zaide.

      El caballo va contento,
    contentos van los amantes:
    el corcel, por ir saltando;
    los dos, por ir a gozarse.

      Cabalgan los dos, cabalgan
    por entre obscuros breales,
    que quien a hurto camina
    de ocultas sendas se vale.

      La vuelta van de la playa,
    huyendo el odio de un padre,
    para echarse en un esquife
    y en Tremecn repararse.

      Ya llegan a la alta cumbre,
    ya ven azular los mares,
    ya ven mecerse las velas,
    ya piensan hollar la nave.

      Mira, mira, dice el moro;
    mira, mi amada, cul salen
    inquiriendo nuestras huellas
    los jinetes del algarbe.

      No temas, ella responde;
    no temas, mi bien, mi Zaide,
    que un encanto aqu me asiste
    que presto a los dos nos salve.

      Es un listn prodigioso,
    fadado con hados tales,
    que dos que con l se cian
    cierto invisible se hacen.

      Probemos, Zaide, probemos;
    usemos mgicas artes,
    y en su insensata pesquisa
    nuestros verdugos se cansen.

      Desdobla el listn Jarifa,
    con l se anuda a su amante,
    cuando de presto, oh, qu espanto!,
    ven una sierpe soltarse.

      El fiero dragn se enrosca,
    los cie en negros dogales,
    el pecho para oprimirles
    y los pies por cautivarles.

      Que tal listn receloso
    dar hizo a Jarifa el padre
    para que hallase la muerte
    donde sus gustos buscase.

      Llega el rey enfurecido,
    vibrando el sangriento alfanje,
    y abrile el pecho a Jarifa
    y el cuello dividi a Zaide.

La algazara en los plcemes y vivas fu grande, los instrumentos
redoblaron sus ecos y las bendiciones llovan sobre doncella tan
hermosa, tan coronada y cumplida con cuantas dotes halagan los sentidos
y cautivan el alma.

El soldado no poda resistirse en tanto a la admiracin que le mova
aquella estancia y aquella riqueza; all en su imaginacin todo lo
confera con las mejores y ms ricas cosas del mundo que haba
contemplado, y para s deca:

"Estos moros denles agua, y os sacarn verdura de una pea; denles
verdura, y os darn un jardn, y con jardines y su idea all os
levantarn una alhambra donde mismo se os antoje el pedirla. Ellos dicen
que su paraso no es sino verjeles; pero entretanto, y por lo que
acontecer puede, no son sus moradas sino otros tantos parasos.
Descredos! Y nosotros siempre astrosos y sin tener un rbol donde
gozar la sombra y la frescura!"

Mientras esto l imaginaba, un suelto mancebo danzaba en medio del cerco
lo ms galanamente posible. Hera el suelo tan blandamente, que no
pareca sino que se deslizaba por sobre el pavimento, o que algunos
hilos invisibles le sostenan de arriba y le columpiaban al son de la
msica. Con la mano diestra mostraba un adufe revuelto con listones de
colores, y que engarzando mil campnulas y pequeuelos y sonantes
cmbalos, correspondan, ya viva, ya suavemente, con la armona de los
msicos. A veces el danzador, en medio de su carrera, pasaba y repasaba
ligeramente el adufe por debajo de sus hombros, a veces lo lanzaba
perdidamente por los hombres, y como si estuviese atado a la voluntad
del mancebo, siempre le vena a las manos limpia y galanamente. Los ojos
se perdan en tantas ruedas, sesgos y revueltas; involuntariamente todos
seguan el cadencioso moverse del que danzaba, y todos, inmviles en sus
asientos, todava se engaaban fantsticamente, creyendo cada uno ser el
bailador, que no el que real y ciertamente llevaba la danza.

Cada cual de aquel concurso, tanto hermosas como galanes, fu dando,
para contento de todos, cumplidas muestras, aqullas de sus gracias y
stos de sus destrezas, aplaudiendo siempre y cordialmente el soldado a
todo, como si tuviese mayor placer en ello, por lo mismo que recoga
aquellas visualidades por el encogido arcaduz de un ojo slo, y ste
tambin lisiado y enfermizo. Pero tambin tuvo que ponerse en plaza y
pblico anfiteatro, pues no faltando quien adivinase las buenas gracias
del gozque, los chistes del amo y las retahilas que relataba, todos
apremiaron al estropeado para que divirtiese la fiesta, no pudiendo
excusarse ste de tanto ruego, ya por la demanda y ganancia que pudiera
haber, ya por cierta idea que le bulla en su magn.

Ello es que todo era hacerse consejos y consultas sobre aquel negro
billete del don Lope, y de ver cmo podra hacerle llegar a verdadero
recaudo, segn y conforme al deseo de su dueo.

Segn las veras y ahinco con que trazaba esta trama el soldado, bien
pareca tener alguna estrecha obligacin que le induca a ello; pero de
ello, quier que fuese, es cierto que pidi la vihuela, y despus de
acordada y de dar las palmadas a su gozque, comenz ste a saltar de
buena manera y el amo a tocar por la escuela ms extremada del mundo;
hubo lo del Rey de Francia, lo del saludo al Emperador, el besar las
plantas de la ms hermosa, el sealar las que estaban de boda y otros
donaires de tal parecer.

En todas las gracias del gozque se vea una preferencia sealada por su
bienhechora Mara, no habiendo vuelta en que no diese muestras de
sumisin o contento cuando pasaba cabe la hermosa morisca. Cuando la
seal por la ms bella nadie par atencin en ello, pues cada cual en
su imaginacin aprobaba lo mismo, y era fcil imaginarse que el gozque
estaba ya adiestrado en el donaire; pero cuando la seal tambin por
estar de boda, y que como queriendo huir de ella y como buscando otra en
quien hacer sealamiento, y no encontrndola, volvi a Mara, y la
seal definitivamente, el gozque dej entonces escapar un gemido tan
lastimoso, que eriz el cabello a todo el concurso. Pero esta impresin
fu pasajera y como relmpago en noche serena; as pas como fu
olvidado enteramente en la memoria.

El soldado, llamando a s el perro, prosigui:

--Ahora, don Gozque, vais a ser mensajero del amor, oficio que requiere
examen de destreza y ttulo de fidelidad; cuidado con trocar los frenos,
que de tan lastimoso descuido suelen provenir grandes desaciertos, y en
ello vuestro buen nombre debe quedar a salvo de cargo y responsabilidad.
Tomad la posta, y tanto dure vuestro viaje como la msica y letra de
vuestro amo.

Y esto dicindole, y pasndole la mano por la boca, como si le pusiese
algo en ella, y despus inclinndose a su oreja como para encomendarle
alguna cosa, lo dej ir, agarrndose l a la vihuela, la que, rasgueando
diestramente, cant con ella.

MOTETE

          Mensajero,
          corre y ve,
    corre y ve presto y artero,
    y de ausente caballero
          llvale
          a su amor
    el billete ms sincero.

          No est lejos,
          muy ms fiel,
    muy ms fiel a tus consejos:
    Busca ansioso los reflejos
          de un clavel
          que dej
    entre bcaros y espejos.

El gozque corra desesperadamente en torno de los festejantes; di tres
vueltas, y a la tercera, cuando cesaba la cantinela de su amo, saltando
delante de Mara, provocando las caricias de ella con sus donaires y
juegos, no descans hasta que aquellas blancas manos de espuma y armio
viniesen halagosamente sobre su figura canina, y entonces, como si
tuviese un instinto superior a su naturaleza (tanto puede el arte), lo
dej caer y deposit entre las manos de la doncella el billete que
tantas ansias y anhelos haba arrancado a diversas personas.

Mara, que muy bien entendi la inteligencia del cantar, y que ni una
mnima palabra de l dej ir de su memoria, viendo las seas casi
discretas del perro, recordando que por aquel mismo tiempo en que estaba
debera tener nuevas de su ausente, percibiendo en aquel punto un papel
entre sus manos, y, ms que todo, sintiendo levantarse en su alma mil
esperanzas de contento y gusto, no pudo resistirse de tomar aquel
mensaje, y, lo que es ms, de tomarle encubiertamente y sin dar sospecha
a nadie. Su discrecin alcanzaba la tempestad que hubiera alzado si a la
borrascosa condicin del primo, y al receloso natural del to, y al odio
de todos los moriscos para con sus vencedores, hubiera venido a juntarse
una sospecha, verificada al punto con la prueba plena de un billete.

Muley o don Fernando (pues cualquiera de estos dos nombres no da ni
quita nada a lo riguroso y altivo de su condicin) segua con el alma,
que no con los ojos, todo el curso de aquella farsa; y si bien es verdad
que si no vi el embutir del billete en la boca del gozque, ni el pase
del tal depsito a las manos de Mara, siempre sospech que all
hubiese algo que se esconda de la atencin comn. Por lo mismo, y para
salir de tanta incertidumbre, puso en obra al punto el pensamiento que
le sugiri su recelosa sospecha.

--Mara--dijo dirigindose a la hermosa prima--, hoy es el da de tu
natalicio, y sta la hora de media noche, hora en que tantos prodigios
suelen verificarse. Las doncellas de nuestra familia es fama que en tal
da y en igual hora pueden sacar ciertas maravillas del mundo invisible,
o curar alguna dolencia rebelde segn quieran y segn las frmulas
sabias y poderosas que empleen. Pues bien, no hagas nada de prodigioso,
pero prueba (pues a ello debe moverte tu natural compasin), prueba,
repito, tal poder en ese lisiado pobre, y ya que, aunque cristiano
viejo, asiste a nuestros regocijos, saque de ellos, adems de la
limosna, un bien que en balde querran drselo los suyos.

As como habl Muley todos fueron de su parecer, y all fu rogar a
Mara y Zaida, pues cada cual la nombraba segn su mayor o menor afecto
a la religin santa, y muchos la llamaban por entrambos nombres.

Mara repugnaba honestamente tal empeo, pero las splicas fueron
tantas, el objeto se lo presentaron por tan piadoso y tanto de
encarecimientos y halagos fueron y vinieron, que al fin, dndose por
rendida, y confiando en la negativa del soldado, que como cristiano
viejo no admitira tales prcticas, replic:

--Puesto que a despecho de mi gusto habrme de vencer a lo que se me
pide, todava no me prestar a ello si el mismo soldado no me lo permite
no callando, sino que quiero oirle yo misma la splica de su boca.

--Hermosa Mara--le replic alegre el soldado--, no slo deseo que
tomis parte en este consuelo mo, sino que os lo suplico lo ms
rendidamente posible, que aunque yo no tengo en mucho tales prcticas,
le doy en trueque tal encanto a la belleza, y tal fuerza y poder a la
intercesin de un ngel, que slo con que vos pongis mano en ello ya me
cuento por curado y franco y libre de lisiadura y de ceguera.

A esto or se levant Mara entre turbada y pesarosa, y desdoblando un
listn, lo pas por la rodilla manca del soldado, aqulla que apoyaba
sobre el zoquete de madera, y asimismo, relatando en silencio unos como
versos o nminas, at luego los dos cabos del listn, diciendo:

--Mendigo, as te engarce tu rodilla como enlazados quedan estos dos
cabos; y decir esto y levantarse el soldado, arrojando el palitroque de
la rodilla, y repetir a gritos milagro, milagro!, fu todo un punto.

Todos quedaron absortos; unos dudaban, los ms se afirmaban en la verdad
de aquellas prcticas, y Mara, apartada al lado, y espantada de
semejante maravilla, se deshaca en protestas, de que ella no tena
parte en aquella mquina diablica, prometiendo no repetir ms nunca tan
pernicioso ejemplo, y asegurndose con la mano puesta en la cruz del
joyel, pareca que ella buscaba un testigo que certificase de su
inocencia. Entretanto, el soldado, a voz de contrapunto, clamaba as:

--Otra palabra, bella Mara, y de todo punto desaparece mi triste
lisiadura, y otra y ltima intercesin, y desaparece mi ceguera.

Los del baile aplaudan, muchos preguntaban, todos respondan, gritaba
el soldado y saltaba y lata estruendosamente el perro. Todo era
algazara, todo confusin; de repente brense las puertas de la calle, y
vense entrar por ellas el Ayuntamiento de los cristianos viejos con todo
el aparato de justicia; el alguacil Molino, de vanguardia, y la duea
Bermdez, en la rezaga.

--Mirad--dijo sta--, oh, reverenda justicia!, dnde estn mis
endotrinadas; huyen mi enseanza saludable, y se entregan a sus zambras,
y no advierten en traer con ellas a la prudencia y virtud personificadas
en una duea; los luengos mantos espantan a los almaizares y alcandoras;
vigilancia, alerta, reverenda justicia.

--Callad, duea Bermdez--dijo el alguacil--; aqu hay algo de mayor
cuanta que vuestros chismes dueescos; aqu hay prcticas, aqu
nminas; luego debe haber multas.

--_Utique_--replic el notario.

--Pues mirad ah, por s mismo--prosigui el honrado alguacil--, la
pierna de palo del soldado Cigarral, curado de golpe y por persona que
no tiene ni puede tener ttulo para ello. Qu es esto, seor? Es
fuerza ver fin y punto a las contemplaciones; tambin suenan ciertos
rumores de moros berberiscos saltados en la playa, y que se abrigan en
estos contornos. Qu es esto, seor, no hay justicia? Se han de
permitir por ms plazo los tratos y contratos de los rebeldes, la
murmuracin y las sediciones? Qu es esto, seor? Seor, dnde
estamos?

Nadie sabe dnde hubieran llegado los apstrofes y acriminaciones del
multador alguacil Molino, corchete ganza, segn el buen dictado e
intitulacin del soldado, si una inesperada peripecia no le cortara el
rpido vuelo de su elocuencia.

El suceso fu un bien asentado golpe de revs en la pecadora boca, que
di con el orador y su elocuencia en tierra, y volvindose el cado y
todo el concurso a ver de qu mano se haba disparado el ballestazo,
vieron salir por delante de todos el airado cuanto venerable Gerif,
quien buscando con la vista al alcalde para encomendarle sus quejas, as
como tropez con l, as le dijo:

--No creyera yo que donde estis vos tomara, en son de reprimenda, la
palabra persona tan mezquina de condicin como de menos valer por su
ejercicio, y tanto ms tratndose de agravio con persona de mi calidad.

Yo, por ser quien soy, por alcalde del Ayuntamiento de los mos, si vos
lo sois de los cristianos viejos, y por las honras que el Rey quiere que
sean guardadas a los hijos y parientes de los reyes, bien puedo
festejar a quien se me antoje, no admitiendo en mi compaa sino a quien
me iguale, o a los que por estrecho de amistad me obliguen a ello.

Fu interrumpido aqu el ilustre Gerif por el alcalde del Ayuntamiento
viejo por mil excusas y cortesas, las que subieron de punto as que vi
a Mara ser como el astro que presida aquel sarao.

--Bien habis hecho--aadi a Gerif--en corregir de tal modo al alguacil
por su demasa, siendo mi venida por curiosidad y festejo, y de modo
alguno por enmienda ni admonicin.

Calmse entonces la alarmada ira de los unos y el odio ardiente de los
otros, vistindose otra vez los aceros de las espadas y dagas, ya casi
desnudas y prestas a encender en fuego aquella que principi dulce y
apacible fiesta.




CAPITULO III


Trocada en sosiego la inquietud pasada, las cosas volvieron a su orden
primero, recobrando la fiesta la turbada alegra. Los nuevos entrantes
tomaron su lugar, segn y conforme a su calidad y condicin, logrando al
fin la duea Bermdez el verse presidiendo la banda de aquellas palomas,
no tan blandas y obedientes como ella quisiera.

El buen Antnez, el usurero honrado, tambin fu de los entrados de
antuvin, buscando medio, si no para hallar el perdido envoltorio, al
menos para dar parte de todo a Mara, y conferir con ella qu artes
podran trazarse para recobrar cosa de tanto inters. El, pensando tan
ahincadamente en ello, manifestaba a los que le conocieran su flaco,
cunto esmero pona aquel vampiro de la hacienda ajena para ver
aprobadas sus cuentas, y que las diese su amo y seor don Lope por de
buena data.

As que, ganando un lugar y deslizndose por aqu, y pasando por acull,
hacindose el poste a veces, afirmndose otras, y siempre mejorando de
puesto, ello es que al fin se puso a tiro silencioso del objeto de su
viaje, trmino y blanco del correo perdido, la hermosa Mara. Esta, que
en algn intervalo se procur tiempo para leer el billete, ya se miraba
por l instruda de la venida de su amante a Algeciras, y de cun
prximamente habra de llegar oculto a la aldea. As que al punto que el
perdidoso le habl de su desgracia, la morisca le consol con la noticia
de que ya el papel estaba en sus propias manos, que no fu menos que
volver el alma al cuerpo de aquel pobre y restaar la herida por donde
sospechaba l que perdiera su hacienda, y con ella la vida.

Ya iba el usurero, como quien por el sedal busca el pez, a preguntar de
dnde vino el hallazgo del billete, para introducir al punto la peticin
de su bolsa perdida, sus papeles y apuntamientos: tal iba a preguntar,
cuando de pronto o como viniendo de los cercos huertos, se dejaron or
las puntadas ms blandas y dulces, y el instrumento ms celestial que
aquellos habitadores haban odo; tal era la extraeza y la dulzura de
la msica.

--Alto all--dijo para s el soldado--; esto que suena es arpa, y quien
la toca, fuera de ser de los diestros, ha cursado mucho por los
castillos y torres gticas de Alemania.

Entretanto, cesando de sonar sola y seera el arpa, sus tonos llegaron
de nuevo a la fiesta, casados con las razones de esta.


BALADA

          Ay de m!
    Ay de m, dulce tesoro!
    Por ti solo, a quien adoro,
          dejo, s,
    gloria, lid, clarn sonoro.

          El laurel,
    el laurel de la victoria
    no borr, no, nuestra historia,
          ni amor fiel
    nunca, nunca en mi memoria.

          El azul,
    el azul de bellos ojos
    y la faz de albores rojos
          a un gazul
    no le curan sus enojos.

          Que de all,
    que de all regin tan fra
    con ilusa fantasa
          volar
    al jardn de Andaluca.

          Ay, Dios!, quin;
    Ay, Dios!, quin un sol no deja
    por besar con blanda queja
          de su bien
    una mano por la reja.

          T, clavel;
    t, clavel, con tus dos soles
    me hallars en tus crisoles,
          el ms fiel
    de los nobles espaoles.

Cules fueran los pensamientos y contrarias resoluciones que estos
acentos levantaron en los ya recelosos e inquietos corazones de las
diversas personas del festejo, no es cosa que se sujetara a fcil
explicacin: basta decir que Mara esperaba, que el soldado rea, que
amenazaba Muley, que Gerif se inquietaba, el usurero tema, y que todos,
ya curiosos, no ansiaban por mejor cosa que ver con los ojos aquella
persona que tan bien halagaba los odos con su canto y su destreza.

Muchos se dispersaron diligentemente por ver quin primero introducira
aquel cantor en el festejo; pero aunque tantos corrieron y rondaron la
casa, fu vana toda diligencia, y as se volvieron como haban ido.

Muley, disimulando el mal reprimido coraje que le herva en el pecho,
vencindose por aclarar sus sospechas, o reprimir las muestras de su
clera, se acerc al estropeado ya medio sano, y en voz baja le dijo:

--Mira, soldado; en todo lo que aqu se pasa hay algo de oculto, que
conozco y no alcanzo: si yo me hubiera dejado ir a la mano de mi enojo,
ya hubiera descendido el castigo, antes que la discrecin ma quisiera
satisfacerse de las artes que aqu se juegan; pero puesto que mi
discrecin ha hablado, quiero oirte decirme qu mensajes tienes con
Zaida, con Mara quise decir, y quin puede ser esa persona que cant
poco ha.

El soldado escuch sin la menor turbacin del mundo hasta el fin el
razonamiento de Muley, y sin dar importancia ni a lo que oy, ni a lo
que l deca, respondi:

--Mara, como se llama (y no Zaida como t la mal nombraste), es mi
bienhechora, y los agradecidos con los bienhechores tenemos ciertas
obligaciones que no se pueden revelar. No s, aunque bien sospecho,
quin sea ese cantor que tanto te asusta; pero puesto que t hablaste de
discrecin, yo la tengo bastante para no afirmar sino aquello que no s
ciertamente y sin duda alguna; mas siendo cierto que entrambos somos
discretos, callmonos y sosegumonos, que, o yo me equivoco mucho, o la
voz de ese cantor, de oirla hemos, no tan lejos y ms a orilla de
nosotros.

Y haciendo una breve pausa el soldado para dirigir la vista hacia donde
aguzaba las orejas el gozque que al lado tena, volvindose con aire
maligno y de triunfo a Muley, que le miraba con dos ascuas de vidrio que
no con dos ojos, le dijo a ste rindose:

--Hele ah--Muley.

Y todos revolvieron la vista hacia las puertas de los huertos, y vieron
llegar airosa y sosegadamente, mitad de caballero y mitad de camino, al
mancebo ms bizarro que pintarse pueda la imaginacin. El talle era
galn, la estatura aventajada, el rostro hermoso, y con una gravedad en
l, y tal autoridad en su frente, que bien mostraba, con todo de estar
en sus floridos aos, los cargos de cuenta que habra desempeado. Una
ropa corta de fino pao pasada por los hombros le cubra hasta la
rodilla; las calzas eran a la francesa, que solan llamar de _Francisco
I_, y las botas eran de gamito de Flandes: todo mostraba que vena del
lado all de Europa, y cuando no, bastara a certificarlo su arpa
pequea que traa en la mano, y ayudando a sostenerla por los hombros
con una banda encarnada.

--Caballeros y doncellas--dijo--: no os parecer descortesa que un
pasajero, que a la dicha camina por aqu, haya osado turbar vuestro
regocijo con su presencia; pero bien se podr perdonar a un espaol que
vuelve de tierras extraas el deseo de gozarse en los festejos de los
suyos, y mucha nobleza me muestra este aparato para que no confe hallar
agasajo en vuestra cortesana.

--Caballero--le replic el anciano Gerif--, seis el bienvenido; y
puesto que nos honramos con vuestra persona, bien os podis regocijar en
este concurso cuanto cumpla al gusto vuestro, pues el valor de vuestra
persona nos paga colmadamente favor tan corto.

Muley hubo de reportarse de nuevo con la hospitalidad concedida por el
to al incgnito pasajero, y rabioso y despechado cuanto ms se vea
obligado al disimulo, se derrib otra vez sobre el arrimo de las
columnas, atalayando como un nebl desde el cielo cuanto pasaba en
derredor suyo.

Nuevo y mayor aliento tom el festejo con la llegada del caballero,
necesitndose de la turbacin agradable de los sones de los acentos y de
la blanda algazara del festejo para que Mara pudiese esconder, bajo la
fuerza del disimulo, las ms contrariadas impresiones que probaba en
aquel punto. Ella, clavando los suyos en el entrado, no haca sino
seguir el corriente de cuantos hermosos ojos haba en el concurso, que
unos por curiosidad y otros por aficin, todos se fijaban en el
caballero; pero Mara miraba en l algo ms que no un viajero vulgar.

La banda roja que sujetaba el arpa y un anillo que le vi brillar en la
siniestra mano, le bastara a probar que tena delante a don Lope, si
ella ya con su vista no hubiera recogido aquella galana figura, para
conferirla con el retrato que llevaba en su corazn, sacando de todo en
claro que quien se hallaba delante era verdaderamente su antiguo y fiel
amante, tantas veces pregonado por la fama en Italia y Alemania, y tan
altamente estimado por el emperador Carlos V. Para mayor placer suyo,
pues ya sin duda alguna estaba bien segura de quin era, hubo de oirle
las endechas siguientes, que al mismo son del arpa cant el caballero,
vencido de tanto encarecimiento como se le haca.


ENDECHAS

      Galn que te marchas,
    por muerto te cuenta,
    que amores ausentes
    no hay cosa ms muerta.

      Son, s, los amantes
    una vida entera,
    dos cuerpos y un alma
    que un nudo los sella.

      Pero en los dos ellos
    hay tal diferencia,
    que muere el que es ido
    y vive el que queda.

      Acaso el estante,
    porque bien parezca
    duelos por tres das
    al ido celebra.

      El lienzo a los ojos
    acerca o aleja,
    mojado por ellos
    en llanto de fuerza.

      Por cumplir se viste
    las tocas ms negras,
    tocas que al domingo
    en galas se truecan.

      Memorias pasadas
    se van como niebla,
    finezas del da
    sol es que penetra.

      Y airoso mancebo
    que el coso pasea,
    y tercia la capa
    y ronda la reja.

      Terceras mediando
    (mal hayan terceras)
    los ganados juros
    del ausente hereda.

      Las glorias presentes
    el olvido engendran,
    fabrican mudanzas
    las nuevas ternezas.

      Y en tanto el ausente
    gime, llora y pena,
    y en acento triste
    cantando se queja:
    _Mal haya quien fa
    en mujer que queda._

La intencin que el cantor di a los ltimos versos fu tan ahincada, el
acento tan blando y las circunstancias tan claras, que Mara, sin estar
ms en s, dej asomar a sus ojos las lgrimas ms tiernas y de ms amor
y ternura; pero acaso al volver la cabeza, y al encontrar la airada
vista de Muley, que ni un tomo perda del canto ni de las lgrimas, fu
tal el susto que sobrecogi a la ya tan combatida amante, que temerosa y
confundida se sinti tomar de tan cruel desmayo, que apenas tuvo tiempo
de dejarse caer en los brazos de las doncellas que alrededor estaban.

De un salto se hubiera puesto a los pies de la hermosa el rendido
caballero, si su voluntad no hubiera impedido un brazo vigoroso que le
sujet, as como sucedi el desmayo, y se preparaba para acercarse a la
desmayada.

--Quin sois vos?--grit con voz de tigre Muley--. Quin sois vos para
venir a turbar los festejos de la gente principal, y poner asechanzas a
las esposas de quien vale ms que vos?

--Quin ha de ser--dijo el usurero, que conociendo a su amo quera as
ganarle sagazmente el nimo--, quien ha de ser, sino el noble caballero
don Lope Ziga Dvalos Guzmn y Pacheco, heredero ricamente en estos
contornos, seor de las villas de Alchor y Ferreyra, Merino que fu de
la Reina, paje del Rey, comandante de tu tercio, querido del Emperador,
y... no se oy ms; pues Muley, con un bote que tir a don Lope,
principi el estruendo ms espantoso.

Don Lope, que verse sujetado, apostrofado, desasirse, tirarse a fuera y
poner una daga en la mano, todo fu uno, no hubiera escapado de alguna
grave herida del furioso golpe de Muley, a no llevar vestido bajo la
ropa un fuerte jaco milans. Reparado as tal golpe, la revuelta comenz
encendidamente, pues los moriscos a una voz decan:

--_Favor a nuestro prncipe Muley, muerte a los castellanos._

Don Lope, aunque sin espada, manejaba la daga tan viva y diestramente,
que en derredor de su persona pareca haber abierto ancho foso en cuanto
alcanzaba su brazo armado, que le pona a cubierto de los ms briosos;
pero el furor de Muley le estrechaba mucho, y su peligro creca a cada
instante. Los cristianos viejos que all se encontraban, prevenidos por
la mano y no dispuestos para tal revuelta, apenas podan desembarazarse
de la multitud morisca, y de la estrechez del lugar. En esto, que todo
fu obrar en un tomo de tiempo, se oy la voz del soldado, que dijo:

--Hermano Cigarral, la curacin que principi Mara, conclyala el
peligro de mi amo y seor.

Y decir esto, y arrojarse de sobre las muletas, y despejarse con la una
mano este ojo enfermizo, y garfiarse con la otra, y arrojar aquel negro
parche, y tirar por el caballete de la una muleta, y sacar una terrible
espada, y tirar del otro palo, y repetir otro igual acero, fu cosa
hecha antes que vista.

