The Project Gutenberg EBook of Germana, by Edmond About

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Title: Germana

Author: Edmond About

Translator: Toms Orts-Ramos

Release Date: August 8, 2009 [EBook #29640]

Language: Spanish

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BIBLIOTECA de LA NACIN

EDMUNDO ABOUT

GERMANA

TRADUCCIN DE

T. ORTS-RAMOS

BUENOS AIRES

1918

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




INDICE

I.--El aguinaldo de la duquesa

II.--Peticin de matrimonio

III.--La boda

IV.--Viaje a Italia

V.--El duque

VI.--Cartas de Corf

VII.--El nuevo domstico

VIII.--Los buenos tiempos

IX.--Cartas de China y de Pars

X.--La crisis

XI.--La viuda Chermidy

XII.--La guerra

XIII.--El pual

XIV.--La justicia

XV.--Conclusin




I

EL AGUINALDO DE LA DUQUESA


Hacia la mitad de la calle de la Universidad, entre los nmeros 51 y 57,
se ven cuatro hoteles que pueden citarse entre los ms lindos de Pars.
El primero pertenece al seor Pozzo di Borgo, el segundo al conde
Mailly, el tercero al duque de Choiseul y el ltimo, que hace esquina a
la calle Bellechasse, al barn de Sangli.

El aspecto de este edificio es noble. La puerta cochera da entrada a un
patio de honor cuidadosamente enarenado y tapizado de parras
centenarias. El pabelln del portero est a la izquierda, envuelto entre
el follaje espeso de la hiedra, donde los gorriones y los huspedes de
la garita parlotean al unsono. En el fondo del patio, a la derecha, una
amplia escalinata resguardada por una marquesina, conduce al vestbulo y
a la gran escalera.

La planta baja y el primer piso estn ocupados por el barn nicamente,
que disfruta sin compartirlo con nadie un vasto jardn, limitado por
otros jardines, y poblado de urracas, mirlos y ardillas que van y vienen
de se a los otros en completa libertad, como si se tratara de
habitantes de un bosque y no de ciudadanos de Pars.

Las armas de los Sangli, pintadas en negro, se descubren en todas las
paredes del vestbulo. Son un jabal de oro en un campo de gules. El
escudo tiene por soporte dos lebreles, y est rematado con el penacho de
barn con esta leyenda: _Sang li au Roy_[A].

Como media docena de lebreles vivos, agrupados segn su capricho, se
aburren al pie de la escalera, mordisquean las vernicas floridas en los
vasos del Japn o se tienden sobre la alfombra alargando la cabeza
serpentina. Los lacayos, sentados en banquetas de Beauvais, cruzan
solemnemente los brazos, como conviene a los criados de buena casa.

El da 1. de enero de 1853, hacia las nueve de la maana, toda la
servidumbre del hotel celebraba en el vestbulo un congreso tumultuoso.
El administrador del barn, el seor Anatolio, acababa de distribuirles
el aguinaldo. El mayordomo haba recibido quinientos francos, el ayuda
de cmara doscientos cincuenta. El menos favorecido de todos, el
marmitn, contemplaba con una ternura inefable dos hermosos luises de
oro completamente nuevos. Habra celosos en la asamblea, pero
descontentos ni uno solo, y cada uno a su manera deca que da gusto
servir a un amo rico y generoso.

Los tales individuos formaban un grupo bastante pintoresco alrededor de
una de las bocas del calorfero. Los ms madrugadores llevaban ya la
gran librea; los otros vestan an el chaleco con mangas que constituye
el uniforme de media gala de los criados.

El ayuda de cmara iba vestido de negro completamente, con zapatillas de
orillo; el jardinero pareca un aldeano endomingado; el cochero llevaba
chaqueta de tricot y sombrero galoneado; el portero un tahal de oro y
zuecos. Aqu y acull se distingua a lo largo de las paredes, una
fusta, una almohaza, un encerador, escobas, plumeros y algo ms cuyo
nombre ignoro.

El seor dorma hasta medioda, como quien ha pasado la noche en el
club, y por lo tanto tenan tiempo para empezar sus faenas. Por lo
pronto se entretenan en darle empleo al dinero y las ilusiones les
ocupaban bastante. Los hombres todos son algo parientes de aquella
lechera de la fbula.

--Con esto, y lo que ya tengo ahorrado--deca el mayordomo--, puedo
redondear mi renta vitalicia. A Dios gracias no falta el pan, y los das
de la vejez los tendr asegurados.

--Como es usted soltero--replico el ayuda de cmara--, no tiene que
pensar en nadie. Pero yo tengo familia. Por eso pienso entregarle el
dinero a ese buen seor que va a la Bolsa, y algo me producir.

--Es una buena idea, seor Fernando--dijo el marmitn--. Cuando vaya
usted, llvele mis cuarenta francos.

El ayuda de cmara se crey obligado tambin a intervenir y exclam en
tono de proteccin:

--Vaya con el joven! Qu crees t que se puede hacer con cuarenta
francos en la Bolsa?

--Bueno--respondi el joven ahogando un suspiro--, los llevar a la Caja
de ahorros.

El cochero solt una ruidosa carcajada y se dio unos puetazos sobre el
estmago gritando:

--Esta es mi caja de ahorros. Aqu es donde he colocado siempre mis
fondos, y a fe que no me ha ido mal. Verdad, padre Altorf?

El padre Altorf, suizo[B] de profesin, alsaciano de nacimiento, de
elevada estatura, vigoroso, huesudo, de desarrollado vientre, ancho de
hombros, de cabeza enorme y rubicundo como un hipoptamo, sonri con el
rabillo del ojo y produjo con la lengua un pequeo chasquido que era
todo un poema.

El jardinero, delicada flor de la Normanda, hizo sonar el dinero en su
mano y respondi al honorable preopinante:

--Vamos, no diga usted tonteras! lo que se ha bebido ya no se vuelve a
tener. Lo mejor que hay es esconder el dinero en una pared vieja o en un
rbol hueco. Los que as lo hagan no darn de comer al notario!

La asamblea en pleno protest de la ingenuidad de aquel buen hombre que
enterraba en flor sus escudos, sin hacerlos producir. Quince o diez y
seis exclamaciones se elevaron al mismo tiempo. Cada uno expuso su
opinin, descubri su secreto, cabalg en su Clavileo. Cada uno hizo
saltar las monedas en su bolsillo y acarici ardientemente las
esperanzas ciertas, la dicha contante y sonante que haban embolsado. El
oro mezclaba su aguda vocecita con aquel concierto de pasiones vulgares;
y el choque de las piezas de veinte francos, ms embriagador que los
vapores del vino o el olor de la plvora, emborrachaba a aquellos pobres
cerebros y aceleraba los latidos de sus groseros corazones.

En lo ms fuerte del tumulto, se abri una pequea puerta que daba a la
escalera, entre el piso bajo y el primero. Una mujer, con un harapiento
traje negro, descendi vivamente los peldaos, atraves el vestbulo,
abri la puerta de vidrieras y desapareci en el patio.

Todo esto pas en un minuto y, no obstante, la sombra aparicin se
llev el buen humor de todas aquellas gentes, que se levantaron a su
paso con el ms profundo respeto. Los gritos se detuvieron en sus
gargantas y el oro ya no volvi a sonar en sus bolsillos. La pobre mujer
haba dejado detrs de ella como una estela de silencio y de estupor.

El primero que se repuso fue el ayuda de cmara, que era lo que se llama
un espritu fuerte.

--Voto a...!--exclam--. He credo ver pasar a la miseria en persona.
Me ha estropeado el ao. Ya veris cmo no vuelve a salirme nada bien
hasta el da de San Silvestre. Brrr! tengo fro en la espalda.

--Pobre mujer!--dijo el mayordomo--. Ha tenido cientos y miles y ya la
veis ahora... Quin creera que es una duquesa?

--Es que el vagabundo de su marido se lo ha comido todo.

--Un jugador!

--Un hombre que no piensa ms que en comer!

--Un andariego que trota de la maana a la noche, con sus piernas de
rocn.

--No es l el que me interesa: tiene lo que se merece.

--Se sabe algo de la seorita Germana?

--Su negra me ha dicho que cada da est peor. A cada golpe de tos llena
un pauelo.

--Y sin una alfombra en su habitacin! Esa nia no se curara ms que
en un pas templado, en Italia, por ejemplo.

--Ser un ngel para Dios.

--Los que quedan son ms dignos de compasin.

--No s cmo se las arreglar la duquesa para salir de este atolladero.
A todos debe! Ultimamente el panadero se ha negado a fiarles ms.

--Cunto deben de alquiler?

--Ochocientos francos; pero lo que me extraa es que siquiera el seor
haya visto el color de su dinero.

--Si yo fuese l, preferira tener desalquilado el piso antes que
permitir que viviesen en l personas que deshonran la casa.

--No seas bestia! Para qu arrastrar por el arroyo al duque de La Tour
de Embleuse y a su familia? Esas miserias, para que lo sepas, son como
las llagas del barrio; todos nosotros tenemos inters en ocultarlas.

--Toma!--dijo el marmitn--, creo que tengo razn para burlarme. Por
qu no trabajan? Los duques son hombres como los dems.

--Muchacho!--exclam gravemente el mayordomo--, ests diciendo cosas
incoherentes. La prueba de que no son hombres como los dems, es que yo,
tu superior, no sera ni barn durante una hora de mi vida. Adems, la
duquesa es una mujer sublime y hace cosas de las que ni t ni yo
seramos capaces. Tomaras t caldo durante todo un ao y en todas las
comidas?

--Caramba! No me parece eso muy divertido!

--Pues bien! la duquesa pone el puchero a la lumbre cada dos das,
porque a su marido no le gusta la sopa de vigilia. El seor se come su
tapioca de caldo graso y un bistec y un par de chuletas, y la pobre y
santa mujer se conforma con los desperdicios. Es hermoso, verdad?

El marmitn pareci muy conmovido.

--Mi buen seor Tournoy--dijo al mayordomo--, me interesan mucho esas
pobres gentes. No podramos enviarles algo por medio de la negra?

--S, s! ella es tan orgullosa como los otros; no querra nada de
nosotros. Y, no obstante, tengo la seguridad de que no se desayuna todos
los das.

Esta conversacin se hubiera prolongado indefinidamente a no llegar
oportunamente el seor Anatolio para interrumpirla, en el preciso
momento en que el guarda, que aun no haba abierto la boca, iba a tomar
la palabra. La asamblea se disolvi ms que de prisa; cada uno de los
oradores llev consigo sus instrumentos de trabajo y en la sala de
deliberaciones no qued ms que una de esas escobas gigantescas,
llamadas cabezas de lobo.

Mientras tanto, Margarita de Bisson, duquesa de la Tour de Embleuse,
caminaba apresuradamente en direccin a la calle Jacob. Los transentes
que la rozaban con el codo al correr para dar o recibir los aguinaldos,
la encontraran seguramente parecida a una de esas irlandesas
desesperadas que patinan sobre el afirmado de las calles de Londres en
persecucin del penique. Hija de los duques de Bretaa, casada con un
antiguo gobernador del Senegal, la duquesa llevaba un sombrero de paja
teido de negro cuyas cintas se retorcan como bramantes. Un velillo de
imitacin, agujereado por cinco o seis sitios distintos, mal ocultaba su
cara, dndole adems un aspecto extrao. Aquel hermoso rostro, sembrado
de pequeas manchas, produca el efecto de que estuviese desfigurada por
la viruela. Un viejo chal, ennegrecido por los cuidados del tintorero y
al que la intemperie haba dado un color rojizo, dejaba caer tristemente
sus tres puntas cuyos flecos rozaban ligeramente la nieve de la acera.
La ropa que se ocultaba debajo del mantn estaba tan usada, que no se
hubiese podido decir de qu clase era a la simple vista. Unicamente
examinndola de cerca y con una lupa se hubiera podido reconocer un
_moar_ desteido, rado, con los pliegues cortados y las franjas
deshilachadas, devoradas por el lodo corrosivo de las calles de Pars.
Los zapatos que soportaban tan lamentable edificio haban perdido la
forma y el color. La ropa blanca, ese distintivo de la limpieza y del
bienestar, no asomaba ni por el cuello ni por las mangas. Algunas veces,
al pasar por un charco, el vestido se levantaba por un lado y dejaba ver
una media de lana gris y un sencillo refajo de algodn negro. Las manos
de la duquesa, enrojecidas por un fro muy vivo, se escondan bajo su
chal. Al andar, arrastraba los pies, no por indolencia, sino por el
miedo de perder los zapatos.

Por un contraste que hemos podido observar ms de una vez, la miseria no
haba afeado a la duquesa, que no estaba plida ni delgada. Haba
recibido de sus antepasados una de esas bellezas rebeldes que lo
resisten todo, incluso el hambre. Se ha visto a presos que engordaban en
su calabozo hasta la hora de la muerte. A la edad de cuarenta y siete
aos, la seora de la Tour de Embleuse conservaba an, hermosos rasgos
de su juventud. Aun tena el cabello negro y treinta y dos piezas en la
boca capaces de triturar el pan ms duro. Su salud no responda a su
aspecto, pero esto era un secreto que quedaba entre ella y su mdico. La
duquesa estaba en los linderos de aquella hora peligrosa, y a veces
mortal, en que la madre desaparece para dejar lugar a la abuela. A
menudo soaba que la sangre le llenaba la garganta como si quisiera
ahogarla. Oleadas de calor le suban hasta el cerebro y se despertaba
como si estuviese en un bao de vapor, del que se extraaba salir con
vida. El doctor Le Bris, un mdico joven y un antiguo amigo, le
recomendaba un rgimen suave, sin fatigas y sobre todo sin emociones.
Pero, qu alma, por estoica que fuese, hubiese atravesado sin
emocionarse por tan rudas pruebas?

El duque Csar de La Tour de Embleuse, hijo de uno de los emigrantes ms
fieles al rey y de los ms encarnizados contra el pueblo, fue
magnficamente recompensado por los servicios de su padre. En 1827,
Carlos X le nombr gobernador general de las posesiones francesas del
Africa occidental. Tena apenas cuarenta aos. Durante veintiocho meses
de permanencia en la colonia, se defendi valerosamente contra los moros
y contra la fiebre amarilla; despus pidi un permiso para casarse en
Pars. Era rico, gracias a la indemnizacin que le haban dado, y dobl
su fortuna al casarse con la hermosa Margarita de Bisson que posea
sesenta mil francos de renta. El rey firm al mismo tiempo su contrato y
su cesanta, y el duque se encontr casado y destituido el mismo da. El
nuevo poder le hubiera acogido de muy buena gana entre la multitud de
los trnsfugas; incluso se lleg a decir que el ministerio Casimiro
Prier le haba hecho algunas proposiciones. El duque rechaz todos los
empleos, primero por orgullo, pero tambin por una invencible pereza.
Sea que hubiese gastado en menos de tres aos toda su energa, sea que
la vida fcil de Pars le retuviera con un atractivo irresistible, es lo
cierto que durante diez aos su nico trabajo fue pasear sus caballos
por el Bosque y exhibir sus guantes amarillos en el _foyer_ de la Opera.
Pars era completamente nuevo para l, porque haba vivido en el campo
bajo la frula inflexible de su padre hasta el momento de partir para el
Senegal. Gust tan tarde de los placeres, que no tuvo tiempo para
saciarse.

Todo le pareca hermoso, los goces de la mesa, las satisfacciones de la
vanidad, las emociones del juego y hasta las austeras alegras de la
familia. Mostraba en casa la cariosa diligencia de un buen esposo y en
el mundo la fogosidad de un hijo de familia emancipado. Su mujer era la
ms dichosa de Francia, pero no la nica de quien l hiciera la dicha.
Llor de alegra al nacer su hija, all por el verano de 1835. En el
exceso de su felicidad, compr una casa de campo a una bailarina por la
cual estaba loco. Las comidas que daba en su casa no tenan rival, como
no fuesen las cenas que daba en la de su querida. El mundo, que es
siempre indulgente para los hombres, le perdonaba aquel derroche de su
vida y de su fortuna. Adems, haca las cosas galantemente, porque sus
placeres mundanos no levantaban un eco doloroso en su casa. En justicia,
se le poda reprochar que hiciese partcipes a todos de la exuberancia
de su bolsillo y de su corazn? Ninguna mujer compadeca a la duquesa,
que, en efecto, no era digna de compasin. El duque evitaba
cuidadosamente comprometerse, no se exhiba en pblico ms que con su
esposa, y antes hubiera preferido faltar a una partida que enviarla sola
al baile.

Aquella vida por partida doble y los manejos en que un hombre de mundo
sabe envolver sus placeres, hicieron pronto brecha en su capital. Nada
cuesta ms caro en Pars que la sombra y la discrecin. El duque era
demasiado gran seor para detenerse en su camino. Nunca supo negar nada
a su esposa ni a la de los otros. Y no es que ignorase el estado de su
fortuna, pero contaba con el juego para repararla. Los hombres a quienes
el bien ha venido durmiendo se habitan a una confianza ilimitada en el
destino. El seor de La Tour de Embleuse era dichoso como el que toma
las cartas en sus manos por primera vez. Se estima que sus ganancias del
ao 1841 doblaron sus rentas y an ms, pero nada dura en este mundo, ni
siquiera la suerte en el juego; bien pronto pudo saberlo por
experiencia. La liquidacin de 1848, que dej al descubierto tantas
miserias, le demostr que estaba arruinado sin remisin. Vio que a sus
pies se abra un abismo sin fondo. Otro hubiera perdido la cabeza; l ni
siquiera perdi la esperanza. Fuese directamente a su esposa y le dijo
con la alegra de siempre:

--Mi querida Margarita, esta maldita revolucin nos lo ha quitado todo;
no nos quedan ni mil francos nuestros.

La duquesa no esperaba semejante noticia y, pensando en su hija, llor
amargamente.

--No temas nada--le dijo--; es una tempestad pasajera. Cuenta conmigo;
yo cuento con el azar. Dicen que soy un hombre ligero; tanto mejor! As
volver a flote.

La pobre mujer enjug sus lgrimas y le dijo:

--Bien, amigo mo! Es que quieres trabajar?

--Yo! Ni por pienso! Esperar la Fortuna; es una caprichosa y se ha
portado siempre muy bien conmigo para que se despida as en redondo y
para siempre.

El duque esper ocho aos en un pequeo departamento del palacio de
Sangli, encima de las caballerizas. Sus antiguos amigos, desde que
conocieron su situacin, le ayudaron con su bolsa y con su crdito. Tom
prestado sin escrpulo, como hombre que haba hecho prstamos sin
recibo. Se le ofrecieron muchos empleos, todos decorosos. Una compaa
industrial quiso incluirle en su consejo de administracin con una
gratificacin que equivala a un sueldo. Rehus por miedo de rebajarse.
No tengo inconveniente, dijo, en vender mi tiempo, pero a lo que no
estoy dispuesto es a prestar mi nombre. As fue descendiendo uno por
uno todos los peldaos de la miseria, desanimando a sus amigos, cansando
a sus acreedores, cerrndose todas las puertas, desprestigiando un
nombre que no quera comprometer, pero sin preocuparse del traje rado
que paseaba por las calles ni de su chimenea en la que no poda echar ni
un mal pedazo de lea.

El da 1. de enero de 1853, la duquesa llevaba al Monte de Piedad su
anillo de boda.

Es preciso estar bien falto de todo socorro humano para empear un
objeto de tan escaso valor como un anillo de matrimonio. Pero la duquesa
no tena ni un cntimo en casa y no se vive sin dinero, por ms que el
crdito sea el gran resorte del comercio de Pars. Se compran muchas
cosas sin pagarlas cuando se puede echar sobre el mostrador una tarjeta
con un nombre conocido y una direccin elegante. Podis amueblar vuestra
casa, llenar vuestra bodega y proveer vuestro ropero sin que tengis
necesidad de ensear el color de vuestros escudos. Pero hay mil gastos
cotidianos que no se hacen ms que con el dinero en la mano. Un vestido
se toma a crdito, pero los remiendos se pagan al contado. Algunas veces
es ms fcil comprar un reloj que una col. La duquesa dispona de un
resto de crdito que cultivaba con un cuidado religioso, pero, en cuanto
al dinero, no saba cmo procurrselo. El duque de La Tour de Embleuse
ya no tena amigos: los haba gastado como el resto de su fortuna. Tal
compaero de colegio nos profesa cario hasta mil francos; tal camarada
de placer llega a prestarnos cien luises; tal vecino compasivo
representa un valor de mil escudos. Pasada cierta cifra, se cree libre
de todos los deberes de la amistad; no tiene nada de qu reprocharse; ya
no os debe nada; tiene el derecho de desviar la vista cuando os
encuentra y de negaros la entrada cuando llamis a su puerta. Las amigas
de la duquesa se haban ido apartando de ella una despus de otra. La
amistad de las mujeres es seguramente ms cordial que la de los hombres,
pero en uno y otro sexo no hay afecto duradero ms que para sus iguales.
Se experimenta un placer delicado en subir dos o tres veces una escalera
estrecha y en sentarse cerca de un miserable camastro, pero hay muy
pocas almas tan heroicas que sean capaces de vivir familiarmente con la
desgracia de los dems. Las mejores amigas de la pobre mujer, aquellas
que la llamaban Margarita, haban sentido enfriarse su corazn en aquel
departamento sin alfombras y sin fuego, y ya haban dejado de ir. Cuando
se les hablaba de la duquesa, hacan su elogio, la compadecan
sinceramente y decan: Nos queremos como siempre, pero no nos vemos
casi nunca. Su marido tiene la culpa!

En aquel abandono lamentable, la duquesa recurra al ltimo amigo de los
desgraciados, un acreedor que presta a un inters muy elevado, es
verdad, pero sin objeciones ni reproches. El Monte de Piedad guardaba
sus alhajas, sus encajes, sus vestidos, lo mejor de su ropa blanca y el
penltimo colchn de su cama. Lo haba empeado todo a la vista del
propio duque que vea marchar uno a uno todos los objetos de su
mobiliario, despidindose alegremente de ellos. Aquel incomprensible
viejo viva en su casa como Luis XIV en su reino, sin preocuparse del
porvenir y diciendo: Despus de m, el diluvio! Se levantaba ya
tarde, almorzaba con excelente apetito, se pasaba una hora en el
tocador, se tea el pelo, se pona colorete, se pula las uas y
paseaba sus gracias por Pars hasta la hora de comer. No mostraba la
menor extraeza cuando vea una buena comida sobre la mesa, y era
demasiado discreto para preguntar a su mujer cmo la haba logrado. Si
la comida era magra, se condola humorsticamente y sonrea a la mala
fortuna como otras veces a la buena. Cuando Germana empez a toser,
brome alegremente sobre tan mala costumbre. Se pas largo tiempo sin
ver que la pobre languideca, y el da que lo advirti experiment una
viva contrariedad.

Cuando el doctor le anunci que slo un milagro poda salvar a la
infeliz nia, le llam mdico _Tant-Pis_ (Tanto peor), y le dijo
frotndose las manos: Vamos, vamos, eso no ser nada! El mismo
ignoraba si hablaba as para tranquilizar a la familia o es que
realmente su trivialidad natural le impeda sentir el dolor. Su mujer y
su hija le adoraban tal como era. Trataba a la duquesa con la misma
galantera que al da siguiente de la boda, y haca saltar a Germana
sobre sus rodillas como cuando tena tres aos. La duquesa jams le
acus, ni en su fuero interno, de su ruina; vea en l, lo mismo que
veintitrs aos antes, al hombre perfecto; tomaba su indiferencia por
valor y firmeza; esperaba en l, a pesar de todo, y le crea capaz de
levantar la casa por un golpe inesperado de fortuna.

A Germana, segn el doctor Le Bris, no le quedaban ms que cuatro meses
de vida. Deba caer en los primeros das de la primavera, a tiempo para
que las lilas blancas pudiesen florecer sobre su tumba. La pobre joven
presenta su destino y juzgaba sobre su estado con una clarividencia
bien rara en los tuberculosos. Quizs hasta tena sospechas del mal que
minaba a su madre. Dorma al lado de la duquesa, y en sus largas noches
de insomnio se asustaba algunas veces del sueo anhelante de la querida
enfermera. Cuando yo haya muerto, pensaba, mam no tardar en seguirme.
No estaremos mucho tiempo separadas; pero, qu ser de mi padre?

Todas las preocupaciones, todas las miserias, todos los dolores fsicos
y morales tenan su asiento en aquel rincn del palacio Sangli; y en
Pars, donde la miseria abunda, no haba, quizs, una familia ms
completamente miserable que la de La Tour de Embleuse que posea por
todo recurso un anillo de boda.

La duquesa fue primero a la sucursal del Monte de Piedad, situada en la
calle de Bonaparte, cerca de la Escuela de Bellas Artes, pero encontr
la casa cerrada; haba olvidado que era da de fiesta. Entonces se le
ocurri la idea de que tal vez habra abierto el comisionista de la
calle de Cond, pero le ocurri lo mismo. No saba ya dnde dirigirse,
porque los establecimientos de este gnero no son muy frecuentes en el
barrio de San Germn; no obstante, como el duque no poda comenzar el
ao ayunando, entr en un pequeo establecimiento de bisutera de la
encrucijada del Oden donde vendi su anillo por once francos. El
mercader prometi conservarlo tres meses, por si quera ir a buscarlo.

Guard el dinero en una punta de su pauelo de bolsillo y, sin
detenerse, se encamin hacia la calle de los Lombardos. Entr en una
farmacia, compr una botella de aceite de hgado de bacalao para
Germana, atraves el arroyo, se detuvo en una tienda, eligi una
langosta y una perdiz, y volvi, enlodada hasta las rodillas, al palacio
Sangli. No le quedaban ms que cuarenta cntimos.

El departamento que ocupaba era una construccin ligera, aadida treinta
aos antes al edificio. Las cuatro piezas de que se compona estaban
separadas por tabiques de madera. La antesala daba por un lado al saln
y por el otro a un largo corredor que conduca a la habitacin del
duque. Desde el saln se pasaba a la habitacin de la duquesa y desde
all al comedor que una la habitacin del duque con la de la duquesa.

La seora de La Tour de Embleuse encontr en la antesala a su nica
sirvienta, la vieja Semramis, que lloraba silenciosamente con un papel
en la mano.

--Qu tienes?--pregunt.

--Seora, esto es todo lo que ha trado el panadero. Si no le pagamos,
no nos dar ms pan.

La duquesa record que, efectivamente, se le deban ms de 600 francos.

--No llores ms--dijo--. Aqu tienes algn dinero; ve a la panadera de
la calle del Bac y compra un panecillo de Viena para el seor y para
nosotros lo traes del otro. Llvate eso a la cocina; es el almuerzo del
seor. Y Germana, ya est levantada?

--S, seora; el mdico la ha visto a las diez. Aun est en la
habitacin del seor duque.

Semramis sali y la seora de La Tour de Embleuse se dirigi a la
habitacin de su marido. Cuando se dispona a abrir la puerta, oy la
voz del duque, clara, alegre y vibrante como un clarn.

--Cincuenta mil francos de renta!--deca el viejo--. Ya saba yo que
volvera la fortuna!




II

PETICIN DE MATRIMONIO


El doctor Carlos Le Bris era uno de los hombres ms apreciados de Pars.
La gran ciudad tiene sus nios mimados en todas las artes, pero no
conozco a ninguno que lo fuese tanto como l. Haba nacido en una
miserable y pequea ciudad de la Champaa, pero hizo sus estudios en el
colegio de Enrique IV. Un pariente suyo, que ejerca la medicina en el
pas, le dedic desde muy joven a la misma profesin. Carlos sigui sus
cursos, frecuent los hospitales, hizo su internado, practic a la vista
de sus maestros y gan a pulso todos sus diplomas y algunas medallas
que hoy constituyen el adorno de su gabinete. Su nica ambicin era
suceder a su to y acabar con los enfermos que el buen hombre le dejase.
Pero cuando le vieron aparecer, armado de sus xitos y doctor hasta los
dientes, los curanderos del pas, y su to que, despus de todo, no era
otra cosa, le preguntaron por qu no se haba quedado en Pars. Una a
su talento unos modales tan seductores y le sentaba tan bien su gran
palet, que se adivinaba desde el primer da que todos los enfermos
seran para l. El venerable pariente se encontraba demasiado joven para
pensar en retirarse, y la rivalidad de su sobrino dio una agilidad a sus
piernas que nunca haba tenido. En resumen, el pobre muchacho fue tan
mal recibido, se le pusieron tantos obstculos en su camino, que, de
puro desesperado, se volvi a Pars. Sus antiguos maestros le acogieron
con los brazos abiertos y pronto tuvo una gran clientela. Los grandes
hombres tienen el medio de no ser envidiosos; gracias a su generosidad,
el doctor Le Bris hizo su reputacin en cinco o seis aos. Aqu se le
apreciaba como sabio, all como bailarn, y en todas partes como hombre
simptico y bueno. Ignoraba los primeros elementos de la charlatanera,
hablaba muy poco de sus xitos y abandonaba a sus enfermos el cuidado de
decir que los haba curado. Su casa no era un templo, ni mucho menos.
Habitaba en un cuarto piso de un barrio extremo. Por modestia? Por
coquetera? No se sabe. Las pobres gentes de su barrio no se quejaban de
tal vecindad; l, por su parte, las cuidaba con tanta solicitud, que
algunas veces olvidaba el portamonedas a la cabecera de su cama.

El seor Le Bris era, desde haca tres aos, el mdico de la seorita de
La Tour de Embleuse. Haba seguido los progresos de la enfermedad sin
poder hacer nada para detenerlos. Y no es que Germana fuese una de esas
nias condenadas desde su nacimiento, que llevan en s el germen de una
muerte hereditaria. Su constitucin era robusta y su pecho ancho;
adems, su madre nunca haba tosido. Un resfriado descuidado, una
habitacin demasiado fra, la privacin de cosas necesarias a la vida,
es lo que haba producido todo su mal. Poco a poco, a pesar de los
cuidados del doctor, la pobre nia haba palidecido coma una estatua de
cera y sus fuerzas la haban abandonado; el apetito, la alegra, el
aliento, la satisfaccin de respirar el aire, todo le faltaba. Seis
meses antes del principio de esta historia, Le Bris haba tenido
consulta con dos celebridades. Aun poda salvarse entonces; le quedaba
un pulmn, y la Naturaleza a veces se contenta con menos. Pero era
preciso llevarla sin demora a Egipto o a Italia.

--S--dijo el joven doctor--, sa es la nica prescripcin racional; una
casa de campo a orillas del Arno, una vida tranquila y sin
preocupaciones pecuniarias... Pero, ya veis!...

Y design con el dedo los cortinajes destrozados, las sillas de paja y
el desnudo pavimento del saln.

--He aqu su sentencia de muerte!

En el mes de enero el ltimo pulmn fue afectado; el sacrificio se
consumaba. El doctor casi se preocupaba ya ms de la duquesa que de la
enferma. Su ltima esperanza era que la hija se extinguiese dulcemente y
que la madre se salvase.

Hizo su visita a Germana, le tom el pulso por pura frmula, le ofreci
una caja de bombones, la bes fraternalmente en la frente y pas a la
habitacin del seor de La Tour de Embleuse.

El duque aun estaba en la cama y, sin los artificios de tocador, nadie
le hubiera rebajado un mes de sus sesenta y tres aos.

--Y bien, elegante doctor--dijo con su risa sonora--, qu ao nuevo nos
trae usted? La Fortuna, al fin, querr venir a verme? Ah! bribona, si
vuelvo a pillarte! Usted es testigo, doctor, de que la espero en la
cama.

--Seor duque--respondi el doctor--, puesto que estamos solos, podemos
hablar de cosas serias. Creo que no he ocultado a usted el estado de su
hija.

El duque hizo una pequea mueca sentimental y dijo:

--Verdaderamente, doctor, es que no se puede ya esperar nada? Yo creo,
falsa modestia aparte, que es usted capaz de un milagro.

Le Bris movi tristemente la cabeza.

--Todo lo ms que yo puedo hacer--respondi--, es evitarle sufrimientos
en sus ltimos das.

--Pobre pequea! Figrese usted, querido doctor, que tose todas las
noches hasta despertarme. Debe sufrir horriblemente, aunque trate de
ocultarlo. Si no hay ninguna esperanza, su ltima hora ser la del
descanso.

