The Project Gutenberg eBook of El manco de Lepanto, by Manuel Fernndez y
Gonzlez


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Title: El manco de Lepanto
       episodio de la vida del prncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra


Author: Manuel Fernndez y Gonzlez



Release Date: January 26, 2009  [eBook #27900]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


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EL MANCO DE LEPANTO

BIBLIOTECA UNIVERSAL ILUSTRADA

EL MANCO

DE LEPANTO

EPISODIO DE LA VIDA

DEL PRINCIPE DE LOS INGENIOS

Miguel De Cervantes-Saavedra

POR

D. M. FERNNDEZ Y GONZLEZ







ADMINISTRACION Calle de las Hileras, nmero 14
1874

MADRID.--1874

Establecimiente Tipogrfico de Muoz y Reig

_Calle Cuesta de Ramn, nm._ 8




NDICE


I. En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de
Sevilla por meterse a afeitar a oscuras.

II. En que se trata de una msica de enamorado, acabada no muy
amorosamente a tajos y reveses.

III. De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor
que tan acongojada la tena.

IV. En que se sabe quin era el incgnito amante de doa Guiomar.

V. En que doa Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de
Cervantes.

VI. En que se contiene una carta de Cervantes para doa Guiomar, y se
sabe a lo que Florela se aventur por servir a su seora.

VII. En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de
Cervantes.

VIII. En que se relata una aventura que le sali al paso a Cervantes,
cuando a las aventuras de sus amores iba.

IX. De como lo que no poda amparar Cervantes, vino a ampararlo doa
Guiomar.

X. De como Cervantes encontr casa de la ta _Zarandaja_ ms de lo que
haba querido buscar.

XI. En que doa Guiomar prosigue el relato de su historia.

XII. De como se iban cruzando los amores y apercibindose a una ruda
batalla los celos.

XIII. En que se ve que doa Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar
tan presto su historia a Cervantes, y en no amparar a Margarita.

XIV. De como hubiera hecho muy bien doa Guiomar en no acudir a la
visita que le hizo el seor Gins de Seplveda.

XV. De como Cervantes oy el fin de la historia de Margarita entre las
cabilaciones que le causaba el no saber adnde le llevara la historia
de sus amores.

XVI. En que se ve cun dura tena la Inquisicin la mano, aun para sus
familiares, y cunta fuerza, cunta virtud y cunta prudencia doa
Guiomar para encubrir sus amarguras.

XVII. De como Miguel de Cervantes supo lo que le bast para meterse en
una aventura de ms empeo que la ms atrevida en que os meterse
cualquiera de los Doce Pares.

XVIII. De como puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de
amor.

XIX. De como enloquecido Cervantes por el amor, crey que la mano de
Dios le apartaba de los efectos de su locura.

XX. De la horrenda tragedia con que se encontr sorprendido y espantado
Miguel de Cervantes.

XXI. En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y
se sabe que Cervantes se haba perdido.

XXII. En que se sabe lo que fue de Cervantes.

XXIII. En que se habla algo de la jornada de Lepanto, y de cmo fue la
manquedad de Cervantes.

POST SCRIPTUM.




EL MANCO DE LEPANTO




I

En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de
Sevilla, por meterse a afeitar a oscuras.


Haba en la ilustrsima ciudad de Sevilla, all por los tiempos en que
llegaban a la Torre del Oro, que a la margen del claro y profundo
Guadalquivir se levanta, los galeones cargados de oro que venan de las
Indias, y cuando reinaba en Espaa el seor rey don Felipe el Segundo,
de clara y pavorosa memoria, en la calle de las Sierpes, y en una
rinconada a la que jams llegaba el sol, como no fuese en verano y al
medioda, un tinglado de madera, de dos altos, desvencijado y giboso, al
que llamaban casa, y en el cual viva una valiente persona, cuyo
apellido y nombre de pila ignoraba l mismo, que si los tuvo olvidolos,
y nadie le conoca ni l responda ms que por el sobrenombre de
_Vivis-mil-aos_, cortesana que empleaba para saludar a todo el mundo.
Era de mediana edad, entre los treinta y cinco y los cuarenta, de no
mala apariencia, agradable y sonriente el rostro, morena la color,
agudas las facciones, sutil la sonrisa, la mirada rebuscona, y no
mezquino el cuerpo; viva de rasurar y rapar, entreteniendo durante el
da sus ocios con el puntear de una vihuela morisca que le dej su
padre, ya harto usada por sus abuelos, y cantando como un ruiseor las
alegres canciones de la tierra, y las que l mismo compona, para lo que
se daba muy buena gracia; comadreaba a las comadres de la vecindad, y,
fuera de esto, las venda untos y bebedizos, y las lea el sino, y las
traa a todas engaadas y pendientes de sus labios; y a tal llegaba la
fama de brujo y de hechicero del seor _Vivis-mil-aos_, que ms de una
vez la Inquisicin se haba metido en sus asuntos, y haba quien se
acordaba de haberle visto con coroza y sambenito, luciendo su persona en
un auto de fe.

No se saba si era cristiano, o judo, o moro; pero l escapaba tan bien
que mal de sus empeos con la Inquisicin y con la justicia, y
continuaba rasurando y trasquilando, rasgueando y cantando, haciendo de
sus bebedizos y de su brujera industria, y estimado y querido de la
vecindad y allende.

No se le conoca a _Vivis-mil-aos_ moza ni parienta de algn gnero,
ni vicio que de reparar fuese; viva solo, en paz y en gracia de Dios,
como l deca, no embargante lo de los hechizos y los untos, que l
negaba; y as iba pasando nuestro hombre sin crecer ni menguar, y
siempre feliz y contento, y con una tal y tan peregrina salud, que l
afirmaba que en todos los das de su vida no le haba dolido ni una ua.

La justicia le haba entrecogido alguna vez de noche rondando por sitios
tenebrosos, con un estoque desnudo debajo de la capa, largo de cinco
palmos (que l haba comprado en sus mocedades por veinte maraveds en
el Rastro); y por esto, y por algunos hurtos que le haban achacado
malos testimonios, le haban batanado ms de tres veces las espaldas,
llevndole en burro y con acompaamiento, para edificacin de las
gentes, por lo ms concurrido de la ciudad; cosas todas que, deca
_Vivis-mil-aos_, caan por encima y no haba que echrselas en cara,
cuando no haban tenido que ver sino con sus espaldas. Buscbanle
dueas, solicitbanle doncellas que haban necesidad de casarse;
servanse de l, como de secretario, mozas a las cuales les estorbaba
para escribir lo negro de los ojos, y l era, finalmente, el consuelo de
las hermosas, la alegra de los galanes, el consejo de los pcaros, y
el sirve para todo. Almorzaba, coma y cenaba por diez maraveds casa de
su vecina la ta _Zarandaja_; descolgaba sus bacas, y quitaba sus
celosas a puestas del sol, y al cerrar la noche se sala sin que nadie
le sintiese; iba adonde nadie saba, y volva a su casa sin que la
vecindad pudiese enterarse de la hora de su vuelta.

Por los tiempos en que esta verdica historia comienza, haba en la
calle de las Sierpes, no lejos de la tienda del rapista, una casa
deshabitada, grande y hermosa, con piedra de armas en el frontispicio,
de cuyas armas los entendidos sacaban el apellido Velasco de Llanes, y
que haca luengos aos que no se ocupaba, porque se deca de fama
pblica que tena duende.

Daba su gran jardn, o ms bien huerta, a las medianeras de algunas
casas, y, por un punto, esta medianera era la tapia de un corralejo que
la casa del barbero tena, y en que vagaban, tristes y con hambre, en
una perpetua umbra, cuatro gallinas, un gallo y un pato, en compaa de
un cerdo (con perdn sea dicho) y de un perro flaco que guardaba de
noche la casa. No haba que dudar de que el seor _Vivis-mil-aos_ era
buen cristiano, puesto que, para que el duende de la gran casa vecina no
se pasase a la mezquina casa suya, haba puesto en el lomo de la tapia
de su corralejo, que daba a la huerta de la casa enduendada, un calvario
de madera, lo cual no hubiera hecho si hubiera sido judo o moro, y
haba pintado una cruz en cada una de las dos ventanas que al corral
daban, y desde las cuales se vea la huerta.

Una maana (de primavera y radiante y hermosa), al abrir una de aquellas
ventanas, el rapista vio que por la huerta de la casa vecina vagaban, no
duendes ni trasgos, sino algunas personas de muy noble apariencia, que
andaban por all como reconociendo y tomando trazas. Era una dama como
de veinte a veinticuatro aos, muy gentil y hermosa, rubia y blanca, de
buen continente y estatura, pensativa y grave, y vestida noble y
riqusimamente. Acompabanla duea quintaona y rodrign avellanado, y
la hablaban con encarecimiento, y proponanla, a lo que pareca por las
seas, composturas y arreglos en la huerta, dos maestros de obras.
Seguanla dos pajes, el uno de los cuales llevaba una rica silla de
tijera y el otro un cojn de terciopelo con rapacejos de oro debajo del
un brazo, y terciada en el otro una rica alfombrilla. Por ltimo, cuatro
lacayos bigotudos, con sendos espadones al cinto, la servan.

No haba que dudar de que aquella era una gran seora, si no princesa,
por lo menos de ttulo, y cuando no, riqusima; y en punto a nobleza,
rebosaba de ella y ola que trascenda. No yendo con ella persona que
por la apariencia en calidad se la igualase, haba que pensar que era
viuda; que a ser doncella, padre, hermano o tutor la hubieran
acompaado.

Alegrronsele los ojos y aun las entraas a _Vivis-mil-aos_, porque se
le ocurri que la que de tal manera, y con dos que parecan maestros de
obras, buscaba trazas y tomaba medidas en la huerta, deba haber
comprado la casa, y empez a echar cuentas con los provechos que tan
buena vecindad poda procurarle; porque pensar que a tal divina beldad
no haban de acudir como moscas a la miel los enamorados, era ser
simple, y ya el rapista inventaba historias y enredos, que daba por
seguros, y en los cuales l andara como una importantsima persona, lo
cual le producira buenos escudos, cuando no sendos doblones; por todo
lo cual, y ansioso de inquirir lo que hubiese, dej la ventana, se dej
ir por las fementidas escaleras, y se lanz en la calle, yendo a dar con
su cuerpo en el bodegn de la ta _Zarandaja_, que en cuanto le vio
acudi a la marmita, llen una escudilla con ua de vaca y morcilla de
lustre, y se fue al cabo de mesa, donde, en lo ltimo del fign, se
haba sentado, como lo acostumbraba, el seor _Vivis-mil-aos_.

Preguntole l, oyole atentamente ella; djole que a lo que ella haba
pesquisado, se la alcanzaba que la dama que el rapista haba visto en el
jardn de la casa del duende, era una riqusima seora indiana, que,
con sus criados y algunos toneles llenos de oro, haba venido de Mjico,
y aposentdose en la posada de la _Cabeza del rey don Pedro_; y que
haba comprado la casa, ignorando que tena duende, a su dueo el seor
marqus de los Alfarnaches; y que lo que el seor _Vivis-mil-aos_
haba visto, era que la susodicha hermosa y riqusima viuda indiana
buscaba el modo de convertir aquella huerta abandonada e inculta en un
paraso en que solazarse.

Pregunt el rapista a la bodegonera de dnde haba sacado todas aquellas
noticias, y djole ella, que el rodrign que haba visto acompaando a
la hermosa indiana, haba ido tres das antes al bodegn, y la haba
preguntado quin fuese el amo de la casa deshabitada y si saba que la
casa se vendiese, a lo que ella haba contestado ocultndole lo del
duende, lo cual la haba valido un buen regalo del seor marqus de los
Alfarnaches, a quien haba avisado en buen tiempo, y que el seor
marqus la haba dicho despus, que la tal dama se llamaba doa Guiomar
de Cspedes y Alvarado, que era viuda, que apaleaba el oro, y que al
morir su marido, que haba sido un viejo oidor de la chancillera de
Mjico, haba hecho buenos doblones su hacienda, y se haba venido a
Sevilla, de donde era natural, aunque por haberla llevado su marido a
Mjico, todos la crean y la llamaban indiana.

Comiose con muy buen apetito y con mucho placer por estas noticias su
escudilla de ua y morcilla el seor _Vivis-mil-aos_, y se restituy a
su casa, sac la celosa y colg las bacas a la puerta, y se puso a
rasguear la guitarra, esperando al primero que tuviese necesidad de
rasurarse.

Al otro da sobrevinieron albailes y todo gnero de artistas, y
empezaron a trabajar en la casa, y a las dos semanas no haba persona
que pudiese reconocerla, segn que haba sido de compuesta y
trastrocada, y pintada, y rejuvenecida; habase quitado la antigua
piedra de armas y pustose en su lugar otra, y el jardn se haba
desbrozado, y poblado de estatuas y fuentes, y de tal manera que se
haba hecho de l, antes selvtico, intrincado y desapacible, una verde
y hermosa delicia. Carrozas, y mulas, y caballos, haban llenado las
cocheras y las caballerizas; y en el zagun hervan los lacayos con
librea, y daba gozo el ver las escaleras alfombradas y con macetas a
todo lo largo de ellas.

En fin, un domingo, la hermossima viuda doa Guiomar de Cspedes y
Alvarado se vino a la casa, y en cuanto en ella entr, la casa se cerr
a piedra y lodo, y de tal manera que no pareca sino que lo que en la
casa se haba hecho haba sido para encantarla despus; la puerta
principal no se abra sino por la maana entre dos luces, para que
saliese una silla de manos, en la cual iba sin duda la hermossima doa
Guiomar, y una hora despus, cuando la silla de manos volva; tanto a la
ida como a la venida acompaaban la silla de manos la duea, el
rodrign, los dos pajes, con la silla, el cogn y la alfombra, y los
cuatro lacayos bigotudos que _Vivis-mil-aos_ haba visto, como hemos
dicho en otra ocasin, acompaando a la dama en el jardn o huerta de la
casa del duende.

Sigui una maana _Vivis-mil-aos_ a la viuda, y vio que la llevaban a
la catedral, y que ella se iba, seguida de los criados, a la capilla de
San Fernando; y que all los pajes extendan sobre el blanco mrmol la
alfombra, abran la silla de tijera, y ponan delante de ella el cojn
de terciopelo con rapacejos de oro para que la bella indiana se
arrodillase. Los criados se quedaban fuera de la capilla; y una vez oda
la misa de alba, la dama se levantaba, recogan los pajes cojn, silla y
alfombra, se encaminaba la indiana a la puerta del Patio de los
Naranjos, tomaba all su silla de manos, y se volva a su casa.

Ponase en acecho en la catedral _Vivis-mil-aos_, atisbaba, pero nada
poda sacar en claro tocante a la dama, sino que aun de rodillas era
gallarda; que sus manos, que tenan un rico rosario de perlas, eran ms
nacaradas que ellas, y que oa la misa con una singular devocin: en
cuanto al rostro, lo tapaba un celoso velo de encaje, y ocultaba su
talle un cumplido manto de raja de Florencia.

Habala visto en el jardn descubierta la faz _Vivis-mil-aos_; hermosa
la haba admirado, joven la haba conocido, pero su imagen se haba
borrado de su memoria: en vano haba registrado el jardn desde su
ventana; la dama no sala a l nunca, o por lo menos de da, y
_Vivis-mil-aos_ no haba podido dar seas que les satisfacieran a los
ricos galanes que de l se servan para sus amores, y a los que haba
hecho relacin de la nueva y hermosa duea de la casa del duende.

Los criados, o eran fieles, o teman y no daban luz, por ms que
_Vivis-mil-aos_ los agasajaba y los convidaba a la taberna; ellos no
decan de su seora sino que era una dama honestsima, que tena penas y
que las lloraba en su soledad: si aquellas eran penas de amor, los
criados no lo decan, o no lo saban, y _Vivis-mil-aos_ viva como un
alma en pena, metiendo las narices por todos los resquicios, y sin oler
nada que le sirviese para cerciorarse de qu casta de, pjaro era aquel
prodigio humano, que siendo rica y joven hua del mundo, y siendo
hermosa no buscaba el amor.

Pasaron as das, semanas y meses, siempre la misma cosa, sin dejarse
ver la dama ms que de bulto entre dos luces, cuando sala de la silla
de manos, en la catedral, y volviendo a sepultarse una hora despus en
el silencio y en el retiro de su casa, que permaneca cerrada, ni ms ni
menos que cuando se deca estaba habitada por duendes; al jardn no
sala de da: slo algunas noches de luna sola verla _Vivis-mil-aos_,
vestida de blanco y vagando como un fantasma, yendo al cabo a sentarse
en un poyo de piedra junto a la fuente, permaneciendo all largo tiempo
inmvil, hasta que, al fin, se levantaba, y en paso lento atravesaba el
jardn y se meta en la casa: la luz de la luna no haba sido bastante
para que _Vivis-mil-aos_ hubiese visto su rostro. Desesperbase el
menguado, y deca a los caballeros que le aquejaban con preguntas, que
l crea bien que todo aquello no era realidad, sino sueo, y que haba
que pensar que los duendes continuaban en la casa, y que haban tomado
la forma de la dama y de la servidumbre que la asista, no embargante
que la tal dama y parte de sus criados con ella, fuesen a or misa de
alba todos los das, lo cual poda ser muy bien, dado que fuesen los
susodichos duendes cristianas almas del purgatorio.

La comunidad entera de los Terceros, a los que rasuraba desde el prior
al ltimo lego _Vivis-mil-aos_, andaba tambin ocupada y puesta en
imaginaciones por los relatos de su rapista; y a tal encarecimiento
fueron llegando estos relatos, que lleg a los odos de la Inquisicin
la noticia de que haba en Sevilla una casa habitada por gentes
sospechosas, de las cuales se murmuraban hechizos y encantos; porque
haba muchas cosas extraas. Qu se haban hecho aquellas ricas
carrozas, aquellos hermosos caballos, aquellas poderosas mulas, que la
vecindad haba visto entrar en la casa del duende? nadie los haba
vuelto a ver. Qu coman todas aquellas personas, y todos aquellos
animales? la puerta de la casa no se abra jams. Y cmo poda ser
esto? La Inquisicin envi sus alguaciles para que recatadamente
observaran aquella casa que de tan antiguo tena fama de maldita, y
viesen lo que eran sus nuevos habitantes; y los alguaciles declararon lo
que ya se saba, esto es, que la dama iba todas las maanas a misa de
alba a la catedral, y que la oa con recogimiento; que se volva luego a
su casa; que la puerta, y las ventanas, y los miradores permanecan
cerrados, y que no se oa dentro ruido alguno; que la casa del duende
pareca encantada, y que slo por un postigo del jardn salan muy
temprano seis negros esclavos, que iban a la plaza de la Encarnacin y
volvan con seis grandes cestones llenos de vituallas; que, en fin, los
pocos criados que salan de la casa eran serios y plidos como
desenterrados, y que si bien beban cuando los convidaban, hablaban poco
y muy pensado, y no se les sacaba ni una sola palabra con referencia a
su seora.

El Santo Oficio determin, pues, saber lo que hubiese en aquello; y una
noche a las doce, en sbado, hora en que las brujas tienden su vuelo
hacia Barahona, un familiar llam a las puertas de la casa de la llamada
dama fantasma, que se abrieron, obedeciendo humildemente las rdenes de
la Inquisicin.

Metiose por el zagun el familiar con su negra cohorte de alguaciles, y
dio por cierto lo que de aquella casa endemoniada se haba dicho a la
Inquisicin, cuando vio que, en efecto, los criados eran muy plidos y
muy serios y muy graves, y le vino de ellos un olorcillo como de tumba y
cosa del otro mundo; y mucho ms cuando, avisada la duea de la casa, y
levantada de prisa, porque reposaba, y mal recogidos los cabellos de oro
bajo una toquilla, y vestida de blanco, sali al estrado, donde el
familiar la esperaba armado de severidad y resuelto a llevarla presa, a
poco que viera en ella que le confirmase en las brujeras que a aquella
seora ociosos maldicientes achacaban; y ver a doa Guiomar y creerse
cogido por los cabezones el familiar, fue todo en un punto; porque verla
y entrarle un tal temblor que si hubiera tenido cascabeles en las
piernas hubiera causado ms ruido que un tiro de mulas al trote, fue un
punto mismo; y secsele el paladar, y quedsele la lengua fra, y se le
anud la voz en la garganta; que en todos los das de su vida l no
haba visto una ms garrida moza, ni ms gentil dama, ni ms peregrina
hermosura.

En resumen: a l, que por haber estudiado para clrigo, y haber hecho
voto de castidad, aunque no haba entrado en Orden, le haban parecido
todas las mujeres, menos la Virgen Mara y la madre que le haba parido,
artificios del diablo para perder a los hombres, entrole de sbito una
tal ansia amorosa y una tal sed de hermosura, que no se conoci a s
propio; y el diablo se le meti en el cuerpo, y pens que si todas las
brujas eran como aquella, vendrase a gobernar el mundo por ellas; y en
vez de hablar recio y seco y altisonante e imperativo a aquella
divinidad, besola rendidamente las manos y se declar muy su servidor, y
aun criado. Y preguntndole ella a qu era ido a su casa tan a deshora y
con tal estrpito de aldabadas, y tal y tan pavoroso acompaamiento de
alguaciles, l, oyendo su voz, que era meliflua y clara y sonora,
figursele que se haba bajado del cielo a la tierra un ngel, y
disculpose, y disculp a la Inquisicin, diciendo que de puerta se haba
engaado, y que no era all donde l iba, sino a casa de un cierto
rapista que en la vecindad viva, y que el diablo sin duda, por amparar
al susodicho, haba hecho que l y sus alguaciles creyesen barbera la
que era noble casa de viejo solar; y rogndola encarecidamente le
perdonase, besola las manos y pidiola licencia para irse. Concedisela
doa Guiomar, pero con el prosupuesto que cuando prendiese al barbero
volviese, que ella le aguardara, que tena que decirle.

Con esto, saliose de la casa el familiar con su escuadrn alguacilesco,
y fue a dar de rebote casa del barbero, al que encontr oliendo a unto
de bruja, que as lo declar un alguacil que entenda mucho en estas
cosas; y como el rapista haba tardado en contestar y en abrir ms de lo
justo, confirmose ms esta sospecha; y examinado que fue en su persona,
se le encontr pringoso; con lo que, y con haber hallado en un rincn
ciertos pucheros y redomas, se le espos, y no con moza gentil y
apetecible, sino con dos esposas de hierro, con cadena de alambre
recocido de las que usaban alguaciles y cuadrilleros y toda la otra
gente de presa que tenan la Inquisicin y el rey para el buen servicio
de la repblica; y con esto y con algunos cintarazos y sopapos que se le
dieron como por va de estimacin y caricia, sacronle mano con mano y
codo con codo, dando con l en uno de los encierros de los stanos de la
crcel de la Inquisicin, y hacindole, en fin, la barba como mereca,
que si l no propalara tanto disparate contra la buena reputacin y
limpia vida de doa Guiomar, tal no le aconteciera; de donde se saca,
que porque Dios lo quiere, los pcaros se enredan muchas veces en los
mismos lazos que tienden a otros para que se pierdan, y en ellos se
pierden.




II

En que se trata de una msica de enamorado acabada no muy
amorosamente a tajos y reveses.


Volviose el familiar desalado a casa de doa Guiomar, y sin ms compaa
que un alguacil que le llevaba la linterna, en cuanto hubo dejado con
miedo, fro y hierros al rapista, y bajo cerrojos, y tomado recibo de su
persona; y acontecale al tal Gins de Seplveda, que as se llamaba
este honrado familiar, que no las llevaba todas consigo, y que deca
para s que l deba ser tambin preso y juzgado por la Inquisicin;
porque si bien se miraba, l haba pecado, aficionndose a una mujer,
por en cuanto a su voto de castidad, y haba faltado a su obligacin en
no prender a quien se le haba mandado prendiese; antes bien,
disculpdola, y excusdola, y pustose por su pecado de su parte, sin
importrsele otra cosa; y hubiera querido que le naciesen alas para
llegar pronto; y en fin, no viva de miedo de haber ofendido a Dios, y
de ansia por que tardaba en ver aquel hermoso sol que, a la media noche,
le haba deslumbrado.

Iban alguacil delante y familiar detrs, estirando a cual ms podan las
zancas y alargando los pescuezos, aficionado el uno al agasajo que de
seguro le haran en aquella principalsima casa mientras esperase, y
desasosegado y agonizando el otro por volver a ver a doa Guiomar; y
esperaba el alguacil que alguna linda doncella, o duea de no malos
bigotes viniese a l, por mandamiento de su seora, para hacerle menos
enojosa la espera; que el alguacil no poda creer sino que a cosa de
amores volva el familiar solo a la casa, y sin color de justicia, y que
por esto se haba salido de la casa sin prender a nadie; y en cuanto al
familiar, no pensaba nada, sino que de l tiraban duendes o diablos para
llevarle a su perdicin; y aunque l no quera, salasele el alma al
mezquino, como si su alma hubiese querido llegar sbitamente y juntarse
con aquella otra alma que dentro de aquel hermossimo cuerpo viva.

Y yendo as y como disparados familiar y alguacil, y muy cerca ya de la
casa de doa Guiomar, oyeron un rumor de voces que de la cercana
revuelta de una callejuela vena, y como templar de vihuelas; cosas que
daban a entender claramente que se trataba de dar msica por algn
enamorado a la seora de su pensamiento; y haba por entonces una
ordenanza que mandaba que de noche y a deshora no se diesen msicas por
las calles, so pena de dos das de crcel y diez ducados para obras
pas; y como la gente que sonaba junta a poco trecho pareca mucha y
deba ser alegre y maleante, y ellos slo eran dos, o dirase mejor, uno
y medio, porque el familiar aprovechaba poco, ste orden al alguacil
torciese el paso por la boca de una callejuela que se vea a mano, y
rodease, con lo cual el familiar crey haber evitado aquella gente _non
sancta_; pero vio, cuando dada la vuelta se hallaba a poca distancia de
la casa de doa Guiomar, que a su puerta haba un gran bulto de sombras
como de hombres, del cual sala confuso rumor de voces recatadas.

Quedronse tras la esquina familiar y corchete, y a poco oyeron que
rompan en una muy armoniosa msica las vihuelas, y que cuando se acab
el ritornelo, una voz grave y melanclica, enamorada y dulce, cant el
siguiente:

SONETO

     Insensible es al sol el duro hielo
    De crudo invierno en el rigor impo;
    Agua en la primavera, en el esto
    En clido vapor se eleva al cielo.
     Siempre insensible al amoroso anhelo
    Tuve el ingrato corazn vaco:
    Mi llanto, agora, por el bien anso,
    Lava presta ser de un Mongibelo.
     Quin, sino t, seora, a tal mudanza
    Forz a mi pecho helado y enemigo
    De todo amor y todo rendimiento,
     Que hoy espero sin sombra de esperanza,
    Vivo muriendo, y hallo mi castigo
    En la llama de amor que es mi tormento?

Call la voz, y luego se oy un profundsimo suspiro, que las vihuelas,
que con el canto haban terminado su msica, no pudieron cubrir con sus
acordadas voces, y hubo algn espacio de tan grande silencio, que
hubirase podido or el vuelo de un mosquito que por all en aquel punto
hubiera pasado; y an duraba el encanto de la msica, y el familiar no
saba qu pensar de lo que pasaba por su poco antes nima castsima,
cuando con ms concierto y dulcedumbre que antes, volvieron las vihuelas
al ritornelo. Amor pareca que volaba en los aires y lo llenaba todo;
amor decan las vihuelas; de amor, escuchando en sus oscuros miradores
palpitaba, sin saber por quin, y toda en imaginaciones sin sujeto, doa
Guiomar, y amor iba emponzoando en su dulce veneno el corazn del
familiar, que vea delante de sus ojos, aunque all no estaba, las
doradas hebras de los sedosos cabellos de la viuda, y su frente de
alabastro, y sus labios, que a una entreabierta granada se asemejaban, y
sus ojos, con los que el claro azul del cielo de la alborada no pudiera
competir; y batallaba el msero con aquel amor que tan de sbito se le
haba metido en el alma, como si hubiera sido tentacin de Satans, y no
fuego celeste, que del infierno vena, y haba tomado por bellas
ventanas por donde asomarse y dejarse ver en la tierra los divinos ojos
de la indiana.

Seguan en su ritornelo las vihuelas, limpibase el pecho para empezar
de nuevo, tal vez con algn madrigal competidor del soneto, el encendido
amante, cuando las voces de tnganse a la justicia! que vinieron de lo
alto de la callejuela, cortaron en un punto el puntear de las vihuelas,
y dejaron lugar al chocar de los broqueles, que apresuradamente los
msicos se arrancaban del cinto, y que tal vez al desenvainar las
espadas daban contra sus gavilanes; y a poco, no era ya dulce msica lo
que en la calle se oa, sino spero son de espadas, que por los raudales
de chispas que de ellas saltaban, no pareca sino que se haban all
reunido todas las fraguas de Vulcano.

Apercibiose con asombro de s mismo el familiar, de que l, que antes
haba hecho sin empacho profesin de tmido, y tenido por gala el
parecer prudente y bien mirado, no se asustaba de lo que antes le
hubiera causado espeluznos; e basele la mano al pomo de la espada, que
hasta entonces haba llevado por adorno, y sentase ms atrevido y ms
arrojado a todo que Gerineldos, aquel amante de la enamorada sobrina de
Carlo-Magno; y pensaba que el del soneto haba dicho bien, que tales
mudanzas hace el amor, que no son para credas, segn que trastrueca a
los que caen debajo de su imperio, y de menguados los cambia en altivos,
y de corderos en leones, y de no atreverse a mover un pie sin pedirle
licencia al otro, en atropelladores de todo, sin que haya quebradura que
no salten, ni obstculo, por insuperable que sea, que no venzan; pero
puesto que a l nada le iba ni le vena en aquello, y que antes deba
alegrarse de que la ronda le desembarazara la calle y le permitiera
llegar a la puerta de la hermossima viuda, que sin duda le esperaba,
estvose quedo y esperando a ver en lo que aquello quedaba, cuyo fin y
remate, y de quin fuese al cabo la victoria no se vea muy claro: que
la calle venase abajo a cuchilladas; y no dulces requiebros enamorados
se oan, sino juramentos y maldiciones, y ayes de aquellos a quienes
alcanzaba alguna dura punta; y tanto duraba aquello y tan trabado, que
claro apareca que si los rondadores eran duros de pelar, no eran mucho
ms blandos los de la ronda, ni haba all que contar con manco ni
flojo, segn que arreciaba, cuanto ms duraba, aquella tempestad de
tajos y reveses.

Pero acert a acudir por la parte de abajo de la calle otra ronda, que,
como vena de refresco, embisti duro, y puestos entre dos potencias los
msicos, hubieron de ceder el campo; as pues, cubrindose el rostro con
los embozos, y apretando dientes y puos, embisti cada cual con lo que
tena delante, sonaron algunos tiros de pistolete, arremolinronse los
alguaciles de ambas rondas; y los msicos escaparon, dejando sobre la
calle alguna vihuela rota y algn alguacil malherido, que de ellos,
cuando se acudi al lugar de la pelea, no se hall ni uno slo, ni se
tuvo indicio de quines fueran, aunque harto claro dejaron conocer, por
lo que hicieron, que todos eran hidalgos, y de los buenos.

Escapdose haban familiar y alguacil del Santo Oficio, cuando los
alcaldes y los alguaciles de la justicia ordinaria pusironse en
persecucin de los que ms bien que huan se esquivaban, por excusarse
el familiar de preguntas y de respuestas con los otros alcaldes, y el
alguacil por seguir a su superior; que lo que el familiar anhelaba era
que la calle quedase libre para entrarse en la casa de la indiana, y
contemplar otra vez al sol resplandeciente de su hermosura; y como iban
corriendo por la callejuela que daba la vuelta a la manzana donde estaba
la casa de doa Guiomar, vieron que un bulto, que delante de ellos iba,
saltaba y se agarraba a las asperezas de una tapia, y se alzaba y se
estiraba, y por el caballete de la tapia desapareca; y no detenindose
por esto, siguieron familiar y alguacil su carrera, dieron la vuelta,
hallndose al fin del rodeo en la misma calle de las Sierpes donde haba
pasado la pendencia, y vieron que en ella no haba un alma viviente, ni
se oa otro ruido que el del vientecillo de la noche, que zumbaba
dulcemente en las encrucijadas.

Mand el familiar al alguacil que all le esperase, y l se fue a la
puerta de la casa de la viuda, y llam, y abrieron en cuanto dijo cul
era su calidad y oficio y que la seora le esperaba, y entr, se cerr
la puerta, y la calle se qued tan en silencio y tan pacfica, como
sola estarlo a aquellas horas de ordinario.




III

De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor,
que tan acongojada la tena.


Suspensa el alma, la mirada anhelante y fija por descubrir lo que
envolva en sus sombras la oscura calle; aguzando el odo por coger una
palabra, entre el murmullo de las voces de los que hablaban bajo sus
miradores, que le fuese indicio de quines eran los que en aquella hora
la rondaban, la hermosa indiana estvose con su doncella Florela; y
asomndose a la entreabierta vidriera de una ventana de su cmara, en la
cual haba matado la luz, toda era cuidado y toda congojas; que
enamorada estaba, no embargante su viudez, lo que deca con harta
elocuencia que, o no haba amado al difunto marido, o que le haba amado
tanto, que, por la dulce costumbre, sin amor no poda pasarse. Y el
caso era que el nuevo dueo al cual su alma se renda, haba sido tan
corto en manifestarla su aficin y tan rpidamente haba pasado delante
de ella, dicindola, empero, con sus encendidas miradas su deseo, que no
pareca hombre enamorado que en ocasin se pone de contemplar a la
deidad que adora, sino alma en pena y cobarde que cree tan menguados sus
merecimientos, que esquiva, cuanto puede, ser reparada por miedo del
menosprecio; y justamente por esto doa Guiomar le haba estimado; por
aquella su timidez, la grandeza de su amor haba medido; que no hay
aficin sin cuidado, ni pasin sin ansia; ni es amor el que con mortales
recelos no desconfa del logro de la victoria; y esto lo saben bien las
mujeres, y tanto ms cuanto por su hermosura son ms pretendidas y
buscadas y acechadas; y doa Guiomar, que lo era grandemente, aunque no
saliese de su casa ms que entre dos luces, y aun as para ir a la
iglesia, sabalo ms que otras.

La esperanza de que el sujeto de su amor, encubierto con el amigo manto
de la tenebrosa noche, viniese a decirla sus amantes penas con la
regalada cadencia de la encantadora msica, despertndola de su inquieto
sueo, tena a la hermosa indiana, toda anhelo, toda impaciencia, toda
odos y toda ojos; y cuando oy la voz doliente, dulce y grave del que
cantaba, y los conceptos de la amorosa cancin, abrironsela las
entraas para recibir en ellas el encendido suspiro que fue de la
cancin fin y remate, y confirmacin del alma de lo que haban dicho los
labios; y salisela de la suya otro tan amantsimo y hondo suspiro, que
si el cantor le oyera, no se tuviera por venido a un valle de lgrimas,
sino a un encantado paraso; y no le oy, porque a punto son el
tnganse a la justicia! de la ronda, tras lo cual vinieron las
cuchilladas y tumulto.

Acongojose con esto doa Guiomar, y al suelo viniera traspuesta, si no
la sostuviera en sus brazos su fiel doncella Florela; y cuando todo pas
y renaci el silencio y torn la calma; baados en lgrimas los dulces
ojos y la bella color mudada, dijo a Florela con una voz en que se
entenda claramente lo que en su alma haba de temor y de esperanza:

--Ay, amiga Florela, que si esto es amor, a Dios pluguiera que nunca
hubiera yo amado en mi vida! y quin haba de decirme a m que a tal
punto haba de traerme un hombre a quien no ms que tres veces he visto,
y aun as como sombra que pasa, o mentida imagen de un sueo, que al
despertar se pierde?

A lo cual respondi Florela suspirando:

--Cosa es el amor, seora, que no ha menester ms que un punto para
rendir a su imperio un alma; y tanto ms, cuanto ms esta alma est
anegada en tristezas, y hurfana de dulces afectos.

--Calla, Florela,--dijo doa Guiomar enjugando sus lgrimas,--que me
parece que alguien viene.

Entreabri a punto la mampara un paje, asom la cabeza, y dijo a su
seora que el familiar del Santo Oficio que haba estado antes, haba
vuelto, y que deca que por la seora era venido; y doa Guiomar mand
le llevasen al estrado, y que le rogasen que all esperase.

Procur sosegarse doa Guiomar, aunque esto era ms para deseado que
conseguido, y dijo a su doncella:

--Mira, Florela, si es posible que los de casa averigen si ha pasado
alguna desgracia en la ria, y si la hubo, quin o quines son los sin
ventura; que esto bien podr hacerse con el pretexto de socorrer a los
que hubieren menester socorro; y vuelve, mientras yo me alio un tanto
para ir e advertir a ese familiar aquello para lo que le he rogado que
vuelva; y no tardes, que la duda de que l haya podido quedar en el
lance, me tiene sin vida.

Saliose Florela, y doa Guiomar fue a sentarse a su tocador, y
contemplose al espejo, y hallose, ms hermosa que nunca; que el amor
hace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima,
haciendo de ellos un cielo; y un cielo vea en sus ojos doa Guiomar,
porque en el amor que en sus ojos hallaba, la pareca como que vea la
imagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la suceda que
cuanto ms se contemplaba, ms la pareca ver en sus ojos la fugitiva
sombra de su deseo; y a tal lleg su amorosa ilusin, que crey que no
en sus ojos, sino detrs de ella, sobre las rubias trenzas de sus
cabellos, apareca la imagen de su anhelado, mirndola ansioso, copiado
por el espejo, y como si detrs de ella hubiese estado de rodillas.
Pareciola asimismo que una mano trmula asa una mano suya que penda
descuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso.

Volviose estremecida doa Guiomar, y vio que de rodillas estaba junto a
ella, no una imagen vana, ni una sombra, sino un hombre, con atavo de
soldado, que anhelante la miraba, y que pareca que quera hablar y no
poda, aunque harto claro deca lo que senta el temblor que todo su
cuerpo agitaba.

Sobresaltose doa Guiomar, nublronsela los ojos, apretsela el corazn,
y desfalleci toda al ver que quien tena a sus pies y oprimindola una
mano, que ella no tena fuerzas para retirar, contra sus labios, era el
mismo por quien ella la dulce muerte del amor senta; y as los dos, en
un silencio ms elocuente que el mejor de los discursos, pasose algn
tiempo, hasta que recobrndose la hermosa indiana y conociendo que por
su decoro deba manifestar extraeza y enojo por lo que suceda,
desasi su mano de las de su enamorado, y dijo con la voz entera y
enojada:

--Qu es esto? quin sois? cmo habis entrado aqu? qu queris?

--Hermosa seora,--dijo levantndose aquel hombre,--no mi voluntad, sino
los no s si para m crueles o propicios hados, son los que, cuando yo
pensaba slo en libertarme de ser preso, aqu me han trado, para que
postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual
vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena,
alivio a mi enfermedad, alegra a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi
pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre
de redencin que me salve.

A lo que doa Guiomar respondi, mirndole no tan ceuda ya, ceo
fingido, que si ella hubiera mostrado lo que senta en el alma en el
semblante, por bien hallado y dichoso hubirase dado l:

--Corts sois, bien nacido parecisme y bien criado; dejadme que me
asombre de veros en mi presencia, entrado aqu como un salteador pudiera
entrarse, y sin ms disculpa que la de la necesidad que habis tenido de
salvaros de ser preso.

