The Project Gutenberg eBook, Bocetos californianos, by Bret Harte,
Translated by Ramn Volart


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Title: Bocetos californianos


Author: Bret Harte



Release Date: June 1, 2008  [eBook #25671]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK BOCETOS CALIFORNIANOS***


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BIBLIOTECA DE LA NACION

FRANCISCO BRET HARTE

BOCETOS CALIFORNIANOS

TRADUCIDA POR

RAMN VOLART







BUENOS AIRES

1911

Reservados los derechos de traduccin.




NDICE


Melisa

El Hijo prdigo del seor Toms

Magdalena

El Idilio de Red-Gulch

De cmo San Nicols lleg a Bar Sansn

La suerte de Campo Rodrigo

El socio de Tennessee

Un pobre hombre

Los Desterrados de Poker Flat

Una Noche en Wingdam

Moreno de Calaveras

Carolina--Episodio de Fiddletown

De-Hinch, el idlatra




A principios de 1902 falleci en Londres un americano cuya vida podra
parecer singular aun en su pas natal, donde por cierto abundan los
hombres que se complacen en desafiar las circunstancias de una
existencia azarosa y llena de incertidumbre. Fue sucesivamente minero,
maestro de escuela, corrector de pruebas, tipgrafo, editor y
ltimamente cnsul de los Estados Unidos en Glasgow y Londres. Quiso la
suerte que le diera por escribir, y entonces este hombre hizo lo que
debieran hacer todos los que se sienten con vocacin o que creen
sentirla: se inspir en un ambiente donde haba vivido por muchos aos,
y copi, o mejor, idealiz costumbres y figuras de ese ambiente, con
tanto arte y tanto talento que dej admirado al mismo Dickens cuando
este gran novelista ingls ley por primera vez _Los Desterrados de
Poker Flat_.

El lector habr ya comprendido que aludimos a FRANCISCO BRET HARTE, el
novelista americano. No ser intil agregar que la muerte le sorprendi
a los 62 aos, cuando estaba todava en la plena actividad de su
espritu, habiendo editado el ao anterior _Under the Redwoods_ y otro
cuento _From Sandhill to Pine_.

A los catorce aos emigraba de Albany, su ciudad natal, para California,
en busca de mejor fortuna. Era en la poca de la fiebre del oro, y una
verdadera corriente humana se precipitaba en los valles de este
territorio en busca de Eldorado con su relativo Pactolo. Era por lo
general la hez del mundo esta que iba a la conquista del Vellocino.
Gente de antecedentes ignorados, pero resuelta y hecha como para el
gnero de vida que iba a emprender. En unos pocos aos aquella sociedad,
bizarramente cosmopolita, hizo todo lo que en el resto de la tierra se
ha organizado poco a poco, a travs de los siglos; esto es, se orden,
se dio una ley y una administracin. Pero entretanto, en el comienzo
(justamente cuando BRET HARTE se hallaba en California), la nica ley
fue la del ms fuerte y las pendencias acababan a tiros, y quien poda
imponerse tena razn. De aqu esa vida errabunda de los _placers_, esos
mineros que jugaban en una noche una fortuna ganada en tres meses, esos
juicios sumarios contra los que violaban la ley improvisada de los
campamentos, esos aventureros formidables, hroes de garitos y terribles
Don Juanes en un pas y en una poca en que los favores de las pocas
mujeres que se aventuraban a vivir en un ambiente como aqul, eran
disputados con el revlver. Ay de los dbiles y de los cobardes! As
nace ese intrpido Oarkust, de una frialdad temeraria, bello como un
hroe griego. As viven los personajes de BRET HARTE en esa sociedad
catica, mitad aventureros y mitad hombres de bien, bandidos y mineros,
varones de voluntad indomable, duros, speros, acerados, dispuestos a
cualquier cosa en cualquier momento, y hasta a acciones generosas y
nobles tambin, en caso de presentrseles la ocasin.

Porque esto es especialmente digno de notar: una indefinida melancola
se difunde sobre todos los personajes de BRET HARTE. Esa gente parece,
despus de tanto roce brutal, y de tanto combate, tener una secreta
nostalgia de amores ms puros y de ideales ms elevados. De esa tosca y
en ese cieno brotan como plidas flores del destierro, figuras
encantadoras de hombres, mujeres y nios. Hay amores quimricos,
amistades salvajes, una necesidad de querer a alguien que todo un
campamento de mineros siente prepotentemente al adoptar al pequeo
Tommy, el hijo de una desgraciada, nacido en el abandono y en la infamia
en el Roaring Camp. Y esta poesa singular os penetra en lo ms ntimo
del alma, por contraste con la aspereza de esas figuras endurecidas,
como quien, ante vosotros, inesperadamente, arrancase de un tosco
instrumento las ms suaves y tiernas melodas.

Durante muchos aos BRET HARTE esparci estas perlas de su talento en
las revistas americanas, especialmente en el _Overland Monthly_, por l
mismo editada. Rim tambin con sentimiento exquisito, delicadas poesas
como los _Poemas del Este y el Oeste_. Pero a nuestro parecer, la nota
ms alta y original de su obra son, precisamente, estos cuentos, que
constituyen la _cristalizacin literaria_--en el sentido
stendhaliano,--de la California de los tiempos heroicos, de la tierra
del oro, de la sangre y de las aventuras, que afortunadamente para la
civilizacin--pero quiz no para el arte,--ha cedido ante otra
California buclica, comercial, donde se vive tan bien como en todas
partes, y que el corte del istmo de Panam acercar a Europa de unos
veinte das.




MELISA


I

En el lugar en que empieza a ser menor el declive de Sierra Nevada y
donde la corriente de los ros va siendo menos impetuosa y violenta, se
levanta al pie de una gran montaa roja, Smith's-Pocket[1]. Contemplado
desde el camino rojizo, a travs de la luz roja del crepsculo y del
rojo polvo, sus casas blancas se parecen a cantos de cuarzo desprendidos
de aquellos altos peascos. Seis veces cada da pasa la diligencia roja,
coronada de pasajeros, vestidos con camisas rojas, saliendo de improviso
por los sitios ms extraos, y desapareciendo por completo a unas cien
yardas del pueblo. A este brusco recodo del camino dbese tal vez que el
advenimiento de un extranjero a Smith's-Pocket, vaya generalmente
acompaado de una circunstancia bastante especial. Al apearse del
vehculo, ante el despacho de la diligencia, el viajero, por dems
confiado, acostumbra salirse del pueblo con la idea de que ste se halla
en una direccin totalmente opuesta a la verdadera. Cuentan que los
mineros de a dos millas de la ciudad, encontraron a uno de estos
confiados pasajeros con un saco de noche, un paraguas, un peridico, y
otras pruebas de civilizacin y refinamiento, internndose por el camino
que acababa de pasar en coche, buscando el campamento de Smith's-Pocket,
y apurndose en vano para hallarlo.

Tal vez encontrara alguna compensacin a su engao en el fantstico
aspecto de aquella Naturaleza singular. Las enormes grietas de la
montaa y desmontes de rojiza tierra, ms parecidos al caos de un
levantamiento primario geolgico que a la obra del hombre; a media
bajada, un largo puente rstico parece extender su estrecho cuerpo y
piernas desproporcionadas por encima de un abismo, como el enorme fsil
de algn olvidado antediluviano. De tanto en tanto, fosos ms pequeos
cruzan el camino, ocultando en sus sucias profundidades feos arroyos que
se deslizan hacia una confluencia clandestina con el gran torrente
amarillento que corre ms abajo, y ac y acull vense las ruinas de una
cabaa con la piedra del hogar mirando a los cielos y conservando slo
intacta la chimenea.

El origen del campamento de Smith's-Pocket se debe al encuentro de una
bolsa en su emplazamiento por un cierto Smith. Este individuo sac de
ella cinco mil dllars, tres mil de los cuales gastaron l y otros
construyendo varias minas y trazando un acueducto.

Viose entonces que Smith's-Pocket no era ms que una bolsa, expuesta,
como otras bolsas, a vaciarse, pues aunque Smith taladr las entraas de
la gran montaa roja, aquellos cinco mil dllars fueron el primero y
ltimo fruto de su labor. Aquella montaa se mostr avara de sus dorados
secretos y la mina poco a poco fue tragando el resto de la fortuna de
Smith. Dedicose entonces ste a la explotacin de cuarzo; despus a
moler este mineral, luego a la hidrulica y a abrir zanjas, y
finalmente, por grados progresivos, a guardar un establecimiento de
bebidas. Luego se cuchiche que Smith beba mucho; pronto se supo que
Smith era un borracho habitual, y despus la gente, segn acostumbra,
pens que jams haba sido nada bueno.

Afortunadamente, el porvenir de Smith's-Pocket, como el de la mayor
parte de los descubrimientos, no dependa de la suerte de su fundador, y
otros siguieron proyectando zanjas y encontrando bolsas, de manera que
Smith's-Pocket se convirti en un campamento con sus dos quincalleras,
sus dos hoteles, su casa-correo y sus _dos primeras familias_. Con
frecuencia, su larga y nica calle quedbase asombrada por la
importacin de las modas de San Francisco, tradas expresamente para
estas primeras familias; esto haca que la ultrajada naturaleza, en el
miserable lodazal de su surcada superficie, pareciese ms fea an,
humillando de este modo a la mayora de la poblacin para la que el
domingo trajo solamente la necesidad de limpieza, con una muda de ropa y
sin el lujo del adorno. Haba tambin una iglesia metodista cerca de un
barranco; un poco ms all, en la falda de la montaa, una reducida
escuela, y, adems, un camposanto.

El maestro de la escuela, sentado una noche slo ante algunos cuadernos
abiertos y trazando con cuidado aquellos atrevidos y llenos caracteres
que se suponen ser el non plus ultra de la excelencia quirogrfica y
moral, haba llegado hasta las riquezas engaan, y estaba floreando el
substantivo con una falta de sinceridad en el rasgueo, que corra
parejas con el espritu del texto, cuando oy golpear dbilmente. Los
carpinteros trabajaban con el martillo, en el techo, durante todo el
da, y el ruido no le haba estorbado el trabajo en lo ms mnimo; pero
el abrir de la puerta y el golpear continuo desde el interior, hizo que
levantase los ojos. Al aparecer la figura de una nia sucia y
andrajosamente vestida, sobresaltose algo su espritu. No obstante, sus
ojazos negros como el azabache, su ordinario y despeinado pelo mate,
cayendo sobre una cara tostada por el sol, sus descarnados brazos y pies
tiznados por el rojizo barro, todo le era conocido. Acababa de llegar
Melisa Smith, la nia sin madre, de Smith.

--Qu puede querer de m?--pens el maestro. Todo el mundo conoce a
Melisa, que as se la llamaba por toda la comarca del Red-Mountain;
todos la conocan por una chica indmita. Su temperamento dscolo e
ingobernable, sus locas extravagancias y carcter desordenado, eran tan
proverbiales a su manera como la historia de las debilidades de su
padre, y eran aceptadas por los vecinos con la misma filosofa. Discuta
y luchaba con los escolares con ms aguda invectiva y brazo ms poderoso
que cualquiera de stos, y el maestro la haba encontrado varias veces a
algunas millas de distancia, descalza, sin medias y con la cabeza
descubierta, en los senderos de la montaa, siguiendo las pistas con el
olfato y maa de un montas. Los mineros de campamentos situados a lo
largo del riachuelo, provean a su subsistencia, durante estas
peregrinaciones voluntarias, por medio de donativos ofrecidos de la
manera ms sincera y generosa.

No es porque no se hubiese dispensado previamente a Melisa una
proteccin ms amplia y decidida. El reputado predicador oficial,
reverendo Josu Mac Sangley, la haba colocado de criada en un hotel,
para que empezara a adiestrarse, presentndola luego a sus discpulos en
la clase de los domingos. Mas el camino que se le haba trazado era
demasiado estrecho para ella. De vez en cuando tiraba los platos al
fondista, responda prontamente a los inspidos chistes de los
huspedes, y produca en la clase del domingo una sensacin tan en
absoluto contraria a la monotona y placidez ortodoxa de aquellas
instituciones, que por respeto y deferencia a los almidonados delantales
y moral inmaculada de los dos nios de cara sonrosada y blanca de las
primeras familias, el reverendo seor no tuvo ms remedio que
expulsarla.

As era la figura y antecedentes de Melisa, al encontrarse en pie
delante del maestro; mostrbanse aqullos tanto por el haraposo vestido,
el despeinado cabello y los sangrientos pies, que movan a compasin,
como por el brillo de sus grandes ojos negros, cuya fijeza produca una
extraa impresin.

--Si he venido aqu esta noche--dijo rpida y atrevidamente, fijando en
la de l su dura mirada,--es porque saba que estaba usted solo; no
quera venir cuando estuvieran aquellas chicas. Las aborrezco y ellas me
aborrecen: he aqu la causa. Usted tiene escuela, verdad? Quiero
aprender!

El maestro que haba escuchado hasta entonces aquellas palabras con
cierta impasibilidad, hubiera otorgado la indiferente limosna de la
compasin y nada ms a aquella criatura desaliada, si al poco donaire
de su destrenzado cabello y sucia cara, hubiese aadido la humildad de
las lgrimas; pero con el instinto natural aunque ilgico de sus
semejantes, su atrevimiento despert en l algo de aquel respeto que
todas las naturalezas originales se tributan inconscientemente unas a
otras, en cualquier posicin social, y la contempl con ms fijeza a
medida que continuaba an hablando rpidamente, con la mano en la aldaba
y la mirada fija en l:

--Me llamo Melisa, Melisa Smith! Le juro que es as. Mi padre es el
viejo Smith, el viejo Bumero Smith, ste es mi padre. Soy Melisa Smith y
me vengo a la escuela.

--Bueno! Y qu?--dijo el maestro.

Acostumbrada a ser contrariada y a que se la opusieran a menudo, porque
s y cruelmente, y sin otro fin que el de excitar los vivos impulsos de
su naturaleza, la tranquilidad del maestro la sorprendi en gran manera.
Callose; principi a retorcer entre los dedos un rizo de sus cabellos, y
la rgida lnea del labio superior apretado sobre los perversos
dientecitos, suavizose, experimentando un ligero temblor. Dirigi la
vista al suelo, y sus mejillas se tieron de un ligero rubor al travs
de las manchas de rojizo barro y de un asoleado cutis. De sbito, se
ech hacia adelante invocando a Dios para que la matara en el acto, y
desalentada e inerte cay de cara contra el pupitre del maestro,
llorando y gimiendo, como una Magdalena.

El maestro la alz suavemente esperando a que se le pasara el paroxismo
de la primera excitacin. Cuando, volviendo an la cara, repeta entre
sollozos el mea culpa de la penitencia infantil, que no lo quera
hacer, ocurrisele al maestro preguntarle por qu haba dejado la clase
dominical.

--Por qu he dejado la clase del domingo? Por qu? Ah, s! Qu
necesidad tena l (Mac Sangley) de decirle que era mala? Por qu le
deca que Dios la odiaba? Si esto era verdad, de qu le serva ir a la
clase y aprender? _Ella_ no quera deber nada a nadie que la odiase.

S; ella le haba dicho esto a Mac Sangley.

S, se lo haba dicho.

El maestro se ri. Su risa era franca, pero despert un eco tan extrao
en la pequea casa escuela y pareci tan inconsecuente y discorde con el
gemido de los pinos del exterior, que a ella sigui un suspiro, tan
sincero, a su manera, como la risa anterior.

Sucediose un momento de grave silencio, que el maestro fue el primero en
romper, preguntando a Melisa por su padre.

Su padre? Qu padre? El padre de quin? Qu haba hecho por ella?
Por qu la aborrecan las chicas? Vamos! Por qu, cuando pasaba, le
deca la gente: la Melisa del viejo Bumero Smith!? Oh, s, quisiera
estar ya muerta, completamente muerta, que todo el mundo estuviese
muerto! Y rompi de nuevo en sollozos.

El maestro, a quien la escena haba conmovido algn tanto, inclinado
sobre ella, le dijo lo que usted o yo podamos haber dicho despus de
or teoras tan poco naturales en boca infantil; pero, recordando sin
duda mejor que usted o yo lo poco naturales que eran tambin su
andrajosa indumentaria, sus sangrientos pies y la omnipresente sombra de
su borracho padre. Asiola ligeramente, envolvindola con su pauelo. La
encarg que viniera temprano a la maana siguiente y la acompa parte
del camino dndole las buenas noches.

La luna iluminaba brillantemente ante ellos el estrecho camino. El
maestro permaneci de pie contemplando la encogida y pequea figura a
medida que se alejaba vacilante por el camino, aguard hasta que hubo
pasado el pequeo camposanto y alcanzado la cima de la colina, en donde
se volvi y se detuvo un instante como un tomo de sufrimiento perfilado
entre las lejanas y apacibles estrellas que pueblan el infinito.
Despus, el maestro volvi a su tarea, pero las lneas del cuaderno se
desarrollaban en largas paralelas del interminable camino, sobre el cual
parecan pasar, en la noche, figuras infantiles gimiendo y suspirando.
Entonces, parecindole la pequea sala de la escuela ms lgubre y
comprimida que antes, cerr la puerta y regres a su casa.

Al da siguiente, fue Melisa a la escuela. Se haba lavado previamente
la cara, y su cabello negro y ordinario llevaba trazas de una reciente
pelea con el peine, en la cual, al parecer, ambos llevaban mala parte.
La mirada desafiadora brillaba de cuando en cuando en sus ojos, pero su
manera era ms dcil y modesta. Entonces comenz una serie de pequeas
pruebas y de sacrificios mutuos, en los cuales maestro y alumna
obtuvieron partes iguales y que aumentaron su mutua simpata. Aunque
obediente ante la mirada del maestro, a menudo, durante el asueto,
contrariada o irritada por un desprecio imaginario, Melisa rabiaba con
furia indmita, y ms de una vez algn pequeo educando, que haba
querido igualar con ella sus armas de combate, palpitante, con rasgada
chaqueta y araado rostro, buscaba proteccin al lado del profesor.

Hubo sobre el asunto una seria divisin entre los vecinos; muchos
amenazaron con retirar a sus hijos de una compaa tan mala, y otros,
con el mismo calor, defendieron la conducta del maestro en su obra
educativa.

De este modo, con terca persistencia que ms adelante, al considerar lo
pasado, le pareci firmeza, el maestro sac poco a poco a Melisa de las
tinieblas de su pasada vida, como si no fuese ms que su progreso
natural en el estrecho sendero por el cual la haba encaminado en la
estrellada noche de su primitivo encuentro. Teniendo presente la
experiencia del evanglico, Mac Sangley evit con cuidado y paciencia el
escollo sobre el cual, ste, poco adiestrado piloto, haba hecho
naufragar la fe reciente de la nia. Si en el transcurso de la lectura
tropezaba casualmente con aquellas pocas palabras que han levantado a
sus semejantes sobre el nivel de los ms viejos, ms sabios y ms
prudentes, si aprenda algo de una fe que est simbolizada por el
sufrimiento, y si la antigua llama se suavizaba en sus ojos, no era
nunca bajo la fuerza de una leccin. Entre la gente ms sencilla de
aquellos buenos colonos se reuni una pequea suma, por medio de la cual
la haraposa Melisa pudo vestir la ropa de la decencia y de la
civilizacin, y con frecuencia un rudo apretn de manos y palabras de
franca aprobacin y confortamiento de alguna de esas figuras arrugadas,
groseras y vestidas con la encarnada camisa, hacan acudir el rubor a
las mejillas del joven maestro y le obligaban a pensar si eran del todo
merecidos los plcemes y tributos que se le prodigaban.

Unos tres meses haban transcurrido desde la poca de su primer
encuentro y el maestro estaba entregado una noche a sus copias morales y
sentenciosas, cuando se oy llamar a la puerta y otra vez se vio a
Melisa delante de s. Vestida con cierta extraa pulcritud, tena la
cara limpia, y tal vez nada, excepto el largo cabello negro y los
brillantes ojos, poda recordarle la anterior aparicin.

--Est usted ocupado?--pregunt.--Puede venir conmigo?

Y al significar aqul su asentimiento, con su antigua manera
voluntariosa y decidida, dijo:

--Venga pronto, pues.

Salieron precipitadamente, y penetraron en el oscuro camino. Al entrar
en el pueblo, el maestro le pregunt a dnde iban, y ella contest:

--A ver a mi padre.

Por primera vez oa nombrarle con aquel ttulo filial, o darle otro
fuera del de viejo Smith o bien de el Viejo. Por primera vez, tres
meses, hablaba de l, y al maestro le constaba que le haba evitado
resueltamente desde el cambio experimentado en la escuela. Pero
convencido por sus ademanes, sera por dems preguntarle sus
propsitos, la sigui pasivamente por sitios solitarios, por bajas
tabernas, restaurants y salones, por casas de juego y de baile; el
maestro, precedido por Melisa, entraba y sala como un autmata. Entre
el humo y los reniegos de los antros del vicio, la nia, asida de la
mano del maestro, se paraba mirando ansiosamente, tratando de descubrir,
al parecer inconsciente de todo, el objeto que buscaba y que absorba
todos sus sentidos. Algunos bebedores, reconociendo a Melisa, llamaban a
la nia para que les cantara y bailara, y la hubieran obligado a beber a
no interponer el maestro su respetable autoridad. Otros, reconocindole,
les hicieron paso silenciosamente. As transcurri bastante tiempo. La
nia le dijo entonces al odo, que del otro lado del torrente,
atravesado por una larga palanca, quedaba an una cabaa donde pensaba
que poda estar. Marcharon en aquella direccin, durante media hora de
fatigosa caminata, pero intilmente. Volvan ya sobre sus pasos por la
zanja, siguiendo el canal y contemplando las luces del pueblo en la
orilla opuesta, cuando de pronto son agudamente en el fresco aire de la
noche un disparo de arma de fuego, que el eco se encarg de reproducir
varias veces en torno de Red-Mountain, haciendo que los perros ladraran
a lo lejos. Las luces del pueblo parecieron vibrar y moverse rpidamente
por algunos momentos. El riachuelo hirvi a su lado en borbotones
tumultuosos; algunas piedras se desprendieron de la cuesta y cayeron
ruidosamente en el agua; un fuerte viento pareci sacudir las ramas de
los fnebres pinos, y luego el silencio se restableci ms de lleno, ms
profundo y ms lgubre. Entonces el maestro volviose hacia Melisa con un
movimiento instintivo de proteccin, pero la nia haba desaparecido
entre las sombras. Impulsado por un extrao terror, corri rpidamente
camino abajo hacia el lecho del ro, y saltando de roca en roca, alcanz
la aldea. Una vez en el centro de Red-Mountain y en las cercanas del
estribo de la palanca, mir hacia arriba y detuvo el aliento con temor;
pues en lo alto, sobre la estrecha tabla, vio la pequea y area figura
de su compaera de poco ha, cruzando rpidamente como una aparicin.

Subi nuevamente la orilla, y guiado por algunas luces que se movan en
torno de un punto fijo de la montaa, encontrose pronto rodeado de una
multitud de hombres sombros y presa de profundo terror. De en medio de
la multitud sali la nia, y tomndole de la mano, le condujo
silenciosamente delante de lo que pareca ser un profundo boquete en la
montaa. Melisa tena la cara lvida, pero su excitacin haba
desaparecido y su mirada era como la de una persona a quien algn
suceso, por largo tiempo esperado, hubiese acontecido; expresin que al
maestro, en su atolondramiento, le pareca casi como de alivio. All
delante apareca una cabaa cuyo techo aguantaban dos maderos
apolillados. La nia seal un montn como de vestidos andrajosos,
deshechos y echados en el agujero por el ltimo habitante de la misma.
El maestro se aproxim y a la luz de una antorcha se inclin sobre
ellos. Era el cuerpo inerte de Smith con la pistola en la mano y la bala
en el corazn, tendido al lado de su _bolsa_ vaca.


II

El juicio que Mac Sangley aventur con referencia al cambio de
sentimientos que supuso haber experimentado Melisa, haba ganado
terreno, y muchos pensaron que Melisa haba dado con el filn de una
buena conducta. As es que, cuando se hubo aadido una nueva tumba al
pequeo cercado, y a expensas del maestro se coloc en ella una lpida
con su correspondiente inscripcin: _La Bandera de la Red-Mountain_,
se port como buena e hizo lo que deba respecto de la memoria de uno de
nuestros ms antiguos zapadores, refirindose graciosamente a aquel
tsigo de las ms nobles inteligencias, y relegando generosamente al
olvido el pasado de nuestro querido hermano. Llora hoy su prdida una
hija nica, deca _La Bandera_, que es ahora una alumna ejemplar gracias
a los esfuerzos del reverendo Mac Sangley. En verdad, el reverendo Mac
Sangley haca gran caso de la conversin de Melisa, y atribuyendo
indirectamente a la desgraciada nia el suicidio de su padre, se
permiti intencionadas alusiones a los efectos beneficiosos de la
silenciosa tumba, y en tan alegre contemplacin redujo la mayor parte
de los nios a un estado de horror tan grande que fue causa de que los
vstagos de las primeras familias guardasen en clase silencio tal, que
bien lo hubiese querido el maestro para todo el ao.

El largo y clido verano no se hizo esperar. A medida que cada ardiente
da se consuma en pequeas neblinas color gris perla en las cimas de
las montaas, y la naciente brisa esparramaba rojas cenizas sobre el
panorama, la verde alfombra que la temprana primavera haba tendido por
encima de la tumba de Smith, se marchit hasta secarse por completo.
Todos los domingos por las tardes, al entrar el maestro por el
camposanto, se sorprenda de encontrar arrojadas all algunas flores
silvestres, tomadas en el hmedo pinar, como tambin toscas guirnaldas
prendidas de la pequea cruz de madera. Algunas de aquellas guirnaldas
estaban formadas de hierbas odorferas, de esas que las nias gustan de
guardar en su pupitre, aqu y acull, enlazadas con las plumas del bacai
de la vainilla y de la anmona silvestre, el maestro repar en la
capucha azul oscuro de la adormidera o acnito venenoso. Instintivamente
y al asociar la vista de esta planta con aquellos recuerdos, experiment
el maestro una sensacin capaz de contrarrestar el efecto esttico que
primero haba sentido.

Un da, al dar un largo paseo por la silvestre sierra, top en el
corazn del bosque con Melisa, sentada sobre un derribado pino, como
sobre un tronco fantstico formado por los colgantes penachos de
siniestras ramas, con la falda llena de hierbas y de pias, y
canturreando para s una de las negras melodas que en aquel preciso
momento haba recordado. Dando muestras de franca simpata, le hizo
lugar en su elevado trono, y con aire hospitalario y aun de proteccin,
con ser el maestro tan terriblemente serio, le colm de piones y frutas
silvestres. Aprovech el maestro aquella oportunidad para explicarle las
propiedades nocivas del acnito, cuyos oscuros capullos vea en su
falda, y arranc de ella la promesa de no tocar flores de aquella
planta, en tanto que fuese alumna suya. Despus, habiendo puesto a
prueba su integridad, se qued satisfecho, desvanecindose el extrao
sentimiento que antes le haba sobrevenido.

De entre los hogares que se le abrieron a Melisa cuando se supo su
conversin, el maestro prefiri el de la seora Morfeo, un ejemplar
femenino y bondadoso de la flora del Sudoeste, conocido en su mocedad
por el apodo de Rosa de la Pradera. Era la seora Morfeo uno de
aquellos seres que luchan resueltamente contra su propia naturaleza, por
medio de una larga serie de actos de lucha y de abnegacin, habiendo
subyugado, por fin, su disposicin, naturalmente descuidada, hasta tener
principios de orden, que, al igual que el seor Pope, consideraba como
la primera ley moral. Pero no poda gobernar del todo las rbitas de
sus satlites por regulares que fuesen sus propios movimientos, y hasta
su mismo Jaime, tena a veces con ella frecuentes choques. Su antigua
naturaleza afirmbase de nuevo en su descendencia. Licurgo huroneaba a
deshora en la alacena, y Arstides vena de la escuela a casa sin
zapatos, dejando tan importantes artculos en el umbral para tener el
placer de hacer un viaje por el lgamo de las zanjas a pies desnudos.
Octavia y Casandra eran descuidadas en sus vestidos. As, que, por ms
que la Rosa de la Pradera hubiese espaldado, podado y disciplinado su
propio y ya maduro temperamento, los retoos crecieron a porfa, bravos
y desparramados con una sola excepcin. Esta nica excepcin la
constitua Sofa Morfeo, de quince aos de edad y que realizaba la
concepcin inmaculada de su madre, ntida, ordenada, y de inteligencia
calma y reposada.

La seora Morfeo tena la amorosa debilidad de imaginarse que Sofa era
un consuelo y un ejemplo para Melisa, y siguiendo esta sofistera, la
seora Morfeo sacaba a Sofa a colacin ante Melisa, cuando sta era
mala, presentndola a la nia como modelo reverente en sus momentos de
contricin. De modo que no se extra el maestro cuando supo que Sofa
ira a la escuela evidentemente tan slo como un favor para el maestro y
como un ejemplo para Melisa y todos los educandos, pues Sofa era ya
toda una seorita, como suele decirse. Como heredera de las cualidades
fsicas de su madre, y en obediencia a las leyes climatolgicas de la
regin de Red-Mountain, la muchacha entraba en eflorescencia prematura.
La juventud de Smith's-Pocket, para quien esta especie de flor era
escasa, suspiraba por ella en abril, languideca en mayo y la soaba
todo el ao. Serios hombrecitos rondaban la escuela a la hora de salida
y hasta algunos estaban celosos de Mac Sangley.

Quiz esta ltima circunstancia fue la que abri los ojos de ste a una
observacin. No le fue difcil notar que Sofa era romntica; que en la
clase necesitaba de mucha atencin, que sus plumas eran siempre malas y
necesitaban cortarse; que acompaaba generalmente la splica con cierto
xtasis en la mirada, que no guardaba relacin con el servicio que
verbalmente peda; que a veces toleraba que las curvas de su rollizo y
torneado brazo blanco reposaran sobre el del maestro cuando estaba
escribiendo sus muestras, y que cuando tal haca se ruborizaba y echaba
hacia atrs los rizos de sus blondos cabellos. No recuerdo si he dicho
que el maestro era joven, cosa, de todas maneras, de poca trascendencia.
Educado severamente en la escuela en que Sofa dio sus primeras
lecciones, a pesar de todo resisti como un hermoso y joven espartano,
las flexibles curvas y fascinadoras miradas, en cuyo ascetismo tal vez
pudo contribuir lo exiguo de la comida que tomaba. Por lo general,
evitaba a Sofa; pero una tarde, cuando ella volvi a la escuela en
busca de algo que haba olvidado y no encontr hasta que el maestro se
encamin a su casa con ella, quiz trat de hacerse particularmente
agradable, en parte, segn imagino, para que su conducta aadiera hielo
y amargura a los ya desbordados corazones de los platnicos admiradores
de Sofa.

A la maana siguiente de este sentimental episodio, Melisa no fue a la
escuela. Lleg el medioda, pero no Melisa. Interrogada Sofa sobre el
asunto, dijo que haban salido juntas hacia la escuela, pero que la
voluntariosa Melisa haba tomado otro sendero. Por la tarde el mismo
misterio, y al llegar la noche vio el maestro a la seora Morfeo, cuyo
corazn maternal estaba realmente sobresaltado. La seora Morfeo haba
pasado todo el da buscndola, sin hallar traza que pudiera ayudar al
descubrimiento de la fugitiva. Arstides fue llamado como presunto
cmplice, pero aquel honrado muchacho consigui convencer a la familia
de su inmaculada inocencia. La seora Morfeo alimentaba la viva
esperanza de que an hallara a la nia ahogada en una zanja, o lo que
casi era tan terrible, cubierta de lodo, manchada y sin esperanza de que
por medio de jabn y agua volviera a su primitivo estado. El maestro
volvi a la escuela con el corazn contristado. Al encender su lmpara y
sentarse en el pupitre, encontr ante s una esquela, a l dirigida. La
tom en sus manos rpidamente, no tardando en reconocer la letra de
Melisa. Pareca estar escrita en una hoja arrancada de un viejo libro de
notas, y al efecto de evitar alguna indiscrecin sacrlega, estaba
cerrada con seis obleas rotas. Abrindola casi tiernamente, el maestro
ley lo siguiente:

Honorable seor: Cuando lea esto, habr huido, para nunca ms volver.
Jams, jams, jams! Puede usted regalar mis abalorios a Mara Juanita,
y mi Orgullo de Amrica (un cromo pintarrajeado de una caja de tabaco) a
Florinda Flanders. Pero le encomiendo no d nada a Sofa Morfeo. No lo
haga por lo que ms quiero. Sabe usted cul es mi opinin sobeo ella?
Pues, sta: Que es detestable. Esto es todo, y nada ms por hoy de su
respetuosa servidora,--_Melisa Smith_.

Despus de haber ledo esta extraa epstola, el maestro qued
meditabundo, hasta que la luna alz su brillante faz por encima de los
montes e ilumin el camino que conduca a la casa escuela, camino
endurecido con el ir y venir de los menudos pies de los educandos.
Enseguida, ms satisfecho, hizo trizas la misiva y esparci por el suelo
los pequeos pedazos.

Al da siguiente, al amanecer, se levant rpidamente, abriose camino al
travs de los helechos a modo de palmeras, y del espeso matorral del
pinar, asustando a la liebre en su madriguera y despertando la
malhumorada protesta de algunos grajos calaveras, que al parecer haban
pasado la noche en orga; as lleg a la selvtica cumbre donde una vez
haba hallado a Melisa. Encontr all el derribado pino de enlazadas
ramas, pero el trono estaba vaco. Acercose ms, y algo que pareca ser
un animal asustado, moviose por entre las crujientes ramas del rbol y
corriose hacia arriba de los extendidos brazos del cado monarca, y
amparndose en algn follaje amigo. El maestro, subiendo al viejo
asiento, encontr el nido caliente an, y mirando a lo alto hacia las
enlazadas ramas, se hall con los ojos negros de Melisa. Se miraron en
suspenso. Melisa fue la primera en hablar.

--Qu quieres?--pregunt secamente.

El maestro se haba preparado su plan de batalla.

--Quiero algunas manzanas silvestres--dijo en tono humilde.

--No las tendrs; vete. Por qu no las pides a Sofa?--Y pareca que
Melisa se desahogaba al expresar su desprecio por slabas adicionales al
ttulo ya algo dilatado de su tentadora compaera.--Eres muy malo!

--Tengo hambre, Melisita. Desde ayer a la hora de comer no he probado
bocado. Estoy muerto de hambre!

Y el joven, en un estado de inanicin extraordinario, apoyose contra el
primer rbol que encontr delante.

El corazn de Melisa se enterneci. En los das amargos de su vida de
gitana, haba conocido la sensacin que l tan maosamente finga.

Vencida por su tono acongojado, pero no del todo exenta de sospecha,
dijo:

--Cava bajo el rbol, cerca de las races, y encontrars muchas; pero
cuidado en decirlo.

Melisa tena, como los ratones y las ardillas, sus escondrijos; pero,
naturalmente, el maestro fue incapaz de encontrarlas, probablemente
porque los efectos del hambre cegaban sus sentidos. Melisa empezaba a
inquietarse. Por fin, le mir de soslayo al travs de las hojas, a la
manera de un hada, y pregunt:

--Si bajo y te doy algunas, me prometes mantenerte a distancia?

El maestro asinti.

--As te mueras si lo haces!

El maestro acept resignadamente tan terrible maldicin.

Melisa se desliz del rbol, y durante algunos momentos no se oy ms
que el mascar de piones.

--Ests mejor?--pregunt con cierto inters.

El maestro, dndole gravemente las gracias, confes que se iba
reanimando, y entonces comenz a volverse por donde haba venido. Como
lo esperaba, no se haba alejado mucho cuando ella le llam. Volviose.
Ella estaba all, de pie, plida, con lgrimas en los ojos.

El maestro comprendi que haba llegado el momento oportuno. Acercndose
a ella le tom ambas manos, y contemplando sus hmedas pupilas, dijo en
tono insinuante al par que grave:

--Melisita, te acuerdas de la primera tarde que fuiste a verme? Me
preguntaste si podas asistir a mi escuela, pues queras aprender algo y
ser ms buena, y yo te dije...

--Ven--dijo la nia con presteza.

--Qu diras _t_ si el maestro viniese ahora a buscarte y dijese que
estaba triste sin su pequea alumna, y que estaba deseoso de que
volviera con l para ensearle a ser ms bueno?

Melisa baj silenciosamente la cabeza por algunos instantes. El maestro
esperaba con impaciencia.

Dando descomunales saltos, una liebre corri hasta cerca de la pareja, y
alzando su brillante mirada y aterciopeladas patas delanteras, se sent
y los contempl. Una bulliciosa ardilla se desliz por medio de la
corteza resquebrajada de un pino derribado, y se qued all parada.

--Te estamos esperando, Melisita--dijo el maestro en voz baja, y la nia
se sonri.

Las cimas de los rboles se balanceaban, movidas por el cfiro, y un
largo rayo de luz se abri camino entre las enlazadas ramas, dando de
lleno en la indecisa cara, sorprendindola en una mueca de irresolucin.
De pronto, agarr con su habitual ligereza la mano del maestro. Balbuce
algunas palabras, apenas perceptibles; pero el maestro, separando de su
frente el negro cabello, la bes, y as, asidos de la mano, salieron de
las hmedas y perfumadas bvedas del bosque por el abierto camino baado
en la luz matinal.


III

No tan malvola en su trato respecto a los dems alumnos, Melisa
conservaba todava, una actitud ofensiva respecto a Sofa. Quiz el
elemento de los celos no estaba apagado del todo en su apasionado y
pequeo corazn. Quiz sera tan slo que las redondas curvas y la
rolliza silueta, ofrecen una superficie ms extensa y apta para el roce.
Pero como que tales efervescencias estaban bajo la autoridad del
maestro, su enemistad a veces tomaba una forma nueva que no se dejaba
reprender.

Mac Sangley, en su primer juicio del carcter de la nia no pudo
concebir que jams hubiese posedo una mueca. Y es que el maestro,
parecido a muchos otros perspicaces observadores, estaba ms seguro en
los raciocinios _a posteriori_ que en los _a priori_. Melisa tena
mueca, pero era propiamente la mueca de Melisa una reproduccin en
pequeo de ella misma. Por una casualidad, descubri la seora Morfeo el
secreto de su poco grata existencia. Como compaera que haba sido de
las excursiones de Melisa, llevaba seales evidentes de los sufrimientos
y peripecias pasadas. La intemperie y el barro pegajoso de las zanjas
borraron prematuramente su color primitivo. Era en un todo el retrato de
Melisa en pasados tiempos. Su nica falda roja, ajada, estaba sucia y
harapienta, como lo haba sido la de la nia. Jams se haba odo a
Melisa aplicarla cualquier trmino infantil de cario. Nunca le enseaba
en presencia de otros nios. Severamente acostada en el hueco de un
rbol cercano a la escuela, slo le estaba permitido hacer ejercicio
durante las excursiones de Melisa, quien, cumpliendo para con su mueca,
como lo haca consigo misma, un severo deber, aqulla no conoca lujo
de ningn gnero.

Se le ocurri a la seora Morfeo, obedeciendo a un laudable impulso,
comprar otra mueca que regal a Melisa. La nia la recibi curiosa y
gravemente. Al contemplarla el maestro un da, crey notar en sus
redondas mejillas encarnadas y mansos ojos azules, un ligero parecido a
Sofa. En seguida se ech de ver que Melisa haba reparado tambin en el
mismo parecido; de consiguiente, cuando se vea sola, le golpeaba la
cabeza de cera contra las rocas, la arrastraba a veces con una cuerda
atada al cuello, al ir y volver del colegio, y otras, sentndola en su
pupitre, converta en acerico su cuerpo paciente e inofensivo.

No me meter a discutir si haca aquello en venganza de lo que ella
consideraba una nueva e imaginaria intrusin de las excelencias de
Sofa, o porque tuviese como una intuicin de los ritos de ciertos
paganos, y entregndose a aquella ceremonia fetichista, imaginara que el
original de su modelo de cera desfallecera para morirse ms tarde. Esto
sera un arduo problema de metafsica muy difcil de resolver.

El maestro no pudo menos de observar, a pesar de esas incongruencias
morales, el trabajo de una percepcin rpida y vigorosa, propia de una
inteligencia sana. Melisa no conoca ni el titubear ni las dudas de la
niez. Las contestaciones en clase estaban ligeramente impregnadas de
inslita audacia. Claro que no era infalible, pero su valor y aplomo en
lanzarse en honduras por las que no habran osado bogar los tmidos
nadadores que la rodeaban, suplan los errores del discernimiento. Los
nios, por lo visto, en cuanto a esto, no valen ms que las personas
mayores; pues siempre que la pequea mano encarnada de la nia se ergua
por encima del pupitre para pedir la palabra, reinaba el silencio de la
admiracin, y el mismo maestro estaba a veces oprimido por una duda de
su propio criterio y experiencia.

No obstante, ciertas particularidades que en un principio le entretenan
y divertan su imaginacin, comenzaron a afligirle, y graves dudas
asaltaron su conciencia. No poda ocultrsele que Melisa era vengativa,
irreverente y voluntariosa, que slo tena una facultad superior propia
de su condicin semisalvaje, la facultad del sufrimiento fsico y de la
abnegacin, y otra, aunque no muy constante, atributo de fiera nobleza,
la de la verdad. Melisa era a la vez intrpida y sincera; dos cosas que
en aquel carcter venan a reducirse a una sola.

Medit mucho el maestro sobre este particular y haba llegado a la
conclusin ordinaria de aquellos que piensan sinceramente, a saber: que
l era esclavo de sus propias preocupaciones, cuando determin visitar
al reverendo Mac Sangley para pedirle consejo y parecer. Claro que esta
decisin humillaba su orgullo, pues l y Mac Sangley no estaban en muy
buena armona. Pero el pensamiento de Melisa se sobrepuso en l, y en la
noche de su primer encuentro, y tal vez con la supersticin perdonable
de que la mera casualidad no haba guiado sus pies hacia la escuela, y
con la conciencia satisfecha de la rara magnanimidad de su accin,
venci su antipata y se avist con el reverendo.

Mac Sangley se alegr de la visita en grado sumo. Observ, adems, que
el maestro tena buen semblante, y esperaba verle curado de la neuralgia
y del reumatismo. Tambin le haba molestado a l con un sordo dolor,
desde la ltima entrevista, pero tena de su parte la resignacin y el
rezo, y callndose un momento, a fin de que el maestro pudiese escribir
en su libro de memorias una receta que le dict para curar la sorda
intermitencia, el seor Mac Sangley acab por informarse de la
respetable seora Morfeo.

--Ornato y prez de la cristiandad es tan buena seora, y su tierna y
hermosa familia prospera--aadi el reverendo,--Sofa est perfectamente
educada, y es tan atenta como cariosa.

Las buenas prendas y cualidades de Sofa parecan afectarle hasta tal
extremo, que se extendi en consideraciones sobre ellas un buen lapso de
tiempo. El maestro viose doblemente confuso. De un lado, resultaba un
contraste violento para la pobre Melisa, en toda aquella alabanza de
Sofa, y de otro, este tono confidencial le desagradaba al hablar de la
primognita de la seora Morfeo; as es que el maestro, despus de
algunos esfuerzos ftiles por decir algo natural, crey conveniente el
recordar otro compromiso y se fue sin pedir los informes, pero en sus
reflexiones posteriores, daba injustamente la culpa al reverendo seor
Mac Sangley de no habrselos procurado.

Este hecho colocaba de nuevo al maestro y a la alumna en la estrecha
comunin de antes. Melisa pareci reparar el cambio en la conducta del
maestro, forzada desde haca algn tiempo, y en uno de sus cortos paseos
vespertinos, detenindose ella de repente, y subiendo sobre un tronco de
rbol, le mir de hito en hito con ojos insinuantes y escudriadores.

--No est usted loco?--dijo con un sacudimiento interrogativo de todo
su cuerpo.

--No.

--Ni fastidiado?

--No.

--Ni hambriento? (El hambre era para Melisa una enfermedad que poda
atacarle a uno en cualquier ocasin).

--No.

--Ni pensando en ella?

--En quin, Melisita?

--En aquella chica blanca. (Este fue el ltimo epteto inventado por
Melisa, que era muy morenita, para indicar a Sofa, cuya blancura
competa con la de la nieve).

--No.

--Me da usted palabra? (frase con que se sustituy el as murieses
por sabio consejo del maestro.)

--S.

--Y por su sagrado honor?

--S.

Entonces Melisa le dio un beso salvaje, salt del rbol y se escap
volando. En los dos o tres das que siguieron se dign parecerse ms a
los nios en general, y llevar ms buena conducta.

Haban transcurrido ya dos aos desde la llegada del maestro a
Smith's-Pocket y como su sueldo no era grande y las perspectivas de
Smith's-Pocket, para convertirse eventualmente en capital del Estado, no
parecan del todo positivas, haca tiempo que meditaba un cambio de
situacin. Privadamente, haba descubierto ya sus intenciones a los
patronos de la escuela; pero, siendo en aquel tiempo escasos los jvenes
de un carcter moral intachable, consinti en continuar el curso hasta
la prxima primavera, pasando as todo el invierno. Nadie conoca su
intencin excepto su nico amigo, un tal doctor Duchesne, joven mdico
criollo, conocido de la gente de Wingdam por _Duchesny_. Jams lo
comunic a la seora Morfeo, ni a Sofa, ni menos a los alumnos que
asistan a sus clases. Esta reserva tena su explicacin en la antipata
constitucional a enredar, sobre todo en el deseo de ahorrarse las
preguntas y conjeturas de la curiosidad vulgar y de que nunca crea que
iba a hacer algo hasta el momento que lo haba puesto en prctica.

No le gustaba pensar en Melisa. Quiz por un instinto egosta se
esforzaba en figurarse su sentimiento por la nia como necio, romntico
y poco prctico. Incluso quiso convencerse de que sus adelantos seran
mayores bajo la direccin de un maestro ms viejo y ms riguroso.

Melisa tena entonces once aos, y de all a pocos ms, segn las leyes
de Red-Mountain, sera una mujer. Despus de todo, l haba cumplido con
su deber. Cuando muri Smith, dirigi cartas a los parientes de ste y
recibi contestacin de una hermana de la madre de Melisa; dando las
gracias al maestro, le manifestaba su intencin de abandonar con su
marido los Estados del Atlntico en direccin a California, dentro de
poco tiempo. El maestro fund con esto un ligero castillo en el aire,
imaginando acaso fundar la casa de Melisa; pues era fcil creer que una
mujer cariosa y simptica podra guiar mejor su caprichosa naturaleza.
Pero, cuando el maestro le ley la carta, Melisa escuchola como quien
oye llover, la recibi sumisamente y despus recortola con sus tijeras
en figuras que representaban a Sofa, rotuladas _la nia blanca_, para
evitar errores, y que plant sobre las paredes exteriores del edificio.

El verano tocaba a su fin, y la ltima cosecha haba pasado de los
campos al granero, cuando el maestro pens tambin recoger por medio de
un examen los maduros frutos de las tiernas inteligencias que se haban
puesto bajo su cultivo y direccin. As es que los sabios y gente de
profesin de Smith's-Pocket se reunieron para sancionar aquella
tradicional costumbre de poner a los nios en violenta situacin y de
atormentarles como a los testigos delante del Tribunal. Como de
costumbre, los ms audaces y serenos fueron los que lograron obtener
los honores del triunfo y ver coronada su frente con los laureles de la
victoria. El lector imaginar que Melisa y Sofa alcanzaron la
preeminencia y compartan la atencin del pblico. Melisa, con su
claridad de percepcin natural y confianza en s misma; Sofa, con el
plcido aprecio de su persona y la perfecta correccin en todas sus
cosas. Los otros pequeuelos eran tmidos y atolondrados. Como era de
esperar, la prontitud y el despejo de Melisa, cautivaron al mayor nmero
y provocaron el unnime aplauso. La historia de Melisa haba
inconscientemente despertado las ms vivas simpatas de una clase de
individuos, cuyas formas atlticas se apoyaban contra las paredes y
cuyas bellas y barbudas caras atisbaban con inusitada atencin. Sin
embargo, la popularidad de Melisa se hundi por una circunstancia
inesperada. Mac Sangley se haba invitado a s mismo y disfrutaba la
agradable diversin de asustar a los alumnos ms tmidos con las
preguntas ms vagas y ambiguas, dirigidas en un tono grave e imponente;
Melisa se haba remontado a la astronoma, y estaba sealando el curso
de nuestra manchada bola al travs del espacio y llevaba el comps de la
msica de las esferas describiendo las rbitas entrelazadas de los
planetas, cuando Mac Sangley se levant y dijo con su voz gutural:

--Melisa! Est usted hablando de las revoluciones de esta tierra y de
los movimientos del sol y creo ha dicho que esto se efecta desde la
creacin, no es verdad?

Melisa lo afirm desdeosamente.

--Bueno, y es esto cierto?--exclam Mac Sangley, cruzndose de brazos.

--S--dijo Melisa, apretando con fuerza sus labios de coral.

Las hermosas figuras de las barandas se inclinaron ms hacia la sala, y
una cara de santo de Rafael, con barba rubia y dulces ojos azules,
pertenecientes al mayor bribn de las minas, se volvi hacia la nia y
le dijo muy quedo:

--Mantente firme, Melisa!

Mac Sangley, que hasta aquel momento haba tenido fija la mirada en
Melisa, dio un profundo suspiro, ech primero al maestro y despus a los
nios una mirada de compasin, y luego pos su vista sobre Sofa. La
nia levant nuevamente su regordete y blanco brazo, cuyo seductor
contorno realzaba un brazalete modelo, chilln y macizo regalo de uno de
sus ms humildes admiradores, que llevaba gracias a la solemnidad del
da. Rein un silencio sepulcral. Las redondas mejillas de Sofa eran
sonrosadas y suaves, los grandes ojos de Sofa eran muy brillantes y
azules, y la muselina blanca del trajo escotado de Sofa descansaba
muellemente sobre sus hombros blancos y rollizos. Sofa mir al maestro
y el maestro asinti con la cabeza. Entonces Sofa dijo con dulce voz:

--Josu mand al sol que se parase y le obedeci!

Un sordo murmullo de aplauso se oy por todos los mbitos de la
escuela, pintose una expresin triunfal en la cara de Sangley, una grave
sombra en la del maestro, y una cmica mirada de contrariedad irradi de
las ventanas. Melisa hoje rpidamente su astronoma y cerr el libro
con estruendo. Y con un gemido de Mac Sangley, estallaron murmullos de
asombro en la clase y un aullido desde las ventanas, cuando Melisa
descarg su sonrosado puo sobre el pupitre con esta revolucionaria
manifestacin:

--Es una maldita impostura! No lo creo!


IV

La larga estacin de las lluvias tocaba ya a su trmino. Bandadas de
pjaros inundaban los campos, y la primavera mostraba nueva vida en los
hinchados capullos, y en los impetuosos arroyos. Los pinares despedan
el ms fresco aroma. Las azaleas brotaban ya y los ceanothus preparaban
para la primavera su librea de color morado. En la ladera meridional del
Red-Mountain, la larga espiga del acnito se lanzaba hacia arriba desde
su asiento de anchas hojas y de nuevo sacuda sus campanillas de azul
oscuro en el suave declive de las cimas. Una alfombra de verde y mullida
hierba, ondulaba sobre la tumba de Smith esmaltada de brillantes botones
de oro, y salpicada por la espuma de un sin fin de margaritas. El
pequeo camposanto haba recogido en el pasado ao nuevos habitantes, y
nuevos montculos se elevaban de dos en dos a lo largo de la baja
empalizada hasta alcanzar la tumba de Smith, dejando junto a ella un
espacio. La supersticin general la haba evitado y el sitio al lado de
Smith esperaba morador.

Varios carteles fijados en los muros del pueblo participaban que, dentro
de un breve plazo, una clebre compaa dramtica representara, durante
algunos das, una serie de sainetes para desternillar de risa; que,
alternando agradablemente con stos, darase algn melodrama y
diversiones a granel. Como es natural, estos anuncios ocasionaron un
gran movimiento entre la gente menuda y eran tema de agitacin y de
mucho hablar entre los alumnos de la escuela. El maestro haba prometido
a Melisa, para quien esta clase de placer era sagrado y raro, que la
llevara, y en la importante noche del estreno el maestro y Melisa
asistieron puntualmente.

El estilo dominante de la funcin era el de la penosa mediana; el
melodrama no fue bastante malo para rer ni bastante bueno para conmover
los espritus. Pero, el maestro, volvindose aburrido hacia la nia,
sorprendiose y sinti algo como vergenza, al reparar en el efecto
singular que causaba en aquella naturaleza tan sensible. Sus mejillas se
tean de prpura a cada pulsacin de su palpitante corazoncillo; sus
pequeos y apasionados labios se abran ligeramente para dar paso al
entrecortado aliento; sus grandes y abiertos ojos se dilataron y se
arquearon sus cejas frecuentemente. Melisa no ri ante las sosas
mamarrachadas del gracioso, pues Melisa raras veces se rea; ni tampoco
se afect discretamente, hasta acudir al extremo de hacer uso de su
pauelo blanco, como Sofa, la del tierno corazn, que estaba hablando
con su pareja y al mismo tiempo mirando de soslayo al maestro, para
enjugar alguna lgrima. Pero cuando se termin el espectculo y el
pequeo teln baj sobre las reducidas tablas, Melisa suspir
profundamente y se volvi hacia la grave cara del maestro, con una
sonrisa apologtica y cansado gesto.

--Ahora, vmonos a casa--insinu.

Y baj los prpados de sus negros ojos, como para ver una vez ms la
escena en su imaginacin virgen.

Al dirigirse a casa de la seora Morfeo, el maestro crey prudente
ridiculizar la funcin de arriba abajo.

--No me extraara--dijo--que Melisa creyese que la joven que tan
bellamente representa lo hace en serio, enamorada del caballero del rico
traje, y aun suponiendo que estuviere enamorada de veras, sera una
desgracia.

--Por qu?--dijo Melisa, alzando los cados prpados.

