The Project Gutenberg EBook of Sangre y arena, by Vicente Blasco Ibez

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Title: Sangre y arena

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: October 21, 2008 [EBook #26983]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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VINCENTE BLASCO IBAEZ

SANGRE
Y ARENA

(NOVELA)

135.000 EJEMPLARES

[Illustration]

PROMETEO
Germanas, 33.--VALENCIA
(Published in Spain)

ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproduccin, traduccin
y adaptacin.

Copyright 1919, by V. Blasco Ibez.




I


Como en todos los das de corrida, Juan Gallardo almorz temprano. Un
pedazo de carne asada fue su nico plato. Vino, ni probarlo: la botella
permaneci intacta ante l. Haba que conservarse sereno. Bebi dos
tazas de caf negro y espeso, y encendi un cigarro enorme, quedando con
los codos en la mesa y la mandbula apoyada en las manos, mirando con
ojos soolientos a los huspedes que poco a poco ocupaban el comedor.

Haca algunos aos, desde que le dieron la alternativa en la Plaza de
Toros de Madrid, que vena a alojarse en el mismo hotel de la calle de
Alcal, donde los dueos le trataban como si fuese de la familia, y
mozos de comedor, porteros, pinches de cocina y viejas camareras le
adoraban como una gloria del establecimiento. All tambin haba
permanecido muchos das--envuelto en trapos, en un ambiente denso
cargado de olor de yodoformo y humo de cigarros--a consecuencia de dos
cogidas; pero este mal recuerdo no le impresionaba. En sus
supersticiones de meridional sometido a continuos peligros, pensaba que
este hotel era de buena sombra y nada malo le ocurrira en l.
Percances del oficio; rasgones en el traje o en la carne; pero nada de
caer para siempre, como haban cado otros camaradas, cuyo recuerdo
turbaba sus mejores horas.

Gustaba en los das de corrida, despus del temprano almuerzo, de
quedarse en el comedor contemplando el movimiento de viajeros: gentes
extranjeras o de lejanas provincias, rostros indiferentes que pasaban
junto a l sin mirarle y luego volvanse curiosos al saber por los
criados que aquel buen mozo de cara afeitada y ojos negros, vestido como
un seorito, era Juan Gallardo, al que todos llamaban familiarmente el
_Gallardo_, famoso matador de toros. En este ambiente de curiosidad
distraa la penosa espera hasta la hora de ir a la plaza. Qu tiempo
tan largo! Estas horas de incertidumbre, en las que vagos temores
parecan emerger del fondo de su nimo, hacindole dudar de s mismo,
eran las ms amargas de la profesin. No quera salir a la calle,
pensando en las fatigas de la corrida y en la precisin de mantenerse
descansado y gil; no poda entretenerse en la mesa, por la necesidad de
comer pronto y poco para llegar a la plaza sin las pesadeces de la
digestin.

Permaneca en la cabecera de la mesa con la cara entre las manos y una
nube de perfumado humo ante los ojos, girando stos de vez en cuando con
cierta fatuidad para mirar a algunas seoras que contemplaban con
inters al famoso torero.

Su orgullo de dolo de las muchedumbres crea adivinar elogios y halagos
en estas miradas. Le encontraban guapo y elegante. Y olvidando sus
preocupaciones, con el instinto de todo hombre acostumbrado a adoptar
una postura soberbia ante el pblico, erguase, sacuda con las uas la
ceniza del cigarro cada sobre sus mangas y arreglbase la sortija que
llenaba toda la falange de uno de sus dedos, con un brillante enorme
envuelto en nimbo de colores, cual si ardiesen con mgica combustin sus
claras entraas de gota de agua.

Sus ojos pasebanse satisfechos sobre su persona, admirando el terno de
corte elegante, la gorra con la que andaba por el hotel cada en una
silla cercana, la fina cadena de oro que cortaba la parte alta del
chaleco de bolsillo a bolsillo, la perla de la corbata, que pareca
iluminar con lechosa luz el tono moreno de su rostro, y los zapatos de
piel de Rusia dejando al descubierto, entre su garganta y la boca del
recogido pantaln, unos calcetines de seda calada y bordada como las
medias de una cocota.

Un ambiente de perfumes ingleses suaves y vagorosos, esparcidos con
profusin, emanaba de sus ropas y de las ondulaciones de su cabello
negro y brillante, que Gallardo se atusaba sobre las sienes, adoptando
una postura triunfadora ante la femenil curiosidad. Para torero no
estaba mal. Sentase satisfecho de su persona. Otro ms distinguido y
con mayor ngel para las mujeres!...

Pero de pronto reaparecan sus preocupaciones, apagbase el brillo de
sus ojos, y volva a sumir la barba en las manos, chupando tenazmente el
cigarro, con la mirada perdida en la nube de tabaco. Pensaba
codiciosamente en la hora del anochecer, deseando que viniese cuanto
antes; en la vuelta de la plaza, sudoroso y fatigado, pero con la
alegra del peligro vencido, los apetitos despiertos, una ansia loca de
placer y la certeza de varios das de seguridad y descanso. Si Dios le
protega cual otras veces, iba a comer con el apetito de sus tiempos de
hambre, se emborrachara un poco, ira en busca de cierta muchacha que
cantaba en un _music-hall_, y a la que haba visto en otro viaje, sin
poder frecuentar su amistad. Con esta vida de continuo movimiento de
un lado a otro de la Pennsula, no quedaba tiempo para nada.

Fueron entrando en el comedor amigos entusiastas que antes de ir a
almorzar a sus casas deseaban ver al diestro. Eran viejos aficionados,
ansiosos de figurar en una bandera y tener un dolo, que haban hecho
del joven Gallardo su matador y le daban sabios consejos, recordando a
cada paso su antigua adoracin por _Lagartijo_ o por _Frascuelo_.
Hablaban de t al espada con protectora familiaridad, y ste les
responda anteponiendo el _don_ a sus nombres, con la tradicional
separacin de clases que existe an entre el torero, surgido del
subsuelo social, y sus admiradores. El entusiasmo de aquellas gentes iba
unido a remotas memorias, para hacer sentir al joven diestro la
superioridad de los aos y de la experiencia. Hablaban de la plaza
vieja de Madrid, donde slo se conocieron toros y toreros de verdad;
y aproximndose a los tiempos presentes, temblaban de emocin recordando
al negro. Este negro era _Frascuelo_.

--Si hubieses visto aqullo!... Pero entonces t y los de tu poca
estabais mamando o no habais nacido.

Otros entusiastas iban entrando en el comedor, con msero pelaje y cara
famlica: revisteros obscuros en peridicos que slo conocan los
lidiadores a quienes se dirigan sus elogios y censuras; gentes de
problemtica profesin, que aparecan apenas circulaba la noticia de la
llegada de Gallardo, asedindolo con elogios y peticiones de billetes.
El comn entusiasmo confundales con los otros seores, grandes
comerciantes o funcionarios pblicos, que discutan con ellos
acaloradamente las cosas del toreo, sin sentirse intimidados por su
aspecto de pedigeos.

Todos, al ver al espada, le abrazaban o le estrechaban la mano, con
acompaamiento de preguntas y exclamaciones.

--Juanillo... cmo sigue Carmen?

--Gena, grasias.

--Y la mamita? La seora Angustias?

--Tan famosa, grasias. Est en _La Rincon_.

--Y tu hermana y los sobrinillos?

--Sin nove, grasias.

--Y el mamarracho de tu cuado?

--Geno tambin. Tan hablador como siempre.

--Y de familia nueva? No hay esperanza?

--Na... Ni esto.

Haca crujir una ua entre sus dientes con enrgica expresin negativa,
y luego iba devolviendo sus preguntas al recin llegado, cuya vida
ignoraba ms all de sus aficiones al toreo.

--Y la familia de ust, gena tambin?... Vaya, me alegro. Sintese y
tome argo.

Luego preguntaba por el aspecto de los toros que iban a lidiarse dentro
de unas horas, pues todos estos amigos venan de la plaza de presenciar
el apartado y enchiqueramiento de las bestias; y con una curiosidad
profesional peda noticias del Caf Ingls, donde se reunan muchos
aficionados.

Era la primera corrida de la temporada de primavera, y los entusiastas
de Gallardo mostraban grandes esperanzas, haciendo memoria de las
reseas que haban ledo en los peridicos narrando sus triunfos
recientes en otras plazas de Espaa. Era el torero que tena ms
contratas. Desde la corrida de Pascua de Resurreccin en Sevilla--la
primera importante del ao taurino--que andaba Gallardo de plaza en
plaza matando toros. Despus, al llegar Agosto y Septiembre, tendra que
pasar las noches en el tren y las tardes en los redondeles, sin tiempo
para descansar. Su apoderado de Sevilla andaba loco, asediado por cartas
y telegramas, no sabiendo cmo armonizar tanta peticin de contratas
con las exigencias del tiempo.

La tarde anterior haba toreado en Ciudad Real, y vestido an con el
traje de luces metiose en el tren, para llegar por la maana a Madrid.
Una noche casi en claro, durmiendo a ratos, encogido en el pedazo de
asiento que le dejaron los pasajeros apretndose para dar algn descanso
a aquel hombre que al da siguiente iba a exponer su vida.

Los entusiastas admiraban su resistencia fsica y el coraje temerario
con que se lanzaba sobre los toros en el momento de matar.

--Vamos a ver qu haces esta tarde--decan con su fervor de creyentes--.
La aficin espera mucho de ti. Vas a quitar muchos moos... A ver si
ests tan bueno como en Sevilla.

Fueron despidindose los admiradores, para almorzar en sus casas y
llegar temprano a la corrida. Gallardo, vindose solo, se dispuso a
subir a su cuarto, a impulsos de la movilidad nerviosa que le dominaba.
Un hombre llevando dos nios de la mano transpuso la mampara de
cristales del comedor, sin prestar atencin a las preguntas de los
criados. Sonrea serficamente al ver al torero, y avanzaba tirando de
los pequeos, fijos los ojos en l, sin percatarse de dnde pona los
pies. Gallardo le reconoci.

--Cmo est ust, compare?

Y a continuacin todas las preguntas de costumbre para enterarse de si
la familia estaba buena. Luego, el hombre se volvi a sus hijos,
dicindoles con gravedad:

--Ah le tenis. No estis preguntando siempre por l?... Lo mismo que
en los retratos.

Y los dos pequeos contemplaron religiosamente al hroe tantas veces
visto en las estampas que adornaban las habitaciones de su pobre casa:
ser sobrenatural, cuyas hazaas y riquezas fueron su primera admiracin
al darse cuenta de las cosas de la vida.

--Juanillo, bsale la mano al padrino.

El ms pequeo de los nios choc contra la diestra del torero un hocico
rojo, recin frotado por la madre con motivo de la visita. Gallardo le
acarici la cabeza con distraccin. Uno de los muchos ahijados que tena
en Espaa. Los entusiastas le obligaban a ser padrino de pila de sus
hijos, creyendo asegurar de este modo su porvenir. Exhibirse de bautizo
en bautizo era una de las consecuencias de su gloria. Este ahijado le
traa el recuerdo de su mala poca, cuando empezaba la carrera,
guardando al padre cierta gratitud por la fe que haba puesto en l
cuando todos le discutan.

--Y los negocios, compare?--pregunt Gallardo--. Marchan mejor?

El aficionado torci el gesto. Iba viviendo gracias a sus corretajes en
el mercado de la plaza de la Cebada: viviendo nada ms. Gallardo mir
compasivamente su triste pelaje de pobre endomingado.

--Ust querr ver la corra, eh, compare?... Suba a mi cuarto y que le
d _Garabato_ una entrada... Adis, gen mozo!... Pa que os compris
una cosilla.

Y al mismo tiempo que el ahijado le besaba de nuevo la diestra, el
matador entreg con la otra mano a los dos muchachos un par de duros. El
padre tir de la prole con excusas de agradecimiento, no acertando a
expresar en sus confusas razones si el entusiasmo era por el regalo a
los nios o por el billete para la corrida que iba a entregarle el
criado del diestro.

Gallardo dej transcurrir algn tiempo, para no encontrarse en su cuarto
con el entusiasta y sus hijos. Luego mir el reloj. La una! Cunto
tiempo faltaba para la corrida!...

Al salir del comedor y dirigirse a la escalera, una mujer envuelta en un
mantn viejo sali de la portera del hotel, cerrndole el paso con
resuelta familiaridad, sin hacer caso de las protestas de los
dependientes.

--Juaniyo!... Juan! No me conoses?... Soy la _Caracola_, la se
Dolores, la mare del probesito _Lechuguero_.

Gallardo sonri a la vieja, negruzca, pequea y arrugada, con unos ojos
intensos de brasa, ojos de bruja, habladora y vehemente. Al mismo
tiempo, adivinando la finalidad de toda su palabrera, se llev una mano
al chaleco.

--Miserias, hijo! Probezas y agonas!... Denque supe que toreabas hoy,
me dije: Vamos a ver a Juaniyo, que no habr olvidao a la mare de su
probesito compaero... Pero qu guapo ests, gitano! As se van las
mujeres totas detrs de ti, condenao... Yo, muy mal, hijo. Ni camisa
yevo. Entoava no ha entrao hoy por mi boca mas que un poco de Cazaya.
Me tienen por lstima en casa de la _Pepona_, que es de all... de la
tierra. Una casa muy decente: de a cinco duros. Ven por all, que te
apresian de veras. Peino a las chicas y hago recaos a los seores...
Ay, si viviera mi probe hijo! Te acuerdas de Pepiyo?... Te acuerdas
de la tarde en que muri?...

Gallardo, luego de poner un duro en su seca mano, pugnaba por huir de
esta charla, que comenzaba a temblar con estremecimientos de llanto.
Maldita bruja! Venir a recordarle en da de corrida al pobre
_Lechuguero_, camarada de los primeros aos, al que haba visto morir
casi instantneamente de una cornada en el corazn en la plaza de
Lebrija, cuando los dos toreaban como novilleros! Vieja de peor
sombra!... La empuj, y ella, pasando del enternecimiento a la alegra
con una inconsciencia de pjaro, prorrumpi en requiebros entusiastas a
los mozos valientes, a los buenos toreros que se llevan el dinero de los
pblicos y el corazn de las hembras.

--La reina de las Espaas te mereces, hermoso!... Ya pu tener los
ojiyos bien abiertos la se Carmen. El mejor da te roba una gach y no
te degerve... No me daras un billete pa esta tarde, Juaniyo? Con las
ganas que tengo de verte mat, resalao!...

Los gritos de la vieja y sus entusiastas arrumacos, haciendo rer a los
empleados del hotel, rompieron la severa consigna que retena en la
puerta de la calle a un grupo de curiosos y pedigeos, atrados por la
presencia del torero. Atropellando mansamente a los criados, se col en
el vestbulo una irrupcin de mendigos, de vagos y de vendedores de
peridicos.

Los pilluelos, con los paquetes de impresos bajo un brazo, se quitaban
la gorra, saludando con entusistica familiaridad.

--El _Gallardo_!Ol el _Gallardo_!... Vivan los hombres!

Los ms audaces le cogan una mano, se la estrechaban fuertemente y la
agitaban en todas direcciones, deseosos de prolongar lo ms posible este
contacto con el grande hombre nacional, al que haban visto retratado en
los papeles pblicos. Luego, para hacer partcipes de esta gloria a los
compaeros, les invitaban rudamente.

--Chcale la mano! No se enfada. Si es de lo ms simptico!...

Y les faltaba poco, en su respeto, para arrodillarse ante el matador.
Otros curiosos, de barba descuidada, vestidos con ropas viejas que
haban sido elegantes en su origen, movan los rotos zapatos en torno
del dolo e inclinaban hacia l sus sombreros grasientos, hablndole en
voz baja, llamndole don Juan, para diferenciarse de la entusiasta e
irreverente golfera. Al hablarle de sus miserias solicitaban una
limosna, o, ms audaces, le pedan, en nombre de su aficin, un billete
para la corrida, con el propsito de revenderlo inmediatamente.

Gallardo se defendi riendo de esta avalancha que le empujaba y oprima,
sin que bastasen a libertarle los dependientes del hotel, intimidados
por el respeto que inspira la popularidad. Rebusc en todos sus
bolsillos hasta dejarlos limpios, distribuyendo a ciegas las piezas de
plata entre las manos vidas y en alto.

--Ya no hay ms. Se acab el carbn!... Dejadme, guasones!

Fingindose enfadado por esta popularidad que le halagaba, abriose paso
con un impulso de sus msculos de atleta, y se salv escalera arriba,
saltando los peldaos con agilidad de lidiador, mientras los criados,
libres ya de respetos, barran a empujones el grupo hacia la calle.

Pas Gallardo ante el cuarto que ocupaba _Garabato_, y vio a su criado
por la puerta entreabierta, entre maletas y cajas, preparando el traje
para la corrida.

Al encontrarse solo en su pieza, sinti que se desvaneca
instantneamente la alegre excitacin causada por la avalancha de
admiradores. Llegaban los malos momentos de los das de corrida; la
incertidumbre de las ltimas horas antes de marchar a la plaza. Toros
de Miura, y el pblico de Madrid!... El peligro, que visto de cerca
pareca embriagarle, acrecentando su audacia, angustibale ahora, al
quedar solo, como algo sobrenatural, pavoroso por su misma
incertidumbre.

Sentase anonadado, como si de pronto cayesen sobre l las fatigas de
la mala noche anterior. Tuvo deseos de tenderse en una de las camas que
ocupaban el fondo de la habitacin, pero otra vez la inquietud por lo
que le aguardaba, incierto y misterioso, desvaneci su somnolencia.

Anduvo inquieto por la habitacin y encendi otro habano en los restos
del que acababa de consumir.

Cmo sera para l la temporada de Madrid que iba a comenzar? Qu
diran sus enemigos? Cmo quedaran los rivales de profesin?...
Llevaba muertos muchos miuras: al fin unos toros como los dems; pero
pensaba en los camaradas cados en el redondel, casi todos vctimas de
los animales de esta ganadera. Dichosos miuras! Por algo l y los
otros espadas ponan en sus contratas mil pesetas ms cuando haban de
lidiar este ganado.

Sigui vagando por la habitacin con paso nervioso. Detenase para
contemplar estpidamente objetos conocidos que pertenecan a su
equipaje, y despus se dejaba caer en un silln, como si le acometiese
repentina flojedad. Varias veces mir su reloj. An no eran las dos.
Con qu lentitud pasaba el tiempo!

Deseaba, como un remedio para sus nervios, que llegase cuanto antes la
hora de vestirse y marchar a la plaza. La gente, el ruido, la curiosidad
popular, el deseo de mostrarse sereno y alegre ante la admiracin
pblica, y sobre todo la cercana del peligro real y corpreo, borraban
instantneamente esta angustia del aislamiento, en la cual, el espada,
vindose sin el auxilio de las excitaciones externas, se encontraba con
algo semejante al miedo.

La necesidad de distraerse le hizo rebuscar en el bolsillo interior de
su americana, sacando junto con la cartera un sobrecito que despeda
suave e intenso perfume. De pie junto a una ventana, por la que entraba
la turbia claridad de un patio interior, contempl el sobre que le
haban entregado al llegar al hotel, admirando la elegancia de los
caracteres en que estaba escrita la direccin, finos y esbeltos.

Luego sac el pliego, aspirando con deleite su perfume indefinible. Oh!
Las personas de alto nacimiento y que han viajado mucho, cmo revelan
su seoro inimitable hasta en los menores detalles!...

Gallardo, como si llevase en su cuerpo el acre hedor de miseria de los
primeros aos, se perfumaba con una abundancia escandalosa. Sus enemigos
se burlaban del atltico mocetn, llegando en su apasionamiento a
calumniar la integridad de su sexo. Los admiradores sonrean ante esta
debilidad, pero muchas veces tenan que volver la cara, como mareados
por el excesivo olor del diestro. Toda una perfumera le acompaaba en
sus viajes, y las esencias ms femeniles ungan su cuerpo al descender a
la arena, entre caballos muertos, tripajes sueltos y boigas revueltas
con sangre. Ciertas cocotas entusiastas, a las que conoci en un viaje a
las plazas del Sur de Francia, le haban dado el secreto de mezclas y
combinaciones de extraos perfumes; pero aquella esencia de la carta,
que era la misma de la persona que la haba escrito! aquel olor
misterioso, fino e indefinible, que no poda imitarse, que pareca
emanar del aristocrtico cuerpo, y que l llamaba olor de seora!...

Ley y reley la carta con una sonrisa beatfica, de deleite y de
orgullo. No era gran cosa: media docena de renglones; un saludo desde
Sevilla, desendole mucha suerte en Madrid; una felicitacin anticipada
por sus triunfos. Poda extraviarse la tal carta sin compromiso alguno
para la mujer que la firmaba. Amigo Gallardo al principio, con una
letra elegante que pareca cosquillear los ojos del torero, y al final
su amiga Sol; todo en un estilo framente amistoso, tratndole de
usted, con un amable tono de superioridad, como si las palabras no
fuesen de igual a igual y descendiesen misericordiosas desde lo alto.

El torero, al contemplar la carta con su adoracin de hombre del pueblo
poco versado en la lectura, no poda evitar cierto sentimiento de
molestia, como si se viese despreciado.

--Esta gach!--murmur--. Esta mujer!... No hay quien la desmonte.
Mia t que hablarme de ust!... Ust! Y a m!...

Pero los buenos recuerdos le hicieron sonrer satisfecho. El estilo fro
era para las cartas: costumbres de gran seora, preocupaciones de dama
que haba corrido mucho mundo. Su molestia se trocaba en admiracin.

--Lo que sabe esta mujer! Vaya un bicho de cuidao!...

Y en su sonrisa asomaba una satisfaccin profesional, un orgullo de
domador que, al apreciar la fuerza de la fiera vencida, alaba su propia
gloria.

Mientras Gallardo admiraba la carta, entraba y sala su criado
_Garabato_ llevando ropas y cajas, que dejaba sobre una cama.

Era un mozo silencioso en sus movimientos y gil de manos, que pareca
no reparar en la presencia del matador. Haca algunos aos que
acompaaba al diestro en todas sus correras como mozo de estoques.
Haba comenzado en Sevilla toreando en las capeas al mismo tiempo que
Gallardo; pero los malos golpes estaban reservados para l, as como los
adelantos y la gloria para su compaero. Pequeo, negruzco y de pobre
musculatura, una cicatriz tortuosa y mal unida cortaba cual blancuzco
garabato su cara arrugada y flcida de viejo. Era una cornada que le
haba dejado casi muerto en la plaza de un pueblo, y a esta herida atroz
haba que aadir otras que desfiguraban las partes ocultas de su
cuerpo.

Por milagro sali con vida de sus aficiones de lidiador; y lo ms cruel
era que las gentes rean de sus desgracias, encontrando un placer en
verle pateado y destrozado por los toros. Al fin, su torpeza testaruda
cedi ante la desgracia, conformndose con ser el acompaante, el criado
de confianza de su antiguo camarada. Era el ms ferviente admirador de
Gallardo, aunque abusaba de las confianzas de la intimidad,
permitindose advertencias y crticas. De encontrarse l en la piel del
maestro, lo hubiese hecho mejor en ciertos momentos. Los amigos de
Gallardo hallaban motivos de risa en las ambiciones fracasadas del mozo
de estoques, pero l no prestaba atencin a las burlas. Renunciar a los
toros?... Jams. Para que no se extinguiese del todo la memoria de su
pasado, peinbase el recio pelo en brillantes tufos sobre las orejas y
conservaba luengo en el occipucio el sagrado mechn, la coleta de los
tiempos juveniles, signo profesional que le distingua de los otros
mortales.

Cuando Gallardo se enfadaba con l, su clera ruidosa de impulsivo
amenazaba siempre a este adorno capilar.

--Y t gastas coleta, sinvergensa?... Te voy a cort ese rabo de rata,
desahogao! maleta!

_Garabato_ acoga con resignacin estas amenazas, pero se vengaba de
ellas encerrndose en un silencio de hombre superior, contestando con
encogimientos de hombros a la alegra del maestro cuando ste, al volver
de la plaza en una tarde feliz, preguntaba con satisfaccin infantil:

--Qu te ha pareso? Verd que estuve geno?

De la camaradera juvenil guardaba el privilegio de tutear al amo. No
poda hablar de otro modo al maestro; pero el t iba acompaado de un
gesto grave, de una expresin de ingenuo respeto. Su familiaridad era
semejante a la de los antiguos escuderos con los buscadores de
aventuras.

Torero desde el cuello al cogote, el resto de su persona tena a la vez
de sastre y ayuda de cmara. Vestido con un terno de pao ingls, regalo
del seor, llevaba las solapas cubiertas de alfileres e imperdibles y
clavadas en una manga varias agujas enhebradas. Sus manos secas y
obscuras tenan una suavidad femenil para manejar y arreglar los
objetos.

Cuando hubo colocado sobre la cama todo lo necesario para la vestimenta
del maestro, pas revista a los numerosos objetos, convencindose de que
nada faltaba. Luego se plant en el centro del cuarto, y sin mirar a
Gallardo, como si hablase consigo mismo, dijo con voz bronca y cerrado
acento:

--Las d!

Gallardo levant la cabeza nerviosamente, como si no se hubiese
percatado hasta entonces de la presencia de su criado. Guard la carta
en el bolsillo y aproximose con cierta pereza hacia el fondo del cuarto,
como si quisiera retardar el momento de vestirse.

--Est too?...

Pero de pronto, su cara plida se colore con un gesto violento. Sus
ojos se abrieron desmesuradamente, como si acabase de sufrir el choque
de una sorpresa pavorosa.

--Qu traje has sacao?

_Garabato_ seal a la cama, pero antes de que pudiese hablar, la clera
del maestro cay sobre l, ruidosa y terrible.

--Mardita sea! Pero es que no sabes na de las cosas del ofisio? Es
que vienes de segar?... Corra en Madrid, toros de Miura, y me pones el
traje rojo, el mismo que llevaba el pobre Manuel el _Espartero_... Ni
que fueras mi enemigo, so sinvergensa! Paece como que deseas mi
muerte, malaje!

Y su clera agrandbase as como iba considerando la enormidad de este
descuido, que equivala a un reto a la mala suerte. Torear en Madrid
con traje rojo despus de lo pasado!... Chispeaban sus ojos con fuego
hostil, como si acabase de recibir un ataque traicionero; se coloreaban
sus crneas, y pareca prximo a caer sobre el pobre _Garabato_ con sus
rudas manazas de matador.

Un discreto golpe en la puerta del cuarto cort esta escena.

--Adelante.

Entr un joven vestido de claro, con roja corbata, y llevando el fieltro
cordobs en una mano ensortijada de gruesos brillantes. Gallardo le
reconoci al momento, con esa facilidad que tienen para recordar los
rostros cuantos viven sujetos a las muchedumbres.

Pas, de golpe, de la clera a una amabilidad sonriente, como si
experimentase dulce sorpresa con la visita. Era un amigo de Bilbao, un
aficionado entusiasta, partidario de su gloria. Esto era todo lo que
poda recordar. Pero el nombre? Conoca a tantos! Cmo se llamaba?...
Lo nico que saba ciertamente era que deba tutearle, pues entre los
dos exista una antigua amistad.

--Sintate. Qu sorpresa! Cundo has veno? La familia gena?

Y el admirador se sent, con la satisfaccin de un devoto que entra en
el santuario del dolo, dispuesto a no moverse de all hasta el ltimo
instante, recrendose al recibir el tuteo del maestro, y llamndole Juan
a cada dos palabras, para que muebles, paredes y cuantos pasasen por el
inmediato corredor pudieran enterarse de su intimidad con el grande
hombre. Haba llegado por la maana de Bilbao, y regresaba al da
siguiente. Un viaje nada ms que para ver a Gallardo. Haba ledo sus
grandes xitos: bien empezaba la temporada. La tarde sera buena. Por la
maana haba estado en el apartado, fijndose en un bicho retinto, que
indudablemente dara mucho juego en manos de Gallardo...

Pero el maestro cort con cierta precipitacin estas profecas del
aficionado.

--Con permiso, dispnsame; ahora mismo gervo.

Y sali del cuarto, dirigindose a una puertecilla sin nmero, en el
fondo del pasillo.

--Qu traje pongo?--pregunt _Garabato_ con voz que an pareca ms
bronca por el deseo de mostrarse sumiso.

--El verde, el tabaco, el azul, el que te d la gana.

Y Gallardo desapareci tras la puertecilla, mientras el servidor,
vindose libre de su presencia, sonrea con malicia vengadora. Conoca
este rpido escape al llegar el momento de vestirse. La meada del
miedo, segn decan los del oficio. Y su sonrisa expresaba satisfaccin
al ver una vez ms que los grandes hombres del arte, los valientes,
sufran las angustias de una doble necesidad, producto de la emocin, lo
mismo que l en los tiempos que descenda a los redondeles de los
pueblos.

Mucho rato despus, cuando volvi Gallardo a su pieza, resignado a no
sufrir necesidades dentro de su traje de lidia, encontr a un nuevo
visitante. Era el doctor Ruiz, mdico popular, que llevaba treinta aos
firmando los partes facultativos de todas las cogidas y curando a
cuantos toreros caan heridos en la plaza de Madrid.

Gallardo le admiraba, tenindole por el ms alto representante de la
ciencia universal, al mismo tiempo que se permita cariosas bromas
sobre su carcter bondadoso y el descuido de su persona. Su admiracin
era la misma del populacho, que slo reconoce la sabidura de un hombre
mal pergeado y con rarezas de carcter que le diferencien de los dems.

Era de baja estatura y prominente abdomen, la cara ancha, la nariz algo
aplastada, y una barba en collar, de un blanco sucio y amarillento, todo
lo cual le daba lejana semejanza con la cabeza de Scrates. Al estar de
pie, su vientre abultado y flcido pareca moverse con las palabras
dentro del amplio chaleco; al sentarse, subasele esta parte de su
organismo sobre el flaco pecho. Las ropas, manchadas y viejas a poco de
usarlas, parecan flotar como prendas ajenas sobre su cuerpo inarmnico,
obeso en las partes dedicadas a la digestin y pobre en las destinadas
al movimiento.

--Es un bendito--deca Gallardo--. Un sabio... un chiflao, geno como el
pan, y que nunca tendr una peseta... Da lo que tiene y toma lo que
quieren darle.

Dos grandes pasiones animaban su vida: la revolucin y los toros; una
revolucin vaga y tremenda que haba de venir, no dejando en Europa nada
de lo existente; un republicanismo anarquista que no se tomaba la pena
de explicar, y slo era claro en sus negaciones exterminadoras. Los
toreros le hablaban como a un padre; l los tuteaba a todos, y bastaba
un telegrama llegado de cualquier punto extremo de la Pennsula, para
que al momento el buen doctor tomase el tren y fuese a curar la cornada
recibida por uno de sus chicos, sin ms esperanza de recompensa que lo
que buenamente quisieran darle.

Al ver a Gallardo despus de larga ausencia, lo abraz, estrujando su
flcido abdomen contra aquel cuerpo que pareca de bronce. Ol los
buenos mozos! Encontraba al espada mejor que nunca.

--Y cmo va eso de la Repblica, doct? Cundo viene?--pregunt
Gallardo con sorna andaluza--. El _Nacional_ dice que ya est al caer;
que ser un da de estos.

--Y a ti qu te importa, guasn? Deja en paz al pobre _Nacional_. Ms
le valdra banderillear mejor. A ti lo que debe interesarte es seguir
matando toros como el mismsimo Dios... Buena tardecita se prepara! Me
han dicho que el ganado...

Pero al llegar aqu, el joven que haba visto el apartado y deseaba dar
noticias interrumpi al doctor para hablar de un toro retinto que le
haba dado en el ojo, y del que esperaba las mayores proezas. Los dos
hombres, que haban permanecido largo rato solos en el cuarto y
silenciosos despus de saludarse, quedaron frente a frente, y Gallardo
crey necesaria una presentacin. Pero cmo se llamara aquel amigo al
que hablaba de t?... Se rasc la cabeza, frunciendo las cejas con
expresin reflexiva; pero su indecisin fue corta.

--Oye, t: cmo es tu grasia? Perdona... ya ves, con tanta gente!...

El joven ahog bajo una sonrisa de aprobacin su desencanto al verse
olvidado del maestro y dio su nombre. Gallardo, al orle, sinti que el
pasado vena de golpe a su memoria, y repar el olvido aadiendo tras el
nombre: rico minero de Bilbao. Luego present al famoso doctor Ruiz;
y los dos hombres, como si se conociesen toda la vida, unidos por el
entusiasmo de la comn aficin, comenzaron a charlar sobre el ganado de
la tarde.

--Sintense usts--dijo Gallardo sealando un sof en el fondo de la
habitacin--. Ah no estorban. Hablen y no se ocupen de m. Voy a
vestirme. Me paece que entre hombres!...

Y se despoj de su traje, quedando en ropas interiores. Sentado en una
silla, en medio del arco que separaba el saloncito de la alcoba, se
entreg en manos de _Garabato_, el cual haba abierto un saco de cuero
de Rusia, sacando de l un neceser casi femenil para el aseo del
maestro.

A pesar de que ste iba cuidadosamente afeitado, volvi a enjabonarle la
cara y a pasar la navaja por sus mejillas con la celeridad del que est
habituado a una misma faena diariamente. Luego de lavarse, volvi
Gallardo a ocupar su asiento. El criado inund su pelo de brillantina y
esencias, peinndolo en bucles sobre la frente y las sienes; despus
emprendi el arreglo del signo profesional: la sagrada coleta.

Pein con cierto respeto el largo mechn que coronaba el occipucio del
maestro, lo trenz, e interrumpiendo la operacin, lo fij con dos
horquillas en lo alto de la cabeza, dejando su arreglo definitivo para
ms adelante. Haba que ocuparse ahora de los pies, y despoj al
lidiador de sus calcetines, dejndole sin ms ropas que una camiseta y
unos calzones de punto de seda.

La recia musculatura de Gallardo marcbase bajo estas ropas con
vigorosas hinchazones. Una oquedad en un muslo delataba la profunda
cicatriz, la carne desaparecida bajo una cornada. Sobre la piel morena
de los brazos marcbanse con manchas blancas los vestigios de antiguos
golpes. El pecho, obscuro y limpio de vello, estaba cruzado por dos
lneas irregulares y violceas, que eran tambin recuerdo de sangrientos
lances. En un tobillo, la carne tena un tinte violceo, con una
depresin redonda, como si hubiese servido de molde a una moneda. Aquel
organismo de combate exhalaba un olor de carne limpia y brava mezclado
con fuertes perfumes de mujer.

_Garabato_, con un brazo lleno de algodones y blancos vendajes, se
arrodill a los pies del maestro.

--Lo mismo que los antiguos gladiadores--dijo el doctor Ruiz,
interrumpiendo su conversacin con el bilbano--. Ests hecho un romano,
Juan.

--La ed, doct--contest el espada con cierta melancola--. Nos hacemos
viejos. Cuando yo peleaba con los toros y con el hambre no necesitaba de
esto, y tena pies de hierro en las capeas.

_Garabato_ introdujo entre los dedos del maestro pequeas vedijas de
algodn; luego cubri las plantas y la parte superior de los pies con
una planchuela de esta blanda envoltura, y tirando de las vendas comenz
a envolverlos en apretadas espirales, lo mismo que aparecen envueltas
las antiguas momias. Para fijar esta operacin, ech mano de las agujas
enhebradas que llevaba en una manga y cosi minuciosamente los extremos
de los vendajes.

Gallardo golpe el suelo con los pies apretados, que parecan ms firmes
dentro de su blanda envoltura. Sentalos en este encierro fuertes y
giles. El criado se los introdujo en altas medias que le llegaban a
mitad del muslo, gruesas y flexibles como polainas, nica defensa de las
piernas bajo la seda del traje de lidia.

--Cuida de las arrugas... Mira, _Garabato_, que no me gusta yevar
bolsas.

Y l mismo, puesto de pie, intentaba verse por las dos caras en un
espejo cercano, agachndose para pasar las manos por las piernas y
borrar las arrugas. Sobre las medias blancas _Garabato_ introdujo las de
seda color rosa, las nicas que quedaban visibles en el traje de torero.
Luego, Gallardo meti sus pies en las zapatillas, escogindolas entre
varios pares que _Garabato_ haba puesto sobre un cofre, todas con la
suela blanca, completamente nuevas.

Ahora comenzaba realmente la tarea de vestirse. El criado le ofreci los
calzones de lidia cogidos por sus extremos: dos pernales de seda color
tabaco con pesados bordados de oro en sus costuras. Gallardo se
introdujo en ellos, quedando pendientes sobre sus pies los gruesos
cordones que cerraban las extremidades, rematados por borlajes de oro.
Estos cordones, que apretaban el calzn por debajo de la rodilla,
congestionando la pierna con un vigor artificial, se llamaban los
machos.

Gallardo recomend a su criado que apretase sin miedo, hinchando al
mismo tiempo los msculos de sus piernas. Esta operacin era una de las
ms importantes. Un matador debe llevar bien apretados los machos. Y
_Garabato_, con gil presteza, dej convertidos en pequeos colgantes
los cordones enrollados e invisibles bajo los extremos del calzn.

El maestro se meti en la fina camisa de batista que le ofreca el
criado, con rizadas guirindolas en la pechera, suave y transparente como
una prenda femenil. _Garabato_, luego de abrocharla, hizo el nudo de la
larga corbata, que descenda como una lnea roja, partiendo la pechera,
hasta perderse en el talle del calzn. Quedaba lo ms complicado de la
vestimenta, la faja, una banda de seda de ms de cuatro metros, que
pareca llenar toda la habitacin, manejndola _Garabato_ con la
maestra de la costumbre.

El espada fue a colocarse junto a sus amigos, al otro lado del cuarto, y
fij en su cintura uno de los extremos.

--A ver: mucha atencin--dijo a su criado--. Que haiga su poquiyo de
habili.

Y dando vueltas lentamente sobre sus talones, fue aproximndose al
criado, mientras la faja, sostenida por ste, se arrollaba a su cintura
en curvas regulares, que iban dando al talle mayor esbeltez. _Garabato_,
con rpidos movimientos de mano, cambiaba la posicin de la banda de
seda. En unas vueltas la faja se arrollaba doblada, en otras
completamente abierta, y toda ella ajustbase al talle del matador,
lisa y como de una pieza, sin arrugas ni salientes. En el curso del
viaje rotatorio, Gallardo, escrupuloso y descontentadizo en el arreglo
de su persona, detena su movimiento de traslacin para retroceder dos o
tres vueltas, rectificando el trabajo.

--No est bien--deca con mal humor--. Mardita sea!... Pon cuidao,
_Garabato_!

Despus de muchos altos en el viaje, Gallardo lleg al final, llevando
en la cintura toda la pieza de seda. El gil mozo haba cosido y puesto
imperdibles y alfileres en todo el cuerpo del maestro, convirtiendo sus
vestiduras en una sola pieza. Para salir de ellas deba recurrir el
torero a las tijeras y a manos extraas. No podra despojarse de una
sola de sus prendas hasta volver al hotel, a no ser que lo hiciese un
toro en plena plaza y acabasen de desnudarlo en la enfermera.

Sentose Gallardo otra vez y _Garabato_ la emprendi con la coleta,
librndola del sostn de las horquillas y unindola a la moa, falso
rabo con negra escarapela que recordaba la antigua redecilla de los
primeros tiempos del toreo.

El maestro, como si quisiera retardar el momento de encerrarse
definitivamente en el traje, desperezbase, peda a _Garabato_ el
cigarro que haba abandonado sobre la mesita de noche, preguntaba la
hora, creyendo que todos los relojes iban adelantados.

--An es pronto... Entoava no han yegao los chicos... No me gusta ir
temprano a la plaza. Le dan a uno cada lata cuando est all
esperando!...

Un criado del hotel anunci que esperaba abajo el carruaje con la
cuadrilla.

Era la hora. No haba pretexto para retardar el momento de la partida.
Se puso sobre la faja el chaleco de borlaje de oro, y encima de ste la
chaquetilla, una pieza deslumbrante, de enormes realces, pesada cual una
armadura y fulguradora de luz como un ascua. La seda color de tabaco
slo quedaba visible en la parte interna de los brazos y en dos
tringulos de la espalda. Casi toda la pieza desapareca bajo la gruesa
capa de muletillas y bordados de oro formando flores con piedras de
color en sus corolas. Las hombreras eran pesadsimos bloques de ureo
bordado, de las que pendan arambeles del mismo metal. El oro se
prolongaba hasta en los bordes de la pieza, formando compactas franjas
que se estremecan a cada paso. En la boca dorada de los bolsillos
asomaban las puntas de dos pauelos de seda, rojos como la corbata y la
faja.

--La montera.

_Garabato_ sac con gran cuidado de una caja ovalada la montera de
lidia, negra y rizosa, con sus dos borlas pendientes a modo de orejas de
pasamanera. Gallardo se cubri con ella, cuidando de que la moa
quedase al descubierto, pendiendo simtricamente sobre la espalda.

--El capote.

De encima de una silla cogi _Garabato_ el capote llamado de paseo, la
capa de gala, un manto principesco de seda del mismo color que el traje
y tan cargado como ste de bordados de oro. Gallardo se lo puso sobre un
hombro y se mir al espejo, satisfecho de sus preparativos. No estaba
mal... A la plaza!

Sus dos amigos se despidieron apresuradamente, para tomar un coche y
seguirle. _Garabato_ se meti bajo un brazo un gran lo de trapos rojos,
por cuyos extremos asomaban las empuaduras y conteras de varias
espadas.

Al descender Gallardo al vestbulo del hotel, vio la calle ocupada por
numeroso y bullente gento, como si acabase de ocurrir un gran suceso.
Adems, lleg hasta l el zumbido de la muchedumbre que permaneca
oculta ms all del rectngulo de la puerta.

Acudi el dueo del hotel y toda su familia con las manos tendidas, como
si le despidieran para un largo viaje.

--Mucha suerte! Que le vaya a usted bien!

Los criados, suprimiendo las distancias a impulsos del entusiasmo y la
emocin, tambin le estrechaban la diestra.

--Buena suerte, don Juan!

Y l volvase a todos lados sonriente, sin dar importancia a la cara de
espanto de las seoras del hotel.

--Grasias, muchas grasias. Hasta luego.

Era otro. Desde que se haba puesto sobre un hombro su capa
deslumbrante, una sonrisa desenfadada iluminaba su rostro. Estaba
plido, con una palidez sudorosa semejante a la de los enfermos; pero
rea, satisfecho de vivir y de marchar hacia el pblico, adoptando su
nueva actitud con la facilidad instintiva del que necesita un gesto para
mostrarse ante la muchedumbre.

Contonebase con arrogancia, chupando el puro que llevaba en la mano
izquierda; mova las caderas al andar bajo su hermosa capa, pisando
fuerte, con una petulancia de buen mozo.

--Vaya, cabayeros... dejen usts paso! Muchas grasias, muchas grasias.

Y procuraba librar su traje de sucios contactos al abrirse camino entre
una muchedumbre de gentes mal vestidas y entusiastas que se agolpaban a
la puerta del hotel. No tenan dinero para ir a la corrida, pero
aprovechaban la ocasin de dar la mano al famoso Gallardo o tocar
siquiera algo de su traje.

Junto a la acera aguardaba un coche tirado por cuatro mulas
vistosamente enjaezadas con borlajes y cascabeles. _Garabato_ se haba
izado ya en el pescante con su lo de muletas y espadas. En el interior
estaban tres toreros con la capa sobre las rodillas, vistiendo trajes de
colores vistosos, bordados con igual profusin que el del maestro, pero
slo de plata.

Gallardo, entre empellones de la ovacin popular, teniendo que
defenderse con los codos de las vidas manos, lleg al estribo del
carruaje, siendo ayudado en su ascensin por un entusiasmo que le
acariciaba el dorso con violentos contactos.

--Buenas tardes, cabayeros--dijo brevemente a los de su cuadrilla.

Se sent atrs, junto al estribo, para que todos pudieran contemplarle,
y sonri, contestando con movimientos de cabeza a los gritos de algunas
mujeres desarrapadas y al corto aplauso que iniciaron los chicuelos
vendedores de peridicos.

El carruaje arranc con todo el mpetu de las valientes mulas, llenando
la calle de alegre cascabeleo. La muchedumbre se abra para dejar paso a
las bestias, pero muchos se abalanzaron al carruaje como si quisieran
caer bajo sus ruedas. Agitbanse sombreros y bastones: un
estremecimiento de entusiasmo corri por el gento; uno de esos
contagios que agitan y enloquecen a las masas en ciertas horas, haciendo
gritar a todos sin saber por qu:

--Ol los hombres valientes!... Viva Espaa!

Gallardo, siempre plido y risueo, saludaba, repitiendo muchas
grasias, conmovido por el contagio del entusiasmo popular y orgulloso
de su valer, que una su nombre al de la patria.

Una manga de golfos y greudas chicuelas sigui al coche a todo correr
de sus piernas, como si al final de la loca carrera les esperase algo
extraordinario.

Desde una hora antes, la calle de Alcal era a modo de un ro de
carruajes entre dos orillas de apretados peatones que marchaban hacia el
exterior de la ciudad. Todos los vehculos, antiguos y modernos,
figuraban en esa emigracin pasajera, revuelta y ruidosa: desde la
antigua diligencia, salida a luz como un anacronismo, hasta el
automvil. Los tranvas pasaban atestados, con racimos de gente
desbordando de sus estribos. Los mnibus cargaban pasajeros en la
esquina de la calle de Sevilla, mientras en lo alto voceaba el
conductor: A la plaza! a la plaza! Trotaban con alegre cascabeleo
las mulas emborladas tirando de carruajes descubiertos con mujeres
puestas de mantilla blanca y encendidas flores; a cada instante sonaba
una exclamacin de espanto viendo salir inclume, con agilidad simiesca,
de entre las ruedas de un carruaje, algn chicuelo que pasaba a saltos
de una acera a otra, desafiando la veloz corriente de vehculos. Gruan
las trompas de los automviles; gritaban los cocheros; pregonaban los
vendedores de papeles la hoja con la estampa e historia de los toros que
iban a lidiarse, o los retratos y biografas de los toreros famosos, y
de vez en cuando una explosin de curiosidad hinchaba el sordo zumbido
de la muchedumbre. Entre los obscuros jinetes de la Guardia municipal
pasaban vistosos caballeros sobre flacos y mseros rocines, con las
piernas enfundadas de amarillo, doradas chaquetas y anchos sombreros de
castor con gruesa borla a guisa de escarapela. Eran los picadores, rudos
jinetes de aspecto montaraz, llevando encogido a la grupa, tras la alta
silla moruna, una especie de diablo vestido de rojo, el mono sabio, el
servidor que haba conducido la cabalgadura hasta su casa.

Las cuadrillas pasaban en coches abiertos, y los bordados de los
toreros, reflejando la luz de la tarde, parecan deslumbrar a la
muchedumbre, excitando su entusiasmo. Ese es Fuentes. Ese es el
_Bomba_. Y las gentes, satisfechas de la identificacin, seguan con
mirada vida el alejamiento de los carruajes, como si fuese a ocurrir
algo y temiesen llegar tarde.

Desde lo alto de la calle de Alcal vease la ancha va en toda
rectitud, blanca de sol, con filas de rboles que verdeaban al soplo de
la primavera, los balcones negros de gento y la calzada slo visible a
trechos bajo el hormigueo de la muchedumbre y el rodar de los coches
descendiendo a la Cibeles. En este punto elevbase otra vez la cuesta,
entre arboledas y grandes edificios, y cerraba la perspectiva, como un
arco triunfal, la puerta de Alcal, destacando su perforada mole blanca
sobre el espacio azul, en el que flotaban, cual cisnes solitarios,
algunas vedijas de nubes.

Gallardo iba silencioso en su asiento, contestando al gento con una
sonrisa inmvil. Despus del saludo a los banderilleros no haba hablado
palabra. Ellos tambin estaban silenciosos y plidos, con la ansiedad de
lo desconocido. Al verse entre toreros, dejaban a un lado, por intiles,
las gallardas necesarias ante el pblico.

Una misteriosa influencia pareca avisar a la muchedumbre el paso de la
ltima cuadrilla que iba hacia la plaza. Los pilluelos que corran tras
el coche aclamando a Gallardo haban quedado rezagados, deshacindose el
grupo entre los carruajes; pero a pesar de esto, las gentes volvan la
cabeza, como si adivinasen a sus espaldas la proximidad del clebre
torero, y detenan el paso, alinendose en el borde de la acera para
verle mejor.

En los coches que rodaban delante volvan sus cabezas las mujeres, como
avisadas por el cascabeleo de las mulas trotadoras. Un rugido informe
sala de ciertos grupos que detenan el paso en las aceras. Deban ser
exclamaciones entusiastas. Algunos agitaban los sombreros; otros
enarbolaban garrotes, movindolos como si saludasen.

Gallardo contestaba a todos con su sonrisa de mueca, pero pareca no
darse cuenta, en su preocupacin, de estos saludos. A su lado iba el
_Nacional_, el pen de confianza, un banderillero, mayor que l en diez
aos, hombretn rudo, de unidas cejas y gesto grave. Era famoso entre la
gente del oficio por su bondad, su hombra de bien y sus entusiasmos
polticos.

--Juan, no te quejars de Madr--dijo el _Nacional_--.Te has hecho con
el pblico.

Pero Gallardo, como si no le oyese y deseara exteriorizar los
pensamientos que le preocupaban, contest:

--Me da er corasn que esta tarde va a haber argo.

Al llegar a la Cibeles se detuvo el coche. Vena un gran entierro por el
Prado, camino de la Castellana, cortando la avalancha de carruajes de la
calle de Alcal.

Gallardo psose an ms plido, contemplando con ojos azorados el paso
de la cruz y el desfile de los sacerdotes, que rompieron a cantar
gravemente, al mismo tiempo que miraban, unos con aversin, otros con
envidia, a toda esa gente olvidada de Dios que corra a divertirse.

El espada se apresur a quitarse la montera, imitndole sus
banderilleros, menos el _Nacional_.

--Pero mardita sea!--grit Gallardo--. Descbrete, condenao!

Le miraba furioso, como si fuese a pegarle, convencido por una confusa
intuicin de que esta rebelda iba a atraer sobre l las mayores
desgracias.

--Geno, me la quito--dijo el _Nacional_ con una fosquedad de nio
contrariado, luego que vio alejarse la cruz--. Me la quito... pero es al
muerto.

Permanecieron detenidos mucho tiempo para dejar pasar al largo cortejo.

--Mala pata!--murmur Gallardo con voz temblona de clera--. A quin
se le ocurre traer un entierro por el camino de la plaza?... Mardita
sea! Cuando digo que hoy pasa argo!

El _Nacional_ sonri, encogindose de hombros.

--Superstisiones y fanatismos... Dios u la Naturaleza no se ocupan de
esas cosas.

Estas palabras, que irritaron an ms a Gallardo, desvanecieron la grave
preocupacin de los otros toreros, los cuales comenzaron a burlarse del
compaero, como en todas las ocasiones en que sacaba a colacin su frase
favorita Dios u la Naturaleza.

Al quedar libre el paso, el carruaje emprendi una marcha veloz a todo
correr de sus mulas, pasando entre los otros vehculos que afluan a la
plaza. Al llegar a sta, torci a la izquierda, dirigindose a la puerta
llamada de Caballerizas, que daba a los corrales y a las cuadras,
teniendo que marchar a paso lento entre el compacto gento. Otra ovacin
a Gallardo cuando descendi del coche, seguido de sus banderilleros.
Manotazos y empellones para salvar su traje de sucios contactos;
sonrisas de saludo; ocultaciones de la diestra, que todos queran
estrechar.

--Paso, cabayeros! Muchas grasias!

El amplio corral entre el cuerpo de la plaza y el muro de las
dependencias estaba lleno de pblico que antes de ocupar sus asientos
quera ver de cerca a los toreros. Sobre las cabezas del gento emergan
a caballo los picadores y los alguaciles con sus trajes del siglo XVII.
A un lado del corral alzbanse edificios de ladrillo de un solo piso,
con parras sobre las puertas y tiestos de flores en las ventanas: un
pequeo pueblo de oficinas, talleres, caballerizas y casas en las que
vivan los mozos de cuadra, los carpinteros y dems servidores del
circo.

El diestro avanz trabajosamente entre los grupos. Su nombre pasaba de
boca en boca con exclamaciones de entusiasmo.

--Gallardo!... Ya est ah el _Gallardo_! Ol! Viva Espaa!

Y l, entregado por completo al culto del pblico, avanzaba
contonendose, sereno cual un dios, alegre y satisfecho, como si
asistiese a una fiesta en su honor.

Dos brazos se arrollaron a su cuello, al mismo tiempo que asaltaba su
olfato un fuerte hedor de vino.

--Cachondo!... Gracioso! Vivan los mozos valientes!

Era un seor de buen aspecto, un burgus que haba almorzado con sus
amigos y hua de la risuea vigilancia de stos, que le observaban a
pocos pasos de distancia. Reclin su cabeza en el hombro del espada, y
as permaneci, como si en tal posicin fuese a dormirse de entusiasmo.
Los empujones de Gallardo y los tirones de los amigos libraron al espada
de este abrazo interminable. El borracho, al verse separado de su dolo,
rompi en gritos de entusiasmo. Ol los hombres! Que vinieran all
todas las naciones del mundo a admirar a toreros como aqul y a morirse
de envidia.

--Tendrn barcos... tendrn dinero... pero todo mentira! Ni tienen
toros ni mozos como ste, que le arrastran de valiente que es... Ol mi
nio! Viva mi tierra!

Gallardo atraves una gran sala pintada de cal, sin mueble alguno, donde
estaban sus compaeros de profesin rodeados de grupos entusiastas.
Luego se abri paso entre el gento que obstrua una puerta, y entr en
una pieza estrecha y obscura, en cuyo fondo brillaban luces. Era la
capilla. Un viejo cuadro representando la llamada Virgen de la Paloma
ocupaba el frente del altar. Sobre la mesa ardan cuatro velas. Unos
ramos de flores de trapo apolillbanse polvorientos en bcaros de loza
ordinaria.

La capilla estaba llena de gente. Los aficionados de clase humilde
amontonbanse dentro de ella para ver de cerca los grandes hombres.
Mantenanse en la obscuridad con la cabeza descubierta, unos acurrucados
en las primeras filas, otros subidos en sillas y bancos, vueltos en su
mayora de espaldas a la Virgen y mirando vidamente a la puerta para
lanzar un nombre apenas columbraban el brillo de un traje de luces.

Los banderilleros y picadores, pobres diablos que iban a exponer su vida
lo mismo que los maestros, apenas levantaban con su presencia un leve
murmullo. Slo los aficionados fervorosos conocan sus apodos.

De pronto, un prolongado zumbido, un nombre repitindose de boca en
boca:

--Fuentes!... Ese es el _Fuentes_!

Y el elegante torero, con su esbelta gentileza, suelta la capa sobre el
hombro, avanz hasta el altar, doblando una rodilla con elegancia
teatral, reflejndose las luces en el blanco de sus ojos gitanescos,
echando atrs la figura recogida, graciosa y gil. Luego de hecha su
oracin y de persignarse se levant, marchando de espaldas hasta la
puerta, sin perder de vista la imagen, como un tenor que se retira
saludando al pblico.

Gallardo era ms simple en sus emociones. Entr montera en mano, la capa
recogida, contonendose con no menos arrogancia; pero al verse ante la
imagen puso las dos rodillas en tierra, entregndose a su oracin, sin
acordarse de los centenares de ojos fijos en l. Su alma de cristiano
simple estremecase con el miedo y los remordimientos. Pidi proteccin
con el fervor de los hombres sencillos que viven en continuo peligro y
creen en toda clase de influencias adversas y protecciones
sobrenaturales. Por primera vez en todo el da, pens en su mujer y en
su madre. La pobre Carmen, all en Sevilla, esperando el telegrama! La
seora Angustias, tranquila con sus gallinas, en el cortijo de _La
Rinconada_, sin saber ciertamente dnde toreaba su hijo!... Y l con el
terrible presentimiento de que aquella tarde iba a ocurrirle algo!...
Virgen de la Paloma! Un poco de proteccin. El sera bueno, olvidara
lo otro, vivira como Dios manda.

Y fortalecido su espritu supersticioso con este arrepentimiento intil,
sali de la capilla, emocionado an, con los ojos turbios, sin ver a la
gente que le obstrua el paso.

Fuera, en la pieza donde esperaban los toreros, le salud un seor
afeitado, vestido con un traje negro que pareca llevar con cierta
torpeza.

--Mala pata!--murmur el torero, siguiendo adelante--. Cuando digo que
hoy pasa argo!...

Era el capelln de la plaza, un entusiasta de la tauromaquia, que
llegaba con los Santos Oleos bajo la chaqueta. Vena del barrio de la
Prosperidad, escoltado por un vecino que le serva de sacristn a cambio
de un asiento para ver la corrida. Aos enteros llevaba discutiendo con
una parroquia del interior de Madrid que alegaba mejor derecho para
monopolizar el servicio religioso de la plaza. Los das de corrida
tomaba un coche de punto, que pagaba la empresa, metase bajo la
americana el vaso sagrado, escoga por turno entre sus amigos y
protegidos uno a quien agraciar con el asiento destinado al sacristn, y
emprenda la marcha a la plaza, donde le guardaban dos sitios de
delantera junto a las puertas del toril.

El sacerdote entr en la capilla con aire de propietario,
escandalizndose de la actitud del pblico: todos con la cabeza
descubierta, pero hablando en voz alta, y algunos hasta fumando.

--Caballeros, que esto no es un caf. Hagan el favor de salir. La
corrida va a empezar.

Este aviso fue lo que generaliz la dispersin, mientras el sacerdote
sacaba los Oleos ocultos, guardndolos en una caja de madera pintada. El
tambin, apenas hubo ocultado el sacro depsito, sali corriendo, para
ocupar su sitio en la plaza antes de la salida de la cuadrilla.

La muchedumbre haba desaparecido. En el corral slo se vean hombres
vestidos de seda y bordados, jinetes amarillos con grandes castoreos,
alguaciles a caballo, y los mozos de servicio con sus trajes de oro y
azul.

En la puerta llamada de Caballos, bajo un arco que daba salida a la
plaza, formbanse los toreros con la prontitud de la costumbre: los
maestros al frente; luego los banderilleros, guardando anchos espacios;
y tras ellos, en pleno corral, pateaba la retaguardia, el escuadrn
frreo y montaraz de los picadores, oliendo a cuero recalentado y a
boiga, sobre caballos esquelticos que llevaban vendado un ojo. Como
impedimenta de este ejrcito, agitbanse en ltimo trmino las trincas
de mulillas destinadas al arrastre, inquietos y vigorosos animales de
limpio pelaje, cubiertos con armaduras de borlas y cascabeles, y
llevando en sus colleras la ondeante bandera nacional.

En el fondo del arco, sobre las vallas de madera que lo obstruan a
medias, abrase un medio punto azul y luminoso, dejando visible un
pedazo de cielo, el tejado de la plaza y una seccin de gradero con la
multitud compacta y hormigueante, en la que parecan palpitar, cual
mosquitos de colores, los abanicos y los papeles.

Un soplo formidable, la respiracin de un pulmn inmenso, entraba por
esta galera. Un zumbido armnico llegaba hasta all con las
ondulaciones del aire, haciendo presentir cierta msica lejana, ms bien
adivinada que oda.

En los bordes del arco asomaban cabezas, muchas cabezas: las de los
espectadores de los bancos inmediatos, avanzando curiosas para ver
cuanto antes a los hroes.

Gallardo se coloc en fila con los otros dos espadas, cambindose entre
ellos una grave inclinacin de cabeza. No hablaban; no sonrean. Cada
cual pensaba en s mismo, dejando volar la imaginacin lejos de all, o
no pensaba en nada, con ese vaco intelectual producto de la emocin.
Exteriorizaban sus preocupaciones en el arreglo del capote, que no daban
nunca por terminado, dejndolo suelto sobre un hombro, arrollando los
extremos en torno de la cintura y procurando que por debajo de este
embudo de vivos colores surgiesen, giles y gallardas, las piernas
enfundadas en seda y oro. Todas las caras estaban plidas, pero no con
palidez mate, sino brillante y lvida, con el sudoroso barniz de la
emocin. Pensaban en la arena, invisible en aquellos momentos, sintiendo
el irresistible pavor de las cosas que ocurren al otro lado de un muro,
el temor de lo que no se ve, el peligro confuso que se anuncia sin
presentarse. Cmo acabara la tarde?

A espaldas de las cuadrillas son el trotar de dos caballos que venan
por debajo de las arcadas exteriores de la plaza. Eran los alguaciles,
con sus ferreruelos negros y sombreros de teja rematados por plumajes
rojos y amarillos. Acababan de hacer el despejo del redondel, dejndolo
limpio de curiosos, y venan a ponerse al frente de las cuadrillas,
sirvindolas de batidores.

Las puertas del arco se abrieron completamente, as como las de la
barrera situada frente a ellas. Apareci el extenso redondel, la
verdadera plaza, el espacio circular de arena donde iba a realizarse la
tragedia de la tarde para emocin y regocijo de catorce mil personas. El
zumbido armnico y confuso se agrand ahora, convirtindose en msica
alegre y bizarra, marcha triunfal de ruidosos cobres, que haca mover
los brazos marcialmente y contonearse las caderas... Adelante los
buenos mozos!

Y los lidiadores, parpadeando bajo la violenta transicin, pasaron de la
sombra a la luz, del silencio de la tranquila galera al bramar del
circo, en cuyo gradero agitbase la muchedumbre con oleajes de
curiosidad, ponindose todos en pie para ver mejor.

Avanzaban los toreros sbitamente empequeecidos al pisar la arena por
la grandeza de la perspectiva. Eran como muequillos brillantes, de
cuyos bordados sacaba el sol reflejos de iris. Sus graciosos movimientos
enardecan a la gente con un entusiasmo igual al del nio ante un
juguete maravilloso. La loca rfaga que agita a las muchedumbres,
estremeciendo sus nervios dorsales y erizando su piel sin saber
ciertamente por qu, conmovi la plaza entera. Aplauda la gente,
gritaban los ms entusiastas y nerviosos, ruga la msica, y en medio de
este estruendo, que iba esparcindose por ambos lados, desde la puerta
de salida hasta la presidencia, avanzaban las cuadrillas con una
lentitud solemne, compensando lo corto del paso con el gentil braceo y
el movimiento de los cuerpos. En el redondel de ter azul suspendido
sobre la plaza aleteaban palomas blancas, como asustadas por el bramido
que se escapaba de este crter de ladrillo.

Los lidiadores sentanse otros al avanzar sobre la arena. Exponan la
vida por algo ms que el dinero. Sus incertidumbres y terrores ante lo
desconocido los haban dejado ms all de las vallas. Ya pisaban el
redondel; ya estaban frente al pblico: llegaba la realidad. Y las
ansias de gloria de sus almas brbaras y sencillas, el deseo de
sobreponerse a los camaradas, el orgullo de su fuerza y su destreza, les
cegaba, hacindoles olvidar temores e infundindoles una audacia brutal.

Gallardo se haba transfigurado. Erguase al andar, queriendo ser ms
alto; movase con una arrogancia de conquistador; miraba a todos lados
con aire triunfal, como si sus dos compaeros no existiesen. Todo era
suyo: la plaza y el pblico. Sentase capaz de matar cuantos toros
existiesen a aquellas horas en las dehesas de Andaluca y de Castilla.
Todos los aplausos eran para l, estaba seguro de ello. Los miles de
ojos femeniles sombreados por mantillas blancas en palcos y barreras
slo se fijaban en su persona, no le caba duda. El pblico le adoraba;
y al avanzar, sonriendo con petulancia, como si toda la ovacin fuese
dirigida a su persona, pasaba revista a los tendidos del gradero,
sabiendo dnde se agolpaban los mayores ncleos de sus partidarios y
queriendo ignorar dnde se congregaban los amigos de los otros.

Saludaron al presidente montera en mano, y el brillante desfile se
deshizo, esparcindose peones y jinetes. Despus, mientras un alguacil
recoga en su sombrero la llave arrojada por el presidente, Gallardo se
dirigi hacia el tendido donde estaban sus mayores entusiastas, dndoles
el capote de lujo para que lo guardasen. La hermosa capa, agarrada por
varias manos, fue extendida en el borde de la valla como si fuese un
pendn, smbolo sagrado de bandera.

Los partidarios ms entusiastas, puestos de pie y agitando manos y
bastones, saludaban al matador, manifestando sus esperanzas. A ver cmo
se portaba el nio de Sevilla!...

Y l, apoyado en la barrera, sonrea satisfecho de su fuerza, repitiendo
a todos:

--Muchas grasias. Se har lo que se puea.

No slo los entusiastas mostrbanse esperanzados al verle. Toda la gente
fijbase en l, aguardando hondas emociones. Era un torero que prometa
hule, segn expresin de los aficionados; y el tal hule era el de las
camas de la enfermera.

Todos crean que estaba destinado a morir en la plaza de una cornada, y
esto mismo haca que le aplaudiesen con entusiasmo homicida, con un
inters brbaro, semejante al del misntropo que segua a un domador a
todas partes esperando el momento de verle devorado por sus fieras.

Gallardo rease de los antiguos aficionados, graves doctores de la
tauromaquia que juzgan imposible un percance mientras el torero se
ajuste a las reglas del arte. Las reglas!... El las ignoraba, y no
tena empeo en conocerlas. Valor y audacia eran lo necesario para
vencer. Y casi a ciegas, sin ms gua que la temeridad ni otro apoyo que
el de sus facultades corporales, haba hecho una carrera rpida,
asombrando al pblico hasta el paroxismo, aturdindolo con su valenta
de loco.

No haba ido, como otros matadores, por sus pasos contados, sirviendo
largos aos de pen y banderillero al lado de los maestros. Los cuernos
de los toros no le daban miedo. Peores corns da el hambre. Lo
importante era subir de prisa, y el pblico le haba visto comenzar como
espada, logrando en pocos aos una inmensa popularidad.

Le admiraban por lo mismo que tenan su desgracia como cierta.
Enardecase el pblico con infame entusiasmo ante la ceguera con que
desafiaba a la muerte. Tena para l las mismas atenciones y cuidados
que obtiene un reo en capilla. Este torero no era de los que se
reservan: lo daba todo, incluso la vida. Vala el dinero que costaba. Y
la muchedumbre, con la bestialidad de los que presencian el peligro en
lugar seguro, admiraba y azuzaba al hroe. Los prudentes torcan el
gesto ante sus proezas; le crean un suicida con suerte, y murmuraban:
Mientras dure!...

Sonaron timbales y clarines, y sali el primer toro. Gallardo,
sosteniendo en un brazo su capote de faena sin adorno alguno, permaneca
cerca de la barrera, junto al tendido de sus partidarios, en una
inmovilidad desdeosa, creyendo que toda la plaza tena los ojos puestos
en su persona. Aquel toro era para otro. Ya dara seales de existencia
cuando llegasen los suyos. Pero los aplausos a los lances de capa de los
compaeros le sacaron de esta inmovilidad, y a pesar de sus propsitos,
se fue al toro, realizando varias suertes en las que era ms la audacia
que la maestra. La plaza entera le aplaudi, a impulsos de la
predileccin que senta por su atrevimiento.

Cuando Fuentes mat el primer toro y fue hacia la presidencia saludando
a la multitud, Gallardo palideci an ms, como si toda muestra de
agrado que no fuese para l equivaliera a un olvido injurioso. Ahora
llegaba su turno: iban a verse grandes cosas. No saba ciertamente qu
podran ser, pero estaba dispuesto a asustar al pblico.

Apenas sali el segundo toro, Gallardo, con su movilidad y su deseo de
lucirse, pareci llenar toda la plaza. Su capote estaba siempre cerca de
los hocicos de la bestia. Un picador de su cuadrilla, el llamado
_Potaje_, fue derribado del caballo, quedando al descubierto junto a los
cuernos, y el maestro, agarrado a la cola de la fiera, tir con herclea
fuerza, obligndola a girar hasta que el jinete qued a salvo. El
pblico aplaudi entusiasmado.

Al llegar la suerte de banderillas, Gallardo qued entre barreras
esperando el toque para matar. El _Nacional_, con los palos en la mano,
citaba al toro en el centro de la plaza. Nada de graciosos movimientos
ni de arrogantes audacias. Cuestin de ganarse el pan. All en Sevilla
haba cuatro pequeos que si mora l no encontraran otro padre.
Cumplir con el deber y nada ms: clavar sus banderillas como un
jornalero de la tauromaquia, sin desear ovaciones y evitando silbidos.

Cuando dej puesto el par, unos aplaudieron en el vasto gradero y otros
increparon al banderillero con tono zumbn, aludiendo a sus ideas.

--Menos poltica y arrimarse ms!

Y el _Nacional_, engaado por la distancia, al or estos gritos
contestaba sonriendo, como su maestro:

--Muchas grasias, muchas grasias.

Cuando Gallardo salt de nuevo a la arena al sonar las trompetas y
timbales que anunciaban la ltima suerte, la muchedumbre se agit con
zumbido de emocin. Este matador era el suyo. Iba a verse lo bueno.

Tom la muleta de manos de _Garabato_, que se la ofreca plegada desde
dentro de la barrera, tir del estoque que igualmente le presentaba su
criado, y con menudos pasos fue a plantarse frente a la presidencia,
llevando la montera en una mano. Todos tendan el pescuezo, devorando
con los ojos al dolo, pero nadie oy el brindis. La arrogante figura de
esbelto talle, con el tronco echado atrs para dar mayor fuerza a sus
palabras, produjo en la muchedumbre el mismo efecto que la arenga ms
elocuente. Al terminar su peroracin con una media vuelta, arrojando la
montera al suelo, el entusiasmo estall ruidoso. Ol el nio de
Sevilla! Ahora iba a verse la verdad!... Y los espectadores se miraban
unos a otros, prometindose mudamente sucesos estupendos. Un
estremecimiento corri por las filas del gradero, como en presencia de
algo sublime.

El silencio profundo de las grandes emociones cay de pronto sobre la
muchedumbre, cual si la plaza hubiese quedado vaca. La vida de tantos
miles de personas estaba condensada en los ojos. Nadie pareca respirar.

Gallardo avanz hacia el toro lentamente, llevando la muleta apoyada en
el vientre como una bandera y agitando en la otra mano la espada con un
movimiento de pndulo que acompaaba su paso.

Al volver un instante la cabeza, vio que le seguan el _Nacional_ y otro
de su cuadrilla con el capote al brazo para ayudarle.

--Fuera too er mundo!

Son su voz en el silencio de la plaza, llegando hasta los ltimos
bancos, y un estallido de admiracin lo contest... Fuera too er
mundo!... Haba dicho fuera todo el mundo!... Qu hombre!

Lleg completamente solo junto a la fiera, e instantneamente se hizo
otra vez el silencio. Calmosamente deshizo su muleta, la extendi,
avanzando as algunos pasos, hasta pegarse casi al hocico del toro,
aturdido y asombrado por la audacia del hombre.

El pblico no se atreva a hablar ni a respirar siquiera, pero en sus
ojos brillaba la admiracin. Qu mozo! Se iba a los mismsimos
cuernos!... Golpe impacientemente la arena con un pie, incitando a la
fiera para que acometiese, y la masa enorme de carne, con sus agudas
defensas, cay mugiente sobre l. La muleta pas sobre los cuernos, y
stos rozaron las borlas y caireles del traje del matador, que sigui
firme en su sitio, sin otro movimiento que echar atrs el busto. Un
rugido de la muchedumbre contest a este pase de muleta. Ol!...

Se revolvi la fiera, acometiendo otra vez al hombre y a su trapo, y
volvi a repetirse el pase, con igual rugido del pblico. El toro, cada
vez ms furioso por el engao, acometa al lidiador, y ste repeta los
pases de muleta, movindose en un limitado espacio de terreno,
enardecido por la proximidad del peligro y las exclamaciones admirativas
de la muchedumbre, que parecan embriagarle.

Gallardo senta junto a l los bufidos de la fiera; llegaban a su
diestra y a su rostro los hlitos hmedos de su baba. Familiarizado por
el contacto, miraba al bruto como a un buen amigo que iba a dejarse
matar para contribuir a su gloria.

Quedose inmvil el toro algunos instantes, como cansado de este juego,
mirando con ojos de sombra reflexin al hombre y al trapo rojo,
sospechando en su obscuro pensamiento la existencia de un engao que, de
acometida en acometida, le empujaba hacia la muerte.

Gallardo sinti la corazonada de sus mejores xitos. Ahora!... Li la
muleta con un movimiento circular de su mano izquierda, dejndola
arrollada en torno del palo, y elev la diestra a la altura de sus ojos,
quedando con la espada inclinada hacia la cerviz de la fiera. La
muchedumbre se agit con movimiento de protesta y escndalo.

--No te tires!...--gritaron miles de voces--. No... no!

Era demasiado pronto. El toro no estaba bien colocado: iba a arrancarse
y a cogerlo. Movase fuera de todas las reglas del arte. Pero qu le
importaban las reglas ni la vida a aquel desesperado?...

De pronto se ech con la espada por delante, al mismo tiempo que la
fiera caa sobre l. Fue un encontronazo brutal, salvaje. Por un
instante, hombre y bestia formaron una sola masa, y as marcharon juntos
algunos pasos, sin poder distinguirse quin era el vencedor: el hombre
con un brazo y parte del cuerpo metido entre los dos cuernos; la bestia
bajando la cabeza y pugnando por atrapar con sus defensas el monigote de
oro y colores, que pareca escurrirse.

Por fin se deshizo el grupo, la muleta qued en el suelo como un harapo,
y el lidiador, libres las manos, sali tambalendose por el impulso del
choque, hasta que algunos pasos ms all recobr el equilibrio. Su traje
estaba en desorden; la corbata flotaba fuera del chaleco, enganchada y
rota por uno de los cuernos.

El toro sigui su carrera con la velocidad del primer impulso. Sobre su
ancho cuello apenas se destacaba la roja empuadura del estoque, hundido
hasta la cruz. De pronto, el animal se detuvo en su carrera, agitndose
con doloroso movimiento de cortesa; dobl las patas delanteras, inclin
la cabeza hasta tocar la arena con su hocico mugiente, y acab por
acostarse con estremecimientos agnicos...

Pareci que se derrumbaba la plaza, que los ladrillos chocaban unos con
otros, que la multitud iba a huir presa de pnico, segn se pona en
pie, plida, trmula, gesticulando y braceando. Muerto!... Qu
estocada! Todos haban credo, durante un segundo, enganchado en los
cuernos al matador; todos daban por seguro verle caer ensangrentado
sobre la arena; y al contemplarle de pie, aturdido an por el choque,
pero sonriente, la sorpresa y el asombro aumentaban el entusiasmo.

--Qu bruto!--gritaban en los tendidos, no encontrando nada ms justo
para expresar su admiracin--.Qu brbaro!

Y los sombreros volaban a la arena, y un redoble gigantesco de aplausos,
semejante a una lluvia de granizo, corra de tendido en tendido conforme
avanzaba el matador por el redondel, siguiendo el contorno de la
barrera, hasta llegar frente a la presidencia.

La ovacin estall estruendosa cuando Gallardo, abriendo los brazos,
salud al presidente. Todos gritaban, reclamando para el diestro los
honores de la maestra. Deban darle la oreja. Nunca tan justa esta
distincin. Estocadas como aquella se vean pocas. Y el entusiasmo an
fue mayor cuando un mozo de la plaza le entreg un tringulo obscuro,
peludo y sangriento: la punta de una de las orejas de la fiera.

Estaba ya en el redondel el tercer toro y duraba an la ovacin a
Gallardo, como si el pblico no hubiese salido de su asombro, como si
todo lo que pudiera ocurrir en el resto de la corrida careciese de
valor.

Los otros toreros, plidos de envidia profesional, se esforzaban por
atraerse la atencin del pblico. Sonaban los aplausos, pero eran flojos
y desmayados despus de las anteriores ovaciones. El pblico estaba
quebrantado por el delirio de su entusiasmo, y atenda distradamente a
los lances que se desarrollaban en el redondel. Se entablaban vehementes
discusiones de grada a grada. Los devotos de otros matadores, serenos ya
y libres del arrebato que los haba arrastrado a todos, rectificaban su
espontneo movimiento, discutiendo a Gallardo. Muy valiente, muy
atrevido, un suicida; pero aquello no era arte. Y los entusiastas del
dolo, los ms vehementes y brutales, que admiraban su audacia a
impulsos del propio carcter, indignbanse, con la clera del creyente
que ve puestos en duda los milagros de su santo.

Cortbase la atencin del pblico con incidentes obscuros que agitaban
las gradas. De pronto movase la gente en una seccin del tendido:
ponanse los espectadores en pie, volviendo la espalda al redondel;
arremolinbanse sobre las cabezas brazos y bastones. El resto de la
muchedumbre dejaba de mirar a la arena, fijndose en el sitio de la
agitacin y en los grandes nmeros pintados en la valla de la
contrabarrera que marcaban las diferentes secciones del gradero.

--Bronca en el 3!--gritaban alegremente--.Ahora rien en el 5!

Siguiendo el impulso contagioso de las muchedumbres, todos se agitaban y
se ponan en pie, queriendo ver por encima de las cabezas de los
vecinos, sin poder distinguir otra cosa que la lenta ascensin de los
policas, los cuales, abrindose paso de grada en grada, llegaban al
grupo en cuyo seno se desarrollaba la reyerta.

--Sentarse!--gritaban los ms prudentes, privados de la vista del
redondel, donde seguan trabajando los toreros.

Poco a poco se calmaban las oleadas de la muchedumbre; las filas de
cabezas tomaban su anterior regularidad, siguiendo las lneas circulares
de los bancos, y continuaba la corrida. Pero el pblico pareca con los
nervios excitados, y su estado de nimo manifestbase con una injusta
animosidad contra ciertos lidiadores o un silencio desdeoso.

El pblico, estragado por la gran emocin de poco antes, encontraba
inspidos todos los lances. Entretena su fastidio comiendo y bebiendo.
Los vendedores de la plaza iban entre barreras, arrojando con pasmosa
habilidad los artculos que les pedan. Las naranjas volaban como rojas
pelotas hasta lo ms alto del tendido, yendo de la mano del vendedor a
las del pblico en lnea recta, como si un hilo tirase de ellas.
Destapbanse botellas de bebidas gaseosas. El oro lquido de los vinos
andaluces brillaba en los vasos.

Circul por el gradero un movimiento de curiosidad. Fuentes iba a
banderillear su toro, y todos esperaban algo extraordinario de habilidad
y de gracia. Avanz solo a los medios de la plaza con las banderillas en
una mano, sereno, tranquilo, marchando lentamente, como si fuese a
comenzar un juego. El toro segua sus movimientos con ojos curiosos,
asombrado de ver ante l un hombre solo, despus de la anterior baranda
de capotes extendidos, picas crueles clavadas en su morrillo y jacos que
venan a colocarse cerca de los cuernos, como ofrecindose a su empuje.

El hombre hipnotizaba a la bestia. Se aproximaba hasta tocar su testuz
con la punta de las banderillas; corra despus con menudo paso, y el
toro iba tras l, como si lo hubiera convencido, llevndoselo al extremo
opuesto de la plaza. El animal pareca amaestrado por el lidiador, le
obedeca en todos sus movimientos, hasta que ste, dando por terminado
el juego, abra sus brazos con una banderilla en cada mano, ergua sobre
las puntas de los pies su cuerpo esbelto y menudo, y marchaba hacia el
toro con majestuosa tranquilidad, clavando los palos de colores en el
cuello de la sorprendida fiera.

Por tres veces realiz la suerte, entre las aclamaciones del pblico.
Los que se tenan por inteligentes desquitbanse ahora de la explosin
de entusiasmo provocada por Gallardo. Esto era ser torero! Esto era
arte puro!...

Gallardo, de pie junto a la barrera, limpibase el sudor del rostro con
una toalla que le ofreca _Garabato_. Despus bebi agua, volviendo la
espalda al redondel para no ver las proezas de su compaero. Fuera de la
plaza estimaba a sus rivales, con la fraternidad que establece el
peligro; pero as que pisaba la arena todos eran enemigos, y sus
triunfos le dolan como ofensas. Ahora, el entusiasmo del pblico
parecale un robo que disminua su gran triunfo.

Cuando sali el quinto toro, que era para l, se lanz a la arena
ansioso de asombrar al pblico con sus proezas.

As que caa un picador, tenda l la capa y se llevaba el toro al otro
extremo del redondel, aturdindolo con una serie de capotazos, hasta
que, turbada la fiera, quedbase inmvil. Entonces Gallardo la tocaba el
hocico con un pie, o quitndose la montera la depositaba entre sus
cuernos. Otras veces abusaba de la estupefaccin del animal,
presentndole el vientre con audaz reto, o se arrodillaba a corta
distancia, faltndole poco para acostarse bajo sus hocicos.

Los viejos aficionados protestaban sordamente. Moneras! payasadas que
no se hubieran tolerado en otros tiempos!... Pero tenan que callarse,
abrumados por el gritero del pblico.

Cuando son el toque de banderillas, la gente qued en suspenso al ver
que Gallardo quitaba sus palos al _Nacional_ y con ellos se diriga
hacia la fiera. Hubo una exclamacin de protesta. Banderillear l!...
Todos conocan su flojedad en tal suerte. Esta quedaba para los que
haban hecho su carrera paso a paso, para los que haban sido
banderilleros muchos aos al lado de sus maestros antes de llegar a
matadores; y Gallardo haba comenzado por el final, matando toros desde
que sali a la plaza.

--No! no!--clamaba la muchedumbre.

El doctor Ruiz grit y manote desde la contrabarrera:

--Deja eso, nio! T slo sabes la verdad... Matar!

Pero Gallardo despreciaba al pblico y era sordo a sus protestas cuando
senta el impulso de la audacia. En medio del gritero se fue rectamente
al toro, y sin que ste se moviese, zas! le clav las banderillas. El
par qued fuera de sitio, torpemente prendido, y uno de los palos se
cay con el movimiento de sorpresa de la bestia. Pero esto no importaba.
Con la debilidad que las muchedumbres sienten siempre por sus dolos,
excusando y justificando sus defectos, todo el pblico celebraba risueo
esta audacia. El, cada vez ms atrevido, tom otras banderillas y las
clav, desoyendo las protestas de la gente, que tema por su vida. Luego
repiti la suerte por tercera vez, siempre con torpeza, pero con tal
arrojo, que lo que en otro hubiese provocado silbidos fue acogido con
grandes explosiones admirativas. Qu hombre! Cmo ayudaba la suerte a
aquel atrevido!...

Qued el toro con slo cuatro banderillas de las seis, y stas tan
flojas, que la bestia pareca no sentir el castigo.

--Est muy entero--gritaban los aficionados en los tendidos aludiendo al
toro, mientras Gallardo, empuando estoque y muleta, con la montera
puesta, marchaba hacia l, arrogante y tranquilo, confiando en su buena
estrella.

--Fuera toos!--grit otra vez.

Al adivinar que alguien se mantena cerca de l, no atendiendo sus
rdenes, volvi la cabeza. El _Fuentes_ estaba a pocos pasos. Le haba
seguido con el capote al brazo, fingiendo distraccin, pero pronto a
acudir en su auxilio, como si presintiese una desgracia.

--Djeme ust, Antonio--dijo Gallardo con una expresin colrica y
respetuosa a la vez, como si hablase a un hermano mayor.

Y era tal su gesto, que Fuentes levant los hombros cual si repeliese
toda responsabilidad, y le volvi la espalda, aloyndose poco a poco,
con la certeza de ser necesario de un momento a otro.