--En vuestra ayuda soy, y a vuestro lado me tenis, don Lope--dijo el
soldado--; acordmonos de Pormn y cierra Espaa.

Con esto, y por esto, aquellos que parecan miembros tan doblados,
enrevesados y encogidos, mostraron tal elasticidad y vigor, que
abrindose calle el soldado con tanto desenfado como bizarra, revuelta
una capa al brazo se le vi, sin saber cmo, al lado del valiente
caballero, ya armado ste con una de aquellas espadas de mquina que
sac el soldado.

Era de ver, en tanto, la confusa gritera, las lstimas de las mujeres,
los parasismos de stas, los ruegos de aqullas y los llantos y
aflicciones de todas. Cules caan, cules se apresuraban por coger a
hurto las puertas, buscando seguridad en la fuga, y cules, stas eran
las ms principales, formando corro alrededor de Mara, manifestaban
querer dividir una suerte comn, rogando a unos y suplicando a otros que
difieriesen para otro caso tanto encono y tanta pelea.

Dos espadas tan diestra y poderosamente manejadas pronto ladearon la
victoria a la banda cristiana. Muley, a despecho de todos, contena a
los suyos, reparndose y mejorndose como ms a cuento poda; pero un
enemigo, con quien no contaba, le puso a la merced de sus contrarios. El
pcaro gozque, como si entendiese el peligro en que se encontraban los
suyos, o porque estuviese adiestrado tambin para jugar tales piezas,
ello es que desde el comienzo de la danza no se entretena sino en pasar
y repasar, enredar y tropezarse entre los pies de los moriscos,
derribando a muchos, embarazando a no pocos y procurando al fin la
prisin de Muley, pues atravesndose muy al propsito a las espaldas del
moro, cuando ste rompa en retirada, se enred miserablemente y cay en
tierra, sin ms poderse recuperar. Todos cargaron sobre l; pero las
espadas de sus dos contrarios, ya amigables custodios, le libertaron de
todo insulto.

--Levantaos--le dijo don Lope.

--No har tal--replic el alcalde--sino para entregarse a merced de la
justicia, tanto y ms cuanto que corren voces de venir don Fernando
Muley de las costas de Berbera.

El Gerif, a cuyo desplacer tuvo principio tan grande revuelta, y que por
ms demostraciones que hizo no pudo apaciguarla, quiso interponer su
respeto para excusar de la prisin a su sobrino; pero todo fu en balde,
pues las sospechas de que andaban en tratos de rebelin, y apellidarle
Prncipe durante la refriega, eran captulos de no fcil enmienda. Sin
embargo, la autoridad de don Lope alcanz el que Muley asistiese como
prisin en la propia casa del alcalde, mientras l acallaba los unos y
poda prestar favor a los otros.

Hecha cata y cala de los botes, fendientes, estocadas, tajos y mandobles
de la revuelta, result como casi siempre, ser mayor la salva que el
provecho; quiero decir que todo se redujo a no muchos levantes de
espadas y a cuatro abolladuras de cabeza. El miedo de ofender a las
mujeres no permita a los combatientes herir con el acierto que hubieran
empleado a medirse cuerpo a cuerpo y en campo raso. Sin embargo de
ello, se dejaban sentir unos lamentos tan tristes, que todo el mundo
crey haber acontecido mayor desgracia; pero tales duelos y lastimeras
no eran ms que los sollozos de la Bermdez y los gritos del usurero: de
aqulla, por otras tocas que acababa de perder, y de ste, por mirarse
roto y manchado en todas las galas.




CAPITULO IV


Era la misma hora, era el propio lugar y frontero al puente aquel roto,
debajo de los hermosos nogales y al lado mismo de aquella fuente clara,
se miraba un hombre sentado, pero de muy distinta traza a la del mendigo
ciego y lisiado con quien nos comunicamos en conocimiento al comienzo de
esta historia.

Este personaje, muy al contrario, pareca gozar de la mejor agilidad de
sus miembros, se hallaba en lo ms duro y viril de los aos, que no
llegaban a los cuarenta, y con muestras tales de robustez y fuerzas, que
si causara empacho vindole saltar y defender delante de uno algn
puesto o calle, en trueque hara el ms confiado del mundo a quien lo
trajese consigo y mirase al lado.

Unas calzas de gamuza muy tradas y llevadas, aunque todava de buen
servicio, le tomaban aquellas piernas, antes tan de rbrica y garabato;
unos follados de colores se sujetaban a una veste soldadesca, que
llegaba en medias mangas a la mitad del brazo, tomadas las vueltas
anchas con colorado tab. La veste se cerraba sobre un coleto fuerte y
robusto, que abultando algn tanto las espaldas, conclua en la misma
mueca defendiendo el brazo. Una valona azul, si no erizada, al menos
con mucho engrudo, le encanutaba el cuello; y un sombrero campanudo de
copa, galn con plumas, ancho de faldas, y stas tomadas por delante con
cuatro puntos de sirgo dorado, ponan cabo y fin a la tal figura.
Estupenda filisberta toledana, tena entre las rodillas, apoyndose las
manos en ella, una daga flamenca le pareca en la cintura, y en su traza
picaril y en su catadura aviesa y maligna, cualquiera le juzgara de la
genealoga y linaje de los famosos Rinconete y Cortadillo.

Sentado como se hallaba, as y en media voz, y sta ronquilla, y ms
asomada a lo bronco que a lo apacible, se entretena cantando de esta
manera:


MORETO

        Nac muy pobre,
        oh qu dolor!
    Bien, pobre aun soy,
    mas esto es hoy
        maana no.

        Que quien desprecia,
        viva el valor!,
    en lid la muerte,
    al fin la suerte
        lo coron.

        Lid haya y guerra
        s, vive Dios!,
    bien corra el dado,
    y de soldado
        a conde ir.

        Navarro y otros,
        son ms de dos!,
    soldados fueron,
    por do subieron
        yo subir.

        Mi Rey D. Carlos
        entre en Pars!
    y Dios y l solo
    de polo a polo
        han de reinar.

        Y por premiarnos,
        grano de ans!,
    tal bizarra
    ya Dios enva
        de orbes un par.

        Capitn tente,
        bravo espaol!,
    Pizarro aguarda
    que una alabarda
        falta al Per.

        Que lo que vale,
        o miente el sol!,
    un pica bravo,
    oh insigne cabo!,
        lo sabes t.

        Ir a esas tierras.
        vamos all!,
    me har de oro,
    de algn rey moro
        que vencer

        O para colmo
        gusto ser!
    de suerte tanta,
    con una infanta
        me casar.

        Tendr esclavillos,
        ah!, ah!, l, l,
    rubs, topacios,
    cuatro palacios
        y un gran confn.

        Y seor noble
        lar, lar!
    con mayorazgo,
    de algn hartazgo
        morir al fin.

Al darle a tales coplas, cantadas, como suele decirse, a palo seco, sin
comps ni ayuda de instrumento alguno, y slo con la buena o mala
compaa de su spera garganta, hele ah que asoma por alto de la senda
un galn y sobremanera bizarro caballero, que siendo el mismo que la
pasada noche se present en fiesta, todava se ostentaba ahora con todos
los arreos de galas, plumas y argentera convenientes a la gentileza y
calidad de don Lope de Ziga.

El ciego con vista y lisiado sin manquedad, ahora nuevamente restaurado
en todo el valor de sus piernas y bien corregido y enmendado en el
desembarazo de sus miembros, as como vi llegar al caballero,
destocndose el sombrero y ahinojndose reverentemente, le comenz a
decir:

--Perdn, perdn, y mil veces piedad para el buen Mateo del Cigarral,
soldado pica que fu de la compaa de Francisco Carvajal en Italia,
arcabucero despus en el tercio de Zamudio, y despus continuo de la
ilustre persona del ilustrsimo caballero don Lope de Ziga. Yo me
confieso, seor, que sin enmienda a los pasados yerros cobr a vuestra
orden los cien ducados en Gante del burgus Guillelmo Goffren:
confisome asimismo que sin mandato, ni contrasea de maese de campo,
ni otro superior, con ms arrojo que discrecin los puse a lidiar,
usurpando el ttulo que no tena de seor de ellos, en aquel negro
negociado de palo y pinta. Confisome (y es la peor confesin), que no
embargante mi pericia y consumada experiencia, fu roto, vencido y dado
tan a merced, que a no ser por un real de a ocho que me dieron de
barato, sabe Dios lo que fuera de mi estmago, quiero decir de mi
persona. Cmo, seor, despus de tan infeliz jornada volveros a
presentar mi pecadora catadura? Cmo llevaros a juicio mi conciencia
tan sucia, como limpias y escuetas las garduas manos? Llorando mi
desgracia, recordando mis muchos merecimientos, teniendo los galardones
atrasados, dolindome de los golpes futuros y despidindome en mente no
slo de vos, sino de aquellos cautivos cien ducados, tan llorados como
perdidos, resolv volverme para Espaa y buscar partido en esas
aventuras de las Indias.

No pagar feudo a mesones y hosteras, no siendo tan devoto para romero,
y sospechando que mi vestido de soldadesca me reclutase a fuerza viva
para esas banderas de Italia, resolv cobijarme uno de tantos disfraces
como aprend y estudi con la noble caballera de la industria. Largas
han sido mis peregrinaciones, aventuras curiosas me han asaltado, y con
ellas os entretendr las horas de camino o los ocios de viaje, stos por
mar o aqullas por tierra, si es que merezco por mi atricin y
contricin _timore et tremore_, volver a tomar asiento en su servicio y
asistir cercano a su ilustre persona. Siempre cuento, con buena justicia
y equidad, que en contraria balanza de estos pecadillos y deslices, se
me pondrn en cuenta y data, no los servicios de soldado, pues para
premiar vos no sois Emperador, sino mi buen ingenio en el tiempo que os
serv, la grata voluntad que siempre os tuve y tantas cuchilladas como
d a vuestro lado en diversas ocasiones. No os cargo nada ni aprecio en
pizca los ltimos cintarazos de anoche, pues la salud que cobr
inopinadamente y la curacin que se oper en mi lisiadura, las tomo y
apunto por buena, legtima y muy sobrada solvencia.

Quin sabe dnde hubieran ido los dislates, burlas y taravillas del
soldado Moyano del Cigarral, si D. Lope no le hubiese levantado con el
mayor afecto, abrazndole y conmenzndole a hablar de sus pasadas
peregrinaciones y aventuras!

En suma de cuento, ello es que D. Lope le endon y perdon a Cigarral
las atrasadas trabacuentas, inclusive los cien ducados del burgus
Goffren, lidiados y vencidos en el negro negociado de palo y pinta,
concluyendo aquella ceremonia con que la buena maula entrase de nuevo al
servicio de D. Lope.

Cigarral le aadi a ste por qu sucesos, caminando para Sevilla en
busca de flota para el Per y en lenguas de su capitn Carvajal, haba
llegado a aquella aldea, donde su disfraz mendigante, moviendo la
piadosa condicin de Mara, dilat de un da a otro da su peregrinacin
hasta aquel trance.

--No dudando yo--prosegua el soldado--, sirvindome de disculpa para
este mal pensamiento los sucesos ahora acontecidos, y sin que sea visto
agraviar en un tilde la caridad de Mara, que para las obras pas
dispensadas al lisiado Cigarral han intervenido y valido en mucho los
merecimientos de D. Lope de Ziga, porque os hago saber, seor, que
all relatando, aqu mintiendo, y siempre alterando la verdad, como hace
todo viajante, acert a nombrar en una de tantas novelas vuestro
apellido y condicin, y no hay duda que desde entonces merec ms
atencin y agasajo, si no digo mayor caridad y limosna, de esa
hermossima seora de vuestros pensamientos.

Luengo espacio confirieron los antes conocidos y ahora nuevamente
confirmados amo y escudero, sobre los medios de poner en prctica una
entrevista con Mara, ya indudablemente celada, y muy de cerca puesta en
custodia por Gerif, su to, desde los sucesos de la noche.

La historia puesta ya en este punto, no ser fuera de propsito advertir
qu circunstancias haba, y qu pensamientos animaban a los ms
principales de estos nuestros personajes.

Don Lope, alcanzada licencia del Emperador para enlazarse con la ilustre
cuanto hermosa doa Mara de Granada, as como lleg en las galeras de
Leiva y tom tierra de Espaa, no pens sino en ser l mismo mensajero
de tan agradables nuevas; y con poco squito e infinitas esperanzas
quiso llegar lo ms luego a la aldea donde saba asistir la amada suya.

Receloso de que el odio altivo de aquella familia destronada le burlase
sus anhelos y su amor, haba querido interesar en todo al Emperador,
quien, por su parte, miraba con placer aquellos enlaces que pudieran
apartar de toda revuelta a los renuevos de los Granadas.

Los moriscos, siempre fija la vista en su independencia y su venganza,
no apartaban su cario de aquella familia que por tantos aos haba
sostenido en Espaa el vacilante poder de los rabes haciendo de Granada
la ciudad ms hermosa del mundo. El descontento de la nacin vencida
tuvo sus intercadencias segn y como que la poltica de la Corte los
halagaba o los oprima; pero siempre es cierto que mal avenidos con la
religin que haban abrazado a la fuerza, sentidos con las fardas y
gabelas con que eran pechados, ofendidos de las ordenanzas que les
pregonaban, y rabiosos con la altivez de los vencedores, no esperaban
sino ocasin adecuada para revolverse, tentando para ello los vecinos
reinos de Africa, y el nuevo y formidable poder que desde Constantinopla
amenazaba a toda la cristiandad.

Gerif, que alcanz en pie en sus aos primeros el Seoro de la
Alhambra, no poda separar de su memoria aquel esplendor pasado, como ni
de su alma la aficin ms vehemente por su nacin desgraciada, mirando
gustoso por lo mismo las revueltas que tramaba su sobrino Muley.

Mara temblaba con tales apariencias, pues su madre, que tom el agua
del bautismo de aquel Arzobispo de Granada a quien por alabanza llamaron
el Santo los moriscos, imprimi a su hija el ms tierno apego a la
religin cristiana. Empeada en los amores de D. Lope, y ste, ausente
con el Emperador en la jornada de Alemania, viva hurfana, lejos de los
palacios de Granada, alegrando con su presencia los cansados ojos del
anciano Gerif.

Muley, prendado de las gracias de su prima, l mismo se la haba
destinado y nombrado de antemano para premio de sus anhelos y corona de
su trabajo desde que diese el grito de independencia, conociendo al
mismo tiempo que nada podra ejecutar ms bien visto como este enlace
para aficionarse ms y ms las voluntades de sus moriscos.

Gerif, aunque de intento no apremiaba en nada a Mara por los amores de
Muley, con todo ello bien la demostraba el placer que habra viendo as
unidos los ltimos vstagos de los Granadas, como decan los cristianos,
o de los Benezeritas, segn los genealogistas rabes.

Don Lope, sospechando por lo menos alguna de tan capitales asechanzas,
arda por verse con Mara para pintarle ms vivamente lo que slo apunt
en el billete que lleg a sus blanqusimas manos por los peregrinos
medios que ya hemos relatado.

Estos y otros iguales pensamientos, ni ms lisonjeros ni menos
recelosos, pasaban por la mente del caballero mancebo, durante el
coloquio de Cigarral, lo cual ledo por la sagacidad escuderil de ste,
sin ms tardar le habl a su amo de esta manera:

--Por cierto, seor, que muy mucho agraviis mi alta capacidad, y en
bien poco tenis mi ingenioso magn, si as os inquietis por tan poca
cosa; dejad penas y sabed que en manos est el son que sabrn a buen
tiempo coger el comps. Mara pasa cotidianamente y a esta hora por este
mismo sitio, viniendo de los huertos que para su recreo tiene Gerif en
esas quiebras del valle. Si, como es presumible, viendo enemigos en
campaa, Gerif resuelve estar a la defensiva sin desamparar muy mucho
los muros de su casa, ya tiene encima corredores que le batan la estrada
muy de cerca; y si temeroso y cauto en demasa, ha determinado levantar
puentes y rastrillos y declararse en asedio formal, ya le he escurrido
entre los propios suyos tal espa, que muy presto nos informar de todo
movimiento enemigo. El mancebillo Mercado, muchacho despabilado y
despierto, avizora las rejas de Mara, y mi gozque, que lleva delantera
en esto de avisado, se encuentra en este propio instante donde vos
querrais hallaros, esto es, ante los ojos de la muy alta y muy ilustre
seora doa Mara de la Granada, otorgada esposa de... pero _hele, hele
por do viene_ nuestro mensajero el gozque, que nos dar lenguas de todo.

A ms andar, corriendo y escarceando, lleg el adiestrado y entendido
perro, trayendo entre sus dientes un listn de ciertos colores
misteriosos. Amor y cita, y cita a la media noche, dijo Cigarral, si no
me mienten estos jeroglficos amorosos; y diciendo esto, tomando con
maligna reverencia de boca del gozque aquel billete no escrito, le puso
en manos de don Lope, quien no repar o quiso no reparar en las
socarroneras de aquella buena maula, ansiando por ver la noche rayar en
lo ms alto de su carrera.

Eran las doce, y cercanos a las tapias de un jardn dilatado se miraban
dos hombres silenciosamente inmviles y los rostros cubiertos con
misteriosos embozos. Un _can_, asentado tan calladamente como si
entendiese la alta ocasin en que se encontraba, avizoraba las celosas
de una reja, y el sosiego era tanto, que se perciban desprenderse las
hojas de los rboles, que derramndose de rama en rama se arrastraban
someramente por el suelo al blando cfiro del otoo.

En esto se oyeron gritar blanda y prolongadamente los quicios
indiscretos de la ventana, y Mara apareci tras de la reja, teniendo al
punto cerca de s a su enamorado amante.

Si no hay pluma tan rpida que pueda seguir con su vuelo la elocuencia
animada de un coloquio amoroso, menos contento quedara de su intento
todava si ensayara repetir punto por punto las primeras razones de dos
amantes, que separados por largos das, de pronto se ven juntos por uno
de tantos caprichos como tiene la fortuna; pues lo sentido de las
quejas, pues el fuego de las razones, pues la inflexin de la voz, y la
turbacin, y el placer, y el desenojo, y los xtasis y mil y mil otras
nonadas tan fugaces como deliciosas, ms bien son para imaginadas y
sentidas que para concebirse y explicarse.

Al fin, desahogados con tales plticas algunos de los suspiros que a
entrambos pechos opriman, y desanudados con el gusto algunos de los
suspiros engendrados en tanta ausencia, la hermosa morisca, oyendo los
intentos de su amante y pesando en contrarias balanzas lo que peda el
amor con la situacin de don Lope y la ilustre condicin suya, as le
dijo:

--No os podr encarecer bastantemente, seor y esposo mo (pues tal
nombre me lo sugiere el amor y lo merecen vuestras finezas), no os podr
encarecer, repito, en cunto os estimo tanta constancia y tanta
demostracin galante y fina de vuestra voluntad; baste deciros que si el
amor no os hubiese ya dado, y tanto tiempo ha, toda la posesin de mi
albedro, el agradecimiento slo pudiera ser que me obligase para
abriros las puertas del alma ma; mas puesto que mi aficin toda es por
amor, bueno ser que lo debis a ste antes que a otro cualquiera
sentimiento, que siendo aqul el ms poderoso de los hijos del corazn,
a l obedecen todos, y todos los hermanos siguen ciegamente los fallos
de su voluntad.

Bien sabe mi Dios con cunto gusto, obedeciendo la vuestra, que no es
otra que la ma, y siguiendo el mandato del Emperador, desde maana os
dara la mano de esposa aun en la estrecheza de esta aldea; pero don
Lope, padre tenis, y lo que el Rey manda bueno es que sea con
asentimiento de los que tienen natural y necesaria autoridad sobre
nosotros. No os ocultar cunto me disgusta dejaros de obedecer en esto,
por lo mismo que s cunto riesgo corremos de naufragar en nuestras
esperanzas. El desdn con que los castellanos comienzan a mirar a los de
la nacin ma, y principalmente vosotros los hidalgos, cosa es tan dura,
que hace temblar de rabia al menor de los vencidos, y de noble furor a
la familia de los reyes. Si otra de menor condicin que la ma pudiera
contentarse con ser admitida framente en linaje como el vuestro, lo que
debo a mis padres y el respeto que me tengo, me imponen la triste
obligacin de rehusar cualquier alianza en que el orgullo castellano
crea nicamente dar una piadosa hospitalidad a la nieta de los reyes de
Granada.

Partid, don Lope, a vuestro palacio; alcanzad licencia de vuestro padre;
sepa yo que en m querr abrazar una hija y no mirar de reojo a la
esposa de su hijo; volved tan amante como ahora os mostris, y vuestro
gusto y el mo se cumplirn colmadamente sabiendo que ni fuerzas
humanas podrn arrancar vuestra imagen del pecho mo durante tal
ausencia, y que ni el orbe entero me evitar un monasterio si el ser
quien soy me obliga a rehusar el amor vuestro.

A estas palabras y a las ideas que ellas resucitaban en su alma, la
hermosa morisca no pudo detener el llanto, y, aplicando en sus ojos un
blanco lienzo, se entreg por algunos instantes a lo ms acerbo del
dolor.

En esto el gozque, alzando las orejas en ademn de inquietud, comenz a
murmurar mirando hacia un cabo de las tapias, y a la luz de cierta
lmpara que arda delante de una imagen apartada, se dibuj la negra
sombra de un bulto que observaba el jardn y la reja, y que viendo
ocupada la calle torci otro camino sin aguardar a ser alcanzado por los
pasos diligentes, si bien silenciosos, de Cigarral.

No estaban ociosos en tanto los ruegos del amante, ni sus lgrimas
escaseaban, ni sus encarecimientos disminuan; pero por ms que
represent don Lope el peligro de que fuese ella importunada por Muley,
suplicada por Gerif y obligada por todos a cosa que aguase las
esperanzas de entrambos, con todo, pudieron ms en Mara las
imaginaciones de ser mirada con menos valer que debiera por parte del
padre de su amante y de su linaje orgulloso.

Obligados al fin a separarse, los amantes aseguraron sus promesas,
poniendo al cielo por testigo de sus juramentos santos, quedando Mara
en aguardar y resistir, y don Lope en alcanzar de su padre y volver
antes de mucho a poner fin a tantas inquietudes y aflicciones.

Amaneci un da turbio y revuelto como ya del corazn del otoo, y don
Lope dispona su viaje para aquella misma tarde. Un gua debiera bajarle
a Marbella, para desde all tomar una fusta y remar hasta Motril, y
luego caminar a Granada, huyendo as lo ms posible de los abanderizados
monfiis, que eran salteadores moriscos. Entre esta ocupacin y los
pensamientos de amor divida sus imaginaciones, cuando entrando Cigarral
le dijo:

--Tomad, seor, este papel, que Mercado os trae de la parte de Muley, el
aprisionado en casa del alcalde.

Don Lope, abrindolo, ley de esta manera:

"_Un prncipe de Granada a un castellano_: Si mi palabra y mi honra no
me hubieran tenido preso donde mis manos no podan vengar mis injurias,
anoche mismo hubiera baado con tu sangre las rejas de Mara.

"Yo quiero, o probar tu hierro de Flandes, o hacerte probar mi acero de
Damasco; mas para ello t solo puedes procurarnos tal placer sacndome
hoy mismo al fiado de esta prisin, cosa por cierto fcil a tu
autoridad. Quiero vengarme con todo ese aparato que vosotros, menos
sentidos y ms artificiosos que nosotros, llamis generosidad y
caballera.

"Para inflamar tu clera te dir que a despecho del mundo tu amada ser
mi esposa; pero esto es poco para un rabe si no ve el color de la
sangre de su rival. A la tarde espero estar libre y al anochecer verme
contigo a la ribera opuesta del puente entre los rboles del
bosque.--_Muley._"

Aun todava D. Lope no haba segundado la lectura del enfurecido
billete, cuando entr de nuevo el soldado diciendo:

--Da es de postas y correos: mi gozque, que ha corrido el campo, ya a
esta hora trae este billete, que si no es de Mara, deber ser de algn
pintor, pues ni el famoso Lucas, ni Iciar, ni otro alguno de los de la
pndola har ni ms ni bien asentada letra, ni ms delicados perfiles.

Confuso y turbado D. Lope rompi la nema, y vi que as deca el papel:

"Lo que anoche mismo os negaba, hoy os lo suplica encarecidamente Mara.
No slo me quieren apartar de vos, sino de esta mi tierra querida de
Espaa, llevndome a esas costas de Africa. Muley con los suyos me
arrancar esta noche de los brazos de mi to, quien no podr o no querr
oponerse a tal violencia por amor a Muley y al ahinco con que desea
conservar los derechos de nuestra familia. Dos galeazas tunecinas
esperan para esta faccin y rondan en los ancones de la playa.

"Aunque de vos me ayude para desviar de m riesgos tan grandes, slo
ser para que me dejis en un monasterio, el ms a mano, hasta que de
vuelta de Granada o me saquis de l para ser vuestra, o me dejis all
para ser de Dios.

"Al principiar la noche me aguardaris cerca del puente, y todo pronto
para acercarnos a parte de que no perdamos valor.--_Mara._"

Perdido de clera don Lope, y entre los dos terribles escollos de la
honra y del amor, revolva en su alma mil medios para poder asistir al
desafo de Muley y amparar los miedos tan bien fundados de su seora.
Resuelto al fin, llama a su escudero y le presenta el estado de las
cosas.

Cigarral, que no se turbara ni por venir rodando de una torre abajo, le
dijo:

--Todo es no nada y asunto ninguno. Aunque mejor fuera poder sacar de
esta aldea seis o cuatro buenos arcabuceros, la gente cristiana de ella
es tan poco belicosa, que slo el Boticario es quien maneja cosa de
guerra, y eso son las esptulas; pero vuestros dos criados parecen gente
de punta; a ella agregaremos ese muchacho, Mercado, que ms talle tiene
de paje ahora y luego de alfrez, que no de andar entre badajos y
candelillas, y con estos tres y nosotros dos bien podemos desafiar a
veinte. El camino de aqu a Ronda es corto, la priesa que nos daremos
mucha, y si vos os tomis el cargo de abrir un par de puntos a la cabeza
medio bautizada de Muley, despus mientras se emparcha y acuden los
suyos, ya nosotros estaremos en salvo puerto, a no ser que encomendis a
la punta de vuestra espada visite bien visitado el pecho de ese jayn, y
lo dejis, y esto sera lo mejor, de manera que no piense en moverse de
aqu hasta el da del juicio.

La planta de la empresa resuelta, pizca ms pizca menos, de esta manera,
don Lope cuid de que Muley pudiese estar en libertad al momento
preciso, y su confidente y escudero fu para armar a Mercado, alicionar
a los criados y tenerlo todo a punto, como experimentado maese de campo.

La tarde se cerr temerosamente en lluvias y ventisca, tomndola por la
mano as antes de tiempo las sombras de la noche. Las nubes aglomeradas
y empinndose en las cumbres, levantaban unas como montaas cenicientas
que juntaban la tierra con el cielo, resaltando ms y ms aquel color
plido con otras nubes espantosas que volaban inciertamente por la
agitada atmsfera. Las crecientes de las sierras se despeaban por las
quiebras desesperadamente, convirtiendo en mar el ro que caminaba por
aquellas hondas negruras del Tajo, donde y en lo ms alto se alzaba el
puente destrudo. El mugir de aquel abismo llegaba a los odos sobre
todo el formidable estruendo que revolva entonces la naturaleza, cual
el rugido del len, venciendo poderosamente el aullido de las otras
fieras, l slo hiela y desmaya ms al extraviado caminante.

Tmida Mara, dejaba entonces los umbrales de su casa, encaminndose
hacia el sitio de la cita, y tres veces tuvo que arrancarse de ellos con
toda la fuerza de su alma: tal repugnancia probaba y oculto horror al
emprender aquella aventura. Al fin, animada y ms resuelta con el
peligro de verse arrebatada al Africa, y all mirarse combatida
ferozmente en su amor y en su religin, se arranc del querido hogar y
atraves los jardines y huertos, llena de amargura y zozobras.