--Oh! Porque con el salario actual no puede mantener a su mujer y pagar
sus bonitos vestidos a tanto por semana, y, adems, porque, casados, no
tendran tanto sueldo por los papeles de amantes. Esto, con tal--aadi
el maestro--que no estn ya casados con otras; sospecho que el marido
de la bella Condesita recibe los billetes a la entrada, alza el teln, o
despavila las luces, o hace alguna otra cosa de igual refinamiento y
distincin. Por lo que respecta al joven del vestido bonito, que lo es,
realmente ahora, y debe costar a lo menos de dos y medio a tres pesos no
contando para nada aquel manto de droguete encarnado, del cual conozco
el precio, pues compr de l una vez para mi cuarto; en cuanto a este
joven, Melisa, no es mal chico, y si bien bebe de vez en cuando, creo
que la gente no debiera aprovecharlo para criticarlo tan acerbamente y
echarlo en el lodo, verdad? Puedes creerme que podra deberme durante
mucho tiempo dos pesos y medio, antes no se lo echase en cara como en
Wingdam lo hizo la otra noche aquel hombre.

Melisa haba tomado la mano del maestro entre las suyas, procurando
mirarle a los ojos, pero el joven los mantuvo desviados con firmeza.
Melisa tena una vaga idea de la irona, permitindose a veces una
especie de humor sardnico, que se manifestaba por igual en sus acciones
y en su manera de hablar. Pero el joven continu de este talante, hasta
que hubieron llegado a casa de la seora Morfeo y hubo depositado a
Melisa bajo su cuidado maternal. Se le ofreci descanso y un refresco
que rehus, restregndose los ojos, para evitar las miradas de sirena de
los ojos azules de Sofa, excusose y se fue derecho a casa.

Durante los dos o tres das siguientes al arribo de la compaa
dramtica, Melisa iba tarde a la escuela, y a causa de la ausencia de
su constante gua, el paseo usual del maestro la tarde del viernes, fue
por una vez omitido. Al retirar el joven sus libros, preparndose para
abandonar la escuela, son a su lado una infantil voz:

--Con su permiso?

El maestro se volvi y encontrose con Arstides Morfeo.

--Qu ocurre?--dijo el maestro con impaciencia,--digan! Pronto!

--Bueno, seor, yo y Hugo creemos que Melisa se va a escapar nuevamente.

--Cmo! Qu significa esto, caballerito?--dijo el maestro con el
injusto enojo con que siempre reciba las noticias que no le eran
gratas.

--Melisa, seor, no se queda nunca en casa, y Hugo y yo la vemos hablar
con uno de aquellos cmicos y en este momento est con l, y, adems,
ayer nos dijo a Hugo y a m que poda echar un discurso tan bien como la
seorita Celestina Montemoreno, y se puso a declamar...

Y el nio se call, como asustado.

--Qu cmico?--exclam el maestro.

--Aquel que lleva el sombrero negro... y cabello largo y alfiler de
oro... y cadena de oro--dijo Arstides, poniendo perodos en lugar de
comas para poder dar paso a su respiracin.

El maestro sinti una opresin desagradable en el pecho y en la
garganta, y tomando maquinalmente los guantes y el sombrero se sali a
la calle. Arstides trotaba a su lado, esforzndose en igualar el paso
de sus cortas piernas con las zancadas del maestro, cuando ste se par
de repente y Arstides dio con l un fuerte topetazo.

--Dnde estaban hablando?--pregunt, como siguiendo la conversacin.

--En la Arcada--dijo Arstides.

Cuando hubieron llegado a la calle Mayor, el maestro se detuvo.

--Ve corriendo a casa--dijo al nio.--Si Melisa est all, ven a la
Arcada y dmelo, y si no est qudate en ella; oyes?

Y Arstides se escap al trote de sus cortas piernecillas, desplegando
toda su velocidad.

A pocos pasos del camino estaba la Arcada. Con este nombre era conocido
un largo e irregular edificio, conteniendo taberna, saln de billar y
restaurant. Al cruzar el joven la plaza, observ que dos o tres
transentes se volvieron y le siguieron con la vista fijamente durante
un buen trecho. Arreglose el vestido, sac el pauelo y se enjug la
cara antes de penetrar en el establecimiento. Dentro de la taberna haba
su habitual nmero de holgazanes, bebiendo y gritando desaforadamente.
Una cara le mir tan fijamente y con expresin tan extraa, que el
maestro se par, encarndose con l, y entonces vio que no era ms que
su propia imagen reflejada en un espejo pintarrajeado la cual le hizo
creer que tal vez estaba un poco excitado, de manera que tom de una
mesa un nmero de _La Bandera de Red-Mountain_, y trat de recobrar su
serenidad, leyendo la seccin anunciadora.

Atraves luego la taberna, el restaurant y entr en la sala de billar.
Melisa no estaba all. De pie, al lado de una de las mesas, haba un
individuo que llevaba en la cabeza un sombrero de hule con anchas alas,
que el maestro reconoci en seguida por el agente de la compaa
dramtica. Era un hombre eminentemente antiptico por la manera de
llevar la barba y el pelo. En vista de que el objeto de su cuidado no
estuviese all, se volvi hacia el hombre del sombrero negro. Este haba
reparado en el maestro, pero con la astucia comn en la cual siempre se
estrellan los caracteres vulgares, afect no verle. Contonendose con un
taco en la mano, aparentaba apuntar a una bola en el centro del billar.
El maestro permaneci de pie delante de l, hasta que alz los ojos. En
el momento que sus miradas se cruzaron, el maestro fuese a su encuentro
derechamente.

Cuando principi a hablar, algo se le fue subiendo a la garganta que
retardaba su palabra; su propia voz le asust; tan profunda y vibrante
sonaba. Pero moder sus impulsos pues quera a toda costa evitar un
escndalo.

--He sabido--principi,--que Melisa Smith, una hurfana, una de mis
alumnas, ha estado tratando con usted para seguir su profesin. Es esto
exacto?

El hombre del sombrero de azabache se inclin de nuevo sobre la mesa, y
como si jugara, de un golpe vigoroso de taco lanz la bola contra la
tabla con absoluta falta de lgica. Despus, dando la vuelta a la mesa,
recogiola y la coloc en su punto primitivo. Hecho esto, y preparndose
para otra jugada, dijo:

--Supongamos que as sea.

El maestro se atasc de nuevo, pero, haciendo un ntimo esfuerzo que
quiz trascendi al exterior, continu:

--Si es usted caballero, nicamente tengo que decirle que soy su tutor y
responsable de su educacin. Usted sabe, tan bien como yo, la clase de
vida que pretende ofrecer a un corazn virgen y henchido de ilusiones.
Por poco que se haya usted enterado, tiene que saber que la he sacado de
una existencia peor que la muerte, la he arrancado del lodo de las
calles y quiz de una futura corrupcin. Estoy tratando de hacerlo otra
vez. Tenemos que hablar formalmente, pues las circunstancias as lo
exigen. La nia no tiene padre, ni madre, ni hermana, ni hermano. Es
que usted trata de sustituir a alguna de estas personas?

El cmico examin la punta de su taco y mir despus en torno, con aire
displicente, y hasta en sus labios pareci dibujarse una sonrisa
sardnica.

--S que es una nia extraa y voluntariosa--continu el maestro,--pero
es mejor de lo que era. Me parece que an tengo alguna influencia sobre
ella. As es que le ruego y espero que no tome ms cartas en este
asunto, sino que, como hombre y como caballero, no ose estorbarla en su
camino. Adems, tengo grandes deseos...

Aqu las palabras se atravesaron otra vez en la garganta del maestro, y
la frase qued entrecortada.

El hombre del negro chambergo, interpretando mal el silencio del
maestro, alz la cabeza con una risa irnica y salvaje y exclam:

--La quiere para usted slo, verdad? Ni una palabra ms!

El tono en que haba pronunciado aquellas palabras, la mirada de que
haban ido acompaadas, y, ms que todo, la naturaleza del hombre que se
atreva a soltar tamao insulto, hirieron como una saeta la dignidad del
joven preceptor. La retrica que mejor convence a esta clase de
animales, es un golpe. Posedo el maestro de esta verdad, y encontrando
ya slo de este modo expresiva la accin, hizo acopio de toda su energa
para dar a puo cerrado en el cnico rostro de aquel malvado.

El golpe ech a rodar por un lado el reluciente chambergo y el taco por
otro, y arranc el guante y la piel de la mano del maestro; destroz los
ngulos de la boca del patn y ech a perder la forma particular de su
barba de un modo lamentable. Oyose un grito, una imprecacin, una pelea,
y el pisotear de mucha gente. La muchedumbre penetr apresuradamente en
la sala, se separ a derecha e izquierda y sonaron dos tiros que se
oyeron casi al mismo tiempo. Se arrojaron todos sobre los contrincantes,
y se vio al maestro de pie, sacudindose con la mano izquierda los tacos
encendidos, de la manga de su chaqu. Alguien le detena por la otra
mano. Mirsela y vio que todava sangraba del golpe, pero entre sus
dedos luca una hoja de acero. No pudo recordar cundo ni cmo vino a su
poder.

La persona que le sujetaba por la mano, era el seor Morfeo, que
arrastr al maestro hacia la puerta, pero ste se resista y se esforz
en articular el nombre de Melisa, tan bien como lo permita su boca
contrada y convulsa.

--Todo va bien, hijo mo--dijo el seor Morfeo.--Est en casa.

Y juntos salieron al camino. Durante el trayecto, el seor Morfeo le
dijo que Melisa haba entrado corriendo en la casa algunos momentos
antes, y le haba arrancado de ella, diciendo que mataban al maestro en
la Arcada. Con el deseo de estar solo, el maestro prometi al seor
Morfeo que no buscara otra vez aquella noche al agente y se alej en
direccin al colegio. Al acercarse a l se asombr de hallar la puerta
abierta, y an ms de encontrarse a Melisa acurrucada detrs de una
mesa.

El carcter del maestro, como lo he indicado antes, tena al igual que
la mayor parte de las naturalezas de excesiva susceptibilidad, su base
de egosmo. La cnica burla proferida por su reciente adversario, bulla
an en su espritu. Probablemente, pens, otros daran semejante
interpretacin a su afecto por la nia, tan vivamente demostrado, y que
aun sin esto, su accin era necia y quijotesca. Y, adems, no haba
ella voluntariamente olvidado su autoridad y renunciado a su afecto? Y
qu haban dicho todos? Cmo es que slo l se empeaba en combatir la
opinin de todos para tener finalmente que confesar tcitamente la
verdad de cuanto se le haba predicho? Haba provocado una ordinaria
reyerta de taberna, con un qudam soez y villano, y arriesgado su vida
para probar qu? Qu es lo que haba probado? Nada! Qu diran sus
amigos? Y, sobre todo, qu dira el reverendo seor Sangley?

La ltima persona a quien en estas reflexiones hubiera querido
encontrar, era Melisa. Con aire de contrariedad dirigi sus pasos hacia
su pupitre, y le dijo en breves y fras palabras, que estaba ocupado y
que deseaba estar solo. Levantada, Melisa, tom la silla abandonada y
sentndose a su vez, escondi su cabeza entre las manos. Alz de nuevo
la vista, y ella permaneca an all, de pie; le estaba mirando a la
cara con expresin contristada y pesarosa.

--Le has muerto?--exclam.

--No!--dijo el maestro.

--Pues no te di yo el cuchillo para eso?--dijo la nia rpidamente.

--Me dio el cuchillo--repiti el maestro maquinalmente.

--S, te di el cuchillo. Yo estaba all debajo del mostrador. Vi cundo
comenz la lucha y cmo cayeron los dos. l solt su viejo cuchillo y yo
te lo di. Por qu no le mataste?--dijo Melisa, rpidamente, con un
centellear expresivo de sus negros ojos y alzando una mano amenazadora.

El maestro slo pudo expresar su asombro con la mirada.

--S--dijo Melisa,--si lo hubieses preguntado, te hubiera dicho que me
iba con la compaa de cmicos. Sabes por qu? Porque no me quisiste
decir que ibas a dejarme t a m. Yo lo saba, te o decrselo al
doctor. Yo no iba a quedarme aqu sola con los Morfeo, preferira morir.

Hubo una pequea pausa y Melisa sac de su pecho algunas hojas verdes,
ya marchitas, y mostrndolas con el brazo tendido, y con su rpido y
vvido lenguaje y con la extraa pronunciacin de su primitiva infancia,
en que reincida en los momentos de excitacin, dijo:

--Ah tienes la planta venenosa que mata y que t mismo me enseaste. Me
ir con los actores o comer esto y morir aqu. Todo me es igual. No me
quedar donde me aborrecen y soy despreciada. Tampoco me dejaras, si no
me despreciases y aborrecieses.

Y, esto diciendo, su apasionado pecho palpit con fuerza y dos grandes
lgrimas aparecieron en el borde de sus prpados, pero las sacudi con
el extremo de su delantal, como si fuesen insectos inoportunos.

--Si me encierras en la crcel--dijo Melisa fieramente,--para separarme
de los actores, me envenenar. Si mi padre se mat, por qu no puedo
hacerlo yo tambin? Dijiste que un bocado de aquella raz me matara y
siempre la llevo aqu.

Y golpe su pecho con fiereza.

Por la imaginacin del joven maestro pas la vista del lugar vaco al
lado de la tumba de Smith, y el porvenir del dbil ser que temblando de
pasin tena ante s, inquiet vivamente su espritu. Asiole ambas manos
entre las suyas, y mirndola de lleno en sus sinceros ojos, le dijo:

--Melisita, quieres venirte _conmigo_?

Melisa le ech los brazos al cuello, y dijo, llena de alegra:

--S.

--Pero ahora, esta noche?

--Tanto mejor.

Agarrados de las manos salieron al camino, al estrecho camino por el que
una vez la haban conducido sus cansados pies a la puerta del maestro, y
que pareca no deber pisar sola ya ms. Miriadas de estrellas
centelleaban sobre sus cabezas. Para el bien o para el mal, la leccin
haba sido aprovechada, y detrs de ellos la escuela de Red-Mountain se
cerr para siempre, dejando un rastro imperdurable.




EL HIJO PRDIGO DEL SEOR TOMS


Todo el mundo saba que el seor Toms andaba en busca de su hijo, y por
cierto que era ste un buen truhn.

As es que no fue un secreto para sus compaeros de viaje, que vena a
California con el nico objeto de efectuar su captura. Sinceramente y
con toda franqueza, nos puso el padre al corriente as de las
particularidades fsicas, como de las flaquezas morales del ausente
hijo.

--Relataba usted de un joven que ahorcaron en Red-Dog por robar un
filn?--deca un da el seor Toms a un pasajero del vapor.--Recuerda
usted el color de sus ojos?

--Negros--contest el pasajero.

--Ah!--dijo el seor Toms, como quien consulta un memorndum
mental,--los ojos de Carlos eran azules.

Y alejbase inmediatamente. Quiz por tan poco simptico sistema de
pesquisas o por aquella predisposicin del Oeste, a tomar en broma
cualquier principio o sentimiento que se exhiba con sobrada
persistencia, las investigaciones del seor Toms sobre el particular
despertaron el buen humor de los viajeros del buque.

Circulose privadamente entre ellos un anuncio gratuito sobre el tal
Carlos, dirigido a _Carceleros y Guardianes_, y todo el mundo record
haber visto a Carlos en circunstancias dolorosas, pero en favor de mis
paisanos debo confesar que, cuando se supo que Toms destinaba una
fuerte suma a su justificado proyecto, slo en voz baja siguieron las
bromas, y nada se dijo, mientras l pudo orlo, que fuera capaz de
contristar el corazn de un padre, o bien de poner en peligro el
provecho que podan esperar los bromistas de toda calaa. La proposicin
de don Adolfo Tibet, hecha en tono jocoso, de constituir una compaa en
comandita, con el objeto de encontrar al extraviado joven, obtuvo, en
principio, favorable acogida.

Psicolgicamente considerado, el carcter de el seor Toms no era
amable ni digno de atencin. Sus antecedentes, tal como l mismo los
comunic un da en la mesa, denotaban un temperamento prctico, aun en
medio de sus extravagancias. Tuvo una juventud y edad madura speras y
voluntariosas, durante las cuales haba enterrado a disgustos a su
esposa, y obligado a embarcarse a su hijo, experiment de repente una
decidida vocacin para el claustro.

--La agarr en Nueva Orlens el ao 59--nos dijo el seor Toms, como
quien se refiere a una epidemia.--Psenme las chuletas!

Tal vez este temperamento prctico fue el que lo sostuvo en su
indagacin aparentemente infructuosa. No tena en su poder indicio
alguno del paradero de su fugitivo hijo, ni mucho menos pruebas de su
existencia. Con la confusa y vaga memoria de un nio de doce aos,
esperaba ahora identificar al hombre adulto.

Sin embargo, lo consigui. Lo que no dijo jams es cmo se sali con la
suya. Hay dos versiones del suceso. Segn una de ellas, el seor Toms,
visitando un hospital, descubri a su hijo, gracias a un canto
particular, que entonaba un enfermo delirante, soando en su edad
infantil. Esta versin, dando como daba ancho campo a los ms delicados
sentimientos del corazn, se hizo muy popular, y narrada por el
reverendo seor Esperaindeo al regreso de su excursin por California,
jams dej de satisfacer a los oyentes. La otra, menos sencilla, es la
que yo adoptar aqu, y, por lo tanto, debo relatarla con la detencin
que se merece.

Era despus que el seor Toms desisti de buscar a su hijo entre el
nmero de los vivos y se dedicaba al examen de las necrpolis y a
inspeccionar cuidadosamente las fras lpidas de los cementerios. Un
da, visitaba con cuidado la Montaa Aislada, lgubre cima, bastante
rida ya en su aislamiento original, y que parece ms rida an por los
blancuzcos mrmoles con que San Francisco da asilo a los que fueron sus
ciudadanos, y los protege de un viento furioso y persistente, que se
empea en esparcir sus restos, retenindolos bajo la movediza arena que
parece rehusar cobijarlos. Contra este viento, el viejo opona una
voluntad no menos frrea y tenaz. Todo el da se pasaba con su cabeza
dura y gris, cubierta por un alto sombrero enlutado, hundido hasta las
cejas, leyendo en alta voz las inscripciones funerarias. Las citas de
las Santas Escrituras le gustaban y se complaca en corroborarlas con
una Biblia manual.

--Aqulla es de los salmos--dijo un da al cercano enterrador.

El interpelado call.

Sin inmutarse en lo ms mnimo, el seor Toms se desliz en la abierta
fosa, entablando un interrogatorio ms decidido.

--Ha tropezado usted alguna vez en su profesin con un tal Carlos
Toms?

--El diablo se lleve a Toms!--replic el enterrador framente.

--Si no tena religin creo que ya lo habr hecho--respondi el viejo,
trepando fuera de la tumba.

Quiz diera esto ocasin a que el seor Toms tardara ms tiempo del
ordinario en salir del cementerio. Al regresar de frente hacia la
ciudad, principiaron a brillar ante l las luces, y un viento impetuoso,
que la neblina haca sensible, ya le impela hacia adelante, ya como
puesto en acecho le atacaba enfadosamente desde las desiertas calles de
los suburbios. En uno de estos recodos otra cosa no menos indefinida y
malvola, se arroj sobre l con una blasfemia, encarndole una pistola
y requirindole la bolsa o la vida. Pero se encontr con una voluntad
de hierro y una mueca de acero: agresor y agredido rodaron agarrados
por el suelo; en el mismo instante, el viejo se irgui, tomando con una
mano la pistola que haba podido arrebatar y con la otra sujetando con
el brazo tendido la garganta de un joven de hosco y salvaje semblante,
que pretenda deshacerse con esfuerzos sobrehumanos.

--Joven--dijo el seor Toms, apretando sus delgados labios.--Cmo se
llama usted?

--Toms!

La frrea mano del anciano resbal desde la garganta al brazo de su
prisionero, aunque sin disminuir la presin con que le tena asido.

--Carlos Toms, ven conmigo--dijo luego.

Y llevose a su cautivo al hotel en que se hospedaba.

Lo que tuvo lugar all no ha trascendido fuera, pero a la maana
siguiente se supo que el seor Toms haba dado con el hijo prdigo.

Sin embargo, ni la apariencia de los modales del joven justificaban a un
perspicaz observador la anterior narracin. Serio, reservado y digno,
entregado en cuerpo y alma a su recin encontrado padre, acept los
beneficios y responsabilidades de su nueva condicin con cierto aire de
formalidad, que se asemejaba al que haca falta a la sociedad de San
Francisco y que ella arrojaba de s. Algunos quisieron despreciar esta
cualidad como una tendencia a cantar salmos, otros vieron en esto las
cualidades heredadas del padre, y estaban dispuestos a profetizar para
el hijo la misma dura vejez; pero todo el mundo convino en que era
compatible con los hbitos de hacer dinero, en los cuales padre e hijo
haban coincidido de un modo singular.

Y, no obstante, el anciano pareca que no era feliz.

Quiz porque la realizacin de sus deseos le haba dejado sin una misin
prctica; tal vez, y esto es lo ms probable, senta poco amor por el
hijo que haba con tanta fortuna recobrado. La obediencia que de l
exiga, le era otorgada de buen grado; la conversin en que haba puesto
su alma entera, fue completa, y, a pesar de todo, nada de esto le
satisfaca su espritu. Haba cumplido con todos los requisitos de su
deber religioso al redimir a su hijo, y, no obstante, parecale que
faltaba algo a su brillante accin. En semejante duda, leyose la
parbola del Hijo Prdigo, que no haba perdido nunca de vista en su
peregrinacin, y observ que haba omitido el festn final de
reconciliacin. No pareca ofrecrsele nada mejor a la deseada cualidad
del ceremonioso sacramento entre l y su hijo; de manera, que un ao
despus de la aparicin de Carlos, se prepar a darle un banquete
suntuoso.

--Rene, llama a todo el mundo, Carlos--dijo solemnemente,--para que
todos sepan que te he sacado de los abismos de la iniquidad y de la
compaa de los cerdos y de las mujeres perdidas, y mndales que coman,
beban y se regocijen.

No s si el anciano tena para esto otro motivo, no analizado todava.

La hermosa casa que haba mandado construir sobre las arenosas colinas,
parecale a veces solitaria y triste. A menudo, sorprendase a s mismo,
tratando de reconstruir con las graves facciones de Carlos las de aquel
nio cuyo vago recuerdo tanto le ocup en el pasado y que tanto hoy le
preocupaba. Imaginbase que era sta seal de que se le acercaba la
vejez y con ella una nueva infancia.

Un da, en su sala de ceremonias dio de manos a boca con un nio de uno
de los criados, que se aventur a llegar hasta all, y quiso tomarle en
sus brazos: pero el nio huy ante su hosco y arrugado semblante. Por
todo esto, pareciole muy pertinente reunir en su casa la buena sociedad
de San Francisco, y de entre aquella exposicin de doncellas elegir la
compaera de su hijo. Despus tendra un nieto, un nio a quien criar
desde el principio y a quien amara, como no amaba a Carlos.

Intil es decir que todos fuimos al convite. Aquella distinguida
sociedad vino provista de aquella exuberancia de animacin, alegra y
locuacidad, sin freno ni respeto alguno para el anfitrin, que la mayor
parte distribuy del modo ms generoso posible, principalmente a costa
de los festejados. La cosa hubiera terminado con escndalo, a no
pertenecer los actores a la ms alta escala social.

En efecto, el seor Tibet, dotado por naturaleza de ingenioso humorismo
y excitado adems por los brillantes ojos de las muchachas Jonnes, se
port de una manera tal, que atrajo las serias miradas de don Carlos
Toms, quien se le acerc, diciendo casi al odo:

--Parece que se siente usted malo, seor Tibet; permtame que le
conduzca a su carruaje. (Resiste, perro, y te echar por la ventana).
Por aqu, si gusta; la habitacin est caldeada y quiz poda
perjudicarle.

Intil es decir que slo una parte de este discurso fue perceptible para
la sociedad y que el resto lo divulg el seor Tibet, sintiendo en el
alma que su repentina indisposicin le privase de lo que la ms
excntrica de las seoritas Jonnes, bautiz con el nombre el ramillete
final de la fiesta, y que voy a referir.

El acontecimiento se guardaba para el final de la cena. Probablemente el
seor Toms haca la vista gorda ante la desordenada conducta de la
gente joven, abstrado en la meditacin del efecto dramtico que tena
en incubacin.

En el momento de levantarse los manteles, psose de pie y golpe
solemnemente sobre la mesa. Entre las muchachas Jonnes, se inici una
tosecita que contagi todo aquel lado de la mesa. Carlos Toms, desde un
extremo de aqulla, alz la mirada con tierna expectacin.

--Va a cantar un himno.

--Va a rezar.

--Silencio! que es un discurso!

Estas voces dieron vuelta a la sala.

Y el seor Toms empez:

--Hoy hace un ao, hermanos y hermanas en Jesucristo--dijo con severa
pausa,--un ao cumple hoy, que mi hijo regres de correr los lodazales
del vicio y de gastar su salud con las hijas del pecado.

La risa ces de golpe.

--Vanle ahora, Carlos Toms, levntate!

Carlos Toms obedeci.

--Hoy hace un ao y ahora pueden contemplarle.

A la verdad, era un hermoso hijo prdigo, all de pie, con su severo
traje de ltima moda. Un prdigo arrepentido, con ojos tristes y
obedientes, vueltos hacia la dura y antiptica mirada del autor de sus
das.

La seorita Smith, un capullo de quince aos, sinti en las puras
profundidades de su loquillo corazn un movimiento de involuntaria
simpata hacia l.

--Quince aos hace que abandon mi casa--dijo el seor Toms,--hecho un
prdigo y un libertino. Pero yo mismo era un hombre de pecado!... Oh,
amigos en Jesucristo! Un hombre de ira y de rencor.--(Amn--aadi la
mayor de las Jonnes). Pero, alabado sea Dios, he huido de mi propia
clera. Cinco aos ha que obtuve la paz que supera a la humana
comprensin. La tienen ustedes, amigos?

Un subcoro de no, no, por parte de las muchachas, y un venga el santo
y sea por la del teniente de navo, Coxe, de la corbeta de guerra de
los Estados Unidos, _El Terror_, sirvieron de contestacin.

--Llamad y se os abrir. Y cuando descubr lo errado de mi camino y
la preciosidad de la gracia--continu el seor Toms,--vine a darla a mi
querido vstago. Busqu por mar y por tierra sin desmayar. No esper que
l viniera a m, lo cual podra haber hecho, justificndome con el libro
de los libros en la mano, sino que le busqu en el cieno, entre los
cerdos, y... (el final de la frase se perdi por el roce de los vestidos
de las seoras al retirarse). Obras, hermanos en Jesucristo, es mi
divisa; por sus obras los conoceris y ah estn las mas, que todos
pueden juzgar a la luz del da.

Y, al decir esto, el seor Toms, gesticulando y haciendo extraas
muecas, miraba fijamente hacia una puerta abierta que daba a la terraza,
atestada haca poco de criados mirones y convertida ahora en escena de
un tumulto infernal.

En medio del ruido, cada vez creciente, un hombre, miserablemente
vestido y borracho como una sopa, se abri paso por entre los que se le
oponan, y penetr en la sala con paso nada seguro. El brusco cambio
entre la neblina y la oscuridad de fuera, y el resplandor y el calor de
dentro, lo deslumbraron, as es que en su estupor quitose el estropeado
sombrero y lo pas una o dos veces ante sus ojos, mientras se sostena,
aunque con poca seguridad, contra el respaldo de un sof. De pronto, su
errante mirada cay sobre la plida fisonoma de Carlos Toms, y con un
destello de infantil inteligencia y una dbil risa de falsete, echose
hacia adelante, agarrose a la mesa, hizo caer los vasos, y, finalmente,
se dej caer sobre el pecho del joven.

--Carlos! Caramba de truhn! qu tal?

--Silencio! Sintate! Calla!--dijo Carlos Toms, forcejeando
rpidamente por desembarazarse del abrazo de su inoportuna visita.

--Mrenlo!--continu el forastero, sin hacer caso del aviso y con la
mayor despreocupacin.

Y en tono de amorosa y expresiva admiracin, y reteniendo al pobre
Carlos con vacilante mueca, lleno de ternura, prosigui:

--Contemplen, pues, a este pillastre! Carlos, as Dios me condene,
estoy orgulloso de ti!

--Salga usted de casa!--dijo el seor Toms, levantndose con la
amenazadora y fra mirada de sus ojos grises, y haciendo acopio de
autoridad.--Carlos, cmo te atreves?...

--Clmate, vejete! Carlos, quin es ese to, vamos? Corre!

--Cllate, insensato! Vamos, toma esto!--Y con mano nerviosa Carlos
Toms llen de licor una copa.--Bebe y vete, hasta maana... en
cualquier parte, pero djanos; vete en seguida y djanos en paz.

Pero antes de que el miserable pudiera beber, el anciano, plido de
rabia, precipitose sobre el intruso, y asindolo con sus poderosos
brazos y arrastrndolo a travs del grupo de asustados comensales que
los rodeaban, alcanz la puerta abierta de par en par por los criados,
cuando Carlos Toms exclam, con un grito angustioso:

--Detngase!

Parose el anciano. A travs de la puerta, abierta de par en par, la
neblina y el viento llevaron al interior una oleada de fro.

--Qu significa esto?--pregunt, volviendo hacia Carlos su colrico
rostro.

--Nada! Pero, detngase, se lo suplico... Aguarde hasta maana, pero no
esta noche. No lo haga. Se lo ruego. Por el amor de Dios, no haga usted
eso.

En el tono de la voz del joven, o tal vez en el contacto del miserable
que luchaba entre sus poderosos brazos, haba un no s qu indefinible y
extrao. Sea como fuere, un terror confuso e indefinible se apoder del
corazn del anciano, que murmur con voz salvaje:

--Quin es este sujeto?

Carlos no contest.

--Atrs todos!--grit con voz de trueno el seor Toms a los convidados
que lo rodeaban.--Carlos, ven aqu! Yo te lo mando, yo... yo... yo...
yo te ruego... me digas quin es este hombre. Ahora mismo.

Dos personas, tan slo, oyeron la contestacin que sali, dbil y
quebrantada, de los labios de Carlos Toms:

--ES SU HIJO.

* * * * * * *

Al da siguiente, cuando el sol haba rebasado las ridas colinas de
arena, los convidados haban desaparecido de los festivos salones del
seor Toms. Las luces ardan an plidas y tristes en los desiertos
salones, y en medio de este abandono, slo tres personas se acurrucaban
apretadas en un ngulo de la fra sala, formando confuso montn. La una,
tendida en un canap, dorma el sueo de la borrachera; sentbase a sus
pies el que hemos conocido por Carlos Toms, y junto a ambos, encogida y
rebajada a la mitad de su tamao encorvbase la figura del seor Toms,
la mirada hosca, los codos sobre las rodillas y tapndose con las manos
los odos, como para evitar la voz triste y suplicante que pareca
llenar los mbitos de la habitacin.

--Bien sabe que no emple voluntariamente artificio alguno para engaar
a usted. El nombre que di aquella noche fue el primero que me vino a las
mientes; precisamente el nombre de uno a quien cre muerto; el del
disoluto compaero de mi vida de libertino. Cuando ms tarde me
interrog usted, emple el conocimiento que de l haba adquirido, para
enternecer su corazn y ganarlo para una vida honrada. Juro que
nicamente fue por esto! Y cuando me dijo quin era, vi por primera vez
abrirse ante m una nueva vida... entonces... entonces... oh, seor!
s, estaba hambriento, desnudo y sin recurso, cuando iba a robar su
bolsillo; me senta solo en el mundo, infeliz y desesperado, cuando
quise robar la ternura de un padre dolorido.

El anciano permaneca imperturbable. Desde su suntuoso lecho, el
recobrado hijo prdigo roncaba confiadamente.

--Yo no tena padre que pudiese reclamar. Jams conoc otro hogar que el
que he tenido hasta estos momentos. Ca en la tentacin. He sido tan
dichoso... tan dichoso!

Irguiose y permaneci de pie ante el viejo.

--No tema que me interponga entre su hijo y la herencia. Parto hoy de
este lugar para jams volver. El mundo es grande, y, gracias a su
bondad, s ahora ganarme la vida honradamente. Adis! No quiere usted
aceptar mi mano?... Sea. Adis!

Y dio media vuelta para marcharse. Pero, cuando lleg a la puerta,
retrocedi de repente, y alzando entre ambas manos la encanecida cabeza
del anciano, la bes unas y ms veces con efusin.

--Carlos!

No hubo contestacin.

--Carlos!

Incorporose el anciano estremecido y corri bambolendose dbilmente
hacia la puerta. Estaba abierta. Por ella llegaba el tumulto de una gran
ciudad que despierta, y entre este tumulto las pisadas del hijo prdigo
que se perdan a lo lejos, para siempre.




MAGDALENA


El coche se deslizaba penosamente por la estrecha carretera, dando
frecuentes sacudidas. En su interior ramos siete personas que no
habamos despegado los labios desde que uno de aquellos saltos vino a
dejar sin concluir la ltima cita potica del juez, mi honorable vecino.
El hombre alto sentado junto a ste, dorma con el brazo pasado por la
colgante correa, y apoyada la cabeza en ella, formaba como un objeto
fofo e indefinible, pareca que se hubiese ahorcado a s propio, y le
hubieran cortado la cuerda que le haba servido de instrumento. En el
asiento posterior, la seora francesa dormitaba tambin, conservando una
actitud de estudiado recato, que se echaba de ver en la posicin del
pauelo cado sobre la frente ocultando a medias su rubicunda cara. Otra
seora de Virginia City, que viajaba en compaa de su esposo, yaca en
un ngulo, arrebujada en un mar de cintas, pieles y abrigos que
inundaban por completo su persona. No se perciba otro ruido que el
chirriar de las ruedas y el de la lluvia batiendo el imperial, cuando de
repente la diligencia se par, y omos unas voces que llegaban
confusamente hasta nosotros. El conductor sostena un vivo dilogo con
alguien en el camino, dilogo que nos pareci deba ser poco halageo a
juzgar por las palabras que en medio del furioso viento que soplaba
pudimos apreciar; puente arrastrado, camino inundado, paso
imposible y otras por el estilo. El silencio ms absoluto rein un
momento, y despus una misteriosa voz lanz desde el camino este
consejo:

--Prueba en casa de Magdalena.

Al dar el vehculo una brusca vuelta, alcanzamos a vislumbrar los
caballos delanteros, y luego un jinete que se desvaneca en la bruma.
Indudablemente, emprendamos el camino de la casa de Magdalena.

Quin era y dnde estaba Magdalena? El juez, nuestra autoridad, dijo no
recordar aquel nombre, y eso que conoca por completo el pas; el
viajero canadiense opin que Magdalena tendra alguna posada; pero lo
nico que realmente supimos fue que la crecida de las aguas nos haba
cortado el camino por el frente y por la espalda, y que Magdalena era
nuestra tabla salvadora. Por espacio de diez minutos nos encharcamos por
un tortuoso camino, ancho a duras penas para la diligencia, y nos
detuvimos delante de un reja atrancada y aforrada, fija a una extensa
pared de cerca de unos dos metros de alto. Aquello era, sin duda
alguna, la casa de Magdalena. Pero, sin duda alguna tambin, aquella
mujer no tena posada. El cochero baj y tante la puerta, que estaba
slidamente cerrada.

--Magdalena! Magdalena!

Nadie contest.

--Magdalena! T, Magdalena!--continu el cochero con irritacin cada
vez ms patente.

--Magdalena!--aadi el correo persuasivamente.--Oh, Magdalenita!

Pero la tal Magdalena, al parecer insensible, dio la callada por
respuesta. El juez acababa de bajar el vidrio de la ventanilla, sac
fuera la cabeza, y comenz una serie de preguntas que, a ser contestadas
satisfactoriamente, hubieran dilucidado, sin duda alguna, todo aquel
misterio. A todo esto replic el auriga que si no saltbamos del coche
para ayudarle en llamar a Magdalena quiz tendramos que permanecer toda
la noche en l.

Nos levantamos, pues, y llamamos a Magdalena en coro, y luego cada cual
a solo, y apenas hubimos acabado, cuando un hiberns, compaero de
viaje, grit desde el imperial: Magdalena! con un acento tan extrao
que todos nos echamos a rer. Mientras nos estbamos riendo, nuestro
cochero dijo a voz en grito:

--Silencio!

Todos prestamos odo, y con infinita admiracin omos que el coro de
Magdalena! se repeta a la otra parte de la pared, juntamente con el
final e infame grito del hiberns.

--Extraordinario eco!--dijo el juez.

--Extraordinario y remaldito!--exclam el conductor, con
desprecio.--Sal ya de ah, Magdalena, y mustrate en persona de una vez.
S humana. No juegues al escondite; yo no bromeara en tu lugar,
Magdalena--continu Yuba-Bill, que en un exceso de furor daba ya vueltas
pateando.

--Magdalena!--continu la voz.--Oh, Magdalena!

--Mi buen seor!--dijo el juez, en el tono ms pattico.--Imagnese lo
inhospitalario de rehusar un abrigo contra la inclemencia del tiempo, a
mujeres desamparadas. Seor mo de mi alma! Pensar que...

Una letana de Magdalena terminando con una carcajada interrumpi su
peroracin.

Yuba-Bill acab la paciencia; tomando del camino una pesada piedra
derrib la verja, y seguido del correo penetr en el cercado: nosotros
tomamos la misma direccin. Reinaba la ms completa oscuridad, y todo
cuanto pudimos saber, gracias a los rosales que nos rociaban con su
hmedo follaje a cada rfaga de viento, fue que estbamos en un jardn o
cosa parecida.

--Conoce usted al inquilino de esta casa?--pregunt el juez a
Yuba-Bill.

--No; ni ganas--contest Yuba-Bill secamente, viendo ofendida en su
persona, por tan contumaz individua, a toda la compaa pionera de
diligencias.

--Pues, s que la hemos hecho buena!...--replic el juez, pensando en
la verja allanada.

--Mire usted--dijo Yuba-Bill, con delicada irona,--no hara mejor en
volverse y tomar asiento en el coche hasta que le avisaran? Yo entro.

Y dicho y hecho, empuj la puerta de la casa.

En apretada haz penetramos todos en una larga sala iluminada nicamente
por el rescoldo de un fuego que se extingua en un rincn de la
chimenea.

La luz vacilante que aquel rescoldo despeda daba relieve al grotesco
dibujo de las paredes extraamente pintadas. Distinguase una persona
sentada en gran silln de brazos junto al hogar.

Todo esto lo vimos, apiados en el umbral detrs del conductor y del
correo.

--Hola! Dnde est Magdalena?--dijo Yuba-Bill, al misterioso
solitario.

Aquella figura no habl ni se movi.

El cochero se acerc furiosamente a ella, dirigiendo sobre su rostro el
ojo de la linterna que llevaba en la mano.

Todos pudimos observar la cara de un hombre envejecido y prematuramente
arrugado, con grandes ojos en que se mostraba la solemnidad
caracterstica del bho. Los grandes ojos erraron desde la cara de
Yuba-Bill hasta la linterna y acabaron por fijar sus inconscientes
miradas en aquel objeto deslumbrador.

Bill estaba ciego de coraje.

--Vamos. Es usted sordo? De todas maneras no ser mudo!; no es
verdad?

Yuba-Bill sacudi por el hombro aquella figura inmvil.

Con gran sobresalto por parte nuestra, cuando Bill quit la mano de
encima del venerable forastero, ste fue encogindose hasta quedar
reducido a la mitad de su tamao y convertirse en un lo informe de
trapos viejos.

--Maldita sea mi estampa!--dijo Bill, retirndose despechado.

Rehecho de la primera impresin, el juez se adelant y volvimos a
enderezar aquel misterioso invertebrado en su posicin primitiva.

Se encarg en seguida a Bill y a su linterna que se dedicasen a explorar
el terreno, pues era evidente, dada la impotencia del solitario, que
deba tener a mano sirvientes, y todos nos acercamos al fuego para secar
nuestros chorreantes vestidos.

El juez, que haba recobrado su autoridad y que no haba cesado de
desplegar su talento en la conversacin, vuelto hacia nosotros y de
espaldas al fuego, nos dirigi la palabra, como a un jurado imaginario,
del modo siguiente:

--Ciertamente que nuestro distinguido amigo aqu presente, se encuentra
en aquella disposicin descripta por Shakespeare, como la de la marchita
y amarilla hoja, o bien ha sufrido algn percance que abati de un modo
prematuro sus facultades fsicas e intelectuales. Dado que sea
realmente...

Aqu fue interrumpido por un grito extrao de Magdalena! Oh,
Magdalena, Magdalena! y por todo el coro de Magdalenas en un tono
semejante al que ya conocemos.

Todos nos miramos por un momento, con alguna alarma. Yo en particular,
abandon rpidamente mi posicin, pues la voz pareca provenir
directamente de mi espalda. No tardamos mucho en descubrir la causa: una
gran urraca estaba posada sobre la repisa, en la bveda de la chimenea,
sumida en un silencio sepulcral que contrastaba singularmente con su
anterior volubilidad. Aquella voz fue la que omos desde el camino, y
nuestro amigo no era responsable de la descortesa. Nuestro auriga,
Yuba-Bill, que penetraba en aquel momento de regreso de una pesquisa
infructuosa, tuvo que contentarse con la explicacin, no sin que el
sentado paraltico se librara de una fiera mirada. Como cumple a todo
buen cochero, haba buscado y encontrado, por fin, un cobertizo en donde
acomodar sus caballos, pero regresaba calado, y como de costumbre,
malhumorado.

--Nadie ms que ste hay en diez millas a la redonda de la casucha, y al
maldito viejo le consta eso perfectamente.

Pero en seguida se prob que no andbamos equivocados en nuestras
apreciaciones, pues apenas hubo cesado Bill de gruir, cuando hacia la
entrada omos un paso rpido y el roce de un vestido empapado en agua;
la puerta se abri de par en par, y apareci una joven que, mostrndonos
con su sonrisa los destellos de sus blancos dientes, y el centellear de
sus ojos negros, con una carencia absoluta de toda ceremonia y timidez,
entr, cerr la puerta y apoyose jadeante contra ella.

--Yo soy Magdalena para todo cuanto les plazca.

Y aquella era Magdalena. Aquella joven de ojos vivarachos, de turgente
pecho, cuyas faldas, de ordinaria tela azul, no podan ocultar, mojadas
por la lluvia, la belleza de las curvas femeninas a que esculturalmente
se adaptaban. Desde su cabello castao, cubierto por un sombrero
impermeable de hombre, hasta los diminutos pies y tobillos sepultados en
las cavidades de unos zapatos de colosal tamao, todo era en ella
gracioso; as apareci Magdalena rindose de nosotros de la manera ms
alegre, franca y bonachona.

--Vean, seores--dijo falta de aliento y apoyando coquetamente su
pequea mano contra el costado, sin tener en cuenta nuestra confusin,
que no encontraba palabras para expresarse, ni los extraos visajes de
Yuba-Bill, cuyo rostro haba cado en una expresin de extempornea e
imbcil alegra,--vean, como estaba a ms de dos millas de distancia
cuando les vi pasar por la carretera, pens que podan detenerse aqu, y
he venido con la mayor prisa, sabiendo que no haba en casa nadie ms
que Juan; no extraen, pues, que haya llegado echando los bofes.

En esto Magdalena, con un arranque malicioso, que esparci sobre
nosotros una lluvia de gotas, quitose el sombrero de hule, se esforz en
echar hacia atrs su cabello, en cuya operacin perdi dos horquillas,
sonriose y pas al lado de Yuba-Bill, poniendo airosamente las manos
atrs. El juez fue el primero en volver en s y trat de componer un
requiebro, despus de haber torturado en vano su cerebro.

--Le molestar pidiendo a usted aquella horquilla?--dijo gravemente
Magdalena.

El juez alarg displicentemente la mano hacia adelante; la horquilla
perdida fue devuelta a su duea, y Magdalena, cruzando el cuarto, mir
con inters la cara del tullido. Los solemnes ojos del enfermo miraron
los de la mujer con una expresin verdaderamente desusada. La vida y la
inteligencia parecan luchar para volver a aquella tosca y arrugada
cara. Magdalena volvi otra vez sobre nosotros sus negros ojos y sus
blancos dientes sonrindose con una elocuencia singular.

--Este pobre impedido es?...--pregunt el juez con indecisin.

--Juan--dijo Magdalena.

--Su padre acaso?

--No.

--Hermano?

--No.

--Esposo?

Magdalena, lanzando una mirada rpida y penetrante sobre las dos
pasajeras, de quienes haba observado que no participaban de la
admiracin general de los hombres respecto a ella, dijo con gravedad no
exenta de soberbia:

--No; es Juan.

Hubo una enojosa pausa. Aproximronse entre s las pasajeras, y el
canadiense mir, abstrado, el fuego. En cuanto al hombre alto aparent
replegar su mirada sobre s para poderse sostener en aquel aprieto; pero
la risa de Magdalena, que era contagiosa, rompi el silencio.

--Ea!--dijo vivamente,--deben ustedes tener apetito, no es verdad?
Quieren ayudarme a preparar la merienda?

No falt quien de muy buena gana se brindase. A los pocos instantes,
Yuba-Bill andaba ya atareado, como Caliban, en llevar trozos de lea
para aquella Miranda; el correo mola caf en el mirador; a m me fue
asignada la delicada tarea de cortar tocino, y el juez ayud a todos con
sus bienhumoradas y atinadas observaciones. Y cuando Magdalena,
eficazmente ayudada por el juez y por nuestro hiberns, pasajero de
cubierta, puso la mesa con toda la loza disponible, ya habamos
recobrado todos nuestro buen humor, a pesar de la lluvia que bata las
ventanas, del viento que bajaba a bocanadas por la chimenea, de las dos
seoras que cuchicheaban entre s, en un rincn, y de la urraca que
desde su ennegrecido vasar subrayaba con satricos graznidos su
entretenido dilogo. Mediante la luminosa ayuda del fuego que
chisporroteaba ya, pudimos ver un pao de pared empapelado con
peridicos ilustrados, dispuestos con sumo arte y femenina discrecin.
El improvisado mueblaje estaba compuesto con envases de velas y cajas de
embalaje, tapadas con calic de alegre color, o con pieles de geneta.
Una barrica de harina, ingeniosamente transformada, constitua el
silln del paraltico. En conjunto, puede afirmarse que la limpieza ms
exquisita y el ms pintoresco gusto reinaban en los escasos detalles de
aquella rstica vivienda.

La merienda fue un triunfo culinario. Pero lo que triunf en toda la
lnea fue nuestra sociabilidad, debido, principalmente, al raro tacto de
Magdalena en llevar la conversacin, haciendo por s todas las preguntas
e imprimiendo en todo una naturalidad que rechazaba cualquier idea de
disimulo, por parte nuestra, de manera que hablamos de nosotros mismos,
de nuestras esperanzas, del viaje, del tiempo, y unos de otros; de todo,
menos del bueno del paraltico y de nuestra amable patrona. En honor a
la verdad, no ocultar que la conversacin de Magdalena no era nunca
elegante, rara vez gramatical y que a veces empleaba expresiones cuyo
uso est por lo general reservado a nuestro sexo; pero las deca con
tales destellos de dientes y ojos, e iban, como de costumbre, seguidas
por una risa tan peculiar de unos labios frescos y retozones, que todo
poda pasar sin grave quebranto de la moral ms frgil.

De repente, durante la comida, omos un ruido como el roce de un cuerpo
pesado contra los muros exteriores de la casa; inmediatamente despus se
sinti rascar y olfatear junto a la puerta del saln.

--Es Joaqun--dijo Magdalena en contestacin a nuestras interrogadoras
miradas.--Desean verle?

Y apenas habamos tenido tiempo de contestar, cuando abri la puerta, y
nos dej ver un lanudo oso a medio crecer que inmediatamente se levant
sobre sus patas traseras, mientras las manos colgaban en actitud
mendicante, y contempl a Magdalena con una admiracin que le daba
cierta semejanza con Yuba-Bill (y ste me perdone).

--Miren, ese es mi perro guardin--dijo Magdalena a modo de
exordio.--Oh, pero no muerde!--aadi al ver la justa alarma de las dos
pasajeras, que estaban sentadas en un ngulo,--verdad, viejo Tofi?

Esta ltima pregunta iba dirigida al sagaz Joaqun.

--Voy a decirles una cosa, seores--continu Magdalena, despus que hubo
dado de comer y cerrado la puerta al pequeo plantgrado.--Han tenido la
suerte de que Joaqun no hubiera andado rondando por ah esta noche.

--Dnde estaba?--pregunt el juez.

--Conmigo--contest Magdalena.--Dios me valga! Trota a mi lado, por la
noche, como si fuera un fiel esclavo.

Durante un corto intervalo, guardamos silencio todos y escuchamos el
viento; en nuestra imaginacin se pintaba Magdalena en camino a travs
de los bosques y de la lluvia, escoltada por su feroz guardin. Me
parece recordar que el juez dijo algo de Una y de su len; pero
Magdalena lo recibi como lo hizo con las dems galanteras, con fra
impasibilidad. Creo que se dio cuenta de la admiracin que excitaba, por
lo menos la de Yuba-Bill no poda dejar de observarla; pero su misma
franqueza estableci una perfecta igualdad entre todos, cruel y
humillante para los miembros ms jvenes de nuestra compaa.

La escena del oso nada aadi a favor de Magdalena en la opinin de las
personas de su sexo que estaban presentes. As es que, terminada la
comida, se manifest una frialdad tal en las dos pasajeras, que las
ramas de pino tradas por Yuba-Bill y echadas como en sacrificio al
hogar, no pudieron contrarrestarla del todo. Magdalena lo sinti, y
declarando de repente que era tiempo de retirarse, se levant para
acompaar a las seoras a un cuarto vecino en donde tenan el lecho que
se les haba destinado.

--Ustedes, seores, tendrn que acampar por ah fuera, cerca del fuego,
de la mejor manera que puedan--aadi,--pues no hay otra habitacin en
la casa.

La chismografa, caro lector, no ha sido jams, segn opinin
generalmente admitida, patrimonio del sexo fuerte, pero, con todo, me
veo obligado a declarar que apenas se hubo cerrado la puerta tras de
Magdalena, cuando nos apiamos cuchicheando, sonrindonos y trocando
entre nosotros sospechas, suposiciones y mil hiptesis respecto de
nuestra bonita patrona y su extrao husped: creo que hasta llegamos a
empujar a aquel imbcil paraltico, que estaba quieto como una esfinge,
sin voz, en medio de nosotros, oyendo con la serena indiferencia del
pasado en sus ojos, nuestra charla inacabable. En lo ms vivo y animado
de la discusin, abriose de nuevo la puerta y entr Magdalena.

Sin embargo, no era ya la misma Magdalena que algunas horas antes haba
surgido ante nuestra vista. Tena los ojos bajos y titube un momento en
el umbral; llevaba una manta doblada en el brazo y pareca haber dejado
tras s la franca resolucin que horas antes nos haba encantado.
Entrando en el cuarto, arrastr un banquillo hasta el silln del
paraltico; sentose, y dijo echndose la manta sobre las espaldas:

--Seores, si les es igual, como estamos un poco estrechos, me quedar
aqu esta noche.

Puso en su mano la mano marchita del invlido y volvi la mirada al
fuego que se extingua lentamente.

Nosotros nos mantuvimos silenciosos, tal vez por el sentimiento
instintivo de que esto no era ms que un preliminar de relaciones ms
confidenciales, y quiz tambin por cierta vergenza de nuestra anterior
curiosidad. La lluvia bata an sobre el techo: violentas rfagas de
viento removan las pavesas con momentneos destellos; en un momento de
sosiego de los elementos, Magdalena levant de repente la cabeza, y
echndose el cabello a la espalda, volviose hacia nuestro grupo y
exclam:

--Hay alguno entre ustedes que me conozca?

Nadie contest.

--Pinsenlo otra vez! Yo viva en Marysville, el 53: todos me conocan
por cierto con razn. Yo tuve el Saln Polka, hasta que vine a vivir
aqu con Juan. Como de esto hace seis aos, tal vez he cambiado algn
tanto.

Quiz la desconcert el que no la reconociesen; volviose otra vez hacia
el fuego; transcurrieron algunos momentos en silencio, y continu:

--Sospech que alguno de ustedes deba reconocerme; pero, de todas
maneras, no importa; lo que yo iba a decir es que este Juan--y al
nombrarlo tom su mano entre las de ella--me conoca si ustedes no me
conocen, y gast mucho dinero en mi compaa. Calculo que gast cuanto
posea. Un da, por este invierno har seis aos, Juan vino a mi cuarto
interior, se sent en mi sof, como lo ven ahora en aquel silln, y
luego ya jams volvi a moverse por s mismo, herido como por un rayo y
sin darse cuenta de lo que le ocurra. Los mdicos dijeron que la causa
era su mal modo de vivir, pues Juan fue siempre algo libertino y
calavera, que no curara, y que, de todas maneras, jams volvera a ser
lo que antes. Se me aconsej que lo mandase a Frisco[2] al hospital,
puesto que ya no serva para nada, y que toda la vida sera una
criatura; pero yo, quiz porque haba algo en la mirada de Juan, o tal
vez porque nunca haba tenido una criatura, me opuse a ello tenazmente.
Yo era rica en aquella ocasin. Mi popularidad era inmensa; hasta
caballeros, tales como usted, seor, iban a mi casa; vend mi comercio y
compr esto que est, como quien dice, en un rincn de mundo.
Comprenden?

Una intuicin potica singular hizo que mientras hablaba cambiase poco a
poco de posicin, de manera que las mudas ruinas del enfermo se
interpusieran entre ella y sus oyentes. Oculta en la sombra, ofrecalas
como una tcita apologa de sus acciones. Aquella figura de expresin
enigmtica y silenciosa, hablaba an en favor de ella; anonadada y
herida por el rayo divino, extenda an en torno de ella su invisible
brazo. Desde la oscuridad, pero estrechando todava su mano, continu:

--Transcurri mucho tiempo antes de que pudiese acostumbrarme a las
cosas de por aqu, pues estaba habituada a la sociedad y a sus gustos y
comodidades. Busqu una mujer que pudiera auxiliarme, pero fue en vano,
y por otra parte no osaba fiarme de un hombre. Ahora, con los indios de
los alrededores que me ayudan de vez en cuando, y con lo que me mandan
de North Fork, Juan y yo vamos pasando. De tarde en tarde, en tiempo, el
mdico suba de Sacramento: preguntaba por la criatura de Magdalena,
como llama a Juan, y cuando se marchaba, sola decir: Magdalena, es
usted un portento: Dios la bendiga, y despus de esto, no me pareca la
vida tan triste y desabrida. Pero la ltima vez que estuvo aqu, al
abrir la puerta para marcharse, dijo:

--Soy de opinin, Magdalena, que su criatura acabar por hacerse hombre
y dar honra a su madre. Pero no aqu, Magdalena, no aqu!