Gallardo extendi su trapo en la misma cabeza de la fiera, y sta le
acometi. Un pase. Ol!, rugieron los entusiastas. Pero el animal se
revolvi prontamente, cayendo de nuevo sobre el matador con un violento
golpe de cabeza que arranc la muleta de sus manos. Al verse desarmado y
acosado, tuvo que correr hacia la barrera; pero en el mismo instante el
capote de Fuentes distrajo al animal. Gallardo, que adivin en su fuga
la sbita inmovilidad del toro, no salt la barrera: se sent en el
estribo y as permaneci algunos instantes, contemplando a su enemigo a
pocos pasos. La derrota acab en aplausos por este alarde de serenidad.

Recogi Gallardo muleta y estoque, arregl cuidadosamente el trapo rojo,
y otra vez fue a colocarse ante la cabeza de la fiera, pero con menos
serenidad, dominado por una clera homicida, por el deseo de matar
cuanto antes a aquel animal que le haba hecho huir a la vista de miles
de admiradores.

Apenas dio un pase crey llegado el momento decisivo, y se cuadr, con
la muleta baja, llevndose la empuadura del estoque junto a los ojos.

El pblico protestaba otra vez, temiendo por su vida.

--No te tires! No!... Aaay!

Fue una exclamacin de horror que conmovi a toda la plaza; un espasmo
que hizo poner de pie a la muchedumbre, con los ojos agrandados,
mientras las mujeres se tapaban la cara o se agarraban convulsas al
brazo ms cercano.

Al tirarse el matador, su espada dio en hueso, y retardado en el
movimiento de salida por este obstculo, haba sido alcanzado por uno de
los cuernos. Gallardo qued enganchado por la mitad del cuerpo; y aquel
buen mozo, fuerte y membrudo, con toda su pesadumbre, viose zarandeado
al extremo de un asta cual msero maniqu, hasta que la poderosa bestia,
con un cabezazo, lo expuls a algunos metros de distancia, cayendo el
torero pesadamente en la arena, abiertos los remos, como una rana
vestida de seda y oro.

--Lo ha matado! Una cornada en el vientre!--gritaban en los tendidos.

Pero Gallardo se levant entre las capas y los hombres que acudieron a
cubrirle y salvarle. Sonrea; se tentaba el cuerpo; levantaba despus
los hombros para indicar al pblico que no tena nada. El porrazo nada
ms y la faja hecha trizas. El cuerno slo haba penetrado en esta
envoltura de seda fuerte.

Volvi a coger los trastos de matar, pero ya nadie quiso sentarse,
adivinando que el lance iba a ser breve y terrible. Gallardo march
hacia la fiera con su ceguedad de impulsivo, como si no creyese en el
poder de sus cuernos luego de salir ileso: dispuesto a matar o a morir,
pero inmediatamente, sin retrasos ni precauciones. O el toro o l! Vea
rojo, cual si sus ojos estuviesen inyectados de sangre. Escuchaba, como
algo lejano que vena de otro mundo, el vocero de la muchedumbre
aconsejndole serenidad.

Dio slo dos pases, ayudado por un capote que se mantena a su lado, y
de pronto, con celeridad de ensueo, como un muelle que se suelta del
afianzador, lanzose sobre el toro, dndole una estocada que sus
admiradores llamaban de relmpago. Meti tanto el brazo, que al salirse
de entre los cuernos todava le alcanz el roce de uno de stos,
envindolo tambaleante a algunos pasos; pero qued en pie, y la bestia,
tras loca carrera, fue a caer en el extremo opuesto de la plaza,
quedando con las piernas dobladas y el testuz junto a la arena, hasta
que lleg el puntillero para rematarla.

El pblico pareci delirar de entusiasmo. Hermosa corrida! Estaba ahto
de emociones. Aquel Gallardo no robaba el dinero: corresponda con
exceso al precio de la entrada. Los aficionados iban a tener materia
para hablar tres das en sus tertulias de caf. Qu valiente! Qu
brbaro!... Y los ms entusiastas, con una fiebre belicosa, miraban a
todos lados como si buscasen enemigos.

--El primer matador del mundo!... Y aqu estoy yo, para el que diga lo
contrario.

El resto de la corrida apenas llam la atencin. Todo pareca desabrido
y gris tras las audacias de Gallardo.

Cuando cay en la arena el ltimo toro, una oleada de muchachos, de
aficionados populares, de aprendices de torero, invadi el redondel.
Rodearon a Gallardo, siguindole en su marcha desde la presidencia a la
puerta de salida. Le empujaban, queriendo todos estrechar su mano, tocar
su traje, y al fin, los ms vehementes, sin hacer caso de las manotadas
del _Nacional_ y los otros banderilleros, agarraron al maestro por las
piernas y lo subieron en hombros, llevndolo as por el redondel y las
galeras hasta las afueras de la plaza.

Gallardo, quitndose la montera, saludaba a los grupos que aplaudan su
paso. Envuelto en su capote de lujo, se dejaba llevar como una
divinidad, inmvil y erguido sobre la corriente de sombreros cordobeses
y gorras madrileas, de la que salan aclamaciones de entusiasmo.

Cuando se vio en el carruaje, calle de Alcal abajo, saludado por la
muchedumbre que no haba presenciado la corrida, pero estaba ya enterada
de sus triunfos, una sonrisa de orgullo, de satisfaccin en las propias
fuerzas, ilumin su rostro sudoroso, en el que perduraba la palidez de
la emocin.

El _Nacional_, conmovido an por la cogida del maestro y su tremendo
batacazo, quera saber si senta dolores y si era asunto de llamar al
doctor Ruiz.

--Na: una caricia na ms... A m no hay toro que me mate.

Pero como si en medio de su orgullo surgiese el recuerdo de las pasadas
debilidades y creyera ver en los ojos del _Nacional_ una expresin
irnica, aadi:

--Son cosas que me dan antes de ir a la plaza... Argo as como los
vapores de las mujeres. Pero t llevas razn, Sebastin. Cmo dices?...
Dios u la Naturaleza, eso es: Dios u la Naturaleza no tieen por qu
meterse en estas cosas del toreo. Ca uno sale como puede, con su
habilidad o su coraje, sin que le valgan recomendaciones de la tierra ni
del cielo... T tiees talento, Sebastin: t debas de haber estudiao
una carrera.

Y en el optimismo de su alegra, miraba al banderillero como un sabio,
sin acordarse de las burlas con que haba acogido siempre sus
enrevesadas razones.

Al llegar al alojamiento encontr en el vestbulo a muchos admiradores
deseosos de abrazarle. Hablaban de sus hazaas con tales hiprboles, que
parecan distintas, exageradas y desfiguradas por los comentarios en el
corto trayecto de la plaza al hotel.

Arriba encontr su habitacin llena de amigos, seores que le tuteaban,
e imitando el habla rstica de la gente del campo, pastores y ganaderos,
le decan golpendole los hombros:

--Has estao mu geno... Pero mu geno!

Gallardo se libr de esta acogida entusiasta salindose al corredor con
_Garabato_.

--Ve a poner el telegrama a casa. Ya lo sabes: Sin nove.

_Garabato_ se excus. Tena que ayudar al maestro a desnudarse. Los del
hotel se encargaran de enviar el despacho.

--No; quiero que seas t. Yo esperar... Debes pon otro telegrama. Ya
sabes pa quin es: pa aquella seora, pa doa Zol. Tambin Sin nove.




II


Cuando a la seora Angustias se le muri su esposo, el seor Juan
Gallardo, acreditado remendn establecido en un portal del barrio de la
Feria, llor con el desconsuelo propio del caso; pero al mismo tiempo,
en el fondo de su nimo lata la satisfaccin del que reposa tras larga
marcha, librndose de un peso abrumador.

--Probesito de mi arma! Dios lo tenga en su gloria. Tan geno!... Tan
trabajaor!

En veinte aos de vida comn no la haba dado otros disgustos que los
que sufran las dems mujeres del barrio. De las tres pesetas que unos
das con otros vena a sacar de su trabajo, entregaba una a la seora
Angustias para el sostn de la casa y la familia, destinando las otras
dos al entretenimiento de su persona y gastos de representacin. Haba
que corresponder a las finezas de los amigos cuando convidan a unas
caas; y el vino andaluz, por lo mismo que es la gloria de Dios, cuesta
caro. Tambin deba ir a los toros inevitablemente, porque un hombre que
no bebe ni asiste a las corridas... para qu est en el mundo?

La seora Angustias, con sus dos hijos, Encarnacin y Juanillo, tena
que aguzar el ingenio y desplegar mltiples habilidades para llevar la
familia adelante. Trabajaba como asistenta en las casas ms acomodadas
del barrio, cosa para las vecinas, correteaba ropas y alhajas en
representacin de cierta prendera amiga suya y haca pitillos para los
seores, recordando sus habilidades de la juventud, cuando el seor
Juan, novio entusiasta y zalamero, vena a esperarla a la salida de la
Fbrica de Tabacos.

Nunca pudo quejarse de infidelidades o malos tratos de su difunto. Los
sbados, cuando el remendn volva borracho a casa a altas horas de la
noche, sostenido por los amigos, la alegra y la ternura llegaban con
l. La seora Angustias tena que entrarlo a empellones, pues se
obstinaba en permanecer a la puerta batiendo palmas y entonando con voz
babosa lentas canciones de amor dedicadas a su voluminosa compaera. Y
cuando al fin se cerraba la puerta tras l, privando a los vecinos de un
motivo de regocijo, el _se_ Juan, en plena borrachera sentimental, se
empeaba en ver a los pequeos, que ya estaban acostados, los besaba,
mojndolos con gruesos lagrimones, y repeta sus trovas en honor de la
seora Angustias--ol! la primera hembra del mundo!--, acabando la
buena mujer por desarrugar el ceo y rerse, mientras lo desnudaba y
manejaba como si fuese un nio enfermo.

Este era su nico vicio. Pobrecillo!... De mujeres y de juego, ni
seal. Su egosmo, que le haca ir bien vestido, mientras la familia
andaba harapienta, y su desigualdad en el reparto de los productos del
trabajo, compensbalos con iniciativas generosas. La seora Angustias
recordaba con orgullo los das de gran fiesta, cuando Juan la haca
ponerse el paoln de Manila, la mantilla de casamiento, y llevando los
nios por delante marchaba a su lado, con blanco sombrero cordobs y
bastn de puo de plata, dando un paseo por las Delicias, con el mismo
aire de una familia de comerciantes de la calle de las Sierpes. Los das
de toros baratos la obsequiaba rumbosamente antes de ir a la plaza,
ofrecindola unas caas de manzanilla en La Campana o un caf en la
plaza Nueva. Este tiempo feliz no era ya mas que un plido y grato
recuerdo en la memoria de la pobre mujer.

El seor Juan enferm de tisis, y durante dos aos la esposa tuvo que
atender a su cuidado, extremando an ms sus industrias para compensar
la falta de la peseta que le entregaba antes el marido. Finalmente muri
en el hospital, resignado con su suerte, convencido de que la existencia
nada vale sin manzanilla y sin toros, y su ltima mirada de amor y de
agradecimiento fue para su mujer, como si le gritase con los ojos:
Ol! la primera hembra del mundo!...

Al quedar sola la seora Angustias no empeoraba su situacin; antes
bien, considerbase con mayor desembarazo en los movimientos, libre de
aquel hombre que en los dos ltimos aos pesaba ms sobre ella que el
resto de la familia. Mujer enrgica y de prontas resoluciones, marc
inmediatamente un camino a sus hijos. Encarnacin, que tena ya diez y
siete aos, fue a la Fbrica de Tabacos, donde pudo introducirla su
madre gracias a sus relaciones con ciertas amigas de la juventud
llegadas a maestras. Juanillo, que de pequeo haba pasado los das en
el portal del barrio de la Feria viendo trabajar a su padre, iba a ser
zapatero por voluntad de la seora Angustias. Le sac de la escuela,
donde haba aprendido a mal leer, y a los doce aos entr como aprendiz
de uno de los mejores zapateros de Sevilla.

Aqu comenz el martirio de la pobre mujer.

Ay, aquel muchacho! Hijo de unos padres tan honrados!... Casi todos
los das, en vez de entrar en la tienda del maestro, se iba al Matadero
con ciertos pillos que tenan su punto de reunin en un banco de la
Alameda de Hrcules, y para regocijo de pastores y matarifes, osaban
echar un capote a los bueyes, siendo volteados y pateados las ms de las
veces. La seora Angustias, que velaba aguja en mano muchas noches para
que el nio fuese decentito al taller, con las ropas limpias, le
encontraba en la puerta de su casa, temeroso de entrar y sin valor al
mismo tiempo para huir, por la servidumbre del hambre, con los
pantalones rotos, la chaqueta sucia y chichones y rasguos en la cara.

A los magullamientos del buey traidor unanse las bofetadas y escobazos
de la madre; pero el hroe del Matadero pasaba por todo con tal que no
le faltase la pitanza. Pega, pero dame que comer. Y con el apetito
excitado por el ejercicio violento, engulla el pan duro, las judas
averiadas, el bacalao putrefacto, todos los vveres de desecho que la
hacendosa mujer buscaba en las tiendas para mantener a la familia con
poco dinero.

Atareada todo el da en fregar pisos de casas ajenas, slo de tarde en
tarde poda ocuparse de su hijo, yendo a la tienda del maestro para
enterarse de los progresos del aprendiz. Cuando volva de la zapatera
bufaba de coraje, proponindose los ms estupendos castigos que
corrigiesen al pillete.

La mayor parte de los das no se presentaba en la tienda. Pasaba la
maana en el Matadero, y por las tardes formaba grupo a la entrada de la
calle de las Sierpes con otros vagabundos, admirando de cerca a los
toreros sin contrata que se juntaban en La Campana, vestidos de nuevo,
con flamantes sombreros, pero sin ms de una peseta en el bolsillo y
hablando cada cual de sus propias hazaas.

Juanillo los contemplaba como seres de asombrosa superioridad,
envidiando su buen porte y la frescura con que piropeaban a las mujeres.
La idea de que todos ellos tenan en su casa un traje de seda bordado de
oro, y metidos en l marchaban ante la muchedumbre al son de la msica,
producale un escalofro de respeto.

El hijo de la seora Angustias era conocido por el _Zapatern_ entre sus
desarrapados amigos, y mostrbase satisfecho de tener un apodo, como
casi todos los grandes hombres que salen al redondel. Por algo se
empieza. Llevaba al cuello un pauelo rojo que haba sustrado a su
hermana, y por debajo de la gorra salale el pelo amontonado sobre las
orejas en gruesos mechones, que se alisaba con saliva. Las blusas de
dril queralas hasta la cintura, con numerosos pliegues. Los pantalones,
viejos restos del vestuario de su padre acomodados por la seora
Angustias, exigalos altos de talle, con las piernas anchas y las
caderas bien recogidas, llorando de humillacin cuando la madre no
quera ceirse a estas exigencias.

Una capa! Poseer una capa de brega, no teniendo que implorar a otros
ms felices el prstamo del ansiado trapo por unos minutos!... En un
cuartucho de la casa yaca olvidado un viejo colchn con las tripas
flcidas. La lana habala vendido la seora Angustias en das de apuro.
El _Zapatern_ pas una maana encerrado en el cuarto, aprovechando la
ausencia de su madre, que trabajaba aquel da como asistenta en casa de
un cannigo. Con la ingeniosidad del nufrago que, entregado a sus
iniciativas, tiene que fabricrselo todo en una isla desierta, cort un
capote de lidia en la tela hmeda y deshilachada. Despus hirvi en un
puchero un puado de anilina roja comprada en una droguera, y sumi en
este tinte el viejo lienzo. Juanillo admir su obra. Un capote del ms
vivo escarlata, que iba a despertar muchas envidias en las capeas de
los pueblos!... Slo faltaba que se secase, y lo puso al sol entre las
ropas blancas de las vecinas. El viento, al mecer el trapo chorreante,
fue manchando las piezas inmediatas, y un concierto de maldiciones y
amenazas, de puos crispados y bocas que proferan las ms feas palabras
contra l y su madre, oblig al _Zapatern_ a recoger su manto de gloria
y salir por pies, cubiertas de rojo cara y manos, como si acabase de
cometer un homicidio.

La seora Angustias, hembra fuerte, obesa y bigotuda, que no tema a los
hombres e inspiraba respeto a las mujeres por sus resoluciones
enrgicas, mostrbase descorazonada y floja ante su hijo. Qu hacer!...
Sus manos habanse ensayado en todas las partes del cuerpo del muchacho;
las escobas se rompan sin resultado positivo. Aquel maldito tena,
segn ella, carne de perro. Habituado fuera de casa a los tremendos
cabezazos de los becerros, al cruel pateo de las vacas, a los palos de
pastores y matarifes, que trataban sin compasin a la pillera
tauromquica, los golpes de la madre parecanle un hecho natural, una
continuacin de la vida exterior, que se prolongaba dentro de su casa, y
los aceptaba sin propsito de enmienda, como un escote que haba de
pagar a cambio del sustento, rumiando el pan duro con famlico regodeo,
mientras las maldiciones maternales y los puetazos llovan en sus
espaldas.

Apenas saciaba su hambre hua de la casa, valindose de la libertad en
que le dejaba la seora Angustias ausentndose para sus faenas.

En La Campana, gora venerable del toreo, donde circulan las grandes
noticias de la aficin, reciba avisos de sus compaeros que le
producan escalofros de entusiasmo.

--_Zapatern_, maana corrida.

Los pueblos de la provincia celebraban las fiestas del santo patrn con
capeas de toros corridos, y all marchaban los pequeos toreros, con la
esperanza de poder decir a la vuelta que haban tendido el capote en las
plazas gloriosas de Aznalcollar, Bullullos o Mairena. Emprendan la
marcha de noche, con la capa al hombro si era verano y envueltos en ella
en el invierno, el estmago vaco y hablando continuamente de toros.

Si la marcha era de varias jornadas, acampaban al raso o eran admitidos
por caridad en el pajar de una venta. Ay de las uvas, de los melones y
los higos que encontraban al paso en la buena poca!... Su nica
inquietud era que otro grupo, otra cuadrilla, hubiese tenido igual
pensamiento y se presentase en el pueblo, entablando ruda competencia.

Cuando llegaban al trmino de su viaje, con las cejas y la boca llenas
de polvo, flojos y despeados por la marcha, se presentaban al alcalde, y
el ms desvergonzado, que llenaba las funciones de director, hablaba de
los mritos de su gente, dndose todos por felices si la generosidad
municipal los aposentaba en la cuadra del mesn, regalndolos encima con
una olla, que quedaba limpia a los pocos instantes. En la plaza del
lugar, cerrada con carros y tablados, soltbanse toros viejos,
verdaderos castillos de carne, llenos de costras y cicatrices, con
cuernos astillosos y enormes; reses que llevaban muchos aos de ser
toreadas en todas las fiestas de la provincia; animales venerables que
saban latn, tanta era su malicia, y habituados a un continuo toreo,
estaban en el secreto de las habilidades de la lidia.

Los mozos del pueblo pinchaban a las fieras desde lugar seguro, y la
gente buscaba motivo de diversin, ms an que en el toro, en los
toreros venidos de Sevilla. Tendan stos sus capas con las piernas
temblorosas y el nimo reconfortado por el peso del estmago. Revolcn,
y grande algazara en el pblico. Cuando alguno, con repentino terror,
refugibase en las empalizadas, la barbarie campesina le acoga con
insultos, golpendole las manos agarradas a la madera, dndole varazos
en las piernas para que saltase a la plaza. Arre, sinvergenza! A
darle la cara al toro, embustero!...

Alguna vez sacaban de la plaza a uno de los diestros entre cuatro
compaeros, plido con una blancura de papel, los ojos vidriosos, la
cabeza cada, el pecho como un fuelle roto. Acuda el albitar,
tranquilizando a todos al no ver sangre. Era una conmocin sufrida por
el muchacho al ser despedido a algunos metros de distancia, cayendo al
suelo como un talego de ropa. Otras veces era la angustia de haber sido
pisado por una bestia de enorme pesadumbre. Le echaban un cubo de agua
por la cabeza, y luego, al recobrar los sentidos, obsequibanle con un
gran trago de aguardiente de Cazalla de la Sierra. Ni un prncipe podra
verse mejor cuidado.

A la plaza otra vez. Y cuando no le quedaban al pastor toros que soltar
y se aproximaba la noche, dos de la cuadrilla cogan el mejor capote de
la sociedad, y sostenindole por las puntas, iban de tablado en tablado
solicitando una gratificacin. Llovan sobre la tela roja las monedas de
cobre segn el gusto que haban dado a los vecinos las proezas de los
forasteros, y terminada la corrida emprendan la vuelta a la ciudad,
sabiendo que en la posada se haba agotado su crdito. Muchas veces
rean en el camino por la distribucin de la calderilla guardada en un
pauelo anudado.

Luego, en el resto de la semana, recordaban sus hazaas ante los ojos
absortos de los compinches que no haban sido de la expedicin. Hablaban
de sus vernicas en El Garrobo, de sus navarras de Lora, o de una
terrible cogida en El Pedroso, imitando los aires y actitudes de los
verdaderos profesionales que a pocos pasos de ellos consolaban su falta
de contratas con toda clase de petulancias y mentiras.

Cierta vez, la seora Angustias estuvo ms de una semana sin saber de su
hijo. Al fin tuvo vagas noticias de que haba sido herido en una capea
en el pueblo de Tocina. Dios mo! Dnde estara aquel pueblo? Cmo ir
a l?... Dio por muerto a su hijo, le llor, quiso, sin embargo, ir
all, y cuando dispona el viaje vio llegar a Juanillo, plido, dbil,
pero hablando con alegra varonil de su accidente.

No era nada: un puntazo en una nalga; una herida de varios centmetros
de profundidad. Y con el impudor del triunfo, quera mostrarla a los
vecinos, afirmando que meta en ella un dedo sin llegar al fin. Sentase
orgulloso del hedor de yodoformo que iba esparciendo a su paso, y
hablaba de las atenciones con que le haban tratado en aquel pueblo, que
era para l lo mejor de Espaa. Los vecinos ms ricos, como quien dice
la aristocracia, se interesaban por su suerte; el alcalde haba ido a
verle, pagndole despus el viaje de vuelta. An guardaba en su bolsillo
tres duros, que entreg a su madre con una generosidad de grande hombre.
Y tanta gloria a los catorce aos! Su satisfaccin fue todava mayor
cuando en La Campana, algunos toreros--pero toreros de verdad--fijaron
su atencin en el muchacho, preguntndole cmo marchaba de su herida.

Despus de este accidente ya no volvi a la tienda de su maestro. Saba
lo que eran los toros; su herida haba servido para acrecentar su
audacia. Torero, nada ms que torero! La seora Angustias abandon todo
propsito de correccin, juzgndolo intil. Se hizo la cuenta de que no
exista su hijo. Cuando se presentaba en casa por la noche, a la hora en
que la madre y la hermana coman juntas, hacanle plato silenciosas,
intentando abrumarle con su desprecio. Pero esto en nada alteraba su
masticacin. Si llegaba tarde, no le guardaban ni un mendrugo, y tena
que volverse a la calle lo mismo que haba venido.

Era paseante nocturno en la Alameda de Hrcules con otros muchachos de
ojos viciosos, mezcla confusa de aprendices de criminal y de torero. Las
vecinas le encontraban algunas veces en las calles hablando con
seoritos cuya presencia haca rer a las mujeres, o con graves
caballeros a los que la maledicencia daba motes femeniles. Unas
temporadas venda peridicos, y en las grandes fiestas de Semana Santa
ofreca a las seoras sentadas en la plaza de San Francisco bandejas de
caramelos. En poca de feria vagaba por las inmediaciones de los hoteles
esperando a un ingls, pues para l todos los viajeros eran ingleses,
con la esperanza de servirle de gua.

--Milord!... Yo torero!--deca al ver una figura extica, como si su
calidad profesional fuese una recomendacin indiscutible para los
extranjeros.

Y para certificar su identidad se quitaba la gorra, echando atrs la
coleta: un mechn de a cuarta que llevaba tendido en lo alto de la
cabeza.

Su compaero de miseria era _Chiripa_, muchacho de su misma edad,
pequeo de cuerpo y de ojos maliciosos, sin padre ni madre, que vagaba
por Sevilla desde que tena uso de razn y ejerca sobre Juanillo el
dominio de la experiencia. Tena un carrillo cortado por la cicatriz de
una cornada, y esta seal considerbala el _Zapatern_ como algo muy
superior a su herida invisible.

Cuando, a la puerta de un hotel, alguna viajera vida de color local
hablaba con los pequeos toreros, admirando sus coletas y el relato de
sus heridas, para acabar dndoles dinero, _Chiripa_ deca con tono
sentimental:

--No le d ust a ese, que ti mare, y yo estoy solito en er mundo. El
que ti mare no sabe lo que tiene!

Y el _Zapatern_, con una tristeza de remordimiento, permita que el
otro se apoderase de todo el dinero, murmurando:

--Es verd... es verd.

Este enternecimiento no impeda a Juanillo continuar su existencia
anormal, apareciendo en casa de la seora Angustias muy de tarde en
tarde y emprendiendo viajes lejos de Sevilla.

_Chiripa_ era un maestro de la vida errante. Los das de corrida
afirmbase en su voluntad el propsito de entrar en la Plaza de Toros
con su camarada, apelando para esto a las estratagemas de escalar los
muros, deslizarse entre el gento o enternecer a los empleados con
humildes splicas. Una fiesta taurina sin que la viesen ellos, que eran
de la profesin!... Cuando no haba capea en los pueblos de la
provincia, iban a echar su trapo a los novillos de la dehesa de Tablada;
pero todos estos alicientes de la vida de Sevilla no bastaban a
satisfacer su ambicin.

_Chiripa_ haba corrido mundo, y hablaba a su compaero de las grandes
cosas vistas por l en lejanas provincias. Era hbil en el arte de
viajar gratuitamente, colndose con disimulo en los trenes. El
_Zapatern_ escuchaba con embeleso sus descripciones de Madrid, una
ciudad de ensueo con su Plaza de Toros que era a modo de una catedral
del toreo.

Un seorito, por rerse de ellos, les dijo a la puerta de un caf de la
calle de las Sierpes que en Bilbao ganaran mucho dinero, pues all no
abundaban los toreros como en Sevilla, y los dos muchachos emprendieron
el viaje, limpio el bolsillo y sin otro equipo que sus capas, unas capas
de verdad, que haban sido de toreros de cartel, mseros desechos
adquiridos por unos cuantos reales en una ropavejera.

Introducanse cautelosamente en los trenes y se ocultaban bajo los
asientos; pero el hambre y otras necesidades les obligaban a denunciar
su presencia a los viajeros, que acababan por compadecerse de estas
andanzas, riendo de sus raras figuras, de sus coletas y capotes,
socorrindolos con los restos de sus meriendas. Cuando algn empleado
les daba caza en las estaciones, corran de vagn en vagn o intentaban
escalar los techos para esperar agazapados a que el tren se pusiera en
marcha. Muchas veces les sorprendieron, y agarrndolos de las orejas,
con acompaamiento de bofetadas y puntapis, quedaban en el andn de una
estacin solitaria, mientras el tren se alejaba como una esperanza
perdida.

Aguardaban el paso de otro, vivaqueando al aire libre, y si se vean
vigilados de cerca, emprendan la marcha hacia la inmediata estacin por
los desiertos campos, con la certeza de ser ms afortunados. As
llegaron a Madrid, despus de varios das de accidentado viaje y largas
paradas con acompaamiento de golpes. En la calle de Sevilla y en la
Puerta del Sol admiraron los grupos de toreros sin contrata, entes
superiores, a los que osaron pedir, sin xito, una limosna para
continuar el viaje. Un mozo de la Plaza de Toros, que era de Sevilla, se
apiad de ellos y les dej dormir en las cuadras, proporcionndoles
adems el deleite de presenciar una corrida de novillos en el famoso
circo, que les pareci menos importante que el de su tierra.

Asustados de su audacia y viendo cada vez ms lejano el trmino de la
excursin, emprendieron el regreso a Sevilla lo mismo que haban venido;
pero desde entonces tomaron gusto a los viajes a escondidas en el
ferrocarril. Diriganse a pueblos de poca importancia en las diversas
provincias andaluzas cuando oan vagas noticias de fiestas con sus
correspondientes capeas. As llegaban hasta la Mancha o Extremadura; y
si los azares de la mala suerte les imponan el marchar a pie, buscaban
refugio en las viviendas de los campesinos, gente crdula y risuea, que
se extraaba de sus pocos aos, de su atrevimiento y su charla
embustera, tomndolos por verdaderos lidiadores.

Esta existencia errante les haca emplear astucias de hombre primitivo
para satisfacer sus necesidades. En las inmediaciones de las casas de
campo arrastrbanse sobre el vientre, robando las hortalizas sin ser
vistos. Aguardaban horas enteras a que una gallina solitaria se
aproximase a ellos, y retorcindola el cuello continuaban la marcha,
para encender una hoguera de lea seca en mitad de la jornada y
engullirse el pobre animal chamuscado y medio crudo con una voracidad de
pequeos salvajes. Teman a los mastines del campo ms que a los toros.
Eran bestias difciles para la lidia, que corran hacia ellos enseando
los colmillos, como si los enfureciese su aspecto extico y husmeasen en
sus personas a enemigos de la propiedad.

Muchas veces, cuando dorman al aire libre cerca de una estacin,
esperando el paso de un tren, llegbase a ellos una pareja de guardias
civiles. Al ver los rojos envoltorios que servan de almohadas a estos
vagabundos, tranquilizbanse los soldados del orden. Suavemente les
quitaban las gorras, y al encontrarse con el peludo apndice de la
coleta, se alejaban riendo sin ms averiguaciones. No eran
ladronzuelos: eran aficionados que iban a las capeas. Y en esta
tolerancia haba una mezcla de simpata por la fiesta nacional y de
respeto ante la obscuridad de lo futuro. Quin poda saber si alguno de
estos mozos desarrapados, con costras de miseria, sera en el porvenir
una estrella del arte, un gran hombre que brindase toros a los reyes,
viviera como un prncipe, y cuyas hazaas y dichos reprodujeran los
peridicos!...

Una tarde, el _Zapatern_ qued solo en un pueblo de Extremadura. Para
mayor asombro del pblico rstico que aplauda a los famosos toreros
venidos adrede de Sevilla, los dos muchachos quisieron clavar
banderillas a un toro bravucn y viejo. Juanillo puso sus palos a la
fiera y qued junto a un tablado, gozndose en recibir la ovacin
popular en forma de tremendos manotazos y ofrecimientos de tragos de
vino. Una exclamacin de horror le sac de esta embriaguez de gloria.
_Chiripa_ no estaba ya en el suelo de la plaza. Slo quedaban en l las
banderillas rodando por el polvo, una zapatilla y la gorra. Movase el
toro como irritado ante un obstculo, llevando enganchado de uno de sus
cuernos un envoltorio de ropas semejante a un monigote. Con los
violentos cabezazos el informe paquete se solt del cuerno, expeliendo
un chorro rojo, pero antes de llegar al suelo fue alcanzado por el asta
opuesta, que a su vez lo zarande largo rato. Por fin el triste bulto
cay en el polvo, y all qued, flcido e inerte, soltando lquido, como
un pellejo agujereado que expele el vino a chorros.

El pastor, con sus cabestros, se llev el toro al corral, pues nadie
osaba aproximarse a l, y el pobre _Chiripa_ fue conducido sobre un
jergn a cierto cuartucho del Ayuntamiento que serva de crcel. Su
compaero le vio con la cara blanca como si fuese de yeso, los ojos
mates y el cuerpo rojo de sangre, sin que pudieran contener sta los
paos de agua con vinagre que le aplicaban, a falta de algo mejor.

--Adi, _Zapatern_!--suspir--. Adi, Juaniyo!

Y no dijo ms. El compaero del muerto emprendi aterrado la vuelta a
Sevilla, viendo sus ojos vidriosos, oyendo sus gimientes adioses. Tena
miedo. Una vaca mansa salindole al paso le hubiese hecho correr.
Pensaba en su madre y en la prudencia de sus consejos. No era mejor
dedicarse a zapatero y vivir tranquilamente?... Pero estos propsitos
slo duraron mientras se vio solo.

Al llegar a Sevilla sinti la influencia del ambiente. Los amigos
corrieron hacia l para saber con todos sus detalles la muerte del pobre
_Chiripa_. Los toreros profesionales le preguntaban en La Campana,
recordando con lstima a aquel pilluelo de cara cortada que muchas veces
les haca recados. Juan, enardecido por tales muestras de consideracin,
daba suelta a su potencia imaginativa, describiendo cmo se haba l
arrojado sobre el toro al ver cogido a su pobre compaero; cmo haba
agarrado al bicho de la cola, y dems hazaas portentosas, a pesar de
las cuales el otro haba salido del mundo.

La medrosa impresin se desvaneci. Torero, nada ms que torero! Ya que
otros lo eran, por qu no serlo l? Pensaba en las judas averiadas y
el pan duro de su madre; en las vilezas que le costaba cada pantaln
nuevo; en el hambre, inseparable compaera de muchas de sus
expediciones. Adems, senta un ansia vehemente por todos los goces y
ostentaciones de la existencia: miraba con envidia los coches y los
caballos; detenase absorto en las puertas de las grandes casas, al
travs de cuyas cancelas vea patios de oriental suntuosidad, con
arcadas de azulejos, enlosados de mrmol y fuentes parleras que
desgranaban da y noche sobre el tazn rodeado de verdes hojas un
surtidor de perlas. Su suerte estaba echada. Matar toros o morir. Ser
rico, y que los peridicos hablasen de l y le saludase la gente, aunque
fuera a costa de la vida. Despreciaba los grados inferiores del toreo.
Vea a los banderilleros exponer la vida lo mismo que los maestros a
cambio de treinta duros por corrida, y luego de una existencia de
fatigas y cornadas llegar a viejos, sin ms porvenir que una msera
industria montada con los ahorros o un empleo en el Matadero. Algunos
moran en el hospital; los ms pedan limosna a los compaeros jvenes.
Nada de banderillas ni de pasar aos en una cuadrilla sometido al
despotismo de un maestro. Matar toros desde el principio; pisar la arena
de las plazas como espada.

La desgracia del pobre _Chiripa_ dbale cierto ascendiente sobre sus
compaeros y form cuadrilla, una cuadrilla de desarrapados que
marcharon tras l a las capeas de los pueblos. Le respetaban porque era
el ms valiente y el mejor vestido. Algunas mozas de vida airada,
atradas por la varonil belleza del _Zapatern_, que ya iba en los diez
y ocho aos, y por el prestigio de su coleta, disputbanse en ruidosa
competencia el honor de cuidar de su garbosa persona. Adems contaba con
un padrino, un viejo protector, antiguo magistrado, que senta
debilidad por la guapeza de los toreros jvenes, y cuyo trato indignaba
a la seora Angustias, hacindole soltar las ms obscenas expresiones
aprendidas en sus tiempos de la Fbrica de Tabacos.

El _Zapatern_ luca ternos de lana inglesa bien ajustados a la esbeltez
de su cuerpo, y su sombrero era siempre flamante. Las socias cuidaban
escrupulosamente de la blancura de sus cuellos y pecheras, y en ciertos
das ostentaba sobre el chaleco una cadena de oro, doble, igual a la de
las seoras, prstamo de su respetable amigo, que haba ya figurado en
el cuello de otros muchachos que empezaban.

Alternaba con los verdaderos toreros; poda pagar copas a los viejos
peones que hacan memoria de las hazaas de los maestros famosos. Dbase
por seguro que ciertos protectores trabajaban en favor de este nio,
esperando ocasin propicia para hacerle debutar en una novillada en la
plaza de Sevilla.

El _Zapatern_ era ya matador. Un da, en Lebrija, al salir a la plaza
un torito vivaracho, sus compaeros le haban empujado a la suerte
suprema. Te atreves a meterle la mano?... Y l le meti la mano.
Despus, enardecido por la facilidad con que haba salido del trance,
acudi a todas las capeas en las que se anunciaba novillo de muerte y a
todos los cortijos donde se lidiaban y mataban reses.

El propietario de _La Rinconada_, rico cortijo con pequea plaza de
toros, era un entusiasta que tena la mesa dispuesta y abierto el pajar
para todos los aficionados famlicos que quisieran divertirle lidiando
sus reses. Juanillo fue all en das de miseria con otros compaeros,
para comer a la salud del hidalgo campestre aunque fuese a costa de
algunos revolcones. Llegaron a pie tras dos jornadas de marcha, y el
propietario, al ver a la tropa polvorienta, con sus los de capotes,
dijo solemnemente:

--Al que quee mej le pago er billete pa que gerva a Seviya en
ferrocarr.

Dos das pas el seor del cortijo fumando en el balconcillo de su plaza
mientras los chicos de Sevilla lidiaban toretes, siendo muchas veces
alcanzados y pateados.

--Eso no vale na, embustero!--deca reprobando un capeo mal dado.

--Arza der suelo, cobardn!... A ve, que le den vino pa que se le pase
er susto--gritaba cuando un muchacho persista en seguir tendido luego
de pasarle el toro sobre el cuerpo.

El _Zapatern_ mat un novillo tan a gusto del dueo, que ste lo sent
a su mesa, mientras los camaradas quedaban en la cocina con los pastores
y mozos de labranza, metiendo la cuchara de cuerno en la humeante
_caldereta_.

--Te ganaste la gerta en ferrocarr, gach. T irs lejos si no te
farta er corazn. Tis facurtaes.

El _Zapatern_, al emprender su regreso a Sevilla en segunda clase,
mientras la cuadrilla marchaba a pie, pens que comenzaba para l una
nueva vida, y tuvo una mirada de avidez para el enorme cortijo, con sus
extensos olivares, sus campos de granos, sus molinos, sus prados que se
perdan de vista, en los que pastaban miles de cabras y rumiaban,
inmviles, con las piernas encogidas, toros y vacas. Qu riqueza! Si
l llegase un da a poseer algo semejante!...

La fama de sus proezas en las novilladas de los pueblos lleg a Sevilla,
haciendo fijarse en su persona a los aficionados inquietos e
insaciables, que siempre esperan un nuevo astro que eclipse a los
existentes.

--Paece que es un nio que promete--decan al verle pasar por la calle
de las Sierpes con paso menudo, moviendo arrogante los brazos--. Habr
que verlo en el terreno de la verd.

Este terreno era para ellos y para el _Zapatern_ el redondel de la
plaza de Sevilla. Pronto estaba el muchacho a verse cara a cara con la
verdad. Su protector haba adquirido para l un traje de luces algo
usado, desecho de un matador sin nombre. Se organiz una corrida de
novillos con un fin benfico, y aficionados influyentes, ganosos de
novedades, consiguieron incluirlo en el cartel, gratuitamente, como
matador.

El hijo de la seora Angustias se opuso a que figurase en los anuncios
su apodo de _Zapatern_, que deseaba hacer olvidar. Nada de motes, y
menos de oficios bajos. Deseaba ser conocido con los nombres de su
padre; quera ser Juan Gallardo y que ningn apodo recordase su origen a
las grandes personas que indudablemente seran sus amigos en el
porvenir.

Todo el barrio de la Feria acudi en masa a la corrida con un fervor
bullicioso y patritico. Los de la Macarena tambin llevaban su parte de
inters, y los dems barrios populares se dejaron arrastrar por el mismo
entusiasmo. Un nuevo matador de Sevilla!... No hubo entradas para
todos, y fuera de la plaza quedaron miles de personas esperando ansiosas
las noticias de la corrida.

Gallardo tore, mat, fue volteado por un toro, sin sufrir heridas, y
tuvo al pblico en continua angustia con sus audacias, que las ms de
las veces resultaron afortunadas, provocando colosales berridos de
entusiasmo. Ciertos aficionados respetables en sus decisiones sonrean
complacidos. An le faltaba mucho que aprender, pero tena corazn y
buen deseo, que es lo importante.

--Sobre todo, entra a matar de veras y no se sale del terreno de la
verdad.

Las buenas mozas amigas del diestro agitbanse borrachas de entusiasmo,
con histricas contorsiones, los ojos lacrimosos, la boca chorreante,
agotando en plena tarde el lxico de palabras amorosas que slo usaban
por la noche. Una arrojaba su mantn al redondel; otra, por ser ms,
aada la blusa y el cors; otra llegaba a despojarse de la falda, y los
espectadores agarrbanlas riendo para que no se arrojasen a la arena o
no quedaran en camisa.

En otro lado de la plaza, el viejo magistrado sonrea enternecido al
travs de su barba blanca, admirando la valenta del muchacho y lo bien
que le sentaba el traje de luces. Al verle volteado por el toro se
ech atrs en su asiento, como si fuese a desmayarse. Aquello era
demasiado fuerte para l.

En una contrabarrera pavonebase orgulloso el marido de Encarnacin, la
hermana del diestro, un talabartero con tienda abierta, hombre sesudo,
enemigo de la vagancia, que se haba casado con la cigarrera prendado de
sus gracias, pero con la expresa condicin de no tratar al maleta de
su hermano.

Gallardo, ofendido por el mal gesto del cuado, no se haba atrevido a
pisar su tienda, situada en las afueras de la Macarena, ni a apearle el
ceremonioso usted cuando de tarde en tarde le encontraba en casa de la
seora Angustias.

--Voy a ver cmo corren a naranjazos al sinvergenza de tu
hermano--haba dicho a su mujer al ir a la plaza.

Y ahora, desde su asiento, saludaba al diestro, llamndole Juaniyo,
tratndole de t, pavonendose satisfecho cuando el novillero, atrado
por tantos gritos, acab por fijarse en l, contestndole con un
movimiento de su estoque.

--Es mi cuao--deca el talabartero, para que le admirasen los que
estaban junto a l--. Siempre he creo que este chico sera argo en er
toreo. Mi seora y yo le hemos ayudao mucho...

La salida fue triunfal. La muchedumbre se abalanz sobre Juanillo, como
si fuese a devorarlo con sus expansiones de entusiasmo. Gracias que
estaba all el cuado para imponer orden, cubrirle con su cuerpo y
conducirlo hasta el coche de alquiler, en el cual se sent al lado del
novillero.

Cuando llegaron a la casucha del barrio de la Feria iba tras el carruaje
un inmenso grupo, a modo de manifestacin popular, dando vtores que
hacan salir las gentes a las puertas. La noticia del triunfo haba
llegado all antes que el diestro, y los vecinos corran para verle de
cerca y estrechar su mano.

La seora Angustias y su hija estaban en la puerta de la casa. El
talabartero casi baj en brazos a su cuado, monopolizndolo, gritando y
manoteando en nombre de la familia para que nadie lo tocase, como si
fuese un enfermo.

--Aqu lo tienes, Encarnacin--dijo empujndolo hacia su mujer--. Ni el
propio Roger de Flor!

Y Encarnacin no necesit preguntar ms, pues saba que su marido, en
virtud de lejanas y confusas lecturas, consideraba a este personaje
histrico como el conjunto de todas las grandezas, y slo osaba unir su
nombre a sucesos portentosos.

Ciertos vecinos entusiastas que venan de la corrida piropeaban a la
seora Angustias, admirando devotamente su abultado abdomen.

--Bendita sea la mare que ha pari un mozo tan valiente!...

Las amigas la aturdan con sus exclamaciones. Qu suerte! Y poquito
dinero que iba a ganar su hijo!...

La pobre mujer mostraba en sus ojos una expresin de asombro y de duda.
Pero era realmente su Juanillo el que haca correr a la gente con tanto
entusiasmo?... Se haban vuelto locos?...

Mas de pronto cay sobre l, como si se desvaneciese todo el pasado,
como si sus angustias y rabietas fuesen un ensueo, como si confesara un
vergonzoso error. Sus brazos enormes y flcidos se arrollaron al cuello
del torero y las lgrimas mojaron una de sus mejillas.

--Hijo mo! Juaniyo!... Si te viera el pobre de tu padre!

--No yore, mare... que hoy es da de alegra. Va ust a ve. Si Dios me
da suerte, la har una casa, y le vern sus amigas en carruaje, y va
ust a yevar ca paoln de Manila que quitar er sento...

El talabartero acogi estos propsitos de grandeza con movimientos de
afirmacin ante la absorta esposa, que an no haba salido de su
sorpresa por este cambio tan radical. S, Encarnacin: todo lo hara
este mozo si se empeaba... Era extraordinario. Ni el propio Roger de
Flor!

Por la noche, en las tabernas de los barrios populares y los cafs, slo
se habl de Gallardo.

--El torero del porvenir. Ha quedao como las propias rosas... Ese chico
va a quitar los moos a todos los califas cordobeses.

En estas afirmaciones lata el orgullo sevillano, en perpetua rivalidad
con la gente de Crdoba, tierra igualmente de buenos toreros.

La existencia de Gallardo cambi por completo despus de este da.
Saludbanle los seoritos y le hacan sentar entre ellos en las puertas
de los cafs. Las buenas mozas que antes le mataban el hambre y cuidaban
de su ornato vironse poco a poco repelidas con risueo desprecio. Hasta
el viejo protector se alej prudentemente, en vista de ciertos desvos,
y fue a poner su tierna amistad en otros muchachos que empezaban.

La empresa de la Plaza de Toros buscaba a Gallardo, mimndole como si
fuese ya una celebridad. Anunciando su nombre en los carteles, el xito
era seguro: plaza llena. El populacho aplauda entusiasmado al nio de
la se Angustias, hacindose lenguas de su valor. La fama de Gallardo
extendiose por Andaluca, y el talabartero, sin que nadie solicitase sus
auxilios, mezclbase en todo, arrogndose el papel de defensor de los
intereses de su cuado.

Hombre reflexivo y muy experto, segn l, en los negocios, vea marcado
para siempre el curso de su vida.

--Tu hermano--deca por las noches al acostarse con su mujer--necesita a
su lao un hombre prctico que maneje sus intereses. Crees t que le
vendra mal nombrarme su apoderao? Pa l una gran cosa. Ni el propio
Roger de Flor! Y pa nosotros...

El talabartero contemplaba en su imaginacin las grandes riquezas que
iba a ganar Gallardo, y pensaba igualmente en los cinco hijos que tena
y los que iban a venir seguramente, pues era hombre de una fidelidad
conyugal incansable y prolfica. Quin sabe si lo que ganase el espada
acabara por ser de sus sobrinos!...

Durante ao y medio, Juan mat novillos en las mejores plazas de Espaa.
Su fama haba llegado hasta Madrid. Los aficionados de la corte sentan
curiosidad por conocer al nio sevillano, del que tanto hablaban los
peridicos y del que se hacan lenguas los inteligentes andaluces.

Gallardo, escoltado por un grupo de amigos de la tierra que residan en
Madrid, se pavone en la acera de la calle de Sevilla, junto al Caf
Ingls. Las buenas mozas sonrean con sus requiebros y se les iban los
ojos tras la gruesa cadena de oro del torero y sus grandes diamantes,
preseas adquiridas con las primeras ganancias y a crdito de las
futuras. Un matador debe mostrar que le sobra el dinero en el ornato de
su persona y convidando generosamente a todo el mundo. Cun lejos
estaban los das en que l, con el pobre _Chiripa_, vagabundeaba por la
misma acera, temiendo a la polica, contemplando a los toreros con
admiracin y recogiendo las colillas de sus cigarros!...

Su trabajo en Madrid fue afortunado. Hizo amistades, y se form en torno
de l un grupo de entusiastas ganosos de novedad, que tambin le
proclamaban el torero del porvenir, protestando porque an no haba
recibido la alternativa.

--A espuertas va a ganar el dinero, Encarnacin--deca el cuado--. Va a
tener millones, como no le ocurra una mala desgracia.

La vida de la familia cambi por completo. Gallardo, que se trataba con
los seoritos de Sevilla, no quiso que su madre siguiese habitando la
casucha de sus tiempos de miseria. Por l se hubiesen trasladado a la
mejor calle de la ciudad; pero la seora Angustias quiso seguir fiel al
barrio de la Feria, con ese amor que sienten al envejecer las gentes
simples por los lugares donde se desarroll su juventud.

Vivan en una casa mucho mejor. La madre no trabajaba y las vecinas
hacanla la corte, viendo en ella una prestamista generosa para sus das
de apuro. Juan, a ms de las joyas pesadas y estrepitosas con que
adornaba su persona, posea el supremo lujo de todo torero: una jaca
alazana, de gran poder, con silla vaquera y gran manta en el arzn
orlada de borlajes multicolores. Montado en ella trotaba por las calles,
sin ms objeto que recibir los homenajes de los amigos, que saludaban su
garbo con ols! ruidosos. Esto satisfaca por el momento sus deseos de
popularidad. Otras veces iba con los seoritos, formando vistoso pelotn
de jinetes, a la dehesa de Tablada, en vsperas de gran corrida, para
ver el ganado que otros haban de matar.

--Cuando yo tome la alternativa...--deca a cada paso, haciendo depender
de ella todos sus planes sobre el porvenir.

Para entonces dejaba una serie de proyectos con que haba de sorprender
a su madre, pobre mujer asustada del bienestar que se colaba de rondn
en su casa, y que ella crea de imposible aumento.

Lleg el da de la alternativa: el reconocimiento de Gallardo como
matador de toros.

Un maestro clebre le cedi la espada y la muleta en pleno redondel de
la plaza de Sevilla, y la muchedumbre enloqueci de entusiasmo viendo
cmo echaba abajo de una sola estocada al primer toro formal que se le
pona delante. Al mes siguiente, este doctorado tauromquico era
refrendado en la plaza de Madrid, donde otro maestro no menos clebre
volvi a darle la alternativa en una corrida de toros de Miura.

Ya no era novillero; era matador, y su nombre figuraba al lado de viejos
espadas a los que haba admirado como dioses inabordables cuando iba por
los pueblecillos tomando parte en las capeas. A uno de ellos recordaba
haberlo esperado en una estacin, cerca de Crdoba, para pedirle un
socorro cuando pasaba en el tren con su cuadrilla. Aquella tarde pudo
comer gracias a la fraternidad generosa que existe entre la gente de
coleta, y que impulsa a un espada de lujo principesco a alargar un duro
y un cigarro al pilluelo astroso que da sus primeros capeos.

Comenzaron a llover contratas sobre el nuevo espada. En todas las plazas
de la Pennsula deseaban verle, con el incentivo de la curiosidad. Los
peridicos profesionales popularizaban su retrato y su vida,
desfigurando sta con episodios novelescos. Ningn matador tena tantas
corridas como l. Iba a ganar mucho dinero.

Antonio, su cuado, acoga este xito con torvo ceo y sordas protestas
delante de su mujer y su suegra.

Un desagradecido el espada. La historia de todos los que suben aprisa.
Tanto que l haba trabajado por Juan! Con el tesn que haba
discutido con los empresarios cuando le ajustaba las corridas de
novillos!... Y ahora que era maestro tena por apodorado a un seor al
que haba conocido poco antes: un tal don Jos, que no era de la
familia, y al que Gallardo mostraba gran estima por sus prestigios de
antiguo aficionado.

--Ya le pesar--terminaba diciendo--. Familia no hay ms que una. Dnde
va a encontrar la querencia de los que le hemos visto desde pequeo? El
se lo pierde. Conmigo ira como el propio...

Y se interrumpa, tragndose el nombre famoso por miedo a las burlas de
los banderilleros y aficionados que frecuentaban la casa y haban
acabado por fijarse en esta adoracin histrica del talabartero.

Gallardo, en su bondad de triunfador, dio una satisfaccin a su cuado,
encargndole de vigilar los trabajos de la casa que estaba fabricando.
Carta blanca en los gastos. El espada, aturdido por la facilidad con que
el dinero vena a sus manos, deseaba que el cuado le robase,
compensndolo as de no haberle admitido como apoderado.

El torero iba a realizar sus deseos, construyendo una casa para su
madre. Ella, la pobre, que haba pasado su vida fregando los suelos de
los ricos, que tuviera un hermoso patio con baldosas de mrmol y zcalos
de azulejos, sus habitaciones con muebles como los de los seores, y
criadas, muchas criadas, para que la sirviesen. Tambin l sentase
unido por un afecto tradicional al barrio donde se haba deslizado su
msera niez. Gustaba de deslumbrar a las mismas gentes que haban
tenido a su madre por servidora, y dar un puado de pesetas en momentos
de apuro a los que llevaban zapatos a su padre o le entregaban a l un
mendrugo en los das penosos. Compr varias casas viejas, una de ellas
la misma en cuyo portal trabajaba el remendn, las ech abajo, y comenz
a levantar un edificio que haba de ser de blancas paredes, con rejas
pintadas de verde, vestbulo chapado de azulejos y cancela de hierro de
menuda labor, al travs de la cual se vera el patio con su fuente en
medio y sus columnas de mrmol, entre las cuales penderan jaulas
doradas con parleros pjaros.

La satisfaccin de su cuado Antonio al verse en plena libertad para la
direccin y aprovechamiento de las obras se aminor un tanto con una
noticia terrible.

Gallardo tena novia. Andaba ahora, en pleno verano, corriendo por
Espaa, de una plaza a otra, dando estocadas y recibiendo aplausos; pero
casi todos los das enviaba una carta a cierta muchacha del barrio, y en
los cortos ratos de vagar entre una corrida y otra, abandonaba a sus
compaeros y tomaba el tren para pasar una noche en Sevilla pelando la
pava con ella.

--Han visto usts?--gritaba escandalizado el talabartero en lo que l
llamaba el seno del hogar, o sea ante su mujer y su suegra--. Una
novia, sin decir palabra a la familia, que es lo nico verdadero que
existe en el mundo! El se quiere casarse. Sin duda est cansao de
nosotros... Qu sinvergenza!

Encarnacin aprobaba estas afirmaciones con rudos gestos de su rostro
hermosote y bravo, contenta de poder expresarse contra aquel hermano
que le inspiraba cierta envidia por su buena fortuna. S; siempre haba
sido un sinvergenza.

Pero la madre protestaba.

--Eso no; que yo conozco a la nia, y su probe mare fue compaera ma en
la Fbrica. Limpia como los chorros de oro, modosita, gena, bien
paresa... Ya le he dicho a Juan que por m que sea... y cuanto antes
mejor.

Era hurfana y viva con unos tos que posean una tiendecita de
comestibles en el barrio. Su padre, antiguo traficante en aguardientes,
le haba dejado dos casas en las afueras de la Macarena.

--Poca cosa--deca la seora Angustias--. Pero la nia no viene desna:
trae lo suyo... Y de ropa? Jos! Hay que ver sus manitas de oro: cmo
borda los trapos, cmo se prepara el dote...

Gallardo recordaba vagamente haber jugado con ella de nio, junto al
portal en que trabajaba el remendn, mientras hablaban las dos madres.
Era una lagartija seca y obscura, con ojos de gitana; las pupilas negras
y unidas, como gotas de tinta; las crneas de una blancura azulada y el
lagrimal de rosa plido. Al correr, gil como un muchacho, enseaba sus
piernas como caas, y el pelo escapbasele de la cabeza en mechones
rebeldes y retorcidos cual negras serpientes. Luego la haba perdido de
vista, no encontrndola hasta muchos aos despus, cuando ya era
novillero y comenzaba a tener un nombre.

Fue un da de Corpus, una de las pocas fiestas en que las hembras,
recluidas en su casa por una pereza oriental, salen a la calle como
moras en libertad, con mantilla de blonda y claveles en el pecho.
Gallardo vio una joven alta, esbelta y maciza al mismo tiempo, la
cintura recogida entre curvas amplias y firmes, con todo el vigor de la
carne primaveral. Su cara, de una palidez de arroz, se colore al ver al
torero; sus ojazos luminosos ocultronse entre largas pestaas.

--Esta gach me conose--se dijo Gallardo con petulancia--. De seguro que
me ha visto en la plaza.

Y cuando, despus de seguirla a ella y su ta, supo que era Carmen, la
compaera de su infancia, sintiose admirado y confuso por la maravillosa
transformacin de la negra lagartija de otros tiempos.

Fueron novios, y todos los vecinos hablaron de estas relaciones, viendo
en ellas un nuevo halago para el barrio.

--Yo soy as--deca Gallardo a sus entusiastas, adoptando un aire de
buen prncipe--. No quiero imitar a otros toreros que se casan con
seoritas, y too son gorros y plumas y faralaes. Yo con las de mi clase:
rico paoln, buenos andares, grasia... Ol ya!

Los amigos, entusiasmados, hacan la apologa de la muchacha. Una real
moza, con unos altibajos en el cuerpo que volvan loco a cualquiera. Y
qu patria!... Pero el torero torca el gesto. Poquitas bromas,
eh?... Cuando menos se hablase de Carmen sera mejor.

Por las noches, al conversar con ella al travs de una reja,
contemplando su rostro de mora entre matas de flores, presentbase el
mozo de una taberna cercana llevando por delante una gran batea de caas
de manzanilla. Era el enviado que llegaba a cobrar el piso: la
costumbre tradicional de Sevilla con los novios que hablan por la reja.

El torero beba una caa, ofreca otra a la novia, y deca al muchacho:

--Di a esos seores que muchas grasias y que pasar por la tienda en
cuanto acabe... Dile tambin al _Montas_ que no cobre, que Juan
Gallardo lo paga too.

Y as que acababa su charla con la novia, metase en la tienda de
bebidas, donde le esperaban los obsequiantes, unas veces amigos
entusiastas, otras desconocidos que deseaban beberse unas caas con el
torero.

Al regreso de su primera correra como matador de cartel pas las noches
del invierno junto a la reja de Carmen, envuelto en su capa de corta
esclavina y graciosa ampulosidad, de un pao verdoso, con pmpanos y
arabescos bordados en seda negra.

--Me han dicho que bebes mucho--suspiraba Carmen pegando su cara a los
hierros.

--Pamplina!... Orsequios de los amigos que hay que degolver, y na ms.
Ya ve: un torero es... un torero, y no va a viv como un fraile de la
Mers.

--Me han dicho que vas con mujeres malas.

--Mentira!... Eso era en otros tiempos, cuando no te conosa...
Hombre! Mardita sea! Quisiera yo conos al hijo de cabra que te yeva
esos soplos...

--Y cundo nos casamos?--continuaba ella, cortando con esta pregunta la
indignacin del novio.

--En cuanto se acabe la casa, y ojal sea maana! El mamarracho de mi
cuao no acaba nunca. Se conose que le va bien, y se duerme en la
suerte.

--Yo pondr orden, Juaniyo, cuando nos casemos. Ya vers qu bien marcha
too. Vers cmo me quiere tu mare.

Y as continuaban sus dilogos, esperando el momento de aquella boda, de
la que se hablaba en toda Sevilla. Los tos de Carmen y la seora
Angustias trataban del asunto siempre que se vean; pero a pesar de
esto, el torero apenas entraba en casa de la novia, como si le cerrase
el camino una terrible prohibicin. Preferan los dos verse por la reja,
siguiendo la costumbre.

Transcurri el invierno. Gallardo montaba a caballo e iba de caza a los
cotos de algunos seores que le tuteaban con aire protector. Haba que
conservar la agilidad del cuerpo con un continuo ejercicio, para cuando
llegase la temporada de corridas. Senta miedo de perder sus
facultades de fuerza y ligereza.

El propagandista ms incansable de su gloria era don Jos, un seor que
haca oficios de apoderado y le llamaba siempre su matador. Intervena
en todos los actos de Gallardo, no reconociendo mayores derechos ni aun
a la misma familia. Viva de sus rentas, sin otra ocupacin que hablar
de toros y toreros. Para l, las corridas eran lo nico interesante del
mundo, y divida a los pueblos en dos castas: la de los elegidos, que
tienen plazas de toros, y la muchedumbre de naciones tristes, en las que
no hay sol, ni alegra, ni buena manzanilla, a pesar de lo cual se creen
poderosas y felices, cuando no han visto ni una mala corrida de
novillos.

Llevaba a su aficin la energa de un guerrero y la fe de un inquisidor.
Gordo, todava joven, calvo y con barba rubia, este padre de familia,
alegre y zumbn en la vida ordinaria, era feroz e irreductible en el
gradero de una plaza cuando los vecinos mostraban opiniones diversas a
las suyas. Sentase capaz de pelear con todo el pblico por defender a
un torero amigo, y alteraba las ovaciones con extemporneas protestas
cuando aqullas iban dirigidas a un lidiador que no mereca su afecto.

Haba sido oficial de caballera, ms por aficin a los caballos que a
la guerra. Su gordura y su entusiasmo por los toros le haban hecho
retirarse del servicio, y pasaba el verano viendo corridas y el invierno
hablando de ellas... Ser el gua, el mentor, el apoderado de una
espada!... Cuando sinti este deseo todos los maestros tenan ya el
suyo, y fue para l una fortuna la aparicin de Gallardo. La menor duda
sobre los mritos de ste ponale rojo de clera, acabando por convertir
la disputa taurina en cuestin personal. Contaba como gloriosa accin de
guerra haber andado a bastonazos en un caf con dos malos aficionados
que censuraban a su matador por ser demasiado guapo.

Parecale poco el papel impreso para propalar la gloria de Gallardo, y
en las maanas de invierno iba a colocarse en una esquina tocada por un
rayo de sol, a la entrada de la calle de las Sierpes, por donde pasaban
sus amigos.

--Na: que no hay mas que un hombre!...--deca en voz alta, como si
hablase con l mismo, fingiendo no ver a los que se aproximaban--. El
primer hombre del mundo! Y el que crea lo contrario que hable!... El
nico!

--Quin?--preguntaban los amigos burlonamente, aparentando no
comprenderle.

--Quin ha de ser?... Juan.

--Qu Juan?...

Aqu un gesto de indignacin y de asombro.

--Qu Juan ha de ser?... Como si hubiese muchos Juanes!... Juan
Gallardo.

--Pero hombre!--le decan algunos--. Ni que os acostaseis juntos!...
Eres t, acaso, el que va a casarse con l?

--Porque no querr--contestaba rotundamente don Jos, con un fervor de
idlatra.

Y al ver que se aproximaban otros amigos, olvidaba a los burlones y
segua repitiendo:

--Na; que no hoy mas que un hombre!... El primero del mundo! Y el que
no lo crea que abra el pico... que aqu estoy yo!

La boda de Gallardo fue un gran suceso. Con ello se inaugur la casa
nueva, de la que estaba orgulloso el talabartero, mostrando el patio,
las columnas y los azulejos, como si todo fuese obra de sus manos.

Se casaron en San Gil, ante la Virgen de la Esperanza, llamada de la
Macarena. A la salida de la iglesia brillaron al sol las flores exticas
y los pintarrajeados pjaros de centenares de paolones chinescos en que
iban envueltas las amigas de la novia. Un diputado fue el padrino. Sobre
los fieltros blancos y negros de la mayora de los convidados
destacbanse los brillantes sombreros de copa del apoderado y otros
seores entusiastas de Gallardo. Todos ellos sonrean satisfechos de la
caricia de popularidad que les alcanzaba yendo al lado del torero.

En la puerta de la casa hubo durante el da reparto de limosnas.
Llegaron pobres hasta de los pueblos, atrados por la fama de esta boda
estrepitosa.

En el patio hubo gran comilona. Algunos fotgrafos sacaron instantneas
para los peridicos de Madrid. La boda de Gallardo era un acontecimiento
nacional. Hasta bien entrada la noche sonaron las guitarras con
melanclico quejido, acompaadas de palmoteo y repique de palillos. Las
muchachas, los brazos en alto, golpeaban el mrmol con sus menudos pies,
arremolinndose las faldas y el paoln en torno de su cuerpo gentil,
movido por el ritmo de las sevillanas. Destapbanse a docenas las
botellas de ricos vinos andaluces; circulaban de mano en mano las caas
de ardiente Jerez, de bravo Montilla y de manzanilla de Sanlcar,
plida y perfumada. Todos estaban borrachos; pero su embriaguez era
dulce, sosegada y triste, sin otra manifestacin que el suspiro y el
canto, lanzndose varios a un mismo tiempo a entonar canciones
melanclicas que hablaban de presidios, de muertes y de la pobre _mare_,
eterna musa del canto popular de Andaluca.

A media noche se fueron los ltimos convidados, y los novios quedaron en
la casa con la seora Angustias. El talabartero, al salir con su mujer,
tuvo un gesto de desesperacin. Iba ebrio y furioso porque ninguno haba
reparado en su persona durante el da. Como si no fuese nadie! Como si
no existiese la familia!...

--Nos echan, Encarnacin. Esa nia, con su carita de Virgen de la
Esperanza, va a ser el ama de too, y no quear ni tanto as pa nosotros.
Vas a ve cmo se llenan de hijos.

Y el prolfico varn se indignaba al pensar en la futura prole del
espada, venida al mundo sin otro objeto que perjudicar a la suya.

Transcurri el tiempo; pas un ao sin que se cumplieran las
predicciones del seor Antonio. Gallardo y su mujer mostrbanse en todas
las fiestas con el rumbo y la gallarda de un matrimonio rico y popular:
ella con paolones que arrancaban gritos de admiracin a las pobres
mujeres; l luciendo sus brillantes y pronto a sacar el portamonedas
para convidar a las gentes y socorrer a los mendigos que acudan en
bandas. Las gitanas, cobrizas y charlatanas como brujas, asediaban a
Carmen con profecas venturosas. Que Dios la bendijera! Iba a tener un
chiquillo, un _churumbel_ ms hermoso que el sol. Se le conoca en el
blanco de los ojos. Ya estaba casi a la mitad del camino...

Pero en vano Carmen enrojeca de placer y de rubor, bajando los ojos; en
vano se ergua el espada, orgulloso de sus obras, creyendo que iba a
presentarse el fruto esperado. El hijo no vena.

Y as transcurri otro ao, sin que el matrimonio viera realizadas sus
esperanzas. La seora Angustias se entristeca cuando le hablaban de
estas decepciones. Tena otros nietos, los hijos de Encarnacin, que por
encargo del talabartero pasaban el da en casa de la abuela, procurando
dar gusto en todo a su seor to. Pero ella, que deseaba compensar los
desvos del pasado con su cario fervoroso a Juan, quera un hijo de
ste, para educarlo a su modo, dndole todo el amor que no haba podido
dar al padre en su infancia de miseria.

--Yo s lo que es--deca la vieja tristemente--. La pobrecita Carmen no
ti sosiego. Hay que ver a esa criatura mientras Juan anda por el mundo.

Durante el invierno, en la temporada de descanso, cuando el torero
estaba en casa o iba al campo a tientas de becerros y caceras, todo
marchaba bien. Carmen mostrbase contenta sabiendo que su marido no
corra peligro. Rea con el ms leve pretexto; coma; su rostro se
animaba con los colores de la salud. Pero as que llegaba la primavera y
Juan sala de su casa para torear en las plazas de Espaa, la pobre
muchacha, plida y dbil, pareca caer en una estupefaccin dolorosa,
con los ojos agrandados por el espanto y pronta a derramar lgrimas a la
menor alusin.

--Setenta y dos corridas tiene este ao--decan los amigos de la casa al
comentar las contratas del espada--. Nadie es tan buscado como l.

Y Carmen sonrea con una mueca dolorosa. Setenta y dos tardes de
angustias, como un reo de muerte en la capilla, deseando la llegada del
telegrama al anochecer y temindola al mismo tiempo. Setenta y dos das
de terror, de vagorosas supersticiones, pensando que una palabra
olvidada en una oracin podra influir en la suerte del ausente. Setenta
y dos das de extraeza dolorosa al vivir en una casa tranquila, al ver
las mismas gentes, al sentir deslizarse la existencia habitual, dulce y
tranquila, como si en el mundo no ocurriese nada extraordinario, oyendo
en el patio el jugueteo de los sobrinos de su marido y en la calle el
canto del vendedor de flores, mientras lejos, muy lejos, en ciudades
desconocidas, su Juan, ante millares de ojos, luchaba con fieras, viendo
pasar la muerte junto a su pecho a cada movimiento del trapo rojo que
llevaba en las manos.

Ay, estos das de corrida, das de fiesta, en los cuales el cielo
pareca ms hermoso y la calle solitaria resonaba bajo los pies de los
transentes domingueros, y zumbaban las guitarras, acompaadas de
canciones y palmoteo, en la taberna de la esquina!... Carmen, pobremente
vestida, con la mantilla sobre los ojos, sala de su casa cual si
quisiera huir de malos ensueos, yendo a refugiarse en las iglesias. Su
fe simple, que la incertidumbre poblaba de supersticiones, la haca ir
de altar en altar, pesando en su mente los mritos y milagros de cada
imagen. Metase en San Gil, la iglesia popular que haba visto el mejor
da de su existencia, se arrodillaba ante la Virgen de la Macarena,
haciendo que la encendiesen cirios, muchos cirios, y contemplaba a su
luz rojiza la cara morena de la imagen, de ojos negros y largas
pestaas, que, segn decan, se asemejaba a la suya. En ella confiaba.
Por algo era la Seora de la Esperanza. Seguramente que a aquellas horas
estaba amparando a Juan con su divino poder.

Pero de pronto la indecisin y el miedo abranse paso al travs de sus
creencias, rasgndolas. La Virgen era una mujer, y las mujeres pueden
tan poco!... Su destino es sufrir y llorar, como ella lloraba por su
marido, como la otra haba llorado por su hijo. Deba confiarse a
potencias ms fuertes; deba implorar el auxilio de una proteccin ms
vigorosa. Y abandonando sin escrpulo a la Macarena con el egosmo del
dolor, como se olvida una amistad intil, iba otras veces a la iglesia
de San Lorenzo en busca de Nuestro Padre Jess del Gran Poder, el
hombre-dios coronado de espinas, con la cruz a cuestas, imagen del
escultor Montas, sudorosa y lagrimeante, que respira espanto.

La tristeza dramtica del Nazareno tropezando en las piedras y agobiado
bajo el peso de la cruz pareca consolar a la pobre esposa. Seor del
Gran Poder!... Este ttulo vago y grandioso la tranquilizaba. Que el
Dios vestido de terciopelo morado y de oro quisiera escuchar sus
suspiros, sus oraciones repetidas a toda prisa, con vertiginosa rapidez,
para que entrase la mayor cantidad posible de palabras en la medida del
tiempo, y era seguro que Juan saldra sano del redondel donde estaba en
aquellos momentos. Y otra vez daba dinero a un sacristn, y se
encendan cirios, y pasaba ella las horas contemplando el vacilante
reflejo de las rojas lenguas sobre la imagen, creyendo ver en su rostro
barnizado, con estas alternativas de sombra y de luz, sonrisas de
consuelo, gestos bondadosos que le auguraban felicidad.

El Seor del Gran Poder no la engaaba. Al volver a casa presentbase el
papelillo azul, que abra ella con mano trmula: Sin novedad. Poda
respirar, poda dormir, como el reo al que se libra por el instante de
una muerte inmediata; pero a los dos o tres das, otra vez el suplicio
de lo incierto, la terrible tortura de lo desconocido.

Carmen, a pesar del amor que profesaba a su marido, tena movimientos de
rebelda. Si ella hubiese sabido lo que era esta existencia antes de
casarse!... En ciertos momentos, impulsada por la confraternidad del
dolor, iba en busca de las mujeres de los toreros que figuraban en la
cuadrilla de Juan, como si stas pudieran darle noticias.

La esposa del _Nacional_, que tena una taberna en el mismo barrio,
acoga a la seora del maestro con tranquilidad, extrandose de sus
miedos. Ella estaba habituada a tal existencia. Su marido deba estar
bueno, ya que no enviaba noticias. Los telegramas cuestan caros, y un
banderillero gana poco. Cuando los vendedores de papeles no voceaban una
desgracia, era que nada haba ocurrido. Y segua atenta al servicio de
su establecimiento, como si en su embotada sensibilidad no pudiese abrir
huella la inquietud.

Otras veces, pasando el puente, iba Carmen al barrio de Triana en busca
de la mujer de _Potaje_ el picador, una especie de gitana que viva en
una casucha como un gallinero, rodeada de pequeuelos sucios y cobrizos,
a los que diriga y aterraba con gritos estentreos. La visita de la
seora del maestro la llenaba de orgullo, pero sus inquietudes casi la
hacan rer. No deba temer nada. Los de a pie se libraban siempre del
toro, y el seor Juan Gallardo tena mucho ngel para echarse de
encima a las fieras. Los toros mataban poca gente. Lo terrible eran las
cadas del caballo. Era sabido el final de todos los picadores, despus
de una vida de horribles costaladas: el que no mora repentinamente de
un accidente desconocido y fulminante, acababa sus das loco. As
morira el pobrecito _Potaje_; y tantas fatigas a cambio de un puado de
duros, mientras que otros...

Esto ltimo no lo deca, pero sus ojos revelaban la protesta contra las
injusticias de la suerte, contra aquellos buenos mozos que, al empuar
una espada, se llevaban los aplausos, la popularidad y el dinero, sin
riesgos mayores que los que afrontaban los humildes.

Poco a poco fue Carmen habitundose a su nueva existencia. Las crueles
esperas en das de corrida, la visita a los santos, las incertidumbres
supersticiosas, todo lo acept como incidentes necesarios de su vida.
Adems, la buena suerte de su marido y la continua conversacin en la
casa de lances de lidia acabaron por familiarizarla con el peligro. El
toro bravo fue para ella una fiera bonachona y noble, venida al mundo
sin ms objeto que enriquecer y dar fama a sus matadores.

Jams asista a una corrida de toros. Desde la tarde en que vio en su
primera novillada al que haba de ser su marido, no volvi a la plaza.
Sentase sin valor para presenciar una corrida, aunque en ella no
trabajase Gallardo. Se desvanecera de terror viendo a otros hombres
afrontar el peligro vistiendo el mismo traje que su Juan.

A los tres aos de matrimonio, el espada sufri una cogida en Valencia.
Carmen tard en enterarse. El telegrama lleg a su hora, con el
correspondiente Sin novedad. Fue obra piadosa de don Jos el
apoderado, el cual, visitando a Carmen todos los das y apelando a
hbiles escamoteos para evitar la lectura de diarios, retard durante
una semana que se enterase de la desgracia.

Cuando Carmen conoci el suceso, por la indiscrecin de unas vecinas,
quiso inmediatamente tomar el tren, ir en busca de su marido, cuidarle,
pues se lo imaginaba abandonado. No fue necesario. El espada lleg antes
de que ella partiese, plido por la sangre perdida, con una pierna
obligada a larga inmovilidad, pero alegre y animoso para tranquilizar a
su familia. La casa fue desde entonces a modo de un santuario, pasando
por el patio centenares de personas que deseaban saludar a Gallardo, el
primer hombre del mundo, sentado en un silln de junco, la pierna en un
taburete, y fumando tranquilamente, como si su cuerpo no estuviese
quebrantado por una herida atroz.

El doctor Ruiz, llegado con l a Sevilla, le dio por bueno antes de un
mes, asombrndose de la energa de aquel organismo. La facilidad con que
se curaban los toreros era un misterio para l, a pesar de su larga
prctica de cirujano. El cuerno, sucio de sangre y de excremento animal,
fraccionado muchas veces por los golpes en menudas astillas, rompa las
carnes, las rasgaba, las perforaba, siendo al mismo tiempo profunda
herida penetrante y aplastadora contusin. Y sin embargo, las atroces
heridas se curaban con mayor facilidad que las de la vida ordinaria.

--No s qu ser: misterio--deca el viejo cirujano con aire de duda--.
O estos chicos tienen carne de perro, o el cuerno, con todas sus
suciedades, guarda una virtud curativa que desconocemos.

Poco tiempo despus, Gallardo volvi a torear, sin que esta cogida
enfriase sus ardores de lidiador, como le vaticinaban los enemigos.

A los cuatro aos de matrimonio, el espada dio a su mujer y a su madre
una gran sorpresa. Iban a ser propietarios, pero propietarios en grande,
con tierras que se perdan de vista, olivares, molinos, grandes rebaos;
un cortijo igual al de los seores ricos de Sevilla.

Gallardo senta el deseo de todos los toreros, que ansan ser seores de
campo, caballistas y dueos de ganados. La riqueza urbana, los valores
en papel, no les tientan ni los entienden. El toro les hace pensar en la
verde dehesa; el caballo les recuerda el campo. La necesidad continua de
movimiento y ejercicio, la caza y la marcha durante los meses
invernales, les impulsan a desear la posesin de la tierra.

Para Gallardo slo era rico el dueo de un cortijo con grandes tropas de
bestias. De sus tiempos de miseria, cuando marchaba a pie por los
caminos, al travs de olivares y dehesas, guardaba el ferviente deseo de
poseer leguas y leguas de terreno que fuesen suyas, que estuvieran
cerradas con vallas de punzante alambre al paso de los dems hombres.

Su apoderado conoca estos deseos. Don Jos era quien corra con sus
intereses, cobrando de los empresarios y llevando una cuenta que en vano
intentaba explicar a su matador.

--Yo no entiendo esas msicas--deca Gallardo, satisfecho de su
ignorancia--. Yo slo s despachar toros. Haga lo que quiera, don Jos;
yo tengo confiansa, y s que too lo hase por mi bien.

Y don Jos, que apenas se acordaba de sus bienes, dejndolos confiados a
la dbil administracin de su mujer, preocupbase a todas horas de la
fortuna del matador, colocando su dinero a rdito con entraas de
usurero para hacerlo fructificar.

Un da abord a su protegido alegremente.

--Ya tengo lo que deseas. Un cortijo como un mundo, y adems muy barato:
una verdadera ganga. La semana que viene hacemos la escritura.

Gallardo quiso saber la situacin y el nombre del cortijo.

--Se llama _La Rinconada_.

Cumplanse sus deseos.

Cuando Gallardo fue con su esposa y su madre a tomar posesin del
cortijo, les ense el pajar en que haba dormido con sus compaeros de
miseria errante, la pieza en que haba comido con el amo y la placita
donde estoque un becerro, ganando por primera vez el derecho a viajar
en tren sin tener que esconderse bajo los asientos.




III


En las noches de invierno, cuando Gallardo no estaba en _La Rinconada_,
reunanse una tertulia de amigos en el comedor de su casa luego de
cenar.

Llegaban de los primeros el talabartero y su mujer, que tenan siempre
dos de sus hijos en casa del espada. Carmen, como si quisiera olvidar su
esterilidad y la molestase el silencio de la gran casa, retena junto a
ella a los hijos menores de su cuada. Estos, por cario espontneo y
por indicaciones de sus padres, acariciaban a todas horas con besos y
arrullos gatunos a la hermosa ta y al to generoso y popular.

Encarnacin, tan gruesa como su madre, con el vientre flcido por la
incesante procreacin y la boca un poco bigotuda al entrar en aos,
sonrea servilmente a su cuada, lamentando las molestias que la daban
los nios.

Pero antes de que Carmen pudiese hablar, intervena el talabartero.

--Djalos, mujer. Quieren tanto a sus tos! La pequea no puede vivir
sin su tita Carmen...

Y los dos sobrinos permanecan all como en su propia casa, adivinando
en su malicia infantil lo que de ellos esperaban sus padres, extremando
las caricias y mimos con aquellos parientes ricos, de los que oan
hablar a todos con respeto. As que acababa la cena, besaban la mano a
la seora Angustias y a sus padres y se arrojaban al cuello de Gallardo
y su mujer, saliendo del comedor para ir a la cama.

La abuela ocupaba un silln en la cabecera de la mesa. Cuando el espada
tena convidados, gentes casi siempre de cierta posicin social, la
buena mujer resistase a sentarse en el sitio de honor.

--No--protestaba Gallardo--. La mamita en la presidensia. Sintese ah,
mam, o no comemos.

Y la conduca de un brazo, acaricindola con extremos amorosos, como si
quisiera resarcirla de los aos de infancia vagabunda que haban sido su
tormento.

Cuando por las noches llegaba el _Nacional_ a pasar un rato en casa del
maestro, como si esta visita fuese un deber de subordinacin, la
tertulia pareca animarse. Gallardo, vistiendo rica zamarra, como un
seor del campo, la cabeza descubierta y la coleta alisada hasta cerca
de la frente, reciba a su banderillero con zumbona amabilidad. Qu
decan los de la aficin? Qu mentiras circulaban?... Cmo marchaba
eso de la Repblica?

--_Garabato_, dale a Sebastin una copa de vino.

Pero Sebastin el _Nacional_ repela el obsequio. Nada de vino; l no
beba. El vino era el culpable del atraso de la clase jornalera. Y toda
la tertulia, al or esto, rompa a rer, como si hubiese dicho algo
graciossimo que estaba esperando. Comenzaba el banderillero a soltar de
las suyas.

El nico que permaneca silencioso, con ojos hostiles, era el
talabartero. Odiaba al _Nacional_, viendo en l a un enemigo. Tambin
ste era prolfico en su fidelidad de hombre de bien, y un enjambre de
chicuelos movase en la tabernilla en torno de las faldas de la madre.
Los dos ms pequeos haban sido apadrinados por Gallardo y su mujer,
unindose el espada y el banderillero con parentesco de compadres.
Hipcrita! Traa a la casa todos los domingos a los dos ahijados, con
sus mejores ropitas, para que besasen la mano a los padrinos, y el
talabartero palideca de indignacin cada vez que los hijos del
_Nacional_ reciban un regalo. Venan a robar a los suyos. Tal vez hasta
soaba el banderillero con que una parte de la fortuna del espada
pudiera llegar a manos de los ahijados. Ladrn! Un hombre que no era
de la familia!...

Cuando no acoga las palabras del _Nacional_ con un silencio hostil y
miradas de odio, intentaba zaherirle, mostrndose partidario del
inmediato fusilamiento de todos los que propalan paparruchas entre el
pueblo y son un peligro para las gentes de bien.

El _Nacional_ tena diez aos ms que su maestro. Cuando ste comenzaba
a lidiar en las capeas, ya era l banderillero en cuadrillas de cartel y
haba venido de Amrica, luego de matar toros en la plaza de Lima. Al
comenzar su carrera goz de cierta popularidad, por ser joven y gil.
Tambin l haba figurado por unos das como el torero del porvenir, y
la aficin sevillana, puestos los ojos en su persona, esperaba que
eclipsase a los matadores de otras tierras. Pero esto dur poco. Al
volver de su viaje con el prestigio de nebulosas y lejanas hazaas, se
agolp la muchedumbre en la Plaza de Toros de Sevilla para verle matar.
Miles de personas se quedaron sin entrada. Pero en este momento de
prueba definitiva le falt el corazn, como decan los aficionados.
Clavaba las banderillas con aplomo, como un trabajador concienzudo y
serio que cumple su deber; pero al entrar a matar, el instinto de
conservacin, ms fuerte que su voluntad, le mantena a gran distancia
del toro, sin emplear las ventajas de su estatura y su fuerte brazo.

El _Nacional_ renunci a las ms altas glorias de la tauromaquia.
Banderillero nada ms. Se resignaba a ser un jornalero de su arte,
sirviendo a otros ms jvenes, para ganar un pobre sueldo de pen con
que mantener a la familia y hacer ahorrillos que le permitiesen
establecer una pequea industria. Su bondad y sus honradas costumbres
eran proverbiales entre la gente de coleta. La mujer de su matador le
quera mucho, viendo en l una especie de ngel custodio para la
fidelidad de su marido. Cuando en verano, Gallardo, con toda su gente,
iba a un caf cantante en alguna capital de provincia, ganoso de juerga
y alegra luego de despachar los toros de varias corridas, el _Nacional_
permaneca mudo y grave entre las _cantaoras_ de bata vaporosa y boca
pintada, como un padre del desierto en medio de las cortesanas de
Alejandra.

No se escandalizaba, pero ponase triste pensando en su mujer y en los
chiquillos que le aguardaban en Sevilla. Todos los defectos y
corrupciones del mundo eran para l producto de la falta de instruccin.
De seguro que aquellas pobres mujeres no saban leer ni escribir. A l
le ocurra lo mismo, y como basaba en ese defecto su insignificancia y
pobreza de mollera, atribua a idntica causa todas las miserias y
envilecimientos que existen en el mundo.