--No es eso todo lo que tengo que decirle, y perdneme usted si empiezo
el ao con tristes noticias.

El duque se incorpor de un salto.

--Qu pasa, pues? Me da usted miedo!

--La seora duquesa me inquieta desde hace algunos meses.

--Ah!... Efectivamente, doctor, usted abusa de los malos augurios. La
duquesa, gracias a Dios, est perfectamente. Ya quisiera estar yo como
ella!...

El doctor entr en detalles que abatieron la indiferencia y la ligereza
del viejo. Se vio solo en el mundo y se estremeci de terror. Su voz
baj de tono y se cogi a la mano del doctor como un nufrago al ltimo
trozo de madera.

--Amigo mo--le dijo--, slveme! Salve a la duquesa, quera decir! No
tengo ms que a ella en el mundo. Qu sera de m? Es un ngel, mi
ngel guardin. Qu es necesario hacer para curarla? Dgamelo y
obedecer como un esclavo.

--Seor duque, lo que necesita la seora duquesa es una vida tranquila y
fcil, sin emociones, y, sobre todo, sin privaciones; un rgimen suave,
alimentos escogidos y variados, una casa cmoda, un buen coche...

--Y la luna, no es verdad?--exclam el duque con impaciencia--. Le
crea a usted, doctor, hombre de ms talento y de ms vista. Coche!
casa! buena alimentacin! Vaya usted a buscarme todo eso y se lo
dar!

El doctor respondi sin inmutarse:

--Ya se lo traigo a usted, seor duque, y no tiene usted ms que
tomarlo.

Los ojos del duque brillaron como los de un gato en la obscuridad.

--Hable usted, pues!--exclam--. Me tiene usted en ascuas!

--Antes de pasar adelante, seor duque, debo recordarle que desde hace
tres aos soy el mejor amigo de la casa.

--Puede usted decir el nico sin temor a ser desmentido.

--El honor de su nombre me es tan caro como a usted mismo, y si...

--Va bien! va bien!

--No olvide usted que la vida de la seora duquesa est en peligro y que
yo respondo de salvarla, puesto que usted me proporciona los medios.

--Qu diablo! Es usted el que me los proporciona a m. Hace una hora
que me est usted hablando como el peripattico del _Matrimonio
forzado_. Al grano, doctor, al grano!

--A eso voy. Ha visto usted nunca en Pars al conde de Villanera?

--Al de los caballos negros?

--Precisamente.

--El ms hermoso tronco de Pars!

--Don Diego Gmez de Villanera es el ltimo vstago de una ilustre
familia napolitana transplantada a Espaa durante el reinado de Carlos
V. Su fortuna es la ms grande de toda la pennsula; si cultivase sus
tierras y explotase sus minas, sus rentas no bajaran de dos o tres
millones. As y todo, tiene milln y medio de renta, un poco menos que
el prncipe de Isupoff, treinta y dos aos, una figura agradable, una
educacin exquisita, un carcter caballeroso...

--Y a la seora de Chermidy, puede usted aadir.

--Puesto que usted sabe eso, me abrevia el camino. El conde, por razones
que ahora sera muy largo exponer, desea abandonar a la seora de
Chermidy y unirse, con arreglo a su jerarqua, con una de las ms
ilustres familias. Se preocupa tan poco de los bienes de su futura, que
asegurar a su suegro una renta de cincuenta mil francos. El suegro que
l desea es usted, y me ha encargado que explore sus disposiciones. Si
usted accede, l vendr hoy mismo a pedirle la mano de la seorita
Germana y dentro de quince das se habr celebrado la boda.

Por de pronto, el duque salt al suelo y mir fijamente al doctor.

--No est usted loco?--dijo--, no se est burlando de m? Supongo que
no olvidar usted que soy el duque de La Tour de Embleuse y que puedo
doblarle en edad... Es verdad todo eso que me ha dicho?

--Como el Evangelio.

--Pero l no sabe que Germana est enferma?

--Lo sabe.

--Que est moribunda?

--Lo sabe.

--Desahuciada?

--Lo sabe.

Una nube pas por el rostro del viejo duque. Se sent en un rincn de la
fra chimenea sin darse cuenta de que estaba casi desnudo y, apoyando
los codos sobre las rodillas, se apret la cabeza con las manos.

--Eso no es natural--aadi--; usted no me lo ha dicho todo y el seor
de Villanera debe tener algn motivo secreto para querer casarse con una
muerta.

--En efecto--respondi el doctor--. Pero haga usted el favor de volverse
a la cama. Es una historia muy larga.

El duque volvi a arrebujarse debajo del cobertor. Sus dientes
castaeteaban a causa del fro y de la impaciencia y tena sus ojillos
fijos en el doctor con la curiosidad inquieta de un nio ante el que se
abre una caja de bombones. El seor Le Bris no le hizo esperar.

--Usted sabe--dijo--cul es la situacin de la seora de Chermidy?

--Viuda consolable de un marido al que no ha visto nunca.

--Yo he visto al seor Chermidy hace tres aos y le aseguro por lo tanto
que su esposa no es viuda.

--Tanto mejor para l! Diablo! Marido de la seora Chermidy! Es una
sinecura que le debe proporcionar muy bonitas rentas.

--As es como se hacen juicios temerarios! El seor Chermidy es un
hombre honrado y hasta un oficial de algn mrito. No creo que
pertenezca a una familia aristocrtica; a los treinta y cinco aos era
capitn de la marina mercante y obtuvo embarque en un navo del Estado
como oficial auxiliar hasta que, al cabo de dos aos de navegacin, el
ministro le firm su nombramiento de oficial. Fue en 1838 cuando puso su
corazn y sus charreteras a los pies de Honorina Lavenaze. Esta tena
por toda fortuna sus diez y ocho aos, unos grandes ojos que usted ya
conoce, un gorro de arlesiana y una ambicin sin lmites. No era, ni con
mucho, tan hermosa como hoy. Ella misma me ha dicho que era seca como un
palo y negra como un cuervo, pero tena ciertos atractivos que la hacan
desear. Reinaba en el mostrador de un despacho de tabacos y, desde el
prefecto martimo hasta los alumnos de segundo ao, toda la aristocracia
nutica de Toln iba a fumar y a suspirar a su alrededor. Pero nada
poda trastornar aquella firme cabeza, ni los vapores del incienso ni el
humo de los cigarros. Se haba jurado ser juiciosa hasta que encontrase
un marido, y ninguna seduccin fue bastante para desviar su decisin.
Los oficiales la llamaban _Croquet_ (rosquilla de almendra) a causa de
su dureza; los burgueses _Ulloa_, porque haba sido sitiada por la
marina francesa.

No faltaban hombres serios que quisieran casarse con ella; en los
puertos de mar se les encuentra en abundancia. Cuando regresa de largas
travesas, el oficial de marina tiene ms ilusiones, ms ingenuidad, ms
juventud que el da de la partida; la primera mujer que aparece a sus
ojos se le presenta tan hermosa, tan santa, como la patria que se vuelve
a ver; es la patria vestida de seda! La apetitosa Honorina, vista por
Chermidy, rudo lobo de mar, fue la preferida por su candor, y aquella
oveja recalcitrante pas a su poder bajo las barbas de sus rivales.

Su buena suerte, que hubiese podido darle muchos enemigos, no perjudic
en lo ms mnimo su porvenir. Aunque viva apartado, solo con su mujer,
en una quinta aislada, obtuvo un bonito embarque, que no haba pedido.
Desde entonces, no ha estado en Francia ms que raras veces; siempre en
el mar, ha podido hacer economas para su esposa que, por su parte, las
ha hecho para l. Honorina, embellecida por el tocador, por el bienestar
y por el aumento de carnes, ha reinado diez aos en el departamento del
Var. Los nicos acontecimientos que hayan sealado su reinado son la
quiebra de un almacenista de carbones y la destitucin de dos oficiales
pagadores. Despus de un proceso escandaloso, en el cual su nombre no
son para nada, crey prudente exhibirse en un escenario ms amplio y
tom el piso que aun ocupa en la calle del Circo. Su marido navegaba
sobre los bancos de Terranova, mientras que ella rodaba por Pars.
Asisti usted a su presentacin en esta ciudad, seor duque?

--S, pardiez! y me atrevo a decir que hay pocas mujeres que hayan
hecho mejor su camino. Ser bonita y tener talento, no es nada; lo
difcil es aparentar ser millonaria, la nica manera de que se le
ofrezcan millones.

--Lleg aqu con doscientos o trescientos mil francos, rebaados
discretamente aqu y acull. As y todo, levant en el Bosque tal
polvareda que se habra dicho que la reina de Saba acababa de llegar a
Pars. En menos de un ao consigui hacer hablar de sus caballos, de sus
vestidos, de su mobiliario, sin que nadie pudiese decir nada positivo
sobre su conducta. Yo mismo la he estado visitando ao y medio sin
sospechar quin era. Y la hubiese credo otra cosa durante largo tiempo,
si la casualidad no me hubiera puesto en presencia de su marido. Era en
los primeros das de 1850, ahora hace tres aos, poco ms o menos. El
pobre diablo acababa de llegar de Terranova y a fin de mes parta para
los mares de la China, donde haba de permanecer cinco aos, y
encontraba muy natural abrazar a su mujer, entre dos viajes. La librea
de _sus_ criados le hizo guiar los ojos, y los esplendores de _su_
mobiliario le acabaron de deslumbrar. Pero cuando vio a su querida
Honorina aparecer en un traje de maana que representaba dos o tres aos
de su sueldo, se olvid de caer en sus brazos, vir en redondo sin decir
una palabra y se hizo llevar el equipaje a la estacin de Lyn. As es
cmo el seor Chermidy me hizo entrar en la intimidad de su mujer.
Otros pormenores los conozco por el conde de Villanera.

--Llegamos ya?--pregunt el duque.

--Un poco de paciencia. La seora Chermidy haba distinguido a don Diego
algn tiempo antes de la llegada de su marido. Era su vecina en el
teatro de los Italianos y haba sabido mirarle con tales ojos que se
hizo presentar a ella. Todos los hombres le dirn que sus salones son
los ms agradables de Pars, aun cuando no se encuentre a otra mujer que
a la duea de la casa. Pero Honorina se multiplica. El conde se apasion
por ella, llevado del mismo espritu de emulacin que perdi al pobre
Chermidy. Y la am tanto ms ciegamente, por cuanto ella le otorg todos
los honores de la guerra y pareci ceder a una inclinacin irresistible
que la arrojaba en sus brazos. El hombre ms inteligente se deja prender
en este lazo y todo el escepticismo se estrella contra la comedia del
amor verdadero. Don Diego no es un atolondrado sin experiencia. Si
hubiera adivinado el menor inters, sorprendido un movimiento calculado,
se habra puesto en guardia y todo estaba perdido, pero la ladina llev
su habilidad hasta el herosmo. Agot todos los recursos de su
presupuesto, gast hasta su ltimo sueldo e hizo creer al conde que le
amaba por l. Lleg hasta exponer su reputacin, que tanto haba cuidado
hasta entonces, y se hubiera comprometido locamente a no impedrselo l.
La condesa viuda de Villanera, una santa mujer, un prodigio de vejez y
de rigidez, parecida a un retrato de Velzquez, escapado del lienzo,
tuvo conocimiento de los amores de su hijo y no encontr nada que decir.
Prefera verlo en relaciones con una mujer de mundo, que perdido entre
los placeres fciles en los cuales se arruina el cuerpo y se envilece el
alma.

La delicadeza de la seora Chermidy era de carcter tan quisquilloso,
que don Diego no pudo ofrecerle ni la menor bagatela. Lo primero que
acept de l, despus de un ao de intimidad, fue una inscripcin de
cuarenta mil francos de renta. Estaba encinta de un hijo que naci en
noviembre de 1850. Ahora, seor duque, llegamos al fondo de la cuestin.

La seora Chermidy dio a luz en Bretche-Saint-Nom, detrs de San
Germn. Yo estaba all. Don Diego, ignorando nuestras leyes y creyendo
que todo era permitido a las personas de su condicin, quera reconocer
al nio. Los primognitos de la familia Villanera son marqueses de los
Montes de Hierro. Yo le expliqu el axioma de derecho: _Is pater est_, y
le demostr que su hijo deba llamarse Chermidy o no llamarse de ningn
modo. Precisamente el marino haba estado en Pars en enero ltimo y
esto bastaba para salvar las apariencias. Despus de deliberar un buen
rato cerca de la cama de la parturienta, sta nos dijo que su marido la
matara infaliblemente si ella intentaba imponerle esta paternidad
legal. El conde aadi que el marqus de los Montes de Hierro no
consentira jams en firmarse Chermidy. Resumiendo, inscrib al nio en
la alcalda con el nombre de Gmez, hijo de padres desconocidos.

El noble padre, dichoso y desgraciado a la vez, comunic tan importante
acontecimiento a la venerable condesa. Esta ha querido ver al nio, y ha
hecho llevarlo a su lado, en su hotel del _faubourg_ Saint-Honor, donde
aun est. Tiene dos aos, goza de buena salud y se parece ya a las
veinticuatro generaciones de los Villanera. Don Diego adora a su hijo, y
no se consuela de ver en l a un nio sin nombre y, lo que es peor,
adulterino. La seora de Chermidy es una mujer capaz de remover las
montaas para asegurar a su heredero el nombre y la fortuna de los
Villanera. Pero la ms digna de compasin es la pobre viuda. Ella prev
que don Diego no se casar nunca ante el temor de desheredar a su hijo
amado; que desarraigar su fortuna para podrsela entregar, que vender
las tierras de la familia y que de su ilustre nombre y grandes dominios
no quedar nada dentro de medio siglo.

Ante este conflicto, la seora Chermidy ha tenido un rasgo de genio y
ha dicho a don Diego: Csese usted. Busque una esposa de la primera
nobleza de Francia y obtenga, por medio del acta de matrimonio, que ella
reconozca a nuestro hijo como suyo. Siendo as, el pequeo Gmez ser su
hijo legtimo, noble por padre y madre, heredero de todos los bienes de
la familia. En cuanto a m, no se preocupe usted, me sacrifico por los
dos.

El conde ha sometido el proyecto a su madre, que est dispuesta a
firmar a dos manos. La noble dama ha perdido ya sus ilusiones sobre la
seora Chermidy que cuesta ms de cuatro millones a don Diego y que
habla de retirarse a una choza para llorar la dicha perdida pensando en
su hijo. El seor de Villanera cree cndidamente en su falsa resignacin
y creera cometer un crimen abandonando a esta herona del amor
maternal. Para terminar, y con objeto de acallar sus nobles escrpulos,
la seora Chermidy ha susurrado al odo del conde: Csese usted por
poco tiempo. El doctor le buscar una esposa entre sus enfermas. Yo he
pensado en la seorita de La Tour de Embleuse y he venido a confiarme
absolutamente en usted, seor duque. Este matrimonio, por extravagante
que parezca a primera vista, y aunque d a usted un nieto que no es de
su sangre, asegura a la seorita Germana un fin dulce y tranquilo y una
prolongacin de la existencia; salva la vida a la seora duquesa, y, en
fin...

--Me da a m cincuenta mil libras de renta, no es eso? Pues bien,
querido doctor, le doy a usted las gracias. Dgale al seor de Villanera
que soy su servidor. A mi hija podr enterrarla tal vez, pero no
venderla.

--Seor duque, realmente lo que propongo a usted es un negocio, pero si
yo lo creyese indigno de un caballero, no hubiera intervenido en l,
puede creerme.

--Pardiez! doctor, cada uno entiende el honor a su manera. Hay el honor
del soldado, el honor del tendero y el honor del noble que no me permite
ser el abuelo del pequeo Gmez. Ah! el seor de Villanera pretende
legitimar a sus bastardos! Eso es Luis XIV puro, pero nosotros no
estamos aliados a la familia Saint-Simon. Cincuenta mil francos de
renta! Yo he tenido ciento veinte mil, seor, sin haber hecho nunca
nada, ni bueno ni malo. Y no me apartar de las tradiciones de mis
antepasados para obtener menos de la mitad!

--Me permito llamarle la atencin, seor duque, sobre el hecho de que la
familia Villanera es digna de tal alianza. El mundo no encontrara nada
que decir.

--No faltara ms sino que se me ofreciese un yerno plebeyo! Confieso
que en cualquiera otra circunstancia me considerara muy honrado. Don
Diego Gmez de Villanera es bien nacido, he odo elogiar a su familia y
a su persona. Pero, qu diablo! no quiero que se diga que la seorita
de La Tour de Embleuse tena un hijo de dos aos el da de su boda!

--No dirn nada, ni lo sabr nadie. El reconocimiento ser secreto, y
despus, quin se ocupara de eso ms tarde? Ni la ley ni la sociedad
establecen diferencia alguna entre un hijo legitimado y un hijo
legtimo.

--Pero cree usted que yo voy a poder ver a Germana en el altar mayor de
Santo Toms de Aquino, con el seor de Villanera a su derecha, la seora
Chermidy a su izquierda con un nio de dos aos en los brazos, y el
sepulturero cerrando la comitiva? Eso es sencillamente abominable, mi
pobre doctor. No hablemos ms de ello... Diga usted... Y es muy
complicada esa ceremonia del reconocimiento?

--No hay ceremonia alguna. Una frase en el acta de matrimonio y todo
queda en regla.

--Esa frase es la que sobra. No hablemos ms de ello. Ni una palabra a
la duquesa, me lo promete usted?

--Se lo prometo.

--Y usted cree que verdaderamente est tan mal la pobre duquesa? Pero
si est tan gil como cuando tena quince aos!

--El estado de la seora duquesa es bastante serio.

--Y cree usted, de buena fe, que con dinero la podramos curar?

--Respondo de su vida si obtengo de usted...

--Usted no obtendr nada absolutamente. Yo soy de piedra roquea, mi
querido amigo! Y ya ve usted si mi negativa tiene mrito, tal vez no
hay diez luises en toda la casa! A fe de gentilhombre que si alguien
muriese aqu no se encontrara con qu enterrarle. Tanto peor! tanto
peor! nobleza obliga! El duque de La Tour de Embleuse no es un ama
seca, y sobre todo del hijo de la seora Chermidy! Antes me dejara
morir en un jergn. Doctor, estoy muy contento de que me haya puesto a
prueba y no le guardo ningn resentimiento. Nunca se conoce bien uno a
s mismo y no estaba muy seguro de la cara que pondra ante cincuenta
mil francos de renta. Usted ha pulsado mi honor que gracias a Dios! ha
respondido bien... El seor de Villanera ofrece el capital o slo la
renta?

--A eleccin de usted, seor duque.

--Yo he elegido la miseria, ya lo ha visto usted. Pero cuando yo le
deca que la Fortuna era una caprichosa! La conozco desde hace mucho
tiempo y unas veces hemos estado en buenas relaciones y otras reidos.
Ahora quiere tentarme... como si no! Adis, querido doctor!

El seor Le Bris se levant de la silla. El duque le retuvo por la mano.

--Fjese usted en que lo que hago es heroico. Usted no ha sido jugador?
Conoce usted las cartas?

--Juego al _whist_.

--Entonces no es usted jugador. Sepa usted, pues, amigo mo, que cuando
una vez se ha dejado pasar una buena racha, ya no vuelve. Al rechazar
sus proposiciones, renuncio a toda esperanza en lo porvenir y me condeno
a perpetuidad.

--Acepte usted, pues, seor duque, y no desprecie a la fortuna. Cmo!
yo le traigo a usted en mis manos la salud para la seora duquesa, el
bienestar para usted y un fin dulce y tranquilo para la pobre nia que
se extingue entre privaciones de todas clases; levanto su casa que se
derrumba entre el polvo; le doy un nieto ya criado, un nio magnfico
que podr unir su nombre de usted al de su padre, y todo eso, a qu
precio? Mediante una clusula de dos lneas en el acta de matrimonio. Y
usted prefiere mejor condenar a su hija, a su esposa y hasta condenarse
a s mismo, antes que prestar su nombre a un nio extrao? Cree usted
que con eso cometera un crimen de lesa nobleza? Es que no sabe usted a
qu precio se ha conservado la nobleza en Francia y en todas partes
desde las Cruzadas? Cuntos nombres salvados por milagro o por
habilidad! Cuntos rboles genealgicos rejuvenecidos por un injerto
plebeyo!

--Casi todos, querido doctor! Le citara ms de veinte sin salir de
esta misma calle. Adems, los Villanera pertenecen a la aristocracia ms
pura; no veo inconveniente en una alianza con esos seores. Con una
condicin, sin embargo: y es que el asunto se lleve en plena luz, sin
hipocresa. Mi hija puede reconocer un hijo extrao en el inters de dos
ilustres casas de Espaa y de Francia. Si alguien pregunta por qu, se
le contestar que por razones de Estado. Y usted salvar a la duquesa?

--Respondo de ella.

--Y a mi hija tambin?

El doctor movi lentamente la cabeza. El viejo continu con tono de
resignacin:

--Qu le vamos a hacer! no se puede tener todo a la vez. Pobre nia!
Tanto que me hubiera gustado compartir con ella el bienestar!
Cincuenta mil francos de renta! Ya saba yo que volvera la fortuna!

En aquel momento entr la duquesa y su marido le hizo un resumen de los
ofrecimientos del doctor con transportes de una admiracin infantil. El
seor Le Bris se haba levantado para ofrecer su silla a la pobre mujer
que corra sin descanso desde por la maana. Con los codos sobre la
cama, frente a frente del duque, escuch con los ojos cerrados todo lo
que aqul quiso decirle. El viejo, inconstante como un hombre cuya razn
vacila, haba olvidado sus propias objeciones. No vea ms que una cosa
en el mundo: los cincuenta mil francos de renta. En su aturdimiento
lleg hasta a hablar a la duquesa de los peligros que corra y de su
vida amenazada. Pero esta revelacin resbal sobre su corazn sin
herirlo.

Abri los ojos, y volvindolos tristemente hacia el doctor, le dijo:

--Y bien, Germana est condenada sin remisin, puesto que esa mujer no
tiene miedo de casarla con su amante?

El doctor intent persuadirla de que no se haba perdido toda esperanza,
pero ella le detuvo con el gesto.

--No mienta usted, pobre amigo mo. Esas gentes han puesto su confianza
en usted y le han pedido que buscase una mujer lo suficientemente
enferma para que no hubiese esperanza alguna de salvarla. Si por una
casualidad viviese, si un da llegase a colocarse entre los dos para
reclamar sus derechos y expulsar a la amante, el seor de Villanera
podra echar en cara a usted que le haba engaado. Y usted no habr
querido exponerse a eso.

El seor Le Bris enrojeci a su pesar, porque la duquesa deca la
verdad; pero sali de aquel mal paso haciendo el elogio de don Diego. Le
pint como un noble corazn, un caballero de antao perdido en nuestro
siglo.

--Puede usted creer, seora duquesa, que si nuestra querida enferma
llegase a salvarse, lo debera a su marido. El no la conoce, no la ha
visto nunca; ama a otra y abriga una esperanza bien triste para nosotros
al decidirse a colocar una esposa legtima entre su amante y l. Pero
cuanto mayor sea su inters en esperar el da de la viudez, ms creer
de su deber el retrasarlo. No slo rodear a su esposa de todos los
cuidados que su estado requiere, si no que es hombre para constituirse
en enfermero de ella y velarla noche y da. Le garantizo a usted que
tomar el matrimonio en serio, como todos los deberes de la vida. Es
espaol e incapaz de jugar con los Sacramentos; tiene un culto por su
madre y una ternura apasionada por su hijo. Est usted segura de que el
da en que le conceda la mano de su hija, se habr acabado todo entre l
y la seora Chermidy. Llevar a su mujer a Italia; yo les acompaar y
usted tambin, y si Dios tiene a bien hacer un milagro, seremos tres
para ayudarle, seora duquesa.

--Diablo!--aadi el duque--. No hay nada imposible; todo puede ocurrir
en este mundo; quin me hubiera dicho esta maana que yo heredara
cincuenta mil francos de renta?

Ante estas palabras la duquesa sinti que una oleada de lgrimas suba a
sus ojos.

--Amigo mo--dijo--, es muy triste el que los padres hereden a los
hijos. Si Dios tiene decidido llamar a su lado a mi pobre Germana, yo
bendecir llorando su mano rigurosa y esperar a tu lado el instante en
que debamos reunirnos. Pero yo quiero que la memoria de mi ngel amado
sea tan pura como su vida. Desde hace ms de veinte aos conservo un
ramo de flores de azahar, marchito lo mismo que mi felicidad y mi
juventud: cuando ella muera quiero ponerlo sobre su atad.

--Ta! ta!--exclam el duque--. As son las mujeres! T ests enferma,
querida, y no sern las flores de azahar las que te curen.

--En cuanto a m...!

Su mirada acab la frase de modo tan expresivo que hasta el mismo duque
la comprendi.

--Eso es!--dijo--; a vuestra comodidad! moros las dos juntas! Y
entonces qu ser de m?

--Usted ser rico, padre mo--dijo Germana abriendo la puerta del
comedor.

La duquesa se levant como movida por un resorte y corri hacia su hija;
pero sta no tena necesidad de apoyo. Bes a su madre y con paso firme
y resuelto, el paso de los mrtires, avanz hasta la cama.

Iba vestida de blanco, como Paulina en el quinto acto de _Poliuto_. Un
plido rayo del sol de enero caa sobre su frente, formando como una
aureola. Su rostro sin color pareca una pgina borrada en la que no se
vea brillar ms que dos grandes ojos negros. Una masa de cabellos de
oro, finos y frondosos, se amontonaban sobre su cabeza. Una hermosa
cabellera es el ltimo adorno de los tsicos; la conservan hasta el fin
y son enterrados con ella. Sus manos transparentes caan a lo largo del
cuerpo y se confundan con los pliegues del vestido. Era tal la delgadez
de su persona que se asemejaba a una de esas criaturas celestes que no
tienen ninguna de las bellezas ni de las imperfecciones de la mujer.

Se sent familiarmente al borde de la cama, pas el brazo derecho
alrededor del cuello de su padre y le atrajo dulcemente hacia s.
Despus design la silla a Le Bris y le dijo:

--Haga el favor de sentarse, doctor, para que la familia est completa.
No me arrepiento de haber escuchado detrs de las puertas. Yo me tema
que no hubiese servido para gran cosa; esta discusin me ha demostrado
que an podra ser til a los mos. Ustedes son testigos de que no tengo
ningn aprecio a la vida y que hace seis meses me he despedido de ella.
As como as este mundo es una bien triste morada para los que no pueden
respirar sin sufrir. Mi nico disgusto era el de legar a mis padres un
porvenir de dolores y de miserias; ahora ya estoy tranquila. Me casar
con el conde de Villanera y adoptar al hijo de esa seora. Gracias,
querido doctor; a usted debemos nuestra salvacin. Gracias a usted, el
desarreglo de esas gentes devolver el bienestar a mi excelente padre y
la vida a mi noble madre. Mi paso por el mundo no habr sido intil. Me
quedaba por todo bien el recuerdo de una vida pura y un pobre nombre
sin mancha, como el velo de la primera comunin de una nia. Se lo doy
todo a mis padres. Le ruego, mam, que no proteste usted. No se
desobedece a los enfermos. Verdad, doctor?

--Seorita--respondi tendindole la mano--, es usted una santa.

--S; me esperan all arriba; mi urna est dispuesta para recibirme.
Rogar a Dios por usted, mi digno amigo, ya que usted no lo hace.

Al hablar as su voz tena algo de alado, de areo, de sobrenatural,
como la serenidad del cielo. La duquesa se estremeca al escucharla; le
pareca que el alma de su hija iba a escapar como un pjaro al que se ha
abierto la jaula. Estrech a Germana entre sus brazos y le dijo:

--No, t no nos dejars! Iremos todos a Italia y el sol te curar. El
seor de Villanera es un hombre de corazn.

La enferma se encogi ligeramente de hombros y respondi:

--El hombre a quien se refiere usted har mejor en quedarse en Pars,
puesto que aqu tiene sus afectos, y en dejarme que pague tranquilamente
mi deuda. Ya s yo a lo que me comprometo aceptando su nombre. Qu
dira, Dios santo!, si le jugase la mala partida de curarme? La seora
Chermidy tendra el derecho de hacerme expulsar de este mundo por la
justicia. Y diga usted, doctor, me ver obligada a presentarme al seor
de Villanera?

El seor Le Bris contest con un imperceptible signo afirmativo.

--Bueno--dijo ella--, le har buena cara. En cuanto al nio, le besar
de muy buena gana. Siempre me han gustado los nios.

La duquesa mir al cielo como un nufrago mira la orilla.

--Si Dios es justo--murmur--, no nos separar; nos llevar a todos
juntos.

--No, querida mam; usted vivir para mi padre. Usted, padre mo, vivir
para s mismo.

--Te lo prometo--respondi ingenuamente el viejo.

Ni la duquesa ni su hija parecieron darse cuenta del egosmo monstruoso
que se encerraba detrs de aquellas palabras, al contrario, se
emocionaron hasta derramar lgrimas; solamente el doctor sonri.

Semramis entr, anunciando que el almuerzo del seor duque estaba en la
mesa.

--Adis, seoras--dijo el doctor--; voy a llevar esas buenas noticias al
conde. Creo que ustedes recibirn hoy mismo su visita.

--Tan pronto?--pregunt la duquesa.

--No tenemos tiempo que perder--aadi Germana.

--Mientras tanto--dijo el duque--, almorcemos.




III

LA BODA


El seor Le Bris tena el coche a la puerta. Se hizo llevar a una lujosa
confitera del barrio, compr una cajita de madera de violeta, la hizo
llenar de bombones, volvi a subir al coche, que se detuvo bien pronto
delante de la casa de la seora Chermidy. La bella arlesiana era
propietaria del edificio, aunque no ocupaba ms que el primer piso. El
conserje era uno de sus criados y saba que dos golpes de timbre
significaban una visita para su seora.

Las puertas se abrieron por s solas ante el joven doctor. Un lacayo le
cogi el gabn de sobre los hombros con tanta ligereza que apenas si lo
advirti. Otro le introdujo, sin anunciarle, en el comedor. En aquel
momento el conde y la seora Chermidy se sentaban a la mesa. La duea de
la casa le present sus mejillas y el conde le estrech cordialmente la
mano.

Los cubiertos haban sido puestos sin mantel sobre una mesa biselada de
encina tallada. La habitacin estaba adornada con tallas antiguas y
cuadros modernos; un clebre banquero de la Calzada de Antin, que
manejaba el pincel en sus ratos de ocio, haba ofrecido a la seora
Chermidy cuatro grandes panneaux representando escenas de naturaleza
muerta; el techo era una copia del _Banquete de los dioses_; la
alfombra haba venido de Esmirna y los floreros de Macao. Una gran araa
flamante, de vientre redondeado y delgadas patas, se agarraba
implacablemente al centro del techo sin respeto alguno para la asamblea
de los dioses. Dos aparadores esculpidos por Knecht brillaban a la luz
con su profusin de cristal, loza y plata. El servicio de mesa
corresponda a tanta suntuosidad; los platos eran chinos, las botellas
de Bohemia y los vasos de Venecia. Los mangos de los cuchillos provenan
de un servicio encargado a Sajonia por Luis XV.

Si el seor Le Bris hubiese gustado de las anttesis, habra podido
hacer una comparacin muy interesante entre el mobiliario de la seora
Chermidy y el de la duquesa de La Tour de Embleuse. Pero los mdicos de
Pars son filsofos imperturbables que viajan entre el lujo y la
miseria, sin extraarse de nada, del mismo modo que pasan del calor al
fro sin resfriarse.