--En tal aprieto,--dijo l,--no me hubiera visto si no os viera, si
vindoos no os amara, y por amaros no ansiara deciros mi pena; que yo
soy el que, no ha mucho, en unos tan desdichados y pobres versos, como
mos, os deca mis ansias; y si vos, seora de mi alma, esos versos
habis odo, odo habris tambin la ria, que ha sido tal, que cortada
la salvacin, obligado me he visto a saltar una tapia, que es sin duda
la del jardn de vuestra casa; porque adelantando por ese jardn, y
dando en un cenador, y en l en unas escaleras, siguiendo por un
corredor, halleme junto a una puerta entreabierta, y os vi, y sin pensar
en otra cosa, acerqume, se me doblaron las rodillas, convidome vuestra
mano de alabastro, y mis hambrientos labios besarla osaron: si lo que os
digo no fuese para vos disculpa bastante del que habis credo
atrevimiento mo, volver a salir de vuestra casa, importndome ya poco
de cuanto mal pudiera avenirme, que, por grande que fuese, no sera
mayor que la desgracia de haberos enojado.

--No habis de decir,--replic la hermosa indiana,--que ponindoos en
peligro el salir ahora de mi casa, de ella os echo; tanto ms, cuando
por venir, aunque sin licencia ma y aun sin yo conoceros, a darme
msica, en tal cuidado os habis puesto; y hagamos aqu punto a la
conversacin, y entraos en ese aposento, que yo voy a ver si por acaso
ha podido oros alguno de mis criados, y cuando todos estn recogidos y
el peligro que corris haya pasado, podris iros.

Y yendo a una puerta, abriola, y hacindole sea de que pasase, l pas
a un cuarto oscuro, donde doa Guiomar encerrole tan a tiempo, que ya
las fuerzas la faltaban para el fingimiento, y aquejbala el deseo de
trocar su severidad en dulzura, su enojo en rendimiento, y su
indiferencia en amor.

Valdose haba adems doa Guiomar de la industria de encerrar al aun
para ella desconocido amante suyo, porque, aunque turbada, acordose de
que en la sala la esperaba aquel familiar de la Inquisicin que poco
tiempo haca la haba asustado, metindose de rondn y en son de amenaza
en su casa, como si hubiera ido a buscar herejes malditos; y porque
haba conocido (siempre las mujeres lo conocen) que de ella el familiar
se haba prendado, citole para saber por qu causa la Inquisicin la
haba buscado, y adems para acabar de prendarle y volverle loco, con lo
cual el disgusto o el peligro de una nueva visita de la Inquisicin se
evitara.

Fuese, pues, a la sala donde el familiar la esperaba; hallole inmvil
como una estatua, teniendo en la una mano el sombrero, puesta la otra en
los gabilanes de su intil espada, y grave y triste y compungido;
alegrronsele los ojos al menguado cuando a l se acerc doa Guiomar
sonriendo, y habindose ella ido al estrado y sentdose y hchole sea
de que a su lado se sentase, l lo hizo, quedando encogido y encorvado;
y luego ella le habl de esta manera:

--Agradecida os estoy, seor, con toda mi alma, por la benevolencia con
que habis tornado a que yo os diga lo que no puedo menos de deciros, y
es, que no s yo por qu causa la Inquisicin, que amo, respeto y
venero, ha venido, no a honrar mi casa, sino a traer a ella el juicio
engaado de la vecindad, que, sin duda, ha credo que yo no soy tan
buena y catlica cristiana como tengo la ventura de serlo, y
obedientsima hija de nuestra Santa Madre Iglesia.

Comdose haba con los ojos a doa Guiomar, mientras dijo las anteriores
palabras, el seor Gins de Seplveda, y comindosela an, y atragantado
por el hechizo de tantas y tan no vistas bellezas como en doa Guiomar
se atesoraban, dijo con la voz temblorosa y desfallecida y espantado de
s mismo:

--Deber es del Santo Oficio de la General Inquisicin, contra la
hertica pravedad, extremar su celo, y tanto ms en los calamitosos
tiempos en que las naciones ms poderosas del mundo amparan la hereja,
engaados y perdidos sus monarcas por Satans; que la Alemania y la
Inglaterra hierven en herejes, y aqu nos vemos obligados a hacer cada
auto de fe que espanta, y sin que este saludable rigor sea bastante para
purgarnos de la maldita simiente; as es que, seora, como esta casa que
vos habis comprado y habitis tena duende...

Interrumpiole doa Guiomar, y con muestras de sobresalto le dijo:

--Duende decs que tena esta casa?

--Por ello estuvo muchos aos deshabitada,--respondi el seor Gins de
Seplveda;--y si vos que, por ser forastera, no lo sabais, no la
hubirades comprado y habitado, sin habitar estara an, y seguira
deshabitada por los siglos de los siglos amen.

Crean entonces en los duendes como se crea en los artculos de fe, y
por creer en ellos doa Guiomar, imaginsela que, tal vez, no el hombre
que amaba en carne y hueso era el que se la haba aparecido en su
retrete, sino una apariencia de l, tomada por algn duende maligno; y
espantose y pareciola que detrs de cada tapicera se mova un duende
travieso, y que las figuras de los lienzos que las paredes poblaban
tomaban extraas y espantables cataduras, y que de todos los ngulos de
la sala surgan trasgos y fantasmas; y como tena la imaginacin muy
viva, porque era andaluza, venida de las Indias, asustose de tal modo,
que al familiar se asi como si hubiera credo que agarrndose a una
parte de la Inquisicin, por exgua y mezquina que fuese, a ella no se
atreveran duendes, trasgos, ni espectros.

Aconteciole al seor Gins de Seplveda, cuando las suaves manos de doa
Guiomar asieron las suyas y sus ojos se fijaron espantados en sus ojos,
que crey que de l se apoderaba el diablo; espantose muy mucho ms que
doa Guiomar, y aturdiose; y sin saber cmo, no encontrando otra cosa de
que ampararse, amparose del mismo peligro que le espantaba; es decir,
que se abraz a doa Guiomar, y de tal manera, que no pareca sino
nufrago que, llevado por las furiosas olas, con una tabla se encuentra
y a ella se agarra.

Quin pudiera decir lo que pas por ambos cuando en aquel abrazo, tan
sbita e inopinadamente sobrevenido, se encontraron enlazados? Pareciole
a doa Guiomar el seor Gins de Seplveda, cuando le vio tan cerca, ms
feo y pavoroso que todos los duendes y vestiglos habidos y por haber, y
rechazole; y l, cuando hubo sentido las corpreas bellezas de doa
Guiomar, y alentado la ambrosia de su aliento, no defendi ya su alma
del demonio, sino que, cayendo en la tentacin y olvidndose de sus
votos (que como ya se dijo, aunque seglar, de castidad haba
pronunciado), y siendo valiente por la primera vez de su vida,
voltendole los ojillos grises, y todo contrado y perturbado, dijo:

--Amor!... amor!... yo te reconozco y te adoro! Alma ma, que te
pierdes, perdname, porque te fenezco en otra alma, que ya, sin ser yo
poderoso a evitarlo, es el alma ma!

--Pero qu es lo que estis diciendo, hombre,--dijo doa Guiomar,--que
me parece que os habis vuelto loco? De qu alma hablis, que decs
que es vuestra alma? Si por ventura el alma que decs es el alma ma,
ved que os engais, que yo no os la doy, ni mi alma puede irse a vos
sin que yo lo quiera.

A todo esto, doa Guiomar se haba separado a una buena distancia del
familiar, y pareca como que ste empezaba a volver en s, y a
arrepentirse de haberse dejado ir de aquella manera por los para l
desconocidos espacios del amor.

Doa Guiomar estaba toda encendida e indignada, y le miraba fosca: como
que an la pareca sentir el apretn de unos brazos que la cean, y ver
dos ojos que, como los de un lobo hambriento, la miraban.

--Perdonadme, seora,--dijo el familiar,--que yo creo que los duendes de
esta casa maldita se han metido en m, y me han obligado a hacer y decir
contra mi voluntad lo que he hecho y dicho; pero ya veis que a la razn
vuelvo, que respetuoso os hablo, que humillado perdn os pido; y el que
esta influencia infernal que me ha dominado no haya persistido, consiste
en que yo llevo conmigo un preservativo contra toda hechicera y
maleficio, y esos demonios familiares, que se llaman vulgarmente
duendes, han huido lanzados por la virtud de ese bendito preservativo.

--Preservativo tenis contra diablos familiares?--dijo doa Guiomar.

--S, seora,--contest el seor Gins de Seplveda,--y ese preservativo
es la medalla, que con la cruz dominica, que como sabis es la cruz de
la Inquisicin, llevo pendiente de este cordn sobre el pecho.

--De suerte, que si yo llevara pendiente de la garganta esa medalla,
libre de duendes estara,--dijo doa Guiomar.

--Y no slo vos,--respondi Gins de Seplveda,--sino vuestra casa y las
otras casas adonde furedes, como todo lugar en que os encontrredes.

--Pues mirad,--dijo doa Guiomar,--si me dais esa milagrosa medalla, os
perdono el abrazo que tan sin licencia ma, y tan contra mi voluntad y
mi pudor, me habis dado; que en Dios y en mi nima, este es el primer
abrazo de hombre que he sentido.

--Pues qu, no sois vos viuda, seora?--pregunt admirado el familiar.

--Padre fue, que no marido para m, el buen esposo mo cuya muerte
lloro,--respondi tristemente doa Guiomar.

Atragantose el familiar cuando, por la propia confesin de los rosados
labios de doa Guiomar, reconoci en la ya bastantemente preciada
persona que le volva el seso, un atractivo ms, que era el de ser
doncella, no embargante lo de viuda, que bien puede ser esto, aunque
rara vez suceda y haya de ponerse muy en duda; pero de tal manera lo
haba dicho doa Guiomar, y con tal y tan ruboroso embarazo, que haba
que creerlo, y creyolo el seor Gins de Seplveda, y el corazn se le
volvi de arriba abajo, y atragantose, y de tal manera, que se estuvo
bien cinco minutos sin decir palabra, y mirando espantado a la hermosa
indiana, ni ms ni menos que si en ella hubiera tenido delante esa ave
fnix de la que todos hablan y ninguno ha visto; porque en doncella moza
puede con no mucha dificultad creerse, pero creer en doncella viuda, era
ya cosa recia. Y este espanto del familiar no era por que le pareciese
mentirosa doa Guiomar, que l la hubiera credo aunque ella le hubiera
dicho que no haba venido al mundo por medio de mujer, sino cada de una
estrella; pero espantbale el ver que su castidad iba ms y ms
desmoronndose y deshacindose, y que el diablillo del amor con ms y
ms fuerza le abrasaba el alma.

Sabe Dios cunto tiempo hubiera estado silencioso y como sujeto a un
encanto, si ella, repuesta del trabajo que la haba costado aquella su
extraa confesin, no le hubiera dicho:

--Slo hay una manera, seor mo, repito, para que yo os perdone vuestro
atrevimiento, y es que siendo, segn decs, esa medalla que pendiente de
ese cordn llevis sobre el pecho, un preservativo contra los demonios,
ya sean o no sean familiares, y contra toda casta de espritus foletos
y malditos, me la entreguis, para que yo pueda quedar esta noche sin
morirme de miedo en mi casa; que maana ser otro da, y ya buscar yo
vivienda en que acomodarme, donde no haya habido nunca, ni duende, ni
trasgo, ni fantasma, ni alma en pena, ni cosa que en mil leguas al otro
mundo huela.

--No ya la medalla del Santo Oficio os dara yo, y tenedla, seora
ma,--dijo todo amor y todo rendimiento el familiar,--sino el alma,
aunque supiera que os la daba para que me la perdieseis.

--No por Dios,--dijo doa Guiomar, tomando la medalla que el familiar la
daba y ponindosela al cuello,--que no quiero yo que por m seis
idlatra y os condenis; tanto ms, cuanto que yo no podra
corresponderos, porque aborrezco el amor, principio y causa de todas las
malas aventuras que a la mujer la avienen; y porque es ya tarde y el
sueo me pesa en los ojos, y porque veo que la Santa Inquisicin est
ya, en vos, convencida de que yo aliento buena y vieja sangre catlica,
apostlica, romana, sin que haya en ella la ms mnima partcula no
limpia, rugoos os vayis, y si quisiereis volver a verme, lugar habr
en hora no tan incmoda y ms conveniente para mi recato.

Levantose doa Guiomar como manifestando con la accin aadida a la
palabra que el familiar sera muy discreto si se iba cuanto antes, y el
pobre hombre, mirando con ansia y todo aturdido a doa Guiomar, besola
las manos y fuese, llegando hasta la puerta de espaldas, por no
volverlas a doa Guiomar, no se sabe si por verla algn tiempo ms, o
por respeto. Inclinose con gran acatamiento cuando hubo llegado a la
mampara, y luego esta se abri y se cerr, desapareciendo el familiar,
con lo cual doa Guiomar se volvi presurosa, y sin miedo a los duendes,
por la milagrosa medalla que llevaba al cuello, a su retrete, donde,
como se ha dicho, y en un cuarto que a l daba, haba dejado encerrado
al su desconocido amante, que la tena tan sin vida.




IV

En que se sabe quin era el incgnito amante de doa Guiomar.


Trmula la mano, alborotado el corazn, encendido el bello semblante y
turbados los divinos ojos, doa Guiomar abri la puerta del cuarto, y
dijo con la voz tan turbada que apenas si se la oa:

--Eh, caballero, salid si os place, yo os lo ruego!

A cuyas palabras slo respondi el silencio, como si nadie hubiera
habido en el cuarto, que ya se ha dicho estaba oscuro como boca de lobo.

Vnosela otra vez a las mientes a la bella viuda, que aquel en quien
haba credo ver a la dichosa persona que la enamoraba, no haba sido un
hombre, sino un duende, que haba tomado aquella apariencia para
burlarla y atormentarla, y que, a causa de llevar ella la milagrosa
medalla del Santo Oficio, el duende haba huido; pero oy a punto uno
como resuello recio de persona que duerme, que all de lo hondo del
oscuro cuarto sala, cosa que doa Guiomar sinti ms que si en efecto
su enamorado se hubiese tornado en humo y desaparecido; porque quien de
tal y tan sosegada y profunda manera se haba dormido, cuando ella le
haba dicho que la esperase, no deba ser muy extremado en amar; que
ella saba muy bien, y a causa de l mismo, que el amor desvela, y tanto
ms cuanto se est ms cerca del objeto amado, y en trminos de duda y
esperanza.

Llam al dormido, ya con ms fuerza y aun con enojo, la hermosa indiana,
y a poco se oy un bostezo, luego pasos, y al fin apareci el incgnito,
con los ojos cargados an de sueo y con todas las muestras de que en lo
mejor de l se le haba interrumpido; y como doa Guiomar cuando le
sinti que se acercaba se hubiese ido a un canap o escao que all
haba, y se hubiese sentado, l tom una silla baja que encontr al
paso, y fue a sentarse junto a doa Guiomar, tocando su falda, y de tal
manera que no pareca sino que haca un siglo eran amantes, y con un
desenfado tal, que aunque sin dar en la descortesa, pareca mostrar la
confianza que l tena en ser amado, si es que ya no lo era, y con toda
el alma; mirbala l con codicia, aunque sin irreverencia, y ella le
contemplaba asombrada por lo que en l vea, que harto claro se mostraba
en sus ojos; y ni el uno ni el otro decan una palabra, y ella se
turbaba ms y ms, y ms y ms se la encenda el enojado tal vez, y tal
vez amoroso semblante, y l lo conoca y tal lo mostraba, que ms y ms
ruborosa se mostraba ella, y ms y ms confusa.

Djole ella, en fin, que era muy extraa cosa que un hombre que, como
l, de tal manera se haba entrado en su casa amparndose de la
justicia, y que deca que por ella se haba puesto en tal trabajo, y que
la haba dado msica, y tan amorosos y encendidos versos la haba
cantado, viniese a dormirse como si ningn cuidado le inquietase y como
hubiera podido dormirse en su casa: a lo que l respondi mirndola
amorossimamente, que tantas noches haba pasado en vela atormentado por
sus amores, y tan desesperado y triste, que no haba que admirarse de
que, cuando al fin luca para su amor el sol de la esperanza, descansado
hubiese en alguna manera de su trabajo.

--Y quin os ha dicho,--exclam ella,--que yo os amo, ni en amaros
piense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza ma para el
amor, por vos se haya deshecho?

--Dcenmelo,--respondi l,--vuestros divinos ojos, que en vano de m se
apartan para no verme, porque con ms aficin y ms encendidos rayos de
amor, qu digo? de gloria, a mirarme tornan; dcemelo vuestro hermoso
seno, que los amantes latidos de vuestro corazn mueven; dcemelo
vuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dcemelo,
en fin, mi deseo, seora ma, porque si vos no me amaris, tormento
insoportable sera para m la desesperada memoria de vuestra adorada
imagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza.

--Paso, paso, seor mo,--exclam la enamorada indiana, queriendo en
vano que no saliese a su boca en una sonrisa de contento su alma, y a
sus ojos en un volcn;--que si segus as, creer que ments, que no
puede llegarse a un tal rendimiento de amor tan de sbito y por una
mujer apenas vista, y por la primera vez de amores requerida; y luego,
que yo tengo para mi, aunque puede ser que me engae, porque yo de
amores no entiendo, ni he querido entender nunca, que el amor para ser
sublimado ha menester de todo punto ser correspondido.

--Mucho pudiera yo decir sobre esto,--repuso l;--pero aqujame haceros
una pregunta sobre lo que acabis de decir, de que no entendis de
amores, ni entender de ellos habis querido nunca.

--Pues no decais vos en vuestro soneto,--repuso ella,--que vuestra
alma haba sido hasta ahora hielo para el amor? por qu, pues, os
maravilla que hielo haya sido hasta ahora, y que an lo sea para el
fuego amoroso, el corazn mo?

--Casada fuisteis, seora,--dijo con tristeza el galn,--y para amargura
ma, que las venturas concedidas a otro, aunque pasadas y lcitas, y aun
santificadas por el matrimonio, dardos son de celos y ponzoa de
despecho, para el que bien ama y ser quisiera el nico en el amor de la
que adora.

--En hondos discursos os metis, y no s qu os diga, ni qu deje de
deciros,--contest doa Guiomar, bajando los ojos y ponindose muy ms
colorada que otras veces;--y tanto ms, cuanto que no s a quin hablo.

--De buenos y honrados padres vengo, seora,--respondi l;--hidalgo
soy; Alcal es mi patria; curs en las aulas de su famosa universidad;
tirome la aficin a las armas, y muy ms el amor a las letras; soldado
soy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesa es sueo que
devora el alma y la finge lo que no existe, y en los espacios
imaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestro
esclavo soy.

--Miguel de Cervantes Saavedra sois vos?--exclam con encarecimiento
doa Guiomar;--pues por ah andan en unos papeles impresos los versos
que se recitan en casa de Arquijo por todos los buenos ingenios de
Sevilla, y entre ellos hay los, y no de los peores, que segn el papel,
han sido compuestos por vos.

--Si yo hubiera podido creer,--dijo Cervantes,--que los pobres versos
mos haban de llegar a tan hermosas manos, puede ser bien que el deseo
de contentaros hubiera sido inspiracin que los hiciese dignos de
Pindaro; pero qu poesa queris que haya sin amor, y cuando slo se
escribe para ejercitar el ingenio?

--Y sin amor vivais cuando esos versos compusisteis? pues o no me
amis como decs, o me amis desde muy poco tiempo, que ha ocho das se
venda el papel nuevo, y versos vuestros haba en l.

--Desde que perd el corazn en el cielo de vuestras perfecciones,
seora,--dijo Cervantes,--de tal manera he ansiado, tanto he dudado, tan
grande la desdicha de mi amor he credo, que no he tenido alma ni vida
ms que para ansiar y temer, y buscaros y entreveros, apareciendo con el
alba, tornndoos a vuestra casa a punto que el sol sala, menos que vos
hermoso; y todo era en m sobresalto y congoja, y afn y miedo; que ante
vos no quera mostrarme, por no ver el desdn en vuestros ojos, hasta
que no pudiendo ms, y desesperado y loco, a daros msica vine, y a
deciros ese triste soneto, que en su poco valer bien muestra que las
musas estn enojadas conmigo, al verse por vos, a causa del grande amor
que os tengo, por m desdeadas y olvidadas; bien que si vos, como me lo
hace creer el deseo, me amis, qu vale el laurel de Apolo comparado
con la gloria de teneros ma?

Responder quiso doa Guiomar, pero desfalleci la voz en su garganta;
sus ojos se posaron, exhalando un dulce fuego, en el venturoso amante;
suspir luego tan hondamente como si el suspiro hubiera salido de lo
recndito de sus entraas, y dijo:

--Pues que Miguel de Cervantes sois, y antes de conoceros yo haba
conocido en vuestros versos vuestra alma, y estimdola haba por ellos,
quiero contaros mi historia, y por ella veris claramente cmo, habiendo
sido casada y con buen marido, amor no conoc, ni conozco, como no sea
amor esto que me tiene hablando con vos y a deshora en mi aposento; que
para ampararos en el aprieto en que os veis, no era menester que yo os
hiciese compaa; y amor debe ser este, porque habis de saber que no
saba yo que hubiese cosa que vencer pudiese la fuerza de mi recato, y a
l falto hablando con vos a solas, y a tal hora; y si esto no es amor,
no s lo que ello sea; amor es, quin lo duda, cuando ocultarlo no
puedo, y si os lo niego ms os lo afirmo, y vencida y enamorada os lo
confieso? Pero si creis que ese amor mo ha de ser parte para que yo me
olvide de mi honra, a la menor seal que en mi desdoro hagis, morir mi
amor para que ocupe su lugar el menosprecio.

A lo cual contest l con este cuarteta, que se sali sola y sin
licencia suya de su enamorado pensamiento:

    Amores que son del alma
    hacen callar los sentidos;
    que en verse correspondidos
    alcanzan su mejor palma.

--As os quiero, seor mo,--contest ella,--y por que veis cunto en
vos confo y cunta es la estimacin en que os tengo, para que sepis
bien quin soy, os voy a contar mi historia; eso si no es que os aqueje
el sueo, que si tal fuese, mi doncella Florela, que es discreta, os
llevarla a un aposento donde pudierais reposar seguro.

--Ah! no me castiguis,--dijo l,--por aquel impertinente sueo mo en
que me encontrasteis; y empezad, mi dulce seora, que con vida y alma os
escucho.

Quedose ella por algn tiempo pensativa y como dudando, y luego empez
de esta manera.




V

En que doa Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de
Cervantes.


--No puede llamarse con verdad desdichada la criatura que no lo fue
desde su nacimiento, y aun en el seno yo de mi madre, para m empez la
desdicha. Nac en esta hermosa ciudad de Sevilla, y en su calle que
llaman del Hombre de Piedra, y con tan dura fortuna, que el instante del
primer aliento mo, fue el del postrero de mi padre. Matronle cuando
nac yo, y a las puertas de nuestra casa, siendo su muerte la ms rara
tragedia que se vio en los pasados tiempos, ni se ver en los venideros.

Era mi padre viejo, pero alentado y tan entero, que su vejez pareca
primavera bajo nieve, o invierno que bajo su hielo tena galas de
primavera. Natural de Mjico era mi padre, y rico, y a Sevilla vino con
unas galeras de rey, de las que era general.

Acudi el gento a la Torre del Oro a ver la flota, y entre las damas
que estaban en los estrados que para ellas se haban puesto junto a la
orilla, asista mi madre, que era una hermosa doncella de veinte aos, y
tan desamorada y esquiva, que no pareca sino que el amor no alentaba
para ella, segn que era de desabrida con todos los que se rendan a los
encantos de su hermosura. Si la hubiera contentado el claustro,
hubirase entendido que el santo amor de Dios no dejaba en su corazn
lugar para el amor al hombre; pero tampoco era esto, porque una ta
monja que tena en las del Espritu-Santo quiso llevrsela consigo, a lo
que ella no se acomod, diciendo que Dios no la haba hecha para que la
sofocasen tocas ni monjiles, ni para enojarse entre cuatro paredes.

Pluguiera a Dios que mi madre hubiera tenido vocacin de monja, que as
yo no naciera, ni pasaran por mi familia desdichas que parecen una
maldicin que alcanza a la desventurada vida ma.

Limpiose doa Guiomar con un paizuelo los lquidos diamantes que por la
amargura de sus tristes memorias de sus hermosos ojos se desprendan,
por lo cual Miguel de Cervantes la dijo:

--Enjugarnos yo, hermosa seora ma, esas lgrimas que por vuestras
alabastrinas mejillas corren, con mis labios, si tan bienaventurado
fuera que ya me llamara vuestro esposo; y tal procurara que fuese para
vos mi amor, que no lgrimas de amargura, sino de contento del alma
enamorada vertieseis, si es que mi amor poda enamoraros, cosa en la que
no espero, porque si la esperara, ya en la sola esperanza encontrara la
ventura milagrosa de este amor que por vos me abrasa las entraas, y es
mi vida en mi muerte y mi contento en mi tristeza.

--No hay para qu repetirme que me amis,--dijo doa Guiomar,--sino es
que creis que soy desmemoriada; que ya me lo habis dicho, y yo,
escuchndooslo y continuando en oros, os he dicho claramente que os
amo; que si no os amara, la primera palabra de vuestro amor hubiera sido
la ltima; y eso de enjugarme las lgrimas con vuestros labios callarlo
debisteis, que hay tales cosas que cuando no se pueden hacer no deben
decirse; y pase esto por alto, que a galantera sin intencin quiero
achacarlo, y no a otra cosa; y sin ms de esto, y esperando que a mi
lado seis tal y tan hidalgo como me lo parecis, con la relacin de mi
historia contino, que ya que me amis, segn decs, quiero que sepis
quin es la desventurada mujer que ha alcanzado no s si la desdicha o
la fortuna de enamoraros. Deca yo, que a la llegada de las galeras de
que era general mi padre, y entre las damas y caballeros que a su
llegada haban acudido y ocupaban los estrados en la orilla,
dispuestos, estaba mi madre, sin ms compaa que la de dos tas, viudas
y ya ancianas, que eran los nicos parientes que la quedaban, y tan
hermosa, que unos versos que un enamorado suyo, poeta tan desdeado como
los otros que no eran favorecidos de las musas, la compuso, decan:

    Porque copien un instante
    los encantos que atesoras,
    sus puras linfas sonoras
    impulsa Btis amante;
    y las ondas, al pasar,
    murmuran en su tristeza,
    recordando la belleza
    que ya no pueden copiar.

--No me parecen mal esos versos,--dijo Miguel de Cervantes;--madrigal
son, o ms bien, madrigal doble; poeta era quien los compuso, y no de
los peores, y por mos los tomara, antes con satisfaccin que empacho de
ellos; pero decidme, seora: cmo es que vos habis premiado esos
versos guardndolos en vuestra memoria? quin os los recit, o quin os
dio el papel en que estaban escritos?

--Hallose ese papel entre los de mi madre cuando muri, y a m con su
herencia llegaron esos desdichados versos, que yo no puedo recitar sin
que se me llenen de lgrimas los ojos; que si el que esos versos
compuso no hubiera nacido o no viviera, ni muriera mi padre, ni mi madre
fuera desventurada, ni yo tendra un cruel enemigo de mi reposo.

--Lo que acabis de decir, seora, aguija el ya grande inters con que
vuestra historia escucho,--dijo Miguel de Cervantes;--pues cmo,
seora, si vuestra madre era tan ingrata y desconocida para el amor,
versos tena, para ella compuestos por un amador desdeado, ni cmo
este, sin ventura, pudo ser una desventura para vuestra madre entonces,
y ser hoy para vos un crudo enemigo? Decidme su nombre, que si l hizo
desdichada a vuestra madre, no lo seris vos por l, o faltarme por la
primera vez la fortuna en un empeo.

--Decroslo quiero,--respondi doa Guiomar,--porque bastante habis
hecho con darme msica para que l viva atento hasta averiguar quin el
de la msica haya sido, y buscarle ria; conque as, ved si una dama que
tan a su despecho tiene un enamorado o empeado que tan celoso la
guarda, aunque tan sin razn ni derecho para ello, os conviene por lo
que pueda costaros.

--No digo yo,--respondi Miguel de Cervantes,--por el temor de un viejo,
que tal debe serlo quien, teniendo vos veintids aos, pretendi a
vuestra madre antes que vos nacierais, sino por el de todos los trasgos,
jigantes, enanos y vestiglos de los libros de caballera, y aun por el
de los doce de la Tabla Redonda que vinieran a reiros con toda la
cohorte de magos y de encantadores que en los tales libros se nombran,
dejara yo de venir a daros msica y a hablar con vos, si era que vos me
concedais esta merced venturosa.

--Hombre de aos es ya, pero no viejo,--respondi doa Guiomar,--que an
no pasa de los cuarenta y cinco, y es uno de los capitanes ms temidos y
ms respetados de los ejrcitos de su majestad; lo que, y sus otras
buenas cualidades, no es parte para que yo deje de aborrecerle y desee
venganza contra l, y de tal manera, que si al fin ese amor que vos
decs tenerme, y al que yo os digo correspondo cuanto corresponder
puedo, llegase a sus buenos trminos, yo no me desposara con vos, si
antes no me habais vengado y libertado de ese hombre; que para que vos
podis estimarle en lo que vale, sabed se llama don Baltasar de Peralta,
que ya por su buen ingenio, como por su valor, su nobleza y su hacienda,
es en Sevilla de todos conocido y estimado.

--Conzcole, y ms de lo que podis figuraros, seora,--dijo Miguel de
Cervantes un tanto sorprendido;--s quin es, y lo que puede y lo que
vale, y cunta es su nobleza y cunto su ingenio; y estimdole hubiera
en mucho ms, si no llevara peluca; que el quedarse, cuando la mucha
edad no lo disculpa, con la cabeza rasa y sin un pelo, como bala de
bombarda, parceme a m que es a efecto de malas cabilaciones y
picardas; de lo que resulta, que yo no me fo de un calvo, ni con buena
voluntad le miro; y a mayor abundamiento, llendome habis las medidas
con decirme que de l ansiis venganza, que como un cruel enemigo os
persigue, y que no serais mi esposa si antes de sus persecuciones no os
libertaba.

--Decs bien,--exclam doa Guiomar,--en lo de vuestra enemiga contra
los calvos, que yo tengo para m, que, como decs vos, la gran parte de
las veces lo que la calvicie causa es el fuego de los malos y perversos
pensamientos que en la cabeza arden, y queman la raz de los cabellos y
los mata.

--No deca yo eso,--respondi Cervantes;--que San Pedro es calvo, y aun
se me antoja haber visto en alguna parte que lo fue desde mozo; pero a
m, no s por qu, los calvos me enojan, como me enojan otras muchas
cosas que no enojan a nadie, y cuando una cosa me enoja, sobre ella me
voy sin reparar en inconvenientes, y salga por donde saliere. Y, vive
Dios, seora, que contento estoy, porque, al fin, de lo que habis dicho
aparece que yo puedo contentaros en algo, y ponerme en ocasin de que
sepis que para vos tengo yo toda la sangre que late en este corazn que
os adora.

Mir tiernsimamente doa Guiomar a su enamorado, que al decir sus
ltimas palabras os besarla las manos, por lo cual no se ofendi ella,
aunque las recogi, y dijo:

--Tornando a lo que me dijisteis sobre si mi madre poda tener versos de
un amador desdeado, os dir, que si mi madre no era fcil para el amor,
ralo, y qu mujer no lo es? para la vanidad; y que aunque volvi a don
Baltasar los versos que os he recitado y otros muchos, no fue sin
guardarlos trasladados; lo que era causa de que don Baltasar, que vea,
que si bien se le devolvan sus versos, eran ledos, como lo demostraba
el ir abiertos los papeles en que se contenan, alentase esperanzas, y
siguiese a mi madre a cuantas partes iba, y la diera msica, y la
rondase eternamente la calle, que de ella no se apartaba sino para comer
de prisa y dormir breves horas.

Aconteci que cuando las galeras de rey llegaron, y desembarc de la
capitana mi padre, y subi al estrado en que mi madre con otras damas y
caballeros estaba, no lejos de mi madre estaba don Baltasar, que era
poco menos que su sombra; de modo que pudo ver mejor que lo que hubiera
querido, que cuando mi padre vio a mi madre se inmut todo, y que mi
madre dej ver el carmn de su sangre en sus mejillas, y sus ojos, antes
para todos tan impos, no pudieron ocultar el fuego del amor que de
improviso, a traicin, y sin que ella pudiera prevenirse, la haba
abrasado el alma.

Pregunt mi padre a algunos caballeros conocidos suyos que all
estaban, quin mi madre fuese, y destos principios vinieron a resultar
muy pronto los fines de un casamiento y de una unin dichosa; pero
turbada a poco por la orden que recibi mi padre, aun antes de los
quince das de sus bodas, para partir con las galeras a Npoles. Bien
quera acompaarle mi madre; pero mi padre no quiso confiar a las
instables ondas el tesoro de su ventura. Quedose, pues, mi madre casada
y enamorada, y si no con el dolor de viuda, con las angustias de
ausente; que las mujeres que bien aman, aunque yo de amores no entienda,
tengo para m que han de recelar y temer por todas partes una mudanza o
un peligro que les roben su esposo, y a verle no vuelvan.

Pasaba el tiempo, y mi padre no volva.

Tenale el rey empleado en sus galeras, y aunque menudeaban las cartas
cuanto era posible, del afn de una carta esperada pasaba mi madre al
del recibo de otra, y tanto ms, que estaba en cinta de m, y el tiempo
pasaba, y tema mi madre que mi vida fuese para ella la muerte, y
muriese sin volver a ver a su esposo.

Ay, seor mo,--dijo en llegando a este lugar doa Guiomar, y soltando
con estas palabras un profundsimo suspiro,--que vamos acercndonos al
triste suceso de la ms nueva desventura que ingenio humano haya podido
inventar para suspender el nimo de sus lectores, con los no pensados y
peregrinos casos de una novela! Oh traiciones no adivinadas, oh
desdichas no temidas, oh no merecidas tragedias!

Habis de saber, seor mo, que mi madre, como esposa amante y mujer
honrada, desde el punto en que mi padre parti hizo de su casa clausura,
y de ella no sali ni para misa, que en un oratorio se la decan, ni
recibi a amigos, ni aun en sus miradores dejose ver por acaso.

Ya en esta clausura, murironse la una tras la otra sus dos ancianas
tas, y quedose mi madre sola con sus criados, que pluguiera a Dios no
los hubiera tenido, o por lo menos a una traidora Lisarda, que fue la
causa con sus liviandades, de lo que nunca recuerdo sin que de la
congoja de mi corazn den muestra las lgrimas que salen por mis ojos.

Suspenso estaba nuestro Miguel oyendo a su acongojada amante, que en sus
hermosos ojos dejaba ver el llanto que a ellos asomaba, como ansioso de
correr por aquellas mejillas mulas de la rosa y vencedoras de la
azucena; y en tanto la estrechaba las manos entre las suyas, sin que
ella pareciese sentirlo, embebecida en la historia de su madre, que era
el principio de sus desdichas.

Reposaba la mirada de doa Guiomar en la de Miguel de Cervantes, y la
mirada de ste en la de ella, y no pareca sino que en aquellas dos
miradas sus almas se mezclaban y se confundan para no ser ms que una
sola alma.

Dej al fin ella salir de su pecho, o ms bien de su pecho se escap,
otro profundsimo suspiro, y continu su relacin de esta manera:

--Hasta tal punto se pareca Lisarda en las proporciones de la figura y
en los movimientos a mi madre, que vindola por detrs, slo por la
diferencia del traje poda distinguirse a la criada de la seora.

Era adems Lisarda muy hermosa y muy joven, y a estas prendas de la
persona, realzadas por la lozana de su edad temprana, juntaba una
grande honestidad y la buena y cristiana crianza que la haban dado sus
padres, humildes, pero honrados; ambala por estas sus buenas prendas mi
madre, y por ser ella tan de su gusto, complacala se le pareciese en la
estatura y en la corpulencia, y en aquella su gallarda manera de andar y
de accionar; cosas todas estas ltimas que mi madre hubiera aborrecido,
si hubiera adivinado las cosas que sobrevinieron, y que ya vos, seor
Miguel de Cervantes, debis haber vislumbrado con vuestro claro ingenio.

Y fue que don Baltasar de Peralta, no porque mi madre se hubiese casado
haba matado, o por lo menos sujetado a los preceptos de la virtud, de
la religin y de la honra, que en s son unos mismos, aquel su amor
tirano y voluntarioso que a mi madre haba tenido y tena, sino que muy
contrariamente, dej a la rabia y a los celos, sin intentar siquiera
combatir con ellos, que este amor aumentasen; no dejaba la ida por la
venida a la calle del Hombre de Piedra, y pasaba en ella, oculto por una
esquina, o embebido en el hueco de una puerta, luengas horas,
particularmente de noche, ansiando ver a aquella que era la agona de su
vida, la desesperacin de su alma y el sujeto de todos sus pensamientos.

Aumentaba el fuego de su amor y la rabia de su desdicha, con no ver
asomarse jams mi madre a sus miradores, con el de no salir nunca de
casa ni aun a misa, y con no dar ms muestras de estar viva que si
hubiera estado encerrada en una tumba.

Respetando estuvo muchos das don Baltasar el decoro de mi madre, no
atrevindose a escribirla, ni aun a darla msica; pero al fin pudo ms
en l la desesperacin que el miramiento, y una noche llen de msicos
la calle, y sus concertadas voces y sus bien taidos instrumentos,
estuvieron dulcemente divirtiendo a los vecinos, sin que mi madre de
ello se apercibiese, porque habitaba un aposento all en lo interior de
la casa, que era muy grande, y al que no poda llegar la msica.

Pero la oyeron algunas criadas, que avisaron a Lisarda, que en un cuarto
prximo al de mi madre dorma, y todas se fueron a ponerse en los
miradores a gozar de la regalada msica.

Haban dado en la imprudencia de llevar luz a la habitacin, y en las
vidrieras del mirador se pintaba, junto al de las otras doncellas, el
bulto de Lisarda, que por ser tan semejante en el aire y en la forma de
la persona a mi madre, como ya os he dicho, don Baltasar crey, y
creyronlo los amigos que le acompaaban, que no era doncella que a mi
madre en el bulto se pareca, sino que era mi madre misma la que,
acompaada de sus doncellas, en el mirador estaba oyendo la msica.

Esto fue bastante para que don Baltasar ardiese en esperanzas, alentase
ilusiones, diese cuerpo a las soadas venturas de su deseo, y se creyese
ya en posesin de un tesoro que no poda ser suyo, sino a costa de la
vergenza, de la traicin, del perjurio y de la infamia de mi madre.

Pero a qu locuras no lleva la sombra de una esperanza a un enamorado!
Don Baltasar encontr llano lo que haba credo insuperable, fcil lo
imposible, prximo lo que nunca poda llegar, trocado en ventura lo que
antes slo haba sido para l angustias y desvelos, y desesperacin y
lgrimas, que a tanto puede llegar un error credo verdad por el deseo.
Pues cmo a ese cruel enemigo de mi madre y mo, no se le represent
que una seora tan de tal nobleza y tal y tan grande crianza como lo era
mi madre, no poda dar en la liviandad de asistir a una msica que un
mal respetador de su honra la daba, en sus miradores, y dejndose ver, y
aun no sola, sino acompaada de sus doncellas, como para hacerlas
testigos de su desvergenza? Fue as, sin embargo, y bastante necio don
Baltasar para creer en tales increbles disparates; y alentado por este
error suyo, y creyndose amado, o, cuando no, en camino de serlo,
arrojose al otro da a sobornar y corromper a uno de los criados, y a
fuerza de ddivas y promesas consigui que aquel mal servidor
consintiese en tomar una carta que le dio para su seora; carta que fue
a dar por desdicha en las manos de Lisarda, que no se la dio a mi madre,
que si se la diera, en aquel punto hubiera terminado la historia.