Haba sido fundidor en su primera juventud, miembro activo de la
Internacional de Trabajadores y asiduo oyente de los compaeros de
oficio que, ms felices que l, podan leer en voz alta lo que decan
los papeles dedicados al bien del pueblo. Jug a los soldados en tiempos
de la Milicia nacional, figurando en los batallones que llevaban gorro
rojo como signo de intransigencia federalista. Pas das enteros ante
las tribunas elevadas en las plazas, donde los clubs se declaraban en
sesin permanente y los oradores sucedanse da y noche, perorando con
andaluza facundia sobre la divinidad de Jess y la subida de los
artculos de primera necesidad; hasta que, al venir tiempos represivos,
una huelga le dej en la difcil situacin del obrero sealado por sus
rebeldas, vindose despedido de todos los talleres.

Le gustaban las corridas de toros, y se hizo torero a los veinticuatro
aos, como poda haber adoptado otro oficio. El, adems, saba mucho, y
hablaba con desprecio de los absurdos de la actual sociedad. No en balde
se pasan varios aos escuchando leer papeles. Por mal que le fuese en el
toreo, siempre ganara ms y llevara mejor vida que siendo un obrero
hbil. La gente, recordando los tiempos en que arrastraba el fusil de la
milicia popular, le apod el _Nacional_.

Hablaba de la profesin taurina con cierto remordimiento, a pesar de los
aos transcurridos, y se excusaba de pertenecer a ella. El comit de su
distrito, que haba decretado la expulsin del partido de todos los
correligionarios que asistiesen a las corridas de toros, por brbaras y
retrgradas, haba hecho una excepcin en favor de l, mantenindole
en su cargo de vocal.

--Yo s--deca en el comedor de Gallardo--que esto de los toros es cosa
reacsionaria... argo as como de los tiempos de la Inquisisin: no s si
me explico. La gente nesesita como el pan sab le y escrib, y no est
bien que se gaste er dinero en nosotros mientras farta tanta escuela.
As lo disen papeles que vienen de Madr... Pero los correligionarios me
apresian, y el comit, despus de una prdica que sort don Joselito, ha
acordao que siga en el censo del parto.

Su tranquila gravedad, inalterable ante las burlas y los extremos de
cmica furia con que el espada y sus amigos acogan tales declaraciones,
respiraba orgullo por la excepcin con que le haban honrado los
correligionarios.

Don Joselito, maestro de primeras letras, verboso y entusiasta, que
presida el comit del distrito, era un joven de origen israelita que
llevaba a la lucha poltica el ardor de los Macabeos y estaba satisfecho
de su morena fealdad picada de viruelas, porque le daba cierta semejanza
con Dantn. El _Nacional_ oale siempre con la boca abierta.

Cuando don Jos, el apoderado de Gallardo, y otros amigos del maestro
combatan zumbonamente sus doctrinas, a la hora de sobremesa, con
objeciones extravagantes, el pobre _Nacional_ quedaba en suspenso,
rascndose la frente.

--Usts son seores y han estudiao, y yo no s le ni escrib. Por eso
los de la clase baja somos unos borregos. Pero si estuviera aqu don
Joselito!... Por va e la paloma azul! Si le oyesen usts cuando se
suerta a hablar como un ngel!...

Y para fortalecer su fe, un tanto quebrantada por las arremetidas de los
burlones, se iba al da siguiente a ver a don Joselito, el cual pareca
gozar amarga voluptuosidad, como descendiente de los grandes
perseguidos, al ensearle lo que l llamaba su museo de horrores. El
hebreo, vuelto a la tierra natal de sus abuelos, iba coleccionando en
una pieza de la escuela recuerdos de la Inquisicin, con la minuciosidad
vengativa de un prfugo que fuese reconstituyendo hueso por hueso el
esqueleto de su carcelero. En un armario alinebanse libros en
pergamino, relatos de autos de fe y cuestionarios para interrogar a los
reos durante el tormento. En una pared vease extendido un pendn blanco
con la temible cruz verde. En los rincones amontonbanse hierros de
tortura, espantosas disciplinas, todo lo que encontraba don Joselito en
los puestos de los cambalacheros que sirviese para rajar, atenacear y
deshilachar, catalogndolo inmediatamente como de la antigua pertenencia
del Santo Oficio.

La bondad del _Nacional_, su alma simple, pronta a indignarse,
sublevbase ante la mohosa ferretera y las cruces verdes.

--Hombre, y an hay quien dice!... Por va e la paloma!... Aqu
quisiera yo ve a argunos.

Un afn de proselitismo le haca exhibir sus creencias en todas
ocasiones, sin miedo a las burlas de los compaeros. Pero aun en esto
mostrbase bondadoso, sin asomos de acometividad. Para l, los que
permanecan indiferentes ante la suerte del pas y no figuraban en el
censo del partido eran probes vtimas de la ignoransia nasional. La
salvacin estribaba en que la gente supiese leer y escribir. El, por su
parte, renunciaba modestamente a esta regeneracin, considerndose ya
duro para aprender; pero haca responsable de su ignorancia al mundo
entero.

Muchas veces, cuando en el verano iba la cuadrilla de una provincia a
otra y Gallardo se trasladaba al vagn de segunda en que viajaban los
chicos, montaba en ste algn cura rural o una pareja de frailes.

Los banderilleros dbanse con el codo y guiaban un ojo mirando al
_Nacional_, que pareca ms grave y solemne ante el enemigo. Los
picadores _Potaje_ y _Tragabuches_, mozos rudos y de acometividad,
aficionados a rias y broncas, y que sentan una confusa aversin
hacia los hbitos, le azuzaban en voz baja.

--Ah lo tis!... Entrale por derecho... Curgale der morrillo una
soflama de las tuyas.

El maestro, con toda su autoridad de jefe de cuadrilla, al que nadie
puede contestar ni discutir, rodaba los ojos mirando al _Nacional_, y
ste permaneca en silenciosa obediencia. Pero ms fuerte que su
subordinacin era el impulso de proselitismo de su alma simple. Y
bastaba una palabra insignificante, para que al momento entablase
discusin con los viajeros, intentando convencerles de la verdad. Y la
verdad era para l a modo de una pelota de retazos, confusos y en
desorden, de lo que haba odo a don Joselito.

Mirbanse los camaradas, asombrados de la sabidura de su compaero,
sintindose satisfechos de que uno de los suyos hiciese frente a gentes
de carrera y las pusiera en aprieto, por ser clrigos casi siempre de
pocos estudios.

Los religiosos, aturdidos por la argumentacin atropellada del
_Nacional_ y las risas de los otros toreros, acababan por apelar a un
recurso extremo. Y hombres que exponan su existencia frecuentemente no
pensaban en Dios y crean tales cosas? Cmo estaran rezando a aquellas
horas sus esposas y madres!...

Los de la cuadrilla ponanse serios, con una gravedad temerosa, pensando
en los escapularios y medallas que manos femeniles haban cosido a sus
trajes de lidia antes de salir de Sevilla. El espada, herido en sus
adormiladas supersticiones, irritbase contra el _Nacional_, como si
viese en esta impiedad un peligro para su vida.

--Caya y no digas ms barbariaes! Usts perdonen. Es un buen hombre,
pero le han trastornao la cabesa con tanta mentira... Caya y no me
repliques! Mardita sea! Te voy a yenar esa bocasa de...

Y Gallardo, para tranquilizar a aquellos seores a los que crea
depositarios del porvenir, abrumaba al banderillero con sus amenazas y
blasfemias.

El _Nacional_ refugibase en un silencio desdeoso. Todo ignorancia y
supersticin: falta de saber leer y escribir. Y firme en sus creencias,
con la simplicidad del hombre sencillo que slo posee dos o tres ideas y
no las suelta aunque le conmuevan con los mayores zarandeos, volva a
reanudar la discusin a las pocas horas, no haciendo caso de la clera
del matador.

Su impiedad le acompaaba hasta en medio del redondel, entre peones y
piqueros, que, luego de haber hecho su oracin en la capilla de la
plaza, salan a la arena con la esperanza de que los sagrados objetos
cosidos a sus ropas les librasen de peligro.

Cuando un toro enorme, de muchas libras, cuello grueso e intenso color
negro, llegaba a la suerte de banderillear, el _Nacional_ se colocaba
con los brazos abiertos y los palos en las manos, a corta distancia de
l, llamndolo con insultos:

--Entra, presbtero!

El presbtero entraba furioso, y al pasar junto al _Nacional_ hundale
ste en el morrillo las banderillas con toda su fuerza, diciendo en alta
voz, como si consiguiese una victoria:

--Pa er clero!

Gallardo acababa por rer de las extravagancias del _Nacional_.

--Me pones en ridculo; van a fijarse en la cuadrilla, y dirn que somos
toos un hato de herejes. Ya sabes que a ciertos pblicos no les gusta
eso. El torero slo debe torear.

Pero quera mucho al banderillero, recordando su adhesin, que algunas
veces haba llegado hasta el sacrificio. Nada le importaba al _Nacional_
que le silbasen cuando en toros peligrosos pona las banderillas de
cualquier modo, deseando acabar pronto. El no quera gloria, y
nicamente toreaba por el jornal. Pero as que Gallardo se iba, estoque
en mano, hacia un toro de cuidado, el banderillero permaneca cerca
de l, pronto a auxiliarle con su pesado capote y su brazo vigoroso que
humillaban la cerviz de las fieras. Dos veces que Gallardo rod en la
arena, vindose prximo a ser enganchado, el _Nacional_ se arroj sobre
la bestia, olvidndose de los nios, de la mujer, de la tabernilla, de
todo, queriendo morir para salvar al maestro.

Su entrada en el comedor de Gallardo era acogida por las noches como si
fuese la de un miembro de la familia. La seora Angustias le quera con
ese cario de los humildes que, al encontrarse en un ambiente superior,
se juntan en grupo aparte.

--Sintate a mi lao, Sebastin. De verd que no quieres na?... Cuntame
cmo marcha el establesimiento. Teresa y los nios, genos?

El _Nacional_ iba enumerando las ventas de los das anteriores: tanto de
copas, tanto de vino de la tierra servido a las casas; y la vieja le
escuchaba con la atencin de una mujer que ha sufrido miserias y sabe el
valor del dinero contado a cntimos.

Sebastin hablaba despus del aumento de sus negocios. Un despacho de
tabaco en la misma taberna le ira como de perlas. El espada poda
conseguir esto valindose de sus amistades con los personajes; pero l
senta ciertos escrpulos para admitirlo.

--Ya ve ust, se Angustias: eso del estanco es cosa del gobierno, y yo
tengo mis prinsipios; yo soy federal: estoy en el censo del parto; soy
del comit. Qu diran los de la idea?...

La vieja indignbase con estos escrpulos. Lo que l deba hacer era
llevar a su casa todo el pan que pudiese. La pobre Teresa!... con
tantos chiquillos!...

--Sebastin, no seas bruto! Qutate toas esas telaraas de la cabesa...
No me contestes. No empieses a sortar barbariaes como otras noches.
Mira que maana voy a ir a misa a la Macarena...

Pero Gallardo y don Jos, que fumaban al otro lado de la mesa, con la
copa de coac al alcance de la mano, tenan ganas de hacer hablar al
_Nacional_ para rerse de sus ideas, y le azuzaban insultando a don
Joselito: un embustero que trastornaba a los ignorantes como l.

El banderillero acoga con mansedumbre las bromas del espada y su
apoderado. Dudar de don Joselito!... Este absurdo no llegaba a
indignarle. Era como si le tocasen a su otro dolo, a Gallardo,
dicindole que no saba matar un toro.

Pero al ver que el talabartero, que le inspiraba una irresistible
aversin, se una a estas burlas, perdi la calma. Quin era aquel
hambrn, que viva colgado de su maestro, para discutir con l?... Y
repeliendo toda continencia, sin reparar en la madre y la esposa del
matador, y en Encarnacin, que, imitando a su marido, frunca el
bigotudo labio y miraba despectivamente al banderillero, ste se lanz
cuesta abajo en la exposicin de sus ideas, con el mismo fervor que
cuando discuta en el comit. A falta de mejores argumentos, abrum con
injurias las creencias de aquellos burlones.

--La Biblia?... lquido! Lo de la creasin der mundo en seis
das?... lquido! Lo de Adn y Eva?... lquido tambin! Too
mentira y superstisin.

Y la palabra lquido! aplicada a cuanto crea falso o
insignificante--por no usar otra ms irreverente que comenzaba por la
misma letra--tomaba en sus labios una expresin rotunda de desprecio.

Lo de Adn y Eva era para l motivo de sarcasmos. Haba reflexionado
mucho sobre este punto en las horas de silencioso dormitar, cuando iba
de viaje con la cuadrilla, encontrando un argumento incontestable,
producto por entero de su pensamiento. Cmo iban a ser todos los
humanos descendientes de una pareja nica?...

--A m me yaman Sebastin Venegas, eso es; y t, Juaniyo, te yamas
Gallardo; y ust, don Jos, ti su apellido, y cada cual er suyo, no
siendo iguales mas que los de los parientes. Si toos fusemos nietos de
Adn, y a Adn, verbigrasia, le yamaban Prez, toos seramos Prez de
apellido. Est claro?... Pues cuando ca uno yevamos er nuestro, es
porque hubo muchos Adanes, y lo que cuentan los curas too... lquido!
Superstisin y atraso. Nos farta instrucsin y abusan de nosotros... Me
paese que me explico.

Gallardo, echando atrs el cuerpo a impulsos de la risa, saludaba a su
banderillero imitando el mugido del toro. El apoderado, con andaluza
gravedad, le ofreca la mano felicitndole.

--Chcala! Has estao mu geno. Ni Castelar!

La seora Angustias indignbase al or tales cosas en su casa, con un
terror de mujer vieja que ve cercano el fin de su existencia.

--Caya, Sebastin. Cierra esa bocasa de infierno, condenao, o te vas a
la calle. Aqu no digas esas cosas, demonio... Si no te conosiese! si
no supiera que eres un gen hombre!

Y acababa por reconciliarse con el banderillero, pensando en lo mucho
que quera a su Juan, recordando lo que haba hecho por l en momentos
de peligro. Adems, representaba una gran tranquilidad para ella y para
Carmen que figurase en la cuadrilla este hombre serio, de morigeradas
costumbres, al lado de los otros chicos y del mismo espada, que al
verse solo era sobrado alegre de carcter y se dejaba arrastrar del
deseo de verse admirado por las mujeres.

El enemigo de los clrigos y de Adn y Eva guardaba a su maestro un
secreto que le haca mostrarse reservado y grave cuando le vea en la
casa entre su madre y la seora Carmen. Si supieran estas mujeres lo
que l saba!

A pesar del respeto que todo banderillero debe guardar a su matador, el
_Nacional_ haba osado hablar un da a Gallardo con ruda franqueza,
amparndose en sus aos y en la antigua amistad.

--Ojo, Juaniyo, que en Seviya se sabe too! No se habla de otra cosa, y
la notisia yegar a tu casa, y va a haber ca bronca que a Dios le arder
er pelo... Piensa que la se Angustias se pondr hecha una Dolorosa, y
la pobre Carmen sacar su genio... Acurdate de lo de la cantaora; y
aqueyo no fue na. Esto bicho es de ms empuje, de ms cuidao.

Gallardo finga no comprenderle, molestado y halagado al mismo tiempo
por la idea de que toda la ciudad conociese el secreto de sus amores.

--Pero qu bicho es ese y qu broncas son esas de que hablas?

--Quin ha de ser!... Doa Zol; esa seorona que da tanto que hablar.
La sobrina del marqus de Moraima, el ganadero.

Y como el espada quedase sonriente y en silencio, halagado por las
exactas informaciones del _Nacional_, ste continu, con aire de
predicador desengaado de las vanidades del mundo:

--El hombre casao debe buscar ante too la tranquilidad de su casa...
Las mujeres!... lquido! Toas son iguales: toas tienen lo mismo en
pareso sitio, y es tontera amargarse la vida saltando de una en otra.
Un servidor, en los veinticuatro aos que yevo con mi Teresa, no la he
fartao ni con er pensamiento, y eso que soy torero y tuve mis buenos
das, y ms de una moza me puso los ojos tiernos.

Gallardo acab rindose del banderillero. Hablaba como un padre prior.
Y era l quien quera comerse crudos a los frailes?

--_Nacional_, no seas bruto. Ca uno es quien es, y ya que las jembras
vienen, jalas venir. Pa lo que vive uno!... Cualquier da pueo salir
del redondel con los pies pa alante... Adems, t no sabes lo que es
eso, lo que es una seora. Si vieras qu mujer!...

Luego aadi con ingenuidad, como si quisiera desvanecer el gesto de
escndalo y tristeza que se marcaba en el rostro del _Nacional_:

--Yo quiero mucho a Carmen, te enteras? La quiero como siempre. Pero a
la otra la quiero tambin. Es otra cosa... no s como explicrtelo. Otra
cosa, vaya!

Y el banderillero no pudo sacar ms de su entrevista con Gallardo.

Meses antes, al llegar con el otoo la terminacin de la temporada de
corridas, el espada haba tenido un encuentro en la iglesia de San
Lorenzo.

Descansaba unos das en Sevilla antes de irse a _La Rinconada_ con su
familia. Al llegar este perodo de calma, lo que ms agradaba al espada
era vivir en su propia casa, libre de los continuos viajes en tren.
Matar ms de cien toros por ao, con los peligros y esfuerzos de la
lidia, no le fatigaba tanto como el viaje durante varios meses de una
plaza a otra de Espaa.

Eran excursiones en pleno verano, bajo un sol abrumador, por llanuras
abrasadas y en antiguos vagones cuyo techo pareca arder. El botijo de
agua de la cuadrilla, lleno en todas las estaciones, no bastaba a apagar
la sed. Adems, los trenes iban atestados de viajeros, gentes que
acudan a las ferias de las ciudades para presenciar las corridas.
Muchas veces, Gallardo, por miedo a perder el tren, mataba su ltimo
toro en una plaza, y vestido an con el traje de lidia, corra a la
estacin, pasando como un meteoro de luces y colores entre los grupos de
viajeros y los carretones de los equipajes. Cambiaba de vestido en un
departamento de primera, ante las miradas de los pasajeros, satisfechos
de ir con una celebridad, y pasaba la noche encogido sobre los
almohadones, mientras los compaeros de viaje apelotonbanse para
dejarle el mayor espacio posible. Todos le respetaban, pensando que al
da siguiente iba a proporcionarles el placer de una emocin trgica sin
peligro para ellos.

Cuando llegaba, quebrantado, a una ciudad en fiesta, con las calles
engalanadas con banderolas y arcos, sufra el tormento de la adoracin
entusistica. Los aficionados partidarios de su nombre le esperaban en
la estacin y le acompaaban hasta el hotel. Eran gentes bien dormidas y
alegres, que lo manoseaban y queran encontrarlo expansivo y locuaz,
como si al verles hubiera de experimentar forzosamente el mayor de los
placeres.

Muchas veces, la corrida no era nica. Haba que torear tres o cuatro
das seguidos, y el espada, al llegar la noche, rendido de cansancio y
falto de sueo por las recientes emociones, daba al traste con los
convencionalismos sociales y se sentaba a la puerta del hotel en mangas
de camisa, gozando del fresco de la calle. Los chicos de la cuadrilla,
alojados en la misma fonda, permanecan junto al maestro, como
colegiales reclusos. Alguno ms audaz peda permiso para dar un paseo
por las calles iluminadas y el campo de la feria.

--Maana, Miuras--deca el espada--. S lo que son esos paseos. Gorvers
al amaneser con dos copas de sobra, y no te faltar un enreo pa perder
las fuerzas... No: no se sale. Ya te hartars cuando acabemos.

Y al terminar el trabajo, si quedaban unos das libres hasta la prxima
corrida en otra ciudad, la cuadrilla retardaba el viaje, y entonces eran
las francachelas lejos de la familia, la abundancia de vinos y mujeres
en compaa de aficionados entusiastas, que slo se imaginaban de este
modo la vida de sus dolos.

Las diversas fechas de las fiestas obligaban al espada a viajes
absurdos. Parta de una ciudad para trabajar en el otro extremo de
Espaa, y cuatro das despus retroceda, toreando en una poblacin
inmediata a aqulla. Los meses del verano, que eran los ms abundantes
en corridas, casi los pasaba en el tren, en un continuo zigzag por todas
las vas frreas de la Pennsula, matando toros en las plazas y
durmiendo en los trenes.

--Si pusieran en lnea lo que corro en el verano!--deca Gallardo--. Lo
menos yegaba ar polo Norte.

Al comenzar la temporada emprenda con entusiasmo el viaje, pensando en
los pblicos que hablaban de l todo el ao, aguardando impacientes su
llegada; en los conocimientos inesperados; en las aventuras que le
brindaba muchas veces la curiosidad femenil; en la vida de hotel en
hotel, con sus agitaciones, sus molestias y sus comidas diversas, que
contrastaba con la plcida existencia de Sevilla y los das de montaraz
soledad en _La Rinconada_.

Pero a las pocas semanas de esta vida vertiginosa, en la que ganaba
cinco mil pesetas por cada tarde de trabajo, Gallardo comenzaba a
lamentarse como un nio lejos de su familia.

--Ay, mi casa de Sevilla, tan fresca, y con la pobre Carmen que la ti
como una tacita de plata! Ay, los guisos de la mamita! Tan ricos!...

Y slo olvidaba a Sevilla en las noches de asueto, cuando no haba toros
al da siguiente y toda la cuadrilla, rodeada de aficionados deseosos
de que se llevasen un buen recuerdo de la ciudad, se meta en un caf de
cante flamenco, donde mujeres y canciones todo era para el maestro.

Al volver a su casa para descansar durante el resto del ao, senta
Gallardo la satisfaccin del poderoso que, olvidando honores, se entrega
a la vida ordinaria.

Dorma hasta muy tarde, libre de horarios de trenes, sin emocin alguna
al pensar en los toros. Nada que hacer aquel da, ni al otro, ni al
otro! Todos sus viajes llegaran hasta la calle de las Sierpes o la
plaza de San Fernando. La familia pareca otra, ms alegre y con mejor
salud al tenerle seguro en casa por unos cuantos meses. Sala con el
fieltro echado atrs, moviendo su bastn de puo de oro y mirndose los
gruesos brillantes de los dedos.

En el vestbulo le esperaban varios hombres, de pie junto a la cancela,
al travs de cuyos hierros se vea el patio blanco y luminoso, de fresca
limpieza. Eran gentes tostadas por el sol, de agrio hedor sudoroso, la
blusa sucia y el ancho sombrero con los bordes deshilachados. Unos eran
trabajadores del campo que iban de camino, y al pasar por Sevilla crean
natural impetrar el socorro del famoso matador, al que llamaban seor
Juan. Otros vivan en la ciudad, y tuteaban al torero, llamndole
Juaniyo.

Gallardo, con su memoria fisonmica de hombre de muchedumbres, reconoca
sus rostros y admita el tuteo. Eran camaradas de escuela o de infancia
vagabunda.

--No marchan los negocios, eh?... Los tiempos estn malos pa toos.

Y antes de que esta familiaridad los animase a mayores intimidades,
volvase a _Garabato_, que permaneca con la cancela en la mano.

--Dile a la seora que te d un par de pesetas pa ca uno.

Y sala a la calle silbando, satisfecho de su generosidad y de la
hermosura de la vida.

En la taberna prxima asombanse a las puertas los chicos del _Montas_
y los parroquianos, como si no lo hubiesen visto nunca, con boca
sonriente y ojos devoradores de curiosidad.

--Sal, cabayeros!... Se agradese el orsequio, pero no bebo.

Y librndose del entusiasta que marchaba a su encuentro con una caa en
la mano, segua adelante, siendo detenido en otra calle por un par de
viejas amigas de su madre. Le pedan que fuese padrino del nieto de una
de ellas. Su pobrecita hija estaba para librar de un momento a otro; el
yerno, un gallardista furibundo, que haba andado a palos varias veces
a la salida de la plaza por defender a su dolo, no se atreva a
hablarle.

--Pero mardita sea!... es que me toman usts por ama de cra?... Tengo
ms ahijaos que hay en el Hospisio.

Para librarse de ellas, las aconsejaba que se avistasen con la mamita.
Lo que ella dijese! Y segua adelante, no detenindose hasta la calle
de las Sierpes, saludando a unos y dejando a otros que gozasen el honor
de marchar a su lado, en gloriosa intimidad, ante la mirada de los
transentes.

Asombase al club de los _Cuarenta y cinco_ para ver si estaba en l su
apoderado: una sociedad aristocrtica, de nmero fijo, segn indicaba su
ttulo, en la que slo se hablaba de toros y caballos. Estaba compuesta
de ricos aficionados y ganaderos, figurando en lugar preeminente, como
un orculo, el marqus de Moraima.

En una de estas salidas, un viernes por la tarde, Gallardo, que iba
camino de la calle de las Sierpes, sinti deseos de entrar en la
parroquia de San Lorenzo.

En la plazuela alinebanse lujosos carruajes. Lo mejor de la ciudad iba
en este da a rezar a la milagrosa imagen de Nuestro Padre Jess del
Gran Poder. Bajaban las seoras de sus coches, vestidas de negro, con
ricas mantillas, y los hombres penetraban en la iglesia, atrados por la
concurrencia femenina.

Gallardo entr tambin. Un torero debe aprovechar las ocasiones para
rozarse con las personas de alta posicin. El hijo de la seora
Angustias senta un orgullo de triunfador cuando le saludaban los
seores ricos y las damas elegantes susurraban su nombre, designndolo
con los ojos.

Adems, l era devoto del Seor del Gran Poder. Toleraba al _Nacional_
sus opiniones sobre Dios u la Naturaleza sin gran escndalo, pues la
divinidad era para l algo vago e indeciso, semejante a la existencia de
un seor del que se pueden escuchar con calma toda clase de
murmuraciones, por lo mismo que slo se le conoce de odas. Pero la
Virgen de la Esperanza y Jess del Gran Poder los estaba viendo desde
sus primeros aos, y a stos que no se los tocasen.

Su sensibilidad de rudo mocetn conmovase ante el dolor teatral de
Cristo con la cruz a cuestas, el rostro sudoroso, angustiado y lvido,
semejante al de algunos camaradas que haba visto tendidos en las
enfermeras de las plazas de toros. Haba que estar bien con el poderoso
seor, y rez fervorosamente varios padrenuestros de pie ante la imagen,
reflejndose los cirios como estrellas rojas en las crneas de sus ojos
africanos.

Un movimiento de las mujeres arrodilladas delante de l distrajo su
atencin, vida de intervenciones sobrenaturales para su vida en
peligro.

Pasaba una seora por entre las devotas, atrayendo la atencin de stas:
una mujer alta, esbelta, de belleza ruidosa, vestida de colores claros y
con un gran sombrero de plumas, bajo el cual brillaba con estallido de
escndalo el oro luminoso de su cabellera.

Gallardo la conoci. Era doa Sol, la sobrina del marqus de Moraima,
la Embajadora, como la llamaban en Sevilla. Pas entre las mujeres,
sin reparar en sus movimientos de curiosidad, satisfecha de las ojeadas
y del susurro de sus palabras, como si todo esto fuese un homenaje
natural que deba acompaar su presentacin en todas partes.

El traje de una elegancia extica y el enorme sombrero destacbanse con
realce chilln sobre la masa obscura de los tocados femeniles. Se
arrodill, inclin la cabeza como si orase unos instantes, y luego, sus
ojos claros, de un azul verdoso con reflejos de oro, paseronse por el
templo tranquilamente, como si estuviese en un teatro y examinase la
concurrencia buscando caras conocidas. Estos ojos parecan sonrer
cuando encontraban el rostro de una amiga, y persistiendo en sus paseos,
acabaron por tropezarse con los de Gallardo fijos en ella.

El espada no era modesto. Acostumbrado a verse objeto de la
contemplacin de miles y miles de personas en las tardes de corrida,
crea buenamente que all donde estuviese l todas las miradas haban de
ser forzosamente para su persona. Muchas mujeres, en horas de confianza,
le haban revelado la emocin, la curiosidad y el deseo que sintieron al
verle por vez primera en el redondel. La mirada de doa Sol no se baj
al encontrarse con la del torero; antes bien, permaneci fija, con una
frialdad de gran seora, obligando al matador, respetuoso con los ricos,
a desviar la suya.

Qu mujer!--pens Gallardo, con su petulancia de dolo popular--. Si
estar por m esta gach!...

Fuera del templo sinti la necesidad de no alejarse, de verla otra vez,
permaneciendo cerca de la puerta. Le avisaba el corazn algo
extraordinario, lo mismo que en las tardes de buena fortuna. Era la
corazonada misteriosa que en el redondel le haca desor las protestas
del pblico, lanzndose a las mayores audacias siempre con excelente
resultado.

Cuando sali ella del templo, volvi a mirarle sin extraeza, como si
hubiese adivinado que iba a esperarla en la puerta. Subi en un carruaje
descubierto, acompaada de dos amigas, y al arrear el cochero los
caballos, todava volvi la cabeza para ver al espada, marcndose en su
boca una ligera sonrisa.

Gallardo anduvo distrado toda la tarde. Pensaba en sus amoros
anteriores, en los triunfos de admiracin y curiosidad conseguidos por
su arrogancia torera; conquistas que le llenaban de orgullo, hacindole
creerse irresistible, y ahora le inspiraban cierta vergenza. Una mujer
como aquella, una gran seora que haba corrido mucho mundo y viva en
Sevilla como una reina destronada! Eso era una conquista!... A su
admiracin por la hermosura unase cierta reverencia de antiguo pilluelo
lleno de respeto por los ricos, en un pas donde el nacimiento y la
fortuna tienen gran importancia. Si l consiguiera llamar la atencin
de aquella mujer! Qu mayor triunfo!...

Su apoderado, gran amigo del marqus de Moraima y relacionado con lo
mejor de Sevilla, le haba hablado algunas veces de doa Sol.

Despus de una ausencia de aos, haba vuelto a Sevilla pocos meses
antes, provocando el entusiasmo de la gente joven. Vena, tras su larga
permanencia en el extranjero, hambrienta de cosas de la tierra, gozando
con las costumbres populares y encontrndolo todo muy interesante,
muy... artstico. Iba a los toros con traje antiguo de maja, imitando
el adorno y apostura de las graciosas damas pintadas por Goya. Hembra
fuerte, acostumbrada a los _sports_ y gran caballista, la gente la vea
galopar por las afueras de Sevilla, llevando con la negra falda de
amazona una chaquetilla de hombre, corbata roja y blanco castoreo sobre
el casco de oro de sus cabellos. Algunas veces ostentaba la garrocha
atravesada en el borrn de la silla, y con un pelotn de amigos
convertidos en piqueros iba a las dehesas para acosar y derribar toros,
gozando mucho en esta fiesta brava, abundante en peligros.

No era una nia. Gallardo recordaba confusamente haberla visto en su
infancia en el paseo de las Delicias sentada al lado de su madre y
cubierta de rizadas blancuras, como las muecas lujosas de los
escaparates, mientras l, msero pillete, saltaba entre las ruedas del
carruaje buscando colillas de cigarro. Eran indudablemente de la misma
edad: deba estar al final de la veintena; pero tan esplendorosa, tan
distinta a las otras mujeres!... Pareca un ave extica, un pjaro del
Paraso cado en un corral, entre lustrosas y bien cebadas gallinas.

Don Jos el apoderado conoca su historia... Una cabeza desbaratada la
tal doa Sol! Su nombre de drama romntico cuadraba bien con lo original
de su carcter y la independencia de sus costumbres.

Muerta su madre y poseedora de una buena fortuna, se haba casado en
Madrid con cierto personaje mayor que ella en aos, pero que ofreca
para una mujer ansiosa de brillo y novedades el aliciente de andar por
el mundo como embajador, representando a Espaa en las principales
cortes.

--Lo que se ha divertido esa nia, Juan!--deca el apoderado--. Las
cabezas que ha vuelto locas en diez aos de una punta a otra de Europa!
Figrate que es un libro de geografa con notas secretas al pie de cada
hoja. De seguro que no puede mirar el mapa sin hacer una crucecita de
recuerdo junto a las capitales grandes... Y el pobre embajador! Se
muri, sin duda, de aburrido, porque ya no le quedaba adnde ir. La nia
picaba alto. Iba el buen seor destinado a representarnos en una corte,
y antes del ao ya estaba la reina o la emperatriz de aquella tierra
escribiendo a Espaa para que relevasen al embajador con su temible
cnyuge, a la cual llamaban los peridicos la irresistible espaola.
Las testas coronadas que ha trastornado esa gach!... Las reinas
temblaban al verla llegar, como si fuese el clera morbo. Al fin, el
pobre embajador no vio ms sitio disponible para sus talentos que las
repblicas de Amrica; pero como era un seor de buenos principios,
amigo de los reyes, prefiri morirse... Y no creas que la nia se
contentaba slo con el personal que come y baila en los palacios reales.
Si fuese verdad todo lo que cuentan!... Esa chica es lo ms extremosa:
o todo o nada; tan pronto se fija en lo ms alto, como busca araando
debajo de tierra. A m me han dicho que all en Rusia anduvo tras uno de
esos melenudos que tiran bombas: un mozuelo con cara de mujer, que no la
haca caso porque le estorbaba en sus negocios. Y la nia, por lo mismo,
erre que erre detrs de l; hasta que al fin lo ahorcaron. Tambin dicen
que tuvo sus cosas con un pintor en Pars, y hasta aseguran que la
retrat ligera de ropas, con un brazo en la cara para no ser conocida, y
que as anda en las fototipias de las cajas de cerillas. Esto debe ser
falso: exageraciones. Lo que parece ms cierto es que fue gran amiga de
un alemn, un msico de esos que escriben peras. Si la oyeses tocar el
piano!... Y cuando canta! Lo mismo que cualquier tiple de las que
vienen al teatro de San Fernando en la temporada de Pascua. Y no creas
que canta en italiano solamente; ella lo camela todo: francs, alemn,
ingls. Su to el marqus de Moraima, que, aqu para entre los dos, ya
sabes que es algo bruto, cuando habla de ella en los _Cuarenta y cinco_,
dice que tiene sus sospechas de que sabe latn... Qu mujer! eh,
Juanillo? Qu hembra tan interesante!

El apoderado hablaba de doa Sol con admiracin, considerando
extraordinarios y originales todos los sucesos de su vida, as los
indudables como los inciertos. Su nacimiento y su fortuna le inspiraban
respeto y benevolencia, lo mismo que a Gallardo. Ocupbanse de ella con
sonrisas de admiracin. Los mismos hechos en otra mujer habran dado
suelta a un raudal de comentarios irreverentes, comparndola a la bestia
rapaz de gruesa cola que es protagonista de muchas fbulas.

--En Sevilla--continuaba el apoderado--lleva una vida ejemplar. Por esto
pienso si ser mentira lo que cuentan del extranjero. Calumnias de
ciertos pollos que quieren entrar por uvas y las encuentran verdes!

Y riendo de los arrestos de esta mujer, que en ciertos momentos era
brava y acometedora como un hombre, repeta las murmuraciones que haban
circulado en ciertos clubs de la calle de las Sierpes. Cuando la
Embajadora lleg a vivir en Sevilla, toda la juventud haba formado una
corte en torno de ella.

--Figrate, Juanillo. Una mujer elegante, de las que aqu no se usan,
trayendo sus ropas y sombreros de Pars, su perfumera de Londres, y
adems amiga de reyes... Como si dijramos marcada con el hierro de las
primeras ganaderas de Europa... Andaban como locos tras de sus pasos, y
la nia les permita ciertas libertades, queriendo vivir entre ellos
como un hombre. Pero algunos se desmandaron, tomando equivocadamente la
familiaridad por otra cosa, y faltos de palabras, fueron largos de
manos... Hubo bofetadas, Juanillo, y algo peor. Esa moza es de cuidado.
Parece que tira a las armas blancas, que sabe dar puetazos como un
marinero ingls, y, adems, conoce ese modo de reir de los japoneses
que llaman _jitsu_. Total, que se atreve un cristiano a darla un
pellizco, y ella, con sus manos de oro, sin enfadarse apenas, te agarra
y te deja hecho un guiapo. Ahora la asedian menos, pero tiene enemigos
que andan por ah hablando mal de ella: unos alabndose de lo que es
mentira; otros negando hasta que sea guapa.

Doa Sol, segn el apoderado, mostrbase entusiasmada de su vida en
Sevilla. Despus de una larga permanencia en pases brumosos y fros,
admiraba el cielo de intenso azul, el sol invernal de suave oro, y se
haca lenguas de la dulzura de la vida en este pas tan... pintoresco.

--La entusiasma la llaneza de nuestras costumbres. Parece una inglesa de
las que vienen en Semana Santa. Como si no hubiese nacido en Sevilla!
Como si la viese por primera vez! Dice que pasar los veranos en el
extranjero y los inviernos aqu. Est harta de su vida de palacios y
cortes, y si vieras con qu gente se trata!... Ha hecho que la reciban
como hermana en una cofrada, la ms popular, la del Cristo de Triana,
la del Santsimo Cachorro, y se gast una porrada de dinero en
manzanilla para los cofrades. Algunas noches se llena la casa de
guitarristas y bailaoras: cuantas muchachas de Sevilla aprenden el cante
y el baile. Con ellas van sus maestros y sus familias y hasta los ms
remotos parientes; todos se hinchan de aceitunas, de salchichn y de
vino, y doa Sol, sentada en un silln como una reina, pasa las horas
pidiendo baile tras baile, todos los de la tierra. Dice que esto es un
gusto igual al que se daba no s qu rey, que haca que cantasen peras
para l solo. Sus criados, unos mozos que han venido con ella, estirados
y serios como lores, van puestos de frac, con grandes bandejas,
repartiendo copas a las bailaoras, que, en plena jumera, les tiran de
las patillas y les echan huesos de aceituna a los ojos. Unas juergas de
lo ms honestas y divertidas!... Ahora doa Sol recibe por las maanas
al _Lechuzo_, un gitano viejo, que da lecciones de guitarra, maestro de
los ms castizos, y cuando no la encuentran sus visitas con el
instrumento en las rodillas, est con una naranja en la mano. Las
naranjas que lleva comidas esa criatura desde que lleg! Y an no se ha
hartado!...

As segua don Jos explicando a su matador las originalidades de doa
Sol.

Cuatro das despus de haberla visto Gallardo en la parroquia de San
Lorenzo, el apoderado se acerc al espada con cierto misterio en un caf
de la calle de las Sierpes.

--Gach, eres el nio de la suerte lisa. Sabes quin me ha hablado de
ti?

Y aproximando su boca a una oreja del torero, exclam sordamente:

--Doa Sol!

Le haba preguntado por su matador, mostrando deseos de que se lo
presentase. Era un tipo tan original! tan espaol!...

--Dice que te ha visto matar varias veces: una en Madrid, otra no s
dnde... Te ha aplaudido. Reconoce que eres muy valiente... Mira t que
si tomase varas contigo! Qu honor! Ibas a ser cuado o algo por el
estilo de todos los reyes de la baraja europea.

Gallardo sonrea modestamente, bajando los ojos, pero al mismo tiempo
contoneaba su esbelta persona, como si no considerase difcil ni
extraordinaria la hiptesis de su apoderado.

--Pero no hay que hacerse ilusiones, Juanillo--continu ste--. Doa Sol
quiere ver de cerca a un torero, con el mismo inters que toma las
lecciones del maestro _Luchuzo_. Color local, y nada ms. Trigalo
usted pasado maana a Tablada, me ha dicho. Ya sabes lo que es eso: un
derribo de reses de la ganadera de Moraima; una fiesta que el marqus
ha organizado para que se divierta su sobrina. Iremos; a m tambin me
ha invitado.

Y a los dos das el maestro y su apoderado salieron por la tarde del
barrio de la Feria, como apuestos garrochistas, entre la expectacin de
la gente que se asomaba a las puertas y se agrupaba en las aceras.

--Van a Tablada--decan--. Hay derribo de reses.

El apoderado, jinete en una yegua blanca y huesuda, iba en traje de
campo: recio chaquetn, pantalones de pao con polainas amarillas, y
sobre aqullos las perneras de cuero llamadas zajones. El espada haba
apelado para la fiesta al traje usual y bizarro de los antiguos toreros
antes de que las costumbres modernas igualasen su indumentaria con la de
los dems mortales. Cubra su cabeza un sombrero calas de terciopelo,
con mota rizada, sujeto a la mandbula por un barboquejo. El cuello de
la camisa, limpio de corbata, estaba sujeto con un par de brillantes, y
otros dos ms gruesos centelleaban en la ondulada pechera. La
chaquetilla y el chaleco eran de terciopelo color de vino, con alamares
y arambeles negros; la faja de encarnada seda; el calzn ajustado, de
obscuro punto, modelaba las musculosas y esbeltas piernas del torero,
unido a las rodillas con ligas de negra escarapela. Las polainas eran de
color de mbar, con franjas de cuero a lo largo de las aberturas, y los
borcegues de idntico color, medio ocultos en los anchos estribos
rabes, dejaban al descubierto grandes espuelas de plata. En el arzn de
la silla, sobre la vistosa manta jerezana, cuyo borlaje penda a ambos
lados del caballo, descansaba un chaquetn gris con remiendos negros y
forro rojo.

Galoparon los dos jinetes, llevando al hombro como una lanza la garrocha
de fina y resistente madera, con una pelota en su remate que resguardaba
el hierro. Su paso por el barrio popular despertaba una ovacin. Ol
los hombres guapos! Las mujeres saludaban con la mano.

--Vaya con Di, gen mozo! Divertirse, se Juan!

Picaron los caballos para dejar atrs la chiquillera que corra tras
ellos, y las callejuelas de azul empedrado y blancas paredes
estremecironse con el rtmico chocar de las herraduras.

En la calle tranquila, de casas seoriales con panzudas rejas y grandes
miradores, donde viva doa Sol, encontraron a otros garrochistas que
esperaban ante la puerta, inmviles sobre sus caballos y apoyados en las
lanzas. Eran seoritos, parientes o amigos de la dama, que saludaron al
torero con amable llaneza, satisfechos de que fuese de la partida.

Sali de la casa el marqus de Moraima, montando inmediatamente en su
caballo.

--Ahora mismo baja la nia. Las mujeres ya se sabe... tardan mucho en
arreglarse.

Y deca esto con la gravedad sentenciosa que daba a todas sus palabras,
como si fuesen orculos. Era un viejo alto y huesudo, con grandes
patillas blancas, entre las cuales la boca y los ojos conservaban una
ingenuidad infantil. Corts y mesurado en sus palabras, gallardo en sus
ademanes, parco en el sonrer, el marqus de Moraima era un gran seor
de otros tiempos, vestido casi siempre con traje de caballista, enemigo
de la vida urbana, molesto por las exigencias sociales de su familia
cuando stas le retenan en Sevilla, y ansioso de correr al campo entre
mayorales y vaqueros, a los que trataba con una llaneza de camaradas.
Casi se haba olvidado de escribir, por falta de uso; pero as que le
hablaban de reses bravas, de la crianza de toros y caballos o de faenas
agrcolas, animbanse sus ojos, expresndose con el aplomo de un gran
conocedor.

Nublose la luz del sol. Palideci la sbana de oro tendida sobre la
blancura de uno de los lados de la calle. Algunos miraron a lo alto. Por
la faja azul que limitaban las dos filas de aleros pasaba un nubarrn
obscuro.

--No hay cuidao--dijo el marqus gravemente--. Al salir de casa he visto
un papeliyo que lo yevaba er viento en una direcsin que yo me s. No
yover.

Y todos asintieron, convencidos. No poda llover, ya que lo aseguraba el
marqus de Moraima. Conoca el tiempo lo mismo que un pastor viejo, y no
haba miedo de que se equivocase.

Luego se encar con Gallardo.

--Te voy a echar este ao unas corras magnficas. Qu toros! A ver si
les das muerte como genos cristianos. Ya sabes que este ao no he
quedao contento der too. Los probesitos meresan ms.

Apareci doa Sol, sosteniendo en una mano la negra amazona y mostrando
por debajo de ella las caas de sus altas botas de cuero gris. Llevaba
camisa de hombre con corbata roja, chaquetilla y chaleco de terciopelo
violeta, y graciosamente ladeado el sombrero calas de terciopelo sobre
los bucles de su cabellera.

Mont a caballo con agilidad, a pesar de las plsticas abundancias de su
apetitosa belleza, y tom la garrocha de manos de un criado. Saludaba a
los amigos, excusando su tardanza, mientras sus ojos iban hacia
Gallardo. El apoderado dio un espolazo a su yegua para acercarse y hacer
la presentacin, pero doa Sol, adelantndose a l, se aproxim al
torero.

Gallardo sentase turbado por la presencia de la seora. Qu mujer!
Qu iba a decirla?...

Vio que ella le tenda la mano, una mano fina que ola a gloria; y en la
precipitacin del aturdimiento, slo supo apretarla con su manaza que
derribaba fieras. Pero la zarpita blanca y sonrosada, en vez de
achicarse bajo la presin involuntaria y brutal, que habra hecho lanzar
a otra un grito de dolor, se crisp con vigoroso esfuerzo, librndose
fcilmente de este encierro:

--Le agradezco mucho que haya venido. Encantada de conocerle.

Y Gallardo, sintiendo en su deslumbramiento la necesidad de contestar
algo, tartamude, como si saludase a un aficionado:

--Grasias. La familia gena?...

Una discreta carcajada de doa Sol se perdi entre el estrpito de las
herraduras que resbalaban sobre las piedras con los primeros pasos. Puso
la dama su caballo al trote, y todo el pelotn de jinetes la sigui,
formando escolta en torno de ella. Gallardo marchaba avergonzado a la
cola, sin salir de su estupefaccin, adivinando confusamente que haba
dicho una tontera.

Galoparon por las afueras de Sevilla, a lo largo del ro; dejaron atrs
la Torre del Oro; siguieron avenidas de umbrosos jardines con amarilla
arena, y luego una carretera a cuyos lados alzbanse ventorrillos y
merenderos.

Al llegar a Tablada vieron sobre la verdeante llanura una masa negra de
gento y carruajes junto a la empalizada que separaba la dehesa del
cerrado, dentro del cual estaban las reses.

El Guadalquivir extenda su corriente a lo largo de la dehesa. En la
orilla de enfrente alzbase en cuesta San Juan de Aznalfarache, coronado
por un castillo en ruinas. Las casas de campo mostraban su blancura
entre las masas de gris plata de los olivares. En el trmino opuesto del
dilatado horizonte, sobre un fondo azul en el que flotaban nubes
algodonadas, vease Sevilla, con su casero dominado por la imponente
masa de la catedral, y la maravillosa Giralda, de un rosa tierno bajo la
luz de la tarde.

Avanzaron los jinetes con gran trabajo entre la confusa muchedumbre. La
curiosidad que inspiraban las originalidades de doa Sol haba atrado a
casi todas las damas de Sevilla. Las amigas la saludaban desde sus
carruajes, encontrndola muy hermosa en su traje varonil. Sus parientas,
las hijas del marqus, unas solteras, otras acompaadas de sus maridos,
la recomendaban prudencia. Por Dios, Sol! Que no hiciese locuras!...

Entraron los derribadores en el cerrado, siendo acogidos al atravesar la
empalizada por los aplausos de la gente popular que haba acudido a la
fiesta.

Los caballos, al ver de lejos al enemigo y husmearle, alzronse de manos
y comenzaron a dar botes, relinchando bajo la firme diestra de los
jinetes.

En el centro del cerrado agrupbanse los toros. Unos pastaban mansamente
o estaban inmviles sobre la verdura un tanto rojiza del prado invernal,
con las patas encogidas y el hocico bajo. Otros, ms rebeldes, trotaban
dirigindose hacia el ro, y los toros venerables, los prudentes
cabestros, iban a sus alcances, haciendo sonar el cencerro pendiente
del cuello, mientras los vaqueros les ayudaban en esta recogida
disparando con su honda piedras certeras que iban a dar en los cuernos
de los fugitivos.

Los jinetes permanecieron largo tiempo inmviles, como si celebrasen
consejo, bajo las miradas ansiosas del pblico, que esperaba algo
extraordinario.

El primero que sali fue el marqus, acompaado de uno de sus amigos.
Los dos jinetes galoparon hacia el grupo de toros, y cerca de ellos
detuvieron sus cabalgaduras, ponindose de pie en los estribos, agitando
en el aire las garrochas y dando fuertes gritos para asustarlos. Un toro
negro y de fuertes piernas se separ del grupo, corriendo hacia el fondo
del cerrado.

Bien haca el marqus en mostrarse orgulloso de su ganadera, compuesta
de bestias finas, seleccionadas por los cruces. No era el buey destinado
a la produccin de carne, de piel sucia, basta y rugosa, la pezua
ancha, cabizbajo, y con los cuernos enormes y mal colocados. Eran
animales de nerviosa viveza, fuertes y robustos, hasta el punto de hacer
temblar el suelo, levantando una nubecilla bajo sus patas; el pelo fino
y brillante como el de un caballo de lujo, los ojos encendidos, el
cuello ancho y arrogante, cortas las patas, delgada y fina la cola, los
cuernos sutiles, puntiagudos y limpios, cual si los hubiese trabajado un
artfice, y la pezua redonda y diminuta, pero tan dura, que cortaba la
hierba como si fuese de acero.

Corrieron los dos jinetes tras el animal, acosndolo cada uno por su
lado, cortndole el paso cuando intentaba desviarse hacia el ro, hasta
que el marqus, espoleando su jaca, gan distancia, se aproxim al toro
con la garrocha por delante, y clavndola en su cola, logr, con el
empuje combinado de su brazo y su caballo, que perdiese el equilibrio,
rodando por el suelo con la panza al aire, los cuernos clavados en la
tierra y las cuatro patas en alto.

La rapidez y la facilidad con que el ganadero realiz la suerte
provocaron en la empalizada una explosin de entusiasmo. Ol los
viejos! Nadie entenda de toros como el marqus. Los manejaba como si
fuesen hijos suyos, acompandoles desde que nacan en la vacada hasta
que marchaban a morir en las plazas como hroes dignos de mejor suerte.

Otros jinetes quisieron salir en seguida a conquistar el aplauso de la
muchedumbre, pero el de Moraima se opuso, dando preferencia a su
sobrina. Si haba de realizar una suerte, mejor era que saliese
inmediatamente, antes que la torada se embraveciera con el continuo
acoso.

Doa Sol espole su caballo, que no cesaba de levantarse de manos,
alarmado por la presencia de los toros. El marqus quera acompaarla en
su carrera, pero ella se opuso. No; prefera a Gallardo, que era un
torero. Dnde estaba Gallardo? El matador, todava avergonzado de su
torpeza, psose al lado de la dama sin decir palabra.

Salieron los dos al galope hacia el ncleo de la torada. El caballo de
doa Sol se levant varias veces sobre las patas de atrs, ponindose
casi vertical, con la tripa al descubierto, como si se resistiera a
pasar adelante; pero la fuerte amazona lo obligaba a seguir la marcha.
Gallardo agitaba su garrocha dando gritos que eran verdaderos mugidos,
lo mismo que en las plazas, cuando incitaba a las fieras para que
entrasen en suerte.

No necesit de muchos esfuerzos para lograr que una res se apartase de
la torada.

Sali de ella un animal blanco, con manchas de canela, de enorme y
colgante cuello y cuernos de punta finsima. Corri hacia el fondo del
cerrado, como si tuviese all su querencia, que le atraa
irresistiblemente, y doa Sol galop tras l seguida del espada.

--Ojo, seora!--gritaba Gallardo--. Que ese toro es viejo y se las
trae!... Tenga cuidao no se regerva.

Y as fue. Cuando doa Sol se preparaba a realizar la misma suerte que
su to, oblicuando el caballo para clavar la garrocha en el rabo de la
fiera y derribarla, sta se volvi como si recelase el peligro,
plantndose amenazante ante los acosadores. Pas el caballo ante el
toro, sin que doa Sol pudiera refrenarlo por la velocidad que llevaba,
y la fiera sali tras l, convirtindose de perseguida en perseguidora.

La dama no pens en huir. La contemplaban de lejos muchos miles de
personas, tema las risas de las amigas y la conmiseracin de los
hombres, y refren el caballo, haciendo frente a la fiera. Mantvose con
la garrocha bajo el brazo, como un picador, y la clav en el cuello del
toro, que avanzaba mugiente con el testuz bajo. Se enrojeci la enorme
cerviz con un raudal de sangre, pero la fiera sigui avanzando en su
arrollador impulso, sin sentir que se agrandaba la herida, hasta que
meti las astas bajo el caballo, sacudindolo y separando sus patas del
suelo.

La amazona fue despedida de la silla, al mismo tiempo que un alarido de
emocin de muchos centenares de bocas sonaba a lo lejos. El caballo, al
librarse de los cuernos, sali corriendo como loco, con el vientre
manchado de sangre, las cinchas rotas y la silla tambaleante sobre el
lomo.

El toro fue a seguirlo; pero en el mismo instante, algo ms inmediato
atrajo su atencin. Era doa Sol, que, en vez de permanecer inmvil en
el suelo, acababa de ponerse en pie y recoga su garrocha, colocndosela
bravamente bajo el brazo para retar de nuevo a la fiera: una arrogancia
loca, con el pensamiento puesto en los que la contemplaban; un reto a la
muerte, antes que transigir con el miedo y el ridculo.

Ya no gritaban tras la empalizada. La muchedumbre estaba inmvil, en un
silencio de terror. Aproximbase en loco galope y entre nubes de polvo
todo el grupo de acosadores, agrandndose los jinetes al comps de los
saltos. El auxilio iba a llegar tarde. Escarbaba el toro el suelo con
sus patas delanteras, bajaba el testuz para acometer a la figurilla
audaz que segua amenazndole con la lanza. Una simple cornada, y
desapareca. Pero en el mismo instante, un mugido feroz distrajo la
atencin del toro y algo rojo pas ante su vista como una llamarada de
fuego.

Era Gallardo, que se haba echado abajo de la jaca, abandonando la
garrocha para coger el chaquetn que llevaba en el borrn de la silla.

--Eeeh!... Entra!

El toro entr, corriendo tras el forro rojo de la chaqueta, atrado por
este adversario digno de l, y volvi su cuarto trasero a la figura de
falda negra y cuerpo violeta que, en la estupefaccin del peligro,
segua con la lanza bajo el brazo.

--No tenga mieo, doa Zol: ste ya es mo--dijo el torero, plido an
por la emocin, pero sonriendo, seguro de su destreza.

Sin ms defensa que el chaquetn, tore a la bestia, alejndola de la
seora y librndose de sus furiosas acometidas con graciosos quiebros.

La muchedumbre, olvidando el reciente susto, comenz a aplaudir,
entusiasmada. Qu felicidad! Asistir a un simple acoso y encontrarse
con una corrida casi formal, viendo torear a Gallardo gratuitamente.

El torero, enardecido por el mpetu con que le acometa la fiera, se
olvid de doa Sol y de todos, atento nicamente a esquivar sus ataques.
Revolvase furioso el toro, viendo que el hombre se deslizaba
invulnerable entre sus cuernos, y volva a caer sobre l, encontrndose
siempre con la pantalla roja del chaquetn.

Al fin acab por cansarse, quedando inmvil, con el hocico babeante y la
cabeza baja, tembloroso sobre sus piernas, y entonces Gallardo abus de
la estupefaccin de la bestia, quitndose el calas y tocando con l su
cerviz. Un aullido inmenso se elev detrs de la empalizada saludando
esta hazaa.

Sonaron gritos y cencerros a espaldas de Gallardo, y aparecieron en
torno de la bestia vaqueros y cabestros, que acabaron por envolverla,
llevndosela lentamente hacia el grueso del ganado.

Gallardo fue en busca de su jaca, que no se haba movido, habituada al
contacto con los toros. Recogi la garrocha, mont, y con suave galope
fue hacia la empalizada, prolongando con esta lentitud el ruidoso
aplauso de la muchedumbre.

Los jinetes que haban recogido a doa Sol saludaron con grandes
muestras de entusiasmo al espada. El apoderado le gui un ojo, hablando
misteriosamente:

--Gach, no has estao pesao. Muy bien, pero que muy bien! Ahora te digo
que te la llevas.

Fuera de la empalizada, en un land de las hijas del marqus, estaba
doa Sol. Sus primas la rodeaban angustiadas, manosendola, queriendo
encontrar en su cuerpo algo descompuesto por la cada. La daban caas de
manzanilla para que se le pasase el susto, y ella sonrea con aire de
superioridad, acogiendo compasivamente estos extremos femeniles.

Al ver a Gallardo rompiendo con su caballo las filas de la multitud,
entre sombreros tremolantes y manos tendidas, la dama extrem su
sonrisa.

--Venga usted aqu, Cid Campeador. Deme usted la mano.

Y de nuevo se estrecharon sus diestras con un apretn que dur largo
rato.

Por la noche, en casa del matador, fue comentado este suceso, del que se
hablaba en toda la ciudad. La seora Angustias mostrbase satisfecha,
como despus de una gran corrida. Su hijo salvando a una de aquellas
seoras que ella miraba con admiracin, habituada a la reverencia por
largos aos de servidumbre!... Carmen permaneca silenciosa, no sabiendo
ciertamente qu pensar de este suceso.

Transcurrieron varios das sin que Gallardo tuviese noticias de doa
Sol. El apoderado estaba fuera de la ciudad, en una montera, con
algunos amigos de los _Cuarenta y cinco_. Una tarde, cerca ya del
anochecer, don Jos fue a buscarle en un caf de la calle de las
Sierpes, donde se reunan gentes de la aficin. Haba llegado de la
montera dos horas antes, y tuvo que ir inmediatamente a casa de doa
Sol, en vista de cierta esquela que le esperaba en su domicilio.

--Pero hombre, eres peor que un lobo!--dijo el apoderado sacando del
caf a su matador--. Esa seora esperaba que fueses a su casa. Ha estado
la mar de tardes sin salir, creyendo que ibas a llegar de un momento a
otro. Eso no se hace. Despus de presentarte y de todo lo ocurrido, la
debes una visita: cuestin de preguntarla por su salud.

El espada detuvo el paso y se rasc los pelos por debajo del sombrero.

--Es que...--murmur con indecisin--es que... me da vergensa. Vaya, ya
est dicho: s seor, vergensa. Ya sabe ust que yo no soy un lila, y
que me traigo mis cosas con las mujeres, y que s desirle cuatro
palabras a una gach como otro cualquiera. Pero con sta, no. Esta es
una seora que sabe ms que Lepe, y cuando la veo reconosco que soy un
bruto, y me queo con la boca cerr, y no hablo que no meta la pata. Na,
don Jos... que no voy! que no debo ir!

Pero el apoderado, seguro de convencerle, le llev hacia la casa de doa
Sol, hablando de su reciente entrevista con la dama. Mostrbase algo
ofendida por el olvido de Gallardo. Lo mejor de Sevilla haba ido a
verla con motivo del accidente en Tablada, y l no.

--Ya sabes que un torero debe estar bien con la gente que vale. Hay que
tener educacin y demostrar que no es uno un gan criado en los
herraderos. Una seora de tanta importancia, que te distingue y te
espera!... Nada; yo ir contigo.

--Ah! Si ust me acompaa!...

Y Gallardo respir al decir esto, como si se librase del peso de un gran
miedo.

Entraron en la casa de doa Sol. El patio era de estilo rabe,
recordando sus arcadas multicolores de fina labor los arcos de herradura
de la Alhambra.

El chorro de la fuente, en cuyo tazn coleaban peces dorados, cantaba
con dulce monotona en el silencio vespertino. En las cuatro crujas, de
techo artesonado, separadas del patio por las columnas de mrmol de las
arcadas, vio el torero antiguos vargueos, cuadros obscuros, santos de
faz lvida, muebles venerables de hierros herrumbrosos y maderas
acribilladas por la polilla, como si hubiesen sido fusilados con
perdigones.

Un criado les hizo subir la amplia escalera de mrmol, y en ella volvi
a sorprenderse el torero viendo retablos con imgenes borrosas sobre un
fondo dorado, vrgenes corpreas que parecan labradas a hachazos, con
los colores plidos y el oro moribundo, arrancadas de viejos altares;
tapices de un tono suave de hoja seca, orlados de flores y manzanas,
unos representando escenas del Calvario, otros llenos de _gachs_
peludos, con cuernos y pezuas, a los que parecan torear varias
seoritas ligeras de ropa.

--Lo que es la ignoransia!--deca con asombro a su apoderado--. Y yo
que crea que too esto slo era geno pa los conventos!... Lo que paese
que lo apresia esta gente!

Arriba encendanse a su paso los globos de luz elctrica, mientras en
los cristales de las ventanas brillaban todava los ltimos resplandores
de la tarde.

Gallardo experiment nuevas sorpresas. Estaba orgulloso de sus muebles
trados de Madrid, todos de sedas vistosas y complicadas tallas, pesados
y opulentos, que parecan proclamar a gritos el dinero de su coste, y
aqu sentase desorientado viendo sillas ligeras y frgiles, blancas o
verdes, mesas y armarios de lneas sencillas, paredes de una sola tinta,
sin ms adorno que pequeos cuadros repartidos a grandes trechos y
pendientes de gruesos cordones, todo un lujo barnizado y sutil que
pareca obra de carpinteros. Avergonzbase de su propia estupefaccin y
de lo que haba admirado en su casa como supremo lujo. Lo que es la
ignoransia! Y al sentarse lo hizo con miedo, temiendo que la silla
crujiese rota bajo su pesadumbre.

La presencia de doa Sol le hizo olvidar estas reflexiones. La vio como
nunca la haba visto, libre de mantilla y de sombrero, al aire la
cabellera luminosa, que pareca justificar su nombre romntico. Los
brazos de soberana blancura escapbanse de los embudos de seda de una
tnica japonesa cruzada sobre el pecho, la cual dejaba al descubierto el
arranque del cuello adorable, ligeramente ambarino, con las dos rayas
que recuerdan el collar de la madre Venus. Al mover sus manos, brillaban
con mgico resplandor piedras de todos colores engastadas en las
sortijas de extraas formas que llenaban sus dedos. En los frescos
antebrazos tintineaban pulseras de oro, unas de filigrana oriental, con
misteriosas inscripciones, otras macizas, de las que pendan amuletos y
figurillas exticas, como recuerdos de lejanos viajes.

Haba colocado, al hablar, una pierna sobra otra con desenfado varonil,
y en la punta de uno de sus pies danzaba una babucha roja, de alto tacn
dorado, diminuta como un juguete y cubierta de gruesos bordados.

A Gallardo le zumbaban los odos, se le nublaba la vista: slo alcanzaba
a distinguir unos ojos claros fijos en l con una expresin entre
acariciadora e irnica. Para ocultar su emocin, sonrea enseando los
dientes: una cartula inmvil de nio que quiere ser amable.

--No, seora... Muchas grasias. Aqueyo no vali la pena.

As se excusaba de las muestras de agradecimiento de doa Sol por su
hazaa de la otra tarde.

Poco a poco, Gallardo fue adquiriendo cierta serenidad. Hablaban de
toros la dama y el apoderado, y esto dio al espada una repentina
confianza. Ella le haba visto matar varias veces, y se acordaba con
exactitud de los principales incidentes. Gallardo sinti orgullo al
pensar que aquella mujer le haba contemplado en tales instantes y an
guardaba fresco el recuerdo en su memoria.

Haba abierto una caja de laca con extraas flores, y ofreci a los dos
hombres cigarrillos de boquilla de oro, que exhalaban un perfume
punzante y extrao.

--Tienen opio; son muy agradables.

Y encendi uno, siguiendo las espirales de humo con sus ojos verdosos,
que adquiran al transparentar la luz un temblor de oro lquido.

El torero, habituado al bravo tabaco de la Habana, chupaba con
curiosidad este cigarrillo. Pura paja; un placer de seoras. Pero el
extrao perfume esparcido por el humo pareci desvanecer lentamente su
timidez.

Doa Sol, mirndole fijamente, le haca preguntas sobre su vida. Deseaba
conocer los bastidores de la gloria, el foso de la celebridad, la vida
errante y miserable del torero antes de llegar a la aclamacin pblica;
y Gallardo, con sbita confianza, hablaba y hablaba, relatando sus
primeros tiempos, detenindose con soberbia delectacin en la humildad
de su origen, aunque omitiendo lo que consideraba vergonzoso en su
adolescencia aventurera.

--Muy interesante... muy original!--deca la hermosa seora.

Y apartando sus ojos del torero, perdanse stos en vagorosa
contemplacin, como si se fijasen en algo invisible.

--El primer hombre del mundo!--exclamaba don Jos con brutal
entusiasmo--. Crame usted, Sol, no hay dos mozos como ste. Y su
resistencia para las cogidas?...

Satisfecho de la fortaleza de Gallardo, como si fuese su progenitor,
enumeraba las heridas que llevaba recibidas, describindolas como si las
viese a travs de las ropas. Los ojos de la dama le seguan en este
paseo anatmico con sincera admiracin. Un verdadero hroe; tmido,
encogido y simplote, como todos los fuertes.

El apoderado habl de retirarse. Eran ms de las siete, y a l le
esperaban en su casa. Pero doa Sol psose de pie con sonriente
violencia, como si quisiera oponerse a su marcha. Deba quedarse.
Comeran con ella: una invitacin de confianza. Aquella noche no
esperaba a nadie. El marqus y su familia se haban ido al campo.

--Estoy solita... Ni una palabra ms: yo mando. Se quedarn ustedes a
hacer penitencia conmigo.

Y como si sus rdenes no pudieran admitir rplica, sali de la
habitacin.

El apoderado protestaba. No: l no poda quedarse; haba llegado de
fuera aquella misma tarde, y su familia apenas le haba visto. Adems,
tena invitados a dos amigos. En cuanto a su matador, le pareca natural
y correcto que no se marchase. Realmente, la invitacin era para l.

--Pero qudese usted al menos!--deca angustiado el espada--. Mardita
sea!... No me deje ust solo. No sabr qu haser; no sabr qu desir.

Un cuarto de hora despus volvi a aparecer doa Sol, pero con distinto
aspecto, sin la negligencia extica con que los haba recibido,
vistiendo uno de aquellos trajes enviados de Pars, modelos de Paquin,
que eran la desesperacin y el asombro de parientas y amigas.

Don Jos volvi a insistir. Se iba, era inevitable; pero su matador se
quedaba. El se encargara de avisar a su casa para que no lo esperasen.

Otra vez Gallardo hizo un gesto angustioso; pero se tranquiliz con la
mirada del apoderado.

--Descuida!--murmur ste al ir hacia la puerta--. Crees que soy un
chiquillo?... Dir que comes con unos aficionados de Madrid.

El tormento que sufri el espada en los primeros momentos de la
comida!... Intimidbale el lujo grave y seorial de aquel comedor, en el
que parecan perdidos la dama y l, sentados frente a frente en mitad
de la gran mesa, junto a enormes candelabros de plata con bujas de luz
elctrica y pantallas rosa. Inspirbanle respeto los imponentes criados,
ceremoniosos e impasibles, como si estuvieran habituados a los hechos
ms extraordinarios y no pudiera asombrarles nada de su seora. Se
avergonzaba de su traje y sus maneras, adivinando el rudo contraste
entre aquel ambiente y su aspecto.

Pero esta primera impresin de miedo y encogimiento se desvaneci poco a
poco. Doa Sol rea de su parquedad, del miedo con que tocaba a los
platos y las copas. Gallardo acab por admirarla. Vaya un diente el de
la rubia! Acostumbrado a los remilgos y abstenciones de las seoritas
que haba conocido, las cuales crean de mal tono comer mucho,
asombrbase de la voracidad de doa Sol y de la distincin con que
cumpla sus funciones nutritivas. Desaparecan los bocados entre sus
labios de rosa sin dejar huella de su paso; funcionaban sus mandbulas
sin que este gesto disminuyese la hermosa serenidad del rostro;
llevbase la copa a la boca sin que la ms leve gota de lquido quedase
como perla de color en sus comisuras. As coman seguramente las diosas.

Gallardo, animado por el ejemplo, comi, y sobre todo, bebi mucho,
buscando en los varios y ricos vinos un remedio para aquella cortedad,
que le haca permanecer como avergonzado ante la dama, sin otro recurso
que sonrer a todo, repitiendo: Muchas grasias.

La conversacin se anim. El espada, sintindose locuaz, hablaba de
graciosos incidentes de la vida toreril, acabando por contar las
originales propagandas del _Nacional_ y las hazaas de su picador
_Potaje_, un brbaro que se tragaba enteros los huevos duros, tena
media oreja de menos, por habrsela arrancado un compadre de un
mordisco, y al ser conducido contuso a las enfermeras de las plazas
caa en la cama con tal peso de hierros y msculos, que atravesaba los
colchones con sus enormes espuelas y luego haba que desclavarlo como si
fuese un Cristo.

--Muy original... muy interesante!

Doa Sol sonrea escuchando los detalles de la existencia de aquellos
hombres rudos, siempre a vueltas con la muerte, y a los que haba
admirado hasta entonces de lejos.

El champaa acab de trastornar a Gallardo, y cuando se levant de la
mesa dio el brazo a la dama, asustndose de su propia audacia. No se
haca as en el gran mundo?... El no era tan ignorante como pareca a
primera vista.

En el saln donde les sirvieron el caf vio el espada una guitarra, la
misma, sin duda, con que daba sus lecciones el maestro _Lechuzo_. Doa
Sol se la ofreci, invitndole a que tocase algo.

--Si no s!... Si soy lo ms singrasia der mundo, fuera de matar
toros!...

Lamentbase de que no estuviese presente el puntillero de su cuadrilla,
un muchacho que traa locas a las mujeres con sus manos de oro para
rasguear la guitarra.

Quedaron los dos en largo silencio. Gallardo estaba en un sof, chupando
el magnfico habano que le haba ofrecido un criado. Doa Sol fumaba uno
de aquellos cigarrillos cuyo perfume la suma en vaga somnolencia.
Pesaba sobre el torero la torpeza de la digestin, cerrando su boca y no
permitindole otro signo de vida que una sonrisa de estpida fijeza.

La seora, fatigada, sin duda, del silencio en el que se perdan sus
palabras, fue a sentarse ante un piano de cola, y las teclas, heridas
con viril empuje, lanzaron el ritmo alegre de unas malagueas.

--Ol!... Eso est geno; pero mu geno--dijo el torero repeliendo su
torpeza.

Y tras las malagueas sonaron unas sevillanas, y luego todos los cantos
andaluces, melanclicos y de oriental ensueo, que doa Sol haba
recopilado en su memoria, como entusiasta de las cosas de la tierra.

Gallardo interrumpa la msica con sus exclamaciones, lo mismo que
cuando estaba junto al tablado de un caf cantante.

--Vaya por esas manitas de oro! A ver otra!...

--Le gusta a usted la msica?--pregunt la dama.

Oh, mucho!... Gallardo nunca se haba hecho esta pregunta hasta
entonces, pero indudablemente le gustaba.

Doa Sol pas lentamente del ritmo vivo de los cantos populares a otra
msica ms lenta, ms solemne, que el espada, en su sabidura
filarmnica, reconoci como msica de iglesia.

Ya no lanzaba exclamaciones de entusiasmo. Sentase invadido por una
deliciosa inmovilidad; cerrbanse sus ojos; adivinaba que, por poco que
durase este concierto, iba a dormirse.

Para evitarlo, Gallardo contemplaba a la hermosa seora, vuelta de
espaldas a l. Qu cuerpo, madre de Dios! Sus ojos africanos fijbanse
en la nuca de redonda blancura, coronada por una aureola de pelos de oro
locos y rebeldes. Una idea absurda danzaba en su embotado pensamiento,
mantenindolo despierto con el cosquilleo de la tentacin.

Qu hara esta gach si yo me levantase, y, pasito a pasito, fuese a
darle un beso en ese morrillo tan rico?...

Pero sus propsitos no pasaban de un mal pensamiento. Le inspiraba
aquella mujer un respeto irresistible. Se acordaba, adems, de las
palabras de su apoderado: de la arrogancia con que saba espantar a los
moscones molestos; de aquel jueguecito aprendido en el extranjero que la
haca manejar a un hombrn como si fuese un guiapo... Sigui
contemplando la blanca nuca, como una luna envuelta en nimbo de oro, al
travs de las nieblas que tenda el sueo ante sus ojos. Iba a
dormirse! Tema que de pronto un ronquido grosero cortase esta msica
incomprensible para l, y que, por lo mismo, deba ser magnfica. Se
pellizcaba las piernas para espabilarse; extenda los brazos; cubrase
la boca con una mano para ahogar sus bostezos.

Pas mucho tiempo. Gallardo no estaba seguro de si haba llegado a
dormir. De pronto son la voz de doa Sol, sacndole de su penosa
somnolencia. Haba dejado a un lado el cigarrillo de azules espirales, y
con una media voz que acentuaba las palabras, dndolas temblores
apasionados, cantaba acompandose de las melodas del piano.

El torero avanz los odos para entender algo... Ni una palabra. Eran
canciones extranjeras. Mardita sea! Por qu no un tango o una
sole?... Y an querran que un cristiano no se durmiese.

Doa Sol pona los dedos en el teclado, mientras sus ojos vagaban en lo
alto, echando la cabeza atrs, temblndole el firme pecho con los
suspiros musicales.

Era la plegaria de Elsa, el lamento de la virgen rubia pensando en el
hombre fuerte, el bello guerrero, invencible para los hombres y dulce y
tmido con las mujeres.

Soaba despierta al cantar, poniendo en sus palabras temblores de
pasin, subindole a los ojos una lacrimosidad emocionante. El hombre
sencillo y fuerte, el guerrero, tal vez estaba detrs de ella... Por
qu no?

No tena el aspecto legendario del otro, era rudo y torpe; pero ella
vea an, con la limpieza de un recuerdo enrgico, la gallarda con que
das antes haba corrido en su auxilio, la sonriente confianza con que
haba peleado con una fiera mugidora, lo mismo que los hroes
wagnerianos peleaban con dragones espantosos. S; l era su guerrero.

Y sacudida desde los talones hasta la raz de los cabellos por un miedo
voluptuoso, dndose por vencida de antemano, crea adivinar el dulce
peligro que avanzaba a sus espaldas. Vea al hroe, al paladn,
levantarse lentamente del sof, con sus ojos de rabe fijos en ella;
senta sus pasos cautelosos; perciba sus manos al posarse sobre sus
hombros; luego, un beso de fuego en la nuca, una marca de pasin que la
sellaba para siempre, hacindola su sierva... Pero termin la romanza
sin que nada ocurriese, sin que sintiera en su dorso otra impresin que
sus propios estremecimientos de miedoso deseo.

Decepcionada por este respeto, hizo girar el taburete del piano, y ces
la msica. El guerrero estaba frente a ella hundido en el sof, con una
cerilla en la mano, intentando encender por cuarta vez el cigarro y
abriendo desmesuradamente los ojos para defenderse del entorpecimiento
de sus sentidos.

Al verla fijos los ojos en l, Gallardo se puso de pie... Ay! el
momento supremo iba a llegar! El hroe marchaba hacia ella para
estrujarla con varonil apasionamiento, para vencerla, hacindola suya.

--Geas noches, doa Zol... Me voy, es tarde. Ust querr descansar.

A impulsos de la sorpresa y el despecho, ella tambin se puso de pie, y
sin saber lo que haca, le tendi la mano... Torpe y sencillo como un
hroe!

Pasaron atropelladamente por su pensamiento todos los convencionalismos
femeniles, los reparos tradicionales, que no olvida ninguna mujer ni aun
en los momentos de mayor abandono. No era posible su deseo... La
primera vez que entraba en su casa! Ni el ms leve simulacro de
resistencia!... Ir ella a l!... Pero al estrechar la mano del espada
vio sus ojos; unos ojos que slo saban mirar con apasionada fijeza,
confiando a la muda tenacidad sus esperanzas tmidas, sus deseos
silenciosos.

--No te vayas... Ven: ven!

Y no dijo ms.




IV


Una gran satisfaccin para su vanidad vino a unirse a los numerosos
motivos que hacan que Gallardo sintirase orgulloso de su persona.

Cuando hablaba con el marqus de Moraima contemplbalo con un cario
casi filial. Aquel seor vestido como un hombre del campo, rudo centauro
de zajones y fuerte garrocha, era un ilustre personaje que poda
cubrirse el pecho de bandas y cruces y vestir en el palacio de los reyes
una casaca llena de bordados con una llave de oro cosida a un faldn.
Sus ms remotos ascendientes haban llegado a Sevilla con el monarca que
expuls a los moros, recibiendo como premio de sus hazaas inmensos
territorios quitados al enemigo, restos de los cuales eran las vastas
llanuras en las que pacan actualmente los toros del marqus. Sus
abuelos ms prximos haban sido amigos y consejeros de los monarcas,
gastando en el fausto de la corte una gran porcin de su patrimonio. Y
este gran seor bondadoso y franco, que guardaba en la llaneza de su
vida campesina la distincin de su ilustre ascendencia, era para
Gallardo algo as como un pariente prximo.

El hijo del remendn enorgullecase lo mismo que si hubiese entrado a
formar parte de la noble familia. El marqus de Moraima era su to; y
aunque no pudiera confesarlo pblicamente ni el parentesco fuese
legtimo, consolbase pensando en el dominio que ejerca l sobre una
hembra de la familia, gracias a unos amoros que parecan rerse de
todas las leyes y prejuicios de raza. Primos suyos eran tambin, y
parientes en grado ms o menos cercano, todos aquellos seoritos que
antes le acogan con la familiaridad un tanto desdeosa con que los
aficionados de rango hablan a los toreros, y a los que ahora comenzaba
l a tratar como si fuesen sus iguales.

Acostumbrado a que doa Sol hablase de ellos con la familiaridad del
parentesco, Gallardo crea vejatorio para su persona no tratarlos con
igual confianza.

Su vida y sus costumbres haban cambiado. Entraba poco en los cafs de
la calle de las Sierpes, donde se reunan los aficionados. Eran buenas
gentes, sencillas y entusiastas, pero de poca importancia: pequeos
comerciantes, obreros que se haban convertido en patronos, modestos
empleados, vagos sin profesin que vivan milagrosamente de ocultos
expedientes, sin otro oficio conocido que hablar de toros.

Pasaba Gallardo ante los ventanales de los cafs, saludando a sus
entusiastas, que le respondan con grandes manoteos para que entrase.
Ahora gervo. Y no volva, pues se meta en una sociedad de la misma
calle, un club aristocrtico, con domsticos de calzn corto, imponente
decoracin gtica y servicios de plata sobre la mesa.

El hijo de la seora Angustias conmovase con una sensacin de vanidad
cada vez que pasaba entre los criados, erguidos militarmente dentro de
sus fracs negros, y un servidor imponente como un magistrado, con cadena
de plata al cuello, pretenda tomarle el sombrero y el bastn. Daba
gusto rozarse con tanta gente distinguida. Los jvenes, hundidos en
altos sitiales de drama romntico, hablaban de caballos y mujeres y
llevaban la cuenta de cuantos desafos se realizaban en Espaa, pues
todos eran hombres de honor quisquilloso y obligatoria valenta. En un
saln interior se tiraba a las armas; en otro se jugaba desde las
primeras horas de la tarde hasta despus de salido el sol. Toleraban a
Gallardo como una originalidad del club, porque era torero decente,
vesta bien, gastaba dinero y tena buenas relaciones.

--Es muy ilustrado--decan los socios con gran aplomo, reconociendo que
saba tanto como ellos.

La personalidad de don Jos el apoderado, simptica y bien emparentada,
serva de garanta al torero en esta nueva existencia. Adems, Gallardo,
con su malicia de antiguo chicuelo de la calle, saba hacerse querer de
esta juventud brillante, en la que encontraba los parientes a docenas.

Jugaba mucho. Era el medio mejor para estar en contacto con su nueva
familia, estrechando las relaciones. Jugaba y perda, con la mala suerte
de un hombre afortunado en otras empresas. Pasaba las noches en la sala
del crimen, como llamaban a la pieza del juego, y rara vez consegua
ganar. Su mala suerte era motivo de vanidad para el club.

--Anoche llev paliza el _Gallardo_--decan los socios--. Lo menos
perdi once mil pesetas.

A este prestigio de punto de fuerza, as como la serenidad con que
abandonaba el dinero, haca que le respetasen sus nuevos amigos, viendo
en l un firme sostenedor del juego de la sociedad.

La nueva pasin se apoder rpidamente del espada. Dominronle las
emociones del juego, hasta el punto de hacerle olvidar algunas veces a
la gran seora, que era para l lo ms interesante del mundo. Jugar
con lo mejor de Sevilla! Verse tratado como un igual por los seoritos,
con la fraternidad que crean los prstamos de dinero y las emociones
comunes!... Una noche se desprendi de golpe sobre la mesa verde una
gran lmpara de globos elctricos que iluminaba la pieza. Hubo
obscuridad y barullo, pero en esta confusin son imperiosa la voz de
Gallardo.

--Carma, seores! Aqu no ha pasao na. Contina la partida. Que traigan
velas.

Y la partida continu, admirndole los compaeros de juego por su
enrgica oratoria ms an que por los toros que mataba.

Los amigos del apoderado preguntbanle sobre las prdidas de Gallardo.
Se iba a arruinar; lo que ganaba en los toros se lo comera el juego.
Pero don Jos sonrea desdeoso, pluralizando la gloria de su matador.

--Para este ao tenemos ms corridas que nadie. Nos vamos a cansar de
matar toros y ganar dinero... Dejad que el nio se divierta. Para eso
trabaja y es quien es... El primer hombre del mundo!

Consideraba don Jos como una gloria ms de su dolo el que la gente
admirase la serenidad con que perda el dinero. Un matador no poda ser
igual a los dems hombres, que andan a vueltas con los cntimos. Por
algo ganaba lo que quera.

Adems, satisfacale como un triunfo propio, como algo que era obra
suya, el verle metido en un Crculo donde no todos podan entrar.

--Es el hombre del da--deca con aire agresivo a los que criticaban las
nuevas costumbres de Gallardo--. No va con granujas ni se mete en
tabernas, como otros matadores. Y qu hay con eso? Es el torero de la
aristocracia, porque quiere y puede... Lo dems son envidias.

En su nueva existencia, Gallardo no slo frecuentaba el club, sino que
algunas tardes se meta en la sociedad de los _Cuarenta y cinco_. Era a
modo de un Senado de la tauromaquia. Los toreros no encontraban fcil
acceso en sus salones, quedando as en libertad los respetables prceres
de la aficin para emitir sus doctrinas.

Durante la primavera y el verano reunanse los _Cuarenta y cinco_ en el
vestbulo de la sociedad y parte de la calle, sentados en sillones de
junco, a esperar los telegramas de las corridas. Crean poco en las
opiniones de la prensa; adems, necesitaban conocer las noticias antes
de que saliesen en los peridicos. Llegaban a la cada de la tarde
telegramas de todos los lugares de la Pennsula donde se haba celebrado
corrida, y los socios, luego de escuchar su lectura con religiosa
gravedad, discutan, levantando suposiciones sobre el laconismo
telegrfico.

Era una funcin que les llenaba de orgullo, elevndolos sobre los dems
mortales, esta de permanecer tranquilamente sentados a la puerta de la
sociedad tomando el fresco y saber de una manera cierta, sin
exageraciones interesadas, lo que haba ocurrido aquella tarde en la
Plaza de Toros de Bilbao, en la de la Corua, la de Barcelona o la de
Valencia, las orejas que haba alcanzado un matador, las silbas que se
haba llevado otro, mientras sus conciudadanos vivan en la ms triste
de las ignorancias y paseaban por las calles teniendo que aguardar la
noche con la salida de los peridicos. Cuando haba hule y llegaba un
telegrama anunciando la terrible cogida de un torero de la tierra, la
emocin y la solidaridad patritica ablandaban a los respetables
senadores, hasta el punto de participar a cualquier transente amigo el
importante secreto. La noticia circulaba instantneamente por los cafs
de la calle de las Sierpes, y nadie la pona en duda. Era un telegrama
recibido en los _Cuarenta y cinco_.