La seora Chermidy estaba envuelta en vestido acolchado de raso blanco.
Con aquel traje pareca una gata sobre un edredn, una joya en su
estuche. No habis visto nunca nada ms brillante que su persona, ni ms
muelle que su envoltura. Tena treinta y tres aos, una hermosa edad
para las mujeres que han sabido conservarse. La belleza, el ms
perecedero de todos los bienes terrestres, es aquel cuya administracin
resulta ms difcil. La Naturaleza la da; el arte aade muy poca cosa,
pero es necesario saberla conservar. Los prdigos que la derrochan y
los avaros que no hacen uso de ella, llegan en pocos aos al mismo
resultado; la mujer de genio es la que se gobierna con una sabia
economa. La seora Chermidy, nacida sin pasiones y sin virtudes, sobria
en todos los placeres, siempre tranquila en el fondo del corazn con las
apariencias de una vivacidad meridional, administraba con tanto cuidado
su belleza como su fortuna. Cultivaba su frescura lo mismo que un tenor
cultiva su voz. Era de aquellas mujeres que dicen locuras a todas horas,
pero que no las hacen ms que con su cuenta y razn; muy capaz de
arrojar un milln por el balcn para que le entrasen dos por la puerta,
pero demasiado prudente para cascar una avellana con los dientes. Sus
antiguos admiradores de Toln apenas si hubieran podido reconocerla:
tanto haba cambiado, o, por mejor decir, ganado. Sin ser tan blanca
como una flamenca, haba encontrado, no s dnde, reflejos nacarados. La
salud suba hasta sus pupilas en suaves arreboles rosados; su boca
pequea, redonda, carnosa, pareca una gruesa cereza que los gorriones
hubiesen abierto a picotazos. Sus ojos brillaban en sus rbitas obscuras
como un fuego de sarmientos en el centro de la chimenea. La indiferencia
y la bondad formaban en su rostro una mezcla deliciosa. Sus cabellos, de
un negro azulado, se partan sobre una frente pura, como las alas de un
cuervo sobre la nieve de diciembre. Todo en ella era joven, fresco,
sonriente; hubiera sido necesario tener muy buenos ojos para descubrir
en los ngulos de aquella linda boca dos arrugas imperceptibles, finas
como el cabello rubio de un recin nacido, y que ocultaban una ambicin
insaciable, una voluntad de hierro, una perseverancia china y una
energa capaz de todos los crmenes.

Sus manos eran quizs un poco cortas, pero blancas como el marfil, con
los dedos redondos, ondulosos, regordetes, en los que, no obstante, se
adivinaba la garra. Su pie era el pie corto de las andaluzas,
redondeado, lo mostraba tal como era y no cometa la tontera de usar
botas largas. Todo su cuerpo era corto y redondeado, lo mismo que sus
pies y sus manos; el talle un poco grueso, los brazos un poco carnosos,
las caderas un poco pronunciadas; demasiada gordura, si os parece, pero
la gordura graciosa de una codorniz, la redondez sabrosa de una hermosa
fruta.

Don Diego se la coma con los ojos con una admiracin infantil. Es que
los enamorados de todas las clases no son nios? Segn las teogonas
antiguas, el Amor es un nio de cinco aos y medio, y no obstante
Hesiodo asegura que es ms viejo que el Tiempo.

El conde de Villanera descenda en lnea recta de esos espaoles
caballerescos hasta lo ridculo, que el divino Cervantes ha
ridiculizado, no sin admirarlos. Nada haba en l que descubriese su
origen napolitano, y se hubiera dicho que sus antepasados le haban
legado, con armas y bagajes, la vieja virtud de la Espaa heroica. Era
un joven serio, rgido, fro, algo engredo, con un corazn de fuego y
un alma apasionada. Hablaba poco, siempre despus de larga reflexin, y
nunca haba mentido. No le gustaba discutir y rea rara vez, pero su
sonrisa estaba llena de una gracia afable que no careca de grandeza. La
alegra, convengo en ello, le hubiera sentado mal. Intentad
representaros un don Quijote joven, vestido de frac. A primera vista no
se distingua ms que por sus negros bigotes, puntiagudos, lustrosos. Su
larga nariz se encorvaba vigorosamente como el pico de un guila; tena
los ojos negros, las cejas negras, los cabellos negros y la tez del
color uniforme de una naranja de Portugal. Sus dientes podan haber
pasado por hermosos si no hubiesen sido tan largos y si su dueo no
hubiera sido fumador. Estaban revestidos de un esmalte un poco
amarillento, pero tan slido que de l se hubieran podido construir
piedras de molino. El blanco de sus ojos era tambin algo amarillento;
no obstante, no se poda negar que tena unos ojos muy hermosos. En
cuanto a su boca, no dejaba nada que desear, y debajo de sus mostachos
se advertan unos labios rosados como los de un nio. Sus brazos y sus
piernas, as como sus manos y sus pies, eran de una longitud
aristocrtica. Finalmente, tena la estatura de un granadero y la
apostura de un prncipe.

Si preguntis por qu un hombre as haba podido caer en las manos de la
seora Chermidy, os contestar que la dama era ms atractiva y ms hbil
que Dulcinea del Toboso. Los hombres del temple de don Diego no son los
ms difciles de engaar, y el len se arroja con mayor aturdimiento
sobre la trampa que el zorro. La sencillez, la rectitud y todas las
cualidades generosas son otros tantos defectos para tratar con ciertas
gentes. Un corazn honrado no desconfa de los clculos y bellaqueras
de que es incapaz, y cada cual se hace el mundo a su imagen. Si alguien
hubiera dicho al seor de Villanera que la seora Chermidy le amaba por
el inters, se habra encogido de hombros. Ella no le haba pedido nada
y l se lo haba ofrecido todo. Al aceptar cuatro millones, le haca un
favor y l le estaba reconocido.

Por lo dems, al ver las miradas que le lanzaba a intervalos, era fcil
adivinar que la fortuna de los Villanera poda cambiar de manos en el
espacio de ocho das. Un perro echado a los pies de su dueo no era ms
humilde ni ms respetuoso que l. Se lea en sus grandes ojos negros el
reconocimiento apasionado que todo hombre galante debe a la mujer que ha
elegido; la admiracin religiosa de un padre joven por la madre de su
hijo. Se vea, en fin, como un deseo no saciado, una sumisin de la
fuerza al capricho, el temor de la negativa, una solicitud inquieta que
probaba que la seora Chermidy era una mujer de talento.

El simptico doctor, sentado enfrente del conde, formaba con l un
contraste singular. El seor Le Bris era lo que se llama un muchacho
guapo. Quiz le faltaban un centmetro o dos para llegar a una estatura
regular, pero era bien proporcionado. No tena cara de tonto ni mucho
menos, pero no s si su nariz era del todo correcta. Su fisonoma deca
muchas cosas, pero su filiacin no os hubiese dicho nada. Se vesta con
un aseo que se confunda con la elegancia; el corte de sus patillas
castaas era irreprochable y su raya se prolongaba casi hasta la nuca.
No era un hombre vulgar y, sin embargo, no se sala de lo vulgar.
Ninguna muchacha casadera le hubiese rechazado por su fsico, pero me
habra extraado mucho que se echase al agua por l. Adems, se vea que
no llegara a los cuarenta aos sin tener vientre.

Difcilmente otro mdico poda ser ms a propsito que l para la
clientela. Sin parar maana y tarde, afectuoso con lo ms alto y lo ms
bajo de la sociedad, no desentona nunca. Es un Alcibades burgus que se
acomoda a todas las costumbres. Es apreciado en el _faubourg_
Saint-Germain por su reserva, en la Calzada de Antin por su ingenio y en
la calle Vivienne por su franqueza. Las mujeres, fuese cualquiera su
posicin, trabajaban activamente por l; y sabis por qu? Porque al
lado de una enferma joven o vieja, fea o hermosa, demostraba una
solicitud amable, una especie de galantera intermedia entre el respeto
y el amor. El mismo no ha sabido explicarse jams la naturaleza de este
sentimiento, pero todas las mujeres sienten por l una simpata benvola
que puede llevarle muy lejos.

Sus antiguos camaradas del hospital le haban llamado, por este motivo,
_la llave de los corazones_. Yo s de una casa donde se le llama, y no
sin motivo, _la tumba de los secretos_. Sus jvenes clientes del
_faubourg_ Saint-Germain le reprochaban el que visitase todas las
noches el escenario de la Opera y le llamaban _mata ratas_. En cambio,
en el saln de baile su juiciosa conducta le haba valido el apodo de
_Nuevo Continente_.

--Y bien, Tumba de los secretos--dijo la seora Chermidy con su ligero
acento provenzal--, ha cumplido usted mi encargo?

--S, seora.

--Se trata de la tsica en cuestin?

--S, de la seorita de La Tour de Embleuse.

--Bravo! me parece que es una buena alianza... Yo siempre haba sentido
inters por las tsicas... Las mujeres que tosen...! Ya ve usted cmo
el Cielo recompensa mi compasin.

--Doctor--pregunt el conde--, ha hablado usted de las condiciones?

--S, querido conde; las aceptan todas.

La seora Chermidy lanz un grito de alegra.

--Negocio concluido! Viva Pars, donde se compran las duquesas al
contado!

El conde frunci el entrecejo. El doctor dijo vivamente:

--Si usted hubiese podido venir conmigo, seora, tengo la seguridad de
que habra llorado.

--Es realmente muy conmovedor una duquesa que vende a su hija? Un
episodio del mercado de esclavas!

--Yo dira mejor un episodio de la vida de los mrtires.

--Galante est usted!

El doctor cont la escena en la que l haba representado un papel. El
conde se emocion. La seora Chermidy tom su pauelo e hizo ademn de
enjugar sus hermosos ojos que no lo necesitaban.

--Me satisface mucho--dijo el conde--que sea ella quien haya adoptado
esta resolucin. Si los padres hubiesen aceptado por s mismos, tal vez
les habra juzgado mal.

--Perdn, pero antes de juzgarles faltara saber si esta maana tenan
pan en casa.

--Pan?

--Pan, sin metfora.

--Adis--dijo el conde--. Voy a saludar a mi madre. Dorma an esta
maana cuando he salido del hotel. Le contar todo lo ocurrido y le
preguntar qu es lo que debo hacer. Es posible, doctor, que haya
gentes que carezcan de pan?

--He encontrado algunas en el camino de mi vida. Desgraciadamente no
tena un milln para ofrecerles como hoy.

El conde bes la mano a la seora Chermidy y corri al hotel de su
madre. La linda mujer qued con el doctor.

--Puesto que hay gentes que carecen de pan--dijo--, veamos, doctor, una
taza de caf!... Cmo me las arreglara yo para ver a esa mrtir del
pecho? Porque es necesario que sepa yo a quin confo a mi hijo.

--Puede usted verla en la iglesia, el da de la boda.

--En la iglesia? Pero es que puede salir?

--Sin duda... en coche.

--Cre que estaba ms enferma.

--Usted por lo visto quera un casamiento _in articulo mortis_?

--No, pero quiero estar segura. Bondad divina! doctor, si llegase a
curar!

--La Facultad de Medicina se extraara mucho.

--Y don Diego quedara casado para siempre! Y yo matara a usted,
Llave de los corazones!

--Ay! seora, no me siento en peligro.

--Cmo ay!

--Perdone usted, es el mdico el que habla, no el amigo.

--Una vez casada, usted continuar asistindola?

--Es que hay que dejarla morir sin socorro?

--Toma! para qu la casamos, pues? No ser para que sea eterna.

El doctor reprimi un movimiento de disgusto y respondi con el tono ms
natural, como el de un hombre en el que la virtud no es pedantera:

--Dios mo! seora, es mi costumbre, y ya soy demasiado viejo para
corregirme. Nosotros los mdicos cuidamos a nuestros enfermos como los
perros de Terranova salvan a los que se estn ahogando. Cuestin de
instinto. Un perro salva ciegamente al enemigo de su dueo. Yo cuidar a
esa pobre criatura como si todos tuvisemos inters en que se curase.

Despus de la partida del doctor, la seora Chermidy pas a su tocador y
se entreg en manos de su doncella. Por la primera vez en mucho tiempo
se dej vestir sin fijarse: tena otras preocupaciones ms
importantes! Aquel matrimonio que haba preparado, aquella combinacin
inteligente que ella misma se aplauda como un rasgo de genio, poda
convertirse en su confusin y en su ruina. No haca falta para ello ms
que un capricho de la Naturaleza o la estpida honradez de un mdico
para que quedasen fallidos los clculos ms sabios y defraudadas sus ms
queridas esperanzas. Comenzaba a dudar de su amante, de su buena
estrella, de todo, en fin.

Hacia las tres de la tarde comenzaron a desfilar las visitas. Hubo de
sonrer a todos los pares de patillas que se acercaron a ella,
extasiarse ante cuarenta cajas de bombones salidas todas de la misma
tienda. Maldijo con todo su corazn las amables importunidades de ao
nuevo, pero no dej traslucir nada de la inquietud que le roa el alma.
Todos los que salan de su casa se hacan lenguas de su amabilidad.

Y es que tena un talento bien precioso para una duea de casa; saba
hacer hablar a todo el mundo. Hablaba a cada uno de lo que ms le
interesaba; conduca a cada uno al terreno en que se encontraba ms
firme. Aquella mujer sin educacin, demasiado perezosa y demasiado
orgullosa para tener un libro en la mano, saba fabricarse un fondo de
conocimientos tiles leyendo a sus amigos. Y ellos le servan con la
mejor voluntad. En el mundo somos as; agradecemos interiormente a todo
aquel que nos obliga a hablar de lo que sabemos o a contar la historia
que decimos bien. El que nos hace mostrar nuestro talento no es nunca
un tonto, y cuando se est contento de s mismo, no se est descontento
de los dems. Los hombres ms inteligentes trabajaban en la reputacin
de la seora Chermidy, tan pronto proporcionndole ideas, tan pronto
diciendo con una secreta complacencia: Es una mujer superior, me ha
comprendido.

En el curso de aquella reunin se encar con un homepata de renombre,
que cuidaba a las personas ms ilustres de Pars. Encontr medio de
interrogarle delante de siete u ocho personas sobre el punto que la
preocupaba.

--Doctor--le dijo--, usted que todo lo sabe, quiere decirme si los
tsicos pueden curar?

El homepata le respondi galantemente que ella no tendra nunca nada
que temer de tal enfermedad.

--No se trata de m--repuso--. Es que me intereso vivamente por una
pobre nia que tiene los pulmones destrozados.

--Enveme usted a su casa, seora. No hay curacin imposible para la
homeopata.

--Es usted muy bueno, doctor. Pero su mdico, un simple alpata, asegura
que ya no le queda ms que un pulmn, y aun estropeado.

--Se le puede curar.

--El pulmn, tal vez. Pero y la enferma?

--Puede vivir con un solo pulmn. Se ha visto muchas veces. Yo no le
aseguro que pueda subir al Mont-Blanc a la carrera, pero s vivir
tranquilamente por espacio de muchos aos, a fuerza de cuidados y de
glbulos.

--No deja de ser un porvenir! Nunca hubiese credo que se pudiese vivir
con un solo pulmn.

--Tenemos ejemplos muy numerosos. La autopsia ha demostrado...

--La autopsia! pero la autopsia no se hace ms que a los muertos!

--Tiene usted razn, seora, y mis palabras se asemejan a una tontera.
No obstante, escuche usted. En Argelia, el ganado de los rabes es
generalmente tsico. Los rebaos estn mal cuidados, pasan las noches al
relente y enferman del pecho. Nuestros sbditos musulmanes no se sirven
para nada del veterinario; dejan a Mahoma el cuidado de curar a sus
vacas y a sus bueyes. Pierden muchas cabezas a causa de esta
negligencia, pero no las pierden todas. Los animales curan alguna vez,
sin el socorro de la ciencia y a pesar de todos los estragos que la
enfermedad haya podido hacer en su cuerpo. Uno de mis colegas que presta
servicio en el ejrcito del Africa, ha visto sacrificar en los mataderos
vacas curadas de la tisis y que haban vivido muchos aos con un solo
pulmn en muy mal estado. A esta autopsia quera referirme yo.

--Ahora comprendo--contest la seora Chermidy--. Entonces, si se
matase a todas las personas que viven en nuestra sociedad se encontrara
algunas que no tienen los pulmones como es debido?

--Y que no parecen darse cuenta. Precisamente, seora.

Una hora ms tarde se haba renovado la tertulia alrededor de la
chimenea del saln. La seora Chermidy vio entrar un viejo alpata,
curtido en el ejercicio de la profesin, que no crea en los milagros,
que gustaba de colocar las cosas en lo peor y que se extraaba de que un
animal tan frgil como el hombre pudiese llegar sin accidente a los
sesenta aos.

--Doctor--le dijo--, tendra usted que haber llegado un momento antes;
se ha perdido usted un hermoso panegrico de la homeopata. El seor
P..., que acaba de salir, se alababa de hacernos vivir a todos con un
solo pulmn. Qu le parece a usted?

El anciano mdico se encogi imperceptiblemente de hombros.

--Seora--respondi--, el pulmn es a la vez el ms delicado y el ms
indispensable de nuestros rganos; renueva la vida a cada segundo por un
prodigio de combustin que Spallanzani y los ms grandes fisilogos no
han explicado ni descrito. Su contextura es de una fragilidad que
espanta; su funcionamiento le expone a peligros continuamente renovados.
Es en el pulmn donde nuestra sangre se pone en contacto inmediato con
el aire exterior. Si se pensase que el aire es casi siempre demasiado
fro o demasiado caliente o bien est mezclado con gases deletreos, no
se respirara una sola vez sin hacer testamento. Un filsofo alemn que
prolong su vida a fuerza de prudencia, el clebre Kant, cuando daba su
cotidiano paseo higinico, tena cuidado de cerrar la boca y de
respirar exclusivamente por la nariz tanto tema al aire que le
rodeaba!

--Pero, entonces, querido doctor, todos estamos condenados a morir del
pecho?

--Mueren muchos, seora, y los homepatas no lo evitan.

--Pero tambin curan muchos! Veamos; quiero suponer que un hombre joven
y robusto se casa con una joven y bella tsica. El la lleva a Italia,
hace lo posible por curarla y le proporciona los cuidados de un hombre
como usted. Es que no podra en dos o tres aos...?

--Salvar al marido? Es posible; pero yo no me atrevera a responder.

--El marido! Pero qu peligro puede haber?

--El peligro del contagio, seora. Quin sabe si los tubrculos que
nacen en los pulmones del tsico no extienden a su alrededor el germen
de la muerte? Pero perdone usted, no es ste ni el lugar ni el momento
de desarrollar una nueva teora, inventada por m, y que pienso someter
uno de estos das al examen de la Academia de Medicina. Unicamente le
contar un caso observado por m.

--Hable usted, querido doctor; hay tanto placer como provecho en
escuchar a un hombre como usted.

--Hace cinco aos, seora, visitaba yo a la mujer de un sastre de la
calle de Richelieu, una infeliz criatura abominablemente tsica. Su
marido era un robusto alemn, slido y sano como una manzana. Los dos
se adoraban. En 1849 haban tenido un nio que no vivi. La mujer muri
en 1850; yo hice todo lo que pude por salvarla. El marido me pidi la
cuenta y yo pas dos aos sin ir por la casa. El ao ltimo el sastre me
envi a buscar; le encontr en la cama, de tal modo cambiado, que no
poda reconocerle. Estaba tsico en el ltimo grado. As lo dije a una
regordeta que lloraba a su cabecera. Era su segunda esposa; haba
cometido la tontera de casarse de nuevo. El marido muri, conforme al
programa. La viuda ha heredado la enfermedad. Ayer la visit y aunque el
mal ha sido atacado desde el principio, no me atrevera a responder de
nada.

La seora Chermidy cerr sus puertas a las cinco de la tarde y se sumi
en una melanclica meditacin.

Nunca haba desesperado de ser condesa de la Villanera. Toda mujer que
engaa a su marido aspira necesariamente a ser viuda; con mayor motivo
cuando tiene un amante rico y soltero. No crea descabellado que
Chermidy faltase un da u otro. Un hombre que vive entre el cielo y el
agua es un enfermo en peligro de muerte.

Sus esperanzas haban tomado cuerpo desde el nacimiento del pequeo
Gmez. Tena atado al conde con un lazo bien poderoso para las almas
honradas, el amor paternal. Al casar al seor de Villanera con una
moribunda, aseguraba el porvenir de su hijo y el suyo propio. Pero en la
vspera de realizarse aquel atrevido proyecto, descubra dos peligros
que no haba previsto. Germana poda curar. Si sucumba, poda arrastrar
al conde con ella y legarle un germen mortal. En el primer caso, la
seora Chermidy lo perda todo, incluso su hijo. Con qu derecho ira a
reclamar el hijo legtimo de don Diego y de la seorita de La Tour de
Embleuse? Por otra parte, si el conde deba morir despus de su mujer,
ella no se casara con l. Se senta demasiado joven y era demasiado
hermosa para representar el papel de la segunda esposa del sastre.

Afortunadamente, pensaba, nada se ha hecho an. Se puede buscar otro
expediente. El conde est enamorado y es padre; har de l lo que
quiera. Si es absolutamente necesario que se case para que legitime a su
hijo, ya encontraremos otra enferma cuya muerte sea ms segura y cuyo
mal no sea contagioso. Adems, se deca para tranquilizarse, que el
viejo alpata era un original capaz de inventar las teoras ms
absurdas. Haba odo decir, es verdad, que la tuberculosis se transmita
algunas veces de padre a hijo, pero encontraba muy natural que Germana
guardase para s la enfermedad y la muerte, como bienes parafernales. Lo
que la inquietaba seriamente era la posibilidad de una de esas
curaciones maravillosas que echan por tierra todos los clculos de la
prudencia humana. Comenzaba a odiar al doctor Le Bris, tanto por sus
escrpulos como por su talento. Para acabarse de tranquilizar se
prometi cortar en flor las gestiones de don Diego, hasta que ella
hubiese tomado todas sus precauciones.

Pero los acontecimientos haban ido muy de prisa durante el da y el
conde lleg a las diez para decirle que sus planes se haban ido
cumpliendo al pie de la letra.

Don Diego, al levantarse de la mesa, haba corrido a casa de su madre.
La vieja condesa era una mujer de la misma madera que su hijo, alta,
seca, huesuda, modelada como una tabla, plantada majestuosamente sobre
dos grandes pies, morena hasta dar miedo a los nios, con una mueca
aristocrtica que pareca una sonrisa, y el pelo gris partido. Escuch
el relat de don Diego con la condescendencia rgida y desdeosa de
otras pocas para las pequeeces de hoy. Por su parte, el conde no hizo
nada para atenuar lo que haba de reprensible en los clculos de su
matrimonio. Aquellas dos personas honradas, pero mezcladas por la fuerza
de las circunstancias en uno de esos asuntos escabrosos que algunas
veces se presentan en Pars, no se preocupaban ms que de los medios de
hacer dignamente una cosa que sus antepasados no haban hecho. La viuda
no tuvo en la conversacin un reproche, ni siquiera mudo; hubiera sido
tardo; nicamente se trataba de asegurar el porvenir de la casa
salvando el nombre de los Villanera.

Cuando todos los pormenores quedaron convenidos, la condesa subi a su
carroza y se hizo conducir al palacio Sangli. Los lacayos del barn la
condujeron hasta el departamento de la duquesa. Semramis le abri la
puerta y la introdujo en el saln. El seor y la seora de La Tour de
Embleuse la recibieron al lado de la chimenea, en la que arda todo lo
que se haba podido encontrar en la casa: dos tablas de la cocina, una
silla de paja y otros objetos. La duquesa se haba vestido como haba
podido. Su traje de terciopelo negro azuleaba por los pliegues. El duque
llevaba la cinta de sus condecoraciones sobre un frac ms rado que el
de un maestro de escuela.

La entrevista fue fra y solemne. La seora de La Tour de Embleuse no
poda hacer buena cara a los que especulaban sobre la prxima muerte de
su hija. El duque, ms despreocupado, intent aparecer como un hombre de
mundo, pero la rigidez de la viuda paraliz todas sus gracias y sinti
fro hasta en la espalda. La seora de Villanera, por un error que se
comete frecuentemente en los primeros encuentros, envolvi en un mismo
juicio despectivo al duque y a la duquesa. Los acus de demasiado
apresuramiento y crey leer en sus ojos una alegra srdida. No
obstante, no olvid los graves intereses que all la llevaban y expuso
framente el motivo de su visita. Discuti, como si fuese un notario,
todas las condiciones del matrimonio, y cuando estuvieron de acuerdo
sobre todos los puntos, se levant de su silla y dijo con una voz
metlica:

--Seor duque, seora duquesa, tengo el honor de pedirles la mano de la
seorita Germana de La Tour de Embleuse, su hija, para el conde Diego
Gmez de la Villanera, mi hijo.

El duque respondi que su hija se consideraba muy honrada por la
eleccin del seor de Villanera.

Se fij de comn acuerdo el da de la boda y la duquesa fue a buscar a
Germana para presentarla a la viuda. La pobre nia crey morir de
espanto al compararse con aquel espectro de mujer. La condesa la
encontr de su agrado, le habl maternalmente, la bes en la frente y
pens al despedirse: Por qu ha de estar condenada a muerte? Tal vez
fuese la nuera que me convendra.

Al entrar en el hotel, la seora de Villanera encontr a don Diego que
jugaba con el nio. El padre y el hijo formaban un grupo bastante
original; quizs un extrao hubiese sonredo. El conde manejaba a la
dbil criatura con una ternura temerosa; quiz tena miedo de hacer
pedazos a su heredero con algn movimiento de sus robustos brazos. El
nio era bastante fuerte para su edad, pero feo, sin gracia y
excesivamente hurao. Desde que le haban separado de su nodriza, no
haba visto ms que dos seres humanos, su padre y su abuela, y viva
entre aquellos dos colosos como Gulliver en la isla de los gigantes. La
viuda se haba secuestrado voluntariamente para estar a su lado; haca y
reciba muy pocas visitas por miedo que alguna palabra imprudente
traicionase su secreto. Los nicos cmplices de aquella educacin
clandestina eran cinco o seis viejos domsticos encanecidos bajo la
librea, gentes de otra poca y de otro pas. Hubieseis dicho que se
trataba de los restos del ejrcito de Gonzalo de Crdoba o bien de
nufragos de la Armada Invencible. A la sombra de aquella extraa
familia, el nio creca tristemente. Le faltaba la compaa de los de su
edad y era intil que se le quisiera ensear a jugar. Hay nios de dos
aos que ya saben decirlo todo; l apenas si pronunciaba cinco o seis
palabras de dos slabas. Don Diego lo adoraba tal como era: un padre es
siempre un padre; pero l tena miedo a don Diego. Deca mam a la vieja
condesa, pero no la besaba sin llorar muchas veces. En cuanto a su
madre, la conoca solamente de vista; la encontraba de cuando en cuando,
en una plazoleta apartada, lejos de las alamedas por donde pasea la
multitud. La seora Chermidy dejaba su coche a cierta distancia e iba a
pie hasta el del conde; besaba al nio a hurtadillas, le daba bombones y
le deca con una ternura sincera: Mi pobre perrito, nunca sers mo!
No hubiera sido prudente llevarlo a su casa aun cuando la condesa viuda
lo permitiese. La seora Chermidy saba salvar las apariencias. Todo
Pars sospechaba su situacin, pero el mundo establece una gran
diferencia entre una delincuente convencida o una mujer sospechosa. As
poda encontrar aqu y acull algunas almas tan ingenuas que
respondiesen de su virtud.

La seora de Villanera anunci a su hijo que la demanda estaba hecha y
aceptada. Hizo el elogio de Germana, sin decir nada de la familia, y
describi la miseria en que vivan los duques. Don Diego dijo que era
preciso enviarles un pronto socorro sin humillarles. La condesa propuso
sencillamente abrir su bolsillo al viejo duque en la seguridad de que
no dejara de recurrir a l; pero el conde encontr ms decente comprar
inmediatamente la canastilla y deslizar en ella mil luises. Esta limosna
oculta entre flores servira para pagar las deudas ms apremiantes y
para que la familia pudiese comer durante quince das. Y as se hizo. La
madre y el hijo quisieron encargarse personalmente de ello. Antes de
salir, la seora de Villanera bes las anaranjadas mejillas de su nieto
y le dijo: Vaya, mi pobre bastardo, tu aguinaldo consistir en un
nombre!

Nada es imposible en Pars: la canastilla fue improvisada en algunas
horas. Por la noche, todos los comerciantes enviaron sus telas, sus
encajes, sus cachemiras y sus joyas. La condesa no quiso confiar a nadie
el encargo de arreglarlo todo y de colocar los cartuchos del oro en el
cajn de los alfileres. A las diez, la canastilla sali en direccin al
palacio Sangli, mientras que el conde se diriga a casa de la seora
Chermidy.

Germana y la duquesa examinaron con fra curiosidad aquellos tesoros. La
seora de La Tour de Embleuse admiraba los aderezos de su hija como
Clitemnestra pudo admirar las bandas fnebres destinadas a adornar la
frente de Ifigenia. Germana record a sus padres el captulo de _Pablo y
Virginia_ en que sta gasta el dinero de su ta en pequeos regalos para
su familia y sus amigos: Qu haremos de todo esto, dijo, nosotros que
ya no tenemos amigos ni familia? Qu lstima! El duque abri los
cajones con noble desdn, como hombre a quien todos los esplendores han
sido familiares; pero no conserv su indiferencia a la vista del oro.
Sus ojos se iluminaron. Aquellas manos aristocrticas que se haban
abierto tan a menudo para dar, se crisparon vidamente como las garras
de un avaro. Rompi el papel de todos los cartuchos, hizo brillar el oro
amarillento a la luz de una lmpara humeante e hizo tintinear a sus
odos aquellos discos trmulos, que taan alegremente los funerales de
Germana.

La pasin es un nivel brutal que iguala a todos los hombres. El seor
duque de La Tour de Embleuse hubiera podido desempear su parte a las
nueve de la maana en el vestbulo, en el concierto de los domsticos
del palacio Sangli. No obstante, bien pronto apareci el hombre
educado. El duque meti el oro en el cajn y dijo con una frialdad
estudiada: Esto es de Germana; gurdalo bien, hija ma. Ya nos
prestars un poco para hacer hervir el puchero. Hoy hemos comido
bastante mediocremente. Si fuese rico, como lo ser dentro de un mes, os
llevara a cenar al restaurant. La enferma y la moribunda adivinaron
los secretos deseos del viejo. No os podis imaginar con qu tierna
solicitud, con qu piedad respetuosa Germana le oblig a tomar algn
dinero y la duquesa le visti y le pein para que fuese a cenar fuera de
casa. Volvi a las dos de la madrugada. Su mujer y su hija oyeron unos
pasos desiguales en el corredor. Pero ni una ni otra abrieron la boca y
procuraron hacerse creer mutuamente que dorman.

Don Diego y la seora Chermidy pasaron una velada tempestuosa. La bella
arlesiana comenz por oponer a su amante diversas objeciones contra la
boda. El conde, que no discuta nunca, le contest con dos observaciones
que no tenan rplica: El asunto ya est concluido y usted es quien lo
ha querido. Ella cambi de tctica y ensay el efecto de las amenazas.
Le jur que rompera con l, que lo abandonara, que le quitara a su
hijo, que promovera un escndalo, que se matara. La sugestiva dama
estaba muy hermosa en su furia; tena el aire de un pajarito asustado,
ante el cual un enamorado no poda permanecer insensible. El conde pidi
gracia, pero firme en su resolucin. Ceda como esos buenos resortes de
acero que se doblan con gran esfuerzo, y que se enderezan con la
prontitud del relmpago. Entonces abri la esclusa de sus lgrimas;
agot el arsenal de su ternura y fue durante tres cuartos de hora la ms
desgraciada y la ms enamorada de las mujeres. Cualquiera, al orla,
hubiera credo que ella era la vctima y Germana el verdugo. Don Diego
llor con ella: las lgrimas se deslizaban por su rostro varonil como la
lluvia sobre una estatua de bronce. Cometi todas las cobardas que el
amor exige. Habl de la futura condesa con una frialdad rayana en el
desprecio; prometi por su honor que ella no vivira largo tiempo y
hasta ofreci a la seora Chermidy que le permitira ver a Germana antes
de la boda. Pero su palabra estaba ya dada y los Villanera nunca se
vuelven atrs de lo que dicen. Todo lo que la dama pudo obtener es que
l la ira a ver todos los das clandestinamente, hasta que se celebrase
la boda.

Al da siguiente la seora de Villanera le condujo al palacio Sangli y
le present a su nueva familia. Visita de ceremonia que no dur ms de
un cuarto de hora. Germana se desmay en su presencia. Ms tarde ha
confesado que aquella fisonoma dura la espant y que haba credo ver
entrar al hombre que deba enterrarla. En cuanto a l tampoco se senta
muy a gusto. No obstante, encontr algunas frases de cortesa y de
reconocimiento que conmovieron a la duquesa.