Tom para s Lisarda la carta, y se la acreci la aficin que ya tena
en su alma por don Baltasar desde que le haba odo cantar
amorossimamente versos que todo eran flores, estrellas, cielos,
suspiros, desvelos, congojas y volcanes; y leyendo en la carta, que con
mil encendidas palabras de amor don Baltasar agradeca a mi madre el que
hubiese salido a los miradores a or la msica, cay en la cuenta del
error en que don Baltasar haba dado trastrocndola con su seora, y el
diablo la puso en la tentacin de contestar manteniendo el engao, que
en un punto la aficin que por don Baltasar se la haba entrado en el
alma la hizo perder la timidez de su honestidad, y dio lecciones a su
inexperiencia (que el amor es un gran maestro de atrevimientos
desdichados), para responder de tal manera a don Baltasar, que ste
crey que no otra que mi madre era la que a su carta responda, y con
esto su amor dio ya en los ltimos increbles disparates de la locura;
de modo que si llena de ternezas y encarecimientos estaba la primera
carta que Lisarda haba ledo, la segunda acab con los ltimos restos
de su virtud, apenas combatida cuando rendida, y se determin a la ms
negra de las traiciones que pueden, no digo ya cometerse, pero ni aun
pensarse.

Contest Lisarda a aquella segunda carta, siempre con el nombre de mi
madre, suplicando a don Baltasar no la diese ms msicas, que
escandalizaran sin duda alguna a la vecindad, y que era mejor, por lo
que a su recato convena, fuese a hablar con ella, ya muy vencida la
noche, por una reja oscura, escondida bajo unos soportales que a una
callejuela excusada daban.

Vio con esto el cielo abierto don Baltasar, y avanzando viento en popa
por el dulce mar de su amor y de su deseo la nave de sus esperanzas,
acudi a la siguiente noche a la reja, donde acab de perderse en su
error, y de perder a mi madre, la inocente, que un tal engao y una tal
traicin haba de pagar tan caros; y no pasando mucho tiempo, porque la
infame Lisarda, oyendo con demasiada facilidad y ansioso deseo los
consejos de su lascivia, no tard en franquear un postigo, que por un
zagun a una oscura sala baja daba, al enamorado don Baltasar.

Tema Lisarda que si l la conoca, en aquel punto se acabasen sus
amores, y por esto recibale siempre a oscuras y a pretexto de vergenza
impedale la reconociese, y el engao duraba, y la honra de mi madre
andaba ya por calles y plazas; porque don Baltasar dijo primero el
secreto de su dicha a un su amigo, encarecindole lo guardase, y este
otro lo dijo tambin muy en secreto a otro muy su amigo, y as, de amigo
en amigo y encargndose el secreto todos, todo el mundo vino a creer en
lo que no era ms que un tejido de infames mentiras, en las que, sin
embargo, se crea a causa de las apariencias; porque algunos que haban
dudado, siguieron a don Baltasar, yo no s si por un honrado celo de la
honra de mi madre, o si por celos de la dicha de don Baltasar; y vieron,
en efecto, que ste entraba en casa de mi madre por un postigo a
trasmano, muy despus de la media noche, y que no sala sino muy poco
antes de la alborada.

Sucedi, al fin, que, por desdicha, estas cosas que de mi madre se
decan, llegaron a odos de un pariente de mi padre, que tena un oficio
de alcalde en Sevilla; y digo por desdicha, pues cuando este pariente
nuestro supo lo que de mi madre se contaba, ya mi madre estaba prxima
a su alumbramiento, que cuando hubiera sobrevenido se hubiera sabido por
la solemnidad de mi bautizo, que no poda menos de ser solemne, siendo
yo hija de un general de las galeras del rey; don Baltasar hubiera cado
de su engao, y no hubiera podido menos de reconocer que la liviana que
desde haca poco tiempo le conceda sus favores, no era mi madre ni
poda serlo, lo cual le hubiera movido tal vez a restaurar a mi madre en
su honra.

No lo quiso as Dios; porque nuestro pariente, cuando supo lo que de mi
madre se deca, sigui una y otra noche a don Baltasar, y las dos le vio
entrar por un postigo de mi casa ya bien adelante la media noche, y no
salir sino a la proximidad del da.

Dio con esto por cierto lo que se deca de mi madre, y no queriendo
quitar a mi padre el propio desagravio de su honra, escribiole, y de tal
manera, que mi padre, sin pedir la licencia al rey para dejar la
conducta de las galeras con las cuales estaba en las costas de Npoles,
tom postas para Espaa, y se vino por tierra, temeroso de que la
instable mar le dilatase el triste y horrendo logro de la venganza de su
honra, que deba ser para l la muerte del dolor y de la pesadumbre de
la infamia.

Lleg mi padre a los pocos das y reventando caballos a Sevilla, una
noche, antes de que se cerrasen las puertas, y encubrindose con las
sombras, fue a esconderse casa de su pariente, de quien mientras llegaba
la hora de ir a vengar su honra, oy la triste relacin de su desdicha,
y como al acabarse esta tocasen a maitines unas monjas que en la
vecindad haba, y fuese ya la hora, ambos, mi padre y su pariente, bien
embozados y apercibidos, fueron a adelantar a don Baltasar, que nunca
iba sino muy pasada la media noche.

Antes de que l llegase llegaron, y ocultronse en un soportal,
amparados de la oscuridad, y all esperaron con el odo en el silencio y
las convulsas manos en las espadas.

No hay que pensar por esto que se prevenan a ser dos contra uno, que ni
para el castigo de un infame agravio puede el honrado valerse de
ventajas contra su enemigo, sino que a don Baltasar acompaaba un criado
que se quedaba fuera, y necesario era prevenirse contra este hombre, que
podra muy bien ayudar a su amo.

Pas as largo tiempo, y de tal manera, que mi padre y su pariente
creyeron que por aquella noche se les escapaba la venganza.

La tardanza de don Baltasar era porque l no entraba nunca en la
callejuela donde estaban los soportales y el postigo, sino despus de
haber visto el resplandor de una luz, desde la calle del Hombre de
Piedra, en los vidrios de una ventana de la parte principal de la casa,
cuya sea haca Lisarda para que l supiese que poda ir sin cuidado; y
aquella noche Lisarda no haba hecho la sea a la hora de costumbre,
porque en aquella hora estaba yo viniendo al mundo, y ella estaba junto
a mi madre.

En este punto se detuvo la hermosa indiana, y dijo a Miguel de
Cervantes:

--Perdonadme, seor mo, si aqu suspendo la relacin de las desdichas
de mi familia, que con mis propias desdichas se han continuado, que el
corazn me va doliendo, ms de lo que resistir al dolor puedo, al
recordarlas, y harto tiempo tenemos para que yo d fin y remate al
cuento de mis desventuras; y porque estoy ms de lo que puedo sufrirlo
fatigada, y de todo punto me es necesario el reposo, yo os ruego me deis
licencia para llamar a mi doncella Florela, a fin de que os lleve adonde
podis acabar de pasar la noche seguro, que maana sabremos lo que haya
de vuestro negocio, y si estis en peligro o no lo estis, y lo que en
todo caso haya necesidad de hacer.

Conoca Cervantes que a poco que l hiciese, doa Guiomar no llamara a
su doncella; antes bien dejara con mucha voluntad venir el da,
entretenida con l en blanda y amorosa pltica; no lo hizo, empero,
porque para primera vista ya haba alcanzado ms favores que los que l
se haba atrevido a desear; que tal era la grandeza del enamoramiento
en que por aquella hermossima seora suya se encontraba, que a sueo y
fingimiento de su deseo tena el encontrarse a solas con ella y a sus
pies, y asindola las manos, y gozando de la luz de sus ojos, que no
encubran el contento del alma, y encantado con la dulzura de su voz,
que de ngel, ms que de mujer le pareca.

As pues, vino en lo que doa Guiomar quera sin quererlo, ms por
miramiento a su recato que por voluntad, y habiendo ella llamado a
Florela, l se fue con ella, dejando a doa Guiomar confusa y
sobresaltada con aquella aventura, que tan sin esperarlo ella la haba
llevado la ventura de sus amores, o tal vez el principio de otras ms
grandes y ms dolorosas desventuras.




VI

En que se contiene una carta de Cervantes para doa Guiomar, y se
sabe a lo que Florela se aventur por servir a su seora.


No dice la historia si los amantes descansaron lo que quedaba de noche,
que no era mucho por ser verano, pero s que cuando al alba fue Florela
a despertar a su seora como de costumbre para que fuese a misa,
encontrola ya vestida, seal de que el lecho se la haba hecho enojoso,
y tan hermosa con las suaves ojeras y con la melancola que mostraba su
semblante, que deidad ms que mujer pareca.

Pregunt con desmayada y dulce voz a su doncella si haba visto seales,
al pasar por el aposento del escondido, de que ste hubiese despertado;
y Florela no supo qu decir, sino que deba de dormir el buen soldado,
porque cuando ella pasaba por la puerta del aposento, adonde pocas horas
antes le haba conducido, escuchado haba un cierto ruido, que si no se
pareca al roncar de una persona que est en siete sueos, no saba ella
a lo que se pareca.

Suspir la bella indiana, porque se la represent que aquella
tranquilidad de sueo no convena, como ella hubiese querido, con las
congojas y con la inquietud, de ella no conocidas hasta entonces, que de
sus ojos haban ahuyentado el sueo; y acordndose de que le haba
encontrado dormido antes, cuando fue a sacarle del cuarto en que le
haba encerrado para ir a hablar con el familiar del Santo Oficio, se la
apret el corazn, y sobresaltose su vanidad, y fue necesario que se
acordase de las amorosas razones y de las encendidas miradas de su
amado, para que en alguna manera se la endulzase el amargor que en su
alma haba sentido.

Mand a Florela hiciese salir a algn criado a inquirir si en la calle
haba alguna novedad, o persona apostada o en espera que a corchete o
alguacil o cosa de justicia se pareciese, y cuando supo que el barrio
estaba tranquilo y que en diez calles a la redonda no haba ni aun olor
de gente de justicia, alegrose, o ms bien, aunque ella quiso no
conocerlo y se enga a s misma, contristose, porque mejor hubiera
querido tener una excusa para que de su casa no saliese Miguel de
Cervantes por aquel da.

--Ahora bien, Florela amiga,--dijo a su doncella;--yo te ruego guardes
el secreto de lo que sabes, ya que sabes bien que yo no he buscado la
ocasin en que me he visto, y por estar t all detrs de las cortinas,
como yo te mand, a solas no he estado con ese hidalgo, y bien has
podido or lo que hemos hablado.

--Eso no, seora,--contest Florela,--porque sin ser yo poderosa a
evitarlo, por ms que procur resistirlo, cogiome el sueo, y de tal
manera, que bien puedo jurar que ni aun entre sueos he odo nada.

--Vlgate Dios por sueo, Florela!--exclam doa Guiomar toda encendida
y confusa, por las imaginaciones en que a causa de su sueo poda dar su
criada;--y para qu haba yo de haberte mandado que detrs de las
cortinas te sentaras, sino para que fueras testimonio a ti misma de lo
honesto de mi conversacin con ese hidalgo? Anda, anda, Florela, y dile
que ya puede salir sin temor, y scale t misma por el postigo del
huerto antes de que venga el da ms claro, y que Dios le ayude, y a El
plegue que no vuelva, que estoy sintiendo barruntos de que no le he
conocido sino para mi desdicha.

Volvi a poco Florela toda sobresaltada, diciendo:

--Ay, seora, que ese hombre no parece, ni han quedado de l ms
seales que si se hubiese deshecho en aire!

Entrole en oyendo esto a doa Guiomar otra vez, y con mucho ms efecto,
su temor a los duendes, y se apresur a mirar si tena an en su seno
aquella poderosa e inestimable medalla del familiar de la Inquisicin, y
hallola; y temi que aquel hombre con quien haba hablado, no hubiese
sido otra cosa que una imaginacin suya, o cosa de encantamiento y
hechicera, de la cual se haba librado por la virtud de la santa
medalla.

Pero no pudo durar mucho en esta creencia, porque habiendo mandado a
Florela fuese a registrar de nuevo el aposento, volvi con un papel en
la mano, y dijo:

--Por la ventana descolgose sin duda, seora, que abierta la he hallado,
y sobre la mesa este papel escrito que os traigo.

--Dame ac,--dijo ansiosa doa Guiomar.

Y vio que el papel deca lo siguiente:

Hermosa seora de esta enamorada alma ma, y digo mal, porque debiera
decir vuestra; y ni aun as digo bien, porque no puedo llamarla vuestra,
si vos no queris admitirla en vuestra alma, que es el nico asiento
donde puede estar sin condenarse, esta que ya no s si en vuestra alma
es mi alma, o fuera de ella fuego fatua y perdido, de ac para all por
el helado viento de la desventura arrebatado.

Llevose la mano sobre el corazn doa Guiomar, ya acabada de perder de
amores por el enrevesado comienzo del papel en que los turbados ojos
pona, y cuando estos al fin volvieron a aclararse, continu leyendo,
plida ahora, encendida luego, y toda anhelante y turbada, lo que sigue:

Sea de esto lo que Dios fuere servido, y lo que queris vos, que,
despus de Dios, sois lo que ms yo amo, si es que puede llamarse
bastantemente lo que yo por vos siento amor, que yo creo que es ms bien
agona y quebranto, y fuego irresistible, y gloria en un infierno, y
infierno delicioso, y muerte que vale cien vidas, y vida que no se
resiste, y cosa, en fin, tan no conocida de m, que al verme a ella
sujeto, yo mismo me desconozco y de m dudo, y parece que siendo no soy,
y que, no siendo, soy ms que nunca he sido. Y como deciros no puedo lo
que en m es y no es, ni lo que yo soy por el efecto de vos que en m se
hace, quiero deciros, que acordndome del papel y del tintero que
conmigo siempre traigo para coger al vuelo las mercedes que mi pobre
musa me concede alguna vez, especialmente cuando entre las verdes
alamedas del Guadalquivir la tristeza de mis pensamientos paseo, he
querido escribiros por que sepis que cuando yo vuelva a veros, ms que
por lo de anoche, de la justicia habris de ampararme; y quedad con
Dios, puede ser que hasta la noche, que cumplido ya mi propsito bajo
vuestros miradores venga a ponerme, o si lo queris mejor, seora ma,
por la reja que a la vuelta de vuestra casa en la callejuela se halla,
podis a la media noche tener noticias del suceso de las aventuras en
que por vos voy a meterme. Y no os digo ms, que bien creo yo que con lo
dicho me habis comprendido, y a Dios os quedad y en m pensad,
pagndome en buena moneda el pensamiento enamorado y perdurable, que de
vos en esta encendida alma vuestra me llevo.

--Ay, Florela!--dijo la hermosa indiana,--que no s qu piense, ni qu
tema, ni qu espere, ni qu haga, ni qu deje de hacer. Este hombre que
as se nos entr anoche, por la justicia perseguido, a ampararle
obligndome, de tal manera se me ha entrado en el alma, que en l vivo y
en l muero, y ansio lo que no s a qu violento trmino, ni nunca vista
ni oda pasin puede llevarme. Ay, cielos tiranos, que habis hecho que
cuando yo ame, ame de tal manera, que sobresaltos de muerte sean los
comienzos de mi amor!... Escucha, oye, atiende, Florela; mira lo que en
este papel me dice, y cun preado est de peligros y temores; que l
sabe, porque yo en mal hora se lo he dicho, el crudo enemigo que
sedienta me tiene de desagravio; y yo me acongojo viendo en estas casi
desembozadas razones del papel que el alma ma me ha escrito, que l se
ha puesto en trminos de darme cumplida venganza, si pudiere, de ese mi
impo perseguidor; y sabe, Florela, que ese enemigo de mi reposo puede
tanto y a tanto llega, que posible hallo que con una nueva desgracia
aumente la saa que en mi desventurado corazn en contra de l, y en
vano hasta ahora, se alienta. Oye, pues, Florela amiga, y dime lo que de
esta carta juzgas, y aydame con tu ingenio, que yo estoy tan turbada,
tan confusa y tan cobarde, que, como ya te he dicho, no s qu haga, ni
qu deje de hacer, ni qu espere, ni qu tema.

Ley el papel que en tales confusiones y en tal pelea con su razn la
pona, doa Guiomar a su doncella, y esta, sonriendo a lo picaresco,
empero con el gracejo de sus pocos aos y de su doncellil belleza, la
dijo:

--Pues hay ms, sino que yo arremeta al rodrign Garca, y le tome
prestado un traje, y me pinte, y en blanca nieve convierta lo negro de
mis cabellos, y de Garca acompaada, y de muchacha trocada en rodrign
viejo, a esas calles de Sevilla me eche, y busque, y averige, y con
vuestro enamorado me tope, y le arme una trampa en la que caiga antes de
que en el empeo, que a l pudiera costarle caro y a vos, se meta?

--Conocerasle t, Florela?--dijo doa Guiomar con la voz un tanto
cuanto sonando a celos.

--Cien aos pasaran, y entre mil le viera, y conocirale,--respondi
Florela.

--Pues cmo le has visto t, o cmo te ha mirado l,--exclam, ya con
la voz y la mirada enemigas, doa Guiomar,--que as, no habindole
visto ms que por breves momentos, no puede despintrsete?

--Con vuestro deseo, seora,--contest Florela,--que a m se ha pasado
por la mucha lealtad y amor que os tengo.

--No entiendo yo ese pasamiento y trasiego del deseo de una mujer a
otra, ni que por lealtad esto suceda,--dijo doa Guiomar.--Y parceme a
m que no en sosegado y tranquilo sueo ese hidalgo ha pasado el tiempo
desde que de aqu se parti, sino en pltica contigo, traidora, que
puede ser, y bien se me representa, que un hombre mozo de los que hoy se
usan, haga una sola aventura amorosa del ama y de la doncella.

--Cosas son esas, seora,--respondi Florela,--que vuestro grande amor
por ese caballero os pinta con el falaz color de los celos, que hace que
parezcan ciertas cosas que ni aun en sueos verdad han sido, ni pudieran
serlo; que mi alma tengo yo en mi almario, y aunque yo conozca bien
cunta es la primaca que sobre m os han dado naturaleza y fortuna, aun
todava no he quedado yo para segundo servicio, o relieve de sobremesa,
que en Dios y en mi nima, que cada cual tiene en este mundo lo que le
hace falta, a ms de aquello, que nunca falta un roto para un descosido;
y sosegaos, seora, y en la lealtad fiad de vuestra Florela, y vamos a
lo que importa, y dejadme hacer, que Dios ser servido que todo llegue
a felice trmino.

Y con esto Florela se fue a buscar al rodrign Garca para disfrazarse,
y acompaada de l ir a lo que el curioso lector ver ms adelante, si
continuare leyendo.




VII

En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de
Cervantes.


Cortemos aqu el relato de la amorosa aventura de doa Guiomar y de
nuestro Miguel de Cervantes, porque es conveniente, benigno lector,
manifestarte varias cosas que son necesarias a la claridad del cuento.

Sbese por todo el mundo, desde ha luengos aos, quin Miguel de
Cervantes era, y cul su ingenio, que a revelar y enaltecer el suyo ha
bastado el libro inmortal que se intitula _El Ingenioso hidalgo don
Quijote de la Mancha_, patrimonio de gloria el ms rico y excelso que ha
podido ni podra soar la ambicin de renombre de poetas y escritores.
Pero lo que todo el mundo no sabe, son las noticias de la vida y fortuna
de nuestro hroe, que es lo que a rengln seguido va a manifestrsete
en la proporcin de la pequeez del trabajo que el que esto escribe
tiene entre manos.

Corra por los tiempos en que pasaban los sucesos que se narran, el ao
de gracia de 1571, y tena Miguel de Cervantes veinticuatro, an no
cumplidos.

Era un mozo de buena y gentil apariencia, de noble compostura, aliado
en su traje cuanto lo permita su pobreza, vivo de genio, alegre de
condicin, profundo de pensamiento, inquieto en sus deseos, descontento
de su suerte, y comunicador, porque as lo peda su naturaleza avara de
sensaciones.

Veasele tratar indistintamente con altos y bajos, con pobres y ricos,
con pcaros y honrados; pero nunca con necios, de los cuales, como todos
los hombres de ingenio, era enemigo.

Tena adems el carcter quisquilloso, y altivo y atraviliario, y era la
cosa ms fcil del mundo hacerle poner mano a la espada y meterle en un
empeo de monta y honra.

Dejbase llevar de los impulsos de su corazn o de su apetito, y de la
misma manera enamoraba a la moza de partido, que a la buscona y a la
sencilla menestrala, y a la soberbia dama, sin que ninguna de ellas
lograse saciar aquella su sed de amor que su soberano ingenio haba
menester, y que no era menos que el imposible trasunto de un arcngel
de Dios en una criatura mortal y perecedera.

El que haya ledo con reflexin ese libro sin par que se llama _Don
Quijote_, ha podido conocer cul era la idea que del amor tena
Cervantes. Burla burlando, l manifest a las gentes el sueo de su
amor, en la locura de amor por Dulcinea de don Quijote.

A compasin mueve, no aquel desdichado loco, sino Cervantes, que en l
se reflej harto de veras, con apariencias de donaire y burla; lgrimas
que no sonrisas arrancara a los que tienen alma don Quijote, y en l se
advierte que Cervantes arrojaba entre sus gracejos al mundo, que no le
comprenda, _pedazos de sus mseras entraas_.

De un sueo de amor deshecho por la fea y severa verdad, pasaba nuestro
ingenio a otro sueo de amor, que cual los anteriores, se desvaneca
como el humo, como la niebla, como esas figuras que fingen las nubes y
deshace el viento, como esas sombras que miente la noche y desvanece la
luz del da.

Almas hay tan grandes, que en el mezquino suelo no encuentran empleo
digno de ellas, y de s mismas se alimentan y en s mismas buscan el
engao a su certidumbre y el consuelo a sus pesares.

Entretena Cervantes su tiempo antes de que conociese, por desgracia o
ventura suya, a doa Guiomar, con los divertimientos y el humor alegre
que por todas partes brindaba Sevilla a los que moraban en ella, y
especialmente, con las juntas de poetas que se hacan, casa de un tal
Arquijo, hombre muy dado a las buenas letras, y donde todos los que
concurran se esforzaban por lucir su buen ingenio. Cuna de ellos y
madre, y fecunda, ha sido siempre Sevilla, no escaseando tampoco los
pintores y los escultores, y llegando a poseer glorias tan esclarecidas
como Herrera, que en tiempos de Cervantes viva, y Velzquez y Murillo,
que despus vinieron, con otros muchos, que de s han dejado
imperecedera fama.

Las salas de los tenientes de armas, y las palestrillas que en Tablada y
en el Ppulo, fuera de muros, y dentro de ellos en las plazas y lugares
ms pblicos se mantenan, eran frecuentemente visitadas por Cervantes y
sus amigos, donde nuestro ingenio luca su gran destreza, ya con espada
prieta, ya con espada y daga; all donde haba mozas de empeo, gente
alegre, decidora y maleante, msica y alegre bullicio, era cosa fcil
encontrar a nuestro Miguel, siempre dispuesto al lucimiento del ingenio,
a las locuras de la mocedad y a los percances de la ria.

Pasaba as los das tranquilo y contento, sin que nada le conturbase el
alma, nuestro mozo, hasta que una maana entre dos luces, volviendo con
otros amigos de inquietar el sueo a un cannigo, no por l, sino por
una muy hermosa sobrina suya, a la que haban dado msica, Cervantes,
que solo hacia su posada se iba, que estaba junto al postigo del Carbn,
entre este y el del Aceite, en una mala calleja y con vecindad no muy
limpia, al llegar a la puerta del patio de los Naranjos de la Catedral,
que al pie de la Giralda aparece, topose con una rica silla de manos que
conducan lacayos y resguardaban criados, y que no era otra que aquella
en que iba nuestra doa Guiomar de Cspedes y Alvarado, la llamada la
hermosa indiana, no embargante fuese hija de Sevilla.

Diole en la nariz cierto husmillo a gloria a Miguel de Cervantes, porque
de una pequea parte que vio, sac un todo de perfecciones; y fue
aquella pequea parte una mano blanqusima, enriquecida con hermosos
cintillos, que descansando iba, y por debajo de las cortinas, en la
portezuela de la silla de manos; mano de alabastro, torneada; mano que
hablaba en favor del brazo, y que, siguiendo por l, haca soar en un
cuerpo humano poco menos que divino.

Apoderose de Miguel un pensamiento de tal manera tentador, aunque l no
hubiese podido juzgar ms que de aquella mano, que le trasport a sus
ensueos amorosos, y a aquella su ansia de encontrar, una mujer en la
cual pudiesen hallar buen empleo sus aficiones de cuerpo y alma; en
resumen, aquel ngel humano que su alma haba fingido y compuesto, y que
hasta entonces haba buscado en vano.

Dio nuestro mozo en el claustro o patio de los Naranjos tras la silla,
pero recatadamente y sin dejarse sentir de los que la conducan y
resguardaban, y vio que, llegada la silla a la puerta del Perdn, all
se detena, y se abra la portezuela, y sala la dama, toda rebozada,
pero tan gallarda, que si empeado iba ya por la mano Miguel,
arrebatsele el alma a los espacios imaginarios a la vista de todo el
cuerpo, aunque le encubriese y un tanto le dificultase el cumplidsimo
manto de raja de Florencia.

Entrose en el templo doa Guiomar, sus criados con ella, y tras ellos
Cervantes, que amparndose de los altos pilares que las soberbias naves
de aquella sin par catedral sustentan, fue adelantando del uno en el
otro hasta que lleg a un punto donde pudo ver sin ser visto a doa
Guiomar, que en la capilla de San Fernando habase metido y
arrodilldose sobre la alfombrilla y el cojn que la haban puesto sus
pajes.

Creca en tanto la luz de la maana, que por las pintadas vidrieras en
el templo penetraba, y como doa Guiomar, sofocada por el calor, que le
haca, y bueno, aquella maana, sin que a templarle bastase el fresco
ambiente de la catedral, se levantase el velo, Miguel de Cervantes acab
de perderse, ganado por la peregrina y casi sobrenatural hermosura de
la hermossima indiana; y tanta codicia fue en los ojos de Miguel, que
adelant para ponerse ms cerca, y como si el alma, que se le sala por
los ojos e iba a buscar su deleite en aquella grandsima hermosura,
hubiese tenido algo de hechizo y encantamiento, doa Guiomar volvi la
cabeza, ni ms ni menos que si la hubieran llamado, y sus lucientes ojos
negros, con todo su esplendor, fueron a dar en los ya turbados ojos de
Cervantes, que se sinti en el corazn herido, y sinti miedo y escap,
huyendo por la primera vez de un enemigo; que bien puede llamarse
enemigo a aquel que, apenas visto, la voluntad nos roba y a la suya nos
somete, y nuestra libertad cambia en esclavitud ansiosa, llena de dudas
y sobresaltos; que ver lo que para nosotros es un tesoro largo tiempo
codiciado, sin tener a la par la certeza de su posesin, en espanto nos
pone, y nuestro cuidado afanoso y nuestro sobresalto causa.

Lo que por Miguel de Cervantes pasaba, pasado haba al verle, o dgase
mejor, al entreverle, y en un punto, por doa Guiomar; si la ponzoosa
saeta del amor haba herido el corazn de Cervantes, traspasado haba el
de doa Guiomar; si l haba sentido las bascas de una dulce muerte, no
menos poderosas sentalas ella, y si l ansiaba llegar a la resolucin
de aquellas sus dolorosas dudas, no menos lo ansiaba ella.

Aconteci lo mismo en tres das consecutivos: acechando Cervantes a doa
Guiomar, entrevindole ella un momento, y enamorndose ambos ms y ms a
cada vez que se entrevan, hasta que al fin Miguel, no pudiendo ya
guardar en su pecho el volcn amoroso que en l, abrasndole, se
alimentaba, junt a sus amigos, pidi le acompaasen con sus guitarras,
compuso el soneto que ya se conoce, y aquella noche se fue a cantarle
bajo los balcones de doa Guiomar, sobreviniendo por esto lo que ya se
ha relatado.

Acaso fue venturoso de la fortuna para Cervantes el que, necesitado de
salvarse de los alguaciles que le perseguan, saltase la tapia del
jardn de la casa de doa Guiomar.

Entreclara era la noche, y por lo bien cuidado del jardn, por las
estatuas que ac y all se encontraban para su adorno, y por sus bancos
y asientos de labradas, aunque en apariencia rsticas maderas los unos,
y de blandos cspedes, como formados por la naturaleza, los otros, que
al descanso y al regalo por todas partes convidaban; y por la hermosa
fuente de alabastro que en el centro se vea, con su taza que a una gran
concha se asemejaba, sostenida por delfines, en los que cabalgaban
amorcillos, y de la cual caa en claras cintas el agua, causando un
dulce ruido, que al sueo convidaba, no pudo menos de apercibirse de que
en el jardn de una casa principalsima haba entrado, y de que aquella
casa no poda ser otra que la de la nobilsima, y, sobre todo
encarecimiento, bella indiana, cuya parte principal daba a la calle de
las Sierpes.

No haba tomado medidas sobre aquella casa, ni reconocido sus linderos
Cervantes, que esta es cosa de ladrones o de alguaciles, o tal vez de
amantes desdeados que de malas trazas se amparan para el mal logro de
sus deshonestos deseos, y hacen y obran como si ladrones o alguaciles
fuesen; pero fuese que nuestro Miguel, por enamorado, por un secreto
instinto y por algunas seales, no dudosas, de favor que doa Guiomar le
haba dejado ver las pocas veces que por un momento se haban visto, y
adems, por la buena fortuna que con las mujeres hasta entonces haba
alcanzado, no hubiese temido desdenes, y en reconocimientos de lugares
flacos por donde entrar, como por asalto y sorpresa, en la casa de la
seora de su alma, ni aun haba pensado.

Alegrsele, empero, el alma cuando, tan sin traicin y tan obligado,
dentro se vio de aquel jardn, por el cual, y por alguna comunicacin
que acaso encontrara fcil, podra llegar hasta las plantas de aquella
que tan sin alma le tena, y sorprenderla tal vez melanclica y
pensativa a impulsos del encendido amor en que l anhelaba ardiese; y
sin ms detenerse, hollando silenciosamente la blanca y menuda arena,
que entre flores y plantas formaba calles y laberintos, fue a dar en un
corredor cubierto de enredaderas, y como all hiciese oscuro, prosigui
a tientas, y a poco hall a diestra mano una escalera, al cabo de la
cual, y no a mucha altura, dio en un corredor, que le llev derechamente
a una mampara, y abrindola hallose ms a oscuras que antes; pero por la
luz que se dejaba ver en unos como resquicios de puerta, yendo a ella
abriola recatadamente, y quedose como extasiado y suspenso, que en un
rico camarn, sentada, de espaldas a l, delante, de un espejo de
Venecia, descubri a doa Guiomar, que, con el tesoro de sus dorados
cabellos se entretena.

Batale el corazn a nuestro mancebo, y no saba si paraso de su
ventura era aquel a cuya puerta se encontraba, o triste lugar donde del
vuelo de sus amorosas ilusiones cayese en el negro abismo de un mortal
desengao; y como la blanca estera de palma, ricamente labrada y
matizada con vivos y bien contrapuestos colores, le convidase a llegar
sin ruido adonde ella estaba, llegose hasta tocarla casi, y viola,
copiada por el espejo, con la mirada absorta, y triste y melanclica, y
tan pensativa de amor, y de un tal amor y tan del alma, y tan encendido,
que l no pudo dudar de que a efectos de la poco antes pasada msica
nacan aquellas imaginaciones amorosas que en los lucientes ojos de doa
Guiomar tan al vivo se representaban, y parecindole a Miguel, o ms
bien sintiendo que no una criatura mortal y perecedera contemplaba,
cuya beldad haba de perderse en la edad o en la muerte, sino una
divinidad inmortal, trasunto de todas las bellezas que el alma puede
fingir en lo no conocido, aunque esperado, ardisele el alma,
desmaysele el cuerpo, y como quien adora arrodillose, y sin ser
poderoso a otra cosa, convidndole la una mano de doa Guiomar, asiola
como se dijo y besola, siendo este el principio de lo que ya se ha
relatado, hasta el punto en que nuestro Miguel escribi la carta que
Florela encontr en el aposento, donde no a reposar, sino a que soase
locuras por su venturoso amor, le haba llevado.

Y en efecto, para perder el juicio era lo que a Cervantes le aconteca;
que por ms que l hubiese confiado en su hasta entonces buena fortuna
con las mujeres; por ms que grato asombro y anhelo hubiese visto en las
miradas y en el semblante de doa Guiomar, cuando pasajeramente se la
haba aparecido, habale puesto en grandes cuidados y confusiones el
considerar que una dama tan principal y tan rica, como doa Guiomar lo
pareca, y tan celestialmente hermosa, y tan en el tiempo, por su lozana
juventud, de los amorosos y soados deseos, tener deba quien la
sirviese y enamorase, y tal vez tratado de casar con ella estuviese,
mxime viviendo en la populosa y opulenta Sevilla, patria y asiento de
tanto rico, noble y galn caballero; all donde todo, el cielo y la
tierra, el sol ardiente y la hermosura y la frondosidad de los rboles,
y las limpias aguas, a amar convidan.

Estos pensamientos habanle entristecido el alma, y hecho de su amor,
ms que una pasin de los sentidos, un deliquio celeste que le
trasportaba y le haca sentir la gloria, vislumbrada en la tierra antes
que el fenecimiento de su cuerpo hubiese permitido a su alma volar a los
espacios empreos.

Asombrbase Miguel de esta trasmutacin que en s senta, que l hasta
entonces de tal manera no haba amado, ni aun credo pudiese ser el
amor.

Y aconteciole que crey que con la vida de doa Guiomar viva, que con
sus alegras se alegraba, que se entristeca con sus tristezas, que
suyos eran sus anhelos y sus cuidados, y que, en resumen, de sus dos
almas una sola alma habase hecho, unido y juntado, de tal manera, que
ni aun la muerte poda partirla; y odio sinti hacia aquel eterno
perseguidor y siniestro enemigo que en don Baltasar de Peralta doa
Guiomar tena, y que de tal manera haba sido la sentencia y el destino
de su vida, obligndola a encerrarse y a no mostrarse fuera de su casa
sino bajo el amparo de la santidad del templo; y aun as acompaada y
guardada por bravos a sueldo, armados hasta los dientes; y como
Cervantes era mal sufridor de amenazas, y necesitaba muy pequea causa
para poner mano a la espada y cerrar a cuchilladas, siquiera fuese con
una legin de diablos, punzole ms de lo que era menester para llevarle
a una determinacin aquel perseguimiento que doa Guiomar sufra, y
aquel perpetuo peligro que la amenazaba; y como yendo y viniendo en
estos pensamientos la blanca aurora se hubiese anunciado ya en las
vidrieras de la cmara donde Florela le haba encerrado, fue a la
ventana y abriola, y hallose con que daba sobre una plazoleja por la que
nadie pasaba, y reconociendo ms, hall que bajo la ventana haba una
reja de cuerpo entero, que poda servirle de escala; visto lo cual, y no
queriendo desaparecer sin saladar a doa Guiomar, y sin empear con ella
una cita para la siguiente noche, sac de debajo de su coleto de mbar
de soldado, un cauto de hojalata, donde un tintero de cuerno (con
perdn sea dicho) con un enrollado papel en blanco guardaba, y
sacndolos, escribi la carta que Florela hall, y que doa Guiomar ley
toda congoja y sobresaltos; hecho lo cual, y guardado el tintero en el
cauto, y este en la parte de adentro del coleto, ciose su espada y sus
pistoletes, que para buscar un reposo que no haba hallado habase
desceido, calose el chapeo al soslayo, que as, sin ser matn, le
llevaba por hbito, terciose la capa, fuese a la ventana, echose fuera,
puso en el coronamiento de la reja los pies, y deslizose al suelo y
alejose, volviendo antes de doblar la esquina la cabeza, para mirar a la
abierta ventana por donde, dejndose dentro la mitad del alma, haba
sacado la otra mitad doliente con el dolorido cuerpo; y exhalando
hondsimos suspiros, tom la marcha a gran paso y sin saber adnde; pero
acordose a poco de que ir poda a buscar a un bachiller su amigo, que en
la pasada ronda le haba acompaado, y al que, si no haba sido preso
por lo de las cuchilladas con la justicia, hallara en casa de una su
amiga buscona con ribetes de dama, y que no muy lejos junto a la iglesia
y plaza del Salvador viva.




VIII

En que se relata una aventura que le sali al pavo a Cervantes,
cuando a las aventuras de sus amores iba.


Era este bachiller un valiente sujeto, con atrevimientos de poeta y
realidades de bravo, y lo que mejor tena y le haca en ocasiones til y
necesario, era que se saba de memoria la vida y milagros, y la
habitacin y las costumbres, y hasta lo mnimo de los que en Sevilla y
en sus alrededores vivan y algo valan. A este bachiller Carrascosa,
que as se llamaba, iba a agarrarse nuestro Miguel, si era, se repite,
que no le haba agarrado la justicia, a fin de que dnde iba y dnde
viva le dijese, aquel irreconciliable enemigo de amor de su bella
indiana; y ya apretaba los dientes y crispaba el puo Cervantes, ante l
creyndose en algn apartado sitio donde le llevase, y a sus pies le
viese ensangrentado y muerto de alguna buena estocada, y a su doa
Guiomar alegre y tranquila al verse libre de aquella su pavorosa y
eterna pesadilla; y con estas imaginaciones, y sin pensar en las cuentas
en que con la justicia iba a meterse tan sin vacilacin ni empacho,
base embraveciendo Miguel, y creca tanto en su pecho su amorosa llama,
que harto claros indicios de ello daban la brava y siniestra mirada de
sus ojos, y el ardoroso aliento que de su pecho sala.

Y al mismo tiempo versos improvisaba, de los cuales el sujeto era ni
cmo poda ser otro? aquella adorada hermosa; y tal vez por un
enternecimiento de amor expresado en un concepto potico que en su
imaginacin naca y mora, asomaba una lgrima a sus ojos, que de bravos
se tornaban en enamorados.

Yendo as por las desiertas calles, desiertas a causa de lo temprano de
la hora, en que los rondadores han dejado ya la reja o la esquina, donde
su amor han libado, o donde el rigor de su mala ventura han sufrido;
cuando an el perezoso sueo en el lecho retiene sabrosamente a todo el
mondo antes de la tarea cotidiana, de repente le sorprendieron unos
tristes ayes que al doblar una calleja le alcanzaron, y mirando al lugar
de donde aquellos venan, vio que hacia l delantaban cuatro hermanos de
la cofrada de la Paz y Caridad, que sobre sus hombros, en un medio
atad, llevaban el cuerpo difunto de una mujer, que para sus desposorios
con la muerte haba sido vestida con el humilde hbito de San Francisco,
y detrs vena, abatida la cabeza, mal cubierta con un manto de usada
sarga y humildemente vestida, una mujer, que era la que los
inarticulados ayes daba.

Deshacase en lgrimas la triste, y Cervantes no poda ver si era joven
o vieja, porque a ms del manto que su cabeza cubra, caanla sueltas
sobre el semblante dos grandes y pesadas crenchas de negrsimos
cabellos; pero reparando bien, y Cervantes repar, porque tena el alma
viva y potente, y aunque la embargase un cuidado, perspicacia hallaba y
reflexin y fijeza para lo que ante l de sbito apareca, sacbase en
claro, que joven y hermosa deba ser, porque unos tales, tan ricos y tan
sedosos cabellos, parte eran de una hermosura, y demostracin de
juventud, y Dios no da comnmente de una hermosura una parte, sin dar
tambin las otras partes que a un hermoso todo contribuyen.