El apoderado de Gallardo, con su entusiasmo agresivo y ruidoso, turbaba
la gravedad social; pero le toleraban por ser antiguo amigo, y acababan
riendo de sus cosas. Les era imposible a aquellas personas sesudas
discutir tranquilamente con don Jos sobre el mrito de los toreros.
Muchas veces, al hablar de Gallardo, un chico valiente pero con poco
arte, miraban temerosos hacia la puerta.

--Que viene Pepe--decan, y la conversacin quedaba rota.

Entraba Pepe agitando sobre su cabeza el papel de un telegrama.

--Tienen ustedes noticias de Santander?... Aqu estn: Gallardo, dos
estocadas dos toros, y en el segundo la oreja. Nada; lo que yo digo: el
primer hombre del mundo!

El telegrama de los _Cuarenta y cinco_ era distinto muchas veces, pero
el apoderado apenas pasaba por l una mirada de desprecio, estallando en
ruidosa protesta.

--Mentira! Todo envidia! Mi papel es el que vale. Aqu lo que hay es
rabia porque mi nio quita muchos moos.

Y los socios acababan riendo de don Jos, llevndose un dedo a la frente
para indicarle su locura, bromeando sobre el primer hombre del mundo y
su gracioso apoderado.

Poco a poco, como inaudito privilegio, consigui introducir a Gallardo
en la sociedad. Llegaba el torero con el pretexto de buscar a su
apoderado, y acababa sentndose entre aquellos seores, muchos de los
cuales no eran amigos suyos y haban escogido su matador entre los
espadas rivales.

La decoracin de la casa social tena carcter, como deca don Jos:
altos zcalos de azulejos rabes, y en las paredes, de inmaculada
nitidez, vistosos carteles anunciadores de antiguas corridas, cabezas
disecadas de toros famosos por el nmero de caballos que mataron o por
haber herido a un torero clebre, capotes de lujo y estoques regalados
por ciertos espadas al cortarse la coleta retirndose de la profesin.

Los criados, vestidos de frac, servan a los seores en trajes de campo
o despechugados durante las calurosas tardes de verano. En Semana Santa
y otras grandes fiestas de Sevilla, cuando ilustres aficionados de toda
Espaa se presentaban a saludar a los _Cuarenta y cinco_, la servidumbre
iba de calzn corto y peluca blanca, con librea roja y amarilla. De esta
guisa, como lacayos de casa real, servan las bateas de manzanilla a los
ricos seores, algunos de los cuales haban suprimido la corbata.

Por las tardes, al presentarse el decano, el ilustre marqus de Moraima,
los socios formaban crculo en profundos sillones, y el famoso ganadero
ocupaba un asiento ms alto que los otros, a modo de trono, desde el
cual presida la conversacin. Comenzaban siempre hablando del tiempo.
Eran en su mayor parte ganaderos y ricos labradores, que vivan
pendientes de las necesidades de la tierra y las variaciones del cielo.
El marqus expona las observaciones de su sabidura, adquirida en
interminables cabalgadas por la llanura andaluza, desierta, inmensa, de
dilatados horizontes, como un mar de tierra, en el que eran los toros a
modo de adormecidos tiburones que marchaban lentamente entre las oleadas
de hierbajos. Siempre vea en la calle, al dirigirse al Crculo, un
papelito movido por el viento, y esto le serva de base para sus
predicciones. La sequa, cruel calamidad de las llanuras andaluzas, les
haca discurrir tardes enteras; y cuando, despus de largas semanas de
expectacin, el cielo encapotado soltaba algunas gotas gruesas y
calientes, los grandes seores campesinos sonrean gozosos, frotndose
las manos, y el marqus deca sentenciosamente, mirando los anchos
redondeles que mojaban la acera:

--La gloria e Di!... Ca gota de esas es una monea de sinco duros.

Cuando el tiempo no les preocupaba, eran las reses el objeto de su
conversacin, y especialmente los toros, de los que hablaban con
ternura, como si estuviesen ligados a ellos por un parentesco de raza.
Los ganaderos escuchaban con respeto las opiniones del marqus,
reconociendo el prestigio de su fortuna superior. Los simples
aficionados que no salan de la ciudad admiraban su pericia de criador
de reses bravas. Lo que saba aquel hombre!... Mostrbase convencido de
la grandeza de sus funciones al hablar de los cuidados que exigen los
toros. De cada diez becerros, ocho o nueve eran destinados a la carne,
luego de tentarlos para apreciar su fiereza. Slo uno o dos que se
mostraban ante el hierro de la garrocha bravucones y acometedores
pasaban a ser considerados como animales de lidia, viviendo aparte, con
toda clase de cuidados. Y qu cuidados!...

--Una ganaera de toros bravos--deca el marqus--no debe ser negosio.
Es un lujo. Le dan a uno por un toro de corras cuatro o sinco veses ms
que por un buey de carnicera... pero lo que cuesta!

Haba que cuidarlo a todas horas, preocuparse de los pastos y las aguas,
trasladarlo de un sitio a otro con los cambios de temperatura.

Cada toro costaba ms que el mantenimiento de una familia. Y cuando
estaba ya en sazn, haba que cuidarlo hasta el ltimo momento, para que
no se desgraciase y se presentara en el redondel honrando la divisa de
la ganadera que ondeaba en su cuello.

El marqus, en ciertas plazas, haba llegado a pelearse con empresarios
y autoridades, negndose a dar sus reses porque la banda de msica
estaba colocada sobre los toriles. El ruido de los instrumentos aturda
a los nobles animales, quitndoles bravura y serenidad cuando salan a
la plaza.

--Son lo mismo que nosotros--deca con ternura--. Slo les farta el
habla... Qu digo como nosotros! Los hay que valen ms que una persona.

Y hablaba de _Lobito_, un toro viejo, un cabestro, asegurando que no lo
vendera aunque le diesen por l Sevilla entera con su Giralda. Apenas
llegaba galopando por las vastas dehesas a la vista de la torada en que
viva esta joya, bastbale un grito para llamar su atencin.
_Lobito_!... Y _Lobito_, abandonando a sus compaeros, vena al
encuentro del marqus, mojando con su hocico bondadoso las botas del
jinete, y eso que era un animal de gran poder y le tenan miedo los
dems de la torada.

Desmontbase el ganadero, y sacando de las alforjas un pedazo de
chocolate, se lo daba a _Lobito_, que mova agradecido el testuz, armado
de unos cuernos descomunales. Con un brazo apoyado en el cuello del
cabestro, avanzaba el marqus, metindose tranquilamente en el grupo de
toros, que se agitaban inquietos y feroces por la presencia del hombre.
No haba cuidado. _Lobito_ marchaba como un perro, cubriendo al amo con
su cuerpo, y miraba a todas partes, queriendo imponer respeto a los
compaeros con sus ojos inflamados. Si alguno, ms audaz, se acercaba a
olisquear al marqus, encontrbase con los amenazantes cuernos del
cabestro. Si varios se unan con pesada torpeza, impidindoles el paso,
_Lobito_ meta entre ellos el armado testuz, abrindose calle.

Un gesto de entusiasmo y de ternura conmova los labios afeitados del
marqus y las blancas patillas al recordar los altos hechos de algunos
animales salidos de sus dehesas.

--El toro!... El anim ms noble der mundo! Si los hombres se le
paresiesen, mejor andara too. Ah tienen usts al pobre _Coronel_. Se
acuerdan de aquella alhaja?

Y sealaba una gran fotografa con lujoso marco, que le representaba a
l en traje de monte, mucho ms joven, rodeado de varias nias vestidas
de blanco, y sentados todos en el centro de una pradera sobre un montn
negruzco, a un extremo del cual se destacaban unos cuernos. Este banco
obscuro e informe, de agudo dorso, era _Coronel_. Grandote y bravucn
para los compaeros de torada, mostrbase de una servidumbre cariosa
con el amo y su familia. Era como esos mastines feroces con los
extraos, a los cuales los nios de la casa tiran de la cola y las
orejas, aguantando con ronquidos de bondad todas sus diabluras. El
marqus llevaba junto a l a sus hijas, que eran de corta edad, y el
animal olisqueaba las blancas faldillas de las pequeas, agarradas
temerosamente a las piernas de su padre, hasta que, con la repentina
audacia de la niez, acababan rascndole el hocico. Echate,
_Coronel_! _Coronel_ descansaba sobre sus patas dobladas, y la familia
sentbase en sus costillares, agitados por el ru-ru de fuelle de su
poderosa respiracin...

Un da, despus de muchas vacilaciones, lo vendi el marqus para la
plaza de Pamplona, y asisti a la corrida. El de Moraima conmovase
recordando el suceso; sus ojos se ponan mates con el empaamiento de la
emocin. No haba visto en su vida toro como aquel. Sali a la arena
guapamente y se qued plantado en mitad de ella, con el asombro de la
luz despus de la lobreguez del toril y del bullicio de miles de
personas luego del silencio de los corrales. Pero as que le pinch un
picador, pareci llenar la plaza entera con su grandiosa bravura.

--No hubo para l ni hombres, ni cabayos, ni na. En un momento tumb
toos los jamelgos, enviando por el aire a los piqueros. Los peones
corran; la plaza era un herraero. El pblico peda ms cabayos, y
_Coronel_, en los medios, esperaba que se acercase alguien, pa yevrselo
por delante. No se ver na como aquyo, de nobleza y de poer. Bastaba
que lo citasen pa que acudiese, entrando con una nobleza y un arranque
que gorva loco al pblico. Cuando tocaron a matar, con catorce puyazos
que yevaba en el cuerpo y las banderiyas completas, estaba tan guapo y
tan valiente como si no hubiese sali de la dehesa. Entonces...

El ganadero, al llegar a este punto, detenase siempre, para afirmar su
voz, que se haca trmula.

Entonces... el marqus de Moraima, que estaba en un palco, se vio, sin
saber cmo, detrs de la barrera, entre los mozos, que corran con la
agitacin de la accidentada lidia, y cerca del maestro, que preparaba su
muleta con cierta calma, como queriendo retardar el momento de verse
frente a frente con un animal de tanto poder. _Coronel!_, grit el
marqus sacando medio cuerpo fuera de la barrera y golpeando las tablas
con las manos.

El animal no se mova, pero levantaba la cabeza con estos gritos,
lejanos recuerdos de un pas que no volvera a ver. _Coronel!_ Hasta
que, volviendo la cabeza, vio a un hombre que le llamaba desde la
barrera, y le acometi en lnea recta. Pero en mitad de la carrera
refren el paso y se aproxim lentamente, hasta tocar con sus cuernos
los brazos tendidos hacia l. Llegaba con el pescuezo barnizado de rojo
por los hilillos de sangre que se escapaban de los palos hincados en su
cuello y los desgarrones de la piel, en los cuales quedaba al
descubierto el msculo azul. _Coronel!_ Hijo mo!... Y el toro, como
si comprendiese estas explosiones de ternura, alzaba el hocico, mojando
con su baba las patillas del ganadero. Por qu me has trado aqu?,
parecan decir sus ojos fieros inyectados de sangre. Y el marqus, sin
saber lo que haca, bes varias veces las narices de la bestia, hmedas
por los bufidos rabiosos.

Que no lo maten!, grit una buena alma en los tendidos; y como si
estas palabras reflejaran el pensamiento de todo el pblico, una
explosin de voces conmovi la plaza, al mismo tiempo que millares de
pauelos aleteaban en los tendidos como bandas de palomas. Que no lo
maten! En aquel instante, la muchedumbre, movida por confusa ternura,
despreciaba su propia diversin, aborreca al torero con su traje
vistoso y su heroicidad intil, admiraba el valor de la bestia, y
sentase inferior a ella, reconociendo que, entre tantos miles de
racionales, la nobleza y la sensibilidad estaban representadas por el
pobre animal.

--Me lo yev--deca conmovido el marqus--. Le degorv al empresario sus
dos mil pesetas. Mi hasienda entera le hubiese dao. Al mes de pastar en
la dehesa ya no le quedaban ni seales en el morriyo... Quise que aquel
valiente muriese de viejo; pero los buenos no prosperan en este mundo.
Un toro marrajo, que no era capaz de mirarlo de frente, lo mat a
traisin de una corn.

El marqus y sus compaeros en la crianza de reses pasaban rpidamente
de esta ternura con las bestias al orgullo que les infunda su fiereza.
Haba que ver el desprecio con que hablaban de los enemigos de las
corridas, de los que vociferan contra este arte en nombre de la
proteccin a los animales. Disparates de extranjeros! Errores de
ignorantes, que slo distinguen a los animales por los cuernos, y
consideran lo mismo a un buey de matadero que a un toro de corrida! El
toro espaol era una fiera: la fiera ms valerosa del mundo. Y hacan
memoria de los numerosos combates entre toros y temibles felinos,
seguidos siempre del triunfo ruidoso de la fiera nacional.

El marqus rea al acordarse de otra de sus bestias. Preparaban en una
plaza el combate de un toro con un len y un tigre de cierto domador
famoso, y el ganadero envi a _Barrabs_, animal perverso al que tena
aparte en la dehesa, pues andaba a cornadas con los compaeros y llevaba
muertas muchas reses.

--Tambin vi yo eso--deca el de Moraima--. Una gran jaula de jierro en
medio del reondel, y _Barrabs_ en ella. Le suertan primero el len, y
el mardito animal, aprovechndose de la farta de malicia del toro, sarta
sobre su cuarto trasero y empieza a desgarrarlo con las uas y los
dientes. Brincaba _Barrabs_ hecho una furia para despegrselo y tenerlo
ante los cuernos, que es donde est la defensa. Por fin, en una de sus
regertas, consigui echarse por delante al len, enganchndole, y
cabayeros!... lo mismo que una pelota! Se lo pas de pitn a pitn un
buen rato, zarandendolo como un dominguiyo, hasta que al fin, como si
lo despreciase, lo arroj a un lao, y ay permaneci el que yaman rey
de los animales hecho un oviyo, quejndose como un gato al que han dao
un palo... Le suertan aluego el tigre, y la cosa fue ms corta. Apenas
asom la jeta, lo enganch _Barrabs_, echndolo por alto, y despus de
bien zarandeao fue al rincn, como el otro, enroscndose y hacindose el
chiquito... Y aquel _Barrabs_, que era un guasn de mala sangre, se
pase, hizo sus necesidades sobre las dos fieras, y cuando los domadores
las sacaron no tuvieron bastante con una espuerta de serrn, pues el
mieo las haba hecho sortar too lo que yevaban en el cuerpo.

En los _Cuarenta y cinco_, estos recuerdos provocaban siempre grandes
risas. El toro espaol!... Fierecitas a l!... Y haba en sus gozosas
exclamaciones una expresin de orgullo nacional, como si el arrogante
valor de la fiera espaola significase igualmente la superioridad de la
tierra y de la raza sobre el resto del mundo.

Cuando Gallardo comenz a frecuentar la sociedad, un nuevo motivo de
conversacin interrumpa las interminables discusiones sobre toros y
labores del campo.

En los _Cuarenta y cinco_, lo mismo que en toda Sevilla, se hablaba del
_Plumitas_, un bandido clebre por sus audacias, al que cada da
proporcionaban nueva fama los esfuerzos intiles de los perseguidores.
Relataban los peridicos sus genialidades como si fuese un personaje
nacional; sufra el gobierno interpelaciones en las Cortes, prometiendo
una captura pronta, que jams llegaba; concentrbase la Guardia civil,
movilizndose un verdadero ejrcito para su persecucin, mientras el
_Plumitas_, siempre solo, sin ms auxiliares que su carabina y su jaca
andariega, deslizbase como un fantasma por entre los que le iban a los
alcances, les haca frente cuando no eran muchos, tendiendo alguno sin
vida, y era reverenciado y ayudado por los pobres del campo, tristes
siervos de la enorme propiedad, que vean en el bandido un vengador de
los hambrientos, un justiciero pronto y cruel, a modo de los antiguos
jueces armados de punta en blanco de la caballera andante. Exiga
dinero a los ricos, y con gestos de actor que se ve contemplado por
inmenso pblico, socorra de vez en cuando a una pobre vieja, a un
jornalero cargado de familia. Estas generosidades eran agrandadas por
los comentarios de la muchedumbre rural, que tena a todas horas el
nombre de _Plumitas_ en los labios, pero era ciega y muda cuando
preguntaban por l los soldados del orden.

Pasaba de una provincia a otra con la facilidad de un buen conocedor del
terreno, y los propietarios de Sevilla y Crdoba contribuan por igual a
su sostenimiento. Transcurran semanas enteras sin que se hablase del
bandido, y repentinamente se presentaba en un cortijo o haca su entrada
en un pueblo, despreciando el peligro.

En los _Cuarenta y cinco_ se tenan noticias directas de l, lo mismo
que si fuese un matador de toros.

--El _Plumitas_ estuvo anteayer en mi cortijo--deca un rico labrador--.
El mayoral le dio treinta duros, y se fue luego de almorzar.

Toleraban pacientemente esta contribucin, y no comunicaban las noticias
mas que a los amigos. Una denuncia representaba declaraciones y toda
clase de molestias. Para qu?... La Guardia civil persegua intilmente
al bandido, y al enfadarse ste con los denunciantes, los bienes
quedaban a merced de su venganza, sin proteccin alguna.

El marqus hablaba del _Plumitas_ y sus hazaas sin escndalo alguno,
sonriendo, como si se tratase de una calamidad natural e inevitable.

--Son probes muchachos que han teno una desgracia y se van ar campo. Mi
padre (que en paz descanse) conoci al famoso Jos Mara y almorz con
l dos veces. Yo me he tropezao con muchos de menos fama, pero que
anduvieron por ah haciendo maldades. Son lo mismo que los toros: gente
noblota y simple. Slo acometen cuando los pinchan, crecindose con el
castigo.

El haba dado orden en sus cortijos y en todas las chozas de pastores de
sus vastos territorios para que entregasen al _Plumitas_ lo que pidiese;
y segn contaban mayorales y vaqueros, el bandido, con su antiguo
respeto de hombre del campo por los amos buenos y generosos, hablaba los
mayores elogios de l, ofrecindose a matar si alguien ofenda al ze
marqu en lo ms mnimo. Pobre mozo! Por una miseria, que era lo que
solicitaba al presentarse cansado y hambriento, no vala la pena de
irritarlo, atrayndose su venganza.

El ganadero, que galopaba solo por las llanuras donde pacan sus toros,
tena la sospecha de haberse cruzado varias veces con el _Plumitas_, sin
conocerlo. Deba ser alguno de aquellos jinetes de pobre aspecto que
encontraba en la soledad del campo, sin ningn pueblo en el horizonte, y
que se llevaban la mano al mugriento sombrero, diciendo con respetuosa
llaneza:

--Vaya ust con Di, ze marqu.

El de Moraima, al hablar del _Plumitas_, fijbase algunas veces en
Gallardo, el cual, con una vehemencia de nefito, indignbase contra las
autoridades porque no saban proteger la propiedad.

--El mej da se te presenta en _La Rincon_, chiquiyo--deca el marqus
con su grave sorna andaluza.

--Mardita sea!... Pues no me hace gracia, ze marqu. Hombre! y pa
eso paga uno tanta contribucin?...

No; no le haca gracia tropezarse con aquel bandido en sus excursiones a
_La Rinconada_. El era un valiente matando toros, y en la plaza se
olvidaba de la vida; pero estos profesionales de matar hombres le
inspiraban la inquietud de lo desconocido.

Su familia estaba en el cortijo. La seora Angustias amaba la existencia
campestre, despus de una vida transcurrida en la miseria de los
tugurios urbanos. Carmen tambin gustaba de la vida del campo. Su
carcter de mujer hacendosa la impulsaba a ver de cerca los trabajos del
cortijo, gozando las dulzuras de la posesin al apreciar sus extensas
propiedades. Adems, los nios del talabartero, aquellos sobrinos que
suplan cerca de ella el vaco de la infecundidad, necesitaban para su
salud el aire del campo.

Gallardo haba enviado a su familia a vivir en el cortijo por algn
tiempo, prometiendo unirse a ella, pero retardaba el viaje con toda
clase de pretextos. Viva en su casa de la ciudad, sin otra compaa que
la de _Garabato_, llevando una existencia de soltero, que le permita
completa libertad en las relaciones con doa Sol.

Crea aquella poca la mejor de su vida. Algunas veces llegaba a
olvidarse de la existencia de _La Rinconada_ y de sus habitantes.

Montados en briosos caballos, salan doa Sol y l, con los mismos
trajes que el da en que se conocieron, unas veces solos y otras en
compaa de don Jos, que pareca amortiguar con su presencia el
escndalo de las gentes ante esta exhibicin. Iban a ver toros en las
dehesas prximas a Sevilla, a tentar becerros en las vacadas del
marqus, y doa Sol, entusiasta del peligro, enardecase cuando un toro
joven, en vez de huir, revolvase contra ella sintindose picado por la
garrocha, y la acometa, teniendo que acudir Gallardo en su auxilio.

Otras veces diriganse a la estacin del Empalme, si se anunciaba algn
encajonamiento de toros para las plazas que daban corridas
extraordinarias a fines de invierno.

Doa Sol examinaba curiosamente este lugar, el ms importante centro de
exportacin de la industria taurina. Eran extensos corrales inmediatos a
la va frrea. Enormes cajones de madera gris montados sobre ruedas y
con dos puertas levadizas alinebanse a docenas, aguardando la buena
poca de las expediciones, o sea las corridas del verano.

Estos cajones haban viajado por toda la Pennsula llevando en su
interior un toro bravo hasta una plaza lejana y volviendo de vaco, para
alojar en sus entraas otro y otro.

El engao ideado por el hombre, la astuta destreza humana, conseguan
manejar fcilmente, como una mercanca, a estas fieras habituadas a la
libertad del campo. Llegaban los toros que haban de ser expedidos en el
tren galopando por una ancha y polvorienta carretera entre dos
alambrados de agudas puntas. Venan de lejanas dehesas, y al llegar al
Empalme, sus conductores les hacan emprender una carrera desaforada,
para engaarlos mejor en el mpetu de la velocidad.

Delante marchaban a todo galope de sus caballos los mayorales y pastores
con la pica al hombro, y tras ellos corran los prudentes cabestros,
cubriendo a los conductores con sus astas enormes de reses viejas. A
continuacin trotaban los toros bravos, las fieras destinadas a la
muerte, marchando bien arropadas, o lo que es lo mismo, rodeadas de
toros mansos que evitaban se apartasen del camino, y de fuertes vaqueros
que corran honda en mano, prontos a saludar con una pedrada certera al
par de cuernos que se separase del grupo.

Al llegar a los corrales, los jinetes delanteros se apartaban, quedando
fuera de la puerta, y todo el tropel de toros, avalancha de polvo,
patadas, bufidos y cencerreos, metase en el recinto con mpetu
arrollador, cerrndose prontamente las vallas sobre el rabo del ltimo
animal. Gentes a horcajadas en los muros o asomadas a unas galeras los
azuzaban con sus gritos o agitando los sombreros. Atravesaban el primer
corral sin darse cuenta de su encierro, como si corriesen an en campo
libre. Los cabestros, aleccionados por la experiencia y obedientes a los
pastores, quedbanse a un lado apenas atravesaban la puerta, dejando
pasar tranquilamente el torbellino de toros que corra detrs bufando
sobre su cuarto trasero. Estos slo se detenan, con asombro e
incertidumbre, en el segundo corral, viendo ante ellos la pared y
encontrando, al revolverse, la puerta cerrada.

Comenzaba entonces el encajonamiento. Uno a uno eran dirigidos los
toros, con tremolar de trapos, gritos y golpes de garrocha, hacia una
callejuela, en mitad de la cual estaba colocado el cajn de viaje con
las dos puertas levantadas. Era a modo de un pequeo tnel, al extremo
del cual se vea el espacio libre de otros corrales, con hierba en el
suelo y cabestros que paseaban placenteramente: una ficcin de la lejana
dehesa, que atraa a la fiera.

Avanzaba sta lentamente por el callejn, como si husmease el peligro,
temiendo poner sus pies en la suave rampa de madera que correga la
altura del encierro montado sobre ruedas. Adivinaba el toro un peligro
en este pequeo tnel que se presentaba ante l como paso obligado.
Senta en su parte trasera los continuos pinchazos que le soltaban desde
las galeras, obligndolo a avanzar; vea ante l dos filas de gentes
asomadas a los balconajes, las cuales le excitaban con sus manoteos y
silbidos. Del techo del cajn, donde se ocultaban los carpinteros,
prontos a dejar caer las compuertas, penda un trapo rojo, agitndose en
el rectngulo de luz encuadrado por la salida del cajn. Los pinchazos,
los gritos, el bulto informe que danzaba ante sus ojos como desafindole
y la vista de sus tranquilos compaeros que pastaban al final del
pasadizo, acababan por decidirle. Tomaba carrera para atravesar el
pequeo tnel, haca temblar con su peso la rampa de tablas, pero apenas
entraba en aqul, caa la compuerta delantera, y antes de que pudiese
retroceder escurrase tambin la de detrs.

Sonaba el fuerte herraje de los cierres, y la bestia se vea sumida en
la obscuridad y el silencio, prisionera en un pequeo espacio donde slo
le era posible acostarse sobre sus patas. Por una trapa del techo caan
sobre ella brazadas de forraje, empujaban los mozos el calabozo
ambulante sobre sus pequeas ruedas, llevndolo al cercano ferrocarril,
e inmediatamente otro cajn era colocado en el pasadizo, repitindose el
engao, hasta que quedaban listos para emprender el viaje todos los
animales de la corrida.

Doa Sol admiraba, con su entusiasmo hambriento de color, estos
procedimientos de la gran industria nacional, y quera imitar a los
mayorales y vaqueros. Gustbale la vida al aire libre, galopando por las
inmensas llanuras seguidas de agudos cuernos y huesudas testas que
podan dar la muerte con slo un leve movimiento. Bulla en su alma la
aficin al pastoreo que todos llevamos en nosotros como herencia
ancestral de remotos ascendientes, en la poca en que el hombre, no
sabiendo explotar las entraas de la tierra, viva de reunir a las
bestias, sustentndose de sus despojos. Ser pastor, pero pastor de
fieras, era para doa Sol la ms interesante y heroica de las
profesiones.

Gallardo, desvanecida la primera embriaguez de su buena suerte,
contemplaba asombrado a la dama en las horas de mayor intimidad,
preguntndose si seran iguales todas las seoras del gran mundo.

Sus caprichos, sus veleidades de carcter, le tenan aturdido. No se
atreva a tutearla: no, eso no. Nunca lo haba incitado ella a tal
familiaridad, y una vez que quiso l intentarlo, torpe la lengua y
trmula la voz, vio en sus ojos de dorado resplandor tal expresin de
extraeza, que retrocedi avergonzado, volviendo al antiguo tratamiento.

Ella, en cambio, le hablaba de t, lo mismo que los grandes seores
amigos del torero; pero esto slo era en la intimidad, pues cuando tena
que escribirle una breve carta avisndole que no pasase por su casa por
tener que salir con sus parientes, le trataba de usted, y no haba en su
estilo otras expresiones de afecto que las framente corteses que se
dedican a un amigo de clase inferior.

--Esa gach!...--murmuraba Gallardo, descorazonado--. Paese que ha
vivo siempre con granujas que enseaban sus cartas a too er mundo, y
ti mieo. Cualquiera dira que no me cree cabayero porque soy un mataor.

Otras originalidades de la gran seora traan enfurruado y triste al
torero. A lo mejor, al presentarse en su casa, uno de aquellos criados
que parecan grandes seores venidos a menos le cerraba el paso
framente: La seora no est. La seora ha salido. Y l adivinaba que
era mentira, presintiendo a doa Sol a corta distancia de l, al otro
lado de puertas y cortinajes. Sin duda se cansaba, senta una aversin
repentina hacia l, y prximo el momento de la visita, daba orden a los
criados para que no le recibiesen.

--Vaya, se acab el carbn!--decase el espada al retirarse--. Ya no
gervo ms. Esta gach no se divierte conmigo.

Y cuando volva, avergonzbase de haber credo en la posibilidad de no
ver ms a doa Sol. Le reciba tendindole los brazos, estrujndolo
entre sus blancas y firmes durezas de hembra belicosa, la boca algo
torcida por una crispacin de deseo, los ojos agrandados y vagos, con
una luz extraa que pareca reflejar mentales desarreglos.

--Por qu te perfumas?--protestaba ella, como si percibiese los ms
repugnantes hedores--. Es una cosa indigna de ti... Yo quiero que huelas
a toro, que huelas a caballo... Qu olores tan ricos! No te gustan?...
Di que s, Juann, bestia de Dios, animal mo!

Gallardo, una noche, en la dulce penumbra del dormitorio de doa Sol,
sinti cierto miedo oyndola hablar y viendo sus ojos.

--Tengo deseos de correr a cuatro patas. Quisiera ser toro y que t te
pusieras delante de m, estoque en mano. Flojas cornadas ibas a
llevarte! Aqu... aqu!

Y con los puos cerrados, a los que comunicaba su nerviosidad una nueva
fuerza, marcaba terribles golpes en el busto del torero, cubierto slo
con una elstica de seda. Gallardo se echaba atrs, no queriendo
confesar que una mujer poda hacerle dao.

--No; toro no. Ahora quisiera ser perro... un perro de pastor, con unos
colmillos as de largos, y salirte al camino y ladrarte. Ven ustedes
ese fachendoso que mata fieras y que el pblico dice que es muy
valiente? Pues me lo como! Me lo como as! Haam!

Y con histrica delectacin clav sus dientes en un brazo del torero,
martirizando su hinchado bceps. El espada lanz una blasfemia, a
impulsos del dolor, desasindose de aquella mujer hermosa y semidesnuda,
con la cabeza erizada de serpientes de oro, como una bacante ebria.

Doa Sol pareci despertar.

--Pobrecito! Le han hecho dao. Y he sido yo!... yo, que a veces
estoy loca! Djame que te bese el mordisco, para currtelo. Djame que
te bese todas esas cicatrices tan monas. Pobre de mi brutito, que le
han hecho pupa!

Y la hermosa furia volvase humilde y tierna, arrullando al torero con
gestos de gata.

Gallardo, que entenda el amor a la antigua usanza, con intimidades
iguales a las de la vida matrimonial, jams consigui pasar una noche
entera en casa de doa Sol. Cuando crea sometida a la hembra en fuerza
de amorosas generosidades, estallaba la orden imperiosa, el despego de
la repugnancia fsica.

--Mrchate. Necesito estar sola. Ya sabes que no puedo aguantarte. Ni a
ti ni a nadie. Los hombres! qu asco!...

Y Gallardo emprenda la fuga humillado y triste por los caprichos de
esta mujer incomprensible.

Una tarde, el torero, vindola inclinada a las confidencias, sinti
curiosidad por su pasado, queriendo conocer a los reyes y los grandes
personajes que, al decir de la gente, haban transcurrido por la
existencia de doa Sol.

Esta respondi a su curiosidad con una mirada fra de sus ojos claros.

--Y a ti qu te importa eso?... Tienes, acaso, celos?... Y aunque
fuese verdad, qu?...

Permaneci silenciosa largo rato, con la mirada vaga: su mirada de
locura, acompaada siempre de pensamientos absurdos.

--T debes haber pegado a las mujeres--dijo mirndole con curiosidad--.
No lo niegues. Si eso me interesa mucho!... A tu mujer, no; s que es
muy buena. Quiero decir a las otras mujeres, a todas esas que tratis
los toreros: a las hembras que aman con ms furia cuanto ms las
golpean. No? De veras que no has pegado nunca?

Gallardo protestaba con una dignidad de hombre valeroso, incapaz de
maltratar a los que no fuesen fuertes como l. Doa Sol mostraba cierta
decepcin ante sus explicaciones.

--Un da me has de pegar. Quiero saber lo que es eso--dijo con
resolucin.

Pero se entenebreci su gesto, se juntaron sus cejas, y un fulgor
azulado anim el polvillo de oro de sus pupilas.

--No, bruto mo; no me hagas caso: no lo intentes. Saldras perdiendo.

El consejo era justo, y Gallardo tuvo ocasin de acordarse de l. Un
da, en momentos de intimidad, bast una caricia algo ruda de sus manos
de luchador para despertar la furia de aquella mujer que atraa al
hombre y lo odiaba al mismo tiempo. Toma! Y su diestra, cerrada y
dura como una maza, dio un golpe de abajo arriba en la mandbula del
espada, con una seguridad que pareca obedecer a determinadas reglas de
esgrima.

Gallardo qued aturdido por el dolor y la vergenza, mientras la dama,
como si comprendiese lo extemporneo de su agresin, intentaba
justificarla con una fra hostilidad.

--Es para que aprendas. Yo s lo que sois vosotros los toreros. Me
dejara atropellar una vez, y acabaras zurrndome todos los das, como
a una gitana de Triana... Bien est lo hecho. Hay que conservar las
distancias.

Una tarde, al principio de la primavera, volvan los dos de una tienta
de becerros en una dehesa del marqus. Este, con un grupo de jinetes,
marchaba por la carretera.

Doa Sol, seguida del espada, meti su caballo por las praderas,
gozndose en la blanda impresin que comunicaba el almohadillado de la
hierba a las patas de las cabalgaduras.

El sol agonizante tea de suave carmes el verde de la llanura,
espolvoreado de blanco y amarillo por las flores silvestres. Sobre esta
extensin, en la que todos los colores tomaban un tono rojizo de lejano
incendio, marcbanse las sombras de los caballos y los jinetes estrechas
y prolongadas. Las garrochas que llevaban al hombro eran tan gigantescas
en la sombra, que su lnea obscura perdase en el horizonte. A un lado
brillaba el curso del ro como una lmina de acero enrojecida medio
oculta entre hierbas.

Doa Sol mir a Gallardo con ojos imperiosos.

--Cgeme de la cintura.

El espada obedeci, y as marcharon, con los caballos juntos, unidos los
dos jinetes del talle arriba. La dama contemplaba sus sombras
confundidas avanzando sobre la mgica luz de la pradera, con el cabeceo
de una lenta marcha.

--Parece que vivimos en otro mundo--murmur--, un mundo de leyenda: algo
as como las praderas que se ven en los tapices. Una escena de libros de
caballeras: el paladn y la amazona que viajan juntos con la lanza al
hombro, enamorados y en busca de aventuras y peligros. Pero t no
entiendes de esto, bestia de mi alma. Verdad que no me comprendes?

El torero sonri, mostrando sus dientes sanos y fuertes, de luminosa
blancura. Ella, como atrada por su ruda ignorancia, aument el contacto
de los cuerpos, dejando caer la cabeza sobre uno de sus hombros y
estremecindose con el cosquilleo de la respiracin de Gallardo en los
msculos de su cuello.

As caminaron en silencio. Doa Sol pareca adormecida en el hombro del
torero. De pronto se abrieron sus ojos, brillando en ellos la expresin
extraa que era precursora de las ms raras preguntas.

--Di: no has matado nunca a un hombre?

Gallardo se agit, llegando en su asombro a despegarse de doa Sol.
Quin! l?... Nunca. Era un buen muchacho, que haba seguido su
carrera sin hacer dao a nadie. Apenas si se haba peleado con los
camaradas de las capeas cuando se quedaban con los cuartos por ser ms
fuertes. Unas cuantas bofetadas en ciertas disputas con los compaeros
de profesin; un botellazo en un caf: estas eran todas sus hazaas. Le
inspiraba un respeto invencible la vida de las personas. Los toros eran
otra cosa.

--De suerte, que no has tenido nunca ganas de matar a un hombre?... Y
yo que crea que los toreros...!

Se ocult el sol, perdi la pradera su fantstica iluminacin, se apag
el ro, y la dama vio obscuro y vulgar el paisaje de tapiz que tanto
haba admirado. Los otros jinetes marchaban lejos, y ella espole su
caballo para unirse al grupo, sin decir una palabra al espada, como si
no se diese cuenta de que la segua.

En las fiestas de Semana Santa volvi a la ciudad la familia de
Gallardo. El espada toreaba en la corrida de Pascua. Era la primera vez
que iba a matar en presencia de doa Sol despus que la conoca, y esto
preocupbale, haciendo que dudase de sus fuerzas.

Adems, no poda torear en Sevilla sin sentir cierta emocin. Aceptaba
un fracaso en cualquier plaza de Espaa, pensando que no volvera a ella
en mucho tiempo; pero en su tierra, donde estaban sus mayores
enemigos!...

--A ver si te luces--deca el apoderado--. Piensa en los que te van a
ver. Quiero que quedes como el primer hombre del mundo.

El sbado de Gloria se verific a altas horas de la noche el encierro de
las reses destinadas a la corrida, y doa Sol quiso asistir como piquero
a esta operacin, que ofreca el encanto de realizarse en la sombra.
Los toros haban de ser conducidos desde la dehesa de Tablada a los
corrales de la plaza.

Gallardo no asisti, a pesar de sus deseos de acompaar a doa Sol. Se
opuso el apoderado, alegando lo necesario que le era descansar, para
encontrarse fresco y vigoroso en la tarde siguiente. A media noche, el
camino que conduce de la dehesa a la plaza estaba animado como una
feria. En las quintas iluminbanse las ventanas, pasando por ellas
sombras agarradas, movindose con el contoneo del baile al son de los
pianos. En las ventas, las puertas rojas extendan un rectngulo de luz
sobre el suelo obscuro, y en su interior sonaban gritos, risas, rasgueo
de guitarras, choques de cristales, adivinndose que circulaba el vino
en abundancia.

Cerca de la una de la madrugada pas por la carretera un jinete con
menudo trote. Era el aviso, un rudo pastor que se detena ante las
ventas y las casas iluminadas, anunciando que el encierro iba a pasar
antes de un cuarto de hora, para que apagasen las luces y quedara todo
en silencio.

Este mandato en nombre de la fiesta nacional era obedecido con ms
presteza que una orden de la autoridad. Quedaban a obscuras las casas,
confundiendo su blancura con la lbrega masa de los rboles; callaban
las gentes, agrupndose invisibles tras las verjas, empalizadas y
alambrados, con el silencio del que aguarda algo extraordinario. En los
paseos inmediatos al ro extinguanse uno a uno los faroles de gas
conforme avanzaba el pastor dando gritos anunciadores del encierro.

Permaneci todo en silencio. Arriba, sobre las masas de la arboleda,
centelleaban los astros en la densa calma del espacio; abajo, a ras de
tierra, notbase un leve movimiento, un susurro contenido, como si en
la sombra se revolviesen enjambres de insectos. La espera pareci
largusima, hasta que en el fresco silencio sonaron muy lejanos los
graves tintineos de unos cencerros. Ya venan! Iban a llegar!...

Aument el estruendo de los cobres, acompaado de un galopar confuso que
haca estremecerse el suelo. Pasaron al principio algunos jinetes, que
parecan gigantescos en la obscuridad, a todo correr de sus caballos,
con la lanza baja. Eran los pastores. Luego, un grupo de garrochistas de
aficin, entre los cuales galopaba doa Sol, palpitante por esta carrera
loca al travs de las sombras, en la cual un paso en falso de la
cabalgadura, una cada, significaba la muerte por aplastamiento bajo las
duras patas del feroz rebao que vena detrs, ciego en su desaforada
carrera.

Sonaron furiosos los cencerros; las bocas abiertas de los espectadores,
ocultos en la obscuridad, tragaron varios golpes de polvo, y pas como
una pesadilla el rebao feroz, monstruos informes de la noche, que
trotaban, pesados y giles a la vez, estremeciendo sus moles de carne,
dando horrorosos bufidos, corneando a las sombras, asustados e irritados
al mismo tiempo por los gritos de los zagales que los seguan a pie y
por el galopar de los jinetes que cerraban la marcha acosndolos con sus
picas.

El trnsito de esta tropa pesada y ruidosa dur slo un instante. Ya no
quedaba ms que ver... La muchedumbre, satisfecha de este espectculo
fugaz despus de larga espera, sala de sus escondrijos, y muchos
entusiastas rompan a correr detrs del ganado, con la esperanza de ver
su entrada en los corrales.

Al llegar cerca de la plaza echbanse a un lado los jinetes, dejando
paso libre a las bestias, y stas, con el impulso de su carrera y la
rutina de seguir a los cabestros, metanse en la manga, callejn
formado de empalizadas que las conduca a los corrales.

Los garrochistas de aficin felicitbanse por el buen xito del
encierro. El ganado haba venido bien arropao, sin que un solo toro se
distrajese ni apartase, dando que hacer a piqueros y peones. Eran
animales de buena casta: lo mejorcito de la ganadera del marqus. Al
da siguiente, si los maestros tenan vergenza torera, iban a verse
grandes cosas... Y con la esperanza de una buena fiesta, fueron
retirndose jinetes y peones. Una hora despus quedaban completamente
solitarios los alrededores de la plaza, confundindose sta en la
obscuridad y guardando en sus entraas las bestias feroces, que,
tranquilas en el corral, volvan a reanudar el ltimo sueo de su
existencia.

A la maana siguiente, Juan Gallardo se levant temprano. Haba dormido
mal, con una inquietud que poblaba su sueo de pesadillas.

Que no le diesen a l corridas en Sevilla! En otras poblaciones viva
como un soltero, olvidado momentneamente de la familia, en una
habitacin de hotel completamente extraa, que no le deca nada, pues
nada tena suyo. Pero vestirse el traje de lidia en su propio
dormitorio, encontrando en sillas y mesas objetos que le recordaban a
Carmen; salir hacia el peligro de aquella casa que haba l levantado y
contena lo ms ntimo de su existencia, le desconcertaba e infunda
igual zozobra que si fuese por primera vez a matar un toro. Adems,
senta el miedo a los compatriotas, con los cuales deba vivir siempre,
y cuya opinin era ms importante para l que los aplausos del resto de
Espaa. Ay, el terrible momento de la salida, cuando, vestido por
_Garabato_ con el traje de luces, bajaba al patio silencioso! Los
sobrinillos venan a l intimidados por los adornos brillantes de su
vestidura, tocndolos con admiracin, sin atreverse a hablar; la
bigotuda de su hermana le daba un beso con gesto de terror, como si
fuese a morir; la mamita se ocultaba en los cuartos ms obscuros. No; no
quera verle, sentase enferma. Carmen mostrbase animosa, muy plida,
apretando los labios, azulados por la emocin, moviendo nerviosamente
las pestaas para mantenerse serena; y cuando le vea ya en el
vestbulo, llevbase de pronto el pauelo a los ojos, estremecido el
cuerpo por las bascas de suspiros y llantos que no lograban salir, y su
hermana y otras mujeres tenan que sostenerla para que no viniese al
suelo.

Era para acobardar hasta al propio Roger de Flor de que hablaba su
cuado.

--Mardita sea!... Vamos, hombre--deca Gallardo--, que ni por too el
oro der mundo toreara uno en Seviya, si no fuese por el aquel de dar
gusto a los paisanos y que no digan los sinvergenzas que tengo mieo a
los pblicos de la tierra!

Al levantarse, anduvo el espada por la casa con un cigarrillo en la
boca, desperezndose para probar si sus membrudos brazos conservaban su
agilidad. Tom en la cocina una copa de Cazalla, y vio a la mamita,
siempre diligente a pesar de sus aos y sus carnes, movindose cerca de
los fogones, tratando con maternal vigilancia a las criadas,
disponindolo todo para el buen gobierno de la casa.

Gallardo sali al patio, fresco, luminoso. Los pjaros canturreaban en
el silencio matinal, saltando en sus jaulas doradas. Un chorro de sol
descenda hasta las losas de mrmol. Era un tringulo de oro que
envolva en su base la orla de hojas verdes de la fuente y el agua del
tazn, burbujeante a impulsos de las redondas boquitas de unos peces
rojos.

El espada vio casi tendida en el suelo a una mujer vestida de negro,
con el cubo al lado, moviendo un trapo sobre las losas de mrmol, que
parecan resucitar sus colores bajo la hmeda caricia. La mujer levant
la cabeza.

--Genos das, se Juan--dijo con la familiaridad cariosa que inspira
todo hroe popular.

Y clav en l con admiracin la mirada de un ojo nico. El otro perdase
bajo un oleaje de arrugas concntricas que parecan afluir a la cuenca
negruzca y hundida.

El seor Juan no contest. Con nervioso impulso corri a la cocina,
llamando a la seora Angustias.

--Pero mamita, quin es esa mujer, esa tuerta roa que est lavando er
patio?

--Quin ha de s, hijo!... Una probe. La asistenta se ha puesto mala, y
he llamao a esa infeliz, que est carg de hijos.

El torero mostrbase inquieto, con una expresin en la mirada de zozobra
y de miedo. Maldita sea! Toros en Sevilla, y para colmo, la primera
persona que se echaba a la cara... una tuerta! Vamos, hombre, que lo que
le pasaba a l no le ocurra a nadie. Aquello no poda ser de peor pata.
Era que deseaban su muerte?...

Y la pobre mamita, aterrada por los ttricos pronsticos del torero y su
vehemente enfado, intentaba sincerarse. Cmo iba ella a pensar en eso?
Era una pobre que necesitaba ganarse una peseta para los pequeos. Haba
que tener buen corazn y dar gracias a Dios porque se haba acordado de
ellos, librndolos de miserias iguales.

Gallardo acab por tranquilizarse con estas palabras; el recuerdo de las
antiguas privaciones le hizo ser tolerante con la pobre mujer. Bueno;
que se quedase la tuerta, y que ocurriese lo que Dios quisiera.

Y atravesando el patio casi de espaldas para no encontrarse con el ojo
temible de aquella hembra de mal agero, el matador fue a refugiarse en
su despacho, inmediato al vestbulo.

Las paredes blancas, chapadas de azulejos rabes hasta la altura de un
hombre, estaban adornadas con prospectos de corridas de toros impresos
en sedas de diversos colores. Diplomas con vistosos ttulos de
asociaciones benficas recordaban las corridas en que Gallardo haba
toreado gratuitamente para los pobres. Innumerables retratos del
diestro, de pie, sentado, con la capa tendida o entrando a matar,
atestiguaban el cuidado con que los peridicos reproducan los gestos y
diversas actitudes del grande hombre. Sobre la puerta vease un retrato
de Carmen puesta de mantilla blanca, que haca resaltar ms an la
negrura de sus ojos, y con un golpe de claveles en la obscura cabellera.
En el testero opuesto, sobre el silln de la mesa-escritorio, pareca
presidir el aspecto ordenado de la pieza una enorme cabeza de toro
negro, con ojos de vidrio, narices brillantes de barniz, una mancha de
pelos blancos en la frente y unos cuernos enormes, de fino remate, con
una claridad marfilea en su base, que gradualmente iba obscurecindose,
hasta tomar la densidad de la tinta en las puntas agudsimas. _Potaje_
el picador prorrumpa en imgenes poticas de las suyas al contemplar la
enorme astamenta de aquel animal. Eran tan grandes y tan separados sus
cuernos, que un mirlo poda cantar en la punta de uno de ellos sin que
le oyesen desde el otro.

Gallardo se sent junto a la mesa, elegante y llena de bronces, sin
encontrar en su superficie otra incorreccin que el polvo de varios
das. La escribana, de tamao colosal, con dos caballos metlicos,
tena el tintero blanco y limpio. Los vistosos palilleros, rematados
por cabezas de perro, carecan de plumas. El grande hombre no necesitaba
escribir. Don Jos, su apoderado, corra con todos los contratos y dems
documentos profesionales, y l echaba las firmas, lentas y complicadas,
en una mesilla del club de la calle de las Sierpes.

A un lado estaba la librera: un armario de roble con los cristales
siempre cerrados, vindose al travs de ellos las imponentes filas de
volmenes, respetables por su tamao y su brillantez.

Cuando don Jos comenz a titular a su matador el torero de la
aristocracia, sinti Gallardo la necesidad de corresponder a esta
distincin instruyndose, para que sus poderosos amigos no rieran de su
ignorancia, como les ocurra con otros compaeros de profesin. Un da
entr en una librera con aire resuelto.

--Enveme ust tres mil pesetas de libros.

Y como el librero quedara indeciso, cual si no le comprendiese, el
torero afirm enrgicamente:

--Libros, me entiende ust?... Libros de los ms grandes; y si no le
paece mal, que tengan doraos.

Gallardo estaba satisfecho del aspecto de su biblioteca. Cuando hablaban
en el club de algo que no llegaba a entender, sonrea con expresin de
inteligencia, dicindose:

--Eso debe estar en arguno de los libros que tengo en er despacho.

Una tarde de lluvia, en que estaba malucho de salud, vagando por la casa
sin saber qu hacer, acab por abrir el armario con una emocin
sacerdotal y tir de un volumen, el ms grande, como si fuese un dios
misterioso extrado de su santuario. Renunci a leer a los primeros
renglones, y comenz a pasar hojas, deleitndose con alegra infantil en
la contemplacin de las lminas: leones, elefantes, caballos de salvaje
crin y ojos de fuego, asnos a fajas de colores, como si los hubiesen
pintado con arreglo a falsilla... El torero avanzaba descuidado por el
camino de la sabidura, hasta que tropez con los pintarrajeados anillos
de una serpiente. Huy! La _bicha_, la fatdica _bicha_! Y
convulsivamente cerr los dedos centrales de su mano, avanzando el
ndice y el meique en forma de cuernos, para conjurar la mala suerte.
Quiso seguir, pero todas las lminas representaban horrorosos reptiles,
y acab por cerrar el libro con manos trmulas y devolverlo al armario,
murmurando: Lagarto! lagarto! para desvanecer la impresin de este
mal encuentro.

La llave de la librera andaba desde entonces por los cajones de la
mesa, revuelta con impresos y cartas viejas, sin que nadie se acordase
de ella. El espada no senta la necesidad de leer. Cuando sus
entusiastas llegaban con algn peridico taurino que vena ardiendo,
lo que significaba siempre ataques para sus rivales de profesin,
Gallardo lo daba a leer a su cuado o a Carmen, y escuchaba con sonrisa
beatfica, mascullando el puro.

--Eso est geno! Pero qu plumita de oro tienen esos nios!...

Cuando los papeles venan ardiendo contra Gallardo, nadie se los lea,
y el espada hablaba con desprecio de los que escriben sobre toreo y son
incapaces de dar un mal capotazo en el redondel.

Este encierro en el despacho slo sirvi para aumentar sus inquietudes
de aquella maana. Quedose contemplando, sin saber por qu, la testa del
toro, y el recuerdo ms penoso de su vida profesional acudi a su
memoria. Era una satisfaccin de vencedor tener en su despacho, visible
a todas horas, la cabeza de aquella mala bestia. Lo que le haba hecho
sudar en la plaza de Zaragoza! Gallardo crea a aquel toro con tanto
saber como una persona. Inmvil y con ojos de malicia diablica,
esperaba a que el espada se acercase, sin dejarse engaar por el trapo
rojo, tirndole siempre al cuerpo. Los estoques iban por el aire, sin
lograr herirle, despedidos por los cabezazos. El pblico se
impacientaba, silbando e insultando al matador; ste iba detrs del
toro, siguindole en sus movimientos de un lado a otro de la plaza,
sabiendo que si entraba a matar derechamente sera l el muerto; hasta
que, al fin, sudoroso y fatigado, aprovech una ocasin para acabar con
l por medio de un golletazo traidor, entre el escndalo de la
muchedumbre, que arrojaba botellas y naranjas. Una vergenza este
recuerdo!... Gallardo acab por creer de tan mal agero como el
encuentro con la tuerta el permanecer en el despacho contemplando la
testa de aquel bicho fatal.

--Mardito seas t y el roo der amo que te cri! As se gerva veneno
la hierba que coman toos los de tu raza!...

_Garabato_ vino a avisarle que en el patio le esperaban unos amigos.
Eran aficionados entusiastas: los partidarios que venan a visitarle en
das de corrida. El espada olvid instantneamente todas sus
preocupaciones, y sali sonriente, la cabeza atrs, el ademn arrogante,
como si fuesen enemigos personalsimos aquellos toros que le esperaban
en la plaza y deseara verse cuanto antes frente a ellos, echndolos a
rodar con su certero estoque.

Comi poco y solo, como todos los das de corrida, y cuando comenz a
vestirse desaparecieron las mujeres. Ay, cmo odiaban ellas los trajes
luminosos guardados cuidadosamente en fundas de tela, vistosas
herramientas con que se haba fabricado el bienestar de la familia!...

La despedida fue, como otras veces, desconcertante y anonadadora para
Gallardo. La fuga de las mujeres para no verle partir; la dolorosa
entereza de Carmen, que se esforzaba por mantenerse serena,
acompandole hasta la puerta; la curiosidad asombrada de los
sobrinillos, todo irritaba al torero, arrogante y bravucn al ver
llegada la hora del peligro.

--Ni que me yevasen a la horca! Vaya, hasta luego! Tranquili, que no
pasar na.

Y mont en el carruaje, abrindose paso entre los vecinos y curiosos
agrupados frente a la casa, los cuales deseaban mucha suerte al seor
Juan.

Para la familia era ms angustiosa la tarde cuando el espada toreaba en
Sevilla. No tenan la resignacin de otras veces, que les haca aguardar
pacientemente el anochecer con la llegada del telegrama. Aqu el peligro
desarrollbase cerca, y esto despertaba el ansia de noticias, deseando
saber la marcha de la corrida a cada cuarto de hora.

El talabartero, vestido como un seor, buen terno de lanilla clara y
sedoso fieltro blanco, se ofreca a las mujeres para enviar noticias,
aunque estaba furioso contra la grosera de su ilustre cuado. Ni
siquiera le haba ofrecido un asiento en el coche de la cuadrilla para
llevarlo a la plaza! A la terminacin de cada toro que matase Juan
enviara razn de lo ocurrido con un chicuelo de los que pululaban en
torno de la plaza.

La corrida fue un xito ruidoso para Gallardo. Al entrar en el redondel
y escuchar los aplausos de la muchedumbre, el espada se imagin haber
crecido.

Conoca el suelo que pisaba: le era familiar; lo crea suyo. La arena de
los redondeles ejerca cierta influencia en su nimo supersticioso.
Recordaba las amplias plazas de Valencia y Barcelona, con su suelo
blancuzco; la arena obscura de las plazas del Norte y la tierra rojiza
del gran circo de Madrid. La arena de Sevilla era distinta de las otras:
arena del Guadalquivir, de un amarillo subido, como si fuese pintura
pulverizada. Cuando los caballos destripados soltaban su sangre sobre
ella como un cntaro que se desfonda de golpe, Gallardo pensaba en los
colores de la bandera nacional, los mismos que ondeaban en el tejado del
circo.

Las plazas, con sus diversas arquitecturas, tambin influan en la
imaginacin del torero, agitada por las fantasmagoras de la inquietud.
Eran circos de construccin ms o menos reciente, unos de estilo romano,
otros rabes, con la banalidad de las iglesias nuevas, donde todo parece
vaco y sin color. La plaza de Sevilla era la catedral llena de
recuerdos, animada por el roce de varias generaciones, con su portada de
otro siglo--del tiempo en que los hombres llevaban peluca blanca--y su
redondel de ocre que haban pisado los hroes ms estupendos. All los
gloriosos inventores de las suertes difciles, los perfeccionadores del
arte, los campeones macizos de la escuela rondea, con su toreo reposado
y correcto; los maestros giles y alegres de la escuela sevillana, con
sus juegos y movilidades que arrebatan al pblico... y all l, que en
aquella tarde, embriagado por los aplausos, por el sol, por el bullicio
y por la vista de una mantilla blanca y un pecho azul que avanzaban
sobre la barandilla de un palco, sentase capaz de las mayores audacias.

Gallardo pareci llenar el redondel con su movilidad y su atrevimiento,
ansioso de vencer a todos los compaeros y que los aplausos fueran slo
para l. Nunca le haban visto tan grande los entusiastas. El apoderado,
a cada una de sus proezas, gritaba puesto de pie, increpando a
invisibles enemigos ocultos en las masas del tendido: A ver quin se
atreve a decir algo!... El primer hombre del mundo!...

El segundo toro que haba de matar Gallardo lo llev el _Nacional_, por
orden suya, con hbiles capotazos, hasta el pie del palco donde estaba
el traje azul y la mantilla blanca. Junto a doa Sol mostrbase el
marqus con dos de sus hijas.

Anduvo Gallardo junto a la barrera con la espada y la muleta en una
mano, seguido por las miradas de la muchedumbre, y al llegar frente al
palco se cuadr, quitndose la montera. Iba a brindar su toro a la
sobrina del marqus de Moraima. Muchos sonrean con expresin maliciosa.
Ol los nios con suerte! Dio media vuelta, arrojando la montera al
terminar el brindis, y esper al toro, que le traan los peones con el
engao del capote. En muy corto espacio, procurando que la fiera no se
alejase de este sitio, realiz el espada su faena. Quera matar bajo los
ojos de doa Sol; que sta le viese de cerca desafiando el peligro. Cada
pase de muleta iba acompaado de exclamaciones de entusiasmo y gritos de
inquietud. Las astas pasaban junto a su pecho; pareca imposible que
saliese sin sangre de las acometidas del toro. De pronto se cuadr, con
el estoque en lnea avanzada, y antes de que el pblico pudiera
manifestar sus opiniones con gritos y consejos, lanzose veloz sobre la
fiera, formando un solo cuerpo por algunos instantes el animal y el
hombre.

Cuando el espada se despeg del toro, quedando inmvil, corri ste con
paso inseguro, bramadoras las narices, la lengua pendiente entre los
labios y el rojo puo del estoque apenas visible en lo alto del
ensangrentado cuello. Cay a los pocos pasos, y el pblico psose de pie
a un tiempo, como si formase una sola pieza y lo moviese un resorte
poderoso, estallando la granizada de los aplausos y la furia de las
aclamaciones. No haba un valiente en el mundo igual a Gallardo!...
Habra sentido miedo alguna vez aquel mozo?...

El espada salud ante el palco abriendo los brazos con el estoque y la
muleta, mientras las manos de doa Sol, enguantadas de blanco, chocaban
con la fiebre del aplauso.

Luego, un objeto rod de espectador en espectador desde el palco hasta
la barrera. Era un pauelo de la dama, el mismo que llevaba en la mano,
oloroso y diminuto rectngulo de batista y blondas, metido en una
sortija de brillantes que regalaba al torero a cambio de su brindis.

Volvieron a estallar los aplausos con motivo de este regalo, y la
atencin del pblico, fija hasta entonces en el matador, se distrajo,
volviendo muchos la espalda al redondel para mirar a doa Sol, elogiando
su belleza a gritos, con la familiaridad de la galantera andaluza. Un
pequeo tringulo peludo y todava caliente subi de mano en mano desde
la barrera al palco. Era una oreja del toro, que enviaba el matador como
testimonio de su brindis.

Al terminar la fiesta se haba esparcido ya por la ciudad la noticia del
gran xito de Gallardo. Cuando el espada lleg a su casa le esperaban
los vecinos frente a la puerta, aplaudindole como si realmente hubiesen
presenciado la corrida.

El talabartero, olvidando su enfado con el espada, admiraba a ste, ms
que por sus xitos toreros, por sus valiosas relaciones de amistad.
Tena puesto el ojo haca tiempo a cierto empleo, y no dudaba de
conseguirlo ahora que su cuado era amigo de lo mejor de Sevilla.

--Ensales la sortija. Mia, Encarnacin, qu regalito. Ni er propio
Roger de Flor!

Y la sortija pasaba entre las manos de las mujeres, admirndola stas
con exclamaciones de entusiasmo. Slo Carmen hizo una mueca al verla.
S; muy bonita. Y la pas a su cuada con presteza, como si le
quemase las manos.

Despus de esta corrida empez para Gallardo la temporada de los viajes.
Tena ms ajustes que en ninguno de los aos anteriores. Luego de las
corridas de Madrid deba torear en todas las plazas de Espaa. Su
apoderado estudiaba los horarios de los ferrocarriles, entregndose a
interminables clculos que haban de servir de gua a su matador.

Gallardo marchaba de xito en xito. Nunca se haba sentido tan animoso.
Pareca que llevaba dentro de l una nueva fuerza. Antes de las corridas
acometanle dudas crueles, incertidumbres semejantes al miedo, que no
haba conocido en su mala poca, cuando empezaba a crearse un nombre;
pero apenas se vea en la arena desvanecanse estos temores y mostraba
una audacia brbara, acompaada siempre de buen xito.

Despus de su trabajo en cualquier plaza de provincias, volva al hotel
seguido de su cuadrilla, pues todos vivan juntos. Sentbase sudoroso,
con la grata fatiga del triunfo, sin quitarse el traje de luces, y
acudan los inteligentes de la localidad a felicitarle. Haba estado
colosal. Era el primer torero del mundo. Aquella estocada del cuarto
toro!...

--Verd que s?--preguntaba Gallardo con orgullo infantil--. De veras
que no estuvo malo aquyo.

Y en la interminable verbosidad de toda conversacin sobre toros
transcurra el tiempo, sin que el espada y sus admiradores se fatigasen
de hablar de la corrida de la tarde y de otras que se haban celebrado
algunos aos antes. Cerraba la noche, encendanse luces, y los
aficionados no se iban. La cuadrilla, siguiendo la disciplina torera,
aguantaba silenciosa esta charla en un extremo de la habitacin.
Mientras el maestro no diese su permiso, los chicos no podan ir a
desnudarse y a comer. Los picadores, fatigados por la armadura de
hierro de sus piernas y las moledoras cadas del caballo, movan el
recio castoreo entre sus rodillas; los banderilleros, presos en sus
trajes de seda mojados de sudor, sentan hambre despus de una tarde de
violento ejercicio. Todos pensaban lo mismo, lanzando terribles ojeadas
a los entusiastas: Pero cundo se marcharn estos tos lateros?
Mardita sea su arma!...

Al fin, el matador se fijaba en ellos: Pueen usts retirarse. Y la
cuadrilla sala empujndose, como una escuela en libertad, mientras el
maestro continuaba escuchando los elogios de los inteligentes, sin
acordarse de _Garabato_, que aguardaba silencioso el momento de
desnudarlo.

En los das de descanso, el maestro, libre de las excitaciones del
peligro y de la gloria, volva su recuerdo a Sevilla. De tarde en tarde
llegaba para l alguna de aquellas cartitas breves y perfumadas
felicitndole por sus triunfos. Ay, si tuviese con l a doa Sol!...

En esta continua correra de un pblico a otro, adorado por los
entusiastas, que ansiaban hacerle grata la vida en la poblacin, conoca
mujeres y asista a juergas organizadas en su honor. De estas fiestas
sala siempre con el pensamiento turbado por el vino y una tristeza
feroz que le haca intratable. Senta crueles deseos de maltratar a las
hembras. Era un impulso irresistible de vengarse de la acometividad y
los caprichos de la otra en personas de su mismo sexo.

Haba momentos en que le era necesario confiar sus tristezas al
_Nacional_, con ese impulso irresistible de confesin de todos los que
llevan en el pensamiento un peso excesivo.

Adems, el banderillero le inspiraba, lejos de Sevilla, un afecto mayor,
una ternura refleja. Sebastin conoca sus amores con doa Sol, la
haba visto, aunque de lejos, y ella haba redo muchas veces oyndole
relatar las originalidades del banderillero.

Este acoga con un gesto de austeridad las confidencias del maestro.

--Lo que t debe hac, Juan, es orviarte de esa seora. Mia que la paz
de la familia vale ms que too para los que vamos por er mundo,
expuestos a gorver a casa intiles pa siempre. Mia que Carmen sabe ms
de lo que t crees. Ya est enter de too. A m mismo me ha sortao
indiretas sobre lo tuyo con la sobrina del marqu... La pobresita! Es
pecao que la hagas sufrir!... Ella tiene su genio, y si se suerta os
dar un disgusto.

Pero Gallardo, lejos de la familia, con el pensamiento dominado por el
recuerdo de doa Sol, pareca no comprender los peligros de que le
hablaba el _Nacional_, y levantaba los hombros ante sus escrpulos
sentimentales. Necesitaba exteriorizar sus recuerdos, hacer partcipe al
amigo de su pasada felicidad, con un impudor de amante satisfecho que
desea ser admirado en su dicha.

--Es que t no sabes lo que es esa mujer! T, Sebastin, eres un
infeliz que no conoses lo que es geno. Ves juntas toas las mujeres de
Seviya? Pues na. Ves las de toos los pueblos donde hemos estao? Na
tampoco. No hay mas que doa Zol. Cuando se conose una seora como esa,
no quean ganas pa ms... Si la conosieses como yo, gach! Las mujeres
de nuestro brazo huelen a carne limpia, a ropa blanca. Pero sta,
Sebastin, sta!... Figrate juntas toas las rosas de los jardines del
Alczar... No, es argo mejor: es jazmn, madreserva, perfume de
enreaeras como las que habra en el huerto del Paraso; y estos genos
olores vienen de aentro, como si no se los pusiera, como si fuesen de
su propia sangre. Y aems, no es una panoli de las que vistas una vez ya
est visto too. Con ella siempre quea argo que desear, argo que se
espera y no yega... En fin, Sebastin, no pueo explicarme bien... Pero
t no sabes lo que es una seora; as es que no me prediques y sierra el
pico.

Gallardo ya no reciba cartas de Sevilla. Doa Sol estaba en el
extranjero. La vio una vez, al torear en San Sebastin. La hermosa dama
estaba en Biarritz, y vino en compaa de unas seoras francesas que
deseaban conocer al torero. La vio una tarde. Se fue, y slo supo de
ella vagas noticias durante el verano, por las pocas cartas que recibi
y por las nuevas que le comunicaba su apoderado luego de or al marqus
de Moraima.

Estaba en playas elegantes, cuyos nombres oa por primera vez el torero,
siendo para l de imposible pronunciacin; luego se enter de que
viajaba por Inglaterra; despus, que haba pasado a Alemania para or
unas peras cantadas en un teatro maravilloso que slo abra sus puertas
unas cuantas semanas en el ao. Gallardo desconfiaba de verla. Era un
ave de paso, aventurera e inquieta, y no haba que esperar que buscase
otra vez su nido en Sevilla al volver el invierno.

Esta posibilidad de no encontrarla ms entristeca al torero, revelando
el imperio que aquella mujer haba tomado sobre su carne y su voluntad.
No verla ms! Para qu, entonces, exponer la vida y ser clebre? De
qu servan los aplausos de las muchedumbres?...

El apoderado le tranquilizaba. Volvera: estaba seguro. Volvera, aunque
slo fuese por un ao. Doa Sol, con todos sus caprichos de loca, era
una mujer prctica, que saba cuidar de lo suyo. Necesitaba la ayuda
del marqus para desenredar los enmaraados asuntos de su propia fortuna
y la que su marido le haba dejado, quebrantadas ambas por una larga y
fastuosa permanencia lejos del pas.

El espada volvi a Sevilla al finalizar el verano. An le quedaban un
buen nmero de corridas que torear en el otoo, pero quiso aprovechar un
descanso de cerca de un mes. La familia del espada estaba en la playa de
Sanlcar por la salud de dos de los sobrinillos, cuyas escrfulas
necesitaban la cura del mar.

Gallardo se estremeci de emocin al anunciarle un da su apoderado que
doa Sol acababa de llegar sin que nadie la esperase.

El espada fue a verla inmediatamente, y a las pocas palabras sintiose
intimidado por su fra amabilidad y la expresin de sus ojos.

Le contemplaba como si fuese otro. Adivinbase en su mirada cierta
extraeza por el rudo exterior del torero, por la diferencia entre ella
y aquel mocetn matador de bestias.

El tambin adivinaba este vaco que pareca abrirse entre los dos. La
vea como si fuese distinta mujer: una gran dama de otro pas y otra
raza.

Hablaron tranquilamente. Ella pareca haber olvidado el pasado, y
Gallardo no se atreva a recordarlo ni osaba el menor avance, temiendo
una de sus explosiones de clera.

--Sevilla!--deca doa Sol--. Muy bonita... muy agradable. Pero en el
mundo hay ms! Le advierto a usted, Gallardo, que el mejor da levanto
el vuelo para siempre. Adivino que voy a aburrirme mucho. Me parece que
me han cambiado mi Sevilla.

Ya no le tuteaba. Transcurrieron varios das sin que el torero se
atreviese en sus visitas a recordar el pasado. Limitbase a contemplarla
en silencio con sus ojos africanos, adorantes y lacrimosos.

--Me aburro... Voy a marcharme cualquier da--exclamaba la dama en todas
las entrevistas.

Volvi otra vez el criado de gesto imponente a recibir al torero en la
cancela, para decirle que la seora haba salido, cuando l saba
ciertamente que estaba en casa.

Gallardo la habl una tarde de una breve excursin que deba hacer a su
cortijo de _La Rinconada_. Necesitaba ver unos olivares que su apoderado
haba comprado durante su ausencia, unindolos a la finca. Deba tambin
enterarse de la marcha de los trabajos.

La idea de acompaar al espada en esta excursin hizo sonrer a doa Sol
por lo absurda y atrevida. Ir a aquel cortijo donde pasaba la familia
de Gallardo una parte del ao! Entrar, con el estruendo escandaloso de
la irregularidad y del pecado, en aquel ambiente tranquilo de casero
corral, donde viva con los suyos el pobre mozo!...

Lo absurdo del deseo la decidi. Ella ira tambin: le interesaba ver
_La Rinconada_.

Gallardo sinti miedo. Pens en las gentes del cortijo, en los
habladores, que podran comunicar a la familia este viaje. Pero la
mirada de doa Sol abati todos sus escrpulos. Quin sabe!... Tal vez
este viaje le devolviera a su antigua situacin.

Quiso, sin embargo, oponer un ltimo obstculo a este deseo.

--Y el _Plumitas_?... Mie ust que ahora, segn paece, anda por cerca
de _La Rincon_.

Ah, el _Plumitas_! El rostro de doa Sol, obscurecido por el
aburrimiento, pareci aclararse con una llamarada interior.

--Muy curioso! Me alegrara de que usted pudiera presentrmelo.

Gallardo arregl el viaje. Pensaba ir solo, pero la compaa de doa Sol
le oblig a buscar un refuerzo, temiendo un mal encuentro en el camino.

Busc a _Potaje_, el picador. Era muy bruto y no tema en el mundo mas
que a la gitana de su mujer, que cuando se cansaba de recibir palizas
intentaba morderle. A ste no haba que darle explicaciones, sino vino
en abundancia. El alcohol y las atroces cadas en el redondel le
mantenan en perpetuo aturdimiento, como si la cabeza le zumbase, no
permitindole mas que lentas palabras y una visin turbia de las cosas.

Orden tambin al _Nacional_ que fuese con ellos: uno ms, y de
discrecin a toda prueba.

El banderillero obedeci por subordinacin, pero rezongando al saber que
iba con ellos doa Sol.

--Por va e la paloma azul!... Y que un pare de familia se vea meto
en estas cosas feas!... Qu dirn de m Carmen y la sea Angustias si
yegan a enterarse?...

Cuando se vio en pleno campo, sentado al lado de _Potaje_ en la banqueta
de un automvil, frente al espada y la gran seora, fue desvanecindose
poco a poco su enfado.

No la vea bien, envuelta como iba en un gran velo azul que descenda de
su gorra de viaje, anudndose sobre el gabn de seda amarilla; pero era
muy hermosa... Y qu conversacin! Y qu saber de cosas!...

Antes de la mitad del viaje, el _Nacional_, con sus veinticinco aos de
fidelidad casera, excusaba las debilidades del matador, explicndose sus
entusiasmos. El que se viera en el propio caso, y hara lo mismo!...

La instruccin!... Una gran cosa, capaz de infundir respetabilidad
hasta a los mayores pecados.




V


--Que te iga quin es, o que se lo yeven los demonios. Mardita sea la
suerte!... Es que no podr uno dormir?...

El _Nacional_ escuch esta contestacin al travs de la puerta del
cuarto de su maestro, y la transmiti a un pen del cortijo que
aguardaba en la escalera.

--Que te iga quin es. Sin eso, el amo no se levanta.

Eran las ocho. El banderillero se asom a una ventana, siguiendo con la
vista al pen, que corra por un camino frente al cortijo, hasta llegar
al lejano trmino del alambrado que circua la finca. Junto a la entrada
de esta valla vio un jinete empequeecido por la distancia: un hombre y
un caballo que parecan salidos de una caja de juguetes.

Al poco rato volvi el jornalero, luego de hablar con el jinete.

El _Nacional_, interesado por estas idas y venidas, le recibi al pie de
la escalera.

--Ice que nesesita ve al amo--mascull atropelladamente el gan--.
Paece hombre de malas purgas. Ha icho que qui que baje en segua, pues
ti una rasn que darle.

Volvi el banderillero a aporrear la puerta del espada, sin hacer caso
de las protestas de ste. Deba levantarse; para el campo era una hora
avanzada, y aquel hombre poda traer un recado interesante.

--Ya voy!--contest Gallardo con mal humor, sin moverse de la cama.

Volvi a asomarse el _Nacional_, y vio que el jinete avanzaba por el
camino hacia el cortijo.

El pen sali a su encuentro con la respuesta. El pobre hombre pareca
intranquilo, y en sus dos dilogos con el banderillero balbuceaba con
una expresin de espasmo y de duda, no atrevindose a manifestar su
pensamiento.

Al unirse con el jinete, le escuch breves momentos y volvi a desandar
su camino, corriendo hacia el cortijo, pero esta vez con ms
precipitacin.

El _Nacional_ le oy subir la escalera con no menos velocidad,
presentndose ante l tembloroso y plido.

--Es er _Plumitas_, se Sebastin! Ice que es er _Plumitas_, y que
nesesita habl con el amo... Me lo dio er corasn denque le vi.

El _Plumitas_!... La voz del pen, a pesar de ser balbuciente y
sofocada por la fatiga, pareci esparcirse por todas las habitaciones al
pronunciar este nombre. El banderillero qued mudo por la sorpresa. En
el cuarto del espada sonaron unos cuantos juramentos acompaados de roce
de ropas y el golpe de un cuerpo que rudamente se echaba fuera del
lecho. En el que ocupaba doa Sol notose tambin cierto movimiento que
pareca responder a la estupenda noticia.

--Pero mardita sea! Qu me qui ese hombre? Por qu se mete en _La
Rincon_? Y justamente ahora!...

Era Gallardo, que sala con precipitacin de su cuarto, sin ms que unos
pantalones y un chaquetn, puestos a toda prisa sobre sus ropas
interiores. Pas corriendo ante el banderillero, con la ciega vehemencia
de su carcter impulsivo, y se ech escalera abajo, ms bien que
descendi, seguido del _Nacional_.

En la entrada del cortijo desmontbase el jinete. Un gan sostena las
riendas de la jaca y los dems trabajadores formaban un grupo a corta
distancia, contemplando al recin venido con curiosidad y respeto.

Era un hombre de mediana estatura, ms bien bajo que alto, carilleno,
rubio y de miembros cortos y fuertes. Vesta una blusa gris adornada de
trencillas negras, calzones obscuros y rados, con grueso refuerzo de
pao en la entrepierna, y unas polainas de cuero resquebrajado por el
sol, la lluvia y el lodo. Bajo la blusa, el vientre pareca hinchado por
los aditamentos de una gruesa faja y una canana de cartuchos, a la que
se aadan los volmenes de un revlver y un cuchillo atravesados en el
cinto. En la diestra llevaba una carabina de repeticin. Cubra su
cabeza un sombrero que haba sido blanco, con los bordes desmayados y
rodos por las inclemencias del aire libre. Un pauelo rojo anudado al
cuello era el adorno ms vistoso de su persona.

Su rostro, ancho y mofletudo, tena una placidez de luna llena. Sobre
las mejillas, que delataban su blancura al travs de la ptina del
soleamiento, avanzaban las pas de una barba rubia no afeitada en
algunos das, tomando a la luz una transparencia de oro viejo. Los ojos
eran lo nico inquietante en aquella cara bondadosa de sacristn de
aldea: unos ojos pequeos y triangulares sumidos entre bullones de
grasa; unos ojillos estirados, que recordaban los de los cerdos, con una
pupila maligna de azul sombro.

Al aparecer Gallardo en la puerta del cortijo lo reconoci
inmediatamente y levant su sombrero sobre la redonda cabeza.

--Genos das nos d Di, se Juan--dijo con la grave cortesa del
campesino andaluz.

--Genos das.

--La familia gena, se Juan?

--Gena, grasias. Y la de ust?--pregunt el espada, con el automatismo
de la costumbre.

--Creo que gena tambin. Hase tiempo que no la veo.

Los dos hombres se haban aproximado, examinndose de cerca con la mayor
naturalidad, como si fuesen dos caminantes que se encontraban en pleno
campo. El torero estaba plido y apretaba los labios para ocultar sus
impresiones. Si crea el bandolero que iba a intimidarle!... En otra
ocasin tal vez le habra dado miedo esta visita; pero ahora, teniendo
arriba lo que tena, sentase capaz de pelear con l, como si fuese un
toro, tan pronto como anunciase malos propsitos.

Transcurrieron algunos instantes de silencio. Todos los hombres del
cortijo que no haban salido a los trabajos de campo--ms de una
docena--contemplaban con un asombro que tena algo de infantil a aquel
personaje terrible, obsesionados por la ttrica fama de su nombre.

--Pueen yevar la jaca a la cuadra pa que descanse un poco?--pregunt el
bandido.

Gallardo hizo una sea, y un mozo tir de las riendas del animal,
llevndoselo.

--Cuala bien--dijo el _Plumitas_--. Mia que es lo mejor que tengo en er
mundo, y la quiero ms que a la mujer y a los chiquiyos.

Un nuevo personaje se uni al grupo que formaban el espada y el bandido
en medio de la gente absorta.

Era _Potaje_, el picador, que sala despechugado, desperezndose con
toda la brutal grandeza de su cuerpo atltico. Se frot los ojos,
siempre sanguinolentos e inflamados por el abuso de la bebida, y
aproximndose al bandido, dej caer una manaza sobre uno de sus hombros
con estudiada familiaridad, como gozndose en hacerle estremecer bajo su
garra y expresndole al mismo tiempo su brbara simpata.

--Cmo ests, _Plumitas_?

Le vea por primera vez. El bandido se encogi como si fuese a saltar
bajo esta caricia ruda e irreverente y su diestra levant el rifle. Pero
los azules ojillos, fijndose en el picador, parecieron reconocerle.

--T eres _Potaje_, si no me engao. Te he visto pic en Seviya en la
otra feria. Camar, qu caas! Qu bruto eres!... Ni que fueras de
jierro durse!

Y como para devolverle el saludo, agarr con su mano callosa un brazo
del picador, apretndole el bceps con sonrisa de admiracin. Quedaron
los dos contemplndose con ojos afectuosos. El picador rea sonoramente.

--Jo! jo! Yo te crea ms grande, _Plumitas_... Pero no le hase; as y
too, eres un gen mozo.

El bandido se dirigi al espada:

--Pueo almorzar aqu?

Gallardo tuvo un gesto de gran seor.

--Nadie que viene a _La Rincon_ se va sin almorzar.

Entraron todos en la cocina del cortijo, vasta pieza con chimenea de
campana, que era el sitio habitual de reunin.

El espada se sent en una silla de brazos, y una muchacha, hija del
aperador, se ocup en calzarle, pues en la precipitacin de la sorpresa
haba bajado con slo unas babuchas.

El _Nacional_, queriendo dar seales de existencia, tranquilizado ya por
el aspecto corts de esta visita, apareci con una botella de vino de la
tierra y vasos.

--A ti tambin te conosco--dijo el bandido, tratndole con igual llaneza
que al picador--. Te he visto clavar banderiyas. Cuando quieres lo hases
bien; pero hay que arrimarse ms...

_Potaje_ y el maestro rieron de este consejo. Al ir a tomar el vaso,
_Plumitas_ se vio embarazado por la carabina, que conservaba entre las
rodillas.

--Eja eso, hombre--dijo el picador--. Es que guardas er chisme hasta
cuando vas de visita?

El bandido se puso serio. Bien estaba as: era su costumbre. El rifle le
acompaaba siempre, hasta cuando dorma. Y esta alusin al arma, que era
como un nuevo miembro siempre unido a su cuerpo, le devolva su
gravedad. Miraba a todos lados con cierto azoramiento. Notbase en su
cara el recelo, la costumbre de vivir alerta, sin fiarse de nadie, sin
otra confianza que la del propio esfuerzo, presintiendo a todas horas el
peligro en torno de su persona.

Un gan atraves la cocina marchando hacia la puerta.

--Ande va ese hombre?

Y al decir esto se incorpor en el asiento, atrayendo con las rodillas
hacia su pecho el ladeado rifle.

Iba a un gran campo vecino, donde trabajaban los jornaleros del cortijo.
El _Plumitas_ se tranquiliz.

--Oiga ust, se Juan. Yo he veno por er gusto de verle y porque s
que es ust un cabayero, incapaz de enviar soplos... Aems, ust habr
odo hablar der _Plumitas_. No es fcil cogerle, y er que se la hase se
la paga.

El picador intervino antes de que hablase su maestro.

--_Plumitas_, no seas bruto. Aqu ests entre camars, mientras te
portes bien y haiga desensia.

Y sbitamente tranquilizado, el bandido habl de su jaca al picador,
encareciendo sus mritos. Los dos hombres se enfrascaron en su
entusiasmo de jinetes montaraces, que les haca mirar al caballo con ms
amor que a las personas.

Gallardo, algo inquieto an, andaba por la cocina, mientras las mujeres
del cortijo, morenas y hombrunas, atizaban el fuego y preparaban el
almuerzo, mirando de reojo al clebre _Plumitas_.

El espada, en una de sus evoluciones, se acerc al _Nacional_. Deba ir
al cuarto de doa Sol y rogarla que no bajase. El bandido se marchara
seguramente despus del almuerzo. Para qu dejarse ver de este triste
personaje?...

Desapareci el banderillero, y el _Plumitas_, viendo al maestro apartado
de la conversacin, se dirigi a l, preguntando con inters por las
corridas que an le quedaban en el ao.

--Yo soy gallardista, sabe ust?... Yo le he aplaudi ms veses que
ust pu figurarse. Le he visto en Seviya, en Jan, en Crdoba... en
muchos sitios.

Gallardo se asombr de esto. Pero cmo poda l, que llevaba a sus
talones un verdadero ejrcito de perseguidores, asistir tranquilamente a
las corridas de toros?... El _Plumitas_ sonri con expresin de
superioridad.

--Bah! Yo voy aonde quiero. Yo estoy en toas partes.

Despus habl de las ocasiones en que haba visto al espada camino del
cortijo, unas veces acompaado, otras solo, pasando junto a l en la
carretera sin reparar en su persona, como si fuese un misero gan
montado en su jaca para llevar un aviso a cualquier choza cercana.

--Cuando ust vino de Seviya a compr los dos molinos que ti abajo, le
encontr en er camino. Yevaba ust sinco mil duros. No es as? Iga la
verd. Ya ve que estaba bien enterao... Otra ves le vi en un animal de
esos que yaman otomviles, con otro se de Seviya que creo es su
apoderao. Iba ust a firmar la escritura del Olivar del Cura, y yevaba
una porr de dinero an ms grande.

Gallardo recordaba poco a poco la exactitud de estos hechos, mirando con
asombro a aquel hombre enterado de todo. Y el bandido, para demostrar su
generosidad con el torero, habl del escaso respeto que le inspiraban
los obstculos.

--Ve ust eso de los otomviles? Pamplina! A esos bichos los paro yo
na ms que con esto--y mostraba su rifle--. En Crdoba tuve cuentas que
arreglar con un se rico que era mi enemigo. Plant mi jaca a un lao de
la carretera, y cuando yeg er bicho levantando porvo y hediendo a
petrleo, di el alto! No quiso pararse, y le met una bala al que iba
en la rueda. Pa abrevi: que el otomvil se etuvo un poco ms ay, y yo
di una galop pa reunirme con er se y ajustar las cuentas. Un hombre
que pu meter la bala aonde quiere, lo para too en er camino.

Gallardo escuchaba asombrado al _Plumitas_ hablar de sus hazaas de
carretera con una naturalidad profesional.