La tempestad aumentaba, y Mara iba entre la obscuridad y los rboles
hacia el puente destrudo, asustada con mil imgenes y fantasmas.

Para colmo de amargura, no tard en sentirse seguida del anciano Gerif,
quien receloso de alguna resolucin peligrosa, pues ya conoca cun a
disgusto de Mara era el emprender la fuga al Africa, no apartaba los
ojos de ella. Por lo mismo, as como ella sali por los jardines, no iba
Gerif lejos de sus huellas.

El desgraciado anciano, que fiaba en su sobrina hermosa la dicha de los
breves das que le quedaban sobre la tierra, no acertaba a vivir sin
ella ni un solo instante. Arrastrado ms que no convencido por las
furias de Muley, ya se arrepenta de haber dado por su culpa razn a
Mara para creerse arrebatada de Espaa. El desvalido anciano, ora aqu,
ora all, pensaba ver los blancos velos de su sobrina revolar entre las
sombras, y entonces, alzando su desmayada voz, la deca:

--No me huyas, mi Zaida; no me huyas, mi Mara (pues yo te dar el
hombre que t mejor escojas). Por qu huir as de tu viejo to! Quin
me acertara a predecir este tan amargo trance! Cuando sola y hurfana
quedaste, yo fu tu apoyo, yo tu amorosa madre, y ahora, que me ves
anciano y desvalido, escoges este momento para dejarme; hndeme antes en
el sepulcro, y luego vete, que as cumpliendo antes conmigo, podrs
cumplir mejor y a salvo con el gusto tuyo. Con el gusto tuyo, que bien
quiera Dios no convertrtelo en amargo acbar! Quin te ha dicho que
esos castellanos mirarn nunca con amor a la sangre mora? Deja, deja que
ese que te me roba conozca el hasto de amarte, y pronto encontrars los
desdenes del seor. Y cmo piensas t que los suyos te tratarn? El
menor de ellos piensa hombrearse con los reyes. Mira, mira lo que pasa
en todo el mundo; cada castellano es un rey, y buscan otros mundos antes
desconocidos para mandar y esclavizar. Ay, si t hubieras visto los
tuyos reinando en la Alhambra, con cunto desdn no miraras ese amante,
esos hidalgos!... Ay, si t los vieras a los castellanos matando los
tuyos, ultrajando los tuyos, y llenos de sangre insultar nuestros
palacios y nuestras mujeres!!! Pero no me huyas, Mara. Ya ves cmo te
llamo cual t lo quieres; no me huyas, Mara; t tan piadosa para los
extraos, sers dura slo para los tuyos, y guardars la ms inaudita
crueldad para tu to, para quien fu tu apoyo y amorosa madre? Pues esto
ltimo quiero repetrtelo.

La menor de estas razones destrozaban los ms ntimos secretos del
blando pecho de la infeliz Mara: derramaba lgrimas, y caminaba,
lloraba y corra hacia el puente, asustada siempre por la fuga al
Africa, y por el horror de la apostasa.

Gerif, que arrastrando y volando (pues estos nombres encontrados
merecan sus desiguales pasos), habiendo mejorado algn tanto su
carrera, alcanz por dicha a ver ms distintamente a la fugitiva
sobrina.

--No me huyas--la repeta--, no me huyas, y dame tu brazo para
sostenerme, pues de cansado me desmayo, y no acierto a dar un paso. Ven,
ven, mi Mara, yo te librar de que te arrebaten para el Africa; si t
tienes tanto apego a esta tierra infeliz, tambin ay! yo le tengo por
mi mal. Ven, ven, Mara, yo te dar todo gusto fuera de separarme de ti;
yo quiero ser contigo, verte conmigo, y bajar a la tierra entre los
brazos tuyos. Mrame como lloro; no hayas pena de que ya abogue por
Muley; concdeme t el no dejarme, y yo alzo la mano en mis splicas.
Mira, yo quera verte unida con quien es tu sangre, y con quien te amara
como a sus ojos; pero ahora ya te pido lo contrario, pues no es aquella
tu voluntad: tampoco quiero que mates el gusto tuyo arrojando esos
amores; ama a ese cristiano; pero, por Dios, no dejes a tu to: mrame,
mrame cmo desfallezco.

El gozque, que estaba en el puente y en la mitad opuesta del arco, como
esperando a su bienhechora, comenz a latir gozoso, percibindola entre
las sombras y los rboles. Ya se dispona saltando a recibirla, cuando
Mara, oyendo las razones lastimosas de Gerif, anudada de dolor la
garganta, y ahogando el pecho con mil suspiros y angustias, vacila y se
detiene, y olvidada de todo, resuelve volver al querido to, abrazarlo y
no desampararlo. Tales quejas le habran quebrantado un pecho que
tuviese de pedernal, no que el suyo tan lleno de agradecimiento y
piedad. Ya volva amorosa y anhelante, cuando al dar el primer paso oye
en la ribera opuesta el reir de las espadas. Muley, ya suelto de su
prisin, meda furioso su acero con el rival que le haba libertado.

Mara atiende, escucha, y ve entre la obscuridad las plidas centellas
de los aceros. Adivina lo que puede ser; indecisa, no acierta a qu
parte correr primero: en esto oye un profundo gemido, y cree oh dolor!
ser el acento de su amante. Esto lo vence todo; despavorida, retorna al
puente, atraviesa ligera la mitad del arco, encuentra la horrible
brecha; como siempre, da el peligroso salto; mas en esto el gozque,
impaciente con tal tardanza, se avanz descompuestamente por la parte
opuesta, impidiendo que el breve pie asentase donde debiera para no
caer.

Mara vacila un instante; su agilidad repara tal peligro, afianzando los
ramos de espadaa que al lado crecan, un instante ms y era salva; pero
un torbellino de aire que suba de aquellos senos obscuros, contrastando
con tantos obstculos, vuelve a inclinar el ligero cuerpo, y por esta
vez todo auxilio fu en balde. En vano el gozque, trizando con los
dientes las vestiduras, pugn por salvar a su bienhechora, evitando tan
infeliz fracaso. Las fuerzas de la infeliz vencieron y la arrebataron al
horrible abismo, que prosegua siempre en su mugir incesante.

Un agudo gemido se oy, y el aire los desapareci al punto.

El amante (ya vencido y herido Muley, pues de ste fu aquel grito
lastimero) vena a recibir a Mara, avisado por los ladridos del perro,
llegando al borde del puente al propio punto de la cruel catstrofe,
para sufrir as el agudsimo tormento de ver morir ante sus ojos, y no
salvar al nico consuelo de su vida, y al blanco de sus deseos,
concluyendo en un punto y tan lastimosamente con todas sus dichas y
esperanzas. Desesperado, y viendo desaparecer a su amada por aquel tajo,
llega a la brecha, y furiosamente se derriba tambin por l, queriendo
concluir su existencia all donde verdaderamente haba ya perdido su
vida.

El soldado y los dems sirvientes llegaron slo para escuchar el
murmullo de las aguas al tragarse los miembros del infeliz don Lope.

El desgraciado Gerif, que tanto tiempo le conserv el cielo la vida para
presenciar tamaas infelicidades, acert a venir cuando an duraba el
primer espanto de los continuos de don Lope. La desesperacin del
anciano infeliz, que engaaba en el cario de Mara las memorias de su
esplendor pasado y del poder de su familia, dando espantosos gritos,
rasgndose los vestidos y arrancndose la barba, manifestaba su
intenssimo dolor, sin acordarse de Muley, que, exnime y baado en su
sangre, se revolcaba a poco trecho de l.

Dado el grito de alarma, toda la aldea, moriscos y cristianos, chicos y
grandes, hombres y mujeres, corrieron al puente, y bajaron en todo lo
largo de la orilla, cul con hachas encendidas, cul con cuerdas, cul
con tablas, y todos con voluntad de arriesgar su vida a trueque de
salvar a la infeliz Mara. Pero todo fu en balde: a la maana
siguiente, batidas bien ambas orillas, slo se encontr el miserable
gozque, todava teniendo en su boca alguna parte de la vestidura blanca
de Mara.

El soldado, con las lgrimas en los ojos, recogiendo en su pecho aquella
prenda de dolor, iba inquiriendo de piedra en piedra por el ro, y
preguntando a cuantos aldeanos encontraba:

--Has visto a Mara?

Al final de la tarde y en el desage para el Guadiana, un miserable
pescador le dijo que la noche anterior, a cierta hora, oy dar por el
ro unos acentos lastimeros, estremecindose tanto con ellos, que haba
afirmado las puertas de su choza, temindose alguna prodigiosa
aparicin.

No volvi a saberse ms de los amantes. La credulidad morisca,
pintoresca e imaginativa como la de los griegos, supuso que andaban
encantados por las cuevas que se abran por las paredes de aquellos
abismos, cuya subida o bajada, siendo inaccesibles, daban mano por este
mismo misterio a mil cuentos y supersticiones, y muchos afirmaron
haberlos visto suspendidos en medio de aquellos tajos.

Muley, ms afortunado que su vencedor y Mara, sanando de sus heridas al
fin, prosigui en sus proyectos de revueltas y rebelin, que si no los
realiz por sus propias manos, gracias al temor que inspiraba el
Emperador Carlos V, los vi puestos en prctica aos despus por un hijo
suyo, que fu uno de los reyezuelos de las Alpujarras.

Gerif no logr alcanzar ni aquel suspiro de la libertad morisca, ni el
terrible castigo que en los suyos se verific, pues triste, pensativo y
con el nombre de Mara en los labios, tard poco tiempo en seguir a la
luz de los ojos suyos.

El soldado, perdido ya todo consuelo y dando al olvido su condicin
andariega y de aventuras, no pens ni en ms flotas, ni en ms Indias,
ni en ms empresas. Trocando el disfraz de mendigo y el vestido gentil
de soldado por un sayal de ermitao, hizo su habitacin de aquel mismo
sitio, testigo de la catstrofe, y pensando siempre en su desgraciada
bienhechora y en su infeliz seor, todos los das sacaba aquel velo,
nica prenda que le quedaba de Mara, y besndolo respetuosamente, y
agolpado el llanto a los ojos, volva a encerrarlo tiernsimamente en su
pecho.

Mercado, cansado de la vida que llevaba en la aldea, y ya alterado con
las relaciones arriscadas que haba escuchado del antiguo soldado, se
resolvi a dejar a Espaa y a probar fortuna. Prevenido con las lenguas
que le di su amigo para Francisco Carvajal y otros soldados de cuenta,
se embarc en Sevilla con otros mancebos aventureros, y pas a las
tierras del Sur de Amrica, donde gan gran nombre bajo el ttulo del
Capitn Mercado.

Acaso en aquellas soledades, al resplandor de las hogueras, y cercado de
aquellos hombres que dejando a Espaa no pensaban sino en Espaa,
entretena las horas de la noche relatndoles las desavenencias de los
moriscos y cristianos y el triste fin de don Lope y de Mara.




LOS TESOROS DE LA ALHAMBRA


La carrera del Darro es la que, arrancando de la Plaza Nueva, va a dar
en la rambla del Chapizo, subida del Sacro Monte de Granada.

Por el siniestro lado se levantan edificios de magnfica traza, cortados
por los fauces de las calles que bajan de lo ms alto del Albaicn, y a
la derecha mano, por su lveo profundo, copioso en invierno, nunca
exhausto en el esto y siempre sonante y claro, viene el Darro
ensortijndose por los anillos que le ofrecen los puentes pintorescos
que lo coronan. De ellos, el principal es el de Santa Ana, en cuyo
mbito, y de la misma mampostera del puente, hay asientos o sitiales
siempre llenos de curiosos, que en las noches calurosas de junio y julio
se empapan all del ambiente perfumado y voluptuoso que en pos de s
lleva la corriente.

Eran las vacaciones, y mi amigo y compaero don Carlos, cerradas ya
nuestras tertulias, nos citbamos en tal sitio a cierta hora para ir
juntos, y despus de girar y vagar otros momentos al rayo de la luna,
retirarnos a nuestra posada, a repasar los estudios que tanto nos
afanaban y que despus tan poco nos valieron.

Una noche (ya muy cercana a su partida para pasar el verano con sus
padres) dieron las doce sin haber acudido al sitio acostumbrado. Ya
principiaba yo a tomar cuidado por su tardanza, cuando lo vi llegar ms
alegre y estruendosamente que nunca, y apoderndose de mi mano con el
afecto ms cordial, se me excus de su descuido, y, como siempre,
enderezamos hacia nuestra posada.

Aquella noche fume imposible hacerle entablar discurso alguno de
inters, y mucho menos de nuestras tareas acadmicas.

--Estudiemos por placer y no por obligacin--me deca--. Piensas que se
apreciarn nuestros desvelos aunque descollemos en la Universidad y
logremos todos los lauros de Minerva? Si tal sucediera, cmo quedaran
los necios?; y ya est decidido que ellos han de campear siempre por el
mundo.

As diciendo--prosegua--, de hoy en adelante discurramos por plticas
ms sabias y no de tanto enfado, y ya que no podemos atraer el sueo,
ahora olvidemos las pandectas y los cdigos.

Diciendo esto, comenz a presentarme sus proyectos, que no fueran
mayores ni ms esplndidos si hubiera a mano un milln de pesos, y por
sus adquisiciones futuras y por las haciendas que me haba de regalar, y
por los viajes que inseparablemente habamos de emprender, lo dej por
loco o como hombre que se entretena en fantasear las horas del sueo y
del descanso.

Al da siguiente, bien de maana, estaba ya en su bufete, sumando y
figurando cantidades de un valor inmenso, y sin embargo de tener a mano
el dinero que su familia le envi para el viaje, me rog que le prestase
tres monedas que fuesen de una a otra mayores en otro tanto.

Respondle que las monedas pocas que posea no guardaban tal proporcin;
pero que para gastarlas nada importaba aquella para m circunstancia muy
extraa.

Se levant sin replicarme ni un eco, y fuse por la casa en demanda de
monedas tan peregrinas, y a poco volvi diciendo:

--Es mucho que nadie ha podido cumplirme el gusto sino la persona que
menos hubiera querido; pero la fuerza ha sido contentarse con su buena
obra. La vieja Carja me ha dado tres monedas con el requisito que yo
peda: son tres doblas, la primera de dos pesos, la segunda de cuatro y
la tercera de ocho, y esta ltima preciso es que la tenga guardada
muchos lustros ha, puesto que es de oro macuquino o cortado.

Y esto hablando me ense la dobla, que por el reverso tena los nombres
de Fernando y de Isabel.

--La vieja Carja--prosigui mi camarada--, por muy dulzaina que se
muestre para conmigo, siempre me es de mal agero desde que el otro da,
dicindome la buenaventura cierta gitanilla que conoces, me vaticin
que mis gustos se me haban de aguar por manos viejas; pero en el asunto
que ahora trato no s qu mal pueda inducirme.

Nos separamos sobre el anochecer y quedamos, como siempre, citados en el
puente de Santa Ana. Llegada la hora, y aun no haba dado el cuarto para
las doce, cuando con paso vacilante y con el aire ms melanclico se me
acerc, y tomndome por la mano, fra como el granizo, tir de m para
la posada, yendo yo tan confuso como espantado.

Sus suspiros me lastimaban sobremanera, y al tocar los umbrales de la
puerta me dijo:

--Qu maravillas vas a saber de m!

Retirados a nuestro aposento, y yo ms curioso que nunca, y temiendo el
espritu arriscado y de aventuras de mi amigo, me sent sobre el borde
de la cama y esper a que comenzase, como comenz as su razonamiento:

--Ayer, al asomar la noche, recoga el fresco por el puente ltimo que
lleva el Avellano, y donde viene tambin a dar la senda que conduce a
las espaldas de la Alhambra. Solitario el sitio, y la hora a propsito,
me dejaba ir en alas de mis devaneos, cuando una voz cercana a m en
extremo, me sac de mis ensueos, dicindome: "Eres valiente? Quieres
hacer fortuna?..." Volv los ojos y me encontr a dos pasos con un
soldado de ms que alta estatura, con morrin de cresta, con gola y
vestes azules, con el rostro no desagradable, pero plido y ceniciento,
y con la voz, si bien honda y tristsima, nada desapacible. Llevaba
terciada la espada del hombro, y en la mano apoyaba la pica obscura,
pero de hierro muy luciente.

Considerndolo un breve espacio, y porque no dudase de mi valor, le dije
que estaba resuelto a todo, y ordenndome que le siguiese, fume en pos
de l, ya casi perdido todo recelo por haberme largado la pica en que se
apoyaba para que yo la condujese. El astil era tan pesado, que casi la
llevaba arrastrando, y sin falta me prestaba la cualidad de invisible,
puesto que encontrndome con varios conocidos y amigos que volvan de su
paseo, ninguno hizo reparo en mi persona. Ya cercano al bosque, me dijo
el soldado:

--Cuando lleguemos a las ruinas de los torreones (y cuenta con no
equivocarte), haz lo contrario de lo que yo te mande.

Prometlo as, y emparejamos con el baluarte de la puerta de hierro, por
donde se dice que Boabdil sali huyendo de la furia de los caballeros
Abencerrajes por la muerte de sus parientes.

All me dijo el misterioso gua que tocase con la lanza, lo que me
guard mucho de ejecutar; pero cuando llegamos a la torre aislada de las
almenas y me orden que no llamase, entonces la levant y di con ella un
gentil bote contra la muralla, la cual maravillosamente se abri de par
en par, no dudando yo de seguir al soldado por aquellas obscuridades.

En la estancia donde nos paramos no encontr ms adornos que enormes
tinajas enclavadas en la tierra, y sentndose y hacindome sentar el
soldado sobre las tapas de hierro que las cubra, me relat el encanto y
el prodigio ms estupendo que puede forjar la imaginacin ms
maravillosa.

Me dijo que desde la conquista de Granada estaba preso en aquella torre,
custodiando los crecidos tesoros que los moros haban rescatado y
escondido de los cristianos, cuyo empleo enojoso lo cumpla
enfadosamente. Que le estaba permitido el salir de tres en tres aos
para procurar su libertad, y que en distintos trances se haba dejado
ver de algunos, para que le facilitasen su rescate, pero que nunca logr
el cabo y el fin deseado, pues de ellos, a unos les falt el valor,
otros desmayaron en la mitad del camino y muchos no llenaron los
requisitos y condiciones que se les haban impuesto, perdiendo as el
premio de su trabajo; y al decir esto levant la tapa y sac de la
tinaja ms cercana, como por muestra, el puo lleno de la arena ms fina
de oro, que era lo que reposaba en aquellos vasos.

Yo entonces--prosigui mi amigo--le asegur al soldado mi buen deseo y
le ofrec la fineza y esmero ms extremado, y que pudiera disponer de m
a su buen albedro, sin que los peligros pudieran arredrarme.

El soldado me respondi que no sera necesario arriesgar mi persona, y
que para dar comienzo a la obra volviese a verle a la noche siguiente
(por hoy), con tres monedas pedidas, pensadas y dobladas.

Pedle la clave de este enigma, y me dijo que las tres monedas haban de
ser rogadas y tomadas de un amigo que, ignorando el fin misterioso de su
destino, pensase que eran para el uso mo, y que ltimamente fueran el
doble la una de la otra. Bien encomendadas a mi memoria todas estas
circunstancias, me desped del soldado, quien para llamarlo cuando la
ocasin llegase me di las seas de tres palmadas, con tres palabras que
har una hora que recit y ya las he olvidado con mayor espanto mo.

Separado de l anoche, tena ante mis ojos la opulencia ms rica, y en
mi mano el hacerte feliz y poderoso, y ya reparaste la loca alegra que
me dominaba.

No perdiendo tiempo, me procur las monedas misteriosas, que, al ver
mo, llenaban los puntos acondicionados, y esta misma noche vol al
torren arruinado, y dando las tres palmadas y pronunciando las tres
palabras que ya olvid, se abri al punto la muralla, dejndose ver el
soldado, con el rostro ms triste y lastimado.

--Todo lo hemos perdido--me dijo--; s que has hecho cuanto tu buen
deseo te sugiri y cuanto estuvo en tu mano; pero si bien las monedas
son dobladas, la mayor tiene el mal de pertenecer a los Reyes
conquistadores de este suelo, Fernando e Isabel, y para los usos que
debieron servir no perdonan los genios que aqu mandan ni el nombre ni
la efigie de entrambos hroes. Mira en prueba, me dijo, a qu se redujo
cuanto estos vasos contenan; y destapndolos sucesivamente no me mostr
sino ceniza; y estas urnas, prosigui, llenas de piedras preciosas, que
por fineza ma y adehala debida a tu buena voluntad te destinaba, todas
se han vuelto de carbn; y era as como l deca, siendo las urnas como
aquellos jarrones de porcelana que se conservan en los Adarves, y fueron
hallados en el aposento de las ninfas llenos de amatistas, topacios y
esmeraldas.

El soldado se despidi tristemente de m, dicindome que aun pudiera
tener esperanza dentro de los tres aos, plazo necesario para que su
visin pudiera repetirse, sin temer yo nada por la seguridad de los
tesoros, pues estaban a salvo enteramente en tanto que estuviesen en su
custodia.

Sal de la muralla, y volviendo los ojos no vi sino el lienzo liso y sin
lesin alguna, yendo a buscarte con el desconsuelo que puedes imaginar,
pudiendo decir slo que nada en el mundo podr aliviarme el pesar de
haber perdido la mayor dicha y opulencia que puede esperar el hombre,
habindolas tenido a tiro de la mano.

Por mucho que me parecieran disparatadas las razones de mi amigo,
todava lo vi tan cordialmente afligido y con abatimiento tal, que tuve
a mejor partido el consolarle con otros discursos no de ms comps que
los suyos, y procur que durmiendo recogiese con el sosiego algn poco
de ms de seso. Las horas de la noche las pas sin descanso alguno y
como en delirio, que lleg al frenes ms subido cuando a la siguiente
maana nos dijeron que la vieja Carja haba desaparecido, dejando muy
mal olor de sus acciones, que quin las calificaba de hechiceras, quin
las presentaba por de un espritu malo. Con esta aventura, mi amigo no
haca sino repetir el vaticinio de la gitana, y nada poda, no ya
distraerle, pero ni aun picarle la curiosidad ni despertarle el gusto.
En fin, parti para su pas (cantn inmediato de las Alpujarras), donde
le vi ir con gozo mo, por parecerme que all dejara el peso de sus
cavilaciones, confesando la irritacin de su fantasa. Las cartas que me
escribi casi me lo daban ya por restablecido, cuando un veredero que
lleg una tarde a ms andar me trajo de la parte de mi desgraciado amigo
el encargo encarecido de que fuese a darle el ltimo adis, si es que
quera verle antes de morir.

Por mucha diligencia que puse en mi viaje por aquellas montaas, no
llegu al lecho del moribundo sino a la segunda tarde, cuando ya mi
pobre y delirante compaero tocaba en la agona. Al verme, me tendi la
mano, y con lgrimas en los ojos me dijo:

--Querido amigo, no he podido ser superior a mi desgracia. El que tuvo
ante la vista y destinadas para l tantas riquezas y tal poder y se le
escaparon de la mano, no debe sobrevivir. No te olvides que la dicha
tuya hubiera acompaado a la felicidad de tu amigo. Adis!...
Adis!...

Desde entonces no volvi a abrir los ojos, y a pocos momentos expir,
siempre repitiendo:

--Los tesoros de la Alhambra!... Los tesoros de la Alhambra!...




EL COLLAR DE PERLAS




I


Mohamad II, de la familia de los Naceritas, reinaba en Granada lleno de
poder, gloria y juventud; pues por la muerte de su padre se miraba a los
veinticinco aos sentado ya en el trono de la Alhambra.

Cuentan las historias que este prncipe, antes de heredar el ttulo de
Sultn, andaba perdidamente enamorado de la hermossima Hala, hija del
primero de los Wazires de su padre, hombre principal y poderoso, pero
que aunque deudo de la familia real, no entraba en los clculos del
Sultn viejo el permitir tal enlace. Ello es que el Sultn Alamar quera
casar al prncipe su hijo con una infanta de Fez para afirmar con tal
alianza el imperio muslmico en Espaa, y poder, con la ayuda de las
cabilas africanas, rechazar a los cristianos, que a ms andar le venan
invadiendo y ocupando su territorio, como las olas incesantes de un mar
ambicioso e insaciable.

La muerte de Alamar cort en flor proyectos tan prudentes, y dej en
libertad al nuevo Sultn para seguir las dulces inclinaciones de su
corazn, contando ste que, con un brazo fuerte y una voluntad firme,
podra hacer frente al de Aragn por la parte oriental, y al de Castilla
por la parte del Algarbe de su reino.

As, pues, al mismo tiempo que hizo llamamiento de sus alcaides y
capitanes, y que sus escuadrones y jinetes, as africanos como
andaluces, se juntaban, apresuraba el Sultn mancebo sus bodas, que
haban de ser con todo el boato, gala y riquezas que los monarcas
granadinos acostumbraban ostentar y derramar en las ocasiones solemnes,
y por cierto que para un corazn enamorado nada de ms solemnidad y
grandeza que el da en que iba a poseer el objeto por quien tanto se ha
anhelado.

Los Masamudes, los Aliatares, los Benegas y otros muchos caballeros de
las familias nobles, disponan cuadrillas, caas y torneos; las damas,
parientas de la futura Sultana, trazaban en sus crmenes y jardines los
festejos y zambras con que haban de celebrar tan venturoso enlace, y
los mercaderes de joyas, telas, esencias y otros objetos preciosos se
encontraban en todas partes, y en todas partes eran echados de menos,
pues tanta era la viva curiosidad por ver, y ansia por comprar y
apoderarse a todo precio de tanta preciosidad, propias del lujo oriental
y del fausto que en aquella poca ostentaba la rabe corte de Granada.
El enamorado Sultn, por su parte, realizaba en los alczares de la
Alhambra y en los verjeles del Generalife todas las ficciones y sueos
de las mil y una noches, derramando riquezas y tesoros, para que
aquellas encantadas estancias fuesen an ms dignas de recibir y
hospedar a la sin par Hala.

Todo estaba a punto ya para la ltima ceremonia, y el Sultn dispuso que
su hermosa novia subiese desde su morada en los palacios de Granada a
los alczares de la Alhambra, tres das antes de las bodas, que se
fijaron para el hlid o plenilunio del mes de las flores.

La madre de Mohamad recibi a la futura Sultana como a hija la ms
querida; la carrera de sta desde su palacio a un extremo de la ciudad,
hasta el regio albergue, fu un verdadero triunfo. Adems de toda la
nobleza de su casa y parentela, y de los prncipes de la sangre que
cabalgaban en soberbios caballos, apelados por cuadrillas y ostentando
las galas y preseas ms ricas, iban los ulemas, los imanes, los wazires
y cades, cada cual en el lugar que le corresponda. Despus se dejaba
ver la guardia del Jacinto, compuesta de mil esclavos negros, y as
llamada por la piedra que reluca en los turbantes; y luego segua la
invencible, compuesta de tres mil africanos con escudos de plata y
blandiendo azagayas de reluciente acero con astiles colorados. A cierta
distancia se miraban venir veinte cebras y veinte jirafas, que conducan
en cofres de sndalo y maderas preciosas los vestidos, regalos, el
alizaque o dote de la novia, y luego, entre una comitiva numerosa de
jeques y ancianos, jefes de los cabilas y linajes, se dejaba ver un
riqusimo palanqun colgado, de brocados y randas, y con varales de
coral y madreperla.

Se nos olvidaba que precedan tambin a la Sultana numerosas bandas de
msicos, vestidos a la ndica usanza, y haciendo sonar sus instrumentos
por la manera ms blanda y voluptuosa, y que delante iban doce pavones
tendiendo sus vistossimas alas, con otras aves de peregrina naturaleza
y tradas desde la Arabia, del Irak y del Hind.