Un perro viejo y lanudo, cabizbajo y triste, torpe y cansado, de los que
se llamaban ingleses de muestra, y que para la caza son muy estimados, a
la doliente mujer segua, mostrando, cuanto en un irracional puede
mostrarse, un dolor que tena mucho de humano.

El acompasado andar de los cofrades, el gesto de la dolorosa agona que
an en el rostro de la muerta se mostraba, vislumbres de belleza que, a
pesar de los aos y de la muerte, an en ella aparecan, el desconsuelo
de la mujer que tras la difunta iba, su msera apariencia, y el perro
que lentamente y con el hocico pegado al suelo en pos e inmediatamente
iba, todo esto, cayendo como un chubasco de dolores sobre el alma
compasiva de Miguel de Cervantes, hicieron que el paso tuviese, y que al
pasar el lgubre cortejo, con la una mano derribase el chapeo y con la
otra se persignase; y an no haba acabado el padre nuestro, ni llegado
a la mitad, cuando volviendo a calarse el sombrero, dej el camino que
llevaba y tras el pobre entierro fuese, acabando de rezar su oracin y
el alma entristecida por un doloroso presentimiento; que no era para l
buen augurio, cuando iba pensando en sus amores y en los medios de
librar a su doa Guiomar de sus congojas, con una desgracia tal haberse
encontrado; y as, los cuatro hermanos conduciendo en paso lento el
cuerpo muerto, y la mujer sin cesar en sus dolientes ayes detrs, y
luego el perro, y a buena distancia Cervantes, siguieron hasta llegar a
la puerta de la iglesia de San Salvador, cuya campana taa a misa de
alba, y en la cancela del templo detuvironse los cofrades, dejando el
medio atad en tierra, y la mujer doliente se arrodill en las gradas
del prtico, y el perro se alleg a la difunta y la lami el semblante;
en tanto uno de los cofrades entrose por uno de los lados de la cancela,
y a poco se abrieron las dos hojas de en medio, y el cofrade que las
haba abierto volvi a su sitio y a los pies del atad, y l y los otros
tres le alzaron de nuevo, y ellos y la mujer y el perro en la iglesia
entraron, y Cervantes tambin, pero quedose bajo el coro, a la sombra de
un pilar, sumido ms que nunca en sus amorosos y lgubres pensamientos,
ya mezclados y entristecidos por aquella mala aventura con que se haba
tropezado, y cuidadoso por la influencia que sobre l y sus cosas poda
tener aquel encuentro; y ocurrisele que tal vez Dios le haba puesto
delante la muerte para advertirle y retraerle de los malos propsitos
con que iba a tomar lenguas de un hombre para matarle; y ponasele por
delante, que por mucha razn que l encontrase en su amor, y en la
persecucin y en la desgracia que doa Guiomar sufra por don Baltasar
de Peralta, aquella razn no era bastante, ni tenala jams un hombre,
para destruir una criatura que l no haba criado ni poda criar; y
acometale un tumulto de dudas y confusiones, que de una parte le
embravea la airada y pertinaz malevolencia contra la diosa de su amor,
de su enemigo, y de otra se le vena poderosa a la memoria, y conmova
su alma cristiana, la divina palabra de nuestro Redentor Jesucristo,
que haba predicado el perdn al enemigo y el amor al prjimo.

En tanto, los cofrades haban sacado un tapiz negro, que haban
extendido en el crucero, y sobre l haban puesto a la difunta, y a las
esquinas del tapiz cuatro candeleros deslustrados, con unos trozos
desiguales de amarillo cirio; y a un lado se haba arrodillado la mujer,
y junto a ella habase echado el perro con el hocico entre las patas, y
entrdose haban los hermanos de la Caridad en la sacrista.

Algunos fieles madrugadores haban entrado en la iglesia y arrodilldose
ac y all; haba sonado el tercer toque de misa, y a poco sali al
altar un celebrante con casulla de _rquiem_; y rezada que fue la misa y
cantado el responso, el celebrante entrose en la sacrista, y salieron
otra vez los hermanos de la Paz y Caridad, con la difunta cargaron, y
seguidos de la mujer y el perro salieron de la iglesia.

Siguiolos Cervantes, y con l algunos de los piadosos fieles, y vio que
el entierro se entraba por las puertas del cementerio, y entrndose l
tambin, pasando por entre las tumbas sobre el csped sembrado de
blancos huesos, que gran descuido haba entonces en los cementerios,
lleg con las otras personas caritativas a un negro rincn en la umbra,
donde una profunda sepultura se vea abierta; y all pareci de nuevo el
sacerdote, y asistan los sepultureros, y se cant el ltimo responso,
y quitada la difunta del medio atad, lo que deca harto claro la gran
pobreza de la mujer superviviente, que hasta el borde de la hoya haba
llegado, en ella fue puesta por los cofrades; y acreciendo entonces los
ayes dolorosos de la mujer, dio a los hermanos un paizuelo para que
sobre el rostro de la finada le pusiesen, y habindola dado la pala con
algo de tierra, un sepulturero, la arroj sobre el cadver temblorosa, y
en el mismo punto de las desfallecidas manos fusele la pala, y dando
una gran voz de dolor desmayose, y por tierra cayera, si Cervantes, que
como a impulso de un poder incontrastable se haba llegado, en sus
brazos no la sostuviera.

Acudieron las personas caritativas que al enterramiento haban venido a
una fuente que en el cementerio haba, y trajeron agua, y para rociar
con ella el semblante a la desmayada se lo descubrieron, y entonces
apareci la ms peregrina hermosura que poda imaginarse; pero flaca,
como si largo tiempo hubiese sido maltratada por la dura e impa mano de
la miseria, y tan plida, que no pareca sino otro cuerpo difunto al que
hubiese de darse sepultura.

Abrironsele a Cervantes las entraas, alborotsele el corazn, espanto
le cogi el alma, porque pareciole que algo que no poda comprender, a
aquella desmayada beldad le atraa.

Y aquello no era amor, que resplandeciente y soberana, sin dejar lugar a
otros amores, su alma llenaba la divina imagen de doa Guiomar; ni era
compasin tampoco, por ms que de ella estuviese lleno lo que por la
desmayada hermosura senta; y en fin, no poda explicarse aquella nueva
pasin, tan no conocida de l, que de l se apoderaba.

Dio, en fin, muestra de que en s volva la desmayada con un
dolorossimo suspiro; abri los ojos, y como por acaso al abrirlos
encontrase los ojos de Miguel en ella fijos, con un compasivo y tierno
espanto, y sintindose en sus brazos, estremeciose, y esforzndose lleg
a ponerse de pie, pero tan dbil, que en el brazo de Cervantes hubo de
apoyarse, quedando abatida y doblegada.

Gente pobre era, que los pobres son los que ms madrugan, la que al
entierro haba acudido, y viendo que la hermosa joven necesitada de
socorro, y aun de alguna caritativa limosna pareca, furonse
esquivando, que la pobreza tiene an este dolor, que no puede seguir los
impulsos de su caridad; y habanse ido cura y monaguillo, y con ellos
los cofrades, y cubierta ya la huesa, dose haban tambin los
sepultureros, y solos en su solo cabo, con su dolor y su conmiseracin,
habanse quedado la desconocida joven y Cervantes, y junto a ellos el
perro con el hocico siempre pegado a la tierra.

--Decirme habis, seora,--exclam Cervantes con la voz trmula,--en qu
puedo yo ampararos y serviros; que bien creo, a lo que parece, que nia
y pobre, sola y sin amparo en el mundo os habis quedado.

--Dios me conceder en su gran misericordia,--contest ella,--la merced
de no tenerme mucho tiempo apartada de la adorada madre ma; y Dios oiga
mi perdn al de endurecidas entraas, y mal cristiano y mal caballero,
que a tal desesperado punto de extrema desventura nos ha trado; que
ella a su duro rigor resistir no pudo, y yo en la ms desdichada de las
orfandades me encuentro.

--No ha de decirse,--exclam Cervantes,--que habindoos yo en un tan
duro trance hallado, sola y hurfana quedis en el mundo; en m tenis
un hermano, seora, y muy recia cosa ser, que siendo yo quien soy, y
con el aliento que Dios ha querido darme, no encuentre modo, si no de
consolaros, de ampararos al menos; y asos bien a mi brazo y teneos
firme, que a, vuestra casa vamos.

--Soledad, y negrura, y miseria, que no otra cosa en mi casa
hallaramos; y a ms que como en ella no queda ms para mi que la
memoria de mis acerbas desventuras, cuando con mi madre dejela, la llave
dej al casero.

Requiri su bolsa Cervantes, y hallose con que slo tena en ella tres
reales sencillos y cinco cuartos con tres maravedises segovianos, que la
pobreza era en l cosa continua, y las pagas del ejrcito no andaban
tan prestas como hubiera sido menester.

Lo ruin de su hacienda puso en confusiones a nuestro mozo, que no saba
qu hacer con aquella criatura que la desgracia le haba deparado y que
por su buen corazn haba acogido; llevarla a una posada ser no poda,
que las posadas estaban de ordinario llenas de gente mala y licenciosa,
y ms entonces, que por la empresa que se preparaba contra el turco,
haba en Sevilla cuatro banderas de infantera, a las que alistados los
unos por su amor a las armas y por lo grande del propsito, otros por su
necesidad, y muchos por tener la inmunidad de bandera para escapar de
las garras de la justicia por desaguisados que haban cometido, acudan
a centenares soldados, que se desbandaban por la ciudad y llenaban los
mesones y las hospederas, gastando alegremente el dinero que se les
daba de enganche; herva, otros, Sevilla de marinera y gente de leva
de las galeras que en el Guadalquivir estaban para embarcar la gente que
se reclutase, y no poda llevarse a cualquier parte, y dejarla sola, a
una doncella tal como Margarita, cuya hermosura era bastante, no ya para
excitar a soldado aventurero o galeote dejado de la mano de Dios, sino
al mismo anacoreta San Antonio el del yermo.

Pues llevarla a su casa Cervantes, no poda ser, que l viva con tres
camaradas, el mejor de los cuales no le hubiera querido el diablo por
empeo, y hubiera sido como meter una paloma en un nido de gavilanes.

Urga adems antes que todo, acudir al desfallecimiento en que Margarita
se encontraba, y que era tal, que apenas si la pobre joven poda dar un
paso, y colgada iba del brazo de Miguel, y arrastrada y llevada por l,
que no andando.

Hambre pareca tener la triste de das, y tal vez hambre haba sido la
enfermedad de su madre.




IX

De como lo que no poda amparar Cervantes vino a ampararlo doa
Guiomar.


Tropezbase por entonces en Sevilla a cada paso con una opulenta
hostera, lugar de morada, de pasatiempo y placeres de la gente alegre,
noble y rica, pero olales el resuello a las ms a una legua a caresta,
y no era la menguada bolsa de Miguel la que poda atreverse con ninguna
de ellas, ni aun con la ms humilde; no haba que pasar de bodegn, y
aun as, cuidando no fuera de aquellos que se daban tufos de hostera, y
acordndose del de la ta _Zarandaja_, que en una revuelta de la calle
de las Sierpes estaba, y al que poda llegarse sin pasar por delante de
la casa de la bella indiana, a l se fue, y en ella dio al fin a punto
que el sol asomaba por el Oriente, y la ta _Zarandaja_, que ya para el
despacho haba, abierto, a la puerta se encontraba departiendo con
algunas vecinas de los sucesos de la noche, que a la vecindad haban
alborotado, y que haban tenido por remate el que la Inquisicin
prendiese al seor _Vivis-mil-aos_, cosa que pona espanto en aquellas
buenas comadres, la que ms y la que menos parienta prxima, y hermana
en el diablo, por brujas, del preso; y por aquello de que cuando las
barbas de tu vecino veas pelar echa las tuyas en remojo, todas aquellas
valientes hembras andaban desasosegadas y en corrillos por las puertas,
que no era sola la del bodegn de la ta _Zarandaja_ la en que se las
vea.

--Algo que sea bueno y confortativo, buena madre,--dijo Cervantes
entrndose por el bodegn,--habis de darme para esta pobre joven, que
harto doliente se encuentra; y sea esto pronto, y empiece por una buena
taza de caldo que tenga por mitad del generoso trasaejo de Montilla.

--Medio muerta trela vuesa merced, seor soldado,--dijo la ta
_Zarandaja_, mirando con el rabo del un ojo a Margarita, y guiando con
el rabo del otro a las vecinas que con ella estaban a la puerta;--y con
slo haberla metido en mi casa, a la vida la ha tornado; y ya se ver
cuando saliere, si es la misma que cuando entr.

Y entrose la ta _Zarandaja_, y fuese a las hornillas, y sentronse a un
lado, y en el cabo de una larga mesa, Miguel y Margarita, l pensativo,
ella triste y abatida; cuando hete aqu que se present, a la puerta, y
en ella se detuvo, y adentro mir con curiosidad y atencin, y su mirada
se detuvo, penetrante y grave en nuestro Miguel, una extraa persona.

Reparola Cervantes, y en ella con curiosidad y aun con cuidado se
fijaron sus ojos. Era la tal persona ni alta ni baja, airosa, aunque
pareca pretender apariencias de desgarbo y desmayo, y ms aos de los
que pesaban sobre sus huesos; era su traje negro de tercianela, con
botones dorados en la ropilla, gorguera larga de puntas lacias, peluca
rubia de guedejas desmadejadas, paizuelo blanco y rosario con medallas
pendientes de la pretina, medias calzas negras, zapatos con grandes
lazos, y gorra asimismo de tercianela; un rodrign, en fin, en el traje,
pero slo en la apariencia, que quera ser de viejo, sin conseguirlo;
que el vigor de la juventud se patentiza a s mismo, por mucho que
quiera encubrrsele, y no eran aquellas redondas, carnosas, finas y bien
contornadas piernas de sexagenario, ni aquellos pies diminutos, a
despecho de los gruesos zapatones; ni casaban bien con aquella frente
despejada, serena y tersa, las descomunales narices bermejas y speras
que bajo ella nacan: a disfraz trascenda todo el pergeo del rodrign,
y por mujer bella y joven, que para algo que la importaba habase
disfrazado, tvola Cervantes; y como ella creciese en la atencin con
que le miraba, pasando sus ojos de l a Margarita y de Margarita a l,
en ms cuidado se puso, y acab por convencerse de que el fingido
rodrign no era otra cosa que una muy apuesta y gentil moza, que en vano
con todos aquellos trebejos y nariz postiza haba cargado, y antojsele
que tal vez aquello tena que ver algo, y aun mucho, con su adorada doa
Guiomar; y no se engaaba, porque el rodrign fingido no era sino
Florela, que con las ropas del rodrign Garca haba procurado
encubrirse, aadiendo unas narices de pasta que en otro tiempo haba
usado ella para una mogiganga, y que haba guardado.

Era el caso que, como ya se dijo, doa Guiomar, toda cuidadosa por la
extraa partida de Cervantes y por la carta que la haba dejado, haba
encargado a Florela se disfrazase y le buscase, para impedir una
desgracia que doa Guiomar recelaba, si su enamorado buscaba a don
Baltasar de Peralta y le encontraba; y Florela no haba podido
disfrazarse tan pronto, y repasar y adovar las narices y la peluca, para
que al efecto la sirviesen, sin que pasase tiempo bastante para que
sucediese lo que ya se ha relatado, desde que Cervantes escap, hasta
que con Margarita entr en el bodegn de la ta _Zarandaja_; acasos hay
que parecen providencias, y a veces providencias no son, sino artimaas
del diablo para enredar ms las cosas; y as sucedi en esta ocasin,
porque habindose ido Florela a casa de la ta _Zarandaja_ a tomar
lenguas, por si poda descubrir algo (que ella conoca a la ta
_Zarandaja_, porque la haba vendido no s qu brevajes, medicinas y
hechizos, contra un mozo de cuadra, o dgase palafrenero, de la misma
servidumbre de la indiana, para meterle en amores, y por este
conocimiento a buscarla iba; que ella tal vez podra darle indicios, y
buscarle quien la aconsejara, acompaara y guiara), como vio a Cervantes
con Margarita casa de la ta _Zarandaja_, conociole, y alterose toda, y
no supo qu hacerse; y cuando Cervantes sospech, ponindose en lo
cierto, que aquella mujer disfrazada que tan atentamente le miraba,
poda ser muy bien una criada de doa Guiomar, a quien sta hubiera
mandado le buscase, levantose y se encamin a ella para preguntarla.
Florela, que por haber hallado con otra mujer joven y bella a Cervantes,
no saba qu hacerse, poseda de un miedo sbito, echose fuera de la
puerta del bodegn al ver que Cervantes se levantaba y para ella se iba,
y diose a correr, y doblando una prxima esquina, metiose por la
callejuela a que daban las tapias del jardn de la casa de su seora, y
lleg al postigo por donde haba salido, y del cual tena llave, y
entr, y no se crey segura hasta que torn a cerrar, poniendo aquel
reparo entre ella y Cervantes, que la haba perseguido.

Creerla no quera doa Guiomar, cuando la oy decir que a Cervantes
haba encontrado en un tan no decente lugar como el bodegn de la ta
_Zarandaja_, y en compaa de una hermossima joven en hbito de miseria
y de enfermedad; pero como Florela lo afirmase y la dijese que ella
misma por sus propios ojos podra convencerse si la siguiese, perdida
toda prudencia y todo miramiento la hermosa indiana, arrebatada por la
locura de sus celos, que no lo seran si hasta la locura no llegasen,
amontonose, y a salga lo que saliere, y sin importrsele nada de otra
cosa que no fuese su amor, que en tan dolorosos cuidados y tan mortales
ansias la pona, hizo que sin dilacin Florela la prendiese un manto, y
en el momento con ella saliose por el jardn y el postigo, y se fue a
dar con toda su nobleza, toda su altivez, toda su riqueza y toda su
hermosura, en el bodegn de la ta _Zarandaja_, en donde se entr de
rondn y como si hubiese ido a buscar all lo que ms que la vida y la
honra la importase.

Olor de gloria diole en los vientos (que ella tena algo de podenca, y
aun pudiera decirse que de vulpeja) a la ta _Zarandaja_, al ver entrar
tan reciamente en su casa a una tan principalsima dama; y reconociola,
aunque no la haba visto sino una sola vez y de refiln, desde las
ventanas del tinglado o casa del rapista, en su jardn; alegrsela el
alma toda, porque oli aventura, y vio celos, y conoci que de quien la
enamorada indiana estaba celosa era de aquel gentil soldado que en su
casa estaba con la hermosa y doliente joven.

Perseguido haba Cervantes a Florela sin poder cogerla, por la rapidez
de su fuga y la delantera que le llevaba, y habase vuelto cuando
Florela se haba puesto a salvo por el postigo, entrndose por el cual,
haba certificado a Cervantes de que no se haba engaado cuando haba
supuesto que aquella mujer disfrazada era una criada de doa Guiomar,
que la haba enviado para que le buscase; lo cual haba sido para
nuestro mozo un gran contentamiento y una ardorossima esperanza de su
amor; que cuando ella a tales cosas se arrojaba por l, no poda ser
menos sino que le adoraba; y cuando ya al lado de Margarita, que tomaba
la escudilla de caldo con vino generoso que la ta _Zarandaja_ la haba
llevado, vio que doa Guiomar se meta por el bodegn como fuera de s,
y en l reparaba, y se detena sobresaltada, tuvo por cierta su ventura,
y levantose y hacia doa Guiomar se fue todo cortesana y rendimiento.

Pero ella, antes que l llegase, con voz airada y trmula le dijo:

--Qu queris? A d vens? Qu buscis? En dnde nos hemos visto, ni
qu empeos tenemos, ni qu palabras entre nosotros han mediado, ni
cmo ni cundo, en fin, y esto basta, nos hemos conocido, para que as
os acerquis a m, como si para ello tuvieseis autoridad y razn
bastante? Volveos al lado de quien estbais, y dejad a los dems que a
sus negocios vayan, que otra cosa no os importa, ni yo he de permitirlo.

Oyendo estuvo Cervantes estas palabras en silencio, el sombrero en la
mano, el amor en los ojos y la sonrisa en los labios; y atentas
estuvieron tambin a aquellas palabras, Margarita asombrada y la ta
_Zarandaja_ alegre.

--Ingrato sera yo para con Dios,--dijo Cervantes,--si no le bendijese
por haberme trado al mundo para este momento de suprema ventura, seora
ma; y rugoos que os soseguis y me escuchis, que cuando me hubiereis
odo, bien s yo que razones hayaris en lo que veis y os enoja, ms
para estimarme que para reprenderme y despreciarme; y porque este no es
lugar decente para vos, dejadme os ruego que a algn aposento de esta
casa pasemos, donde en compaa de esta doncella, con la cual me habis
encontrado, me oigis, y la oigis a ella, y sepis que no traidor para
con vos he sido, sino compasivo y cristiano para con una gran
desventura, con la cual, para ventura ma a lo que presumo, me he
encontrado.

--No ha de ser aqu donde yo os oiga,--dijo doa Guiomar,--y donde a esa
sinventura deje; que ya que vos decs, y yo quiero creerlo, que como
hidalgo y cristiano la habis amparado, ampararla quiero yo, que mejor
podr hacerlo y ms honestamente, dado que mujer soy y viuda. Y no se
hable ms de esto, y vngase conmigo esa doncella y con mi rodrign, y
vos id luego, que ya sabis dnde est la puerta principal de mi casa.

Con asombro haba visto todo lo que haba sucedido desde que en el
bodegn entr la hermosa indiana, la no menos hermosa Margarita, y con
un mayor asombro oy aquellas palabras; y como con la clera se le
hubiese descompuesto el manto a doa Guiomar, y dejdola al descubierto
la incomparable cabeza con aquella su dorada corona de riqusimos
cabellos, al ver tanta beldad, y el rubor que por hallarse all, y hasta
tal punto haber llegado, la encenda el pursimo semblante, aficionose a
ella, y tvola por buena, y a ms por gran seora, que no mostraba menos
por su continente y su atavo doa Guiomar, y levantndose a ella fuese,
y asindola una mano, con voz desfallecida por la enfermedad y por el
sentimiento, la dijo:

--Amparada he sido, y tan generosa y noblemente como pudiera serlo, por
este caballero con el cual me habis hallado; y pues tambin le
conocis, seora, como se muestra por lo que con l hablado habis, sin
duda habis tambin conocido cunta debe haber sido y ser la desventura
en que me ha encontrado; y porque acepto el amparo que me ofrecis y
porque sepis mis desdichas, a vos me acojo y a vuestra casa os sigo.

Y con esto, dndola el brazo doa Guiomar, para que en l se sostuviese,
salieron seguidas de Florela, y al postigo del jardn se encaminaron, y
por l entraron en la casa.




X

De como Cervantes encontr casa de la ta Zarandaja ms de lo que
haba querido buscar.


Suspenso quedose Miguel de Cervantes, cuando hubieron desaparecido doa
Guiomar, Margarita y Florela.

Amor, celos y rendimiento, hasta tocar en los lmites de la locura,
haba visto en su bella indiana; que si ella no hubiese estado enamorada
hasta volverse loca por l, ni en su busca hubiera enviado disfrazada a
su doncella, ni a buscarle hubiera ido a un lugar tan indigno de ella
como el bodegn de la ta _Zarandaja_, ni con tan celoso ahnco all le
hubiera hablado, ni con tan cuidadoso recelo se hubiera llevado consigo
a la hermosa Margarita; que para nuestro mancebo era cosa manifiesta,
que ms por separarla de l se la haba llevado que por caridad, puesto
que ella fuese de condicin tierna y caritativa. Contento estaba
Cervantes con su buena aventura, que tan en claro le haba puesto el
encendido amor en que por l arda doa Guiomar, y parecale que ya su
vida y su alma haban encontrado buen empleo, y la codicia de ver de
nuevo a doa Guiomar le aquejaba, y de gozar otra vez de sus ardientes
miradas, de las que para l se la salan del alma; pero tema, si iba,
no le obligase ella con juramento a que nada intentase contra aquel
enemigo de sus padres y suyo, que de tal modo haba perseguido a su
madre y a ella la persegua. Aborreca ya a aquel hombre Cervantes, y
por nada del mundo hubiera querido obligarse a no pedirle razn
cumplida, espada contra espada, de todas las desgracias que haba
causado a la madre de doa Guiomar y a ella misma; y por esto, y aunque
arda en deseos de tener cuanto antes presentes las perfecciones y los
encantos de su bien amada, detenase, y pensaba en que tal vez sera
mejor ir a buscar a aquel bachiller Carrascosa, su amigo, porque conoca
a todo el mundo en Sevilla, y deba conocer a don Baltasar de Peralta, y
preguntarle cul fuese su morada, e ir a buscarle y provocarle de tal
manera, que no pudiese dejar de ponerle en la ocasin de matarle. Y
estando en estas vacilaciones Cervantes, entre si acudira en el momento
a la casa de la hermosa indiana, o ira, para lo que se ha dicho, a
buscar a su amigo el bachiller Carrascosa, entrose en el fign un
hombre alto, con el sombrero de alas gachas echado sobre los ojos,
subido hasta el sombrero el embozo de su larga capa, con botas altas de
gamuza y larga espada, que bajo la capa se mostraba.

Pareciole a Cervantes que, adems de lo abatido del sombrero y lo subido
del embozo, llevaba aquel hombre antifaz; y prevnole contra l, el ver
que, cuando junto a l pas le mir como con recelo, y yndose a una
puertecilla que all en lo ltimo del bodegn se vea, hizo sea a la
ta _Zarandaja_ de que fuese, y entrose por la puertecilla, y a ella se
fue la ta _Zarandaja_, y cuando se hubo entrado por ella cerrola,
quedndose solo en la primera parte, o dgase en la parte pblica del
fign, Cervantes con una moza como hasta de veinticinco aos,
cariredonda, rubicunda y sucia, que a la ta _Zarandaja_ servia.

Llamola Cervantes, diola un real sencillo para que hiciese boca (su
pobreza no le consenta ser ms largo en la ddiva), y tenindola ya por
suya (que ella era tal, que con un real sencillo se conoca bien
apreciada), preguntola quin fuese aquel, que, aunque encubierto, por su
soberbia y su talante pareca caballero, y de los principales.

Djole ella que aquel seor era uno de los a quien su ama serva; y
preguntndola Cervantes cules fueran estos servicios, ella le nombr
una cfila de ellos tal, que sin ms informacin quedaron hechas todas
las alabanzas, y representados todos los mritos de la ta _Zarandaja_,
y que eran tales, que si la Inquisicin o la justicia ordinaria los
hubieran sabido, no los hubieran premiado con menos que con quemarla
viva, o enrodarla y descuartizarla; en lo tocante al seor que acababa
con la ta _Zarandaja_ de encerrarse, dijo la moza que su ama le traa
engaado, chupndole los dineros con la promesa de embrujar y hechizar,
para que le amase, a aquella misma seora que viva en la vecindad, y
que poco antes haba estado all. Con estas noticias crey conveniente
Cervantes dejar por el momento el campo, y volver cuando el encubierto
del fign hubiese salido, y para saber cundo esto sucediese, fue a
esconderse detrs de un poste de un soportal que en una rinconada frente
del fign haba. Pas bien media hora antes de que el embozado saliese,
y cuando Cervantes le hubo visto, metiose por una callejuela inmediata,
volviose al fign, y psose delante de la ta _Zarandaja_, que se turb,
y por encubrir su turbacin le dijo:

--Bien se os conoce que sois honrado, y que tenis conciencia, y que no
habis querido dejar de pagarme la buena taza de caldo con vino
trasaejo de Montilla, que se tom aquella desventurada doncella con
quien primero vinisteis.

--Pues si de conciencia entendis,--dijo Cervantes,--llevadme adonde a
solas podis decirme lo que con vos habl, buena madre, ese caballero
embozado con quien os encerrasteis no ha mucho.

--Ah, seor soldado!--dijo la ta _Zarandaja_, ms conforme que
antes,--que ese caballero es un menesteroso que me busca para que yo le
remedie; como si yo fuese una santa que pudiese hacer milagros.

--Y un milagro es lo que ese seor ha menester?--dijo Cervantes.

--Y tan milagro, que sera ms fcil resucitar a un muerto. Pero ya,
seor hidalgo, que yo he visto que sois tan amigo de la seora doa
Guiomar, hablaros quiero, y de tal cosa, que importa grandemente a esa
vuestra amiga y a vos; y venid donde nadie pueda ornos, que ms de lo
que pensis el secreto importa.

Y fuese a la misma puerta que ya se ha dicho, y entrose por ella, y
siguindola Cervantes, hallose en un aposentillo desguarnecido y
lbrego, en el que no entraba ms luz que la que vena de un altsimo
patio estrecho, y por una raja de la pared, a manera de saetera, pasaba,
y all, sentndose la ta _Zarandaja_ en una estera y Cervantes en un
taburete cojo, ella le dijo que aquel caballero amaba de una manera
desesperada, desde haca mucho tiempo, a doa Guiomar, y que con ella
quera casarse; pero que ella ni aun de l dejaba verse, porque para que
no la viese se mantena encerrada en su casa, y no sala sino entre dos
luces para ir a misa a la iglesia mayor, y que cuando iba no era sino en
silla de manos, cerrada y guardada por cuatro lacayos armados, que eran
cuatro fieras, y de tan probada lealtad, que no haba habido medios
bastantes para obligarlos a que a su seora desirviesen, dejndola
arrebatar por otros que de buena gana el caballero de quien se trataba
hubiera enviado para apoderarse de ella: aadi la vieja que aquel da
aquel caballero haba ido a pedirla noticias de quin fuese el que la
noche anterior haba dado msica a la hermosa viuda, y si no lo saba,
que lo averiguase, como asimismo de la causa por qu la Inquisicin
haba estado, antes de la msica, en casa de la viuda, y en vez de
prenderla a ella, haba preso al rapista _Vivis-mil-aos_; y que ella
le haba dicho que no saba nada, pero que procurara averiguarlo.

Escuchando estuvo atentamente Cervantes a la ta _Zarandaja_, y cuando
hubo sta acabado, la dijo:

--Y nada os pregunt ese hombre acerca de m, que cuando junto a m
pas, pareciome que me miraba con recelo?

--S que me pregunt, y con encarecimiento,--contest la ta
_Zarandaja_;--pero yo, que pude decirle mucho, nada le dije, porque me
importa mucho ms servir a la buena seora, mi vecina, que al otro.

--Y qu os parece, madre, si yo me casara con doa Guiomar?--dijo
Cervantes.

A lo que respondi la vieja:

--Si no os casaseis con ella, o casado serais, o estarais dejado de la
mano de Dios; porque un tal bocado de cardenal, y aun si me apretis de
papa, dnde le podrais encontrar mejor? Y que ella est enamorada, y
celosa, y rabiando por que vos la pidis la mano, no me lo digis a m,
que en esto de amores soy yo maestra. Y si doa Guiomar no os quisiere,
y para nada menos que para marido, que me lleven por esas calles hasta
las cuatro estatuas de la Tablada con coroza y sambenito, y que all me
quemen viva.

--Pues dndome ya por casado con doa Guiomar,--dijo Cervantes,--mirad
si yo os recompensar bien por lo que ahora me sirvis; antes ha de
faltaros talego, que escudos para llenarle.

--Pues diga vuesa merced, seor soldado,--dijo relumbrndole los ojos la
ta _Zarandaja_.

--Qudese aqu por ahora,--dijo Cervantes,--que yo vendr ms tarde y
hablaremos.

Y con esto saliose, y ya ms resuelto, fuese a la casa de doa Guiomar,
a la que hall en su retrete con Margarita.




XI

En que doa Guiomar prosigue el relato de su historia.


--Tan a tiempo vens, seor Miguel de Cervantes,--le dijo doa Guiomar
apenas hubo entrado,--que esta seora iba a empezar a relatarme sus
desventuras.

Margarita, con los hermosos ojos fijos en el suelo, pareca ruborosa y
como con miedo; pero no embargante esto, cuando oy los pasos de
Cervantes y las palabras que doa Guiomar, con la voz no muy segura, le
haba dirigido, alz la vista y en l la fij, y de tal manera, que l
se encontr entre dos fuegos; que de una parte le miraban los lucientes
y enamorados ojos de doa Guiomar, y de otra los ms tmidos, aunque no
ms castos, de Margarita, que aunque triste y apenada por la muerte de
su madre y por la tristsima orfandad en que se vea, no se defenda
del amor que por Cervantes en el alma se le haba entrado, y le mostraba
claramente en su mirar ansioso. Repar en esto doa Guiomar, y
apretsele el corazn, y empez a nacer en ella la enemistad amarga de
los celos contra Margarita; que a ella le pareca que Cervantes no
miraba de una manera tan indiferente como ella hubiera querido a la
hermosa hurfana; y con competidora se encontraba, y tal en cuanto a las
bellezas corporales y en cuanto a las del alma, que por sus lucientes
ojos mostraba, que era para que doa Guiomar temiese, y mucho, por el
buen suceso de sus amores.

Alegrose de esto, en que no pudo menos de reparar, Cervantes; que l
crea, y no sin razn, que por ms que doa Guiomar hubiese dado
muestras, enviando primero a Florela en busca suya, y lanzndose
despus, sin algn miramiento, en un lugar tan indigno de ella como el
bodegn de la ta _Zarandaja_, del encendido amor que le tena, que este
amor era de dificilsimo logro; que poda ser muy bien que, estando aun
en los principios de aquel amor, por grande que l fuese, de los
principios no pasase; antes bien, con la reflexin se amenguase y
desapareciese; sobre todo, que cuando en mucho se aprecia una cosa,
viene a parecer imposible, y tanto cuanto ms imposible se la cree,
tanto ms empeo en ella se pone, y tanto ms se estima aquello que
puede ayudarnos al logro de la victoria; y que los celos de una parte, y
la vanidad femenil de otra, son los mejores amigos de un enamorado para
ayudarle a vencer su hermoso y anhelado imposible, sbelo todo el mundo;
y sabalo mejor que otros Cervantes, que en esto de conocer las cosas
del mundo era graduado _in utroque_, como lo muestra claramente la gran
perspicacia que acerca de la vida y de sus sentimientos ha patentizado
en sus inmortales escritos: por lo mismo, y para estimular ms los
ansiosos celos de doa Guiomar, mir tiernamente, y como con codicia, a
Margarita, puesto que por ella no sintiese otra cosa que una caritativa
voluntad y una aficin honesta, que poda muy bien compararse con el
amor de un hermano; que muy reciente estaba la herida que en su pecho
haban abierto las grandes perfecciones de la hermosa indiana, y harto
encendido el volcn de sus amorosas ansias por ella, para que otra
mujer, siquiera fuese un trasunto de belleza, pudiese curarla ni
apagarle.

Sentose entre las dos Cervantes en el canap; procur apagar doa
Guiomar con el disimulo el fuego de su celoso cuidado, pos Margarita su
mirada en el suelo, y habindola rogado la bellsima, enamorada y celosa
viuda comenzase el cuento de sus desdichas, ella empez de esta manera:

--Mi nombre es Margarita de Ledesma; el lugar de mi cuna la villa de
Vitigudino, en Castilla, donde tenan alguna hacienda ma honrados
padres. Llambase l don Diego de Ledesma, y ella doa Isabel Ampuero;
nobles eran, aunque no ricos, y me criaron en la comodidad, el temor de
Dios y el ejemplo de honestsimas costumbres, y creca yo contenta y
feliz, sin sospechar siquiera que hubiese penas en el mundo.

Venturosos conoca a mis padres, venturosos a los que me rodeaban;
hermoso era cuanto vea, la tierra, las aguas, las flores, el cielo, y
yo no poda creer otra cosa sino que todo en el mundo era ventura,
contento y hermosura. Llegu a mis quince aos, y requiriome de amores
el hijo de un rico ganadero vecino nuestro; y digo mal que me requiri,
porque aunque l por m de amores se abrasase, como despus pareci,
nunca, ni con sus ojos, ni con su lengua, os decirme el cuidado en que
por m se encontraba; ni aun fue l quien a mis padres lo dijo, sino los
suyos, que cuidadosos por la salud de Gaspar, que as se llamaba este mi
primer enamorado, viendo que cada da estaba ms melanclico y ms y ms
se tornaba amarillo, inquirieron la causa de su dolencia, y sabiendo por
l que yo lo era, a mis padres me pidieron, y dijronmelo mis padres, y
yo, que no saba qu cosa fuese amor, ni necesidad alguna de l senta,
ni cosa encontraba en Gaspar que a l me llevase, dije a mis padres que
los obedecera, sin saber a lo que me obligaba mi obediencia; y sin
pensar mis padres en otra cosa que en el buen casamiento que yo hara,
por lo rico que Gaspar era, mi casamiento con l concertaron, esperando
que con el trato y comunicacin vendra el amor, de que entonces yo no
daba ni aun remota seal. Como yo era nia, tratose que el casamiento no
se hara sino de all a dos aos, cuando yo cumpliese los diez y siete;
y entre tanto, Gaspar, no teniendo valor, segn lo que en su carta me
dijo, para conllevar a mi lado una tan larga espera, fuese del pueblo a
Sevilla, y de all parti en una galeota para las Indias Occidentales.
Por algn tiempo yo recib cartas suyas, que mi madre me lea y yo no
entenda, porque felizmente mi corazn dorma tranquilo sin que le
despertasen amorosos cuidados; pero al ao no vino de las Indias carta
de Gaspar, y se esper en vano que viniese, y tanto tiempo pas, que se
dio a Gaspar por muerto; y aconteci entonces que, pensando yo que por
m solamente se haba partido a las Indias, y que yo, sin quererlo,
haba sido la causa de su desventura, empez a labrarse en m por l una
primera aficin y congoja; que se me representaba en sueos triste y
enamorado, y tan macilento y plido, que no pareca sino cosa del otro
mundo. Desasosegueme, y acab al fin por sentir un amor tan extrao, que
yo no poda darme cuenta de lo que senta; y acometiome una dolencia
que no entendan los mdicos, pero que, harto de prisa iba
desmejorndome y acabndome. Pensaron mis padres que trayndome entre el
tumulto y las grandezas de la opulenta Sevilla me distraera, y a ella
me trajeron, y me engalanaron, y me llevaron a saraos y a
divertimientos, adonde concurra la gente ms garrida y ms noble de
Sevilla. Gastbase en esto mi padre, llevado del entraable amor que me
tena, la mejor parte de su hacienda; y aunque por ser yo muchacha, y no
mal parecida, y en las apariencias rica, me galanteaba gran nmero de
jvenes y hermosos caballeros, no se me iba a m de la memoria aquel
pobre Gaspar que por m a las Indias se haba ido, y por m sin duda
haba muerto; y aparecaseme con mucha ms frecuencia en sueos, y ms
melanclico, y a cada aparicin con ms semejanza de un alma en pena.
As es que los galanteos de los jvenes seores que me buscaban
enojbanme, y de tal manera mostrbame yo con ellos impa e incapaz de
amores, que acabaron por llamarme la nia de _diamante_: yo tena en el
alma al sin ventura Gaspar, y l la llenaba de tal manera, que no
quedaba para otra pasin ni aun el lugar ms mnimo; yo crea que esto
era amor, y bien veo que amor no es, sino una pasin que yo no puedo
decir cmo fuese, sino que tal como era, me quitaba el gusto y el deseo
para cualquier otro afecto.

Suspir Margarita, y callose como tomando descanso, aunque tan al
principio de su historia se encontraba. Odola haba atentamente doa
Guiomar, y cuando hizo pausa en su relato, aprovechando la ocasin, la
dijo:

--Y Gaspar decs que se llamaba ese vuestro primer enamorado, amiga
ma, y que de Castilla era y de Vitigudino?

--Si que as es,--respondi Margarita.

--Y sabis si, por ventura, ese Gaspar tom bandera en Sevilla para los
tercios de Mjico?

--De Mjico nos escriba,--respondi Margarita;--pero l nunca nos dijo
en sus cartas hubiese entrado en la milicia; y si entr callolo, sin
duda por no dar pesadumbre a sus padres.