Volvi todos los das, sin su madre, mientras se publicaban las
amonestaciones. Segn la costumbre establecida, cada vez llevaba un
ramo. Germana le rog que escogiese flores sin perfume. Soportaba
difcilmente los olores. Aquellas entrevistas le molestaban mucho y
fatigaban a Germana, pero haba que conformarse con la rutina. El seor
Le Bris temi por un momento que la enferma sucumbiese antes del da
fijado y la seora Chermidy lleg a participar de los temores del
doctor. Cuando vio que Germana estaba irremisiblemente condenada, tuvo
miedo de que muriese demasiado pronto y se interes por su vida. Algunas
veces ella misma conduca al conde a la calle de Poitiers y le esperaba
en su coche.

La duquesa haba comprendido que no poda casar a su hija en aquel
zaquizam y alquil por mil francos mensuales un bonito departamento
amueblado en una casa prxima. Germana fue trasladada sin accidente,
aprovechando un da de sol. All es a donde don Diego iba a hacerle la
corte; la vieja condesa iba con tanta frecuencia como l y permaneca
ms tiempo. No tard mucho en conocer a la seora de La Tour de Embleuse
y el hielo qued roto. Pudo admirar las virtudes de aquella noble mujer
que durante ocho aos haba tenido que pasar por puertas bajas sin
inclinar la cabeza una sola vez. Por su parte, la duquesa reconoci en
la seora de Villanera una de esas almas elegidas que el mundo no
aprecia en lo que valen porque slo juzga por las apariencias. La cama
de Germana sirvi de lazo de unin a aquellas dos madres. La anciana
condesa disput ms de una vez a la seora de La Tour de Embleuse las
fatigas y las molestias del estado de enfermera. Cada una de ellas
quera encargarse de los cuidados ms penosos y de esos servicios en que
estalla la abnegacin del sexo sublime.

El viejo duque proporcionaba a su mujer un suplemento de preocupaciones
sin el cual hubiera podido pasarse perfectamente. El dinero le haba
dado como una tercera juventud. Juventud sin excusa, cuyas locuras fras
y sin alegra no podan interesar a nadie. Viva fuera de su casa y la
solicitud discreta de su esposa no llegaba hasta inquirir sus acciones.
Trataba de distraerse, segn deca, de los disgustos domsticos. El oro
de su hija resbalaba entre sus dedos y Dios sabe a qu manos iba a
parar. Haba perdido, en ocho aos de miseria, aquella elegancia que
ennoblece hasta las tonteras de los hombres bien nacidos. Todos los
placeres le eran permitidos y lleg hasta llevar a la cabecera de
Germana el olor nauseabundo de la taberna. La duquesa temblaba ante la
idea de dejar a aquel nio viejo en Pars, con ms dinero del que se
necesitaba para matar a diez hombres. En cuanto a llevarlo a Italia, ni
soarlo. Pars era el nico lugar donde haba conocido la vida y su
corazn estaba encadenado al asfaltado de las calles. La pobre mujer se
senta atrada por dos deberes contrarios. Hubiera querido dividirse en
dos para endulzar los ltimos momentos de su hija y para conducir la
vejez alocada de su incorregible marido. Germana asista desde su cama a
los combates interiores que sostena la duquesa. A fuerza de sufrir
juntas, la madre y la hija haban llegado a entenderse sin decir nada y
a no tener ms que un alma para las dos. Un da, la enferma declar
rotundamente que no abandonara Francia.

--Es que no estoy bien aqu?--deca--. Qu necesidad hay de agitar al
viento una antorcha que se extingue?

En aquel momento entr la seora de Villanera con el conde y el seor Le
Bris.

--Querida condesa--dijo Germana--, es absolutamente necesario que me
enviis a Italia? Para lo que he de hacer, mejor estoy aqu, y adems no
quisiera que mi madre dejase Pars.

--Pues que se quede!--respondi la condesa con su vivacidad espaola--.
No tenemos necesidad de ella y yo la cuidar a usted mejor que nadie.
Usted es mi hija, lo oye usted?, y tendremos ocasin de probrselo.

El conde insisti sobre la necesidad del viaje y el doctor hizo coro con
l.

--Adems--aadi el seor Le Bris--, la duquesa no nos sera
precisamente til. Dos enfermos en un mismo carruaje no permiten
adelantar mucho. El viaje que es conveniente para usted, sera
perjudicial para la seora duquesa.

En el fondo de su corazn, el honrado joven quera ahorrar a la duquesa
el espectculo de la agona de su hija. Qued, pues, convenido, que la
seora de La Tour de Embleuse permanecera en Pars: Germana partira
con su marido, su suegra, el pequeo Gmez y el doctor.

El seor Le Bris se haba comprometido un poco irreflexivamente a
abandonar su clientela. El viaje le poda costar caro si duraba mucho
tiempo. Lo difcil no era encontrar un colega que se encargase de la
duquesa y de los dems enfermos; pero Pars es una ciudad donde los
ausentes no hacen carrera y aquel que no se exhibe todos los das es
pronto olvidado. El joven doctor senta por Germana una amistad slida,
pero la amistad no nos lleva nunca al olvido de nosotros mismos: ste es
uno de los privilegios del amor.

Por su parte, don Diego se haba impuesto el cumplimiento de su deber y
quera que Germana fuese acompaada de su mdico de cabecera. Pregunt
al seor Le Bris cunto ganaba cada ao.

--Veinte mil francos--contest el doctor--. De esos cobro cinco o seis
mil.

--Y el resto?

--Me lo quedan a deber. Nosotros no tenemos derecho a acudir a los
juzgados.

--Hara usted el viaje a Italia por veinte mil francos anuales?

--Mi pobre conde, no hablemos de aos. Lo que le queda de vida debe
contarse por meses, quizs por semanas.

--Pongamos dos mil francos al mes y sea usted de los nuestros!

El seor Le Bris estrech la mano del conde. El inters se mezcla en
todas las pasiones humanas, y representa igualmente su papel en el drama
y en la comedia. El amor y el odio, el crimen y la virtud, la vida y la
muerte, no se cruzan jams sin codearse con un personaje brillante y
sonoro que se llama el dinero.

Fue el doctor el encargado de entregar al duque el precio de su hija. El
conde no se hubiera atrevido jams a dar un milln a un gentilhombre. El
seor Le Bris, que conoca al duque, cumpli su comisin fcilmente. Le
llev una inscripcin de cincuenta mil francos de renta y le dijo:

--Seor duque, he aqu la salvacin de la seora duquesa.

--Y la ma!--aadi el viejo--. Usted nos ha prestado un gran servicio,
doctor, y desde este momento queda al servicio de mi casa.

El joven respondi cortsmente:

--Es cosa hecha, seor duque.

Hubiera podido aadir que desde haca tres aos les visitaba
gratuitamente.

El da de la boda por la maana fue la modista a casa de Germana para
probarle el traje de novia. La joven se prest dulcemente a aquella
triste chanza. La costurera advirti que un punto del cuerpo se haba
descosido y se dispuso a reparar el desperfecto.

--Para qu?--dijo la enferma--. No he de usarlo ms.

Al presentarle el velo, not la ausencia de las flores de azahar.

--Est bien; tem que no se hubiesen fijado.

Aquellos preparativos eran de una tristeza fnebre.

--Mam--dijo Germana--, se acuerda usted de los versos del poeta
Jasmin, cuya traduccin me ley usted en la _Revista de Ambos Mundos_?

    Todos los caminos deban florecer,
    Porque la hermosa novia iba a salir;
    Deban florecer, florecer y granar,
    Porque la hermosa novia iba a pasar.

Cmo terminaba? No me acuerdo. Ah! s!

    Todos los caminos deban gemir,
    Porque la hermosa muerta iba a salir;
    Deban gemir, deban llorar.
    Porque la hermosa muerta iba a pasar.

La duquesa se deshaca en lgrimas. Germana le pidi perdn por su
cobarda.

--Espere usted--dijo--, ya me ver ante el enemigo. Debo llevar
dignamente el nombre de ustedes. No soy el ltimo vstago de los La
Tour de Embleuse?

Los testigos del conde fueron el embajador de Espaa y el secretario de
la legacin de las Dos Sicilias. Los de Germana, el barn de Sangli y
el doctor Le Bris. Todo el _faubourg_ fue invitado a la misa. El seor
de Villanera conoca a lo mejor de Pars y al viejo duque no le
molestaba resucitar pblicamente como millonario. Las tres cuartas
partes de los invitados fueron exactos a la cita; a pesar de la
discrecin de los invitados, el pblico adivinaba cierta anormalidad. En
todo caso, no deja de ser algo raro y curioso la boda de una moribunda.
Al dar las doce de la noche, doscientos o trescientos coches, que venan
del baile o del teatro, fueron a depositar su carga en la plazoleta de
Santo Toms de Aquino.

La novia descendi la gradera del brazo del doctor Le Bris. Se la
encontr menos plida de lo que se esperaba, pero es que haba rogado a
su madre que le pusiera un poco de colorete para representar aquella
comedia.

Avanz con paso firme hasta el reclinatorio que se le haba destinado.
Su padre le daba la mano y marchaba triunfalmente a su izquierda,
mirando con el monculo a la concurrencia. El singular viejo no pudo
retener una exclamacin al advertir medio oculta entre la multitud una
encantadora cabeza: Hermosa mujer!, dijo como si se hallase en el
bulevar.

Era la seora Chermidy que haba querido ver con sus propios ojos si la
novia aun estaba viva.

Despus de la ceremonia, una silla de postas con cuatro caballos llev a
los viajeros hasta la barrera de Fontainebleau, pero desde all
retrocedi al bulevar exterior y regres al palacio Villanera. Era
necesario tomar al pequeo Gmez y dar a Germana algunas horas de
reposo.




IV

VIAJE A ITALIA


Germana durmi poco aquella noche. Estaba acostada en una inmensa cama
de pabelln, en el centro de una habitacin desconocida. Un globo de
porcelana mal iluminaba los tapices. Mil figuras extravagantes parecan
salirse de la pared y bailar alrededor de la cama. Por primera vez,
durante veinte aos, se vea separada de su madre. Haba sido
reemplazada por la seora de Villanera, atenta a sus menores deseos y
movimientos, pero que le daba miedo. En un ambiente tan poco
tranquilizador, la pobre nia no se atreva ni a dormir ni a estar
despierta. Cerraba los ojos para no ver los tapices, pero no tardaba en
volverlos a abrir, porque entonces se le presentaban otras imgenes ms
espantosas. Crea ver a la muerte en persona, tal como los imagineros de
la Edad Media la haban representado en los misales.

--Si me duermo--pensaba--, nadie vendr a despertarme; me han dejado
aqu para que me muera.

Un gran reloj de Boule marcaba las horas sobre la chimenea. Los golpes
secos del pndulo, la regularidad inflexible del movimiento, le
crispaban los nervios: rog a la condesa que parase el reloj. Pero bien
pronto el silencio le pareci ms temible que el ruido e hizo devolver
la vida a la inocente mquina.

Hacia la maana, la fatiga fue ms fuerte que todas las preocupaciones.
Germana dej caer sus pesados prpados, pero se despert casi en el acto
al ver que tena las manos cruzadas sobre el pecho. Ella saba que en
esta postura se enterraba a los muertos. Sac fuera de los cobertores
sus bracitos descarnados y se cogi fuertemente a la madera de la cama.
La condesa se apoder de su mano, la bes dulcemente y la retuvo sobre
sus rodillas. Solamente entonces se tranquiliz la enferma y durmi
hasta entrado el da. So que la condesa estaba de pie a su derecha,
que tena la figura de un ngel y que le haban salido unas alas
blancas. A su izquierda vea otra mujer, pero no pudo reconocerla. Lo
nico que pudo distinguir fue un velo de encaje, dos grandes alas de
cachemira y dos garras de diamantes. El conde se paseaba con paso
agitado: iba de una a otra mujer y les hablaba al odo. Finalmente, el
techo se abri, descendiendo un hermoso nio mofletudo, parecido a esos
querubines que guardan los tabernculos de las iglesias. El ngel vol
sonriendo hacia la enferma, ella abri los brazos para recibirlo y el
movimiento que hizo la despert.

Al abrir los ojos, vio entrar a la vieja condesa con traje de viaje y al
joven Gmez trotando a su lado. El nio sonri instintivamente a aquella
linda mueca blanca con cabellos de oro, e hizo ademn de querer trepar
a la cama. Germana intent ayudarle, pero no era bastante fuerte. La
condesa de la Villanera le levant como una pluma y lo arroj suavemente
sobre los almohadones.

--Hija ma--le dijo con emocin mal contenida--, te presento al marqus
de los Montes de Hierro.

Germana cogi al nio por la cabeza y le bes dos o tres veces. El
pequeo Gmez recibi aquellas caricias con agrado y aun creo que le
devolvi un beso. La joven le mir largo rato y sinti el corazn
emocionado. No s qu proceso se desarroll en el fondo de su
pensamiento, pero, despus de un esfuerzo invisible, le dijo a media
voz:

--Hijo mo!

La viuda la abraz agradecida.

--Marqus, ah tienes a tu mamata.

--Mam!--repiti el nio sonriendo.

--Quieres que sea tu mam?--pregunt Germana.

--S--respondi.

--Pobre pequeo, no ser por mucho tiempo, no!

--No!--repiti el nio sin comprender lo que deca.

Desde aquel momento el hijo y la madre fueron amigos. El pequeo Gmez
no quiso salir ya de la habitacin y asisti al tocado de Germana. Esta
le tena sobre sus rodillas cuando entr el conde de Villanera a saludar
a su esposa y a besarle la mano. La joven experiment una especie de
vergenza al verse as sorprendida y dej resbalar al nio sobre la
alfombra.

Germana no haba amado an ms que a su madre y a su padre. No haba
estado en el colegio, no haba tenido amigas y no conoca a ningn
hombre. El derroche de amor y de amistad que se hace en los pensionados,
y que gasta el corazn de las jvenes antes de tiempo, no haba mermado
las riquezas de su alma. Am, pues, a su suegra y a su hijo adoptivo
como un prdigo que no teme arruinarse; dedic al doctor Le Bris una
ternura fraternal, pero le pareci imposible amar a su marido: esto era
superior a sus fuerzas; ms vala, pues, renunciar. Y no es que el conde
fuese un hombre desagradable; otra mujer le hubiera encontrado perfecto.
De todos sus compaeros de viaje, fue seguramente el ms paciente, el
ms atento, el ms delicado; un caballero de honor encargado de escoltar
a una reina joven, no hubiera cumplido mejor su deber. Era l quien lo
dispona todo para la marcha y para el reposo, arreglaba el paso de los
caballos, elega las comidas y preparaba los alojamientos. Las jornadas
que hacan eran cortas, de modo que en dos etapas adelantaban diez
leguas.

Esta manera de viajar hubiera agotado la paciencia de un hombre joven y
robusto: don Diego no tema ms que Germana pudiera fatigarse. Era
fumador, como creo ya haberos dicho. Desde el primer da del viaje se
redujo a fumar dos cigarros por da; uno por la maana, antes de partir,
y el otro por la noche, antes de acostarse. Pero una maana la enferma
le dijo:

--No ha fumado usted? Me parece sentir el olor del tabaco.

Don Diego dej sus cigarros en la primera posada y no volvi a fumar.

La enferma lo aceptaba todo de su marido sin perdonarle ningn
sacrificio. No le haba dado ella ms de lo que poda darle? Ella se
repeta continuamente que don Diego la cuidaba por deber o, mejor dicho,
para descargo de su conciencia, que la amistad no entraba para nada en
todas aquellas atenciones; que l desempeaba framente el papel de buen
marido; que amaba a otra mujer; que no se perteneca y que haba dejado
su corazn en Francia. Pensaba, en fin, que aquel hombre que pareca tan
cuidadoso de su vida, se haba casado con ella con la esperanza de que
morira bien pronto, y se indignaba de ver retrasar con todos sus
esfuerzos el acontecimiento que tanto deseaba.

Fue, pues, tan dura para l, como era amable para los dems. Ocupaba el
fondo del carruaje con la vieja condesa. Don Diego, el mdico y el nio
estaban de espaldas a los caballos. Si alguna vez el nio trepaba sobre
sus rodillas, o si la viuda, dormida por la monotona del movimiento,
dejaba caer la cabeza sobre su hombro esculido, jugaba con el pequeo o
acariciaba los cabellos de la viuda. Pero no permita que su marido le
preguntase siquiera por su estado, y un da le respondi con una
crueldad sangrienta:

--Esto va bien, sufro mucho.

Don Diego sac la cabeza por la ventanilla y sus lgrimas cayeron sobre
las ruedas.

El viaje dur tres meses, sin cambiar ni el humor ni la salud de
Germana. No estaba mejor ni peor: arrastraba la vida. Tena siempre la
misma aversin a su marido, pero se iba acostumbrando a l. Italia
entera pas ante su vista sin que se interesase por nada, ni siquiera se
fijase en ningn sitio. Verdad es que en invierno Italia se parece mucho
a Francia. Nieva un poco menos, pero llueve ms.

El clima de Niza la hubiera sentado muy bien. Pasando por el paseo de
los Ingleses, don Diego haba hecho el elogio de una linda villa pintada
de color de rosa y rodeada de un jardn de naranjos. Pero Germana se
aburra de ver desfilar todo el da una interminable procesin de
tsicos. Los condenados que se destierran a Niza tienen miedo los unos
de los otros y cada uno de ellos lee su destino en la palidez del
vecino.

--Vamos a Florencia!--dijo ella.

Y don Diego hizo enganchar para Florencia.

Encontr en la ciudad un aspecto de fiesta que pareca exacerbar su
desgracia. El primer da que fue conducida al paseo, que oy la msica
de los regimientos austriacos y que las floristas mofletudas arrojaron
su mercanca en el coche, reproch duramente a su marido el haberla
expuesto a un contraste tan cruel. Quedaba Pisa y all fueron. Quiso ver
el Campo Santo y la terrorfica obra maestra de Orcagna. Aquellas
pinturas fnebres, aquellos cuadros de la Muerte, duea de la vida, la
impresionaron fuertemente y sali de all ms muerta que viva.

Entonces expres el deseo de ir hasta Roma. El clima de la gran ciudad
no deba favorecerla precisamente, pero haba llegado ya al punto en que
el mdico no niega nada a su enfermo. Vio Roma y crey entrar en una
vasta necrpolis. Aquellas casas desiertas, los palacios vacos y las
grandes iglesias en las que se ve de espacio en espacio un fiel
arrodillado, tomaron a sus ojos una fisonoma sepulcral.

Parti para Npoles y tampoco se encontr mejor. Se haban alojado en
Santa Luca. El ms hermoso golfo del universo ondulaba sus aguas azules
ante ella; el Vesubio humeaba bajo sus balcones; el sitio estaba bien
elegido para vivir y morir. Pero ella soportaba impacientemente los
ruidos de la calle, el grito agudo de los cocheros, el paso sonoro de
las patrullas suizas y el canto de los pescadores. Maldijo la ciudad
ruidosa y agitada donde ni siquiera era permitido sufrir en paz. La
ofrecieron hallar en las inmediaciones un retiro ms tranquilo; quiso
buscar por s misma e hizo un gasto de actividad que la agot en pocos
das. El doctor estaba admirado de tanta resistencia. Era preciso que la
Naturaleza hubiera construido su cuerpo con bien slidos materiales o
bien que un alma vigorosa retrasase la ruina de aquel edificio que se
desplomaba.

Le ensearon Sorrento y Castellamare; la pasearon durante ocho das de
lugar en lugar sin que se decidiese a hacer una eleccin. Una noche,
tuvo el capricho de visitar Pompeya a la luz de la luna.

--Es una ciudad por mi estilo--dijo con una sonrisa amarga--; es justo
que los muertos se consuelen entre s.

Fue preciso arrastrarla por espacio de dos horas sobre el empedrado
desigual de la ciudad muerta. Hubiera sido un paseo delicioso para un
corazn alegre. El da haba sido hermoso; la noche era casi tibia. La
luna iluminaba los objetos como un sol de invierno. El silencio aada
al espectculo un encanto dulce y solemne. Las ruinas de Pompeya no
tienen la grandeza aplastante de esos monumentos romanos que inspiraron
tan largas frases a madama de Stal. Son los restos de una ciudad de
diez mil habitantes; los edificios privados y pblicos tienen una
fisonoma provinciana. Al entrar en aquellas calles estrechas, al abrir
la puerta de sus casitas, se penetra en la vida ntima de la antigedad
y se es recibido amistosamente en un pueblo que ya no existe.

Encontris all una singular mezcla del sentimiento artstico que
distingua a los antiguos y del mal gusto que es patrimonio de los
pequeos burgueses de todas las pocas. Nada ms divertido que descubrir
bajo el polvo de veinte siglos jardinillos semejantes a los de los
Invlidos, con su surtidor microscpico, los pequeos patos de mrmol y
la estatuta de Apolo en el centro. He ah el dominio de un ciudadano
romano que viva de sus rentas en el ao 79 de la Era cristiana. La
alegra champaesa del doctor se recreaba dulcemente en medio de
aquellos curiosos restos. Don Diego traduca a su mujer los relatos
interminables del guarda, pero la impaciencia febril de la enferma
quitaba todo encanto a la excursin. La pobre nia no era duea de s
misma; perteneca a la enfermedad y a la muerte prxima. No caminaba
nada ms que por sentirse vivir, ni hablaba ms que por or su voz. Se
adelantaba a la comitiva, volva sobre sus pasos, peda que la dejasen
ver de nuevo lo que ya haba visto, se detena en el camino y se
ingeniaba en buscar caprichos que nadie poda satisfacer. Hacia las
nueve, el fro se apoder de ella y propuso volver al hotel.
Decididamente, dijo, quiero morir aqu; por lo menos estar tranquila.
Pero despus pens que el Vesubio no haba dicho an su ltima palabra y
que podra depositar una sbana de fuego sobre su tumba. Entonces habl
de volver a Pars y se acost con unos escalofros que no presagiaban
nada bueno.

La viuda cen a su lado. El nio ya dorma desde haca rato. El dueo de
la _Corona de hierro_ invit a los caballeros a bajar al comedor;
estaran mejor que en la habitacin de un enfermo y tendran compaa.

El mdico acept la proposicin y don Diego le sigui.

La compaa se reduca a dos personas; un pintor francs, gordinfln y
de buen humor, y un joven ingls encarnado como un cangrejo. Los dos
haban visto entrar a Germana y haban adivinado sin esfuerzo el mal que
la mataba. El pintor profesaba una filosofa alegre, como todo el que
digiere bien.

--Yo, seor--deca a su vecino--, si nunca llegase a padecer del pecho,
lo que no es probable, no me apartara en absoluto de mi rgimen de
vida. En todas partes se cura y en todas partes se muere. El aire de
Pars es quizs el que mejor conviene a los tsicos. Hablan del Nilo:
los posaderos del Cairo son los que han hecho extender esa opinin. Sin
duda el vapor del ro sirve para algo, pero, y la arena del desierto no
es perjudicial? Se os entra en los pulmones, se aloja en ellos y buenas
noches!... Usted me dir que si de todos modos hay que morir, queda por
lo menos el derecho de elegir el sitio. Me hago cargo perfectamente de
ello. Ha viajado usted por la regencia de Tnez?

--S.

--Ha visto usted cortar la cabeza a alguien?

--No.

--Pues bien, todo eso se ha perdido usted. Esos desgraciados tienen el
derecho de elegir el sitio. Cuando un tunecino es condenado a muerte, se
le da tiempo hasta la puesta del sol para buscar el lugar en que se le
haya de cortar la cabeza. Desde el amanecer, dos verdugos le cogen del
brazo y le conducen al campo. Cada vez que llegan a algn lindo rincn
de paisaje, un arroyuelo sombreado por dos palmeras, los ejecutores
dicen al paciente: Cmo encuentras esto? Sera intil buscar nada
mejor. Vamos ms lejos, dice el otro, aqu hay moscas. Le pasean as
hasta que ha encontrado un lugar de su agrado y se decide generalmente a
la puesta del sol. Entonces se arrodilla, los dos vecinos sacan sus
cuchillos y le cortan tranquilamente la cabeza. Pero tiene, por lo
menos, el consuelo de morir en un terreno a su gusto. He conocido en
Pars a una bailarina que se le haba metido la misma idea en la cabeza.
Se haba comprado un terreno en el Pre-Lachaise e iba a visitarlo de
cuando en cuando, cada vez con mayor placer. Los seis metros de su
propiedad estaban en uno de los ms bellos rincones del cementerio,
rodeado de monumentos burgueses y con vistas al exterior. Pero sus
compatriotas de usted son los que cometen mayores extravagancias. Uno
que encontr una vez quera ser enterrado en Etretat porque all el aire
es ms puro, porque se ve el mar y porque nunca ha habido clera. Me
contaron de otro que compraba terrenos en todas las ciudades por donde
pasaba. Desgraciadamente muri en la travesa de Liverpool a Nueva York
y el capitn le hizo arrojar al agua.

Don Diego y el doctor hubieran dejado muy a gusto de or semejante
discurso e iban a rogar a su vecino que cambiase de conversacin,
cuando el joven ingls tom la palabra.

--Pues yo, seor--dijo--, hace dos aos estaba tan enfermo como esa
joven que hemos visto pasar. Los mdicos de Londres y de Pars me haban
firmado mi pasaporte y yo buscaba tambin un sitio para morir. Lo eleg
en las islas Jnicas, en la parte meridional de Corf. Me instal all
esperando mi hora y me encontr bien, tan bien, que la hora pas.

El mdico tom la palabra con la desenvoltura que reina en las mesas
redondas de Italia:

--Usted ha estado tsico, seor?

--En tercer grado, si es que toda la Facultad no se burl de m.

Cit los nombres de los mdicos que lo haban visitado y condenado.
Cont cmo haba acabado por cuidarse l mismo, sin nuevos remedios, en
el campo, lejos del bullicio, esperando la muerte, bajo el cielo de
Corf.

El seor Le Bris le pidi permiso para auscultarle, a lo que se neg l
con un terror cmico. Le haban contado la historia del mdico que mat
a su enfermo para saber cmo se haba curado.

Una hora despus el conde estaba sentado a la cabecera de Germana. La
enferma tena el rostro encendido y la palabra jadeante.

--Venga usted--dijo a su marido--. Tengo que hablarle seriamente. No se
fija usted en que estoy mejor esta noche? Tal vez estoy en vas de
curacin. Su porvenir de usted est comprometido. Le he hecho perder ya
tres meses; nadie esperaba que durase tanto. Mi familia tiene mucha
vitalidad; ser necesario que me mate. Usted tiene derecho, ya lo s;
para eso le ha costado su dinero. Pero djeme an algunos das; es tan
hermosa la luz! Me parece que respiro mejor.

Don Diego le cogi la mano; estaba ardiente.

--Germana--le dijo--, he comido con un joven ingls que ya le ensear
maana. Estaba ms enfermo que usted, segn asegura; el cielo de Corf
le ha curado. Quiere usted que nos marchemos a Corf?

La joven se incorpor en la cama, le mir en los ojos y le dijo con una
emocin que rayaba en el delirio:

--Dices la verdad?... Puedo vivir an?... Volver a ver a mi madre?
Ah! si t me salvases, toda mi vida sera poca para pagar tanto bien.
Te servira como una esclava, educara a tu hijo y hara un grande
hombre de l... Desgraciada! no es para eso para lo que t me has
elegido. T amas a esa mujer, la echas de menos, la escribes, ansias el
momento de volver a verla, y todas las horas de mi vida son otros tantos
robos que cometo...

Durante dos das, su mal pareci agravarse en aquella habitacin del
hotel y todos creyeron que morira sobre las ruinas de Pompeya. No
obstante, pudo levantarse en la primera semana de abril. Conducida a
Npoles, embarc en un paquebot que parta para Malta y desde all un
vapor del Lloyd ingls la transport hasta el puerto de Corf.




V

EL DUQUE


El seor y la seora de La Tour de Embleuse se haban despedido de su
hija en la sacrista de Santo Toms de Aquino. La duquesa llor mucho;
el duque tom ms alegremente la separacin, para tranquilizar a su
esposa y a su hija; quiz tambin porque no encontr lgrimas en sus
ojos. En su fuero interno, l no crea en la muerte de Germana. El solo,
con la vieja condesa de Villanera, esperaba el milagro de la curacin.
Aquel caballero servidor de la fortuna estaba firmemente convencido de
que una dicha nunca llega sola. Todo le pareca posible desde que haba
vuelto a salir a flote. Comenz por predecir el restablecimiento de su
mujer y no se equivoc.

La duquesa era de una constitucin robusta, como toda su familia. Las
fatigas, las noches sin dormir y las privaciones haban tomado una gran
parte en la enfermedad crtica que la edad le haba aportado. Aadid a
esto las angustias continuas de una madre que espera el ltimo suspiro
de su hija. La seora de La Tour de Embleuse senta tanto o ms los
dolores de Germana que los suyos propios. Cuando se separ de su querida
enferma, se repuso poco a poco y comparti menos penosamente los males
que no vea tan de cerca. La imaginacin nos hace sufrir tanto como los
sentidos, pero una desgracia que no vemos pierde algo de su crudeza. Si
vemos aplastar un hombre en la calle, experimentamos un dolor fsico,
como si las ruedas hubiesen pasado por encima de nuestro cuerpo; el
relato de este suceso ledo en un peridico no hace ms que rozar
nuestra piel. La duquesa no poda estar tranquila ni ser feliz, pero por
lo menos escap a la accin directa del peligro sobre su sistema
nervioso. No es que hubiese recobrado la calma, pero no viva en la
terrible ansiedad del que espera un acontecimiento inevitable. No abra
jams sin temblar una carta de Italia, pero en el intervalo de cada
correo tena instantes de reposo. A las vivas angustias que la
torturaban, sucedi un dolor sordo que la costumbre le hizo familiar.
Experimentaba el triste consuelo de un enfermo que del estado agudo pasa
al estado crnico.

Un amigo del joven doctor la visitaba dos o tres veces por semana, pero
su verdadero mdico continuaba siendo el seor Le Bris. Este le escriba
regularmente, as como a la seora Chermidy, y aunque siempre haba
procurado no mentir, las dos correspondencias no se parecan mucho.
Repeta a la pobre madre que Germana viva, que la enfermedad pareca
haberse detenido y que aquella dichosa suspensin de una marcha fatal
daba derecho a esperar un milagro. No se alababa de curarla y deca a la
seora Chermidy que slo Dios poda aplazar indefinidamente la viudez de
don Diego. La ciencia era impotente para salvar a la joven condesa de
Villanera. Viva an y la enfermedad pareca haber hecho un alto, lo
mismo que un viajero descansa en una posada para continuar con mayor
vigor al da siguiente. Germana estaba siempre dbil durante el da,
febril y agitada al aproximarse la noche. El sueo le negaba sus
favores, su apetito era caprichoso y rechazaba los platos con disgusto
desde el momento que los haba probado. Su delgadez era espantosa y la
seora Chermidy hubiera tenido sumo placer en verla. Se poda decir que
debajo de la piel lmpida y transparente no tena ms que huesos y
tendones; los pmulos parecan salrsele de la cara. Verdaderamente era
preciso que la seora Chermidy fuese muy impaciente para pedir algo ms!

El duque no saba o no quera saber esto y ya haba celebrado ms de una
vez la curacin de su hija. En la edad del juicio, aquel anciano, cuyos
cabellos blancos hubieran inspirado respeto si no se los tiese,
resista mejor que un joven las fatigas del placer. Se adivinaba
fcilmente que agotara ms pronto sus escudos que sus necesidades y sus
fuerzas. Los hombres que han entrado tarde en la vida encuentran
reservas extraordinarias para sus ltimos aos.

Dispona de poco dinero efectivo, por muy millonario que fuese. El
primer semestre de sus rentas deba vencer el 22 de julio; mientras
tanto, era preciso vivir de los 20.000 francos de la canastilla. Esto
era bastante para los gastos de la casa y para las pequeas deudas que
esperan menos que las grandes. Si la duquesa hubiese tenido a su
disposicin esta suma habra puesto la casa sobre un pie decente; pero
el duque no soltaba la llave de la caja, siempre que en ella hubiese
dinero. Pag muy pocas deudas; se neg cortsmente a comprar muebles y
conserv, a pesar de la duquesa y del sentido comn, un departamento de
12.000 francos, en el cual no se detena un instante. De cuando en
cuando daba un luis a Semramis para la cocina, pero nunca se preocup
de preguntarle cunto se le deba por sus servicios. Compr dos o tres
vestidos magnficos a la duquesa, que careca de la ropa interior ms
necesaria. Lo que empleaba cada da en sus gastos personales era un
secreto entre su cajn y l.