--A ust no tena por qu detenerle. Ust no es de los ricos. Ust es un
probe como yo, pero con ms suerte, con ms aquel en su ofisio, y si ha
hecho dinero, bien se lo yeva ganao. Yo le tengo mucha ley, se Juan.
Le quiero porque es un mataor de vergensa, y yo tengo debili por los
hombres valientes. Los dos somos casi camars; los dos vivimos de
exponer la vida. Por eso, aunque ust no me conosa, yo estaba all,
vindole pasar, sin pedirle ni un pitiyo, pa que nadie le tocase ni una
ua, pa cuid de que algn sinvergensa no se aprovechase salindole al
camino y disiendo que l era el _Plumitas_, pues cosas ms raras se han
visto...

Una inesperada aparicin cort la palabra al bandido y movi el rostro
del torero con un gesto de contrariedad. Maldita sea! Doa Sol! Pero
no le haba dado su aviso el _Nacional_?... El banderillero vena
detrs de la dama, y desde la puerta de la cocina hizo varios ademanes
de desaliento para indicar al maestro que haban sido intiles sus
ruegos y consejos.

Vena doa Sol con su gabn de viaje, al aire la cabellera de oro,
peinada y anudada a toda prisa. El _Plumitas_ en el cortijo! Qu
felicidad! Una parte de la noche haba pensado en l, con dulces
estremecimientos de terror, proponindose a la maana siguiente recorrer
a caballo las soledades inmediatas a _La Rinconada_, esperando que su
buena suerte le hiciera tropezarse con el interesante bandido. Y como si
sus pensamientos ejerciesen influencia a larga distancia, atrayendo a
las personas, el bandolero obedeca a sus deseos presentndose de buena
maana en el cortijo.

El _Plumitas_! Este nombre evocaba en su imaginacin la figura completa
del bandido. Casi no necesitaba conocerlo: apenas iba a experimentar
sorpresa. Le vea alto, esbelto, de un moreno plido, con el calas
sobre un pauelo rojo, por debajo del cual se escapaban bucles de pelo
color de azabache, el cuerpo gil vestido de terciopelo negro, la
cintura cimbreante ceida por una faja de seda purprea, las piernas
enfundadas en polainas de cuero color de dtil: un caballero andante de
las estepas andaluzas, casi igual a los apuestos tenores que ella haba
visto en _Carmen_ abandonar el uniforme de soldado, vctimas del amor,
para convertirse en contrabandistas.

Sus ojos, agrandados por la emocin, vagaron por la cocina, sin
encontrar un sombrero calas ni un trabuco. Vio un hombre desconocido
que se pona de pie: una especie de guarda de campo con carabina, igual
a los que haba encontrado muchas veces en las propiedades de su
familia.

--Genos das, seora marquesa... Y su se to el marqu, sigue geno?

Las miradas de todos convergiendo hacia aquel hombre le hicieron
adivinar la verdad. Ay! Este era el _Plumitas_?...

Se haba despojado de su sombrero con torpe cortesa, intimidado por la
presencia de la seora, y continuaba de pie, con la carabina en una mano
y el viejo fieltro en la otra.

Gallardo se asombr de las palabras del bandido. Aquel hombre conoca a
todo el mundo. Saba quin era doa Sol, y por un exceso de respeto
haca extensivos a ella los ttulos de la familia.

La dama, repuesta de su sorpresa, le hizo sea para que se sentase y
cubriese; pero l, aunque la obedeci en lo primero, dej el fieltro en
una silla inmediata.

Como si adivinase una pregunta en los ojos de doa Sol fijos en l,
aadi:

--No extrae la seora marquesa que la conosca; la he visto muchas veses
con el marqu y otros seores cuando iban a las tientas de beserros. He
visto tambin de lejos cmo la seora acosaba con la garrocha a los
bichos. La seora es muy valiente y la ms gena moza que se ha visto en
esta tierra de Di. Es gloria pura verla a cabayo, con su cala, su
corbata y su faja. Los hombres deban ir a puals por sus ojitos de
sielo.

El bandido dejbase arrastrar por su entusiasmo meridional con la mayor
naturalidad, buscando nuevas expresiones de elogio para la seora.

Esta palideca y agrandaba sus ojos con grato terror, comenzando a
encontrar interesante al bandolero. Si habra venido al cortijo slo
por ella?... Si se propondra robarla, llevndosela a sus escondrijos
del monte, con la rapacidad hambrienta de un pjaro de presa que vuelve
del llano a su nido de las alturas?...

El torero tambin se alarm escuchando estos elogios de ruda admiracin.
Maldita sea! En su cortijo... y en su misma cara! Si continuaba as,
iba a subir en busca de la escopeta, y por ms _Plumitas_ que fuese el
otro, ya se vera quin se la llevaba.

El bandido pareci comprender de pronto la molestia que causaban sus
palabras, y adopt una actitud respetuosa.

--Ust perdone, seora marquesa. Es chchara, y na ms. Tengo mujer y
cuatro hijos, y la probesita llora por mi causa ms que la Virgen de las
Angustias. Yo soy moro de paz. Un desgrasio, que es como es porque le
persigue la mala sombra.

Y como si tuviese empeo en hacerse agradable a doa Sol, rompi en
entusiastas elogios a su familia. El marqus de Moraima era uno de los
hombres que ms respetaba en el mundo.

--Toos los ricos que juesen as. Mi pare trabaj pa l, y nos hablaba de
su cari. Yo he pasao unas calenturas en un chozo de pastores de una
dehesa suya. Lo ha sabo l, y no ha dicho na. En sus cortijos hay orden
pa que me den lo que pa y me dejen en paz... Esas cosas no se orvan
nunca. Con tanto rico pillo que hay en er mundo!... A lo mejor lo
encuentro solo, montao en su cabayo lo mismo que un chaval, como si por
l no pasasen aos. Vaya ust con Di, se marqu. Sal, muchacho.
No me conose, no adivina quin soy, porque yevo mi compaera--y sealaba
a la carabina--meta bajo la manta. Y a m me dan ganas de pararlo y
pedirle la mano, no pa chocarla, eso no (cmo va un se tan geno a
chocarla conmigo, que yevo sobre el arma tantas muertes y estropisios!),
sino pa besrsela como si fuese mi pare, pa arrodiyarme y darle grasia
por lo que jase conmigo.

La vehemencia con que hablaba de su agradecimiento no conmova a doa
Sol. Y aqul era el famoso _Plumitas_?... Un pobre hombre, un buen
conejo del campo, que todos miraban como lobo, engaados por la fama.

--Hay ricos muy malos--prosigui el bandido--. Lo que argunos jasen
sufr a los probes!... Serca de mi pueblo hay uno que da dinero a rdito
y es ms perverso que Judas. Le envi una rasn pa que no hisiese pen a
la gente, y el muy ladrn, en vez de haserme caso, avis a la Guardia
siv pa que me persiguiera. Tot: que le quem un pajar, jice contra l
otras cosiyas, y yeva ms de medio ao sin ir a Seviya, sin sal der
pueblo, por mieo a encontrarse con el _Plumitas_. Otro iba a desahuciar
a una probe viejesita porque yevaba un ao sin pag el alquiler de una
casucha en la que vive desde tiempo de sus pares. Me fui a ve al se un
anocheser, cuando iba a sentarse a cen con la familia. Mi amo, yo soy
el _Plumitas_, y nesesito sien duros. Me los dio, y me fui con ellos a
la vieja. Abuela, tome: pguele a ese judo, y lo que sobre pa ust y
que de sal le sirva.

Doa Sol contempl con ms inters al bandido.

--Y muertes?--pregunt--. Cuntos ha matado usted?

--Seora, no hablemos de eso--dijo el bandolero con gravedad--. Me
tomara ust repugnansia, y yo no soy mas que un infeliz, un desgrasiao
a quien acorralan y se defiende como puee...

Transcurri un largo silencio.

--Ust no sabe cmo vivo, seora marquesa--continu--. Las fieras lo
pasan mejor que yo. Duermo donde pueo o no duermo. Amanesco en un lao de
la provinsia pa acostarme en el otro. Hay que ten el ojo bien abierto y
la mano dura, pa que le respeten a uno y no lo vendan. Los probes son
genos, pero la miseria es una cosa fea que gerve malo al mejor. Si no
me tuviean mieo, ya me habran entregao a los siviles muchas veses. No
tengo ms amigos de verd que mi jaca y sta--y mostr la carabina--. A
lo mejor me entra la murria de ver a mi hembra y a mis pequeos, y entro
por la noche en mi pueblo, y toos los vesinos, que me apresian, jasen la
vista gorda. Pero esto cualquier da acabar mal... Hay veses que me
jarto de la sole y nesesito ver gente. Hase tiempo que quera venir a
_La Rincon_. Por qu no he de ver de serca al se Juan Gallardo, yo
que le apresio y le he tocao parmas? Pero le vea a ust siempre con
muchos amigos, o estaban en el cortijo su seora y su mare con
chiquillos. Yo s lo que es eso: se habran asustao a morir slo con ver
al _Plumitas_... Pero ahora es diferente. Ahora vena ust con la seora
marquesa, y me he dicho: Vamos ay a saluar a esos seores y platic un
rato con eyos.

Y la fina sonrisa con que acompaaba estas palabras estableca una
diferencia entre la familia del torero y aquella seora, dando a
entender que no eran un secreto para l las relaciones de Gallardo y
doa Sol. Perduraba en su alma de hombre del campo el respeto a la
legitimidad del matrimonio, creyndose autorizado a mayores libertades
con la aristocrtica amiga del torero que con las pobres mujeres que
formaban la familia de ste.

Pas por alto doa Sol estas palabras y acos con sus preguntas al
bandolero, queriendo saber cmo haba llegado a su estado actual.

--Na, seora marquesa: una injustisia; una desgrasia de esas que caen
sobre nosotros los probes. Yo era de los ms listos de mi pueblo, y los
trabajaores me tomaban siempre por pregonero cuando haba que pedir algo
a los ricos. S le y escrib; de muchacho fui sacristn, y me sacaron
el mote de _Plumitas_ porque andaba tras de las gallinas arrancndolas
plumas del rabo pa mis escrituras.

Una manotada de _Potaje_ le interrumpi.

--Compare, ya haba yo camelao denque te vi que eres rata de iglesia o
argo pareso.

El _Nacional_ callaba, sin atreverse a estas confianzas, pero sonrea
levemente. Un sacristn convertido en bandido! Qu cosas dira don
Joselito cuando l le contase eso!...

--Me cas con la ma, y tuvimos el primer chiquiyo. Una noche yama en
casa la pareja de los siviles y se me yeva fuera del pueblo, a las eras.
Haban disparao unos tiros en la puerta de un rico, y aqueyos genos
seores empeaos en que era yo... Negu y me pegaron con los fusiles.
Gorv a negar y gorvieron a pegarme. Pa abrevi: que me tuvieron hasta
la aurora gorpendome en todo er cuerpo, unas veses con las baquetas,
otras con las culatas, hasta que se cansaron, y yo que en er suelo sin
conosimiento. Me tenan atao de pies y manos, gorpendome como si fuese
un fardo, y entoava me desan: No eres t el ms valiente del pueblo?
Anda, defindete; a ver hasta dnde yegan tus reaos. Esto fue lo que
ms sent: la burla. La probesita de mi mujer me cur como pudo, y yo no
descansaba, no poda viv acordndome de los golpes y la burla... Pa
abrevi otra vez: un da aparesi uno de los siviles muerto en las eras,
y yo, pa evitarme un disgusto, me fui ar monte... y hasta ahora.

--Gach, buena mano tis!--dijo _Potaje_ con admiracin--. Y el otro?

--No s; debe and po er mundo. Se fue der pueblo, pidi ser trasladao
con toa su valenta; pero yo no le orvo. Tengo que darle una razn. A
lo mejor, me disen que est al otro lao de Espaa, y all voy, aunque
estuviera en er mismo infierno. Dejo la yegua y la carabina a cualquier
amigo pa que me las guarde, y tomo el tren como un seor. He estao en
Barselona, en Valladol, en muchas siudades. Me pongo serca del cuartel
y veo a los siviles que entran y salen. Este no es mi hombre; este
tampoco. Se equivocan al darme informes; pero no importa. Lo busco hace
aos y yo lo encontrar. A no ser que se haya muerto, lo que sera una
lstima.

Doa Sol segua con inters este relato. Una figura original el tal
_Plumitas_! Se haba equivocado al creerle un conejo.

El bandido callaba, frunciendo las cejas, como si temiera haber dicho
demasiado y quisiera evitar una nueva expansin de confianza.

--Con su permiso--dijo al espada--voy a la cuadra a ver cmo han tratao
a la jaca... Vienes, camar?... Vers cosa gena.

Y _Potaje_, aceptando la invitacin, sali con l de la cocina.

Al quedar solos el torero y la dama, aqul mostr su mal humor. Por qu
haba bajado? Era una temeridad mostrarse a un hombre como aquel; un
bandido cuyo nombre era el espanto de las gentes.

Pero doa Sol, satisfecha del buen xito de su presentacin, rea del
miedo del espada. Parecale el bandido un buen hombre, un desgraciado
cuyas maldades exageraba la fantasa popular. Casi era un servidor de
su familia.

--Yo le crea otro; pero de todos modos, celebro haberle visto. Le
daremos una limosna cuando se vaya. Qu tierra sta tan original! Qu
tipos!... Y qu interesante su caza del guardia civil a travs de toda
Espaa!... Con eso cualquiera poda escribir un folletn de gran
inters.

Las mujeres del cortijo retiraron de las llamas del hogar dos grandes
sartenes que esparcan un agradable olor de chorizo.

--A almorzar, cabayeros!--grit el _Nacional_, que se atribua
funciones de mayordomo en el cortijo de su matador.

En el centro de la cocina haba una gran mesa cubierta de manteles, con
redondos panes y numerosas botellas de vino.

Acudieron al llamamiento el _Plumitas_ y _Potaje_ y varios de los
empleados del cortijo: el mayoral, el aperador, todos los que
desempeaban las funciones de mayor confianza. Iban sentndose en dos
bancos colocados a lo largo de la mesa, mientras Gallardo miraba
indeciso a doa Sol. Deba comer arriba, en las habitaciones de la
familia. Pero la dama, riendo de esta indicacin, fue a sentarse en la
cabecera de la mesa. Gustbale la vida rstica, y le pareca muy
interesante comer con aquellas gentes. Ella haba nacido para soldado...
Y con varonil ademn invit al espada a que se sentase, ensanchando con
voluptuoso husmeo su graciosa nariz, que admiraba el suculento tufillo
de los chorizos. Una comida riqusima. Qu hambre tena!...

--Eso est bien--dijo sentenciosamente el _Plumitas_ al mirar la mesa--.
Los amos y los criaos comiendo juntos, como disen que hasan en los
tiempos antiguos. Es la primera vez que lo veo.

Y se sent junto al picador, sin soltar la carabina, que conservaba
entre las rodillas.

--Hazte pa all, guasn--dijo empujando a _Potaje_ con su cuerpo.

El picador, que le trataba con ruda camaradera, contestole con otro
empelln, y los dos hombretones rieron al empujarse, regocijando a todos
los de la mesa con estos jugueteos brutales.

--Pero mardita sea!--dijo el picador--. Qutate ese chisme de entre
las rollas! No ves que me est apuntando y que puee ocurr una
desgrasia?

La carabina del bandido, ladeada entre sus piernas, diriga su negro
agujero hacia el picador.

--Cuerga eso, malaje!--insisti ste--. Es que lo nesesitas pa com?

--Bien est as. No hay cuidao--contest el bandido brevemente,
ponindose fosco, como si no quisiera admitir indicacin alguna sobre
sus precauciones.

Cogi la cuchara, requiri un gran pedazo de pan y mir a los dems, a
impulsos de su cortesa rural, para convencerse de si haba llegado el
momento de comer.

--Sal, seores!

Acometi el enorme plato que haban colocado en el centro de la mesa
para l y los dos toreros. Otro plato igual humeaba ms all para la
gente del cortijo.

Su voracidad pareci avergonzarle de pronto, y a las pocas cucharadas se
detuvo, creyendo necesaria una explicacin.

--Dende ayer maana que no he probao mas que un mendrugo y un poco de
leche que me dieron en un chozo de pastor. Gen apetito!...

Y volvi a acometer el plato, acogiendo con guios de ojos y un continuo
mover de mandbulas las bromas de _Potaje_ sobre su voracidad.

El picador quera hacerle beber. Intimidado en presencia del maestro,
que tema sus borracheras, miraba con ansiedad los frascos de vino
puestos al alcance de su mano.

--Bebe, _Plumitas_. El pasto en seco es mu malo. Hay que remojarlo.

Y antes de que el bandido aceptara su invitacin, el picador beba y
beba apresuradamente. _Plumitas_ slo de tarde en tarde tocaba su vaso,
luego de vacilar mucho. Le tena miedo al vino: haba perdido la
costumbre de beberlo. En el campo no siempre lo encontraba. Adems, el
vino era el peor enemigo para un hombre como l, que necesitaba vivir
muy despierto y en guardia.

--Pero aqu ests entre amigos--deca el picador--. Haste cuenta,
_Plumitas_, que ests en Seviya bajo el mismisimo manto de la Virgen de
la Macarena. No hay quien te toque... Y si vinieran por una casuali los
siviles, yo me pongo a tu lao, agarro una garrocha y no dejamos vivo a
uno de esos gandules. Y poco que me gustara haserme caballista der
monte!... Siempre me ha tirao eso.

--_Potaje_!--dijo el espada desde el extremo de la mesa, temiendo la
locuacidad del picador y su vecindad con las botellas.

El bandido, a pesar de beber poco, tena el rostro coloreado y sus
ojillos azules brillaban con una luz de alegra. Haba escogido su sitio
frente a la puerta de la cocina, en un lugar desde el cual enfilaba la
entrada del cortijo, viendo una parte del camino solitario. De vez en
cuando pasaba por esta cinta de terreno una vaca, un cerdo, una cabra, y
la sombra de sus cuerpos, proyectada por el sol sobre el suelo amarillo,
bastaba para que _Plumitas_ se estremeciese, pronto a dejar la cuchara y
empuar el rifle.

Hablaba con sus compaeros de mesa, pero sin apartar la atencin del
exterior, con el hbito de vivir a todas horas pronta a la resistencia o
a la fuga, cifrando su honra en no ser sorprendido nunca.

Cuando acab de comer acept de _Potaje_ un vaso ms, el ltimo, y qued
con una mano bajo la mandbula, mirando hacia afuera, entorpecido y
silencioso por la digestin. Era una digestin de boa, de estmago
acostumbrado a nutrirse irregularmente, con prodigiosos atracones y
largas pocas de ayuno.

Gallardo le ofreci un cigarro habano.

--Grasias, se Juan. No fumo, pero me lo guardar pa un compaerito que
anda por er monte, y el probe apresia ms esto der fum que la misma
coma. Es un mozo que tuvo una desgrasia, y me ayuda cuando hay trabajo
pa dos.

Se guard el cigarro bajo la blusa, y el recuerdo de este compaero, que
a aquellas horas vagaba seguramente muy lejos de all, le hizo sonrer
con una alegra feroz. El vino haba animado a _Plumitas_. Era otra su
cara. Los ojos tenan unos reflejos metlicos de luz inquietante. El
rostro mofletudo contraase con un rictus que pareca repeler su
habitual aspecto de bondad. Adivinbase en l un deseo de hablar, de
alabarse de sus hazaas, de pagar la hospitalidad asombrando a sus
bienhechores.

--Usts habrn odo habl de lo que hise el mes pasao en er camino de
Fregenal. De veras que no saben na de eso?... Me puse en er camino con
er compaerito, pues haba que parar la diligensia y darle una razn a
un rico que se acordaba de m a toas horas. Un metomentoo er tal hombre,
acostumbrao a mover a su gusto alcardes, personas y hasta siviles. Eso
que yaman en los papeles un casique. Le envi una razn pidindole sien
duros pa un apuro, y lo que hizo fue escribir al gobernaor de Seviya,
armar un escndalo ay en Madr y haser que me persiguiesen ms que
nunca. Por curpa de l tuve un fuego con los siviles, der que sal tocao
en una pierna; y entoava no contento, pidi que metieran presa a mi
mujer, como si la probesita pudiera sab dnde pillaran a su maro...
El Judas no se atreva a salir de su pueblo por mieo al _Plumitas_; pero
en esto desaparec yo; me fui de viaje, uno de esos viajes que les he
contao, y nuestro hombre tom confianza y fue un da a Seviya por sus
negosios y pa azuzar contra m a las autoridaes. Esperamos al coche que
volva de Seviya, y el coche yeg. El compaerito, que ti unas manos de
oro pa par a cualquiera en er camino, le dio el alto al mayoral. Yo
met la cabesa y la carabina por la portesuela. Gritos de mujeres, yoros
de nios, hombres que na desan, pero que paresan jechos de sera. Y yo
dije a los viajeros: Con usts no va na. Clmense, seoras; sal,
cabayeros, y buen viaje... A ve, que eche pie a tierra ese gordo. Y
nuestro hombre, que se encoga como si fuese a esconderse bajo las
faldas de las mujeres, tuvo que bajar, too blanco como si se le hubiese
ido la sangre, hasiendo eses lo mismo que si estuviera borracho. Se fue
el coche, y quedamos solos en medio der camino. Oye, yo soy el
_Plumitas_, y te voy a dar argo para que te acuerdes. Y le di. Pero no
lo mat en segua. Le di en sierto sitio que me s yo, pa que viviese
an veinticuatro horas y cuando lo recogiesen los siviles pudiera desir
que era el _Plumitas_ quien le haba matao. As no haba equivocasin ni
podan otros darse importansia.

Doa Sol escuchaba, intensamente plida, con los labios apretados por el
terror y en los ojos el extrao brillo que acompaaba a sus misteriosos
pensamientos.

Gallardo contraa el rostro, molestado por este relato feroz.

--Ca uno sabe su ofisio, se Juan--dijo el _Plumitas_, como si
adivinase lo que pensaba--. Los dos vivimos de mat: ust mata toros y
yo personas. No hay mas que ust es rico y se yeva las parmas y las
buenas jembras, y yo rabio muchas veses de hambre, y acabar, si me
descuo, hecho una criba en medio der campo, pa que se me coman los
cuervos. Pero a saber el ofisio no me gana, se Juan! Ust sabe dnde
debe darle al toro pa que venga al suelo en segua. Yo s dnde darle a
un cristiano pa que caiga reondo, pa que dure algo entoava, y pa que
pase rabiando unas cuantas semanas acordndose der _Plumitas_, que no
qui meterse con nadie, pero que sabe sacudirse a los que se meten con
l.

Doa Sol sinti otra vez la curiosidad de conocer el nmero de sus
crmenes.

--Y muertos?... Cuntas personas ha matado usted?

--Me va ust a tomar antipata, seora marquesa; pero ya que se
empea!... Crea que no me acuerdo de toos, por ms que quiero haser
memoria. Tal vez irn pa los treinta o los treinta y sinco: no lo s
bien. Con esta va tan arrastr, quin piensa en yevar cuentas?... Pero
yo soy un infeliz, seora marquesa, un desgrasiao. La curpa fue de
aqueyos que me hisieron malo. Esto de las muertes es como las cerezas.
Se tira de una y las otras vienen detrs a ocenas. Hay que matar pa
seguir viviendo, y si uno siente lstima, se lo comen.

Hubo un largo silencio. La dama contemplaba las manos cortas y gruesas
del bandido, con sus uas rodas. Pero el _Plumitas_ no se fijaba en la
seora marquesa. Toda su atencin era para el espada, queriendo
manifestarle su agradecimiento por haberle recibido a su mesa y
desvanecer el mal efecto que parecan causarle sus palabras.

--Yo le respeto a ust, se Juan--aadi--. Denque le vi torear por
primera vez, me dije: Eso es un mozo valiente. Ust tiene muchos
afisionaos que le quieren, pero como yo...! Figrese que pa verle me he
disfrasao muchas veses y he entrao en las siudades, expuesto a que me
echen el guante. Es eso afisin?

Gallardo sonrea, con movimientos afirmativos de cabeza, halagado ahora
en su orgullo de artista.

--Aems--continu el bandido--, nadie dir que yo he veno a _La
Rincon_ a ped ni un pedaso de pan. Muchas veses he teno hambre o me
han hecho farta sinco duros andando por serca de aqu, y entoava hasta
hoy se me ocurri pasar el alambrao der cortijo. El se Juan es sagrao
pa m (me dije siempre). Gana el dinero lo mismo que yo: exponiendo la
va. Hay que ten compaerismo... Porque ust no negar, se Juan, que
aunque ust sea un presonaje y yo un desgrasiao de lo peorsito, los dos
somos iguales, los dos vivimos de jugar con la muerte. Ahora estamos
aqu tranquilos comiendo, pero el mejor da, si Di nos deja de la mano
y se cansa de nosotros, a m me recogen al lao de un camino, como un
perro rabioso, hecho peazos, y a ust, con toos sus capitales, le sacan
de una plaza con los pies pa alante, y aunque hablen cuatro semanas los
papeles de su desgrasia, mardito lo que ust lo agradeser estando en el
otro mundo.

--Es verdad... es verdad--dijo Gallardo con sbita palidez por estas
palabras del bandido.

Reflejbase en su rostro el temor supersticioso que le acometa al
aproximarse los momentos de peligro. Su destino le pareca igual al de
aquel vagabundo terrible, que forzosamente un da u otro haba de caer
en su lucha desigual.

--Pero ust cree que yo pienso en la muerte?--continu el
_Plumitas_--. No me arrepiento de na y sigo mi camino. Yo tambin tengo
mis gustos y mis orgullitos, lo mismo que ust cuando lee en los papeles
que estuvo muy bien en tal toro y que le dieron la oreja. Figrese ust
que toa Espaa habla der _Plumitas_, que los peridicos cuentan las
mayores mentiras sobre mi persona, que hasta, segn disen, van a sacarme
en los teatros, y que en Madr, en ese palasio donde se reunen los
diputaos a platicar, hablan de mi persona casi toas las semanas. Ensima
de eso, el orguyo de yevar un ejrsito detrs de mis pasos, de verme yo,
un hombre solito, gorviendo locos a mil que cobran del gobierno y gastan
espada. El otro da, un domingo, entr en un pueblo a la hora de misa y
detuve la yegua en la plaza, junto a unos ciegos que cantaban y tocaban
la guitarra. La gente miraba boba un carteln que yevaban los cantores
representando un gen mozo de cala y patiyas, vestido de lo ms fino,
montao en un cabayo magnfico, con el trabuco en el arzn y una gach de
buenas carnes a la grupa. Tard en enterarme que aquer gen mozo era el
retrato der _Plumitas_... Eso da gusto. Ya que uno anda roto y hecho un
Adn, pasando hambres, geno es que la gente se lo figure de otro modo.
Les compr el papel con lo que cantaban, y aqu lo yevo: la va completa
der _Plumitas_, con muchas mentiras, pero toda ella puesta en versos.
Cosa gena. Cuando me tiendo en el monte, la leo pa aprendrmela de
memoria. Debe haberla escrito algn se que sabe mucho.

El temible _Plumitas_ mostraba un orgullo infantil al hablar de sus
glorias. Repela ahora la modestia silenciosa con que haba entrado en
el cortijo, aquel deseo de que olvidasen su persona, para no ver en l
mas que un pobre viandante empujado por el hambre. Se enardeca al
pensar que su nombre era famoso y sus actos alcanzaban inmediatamente
los honores de la publicidad.

--Quin me conosera--continu--si hubiese seguo viviendo en mi
pueblo?... Yo he pensao mucho sobre esto. A los de abajo no nos quea
otro recurso que rabiar trabajando pa otros o seguir la nica carrera
que da dinero y nombre: mat. Yo no serva pa mat toros. Mi pueblo es
de la sierra y no tiene reses bravas. Aems, soy pesao y poco
habilioso... Por eso mat personas. Es lo mejor que puee haser un probe
pa que le respeten y abrirse camino.

El _Nacional_, que haba escuchado hasta entonces con muda gravedad las
palabras del bandido, crey necesario intervenir.

--El probe lo que nesesita es instrucsin: sab le y escrib.

Provocaron estas palabras del _Nacional_ las risas de todos los que
conocan su mana.

--Ya sortaste la tuya, camar--dijo _Potaje_--. Deja que _Plumitas_ siga
explicndose, que lo que l dise es mu geno.

El bandido acogi con desprecio la interrupcin del banderillero, al que
tena en poco por su prudencia en el redondel.

--Yo s le y escrib. Y pa qu sirve eso? Cuando viva en el pueblo,
me serva pa hacerme seal y pa que mi suerte me paeciese ms dura...
Lo que el probe nesesita es justisia, que le den lo suyo; y si no se lo
dan, que se lo tome. Hay que ser lobo y met mieo. Los otros lobos le
respetan a uno y las reses hasta se dejan comer, agradesas. Que te vean
cobarde y sin fuerzas, y hasta las ovejas harn aguas en tu cara.

_Potaje_, que estaba ya borracho, asenta con entusiasmo a todo lo dicho
por el _Plumitas_. No entenda bien sus palabras, pero al travs de la
neblina opaca de su embriaguez crea distinguir un resplandor de
suprema sabidura.

--Esa es la verd, camar. Palo a too er mundo. Sigue, que ests mu
geno.

--Yo he visto lo que es la gente--continu el bandido--. El mundo est
divido en dos familias: esquilaos y esquilaores. Yo no quiero que me
esquilen; yo he naso pa esquilaor, porque soy muy hombre y no tengo
mieo a nadie. A ust, se Juan, le ha pasao lo mismo. Por riones se ha
salo der ganao de abajo; pero su camino es mej que el mo.

Permaneci un rato contemplando al espada, y luego aadi con acento de
conviccin:

--Creo, se Juan, que hemos veno al mundo argo tarde. Las cosas que
hubisemos hecho en otros tiempos unos mozos como nosotros, de valor y
de vergenza! Ni ust matara toros ni yo andara por los campos
perseguo como una mala bestia. Seramos virreyes, archipmpanos,
cuarquier cosa grande, al otro lao de los mares. Ust no ha odo hablar
de un tal Pizarro, se Juan?...

El seor Juan hizo un gesto indefinible, no queriendo revelar su
ignorancia ante este nombre misterioso que oa por vez primera.

--La seora marquesa s que sabe quin es mejor que yo, y me perdonar
si igo barbariaes. Yo me enter de esa historia cuando era sacristn y
me sortaba a leer en los romances viejos que guardaba el cura... Pues
Pizarro era un probe como nosotros, que pas el mar, y con doce o trece
gachs tan pelaos como l se meti en una tierra que ni el propio
Paraso... un reino donde est el Potos: no igo ms. Tuvieron no s
cuntas batallas con las gentes de las Amricas, que yevan plumas y
flechas, y al fin se hisieron los amos, y apandaron los tesoros de los
reyes de all, y el que menos llen su casa hasta el tejao, toa de
moneas de oro, y no qued uno que no lo hisiesen marqus, general o
presonaje de justisia. Y como stos, otros muchos. Figrese ust, se
Juan, si llegamos a vivir entonses... Lo que nos habra costao a ust y
a m, con algunos de estos genos mozos que me oyen, haser tanto o ms
que ese Pizarro...

Y los hombres del cortijo, siempre silenciosos, pero brillndoles los
ojos de emocin por esta historia maravillosa, asentan con la cabeza a
las ideas del bandido.

--Repito que hemos naso tarde, se Juan. El gen camino est cerrao a
los probes. El espaol no sabe qu haser. No queda ya ande ir. Lo que
haba en er mundo por repartirse se lo han apropiao los ingleses y otros
extranjis. La puerta est cerr, y los hombres de corazn tenemos que
pudrirnos dentro de este corral, oyendo malas palabras porque no nos
conformamos con nuestra suerte. Yo, que tal vez hubiera llegao a rey en
las Amricas o en cualquier otro sitio, voy pregonao por los caminos y
hasta me llaman ladrn. Ust, que es un valiente, mata animales y se
lleva parmas; pero yo s que muchos seores miran lo del toreo como
ofisio bajo.

Doa Sol intervino para dar un consejo al bandolero. Por qu no se
haca soldado? Poda huir a lejanos pases, adonde hubiese guerras, y
utilizar sus fuerzas noblemente.

--S que sirvo pa eso, seora marquesa. Lo he pensao muchas veses.
Cuando duermo en algn cortijo o me escondo en mi casa por unos das, la
primera vez que me meto en cama como cualquier cristiano y como de
caliente en una mesa como sta, me lo agradese el cuerpo; pero endispus
me canso y paese que me tira el monte con sus miserias, y que me hase
farta dormir al raso envuelto en la manta y con una piedra de
cabesera... S; yo sirvo pa sordao; yo sera un gen sordao... Pero
ande ir?... Se acabaron las guerras de verdad, donde ca uno, con un
puao de camars, haca lo que le aconsejaba su caletre. Hoy no hay mas
que ganaeras de hombres, toos con el mismo color y la misma marca, que
sirven y mueren como payasos. Ocurre lo mismo que en el mundo: esquilaos
y esquilaores. Hace ust una gran cosa, y se la apropia el coronel; rie
ust como una fiera, y le dan el premio al general... No: tambin he
naso tarde pa sordao.

Y _Plumitas_ baj los ojos, quedando un buen rato como absorto en la
interna contemplacin de su desgracia, vindose sin lugar en la poca
presente.

De pronto requiri la carabina, intentando ponerse de pie.

--Me voy... Muchas grasias, se Juan, por sus atensiones. Sal, seora
marquesa.

--Pero ande vas?--dijo _Potaje_ tirando de l--. Sintate, malaje! En
ningn sitio estars mejor que aqu.

EL picador deseaba prolongar la estancia del bandolero, satisfecho de
hablar con l como con un amigo de toda la vida y poder contar luego en
la ciudad su interesante encuentro.

--Yevo tres horas aqu; debo irme. Nunca paso tanto tiempo en un sitio
descubierto y llano como _La Rincon_. Tal vez a estas horas hayan ido
con er soplo de que estoy aqu.

--Ties mieo a los siviles?--pregunt _Potaje_--. No vendrn; y si
vienen, yo estoy contigo.

_Plumitas_ hizo un gesto despectivo. Los civiles! Eran hombres como los
dems; los haba valientes, pero todos ellos padres de familia, que
procuraban no verle y llegaban tarde al saber que estaba en un sitio.
Unicamente iban contra l cuando la casualidad los pona frente a
frente, sin medio de evadirse.

--El mes pasao estaba yo en el cortijo de las _Sinco chimeneas_
almorzando como estoy aqu, aunque sin tan gena compaa, cuando vi
venir seis siviles de a pie. Estoy sierto de que no saban que estaba yo
all y que venan slo por refresc. Una mala casuali; pero ni ellos ni
yo podamos huir el bulto en presensia de toa la gente der cortijo. Eso
se cuenta endispus, y las malas lenguas pierden el respeto y disen que
si toos somos unos cobardes. El cortijero cerr la puerta, y los
guardias comenzaron a dar culatazos pa que abriese. Yo le mand que l y
un gan se colocasen tras las dos hojas. Cuando os diga ahora!,
abrs de par en par. Mont en la jaca y me puse el revlver en la mano.
Ahora! Se abri la puerta, y yo sal echando demonios. Usts no saben
lo que es la probesita de mi jaca. Me sortaron no s cuntos tiros, pero
na! Yo tambin sort lo mo al salir, y, segn disen, toqu a dos
guardias... Pa abrevi: que me fui agarrao al cuello de la jaca pa que
no me hisieran blanco, y los siviles se la vengaron dndoles una paliza
a los del cortijo. Por eso lo mejor es no decir na de mis visitas, se
Juan. Despus vienen los del tricornio y lo marean a ust a preguntas y
declarasiones, como si con esto fuesen a cogerme.

Los de _La Rinconada_ asentan mudamente. Ya lo saban ellos. Haba que
callar la visita, para evitarse molestias, como lo hacan en todos los
cortijos y ranchos de pastores. Este silencio general era el auxiliar
ms poderoso del bandido. Adems, todos estos hombres del campo eran
admiradores del _Plumitas_. Su rudo entusiasmo lo contemplaba como un
hroe vengador. Nada malo deban temer de l. Sus amenazas slo pesaban
sobre los ricos.

--No les tengo mieo a los siviles--continu el bandido--. A quien temo
es a los probes. Toos son genos; pero qu cosa tan fea es la miseria!
Yo s que no me matarn los del tricornio: no tin balas pa m. Si
alguien me mata, ser algn probe. Les deja uno asercarse sin mieo,
porque son del brazo de uno, y entonses se aprovechan del descuo. Yo
tengo enemigos: gente que me la ti jur. A veses hay charranes que
yevan el soplo con la esperansa de unas pesetas, o descastaos que se les
manda una cosa y no la hasen; y pa que toos respeten a uno, hay que ten
la mano dura. Si uno les pincha de verd, quea la familia pa vengarse.
Si uno es bueno y se contenta con bajarles los calzones y haserles una
carisia con un puao de ortigas y cardos, se acuerdan de esta broma toa
su va... A los probes, a los de mi brazo, es a los que tengo mieo.

Detvose _Plumitas_, y mirando al espada aadi:

--Aems, estn los afisionaos, los discipuliyos, la gente joven, que
viene detrs arreando. Se Juan, diga la verd: quin le da a ust ms
fatigas, los toros, o toos esos novilleros que salen empujaos por el
hambre y quieren quitar los moos a los maestros?... Lo mismo me pasa a
m. Cuando igo que somos iguales!... En ca pueblo hay un gen mozo que
suea con ser mi hereero y espera pillarme un da durmiendo a la sombra
de un rbol y haserme volar la cabesa a boca de jarro. Meno cartel que
se gana el que se cargue al _Plumitas_!...

Luego de esto se fue a la cuadra, seguido de _Potaje_, y un cuarto de
hora despus sac al patio del cortijo la fuerte jaca, inseparable
compaera de sus andanzas. El huesudo animal pareca ms grande y lucido
tras las breves horas de abundancia en los pesebres de _La Rinconada_.

_Plumitas_ le acarici los flancos, interrumpindose en el arreglo de la
manta sobre el arzn. Poda estar contenta. Pocas veces se vera tan
bien tratada como en el cortijo del seor Juan Gallardo. Ahora a
portarse bien, que la jornada iba a ser larga.

--Y ande vs, camar?--dijo _Potaje_.

--Eso no se pregunta... Por er mundo! Ni yo mismo lo s... A lo que se
presente!

Y poniendo la punta de un pie en uno de los estribos oxidados y
manchados de barro, dio un salto, quedando erguido sobre la silla.

Gallardo se separ de doa Sol, que contemplaba los preparativos de
marcha del bandido con sus ojos indefinibles y la boca plida, apretada
por la emocin.

El torero rebusc en el bolsillo interior de su chaqueta y avanz hacia
el jinete, tendindole con disimulo unos papeles arrugados dentro de su
mano.

--Qu es eso?--dijo el bandido--. Dinero?... Grasias, se Juan. A
ust le han dicho que hay que darme argo cuando me voy de un cortijo;
pero eso es pa los otros, pa los ricos que ganan er dinero de rositas.
Ust lo gana exponiendo la va. Somos compaeros. Gurdeselo, se Juan.

El seor Juan se guard los billetes, algo contrariado por esta negativa
del bandido, que se empeaba en tratarle como a un compaero.

--Ya me brindar ust un toro si arguna vez nos vemos en la
plaza--aadi el _Plumitas_--. Eso vale ms que too el oro der mundo.

Avanz doa Sol hasta colocarse junto a una pierna del jinete, y
quitndose una rosa de otoo que llevaba en el pecho, se la ofreci
mudamente, mirndolo con sus ojos verdes y dorados.

--Es pa m?--pregunt el bandido con una entonacin de sorpresa y
asombro--. Pa m, seora marquesa?

Al ver el movimiento afirmativo de la seora, tom la flor con embarazo,
manejndola torpemente, como si fuese de abrumadora pesadez, no
sabiendo dnde colocarla, hasta que al fin la introdujo en un ojal de su
blusa, entre los dos extremos del pauelo rojo que llevaba al cuello.

--Esto s que es geno!--exclamaba, ensanchando con una sonrisa su faz
carillena--. En la va me ha pasao na igual.

El rudo jinete pareca conmovido y turbado al mismo tiempo por el
carcter femenil del presente. Rositas a l!...

Tir de las riendas de la jaca.

--Sal a toos, cabayeros. Hasta que nos gorvamos a ve... Sal, gen
mozo. Arguna vez te echar un cigarro si pones una gena vara.

Se despidi dando un rudo manotn al picador, y el centauro le contest
con un puetazo en un muslo que hizo temblar la recia musculatura del
bandido. Qu _Plumitas_ tan simptico!... _Potaje_, en la ternura de su
embriaguez, quera irse al monte con l.

--Adi! adi!

Y picando espuelas a la jaca, sali a trote largo del cortijo.

Gallardo mostrbase satisfecho al ver que se alejaba. Despus mir a
doa Sol, que permaneca inmvil, siguiendo con los ojos al jinete, el
cual se empequeeca en lontananza.

--Qu mujer!--murmur el espada con desaliento--. Qu seora tan
loca!...

Suerte que el _Plumitas_ era feo y andaba haraposo y sucio como un
vagabundo.

Si no, se va con l.




VI


--Paece mentira, Sebastin. Un hombre como t, con mujer y con hijos,
prestarte a esas alcahueteras... Yo que te crea otro y tena la
confiansa en ti cuando salas de viaje con Juaniyo! Yo que me queaba
tranquila porque iba con una persona de carcter!... Ande estn toas
esas cosas de tus ideas y tu religin? Es que eso lo manda la reunin
de judos que os juntis en casa de don Joselito el maestro?

El _Nacional_, asustado por la indignacin de la madre de Gallardo y
conmovido por las lgrimas de Carmen, que lloraba silenciosa, ocultando
su cara tras un pauelo, se defenda torpemente. Pero al escuchar las
ltimas palabras, se irgui con gravedad sacerdotal.

--Se Angustias, no me toque ust las ideas y deje en paz si quiere a
don Joselito, que na ti que ver en too esto. Por va e la paloma azul!
Yo fui a _La Rincon_ porque me lo mand mi mataor. Ust sabe lo que es
una cuadrilla? Pues lo mismo que el ejrsito: disiplina y servilismo. El
mataor manda, y hay que obedeser. Como que esto de los toros es de los
tiempos de la Inquisisin, y no hay ofisio ms reasionario.

--Payaso!--grit la seora Angustias--. Geno ests t con toas esas
fbulas de Inquisisin y reasiones! Entre toos estis matando a esta
probesita, que se pasa el da sortando lgrimas como la Dolorosa. T lo
que quieres es tap las charrans de mi hijo, porque te da a com.

--Ust lo ha dicho, se Angustias; Juaniyo me da a com, eso es. Y como
me da a com, tengo que obedeserle... Pero venga ust aqu, seora:
pngase en mi caso. Que me dise mi mataor que hay que ir a _La
Rincon_... Geno. Que a la hora de dirnos me encuentro en el otomvil
con una seorona mu guapa... Qu vamos a haserle? El mataor manda.
Aems, no iba yo solo. Tambin iba _Potaje_, que es persona de arguna
ed y de respeto, aunque sea un bruto. Nunca se re.

La madre del torero se indign con esta excusa.

--_Potaje!_ Un mal hombre, que Juaniyo no deba yevar en su cuadrilla
si tuviese vergensa. No me hables de ese borracho, que le pega a su
mujer y tiene muertos de hambre a los chicos.

--Geno: fuera _Potaje_... Digo que vi aqueya seorona, y qu iba a
has? No era una pelandusca; es la sobrina der marqus, una partidaria
del maestro, y los toreros ya sabe ust que han de estar bien con la
gente que puede. Hay que vivir der pblico. Qu mal hay en esto?...
Aluego, en er cortijo, na! Se lo juro a ust por los mos: na! Geno
soy yo pa aguantar ese mochuelo, aunque me lo mandase mi mataor! Yo soy
una persona desente, se Angustias, y hase ust mal en yamarme eso feo
que me ha yamao endenantes. Por va e la paloma!... Cuando se es del
comit y vienen a consultarle a uno en da de elecsiones, y concejales y
diputaos han chocao esta mano que ust ve aqu, se pueden haser siertos
papeles?... Repito que na. Se hablaban de ust, lo mismo que ust y yo;
ca uno pas la noche por su lao; ni una mala mirada, ni una palabra
fea. Desensia a toas horas... Y si ust quisiera que viniese _Potaje_,
l le dira...

Pero Carmen le interrumpi con una voz quejumbrosa cortada por suspiros.

--En mi casa!--gema con expresin de asombro--. En el cortijo!... Y
eya se acost en mi cama!... Yo lo saba too, y cayaba, cayaba!...
Pero esto! Jos! Esto, que no hay en toa Seviya un hombre que se
atreva a tanto!...

El _Nacional_ intervino bondadosamente. Calma, seora Carmen. Si
aquello no tena importancia! Una visita al cortijo de una mujer
entusiasta del maestro, que deseaba ver de cerca cmo viva en el campo.
Estas seoras medio extranjeras son siempre caprichosas y raras. Pues
si ella hubiese visto a las francesas, cuando fue la cuadrilla a torear
en Nimes y Arls!...

--Total, na. Too... lquido! Hombre, por la paloma azul! Tendra
gusto en conos al desahogao que ha veno con el soplo. Yo de Juaniyo,
si era arguien der cortijo, lo pona en la puerta; y si de fuera, yamaba
al jues pa que lo metiera en la crsel por embustero y mal enemigo.

Segua llorando Carmen, sin escuchar las indignadas expresiones del
banderillero, mientras la seora Angustias, sentada en una silla de
brazos, contra los cuales se apelotonaba su desbordante obesidad,
frunca el ceo y apretaba la boca velluda y rugosa.

--Caya, Sebastin, y no mientas--dijo la vieja--. Lo s too. Una juerga
indesente el tal viaje al cortijo; una fiesta de gitanos. Hasta disen
que estuvo con vosotros _Plumitas_ el ladrn.

Aqu dio un salto el _Nacional_, a impulsos de la sorpresa y la
inquietud. Le pareci que entraba en el patio, hollando las losas de
mrmol, un jinete mal pergeado, con sombrero mugriento, y se apeaba de
su jaca, apuntndole con una carabina por hablador y miedoso. Luego le
pareci ver tricornios, muchos tricornios de brillante hule, bocas
bigotudas y preguntonas, manos que escriban, y toda la cuadrilla,
vestida con trajes de luces, atada codo con codo, camino de la crcel.
Aqu s que haba que negar enrgicamente.

--Lquido! Too lquido! Qu habla ust de _Plumitas_? All no
hubo mas que desensia. Hombre, no fartaba ms sino que a un siudadano
como yo, que yevo a las urnias ms de cien votos de mi barrio, le
acumulasen que es amigote der _Plumitas_!

La seora Angustias, vencida por las protestas del _Nacional_ y poco
segura de esta ltima noticia, acab por no creerla. Bueno; nada del
_Plumitas_. Pero lo otro! La ida al cortijo con aquella... hembra! Y
firme en su ceguera de madre, que haca caer toda la responsabilidad de
los actos del espada sobre sus acompaantes, sigui increpando al
_Nacional_.

--Ya le dir a tu mujer quin eres. La probesita matndose en su tienda,
del amaneser a la noche, y t yndote de juerga, como un chaval. Debas
tener vergensa... a tus aos! con tanto chiquiyo!...

El banderillero acab por marcharse, huyendo de la seora Angustias,
que, a impulsos de la indignacin, mostraba la misma ligereza de lengua
de los tiempos en que trabajaba en la Fbrica de Tabacos. Proponase no
volver ms a la casa de su maestro.

Encontraba a Gallardo en la calle. Pareca malhumorado, pero al ver a su
banderillero fingase sonriente y animoso, como si no hiciesen mella en
l los disgustos domsticos.

--Aqueyo est mal, Juaniyo. No gervo a tu casa aunque me yeven
arrastrando. Tu mare me insulta como si fuese yo un gitano de Triana.
Tu mujer yora y me mira, como si tuviese yo tambin la curpa de too.
Hombre, otra vez haz el favor de no acordarte de m. Toma a otro de
socio cuando vayas con hembras.

Gallardo sonri satisfecho. No sera nada; aquello pasaba pronto.
Tormentas mayores haba afrontado.

--Lo que debes as es ven por casa. As, con mucha gente, no hay
bronca.

--Yo?--exclamaba el _Nacional_--. Primero cura.

Tras estas palabras, el espada crea intil insistir. Pasaba gran parte
del da fuera de su casa, lejos del silencio hurao de las mujeres,
interrumpido muchas veces con lagrimeos, y cuando volva era con
escolta, amparndose en su apoderado y otros amigos.

El talabartero fue tambin un gran auxiliar para Gallardo. Por primera
vez mir ste a su cuado como un hombre simptico, notable por su buen
seso, y digno de mejor suerte. El era quien durante las ausencias del
matador se encargaba de apaciguar a las mujeres, incluso a la suya,
dejndolas como furias cansadas.

--Vamos a ve--deca--, qu es too? Una ni sin importancia. Ca uno es
quien es, y Juaniyo es un presonaje, y nesesita tratarse con gentes de
poer. Que esa seora fue al cortijo! y qu?... Hay que orsequiar a las
genas amistades; as se pueen pedir favores y ayudar despus a los de
la familia. Na malo pas: too calumnias. Estaba all el _Nacional_, que
es un hombre de carcter. Le conozco mucho.

Y por primera vez en su vida alababa al banderillero. Metido a todas
horas en la casa, su auxilio era de gran vala para Gallardo. El solo
bastbase para aplacar a las mujeres, aturdindolas con su charla
continua. El torero no le regateaba su gratitud. Haba dejado la tienda
de talabartero porque los negocios iban mal, y aguardaba un empleo de su
cuado. Mientras tanto, el espada atenda a todas las necesidades de la
familia, y al fin acab rogando a l y a su hermana que se instalasen en
la casa. As, la pobre Carmen se aburrira menos; no estara tan sola.

Un da, el _Nacional_ recibi un aviso de la esposa de su matador para
que fuese a verla. La misma mujer del banderillero le dio el recado.

--La he visto esta maana. Vena de San Gil. La probe tiene los ojos
como si yorase a toas horas. Ve a verla... Ay, los hombres guapos! Qu
castigo!

Carmen recibi al _Nacional_ en el despacho del espada. All estaran
solos, sin miedo a que entrase la seora Angustias con sus vehemencias,
o los cuados, que se haban instalado en la casa con toda su prole,
abusando de la superioridad que les proporcionaban las disensiones de la
familia. Gallardo estaba en el club de la calle de las Sierpes. Hua de
la casa, y muchos das, para evitar el encontrarse con su mujer, coma
fuera, yendo con amigos a la venta de Eritaa.

El _Nacional_, sentado en un divn, qued con la cabeza baja y el
sombrero entre las manos, no queriendo mirar a la esposa de su maestro.
Cmo se haba desmejorado! Sus ojos estaban enrojecidos y con profundos
cercos obscuros. Las mejillas morenas y el filo de su nariz tenan una
brillantez de color sonrosado que delataba el frote del pauelo.

--Sebastin, va ust a decirme tota la verd. Ust es bueno, ust es el
mejor amigo de Juan. Lo de la mamita, el otro da, fueron cosas de su
carcter. Ust conoce lo buena que es. Un pronto, y despus na. No haga
caso.

El banderillero asenta con movimientos de cabeza, aguardando la
pregunta. Qu deseaba saber la seora Carmen?...

--Que me diga ust lo que pas en _La Rincon_, lo que ust vio y lo que
ust se figura.

Ah, buen _Nacional_! Con qu noble arrogancia irgui la cabeza,
contento de poder hacer el bien, dando consuelo a aquella infeliz!...
Ver? El no haba visto nada malo.

--Se lo juro por mi pare, se lo juro... por mis ideas.

Y apoyaba sin miedo su juramento en el testimonio sacrosanto de sus
ideas, pues en realidad no haba visto nada, y no vindolo, crea l
lgicamente, con el orgullo de su perspicacia y sabidura, que nada malo
poda haber ocurrido.

--Yo me figuro que no son mas que amigos... Ahora, si ha habo argo
endenantes, no s. Disen las gentes por ah... hablan... se inventan
tantas mentiras! Ust no haga caso, se Carmen. Alegra, y a vivir,
que eso e la verd!

Ella volvi a insistir. Pero qu haba pasado en el cortijo?... El
cortijo era su casa, y esto la indignaba, viendo unido a la infidelidad
algo que le pareca un sacrilegio, un insulto directo a su persona.

--Ust cree que soy tonta, Sebastin? Yo lo veo too. Denque empez a
fijarse en esa seora... o lo que sea, que yo le conoc a Juan lo que
pensaba. El da que le brind un toro y vino l con aquella sortija de
brillantes, yo adivin lo que haba entre los dos, y me dieron ganas de
coger el anillo y patearlo... Luego lo he sabio too, too! Siempre hay
gentes que se encargan de yevar soplos, porque esto hace mal a las
personas. Ellos, adems, no se han recatao; han ido a toas partes como
si fuesen maro y muj, a la vista de too er mundo, a cabayo, lo mismo
que los gitanos que van de feria en feria. Cuando estbamos en el
cortijo me yegaban noticias de too lo que haca Juan; y luego, estando
en Sanlcar, tambin.

El _Nacional_ crey necesario intervenir, viendo que Carmen se conmova
con estos recuerdos e iba a llorar.

--Y ust cree esos embustes, criatura? No ve que son invensiones de
gentes que la quieren mal?... Envidias na ms.

--No; conozco a Juan. Ust cree que esto es lo primero?... El es como
es, y no puee ser de otro modo. Mardito ofisio, que paece volver locos
a los hombres! A los dos aos de casado ya tuvo amores con una gena
moza del Mercado, una carnicera. Lo que yo sufr al saberlo!... Pero ni
una palabra de mi parte. El cree an que no s na. Luego, cuntas ha
teno! Bailaoras de tablao en los cafs, pelanduscas de esas que van por
los colmaos, hasta perdidas de las que viven en casas pblicas... No s
cuntas han so, docenas! y yo cayaba, queriendo conservar la paz de mi
casa. Pero esta mujer de ahora no es igual que las otras. Juan anda
chalao tras ella; est tonto; s que ha hecho mil bajesas pa que ella,
acordndose de que es una seorona, no le eche a la calle, avergonzada
de ten relaciones con un torero... Ahora se ha ido. No lo saba ust?
Se ha ido porque se aburra en Seviya. Yo tengo gentes que me lo cuentan
too. Se ha ido sin despedirse de Juan, y cuando ste fue a verla el otro
da, se encontr con la puerta cerr. Y ah le tiene ust, triste como
un cabayo enfermo, y anda con los amigos con cara de entierro, y bebe pa
alegrarse, y cuando vuelve a casa paece que le han dao caaso. No; l no
olvida a esa mujer. El seor estaba orgulloso de que le quisiera una
hembra de esa clase, y padece en su orgullito al ver que le dejan. Ay,
qu asco le tengo! Ya no es mi maro: me paece otro. Apenas nos
hablamos, como no sea pa re. Lo mismo que si no nos conociramos. Yo
estoy sola arriba y l duerme abajo, en una pieza der patio. No nos
juntaremos ms, lo juro! Antes se lo pasaba too: eran malas costumbres
del ofisio; la mana de los toreros, que se creen irresistibles pa las
mujeres... pero ahora no quiero verlo; le he tomao repugnansia.

Hablaba con energa, brillando en sus ojos un fulgor de odio.

--Ay, esa mujer! Cmo lo ha cambiao!... Es otro! Slo quiere ir con
los seoritos ricos, y las gentes del barrio y toos los probes de Seviya
que eran sus amigos y le ayudaron cuando empez se quejan de l, y el
mejor da le van a armar una bronca en la plaza por desagradeso. Aqu
entra el dinero a espuertas y no es fcil contarlo. Ni l mismo sabe
nunca lo que tiene; pero yo lo veo too. Juega mucho, pa que lo apresien
sus nuevos amigos; pierde mucho tambin, y el dinero entra por una
puerta y se va por otra. Na le digo. Al fin, l es quien lo gana. Pero
ha teno que pedir prestao a don Jos pa cosas del cortijo, y unos
olivares que compr este ao pa unirlos a la finca fue con dinero de
otros. Casi too lo que gane en la tempor prxima ser pa pagar deudas.
Y si tuviese una desgrasia? Y si se viera en la nesesi de retirarse,
como otros?... Hasta a m ha quero cambiarme, lo mismo que l se ha
cambiao. Se conose que el se, al gorver a casa luego de visitar a su
doa Sol o doa Demonios, nos encontraba muy fachas a su mamita y a m
con nuestros mantones y nuestras batas, como toas las hijas de la
tierra. El es quien me ha obligao a ponerme esos gorros traos de Madr,
con los que estoy muy mal, lo conozco, hecha una mona de las que bailan
en los organillos. Con tan rica que es la mantilla!... El tambin el
que ha comprao ese carro del infierno, el otomvil, en el que voy
siempre con miedo y que huele a demonios. Si le dejsemos, hasta le
pondra sombrero con rabos de gallo a la pobre mamita. Es un fachendoso,
que piensa en la otra y quiere hacernos lo mismo que ella, pa no
avergonzarse de nosotras.

El banderillero prorrumpi en protestas. Eso no. Juan era bueno, y haca
todo esto porque quera mucho a la familia y deseaba para ella lujos y
comodidades.

--Ser Juaniyo como ust quiera, se Carmen, pero argo hay que
dispensarle... Vamo, que muchas se mueren de envidia vindola a ust!
Ah es na: ser la seora del ms valiente de los toreros, con el dinero
a puaos, y una casa que es una maraviya, y duea arsoluta de too,
porque el maestro deja que ust disponga toas las cosas!

Los ojos de Carmen se humedecieron y se llev el pauelo a ellos para
contener las lgrimas.

--Mej quisiera ser la muj de un zapatero. Cuntas veces lo he pensao!
Si Juan hubiese seguo en su ofisio, en vez de coger este mardeso de
la torera!... Ms feliz sera yo con un pobre mantn yendo a llevarle
la coma al portal donde trabajase, como trabajaba su pare. No habra
genas mozas que me lo quitasen; sera mo; pasaramos nesesi; pero los
domingos, muy apaaos, nos iramos a una venta a merendar. Aems, los
sustos que paso con los marditos toros! Esto no es viv! Mucho dinero,
mucho! pero crea ust, Sebastin, que pa m es como si fuese veneno, y
cuanto ms entra en casa, peor estoy y ms se me pudre la sangre. Pa
qu quiero los gorros y too este lujo?... La gente cree que soy la mar
de feliz y me envidia, y a m se me van los ojos tras las mujeres pobres
que pasan nesesi pero van con su chiquiyo al brazo, y cuando sienten
penas las olvan mirando al pequeo y rindose con l... Ay, los
chiquiyos! Yo s cul es mi desgrasia... Si tuviramos uno!... Si Juan
viese un pequeo en casa que fuera suyo, suyo too l, argo ms que son
los sobriniyos!...

Llor Carmen, pero con lgrimas continuas que se escapaban entre los
pliegues del pauelo, baando sus mejillas coloreadas por el llanto. Era
el dolor de la mujer infecunda envidiando a todas horas la suerte de las
madres; la desesperacin de la esposa que al ver apartarse al marido
finge creer en diversas causas, pero en el fondo del pensamiento
atribuye esta desgracia a su esterilidad. Un hijo que los uniese!... Y
Carmen, convencida por el paso de los aos de lo intil de este deseo,
desesperbase contra su destino, mirando con envidia a su silencioso
oyente, en el cual la Naturaleza haba prodigado lo que ella tanto
ansiaba.

El banderillero sali cabizbajo de esta entrevista y se fue en busca del
maestro, encontrndolo a la puerta de los _Cuarenta y cinco_.

--Juan, he visto a tu mujer. Aqueyo est cada vez peor. Veas de
amansarla, de ponerte bien.

--Mardita sea! As acabe una enferme con ella, contigo y con m
mesmo! Esto no es viv. Premita Di que el domingo me agarre un toro, y
ya hemos concluo! Pa lo que vale la va!...

Estaba algo borracho. Desesperbale el mutismo ceudo que encontraba en
su casa, y ms todava--aunque l no lo confesaba a nadie--aquella fuga
de doa Sol sin dejar para l una palabra, un papel con cuatro lneas de
despedida. Le haban puesto en la puerta, peor que a un sirviente. Ni
siquiera saba dnde estaba aquella mujer. El marqus no se haba
interesado gran cosa por el viaje de su sobrina. Muchacha ms loca!
Tampoco le haba avisado a l al marcharse, pero no por esto iba a
creerla perdida en el mundo. Ya dara seales de existencia desde algn
pas raro, adonde habra ido empujada por sus caprichos.

Gallardo no ocultaba su desesperacin en la propia casa. Ante el
silencio de su mujer, que permaneca con los ojos bajos o le miraba
ceuda, resistindose a contestar a sus preguntas para no entablar
conversacin, el espada prorrumpa en deseos mortales.

--Mardita sea mi suerte! Ojal me enganche un miura el domingo y me
campanee, y me traigan a casa en una espuerta!

--No digas eso, malaje!--clamaba la seora Angustias--. No tientes a
Di; mia que eso trae mala suerte.

Pero el cuado intervena con su aire sentencioso, aprovechando la
ocasin para halagar al espada.

--No haga ust caso, mamita. A ste no hay toro que lo toque. Como no
le arroje un cuerno!...

El domingo era la ltima corrida del ao que iba a torear Gallardo. Pas
la maana sin los vagos temores y las preocupaciones supersticiosas de
otras veces. Se visti alegremente, con una excitacin nerviosa que
pareca aumentar el vigor de sus brazos y sus piernas. Qu gozo poder
correr por la arena amarilla, asombrando con sus gallardas y
atrevimientos a una docena de miles de espectadores!... Su arte solo era
verdad: lo que proporciona entusiasmos de muchedumbres y dinero a
granel. Lo dems, familia y amoros, slo serva para complicar la
existencia y dar disgustos. Ay, qu estocadas iba a soltar!... Sentase
con la fuerza de un gigante, era otro hombre: ni miedo ni peocupaciones.
Hasta mostraba impaciencia por no ser an la hora de ir a la plaza, muy
al contrario de otras veces, en que iba retardando el temido momento. Su
ira por los disgustos domsticos y por aquella fuga que lastimaba su
vanidad ansiaba descargarla sobre los toros.

Cuando lleg el carruaje, atraves Gallardo el patio, sin fijarse, como
otras veces, en la emocin de las mujeres. Carmen no apareci. Bah, las
hembras!... Slo servan para amargar la vida. En los hombres se
encontraban nicamente los afectos durables y la alegre compaa. All
estaba su cuado, admirndose a s mismo antes de ir a la plaza,
satisfecho de un terno de calle del espada que se haba arreglado a su
medida antes de que lo usase el dueo. Con ser un ridculo charlatn,
vala ms que toda la familia. Este no le abandonaba nunca.

--Vas ms hermoso que er propio Roger de Flor--le dijo el espada
alegremente--. Sube al coche y te yevar a la plaza.

El cuado se sent junto al grande hombre, trmulo de orgullo al pasar
por las calles de Sevilla y que todos le viesen metido entre las capas
de seda y los gruesos bordados de oro de los toreros.

La plaza estaba llena. Esta corrida importante al final de otoo haba
atrado gran pblico, no slo de la ciudad, sino del campo. En los
tendidos de sol vease mucha gente de los pueblos.

Gallardo mostr desde el primer instante la nerviosa actividad que le
posea. Veasele lejos de la barrera, saliendo al encuentro del toro,
entretenindole con sus lances de capa mientras los picadores aguardaban
el momento en que acometiese ste a sus mseros caballos.

Notbase en el pblico cierta predisposicin contra el torero. Le
aplaudan como siempre, pero las demostraciones de entusiasmo eran ms
nutridas y calurosas en la parte de la sombra, donde los tendidos
ofrecan filas simtricas de blancos sombreros, que en la parte del sol,
viva y abigarrada, donde quedaban muchos en mangas de camisa bajo el
chicharreo del calor solar.

Gallardo adivinaba el peligro. Que tuviese mala suerte, y una mitad del
circo se levantara vociferante contra l, llamndole desagradecido e
ingrato con los que le levantaron. Mat su primer toro con mediana
fortuna. Se arroj, audaz como siempre, entre los cuernos, pero la
espada tropez en hueso. Los entusiastas le aplaudieron. La estocada
estaba bien marcada, y de la inutilidad de su esfuerzo no tena l la
culpa. Volvi por segunda vez a entrar a matar; la espada qued en el
mismo sitio, y el toro, al moverse tras la muleta, la despidi de la
herida, arrojndola a alguna distancia. Entonces, tomando de manos de
_Garabato_ un estoque nuevo, volvi hacia la fiera, que le aguardaba
aplomada sobre sus patas, con el cuello chorreando sangre y el hocico
baboso casi tocando la arena.

El maestro, plantando su muleta ante los ojos del toro, fue echando
atrs tranquilamente con la punta de la espada los palos de las
banderillas que le caan sobre el testuz. Iba a descabellarlo. Apoy
la punta del acero en lo alto de la cabeza, buscando entre los dos
cuernos el sitio sensible. Hizo un esfuerzo para clavar la espada, y el
toro se estremeci dolorosamente, pero sigui en pie, rechazando el
acero con un rudo cabezazo.

--Una!--clam con vocero burlesco el pblico de los tendidos de sol.

Mardita sea!... Por qu le atacaba esta gente con tanta injusticia?

Volvi a apoyar la espada y pinch, acertando a dar esta vez en el punto
vulnerable. El toro cay instantneamente, como si lo hubiese tocado un
rayo, hirindole en el centro nervioso de su vida, y qued con los
cuernos clavados en el suelo y el vientre en alto entre las patas
rgidas.

Aplaudieron las gentes de la sombra con un entusiasmo de clase, mientras
el pblico del sol prorrumpa en silbidos e improperios.

--Nio litri!... Aristcrata!

Gallardo, vuelto de espaldas a estas protestas, saludaba con la muleta y
la espada a sus entusiastas. Los insultos del populacho, que siempre
haba sido su amigo, le dolan, hacindole cerrar los puos.

--Pero qu qui esa gente? El toro no daba ms de s. Mardita sea!
Esto son cosas de los enemigos.

Y pas gran parte de la corrida junto a la barrera, mirando
desdeosamente lo que hacan los compaeros, acusndolos en su
pensamiento de haber preparado contra l las muestras de desagrado.

Igualmente prorrumpa en maldiciones contra el toro y el pastor que lo
cri. Tan bien preparado que vena para hacer grandes cosas, y
tropezarse con aquella bestia que no le haba permitido lucirse! Deban
fusilar a los ganaderos que soltaban tales animales.

Cuando tom por segunda vez los trastos de matar, dio una orden al
_Nacional_ y a otro de sus peones para que se llevasen con la capa el
toro hacia la parte de la plaza donde estaba el populacho.

Conoca al pblico. Haba que halagar a los ciudadanos del sol,
tumultuosa y terrible demagogia que llevaba a la plaza los odios de
clase, pero con la mayor facilidad converta los silbidos en aplausos
as que una leve muestra de consideracin acariciaba su orgullo.

Los peones, arrojando sus capas al toro, emprendieron carrera para
llevarlo al lado del redondel caldeado por el sol. Un movimiento de
alegre sorpresa del populacho acogi esta maniobra. El momento supremo,
la muerte del toro, iba a desarrollarse bajo sus ojos, y no a gran
distancia, como ocurra casi siempre, para comodidad de los ricos que
se sentaban en la sombra.

La fiera, al quedar sola en este lado de la plaza, acometi el cadver
de un caballo. Hundi la cabeza en el vientre abierto, levantando sobre
sus cuernos, como un harapo flcido, la msera carroa, que esparca en
torno entraas sueltas y excrementos. Cay en el suelo el cadver,
quedando casi doblado, y el toro fue alejndose con paso indeciso. Otra
vez volvi a olisquearlo, dando sonoros bufidos y hundiendo sus cuernos
en la cavidad del vientre, mientras el pblico rea de esta tenacidad
estpida, de este rebusque de vida en el cuerpo innime.

--Duro ah!... Qu poer tienes, hijo!... Sigue, que ahora gervo!

Pero la atencin de todos se apart de este ensaamiento de la bestia,
para fijarse en Gallardo, que atravesaba la plaza con menudo paso,
cimbreante el talle, en una mano la plegada muleta y moviendo con la
otra la espada cual si fuese un bastoncillo.

Todo el pblico del sol aplaudi, agradecido por esta aproximacin del
espada.

--Te los has meti en er borsiyo--dijo el _Nacional_, que estaba con el
capote preparado cerca del toro.

La muchedumbre manoteaba llamando al torero. Aqu, aqu! Cada uno
quera que matase al toro frente a su tendido, para no perder ni un
detalle, y el espada vacilaba entre los llamamientos contradictorios de
miles de bocas.

Con un pie en el estribo de la barrera, calculaba el lugar mejor para
dar muerte al toro. Haba que llevarlo ms all. Al torero le estorbaba
el cadver del caballo, que pareca llenar con su despanzurrada miseria
todo aquel lado de la plaza.

Iba a llamar al _Nacional_ para darle orden de que se llevase la
bestia, cuando oy a sus espaldas una voz conocida, una voz que no
adivin de quin era, pero que le hizo volverse rpidamente.

--Genas tardes, se Juan... Vamo a aplaud la verd!

Vio en primera fila, bajo la maroma de la contrabarrera, un chaquetn
plegado en el filo de la valla, cruzados sobre l unos brazos en mangas
de camisa y apoyada en las manos una cara ancha, afeitada recientemente,
con un sombrero metido hasta las orejas. Pareca un rstico bonachn
venido de su pueblo para presenciar la corrida.

Gallardo le reconoci. Era _Plumitas_.

Cumpla su promesa, y all estaba, audazmente, entre doce mil personas
que no podan reconocerle, saludando al espada, que sinti cierto
agradecimiento por esta muestra de confianza.

Gallardo se asombraba de su temeridad. Bajar a Sevilla, meterse en la
plaza, lejos de los montes y los desiertos, donde le era fcil la
defensa, sin el auxilio de sus dos compaeras, la jaca y la carabina, y
todo por verle matar toros!... De los dos, aquel hombre era el valiente.

Pens adems en su cortijo, que estaba a merced del _Plumitas_, en la
vida campestre, que slo era posible guardando buenas relaciones con
aquel personaje extraordinario. Para l deba ser el toro.

Sonri al bandido, que segua contemplndole con rostro plcido, se
quit la montera, y grit dirigindose a la revuelta muchedumbre, aunque
con los ojos fijos en _Plumitas_.

--Vaya por usts!

Arroj la montera al tendido, y las manos se abalanzaron unas contra
otras, luchando por atrapar el sagrado depsito.

Gallardo hizo sea al _Nacional_ para que con un capeo oportuno trajese
el toro hacia l.

Extendi su muleta el espada, y la bestia acometi con sonoro bufido,
pasando bajo el trapo rojo. Ol!, rugi la muchedumbre, familiarizada
ya con su antiguo dolo y dispuesta a encontrar admirable todo cuanto
hiciese.

Sigui dando pases al toro, entre las aclamaciones de la gente que
estaba a pocos pasos de l y vindole de cerca le daba consejos.
Cuidado, Gallardo! El toro estaba muy entero. No deba meterse entre l
y la barrera. Convena que guardase franca la salida.

Otros, ms entusiastas, excitaban su atrevimiento con audaces consejos.

--Surtale una de las tuyas... Zas! Estoc, y te lo metes en er
borsiyo.

Era demasiado grande y receloso el animal para que se lo pudiera meter
en el bolsillo. Excitado por la vecindad del caballo muerto, tena la
tendencia de volver a l, como si le embriagase el hedor de su vientre.

En una de las evoluciones, el toro, fatigado por la muleta, qued
inmvil sobre sus patas. Gallardo tena detrs de l el caballo muerto.
Era una mala situacin, pero de peores haba salido victorioso.

Quiso aprovechar la posicin de la bestia. El pblico le excitaba a
ello. Entre los hombres puestos de pie en la contrabarrera, con el
cuerpo echado adelante para no perder un detalle del momento decisivo,
reconoci a muchos aficionados populares que comenzaban a apartarse de
l y volvan ahora a aplaudirle, conmovidos por su muestra de
consideracin al pueblo.

--Aprovchate, gen mozo!... Vamo a ve la verd!... Trate de veras!

Gallardo volvi un poco la cabeza para saludar a _Plumitas_, que
permaneca sonriente, con la cara de luna asomada sobre los brazos y el
chaquetn.

--Por ust, camar!...

Se perfil con la espada al frente para entrar a matar, pero en el mismo
instante crey que la tierra temblaba, despidindolo a gran distancia,
que la plaza se vena abajo, que todo se volva negro y soplaba un
vendaval de feroz bramido. Vibr dolorosamente su cuerpo de pies a
cabeza, prximo a estallar; le zumb el crneo cual si reventase; una
mortal angustia contrajo su pecho... y cay en un vaco lbrego e
interminable, con la inconsciencia del no ser.

El toro, en el mismo instante en que l se dispona a entrar a matar,
haba arrancado inesperadamente contra l, atrado por la querencia
del caballo que estaba a sus espaldas. Fue un encontronazo brutal, que
hizo rodar y desaparecer entre sus patas aquel cuerpo forrado de seda y
oro. No lo enganch con los pitones, pero el golpe fue horrible,
demoledor, y testuz y cuernos, toda la defensa frontal de la fiera,
abati al hombre como una maza de hueso.

El toro, que slo vea al caballo, sinti entre sus patas un obstculo,
y despreciando el cadver de la bestia, se revolvi para atacar de nuevo
al brillante monigote que yaca inmvil en la arena. Lo levant con un
cuerno, arrojndolo a algunos pasos de distancia tras breve zarandeo, y
quiso volver sobre l por tercera vez.

La muchedumbre, aturdida por la velocidad con que haba ocurrido todo
esto, permaneca silenciosa, con el pecho oprimido. Lo iba a matar!
Tal vez lo haba matado ya!... De pronto, un alarido de todo el pblico
rompi este silencio angustioso. Una capa se tendi entre la fiera y la
vctima, un trapo casi pegado al testuz por unos brazos vigorosos que
pretendan cegar a la bestia. Era el _Nacional_, que, a impulsos de la
desesperacin, se arrojaba sobre el toro, queriendo ser cogido por ste
para librar al maestro. La bestia, aturdida por el nuevo obstculo, se
lanz contra l, volviendo el rabo al cado. El banderillero, metido
entre los cuernos, corri de espaldas agitando la capa, no sabiendo cmo
librarse de esta situacin peligrosa, pero satisfecho al ver que alejaba
al toro del herido.

El pblico casi olvid al espada, impresionado por este nuevo incidente.
El _Nacional_ iba a caer tambin; no poda salirse de entre los cuernos:
la fiera le llevaba ya casi enganchado... Gritaban los hombres, como si
sus gritos pudieran servir de auxilio al perseguido; suspiraban de
angustia las mujeres, volviendo la cara y agarrndose convulsas las
manos; hasta que el banderillero, aprovechando un momento en que la
fiera bajaba la cabeza para engancharle, se sali de entre los cuernos,
quedando a un lado, mientras aqulla corra ciegamente conservando el
capote desgarrado entre las astas.

La emocin estall en un aplauso ensordecedor. La muchedumbre,
tornadiza, impresionada nicamente por el peligro del momento, aclamaba
al _Nacional_. Fue uno de los mejores momentos de su vida. El pblico,
ocupado en aplaudirle, apenas se fij en el cuerpo innime de Gallardo,
que era sacado del redondel, con la cabeza cada, entre toreros y
empleados de la plaza.

Al anochecer, slo se habl en la ciudad de la cogida de Gallardo: la
ms terrible de su vida. A aquellas horas se estaban publicando hojas
extraordinarias en muchas ciudades, y los peridicos de toda Espaa
daban cuenta del suceso con extensos comentarios. Funcionaba el
telgrafo lo mismo que si un personaje poltico acabase de ser vctima
de un atentado.

Circulaban por la calle de las Sierpes noticias aterradoras, exageradas
por el hiperblico comentario meridional. Acababa de morir el pobre
Gallardo. El que daba el triste aviso le haba visto en una cama de la
enfermera de la plaza blanco como el papel y con una cruz entre las
manos. Otro se presentaba con noticias menos lgubres. An no haba
muerto, pero morira de un momento a otro.

--Lo ti suerto too: er corazn, los reaos, too! Ar probesito lo ha
dejao er bicho como una criba.

Habanse establecido guardias en los alrededores de la plaza, para que
la gente ansiosa de noticias no asaltase la enfermera. Fuera del circo
agolpbase la muchedumbre, preguntando a los que entraban y salan por
el estado del espada.

El _Nacional_, vestido an con el traje de lidia, se asom varias veces,
malhumorado y ceudo, dando gritos y enfadndose porque no estaba
dispuesto lo necesario para la traslacin del maestro a su casa.

La gente, al ver al banderillero, olvidaba al herido para felicitarle.

--Se Sebastin, ha estao ust mu geno. Si no es por ust!...

Pero l rehusaba estas felicitaciones. Qu importaba lo que l hubiese
hecho? Todo... lquido! Lo interesante era el pobre Juan, que estaba
en la enfermera luchando con la muerte.

--Y cmo est, se Sebastin?--preguntaba la gente, volviendo a su
primer inters.

--Muy malito. Ahora acaba de gorverle el conosimiento. Tiene una pierna
hecha porvo, un puntaso bajo el brazo, y qu s yo!... El probe est
como mi santo... Vamo a yevarlo a casa.

Cerrada la noche, sali Gallardo del circo tendido en una camilla. La
multitud marchaba silenciosa detrs de l. El viaje fue largo. A cada
momento, el _Nacional_, que iba con la capa al brazo, confundiendo su
traje vistoso de torero con los vulgares de la muchedumbre, inclinbase
sobre el hule de la cubierta de la camilla y mandaba descansar a los
portadores.

Los mdicos de la plaza caminaban detrs, y con ellos el marqus de
Moraima y don Jos el apoderado, que pareca prximo a desmayarse en los
brazos de algunos compaeros de los _Cuarenta y cinco_, todos
confundidos y revueltos por la comn emocin con las gentes desarrapadas
que seguan al torero.

La muchedumbre estaba consternada. Era un desfile triste, como si
acabase de ocurrir uno de esos desastres nacionales que suprimen las
diferencias de clases y nivelan a todos los hombres bajo el infortunio
general.

--Qu desgrasia, se marqu!--dijo al de Moraima un rstico mofletudo
y rubio llevando el chaquetn sobre un hombro.

Por dos veces haba apartado rudamente a uno de los portadores de la
camilla, queriendo ayudar a su conduccin. El marqus le mir con
simpata. Deba ser alguno de aquellos hombres del campo que estaban
acostumbrados a saludarle en los caminos.

--S; una desgrasia grande, muchacho.

--Y cree ust que morir, se marqu?...

--Eso se teme, a menos que no lo salve un milagro. Est hecho porvo.

Y el marqus, poniendo su diestra en un hombro del desconocido, pareca
agradecer la tristeza que se reflejaba en su rostro.

La llegada a la casa de Gallardo fue penosa. Sonaron adentro, en el
patio, alaridos de desesperacin. En la calle gritaban y se mesaban los
pelos otras mujeres vecinas y amigas de la familia, que crean ya muerto
a Juanillo.

_Potaje_, con otros camaradas, tuvo que oponer en la puerta el
obstculo de su cuerpo, repartiendo empellones y golpes para que la
multitud no asaltase la casa en seguimiento de la camilla. La calle
qued repleta de una muchedumbre que zumbaba comentando el suceso. Todos
miraban la casa, con la ansiedad de adivinar algo al travs de las
paredes.

La camilla penetr en una habitacin inmediata al patio, y el espada,
con minuciosas precauciones, fue trasladado a la cama. Estaba envuelto
en trapos y vendajes sanguinolentos que olan a fuertes antispticos. De
su traje de lidia slo conservaba una media de color rosa. Las ropas
interiores estaban rotas en unos sitios y cortadas en otros por tijeras.

La coleta penda deshecha y enmaraada sobre su cuello; el rostro tena
una palidez de hostia. Abri los ojos al sentir una mano en las suyas, y
sonri levemente viendo a Carmen, pero una Carmen tan blanca como l,
con los ojos secos, la boca lvida y una expresin de espanto, como si
fuese aquel su ltimo instante.

Los graves seores amigos del espada intervinieron prudentemente.
Aquello no poda continuar: Carmen deba retirarse. An no se haba
hecho al herido mas que la primera cura, y quedaba mucho trabajo para
los mdicos.

La esposa acab por salir de la habitacin, empujada por los amigos de
la casa. El herido hizo una sea con los ojos al _Nacional_, y ste se
inclin, esforzndose por comprender su ligero susurro.

--Dice Juan--murmur saliendo al patio--que telegrafen en seguida al
doct Ruiz.

El apoderado le contest, satisfecho de su previsin. Ya haba
telegrafiado l a media tarde, al convencerse de la importancia de la
desgracia. Era casi seguro que el doctor estara a aquellas horas en
camino, para llegar a la maana siguiente.

Despus de esto, don Jos sigui preguntando a los mdicos que haban
hecho la cura en la plaza. Pasado su primer aturdimiento, mostrbanse
stos ms optimistas. Era posible que no muriese. Tena aquel organismo
tales energas!... Lo temible era la conmocin que haba sufrido, el
sacudimiento, capaz de matar a otros instantneamente; pero ya haba
salido del colapso y recobrado sus sentidos, aunque la debilidad era
grande... Cuanto a las heridas, no las consideraban de peligro. Lo del
brazo era poca cosa; tal vez quedase menos gil que antes. Lo de la
pierna no ofreca iguales esperanzas. El hueso estaba fracturado:
Gallardo poda quedar cojo.

Don Jos, que haba hecho esfuerzos para mostrarse impasible cuando
horas antes consideraban todos inevitable la muerte del espada, se
conmovi al or esto. Cojo su matador!... Entonces no podra
torear?...

Indignbase ante la calma con que hablaban los mdicos de la posibilidad
de que Gallardo quedase intil para el toreo.

--Eso no puede ser. Ustedes creen lgico que Juan viva y no toree?...
Quin ocupara su puesto? Que no puede ser digo! El primer hombre del
mundo... y quieren que se retire!

Pas la noche en vela con los individuos de la cuadrilla y el cuado de
Gallardo. Este, tan pronto estaba en la habitacin del herido como suba
al piso superior para consolar a las mujeres, oponindose a su propsito
de ver al torero. Deban obedecer a los mdicos y evitar emociones al
enfermo. Juan estaba muy dbil, y esta debilidad inspiraba ms cuidado a
los doctores que las heridas.

A la maana siguiente, el apoderado corri a la estacin. Lleg el
expreso de Madrid, y en l el doctor Ruiz. Vena sin equipaje, vestido
con el abandono de siempre, sonriendo bajo su barba de un blanco
amarillento, bailotendole en el suelto chaleco, con el vaivn de sus
piernas cortas, el grueso abdomen, semejante al de un Buda. Haba
recibido la noticia en Madrid al salir de una corrida de novillos
organizada para dar a conocer a cierto nio de las Ventas. Una
payasada que le haba divertido mucho... Y rea, tras una noche de
cansancio en el tren, recordando esta corrida grotesca, como si hubiese
olvidado el objeto de su viaje.

Al entrar en la habitacin del torero, ste, que pareca sumido en el
limbo de su debilidad, abri los ojos y le reconoci, animndose con una
sonrisa de confianza. Ruiz, luego de escuchar en un rincn los susurros
de los mdicos que haban hecho la primera cura, se aproxim al enfermo
con aire resuelto.

--Animo, buen mozo, que de sta no acabas! Tienes una suerte!...

Y luego aadi, dirigindose a sus colegas:

--Pero qu magnfico animal este Juanillo! Otro, a estas horas, no nos
dara ningn trabajo.