Lo que ms llamaba la curiosidad del pblico era ver los saltos y gestos
de gran nmero de monos y jimios, que de todos tamaos y cataduras, y
formando uno como extravagante escuadrn, iban remedando el talante y
gravedad de aquella solemne y dilatada procesin. Algunos, que eran de
crecida estatura y trados del interior de Africa, y que iban ataviados
de sus capellares, marlotas y turbantes, podran equivocarse por sus
carillas revejidas, sus ojuelos hundidos y otros accidentes, con algunos
de los viejos dignatarios de la corte.

Aqul, deca uno, es el Cad Anakin; ste es el Katib Abdual, gritaba
otro; pues estotro, gritaba aqul, sin pizca ms ni pizca menos, es el
Intendente de los tesoros Albut Seid. Mirad qu ojos abre en cuanto ve
relumbrar algo que le parece oro o plata.

El menudo pueblo halla siempre cierto sabroso placer en encontrar alguna
semejanza entre los que lo mandan y los animales nocivos, y por cierto
que las ms veces no se engaa.

Entretanto las cuadrillas, las guardias y el inmenso acompaamiento
iban marchando, acercndose al propio tiempo las ricas andas que
encerraban tanto tesoro.

En este como porttil camarn, que cargaba sobre los hombros de doce
eunucos del Sennaar, apareca la afortunada novia envuelta en los velos
que aun en la poca ortodoxa Granada, para ceremonias de tal monta y con
personas de tal clase, reclamaba la rigidez muslmica. Hemos de
presuponer que los velos eran tan sutiles, que no pareca sino que, por
desusada manera y con arte sobrehumana, haban obligado al delgado aire
a trocarse en difana y ligersima tela, y aun sin embargo, Hala, para
procurarse el inocente placer de contemplar a su sabor aquel nunca visto
espectculo, y tambin acaso para dejar ver que el delirio del Sultn
tena sobrado fundamento y razonable disculpa, con su mano de miniatura
recoga contra su faz el velo, dejando as libre paso a los rayos de uno
de sus ojos, argumento irresistible para quien lo alcanzara a distinguir
en favor de la apasionada resolucin del Sultn.

Este iba al siniestro lado de las andas, montando un caballo casi
fabuloso por su hermosura, rareza y por las circunstancias de su ser. No
era de casta conocida, sino que en una montera habida aos antes por el
mismo Mohamad, fu encontrado vagando por los montes de Sohail, siendo
necesarios tres das y tres noches y los esfuerzos de doscientos
monteros para rendirlo y cautivarlo. No se dejaba cabalgar de otro
jinete que el prncipe, a la sazn Sultn; pero en trueque era la ms
dcil hacanea si alguna dama hermosa intentaba montarlo. Andaba tres
farasangas de sol a sol; corra el doble que el corcel ms corredor; en
la arena dejaba atrs al camello ms fuerte, y pasaba a nado el
Guadalquivir en los das ms iracundos de su tempestuosa soberbia. Su
destreza era tan extremada, que el Prncipe, montndolo, corra seguro
sobre los adarves de los altos muros de Granada: jams su dueo haba
dejado de salir vencedor en las justas y torneos, triunfante en las
lides y batallas e ileso en los juegos de caas y alcancas.

Tal era su agilidad en los movimientos, su rapidez y violencia en las
acometidas y su instinto maravilloso para secundar y ayudar los
intentos, trazas y ardides de su real jinete.

Su color era tal, que en cuanto se agitaba se converta en una montaa
de prpura esplendente, tan bermejo se paraba, resaltando as ms y ms
su crin y cola de azabache, que era necesario recortar muy a menudo,
pues de otra manera llegaran a rodar por el suelo.

Este caballo, superior a los fabulosos de la mitologa griega y
oriental, se llamaba Ebn-Nur, o hijo de la luz o del fuego, ya por las
nobles condiciones que ostentaba, o ya por una estrella que tena en la
frente, tan blanca, que de noche crean supersticiosamente que rutilaba
y resplandeca como lucero del cielo.

El joven Sultn iba, como se ha dicho, al siniestro lado del riqusimo
palanqun, haciendo gala y muestra de su gentil presencia, y
escarceando gallardamente con aquella peregrina alfana, si llena de
fiereza para combatir, no menos primorosa y atildada para los alardes de
gentilezas y bizarras.

Mientras esto pasaba por el un lado de las andas, era por el otro por
donde se deslizaban los furtivos ojos de la lindsima novia. Achaques de
muchachas: descuidaba el recrear la vista por lo que haba de ser pasto
comn cotidiano de sus ojos, y stos los fijaba a preferencia en objetos
que haban de ser de ms difcil alcance despus para una Sultana de la
Alhambra.

De esta manera dejaba ver Hala el collar de las nueve perlas que el
Sultn le haba ofrecido como uno de los primeros regalos de la boda;
collar que, segn antigua y verdadera tradicin, perteneci al primero
de los Omnadas que imper en Crdoba, Abderramen el-Dajel, que adorn
un tiempo el cuello de la Reina Sabah, y que fu el ms precioso de los
presentes que esta mujer clebre regal al Rey Soleimn cuando fu a
visitarlo, llevada de la fama de su grandeza y sabidura.

De las nueve perlas, todas del grandor del fruto del nogal, dos de
ellas, una blanca con el oriente ms rico, y otra negra con el brillo
del bano, se haban cogido en el mar de Persia; otras dos, una roja
como el carmn y otra verde como la esmeralda, fueron cogidas en el mar
tempestuoso de la India; otras dos, una azul como el jacinto y otra
plida como el mbar, se pescaron en el mar grande o del Atlante; dos,
entrambas celestes como el cielo, se encontraron en los mares
tenebrosos o del Septentrin, y la ltima, de los colores variados del
iris, se ignoraba de dnde fu cogida, aunque los aficionados a lo
maravilloso y sobrenatural aseguraban que aquella piedra, nica en el
mundo, fu encontrada en la fuente Tasnin, que corre en el algerna o
paraso, y trada a la tierra por uno de los genios obedientes a
Soleimn, quien aadi as la novena perla al collar de la Reina del
Yemen. Esta misteriosa piedra, que se engarzaba como por privilegio en
medio de las otras perlas, tena una oculta y maravillosa propiedad, y
era que los matices de sus colores cambiaban incesantemente cuando la
persona que se adornaba con el collar se acercaba en bien o en mal a
alguna sbita mudanza o peripecia en su condicin y fortuna.




II


Nada ms natural que explicar en aquel trance el giro continuo de los
matices de la novena perla.

Hala, por lo mismo, se entregaba dulcemente a sus ensueos de
felicidad, y al travs de su velo sutil, o por sus miradas de reojo,
vea llover flores y rosas por donde pasaba; miraba las calles
alfombradas de ricas alcatifas, cubiertas las azoteas de elegantes
doseles y sobrecielos para templar la viveza de la luz; muchos
esclavillos agitando enormes ventalles y abanicos de pluma y papiro para
mover y refrescar el aire, y gran nmero de pebeteros en los ajimeces y
ventanas que poblaban el ambiente de los olores ms exquisitos.

Detrs cerraban la marcha tres mil cenetes montados en caballos negros,
y tres mil bereberes cabalgando en caballos blancos.

Cuando llegaron los primeros del acompaamiento a la puerta de la
justicia, que era la principal entrada de la Alhambra, se fueron
derramando, aunque en orden, por aquellas inmensas alamedas de lamos y
almeces, hasta que los doce eunucos del Sennaar entraron por las puertas
del Alczar el tesoro, o ms bien dicho, la divinidad que conducan.

En aquel recinto regio fueron muy pocos los que alcanzaron entrar,
bajando todas las esclavas a recibir a su nueva seora con las
demostraciones ms ardientes de regocijo; unas danzaban al son de los
albogues y adufes, y otras le cantaban al antiguo uso de Crdoba y del
Cairo estas lisonjeras csidas de versos:

            Entra aqu,
    entra aqu en estos jardines
    de arrayn, rosa y jazmines,
            entra, s,
    cual reina por sus confines.

            El poder,
    el poder te da su imperio,
    que el rendir feudo al misterio
            del placer
    no es mengua ni vituperio.

            Por tu amor,
    por tu amor ya arde la Alhambra,
    rejas torres, Vivarrambra,
            el fulgor
    de caas, juegos y zambra.

La Sultana madre, al ver desde sus miradores acercarse la comitiva
regia, se apresur a venir al recibimiento de su nueva hija,
encontrndola en el patio de los Laureles en medio de las esclavas, ya
con el velo alzado y enseorendose todava en el palanqun de los
eunucos negros. La baj entre su brazos, ayudada en tan carioso
obsequio por el Sultn su hijo, que para ello se derrib gallardamente
del caballo Ebn-Nur, quien dobl al efecto tan gentil como humildemente
sus rodillas.

La madre instal a la bellsima nuera en su propia cmara, formada de
cristales y espejos, hasta que llegase el instante de las bodas; y en
tanto que el Sultn reciba los homenajes y plcemes de sus alcaides,
wazires y wales, las Sultanas salieron a solazarse con las esclavas por
los espaciosos y mgicos jardines, trasunto del imperio de Flora y
compendio aventajado del Paraso, por quien tanto suspiran los creyentes
en el Islm.

Hala, que por su condicin viva y regocijada haba tomado en fastidio
tanta circunspeccin y compostura, quiso aprovechar ocasin tan feliz de
solazarse a todo su albedro; y mientras la Sultana madre se entretena
en reir en un estanque a varias esclavas que se baaban con mucho de
algazara y escarceo y algn poco de desenvoltura, se perdi por entre un
laberinto de mosquetas, rosas y celindas, acompaada slo de Encirnn,
una su esclava, persiana de nacimiento y de singular belleza y
discrecin.

Cuenta la historia que as como Hala y Encirnn salieron de aquellas
intrincadas calles de rosales y verduras encontraron en un prado sobre
una flor la mariposa ms extremada en hermosura, as por sus colores
como por la brillantez de sus penachos.

--Princesa--dijo Encirnn--, esta mariposa slo se encuentra entre los
tulipanes y anmones de mi hermoso pas; capricho raro ha tenido este
insecto en llegar hasta aqu; queris que tratemos de hacerla nuestra
cautiva?

Con el asenso de Hala comenzaron entrambas a procurar dar caza a la
mariposa; pero el insecto, burlando las trazas de sus lindas
perseguidoras, las fu llevando hacia los bosques inmediatos, ya
parndose en un pimpollo o en una rama, ya alzando el vuelo con presteza
y maravilloso instinto.

La Sultana vieja segua de lejos, y presidiendo la banda de sus lindas
esclavas, la afanosa tarea de Hala y de Encirnn, y las vi, rindose
de su loca empresa, trasponer por entre las calles de negros rboles que
daban entrada al bosque.

Al poco tiempo de haber desaparecido las dos lindas cazadoras, se oy un
grito agudo dentro del bosque, en el que, as la Sultana vieja como
todas las esclavas, conocieron la voz de Hala.

Cul fuera la admiracin y el espanto que tal grito infundiera en la
Sultana y en las esclavas, es fcil concebirlo.

Al punto se dej escuchar un coro de gritos y voces en todos los tonos y
con toda la discordancia que para tales y semejantes casos tiene
reservados el diapasn femenil.

Acudieron por de pronto los esclavos y eunucos negros del harn y
principiaron a moverse en todas direcciones con aquel acuerdo que se
acostumbra en los trances apurados.

A los de ms edad, y casi ciegos por los aos, se les mandaba que
entrasen en el bosque a inquirir y ver las circunstancias de aquella
presunta catstrofe; a los cojos se les daba prisa para que fuesen a
llamar los guardias, y a los mudos se les conminaba para que fuesen a
relatar al Sultn los pormenores de tamaa desventura. Todo era
desorden, todo confusin.

En esto se present el Sultn a la cabeza de sus continuos y ms
allegados, y sin detenerse a or los pormenores del caso, ni las
sospechas que sobre l podran concebirse, ni los diversos planes que
debieran formarse para averiguar el origen de tal atentado, y poniendo
al lado los consejos, las reflexiones, los dictmenes y las sabias
medidas que sus entendidos consejeros le proponan, y dejndolos a stos
en sus entretenidas disensiones y reyertas, se precipit por las calles
del bosque, frentico de rabia y lleno de zozobras.

El Sultn corri todos aquellos laberintos de verduras y malezas sin
hallar ms que algn pjaro que revolaba entre las ramas o alguna tmida
liebre que se deslizaba entre la hierba.

En tanto volvi en s y se mir solo, pues sus cortesanos en vano le
haban querido seguir en su rpida y pesquisidora excursin.

En fin, el Sultn lleg a cierto lugar del bosque en donde los rboles
clareaban, alzndose en lo ms desembarazado un hermoso peral cargado de
fruta. Una fuente pintoresca, que se despeaba por el fauce de una
retorcida cueva, completaba aquel delicioso paisaje.

Al llegar aqu el Sultn se encontr a todos sus wazires y cortesanos
que formaban un ancho corro, con el un pie levantado, el otro adelante y
la cabeza todava ms avanzada, como si mirasen algn hondsimo aljibe
que se les hubiere abierto delante de su ojos. Tanto era el saludable
temor que los detena.

Ello era que all haban encontrado a la hermosa Hala debajo de aquel
poderoso rbol sumergida en un profundo parasismo.

Nadie se atreva a adelantarse, y aunque en el desorden de las
vestiduras se dejaba ver la punta de una leve chinela de tafilete y oro,
como no se hallaba a mano ningn tenacero de plata de longusimos mangos
para remediar aquel preciossimo desgaire, necesario fu dejar las cosas
en su primitivo estado por no probar, el que indiscreto anduviera
tocando lo que no deba, la agradable aventura de verse dividido en dos
partes, como algunos captulos del Alcorn.

A la aparicin del Sultn se desvaneci como si fuesen de fugaces ondas
aquel crculo de curiosos y cortesanos. Y el Sultn sin reparar siquiera
en ellos se acerc a la desmayada esposa.

Los suspiros del coronado amante lograron volver en s a la Princesa,
pero para causar ms lstima y desesperacin. Sus ojos se abrieron y su
voz articul algunos sonidos, pero stos no fueron ms que suspiros y
sollozos, y aqullos giraban desordenadamente, o se fijaban ni ms ni
menos que como pudieran estar los ojos de una estatua.

El Sultn, traspasado de dolor, condujo al palacio a su desventurada
esposa, llevando detrs de s y a respetuosa distancia a toda la
comitiva.

La Princesa fu colocada en un mullido cuanto ostentoso rimero de
almohadones y cojines, y dejndola bajo la custodia de la Sultana madre
y de gran nmero de esclavas, el Sultn sali del que hubo de ser
nupcial aposento, y era ahora teatro de escenas lastimosas, para
conferenciar con los sabios y mdicos de la corte sobre lo peregrino de
la aventura.

Al Sultn slo se le escuchaba de vez en cuando estas palabras:

--Falta el collar de perlas.

Y los cortesanos en voz baja se hacan el eco diciendo:

--Entre otras cosas que pueden faltarle a la Princesa, se echa de menos
el collar de perlas.




III


Cuenta la Historia que el Sultn quiso presidir por s mismo el cnclave
aquel de sabidura, y aquel divn de inteligencia mdica, y que sufri
los ratos de ms bostezante fastidio que imaginarse pueden.

Un wazir, profundo estadista, aseguraba que aquella catstrofe estaba
preparada por los enemigos, y que as era preciso desterrar a todos los
desafectos de la dinasta Nacerita; otro wazir, todava ms sagaz,
aada que suponiendo este horrendo plan, el cual era patente como la
luz del da, debiera deducirse que los cristianos eran los autores de la
trama, como enemigos jurados de la gloria de la casa reinante, y que
debieran ponerse todos en tormento para que declarasen la verdad.

Otro, menos profundo y amigo de explicar las cosas por lo natural y
fcil, contradijo a sus compaeros, y prob lindamente, en un discurso
de dos horas y media, que la tragedia la haba motivado sin duda alguna
la presencia de algn tremendo salteador que, burlando la vigilancia de
los guardias y venciendo los obstculos que cercaban la real estancia y
sus jardines, haba venido a despojar a la sultana del inestimable
collar que llevaba en la garganta.

--Cmo explicar de otro modo--deca ufano el parlante--el robo de esta
joya? Unos conjurados no piensan en robar; qu tienen que ver--aqu
alzaba la voz, vanaglorioso con la distincin--los delitos comunes con
los polticos?

--Patarata--replic un entendido naturalista desde los escaos de los
taalebs o ndicos en donde estaba sentado hechas sus piernas tres
dobleces--. Tal caso debe explicarse por causas naturales enteramente.
A qu acudir a mviles ridculos por lejanos, si el misterio por s
mismo se revela? El magnfico cuanto peregrino espectculo que ha herido
la imaginacin aun infantil de nuestra linda y tierna sultana, slvela
Alah, no ser explicacin bastante para este desmayo o parasismo? Pues
estos sentimientos llevados al ltimo punto por el placer de verse la
noble esposa del ms guerrero, generoso y amable de los sultanes--y aqu
aada el orador una cfila de alabanzas y eptetos, por supuesto sin
mezcla de lisonja mdica--no es suficiente motivo para tal arrobamiento?
Roguemos al cielo, por el contrario, que tanta gloria no anonade y
absorba la luz de vida de ese frgil corazn.

Otros veinte picos de oro dijeron cosas muy buenas, diversas todas las
unas de las otras, sin haber disparate que no tuviese defensor, ni
extravagancia que no se encomiase llevndola a los cuernos de la luna.

Ya el Sultn, desesperado a fuerza de hasto, revolva en su mente el
saludable proyecto de degollar con su propio alfanje tres o cuatro de
aquellos ruiseores sapientes, eligindolos de entre los ms floridos y
locuaces en su parla, cuando el famoso Aben-Jomiz, que haba sido diez
aos alfajeme, otros tantos boticario, siempre viajando y herbolizando,
algunas veces matando y jams curando, y que haba concludo por ser tan
entendido mdico como consejero profundo, di seales de hablar.

Todos callaron, y el Sultn, dejando para mejor lugar y ocasin su
resolucin piadosa, se volvi hacia el meflez o asiento del sapientsimo
mdico, y oy que ste, con voz chirriadora y cascada, dijo:

--No hay Dios sino Dios, y Mahoma es su profeta. La sultana Hala est
afectada de una catalexis.

--Al menos--dijo el Sultn--este necio no nos ha quebrado la cabeza.
Catalexis!...

Los cortesanos se enamoraron del nombre de la enfermedad, y todos se
decan:

--La Sultana tiene una catalexis.

Todo el mundo se llen de gozo al ver descifrado el enigma, y de los
cortesanos a los esclavos, y de stos a los guardias, y del Sultn a la
madre, y de sta a las esclavas, y de las mujeres del harn a otras
mujeres, baj rodando de boca en boca desde la Alhambra de Granada el
mismo nombre de la enfermedad. Catalexis!

El jbilo por tan dichoso hallazgo infundi el deseo de celebrarlo con
todas veras y estrpito, y as a los pocos instantes se escuchaban
doquier en la algazara ms bulliciosa del mundo los gritos regocijados,
los acentos de los vivas y los ecos de los instrumentos. La palabra
catalexis se oa de cuando en cuando como tema de aquella alborotada
sinfona y serva de incentivo para avivar el estruendo y la algazara.

--Y qu es la catalexis?--dijo con voz de trueno el Sultn al ver
pavonearse de vanagloria al inventor de la palabra, y que con ella
quedaban las cosas como antes y la Sultana tan enajenada y en peligrosa
situacin.

A esta pregunta, y sobre todo al tono con que fu pronunciada, todos
cayeron en la cuenta que una palabra no es ms que una palabra, y se
volvieron irritados y con vista airada al mismo Aben-Jomiz, que del
cnit de su vanidad vino de cabeza al valle de lgrimas de la humildad.

--Qu es la catalexis?--pregunta el Sultn; le dijeron.

Las cosas en tal punto, veo que aparece en la estancia Abu-el-Casn,
capitn de la guardia africana, y prosternndose diez veces ante el
Sultn, y tocando otras tantas la tierra con su frente, dijo:

--Prncipe de los creyentes, un loco que das ha vaga cantando y
danzando por la ciudad, habr una hora que en medio del estupor que ha
causado la nueva de la catstrofe de la Sultana y del alboroto que ha
movido el descubrimiento de su enfermedad, psose de nuevo a bailar en
el Zuc de los benimerines y en voz clara cantaba:

      A la Sultana
    nadie la cura,
    si no es el rey
    de la locura.

Y tu siervo, al or esto, por si es blasfemia o delito que merezca la
muerte o falta que se purgue con la lengua cortada u otra semejante leve
concesin, lo he preso....

--Y quin es ese loco?--dijo el Sultn.

--Es--respondi el
capitn--Afmed-Ali-Ocnar-ben-abas-ben-oli-ben-Iahic-ben-Zatrin-el-Cubdi-el-Smercandi...

--Por el profeta--dijo el Sultn empuando su alfanje--que al primero
que me asorde los odos con esas taifas de nombres que ataen y tocan
slo a uno de mis esclavos, que le enve la cabeza de un tajo a la punta
nevada del Belet.

El capitn, cesando cuerdamente en su amplificacin y exactitud
genealgicas, y besando otra vez la tierra, dijo:

--Prncipe de los creyentes... el loco es Afmed-el-Bayer.

--Ya lo conozco--replic el Sultn--. Tradmele al punto.

--Oyendo y obedeciendo--contest Abu-el-Casn.

Y sali de la estancia, abriendo y cruzando los brazos y bajando la
cabeza.

De all a un instante cay en medio del concurso un morillo mal andante
en sus vestidos, aunque no de traza desagradable, y que llevndose con
ahinco una su mano a cierta su oreja, daba a entender claramente ser
aquella el asa por donde lo haba empuado, para transportarlo, la
suavidad jurdica-militar del capitn Abu-el-Casn.

--Qu era lo que cantabas en el Zuc de los benimerines?--le dijo el
Sultn.

Y el loco, siempre con su oreja entre sus manos, y comenzando a bailar
con el mayor desenfado, cant:

      A la Sultana
    nadie la cura,
    si no es el rey
    de la locura.

--Pues t debes de ser--dijo Mohamad--el mdico infalible de mi esposa:
nadie puede haber ms loco que t; en tres das has roto cinco mil
platos y escudillas; has hecho rodar por el suelo seis mil jarras y
otros cachivaches de la Rambla, y has llevado todos los chicos del
Albaycn a machacar esparto sobre las cargas de porcelana y cristal de
los mercaderes genoveses de la Albaycira. Se necesita todo el respeto
que profesamos a los llenos del espritu de Dios para que no te hayamos
empalado.

Afmed, sin dejar su baile, ni soltar su oreja, prosigui cantando as:

      Grados diversos
    ha la locura,
    ser rey en ella
    fortuna es mucha,
    aprendiz slo
    soy.....................

--Djate de esa versa y canturia fastidiosa--prorrumpi encolerizado el
Sultn--y responde por lo natural y llano a mis preguntas, porque si no
vive el cielo! que te saque enredada en la punta de mi espada gran
parte de tus dislates y locuras.

El-Bayer, al halago de tal insinuacin, di una cabriola en el aire, y
sacando los pies hacia adelante, se dej caer verticalmente sobre sus
nalgas, bajando y doblando al propio tiempo su cabeza hasta injertarla
entre sus muslos; pero con tal arte, que pona duda, si en su reverencia
y salutacin haba ms burla que respeto al Prncipe de los creyentes,
dijo al demente:

--Yo soy un loco principiante, y como aprendiz no puedo dar en el hito
del arcano de la Sultana; pero con un guijarro en la mano y ponindome a
ochenta pasos la frente de uno de estos sabios, te la abrir
perfectamente, si es que all presumes hablar y leer...

--Canalla--replic el Sultn--no has entendido que por encontrar vacas
esas frentes, acudo en apelacin a tu locura. Hay otro ms loco que t?

--Poderoso Mohamad--dijo el-Bayer--, lo hay en Granada, y ese podr
acaso satisfacer tu curiosidad.

--Dnde se halla esa perla peregrina?--dijo el Sultn.

--En los subterrneos de la Alcazaba--replic el aprendiz de la locura.

Y al decir esto, levantndose como una pulga del pavimento de la
estancia, dando otra cabriola, hacindole una higa al Sultn, y dando
cuatro papirotes a los ms graves del cnclave o divn, se desliz por
entre las guardias, repitiendo siempre:

      A la Sultana
    nadie la cura,
    si no es el rey
    de la locura.

--Dejadlo ir--dijo el Sultn--, y t, agradable Abu-el-Casn, vuela a la
Alcazaba y registra el ltimo agujero de sus murallas y subterrneos,
hasta dar con ese loco recomendado por el otro loco.

--Oyendo y obedeciendo--respondi el capitn de la guardia, y
desapareci abriendo y cerrando los brazos y bajando la cabeza.

Entretanto los sabios, consejeros, wazires y taalies, reunidos en el
divn, se decan, en voz baja, unos a otros: "Qu diablos quiere el
Sultn! Ms loco debe l estar ya, que no el orculo que busca; si se
muere la Sultana, la juventud y belleza de cien ciudades de aquende y
allende el mar le brindarn con otras mil beldades, y si la Sultana
vive, tanto mejor si la posee muda y convertida en estatua. Esto ser
poseer una mariposa en estado de crislida.... tanto mejor poseer la
belleza sin alas."

Al propio tiempo venan nuncios y embajadores de los aposentos de las
sultanas, siempre con las tristes nuevas de que Hala permaneca en su
misma enajenada situacin.

El Sultn, en profunda meditacin, se hallaba fantaseando sobre lo
extrao de aquellas aventuras, reclinado en su alfarir o solio de
prpura, cuando apareci ante sus ojos el amable Abu-el-Casn, capitn
de la guardia africana.

--Amir-el-Mumenin--le dijo ste--, maravilla y ms maravillas! He
encontrado al loco a quien el otro loco recomend, y el loco recomendado
es el loco ms inconmensurable que hallarse puede. Es el inmenso pjaro
Roc de la locura; es el mar ms insondable de los disparates; ste o
ninguno debe ser el Rey de la locura.

--Que me place!--dijo el Sultn--. Y dnde est ese Rey tan deseado?
Por qu no entra? Que venga, tradmelo aqu, luego, al punto...

--Pues ved ah el caso--dijo Abu-el-Casn.

--Habla--replic el Sultn.

Y el capitn comenz su relato de esta manera:




IV


--Con las seas que di el loco El-Baici, y ayudado de la amabilidad de
carcter que me distingue--dijo el agradable Abu-el-Casn--, logr tomar
en los barrios inmediatos a la Alcazaba noticias ciertas del loco
recomendado. Supe que se llamaba Ben-Farding, y que habitaba en lo ms
hondo de esos palacios subterrneos que se encuentran en la Alcazaba, y
que en otro tiempo fueron templos en donde se adoraban los dolos de los
reyes Rumes.

Ben-Farding est posedo de la locura ms extraa que se puede imaginar.
Piensa que su gravedad especfica es tal, que poco a poco y a fuerza de
aos va horadando la tierra, tendido como se encuentra, y que as
llegar un da en que atravesar todo el globo, hallando su salida por
los opuestos antpodas. En los largos episodios que tendr tan dilatado
viaje, ir aprendiendo todos los arcanos de la naturaleza, o, por mejor
decir, los ir sorprendiendo o conquistando, pues, o ella habr de
suspender su accin, o en los ocultos elaboratorios de sus entraas han
de tener sucesivamente en perdurable y estudiosa visita a tan curioso
como perseverante observador. Al salir por el opuesto agujero
Ben-Farding, saldr tan sabio como Soleimn, y tan poderoso como Nemrod.
Ser obedecido de los genios buenos y malos; mandar en los animales y
aves; el Simorgue vendr a tomar sus rdenes e imperar sobre toda la
tierra.