No creis, sin embargo, que tena el egosmo odioso de ciertos maridos
que tiran el dinero a manos llenas y quieren conocer al cntimo los
desembolsos de su esposa. Conceda a la duquesa tanta libertad para lo
pequeo como se reservaba l para lo grande. Continuaba siendo aquel
hombre corts, solcito y tierno que su pobre mujer adoraba hasta en sus
faltas. El se informaba de su salud con una atencin casi filial. Le
repeta por lo menos una vez al da: Eres mi ngel guardin. Le daba
nombres tan dulces que, sin el testimonio de los espejos, hubiera credo
tener veinte aos. Algo es algo; y el peor marido no es despreciable ms
que a medias, cuando deja una dulce ilusin a su vctima. Un gran
artista que ha visto nuestra sociedad con los ojos de Balzac, y que la
ha pintado mejor, Gavarni, ha puesto este singular juicio en la boca de
una mujer del pueblo: Mi marido, un perro acabado; pero el rey de los
hombres! Traducid la frase en estilo noble y comprenderis el amor
obstinado de la duquesa por el duque.

No obstante, el viejo descenda rpidamente todos los escalones que un
hombre bien nacido puede descender. Cuando el ruido de su nueva fortuna
se hubo extendido por Pars, encontr en el Bosque un cierto nmero de
antiguos conocidos que haban tomado la costumbre de volver la cabeza
cuando le vean. Le invitaron a algunos salones de Montmartre donde los
hombres ms elegantes y ms respetables van algunas veces en buena
compaa a buscar la mala. Encontr aqu y acull muebles que haba
comprado con su dinero; mir la hora en relojes cuya factura haba
pagado. La pasin del juego, que dorma en l desde muchos aos, se
despert ms ardiente que nunca; pero jug a lo pcaro, alrededor de
esos tapetes sospechosos que la polica barre de cuando en cuando. Aquel
mundo peligroso, que es maestro en adular todos los vicios de que vive,
hizo un recibimiento triunfal al duque de La Tour de Embleuse y le
aplaudi su juventud pstuma que sala de la miseria como Lzaro de su
tumba. Le probaron que tena veinte aos y l intent probrselo a s
mismo. Asisti a grandes comilonas, con detrimento de su estmago, bebi
_champagne_, fum cigarros y rompi botellas. En aquellas reuniones la
dignidad quedaba en el guardarropa. No obstante, los recin llegados de
provincias, los extranjeros perdidos en Pars o los hijos de familia
escapados de la tutela paternal, admiraban los nobles modales y la
apostura aristocrtica de aquel gentilhombre averiado. Los hombres le
respetaban ms de lo que se respetaba l mismo; las mujeres contemplaban
en l una ruina a la que haban contribuido y que, no obstante, se
conservaba bien. En ciertos remansos de la sociedad se hace ms caso de
un veterano que se ha comido ciento veinte mil francos de renta que de
un soldado que haya perdido los dos brazos en el campo de batalla.

El duque sigui a esta sociedad a todos los lugares donde ella iba. As,
concurri a las primeras representaciones de ciertos teatros y el
respeto de su nombre, que le haba acompaado en la primera mitad de su
carrera, pareci abandonarle para siempre. En dos meses se convirti en
el hombre ms criticado de Pars. Tal vez hubiera tenido ms recato en
su conducta si el conocimiento de sus actos hubiera podido llegar a su
familia. Pero Germana estaba en Italia y la duquesa se haba encerrado
en su casa; no tena, pues, nada que temer.

El contraste de su nombre y de su conducta le dio en poco tiempo una
popularidad entre la gente baja, que pareca ser muy de su gusto. Se le
vio, a la salida del teatro, en un caf del bulevar del Temple, rodeado
de figurantes mal afeitados y de cmicos nfimos que beban un ponche en
su honor, le contemplaban con los ojos muy abiertos y se disputaban la
gloria de estrechar la mano de un duque que no era nada orgulloso. Pero
aun descendi ms, si esto era posible. Los compaeros ms abyectos
eran buenos para l y ms de una vez se le vio en los arrabales sentado
ante un jarro de vino tinto, a la mesa de una taberna. Es muy difcil,
en el siglo XIX, encanallarse con elegancia. Unicamente la corte de Luis
XV intent este esfuerzo con algn xito. Dos o tres grandes seores
franceses y extranjeros quisieron revivir las tradiciones de los buenos
tiempos, pero con bastante menos dignidad. El alma ms altanera se
desploma con una rapidez increble en los placeres malsanos y en las
fiestas nauseabundas de los arrabales. Las nicas orgas a las que se
resiste algn tiempo son aquellas que cuestan muy caro. El contentarse
con poco, que es una virtud en los trabajadores, es el ltimo grado de
la abyeccin en los hombres desocupados y ricos.

El pobre duque estaba en lo ms bajo cuando dos personas le tendieron la
mano por motivos bien distintos. Sus salvadores fueron el barn de
Sangli y la seora Chermidy.

El seor de Sangli iba de cuando en cuando a llamar a la puerta de los
de La Tour de Embleuse. Era su antiguo propietario, el testigo de boda
de Germana y el amigo de la familia. A la duquesa la encontraba siempre,
al duque nunca; pero todo Pars le daba noticias de su deplorable amigo.
Resolvi, pues, salvarle, del mismo modo que antes le haba dado
alojamiento, por el honor del linaje.

El barn era lo que se llama, aun hoy, un perfecto caballero. No era
guapo y aun tena en su fisonoma algo de su nombre[C]. Su rostro
abultado y encarnado se esconda en un matorral de pelo rojizo. Robusto
como un cazador y ligeramente ventrudo, nadie le hubiera hecho ms de
cuarenta aos, aunque haba cumplido ya los cincuenta. Los barones de
Sangli datan de una poca en que se construa slidamente. Bastante
rico para vivir esplndidamente sin hacer nada, cuidaba de su persona y
viva por vivir bien.

Su traje y su aspecto eran igualmente aristocrticos. Por la maana se
le encontraba con vestidos amplios, slidos, cmodos y de una elegancia
coquetonamente descuidada. Por la noche, su traje era irreprochable y
del mejor gusto, siendo uno de aquellos hombres cuya ropa no llamaba
nunca la atencin, que es la elegancia ms difcil. Tena tanto cuidado
de su cuerpo como de sus vestidos. Montaba a caballo todos los das y
frecuentaba el juego de pelota; por la noche asista a uno de los
teatros de pera y luego haca su partida de _whist_ en el club. Buen
jugador, buen comensal y magnfico bebedor; gran fumador, inteligente en
pintura y bastante buen jinete para ganar un _steeple chase_, pero
demasiado juicioso para arriesgar su fortuna en un caballo de carrera o
en una cuadra; indiferente a los libros nuevos, despreocupado en
poltica, prestamista fcil para los que le podan devolver el prstamo,
generoso a veces para los pobres, muy sociable, de una cortesa
caballeresca con las mujeres, era amable y bueno como todos los
egostas inteligentes. Hacer el bien sin molestarse, es una de las
formas ms simpticas del egosmo.

La salvacin del duque no era, sin embargo, cosa fcil. El barn no la
habra logrado jams sin un auxilio poderoso, la vanidad, que aun
sobrenadaba un poco en aquel triste naufragio de todas las virtudes
aristocrticas; el seor de Sangli le asi por ella como se coge por
los cabellos al hombre que se ahoga.

Fue a buscarle hasta en los chiribitiles donde arrastraba su nombre y su
casta. Le golpe rudamente en el hombro y le dijo con aquella franqueza
que oculta tan bien la adulacin:

--Qu hace usted, mi querido duque? Este no es su sitio. Todo el mundo
le echa de menos en nuestro crculo, hombres y mujeres; me ha odo
usted bien? Todos los La Tour de Embleuse han sostenido su jerarqua
desde Carlomagno; no concedo a usted el derecho de hacer quedar mal a
sus antepasados. Todos nosotros tenemos necesidad de usted. Ea,
pardiez! si usted se entierra aqu en la flor de la edad madura, quin
nos dar lecciones de elegancia? quin nos ensear a vivir bien, a
comerse correctamente una fortuna? quin nos ensear el arte de gustar
a las mujeres, que se va perdiendo entre nosotros?

El duque respondi con un gruido como el borracho a quien se despierta
bruscamente. Gozaba en paz de su nueva fortuna y no se preocupaba de
reanudar las costumbres incmodas que el mundo impone a sus esclavos;
una pereza invencible le encadenaba a los placeres fciles que no exigen
ningn esfuerzo de decencia o de inteligencia. Pretenda, pues, que se
encontraba bien, que no deseaba nada mejor y que cada uno se proporciona
sus diversiones donde puede.

--Venga usted conmigo--continu el barn--, y yo le juro que le har
encontrar diversiones ms dignas de usted. No tema usted perder en el
cambio; en nuestro mundo se vive bien, y usted lo sabe mejor que nadie.
Ya supondr usted que no he venido aqu para conducirle a su casa; para
eso le hubiera enviado a un misionero. Qu diablo! en parte yo tambin
soy de la escuela de usted. Yo no desprecio ni el vino, ni el juego, ni
el amor, pero yo mantendr contra todo el mundo, y contra usted mismo,
que un duque de La Tour de Embleuse no debe embriagarse, arruinarse o
condenarse ms que con sus iguales.

Estos y otros argumentos por el estilo acabaron por convencer al duque
que volvi, no a la virtud, pues el camino era demasiado largo para sus
viejas piernas, pero s al vicio elegante. El seor de Sangli le llev
a uno de los mejores sastres del bulevar, como se conduce un desertor al
vestuario del cuartel, que le oblig a endosarse la librea de las gentes
de mundo. Aquel singular enfermo era siempre idlatra de su persona,
pero haca mucho tiempo que economizaba los gastos del culto. Haba
conservado la costumbre de pintarse y acicalarse y no descuidaba ninguna
de las prcticas que podan darle una apariencia de juventud, pero no
le disgustaba parecer ms nuevo que su traje. Le probaron que algunos
metros de tela fina rejuvenece el aspecto de la persona y acab por
convenir en que los sastres no son gente despreciable. Este era un gran
paso; un hombre bien vestido, est medio salvado. Los padres de familia
ya lo saben y cuando vienen a Pars a arrancar del vicio a un hijo
prdigo, lo primero que hacen es llevarle a casa de un sastre.

El barn se encarg de lanzar a su discpulo; le hizo admitir en su
club. All se coma bien, y el seor de La Tour de Embleuse no perdi
nada en cambiar de cocinero. Antes de su conversin, la comida
excesivamente condimentada de los figones y el uso de los licores
falsificados irritaban su estmago, enrojecan su lengua y le condenaban
a una sed inextinguible. La engaaba bebiendo an ms y el pobre hombre
estaba en un crculo vicioso del cual no poda salir sino por la muerte.
La duquesa se asustaba alguna vez de su ardoroso aliento y no se atreva
a manifestarle sus terrores, pero colocaba discretamente sobre su mesita
de noche alguna tisana refrescante y perfumada que l no tomaba. La mesa
del crculo le restableci insensiblemente, por ms que no se privaba de
nada. El incentivo del juego le retena bajo la frula de su protector.
Los abonados del club jugaban al _whist_ y al _cart_ con un cierto
atrevimiento, pero sin intemperancia; rara vez se pasaba de un luis por
puesta; no era, pues, una distraccin peligrosa para un millonario. Si
aventuraba una fuerte suma en una partida de _cart_, nadie tena el
derecho, es verdad, de llamarle a la razn, pero por lo menos haba de
escuchar las advertencias de los compaeros. Todos le conocan y se
interesaban por l como por un convaleciente. Un jugador se conduce como
un hombre juicioso o como un loco, segn que sea incitado o contenido
por los que le rodean. A l le refrenaban, y con una mano tan delicada,
que no senta el tirn de la brida.

Los salones ms distinguidos le abrieron sus puertas de par en par; toda
aristocracia es naturalmente francmasnica, y un duque, por tonteras
que haya cometido, tiene derechos imprescindibles a la indulgencia de
sus iguales. El _faubourg_ Saint-Germain, como el hijo respetuoso de
No, cubri con su manto de prpura los antiguos extravos del anciano.
Los hombres le trataron con consideracin; las mujeres con benevolencia.
En qu pas y en qu poca han dejado ellas de tener indulgencia para
las malas personas? Se le miraba como un viajero que haba atravesado
comarcas desconocidas. No obstante, ninguna mujer se atrevi a
preguntarle sus impresiones de viaje. No tard en ponerse a tono con tan
buena compaa, porque a todos los defectos de la juventud una aquella
flexibilidad de espritu que es uno de sus ms hermosos privilegios. A
nadie extra que la eleccin del conde de Villanera, que le haba
aceptado por suegro, recayese en un hombre tan digno de su nombre y de
su fortuna.

El barn le haba prometido placeres ms vivos, y no falt a su
palabra. No le encerr en el _faubourg_ como en una fortaleza y le hizo
ver un mundo menos empingorotado. Siempre con la etiqueta de la alta
sociedad, le condujo a algunos de esos salones en los que la gente era
aceptada sin pruebas, pero no sin motivo. Le present a viudas cuyos
maridos nunca haban estado en Pars, a mujeres legtimamente casadas
pero indispuestas con su familia, a marquesas desterradas del _faubourg_
a consecuencia de un escndalo, a personas respetables que vivan
esplndidamente sin fortuna conocida. Aquella sociedad heterognea
estaba relacionada de una parte con el gran mundo y de otra con las
gentes de conducta equvoca. Yo no aconsejara a ninguna madre que
llevase all a sus hijas, pero hay muchos hijos que van con sus padres y
salen igual que han entrado. No se encuentra all la austeridad de
costumbres, la vida patriarcal, el buen gusto severo y el lenguaje digno
y grave que reina en los antiguos salones del _faubourg_, pero se baila
decentemente, se juega sin recurrir a las trampas y no son robados los
abrigos del recibimiento. En una de esas casas es donde se encontraron
el duque y la seora Chermidy.

Ella le reconoci a la primera ojeada, por haberle visto el da de la
boda. Saba que era abuelo de su hijo, padre de Germana y millonario a
expensas de don Diego. Una mujer como la seora Chermidy no olvida nunca
la cara de un hombre a quien ha dado un milln. No le hubiera sabido mal
conocerle de cerca, pero nunca hubiera dado un paso por hacerlo. El
duque le ahorr el camino. Desde el momento en que supo que estaba all
se present por s mismo a ella, con una impertinencia cuyo espectculo
hubiera regocijado a todas las mujeres honradas de Pars. Nada hay que
plazca ms profundamente a las mujeres virtuosas que ver tratar
desvergonzadamente a las que no lo son.

El duque no tena intencin de ofender a aquella hermosa ni de renegar
en un solo da de la religin de toda su vida; pero hablaba a las gentes
en su lenguaje y crea no equivocarse con la seora Chermidy. Se sent
familiarmente a su lado y le dijo:

--Seora, permtame usted que le presente a uno de sus antiguos
admiradores, el duque de La Tour de Embleuse. Ya haba tenido el gusto
de verla en Santo Toms de Aquino. Casi somos de la familia; aliados por
los hijos. Permtame usted, pues, que, como buen pariente, le d la mano
izquierda.

La seora Chermidy, que razonaba con la rapidez del relmpago,
comprendi desde la primera palabra la posicin en que estaba colocada.
Cualquiera que fuese su respuesta, siempre quedara humillada ante el
duque. En lugar de aceptar la mano que le tenda, se levant con un
gesto lleno de dignidad y de dolor, que puso adems de relieve toda la
opulencia de su cuerpo, y se dirigi hacia la puerta sin volver la
cabeza, como una reina ultrajada por el ltimo de sus sbditos.

El viejo cay en el lazo. Corri hacia ella y balbuce algunas palabras
de excusa. La hermosa arlesiana le dirigi una mirada tan brillante,
que crey ver a travs de ella una lgrima y le dijo a media voz con una
emocin contenida o admirablemente fingida:

--Seor duque, usted no sabe y por tanto no puede comprender lo que me
pasa. Venga maana a las dos; estar sola y podremos hablar.

Despus se alej sin querer esperar la contestacin, y cinco minutos ms
tarde se oy su coche rodar sobre la arena del patio.

El pobre duque haba sido prevenido y crea conocer muy bien a la dama,
pues el doctor se la haba pintado al vivo. Pero se reproch lo que
haba hecho y hasta el da siguiente estuvo en un estado de
intranquilidad no exento de remordimientos. Se dice, no obstante, que
hombre prevenido vale por dos.

Fue exacto a la cita y se encontr enfrente de una mujer que haba
llorado.

--Seor duque--le dijo--, he hecho todo lo posible por olvidar las
palabras crueles con que usted me abord anoche. No lo he conseguido del
todo, pero ya pasar, no hablemos ms de eso.

El duque quiso reiterar sus excusas; estaba profundamente admirado. La
seora Chermidy haba empleado la maana en hacerse un tocado
irresistible. Seguramente estaba ms hermosa an que la noche anterior.
Una mujer est en su tocador como un cuadro en su marco. Aprovech la
turbacin en que sus gracias haban envuelto al seor de La Tour de
Embleuse para acabarle de arrollar en los pliegues de su oratoria
insidiosa. Emple primero el respeto tmido que convena a una mujer en
su posicin. Hizo protestas de una veneracin exagerada por la ilustre
familia en la que haba introducido a su hijo; se atribuy el honor de
haber elegido a los La Tour de Embleuse entre veinte casas linajudas del
_faubourg_ y de haber levantado por la fortuna uno de los ms hermosos
nombres de Europa. Los ademanes muelles y la languidez melanclica con
que este exordio fue acompaado, persuadieron al viejo duque, mucho ms
que las palabras, y casi no dud de que haba insultado a su
bienhechora.

--Yo comprendo--continu--, que usted no puede tener mucha estimacin
por m. Usted me compadecera, no obstante, porque usted tiene un noble
corazn, si conociese la historia de mi vida.

Era maestra en aquella pantomima tan expresiva de los habitantes del
Medioda, que da verosimilitud a las mayores mentiras. Sus ojos, sus
manos, sus piececitos, hablaban al mismo tiempo que sus labios y
parecan ser otros tantos testigos de su veracidad. Cuando se la haba
odo una vez, se estaba tan firmemente convencido como si se hubiese
abierto una informacin con todas las formalidades del caso.

Cont su nacimiento en una rica propiedad de la Provenza. Sus padres,
que posean una importante fbrica, destinaban a un industrial su hija y
su fortuna. Pero el amor, ese seor inflexible de la vida humana, le
haba arrojado en los brazos de un simple oficial. Su familia se haba
distanciado de ella hasta el momento en que las brutalidades del seor
Chermidy la haban hecho salir de la casa conyugal. Pobre Chermidy!
una mujer siempre tiene razn contra un marido que est en China!

Una vez viuda, o poco menos, haba venido a Pars donde vivi
modestamente hasta la muerte de su padre. Una herencia ms considerable
de lo que ella esperaba la haba permitido montar su casa con cierto
lujo. Algunas especulaciones afortunadas haban aumentado su capital;
era rica, pero se aburra. A los treinta aos se soporta de mala gana la
soledad. Haba amado al conde de Villanera sin conocerle, desde la
primera vez que le vio en los Italianos.

El duque no pudo menos de decirse a s mismo que don Diego era un jayn
bien dichoso.

Despus, y acompandose de una mirada en la que brillaba el candor,
prob que el seor de Villanera no le haba dado ms que su amor. Y no
es que no fuese generoso; pero ella no era mujer capaz de mezclar los
asuntos de inters con los asuntos del corazn.

Haba llevado su desinters hasta el sacrificio; haba cedido su hijo a
la condesa de Villanera y haba acabado por abandonarlo a otra madre.
Haba devuelto la libertad a su amante. El conde estaba casado, viajaba
por restablecer la salud de su joven esposa y ni siquiera escriba a la
pobre abandonada para darle noticias del pequeo!

Acab su discurso dejando caer sus dos brazos con un abandono lleno de
elegancia.

--En fin--aadi--, aqu me tiene usted ms sola que nunca, en esta
ociosidad del corazn que no es para m. En cuanto a consuelos, no los
tengo; distracciones, las encontrara, pero mi corazn est demasiado
triste. Conozco a algunos caballeros que vienen aqu todos los martes
por la noche a charlar un rato. No me atrevo a invitar al seor duque de
La Tour de Embleuse a estas reuniones melanclicas; su negativa me
humillara y me hara muy desgraciada.

Cierto que la campana de la seora Chermidy no sonaba igual que la del
seor Le Bris, pero el timbre era tan dulce, que el duque se dej
engaar como un nio. Compadeci a la linda dama y le prometi que de
cuando en cuando ira a llevarle noticias de su hijo.

El saln de la seora Chermidy era, en efecto, el lugar de reunin de un
cierto nmero de hombres distinguidos. Ella saba atraerles y retenerles
a su alrededor por un medio menos heroico que el de la seora de
Warrens; se haca amar con menos exposicin. Los unos conocan su
posicin, los otros crean en su virtud; todos estaban persuadidos de
que su corazn estaba libre, y que el ltimo poseedor, se llamase
Villanera o Chermidy, haba dejado una sucesin abierta. Ella se vala
de su situacin para explotar a todos sus admiradores en provecho de su
fortuna. Artistas, escritores, hombres de negocios, hombres de mundo, la
servan simultneamente en la medida de sus medios. Eran otros tantos
empleados suyos a los que pagaba con esperanzas. Un agente de cambio de
sus amigos le haca operaciones por 20.000 francos al mes; un pintor le
compraba cuadros, un especulador enriquecido adquira terrenos para
ella. Servicios gratuitos, es verdad, pero ninguno dejaba de serle til
porque todos aspiraban a ser amados. A los impacientes que estrechaban
demasiado el cerco, les enseaba su casa: una casa de cristal. Hasta sus
menores acciones procuraba que fuesen conocidas, sin duda para
tranquilizar la susceptibilidad de don Diego; quiz tambin para oponer
una barrera entre ella y los que dudaban de su virtud.

La presencia del duque en los salones de la calle del Circo no fue
tampoco intil a la reputacin de la seora Chermidy. As pudo detener
ciertos rumores que circulaban acerca del matrimonio del conde; prob a
algunas almas crdulas que no haba habido nunca nada entre ella y el
conde de Villanera. Cmo suponer que la seora Chermidy invitara al
suegro de su amante?

Explot este nuevo conocimiento con igual habilidad que los antiguos. Le
importaba mucho conocer con exactitud el estado de Germana y llevar la
cuenta de los das que le quedaban de vida. El seor de La Tour de
Embleuse le confi un da todas las cartas del doctor Le Bris.

Su lectura produjo en ella tal impresin que hubiera cado enferma de no
ser ms fuerte que todas las enfermedades. Se vio traicionada por el
mdico, por el conde y por la Naturaleza. Se represent el porvenir ms
odioso que una imaginacin de mujer pudiese concebir. Una rival elegida
por ella le robaba su amante y su hijo, sin tener para ello que cometer
ningn crimen, sin intriga, sin clculo de su parte, con el apoyo de
todas las leyes divinas y humanas.

No obstante, recobr algo de su valor al pensar que el doctor quera,
piadosamente, ocultar la verdad a la duquesa. Lo mejor era ver las
cartas de la propia Germana; el duque no dejara de satisfacer su
siniestra curiosidad.

El seor de La Tour de Embleuse era presa de una de esas pasiones
finales que acaban con el cuerpo y el alma de los viejos. Todos los
vicios que le dominaban desde medio siglo antes, haban abdicado en
provecho de un solo amor. Cuando los ingenieros renen en un canal todos
los arroyuelos dispersos de la llanura, crean un ro bastante capaz para
la navegacin.

El barn de Sangli, la duquesa y todos los que se interesaban por l,
estaban asombrados del cambio de sus costumbres. Viva tan sobriamente
como el joven ambicioso que quiere triunfar por medio de las mujeres.
Iba muy raras veces por el club y ya no jugaba. El cuidado de su tocador
le ocupaba gran parte de la maana. Haba vuelto a dedicarse a la
equitacin y paseaba todos los das por el Bosque de cuatro a seis.
Coma con su esposa siempre que no estaba invitado a la mesa de la
seora Chermidy. Iba todas las noches a las reuniones del gran mundo
para encontrarse con ella, y tan pronto como haba abandonado el baile,
el duque volva a su casa, daba las buenas noches a su mujer y se
acostaba. El miedo de comprometer a la que amaba le devolvi las
costumbres de discrecin que haban velado los primeros desrdenes de su
vida, y la duquesa le crey fuera de peligro, precisamente en el momento
en que estaba perdido sin remedio.

La seora Chermidy, maestra en las artes de la seduccin, afectaba
tratarle con una ternura filial. Le reciba a todas horas, incluso
cuando estaba en su tocador. Nunca retiraba su mano o su frente a un
beso del duque; le reconvena dulcemente, le escuchaba con complacencia,
aceptaba sus caricias como pruebas de generosidad, no aparentaba ningn
temor y no pareca sospechar el sentimiento brutal que ella misma
fomentaba todos los das. Para tenerle a distancia no empleaba ms que
una sola arma: la humildad. Era implacablemente respetuosa. Se dejaba
dar todos los nombres que el amor puede inspirar a un hombre, pero no se
olvidaba ni una sola vez de llamarle seor duque. El viejo insensato
hubiese dado toda su fortuna por que la seora Chermidy le faltase al
respeto.

Por de pronto le sacrific lo que un honrado anciano pueda tener en ms
estima, la santidad del nombre de padre. Pidi a la duquesa las cartas
de Germana, con el pretexto de volverlas a leer, y la noble mujer llor
de alegra al confiar tan preciado tesoro a su marido. Corri sin
prdida de tiempo a la calle del Circo y fue recibido con los brazos
abiertos. Aquellas cartas que la enferma haba garrapateado con su mano
trmula, aquellas cartas en que a veces pona besos para su madre en un
cuadro mal dibujado debajo de la firma, aquellas cartas que la duquesa
haba regado con sus lgrimas, fueron registradas sobre una mesita del
saln, como un juego de naipes, por un viejo depravado y una mujer
perversa.

La seora Chermidy, disfrazando su odio bajo una mscara de compasin,
busc vidamente algunos sntomas de muerte entre las protestas de
ternura, y no qued ms que medianamente satisfecha. El olor que
exhalaba aquella correspondencia no era el que atrae los cuervos a los
campos de batalla. Era como el perfume de una florecilla enfermiza que
languidece al soplo del invierno, pero que se abrira al sol si la brisa
del medioda viniese a barrer las nubes. La cruel arlesiana encontraba
demasiada firmeza en aquella mano, demasiada vida en aquel espritu y
unos latidos inquietantes en aquel corazn. Mas no era esto todo; sinti
que se apoderaba de ella una sospecha desgarradora. La enferma contaba
con demasiada complacencia los cuidados de su marido. Se acusaba de
ingratitud, se reprochaba el corresponder mal a lo que por ella haca.
La seora Chermidy rugi interiormente a la idea de que el marido y la
mujer acabasen quiz por sentirse atrados el uno hacia el otro; temi
que la piedad, el reconocimiento, la costumbre, unira a las dos almas
jvenes y que un da vera sentarse entre don Diego y Germana a un
invitado con el que no haba contado: el Amor.

La profanacin de las cartas de Germana tuvo lugar algunos das despus
de su llegada a Corf. Si la seora Chermidy hubiese podido ver con sus
propios ojos a su inocente rival, es probable que su miedo se hubiese
trocado en piedad. Las fatigas del viaje haban dejado a la pobre nia
en un estado deplorable. Pero la amante de don Diego se forjaba a todas
horas unos monstruos que repartan la salud y se vea suplantada sin
remisin. El da en que sus sospechas se cambiasen en certidumbre, no
retrocedera ante ningn crimen. Mientras tanto, por espritu de
prudencia y de venganza, por entretener su ocio de hermosa sin empleo,
por una especulacin de inters y de perversidad, se diverta en
desplumar al seor de La Tour de Embleuse. Encontraba gracioso
despojarle del milln que le haba dado, sin perjuicio de devolvrselo a
la muerte de su hija. Era una especie de desquite que se adjudicaba en
caso de desgracia.

No era difcil hacerle dar una inscripcin de renta. El duque se pona
todos los das a sus pies con cuanto posea. Era de un carcter y de un
temperamento capaz de arruinarse sin publicarlo y de vencer sin
atribuirse la victoria. Un hombre de honor no compromete nunca a una
mujer, aunque se vea despojado por ella. Pero la seora Chermidy pensaba
que sera ms digno de ella tomar un milln sin dar nada en cambio, y
guardando siempre la superioridad sobre el donante.

Un da que el viejo deliraba a sus pies y renovaba por centsima vez el
ofrecimiento de su fortuna, ella le dijo:

--Acepto, seor duque.

El seor de La Tour de Embleuse perdi la cabeza como un aeronauta
novicio al que se rompiese la cuerda del globo[D]. Crey estar en el
sptimo cielo. La dama detuvo dulcemente sus transportes y le dijo:

--Cuando usted me hubiera dado un milln, creera usted haberme pagado?

El duque protest, pero sus ojos decan, y no sin razn, que desde el
momento en que la virtud se pone en venta, un milln no es un precio
despreciable.

Ella contest al pensamiento de su adversario:

--Seor duque, las mujeres entre las cuales hace usted la injusticia de
colocarme, valen tanto ms cuanto que son ms ricas. Yo he heredado
cuatro millones; he ganado lo menos tres en los negocios y mi fortuna es
tan limpia que la podra realizar sin prdida en un mes. Ya ve usted que
hay pocas mujeres en Francia que tengan derecho a ponerse un precio ms
elevado. Esto le prueba a usted que tambin tengo el medio de darme por
nada. Si yo le llego a amar, lo que quizs ocurra, el dinero no ser
nada entre nosotros. El hombre a quien yo d mi corazn tendr encima
todo lo dems.

El duque cay desde lo ms alto y dio rudamente contra el suelo. Era
tan desgraciado al guardar su milln como se haba sentido feliz al
recibirlo. La seora Chermidy pareci tener piedad de l.

--Nio grande--le dijo--, no llore usted. He empezado por decirle que
aceptaba. Pero tenga usted cuidado; voy a hacerle mis condiciones.

El seor de La Tour de Embleuse sonri como un moribundo que ve
entreabrirse el cielo.

--Soy yo quien ha enriquecido a usted--le dijo--. Le conoca de antiguo,
o por lo menos conoca su reputacin. Usted se ha comido su fortuna con
una grandeza digna de los tiempos heroicos. Es usted el ltimo
representante de la verdadera nobleza, en esta edad degenerada. Tambin
es usted, sin saberlo, el nico hombre de Pars capaz de interesar
seriamente el espritu de las mujeres. Yo siempre he lamentado que usted
no tuviese una fortuna incalculable como la de don Diego: usted habra
sido ms grande que Sardanpalo. A falta de otra cosa mejor, hice que le
diesen un milln; se hace lo que se puede. Pero he tomado mal mis
medidas y la cosa no ha respondido a mis esperanzas. Lo que tiene usted
en su cajn es un papelote que nunca le servira para nada. El da 22 de
junio cobrar usted sus 25.000 francos; de aqu a entonces no har ms
que vegetar. Contraer deudas y sus rentas no haran ms que enriquecer
a los acreedores. Deme usted su inscripcin de renta y yo har que la
venda mi agente de cambio. Guardar el capital, porque no me fo de
usted. En cambio es absolutamente preciso que acepte el producto. Y no
crea que ste ser de cincuenta mil francos; sern ochenta mil o cien
mil, quiz ms. Conozco la Bolsa a fondo, aunque nunca haya puesto los
pies all; y s que se gana todo lo que se quiere con algunos millones
en dinero contante y sonante. El papel del Estado es una admirable
invencin para los burgueses que quieren vivir modestamente y sin
preocupaciones. Para las gentes de nuestra clase que no temen el peligro
ni el trabajo, viva la especulacin! Es lo mismo que el juego en gran
escala y usted es jugador, no es cierto?

--Lo he sido.