Le reconoci con gran atencin. Una cogida de cuidado; pero haba visto
tantas!... En los casos de enfermedades que llamaba corrientes,
vacilaba indeciso, no atrevindose a sostener una opinin. Pero las
cogidas de toro eran su especialidad, y en ellas aguardaba siempre las
ms estupendas curaciones, como si los cuernos diesen al mismo tiempo la
herida y el remedio.

--El que no muere en la misma plaza--deca--casi puede decir que se ha
salvado. La curacin no es mas que asunto de tiempo.

Durante tres das permaneci Gallardo sometido a operaciones atroces,
rugiendo de dolor, pues su estado de debilidad no le permita ser
anestesiado. De una pierna le extrajo el doctor Ruiz varias esquirlas de
hueso, fragmentos de la tibia fracturada.

--Quin ha dicho que ibas a quedar intil para la lidia?--exclam el
doctor, satisfecho de su habilidad--. Torears, hijo; an te ha de
aplaudir mucho el pblico.

El apoderado asenta a estas palabras. Lo mismo haba credo l. As
poda acabar su vida aquel mozo, que era el primer hombre del mundo?...

Por mandato del doctor Ruiz, la familia del torero se haba trasladado a
la casa de don Jos. Estorbaban las mujeres: su proximidad era
intolerable en las horas de operacin. Bastaba un quejido del torero,
para que al momento respondiesen desde todos los extremos de la casa,
como ecos dolorosos, los alaridos de la madre y la hermana, y hubiera
que contener a Carmen, que se debata como una loca, queriendo ir al
lado de su marido.

El dolor haba trastornado a la esposa, hacindola olvidar sus rencores.
Muchas veces su llanto era de remordimiento, pues se crea autora
inconsciente de aquella desgracia.

--Yo tengo la curpa, lo s!--deca con desesperacin al _Nacional_--.
Repiti muchas veces que ojal lo cogiese un toro, pa acabar de una
vez! He sido muy mala: le he amargao la vida.

En vano el banderillero haca memoria del suceso, con toda clase de
detalles, para convencerla de que la desgracia haba sido casual. No;
Gallardo, segn ella, haba querido acabar para siempre, y a no ser por
el banderillero, le habran sacado muerto del redondel.

Cuando terminaron las operaciones, la familia volvi a la casa.

Entraba Carmen en la habitacin del herido con leve paso, bajos los
ojos, como avergonzada de su anterior hostilidad.

--Cmo ests?--preguntaba cogiendo entre sus dos manos una de Juan.

Y as permaneca, silenciosa y tmida, en presencia de Ruiz y otros
amigos que no se apartaban de la cama del herido.

De estar sola, tal vez se habra arrodillado ante su esposo, pidindole
perdn. Pobrecito! Lo haba desesperado con sus crueldades,
impulsndolo a la muerte. Haba que olvidarlo todo. Y su alma sencilla
asomaba a los ojos con una expresin abnegada y cariosa, mezcla de amor
y ternura maternal.

Gallardo pareca empequeecido por el dolor, flaco, plido, con un
encogimiento infantil. Nada quedaba del mozo arrogante que enardeca a
los pblicos con sus audacias. Quejbase de su quietismo, de aquella
pierna sometida a la inmovilidad, con un peso abrumador, como si fuese
de plomo. Pareca acobardado por las terribles operaciones sufridas en
pleno conocimiento. Su antigua dureza para el dolor haba desaparecido,
y gema a la ms leve molestia.

Su cuarto era a modo de un lugar de reunin, por donde pasaban durante
el da los aficionados ms clebres de la ciudad. El humo de los
cigarros mezclbase al hedor del yodoformo y otros olores fuertes. En
las mesas asomaban entre los frascos de medicamentos y los paquetes de
algodones y vendajes las botellas de vino con que eran obsequiados los
visitantes.

--Eso no es nada--gritaban los amigos, queriendo animar al torero con su
ruidoso optimismo--. Dentro de un par de meses ya ests toreando. En
buenas manos has cado. El doctor Ruiz hace milagros.

El doctor se mostraba igualmente alegre.

--Ya tenemos hombre. Mrenlo ustedes: ya fuma. Y enfermo que fuma...!

Hasta altas horas de la noche acompaaban al herido el doctor, el
apoderado y algunos individuos de la cuadrilla. Cuando llegaba _Potaje_,
quedbase cerca de una mesa, procurando tener las botellas al alcance de
la mano.

La conversacin entre Ruiz, el apoderado y el _Nacional_ era siempre
sobre los toros. Imposible juntarse con don Jos para hablar de otra
cosa. Comentaban los defectos de todos los espadas, discutan sus
mritos y el dinero que ganaban, mientras el enfermo escuchbales en
forzosa inmovilidad o caa en una torpeza soolienta, mecido por el
susurro de la conversacin.

Las ms de las veces era el doctor el nico que hablaba, seguido en el
curso de sus palabras por los ojos admirativos y graves del _Nacional_.
Lo que saba aquel hombre!... El banderillero, a impulsos de la fe,
retiraba a don Joselito, al maestro, una parte de su confianza, y
preguntaba al doctor cundo sera la revolucin.

--Y a ti qu te importa? T lo que debes desear es conocer a los toros
para librarte de una desgracia, y torear mucho para llevar dinero a la
familia.

El _Nacional_ protestaba de esta humillacin que pretenda imponerle por
su carcter de torero. El era un ciudadano como los dems, un elector al
que buscaban los personajes polticos en das de elecciones.

--Yo creo que tengo derecho a opinar. Digo, me paece!... Yo soy del
comit de mi partido: eso es... Que soy torero? Ya s que es un ofisio
bajo y reasionario, pero eso no quita que tenga mis ideas.

Insista en lo de la reaccin, sin hacer caso de las burlas de don Jos,
pues l, aun respetando mucho a ste, slo hablaba para el doctor Ruiz.
La culpa de todo la tena Fernando VII, s seor; un tirano que al
cerrar las universidades y abrir la Escuela de Tauromaquia de Sevilla
haba hecho odioso este arte, poniendo en ridculo al toreo.

--Mardito sea el tirano, dotor!

El _Nacional_ conoca la historia poltica del pas en relacin con la
tauromaquia, y a la par que execraba al _Sombrerero_ y otros lidiadores
partidarios del rey absoluto, haca memoria del arrogante Juan Len,
desafiador de los pblicos durante la poca del absolutismo, el cual se
presentaba a torear en traje negro, ya que a los liberales les llamaban
negros, y tena que salir de la plaza entre las amenazas del
populacho, afrontando impvido sus iras. El _Nacional_ insista en sus
creencias. El toreo era arte de otros tiempos, oficio de brbaros, pero
tambin tena sus hombres dignos de iguales consideraciones que los
dems.

--Y de dnde sacas eso de reaccionario?--dijo el doctor--. T eres una
buena persona, _Nacional_, con los mejores deseos del mundo, pero
tambin eres un ignorante.

--Eso--exclam don Jos--, eso es la verdad. En el comit lo han vuelto
medio tonto con sermones y soflamas.

--El toreo es un progreso--continu el doctor, sonriendo--, te enteras,
Sebastin? un progreso de las costumbres de nuestro pas, una
dulcificacin de las diversiones populares a que se entregaban los
espaoles de otros tiempos; esos tiempos de que te habr hablado muchas
veces tu don Joselito.

Y Ruiz, con una copa en la mano, hablaba y hablaba, detenindose
solamente para beber un sorbo.

--Eso de que el toreo es antiqusimo no pasa de ser una enorme mentira.
Se mataban fieras en Espaa para diversin de la gente, pero no exista
el toreo tal como hoy se conoce. El Cid alanceaba toros, conforme; los
caballeros moros y cristianos se entretenan en los cosos; pero ni
exista el torero de profesin, ni a los animales se les daba una
muerte noble y conforme a reglas.

El doctor evocaba el pasado de la fiesta nacional durante siglos. Slo
en muy contadas circunstancias, cuando se casaban los reyes, se firmaba
una paz o se inauguraba una capilla en una catedral, celebrbanse tales
sucesos con corridas de toros. Ni haba regularidad en la repeticin de
estas fiestas, ni se conoca el lidiador profesional. Los apuestos
caballeros, vestidos de brillantes sedas, salan al coso, jinetes en sus
corceles, para alancear la bestia o rejonearla ante los ojos de las
damas. Si el toro llegaba a desmontarlos, tiraban de la espada, y con
ayuda de los lacayos daban muerte a la bestia, hirindola donde podan,
sin ajustarse a regla alguna. Cuando la corrida era popular, bajaba a la
arena la muchedumbre, atacando en masa al toro, hasta que consegua
derribarlo, rematndole a pualadas.

--No existan las corridas de toros--continuaba el doctor--. Aquello
eran caceras de reses bravas... Bien considerado, la gente tena otras
ocupaciones y contaba con otras fiestas propias de la poca, no
necesitando perfeccionar esta diversin.

El espaol belicoso tena como medio seguro de abrirse paso las guerras
incesantes en diversos territorios de Europa y el embarcarse para las
Amricas, siempre necesitadas de hombres valerosos. Adems, la religin
daba con frecuencia espectculos emocionantes, en los cuales sentase el
escalofro que proporciona el peligro ajeno y se ganaban indulgencias
para el alma. Los autos de fe, seguidos de quemas de hombres, eran
espectculos fuertes que quitaban inters a unos juegos con simples
animales montaraces. La Inquisicin resultaba la gran fiesta nacional.

--Pero lleg un da--sigui diciendo Ruiz con fina sonrisa--en que la
Inquisicin comenz a debilitarse. Todo se gasta en este mundo. Al fin
se muri de vieja, mucho antes de que la suprimiesen las leyes
revolucionarias. Estaba cansada de existir; el mundo haba cambiado, y
sus fiestas resultaban algo semejante a lo que sera una corrida de
toros en Noruega, entre hielos y con cielo obscuro. Le faltaba ambiente.
Comenz a sentir vergenza de quemar hombres, con todo su aparato de
sermones, vestiduras ridculas, abjuraciones, etc. Ya no se atrevi a
dar autos de fe. Cuando le era necesario revelar que an exista,
contentbase con unos azotes dados a puerta cerrada. Al mismo tiempo,
los espaoles, cansados de andar por el mundo en busca de aventuras, nos
metimos en casa: ya no hubo ms guerras en Flandes ni en Italia; se
termin la conquista de Amrica con el continuo embarque de aventureros,
y entonces fue cuando comenz el arte del toreo, y se construyeron
plazas permanentes, y se formaron cuadrillas de toreros de profesin, y
se ajust la lidia a reglas, y se crearon tal como hoy las conocemos las
suertes de banderillas y de matar. La muchedumbre encontr la fiesta muy
de su gusto. El toreo se hizo democrtico al convertirse en una
profesin. Los caballeros fueron sustituidos por plebeyos, que cobraban
al exponer su vida, y el pueblo entr en masa en las plazas como nico
seor, dueo de sus actos, pudiendo insultar desde las gradas a la misma
autoridad que le inspiraba terror en la calle. Los hijos de los que
asistan con religioso y concentrado entusiasmo al achicharramiento de
herejes y judaizantes se dedicaron a presenciar con ruidosa algazara la
lucha del hombre con el toro, en la que slo de tarde en tarde llega la
muerte para el lidiador. No es esto un progreso?...

Ruiz insista en su idea. A mediados del siglo XVIII, cuando Espaa se
meta en su caparazn, renunciando a lejanas guerras y nuevas
colonizaciones, y se extingua por falta de ambiente la fra crueldad
religiosa, era cuando floreca el torero. El herosmo popular necesitaba
nuevos caminos para subir hasta la notoriedad y la fortuna. La ferocidad
de la muchedumbre, habituada a fiestas de muerte, necesitaba una vlvula
de escape para dar expansin a su alma, educada durante siglos en la
contemplacin de suplicios. El auto de fe era sustituido por la corrida
de toros. El que un siglo antes hubiese sido soldado en Flandes o
colonizador militar de las soledades del Nuevo Mundo, convertase en
torero. El pueblo, al ver cerradas sus fuentes de expansin, labraba con
la nueva fiesta nacional una salida gloriosa para todos los ambiciosos
que tenan valor y audacia.

--Un progreso--continu el doctor--. Me parece que est claro. Por eso
yo, que soy revolucionario en todo, no me avergenzo de decir que me
gustan los toros... El hombre necesita el picante de la maldad para
alegrar la monotona de su existencia. Tambin es malo el alcohol y
sabemos que nos hace dao, pero casi todos lo bebemos. Un poco de
salvajismo de vez en cuando da nuevas energas para continuar la
existencia. Todos gustamos de volver la vista atrs, de tarde en tarde,
y vivir un poco la vida de nuestros remotos abuelos. La brutalidad hace
renacer en nuestro interior fuerzas misteriosas que no es conveniente
dejar morir. Que las corridas de toros son brbaras? Conforme; pero no
son la nica fiesta brbara del mundo. La vuelta a los placeres
violentos y salvajes es una enfermedad humana que todos los pueblos
sufren por igual. Por eso yo me indigno cuando veo a los extranjeros
fijar sus ojos en Espaa, como si slo aqu existiesen fiestas de
violencia.

Y el doctor clamaba contra las intiles carreras de caballos, en las
cuales mueren muchos ms hombres que en las corridas de toros; contra
las caceras de ratas por perros amaestrados, presenciadas por pblicos
cultos; contra los juegos del _sport_ moderno, de los que salen los
campeones con las piernas rotas, el crneo fracturado o las narices
aplastadas; contra el duelo, las ms de las veces sin otra causa que un
deseo malsano de publicidad.

--El toro y el caballo--clamaba Ruiz--hacen llorar de pena a esas gentes
que no gritan en sus pases al ver cmo cae en el hipdromo un animal de
carreras reventado, con las patas rotas, y que consideran como
complemento de la belleza de toda gran ciudad el establecimiento de un
jardn zoolgico.

El doctor Ruiz se indignaba de que en nombre de la civilizacin se
anatematizase por brbara y sangrienta la corrida de toros, y en nombre
de la misma civilizacin se alojasen en un jardn los animales ms
dainos e intiles de la tierra, mantenindolos y calentndolos con un
lujo principesco. Para qu esto? La ciencia los conoca perfectamente y
los tena ya catalogados. Si el exterminio repugnaba a ciertas almas,
por qu no clamar contra las obscuras tragedias que todos los das se
desarrollaban en las jaulas de los parques zoolgicos? La cabra de
trmulo balido y cuernos intiles vease metida sin defensa en el antro
de la pantera, y all sufra la arremetida que quebraba sus huesos con
espeluznante crujido, hundiendo la bestia sus zarpas en las entraas de
la vctima y el hocico en su sangre humeante. Los mseros conejos
arrancados a la paz olorosa del monte temblaban de miedo al sentir
erizarse su pelaje bajo el soplo de la boa, que pareca hipnotizarlos
con sus ojos y avanzaba traidora las revueltas de sus pintarrajeados
anillos para ahogarlos con glacial presin... Cientos de pobres
animales respetables por su debilidad moran para el sustento de bestias
feroces completamente intiles, guardadas y festejadas en ciudades que
se crean de la mayor civilizacin; y de esas mismas ciudades salan
insultos para la barbarie espaola, porque hombres valerosos y giles,
siguiendo reglas de indiscutible sabidura, mataban frente a frente a
una fiera arrogante y temible, en pleno sol, bajo el cielo azul, ante
una muchedumbre ruidosa y multicolor, uniendo a la emocin del peligro
el encanto de la belleza pintoresca... Vive Dios!...

--Nos insultan porque somos ahora poca cosa--deca Ruiz, indignndose
contra lo que consideraba una injusticia universal--. Nuestro mundo es
como un mono, que imita los gestos y placeres de aquel a quien acata
como amo. Ahora manda Inglaterra, y en uno y otro hemisferio privan las
carreras de caballos, y la gente se aburre viendo correr unos jacos por
una pista, espectculo que no puede ser ms soso. Las verdaderas
corridas de toros llegaron muy tarde, cuando ya bamos de capa cada. Si
en tiempos de Felipe II hubiesen tenido la misma importancia que hoy,
an quedaran plazas abiertas en muchos pases de Europa... Que no me
hablen de los extranjeros! Yo los admiro porque han hecho revoluciones,
y mucho de lo que pensamos se lo debemos a ellos; pero en esto de los
toros, vamos, hombre... que no dicen mas que disparates!

Y el vehemente doctor, con ceguera de fantico, confunda en su
execracin a todos los pueblos del planeta que abominan de la fiesta
espaola, manteniendo al mismo tiempo otras diversiones sanguinarias que
no pueden siquiera justificarse con el pretexto de su hermosura.

A los diez das de permanencia en Sevilla, el doctor regres a Madrid.

--Vaya, buen mozo--dijo al enfermo--. T no me necesitas, y yo tengo
mucho que hacer. Nada de imprudencias. Pasados dos meses, estars sano y
fuerte. Es posible que quedes algo resentido de la pierna, pero tienes
una naturaleza de hierro y saldrs adelante.

La curacin de Gallardo sigui los trminos anunciados por Ruiz. Cuando,
pasado un mes, la pierna fue libertada de su forzado quietismo, el
torero, dbil y cojeando un poco, pudo ir a sentarse en un silln del
patio, lugar donde reciba a sus amigos.

Durante su enfermedad, cuando la fiebre le acometa, sumindole en
lbregas pesadillas, un pensamiento, siempre el mismo, mantenase firme
en medio de sus desvaros imaginativos. Se acordaba de doa Sol.
Conocera aquella mujer su desgracia?...

Estando an en la cama se atrevi a preguntar a su apoderado por ella,
un da en que quedaron solos.

--S, hombre--dijo don Jos--. Se ha acordado de ti. Me envi un
telegrama desde Niza preguntando por tu salud a los tres das de la
desgracia. Indudablemente se enter por los peridicos. Han hablado de
ti en todas partes, como si fueses un rey.

El apoderado haba contestado al telegrama, no sabiendo despus nada de
ella.

Qued Gallardo satisfecho por esta noticia durante algunos das, pero
luego volvi a preguntar, con la insistencia del enfermo que cree
pendiente a todo el mundo del estado de su salud. No haba escrito? No
haba preguntado ms por l?... El apoderado intentaba excusar el
silencio de doa Sol, consolando de este modo al espada. Deba pensar
que aquella seora estaba siempre viajando. A saber dnde se hallara
en aquel momento!...

Pero la tristeza del torero al creerse olvidado oblig a don Jos a
mentir piadosamente. Das antes haba recibido una breve carta de
Italia, en la que doa Sol le peda noticias del herido.

--A verla!--dijo con ansiedad el espada.

Y como el apoderado se excusase pretextando haberla olvidado en su casa,
Gallardo implor este consuelo. Trigala ust. Me gustara tanto ver
su letra, convencerme de que se acuerda de m!...

Para evitar nuevas complicaciones en sus embustes, don Jos sigui
inventando una correspondencia que nunca llegaba a sus manos, por ir
dirigida a otro. Doa Sol escriba, segn l, al marqus por los asuntos
de su fortuna, y al final de todas las cartas preguntaba por la salud de
Gallardo. Otras veces eran las cartas a un primo suyo, y en ellas haba
iguales recuerdos para el torero.

Gallardo escuchaba complacido estas noticias, pero al mismo tiempo mova
la cabeza con expresin de duda. Cundo volvera a verla!... La vera
alguna vez?... Ay, aquella mujer caprichosa, que haba huido sin
motivo, a impulsos de su extrao carcter!

--Lo que t debes hacer--deca el apoderado--es olvidarte del mujero,
para pensar un poco en los negocios. Ya no ests en la cama, ya ests
casi bueno. Cmo te sientes de fuerzas? Di: toreamos o no? Tienes todo
lo que queda de invierno para ponerte fuerte. Se admiten contratas o
renuncias este ao a torear?...

Gallardo levant la cabeza con arrogancia, como si le propusieran algo
deshonroso. Renunciar al toreo? Pasar un ao sin que le viesen en el
redondel?... Es que los pblicos podran resignarse a esta ausencia?

--Admita ust, don Jos. De aqu a la primavera hay tiempo pa ponerse
fuerte. Yo toreo lo que me pongan delante. Puee ust comprometerse pa
la corra de Pascua de Resurrecsin. Me paece que esta pierna va a darme
mucho que hac, pero pa entonces, si quiere Di, estar como si fuese de
jierro.

Dos meses tard el torero en sentirse fuerte. Cojeaba ligeramente y
senta menos agilidad en los brazos; pero estas molestias desprecibalas
como insignificantes al sentir que las fuerzas de la salud volvan a
animar su cuerpo vigoroso.

Vindose a solas en la habitacin conyugal--pues haba vuelto a ella al
abandonar su cuarto de enfermo--, plantbase frente a un espejo y se
perfilaba lo mismo que si estuviese ante un toro, poniendo un brazo
sobre otro en forma de cruz, cual si tuviera en sus manos la espada y la
muleta. Zas! Estocada al toro invisible. Hasta el mismo puo!... Y
sonrea satisfecho pensando en la decepcin que iban a sufrir sus
enemigos, los cuales profetizaban su inmediata decadencia siempre que
sufra una cogida.

Le faltaba el tiempo para verse en el redondel. Ansiaba la gloria de los
aplausos, la aclamacin de las muchedumbres, con el anhelo de un
principiante; como si la reciente cogida hubiese desdoblado su
existencia; como si el Gallardo de antes fuese otro, y l tuviera que
comenzar de nuevo su carrera.

Para fortalecerse, decidi pasar el resto del invierno con su familia en
_La Rinconada_. La caza y las marchas largas fortaleceran su pierna
quebrantada. Adems, montara a caballo para vigilar los trabajos,
visitara los ganados de cabras, las piaras de cerdos, la vacada y las
jacas que pastaban en los prados. La administracin del cortijo no
marchaba bien. Todo le costaba ms que a los otros propietarios, y los
productos resultaban menores. Era una hacienda de torero habituado a la
generosidad, a ganar gruesas cantidades, sin conocer las restricciones
de la economa. Sus viajes durante una parte del ao y aquella
desgracia, que haba trado a su casa el aturdimiento y el desorden,
hacan que los negocios no marchasen bien.

Antonio su cuado, que se haba establecido por una temporada en el
cortijo con aires de dictador, queriendo ponerlo todo en orden, slo
haba servido para embrollar la marcha de los trabajos y provocar la ira
de los jornaleros. Gracias que Gallardo contaba con el ingreso seguro de
las corridas, riqueza inagotable que reparaba con exceso sus
despilfarros y torpezas.

Antes de salir para _La Rinconada_, la seora Angustias quiso que su
hijo fuese a arrodillarse ante la Virgen de la Esperanza. Era una
promesa que haba hecho en aquel anochecer lgubre, cuando le vio llegar
tendido en la camilla, plido e inmvil como un muerto. Las veces que
haba llorado a la Macarena, la hermosa reina de los cielos, de largas
pestaas y mejillas morenas, pidindola que no olvidase a su pobre
Juanillo!

La fiesta fue un acontecimiento popular.

Los jardineros del barrio de la Macarena fueron llamados por la madre
del espada, y el templo de San Gil se llen de flores, formando altos
ramos como pirmides en los altares, esparcindose en guirnaldas entre
los arcos, pendiendo en gruesos ramilletes de las lmparas.

Fue una maana de sol cuando se verific la santa ceremonia. A pesar de
que el da era de trabajo, se llen el templo de lo mejorcito de los
barrios inmediatos: gruesas mujeres de ojos negros y cuello corto, con
el corpio y la falda hinchados por abultadas curvas, vistiendo trajes
negros de seda y con mantillas de blonda sobre el rostro plido;
menestrales recin afeitados, con terno nuevo, sombrero redondo y gran
cadena de oro en el chaleco. Acudan a bandadas los mendigos, como si
se celebrase una boda, formando en doble fila a las puertas del templo.
Las comadres del barrio, despeluznadas y con nios al brazo,
agrupbanse, esperando con impaciencia la llegada de Gallardo y su
familia.

Iba a cantarse una misa con acompaamiento de orquesta y de voces: algo
extraordinario, como la pera, del Teatro de San Fernando cuando
llegaban las Pascuas. Luego entonaran los sacerdotes el _Te Deum_ en
accin de gracias por la salvacin del seor Juan Gallardo, lo mismo que
cuando el rey entraba en Sevilla.

Se present la comitiva abrindose paso en el gento. La madre y la
esposa del torero, entre parientas y amigas, marchaban al frente,
haciendo crujir a su paso la gruesa seda de las faldas negras y
sonriendo dulcemente bajo sus mantillas. Detrs vena Gallardo, seguido
de una escolta interminable de toreros y amigos, todos vestidos de
colores claros, con cadenas y sortijas de escandaloso brillo, llevando
en las cabezas fieltros blancos, que contrastaban con la negrura de los
trajes femeninos.

Gallardo mostrbase grave. Era un buen creyente. Se acordaba poco de
Dios y blasfemaba de l en los momentos difciles, con el automatismo de
la costumbre; pero ahora era otra cosa: iba a darle gracias a la
Santsima Macarena, y penetr en el templo con aire compungido.

Todos entraron, menos el _Nacional_, que abandon a su mujer y a la
prole, quedndose en la plazoleta.

--Yo soy librepensaor--crey del caso afirmar ante un grupo de amigos--.
Yo respeto toas las creencias; pero lo de ah dentro, pa m, es...
lquido. No quiero faltarle a la Macarena ni quitarle lo suyo; pero
camar, si mangue no acude a tiempo a llevarse al toro cuando Juaniyo
estaba en el suelo...!

Por las puertas abiertas llegaban hasta la plaza los gemidos de los
instrumentos, las voces de los cantores, una meloda dulzona y
voluptuosa acompaada de las bocanadas de perfume de las flores y el
olor de la cera.

Fumaron cigarro tras cigarro los toreros y aficionados que se agrupaban
fuera del templo. De vez en cuando se desprendan algunos para ir a
entretener la espera en la taberna ms cercana.

Cuando volvi a salir la comitiva, los pobres se abalanzaron, riendo y
manoteando bajo los puados de monedas. Para todos haba. El maestro
Gallardo era rumboso.

La seora Angustias lloraba, con la cabeza apoyada en el hombro de una
amiga.

En la puerta de la iglesia apareci el espada, sonriente y magnfico,
dando el brazo a su mujer, que iba trmula de emocin y bajaba los ojos,
temblndole una lgrima entre sus pestaas.

Carmen crey que acababa de casarse por segunda vez.




VII


Al llegar Semana Santa, Gallardo dio una gran alegra a su madre.

En aos anteriores sala el espada en la procesin de la parroquia de
San Lorenzo, como devoto de Nuestro Padre Jess del Gran Poder,
vistiendo tnica negra de alta caperuza con una mscara que slo dejaba
visible los ojos.

Era la cofrada de los seores, y el torero, al verse camino de la
fortuna, ingres en ella, huyendo de las cofradas populares, en las que
la devocin iba acompaada de embriaguez y escndalo.

Gallardo hablaba con orgullo de la seriedad de esta asociacin
religiosa. Todo puntual y bien disciplinado, lo mismo que en el
ejrcito. Cuando, en la noche del Jueves Santo, el reloj de San Lorenzo
daba el segundo golpe de las dos de la madrugada, abranse
instantneamente las puertas y apareca ante los ojos de la muchedumbre
agolpada en la obscuridad de la plaza todo el interior del templo lleno
de luces y con la cofrada formada.

Los negros encapuchados, silenciosos y lgubres, sin otra vida que el
brillo de los ojos al travs de la sombra mscara, avanzaban de dos en
dos con lento paso, guardando un ancho espacio entre pareja y pareja,
empuando el hachn de lvida llama y arrastrando por el suelo la larga
cola de sus tnicas.

La multitud, con esa impresionabilidad fcil de los pueblos
meridionales, contemplaba absorta el paso de los encapuchados, a los que
llamaba nazarenos, mscaras misteriosas que eran tal vez grandes
seores, llevados por la devocin tradicional a figurar en este desfile
nocturno que acababa luego de salido el sol.

Era una cofrada de silencio. Los nazarenos no podan hablar, y
marchaban escoltados por guardias municipales, cuidadosos de que los
importunos no se llegasen a ellos para molestarles. Abundaban los
borrachos en la multitud. Vagaban por las calles devotos incansables
que, en memoria de la Pasin del Seor, comenzaban a pasear su
religiosidad de taberna en taberna el Mircoles Santo, y no terminaban
sus estaciones hasta el sbado, en que los recogan definitivamente,
despus de haber dado innumerables cadas en todas las callejuelas, que
eran para ellos otras tantas calles de Amargura.

Cuando los cofrades, obligados al silencio bajo pena de pecado,
marchaban solos en la procesin, estos impos, a quienes el vino quitaba
todo escrpulo moral, colocbanse junto a ellos, murmurando en sus odos
las ms atroces injurias contra sus incgnitas personas y contra sus
familias, que no conocan. El nazareno callaba y sufra, devorando los
insultos y ofrecindolos como un sacrificio al Seor del Gran Poder.
Pero el moscn, enardecido por esta mansedumbre, redoblaba su zumbido
injurioso; hasta que al fin la sagrada mscara pensaba que, aunque el
silencio era obligatorio, no lo era la accin, y sin hablar palabra
levantaba el cirio, dando con l varios golpes al borracho que turbaba
el santo recogimiento de la ceremonia.

En el curso de la procesin, cuando los portadores de los pasos
necesitaban descanso y quedaban inmviles las pesadas plataformas de las
imgenes cargadas de faroles, bastaba un leve siseo para que los
encapuchados se detuviesen, permaneciendo las parejas frente a frente,
con el blandn apoyado en un pie, mirando al gento con sus ojos
misteriosos al travs del antifaz. Eran ttricos personajes escapados de
un auto de fe, mascarones cuyas colas negras parecan esparcir en su
arrastre perfumes de incienso y hedor de hoguera. Sonaban los lamentos
de cobre de las largas trompetas, rasgando el silencio de la noche.
Sobre las puntas de las caperuzas movanse con la brisa los pendoncillos
de la cofrada, rectngulos de terciopelo negro con franjas de oro y
bordado en ellos el anagrama romano S. P. Q. R., para recordar la
intervencin del Procurador de Judea en la muerte del Justo.

Avanzaba el paso de Nuestro Padre Jess del Gran Poder, una pesada
plataforma de labrado metal, con faldas de terciopelo negro que rozaban
el suelo, ocultando los pies de los veinte hombres sudorosos y casi
desnudos que marchaban debajo sostenindola. Cuatro grupos de faroles
con ngeles de oro brillaban en los ngulos, y en su centro encogase
Jess, un Jess trgico, doloroso, sanguinolento, coronado de espinas,
agobiado bajo el peso de la cruz, la faz cadavrica y los ojos
lacrimosos, vestido con amplia tnica de terciopelo cubierta de flores
de oro, hasta el punto de que la rica tela apenas se distingua como
dbil arabesco entre las complicadas revueltas del bordado.

La presencia del Seor del Gran Poder provocaba un suspiro de centenares
de pechos.

--Pare Jos!--murmuraban las viejas, fijos los ojos en la imagen con
hipntica inmovilidad--. Se der Gran Poer! Acurdate de nosotros!

Detenase el paso en mitad de la plaza, con su escolta de
inquisitoriales encapuchados, y la devocin del pueblo andaluz, que
confa al canto todos los estados de su alma, saludaba a la imagen con
trinos de pjaro y lamentos interminables.

Una voz infantil de temblona dulzura cortaba el silencio. Era una
mozuela que, avanzando entre la muchedumbre hasta colocarse en primera
fila, lanzaba una saeta a Jess. Los tres versos del canto eran para
el Seor del Gran Poder, la escultura ms divina, y para el escultor
Montas, compaero de los grandes artistas espaoles de la edad de oro.

Esta saeta equivala al primer tiro de un combate, que desata un
estallido interminable de explosiones. An no haba acabado, y ya
comenzaba a sonar otra en diverso sitio, y otra y otra, como si la plaza
fuese una gran jaula de pjaros locos que, al despertar con la voz de un
compaero, se lanzasen todos a cantar a la vez, en confuso desorden. Las
voces de varn, graves y roncas, unan su sombro tono a los gorgoritos
femeniles. Todos cantaban con los ojos fijos en la imagen, como si
estuviesen solos ante ella, olvidados de la muchedumbre que los rodeaba,
sordos a las otras voces, sin perderse ni vacilar en los complicados
gorjeos de la saeta, que cortaban y confundan desarmnicamente las
vocalizaciones de los dems. Escuchaban inmviles los encapuchados,
mirando a Jess, que acoga estos trinos sin dejar de lagrimear bajo el
peso del madero y el punzante dolor de las espinas; hasta que el
conductor del paso, dando por terminada la detencin, golpeaba un
timbre de plata en la delantera de la plataforma. Arriba! El Seor
del Gran Poder, tras algunos vaivenes, se haca ms alto, y comenzaban a
moverse como tentculos, a ras del suelo, los pies de los invisibles
portadores.

Despus vena la Virgen, Nuestra Seora del Mayor Dolor, pues todas las
parroquias sacaban dos pasos, uno del Hijo de Dios y otro de su Seora
Madre. Bajo un palio de terciopelo temblaba la corona de oro de la
Seora del Mayor Dolor, rodeada de luces. La cola del manto, con una
amplitud de muchos metros, descenda detrs del paso, abombada por una
especie de miriaque de madera, mostrando el esplendor de sus bordados
pesadsimos, deslumbrantes, costosos, en los que se haba agotado la
habilidad y la paciencia de toda una generacin.

Los encapuchados, con sus cirios crepitantes, escoltaban a la Virgen,
temblando el reflejo de sus luces en este manto regio que poblaba el
ambiente de vivos fulgores. Al comps del redoble de los tamboree,
marchaba luego un rebao de hembras, el cuerpo en la sombra y la cara
enrojecida por la llama de las velas que llevaban en las manos. Eran
viejas con mantilla y los pies descalzos; mozuelas vistiendo trajes
blancos que haban sido destinados a servirlas de mortaja; mujeres que
caminaban trabajosamente, como si arrastrasen sus vientres hinchados por
ocultos y dolorosos desarreglos; todo un batalln de humanidad doliente
escapada de la muerte por bondad del Seor del Gran Poder y su Santsima
Madre, caminando detrs de sus imgenes para cumplir una promesa.

La santa cofrada, despus de marchar lentamente por las calles, con
largas detenciones acompaadas de cnticos, entraba en la catedral, que
permaneca toda la noche con las puertas abiertas. El desfile de luces
introducase en las naves gigantescas de este templo, disparatado por su
extraordinaria grandeza, y sacaba de la obscuridad las enormes pilastras
forradas de terciopelo carmes con rayas de oro, sin llegar a disipar
las compactas tinieblas de las bvedas. Los encapuchados desfilaban
como puntiagudos insectos negros en la rojiza claridad de los hachones a
ras del suelo, mientras la noche segua amasada en lo alto. Salan otra
vez a la luz de las estrellas, abandonando esta obscuridad de cripta, y
el sol acababa por sorprender a la procesin en plena calle, apagando el
resplandor de los cirios, haciendo brillar el oro de las santas
vestiduras y las lgrimas y sudores de agona de las imgenes.

Gallardo era entusiasta del Seor del Gran Poder y del majestuoso
silencio de su cofrada. Cosa muy seria! De los otros pasos era
posible rerse, por la falta de devocin y el desorden de los cofrades;
pero de ste... vamos, hombre!... El senta un escalofro de emocin al
contemplar la imagen poderosa de Jess, la primera escultura del
mundo, y ver la majestad con que marchaban los encapuchados. Adems, en
esta cofrada se trataba uno con gente muy buena.

A pesar de esto, el espada decidi abandonar este ao a los del Gran
Poder, para salir con los de la Macarena, que escoltaban a la milagrosa
Virgen de la Esperanza.

La seora Angustias se alegr mucho al conocer su decisin. Bien se lo
deba a la Virgen, por haberle salvado de la ltima cogida. Adems, esto
halagaba sus sentimientos de plebeya sencillez.

--Ca uno con los suyos, Juaniyo. Geno que te trates con el seoro,
pero piensa que los probes te quisieron siempre, y que ya hablaban
contra ti, creyendo que los desprecias.

Demasiado lo saba el torero. El tumultuoso populacho que ocupaba en la
plaza de Toros los tendidos de sol comenzaba a mostrar cierta animosidad
contra l, creyndose olvidado. Le criticaban su trato con las gentes
ricas y el apartamiento de los que haban sido sus primeros
entusiastas. Para evitar esta animosidad, Gallardo valase de todos los
medios, halagando al populacho con ese servilismo sin escrpulos de los
que necesitan vivir del aplauso pblico. Haba llamado a los cofrades
ms influyentes de la Macarena para manifestarles que ira en la
procesin. Nada de dar la noticia a la gente. El lo haca como devoto, y
quera que su acto quedase en secreto.

Pero a los pocos das, en todo el barrio no se hablaba de otra cosa, con
un orgullo de vecindad. Y poco hermosa que iba a salir este ao la
Macarena!... Despreciaban a los ricos del Gran Poder con su procesin
ordenada y sosa, y se fijaban nicamente en sus rivales del otro lado
del ro, los bullangueros de Triana, que tan satisfechos estaban de su
Nuestra Seora del Patrocinio y el Cristo de la Expiracin, al que
llamaban el Santsimo Cachorro.

--Habr que ve a la Macarena--decan en los corrillos comentando la
decisin del torero--. La se Angustias va a llen el paso de flores.
Lo menos se gasta sien duros. Y Juaniyo va a ponerle a la Virgen toas
sus alhajas. Un capit!...

As era. Gallardo reuna todas sus joyas y las de su mujer para que las
luciese la Macarena. En las orejas le pondran unos pendientes de Carmen
que haba comprado el espada en Madrid, invirtiendo en ellos el precio
de varias corridas. Al pecho llevara una cadena de oro doble del
torero, y pendiente de ella todas sus sortijas y los gruesos botones de
brillantes que se colocaba en la pechera cuando sala a la calle vestido
de corto.

--Jos! Y qu reguapa va a sal nuestra morena!--decan las vecinas
hablando de la Virgen--. El se Juan corre con todo. Va a rabi media
Seviya.

El espada, cuando le preguntaban acerca de esto, sonrea modestamente.
El haba tenido siempre mucha devocin a la Macarena. Era la Virgen de
los barrios en que haba nacido, y adems su pobre padre no dejaba
ningn ao de ir en la procesin vestido de armado. Era un honor que
le corresponda a la familia, y a no ser l quien era, se calara el
casco y empuara la lanza, yendo de legionario romano, como haban ido
muchos Gallardos que estaban pudriendo tierra.

Le halagaba esta popularidad devota; quera que todos supiesen en el
barrio su asistencia a la procesin, y al mismo tiempo tema que la
noticia se esparciese por la ciudad. Crea en la Virgen y deseaba
ponerse bien con ella, para los peligros futuros, con devoto egosmo;
pero temblaba pensando en las burlas de los amigos que se reunan en los
cafs y sociedades de la calle de las Sierpes.

--Me van a tom er pelo si me conosen--deca--. Hay que viv con too er
mundo.

El Jueves Santo por la noche fue a la catedral con su mujer, para or el
_Miserere_. El templo, con sus arcos ojivales disparatadamente altos,
estaba sin otra luz que la de unos cirios rojizos colocados en las
pilastras: la necesaria nada ms para que la muchedumbre no marchase a
tientas. Tras las rejas de las capillas laterales estaban enjauladas las
gentes de buena posicin social, huyendo del contacto con la muchedumbre
sudorosa que se empujaba en las naves.

En la obscuridad del coro brillaban como una constelacin de estrellas
rojas las luces destinadas a los msicos y cantores. El _Miserere_ de
Eslava esparca sus alegres melodas italianas en este ambiente
terrorfico de sombra y misterio. Era un _Miserere_ andaluz, algo
juguetn y gracioso, como el batir de alas de un pjaro, con romanzas
semejantes a serenatas de amor y coros que parecan rondas de
bebedores; la alegra de vivir en un pas dulce que hace olvidar a la
muerte y se rebela contra las lobregueces de la Pasin.

Cuando la voz del tenor termin la ltima romanza y sus lamentos se
perdieron en las bvedas apostrofando a la ciudad deicida, Jerusaln,
Jerusaln, la muchedumbre se esparci, deseando cuanto antes volver a
las calles, que tenan aspecto de teatro con sus focos elctricos, sus
filas de sillas en las aceras y sus palcos en las plazas.

Gallardo volvi a casa para vestirse de nazareno. La seora Angustias
haba cuidado de su traje con una ternura que la volva a los tiempos de
la juventud. Ay, su pobrecito marido, que en esta noche cubrase con
sus arreos belicosos, y echndose la lanza al hombro sala a la calle
para no volver hasta el da siguiente, con el casco abollado y el
tonelete perdido de suciedad, luego de acampar con sus hermanos de armas
en todas las tabernas de Sevilla!...

El espada cuid de sus bajos con una escrupulosidad femenil. Manejaba el
traje de nazareno con las mismas atenciones que un vestido de lidia en
tarde de corrida. Se calz con medias de seda y zapatos de charol.
Psose el ropn de satn blanco, confeccionado por las manos de su
madre, y sobre ste la alta y puntiaguda caperuza de terciopelo verde,
que descenda sobre sus hombros formando una mscara y se prolongaba
hasta ms abajo de las rodillas, a modo de casulla. A un lado del pecho,
el escudo de la cofrada estaba bordado con rica y minuciosa profusin
de colores. El torero se puso unos guantes blancos y agarr el alto
bastn, signo de dignidad en la cofrada: una vara forrada de terciopelo
verde, con contera de plata y rematada por un valo del mismo metal.

Eran ms de las doce cuando el elegante encapuchado se encamin a San
Gil, por las calles llenas de gento. En las blancas paredes de las
casas, las luces de los cirios y las puertas iluminadas de las tabernas
trazaban un reflejo tembln de sombras y resplandores de incendio.

Antes de llegar a la iglesia, Gallardo encontr en la estrecha calle por
donde iba a marchar la procesin la compaa de los judos, la tropa
de los armados, fieros sayones que, impacientes por mostrar su
guerrera disciplina, marcaban el paso sin moverse del sitio, al comps
de un tambor que redoblaba sin cansarse.

Eran mozos y viejos con el rostro encuadrado por las carrilleras
metlicas del casco, un sayo color de vino, las piernas enfundadas en
calzas de algodn que imitaban el rosa de la carne femenil, y altas
sandalias. Al cinto llevaban la espada romana, y para imitar a los
soldados modernos, colgaban de un hombro, a guisa de portafusil, el
cordn que sostena sus lanzas. Al frente de la compaa ondeaba la
bandera romana con su inscripcin senatorial, mecindose al comps de
los redobles del tamborcillo como todas las filas de legionarios.

Un personaje de suntuosidad imponente contonebase con la espada en la
mano al frente de este ejrcito. Gallardo lo reconoci al pasar.

--Mardita sea!--dijo riendo bajo su mscara--. No me van a hac caso.
Ese gach se lleva toas las parmas esta noche.

Era el capitn _Chivo_, un gitano _cantaor_ que haba llegado por la
maana del mismsimo Pars, fiel a la disciplina militar, para ponerse
al frente de sus soldados.

Faltar a este llamamiento del deber era renunciar al ttulo de capitn
que ostentaba el _Chivo_ en todos los carteles de los _music-halls_ de
Pars donde cantaba y bailaba con sus hijas. Eran stas a modo de
graciosas lagartijas, de donosos movimientos, grandes ojos, una delgadez
algo subida de color y una diablica movilidad que trastornaba a los
hombres. La mayor haba hecho una gran fortuna fugndose con un prncipe
ruso, y los peridicos de Pars hablaron varios das de la desesperacin
del bravo oficial del ejrcito espaol, que deseaba matar, vengando su
honor, y hasta le compararon con Don Quijote. En un teatro del Bulevar
haban dado una opereta sobre el rapto de la gitana, con bailes de
toreros, coros de frailes y dems escenas de exacto colorido local. El
_Chivo_ acab por transigir con este yerno de la mano izquierda,
admitiendo sus indemnizaciones, y sigui bailando en Pars con las
nias, en espera de otro ruso. Su graduacin de capitn dejaba
pensativos a muchos extranjeros conocedores exactos de todo lo que
ocurre en el mundo. Ah, Espaa!... Pas decado, que no paga a sus
nobles soldados y obliga a los hidalgos a exhibir las hijas en las
tablas...

Al aproximarse la Semana Santa, el capitn _Chivo_ no poda soportar su
alejamiento de Sevilla, y se despeda de las hijas con un gesto de padre
intransigente y severo.

--Nias: me voy. A ve si son genas usts. Que haiga formali y
desensia... La compaa me espera. Qu dira si fartase su capitn?...

Y emprenda el viaje de Pars a Sevilla, pensando con orgullo en su
padre y sus abuelos, que haban sido capitanes de los judos de la
Macarena, y en l mismo, que proporcionaba nueva gloria a esta herencia
de los antepasados.

En un sorteo de la Lotera Nacional haba ganado diez mil pesetas, y
toda la cantidad por entero la dedic a un uniforme digno de su
graduacin. Las comadres del barrio corran para contemplar de cerca al
capitn, deslumbrante de bordados de oro, con un coselete de metal
bruido y un casco del que se derrumbaban en cascada las plumas blancas,
reflejando sobre la limpidez de su acero todas las luces de la
procesin. Era una fantasa suntuaria de pielroja; un traje principesco
tal como lo podra soar un araucano ebrio. Las mujeres le cogan el
faldelln de terciopelo para admirar de cerca los bordados: clavos,
martillos, espinas, todos los atributos de la Pasin. Sus botas parecan
temblar a cada paso con el brillo de los espejuelos y la pedrera falsa
que las cubran. Bajo las plumas del casco, que an hacan ms obscura
su tez africana, destacbanse las patillas grises del gitano. Esto no
era militar: el mismo capitn lo confesaba noblemente; pero deba volver
a Pars, y algo haba que concederle al arte.

Torca la cabeza con belicosa arrogancia, clavando sus ojos de guila en
los legionarios.

--A ve! que no se iga de la compaa!... Que haiga desensia y
disiplina!

Y daba sus rdenes al travs de las mellas de la dentadura, con la misma
voz ronca y canallesca con que jaleaba el baile de sus nias en los
tablados.

Avanzaba la compaa marcando el paso cadencioso y lento al comps del
redoblante. En cada calle haba varias tabernas, y a la puerta de ellas
alegres compadres con el sombrero echado atrs y el chaleco abierto, que
llevaban perdida la cuenta de las caas bebidas para olvidar el martirio
y muerte del Seor.

Al ver al imponente guerrero lo saludaban, ofrecindole de lejos un vaso
lleno de lquido oloroso color de mbar. El capitn disimulaba su
turbacin apartando la vista y ponindose an ms rgido dentro de su
metlico coselete. Si no estuviese de servicio!...

Alguno ms audaz atravesaba la calle para colocarle el vaso bajo la
cascada de plumas, queriendo tentarlo con el perfume; pero el
incorruptible centurin se echaba atrs, presentando la punta de su
espada. El deber era el deber. Este ao no sera como otros, en los que
la compaa, a poco de salir, marchaba en desorden, vacilante sobre sus
pies y marcando mal el paso.

Las calles no tardaron en convertirse en vas de Amargura para el
capitn _Chivo_. Senta calor bajo sus armas; por un poco de vino no iba
a alterarse la disciplina. Y aceptaba una copa, y luego otra, y al poco
rato todo el ejrcito movase con las filas incompletas, sembrando el
camino de rezagados que se retardaban en las tabernas del trnsito.

Marchaba la procesin con una lentitud tradicional, detenindose horas
enteras en las encrucijadas. No apremiaba el tiempo. Eran las doce de la
noche, y la Macarena no volvera a su casa hasta las doce de la maana
siguiente, necesitando para recorrer la ciudad ms tiempo que para ir de
Sevilla a Madrid.

Primeramente avanzaba el paso de la Sentencia de Nuestro Seor
Jesucristo, tablado lleno de figuras representando a Pilatos sentado en
ureo trono, y alrededor de l sayones de multicolores faldellines y
casco empenachado vigilando al triste Jess, pronto a marchar al
suplicio, con tnica de terciopelo morado cargado de bordados y tres
plumeros de oro que fingan ser rayos de divinidad sobre su corona de
espinas. Con ser este paso tan abundante en figuras y prolijo en
adornos, avanzaba sin llamar la atencin, como humillado por la vecindad
del que vena detrs: la reina de los barrios populares, la milagrosa
Virgen de la Esperanza, la Macarena.

Cuando sali de San Gil la Virgen de mejillas sonrosadas y largas
pestaas, bajo un palio tembloroso de terciopelo, cabeceando con los
vaivenes de los ocultos portadores, una aclamacin ensordecedora surgi
de la muchedumbre que se agolpaba en la plazoleta... Pero qu bonita la
gran seora! No pasaban aos por ella!

El manto esplendoroso, inmenso, con grueso bordado de oro que imitaba
las mallas de una red, extendase por detrs del paso como la cola
cada de un gigantesco pavo real. Brillaban sus ojos de vidrio, como si
lagrimeasen de emocin contestando a las aclamaciones de los fieles, y a
este brillo unase el centelleo de las joyas que cubran su cuerpo,
formando una nueva armadura de oro y pedrera sobre la de terciopelo
bordado. Eran centenares, eran tal vez millares. Pareca mojada por una
lluvia de gotas luminosas, en las que flameaban todos los colores del
iris. Del cuello pendanle sartas de perlas, cadenas de oro con docenas
de sortijas enhebradas, que esparcan al moverse mgicos resplandores.
La tnica y el delantero del manto iban chapados de relojes de oro
prendidos con alfileres, pendientes de esmeraldas y brillantes, sortijas
con piedras enormes cual guijarros luminosos. Todos los devotos enviaban
sus joyas para que las luciese en el paseo la Santsima Macarena. Las
mujeres exhiban las manos limpias de adornos en esta noche de religioso
dolor, contentas de que la madre de Dios ostentase unas joyas que eran
su orgullo. El pblico las conoca, por verlas todos los aos, y llevaba
la cuenta, sealando las novedades. Lo que ostentaba la Virgen en el
pecho, pendiente de una cadena, era de Gallardo el torero. Pero otros
compartan con l la admiracin popular. Las miradas femeninas devoraban
absortas dos perlas enormes y una hilera de sortijas. Eran de una
muchacha del barrio que se haba ido a Madrid dos aos antes, y, devota
de la Macarena, volva para ver la fiesta con un caballero viejo... La
suerte de la nia!...

Gallardo, con la faz cubierta y apoyado en el bastn, signo de
autoridad, marchaba ante el paso con los dignatarios de la cofrada.
Otros encapuchados ostentaban en las manos largas trompetas adornadas
con paos verdes de flecos de oro. Llevbanse las boquillas de los
instrumentos a un agujero de sus antifaces, y un trompeteo desgarrador,
un toque de suplicio, cortaba el silencio. Pero este rugido espeluznante
no despertaba eco alguno en las almas hacindolas pensar en la muerte.
Por los callejones transversales, obscuros y solitarios, venan
bocanadas de brisa primaveral cargada de perfumes de jardn, de olor de
naranjo, de aroma de las flores alineadas en tiestos tras rejas y
balcones. Blanqueaba el azul del cielo con la caricia de la luna, que se
desperezaba sobre el plumn de las nubes, avanzando el rostro entre dos
aleros. El desfile lgubre pareca marchar contra la corriente de la
Naturaleza, perdiendo a cada paso su fnebre gravedad. En vano geman
las trompetas lamentos de muerte, y lloraban los cantores al entonar
sagradas coplas, y marcaban el paso con ceo de verdugos los espantables
sayones. La noche primaveral rea, esparciendo su respiracin de
perfumes. Nadie poda acordarse de la muerte.

En torno de la Virgen iban como revuelta tropa los entusiastas
macarenos, hortelanos de las afueras, con sus mujeres desgreadas que
arrastraban de la mano una fila de nios, llevndolos de excursin hasta
el amanecer. Mocitos del barrio, con fieltro nuevo y los bucles alisados
sobre las orejas, blandan garrotes con belicoso fervor, como si alguien
se propusiese faltarle al respeto a la hermosa seora y fuera preciso el
auxilio de sus brazos. Iban todos confundidos, aplastndose en las
calles estrechas entre el paso enorme y las paredes, pero con los ojos
fijos en los de la imagen, hablndola, lanzando piropos a su hermosura y
su milagroso poder, con la inconsciencia del vino y de su ligero
pensamiento de pjaro.

--Ol la Macarena!... La prim Virgen der mundo!... La que le da por
el... pelo a toas la Vrgenes!...

Cada cincuenta pasos detenase la sagrada plataforma. No haba prisa; la
jornada era larga. En muchas casas exigan que se detuviese la Virgen
para verla con detencin. Todo tabernero peda igualmente un descanso a
la puerta del establecimiento, alegando sus derechos de vecino del
barrio.

Un hombre atravesaba la calle dirigindose a los encapuchados de los
bastones que iban ante el paso.

--A ve! que paren... que ah est el prim cantaor der mundo, que qui
echarle una saeta a la Virgen!

El primer _cantaor_ del mundo, apoyado en un amigo, con las piernas
temblonas y pasando a otro su vaso, avanzaba hasta la imagen, y luego de
toser, soltaba el torrente de su voz ronca, en la que los gorgoritos
borraban toda claridad a las palabras. Slo se entenda que cantaba a
la mare, la madre de Dios, y al frasear esta palabra, su voz adquira
temblores de emocin, con esa sensibilidad de la poesa popular, que
encuentra sus ms sinceras inspiraciones en el amor maternal.

An no haba llegado el _cantaor_ a mitad de su lenta copla, cuando
sonaba otra voz, y luego otra, como si se entablase un pugilato musical,
y la calle se poblaba de invisibles pjaros, unos roncos, con
estremecimientos de pulmn quebrantado, otros chillones, con alarido
perforante que haca pensar en un cuello rojo e hinchado prximo a
desgarrarse. Los ms de los cantores permanecan ocultos en la
muchedumbre, con la simpleza de una devocin que no necesita ser vista
en sus expansiones; otros, orgullosos de su voz y de su estilo,
ansiaban exhibirse, plantndose en mitad del arroyo ante la santa
Macarena.

Muchachas flacas, de lacias faldas y pelo cargado de aceite, cruzaban
las manos sobre el hundido vientre, y fijando sus ojos en los de la gran
seora, cantaban con un hilillo de voz las angustias de la madre al ver
a su hijo chorreando sangre y tropezando en las piedras bajo el peso de
la cruz.

A los pocos pasos, un gitano joven, bronceado, con las mejillas rodas,
oliendo a ropa sucia y a viruelas, quedaba como en xtasis, con el
sombrero pendiente de las dos manos, y rompa a cantar tambin a la
mare, maresita der arma, maresita e Di, admirado por un grupo de
camaradas que aprobaban con la cabeza las bellezas de su estilo.

Y los tambores seguan redoblando detrs de la imagen, y las trompetas
lanzaban su lamento, y todos cantaban a la vez, mezclando sus voces
discordantes, sin que nadie se confundiese, comenzando y acabando cada
uno su saeta sin tropiezo, como si todos fuesen sordos, como si el
fervor religioso los aislase, sin otra vida exterior que la voz de
temblona adoracin y los ojos fijos en la imagen con una tenacidad
hipntica.

Cuando acababan los cantos, prorrumpa el pblico en aclamaciones de
entusiasmo obsceno, y otra vez era glorificada la Macarena, la hermosa,
la nica, la que daba... disgustos a todas las Vrgenes; y el vino
circulaba en vasos a los pies de la imagen, y los ms vehementes le
arrojaban el sombrero como si fuese una moza guapa; y no se saba ya qu
era lo cierto, si el fervor de iluminados con que cantaban a la Virgen
o la orga ambulante y pagana que acompaaba su trnsito por las calles.

Delante del paso iba un mocetn vestido con tnica morada y coronado
de espinas. Sus pies hollaban descalzos las azuladas piedras de las
callejuelas. Marchaba encorvado bajo la pesadumbre de una cruz dos veces
ms grande que l, y cuando tras larga detencin reanudaba el paso, las
buenas almas ayudbanle a tirar de su carga.

Las mujeres gimoteaban al verle, con una ternura compasiva. Pobrecito!
Y con qu santo fervor cumpla su penitencia!... Todos recordaban en el
barrio su crimen sacrlego. El maldito vino, que vuelve locos a los
hombres! Tres aos antes, en la maana del Viernes Santo, cuando ya se
retiraba la Macarena a su iglesia luego de vagar toda la noche por las
calles de Sevilla, este pecador, que era un buen muchacho y andaba desde
el da antes de juerga con los amigos, haba hecho detener el paso
ante una taberna de la plaza del Mercado. Le cant a la Virgen, y luego,
posedo de santo entusiasmo, prorrumpi en requiebros. Ol la Macarena
bonita! La quera ms que a su novia! Para expresar mejor su fe, quiso
arrojar a sus pies lo que llevaba en la mano, creyendo que era el
sombrero, y un vaso fue a estrellarse en la hermosa faz de la gran
seora. Le llevaron lloriqueando a la crcel... Si l amaba a la
Macarena como si fuese su madre! Si era el vino maldito, que deja a los
hombres sin saber lo que hacen! Tembl de miedo ante los aos de
presidio que le esperaban por desacato a la religin; llor de
arrepentimiento por su sacrilegio, y al fin, los ms indignados acabaron
por influir en su favor, y se arregl todo mediante la promesa de dar
ejemplo a los pecadores con una penitencia extraordinaria.

Arrastraba la cruz sudoroso y jadeante, cambiando la carga de lugar
cuando senta uno de sus hombros entumecido por la dolorosa pesadumbre.
Las mujeres lloraban con la vehemencia meridional, dramtica en sus
manifestaciones. Los camaradas le tenan lstima, y sin osar rerse de
su penitencia, le ofrecan por compasin vasos de vino. Iba a reventarse
de fatiga; necesitaba refrescar; no era por burla, sino por
compaerismo.

Pero l hua los ojos del ofrecimiento, volvindolos a la Virgen para
tomarla por testigo de su martirio. Ya bebera al da siguiente, sin
miedo alguno, cuando dejase a la Macarena segura en su iglesia.

Estaba el paso detenido en una calle del barrio de la Feria, y ya la
cabeza de la procesin haba llegado al centro de Sevilla. Los
encapuchados verdes y la compaa de armados avanzaban con belicosa
astucia, como un ejrcito que marcha al asalto. Queran ganar La
Campana, apoderndose con ella de la entrada de la calle de las Sierpes,
antes de que se presentase otra cofrada. Una vez duea la vanguardia de
esta posicin, podra esperar tranquilamente a que llegase la Virgen.
Los macarenos todos los aos se hacan seores de la famosa calle, y
necesitaban horas enteras para recorrerla, gozndose en las protestas
impacientes de los cofrades de otros barrios, gente inferior, cuyas
imgenes no podan compararse con la de la Macarena, y que por su
insignificancia vivan condenados a aguardar humildemente detrs de
ellos.

Son el redoblante de las tropas del capitn _Chivo_ a la entrada de la
calle de la Campana, al mismo tiempo que asomaban por distinto lado los
encapuchados negros de otra cofrada, deseosos igualmente de ganar la
prioridad en el paso. La muchedumbre, curiosa, se agit entre las
cabezas de las dos procesiones. Bronca!... Los encapuchados negros no
respetaban gran cosa a los judos y a su espantable capitn. Este, por
su parte, tampoco quera salir de su fra altivez. La fuerza armada no
debe mezclarse en las reyertas entre paisanos. Fueron los macarenos
que escoltaban a la procesin los que, en nombre de la gloria del
barrio, acometieron a los nazarenos negros, chocando palos y cirios.
Corrieron los polizontes, llevndose presos por un lado a dos mozos que
se lamentaban de haber perdido sombreros y bastones, mientras por otro
eran conducidos a una farmacia varios nazarenos sin capucha, que se
llevaban las manos a la cabeza con ademn doloroso.

Mientras tanto, el capitn _Chivo_, astuto como un conquistador,
realizaba un movimiento estratgico con sus tropas, ocupando La Campana
hasta la entrada de la calle de las Sierpes, acompaado por el
redoblante, que aceleraba su baqueteo con una alegra ruidosa y
triunfal, entre las aclamaciones de los bravos auxiliares del barrio.
Aqu no ha pasao na! Viva la Virgen de la Macarena!...

La calle de las Sierpes estaba convertida en un saln, con los balcones
repletos de gento, focos elctricos pendientes de cables entre pared y
pared y todos los cafs y tiendas iluminados, con las ventanas
obstruidas de cabezas, y filas de sillas junto a los muros, en los que
se agolpaba la gente subiendo sobre los asientos cada vez que el lejano
trompeteo y el redoblar de los tambores anunciaba la proximidad de un
paso.

Aquella noche no se dorma en la ciudad. Hasta las viejas de timoratas
costumbres, recluidas siempre en sus viviendas a la hora del rosario,
velaban ahora para contemplar, cerca de la madrugada, el paso de las
innumerables procesiones.

Eran las tres de la maana y nada indicaba lo avanzado de la hora. La
gente coma en cafs y tabernas. Por las puertas de las freiduras de
pescado se escapaba el tufillo suculento del aceite. En el centro de la
calle estacionbanse los vendedores ambulantes pregonando dulces y
bebidas. Familias enteras que slo salan a luz en las grandes
festividades estaban all desde las dos de la tarde, viendo pasar
procesiones y ms procesiones; mantos de Virgen, de aplastante
suntuosidad, que arrancaban gritos de admiracin por sus metros de
terciopelo; Redentores coronados de oro, con vestimenta de brocado; todo
un mundo de imgenes absurdas, en las que contrastaban los rostros
trgicos, sanguinolentos o lloriqueantes, con las ropas de un lujo
teatral cargadas de riquezas.

Los extranjeros, atrados por lo extrao de esta ceremonia cristiana,
alegre como una fiesta del paganismo, en la que no haba otro gesto de
dolor y tristeza que el de las imgenes, oan los nombres de stas de
boca de los sevillanos sentados junto a ellos.

Desfilaban los pasos del Sagrado Decreto, del Santo Cristo del
Silencio, de Nuestra Seora de la Amargura, de Jess con la cruz al
hombro, Nuestra Seora del Valle, Nuestro Padre Jess de las Tres
Cadas, Nuestra Seora de las Lgrimas, el Seor de la Buena Muerte y
Nuestra Seora de las Tres Necesidades; y este desfile de imgenes iba
acompaado de nazarenos negros y blancos, rojos, verdes, azules y
violeta, todos enmascarados, guardando bajo las puntiagudas caperuzas su
personalidad misteriosa, de la que slo se revelaban los ojos al travs
de los orificios del antifaz.

Avanzaban las pesadas plataformas lentamente, con gran trabajo, por la
estrechez de la calle. Cuando salan de esta angostura, llegando a la
plaza de San Francisco, frente a los palcos levantados en el palacio del
Ayuntamiento, los pasos daban media vuelta hasta quedar de frente las
imgenes, y saludaban con una genuflexin de sus portadores a los
extranjeros ilustres y personas reales venidos para presenciar la
fiesta.

Junto a los pasos marchaban mozos con cntaros de agua. Apenas se
detena el catafalco, alzbase una punta de las faldas de terciopelo que
ocultaban su interior, y aparecan veinte o treinta hombres sudorosos,
purpreos por la fatiga, medio desnudos, con pauelos ceidos a las
cabezas y un aire de salvajes fatigados. Eran los gallegos, los
conductores forzudos, a los que se confunda, fuese cual fuese su
origen, en esta denominacin geogrfica, como si los hijos del pas no
se creyesen aptos para ningn trabajo constante y fatigoso. Beban
vidamente el agua, y si haba prxima una taberna, se insubordinaban
contra el director del paso reclamando vino. Obligados a permanecer en
este encierro muchas horas, coman agachados y satisfacan otras
necesidades. Muchas veces, al alejarse el santo paso tras larga
detencin, la muchedumbre rea viendo lo que quedaba al descubierto
sobre el limpio adoquinado, residuos que obligaban a correr con
espuertas a los dependientes municipales.

Este desfile de suntuosidad abrumadora, corriente de movibles patbulos
con rostros cadavricos y vestiduras deslumbrantes, prolongbase toda la
noche, frvolo, alegre y teatral. En vano lanzaban los cobres sus
gemidos de muerte, llorando la ms ruidosa de las injusticias, la muerte
infamante de un Dios. La Naturaleza no se conmova, unindose a este
dolor tradicional. El ro segua susurrando bajo los puentes,
extendiendo su sbana luminosa entre los silenciosos campos; los
naranjos, incensarios de la noche, abran sus mil bocas blancas,
esparciendo en el ambiente un olor de carne voluptuosa; las palmeras
mecan sus surtidores de plumas sobre las almenas morunas del Alczar;
la Giralda, fantasma azul, remontbase devorando estrellas, ocultando un
pedazo de cielo tras su esbelta mole; y la luna, ebria de perfumes
nocturnos, pareca sonrer a la tierra hinchada de savia primaveral, a
los surcos luminosos de la ciudad, en cuyo fondo rojizo agitbase un
hormiguero satisfecho de vivir, que beba y cantaba, encontrando
pretexto para interminable fiesta en un remota muerte.

Jess haba muerto: por l las mujeres se vestan de negro y los hombres
se disfrazaban con tnicas puntiagudas que les daban aspecto de extraos
insectos; los cobres lo proclamaban con sus quejidos teatrales; los
templos lo decan con su obscuro silencio y los velos lbregos de sus
puertas... Y el ro segua suspirando con idlico susurro, como si
invitase a sentarse en sus orillas a las parejas solitarias; y las
palmeras mecan sus capiteles sobre las almenas con un vaivn de
indiferencia; y los naranjos exhalaban su perfume de tentacin, como si
slo reconociesen la majestad del amor, que crea la vida y la deleita; y
la luna sonrea impvida; y la torre, azulada por la noche, perdase en
el misterio de las alturas, pensando tal vez, con la simpleza de alma de
las cosas inanimadas, que las ideas de los hombres cambian con los
siglos, y los que a ella la sacaron de la nada crean en otras cosas.

Se agit la muchedumbre en la calle de las Sierpes con alegre
curiosidad. Los pasos de la Macarena, formando ahora compacta
procesin, avanzaban acompaados de una banda de msica. Redoblaban con
furia los tambores, rugan las trompetas, gritaba el bullicioso tropel
de los macarenos, y la gente subase en las sillas para ver mejor el
ruidoso y lento desfile.

Inundose el centro de la calle de mozos despechugados que blandan sus
palos dando vivas a la Virgen. Las mujeres, despeinadas y mseramente
vestidas, agitaban sus brazos al verse en el centro de Sevilla, en la
calle de las Sierpes, por donde slo pasaban de tarde en tarde,
desfilando bajo las miradas curiosas de lo mejor de la ciudad.

Su pobreza ansiaba vengarse en esta noche extraordinaria, y todos ellos
vociferaban dirigindose a los cafs llenos de gente acomodada, a los
clubs donde se reunan los seoritos:

--Aqu estn los macarenos! Que vengan toos a ver lo mej der mundo!
Viva la Virgen!

Algunas hembras tiraban del marido, cabizbajo y con las piernas dobladas
despus de tres horas de procesin. A casa!... Pero el vacilante
macareno resistase con voz que ola a vino.

--Ejame, muj. Antes quieo echale una coplita a la Morena.

Y luego de toser y llevarse la mano a la garganta, fijos los ojos en la
imagen, rompa a cantar con una voz sorda que slo l poda or, pues se
perda con la confusa baranda de msicas, gritos, trompetas y
aclamaciones. Una invasin de locura conmova la estrecha calle, como si
acabase de asaltarla una horda ebria. Cantaban a la vez cien voces, cada
una con distinto ritmo y entonacin. Mozos plidos y sudorosos, como si
fuesen a morir, avanzaban hasta el paso, con el sombrero perdido, el
chaleco desabrochado, apoyados blandamente en los hombros de los
camaradas, y entonaban una saeta con voz de agonizante. A la entrada
de la calle, en las aceras de La Campana, quedaban tendidos de bruces
varios macarenos, como si fuesen los muertos de esta gloriosa
expedicin.

A la puerta de un caf, el _Nacional_ contemplaba con toda su familia el
paso de la cofrada. Superstisin y atraso!... Pero l segua la
costumbre, viniendo todos los aos a presenciar la invasin de la calle
de las Sierpes por los ruidosos macarenos.

Inmediatamente reconoci a Gallardo, por su esbelta estatura y el garbo
torero con que llevaba la vestimenta inquisitorial.

--Juaniyo, que se etenga er paso. Hay en er caf unas seoras
forasteras que quieren ve bien a la Macarena.

Qued inmvil la sagrada plataforma, rompi a tocar la banda de msica
una marcha garbosa, de las que alegran al pblico en la plaza de Toros,
e inmediatamente los ocultos portadores del paso comenzaron a levantar
a un tiempo una pierna, luego la otra, ejecutando un baile que haca
moverse el catafalco con violenta ondulacin, empujando a la gente
contra las paredes. La Virgen, con toda su carga de joyas, flores,
farolas, y hasta con el pesado palio, bailaba al son de la msica. Era
este un espectculo que haba sido objeto de ensayos, y del que se
mostraban orgullosos los macarenos. Los buenos mozos del barrio,
agarrados a ambos lados del paso, lo sostenan, siguiendo su violento
vaivn, al mismo tiempo que gritaban, enardecidos por este alarde de
fuerza y habilidad:

--Que venga a ve esto toa Seviya!... Esto es lo geno! Esto slo lo
hacen los macarenos!...

Y cuando call la msica y cesaron las ondulaciones, quedando inmvil el
paso, reson una aclamacin atronadora, impa y obscena, proferida con
la ingenuidad del entusiasmo. Daban vivas a la Santsima Macarena, la
santa, la nica, la que se haca esto y aquello con todas las Vrgenes
conocidas y por conocer.

La cofrada sigui su marcha triunfal, dejando rezagados en todas las
tabernas y cados en todas las calles. El sol, al salir, la sorprendi
muy lejos de la parroquia, en el extremo opuesto de Sevilla, haciendo
centellear con sus primeros rayos la armadura de joyas de la imagen y
alumbrando los rostros lvidos de la escolta popular y de los
nazarenos, que se haban despojado del antifaz. La imagen y sus
acompaantes, sorprendidos por el amanecer, parecan una tropa disoluta
volviendo de una orga.

Cerca del Mercado quedaron los dos pasos abandonados en medio de la
calle, mientras toda la procesin tomaba la maana en las tabernas
inmediatas, sustituyendo el vino de la tierra con grandes copas de
aguardiente de Cazalla y Rute. Las blancas haldas de los encapuchados
eran ya faldas sucias, en las que se marcaban huellas nauseabundas.
Ninguno conservaba enteros los guantes. Un nazareno, con el cirio
apagado y una mano en el capuchn, se arqueaba ruidosamente frente a una
esquina para dar expansin a su estmago revuelto.

Del brillante ejrcito judo no quedaban ms que mseras reliquias, como
si volviese de una derrota. El capitn andaba con triste vaivn, cadas
las mustias plumas sobre el rostro lvido, sin otra preocupacin que
defender la vestimenta gloriosa de roces y manotones. Respeto al
uniforme!...

Gallardo abandon la procesin poco despus de salir el sol. Haba hecho
bastante acompaando a la Virgen toda la noche, y seguramente que ella
se lo tomara en cuenta.

Adems, esta ltima parte de la fiesta, hasta que la Macarena entraba en
San Gil, cerca ya de medioda, era la ms penosa. Las gentes que se
levantaban de dormir, frescas y tranquilas, burlbanse de los
encapuchados, ridculos a la luz del sol, arrastrando la embriaguez y
las suciedades de la noche. No era prudente que viesen a un espada con
aquella tropa de borrachos aguardndoles a la puerta de las tabernas.

La seora Angustias le esperaba en el patio de la casa, y ayud al
nazareno a despojarse de sus vestiduras. Deba descansar, luego de
cumplidos sus deberes con la Virgen. El domingo de Pascua tena corrida:
la primera despus de su desgracia. Maldito oficio! Con l era
imposible el descanso, y las pobres mujeres, tras un perodo de
tranquilidad, vean renacer sus angustias y temores.

El sbado y la maana del domingo los pas el espada recibiendo visitas
de entusiastas aficionados de fuera de Sevilla que haban venido para
las fiestas de Semana Santa y de la Feria. Todos sonrean confiando en
sus futuras hazaas.

--Vamos a ver cmo queas! La aficin tiene los ojos puestos en ti. Qu
tal van esas fuerzas?

Gallardo no desconfiaba de su vigor. Los meses de permanencia en el
campo le haban robustecido. Estaba ahora tan fuerte como antes de la
cogida. Lo nico que le haca recordar este accidente, cuando cazaba en
el cortijo, era cierta debilidad en la pierna herida. Pero esto slo lo
notaba despus de largas marchas.

--Har too lo que sepa--murmuraba Gallardo con falsa modestia--. Yo creo
que no quear mal der too.

El apoderado intervena, con la brava ceguera de su fe:

--Quears como las propias rosas... como un ngel. Si t te metes los
toros en el bolsillo!...

Luego, los entusiastas de Gallardo, olvidando por un momento la corrida,
comentaban una noticia que acababa de circular por la ciudad.

En un monte de la provincia de Crdoba, la Guardia civil haba
encontrado un cadver descompuesto, con la cabeza desfigurada, casi
deshecha por una descarga a boca de jarro. Imposible reconocerle, pero
sus ropas, la carabina, todo haca creer que era el _Plumitas_.

Gallardo escuchaba silencioso. No haba visto al bandido despus de su
cogida, pero guardaba de l un buen recuerdo. Sus cortijeros le haban
dicho que mientras l estaba en peligro se present dos veces en _La
Rinconada_ para preguntar por su salud. Luego, viviendo en el cortijo
con su familia, varias veces pastores y jornaleros le hablaron
misteriosamente del _Plumitas_, que al encontrarlos en un camino y saber
que eran de _La Rinconada_ les daba memorias para el seor Juan.

Pobre hombre! Gallardo le compadeca, recordando sus predicciones. No
le haba matado la Guardia civil. Le haban asesinado durante su sueo.
Haba perecido a manos de los suyos, de un aficionado, de uno de los
que venan detrs empujando, con el ansia de ganarse el cartel.

El domingo, su marcha a la plaza fue ms penosa que otras veces. Carmen
haca esfuerzos por mostrarse tranquila, y hasta estuvo presente en el
acto de vestir _Garabato_ al maestro. Sonrea, con una sonrisa dolorosa;
fingase alegre, creyendo notar en su marido una preocupacin igual, que
tambin intentaba disimular con forzado regocijo. La seora Angustias
andaba por cerca de la habitacin, queriendo contemplar una vez ms a su
Juanillo, como si fuese a perderle.

Cuando sali Gallardo al patio, con la montera puesta y la capa al
hombro, la madre le ech los brazos al cuello derramando lgrimas. No
dijo una palabra, pero los ruidosos suspiros parecan revelar sus
pensamientos. Torear por primera vez despus de su desgracia en la
misma plaza donde haba sido cogido!... Sus supersticiones de mujer
popular rebelbanse ante esta imprudencia. Ay, cundo se retirara del
maldito oficio! No tena an bastante dinero?

Pero el cuado intervino, con su autoridad de grave consejero de la
familia. Vamos, mamita, que la cosa no era para tanto. Una corrida como
todas. Lo que convena era dejar en paz a Juan, no quitarle la serenidad
con stos lloriqueos a la hora de ir a la plaza.

Carmen fue ms valerosa. No llor; acompa a su marido hasta la puerta;
quera animarlo. Adems, desde que haba renacido su amor a impulsos de
la desgracia, y ella y Juan vivan tranquilamente, querindose mucho, no
crea que un nuevo accidente viniese a turbar su dicha. Aquella cogida
era obra de Dios, que muchas veces saca el bien del mal, y haba querido
unirlos por medio de un accidente doloroso. Juan toreara como otras
veces y volvera a casa sano y salvo.

--Que tengas buena suerte!

Y contempl con ojos amorosos el carruaje que se alejaba seguido de un
grupo de pilluelos, embelesados en la contemplacin envidiosa de los
oropeles de los lidiadores. Al quedar sola, la pobre mujer subi a su
cuarto, encendiendo luces ante una imagen de la Virgen de la Esperanza.

El _Nacional_ iba en el coche, cejijunto y sombro, al lado de su
maestro. Aquel domingo era de elecciones, pero sus compaeros de
cuadrilla no haban llegado a enterarse de ello. La gente slo hablaba
de la muerte del _Plumitas_ y de la corrida de toros.

El banderillero haba permanecido hasta pasado medioda con los
compaeros de comit trabajando por la idea. Maldita corrida, que
vena a interrumpir sus funciones de buen ciudadano, impidiendo que
llevase a las urnas a unos cuantos amigos que se quedaban sin votar si
l no iba por ellos! Slo los de la idea acudan a los lugares donde
se verificaba la votacin: la ciudad pareca ignorar la existencia de
las elecciones. Haba en las calles grandes grupos discutiendo con
apasionamiento; pero slo hablaban de toros. Qu gentes!... El
_Nacional_ recordaba indignado las trampas y violencias de los enemigos
al amparo de esta soledad. Don Joselito, que haba protestado con toda
su elocuencia tribunicia, estaba en la crcel junto con otros amigos. El
banderillero, que deseaba compartir su martirio, se haba visto obligado
a abandonarlos para vestir el traje de luces e ir en busca de su
maestro. Y este atropello a los ciudadanos iba a quedar impune? Y el
pueblo no se levantara?

Al pasar el coche por las inmediaciones de La Campana, vieron los
toreros una gran masa de gente popular con los garrotes en alto,
vociferando en actitud sediciosa. Los agentes de polica, sable en mano,
cargaban contra ellos, recibiendo palos y devolviendo mandobles.

El _Nacional_ se levant del asiento, queriendo echarse abajo del
carruaje. Ah, por fin! Llegaba el momento!...

--La revolusin! Ya se arm la gorda!

Pero el maestro, entre risueo y enfadado, lo devolvi a su asiento con
un empelln.

--No seas panoli, Sebastin. T slo ve revolusiones y musuraas en toas
partes.

Los de la cuadrilla rean adivinando la verdad. Era el noble pueblo,
que, indignado al no encontrar billetes para la corrida en el despacho
de La Campana, ansiaba asaltarlo e incendiarlo, siendo repelido por la
polica. El _Nacional_ baj tristemente la cabeza.

--Reacsin y atraso! Farta de sab le y escrib!

Llegaron a la plaza. Una ruidosa ovacin, un estrpito interminable de
palmadas acogi la presencia de las cuadrillas en el ruedo. Todos los
aplausos eran para Gallardo. El pblico saludaba su primera aparicin en
la arena luego de la tremenda cogida que tanto haba dado que hablar en
toda la Pennsula.

Cuando lleg el momento para Gallardo de matar su primer toro, volvi a
repetirse la explosin de entusiasmo. Las mujeres, de mantilla blanca,
le seguan desde los palcos con sus gemelos; en los tendidos de sol
aplaudan y aclamaban lo mismo que en los de sombra. Hasta los enemigos
sentanse arrastrados por este impulso simptico. Pobre muchacho!
Haba sufrido tanto!... La plaza era suya por entero. Nunca haba visto
Gallardo un pblico entregado a l tan completamente.

Se quit la montera ante la presidencia para brindar. Ol! ol! Nadie
oy una palabra, pero todos se entusiasmaron. Deba haber dicho cosas
muy buenas. Y el aplauso le acompa cuando se diriga hacia el toro,
cesando con un silencio de expectacin al verle prximo a la fiera.

Extendi la muleta, quedando plantado ante el animal, pero a alguna
distancia, no como otras veces, en las que enardeca al pblico
tendiendo el trapo rojo casi en el hocico. Notose en el silencio de la
plaza un movimiento de extraeza, pero nadie dijo nada. Varias veces
golpe Gallardo el suelo con un pie para incitar a la bestia, y sta,
por fin, acometi blandamente, pasando apenas bajo la muleta, pues el
torero se apresur a apartarse con visible precipitacin. Muchos se
miraron en los tendidos. Qu era aquello?...

El espada vio a su lado al _Nacional_ y algunos pasos ms all a otro
pen de la cuadrilla, pero no grit Fuera too er mundo!

En el gradero elevbase un rumor, producto de vehementes
conversaciones. Los amigos del espada crean oportuno explicarse en
nombre de su dolo.

--Est entoava resento. No deba torear. Esa pierna!... No lo ven
usts?

Los capotes de los dos peones ayudaban al espada en sus pases. La fiera
agitbase con aturdimiento entre las rojas telas, y apenas acometa a la
muleta senta el capotazo de otro torero atrayndola lejos del espada.

Gallardo, como si desease salir pronto de esta situacin, se cuadr con
el estoque alto, arrojndose sobre el toro.

Un murmullo de estupefaccin acogi el golpe. La espada qued clavada en
menos de un tercio, cimbrendose, prxima a saltar del cuello. Gallardo
se haba apartado de los cuernos, sin hundir el estoque hasta el puo
como otras veces.

--Pero est bien puesta!--gritaban los entusiastas sealando la espada,
y aplaudan estrepitosamente para suplir con el ruido la falta de
nmero.

Los inteligentes sonrean con lstima. Aquel muchacho iba a perder lo
nico que tena notable: el valor, el atrevimiento. Le haban visto
encoger el brazo instintivamente en el momento de llegar al toro con el
estoque; le haban visto ladear la cara con ese movimiento de pavor que
impulsa a los hombres a la ceguera para ocultarse el peligro.

Rod el estoque por el suelo, y Gallardo, tomando otro, volvi sobre el
toro, acompaado de sus peones. El capote del _Nacional_ estaba pronto a
desplegarse junto a l para distraer a la bestia. Adems, los berridos
del banderillero aturdan a la fiera y la hacan revolverse cuando se
aproximaba mucho a Gallardo.

Otra estocada del mismo gnero, quedando descubierta la hoja de acero en
ms de una mitad.

--No se arrima--comenzaban a protestar en los tendidos--. Les ha tomao
asco a los cuernos.

Gallardo abra los brazos en cruz frente al toro, como dando a entender
al pblico situado a sus espaldas que el animal ya tena bastante con
aquella estocada y que de un momento a otro iba a caer. Pero la bestia
mantenase en pie, volviendo su cabeza a un lado y a otro.

El _Nacional_, excitndola con el trapo, la haca correr, y aprovechaba
ciertas ocasiones para golpearla el cuello con el capote rudamente, con
toda la fuerza de su brazo. El pblico, adivinando sus intenciones,
comenz a protestar. Haca correr al animal para que con el movimiento
se clavase ms el estoque. Sus pesados capotazos eran para hundir la
espada. Llambanle ladrn; aludan a su madre con feas palabras, dudando
de la legitimidad de su nacimiento; agitbanse en los tendidos de sol
amenazantes garrotes; comenzaron a caer sobre la arena, con propsito de
herirle, naranjas y botellas; pero l soportaba, como si fuese sordo y
ciego, esta rociada de insultos y proyectiles, y segua corriendo al
toro, con la satisfaccin del que cumple su deber y salva a un amigo.

La fiera, de pronto, lanz un chorro de sangre por la boca, y
tranquilamente dobl las patas, quedando inmvil, pero con la cabeza
alta, prxima a levantarse y acometer. Se aproxim el puntillero,
deseoso de acabar cuanto antes y sacar al maestro de su compromiso. El
_Nacional_ le ayud, apoyndose en la espada con disimulo y apretndola
hasta la empuadura.

El pblico del sol, que vio esta maniobra, psose de pie con airada
protesta.

--Ladrn! Asesino!...

Indignbase en nombre del pobre toro, cual si ste no hubiese de morir
de todas suertes; amenazaban con el puo al _Nacional_, como si
acabasen de presenciar un crimen, y el banderillero, cabizbajo, acab
por refugiarse detrs de la barrera.

Gallardo, mientras tanto, iba hacia la presidencia para saludar, y los
entusiastas incondicionales le acompaaban con un aplauso tan ruidoso
como poco nutrido.

--No ha teno suerte--decan con su ardiente fe a prueba de
desengaos--. Pero las estocadas, qu bien marcadas!... Eso no hay
quien lo discuta.