Y se me figur que se iba triste y... y... y...

Al llegar aqu, la voz de Magdalena y su cabeza parecieron perderse por
completo en la oscuridad.

--La gente de los alrededores es muy buena--dijo Magdalena despus de
una pausa, saliendo de la penumbra.--Los hombres de la bifurcacin del
ro dieron vueltas por aqu, hasta que comprendieron que no me hacan
maldita la falta, y las mujeres son tan bondadosas!... no han venido
una sola vez. Estuve muy sola hasta que recog a Joaqun en los bosques
cercanos, cuando no era ms alto que un gato, y le ense a pedir la
comida; pero ahora tengo, adems, a Poli, sta es la urraca, sabe
infinidad de juegos, y por las noches me acompaa con su charla, de
manera que se me figura que no soy el nico bicho viviente que aqu se
cobija. Y este Juan--dijo Magdalena con su risa de antes y saliendo del
todo a la claridad del fuego,--este Juan, seores, les maravillara de
ver cunto sabe; a veces, le leo todas aquellas cosas de la pared, y a
menudo le traigo flores y las contempla con tanta naturalidad como si
leyera algo en su interior. Bendito sea Dios!--dijo Magdalena con su
franca risa,--todo aquel lado de la casa le he ledo este invierno. Si
supiesen lo que le entusiasma a Juan la lectura!

--Por qu--pregunt el juez--no se casa con la persona a quien ha
consagrado toda su juventud?

--Comprender usted, amigo--dijo Magdalena,--que esto sera jugarle una
mala partida a Juan, abusar de su desamparo, adems que, en siendo ambos
marido y mujer, sabra yo que estoy obligada a hacer lo que ahora hago
de mi propio sentir y arbitrio.

A lo que replic el juez, despus de haberlo madurado plenamente:

--Sin embargo, todava es usted joven y tiene atractivos.

--Se hace ya tarde--dijo gravemente Magdalena,--y deberamos dormir ya
todos. Seores, buenas noches.

Y arrebujando su cuerpo con la manta, Magdalena se tendi al lado del
silln de Juan, con la cabeza apoyada contra el taburete donde ste
descansaba los pies y no habl ms ya. El fuego se fue extinguiendo
lentamente en el hogar. Todos echamos mano a nuestras mantas en
silencio, y pronto no se oy otro ruido que el gotear de la lluvia sobre
el techo y la fatigosa respiracin de los que uno tras otro se iban
durmiendo.

Despuntaba casi el da, cuando despert de un sueo agitado. La pertinaz
lluvia haba cesado, las estrellas centelleaban, y a travs de la
ventana sin postigos, la luna llena, alzndose por encima de los
fnebres pinos, penetraba en el cuarto, baando con sus rayos de plata
la solitaria figura del silln. Pareciome que la onda de luz
deslumbradora inundaba en regenerador bautismo la humilde cabeza de la
mujer cuyos cabellos, como en la bella y dulce leyenda del Evangelio,
besaba los pies del que amaba: hasta prest una bondadosa poesa al
irregular perfil de Yuba-Bill que con abiertos y pacientes ojos velaba
en guardia, medio recostado entre este grupo y los viajeros. Esta
impresin de encanto artstico meci mi espritu suavemente,
contribuyendo quiz a que conciliara de nuevo el sueo, del que no
despert sino entrado el da al grito de al coche! que, de pie e
inclinado sobre m, lanzaba nuestro buen cochero.

El caf nos esperaba sobre la mesa, pero Magdalena haba desaparecido.
Dimos vuelta a toda la casa y an nos detuvimos mucho tiempo despus de
enganchados los caballos; pero no volvi; no caba duda que, evitando
una despedida formal, nos dejaba partir como habamos venido.

Instaladas en la diligencia las seoras, volvimos a la casa y
estrechamos, silenciosos y con solemne gravedad, la mano del paraltico
Juan, reponindole en su asiento despus de cada apretn de manos.
Echamos una ltima mirada en torno del cuarto, y sobre el taburete donde
Magdalena se haba sentado, despus de lo cual nos dirigimos al camino
para ocupar con lentitud nuestros asientos en la diligencia que nos
aguardaba.

El ltigo chasque y nos pusimos en marcha, pero cuando llegamos al
camino real, la diestra mano de Yuba-Bill hizo que los seis caballos
cayeran sobre sus patas traseras y la diligencia se par bruscamente:
all, en una pequea eminencia junto al camino, estaba Magdalena,
flotante el cabello, centelleantes los ojos, ondeando el pauelo y
entreabiertos sus labios por un ltimo adis. Nosotros, en contestacin,
agitamos nuestros sombreros, las seoras no pudieron contener una ltima
mirada de curiosidad, y entonces Yuba-Bill, como si temiese una nueva
fascinacin, azuz locamente sus caballos, dando el coche tan terrible
sacudida que camos todos sobre las banquetas.

Durante el trayecto hasta el North Fork, no cambiamos una sola palabra;
la diligencia par en el Hotel de la Paz. El juez, tomando la delantera,
nos acompa hasta la sala comn y ocupamos gravemente nuestros puestos
junto a la mesa.

--Estn llenas sus copas, seores?--dijo solemnemente el juez
quitndose su blanco sombrero.

--S, seor.

--Entonces, a la salud de Magdalena. Que Dios la bendiga.

Y todos apuramos de un sorbo su contenido.




EL IDILIO DE RED-GULCH


Sandy[3] estaba beodo. Bajo una mata de azalea encontrbase en el suelo,
tendido, casi en la misma actitud en que haba cado haca algunas
horas. El tiempo transcurrido desde que se tendi all no lo saba ni le
importaba, y cunto tiempo continuara all tendido era para l cosa que
igualmente le tena sin cuidado. Una filosofa tranquila, nacida de su
situacin fsica, se extenda por su ser moral, y lo saturaba por
completo.

Duleme tener que confesar que el espectculo de un hombre borracho, y
de este hombre borracho en particular, no constitua en Red-Gulch
ninguna novedad. Aprovechando la ocasin, un humorista del lugar haba
erigido junto a la cabeza de Sandy un cartel provisional que llevaba
esta inscripcin: _Resultado del aguardiente Mac Corcil; mata a una
distancia de cuarenta varas_. Debajo haba una mano pintada que sealaba
la taberna de Mac Corcil. Pero imagino que sta, como otras muchas de
las stiras locales, era personal, y ms bien una reflexin sobre la
bajeza del medio que sobre la inmoralidad del fin. Fuera de esta
chistosa excepcin, nadie molest al beodo. Un asno extraviado, suelto
de su recua, comiose las escasas hierbas de su alrededor, y limpi de
polvo con sus resoplidos el lecho del hombre tendido; un perro
vagabundo, con aquella profunda simpata que siente la especie por los
borrachos, despus de lamer sus empolvadas botas, se haba echado a sus
pies, y yaca all guiando un ojo a la luz del sol; a manera perruna,
adulaba con la imitacin al humano compaero que haba escogido.

Entretanto las sombras de los rboles dieron poco a poco la vuelta hasta
ganar el camino, y sus troncos cerraban ya el csped de la libre pradera
entre paralelos gigantescos de negro y amarillo, y algunas rfagas de
polvo rojizo, levantadas al paso de los caballos de tiro, se dispersaban
en dorada lluvia sobre el hombre acostado. Sandy permaneca inmvil; el
sol descendi ms y ms, y entonces el reposo de este filsofo fue
interrumpido, como otros filsofos lo han sido, por la intrusin de un
sexo poco amigo en general de elucubraciones filosficas.

Doa Mara, como la llamaban los alumnos que acababa de despedir de la
cabaa de madera con pretensiones de colegio, situada al extremo del
pinar, daba su paseo vespertino. El magnfico arbusto de azaleas bajo el
cual descansaba el bueno de Sandy, ostentaba un racimo de flores de
inslita belleza que atrajeran sus miradas desde el otro lado de la
carretera; ella, que no haba reparado en el yacente vecino, cruzola
para arrancarlo, eligiendo su camino por entre el encarnado polvo, no
sin sentir cortos y terribles estremecimientos de asco y refunfuar un
poco entre dientes. De repente tropez con Sandy.

Un agudo grito de inconsciente terror se escap de aquel pecho femenino,
pero una vez hubo pagado este tributo a la fsica debilidad, volviose
ms que atrevida, y se par un momento, a seis pies, por lo menos, de
distancia del monstruo tendido, recogiendo con la mano sus blancas
faldas, en actitud de huir. Sin embargo, ni un ruido ni el ms tenue
movimiento se produjeron en la mata. Reparando en seguida en el stiro
carteln, derribolo con su menudo pie, murmurando:--Animales!--epteto
que probablemente, en aquel momento, clasificaba con toda oportunidad en
su mente a la poblacin masculina de Red-Gulch; pues doa Mara, poseda
de ciertas maneras rgidas que le eran propias, no apreciaba an
debidamente la expresiva galantera por la que el californiano es tan
justamente celebrado de sus hermanas californianas, as es que tena tal
vez muy bien merecida la reputacin de _tiesa_ que gratuitamente la
haban otorgado sus conciudadanos.

En aquella posicin, observ tambin que los inclinados rayos solares
calentaban la cabeza a Sandy ms de lo que ella juzg ser saludable, y
que su sombrero estaba echado intilmente en el suelo en pleno abandono
de sus funciones. El levantarlo y colocrselo en la cara, era obra que
requera algn valor, sobre todo teniendo como tena los ojos abiertos.
Sin embargo, lo hizo, tomando en seguida las de Villadiego. Pero, al
mirar hacia atrs, sorprendiose al ver el sombrero fuera de su sitio y a
Sandy sentado y mirando a todos lados como para orientarse.

La verdad es que Sandy, en las tranquilas profundidades de su
conciencia, estaba persuadido de que los rayos del sol le eran benficos
y saludables; adems, desde la niez, se haba negado a echarse con el
sombrero puesto; slo los rematadamente locos llevaban siempre sombrero;
y, por ltimo, su derecho a prescindir de l cuando le diese la gana le
era inalienable. Esa fue la ntima representacin de su mente, pero, por
desgracia, su expresin externa era confusa y se limitaba a la
repeticin de la siguiente incoherencia:

--El sol est bien! qu hay? qu hay, sol? Magnfico!

Se detuvo doa Mara, y sacando nuevo valor de la ventajosa distancia
que le separaba de l, le pregunt si le faltaba algo.

--Qu ocurre? qu hay?--continu Sandy con voz aguardentosa.

--Levntese, hombre degenerado!--dijo exasperada.--Levntese y vyase
a casa!

Sandy se levant zigzagueando. Meda seis pies de altura; doa Mara
temblaba. Sandy adelant con mpetu algunos pasos y parose de sbito.

--Por qu me he de ir a casa?--pregunt de repente con seriedad.

--Para tomar un bao--contest la maestra lanzando una ojeada a su sucia
persona con gran indignacin.

De pronto, con infinito contento de doa Mara, Sandy se quit la levita
y chaleco, tirolos al suelo, se arranc las botas, y con la cabeza hacia
adelante arrojose precipitadamente por la cuesta abajo en direccin al
torrente.

--Virgen santa! Este hombre va a ahogarse!--dijo doa Mara.

Y entonces, con femenil inconsecuencia, ech a correr hacia el colegio y
se encerr con llave en su cuarto.

Durante la cena, mientras estaba sentada a la mesa con su huspeda, la
mujer del herrero, se le ocurri a doa Mara preguntarle con gazmoera
si su marido atrapaba curdas con frecuencia.

--Abner--contest reflexivamente Filomena,--djeme que lo piense: Abner
no ha estado chispo desde la ltima eleccin.

Entonces le hubiese gustado a doa Mara preguntarle si en tales
ocasiones prefera tenderse al sol y si un bao fro era perjudicial,
pero esto hubiera provocado una explicacin a la que no tena ganas de
dar publicidad. De manera que se content con abrir sus grandes ojos,
sonriendo a la ruborosa mejilla de Filomena, bello ejemplar de la
florescencia del sudoeste, y despus dej a un lado la cuestin. En una
sabrosa epstola que escribi a su mejor amiga de Boston poda leerse lo
siguiente:

     Opino que la parte de esta comunidad que se emborracha, es an la
     menos digna de objecin. Por de contado, querida, me refiero a la
     masculina. No s nada que pueda hacer tolerable a la femenina.

Al cabo de una semana haba doa Mara olvidado ya por completo este
episodio: pero sus paseos de la tarde tomaron inconscientemente otra
direccin. Con cierta extraeza not que todas las maanas un fresco
ramo de flores de azalea apareca por entre las dems, sobre su pupitre.
En un principio, no fue muy grande su extraeza, puesto que los nios
conocan su cario para las flores, y mantenan siempre adornado su
pupitre con anmonas, heliotropos y lupinos; pero al ser severamente
interrogados, cada cual y todos a una manifestaron ignorar lo del ramito
de marras.

Una tarde, Juanito, cuyo pupitre estaba prximo a la ventana, fue
acometido de repente por una risa espasmdica, al parecer inmotivada y
atentatoria a la disciplina escolar. Lo ms que doa Mara pudo sacarle
fue que alguien miraba por la ventana, y ofendida e indignada sali de
su colmena para librar batalla al impertinente. Al volver la esquina de
la escuela, dio con el qudam borracho, a la sazn completamente sereno,
corrido a ms no poder y con cara suplicante y cariosa.

Doa Mara no hubiera dejado de sacar de estos hechos una ventaja
femenil, si no se hubiese fijado, algo confusa tambin, de que el patn,
a pesar de algunas leves seales de pasada disipacin, tena agradable
aspecto; era una especie de rubio Sansn, cuya sedosa barba, de color de
trigo, jams haba conocido el filo de la navaja del barbero, ni de las
tijeras de Dalila. As es que la custica frase que bailaba en la punta
de su lengua expir en sus labios y se limit a recibir una tmida
excusa con altiva mirada, recogindose la falda como para evitar la
proximidad de un ser contagioso. De regreso a la sala del colegio, sus
ojos cayeron sobre las azaleas, presintiendo una revelacin.
Involuntariamente se ech a rer, y toda la gente menuda se ri tambin,
y sin saber por qu se sintieron muy felices.

Unas semanas despus de esto, y en un da caluroso, sucedi que a dos
chicos pernicortos les pas una desgracia en el umbral de la escuela con
un cubo de agua que haban trado laboriosamente desde la fuente, y que
la compasiva doa Mara tom el cubo para llevarlo a su destino. Al pie
de la cuesta, una sombra cruz el camino y un brazo vestido de una
camisa azul, la alivi con destreza de aquella carga, que empezaba a
quebrantar sus delicadas articulaciones. Doa Mara sintiose a la vez
enojada y confusa.

Y sin dignarse elevar los ojos hacia el bienhechor, dijo con cierto
despecho:

--Si ms a menudo llevases esto por tu cuenta haras mucho mejor.

Arrepintiose luego del discurso, ante el sumiso silencio que sigui, y
dio las gracias tan dulcemente en la puerta, que Sandy tropez, lo cual
hizo que los nios riesen otra vez, risa de que particip doa Mara,
hasta el punto de que sus plidas mejillas se tieron dbilmente de
carmn. Al da siguiente, apareci misteriosamente un barril al lado de
la puerta, y con igual misterio cada maana quedaba lleno de agua fresca
de la fuente.

Y no slo eran stas las nicas delicadas atenciones que reciba esta
joven singular.

El cochero Bill de la diligencia Sangulion, famoso entre todas las
aldeas y aldehuelas de la localidad, por su galantera en ofrecer
siempre el asiento del pescante al bello sexo, haba exceptuado de esta
atencin a doa Mara, y bajo el pretexto de que tena costumbre de
blasfemar en las cuestas, pona la mitad de la diligencia a su
disposicin. Jacobo Meln, de oficio jugador, despus de un silencioso
viaje en la misma diligencia que la maestra, arroj una botella a la
cabeza de un apreciable colega, por el atrevimiento de mentar su nombre
en una taberna. Y la emperifollada madre de un alumno, cuya paternidad
era dudosa, se paraba a menudo frente al templo de esta astuta vestal,
contenta con adorar a la sacerdotisa desde lejos y sin atreverse a
profanar su sagrado recinto.

La montona procesin de cielos azules y soles deslumbradores, de cortos
crepsculos y noches estrelladas, que se deslizaba sobre Red-Gulch, fue
interrumpida algn tanto por los incidentes que se acaban de relatar.

La maestra se aficion a pasear por los bosques apacibles y silenciosos;
quiz crea con Filomena que los balsmicos olores de los pinos hacan
bien a su pecho, pues lo cierto era que su tosecita iba siendo menos
frecuente y su paso ms firme; quiz haba aprendido la eterna leccin
que los pacientes pinos nunca se cansan de repetir a odos ya atentos ya
indiferentes; as es que un da dispuso una partida campestre hacia
Selva Negra y se llev a los nios consigo.

Cun infinito desahogo no era el suyo, lejos del empolvado camino, de
las esparramadas cabaas, de las amarillas zanjas, del clamoreo de
locomotoras impacientes, del abigarrado lujo de los aparadores, del
color chilln de la pintura y de los vidrios de colores y del ligero
barniz a que el barbarismo se adapta en tales localidades! Pasado el
ltimo montn de roca triturada y arcilla, cruzando la ltima disforme
hendidura, cmo abran sus largas filas para recibirles los
hospitalarios rboles! Con qu indefinible alegra los nios, no
destetados por completo del pecho de la generosa madre comn, se echaron
boca abajo sobre su rstico y atezado seno con extraas caricias,
llenando el aire con su risa! y de qu manera doa Mara, esa persona
felinamente desdeosa y atrincherada siempre en la pureza de su apretada
falda, cuello y puos inmaculados, lo olvid todo y corri como una
codorniz, al frente de su nidada hasta que, saltando, riendo y
palpitante, suelta la trenza de cabello castao, el sombrero colgando
del cuello por una cinta, dio de repente en lo ms espeso del bosque con
el malaventurado Sandy!

Intil es indicar aqu las explicaciones, disculpas y no sobrado
prudente conversacin que all se sostuvo. Sin embargo, parece que la
maestra haba ya entablado algunas relaciones con este ex-borracho. Slo
dir que pronto fue aceptado como uno de la partida; que los nios, con
aquella pronta inteligencia que la Providencia da a los inocentes,
reconocieron en l un amigo y jugaron con su rubia barba, largo y sedoso
bigote, y se tomaron otras libertades segn su inveterada costumbre.
Sobre todo, su admiracin no conoci lmites, cuando les arm un fuego
contra un rbol y les ense otros secretos de la vida de monte. Al cabo
de dos ociosas y felices horas de locuras, encontrose tendido a los pies
de la profesora, contemplando su rostro, mientras ella, sentada en la
pendiente de la cuesta, teja coronas de laurel con el regazo lleno de
mil variadas flores. Su posicin era muy parecida a la que tena cuando
le haba encontrado por primera vez. No es aventurada la semejanza.
Aquella naturaleza fcil y sensual, a la que la bebida haba dado una
exaltacin fantstica, era de temer que encontrase en el amor algo
parecido al arrebato alcohlico.

Opino que el mismo Sandy estaba vagamente convencido de esta verdad. Su
imaginacin vagaba con vehemencia para hacer algo, matar un oso, partir
el crneo a un salvaje o sacrificarse de alguna otra manera por aquella
profesora de rostro plido y de grises ojos. Como mi gusto sera ahora
presentarle en una situacin heroica, con gran dificultad contengo mi
pluma en este momento, y nicamente me abstengo de introducir semejante
episodio con el profundo convencimiento de que generalmente nada de esto
ocurre en semejantes casos, y tengo la esperanza de que la ms bella de
mis lectoras perdonar la omisin, recordando que en una crisis
verdadera, el salvador es siempre algn forastero poco interesante, o
bien un poco romntico agente de autoridad, y jams un Adolfo.

Durante un buen rato, permanecieron all, sentados en plcida calma,
mientras los picos carpinteros charlaban sobre sus cabezas y las voces
de los nios jugando a escondite llegaban algo dbiles desde la
hondonada.

Lo que hablaron, poco importa, y lo que pensaron, que podra ser
interesante, no pudo traslucirse.

Los pjaros, siempre curiosos, slo pudieron saber que la maestra era
hurfana; que sali de la casa de su to para ir a California en busca
de salud e independencia; que Sandy era hurfano tambin; que lleg a
California en busca de aventuras, que haba llevado una vida de
agitacin desordenada, y que trataba de reformarse, y otros detalles que
desde el punto de vista de aquellos alados seres sin duda deban de
parecerles estpidos y de poca miga. Pero, sea como sea, se pas la
tarde, y cuando los nios se reunieron otra vez, y Sandy, con una
delicadeza que la maestra comprendi perfectamente, se despidi de ellos
con toda tranquilidad, en los arrabales del pueblo, les pareci a todos
aquel da el ms corto de su vida.

Conforme el sol del largo y rido verano iba marchitando las plantas
hasta la raz, la poca de colegio de Red-Gulch, para emplear un modismo
local, se iba secando tambin. Un da ms, y doa Mara sera libre ya,
o, por lo menos, Red-Gulch no la vera en toda una estacin. Sola en la
escuela y sentada con la mejilla descansando en su mano, los ojos medio
cerrados, mecase en uno de aquellos ensueos a que, con peligro de la
disciplina escolar, se entregaba tan a menudo, desde no haca mucho
tiempo. Con la falda llena de musgos, helechos y otros recuerdos
silvestres, se encontraba tan preocupada y metida en sus propios
pensamientos, que le pas inadvertido un suave golpear en la puerta, o
bien lo tradujo por una lejana extraa alucinacin. Cuando por fin se
afirmaba ms claramente en ello, sobresaltose, y con ruborizadas
mejillas se dirigi a la puerta, preguntando, quin hay?

En el umbral estaba una mujer cuya audacia y vestidura formaban extrao
contraste con su ademn irresoluto y lleno de timidez.

La maestra reconoci al primer golpe de vista a la dudosa madre de su
annimo discpulo. Contrariada quiz, tal vez enojada, invitola
framente a entrar; arreglose instintivamente sus blancos puos y
cuello, y recogi su corta falda castamente. Quiz esto fue motivo de
que la turbada forastera, despus de dudar un momento, dejase al lado de
la puerta, plantada en el polvo, su llamativa sombrilla abierta, y se
sentara en el extremo opuesto de un banco inconmensurable. Su voz, al
comenzar, era ronca.

--Me han dicho que se va usted maana a la baha, y no poda dejarla
marchar sin venir a darle las gracias por su bondad para con mi
Tomasito.

En opinin de doa Mara, Tomasito era un buen chico y mereca algo ms
que el pobre cuidado que de ella poda esperar.

--Gracias, seora, gracias!--dijo la forastera, sonrojndose an a
travs de los afeites, que Red-Gulch llamaba maliciosamente su pintura
de batalla, y procurando en su confusin arrastrar el largo banco ms
cerca de la maestra.--Le doy a usted las ms cumplidas gracias. Y, sin
nimo de lisonja alguna, no hay muchacho viviente ms dcil y carioso,
ni mejor que l. Y... a pesar de lo poco que soy para decirlo, no existe
maestra ms paciente, ms bondadosa, ms angelical que la que l ha
tenido la feliz estrella de encontrar.

Doa Mara, sentada muy peripuesta detrs de su pupitre, con una regla
al hombro, abri a esto sus ojos grises, pero guard silencio.

--Bastante s--prosigui rpidamente aqulla,--que mujeres como yo no
pueden halagarla. No deba tampoco entrar aqu en mitad del da, pero
vengo a pedir un favor, no para m, seora, no para m, sino para mi
pobre hijito.

Gracias al inters que observ en los ojos de la joven maestra, se
anim, y juntando entre las rodillas sus dos manos, enguantadas de color
de lila, continu en tono confidencial:

--Seora, ya ve usted que nadie ms que yo tiene derecho sobre el nio,
y, sin embargo, yo no soy la persona que debiera educarle. El ao pasado
tuve intencin de llevarle a la escuela, en Frisco, pero, cuando se
habl de traer aqu una maestra, esper hasta que la vi a usted y
entonces cre la cosa arreglada y que poda guardar a mi hijo algn
tiempo ms... Si supiese, seora, lo que l la quiere! Si pudiera orle
hablar de usted a su bonita manera, si l pudiera pedirle lo que ahora
le pido yo, sera usted incapaz de oponerse a ello. Es natural--continu
con rapidez, con una voz que tembl extraamente, entre orgullosa y
humilde,--es natural que la ame, seora, pues su padre, cuando le
conoc, era un caballero, y es forzoso que el nio me olvide tarde o
temprano... as es que no voy a llorar por esto. En una palabra, vengo a
pedirle que se encargue de Tomasito, y Dios le bendiga como al mejor, al
ms querido de sus hijos sobre la tierra... vengo a... pedirle que... le
lleve en su compaa.

Y, esto diciendo, la forastera se haba levantado, y postrndose de
rodillas a sus pies, tena agarrada la mano de la joven entre las
suyas.

--Tocante a dinero, tengo mucho, y todo es de usted y de l, para que lo
ponga en un buen colegio, donde pueda verle y ayudarle a... a... a
olvidar a su madre. Puede usted hacer con l lo que le parezca; lo peor
que haga ser bueno, comparado con lo que aprender a mi lado. Con tal
que no hiciese ms que sacarle de esta mala vida, de este pueblo, de
este hogar de pena y de vergenza. Lo har? Dgame que lo har! No es
verdad? Lo har; no puede, no debe negrmelo. De este modo, mi hijo se
har tan puro, tan dcil como usted misma, y cuando haya crecido le dir
el nombre de su padre, el nombre que hace aos no han pronunciado mis
labios, el nombre de Alejandro Morton, a quien llaman aqu Sandy. Doa
Mara, no retire su mano! Doa Mara, contsteme! Se llevar a mi
hijo? No vuelva la cara! ya s que no debera contemplar a una mujer
como yo. Pero por Dios, seora, sea clemente! Que esta mujer me deja!

Doa Mara se levant, y a la luz del expirante crepsculo tent su
camino hasta la abierta ventana; all permaneci en pie, apoyada contra
el marco, con los ojos fijos en los ltimos rosados matices del
crepsculo. Quedaba todava algo de aquella luz en su pura y tersa
frente, en su nveo cuello, con sus finas manos entrelazadas; pero todo
desapareci lentamente. La suplicante se haba arrastrado an de
rodillas hasta su lado.

--Ya me hago cargo de que se necesita tiempo para pensarlo. Aguardar
aqu toda la noche; pero no puedo marcharme sin que haya usted
resuelto. No me lo niegue ahora. Se lo llevar? lo veo en su hermosa
cara, cara semejante a la que he visto algunas noches, soando. Lo veo
en sus ojos, doa Mara. Va a llevarse a mi hijo.

El postrer rayo del crepsculo, que serpente hasta el cenit, reflejose
en los ojos de la maestra con algo de su gloria, fluctu y apagose
desapareciendo en el ocaso. El sol se haba puesto en Red-Gulch. En el
crepsculo y silencio la voz de doa Mara son majestuosamente.

--Me llevar al nio; envemelo esta noche.

Las manos de la afortunada madre alzaron hasta sus labios el borde de la
falda de doa Mara, y de buena gana habra sepultado su ardiente cara
en sus virginales pliegues, pero no se atrevi y se puso en pie.

--Ese hombre conoce su intencin?--pregunt de repente la maestra.

--No; ni le interesa. Ni siquiera ha visto al nio para conocerlo.

--Vaya a verle en seguida, esta noche, ahora mismo. Comunquele lo que
ha hecho. Dgale que me he llevado a su hijo, y hgale saber que jams
debe ver... ver... otra vez al nio. All donde vaya ste, l no debe
venir; dondequiera que me lo lleve, l no debe seguir. Basta, pues.
Estoy cansada y... me queda an mucha tarea.

Y la acompa hasta la puerta. En el umbral, la mujer se volvi.

--Buenas noches.

Se hubiera echado a los pies de doa Mara, pero, en el mismo momento,
la joven le tendi sus brazos, estrech por un momento contra su puro
pecho a la pecadora mujer, y despus empuj y cerr la puerta con llave.

Sin poder librarse de un repentino sentimiento de responsabilidad, tom
el hereje Bill a la maana siguiente las riendas de la diligencia Silio
Gullon, pues aquel da uno de sus pasajeros era la maestra, doa Mara.
Al enfocar en la carretera, obediente a una agradable voz del interior,
refren de repente los caballos y esper respetuosamente mientras
Tomasito saltaba del coche por orden de la maestra.

--La otra mata: no aqulla, Tomasito.

El interpelado sac su cuchillo nuevo, y cortando una rama de una alta
mata de azalea, volvi con ella hacia doa Mara.

--Adelante?

--Adelante.

Y la portezuela de la diligencia cerrose sobre el Idilio de Red-Gulch.




DE COMO SAN NICOLS LLEG A BAR SANSN


Estaba el tiempo muy metido en aguas en el valle del Sacramento. El
North Fork se haba salido de madre y la Rattlesnake Creek estaba
impracticable.

Bajo una enorme extensin de agua que alcanzaba la base de las montaas
desaparecan los gruesos cantos rodados que durante el verano haban
sealado el vado en el cruce de Sansn.

El servicio ascendente de diligencias tuvo que parar en la casa Granger;
el ltimo correo fue abandonado en los tneles y su jinete salv la vida
luchando a brazo partido con la corriente.

Como observaba el _Alud de la Sierra_ con cierto orgullo local, un
rea tan grande como el Estado de Massachusetts, est a estas fechas
bajo el agua. Y en la sierra el tiempo no se presenta mejor.

El barro era denso en el camino de la montaa. En la carretera, galeras
que ni la fuerza fsica ni el ingenio podan arrancar de los baches en
que haban cado, obstruan el paso, y los tiros de caballos rezagados y
las blasfemias mostraban ms que otra cosa el camino de Bar Sansn.

A lo lejos, aislado e inaccesible, empapado en agua, azotado por un
viento furioso y amenazado por la subida de las aguas, Bar Sansn, en la
Nochebuena de 1862, colgaba de Table Mountain como el nido de golondrina
que la borrasca sacude en los viejos triglifos de ptreo entablamento.

Mientras la noche descenda sobre el campamento, unas pocas luces
brillaban, al travs de la neblina, desde las ventanas de las cabaas a
entrambos lados del camino, surcado a la sazn por riachuelos
desordenados y azotado por violentas ventoleras.

Afortunadamente, la mayora de los vecinos estaban recogidos en el
almacn de drogas de Daniel, alrededor de una roja estufa, en la cual
escupan, silenciosamente con tan ostensible acuerdo de la comunidad
social, que relevaba a todos de cualquier otra ocupacin.

Como la crecida de las aguas haba suspendido las faenas de las minas y
del ro, haca ya mucho tiempo que los medios de diversin se haban
agotado en Bar Sansn. Adems, la subsiguiente falta de dinero y
aguardiente quitaba el gusto hasta la ms inocente diversin.

El mismo seor Perrn abandon el Bar con cincuenta pesos en el
bolsillo, nica cantidad que alcanz a realizar de las grandes sumas
que llevaba ganadas en el lucrativo y arduo ejercicio de su negocio.

--Si me dijesen otro da, si me dijesen que sealara una bonita aldea en
donde un jugador retirado, a quien no le importase mucho el dinero,
pudiera divertirse a menudo y alegremente, dira que Bar Sansn; pero
para un joven con una numerosa familia que depende de su trabajo, no
produce lo suficiente.

Como la familia del seor Perrn la formaban nicamente damas elegantes,
citamos esta observacin ms para dar una idea de su humor que de sus
deberes.

Formando abigarrado conjunto, encontrbanse reunidas aquellas personas
con la indiferente apata que engendra la pereza y el fastidio.

Ni el repentino resonar de los cascos de un caballo a la puerta, les
hizo volver en s.

Slo Federico Bullen se detuvo en la tarea de vaciar su pipa y alz la
cabeza, pero nadie ms del grupo dio a conocer el menor inters hacia el
hombre que entraba pausadamente, por cierto.

Era una figura bastante familiar a la sociedad que en Bar Sansn le
llamaban El viejo.

A pesar de esto, pareca an de complexin fresca y juvenil, y su
cabello escaso y entrecano denotaba al hombre de unos cincuenta aos. De
cara simptica y complaciente, tena una aptitud as como la del
camalen para adoptar la sombra y el color de las opiniones y caracteres
de los que entraban en su trato.

Acababa de dejar a unos compaeros de diversin, as es que, de
momento, no observ la gravedad del grupo, pero golpe amistosamente por
la espalda al hombre ms prximo, y se ech en una silla que vio libre.

--Acabo de or la cosa mejor del mundo, muchachos! Conocen ustedes a
Meln? El de all abajo, Joaqun Meln, el hombre ms divertido de Bar?
Pues Joaqun nos estaba contando el cuento de ms chispa que...

--Meln es un animal!--interrumpi una voz seca.

--Un cuadrpedo--aadi otro, en tono sepulcral.

Y el silencio volvi a reinar despus de estas declaraciones.

El viejo mir rpidamente en torno al grupo. Luego, su cara se
transform poco a poco.

--Es verdad--dijo, despus de un momento de reflexin,--es realmente una
especie de cuadrpedo, algo tiene de animal, no puede negarse.

Y frunci el ceo, como en dolorosa meditacin de la ignorancia e
imbecilidad del impopular Meln.

--Hace un tiempo bien triste, verdad?--aadi, engolfndose en la
corriente del general sentimiento.--Mala la van a pasar los obreros y
poco dinero corre esta temporada... Y maana es Navidad.

Hubo un movimiento entre los concurrentes al anunciar esto, pero no se
trasluci claramente si era de satisfaccin o de disgusto.

--S--continu el viejo en el tono lgubre que desde los ltimos
momentos involuntariamente adoptara,--esto es... se me ocurri la idea,
comprenden? de que tal vez les gustara venir a mi casa y pasar all
una Nochebuena. Ahora tal vez no les gustara... Quiz no estn en
buena disposicin?--aadi con simptica solicitud, observando las caras
de sus oyentes.

--No dir que no--respondi Toms Flavio, algo ms animado.--Puede que
s. Pero y tu mujer, viejo? Qu tal va?

El viejo titube.

Todo Bar Sansn saba que las experiencias conyugales no haban sido
felices para l.

Su primera esposa, una mujercita delicada y bonita, haba sufrido las
ms vivas y celosas sospechas de su marido, hasta que un da ste
convid a su casa a todo el Bar para que su infidelidad quedase
plenamente probada.

Pero al llegar los de la partida, encontraron a la tmida e inocente
criatura tranquilamente ocupada en sus obligaciones caseras, y tuvieron
que retirarse corridos y avergonzados.

La delicada sensitiva no se repuso fcilmente del choque de tan
extraordinario ultraje.

Le cost trabajo recobrar el aplomo para dar suelta a su amante, de un
armario en que estaba escondido y escaparse con l. Para consuelo del
marido, le dej abandonado un nio de tres primaveras.

La actual consorte del viejo haba sido su cocinera: mujer corpulenta,
de carcter brutal.

Antes que pudiera contestar, Juan Dimas expuso en breves razones que la
casa era del viejo, y que, invocando el poder divino, si estuviera l en
su casa convidara a quien le pluguiese, aun cuando hacindolo pusiera
en peligro su salvacin. Los espritus malignos, aadi adems,
lucharan en vano contra l.

Todo esto dicho con una sequedad y vigor perdidos en esta traduccin
obligada.

--Naturalmente... seguro... esto es--dijo el viejo frunciendo tambin el
entrecejo.--No hay nada de particular. Es mi casa; yo mismo he levantado
todos sus maderos. No hay por qu temerla. Tal vez grite un poco, como
hacen las mujeres, pero volver a las buenas.

El viejo fiaba, para sus adentros, en la exaltacin del licor y en el
poder de un valeroso ejemplo para sostenerse en semejante situacin.

Hasta aquel momento, Federico Bullen, orculo y cabeza de Bar Sansn, no
haba hablado. Pero se quit la pipa de los labios y prorrumpi:

--Viejo, y cmo sigue tu nio Juanito? Se me figur algo enfermizo la
ltima vez que lo vi en el camino tirando piedras a los chinos, y no
pareca interesarle eso en gran manera. Ayer pas por aqu una tropa de
ellos, ahogados en el ro, y pens en Juanito. Oh! cmo los echara de
menos! Tal vez estorbaremos si est enfermo?

Visiblemente afectado, no slo por este cuadro pattico de la privacin
de Juanito, sino tambin por tan circunspecta delicadeza, se apresur
el padre a asegurarle que Juanito estaba mejor y que _un poco de broma
quiz le mejorara algn tanto_.

Entonces Federico se levant, y desperezose diciendo:

--Ya estoy. Ensanos el camino. En marcha.

Y con un salto y un aullido caractersticos, precediolos, saliendo a
fuera.

Al pasar por delante del hogar agarr un tizn encendido, accin que
repitieron los dems de la partida, siguindolo de cerca, codendose, y
antes de que Daniel, el asombrado propietario de la droguera, conociera
la intencin de sus huspedes, la sala estaba completamente desocupada.

Haca una noche ms oscura que boca de lobo. Las improvisadas antorchas
se extinguieron a la primera racha de viento y nicamente los rojos
tizones oscilando en las tinieblas como fuegos fatuos iluminaban
vagamente el estrecho sendero.

Este les conduca por la caada del Pino arriba, a cuya entrada se
esconda en la cuesta una ancha pero baja cabaa con un techo primitivo
hecho de caas y cortezas de pino.

Era el hogar del viejo y a la vez entrada de la mina en que trabajaba
cuando lo haca.

Una vez all el acompaamiento, se par un momento por delicada
deferencia al anfitrin, que lleg de la retaguardia jadeante.

--Quiz hicieran ustedes bien en aguardar un segundo aqu fuera,
mientras yo entro y veo si todo est corriente--dijo el viejo con una
indiferencia que estaba muy lejos de su nimo.

La indicacin fue buenamente aceptada; la puerta se abri y cerr tras
del anfitrin, y sus compaeros, apoyando las espaldas contra la pared y
cobijndose bajo el alero del tejado, esperaron con el odo atento.

Por algunos momentos no se oy ms sonido que el gotear del agua del
alero y el de las ramas que luchaban contra el viento que las sacuda,
crujiendo por encima de sus cabezas.

Los convidados principiaron a inquietarse y cuchichear indicaciones y
sospechas que pasaron de boca en boca.

--Sospecho que para empezar ya me le ha roto la crisma.

--Le habr metido en el tnel y all le dejar emparedado, seguramente.

--Le tendr en el suelo y estar sentada encima.

--Probablemente est hirviendo algo para echrnoslo; apartmonos de la
puerta por lo que pudiera ser.

Pero en este momento el pestillo cruji, abriose despacio la puerta, y
una voz dijo:

--Entren a cubierto de la lluvia.

La voz no era la del viejo ni la de su mujer.

Era una voz infantil, cuyo dbil timbre quebrantaba aquella ronquera
antinatural, que slo pueden dar la vagancia y el abuso prematuro del
alcohol.

Apareci ante ellos la figura de un nio, cuya cara poda haber sido
bonita y aun distinguida a no oscurecerla de por dentro las maldades
aprendidas y a no haber impreso en ella su sello la suciedad y el
abandono.

Su cuerpecito estaba envuelto con una manta, y se conoca que acababa de
levantarse de la cama.

--Entren--repiti--y no hagan ruido. El viejo est all hablando con
madre--prosigui sealando un cuarto adyacente, que pareca ser una
cocina, desde la cual la voz del viejo llegaba en tono de clemencia.

--Sultame--aadi el nio refunfuando y dirigindose a Federico Bullen
que le haba agarrado envuelto en la manta y finga quererle echar al
fuego del hogar.

--Djame, maldito viejo loco! oyes?

Puesto as a raya Federico Bullen, dejole en el suelo, mientras que los
hombres entraron silenciosamente, colocndose en el centro del cuarto y
alrededor de una larga mesa de toscas tablas.

Inmediatamente Juanito encaminose con gravedad hacia un armario y sac
varios objetos que coloc sobre la mesa pausadamente.

--Ah tienen ustedes aguardiente y bizcochos, arenques ahumados y queso
(y en su camino hacia la mesa dio una dentellada a este ltimo). Y
azcar. (Sac con mano muy sucia un puado.) Hay tambin manzanas secas
en la alacena; pero no me chocan. Las manzanas hinchan. Helo aqu
todo--termin.--Olvidbame el tabaco. Ahora a ello y sin temor: no hago
caso de la vieja; al fin y al cabo, no me es nada Ea, pues!

Y se retir hacia el umbral de un reducido cuarto, apenas mayor que un
armario, separado del cuarto principal por un tabique y que tena una
pequea cama en su pequeo y oscuro recinto.

Se detuvo all un momento de pie mirando la compaa, salindole los
desnudos pies por debajo de la manta, y se despidi haciendo un ligero
movimiento.

--Escucha Juanito! Vas a acostarte otra vez?--dijo Federico.

--S, voy--respondi con decisin el interpelado.

--Pues qu tienes, vejete?

--No estoy bueno.

--Cmo?

--Tengo fiebre. Y sabaones. Y reuma--contest Juanito.

Y se hundi entre las sbanas. Despus de una pausa momentnea, aadi
desde la oscuridad:

--Y el corazn me duele.

Sucediose un silencio embarazoso. Los hombres se miraron entre s y
despus al fuego.

A pesar del apetitoso banquete que se les presentaba, pareci que caan
otra vez en el desaliento de la droguera de Daniel, cuando la voz
quejumbrosa del viejo, incautamente elevada, lleg hasta la reunin de
un modo bastante claro para ser oda.

--En esto te sobra la razn... Es mucha verdad... Claro est que lo
son. Una cuadrilla de borrachos y holgazanes!... y ese Federico Bullen
es el peor de todos. Es que no tiene juicio para venirse aqu, habiendo
en casa un enfermo y sin que tengamos provisin de ninguna clase?... Ya
se lo deca yo... Bullen, le he dicho, es que ests borracho o loco
para pensar tal cosa?... Y a Conrado? Cmo ha podido ocurrrsete
convertir mi casa en un campo de Agramante, teniendo a mi nio enfermo?
Es que quisieron venir, te digo. He aqu lo que debe esperarse de esta
canalla del Bar.

Una carcajada homrica sigui a esta desgraciada manifestacin.

En este momento, sea que fuera oda la risa en la cocina, o que la
iracunda compaera del viejo hubiese apurado todos los restantes modos
de expresar su desprecio e indignacin, lo cierto fue que cerraron una
puerta trasera con gran estrpito.

Todos permanecieron suspensos hasta que reapareci el viejo, ignorando
por fortuna la causa del ltimo estallido de hilaridad y sonriendo
hipcritamente.

--Mi esposa ha tenido la idea de pasar un rato con la seora Mac
Fadden--dijo a modo de explicacin y con aire indiferente, al tomar
asiento entre los comensales.

Y, cosa singular, se necesit de este adverso incidente para aliviar el
embarazo que la partida comenzaba a sentir, y su audacia natural se
recobr con el regreso del anfitrin.

No intentar contar los chistes del banquete de Nochebuena. Basta decir
que la conversacin se caracteriz por la exaltacin intelectual, el
cauteloso respeto, la meticulosa delicadeza, la precisin retrica y por
el mismo discurso lgico y coherente que distinguen a estas varoniles
reuniones en localidades ms civilizadas y en donde reina el ms fino
trato social.

No se rompi un solo vaso a causa de no haberlos, ni se derramaron
intilmente licores por el suelo ni sobre la mesa, por la escasez de
aquel artculo.

Sera casi media noche cuando fue interrumpida la fiesta.

--Es preciso callar--dijo Federico alzando la mano.

Era la quejumbrosa voz de Juanito, desde su dormitorio inmediato.

--Oh, padre!

El viejo se levant apresuradamente introducindose en la habitacin del
enfermo. Al poco rato reapareci.

--El reuma le vuelve con fuerza--dijo--y necesita unas fricciones.

Tom de la mesa la damajuana de aguardiente y la sacudi. Estaba vaca
completamente.

Federico Bullen dej su taza de hojadelata con una risa forzada. Los
dems hicieron lo propio.

El viejo examin el contenido y dijo ms animado:

--Me parece que hay bastante. Esperar un momento; vuelvo en seguida.

Y entr de nuevo en el cuartito, llevndose una camisa vieja de franela
y el aguardiente.

Como la puerta qued entreabierta, se oy distintamente el siguiente
dilogo:

--Dime, hijo mo, dnde te duele ms?

--Me duele todo. Ora aqu y ora ah debajo; pero es ms fuerte de aqu a
aqu. Corre, padre, friega fuerte.

Y el silencio pareca indicar una viva friccin. Entonces, Juanito dijo:

--Pasas un buen rato all fuera, padre?

--S, hijo mo.

--Es Navidad maana, verdad?

--S, hijo mo. Cmo te sientes ahora?

--Mejor, frota un poco ms abajo. Y qu es Navidad? Dime: por qu es
tal fiesta?

--Oh, es un da!...

Aqu, al parecer, pudo ms el dolor que la infantil curiosidad, pues
hubo un silencioso intervalo, durante el cual el viejo continu
frotando. Al poco rato, Juanito continu:

--Madre dice que en todas partes, menos aqu, todos se dan cosas unos a
otros por ese da. Dice que hay un hombre que le llaman San Nicols,
comprendes? Pero no un blanco, sino una especie de chino, que baja por
la chimenea la noche antes de Navidad, dejando cosas a los nios como yo
que han tenido cuidado de dejar all sus botas. Eso... eso es lo que me
quera hacer creer... Vamos, padre, dnde ests frotando? Ests a un
kilmetro del sitio... Dime: no habr inventado esto para hacernos
rabiar a ti y a m?... No frotes ah... Contesta.

En medio del silencio nocturno que pareca cernerse sobre la casa, se
oa claramente el murmullo de los cercanos pinos como arpas elicas
taidas por el viento.

--Vamos, no seas as, padre, pues pronto me voy a poner bueno. Qu
hacen esos hombres ah fuera?

El viejo entreabri la puerta y mir distradamente.

Los hombres estaban sentados en buena compaa, con unas cuantas monedas
de plata sobre la mesa y una flaca bolsa de piel de gamuza en las manos.

--Estn armando... algn juego. Ya se las arreglan--contest a Juanito y
volvi a sus fricciones.

--Me gustara ser mano y ganar dinero--dijo reflexivamente Juanito,
despus de un corto silencio.

Por todo consuelo, el viejo repiti lo que a todas luces era para l
estribillo eterno, es decir: que si Juanito quisiera esperar hasta que
diesen con el filn, en la mina, tendra mucho dinero, y seran muy
ricos.

--S--dijo Juanito,--pero no lo encuentras. Adems, dar con l o que yo
lo gane, es casi lo mismo. Al fin y al cabo, todo es cuestin de suerte.
Pero es muy extrao lo de Navidad, no es cierto? Por qu la llaman
Navidad?

Sea por deferencia instintiva a las preocupaciones de sus huspedes, sea
por un vago sentimiento de incongruencia, la contestacin del viejo fue
tan baja, que qued aprisionada entre las paredes de la habitacin.

--S--dijo Juanito, con inters ya algo decado.--Me han hablado ya de
_l._ Basta, padre; no me hace, ni con mucho, tanto dao como antes.
Ahora cbreme bien con la manta y--aadi murmurando bajo la
ropa--sintate a mi lado, hasta que me duerma. Oyes?

Y se compuso para descansar, no sin antes sacar una mano fuera de la
manta y agarrar fuertemente a su padre por una manga con objeto de que
no le burlase en su justa pretensin.

El viejo esper pacientemente algunos minutos.

La inusitada tranquilidad de la casa excit su curiosidad; con la mano
desasida y sin levantarse, abri cautelosamente la puerta y atisb hacia
la sala.

Con gran extraeza, la vio oscura y vaca.

Pero en aquel instante un leo que humeaba en el hogar se rompi, y a la
luz de su llamarada vio a Federico Bullen sentado junto a los
amortiguados tizones.

--Hola!

Federico se sobresalt, psose de pie y fue hacia l, medio
tambalendose.

--Los compaeros dnde han ido?--dijo el viejo.

--Al momento vuelven por aqu. Han salido a fuera a dar un pequeo
paseo. Les estoy esperando. Qu miras tan fijamente, viejo?--aadi con
risa forzada,--vas a creer que estoy borracho?

Poda habrsele perdonado al viejo la suposicin, pues los ojos de
Federico estaban hmedos y su cara como un tomate.

Hzose un poco el remoln, y volvi a la chimenea. Bostez, desperezose,
abroch su levita, y dijo riendo:

--El vino no anda tan abundante como eso, viejo. No te
levantes--prosigui, cuando el viejo hizo un movimiento para librar su
manga de la mano de Juanito.--No hagas cumplidos. Puedes quedarte ah
donde ests; me voy al instante. Ya estn aqu.

Llamaron suavemente a la puerta.

Federico Bullen abriola, con un ademn se despidi del viejo y
desapareci.

El viejo le hubiera seguido a no ser por la mano que an inerte le
detena fuertemente, no siendo fcil desprenderse de ella. Era pequea,
dbil y flaca; pero quiz por ser pequea, dbil y demacrada cedi a su
presin y, aproximando an ms la silla a la cama, apoy sobre ella la
cabeza, sorprendindole el sueo en esta actitud.

La habitacin oscil y se desvaneci ante sus ojos; reapareci, se
desvaneci de nuevo, oscureciose y le dej dormido del todo.

En tanto, Federico Bullen cerr la puerta, y se junt a sus camaradas.

--Ests listo?--dijo Conrado.

--Listo!--dijo Federico,--qu hora es?

--La una--contest,--puedes hacerlo? Son casi cincuenta millas entre
ida y vuelta.

--As me parece--contest Federico brevemente.--Est la yegua aqu?

--Bill y Jaime la tienen ya en el pinar.

--Pues que la guarden un momento.

Volviose y entr otra vez cautelosamente en la casa.

Guiado por la dbil luz de la vela que se corra y del amortiguado
fuego, observ que la puerta del cuartito estaba abierta y se fue hacia
ella de puntillas.

El viejo roncaba echado en su silla, con las piernas extendidas, la
cabeza hacia atrs y el sombrero calado hasta las cejas.

A su lado, sobre una estrecha cama de madera, yaca Juanito envuelto
estrechamente como una momia en la manta, que le tapaba todo, excepto
una parte de la frente y una manecita crdena y estirada que pugnaba
intilmente por entrar.

Federico Bullen avanz un paso, titube y mir por encima del hombro la
desierta sala.

Reinaba el silencio ms profundo.

Con sbita resolucin se inclin sobre el dormido muchacho, separando
con ambas manos sus grandes bigotes.

Mas, en el instante de hacerlo, un travieso soplo de aire que le
acechaba, gir en torbellino por la chimenea abajo, reanimando el hogar
y despidiendo viva claridad, de la que huy Federico como asustado.

Sus compaeros le esperaban ya en el pinar.

Dos de ellos luchaban para sujetar en la oscuridad un ser extraamente
disforme, el cual a medida que Federico se acercaba, fue delineando su
figura. Era la yegua.

El cuadrpedo no tena, en realidad, bonita estampa.

Nada notable ofreca desde su romo hocico hasta sus alzadas ancas, y
desde su arqueado espinazo, oculto por las radas y tiesas _machillas_
de una silla mejicana, hasta sus gruesas, derechas y huesosas piernas,
no tena una sola lnea de la gracia y noble aspecto que distingue a su
especie.

Con los blancos ojos medio ciegos, pero malignos, su labio inferior
colgante y su monstruoso color, era incapaz de despertar el ms leve
sentimiento esttico.

--Bueno--dijo Conrado,--cuidado con las herraduras, muchachos, arriba!
Ojo con no descuidarte en agarrar ante todo las crines, y cuida de
agarrar en seguida el otro estribo. Arriba!

Mont atropelladamente el jinete, pate luchando el solpedo,
apartronse con precipitacin los espectadores y volaron sacudidas en
crculo las herraduras, retemblando la tierra a los saltos del animal.
Por ltimo, sonaron las espuelas y parti _Jovita_. Federico, en las
tinieblas, grit:

--Bien va!

--Al volver no tomes el camino de abajo, a no ser que apremie el tiempo.
No la detengas al bajar la cuesta! A las seis te esperamos en el vado.
En marcha. Hop! Adelante!

Y chispearon las piedras, cruji ruidosamente la grava del camino y
Federico se hundi en la oscuridad.

* * * * * * *

Oh, musa! canta; la cabalgada de Federico Bullen! Oh, musas, venid en
mi ayuda para cantar los caballerescos varones, la sagrada empresa, las
hazaas, la batida de los patanes malandrines, la terrible cabalgada y
temerosos peligros de la flor de Bar Sansn! Ah, musa ma! Desdeosa
ests!... Nada quiere con este animal coceador y con su andrajoso
jinete, y fuerza me es seguirlos en simple prosa.

Eran las dos; apenas alcanzara Rattlesnake-Hill, y ya en aquel intervalo
_Jovita_ haba hecho gala de todos sus vicios, y sacado a relucir todas
sus habilidades.

Tres veces tropez. Dos veces alz el romo hocico en lnea recta con las
riendas, y resistiendo el freno y la espuela, ech a correr locamente a
travs de campos y sembrados.

Dos veces se puso de manos, y se dej caer hacia atrs, y dos veces el
gil Federico tuvo que recurrir a todo su ingenio y buena estrella para
recobrar su asiento.

Y una milla ms adelante, al pie de una prolongada colina, estaba
Rattlesnake-Creek.

Federico saba que all le esperaba la prueba capital de su habilidad,
si quera llegar al trmino de su jornada. Apret los dientes, encaj
sus rodillas en los costados de la yegua y cambi su tctica de defensa
en una enrgica ofensiva.