--Y lo es an. Correremos juntos el mismo albur; pondremos en comn
nuestros intereses, nuestros placeres, nuestros temores, nuestras
esperanzas.

--Los dos formaremos como uno solo.

--En la Bolsa, al menos.

--Honorina!

Honorina pareci sumirse en una profunda reflexin y ocult el rostro
entre sus manos. El duque se apoder de ellas poniendo fin as a aquel
eclipse de belleza. La seora Chermidy le mir fijamente, sonri con
melancola y le dijo:

--Perdneme usted, seor duque, y olvidemos nuestros castillos en el
aire. Nos extravibamos en el porvenir como dos nios en el bosque. Era
un dulce sueo, pero no pensemos ms en ello. No tengo el derecho de
despojarle, aunque sea para enriquecerle. Qu diran de m? Qu
pensaran de usted mismo? Si la seora duquesa se enterase de lo que
habamos hecho!

La seora Chermidy saba perfectamente que para hacer odiosa a una mujer
ante su marido, es suficiente pronunciar su nombre en ciertos momentos.
El duque respondi altivamente que su mujer no se mezclaba nunca en sus
negocios y que adems lo tena prohibido.

--Pero--continu la tentadora--usted tiene una hija; y todo lo que usted
posee debe volver a ella. No estara bien.

--Pero--replic el duque--mi hija tiene un hijo que es el de usted.
Nuestras fortunas irn juntas al pequeo marqus. Acaso no somos de la
misma familia?

--Usted ya me dijo eso otra vez, seor duque; pero aquel da me caus
menos placer que hoy.

La seora Chermidy coloc la inscripcin de renta en un cajn y se
guard mucho de venderla. Aquella mujer tena el instinto de lo slido y
desconfiaba juiciosamente de la inestabilidad de las cosas humanas. El
duque fue, desde aquel momento, el asociado de su hermosa amiga. Le
quedaba el derecho de visitar su caja y encontr en ella, hasta nueva
orden, tanto dinero como quiso. Esto es todo lo que pudo obtener de
aquella generosa y sonriente virtud. Honorina se ocupaba del viejo con
una ternura minuciosa; le hizo abandonar el departamento que ocupaba; le
transport a los Campos Elseos con la duquesa y le compr muebles,
cuidando de que no faltase nada en la casa y preocupndose incluso de
los gastos de la cocina. Hecho esto, se frot las manos y se dijo
riendo:

--Ya tengo al enemigo bloqueado, y si nunca llegara a declararse la
guerra, les matara de hambre sin piedad.




VI

CARTAS DE CORF


_El doctor Le Bris a la seora Chermidy._

Corf, 20 abril 1853.

Apreciable seora: Yo no poda prever, el da que me desped de usted,
que nuestra correspondencia sera tan larga. Don Diego tampoco lo
esperaba. Si yo hubiese podido prevenirlo, no creo que l tomase la
resolucin heroica de privarse de sus cartas ni del placer de
escribirle. Pero todos los hombres estn sujetos al error, sobre todo
los mdicos. No ensee usted esta frase a mis colegas.

Hicimos un viaje bien tonto de Malta a Corf, en un vapor muy sucio,
cuya chimenea humeaba horriblemente. Tenamos el viento de proa; la
lluvia nos privaba con frecuencia de subir al puente y la niebla invada
hasta nuestros camarotes. El mareo no perdon ms que al nio y a la
enferma; y es que hay estados de gracia para los que entran en la vida
y para los que se disponen a abandonarla. Tenamos por toda sociedad una
familia inglesa que regresaba de las Indias: un coronel al servicio de
la compaa y sus dos hijas, amarillas como la piel de Rusia. Unicamente
el vino de Burdeos gana con un viaje tan largo. Esas seoritas no nos
honraron ni con una palabra; lo que las excusa un poco es que no saban
el francs. A la menor claridad suban al puente con sus lbumes para
dibujar unos paisajes que parecan _plum-puddings_. Despus de una
eterna travesa de cinco das, el vapor nos condujo por fin a buen
puerto; no habamos tenido siquiera la distraccin de un naufragio. El
camino de la vida est empedrado de decepciones.

Mientras nos proporcionamos una casa en el campo, nos hemos alojado en
la capital de la isla, en el hotel Victoria. Esperamos salir de aqu a
fines de semana, pero no me atrevo a asegurar si lo haremos todos con
nuestras piernas. Mi pobre enferma est cada vez peor; el viaje la ha
fatigado ms an que si se hubiese mareado. La seora de Villanera no la
abandona ni un instante; don Diego se porta admirablemente; en cuanto a
m, hago todo lo posible, es decir, muy poco. Es intil ensayar un
tratamiento que aadira sufrimientos sin aumentar las probabilidades de
curacin. Es usted muy dichosa, seora, de tener tanta belleza como
salud!

Si esta crisis no es la ltima, intentar el amonaco o el yodo. El
yodo triunfa en algunos casos; los seores Piorry y Chartroule lo
emplean con xito. Usted ser tan amable que nos enve el aparato del
doctor Chartroule y una provisin de cigarrillos yodados? Todo lo
encontrar en la farmacia Dublanc, calle del Temple, al lado del
bulevar. El amonaco tambin da buenos resultados; pero el nico remedio
con el que se pueda contar seriamente, es un milagro. As, pues, viva
usted en paz, tnganos un poco de cario y aydenos a cumplir nuestro
deber hasta el fin. El viejo Gil, que la condesa haba trado para que
le sirviese, ha cado enfermo de las fiebres de Italia, aunque sta no
sea la estacin de las fiebres. Es un enfermo ms y un servidor menos.

La alegra y la salud tienen una magnfica representacin en la casa:
el pequeo Gmez. El da que lo vuelva usted a ver ser bien dichosa. Se
lo ve crecer y hasta creo Dios me perdone! que est embellecido. Ser
menos Villanera de lo que me figuraba al principio. La verdad es que
parecera cosa del diablo si no tuviese algo de su madre. Es menos
hurao; se deja besar y besa; alarga los labios hacia todas las caras
con una impetuosidad que sera inquietante en una nia.

Don Diego est en negociaciones con un descendiente de un dux para
alquilar una casa que le convendra mucho. La campia est dividida en
una multitud de propiedades agradables, adornadas con castillos
ruinosos. Yo he visitado algunos jardines; son generalmente ms
habitables que las casas a que pertenecen. Esos chiribitiles
aristocrticos que conservan un aire de grandeza en medio de su
desolacin, participan de granja, de castillo y de choza. Si conseguimos
alquilar la villa Dandolo, quiz no estaremos del todo mal. Bastar con
poner algunos vidrios en los balcones. La exposicin es admirable, al
Medioda, sobre el mar. El jardn, muy hermoso. Los vecinos son nobles y
dicen que algunos hablan el francs. Pero quin sabe si tendremos
tiempo de entablar conocimiento con ellos?

No echar de menos la estancia en la ciudad, aunque en ella se viva
bien. Es muy linda y en ciertos aspectos me recuerda Npoles. La
explanada, el palacio del lord comisario y los alrededores forman una
ciudad inglesa. Los ingleses han construido a expensas de los griegos
fortificaciones gigantescas que hacen de la plaza un pequeo Gibraltar.
Yo asisto todas las maanas a las evoluciones de un regimiento de
escoceses que me divierten mucho con sus cornamusas. La ciudad griega es
antigua y curiosamente construida: casas altas, pequeas arcadas y una
linda cabeza en cada balcn. El barrio judo es repugnante, pero se
encuentran perlas en aquel estercolero dignas del lpiz de Gavarni. La
poblacin se compone de griegos, italianos, judos y malteses, pero
todos hacen lo posible por parecer ingleses. Tenemos tambin un teatro
en el que dan representaciones de _Juana de Arco_ del maestro Verdi. Yo
fui una noche, aprovechando que la enferma tena menos de 120
pulsaciones por minuto. Al final del primer acto, toda la asamblea se
levant respetuosamente, mientras que la orquesta tocaba el _God save
the Queen_. Es una costumbre establecida en todas las posesiones
inglesas. No le extrae a usted que se represente la muerte de Juana de
Arco ante un pblico ingls; el autor del libreto ha tenido cuidado de
modificar la historia. Juana de Arco defiende a Francia contra un
enemigo cualquiera, los turcos, los abisinios o los chinos. Lleva una
coraza de papel de plata y agita una bandera del tamao de un abanico
hasta el momento en que se presenta en escena un heraldo y dice al rey:

    _Rotto e'l nemico, e Giovanna e stinta._

Llega la herona sobre almohadones; una banda manchada de rojo indica
que est mortalmente herida. Se incorpora con gran esfuerzo, canta una
romanza con su voz ms fuerte y expira entre los aplausos de la sala.
Todos los habitantes de Corf estn convencidos de que Juana ha muerto a
consecuencia, no slo de una herida, sino tambin de una serie de
gorgoritos.

El conde me ha dejado ir solo al teatro; y no obstante, ya sabe usted
si es apasionado de Verdi. No fue en una representacin del _Hernani_
cuando su mirada se encontr por primera vez con la de usted? Pero el
pobre muchacho se inmola materialmente a su deber. Qu marido, seora,
para aquella que sea su esposa definitiva!

Los peridicos nos han trado noticias de la China que usted ha debido
leer con tanto inters como nosotros. Parece que esa nacin ha tratado
ligeramente a dos misioneros franceses y que la _Nyade_ se ha puesto en
camino para castigar a los culpables. Si la _Nyade_ no ha cambiado de
comandante, esperaremos con impaciencia las noticias de la expedicin.
Cada uno para s y Dios para todos. Yo deseo todas las prosperidades
imaginables a mis amigos, sin desear, no obstante, la muerte de nadie.
Se dice que los chinos son psimos artilleros, aunque se alaben de haber
inventado la plvora. Sin embargo, no hace falta ms que un obs
clarividente para hacer la felicidad de muchas personas.

Adis, seora. Si yo le escribiese tanto como la amo, mi carta no
tendra fin. Pero, despus del placer de conversar con usted, es
necesario que acuda al cumplimiento de mi deber, que me llama desde la
habitacin vecina. Placer, deber! dos caballos muy difciles de uncir
juntos. Yo intento hacerlo lo mejor que puedo, y si no llego a conciliar
todas las cosas, es porque un hombre no puede maniobrar libremente entre
el yunque y el martillo. Aprcieme si puede, compadzcame si quiere, no
me maldiga, ocurra lo que ocurra, y si en el prximo correo recibe un
sobre orlado de negro, hgame el honor de creer firmemente que no tengo
ningn derecho a su reconocimiento.

Beso la mano ms linda de Pars.

CARLOS LE BRIS.


_La condesa viuda de Villanera a la seora de La Tour de Embleuse._

Villa Dandolo, 2 mayo 1853.

Mi querida duquesa; No dudo ya de que Germana est mejor. Nos hemos
cambiado de casa esta maana, o, mejor dicho, he sido yo quien lo he
tenido que hacer todo. Tena que arreglar los bales, envolver a la
enferma en algodn, vigilar al pequeo, buscar el coche y casi enganchar
los caballos. El conde no sirve para nada; es un talento de familia. En
Espaa se dice torpe como un Villanera. El doctor revoloteaba a mi
alrededor como un moscardn; he tenido que hacerle sentar en un rincn.
Cuando tengo prisa, no puedo sufrir que la tengan los dems; el que me
ayuda me incomoda. Y ese asno de Gil que se ha puesto enfermo en la
mejor ocasin! Voy a enviarle a Pars para que se cure, y le ruego que
me busque otro criado. Lo he hecho todo, prevenido todo y arreglado lo
mejor que he podido; he encontrado el medio de estar dentro y fuera, en
casa y en la calle. Afortunadamente las calles son magnficas; el
afirmado no tiene nada que envidiar al del bulevar. Hemos salido a las
diez, y ahora ya nos tiene usted instalados. He desembalado a mis
gentes, abierto mis paquetes, hecho mis camas, preparado la comida con
un cocinero indgena que quera echar pimienta en todo, incluso en las
sopas de leche. Han comido todos, paseado, vuelto a comer; ahora ya
duermen y yo le escribo sobre la almohada de Germana, como un soldado
sobre un tambor cuando ha terminado la batalla.

La victoria es nuestra, a fe de viejo capitn. Nuestra hija se curar,
estoy segura. Me ha hecho pasar, no obstante, quince noches
desagradables en esta ciudad de Corf. No se decida a dormir y tena
que mecerla como a un nio. Coma nicamente por darme gusto; nada le
apeteca, y cuando no se come, se acaban las fuerzas. No le quedaba ms
que un soplo de vida presto a extinguirse a cada instante, pero yo no
desesperaba nunca. Tenga usted valor; esta noche ha cenado, ha bebido
dos dedos de vino de Chipre y ahora duerme.

Haba odo decir muchas veces que una madre quiere a sus hijos en razn
de los disgustos que le dan; esto no lo saba por experiencia. Todos los
Villanera, de padre a hijo, son como los rboles que se plantan en el
campo y crecen. Pero desde que usted me confi el pobre cuerpo de esa
hermosa alma, desde que hago centinela alrededor de nuestra nia para
impedir que la muerte se aproxime, desde que he aprendido a sufrir, a
respirar y hasta a ahogarme con ella, siento latir mi corazn con una
fuerza inusitada. Yo no era madre ms que a medias, puesto que no haba
tenido ocasin de participar de los dolores de los otros. Ahora valgo
ms que antes, soy mejor, me encuentro en un plano superior. Es el dolor
el que nos hace semejantes a la madre de Dios, ese modelo de todas las
madres. _Ave Mara, mater dolorosa!_

No tema usted, mi pobre duquesa; Germana vivir. Dios no me hubiera
dado este profundo amor por ella, si hubiese resuelto arrancarla de este
mundo. Aquel que gobierna los corazones mide la violencia de nuestros
sentimientos con arreglo a la duracin de lo que amamos, y yo amo a
Germana como si hubiese de estar eternamente entre nosotros. La
Providencia se burla de la ambicin, de la avaricia y de todas las
pasiones humanas, pero respeta los afectos legtimos y no separa nunca a
los que se aman piadosamente en el seno de la familia. Por qu me
hubiera hecho conocer y amar a Germana si hubiese tenido el designio de
arrebatrmela de entre los brazos? Sera un juego cruel e indigno de la
bondad de Dios. Adems, el inters de nuestra raza est ligado a la vida
de esa nia. Si tuvisemos la desgracia de perderla, un da u otro
volvera a casarse don Diego. San Jaime, al que hemos dedicado dos
iglesias, no permitir que un nombre como el nuestro sea llevado por la
seora Chermidy.

No crea usted que espere nada del doctor Le Bris; los sabios no
entienden de esas cosas. El verdadero mdico, es Dios en el cielo y el
amor en la tierra. Las consultas, los medicamentos y todo lo que
compramos con dinero, no aumentan la suma de nuestros das. Ya ver
usted lo que hemos imaginado para que viva. Todas las maanas, mi hijo,
mi nieto y yo, rogamos a Dios que tome algo de nuestras vidas para
aadir a la de Germana. El pequeo une sus manos como nosotros; yo
pronuncio la oracin y ha de ser el Cielo muy sordo si no nos oye.

Don Diego ama a su mujer; ya se lo haba dicho a usted. La ama con un
amor puro, desprovisto de todas las impurezas terrestres. Si la amase de
otro modo, en el estado en que ella se encuentra, me producira horror.
Tiene por ella la adoracin religiosa que un buen cristiano dedica a la
santa de su iglesia, a la Virgen de su capilla, a la imagen casta y
velada que resplandece en el fondo del santuario. Los espaoles somos
as. Sabemos amar simplemente, heroicamente, sin ninguna esperanza
mundana, sin otra recompensa que el placer de caer de rodillas ante una
imagen venerada. Para nosotros, Germana no es otra cosa: la perfecta
imagen de las santas del Paraso. Cuando San Ignacio y sus gloriosos
compaeros se alistaron bajo el estandarte de Mara, dieron a todos los
hombres el ejemplo caballeresco del amor puro.

Cuando est curada, ah! entonces ya veremos. Espere usted solamente a
que la pobre virgencita plida haya recobrado los colores de la
juventud. Su cuerpo, hoy, no es ms que una urna de cristal transparente
con un alma en el fondo. Pero cuando la sangre regenerada circule por
sus venas, cuando el aire del cielo ensanche su pecho, cuando los
perfumes generosos de la campia hablen a su corazn y hagan latir sus
sienes, cuando el pan y el vino, esos presentes de Dios, hayan reparado
sus fuerzas, cuando un ardor impaciente la haga correr desalentada bajo
los grandes naranjos del jardn, entonces entrar en una nueva
belleza... y don Diego tiene ojos. Sabr establecer una diferencia entre
sus antiguos amores y su dicha presente. Seguramente no tendr que
mostrarle en qu grado una belleza noble y casta, realzada por todo el
brillo de la sangre y por todo el esplendor de la virtud, es superior a
los halagos impdicos de una bribona. Mientras tanto, ya est en buen
camino. En casi cuatro meses que hemos abandonado Pars, no ha escrito
ni recibido una carta; el olvido se hace en su corazn lejos de la
indigna que le perda. La ausencia que fortifica las pasiones honradas,
mata en muy poco tiempo aquellas que slo subsisten por el hbito del
placer.

Quiz tambin nuestra buena Germana llegue a participar de ese amor.
Hasta el presente es slo a m, de toda la familia, a quien quiere.
Claro est que no hablo del pequeo marqus: ya sabe usted que lo quiso
desde el primer da. En cambio manifiesta a mi pobre hijo una
indiferencia que se parece mucho al odio. Tambin es verdad que ya no le
maltrata como antes y soporta sus atenciones con una especie de
resignacin. Tolera su presencia, no se extraa de verle a su lado y se
va acostumbrando a l. Mas no es necesario ser un lince para leer en su
rostro una sorda impaciencia, un odio domado que se subleva a cada
instante, quizs el desprecio de una muchacha honrada por un hombre que
ha cometido faltas. Ay, pobre amiga ma! la indulgencia es una virtud
propia de nuestra edad; los jvenes no la practican. No obstante, debo
reconocer que Germana disimula con cuidado sus pequeos resentimientos.
Su cortesa con don Diego es irreprochable. Conversa con l horas
enteras sin dar muestras de cansancio; le escucha hasta con gusto; le
responde algunas veces y acoge sus ternezas con una dulzura fra y
resignada. Un hombre menos delicado no advertira que es aborrecido; mi
hijo lo sabe y la perdona. Ayer me deca: Es imposible detestar a los
amigos con ms encanto y bondad. Es el ngel de la ingratitud.

Cmo acabar todo esto? Bien, crame usted. Tengo confianza en Dios,
tengo fe en mi hijo y esperanza en Germana. Nosotros la curaremos,
incluso de su ingratitud, sobre todo si usted viene a ayudarnos. Ya
estoy enterada de que el duque camina como un buen muchacho por el
sendero de la virtud y de que los padres lo ponen como ejemplo a sus
hijos. Si usted pudiese dejarlo por uno o dos meses, sera recibida aqu
con los brazos abiertos. En el caso en que el encantador convertido
quisiera tambin tomar los aires del campo, le podramos preparar un
buen alojamiento.

Hasta muy pronto, pues, mi excelente amiga, querida hermana de mis
afectos y de mis dolores. La quiero cada vez ms, a medida que su hija
me va siendo ms querida. La distancia que nos separa no podr enfriar
una tan buena amistad; nos hemos visto poco y no nos escribimos mucho,
pero nuestras oraciones se confunden todos los das al pie del trono de
Dios.

CONDESA DE VILLANERA.

P. S. No se olvide usted de mi criado y sobre todo que sea joven.
Nuestros matusalenes del hotel Villanera no se aclimataran aqu.


_Germana a su madre._

Villa Dandolo, 7 mayo 1853.

Mi querida mam: El viejo Gil, que le entregar esta carta, le dir lo
bien que se est aqu. No es en Corf donde ha cogido las fiebres; fue
en la campia de Roma; de modo que no tenga usted ningn cuidado.

He estado bastante enferma despus de mi ltima carta, pero mi segunda
madre ha debido decirle que ya estoy mucho mejor. El seor de Villanera
quiz tambin le ha escrito; no le pido cuenta de sus actos. En cuanto a
m, estoy lo suficientemente fuerte desde hace algn tiempo para
emborronar cuatro carillas de papel; pero, querr usted creer que me
falta tiempo? Paso mi vida respirando; es una ocupacin muy agradable en
la que empleo diez o doce horas diarias.

Durante la crisis que he atravesado, he sufrido mucho. No recuerdo
haber estado tan mal en Pars. Puede usted creer que muchas personas en
mi lugar hubieran deseado la muerte. No obstante, yo me agarraba a la
vida con una obstinacin increble. Cmo se cambia! Y en qu consiste
que yo no vea las cosas con los mismos ojos?

Indudablemente en que hubiera sido muy triste morir lejos de usted, sin
que sus queridas manos me pudiesen cerrar los ojos. Por lo dems, no son
cuidados los que me faltan. Si hubiese sucumbido, como el doctor casi
esperaba, poda usted haber tenido un consuelo. Lo ms triste cuando
muere un ser querido lejos de nosotros debe ser el pensar que le habrn
faltado los cuidados que nosotros le hubiramos prodigado. A m, en
cambio, nada me falta y todos son muy buenos para m, incluso el seor
de Villanera. Espero, querida mam, que se repita usted esto muchas
veces si me ocurriese una desgracia.

Quiz tambin la amistad y la compasin de los que me rodean han
contribuido un poco a hacerme amar la vida. El da en que me desped de
usted y de mi padre, dije adis a todo. Yo no saba que los que me
acompaaban haban de ser para m una verdadera familia. El doctor es
perfecto; me trata como si esperase curarme. La seora de Villanera (la
autntica) es como usted misma. El marqus es un excelente hombrecito;
el viejo Gil me ha rodeado de atenciones. Yo no he querido entristecer a
todas esas gentes con el espectculo de mi agona y ya ve usted cmo he
salido del paso. Tanto peor para los que contaban con mi muerte; tendrn
que esperar bastante tiempo.

Usted me haba recomendado que le describiese nuestra casa para que su
pensamiento supiese dnde encontrarme cuando quisiera hacerme una
visita. El seor de Villanera, que dibuja bastante bien para ser un
gran seor, le enviar el plano del castillo y del jardn. Me he
atrevido a pedirle esta gracia; era preciso que fuese cosa de usted para
ello. Mientras tanto, contntese usted con saber que habitamos unas
ruinas sumamente pintorescas. Desde lejos, la casa parece una vieja
iglesia demolida durante la Revolucin. No hubiera podido creer nunca
que se pudiese vivir en su interior. Se llega al vestbulo por cinco o
seis rampas practicables para los carruajes y con un piso desigual y
accidentado, que, si se sostiene, es por la fuerza de la costumbre,
porque el cemento hace mucho tiempo que falta. Los aleles y las plantas
trepadoras se deslizan por todas las grietas y perfuman el camino como
un jardn. La casa est rodeada de rboles y a un cuarto de hora de la
poblacin ms prxima. No s an con exactitud de cuntos pisos se
compone; las habitaciones no estn todas las unas encima de las otras;
se dira que el segundo piso ha bajado hasta el nivel del suelo a causa
de un temblor de tierra. Por un lado no hay que subir ni bajar
escaleras; por el otro hay que descender con peligro de la cabeza. Es en
este laberinto, querida mam, donde tiene usted que buscar a su hija. Yo
misma me busco algunas veces y no me encuentro siempre.

Tenemos por lo menos veinte habitaciones intiles y una magnfica sala
de billar donde las golondrinas construyen sus nidos, pero no crea usted
que las haya arrojado de all. Qu soy aqu yo misma? Un pajarillo
lanzado de su nido por el fro. Mi habitacin es la mejor acondicionada
de toda la casa. Es grande como la Cmara de los diputados y est
pintada al leo de arriba abajo. Prefiero esto que el papel: es ms
limpio y sobre todo ms fresco. El seor de Villanera me ha hecho traer
de Corf un mobiliario nuevo, de fabricacin inglesa. Mi cama, mis
sillas y mis sillones se pasean a sus anchas en esta inmensidad. La
buena condesa duerme en una pieza inmediata, al lado del pequeo
marqus. Cuando digo que duerme, es para que no se enfade. La veo a mi
lado cuando me duermo, la encuentro en el mismo sitio al abrir los ojos,
pero me guardar muy bien de decirle que ha pasado la noche fuera de su
cama. El doctor ocupa una habitacin del mismo piso, pero ms alejada.
Se le ha instalado lo ms cmodamente que se ha podido. Los que cuidan a
los dems tienen la costumbre de cuidarse a s mismos. El seor de
Villanera campa no s dnde, bajo el tejado. Es que la casa tiene
verdaderamente tejado? Nuestros criados griegos e italianos duermen al
aire libre: es la costumbre del pas.

Mis balcones, en nmero de cuatro, dan al Levante y al Medioda. Desde
las nueve el aire y la luz inundan mi dormitorio. Me levantan, me visten
y abren los balcones uno a uno para que el aire del mar no me sorprenda
bruscamente. Hacia las diez, bajo a los jardines. Tengo dos a mi
disposicin: el uno al norte de la casa, limitado por un muro ms
complicado que la gran muralla de la China; el otro al Medioda, baado
por el mar. El jardn del norte est plantado de olivos, de azufaifos y
de nsperos del Japn. El otro es un enorme bosque de naranjos, de
higueras, de limoneros, de loes, de chumberas y de parras gigantescas
que lo invaden todo, que trepan a todos los rboles y se encaraman en lo
ms alto. El seor de Villanera deca ayer que la vid es la cabra del
reino vegetal. Es muy hermoso, mi pobre mam, correr de un lado a otro,
ir a todas partes con completa libertad. Yo nunca haba gozado de
semejante dicha. Pero si viviese!...

Comienzo ya a pasear valientemente por las alamedas. Hasta hace ocho
das eran impracticables, porque el jardinero del conde Dandolo es un
romntico puro, enamorado del hermoso desorden y de las gracias
melenudas. Hemos cortado los rboles a hachazos, ni ms ni menos que en
una selva virgen. He pedido clemencia para los naranjos, porque ya sabr
usted que me he reconciliado con el olor de las flores. Sin embargo, no
me las ponen en la habitacin; slo las tolero al aire libre. El perfume
que las flores cortadas exhalan en un lugar cerrado me sube al cerebro
como un olor de muerte, y esto me entristece. Pero cuando las plantas
florecen al sol, bajo la brisa del mar, yo me regocijo con ellas, tomo
parte en su dicha y se me ensancha el corazn. Qu hermosa es la
tierra! Y qu feliz todo el que vive! Sera muy triste abandonar este
mundo delicioso que Dios ha creado para el placer del hombre! Y, sin
embargo, hay gentes que se matan. Qu locos!

Decan en Pars que yo no vera brotar las hojas. No me hubiera
consolado de morir tan pronto, sin haber podido ver la primavera. Han
brotado esas queridas hojas de abril y yo estoy aqu para verlas. Las
toco, las huelo, las estrujo entre mis manos y las digo: Aun estoy
entre vosotras. Quiz me ser dado ver el esto bajo vuestra sombra. Si
hemos de caer juntas, ah! permaneced largo tiempo sobre esos hermosos
rboles, asos slidamente a las ramas y vivid para que yo viva.

Habr algo ms alegre, ms vivo, ms variado que los brotes nuevos?
Son blancos en los lamos y en los sauces, rojos en los granados, rubios
como mis cabellos en la copa de las verdes encinas, de color violeta en
las ramas de los limoneros. De qu color sern dentro de seis meses? No
pensemos en eso. Los pajarillos hacen sus nidos en los rboles; el mar
azul acaricia dulcemente la arena de la orilla; el sol generoso deposita
sus bienhechores rayos sobre mis pobres manos plidas y enflaquecidas;
siento circular en mis pulmones un aire dulce y penetrante como su voz
de usted, mi buena mam. Hay instantes en que me figuro que ese buen
sol, esos rboles en flor, esos pjaros que cantan, son otros tantos
amigos que piden gracia para m y que no me dejarn morir. Quisiera
tener amigos en toda la tierra, interesar a la Naturaleza entera en mi
suerte, emocionar hasta a las mismas piedras y que de los cuatro puntos
del mundo se elevase al cielo una tal lamentacin y una tal plegaria,
que Dios se conmoviese. El es bueno, es justo; yo no le he desobedecido
jams, nunca he hecho mal a nadie. No le costara gran trabajo dejarme
vivir con los dems, confundida entre la multitud de los seres que
respiran. Ocupo tan poco sitio! Y adems, no soy muy cara de mantener.

Por desgracia, hay gentes que se pondran luto si yo curase y que no se
consolaran jams si me viesen viva. Qu le vamos a hacer? Estn en su
derecho. He contrado una deuda y tengo el deber de pagarla.

Mi querida mam, qu piensa usted del seor de Villanera? Qu
concepto tienen de l en Pars? Es posible que un hombre tan sencillo,
tan paciente y tan dulce, sea un mal hombre? Me he fijado en sus ojos
por primera ver hace poco das; son unos hermosos ojos capaces de
engaar al ms listo.

Adis, mi buena madre; rece por m y vea si puede obtener de mi padre
que vaya un da a la iglesia con usted. Si l hiciera eso por su pequea
Germana, la conversin sera completa y yo quiz me salvara. Debe haber
una recompensa all arriba para los que conducen un alma a Dios. Pero
quin podr tener crdito en el cielo si no es usted, querida santa?

Con una ternura infinita soy siempre su respetuosa hija

GERMANA.

P. S. Los besos para mi padre son los que hay a la derecha de la firma;
los de usted son los de la izquierda.




VII

EL NUEVO DOMSTICO


El duque no ense a la seora Chermidy la carta de la condesa, pero le
hizo leer la de Germana.

--Ya ve usted--le dijo--; ha adelantado la mitad del camino en su
curacin.

Ella se esforz en sonrer y respondi:

--Usted es un hombre dichoso; todo le sale bien.

--Menos el amor.

--Paciencia!

--No se puede tener mucha a mi edad.

--Por qu?

--Porque no hay tiempo que perder.

--Quin es ese viejo Gil que le trae las cartas? un correo?

--No; es un ayuda de cmara que pide un substituto. La seora de
Villanera encarga a la duquesa que le busque un buen criado.

--Eso no es fcil en Pars.

--Hablar al mayordomo de mi amigo Sangli.

--Quiere usted que yo, por mi parte, le ayude tambin? _Le Tas_[E]
tiene siempre media docena de criados en la manga; es una verdadera
agencia de colocaciones.

--Si _le Tas_ tiene algn protegido que establecer, le tomar de muy
buena gana. Pero tenga usted en cuenta que lo que necesitamos es un
hombre de confianza, un enfermero.

--_Le Tas_ debe tener enfermeros; tiene de todo.

_Le Tas_ era la doncella de la seora Chermidy. No se la vea nunca en
el saln, ni siquiera por casualidad; pero los amigos ntimos de la casa
se sentan muy honrados de entablar conocimiento con ella. Era una
domstica con sus 120 kilos de peso, compatriota y hasta algo pariente
de la duea de la casa. Se llamaba Honorina Lavenaze, como su ama; pero
su deformidad haca que todo el mundo la conociera por _le Tas_. Aquel
fenmeno viviente, aquel montn de grasa, aquel paquidermo femenino,
haba seguido durante quince aos a la seora Chermidy en la buena y en
la adversa fortuna. Haba sido la cmplice de sus progresos, la
confidente de sus pecados, la encubridora de sus millones. Sentada en un
rincn del fuego, como un monstruo familiar, lea en las cartas el
porvenir de mam; la prometa el reino de Pars, como una bruja de
Shakespeare; la animaba en sus desfallecimientos, consolaba sus
disgustos, arrancaba sus cabellos blancos y la serva con una devocin
canina. No haba ganado nada a su servicio, ni rentas del Estado, ni
libreta en la Caja de ahorros, y no quera nada para s. Tena diez aos
ms que la seora Chermidy, y esto, as como su obesidad enfermiza, le
daba la seguridad de morir antes que ella y, desde luego, en su casa; no
se despide a un servidor que pueda llevarse nuestros secretos. Mientras
pudiese satisfacer sus necesidades, _le Tas_ no tena ni ambicin, ni
codicia, ni vanidad personal; se consideraba rica, brillante y
triunfante en la persona de su bella prima. Aquellas dos mujeres,
estrechamente unidas por una amistad de quince aos, formaban un solo
individuo. Era una cabeza con dos caras, como la mscara de los cmicos
de la antigedad. De un lado, sonrea al amor, del otro haca muecas al
crimen. La una se mostraba porque era hermosa; la otra se ocultaba
porque hubiera causado horror.