--Un alfrez he conocido yo,--dijo doa Guiomar,--que Gaspar se llamaba,
y castellano y de Vitigudino era, y joven, y de no mal semblante y
apostura.

--Llambase por acaso Gaspar de Valcrcel, seora ma?

--Sacado hemos al fin en claro que era el mismo que yo me pensaba el sin
ventura,--dijo doa Guiomar.

--Pues sin ventura le llamis,--contest con la voz triste Margarita,
mirando con sus ojos serenos a doa Guiomar,--noticias debis tener
seguras de sus desdichas.

--Prendose el seor Gaspar de Valcrcel,--dijo doa Guiomar,--de una
seora, que ni a su amorosa pasin ni a la de nadie poda corresponder
honradamente, ni hacer cosa que contra su honra fuese, porque casada
estaba con un oidor de aquella real chancillera.

Aguz el odo Cervantes, porque saba l bien que doa Guiomar era viuda
de un oidor de la real chancillera de Mjico, y no dud de que doa
Guiomar era aquella por quien el alfrez Gaspar de Valcrcel haba
olvidado en Mjico los amores que haba dejado en Espaa, y disculpole;
porque aunque Margarita era bella como la flor de la qu el nombre
tena, y nia y pura, comparada con doa Guiomar, era lo que la violeta
comparada con la azucena, o con el sol la luna; y djose para s, que a
l, en el coleto del malaventurado alfrez, hubirale acontecido lo
mismo; y disimul sus imaginaciones, y continu escuchando atento.

--Pues que vos le conocisteis, seora,--dijo Margarita,--y a la dama que
sin pretenderlo y sin menoscabo de su decoro, que bien lo creo, fue
causa de que de m se olvidase, decidme os ruego cules fueron sus
aventuras, que sin duda a un desastrado fin le llevaron.

--Combatido haba como bueno contra los indios bravos,--dijo doa
Guiomar,--el seor Gaspar de Valcrcel; merecido haba, por tanto, que
el virey le hiciese alfrez, y, ms an, que le diese este empleo en los
alabarderos de su guardia, con lo que Gaspar de Valcrcel vino a
residir de asiento en Mjico, y a tratarse con las personas ms
calificadas que en aquella rica ciudad, gloria de Hernn Corts y joya
de Espaa en las Indias, moraban. Conoci a la dama que os he dicho, y
aunque ella no le diese causa ni razn alguna para que a su honra se
atreviese solicitndola, que el que solicita a una mujer casada, por
serlo, la desprecia, que si no la creyera capaz de una vileza, no la
solicitara; solicitola, y ella, que calzaba muy altos los puntos de la
honra, indignose, y por no afligir e indignar al viejo marido, que a ms
de ser nicamente hombre de leyes, no estaba en edad de mantener espada
en la mano contra mozos, y aun mozos bravucones, no queriendo dejar sin
castigo aquel de todo punto sin disculpa atrevimiento, confiose a un
alguacil de los ms agrios de la cmara de su esposo, hombre de puos y
de alientos, y djole:

--Cedacillo, tan leal eres a tu amo y a m, que hacerte quiero una
confianza, esperando que hars lo que te cumple, en agradecimiento a lo
que a tu seor y a mi nos debes, y es que si te atreves des una apretada
vuelta, como tuya, a cierto bravo mancebo, alfrez de los alabarderos
del virey, que se llama Gaspar de Valcrcel, y que cuando le apretares
los puos, le digas: Ah va eso de parte de mi seora.

Y aconteci, que a la otra maana encontraron sin sentido en la plaza,
molido y casi descoyuntado, rota la espada, rasgado el traje y entre si
se va si se viene, al seor Gaspar de Valcrcel, sin que nadie supiese,
ni l lo dijo, quin de tal manera ni por qu causa le haba malparado.

Convaleci nuestro hombre, no sin que se temiese por su vida, y tan
escarmentado qued, que ni os volver a poner sus ojos en aquella dama,
ni a buscar a Cedacillo para tomar venganza del rapapelo que haba
sufrido.

--Tan al por menor estis, seora ma,--dijo a este punto
Margarita,--que no es dable que no seis vos aquella dama, que con tanta
justicia mand castigar al ciego y enloquecido, ms bien que culpable,
enamorado mo. Y no le culpo, porque vuestra hermosura es tal, que bien
se alcanza que de todo otro amor aparte a un hombre, y le vuelva loco.

--Yo soy en efecto,--dijo doa Guiomar,--y dgoos a lo de la disculpa
que en el que fue vuestro enamorado encontris, que no la mereca; que
no una locura de amor le llev a punto de ofenderme, sino un apetito
desordenado y asqueroso; y no pasin tuvo por m, sino empeo tenaz por
el que olvid hasta el ltimo vislumbre de su honra; que no atrevindose
a insistir en sus solicitudes, temeroso de un nuevo y ms grave castigo,
tir a vengarse, y como no tena de qu, porque la justicia que se sufre
no da ni puede dar lugar a la venganza, quiso deshonrarme propalando
contra m inauditas calumnias, que por fortuna ma acabaron donde
empezaron. Y aqu, para que sepis lo que sucedi, empieza esta
historia, que es la prosecucin de la que yo os he contado ya, seor
Miguel de Cervantes, hasta el punto en que, engaado mi padre por la
traicin que a mi madre haca su doncella Lisarda haciendo creer a don
Baltasar de Peralta, como ya os dije, que con mi madre, y no con una
doncella suya, tena amores, mi padre, llamado por un su pariente,
acudi a sorprender, engaado, a la que crea su esposa adltera.
Dejamos mi relato, seor Miguel de Cervantes, en el lugar en que,
habiendo abierto Lisarda el postigo, entrose por l don Baltasar de
Peralta, y en aquel mismo momento, y antes de que el postigo se cerrase,
metironse por l espada en mano mi padre y su primo Francisco de
Rivalta, que este era el nombre de mi difunto marido.

Y como este pariente mo lleg a ser, andando el tiempo, mi marido, lo
sabris cuando llegue la hora. Deca yo que por el postigo, aun
entreabierto, entrronse empujndole, y espada en mano, mi padre y su
primo Francisco de Rivalta; y como el aposento estuviese oscuro, Rivalta
abri una linterna que a prevencin llevaba, y encontrronse con que,
hecha una estatua a causa del espanto, estaba a poca distancia del
postigo Lisarda, y junto a ella, con la espada en la mano, y mirando a
aquella mala mujer, todo asombro, a don Baltasar de Peralta. Arrojose
Lisarda a los pies de mi padre y confes su delito, pidindole con
lgrimas y desmayos la perdonase, y viese que el amor que la haba
cogido por don Baltasar de Peralta, al engao la haba llevado de
hacerle creer, recibindole siempre a oscuras, que no era ella, sino su
seora quien le reciba. A lo cual, ciego de furor mi padre, contest
atravesando con su espada a aquella criada traidora, y volvindose luego
a don Baltasar de Peralta, que deshonrado le haba, aunque no hubiese
sido sino engandose, con l cerr, y a poco cay mi padre sin vida,
que menos diestro era que don Baltasar de Peralta y le furor le cegaba.
Huy espantado del suceso don Baltasar de Peralta, y mi pariente
Francisco Rivalta sali tras l, siguindole saudo y loco, y sin poder
alcanzarle, que no hay quien alcance al que huye llevando el pavor en el
alma. Hallose Francisco de Rivalta, cuando se perdi en las oscuras y
revueltas callejuelas don Baltasar de Peralta, a mucha distancia del
lugar de la tragedia, y vino sobre s, y pens en lo que le aconteca, y
vio que si a la justicia daba parte, y por ello pruebas de haberse
hallado en el lance, le prenderan, y prendindole le impediran el
tomar venganza y justicia, como el quera tomarla por su mano, de don
Baltasar de Peralta; y fuese para su casa, entrando en ella
recatadamente, como haba salido con mi padre, por un postigo. Y
sucedi, que cuando aquella inaudita desgracia sobrevena, mi madre me
daba a luz a esta vida desventurada, que he sufrido y sufro. Al ruido de
las espadas acudieron algunos criados; pero cuando llegaron slo
hallaron los dos cuerpos sin vida de mi padre y de Lisarda, y el postigo
abierto, por donde claramente, a lo que pareca, el autor o los autores
de aquellas muertes haban escapado.

Sobrevino la justicia; ocultose el suceso a mi madre, que fuera impo
decirla recin parida que se haba quedado viuda y con aquellas
apariencias; el mundo no juzga ms all de lo que se ve en la
superficie, y todos echaron a la peor parte lo que haba acontecido, y
djose, porque as lo creyeron, que mi padre, enamorado de la hermosura
de Lisarda, secretamente se haba venido de Npoles, y con Lisarda se
vea en secreto, y que tal vez algn otro enamorado, celoso de Lisarda,
las dos muertes haba hecho.

Callose don Francisco de Rivalta, que bien pudiera haber patentizado la
verdad; pero como la honra, de mi madre quedaba a salvo, y venganza
quera tomar por su mano de don Baltasar de Peralta, guard el secreto.
Busc la justicia a los homicidas, diose por vencida no hallndolos, y
mediando los ruegos y las ddivas de Francisco de Rivalta, se ech
tierra sobre los muertos, y con ellos se enterr para mi madre el
secreto de la muerte de su esposo, a quien en Npoles crea. Pero no
recibiendo cartas suyas en respuesta a las que le escribi anuncindole
mi nacimiento, y como el tiempo pasase y carta de mi padre no viniese,
puesta en un angustiossimo cuidado, escribi al mayor de los tercios de
Npoles pidindole noticias de su esposo. Entretvola aquel caritativo
caballero con escusas y vaguedades, hasta que al fin la dijo, no
pudiendo ms defenderse, lo que l en verdad saba, esto es, que mi
padre haba pedido licencia y partido para Espaa, sin que hubiese
vuelto a saberse lo que de l haba sido. Y como Lisarda hubiese
desaparecido tambin, dio mi madre en imaginar que enamorado de ella su
esposo, por ella secretamente a Sevilla haba venido, llevdosela, y con
ella desaparecido. Callbase todava Francisco de Rivalta, porque tena,
y con razn, por ms cruel para mi madre la verdad que la duda; y
asistala, que adolecido haba mi madre gravsimamente de tristeza, y
agravbase y amenazaba irse por la posta, acabada por el insoportable
dolor de su desventura. Desaparecido haba tambin don Baltasar de
Peralta, como gota de agua que cay en la mar, y Francisco de Rivalta no
le buscaba, porque le obligaba la asistencia a mi doliente madre, que al
fin hall el remedio a su desventura en la muerte.

Detvose al llegar aqu doa Guiomar; el corazn se la haba oprimido,
y las lgrimas, que en vano quiso contener, rompieron por sus hermosos
ojos.

Odola haba Cervantes grave y triste, y estremecida y tomada por una
melanclica pena Margarita. Desahog con sus lgrimas el dolor de
aquellos sus tristsimos recuerdos doa Guiomar, y enjugndose los ojos,
continu con voz desfallecida.

--Hurfana qued cuando an no contaba un ao, con mucha hacienda y
mucha nobleza; pero sola y sin ms arrimo que aquel mi lejano pariente,
que fue despus el buen esposo mo. Un labrador que tena en
arrendamiento una de mis haciendas, y cuya mujer estaba criando, a su
cargo tomome; y libre ya del cuidado mo, mi pariente, Francisco de
Rivalta, por el mundo se fue a buscar, ardiendo en saa, al causador de
tanta desdicha. Era l joven an, graduado en letras humanas, en leyes y
en sagrada teologa y cnones, y como he dicho, alcalde del crimen en
Sevilla. Por m a su vara renunci, que pareciole cosa imposible atender
a las graves obligaciones de su oficio y al mismo tiempo a las de padre
mo, en que mi orfandad le haba puesto. Atrasose en su carrera por
buscar al causador de nuestras desdichas y tomar sobre l, en el nombre
de mis padres, justicia y venganza; y por el mundo andvose tres aos,
gastando su hacienda, inquiriendo y buscando a aquel hombre,
vislumbrndole a veces, sin encontrarle nunca, y perdindole de nuevo
cuando ms esperanza tena de ponerse a una distancia de l del largo de
las espadas. Pero Dios no quera que aquel irreconciliable enemigo de mi
familia fuese castigado, sin duda porque le guardaba para que le
castigaseis vos, seor Miguel de Cervantes.

--Gran merced es esta que a los cielos debo, y por la que les estoy
agradecido,--dijo Cervantes;--y justo es que una tan grande hermosura
como la vuestra, y una tan gran suma de perfecciones como en vos se
hallan, con grandes merecimientos conseguida sea y lograda; y dgoos,
que mucho me pesa de que lo a que por vos obligado estoy, de tan liviano
momento sea, en vez de ser comparable a los trabajos de Hrcules o a los
peligros de la encantada Puente Mantible, que si as fuera, mayor sera
mi contento, porque exponiendo por vos cien veces mi vida, y ponindola
en cuestin con lo imposible, ms estimarais y a mayor amor por m os
llevara, el encendido amor que os tengo.

--No creo yo que sea posible ir ms all de donde, no s si por mi
ventura o mi desdicha, reconocida; obligada y enamorada me siento; y no
extrais que esto delante de esta doncella aqu presente os diga, que
ella es mujer, y sabe, o si no lo sabe lo barrunta, los rendimientos de
amor a que puede llegar una mujer enamorada, no embargante la
honestidad y la honra, que prendas preciosas son estas del alma, y no
pueden perderse sin que antes se pierda el temor de Dios. Y no hablemos
ms de esto, y con mis desventuras sigo. Desesperado ya Francisco de
Rivalta, mi pariente, al ver que por cerca que hubiese tenido a don
Baltasar de Peralta, nunca ponerse delante de l haba logrado, volviose
a su casa de Sevilla, y encomend a la Providencia de Dios el castigo de
nuestro contrario; y pas l tiempo cuidando l mi hacienda, y yo
crindome, y habiendo yo cumplido seis aos y l treinta, vnose al
pueblo, sacome del poder de los honrados labradores que me haban
criado, y psome en las monjas de Santa Clara, y al cuidado de dos tas,
hermanas de mi padre, que all eran seoras de piso. Vendi la hacienda
que le quedaba para comprar otra vara de alcalde, y alcalde fue algunos
aos, y por sus merecimientos, luego, oidor en la real chancillera de
Valladolid, y por ltimo nombrronle presidente de sala de la real
chancillera de Mjico. Larga era la distancia a que de mi iba a
ponerse, y o renunciaba el honorfico y encumbrado oficio que se le
haba dado, o descuidada me dejaba, estando entre ambos los mares. Haba
yo cumplido ya mis diez y ocho aos, y ensedome haban las buenas
madres todo lo que ensearme podan.

Mis dos ancianas tas haban muerto la una tras la otra. A tomar el velo
habase querido inclinarme; pero Dios no me llamaba a la perfeccin de
la vida monstica; antes bien, ansiaba yo ver lo que fuera del convento
haba, que aunque decan que el mundo estaba gobernado por Satans, y
que en l la perdicin acechaba a las criaturas, decame a m la luz
natural de mi entendimiento que cuando tantas gentes vivan en el mundo,
no deban ser tan grandes sus peligros, dado que el mundo no se haba
acabado ya, y todas las cosas que contra el mundo me decan, metanme
ms en apetito de conocerle.

En fin, que yo no tena vocacin para la clausura, y as lo dije a mi
buen padre y pariente cuando me pregunt sobre ello. Visto por l lo
cual, y que yo estaba ya crecida y hecha una mujer, y que en el
monasterio estaba de ojos, luego de l sacome y llevome a una casa
noblemente alhajada, en que para servirme haba una respetable duea, o
ms bien aya, seora viuda, de grande virtud, honestidad y
entendimiento, con otras doncellas y criados; y carrozas y sillas de
mano, todo como haba de ser, teniendo en cuenta mi grande hacienda y la
clara nobleza de mi linaje; y l, para evitar murmuraciones, fuese a
otra casa, y no me vea ms que al da breves momentos, y aun as,
tratndome con un tal respeto y encogimiento, y de una manera tan
avarienta mirndome, aunque lo disimulaba, que puesto que yo no
entenda de amores, por barrunto conoc que l de m estaba enamorado, y
que por su edad y sus achaques, que le hacan parecer ms viejo que lo
que en realidad lo era, a declararme sus amorosos sentimientos no se
atreva; muy por el contrario, mandaba a doa Agueda me llevase a
cuantos divertimientos poda yo concurrir honestamente, y en esto vea
yo que l buscaba que, conociendo el mundo y tratndome con l, de algn
caballero que de m fuese digno me enamorase, para con l casarme. Pero
era el caso, que aunque muchos me solicitaban, y me escriban versos, y
me daban msica, y por m con otros se enemistaban y rean, haciendo de
mi calle palenque nocturno, donde ms de alguno dej entre rabiosas y
celosas ansias la vida, yo no me agradaba de nadie ni quera agradarme,
y no haba rendimiento que me incitase ni merecimiento que me rindiese;
visto lo cual por don Francisco de Rivalta, y creyendo, acaso, por el
carioso modo de mi trato con l, que a pesar de sus aos y sus
dolencias yo le amaba, y que si yo no se lo mostraba, a causa era de mi
recato, propsome un da, todo tembloroso, como aquel que teme encontrar
la muerte en su propio atrevimiento, si quera con l casarme.

Djele que s, sin saber lo que me deca, que era yo tan inocente como
cuando entr en el convento; y el casamiento se hizo con gran pompa y
regocijo, como a nuestra riqueza y nobleza convena; y antes de que el
festn de las bodas se terminase, djome mi aya doa Agueda no s
cuntas cosas, que yo no pude entender; y luego, cuando acabada la
fiesta se fueron saliendo de casa los convidados, la madrina me dijo
otras cosas que tampoco entend; y rodeada de las doncellas, de honor,
llevronme a lo que mi madrina llamaba el tlamo, y que yo no saba qu
cosa fuese, y metironme en una habitacin o cmara lujosamente ornada,
en la que haba un gran lecho todo guarnecido de blanco, y adornado con
flores, y all me dejaron sola y suspensa, cuando a poco he aqu que
entr mi esposo plido y convulso, y alentando apenas, y a m se vino a
abrazarme; visto lo cual, yo me hice atrs tres pasos, y espanteme y
extend hacia l los brazos, como para impedir que me tocase.

--Pues qu, seora de mi alma,-dijo don Francisco, quedando inmvil y
como si le hubiese herido un rayo,--no sabis que sois mi esposa y que
ante el altar de Dios nos hemos juntado en uno?

Siguiose a esto una conversacin, por la que el desdichado don Francisco
de Rivalta vino a convencerse de que yo con l sin amor me haba casado,
y aun sin saber Lo que el amor y el casamiento fuesen, y de esto provino
que, dando un profundo suspiro, me dijo:

--Sintolo, porque si maana os prendareis de alguno, amarle no podris,
sin ofensa a Dios y sin menoscabo de la vuestra y de mi honra; pero yo
juro, que si alguna vez solamente inclinada a prendaros de alguien os
conociere, con mi muerte os dejar libre, para que podis ser dichosa.
Entre tanto, por padre tenedme.

Y sin decir ms, saliose, plido como un muerto, y preados de lgrimas
los ojos, sin que yo llegase a comprender todava la causa de aquello,
que era para m lo que la luz para el ciego, que no sabe que hay otra
cosa que las tinieblas en que su ceguera le tiene.

Llevome mi esposo a Mjico, y digo mal mi esposo, mi padre, adonde le
llevaba el cumplido plazo de la licencia que para el cuidado de sus
asuntos propios en Espaa habanle concedido. Gente es la de Mjico rica
y ociosa, dada al galanteo e inclinada a las malas costumbres; y como si
don Francisco hubiese querido remediar el yerro en que, casndose
conmigo, haba dado, abierto haba nuestra casa a los saraos y a los
festines, y no pareca sino que para convidarlos a ellos buscaba a los
caballeros ms jvenes, y ms galanes, y ms ricos; y de tentaciones me
rodeaba, sin apartar de m la vista, y aguzando la experiencia que le
haban dado sus largos aos de judicatura, todo por ver si yo a alguno
me inclinaba, que pudiese, libre ya y viuda, amndome, por su amor
venturosa hacerme. Perdido haba yo, en fuerza de las solicitudes y
galanteos que me rodeaban por todas partes, aquella mi primera
inocencia, o ms bien ignorancia, de las cosas de la vida. Conoca harto
bien el grande sacrificio en que por amor mo mi buen esposo se
empeaba, y gran parte hubiera sido esto para que yo me enamorase de l,
que Dios me ha dado buena alma y agradecida; pero no es el amor cosa que
cuando se quiere se tiene, ni hay tienda donde se compre, ni lugar donde
se le busque; que l viene cuando menos se le espera y en el alma se nos
entra, y la avasalla, y prenda nos hace, no de aquel a quien hemos
buscado, sino del que Dios ha querido que venga para hacerse dueo de
nuestra vida y de nuestra alma en un solo punto; que el amor viene del
cielo cuando menos se le espera, y porque es aliento de Dios, es coma
Dios divino, y logrado cuanta gloria puede haber en la tierra.

Suspir doa Guiomar, partisele de los ojos, aunque involuntariamente,
una mirada, que como si hubiera sido fuego del cielo, en su dulce fuego
abras el corazn de Cervantes, y luego, bajando los ojos ruborosa la
bellsima doncella viuda, quedose en silencio como si la grandeza de lo
que senta la vedara el uso de la palabra.

No menos confusa y turbada pareca Margarita, y agitbasela el seno,
como si una potente fuerza dentro de l se hubiera conmovido inquieta.
Conocase adorado Cervantes por la hermossima doa Guiomar y por la
bellsima Margarita amado, y dolale, y no saba qu hacerse, y
acometanle un tumulto de tentaciones que consigo mismo le enemistaban;
porque si bien l era mozo galanteador que no reparaba en
inconvenientes, hasta entonces, como ya se ha dicho, con amor no haba
dado que le obligase y en tristezas y cuidados le pusiese; y
encontrbase entre dos mujeres, ambas merecedoras de todo respeto y
homenaje; y puesto que Margarita le pareciese hermosa a maravilla, y
dulce y enamorada, parecale doa Guiomar una divinidad; y no haba
lugar a que dudase; que tratndose de que perdiese su libertad bajo el
yugo, tal vez dursimo, del himeneo, doa Guiomar era sin contradiccin
y sin sombra de duda su escogida y su bien amada; y como l no pudiera
partirse en dos, o no hubieran de llegar a hechos las tentaciones que
por Margarita senta, o haba de tenerla por amiga, cosa que los
hidalgos y cristianos pensamientos de Cervantes repugnaban; que
tratndose de una doncella tal, y tan mal aventurada, y tan cuitada como
Margarita, infamia hubiera sido, prevalecindose de sus inocentes amores
y de sus desdichas, perderla en la deshonra como una hembra de poca
vala, en malos paales criada y a todo puesta; as es que Cervantes no
saba qu hacerse; que si los amores de Margarita, que ya se mostraban
harto claros, no aceptaba, herala a un tiempo en su vanidad y en su
amor, y aceptndolos la perda y a doa Guiomar ofenda, y l mismo se
ofenda en s mismo en las dos; que no se puede ir por un mal camino sin
exponerse a caer en los despeaderos que en l se encuentran, y tanto
ms, que estos caminos malos son resvaladizos, y una vez entrados en
ellos, atrs no podemos volvernos y nuestra perdicin es segura, y quien
en el peligro se mete conocindole, las desventuras que le sobrevengan
merece. Conocalo todo esto Cervantes, y en ello pensaba, y pensando en
ello apareca confuso y turbado, tanto casi como las dos de l
enamoradas doncellas. Al fin doa Guiomar, rompiendo su silencio,
continu de esta suerte:

--Yo, conociendo ya el mundo, hubiera querido premiar el amor de mi
esposo, si no con el amor de mi alma, dndole la posesin de esta mi
persona que tan hermosa le pareca, y, aunque procurelo, ser no pudo,
que l tena mucha experiencia y mi intento conoca, y que aquello por
lo que yo me brindaba a arrojarme en sus brazos, no era amor, sino
compasin y agradecimiento; y evitolo, y sufri su martirio en silencio,
y como estaba achacoso y ms viejo que por sus aos deba serlo,
agravronse sus dolencias y con l al fin acabaron; que muri el
desdichado casi loco de amor entre mis brazos, y sin que yo evitarlo
pudiera. Dejome su hacienda, que puesto que hubiese vendido para
comprar su primer oficio la primera que sus padres le dejaron, por los
grandes provechos que los oidores gozan en las Indias, habala hecho, y
buena: pero qu era su hacienda comparada con la opulenta hacienda ma?
ni de qu poda servirme ms que de amargura, siendo as que la tena
por su muerte?

Triste quedeme, desamparada, y lo que fue peor, en peligro; que apenas
cubri la tierra de la fosa el cuerpo del sin ventura esposo mo,
pareci que de otra fosa ignorada sala, para poner en mi corazn ira y
espanto, el eterno perturbador de mi sosiego, a quien yo no conoca ms
que por la relacin que de l me haba hecho mi esposo; digo que apenas,
despus de los primeros meses del luto, a la calle sal, y en mi casa
empec a recibir como antes a mis amigas, y a los amigos de mi marido,
hizo le presentasen en ella sin mirar en nada, y como si hubiese
ignorado que yo ignoraba su nombre, conocindole por el mortal enemigo
de mi familia, el capitn don Baltasar de Peralta. Perturbeme al or su
nombre, pero tuve valor, o Dios me lo dio, para disimular; y cuando
todos se fueron y con l me qued sola, que l de intento para procurar
la ocasin se haba hecho reacio (cosa que fue reparada por todos, y a
todos les hizo creer que eran ciertas las calumnias que de m se decan,
y que Gaspar de Valcrcel, alfrez de alabarderos del virey, haba
propalado), tvoseme por liviana muy ms que antes, y por mujer que,
olvidada de todo pudor, libre ya por la muerte del marido, en nada
reparaba ni se detena, y que no era ya el alfrez Valcrcel el nico y
slo favorecido por m, sino que tambin de mis favores gozaba el
capitn don Baltasar de Peralta, que por muerte del capitn de los
alabarderos del virey, de Espaa para sucederle haba ido.

Nadie pudo or lo que yo, encolerizada y embravecida, dije a don
Baltasar de Peralta en cuanto, como lo ansiaba, con l me vi a solas;
que despus de manifestarle que al or su nombre le haba conocido como
el matador de mi padre, de mi casa arrojele, amenazndole con mi
venganza. Oyome inalterable don Baltasar de Peralta, sonriose como
hubiera podido sonrerse un demonio, y djome saliendo de mi estrado:

--Vive Dios, que o habis de ser ma, o tanto har, que habis de soar
conmigo como si soarais con el diablo!

Dieron a este punto en la iglesia del Salvador las Ave-Maras de las
doce, y como un paje apareciese y dijese que ya la mesa estaba servida y
esperaba a los seores, doa Guiomar dijo:

--Pongamos por ahora punto redondo a la relacin de los negros sucesos
de mi vida, que de ellos no ha de hablarse delante de los criados, y
djese la prosecucin para despus de la siesta, que en el jardn nos
juntaremos.

Y con esto levantose la hermossima viuda, y tras ella, Margarita y
Cervantes a comer con ella se fueron.




XII

De como se iban, cruzando los amores y apercibindose a una ruda
batalla los celos.


Tal era la mesa de doa Guiomar, y tan alhajada de ramilletes y vajilla
de oro y plata, que no la mesa de una dama particular pareca, sino la
del opulento Lculo.

Sentronse a la mesa con doa Guiomar y sus dos convidados, doa Agueda,
ya anciana, que an junto a ella viva, y su capelln, docto licenciado,
ya de edad provecta y de muy buenas maneras y gracia, que la mesa
bendijo, despus de lo cual, y de haber servido lindas doncellas los
aguamaniles, empez la comida, tan variada y tan suculenta, que ms que
comida ordinaria, banquete de Estado pareca.

Asomaba en todo clara y manifiesta la gran riqueza de la bella indiana,
y era de ver el lujo de las libreas de los pajes, que solcitos y
diestros, y seis u ocho en nmero, las viandas servan, yendo sin cesar
de los bufetes a la mesa y de la mesa a los bufetes.

Dur la comida no menos de dos horas, y no se acordaba Cervantes de
haber comido en su vida de una tan egregia manera, no embargante lo
cual, inapetente mostrose; que harto le ocupaban el cuerpo los
pensamientos que le combatan, aunque en el semblante sus efectos
disimulase; y disimulaba doa Guiomar, pero mostrbase taciturna; y en
cuanto a Margarita, no poda pasar bocado, porque su triste madre se la
representaba muerta a las crueles manos de la miseria, y recin
enterrada, y la desnudez de la mezquina casa que para siempre haba
abandonado se la pona en comparacin con aquella ostentossima sala,
ennoblecida por tablas y lienzos de los ms estimados pintores
sevillanos, y con aquella riqusima mesa, cargada de oro y plata, de
flores y frutas, en cuyas botellas de rico cristal de Alemania aparecan
los dorados vinos de Montilla, y los pardos del Rhin, y los tintos de la
Mancha, pareciendo los unos topacios, y carbunclos negros los otros.
Amargbala todo esto su ya grande amargura a Margarita, y por no
mostrarse desagradecida, fuerza se haca para comer, y comiendo se
martirizaba; y considerando que con lo que en aquella mesa sobraba a lo
necesario, y aun a lo noble y rico, hubiera podido salvarse su madre,
las lgrimas se la suban a los ojos, y el mayor tormento que sufra era
contenerlas. Aumentaba su martirio el ver cunto la aventajaba en
hermosura y riqueza doa Guiomar, y que ni an esperar por soacin la
era dado que aquel su generoso protector dudase ni un solo punto entre
ella y doa Guiomar.

Entretuvo como pudo la conversacin el capelln con las noticias que por
Sevilla corran, siendo gran parte para ello lo que se contaba de la
liga del rey Catlico con los venecianos para su guerra contra el Gran
Turco.

Terciado haba en la conversacin Cervantes, y puesto en cuidado a sus
dos enamoradas, porque decir le oyeron que l senta mucho que su
compaa de infantera no era de las que haban de embarcarse para ir
contra el Turco, sino que se embarcara para Npoles; y teman que,
segn encareca su deseo de hallarse en aquella grande empresa, al fin
no se pasase a una de las compaas que muy presto haban de embarcarse
en las galeras que deban zarpar para Mesina.

La comida, de suyo triste, ms triste se hizo para ellas con la noticia
de que, si no contra el Turco, para Npoles haba de embarcarse
Cervantes; y levantados que fueron de la mesa, furonse todos a dormir
la siesta, que as era uso, aunque nuestro Cervantes y nuestras dos
enamoradas no pudiesen conciliar el sueo, combatidos como estaban por
sus graves, celosos y tristes pensamientos.

Pero cuando sonaron las Ave-Maras de las tres, levantronse todos,
alironse, y habiendo avisado doa Guiomar que los esperaba en un
sombroso cenador del jardn, all se fueron, y a doa Guiomar
encontraron sentada en unos cogines, bajo la sombra de las tupidas
enredaderas, de las zarzas rosas y de los jazmines que el cenador
cerraban, dejndole en aquella hora, que era la del gran calor, en una
media luz y con tal frescura, que all no se conoca que fuese verano y
en el punto ms caloroso.

Servida haba en una mesa una limonada para el refresco, y tomdole que
hubieron, Cervantes y Margarita pusironse el uno a un lado y el otro al
otro de doa Guiomar, que con voz ya un tanto caneada y lnguida,
continu su relacin de esta manera.




XIII

En que se ve que doa Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar
tan presto su historia a Cervantes y en no amparar a Margarita.


--Deca yo,--dijo doa Guiomar--cuando la hora del comer llegando,
suspendi mi historia, que el capitn don Baltasar de Peralta,
apareciendo como si le hubiera abortado la tierra, en el punto en que
muri mi buen esposo, requiriome de amores, y con tal empeo, y una al
parecer tan grande seguridad de la victoria, que yo hube de arrojarle de
mi casa con la prohibicin de no volver a ella; y aqu empieza la
tragedia del alfrez Gaspar de Valcrcel, que desesperado y codicioso
don Baltasar de mostrarme cunto me amaba y cunto por mi honra miraba,
aunque l hubiese sido quien, a socapa y permaneciendo oculto en Mjico,
hubiese ayudado con dinero y malos consejos a Valcrcel, que no lo
necesitaba mucho, para que contra m la viperina lengua soltase, ya
trocadas las cosas por la inopinada muerte de mi marido, y pensando en
hacerme su mujer, por aquello de que quien porfa consigue, y de que no
hay fortaleza que no se rinda si bien se la asedia, y dolindole que de
la qu, segn l crea, haba de ser su mujer se dijesen cosas bajas,
deshonestas y vergonzosas, por todo esto, un da que encontr a Gaspar
de Valcrcel entre otros caballeros extremando contra m sus calumnias,
djole:

--Cosa seria es, y con la cual los que se precian de hidalgos no se
atreven, publicar las debilidades o las liviandades de una seora,
puesto que sean ciertas; que hay cosas tales y tan infames, que aun los
labios por donde se manifiestan queman; y seal de buen estmago,
aparejado para todo, da el que de cosas corrompidas hace pasto, y luego
le arroja por la boca en inmundicia, apestando a todo el que a su lado
tiene, para lo cual se necesita ser mal nacido y villano; pero cuando no
se vomitan podredumbres ajenas, sino de la propia alma de quien las
arroja, quiero decir, cuando aquello con que se escandaliza al mundo es
ficcin traidora, villana intencionada, pualada dada a traicin,
ponzoa administrada a trasmano, como es todo lo que vos decs, alfrez,
de esa seora, (para hablar, de la qu debais baaros la boca con agua
rosada, y quitaros el sombrero y arrojar de vuestra boca perlas, que no
difamaciones), no es ser ya villano y mal nacido, sino infame y traidor
y asesino cobarde, que por la espalda en el corazn hiere a quien
debiera honrar y reverenciar; y advirtoos que a lo que digo no admito
rplica; y que si no os rompo a bofetones la malvada boca que tales
nunca odas vilezas pronuncia, es por no contaminarme la mano con el
veneno asqueroso que de vuestra boca mana.--A lo cual no contest el
alfrez, sino que dijo a uno de sus amigos dijese a don Baltasar que
tales cosas no podan decrsele a l, no ya pblicamente, sino que ni
aun en secreto, sin que l cortase, quemase la lengua y arrancase el
corazn al que a tanto se haba atrevido. Y con esto, aquella noche el
alfrez, con un su amigo, y don Baltasar con otro, a un lugar apartado
se fueron, y all don Baltasar, con ms fortuna, o ms valor, o ms
destreza que Valcrcel, matole, dndole a los primeros embites de la
pelea una estocada tal, que el corazn partiole; y el msero a quien su
mala lengua, o ms bien la desgracia de encontrarse en el mismo empeo
que don Baltasar, haba matado, no pudo ni aun decir Dios me valga!

Contomelo al otro da uno que de todo haba sido testigo, o por
servirme, o tal vez por servir a don Baltasar, que quiso que yo supiese
cunto por m haba hecho, y en qu trance por mi honra se haba puesto.
Ya sabis, pues, doa Margarita, a qu mal fin lleg, por sus malos
pasos, aquel vuestro amante, y desde ahora, si queris, podis
continuar vuestra historia, que yo no interrump sino para deciros lo
que del alfrez Valcrcel haba sido.

--Ignoraba yo,--dijo Margarita,--que tal fuese el hombre con quien mis
padres mi casamiento trataron, y al que no s si am; porque ahora
conozco que el amor es muy distinto de lo que yo haba credo. Y como al
decir estas palabras, por ms que quisiese disimularlo, se la fuesen los
dulces ojos a Margarita hacia Cervantes, mucho tuvo que hacer doa
Guiomar para no dar indicios de la enemistad y aun del odio que en aquel
mismo punto naci en ella contra Margarita.

Disimul, no obstante, y dijo:

--Pues que del relato de vuestra historia estamos pendientes, seguidla,
que ya veis con cunta atencin y buen deseo os escuchamos.

--No ha de ser sin que vos acabis vuestro relato,--seora,--dijo
Margarita, que lo que del mo queda, aunque sea bien doloroso, es harto
breve.

--Pues no falta gran cosa a mi historia,--dijo doa Guiomar,--y sigo en
ella por complaceros y porque se acabe la porfa. Y habis de saber que
matando don Baltasar a aquel villano difamador de mi honra, no me
favoreci por esto, sino que a peor punto llev mi fama; que todos
dijeron, no que yo era una dama honesta, sino que don Baltasar haba
cegado de amores por m, propustose haba casarse conmigo, y pretendido
atajar una maledicencia, que cuando l fuese mi esposo haba de
alcanzarle; y si antes era el difunto Valcrcel el solo que contra m
vomitaba maledicencias, una vez l muerto, avivado el incendio de la
calumnia por el mvil de la envidia, dieron en decir de m tales cosas a
propsito de las msicas y de las rondaduras con que don Baltasar me
afliga, que ya abandonada en Mjico de todos, que de m huan como si
hubiese estado apestada, me propuse escapar de aquel no merecido
infierno en que me encontraba; y vendidos los cuantiosos bienes de mi
marido, que montaron a muchos cuentos de escudos, amen del oro y plata
labrada que en nuestra casa haba, embarqueme para Espaa y llegue a
Sevilla, donde en manos de genoveses puse mi dinero a ganancia, y en la
casa de la Contratacin las barras de oro y plata que de las Indias
truje, y al mesn de la Cabeza del Rey don Pedro acogime, en tanto que
casa hallaba en donde morar con la decencia que a mi linaje y a la
memoria de mi marido corresponda; y no siempre en el mesn de la Cabeza
del Rey don Pedro he estado, que largas temporadas he pasado en una
granja que de mis padres era; y as se han pasado bien dos aos, y
hubirame quedado en la granja con mi viudez y mi desgano del mundo,
lejos del ruido de la populosa Sevilla, a no ser porgue, descubierto mi
retiro por el eterno enemigo de mi familia y mo, de tales asechanzas me
vi rodeada, que de vivir en despoblado tuve miedo; que aunque mis
criados eran muchos y valientes, y fieles, capaz hubiera sido don
Baltasar de juntar un ejrcito de salteadores, y combatir la granja y
robarme, cosa que en Sevilla no es fcil, donde hay tanta gente de
guerra y de justicia, y toda al servicio del rey, para seguridad de sus
buenos vasallos. Vneme, pues, otra vez al mesn de la Cabeza del Rey
don Pedro, y sin dejarlo de la mano, casa mand buscar, y hallaron esta,
y vistela y agradome y comprela, y reparada y alhajada que fue, a ella
vneme, harto ajena de creer que duende en la casa haba, y que por ello
la Inquisicin haba de visitarme, y aparecrseme duende que me
perturbara y me pusiera en ocasin en que yo hasta ahora no me he visto,
ni pensado verme; y si no fuera por esta bendita medalla que me dej el
familiar que a verme vino, ni aun a pensar me atrevo en lo que de m
hubiera podido ser.

Y como al acabar su relato doa Guiomar sacara del hermossimo seno la
medalla que la noche anterior la haba dado el seor Gins de Seplveda,
sinti Cervantes un no s qu de desabrimiento y de celosa rabia, que
hubo menester un gran esfuerzo para que de ello al semblante no le
salieran los indicios; que antojsele (antojo ocioso y aun calumnioso
de enamorado) que doa Guiomar no era una tal y tan honesta dama, ya que
no inmaculada doncella, como l haba credo, sino que se agradaba de
parecer tan rara en lo tocante a la condicin en que se hallaba, como
era rara en hermosura; y que tal vez todo aquello que de ella se haba
dicho en Mjico, y que haba costado la vida al alfrez Gaspar de
Valcrcel, y que ella no haba tenido empacho en referir, no era sino
muy cierto; y que tal vez en l no buscaba marido amante, sino marido
pobre y sufrido, que a trueque de sus grandes riquezas y aun de los
abandonos de su hermosura, todo se lo sufriese y callase, y su reparo y
el nombre de sus hijos ante el mundo fuese.