Ben-Farding cree hallarse en lo hondo del subterrneo, en donde hoy
est, no por haber descendido all en propios o ajenos pies, sino porque
la gravedad de su cuerpo ha taladrado ya la tierra hasta el lugar en que
se encuentra.

A este loco respetable baj a ver para hacerle entender las rdenes de
mi seor, y para atravesar prontamente tan obscuras mansiones, hice
encender trescientas hachas, y por no encontrar stas tan a punto, mand
prender fuego a las tocas y vestidos de cincuenta cautivos, y echarlos
por delante de m para alumbrarme el camino.

Ben-Farding no se admir de mi intempestiva visita, y, antes por el
contrario, me manifest punto por punto el objeto de ella: debe ser
tambin Zahor, segn mi cuenta.

Mas el transportarlo aqu ha sido imposible. A mis amigables
insinuaciones se mostraba tan impasible, que llegu a convencerme de que
entra en su locura el no temer la muerte, o que se cree intangible como
el viento, o invulnerable como si fuese de hierro. Yo me hubiera valido
de mi conocida destreza, y hubiera aplicado mis medicamentos infalibles
para que desistiese de su extraa terquedad, a no sospecharme que
nuestro Ben-Farding no pudiera resistir mi mtodo curativo, o, por mejor
decir, mis medios de transporte...

--Conque no quiere venir?--grit como un len el Sultn...

--Ah est justamente el caso--respondi el amable capitn de la guardia
africana--. El no se opone a aparecer ante la noble presencia del
Prncipe de los creyentes; pero dice que l no puede separar a su
voluntad ni por un instante de la lentsima tarea en que se encuentra
afanado en dulce calma ya hace siete siglos. Un milsimo tomo del punto
ms imperceptible que dejara por taladrar, apartndose voluntariamente
del sitio que ocupa, le fuera una falta imperdonable.

El labrar su escotilln es su primer deber; pero consiente en ser
transportado aqu en gracia del generoso, del nunca vencido, del sabio,
potente, querido de Alah, vencedor, prncipe de los creyentes, mi
seor, si en el propio lecho en que espera su futura grandeza es
transportado en los hombros de ciento veinticinco...

--Ser algn gigante--exclam el Sultn--, pesado como una montaa; ya
comprendo el fundamento que tiene en su fantasa para presumir que puede
ir hundiendo la tierra poco a poco...

--Pues ah est el caso--respondi el amable capitn de la guardia
africana--; es un gorgojo el tal Ben-Farding, que no llega a tres
palmos, y, salvo su cabeza, que es gorda como la Al-cuba de la
mezquita, y sus pies, que son como dos luengas y anchas hojas de
pltano, por lo dems se creera que su gravedad no llegase a veinte
adarmes.

--Pues bien--replic el Sultn--, sbete, amable Abu-el-Casn, que me
voy enamorando de ese precioso Ben-Farding, y me desvivo por tenerle ya
ante mis ojos. Toma una manga de cincuenta y cinco ganapanes y otra de
setenta aljameles de los que portean cal y canto a las murallas que
ahora edifico en Fajalans, y que me lo traigan aqu al punto, en el
instante, dirigiendo t mismo la maniobra.

--Pues ah est el caso--volvi a replicar Abu-el-Casn--; y es que
Ben-Farding exige que esos aljameles y ganapanes hayan de ser
precisamente, exclusivamente de los ilustres dignatarios, magnates,
altos personajes, profundos estadistas, divinos oradores y sabios
consejeros de este divn.

--Dgote, amable Abu-el-Casn--exclam alborozado el Sultn--, que ese
loco es lo ms deliciosamente caprichoso que pueda idear la imaginacin
ms chistosa; me declaro por su favorecedor, y de l espero el feliz
desenlace de esta aventura.

Pero qu hacen esas feas alimaas de mi consejo y divn que no se han
apresurado ya, que no han corrido para portear sobre sus lomos a mi buen
Ben-Farding, al libertador de mi esposa, al que ha de ser mi primer
amigo si sus obras corresponden a la graciosa extraeza de sus
fantasas?

--Pues ah est el caso--dijo Abu-el-Casn--; es que estas respetables
gentes no caen en la cuenta de que el encargado en la ejecucin de los
mandatos del Prncipe de los creyentes y de las indicaciones
sapientsimas del gracioso habitador de la ratonera de la Alcazaba es
vuestro siervo, el agradable Abu-el-Casn, capitn de la guardia
africana.

--Hola, tropa!--dijo ste, volvindose a aquellos venerables varones.

Y ellos, que hasta all habanse fingido los distrados, cual si no
oyesen tan interesante dilogo, se encontraron sin saber cmo en pie,
cual si los hubiese movido un nico y poderoso resorte. Qu amabilidad!

Slo qued rellanando su cojn de terciopelo aquel wazir, de labios muy
expeditos, que explic en su elocuente peroracin con noble
independencia la diferencia extremada que hay de un robo a una
conjuracin. Al notar el amable Abu-el-Casn la no perpendicularidad de
las piernas del wazir, se iba a llegar a l dicindole con una voz
reprimida, que semejaba al silbido de una sierpe: "Ha criado races el
sabio y ennoblecido Mulesaif..." Cuando este discreto personaje,
entendiendo la granizada que se le acercaba, le respondi con acento muy
meloso:

--S, yo estoy pronto, amable Abu-el-Casn; pero me he mantenido en mi
rellanada postura, por estar ms pronto a dar a mi persona ms
sbitamente; es decir, ms presto, una configuracin ms adecuada para
traer sobre los lomos a ese discreto Ben-Farding, que va a ser el mejor
amigo de nuestro Sultn.

--Slvelos Alah a entrambos! Por ahora--le respondi gravemente el
agradable capitn de la guardia africana--, incorporaos e id, que si es
preciso, ya se os avisar del cmo y cundo habis de tomar posicin a
cuatro patas con vuestros dignos cofrades.

Entretanto, el mismo Abu-el-Casn hizo alarde y resea de todos aquellos
respetables wazires, ministros, cades, oradores, literatos y poetas que
componan sapientsimo divn, y encontr que, sumados cuidadosamente uno
por uno, y tomando sus nombres para evitar toda confusin, no se
hallaban ms que ciento y doce sabios entre todos.

El Sultn, alarmado con tal contrariedad, que dejaba manco el nmero de
ganapanes y aljameles fijado por el caprichoso Ben-Farding para que lo
porteasen, se dirigi a Abu-el-Casn y le dijo:

--He aqu, amable capitn de la guardia africana, cmo llegan trances y
casos en que se echa de menos la sabidura. De qu traza nos valdremos
para llevar a debido cumplimiento las discretas exigencias de mi buen
amigo Ben-Farding?

El agradable Abu-el-Casn inclin su frente y le respondi sonrindose:

--Descuidad en cuanto a ese punto, Prncipe de los creyentes, pues en
tanto que a estos buenos amigos los dirijo hacia la Alcazaba, empinados
por ahora en sus dos patas posteriores, pasar yo personalmente por el
colegio y la academia, dar una vuelta por las bibliotecas de Bek-Faral
y de Aben-Melij, y recoger los trece varones que nos faltan para
completar el estupendo tiro que nos exige Ben-Farding, de entre los
venerables literatos que ms all trabajan y se fatigan por la felicidad
del mundo, fastidiando a la ciencia. Me lisonjeo de que esta inevitable
substitucin nos la ha de agradecer el sapientsimo Ben-Farding.

--Ve y obra--dijo el Sultn.

--Or y obedecer--respondi Abu-el-Casn.

En efecto, el amable capitn de la guardia africana entr primeramente
en el colegio que con grande apariencia y anchas escuelas y jardines de
apartada soledad y propios para el estudio, se miraba edificado a las
orillas del fertilsimo Darro. All encontr gran nmero de doctores y
alfaques que estudiaban noche y da en el libro bajado del cielo, en la
manifestacin de los decretos de Alah, en una palabra, en las suras y
aleyas del divino Alcorn.

--Qu hacis?--pregunt Abu-el-Casn a unos viejos venerables de blanca
y crecida barba, ancha y espaciosa frente, que se encontraban sentados
sobre el csped de la verde pradera y bajo una bveda de laureles.

--Aqu--respondieron--estamos componiendo las oraciones que se han de
recitar maana por las calles y campos para que Alah, el Altsimo, nos
enve su lluvia, la frtil y placentera, y nos retire su langosta, la
voraz y devorante. Recitamos tambin sus alabanzas y altacabiras con
voz apacible y corazn limpio y conmovido.

--Y vosotros, en qu os ocupis?--pregunt tambin Abu-el-Casn a otros
vejetes de ojillos hundidos, frente estrecha, nariz roma y de gesto en
que a un tiempo se retrataba la envidia y la vanidad.

--Nosotros--contestaron--nos afanamos por descubrir en nuestro estudio y
fijar la noche en que Alah envi el libro santo y divino a su profeta y
favorecido Mohamad. Cuando hayamos determinado este punto tan esencial,
y sepamos en qu mes cae esta noche de misericordia, si es en el Remadn
o en el mes de Safer, habremos vencido a todos los doctores antiguos y a
cuantos en nuestra edad siguen ciegamente sus sentencias y decretos.
Entonces nos pondremos a la cabeza de todos ellos, nos obedecern y nos
respetarn; empalaremos a algunos, los perseguiremos a todos y ganaremos
mucha honra y, sobre todo, gran provecho.

El amable Abu-el-Casn empu a cuatro de estos buenos amigos y los puso
en camino de la Alcazaba, y l se fu a la academia, en donde disputaban
muchos sabios sobre gramtica, filosofa, dialctica y otras ciencias.

--Quin es aquel buen amigo?--dijo el agradable Abu-el-Casn, viendo a
uno que en un ancho cerco de oyentes hablaba y gesticulaba con tanta fe
como placer propio.

--Aquel--le dijeron--es el famoso Frangis-el-Wadar, orculo de nuestro
siglo, depsito de elocuencia, tesoro de frases lindas, urna de tropos y
figuras retricas, y adems--le aadieron en voz baja--, amplio cofre y
razonable tinajn de vanidad y presuntuosa candidez.

--El cree--aadi un estudiante de burlona catadura, all estante y
presente al caso--que aprendiendo las irregularidades y variaciones de
los verbos cncavos y enfermos, se aprende a conocer a los hombres, y
porfa y jura y perjura que el gobernar el Estado guarda necesaria
hilacin con la mtrica y el arte de los consonantes.

El agradable Abu-el-Casn, al escuchar tal resea, dijo para s: "Ya
tengo el centsimo vigsimo quinto aljamel que me faltaba para el
completo de mi cuenta"; y cogiendo al elocuente El-Wadar por la manga de
su aljuba le interrumpi en su agradable ejercicio, sintiendo tal
contratiempo aquel orador, no tanto por el puesto que iba a ocupar entre
los aljameles de Ben-Farding cuanto por el negro disgustillo y rabieta
de no oirse as propio en el vigsimo discurso que haba ya principiado
a pronunciar a su auditorio, y que hubiera sido ms torneado y salido
con ms arrebol y afeites de palabrillas y colorines que las diez y
nueve plticas restantes y trompeteadas por sus labios aquel da.

Despus, el amable capitn de la guardia africana entr en la biblioteca
de Abu-Melik y de Ben-Farax, y en sta encabestr a buen ojo cuatro
poetas que escriban sendas csidas de versos, presumiendo con ello
dirigir al gnero humano, y en la otra atraill a cuatro escritores
graves que refutando hechos, desmintiendo las crnicas viejas,
criticando los escritos antiguos, derramando la desconfianza y quitando
la fe en todo lo tradicional, hacan de la historia una miserable
controversia. Estas gentes daban en sus escritos, no el retrato fiel de
los pasados siglos, sino su peculiar y mezquino modo de ver y apreciar
las grandes acciones de los califas, sultanes y hroes, gloria y prez
del Islm. Alah le sea agradable a todos!

Abu-el-Casn, entretanto, al encaminar tantos magnates hacia el
Alcazaba, deca regocijado:

--Qu tasia, qu tiro tan estupendo de sabidura y de inteligencia!
Slo un Ben-Farding, rey de la locura, puede tener tal idea; pero slo
yo, agradable Abu-el-Casn, capitn de la guardia africana, puedo dar
vida a tal pensamiento, puedo llevarlo a cabo, puedo realizarlo con
todas sus consecuencias...

Y el redomado se rea como una canasta; en fin, lleg a la Alcazaba.




V


Cuenta la historia que a pocos momentos de sta un inmenso gento
llenaba cuantas calles y plazas dividan de la Alhambra el antiguo y
romano Alcazaba.

Los habitantes de las aldeas y alqueras inmediatas a Granada, rsticas
y pintorescas, pero cuyo nmero fuera imposible pasar en resea, se
dejaron venir a esta ciudad de rosas, frescuras y perfumes, alborotados
con la relacin de las aventuras que se contaban, y que por las puntas y
ribetes que dejaban traslucir de encantos y maravillas, provocaban ms
vivamente la curiosidad pblica.

Los matices y variados del Jarag y las flores vivsimas de sus huertos
y vergeles, eran ms desmayados y menos ricos que los colores de las
marlotas y capellares de los mancebos, y que las sedas, velos y tocas de
las zagalas que acudan en tropel a entrar por la puerta de Elvira para
encontrarse en el espectculo.

Acaso para dar ms contento y cierto realce de abundancia y galana al
regocijo, todos traan de sus crmenes y alqueras, para cambio o para
regalo, algo que ofrecer de agradable al gusto, al olfato o a la vista.

Aqu, las muchachas de velo blanco y de picante sesgo y talla, brindaban
con ramilletes de celindas, de mosquetas de olor y de diamelas rojas;
otras, all, casando el blanco azahar con los capullos de los rosales de
Alejandra y los chiringos de cndidos racimos con las azucenas y
bermejos lirios, ofrecan smbolos y emblemas elocuentes de amor para
las hermosas y enamorados.

Por ac los chicos presentaban ramos de rboles cargados de frutos; aqu
la toronja y la dorada cidra; all la amascena y la alloza; otros,
tejiendo en verdes mazas las espadaas y los lotos, y armados por
cuadrillas, segn los barrios de la ciudad o de las rivales aldeas, se
acometan y lidiaban en escaramuzas de nueva especie; otros hacan
revolar multitud de jilgueros y verderoles sin hilo que los sujetase, y
siguindoles entre aquel inmenso concurso los pajarillos, y posndose en
los hombros del dueo infantil cuando se cansaban, jams se equivocaban
en tanta confusin y bullicio.

Por aquella parte, las aldeanas ostentaban en canastillos de caizo y
juncos, bajo mil figuras caprichosas, la miel y la harina, la alcorza y
el alfaj.

Las esclavas africanas vendan las confituras y bollos, hechos con el
caniamum y el ajonjo, que alegraban el espritu, sin embriagarlo como el
vino.

Los esclavillos negros, en tallas de bcaro o en blanco y fino barro de
la Rambla, brindaban con el agua cristalina y fresqusima de las fuentes
ms puras y nombradas.

Los mercaderes de poca monta desplegaban en sus azafates de paja de la
India las cintas y listones que, halagando el gusto y aficin de las
muchachas, hacan caer en la tentacin de comprarlas a los galanes y
mancebos.

Viejas de mala catadura cruzaban de aqu para all, llevando en la mano
alguna sortija o joyel; se acercaban a ste o al otro corro de beldades
enveladas, o entraban en una o en otra casa, dando una cita, entregando
un billete, recibiendo una flor de amoroso significado, sin que el Argos
ms celoso pudiera advertir ni sorprender su misin misteriosa.

Los caballeros mozos de la ciudad, llevando en sus manos pomos de aguas
odorferas y de esencias, los derramaban all en donde hallaban a sus
amadas y queridas, sacndolas y reconocindolas en tanta confusin por
los colores que vestan.

Los juglares y saltimbanquis aqu y all entretenan la curiosidad del
bajo pueblo con mil suertes maravillosas y estupendas: aqu mandaban y
se hacan obedecer de las alimaas y fieras tradas del interior del
Africa; all, a una voz, hacan salir de la tierra rboles que crecan,
se cubran de hojas y flores, madurando sus frutos, que los incrdulos
cogan y gustaban. All improvisaban entre las piedras, y con una
palabra sola, alguna cascada y juegos pintorescos de agua, y por doquier
multiplicaban los prodigios y los encantos.

Acaso algn cristiano hecho cautivo en la frontera, de condicin noble,
o algn caballero de los mal contentos y fugitivos de la corte de
Castilla, se paseaban tambin entre aquella turba, recordando en su
corazn las veladas de Sevilla y de Crdoba, y los vergeles y festejos
del Guadalquivir.

Los moedines gritaban en las torres de las mezquitas en son grave y
acompasado, y los devotos y faquires repetan cantando las aleyas y las
altacabiras, en tanto que el bullicio de la alborotada y curiosa gente
se diriga hacia la Alcazaba, en donde tena su madriguera el misterioso
Ben-Farding.

Todos ansiaban por pasar y repasar sus ojos por la figura y talle de tan
maravilloso cuanto extrao personaje.

Los curiosos en las calles se empinaban, y las mujeres y muchachos desde
las ventanas y azoteas hilaban de pescuezo y sacaban la cabeza a ms
poder, para divisar lo ms pronto posible el autorizado acompaamiento
que debera preceder al habitador de los subterrneos de la Alcazaba.

En fin, se dejaron ver veinticuatro disformes sayones, que eran como la
vistosa comparsa del agradable capitn de la guardia africana
Abu-el-Casn, que venan con sendos ltigos en las manos, sacudiendo a
derecha e izquierda para despejar el terreno y mantener en razonable
distancia a los curiosos e impertinentes.

Incontinenti se miraban a los ciento y doce prohombres del Estado e
individuos sapientsimos del Divn, que con el apndice y aadidura de
sus trece compaeros, elegidos a pierna entre los ms distinguidos
poetas, oradores, alcatibes y oradores de los colegios, bibliotecas y
academias, tiraban de una enorme mquina, en la que habase instalado el
loco Ben-Farding en su lecho de ponderoso hierro, ni ms ni menos que un
galpago en una abrumadora concha.

Como toda curiosidad pblica vivamente excitada, no se satisfizo aqulla
completamente, pues para que Ben-Farding no sufriese con la luz del da
la impresin dolorosa de que estaban amenazados unos ojos como los
suyos, que tantos aos haban estado sepultados en las obscuridades de
aquellos subterrneos, haban enratonado o empastelado su persona en un
alcartaz o cucurucho de papel de figura piramidal, bordadas en l
algunas flores con puntas de alfileres, para que por tan leves
hendiduras pudiese respirar aquel loco empapelado.

--Dgote, amigo Jargul--exclam por lo bajo uno de los curiosos que
estaban viendo el extrao espectculo en la calle de Elvira, volvindose
a otro moro que al lado tena--, que en menos de veinticuatro horas
hemos visto dos procesiones caprichosas, sin alcanzar a ver las dos
misteriosas personas conducidas en ellas. La primera era, segn dicen,
una linda rapaza; ste aseguran que es un loco; de aqulla no vimos ms
que las andas, y de ste el papeln en que viene embutido. Jams
nosotros, los del menudo pueblo, vemos ms que la corteza de las cosas!

--Calla y mira, Albolalit--le replic el otro--. Qu sacars t con ver
lo que no te importa o lo que no pudieras conocer? En tanto, solzate
conmigo en ver a esos wazires y cades, que nos mandan y nos fustigan, y
a esos vocingleros oradores, escritorzuelos y poetas que nos engaan y
entontecen, cmo van en recua porteando sobre sus lomos la locura y lo
que es peor, bajo la agradable direccin del amable Abu-el-Casn,
capitn de la guardia africana. El menudo pueblo no tiene ms placer
saludable que cuando alcanza a ver humillados a los que lo humillan a l
cotidianamente. Cuando tal manjar se nos presenta, todos debemos dar en
l con cucharones de azumbre y media, hasta hartarnos y tomar nuestro
desquite. Mira entretanto qu punta les ha arrimado con el ltigo a los
venerables Abu-el-Seid y Abentomiz, para que ahilen con los dems de la
recua, el agradable Abu-el-Casn, capitn de la guardia africana. Ahora
recuerdo hasta con gusto las bastonadas que estos seores me mandaron
arrimar por no s qu medida de cercenada economa que yo sola aplicar
en el pan que vendo en el mercado todas las maanas.

Era ya anochecido cuando aquella segunda procesin entraba en la
Alhambra, sirvindole de bastonero el agradable Abu-el-Casn, capitn de
la guardia africana, quien, pasando a la estancia en que sobre su solio
aguardaba el Sultn, le dijo a ste, tocando antes diez veces la tierra
con su frente:

--Prncipe de los creyentes, ya llega el loco sobre los lomos de la
sabidura.

El Sultn se deshaca en muestras de regocijo y de la ms ntima
alegra.

La anchsima estancia, iluminada con mil lmparas arabescas, se llen
primero con todos los miembros del divn; segundo, con el apndice de
los trece coadjutores elegidos y cazados por Abu-el-Casn, y, adems,
con el catafalco aquel donde, como en empanada, se albergaba el
caprichoso Ben-Farding.

--Quitad--dijo el Sultn--ese capirote de papeln, y venga a mis brazos
mi mejor amigo, el prncipe de los disparates, el rey de la locura.

Cuarenta oficiosos wazires, con sus ochenta manos y ochocientos dedos,
se precipitaban en tropel a poner en ejecucin la voluntad del Sultn,
cuando una vocecilla gangozuela, pero no del todo desapacible, que se
dejaba escuchar dentro de aquel cascarn, como algunas veces el piar del
polluelo en su huevo, dijo ahincadamente:

--No haga tal, hermano mo, poderoso Mohamad. Antes que me descubran y
descapiroten, fuerza es que se apaguen todas esas luces. Abu-el-Casn
as me ha hablado: cuando lleg a m, hubo de echar al agua para
apagarlos a los esclavos que l sabiamente convirti en hachones
encendidos. La obscuridad es lo que me conviene por ahora.

--Lo entiendo--respondi el Sultn--. Hgase como t lo dices.

Y en un instante qued la estancia en la obscuridad ms completa: cada
consejero o wazir di un soplo tan fuerte a la antorcha ms inmediata,
que la mat en un punto, y tanto viento agitado hizo vibrar las puertas
como si hubiese un terremoto.

--Entonces--dijo Ben-Farding--, hermano Mohamad, ya pueden destocarme de
esta caperuza que me cobija, que por cierto ya me incomoda.

--Sers obedecido, rey de la locura--replic el Sultn.

Y l mismo, levantndose de su solio como a tientas, quit la cobertera
de papeln, aadiendo:

--Respira y solzate, rey de la locura.

--No soy por cierto el rey de la locura--respondi Ben-Farding.

--Cmo no?--articul turbado el Sultn.

Y a encontrarse con alguna claridad el regio aposento, se le hubiera
visto de color del panal y con bao de amarillo azufre.

Sin duda, el Prncipe de los creyentes debi decir para sus adentros:
"Si este avechucho no es el rey de la locura, y despus de tantos afanes
y extravagancias no hemos encontrado ms que un loco de los adocenados,
un loco de insulsa mediocridad, ser preciso entregarse al despecho y la
desesperacin."

No se sabe adnde hubieran ido a dar las imaginaciones del desconcertado
Sultn, cuando, en medio de aquella oscuridad, se dej escuchar la voz
del caprichoso Ben-Farding, diciendo:

--Querido Mohamad, por qu te he de engaar revistindome con
titulillos que no he ganado todava? Pues qu! No hay ms que ser el
rey de la locura? Pero no por eso te inquietes, ni desconfes de
encontrar remedio a tanto dao, alivio a los males y buen desenlace a
tanta contrariedad.

El Sultn se consol algo con palabras tan explcitas, y dijo para s:
"Pues est visto; el rey de la locura es algn ser fabuloso a fuerza de
ser disparatado; contentmonos con ste, que ser un loco de los graves
y encumbrados, y uno como capitn de una numerosa y escogida taifa de
los ms rematados. Entretanto, la condicin del tal Ben-Farding es llana
y fcil por todo extremo; me trata como a su igual y camarada..."

--Y la muchacha?--prorrumpi el loco.

--La Sultana--replic algo amostazado el Sultn--prosigue en su
paroxismo, y yo aguardo tus infalibles recetas para verla en la completa
posesin de su hechicero espritu, de sus facultades casi sobrehumanas y
de su celeste hermosura.

--Pues que me la traigan, hermano Mohamad--respondi el loco
Ben-Farding.

--Que se la traigan!--exclam el Sultn.

Y cien postillones, avivados por las insinuaciones del agradable
Abu-el-Casn, capitn de la guardia africana, salieron disparados con
tal orden a la apartada recmara en donde se encontraban las dos
sultanas.

A poco entraban en la estancia del obscuro divn las doce tinieblas
personificadas del Sennaar, que conducan en un rico palanqun, y entre
almohadones de ormes y sedas, a la desmayada cuanto hermossima Hala.

En cuanto los esclavos pusieron en tierra el precioso depsito, y que
slo se oa en el silencioso aposento el murmurador bisbisar de los
wazires y consejeros y alguno que otro suspiro del inquieto Sultn, se
incorpor el loco Ben-Farding, acercndose al lecho en que descansaba,
como en un encanto, la linda Sultana, y exclam en alta voz y fuera de
s:

--Perfeccin divina! Portento sin igual! Asombro de la naturaleza!...

El Sultn, que en aquella tenebrosa obscuridad que envolva la estancia
estaba en ayunas de lo que pasaba en derredor de s, exclam impaciente:

--Querido Ben-Farding, has dado ya en el encanto, conoces el sortilegio
que embarga los sentidos de mi esposa? Habla, habla!...

El loco prosegua en sus encarecimientos, diciendo:

--La boca es un anillo! La garganta es de un cisne! Pues y estos ojos
y estas mejillas! Sus cabellos son una madeja de azabache; sus pies son
dos nonadas, dos mentirillas: qu madeja! Su nariz es un perfil de
realce y el ms perfecto de nieve...

--Vive Al!--exclam, rugiendo el Sultn--. Que si no temiera tropezar
con alguno de estos marmolillos de mis consejeros, me levantara y
dividiera en dos partes iguales tu desigual locura: te he trado yo de
siete estados debajo de tierra para que pregones y me hagas almoneda de
las perfecciones de mi esposa?...

--Hermano Mohamad--respondi sosegadamente Ben-Farding--, no te ahumes
ni montes tan pronto en clera: ste es el poder de la hermosura que
arrebata hasta a los mismos seres subterrneos como yo, y enloquece a
la misma locura; vista perspicaz de nebl has tenido para divisar y
coger tan presto presa tan deliciosa, hermano Mohamad. Es tan tierna!
Por otra parte, me era preciso acercarme a esa beldad para conocer la
fuerza del poder que la tiene enajenada. En fin, todo est conocido;
todo se remediar.

Estas palabras apagaron la hirviente clera del Sultn; y ya, ms
sereno, y tomando un tono blando y de indulgencia, le rog a Ben-Farding
que hablase, y ste, en tono regocijado, le dijo:

--Voy al punto, Prncipe de los creyentes; pero antes djame que vuelva
a contemplar la muchacha, y que me goce en este privilegio que tienen
mis ojos de poder admirar la belleza entre las tinieblas. Oh, qu boca
de rubes!--volvi a repetir--. Qu frente! Qu pies y qu madeja!...

Despus, el loco, reclinndose en su porttil huronera, principi as su
extraordinario relato.