La seora Chermidy prometi al duque ocuparse en su asunto. Aquel mismo
da, efectivamente, habl con _le Tas_ acerca del criado que se podra
enviar a Corf.

La linda arlesiana estaba bien decidida a cortar en flor la curacin de
Germana, pero era demasiado prudente para emprender nada por su cuenta y
riesgo. Saba que un crimen es siempre una torpeza y su situacin era
muy envidiable para que se expusiera a perderla en un mal negocio.

--Tienes razn--le dijo _le Tas_--, nada de sangre. Hay que dejar eso.
Un crimen nunca aprovecha a su autor; slo resulta til a los otros. Se
mata a un rico en la carretera y se le encuentran cien sueldos en el
bolsillo. Todo lo dems va a parar a los herederos.

--Pero aqu soy yo la que hereda!

--No heredaras si te sorprendiesen en un delito. Por de pronto, ella
puede morir de muerte natural. Y si esto no bastase, puede haber alguien
que la ayude, pero sin nuestra intervencin.

--Qu hacer, pues?

--Interesar a alguien en la muerte de Germana. Suponte un enfermo que
dijese a los que la asisten: muchachos, cuidadme bien; el da de mi
muerte tendris todos mil francos de renta. Crees t que ese hombre
vivira mucho tiempo? Creo que sera fcil encontrar un mozo inteligente
que interpretase a su manera las rdenes del mdico. Se le daran sus
mil francos de renta, y los herederos...

--Heredaran. Comprendo perfectamente. Pero, es tan difcil la
eleccin! Y si tropezsemos con un hombre honrado?

--Es que los hay?

--_Le Tas_, calumnias al gnero humano. No hay muchos hombres capaces de
jugarse la cabeza por mil francos de renta.

--Estoy segura de que si envisemos all abajo un hombrecillo que yo
conozco, un verdadero bribn de Pars, plido como una manzana que no ha
madurado, mimado por los otros criados, celoso de aquellos a quienes
sirve, envidioso del lujo que le rodea, vicioso como un sumiller, al
cabo de quince das se habra hecho cargo del porvenir que se le
ofreca.

--Tal vez. Pero y si erraba el golpe?

--Entonces habra que echar mano de un hombre de experiencia; buscar un
prctico que tenga costumbre de esas cosas.

--Veo que te acuerdas de Toln, hija ma.

--Toma! all hay sujetos muy a propsito para eso.

--Es que quieres que vaya a buscar un criado al presidio?

--Los hay que ya han cumplido.

--Dnde encontrarlos?

--Bscalos. Creo que vale la pena dar con el que nos hace falta.

Algunas horas despus de esta conversacin, la seora Chermidy, bella
como la virtud, haca los honores de su saln a personas de las ms
respetables de Pars.

Entre los concurrentes de su casa haba un viejo soltern de humor
alegre, de conversacin espiritual, gran aficionado a los libros nuevos,
asiduo a las primeras representaciones y muy conocedor de historias
inditas; tan irreprochable en la eleccin de sus palabras como en la de
sus trajes, y fiel a las tradiciones de la antigua galantera francesa.
Era jefe de negociado en la prefectura de polica.

La seora Chermidy le sirvi con sus propias manos una taza de te, al
mismo tiempo que le diriga una sonrisa inefable. Convers largo tiempo
con l, le oblig a agotar su repertorio y oy con el mayor inters
cuanto le plugo contarle. Por la primera vez, despus de muchos aos,
cometi una injusticia con sus amigos y se apart de su imparcialidad
habitual.

El excelente hombre se crea estar en el cielo y tamborileaba con sus
dedos sobre la pechera de su camisa con una satisfaccin visible.

No obstante, como no hay compaa, por buena que sea, a la que no haya
que dejar, el seor Domet se dirigi discretamente hacia la puerta
cuando faltaban pocos minutos para media noche. Aun quedaban veinte
personas en el saln. La seora Chermidy lo llam en voz alta con la
graciosa desenvoltura de un ama de casa que no perdona a los desertores.

--Querido seor Domet--le dijo--, es usted demasiado encantador para que
le devuelva tan pronto la libertad. Venga usted aqu, a mi lado, y
cunteme otra de esas historias tan interesantes que sabe usted.

El excelente hombre obedeci con muy buena voluntad, aunque tena por
principio acostarse pronto y levantarse temprano. Pero protest diciendo
que haba agotado toda su provisin y que, a menos de inventar, ya no
tena nada que contar. Algunos amigos de la casa formaron un crculo a
su alrededor con objeto de importunarle. Se le hicieron mil preguntas
ms indiscretas las unas que las otras; le preguntaron la verdad sobre
la _Mscara de hierro_, se le incit a que dijese el verdadero nombre
del autor de las _Cartas de Junio_, se le pidieron detalles sobre el
anillo de Gyges, sobre la Conspiracin de las plvoras, sobre el Consejo
de los Diez y por si aun esto fuera poco se le invit a que expusiera su
opinin sobre los resortes de gobierno. El seor Domet respondi a todo
alegremente, rpidamente, con ese buen humor de las personas de edad
que es el fruto de una vida tranquila. Pero no estaba completamente
tranquilo y se remova en su silln como un pescado en la sartn. La
seora Chermidy, siempre bondadosa, acudi en su auxilio y le dijo:

--Soy yo quien le he entregado a los filisteos; es justo que sea yo
tambin quien le libre de sus manos, pero con una condicin.

--Acepto con los ojos cerrados, seora.

--Se dice que casi todos los crmenes que se cometen son ejecutados por
gentes que ya han tenido que ver con la justicia, por licenciados de
presidio. Es sa la palabra?

--S, seora.

--Pues bien; explquenos usted lo que es un licenciado de presidio.

El amable funcionario se quit sus lentes, los limpi con el pauelo y
volvi a colocarlos sobre su nariz. Todos los que quedaban en el saln
se reunieron a su alrededor y se dispusieron a escuchar. El duque de La
Tour de Embleuse se coloc tranquilamente al lado de la chimenea sin
sospechar que asista al asesinato de su hija. Las gentes de mundo
tienen una curiosidad de _gourmet_ y los pequeos misterios del crimen
son un plato de exquisito gusto para los espritus estragados.

--Dios mo! seora--dijo el jefe de negociado--, si es una simple
definicin lo que usted pide, no tardar en estar en la cama. Los
licenciados de presidio son aquellos que ya han cumplido su condena.
Permtame usted que le bese la man y me despida.

--Cmo! Eso es todo?

--Absolutamente. Y tenga usted en cuenta que yo soy, en Francia, el
hombre que mejor conoce a esas gentes. No he visto ni uno solo, pero
tengo sus expedientes entre mis papeles; conozco su pasado, su presente,
su profesin, su residencia y podra enumerarlos a todos por sus
nombres, apellidos, nombres falsos y apodos.

--As es como Csar (sea dicho sin comparacin) conoca a todos los
soldados de su ejrcito.

--Csar, seora, mejor que un gran capitn, fue el primer jefe
administrativo de su poca.

--Y haba licenciados de presidio en la repblica romana?

--No, seora, y bien pronto tampoco los habr en Francia. Nosotros
comenzamos a imitar el ejemplo de los ingleses que han reemplazado el
presidio por la deportacin. La seguridad pblica ganar y la
prosperidad de nuestras colonias no perder nada. El presidio era la
escuela de todos los vicios; los deportados se moralizan por el trabajo.

--Tanto peor! Yo echo de menos los licenciados de presidio. Ser una
prdida sensible para los autores de folletines. Pero, en fin, seor
Domet, qu es de esas gentes? Qu hacen? Qu dicen? Dnde viven?
Cmo van vestidos? Dnde se les encuentra? Cmo se les puede
reconocer? Aun van marcados?

--Algunos; los decanos de la orden. La marca ha sido suprimida en 1791,
restablecida en 1806, y abolida definitivamente por la ley de 28 de
abril de 1832. Un licenciado de presidio se parece en todo a un hombre
honrado. Se viste como quiere y ejerce la profesin que se le ha
enseado. Desgraciadamente casi todos han aprendido a robar.

--Pero habr buenas gentes entre ellos?

--No muchas. Figrese usted, con la educacin del presidio! Adems, les
es bastante difcil ganar su vida honradamente.

--Por qu?

--Son conocidos sus antecedentes y los patronos no se muestran muy
aficionados a admitirlos. Sus compaeros de taller los desprecian. Si
tienen dinero y se establecen por su cuenta, no encuentran obreros.

--Se les reconoce, pues? De qu modo? Si alguno quisiera entrar a mi
servicio, cmo podra yo saber quin era?

--No tenga usted cuidado. Les est prohibida la residencia en Pars,
porque la vigilancia sera muy difcil. Se les seala una residencia en
provincias, en una ciudad pequea, y la polica local no los pierde de
vista.

--Y si viniesen a Pars sin permiso?

--Entonces habran infringido la orden y les haramos deportar de nuevo,
en virtud de un decreto de 8 de diciembre de 1851.

--As, ya no queda ninguno en esas viviendas especiales?

--El consejo municipal del departamento del Sena ha hecho demoler las
casas de que usted habla. Ya no hay guaridas para la caza, ni caza para
las guaridas.

--Bondad divina! estamos en la edad de oro! Seor Domet, usted deshoja
mis ilusiones una por una. Qu manera de quitar poesa a la vida!

--Hermosa dama, la vida no carecer jams de poesa para los que tengan
la dicha de ver a usted.

Este cumplimiento fue disparado con una tal ampulosidad de galantera
burguesa, que toda la asamblea aplaudi. El seor Domet se ruboriz
hasta el blanco de los ojos y mir las puntas de sus zapatos. Pero la
seora Chermidy le llam de nuevo a la cuestin.

--Dnde estn los licenciados de presidio? Los hay en Vaugirard?

--No, seora, en el departamento del Sena no hay ninguno.

--Los hay en Saint-Germain?

--No.

--En Compigne?

--No.

--En Corbeil?

--S.

--Cuntos?

--Usted espera cogerme en falta?

--Con eso cuento.

--Pues bien, hay cuatro.

--Sus nombres? Vamos, Csar!

--Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

--Toma! Las primeras slabas de esos nombres forman una palabra.

--Usted ha adivinado en seguida el secreto de mi mnemotecnia.

--Repita usted: Rabichon...

--Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

--Es curioso. Ahora todos somos tan sabios como usted. Rabichon,
Lebrasseur, Chassepie y Mantoux. Y qu hacen esas buenas gentes?

--Los dos primeros estn provisionalmente en un almacn de papel; el
tercero es jardinero y el cuarto tiene una cerrajera.

--Seor Domet, es usted un grande hombre; perdneme si he dudado de su
erudicin.

--Mientras que no dude de mi obediencia!

El seor Domet parti; era la una y todos se levantaron el uno despus
del otro. Besaron religiosamente, como un relicario, aquella pequea
mano blanca que acariciaba la esperanza de un crimen. Al despedirse, la
hermosa mujer aun repeta: Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

El duque fue el ltimo en salir.

--En qu piensa usted?--le dijo--; parece usted preocupada.

--Pienso en Corf.

--Piense usted en los amigos de Pars.

--Buenas noches, seor duque. Creo que _le Tas_ ha encontrado un
domstico. Maana ir a informarse y uno de estos das hablaremos de
ello.

Al da siguiente, _le Tas_ tom el tren de Corbeil. Se hosped en el
hotel de Francia y se puso inmediatamente a recorrer la ciudad. Visit
las papeleras, compr flores a todos los jardineros y se pase por
todas las calles. El domingo por la maana perdi la llave de su saco de
viaje y se dirigi a un pequeo establecimiento de cerrajera de la
carretera de Essonne donde soplaba el fuelle a pesar de la ley del
descanso dominical. La muestra ostentaba este letrero: _Mantoux Poca
Suerte, cerrajero_. El dueo era un hombre pequeo, de treinta a treinta
y cinco aos, moreno, bien formado, vivo y despejado. No haba necesidad
de mirarle dos veces para ver a qu religin perteneca. Era de los que
hacen del sbado su domingo. El afn del lucro brillaba en sus pequeos
ojos y su nariz se asemejaba al pico de un ave de rapia. _Le Tas_ le
rog que pasase al hotel para forzar una cerradura, lo que Mantoux llev
a cabo como hombre experimentado. _Le Tas_ le retuvo a su lado por los
encantos de la conversacin. Le pregunt si estaba contento de sus
negocios, y le respondi como hombre disgustado de la vida. Nada le
haba salido bien desde que estaba en el mundo. Haba servido como
_groom_ y su dueo lo despidi. Entr despus como aprendiz en casa de
un mecnico y la susceptibilidad de algunos clientes le hizo abandonar
el establecimiento. A los veinte aos quiso hacer con algunos amigos un
negocio magnfico: un trabajo de cerrajera que deba proporcionar una
fortuna a cada uno de los asociados. A pesar de su celo y de su
habilidad, fracasaron vergonzosamente, y despus hubo de remar diez
aos sin poderse levantar de su cada. Desde entonces todos le llamaban
_Poca Suerte_. Ultimamente haba venido a establecerse en Corbeil,
despus de una larga permanencia en el Midi. Las autoridades de la
ciudad le conocan a fondo y se interesaban por su suerte; de cuando en
cuando reciba la visita del seor comisario de polica. No obstante, el
trabajo no abundaba en su taller y eran pocas las casas que estaban
abiertas para l.

_Le Tas_ comparti sus pesares y le pregunt por qu no iba a buscar
fortuna a otro sitio.

_Poca Suerte_ respondi melanclicamente que no tena ganas ni medios de
viajar. Tendra que estar all largo tiempo. La cabra no tiene ms
remedio que ramonear all donde la atan.

--Aunque no haya nada que ramonear?--pregunt _le Tas_.

El, por toda respuesta, inclin la cabeza.

_Le Tas_ le dijo:

--Si no me equivoco, y me parece que no, usted es un excelente hombre,
como yo soy una buena muchacha. Por qu no intenta usted colocarse en
una buena casa, puesto que ya ha servido? Yo estoy en Pars, en casa de
una seora sola que me trata muy bien; y no me sera difcil encontrarle
algo por el estilo.

--Le doy las gracias de todo corazn; pero me est prohibida la estancia
en Pars.

--Por el mdico?

--S, estoy delicado del pecho.

--Precisamente la plaza que le ofrezco no es en Pars. Es fuera de
Francia, all por Turqua, en un pas donde los tsicos van a curarse
calentndose al sol.

--Si la casa es buena, eso me gustara mucho. Pero necesito muchas cosas
para pasar la frontera: dinero, pasaportes, y no tengo nada de eso.

--Nada le faltar si usted conviene a la seora. Pero sera conveniente
permanecer en Pars aunque no fuese ms que una o dos horas.

--Eso es fcil. No me ocurrira nada aunque pasase un da entero.

--Seguramente.

--Si nos arreglamos, yo quisiera poner otro nombre en mi pasaporte. Ya
he usado bastante el mo, no me ha trado ms que desgracia, y quisiera
dejarlo en Francia junto con mis vestidos viejos.

--Tiene usted razn. Eso es lo que se llama cambiar de piel. Ya hablar
de usted a la seora y si se arregla todo, le escribir.

_Le Tas_ volvi la misma noche a Pars. Mantoux, llamado _Poca Suerte_,
crey haber hallado un hada bienhechora bajo la envoltura de un
elefante. Los sueos ms dorados fueron a sentarse a su cabecera. So
que era a la vez rico y honrado y que la Academia francesa le conceda
un premio a la virtud de cincuenta mil francos de renta. El lunes por la
tarde recibi una carta, levant su destierro y se present el martes
por la maana en casa de la seora Chermidy. Se haba cortado la barba
y los cabellos, pero _le Tas_ se guard bien de preguntarle por qu.

El esplendor de la casa lo deslumbr; la dignidad severa de la seora
Chermidy le impuso el mayor respeto. La hermosa bribona haba adoptado
una cara de procurador imperial. Lo hizo comparecer ante ella y lo
interrog sobre su pasado como mujer que no se equivoca. El minti como
un prospecto y ella hizo ver que lo crea en absoluto. Cuando le hubo
dado todos los informes deseables, le dijo:

--Bueno, muchacho, la plaza que le voy a dar a usted es de confianza.
Uno de mis amigos, el seor de La Tour de Embleuse, busca un domstico
para su hija que se halla moribunda en el extranjero. Tendr muy buen
sueldo y 1.200 francos de renta vitalicia cuando la enferma muera. Est
desahuciada por todos los mdicos. El sueldo le ser pagado por la
familia; en cuanto a la renta, le respondo yo. Prtese usted como un
buen servidor y espere pacientemente el fin: no perder nada con
esperar.

Mantoux jur por el Dios de sus padres que cuidara a la joven dama como
una hermana de la caridad y que la obligara a vivir cien aos.

--Est bien--respondi la seora Chermidy--; usted nos servir a la mesa
esta noche y le presentar al seor duque de La Tour de Embleuse.
Mustrese a l tal como es usted y yo le respondo que le admitir.

Ocurra lo que ocurra, aadi para s misma, ese bribn ver en m a
una inocente y no a su cmplice.

Mantoux sirvi a la mesa, no sin haber tomado una buena leccin de su
protectora _le Tas_. Los invitados eran cuatro: haba otros tantos
criados para cambiar los platos, y el cerrajero no tena ms que mirar
lo que hacan los otros. La seora Chermidy se haba propuesto darle una
leccin de toxicologa. No juzgaba intil ensearle el empleo de los
venenos, y haba elegido, en consecuencia, a los convidados. Estos eran
un magistrado, un profesor de medicina legal y el seor de La Tour de
Embleuse.

Aparentando indiferencia hizo recaer la conversacin sobre el captulo
de los venenos. Los hombres que profesan esta materia delicada, son
generalmente avaros de su ciencia, pero algunas veces, en la mesa, se
olvidan. Tal secreto que se guarda cuidadosamente al pblico, puede
contarse confidencialmente cuando se tiene por auditorio a un
magistrado, a un gran seor y a una linda dama cinco o seis veces
millonaria. Con los criados no se cuenta: est convenido que no tienen
odos.

Desgraciadamente para la seora Chermidy, los venenos llegaron antes que
el Champaa. El doctor se mostr prudente, brome mucho y no cometi la
menor imprudencia. Se recre en las curiosidades arqueolgicas, asegur
que la ciencia de los venenos no haba progresado, que habamos perdido
las frmulas de Locusta, de Lucrecia Borgia, de Catalina de Mdicis y de
la marquesa de Brinvilliers, y lament, riendo, la prdida de tan
hermosos secretos, llor por el veneno fulminante del joven Britnico,
por las guantes perfumados de Juana de Albret, los polvos de sucesin y
el licor de familia que cambiaba el vino de Chipre en vino de Siracusa;
en su revista no olvid tampoco el ramo fatal de Adriana Lecouvreur. La
seora Chermidy pudo observar que el cerrajero escuchaba atentamente.

--Hblenos usted de venenos modernos--dijo al doctor--, de los venenos
empleados en nuestros das, de venenos en servicio activo.

--Ay seora!--contest--. Estamos en plena decadencia. No es difcil
matar a las gentes: un pistoletazo basta y sobra para ello. Pero se
trata de matar sin que queden vestigios. El veneno no es bueno para otra
cosa y sa es la nica ventaja sobre la pistola. Desgraciadamente, en el
mismo instante en que sale un txico nuevo, se descubre un medio de
comprobar su presencia. El demonio del bien tiene las alas tan poderosas
como el genio del mal. El arsnico es un buen obrero, pero ah est el
aparato de March para vigilar la obra. La nicotina no es una tontera,
la estricnina tambin es un buen producto; pero el seor magistrado sabe
tan bien como yo que la estricnina y la nicotina han encontrado ya sus
fiscales, es decir, sus reactivos. Se ha adoptado el fsforo con un
fundamento de razn, apoyndose en lo siguiente: El cuerpo humano
contiene fsforo en cantidad apreciable; si el anlisis qumico lo
descubre en el cuerpo de la vctima, se podr decir que es la
Naturaleza quien lo ha puesto all; pero ay! no nos ha costado tampoco
mucho trabajo demostrar la diferencia entre el fsforo natural y el
ingerido. No es, pues, difcil matar a una persona, pero es casi
imposible hacerlo impunemente. Yo podra indicar a usted el medio de
envenenar a veinticinco personas a la vez, en una habitacin cerrada,
sin darles ningn brebaje. El ensayo no costara ni dos reales, pero al
asesino le costara la cabeza. Un qumico de mucho talento ha inventado
recientemente una composicin sutil que tambin tiene su encanto.
Rompiendo el tubo que la contiene, las gentes caeran como moscas, pero
no se podra convencer a nadie de que la muerte haba sido natural.

--Doctor--pregunt la seora Chermidy--, qu es el cido prsico?

--El cido prsico o cianhdrico, seora, es un veneno muy difcil de
fabricar, imposible de adquirir, imposible de conservar puro, aun en
recipientes negros.

--Y deja trazas?

--Magnficas! Tie a las gentes de azul; as es cmo se ha descubierto
el azul de Prusia.

--Usted se burla de nosotros, doctor. Usted no tiene respeto ni por
aquello que hay de ms sagrado en el mundo: la curiosidad de una mujer.
Me han hablado de un veneno de Africa o de Amrica que mata a los
hombres con la cantidad que cabe en una punta de alfiler. Es una
invencin de los novelistas?

--No, es una invencin de los salvajes. Se unta con l la punta de las
flechas. Lindo veneno, seora; no hace languidecer a sus vctimas; es el
rayo en miniatura. Lo ms curioso es que se le puede comer impunemente.
Los salvajes lo emplean en las salsas y en los combates, en la guerra y
en la cocina.

--Acaba usted de decir su nombre y ya no me acuerdo.

--No lo he dicho, seora, pero estoy dispuesto a hacerlo. Es el
_curare_. Se vende en Africa, en las montaas de la Luna. El comerciante
es antropfago.

La seora Chermidy dej a un lado sus venenos para dedicarse a sus
invitados. El doctor guard cuidadosamente el depsito terrible que todo
mdico lleva consigo. Pero el duque qued muy bien impresionado de la
atencin y del inters de Mantoux. Desde entonces quedaba al servicio de
su hija.




VIII

LOS BUENOS TIEMPOS


Cuando se lee una historia de la Revolucin francesa se sorprende uno
grandemente al encontrar meses enteros de paz profunda y de dicha
completa. Las pasiones estn adormecidas, los odios descansan, los
temores desaparecen, los partidos rivales marchan como hermanos cogidos
de la mano, los enemigos se besan en la plaza pblica. Esos hermosos
das son como un alto preparado de etapa en etapa en un camino
sangriento.

Altos parecidos se encuentran en la vida ms agitada y ms desgraciada.
Las revoluciones del alma y del cuerpo, las pasiones y las enfermedades
tambin necesitan algunos instantes de reposo. El hombre es un ser tan
dbil que no puede obrar ni sufrir continuamente. Si no se detuviese de
cuando en cuando, pronto agotara sus fuerzas.

El verano de 1853 fue para Germana uno de esos momentos de reposo que
tanto convienen a la debilidad humana. Y a fe que se aprovech de ello;
se recre en su dicha y adquiri algunas fuerzas para las pruebas por
que aun tena que pasar.

El clima de las islas Jnicas es de una dulzura y una regularidad sin
igual. All el invierno no es otra cosa que la transicin del otoo a la
primavera; los veranos son de una serenidad fatigosa. De cuando en
cuando se ve una nube pasajera sobre las siete islas, pero no se detiene
nunca. Se pasan hasta tres meses esperando una gota de agua. En aquel
rido paraso no se dice: Aburrido como la lluvia, sino: Aburrido como
el buen tiempo.

El buen tiempo no aburra a Germana; la curaba lentamente. El seor Le
Bris asista a aquel milagro del cielo azul; dejaba obrar a la
Naturaleza y segua con un inters apasionado la accin lenta de un
poder superior al suyo. Era demasiado modesto para atribuirse el honor
de la cura, y confesaba ingenuamente que la nica medicina infalible es
la que viene de lo alto.

No obstante, para merecer la ayuda del Cielo, l tambin ayudaba un
poco. Haba recibido de Pars el yodmetro del doctor Chartroule con una
provisin de cigarrillos yodados. Estos cigarrillos, compuestos de
hierbas aromticas y de plantas calmantes en infusin con una disolucin
de yodo, haciendo llegar el medicamento hasta los pulmones,
acostumbraban a los rganos ms delicados a la presencia de un cuerpo
extrao y preparaban al enfermo para aspirar el yodo puro a travs de
los tubos del aparato. Por desgracia, el aparato lleg destrozado,
aunque hubiese sido embalado por el mismo duque y conducido con los
mayores cuidados por el nuevo domstico. Era necesario pedir otro, y
esto requera tiempo.

Al cabo de un mes de aquel tratamiento anodino, Germana experimentaba ya
una mejora sensible. Estaba menos dbil durante el da; soportaba mejor
las fatigas de un largo paseo y cada vez acuda con menos frecuencia a
su cama de reposo. Su apetito era ms vivo, y sobre todo ms constante;
ya no rechazaba los alimentos casi sin haberlos probado. Coma, digera
y dorma bastante bien. La fiebre de la cada de la tarde haba
disminuido; los sudores que inundan por las noches a los tsicos, no
eran tan abundantes.

El corazn de la enferma no tard tambin en entrar en convalecencia. Su
desesperacin, su humor hurao y el odio a los que la amaban, cedieron
la plaza a una melancola dulce y benvola. Se consideraba tan dichosa
al sentirse renacer, que hubiera querido dar las gracias al cielo y a la
tierra.

Los convalecientes son nios grandes que se asen, por miedo de caer, a
todo lo que les rodea. Germana retena a sus amigos a su lado; tema a
la soledad; quera ser tranquilizada a todas horas; continuamente deca
a la condesa: Verdad que estoy mejor? Y luego, en voz ms baja,
aada: Me morir? La condesa le responda riendo: Si la muerte
viniese por usted yo le enseara mi cara y ya tendra buen cuidado de
escaparse. La condesa estaba orgullosa de su fealdad, como las otras
mujeres lo estn de su belleza. La coquetera es infinita.

Don Diego esperaba pacientemente que Germana le comprendiese. Era
demasiado delicado y demasiado orgulloso para importunarla con sus
cumplimientos, pero siempre estaba dispuesto a dar el primer paso cuando
ella le llamase con la mirada. Para la joven se haba hecho ya una dulce
costumbre el espectculo de aquella amistad discreta y silenciosa. El
conde tena en su fealdad algo de heroico y de grande que las mujeres
aprecian ms que la hermosura. No era de aquellos que hacen conquistas,
pero s de los que inspiran pasiones. Su larga cara cetrina, sus grandes
manos bronceadas contrastaban con cierta brillantez con su traje blanco.
Sus grandes ojos negros dejaban escapar relmpagos de dulzura y de
bondad; su voz fuerte y metlica adquira a veces inflexiones suaves.
Germana acab por encontrar un parecido entre aquel grande de Espaa y
un len amansado.

Cuando se paseaba por el jardn bajo los viejos naranjos, apoyada en el
brazo de la vieja o arrastrando al pequeo Gmez, el conde la segua de
lejos, sin afectacin, con un libro en la mano. No adoptaba los aires
melanclicos de un enamorado, ni confiaba sus suspiros al viento. Ms
bien se le hubiera tomado por un padre indulgente que quiere vigilar a
sus hijos sin intimidarlos en sus juegos. Su afecto por Germana se
compona de caridad cristiana, de compasin por la debilidad y de
aquella alegra agridulce que un hombre de corazn encuentra en el
cumplimiento de los deberes difciles. Quiz tambin haba en aquel
sentimiento algo de legtimo orgullo. Constitua, efectivamente, una
hermosa victoria arrancar una presa cierta a la muerte y crear de nuevo
un ser que la enfermedad casi haba destruido. Los mdicos conocen ese
placer y consagran toda su amistad a los que han sacado del otro mundo;
tienen por ellos la ternura del criador por la criatura.

El hbito, que lo vence todo, haba acostumbrado a Germana a hablar con
su marido. Cuando se ve a una persona desde la maana a la noche, no hay
odio que dure; se habla, se responde, esto no compromete a nada; pero,
la vida no es posible ms que a este precio. Ella le llamaba don Diego;
l sencillamente Germana.

Un da de mediados del mes de junio, estaba tendida en el jardn sobre
unos tapices de Esmirna. La seora de Villanera, sentada a su lado,
desgranaba maquinalmente un grueso rosario de coral, y el pequeo Gmez
recoga naranjas del suelo para atiborrarse los bolsillos. En aquel
momento pasaba el conde con un libro en la mano. Germana se incorpor y
le invit a tomar asiento. El obedeci sin hacerse de rogar y guard el
libro en el bolsillo.

--Qu lea usted?--pregunt ella.

--Va usted a rerse de m. El griego--contest ruborizndose como un
colegial.

--El griego! Usted sabe leer el griego! Y un hombre como usted ha
podido entretenerse aprendiendo el griego?

--Una verdadera casualidad. Mi preceptor hubiera podido resultar un
imbcil como los dems, no es cierto?, pues bien, me encontr con que
era un sabio.

--Y usted lee el griego por placer?

--A Homero, s. Esto es la _Odisea_.

--S--dijo simulando un pequeo bostezo--. Ya haba ledo eso en
Bitaub. Era un libro con un cuchillo y un casco en la cubierta.

--Siendo as, le extraara a usted mucho si le leyese a Homero en
Homero; seguramente no le reconocera.

--Muchas gracias! no me gustan las historias de batallas.

--No las hay en la _Odisea_. Es una novela de costumbres, la primera que
se haya escrito, y quizs la ms hermosa. Nuestros autores a la moda, no
inventarn nada ms interesante que la historia de ese propietario
campesino que ha dejado su casa para ganar dinero, que vuelve despus de
veinte aos de ausencia, que encuentra a su regreso un ejrcito de
faquines instalados en su casa para galantear a su mujer y comerse su
pan y que los mata a flechazos. Hay ah un drama interesante, incluso
para el pblico de los bulevares. Nada falta, ni el fiel servidor Eumeo,
ni el pastor que hace traicin a su amo, ni las criadas juiciosas, ni
las criadas locas. El nico defecto de esta historia es que siempre nos
la han servido con una traduccin llena de nfasis. Han cambiado en
otros tantos reyes los jvenes rsticos que cortejaban a Penlope; han
convertido la granja en palacio y han prodigado el oro por todas partes.
Si yo me atreviese a traducirle solamente una pgina, quedara usted
maravillada de la verdad sencilla y familiar del relato; usted vera con
qu alegra ingenua habla el poeta del vino tinto y de la carne
suculenta: y con qu admiracin, de las puertas bien cerradas y de las
mesas bien acepilladas. Vera usted sobre todo con qu exactitud est
descrita la Naturaleza y reconocera en mi libro el mar, el cielo y la
campia que ahora estamos contemplando.

--Probemos, pues--dijo Germana--. Si me duermo, ya lo ver usted.

El conde obedeci muy a gusto y comenz a traducir el primer canto a
libro abierto, desarrollando ante los ojos de Germana el bello estilo
homrico, ms rico, ms pintoresco y ms centelleante que los
brillantes tejidos de Beyruth y de Damasco. Su traduccin era tanto ms
libre cuanto que no entenda bien todas las palabras, pero entenda
perfectamente al poeta. Abrevi algunas descripciones demasiado largas,
interpret a su modo ciertos pasajes curiosos y a todo aadi un
comentario inteligente. En resumen, consigui interesar a su querido
auditorio, a excepcin del marqus de los Montes de Hierro que chillaba
como un condenado para interrumpir la lectura. Los nios son como los
pjaros; cantan cuando se habla delante de ellos.