Excitada y enardecida _Jovita_, emprendi el descenso de la cuesta.

El artificioso Federico finga detenerla con represin manifiesta, y
mentidos gritos de temor.

Intil es aadir que _Jovita_ en seguida emprendi vertiginosa carrera.
Ni es necesario fijar aqu el tiempo empleado en el descenso; est
inscrito en las crnicas de Bar Sansn.

Slo dir que al cabo de un momento, pareciole a Federico que le
salpicaba el barro de las inundadas orillas de Rattlesnake-Creek.

Conforme a los planes de Federico, el empuje que haba adquirido la
llev ms all del margen, y tenindola a propsito para un gran salto,
se lanzaron en medio de la impetuosa corriente del ro.

Unos momentos de lucha, coceando y nadando, y Federico respir
ruidosamente, despus de ganar la orilla opuesta.

El camino desde Rattlesnake-Creek hasta Red-Mountain era bastante bueno.

Sea porque el bao en Rattlesnake-Creek hubiese templado su maligno
ardor, o bien porque el arte con que Federico la condujo le hubiese
demostrado la superior malicia de su jinete, _Jovita_ ya no malgastaba
su energa sobrante en vanos caprichos, y pareca haber adquirido una
grave solemnidad.

Una vez tan slo coce con las piernas traseras, pero fue por la fuerza
de la costumbre; otra vez se espant, pero fue por una maldita vieja que
se interpuso en el camino con un monumental cesto en la cabeza.

Fosos, montones de grava, trozos que emergan sembrados de fresca
hierba, volaron bajo sus piernas que parecan infundidas de extrao
vigor.

Empez a resollar; una o dos veces tosi ligeramente, pero no
disminuyeron su fuerza ni la velocidad de su carrera.

A las tres haba pasado la Red-Mountain y comenzaba el descenso hacia el
llano.

Diez minutos ms tarde, el cochero de la rpida diligencia _Pionner_ fue
alcanzado y dejado atrs por un hombre sobre un caballo _pinto_, segn
expresin del conductor.

A las tres y media Federico se alz sobre sus estribos y lanz una
exclamacin.

Al travs de rasgadas nubes brillaban las estrellas, y frente a l, ms
all de la llanura, se alzaban dos agujas, dos astas de banderas y una
silueta de objetos negros escalonados.

Federico sacudi sus espuelas y blandi su _riata_. Precipitose
_Jovita_, y un momento despus penetraron a la carrera en Tuttleville, y
pararon en la plaza de la Fonda de las Naciones.

Lo que ocurri aquella noche en Tuttleville no forma, precisamente,
parte de esta historia.

Pero sin pecar de prolijo puedo manifestar que, cuando _Jovita_ hubo
pasado a poder del somnoliento mozo de cuadra, a quien muy pronto le
sacudi el sueo con un par de coces, Federico sali con el tabernero a
dar una vuelta por el pueblo que dorma silencioso.

Las luces de unas pocas tabernas y casas de juego brillaban an, pero
evitando la tentacin, pararon delante de varias tiendas cerradas, y
llamando repetidamente despus del consiguiente gritero, consiguieron
hacer levantar de sus camas a los propietarios y obligndoles a
desatrancar las puertas de sus almacenes y a exponer sus gneros a los
importunos visitantes.

En algunos puntos no se pudieron librar de ciertas maldiciones, pero las
ms de las veces por inters o por necesidad se mostraron complacientes,
y terminando la entrevista del modo ms cordial.

Eran las tres cuando acab esta ruta, y con un pequeo saco de goma
impermeable, atado con correas a sus espaldas, Federico volvi a la
posada.

Pero all le acechaba la Belleza. La Belleza opulenta en encantos y
ricos vestidos, persuasiva en el hablar y espaola en el acento.

En vano repiti la invitacin del _Excelsior_.

El hijo de las sierras rechaz a la Belleza con gallarda, no sin
mitigar el desaire con una sonrisa y su ltima moneda de oro.

Volvi a montar despus, y emprendi su camino por la triste calle
abajo, y luego por la llanura siempre lgubre. Muy pronto la negra lnea
de casas, las aguas y el asta de bandera se perdieron en lontananza
detrs de l, como si la tierra las hubiese tragado.

El tiempo haba amainado. El aire era penetrante y fro, las siluetas de
los cercanos mojones se perciban ya; eran las cinco y media cuando
Federico alcanz la iglesia de la Encrucijada en el camino del Estado.

Con objeto de evitar la rpida pendiente haba tomado un camino ms
largo y de mayor rodeo, en cuyo lodo viscoso _Jovita_ se hunda hasta
las orejas a cada paso.

No era muy buena preparacin para una seria subida de cinco millas; pero
_Jovita_ arremeti con su habitual, ciega e impetuosa furia, y media
hora ms tarde alcanz la extensa llanura que conduce a
Rattlesnake-Creek: treinta minutos ms, y llegaban a la meta.

Federico solt ligeramente las riendas sobre el cuello de la yegua,
excitola con un silbido, y tarare una cancin.

Espantose de pronto _Jovita_, y dio un salto que hubiera desmontado a un
rabe.

Agarrado a las riendas, estaba un hombre que haba saltado desde la
cuneta y al mismo tiempo se alzaban ante l y en el camino un caballo y
otro jinete en la oscuridad.

--Afloja tu bolsa, canalla!--dijo en voz de mando y con una blasfemia
la segunda fantasma.

Federico sinti a la yegua temblar debajo de s y como si fuese a caer
desplomada.

Saba lo que esto significaba, y se prepar.

--Aprtate, Simn, te conozco, maldito bandido; djame pasar o vers...

Dej la frase sin terminar.

La yegua levant las patas al aire con un salto terrible, sacudiendo del
bocado a la persona que la haba agarrado y descarg su mortal
malevolencia contra el obstculo detentor.

Una blasfemia rasg los aires, son un pistoletazo, caballo y salteador
rodaron por el suelo y un momento despus _Jovita_ estaba a cien metros
de aquel funesto lugar.

Pero el brazo derecho del jinete, destrozado por una bala, colgaba
inerte a su lado. Sin disminuir la velocidad, cambi las riendas a su
mano izquierda.

Algunos momentos ms tarde viose obligado a parar y a apretar la cincha,
que, mal asegurada, poda estpidamente lograr lo que no haban
conseguido el peligro ni el ataque.

Esta operacin requiri unos minutos de suprema angustia.

Sin embargo, no tema la persecucin. Mirando al cielo, vio que las
estrellas de oriente palidecan, y que las lejanas cumbres, perdida su
espectral blancura, se destacaban ya con sombras tintas sobre un cielo
cada vez ms argentino. El da se le vena encima.

Haciendo un heroico esfuerzo y completamente absorto en una sola idea,
olvid el dolor de su herida, y montando de nuevo corri hacia
Rattlesnake-Creek.

Pero el aliento de _Jovita_ era ya entrecortado, Federico vacilaba en la
silla y el cielo se aclaraba ya del todo.

--Adelante! Corre, _Jovita_! oh, da, si pudiese detenerte con una
mano!

En los ltimos pasos senta ya un zumbido en sus odos.

El brazo del jinete desangraba ms y ms...

Al atravesar el camino por bajo de la colina, estaba deslumbrado y
desvanecido y no reconoci el terreno que pisaba.

Haba tomado un mal camino o era aquello Rattlesnake-Creek?

Federico iba por el recto camino.

Pero el alborotado arroyo que algunas horas antes haba vadeado, estaba
desbordado, y las aguas invadan los campos vecinos, de modo que se
interpona entonces como rpido e irresistible ro entre l y
Rattlesnake-Hill.

Por primera vez en aquella noche, sinti Federico el corazn oprimido.

Todo fluctuaba ante sus ojos, y el ro, la montaa y la temprana aurora
giraban a su alrededor con velocidad vertiginosa.

Entonces los cerr, concentrndose en s mismo para recobrar la
conciencia que empezaba a vacilar.

En aquel breve intervalo, por algn fantstico procedimiento mental, el
cuartito de Bar Sansn y el grupo del padre e hijo dormidos, apareci a
su vista.

De repente abrironse de nuevo sus ojos; tir su levita, la pistola, las
botas y la misma silla, at fuertemente a sus espaldas el precioso lo;
con las desnudas rodillas apret los costados de _Jovita_, y tendido
sobre el lomo del animal la azuz hacia la corriente.

Un grito se alz desde la orilla opuesta, mientras que la cabeza de un
hombre y de un caballo se mostraban por algunos momentos sobre la
batalladora corriente, para ser arrastrados luego fuera del ro, por
entre descuajados rboles y viscosas masas de lodo.

* * * * * * *

El fuego se haba extinguido en el hogar. La vela de la habitacin
interior espiraba, y en la puerta dieron un fuerte aldabonazo.

El viejo despert sobresaltado.

Descorri precipitadamente el cerrojo, pero dando un grito retrocedi
ante la choreante y deshecha figura que vacilaba en el umbral.

--Federico!

--Silencio! Despert ya?

--No; pero... Federico?

--Calla, animal! Treme un poco de aguardiente, vivo.

Federico no se acordaba, por lo visto, de la escena de aquella misma
noche, pues el viejo vol en su busca y volvi con... una botella vaca.

Si sus fuerzas se lo hubieran permitido, Federico hubiera blasfemado.

Titube, y agarrndose del tirador de la puerta, llam con una seal al
viejo mientras aseguraba el bulto de la espalda.

--Hay algo aqu en ese lo para Juanito. Qutamelo. A m me es
imposible.

Lleno de turbacin, el viejo desat el lo y colocolo ante el pobre
Federico que estaba desfalleciendo.

--Abrelo, en seguida!

Hzolo con dedos temblorosos.

Contena tan slo unos pobres juguetes, bastante baratos y toscos, pero
relucientes de pintura y oropel. Intil es decir que todos llevaban
impresas las huellas de la odisea que haban seguido.

En efecto, uno de ellos estaba roto, otro estropeado por el agua
irreparablemente, y sobre el ltimo una mancha de sangre extenda su
fatdico contorno.

--No parece gran cosa, en verdad--balbuce Federico tristemente.--Pero
es lo mejor que hemos podido hacer. Recbelos, viejo, y pnselos en sus
zapatos, y dile... dile... dile, sabes... me rueda la cabeza.

El viejo tomolo en sus brazos.

--Dile--aadi Federico sonriendo dbilmente,--dile que San Nicols ha
venido.

Y de esta manera, manchado de lodo y sangre, casi desnudo, anonadado,
andrajoso, con un brazo colgando inerte a su lado, San Nicols lleg a
Bar Sansn, y cay desfallecido en el umbral de una msera vivienda.

El sol extenda ya por el firmamento sus dorados rayos; elevose
dulcemente, y con inefable amor pint de rosadas tintas los lejanos
picachos.

Y el albor de Navidad acarici tan tiernamente a Bar Sansn, que la
montaa entera, como sorprendida en una accin generosa, se sonroj
hasta las nubes.




LA SUERTE DE CAMPO RODRIGO


Agitbase en conmocin Campo Rodrigo. Cuestin de rias no sera, pues
en 1850 no era esta novedad bastante para reunir todo el campamento. No
solamente quedaron desiertos los fosos, sino que hasta la especera de
Tut contribua tambin con sus jugadores, quienes, como todos saban,
continuaron reposadamente su partida el da en que Pedro el francs y
Kanaka Joe se mataron a tiros por encima del mostrador, frente mismo de
la puerta. Formando compactos grupos estaban los vecinos reunidos ante
una tosca cabaa, hacia el lado exterior del campamento. Se cuchicheaba
con verdadero inters, y a menudo se repeta el nombre de una mujer,
nombre bastante familiar en el campamento: Genoveva Sal.

Hablar de ella prolijamente sera contraproducente. Basta consignar que
era una mujer grosera y desgraciadamente muy pecadora, pero al fin y al
cabo la nica mujer del campamento Rodrigo, que precisamente pasaba la
crisis suprema en que su sexo requiere mayor suma de cuidados y
atenciones.

Viciosa, abandonada e incorregible, padeca, sin embargo, un martirio
cruel aun cuando lo atienden y dulcifican las compasivas manos
femeninas.

En aquel aislamiento original y terrible, sin duda haba cado sobre
ella la maldicin que atrajo Eva en castigo del primer pecado. Tal vez
formaba parte de la expiacin de sus faltas, que en el momento en que
ms falta le haca la ternura intuitiva y los cuidados de su sexo, slo
se encontrara con las caras indiferentes de hombres egostas. De todos
modos, creo que algunos de los espectadores se encontraban afectados
compadecindola sinceramente. Alejandro Tipton pensaba que aquello era
muy duro para Sal, y conmovido con tal reflexin, se hizo por el
momento superior al hecho de tener escondidos en la manga un as y dos de
triunfos.

Hay que confesar que el caso no era para menos. No escaseaban en Campo
Rodrigo los fallecimientos, pero un nacimiento no era cosa conocida.
Varias personas haban sido expulsadas del campamento resuelta y
terminantemente, y sin ninguna probabilidad de ulterior regreso; pero
sta era la primera vez que en l se introduca alguien _ab initio_. He
aqu la causa de la sensacin.

--Oye, Edmundo--dijo un ciudadano prominente, conocido por Len,
dirigindose a uno de los curiosos.--Entra aqu y mira lo que puedas
hacer, t que tienes experiencia en estas cosas.

Y a la verdad que la eleccin no poda ser ms acertada. Edmundo en
otros climas haba sido la cabeza putativa de dos familias.
Precisamente, a alguna informalidad legal en ese proceder, se debi que
Campo Rodrigo, pueblo hospitalario, le contase en su seno. Todos
aprobaron la eleccin y Edmundo fue bastante prudente para acomodarse a
la voluntad de sus conciudadanos. La puerta se cerr tras del
improvisado cirujano y comadrn, y todo Campo Rodrigo se sent en los
alrededores de la cabaa, fum su pipa y aguard el desenlace de la
tragedia.

La abigarrada asamblea contaba unos cien individuos; uno o dos de stos
eran verdaderos fugitivos de la justicia, otros eran criminales y todos
del qu se me da a m. Exteriormente no dejaban traslucir el menor
indicio sobre su vida y antecedentes. El ms desalmado tena una cara de
Rafael, con profusin de cabellos rubios: Arturo, el jugador, tena el
aire melanclico y el ensimismamiento intelectual de un Hamlet: el
hombre ms sereno y valiente apenas meda cinco pies de estatura, con
una voz atiplada y maneras afeminadas y tmidas. El trmino truhans
aplicado a ellos constitua ms bien una distincin que una definicin.
Individualmente considerados, quiz faltaban a muchos los detalles
menores, como dedos de la mano y pies, orejas, etc.; pero estas leves
omisiones no le quitaban nada de su fuerza colectiva. El ms hbil de
entre ellos, no tena ms que tres dedos en la mano derecha; el ms
certero tirador era tuerto de solemnidad.

Tal era el aspecto fsico de los hombres dispersos en torno de la
cabaa. Formaba el campamento de Campo Rodrigo un valle triangular entre
dos montaas y un ro, y era su nica salida un escarpado sendero que
escalaba la cima de un monte frente a la cabaa, camino iluminado
entonces por los plateados rayos de Diana.

La paciente poda haberlo visto desde el tosco lecho en que yaca. Poda
verlo serpentear como una cinta de plata, hasta expirar en lo alto
confundido con las nubes. Un fuego de ramas de pino carcomidas fomentaba
la sociabilidad en la reunin. Lentamente, reapareci la alegra natural
de Campo Rodrigo. Cambironse apuestas a discrecin respecto al
resultado: Tres contra cinco que Sal saldra con bien de la cosa;
adems, tambin apostose que vivira la criatura y se atravesaron
apuestas aparte sobre el sexo y complexin del futuro husped. En lo ms
recio de la animada controversia, oyose una exclamacin de los que
estaban ms cercanos a la puerta, y todo el mundo aguz los odos.
Dominando el rumor del aire entre los pinos que agitaba, el murmullo de
la rpida corriente del ro y el chisporroteo del fuego, oyose un grito
agudo, quejumbroso, un grito al que no estaban avezados los habitantes
del campamento de Campo Rodrigo. Las hojas cesaron de gemir, el ro ces
en su murmullo y el fuego de chisporrotear: pareca como si la
Naturaleza hubiese suspendido sus latidos.

El campamento se levant como un solo hombre. No s quin propuso volar
un barril de plvora, pero prevalecieron ms sanos consejos, y slo se
acord el disparo de algunos revlvers en consideracin al estado de la
madre, la cual, sea debido a la tosca ciruga del campamento, sea por
algn otro motivo, feneca por momentos. No transcurri una hora sin
que, como ascendiendo por aquel escarpado camino que conduca a las
estrellas, saliese para siempre de Campo Rodrigo, dejando su vergenza y
su pecado. No creo que tal noticia preocupara a nadie a no ser por la
suerte del recin nacido.

--Pero, podr vivir ahora?--preguntaron todos a Edmundo.

Su contestacin fue dudosa. El nico ser del sexo de Genoveva Sal que
quedaba en el campamento en condiciones de maternidad, era una borrica.
Suscitose breve debate respecto a las cualidades de semejante nodriza,
pero se someti a la prueba, menos problemtica que el antiguo
tratamiento de Rmulo y Remo y al parecer tan satisfactoria.

Disponiendo todos estos adminculos, se pas todava otra hora. Por
ltimo, se abri la puerta y la ansiosa muchedumbre de hombres, que ya
se haba formado en cola, desfil ordenadamente por el interior de la
fnebre cabaa. Inmediato del bajo lecho de tablas, sobre el cual se
dibujaba fantsticamente perfilado el cadver de la madre envuelto en la
manta, haba una tosca mesa cuadrada. Encima de esta haba una caja de
velas, y dentro, envuelto en franela de un encarnado chilln, yaca el
recin llegado a Campo Rodrigo. Al lado mismo de la improvisada cuna,
haba colocado un sombrero; pronto se comprendi su destino.

--Seores--dijo Edmundo con una extraa mezcla de autoridad y de
complacencia _ex oficio_,--los seores tendrn la bondad de entrar por
la puerta principal, dar la vuelta a la mesa y salir por la puerta
posterior. Los que deseen contribuir con algo para el hurfano,
encontrarn a mano un sombrero que se ha dispuesto para el caso.

El primer visitante entr con la cabeza cubierta, pero al girar una
mirada en torno suyo se descubri, y as, inconscientemente, dio el
ejemplo a los dems, pues en tal comunidad de gentes, las acciones
buenas y malas tienen efecto contagioso. A medida que desfilaba la
procesin, se dejaban or los comentarios crticos, dirigidos ms
particularmente a Edmundo en su calidad de expositor y cirujano.

--Y es eso?

--El ejemplar es verdaderamente minsculo.

--Qu encarnado est!

--Si no es ms largo que un revlver!

Pero lo verdaderamente caracterstico fueron los donativos: una caja de
rap, de plata; un dobln; un revlver de marina, montado en plata; un
lingote de oro; un hermoso pauelo de seora primorosamente bordado (de
parte de Arturo, el jugador), un prendedor de diamantes; una sortija
tambin de diamantes (regalo sugerido por el precedente, con la
observacin del dador de que vio aquel alfiler y lo mejor con dos
diamantes); una honda; una biblia (dador incgnito); una espuela de oro;
una cucharita de plata cuyas iniciales no eran precisamente las del
generoso donante; un par de tijeras de cirujano; una lanceta; un billete
de Banco de Inglaterra, de cinco libras, y como unos doscientos pesos
sueltos, en oro y en monedas de todo cuo. Mientras dur la ceremonia,
Edmundo mantuvo un silencio tan absoluto como el de la muerta que tena
a su izquierda y una gravedad tan indescifrable como la del recin
nacido, que yaca encima de la mesa.

Un ligero incidente rompi la monotona de aquella extraa procesin.

Al inclinarse Len curiosamente sobre la caja de velas, la criatura se
volvi, y en un movimiento de espasmo agarr el errante dedo del minero
y por un momento lo retuvo con fuerza.

Len puso la estupefacta cara de un idiota, y algo parecido al rubor se
esforz en asomar a sus mejillas curtidas por el sol.

--Maldito bribn!--dijo, retirando su dedo con mayor ternura y cuidado
de los que se podran sospechar de l.

Y al salir, mantena el dedo algo separado de los dems, examinndolo
con extraa atencin.

Este examen provoc la misma original observacin respecto del angelito.

En efecto, pareca regocijarse al repetirlo.

--Ha reido con mi dedo!--dijo a Alejandro Tipton, mostrando este
rgano privilegiado.

--Maldito bribn!

Haban dado las cuatro cuando el campamento se retir a descansar. En la
cabaa, donde alguien velaba, ardan unas luces; Edmundo no se acost
aquella noche ni Len tampoco; ste bebi a discrecin y relat
gustosamente su aventura de un modo invariable, terminndola con la
calificacin caracterstica del recin nacido; esto pareca ponerle a
salvo de cualquier acusacin injusta de sensibilidad, y Len no era
hombre de debilidades... Despus que todos se hubieron acostado, llegose
hasta el ro, silbando con aire indiferente. Remont despus la caada,
y pas por delante de la cabaa silbando an con significativo descuido.
Sentose junto a un enorme palo campeche y volvi sobre sus pasos y otra
vez pas por la cabaa. Al llegar all, encendi pausadamente su pipa, y
en un momento de franca resolucin llam a la puerta.

Edmundo la abri.

--Cmo va?--dijo Len, mirando por encima de Edmundo, hacia la caja de
velas.

--Perfectamente--contest Edmundo.

--Ocurre algo?

--Nada.

Sucedi una pausa, una pausa embarazosa. Edmundo continuaba con la
puerta abierta; Len recurri a su dedo, que mostr a Edmundo.

--Se pele con l el maldito bribn!--dijo, y parti en seguida.

Al amanecer del da siguiente, tuvo Genoveva Sal la ruda sepultura que
poda darle Campo Rodrigo; despus, cuando su cuerpo hubo sido devuelto
al seno del monte, celebrose una reunin formal en el campamento para
discutir lo que debera hacerse con su hijo, recayendo el acuerdo
unnime y entusiasta de adoptarlo. Pero a la vez se levant un animado
debate respecto de la posibilidad y manera de subvenir a los dispendios
de su mantenimiento. Digno de consignarse es que los argumentos no
participaron de ninguna de aquellas feroces personalidades a que
conducan, por lo general, las discusiones en Campo Rodrigo. El
excirujano propuso enviar la criatura a Red-Dog, a cuarenta millas de
distancia, en donde se le podran prodigar femeniles cuidados: pero la
desgraciada proposicin encontr en seguida la ms unnime y feroz
oposicin. Indudablemente, no se quera tomar en cuenta plan alguno que
encerrase la idea de separarse del recin venido.

Ms desconfiado, Toms Rider observ que aquella gente de Red-Dog poda
cambiarlo y endosarles otro, incredulidad respecto a la honradez de los
vecinos campamentos que prevaleca en Campo Rodrigo tocante a todos los
asuntos.

La proposicin de tomar una nodriza encontr tambin en la asamblea una
oposicin formidable. Djose, en primer lugar, que no se alcanzara de
una mujer decente el que aceptara como hogar Campo Rodrigo, y aadi el
orador que no haca falta nadie de otra especie. Esta indirecta, poco
caritativa para la difunta madre, por dura que pareciese, fue el primer
sntoma de regeneracin del campamento. Edmundo nada dijo; tal vez por
motivos de delicadeza no quiso meterse en la eleccin de su posible
sucesor, pero cuando le preguntaron, afirm resueltamente que l y
_Jinny_, la borrica antes aludida, podan componrselas para criar al
pequeuelo. Algo de original, independiente y heroico haba en este
plan, que gust al campamento, por lo que se ratific la confianza a
Edmundo, envindose a Sacramento por unos paales.

--Cuidado--dijo el tesorero poniendo en manos del enviado un saco de
arena aurfera que se pudo encontrar;--encajes, trabajos de filigrana y
randas... todo lo que sea menester.

Aunque parece milagro, la criatura sali adelante; tal vez el clima
vigoroso de la montaa se encarg de subsanar las deficiencias de la
cra. La Tierra amamant con sus ubres a este aventurero. En aquella
atmsfera de las colinas, al pie de la sierra, en aquel aire vivo, de
olores balsmicos, encontr cordial a la vez purificante y vivificador,
que le serva de alimento, o bien una qumica sutil que converta la
leche de burra en cal y fsforo y dems nutritivos elementos. Edmundo se
inclinaba a creer que era lo ltimo, y su solcita y esmerada atencin.

--Yo y la burra--deca--le hemos servido de padre y madre.

Y aada a menudo, dirigindose al envoltorio mal pergeado que tena
delante:

--Nunca jams te vuelvas contra nosotros.

Al cabo de treinta das, hzose evidente la necesidad de dar nombre al
nio, pues hasta entonces haba sido conocido como el corderito, el
nio de Edmundo, el cayote, alusin a sus facultades vocales, y aun
por el tierno diminutivo de el maldito bribn. Sin embargo, pronto se
dijo que esto era vago y poco satisfactorio, y finalmente prevaleci una
nueva opinin. Los aventureros y jugadores son supersticiosos: Arturo
declar un da que la criatura llevaba la _suerte_ a Campo Rodrigo, y a
la verdad el campamento no haba sido desgraciado en los ltimos
tiempos. As, pues, ste fue el nombre convenido, con el prefijo de
Tomasn, para hacerlo un poco ms cristiano. No se hizo alusin alguna a
la madre, y el padre poco importaba.

--Mejor es--dijo el filosfico Arturo--dar de nuevo las cartas, llamarle
_La Suerte_ y comenzar el juego otra vez.

Se seal, pues, da para el bautizo. A juzgar por la despreocupada
irreverencia que reinaba en Campo Rodrigo, puede imaginarse lo que vena
a significar dicha fiesta. El maestro de ceremonias era un tal Boston,
clebre taravilla, y la ocasin pareca prestarle magnfica ocasin para
lucir sus chistes y agudezas. Este ingenioso bufn pas dos das
preparando una parodia del ceremonial de la iglesia, con algunas
alusiones de sabor local. Ensayose convenientemente el coro y se eligi
padrino a Alejandro Tipton. Despus de la procesin lleg ste a la
arboleda con msica y banderas al frente, y la criatura fue depositada
al pie de un altar simulado. Pero de pronto apareci Edmundo, y
adelantndose al frente de la muchedumbre en expectativa, dijo lo
siguiente:

--No es mi costumbre echar a perder las bromas, muchachos--y en esto
irguiose el hombrecillo resueltamente, haciendo frente a las miradas en
l fijas,--pero me parece que esto no cuadra. Es hacer un desafuero al
chiquitn, eso de mezclarle en bromas que no puede comprender. Y
respecto a la eleccin de padrino, dijo en tono autoritario:--Quisiera
saber quin tiene ms derechos que yo.

Un grave silencio sigui a estas palabras, pero sea dicho en honor de
todos los bromistas, el primer hombre que reconoci la justicia fue el
organizador del espectculo, privndose as del legtimo disfrute de su
trabajo.

Aprovechando estas ventajas, continu Edmundo rpidamente:--Pero,
estamos aqu para un bautizo y lo tendremos: Yo te bautizo, Toms La
Suerte, segn las leyes de los Estados Unidos y de California, y... en
nombre de Dios. Amn.

Por primera vez se profera en el campamento el nombre de Dios de otro
modo que profanndolo. La ceremonia que acababa de celebrarse era tal
vez ms risible que la que haba concebido el satrico Boston, pero,
cosa extraa, nadie repar en ello. Tomasn fue bautizado tan
seriamente como lo hubiera sido bajo las bvedas de un templo cristiano,
y en igual forma tratado y considerado.

Y as fue cmo principi la obra de regeneracin de Campo Rodrigo,
operndose en el campamento un cambio imperceptible. Lo que primeramente
experiment las primeras seales de progreso, fue la modesta vivienda de
Tomasn. Limpiada y blanqueada cuidadosamente, fue luego entarimada con
maderas, empapelada y adornada. La cuna de palo rosa trada de ochenta
millas sobre un mulo, como deca Edmundo a su manera, fue digno remate
de todo aquello. De este modo, la rehabilitacin de la cabaa fue un
hecho consumado. La numerosa concurrencia que sola pasar el rato en
casa de Edmundo para ver cmo segua La Suerte, apreciaban el cambio, y,
en defensa propia, el establecimiento rival, la especera de Tut, se
restaur con un espejo y una alfombra. Consecuencia saludable de estas
novedades, fue fomentar en Campo Rodrigo costumbres ms rgidas de aseo
personal; adems, Edmundo impuso una especie de cuarentena a aquellos
que aspiraban al honor de tener en brazos a La Suerte. Claro que esto
fue una mortificacin para Len, quien, gracias al descuido de una
varonil naturaleza y a las costumbres de la vida de fronteras, haba
credo hasta entonces que los vestidos eran una segunda piel que, como
la de la serpiente, slo se cambiaba cuando se caa por carecer de
utilidad. No obstante, fue tan sutil la influencia del ejemplo ajeno,
que desde aquella fecha en adelante apareci regularmente con camisa
limpia y cara an reluciente por el contacto del agua fresca. Tampoco
fueron descuidadas las leyes higinicas, tanto morales como sociales.
Tomasito, al que se supona en necesidad permanente de reposo, no deba
ser estorbado por ruidos molestosos, as es que la gritera y los
aullidos tan connaturales a los habitantes del campamento, no fueron
permitidos al alcance del odo de la casa de Edmundo. Los hombres
conversaban en voz baja o bien fumaban con gravedad india, la blasfemia
fue tcitamente proscrita de aquellos sagrados recintos, y en todo el
campamento la forma expletiva popular: maldita sea la suerte o maldita
la suerte, fue desechada por prestarse a enojosas interpretaciones. Slo
fue autorizada la msica vocal por suponrsele una cualidad calmante, y
cierta cancin entonada por Jack, marino ingls, desertor de las
colonias australianas de S. M. Britnica, se hizo popular como un canto
de cuna. Se trataba del relato lgubre de las hazaas de la _Aretusa_,
navo de 74 caones, cantado en tono menor, cuya meloda terminaba con
un estribillo prolongado al fin de cada estrofa. Era de ver a Jack
meciendo en sus brazos a La Suerte con el movimiento de un buque y
entonando esta cancin de sus tiempos de fidelidad. No s si por el
extrao balanceo de Jack, o por lo largo de la cancin--contena noventa
estrofas, que se continuaban en concienzuda deliberacin hasta el
deseado fin,--el canto de cuna causaba el efecto deseado. Al volver del
trabajo, los mineros se tendan bajo los rboles, en el suave crepsculo
de verano, fumando su pipa y saboreando las melodiosas cadencias de la
composicin. Una vaga idea de que esto era la felicidad de Arcadia, se
infundi a todos.

--Esta especie de cosa--deca el Chokney Simons, gravemente apoyado en
su codo--es celestial.

Le recordaba a Greenwich.

En los calurosos das de verano, generalmente llevaban a La Suerte al
valle, donde Campo Rodrigo explotaba el metal precioso. All, mientras
los hombres trabajaban en el fondo de las minas, el pequeuelo
permaneca sobre una manta extendida sobre la verde hierba. La intuicin
artstica de los mineros acab por decorar esta cuna con flores y
arbustos olorosos, llevndole cada cual, de tiempo en tiempo, matas de
silvestre madreselva, azalea, o bien los capullos pintados de las
mariposas. De all en adelante, se despert en los mineros la idea de la
hermosura y significacin de estas bagatelas que durante tanto tiempo
haban hollado con indiferencia. Un fragmento de reluciente mica, un
trozo de cuarzo de variado color, una piedra pulida por la corriente del
ro, se embellecieron a los ojos de estos valientes mineros y fueron
siempre puestos aparte para La Suerte. De esta manera, la multitud de
tesoros que dieron los bosques y las montaas para Tomasn, fue
incalculable. Circundado de juguetes tales como jams los tuvo nio
alguno en el pas de las hadas, es de esperar que Tomasn viviese
satisfecho. La felicidad se asentaba en l, pero dominaba una gravedad
infantil en todo su aspecto una luz contemplativa en sus grises y
redondos ojos que alguna vez pusieron a Edmundo en grave inquietud. Era
muy dcil y apacible. Dicen que una vez, habiendo caminado a gatas ms
all de su corral o cercado de ramas de pino entrelazadas que rodeaban
su cuna, se cay de cabeza por encima del banquillo, en la tierra
blanda, y permaneci con las encogidas piernas al aire, por lo menos,
cinco minutos, con una gravedad y un estoicismo admirables, levantndolo
sin una queja. Otros muchos ejemplos de su sagacidad sin duda se
sucederan, que desgraciadamente descansan en las relaciones de amigos
interesados. No carecan muchos de cierto tinte supersticioso.

Por ejemplo. Un da Len lleg en un estado de excitacin verdaderamente
extraordinario.

--No hace mucho--dijo,--sub por la colina, y maldito sea mi pellejo, si
no hablaba con una urraca que se ha posado sobre sus pies. Charlando
como dos querubines, daba gozo verles all tan graciosos y desenvueltos.

De cualquier manera que fuese, ya corriendo a gatas por entre las ramas
de los pinos o tumbado de espaldas contemplase las hojas que sobre l se
mecan, para l cantaban los pjaros, brincaban las ardillas y se abran
las flores suavemente. La Naturaleza fue su nodriza y compaera de
juego, y tan pronto deslizaba entre las hojas flechas doradas de sol
que caan al alcance de su mano, como enviaba brisas para orearle con el
aroma del laurel y de la resina, le saludaban los altos palos campeches
familiarmente, y somnolientas zumbaban las abejas, y los cuervos
graznaban para adormecerlo.

As transcurri el verano, edad de oro de Campo Rodrigo.

Feliz tiempo era aqul, y la Suerte estaba con ellos. Las minas rendan
enormemente; el campamento estaba celoso de sus privilegios y miraba con
prevencin a los forasteros; no se estimulaba a la inmigracin, y al
efecto de hacer ms perfecta su soledad, compraron el terreno del otro
lado de la montaa que circundaba el campamento en donde hubiese cuajado
perfectamente el clebre _adversus hostem, eterna auctoritas_ de los
romanos. Esto y una reputacin de rara destreza en el manejo del
revlver mantuvo inviolable el recinto del afortunado campamento. El
peatn postal, nico eslabn que los una con el mundo circunvecino,
contaba algunas veces maravillosas historias de Campo Rodrigo, diciendo
a menudo:

--All arriba tienen una calle que deja muy atrs a cualquier calle de
Red-Dog; tienen alrededor de sus casas emparrados y flores, y se lavan
dos veces al da; pero son muy duros para con los extranjeros e
idolatran a una criatura india.

La prosperidad del campamento hizo entrar un deseo de mayores adelantos;
para la primavera siguiente se propuso edificar una fonda e invitar a
una o dos familias decentes para que all residiesen, quiz para que la
sociedad femenina pudiese reportar algn provecho al nio. El sacrificio
que esta concesin hecha al bello sexo cost a aquellos hombres, que
eran tenazmente escpticos respecto de su virtud y utilidad general,
slo puede comprenderse por el entraable afecto que Tomasn inspiraba.

No falt quien se opusiera, pero la resolucin no se poda efectuar
hasta el cabo de tres meses, y la misma minora cedi, sin resistencia,
con la esperanza de que algo sucedera que lo impidiese, como en efecto
sucedi.

El invierno de 1851 se recordar por mucho tiempo en toda aquella
comarca. Una densa capa de nieve cubra las sierras: cada riachuelo de
la montaa se transform en un ro y cada ro en un brazo de mar: las
caadas se convirtieron en torrentes desbordados que se precipitaron por
las laderas de los montes, arrancando rboles gigantescos y esparciendo
sus arremolinados despojos por doquier. Red-Dog fue inundado ya por dos
veces, y Campo Rodrigo no tardara en correr la misma suerte.

--El agua llev el oro a estas hondonadas--dijo Edmundo,--una vez ha
estado aqu, otra vendr.

Y aquella noche el North-Fork rebas repentinamente sus orillas y barri
el valle triangular de Campo Rodrigo. En la devastadora avenida que
arrebataba rboles quebrados y maderas crujientes, y en la oscuridad
que pareca deslizarse con el agua e invadir poco a poco el hermoso
valle, poco pudo hacerse para recoger los desparramados despojos de
aquella incipiente ciudad. Al amanecer, la cabaa de Edmundo, la ms
cercana a la orilla del ro, haba desaparecido. En el fondo de la
hondonada, encontraron el cuerpo de su desgraciado propietario; pero el
orgullo, la esperanza, la alegra, la Suerte de Campo Rodrigo no
pareci.

Emprenda ya el regreso con corazn triste, cuando un grito lanzado
desde la orilla los detuvo; era una barca de socorro que vena contra
corriente. Dijeron que, unas dos millas ms abajo, haban recogido un
hombre y una criatura medio exnimes. Quiz algunos los conocera si
pertenecan al campamento.

Una sola mirada les bast para reconocer a Len, tendido y magullado
cruelmente, pero teniendo todava en los brazos a La Suerte de Campo
Rodrigo.

Al inclinarse sobre la pareja extraamente junta, vieron que la criatura
estaba fra y sin pulso.

--Est muerto--dijo uno.

Len abri los ojos desmesuradamente.

--Muerto?--repiti con voz apagada.

--S, buen hombre, y t tambin te ests muriendo.

Y el rostro de Len se ilumin con una suprema sonrisa.

--Murindome--repiti,--me lleva consigo. Conste, muchachos, que me
quedo con La Suerte.

Y aquella viril figura, asiendo al dbil pequeuelo, como el que se
ahoga se aferra en una paja, desapareci en el tenebroso ro que corre a
abocarse en la inmensidad del mar.




EL SOCIO DE TENNESSEE


Jams conocimos su nombre verdadero, y por cierto que el ignorarlo no
caus nunca en nuestra sociedad el menor disgusto, puesto que en 1854 la
mayor parte de la gente de Sandy-Bar[4] se bautiz nuevamente.

Con frecuencia, los apodos se derivaban de alguna extravagancia en el
traje, como en el caso de _Dungaree-Jack_, o bien de alguna singularidad
en las costumbres, como en el de _Saleratus-Bill_, as nombrado por la
enorme cantidad de aquel culinario ingrediente que echaba en su pan
cotidiano, o bien de algn desgraciado _lapsus_, como sucedi al _Pirata
de hierro_, hombre apacible e inofensivo, que obtuvo aquel lgubre
ttulo por su fatal pronunciacin del trmino _pirita de hierro_. Tal
vez haya sido esto principio de una tosca herldica; pero me inclino a
pensar que, como en aquellos das el verdadero nombre de un individuo
descansaba nicamente en su deleznable palabra, nadie haca de ello el
ms leve caso.

--Te llamas Clifford, no es verdad?--dijo Boston, dirigindose con
soberano desprecio a un tmido recin llegado al campamento.--El
infierno est empedrado de tales Cliffords.

Y acto continuo present al desgraciado, cuyo nombre por casualidad era
realmente Clifford, como el _Papagayo Carlos_, repentina y profana
inspiracin que pes sobre l para siempre.

Volvamos ahora al socio de Tennessee, a quien siempre conocimos por este
ttulo relativo, aunque ms tarde supimos que existi como una
individualidad distinta y separada. Segn informes, parece que en 1853
se march de Poker-Flat[5] para San Francisco, con el propsito
manifiesto de buscar mujer, aunque no pas ms all de Stocktown.

Una vez all, se sinti atrado por una joven que serva a la mesa en la
fonda en que haba tomado habitacin. Un da le dijo algo que la hizo
sonrer no desfavorablemente, y romper con alguna coquetera un plato de
pan tostado contra la seria y sencilla cara, que se le diriga,
retrocediendo luego a la cocina. Siguiola, y pocos momentos despus
regres cubierto por ms pan tostado, pero victorioso. Al cabo de ocho
das se casaron ante un juez de paz y volvieron a Poker-Flat.

Confieso que se podra sacar ms partido de este episodio, pero prefiero
narrarlo tal como corra por las caadas y tabernas de Sandy-Bar, donde
todo sentimiento se modificaba por un subido barniz humorista. Poco se
supo de su felicidad matrimonial hasta que Tennessee, que viva entonces
con su socio, tuvo un da ocasin de decir por cuenta propia algo a la
novia, que la hizo sonrer no desfavorablemente, retirndose sta
hacia Marisvilla, a donde la sigui Tennessee y donde pusieron casa, sin
requerir la ayuda de ningn funcionario judicial. El socio de Tennessee
sobrellev sencilla y pacientemente, segn su costumbre, la prdida de
su mujer; pero la sorpresa de todo el mundo fue cuando, al volver un da
Tennessee de Marisvilla sin la mujer de su socio, porque ella, siguiendo
su costumbre, se haba sonredo y marchado con otro, el socio de
Tennessee fue el primero en estrecharle la mano y darle afectuosamente
los buenos das. Claro que los muchachos que se haban reunido en la
caada para presenciar el tiroteo se indignaron, y su indignacin se
hubiera manifestado por medio del sarcasmo, a no ser una cierta mirada
en los ojos del socio de Tennessee, que indicaban una actitud muy poco
favorable al holgorio. En resumen, era un hombre grave, en quien
dominaba el detalle prctico de ser desagradable en un caso de
dificultad.

Mientras tanto, el sentimiento pblico del Bar contra Tennessee se
pronunciaba creciendo cada vez ms. Se le conoca por jugador y
sospechoso de ladrn, y estas sospechas alcanzaban igualmente a su
socio; la continua intimidad con Tennessee despus del citado asunto,
slo poda explicarse por la hiptesis de la complicidad. Por ltimo, la
culpa de Tennessee se hizo patente: un da alcanz a un forastero en el
camino de Red-Dog; ste cont despus que Tennessee lo acompa
distrayndolo con interesantes ancdotas y recuerdos, pero que con poca
lgica termin la entrevista con la siguiente arenga:

--Permtame, joven, que le moleste pidindole su cuchillo, sus pistolas
y su dinero. Digo esto, porque en Red-Dog estas armas y el dinero que
lleva consigo podran ser una tentacin para los mal intencionados. Me
parece que tengo ya sus seas en San Francisco, y har lo posible por
visitarle.

Aqu podemos decir de paso que Tennessee posea una verbosidad
humorstica, que ninguna preocupacin comercial poda dominar en
absoluto.

Tal suceso fue su ltima hazaa. Tanto en Red-Dog como en Sandy-Bar, se
hizo causa comn contra el bandolero, y Tennessee fue cazado en la
trampa que se le haba preparado. Demostr su audacia cuando en el saln
de las Arcadas se lanz desesperado al travs del Bar, descargando su
revlver contra la muchedumbre, llegando as hasta el Can del Oso;
pero al extremo de ste fue detenido por un hombre pequeo montado en un
pequeo caballo. Mirronse un momento en silencio. Los dos hombres eran
intrpidos; ambos de sangre fra e independientes, y ambos tipos de una
civilizacin que en el siglo XVII hubiera sido llamada heroica, y en el
siglo XIX slo _despreocupada_.

--Qu llevas? muestra el juego--dijo Tennessee con tranquilidad.

--Dos triunfos y un as--contest el forastero con la misma sangre fra,
enseando dos revlveres y un cuchillo.

--Paso--repuso Tennessee.

Y con este epigrama de jugador, tir su intil pistola y retrocedi
junto con su aprehensor.

Haca una noche calurosa por dems. El fresco vientecillo que de
ordinario, al ponerse el sol, descenda por la empinada montaa de
chaparros, fue aquella noche negado a Sandy-Bar. La estrecha caada
sofocaba con sus clidos y resinosos olores, y la madera podrida en el
Bar despeda exhalaciones ftidas. Latan an en el campamento la
excitacin del da y el hervor de las pasiones. Agitbanse las luces sin
descanso en ambos lados del ro, y ni un solo reflejo de la oscura
corriente les contestaba. Detrs de la negra silueta de los pinos, los
balcones del viejo desvn del correo se destacaban brillantemente
iluminados, y al travs de sus ventanas, sin cortinas, los desocupados
podan ver desde abajo las sombras de los que en aquel momento decidan
de la suerte de Tennessee, y por encima de todo esto, destacndose sobre
el oscuro firmamento, se alzaba majestuosa la lejana sierra, coronada de
un inmenso y estrellado firmamento.

El procedimiento contra Tennessee se llev tan lealmente como era de
esperar de un juez y de un jurado que se sentan hasta cierto punto
obligados a justificar en su veredicto las irregularidades del arresto y
primeras diligencias. La ley de Sandy-Bar era implacable, pero no se
inspiraba en la venganza. Por otra parte, la excitacin y el
resentimiento personal que motivaron semejante caza, se haban
terminado. Una vez seguro el criminal en sus manos, estaban dispuestos a
escuchar impasibles la defensa, convencidos de que ya sera
insuficiente, y no teniendo en su interior duda alguna, queran conceder
al preso el derecho ms lato que posible fuese. Partiendo de la
hiptesis de que deba ser ahorcado en virtud de principios generales,
lo favorecan permitindole ms amplio derecho del que su despreocupada
osada reclamaba. El representante de la justicia pareca ms inquieto
que el mismo preso, quien indiferente para los dems, afectaba al
parecer una lgubre satisfaccin en el conflicto a que haba dado lugar.

--No tomo carta alguna en este juego--era la contestacin invariable,
aunque humorstica, que daba siempre a quien le preguntaba.

El juez, que era al propio tiempo su aprehensor, se arrepinti vagamente
de no haberle descerrajado un tiro aquella maana; pero pronto desech
esta flaqueza vulgar como indigna de un numen forense. No obstante,
cuando son un golpe a la puerta y se dijo que el socio de Tennessee
estaba all para defender al prisionero, fue admitido en seguida sin el
menor interrogatorio; acaso los miembros ms jvenes del jurado, para
quienes los sucesos se prestaban a graves reflexiones, lo saludaban como
un poderoso auxilio. Hay que confesar que no era en rigor de verdad una
figura imponente: bajo y regordete, con la cara cuadrada, tostado por el
sol hasta un color casi sobrenatural, vistiendo una ancha chaqueta y
pantalones listados y manchado por barro rojizo, en cualquier
circunstancia su aspecto hubiera sido extrao y risible, pero en la
presente era hasta ridculo. Al hacer la accin de inclinarse para dejar
a sus pies un pesado saco de noche que llevaba, echose de ver, por las
inusitadas inscripciones que puso de manifiesto, que la tela con que
estaban remendados sus pantalones, fue destinada en su origen a un
envoltorio ms humilde. Despus de haber estrechado con afectada
cordialidad la mano de cuantos estaban en el saln, enjug su seria y
perpleja cara con un pauelo rojo de seda menos oscuro que su tez, apoy
su robusta mano sobre la mesa, y se dirigi al jurado con suma gravedad,
diciendo:

--Pasaba por aqu, y se me ocurri entrar a ver cmo segua el asunto de
ese Tennessee, mi socio y compaero. Uf, que noche ms sofocante! No
recuerdo un tiempo parecido desde mi venida a estas regiones.

Hizo una pequea pausa, pero como a nadie se le ocurri impugnar esta
observacin metereolgica, acudi segunda vez al recurso de su pauelo,
y por algunos momentos se enjug con diligencia la frente.

--Tiene usted algo que decir en favor del preso?--pregunt por fin el
juez.

--A eso voy--dijo el socio de Tennessee;--vengo aqu como su socio, pues
lo trato desde hace cuatro aos, en la comida y bebida, en el mal y en
el bien, en la fortuna y en la desgracia. Sus caminos no son siempre los
mos; pero no hay en ese joven cualidad, no ha hecho calaverada que yo
no conozca. Si ahora me dice, me pregunta usted confidencialmente de
hombre a hombre, s s algo en su favor, yo le digo, le digo
confidencialmente, de hombre a hombre: qu quiere que uno sepa de su
amigo?

--Vamos! Es eso todo cuanto tiene que decir?--interrumpi el juez
impaciente, previendo tal vez que una peligrosa simpata humorstica
vendra a humanizar su flamante tribunal.

--A eso, a eso voy--continu el socio de Tennessee.--No ser yo quien
diga algo contra l. Veamos, pues, el caso. Figurarse que a Tennessee le
hace falta dinero, que le hace mucha falta dinero, y no le gusta pedirlo
a su viejo socio. Est bien, pues qu es lo que hace Tennessee? Echa el
anzuelo a un forastero y pesca al forastero. Y ustedes le echan el
anzuelo y lo pescan a l. Tantos a tantos de triunfos! Apelo a su sano
criterio y a la recta conciencia de este alto tribunal, para que diga si
es esto as o no...

--Preso--dijo el juez, interrumpindo de nuevo,--tiene usted alguna
pregunta que hacer a ese sujeto?

--No, no!--continu rpidamente el socio de Tennessee.--Esta partida me
la juego yo solo. Y yendo directamente al grano de la cuestin, esto es
lo que hay: Tennessee la ha jugado muy pesada y muy cara contra un
forastero y contra este campamento.--Y como haciendo un esfuerzo de
sinceridad, continu:--Y ahora, qu es lo justo? Unos dirn sus ms,
otros dirn sus menos; en fin, aqu van 1700 pesos en oro sencillo y un
reloj (es todo mi montn), y no se hable ms del asunto.

Y acompaando la palabra a la accin y antes de que mano alguna se
pudiese levantar para evitarlo, haba vaciado ya sobre la mesa el
contenido del saco de viaje.

Durante unos instantes estuvo su vida en peligro. Uno o dos hombres se
levantaron en el acto, varias manos buscaron armas ocultas, y slo la
intervencin del juez pudo dominar la propuesta de echar a aquel
insolente por el balcn. El reo se rea, y su socio, al parecer
ignorante de la sobreexcitacin que causaba, aprovech la oportunidad
para enjugarse otra vez la cara con el pauelo de bolsillo.

Restablecido el orden y despus de haberse hecho comprender al buen
hombre, por medio de enrgicas demostraciones, que la ofensa de
Tennessee no poda ser expiada por compensaciones metlicas, su
fisonoma tom un color ms sanguinolento an, y los que estaban cerca
de l notaron que su ruda mano experimentaba un ligero temblor. Titube
un momento, antes de volver el oro al saco de noche, como si no hubiese
comprendido del todo el elevado sentimiento de justicia que guiaba al
tribunal, y recelase no haber ofrecido bastante cantidad.

Despus, volvindose hacia el juez, dijo:

--Esta partida la he jugado solo, sin mi socio.

Tom el sombrero y saludando al Jurado iba a retirarse, cuando el juez
llamole:

--Si algo tiene que decir a Tennessee, hara usted mejor en
comunicrselo ahora mismo.

Los ojos del preso y los de su extrao abogado se encontraron aquella
noche por primera vez. Tennessee mostr sus blancos dientes con franca
sonrisa y diciendo:

--Partida perdida, viejo!--le tendi la mano con efusin.

El socio de Tennessee la estrech entre las suyas largo rato.

--Como pasaba por casualidad--dijo,--entr slo por ver cmo seguan las
cosas.

Dej caer despus pasivamente la mano que le haba tendido, y aadiendo
que la noche era calurosa, se enjug de nuevo la cara con el pauelo, y
sin ms, se retir del local.

Aquellos dos hombres no se encontraron ya jams en la vida. El insulto
fue demasiado grave, y el hecho de haberse propuesto sobornar a un juez
de la ley de Linch, la cual aunque fantica, dbil o estrecha, era, por
lo menos, incorruptible, excluy de un modo irrevocable de la mente de
aquel inflexible funcionario toda vacilacin respecto al destino de
Tennessee, y al amanecer, estrechamente escoltado, se le condujo a la
cima del Monte Marley, donde deba ejecutarse la fatdica sentencia.

De la impasibilidad con que la arrostr, de cun sereno estaba, de cmo
se neg a declarar cosa alguna, de cun legales eran las disposiciones
del comit, de todo se trat debidamente en el _pregn de Red-Dog_, con
el aditamento de una amonestacin moral a modo de leccin para todos los
futuros malhechores, y ya que el editor estaba presente, a su vigoroso
ingls remito de buena gana al que me lee. Lo que no describi esta hoja
local, fue la belleza de aquella maana de verano, la santa armona de
la tierra, del aire y del cielo, la vida que rebosaba de los libres
bosques y montes, el alegre renacimiento, las divinas promesas y la
serenidad infinita de la Naturaleza, porque no formaban parte de la
leccin moral. Y no obstante, despus que el insignificante acto se hubo
consumado y que una vida, con todos sus derechos y deberes, hubo salido
de aquella cosa diforme que colgaba entre la tierra y el cielo, los
pjaros piaban an alegremente, las flores se abran y el astro del da
resplandeca tan majestuoso como siempre. Tal vez el _pregn de Red-Dog_
tena razn.

El poco experto defensor de Tennessee no se encontraba en el grupo que
rodeaba el lgubre rbol; pero cuando los asistentes nos volvimos para
dispersarnos, atrajo nuestra atencin la presencia de un carrucho tirado
por un burro y parado en el borde de la carretera. Todos nos acercamos y
reconocimos desde luego al paciente borriquito y el carro de dos
ruedas, propiedad del socio de Tennessee y que ste empleaba para
extraer las tierras de su _placer_. Unos metros ms all, el propietario
del vehculo en persona, sentado bajo un buckeye[6], enjugaba el sudor
de su rostro congestionado.

Hbilmente interrogado por los curiosos, dijo que haba ido all por el
cuerpo del difunto, si no lo tena a mal el comit; que no quera
apresurar las cosas, poda esperar, pues aquel da no trabajaba, y
cuando los seores hubiesen concluido con el difunto, se hara cargo de
l.

--Adems--aadi sencilla y gravemente,--si alguno de los presentes
gusta tomar parte en el entierro, puede asistir.

Sea por una de tantas humoradas, que como ya he indicado eran
caractersticas de Sandy-Bar, sea por razones ms altruistas, el caso es
que las dos terceras partes de los desocupados aceptaron en seguida la
invitacin que tan desinteresadamente se les haca.

Haban dado ya las doce, cuando el cuerpo de Tennessee fue puesto en
manos de su socio. Cuando se acerc el carro al rbol fatal, observamos
que contena una tosca caja oblonga, hecha al parecer de tablas de
_sluice_[7] medio rellena de cortezas y ramillas de pino. Formaban parte
de la ornamentacin de la carreta recortes de sauce y unas cuantas
docenas de flores de mucho olor. Un vez depositado el cuerpo en la
caja, el socio de Tennessee lo cubri con una tela embreada, mont
gravemente en el estrecho pescante delantero, y con los pies sobre las
varas, arre al jumento, avanzando el vehculo lentamente, con aquel
paso decoroso que, aun en circunstancias menos solemnes, es habitual a
tan inteligentes cuadrpedos.