VI


--Has de saber, hermano Mohamad--dijo Ben-Farding--, que debajo de estos
palacios de la Alhambra se encuentran ocultos los tesoros mayores de la
tierra, as en adirames y monedas de los reyes ms antiguos Rumes, como
en zeques, doblas zahenes y dineros de oro bermejo de todos los
sultanes del Oriente y del Occidente. Adems de esta inmensa cantidad de
moneda, que con la menor parte de ella se pudiera comprar veinte veces
toda la tierra si un honrado cad la pusiese en almoneda, hay en esos
tesoros tanta suma de perlas, de aljfar, de diamantes, jacintos y toda
clase de pedrera, que slo Dios, alto y poderoso, pudiera enumerarla.
En cuanto a joyeles, anillos, ajorcas, cadenas, brinquios, sortijas y
estotras baratijas y juguetes mujeriles, basta decirte que si todos los
hombres del mundo tuvieran veinte y cinco hijas tontas y feas, y
quisieran casarlas con altos personajes por el aliciente de sus joyas,
alhajas y preseas llevadas en dote, no lograran todava desocupar ni una
sola de las cuarenta mil estancias que se ven llenas de tales bagatelas
y frusleras.

En la cmara ms apartada de esas regiones, y que forma como una al-cuba
o media naranja de mil codos de travesa y cien mil de altura, se
guardan las tiaras y cetros de los reyes antecesores de Daud, los solios
de los antiguos reyes del Yemen, el arco y la maza de Nemrod, que eran
de oro y carbuncos, los siete sellos de Soleimn, las coronas de los
primeros Califas, y otros mil portentos y riquezas de los reinos del Sur
y del Septentrin.

Este espacioso camarn est labrado en lo ms hondo de los palacios
mgicos y ocultos de la Alhambra: son necesarias veinte semanas para
descender a ellos por las dos escaleras: una, de mrmol negro, y otra,
de jaspe blanco, que tienen en sus dos extremos. En los jardines crecen
rboles y plantas cuyas hojas y frutos son topacios, emeraldas, zafiros
y otras cien especies de piedras preciosas, segn la familia y
naturaleza de cada planta y rbol. El Dauro riega estos verjeles
desconocidos por canales fabricados de cristales y beriles, y de entre
sus arenas, en redes de seda, sacan incesantemente los genios copiosos
granos de oro, que van atesorando en silos de inapreciable riqueza. De
los desperdicios de estas arenas son con los que ese hermoso ro suele
enriquecer a los buenos muslines que en los placeres y remansos del
lveo buscan medios para remediar sus necesidades y dar limosna a los
pobres.

Pues has de saber, hermano Mohamad, que esos tesoros estn encomendados
a la custodia de dos genios: el uno, malo, y de la especie de los
Alafrits, y el otro, bueno, de condicin noble y de aspecto hermoso, que
se llama Najum-Hasam.

En esos tesoros hace muchos siglos que faltaban dos inestimables joyas,
que andaban todava en manos de los hombres; la una era la mesa de
Salomn, hecha de una sola esmeralda, y la otra, y ms preciosa, que era
el collar de perlas, que, conservado en tu ilustre familia, lo llevaba
ayer en su cuello de cisne por regalo de boda la bellsima Hala, que en
sueo profundo se encuentra recostada en ese riqusimo lecho.

Cuando el fundador de tu dinasta arroj de estos pases a los ltimos
prncipes de los Almohades, no pudieron stos, en el rebato de aquellos
sangrientos sucesos, transportar de aqu los inmensos tesoros de su
casa, tesoros que haban venido acreciendo y aumentndose incesantemente
de sultn en sultn y de dinasta en dinasta, ya por las herencias y
conquistas, y ya por las artes y maravillas de las ciencias ocultas, en
que eran muy versados. En el despecho de perder todo este imperio que la
fortuna regalaba a tu familia en fraude de la suya propia, los prncipes
Almohades dejaron invisibles todos sus tesoros y riquezas en las
mansiones subterrneas de estos inmensos alczares y palacios, con tales
artes y por tales secretos cabalsticos, que slo Soleimn, o quien su
anillo posea, pudiera haber a la mano y apoderarse de tanto encantado
tesoro.

Es el caso que el collar maravilloso de Hala estuvo antiguamente entre
los tesoros de los Almohades, y mientras all estuvo, por el prodigioso
poder y virtud de tal joya, el imperio y la ventura de aquella dinasta
fueron en aumento, no habiendo comenzado a eclipsarse su gloria hasta
extinguirse, cual ya sabes, sino desde el punto en que por una aventura
de amores, que no es del caso entretenerte ahora con ella, sali el
collar de aquella familia, y vino a posesin de la tuya, que desde
entonces comenz a engrandecerse en la corriente de los aos y con los
favores de la fortuna.

Pues el Alafrit, que es guarda de esos tesoros, que es favorecedor
eterno de la familia de los Almohades, as como enemigo jurado de la
tuya, sabe las virtudes del collar maravilloso. Segn los decretos de
los sabios y magos que lo ligaron a la vigilante custodia de tanta
riqueza por las frmulas y figuras nigromnticas de las ciencias
ocultas, prevea que estando en continuo acecho pudiera ofrecerse
ocasin oportuna y valedera para volver a poseer la inestimable joya del
collar. El Alafrit deseaba tal favor de la fortuna para quedar libre y
franco de esa centinela continua, que desempea con honores tambin de
escucha y de atalaya trescientos aos hace, y poder as volar a las
montaas de Kaf, su habitual residencia.

Es el caso que all trata de amores con una muchacha de su especie, algo
pequea de persona, pues no tiene ms que tres farasangas del tobillo a
la frente, pero no fea. Su nariz es bien encantada y torntil, as como
la Giralda de Esbilia; sus ojos son algo rasgados, pero que cada uno
ser mayor que la baha de Gadir; sus cejas son dos hermosas selvas de
robles y jarales, y todos sus dems adherentes a este tenor. La muchacha
quiere casarse, el Alafrit otro que tal, y tu imprevisin le ha llevado
la sopa a la miel, el bocado a la boca.

T deberas saber que ese collar maravilloso, esperanza de tu porvenir,
as como ha sido origen de la grandeza de tu familia, hace perfecta
balanza y forma, por inseparable, con tu famoso alfanje Dul-Cahir, que
fu un tiempo la victoriosa espada de Al, bendgalo Al. Si t hubieses
llevado el collar, si Hala siquiera llevara el alfanje, ya que
pensabas separarte de su lado, la catstrofe no tuviera lugar; pero te
separaste, o, por mejor decir, apartaste por un momento a Dul-Cahir del
collar, y la ocasin se le present al Alafrit por el copete, no siendo
l ni necio, ni manco para dejar de asirlo de buena manera. El fu quien
envi a la mariposa azul para provocar a Hala y a su esclava Encirnn a
que para cazarla y perseguirla se desviase de su squito y comitiva, y
se acercasen a sitio conveniente para el sobresalto.

A propsito de esto te recordar, hermano Mohamad, el olvido en que como
monarca has tropezado respecto a la hermosa Encirnn, esclava, que puede
ser reina en cualquier parte en donde se d culto a la hermosura. El
Alafrit, en cuanto la vi, si con la una mano empu el collar, con la
otra engarfi a la hermossima persiana, aficionado de su donosa figura,
como t pudieras estarlo si te encontraras jugando entre las flores con
unos esclavillos tamaos como alfileres. Aquel jayn piensa llevarle
presente tan cuco a la seora que le est otorgada en las montaas de
Kaf, para que montando a Encirnn sobre su oreja siniestra, la rasque
mansamente con un almocafre aquel lado de la cabeza, operacin que la
halaga muy dulcemente. Encirnn se resign desde luego a fracaso tan
grande, como debe hacerlo todo esclavo que cae por su culpa en situacin
tan triste; pero, o yo me equivoco mucho, o esta muchacha ha de volver
loco al noble Najum-Hasam, el genio que con el Alafrit guarda los
tesoros, y no ser extrao que de esclava se convierta en Reina de las
Hadas. Esto, por otra parte, a ti te estara bien, hermano Mohamad, pues
as tendras esperanzas de recobrar tu collar por el buen afecto de la
esclava; pues te advierto, hermano mo, que faltando de tu familia esta
joya maravillosa, este talismn de tanta virtud, tarde o temprano ha de
perder el imperio. Pero volvamos a Hala.

Pntate en tu imaginacin, hermano Mohamad, cul se quedara tu
bellsima y tierna esposa al ver sbito delante de s al jayn de ese
descomunal Alafrit con su disforme estatura, casi doble que la de la
novia, cuya descripcin te he hecho; con sus ojos semejantes, cada cual
al corral de Belet, si estuviese ardiendo con azufre; con los hornillos
de sus narices iguales a dos caleras humeantes e hirvientes; con sus dos
piernas de figura salomnica, cada una formada de dos enormes
serpentones enroscados; con su barba tejida de breales y races de
antiqusimos rboles, y con otros primores de tal jaez. La muchacha
hubiera expirado en el punto, si la virtud poderosa del collar no la
hubiese asistido. El collar resisti en parte la fascinacin infernal de
aquel demonio; pero como al punto fu arrebatado del blanqusimo cuello,
Hala cay, no muerta, pero s desvanecida, en profundo paroxismo, pero
conservando en el desmayo su interior conocimiento.

En suma, Hala, cuando no duerme en el mismo desvanecimiento en que se
encuentra sumergida, oye, entiende y conoce. Todas las dems facultades
de su mente estn en suspenso, pero el lograr que vuelvan al manso curso
que animaba regaladamente esa infantil, y casi divina existencia, es lo
difcil, es lo casi imposible; pero en manos est el adufe, Mohamad
hermano, que bien lo sabr repicar.

Si tuviramos a mano una pluma de los pjaros de rosa que vuelan en el
paraso, slo con halagar con ella un poco la nariz de nieve de la
desmayada, estornudara tres veces y despertara contenta y salva como de
un sueo desapacible; pero como esto no es posible, fuerza ser optar
entre dos remedios solos que restan. Si quieres, hermano Mohamad, ver
entrar a la muchacha por estos salones, danzando y triscando como una
hur celeste, con sus frescas mejillas hechas rosas, y dos soles por
ojos, cantando como un ruiseor y parlando como una mujer hecha y
derecha, deja que me la lleve por tres das...

--Eso no--respondi el Sultn.

--Eso no! Eso no!!--dijo Ben-Farding algo enfadado--. Pues, entonces,
la cura ser en toda forma; esto es, que ser larga y bien fastidiosa.
Es necesario, pues, si as lo quieres, hermano Mohamad, que Hala todas
las maanas sea conducida media hora antes que despunte el sol al propio
sitio, junto a aquella fuente y debajo del mismo frondoso peral, en
donde se encontr desmayada despus de la catstrofe. All se le darn
a oler, en matizados ramilletes, de todas las flores del Generalife, y
aun se la acercar a los labios fruta del peral y raudales de la fuente,
para que tales aromas y tan regalados como sencillos manjares produzcan
en la hermosa Sultana el mgico efecto que me figuro. Despus, en aquel
mismo lugar, formando un cerco con cojines y almohadones de seda, y
alfombrado el suelo con alcatifas de Persia, y de manera que las pueda
or la lindsima Hala, contarn sendas historias por el estilo que
mejor puedan o sepan los esclavos, esclavas o personas que sobresalgan
en tan peregrino como envidiable talento. Si las historias o cuentos que
se relatan son por lo prodigioso y de maravillas, y la hermosa desmayada
da alguna seal de admiracin, o si por lo trgico y lastimoso la
arrancan alguna lgrima, o siendo de donaires y chistes mueven la
celestial sonrisa de Hala; Hala est salvada, y poco a poco volver en
s dando un leve suspiro y entreabriendo sus ojos de paloma. A tu
diligencia oficiosa, a la buena voluntad de estos heroicos sabios que
aqu me escuchan, mis mozos de silla o porteadores, y, sobre todo, al
buen arte del agradable Abu-el-Casn, capitn de la guardia africana,
les toca y atae exhumar, buscar y hallar muchos de tales recontadores
de jadices e historias, o noveladores trgicos o cuenteros festivos, y
que de entre ellos salga alguno que sepa por las maravillas de su
relato, por las gracias de su decir o por las galas de su invencin y
sales de sus chistes, poner en juego las sensibles cuanto delicadas
facultades del nimo de la simpar Hala.

    Y con esto me despido,
    que vivo lejos,

hermano Mohamad, haciendo gracia por ahora de las ceremonias y procesin
con que aqu se me condujo, y del andamio, atalajes, cuadrigas y tiros
con que se me porte, pues ya est harta la locura de ir en cuestas de
la sabidura.

Diciendo esto Ben-Farding, salt de su huronera, di tres o cuatro
carrerillas por la estancia, sacudi de papirotes y sardinetes a los
deslumbrados wazires, cades y altos dignatarios del divn, y sali
rehilando de la Alhambra, como Bodoque disparado por fuerte brazo de
bien templada ballesta.




NOVELA ARABE[2]

CARTA PRIMERA

DE ABENZEID A VELID NAZAR


T baado en el roco de los placeres, y tu amigo cubierto de polvo y
sudor en la frontera! T vencido por una mujer, y tu amigo triunfando
de los castellanos!

[Nota 2: Algunas personas han sospechado que esta novela era una
traduccin a secas del francs; para descargo de su conciencia, se les
dir que, entre los manuscritos antiguos de donde se ha copiado, se
encontraron varios fragmentos de versos y sentencias rabes y nada ms,
nica circunstancia que puede presentarse contra la originalidad de la
novela, pudiendo decirse que sea traducida o imitada de algn libro
oriental: dejando este punto para la investigacin de los curiosos, lo
nico que afirmamos es que no es traduccin de ningn idioma vulgar.
Para inteligencia de algunos pasajes, hemos credo til aadir notas.]

Cuando me arranqu de tu lado para la alcalda de Zahara[3], me
prometiste venirte a m antes de la luna de Zefar[4], y dos meses han
volado sin verte. Dcenme que del valle de Lecrn[5] bajaste a Granada
con intento de acudirme con una banda de jinetes en la jornada a que
sin tu ayuda vengo de poner fin. Mas en vez de verte llegar al frente de
tus caballeros, te oigo rendido a los pies de una mujer. Fuera ella ms
hermosa que la que cautiv a Abdalazis, debieras t abandonar a tu
amigo, a tu hermano, a la gloria, en fin, por tan mezquino objeto!

[Nota 3: ZAHARA.--Fortaleza que tenan los moros, fronteriza al
adelantamiento de Andaluca.]

[Nota 4: ZEFAR.--Es el nombre de la luna que nace en agosto.]

[Nota 5: LECRN.--Valle frondoso a tres leguas Poniente de Granada;
era muy rico en tiempo de moros; tena veinte pueblos y lo baaban seis
ros.]

Mas quin es? Cul es su nombre? Cmo la viste?... Porque me hayas
ofendido con tu abandono, quieres ofenderme ms con tu culpable
silencio y criminal reserva?

La hora del peligro pas ya, y las entradas y algaradas en tierra de
cristianos las guardo hasta mejor tiempo; para hacer ms doloroso el mal
es fuerza dar a los hombres algn aliento y descanso. As mis
fronterizos dormirn en la confianza hasta que los despierte el hierro y
el fuego en las flores de la primavera. Por lo tanto, goza el primer
verdor de tu juventud en esa ciudad paraso, y no me encuentres con tus
valientes hasta la luna de Delhex[6], propia para la guerra.

[Nota 6: DELHEX.--Nombre de la luna que nace en mayo.]

Goza la vida, querido Velid; investiga la estancia de tu belleza;
lnzala y persguela en los laberintos en que sabrs empearla; en ello
hallars ms placer que demandando el venado por los precipicios de
Jorail[7], mas tu corazn qued siempre ileso y limpio: la gloria y la
amistad son las nicas joyas que deben llenar vaso tan precioso. Al te
guarde. Del Alczar de Zahara, en 9 de Gumn[8].

[Nota 7: JORAIL o HOLAIS.--Es lo mismo que Sierra Nevada, y la misma
a quien los antiguos llamaron Orspeda.]

[Nota 8: GUMN.--Luna que nace en noviembre.]




DEL MISMO AL MISMO


El Al de Haqun, tu mensajero, me entreg la carta en que me das cuenta
de la enfermedad de tu padre Abunazar y de los ruegos y oraciones que
has prodigado para aplacar el ngel airado de la muerte. Cun bien
conozco en tu tierna inquietud, en tu oficioso esmero por quien te di
el ser, el espritu generoso y de fuego que te anima!

Aunque me fuese forzoso pasar un ao sin abrazarte, por bien cumplido lo
dara entendindote empleado en obligaciones tan sagradas. No te
maraville que el rey Ismael tome tan sobre su corazn el mal de padre:
dos veces fu salvado por ste; una en el campo y otra en los disturbios
de la Alhambra, y en ambas nada ambicion, contentndose con sus tierras
de Lern y su alcaida hereditaria. Sin embargo, fuerza es poner tocando
en las estrellas el favor excelso de cederle para su recobro y
recreacin la huerta de los Alijares[9], mansin real y de todo deleite.
Qu apacibles horas habrs gustado por aquellas arboledas, razonando
con tu buen padre, oyendo el idioma de las aves o cultivando acaso las
rosas de Egipto o el tulipn de Persia!

[Nota 9: ALIJARES.--Huerta de hermosa recreacin, que los reyes de
la Alhambra tenan a la espalda del monte del Sol, que llaman hoy de
Santa Elena: aun todava se ven sus ruinas. Este palacio, dice un
historiador antiguo, estaba cercado de grandes estanques, fuentes y
verjeles; las labores de sus techos eran iguales a las que se ven
todava en la Torre de Comares o Comaresch. De esta mansin es de quien
canta el romance morisco:

    ..........
    ..........
    Los otros los alijares
    labrados a maravilla.
    El moro que los labraba,
    cien doblas ganaba al da;
    el da que no labraba
    otras tantas se perda.

El P. Echevarra, que tach primeramente de exagerada esta suma, en un
libro que public despus, dijo haber visto las cuentas y sumas de la
obra en los papeles de una familia descendiente del arquitecto morisco,
y di por exacto al romance.--Nadie saldr fiador de lo fiado ni del
fiante.]

Fuerza era que en tan deliciosos cuidados te asaltase la ocasin del
amor; pero en tu carta, imponindome menudamente de lo que t juzgas por
ms sustancial, callas, acaso con malicia, la relacin ms interesante
para tu amigo. T me dices que adoras y que te idolatran, que has
entrado en el palacio del amor por la puerta del misterio, que no
cambiars tu estado por el reino de Fez... Pero, en fin, no responders
a mis preguntas: Quin es?, cmo la viste?, dnde se encuentra? El
compaero de tu niez, tu amigo Abenzeid te lo suplica.

Aunque los pocos aos que tengo ms que t no me hagan salir de la edad
de mancebo, todava no los viv en balde. Antes que t visit a Granada;
experiencia precoz de mi juventud la compr a trueque de sinsabores sin
trmino, y esto me da sobre ti una autoridad que sers necio
desatendindola y no mostrndome el sendero peligroso por donde caminas.
Adis.




CARTA DE VELID A ABENZEID


A ti el delantero en el esfuerzo, el hermoso de los mancebos, consuelo y
amigo de su amigo. Velid Nazar, a ti te saluda, valiente Abenzeid:

Slo tus cartas pudieran despertarme del sueo encantado del placer en
que vivo; pero despertndome me encuentro en los brazos de otros
sentimientos an ms dulces, cual es la amistad; ms dulce dije? si
habr proferido alguna blasfemia? pueda mi pecho servir de anillo y
unin eterna a pasiones tan celestiales! T quieres saber el principio
de este delirio... pues oye la historia.

Una tarde paseaba con mi padre por las calles de frutales del huerto
espacioso donde moramos, y que el Rey cedi a su antiguo amigo para
alivio de su enfermedad, y recreacin en su tristeza. A un lado se
levantaban las torres de la Alhambra, y ms cerca los chapiteles
elevados de Generalif[10], que reflejaban los rayos del sol, debilitados
en las blancas cumbres de Belet y Muley Hacen[11].

[Nota 10: GENERALIF.--Huerto y palacio a un tiro de ballesta a
Levante de la Alhambra; quiere decir jardn de las Zambras o del
festejador.]

[Nota 11: BELET y HACEN.--Son las dos crestas ms elevadas de Sierra
Nevada, que conservan todava su nombre arbigo con muy corta
corrupcin: en la geografa de Antilln y en el viaje Bowles se
encuentran noticias interesantes sobre estos picos.]

Mi padre me dej solo por aquellos vergeles, que yo recorra desvanecido
y soando en la hora de precipitarme en pos de ti, querido amigo. En
estas imaginaciones acaso comenc a entonar, como sola, las letrillas
melanclicas de los cantores del Cairo y de Crdoba, a punto de pasar
frontero al palacio de Generalif. Entonces el ajimez ms elevado lo vi
abrirse y cerrarse inciertamente dos o tres veces sin aparecer nadie en
el antepecho, hasta que al fin soltronse por l varias palomas que
revolaban caprichosamente por los adarves de las murallas y los cogollos
de los rboles: poco o nada me movi la imaginacin aquel azar, que yo
di por la diversin inocente de algn cautivo infeliz o de alguna
esclava desdichada. Segu, pues, mi vuelta y recogme en el cuadro de
flores que yo mismo cultivo a gozar del triste y dulce abandono que
inspira una tarde serena, un agua viva sonante y el verdor delicioso del
abedul y del avellano.

Sentme, pues, y adorm los ojos para disfrutar voluptuosidad tan suave,
cuando sent entre las hojas algo que pasaba y bulla: tend la vista
curioso en derredor, y vi, pasmado, una de las palomas del ajimez
misterioso que blandamente me rondaba casi hasta besarme con su pluma,
sin azorarse por mi presencia. Ya ms cuidadoso, comenc a halagarla con
mi voz, fingiendo su arrullo, cuando para mi mayor asombro la miro
pararse en mis hombros, trayendo pendiente del cuello, con un listn de
color de lirio, un billete recogido con delicados pliegues y empapado
en aromas de rosas. Lo desat (vol la paloma) y veo en los ms bellos
caracteres cficos estas razones lisonjeras y misteriosas:

"Bello sol, encanto de las vrgenes y delicia de las que miran tus ojos,
s discreto y oye mi voz: una hur ms amable que las del paraso de los
creyentes se abrasa por ti en un fuego ms puro que la luz del oriente,
padece y calla, suspira y es por ti: cuando te acercas a ella se tie
con el color de la rosa del desierto, y si la hablas, su corazn se
agita como las hojas de los rboles al acercarse la tempestad: su voz es
suave como el incienso de Etiopa, sus ojos son de gacela, tmidos y
vivos en un propio punto, y el tacto de sus miembros es ms fino que las
telas de cachemira. Merece ser tuya, porque merece el reino de la
Arabia, y t debes ser suyo, porque eres virtuoso. Su amor lo tiene
oculto en la urna del decoro: scalo, pues, como se saca la perla de
Ormuz del ncar de la concha, y sers feliz.

"Si no lo amas, ella morir como la flor entre arenales; bscala y
descbrela, y toma estas seales para reconocerla. El principio y fin de
su nombre es el Alef[12]. Su tribu es de reyes del Yemen[13]; cuando te
mira y t no la ves, sus ojos se humedecen y vacilan como las aguas del
Pilago heridas del sol.

"El cielo te conserve, joven hermoso, y goza de ms dicha que
Betmend[14]. Guarda secreto como la naturaleza sus arcanos y el mar sus
profundos abismos. Adis, adis; piensa que no es frvolo todo lo que
parece tal. Adis.

    _La Reina de las Hadas._"

[Nota 12: ALEF.--Letra del alfabeto rabe, que equivale a nuestra
A.]

[Nota 13: YEMEN.--Los Abencerrajes descendan de un prncipe de
aquella regin de la Arabia.]

[Nota 14: BETMEND.--Palabra persa, y usada por los rabes en sus
cuentos y poesas, y quiere decir la fortuna, la ventura.]

Oh, querido Abenzeid! Ni las hojas de las flores cuando rompen su
corola, son tan numerosas ni de matices tan vivos y diversos como los
pensamientos que abrieron mi pecho a las imaginaciones del amor, cuando
acab de beberme las razones encantadas del billete misterioso.

Un fuego hirviente giraba por mi cabeza, y un opio el ms dulce
seoreaba todo mi ser: mis ojos miraban todava aquellos lindos
caracteres dibujados con oro y azul, y mi mente, lanzada ya en la senda
de las ilusiones, corra rpidamente tras las sombras engaosas de los
parasos areos: oh Abenzeid, qu estado tan celestial!

Al fin arranqume de aquel sueo de delicias, y la curiosidad me llev
fuera del recinto donde me ocultaba, para rondar las ventanas y torres
de Generalif, imaginando hallarme con otras seales ms significativas
de mi dicha. Todo fu en vano: las tinieblas de la noche vencan ya el
crepsculo de la tarde, y la luna, suspendida en los cielos como lmpara
de oro, lanzaba delante de sus rayos las sombras gigantescas de los
cubos y lienzos de la muralla.

Dentro de aquellos vergeles nada se oa ms que el sonar de las cascadas
o los silbos de los mirlos y ruiseores que buscaban el nido entre los
sauces y madreselvas; por las almenas nada cruzaba, y slo se vea
brillar dudosamente alguna luz en este o aquel ajimez en los encumbrados
camarines del palacio: oh Abenzeid, qu impaciencia! qu inquietud! El
nebl que oye a su lado el volar de la garza y no acierta a verla,
oculta por algn celaje, no padece ms tormentos.

Mi imaginacin delirante se forjaba mil visiones de imposibles, que se
gozaba en vencerlos a su antojo, y el placer ms subido y engalanado,
con los mgicos colores de los deseos, se me pintaba por ltimo trmino
en aquel cuadro fantstico.

Mas no pienses que los acbares faltaban en este mi primer sorbo del
cliz de los amores; no, Abenzeid; el absinto del dolor se desliza
traidoramente entre los labios de la juventud, y esta sentencia tuya
sonaba siempre como presagio en mis odos.

Burlado en la idea de hallar el nuncio de mi ventura, ca en otros
pensamientos tan extraos, que ni yo mismo acertaba a explicrmelos, y
aun con mucho esfuerzo podr descifrrtelos en parte, pues cosas hay que
no es posible manifestarlas como sentirlas.

Pensaba, pues, que la paloma, paraninfo del amor, que por tan raro caso
puso en mis manos el billete, podra haber hecho vuelo para otro
amante, y que yo, desgraciadamente afortunado, habra interceptado el
inocente correo y sorprendido un secreto tan amorosamente interesante.
Entonces, envidioso de esta dicha aun desconocida para m, celoso de un
rival imaginario, frentico contra la beldad incgnita que podra amar a
otro que yo, me entregu a todos los desvaros del furor, cual si
existiesen en verdad para mi dao una mujer infiel y un amante
preferido.

El aliento consolador del ambiente de la noche, perfumado y empapado con
las flores, y el frescor de las mrgenes del Darro, seren mi frente y
templ el ardor fatigoso de mis sienes. Con qu razn presuma yo
envidiar los amores de otros ms afortunados, a quien el cielo pudo
premiar con ellos sus virtudes, y el Profeta su valor y constancia?

Oh Abenzeid!, bien mostraban estas razones el conocimiento ms claro a
mi mente preocupada, pero nunca lograron arrancar de ella el primer
sello del enojo, o no s qu otro sentimiento indefinible. Ser que el
corazn humano se fije siempre como centro del universo, y que juzgue
que todas las ideas de grandeza, de beldad, de sublime, han de ir a l
exclusivamente? Ser que yo, vano y orgulloso (me avergenzo al
decirlo), me creyese con derecho slo en el mundo al amor de aquella
belleza invisible, por lo mismo que mi imaginacin me la pintaba con
dotes tan celestiales? O bien, querido Abenzeid, el poder de esta
sangre abrasada de la Arabia que anima mi pecho, tendr, cual en toda
nuestra tribu, el don fatal de encender desde la ms leve idea de amor
el volcn horroroso del delirio y de los celos? Qu hubiera yo dado por
tenerte a mi lado en aquellos instantes de anhelos y congojas, y hallar
alivio en tus consejos y mejor experiencia?