El espada fue a colocarse un instante frente al tendido donde estaban
sus ms fervorosos partidarios, y se apoy en la barrera, dndoles
explicaciones. El toro era malo: no haba medio de hacer con l una
buena faena.

Los entusiastas, con don Jos al frente, asentan a estas explicaciones,
que eran las mismas que ellos haban inventado.

Permaneci Gallardo gran parte de la corrida en el estribo de la
barrera. Buenas eran tales explicaciones para los partidarios, pero l
senta en su interior una duda cruel, una desconfianza en su persona que
nunca haba conocido.

Los toros le parecan ms grandes, con una vida doble que les daba
mayor resistencia para no morir. Los de antes caan bajo su estoque con
una facilidad de milagro. Indudablemente le haban soltado lo peor de la
ganadera, para hacerle quedar mal. Alguna intriga de los enemigos.

Otra sospecha se mova confusa en lo ms obscuro y hondo de su
pensamiento, pero l no quera contemplarla de cerca, no tena inters
en extraerla de su misteriosa lobreguez. Su brazo pareca ms corto en
el momento de tenderse con el estoque por delante. Antes llegaba con una
velocidad de relmpago al cuello de la fiera; ahora era un viaje
interminable, un vaco pavoroso, que no saba cmo salvar. Sus piernas
tambin eran otras. Parecan vivir sueltas, con propia vida,
independientes del resto del cuerpo. En vano su voluntad las ordenaba
permanecer quietas y firmes, como otras veces. No obedecan. Parecan
tener ojos, ver el peligro, y saltaban con excesiva ligereza, sin aplomo
para esperar, as que sentan las ondulaciones del aire cortado por el
empuje de la fiera.

Gallardo volva contra el pblico la vergenza del fracaso, la rabia por
su repentina debilidad. Qu deseaban aquellas gentes? Que se dejase
matar para darlas gusto?... Bastantes seales de loca audacia llevaba en
el cuerpo. El no necesitaba probar su coraje. Si viva era de milagro,
gracias a celestiales intervenciones, a que Dios es bueno, y a las
oraciones de su madre y la pobrecita de su mujer. Haba visto la cara
seca de la Muerte como pocos la ven, y saba mejor que nadie lo que vale
el vivir.

--Si creis que vais a tomame er pelo!--deca mentalmente mientras
contemplaba a la muchedumbre.

El toreara en adelante como muchos de sus compaeros. Unos das lo
hara bien, otros mal. El toreo no era mas que un oficio, y una vez
llegado a los primeros lugares, lo importante era vivir, salvando los
compromisos como mejor pudiese. No iba a dejarse coger por el gusto de
que la gente se hiciera lenguas de su valenta.

Cuando lleg el momento de matar su segundo toro, estos pensamientos le
infundieron un tranquilo valor. Con l no acababa ningn animal! Hara
cuanto pudiese para no ponerse al alcance de sus cuernos.

Al ir hacia la fiera tuvo el mismo gesto arrogante de sus grandes
tardes: Fuera too er mundo!

La muchedumbre se agit con un murmullo de satisfaccin. Haba dicho
Fuera todo el mundo! Iba a hacer una de las suyas.

Pero ni lleg lo que el pblico esperaba, ni el _Nacional_ dej de
marchar tras l, capote al brazo, adivinando con su astucia de antiguo
pen habituado a las marrulleras de los matadores la falsedad teatral
de esta orden.

Tendi el trapo a alguna distancia del toro y comenz a darle pases con
visible recelo, quedando en cada uno de ellos a gran distancia de la
fiera y ayudado siempre por el capote de Sebastin.

Al permanecer un instante con la muleta baja, hizo el toro un movimiento
como para embestir, pero no se movi. El espada, sobradamente alerta,
engaose con este movimiento y dio unos cuantos pasos atrs, que fueron
verdaderos saltos, huyendo del animal, que no le haba acometido.

Qued en una posicin grotesca por este retroceso innecesario, y una
parte del pblico ri entre exclamaciones de asombro. Sonaron algunos
silbidos.

--Juy, que te coge!--grit una voz irnica.

--Sarasa!--suspir otra con entonacin afeminada.

Gallardo enrojeci de clera. Esto a l! Y en la plaza de Sevilla!...
Sinti la corazonada audaz de sus tiempos de principiante, un deseo loco
de caer ciegamente sobre el toro, y fuese lo que Dios quisiera. Pero su
cuerpo se resisti a obedecerle. Su brazo pareca pensar; sus piernas
vean el peligro, burlndose con su rebelin de las exigencias de la
voluntad.

Adems, el pblico, reaccionando ante el insulto, vino en su ayuda e
impuso silencio. Tratar as a un hombre que estaba convaleciente de una
cogida grave!... Esto era indigno de la plaza de Sevilla! A ver si
haba decencia!

Gallardo se aprovech de esta compasin simptica para salir del
compromiso. Marchando de lado contra el toro, lo hiri con una estocada
atravesada y traidora. Cay el animal como una bestia de matadero,
soltando un cao de sangre por la boca. Unos aplaudieron sin saber por
qu aplaudan, otros silbaron, y la gran masa permaneci en silencio.

--Si le han soltado perros traicioneros!--clamaba el apoderado desde su
asiento, a pesar de que la corrida era de la ganadera del marqus--.
Si eso no son toros!... Ya veremos en otra, cuando sean bichos nobles
de verdad.

Al salir de la plaza, Gallardo not el silencio del gento. Pasaban los
grupos junto a l sin un saludo, sin una aclamacin de aquellas con que
le acogan en las tardes felices. Ni siquiera sigui el carruaje la
turba miserable que se quedaba fuera de la plaza aguardando noticias y
antes de terminar la corrida estaba enterada de todos sus incidentes y
de las hazaas del maestro.

Gallardo gust por primera vez la amargura del fracaso. Hasta sus
banderilleros iban ceudos y silenciosos, como soldados en derrota. Pero
al llegar a casa y sentir en el cuello los brazos de su madre, de Carmen
y hasta de su hermana, as como el contacto de todos los sobrinillos,
que se cogan a sus piernas, el espada sinti desvanecerse esta
tristeza. Mardita sea!... Lo importante era vivir; que la familia
permaneciese tranquila; ganar el dinero del pblico como otros toreros,
sin audacias que un da u otro conducen a la muerte.

Los das siguientes sinti la necesidad de exhibirse, de hablar con los
amigos en los cafs populares y en los clubs de la calle de las Sierpes.
Crea que al imponer con su presencia un corts silencio a los
maldicientes evitaba los comentarios sobre su fracaso. Pasaba tardes
enteras en las tertulias de los aficionados modestos que haba
abandonado mucho tiempo antes buscando la amistad de las gentes ricas.
Despus entraba en los _Cuarenta y cinco_, donde el apoderado haca
reinar sus opiniones a fuerza de gritos y manotazos, sosteniendo, como
siempre, la gloria de Gallardo.

Famoso don Jos! Su entusiasmo era inconmovible, a prueba de bomba, no
ocurrindosele jams que su matador pudiera dejar de ser como l le
crea. Ni una crtica, ni una recriminacin por el fracaso; antes bien,
l mismo se encargaba de excusarle, aadiendo a esto el consuelo de sus
buenos consejos.

--T ests resento an de tu cogida. Lo que yo digo: Ya le vern
usts, cuando est bueno del todo, y me darn noticias... Haz como
otras veces. Te vas al toro derechamente, con ese coraje que Dios te ha
dao, y zas! estocada hasta la cruz... y te lo metes en el bolsillo.

Gallardo aprobaba con una sonrisa enigmtica... Meterse los toros en el
bolsillo! No deseaba otra cosa. Pero ay! se haban hecho tan grandes e
intratables! Haban crecido tanto en el tiempo que l no pisaba la
arena!...

El juego consolaba a Gallardo, hacindole olvidar sus preocupaciones.
Volvi con nueva furia a perder el dinero en la mesa verde, rodeado de
aquella juventud que no reparaba en sus fracasos porque era un torero
elegante.

Una noche se lo llevaron a cenar a la Venta de Eritaa. Gran juerga con
unas extranjeras de vida alegre, a las que algunos de estos jvenes
conocan de Pars. Haban venido a Sevilla con motivo de las fiestas de
Semana Santa y de la Feria, y ansiaban conocer lo ms pintoresco de la
tierra. Eran de una hermosura algo marchita, reanimada por los
artificios de la elegancia. Los jvenes ricos iban tras ellas, atrados
por el encanto de lo extico, solicitando generosos abandonos que pocas
veces eran rehusados. Deseaban conocer a un torero clebre, un espada de
los ms guapos, aquel Gallardo cuyo retrato haban contemplado tantas
veces en estampas populares y cajas de cerillas. Luego de verle en la
plaza, haban pedido a sus amigos que se lo presentasen.

La reunin fue en el gran comedor de Eritaa, un saln en pleno jardn,
con decorado de arbiga vulgaridad, pobre imitacin de los esplendores
de la Alhambra. En este local se verificaban los banquetes polticos y
las juergas: se brindaba con fogosa oratoria por la regeneracin de la
patria, y se mecan y ensanchaban las curvas femeniles con el vaivn del
tango, al runrn de las guitarras, mientras en los rincones sonaban
besos y chillidos y se rompan botellas.

Gallardo fue recibido como un semidis por las tres mujeres, que,
olvidando a sus amigos, slo le miraban a l y se disputaban el honor de
sentarse a su lado, acaricindolo con ojos de lobas en celo... Le
recordaban a la otra, a la ausente, a la casi olvidada, con sus
cabelleras de oro, sus trajes elegantes y un ambiente de carne perfumada
y tentadora que, emanando de sus cuerpos, pareca envolverle en una
espiral de embriaguez.

La presencia de sus camaradas contribua a hacer ms vivo este recuerdo.
Todos eran amigos de doa Sol; algunos hasta pertenecan a su familia y
l los haba mirado como parientes.

Comieron y bebieron con esa voracidad salvaje de las fiestas nocturnas,
a las que se va con un propsito firme de excederse en todo, buscando
embriagarse cuanto antes para atrapar la alegra del aturdimiento.

En un extremo del saln rasgueaban sus guitarras unos gitanos, entonando
canciones melanclicas. Una de aquellas mujeres, con entusiasmo de
nefita, salt sobre la mesa, comenzando a mover torpemente las
soberbias caderas, queriendo imitar las danzas del pas, haciendo alarde
de los adelantos realizados en pocos das bajo la direccin de un
maestro sevillano.

--Asara!... Malaje!... Sosa!--gritaban irnicamente los amigos,
jalendola con rtmicas palmadas.

Se burlaban de su pesadez, pero admiraban con ojos de deseo la gallarda
de su cuerpo. Y ella, orgullosa de su arte, tomando por elogios
entusiastas estos gritos incomprensibles, segua moviendo las caderas y
elevaba los brazos como asas de nfora en torno de su cabeza, con la
mirada en alto.

Pasada media noche, estaban todos ebrios. Las mujeres, perdido el pudor,
asediaban con su admiracin al espada. Este se dejaba manejar impasible
por las manos que se lo disputaban, mientras las bocas le sorprendan
con ardorosos contactos en las mejillas y el cuello. Estaba borracho,
pero su borrachera era triste. Ay, la otra!... la rubia verdadera! El
oro de estas cabelleras que comenzaban a deshacerse en torno de l era
artificial, cubriendo un pelo grueso y fuerte, endurecido por la
qumica. Los labios tenan un sabor de manteca perfumada. Sus redondeces
daban una sensacin de dureza pulida por el contacto, semejante a la de
las aceras. Al travs de los perfumes, su imaginacin olfateaba un olor
de vulgaridad original. Ay, la otra! la otra!...

Gallardo, sin saber cmo, se vio en los jardines, bajo el solemne
silencio que pareca descender de las estrellas, entre cenadores de
frondosa vegetacin, siguiendo una senda tortuosa, viendo al travs del
follaje las ventanas del comedor iluminadas cual bocas de infierno, por
las que pasaban y repasaban las sombras como demonios negros.

Una mujer oprima su brazo tirando de l, y Gallardo se dejaba llevar,
sin verla siquiera, con el pensamiento lejos, muy lejos.

Una hora despus volvi al comedor. Su compaera, con los pelos
alborotados y los ojos brillantes y hostiles, hablaba a las amigas.
Estas rean y le sealaban con gesto despectivo a los dems hombres, que
rean tambin... Ah, Espaa! Pas de desilusiones, donde todo era pura
leyenda, hasta el coraje de los hroes!...

Gallardo bebi ms y ms. Las mujeres, que antes se lo disputaban,
asedindolo con sus caricias, volvanle la espalda, cayendo en brazos de
los otros hombres. Los guitarristas apenas tocaban, y ahitos de vino
inclinbanse sobre sus instrumentos con placentera somnolencia.

El torero iba tambin a dormirse sobre una banqueta, cuando le ofreci
llevarle a casa en su carruaje uno de aquellos amigos, obligado a
retirarse antes de que su madre la condesa se levantara, como todos los
das, para ir a la misa del alba.

El viento de la noche no disip la embriaguez del torero. Cuando el
amigo le dej en la esquina de su calle, Gallardo anduvo con paso
vacilante hacia su casa. Cerca de la puerta se detuvo, agarrndose a la
pared con ambas manos y descansando la cabeza en los brazos, como si no
pudiese soportar el peso de sus meditaciones.

Haba olvidado completamente a sus amigos, la cena en Eritaa y las tres
extranjeras pintarrajeadas que se lo haban disputado, acabando por
insultarle. Algo quedaba en su memoria de la otra, eso siempre!... pero
indeciso y en ltimo trmino. Ahora su pensamiento, por uno de esos
saltos caprichosos de la embriaguez, lo ocupaban por entero las
corridas de toros.

El era el primer matador del mundo, ol! As lo afirmaban su apoderado
y los amigos, y as era la verdad. Ya veran los adversarios cosa buena
cuando l volviese a la plaza. Lo del otro da era un simple descuido:
la mala suerte, que le haba jugado una de las suyas.

Orgulloso de la fuerza omnipotente que en aquel instante le comunicaba
la embriaguez, vea a todos los toros, andaluces y castellanos, como
dbiles cabras que poda abatir con slo un golpe de su mano.

Lo del otro da no era nada. Lquido!... como deca el _Nacional_.
Al mejor _cantaor_ se le escapa un gallo.

Y este aforismo, aprendido de la boca de venerables patriarcas del toreo
en tardes de desgracia, le comunic un deseo irresistible de cantar,
poblando con su voz el silencio de la calle solitaria.

Con la cabeza siempre apoyada en los brazos comenz a canturrear una
estrofa de su invencin, que era una alabanza disparatada a sus mritos:
Yo soy Juaniyo Gallardo... con ms c...oraje que Di. Y no pudiendo
improvisar ms en su honor, repeta y repeta las mismas palabras con
voz ronca y montona, que alteraba el silencio y haca ladrar a un perro
invisible en el fondo de la calle.

Era la herencia paternal que renaca en l: la mana cantante que
acompaaba al seor Juan el remendn en sus borracheras semanales.

Se abri la puerta de la casa y avanz _Garabato_ la cabeza, medio
dormido an, para ver al beodo, cuya voz haba credo reconocer.

--Ah! eres t?--dijo el espada--. Asprate, que voy a sort la ltima.

Y todava repiti varias veces la incompleta cancin en honor de su
valenta, hasta que al fin se decidi a entrar en la casa.

No senta deseos de acostarse. Adivinando su estado retardaba el momento
de subir a la habitacin, donde le aguardaba Carmen, tal vez despierta.

--Ve a dormir, _Garabato_. Yo tengo que has muchas cosas.

No saba cules eran, pero le atraa su despacho, con todo aquel
decorado de arrogantes retratos, moas arrancadas a los toros y carteles
que pregonaban su fama.

Cuando se inflamaron los globos de luz elctrica y se alej el criado,
Gallardo qued en el centro del despacho, vacilante sobre sus piernas,
paseando por las paredes una mirada de admiracin, como si contemplase
por primera vez este museo de gloria.

--Mu bien... pero que mu bien!--murmuraba--. Ese gen mozo soy yo... y
ese otro tambin... y toos!... Y an hay quien dise de m!... Mardita
sea!... Yo soy el prim hombre der mundo. Don Jos lo dise, y dise la
verd.

Arroj su sombrero sobre el divn, como si se despojase de una corona de
gloria que abrumaba su frente, y tambalendose fue a apoyar las manos en
el escritorio, quedando con la mirada fija en la enorme cabeza de toro
que adornaba la pared del fondo del despacho.

--Hola! Genas noches, mozo geno!... Qu pintas t aqu?... Muu!
muu!

Lo saludaba con mugidos, imitando infantilmente el bramar de los toros
en la dehesa y en la plaza. No lo reconoca; no poda acordarse de por
qu estaba all la peluda cabeza con sus cuernos amenazadores. Poco a
poco fue haciendo memoria.

--Te conosco, gach... Me acuerdo de lo que me hiciste rabi aquella
tarde. La gente silbaba, me tiraban boteyas... hasta le fartaron a mi
probe mare, y t tan contento!... Cmo te divertiras, he?
sinvergensn!...

Su mirada de ebrio crey ver temblar con estremecimiento de risa el
brillo del hocico barnizado y la luz de los ojos de cristal. Hasta se
imagin que el cornpeto mova el testuz, asintiendo a esta pregunta con
una ondulacin de su cuello colgante.

El borracho, hasta entonces sonriente y bonachn, sinti nacer su clera
con el recuerdo de aquella tarde de desgracia. Y an se rea aquel mal
bicho?... Estos toros de perversa intencin, marrulleros y reflexivos,
que parecan burlarse del lidiador, eran los que tenan la culpa de que
un hombre de bien fuese insultado y se viera en ridculo. Ay, cmo los
odiaba Gallardo! Qu mirada de odio la suya al fijarla en los ojos de
cristal de la cornuda cabeza!...

--An te res, hijo de perra? Mardito seas, guasn! Mardita la vaca
que te pari y el ladrn de tu amo que te dio hierba en la dehesa!
Ojal est en presidio!... An te res? an me haces muecas?

A impulsos de su rabia, tendi el busto sobre la mesa, avanzando los
brazos y abriendo los cajones. Despus se irgui, levantando una mano
hacia el cornudo testuz.

Pum! pum!... Dos tiros de revlver.

Salt un globo de vidrio en menudos fragmentos de la cuenca de un ojo, y
en la frente de la bestia se abri un agujero redondo y negro entre
pelos chamuscados.




VIII


En plena primavera la temperatura dio un salto atrs, con la extremada
violencia del clima de Madrid, inconstante y loco.

Haca fro. El cielo gris derramaba violentas lluvias, acompaadas
algunas veces de copos de nieve. La gente, vestida ya con trajes
ligeros, abra armarios y cofres para sacar capas y gabanes. La lluvia
ennegreca y deformaba los blancos sombreros primaverales.

Haca dos semanas que no se daban funciones en la Plaza de Toros. La
corrida del domingo aplazbase para un da de la semana en que hiciese
buen tiempo. El empresario, los empleados de la plaza y los innumerables
aficionados, a los que esta suspensin forzosa traa de mal humor,
espiaban el firmamento con la ansiedad del labriego que teme por sus
cosechas. Una clara en el cielo o la aparicin de unas estrellas a media
noche, cuando salan ellos de los cafs, les devolvan la alegra.

--Va a levantarse el tiempo... Pasado maana corrida.

Pero las nubes volvan a juntarse, persista la cerrazn gris, con su
constante lloro, e indignbase la gente de la aficin contra la
temperatura, que pareca haber declarado guerra a la fiesta nacional...
Pas desgraciado! Hasta las corridas de toros iban siendo imposibles en
l.

Gallardo llevaba dos semanas de forzoso descanso. Su cuadrilla quejbase
de la inaccin. En cualquier otro punto de Espaa habran sufrido
resignados los toreros esta demora. La estancia en el hotel la pagaba el
espada en todas partes menos en Madrid. Era una mala costumbre
establecida haca tiempo por los maestros vecinos de la capital. Se
supona que todos los toreros deban tener en la corte domicilio propio.
Y los pobres peones y picadores, que habitaban una casucha de huspedes
tenida por la viuda de un banderillero, apretaban su existencia con toda
clase de economas, fumando poco y quedndose a la puerta de los cafs.
Pensaban en sus familias con una avaricia de hombres que a cambio de su
sangre slo reciban un puado de duros. Cuando vinieran a darse las dos
corridas, ya se habran comido el producto de ellas.

El espada mostrbase igualmente malhumorado en la soledad de su hotel,
pero no a causa del tiempo, sino de su mala suerte.

Haba toreado la primera corrida en Madrid con resultado deplorable. El
pblico era otro para l. An le quedaban partidarios de fe
inquebrantable que se aferraban a su defensa; pero estos entusiastas,
ruidosos y agresivos un ao antes, mostraban ahora cierta tristeza, y
cuando hallaban ocasin de aplaudirle lo hacan con timidez. En cambio,
los enemigos y la gran masa del pblico, que desea peligros y muertes,
qu injustos en sus apreciaciones! qu audaces para insultarle!... Lo
que toleraban a otros matadores, estaba vedado para l.

Le haban visto audaz, lanzndose ciegamente en el peligro, y as le
queran para siempre, hasta que la muerte cortase su carrera. Haba sido
un suicida con suerte en los primeros tiempos, cuando necesitaba
crearse un nombre, y la gente no transiga ahora con su prudencia. El
insulto acompaaba siempre a sus intentos de conservacin. Apenas tenda
la muleta ante el toro a cierta distancia, estallaba la protesta. No se
arrimaba! tena miedo! Y bastaba que diese un paso atrs, para que el
populacho saludase esta precaucin con insultos soeces.

La noticia de lo ocurrido en Sevilla en la corrida de Pascua pareca
haber circulado por toda Espaa. Los enemigos se vengaban de largos aos
de envidia. Los compaeros profesionales, a los que haba empujado
muchas veces al peligro por exigencias de la emulacin, propagaban con
hipcritas expresiones de lstima la decadencia de Gallardo. Se acab
el valor! La ltima cogida le haba hecho demasiado prudente. Y los
pblicos, impresionados por estas noticias, fijaban sus ojos en el
torero apenas sala a la plaza, con una predisposicin a encontrar malo
todo cuanto hiciese, as como antes le aplaudan hasta en sus defectos.

La veleidad caracterstica de las muchedumbres ayudaba a este cambio de
opinin. La gente estaba fatigada de admirar el valor de Gallardo, y
gozaba ahora apreciando su miedo o su prudencia, como si esto la hiciese
a ella ms valerosa.

Nunca crea el pblico que estaba bastante cerca del toro. Hay que
arrimarse ms! Y cuando l, dominando con un esfuerzo de voluntad su
organismo, que tenda a rehuir el peligro, consegua matar un toro como
en otros tiempos, la ovacin no era igualmente ruidosa. Pareca haberse
roto la corriente de entusiasmo que le una antes con el pblico. Sus
escasos triunfos servan para que la gente le abrumase con lecciones y
consejos. As se mata! As debes hacer siempre, mauln!

Los partidarios fieles reconocan sus fracasos, pero los excusaban
hablando de las hazaas realizadas por Gallardo en las tardes de buena
fortuna.

--Se descuida algo--decan--. Est cansado. Pero cuando l quiere!...

--Ay! Gallardo quera siempre. Por qu no hacerlo bien, ganando el
aplauso del pblico?... Pero sus xitos, que los aficionados crean un
capricho de la voluntad, eran obra del azar o de un conjunto de
circunstancias; la corazonada audaz de los buenos tiempos, que slo la
senta ahora muy de tarde en tarde.

En varias plazas de provincia haba odo ya silbidos. Las gentes del sol
le insultaban con bramar de cuernos y toques de cencerro cuando se
demoraba en dar muerte a los toros, clavndoles medias estocadas que no
llegaban a hacer doblar las patas a la fiera.

En Madrid, el pblico le aguardaba de ua, como l deca. Apenas le
vieron los espectadores de la primera corrida pasar de muleta a un toro
y entrar a matar, estall el escndalo. Les haban cambiado al nio
de Sevilla! Aquel no era Gallardo: era otro. Encoga el brazo, volva la
cara, corra con una viveza de ardilla, ponindose fuera del alcance del
toro, sin serenidad para aguardarle a pie firme. Notbase en l una
deplorable disminucin de valor y de fuerzas.

La corrida fue un fracaso para Gallardo, y en las tertulias de los
aficionados se habl mucho de este suceso. Los viejos, que encontraban
malo todo lo presente, comentaron la flojedad de los toreros modernos.
Presentbanse con un atrevimiento loco, y apenas sentan en la carne el
contacto del cuerno... se acabaron los hombres!

Gallardo, obligado al descanso por el mal tiempo, aguardaba impaciente
la segunda corrida, con el propsito de realizar grandes hazaas. Le
dola mucho la herida abierta en su amor propio por las burlas de los
enemigos. Si volva a provincias con la mala fama de un fracaso en
Madrid, era hombre perdido. El dominara su nerviosidad, vencera
aquella preocupacin que le haca huir el cuerpo y ver los toros ms
grandes y temibles. Considerbase con fuerzas para realizar el mismo
trabajo de otros tiempos. Un poco de flojera en el brazo y en la pierna,
pero esto pasara.

Su apoderado le habl de una contrata ventajossima para ciertas plazas
de Amrica. No; l no pasaba ahora los mares. Necesitaba demostrar en
Espaa que era el espada de siempre. Luego ya pensara en la
conveniencia de hacer este viaje.

Con el ansia del hombre popular que siente quebrantarse su prestigio,
Gallardo exhibase prdigamente en los lugares frecuentados por las
gentes de la aficin. Entraba en el Caf Ingls, donde se reunen los
partidarios de los toreros andaluces, y con su presencia evitaba que el
implacable comentario siguiera cebndose en su nombre. El mismo,
sonriente y modesto, iniciaba la conversacin, con una humildad que
desarmaba a los ms intransigentes.

--Es sierto que no estuve bien, lo reconosco... Pero ya vern usts en
la prsima corra, as que aclare el tiempo... Se har lo que se puea.

En ciertos cafs de la Puerta del Sol, donde se reunan otros
aficionados de clase ms modesta, no se atreva a entrar. Eran los
enemigos del toreo andaluz, los madrileos netos, amargados por la
injusticia de que todos los matadores fuesen de Crdoba y Sevilla, sin
que la capital tuviera un representante glorioso. El recuerdo de
_Frascuelo_, al que consideraban hijo de Madrid, perduraba en estas
tertulias con una veneracin de santo milagroso. Los haba de ellos que
en muchos aos no haban ido a la plaza, desde que se retir el negro.
Para qu? Contentbanse con leer las reseas de los peridicos,
convencidos de que no haba toros, ni siquiera toreros, desde la muerte
de _Frascuelo_. Nios andaluces nada ms; bailarines que hacan monadas
con la capa y el cuerpo, sin saber lo que era recibir un toro.

De vez en cuando circulaba entre ellos un soplo de esperanza. Madrid iba
a tener un gran matador. Acababan de descubrir a un novillero, hijo de
las afueras, que, despus de cubrirse de gloria en las plazas de
Vallecas y Tetun, trabajaba los domingos en la plaza grande en corridas
baratas.

Su nombre se haca popular. En las barberas de los barrios bajos
hablaban de l con entusiasmo, profetizndole los mayores triunfos. El
hroe andaba de taberna en taberna bebiendo copas y engrosando el ncleo
de partidarios. Los aficionados pobres que no asistan a las grandes
corridas por ser cara la entrada, y esperaban al anochecer la salida de
_El Enano_ para comentar el mrito de unos lances no vistos, agrupbanse
en torno del futuro maestro, protegindolo con la sabidura de su
experiencia.

--Nosotros--decan con orgullo--conocemos a las estrellas del toreo
antes que los ricos.

Pero transcurra el tiempo sin que las profecas se cumpliesen. El hroe
caa vctima de una cornada mortal, sin otro responso de gloria que
cuatro lneas en los peridicos, o se achicaba tras una cogida,
quedando convertido en uno de tantos paseantes que exhiben la coleta en
la Puerta del Sol aguardando imaginarias contratas. Entonces los
aficionados volvan los ojos a otros principiantes, esperando con una fe
hebraica la llegada del matador gloria de Madrid.

Gallardo no osaba aproximarse a esta demagogia tauromquica, que le
haba odiado siempre y celebraba su decadencia. Los ms de ellos no
iban a verle en el redondel, ni admiraban a ningn torero del presente.
Esperaban su Mesas para decidirse a volver a la plaza.

Cuando vagaba al anochecer por el centro de Madrid, dejbase abordar en
la Puerta del Sol y la acera de la calle de Sevilla por los vagabundos
del toreo que forman corrillos en estos puntos, hablando de sus hazaas
junto a los cmicos sin contrata y murmurando de los maestros con una
rabia de desheredados.

Eran mozos que le saludaban llamndole maestro o se Juan, muchos
con aire famlico, preparando con tortuosas razones la peticin de unas
pesetas, pero bien vestidos, limpios, flamantes, adoptando actitudes
gallardas, como si estuviesen ahitos de los placeres de la existencia, y
luciendo una escandalosa latonera de sortijas y cadenas falsas.

Algunos eran muchachos honrados que pretendan abrirse paso en la
tauromaquia para sostener a sus familias con algo ms que el jornal de
un obrero. Otros, menos escrupulosos, tenan fieles amigas que
trabajaban en ocupaciones indeclarables, satisfechas de sacrificar el
cuerpo para la manutencin y adecentamiento de un buen mozo que, a creer
en sus palabras, acabara por ser una celebridad.

Sin ms equipo que lo puesto, pavonebanse de la maana a la noche en el
centro de Madrid, hablando de contratas que no haban querido admitir y
espindose unos a otros para saber quin tena dinero y poda convidar a
los camaradas. Cuando alguno, por un recuerdo caprichoso de la suerte,
consegua una corrida de novillos en un lugar de la provincia, tena
antes que redimir el traje de luces, cautivo en una casa de prstamos.
Eran vestmentas venerables que haban pertenecido a varios hroes, con
los dorados opacos y cobrizos; oro de veln, segn decan los
inteligentes. La seda abundaba en remiendos, gloriosos recuerdos de
cornadas en las que quedaban al aire faldones y vergenzas, y estaba
manchada de amarillentos rodales, viles vestigios de las expansiones del
miedo.

Entre este populacho de la tauromaquia, amargado por el fracaso y
mantenido en la obscuridad por la torpeza o el miedo, existan grandes
hombres rodeados de general respeto. Uno que hua ante los toros era
temido por la facilidad con que tiraba de navaja. Otro haba estado en
presidio por matar a un hombre de un puetazo. El famoso
_Tragasombreros_ gozaba los honores de la celebridad luego que una
tarde, en una taberna de Vallecas, se comi un fieltro cordobs frito en
pedazos, con vino a discrecin para hacer pasar los bocados.

Algunos de suaves maneras, siempre bien vestidos y recin afeitados, se
apegaban a Gallardo, acompandole en sus paseos, con la esperanza de
que los invitase a comer.

--A m me va bien, maestro--deca uno de buen rostro--. Se torea poco,
los tiempos estn malos, pero tengo a mi padrino... el marqus: ya lo
conose ust.

Y mientras Gallardo sonrea de un modo enigmtico, el torerillo
rebuscaba en sus bolsillos.

--Me apresia mucho... Mie ust qu pitillera me ha trao de Pars!...

Y mostraba con orgullo la metlica cigarrera, en cuya tapa lucan sus
desnudeces unos angelitos esmaltados sobre una dedicatoria casi amorosa.

Otros buenos mozos, de aire arrogante, que parecan proclamar en sus
ojos atrevidos el orgullo de su virilidad, entretenan alegremente al
espada con el relato de sus aventuras.

En las maanas de sol iban de cacera a la Castellana, a la hora en que
las institutrices de casa grande sacan a pasear a los nios. Eran
_misses_ inglesas, _frauleins_ alemanas, que acababan de llegar a Madrid
con la cabeza repleta de concepciones fantsticas sobre este pas de
leyenda, y al ver a un buen mozo de cara afeitada y ancho fieltro, le
crean inmediatamente torero... Un novio torero!

--Son unas gachs sosas como el pan sin s, sabe ust, maestro? La pata
grande, el pelo de camo; pero se traen sus cosas, vaya si se las
traen!... Y como apenas camelan lo que uno las dise, too es rer y
ensear los pios, que son mu blancos, y abrir los ojasos... No hablan
cristiano, pero entienden cuando se les hase la sea del parn; y como
uno es un cabayero y grasia a Di quea siempre bien, dan pa tabaco y pa
otras cosas, y se va viviendo. Yo yevo ahora tres entre manos.

Y el que as hablaba enorgullecase de su guapeza incansable, que iba
devorando los ahorros de las institutrices.

Otros dedicbanse a las extranjeras de los _music-halls_, bailarinas y
cupletistas que llegaban a Espaa con el ansia de conocer desde el
primer da las dulzuras de un novio _togego_. Eran francesas
vivarachas, de naricilla empinada y cors plano, que en su espiritual
delgadez apenas si podan ofrecer algo tangible entre la rizada col de
su faldamenta perfumada y susurrante; alemanas de carnes macizas,
pesadas, imponentes y rubias como walkyrias; italianas de pelo negro y
aceitoso, con la tez de morena verdosidad y la mirada trgica.

Los torerillos rean recordando sus primeras entrevistas a solas con
estas devotas entusiastas. La extranjera tema siempre ser engaada,
como si la desconcertase ver que el hroe legendario resultaba un hombre
como los dems. Realmente era _togego_?... Y le buscaba la coleta,
sonriendo satisfecha de su astucia cuando senta entre las manos el
peludo apndice, que equivala a un testimonio de identificacin.

--Ust no sabe lo que son esas hembras, maestro. Se pasan la noche besa
que te besa, con la coleta en la boca, como si uno no tuviese na de
mejor... Y unos caprichos! Pa darles gusto tie uno que salt de la cama
a los medios de la habitasin y explicarles cmo se torea, poniendo
acost una silla, dndola capotasos con una sbana y clavando
banderillas con los deos... la mar! Y aluego, como son unas gachs que
van por er mundo sacndole los reaos a too cristiano que se aserca a
ellas, empiesan las petisiones en su media lengua, que ni Dios las
entiende. Novio _togego_, me regalaras una capa de las tuyas, toda
bord de oro, pa lucirla cuando salga a bailar? Ya ve ust, maestro,
las tragaeras de esas nias. Como si las capas se comprasen lo mismo
que compra uno un peridico! Como si las tuviese uno a ocenas!...

Prometa la capa el torerillo con generosa arrogancia. Los toreros todos
son ricos. Y mientras llegaba el vistoso regalo, iba estrechndose la
intimidad; y el novio haca emprstitos a su amiga; y si no tena
dinero, la empeaba una joya; y a impulsos de la confianza, iba
guardndose lo que encontraba al alcance de su mano, y cuando ella
pretenda salir del ensueo amoroso, protestando de tales libertades, el
buen mozo demostraba la vehemencia de su pasin y volva por sus
prestigios de hroe legendario dndola una paliza.

Gallardo se regocijaba con este relato, especialmente al llegar al
ltimo punto.

--As!... haces bien!--deca con una alegra salvaje--. Duro con esas
gachs! T las conoses. As te querrn ms. Lo pe que le pu pasar a
un cristiano es achicarse con ciertas mujeres. El hombre debe haserse
respet.

Admiraba ingenuamente la falta de escrpulos de estos mozos, que vivan
de poner a contribucin las ilusiones de las extranjeras de paso, y se
compadeca a l mismo recordando sus debilidades con cierta mujer.

A estas distracciones que le ofreca el trato con algunos torerillos
unase la pegajosidad de cierto entusiasta que le persegua con sus
splicas. Era un tabernero de las Ventas, gallego, de recia musculatura,
corto de pescuezo y rubicundo de color, que haba hecho una pequea
fortuna en su tienda, donde bailaban los domingos criadas y soldados.

No tena mas que un hijo, y este muchacho, pequeo de cuerpo y de
contextura dbil, estaba destinado por su padre a ser una de las grandes
figuras de la tauromaquia. El tabernero, gran entusiasta de Gallardo y
de todos los espadas de fama, lo haba decidido as.

--El chico vale--deca--. Ya sabe usted, seor Juan, que yo entiendo
algo de estas cosas. Me tiene a m, que llevo gastado un porcin de
dinero por darle carrera, pero necesita un padrino si ha de ir adelante,
y nadie mejor que usted. Si usted quisiera dirigir una novillada en la
que matase el chico!... Ira la mar de gente: yo correra con todos los
gastos.

Esta facilidad para correr con los gastos, ayudando al chico en su
carrera, haba ocasionado grandes prdidas al tabernero. Pero segua
adelante, sintindose alentado por el espritu comercial, que le haca
sobrellevar los fracasos con la esperanza de enormes ganancias cuando su
hijo fuese un matador de cartel.

El pobre muchacho, que en sus primeros aos haba manifestado aficiones
al toreo, como la mayora de los chicuelos de su clase, vease ahora
prisionero del entusiasmo del padre. Este haba credo seriamente en su
vocacin, descubriendo cada da nuevas facultades en l. Su apocamiento
de nimo era tomado como pereza; su miedo, como falta de vergenza
torera. Una nube de parsitos, aficionados sin profesin, toreros
obscuros que no guardaban de su pasado otro recuerdo que la coleta,
agitbase en torno del tabernero, bebiendo gratuitamente y solicitando
pequeos prstamos a cambio de sus consejos. Todos juntos formaban con
el padre una asamblea deliberante, sin otro objeto que dar a conocer al
pblico la estrella del toreo perdida en la obscuridad de las Ventas.

El tabernero, prescindiendo de consultar a su hijo, organizaba corridas
en las plazas de Tetun y Vallecas, siempre corriendo con los gastos.
Estas plazas de las afueras estaban abiertas a todos los que sentan el
deseo de ser corneados o pateados por un toro a la vista de unos cuantos
centenares de espectadores. Pero los golpes no eran gratuitos. Para
rodar por la arena, con los calzones rotos, manchado de sangre y de
boiga, haba que pagar el valor de los asientos de la plaza,
encargndose el mismo diestro o su representante de colocar los
billetes.

El padre entusiasta llenaba la plaza de amigos, repartiendo las entradas
entre los compaeros del gremio y gentes pobres de la aficin. Adems,
pagaba esplndidamente a los que formaban cuadrilla con su hijo, peones
y banderilleros reclutados entre la gente de coleta que vagabundea por
la Puerta del Sol, los cuales toreaban en traje de calle, mientras el
espada mostrbase deslumbrante con su vestido de lidia. Todo por la
carrera del chico!

--Tiene un traje de luces nuevo, que se lo ha hecho el mejor sastre, el
que viste a Gallardo y a otros matadores! Siete mil reales me cuesta.
Me parece que con esto cualquiera se luce!... Me tiene adems a m, que
soy capaz de gastarme hasta la ltima peseta para que haga carrera. Si
muchos tuviesen un padre como yo!...

Quedbase el tabernero entre barreras durante la corrida, animando al
espada con su presencia y con los ademanes de un grueso garrote que no
le abandonaba nunca. Cuando el muchacho descansaba junto a la valla,
vea aparecer como un fantasma de terror la cara mofletuda y roja de su
padre y la cabeza del grueso palo.

--Para eso me gasto yo el dinero? Para qu ests ah dndote aire como
una seorita? Ten vergenza torera, ladrn! Sal a los medios y lcete.
Ay, si yo tuviese tus aos y no estuviese tan pesao!...

Cuando el muchacho quedaba ante el novillo empuando muleta y estoque,
con la cara plida y las piernas temblorosas, el padre iba siguindole
en sus evoluciones por detrs de la barrera. Estaba siempre ante sus
ojos, como un maestro amenazador, pronto a corregir el ms leve descuido
en la leccin.

Lo que ms tema el pobre diestro, encerrado en su traje de seda roja
con grandes golpes de oro, era el regreso a casa en las tardes que su
padre frunca el ceo, mostrndose descontento.

Entraba en la taberna tapndose con el rico y deslumbrante capote los
fragmentos de camisa que se le escapaban por las roturas del calzn,
dolindole an los huesos a causa de los revolcones que le haba dado el
novillo. La madre, mujer fuerte y mal encarada, corra a l con los
brazos abiertos, conmovida por la emocionante espera durante toda la
tarde.

--Aqu tienes a este morral!--bramaba el tabernero--. Ha estao hecho
un maleta. Y para esto me gasto yo el dinero!...

Levantbase iracundo el temible garrote, y el hombre vestido de seda y
oro, el que haba asesinado poco antes a dos pequeas fieras, intentaba
huir, ocultando la cara tras un brazo, mientras la madre se interpona
entre los dos.

--Pero no ves que viene herido?

--Herido!--exclamaba el padre con amargura, lamentando que no fuese
cierto--. Eso es para los toreros de verd. Echale unos puntos a la
taleguilla y veas de lavarla... A saber cmo la habr puesto este
ladrn!

Pero a los pocos das, el tabernero recobraba su confianza. Una mala
tarde cualquiera la tiene. Matadores famosos haba visto l quedar en
pblico tan mal como su chico. Adelante con la carrera! Y organizaba
corridas en las plazas de Toledo y Guadalajara, apareciendo como
empresarios amigos suyos, pero corriendo l con los gastos como
siempre.

Su novillada en la plaza grande de Madrid fue, segn el tabernero, de
las ms famosas que se haban visto. El espada, por una casualidad, mat
medianamente dos novillos, y el pblico, que en su mayor parte haba
entrado gratis, aplaudi al nio del tabernero.

A la salida apareci el padre capitaneando una ruidosa tropa de golfos.
Acababa de recoger a todos los que vagaban por los alrededores de la
plaza y a los que se haban colado en ella aprovechando la falta de
vigilancia en las puertas. El tabernero era hombre formal en sus tratos.
Cincuenta cntimos por cabeza, pero con la obligacin de gritar todos,
hasta ponerse roncos, viva el _Manitas_!, y llevar en hombros al
glorioso novillero apenas saliese del redondel.

El _Manitas_, trmulo an por los recientes peligros, se vio rodeado,
empujado, levantado en alto por la ruidosa pillera, y as march
llevado en triunfo desde la plaza a las Ventas, por el final de la calle
de Alcal, seguido de las miradas curiosas de la gente de los tranvas
que cortaban irrespetuosamente la gloriosa manifestacin. El padre
marchaba satisfecho, con el garrote bajo el brazo, fingindose ajeno a
este entusiasmo; pero cuando amainaba el gritero, corra a la cabeza
del grupo, olvidando toda prudencia, con la rabia de un comerciante a
quien no le dan el gnero que le corresponde por su dinero. El mismo
daba la seal: Viva el _Manitas_! Y la ovacin reanimbase con
fuertes bramidos.

Haban pasado muchos meses, y el tabernero conmovase an recordando el
suceso.

--Me lo trajeron a casa en hombros, seor Juan, lo mismo que a usted lo
han llevado muchas veces, aunque sea mala la comparacin. Ya ve usted si
valdr el chico... Slo le falta un arrimo: que usted le eche una mano.

Y Gallardo, para librarse del tabernero, le contestaba con vagas
promesas. Tal vez aceptase lo de dirigir la novillada. Ya se decidira
ms adelante: quedaba mucho tiempo hasta el invierno.

Una tarde, al anochecer, el espada, entrando en la calle de Alcal por
la Puerta del Sol, dio un paso atrs a impulsos de la sorpresa. Una
seora rubia bajaba de un carruaje a la puerta del Hotel de Pars...
Doa Sol! Un hombre que pareca extranjero le daba la mano, ayudndola
a descender, y luego de hablar algunas palabras se alej, mientras ella
penetraba en el hotel.

Era doa Sol. El torero no dudaba de su identidad. Tampoco dudaba del
carcter de las relaciones que deban unirla con aquel extranjero, luego
de ver sus miradas y la sonrisa con que se despidieron. As le miraba a
l, as le sonrea en la poca feliz, cuando cabalgaban juntos en las
desiertas campias iluminadas de suave carmn por el sol moribundo.
Mardita sea!...

Pas malhumorado la noche con unos amigos, luego durmi mal, viendo
reproducidas muchas escenas del pasado. Cuando se levant entraba por
los balcones la luz opaca y lvida de un da triste. Llova, yendo
acompaada el agua de copos de nieve. Todo era negro: el cielo, las
paredes de enfrente, un alero goteante que alcanzaba a ver, el pavimento
fangoso de la calle, los techos de los coches brillantes como espejos,
las cpulas movibles de los paraguas.

Las once. Si fuese a ver a doa Sol! Por qu no? La noche anterior
haba desechado este pensamiento con cierta clera. Era rebajarse.
Haba huido de l sin explicacin alguna, y luego, al saberle en peligro
de muerte, apenas se haba interesado por su salud. Un simple telegrama
en los primeros momentos, y luego nada: ni una mala carta de unas
cuantas lneas, ella que con tanta facilidad escriba a los amigos. No,
no ira a verla. El era muy hombre...

Pero a la maana siguiente su voluntad pareca ablandada durante el
sueo. Por qu no?, volvi a preguntarse. Necesitaba verla otra vez.
Era para l la primera mujer entre todas las que haba conocido; le
atraa con una fuerza distinta al afecto sentido por las otras. La
tengo ley, se dijo el torero, reconociendo su debilidad... Ay! cmo
haba sentido la violenta separacin!...

La cogida atroz en la plaza de Sevilla cort, con la rudeza del dolor
fsico, su despecho amoroso. La enfermedad y luego su tierna
aproximacin a Carmen durante la convalecencia le haban hecho
resignarse con su desgracia. Pero olvidar?... Eso nunca. Haba hecho
esfuerzos por no acordarse del pasado; pero la ms insignificante
circunstancia, el paso por un camino en el que haba galopado junto a la
hermosa amazona, el encuentro en la calle con una inglesa rubia, el
trato con aquellos seoritos de Sevilla que eran sus parientes, todo
resucitaba la imagen de doa Sol. Ay, esta mujer!... No encontrara
otra como ella. Al perderla, crea Gallardo haber retrocedido en su
existencia. Ya no era el mismo. Crea estar algunos peldaos ms abajo
en la consideracin social. Hasta atribua a este abandono los fracasos
en su arte. Cuando la tena a ella, era ms valiente. Al irse la _gach_
rubia, haba comenzado la mala suerte para el torero. Si ella volviese,
seguramente que renaceran los tiempos de gloria. Su nimo, sostenido
unas veces y agobiado otras por los espejismos de la supersticin, crea
esto firmemente.

Tal vez su deseo de verla fuese una corazonada feliz, igual a las que
tantas veces le haban salvado en el redondel. Por qu no?... El tena
en su persona una gran confianza. Los fciles triunfos con mujeres
deslumbradas por el xito le hacan creer en el encanto irresistible de
su persona. Poda ser que doa Sol, al verle tras larga ausencia...
quin sabe!... La primera vez que se encontraron a solas as fue.

Y Gallardo, seguro de su buena estrella, con la tranquilidad arrogante
de un hombre de fortuna que forzosamente ha de despertar el deseo all
donde fije sus ojos, march al Hotel de Pars, situado a corta distancia
del suyo.

Tuvo que esperar ms de media hora en un divn, bajo la mirada curiosa
de los empleados y los huspedes, que volvieron la cara al or su
nombre.

Un criado le invit a entrar en el ascensor, conducindolo a un
saloncillo del primer piso, al travs de cuyos balcones vease la Puerta
del Sol, obscura, con los techos de las casas negros, las aceras
invisibles bajo las encontradas corrientes de los paraguas, y la plaza
de luciente asfalto surcada por coches veloces, a los que pareca
fustigar la lluvia, o por tranvas que se cruzaban en todas direcciones
con un incesante campaneo que avisaba a los transentes, sordos bajo el
abrigo de las cpulas de tela.

Se abri una puertecita disimulada en el papel de la pared, y apareci
doa Sol entre susurros de seda, con un intenso perfume de carne fresca
y rubia, en todo el esplendor del verano de su existencia.

Gallardo la devoraba con los ojos, abarcndola por entero con la
exactitud de un buen conocedor que no olvida detalles. Lo mismo que en
Sevilla!... No; ms hermosa tal vez, con la tentacin de una larga
ausencia.

Se presentaba en elegante abandono, vistiendo una tnica extica y con
extraas joyas, lo mismo que la vio l por vez primera en su casa de
Sevilla. Los pies iban metidos en unas babuchas cubiertas de gruesos
dorados, que, al sentarse ella, cruzando las piernas, quedaban como
sueltas, prximas a escaparse de las finas extremidades. Le tendi la
mano, sonriendo con amable frialdad.

--Cmo est usted, Gallardo?... Saba que estaba en Madrid. Le he
visto.

Usted!... Ya no usaba su tuteo de gran seora, al que corresponda l
con un tratamiento respetuoso de amante de clase inferior. Este usted,
que pareca igualarlos, desesper al espada. Quera ser a modo de un
siervo elevado por el amor hasta los brazos de la gran seora, y se vea
tratado con la fra y corts consideracin que inspira un amigo vulgar.

Ella explic cmo haba visto a Gallardo, asistiendo a la nica corrida
que ste llevaba dada en Madrid. Haba ido a los toros con un extranjero
ansioso de conocer las cosas de Espaa, un amigo que la acompaaba en su
viaje, pero viva en otro hotel.

Gallardo contest a esto con un movimiento afirmativo de cabeza. Conoca
a aquel extranjero; le haba visto con ella.

Quedaron los dos en largo silencio, sin saber qu decirse. Doa Sol fue
la primera en romper esta pausa.

Encontraba al espada de buen aspecto, acordbase vagamente de una gran
cogida que haba sufrido: tena casi la certidumbre de haber
telegrafiado a Sevilla pidiendo noticias. Con aquella vida que llevaba,
de cambio de pases y nuevas amistades, tena en tal confusin sus
recuerdos!... Pero le vea ahora como siempre, y en la corrida le haba
parecido arrogante y fuerte, aunque un poco desgraciado. Ella no
entenda mucho de toros.

--No fue nada aquella cogida?...

Gallardo se irrit por el acento de indiferencia con que haca su
pregunta aquella mujer. Y l, cuando se consideraba entre la vida y la
muerte, slo haba pensado en ella!... Con una hosquedad de despecho,
habl de su cogida y de la convalecencia, que haba durado todo el
invierno...

Ella le escuchaba con fingido inters, mientras sus ojos revelaban
indiferencia. Nada le importaban las desgracias de aquel luchador...
Eran accidentes de su oficio, que slo a l podan interesarle.

Gallardo, al hablar de su convalecencia en el cortijo, sinti que por
una similitud de recuerdos vena a su memoria la imagen de un hombre que
haban visto juntos doa Sol y l.

--Y _Plumitas_? Se acuerda ust de aquel pobre?... Le mataron. No s
si lo sabr ust.

Tambin se acordaba doa Sol vagamente de esto. Lo haba ledo tal vez
en los peridicos de Pars, que hablaron mucho del bandido, como un tipo
interesante de la Espaa pintoresca.

--Un pobre hombre--dijo doa Sol con indiferencia--. Apenas me acuerdo
de l como de un campesino zafio y sin inters. De lejos se ven las
cosas en su verdadero valor. Lo que s recuerdo es el da en que almorz
con nosotros en el cortijo.

Gallardo haca tambin memoria de este suceso. Pobre _Plumitas_! Con
qu emocin se guard una flor ofrecida por doa Sol!... Porque ella
haba dado una flor al bandido al despedirse de l... No se
acordaba?....

Los ojos de doa Sol mostraron un sincero asombro.

--Est usted seguro?--pregunt--. Es cierto eso? Le juro que no me
acuerdo de nada... Ay, aquella tierra de sol! La embriaguez de lo
pintoresco! Las tonteras que una hace!...

Sus exclamaciones revelaban cierto arrepentimiento. Luego rompi a rer.

--Y es fcil que aquel pobre gan guardase la flor hasta el ltimo
momento, verdad, Gallardo? No me diga usted que no. A l no le habran
regalado una flor en toda su vida... Y es posible tambin que sobre su
cadver encontrasen esa flor seca, como un recuerdo misterioso que nadie
ha podido explicarse... No sabe usted algo de esto, Gallardo? No
dijeron nada los peridicos?... Cllese, no diga que no; no desvanezca
mis ilusiones. As debi ser: quiero que as sea. Pobre _Plumitas_!
Qu interesante! Y yo que haba olvidado lo de la flor!... Se lo
contar a mi amigo, que piensa escribir sobre las cosas de Espaa.

El recuerdo de este amigo, que en pocos minutos surga por segunda vez
en la conversacin, entristeci al torero. Qued mirando fijamente a la
hermosa dama con sus ojos africanos, de una melancola lacrimosa, que
parecan implorar compasin.

--Doa Zol!... Doa Zol!--murmur con acento desesperado, como si la
reconviniera por su crueldad.

--Qu hay, amigo mo?--pregunt ella sonriendo--. Qu le ocurre a
usted?

Permaneci Gallardo en silencio y baj la cabeza, intimidado por el
reflejo irnico de aquellos ojos claros, temblones con su polvillo de
oro. Luego se irgui como el que adopta una resolucin.

--Dnde ha estao ust en too este tiempo, doa Zol?...

--Por el mundo--contest ella con sencillez--. Yo soy ave de paso. En un
sinnmero de ciudades que usted no conoce ni de nombre.

--Y ese extranjero que la acompaa ahora es... es...?

--Es un amigo--dijo ella framente--. Un amigo que ha tenido la bondad
de acompaarme, aprovechando la ocasin para conocer Espaa; un hombre
que vale mucho y lleva un nombre ilustre. De aqu nos iremos a
Andaluca, cuando acabe l de ver los museos. Qu ms desea usted
saber?...

En esta pregunta, hecha con altivez, se notaba una voluntad imperiosa de
mantener al torero a cierta distancia, de establecer entre los dos las
diferencias sociales. Gallardo qued desconcertado.

--Doa Zol!--gimi con ingenuidad--. Lo que ust ha hecho conmigo no
ti perdn de Di. Ust ha so mala conmigo, mu mala... Por qu huy
sin decir una palabra?

Y se le humedecan los ojos, cerrando los puos con desesperacin.

--No se ponga usted as, Gallardo. Lo que yo hice fue un gran bien para
usted... No me conoce an bastante? No se cans de aquella
temporada?... Si yo fuese hombre, huira de mujeres de mi carcter. El
infeliz que se enamore de m es como si se suicidase.

--Pero por qu se fue ust?--insisti Gallardo.

--Me fui porque me aburra. Hablo claro?... Y cuando una persona se
aburre, creo que tiene derecho a escapar, en busca de nuevas
diversiones. Yo me aburro a morir en todas partes: tngame lstima.

--Pero yo la quiero a ust con toa mi arma!--exclam el torero con una
expresin dramtica e ingenua que hubiese hecho rer en otro hombre.

--La quiero a ust con toa mi arma!--repiti doa Sol, remedando su
acento y su ademn--. Y qu hay con eso?... Ay, estos hombres
egostas, que se ven aplaudidos por las gentes y se figuran que todo ha
sido creado para ellos!... Te quiero con toda mi alma, y esto basta
para que tengas que amarme tambin... Pues no, seor. Yo no le quiero a
usted, Gallardo. Es usted un amigo, y nada ms. Lo otro, lo de Sevilla,
fue un ensueo, un capricho loco, del que apenas me acuerdo, y que usted
debe olvidar.

El torero se levant, aproximndose a la dama con las manos tendidas. En
su rudeza no saba qu decir, adivinando que sus palabras torpes eran
ineficaces para convencer a aquella hembra. Confiaba a la accin, con
una vehemencia de impulsivo, sus deseos y esperanzas, intentando
apoderarse de la mujer, atraerla a l, suprimiendo con el contacto la
frialdad que los separaba.

--Doa Zol!--suplicaba tendiendo sus manos.

Pero ella, con un simple revs de su gil diestra, apart los brazos del
torero. Un fulgor de orgullo y de clera pas por sus ojos, y ech el
busto adelante agresivamente, como si acabase de sufrir un insulto.

--Quieto, Gallardo!... Si sigue usted as, no ser mi amigo y lo pondr
en la puerta.

El torero pas de la accin al desaliento, quedando en una actitud
humilde y avergonzada. As transcurri un largo rato, hasta que doa Sol
acab por apiadarse de Gallardo.

--No sea usted nio--dijo--. A qu acordarse de lo que ya no es
posible? Por qu pensar en m?... Usted tiene a su mujer, que, segn me
han dicho, es hermosa y sencilla; una buena compaera. Y si no ella,
otras. Figrese si habr mozas guapas all en Sevilla, de las de mantn
y flores en la cabeza, de aquellas que tanto me gustaban antes, que
mirarn como una felicidad ser amadas por el _Gallardo_... Lo mo se
acab. A usted le duele en su orgullito de hombre famoso acostumbrado a
los xitos, pero as es; se acab: amigo y nada ms. Yo soy otra cosa.
Yo me aburro y no vuelvo nunca sobre mis pasos. Las ilusiones slo duran
en m una corta temporada, y pasan sin dejar rastro. Soy digna de
lstima, crame usted.

Miraba al torero con ojos de conmiseracin, adivinndose en ellos una
curiosidad lastimera, como si le viese de pronto con todos sus defectos
y rudezas.

--Yo pienso cosas que usted no comprendera--continu--. Me parece usted
otro. El Gallardo de Sevilla era diferente al de aqu. Que es usted el
mismo?... No lo dudo; pero para m es otro... Cmo explicarle esto?...
En Londres conoc yo a un raj... Sabe usted lo que es un raj?

Gallardo movi negativamente la cabeza, sonrojndose de su ignorancia.

--Es un prncipe de la India.

La antigua embajadora recordaba al magnate indostnico, su cara cobriza
sombreada por un bigote negro, su turbante blanco, enorme, con un
brillante grueso y deslumbrador sobre la frente y el resto del cuerpo
envuelto en albas vestiduras, sutiles y mltiples velos, semejantes a
los ptalos de una flor.

--Era hermoso, era joven, me adoraba con sus ojos misteriosos de animal
de la selva, y yo, sin embargo, lo encontraba ridculo y me burlaba de
l cada vez que balbuceaba en ingls uno de sus cumplimientos
orientales... Temblaba de fro, le hacan toser las brumas, movase como
un pjaro bajo la lluvia, agitando sus velos lo mismo que si fuesen alas
mojadas... Cuando me hablaba de amor, mirndome con sus ojos hmedos de
gacela, me daban ganas de comprarle un gabn y una gorra para que no
temblase ms. Y sin embargo, reconozco que era hermoso y que poda haber
hecho la felicidad por unos cuantos meses de una mujer ansiosa de algo
extraordinario. Era cuestin de ambiente, de escena... Usted, Gallardo,
no sabe lo que es eso.

Y doa Sol quedaba pensativa recordando al pobre raj, siempre
tembloroso de fro, con sus vestiduras ridculas, bajo la luz brumosa de
Londres. Le vea con la imaginacin all en su pas, transfigurado por
la majestad del poder y la luz del sol. Su tez cobriza, con los reflejos
verdosos de la vegetacin tropical, tomaba un tono de bronce artstico.
Le vea montado en su elefante de parada, de largas gualdrapas de oro
que barran el suelo, escoltado por belicosos jinetes y esclavos
portadores de braserillos con perfumes; el grueso turbante coronado de
blancas plumas con piedras preciosas; el pecho cubierto de placas de
brillantes; la cintura ceida por una faja de esmeraldas, de la que
penda una cimitarra de oro; y en torno de l bayaderas de pintados ojos
y duros senos, tigres domesticados, bosques de lanzas; y en ltimo
trmino pagodas de mltiples techos superpuestos, con campanillas que
exhalaban misteriosas sinfonas al ms leve soplo de la brisa, palacios
de fresco misterio, espesuras verdes, en cuya penumbra saltaban y
rampaban animales feroces y multicolores... Ay, el ambiente! Viendo as
al pobre raj, soberbio como un dios, bajo un cielo seco de intenso
azul, y entre los esplendores de un sol ardiente, no se le hubiera
ocurrido regalarle un gabn. Era casi seguro que ella misma habra ido
hacia sus brazos, entregndose como una sierva de amor.

--Usted me recuerda al raj, amigo Gallardo. All en Sevilla, con su
traje de campo y la garrocha al hombro, estaba usted muy bien. Era un
complemento del paisaje. Pero aqu!... Madrid se ha europeizado mucho:
es una ciudad como las dems. Ya no hay trajes populares. Los paolones
de Manila apenas se ven fuera de los escenarios. No se ofenda usted,
Gallardo; pero, no s por qu, me recuerda usted al indio.

Miraba al travs de los cristales el cielo lluvioso y triste, la plaza
mojada, los copos sueltos de nieve, la muchedumbre que transcurra a
paso acelerado bajo los paraguas chorreantes. Luego volva su vista al
espada, fijndose con extraeza en el mechn de pelo tendido sobre el
crneo, en su peinado y su sombrero, en todos los detalles reveladores
de la profesin, que contrastaban con su traje elegante y moderno.

El torero estaba, para doa Sol, fuera de su marco. Ay, aquel Madrid
lluvioso y triste! Su amigo, que vena con la ilusin de una Espaa de
eterno cielo azul, estaba desalentado. Ella misma, al ver en la acera
inmediata al hotel los grupos de torerillos de apostura gallarda,
pensaba inevitablemente en los animales exticos llevados desde pases
solares a los jardines zoolgicos de luz gris y cielo lluvioso. All en
Andaluca era Gallardo el hroe, producto espontneo de un pas de
ganaderas. Aqu le pareca un cmico, con su cara afeitada y sus
ademanes de _cabotin_ acostumbrado al homenaje pblico: un cmico que en
vez de dialogar con sus iguales despertaba el escalofro trgico
luchando con fieras.

Ay, el espejismo seductor de los pases de sol! La embriaguez engaosa
de la luz y los colores!... Y ella haba podido sentir un amor de unos
cuantos meses por aquel mozo rudo y grosero, y haba celebrado como
rasgos ingeniosos las torpezas de su ignorancia, y hasta le exiga que
no abandonase sus costumbres, que oliera a toro y a caballo, que no
borrase con perfumes la atmsfera de fiera animalidad que envolva a su
persona!... Ay, el ambiente! A qu locuras impulsa!...

Recordaba el peligro en que se haba visto de perecer destrozada bajo
los cuernos de un toro. Luego, su almuerzo con un bandolero, al que
haba escuchado estupefacta de admiracin, acabando por darle una flor.
Qu tonteras! Y qu lejos lo vea ahora todo!

De este pasado, que le haca sentir el arrepentimiento del ridculo,
slo quedaba aquel mocetn inmvil ante ella, con ojos suplicantes y un
empeo infantil de resucitar tales tiempos... Pobre hombre! Como si
las locuras pudieran repetirse cuando se piensa en fro y falta la
ilusin, ceguera encantadora de la vida!...

--Todo se acab--dijo la dama--. Hay que olvidar lo pasado, ya que
cuando lo vemos por segunda vez no se presenta con los mismos colores.
Qu diera yo por tener los ojos de antes!... Al volver a Espaa la
encuentro otra. Usted tambin es diferente de como le conoc. Hasta me
pareci el otro da, vindole en la plaza, que era menos atrevido... que
la gente se entusiasmaba menos.

Dijo esto sencillamente, sin malicia; pero Gallardo crey adivinar en su
voz cierta burla, y baj la cabeza, al mismo tiempo que se coloreaban
sus mejillas.

Mardita sea! Las preocupaciones profesionales resurgieron en su
pensamiento. Todo lo malo que le ocurra era porque no se arrimaba
ahora a los toros. Ya se lo deca ella claramente. Le vea como si
fuese otro. Si volviese a ser el Gallardo de los antiguos tiempos, tal
vez le recibira mejor. Las hembras slo aman a los valientes.

Y el torero se engaaba con estas ilusiones, tomando lo que era un
capricho muerto para siempre por momentneo desvo que l poda vencer
en fuerza de proezas.

Doa Sol se levant. La visita resultaba larga, y el torero no pareca
dispuesto a marcharse, contento de permanecer cerca de ella, confiando
vagamente en una combinacin del azar que los aproximase.

Gallardo tuvo que imitarla. Ella excus su resolucin con la necesidad
de salir. Esperaba a su amigo: tenan que ir juntos al Museo del Prado.

Luego le invit a almorzar para otro da. Un almuerzo de confianza en
sus habitaciones. Vendra el amigo. Indudablemente sera de su gusto ver
de cerca a un torero. Apenas hablaba castellano, pero le placera
conocer a Gallardo.

El espada apret su mano, contestando con palabras incoherentes, y sali
de la habitacin. La ira enturbiaba su vista: le zumbaban los odos.

As le despeda, framente, como a un amigo importuno! Y aquella mujer
era la misma de Sevilla!... Y le convidaba a almorzar con su amigo,
para que ste se recrease examinndolo de cerca como un bicho raro!...

Maldita sea! El era muy hombre... Se acab. No volvera a verla.




IX


En aquellos das recibi Gallardo varias cartas de don Jos y de Carmen.

El apoderado pretenda infundir nimos a su matador, aconsejndole, como
siempre, que se fuese recto al toro... Zas! estocada y te lo metes en
el bolsillo; pero al travs de su entusiasmo notbase cierto
desaliento, como si empezara a cuartearse su fe y dudase ya de si
Gallardo era el primer hombre del mundo.

Tena noticias del descontento y la hostilidad con que le acogan los
pblicos. La ltima corrida en Madrid haba acabado de descorazonar a
don Jos. No; Gallardo no era como otros espadas que siguen adelante al
travs de las silbas del pblico, dndose por satisfechos con ganar
dinero. Su matador tena vergenza torera, y slo poda mostrarse en el
redondel para ser acogido con grandes entusiasmos. Quedar medianamente
equivala a una derrota. La gente estaba habituada a admirarle por su
valor temerario, y todo lo que no fuese perseverar en tales audacias
representaba un fracaso.

Don Jos pretenda saber lo que le ocurra a su espada. Falta de
valor?... Eso nunca. Antes se dejara matar que reconocer este defecto
en su hroe. Era que se senta cansado, que an no estaba repuesto de
su cogida. Y para esto--aconsejaba en todas sus cartas--es mejor que te
retires y descanses una temporada. Despus volvers a torear, siendo el
de siempre... El se ofreca para arreglarlo todo. Un certificado de los
mdicos bastaba para acreditar su inutilidad momentnea, y el apoderado
se pondra de acuerdo con los empresarios de las plazas para resolver
las contratas pendientes, enviando un matador de los que empiezan, el
cual sustituira a Gallardo por una modesta cantidad.

An ganaran dinero con este arreglo.

Carmen era ms vehemente en sus peticiones, no usando de los eufemismos
del apoderado. Deba retirarse en seguida; deba cortarse la coleta,
como decan los de su oficio, yendo a pasar la vida tranquilamente en
_La Rinconada_ o en la casa de Sevilla con los de su familia, que eran
los nicos que le queran de veras. No poda sosegar; tena ahora ms
miedo que en los primeros aos de casamiento, cuando las corridas eran
para ella como pedazos de existencia que le arrancaban la inquietud y la
temerosa espera. Le deca el corazn, con ese instinto femenil pocas
veces errneo en sus temores, que iba a ocurrir algo grave. Apenas
dorma; pensaba con miedo en las horas de la noche cortadas por
sangrientas visiones.

Luego, la esposa de Gallardo se revolva furiosa contra el pblico en
sus cartas. Una muchedumbre de ingratos, que ya no se acordaban de lo
que el torero haba hecho en otras ocasiones, cuando se senta ms
fuerte. Gentes de mala alma, que deseaban para su diversin verle
muerto, como si ella no existiese, como si no tuviera madre. Juan, la
mamita y yo te lo pedimos. Retrate. A qu seguir toreando? Tenemos
bastante para vivir, y a m me duele que te insulte esa gentuza que vale
menos que t... Y si te ocurriese otra desgracia? Jess! Yo creo que
me volvera loca.

Gallardo quedbase preocupado luego de leer estas cartas. Retirarse!...
Qu disparate! Cosas de mujeres! Eso poda decirse fcilmente, a
impulsos del cario, pero era imposible realizarlo. Cortarse la coleta
a los treinta aos! Cmo reiran los enemigos! El no tena derecho a
retirarse mientras estuviesen enteros sus miembros y pudiera torear.
Jams se haba visto este absurdo. El dinero no lo era todo. Y la
gloria? Y la vergenza profesional? Qu diran de l los miles y miles
de partidarios entusiastas que le admiraban? Qu contestaran a los
enemigos cuando les echasen en cara que Gallardo se haba retirado por
miedo?...

Adems, el matador detenase a considerar si su fortuna le permita esta
solucin. El era rico y no lo era. Su posicin social no se haba
consolidado. Lo que l posea era obra de los primeros aos de
matrimonio, cuando una de sus mayores alegras consista en ahorrar y
sorprender a Carmen y la mamita con la noticia de nuevas adquisiciones.
Luego haba seguido ganando dinero, tal vez en mayor cantidad, pero se
desparramaba y desapareca por infinitos agujeros abiertos en su nueva
existencia. Jugaba mucho, llevaba una vida fastuosa. Algunas fincas
aadidas al extenso dominio de _La Rinconada_, para redondearlo, haban
sido compradas con dinero adelantado por don Jos y otros amigos. El
juego le haba hecho pedir prstamos a varios aficionados de provincias.
Era rico, pero si se retiraba, perdiendo con esto el soberbio ingreso de
las corridas--unos aos doscientas mil pesetas, otros trescientas mil--,
tendra que circunscribirse, luego de pagar sus deudas, a vivir como un
seor del campo, del cultivo de _La Rinconada_, haciendo economas y
vigilando por s mismo los trabajos, pues hasta entonces el cortijo,
abandonado en manos mercenarias, apenas daba producto.

Esta existencia obscura de cultivador de la tierra, obligado a la
economa y en lucha interminable con la escasez, asustaba a Gallardo,
hombre arrogante y decorativo, acostumbrado al aplauso pblico y a la
abundancia de dinero. La riqueza era algo elstico que haba crecido
conforme avanzaba l en su carrera, pero sin adaptarse jams con el
lmite de sus necesidades. En otros tiempos se hubiera considerado
riqusimo con una pequea parte de lo que posea actualmente... Ahora
era casi un pobre si renunciaba al toreo. Tendra que suprimir los
cigarros de la Habana, que reparta prdigamente, y los vinos andaluces
de precios caros; tendra que contener su generosidad de gran seor, y
no gritar ms Todo est pagado! en cafs y tabernas, mpetu generoso
de hombre acostumbrado a desafiar la muerte, que le haca convertir su
vida en un derroche loco; tendra que licenciar la tropa de parsitos y
aduladores que pululaban en torno de l hacindole rer con sus
peticiones lloriqueantes; y cuando una hembra guapa de la clase popular
viniese a l--si es que llegaba alguna vindole retirado--, ya no
lograra hacerla palidecer de emocin ponindola en las orejas unos
zarcillos de oro y perlas, ni se divertira manchando de vino el rico
pauelo chinesco para sorprenderla despus con otro mejor. As haba
vivido y as necesitaba seguir. El era el torero a la antigua, tal como
se representan las gentes al matador de toros, rumboso, arrogante,
aturdindose en escandalosos derroches, pronto a socorrer a los
desgraciados con limosnas principescas, siempre que stos consiguieran
conmover su rudo sentimentalismo.

Gallardo burlbase de muchos de sus compaeros, toreros de nuevo gnero,
vulgares agremiados de la industria de matar toros, que viajaban de
plaza en plaza, cual comisionistas de comercio, y eran arregladitos y
minuciosos en todos sus dispendios. Algunos de ellos, que casi eran unos
nios, llevaban en el bolsillo el cuaderno de ingresos y gastos,
apuntando hasta los cinco cntimos de un vaso de agua en una estacin.
Slo se trataban con gentes ricas para aceptar sus obsequios, sin
ocurrrseles jams convidar a nadie. Otros hervan en sus casas grandes
pucheros de caf al iniciarse la temporada de viajes, y llevaban con
ellos el negro lquido en botellas, que hacan recalentar, para evitarse
este gasto en los hoteles. Los individuos de ciertas cuadrillas pasaban
hambre, rezongando en pblico de la avaricia de los maestros.

Gallardo no estaba arrepentido de su vida fastuosa. Y queran que
renunciase a ella?...

Adems, pensaba en las necesidades de su propia casa, donde todos
estaban acostumbrados a la existencia fcil, amplia y desenfadada de las
familias que no cuentan el dinero ni se preocupan de su ingreso,
vindole chorrear incansable como una fuente. A ms de su madre y su
mujer, habase echado sobre s una nueva familia, su hermana, el
hablador de su cuado, que no trabajaba, como si su parentesco con un
hombre clebre le diese derecho a la vagancia, y toda la tropa de
sobrinillos, que crecan, siendo cada vez ms costosos. Y tendra que
llamar a un orden de estrechez y parsimonia a toda aquella gente,
acostumbrada a vivir a su costa con un descuido alegre y manirroto!...
Y todos, hasta el pobre _Garabato_, tendran que irse al cortijo,
tostndose al sol y embrutecindose como paletos! Y la pobre mamita ya
no podra alegrar sus ltimos das con santas generosidades, repartiendo
dinero entre las mujeres pobres del barrio y encogindose como nia
vergonzosa cuando el hijo fingase colrico al ver que nada le quedaba
de los cien duros entregados dos semanas antes!... Y Carmen, que era
econmica, se apresurara a limitar los gastos, sacrificndose la
primera, privando su existencia de muchas frivolidades que la
embellecan!...

Mardita sea!... Todo esto representaba la degradacin de la familia,
la tristeza de los suyos. Gallardo avergonzbase de que tal cosa pudiera
suceder. Era un crimen privarles de lo que tenan, luego de haberlos
acostumbrado al bienestar. Y qu era lo que deba hacer para
evitarlo?... Simplemente arrimarse a los toros: seguir toreando como
en otros tiempos... El se arrimara!

Contestaba a las cartas de su apoderado y de Carmen con breves epstolas
de letra trabajosa que revelaban su firme voluntad. Retirarse? Nunca!

Estaba resuelto a ser el de siempre, se lo juraba a don Jos. Seguira
sus consejos. Zas! estocada, y el bicho en el bolsillo. Se le
ensanchaba el nimo, y en esta amplitud sentase capaz de guardar todos
los toros, por grandes que fuesen.

Con la mujer mostrbase alegre, aunque un tanto resentido en su amor
propio porque ella pareca dudar de sus fuerzas. Ya recibira noticias
de la corrida prxima. Iba a asombrar al pblico, para que ste se
avergonzase de sus injusticias. Si los toros eran buenos, quedara como
el propio Roger de Flor... aquel personaje que siempre tena en boca el
mamarracho de su cuado.

Los toros buenos! Esta era la preocupacin de Gallardo. Antes cifraba
una de sus vanidades en no ocuparse de ellos, y jams iba a verlos en la
plaza antes de la corrida.

--Yo mato too lo que me echen--deca con arrogancia.

Y conoca por primera vez a los toros al verlos salir al redondel.

Ahora quera examinarlos de cerca, escogerlos, preparando el xito con
un estudio detenido de sus condiciones.

Habase aclarado el tiempo, luca el sol; al da siguiente iba a darse
la segunda corrida.

Gallardo, por la tarde, se fue solo a la plaza. El circo de ladrillo
rojo, con sus ventanales arbigos, destacbase aislado sobre un fondo de
lomas verdeantes. En ltimo trmino de este paisaje amplio y montono
blanqueaba sobre el declive de una loma algo semejante a un rebao
lejano. Era un cementerio.

Al ver al torero en las inmediaciones de la plaza se aproximaron a l
algunos individuos astrosos, parsitos del circo, vagabundos que dorman
de limosna en las cuadras, sustentndose con la caridad de los
aficionados y las sobras de los que coman en las tabernas inmediatas.
Algunos de ellos haban llegado de Andaluca tras una conduccin de
toros, quedndose para siempre en los alrededores de la plaza.

Reparti Gallardo algunas monedas entre estos mendigos que le seguan
gorra en mano, y entr en el circo por la puerta de Caballerizas.

En el corral vio un grupo de aficionados presenciando las pruebas de los
picadores. _Potaje_, con grandes espuelas vaqueras, preparbase a montar
empuando una garrocha. Los encargados de las cuadras escoltaban al
contratista de caballos, hombre obeso, con gran fieltro andaluz, tardo
en las palabras, y que responda calmosamente a la atropellada e
injuriosa charla de los picadores.

Los monos sabios, con los brazos arremangados, tiraban de los mseros
jacos para que los probasen los jinetes. Llevaban varios das de montar
y amaestrar a estos caballos tristes, que an guardaban en sus flancos
las rojas huellas de los espolazos. Los sacaban a trotar por los
desmontes inmediatos a la plaza, hacindoles adquirir una energa
ficticia bajo el hierro de sus talones, obligndolos a dar vueltas para
que se habituasen a la carrera en el redondel. Volvan a la plaza con
los costados tintos en sangre, y antes de entrar en las caballerizas
reciban el bautismo de unos cuantos cubos de agua. Junto al piln
inmediato a aqullas, el agua encharcada entre los guijarros era de un
rojo obscuro, como vino desparramado.

Iban saliendo casi a rastras de las cuadras los caballos destinados a la
corrida del da siguiente, para que los examinasen los picadores,
dndolos por buenos.

Avanzaban los macilentos restos de la miseria caballar, delatando en su
paso trmulo y sus ijares atormentados la vejez melanclica, las
enfermedades y la ingratitud humana, olvidadiza del pasado. Haba jacos
de inaudita delgadez, esqueletos de agudas aristas salientes que
parecan prximas a rasgar la envoltura de piel de largos y flcidos
pelos. Otros agitbanse arrogantes, piafando de energa, con las patas
fuertes, el pelo reluciente y el ojo vivo: animales de hermosa estampa
que era incomprensible figurasen entre unos desechos destinados a la
muerte; bestias magnficas que parecan recin desenganchadas de un
carruaje de lujo. Estos eran los ms temibles: caballos incurables,
atacados de vrtigos y otros accidentes, que de pronto venan al suelo,
arrojando al jinete por las orejas. Y tras estos ejemplares de la
miseria y la enfermedad, sonaban las tristes herraduras de los invlidos
del trabajo: caballos de tahonas y de fbricas, machos de labranza,
jacos de coche de alquiler, todos soolientos por el hbito de arrastrar
aos y aos el arado o la carreta; parias infelices que iban a ser
explotados hasta el ltimo instante, dando diversin a los hombres con
sus pataleos y saltos al sentir en el abdomen los cuernos del toro.

Era un desfile de ojos bondadosos empaados y amarillentos; de pescuezos
flcidos a los cuales se agarraban sanguinarias las moscas hinchadas y
verdosas; de caras huesudas por cuyo pelaje trepaban insectos; de
flancos angulosos con mechones retorcidos como si fuesen lanas; de
pechos angostos agitados por relinchos cavernosos; de patas dbiles que
parecan prximas a troncharse a cada paso, cubiertas de largo pelo
hasta los cascos, como si llevasen pantalones. Sus estmagos, poco
habituados al pienso fuerte con que pretendan reanimar sus fuerzas,
iban sembrando el pavimento de residuos humeantes y mal cocidos por una
digestin anormal. Para montar esta miserable caballada, trmula de
locura o prxima a desplomarse de miseria, necesitbase tanto valor como
para hacer frente al toro. Echbanles sobre los lomos la gran silla
moruna de alto arzn y asiento amarillo, con estribos vaqueros, y haba
bestia que al recibir este peso estaba prxima a doblar las patas.

_Potaje_ mostrbase altanero en sus discusiones con el contratista de
caballos, hablando en nombre propio y en el de los camaradas, haciendo
rer hasta a los monos sabios con sus gitanescas maldiciones. Que le
dejasen a l los otros picadores entendrselas con los de las
caballerizas. Nadie conoca mejor la manera de hacer marchar a estas
gentes.

Avanzaba un criado hacia l tirando de un jaco cabizbajo, con el pelo
largo y el costillar en doloroso relieve.

--Qu traes ah?--deca _Potaje_ encarndose con el contratista--. Eso
no e de resibo. Eso e una alimaa que no hay quien la monte. Pa tu
mare!...

El contratista, cachazudo, contestaba con grave calma. Si _Potaje_ no se
atreva a montarlo, era porque los piqueros de ahora tenan miedo a
todo. Con un caballo as, bueno y dcil, el seor _Caldern_, el _Trigo_
u otro jinete de los buenos tiempos hubiese sido capaz de torear dos
tardes seguidas sin dar una cada y sin que el animal recibiese un
araazo. Pero ahora!... Ahora slo haba mucho miedo y muy poca
vergenza.

Se insultaban el picador y el contratista con amistosa tranquilidad,
como si entre ellos las mayores injurias perdiesen importancia por la
fuerza de la costumbre.

--T lo que eres--contestaba _Potaje_--un frescales, ms ladrn que Jos
Mara el _Tempraniyo_. Anda y que suba en ese penco la pel de tu
agela, que montaba en la escoba toos los sbaos al dar las doce.

Rean los presentes, y el contratista se limitaba a encoger los hombros.

--Pero qu ti este cabayo?--deca tranquilamente--. Arreprale, mala
alma! Mejor es que otros que tin muermo, o les dan vrtigos, y que has
sacao t a la plaza, apendote por las orejas antes de que te arrimases
al toro. Ms sano es que una manzana. Como que ha estao veintiocho aos
en una fbrica de gaseosas, cumpliendo como una presona desente, sin que
nadie le pusiera farta. Y vienes t ahora, voceras, a meterte con l,
ponindole peros y fartndole como si fuese un mal cristiano!...

--Que no lo quiero, vaya!... Que te quees con l!

El contratista se acercaba lentamente a _Potaje_, y con la tranquilidad
de un hombre experto en estas transacciones, le hablaba al odo. El
picador, fingiendo enfado, acab por acercarse al jaco. Por l que no
quedase! No quera que le tuviesen por hombre intratable, capaz de
perjudicar a un camarada.

Poniendo un pie en el estribo, dej caer sobre el pobre jaco la
pesadumbre de su cuerpo. Luego, colocndose la garrocha bajo el brazo,
la apoy en un gran poste empotrado en la pared, picando varias veces
con gran esfuerzo, como si tuviera al extremo de la lanza un toro
corpulento. El pobre jaco temblaba y doblaba las patas con estos
encontronazos.

--No se regerve mal...--dijo _Potaje_ con tono conciliador--. El penco
es mej que yo crea. Ti gena boca, genas piernas... Te saliste con
la tuya. Que lo aparten.

Y el picador se apeaba, dispuesto a aceptar todo lo que le presentase el
contratista luego de su aparte misterioso.

Gallardo se separ del grupo de aficionados que presenciaban sonrientes
esta operacin. Un portero de la plaza iba con l hacia donde estaban
los toros. Atraves una puertecilla, saliendo a los corrales. Una valla
de mampostera que llegaba a la altura del cuello de un hombre limitaba
el corral por tres de sus lados. Esta valla estaba afirmada por gruesos
postes unidos al balconcillo superior. A trechos abranse unas salidas
tan angostas que slo poda pasar por ellas un hombre de lado. En el
amplio corral haba ocho toros, unos acostados sobre las patas, otros de
pie y con la cabeza baja, husmeando el montn de hierba que tenan
delante.

El torero march a lo largo de estas galeras examinando a las reses. De
vez en cuando salase fuera de las vallas, asomando el cuerpo por las
estrechas saeteras. Agitaba los brazos, dando alaridos salvajes de reto
que sacaban a los toros de su inmovilidad. Unos saltaban nerviosos,
acometiendo con la cabeza baja contra aquel hombre que vena a turbar la
paz de su encierro. Otros se ponan firmes sobre las patas, aguardando
con la cabeza alta y el gesto fosco a que el atrevido osase acercarse a
ellos.

Gallardo, que volva a ocultarse rpidamente tras las vallas, examinaba
el aspecto y carcter de las fieras, sin llegar a decidir cules eran
las dos que deba escoger.