Medio por curiosidad, medio por broma, pero todos de buen humor,
siguieron los mineros a entrambos lados del carro; unos delante, otros
detrs del sencillo atad; pero sea por la estrechez del camino o por
algn sentimiento momentneo e instintivo de piedad, a medida que
adelantaba el carro, el acompaamiento se retrasaba en parejas,
guardando el paso y tomando el aspecto de una solemne procesin. El
divertido Jacobo Polibin, que a la salida haba empezado la parodia de
una marcha fnebre, moviendo los dedos sobre una flauta imaginaria,
desisti de proseguirla, por no hallar una acogida favorable, tal vez
por faltarle la aptitud del verdadero humorista, que sabe divertirse con
su propia gracia y humor.

El fnebre camino atravesaba la caada del Oso, revestida a aquella hora
de sombro y tenebroso aspecto. Los campeches, escondiendo en el rojizo
terreno sus pies, guarnecan la senda como en fila india, y sus
inclinadas ramas parecan echar una extraa bendicin sobre el fretro
que avanzaba lentamente.

Una preciosa liebre, sorprendida en su ingnita actividad, sentose sobre
las patas traseras, rebullendo entre los helechos del borde del camino,
mientras desfilaba la comitiva. Las ardillas se apresuraron a ganar las
ramas ms altas para atisbar desde all en seguridad, y los arrendajos,
tendiendo las alas, revoloteaban a la delantera, como postillones, hasta
que alcanzamos los arrabales de Sandy-Bar y la solitaria cabaa del
director de la ceremonia.

Visto aquel lugar, aun en circunstancias ms placenteras, no hubiese
sido un lugar risueo. La tosca y fea silueta y los groseros detalles
que distinguen las construcciones del minero californiano, y adems su
poco pintoresco emplazamiento, todo se reuna all a la tristeza de la
ruina. A pocos metros de la cabaa, se extenda un inculto cercado que,
en los cortos das de felicidad matrimonial del socio de Tennessee,
haba servido de jardn, pero que, en aquel entonces, disfrutaba de una
exuberante vegetacin de helechos y hierbas de todas clases. Conforme
nos aproximamos al cercado, nos sorprendimos viendo que lo que habamos
tomado por un reciente ensayo de cultivo, era slo desmonte que rodeaba
una tumba recin abierta. La carreta estaba parada ya delante del
cercado, y rehusando el socio de Tennessee las ofertas de auxilio, con
el mismo aire de confianza que haba demostrado en todo, carg con la
caja y la deposit, sin auxilio de nadie, en la poco profunda fosa.
Pegando despus con clavos la tabla que serva de tapa, y subindose al
montculo de tierra que se alzaba junto a la huesa, descubriose y se
enjug lentamente la cara con el pauelo. Todo el mundo comprendi que
eran stos los preliminares de un discurso, y se esparci sobre los
troncos de rbol y las rocas en situacin expectante.

Revestido de dignidad el socio de Tennessee dijo pausadamente:

--Digan; cuando un hombre ha estado corriendo en libertad todo el da,
qu es natural que haga? Pues volver a casa. Pero si no puede volver a
casa por s mismo, qu es lo que debe hacer su mejor amigo? Claro que
traerle a ella! Y aqu tenis a Tennessee que ha estado corriendo en
libertad y de sus peregrinaciones lo traemos al hogar.

Aqu, como para concentrar sus ideas, call, bajose a tomar un fragmento
de cuarzo, y frotndolo pensativo contra su manga, continu:

--Otras veces lo haba cargado sobre mis espaldas como ahora habis
visto; otras veces lo haba trado a esta cabaa, cuando no se poda
valer por s mismo; ms de una vez yo y el borriquito lo habamos
esperado all arriba, recogindolo y trayndolo a casa cuando no poda
hablar, ni le era posible reconocerme. Y hoy, que es el ltimo da... ya
veis...

Callose otra vez y frot el cuarzo contra su manga.

--Como puede verse, el caso es duro para su socio... Y ahora,
seores--aadi bruscamente, recogiendo su pala de largo mango,--se
acab el entierro; les doy las gracias y... Tennessee se las da tambin
por la molestia que les ha ocasionado.

Oponindose a cuantas ofertas de ayudarlo se le hicieron, comenz a
llenar la tumba, dando la espalda al gento, que, despus de algunos
momentos de indecisin, se retir poco a poco. Al doblar la pequea
cresta que ocultaba a su vista Sandy-Bar, algunos, volvindose hacia
atrs, creyeron ver al socio de Tennessee, terminada ya su obra, sentado
sobre la tumba, con la pala entre las rodillas y la cara sepultada en su
rojo pauelo de seda; pero otros arguyeron que, a tal distancia, no era
posible distinguir la cara del pauelo, y este punto no se esclareci
jams.

En medio de la calma que sigui a la agitacin febril de aquel da, el
socio de Tennessee no fue echado en olvido por los habitantes del
campamento. Cierta rigurosa requisitoria que se hizo en secreto lo libr
de la supuesta complicidad en el crimen de Tennessee, pero no de cierta
sospecha sobre si estaba o no en su cabal juicio. La poblacin de
Sandy-Bar hizo caso de conciencia el visitarlo, ofrecindole varios
regalos toscos, aunque inspirados en sinceros sentimientos. Pero, desde
el fatdico da, aquella salud y enorme fuerza parecieron declinar
visiblemente, y entrada ya la estacin de las lluvias, cuando las
hojillas de hierba comenzaron a asomar por entre el pedregoso montculo
que cubra la tumba de Tennessee, se dej vencer por la enfermedad.

Metiose en cama.

Aquella noche, los pinos que rodeaban la cabaa, sacudidos por la
tempestad, arrastraban sus esbeltas ramas por encima del techo, y a lo
lejos se oan el rugido y los embates de la impetuosa corriente del ro.
El socio de Tennessee se incorpor y dijo:

--Ya es hora, voy en busca de Tennessee; enganchar el carrito.

Y se hubiera levantado de la cama a no habrselo impedido su criada. Sin
embargo, haciendo extraos movimientos, continu en su singular delirio:

--Ven ac, borriquita! So, so! quieta! Qu oscuro est! Alerta con
los baches, y cuida tambin de l, vieja. Ya sabes que a veces, cuando
est borracho, rueda como un tronco hasta la cuneta. Corre, pues, en
derechura hasta el pino de all arriba, en la colina. Bueno... no lo
dije!... ah est!... ya viene... solo... sereno... Cmo brillan sus
ojos! Tennessee!

Y as fue a su encuentro...




UN POBRE HOMBRE


En el ao 1852, vino con nosotros a California, a bordo del
_Skiscraper_, un individuo llamado Fag, David Fag. Opino que el espritu
aventurero no influy mucho en su partida; probablemente no tendra otro
lugar a donde ir. Por las tardes, cuando reunidos los jvenes,
ponderbamos las magnficas colocaciones que habamos abandonado, y cun
tristes haban quedado nuestros amigos al vernos partir; cuando
ensebamos daguerreotipos, y bucles de cabello, y hablbamos de Mara y
de Susana, _el pobre hombre_ sola sentarse entre nosotros y nos
escuchaba penosamente humillado, aunque sin decir esta boca es ma.
Quiz no tena nada que decir. Careca de camaradas, excepto cuando
nosotros lo protegamos, y en honor de la verdad, nos diverta bastante.
No haca viento para hinchar una gorra, y ya se mareaba; nunca pudo
acostumbrarse a la vida de a bordo. Jams olvidar cunto nos remos
cuando Abelardo le trajo un pedazo de tocino en un cordel, y... pero ya
conoce todo el mundo esta chanza clsica; luego bromeamos a sus costas
con gran regocijo. La seorita Engracia no poda sufrirlo; le hacamos
creer que se haba encaprichado con l, y le envibamos al camarote
libros y golosinas. Era de ver la chistosa escena que tuvo lugar cuando,
tartamudeando y luchando contra el mareo, subi a darle las gracias por
los obsequios. Menudo enfado tuvo ella! Parecase a Medora, segn dijo
Abelardo, que saba a Byron de memoria, y no estaba poco sofocado el
viejo Fag! Sin embargo, no nos guard rencor, y cuando Abelardo cay
enfermo en Valparaso, el viejo Fag lo cuid esmeradamente. Era, en
resumen, un chico de buena pasta, pero le faltaban valor y empresa.
Careca en absoluto de todo sentimiento esttico, pues alguna vez lleg
a vrsele sentado remendando su ropa vieja, mientras que Abelardo
recitaba los conmovedores apstrofes de Byron al Ocano. En cierta
ocasin, pregunt muy serio a Abelardo si crea que Byron se hubiese
mareado en alguna ocasin. No recuerdo la respuesta de Abelardo, pero s
que todos nos remos, y creo que no dejara de ser buena, pues Abelardo
no careca de humorismo.

El da que el _Skiscraper_ lleg a San Francisco, celebramos un gran
banquete. Convnose en reunirnos todos los aos y perpetuar tal
acontecimiento. Por supuesto, que no convidamos a Fag. Fag era un
pasajero de tercera, y como se comprender, era necesario, ya que
estbamos en tierra, ser un poco prudentes. Pero el viejo Fag, como lo
llambamos, aunque no tendra ms all de veinticinco aos (sea dicho
entre parntesis), fue para nosotros aquel da objeto de gran guasa.
Segn parece, concibi la idea de ir a pie a Sacramento, y realmente
parti en dicha forma. La fiesta fue cabal: nos dimos todos un buen
apretn de manos, y cada uno fuese por su lado. Ay de m! No hace de
ello ocho aos, y, sin embargo, algunas de aquellas manos, estrechadas
entonces amistosamente, se han alzado de unos contra otros, y han
entrado furtivamente en nuestros bolsillos. No comimos ya juntos al ao
siguiente, porque el joven Baker jur que no sentara jams en la misma
mesa que ocupase un canalla tan despreciable como Remigio, y a Cols, el
que pidi dinero prestado en Valparaso al joven Lupo, que serva de
mozo en un restaurant, no le gustaba encontrarse con gente de tal ralea.

Habiendo comprado una cantidad de acciones del Cayote's Tunnel, en
Mugginswille, el 54, se me ocurri subir hasta all y examinarlo. Me
hosped en la Fonda del Imperio, y despus de comer, busqu un caballo,
di la vuelta al pueblo y me dirig a las minas. Se me indic uno de
aquellos individuos a quienes los corresponsales de los peridicos
llaman nuestro inteligente noticiero y que en las comunidades pequeas
se toman fcilmente el derecho de dar toda clase de informes. La fuerza
del hbito le permita ya trabajar y hablar a un tiempo, sin olvidar
jams una cosa por otra. Hzome una especie de historia del criadero, y
aadi:

--Mire usted (y se diriga al banco que tena ante s), de all debe
salir seguramente oro (y aqu interpuso una coma con su pica), pero el
anterior propietario (sac a retortijones la palabra de su pica) era un
pobre hombre (y subray la frase con la pica), un infeliz que careca de
toda autoridad, que permita a los chicos que se le subiesen a las
barbas... (el resto lo confi a la operacin de quitarse el sombrero, a
fin de enjugar su frente varonil con un pauelo de grandes cuadros
azules.)

La curiosidad me llev a preguntarle quin era el primitivo propietario.

--Se llamaba Fag.

Me apresur a hacerle una visita; me pareci ms viejo y ms feo. Haba
trabajado mucho, segn dijo, y sin embargo, la cosa slo le marchaba
as, as. Tomele aficin y hasta cierto punto lo proteg. Si lo hice,
porque empezara a sentir desconfianza para chicos como Abelardo y
Remigio, no es preciso decirlo.

Todo el mundo recuerda cmo lo del Cayote's Tunnel se vino abajo y cun
ignominiosamente fuimos estafados. Pues, bien; lo primero que supe fue
que Abelardo, uno de los principales accionistas, se vea reducido en
Migginswille a guardar la cantina del hotel, y que el viejo Fag se haba
enriquecido, al fin, y vareaba la plata. Remigio me enter de todo ello
cuando volvi de arreglar sus asuntos. Me dijo tambin que Fag le haca
cocos a la hija del propietario del mencionado hotel. As es que, por
habladuras y por cartas, vine a saber que Robins, el dueo del hotel,
trataba de arreglar el casamiento entre su hija Rosita y Fag. Era Rosita
una chiquilla muy linda y regordeta, y que no hara ms que lo que su
padre mandase. Me pareci muy conveniente para Fag que se casara y
estableciese, pues, como hombre casado, podra adquirir toda otra
autoridad. Resolv, pues, un da subir a Mugginswille, para cuidar yo
mismo del asunto.

All tuve la gran satisfaccin de que Abelardo me sirviese las bebidas;
s, porque se trataba de Abelardo, el alegre, el brillante, el
invencible Abelardo, que haca dos aos haba tratado de despreciarme.
Hablele del viejo Fag y de Rosita, precisamente, porque cre que el
asunto no le sera grato. Declarome que nunca le haba gustado Fag, y
que estaba seguro de que a Rosita tampoco le agradaba: acaso otra
persona ocupaba los pensamientos de Rosita.

En seguida volviose hacia el espejo del mostrador y se atus el cabello;
comprend al vanidoso bribn, y pens poner en guardia a Fag a fin de
que se diera prisa en formalizar su unin. En el curso de una larga
conversacin que tuvimos y por el tono en que se expres, ech de ver
que el pobre chico estaba perdidamente enamorado de la muchacha. Suspir
y prometiome revestirse de valor para llevar el asunto a una crisis.
Comprend tambin que sta, de excelente corazn, senta una especie de
silencioso respeto por Fag; pero le haban vuelto la cabeza las
cualidades superficiales de Abelardo, que eran agradables y cortesanas.
No creo que Rosita fuera peor que t y yo: estamos ms dispuestos a
juzgar de los conocidos por su valor aparente que por su valor interno.
Nos da menos trabajo y es ms cmodo, excepto cuando necesitamos fiarnos
de ellos. Lo difcil para con las mujeres, est en que en ellas el
sentimiento se interesa ms pronto que en nosotros, y ya comprenden
ustedes que en este caso se hace imposible la reflexin. Esto es lo que
se le hubiera ocurrido al viejo Fag si hubiera sido un hombre dotado de
la ms ligera psicologa. Pero no era as. La cosa no tena remedio.

Algunos meses despus, estaba sentado en mi despacho cuando se me
apareci el viejo Fag. Despus de un efusivo apretn de manos, hablamos
de los asuntos corrientes, de aquella manera mecnica, propia de gente
que sabe que tiene algo que decir, pero que se ve obligada a llegar a
ello por medio de las ceremonias acostumbradas. Despus de una pausa,
Fag, con su naturalidad acostumbrada, me dijo:

--Me vuelvo a mi casa.

--A tu casa?

--S; es decir, me parece que har una excursin a los Estados del
Atlntico. Te he venido a ver, pues, como sabes, tengo algunas
propiedades y he otorgado poderes a tu nombre para que puedas
administrarlas: traigo algunos papeles que deseara guardases en tu
poder. Deseas encargarte de ellos?

--S--dije.--Pero, qu hay de Rosita?

Fag enmudeci; trat de sonrer, y de este juego result uno de los
efectos ms sorprendentes y grotescos que jams haya presenciado. Por
fin, dijo:

--No me casar con Rosita; es decir--y pareca pedirse interiormente
perdn de una frase tan categrica,--creo que har mejor en no casarme.

--David Fag--dije con repentina severidad,--eres un pobre hombre.

Y con extraeza ma, se anim su rostro.

--S--dijo,--eso es; soy un pobre hombre; eso me lo he sabido siempre;
te dir, me pareci que Abelardo quera a la muchacha tanto como yo, y
supe, adems, que ella lo amaba ms que a m, y que tal vez sera ms
feliz con mi rival. Adems, me constaba tambin que el viejo Robins me
hubiese preferido al otro porque yo era rico, y que la chica habra
obedecido a su padre; pero, me entiendes?, se me figur que estorbaba,
como quien dice, de manera que opt por retirarme. Sin embargo--continu
cuando iba ya a interrumpirlo,--por temor de que el padre rechazara a
Abelardo, le he prestado lo bastante para establecerse por su cuenta en
Dogtown. Hombre emprendedor, activo, brillante, como sabes que es
Abelardo, puede adelantar y hacerse otra vez con su antigua posicin, y
no hay necesidad alguna de que le apremien si no lo logra. Alargome
nuevamente la mano para despedirse.

Sentame hastiado de sobras por su modo de tratar al tal Abelardo para
mostrarme amable; pero como el negocio era de provecho, promet
encargarme de l, y Fag parti.

Transcurri algn tiempo. Lleg el prximo vapor de regreso, y durante
algunos das, un terrible accidente ocup la atencin de los Estados
Unidos. En todas las regiones del Estado leanse con avidez los detalles
de un terrible naufragio, y los que tenan amigos a bordo se reunan
para leer con aliento comprimido la larga lista de las vctimas. Busqu
los nombres de todos los seres interesantes, afortunados y queridos que
haban perecido, y creo que fui el primero en descubrir, entre stos, el
nombre de David Fag.

El pobre hombre haba, pues, en realidad, vuelto a su casa!




LOS DESTERRADOS DE POKER FLAT


Al poner el pie don Jorge, jugador de oficio, en la calle Mayor de
Poker-Flat, en la maana del da 22 de noviembre de 1850, presinti ya
que, desde la noche anterior, se efectuaba un cambio en la atmsfera
moral de la poblacin. Algunos grupos donde se conversaba gravemente,
enmudecieron cuando se acerc y cambiaron miradas significativas. Era de
notar que dominaba en el aire una tranquilidad dominguera; lo cual en un
campamento poco acostumbrado a la influencia del domingo, pareca de mal
agero, y sin embargo, la cara tranquila y hermosa de don Jorge no
revel el menor inters por estos sntomas. Tena conciencia acaso de
alguna causa predisponente? Eso era cosa distinta.

--Sospecho que van tras de alguno--pens;--tal vez tras de m.

Introdujo en su bolsillo el pauelo con que haba sacudido de sus botas
el encarnado polvo de Poker-Flat, y con entera calma desech de su mente
toda conjetura.

La verdad era que Poker-Flat andaba tras de alguno. Haba sufrido
recientemente la prdida de algunos miles de pesos, de dos caballos de
valor y de un ciudadano preeminente, y en la actualidad pasaba por una
crisis de virtuosa reaccin, tan ilegal y violenta como cualquiera de
los actos que la originaron. El comit secreto haba resuelto expulsar
de su seno todo miembro podrido. Practicose esto de un modo permanente,
respecto a dos hombres que colgaban ya de las ramas de un sicomoro, en
la hondonada, y de un modo temporal con el destierro de otras varias
personas de psimos antecedentes. Es sensible tener que decir que
algunas de stas eran seoras; pero en descargo del sexo, debo advertir
que su inmoralidad era profesional y que slo ante un vicio tal y tan
patente se atreva Poker-Flat a erigirse en inflexible tribunal.

A don Jorge le sobraba razn al suponer que estaba l incluido en la
sentencia. Alguien del comit haba insinuado la idea de ahorcarlo, como
ejemplo tangible y medio seguro de reembolsarse, a costa de su bolsillo,
de las sumas que les haba ganado.

--No es justo--deca Simn Velero--dejar que ese joven de Campo Rodrigo,
extranjero por sus cuatro costados, se lleve nuestros ahorros.

Sin embargo, un imperfecto sentimiento de equidad, emanado de los que
haban tenido la buena suerte de limpiar en el juego a don Jorge,
acall las mezquinas preocupaciones de los ms irreductibles.

Don Jorge recibi el fallo con filosfica calma, tanto mayor en cuanto
sospechaba ya las vacilaciones de sus juzgadores. Era muy buen jugador
para no someterse a la fatalidad. En su sentir, la vida era un juego de
azar y reconoca el tanto por ciento usual en favor del banquero.

Una escolta de hombres armados acompa a esa escoria social de
Poker-Flat hasta las afueras del campamento. Formaban parte de la
partida de los expulsados, adems de don Jorge, reconocido como hombre
decididamente resuelto, y para intimidar al cual se haba tenido cuidado
de armar el piquete, una joven conocida familiarmente por la Duquesa,
otra mujer que se haba ganado el ttulo de madre Shipton, y el to
Billy, sospechoso de robar filones y borracho empedernido. La cabalgada
no excit comentario alguno de los espectadores, ni la escolta dijo la
menor palabra. Solamente cuando alcanzaron la hondonada que marcaba el
ltimo lmite de Poker-Flat, el jefe habl cuatro palabras en relacin
con el caso: el que desease conservar su vida, no deba poner ms los
pies en Poker-Flat.

Luego, cuando se alejaba la escolta, los sentimientos comprimidos se
exhalaron en algunas lgrimas histricas por parte de la Duquesa, en
injurias por la de la madre Shipton y en blasfemias que, como flechas
envenenadas, lanzaba el to Billy. Tan slo el estoico don Jorge
permaneca mudo. Escuch impasible los deseos de la madre Shipton de
sacar el corazn a alguien, las repetidas afirmaciones de la Duquesa de
que se morira en el camino, y tambin las alarmantes blasfemias que al
to Billy parecan arrancarle las sacudidas de su cabalgadura. Para no
desmentir la franca galantera de los de su clase, insisti en trocar su
propio caballo, llamado _El Cinco_, por la mala mula que montaba la
Duquesa; pero ni aun esta accin despert simpata alguna entre los de
la comitiva errante. La Duquesa arregl sus ajadas plumas con cansada
coquetera; la madre Shipton mir de reojo con malevolencia a la
posesora de _El Cinco_, y el to Billy no perdon a ninguno de la
partida con sus diatribas.

De todos modos, el camino de Sandy-Bar, campamento que en razn de no
haber experimentado an la regeneradora influencia de Poker-Flat,
pareca ofrecer algn aliciente a los emigrantes, atravesaba una
escarpada cadena de montaas, y ofreca a los viajeros una jornada
bastante regular. En aquella avanzada estacin, la partida pronto sali
de las regiones hmedas y templadas de las colinas, al aire seco, fro y
vigoroso de las sierras. El sendero era estrecho y dificultoso; hacia el
medioda, la Duquesa, dejndose caer de la silla de su caballo al suelo,
manifest su resolucin de no continuar ms all.

El paraje era singularmente imponente y salvaje. Un anfiteatro poblado
de bosque, cerrado en tres de sus lados por rocas cortadas a pico en el
desnudo granito, se inclinaba suavemente sobre la cresta de otro
precipicio que dominaba la llanura. Sin duda alguna, era el punto ms a
propsito para un campamento, si hubiera sido prudente el acampar. Pero
don Jorge, que no perda fcilmente su orientacin, saba que apenas
haban hecho la mitad del viaje a Sandy-Bar, y la partida no estaba
equipada ni provista para hacer alto. Sin embargo, no hizo ms que
recordar esta circunstancia a sus compaeros acompandola de un
comentario filosfico sobre la locura de tirar las cartas antes de
acabar el juego. Estaban provistos de licores, y en esta contingencia
suplieron la comida y todo lo dems de que carecan. A pesar de su
protesta, no tardaron en caer en mayor o menor grado bajo la influencia
del alcohol.

La madre Shipton se ech a roncar; el to Billy pas rpidamente del
estado belicoso al de estupor y la Duquesa qued como aletargada. Slo
don Jorge permaneci en pie, apoyado contra una roca, contemplndolos
con tranquilidad, pues don Jorge no beba; esto hubiera perjudicado a
una profesin que requiere clculo, impasibilidad y sangre fra; en fin,
para valernos de su propia frase, no poda permitirse este lujo.
Contemplando a sus compaeros de destierro y al filosofar sobre el
aislamiento nacido de su oficio, sobre las costumbres de su vida y sobre
sus mismos vicios, sintiose oprimido por primera vez. Procedi a quitar
el polvo de su traje negro, a lavarse las manos y cara y a practicar
otros actos caractersticos de sus hbitos de extremada limpieza, y por
un momento olvid su situacin. No incurri jams en la pecaminosa idea
de abandonar a sus compaeros, ms dbiles y dignos de lstima; pero,
sin embargo, echaba de menos aquella excitacin que, extrao es decirlo,
era el mayor factor de la tranquila impasibilidad de que gozaba.
Examinaba embebido las tristes murallas que se elevaban a mil pies de
altura, cortadas a pico, por encima de los pinos que lo rodeaban; el
cielo cubierto de amenazadoras nubes, y ms abajo el valle que se hunda
ya en la sombra, cuando oy de repente que lo llamaban.

Un jinete ascenda poco a poco por el camino. No tard mucho en
reconocer en la franca y animada cara del recin venido a Toms Bfalo,
llamado el Inocente de Sandy-Bar. Le haba encontrado haca algunos
meses en una partidilla, donde con la mayor legalidad gan al cndido
joven toda su fortuna, que ascenda a unos cuarenta dllars. Despus que
hubo terminado la partida, don Jorge se retir con el joven especulador
detrs de la puerta, y all le dijo estas o parecidas palabras:

--Toms, eres un buen muchacho, pero no sabes jugar ni por valor de un
centavo; no lo pruebes otra vez si has de seguir mis consejos.

Y diciendo esto, le devolvi su dinero, lo empuj suavemente fuera de la
sala de juego, y as hizo de Toms, ms que un amigo, un esclavo.

El entusiasta y cordial saludo que Toms dirigi a don Jorge, recordaba
este generoso acto. Segn dijo, iba a tentar fortuna en Poker-Flat.

--Solo?

--Completamente solo, no: a decir verdad (aqu se ri), se haba
escapado con Flora Vods. No recordaba ya don Jorge a Flora Vods, la que
serva la mesa en el Hotel de la Templanza? Haca tiempo ya que segua
en relaciones con ella, pero el padre, Jaime Vods, se opuso; de manera
que se escaparon e iban a Poker-Flat a casarse, y htelos aqu! Qu
fortuna la suya en encontrar un sitio donde acampar en compaa tan
agradable!

La conversacin qued interrumpida al aparecer Flora Vods, muchacha de
quince aos, rolliza y de buena presencia; sala de entre los pinos,
donde se ocultara ruborizndose y se adelantaba a caballo hasta ponerse
al lado de su prometido.

No era don Jorge hombre a quien le preocupasen las cuestiones de
sentimiento y an menos de las de conveniencia social, pero
instintivamente comprendi las dificultades de la situacin. No
obstante, tuvo suficiente aplomo para largar un puntapi al to Billy
que ya iba a soltar una de las suyas, y el to Billy estaba bastante
sereno para reconocer en el puntapi de don Jorge un poder superior que
no tolerara guasas de ningn gnero. Esforzose despus en disuadir a
Toms de que acampara all; pero fue intil. Prevnole que no tena
provisiones ni medios para establecer un campamento; pero, por
desgracia, el Inocente desech estas razones asegurando a la partida que
iba provisto de un mulo cargado de vveres, y descubriendo adems una
como tosca imitacin de choza abierta al lado del camino.

--Flora podr ocuparla con la seora de Jorge--dijo el Inocente,
sealando a la Duquesa.--Yo ya me las compondr.

Pronunciadas estas palabras, le fue preciso a don Jorge toda su energa
para impedir que estallase la risa del to Billy, que an as hubo de
retirarse a la hondonada para recobrar la formalidad. All confi el
chiste a los altos pinos, golpendose repetidas veces los muslos con las
manos, entre las muecas, contorsiones y blasfemias que en l eran tan
comunes. A su regreso encontr a sus compaeros sentados en amistosa
conversacin alrededor del fuego, pues el aire haba refrescado en
extremo y el cielo se cubra de espesos nubarrones. Flora estaba
hablando de una manera expansiva con la Duquesa, que la escuchaba con un
inters y animacin que desde haca mucho tiempo no haba demostrado.
Bfalo discurra con igual xito junto a don Jorge y a la madre Shipton,
que se mostraba amable hasta cierto punto.

--Es este caso una tonta partida campestre?--dijo el to Billy para sus
adentros con desprecio, contemplando el silvestre grupo, las
oscilaciones de la llama y las caballeras atadas.

De pronto, una idea se mezcl con los vapores alcohlicos que
enturbiaban su cabeza. La idea sera seguramente chistosa, pues se
golpe otra vez los muslos y se meti un puo en la boca para contener
la risa.

Lentamente las nubes se deslizaron por la montaa arriba, una ligera
brisa cimbre las copas de los pinos y aull a travs de sus largas y
tristes hondonadas. La ruinosa choza, toscamente reparada y cubierta con
ramas de pino, fue cedida a las seoras. Los novios, al separarse,
cambiaron un beso tan puro y apasionado, que el eco pudo repetirlo en
los vecinos peascos. La frgil Duquesa y la cnica madre Shipton
estaban, probablemente, demasiado asombradas para burlarse de esta
ltima prueba de candor, y se dirigieron sin decir palabra hacia la
cabaa. Avivaron otra vez el fuego; los hombres se tendieron delante de
la puerta, y pocos momentos despus dorman todos a pierna suelta.

Don Jorge tena el sueo ligero; antes de apuntar el da, despert
aterido de fro. Al remover con un tizn el moribundo fuego, el viento
que soplaba entonces con fuerza llev a sus mejillas algo que le hel la
sangre: la nieve. Dirigiose sobresaltado a los que dorman con intencin
de despertarles, pues no haba tiempo que perder; pero al volverse hacia
donde deba estar tendido el to Billy, vio que ste haba desaparecido.
Cruz rpidamente por su mente una idea desagradable, y una maldicin
sali de sus labios. Vol hacia donde haban atado a los mulos: ya no
estaban all.

Mientras tanto, las sendas desaparecan rpidamente bajo la nieve que
caa con profusin.

Por un momento qued aterrado don Jorge, pero pronto volviose hacia el
fuego, con su serenidad acostumbrada. No despert a los dormidos. El
Inocente descansaba tranquilamente, con una apacible sonrisa en su
rostro cubierto de pecas, y la virgen Flora dorma entre sus frgiles
hermanas, como si le custodiaran guardianes angelicales. Don Jorge,
echndose la manta sobre los hombros, se atus el bigote y esper la luz
del medioda, que vino poco a poco envuelta en neblina y en un
torbellino de copos de nieve que cegaba y confunda. El paisaje pareca
transformado como por arte de magia. Pas sin atencin la vista por el
valle y resumi el presente y el porvenir en cuatro palabras: Sitiados
por la nieve.

El detenido examen de las provisiones, que, afortunadamente para la
partida estaban almacenadas en la choza, por lo que escaparon a la
rapacidad del to Billy, les dio a conocer que, con cuidado y prudencia,
podan sostenerse an diez das ms.

--Eso--dijo don Jorge _sotto voce_ al Inocente,--con tal que nos quiera
usted tomar a pupilaje; si no (y tal vez har usted mejor en ello),
esperaremos que el to Billy regrese con las nuevas municiones de boca
que seguramente habr ido a buscar.

No s por qu ingrato motivo, don Jorge no dio a conocer la infamia del
to Billy, exponiendo la hiptesis de que ste se haba extraviado del
campamento en busca de los animales que se haban escapado sin duda.
Ech una indirecta acerca de lo mismo a la Duquesa y a la madre
Shipton, que, como es natural, comprendieron la defeccin de su
consocio.

--Si se les da el ms pequeo indicio, descubrirn tambin la verdad
respecto de _todos_ nosotros--aadi con intencin,--y es por dems
alarmar a la feliz pareja.

Toms Bfalo no slo puso a disposicin de don Jorge todo lo que
llevaba, sino que pareca disfrutar ante la perspectiva de una obligada
reclusin.

--Habremos pasado una semana de campo, despus se derretir la nieve, y
partiremos cada cual por su lado.

El franco optimismo del joven y la serenidad de don Jorge, comunicose a
los dems. El Inocente, por medio de ramas de pino, improvis un techo
para la choza, que no lo tena, y la Duquesa contribuy al arreglo del
interior con un gusto y tacto que hicieron abrir grandes ojos de asombro
a la joven y fugitiva campesina.

--Ya se conoce que est acostumbrada a casas hermosas en
Poker-Flat--dijo Flora.

La aludida dio media vuelta rpidamente, para ocultar el rubor que tea
sus mejillas, aun a travs del colorido postizo de las de su profesin,
y la madre Shipton rog a Flora que guardase silencio. Al regresar don
Jorge de su penosa e intil exploracin en busca del camino, oy el
sonido de una alegre risa que el eco repiti varias veces. Algo
alarmado, parose pensando en el aguardiente que haba escondido
prudentemente.

--Esto no suena a aguardiente--dijo el jugador.

Sin embargo, hasta que a travs del temporal vio la fogata y en torno de
ella el grupo, no se convenci de que todo ello era una broma de buen
gnero. Yo no s si don Jorge haba ocultado su baraja con el
aguardiente como objeto prohibido a la comunidad, lo cierto os que,
valindome de las propias palabras de la madre Shipton, no habl una
sola vez de cartas durante aquella noche. Menos mal que pudo matarse el
tiempo con un acorden que Toms sac con aparato de su equipaje.

Luchando con algunas dificultades en el manejo de este instrumento,
Flora logr arrancarle una meloda recalcitrante, acompandola el
Inocente con los palillos. La pieza que coron la velada fue un rudo
himno de misa campestre que los novios, entrelazadas las manos, cantaron
con gran entusiasmo y vehemencia. Creo que el tono de desafo, del coro
y aire del _Covenanter_[8], y no las cualidades religiosas que pudiera
encerrar, fue motivo de que acabaran todos por tomar parte en el
estribillo:

    Estoy orgulloso de servir al Seor,
    y me obligo a morir en su ejrcito.

Los rboles crujan, la tempestad se desencadenaba sobre el miserable
grupo y las llamas del ara se lanzaban hacia el cielo como un testimonio
del voto.

Entrada la noche, calm la tempestad; los grandes nubarrones se
corrieron y las estrellas brillaron centelleando sobre el negro fondo
del firmamento. Don Jorge, a quien sus costumbres profesionales
permitan vivir durmiendo lo menos posible, comparti la guardia con
Toms Bfalo de modo tan desigual, que cumpli casi por s solo esta
obligacin. Disculpose con el Inocente, diciendo que muy a menudo se
haba pasado sin dormir ocho das seguidos.

--Pero haciendo qu?--pregunt Toms.

--El _poker_[9]--contest don Jorge gravemente.--Mira: cuando un hombre
llega a tener una suerte borracha, antes se cansa la suerte que uno. No
hay cosa ms extraa que la suerte. Todo lo que se sabe de ella es que
forzosamente debe cambiar. Y el descubrir cundo va a cambiar, es lo que
te forma. Ahora, por ejemplo, desde que salimos de Poker-Flat hemos dado
con una vena de mala suerte. Llegan ustedes y les pillo tambin de
lleno. El que tiene nimo para conservar los naipes hasta el fin, ste
se salva.

Y aadi el filsofo y jugador de una pieza, con alegre irreverencia:

    Estoy orgulloso de servir al Seor,
    y me obligo a morir en su ejrcito.

Pasaron tres das, y el sol, a travs de las blancas colgaduras del
valle, vio el cuarto a los desterrados repartirse las reducidas
provisiones para el desayuno. Por un fenmeno singular de aquel
montaoso clima, los rayos del sol difundan benigno calor sobre el
paisaje de invierno, como compadecindose arrepentidos de lo pasado;
pero, al mismo tiempo, descubran la nieve apilada en grandes montones
alrededor de la cabaa. Por todas partes se extenda un mar de blancura
sin esperanza de trmino, mar desconocido, sin senda, de que eran
juguetes estos nufragos de nuevo gnero. A muchas millas de distancia y
a travs de un aire maravillosamente sutil, se elevaba el humo de la
rstica aldea de Poker-Flat. Observolo la madre Shipton, y desde lo ms
alto de la torre de su fortaleza de granito lanz hacia aquella una
maldicin. Fue su ltima blasfemia y tal vez por aquel motivo revesta
cierto carcter sublime.

--Me siento mejor--dijo confidencialmente a la Duquesa.--Pruebe de salir
all y maldecirlos, y te convencers.

Luego, se impuso la tarea de distraer a _la criatura_, como ella y la
Duquesa tuvieron a bien llamar a Flora; Flora no era una polluela, pero
las dos mujeres se explicaban de esta manera consoladora y original que
no fuese indecorosa ni soltase maldiciones.

Otra vez vino la noche a cubrir el valle con sus tinieblas.

Las quejumbrosas notas del acorden se elevaban y descendan junto a la
vacilante fogata del campamento con prolongados gemidos y frecuentes
intermitencias. Pero como la msica no alcanzaba a llenar el penoso
vaco que dejaba la insuficiencia de alimento, Flora propuso una nueva
distraccin: contar cuentos. No tenan ganas don Jorge ni sus compaeras
de relatar las aventuras personales, y el plan hubiera fracasado tambin
a no ser por Toms Bfalo. Algunos meses antes haba encontrado por
casualidad un tomo desparejado de la ingeniosa traduccin de la
_Iliada_, por Mr. Pope. Se impuso pues la tarea de relatar en el
lenguaje corriente de Sandy-Bar, los principales incidentes de aquel
poema, cuyo argumento dominaba, aunque con olvido de algunos nombres
propios. Los semidioses de Homero volvieron aquella noche a pisar el
planeta, y el pendenciero troyano y el astuto griego lucharon entre el
viento, y los inmensos pinos _del can_ parecan inclinarse ante la
clera del hijo de Peleo. Al parecer, don Jorge escuchaba con apacible
fruicin; pero se interes especialmente por la suerte de As-quiles,
como el Inocente persista en denominar a Aquiles, _el de los pies
ligeros_.

De este modo, con poca comida, mucho Homero y el acorden, transcurri
una semana que con paciencia soportaron los fugitivos. De nuevo los
abandon el sol, y otra vez los copos de nieve de un cielo plomizo,
cubrieron el congelado suelo. Poco a poco les fue estrechando cada vez
ms el crculo de nieves, hasta que los muros deslumbrantes de blancura
se levantaron a veinte pies por encima de la cabaa. El fuego fue cada
vez ms difcil de alimentar; los rboles cados a su alcance, estaban
sepultados ya por la nieve. Y no obstante, nadie se quejaba. Los
novios, olvidando tan triste perspectiva, se miraban en los ojos uno de
otro, y eran felices, y don Jorge se resign tranquilamente al mal juego
que se le presentaba ya como perdido. La Duquesa, ms alegre que de
costumbre, se dedic a cuidar a Flora; slo la madre Shipton, antes la
ms fuerte de la caravana, pareca enfermar y fenecer poco a poco. A
media noche del dcimo da, llam a su lado a don Jorge:

--Me voy--dijo con voz de quejumbrosa debilidad.--Le ruego no diga nada
a los corderitos; tome el lo que est bajo mi cabeza y bralo.

Efectundolo, don Jorge vio que contenan intactas las raciones
recibidas por la madre Shipton durante los ltimos ocho das.

--Delas a _la criatura_--dijo, sealando a la dormida Flora.

--Infeliz! Se ha dejado morir de hambre!--dijo el jugador con
sorpresa.

--As se llama esto--repuso la mujer con voz apagada.

Se acost de nuevo, y volviendo la cara hacia la pared, entr en una
rpida agona.

Aquel da enmudecieron el acorden y las castauelas, y se olvid la
_Iliada_ y sus hroes.

Al ser entregado el cuerpo de la madre Shipton a la nieve, don Jorge
llam aparte al Inocente y le mostr un par de zuecos para nieve, que
haba fabricado con los fragmentos de una vieja albarda.

--Hay todava una probabilidad contra ciento de salvarla; pero es hacia
all--aadi sealando a Poker-Flat.--Si puedes llegar en dos das,
cantaremos victoria.

--Y usted?--pregunt Toms.

--Yo me quedo--contest secamente.

La pareja se despidi con un estrecho y efusivo abrazo, al que siguieron
algunas lgrimas. Don Jorge! Tambin se va usted?--pregunt la Duquesa
cuando vio a aqul que pareca aguadar a Toms para acompaarle.

--Hasta _el can_--contest.

Y, diciendo esto, bes a la Duquesa, dejando encendida su blanca cara y
rgidos de asombro sus entumecidos nervios.

La soledad nocturna vino otra vez, pero no don Jorge. Trajo otra vez la
tempestad y la nieve con sus torbellinos. Avivando el expirante fuego,
vio la Duquesa que alguien haba apilado a la callada contra la choza,
lea para algunos das ms. Sus ojos se llenaron de lgrimas, pero las
ocult a Flora.

Dominadas por el terror, aquellas vrgenes durmieron poco. Al amanecer,
al contemplarse cara a cara comprendieron su comn destino, observando
el ms riguroso silencio. Flora, hacindose la ms fuerte, se acerc a
la Duquesa y la enlaz con su brazo, en cuya disposicin mantuvironse
todo el resto de la jornada. La tempestad lleg aquella noche a su mayor
furia, destroz los pinos protectores e invadi la misma cabaa.

Al romper el nuevo da, no pudieron ya avivar el fuego, que se extingui
poco a poco.

A medida que las cenizas se amortiguaban, la Duquesa se acurrucaba junto
a Flora, y por fin rompi aquel silencio que pareca eterno:

--Flora; puedes rezar an?

--No, hermana...--respondi Flora dulcemente.

La Duquesa, sin saber por qu, sintiose ms libre, y apoyando su cabeza
sobre el hombro de Flora no dijo ms. Y as, reclinadas, prestando la
ms joven y pura su pecho como apoyo a su pecadora hermana, quedaron
dormidas. El viento, como si temiera despertarlas, ces. Muchos copos de
nieve, arrancados a las largas ramas de los pinos, volaron como pjaros
de blancas alas y se posaron sobre aquel grupo sublime. Diana, la de
argentinos rayos, contempl al travs de las desgarradas nubes aquel
lugar selvticamente bello. Toda impureza humana se haba fundido, todo
rastro de dolor terreno haba desaparecido bajo el inmaculado manto
tendido misericordiosamente desde arriba.

Todo aquel da durmieron su apacible sueo, y al siguiente no
despertaron, cuando voces y pasos humanos rompieron el silencio de aquel
mudo paraje. Y cuando manos piadosas separaron la nieve de sus marchitas
caras, apenas poda decirse, por la paz igual que ambas respiraban, cul
fuera la que se haba manchado. La misma ley de Poker-Flat lo reconoci
as y se retir, dejndolas todava enlazadas una en brazos de otra.

En la embocadura del desfiladero, sobre uno de los mayores pinos,
encontrose un dos de bastos clavado en la corteza, con un cuchillo de
monte. Contena la siguiente inscripcin, hecha con vigorosos trazos de
lpiz:

                 [cruz]

  AL PIE DE ESTE RBOL YACE EL CUERPO DE
                DON JORGE
   QUE DIO CON UNA VENA DE MALA SUERTE
         EL 23 DE NOVIEMBRE 1850
Y ENTREG SUS PUESTAS EL 7 DE DICIEMBRE 1850

                 [cruz]


Y, en efecto. All, fro y sin pulso, con un revlver a su lado y una
bala en el corazn, yaca bajo la nieve el que a la vez haba sido el
ms fuerte y el ms dbil de los expulsados de Poker-Flat, cosas ambas
que se lean todava a travs del rostro apacible pero enrgico del
jugador.




UNA NOCHE EN WINGDAM


Todo el da haba corrido en diligencia y me senta atontado por el
traqueteo y molestias de tan pesado viaje. De modo que cuando al caer de
la tarde descendimos rpidamente al pueblecito arcadiano de Wingdam,
resolv no pasar adelante y sal del carruaje en un estado disppsico
insoportable. Senta an los efectos de un pastel misterioso,
contrarrestados un tanto por un poco de cido carbnico dulcificado que
con el nombre de limonada carbnica, me haba servido el propietario
del mesn de _Medio Camino_. No alcanzaron siquiera a interesarme los
chistes del galante mayoral que conoca los nombres de todo el mundo en
el trayecto; que haca llover cartas, peridicos y paquetes desde lo
alto de la vaca; que mostraba sus piernas en frecuente y terrible
proximidad a las ruedas, subiendo y bajando cuando bamos a toda
velocidad; cuya galantera, valor y conocimientos superiores en el viaje
nos admiraban a todos los viajeros, reducindonos a un silencio
envidioso, y que cabalmente entonces estaba hablando con varias
personas con visible inters y entusiasmo. Quedeme sombriamente de pie
con mi manta y saco de viaje bajo el brazo, contemplando la diligencia
en marcha, y ech una mirada de despedida al galante conductor, que,
colgado del imperial por una pierna, encenda su cigarro en la pipa de
un postilln que corra. Despus, me volv hacia el apacible hotel de la
_Templanza_, en Wingdam.

No s si por causa del tiempo o por causa del pastel, la fachada no me
hizo una impresin muy favorable. Quiz era porque el rtulo, extendido
a lo largo de todo el edificio, con letras dibujadas en cada ventana,
haca resaltar de mala manera a aquellos que miraban por ellas, o quiz
porque la palabra templanza siempre ha despertado en m la idea de
bizcochos flojos y chocolate de poca consistencia. A la verdad, la casa
no convidaba. Podasele haber llamado fonda de la abstinencia, segn era
la falta de todo lo necesario para deleitar o cautivar al pasajero.
Presidi, sin duda, a su construccin cierta tristeza artstica. De
excesivas dimensiones para el campamento y destartalada no produca la
ms remota idea de confort. Tena, adems, una rstica condicin:
sentase en ella la humedad del bosque y el olor del pino. La naturaleza
violentada, pero no sometida del todo, retoaba en lagrimillas resinosas
por puertas y ventanas. No s por qu me pareci que instalarse all,
deba asemejarse a pasar un da de campo perpetuo. Al hacer mi entrada
en el hotel, los habituales huspedes de la casa salan de un profundo
comedor y se esforzaban en quitarse por la aplicacin del tabaco en
varias formas, el sabor detestable de la cena recin ingerida. Algunos
se colocaron inmediatamente en torno de la chimenea, con las piernas
sobre las sillas, y en aquella postura se resignaron silenciosamente a
la labor mproba de una pesada digestin.

En atencin a mi estado gstrico, no acept la invitacin que para cenar
me hizo el posadero, pero me dej conducir al saln. Era el tal posadero
un magnfico tipo barbudo del hombre animal. Pas por mi imaginacin un
personaje dramtico. Con la vista fija en el chisporroteante fuego,
pensaba para mis adentros cul podra ser, esforzndome en seguir el
hilo de mis memorias hacia el revuelto pasado, cuando una mujercita de
tmido aspecto apareci en la puerta, y apoyndose pesadamente contra el
marco, dijo con voz dbil.

--Marido!

Al volverse el posadero hacia ella, el singular recuerdo dramtico
centelle claramente ante m en un par de versos:

    Dos almas con un solo pensamiento
    y palpitando acorde el corazn...

Se trataba de Ingomar y Partenia, su mujer. Ni ms ni menos.

In mente di en seguida al drama un desarrollo diferente:

Ingomar se haba trado a Partenia a la montaa, donde tena un hotel a
beneficio de los _allemani_ que acudan all en nmero no escaso.

Partenia iba bastante cansada y desempeaba el trabajo sin criados de
ningn gnero. Tena dos _brbaros_, pequeos an, un nio y una nia;
estaba ajada, pero conservaba an sus trazos bellos.

Permanec sentado, hablando con Ingomar, que pareca encontrarse en su
centro. Contome varias ancdotas de los _allemani_, que exhalaban todas
un fuerte aroma del desierto, y sobre todo guardaban cabal armona con
la siniestra casa: habl de cmo Ingomar haba muerto algunos osos
terribles, cuyas pieles cubran su cama; de cmo cazaba gamos, de cuya
piel hermosamente adornada y bordada por su esposa, se vesta; de cmo
haba muerto a varios indios y de cmo l mismo estuvo una vez a punto
de seguir la misma suerte. Esto, explicado con el ingenuo candor que tan
bien sienta en un brbaro, pero que un griego hubiese considerado de
sabor poco tico.

Recordando a la fatigada Partenia, comenc a considerar que otra hubiese
sido su suerte, de casarse con el antiguo griego del drama; al menos
habra vestido siempre decente y sin aquel traje de lana pringado por
las comidas de un ao entero y las grasas de cocina, no se hubiese visto
obligada a servir la mesa con el cabello sin peinar, ni se hubieran
colgado de sus vestidos los dos nios con los dedos sucios,
arrastrndola inconscientemente a la sepultura.

Estas poco optimistas cavilaciones las supuse inducidas por el pastel
que todava tena en el estmago, de manera que me levant y dije a
Ingomar que me mostrara la habitacin, pues quera acostarme.

Siguiendo al terrible brbaro, que blanda una vela de sebo encendida,
sub por la escalera arriba, hacia mi cuarto. Hzome notar que era el
nico que tena con una sola cama, y que lo haba construido para los
matrimonios que pudiesen hacer alto all; pero que no habindose
presentado an ocasin, lo haba dejado a medio amueblar. Una de las
paredes estaba tapizada y la otra tena grandes grietas. El viento que
soplaba constantemente sobre Wingdam, penetraba en el aposento por
diferentes aberturas; la ventana era sobrado pequea para su
rompimiento, donde colgaba dando extraos chirridos. Parecame todo
repugnante y desaseado. Antes de retirarse Ingomar me trajo una de las
pieles de oso, y echndola sobre una especie de atad que estaba en un
rincn, asegur que me abrigara cmodamente y se despidi, desendome
un feliz sueo.

Me estaba todava desnudando, cuando la luz se apag a la mitad de esta
operacin; me acurruqu bajo la piel de oso y trat de acomodarme lo
mejor posible para conciliar pronto el sueo. Sin embargo, estaba
desvelado. O el viento que barra de arriba abajo la montaa, agitaba
las ramas de los melanclicos pinos, entraba luego en la casa y
forcejeaba en todas las puertas y ventanas del edificio. Fuertes
corrientes de aire esparramaban a menudo mi cabello sobre la almohada
con extraos aullidos. La madera verde de las paredes despeda humedad,
que penetraba an al travs de la piel de plantgrado que me haban
entregado. Me sent como Robinson Crusoe en su rbol, despus de retirar
la escalera, o bien como el nio a quien se mece en la cuna. Al cabo de
media hora de insomnio, sent haberme parado en Wingdam. Despus del
tercer cuarto de hora me arrepent de haberme acostado, y al cabo de una
hora de inquietud, me levant dispuesto a vestirme. Animome la creencia
de que haba visto lumbre en la sala comn, y que tal vez estaba
ardiendo todava. Sal fuera de mi habitacin y segu a tientas el
corredor que resonaba con los ronquidos de los _allemani_ y con el
silbido del viento implacable. Me deslic escaleras abajo, y por fin,
entrando en la sala, vi que arda an el fuego. Acerqu una silla, lo
remov con el pie y me qued sorprendido de ver a Partenia sentada all
tambin, con una criatura de demacrado rostro en el regazo.

Djele si no sera indiscrecin preguntarla por qu estaba levantada
todava.

No se acostaba los mircoles hasta la llegada del correo, para llamar a
su marido si haba pasajeros a quienes atender.

No se cansaba?

A veces, pero Abner (el nombre del brbaro) le haba prometido darle
quien le ayudase, a la primavera siguiente, si el negocio prosperase.

Cuntos huspedes tenan?

Calculaba que acudiran unos cuarenta a las comidas de hora fija y haba
parroquia de transentes, que eran tantos, que ella y su marido podan
servirlos, pero l trabajaba tambin.

Qu trabajo?

Oh! descargar lea, llevar los equipajes de los pasajeros...

Haca mucho tiempo que estaba casada?

Unos nueve aos; haba perdido una nia y un nio y tena otros tres. l
era de Illinois; ella de Boston. Haba sido educada en la escuela
superior de nias de Boston; saba un poco de latn y griego y
matemticas. Cuando murieron sus padres vino sola al Illinois para poner
escuela; lo vio; se casaron... un casamiento por amor... (_Dos almas_...
etc.) Emigraron despus al Arkansas; desde all, a travs de las
llanuras, hasta California, siempre a orillas de la civilizacin.

Deseaba quiz alguna vez volver a su casa?

No le hubiera desagradado por motivo de sus nios, pues hubiese querido
darles alguna educacin. Ella les haba enseado algo, pero no mucho a
causa de la excesiva ocupacin. Estaba convencida que el hijo sera,
como su padre, fuerte y alegre: tema que la nia se pareciese ms bien
a ella. Muchas veces haba pensado que no estaba educada para ser la
mujer de un fondista.

Por qu?

Sus fuerzas no eran muchas y haba visto mujeres de los amigos de su
marido, en el Kansas, que podan hacer ms trabajo; pero l no se
quejaba: era tan bueno! (_Dos almas_... etc.)

Contemplela a la luz del hogar, cuyos reflejos jugueteaban en sus
facciones ajadas y marchitas, pero finas y delicadas an. Reclinada la
cabeza y en actitud pensativa, tena en los cansados brazos al nio
clortico y medio desnudo; a pesar del abandono, de la suciedad y de sus
harapos, conservaba un resto de pasada distincin y no es de extraar
que no me sintiera yo entusiasmado por lo que ella llamaba la bondad
de su marido.

Alentada por mi sincera curiosidad, me dijo que poco a poco haba
abandonado lo que imaginaba ser debilidades de su primera educacin,
pero notaba que perda sus ya escasas fuerzas en esta nueva situacin.
Al pasar de la ciudad a los bosques, se vio odiada por las mujeres, que
la tachaban de soberbia y presuntuosa; todo esto engendr la
impopularidad de su marido entre los compaeros, y arrastrado en parte
por sus instintos aventureros y en parte por las circunstancias, la
llev a otras tierras.

Continu la narracin de la triste odisea. En su memoria no quedaba otro
recuerdo del camino recorrido que un desierto inmenso y desolado, en
cuya uniforme llanura se levantaba un pequeo montn de piedras, la
tumba de su hijo. Haca tiempo, observaba que Guillermito enflaqueca y
lo hizo notar a Abner, pero los hombres no entienden de criaturas, y,
adems, estaba fastidiado por un viaje con tanta gente y en tales
condiciones.