Pero era en vano; la soledad era mi nica compaa; no te ocultar, que
en alas de mis pensamientos vena, cual iris consolador, la esperanza
ms lisonjera a disipar aquellos enojos.

No poda dar a mero acaso el incierto abrir de los ajimeces, el divagar
de las palomas y el rondar en torno de m aquella del listn y de la
carta. Embebido en tales desvaros, y ms amante que nunca del cuadro de
las flores donde tuvo lugar escena tan halagea, volvme a gozar de su
frescura, realzada ms en aquel punto con los raudales de mansa luz que
la luna, en todo el lleno de su disco, derramaba por entre los festones
de verdura que formaba tan florida mansin.

Oh querido amigo! Aquel era para m el da de las ilusiones; todava
erraba mi fantasa en tan contrarios pensamientos, sin saber cuntas
horas de la noche habran corrido, cuando tuve otra aparicin no menos
extraa que la primera.




CATUR Y ALICAK

O DOS MINISTROS COMO HAY MUCHOS

    Podr el triste ser retirado de su tristeza, pero nunca el malvado
    de su maldad.

    _Sentencia rabe._


Caleb cabalgaba gentilmente en un magnfico asno egipcio, dirigindose
por el camino que, desde Esbilia, derecho gua a la ciudad de Crdoba,
morada entonces del Califa.

A proporcin que la distancia del camino se abreviaba, el asno
mostrbase muy ligero y andarn, como si el olor de una gran poblacin y
famossima corte le anunciase el prximo encuentro de algunos individuos
de su numerosa familia.

El asno, digo, picaba tan sereno y con un pasitrote tan reposado y
suave, que el jinete, entregndose a su fantasa, iba diciendo en sus
adentros de esta manera:

"En las escuelas de Cuf pocos igualaron, y ninguno descoll, sobre la
reputacin ma: s con puntos y comas las Suras[15] del Alcorn, las
decisiones de la Zuna[16] y los dichos de los Cads.

"Mis versos se cantan por las hermosuras del harn, mis apuntes de
historia el Visir los lee; nadie puede afrentarme por mis acciones, y
para mayor fortuna, los buenos me quieren y los malos me odian. Oh,
buen Al! Cun bien hice de aplicarme al estudio y no imitar al imbcil
Catur! Y cunto mejor me fu el seguir los principios del justo que no
la perversidad de Alicak! Oh, buen Al, qu dicha tan completa me
espera!"

[Nota 15: Son captulos o prrafos.]

[Nota 16: Es el Cdigo civil.]

Por mucha recreacin que Caleb tuviese con sus locos pensamientos, al
entrar por una alameda que sombreaba la senda por donde caminaba, le
sac de su cavilacin una voz que de este modo iba cantando:

      Cada cual busca su igual:
    tal para cual, tal para cual,
    fortuna sentada adentro
    al saber que un necio llega,
    sin duda vendr a mi encuentro;
    que el leo al leo se allega,
    y todo busca su centro.
    _Cada cual busca su igual,
    tal para cual, tal para cual._

Caleb no tanto se sorprendi por el sentido filsofo de la cantinela
cuanto por el acento del que cantaba, que le son como a cosa muy de su
conocimiento y familiaridad; as quiso aguijar a su compaero de viaje,
pero ello no fu necesario, pues el asno, por un superior instinto, se
resolvi a trotar muy gentil y poderosamente.

A poco trecho se reunieron caminante y caminante, y cul no sera la
agradable sorpresa de entrambos cuando se reconocieron por dos antiguos
compaeros de escuela, Caleb y Catur.

Desde los bergantines cuadrpedos que montaban se alargaron la mano con
el mayor estrecho, y de pies cayeron en un dilogo, si instructivo, ms
edificante todava, y que sentimos no poder trasladar en su totalidad
por no poderlo recoger a las mrgenes estrechas de este reducido cuadro.
Pero al ltimo, nuestro Caleb, que se picaba de sentencioso y moderador
ajeno, enderezando la palabra al compaero, le dijo:

--Catur, cunto me place verte caminar para Crdoba! Prueba es sta de
que al fin te resolviste a dejar tu pereza y flojedad, y que adelantando
con el ansia y sed laudable de ahora la desaplicacin pasada, vas a
poner la ltima mano a tus estudios, ganando a un tiempo gloria y
provecho. Catur, cunto me agrada la resolucin tuya!

--Oh, Caleb!--replic el otro--; yo pens que el conocimiento que dan
los aos te desviara de la mala senda por donde entraste, y senda que
no te llevar sino a tu perdicin. Estudios, eh?; ms valiera que
tomaras solimn corrosivo, pues si te hicieras superior a tan agradable
horchata, todo el mundo te mirara como ngel o diablo; pero con
estudios te darn por loco y se burlarn en tus barbas, y si es cfiro
lo que necesita el bajel de tu fortuna, no te asaltarn sino los ms
recios vendavales. Oh, Caleb, cunto me aflige la resolucin tuya!

--Eres un necio, Catur.

--Eso, Caleb, que t me das por apodo, lo tomo yo de buen talante por
alto ttulo y dictado, y al fin veremos quin se engaa. Mira, Caleb,
no he procedido de rebato para ser tonto, sino que para ello he caminado
con un tino y con un rigor lgico que te pasmara, pues no hay
raciocinio ms rgido que el mo. O los estudios son fciles o son
dificultosos: si lo primero, poca gloria se gana en aprender, y si lo
segundo, hemos nacido acaso para andar a cachetes con los libros en el
mundo? Esto no tiene vuelta; adems, que aunque toda comparacin es
odiosa, y que es gnero de argumentacin que no te agrada, segn
recuerdo cuando t estudiabas, y yo paseaba por la Dialctica, ello es
cierto que siempre los necios...

--Calla, brbaro...

En este coloquio iban los dos antiguos estudiantes, cuando hubieron de
soltar un tanto la disputa para atender y dar odos a la aguda y
penetrante voz de cierto caminante que picaba por alcanzarlos y que
cantaba de esta manera:

      Con espuela y paso a paso
    llega el asno a la jornada;
    pero vbora o culebra
    dando saltos ms alcanza.
    _Ora se arrastra entre la hierba verde,
    luego sube, y por do subi ms muerde_.

En esto lleg a los dos primeros otro interlocutor de prolongadsima
persona y mala catadura, color entre cerote y holln, y ojos hundidos,
aunque relucientes, con ciertas binzas de sangre, que vena montado en
alta mula burdgana, tan aviesa y resabiada como su amo.

Los tres, al verse, prorrumpieron en un grito de admiracin, conociendo
el nuevo husped en los dos viandantes a nuestros Caleb y Catur, y stos
en l al seor Alicak, clebre en sus primeros aos por sus malicias y
enredos.

Alicak salt de su cabalgadura as como repar en Catur, y aferrndose
de la estribera siniestra, en actitud humilde y con eco melifluo, le
dijo:

--Oh, mi caro, mi antiguo y nico amigo, y oh, mi irremediable futuro e
indefectible apoyo y favorecedor! T caminas para Crdoba: tu frente la
veo de berroquea, como antao, y por ltimo y feliz horscopo, tus
luengas orejas no han menguado ni un negro de la ua... Oh, qu suerte
tan dichosa te espera!; dame paz en el rostro y promteme tu gracia y
favor...

Caleb, que, conociendo la condicin maligna de Alicak, no le caa en
gracia aquella pantomima burlesca, pens ejercitar su humor moralista y
severo, y as, con tono dogmtico, le habl de este modo:

--Alicak, ya juzgu que tus inclinaciones al mal se hubieran debilitado,
cuando no destrudo de todo punto; por eso me aflijo al mirarte con tan
poca enmienda, siendo as que donde vamos, tus artes te harn mucho mal
y bien ninguno. La justicia, la sabidura y la austeridad de costumbres
all presiden; y qu ser de ti si por ventura?...

-Perdn, perdn, y mil veces perdn--grit Alicak--; perdn, repito, sol
de la sabidura, fuente de la doctrina, len contra el engao, justo,
sabio, valiente Caleb, dame los pies para los besar.

Y as diciendo, dejando a Catur, se acerc al doctor, haciendo las
muecas y visajes ms picarescos.

Catur renegaba porque le hubiesen interrumpido el or sus propias
alabanzas; Caleb predicaba contra la bestialidad del uno y la infamia
del otro, y el seor Alicak en esto pona bajo la corona de la
cabalgadura del orador moralista, un sendo aguijn, que comenz a
lastimar el asno, y ste a brincar, y el jinete a castigarle, y los
otros a gritarle como fiera en coso; lo cierto es que a poca pieza del
camino Caleb se derrumb sobre un prado de ortigas, donde no lo hubiera
pasado del todo mal si Catur, sobreviniendo all, no le hubiera sacudido
cuatro topetadas con su testa maciza, y si el seor Alicak, despus de
desnudarle para que mejor sintiera el halago de la alfombra donde
reposaba, no le hubiese aliviado de los zeques y doblas zahenes que
llevaba.

Despus de esta aventura (que por ser tan comn en el mundo no tiene
nada de nuevo puesta en historia), Catur y el seor Alicak entraron en
Crdoba, y Caleb, como mejor supo y pudo, tambin lleg a la gran
ciudad, prometiendo en sus adentros, cuando llegase al poder, que a
Catur lo pondra en sitio tal que pudiese comer y roncar potentemente,
sus dos favoritas distracciones, y que al seor Alicak lo pondra
encerrado en palacio tan espacioso y rico, que sin pensar l que estaba
en prisin, no pudiese hacer el mal a que lo inclinaba su condicin
intrigante y pcara.

Y ya en Crdoba, y antes de todo, comenz a visitar las bibliotecas y
curiosidades de la ciudad celeste.

Anduvo largos das Caleb en tales entretenimientos y recreaciones,
cuando, dando punto en ellos, trat de pensar en su futura suerte. Algn
tiempo estuvo mecindose entre las ms dulces esperanzas, ya fiado en
los ttulos que l contaba tener en s propio (vanidad culpable), y ya
contando en la benevolencia de ciertos favorecedores (confianza necia);
pero viniendo semanas y andando meses nada consegua, slo recogiendo
humo entre sus brazos cuando ms cerca pensaba tener la fantasa de la
fortuna.

En esto se le vino a recordar que desde Cuf traa cierta carta para el
sabio Lokman[17], famoso en los reinos muslmicos por las obras que
escriba, y ms an en Crdoba, por sus verdicos vaticinios; y se
propuso, sin falta, el visitarlo a la siguiente maana.

[Nota 17: Este Lokman no puede confundirse con el que tanta fama
gan en Oriente con sus aplogos o fbulas.]

Puesto por obra su pensamiento, lleg a la morada del sabio, que era un
pequeo vergel en cierto ngulo retirado de la ciudad, y all llamando,
fu recibido muy cordial y amorosamente por un anciano de faz venerable
y de bellida y argentada barba.

An no haban los dos recin conocidos finalizado los primeros captulos
de la pltica, cuando le anunciaron al sabio que all estaban dos
jvenes que ansiaban por saber de su boca las dichas o desdichas de su
estrella.

Lokman entonces hizo ocultar a Caleb entre unas mosquetas del jardn, y
mand que entrasen los dos curiosos, que para mayor maravilla del
escondido, no eran otros que Catur y el seor Alicak.

El sabio, instrudo de la demanda de entrambos, se acerc primero a
Catur y luego al seor Alicak, leyndoles, y observndoles la faz a cada
cual con escrupulosidad nimia, y de pronto, postrndose ante los dos al
uso oriental, exclam:

"Oh, poderoso Al, tus juicios son insondables! Pero fuerza es adorar
tu obra."

Levantndose despus, le dijo a Catur:

"Oh, hijo mo!, esta tarde y otra y otra pasea por las alamedas del ro
entre los otros rabes, lleva alzada, muy alzada la frente y duerme con
descanso; al cuarto da sers Emir y poseers grandes riquezas: slo te
pido, en premio de mi noticia, que me dejes en paz."

Y luego, volvindose al seor Alicak, aadi, mirndole con miedo a la
frente:

"T, ser afortunado, retrate a tu casa y nada ms."

Catur y Alicak, oyendo estas palabras, se retiraron alegres, echando
antes el primero una mirada de antojo al vergel, y el segundo una
mirada de codicia a los anillos de oro y piedras preciosas que tena
Lokman en la mano.

Caleb, que observ toda esta escena, sali para abrazar al sabio y
pedirle que tambin a l le relatase su porvenir, contando sin falencia
sacar mejor partido que sus dos inferiores compaeros de estudio; Lokman
le mir entre gozoso e incierto, y abrazndole estrechamente, le dijo:

--Oh, hijo mo! Ninguna de las lneas de tu frente te anuncian fortuna,
al menos para la edad en que vivimos. El letrero privilegiado no lo
alcanzo a ver en ella, por ms cuidado que en ello pongo.

--Y cul es ese letrero, padre mo?--repuso afligido Caleb.

--Joven querido, son tal y tal--y pronunci dos palabras rabes
desconocidas para nosotros.

--Y qu quieren decir tales palabras?...

La historia no dice si se lleg o no a saber la clave de estas dos
misteriosas palabras; pero s se sabe, y consta por las crnicas de
aquel tiempo, que Catur y el seor Alicak llegaron al estado prometido
por Lokman, siendo al propio tiempo nombrados visires por el Califa.

Cul fuese el feliz rgimen y honradas acciones de estos dos ministros,
se concebir fcilmente sabindose que desde aquel punto entr en los
habitantes tal prurito por peregrinar, que los pueblos quedaron casi
desiertos.

Algunos viajeros, despus de luengos aos, relataron en sus escritos que
cierto anciano de faz venerable y bellida y argentada barba, y otra
persona de menos edad, huyendo de los dos visires, vivieron solos y
apartadamente en una isla desierta.

Muchos sospecharon que tales solitarios no pudieron ser sino Lokman y
Caleb.




DON EGAS EL ESCUDERO Y LA DUEA DOA ALDONZA

_Fecho es de burlas._

    Dueas, dselas Dios a quien las desee:
    mirando estoy dnde las echar.

    QUEVEDO, _Visita de los chistes_.

    Meterte a sacomano me atreviera;
    mas ante Elvira afitate la cara,
    y tal tu dura enjundia me prepara,
    que en ti abra cala un espetn siquiera.

    _Desperdicios de un soneto_.


Horas de vsperas eran cuando en largo de la cal de Sant Romant, de
Toledo, paso a paso divagaba un escudero en continente reposado, ans
como pavn atildndose en la sombra. Sus calzas de entray atacadas a
rico jubn colorado, capa palmilla revuelta al brazo, e gorra aceituni
con sendas plumas blancas e negras, bien demostraba que aquel gentil
hombre presuma de caballero, bien que el no calzar borcegues bermejos,
tachonados con sendas espuelas, aina deca no haber alcanzado tanta
honra.

En cambio requera a menudo la luenga espada que penda del talabarte,
autorizando as la minscula persona, que no semejaba ms que cusibel
allegado a senda prtiga.

A poco trecho de casa donde el paseante enclavaba afincadamente los
ojos, se abrieron los lienzos de la encumbrada fenestra, e una mano
gentil que no cristiana arroj una letra que el paseante, a guisa de
can, que con boca abierta atiende coger la mariposa que pasa, pens
atrapar antesacando el pecho y abriendo los brazos en aspa de Sant
Andrs; pero el papel avieso, como fecho de materia liviana, hizo cortes
y ruedas, y ruedas y vueltas por el aire, pasando y repasando por entre
los dedos del penitente para luego revolar e posarse en lo ms alto del
dintel de la puerta.

Don Egas, que tal fu su nombre de este hidalgo, para conquistar aquel
joyel apellid en su ayuda los ingenios de guerra que estn en uso para
asaltar los torreones de las cercas y muros; pero al postre, acopiando
sendos guijos lisos y escuetos de la corriente, trepando por ellos con
su luengo acero, pesc el billete, que, desdoblndole de sus tres
dobleces y aplicndolo como ensalmo a los ojos, sobre el calletre y por
bajo de la higadilla (salvos sea la parte), ley, despus de la cruz
negra del comienzo con capirotes encarnados, las siguientes razones:

"A vos, el magnfico escudero, salteador de mi albedro: Mager la
entereza de mi honestidad afincse en resistir la delectacin de
vuestros requebrados amores, tan de antuvin entrstedes por el
rastrillo de trasparamento de mi corazn, que sin ms estar en m, me
siento astreida en rendir el mi homenage, y me juro en deliquios de
imaginaciones vuestras. Otros, el vuestro talante que pasea de continuo
frontero a mis fenestras, mager encogido e diminuto, hall medra en mi
aspereza, e sepades (e en tal punto se me enrova bermejo el rostro), que
campear en el mi alvedro _in scula sculorum_. E como el mi linage es
de enjundia e aejo, inquir que sedes de los buenos e viejos, sin ser
retejado (Dios vos libre), ni conocer la Atora ni el sbado, ni mirades
a furto el lardo; e otros supe, y vala por todo, que sedes de Solares
de Carriedo, todo para gloria de esta mi persona ataviada hoy da en
fecha con saboyana carmes y verdugado de seda, y la toca con volante
blanco pinjado con pinjantes ricos, visin en forma que si queredes
reverenciar, acudir habedes a media noche por filo por el arcaduz del
jardn. Subid por el tapial, y de all por el abedul tomad tierra: catad
de non caer, e si caedes catad de lastimaros razonablemente e nada ms."

Tres veces se le agolparon lgrimas de gozo a los ojos de aquel menguado
lector, compaero tuyo en aquel trance de licin, oh, benvolo
leyente!, e tres veces suspir e desahagse el pecho. El aina rebozse
en la capa, e asomando el rostro como cauto ballestero por saetir,
repas la calle, ojeando la fenestra de suso nombrada, e trasflor de
verdes vidrios de Venecia, atisb la figura de la enjaulada, que ni
punto ms ni punto menos semejaba a don Satans enfaldado, e faciendo
gentil mesura, volvi el cantn de la vecina calle enderezando a su
casa para atender la escura noche.

Eran las doce muy corridas e la rua estaba negra como malos pecados,
cuando dos gentiles hombres as fablaban en puridad andando su camino:

--Parceme, amigo Egas, que no andades tan suelto por la calle sonando
la queda como a sol tendido.

--Oh, don Malicioso, e non sabedes que el jaco de malla, e la cota, e
el broquel, e el montante, e otros arrequives de tal guisa, algn tanto
empescen e perturban los miembros? Ms aosadas que el nimo, ms
despejado va que nunca, e resuelto a todo. Ms dgame, dmine Tomillas,
traedes el discante y la letra para cantar?

--S traigo.

--Mas hemos llegado al lugar: vos faredes la escucha, buen Tomillas,
mientras yo guindo mi persona por el tapial, ans como me hagan la sea.
Rasgad empero el instrumento, e apuntadme la letra.

Entonces el enamorado Egas, con voz entonada y ronquilla, cant de tal
manera con ayuda de vecino:

    Cuando contemplo en tal hora
    el blanco envs de tu espalda,
    y que recoges tu falda
    para subir tan sonora;
    don Cupido, o don Demonio,
    entra a rebato en mi pecho,
    y grito, un stiro hecho,
    yo requiero matrimonio.
    ....................

As cantaba Egas cuando se oy caer una falleba, e otros, se oy una
voz que ceceaba desde rejas no muy altas, e luego dijo: "Ah del gentil
hombre."

Allegse el amador, dndole rdenes antes a su atalaya, e ans fablaba a
su seora:

--Tan mal parado no parstedes cuando parme a parar los parabienes que
para...

--Alto, alto, e non parareadme ms, don apareador de lindezas; liso y
llano e non tan alto de punto, non semejedes a saltador y surtidor de
jardn que lanza agua alto, alto y se resuelve en nada. Empero esto
aparte, dadme mercedes ya que os evit saltear murallas, e a riesgo de
voltear os tengo aqu ni con tanto trabajo vuestro ni tanto apartamiento
mo. Recog las llaves de este zaquizam, e vedme aqu sola e sin
mancilla, que las fembras de pro no temen trasgos ni fantasmas.

--Ya que por vuestro mandato he de parlar canto llano, vos dir, seora,
que esta merced que de vos recibo la acojo con ms gratitud de vuestra
pudicicia, cuanto hasta ahora no vos merec que crueldades y sofrenadas.

--As es la verdad, caballero; mas parad mientes que las doncellas
treintenas, como yo, han de esquivarse con ms ansia que los arrapiezos
de quince a veinte: materia feble e quebradiza e que vos enloquecen a
vosotros los amadores.

--No as a este vuestro servidor, que donde no ve persona entera o
correosa, no ve al de provecho; adems que non nac para endotrinar fija
de vecino.

--Mi fe que hablis como el Conde Lucanor, e que esa discrecin me
captiva. Tambin vos dir que ora miro en vos perficiones que antes no
repar en ellas. Ejempli gracia: ese vuestro naso corvo y parvo, e
arremangado un tantico como quien va a la frente, me pona un miedo
cerval como a doncella asustadiza: parecame jeme de gigante sayn
desplegado por la mitad de vuestra cara, e las carnes me bullan viendo
los anchos lunares como de almagre que le paraban. Empero ahora no miro
en l que miembro apuesto que vos autoriza cumplidamente: e miro ms, e
veo a ese don Cupido de quien cantabais que cabalga en ellas, fablo
narices, e que con sus viras batindoos a guisa de acicates, os llama la
sangre en aquel lugar.

--Non me sonrojis con los vuestros loores, mi seora...

--Dejstedes quien vos ficiese espaldas? Pues cre escuchar algn
rumor.

--Fieme en el buen Tomillas, taedor de lad e dulzaina, e l dar
rebato en toda aventura... _mas hele, hele por do viene_.

--Mala landre me mate si no somos acometidos. Tres campanarios armados
entran por la calle, de cada paso llevndose media plaza de andadura, y
en las manos menean por mazas sendos robles o palos de navo.

--El miedo vos face abultar las cosas, buen Tomillas.

--Decidme, gentil hombre, sedes poeta? Que segn faciedes uso de
hiprbole, o yo no me apellido Aldonza, o podis bien facer un poema:
andad a vuestro puesto, don Babieca, que eso que vos semejan campaarios
haban de ser los mozos gabachos del comendador Nez, que facen burlas
e escarnios ruando por el barrio, como que hoy es martes de antuejo.
Idos, idos, e non conturbis nuestros coloquios.

--Ans ser, e la pea de Francia no me desampare en este oficio de
atalaya de amores...

Y fuese el escucha y prosigui don Egas:

--Oh, doa Aldonza!, crculo de mis ruedas, blanco de mi cuidado, e
cuento de mis vueltas e revueltas, dejadme, amparadme de vuestra
diestra.

--No me retocis la mano por entre las rejas de la fenestra, travieso
mancebo, que tengo ante los ojos aquello de lo _barato dado, caro
llorado_. Atended al tiempo y no quered perder el rocn y las manzanas.

--El que tiempo tiene y tiempo atiende, tiempo viene que se arrepiente;
perdonad algo a la fuerza de mi amor.

--Todo home face tales aascos y maraas para burlar a nos las
doncellas, e despus de burladas, el duelo ajeno del pelo cuelga.

--Mal alfajeme remoje las mis barbas si mi promesa...; pero al pobre
Tomillas lo rematan... Santo Dios, qu vapuleo!

Y era as, que los mozos gabachos del comendador, que todo el da
anduvieron guantando con blanco a los vagantes, y sujetando jirones y
aaceas al manto de las dueas, encontrando de estantigua al buen
Tomillas, por la media noche le arremetieron con algazara, e le atapaban
la boca con poleadas de yeso, cual a chico mamn, e el cuitado gritaba:

"Que me rematan a coces y cucharadas."

Dejando la turba alegre a Tomillas mal parado, embistieron con el
amante, que en buen paladn en medio de la calle blanda la espada para
reir como bueno, animado por las voces del marimacho enrejado, que le
acuciaba a reventar de fuerte, o semejndole en lo bravo a Leonidas e a
otros perillanes de la antigedad.

Pero el atnito escudero, ya porque remembrase la paciencia cristiana, o
bien porque la disforme catadura de los desenvueltos mancebos que venan
de carantoa y botarga le turbase los sentidos, ello es cierto que tom
una retirada sin ms comps que los espaldarazos y cintarazos de
aquellos tarascas o garduos, e ainda llevando el agua va de los
vecinos.

El molido se recogi en su morada, e la duea, dando ventanazo, se
refugi en su recmara, matando las alimaas e correderas que encontraba
al paso en el desvn, no cansndose de maldecir por hombre que tan mal
defendi el paso, e revolviendo en su mente la traza de vengarse de
amante tan amilanado.

Don Egas fincaba en su lecho, repasando en la maana los azares
infaustos de su correra nocturna, cuando ante l apareci un muchacho
vivo e agraciado que le entreg una epstola con nema negra, e le
pregunt:

--Nio, sois paje?

--Oh que no, seor estafermo, digo enfermo! Soy el monaguillo del
barrio, cual lo vedes por la hopa que visto; e llevo, e traigo, e torno,
e pido.

--Pues toma--dijo el del lecho--esos tomines, e la Magdalena vos gue.

All rompi la nema y ley esto que sigue:

"Al folln, al ruin, al asendereado e ms molido de todos los escuderos.

"Vos vide fuir al cantar el gallo, e entend el son del bataneo que vos
ficieron en los lomos; abollados se os mantengan.

"Non mantuvisteis el campo como ardido, ni vos salvastes con cautela,
mas sin cerrar vez siquiera, tomstedes calzas de Villadiego e
corristeis a puto el postre.

"E ans, mager fagis en mi desagravio diez torneos e dos pasos
honrosos, e quebredes trescientas lanzas vos fago siempre la mamola:
chicos e grandes vos escarnecen e dicen que a hombres de Castilla nunca
el mesmo diablo puso miedo, cuanto ms los antifaces e mojigangas; e
otros dicen, Santa Mara, qu horror!, dicen que la fuda vos solt los
pies, e vos corri la vicara, e que de acull vino que sonstedes por
bajo la dulzaina, e non era dulzaina, e que oliades non a estoraques ni
algalias, sino peor que azufre. Puf!, qu blasfemia!

"Id en mal hora; e jardinero os recoja para sus eras, que non limpia e
aseada duea doa Aldonza."

Tres das de sol a sol, el pesaroso Egas qued sin catar pan ni tragar
agua, llorando con los ojos y cachetendose con los puos por su flojera
de nervios; al cuarto da tom descanso, al quinto anaranje un gallo e
jug a las tablas, e de all a otro da rea a la desesperada, e cuando
le tocaban la retaguardia slo responda:

"Ms vale vergoa en cara que cuchillada."

Saludable consejo que de marras aqu muchos prosiguen e obedecen.

E otros: oteando en su magn el buen don Egas, repar que si a
interrogacin se debe respuesta, con mayor fuerza de derecho toda
epstola trada en recaudo pide letra y carta en papel; y por tal
resolvi no darse por muerto, antes bien escribir su senda foja, y
diciendo y haciendo ans trazaba letras como signos de nigromancia, y
dijo:

"A la por ahora mitrada en tocas y rabuda en haldas.

"Tal espinan y escuecen las razones de vuestra epstola, que no semejan
sino escritas con el bello de vuestros belfos y quijadas, que no son ms
speros los ortigales de la montaa.

"Si me catstedes repararme y retirar (que fugir non, pese a Mahoma!),
fu porque con cuatro no hay garabato, y que a mi hijo lozano no me lo
cerquen cuatro; y ms vale salto de mata que ruego de bueno, y antes
tuerto que ciego, y hudo que no manco ni lisiado.

"Y no pensedes que soy hijo de paloma blanca o Juan de buen alma que me
tomo las barbas con jayn de tres estados y me barajar con diez
gigantes.