Y esto lo pensaba Miguel de Cervantes, aunque tena el alma noble,
porque no hay recelos que de una mujer se tengan sin pruebas, que
villanos no den; y en este pecado dan los que bien aman, por buenos que
sean, y por la misma fuerza de su amor, que a los tristes y desesperados
recelos los lleva.

Inocente haba sido en contar con tal lisura su historia doa Guiomar, y
claras muestras haba dado de no conocer el mundo; que el calumniado que
de la calumnia de que es vctima habla, es uno ms que a la calumnia que
le sacrifica ayuda. Y esperrase a lo menos doa Guiomar a que, por ser
mujer de Cervantes, este dudar no pudiera de la hasta entonces entera
castidad suya, y mejor hiciera, y sobre seguro y sin peligro pudiera
contarle lo qu, no habiendo llegado a aquellos trminos, era ocasionado
a los recelos, que como no poda menos de ser, a nuestro Miguel, que era
hombre de una grande experiencia, acometieron.

Imprudente haba sido doa Guiomar confiando en su inocencia, y ms an
en el amor de su soldado; y si hubiera su corazn visto cuando ella sac
de su seno la medalla del seor Gins de Seplveda, arrepentdose
hubiera de su imprudencia; que Cervantes crey, que si el familiar no la
haba preso, a causa haba sido de algn inapreciable favor con que la
rectitud del enviado de la Inquisicin doa Guiomar haba torcido; y no
tuvo la medalla que de su hermossimo seno doa Guiomar haba sacado,
sino como recuerdo y prenda de amor por el familiar a ella dejados. Y no
haba sido otra la intencin de doa Guiomar que la de espantar a
Margarita, a la que una vez recibida no se atreva a echar a la calle,
para que ella de su _motu proprio_ se fuese, atemorizada al saber que la
casa tena duende, y que para defenderse del mal era necesaria una
medalla de la Santa Inquisicin, que ella no tena. Celosa andaba doa
Guiomar, porque poco recatado Cervantes, atrado por aquellos dos
opuestos polos entre los cuales se encontraba, y aunque ms cerca de
doa Guiomar, no muy distante de Margarita, haba mirado ms de una vez
a esta con encendido ahnco, y hartas seales haba dado Margarita,
aunque sin pensarlo, del amor que por Cervantes se haba encendido en su
pecho; todo lo cual haba nublado y ennegrecido los inquietos espritus
de doa Guiomar, y por esto, como se ha dicho, de duendes haba hablado
y haba sacado la medalla, para que de ella, y por su propia voluntad,
se apartase aquella su negra enemiga. Y estando en esto, entr en el
cenador Florela, ya repuesta en su natural y propio traje de doncella, y
arrimose a doa Guiomar y quiso hablarla en secreto, pero ella le dijo:

--Dime alto lo que tuvieres que decirme, que no hay necesidad de que
estos, mis buenos amigos, crean que yo tengo algo oculto, y a ms que es
descortesa.

--Pues, seora,--dijo Florela,--ah est, y por vos pide, aquel seor
familiar que anoche vino, y dice que de graves asuntos tiene necesidad
de hablaros.

--Pues que all voy dile,--respondi doa Guiomar.

Y como Florela se fuese, continu:

--Cosa es la Inquisicin a que no puede cerrarse la puerta ni obligar a
espera. Y as vosotros, amigos mos, me perdonaris si os dejo para ir a
ver lo que la Inquisicin de m quiere.

Y doa Guiomar, levantndose con no pequeas muestras de sobresalto, del
cenador saliose llena de celosos cuidados, porque a solas dejaba con
Miguel a Margarita; y ms cuidosa hubirase sentido doa Guiomar si en
el alma de Cervantes pudiera haber ledo; que ste crey que doa
Guiomar se encontraba en la mezquina y dura ocasin de una dama de poco
ms o menos, que estando al lado de un su enamorado, la visita de otro
enamorado con quien tiene grandes respetos, y dejar de asistir a la cual
no puede, la anuncian.




XIV

De como hubiera hecho muy bien doa Guiomar en no acudir a la
visita que le hizo el seor Gins de Seplveda.


Como Margarita, libre de testigos, a solas con Cervantes se encontrase
en aquel cenador sombro, donde la belleza, el silencio y la frescura al
amor convidaban, sin reparar en que los que estn rodeados de tupido
ramaje no pueden tener la seguridad de no ser acechados, como lo eran
ellos, y de cerca, porque la celosa doa Guiomar haba diputado a su
fiel Florela para que observase, los ojos alz ella sin miedo y los fij
en Cervantes de una manera tan clara, que l se sinti amado hasta las
entraas, y dolorido por doa Guiomar y contra ella irritado, sus ojos
fij en Margarita con no menos vehemencia y fuego que ella en l fijaba
los suyos; y fusele a ella un suspiro, y l con otro suspiro contest,
y as permanecieron algn tiempo, indecisos, sin hablarse, y mirndose
tiernamente, y requebrndose con los ojos, que el diablo andaba por all
suelto y teja ya una maraa que sin desdichas no habra de
desenredarse, y cuando fuese peor el remedio que la enfermedad.

--En verdad, en verdad, seora ma,--dijo Cervantes,--que ni yo s lo
que me pasa, ni dnde estoy, ni a qu atiendo, ni qu deseo, ni de qu
hilo he de valerme para salir del laberinto en que perdido me hallo.

Oalo todo Florela, que a poca distancia estaba, entre el follaje de un
bello jazmn escondida, y oy asimismo que Margarita dijo, con la voz
apenada y dbil, y tan apasionada, aunque quera ocultarlo, como si su
voz hubiera salido de en medio de sus doloridas entraas:

--Ay, seor mo, que yo tambin estoy espantada de m misma, porque no
debiendo tener ni corazn ni alma ms que para la desgracia, que nunca
llorar bastantemente, del fallecimiento de la desventurada madre ma,
en cosas pienso que tan lejos estn de mi madre como de mi ventura! Y en
cuanto a lo que decs del hilo que necesitis para salir del laberinto
en que os encontris perdido, dgoos que bien podis valeros del hilo de
oro que tenis en las manos, y l os sacar a buen puerto.

--Pero no sabis, hermosa seora ma,--contest Cervantes,--que el hilo
de oro, cuanto ms rico es, por no tener mezcla de ningn otro metal, es
ms quebradizo? Oro no me deis a m para que de gua me sirva, que nunca
ha sido el oro el imn de la aguja de mis deseos; que si lo fuera, no
hubiera yo dado en poeta, que es lo mismo que hacer voto de pobreza
perpetua e incurable, y de perpetuo afn e irremediable locura.

--De poetas es,--dijo Margarita,--volverse a lo que ms brilla y adorar
el sol que deslumbra.

--Pero a veces, seora, cuando ms luce el poeta, es cuando la fragancia
aspira del humilde lirio que entre la yerba se esconde, y con plcida
voz y acordada armona le canta.

Colorronse sbitamente las mejillas de Margarita, y un sbito temblor
acometi a Cervantes, que en los ojos de Margarita vio algo que, yendo
ms all de lo humano, divino pareca, y que le atraa con una no
conocida fuerza, y de tal manera, que el uno dio en los brazos del otro,
y sus labios se unieron, y ella, desfallecida sobre el hombro de
Cervantes, reclin su hermosa cabeza, y suspirando le dijo:

--Mi esposo sois, que ya de ello con vuestros labios y con vuestro
abrazo me habis dado testimonio; y ved lo que hacis, seor mo, de mi
alma, que aqu de celos fallezco y de espanto me muero; que de vos doa
Guiomar est enamorada, y duendes hay en esta casa, y yo no tengo como
ella medalla de la Inquisicin que de los duendes me defienda.

Sell una y otra vez Cervantes los labios de Margarita, libando la
ambrosia de su aliento, y reparndose al cabo y pensando en que de aquel
su olvido y arrebato poda haber ocultado cuidadosos testigos la
espesura, de sus brazos dulcemente separ a Margarita, y la dijo:

--Vuestro esposo soy; de ello no podis tener duda, si no es que en duda
ponis mi hidalgua y mis cristianos pensamientos; y puesto que esto no
tiene ya remedio, ni yo deseo que lo tenga, ni arrepentido estoy de
haber llegado al punto a que me ha convidado mi por vos prspera
fortuna, disimulemos, que a vuestra honra y a la ma el disimulo
conviene; que no hay para qu de vos se hable ni de m se diga que no he
tenido valor para contener los impulsos de este violento corazn mo,
que tan presto, de tal manera y para siempre, habis hecho vuestro.

--Dios sea bendito!--exclam Margarita, levantando los hermosos ojos,
llenos de lgrimas, al cielo,--que en el amargo y negro da en que para
m juzgaba ya cerradas todas las puertas de la esperanza, la felicidad
encuentro, no embargante el dolor que siento porque mi desdichada madre
no vive, y es testigo y partcipe de mi ventura.

--Cesemos en esto, seora de mi alma,--dijo Cervantes,--y procuremos
recobrar la serenidad del rostro, no sea que doa Guiomar vuelva y
sospeche, y celosa os injurie, y en trance me ponga de hacer lo que no
quisiera ni cumplira a mi honra; y habladme de los sucesos de vuestra
vida que relatar os falta, y ms que esposos enamorados, parezcamos
buenos amigos hasta que de esta casa salgamos, y habiendo pasado por la
iglesia, a la pobre ma os lleve.

Y como aconteciese que Cervantes fuese volviendo en s de aquel
trastorno de sus sentidos, de lo a que l, si no hubiese estado celoso y
perturbado, no hubiera llegado, espantose; porque conoci claro que no
por haber empeado l su honra, tomando la de ella, haba menguado en un
pice su adoracin por doa Guiomar, sino que antes bien, con la nueva
dificultad haba acrecido; y aquejbale hasta criar dentro de su pecho
una rabiosa tormenta, el ver que la visita del familiar con la hermosa
viuda continuaba, y que ella no volva; y mientras esto pona a
Cervantes en una borrasca de confusiones, Florela atisbaba, demudada y
plida, porque a su seora amaba, oculta entre los jazmines, y
proponase todo relatarlo como ella lo haba visto y odo a doa
Guiomar, para que no fuese ms tiempo burlada y engaada, y por la burla
y el engao se vengase.




XV

De como Cervantes oy el fin de la historia de Margarita entre las
cabilaciones que le causaba el no saber adnde le llevara la
historia de sus amores.


Receloso estaba Cervantes, sospechando lo que aconteca, esto es, que
testigos haba habido de su repentino e inevitable delirio; y no
sospechando nada de esto por su inocencia Margarita, y dominando cuanto
pudo las huellas que en su semblante quedaban del frenes de amor que
por ella haba pasado, con voz dulce y enamorada dijo:

--Pues lo que contar de mis desdichas queda es tan breve, seor de mi
alma, que muy presto habr terminado; mucho antes quiz de que doa
Guiomar venga; que Dios sabe cun largos pueden ser los asuntos por los
que la Inquisicin la busca.

Con estas palabras avivado haba Margarita el fuego de la celosa rabia
de Cervantes, que se arrepenta ms y ms de su pasada, pero irreparable
debilidad y ligereza.

Mantvose, sin embargo, sereno, y Margarita continu:

--Por curarme de las tristezas en que la ausencia de Gaspar de Valcrcel
me haba puesto, aunque yo, por lo que siento ahora conozca, ay de m!
harto bien no era amor lo que por mi ausente enamorado senta, ni viso,
ni aun sombra de ello, trajronme mis padres, como ya he dicho, a la
populosa Sevilla, ansiosos porque mis melancolas tuviesen trmino en un
nuevo amor; que yo era muchacha, y a la juventud no hay que pedirla
reflexin ni firmeza; que no hay firmeza sin reflexin, y las jvenes
plantas que cuando dejan de ser halagadas por el dulce cfiro se
doblegan mustias, otras cfiros las alientan y reviven; y cfiro es para
la mujer el primer amor que apenas si su inocente alma conmueve; amor de
la inocencia, que en nada se parece a este otro amor de la vida, que por
vos, seor de mi alma, me abrasa y me devora, y de tal manera, que me
parece que no es ma la vida que vivo, sino que en vuestra vida aliento,
y en medio de vuestras propias entraas, y que en mis entraas os
siento; pues, como deca, aunque mis padres tenan una tal cual
hacienda, por la que en el pueblo por ricos eran tenidos y respetados, y
como ricos vivan, no era esta hacienda cosa bastante para sufragar los
dispendios a que les obligaban las galas y las joyas con que para
llevarme a las principales casas, de Sevilla necesitaban ataviarme y
prenderme; y como mis melancolas y pesadumbres no cesaban, y llamaban
hermosura al pobre parecer mo los galanes de la populosa y regocijada
Sevilla, y con pretensiones me asediaban, sin que yo de mis melancolas
y negro humor me curase, esforzbanse mis padres, y acrecan sus
dispendios, y hasta llegaron a poner gran casa donde pudiesen tener
lugar saraos y representaciones de pasos y comedias; que as los
tristes, que por no tener ms hija que yo, en m sus ojos y su alma y
todo el amor de su corazn haban puesto, crean dar alegra a mis
tristezas, alivio a mis pesares, y ponerme ms y ms en ocasin de que
algn gentil y joven caballero de m se enamorase, y fuese tal que yo no
pudiese menos de amarle; pero esto no aconteca; que para m los hombres
eran como si no los hubiese, y en vez de agradarme me martirizaban con
sus solicitudes, y mis tristezas y mi desabrimiento aumentaban; y en
balde dbanme msica, y en balde escribanme versos en que me comparaban
con el sol, con la luna y con las estrellas, con el cielo y con la
tierra, con las praderas y las selvas, con las flores y los cfiros; yo
no lea estas composiciones, sino que, desdendolas, las rompa o las
quemaba; y si yo las guardara, bien hubieran podido hacerse con ellas
dos o tres gruesos libros infolio. Vendido haba mi padre su hacienda
para sufragar los diparatados gastos en que por amor mo se haba
metido, y puesto el dinero a ganancia casa de genoveses; pero la
ganancia del dinero no alcanzaba ni con mucho a aquel loco y continuo
gastar de mi padre, y fue necesario al propio dinero recurrir quitndole
de la ganancia; tal era la ceguedad de mi padre, tal la vehemencia de su
amor por m, que en aquel camino de perdicin no se detuvo, esperando
siempre que algn poderoso magnate de m se prendase, y yo le
correspondiese y nos cassemos, y todo viniese por ltimo a un fin
prspero; que tal era la idolatra que mi padre tena por m, que no se
le figuraba menos que yo era la nica mujer hermosa que en la tierra
haba, en cuya creencia le ayudaba el ver que las gentes que a mi casa
iban y que en paseo nos encontraban, y en las comedias, y en las
iglesias, se desojaban mirndome, y tras m se iban y ansiosamente me
pretendan.

Lleg al fin un punto en que, no habiendo habido hombre que en l
reparar me hiciese, y por el que en nada mi malaventura del alma se
aliviase, mi padre lleg al fin y remate de su hacienda, y no
rindindose an y esperando siempre el ave-fnix que conmigo haba de
casarse, pidi dinero prestado, que cuando los plazos se cumplieron no
pudo pagar; de modo que, conocida la pobreza de mi padre, nadie fue
osado a prestarle un solo maraved; ms bien los acreedores embargronle
cuanto en la casa haba: muebles, tapices, carroza, y aun la misma ropa
y alhajas de mi madre y mas; y como mi padre se viese en medio de la
calle con mi madre y conmigo, sin poder volver a nuestro pueblo, porque
en l nada nos quedaba, y sin tener otro refugio que la pobre casa de un
fiel criado que de nuestras bien merecidas desdichas condoliose,
enferm, y de tal y tan grave manera, que al hospital de San Juan de
Dios fue necesario conducirle; que el criado que nos amparaba no tena
fuerzas para otra cosa; y all el desgraciado, perdida ya toda
esperanza, comido del remordimiento de la miseria en que a mi madre y a
m nos haba puesto, muriose, y de caridad le enterraron no lejos del
sitio en que esta maana fue sepultada mi desventurada madre, en ese
cementerio del Salvador, adonde vos, movido a compasin por mi desgracia
y mi soledad, me seguisteis. No aprovechbamos mi madre ni yo para
sustentarnos con nuestro trabajo, que trabajar no sabamos, como no
fuese el soportar por amor de Dios nuestras nunca odas y agudsimas
desgracias.

Trabajaba para nosotras, que se quitaba la vida, l bueno de Francisco;
pero viejo, tambin adoleci, y al hospital se lo llevaron, y otro da
fuimos acompaando su cadver como habamos acompaado el de mi padre.

Cerrbase todo para nosotras, y de tal manera, que el cielo que todos
vean azul y sereno, nosotras le veamos nublado y siniestro, preado de
tempestades, y entre sus neblinas caliginosas parecanos ver la muerte
que cruzaba y sobre nosotras descenda, amenazndonos con su horrible
guadaa.

Algunos de los amigos que tuvimos en aquellos tiempos que la locura de
mi padre (Dios le perdone!) hizo que pata nosotras pareciesen
prsperos, nos socorrieron; pero no hay quien socorra una necesidad
continua: la amistad se cansa pronto; que para la miseria no hay amigos,
y si la caridad subsiste algn tiempo ms, acaba al fin por entibiarse y
por convertir su ardiente fuego en duro hielo. Hace cuatro meses desto,
y ya mi madre, por amor mo, haba pretendido salir a mendigar de noche,
yndose a las puertas de las iglesias donde haba ejercicios; y yo por
m no se lo hubiera consentido, pero por ella consentilo y acompaela, y
ambas a dos, en cuanto la noche cerraba, a la iglesia ms prxima donde
haba ejercicios nos bamos, y a su puerta nos ponamos rebozadas, y aun
a pesar del rebozo avergonzadas, y trmulas, y poco menos que
agonizando.

Caan algunos maraveds en nuestras heladas manos, y para el pan sacamos
la primera noche; pero la segunda, los mendigos de oficio que all
acudan, y que la noche anterior de nosotras se haban apercibido, nos
echaron, llenndonos de improperios, dicindonos que les hacamos
perjuicio, y que como ramos pobres nuevos, si habamos de seguir
pidiendo, habamos de ganarlo, y no haba de ser esto menos que
repelndonos contra toda aquella falanje de ciegos, cojos, mancos,
tullidos y muchachuelas de mal vivir; y no nos lo decan esto de buena
manera, sino rodendonos y empujndonos, y ponindonos los puos a dos
dedos de la cara, y amenazndonos con garrotes y vihuelas, y gritando y
chillando y aullando todos y todas a una, ni ms ni menos que si
hubiesen sido una legin de demonios voraces, contra nosotras
conjurados. Y no sabemos lo que de nosotras hubiera sido, porque aquella
mala gente se iba embraveciendo con su propia clera, si de improviso
sobre aquel torbellino de rabiosos no lloviera de repente una tal
tempestad de cintarazos, que todos, sanos y lisiados, escaparon,
quedndonos solas en el atrio de la iglesia, asustadas y poco menos que
agonizando, mi madre y yo, y de tal manera amedrentadas, que no
acertbamos a movernos, estrechadas la una contra la otra, y temblando.

Estando en esto, vino a nosotras un caballero, ya no joven, pero al que
tampoco poda llamrsele viejo, que era el que en aquel apretado trance
nos haba socorrido, y en l para nuestra desdicha, porque nos impidi
aceptar de l ms socorro, reconocimos a un seor capitn, persona muy
noble y muy rica, y de mucho respeto en Sevilla, y como poeta no mal
reputado; en una palabra, el capitn don Baltasar de Peralta, del que
tan acerbas e impas memorias tiene la hermosa doa Guiomar, vuestra
amiga, y tan perseguida de l se encuentra.

--Y os persigui tambin ese hombre?--dijo con la voz alterada y
demudado el semblante Miguel.

--Su concupiscencia no encuentra respeto que le ataje, ni su soberbia
dificultad, en vencer la cual no se empee,--dijo Margarita;--cuatro
meses haca que a Sevilla haba llegado y conocdome, cuando todava nos
encontrbamos con las apariencias de una riqueza mentida, y requerdome
haba de amores, y como yo le resistiese, habame dicho:--O ma habis
de ser, seora, o hemos de ver los dos para qu hemos nacido.

--Desde Adam ac,--dijo Cervantes,--al mundo no ha venido criatura sino
para morir; slo que a unas las mata Dios y a otras las matan los
hombres, sino es ya que ellas a s mismas, porque no se puedan resistir,
se destruyan; y antjaseme que para el capitn don Baltasar de Peralta
las tres sangrientas parcas miden ya con muy breve trmino su vida; y la
ms tremenda de ellas, la despiadada Atropos, sus inexorables tijeras
prepara; y tengo para m que lo que ha de ser esas tijeras lo es la
buena hoja de Toledo que a la cinta llevo.

--No por Dios, seor mo,--exclam Margarita, ponindose como la cera
amarilla,--que hartas desventuras he sufrido ya y el valor me falta, y
si yo os perdiese, no podra resistir ni un punto, y ahogarame la pena;
que mirad que ese hombre es tal que no hay valiente ni diestro con quien
se mida a quien no hiera o mate; y ved no hagis que la despiadada punta
que a vos os corte la vida a m al corazn me llegue, y en la tumba me
arroje desesperada.

Sonrea Cervantes oyendo a Margarita, como quien sonre cuando escucha
las raras quimeras de un sueo que se relatan, y asindola dulcemente
una mano y mirndola amoroso, la dijo:

--Aunque yo no tuviera ms valor que el que el encanto de vuestra
hermosura y el amor que me mostris me infunden, dgoos que no ya ese
capitn, que de tal modo os espanta, sino el mismsimo Orlando con toda
una cohorte de encantadores y vestiglos, no bastara para contrarestar
el poder de mi brazo, que vengada ha de haceros, mal que le pese al bro
y a la fama de vuestro enemigo; y tened ms confianza en el aliento de
quien bien os ama, y no temblis ni empalidezcis, mi dulce seora, que
en verdad os digo que para vos y para m han empezado ya das ms
bonancibles de amor, de ventura y de esperanza. Y en esto no porfiemos,
porque ved que yo no he de dejaros por todos los hombres del mundo, as
sean gigantones de los que por los libros de caballera se encuentran, y
que si no os dejo, l sobre m vendr y provocarame, y en trance me
pondr de que yo le ponga de manera que ms mal que el que ha hecho no
pueda hacer a nadie en este mundo; y otros, seora ma, que a doa
Guiomar tengo prometido castigar a ese su contumaz y peligroso
contrario.

Y a Cervantes se le iba el pensamiento sin poderlo remediar a doa
Guiomar, o, por decirlo mejor, se le estaba en ella; porque ni un punto
de ella se haba olvidado, como no fuese en aquellos momentos en que
otra cosa no vio, ni para ms vivi que para Margarita; y ahogbase ya,
aunque lo disimulaba Cervantes, porque la ausencia de doa Guiomar se
haca tan larga, que ocasin daba a toda suposicin de los recelosos y
abultadores celos, y la ira y el espanto le cogan el corazn, e
inquieto se hallaba, y a no mediar miramientos, a buscar hubirase ido a
la hermossima indiana; que entonces, a causa de sus celos y de las
emponzoadas imaginaciones que por ellos en la turbada mente revolva,
parecale ms y ms hermosa, y espantbase, porque vea que, si en vez
de estar ausente doa Guiomar, lo hubiese estado Margarita,
conturbdose hubiera de igual modo y de igual manera enojado e irritado,
y no saba explicarse por qu extraa, y para l no conocida razn,
enamorado y en igual o casi igual trmino de empeo por dos mujeres s
encontraba; y no saba cmo de aquella dificultad haba de salir; que l
con las dos no poda casarse, ni hacer desmerecer en su alma a la una
por la otra, con la una casndose y teniendo a la otra por amiga; que
ambas eran altivas y honradas, y si la virtud haba faltado un punto a
Margarita, culpa del amor que enloquece haba sido, y a punto doa
Guiomar haba estado de olvidarse de su virtud por su amor, lo que nada
implicaba para que ellas estimasen su honra de una igual manera; que la
mujer que ama y, por el amor, de su honra se olvida, no cree que su
honra ha perdido, sino que en depsito la ha dado al seor de su alma, y
en obligacin le considera de restaurarla en su honra, hacindola suya,
su esposa y compaera.

Disimulaba Cervantes aquel sufrimiento en que los sucesos de su amor tan
inopinadamente le haban puesto, y a Margarita sonrea, y no pareca
sino que tenindola a ella, toda cuanta felicidad haba ansiado tener
tena; y como ella, por las razones que Cervantes la haba dicho,
hubiese conocido que el venir a las manos el capitn don Baltasar y
Cervantes inminente era, en cuanto el capitn supiese que ella a
Cervantes amaba, y que a mayor abundamiento, en la casa de la
hermossima viuda indiana estaba, y ella le amaba, no porfi, sino que
disimulando tambin su angustia, dijo:

--Si cuando yo me vea rica, porque mi padre me cubra con flores el
abismo que cerca de los pies tenamos, atencin no prest a las
solicitudes y a los encarecimientos del amor de don Baltasar, menos
poda admitirle cuando por la miseria en que me encontraba, l poda
creer que, no esposa amante en m tena, sino mujer desesperada, que por
no morir a los rigores del hambre, a l se haba unido esclava de su
desventura; y si altiva me haba mostrado con l antes, ms altiva con
l fui luego; y de tal manera irritado y desesperado, y con el alma
torcida apartose de nosotras, dejndome ver claro en una mirada, que no
pareca sino que de los ojos de un demonio sala, que crea que la
miseria, y la desesperacin, y el amor a mi madre haranme someterme a
sus deseos; y no fue ya slo la dura y horrenda pobreza, los das sin
pan, el cuerpo sin abrigo, la soledad y la tristeza lo que sufrir
tuvimos, sino asechanzas y humillaciones, y visitas de viejas olvidado
todo temor de Dios, que a proponernos cosas venan, que no eran ni aun
para odas; y rondadas nos veamos por bravas y malas gentes, y
asustadas nos encerrbamos de noche, y mientras la una dorma velaba la
otra, siempre dispuesta a clamar socorro a los vecinos al primer asomo
de peligro, y sin atrevernos a salir ni aun de da a la calle. En fin,
mi desdichada madre resistir no pudo a tanta miseria, a tanto dolor, a
tal quebranto, y ya lo habis visto, vos me habis acompaado cuando la
conduca al lugar de su reposo; junto a m habis estado cuando la
horrenda y negra tierra de la fosa de ella me ha separado, y en vuestros
brazos me habis sostenido cuando, arrebatada por el insoportable
desconsuelo de mi alma, cre tambin para m llegada la ltima hora.
Dios junto a m os ha puesto; Dios ha querido que, habiendo mi corazn
repugnado siempre el amor, en l por vos haya cado en breves horas, y
de tal manera, que a la locura del amor llegada, vuestra esposa me
hayis hecho y hchoos mi esposo ante Dios, que el juramento de nuestras
almas ha odo; y Dios ha debido quererlo, porque yo no s cmo, dolorida
y desesperada por la eterna separacin de la adorada madre ma, esto ha
sido, o ms bien ha sido por esto; que la yedra que pierde el rbol que
la sostena, si otro rbol encuentra prximo, a l vase y a l se
estrecha con ms fuerza que con la que al otro que perdi se asa; y
pues yo soy la yedra y vos el rbol, y por el amor la yedra al rbol se
une, no me hagis temer, nico apoyo y sustento mo, que en peligro me
veo de que otra hacha enemiga el dulce arrimo a que llena de esperanza
me he enlazado, me robe.

--Dgoos,--exclam Cervantes,--que mi esposa sois, que de otra manera
ser no puede, porque ni yo puedo olvidarme de los buenos padres de que
vengo, de la honra que de ellos he recibido, ni de la religin ni de la
crianza que me han dado, ni de mi propio honor, ni de mi corazn propio,
que vuestros son tanto como mos; y porque yo tena ciertos empeos,
aunque no de honra, con doa Guiomar, y en su casa estamos, y en ella os
tiene amparndoos, y amparndoos a vos a m me ampara, y por ello, no
slo respeto, sino agradecimiento la debemos, dejadme hacer, y nada de
lo que hacer me viereis os extrae, os ponga en cuidado, ni os enoje;
que todo ser buscando el camino para salir a buen lugar y honrado; y en
esto cesemos, que ya por entre aquellas espesuras me parece haber visto
a doa Guiomar que se acerca.

Y as era la verdad, que la hermosa indiana vena por entre las verdes
frondosidades del jardn, y en paso lento, hacia el sombroso cenador
donde los dos amantes se encontraban; y era el paso lento de doa
Guiomar la vacilacin de su alma, en la que tal tumulto haban levantado
su amor y sus celos, su indignacin contra Cervantes, su odio contra
Margarita, y la obligacin en que se encontraba, por su propio decoro,
de vencer aquella tempestad que en su alma se revolva, y aparecer ante
los dos amantes tal y de igual manera que como estaba cuando se separ
de ellos, que no saba qu hacerse, y tema que en el semblante se le
conociesen la turbacin, y el despecho, y la ira, y los celos, y la
venganza, y el infierno, en una palabra, que a su alma daban cruda
guerra; porque Florela no haba andado con rodeos, y todo lo que haba
visto y odo habala contado en el momento en que se parti el familiar
que a visitarla haba ido. Y porque importa saber lo que el familiar y
doa Guiomar hablaron, y lo que hablaron doa Guiomar y su doncella, de
ello se va a dar cuenta en el captulo siguiente.




XVI

En que se ve cun dura tena la Inquisicin la mano, aun para sus
familiares, y cunta fuerza, cunta virtud y cunta prudencia doa
Guiomar para encubrir sus amarguras.


Haba acudido doa Guiomar desasosegada y con disgusto a la visita del
seor Gins de Seplveda, al que encontr todo mezquino y encogido, y
tan espantado como quien se cree en un gravsimo peligro.

Miraba a doa Guiomar cual si hubiera sido cosa del otro mundo, y con
tal avaricia y tal miedo, en que la misma ansia con que la miraba le
pona, que tanto mova a lstima como a risa su extraa catadura.

Hzole una profunda reverencia en entrando doa Guiomar, y luego fue a
sentarse en el canap.

Saludole, y le convid a que se sentase.

Hzolo el menguado, quedndose tan encogido y tan temeroso como cuando
estaba de pie, y continu mirndola de la misma manera absorta,
codiciosa y espantada.

--En mal hora para m y para castigo de mis culpas,--dijo con la voz
balbuciente,--fui yo a esta casa venido anoche; y no os digo por qu,
aunque bien podis figuraros la causa; que prohibido me est
seversimamente, y bajo pena de grave censura, el que ms de la cuita en
que estoy agonizando hable, ni con vos ni con nadie, ni aun conmigo
mismo: quejas hanse dado hoy a la Inquisicin, porque en vez de
prenderos a vos, seora, al rapista _Vivis-mil-aos_ prend; y yo no s
quin pudo dar esta queja; pero es lo cierto, que puesto que el rapista
haya dado en otras ocasiones motivos o sospechas para que la Inquisicin
le prenda o le aperciba, por lo de ahora limpio est de acusaciones y
sospechas, y le han soltado, y en su casa se halla, insolente y ufano y
satisfecho, diciendo que a un tal catlico apostlico romano como l, no
hay quien en materias de fe le meta el diente, y que si hay malos
ministros que, por servir a hermosas damas, a los buenos catlicos
llevan a la Inquisicin a encerrarlos, este tribunal, en su justicia y
en su sabidura, al atropellado suelta y le satisface, y a sus
temerarios o tal vez malvolos familiares, que a tanto osan, reprende,
apercibe y penitencia. Y la Inquisicin hame obligado, despus de
haberme enderezado una severa y dura amonestacin, a que a buscar venga
al tal rapista, y ante l me ponga, y perdn por el desaguisado que
dicen que contra l he hecho, y que sin duda he debido de hacer, porque
la Inquisicin no se engaa ni puede engaarse, le pida. Mucha mano ha
debido de haber en todo esto; que la Inquisicin no suelta tan anas al
que una vez en sus prisiones coge, aunque luego resulte inocente. A un
mes de convento y de ayuno y de penitencia me han sentenciado, a ms de
a la demanda del perdn del rapista, que ya he solicitado, y en cuyo
acto de humildad, que la Santa Inquisicin se ha dignado imponerme, he
sufrido cuantas insolencias pueden decirse y son imaginables, de la boca
del rapista. Y otros, como la Inquisicin haya notado que yo no tena
al pecho su medalla, y por ella me haya pedido, y yo, no atrevindome ni
debindome atrever a engaar a la Santa Inquisicin, la verdad haya
respondido, por esto se me ha castigado con suspensin del oficio y de
las preeminencias que en la Inquisicin tengo, por un ao; se me ha
impuesto una multa de cien ducados para obras pas, y se me ha mandado
que a vos venga y la medalla os pida, y os aperciba para que de ahora en
adelante, y en toda vuestra vida no volvis a solicitar su posesin, que
por ser vos persona extraa al Santo Oficio, y sobre todo hembra, no
podis poseerla ni aun tocarla, sin incurrir en una especie de pecado,
que no es verdaderamente sacrilegio, ni deja de serlo; y que cuando os
haya reprendido bien sobre esto, y apercibdoos y anuncidoos que tiene
puesto la Inquisicin sobre vos su ojo perspicaz y escudriador, que
todo lo ve y lo descubre, y lo juzga y lo castiga, la medalla os pida y
a entregarla al Santo Oficio vaya, despus de lo cual me llevarn a los
capuchinos de la Paciencia, bien recomendado para que a severos
ejercicios se me someta, y en rigoroso ayuno y encierro se me ponga.
Conque as, seora, cumplido ya lo de la reprensin y el advertimiento,
que bien a mi pesar os he hecho, la medalla dadme, y con ella la
licencia de que vuestras manos bese, y a cumplir la penitencia que se me
ha impuesto vaya.

Dijo todo esto el familiar con voz desfallecida y con ansias, y de tal
manera, que para no perder algunas palabras, doa Guiomar tuvo que
aguzar el odo.

Y no se ri, porque no era para que riese el saber que estaba vigilada y
acechada por la Inquisicin, y porque hubiera sido adems poca caridad,
segn apareca de acabado y casi moribundo el seor Gins de Seplveda.

Apresurose la hermosa indiana a sacarse la medalla del pecho y su cordn
por la cabeza, y dndosela al familiar, le dijo:

--Tomad, que ms valiera que no vinierais nunca, si tal haba de
costaros el haber venido y en tal cuidado haba de poneros.

Y aqu cortara la visita doa Guiomar, y al seor Gins de Seplveda
dejara irse, por volver cuanto antes al jardn, impulsada por el ansia
en que la tena el haber dejado a solas y en lugar apartado y espeso a
Miguel de Cervantes y a Margarita; que sobresaltada estaba la
hermossima viuda, y celosa y con toda el alma puesta en el jardn,
antojndosela que oa ternezas y vea rendimientos que Cervantes
prodigaba a Margarita.

Pero aquello de haber soltado la Inquisicin tan presto al maleante
rapista, y lo que el asendereado familiar haba dicho de que en aquello
deba de haber habido mucha mano, y lo del apercibimiento, y la
reprensin, habanla puesto muy en cuidado y en la necesidad de
averiguar acerca de esto lo ms que pudiese.

As es, que habindose puesto de pie el seor Gins de Seplveda para
despedirse en el punto en que tuvo pendiente otra vez de su cuello
aquella malhadada medalla, que si no la tuviera en su vida en aquellos
aprietos de amor no se hallara, ni penitenciado ni castigado por el
Santo Oficio se viera, djole:

--No tan pronto, seor mo; sentaos otra vez, yo os lo ruego, que puesto
que haya persona que mida el tiempo que en mi casa permaneciereis,
aunque este tiempo se alargue, bien podr creer que en la larga y
severa reprensin que os mandaron me hicierais vos le empleasteis; y yo
tengo que preguntaros algunas cosas, que para m son de mucho momento, y
no dejis de decrmelas si las sabis, aunque no sea ms que por esa
entraable aficin que decs tenerme.

--En esto no hablemos,--dijo desfalleciendo el familiar,--que prohibido
me est, como os he dicho, de esto hablaros, ni aun pensar en ello, so
pena de gravsimos castigos; pero no tratndose de esto, y siendo verdad
que por la dura comisin que he trado entretener un tanto puedo el
tiempo sin que a mala parte se eche, preguntadme lo que de m saber
queris, que yo os responder en verdad, porque yo nunca he mentido.

--Habeisme dicho,--dijo doa Guiomar, en tanto que el seor Gins de
Seplveda otra vez se sentaba, quedando tan encogido como antes,--que la
libertad del rapista tan presto como ha sido, no ha podido ser sin que
en ello haya habido mucha mano.

--Eso he dicho, seora,--contest el familiar,--porque tengo la larga
experiencia de que las cosas del Santo Oficio de la General Inquisicin
nunca fueron tan de prisa; pero no sabr deciros cuya sea la grande
influencia que tal y tan extraa cosa he causado; y que no ha habido
influjos de tal monta, que a ellos el Santo Oficio no haya podido
negarse, no me lo digan a mi, que el mismo rapista en su insolencia me
lo ha dado a entender, dicindome:

--Pues qu, familiarcillo mezquino y simplote que t eres, creas t
que yo era un gusano as tan desamparado, que podas echar mano de l a
tu placer y a horro, sin que el gato te se viniera a las barbas? Anda,
anda, y buena pro te haga, que por el ao de mi abuela, que yo no la
conoc, ni s quin fuese, que las has de pagar a ayunos y vahdos y
hasta con las setenas: pues qu, soy yo ah una nonada, y no tengo yo
aldabas a que agarrarme, y tales, que no digo yo de ti, sino de la
mismsima Gorgona que de m hiciera presa me librara? Anda, anda,
menguadillo, bobalicn y mentecato, y atrvete otra vez a personas que,
como yo, tanto valen.

--Hinchdole hubiera yo la cara a mogicones al tal rapista, y aun siendo
mujer, si tal a decirme se atreviera,--exclam doa Guiomar
irritada;--que yo no s para qu os ha hecho Dios hombre, seor Gins de
Seplveda; y cosas son estas ms para vistas que para odas, porque no
vindolas parecen imposibles.

--Atado enviome a ese barbero el Santo Tribunal, por su mandato de ir a
demandarle perdn de mi culpa; y el que perdn humilde pide, al tanto se
est de la reprensin que le endilguen, y no puede hacer otra cosa que
sufrirla, y sufrirla con paciencia, si el acto de humildad que se le
manda ha de ser provechoso para su alma.

--De manera,--dijo con impaciencia doa Guiomar, dando con el breve pie
sobre la estera,--que vos no sabis, ni aun sospechis, quin sea el que
su mucha mano ha interpuesto en favor del rapista, para con el Santo
Oficio?

--Ignorolo, seora, y aunque averiguarlo pudiese, guardarame bien de
ello; que cuando de esa persona que yo supongo tanto caso ha hecho el
Santo Tribunal de la Fe, gran persona y respetabilsima debe ser ella.

--Vaya,--dijo doa Guiomar de todo punto disgustada y mohna,--pues que
de nada podis servirme, seor Gins de Seplveda, y estis ah inquieto
y desasosegado como si asentareis sobre alfileres, idos en buen hora, y
no os digo que cuando escapis de vuestra penitencia podis venir a
visitarme como un buen amigo, porque se me antoja que mi casa ha de
causaros espanto, por creerla lugar de perdicin para vuestra alma.