Acaeci que despus de pasar Sweetwater, iba ella caminando una noche al
lado del carruaje y mirando el centellear de las estrellas, cuando oy
una vocecita que deca:--Madre!--Corri hacia el interior del carromato
y vio que Guillermito dorma descansadamente y no quiso despertarlo; un
momento despus oy la misma apagada voz que repeta:--Madre!--volvi
al carruaje, se inclin sobre el pequeuelo y recibi su aliento en la
cara, y otra vez lo arrop como pudo y volvi a emprender la marcha
a su lado, pidiendo a Dios que lo curase, y con los ojos levantados
al cielo, oy la misma voz, ya exnime, que por tercera vez la
llamaba:--Madre!--y en seguida una grande y brillante estrella cruz el
espacio, apartndose de sus hermanas, y se apag, y presinti lo que
haba sucedido y corri al carromato otra vez, tan slo para estrechar
sobre su dolorido corazn una carita desencajada y fra como el mrmol.
Al llegar aqu, llev a los ojos sus manos delgadas y enrojecidas y por
algunos momentos permaneci en silencio. Una rfaga de viento sopl con
furia en torno de la casa y dio una embestida violenta contra la puerta
de entrada, mientras que Ingomar, el brbaro, en su lecho de pieles de
la trastienda, roncaba con placidez beatfica.

Naturalmente que en el valor y fuerza de su marido habra encontrado
siempre una proteccin contra las agresiones y los ultrajes de todo
gnero.

Eso haba que decirlo bien claro! Cuando Ingomar estaba con ella, no
tema nada; pero era muy nerviosa, y un da le dieron un susto regular.

Cmo?

Era en los primeros tiempos de su estancia en California. Haban
establecido una casa de bebidas y vendan licores y refrescos a los
pasantes. Abner era hospitalario, y beba con todo el mundo por el
aliciente de la popularidad y del negocio; a Ingomar comenz a gustarle
el licor y acab por tomarle excesiva aficin. Una noche en que haba
mucha gente y ruido en la cantina, ella entr para sacarle de all, pero
nicamente logr despertar la grosera galantera de los alborotadores
semiborrachos, y cuando, por fin, consigui ya llevrselo a su
habitacin con sus espantados hijos, l se dej caer sobre la cama como
aletargado, lo que le hizo creer que el licor tena algn narctico. Y
permaneci sentada a su lado durante toda la noche, sin pegar los ojos.
A la madrugada oy pisadas en el corredor, y mirando hacia la puerta vio
que levantaban sigilosamente el pestillo, como si intentaran abrir la
puerta; sacudi a su marido para despertarlo, pero en vano; finalmente,
la puerta cedi poco a poco por arriba (por abajo tena corrido el
cerrojo) como a un empuje exterior gradual, y una mano se introdujo por
la hendidura. Movida por un extrao impulso, se levant como un
relmpago, clavando aquella mano contra la puerta con sus tijeras (su
nica arma), pero la punta se rompi y el intruso escap lanzando una
terrible maldicin. Jams habl de ello a su marido, por temor de que
matara a _alguien_; pero un da lleg a la posada un extranjero, y al
servirle el caf, le vio en el reverso de la mano una extraa cicatriz.

Continuamos hablando un buen rato; el viento soplaba todava, e Ingomar
roncaba en su lecho de pieles, cuando resonaron en la calle ruedas y
herraduras y el relinche de caballos.

Era la diligencia del correo. Partenia corri a despertar a Ingomar, y
casi simultneamente el galante conductor se apareci ante m,
llamndome por mi nombre y convidndome a beber de una misteriosa
botella que llevaba. Abrevaron rpidamente los caballos, termin su
faena el conductor y, despidindome de Partenia, ocup mi sitio en la
diligencia. Qued en seguida profundamente dormido para soar que
visitaba a Partenia e Ingomar, y que era agasajado con pastel a
discrecin, hasta que a la maana siguiente me despert en Sacramento.
No podra asegurar si todo esto fue un sueo, pero jams presencio el
drama ni oigo la noble frase referente a _Dos almas_... sin pensar en
los hosteleros de Wingdam.




MORENO DE CALAVERAS


Acababa de llegar la diligencia de Wingdam.

Lo corts y comedido de la conversacin y la ausencia de humo de cigarro
y de tacones de bota en las ventanillas del carruaje, indicaban bien a
las claras que albergaba una mujer en su interior. Y el cuidado y
compostura que desplegaban los holgazanes que estaban parados delante de
las ventanillas, segn inveterada costumbre, arreglando sombreros y
corbatas, indicaba adems que la mujer era bonita: todo lo cual
observaba desde la banqueta, don Jacobo Meln, con sonrisa filosfica. A
la verdad, no era que despreciase el sexo, sino que reconoca en l un
elemento engaoso, cuya persecucin separaba al hombre de los no menos
inconstantes halagos del _poker_[10], en el cual se puede decir que don
Jacobo Meln era maestro consumado.

As es que, cuando coloc su estrecha bota en la rueda para apearse, ni
siquiera ech una mirada hacia la portezuela donde revoloteaba un velo
verde; sino que haragane de arriba abajo con aquella indiferencia
negligente y de buen tono, que es acaso la caracterstica de los de su
clase. Su grave indumentaria y continente reservado presentaban un
sealado contraste con la inquietud febril y emocin ruidosa de los
dems pasajeros, y aun estoy convencido de que el mismo Master, graduado
en Harvard, con su descuidado vestido y exuberante vitalidad, sus largos
discursos acerca del desorden y del barbarismo y su boca llena de
bizcochos y de queso, representaba un pobre papel al lado de este
solitario calculador de suertes, con su plida cara griega y su seoril
comedimiento.

Oyose al mayoral el grito de: Al coche, seores, y el seor Meln
volvi a ocupar su puesto. Tena ya el pie en la rueda y la cara a nivel
de la corrida ventanilla, cuando sus ojos se encontraron de repente con
otros que le parecieron los ms hermosos del mundo. Se ape de nuevo
tranquilamente, dirigi unas pocas palabras a uno de los pasajeros, y
efectuando con l un cambio de asiento, con tranquilidad sin igual tom
el suyo en el interior, pues don Jacobo no toleraba que su filosofa
estorbase la accin pronta y decisiva con que siempre proceda.

Creo que esta irrupcin de Jacobo infundi alguna reserva en los dems
pasajeros, particularmente en los que procuraban hacerse ms agradables
al bello sexo. Inmediatamente uno de ellos se inclin hacia la seora
del velo, y al parecer la inform con un solo epteto de la profesin de
don Jacobo. Si don Jacobo lo oy y si reconoci en el informante a un
abogado distinguido, al cual, pocas noches antes, haba ganado algunos
miles de pesos, no podra decirlo con certeza, pues su impasible rostro
no revel el menor indicio de ello. Sus negros ojos, framente
observadores, giraron con indiferencia, pasando de corrido sobre el
caballero legista y descansaron, por fin, sobre las facciones ms
placenteras de su vecina. La buena dosis de estoicismo indio, que le
atribuan como herencia de sus antepasados maternos, prestole
inapreciables servicios hasta que las ruedas giraron rechinando sobre
los guijarros del ro en el vado Scott, y la diligencia se detuvo, a la
hora de la comida, en el Hotel Internacional. El distinguido jurista y
un diputado de la cmara saltaron del carruaje y permanecieron junto a
la portezuela dispuestos a ayudar a la deidad en su descenso, mientras
que el coronel Estrella, de Siskyon, cargaba con su sombrilla y su saco
de mano. Esta multiplicidad de galanteras produjo una confusin y
retardo momentneos. Entonces Jacobo Meln abri tranquilamente la
portezuela opuesta de la diligencia, tom la mano a la seora, con
aquella decisin y seguridad que un sexo indeciso e inseguro sabe
admirar, y en un instante descendiola hasta el suelo. Yuba-Bill, el
cochero, desde la banqueta donde estaba, no pudo reprimir una sonora
carcajada.

--Tenga cuidado con ese equipaje, coronel--dijo el conductor con
afectada solicitud, siguiendo con la vista al coronel Estrella, que
marchaba tristemente a la retaguardia de la triunfante procesin.

Don Jacobo no se detuvo a comer. Su caballo le esperaba ya con todos sus
arreos.

Montando con rapidez, subi por la arenosa ribera y desapareci en la
polvorienta perspectiva del camino de Wingdam como presuroso para alejar
de s una idea ingrata. Las humildes gentes que habitaban las empolvadas
cabaas prximas al camino, se cubran los ojos con las manos para
mirarlo y le seguan con la vista; reconociendo al hombre por su
caballo, preguntbanse qu le ocurrira al Comanche Jacobo para
emprender tan veloz carrera. No obstante, este inters se concentraba
ante todo en el caballo, lo que nada tena de particular en una vecindad
donde la carrera recorrida por la yegua de French Pitt al escaparse del
magistrado de Calaveras, eclips todo el inters para el trmino fatal
de personaje tan digno y benemrito.

Al darse cuenta don Jacobo del sudor que baaba los costados de su
caballo tordo, refren, al fin, su velocidad, e introduciendo al animal
por un sendero que serva de atajo, tom un trote corto, dejando colgar
con descuido las riendas de sus manos. A medida que adelantaba el
camino, variaba el aspecto del paisaje, hacindose ms pintoresco.
Descubranse por entre los claros de las arboledas de pinos y sicomoros,
algunos toscos ensayos de cultivo; una cepa en flor trepaba por la
puerta de una cabaa y una mujer meca a su hijo bajo las rosas que
tapizaban otra rstica choza. Unos pasos ms all, don Jacobo alcanz a
unos nios que, con las piernas desnudas, removan las aguas de la
corriente bajo los sauces, y se familiariz de tal modo con ellos,
gracias a su charla peculiar, que fueron bastante atrevidos para
subrsele por las piernas del caballo hasta la silla, y tuvo al fin que
afectar una cara exageradamente feroz y largarse dejando tras de s
algunas monedas cuando quiso librarse de ellos. Bien entrado ya en la
espesura de los bosques, donde no haba huella alguna de habitacin,
comenz a cantar, modulando una voz de tenor de tan singular dulzura y
un _pattus_ tan suave y tierno, que los pitirrojos y pardillos debieron
pararse a escuchar sus notas. La voz de don Jacobo no era una voz
cultivada. El tema de su canto, divagacin amorosa tomada de los obreros
negros, tena un no s qu conmovedor y una expresin ntima que la
penetraba de un sentimiento indefinible. Era curioso espectculo, en
verdad, el de este matn con una baraja en el bolsillo y un revlver al
cinto, enviando delante s, al travs de los espesos bosques, su voz en
tiernos lamentos sobre la Tumba de su Nelly, de una manera que habra
arrasado en lgrimas los ojos a ms de algn espritu delicado. Un
halcn que acababa de devorar a su apresada vctima, se fij en Jacobo
Meln con sorpresa porque debi reconocerle probablemente un cierto
grado de parentesco, al mismo tiempo que la superioridad del hombre, ya
que con una capacidad superior para la rapia, a l no le era dable
entonar canciones.

De nuevo don Jacobo en el camino real, emprendi otra vez rpida marcha.

Trozos de pared desmoronados, cuestas ridas, troncos de rbol cados
sucedieron a los bosques y hondonadas, indicando la proximidad del
hombre. Levantose a su vista un campanario: haba llegado ya al trmino
de su viaje. Poco despus resonaban las pisadas de su caballo por una
estrecha calle que se perda al pie de la colina, en una ruina catica
de fosos y acueductos, y se ape delante de las doradas ventanas de una
regia cantina. Despus de atravesar la larga nave del Saln Magnolia,
empuj una mampara, entr por un oscuro pasadizo, abri con llave
maestra una puerta, y se encontr en un cuarto dbilmente iluminado,
cuyos muebles, aunque elegantes y de precio para la localidad, daban
seales de dejadez. La consola del centro estaba cubierta de discos o
manchas, que no haban entrado en el dibujo original; los sillones
bordados, descoloridos por el tiempo, y el sof de terciopelo verde,
sobre el cual se dej caer don Jacobo, estaban manchados por la roja
arcilla del camino. Don Jacobo, en su jaula, ya no cantaba, y tendido e
inmvil contemplaba sobre su cabeza la pintura en colores chillones de
una ninfa o diosa de la mitologa. Quiz por primera vez, se le ocurri
que jams haba visto una mujer semejante, y que si la viera,
probablemente no se enamorara de ella. Tal vez le preocupaba otra
especie de beldad. De este modo vagaba con la imaginacin, cuando
llamaron a la puerta. Tir sin levantarse de una cuerda que suspenda el
pestillo, la puerta se abri de par en par y entr un hombre. El
visitante era de anchas espaldas y constitucin robusta; este vigor no
se reflejaba en su cara, bella an, pero singularmente enfermiza y
desfigurada por la influencia de una vida desarreglada. La bebida
pareca tambin haber impreso su huella en aquella naturaleza, pues se
sobresalt al ver a don Jacobo, y pareca embarazado y confuso.

--Cre que estaba aqu Catalina...--balbuce.

Don Jacobo sonri, con la sonrisa que le hemos conocido en la diligencia
de Wingdam, y se incorpor como dispuesto a tratar de graves cosas.

--Pero. No has venido en la diligencia?--continu el recin llegado.

--No--contest don Jacobo,--la dej en el vado Scott. No llegar hasta
dentro de media hora.

--Dime, qu tal marcha la suerte, Moreno?

--Psimamente mal!--dijo Moreno con repentina expresin
desesperada.--Otra vez me han dejado sin blanca--continu en tono
quejumbroso, que formaba un lamentable contraste con su voluminoso
cuerpo;--no podras ayudarme siquiera con un centenar de pesos, hasta
que me componga algn tanto? Tengo que remitir dinero a casa, a la
parienta, y me han ganado eso y veinte veces ms.

La deduccin no era muy lgica que digamos, pero don Jacobo pas por
ella, y alarg la cantidad al peticionario.

--El cuento de la parienta est muy gastado--aadi a modo de
comentario.--Por qu no dices que quieres reponerte jugando al faran?
Ya sabemos que no ests casado!

--Por esas--dijo Moreno con repentina gravedad, como si el contacto del
oro en la palma de la mano hubiera comunicado alguna dignidad a su
organismo,--tengo en los Estados una mujer, y una bellsima mujer por
cierto. Tres aos hace que la vi, y un ao que no le he escrito, en
espera de que las cosas vayan por el buen camino y lleguemos al filn.
Cuando esto ocurra, voy a mandar por ella.

--Y Lina?--pregunt don Jacobo con su clsica sonrisa.

Moreno de Calaveras ensay una mirada picaresca para ocultar su
embarazo, mas su dbil fisonoma y su inteligencia turbada por el
alcohol, carecan ya de expresin, y exclam:

--El diablo me lleve! Qu caramba! Un hombre debe tener un poco de
libertad. En fin, qu te parece si hiciramos una partidita? Voy a
perder o doblar este puado de oro.

Jacobo Meln examin con curiosidad a su presuntuoso contrincante. Quiz
saba que estaba predestinado a perder el dinero, y prefera que
refluyese en sus propios cofres a que entrase en los de cualquier
forastero; as es que asinti con un gesto, y acerc su silla a la mesa.
En aquel mismo momento, llamaron a la puerta.

--Es Lina--dijo Moreno.

Jacobo descorri el cerrojo, y la puerta se abri; pero por vez primera
en su vida perdi el aplomo, se levant bamboleando, y una oleada de
sangre enrojeci hasta la frente su plida cara. All mismo, en su
cuarto, estaba la seora de la diligencia de Wingdam, a quien Moreno,
dejando caer las cartas, salud, exclamando con ojos de asombro.

--Mi mujer!... Cielos!

Se dice que la seora Moreno prorrumpi en llanto y reproches contra su
marido; pero yo que le vi en 1857 en Marysville, no lo he credo jams.
_La Crnica de Wingdam_ de la semana siguiente, bajo el ttulo de
Escena conmovedora, deca:

     En nuestra ciudad, donde tan frecuentes son hechos e incidentes de
     todo gnero, ha tenido lugar ayer uno de los ms tiernos y
     conmovedores que registra la historia de California. La esposa de
     uno de los ms eminentes _pionners_ de Wingdam, cansada de la
     caduca civilizacin del Este y de su ingrato clima, resolvi
     reunirse con su noble esposo en estas playas de oro, y sin
     noticiarle su intencin, emprendi el largo viaje, llegando har
     cosa de unos ocho das. El jbilo del marido ms es para imaginado
     que para descrito. Dcese que el encuentro fue indescriptiblemente
     dramtico. Esperamos que este ejemplo tendr imitadores.

Desde este hecho, sea por la influencia de la seora de Moreno o por
especulaciones afortunadas, la situacin financiera de Moreno mejor
notablemente. Al cabo de poco tiempo, compr la participacin de sus
socios en la mina Nip-y-Tack, con dinero, que se deca ganado al _poker_
una semana o dos despus de la llegada de su mujer, pero que los
maldicientes, adoptando el criterio de la seora Moreno sobre la
conversin de su marido, atribuan a Meln. Edific y amuebl tambin la
Wingdam House, que los atractivos de su esposa mantuvieron siempre
rebosando de huspedes; fue elegido miembro de la asamblea, hizo
donativos a iglesias y se dio su nombre a una calle del pueblo.

Su carcter no particip, sin embargo, de tal prosperidad. Notose que a
medida que se enriqueca tornbase plido, flaco y malhumorado, y su
recelo e inquietud crecan cuanto ms aument la popularidad de su
mujer. l, el ms mujeriego de los hombres, era celoso hasta lo absurdo.
Segn se cuchicheaba, si no se entrometa en la libertad social de su
mujer, era porque, su primero y nico ensayo de este gnero, haba
tenido por resultado una grave disputa con su seora, que le impuso el
silencio, quieras que no. El bello sexo era el que tomaba parte ms
activa en estos chismes y se comprende, pues aqulla las haba
suplantado en las galantes atenciones de Wingdam, que, como todas las
aficiones populares rendan culto de admiracin al poder de la fuerza
masculina o de la beldad femenina. Recordar en su descargo, que desde
su llegada haba sido la inconsciente sacerdotisa objeto de un culto
mitolgico que no ennoblece ms a su sexo que el peculiar de la antigua
Grecia. Moreno sospechaba vagamente esto, y su nico confidente era
Jacobo Meln, cuya mala reputacin le prohiba una amistad ntima con la
familia y cuyas visitas no se repetan muy a menudo.

El verano enviaba todos sus rigores, y en una noche de luna, la seora
Moreno, con sus rasgados ojos, sonrosada y bonita como siempre, estaba
sentada en la plaza disfrutando el perfumado incienso de la brisa de la
montaa, y de otro incienso no tan puro ni tan inocente, pues a su lado
estaban sentados el coronel Estrella y el juez Roberto Bob, y un turista
recin agregado a la reunin.

--Qu ve usted a lo lejos, en el camino?--pregunt el galante coronel,
observando que desde haca algunos minutos la atencin de la seora
Moreno se fijaba hacia aquel punto.

--Una nube de polvo--dijo con un suspiro la interpelada.--Veo el rebao
de la hermana Ana.

Los recuerdos literarios del militar no se remontaban ms all del
peridico de la semana anterior, as es que lo comprendi al pie de la
letra.

--No son ovejas--continu,--es un jinete. Juez, no es aqul el tordo de
Jacobo Meln?

Pero el juez no lo saba, y segn indic la seora Moreno, el aire era
demasiado fuerte para ms averiguaciones; de manera que tuvieron que
retirarse.

El celoso marido estaba en la cuadra, donde generalmente se retiraba
despus de cenar. Quiz lo haca para demostrar su desagrado a los
compaeros de su esposa; tal vez a semejanza de tantas dbiles
naturalezas, encontraba un placer en el ejercicio del poder absoluto
sobre animales inferiores. Experimentaba cierta satisfaccin en
amaestrar una yegua pa, a la cual poda pegar o acariciar a su antojo,
lo que no poda hacer con su seora. Al penetrar en la cuadra, reconoci
a cierto caballo tordo que acababan de entrar, y mirando un poco ms
all vio a su dueo. Saludole cordial y sinceramente, correspondiendo
Meln bastante hoscamente. Sin embargo, accediendo al importuno empeo
de Moreno, le sigui por una escalera excusada, hasta un estrecho
corredor, y de all a un pequeo cuarto con ventana interior,
sencillamente amueblado con una cama, una mesa, algunas sillas, ltigos
y un escaparate para escopetas.

--Ah tienes mi casa--dijo Moreno, suspirando, echndose sobre la cama y
haciendo sea a su compaero de que tomase asiento.--Su habitacin est
al otro extremo del edificio. Hace ms de seis meses que no hemos vivido
juntos ni nos hemos visto, fuera de las horas de comer. Qu triste
papel para el cabeza de familia! verdad?--dijo con forzada risa;--pero
me alegro de verte, Jacobo, me alegro inmensamente de verte.

E inclinose sobre el borde de la cama, para estrechar la mano de Meln,
que permaneca mudo.

--He querido que subieses aqu, porque no quera hablarte en la cuadra;
aunque eso lo sabe toda la ciudad. No enciendas la vela. Podemos hablar
as, a la luz de la luna. Apoya tus pies en este sof y sintate aqu a
mi vera. En ese jarro hay buen ans.

Jacobo no utiliz el aviso. Moreno de Calaveras volvi la cara hacia la
pared y continu:

--Nada me importara si no la amase, Jacobo. Pero amarla y verla un da
tras otro da seguir en este talante, como lo est haciendo, y que yo no
ponga la ms leve cortapisa... esto es lo que me mata! Pero me alegro
de verte, Jacobo, me alegro infinitamente.

Y tent en la oscuridad, hasta que pudo estrechar la mano de su
confidente. La hubiera retenido consigo, pero Jacobo la desliz en su
abrochada levita y pregunt con indiferencia cunto tiempo haca que
aquello duraba.

--Desde que lleg, desde el mismo da en que entr en la Magnolia. Yo a
la sazn fui un torpe, Juan, y ahora soy un torpe tambin; pero no supe
cunto la amaba hasta el presente. Y ya no es la misma mujer.

Mas no es esto todo; de otra cosa quera hablarte, y me alegro de que
hayas venido. No se trata tan slo de que no me ame, y coquetee con el
primero que se presenta, pues tal vez jugu su amor y lo perd, como
hice con todo lo dems en la Magnolia, y acaso la coquetera es natural
en ciertas mujeres; esto no sera grave, sino para los bobos que se
dejaran seducir. Pero, amigo... creo que ama a otro. No me dejes,
Jacobo, no me dejes; si tu pistola te molesta, trala.

Hace cosa de seis meses que la veo inquieta y triste, y como nerviosa y
taciturna. Y a veces, la he sorprendido mirndome tmida y compasiva. Se
comunica con alguien. He observado que ha recogido sus cosas...
vestidos, dijes y joyas. Jacobo, yo creo que prepara una fuga. Y te juro
que eso no lo soportara. Todo, menos que se escurra como un alevoso
ladrn.

Apoy fuertemente su cara en la almohada, y por algunos momentos no se
oy otro ruido que el tic-tac del reloj, encima de la mesa. Meln
encendi un puro y se acerc a la abierta ventana. La luna ya no
iluminaba el cuarto, y la cama y el que la ocupaba quedaron en las
tinieblas.

--Qu resolver, Jacobo?--dijo una voz profunda.

La contestacin centelle pronta y claramente.

--Buscar al hombre y matarlo en el acto.

--Jacobo!

--Quien ama el peligro, perecer en l!

--Pero esto me la devolver?

Jacobo no contest, pero se alej de la ventana, con nimo de retirarse.

--No te vayas an, Jacobo; enciende la vela y sintate a la mesa. Cuando
menos, ser un placer para m no verte ocupar este sitio.

El confidente titube y consinti al cabo, sacando del bolsillo una
baraja. Revolviola, mirando de soslayo a la cama. Pero Moreno tena la
cara vuelta hacia la pared. Cuando Meln hubo barajado, cort y puso una
carta al lado opuesto de la mesa, hacia la cama, y otra a su lado en la
mesa destinada a l. La primera era un as; la suya un rey. Baraj y
cort. Esta vez al dummy[11] le toc una sota y a l un cuatro. Animose
para la tercera vuelta. Le toc a su adversario un as y sac otra vez un
rey para s.

--De tres, dos--dijo Jacobo en alta voz.

--Qu es eso, Meln?--pregunt Moreno.

--Nada.

Prob despus Meln la suerte con los dados, pero siempre tir a seises
y su supuesto adversario a ases.

--Esto es sorprendente--exclam el autojugador.

Mientras tanto, alguna influencia magntica latente en la presencia de
Jacobo, o el anodino de la bebida, o acaso ambas cosas a la vez,
mitigaron el dolor de Moreno, que qued dormido. Acerc entonces Meln
su silla a la ventana, y contempl la ciudad de Wingdam, a la sazn
pacficamente dormida bajo sus duras siluetas y chillones colores,
armonizados por la luz que la luna derramaba sobre el panorama. En medio
del nocturno silencio, oase el murmullo del agua en los canales y el
suspiro del aire en los pinos de la selva vecina. Alz los ojos al
firmamento, en el momento que una estrella se corra a travs del negro
cielo, tras de ella otra, y otra cruz rauda despus, dejando tras s un
rastro luminoso. El fenmeno sugiri a Jacobo un nuevo augurio.

--Si dentro de unos quince minutos cayese otra estrella...

Reloj en mano permaneci en aquella posicin el doble de aquel intervalo
de tiempo, pero el fenmeno no se repiti. En el campanario dieron las
dos y Moreno dorma todava. Meln se acerc a la mesa y sac de su
bolsillo un billete que ley a la luz vacilante de la vela. No contena
ms que una sola lnea, escrita en lpiz con letra femenina.

Espera en el corral con el boghey a las tres.

Moreno se agit desasosegado y por fin despert.

--Jacobo! Ests ah?

--S.

Te suplico no te marches an. Soaba ahora, soaba en los pasados
tiempos; Susana y yo nos casbamos otra vez y el sacerdote, Jacobo,
era... Sabes quin era? T!

Meln se ri y sentose sobre la cama, con el papel en los dedos.

--Es buena seal?--pregunt Moreno.

--Ya lo creo: di, compadre, no sera mejor que te levantases?

Moreno de Calaveras se levant con la ayuda de la mano que Meln le
ofreca.

--Creo que fumas.

Moreno tom maquinalmente el cigarro que le alargaba.

--Fuego?

Jacobo arroll la carta en espiral, la encendi y ofreciola a su amigo.
Quedose con ella entre los dedos, hasta que se hubo consumido, y tir el
cabo que como fulgurante estrella, cay ventana abajo. Siguiolo con la
vista y se volvi luego hacia Moreno.

--Compadre--dijo poniendo sus manos sobre los hombros de su amigo,--en
seis minutos me planto en el camino y me desvanezco como esa llama. No
volveremos a vernos, pero antes de que me marche toma el consejo de un
loco. Liquida todo cuanto tengas y llvate a tu mujer lejos de este
sitio. No es lugar para ti ni para ella. Annciale que debe partir:
oblgala a que se vaya, si no quiere de buen grado. No te lamentes de no
ser un Scrates ni ella un ngel. Acurdate de que eres hombre y trtala
como a una mujer. No seas torpe. Abur.

Desprendiose de los brazos de Moreno y salt por las escaleras abajo
como un gamo. Una vez en la cuadra tom por el cuello al medio dormido
mozo y le empuj contra el muro.

--Pon la silla al instante a mi caballo, o te...

La disyuntiva era terrible y fcil de entender.

--La seora dijo que enganchase el boghey para usted--tartamude el
infeliz.

--Al diablo el boghey!

El tordo fue ensillado tan rpidamente como las nerviosas manos del
asombrado mozo pudieron manejar las correas y hebillas.

El mozo, quien, como todos los de su clase, admiraba el empuje de su
fogoso patrn, y realmente se interesaba en su suerte, no pudo menos de
preguntar:

--Ocurre algo, seor?

--Qutate de ah!

El mozo se apart tmidamente. Son un latigazo y una blasfemia, pate
el caballo y Jacobo caminaba ya a trote tendido.

Un momento despus, a los ojos somnolientos del mozo no era ms que una
movediza nubecilla de polvo en el horizonte hacia donde una estrella,
separndose de sus hermanas, dejaba un rastro luminoso.

Los moradores a orillas del camino de Wingdam, oyeron, al amanecer, una
voz vibrante como la de la alondra, cantando por la llanura. Los que
dorman se revolvieron en sus toscos lechos para soar en la juventud,
en el amor y en la vida. Campesinos de tosca cara y ansiosos buscadores
de oro, ya en el trabajo, cesaron en sus faenas y se apoyaron en sus
picos para escuchar a este romntico aventurero que, destacando a la luz
de la rosada aurora, cabalgaba al paso castellano.




CAROLINA

(EPISODIO DE FIDDLETOWN)


I

En la poblacin de Fiddletown se la consideraba por todo el mundo como
una mujer bonita. Su buena figura, realzada por una esplndida mata de
cabello castao se caracterizaba por un hermoso color y cierta gracia
lnguida que le prestaban un no s qu interesante y distinguido. Vesta
siempre con gusto y para Fiddletown era la ltima moda. No tena ms que
dos defectos: uno de sus aterciopelados ojos, examinado de cerca, se
desviaba ligeramente, y manchaba su mejilla izquierda una pequea
cicatriz causada por una gota de vitriolo, felizmente la nica de un
frasco entero que le haba arrojado una celosa rival, con la aviesa
intencin de desfigurar tan bonito jeme. Sin embargo, cuando el
observador alcanzaba a notar la irregularidad de su mirada, quedaba por
lo general incapacitado para criticarla y no faltaba quien pretenda que
la mancha de su mejilla le aada mayor seduccin y donaire. El joven
editor de _El Alud_, de Fiddletown, sostena reservadamente que era un
hoyuelo disimulado y al coronel Roberto le recordaba las tentadoras
pecas de los tiempos de la reina Ana, y ms especialmente a una de las
ms hermosas y malditas mujeres, s, malditas sean! en que jams se
hayan podido fijar ojos humanos. Era una criolla de Nueva Orlens. Dicha
mujer tena una cicatriz, un costurn que le cruzaba (a fe que es
verdad), desde el ojo derecho a la boca. Y esta mujer, amigo, le
penetraba a uno... amigo, le enloqueca... verdaderamente le condenaba
el alma con su maldita fascinacin. Un da le dije:

--Celeste, cmo demonio se te hizo esa maldita cicatriz? A lo que me
contest:

--Roberto, a ningn blanco ms que a usted lo contara; esta cicatriz me
la hice yo con toda intencin, me la hice yo misma, a fe.

Estas fueron sus propias palabras; puede que ustedes las tomen por una
solemne impostura; pero yo puedo aportar todas las pruebas de que es
verdad.

La poblacin masculina de Fiddletown estaba o haba estado enamorada de
ella en su mayor parte. De este nmero, como una mitad crea que su amor
era correspondido, con excepcin de su propio esposo que mantena
ciertas dudas respecto a ello.

El caballero que disfrutaba de esta infeliz distincin se llamaba Galba.
Habase divorciado de su excelente esposa para casar con la sirena de
Fiddletown. Tambin sta se haba divorciado, pero murmurbase que
algunas experiencias previas de esta formalidad legal la hacan menos
inocente y acaso ms egosta, sin que de ello se infiriese que le
faltaba ternura ni que estuviera exenta del ms elevado sentimiento
moral. Uno de sus admiradores escriba con motivo del segundo divorcio:
el mundo egosta no comprende todava a Clara, y el coronel Roberto
observaba que, excepcin hecha de una sola mujer de la parroquia de
Opeludas, en Luisiana, tena ms alma ella que toda la restante grey
femenil. Y a la verdad, pocos podan leer aquellos versos titulados
Infelicissimus, que empezaban: Por qu no ondea el ciprs sobre esta
frente? publicados por vez primera en _El Alud_, bajo la firma de _Lady
Clara_, sin sentir temblar en sus prpados una lgrima de potica
uncin. Encendase la sangre en generosa indignacin al pensar que a la
semana siguiente el _Noticiero de Dutch Flat_, contest a la tierna
pregunta con una chanza pobre y brutal, haciendo constar que el ciprs
es una planta extica y desconocida por completo en la flora de la
comarca.

Precisamente esta tendencia a elaborar los sentimientos en forma
mtrica, y a entregarlos al mundo inteligente por medio de la prensa,
fue lo que primero atrajo la atencin de Galba, que por aquellos tiempos
guiaba un carro de transportes con seis mulas entre Knight's Ferry y
Stocktown. As es que, impresionado por unos poemas que describan el
efecto de las costumbres de California sobre un alma sensible y las
vagas aspiraciones al infinito de un pecho generoso a la vista del
cuadro desconsolador de la sociedad californiana, decidi buscar a la
ignorada musa. Galba crea tambin sentir en su alma las secretas
vibraciones de una aspiracin superior que no poda satisfacer en el
comercio del aguardiente y tabaco de que provea a campesinos y mineros
de los campamentos. Despus de una serie de hechos que no es sta
ocasin de relatar, vino un breve noviazgo, tan breve que fue compatible
con las previas formalidades legales, los casaron, y Galba trajo a su
ruborosa novia a Fiddletown o Fideletown, como la seora de Galba
prefera llamarla en sus poesas.

No fueron muy felices en el nuevo estado. Galba no tard en descubrir
que los ideales halageos que concibi mientras traginaba con sus mulas
entre Stocktown y Knight's Ferry, nada de comn tenan con los que a su
mujer inspiraba la contemplacin de los destinos de California y de su
propio espritu. Acaso por esto, el buen hombre, que no era muy fuerte
en lgica, pegaba a su mujer, y como ella no era muy fuerte en materia
de raciocinio, se dej conducir por el mismo principio a ciertas
infidelidades. Entonces, Galba se dio a la bebida y la seora a
colaborar con regularidad en las columnas de _El Alud_. En esta ocasin
fue cuando el coronel Roberto descubri en la poesa de la seora Galba
una semejanza con el genio de Safo y la seal a los ciudadanos de
Fiddletown en una crtica de dos columnas firmada A. S., que se
public tambin en _El Alud_, apoyada en extensas citas de los clsicos.
No poseyendo _El Alud_ una coleccin de caracteres griegos, el editor se
vio obligado a reproducir los versos leucdeos en letra ordinaria
romana, con grandsimo disgusto del coronel Roberto e inmensa alegra de
Fiddletown, que acept el texto como una excelente imitacin de
_choctaw_, lengua india que se supuso familiar al coronel, como
residente en los territorios salvajes. En efecto, _El Noticiero_ de la
semana siguiente contena unos versos muy libres, en contestacin al
poema de la moderna Safo, que se atribuan a la mujer de un jefe
piel-roja, seguido de un brillante elogio firmado A. S. S.[12]

Las consecuencias de esta broma las explic brevemente un nmero
posterior de _El Alud_. Ayer, deca, tuvo lugar un lance lamentable
frente al saln Eureka, entre el digno Juan Flash, del _Noticiero de
Dutch Flat_, y el tan conocido coronel Roberto. Cambironse dos
disparos, sin que sufriesen dao alguno los contendientes, aunque se
dice que un chino que pasaba recibi desgraciadamente en las
pantorrillas varios perdigones que procedan de la escopeta de dos
caones del coronel. As aprender John[13] a ponerse, en lo sucesivo,
fuera del alcance de las armas de fuego. Ignrase la causa que ha
motivado el lance, aunque se susurra entre los que se suponen mejor
enterados, que el origen inmediato del duelo, fue una conocidsima y
bella poetisa, cuyas producciones han honrado a menudo las columnas de
nuestra publicacin.

La actitud pasiva adoptada por Galba en estas circunstancias de prueba,
se apreciaba con todo su valor en los campamentos.

--No puede darse mejor juego--deca un filsofo de altas botas y brazos
hercleos.--Si el coronel mata a Flash, venga a la seora de Galba; si
Flash tumba al coronel, Galba queda vengado en lugar suyo. As es que
con un juego tal no se puede perder.

Aquella delicada coyuntura fue aprovechada por la seora de Galba para
abandonar la casa de su esposo y refugiarse en el Hotel Fiddletown, con
la sola ropa que llevaba puesta. Permaneci all algunas semanas, en
cuyo perodo, justo es reconocer que se port con el ms estricto
recato.

Una hermosa maana de primavera, la poetisa sali del hotel y se
encamin por un callejn hacia la franja de sombros pinos que limitaban
a Fiddletown. A aquella hora temprana los escasos transentes que
discurran por el pueblo, se paraban al otro extremo de la calle para
ver la salida de la diligencia de Wingdam, y _Lady Clara_ alcanz los
arrabales del campamento minero, sin que nadie reparase en ella. All
tom una calle transversal que corra en ngulo recto con la calle
principal de Fiddletown y que penetraba en la zona del bosque de pinos.
Era sin duda alguna la avenida exclusivamente aristocrtica del pueblo;
las viviendas eran pocas, presuntuosas y no interrumpidas por tiendas ni
comercios. All se le junt el coronel Roberto.

El hinchado y galante coronel, a pesar del apacible porte que
habitualmente le distingua, de su levita estrechamente ceida, de sus
apretadas botas y del bastn que, colgado de su brazo, se meca
garbosamente, no las tena todas consigo. Sin embargo, _Lady Clara_ se
dign acogerlo con amable sonrisa y con una mirada de sus peligrosos
ojos, y el coronel, con una tos forzada y pavonendose, se coloc a su
izquierda.

--El camino est expedito--dijo el coronel.--Galba ha ido a Dutch Flat
de paseo; no hay en la casa ms que el chino y no debe usted temer
molestia de ningn gnero. Yo--continu con una ligera dilatacin de
pecho, que pona en peligro la seguridad de los botones de su
levita,--yo cuidar de protegerla para que pueda usted recobrar lo que
es de justicia.

--Es usted muy bueno y desinteresado--balbuce la seora mientras
proseguan su marcha.--Es tan agradable encontrar un hombre de corazn,
una persona con quien poder simpatizar en una sociedad tan endurecida e
insensible como la que nos ha tocado en suerte!...

Y _Lady Clara_ baj los ojos, pero no antes de que hubiese producido el
efecto ordinario sobre su acompaante.

--Ciertamente, en verdad--dijo el coronel, mirando inquieto de soslayo
por encima de sus dos hombros:--s, realmente.

No notando, pues, a nadie que los viera ni escuchase, procedi en
seguida a informar a _Lady Clara_ de que la mayor pena de su vida haba
sido cabalmente el poseer un alma demasiado grande. Infinitas mujeres,
cuyo nombre, como caballero, le dispensara que no mencionase, muchas
mujeres hermosas le haban ofrecido su amor, pero faltndoles en
absoluto aquella cualidad, no poda corresponderles en manera alguna.
Mas cuando dos naturalezas unidas por la simpata desprecian igualmente
las preocupaciones bajas y vulgares y las restricciones convencionales
de una sociedad hipcrita, cuando dos corazones en perfecta armona se
encuentran y se confunden en dulce y potica comunin...

Pero aqu el discurso del coronel, en el que se notaba la influencia de
los licores, se enturbi hasta hacerse ininteligible e incoherente.
Posible fuera que _Lady Clara_ hubiese odo en casos semejantes algo
parecido y por lo tanto estuviese dispuesta a suplir las omisiones e
incongruencias del maduro galn. Sea como fuere, las mejillas de la
pareja del coronel conservaron el rubor virginal y la timidez
consiguiente hasta que ambos llegaron al trmino de su jornada.

Constitua el final de la excursin una bonita aunque pequea quinta
recientemente blanqueada, y que se destacaba en agradable contraste
sobre un grupo de pinos, algunas de cuyas primeras filas haban
arrancado para dar lugar al muro que rodeaba un simtrico jardinito.
Baada en la luz solar y en completo silencio, tena apariencia de nueva
y deshabitada, como si acabasen de dejarla carpinteros y pintores. En la
mitad del huerto, un chino cavaba imperturbable, pero la casa no daba
otras seales de vida. El camino, como haba dicho el coronel, estaba
realmente expedito y la seora de Galba se par junto a la reja. El
coronel hubiera entrado con ella, pero le detuvo con un gesto.

--Vuelva a buscarme dentro de dos horas y tendr hecho mi equipaje--dijo
tendindole la mano y con una semisonrisa en los labios.

Asiola el coronel y estrechola efusivamente. Tal vez la presin fue
ligeramente correspondida, pues el galante coronel se alej ahuecando su
pecho y con paso triunfante, tan vigoroso como lo permitan la estrechez
y altos tacones de sus botas. Cuando se hubo alejado convenientemente,
_Lady Clara_ abri la puerta, escuch por un momento desde la desierta
entrada, y luego subi la escalera rpidamente, hasta llegar a su
antigua habitacin.

El aspecto del dormitorio no haba cambiado desde la noche de su fuga.
Su sombrerera, encima del tocador, como record haberla dejado al tomar
su sombrero; sobre la chimenea un guante, que haba olvidado en su
huida; los dos cajones inferiores de la cmoda entreabiertos (no haba
cuidado de cerrarlos) y su alfiler de pecho y un puo sucio descansaban
sobre el mrmol de la mesa. No s qu otros recuerdos se le ocurrieron;
pero, de repente palideci, estremeciose y escuch con el corazn
palpitante y con la mano en la puerta; acercose al espejo, y entre
tmida y curiosa, separ las trenzas de rubio cabello, de su sonrosada
oreja, descubriendo una fea herida no bien restaada todava.
Contemplola largo tiempo, levant indignada su cabecita, y la desviacin
de sus ojos aterciopelados se acentu. Luego volviose, y lanzando una
carcajada, despreocupada y resuelta corri hacia el armario, donde
colgaban sus preciosos vestidos, y los inspeccion con visible
excitacin. De repente, vio que faltaba de su acostumbrado colgador uno
de seda negro, y pens desvanecerse; pero lo descubri un instante
despus, tirado sobre una maleta, donde ella misma lo haba echado. Por
vez primera, estremeciose agradecida al Ser superior que protege a los
atribulados. Luego, aun cuando el tiempo urga, no pudo resistir la
tentacin de probar delante del espejo el efecto de una cinta de color
de alhucema, sobre la chaqueta que a la sazn vesta. De repente, oy
junto a s una voz infantil, y se detuvo nerviosa. La voz repeta:

--Mam! mam!

La seora Galba se volvi sbitamente. Saltando en la puerta estaba una
nia de seis a siete aos. Su indumentaria, elegante en sus buenos
tiempos, estaba rota y sucia, y el cabello, despeluznado y de un rojo
subido, formaba un cmico tocado sobre su vivaracha cabecita. A pesar
de todo ello, la nia era una monada. Un cierto aire de confianza en s
mismo que suele caracterizar a los nios que por mucho tiempo se crean
abandonados, despuntaba a travs de su timidez infantil. Debajo del
brazo traa una mueca hecha de harapos, al parecer de confeccin
propia, y casi tan grande como ella; una mueca de cabeza cilndrica y
facciones toscamente dibujadas. Un largo chal, que visiblemente
perteneca a una persona mayor, le caa de los hombros barriendo el
entarimado.

Esta inesperada visita no complaca a la seora de Galba. La nia, de
pie an en el umbral, pregunt nuevamente:

--Es mam?

Contestole secamente:

--No, no es mam.

Y ech una severa mirada al arrapiazo.

La nia retrocedi unos pasos y luego, adquiriendo valor con la
distancia, dijo en su habla caracterstica:

--Vete, pues. _Poqu_ no te _machas_?

La seora de Galba miraba de soslayo el chal. De pronto, corri a
arrancarlo de los hombros de la nia, y dijo colricamente:

--Quin te ha mandado tomar mis cosas, descarada?

--Es tuyo? Entonces, t eres mi mam! Verdad? T eres
mam!--prosigui con jbilo infantil.

Y antes de que _Lady Clara_ hubiese podido evitarlo, haba dejado ya
caer la mueca, y, agarrndole con ambas manos las faldas, se ech a
bailar ante ella con sin igual desenfado.

--Cmo te llamas?--dijo _Lady Clara_ framente, quitando de sus
vestidos las pequeas y no muy limpias manos de la nia.

--Tarolina.

--Tarolina?

--_C_... Tarolina.

--Carolina?

--_C_... Tarolina.

--De quin eres?--pregunt an ms framente para ahogar un incipiente
temor.

--Caramba! soy tu nia--dijo la criatura sonriendo.--T eres mi mam,
mi nueva mam. No _zabez_, no _zabez_ que mi otra mam se ha marchado y
que no volver? Ya no vivo con mi otra mam. Ahora tengo que vivir con
pap y contigo.

--Hace mucho tiempo que ests aqu?--pregunt de mal humor _Lady
Clara_.

--Me parece que hace tres das--contest Carolina despus de una pausa.

--Te parece? No ests segura?--dijo con sorna _Lady Clara_.--Pues, de
dnde viniste?

Los ojos de Carolina comenzaron a parpadear bajo este vivo examen. Con
gran esfuerzo reprimi su llanto, contuvo un sollozo y dijo:

--Pap... pap me trajo de casa _miss_ Simmons... de Sacramento, la
semana ltima.

--Cmo! Acabas de decir hace tres das--replic aqulla con severidad.

--Quise decir un mes--dijo entonces Carolina, completamente perdida en
su confusin e ignorancia.

--No sabes lo que te pescas--exclam a gritos _Lady Clara_, resistiendo
al impulso de sacudir la figurita que tena ante s y de precipitar la
verdad por medios de orden puramente material.

La rubia cabecita desapareci repentinamente en los pliegues del vestido
de la seora de Galba, como esforzndose en extinguir el abrasado color
de sus mejillas.

--Djate de lloriqueos--dijo _Lady Clara_ librando su vestido de los
hmedos besos de la nia, y sintindose molesta por extremo.--Vamos,
enjgate la cara, vete y no incomodes. Escucha--prosigui cuando
Carolina se marchaba.--Dnde est tu pap?

--Tambin ha partido... Est enfermo... Parti... (aqu titube) hace
dos o tres das.

--Quin te cuida, nia?--dijo _Lady Clara_ mirndola fijamente.

--John, el chino. Me _vizto zola_; John hace la comida y arregla las
camas.

--Vete, pues, prtate bien y no me fastidies ya--dijo _Lady Clara_
recordando el motivo de su visita.--Espera, a dnde vas?--aadi
mientras la nia, arrastrando tras de s su larga mueca agarrada por
una pierna, se dispona a subir la escalera.

--Me voy arriba a jugar y ser buena y no fastidiar a mam.

--No soy tu mam!--grit la aludida, y luego volvi rpidamente a su
dormitorio y cerr violentamente la puerta.

Continuando los preparativos, sac del cuarto ropero un gran bal y
empez a empaquetar su equipaje con enfadosa y colrica rapidez. Rasg
su mejor vestido al sacarlo del colgador, y por dos veces se ara las
blandas manos con ocultos alfileres, mientras mentalmente comentaba
indignada el suceso que le ocurra. Ah! entonces lo comprenda todo. Su
alevoso marido haba trado esta nia de su primera mujer, esta nia
cuya existencia nunca pareci importarle, para insultarla, para ocupar
su puesto. Sin duda, la primera mujer en persona la seguira pronto
all, o tal vez tendra una tercera mujer de cabello rojo, no castao
sino rojo. Como es natural, la nia, Carolina, se pareca a su madre, y
as, lo sera todo menos bonita. Quiz el enredo estaba preparado de
antemano, acaso tena a esta nia de cabello rojo, como el de su madre,
en Sacramento, a una distancia conveniente, y preparada para traerla
cuando fuese oportuno. Record entonces los asiduos viajes debidos,
segn deca l, a negocios. Acaso la madre estaba tambin all; pero no,
se haba ido hacia el Este. No obstante, en su actual situacin de
nimo, prefera descansar en la idea de que all estaba. Experimentaba
una vaga satisfaccin en exagerar su estado de nimo. Seguramente que
jams se haba abusado de tan escandalosa manera de una mujer. Concluy
el cuadro de su mala fortuna. Yaca sola y abandonada, a la puesta de
sol, en medio de las cadas columnas de un templo en ruinas, en actitud
graciosa aunque melanclica, mientras que su marido se alejaba
rpidamente, con una mujer de rojo cabello, pavonendose a su lado en un
lujoso carruaje tirado por un magnfico tronco. Apoyada sobre la maleta
que acababa de llenar, compuso el plan del lgubre poema de su
desgracia. Abandonada, sola y pobremente vestida, encontrbase con su
marido y la _otra_, radiante de sedas y pedrera. Imaginose a s propia,
muriendo tsica a causa de sus pesares, pero bella an en su ruina y
fascinando con sus postreras miradas al director de _El Alud_ y al
coronel Roberto, que la contemplaban con efusiva pasin... Mas, dnde
estaba, en tanto, el coronel Roberto? Por qu no vena? El, por lo
menos, la comprenda. El... y se ri otra vez con la indiferencia y
ligereza de algunos momentos antes, y luego volvi de repente a la
primitiva seriedad.

Y el duendecillo de cabello rojo, qu estara haciendo en aquellos
momentos? Por qu estaba tan quieta? Corri silenciosamente la puerta,
y entre la multitud de pequeos rumores y crujidos de la desierta casa,
se le figur or una voz dbil que cantaba en el piso de arriba. Record
que ste no era ms que un desvn utilizado para cuarto de trastos
viejos. Casi avergonzada de su accin, subi furtivamente las escaleras,
y entreabriendo la puerta, mir hacia adentro.

Un rayo de sol penetraba en diagonal y entre inquietas motas por la
nica ventanilla del desvn e iluminaba una parte del vaco y triste
cuarto. En este rayo de sol vio brillar el cabello de la nia como si
estuviera coronada por una aureola de fuego. All, con su enorme mueca
entre las rodillas y sentada en el suelo, pareca hablarle y no tard
_Lady Clara_ en comprender que reproduca la entrevista ocurrida haca
unos instantes. Reprendi severamente a la mueca, preguntndole sobre
la duracin de su estancia en la casa y acerca de la medicin de los
das y las semanas. Imitaba acertadamente las maneras de la seora de
Galba y la conversacin casi reproduca literalmente la anterior, con
una sola diferencia. Despus que hubo informado a la mueca de que no
era su madre, y terminada la entrevista, aadi cariosamente: Que si
era muy _gea_, muy _gea_, sera su mam y la dara un beso.

A la malhumorada fugitiva, esta escena la afect muy desagradablemente y
la conclusin hizo que sus mejillas se tieran de carmn. Lo
desamueblado del aposento, la luz a medias, la monstruosa mueca, cuyo
tamao casi natural pareca dar a su falta de habla pattico lenguaje,
la debilidad de la nica figura animada del cuadro, afectaron
profundamente la sensibilidad de la mujer y la imaginacin del poeta. En
esta situacin, no pudo menos de aprovecharse de la sensacin y pens en
el hermoso poema que podra trazar con aquellos materiales, si el cuarto
hubiese sido ms oscuro y la criatura quedara ms abandonada; por
ejemplo: sentada al lado del fretro de su madre mientras gema el
viento por puertas y ventanas. Sbitamente, oy pasos en el portal y
reconoci el ruido del bastn del coronel resonando en el piso.

Salt rpidamente la escalera y encontr al coronel en el recibidor,
faltndole tiempo para hacerle la voluble y exagerada historia de su
descubrimiento y la indignada relacin de sus agravios.

--Oh! no diga usted que el enredo no estuviese ya arreglado de
antemano, pues s que lo estaba!--deca a voces.--Y juzgue--aadi--del
corazn del infame, que abandona a su propia hija, de un modo tan
inhumano.

--Es una solemne desvergenza!--tartamude el coronel sin la menor idea
de lo que estaba diciendo.

Imposibilitado de encontrar motivo para la exaltacin de su dolo y de
comprender su carcter, no saba qu actitud tomar. Balbuce, resoll,
se puso grave, galante, tierno, pero de un modo tan necio e
incomprensible que _Lady Clara_ experiment la dolorosa duda de que
estuviese en su perfecto juicio.

--No vamos--dijo la seora de Galba con repentina energa contestando a
una observacin hecha en voz baja por el coronel, y retirando su mano de
la vehemente presin de aquel hombre apasionado.--Es intil; mi decisin
est ya tomada. Es usted libre de mandar por mi maleta tan pronto como
quiera; pero yo me quedar aqu para poner frente a frente de este
hombre la prueba de su infamia. Le pondr cara a cara con su villano
proceder.

Estoy convencido de que el coronel Roberto no apreciaba en todo su valor
la prueba convincente de la infidelidad y perversin acusada y
demostrada hasta la evidencia por el albergue concedido a la hija de
Galba en su propia morada. Sin embargo, entrole en seguida como un
presentimiento vago de que un obstculo imprevisto se opona a la
perfecta realizacin de los deseos de su romntico espritu. Pero antes
de que pudiera proferir palabra, Carolina apareci en el descanso de la
escalera, contemplando a la pareja entre tmida y curiosa.

--Es aqullo--dijo febrilmente _Lady Clara_.

--Ah!--dijo el coronel con repentino arranque de afecto y alegra
paternales, chocantes por su falsedad y afectacin.--Ah! Bonita nia,
bonita nia! Cmo ests? Ests bien, eh, hermosa? Qu tal te va?

Volvi a cuadrarse el militar en elegante actitud y a dar vueltas a su
junco, hasta que se le ocurri que estos medios de seduccin eran acaso
intiles para con una criatura de tan corta edad. Carolina, sin embargo,
no se fij en estos cumplidos, sino que sofoc ms an al caballero
coronel corriendo a toda prisa hacia _Lady Clara_, buscando proteccin
en los pliegues de su vestido. Sin embargo, el coronel no se dio por
rendido, y arrebatado de respetuosa admiracin, hizo notar la admirable
semejanza del grupo con la Madona y el Nio. Ella se ri locamente,
pero ya no rechaz como antes a la nia. Sucediose una pausa embarazosa
pero momentnea, y luego la seora de Galba, haciendo a la nia un gesto
significativo, dijo en voz apenas perceptible:

--Adis. No vuelva aqu, pero... Vaya al hotel esta noche.

Alarg su mano; el coronel se inclin ante ella con galantera y se
retir.

--Ests segura--dijo la seora de Galba, ruborizada y confusa, mirando
al suelo y como dirigindose a los rojos rizos, apenas visibles por
entre los pliegues de su vestido,--ests segura de que sers _gena_ si
te permito quedarte aqu en mi compaa?

--Y me dejars llamarte mam?--pregunt Carolina, mirndola fijamente.