"Y en cuanto a lo del punto por bajo, miente la bellaca, que soy bien
trabado de miembros y muy astreido de natura que nunca por jams me
permiti hacer tal desaguisado, y por tal todas mis coyunturas y
entrecijos huelen a estoraques y canela y estoy a prueba y pago la
estrena. Non curo que vos podis sofrir semejante espulgo si no es que
don Lucifer fuese el husmeador.

"Vos os habis dicho en puridad: 'Ms valen coces de monje que halagos
de escudero'; mas pronto vos ver como la pimienta negra, rugada,
tostada y en pos molida. Si os ofendis de mis razones, sabed que a
quien me hace mal con la boca, le muerdo con la cola; y que habl la
boca por do pag la coca.

"Tened por cierto que los mis amores no me entraron por vuestros ojos
bellidos, sino atendiendo a que por falta de chapn met mis pies en un
celemn, o que por deseo de zuecos metlos en cntaro. No al sino que si
Satans no os empua, los grajos vos saboreen. Don Egas, dos minutos
despus de mi redencin."

La carta fu y afufse la trtola, e ans quedaron en flor e ciernes los
amores de Egas e de Aldonza, fincando burlados los curiosos de ver que
fruto e injerto hubiera salido de cruzar dos cartas tan eminentes por su
huero magn. E mager la perficin de esta mercanca reserv natura por
altos fines a tiempos ms cercanos a nosotros, non embargante casndose
separadamente Egas e doa Aldonza difundieron prolficamente su simiente
necia e sandia hasta nuestros das, en que sus nietos andan en servicio
de estos reinos por mar e por tierra. Es linaje eterno.

Tuvo cabo esta historia en la Era de Csar de 1342, e la escribi maese
Cndamo.




HIALA, NADIR Y BARTOLO

    Feliz el que cubriendo su cabeza
    con la holanda sutil del blanco lecho,
    fija la mente en mgica belleza,
    se aduerme el alba en plcido reposo:
    y mil veces feliz y ms dichoso
    si bebiendo en la copa del beleo,
    visita las mansiones encantadas
    que con oro y azul fabrica el sueo.

    SOLEDADES.


Oh, Nadir! Ests cautivo, y el feroz sultn Ismael no soltar jams los
nudos de tus cadenas. T tienes frtiles territorios, l posee grandes
Estados; estn en linde y deben confundirse, y con tu muerte, l los
hereda como hermano de tu padre; triste catstrofe.... Oh, Nadir, me
inspiras compasin!

--Oh, virgen hermosa! T no puedes ser sino Hala; tus acentos me
revelan algo de ms celestial que las vulgares bellezas del serrallo;
tus ojos de gacela[18] me manifiestan quien t eres. T sufres como yo;
t, como yo, eres prisionera; si mi crcel es el estrecho recinto de una
torre, tambin es prisin tuya ese jardn en que vagas. Tenga el Sultn
un deseo, y ese mbito se estrechar hasta....

[Nota 18: Hala es lo mismo que gacela.]

--Hasta qu?

--Hasta el recinto de su camarn, hasta el cerco de su lecho. Oh,
Hala, me inspiras compasin!

--Resolucin de mujer, es palma contra el siroco; se dobla, y finge que
cede; pero al fin cumple siempre el gusto suyo y triunfa de la fuerza.
Quien viene a verte en la torre de los Siete Sellos, algn poder tiene,
y quien te habla desde un ajimez[19], alto cien codos del suelo, algo
tiene de las propiedades de las aves, y el poder y la belleza slo se
rinden al placer. Oh, Nadir, qu inadvertido eres!

[Nota 19: Ventana, mirador.]

--Las aves tambin se prenden, y la burla que en su loca vanidad hacen
de las redes, la pagan a caro precio, sacudiendo los hilos de alambre de
su jaula y lastimndose contra ellos; al poder y la belleza los vence
ms poder y mucha astucia. Oh, Hala, qu inadvertida eres!

--Nadir, a pesar de la indiscrecin de que me acusas, t tienes cierto
oculto presentimiento de que te vers libre por arte y ayuda ma. Un
sueo, una visin, cuyas circunstancias no quiero apuntarte, te han
participado tal suceso, y las aventuras por donde has de pasar, y las
finezas que me has de deber, y las delicias que juntos hemos de
disfrutar, son casos tan verdaderos para tu fantasa, que todo lo crees
con la mayor certeza; y es preciso confesar que no puede haber
credulidad mayor como dar fe a las sombras del sueo. Oh, Nadir, cun
crdulo eres!

--Hala, no negar que hay algo de verdad en la relacin que has hecho;
los sueos son el nico consuelo de los desgraciados, y ya halaguen slo
los miembros fatigados y lasos, o ya entretengan con sus juegos la sed
de una imaginacin ardiente, siempre es dulce el disfrutarlos. Pero el
desvelo acerca al punto la mano fra de la realidad, y toda ilusin
desaparece; as, mis sueos huyen, y con ellos la credulidad ma; si t
me juzgas crdulo, oh, hermosa Hala, cun crdula eres!

--Mira, Nadir, nos hemos echado en cara como defectos tres cosas, cada
una mejor que la otra, y que juntas hacen el encanto de los sentidos y
la delicia del espritu; juntas, digo, forman el verdadero amor, y amor
con juventud y belleza es el almbar de los cielos. La compasin es
ternura; ser inadvertidos es ser inocentes y crdulos... Oh, Nadir! La
credulidad, y la credulidad ms ciega, es el nico y cierto distintivo
del amor. Si yo a mi amante le dijese (y no lo creyera) que volaba la
montaa Kal, y que el mar vena encerrado en la concha de mis zarcillos
los separaba al punto de mi mente. As, Nadir, dejemos ese lenguaje,
que, aunque lleno de flores, siempre presta alguna amargura, y
dispongamos la evasin tuya y la fuga ma para cumplir tu sueo y
completar nuestra dicha.

--Mira, Hala, ya en m es un deseo, un delirio, un frenes el ms
extremado lo que en tu corazn acaso no ser sino un antojo pasajero.
Pero perder mis Estados? Dejar de llevar a cabo mi venganza? Para
m la venganza es la miel de la vida, y el ponerte al lado de este dolo
y sagrario de mi corazn es el mayor encarecimento de la pasin ma.
Rompe mis cadenas, dame un hanjar, y toma con mi cario la ltima
lgrima de mi sangre; pero antes de todo, djame vengar.

--Mira, tus Estados son grandes, son frtiles, pero el fruto ms puro y
la flor ms linda revelan siempre la fatiga de un esclavo, el sudor de
un infeliz. La venganza es manjar muy dulce, y debo saberlo, porque soy
mujer; acaso estamos de acuerdo, y slo nos diferenciamos en el modo;
concdeme que nuestra venganza sea menos violenta, y yo dar tal
susceptibilidad a nuestro enemigo, que le sea dolorosa en mucho ms. El
acero casi se embota en la dureza de la mano, y una espina de la rosa
hace lastimar y desangrar el corazn. Ya el Sultn se abrasa
perdidamente en el fuego mo; cuando al huir nos mire pasar por ante sus
ojos y todo su poder no alcance a estorbarlo, su propio cuello se lo
morder de rabia, y para que no calme este leve sinsabor, todas las
siestas le recordar su burla y nuestro amor la paloma azul, que vendr
a arrullar sobre su ventana. Por lo dems, puedes poner en el menos
valer, en el desprecio, todas las riquezas de tu herencia, y todas las
arideces de tus floridos vergeles. Mi dote te har ms rico que todos
los monarcas de la Arabia y de la Persia, y slo consiste en esta llave,
este listn y esta mariposa blanca y verde de cachemira. Con la llave
abrirs y entrars y visitars invisiblemente, desde la cabeza gorda y
maciza del visir Barbaruk hasta el ltimo abismo del mar. Con el listn,
sacndolo y ensortijndolo donde quieras, aunque sea en los crculos del
aire, por un oculto sortilegio que no quiero explicarte, l mismo, y por
su propia virtud, traza un oasis encantado, mansin afortunada de todos
los gustos y placeres, sin que la saciedad ni el fastidio tengan poder
para entrar en el mgico cerco de la isla. Genios areos servirn el ms
leve de nuestros caprichos, sin emplear jams las groseras manos del
hombre (que no puede haber dicha en la ptrida atmsfera del sudor ajeno
ni en el trabajo del esclavo). Carros de luz nos columpiarn en el ter;
corolas misteriosas de flores peregrinas nos suministrarn, como en
clices de oro, los manjares ms deliciosos, las bebidas ms delicadas;
y esta mariposa, en fin, nos llevar a nuestro antojo, y con la viveza
del pensamiento, doquiera que mandemos, dndote a ti asiento en la verde
y a m en la blanca y siniestra ala. Mira, Nadir, cul despliega el
insecto hermoso su plumaje de iris para volar hasta ti, llevndote la
llave misteriosa que ha de abrir los siete sellos que cierran las
puertas de tu torre. Abre, huye, y escapemos juntos de la vileza y
podredumbre del mundo de Arismane, y volvamos a la isla de los encantos;
parte, vuela....

--Tiendo, trmulo de placer, la mano, y me encuentro, ira de Dios!
cuerpo de Cristo!, me encuentro con la mano gafa de mi criado Bartolo,
que me mova y sacuda, cual violenta peripecia de tragedia, para
despertame del sueo ms delicioso que mortal alguno pudo disfrutar: me
asestaba aquel Longinos la larga lista de sus sisas, que como traidora
lanza cotidianamente me dilacera el flaco y doliente costado, sacndome
el revuelto rosicler de la plata y calderilla. No pudiendo mi
imaginacin abandonar el hilo de oro de sus ideas, aun todava yo
sooliento, se me escapaban de mis labios estas palabras, que Bartolo,
tomndolas por otras tantas interrogaciones matinales de las que
acostumbro hacerle, procuraba satisfacer del mejor modo, entablndose
as el siguiente dilogo:

--Oh, Ismael!

--Don Rafael entr aqu muy de maana; di tres vueltas y cuatro
carrerillas; por no despertarle, pint a Vmd., con la tinta avinagrada
del escritorio, tres o cuatro bordados en la cara con mucha sutileza,
que todava los conservar Vmd. con el mayor primor (y era verdad),
salvo que se han extendido, ennegrecindolo de oreja a oreja. Dime
cuatro capirotazos, llamndome bruto y asturiano; se almorz el
chocolate, quebr el vaso, tronch dos sillas y se despidi,
prometindome siempre volver despus para diablear un poco.

--Oh, Hala; oh, hur ma!...

--Doa Mara entr tambin con la doncella de su sobrina; trajo papel
del sello pobre para un memorial pedigeo que debe Vmd. hacerle; dej
nota de la mucha hambre que padece, nombre del marido que pudo tener y
muri, y estadstica del estado en que puede hallarse la nia; dejaron
la ropa blanca; me di cuatro pellizcos de monja, y volvern para
lamentarse, la vieja, del tacao tiempo, y la sobrina, de la poca fe de
los hombres....

--Oh, llave misteriosa; oh, paloma azul; oh, mariposa de Cachemira!...

--Seor, no fu Cachemira, fu cachetina, y cachetina endiablada la que
se dieron. El uno deba y dijo _nones_, y el otro quiso su dinero y
deca quiero: fuerza era que se sacudiesen.

--Calla, maldito, calla!--le dije al fin--. No desplegues tus labios y
no me martirices sacndome de los sueos que encantan para conducirme a
las realidades que matan. Calla, maldito, calla!

Pero todo fu en vano; el hilo estaba ya roto, y ya me fu imposible
remontar mi mente hasta los palacios de Armida, de donde baj en un
salto; y as, el artculo principiado con las mgicas razones de Hala y
Nadir, fuerza fu acabarlo con la parla rastrera de mi acadmico
Bartolo.




EL FARIZ[20]

      Si no existiera la mujer hermosa
    fuera un bridn el dolo del moro.
    Mas si los dos al orbe prestan lumbre,
    los dos a un tiempo forman un tesoro.

    _Poesa rabe_.


[Nota 20: Fariz es un ttulo de honor, que entre los rabes vale
tanto como _caballero_. Los arabistas pretenden que de _fariz_ viene en
castellano la palabra _alfrez_.]

Cun dichoso es el rabe cuando, montado en su corcel, se lanza, desde
las rocas en el desierto; cuando los pies de su bridn, sumergindose en
la arena, levantan el mismo murmullo que el hierro ardiendo mojado en el
agua! Vedlo all cul nada en el Ocano de arena, y cul hiende las
ridas ondas con su pecho del delfn.

Aprisa, aprisa: apenas toca con sus pies la faz de las arenas: aguija,
aguija: ya se lanza envuelto en un turbilln de polvo.

Es negro el corcel mo como nube de otoo; blanca estrella como la
aurora brilla sobre su frente; da al viento su crin hermosa, como
garzotas ondantes, y sus pies cuatralbos vibran centellas de fuego.

Vuela, vuela, bridn mo, el de la estrella blanca; selvas, montaas,
abrid paso, dadme lugar.

En vano la verde palma se me brinda con sus dtiles y sombra; yo
desprecio su hospedaje.

La palmera avergonzada huye de m, se oculta en el Oasis, y en el
susurro de sus hojas parece que se burla de la temeridad ma.

Sus altas rocas, custodios de la frontera del desierto, vuelven sobre m
su faz negra y torva, repiten la carrera de mi caballo, y parece que me
amenazan as.

"El insensato, dnde va? Su cabeza no encontrar ya amparo contra los
dardos del sol, ni bajo la verde caballera de la palma, ni bajo el
blanco pabelln de la tienda. All no hay ms que una tienda, la bveda
del cielo. All las rocas solas pasan la noche; slo las estrellas
viajan por all."

Yo corro ms y ms: vuelvo la cabeza y miro las rocas huir avergonzadas
de m, y que se ocultan y bajan sus crestas las unas tras las otras.

Pero el guila escuch sus amenazas, y juzga con la loca presuncin que
me har su prisionero en el desierto; se lanza por los aires y sigue mis
huellas con carnvoro afn, y tres veces cernindose en el cnit me
rodea la cabeza con una negra corona.

"Yo siento, yo percibo, grita de lo alto, el olor de un cadver: oh,
caballero insensato, oh, desgraciado bridn! El jinete inquiere aqu la
senda? El caballo busca aqu la hierba? Insensatos! El viento slo
halla aqu el camino; las sierpes solas encuentran aqu su pasto; los
cadveres solos descansan en el desierto, y los buitres tan slo viajan
por l."

As gritando roncamente me amenazaba esgrimiendo sus garras. Tres veces
se encontraron nuestros ojos, y tres veces nos medimos con gesto
amenazador; y de los dos quin se arredr? El guila fu, que huy
aterrada.

Corro ms y ms, y cuando volv los ojos, el guila estaba lejos, muy
lejos, suspendida del aire como una mancha negra, grande como un
jilguero, luego como una mariposa, despus como el ms pequeo insecto,
y en fin, se desvaneci entre lo azul de los cielos.

Corre, vuela, corcel mo, el de la blanca estrella! Rocas, guilas,
hacedme lugar!

Pero una nube oy las amenazas del ave carnvora, y desplegando en el
ter sus cenicientas alas comienza a perseguirme, presumiendo ser en el
cielo tan veloz como yo sobre la tierra, se fija sobre mi cabeza y as
me amenaza entre los silbos del viento.

"El insensato, dnde va? El calor le fundir el pecho cual si fuese
cera; ningn celaje con su lluvia le templar su cabeza cubierta del
polvo ms sofocador, ninguna fuente lo llamar con voz sonante y
argentina, ni la ms leve gota del roco llegar a l para consolarle,
porque apenas cuajada, ya la habr devorado con su aliento el viento de
fuego."

En vano me amenaza. Yo corro ms y ms, y la nube, vencida del
cansancio, comienza a vacilar en los cielos, dobla su altiva cresta y
busca apoyo sobre una roca.

Cuando volv la cabeza, un horizonte entero nos separaba; pero sin
embargo divis la nube, y sobre su faz le lo que pasaba en su corazn.
Primero se ti en rojo de encendida rabia, luego visti la amarillez de
la envidia, y por ltimo, ponindose negra como un cadver, se ocult
detrs de las montaas.

Vuela, vuela, bridn mo, el de la blanca estrella! Nubes y aves,
hacedme lugar!

En aquel punto, como si fuera el sol, di una mirada en derredor por todo
el horizonte y no vi a nadie: yo solo estaba en el desierto.

Aqu la naturaleza aletargada no se despert nunca por los cuidados del
hombre. Aqu los elementos no se mueven en torno de m, as como los
animales de una isla descubierta por la vez primera no se asustan con
las miradas del hombre.

Pero, oh Alah! yo no soy aqu el primero ni el solo venido.

All en campo cercado de arena miro brillar numerosa comitiva. Sern
stos pacficos viajeros, o salteadores que acechan los pasos del
peregrino? Corro a ellos y no se mueven, les grito y nada me responden.

Oh Dios! stos son cadveres, es la antigua caravana exhumada por el
viento del hondo de las arenas. Sobre los esqueletos del camello
cabalgan los huesos de los rabes, por los cncavos donde en otro tiempo
se animaban los ojos, y por las mandbulas descarnadas se desliza
corriendo la arena sutil, y estos murmullos parecen amenazas.

"El insensato, dnde va? Ms all el huracn lo espera, y tendr
nuestra propia suerte."

Yo los desprecio y corro y vuelo ms y ms: cadveres y huracanes,
hacedme lugar!

Un huracn, el ms terrible de los que recorren el Africa, discurra
solitario por el Ocano del desierto. Me divisa al lejos, se maravilla
al verme, detiene el paso, y enroscndose en s mismo, se dijo:

"Quin es aquel viento, el ms dbil de todos mis hermanos, que con su
vuelo lnguido y perezoso se arriesg a entrar hasta en mis estados
hereditarios?"

Encendido en rabia, marcha en contra ma como pirmide ambulante, y
reconocindome por un mortal, furioso y despechado hiere el suelo con su
planta, y trastorna la mitad de la Arabia. Me asalta y prende como el
sacre a la paloma: con sus alas fulminantes me azota y me maltrata, me
abrasa con su aliento de ascua, me lanza en el aire y me rechaza al
suelo. Yo me defiendo y combato, y rompo vigorosamente los nudos
gigantescos de sus turbillones; lo desgarro y lo muerdo, y tasco entre
mis dientes las arenas de sus miembros. El huracn quiere evadirse y
deslizarse, en forma de columna, del ahogo de mis brazos; no puede
lograrlo, y se estrella y rompe.

Su cabeza se desvaneci en lluvia de polvo, y su enorme cadver cay a
mis pies como las murallas de un alczar.

Entonces respir, levant los ojos y los fij fieramente en las
estrellas, y todas las estrellas fijaban sobre m sus ojos de oro, pues
en el desierto nadie haba sino yo.

Oh, cun dulce es respirar aqu con toda la holgura de su pecho! Yo
respiro libre, ancha y desembarazadamente, y todo el aire del Arabistn
bastar apenas para el pecho mo. Oh cun dulce es mirar de aqu con
todo el alcance de su vista! Mis ojos se engrandecen, se fortifican y
alcanzan ms all de los lmites del horizonte. Oh cun dulce es
extender aqu mis brazos franca, poderosamente y en toda su extensin!
Me parece que con ellos abrazara todo el universo, desde el oriente al
ocaso. El pensamiento mo se lanza como una flecha, alto, muy alto, ms
alto todava, hasta llegar al abismo de los cielos. Y como la abeja
enva su vida en el aguijn que dispara, as yo con mi pensamiento elevo
a los cielos todo mi espritu.

* * *

Adn Mickiewier se ha dado a conocer ventajosamente en Europa por su
_Conrado_, bosquejo histrico, sacado de los anales de la Lituania, y
por sus sonetos de Crimea; pero lo que ms le ha recomendado por su
originalidad y valenta es el rasgo que hemos dado a conocer, y que,
traducido libremente al castellano, ofrecemos al pblico.


FIN


CALPE

COLECCIN UNIVERSAL

* * *

Precio del nmero, 0,30

* * *

La =Coleccin Universal=, inaugurada por la editorial CALPE, publicar las
mejores producciones literarias del ingenio humano, en todos los
rdenes: novela, historia, poesa, ciencia, filosofa, teatro, memorias,
viajes, ensayos, etc.

* * *

La =Coleccin Universal= ser pronto, para los lectores de habla espaola,
un elemento indispensable de educacin y cultura. Har asequibles a todo
el mundo los beneficios y los goces del trato espiritual con los ms
grandes genios de la humanidad.

La =Coleccin Universal= publicar las obras en su ABSOLUTA INTEGRIDAD,
sin supresiones ni adiciones de ninguna especie.

* * *

La =Coleccin Universal= cuidar con extremado celo de que las
traducciones sean siempre fidelsimas y correctas; no publicar
traducciones annimas; encargar sus traducciones a reputados
escritores.

* * *

La =Coleccin Universal= cuenta, para las ediciones de autores espaoles,
con el consejo y la colaboracin de eminentes fillogos.

* * *

La =Coleccin Universal= se vende a 0,30 el nmero. La extensin de un
nmero es, aproximadamente, de 100 pginas. Las obras que tengan mayor
extensin irn publicadas en volmenes de 200, 300, 400 y ms pginas,
valundose cada volumen como 2, 3, 4 y ms nmeros.

* * *

La =Coleccin Universal=, por su extraordinaria baratura, representa un
esfuerzo editorial, nunca realizado en Espaa.

* * *

La =Coleccin Universal= publicar todos los meses VEINTE nmeros, o sean
unas DOS MIL pginas de selecta lectura, repartidas en ocho o diez tomos
de presentacin elegante y de cmodo uso. Los 240 nmeros anuales de la
=Coleccin Universal= constituirn una copiosa y elegida biblioteca de
unos 100 tomos.

La =Coleccin Universal= admite suscripciones por un trimestre, un
semestre y un ao. Para los suscriptores, el precio del nmero ser de
0,25.

    Suscripcin trimestral       15 ptas.
         --      semestral       30  --
         --      anual           60  --

Para las suscripciones y pedidos de volmenes sueltos, dirigirse a

Compaa Annima CALPE

Consejo de Ciento, 416 y 418

Apartado: 89 BARCELONA

OBRAS PUBLICADAS


N. 1-4.--=Poema del Cid=. Texto
  y traduccin.--La traduccin
  ha sido hecha por Alfonso Reyes,
  del Centro de Estudios
  Histricos.

N. 5-6.--LOPE DE VEGA: =Fuente
  Ovejuna=. Comedia.--Edicin
  revisada por Amrico Castro.

N. 7.--M. KANT: =La paz perpetua=.
  Ensayo filosfico.--La traduccin
  ha sido hecha por F. Rivera
  Pastor.

N. 8-10.--O. GOLDSMITH: =El Vicario
  de Wakefield=. Novela.--La
  traduccin ha sido hecha por
  Felipe Villaverde.

N. 11-13.--LA ROCHEFOUCAULD: =Memorias=.--La
  traduccin ha sido
  hecha por Cipriano Rivas
  Cherif.

N. 14-15.--J. ORTEGA MUNILLA, de la
  Real Academia Espaola: =Relaciones
  contemporneas=.

N. 16.--P. MERIME: =Doble error=.
  Novela. La traduccin ha sido
  hecha por A. Snchez Rivero.

N. 17-20.--STENDHAL: =Rojo y Negro=.
  Novela. Tomo I.--La traduccin
  ha sido hecha por Enrique
  de Mesa.

N. 21-24.--STENDHAL: =Rojo y Negro=.
  Novela. Tomo II.--La
  traduccin ha sido hecha por
  Enrique de Mesa.

N. 25-26.--J. W. GOETHE: =Las cuitas
  de Werther=. Novela.--La traduccin,
  de D. Jos Mor de
  Fuentes, ha sido cuidadosamente
  revisada y corregida.

N. 27.--ANTONIO MACHADO: =Soledades,
  galeras y otros poemas=.--Segunda
  edicin.

N. 28-29.--CERVANTES: =Novelas
  ejemplares=. Tomo I. La gitanilla
  y El amante liberal.

N. 30-33.--L. ANDREIEV: =Sachka
  Yegulev=. Novela.--La traduccin
  del ruso ha sido hecha por
  N. Tasin.

N. 34-35.--C. CASTELLO-BRANCO: =Novelas
  del Mio=.--La traduccin
  del portugus ha sido hecha
  por P. Blanco Surez.

N. 36-37.--CICERON: =Cuestiones
  acadmicas=.--La traduccin
  del latn ha sido hecha por A.
  Millares.

N. 38-40.--VILLALON: =Viaje de Turqua=.
  Tomo I.--La edicin ha
  sido cuidada por A. Solalinde,
  del Centro de Estudios Histricos.

Y otras obras de Mme. de Stael, Antn Chejov, Estvanez-Caldern,
Trindade Coelho, Moratn, Plutarco, Barbey d'Aurevilly, Tcito, George
Eliot, Massimo d'Azeglio, Kant, Leopoldo Alas (Clarn), Csar, Garcilaso
de la Vega, Sterne, Schiller, Jules Sandeau, Montesquieu, A. Kuprin,
etctera.

Precio del nmero, 0,30 ptas.

ALGUNAS DE LAS OBRAS PUBLICADAS

Novela.


N. 8, 9 y 10.--O. GOLDSMITH:
  =EL VICARIO
  DE WAKEFIELD=. Novela.--Traduccin,
  por
  Felipe Villaverde.

N. 14 y 15.--J. ORTEGA
  MUNILLA, de la Real
  Academia Espaola:
  =RELACIONES CONTEMPORANEAS=.

N. 16.--P. MERIME:
  =DOBLE ERROR=. Novela.--Traduccin,
  por A.
  Snchez Rivero.

N. 17, 18, 19 y 20.--STENDHAL:
  =ROJO Y
  NEGRO=. Novela. Tomo
  I.--Traduccin, por
  Enrique de Mesa.

N. 21, 22, 23 y 24.--STENDHAL:
  =ROJO Y
  NEGRO=. Novela. Tomo
  II.--Traduccin, por
  Enrique de Mesa.

N. 25 y 26.--W. GOETHE:
  =LAS CUITAS DE
  WERTHER=. Novela.--La
  traduccin, de don
  Jos Mor de Fuentes,
  ha sido cuidadosamente
  revisada y corregida.

N. 28 y 29.--CERVANTES:
  =NOVELAS
  EJEMPLARES=. Tomo I.
  "La gitanilla" y "El
  amante liberal".

N. 30, 31, 32 y 33,--L. ANDREIEV:
  =SACHKA
  YEGULEV=. Novela.--Traduccin
  del ruso,
  por N. Tasin.

N. 34 y 35.--C. CASTELLO-BRANCO:
  =NOVELAS
  DEL MIO=.--Traduccin
  del portugus
  por P. Blanco Surez.

N. 44 y 45.--V. KOROLENKO:
  =EL DIA DEL
  JUICIO=. Novelas.--La
  traduccin del ruso ha
  sido hecha por N. Tasin.

N. 46 y 47.--S. ESTBANEZ
  CALDERN:
  =NOVELAS Y CUENTOS=.

N. 52, 53 y 54.--ABATE
  PREVOST: =MANON
  LESCAUT=. Novela.--Traduccin
  del francs
  por Enrique de Mena.


Viajes y Memorias.

N. 11, 12 y 13.--LA ROCHEFOUCAULD:
  =MEMORIAS=.
  Traduccin,
  por Cipriano Rivas
  Cherif.

N. 38, 39 y 40.--VILLALON:
  =VIAJE DE TURQUIA=.
  Tomo I.--La
  edicin ha sido cuidada
  por A. Solalinde, del
  Centro de Estudios Histricos.

N. 41, 42 y 43.--VILLALON:
  =VIAJE DE TURQUIA=.
  Tomo II.--La
  edicin ha sido cuidada
  por A. Solalinde, del
  Centro de Estudios Histricos.





End of Project Gutenberg's Novelas y cuentos, by S. Estbanez Caldern

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assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