--En ella se queda la desventurada,--exclam ponindose de pie y dando
un hipido el seor Gins de Seplveda,--y ya, seora, que veis que de
vos tan mal aventurado me aparto, y tan castigado y doliente, acordaos
de m en vuestras oraciones, que puede ser que Dios os oiga, y por
vuestro ruego la paz del alma me vuelva que he perdido.

Y haciendo un puchero, mir a travs de sus lgrimas tan ansiosa y
miserablemente a doa Guiomar, que sta, no embargante los amargos
cuidados en que estaba, sinti por l lstima.

Fuese el familiar, y doa Guiomar quedose toda confusiones, toda
temores, toda celos, toda amargura. Y as, ensimismada en sus
pensamientos, y la bella color trocada, y el semblante grave y apenado,
estvose inmvil una gran pieza, hasta que de improviso alzose, y sus
ojos ardieron, y hacia el jardn se volvieron, que a l daban las
ventanas de la sala, como si a travs de las paredes ver hubiera querido
lo que en el sombroso cenador del jardn pasaba, y hacia la puerta fuese
rpida; y antes de que a ella llegara, abriose la mampara y apareci
Florela, la fiel doncella, toda descompuesta y airada, y tan plida, que
un viviente cadver pareca.

--Malas noticias me traes, Florela,--dijo doa Guiomar;--en tu semblante
las leo: habla, no tardes; qu desdicha tan grande me sucede, que as,
por la mucha lealtad que me tienes, te ha puesto?

--Echralos yo a palos de lacayos, si seora y no criada fuese, a esos
desvergonzados, ingratos y mal nacidos; y poco castigo sera, que su
bajeza y su atrevimiento bien merecen la muerte.

De ella fueron las agonas que, en oyendo esto a Florela, sinti doa
Guiomar, y tales, que por algn tiempo, aunque quiso hablar no pudo; que
harto claro vio su desdicha en las razones de Florela; pero como el
alma, cuando prueba la amargura, de ella parece hambrienta y ms busca
desesperada, doa Guiomar hizo que Florela la contase punto por punto
cuanto haba visto y odo; y ella no fue escasa, que a su seora dijo
mucho ms de lo que hubiera querido saber, y de una manera tan clara,
que no pudo caberla duda de que Miguel de Cervantes a Margarita haba
empeado su corazn y su honra.

Reprimiose, sin embargo, doa Guiomar, domin su corazn, contuvo las
lgrimas que a los ojos se la salan, serenose, y dijo a Florela:

--Y bien mirado, qu es de todo esto lo que a m me importa? A tiempo
he sido desengaada; de ello me alegro; all ellos; con su pan se lo
coman, que no ha de faltarme a m marido, y bueno, si alguna vez lo
quisiese; y encrgote, Florela, que acerca de esto guardes un grande
secreto, o que ms bien lo que sabes olvides; esta es la mejor manera de
que el secreto se guarde.

Callose en diciendo esto doa Guiomar, y quedose tan tranquila y tan
conforme en la apariencia, que Florela, aunque no era lerda, se enga y
crey que a su ama la iba muy poco en la infidelidad de su amante, y
alegrose, porque la fiel muchacha amaba grandemente a su seora.

Enviola esta a sus quehaceres, y acabando de componer su semblante, y
resuelta a no dar ni el ms leve indicio de saber lo que suceda,
encaminose al jardn, en el que apareci, y poco despus en el cenador,
sombroso teatro de su mala fortuna, de tal manera tranquila y al parecer
contenta, que Cervantes se alegr y Margarita perdi el miedo que la
haba acometido al sentir los pasos de doa Guiomar.




XVII

De como Miguel de Cervantes supo lo que le bast para meterse en
una aventura de ms empeo que la ms atrevida en que os meterse
cualquiera de los Doce Pares.


--Ruegoos, amigos mos,--dijo doa Guiomar,--me perdonis si tan largo
rato he estado apartada de vosotros, que gran causa ha habido para ello.

Y refirioles a seguida lo que el familiar de la Inquisicin haba ido a
decirla.

Alborotose Cervantes, y jur que l haba de desollar al rapista y poner
de claro en claro quien el que por l con la Inquisicin haba
intercedido fuese, aunque l lo sospechaba ya; y para salir de sospechas
pidi a doa Guiomar licencia para salir, prometiendo que con la
noticia de lo que averiguase volvera; con lo qu por el postigo del
jardn, que la misma doa Guiomar abri, saliose, y doa Guiomar quedose
con Margarita, mostrndose para ella tan buena y cariosa, como negras y
envenenadas tena contra ella las entraas; y con el dolor que Margarita
deca sentir por la reciente muerte de su madre, disimulaba las ansias y
las congojas que por aquel su amor, que ya esposa de Miguel de Cervantes
la haca, la atormentaban; espantbanla los recelos, y viendo tan
enamorada de Cervantes, y de tanto valer a doa Guiomar, tema que una
vez poseedor de ella Cervantes, la posesin de la hermossima viuda no
perdonase, y que siendo ella pobre y la otra rica, y desventurada ella y
dichosa la otra, con la otra se casase, dejndola a ella para que
muriese desesperada.

Encubra su negro odio a Margarita doa Guiomar, y consolbala y
acaricibala, como si hubiera credo que slo por la muerte de su madre
era el dolor y la congoja, cuyas muestras no poda ocultar Margarita.

En tanto, Cervantes encaminbase al prximo bodegn de la ta
_Zarandaja_. El sol se haba puesto, caa la tarde; paseaban por las
calles galanes y soldados, haciendo seuelos a sus enamoradas; los
menestrales dejaban sus trabajos, y se iban cerrando comercios y
tiendas. En aquellos tiempos se trabajaba de da y se descansaba y se
dorma de noche, salvos los rondadores y la gente maleante, que lo
hacan al revs.

Encontr Cervantes a la ilustre ta _Zarandaja_ apercibindose a cerrar
su bodegn, que segn las ordenanzas, estos tales a la oracin se
cerraban. Dio entrada con mil amores la vieja al gallardo soldado, y
cerrando la puerta, djole:

--Ya me tema que no vinierais, y sentalo, porque en verdad, que muchas
y muy importantes cosas que decir a vuestra merced tengo.

--Pues desembuche, buena madre,--dijo Cervantes,--que aqu hay lugar
donde quepa todo lo que en l entre; y no os abro el apetito regalndoos
alguna cosilla que os d contento, porque pobre ando, y tal, que por
Dios que me dejara ahorcar por dos reales.

--El que a buen rbol se arrima,--contest la ta _Zarandaja_,--buena
sombra le cobija, y de manzanas de oro, y aun con aditamentos de
diamantes, es aquel bajo cuyas frondosas y frescas ramas os habis
puesto.

--Ya me tarda el oros, buena madre,--dijo Cervantes;--que grandes cosas
y de mucho provecho han de ser, a lo que me parece, las que tenis que
decirme.

Psose en esto la vieja en los labios un dedo como imponiendo silencio a
Cervantes, que a la puerta haban llamado, y con prisa; y llevole a
aquel cuartucho que a lo ltimo del bodegn estaba, como se dijo, y
encerrole, y fuese a abrir la puerta de la calle, y hallose con que era
el seor _Vivis-mil-aos_, que vena a su casa.

Entr el rapista tan mudado de la fisonoma que otras veces tena, que
no le conoci la ta _Zarandaja_.

Vena entre satisfecho y soberbio, y descontento y mohno.

--Y dnde habis estado, seor _Vivis-mil-aos_,--le pregunt la
vieja,--que hoy no se os ha visto el pelo?

--En ayunas vengo, y en ayunas desde anoche, ta _Zarandaja_,--dijo el
rapista,--salvo dos onzas de queso y un panecillo que compr esta maana
en una tienda, cuando sala de all, adonde picardas de un mal
familiar, que ya est bien castigado, me llevaron; y venga, venga, ta
_Zarandaja_, la ua de vaca con habas y morcilla, que voy a comerla con
el mismo gusto que si no hubiera comido en mil aos.

--Dejadme primero que cierre, que con la alegra de veros, de cerrar la
puerta me he olvidado; y con que pase un alguacil y lo vea, multa
tendremos, y no estamos para esos lujos, que los tiempos andan muy
magros.

Y la ta _Zarandaja_ cerr, y fuese luego a su marmita con una escudilla
de cobre, ancha y honda, que llen de gazofia, yendo a ponerla, con un
buen pan blanco, a lo que aadi un mediano jarro lleno de vino, delante
del seor _Vivis-mil-aos_.

Aplicose ste a la ua y a las habas como si hiciera un siglo que no
haba comido, y la ta _Zarandaja_, que estaba sentada de media anqueta
a un extremo de la mesa, esper en vano a que el rapista la hablase..

Coma, beba y callaba _Vivis-mil-aos_; pero gesticulaba y guiaba los
ojos alternativamente como hablando consigo mismo, todo lo cual meta
mucho ms en curiosidad a la ta _Zarandaja_, que como haba visto lo
que doa Guiomar favoreca y lo mucho que amaba a aquel soldado que
tena encerrado, por favorecer sus amores esperaba mucha cosa.

Tena la ta _Zarandaja_ sus motivos para que la importase en gran
manera por doa Guiomar y por Cervantes lo que el seor
_Vivis-mil-aos_ la dijese, porque el rapista y ella haban hablado
mucho de un cierto seor que andaba sin seso y casi convertido en alma
en pena por la hermossima viuda.

Miguel de Cervantes escuchaba vido, con el odo pegado al ojo de la
cerradura; que habale puesto en cuidado lo que le haba prevenido,
hacindole callar, cuando llamaron a la puerta, y escondindole despus,
la ta _Zarandaja_.

Pero no oa otra cosa ms que el recio mascar del rapista, que era tal
como el de un cerdo, con perdn sea dicho.

No se sabe si el seor _Vivis-mil-aos_ haba guardado silencio a causa
de su apetito, y por aquello de que oveja que bala bocado pierde, o si
haba dudado en lo que tena que decir a la ta _Zarandaja_, porque
cuando ya la escudilla, o ms bien lo que contena, que no era poco,
haba quedado reducido a la mitad, y bebido el primer jarro de vino,
limpindose la boca con el revs de la mano, dijo:

--En un aprieto me hallo, y tal, mi buena ta _Zarandaja_, que de l no
puedo salir, porque si no hago lo que de m se quiere, en peligro me
hallo de que me tornen all de donde me han sacado; y os aseguro que no
ha sido sitio de gusto; que en una mazmorra de la Inquisicin me han
tenido, y aunque de hierros no me han cargado, con el recelo de lo que
pudiera sobrevenirme la mitad de las carnes he perdido. Sacome de all,
horro y sin costas, un bienhechor; pero dicindome antes de sacarme, que
si no le servia en lo que l haba menester, volvera a meterme, y ma
sera la culpa de lo que me sucediese. Promet yo, que el prometer no
cuesta, y tanto como me pidieron; que cuando en tales aprietos se
encuentra un cristiano, para salir de ellos no mira en pelillos, ni aun
en cabelleras, aunque sean ms grandes que aquella del filisteo Samson.

--Mirad, seor _Vivis-mil-aos_, que el Divino Nazareno Samson no fue
filisteo, sino el destruidor de ellos por la voluntad de Dios.

--Dios me destruya si s lo que me digo, ta _Zarandaja_,--contest el
seor _Vivis-mil-aos_;--que este oficio nuestro que traemos tiene
tales quiebras, que a veces nos vemos quebrados por el espinazo; y si yo
hago lo que ese seor quiere, en tratos y comercio, que no me tienen
cuenta puedo verme con la justicia ordinaria; y si no lo hago, es tal
ese seor y tan poderoso, que como de la Inquisicin me sac, puede
meterme otra vez en ella, donde yo me pierda y no vuelva a saberse de
m; que tal vez me empareden o me entierren vivo. De suerte que, entre
la Inquisicin y la horca, no s qu haga, ni qu deje de hacer, ni por
dnde tire.

--Y quin es ese tal y tan poderoso seor que en tales preeces sin
salida os mete, seor _Vivis-mil-aos_?

--Pues quin ha de ser, ta _Zarandaja_, ms que el capitn don
Baltasar de Peralta, que Dios confunda, que cada vez ms empeado por
esa doa Guiomar de mis culpas, y celoso, y con ms furia que una
rabiosa pantera hircana por lo de la msica anoche, y porque doa
Guiomar sali a sus miradores a orla, empeado est en acabar de una
vez, y en meterle todo a barato, y a salga lo que saliere, aunque lo que
hubiera de salir fuese la destruccin y acabamiento del mundo? Y habis
de saber, que lo que ese caballero, (maldgale Dios) quiere, no es menos
que meterse esta noche, cuando sea de ella la mitad por filo, en el
jardn de doa Guiomar por las tapias de mi corralejo.

Se le volvi el alma de arriba abajo a Miguel de Cervantes, y temblaba
de clera, y al mismo tiempo se le alegraba el corazn, porque oyendo
estaba que se le vena a las manos la mejor manera que poda haber
deseado de castigar a don Baltasar de Peralta y libertar de l a su
adorada y ya imposible doa Guiomar.

Continuado haba con su pltica entretanto _Vivis-mil-aos_, y haba
dicho:

--Que yo he de servir, mal que me pese, a don Baltasar de Peralta,
veislo harto claro, ta _Zarandaja_; que en casa de la maldita viuda
quiere meterse a la media noche, ya os lo he dicho; y aun pudiera
sufrirse si en entrar solo y por m guiado, consintiese, que todo ello
sera que, o empeara la honra de doa Guiomar, por la violencia de su
pasin atropellada, o ella se defendera y gritara, y acudiran sus
criados, lo cual, habindome yo escurrido a tiempo, nada me importara,
y l vera cmo sala del empeo en que se haba metido. Pero es el caso
que don Baltasar se ha puesto en todo, y con gente dura y resuelta en
casa de doa Guiomar meterse quiere, cosa que puede salir de tal manera
y con una tal tormenta, que el agua llegue a las nubes.

--Y a cuento de qu me habis manifestado todas esas cosas, seor
_Vivis-mil-aos?_--dijo la ta _Zarandaja_.

--A cuento de que vos podis sacarme del aprieto en que me hallo.

--Y cmo, si os place, de tal aprieto he de sacaros yo?--dijo, poniendo
muy mal gesto al rapista, la ta _Zarandaja_.--Ya que vos estis
perdido, queris que yo me pierda tambin? Y estas son las buenas
correspondencias de nuestra amistad? Pues de amigos como vos, Dios me
libre, y que yo no los vea jams sino descuartizados.

--Dios os lo pague por la buena voluntad, que me tenis, que cuando a
vos vengo a ampararme, porque ya me considero ahorcado, vos me tiris de
los pies. Y no a que perdis vengo yo, ta _Zarandaja_, sino a que
ganis la mitad de mil ducados, que porque le sirva me ha dado don
Baltasar de Peralta. Y vedlos aqu en buenos doblones de a ocho de los
del cuo del emperador.

Y el seor _Vivis-mil-aos_ sac una bolsa de malla de seda verde, con
ricos pasadores de oro, y tan repleta, que casi reventaba.

--La mitad voy a contaros,--continu _Vivis-mil-aos_, corriendo los
pasadores de la bolsa y echando fuera con tiento los doblones para que
no sonaran,--y as no podris decirme, si os perdis, que os perdis
por mi provecho y no por el vuestro. Y sabed, ta _Zarandaja_, que esta
buena hacienda que tomis, nada tiene que ver con lo que haya de pagarse
a los bravos que con don Baltasar de Peralta, para resguardarle y
asegurarle el golpe, hayan de entrar casa de la hermosa viuda; ni
tampoco lo que haya de darse a los que con una silla de mano esperarn
en mi corral para meter en ella a doa Guiomar, tapada la boca y atada;
y porque vos busquis a esa buena gente, que vos tenis ms
conocimientos que yo, que no conozco ms que pelones y personas de
nonada, muy buenos para bravear de lengua y sin valor alguno para llegar
a los hechos, estas riquezas os doy; que bien s yo que una docena de
hombres de alma y puos que se necesitan, los encontraris vos a medio
rodeo; y contando ya con que los buscaris, porque veo que os vais
guardando estos bendecidos doblones, os digo que no andis escasa en
prometerles, y con lo que pidieren por su pena y el peligro en que van a
ponerse, a mi casa andad y se os dar lo que fuere menester; y no
reposemos, que las noches son cortas, y las doce se echan encima en
seguida. As pues, decidme lo que os parezca, y si os pareciere no hacer
lo que se os pide, tornadme esos doblones e ireme yo a otra parte en
donde mejor dispuestos estn a ayudarme.

El alma hubiera dado antes la ta _Zarandaja_ que los doblones, que ya
haba sepultado en la honda faltriquera que llevaba debajo de la saya.

As es que dijo:

--Hablando, las gentes se entienden; y cuanto ms honradas son, mejor.
Id y en paz y contento, seor _Vivis-mil-aos_, que dentro de media
hora en vuestra casa me tendris con la razn de lo que sea, y que ser
tal, que bien descontentadizo habris de ser para no contentaros.

Acabose de beber su vino el seor _Vivis-mil-aos_, despidiose de la
ta _Zarandaja_, echole esta afuera, cerr la puerta de la calle y fuese
a abrir la del aposentillo en que Cervantes toda la conversacin que
acababa de pasar haba escuchado.

Estaba nuestro mozo plido de clera, y a duras penas se contena.

Y tan feroz miraba, que de miedo, se ech a temblar la ta _Zarandaja_,
y por satisfacerle, y temiendo no empezase por ella con algo que no muy
del gusto de ella fuese, se apresur a decirle:

--Pues que yo no puse punto en boca al seor _Vivis-mil-aos_ cuando en
tales honduras se meta, claro os he dado, seor mo, a entender, que mi
intento era que todo lo supieseis; y si todo lo habis odo, vos diris
lo que haya de hacerse, que a vuestro mandato me pongo, y estos dineros
que el seor _Vivis-mil-aos_ me ha dejado, dispuesta estoy a
entregaros.

--Guardadlos, ta _Zarandaja_, que pocos son, y una mnima parte
comparados con lo que doa Guiomar os dar cuando sepa de qu manera la
habis servido.

--Venga ahora el mandato de lo que quisiereis,--dijo la ta _Zarandaja_.

--Pues dgoos,--respondi Cervantes,--que hagis como si yo nada supiera
y como si quisierais servir a ese don Baltasar de Peralta.

--Ved lo que hacis, o ms bien lo que pensis hacer, seor
soldado,--dijo la ta _Zarandaja_, mirando con asombro a Cervantes;--que
en una temeridad tal podais dar, que os cueste cara; que no querra yo
que a un mozo tal como vos, que sois un pino de oro, y tan amado por una
tal y tan rica hembra de la hermosura como doa Guiomar, le aconteciese
una desgracia; que no me consolara de ella en todos los das de mi
vida.

--Nada se os d por eso,--dijo Cervantes,--y dejad a cada cual que all
vaya adonde le parezca bien ir, y haced vos lo que os he dicho, que as
conviene que sea. Y sin ms, quedaos con Dios y hasta la vista, que no
ser sino para premiaros largamente por lo bien que nos habris servido.

Y como la ta _Zarandaja_ quisiese replicar, impsola Cervantes
silencio, mandola abriese la puerta, saliose, y de all a gran paso
fuese a casa de doa Guiomar, y allegndose al postigo del jardn llam,
y abri Florela, que harto cuidadosa por la gravedad de los sucesos que
haban sobrevenido, por all andaba esperando.




XVIII

De como puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor.


--Ay, seor mo de mi alma!--dijo Florela,--que no sabis lo que
sucede!

El alma tena en un hilo Miguel de Cervantes, y sobresaltado por las
palabras que acababa de decirle Florela, preguntola con la voz no muy
firme:

--Pues qu puede suceder en esta casa que sea una desgracia, como
parece manifestrmelo las palabras que me habis dicho y vuestro
espantado acento?

Echsele de rodillas a los pies Florela, y djole:

--Vuestro perdn os pido, que yo, por la lealtad que a mi seora tengo,
y por el mucho amor que veo que mi seora os tiene, que aunque no lo
confiesa, harto claro con las acciones exteriores muestra, he sido la
causa de la desdicha que acontece.

--Hablad presto, Florela,--exclam Cervantes levantndola,--que oyendo
lo que me decs, estoy suspenso y sin vida.

--Ay seor!--dijo Florela,--que yo, cuando mi ama se fue a la visita de
ese familiar, que Dios confunda, que a buscarla vino, entre la espesura
del cenador acechando quedeme, y o lo que con doa Margarita
hablasteis, y vi que vuestra la hicisteis; y como tanta es, ya os lo
dije, la lealtad que a mi seora tengo y el agradecimiento a que ella me
obliga por el amor que me tiene, sabedora de todo la hice.

Alegrdose hubiera Cervantes si en aquel momento hubirase abierto bajo
sus pies la tierra.

--Buena y valiente es mi seora,--dijo Florela gimiendo;--que su dolor
ha vencido, su semblante ha compuesto, con vos y con doa Margarita ha
hablado como si no la hubiese aguijado el impo dolor que la morda las
entraas; solcita y amiga con doa Margarita se ha mostrado despus de
que vos os partisteis, y ella misma en su mismo aposento y en su mismo
lecho la ha recogido, y luego se ha ido a aquella cmara donde vos a
ella anoche os aparecisteis, y no pudiendo ms, all una congoja tras
otra la ha acometido. Y como yo quisiese salir a enviar por
mdico,--no llames a nadie, Florela, me ha dicho, que no quiero que
nadie vea el triste espectculo del dolor que en m causa la no esperada
y tirana desventura ma; y llvame a tu lecho, amiga Florela, mientras
que pasa esta cruel fuerza del dolor que me acaba.

--Oh! en mal hora nacido yo,--exclam Miguel de Cervantes,--que por
donde quiera que voy, siguindome va como inseparable compaera la
desventura! Oh dichas entrevistas y con alegra de amor en esperanzas
gozadas, y antes de ser tocadas, desvanecidas e imposibles!

--Por imposible debis tenerla,--dijo llorando y acongojada Florela;--y
no es vuestra la desventura, que as os hiere a vos como a mi seora,
sino de mi seora, que para ser desventurada ha nacido, y tan sin
merecerlo, que en ella la hermosura, con ser tan grande, es lo menos, y
ms la hermosura es de su alma; que Dios ha hecho para la nobleza, para
la honestidad y para la virtud. Y no hay que pensar en el remedio de lo
que ha sucedido, que no le tiene; que mi seora no cesar hasta que
casado os vea con doa Margarita, y veros casado con ella, para ella
ser la muerte; que no podr resistir al desesperado dolor de sus amores
malogrados; que aunque yo no entienda cmo tan presto han llegado a
pasin mortal estos amores malhadados, tales son para mi seora, que
mataranla perdidos y sin esperanza de ser logrados.

--Sea lo que Dios quisiere,--dijo Cervantes,--y si con mi vida rescatar
yo pudiera el corazn de vuestra seora, que sin tan yo merecerlo ni
esperarlo, por mis amores est cautivo, con gusto la dara y mil que
tuviera.

--Dos desgracias seran, que no creis que mi desventurada seora pueda
sobrevivir mucho a lo cruel de su desengao: ella crea viendo lo que en
vos vea, y cmo en sus ojos de amor agonizabais, que otra mujer que
ella para vos no haba en el mundo, ni otra gloria que la de Dios que
sobrepujar pudiera en bienandanza a la gloria que vos gozabais enamorado
por ella; y es tal y de tal manera la agona que a mi seora atormenta y
mata, que llamar ha mandado a un escribano, que hacer testamento quiere.

Perplejo ms y ms se encontraba Cervantes, que en aquella ocasin no
imaginada, ni l se atreva a ponerse ante doa Guiomar, ni poda
hacerlo, ni haba para qu hacerlo; que lo hecho hecho estaba, ni otro
medio encontraba que casarse con Margarita, y por esto su vista con doa
Guiomar no slo no poda ser, sino que ni aun deba pensarse en ello.

Salirse de la casa en aquel punto y enviar al otro da un su amigo, o
ms bien un sacerdote, que su casamiento con Margarita tratase, ser no
poda, porque de esta manera quedara abandonada a los malos intentos de
su tenaz perseguidor doa Guiomar.

Y advertir de lo que pasaba a Florela, era llevar ms el espanto y la
perturbacin a aquella casa, y mostrarse cobarde huyendo el bulto al
peligro, despus de haberse mostrado veleidoso, cuando no libertino, mal
apreciador y temerario de la vala de doa Guiomar; pues permanecer en
aquella casa a cuya duea haba entregado al dolor y a la desesperacin,
tambin era cosa recia.

Amparose, pues, de Florela, y la dijo:

--De todo lo que puede hacerse despus de hecho el mal que me obliga a
descontentarme de haber nacido, lo mejor que puede hacerse es dejar
venir el tiempo; que puede ser que milagrosamente Dios nos abra camino
por donde salir podamos a un punto no tan desesperado como en el que
ahora nos vemos. Y as pues, llevadme a un aposento donde yo quede,
hasta que maana veamos dnde esta desesperada aventura nos lleva; que
bien podr ser que durante la noche doa Guiomar se aconseje con su
alma, y a algo muy diferente de lo que hoy piensa se determine, o tal
vez se desengae y se cure, quedando yo el solo enfermo y el solo
desesperado. Y pluguiera a Dios que as aviniera y que para m solo
fuese la desgracia.

--Ay, seor mo!--dijo Florela,--que muerta estoy de espanto; que tal
est mi seora, que aunque ello parezca increble, a maana no llega;
que bien conocis vos el corazn que tiene, y cunto y con cunto amor
de vos se ha llenado, y tal es as, que, al quedarse vaco, con la
muerte se llenar. Pero sea lo que vos decs. Venid, que en un aposento
que hay entre el de mi seora y el mo voy a colocaros, sin que ella lo
sepa; y as, si algo sobreviniere por lo que sea necesario acudis a
ayudarme, estaris a punto.

Y con esto la fiel doncella condujo a un aposento del piso alto a Miguel
de Cervantes, y all dejole ms muerto que vivo, con el alma turbada, y
de tal manera, que a veces le pareca un sueo la realidad que tan dura
y cruel se le mostraba.




XIX

De como enloquecido Cervantes por el amor, crey que la mano de
Dios le apartaba de los efectos de su locura.


Por algn tiempo estuvo Cervantes sin poder darse cuenta de si era
persona de este mundo o alma del otro, abatido por la misma grandeza y
pesadumbre de lo que le aconteca.

Acometale a veces el torcido propsito de salirse de aquel aposento y
entrarse en el de doa Guiomar, y abandonando a Margarita, prometerse a
doa Guiomar, empujndola con el encanto de la palabra y la fuerza del
amor y de las lgrimas, a que a sus amores cediese, y en ellos se
perdiese y enloqueciese, y su esposa fuese; que ampararse poda a
Margarita y hacerla rica, y por la pinge dote encontrarla marido.

Pero si el bueno puede caer en la tentacin del mal, su misma bondad de
ella le obliga a apartarse avergonzado; que si bien la fuerza del amor
puede enloquecer a las mujeres, y en efecto, con suma frecuencia las
enloquece, nunca el crimen cometido deja de volver sobre la conciencia,
y morderla y despedazarla, haciendo imposible toda felicidad y contento,
que si Cervantes pensaba que en algunas horas no poda Margarita haberse
empeado por l en un amor tal, que por l la vida se le hiciese odiosa,
pensaba tambin que no haca mucho ms tiempo que sus amores con doa
Guiomar duraban, y atendiendo a la realidad, ningn empeo de honra con
doa Guiomar tena, en tanto que en la mayor deuda de honra en que un
hombre puede hallarse con una mujer, lo estaba por Margarita. Otros,
abogaban a voces por Margarita su miserable fortuna, su orfandad y su
abandono, en tanto que la riqusima doa Guiomar otra desgracia ms que
la del amor no tena, y podra suceder muy bien que de ella se
consolase, y todo al fin se redujese a contrariedad y despecho, que el
tiempo ira gastando, hasta que al fin aquello no fuese para ella ms
que un enojoso recuerdo.

Pensando en que esto podra suceder muy bien, sacaba en claro Cervantes,
que l quedara el nico dolorido y el nico desesperado; que al perder
la esperanza de gozar a doa Guiomar, y cuanto para l doa Guiomar
vala, haba conocido cunto la amaba, y cun con exclusin de toda
otra mujer.

Y esta misma certidumbre de lo imposible de su amor, de tal manera
sublimaba el alma y el cuerpo de doa Guiomar para Cervantes, que le
pareca que si Dios para consolarle hiciera bajar un ngel del cielo, no
haba de parecerle tan hermoso en cuerpo y en alma como doa Guiomar;
que hermosa era de cuerpo y de alma Margarita, cmo dudarlo? pero con
ser ya suya, y sin el encanto de lo imposible, puesta como un
impedimento entre Cervantes y doa Guiomar, hacase para Cervantes
enojosa y casi aborrecible, y aborreca la hora en que con aquel
miserable entierro se encontr, y aun con ms ahnco maldeca la
compasin que a irse tras el entierro moviole, llevndole a punto en que
conoci a Margarita.

Todo era confusiones y vacilaciones, y tentaciones y arrepentimientos
Cervantes, y dar en una idea, y dejarla para dar en otra, y de aquella
otra volver a la misma idea.

Y como, aunque era noble y altivo, no era santo, y de tal manera le
apretaban el amor y el deseo por doa Guiomar, y hasta tal punto doa
Guiomar iba acreciendo para l en lo preciosa e incomparable, ganndole
la fiebre, apoderndose de su pensamiento la locura, atormentado ya de
tal manera por las ansias que le acongojaban que resistirlas no pudo,
como si una potencia invencible de l hubiese tirado y atradole a doa
Guiomar, con las vascas casi mortales de su pasin, determinose; y
dicindose que su vida era doa Guiomar y que Dios hiciese lo que fuese
servido de Margarita, levantose del silln en que haba permanecido
inmvil desde que en aquel aposento le haba dejado Florela; y
acercndose quedo a la puerta, abriola silenciosamente, y en un corredor
oscuro se encontr, y sin saber adnde haba de dirigirse para dar con
el aposento de Florela, en que doa Guiomar estaba; que aunque Florela
le haba dicho que entre el suyo y el de su seora estaba el aposento a
que le haba llevado, no saba a cul lado estuviese el de doa Guiomar
o el de Florela, si a la derecha o a la izquierda.

Pero como Cervantes se haba decidido a satisfacer los gustos de su
amor, y cuando tomaba una resolucin se mantena firme en ella, y una
vez resuelto el encanto de doa Guiomar para l creca, determinose a
reconocer las dos puertas de la derecha y de la izquierda, escuchar, y
ver si por algn indicio sacaba cul el aposento en que doa Guiomar
estaba fuese.

As es, que estando a la puerta misma de su aposento, a la izquierda
volviose, y palpando la pared, adelant hasta tocar una mampara de seda,
y tan rica, que ella le demostr que no al aposento de la doncella deba
dar entrada una tal manpara, sino al de doa Guiomar.

Y turbose, y pareciole que Dios, vindole en aquel mal paso en que,
olvidado de su obligacin y de la grande y sagrada deuda que con
Margarita le haba empeado, le llevaba a aquella habitacin de doa
Guiomar, en que l saba que Margarita estaba, como dicindole: Este es
tu camino; no el de tus gustos, que tan desatentadamente buscabas para
perderte.

Y como este pensamiento agobiase a Cervantes, y le turbase y le
aniquilase, como si hubiese sentido sobre s la justiciera y al par
misericordiosa mano de Dios, vacil, y con la mampara dio, y caus
ruido; y a aquel ruido sucedi inmediatamente el ladrar de un perro
dentro de la estancia, y el ladrar con toda la fuerza y la saa que su
vejez le permitan, porque aquel perro era el triste compaero que a
Margarita haba seguido.

Aturdiose ms y ms Cervantes, ms y ms se acongoj, ms y ms el miedo
de la justicia de Dios acometiole, y trmulo, y cobarde, hacia el
aposento que haba dejado tornose.

En aquel punto oyose una puerta que violentamente se abra.

El perro continuaba ladrando, y de improviso una mano helada asi una
mano de Cervantes, y llevsele.

Pero lo que aconteci requiere captulo aparte.




XX

De la horrenda tragedia con que se encontr sorprendido y espantado
Miguel de Cervantes.


Cuando los nublados ojos de Cervantes recobraron su claridad, hallose en
un aposento, no muy grande, teniendo ante s a doa Guiomar, que plido
el bello semblante, ardiendo los celestes ojos, demudada toda,
descompuesto el traje, le miraba con una tan no vista pasin y
sentimiento, que no una mujer crey tener delante de s Cervantes, sino
algo sobrenatural y nunca imaginado.

Tal pareca doa Guiomar, que todo encarecimiento sera poco para decir
de qu manera ardan sus ojos amenazando muerte, manifestando congojas,
diciendo desesperados cuanto la rabia, y el despecho, y el dolor, y la
agona, todo junto, y la soberbia, y el espanto, pueden decirse con el
lenguaje de la mirada.

Afebase su hermosura por lo desencajado y lo amarillo del semblante, y
estaba, en fin, tal, que todo haba que temerlo de ella, ya contra s se
volviese, ya contra los que eran la causa de aquella desventura horrible
en que se encontraba.

Por algn tiempo, doa Guiomar estuvo mirando con todo este dolor, con
toda esta rabia, con toda esta amenaza, con toda esta descomposicin,
con toda esta desesperacin, con toda esta pasin que se ha dicho, a
Cervantes, que al verla de tal modo, encontrndose ante ella abrumado
por la culpa, habra querido que la tierra se hubiese abierto bajo sus
pies y le hubiese ocultado.

Y ella continuaba asindole, trmula, ansiosa, fuera de s, mortal; y
Cervantes senta el temblor y la fuerza de la delicada mano de doa
Guiomar, mano fra, helada, que comunicaba su hielo a la sangre de
Cervantes.

--Pues, enemigo cruel de mi sosiego y de mi alma,--dijo doa
Guiomar,--que ms rudo enemigo que t ni le he tenido, ni le tengo, ni
tenerle puedo, ni hay criatura que en las impiedades de tal enemistad
como la tuya caiga, en qu te detienes? qu aguardas? qu miras? qu
dudas, que ya tu tirana no ejercitas y a todo te atreves, y no mirando
ms que a tus gustos, por todo no atropellas? Sea lo que Dios quisiere
de esta desventurada, que no saba hasta qu punto de nadie conocido
poda llegar su desventura. Pues qu, no te basta haber envuelto en las
malas redes de tus palabras traidoras, de tus engaos homicidas, a una
triste que has encontrado en el mayor de los desconsuelos y en la ms
miserable de las orfandades? Contina tu obra, lobo carnicero y sin
entraas; hiere, mata, devora, cbate en tu presa, y no te acuerdes de
que hay un Dios que ha puesto en las criaturas eso que t no conoces;
pero que un da traer sobre ti el remordimiento, tu infierno en la
vida, el castigo de Dios antes que mueras, y que se llama conciencia.

Y de tal manera se haba acongojado doa Guiomar, expresando, arrastrada
por la fuerza increble de su pasin, sus atropellados razonamientos,
que no pudo decir ni una palabra ms, porque la sobrevino una tal
congoja, que la enmudeci.

Y no saba Cervantes qu decir, que ella lo saba todo.

Y si la deca, como era cierto, que l, desesperado, conoca que las
obligaciones en que se haba puesto con Margarita no haban sido parte
para vencer en su alma aquel entraable y violento amor que ya era dueo
de su alma cuando a Margarita conoci, y que slo la locura de sus
turbulentos deseos haba podido ponerle en obligaciones de honra paca
con ella, ocasin dara a doa Guiomar para que le despreciase y se
sintiese avergonzada por aquel su amor, tan mal empleado en un indigno
sujeto.

Ni poda decirla que por Florela saba que Margarita estaba aposentada
en la misma alcoba de doa Guiomar, porque no saba cmo disculpar su
ida secreta, amparndose del silencio de la noche y de la soledad de la
casa, para ir a buscar a la que ya deba tener como su esposa.

Esto hubiera sido la confesin de su menosprecio a la casa de la que,
tan generosamente, primero le haba amparado a l, y luego a Margarita.

En malos pasos habase metido en aquella ocasin Cervantes. Por agria,
torcida y difcil senda haba tomado.

En empeo gravsimo se encontraba, y en la falta en que ltimamente le
haba encontrado doa Guiomar no haba disculpa, y aunque una falsa
disculpa hubiese podido encontrar, su turbacin y su espanto no le
permitan hallarla.

Pero como todo el amor que en l haba era de doa Guiomar, y este amor,
al ser combatido tan duramente y tan sin remedio por la desatentada
conducta suya para con Margarita, hubiese llegado a la pasin que en
nada se para, que a todo se arroja, cuando se hubo calmado aquel primer
espanto y sorpresa, y el anonadamiento y vergenza que le haban
cogido, Cervantes se determin a manifestar lo que en l pasaba a doa
Guiomar, y vindola toda entregada a aquel amor tan grande, que pareca
no consentir igual sobre la tierra, prevalerse de l imagin y lanzarla
en el desvaro de la pasin, hacindola olvidarse de toda virtud, de
todo deber, de todo decoro, y compelerla a que con l se casase y a
Margarita satisfaciese con dinero; y si esto no bastase, fuese lo que
Dios quisiese de ella.

Quiso, pues, llevar a doa Guiomar a que se sentase en un canap que en
el aposento haba, y con voz dulce, y tentadora, y acariciadora, y
enamorada, la dijo:

--Ni yo para ms que para vos vivo, hermosa y adorada seora ma, ni
pudiera vivir despus de conoceros, si no fuese para cifrar en vos mi
ventura, ni pensar quiero, porque slo pensar en ello me matara, que de
vos habr de vivir apartado y a otra unido; que sera como verme unido a
un insoportable tormento, que me hara desear, como un menor mal, la
muerte. Sosegaos, idolatrada alma ma, que vuestro soy, y no hay poder
que de vos me aparte, ni obligaciones que tanto puedan, que por ellas a
la inefable dicha de ser vuestro y de que vos seis ma renuncie.

Escuchbale atnita doa Guiomar, inmvil, muda y fra como una estatua;
y creyendo Cervantes que no le responda por el mismo efecto que en
ella causaban sus palabras, prosigui de esta manera:

--Qu hay que pueda moveros de tal modo a furor y odio contra m, y a
tal desconsuelo y tal desesperacin os lleve? A buscar vuestro aposento,
cuando vos me encontrasteis en ese oscuro pasadizo iba, resuelto a
pediros con todas las ansias de mi alma me perdonaseis la injuria, que,
sin ser yo poderoso a evitarlo, en un momento de turbacin y de
ceguedad, arrastrado por no s qu tentacin invencible, sin que mi alma
en ello tomase parte alguna, ni determinacin mi voluntad, ni
satisfaccin mi deseo, os he hecho. Y creedme, seora ma, que tan no ha
tardado la penitencia de mi culpa, que cuando en ello reflexionar pude,
de m se apoder el miedo de las consecuencias de haberos ofendido, no
de otra manera que si hubiera ofendido a Dios, que todo lo ve y lo sabe.
Sed, pues, tan grande en la indulgencia y en el perdn, como veo que lo
sois en el amor que me mostris.