--Y te dejar que me llames mam!--respondi _Lady Clara_ con forzada
sonrisa.

--S--dijo Carolina con energa.

Entraron juntas en el dormitorio, siendo la maleta lo que ms pronto
llam la atencin de Carolina.

--Pero, mam, te vas otra vez?--dijo con una ojeada rpida e inquieta y
agarrndose a su falda.

--No...--dijo mirando por la ventana la interpelada.

--Entonces es que solamente juegas a irte--dijo Carolina
riendo.--Djame, pues, jugar a m tambin.

Asinti _Lady Clara_ y Carolina vol al cuarto vecino, reapareciendo con
una cajita, en donde comenz gravemente a empaquetar sus vestidos.
_Lady Clara_ observ que no eran muchos. Algunas preguntas respecto de
ellos dieron motivo a nuevas respuestas de la nia, que en pocos minutos
pusieron a _la mam_ al corriente de su corto pasado. Pero para obtener
esto, la seora de Galba viose obligada a tomar a Carolina en su regazo,
acariciando a la terrible criatura.

Aun cuando ya _Lady Clara_ no se interesaba en las declaraciones de
Carolina, permanecieron todava algn tiempo en esta situacin.
Abandonada a sus pensamientos y deslizando los dedos por entre sus rojos
rizos, dej que la nia desatase toda su charla.

--No me tienes bien, mam--dijo Carolina finalmente despus de cambiar
una o dos veces de postura.

--Pues, cmo he de tenerte?--pregunt _la mam_, riendo entre divertida
e incomodada.

--As--dijo Carolina, y enroscndose pas un brazo por el cuello de la
seora de Galba y descans la mejilla en su seno.--De esta manera,
verdad?

Acomodose nuevamente, acurrucose como un gatito, cerr los ojos y qued
dormida.

Por un buen rato, la mujer permaneci silenciosa en aquella postura,
atrevindose apenas a respirar, y luego fuese por motivo de alguna
oculta simpata nacida del contacto, o Dios sabe por qu, empezaron a
estremecerla ciertos pensamientos. Acordose de un antiguo dolor que
haba resuelto apartar de su memoria durante aos enteros; record das
de enfermedad y desconfianza, das de punzante terror por algo que debi
evitar... y que evit con horror y pesar mortales; pens en un ser que
podra haber existido... tambin ella hubiera tenido un hijo de la edad
de Carolina. Los brazos que se juntaban indiferentes en torno de la
dormida criatura, comenzaron a temblar y a estrecharla convulsivamente.
Y despus, con un impulso profundo, potente, prorrumpi en sollozos, y
atrajo hacia su seno a la nia una y otra vez, como si quisiese
sustituirla a la que all haba guardado en otro tiempo. De este modo,
la borrasca que la estremeca pas deshacindose en un copioso llanto.

Algunas lgrimas cayeron sobre los rizos de Carolina, que se movi
inquieta en su sueo. Pero otra vez la tranquiliz. Era tan fcil
hacerlo entonces! y permanecieron all tan silenciosas y solitarias, que
parecan formar parte de la solitaria y silenciosa morada. Sin embargo,
como en esta ltima, alegremente iluminada por los rayos del sol, la
apariencia de soledad y abandono no llevaba consigo la decadencia, la
desesperacin ni el abandono.

En el hotel de Fiddletown, el coronel Roberto esper en vano toda
aquella noche, y a la maana siguiente, cuando el seor Galba regres a
su casa, la encontr vaca, sin habitantes y sin huella alguna del drama
del da anterior.


II

Al tenerse noticia de que la seora de Galba haba huido
definitivamente, llevndose la hija de su marido, se conmovi todo
Fiddletown, suscitndose sobre el caso diversidad de pareceres. _El
Noticiero_ de Dutch Flat, aluda abiertamente el rapto violento de la
nia, con la misma desenvoltura y severidad con que haba criticado las
producciones de la poetisa. El pblico del sexo de _Lady Clara_, y una
fraccin del sexo opuesto, formado, sin embargo, por personas de poco
carcter, adoptaba la opinin de tal peridico. Pero los ms no deducan
del acto consecuencias morales; les bastaba saber que la raptora haba
sacudido de sus primorosas zapatillas el encarnado polvo de Fiddletown;
lamentaban ms bien su prdida que el crimen cometido. Pronto se
desentendieron de Galba, el ofendido esposo y padre desconsolado, y
pusieron en duda la sinceridad de su dolor; pero guardaron su cmica
compasin para el coronel Roberto, abrumando a este hombre, hombre
excelente, con intempestiva simpata manifestada en las tabernas,
salones pblicos y otros lugares no menos inadecuados para
demostraciones de tal gnero.

--Coronel, siempre fue inconstante esa mujer--deca un amigo compasivo,
con afectado inters y plaidero tono,--y es natural que un da se haya
escapado del animal de su marido; pero que le deje a usted, coronel, que
realmente le haya burlado, esto es lo que no me puedo acabar. Y andan
por ah diciendo que estuvo usted rondando por el hotel toda la noche, y
que se pase por aquellos corredores y subi y baj las escaleras, y
como alma en pena vag por aquella plaza, y todo ello intilmente!

Otro amigo no menos generoso y compasivo, verti nuevo blsamo en las
heridas del chasqueado galn.

--Imagnese que esos deslenguados de por ah pretenden que la seora
consigui de usted que cargase con su maleta y la nia desde la casa
hasta el despacho de la diligencia, y que el galn que se march con
ella le dio las gracias, ofrecindole unas monedas y que le ocupara a
la primera ocasin porque le gustaba su trato... por supuesto, que todo
ello ser una burda invencin? Claro; ya sabr yo contestar a esos
juzgamundos. Me alegro de haberle encontrado, pues la mentira corre que
es una bendicin.

Pero, felizmente para la reputacin de _Lady Clara_, el criado chino de
su marido, nico testigo ocular de la fuga, refiri que slo la
acompaaba la nia. Aadi que, obedeciendo a sus rdenes, haba hecho
parar la diligencia de Sacramento y ajustado asiento para ambas, hasta
San Francisco. La verdad es que el testimonio de Ah-Fe no era de ningn
valor legal; sin embargo, nadie le puso tacha alguna.

Incluso los que ms dudaban de la veracidad pagana, reconocieron en este
caso la ms desinteresada indiferencia por parte del chino. Y con todo,
a juzgar por un pasaje hasta ahora desconocido de esta verdica crnica,
se equivocaban de medio a medio.

Unos seis meses haban transcurrido desde la desaparicin de la bella
herona. El chino trabajaba un da, como de costumbre, en el terreno de
Galba, cuando dos mineros compatriotas suyos que pasaban provistos de
largos palos y cestos, lo llamaron. Se entabl animada conversacin
entre Ah-Fe y sus hermanos mongoles, una de esas conversaciones
caractersticas, parecidas a una disputa por sus precipitados chillidos,
que hacen la delicia y provocan el desprecio de los inteligentes
europeos, que no comprenden una sola palabra de aquellas elucubraciones.
As por lo menos juzgaban su jerigonza pagana el seor Galba, desde su
mirador y el coronel Roberto que se acertaba a pasar. Este ltimo los
sac lisa y llanamente de su camino con un puntapi, y el irritado
Galba, con una blasfemia, tir una piedra al grupo y lo alej, pero no
antes de que hubiesen trocado una o dos tirillas de papel de arroz
amarillo con jeroglficos y de pasar a manos de Ah-Fe un pequeo
envoltorio. Abriolo Ah-Fe en la soledad de su cocina, y descubri un
delantal de nia, recientemente lavado y planchado. Llevaba en el
ngulo del dobladillo las iniciales C. T. Escondiolo el chino en un
pliegue de su blusa, y prosigui lavando sus platos en el fregadero con
cndida sonrisa de contento.

Unos das despus, Ah-Fe se present a su seor.

--Yo no gustar Fiddletown: Yo muy enfermo. Yo marchar.

Galba lo mand a todos los diablos. Ah-Fe lo contempl plcidamente y
retirose decidido a poner en prctica su propsito.

Con todo, antes de marcharse de Fiddletown, encontrose por casualidad al
coronel Roberto y se le escaparon algunas frases incoherentes que
interesaron al militar. Cuando hubo terminado, el coronel le entreg una
carta y una pesada moneda de oro.

--Si me trae una contestacin duplicar esto: entiende, Ah-Fe?

Movi afirmativamente la cabeza. Otra entrevista tuvo lugar entre Ah-Fe
y otro caballero, el joven editor de _El Alud_, entrevista igualmente
casual y con idntico resultado. Sin embargo, siento verme obligado a
manifestar que al ponerse en camino, Ah-Fe rompi tranquilamente el
sello de ambas cartas, y despus de intentar leerlas al revs y de lado,
las dividi por fin en cuadritos primorosamente cortados, y en tal
disposicin los vendi por una bagatela a un hermano amarillo con quien
durante su camino tropez. No es para descrita la pesadumbre del coronel
Roberto al descubrir en la cara blanca de uno de estos cuadritos, que
lleg a sus manos con la ropa blanca de la semana, la cuenta de su
lavandero, y al adquirir el convencimiento de que los restantes trozos
de la carta circulaban por igual mtodo entre los clientes del lavadero
chino de Fiddletown. No obstante, tengo la firme creencia de que este
abuso de confianza encontr cumplido castigo en las dificultades que
acompaaron la peregrinacin de Ah-Fe.

Al dirigirse a Sacramento, fue por dos veces arrojado de la vaca de la
diligencia abajo, por un caucasiano civilizado, pero borracho a ms no
poder, a quien la compaa de un fumador de opio hera en lo ms vivo su
dignidad. En Hangtown, un transente le casc para dar una sencilla
prueba de la supremaca del blanco. En Dutch Flat le robaron manos muy
conocidas por motivos tambin ignotos. En Sacramento lo arrestaron por
sospecha de ser esto o lo otro y lo pusieron en libertad despus de una
severa reprimenda, probablemente porque no era lo que buscaban y
entorpeca de esta manera el curso del procedimiento incoado. Ya en San
Francisco, lo apedrearon los nios de las escuelas pblicas; pero
evitando cuidadosamente estos templos de la ilustracin y del progreso,
lleg por fin en relativa seguridad a los barrios chinos, donde los
abusos contra l quedaban al menos inscriptos en los libros policacos y
arrostraban casi siempre la merecida sancin.

Sin prdida de tiempo logr entrar en el lavadero de Chy-Fook como
asistente, y el viernes prximo fue enviado con un cesto de ropa limpia
a los varios clientes de la empresa.

Era una de esas tardes de nieblas, uno de estos das descoloridos,
grises, que desmienten el nombre del verano para cualquiera, excepto
para la exaltada imaginacin de los ciudadanos de San Francisco. Ah-Fe
trepaba por la larga colina de la calle de California, barrida por el
viento; no se senta la temperatura ni se distingua el color en la
tierra ni en el cielo; ni luz al exterior ni sombra por el interior de
los edificios, slo s un tinte gris, montono, universal, que se cerna
por todas partes. Una febril agitacin reinaba en las calles barridas
por el viento, y en las casas reinaba una profunda quietud. Cuando el
chino hubo llegado a la cima de la cuesta, la colina de la Misin se
ocultaba ya a su vista y la fresca brisa del mar le daba escalofro.
Descargose de su cesto para descansar. Probablemente para su limitada
inteligencia y desde el punto de vista pagano, el clima de Dios, como
solemos llamarlo, no brindaba con las dulzuras, suavidad y misericordia
que se le atribuyen. Quiz el buen hijo del cielo confundiera
ilgicamente los rigores de la estacin con los de sus perseguidores,
los nios de las escuelas, que libres a esta hora del instructivo
encierro, eran mucho ms audaces y atrevidos. De manera que sigui su
camino apresuradamente, y volviendo una esquina, detvose por fin
delante de una casa y penetr decididamente en ella.

Precedida la casa en cuestin de un mezquino planto de arbustos, con su
terraza al frente, tena por encima de sta un feo balcn que quiz no
haba sido utilizado en la vida. Ah-Fe tir de la campanilla; apareci
una criada; ech una mirada a su cesto y lo admiti con repugnancia como
si fuera un animal domstico, molesto pero imprescindible. Ah-Fe subi
silenciosamente las escaleras, entrose hacia el aposento delantero, dej
el cesto y esper en el umbral.

Una mujer sentada a la fra y agrisada luz de la ventana, con una nia
en la falda, levantose con indiferencia y se fue hacia el visitante.
Inmediatamente, reconoci Ah-Fe a la seora de Galba, pero no se alter
ni un slo msculo de su cara, ni sus oblicuos ojos se animaron al
encontrarse plcidamente con los de su ex ama. Evidentemente, ella no lo
reconoci, pues empez a contar las piezas de ropa que llevaba. Pero la
nia, examinndolo con curiosidad, profiri de repente un repentino
grito de jbilo:

--Pero mam, si es John! No le conoces? Es el chino que tenamos en
Fiddletown.

Los ojos hirientes de Ah-Fe brillaron por un instante con elctrica
conmocin. La nia palmote y le agarr por el vestido. El chino
exclam:

--Yo, John, Ah-Fe, todo es uno. Yo conocer a ti. Qu tal va?

La seora de Galba dej caer con espanto la ropa y mirole fijamente.

Como no senta para l el cario que avivaba la percepcin de Carolina,
no poda distinguirlo an de sus congneres. En un momento record la
pasada pena, y con vaga sospecha de un peligro inminente, le pregunt
cundo se haba marchado de la casa de su amo.

--Oh, mucho tiempo! Yo no gustar Fiddletown. No gustar Tlevelick.
Gustar San Flisco. Gustar lavar. Gustar Carolina.

Agrad a la seora de Galba el laconismo de Ah-Fe, as es que no se
detuvo a reflexionar la influencia que tena en su buena intencin y
sinceridad el imperfecto conocimiento del idioma de Shakespeare. Pero
dijo:

--Rugole no diga a nadie que me ha visto.

Y sac su limosnero.

El chino, sin mirarlo, vio que estaba casi vaco; sin escudriar el
aposento, observ que estaba pobremente amueblado, y sin apartar su
vista del techo, not que la seora y Carolina vestan con la mayor
pobreza. No obstante, debo confesar que los largos dedos de Ah-Fe
apretaron de firme el medio peso que aqulla le alarg.

Empez luego a registrar los pliegues de su blusa entre extraas
contorsiones y muecas. Despus de algunos momentos, sac de Dios sabe
dnde un delantal de nia, que coloc sobre el cesto, diciendo:

--Olvidar una pieza lavadero.

Y comenz de nuevo su registro. Por ltimo, el xito coron al parecer
sus esfuerzos; sac de su oreja derecha un pedazo de papel de seda
pacientemente arrollado. Desdoblndolo cuidadosamente, descubri por fin
dos monedas de oro de a veinte dllars, que alarg a la seora de Galba.

--Deja usted dinero encima blul[14] Fiddletown, yo encontrar monedas.
Yo traer a usted en seguida.

--Pero yo no dej dinero alguno encima del _boureau_, John!--dijo la
obsequiada con sincero asombro. Debe haber equivocacin. Sern de otra
persona. Llvatelo, John.

Ah-Fe se turb por unos instantes. Apart la mano de la seora de Galba
que le tenda el dinero y procedi rpidamente a recoger sus trastos.

--No, no, yo no devolver. No. Luego prenderme un _policeman_[15]. Yo s:
Dios maldiga ladrn, tomar cuarenta pesos, a la crcel. Yo no devolver.
Usted dejar dinero arriba blul Fiddletown. Yo traer dinero. Yo no
llevar dinero otra vez.

Dudaba _Lady Clara_ de que en su precipitada huida hubiese dejado el
dinero como l deca; pero, de cualquier manera que fuese, no tena el
derecho de poner en peligro la seguridad de este honrado chino,
rehusndolo; as es que exclam:

--Est bien, John. Me quedar con l; pero has de volver a verme.

_Lady Clara_ titube. Por vez primera se le ocurri que un hombre
pudiera desear ver a otra que no fuera ella.

--A m, y... a Carolina!

El rostro de Ah-Fe se ilumin. Incluso profiri una corta risa de
ventrlocuo, sin mover un slo msculo facial. Luego, echndose la cesta
al hombro, cerr cuidadosamente la puerta y se desliz tranquilamente
por la escalera. Sin embargo, a la salida, tropez con una dificultad
inesperada al abrir la puerta, y despus de forcejear un momento en la
cerradura intilmente, mir en torno suyo como esperando quien le sacara
del apuro. Pero la camarera irlandesa que le haba facilitado la
entrada, no se dign presentarse. Pas entonces un incidente misterioso
y sensible, que relatar sencillamente sin esforzarme en darle una
explicacin. Sobre la mesa de la entrada haba un pauelo de seda,
propiedad sin duda de la criada a quien acabo de referirme. Mientras
Ah-Fe tentaba el cerrojo con una mano, descansaba ligeramente la que le
quedaba libre en la mesa. De pronto, y al parecer por impulso
espontneo, el pauelo comenz a deslizarse poco a poco hacia la mano
del chino. Desde la mano de Ah-Fe, sigui hacia dentro de su manga,
lentamente y con un movimiento pausado, como el de la serpiente, y luego
desapareci en alguno de los repliegues de su vestidura. Sin manifestar
el menor inters por este fenmeno, Ah-Fe repeta an sus tentativas
sobre el cerrojo. Poco despus, el tapete de damasco encarnado, movido
acaso por igual impulso misterioso, se recogi lentamente bajo los
dedos de Ah-Fe y desapareci ondulando con suavidad por el mismo
escondido camino. Qu otros misterios podran haber seguido? Esto no
sera fcil averiguarlo, pues en aquel momento descubri Ah-Fe el
secreto del cerrojo y pudo abrir la puerta, coincidiendo esto con el
ruido de pasos que se oa en la escalera. El chino no apresur su
salida, sino que cargando pausadamente con el cesto, cerr con todo
cuidado la puerta tras de s, y penetr en la espesa niebla que se
cerna impenetrable por la calle.

Reclinada en la ventana, contempl _Lady Clara_ la figura de Ah-Fe hasta
que desapareci en la espesa bruma. En su triste situacin sinti por l
vivo reconocimiento, y acaso _Lady Clara_, como siempre, potica y
sensible, atribuy a profundas emociones y a la conciencia satisfecha de
una buena accin, el ahuecamiento del pecho del chino que en realidad
era debido a la presencia del pauelo y del tapete debajo de su
vestimenta. Despus, y a medida que con la noche, la neblina gris se
haca ms densa, la seora de Galba estrechaba a Carolina contra su
pecho. Dejando la charla de la criatura, sigui entre sentimentales
recuerdos y egostas consideraciones a la vez amargas y peligrosas. La
repentina aparicin de Ah-Fe la haba unido de nuevo con su pasada vida
de Fiddletown; la senda recorrida desde aquellos das era por dems
triste y sembrada de abrojos; llena de dificultades y de espinas e
invencibles obstculos. Nada de extrao fue, pues, que por fin Carolina
cesara repentinamente a la mitad de sus infantiles confidencias, para
echar sus bracitos en torno del cuello de la pobre mujer, y suplicndola
que no llorase pues se pona triste.

Lbreme el cielo de emplear una pluma, que debe dedicarse siempre a la
exposicin de principios morales inalterables, en transcribir las
especiosas teoras de _Lady Clara_ sobre esta poca y su conducta que
defenda con sofsticas apologas, ilgicas deducciones, tiernas excusas
y dbiles paliativos. A la verdad, las circunstancias fueron muy
crueles, agotndose prontamente su escaso caudal. En Sacramento tuvo
ocasin de experimentar que los versos, aunque elevan a las emociones
ms sublimes del corazn humano, y merecen la mayor consideracin de un
editor en las pginas de un peridico, son insuficiente recurso para los
gastos de una familia, aunque sta no constase ms que de una seora y
de una nia de corta edad. Recurri luego al teatro, pero fracas
completamente. Tal vez su concepto de las pasiones fuese diferente del
que profesaba el auditorio de Sacramento, pero lo cierto es que su bella
presencia, encantadora y de tanto efecto a corta distancia, no era para
la luz de las candilejas bastante acentuada. Admiradores en su gabinete,
no le faltaron; pero no despert en el pblico afecto duradero.
Entonces, record que tena voz de contralto, de no mucha extensin y
poco cultivada, pero sumamente dulce y melodiosa. Por fin, logr una
plaza en un coro de capilla, sostenindola durante tres meses, muy en su
provecho pecuniario, y segn se deca, a satisfaccin de los caballeros
de los ltimos bancos que volvan la cara hacia ella durante el canto
del ltimo rezo.

La tengo perfectamente grabada en la memoria. Un rayo de sol que
descenda desde la ventana del coro de San Dives, sola acariciar
dulcemente las tupidas masas de cabello castao de su hermosa cabeza y
los negros arcos de sus cejas, y oscureca la sombra de las sedosas
pestaas sus ojos de azabache. Daba gusto observar el abrir y cerrar de
aquella boquita finamente perfilada, mostrando rpidamente una sarta de
perlas en sus blancos dientecitos, y ver cmo sonrojaba la sangre su
mejilla de raso: porque la seora de Galba era por dems sensible a la
admiracin que causaba y a semejanza de la mayor parte de las mujeres
hermosas, se recoga bajo las miradas lo mismo que un caballo de carrera
bajo la espuela del jinete.

No tardaron mucho en venir los disgustos. Me inform de todo una soprano
(mujercita algo ms que despreocupada en las cuestiones de su sexo).
Anunciome que la conducta de la seora de Galba era poco menos que
vergonzosa; que su vanidad era inaguantable; que si consideraba a los
dems del coro como esclavos, ella, la soprano, quera que lo dijese
claramente; que su conducta con el bajo el domingo de Pascua haba
atrado la atencin de todos los fieles, y que ella misma haba visto
cmo el reverendo Cope la miraba dos veces durante el oficio; que sus
amigos (los de la soprano), se haban opuesto a que cantara en el coro
con una mujer que haba pisado las tablas, pero que esto, para ella,
todava poda pasar. No obstante, saba de buena tinta que la seora de
Galba se haba fugado de su marido, y que la nia de cabello rojo que
algunas veces llevaba al coro, no le perteneca. El tenor le confi un
da, detrs del rgano, que la contralto posea un medio para sostener
la nota final de cada frase, al objeto de que su voz quedara por ms
tiempo en el odo del auditorio, acto indigno que slo poda atribuir a
un carcter vicioso e inmoral; que el tenor, dependiente muy conocido de
una quincallera en los das laborables, y que cantaba los domingos, no
estaba dispuesto a soportarla por ms tiempo. Y slo el bajo, un alemn
pequeo, de pesada voz que deba avergonzarlo, defenda a la contralto y
se atrevi a decir que tenan celos de ella, por poseer un buen palmito.

La tempestad se encon y por fin se solventaron estas diferencias en una
querella descarada, en la que _Lady Clara_ hizo uso de su lengua, con
tal precisin de argumentos y de eptetos, que la soprano estall en un
ataque histrico, y su marido y el tenor tuvieron que sacarla en brazos
del coro: todo lo cual lleg a conocimiento de los parroquianos por la
supresin del _solo_ acostumbrado de la soprano. _Lady Clara_ volvi a
casa sonrojada por el triunfo, pero al llegar a su habitacin no se
mostr propicia a los halagos de Carolina, diciendo que desde entonces
eran mendigas; que ella, su madre, acababa de quitarle su ltimo bocado
de pan, y termin rompiendo en un llanto inconsolable. Las lgrimas no
acudan a sus ojos tan fcilmente como en los pasados y poticos das,
pero cuando las verta era con el corazn lacerado. Volvi en s al
anuncio de la visita de un _vestryman_, del comit de msica. Entonces
enjug sus largas pestaas, atose al cuello una cinta nueva, y baj al
saln. Permaneci all dos horas; eso pudiera ocasionar habladuras a no
estar el buen hombre casado y con hijos de alguna edad. Al volver _Lady
Clara_ a su cuarto, tarareaba mirndose al espejo y ri a Carolina. Por
aquella vez haban salvado su colocacin en el coro de la capilla.

Sin embargo, no fue por mucho espacio. Con el tiempo, las fuerzas del
enemigo recibieron un poderoso auxilio en la persona de la esposa del
_committee-man_. Esta seora visit a varios de los feligreses y a la
familia del doctor Cope, lo cual dio por resultado que una junta
posterior del comit musical decidiese que la voz de la contralto no era
adecuada a la capacidad del edificio y fue invitada a presentar su
dimisin, lo cual no tard en hacer. Ocho semanas haca que estaba sin
colocacin y sus escasos medios se encontraban casi agotados, cuando
Ah-Fe derram en sus manos el subsidio inesperado.


III

La plmbea niebla se hizo ms intensa con la noche, y los faroles
entraron temblando a la vida, mientras la seora de Galba, absorta en
dolorosos recuerdos, permaneca an asomada a su ventana tristemente. Ni
siquiera se dio cuenta de que Carolina se haba escurrido de la sala, y
de su bullicioso regreso, llevando en la mano el peridico de la noche,
hmedo an. Con la presencia de la nia volvi _Lady Clara_ en s y a
los apuros del presente. En su triste situacin sola la pobre mujer
examinar minuciosamente los anuncios, con la efmera esperanza de
encontrar entre ellos proposiciones para un empleo (no saba cul), que
pudiera proveer a sus necesidades, y Carolina se haba fijado en esto.

La seora de Galba cerr maquinalmente los postigos, encendi las luces
y desdobl el diario.

Instintivamente, su vista se pos en el siguiente prrafo de la seccin
telegrfica:

     Fiddletown, 7.--Don Juan Galba, personamuy conocida en este
     lugar, muri anoche de _delirium tremens_. Don Juan se entregaba a
     desarregladas costumbres, ocasionadas, segn se dice, por disgustos
     de orden familiar.

_Lady Clara_ no se inmut. Volvi tranquilamente la pgina y mir de
soslayo a Carolina, que estaba absorta en la lectura de un cuaderno con
lminas. _Lady Clara_ no dijo una palabra, y durante el resto de la
noche permaneci absorta, contra su costumbre, y sumamente silenciosa y
meditabunda.

Por fin, ya en la madrugada, dirigindose donde dorma Carolina cay de
repente de rodillas junto a la cama, y tomando entre las manos la tierna
cabeza de la nia, le pregunt:

--Dime. Te gustara tener otro pap?

--No--dijo despus de meditar un momento la interpelada.

--Quiero decir un pap que ayudase a mam y te cuidara con amor, que te
diese bonitos vestidos y que, por fin, cuando fueses mayor, hiciese de
ti una seora.

Carolina volvi hacia ella sus ojos somnolientos.

--Y a ti, te gustara, mam?

_Lady Clara_ se sonroj hasta las orejas.

--Duerme--dijo bruscamente.

Y volviose.

Pero al cabo de poco rato la nia sinti dos tiernos brazos que la
estrechaban contra un pecho palpitante y conmovido por los sollozos
desgarradores.

--No llores, mam!--murmur Carolina, recordando como en sueos la
conversacin pasada.--No quiero que llores. Creo que me gustara un
nuevo pap si te quisiera mucho... mucho... y me quisiera mucho a m.

Un mes ms tarde, se cas la seora de Galba, con sorpresa general. El
afortunado novio era un tal Roberto, coronel elegido recientemente para
representar el condado de Calaveras en el consejo legislativo. En la
imposibilidad de relatar el acontecimiento en lenguaje ms escogido que
el de corresponsal del _Globo de Sacramento_, citar algunas de sus
frases ms graciosas:

     Las implacables flechas del pcaro Cupido se ensaan estos das en
     nuestros galantes salones: hay una nueva vctima.

Se trata del honorable A. Roberto de Calaveras, cautivo hoy de una
     bellsima hada, viuda, un tiempo sacerdotisa de Thespis, y hasta
     hace poco, mula de Santa Cecilia, en una de las iglesias ms a la
     moda de San Francisco, donde disfrutaba de un sueldo regular.

_El Noticiero de Dutch Flat_ coment el suceso con su poca aprensin
caracterstica:

     El nuevo _leader_ de los demcratas de Calaveras, acaba de llegar
     a la legislatura con un flamante proyecto. Se trata de la
     conversin del nombre Galba en el de Ponce, apellido del coronel
     Roberto. Creemos que llaman a eso una _fe_ de casamiento. No ha
     transcurrido un mes desde que muri el seor Galba, pero es de
     suponer que el intrpido coronel no tiene miedo a los duendes de
     alcoba.

Sin embargo, decir que la victoria del coronel fue fcilmente obtenida,
sera no hacer justicia a _Lady Clara_.

A la timidez propia del sexo femenino, aadase el obstculo de un
rival, acomodado empresario de pompas fnebres, de Sacramento, a quien
debi cautivar la seora de Galba, en el teatro o en la iglesia, ya que
los hbitos profesionales del galn lo excluan del ordinario trato
social y de todo otro que no fuese religioso o de ceremonial. Como este
caballero posea una bonita fortuna adquirida en la propicia ocasin de
una larga y terrible epidemia, el coronel lo tena por rival algo
temible. Pero, por fortuna, el empresario de pompas fnebres hubo de
ejercer su profesin en la persona de un senador, colega del coronel, a
quien la pistola de ste mat en un lance de honor, y sea que temiese la
rivalidad por consideraciones fsicas, o bien que calculase con
prudencia que el coronel poda procurarle clientes, ello fue que se
retir, dejando expedito el campo.

La luna de miel fue corta, y termin con un incidente inesperado.
Durante el viaje de bodas, confiaron a una hermana del coronel Roberto
el cuidado de la nia. Al regresar a la ciudad, la seora de Ponce
determin inmediatamente visitar a la guardadora, para traerse la nia
a casa nuevamente.

Pero su marido, desde haca algn tiempo daba muestras de inquietud que
se esforzaba en vencer por medio del uso repetido de bebidas fuertes. Al
fin se decidi, abrochose estrechamente la levita, y despus de pasear
el cuarto una o dos veces con paso inseguro, detvose de repente ante su
esposa con aire de autoridad.

--Hasta el ltimo momento--dijo el coronel con labio balbuciente y
afectada majestad que aumentaba su miedo interior--he diferido, es
decir, he suspendido la revelacin de un hecho que creo comunicndotelo
cumplir con mi deber. Todo con objeto de no nublar el sol de nuestra
mutua felicidad... para no marchitar nuestras tiernas promesas en flor,
ni oscurecer el cielo conyugal con una explicacin desagradable, pero
debo hacerlo... vive Dios!... Seora... debo hacerlo hoy. La nia no
est ya aqu!

--Cmo!--exclam la seora de Ponce con sorpresa.

Algo haba en el tono de su voz, en el repentino estrabismo de sus
pupilas, que en un momento disip los vapores alcohlicos en la cabeza
del coronel y encogi su gallarda figura.

Me explicar en cuatro palabras--dijo moviendo la mano en ademn
conciliador,--me explicar. El... el... el... melanclico suceso que
precipit nuestra felicidad, la misteriosa Providencia que te libert,
libert tambin a la nia. Comprendes? Libert a la nia. En el momento
de morir Galba, el parentesco que por l te una desapareci tambin. La
cosa es clara como la luz. De quin es la nia? De Galba? Este ha
muerto y la nia no puede pertenecer a un muerto. Es una solemne
tontera pretender que pertenece a un muerto. Es hija suya? No? De
quin, pues? La nia pertenece a su madre. No es eso?

--Dnde est?--dijo la seora de Ponce con voz concentrada y plido
rostro.

--Todo lo explicar. La nia pertenece a su madre. De eso no cabe duda
alguna. Soy abogado, legislador y ciudadano de la Unin. Mi deber como
abogado, legislador y ciudadano de la Unin, es restituir la nia a su
afligida madre... cueste lo que costare.

--Pero, dnde est?--repiti la seora de Ponce, fija todava la vista
en el semblante del coronel.

--Pues, en camino para reunirse con su madre; parti ayer en el vapor,
con rumbo al Este y transportada por favorables vientos hacia aqulla
que, sin duda, la espera con los brazos abiertos.

La seora de Ponce permaneci inmvil. El coronel sinti que su pecho se
encoga poco a poco, pero apoyose contra una silla, y se esforz en
ostentar una galantera caballeresca unida a la severidad del togado.

--Seora, honran sobre manera a su sexo, pero es preciso tambin
considerar los sentimientos, la situacin de una madre, y, al propio
tiempo, mi misma situacin.

El coronel hizo aqu una pausa y, sacando un pauelo blanco, lo pas
descuidadamente sobre su pecho y luego se sonri cnicamente a travs de
sus bordados pliegues.

Luego aadi:

--Por qu una leve sombra ha de nublar la armona de dos almas que
mueve un solo pensamiento? Ciertamente, la nia es hermosa, es buena,
pero, al fin y al cabo, es hija de otro! Fuese la nia, Clara, pero no
todo se fue con ella. Clara, considera, querida, que siempre me tendrs
a m a tu lado!

Clara se levant con energa.

--Usted!--grit con una nota de pecho que hizo vibrar los
cristales.--Usted, con quien me cas para que mi querida nia no
muriese de hambre! Usted, perro al que llam a mi lado para alejar de
m a los hombres! Usted!...

No pudo continuar. Precipitose en el cuarto vecino, que ocupaba
Carolina; luego pas rpidamente a su propio dormitorio, y apareci de
repente ante l, erguida, amenazadora, con un fuego abrasador en los
pmulos, fruncidas las cejas y contrada su garganta. Pareciole al
coronel que su cabeza se achataba y se deprima su boca como la de un
ofidio.

--Roberto!--dijo con voz ronca y enrgica.--Oiga, coronel! Si desea
alguna vez fijar su vista en m, trigame antes a la nia. Si alguna vez
quiere hablarme o acercarse, tiene que devolvrmela. Donde ella est,
estar yo, oye? All donde ella ha ido, me encontrar a m!

Y otra vez pas por delante de l furiosa, echando hacia fuera los
brazos desde los codos abajo, como si se librase as de vnculos
imaginarios, y, penetrando en su cuarto, cerr la puerta y dio vuelta a
la llave con violencia.

El coronel Roberto, aunque no era cobarde, senta para una mujer enojada
un miedo supersticioso; retrocedi para dejarle libre el paso y fue a
rodar impotente por el canap. All, despus de uno o dos esfuerzos
infructuosos para ponerse en pie, permaneci inmvil, profiriendo de vez
en cuando blasfemias mezcladas con protestas incoherentes, hasta que,
por fin, sucumbi al cansancio de la emocin y al narcotismo del alcohol
ingerido.

Mientras tanto, la seora de Ponce recoga excitada sus joyas y haca su
maleta, como ya otra vez la haba hecho en el transcurso de su
accidentada existencia. Quiz un recuerdo de aquella escena vagaba por
su mente, pues repetidas veces se detuvo para apoyar las encendidas
mejillas en su mano, como si otra vez debiese aparecer la figura de la
nia, de pie en el umbral y repitiendo con voz angelical la consabida
pregunta de:--es mam?--Mas este nombre le atormentaba ahora
cruelmente. Apartolo de su imaginacin con un rpido y apasionado gesto
y enjug una lgrima que rodaba por sus mejillas.

Despus quiso la casualidad que, removiendo sus ropas, diese con una
zapatilla de la nia, con una de las cintas estropeada. Un agudo grito
sali de su pecho, el primero que haba proferido aquel da, y la
estrech contra s, besndola apasionadamente una y otra vez; meciola
con ese movimiento maternal propio de la mujer, y despus la llev hasta
la ventana, para verla mejor a travs de las lgrimas que nublaban sus
pupilas. De repente sufri un fuerte ataque de tos que intent ahogar
llevando el pauelo a sus labios rojos como la grana. Y luego sinti que
desfalleca; pareciole que la ventana hua delante de ella, que el suelo
se hunda bajo sus pies, y tambalendose lleg a la cama, cay boca
abajo sobre ella, estrechando convulsivamente contra su pecho el pauelo
y la zapatilla. Su rostro estaba horriblemente plido, las rbitas de
sus ojos se oscurecan, y en sus labios primero, luego en su pauelo y
por fin sobre el blanco cubrecama aparecieron unas gotas de sangre.

Levantose el viento con fuerza, sacudi las celosas y agit las blancas
cortinas de un modo fantstico; luego, una niebla gris se desliz
suavemente por encima de los tejados, acariciando las paredes barridas
por el viento y envolvindolo todo en luz incierta e imponente
quietud...

* * * * * * *

Clara yaca inmvil; a pesar de todas sus desdichas, era una bellsima
desposada, pero al otro lado de la puerta cerrada con cerrojo, el
coronel roncaba con violencia en su lecho improvisado.


IV

El pequeo pueblo de Gnova, en el Estado de Nueva York, pona de
manifiesto la semana anterior a la Navidad del ao 1870, an ms que de
costumbre, la amarga irona del nombre que le dieron sus fundadores. Una
copiosa nevada blanqueaba matorrales, plantas, paredes y palos de
telgrafo; pona estrecho cerco a la dulce capital italiana,
arremolinbase alrededor de las enormes columnas dricas de madera en la
casa de correos y en el hotel, suspendase de las persianas verdes de
las mejores casas y empolvaba las siluetas angulosas, rgidas y oscuras
de sus vas. Las naves de las cuatro principales iglesias de la ciudad,
se alzaban abruptas rompiendo la lnea de las casas, y escondan en el
bajo torbellino sus deformes torres. Cerca de la estacin, la nueva
capilla metodista, semejante a una enorme locomotora, precedida, a
manera de salvavidas, de su piramidal escalinata, pareca esperar que
algunas casas se le agregaran para irse a un lugar ms placentero. Y el
orgullo de Gnova, el gran Instituto Crammer, para seoritas, dominaba
la avenida principal con su extraa fachada de ladrillo y su alta y
majestuosa cpula. Desde cualquier punto de la ciudad, se divisaba
fcilmente el Instituto Crammer; as es que, bajo este punto de vista,
no desmenta su carcter de establecimiento pblico en el que no faltaba
nunca un visitante en su escalera y una cara bonita asomada a sus
ventanas.

El silbido de la locomotora del expreso septentrional de las cuatro,
atrajo a la estacin a muy poca de su habitual y desocupada
concurrencia. Slo un pasajero baj y se dirigi en el solitario trineo
hacia el Hotel de Gnova. En seguida el tren huy indiferente como todos
los trenes expresos, por la curiosidad humana; volvi el vaco furgn de
equipajes a su cochera y el jefe de la estacin cerr la puerta con
llave y se fue a retiro.

El chillido de la locomotora despert la culpable conciencia de tres
seoritas del Instituto Crammer que en aquel momento se regalaban en una
calle vecina, en la dulcera de doa Brgida, comiendo pasteles. Las
reglas del Instituto dejaban amplio desarrollo a la naturaleza fsica y
moral de sus alumnas; en pblico se conformaban con sus excelentes
reglas de dieta, pero privadamente se permitan extrarreglamentarios
festines con las golosinas de su abastecedor particular del pueblo;
asistan a la iglesia con formalidad ejemplar, pero coqueteaban durante
el oficio divino con la dorada juventud del pueblo; en las clases
reciban severa y moral instruccin y durante el asueto devoraban las
novelas ms edificantes. El fruto de esta doble enseanza era una
agrupacin de jvenes robustas, alegres y encantadoras que daban al
Instituto infinito crdito. Doa Brgida, a pesar de que le deban
importantes sumas, alababa el buen humor y belleza juvenil de sus
parroquianas y declaraba que la vista de estas seoritas la rejuveneca,
pero se sospechaba de ella que favoreciese sin escrpulos las
clandestinas incursiones que aquellas hacan.

--Amigas! las cuatro; si no estamos de vuelta para las oraciones,
daremos que hablar--dijo levantndose la ms alta de estas vrgenes
locas, muchacha de nariz aguilea y maneras resueltas que revelaban a la
inteligente directora del cotarro.

--Tienes los libros, Adelaida?

Adelaida ense debajo de su impermeable tres libros de no muy santa
apariencia.

--Y las provisiones, Carolina?

Carolina mostr de su saquito un paquete de aspecto sospechoso.

--Todo est corriente. Chicas, en marcha. Pngalo en la cuenta--aadi
saludando con la cabeza a la huspeda, mientras se adelantaban hacia la
puerta.--Le pagar cuando llegue el trimestre a mi poder.

--No, Catalina--repuso Carolina, sacando su portamonedas,--djame pagar,
me toca a m.

--De manera alguna--dijo Catalina, arqueando soberanamente sus negras
cejas,--ya s que tienes ricos parientes en California que te envan
puntualmente fondos, pero no quiero permitirlo. Vamos, chicas,
adelante!

Al abrir la puerta, una fuerte rfaga de viento penetr violentamente en
la tienda, lo cual asust a la bondadosa doa Brgida.

--Por Dios, seoritas, no deberan ustedes salir con este tiempo! Ser
mejor que me dejen mandar un recado al Instituto y les arreglar aqu
una buena cama.

Mas la ltima frase se perdi en el coro de chillidos medio ahogados que
arrojaban las nias, agarradas de la mano, lanzndose en mitad del
temporal, y muy pronto fueron envueltas en el torbellino huracanado.

Anocheca, y las breves horas de aquel da de diciembre, que no
alumbraban los vivos colores de la puesta del sol, terminaban
rpidamente. La temperatura era fra por dems y en el aire giraban
densos copos de nieve. La inexperiencia, y sobre todo los bros de la
juventud, daban a las muchachas resolucin; pero osaron atravesar el
campo por un atajo para evitar los recodos de la calle Mayor, y la risa
expir en sus labios y las lgrimas comenzaron a apuntar en los ojos de
Carolina. Retrocedieron, y al llegar al camino, estaban abrumadas de
fatiga.

--Volvmonos--dijo Carolina.

--No nos sera posible ya atravesar otra vez el campo--dijo Adelaida.

--Parmonos, pues, en la primera casa--repuso aquella.

--La primera casa--dijo Adelaida, mirando a travs de la naciente
oscuridad,--es del squire Robinson--dijo y ech a Carolina una mirada
picaresca que hasta en su inquietud y miedo hizo que las mejillas de la
nia se tieran de carmn.

--Eso es! S--dijo Catalina irnicamente,--por supuesto, detengmonos
en casa del squire, y nos convidar a cenar, y luego nos llevar a casa
en coche tu querido amigo Enrique, con formales excusas del seor
Robinson, suplicando que por esta vez se nos perdone. No--prosigui
Catalina con repentina energa,--eso puede que te plazca a ti; pero yo
me vuelvo como he venido, por la ventana, o bien me quedo en este mismo
lugar.

Y cay repentinamente sobre Carolina, que lloraba sobre un montn de
nieve, y la sacudi con fuerza.

--Luego dormirs. Chito! Callemos! qu es eso?

Se oan los cascabeles de unas colleras y en la oscuridad vena hacia
ellas un trineo con un solo conductor.

--Escondmonos, chicas: si es alguien que nos conozca, estamos perdidas.

Afortunadamente, no lo era, y antes de que pudiesen poner por obra su
pensamiento, una voz desconocida a sus odos, pero bondadosa y de
agradable timbre, pregunt si poda serles til en alguna cosa. Era un
hombre envuelto en una hermosa capa de piel de foca, cubierta la cabeza
por una gorra de la misma piel, y con la cara medio tapada por una
bufanda tambin de pieles, dejaba ver solamente unos largos bigotes y
dos ojos negros de gran viveza.

--Es un hijo del viejo San Nicols--dijo en voz baja Adelaida.

Las muchachas, conversando en voz natural, recostadas en el trineo,
recobraron su anterior tranquilidad.

--A dnde voy a llevar a ustedes?--dijo tranquilamente el incgnito
sujeto.

Hubo, entre ellas, una rpida consulta, y por fin, Catalina dijo con
decisin:

--Al Instituto Crammer.

Ascendieron en silencio la cuesta hasta que el largo y asctico edificio
se destac ante ellas. El desconocido tir repentinamente de las riendas
y pregunt:

--Por dnde entran ustedes? Ustedes saben el camino mejor que yo.

--Por la ventana posterior--dijo Catalina con repentina y asombrosa
franqueza.

--Ya comprendo!--contest el extrao gua sin inmutarse.

Y apendose al momento, quit de los caballos los sonoros cascabeles.

--Ahora podemos aproximarnos tanto como ustedes quieran--aadi a modo
de explicacin.

--Seguramente es un hijo de San Nicols--dijo en voz baja Adelaida,--no
podramos pedirle noticias de su padre?

--Silencio!--dijo Catalina con decisin,--puede que sea un ngel.

Y con deliciosa incoherencia perfectamente comprendida por su femenil
auditorio, prosigui:

--Estamos hechas tres visiones.

Saltaron cautelosamente los cercados y finalmente pararon a pocos pies
de distancia de un sombro muro. El desconocido ayudolas a apearse. La
confusa y escasa luz de poniente reverberaba en la nieve, y a medida que
el gua presentaba la mano a sus bonitas compaeras, cada una de stas
se vea sometida a un examen detenido, aunque respetuoso. Revestido de
la mayor gravedad, ayudolas a abrir la ventana, retirndose luego
discretamente al trineo hasta que termin el difcil y un si es no es
descompuesto acceso al interior. Despus volvi hasta la ventana.

--Gracias: buenas noches--murmuraron las nias a un tiempo.

Una de las tres figuras permaneca an en la ventana, y el desconocido
inclinose sobre el pretil.

--Permtame que encienda aqu este cigarrillo, pues la luz del fsforo
ah fuera podra llamar la atencin?

Con la ayuda de esta luz pudo ver a Catalina bonitamente encuadrada en
la ventana. Consumiose la cerilla lentamente entre sus dedos, y una
sonrisa picaresca asom en los labios de Catalina. La astuta joven haba
comprendido tan pobre subterfugio. De qu le haba de valer, pues, el
ser primera en su clase, y para qu si no, habran sus padres satisfecho
la matrcula durante tres aos consecutivos?

Al da siguiente la tempestad haba cesado, y el sol resplandeca vivo y
alegre en la sala de estudio, cuando Catalina de Corlear, que tena su
sitio junto a la ventana, llevose patticamente la mano al corazn y se
dej caer sobre el hombro de su vecina Carolina, simulando un repentino
desvanecimiento.

--Est aqu--suspir.

--Quin?--pregunt con inters Carolina, que no comprenda nunca
claramente cundo Catalina hablaba formal.

--Quin? Pues el hombre que nos salv anoche! Acabo de verle hace un
instante llegar a la puerta. Calla: dentro de un momento estar mejor.

Y la hipcrita se pas patticamente la mano por la frente con ademn
trgico.

--Qu es lo que querr?--pregunt Carolina con curiosidad cada vez ms
acentuada.

--Pregntaselo--dijo Catalina en tono despreocupado.--Quiz poner en el
colegio a sus cinco hijas. Tal vez quiera perfeccionar la educacin de
su mujer y ponerla en guardia contra nosotras.

--Pues chica, no parece viejo, y menos casado--contest Adelaida
doctrinalmente.

--Pobre muchacha! Eso nada significa!--contest la escptica
Catalina.--No puede una nunca decir nada de estos hombres... Son tan
falsos! Adems, yo siempre tengo tan mala fortuna.

--Pues... Catalina!--comenz Carolina.

--Silencio! La seora va a decir algo--dijo Catalina, con una sonrisa.

--Las educandas harn el favor de prestar atencin--dijo pausadamente
una voz indolente.--En el locutorio preguntan por la seorita Carolina
Galba.

Don Juan Prncipe, nombre estampado en la tarjeta y en varias cartas y
credenciales sometidas al Reverendo seor Crammer, se paseaba impaciente
por el severo aposento designado oficialmente con el nombre de sala de
recepcin, y privadamente entre las alumnas con el de purgatorio. Con
escrutadora mirada examinaba los rgidos detalles de la sala, desde el
pulimentado calorfero de vapor parecido a un enorme soda-cracker
barnizado, que calentaba un extremo del cuarto, hasta el busto
monumental del doctor Crammer, que daba escalofros en el opuesto, desde
el padrenuestro dibujado por un ex maestro de caligrafa, con tal
variedad de elegantes rasgos de escritura, que disminua notablemente el
valor de la composicin, hasta tres vistas de la poblacin, tomadas del
natural desde el Instituto, por el profesor de dibujo, y que nadie
hubiese sido capaz de reconocer; desde dos citas ilustradas del Antiguo
Testamento, escritas en letra inglesa, tan horriblemente remotas que
helaban todo humano inters, hasta una gran fotografa de la clase
superior, en la cual las nias ms bonitas tenan el color etipico,
sentadas, al parecer, unas sobre las cabezas y hombros de las otras.
Hoje maquinalmente las pginas de catlogos escolares, los _Sermones_
del doctor Crammer, los _Poemas_ de Henry Kirke White, las _Leyendas del
Santuario_ y _Vidas de mujeres clebres_; su ya viva imaginacin,
nerviosamente acrecentada por su situacin especial, le represent las
tiernas reuniones y conmovedoras despedidas que deban haber tenido
lugar all, y extraose de que el aposento no guardara algo que pudiese
expresar tales humanos sentimientos, y hasta haba olvidado casi el
objeto de su visita, cuando se abri la puerta para dejar paso a
Carolina Galba.

El rostro del visitante que haba vislumbrado la noche anterior, le
pareci ms bonito an de lo que le haba parecido entonces, y sin
embargo, estaba como desorientado o descontento, aun cuando no poda
esperar encontrarse con tan bella criatura. Conservaba su abundante y
ondulado cabello el tinte dorado metlico de antes; su color, de extraa
delicadeza como el de una flor, y sus ojos, castaos del color de algas
marinas en aguas profundas. No era, pues, su belleza la que le
desilusionaba.

Carolina se encontraba, por su parte, como violenta, sin ser tan
impresionable como l. Ante s tena a uno de estos hombres a quien su
sexo califica en trminos vagos de simpticos, esto es, correcto en
todos los superficiales accesorios de moda, vestido, ademanes y de
figura agradable. Sin embargo, haba en l una distincin excepcional;
no se pareca a nadie que ella pudiera recordar, y como la originalidad
suele tan a menudo asustar a las gentes como atraerlas, no se sinti
predispuesta en su favor.

--No puedo apenas esperar--principi en amable tono,--que me recuerde
usted. Hace once aos era una nia muy pequea. Tal vez ni siquiera
pueda reivindicar en mi favor el haber disfrutado de la familiaridad que
poda existir entre una nia de seis aos y un joven de veintiuno. Creo
que no era muy amigo de los nios. Sin embargo, conoc muy bien a su
madre, pues cuando ella le llev a San Francisco era yo editor de _El
Alud_ en Fiddletown.

--Quiere usted decir mi madrastra; ya sabe usted que no era mi
madre--interpuso Carolina con viveza.

--Quise decir su madrastra--dijo gravemente.--Nunca he tenido el gusto
de encontrarme con su madre de usted.

--No; hace doce aos que mam no ha estado en California.

El tono de aquel ttulo y la distincin que estableca era tan
intencionado, que principi a interesar a Prncipe, despus que se hubo
repuesto de su primera sorpresa.

--Perfectamente, pero como ahora vengo de parte de su
madrastra--prosigui sonriendo,--tengo que rogarle que por algunos
momentos vuelva a aquel punto de partida. Su seora madre, digo, su
madrastra, reconoci que su madre, la primera Galba, era legal y
moralmente su tutora, y aunque muy a pesar de sus inclinaciones y
afectos, la coloc de nuevo bajo la tutela de aqulla.

--Mi madrastra se volvi a casar antes de cumplir el mes de la muerte de
mi padre, y me envi a casa--dijo Carolina, alzando ligeramente la
cabeza y con mucha intencin.

El seor Prncipe sonriose tan dulcemente, y al parecer con tanta
simpata, que principi a gustar a Carolina. Sin contestar a la
interrupcin, prosigui:

--Una vez realizado este acto de simple justicia, pusironse de acuerdo
su madre y su madrastra para costear los gastos de su educacin hasta
que cumpliese diez y ocho aos, poca en que deber usted elegir cul de
las dos ha de ser en adelante su tutora. Me parece que a la sazn se le
comunic a usted todo eso y que por lo tanto tiene reconocimiento del
citado convenio.

Entonces, yo no era ms que una criatura--dijo Carolina.

--Ciertamente--dijo el seor Prncipe, con la misma sonrisa.--Con todo,
me parece que las condiciones jams han sido molestas a usted ni a su
seora madre, y la nica vez que quiz le causen alguna inquietud, ser
cuando llegue a decidir en la eleccin de su tutora, lo cual ser al
cumplir los diez y ocho aos... creo que el da 20 del mes corriente.

Carolina permaneci en silencio.

--Sentira creyese que he venido aqu para conocer su decisin, aun
cuando est hecha ya. Tan slo he venido a manifestarle que su
madrastra, la seora de Ponce, estar maana en la ciudad y pasar
algunos das en ella. Si es su deseo verla antes de decidir, ella se
alegrar de poder estrecharla en sus brazos, sin que ello implique la
ms remota intencin de influir en su decisin, libre de todo punto.

--Sabe madre que ella viene?--dijo apresuradamente Carolina.

--No podra contestarlo--dijo Prncipe gravemente.--Slo s que si ve
usted a la seora de Ponce ser con permiso de su madre, pues ella sabr
respetar sagradamente esta parte del convenio hecho hace ocho aos. Su
salud es muy delicada, y el cambio de aires y quietud del campo durante
unos das le sern altamente beneficiosos.

Prncipe pos la mirada de sus vivos y penetrantes ojos sobre la joven,
y contuvo el aliento hasta que ella anunci:

--Madre llegar hoy o maana.

--Ah!--dijo Prncipe con dulce y lnguida sonrisa.

--El coronel Roberto est aqu tambin?--pregunt Carolina despus de
una pausa.

--El coronel Roberto ha muerto; por segunda vez ha enviudado su madre.

--Muerto!--repiti Carolina.

--S--contest Prncipe,--su madrastra ha tenido la singular desgracia
de sobrevivir a sus afectos ms caros.

No pareci comprenderlo Carolina, pero Prncipe, sin dar explicaciones,
se sonri con dulzura.

Dos lgrimas temblaron al poco rato en los prpados de Carolina.

El seor Prncipe aproxim su silla hacia ella dulcemente.

--Temo--dijo con extrao brillo en su mirada y retorciendo las guas de
su bigote,--temo que se preocupa usted demasiado del asunto. Pasarn
algunos das antes que se le pida una resolucin. Hablemos de otra cosa;
supongo que no se resfri ayer noche.