El mayoral de la plaza estaba junto a l: un hombrn atltico, con
polainas y espuelas, vestido de grueso pao y con sombrero de campo
sostenido por un barboquejo. Apodbanle el _Lobato_, y era un rudo
jinete que pasaba en pleno campo la mayor parte del ao, entrando en
Madrid como un salvaje, sin curiosidad por ver sus calles ni querer
pasar ms all de los alrededores de la plaza.

Para l, la capital de Espaa era un circo con desmontes y terrenos
yermos a su alrededor, y ms all un casero misterioso que jams haba
sentido deseos de conocer. El establecimiento ms importante de Madrid
era, segn l, la taberna de _Gallina_, situada junto a la plaza, grato
lugar de delicias, palacio encantador donde cenaba y coma a costas del
empresario antes de volverse a la dehesa montado en su jaca, con la
manta obscura en el borrn, las alforjas en la grupa y la pica al
hombro. Entraba en la taberna gozndose en atemorizar a los criados con
sus amistosos saludos: terribles apretones que hacan crujir los huesos
y arrancaban gritos de dolor. Sonrea satisfecho de su fuerza y de que
le llamasen bruto, y se sentaba ante la pitanza, un plato del tamao
de una palangana lleno de carne y patatas, a ms de un jarro de vino.

Guardaba los toros adquiridos por el empresario, unas veces en la dehesa
de la Muoza, otras, cuando el calor era excesivo, en las praderas de la
sierra de Guadarrama. Los traa al encierro dos das antes de la
corrida, a media noche, atravesando el arroyo Abroigal, por las afueras
de Madrid, con acompaamiento de jinetes y vaqueros. Desesperbase
cuando el mal tiempo impeda la fiesta y el ganado quedaba en la plaza,
no pudiendo volver l inmediatamente a las tranquilas soledades donde
pastaban los otros toros.

Lento de palabra, torpe de pensamiento, este centauro que ola a cuero y
a pasto seco expresbase con calor al hablar de su vida pastoril
apacentando fieras. Parecale estrecho el cielo de Madrid y con menos
astros. Describa con un laconismo pintoresco las noches en la dehesa,
con sus toros dormidos bajo la difusa luz de las estrellas y el denso
silencio rasgado por los ruidos misteriosos de las espesuras. Las
culebras del monte cantaban con una voz extraa en este silencio.
Cantaban, s seor. No haba quien se lo discutiese al _Lobato_; lo
haba odo mil veces, y dudar de esto era llamarle embustero,
exponindose a sentir el peso de sus manazas. Y as como cantaban los
reptiles, hablaban los toros; slo que l no haba llegado a penetrar
todos los misterios de su idioma. Eran a modo de cristianos, aunque
andaban a cuatro patas y tenan cuernos. Haba que verlos despertar
cuando surga la aurora. Saltaban gozosos como nios; jugueteaban
acometindose de mentirijillas y cruzando sus cuernos; intentaban
montarse unos a otros, con una alegra ruidosa, como si saludasen la
presencia del sol, que es la gloria de Dios. Luego hablaba de sus lentas
excursiones por la sierra de Guadarrama, siguiendo el curso de los
riachuelos que bajan de las cumbres la nieve lquida, de una
transparencia de cristal, alimento de los ros; de los prados con su
hierba llena de florecillas; del aleteo de los pjaros que venan a
posarse entre los cuernos de los toros adormecidos; de los lobos que
aullaban durante la noche, siempre lejos, muy lejos, como asustados por
la procesin de fieras que llegaban tras el cencerro de los cabestros a
disputarles su parte de brava soledad... Que no le hablasen de Madrid,
donde se ahoga la gente! El slo encontraba aceptable en este bosque
infinito de casas el vino de _Gallina_ y sus sabrosos guisos.

Habl el _Lobato_ al espada, ayudndole con sus indicaciones a escoger
las dos reses. El mayoral no mostraba asombro ni respeto ante estos
nombres famosos tan admirados por las gentes. El pastor de toros casi
despreciaba al torero. Matar a unos animales tan nobles con toda clase
de engaos! El valiente era l, que viva entre ellos, pasando ante sus
cuernos en la soledad, sin otra defensa que su brazo, y sin aplauso
alguno.

Al salir Gallardo del corral, otro hombre se uni al grupo, saludando
con gran respeto al maestro. Era un viejo encargado de la limpieza de la
plaza. Llevaba muchos aos en este empleo y haba conocido a todos los
toreros famosos de su tiempo. Iba vestido pobremente, pero muchas veces
luca en sus dedos sortijas femeniles, y para sonarse sacaba de las
profundidades de su blusa un pauelito de batista, pequeo, con ricas
blondas y gran cifra, que an exhalaba dbil perfume.

Se encargaba durante la semana l solo de barrer el inmenso circo,
graderos y palcos, sin quejarse de lo abrumador de este trabajo. Cuando
el empresario, descontento de l, quera castigarle, abra la puerta a
la pillera que vagaba por los alrededores de la plaza, y el pobre
hombre desesperbase y prometa enmienda, para que esta irrupcin de
extraos no se encargase de su trabajo.

Cuando ms, admita como auxiliares a media docena de golfos, aprendices
de torero, que le eran fieles a cambio de que en los das de fiesta les
permitiese ver la corrida desde el palco de los perros, una puerta con
reja situada junto a los toriles, por donde se sacaba a los lidiadores
heridos. Los ayudantes de la limpieza, agarrados a los hierros,
presenciaban la corrida, rebullendo y pelendose como monos en jaula
para ocupar la primera fila.

El viejo los distribua hbilmente durante la semana al proceder a la
limpieza de la plaza. Los chicuelos trabajaban en los tendidos de sol,
los del pblico sucio y pobre, que deja como rastro de su paso un
estercolero de cortezas de naranja, papeles y puntas de cigarro.

--Ojo con el tabaco!--ordenaba a su tropa--. El que se me quede una
colilla de puro no ve el domingo la corrida.

Limpiaba pacientemente la sombra, como un buscador de tesoros,
agachndose en el misterio de los palcos para guardar en sus bolsillos
los hallazgos: abanicos de seora, sortijas, pauelos de mano, monedas
cadas, adornos de trajes femeniles, todo lo que dejaba tras su paso una
invasin de catorce mil personas. Amontonaba los residuos de los
fumadores, picando las colillas y vendindolas como tabaco desmenuzado
luego de exponerlas al sol. Los hallazgos de valor eran para una
prendera, que compraba estos despojos del pblico olvidadizo o turbado
por la emocin.

Gallardo contest a los saludos melosos del viejo dndole un cigarro, y
se despidi del _Lobato_. Quedaba convenido con el mayoral que ste
enchiquerara para l los dos toros escogidos. Los otros espadas no
protestaran. Eran muchachos de buena suerte, en plena audacia juvenil,
que mataban lo que les ponan delante.

Al salir otra vez al patio, donde continuaba la prueba de caballos,
Gallardo vio separarse del grupo de espectadores a un hombre alto,
enjuto y de tez cobriza, vestido como un torero. Por debajo de su
fieltro negro asomaban unos tufos de pelo entrecano, y en torno de la
boca marcbanse algunas arrugas.

--_Pescadero!_ cmo ests?--dijo Gallardo estrechando su diestra con
sincera efusin.

Era un antiguo espada que haba tenido en su juventud horas de gloria,
pero de cuyo nombre se acordaban muy pocos. Otros matadores, llegando
despus, haban obscurecido su pobre fama, y el _Pescadero_, luego de
torear en Amrica y sufrir varias cogidas, se haba retirado con un
pequeo capital de ahorros. Gallardo le saba dueo de una taberna en
las inmediaciones del circo, donde vegetaba lejos del trato de
aficionados y toreros. No esperaba verle en la plaza, pero el
_Pescadero_ dijo con expresin melanclica:

--Qu quis? La afisin. Vengo poco a las corras, pero an me tiran
las cosas del ofisio, y paso como vecino a ve estas cosas. Ahora no soy
mas que tabernero.

Gallardo, contemplando su aspecto triste, recordaba al _Pescadero_ que
haba conocido en su niez, uno de los hroes ms admirados por l,
arrogante, favorecido por las mujeres, luciendo en La Campana, cuando
iba a Sevilla, su calas de terciopelo, la chaquetilla color de vino y
la faja de seda multicolor, apoyado en un bastn de marfil con puo de
oro. Y as se vera l, vulgar y olvidado, si se retiraba del toreo!...

Hablaron largo rato de las cosas de su arte. El _Pescadero_, como todos
los viejos amargados por la mala suerte, era pesimista. Se acabaron los
buenos toreros. Ya no se vean gentes de corazn. Slo mataban toros de
verdad Gallardo y alguno que otro. Hasta las bestias parecan de menos
poder. Y tras estas lamentaciones, insisti para que su amigo le
acompaase a su casa. Ya que se haban encontrado, y el matador no tena
que hacer, deba visitar su establecimiento.

Accedi Gallardo, y en una de las calles sin terminar inmediatas a la
plaza, entr en una taberna igual a todas, con la fachada pintada de
rojo, vidrieras con visillos del mismo color, y un escaparate en el que
se exhiban, sobre platos polvorientos, chuletas empanadas, pjaros
fritos y frascos de hortalizas en vinagre. Dentro de la tienda un
mostrador de cinc, toneles y botellas, mesas redondas con taburetes de
madera, y en los muros numerosas estampas de colores representando
toreros clebres y los lances ms salientes de la lidia.

--Tomaremos unos chatos de Montilla--dijo el _Pescadero_ llamando a un
joven que estaba tras el mostrador y sonrea al ver a Gallardo.

Este se fij en su cara y en una manga de su chaqueta, completamente
vaca, que se arrollaba en el costado derecho.

--Yo creo que te conozco--dijo el matador.

--Ya lo creo que le conoces--interrumpi el _Pescadero_--. Es el _Pipi_.

El apodo hizo que Gallardo recordase inmediatamente su historia. Un
muchacho valeroso, que clavaba magistralmente las banderillas, y al que
tambin haba bautizado un grupo de aficionados como el torero del
porvenir. Un da, en la plaza de Madrid, recibi una cornada en un
brazo, y haban tenido que amputrselo, quedando intil para la lidia.

--Lo he recogido, Juan--continu el _Pescadero_--. Yo no tengo familia;
mi compaera se muri, y me hago la cuenta de que tengo un hijo...
Miserias! Pero si al hombre, ensima de sus desgrasias, le quitas el
gen corazn, pa qu sirve?... No creas que estamos en la abundancia el
_Pipi_ y yo. Vivimos como poemos; pero lo que yo tenga es de l, y vamos
tirando grasias a los antiguos amigos que arguna vez vienen de merienda
o a jugar al _mus_, y sobre too grasias a la escuela.

Gallardo sonri. Haba odo hablar de la escuela de tauromaquia
establecida por el _Pescadero_ cerca de su taberna.

--Qu quis, hijo!--dijo ste, como excusndose--. Hay que ayudarse, y
la escuela consume ms que toos los parroquianos de la taberna. Viene mu
buena gente: seoritos que quin aprender pa lucirse en las becerrs;
extranjeros que se entusiasman en las corras y les entra la chiflara
de hacerse toreros a la vejez. Ahora tengo uno dando licin. Viene toas
las tardes. Vas a ve.

Y atravesando la calle, dirigironse a un solar cerrado por alta valla.
Sobre los tablones unidos que servan de puerta destacbase un gran
rtulo escrito con alquitrn: Escuela de Tauromaquia.

Entraron. Lo primero que llam la atencin de Gallardo fue el toro: un
animal de madera y juncos montado sobre ruedas, con cola de estopa, la
cabeza de paja trenzada, una placa de corcho en el lugar del cuello y un
par de cuernos autnticos y enormes, que infundan espanto a los
alumnos.

Un mozo despechugado, con gorrilla y dos pinceles de pelo sobre las
orejas, era el que comunicaba su inteligencia a la fiera, empujndola
cuando los estudiantes se ponan enfrente con el capote en la mano.

En mitad del solar, un seor viejo y rechoncho, de ancha corpulencia, la
tez arrebolada y el bigote blanco y recio, mantenase en mangas de
camisa empuando unas banderillas. Junto a la valla, recostada en una
silla y apoyados los brazos en otra, haba una seora casi de la misma
edad y no menos voluminosa, con un sombrero cargado de flores. Su cara
rubicunda, con manchas amarillas de salvado, ensanchbase de entusiasmo
cada vez que su compaero ejecutaba una buena suerte. Agitbanse las
rosas del sombrero y los falsos bucles de la cabellera, de un rubio
escandaloso, con el impulso de sus risas. Aplauda, abriendo al mismo
tiempo las piernas, que tiraban de la falda, dejando al descubierto una
parte de sus abultados y marchitos encantos.

El _Pescadero_, desde la puerta, explic a Gallardo el origen de estas
gentes. Deban ser franceses o de cualquier otro pas: l no estaba
cierto de quin eran ni le importaba; un matrimonio que iba por el mundo
y pareca haber vivido en todas partes. El haba tenido mil oficios, a
juzgar por sus relatos: minero en Africa, colono en lejanas islas,
cazador de caballos con lazo en las soledades de Amrica. Ahora quera
torear para ganar dinero lo mismo que los espaoles, y asista todas las
tardes a la escuela con la firme voluntad de un nio testarudo, pagando
generosamente sus lecciones.

--Figrate t: torero con esa facha!... Y a los cincuenta aos bien
sonaos!

Al ver entrar a los dos hombres, el alumno baj sus brazos armados de
banderillas y la seora se arregl la falda y el florido sombrero. Oh,
_cher matre_!...

--Buenas tardes, _mosi_; felices, _madame_--dijo el maestro llevndose
la mano al sombrero--. A ve, _mosi_, cmo va esa licin. Ya sabe lo que
le he dicho. Quieto en su terreno, cita ust ar bicho, le deja ven, y
cuando lo tiene ar lao, quiebra ust y le pone los palos en el morrillo.
Ust no ti que preocuparse de na: el toro lo har too por ust.
Atensin... Estamos?

Y apartndose el maestro se encar con el terrible toro, o ms bien, con
el granuja que estaba detrs, puestas las manos en el cuarto trasero
para empujarle.

--Eeeeh!... Entra, _Morito_!

Fue un berrido espantoso el del _Pescadero_ para que entrase el toro,
excitando con estos gritos y con furiosas patadas en la tierra sus
entraas de aire y de junco y su testuz de paja. Y _Morito_ acometi
como una fiera, con gran estrpito de ruedas, cabeceante a causa de las
desigualdades del terreno, y llevando a la cola aquel paje que le
empujaba para hacerle menos fatigoso el camino. Jams toro de ganadera
famosa pudo compararse en inteligencia con este _Morito_, bestia
inmortal banderilleada y estoqueada miles de veces, sin sufrir otras
heridas que las insignificantes que le curaba el carpintero. Pareca tan
sabio como los hombres. Al llegar junto al alumno, cambi de direccin
para no tocarle con los cuernos, alejndose con los palos clavados en su
cuello de corcho.

Una ovacin salud esta hazaa, quedando el banderillero firme en su
sitio, arreglndose los tirantes del pantaln y los puos de la camisa.
Su mujer, con la vehemencia del entusiasmo, se ech atrs, riendo al
mismo tiempo que aplauda, y otra vez la falda, a impulsos de ocultas
exuberancias, volvi a dejar al descubierto los encantos inferiores.

--De maestro, _mosi_!--grit el _Pescadero_--. Ese par es de primera.

Y el extranjero, conmovido por el aplauso del profesor, respondi con
modestia, golpendose el pecho:

--M hay lo ms importante. Corrasn, mocho corrasn.

Luego, para festejar su hazaa, se dirigi al paje de _Morito_, que
pareca relamerse adivinando la orden. Que trajesen un frasco de vino.
Tres haba vacos en el suelo, cerca de la dama, cada vez ms purprea y
ms movediza de ropas, acogiendo con grandes risotadas las hazaas
toreras de su compaero.

Al saber que el que llegaba con el maestro era el famoso Gallardo y
reconocer su rostro, tantas veces admirado por ella en peridicos y
cajas de cerillas, la extranjera perdi el color y sus ojos se
enternecieron. Oh, _cher matre_!... Le sonrea, se frotaba contra l,
deseando caer en sus brazos con todo el peso de su voluminosa y flcida
humanidad.

Chocaron los vasos del vino por la gloria del nuevo torero. Hasta
_Morito_ tom parte en la fiesta, bebiendo en su nombre el granuja que
le serva de aya.

--Antes de dos meses, _mosi_--dijo el _Pescadero_ con su gravedad
andaluza--, est ust clavando banderillas en la plaza de Madr como el
mismsimo Di, y se yeva ust toas las parmas, y too er dinero, y toas
las mujeres... con permiso de su seora.

Y la seora, sin dejar de mirar a Gallardo con ojos tiernos, conmovase
de gozo y una risa estrepitosa agitaba las ondas de grasa de su cuerpo.

Continu su leccin el extranjero, con una tenacidad de hombre enrgico.
No haba que desaprovechar el tiempo. Quera verse cuanto antes en la
plaza de Madrid, conquistando todas aquellas cosas que le prometa el
maestro. Su rubicunda compaera, viendo que los dos toreros se
marchaban, volvi a sentarse, con el frasco de vino confiado a su
custodia.

El _Pescadero_ acompa a Gallardo hasta el final de la calle.

--Adi, Juan--dijo con gravedad--. Puede que nos veamos maana en la
plaza. Ya ves en qu he veno a parar. Tener que com de estos embustes
y payass.

Gallardo se alej preocupado. Ay! Aquel hombre, que l haba visto
tirar el dinero en sus buenos tiempos con una arrogancia de prncipe,
seguro de su porvenir!... Haba perdido los ahorros en malas
especulaciones. La vida del torero no era para aprender el manejo de una
fortuna. Y an le proponan que se retirase de la profesin? Nunca!
Haba que arrimarse a los toros.

Durante toda la noche, este propsito pareci flotar sobre la laguna
negra de su sueo. Haba que arrimarse! Y a la maana siguiente, la
resolucin firmsima persisti en su pensamiento. Se arrimara,
asombrando al pblico con sus audacias.

Era tal su nimo, que march a la plaza sin las inquietudes
supersticiosas de otras veces. Senta la certeza del triunfo, la
corazonada de las tardes gloriosas.

La corrida fue accidentada desde su principio. El primer toro sali
pegando con gran acometividad para las gentes de a caballo. En un
instante ech al suelo a los tres picadores que le esperaban lanza en
ristre, y de los jacos dos quedaron moribundos, arrojando por el
perforado pecho chorros de sangre obscura. El otro corri, loco de dolor
y de sorpresa, de un lado a otro de la plaza, con el vientre abierto y
la silla suelta, mostrando por entre los estribos sus entraas azuladas
y rojizas, semejantes a enormes embutidos. Arrastraban las tripas por el
suelo, y al pisrselas l mismo con sus patas traseras, tiraba de ellas,
desarrollndolas como una madeja confusa que se desenmaraa. El toro,
atrado por esta carrera, march tras l, y metiendo la poderosa cabeza
bajo su vientre lo levant en los cuernos, arrojndolo al suelo y
ensandose en su msero armazn quebrantado y agujereado. Al
abandonarle la fiera, moribundo y pataleante, un mono sabio se
aproxim para rematarlo, hundindole el hierro de la puntilla en lo alto
del crneo. El msero jaco sinti una rabia de cordero en los
estremecimientos de su agona, y mordi la mano del hombre. Este dio un
grito, agit la diestra ensangrentada y apret el pual, hasta que el
caballo ces de patalear, quedando con las extremidades rgidas. Otros
empleados de la plaza corran de un lado a otro con grandes espuertas de
arena, arrojndola a montones sobre los charcos de sangre y los
cadveres de los caballos.

El pblico estaba de pie, gesticulando y vociferando. Sentase
entusiasmado por la fiereza de la bestia y protestaba de que en el
redondel no quedase ni un picador, gritando a coro: Caballos!
caballos!

Todos estaban convencidos de que iban a salir inmediatamente, pero les
indignaba que transcurriesen unos minutos sin nuevas carniceras. El
toro permaneca aislado en el centro del redondel, soberbio y mugidor,
levantando los cuernos sucios de sangre, ondendole las cintas de la
divisa sobre su cuello surcado de rasgones azules y rojos. Salieron
nuevos jinetes, y otra vez se repiti el repugnante espectculo. Apenas
se aproximaba el picador con la garrocha por delante, ladeando el jaco
para que el ojo vendado no le permitiese ver a la fiera, era instantneo
el choque y la cada. Rompanse las picas con un chasquido de madera
seca, saltaba el caballo enganchado en los poderosos cuernos, brotaban
sangre, excrementos y piltrafas de este choque mortal, y rodaba por la
arena el picador como un monigote de piernas amarillas, cubrindole
inmediatamente las capas de los peones.

Un caballo, al ser herido en el vientre, esparci en torno de l,
vaciando sus entraas, una lluvia nauseabunda de excremento verdoso, que
vino a manchar los trajes de los toreros cercanos.

El pblico celebraba con risas y exclamaciones las ruidosas cadas de
los jinetes. Sonaba la arena sordamente con el choque de los cuerpos
rudos y sus piernas forradas de hierro. Unos caan de espaldas, como
talegos repletos, y su cabeza, al encontrar las tablas de la valla,
produca un eco lgubre.

--Ese no se levanta--gritaban en el pblico--. Debe tener abierto el
meln.

Y sin embargo, se levantaba, extenda los brazos, rascbase el crneo,
recobraba el recio castoreo, perdido en la cada, y volva a montar en
el mismo caballo, que los monos sabios incorporaban a fuerza de
empellones y varazos. El vistoso jinete haca trotar al jaco, que
arrastraba por la arena sus entraas, cada vez ms largas y pesadas con
la agitacin del movimiento. El picador, sobre esta debilidad agnica,
dirigase al encuentro de la fiera.

--Vaya por usts!--gritaba arrojando su sombrero a un grupo de amigos.

Y apenas se colocaba ante el toro, clavndole su pica en el cuello,
hombre y caballo iban por lo alto, partindose el grupo en dos piezas
con la violencia del choque y rodando cada una por su lado. Otras veces,
antes de que acometiese el toro, los monos sabios y parte del pblico
avisaban al jinete. Apate. Pero antes de que pudiera hacerlo, con la
torpeza de sus piernas rgidas, el caballo se desplomaba, muerto
instantneamente, y el picador caa expelido por las orejas, chocando su
testa sordamente contra la arena.

Los cuernos del toro no llegaban nunca a enganchar a los jinetes; pero
ciertos picadores, al quedar en el suelo, permanecan exnimes, y un
grupo de servidores de la plaza tena que cargar con su cuerpo,
llevndolo a la enfermera para que le curasen una fractura de hueso o
lo reanimaran de su conmocin, que tena el aspecto de la muerte.

Gallardo, ansioso de atraerse la simpata del pblico, iba de un lado a
otro, y consigui un gran aplauso tirando de la cola al toro para librar
a un picador que estaba en el suelo, prximo a ser enganchado.

Mientras banderilleaban, Gallardo, apoyado en la valla, paseaba su vista
por los palcos. Deba estar en ellos doa Sol. Al fin la vio, pero sin
mantilla blanca, sin nada que recordase a aquella seora de Sevilla
semejante a una maja de Goya. Pareca, con su cabellera rubia y su
sombrero original y elegante, una extranjera de las que contemplan por
primera vez una corrida de toros. A su lado estaba el amigo, aquel
hombre del que hablaba ella con cierta admiracin y al que mostraba las
cosas interesantes del pas. Ay, doa Sol! Pronto iba a ver quin era
el buen mozo al que haba abandonado. Tendra que aplaudirle en
presencia del extranjero aborrecido; se entusiasmara, aun contra su
voluntad, arrastrada por el contagio del pblico.

Cuando lleg para Gallardo el momento de matar su toro, que era el
segundo, el pblico le acogi benvolamente, como si olvidase su enfado
de la corrida anterior. Las dos semanas de suspensin por la lluvia
parecan haber infundido a la muchedumbre una gran tolerancia. Deseaba
encontrarlo todo bueno en una corrida tan esperada. Adems, la bravura
de los toros y la gran mortandad de caballos haba puesto al pblico de
buen humor.

March Gallardo hacia la fiera, descubierta la cabeza luego del brindis,
con la muleta por delante y moviendo la espada como un bastn. Detrs de
l, aunque a una distancia prudente, iban el _Nacional_ y otro torero.
Algunas voces protestaron desde el tendido. Cuntos aclitos!...
Parecan un clero parroquial marchando a un entierro.

--Fuera too er mundo!--grit Gallardo.

Y los dos peones se detuvieron porque lo deca de veras, con un acento
que no daba lugar a dudas.

Sigui adelante hasta llegar cerca de la fiera, y all despleg la
muleta, dando an algunos pasos ms, como en sus buenos tiempos, hasta
colocar el trapo junto al babeante hocico. Un pase; ol!... Un murmullo
de satisfaccin corri por los tendidos. El nio de Sevilla volva por
su nombre; tena vergenza torera. Iba a hacer alguna de las suyas, como
en los mejores tiempos. Y sus pases de muleta fueron acompaados de
ruidosas exclamaciones de entusiasmo, mientras en el gradero se
reanimaban los partidarios, increpando a los enemigos. Qu les pareca
aquello? Gallardo se descuidaba algunas veces, lo reconocan... pero la
tarde que l quera!

Aquella tarde era de las buenas. Cuando vio al toro con las patas
inmviles, el mismo pblico le impuls con sus consejos. Ahora!
Trate!

Y Gallardo se arroj sobre la bestia con el estoque por delante,
saliendo de la amenaza de los cuernos rpidamente.

Son un aplauso, pero fue muy breve, siguindole un murmullo amenazador,
en el que se iniciaron estridentes silbidos. Los entusiastas dejaban de
mirar al toro para volverse indignados contra el resto del pblico. Qu
injusticia! Qu falta de conocimiento! Haba entrado muy bien a
matar...

Pero los enemigos sealaban al toro sin desistir de sus protestas, y
toda la plaza se una a ellos con una explosin ensordecedora de
silbidos.

La espada haba penetrado torcida, atravesando al toro y asomando su
punta por uno de los costados, junto a una pata delantera.

Todos gesticulaban y braceaban con aspavientos de indignacin. Qu
escndalo! Aquello no lo haca ni un mal novillero!...

El animal, con la empuadura de la espada en el cuello y la punta
asomando por el arranque de un brazo, empez a cojear, agitando su
enorme masa con el vaivn de un paso desigual. Esto pareci conmover a
todos con generosa indignacin. Pobre toro! Tan bueno, tan noble...
Algunos echaban el cuerpo adelante, rugiendo de furia, como si fuesen a
arrojarse de cabeza en el redondel. Ladrn! Hijo de tal!...
Martirizar as a un bicho que vala ms que l!... Y todos gritaban con
vehemente ternura por el dolor de la bestia, como si no hubiesen pagado
para presenciar su muerte.

Gallardo, estupefacto ante su obra, inclinaba la cabeza bajo el
chaparrn de insultos y amenazas. Mardita sea la suerte!... Haba
entrado a matar lo mismo que en sus buenos tiempos, dominando la
impresin nerviosa que le haca volver la cara como si no pudiese
soportar la vista de la fiera que se le vena encima. Pero el deseo de
evitar el peligro, de salirse cuanto antes de entre los cuernos, le
haba hecho rematar la suerte con aquella estocada torpe y escandalosa.

En los tendidos agitbase la gente con el hervor de numerosas disputas.
No lo entiende. Vuelve la cara. Est hecho un maleta. Y los
partidarios de Gallardo excusaban a su dolo con no menos vehemencia.
Eso le ocurre a cualquiera. Es una desgracia. Lo importante es entrar a
matar con guapeza, como l lo hace.

El toro, despus de correr cojeando con dolorosos vaivenes, que hacan
bramar al gento de indignacin, qued inmvil, para no prolongar ms su
martirio.

Gallardo tom otra espada y fue a colocarse ante l.

El pblico adivin su trabajo. Iba a descabellar al toro: lo nico que
poda hacer despus de su crimen.

Apoy la punta del estoque entre los dos cuernos, mientras con la otra
mano agitaba la muleta, para que la bestia, atrada por el trapo,
humillase la cabeza hasta el suelo. Apret la espada, y el toro, al
sentirse herido, agit el testuz, repeliendo el arma.

--Una!--grit la muchedumbre con burlesca unanimidad.

Volvi el matador a repetir su juego, y otra vez clav el estoque,
haciendo estremecerse a la fiera.

--Dos!--cantaron en los tendidos burlescamente.

Repiti el intento de descabello, sin ms resultado que un mugido de la
fiera, dolorida por este martirio.

--Tres!...

Pero a este coro irnico de parte del pblico unironse silbidos y
gritos de protesta. Pero cundo iba a acabar aquel maleta?...

Al fin acert a tocar con la punta de su estoque el arranque de la
mdula espinal, centro de vida, y el toro cay instantneamente,
quedando de lado y con las patas rgidas.

El espada se limpi el sudor y emprendi la vuelta hacia la presidencia
con paso lento, respirando jadeante. Por fin vease libre de aquel
animal. Haba credo no acabar nunca. El pblico le acoga a su paso con
sarcasmo o con un silencio desdeoso. Nadie aplauda. Salud al
presidente en medio de la indiferencia general y fue a refugiarse tras
la barrera, como un escolar avergonzado de sus faltas. Mientras
_Garabato_ le ofreca un vaso de agua, el matador mir a los palcos,
encontrndose con los ojos de doa Sol, que le haban seguido hasta su
retiro. Qu pensara de l aquella mujer! Cmo reira en compaa de
su amigo, vindole insultado por el pblico!... Qu maldita idea la de
aquella seora de venir a la corrida!...

Permaneci entre barreras, evitndose toda fatiga hasta que soltasen el
otro toro que haba de matar. Le dola la pierna herida por lo mucho
que haba corrido. Ya no era el mismo: lo reconoca. Resultaban intiles
sus arrogancias y su propsito de arrimarse. Ni sus piernas eran
ligeras y seguras como en otros tiempos, ni su brazo derecho tena
aquella audacia que le haca tenderse sin miedo, deseoso de llegar
cuanto antes al cuello del toro. Ahora se encoga, desobedeciendo su
voluntad, con el instinto torpe de ciertos animales que se contraen y
ocultan la cara, creyendo evitar de este modo el peligro.

Sus antiguas supersticiones aparecieron de pronto aterradoras y
obsesionantes.

Tengo mala pata--pensaba Gallardo--. Me da er corazn que el quinto
toro me coge... Me coge, no hay remedio!

Sin embargo, cuando sali a la plaza el quinto toro, lo primero que
encontr fue el capote de Gallardo. Qu animal! Pareca distinto al que
l haba escogido en los corrales la tarde anterior. Seguramente haban
cambiado el orden en la suelta de los toros. El temor segua cantando en
los odos del torero: Mala pata!... Me coge; hoy salgo del reondel con
los pies pa alante...

A pesar de esto, sigui toreando a la fiera y apartndola de los
picadores en peligro. Al principio, sus lances pasaron en silencio.
Luego, el pblico, ablandndose, le aplaudi dbilmente.

Cuando lleg el momento de la muerte y Gallardo se plant ante la fiera,
todos parecieron adivinar la ofuscacin de su pensamiento. Movase
desconcertado; bastaba que el toro agitase su cabeza, para que, tomando
este gesto por un avance, echase los pies atrs, retrocediendo a grandes
saltos, mientras el pblico saludaba estos conatos de fuga con un coro
de burlas.

--Juy! juy!... Que te coge!

De pronto, como si desease terminar de cualquier modo, se arroj sobre
la bestia con el estoque, pero oblicuamente, para salir cuanto antes del
peligro. Una explosin de silbidos y voces. La espada slo se haba
clavado unos centmetros, y despus de cimbrearse en el cuello de la
fiera, fue expelida por sta a gran distancia.

Gallardo volvi a coger el estoque y se aproxim al toro. Fue a
cuadrarse para entrar a matar, y la fiera le acometi en el mismo
instante. Quiso huir, pero sus piernas ya no tenan la agilidad de otros
tiempos. Fue alcanzado y rod a impulsos del encontronazo. Acudieron en
su auxilio, y Gallardo se levant cubierto de tierra, con un gran
rasguo en el dorso del calzn, por el que se escapaba la ropa blanca
interior, una zapatilla menos y perdida la moa que adornaba su coleta.

Aquel mozo arrogante, que tanto haba admirado al pblico con su
elegancia, mostrbase lastimero y ridculo con su faldn al aire,
descompuesto el pelo y la coleta cada y deshecha como un rabo triste.

Tendironse en torno de l misericordiosamente varios capotes para
ayudarle y protegerle. Hasta los otros espadas, con generoso
compaerismo, le preparaban el toro para que acabase con l rpidamente.
Pero Gallardo pareca ciego y sordo; slo vea al animal para echarse
atrs a la ms leve de sus acometidas, como si el reciente revolcn le
hubiese enloquecido de miedo. No entenda lo que le decan los
camaradas, y con el rostro intensamente plido, frunciendo las cejas
como para concentrar su atencin, balbuceaba sin saber lo que deca:

--Fuera too er mundo! Ejarme solo!

Mientras tanto, en su pensamiento segua cantando el terror: Hoy
mueres! Hoy es tu ltima cogida!

El pblico adivinaba los pensamientos del espada en sus desacompasados
movimientos.

--Le tiene asco al toro! Le ha tomado miedo!...

Y hasta los ms fervorosos partidarios de Gallardo callaban
avergonzados, no pudiendo explicarse este suceso nunca visto.

La gente pareca gozarse en su terror, con la valenta intransigente del
que se halla en lugar seguro. Otros, pensando en su dinero, gritaban
contra este hombre que se dejaba arrastrar del instinto de conservacin,
defraudndolos en su placer. Un robo!

Gentes soeces insultaban al espada con palabras de duda sobre su sexo.
El odio haca emerger y flotar, al travs de muchos aos de admiracin,
ciertos recuerdos de la infancia del torero olvidados hasta de l mismo.
Hacan memoria de su vida nocturna con la pillera de la Alameda de
Hrcules. Se rean de sus calzones rotos y de las blancas ropas que se
escapaban por el rasgn.

--Qu se te ve!--gritaban voces atipladas, con acento femenil.

Gallardo, protegido por las capas de los compaeros, aprovechaba todas
las distracciones del toro para herirlo con su espada, sordo a la
rechifla del pblico. Eran estocadas que apenas pareca sentir el
animal. Su terror a ser cogido si alargaba el brazo le haca quedarse
lejos, hirindolo solamente con la punta de la espada.

Unos estoques se desprendan apenas hundidos en la carne; otros quedaban
fijos en el hueso, pero descubiertos en su mayor parte, cimbrendose con
los movimientos de la fiera. Iba sta con la cabeza baja, siguiendo el
contorno de la valla, mugiendo como de fastidio por el tormento intil.
Seguala el espada con la muleta en la mano, deseoso de acabar y
temeroso de exponerse, y tras l toda la tropa de ayudantes moviendo
sus capotes, como si quisieran convencer al animal con el flameo de los
trapos para que doblara las piernas y se acostase. El paso del toro por
cerca de la barrera, con su hocico babeante y el cuello erizado de
espadas, provocaba una explosin de burlas e insultos.

--Es la Dolorosa!--decan.

Otros comparaban al animal con un acerico lleno de alfileres.

--Ladrn! Mal torero!

Algunos, ms soeces, persistan en sus injurias al sexo de Gallardo,
cambindole de nombre.

--Juanita! No te pierdas!

Haba transcurrido mucho tiempo, y una parte del pblico, deseando
descargar su furia contra alguien ms que el torero, se volvi hacia el
palco presidencial... Seor presidente! Hasta cundo iba a durar este
escndalo?

El presidente hizo un gesto que acall las protestas y dio una orden. Se
vio correr a un alguacilillo, con su teja emplumada y el ferreruelo
flotante, por detrs de la barrera, hasta llegar cerca de donde estaba
el toro. All, dirigindose a Gallardo, avanz una mano cerrada con el
ndice en alto. El pblico aplaudi. Era el primer aviso. Si antes del
tercero no haba matado el toro, ste sera devuelto al corral, quedando
el espada bajo el peso de la mayor deshonra.

Gallardo, como si despertase de su sonambulismo, aterrado por esta
amenaza, puso horizontal el estoque y se arroj sobre el toro. Una
estocada ms, que no penetr gran cosa en el cuerpo de la fiera.

El espada dejaba pender sus brazos con desaliento. Pero aquel bicho era
inmortal!... Las estocadas no le causaban mella. Pareca que no iba a
caer nunca.

La inutilidad del ltimo golpe enfureci al pblico. Todos se ponan de
pie. Los silbidos eran ensordecedores, obligando a las mujeres a taparse
los odos. Muchos braceaban, echando el cuerpo adelante, como si
quisieran arrojarse a la plaza. Caan en la arena naranjas, mendrugos de
pan, cojines de asiento, como veloces proyectiles destinados al matador.
De los tendidos de sol salan voces estentreas, rugidos semejantes a
los de una sirena de vapor, que pareca imposible fuesen producto de una
garganta humana. Sonaba de vez en cuando un escandaloso cencerro con
toques de rebato. Cerca de los toriles, un nutrido coro entonaba el
_gorigori_ de los difuntos.

Muchos volvanse hacia la presidencia. Para cundo el segundo aviso?
Gallardo limpibase el sudor con un pauelo, mirando a todas partes,
como extraado de la injusticia del pblico, y haciendo responsable al
toro de cuanto ocurra. En estos momentos se fij en el palco de doa
Sol. Esta volva la espalda para no ver el redondel: tal vez le tena
lstima, tal vez estaba avergonzada de sus condescendencias en el
pasado.

Otra vez se arroj a matar, y muy pocos pudieron ver lo que haca, pues
le ocultaban las capas abiertas incesantemente en torno de l... Cay el
toro, arrojando por la boca un cao de sangre.

Al fin!... El pblico se aquiet, cesando de manotear, pero continuaron
los gritos y silbidos. El animal fue rematado por el puntillero; le
arrancaron las espadas, qued enganchado por el testuz al tiro de
mulillas y lo sacaron a rastras del redondel, dejando una ancha faja de
tierra apisonada y regueros de sangre, que los mozos borraron con golpes
de rastrillo y espuertas de arena.

Gallardo se ocult entre barreras, huyendo de la protesta injuriosa que
levantaba su presencia. All permaneci, cansado y jadeante, con una
pierna dolorida, sintiendo en medio de su desaliento la satisfaccin de
verse libre del peligro. No haba muerto en los cuernos de la fiera...
pero lo deba a su prudencia. Ah, el pblico! Muchedumbre de asesinos
que ansan la muerte de un hombre, como si slo ellos amasen la vida y
tuvieran una familia!...

La salida de la plaza fue triste, al travs del gento que ocupaba los
alrededores del circo, de los carruajes y automviles, de las largas
filas de tranvas.

Rodaba el coche de Gallardo con lento paso, para no atropellar a los
grupos de espectadores que salan de la plaza. Estos se apartaban ante
las mulas, pero al reconocer al espada parecan arrepentidos de su
amabilidad.

Gallardo adivinaba en el movimiento de sus labios tremendas injurias.
Pasaban junto al coche otros carruajes ocupados por hermosas mujeres con
mantillas blancas. Unas volvan la cabeza, como para no ver al torero;
otras le miraban con ojos de desconsoladora conmiseracin.

El espada achicbase, como si quisiera pasar inadvertido; se ocultaba
detrs de la corpulencia del _Nacional_, ceudo y silencioso.

Un grupo de muchachos rompi a silbar siguiendo el carruaje. Muchos de
los que estaban de pie en las aceras les imitaron, creyendo vengarse as
de su pobreza, que les haba obligado a permanecer toda una tarde fuera
de la plaza con la esperanza de ver algo. La noticia del fracaso de
Gallardo haba circulado entre ellos, y le insultaban, contentos de
humillar a un hombre que ganaba enormes riquezas.

Esta protesta sac al espada de su resignado mutismo.

--Mardita sea!... Pero por qu sirban? Han estao acaso en la
corra?... Les ha costao el dinero?...

Una piedra dio contra una rueda del coche. La pillera vociferaba junto
al estribo; pero llegaron dos guardias a caballo y deshicieron la
manifestacin, escoltando despus por todo lo alto de la calle de Alcal
al famoso Juan Gallardo... el primer hombre del mundo.




X


Acababan las cuadrillas de salir al redondel, cuando sonaron fuertes
golpes en la puerta de Caballerizas.

Un empleado de la plaza se acerc a ella gritando con mal humor. No se
entraba por all; deban buscar otra puerta. Pero una voz le contest
desde fuera con insistencia, y abri.

Entraron un hombre y una mujer: l con sombrero blanco cordobs; ella
vestida de negro y con mantilla.

El hombre estrech la mano del empleado, dejando dentro de ella algo que
humaniz su fiero gesto.

--Me conose ust, verd?...--dijo el recin venido--. De vera que no
me conose?... Soy el cuao de Gallardo, y esta seora es su esposa.

Carmen miraba a todos lados en el abandonado patio. A lo lejos, tras las
recias paredes de ladrillo, sonaba la msica y se perciba la
respiracin de la muchedumbre, cortada por gritos de entusiasmo y
rumores de curiosidad. Las cuadrillas desfilaban ante el presidente.

--Dnde est?--pregunt ansiosa Carmen.

--Dnde ha de est, muj?--repuso el cuado con rudeza--. En la plasa
cumpliendo con su obligasin... Es una locura haber veno; un
disparate. Este carcter tan flojo que tengo!

Carmen sigui mirando en torno de ella, pero con cierta indecisin, como
arrepentida de haber llegado hasta all. Qu iba a hacer?...

El empleado, conmovido por el apretn de manos de Antonio y por el
parentesco de aquellas dos personas con un matador de fama, mostrbase
obsequioso. Si quera aguardar la seora a la terminacin de la fiesta,
poda descansar en la casa del conserje. Si deseaba ver la corrida, l
sabra colocarlos en buen sitio aunque no llevasen billetes.

Carmen se estremeci con esta proposicin. Ver la corrida?... No. Haba
llegado hasta la plaza con un esfuerzo de su voluntad, y se arrepenta
de ello. Le era imposible resistir la presencia de su marido en el
redondel. Nunca le haba visto toreando. Aguardara all hasta que no
pudiese ms.

--Vaya por Di!--dijo con resignacin el talabartero--. Nos quearemos,
aunque no s qu pintamos aqu frente a las caballerisas.

Desde el da anterior que el marido de Encarnacin iba tras de su
cuada, sufriendo los sobresaltos y lgrimas de una nerviosidad excitada
por el miedo.

El sbado a medioda, Carmen le haba hablado en el despacho del
maestro. Se marchaba a Madrid! Estaba resuelta a este viaje. No poda
vivir en Sevilla. Llevaba cerca de una semana de insomnios, viendo en su
imaginacin escenas horrorosas. Su instinto femenil pareca avisarle un
gran peligro. Necesitaba correr al lado de Juan. No saba con qu objeto
ni qu podra conseguir en el viaje, pero ansiaba verse junto a
Gallardo, con ese anhelo carioso que cree aminorar el peligro
colocndose cerca de la persona amada.

Aquello no era vivir. Se haba enterado por los diarios del gran
fracaso de Juan el domingo anterior en la plaza de Madrid. Conoca la
soberbia profesional del torero; adivinaba que no tolerara con
resignacin este contratiempo. Iba a hacer locuras para reconquistar el
aplauso del pblico. La ltima carta que haba recibido de l se lo daba
a entender vagamente.

--No, y no--dijo con energa a su cuado--. Me voy a Madrid esta misma
tarde. Si t quis me acompaas; si no quis venir, me ir sola. Sobre
too, ni una palabra a don Jos: me estorbara el viaje... Esto no lo
sabe mas que la mamita.

El talabartero acept. Un viaje gratuito a Madrid, aunque fuese en
triste compaa!... Durante el camino, Carmen daba forma a sus anhelos.
Hablara a su marido enrgicamente. A qu continuar toreando? No
tenan bastante para vivir?... Deba retirarse, pero inmediatamente; si
no, ella iba a perecer. Era preciso que esta corrida fuese la ltima...
Aun esto le pareca demasiado. Llegaba a tiempo a Madrid para que su
marido no torease por la tarde. Le deca el corazn que con su presencia
iba a evitar una desgracia.

Pero el cuado protestaba con grandes aspavientos al or esto.

--Qu barbari! Lo que sois las mujeres! Se os mete una cosa en la
cabesa, y eso ha de ser. Es que crees t que no hay autori, ni leyes,
ni reglamento de plaza, y que basta que a una mujer se le ocurra
abrazarse al maro y ten miedo, pa que se suspenda una corra y se quee
el pblico con un parmo de narises?... T dirs lo que quieras a Juan,
pero ser aluego de la corra. Con la autora no se juega; iramos toos
a la crsel.

Y el talabartero se imaginaba las consecuencias ms dramticas si Carmen
persista en su disparatada idea de presentarse al marido, impidindole
que torease. Los prenderan a todos. El se vea ya en la crcel como
cmplice de este acto, que en su simpleza consideraba un crimen.

Cuando llegaron a Madrid tuvo que hacer nuevos esfuerzos para impedir
que su compaera corriese al hotel donde estaba su marido. Qu iba a
conseguir con esto?...

--Lo vas a azar con tu presensia, y aluego ir a la plaza de mal hum,
sin sereni, y si le ocurre argo, t tendrs la curpa.

Esta reflexin amans a Carmen, haciendo que se entregase a la direccin
de su cuado. Se dej llevar a un hotel que ste escogi, y all estuvo
toda la maana, tendida en un sof de su cuarto, llorando, como si diese
por cierta su desgracia. El talabartero, contento de verse en Madrid,
bien instalado, indignbase contra esta desesperacin, que le pareca
ridcula.

--Vamo, hombre!... Lo que sois las mujeres! Cualquiera creera que
eres viuda, y tu maro est a estas horas tan campante, preparndose
para la corra, geno y sano como el propio Roger de Flor. Qu
tontunas!

Carmen apenas almorz, mostrndose sorda a los elogios que tributaba su
cuado al cocinero del establecimiento. Por la tarde, su resignacin
volvi a desvanecerse.

El hotel estaba situado cerca de la Puerta del Sol, y llegaban hasta
ella el ruido y el movimiento de la gente que iba a la corrida. No; no
poda permanecer en esta habitacin extraa mientras su marido
arriesgaba la existencia. Necesitaba verlo. Le faltaba valor para
soportar la vista del espectculo, pero quera sentirse cerca de l:
deseaba ir a la plaza. Dnde estara la plaza?... Nunca la haba visto.
Si no poda entrar en ella, vagara por los alrededores. Lo importante
era sentirse cerca, creyendo que esta aproximacin poda influir en la
suerte de Gallardo.

El talabartero protestaba. Por vida de...! El tena el propsito de
asistir a la corrida; haba salido del hotel para comprar un billete, y
ahora Carmen le aguaba la fiesta con su empeo de ir a la plaza.

--Pero qu vas a hac all, criatura? Qu vas a remedi con tu
presensia?... Figrate, si Juaniyo yega a verte.

Discutieron largamente, pero la mujer opona a todas sus razones la
misma respuesta tenaz:

--No me acompaes... Ir yo sola.

Acab el cuado por rendirse, y en un coche de alquiler fueron a la
plaza, entrando en ella por la puerta de Caballerizas. El talabartero se
acordaba mucho del circo y sus dependencias luego de haber acompaado a
Gallardo en uno de sus viajes a Madrid para las corridas de primavera.

El y el empleado mostrbanse indecisos y con mal humor ante aquella
mujer de ojos enrojecidos y mejillas hundidas, que segua plantada en el
patio sin saber qu hacer... Los dos hombres sentanse atrados por el
rumor del gento y la msica que sonaba en la plaza. Iban a estar all
toda la tarde, sin ver la corrida?...

El empleado tuvo una buena inspiracin.

--Si la seora quiere pasar a la capilla...

Haba terminado el desfile de las cuadrillas. Por la puerta que daba
acceso al redondel volvan trotando algunos caballos. Eran los picadores
que no estaban de tanda y se retiraban de la arena para sustituir a sus
compaeros cuando les llegase el turno. Amarrados a unas anillas del
muro estaban en fila seis jacos ensillados, los primeros que haban de
salir al redondel para suplir las bajas. A espaldas de ellos, los
picadores entretenan la espera haciendo evolucionar sus caballos. Un
encargado de las cuadras, montando una yegua asustadiza y brava, la
haca galopar por el corral para fatigarla, entregndola luego a los
piqueros.

Coceaban los jacos, martirizados por las moscas, tirando de las anillas
como si adivinasen el cercano peligro. Trotaban los otros caballos,
enardecidos por las espuelas de los jinetes.

Carmen y su cuado tuvieron que refugiarse bajo las arcadas, y al fin la
mujer del torero acept la invitacin de pasar a la capilla. Era un
lugar seguro y tranquilo, y all podra hacer algo de provecho para su
esposo.

Cuando se vio en la santa pieza, de un ambiente denso por la respiracin
del pblico que haba presenciado la oracin de los toreros, Carmen fij
sus ojos en la pobreza del altar. Ardan cuatro luces ante la Virgen de
la Paloma, pero a ella le pareci mezquino este tributo.

Abri su bolso para dar un duro al empleado. No poda traer ms
cirios?... El hombre se rasc una sien. Cirios? cirios?... En los
enseres de la plaza no crea encontrarlos. Pero de pronto se acord de
las hermanas de un matador, que traan velas siempre que toreaba ste.
Las ltimas apenas se haban consumido, y deban estar guardadas en
algn rincn de la capilla. Tras larga rebusca las encontr. Faltaban
candeleros; pero el empleado, hombre de recursos, trajo un par de
botellas vacas, e introduciendo en su cuello las velas, las encendi,
colocndolas junto a las otras luces.

Carmen se haba arrodillado, y los dos hombres aprovecharon su
inmovilidad para correr a la plaza, ansiosos de presenciar los primeros
lances de la corrida.

Qued la mujer en curiosa contemplacin de la imagen borrosa, enrojecida
por las luces. No conoca a esta Virgen, pero deba ser dulce y
bondadosa como la de Sevilla, a la que tantas veces haba suplicado.
Adems, era la Virgen de los toreros, la que escuchaba sus oraciones de
ltima hora, cuando el cercano peligro daba a los hombres rudos una
sinceridad piadosa. Sobre aquel suelo se haba arrodillado su marido
muchas veces. Y este pensamiento bast para que se sintiera atrada por
la imagen, contemplndola con religiosa confianza, cual si la conociera
desde la niez.

Movironse sus labios repitiendo oraciones con automtica velocidad,
pero su pensamiento hua del rezo, como arrastrado por los ruidos de la
muchedumbre que llegaban hasta ella.

Ay, aquel mugido de volcn intermitente, aquel bramar de olas lejanas,
cortado de vez en cuando por pausas de trgico silencio!... Carmen se
imaginaba estar presenciando la corrida invisible. Adivinaba por las
diversas entonaciones de los ruidos de la plaza el curso de la tragedia
que se desarrollaba en su redondel. Unas veces era una explosin de
gritos indignados, con acompaamiento de silbidos; otras, miles y miles
de voces que proferan palabras ininteligibles. De pronto sonaba un
alarido de terror, prolongado, estridente, que pareca subir hasta el
cielo; una exclamacin miedosa y jadeante, que haca ver miles de
cabezas tendidas y plidas por la emocin siguiendo la veloz carrera del
toro, que le iba a los alcances a un hombre... hasta que se cortaba
instantneamente el grito, restablecindose la calma. Haba pasado el
peligro.

Extendanse largos espacios de silencio, de un silencio absoluto, el
silencio del vaco, en el que sonaba agrandado el zumbar de las moscas
salidas de las caballerizas, como si el inmenso circo estuviera
desierto, como si hubieran quedado inmviles y sin respiracin las
catorce mil personas sentadas en su gradero y fuese Carmen el nico ser
viviente que subsista en sus entraas.

De pronto se animaba este silencio con un choque ruidoso e infinito,
cual si todos los ladrillos de la plaza se soltasen de su trabazn,
dando unos contra otros. Era un aplauso cerrado que haca temblar el
circo. En el patio inmediato a la capilla sonaban golpes de vara sobre
el pellejo de los mseros caballos, reniegos, choque de herraduras y
voces. A quin le toca? Nuevos picadores eran llamados a la plaza.

A estos ruidos unironse otros ms cercanos. Sonaron pasos en las
habitaciones inmediatas, abrironse puertas con estrpito: oanse las
voces y la respiracin jadeante de varios hombres, como si marchasen
abrumados por un gran peso.

--No es nada... un coscorrn. No tienes sangre. Antes de que acabe la
corrida estars picando.

Y una voz bronca, debilitada por el dolor, como si viniese de lo ms
profundo de los pulmones, gema entre suspiros, con un acento que
recordaba a Carmen su tierra:

--Virgen de la Sole!... Creo que me he roto argo. Mire bien, dotor...
Ay, mis hijos!

Carmen se estremeci de espanto. Elevaba sus ojos a la Virgen,
extraviados por el miedo. Su nariz pareca afilarse con la emocin entre
las mejillas hundidas y plidas. Sentase enferma; tema desplomarse
sobre el pavimento con un sncope de terror. Intentaba rezar otra vez,
aislarse en su oracin, para no escuchar los ruidos de fuera,
transmitidos por las paredes con una sonoridad desesperante. Pero a
pesar de estos propsitos, llegaba a su odo un lgubre chapoteo de agua
y las voces de ciertos hombres, que deban ser mdicos y enfermeros,
animando al picador.

Este se quejaba con una rudeza de jinete montaraz, queriendo ocultar al
mismo tiempo, por orgullo viril, el dolor de sus huesos quebrantados.

--Virgen de la Sole! Mis hijos!... Qu van a com los pobres
churumbeles si su pare no pu pic?...

Carmen se levant. Ay, no poda ms! Iba a caer desplomada si segua en
aquel sitio obscuro estremecido por ecos de dolor. Necesitaba aire, ver
el sol. Crea sentir en sus propios huesos el mismo suplicio que haca
gemir a aquel hombre desconocido.

Sali al patio. Sangre por todos lados: sangre en el suelo y en las
inmediaciones de unas cubas, donde el agua mezclbase con el lquido
rojo.

Retirbanse los picadores del redondel. Haban hecho la seal para la
suerte de banderillas, y los jinetes llegaban sobre sus caballos
manchados de sangre, con el pellejo rasgado y colgando de sus vientres
el repugnante bandullo de las entraas al aire.

Desmontbanse los jinetes, hablando con animacin de los incidentes de
la corrida. Carmen vio a _Potaje_ apearse con toda la pesadez de su
vigorosa humanidad, lanzando una retahila de maldiciones al mono sabio
que le ayudaba torpemente en su descenso. Pareca entorpecido por sus
ocultas perneras de hierro y por el dolor de varios batacazos. Llevbase
una mano a la espalda para rascarse con dolorosos desperezos, pero
sonrea, mostrando su amarilla dentadura de caballo.

--Habis visto usts que geno ha estao Juan?--deca a todos los que le
rodeaban--. Hoy viene geno de veras.

Al reparar en la nica mujer que estaba en el patio y reconocerla, no
mostr extraeza.

--Ust por aqu, se Carmen! Tanto geno!...

Y hablaba tranquilamente, como si a l, en la somnolencia en que le
tena siempre el vino y la propia bestialidad, no pudiera asombrarle
nada del mundo.

--Ha visto ust a Juan?...--prosigui--. Se ha acostao en el suelo,
elante del toro, en los mismos hosicos. Lo que hase ese gach no lo hase
nadie... Asmese a velo, que hoy est mu geno.

Le llamaron desde una puerta, que era la de la enfermera. Su compaero
el picador deseaba hablarle antes de que lo trasladasen al hospital.

--Adi, se Carmen. Voy a ve qu qui ese probesito. Una caa con
fratura, segn disen. Ese no pica en toa la tempor.

Carmen se refugi bajo las arcadas, queriendo cerrar sus ojos para no
ver el espectculo repugnante del patio, pero al mismo tiempo sentase
atrada por el rojo mareador de la sangre.

Los monos sabios conducan de las riendas los caballos heridos, que
arrastraban sus entraas por el suelo, soltando al mismo tiempo por
debajo de la cola una diarrea de susto.

Al verlos, un encargado de las cuadras comenz a mover pies y manos,
agitado por una fiebre de actividad.

--Fuerza, valientes!...--grit dirigindose a los mozos de las
caballerizas--. Duro! duro ah!

Un mozo de cuadra, movindose con precaucin junto al caballo, coceante
de dolor, le quitaba la silla, echndole despus a las piernas unos
lazos de correas que las agarrotaban, uniendo las cuatro extremidades y
haciendo caer al animal al suelo.

--Ah, valiente!... Duro! duro con l!--segua gritando el encargado
de las caballerizas, sin dejar de mover manos y pies.

Y los mozos, arremangados, inclinbanse sobre el vientre abierto de la
bestia, que esparca en torno regueros de sangre y de orn, pugnando
por introducir a puados en el trgico desgarrn las pesadas entraas
que colgaban fuera de l.

Otro sostena las riendas del cado animal y apretaba contra el suelo la
triste cabeza poniendo un pie sobre ella. Contraase el hocico con gesto
de dolor; chocaban los dientes largos y amarillentos con un escalofro
de martirio, perdindose en el polvo los relinchos, ahogados por la
presin del pie. Pugnaban las manos sangrientas de los curanderos por
devolver a la abierta cavidad las flcidas entraas; pero la respiracin
jadeante de la vctima las hinchaba, hacindolas salir de su encierro y
desparramndose otra vez como piltrafas empaquetadas. Una vejiga enorme
inflbase entre los despojos, entorpeciendo el arreglo.

--La bufa, valientes!...--gritaba el director--. Duro con la bufa!

Y la vejiga, con todas sus entraas anexas, desapareca al fin en las
profundidades del vientre, mientras dos mozos, con la agilidad de la
costumbre, cosan la piel.

Cuando el caballo quedaba arreglado, con brbara prontitud, le echaban
un cubo de agua por la cabeza, libertaban sus piernas de la trabazn de
las correas y le daban unos golpes de vara para que se pusiera en pie.
Unos, apenas caminaban dos pasos, caan redondos, derramando un chorro
de sangre por la herida zurcida con bramante. Era la muerte instantnea
al recobrar las entraas su posicin. Otros mantenanse fuertes por los
secretos recursos del vigor animal, y los mozos, despus del arreglo,
los llevaban al barnizaje, inundando sus patas y vientres con
violentas abluciones de cubos de agua. El color blanco o castao de los
animales quedaba brillante, chorreando sus pelos un lquido de color
rosa, mezcla de agua y de sangre.

Remendaban los caballos como si fuesen zapatos viejos; explotaban su
debilidad hasta el ltimo momento, prolongando su agona y su muerte.
Quedaban en el suelo pedazos de intestinos, cortados para facilitar la
operacin del arreglo. Otros fragmentos de sus entraas estaban en el
redondel cubiertos de arena, hasta que muriese el toro y los mozos
pudieran recoger estas piltrafas en sus espuertas. Muchas veces, el
trgico vaco de los rganos perdidos remedibanlo los brbaros
curanderos con puados de estopa introducidos en el vientre.

Lo importante era mantener en pie a estos animales unos cuantos minutos
ms, hasta que los picadores volviesen a salir a la plaza: el toro se
encargara de rematar su obra... Y los jacos moribundos sufran sin
protesta esta lgubre transfiguracin. Los que cojeaban eran reanimados
con ruidosos golpes de vara, que les hacan temblar desde las patas a
las orejas. Un caballo manso, en la desesperacin de su infortunio,
intentaba morder a los monos sabios que se aproximaban. Entre sus
dientes guardaba an colgajos de piel y pelos rojos. Al sentir el
desgarrn de los cuernos en su panza, el msero animal haba mordido el
cuello del toro con una furia de cordero rabioso.

Relinchaban tristemente los caballos heridos, levantando la cola con
ruidoso escape de gases; un hedor de sangre y excremento vegetal
esparcase por el patio; la sangre corra entre las piedras,
ennegrecindose al secarse.

Llegaban hasta all los ruidos de la muchedumbre invisible. Eran
exclamaciones de inquietud; un ay! ay! lanzado por miles de bocas,
que haca adivinar la fuga del banderillero acosado de cerca por el
toro. Luego, un silencio absoluto. El hombre volva hacia la fiera, y
estallaba el ruidoso aplauso saludando un par de banderillas bien
colocado. Luego sonaban las trompetas anunciando la suerte de matar, y
se repetan los aplausos.

Carmen quera irse. Virgen de la Esperanza! Qu haca all?...
Ignoraba el orden que iban a seguir los matadores en su trabajo. Tal vez
aquel toque sealaba el momento en que su marido iba a colocarse frente
a la fiera. Y ella all, a pocos pasos de distancia, y sin verle!...
Quera escapar para librarse de este tormento.

Adems, la angustiaba la sangre que corra por el patio, el tormento de
aquellas pobres bestias. Su delicadeza de mujer sublevbase contra estas
torturas, al mismo tiempo que se llevaba el pauelo al olfato para
repeler los hedores de carnicera.

Nunca haba ido a los toros. Gran parte de su existencia la haba pasado
oyendo hablar de corridas; pero en los relatos de estas fiestas slo
vea lo externo, lo que ve todo el mundo: los lances del redondel, a la
luz del sol, con brillo de sedas y bordados; la representacin fastuosa,
sin conocer los preparativos odiosos que se verificaban en el misterio
de los bastidores. Y ellos vivan de esta fiesta, con sus repugnantes
martirios de animales dbiles! Y su fortuna haba sido hecha a costa de
tales espectculos!...

Estall un aplauso ruidoso dentro del circo. En el patio se dieron
rdenes con voz imperiosa. El primer toro acababa de morir. Abrironse
en el fondo del pasadizo de la puerta de Caballerizas las vallas que
comunicaban con el redondel, y llegaron con ms intensidad los ruidos de
la muchedumbre y los ecos de la msica.

Las mulillas estaban en la plaza: una trinca para recoger los caballos
muertos, otra para llevarse a rastras el cadver del toro.

Carmen vio venir por debajo de las arcadas a su cuado. An estaba
trmulo de entusiasmo por lo que haba visto.

--Juan... colosal! Est esta tarde como nunca. No tengas mieo. Si ese
chico se come los toros vivos!

Luego la mir con inquietud, temeroso de que le hiciese perder una tarde
tan interesante... Qu decida? Se consideraba con valor para asomarse
a la plaza?

--Yvame!--dijo ella con acento angustioso--. Scame pronto de aqu!
Me siento enferma... Djame en la primera iglesia que encontremos.

El talabartero torci el gesto. Por vida de Roger! Dejar una corrida
tan magnfica!... Y mientras iban hacia la puerta, calculaba dnde
podra abandonar a Carmen para volver cuanto antes a la plaza.

Cuando sali el segundo toro, todava Gallardo, apoyado en la barrera,
reciba felicitaciones de sus admiradores. Qu coraje el de aquel
chico... cuando quera!... La plaza entera le haba aplaudido en el
primer toro, olvidando sus enfados de las corridas anteriores. Al caer
un picador, quedando exnime por el terrible choque, Gallardo haba
acudido con su capa, llevndose a la fiera al centro del redondel.
Fueron unas vernicas arrogantes que acabaron por dejar a la bestia
inmvil y fatigada despus de revolverse tras el engao del trapo rojo.
El torero, aprovechando la estupefaccin del animal, qued erguido a
pocos pasos de su hocico, sacando el vientre como si le desafiase.
Sinti la corazonada precursora feliz de sus grandes atrevimientos.
Haba que conquistar al pblico con un rasgo de audacia, y se arrodill
ante los cuernos con cierta precaucin, pronto a levantarse al ms leve
intento de acometida.

El toro permaneci quieto. Avanz una mano hasta tocar su hocico
babeante, y el animal no hizo movimiento alguno. Entonces atreviose a
algo que sumi al pblico en un silencio palpitante. Poco a poco se
acost en la arena, con el capote entre los brazos sirvindole de
almohada, y as estuvo algunos segundos, tendido bajo las narices de la
fiera, que le olisqueaba con cierto miedo, como si recelase un peligro
en este cuerpo que audazmente se colocaba bajo sus cuernos.

Cuando el toro, recobrando su agresiva fiereza, baj las astas, el
torero rod hacia las patas, ponindose de este modo fuera de su
alcance, y el animal pas sobre l, buscando vanamente en su feroz
ceguera el bulto al que acometa.

Se levant Gallardo, limpindose el polvo, y el pblico, amante de las
temeridades, le aplaudi con el entusiasmo de otros tiempos. No slo
celebraba su audacia. Se aplauda a s mismo, admiraba su propia
majestad, adivinando que el atrevimiento del torero era para
reconciliarse con l, para ganar de nuevo su afecto. Gallardo vena a la
corrida dispuesto a las mayores audacias para conquistar aplausos.

--Se descuida--decan en los tendidos--; muchas veces es flojo; pero
tiene vergenza torera y vuelve por su nombre.

El entusiasmo del pblico, su alegre agitacin al recordar la hazaa de
Gallardo y la certera estocada con que el otro maestro haba dado muerte
al primer toro, trocronse en mal humor y protestas al ver el segundo en
el redondel. Era enorme y de hermosa estampa, pero corra por el centro
de la plaza, mirando con extraeza a la ruidosa muchedumbre de los
tendidos, asustado de las voces y silbidos con que pretendan excitarle
y huyendo de su propia sombra, como si adivinara toda clase de
asechanzas. Los peones corran tendindole la capa. Acometa al trapo
rojo, siguindolo por algunos instantes, pero de pronto daba un bufido
de extraeza y volva su cuarto trasero, huyendo en distinta direccin
con violentos saltos. Su gil movilidad para la fuga indignaba al
pblico.

--Eso no es toro... es una mona!

Los capotes de los maestros consiguieron al fin atraerlo hacia la
barrera, donde esperaban los picadores, inmviles sobre sus monturas,
con la garrocha bajo el brazo. Se acerc a un jinete con la cabeza baja
y fieros bufidos como si fuese a acometer. Pero antes de que el hierro
se clavase en su cuello, dio un salto y huy, pasando por entre las
capas que le tendan los peones. En su fuga encontr otro picador,
repitiendo el salto, el bufido y la huida. Luego tropez con el tercer
jinete, el cual, avanzando la garrocha, le pic en el cuello, aumentando
con este castigo su miedo y su velocidad.

El pblico en masa se haba puesto de pie, braceando y gritando. Un
toro manso! Qu abominacin!... Volvanse todos hacia la presidencia
bramando su protesta: Seor presidente! Aquello no poda consentirse.

De algunos tendidos comenz a salir un coro de voces que repetan las
mismas palabras con montona entonacin:

--Fuego!... fueeego!

El presidente pareca dudar. Corra el toro, perseguido por los
lidiadores, que iban tras l con la capa al brazo. Cuando alguno de
stos consegua ponerse delante para detenerle, olfateaba la tela con el
bufido de siempre y se alejaba en distinta direccin dando saltos y
coces.

Aumentaba la ruidosa protesta con estas fugas. Seor presidente! Era
que estaba ciego su seora?... Comenzaban a caer en el redondel
botellas, naranjas y cojines de asiento en torno de la bestia fugitiva.
El pblico la odiaba por cobarde. Una botella dio en uno de sus cuernos,
y la gente aplaudi al certero tirador sin saber quin era. Parte del
pblico tenda el cuerpo hacia adelante como si fuera a arrojarse al
redondel, queriendo destrozar con sus manos a la mala bestia. Qu
escndalo! Ver en la plaza de Madrid bueyes que slo servan para dar
carne! Fuego!... fueeego!

El presidente agit al fin un pauelo rojo, y una salva de aplausos
salud este gesto.

Las banderillas de fuego eran un espectculo extraordinario, algo
inesperado que aumentaba el inters de la corrida. Muchos que
protestaban hasta enronquecer estaban satisfechos en su interior de este
incidente. Iban a ver al toro asado en vida, corriendo loco de terror
por los rayos que le colgaran del cuello.

Avanz el _Nacional_ llevando pendientes de sus manos, con las puntas
hacia abajo, dos gruesas banderillas que parecan enfundadas en papel
negro. Fuese hacia el toro sin grandes precauciones, como si su cobarda
no mereciese arte alguno, y le clav los palos infernales entre los
aplausos vengativos de la muchedumbre.

Son un chasquido como si se rompiese algo, y dos chorros de humo blanco
comenzaron a surgir sobre el cuello del animal. Con la luz del sol no se
vea el fuego, pero los pelos desaparecan chamuscados y una mancha
negra extendase sobre el pescuezo.

Corri el toro, sorprendido del ataque, acelerando su fuga, como si con
sta pudiera librarse del tormento, hasta que de pronto comenzaron a
estallar en su cuello secas detonaciones semejantes a tiros de fusil,
volando en torno de sus ojos las encendidas pavesas de papel. Saltaba la
bestia con la agilidad del terror, las cuatro patas en el aire al mismo
tiempo, torciendo en vano la cornuda cabeza para arrancarse con la boca
aquellos demonios agarrados a su pescuezo. La gente rea y aplauda,
encontrando graciosos estos saltos y contorsiones. Pareca que ejecutaba
una danza de animal amaestrado con la torpe pesadez de su volumen.

--Cmo le pican!--exclamaba el pblico con risa feroz.

Cesaron de rugir y estallar las banderillas. Herva el carbonizado
pescuezo con burbujas de grasa. El toro, al no sentir la quemazn del
fuego, qued inmvil, jadeante, con la cabeza humillada, sacando una
lengua seca, de rojo obscuro.

Otro banderillero se aproxim a l, clavando un segundo par. Volvieron a
surgir los chorros de humo sobre la carne chamuscada, sonaron los tiros,
y el toro corri otra vez, pugnando por aproximar la boca al pescuezo
enroscando su cuerpo macizo; pero ahora los movimientos eran de menos
violencia, como si su vigorosa animalidad comenzara a habituarse al
martirio.

An le clavaron un tercer par, y su cuello qued carbonizado,
esparciendo en el redondel un hedor nauseabundo de grasa derretida,
cuero quemado y pelos consumidos por el fuego.

El pblico sigui aplaudiendo con vengativo frenes, como si el manso
animal fuese un adversario de sus creencias e hicieran obra santa con
este abrasamiento. Rean al verle trmulo sobre sus patas, agitando los
flancos como los costados de un fuelle, mugiendo con chilln alarido de
dolor, los ojos enrojecidos, y arrastrando su lengua por la arena, vido
de una sensacin de frescura.

Gallardo aguardaba apoyado en la barrera, cerca de la presidencia, la
seal para matar. _Garabato_ tena sobre el borde de la valla el estoque
y la muleta preparados.

Mardita sea!... Tan bien como se presentaba la corrida, y reservarle
la mala suerte este toro, que l mismo haba escogido por su buena
estampa, y que al pisar la arena resultaba mansurrn!...

Excusbase por adelantado de lo defectuoso de su trabajo, hablando con
los inteligentes que ocupaban las delanteras de barrera.

--Se har lo que se puea, y na ms--deca levantando los hombros.

Luego miraba a los palcos, fijndose en el de doa Sol. Le haba
aplaudido antes, cuando realiz su estupenda hazaa de acostarse ante el
toro. Sus manos enguantadas chocaron con entusiasmo cuando volva l
hacia la barrera saludando al pblico. Al darse cuenta doa Sol de que
el torero la miraba, lo salud con un ademn afectuoso, y hasta su
acompaante, aquel to antiptico, se haba unido a este saludo con ruda
inclinacin del cuerpo, como si fuese a partirse por la cintura. Luego
haba sorprendido varias veces los gemelos de ella fijos con insistencia
en su persona, buscndolo en su retiro entre barreras. Aquella
_gach_!... Tal vez se senta atrada de nuevo por los mozos de corazn.
Gallardo pensaba visitarla al da siguiente, por si haba cambiado el
viento.

Son la seal para matar, y el espada, luego de un corto brindis, march
hacia el toro.

Los entusiastas dbanle consejos a gritos.

--Despchalo pronto! Es un buey que no merece nada.

El torero tendi su muleta ante la bestia, y sta arremeti, pero con
paso tardo, escarmentada por el tormento, con una intencin manifiesta
de aplastar, de herir, como si el martirio hubiese despertado su
fiereza. Aquel hombre era el primero que se colocaba ante sus cuernos
despus del suplicio.

La muchedumbre sinti que se desvaneca su vengativa animadversin
contra el toro. No se revolva mal; atacaba. Ol! Y todos saludaron con
entusiasmo los pases de muleta, envolviendo en la misma aprobacin al
lidiador y a la fiera.

Qued el toro inmvil, humillando la cerviz y con la lengua pendiente.
Se hizo el silencio precursor de la estocada mortal: un silencio ms
grande que el de la soledad absoluta, producto de muchos miles de
respiraciones contenidas. Fue tan grande este silencio, que llegaron
hasta los ltimos bancos los menores ruidos del redondel. Todos oyeron
un leve crujido de maderas chocando unas con otras. Era que Gallardo,
con la punta del estoque, echaba atrs, sobre el cuello del toro, los
palos chamuscados de las banderillas que asomaban entre los cuernos.
Luego de este arreglo para facilitar el golpe, la muchedumbre avanz an
ms sus cabezas, adivinando la misteriosa correspondencia que acababa de
establecerse entre su voluntad y la del matador. Ahora!, decan todos
interiormente. Iba a derribar al toro de una estocada maestra. Todos
adivinaban la resolucin del espada.

Se lanz Gallardo sobre el toro, y todo el pblico respir a un tiempo
ruidosamente, luego de la emocionante espera. Del encontronazo entre el
hombre y el animal sali ste corriendo con mugidora furia, mientras el
gradero prorrumpa en silbidos y protestas. Lo de siempre. Gallardo
haba vuelto la cara y encogido el brazo en el momento de matar. El
animal llevaba en el cuello el estoque cimbreante y suelto, y a los
pocos pasos la hoja de acero salt de la carne, rodando por la arena.

Una parte del pblico increp a Gallardo. Estaba roto el encanto que lo
haba unido al espada al principio de la fiesta. Reapareca la
desconfianza; ensabase la animadversin en el torero. Todos parecan
haber olvidado el entusiasmo de poco antes.

Gallardo recogi la espada, y con la cabeza baja, sin nimos para
protestar del desagrado de una muchedumbre tolerante para otros e
inflexible con l, march otra vez hacia el toro.

En su confusin, crey ver que un torero se pona a su lado. Deba ser
el _Nacional_.

--Carma, Juan! No embarullarse.

Mardita sea!... Y siempre le iba a ocurrir lo mismo? Era que ya no
podra meter el brazo entre los cuernos, como en otros tiempos, clavando
el estoque hasta la cruz? Iba a pasarse el resto de su vida haciendo
rer a los pblicos?... Un buey, al que haban tenido que dar fuego!...

Se coloc frente al animal, que pareca aguardarle con las patas
inmviles, como si desease acabar cuanto antes su largo martirio. No
quiso pasarle otra vez de muleta. Se perfil con el trapo rojo junto al
suelo y la espada horizontal a la altura de sus ojos... A meter el
brazo!

El pblico psose de pie con rpido impulso. Durante unos segundos,
hombre y fiera no formaron mas que una sola masa, y as se movieron
algunos pasos. Los ms inteligentes agitaban ya sus manos, ansiosos de
aplaudir. Se haba arrojado a matar como en sus mejores tiempos. Una
estocada de verdad!

Pero de pronto, el hombre sali de entre los cuernos despedido como un
proyectil por un cabezazo demoledor, y rod por la arena. El toro baj
la cabeza y sus cuernos engancharon el cuerpo inerte, elevndolo un
instante del suelo y dejndolo caer, para proseguir su carrera, llevando
en el cuello la empuadura de la espada, hundida hasta la cruz.

Gallardo se levant torpemente, y la plaza entera estall en un aplauso
ensordecedor, ansiosa de reparar su injusticia. Ol los hombres! Bien
por el nio de Sevilla! Haba estao _geno_.

Pero el torero no contestaba a estas exclamaciones de entusiasmo. Se
llev las manos al vientre, agachndose en una curvatura dolorosa, y
comenz a andar con paso vacilante y la cabeza baja. Por dos veces la
levant, mirando a la puerta de salida como si temiese no encontrarla,
perdido en temblorosos zigzags, cual si estuviese ebrio.

De pronto cay en la arena, encogido como un gusano enorme de seda y
oro. Cuatro mozos de la plaza tiraron torpemente de l hasta izarlo
sobre sus hombros. El _Nacional_ se uni al grupo, sosteniendo la cabeza
del espada, plida, amarillenta, con los ojos vidriosos al travs de las
pestaas cruzadas.

El pblico tuvo un movimiento de sorpresa, cesando en sus aplausos.
Todos volvan la vista en torno, indecisos sobre la gravedad del
suceso... Pero pronto circularon noticias optimistas, que nadie saba de
dnde venan; esa opinin annima que todos admiten, y en ciertos
instantes enardece o inmoviliza a las muchedumbres... No era nada. Un
varetazo en el vientre que le privaba de sentido. Nadie haba visto
sangre.

La muchedumbre, sbitamente tranquilizada, fue sentndose, pasando su
atencin del torero herido a la fiera, que an se mantena en pie,
resistiendo a las angustias de la muerte.

El _Nacional_ ayud a colocar a su maestro en una cama de la enfermera.
Cay en ella como un talego, innime, con los brazos pendientes fuera
del lecho.

Sebastin, que tantas veces haba contemplado a su espada ensangrentado
y herido, sin perder por esto la serenidad, senta ahora la angustia del
miedo vindolo inerte, con una blancura verdosa, como si estuviese
muerto.

--Por va e la paloma azul!--gimoteaba--. Es que no hay mdicos? Es
que no hay nadie?

El personal de la enfermera, luego de despachar al picador magullado,
haba corrido a su palco en la plaza.

El banderillero desesperbase, creyendo que los segundos eran horas,
gritando a _Garabato_ y a _Potaje_, que haban acudido tras l, sin
saber ciertamente lo que les deca.

Llegaron dos mdicos, y luego de cerrar la puerta para que nadie les
estorbase, quedaron indecisos ante el cuerpo innime del espada. Haba
que desnudarlo.

A la luz que entraba por una claraboya del techo, _Garabato_ comenz a
desabrochar, descoser y rasgar las ropas del torero.

El _Nacional_ apenas poda ver el cuerpo. Los mdicos estaban en torno
del herido, consultndose con la mirada. Deba ser un colapso que le
haba privado de vida aparentemente. No se vea sangre. Los rasgones de
su ropa eran efecto, sin duda, del revolcn que le haba dado el toro.

Entr apresuradamente el doctor Ruiz, y sus colegas le dejaron pasar a
primer trmino, acatando su maestra. Juraba en su nerviosa
precipitacin, mientras iba ayudando a _Garabato_ a abrir las ropas del
torero.

Hubo un movimiento de asombro, de dolorosa sorpresa, en torno de la
cama. El banderillero no se atreva a preguntar. Mir por entre las
cabezas de los mdicos, y vio el cuerpo de Gallardo con la camisa subida
sobre el pecho y los calzones cados, dejando visibles las negruras de
la virilidad. El vientre, completamente al descubierto, estaba rasgado
por una abertura tortuosa de labios ensangrentados, al travs de la cual
asomaban unas piltrafas de fresco azul.

El doctor Ruiz movi la cabeza tristemente. A ms de la herida atroz e
incurable, el torero haba recibido una conmocin tremenda con el
cabezazo del toro. No respiraba.

--Dotor... dotor!--gimi el banderillero, suplicando por saber la
verdad.

Y el doctor Ruiz, tras largo silencio, volvi a mover la cabeza.

--Se acab, Sebastin!... Puedes buscarte otro matador.

El _Nacional_ levant sus ojos a lo alto. Y as acababa un hombre como
aquel, sin poder estrechar la mano de los amigos, sin decir una palabra,
repentinamente, como un msero conejo a quien golpean en la nuca!...

La desesperacin le hizo salir de la enfermera. Ay, l no poda ver
aquello! El no era como _Potaje_, que permaneca inmvil y ceudo a los
pies de la cama, contemplando el cadver como si no lo viese, mientras
haca girar el castoreo entre sus dedos.

Iba a llorar como un nio. Su pecho jadeaba de angustia, mientras los
ojos se le hinchaban a impulsos de las lgrimas.

En el patio tuvo que apartarse para dejar paso a los picadores que
volvan al redondel.

La terrible nueva comenzaba a circular por la plaza. Gallardo haba
muerto!... Unos dudaban de la veracidad de la noticia, otros dbanla por
cierta; pero ninguno se mova del asiento. Iban a soltar el tercer toro.
An estaba la corrida en su primera mitad, y no era cosa de renunciar a
ella.

Por la puerta del redondel llegaba el rumor de la muchedumbre y el
sonido de la msica.

El banderillero sinti nacer en su pensamiento un odio feroz por todo lo
que le rodeaba, una aversin a su oficio y al pblico que lo mantena.
Danzaban en su memoria las sonoras palabras con que haca rer a las
gentes, encontrando ahora en ellas una nueva expresin de justicia.

Pens en el toro, al que arrastraban por la arena en aquel momento con
el cuello carbonizado y sanguinolento, rgidas las patas y unos ojos
vidriosos que miraban al espacio azul como miran los muertos.

Luego vio con la imaginacin al amigo que estaba a pocos pasos de l, al
otro lado de una pared de ladrillo, tambin inmvil, con las
extremidades rgidas, la camisa sobre el pecho, el vientre abierto y un
resplandor mate y misterioso entre las pestaas cruzadas.

Pobre toro! Pobre espada!... De pronto, el circo rumoroso lanz un
alarido saludando la continuacin del espectculo. El _Nacional_ cerr
los ojos y apret los puos.

Ruga la fiera: la verdadera, la nica.

FIN

Madrid.--Enero-Marzo 1908.




  OBRAS DEL AUTOR

  CON EL NUMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAA[*] DE CADA UNA DE ELLAS,
  HASTA OCTUBRE DE 1924

  CUENTOS VALENCIANOS                   60.000 ejemplares.
  LA CONDENADA (cuentos)                64.000    d.
  EN EL PAS DEL ARTE (viajes)          64.000    d.
  ARROZ Y TARTANA (novela)              68.000    d.
  FLOR DE MAYO (novela)                 80.000    d.
  LA BARRACA (novela)                  104.000    d.
  SNNICA LA CORTESANA (novela)         56.000    d.
  ENTRE NARANJOS (novela)               88.000    d.
  CAAS Y BARRO (novela)                64.000    d.
  LA CATEDRAL (novela)                  72.000    d.
  EL INTRUSO (novela)                   56.000    d.
  LA BODEGA (novela)                    60.000    d.
  LA HORDA (novela)                     44.000    d.
  LA MAJA DESNUDA (novela)              49.000    d.
  ORIENTE (viajes)                      52.000    d.
  SANGRE Y ARENA (novela)              136.000    d.
  LOS MUERTOS MANDAN (novela)           56.000    d.
  LUNA BENAMOR (novelas)                48.000    d.
  LOS ARGONAUTAS (novela).--Dos tomos   48.000    d.
  LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS   148.000    d.
  MARE NOSTRUM (novela)                104.000    d.
  LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela)     88.000    d.
  EL MILITARISMO MEJICANO (artculos)   40.000    d.
  EL PRSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas)   44.000    d.
  EL PARASO DE LAS MUJERES (novela)    36.000    d.
  LA TIERRA DE TODOS (novela)           66.000    d.
  LA REINA CALAFIA (novela)             60.000    d.
  NOVELAS DE LA COSTA AZUL              20.000    d.
  LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA   40.000    d.


  NOVELAS DE PRXIMA PUBLICACIN

  EL PAPA DEL MAR.
  A LOS PIES DE VENUS.
  LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN.
  EL ORO Y LA MUERTE.

  [*] En muchas repblicas de la Amrica de habla espaola se han
  publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor.





End of the Project Gutenberg EBook of Sangre y arena, by Vicente Blasco Ibez

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