--Pues, mal hombre, y protervo, y maldito que vos sois,--exclam doa
Guiomar,--cundo vos habis merecido el amor, no digo yo mo, sino de
cualquiera otra que como yo tenga alma? ni qu sabis vos qu cosa es
amor, si en vos no hay ms que deseo corrompido, y lascivia asquerosa, y
sangre podrida, y alma ennegrecida por el continuo comercio y trato del
vicio, de la mentira y de la desvergenza? Pero qu mucho que vos
seis as, si hombre sois? ni cmo puedo deciros yo que os desprecio,
sin decir que desprecio a los hombres todos? que no hay uno solo que
merezca, no ya que una mujer le ame, sino que en l piense, segn que lo
veo en lo que vos sois, que habiendo recibido de Dios claro
entendimiento, no habis entendido las delicadezas del alma de las
mujeres, y cuanto para ellas no hay otra vida que el amor de su alma.
Remedio no tiene lo que hecho habis; que, de una parte, a esa, que
honrada era, y que por vos sin honra gime, dicho se est que la debis
la honra; en cuanto a m, yo no os amo; engaada estaba, y harto
diferente de lo que sois os crea cuando os amaba, o mejor dicho, amaba
en vos un sujeto de mi fantasa: de mi sueo he despertado; el fantasma
de mi amor ha desaparecido; la estrella de mi esperanza se ha nublado, y
el aliento de mi vida es ya un fuego del infierno que resistir no puedo,
que el corazn me abrasa y en la desesperacin de los condenados me
arroja; que yo, antes de conoceros, el amor no conoca, y cuando le
conoc, le am, y tanto, que en tan poco tiempo, en mi vida, en mi nica
existencia posible trocose; y cuando le pierdo, cuando veo lo imposible
de recobrarle, siento y conozco, sin que me quede ni aun el consuelo de
una duda, que sin l vivir no puedo; y ya que sabis esto, y que
comprender debis si es que ya la pasin, o el empeo, o el vicio y la
maldad no os han entorpecido el entendimiento, que vos, causa de mi
amor, no podis ser mi amor, porque en vos no hallo lo que mi alma en el
amor hallar deseaba; renunciad a toda esperanza de que yo, olvidndome
de quin soy, y de lo que a mi honra y a mi conciencia debo, mi perdn
os otorgue, por esposo os reciba y en vuestros brazos me eche. No, que
no sois vos el que yo crea; y no sindolo, vuestras traidoras palabras,
en vez de engaarme, me desesperan; en vez de contentarme, me ofenden;
en vez de halagarme, me atormentan, y me avergenzan en vez de
satisfacerme; porque creo que me juzgis capaz de seguiros en la torpe
prosecucin de vuestra falta, y hacerme cmplice de ella, y cruenta y
homicida como vos; que all est en mi propio lecho la que ser debe
vuestra esposa, la que ya lo es, porque ante Dios por esposa la habis
tomado, y ella, esposa vuestra creyndose, en vuestros brazos ha cado
enamorada. Y no os digo esto por reprenderos, por persuadiros, por hacer
de vos caso alguno por el que en alguna manera yo a vos pueda
asemejarme, sino para deciros, y esto deb deciros sin otras
demostraciones que os hicieran creer que en m duraba la en mal hora
concebida pasin que por vos he sentido, que si a romper sagrados lazos
que vos habis hecho, y a faltar a obligaciones en que voluntariamente
os habis puesto, os movan y os mueven, no mi hermosura, si es que
para vos alguna he tenido y tengo, no un encendido y disculpable deseo,
sino las muchas riquezas que mis paires me dejaron y que se aumentaron
con las que me dej mi buen marido, vuestras son, que los muertos no han
menester del oro, ni ms que de una tumba en que descansar en paz, si es
que aun en la tumba pueden hallar reposo.

Sinti Cervantes una tan indecible amargura, un tal desgano de la vida,
una tal cosa horrenda y nunca de l sentida, que no se sabe lo que en la
desesperacin de verse as menospreciado, as perdido, as humillado,
hubiera pasado por l. Pero ni aun tuvo tiempo de reposar en la
vengativa injuria, o ms bien lamentable engao de doa Guiomar, porque
esta, apenas hubo dicho sus ltimas palabras, tan ltimas, que necesidad
no tuvo, ni deseo ni pensamiento de decir ni una sola ms, y s de poner
por obra lo que su desesperacin la haca sentir, que era librarse del
peso de su pobre y atormentada existencia, ech mano tan rpida y tan
inopinadamente a la espada de Cervantes, que antes de que l pudiese
evitarlo la desenvain, y hacindose atrs, ante Cervantes quedose
inmvil y muda, mirndole como ojos humanos no han mirado jams a
criatura.

Y Cervantes que esto vio, turbado con lo que le aconteca, abrindose
el coleto, la dijo con voz serena, pero triste y apenada.

--Si la ofensa que tan sin voluntad os he hecho, seora de mi alma, no
podis perdonarme, y tal y tan saosa es la ira que contra m sents que
mi vida os enoja, y saciar con mi sangre queris la sed de vuestra
rabia, herid en buen hora, no tardis; atravesad este corazn que slo
por vos late y que slo por vos existe. Muera yo si con mi muerte
desdichada daros algn contento puedo; y vivid vos y olvidadme como cosa
maldita que junto a vos para fenecer en vuestra hermosura y acabar en
vuestras manos ha llegado.

--S que morir debe quien en la vida encontrar no puede ms que una
agona continuada, mil veces peor que una agona una sola vez sufrida; y
porque esto es tan cierto que no puede dejar de ser cumplido, cmplase,
y que Dios me perdone, porque en m no he hallado valor para otra cosa.

Y corriendo rpidamente la espada, dejando caer su pomo en el suelo, y
bajo el seno ponindose la dura punta, se arroj sobre ella, y con tal
rapidez y tal violencia, que a la otra parte asom casi en el mismo
punto un palmo de enrojecido acero.

Grit Cervantes, como por su dolor los condenados gritan.

Arrojose sobre doa Guiomar pretendiendo socorrerla, y hall que ya los
turbios ojos volva, y vio que en aquella su ltima mirada amor le
deca, y amor que era tal, que no pareca sino que los cielos se
mostraban en la moribunda mirada de aquella infelice.

Gritaba Cervantes pidiendo a voces socorro, y en sus brazos sostena a
doa Guiomar, y se tea en su sangre, y entre sus brazos doa Guiomar
se le mora; y empezaba a sentirse en la casa movimiento de gentes que a
las desaforadas y desesperadas voces de Cervantes parecan acudir, y ni
en salvarse pensaba Cervantes, ni en otra cosa que en reanimar con su
aliento a doa Guiomar, que no era ya en sus brazos ms que un cuerpo
difunto.

No tard en orse rumor de voces.

Cerca se percebian pasos precipitados.

Pero de improviso un ruido de espadas oyose, tiros de pistoletes
retumbaron, y acordose Cervantes del intento de don Baltasar de Peralta
que conoca, de asaltar aquella noche con gente armada la casa de doa
Guiomar para robarla a ella; y desesperado, como que convencido estaba
de que doa Guiomar haba muerto, en su desesperacin, en su furor, en
su desgano de la vida, con el ansia de exterminio en que aquella su
desgracia le haba puesto, del triste cuerpo de doa Guiomar sac su
espada, y lanzose fuera del aposento, a tiempo que por el oscuro
corredor se echaban encima las cuchilladas; que los criados, que a las
voces con que Cervantes haba pedido socorro despertaron, habanse
encontrado con don Baltasar y con los que con l venan, que por la
tapia del huerto del rapista haban entrado; y como aquellos criados
hubiesen acudido armados, porque al despertar a las voces de Cervantes
haban pensado, como era natural lo pensasen, en un grande peligro, y
cada cual, antes de salir a ver lo que aquello fuese, haba cogido el
arma que haba tenido a mano, como eran muchos los criados de doa
Guiomar y muy bravos, especialmente aquellos cuatro lacayos vigotudos,
que, como se dijo, la resguardaban cuando con el alba iba a la catedral
a misa, trabose la ms mortfera pelea que puede imaginarse, y por el
corredor adelante venan hundindole a tajos y a tiros, que no pareca
sino que la casa iba a venirse abajo.

Y a todo esto, en el oscuro corredor nada se vea.

Pero de improviso, y cuando Cervantes acababa de sacar su espada del
cuerpo de aquella miserable vctima de un ciego amor desventurado,
entrose en el aposento un hombre con la espada en la mano, al cual,
apenas le vio, ms que por el semblante, que no poda verle, porque
sobre l un antifaz llevaba, por instinto, conociole Cervantes.

Y no se enga, que don Baltasar de Peralta era, que hallando al paso
del tumulto por el corredor aquella puerta franca, creyendo que al
aposento de doa Guiomar daba, en l entrose, y en mal hora por cierto,
que ciego Cervantes de dolor y de rabia, a l se fue omnipotente, de tal
manera, que apenas se chocaron las espadas, al suelo vino difunto de una
estocada en el corazn don Baltasar, cayendo tal vez, porque Dios lo
quiso, junto a doa Guiomar, y tan cerca, que la sangre que de su pecho
corra fue a mezclarse con la que del inocente pecho de doa Guiomar
haba salido.

Quedose Cervantes tan turbado por lo que aconteca, tan sin vida y tan
sin alma, espantado por aquella tragedia que tena ante los ojos, tan
impensada, tan sin culpa en la intencin por l producida, como primera
causa de aquel pavoroso efecto, que por algn tiempo ms que hombre fue
una estatua.

Y como parte de los criados, en tanto que se trababa la formidable
pelea, hubiesen acudido a los balcones, dando voces llamando a la
justicia y pidiendo socorro a los vecinos, y algunos de ellos la puerta
principal de la casa hubiesen abierto y a la calle saldose, y acertase
a pasar por all un alcalde con su ronda, entrose en la casa la
justicia, subiendo atropellada por las escaleras, y acudiendo donde la
pelea continuaba empeada.

Llegaron al turbado Cervantes las voces de tngase al rey! dense a la
justicia! y pavor entrole, no de ser muerto, sino de ser all
encontrado y preso, y, cargado de cadenas, como criminal y mal hombre
tratado; y as fue, que recobrando en un punto todo su valor sereno, a
la ventana que en el aposento haba fuese, abriola y arrojose a la
calle, no huyendo de la muerte y del peligro, sino de la deshonra; que
bien hubiera podido creer la justicia, si junto a aquellos dos cuerpos
muertos le hubiera encontrado, que l los haba matado, por celos al uno
en ria, y asesinada la otra.

Huy, en fin, como quien de su mala suerte huye, no como el cobarde que
con la fuga el peligro evita, y fuese, sin saber por dnde iba, a casa
del bachiller Carrascosa, aquel de quien ya se dijo era su grande
amigo.




XXI

En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y
se sabe que Cervantes se haba perdido.


Negra se vio la justicia, negros los criados de doa Guiomar, para
lograr, en fin, prender o ahuyentar a los malhechores que con don
Baltasar de Peralta, en la casa, por el corral de la del rapista,
habanse entrado.

Hallose que de ellos haba muerto uno, quedando dos mal heridos, y
asimismo heridos algunos de los criados.

Habanse preso cuatro bravucones de mirada torva y harapiento pelaje,
que harto claro manifestaban, slo con dejarse ver, que eran racimos de
horca, no vendimiados an por la justicia.

Hallronse en el aposento de Florela los cuerpos de doa Guiomar y de
don Baltasar de Peralta, ella marchita y afeada por la muerte su
hermosura, l cubierto an con el antifaz el semblante.

Otros, hallose sobre una mesa que en el aposento haba, una minuta o
borrador de testamento; que en tanto que Cervantes peleaba con sus dudas
y sus tentaciones, no sabiendo por cul determinarse, si por Margarita
su obligacin cumpliendo, o por doa Guiomar contentando su amor, un
notario que Florela haba llevado recatadamente, el testamento de doa
Guiomar haba escrito, y su borrador, tal vez por descuido, tal vez
porque doa Guiomar le examinase, all haba dejado.

En verdad que aquel testamento no poda ser ms breve, porque despus de
la profesin de la fe y de las frmulas de derecho, en esta sola
clusula se contena:

Es mi libre voluntad y firme determinacin, dejar heredada en todos mis
bienes inmuebles, dinero, joyas y ropas, y de todo lo que poseo, a mi
amiga, que tal como a mi hermana amo, doa Margarita de Ledesma.

Y luego segua la forma de derecho.

Hallose asimismo encerradas y temblando, en el aposento de doa Guiomar,
a Margarita y a Florela, que como el vulgo dice, murieron por Dios, y no
salieron de decir que ellas no saban nada, sino que cuando se arm
aquel no esperado tumulto, Florela se haba entrado espantada en el
primer aposento que haba podido, que haba sido aquel en que Margarita
estaba, y que de miedo no les sobreviniera algn mal, la puerta haban
cerrado y permanecido all asustadas.

La justicia tom por el atajo; dej una guardia de alguaciles con los
muertos, y asimismo, para que la casa guardasen; envi al hospital los
heridos, y a todos los otros, sin exceptuar a Margarita ni a Florela, se
los llev a la crcel y los encerr.

Pregunt la justicia tanto, que a las pocas horas las fojas del proceso
alzaban que daban espanto, segn que se haba plumeado; pero no sac en
limpio sino lo que Florela dijo: que seor Miguel de Cervantes Saavedra,
soldado y poeta, haba llevado el da antes a su seora, para que la
amparase, a doa Margarita, que amparada por doa Guiomar haba sido.

Declar Margarita cmo a Cervantes haba conocido cuando el entierro de
su madre, y conteste estuvo con Florela.

Ninguna de las dos declararon que Cervantes hubiese permanecido en la
casa; y como Cervantes no haba entrado en ella sino a trasmano y
secretamente, conducido por Florela, ninguno de los de la casa saba que
en ella haba estado aquella noche, y nada referente a l declarar
pudieron.

Por otra parte, los pcaros que haban entrado con don Baltasar de
Peralta en la casa haban dado ms luz, porque haban declarado que don
Baltasar de Peralta los haba buscado por medio del rapista
_Vivis-mil-aos_, y les haba dado dinero para que le ayudasen a robar
a doa Guiomar de Meneses y Alvarado, y que por la tapia del corral de
la casa del rapista, que al huerto de doa Guiomar daba, habanse
entrado.

De resultas se ech el guante al seor _Vivis-mil-aos_, que empez por
negar toda participacin en el delito que la justicia persegua.

Pero puesto en el potro, aunque aguant como un santo dos vueltas de
cordel, a la tercera el dolor le deshizo la firmeza, y cant que no
haba ms que pedir.

Spose, pues, por l, que don Baltasar de Peralta haba perseguido
rudamente a doa Guiomar, que le desdeaba, y la justicia tuvo que
contentarse con esto, y con no encontrar en las resultas otra cosa sino
que la muerte de doa Guiomar haba sido a causa de don Baltasar de
Peralta, si es que no haba sido por su propia mano, quedndose la
justicia sin saber quin haba matado a don Baltasar, ni cmo y por qu
haba sido su muerte.

El amor de Margarita por Cervantes, y la lealtad de Florela a su seora
y sus miramientos por su honra, hicieron que aquellas dos mujeres
callasen de tal modo, que en el proceso no pudo aparecer el nombre de
Miguel de Cervantes sino como por incidencia y libre de todo cargo,
porque no se saba sino que l haba amparado a doa Margarita, y
llevdola a doa Guiomar para que la amparase mejor.

No embargante esto, la justicia buscole.

Pero no le hall, ni su capitn, don Lope de Figueroa, pudo decir otra
cosa sino que el soldado por quien se le preguntaba haca tres das que
por la compaa no pareca; de modo, que se tema, o que le hubiese
acontecido alguna desgracia, o que hubiese abandonado su bandera, cosa
que al noble don Lope de Figueroa se le haca muy recio creer; que
conoca bien a Cervantes, y le estimaba, y por honrado le tena.

En resumen, la justicia se content con _Vivis-mil-aos_ y con los
cuatro bravos que haba pescado.

Solt a Margarita y a Florela, y otros a los criados de doa Guiomar;
levant el embargo que sobre su casa haba hecho; y en cuanto a la ta
_Zarandaja_, ni aun pens en ella, porque el seor _Vivis-mil-aos_,
que no poda mejorarse enredando con la justicia a la ta _Zarandaja_,
porque esta, apretada por los cordeles, no cantase, y se vengase de l
sacando a plaza otros primores suyos, de la ta _Zarandaja_ no hizo
mencin, y ella no sufri otro castigo que el miedo de que la justicia
la echase las garras y la malparase.

Enterr Margarita a doa Guiomar con gran pompa, que su herencia haba
aceptado, y a ella tocaba procurarla los ltimos homenajes.

Enterrado fue asimismo con gran ostentacin por sus parientes don
Baltasar de Peralta, y andando no mucho tiempo, en galeras se vio con un
grillete, remando por el rey, con sentencia para toda su vida, el
ilustre rapista _Vivis-mil-aos_.

Y como la justicia no poda pasarse sin ahorcados, visto que asalto
durante la noche, y en cuadrilla y a una casa habitada, haban dado, y
muertes y heridas haban cometido, y resistencia a la justicia haban
hecho los cuatro malhechores que haba cogido vivos, que los heridos lo
haban sido de tal manera que murieron, enforcolos por el pescuezo hasta
que rindieron los espritus vitales, con gran contentamiento del pueblo
de Sevilla, que se sali a Tablada a recrearse con el espectculo.

Dicho esto por adelantado, volvamos atrs otra vez, y digamos por qu
Margarita haba aceptado la herencia de aquella que bien saba haba
sido su enemiga, y que, ms que por caridad, por grandeza de venganza la
haba instituido su heredera; sin contar con que poda ser muy bien que
no a ella fuese a quien heredada dejaba, sino a Cervantes, que, como
deba presumir, con ella haba de casarse; y como Margarita saba harto
bien cun dura y terrible es la mano de la miseria, y cunto por esto,
como porque con el oro todo se tiene, las riquezas en el mundo se
estiman, y acaso por aquellas riquezas que heredaba, con ella Cervantes
se casara, puesto que su obligacin, si no su amor, fuese empeo
bastante para que por esposa la tomase, la herencia acept; y desde el
punto y hora en que hubo sepultado a doa Guiomar, a buscar se ech
desalada a Cervantes por cuantos medios le fue posible, y servida por la
discreta Florela, que con ella se haba quedado, como si una parte de la
herencia hubiese sido.

Pero por ms que Florela fuese de despierto ingenio, y buscase, y
pagase, y revolviese el mundo, pasaban y pasaban das, y no pareca
Cervantes.

A todo esto, las galeras que en el Guadalquivir haban estado muchos
das recogiendo las compaas y gente de leva que para la gran empresa
contra el turco se juntaban, haban zarpado y desaparecido. Pero como en
Sevilla se haba quedado, presidindola, la compaa de infantera de
que era soldado Cervantes cuando la tristsima tragedia de doa Guiomar,
esperaba la triste Margarita que alguna vez Cervantes remaneciese,
volviendo a ponerse bajo su bandera.

Ahora, dejando a Margarita con su tristeza y sus ansias, se pasa al
captulo siguiente, para decir lo que de Cervantes haba sido.




XXII

En que se sabe lo que fue de Cervantes.


Llegado haba nuestro Miguel ms muerto que vivo, amparado por la
soledad de las calles y lo tenebroso de la noche, a la puerta de la casa
de su amigo Carrascosa, y apenas si haba tenido fuerzas para llamar a
ella; que cuando la amiga del bachiller, a medio vestir, y no con gran
empacho, baj y abri la puerta, encontrsele en el umbral poco menos
que tendido y punto menos que desmayado.

Grit la moza, baj el bachiller, Dios solo sabe en qu apariencias,
metieron adentro a Cervantes, y desnudronle y acostronle.

Contoles Cervantes lo que le aconteca, y con tal encarecimiento de
dolor y de desesperacin, que no pareca sino que para l todo en el
mundo haba acabado.

Ni bastaron razones para consolarle, ni consejos para que no tomase
alguna negra determinacin que acabase con su vida, que l deca no era
otra cosa que muerte horrenda; porque al ver ante s perdiendo la vida
con la sangre a aquella su adorada criatura, conoci ms que nunca que
ella era su vida y su alma, y que sin ella no poda tener ni contento ni
vida, sino existencia angustiosa, infierno en la tierra, muerte en el
alma; y as les dijo, que no pudiendo l quitarse la vida por su mano,
que cosa era esta en que ningn hombre que en algo estima el que su
valor se estime, incurrir puede, resuelto estaba a ir a ampararse del
buen capitn Diego de Urbina, que en la galera _Marquesa_ estaba en el
Guadalquivir prximo a zarpar para Levante, y contarle su desdicha; que
l le estimaba y le amparara; y luego cuando con el turco se rompiese,
ponerse en punto donde la muerte fuese inevitable y se pudiese caer con
honra.

Dejaron de aconsejarle ms, cuando esta determinacin le oyeron, el
bachiller y su amiga, porque pensaron que para los dolores del alma no
hay otro mejor remedio que el tiempo, y tuvieron por seguro que este
gran remedio haba de producir su efecto en Cervantes.

Partironse al rayar el da, yendo Cervantes disparado hacia la puerta
de Jerez, llegando a punto que la abran, y llegronse a la Torre del
Oro, y alquilando una barca, hacia la galera _Marquesa_ bogaron,
llegando a ella cuando sonaba el caonazo de leva y tocaban en cada
galera los instrumentos militares a la oracin de la maana.

Admitironle, y entraron, y a poco, encerrado el capitn Diego de Urbina
con Cervantes en la cmara del alczar de popa, oa el cuento de su
desdicha, y le amparaba, y secretamente en la galera le tena.

Volviose Carrascosa ya contento a su casa, porque amparado vea a su
amigo, a quien en gran manera estimaba, y Cervantes dejole ir sin darle
comisin alguna, como si hubiese perdido la memoria de haber conocido a
Margarita.

Y as era en verdad, que loco estaba en aquellos momentos Cervantes, y
apenas si haba podido ordenar su relato para Diego de Urbina; y con
calentura habanle bajado al entrepuente, y tan en peligro, que los
mdicos de la galera haban tenido que acudir a l harto de priesa.




XXIII

En que se habla algo de la jornada de Lepanto y de cmo fue la
manquedad de Cervantes.


Lleg al fin la orden del rey para que la flota que en el Guadalquivir
se encontraba zarpase con rumbo a Messina, donde haba de juntarse con
las otras naves de Espaa y las de la Liga.

Juntronse all todas el 25 de Agosto de 1571.

Nunca se vio una tan poderosa armada, ni aprestados para una tan grande
empresa tantos grandes capitanes; que siendo don Juan de Austria
generalsimo de todas las escuadras de la Liga, all asistan el
prncipe Alejandro Farnesio, don Luis de Requesens, Marco Antonio
Colonna, el proveedor Barbarigo, Juan Andrea Doria, el marqus de Santa
Cruz don Alvaro de Bazan, Sebastin Veniero, Ascanio de la Corna, el
prior y los caballeros de Malta, y otra multitud de capitanes, no de tan
gran linaje, pero no menores en valor y nombrada, entre ellos Gil de
Andrade, don Sancho de Leiva, don Miguel de Moncada, Francisco de Sancti
Pietro y Diego de Urbina, y otros muchos de mar y tierra.

Pasaban de trescientas, entre galeras, naos y galeazas, las naves de la
Liga, y tan bien aprestadas, que slo con verlas se poda tener por
segura la victoria.

All iba tambin la galera _Marquesa_, con las que mandaba el general
Andrea Doria, y en ella, muy doliente an, nuestro Miguel de Cervantes.

En vano haban pasado dos meses desde que aconteci la tragedia de la
infeliz doa Guiomar, que no pareca sino que cada da que pasaba
aumentaba el horror que de s mismo Cervantes tena, y su hasto de la
vida; y si un da al combs de la galera poda subir a respirar el aire
y a aspirar el olor marino, por otros dos o tres vease obligado a
quedarse en el entrepuente, enfermo y sin poder valerse, abrasado por la
calentura.

Ansiaba nuestro mozo que se llegase a punto y trmino de pelea con el
turco, que en ella pensaba ponerse en tal lugar y hacer tanto, que su
muerte fuese inevitable.

Tal era el desesperado amor imposible que en su pecho arda por la
muerta doa Guiomar, y tal su desesperacin por su prdida, y tal su
ansia por ir a encontrarla a un mundo mejor.

Esforzbanse sus compaeros por consolarle de aquel su dolor, que se
vea claro en la perpetua desolacin de su semblante, y en vano, para
consolarle mejor, la causa de su dolor le pedan; callbase l,
agradecindoles sus buenos deseos; y como el capitn Diego de Urbina, a
quien su desventura haba revelado para que le amparase, su secreto
noblemente le guardaba, nadie saba qu pensar de aquel dolor que tan
acabado a Cervantes tena, y tan desesperado, y tan melanclico, que
harto claro se comprenda que le pesaba la vida.

Y aconteca, que habase olvidado Cervantes de Margarita como si nunca
la hubiese visto, y que para su corazn y su memoria no exista otra
cosa que la muerta doa Guiomar.

Entretvose don Juan de Austria en Messina con las grandes fiestas que
en honra suya se hicieron, y otros, ordenando y acabando de aprestar su
armada, hasta que esta zarp el da 5 de Setiembre.

Con las naves que a Messina ltimamente haban arribado, de trescientas
pasaron las de la Liga, en las cuales ms de ochenta mil hombres iban,
entre marineros, soldados y galeotes.

Comulgado y confesado haban antes de dejar el puerto de Messina todos
los que en la armada iban, como si todos hubieran tenido por cierta la
muerte en aquella empresa; tan temerosa se aparejaba; que se saba que
el generalsimo turco, Al-Baj, comandaba un espantable nmero de
naves, que de cuatrocientas entre grandes y chicas pasaban, y en ellas
venan ms de ciento veinte mil hombres, turcos, egipcios, africanos;
todos feroces, todos corsarios, duros y cruentos, avezados al carnaje y
a la matanza, y, como tigres, carniceros.

Tenase el miserable ejemplo de Nicosia y de Famagusta, sus defensores
degollados y sus capitanes martirizados por el implacable infiel,
aborrecedor del cristiano y nunca satisfecho de su sangre; y tal era el
pavor que la voladora fama traa en sus alas, de las crudezas de aquella
numerosa hueste de sanguinarias fieras, que capitanes tales y tan
probados por su prudencia en el consejo y su bravura en lides, como
Andrea Doria, Ascanio de la Corna y Sebastin Veniero, aconsejaron a don
Juan de Austria, teniendo por temeridad el embestir contra el turco;
pero el generoso mancebo, por cuyas venas corra la sangre del nunca
vencido, ni en temor por nada puesto, emperador Carlos V, de gloriosa
memoria, respondi a las dudas y a los temores de todos:

--Seores, ya no es hora de aconsejar, sino de combatir.

Vena el brbaro Al-Baj confiado en el triunfo, y engaado; qu
algunos pescadores habanle dicho que la armada de la Liga era mucho
menor que la suya, y mal proveda y pertrechada, y que aun as, mucho
mayor era el nmero que la vala de la gente de la Liga, toda de leva y
allegadiza; por su parte, don Juan de Austria crea que el dey de Argel,
Aluch-Al, temeroso de la suerte de la batalla, haba abandonado a
Al-Baj. As es que cristianos y turcos avanzaban los unos contra los
otros, todos engaados acerca de las fuerzas del enemigo, y todos
confiando en el triunfo de sus armas.

Pero ni eran pocas las galeras cristianas, ni valad ni allegadiza la
gente que las montaba, ni a Al-Baj haba abandonado el dey de Argel
Aluch-Al.

Manteniendo su rumbo a Levante la armada de la Liga, dejando atrs la
Fosa de San Juan, lleg el 26 de Setiembre a Corf, de donde zarp el
28.

Aguardaba en el golfo de Lepanto la escuadra del turco.

Al fin, el 5 de Octubre la armada de la Liga lleg a Cefalonia, teniendo
a babor la _Morea_; y la descubierta, comandada por el capitn Juan de
Cardona, descubri al doblar el golfo de Lepanto la escuadra del turco.

No es nuestro nimo pintar aqu la famosa batalla de Lepanto, ni al
propsito de nuestro libro conviene; que el curioso puede verla en las
historias que de ella hablan largamente, y con pelos y seales: gran
jornada fue, gran gloria alcanz en ella nuestra patria; que puesto que
fueron diversas las naciones que con sus armadas a aquella empresa
acudieron, por generalsimo fue nuestro don Juan de Austria, y a su
prudencia y a su buen consejo y a su aliento, se debi que aquel
grandsimo triunfo se lograse; y ms grande fuera, si a todas sus
consecuencias se hubiera llegado: a nosotros slo nos compete decir en
el presente libro, cmo fue que nuestro Miguel conquist en aquella
memorable jornada su glorioso apodo de _Manco de Lepanto_.

Si a doa Guiomar no conociera, si no la amara, si de su tragedia
involuntaria causa no fuera, si a Margarita no encontrara, corrido por
distinto cauce hubieran las cosas, y en vez de llegar a ser Cervantes el
_Manco de Lepanto_, casdose hubiera dichosamente con su doa Guiomar, y
andando el tiempo no se hubiera visto en ocasin de ir, para asuntos que
no eran suyos, a la Mancha ni a Argamasilla, ni conocido hubiera a
Aldonza Lorenzo, ni a Alonso Quijano, ni a Sancho Zancas, y
probablemente no tendramos nuestro buen _Don Quijote_ con que
recrearnos y enorgullecernos, teniendo tal vez que contentarnos con
_Rinconete y Cortadillo_ y el _Coloquio de los perros_, y con las
_Ejemplares_; y quin sabe! que un leve acontecimiento, importante en
la vida de un hombre, todo el curso de su vida cambia, echndole por
otro cauce.

Montaba, como hemos dicho, Cervantes la galera _Marquesa_, que era de
las de Andrea Doria, con la gente de infantera del capitn Diego de
Urbina; y cuando a la vista la una de la otra las dos escuadras, lleg
el punto del rompimiento de la batalla, Cervantes, que muy enfermo y con
calentura estaba en el entrepuente, subi a la cubierta y pidi le
pusiesen en el lugar de ms peligro; advirtiole Diego de Urbina que
mirase que estaba enfermo, y que de muy poco poda aprovecharse su
esfuerzo cuando tan sin fuerzas se hallaba; a lo que respondi
Cervantes, y a lo que otros como el capitn le decan:

--Seores, qu se dira de Miguel de Cervantes? En todas las ocasiones
que hasta hoy en da se han ofrecido de guerra a su majestad, y se ha
mandado, he servido muy bien como buen soldado; y as, ahora no har
menos, aunque est enfermo y con calentura; ms vale pelear en servicio
de Dios y de su majestad, y morir por ellos, que no bajarme so cubierta;
as pues, pnganme en el lugar ms peligroso, y en ello me haris
merced.

Y como se sintiesen maravillados todos de su valor y entereza, dironle
doce soldados que mandase, y con ellos combatiese en el lugar del
esquife, que era el de mayor peligro.

El disparo de un caonazo de cada una de las dos capitanas, fue la seal
del rompimiento del combate, que se trab bravamente, y de una manera
tan recia y con tal estruendo de arcabucera y de artillera, que no
pareca sino que una pavorosa tormenta y espantable, de la mar y del
viento habase enseoreado. Todo era humo, y fuego, y estrago, y cuerpos
muertos que a la mar caan, y sangre que en la mar se verta y la pona
roja; y ac sonaban los clarines y las trompetas y los atambores, y all
sonaban los aafiles, las dulzainas y las atakebiras; que no podan
causar menos fragoroso estruendo en su combate con el turco ms de
trescientas naves grandes y pequeas que la mar cubran en un tan grande
espacio como no se haba visto desde los tiempos del imperio de Roma; y
de estas naos, ciento sesenta y cuatro, y las mejor aprestadas, eran del
rey de Espaa; y del pontfice Po V eran seis galeras y otras tantas
fragatas; y llevaban los venecianos ciento treinta y cuatro naos, pero
no tan bien armadas ni provedas como las de Espaa. Asistan all
tambin las galeras de Gnova y de Malta, y no se cuenta gran nmero de
trasportes que con la armada iban, armada inmensa, gente en grandsimo
nmero a morir resuelta, alentada por la fe y por las indulgencias
concedidas a los que en aquella empresa se encontrasen, que eran las
mismas que se concedieron por otros pontfices a los conquistadores de
los Santos Lugares, y que poco antes haba llevado el nuncio de Su
Santidad monseor Ondescalco. Y era el orden de batalla: en la
vanguardia, seis galeras venecianas; en el cuerno izquierdo iban sesenta
galeras, comandadas por el proveedor Barbarigo; Juan Andrea Doria era el
general de las sesenta galeras del cuerno derecho, y sesenta y tres
galeras formaban el centro de la batalla, llevando en medio de ella la
Real, y en sta el generalsimo don Juan de Austria. A la derecha de la
Real iba la capitana de Roma con su capitn Colonna, y la de Venecia con
Veniero, a la izquierda.

Llevaba la Real a popa la nao del comendador de Castilla don Luis de
Requesens, y con don Alvaro de Bazan, marqus de Santa Cruz, formaban la
retaguardia treinta y cinco galeras.

Mayor en nmero de naves era la armada infiel.

Comandaba su cuerno derecho Mahomet Ciroko, virey de Alejandra; el dey
de Argel, Aluch-Al, comandaba el izquierdo, y el baj Al-Pach se
mostraba en el centro de la batalla con un gran nmero de naves, y otra
formidable escuadra formaba a retaguardia.

En media luna avanzaban la una contra la otra las dos formidables
flotas. El viento haba calmado; el golfo, ms que una mar turbulenta,
un terso espejo pareca.

Embisti el primero el cuerno derecho de los turcos, a los que
resistieron los venecianos.

Aluch-Al haba embestido a las naves del general Doria, y en este
primer encuentro y trabazn de la pelea, la capitana de Malta fue
cercada, embestida y entrada por muchas galeras argelinas, que pasaron a
cuchillo a todos los caballeros, menos al gran prior y otros dos, que
casi despedazados por terribles heridas, tuvieron por muertos.

Con no menor saa se embistieron las galeras de don Juan de Austria y de
Al-Pach, y ya el combate se extendi por toda la lnea, sin haber
galera que no combatiese.

Se levant el viento favorable a los cristianos, y como ya se ha dicho,
un infierno terrible, que no otra cosa pareca la pelea, que todos
peleaban como si hubieran sido inmortales.

Apretada se vea la Real de don Juan de Austria.

Cargaban sobre ella con sus genzaros los dos bajaes Al-Pach y Pertew,
y a no acudir en su socorro de la capitana el marqus de Santa Cruz,
Dios slo sabe si aquel da hubiera perecido a manos de infieles el gran
don Juan de Austria.

Rayo pareca la espada del marqus de Santa Cruz, que firme en la cruja
de su capitana con sus arcabuceros espaoles, rechazaba una y otra
embestida.

A la Real salv, y vol con sus galeras a socorrer a Andrea Doria, y
socorrido ste, a poco rescataba la capitana de Malta y haca huir
aterrado con sus argelinos, y ponerse fuera de combate, al formidable
Aluch-Al.

Todo era proezas y hazaas, todo estrago y muerte.

Indecisa se mostraba la victoria, y es fama que entre la densa nube de
humo, y en el punto ms formidable de la batalla, apareci un resplandor
de gloria sobre la armada de la Liga, y en medio de l la Santsima
Virgen del Rosario, a la que acompaaban legiones de arcngeles, que con
sus espadas de fuego descendan y se metan en la pelea; milagro que la
fe no repugna, pero que bien pudo ser visin de algn soldado devoto que
luego lo cont y creyronlo; que no seales de muerte por fuego del
cielo tenan los turcos que muertos se hallaron en las galeras enemigas
apresadas, sino de pelota de arcabuz, o de lombarda, y corte de espada,
y golpe de pica, y astillazos y aplastamientos, por las entenas y
jarcias que la artillera cortaba; y entre este pavoroso estrago, entre
este humo, entre este fuego, y poco antes de que la victoria se
declarase por los cristianos, un arcabuzazo alcanz a Cervantes en la
mano izquierda, y deshzosela, y otros dos le atravesaron el pecho,
dejando en su persona las honrosas seales por las que, acometido por la
malevolencia, dijo muchos aos ms adelante, cuando le injuri aquel
Avellaneda, temerario continuador de _Don Quijote_: Lo que no he podido
dejar de sentir, es que me note de viejo y de manco, como si hubiera
sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por m, o si mi
manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la ms alta ocasin
que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan verlos
venideros. Si mis heridas no resplandecen sobre los ojos de quien las
mira, son estimadas a lo menos en la estimacin de los que saben dnde
se cobraron; que el soldado ms bien parece muerto en la batalla que
Ubre en la fuga; y es esto en m de manera, que si ahora me propusieran
y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella
faccin prodigiosa, que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en
ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas
son que guan a los dems al cielo de la honra y a desear la justa
alabanza.

Tal fue la alta ocasin, como l mismo dice, en que se qued manco
Miguel de Cervantes, y a esta ltima ocasin llevronle sus mal
aventurados y trgicos amores con doa Guiomar.

Pero no dejemos por terminar el relato sucinto de la batalla.

Sufrido haban los turcos una prdida irreparable en el baj Pertew, que
acometido por don Juan de Cardona, y habiendo tomado Pablo Jordn
Urbina su galera, hubo de arrojarse al mar y llegar nadando a un
esquife, en que escap.

Aluch-Al se haba puesto tambin en salvo con todas sus galeras de
Argel.

Al-Pach, que combata como un len irritado con trescientos genzaros,
cay al fin por una pelota de arcabuz que en la frente le hiri.

Arrojronse sobre l los castellanos, y un soldado cortole la cabeza, y
en la punta de una pica la puso, como guin sangriento y horrible seal
de la victoria.

Ya gran nmero de navos infieles ardan y se hundan con pavoroso
estrago en las ondas.

Gran parte de la armada infiel haba sido apresada, y el resto hua proa
al Levante.

--Victoria, victoria!--sonaba por todas partes.

Ya no se oa el estruendo formidable de la artillera.

El humo se elevaba lentamente, y se disipaba en los aires.

Doscientos veinticuatro bajeles perdieron los musulmanes.

Quedaron ciento treinta en poder de los vencedores, y el resto lo trag
el mar o lo abras el fuego.

Veinticinco mil turcos murieron, y ms de cinco mil, cautivos quedaron.

Hallronse en las galeras apresadas ciento diez y siete tiros gruesos de
artillera y doscientos cincuenta menores, y se libertaron doce mil
cautivos cristianos.

Pero no se obtuvo esta gran victoria sino a gran bosta; que se perdieron
quince galeras, ocho mil valientes murieron: de ellos, dos mil
espaoles, del Papa ochocientos, y el resto de Venecia, Gnova y Malta.

El Mediterrneo era libre.

Ya las doncellas cristianaste sus riberas no tenan que temer las
excursiones de los piratas, ni verse vendidas en los harenes de los
infieles.

Ya se poda reposar en aquellas riberas.

Los genzaros del turco no eran ya invencibles, ni, deshecha su poderosa
flota, para Europa poda ser una amenaza el poder del turco.

Con razn se enorgulleca Cervantes de haberse hallado en aquella
jornada memorabilsima y de las heridas gloriosas que en ella haba
recibido.

Volvironse al fin las naves espaolas a Npoles y Sicilia.

Dej la galera _Marquesa_ en el hospital de Messina a sus heridos, y
entre ellos a Miguel de Cervantes, que san al fin, pero quedndole
mutilada la mano izquierda, por lo cual, cuando la muerte abri para l
la edad de la gloria, al par que se le llam el prncipe de los ingenios
espaoles, llamsele tambin el MANCO DE LEPANTO.

FIN




POST SCRIPTUM


Parceme orte decir, bondadoso lector que hasta aqu hayas llegado:
Cmo, seor autor, y as nos deja vuesa merced a media miel, sin
decirnos lo que fue de Cervantes, de Margarita y aun de Florela?

A lo cual el autor responde:

--Lector benvolo, si este episodio de la vida de Miguel de Cervantes te
hubiere agradado, y a otros muchos, lo que yo ver por la venta de los
ejemplares, promtote contarte otros episodios de la vida del mismo
hroe, y entonces tal vez salga a luz lo que fue de Margarita, y aun lo
que fue de Florela. Entre tanto, VALE.



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both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

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effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
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that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://www.gutenberg.org/about/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://www.gutenberg.org/fundraising/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit:
http://www.gutenberg.org/fundraising/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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