El rostro de Carolina adquiri con una sonrisa su gracia peculiar.

--Le pareceramos sin duda tan alocadas!... Y dmosle tanta
molestia!...

--En manera alguna, se lo aseguro. Mis sentimientos de las conveniencias
sociales--aadi con gazmoera,--se hubieran alarmado quiz con cierta
justicia si me hubiesen propuesto que ayudara a tres seoritas a salir
de noche por la ventana de la clase, pero ya que se trataba de entrar
nuevamente en ella...

Son con fuerza la campanilla de la puerta de entrada y el seor
Prncipe se puso en pie.

--En fin; tmese todo el tiempo que necesite, y reflexione bien antes de
resolver.

Sin embargo, el odo y la atencin de Carolina estaban fijos en las
voces que sonaban en la entrada. De repente, se abri la puerta y el
criado anunci:

--La seora Galba y el seor Robinson.


V

Don Juan Prncipe se diriga a travs de los arrabales del pueblo hacia
el hotel, mientras el tren de la tarde lanzaba en un silbido su habitual
e indignada protesta al tener que pararse en Gnova.

Estaba fatigado y de mal humor: un paseo de una docena de millas en
coche a travs de los pueblos circunvecinos nada pintorescos, y por
entre pequeas y econmicas casas de labranza y otros edificios del
campo que molestaban su delicado gusto, haba dejado a este caballero en
un psimo estado de nimo. Habra incluso evitado a su taciturno
posadero a no acecharle en la entrada misma del hotel.

--Hay una seora en la sala que le est esperando.

Apresurose Prncipe a subir la escalera, y al entrar en el cuarto, la
seora de Ponce vol a su encuentro.

A decir verdad, habase desmejorado mucho en los ltimos diez aos. Su
arrogante talle habase reducido; las seductoras curvas de su busto y
espaldas estaban quebradas o perdidas; el brazo, antes lleno de
plasticidad, encogase en su manga, y los brazaletes de oro que
cercaban sus nveas muecas casi se le escurrieron de las manos, cuando
sus largos y huesosos dedos sacudieron convulsivamente las manos de
Juan. Pintaba sus mejillas el abrasado calor de la fiebre; sus
brillantes ojos an eran hermosos, su boca sonrea dulcemente an, pero
en los hoyos de aquellas mejillas demacradas estaban sepultados los
graciosos hoyuelos de antao y los labios se entreabran para facilitar
la respiracin fatigosa exponiendo los blancos dientes, ms an de lo
que acostumbraba hacerlo en tiempos ya lejanos. La aureola de su rubio
cabello persista an; era ms fino, ms etreo y sedoso, pero, a pesar
de su abundancia, no ocultaba los huecos de las sienes cruzadas de
azules venas.

--Clara--dijo Juan en tono de reproche.

--Te ruego me perdones, Juan!--dijo, dejndose caer en una silla, pero
asida an de su mano,--perdname, amigo mo, pero ya no poda aguardar
ms; me hubiera muerto. Juan, muerto sin que acabaran estos das. Te
pido conmigo un poco ms de paciencia; no va a ser largo, pero deja que
me quede aqu. S que no debo verla, no le hablar; pero es tan dulce
sentir que por fin estoy cerca de ella, que estoy respirando el mismo
aire que mi amada... Me siento mejor ya, Juan, te lo aseguro. Y la has
visto hoy? Qu tal estaba? Qu dijo? Dmelo todo, todo, Juan. Estaba
hermosa? Dicen que lo es. Ha crecido mucho? La hubieras reconocido?...
Vendr, Juan? Acaso ha estado ya aqu; quiz...

Se haba puesto de pie, excitada, trmula y miraba hacia la puerta de
entrada.

--Acaso est aqu ahora. Por qu no hablas, Juan? Por Dios! Explcate.

Unos penetrantes ojos se fijaron vivamente en ella, con una ternura que
quiz ella sola era capaz de comprender.

--Amiga Clara--dijo afectando alegra,--tranquilzate. El cansancio te
ha rendido y la excitacin del viaje te ha puesto en un estado
lamentable. He visto a Carolina; est buena y hermosa. Por ahora, esto
es bastante.

El grave tono y suave firmeza con que subray estas palabras la
sosegaron, como a menudo lo haca en otros tiempos. Acariciando su
delgada mano, dijo despus de un corto intervalo:

--Te ha escrito alguna vez Carolina?

--S, en dos ocasiones, dndome las gracias por algunos presentes; no
eran ms que cartas de colegiala--- aadi impaciente, contestando a la
interrogadora mirada de Juan Prncipe.

--Ha llegado alguna vez a saber tus penas? Tus aprietos, los
sacrificios que hiciste para pagar sus cuentas, que empeaste alhajas y
la ropa...

--No, no!--interrumpi rpidamente aqulla.--No! Cmo poda saberlo?
No tengo enemigo bastante cruel para haberle hecho estas revelaciones.

--Pero si ella lo hubiese sabido por algn conducto? Si Carolina
pensase que eres pobre para mantenerla, podra influir en su decisin.
Los espritus jvenes gustan de la posicin que da el dinero. Quiz
tenga amigos ricos... puede que un amante...

A estas palabras, la seora de Ponce se estremeci.

--Pero--dijo ella con vehemencia, asiendo la mano de Juan,--cuando me
encontraste enferma y sin recursos en Sacramento; cuando... Dios te
bendiga por ello, Juan! me ofreciste tu apoyo para venir a Oriente,
dijiste que sabas algo, que tenas algn plan, que poda hacernos a
Carolina y a m independientes.

--Es verdad--dijo Juan, precipitadamente,--pero antes quiero que te
pongas fuerte y buena, y ahora que ests ms tranquila, quiero contarte
fielmente mi entrevista con ella.

Y empez Prncipe a describir la ya narrada entrevista, con singular
acierto y discrecin que haran palidecer mi propio relato sobre aquella
escena. Sin omitir una palabra ni un detalle sin suprimir un slo
incidente, logr cubrir con potico velo aquel prosaico episodio, hizo
lo posible para rodear a la herona de conmovedora atmsfera, que,
aunque no del todo falsa, dejaba entrever, no obstante, el genio que
diez aos antes haca a la vez interesantes e instructivas las columnas
de _El Alud_ de Fiddletown. Tan slo cuando vio el encendido color y
not la entrecortada respiracin de su ansiosa oyente, sinti una
repentina punzada de remordimiento, murmurando entre sus apretados
dientes:

--Dios la ayude y me perdone! Pero, cmo es posible que yo se lo diga
todo ahora?

Aquella noche, al apoyar la seora de Ponce su cansada cabeza sobre la
almohada, trat de imaginarse a Carolina durmiendo en aquel momento
tranquilamente en la gran casa-colegio de la colina, y a la sola idea de
que la tena tan cerca senta la infeliz pecadora inefable consuelo.
Pero en aquel momento estaba Carolina inestablemente sentada en el borde
de su cama; semidesnuda, y con un gracioso mohn en sus bonitos labios,
enroscaba entre los dedos sus largos rizos leonados, mientras que su
compaera, Catalina de Corlear, dramticamente embozada en un largo
cubrecama blanco, con su altiva nariz latiendo de indignacin y sus
negros ojos chispeantes, dominaba sobre ella como un enojado duende.
Aquella noche haba Carolina confiado sus desdichas e historia a
Catalina, y esta excntrica seorita, en lugar de prodigarle los
consuelos de la amistad, mostrbase vehemente, indignada contra la
indecisin de Carolina, y defenda las pretensiones de la seora de
Ponce del modo ms entusiasta y convincente.

--Ya ves, si la mitad de lo que me dices es verdad, tu madre y estos
Robinson te estn convirtiendo no slo en una cobarde, sino en una
ingrata mujer. Vaya que respetabilidad! Mira, mi familia data de
algunos siglos antes que los Galba, pero si mi familia me hubiese
tratado alguna vez de esta manera y me hubiese pedido luego que
volviera la espalda a mi mejor amiga, me llamara andana.

Y Catalina castaete los dedos, frunci sus negras cejas, y ech
miradas de indignacin alrededor del dormitorio, como buscando algn
cobarde en sus antepasados de Corlear.

--T hablas as, porque te ha cado en gracia ese seor Prncipe--dijo
Carolina.

Segn posterior manifestacin de Catalina, empleando los ordinarios
modismos de actualidad que haban penetrado hasta los virginales
claustros del Instituto Crammer, aqul desde luego la embisti.

Catalina, sacudiendo altivamente la cabeza, echose sobre el hombro su
abundosa cabellera de azabache, dej caer una punta del cubrecama a
manera de tnica vestal, y avanz hacia Carolina a trgicas y exageradas
zancadas.

--Y aunque as fuese, amiga? Que si s distinguir a primera vista un
caballero? Que si acierto a saber que entre un millar de entes
tradicionales, cortados por un mismo patrn, incorrectas ediciones de
sus abuelos como Enrique Robinson, por ejemplo, no encontraras un solo
caballero original, independiente, individualizado como tu Prncipe!...
Acurdate, amiga, y ruega al cielo que realmente sea de veras tu
Prncipe! Impetra del santo cielo que te d un corazn contrito y
reconocido, y da gracias al Seor por haberte enviado una amiga como
Catalina de Corlear.

Con todo, despus de esta imponente y dramtica salida, rpida como un
relmpago, asi la cabeza de Carolina, la bes entre las cejas y se
retir.

El da siguiente fue muy triste para Juan Prncipe. Estaba convencido en
el fondo de su alma de que no conseguira nada de Carolina. Sin embargo,
era tarea dura y difcil ocultar esta conviccin a la seora de Ponce, y
alentar su sencilla esperanza con aparente optimismo y firmeza. Hubiera
querido distraer su imaginacin llevndola a dar un largo paseo en
coche, pero ella tema que Carolina viniera durante su ausencia, y sus
fuerzas decaan con rapidez. Cada vez que la miraba, se persuada de que
la decepcin que la amenazaba extinguira la escasa vida que lata en su
debilitado organismo. Comenz a dudar de la eficacia y prudencia de sus
gestiones; recapitul los incidentes de su entrevista con Carolina, y
casi atribuy el mal xito a su propia torpeza. No obstante, la seora
de Ponce esperaba tan paciente y confiada, que lleg a quebrantar los
presentimientos de Prncipe. Cuando el estado de la infeliz lo permiti,
la llevaron, reclinada en una silla, al lado de la ventana, desde donde
poda ver el colegio y la entrada del hotel. Trazaba a menudo agradables
planes para el porvenir, en un imaginario hogar campestre. Incluso
pareca que el pueblo le haba cado en gracia; pero es de notar que el
porvenir que bosquejaba era tranquilo y apacible. Crea que pronto
estara buena, deca que estaba ya mucho mejor, aunque acaso tardara en
encontrarse otra vez fuerte del todo. Sola proseguir de esta manera en
voz baja hasta que Juan se echaba como un loco por la escalera abajo, y
entrando en la sala comn peda licores que no beba, encenda cigarros
que no fumaba, hablaba con hombres a quienes no escuchaba, y su conducta
era, en una palabra, la que es propia del sexo fuerte en perodos de
prueba y de tribulacin.

Termin el da con el cielo encapotado y un viento penetrante y fro por
dems. Algunos copos de nieve caan pausadamente. La seora de Ponce
estaba an tranquila y confiada, y cuando Prncipe hizo correr su silln
desde la ventana hasta el fuego, le explic que como el ao escolar
terminaba, probablemente retenan a Carolina sus lecciones, y que no
poda dejar el colegio ms que por la noche, una vez terminadas
aqullas. As es que permaneci levantada la mayor parte de la velada
entretenida en adornarse y en peinar su sedoso cabello, tan bien como lo
permita su triste estado, para recibir dignamente a la suspirada
visita.

--No he de dar miedo a la nia, Juan--deca como excusndose y con
resabios de su antigua coquetera.

Transcurrido algn tiempo, recibi Juan un recado del posadero, diciendo
que el mdico deseaba verlo abajo un momento. Al entrar en el mal
iluminado saln, Juan observ la figura embozada de una mujer cerca del
hogar y disponase a retirarse, cuando una voz, que recordaba muy
agradablemente, exclam:

--Oh! no hay cuidado! El mdico soy yo.

Y esto diciendo, se ech el capuchn hacia atrs, y Prncipe vio el
negro cabello y los atrevidos ojos de Catalina de Corlear.

--No quiera usted inquirir ms. Yo soy el mdico, y he aqu mi receta.

Y seal a Carolina que temblorosa y sollozando se acurrucaba en un
ngulo del aposento.

--Debo tomarla inmediatamente!

--Pero, es que su madre ha dado ya el permiso?

--No tal; si yo comprendo los sentimientos de aquella seora!--contest
Catalina con resolucin.

Pues entonces, cmo se han escapado ustedes?--pregunt Prncipe
gravemente.

--Por la ventana.

Cuando Prncipe hubo dejado a Carolina en brazos de su madrastra, volvi
a la sala.

--Y bien?--pregunt Catalina.

--Se queda; tambin espero que esta noche nos dispensar el honor de
quedarse con nosotros.

--Como no cumplir diez y ocho aos ni ser duea de m misma el da
veinte, y como no tengo una madrastra enferma, no es de razn que me
quede.

--Me permitir entonces que la acompae otra vez hasta la ventana del
Instituto?

Al volver media hora ms tarde, Prncipe encontr a Carolina sentada en
un taburete a los pies de la seora de Ponce. Con la cabeza sepultada en
la falda de su madrastra, y sollozando, se haba dormido. La seora de
Ponce llev un dedo a sus labios.

--No te dije que vendra? Dios te bendiga, Juan. Buenas noches.

Al da siguiente la seora de Federico, acompaada del Reverendo Asa
Crammer, director del Instituto, y de don Jos Robinson, personas
respetables en extremo, se present indignada a Prncipe, teniendo lugar
una borrascosa entrevista para reclamar a Carolina.

--No, no podemos permitir en manera alguna tal intervencin--deca la
seora de Federico, mujer vestida a la moda y de dudosa apariencia.--El
trmino de nuestro convenio no ha llegado an, y en las actuales
circunstancias no estamos dispuestos a dispensar de sus condiciones a la
de Ponce.

--La seorita Galba debe sujetarse al reglamento y disciplina del
Instituto, hasta que salga oficialmente de l.

--Esta conducta puede daar el porvenir y comprometer la situacin de la
educanda en la sociedad--indic el seor Robinson.

Fue en vano que Prncipe expusiera el estado de la seora de Ponce, que
no tena complicidad alguna en la fuga de Carolina, que la accin de
sta era perdonable y natural, y que podan tener la seguridad de que se
someteran a su expontnea decisin. Despus, subindole la sangre a las
mejillas, y con desdeosa mirada, pero con singular sangre fra, aadi:

--Permtame dos palabras ms. Tengo el deber de informarles de una
circunstancia que seguramente me justificara, como albacea del finado
Galba para rechazar sus pretensiones. Unos meses despus de la muerte
del seor Galba, un chino que ste haba tenido a su servicio, descubri
que tena hecho un testamento, que se descubri ms tarde entre su
documentacin. El valor insignificante del legado, en su mayora de
terrenos, en aquel entonces escaso de valor, impidi a sus ejecutores
testamentarios llevar a cabo su voluntad, y aun abrir y hacer pblico el
testamento con las frmulas prescritas por las leyes, hasta hace cosa de
dos o tres aos, cuando el valor de la propiedad hubo ya aumentado
considerablemente. Las disposiciones de aquel legado son sencillas, pero
terminantes. Los bienes de Galba quedan divididos entre Carolina y su
madrastra, con la explcita condicin de que sta ltima sea su tutor
legal, provea a su educacin y substituya y haga las veces de padre en
todo lo que sea del caso.

--Y cul es el valor de ese legado?--pregunt Robinson.

--No puedo decirlo exactamente; pero se acerca a medio milln--repuso
Prncipe.

--Si es as, debo declarar que la conducta de la seora Ponce es tan
honrada como justificada--contest el seor Robinson.

--No ser yo quien se atreva a oponer dudas ni obstculos al
cumplimiento de las intenciones de mi difunto marido--aadi la de
Galba.

Y la entrevista se termin.

Al comunicarse el resultado de aqulla a la seora de Ponce, llev sta
la mano de Juan a sus enjutos labios.

--Nada puedes aadir a mi felicidad presente, Juan; pero, dime, por qu
se lo ocultaste a Carolina?

Juan se sonri en silencio.

Al cabo de una semana terminaron las formalidades legales necesarias, y
Carolina fue devuelta a su madrastra. A propuesta de la enferma,
arrendaron una casita en los arrabales de la poblacin, para esperar
all la primavera que lleg tarde aquel ao, y la convalecencia de la
seora de Ponce que no vino jams.

No obstante, era paciente y dichosa. Le gustaba observar cmo retoaban
ms all de su ventana los rboles desconocidos para ella en California,
y preguntar a Carolina sus nombres y sus frutos. Proyectaba an para el
verano largos paseos con Carolina a travs de los frondosos bosques,
cuyas grises y secas filas podan verse desde la casita. Quiso escribir
una poesa a ellos dedicada; uno de los miembros de esta improvisada
familia conserva de ella un cantar alegre, puro y sencillo; como un eco
del pitirrojo que la llamaba desde la ventana al nacer el alba.

Luego, sin transicin, se extendi sobre el cielo un da sereno,
msticamente suave, somnoliento y bello; palpitante como si revoloteara
en el aire la vida con alas invisibles; la Naturaleza despertaba a una
exuberante resurreccin. Y a la pobre enferma la sentaron al aire
libre, postrada bajo aquel sol glorioso que lo doraba todo con sus
rayos. All estuvo tendida por largo tiempo en dulce y apacible
beatitud.

Un da, cansada Carolina de velar, se haba dormido a su lado, y los
delgados dedos de la seora de Ponce se posaban sobre su cabeza como en
tierna bendicin.

A poco, llam a Juan.

--Quin ha venido hace poco?--dijo en voz apenas perceptible.

--La seorita de Corlear--dijo Juan, contestando a la mirada de sus
hundidas pupilas.

--Juan--dijo despus de una pausa,--querido Juan; sintate a mi lado un
momento; tengo que decirte algo. Si en pasados das te he parecido
alguna vez dura o fra o coqueta, era porque te amaba, Juan; te amaba
demasiado para comprometer tu porvenir, encadenndolo con el mo ya
caduco. Siempre te am, querido Juan, hasta cuando pareca menos digna
de ti. Todo aquello pas ya, pero he tenido hace poco un sueo, Juan, he
soado con una mujer, en quien encontraras lo que a m me faltaba--y
mir amorosamente al tierno capullo que dorma a su lado,--y que amaras
como me has amado. No es verdad?

Y le clav sus ojos, que despedan un postrer destello de luz. Juan le
estrech la mano, pero no contest. Despus de algunos momentos de
silencio, aadi:

--Acaso aciertes en tu eleccin. Es buena muchacha, Juan... aunque un
poco atrevida.

Y no dijo ms. El ltimo rastro de vida se desprendi de aquella cabeza
dbil, loca y apasionada. Una mariposa que se haba posado en su pecho
vol, y la mano que apartaron de la cabeza de Carolina, cay a su lado,
inerte.




DE-HINCH, EL IDLATRA


Al abrir la carta de Hop-Sing, revolote hacia el suelo una tira de
papel amarillo, que a primera vista me figur cndidamente que sera la
etiqueta de un paquete de sorpresas chinas, tantas eran las figuras y
jeroglficos que contena. Haba tambin en su interior una tira ms
pequea de papel de arroz con dos caracteres exticos, trazados con
tinta china, en los que reconoc inmediatamente la tarjeta de visita de
Hop-Sing. La traduccin de todo aquello era la siguiente:

     Las puertas de mi casa no estn cerradas para el forastero; el
     jarrn de arroz est a la izquierda y los dulces a la derecha de la
     entrada.

El maestro dio estas dos sentencias:

La hospitalidad es la virtud del hijo y la sabidura de los
     padres.

El cuerdo es tierno de corazn; despus de recogida la cosecha,
     celebra una fiesta.

Si ves al forastero en tu cercado de melones, no le observes muy
     de cerca; dejar de atender es, a menudo, la ms alta forma de
     sabidura.

Felicidad, paz y prosperidad.--_Hop-Sing._

Me veo obligado a confesar que, despus de una traduccin muy libre, me
encontr en grave aprieto para llevar a inmediata ejecucin el mensaje
que se me diriga. Por sabios y juiciosos que fuesen los citados
adagios, me qued, como vulgarmente se dice, en ayunas, respecto a lo
que quera indicarme Hop-Sing, el ms sombro de todos los humoristas,
como buen filsofo chino. Por fortuna, descubr un tercer papel, doblado
en forma de esquela, conteniendo algunas palabras en ingls, escritas
con letra corrida de Hop-Sing. Decan:

     Espera que honrar usted con su asistencia el nmero... de la
     calle de Sacramento, el viernes prximo a las ocho de la
     noche.--_Hop-Sing._

     Una taza de te a las nueve en punto.

Eso me dio la clave de todo. Se trataba de una visita al almacn de
Hop-Sing, la apertura y exposicin de algunas raras curiosidades y
novedades chinas, una sesin en el despacho posterior de la casa, una
taza de te, de bondad desconocida fuera de estos sagrados lugares,
cigarros y una visita al teatro o templo budhista. En efecto, ste era
el programa favorito de Hop-Sing, cuando estaba en el ejercicio de su
hospitalidad, como agente principal o superintendente de la Compaa
Ning-Fu.

El da prefijado y a las ocho en punto entraba en el almacn de
Hop-Sing. La casa estaba embalsamada de ese misterioso olor, agradable e
indefinible, de los gneros extranjeros; vease all la acostumbrada
exposicin de objetos de apariencia rara, la interminable procesin de
lozas y porcelanas, la caprichosa hermandad de lo grotesco y de lo
matemticamente acabado y exacto, las manifestaciones sin fin de la
frivolidad frgil; la falta de armona cromtica, cada cosa con su
coloracin extraa y peculiar. Enormes cometas en forma de dragones y
gigantescas mariposas; otras tan ingeniosamente dispuestas, que a
intervalos lanzaban, al entrar de cara al viento, el grito del halcn;
algunas tan grandes que era imposible que ningn muchacho pudiera
dominarlas, tan grandes que hacan comprender el por qu en China echar
los cometas es una diversin para los mayores; mitologa de porcelana y
bronce tan desastrosamente fea que, por la misma imposibilidad de serlo,
no despertaban ni simpata humana ni sentimiento alguno de piedad;
jarros de dulce cubiertos completamente por pensamientos morales de Buda
y de Confucio; sombreros que se parecan a cestos, y cestos que se
parecan a sombreros; sedas tan tenues y delicadas que no me atrevo a
decir el increble nmero de yardas cuadradas que podran atravesar a la
vez un anillo infantil. Estos y muchos otros objetos indescriptibles me
eran conocidos. Prosegu mi camino a travs del almacn parcamente
alumbrado, hasta llegar al despacho posterior o saln, donde encontr a
Hop-Sing que me recibi con su afabilidad peculiar.

No entrar en su descripcin sin que el lector ilustrado deseche de su
mente toda suerte de ideas que acerca de los chinos pueda haber
adquirido en obras y representaciones tendenciosas. No vesta sus
piernas con festoneados calzoncillos llenos de campanillas, jams he
encontrado un chino que los llevase, no adelantaba constantemente su
dedo ndice extendido en ngulo recto con el cuerpo, ni siquiera lo he
odo jams proferir la misteriosa frase _Ching a ring a ring chaw_, ni
bailaba como aqullos a la ms leve indicacin. Ms bien era, en
conjunto, un caballero grave, decoroso y de toda respetabilidad. Su
color, que se extenda por toda la cabeza hasta su larga trenza, se
pareca al de un hermossimo papel agarbanzado y lustroso, y eran sus
ojos negros y penetrantes. Tena nariz recta y delicadamente formada, la
boca pequea, los dientes menudos y limpios, y cejas inclinadas en
ngulo de quince grados. Su vestido caracterstico era una blusa de seda
azul oscuro, y para la calle, en das fros, una corta chaqueta de piel
de Astrakn. En las piernas no llevaba ms que unas polainas de brocado
azul estrechamente ceidas a las pantorrillas y tobillos; hubirase
dicho que aquella maana se le haba olvidado ponerse los pantalones,
pero eran tan seoriles sus modales, que disimulaban por completo la
pretendida falta de aqullos. Aunque de gravedad espartana, era persona
fina y hablaba con facilidad el ingls y el francs. En suma, dudo que
hubieran ustedes podido encontrar a otro igual a este tendero pagano
entre los cristianos de su clase en San Francisco. Algunas personas ms
haba all. Un juez de la Audiencia Federal, un oficial superior del
Gobierno, un rico comerciante y un editor. Luego que hubimos bebido
nuestro te y probado algunos dulces de un artstico jarrn, Hop-Sing se
levant, y haciendo gravemente sea de que lo siguiramos, indconos que
bajsemos al stano con l. Una vez all, nos sorprendi verlo
brillantemente iluminado y con algunas sillas dispuestas en crculo
sobre el liso pavimento. Despus que nos hubo hecho sentar, dijo
ceremoniosamente:

--He invitado a ustedes a presenciar un espectculo que puedo
asegurarles que jams extranjero alguno habr visto, fuera de ustedes.
El prestidigitador de la corte, De-Hinch, lleg ayer maana. Nunca ha
dado funcin fuera del palacio; sin embargo, le he pedido que divirtiera
a mis amigos esta noche y ha accedido gustoso. Para sus juegos no
necesita de teatro, tablas, accesorios, ni auxiliar alguno, sino slo de
lo que aqu se ve. Reconozcan, seores, y examinen el terreno por s
mismos.

Como es natural, fuimos a examinar aquello. Era el piso bajo usual, o
sea el de los stanos en los almacenes de San Francisco, asfaltado,
para evitar la humedad. Golpeamos el pavimento con nuestros bastones y
tanteamos las paredes para complacer a nuestro poltico husped, no por
otro motivo, pues estbamos del todo conformes en ser vctimas de
cualquier diestro manejo. De m se decir que me senta dispuesto a
dejarme engaar, y si me hubiesen ofrecido una explicacin de lo que
sigui, probablemente la hubiera excusado.

Estoy convencido de que, en conjunto, la funcin de De-Hinch era la
primera de su especie dada en tierra americana; sin embargo, como
seguramente se habr hecho desde entonces tan familiar a alguno de mis
lectores, creo no ser enojoso al insistir sobre ella. Empez por echar
al vuelo, con ayuda de su abanico, un numeroso enjambre de mariposas,
hechas a nuestra vista de pequeos pedacitos de papel de seda, y las
mantuvo en el aire durante el resto de la sesin. Por cierto que el juez
prob de agarrar una, que se haba parado en su rodilla, y escapsele
con la ligereza de un lepidptero de verdad. Y al mismo tiempo
De-Hinch, manejando todava su abanico, sacaba gallinas de sombreros,
escamoteaba naranjas, extraa yardas de seda sin fin, de sus mangas, y
llenaba la superficie del stano de gneros que brotaban misteriosamente
del suelo, de su propio vestido, de la nada. Se trag cuchillos en
menoscabo de su digestin por muchos aos venideros; descoyunt todos
los miembros de su cuerpo y se recost en el aire, como descansando en
el ter. Pero la suerte que coron la funcin, y que hasta ahora no he
visto repetida, fue la ms sorprendente, fantstica y misteriosa. Es mi
apologa por este largo prembulo, mi sola excusa para escribir esta
narracin, el gnesis de este verdico relato.

En un momento, despej el terreno de los objetos que estorbaban, y luego
nos invit a todos a levantarnos y examinarlo nuevamente. Hicmoslo con
gravedad; nada notamos sino el asfaltado pavimento. Despus pidi que le
prestaran un pauelo, y como por casualidad me encontraba yo ms cerca
de l le ofrec el mo. Tomolo en sus manos y extendiolo abierto en el
suelo, despleg sobre l un gran cuadro de seda, y sobre ste, de nuevo,
un gran chal, que cubra casi todo el terreno libre. Situose despus en
uno de los vrtices de este rectngulo, y principi un canto montono,
mecindose de aqu para all al comps de una lgubre meloda. Esperamos
inmviles, y, dominando el canto, oamos las campanas de los relojes de
la ciudad, y las sacudidas de un carro que rodaba por la calle sobre
nuestras cabezas. La inquieta expectacin; la opaca y misteriosa media
luz del stano, cernindose de una manera fantstica sobre el bulto
disforme de una deidad china en el fondo; el somnoliento aroma del opio
mezclado con el olor de especias y la incertidumbre de lo que realmente
estbamos esperando, nos sobrecogan con estremecimientos de instintivo
temor: nos mirbamos unos a otros con forzada sonrisa. El malestar
lleg a su colmo cuando Hop-Sing, levantndose despacio, seal con el
dedo el centro del chal, sin decir la menor palabra.

Haba algo debajo del chal! Y algo que antes no estaba all; al
principio, un imperceptible relieve, de contornos indefinidos, pero
creciendo ms y ms distinto y visible a cada instante que pasaba. El
canto continuaba an; el sudor comenzaba a correr por la cara del
cantor; por momentos el escondido objeto iba adquiriendo forma y cuerpo,
que elevaba el chal en su centro unas cuantas pulgadas del suelo. Era ya
indudablemente el contorno de un pequeo pero perfecto cuerpo humano con
los brazos y piernas abiertos. Palidecimos y nos sentamos inquietos; al
fin, el editor rompi el silencio con un chiste que, por pobre que
fuera, recibimos con espontnea alegra. Ces de repente el canto, y
De-Hinch, con un rpido y diestro movimiento, arrebat chal y seda, y
descubri, durmiendo pacficamente sobre mi pauelo, un diminuto
arrapiezo.

El estrepitoso aplauso que sigui a este descubrimiento debieron dejar
satisfecho a De-Hinch, aun cuando era reducido su auditorio; por lo
menos, fue bastante ruidoso para despertar a la criatura, un bonito nio
de cosa de un ao de edad, que pareca una estatuita de Cupido. Fue
arrebatado casi tan misteriosamente como haba aparecido. Cuando
Hop-Sing me devolvi, con un saludo, mi pauelo, le pregunt si el
prestidigitador era padre del tierno infante.

--Quin sabe!--dijo el impasible Hop-Sing, recurriendo a esa frmula
espaola de ambigedad tan comn en California.

--Pero tiene una criatura nueva para cada funcin?--repuse.

--Acaso! Quin sabe?

--Pero qu ser de ste?

--Lo que ustedes quieran, seores--replic Hop-Sing, haciendo una corts
reverencia.--Naci aqu; ustedes son sus padrinos.

Por aquella poca en que corra el ao 1856, dos particularidades
caracterizaban a la sociedad californiana. Estar pronta a comprender una
indirecta y manifestarse generosa hasta la prodigalidad en cualquier
llamamiento altruista. Por srdido y avaro que el individuo fuera, no
poda resistir tan imperiosa influencia. As es que dobl las puntas de
mi pauelo convirtindolo en un saco, dej caer dentro una moneda, y,
sin decir palabra, lo pas al juez, quien aadi sencillamente otra
moneda de oro de veinte pesos y la pas a su vecino; cuando el pauelo
volvi a mis manos contena una cantidad respetable que entregu
inmediatamente a Hop-Sing.

--Para el recin nacido, de parte de sus padrinos.

--Pero qu nombre le daremos?--dijo el juez.

Con un derroche de alusiva erudicin, hubo un tiroteo de Erebo, Nox,
Platn, Terracota, Anteo, etc., etc. Por ltimo, dejamos que decidiera
nuestro husped la cuestin.

--No ha nacido de De-Hinch? Pues por qu no darle su propio
nombre?--dijo tranquilamente.

Y as se hizo.

De este modo naci De-Hinch en esta verdica crnica, en la noche del
viernes 5 de marzo de 1856.

Acababa de entrar en prensa la ltima pgina de _La Estrella del Norte_
de 19 de julio de 1865, nica publicacin diaria editada en Klamath
County, y a las tres de la maana dejaba yo a un lado mis manuscritos y
pruebas, preparndome para irme a casa, cuando debajo de algunas hojas
de papel que separaba, descubr una carta. No llevaba sello alguno de
correo y el sobre estaba algo sucio, pero no me fue difcil reconocer la
letra de Hop-Sing, mi antiguo amigo. Abrilo apresuradamente y le lo
siguiente:

     Distinguido amigo: No s si el dador le convendr para el cargo de
     diablo en su diario; si esta plaza no es puramente del oficio, creo
     que rene todas las cualidades apetecibles. Es activo, listo e
     inteligente; comprende el ingls mejor que lo habla, y es capaz de
     compensar cualquier defecto con el hbito de observacin y su
     espritu imitativo. No hay ms que ensearle una vez cmo se hace
     una cosa y la repetir, sea buena o mala. Pero ya le conoce, usted
     es uno de sus padrinos; es De-Hinch, el hijo putativo del
     prestidigitador De-Hinch, a cuyas representaciones tuve el honor
     de invitarle; aunque quiz olvidado ya.

     Procurar mandarlo con una partida de _culis_ a Stocktown y de
     all por expreso a esa ciudad. Me har grandsimo favor si puede
     utilizarlo aqu y probablemente le salvar la vida, que en la
     actualidad est amenazada, gracias a los miembros ms jvenes de su
     cristiana y altamente civilizada raza, que asisten en San Francisco
     a los modernos e instructivos colegios.

     Est muy versado en el ejercicio de la profesin De-Hinch, que
     sigui por algunos aos, hasta que se hizo sobrado grande para
     entrar en la manga de su padre, o bailar en un sombrero. El dinero
     que tan generosamente le fue entregado lo he gastado en su
     educacin; ha ledo de cabo a rabo los Clsicos, pero creo que sin
     gran provecho: sabe poco de Lao-Ts y absolutamente nada de
     Confucio. Adems, por descuido de su padre, se asoci, tal vez
     demasiado, con nios americanos.

     Era mi intencin contestar antes por correo a su carta; pero he
     pensado que el mismo De-Hinch poda ser el portador de la misiva.

     Su amigo y respetuoso servidor,

     _Hop-Sing._

En tales trminos contest Hop-Sing a mi carta. Pero, dnde estaba el
portador? Por qu arte misterioso fue entregada? Consult
inmediatamente con el aprendiz, los impresores y el regente, pero no
saqu nada en claro; nadie haba visto la carta, ni saba cosa alguna
del que la trajo. Pocos das despus recib la visita de Ah-Ri, el
lavandero.

--Usted querer diablo? Bueno; yo tomar l.

Momentos despus, volvi con un nio chino, listo en apariencia, cuyo
aspecto inteligente me hizo tan buena impresin que lo contrat en
seguida. Cuando estuvo cerrado el trato, le pregunt su nombre.

--De-Hinch--dijo el muchacho.

--Pero, eres t el nio enviado por Hop-Sing? Cmo diablos no has
venido hasta ahora? Cmo has entregado la carta?

De-Hinch me mir con una sonrisa.

--Yo tirar parte arriba ventana.

No lo comprenda. Me mir por un momento perplejo, y luego, arrancndome
la carta de la mano se desliz rpidamente por la escalera. Al cabo de
un momento, con gran sorpresa ma, la carta entr volando por la
ventana, dio dos veces la vuelta por la habitacin y luego se pos
suavemente como un pjaro sobre mi escritorio. No repuesto an de la
sorpresa, De-Hinch reapareci, sonrindose, mir la carta, luego me
mir a m, y exclam:

--As, hombre.

Y no aadi una palabra ms. Este fue su primer acto oficial.

La hazaa que voy a relatar, siento tener que decirlo, no tuvo un xito
igualmente placentero. Uno de nuestros habituales repartidores cay
enfermo, y en el apuro se mand a De-Hinch que desempease
interinamente sus funciones. Con objeto de evitar equivocaciones, la
noche anterior le ensearon la ruta, y al amanecer le entregaron el
nmero ordinario de ejemplares para repartir. Al cabo de una hora volvi
de buen humor y sin los peridicos, diciendo que estaban ya todos en
poder de los subscriptores.

Pero, por desgracia para De-Hinch, a cosa de las ocho de la noche,
empezaron a llegar a la redaccin subscriptores con indignada faz.
Haban recibido sus ejemplares; pero, de qu modo? Pasando a travs del
vidrio de las ventanas, en forma de balas de can fuertemente
comprimidas, dndoles de lleno en la cara, como una pelota del juego de
_football_ si por casualidad se encontraban asomados; por cuartas
partes, metidas por ventanas distintas; incluso los haban encontrado en
la chimenea, clavados contra la puerta, en las ventanas de las
buhardillas, en los terrados, embutidos en los ventiladores,
introducidos en forma de arrolladas cerillas por el ojo de la cerradura,
y anegados en los jarros con la leche matinal. Uno de aquellos
furibundos subscriptores que esper algn tiempo a la puerta de la
redaccin, al efecto de tener una entrevista personal con De-Hinch (a
la sazn, para mayor seguridad, encerrado bajo llave en mi habitacin),
djome con lgrimas de rabia en los ojos, que a las cinco le haba
despertado una gritera horrible debajo de sus ventanas; que al
levantarse, muy agitado, dejole estupefacto la aparicin repentina de
_La Estrella del Norte_, y doblada en forma de _boomerang_, o sea
cachiporra de la India Oriental, y fuertemente arrollada, que entr
disparada por la ventana, describi en el cuarto un nmero infinito de
crculos, ech la luz por tierra, dio un cachete en la cara al nio, le
sacudi a l en la mejilla y luego sali por la ventana opuesta y cay,
finalmente, en el patio, falto de impulso. Durante el resto del da,
aparecieron en la redaccin los ejemplares de _La Estrella del Norte_ de
la edicin de aquella maana, en fragmentos de papel sucios y estrujados
que traa indignada la suscripcin. De aquel modo se perdi tambin un
admirable artculo sobre Los recursos de Humboldt County que haba yo
compuesto la noche antes, y que, sin duda alguna, hubiera cambiado el
aspecto de los negocios del ao siguiente y llevado a la bancarrota a
los muelles de San Francisco.

Por tal motivo se juzg que deba mantenerse encerrado a De-Hinch en la
imprenta reducindolo a la parte puramente mecnica del oficio. All, en
poco tiempo, desarroll maravillosa actividad y aptitud, granjendose,
al fin, el favor y buena voluntad de los impresores y del regente, que
al principio tenan como de la mayor gravedad y trascendencia poltica
su iniciacin en los secretos del arte de Guttemberg. Muy pronto
aprendi a componer los tipos, ayudndolo en la operacin mecnica su
extraordinaria destreza en la prestidigitacin; su ignorancia del
idioma pareca serle ms favorable que perjudicial, aseverando el axioma
de impresor, de que el cajista que sigue las ideas del original, es un
psimo operario. A menudo y deliberadamente, solan darle largas
diatribas contra l mismo, que sus compaeros de trabajo colgaban del
gancho de su caja como original, pasndole inadvertidas frases tan
lacnicas como stas: De-Hinch es hijo del mismsimo diablo,
De-Hinch es un bribn amarillo, y me traa an la prueba tan
contento, brillando sus ojos y sacando a relucir sus dientes con una
sonrisa de satisfaccin.

No pas, sin embargo, mucho tiempo sin que se desquitara de sus
malvolos perseguidores, y una vez estuvo en un tris de que sus
represalias me envolvieran en un serio disgusto. El regente de la
imprenta se llamaba Webster, y De-Hinch pronto aprendi a reconocer al
individuo y las letras combinadas de su apellido. En lo ms reido de
una campaa poltica, el elocuente y fogoso coronel Armando, de Siskyon,
haba hecho un discurso sensacional que fue especialmente taquigrafiado
para _La Estrella del Norte_. En el transcurso de la peroracin, el
coronel Armando haba dicho: yo, como el sublime Webster, repetir...
y aqu segua la cita que no recuerdo ahora. Pues bien, De-Hinch,
mirando casualmente la galera, despus de revisado el discurso, vio el
nombre de su principal perseguidor, y como es natural, imagin que era
de l la frase que se transcriba. Una vez el molde en prensa,
De-Hinch aprovech la ausencia de Webster para quitar la cita y
sustituirla con una delgada tirita de plomo del mismo tamao del tipo,
grabada con caracteres chinos, formando una frase que, segn creo, era
una denigrante y completa declaracin de la incapacidad y repugnancia de
aquel funcionario, acompaada, en cambio, de una clusula laudatoria de
su propia personalidad.

A la maana siguiente, el peridico contena ntegro el discurso del
coronel Armando, en el que se lea que el sublime Webster, en cierta
ocasin, haba expresado sus pensamientos en un chino excelente pero del
todo incomprensible. La rabia del coronel Armando no tuvo lmites. Tengo
un vivo recuerdo de cuando aquel hombre y orador admirable entr en mi
despacho y me pidi una retractacin del aserto estampado.

--Pero seor de mi alma--le dije:--Est usted pronto a negar bajo su
firma que Webster haya pronunciado semejante frase? Se atrever usted a
negar que, entre los notorios conocimientos de Webster, no estaba
comprendido el idioma de los hijos del celeste imperio? Quiere usted
someter una traduccin adecuada a nuestros lectores y negar bajo palabra
de honor, que el gran Webster haya expresado jams tales conceptos? Si
lo desdea, caballero, estoy pronto a publicar su rplica.

El pundonoroso militar no lo quiso, pero se march indignado. En cuanto
a Webster, el regente, lo tom con ms sangre fra: felizmente ignoraba
que durante dos das los chinos de los lavaderos, de las mineras, de
las cocinas, miraban por la puerta de los talleres con la cara radiante
de malicia; incluso que nos hicieron un pedido de trescientos ejemplares
sueltos de _La Estrella del Norte_, para los lavaderos de la poblacin.
Tan slo observ que durante el da a De-Hinch, de vez en cuando, le
atacaban espasmos convulsivos, que se vio obligado a reprimir dndole de
puntapis y otros argumentos contundentes. Algunos das despus del
suceso, llam a mi presencia a De-Hinch.

--De-Hinch--dije con gravedad,--quisiera que para mi propia
satisfaccin me tradujeras aquella frase china que mi privilegiado
compatriota, el divino Webster, pronunci pblicamente en cierta solemne
ocasin.

Mirome el chino fijamente y sus negros ojos centellearon.

Despus contest gravemente.

--Seor, Webster dice:--Nio chino hacer yo muy tonto. Nio chino hacer
mi muy enfermo.

Sin embargo, temo que est retratando una parte y no la mejor del
carcter de De-Hinch. Segn me refiri, haba sido la suya una vida muy
dura y accidentada. No conoci la niez ni tena noticia de sus padres.
Educolo el prestidigitador De-Hinch, pasando los siete primeros aos de
su vida saliendo de cestos, cayndose de sombreros, subiendo por escalas
y dislocando sus tiernos miembros a fuerza de colocarse en violentas
actitudes. Criado en una atmsfera de engao y artificio, consideraba a
los hombres como perennes vctimas de sus sentidos; en fin, si hubiese
pensado algo ms, para su edad hubiera sido un cnico; con unos aos ms
habra sido un escptico, y ms tarde, cuando viejo, hubiese llegado a
filsofo. A la sazn era un diablejo: un diablejo bien humorado, es
verdad! diablejo cuya naturaleza moral nadie model, un diablejo en
huelga, dispuesto a adoptar la virtud como un entretenimiento. Que yo
sepa, no tena conciencia de su alma; era muy supersticioso; llevaba
consigo un horrible dios de porcelana, pequeo, al que tena costumbre
de insultar o de invocar, segn crea procedente. Adems, era demasiado
inteligente para seguir los vicios ordinarios chinos de robar, o de
mentir mecnicamente. Sea cual fuere la doctrina que practicase, no
tena otro gua que su razn.

Opino que no le faltaba sensibilidad, aunque era casi imposible alcanzar
de l expresin alguna que la diera a conocer, y debo confesar en
conciencia, que tena apego a los que eran buenos para con l. Difcil
sera determinar a qu podra haber llegado en condiciones ms
favorables que las de esclavo de un periodista poco retribuido y
abrumado de trabajo; solamente s que reciba las escasas e irregulares
muestras de bondad que le conceda con suma gratitud. Leal y paciente,
posea dos cualidades de que carecen la generalidad de los criados
americanos. Mi persona le haba inspirado siempre grave deferencia y
respeto; solamente una vez, despus de provocarlo, recuerdo que dio
muestras de alguna impaciencia. Por la noche, cuando me retiraba del
despacho, sola llevrmelo a mis habitaciones, para que me sirviera de
portador de cualquier adicin o pensamiento feliz que pudiera
ocurrrseme antes de que pasaran las cuartillas a la imprenta. Recuerdo
que una vez haba estado yo borroneando papel hasta mucho ms tarde de
la hora a que acostumbraba a despedir a De-Hinch, y habaseme olvidado
completamente su presencia en la silla al lado de la puerta, cuando de
pronto lleg a mis odos una voz en tono quejumbroso, que deca:

--Chylee.

Volvime maquinalmente.

--Qu dices?

--Yo decir: Chylee!

--Y qu?--dije con impaciencia.

--Usted saber, cmo est, John?

--S.

--Usted saber, tanto tiempo John?

--S.

--Bueno, pues; Chylee! es lo mismo!

Lo comprend claramente. De-Hinch deseaba acostarse y se vala de
aquella palabra para dar las buenas noches. Sin embargo, un instinto de
picarda que posea yo lo mismo que l, me impeli a obrar como si no
comprendiera la indirecta; murmur algo en este sentido, y me inclin
otra vez sobre mis papeles. A los pocos minutos o que sus suelas de
madera pataleaban sobre el entarimado. Mirelo: estaba junto a la puerta,
de pie.

--Usted no saber, Chylee?

--No--dije con fingida seriedad.

--Usted ser mucho grande tonto! Todo igual!

Y se larg, asustado por su propia audacia.

No obstante, a la maana siguiente, apareci como siempre, dcil y
sumiso, y no le record su defeccin. Probablemente, como ofrenda de
paz, limpi todas mis botas, deber que nunca le haba exigido, incluy
en el obsequio un par de zapatos y unas inmensas botas de montar, todo
de piel de ante, sobre las cuales tuvo ocasin de expiar durante dos
horas sus remordimientos.

He hablado de su honradez como cualidad ms inteligente que moral, pero
recuerdo dos excepciones. Para cambiar la pesada alimentacin usual de
los pueblos mineros, deseaba yo comer huevos frescos, y sabiendo que los
paisanos de De-Hinch eran celebrados por sus criaderos de aves de
corral, me dirig a l con tal fin. Cada da me trajo huevos, pero se
neg a recibir paga de ninguna especie, diciendo que el hombre no los
venda, ejemplo extraordinario de abnegacin, pues los huevos valan
entonces medio peso cada uno. Una maana, mi vecino Forster, hzome
durante el almuerzo una visita, y con esta ocasin lament su mala
suerte, pues sus gallinas haban cesado de poner, o bien l no saba dar
con los nidales. De-Hinch que estaba presente durante nuestro
coloquio, conserv el grave y caracterstico silencio de costumbre. Pero
cuando mi vecino se hubo marchado, se volvi hacia m, con una ligera
risa, diciendo:

--Gallinas de Flostel, gallinas de De-Hinch, todo es igual.

Despus, en una temporada de grandes irregularidades en los correos,
De-Hinch me haba odo deplorar los retardos en la entrega de mi
correspondencia. Un da, al llegar a mi despacho, me sorprend de
encontrar la mesa cubierta de cartas, acabadas de llegar por el correo,
pero desgraciadamente ninguna de ellas llevaba mi direccin. Volvime
hacia De-Hinch, que las estaba contemplando tranquilamente satisfecho y
le ped una aclaracin. Seal a mis ojos espantados un saco de correos,
vaco en un rincn, y dijo:

--Cartero dice siempre: No hay cartas, John, no hay cartas, John!
Cartero mucho mentir! Cartero ser intil. Yo anoche tomar saco de
cartas, todo igual!

Por fortuna, era an temprano y no haban hecho el reparto; tuve una
precipitada entrevista con el jefe de Correos sobre el atrevido atentado
de De-Hinch, al robar la correspondencia de la Unin. Con la compra de
un nuevo saco de correos, qued solventado el asunto.

Cuando volv a San Francisco, despus de colaborar durante dos aos en
_La Estrella del Norte_, hubiese podido dar por terminada mi misin,
llevndolo conmigo a De-Hinch, si no lo hubiese impedido el profundo
cario que le profesaba. Adems, no creo que hubiese visto con gusto el
cambio, y lo atribu a un temor nervioso de la aglomeracin de gente,
pues cuando tena que cruzar la ciudad para algn recado, daba un gran
rodeo por los barrios extremos. Lo atribu tambin al horror de la
disciplina del colegio anglochino, al cual me propuse enviarlo; a su
cario por la vida libre y vagabunda de las minas, o a mera inclinacin
natural. Hasta mucho tiempo despus, no se me ocurri que fuera por
presentimiento.

Pareca haber llegado ya la ocasin que tanto esperaba y anhelaba. Poda
colocar a De-Hinch, bajo influencias suavemente restrictivas, someterlo
a una vida y enseanza que le inclinara al bien ms que mis mal
reguladas bondades y cuidado superficial. De-Hinch ingres en la
escuela de un misionero chino, pastor inteligente y bondadoso, que haba
demostrado gran inters por el chico, y quien, sobre todo, cifraba en l
firmes esperanzas. Acogiole en su casa una pobre viuda, con una sola
hija, de uno o dos aos menos que De-Hinch. Esta criatura, lista,
alegre, inocente y sin artificio, fue la que toc el corazn al muchacho
y despert la susceptibilidad moral que haba permanecido insensible a
los sermones del telogo y a las enseanzas de la sociedad.

De-Hinch debi ser feliz aquellos breves meses, ricos en promesas que
no vimos cumplidas. Tena para su pequea amiga la misma supersticiosa
adoracin, aunque no el mismo capricho, que para su dios pagano, de
porcelana. Senta una inefable dicha en caminar tras de ella hasta el
colegio, llevndole los libros, servicio siempre acompaado de algn
cachete, debido a las pequeas manos de sus hermanos de raza mogol.
Construa para ella los ms maravillosos juguetes, recortaba de
zanahorias y de nabos las ms sorprendentes flores y figuras, haca de
pepitas de meln, gallinas como naturales, construa abanicos y cometas,
y era singularmente diestro en cortar para las muecas fastuosos
vestidos de papel. Ella, por su parte, jugaba tambin con l; le
enseaba canciones y lindezas, diole para su trenza una cinta amarilla,
la que mejor sentaba a su color; leale cuentos y narraciones y lo
llevaba consigo a la clase del domingo; en oposicin a los precedentes
de la escuela y a manera de las mujeres mayores, triunfaba en esta
innovacin. Sera mi deseo poder aadir que consigui que se convirtiera
y que lo hizo abandonar su dolo de porcelana; pero estoy contando una
historia verdad. La nia se contentaba con inspirarle su cristiana
bondad, sin dejarle ver que estaba ya convertido. De modo, que hicieron
muy buenas migas la nia cristiana con su dorada cruz colgando de su
blanca garganta, y el amarillo idlatra, con su horrible deidad de
porcelana escondido en las profundidades de su vestidura.

El ao de 1869 se recordar por mucho tiempo en San Francisco; durante
dos das, una turba de sus ciudadanos se arrojaron sobre extranjeros
indefensos, los mataron porque eran extranjeros y de otra raza, religin
y color, y porque ofrecan su sudor al precio que podan obtener de l.
Magistrados hubo tan pusilnimes, que se figuraron que haba llegado el
fin del mundo; hubo hombres de Estado, eminentes, cuyos nombres me
avergenzo de escribir aqu, que dudaron de que el artculo de la
Constitucin que garantiza a todo ciudadano extranjero la libertad civil
y religiosa, era un principio moral incontrovertible. Sin embargo, no
faltaron hombres no tan fciles de asustar, y que en veinticuatro horas
arreglaron las cosas de manera que los tmidos pudieran estrecharse las
manos con seguridad, y los eminentes estadistas proferir sus dudas sin
daar a nada ni a nadie. Por aquellos das, recib una esquela de
Hop-Sing, rogndome que fuese en seguida a verlo.

Su almacn estaba cerrado y defendido contra los ataques posibles de los
revoltosos por numerosa polica. Hop-Sing me recibi con su habitual e
imperturbable tranquilidad, pero, segn me pareci, con mayor gravedad
que de ordinario. Con el mayor silencio, me tom de la mano y me condujo
al fondo de la habitacin y de all por las escaleras al stano. Reinaba
en su interior casi una completa oscuridad, pero se distingua algo
tendido en el suelo, cubierto por un chal. Cuando me acerqu retir el
chal bruscamente y descubri a De-Hinch, el idlatra, tendido all
exnime!

Muerto, mis queridos amigos, muerto!... Maltratado hasta morir en las
calles de San Francisco, en el ao de gracia de mil ochocientos sesenta
y nueve, por una banda de colegiales cristianos!... nios de su
edad!...

Con el corazn conmovido puse mi mano sobre su pecho, sent algo que se
desmenuzuba bajo su blusa y mir interrogativamente a mi acompaante.
Hop-Sing introdujo su mano entre los pliegues de seda, y con la nica
sonrisa de amargura que vi jams en el rostro de aquel caballero pagano,
retir un objeto de porcelana.

Era el dolo de De-Hinch, hecho trizas por una piedra de aquellos
iconoclastas cristianos.


FIN

FOOTNOTES:

[Nota 1: Bolsa de Smith.]

[Nota 2: San Francisco.]

[Nota 3: Diminutivo de Alejandro.]

[Nota 4: Dique arenoso.]

[Nota 5: Dase el nombre de _flats_ a los depsitos de aluviones
aurferos.]

[Nota 6: rbol del pas.]

[Nota 7: Canal formado con tablas de madera, por donde se dejan
correr, disgregadas con agua, las tierras aurferas pasando sobre
mercurio donde se amalgama el oro.]

[Nota 8: Partidario del Convenant.]

[Nota 9: Juego de cartas, en California.]

[Nota 10: Juego de azar americano.]

[Nota 11: El supuesto jugador.]

[Nota 12: En ingls _ass_, borrico.]

[Nota 13: Nombre humorstico que se da a los inmigrantes chinos.]

[Nota 14: Por _bureau_.]

[Nota 15: Agente de polica.]



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