Yo no s si los jvenes esposos llegaron hasta el final de la _Odisea_,
pero don Diego haba encontrado el medio de despertar el inters de su
mujer, y esto era mucho. Germana adquiri la costumbre de orle leer y
de encontrarse bien en su compaa y no tard en ver en l un espritu
superior. Era demasiado tmido para hablar en su propio nombre, pero la
vecindad de un gran poeta le daba atrevimiento y sus ideas personales
iban saliendo a la superficie bajo la proteccin del pensamiento de los
otros. Dante, Ariosto, Cervantes, Shakespeare, fueron los sublimes
intermediarios que se encargaron de aproximar aquellas dos almas y de
infundirlas cario. Germana no se senta humillada por su ignorancia ni
ante la superioridad de su marido. La mujer se siente orgullosa de no
ser nada en comparacin del que ama.

Pronto adoptaron el hbito de vivir juntos y de reunirse en el jardn
para hablar y para leer. Lo que constitua el encanto de aquellas
reuniones, no era la alegra; era una cierta serenidad tranquila y
amistosa. Don Diego no saba rer y la risa de su madre se asemejaba a
una mueca nerviosa. El doctor, franco y alegre como un champas,
pareca dar la nota discordante cuando arrojaba su grano de sal en la
conversacin. Germana aun tosa alguna vez y conservaba en su cara la
expresin inquieta que da el presentimiento de la muerte. Y no obstante,
aquellos das de verano sin nubes haban sido los primeros das dichosos
de su juventud.

Cuntas veces, en aquella intimidad de la vida de familia, fue turbado
el espritu del conde por el recuerdo de la seora Chermidy? Nadie lo ha
sabido y yo tampoco me aventurar a decirlo. Es probable que la soledad,
la ociosidad, la privacin de placeres activos, en que el hombre gasta
sus energas, y, en fin, la savia de la primavera que asciende a la
cabeza de los seres vivientes como a las sumidades de los rboles, le
hiciera lamentar ms de una vez la noble resolucin que haba tomado.
Los trapenses que vuelven la espalda al mundo despus de haber gozado de
l, encuentran en el fondo del claustro armas prestas contra las
tentaciones del pasado; son stas el ayuno, la oracin y un rgimen
capaz de matar los mpetus juveniles. Quizs hay ms mrito en combatir
como don Diego, completamente desarmado. El seor Le Bris le segua con
el rabillo del ojo, como a un enfermo al que hay que evitar una recada.
Le hablaba muy raras veces de Pars, nunca de la calle del Circo. Un da
ley en un diario francs que la _Nyade_ haba anclado ante Ky-Tcheou,
en el mar del Japn, para pedir reparacin del insulto hecho a unos
misioneros franceses; Le Bris rompi el peridico para que su lectura no
pudiese suscitar la menor conversacin sobre la seora Chermidy.

En Oriente, a horas determinadas, la brisa del medioda embriaga ms
poderosamente los sentidos del hombre que el vino de Tinos que se bebe
con el nombre de malvasa; el corazn se funde como la cera; la voluntad
se distiende, el espritu se debilita. Si uno se esfuerza en pensar, las
ideas se escapan como el agua que se va de entre los dedos. Se va a
buscar un libro, un dulce y antiguo amigo y, sin querer, los ojos se
desvan desde las primeras lneas; la mirada vaga, los prpados se abren
y se cierran sin saber por qu. Es en esas horas de somnolencia y de
dulce quietud cuando nuestros corazones se abren por s mismos. Las
virtudes masculinas triunfan fcilmente cuando un fro vivo nos enrojece
la nariz y nos hiela las orejas, y cuando el aire de diciembre aprieta
las fibras de la carne y de la voluntad. Pero cuando los jazmines
extienden su perfume por los alrededores, cuando las hojas del laurel
cerezo nos caen sobre la cabeza, cuando los pinos sacudidos por el
viento suenan como liras y cuando las velas blancas se dibujan a lo
lejos sobre el mar, entonces sera preciso ser bien ciego y bien sordo
para ver y or otra cosa que el amor.

Don Diego advirti un da que Germana haba cambiado, sin perder nada en
el cambio. Sus mejillas estaban ms llenas y mejor nutridas; todos los
huecos de aquel lindo rostro se iban rellenando; las arrugas siniestras
comenzaban a borrarse. Un color ms sano orlaba su bella frente, y sus
cabellos de oro no parecan ya la corona de una muerta.

Haba odo una lectura bastante larga; la fatiga y el sueo se haban
apoderado de ella al mismo tiempo y, dejando caer la cabeza hacia atrs,
se haba quedado dormida en el silln. El conde estaba solo con ella.
Dej el libro en el suelo, se aproxim dulcemente, se puso de rodillas
ante ella y adelant los labios para besarla en la frente, pero se
contuvo por un instinto de delicadeza. Por primera vez pens con horror
en la manera cmo haba llegado a ser el esposo de Germana; tuvo
vergenza de la venta, se dijo que un beso obtenido por sorpresa sera
algo como un crimen, y se prohibi a s mismo amar a su mujer hasta el
da en que estuviese seguro de ser amado por ella.

Los huspedes de la villa Dandolo no vivan en una soledad tan absoluta
como se pudiera suponer. El aislamiento no se encuentra ms que en las
grandes ciudades, donde cada uno vive para s sin inquietarse del
vecino. En el campo, los menos sociables se buscan y no se teme hacer un
camino de una legua; el hombre sabe que ha nacido para la sociedad y
busca la conversacin de sus semejantes.

Pocos eran los das en que Germana no reciba alguna visita. Al
principio iban a su casa por curiosidad, despus por un inters
compasivo y finalmente por amistad. Aquel rincn de la isla estaba
habitado por cinco o seis familias modestas, que hubieran sido pobres en
la ciudad, y que no carecan de nada en sus tierras porque saban
contentarse con poco. Sus castillos caan en ruinas y no tenan dinero
para repararlos; pero sostenan con cuidado, encima de la puerta de
entrada, un escudo contemporneo de las Cruzadas. Las islas Jnicas son
el _faubourg_ Saint-Germain de Oriente; all encontraris las grandes
virtudes y las pequeas extravagancias de la nobleza, orgullo, dignidad,
pobreza decente y laboriosa, y una cierta elegancia en la vida ms
humilde.

Al propietario de la villa, el seor conde Dandolo, no le hubieran
podido reprochar nada sus antepasados los dux. Era un hombre pequeo,
vivo e inteligente, muy conocedor de los asuntos polticos, atrado a la
vez por el partido griego y la influencia inglesa, pero inclinado a la
oposicin y siempre dispuesto a juzgar con severidad los actos del lord
comisario. Segua de cerca las intrigas viejas y nuevas que dividen a
Europa, vigilaba los progresos del leopardo britnico, discuta la
cuestin de Oriente, se inquietaba de la influencia de los jesuitas y
era presidente de la logia masnica de Corf. Un excelente hombre que
derrochaba ms actividad que un marino del antiguo rgimen para navegar
alrededor de un vaso de agua. Su hijo Spiro, un hermoso joven de treinta
aos, se haba dejado conquistar por las ideas inglesas, como toda la
nueva generacin. Era amigo de los oficiales y se le vea en el teatro
con ellos. Los Dandolo hubieran podido vivir esplndidamente si se
hubiesen podido deshacer de sus bienes, pero en Corf los habitantes son
tan pobres, como rica es la tierra. Todos estn prestos a vender, nadie
a comprar. El conde y Spiro hablaban elegantemente las tres lenguas del
pas, el ingls, el griego y el italiano; adems saban el francs, por
lo que su amistad fue preciosa para Germana. Spiro se interesaba por la
bella enferma con todo el calor de un corazn desocupado.

Algunas veces lo acompaaba un hombre, digno por todos conceptos de sus
amigos, el doctor Delviniotis, profesor de qumica de la Facultad de
Corf. El seor Delviniotis profesaba a la enferma una amistad tanto ms
viva, cuanto que l tena una hija de la misma edad. Daba sus consejos
al doctor Le Bris, hablaba en italiano con el conde y la seora de
Villanera y lamentaba no saber el francs para poder entablar ms amplio
conocimiento con Germana. Se le vea sentado delante de ella durante
horas enteras, buscando una frase o mirndola sin decir nada con esa
cortesa tranquila y muda que reina en todo Oriente.

El hombre ms ruidoso de toda la compaa era un viejo francs,
establecido en Corf desde el ao 1814, el capitn Bretignires. Haba
abandonado el servicio a los veinticuatro aos con una pensin de retiro
y una pierna de madera. Aquel corpachn seco y huesudo saltaba
alegremente, beba de lo lindo, rea a carcajadas y se burlaba de la
vejez. Haca una legua a pie para ir a comer a la villa Dandolo, contaba
historietas militares, se atusaba el bigote y sostena que las islas
Jnicas deberan pertenecer a Francia. Era un convidado sumamente
agradable que comunicaba su alegra a todos los de la casa. Algunas
veces, cuando se echaba vino en el vaso, deca sentenciosamente:

--Cuando se est en buena compaa, se puede beber impunemente tanto
como se quiera.

Germana coma siempre con buen apetito cuando el capitn estaba all.
Aquel amable cojo, tan obstinadamente apegado a la vida, le haca
acariciar una dulce esperanza y la obligaba a creer en el porvenir. El
seor de Bretignires tuteaba al pequeo marqus, le llamaba mi general
y le haca saltar sobre su nica rodilla. Besaba galantemente las manos
de la enferma y la serva con la devocin de un viejo paje o de un
trovador retirado.

Tena un admirador de otra escuela en la persona del seor Stevens, juez
de instruccin del tribunal real de Corf. Este honorable magistrado
empleaba en los cuidados de su cuerpo un sueldo de mil libras esterlinas
anuales. No habis visto jams un hombre ms limpio, ms satisfecho, ms
nutrido, ms brillante y de una salud ms tranquila y mejor paladeada.
Egosta como todos los viejos solterones, serio como todos los
magistrados, flemtico como todos los ingleses, ocultaba bajo la
beatfica rotundidez de su cuerpo una cierta dosis de sensibilidad. La
salud le pareca un don tan precioso, que hubiera querido repartirla
entre todo el mundo. Haba conocido al joven ingls de Pompeya y haba
seguido de cerca las diversas fases de su curacin. Contaba ingenuamente
que haba experimentado una simpata mediocre por aquel ser plido y
moribundo, pero que le haba amado ms de da en da a medida que le
vea volver a la vida. Haba acabado por ser su amigo ntimo el da en
que pudo estrecharle la mano sin hacerle gritar. Fue lo mismo para
Germana. Evit aficionarse a ella mientras la crey condenada a muerte;
pero desde el momento en que le pareci que se instalaba en este mundo,
le abri su corazn de par en par.

Los ms prximos vecinos de la casa eran la seora Vitr y su hijo. En
poco tiempo se convirtieron en los amigos ms ntimos. La baronesa de
Vitr era una normanda refugiada en Corf con los restos de su fortuna.
Como ella evitaba contar su historia, no se supo jams qu
acontecimientos la haban arrojado de su pas. Lo que era evidente es
que la baronesa viva como una mujer honrada y educaba admirablemente a
su hijo. Tena cuarenta aos y una belleza un poco vulgar; en Francia la
hubieran tomado por una granjera del pas de Caux. Pero ella se ocupaba
de su casa, de sus olivos y de su querido Gastn con una actividad
metdica y un celo incansable que denotaban su procedencia. La grandeza
es un don que se revela en todas las situaciones de la vida y sobre los
escenarios ms diversos: se muestra por igual en el trabajo y en el
reposo y no brilla ms en un saln que en una buhardilla. La seora de
Vitr, entre sus dos criadas, vestida, como ellas, con el traje
nacional, parecido al hbito de los carmelitas, tena un aspecto tan
imponente como Penlope bordando las tnicas del joven Telmaco. Gastn
de Vitr, bello como una joven de veinte aos, llevaba la vida ruda y
activa de un noble campesino. Trabajaba, cortaba los rboles, coga
naranjas y arrancaba las ramas de los granados cuyos rojos frutos se
abran al sol. Por la maana, corra con la escopeta al hombro para
matar algunos zorzales o papafigos; por la noche, lea con su madre, que
fue su profesor y la nodriza de su espritu. Sin preocupaciones del
porvenir, ignorando las cosas del mundo y encerrando sus pensamientos en
el horizonte limitado por sus miradas, no deseaba otros placeres que una
hermosa jornada de caza, una lectura de Lamartine o un paseo por el mar.
Era un corazn virgen, un alma severa y blanca como esas bellas hojas de
papel que invitan a la pluma a escribir. Cuando su madre lo llev a la
villa Dandolo, advirti, por primera vez, que era un pobre ignorante, se
ruboriz de la ociosidad en que haba vivido y lament no haber
aprendido la medicina.

Las visitas son siempre largas en el campo. Se hace tanto para verse,
que se tiene pena despus de abandonarse. Los Dandolo y los Vitr, el
doctor Delviniotis, el juez y el capitn pasaban algunas veces das
enteros alrededor de la hermosa enferma. Ella los retena con alegra,
sin darse cuenta del motivo secreto que la haca obrar as. Es que ya
comenzaba a evitar las ocasiones de encontrarse sola con su marido.
Tanto como el amor declarado huye de los importunos y busca la
intimidad, el amor naciente gusta de la compaa y de las distracciones.
Desde que nos comenzamos a sentir posedos por otro, nos parece que los
extraos y los indiferentes nos protegen contra nuestra debilidad, y que
quedaramos sin defensa sin ellos.

La seora de Villanera serva, sin saberlo, este secreto deseo de
Germana, reteniendo a su lado a la seora de Vitr, con la que cada da
se senta ms identificada. Don Diego no haba llegado an a ese punto
en que un amante soporta impacientemente la compaa de los extraos; su
cario por Germana era an desinteresado. Buscaba ante todo aquello que
poda distraer a la joven para que se sintiese ms interesada por la
vida. Quizs aquel hombre tmido, como todos los hombres verdaderamente
fuertes, evitaba explicarse a s mismo el sentimiento nuevo que le
atraa hacia ella. Tema verse preso entre dos deberes contrarios; no se
poda ocultar que estaba ligado por toda la vida a la seora Chermidy.
La crea digna de su amor, la amaba a pesar de su falta, como se ama a
la mujer culpable o inocente por la que se es correspondido. Si hubieran
ido con pruebas en la mano a decirle que la seora Chermidy no era digna
de l, hubiera experimentado un sentimiento de angustia y no se hubiera
alegrado de recobrar su libertad. No se rompe fcilmente con tres aos
de dicha: no se dice frotndose las manos: Loado sea Dios! mi hijo es
el hijo de una intrigante!

El conde experimentaba, pues, un malestar moral, una inquietud sorda que
contrariaba su pasin naciente. Tema confesarse a s mismo; se detena
ante su corazn como ante una carta que no nos atrevemos a abrir.

Mientras tanto, los jvenes esposos se buscaban, se encontraban bien
cuando estaban juntos y daban las gracias desde el fondo de su corazn a
los que les impedan estar solos. El crculo de amigos que se sentaban
alrededor de ellos, abrigaba su amor, como los grandes obreros que
rodean los vergeles de Normanda protegen la floracin de los manzanos.

El saln de recepciones era el centro del jardn, alfombrado de naranjas
que haban cado antes de sazonar. Germana, sentada en su silln, fumaba
cigarrillos yodados; el conde la miraba vivir; la seora de Villanera
jugaba con el nio como una faunesa vieja y negra con su retoo
bronceado. Los amigos se balanceaban en las mecedoras que se haban
hecho traer de Amrica. De cuando en cuando, Mantoux u otro criado de la
casa, serva caf, helados o confituras, segn los usos de la
hospitalidad oriental. Los huspedes se extraaban de que la duea de la
casa fuese la nica fumadora de toda la concurrencia. En Oriente se fuma
siempre. Vosotros arrojis el cigarrillo a la puerta de una casa, pero
la duea os ofrece otro en seguida. Germana, sea que fuese ms
indulgente para el nico vicio de su marido, sea que se apiadase de
aquellos pobres griegos que no podan vivir sin el tabaco, decret un
da que el cigarrillo sera permitido en toda la extensin de su
imperio. Don Diego le record sonriendo sus antiguas repugnancias. La
joven se ruboriz ligeramente y replic con viveza:

--He ledo en _El Conde de Montecristo_ que el tabaco turco era un
perfume y yo s que aqu, a la vista de las riberas de Turqua, no se
fuma de otro. No se trata de esos nauseabundos cigarros que usaba usted
y cuya sola vista me hace dao.

Bien pronto se vieron aparecer en el jardn y en la casa los grandes
_chibuks_ de hornillo rojo y boquilla de mbar; los _narghils_ de
cristal que cantan al hervir y que pasean sobre la hierba su largo tubo
flexible como una serpiente. A fines de julio los nauseabundos cigarros
se escaparon tmidamente de no s qu receptculo invisible y
encontraron gracia ante Germana, lo que dio a comprender que se
encontraba mucho mejor.

Fue por aquella poca cuando el elegido por la seora Chermidy, Mantoux,
llamado _Poca Suerte_, tom el partido de envenenar a su ama.

Hay siempre algo de bueno en el hombre ms vicioso y yo debo confesar
que por espacio de dos meses fue un criado excelente. Cuando el duque,
que ignoraba su historia, le hizo dar un pasaporte a nombre de Mateo,
atraves la frontera con alegra y reconocimiento. Quiz pensaba de
buena fe, como el criado de Tucaret, en ser el tronco de hombres
honrados. La dulzura de Germana, el encanto que ejerca sobre todos los
que la rodeaban, lo bien que pagaba a los que la servan y la poca
esperanza que se tena de salvarla, inspiraron buenos sentimientos a
aquel criado de contrabando. Saba mucho mejor descerrajar una puerta
que preparar un vaso de agua azucarada, pero se esforz en no parecer un
novicio y lo consigui. Perteneca a una raza inteligente, apta para
todo, hbil en todos los oficios y en todas las artes. Se aplic tan
bien, hizo tales progresos y aprendi tan pronto su obligacin, que sus
amos estaban muy contentos de l.

La seora Chermidy le haba recomendado que ocultase su religin y aun
que renegase de ella si le interrogaban. Conoca la fama de intolerantes
que tienen los espaoles para con los israelitas. Desgraciadamente aquel
honrado hombre forrado de nuevo no poda ocultar su cara. La seora de
Villanera sospech que, por lo menos, era un hebreo convertido. Porque,
como buena espaola, haca poca diferencia entre los convertidos y los
obstinados[F]. Era la mejor mujer del mundo, pero los hubiera enviado a
todos a la hoguera, segura de que los doce apstoles hubieran hecho otro
tanto.

Mantoux, que haba transigido ms de una vez con su conciencia, no hizo
escrpulos al acto de renegar de la religin de sus padres. Pero, por
una de esas contradicciones tan frecuentes en los hombres, no se decidi
nunca a comer los mismos alimentos que sus camaradas. Sin hacer alarde
de ello, se dedic a las legumbres, a las frutas y a las herbceas,
viviendo como un vegetariano, un pitagrico. Se consolaba de este
rgimen cuando se le enviaba con alguna comisin a la ciudad. Entonces
corra en derechura al barrio judo, fraternizaba con sus compatriotas,
hablaba con ellos esa jerga semihebraica que sirve de lazo de unin a la
gran nacin dispersa, y coma carne _kaucher_, es decir, matada por el
sacrificador, segn los preceptos de la ley. Era un consuelo que
seguramente le habra faltado durante el tiempo que estuvo en presidio.

Hablando con sus correligionarios, se enter de muchas cosas; supo que
Corf era un excelente pas, una verdadera tierra de promisin en la que
se viva muy barato y en la que sera rico con 1.200 francos de renta.
Se enter tambin de que la justicia inglesa era severa, pero que con
una buena lancha y dos remos se poda escapar a la persecucin de la
ley. Bastaba poner el pie en Turqua; el continente estaba a algunas
millas de all, se le vea, se le tocaba casi! Supo, por fin, donde se
poda adquirir arsnico a un precio mdico.

Hacia los ltimos das de julio, oy afirmar a muchas personas que la
joven condesa estaba en vas de curacin. Se asegur por sus propios
ojos y vio que, efectivamente, estara restablecida de un da a otro.
Todas las noches al llevarle un vaso de agua azucarada poda observar,
junto con el seor Le Bris, cmo disminuan la tos y la fiebre. Un da
asisti al acto de desembalar una caja mucho mejor cerrada que la que l
haba trado de Pars. De ella vio salir un lindo aparato de cobre y de
cristal, una pequea mquina muy sencilla, y tan sugestiva, que al verla
senta uno no ser tsico. El doctor se apresur a montarla, y dijo,
mirndola con ternura: He aqu, tal vez, la salvacin de la condesa!

Estas palabras fueron tanto ms penosas para Mantoux, cuanto que acababa
de echar el ojo a una pequea propiedad, con sus rboles y su casa para
el dueo, el nido que poda apetecer una familia honrada. Entonces se le
ocurri la idea de hacer aicos aquel aparato de destruccin que
amenazaba su fortuna. Pero no tard en comprender que le pondran a la
puerta y que no slo perdera su pensin, sino tambin su sueldo.
Resignose, pues, a ser un buen criado.

Por desgracia, sus camaradas hacan ya comentarios sobre el rgimen
vegetariano a que se haba sometido. La seora de Villanera entr en
alarma, se inform de todo y decidi que era un judo incorregible,
relapso y todo lo dems por aadidura. Le pregunt si le convena buscar
una plaza en Corf, o bien prefera regresar a Francia. El desgraciado
gimi, pidi gracia y recurri a la intervencin caritativa de la buena
Germana, pero la seora de Villanera se mostr inexorable. Todo lo que
pudo obtener es que continuara all hasta la llegada de su substituto.

Le quedaba un mes por delante: he aqu cmo lo aprovech. Compr algunos
gramos de cido arsenioso que guard en su habitacin. Cogi una pizca,
la cantidad necesaria para matar a dos hombres, y la disolvi en un vaso
de agua. Coloc el vaso en la alacena, sobre una tabla muy alta a la
cual no se poda llegar sino subindose a una silla; y, sin perder
tiempo, ech algunas gotas de aquel lquido envenenado en el agua de la
enferma, despus de prometerse repetir las operacin todos los das,
matar lentamente a su ama y merecer, a pesar del pequeo aparato, los
beneficios de la seora Chermidy.




IX

CARTAS DE CHINA Y DE PARS


_al seor Mateo Mantoux, en casa del seor conde de Villanera, Villa
Dandolo, en Corf_

Sin fecha.

T no me conoces, y yo en cambio te conozco como si te hubiese
inventado. Eres un antiguo pensionista del Gobierno en la escuela naval
de Toln; all es donde te vi por primera vez. Ms tarde te encontr en
Corbeil; no era tu posicin muy brillante y la polica tena fijos los
ojos en ti. Tuviste la suerte de caer sobre una estpida parisiense que
te procur una buena colocacin con la esperanza de una pensin. La
seora de la calle del Circo y su camarera te tienen por un inocente; se
dice que tus seores te distinguen con su confianza. Si la enferma que
cuidas hubiera tomado soleta para el otro mundo, seras rico,
considerado, y viviras como un burgus all donde mejor te pluguiese.
Desgraciadamente no se ha decidido, y a ti no se te ha ocurrido hacer
nada para decidirla. Peor para ti; seguirs llamndote _Poca Suerte_. El
comisario de polica de Corbeil te busca. Est sobre tu pista. Si no
tomas las medidas convenientes, darn contigo ah. Por mi parte, yo que
te escribo, te he encontrado. Te gustara ir a coger pimienta a Cayena?
Pues trabaja, holgazn! Tienes la fortuna en la mano tan cierto como me
llamo... Pero no hay necesidad de que sepas mi nombre. No soy ni
Rabichon, ni Lebrasseur, ni Chassepie. Abrigo la esperanza de que sabrs
comprender lo que te conviene.

Tu amigo

X. Y. Z.


_La seora Chermidy al doctor Le Bris_

Pars, 13 de agosto de 1853.

Llave de los corazones, mi estimado amigo, he aqu una grande y
magnfica noticia. Mme. de Sevign se la hara esperar durante dos
pginas; yo voy ms pronto al grano y se la espeto en seguida. Soy
viuda, amigo mo; viuda sin apelacin; viuda en ltima instancia, como
si el notario lo hubiese rubricado! He recibido la noticia oficial, el
acta de defuncin, el psame del ministerio de Marina, el sable y las
charreteras del difunto y una pensin de 750 francos para que pueda
poner coche en los das de mi vejez. Viuda, viuda, viuda! No hay
palabra ms bonita en la lengua francesa. Me he vestido de negro; me
paseo a pie por las calles, y siento un gran deseo de detener a los
transentes para hacerles saber que soy viuda.

En esta ocasin he comprendido que no soy una mujer vulgar. Conozco ms
de una que habra llorado por debilidad humana y para darle una pequea
satisfaccin a sus nervios; yo, he redo como una loca. Ya no hay
Chermidy; Chermidy no existe, y tenemos derecho a decir ya el difunto
Chermidy.

Ya sabe usted, tumba de los secretos, que jams quise a ese hombre. No
era nada para m. Llevaba su apellido, soportaba sus botaratadas; los
dos o tres bofetones que me ha dado eran los nicos lazos que el amor
haba formado entre nosotros. El hombre que yo he amado, mi verdadero
esposo, mi esposo ante Dios, no se ha llamado nunca Chermidy. Mi fortuna
no procede de ese marinero; no le debo nada, y sera una hipcrita si lo
llorase. No asisti usted a nuestra ltima entrevista? Se acuerda
usted de la mueca conyugal que embelleca sus facciones? Si no hubiese
estado usted presente, me habra jugado una mala partida: esos maridos
marinos son capaces de todo. Las cartas me han anunciado repetidas veces
que yo morira de muerte violenta, y es que las cartas conocan al seor
Chermidy. Tarde o temprano me habra retorcido el cuello, y hubiera
bailado el da de mi entierro. Ahora soy yo la que ro, la que bailo y
dice tonteras; el mo es un caso de legtima defensa.

Vamos, es una linda historia la de esa muerte! Nunca se ha visto
objeto de china igual, y yo la conservar en una rinconera. Todos mis
amigos han venido a darme el psame, poniendo cara de circunstancias;
pero les he contado el suceso y les he hecho perder la gravedad en
seguida. Hemos estado riendo a mandbula batiente hasta las doce y media
de la noche.

Figrese usted, mi querido doctor, que la _Nyade_ haba anclado
delante de Ky-Tcheou. No he podido encontrar de ningn modo en el mapa
donde cae eso, y estoy desesperada. Los gegrafos de hoy son seres muy
incompletos. Ky-Tcheou debe estar al sur de la pennsula de Corea, en el
mar del Japn. He encontrado Kin-Tcheou, pero en la provincia de
Ching-King, en el golfo de Leou-Toung, en el mar Amarillo. Pngase
usted en lugar de una pobre viuda que no sabe en qu latitud la han
privado de su marido!

Sea lo que fuere, los magistrados de Ky-Tcheou o Kin-Tcheou, en la
desembocadura del ro Li-Kiang, haban maltratado a dos misioneros
franceses. El mandarn gobernador, o padre de la ciudad, el poderoso
Gu-Ly, consagraba todos sus ocios a hacerles jugarretas a los
extranjeros. Existen tres factoras europeas en ese lugar de recreo. Un
francs que compra seda, ejerce las funciones de agente consular. Tena
una bandera delante de su puerta y los misioneros se alojaban en su
casa. Gu-Ly hizo prender a los dos sacerdotes acusndolos de predicar
una religin extraa. Difcilmente se pudieron defender los sacerdotes
mentados, puesto que a eso, a predicar la religin cristiana, haban
ido. Fueron condenados, y corri el rumor de que los haban matado.
Debido a eso envi el almirante a la _Nyade_ con la misin de enterarse
de lo que ocurra.

El comandante hizo ir a Gu-Ly a su presencia, Se representa usted a mi
marido frente a frente con el tal chino? Gu-Ly asegur que los
misioneros no tenan novedad, pero que haban infringido las leyes del
pas, y por lo tanto era preciso que sufriesen seis meses de crcel. Mi
marido quiso verlos y se le ofreci que se los ensearan a travs de
las rejas. Aquella misma noche se traslad a las puertas de la prisin
con una compaa de desembarco. Vio a dos misioneros que gesticulaban en
la ventana, el cnsul los reconoci y todo el mundo qued satisfecho.

Pero al da siguiente fueron a avisar al cnsul que los misioneros
haban sido degollados ocho das antes de la llegada de la _Nyade_. Ms
de veinte testigos certificaron el hecho. Mi Chermidy volvi a
endosarse el uniforme, desembarc con sus hombres, fue de nuevo a la
crcel y derrib las puertas, sin hacer caso a los misioneros que le
hacan seas con los brazos para que regresara al buque. Encontr en el
calabozo dos figuras de cera, modeladas con una perfeccin chinesca;
eran los dos misioneros que le haban enseado el da anterior.

Mi marido mont en clera. No era de los que sufren que se les engae;
ste es un defecto que siempre ha tenido. Volvi a bordo y jur por lo
ms sagrado que bombardeara la ciudad, si los asesinos no eran
castigados. El mandarn, temblando como una hoja, hizo acto de sumisin
y conden a los jueces a ser aserrados vivos. Mi marido no tuvo ninguna
objecin que hacer.

Pero la legislacin del pas permite a todo condenado a muerte buscar
un substituto. Hay agencias especiales que, mediante cinco o seis mil
francos y buenas promesas, deciden a un pobre diablo a dejarse cortar en
dos. Los chinos de la clase baja, los que viven mezclados con los
animales, no tienen gran apego a la vida. Y se comprende. Para lo que
hacen! No les cuesta, pues, gran trabajo, decidirse a dejar este mundo
cuando se les ofrece mil piastras y tres das para comrselas. Mi marido
acept a los substitutos, asisti al suplicio e hizo las paces con el
ingenioso Gu-Ly, llegando en su clemencia hasta invitarle a comer al da
siguiente con los magistrados que se haban hecho sustituir. Esto era
obrar como buen diplomtico, porque, despus de todo, qu es la
diplomacia? El arte de perdonar las injurias tan pronto como han quedado
vengadas.

Gu-Ly y sus cmplices fueron a comer a bordo de la _Nyade_. Los
postres fueron interrumpidos por un incendio magnfico; el navo arda
como una cerilla. Funcionaron las bombas oportunamente, se echaron las
culpas sobre un pinche de cocina y se dieron excusas al venerable Gu-Ly.

Encuentra usted el relato un poco largo? Paciencia! todo se andar.
El mandarn quiso devolverle su fineza y le invit para el da siguiente
a uno de esos banquetes en que triunfa la prodigalidad china. Nosotros
somos unos pobres seores comparados con esos originales. Admiramos
mucho al _gentleman_ que gasta en un cubierto para l solo quinientos
francos en el caf de Pars: los chinos hacen las cosas de otro modo!
Anunciaron al comandante las salsas espolvoreadas con perlas finas, los
nidos de golondrinas con lenguas de faisn, y la clebre tortilla de
huevos de pavo real que se hace en la misma mesa matando a cada hembra
para arrancarle su huevo. Mi Chermidy, simple como un remo, no adivin
que sera l quien pagara el _men_. Segn los relatos oficiales, se
relama los labios y se prometa escuchar atentamente las comedias con
que se acostumbra sazonar un festn chino.

Desembarc con el cnsul y cuatro hombres de escolta, bajo una lluvia
persistente. Ya comprender usted que no olvidara su uniforme de gala.
Una diputacin de magistrados lo recibi con toda la etiqueta de rigor.
Supongo que quedara satisfecho de la arenga. Si los chinos adoran la
etiqueta, los marinos no la detestan. Se le iz sobre un caballejo.
Desde aqu le veo trotando y dando tumbos. El animal (dicho sea sin
equvoco) se hunda en el barro hasta los corvejones; las ciudades de
China estn empedradas con un afirmado de dos filas que las hace aptas a
la vez para el trnsito rodado y para la navegacin. Doce jvenes
vestidos de seda de color de rosa marchaban a sus lados, con una pluma
de pavo real en la mano. Cantaban con su voz gangosa alabanzas en honor
del grande, del poderoso, del invencible Chermidy, y agasajaban
dulcemente a la montura con las barbas de sus plumas. Los pequeos le
hacan cosquillas en las narices y los mayores le hurgaban en el
interior de las orejas tan bien y tan largo tiempo, que el animal acab
por encabritarse. El caballero, torpe como un marino, cay de espaldas.
Los nios corrieron hacia l y le preguntaron todos a la vez si se haba
hecho dao, si tena necesidad de algo, si quera agua para lavarse, y,
sin dejar de hablar, sacaron sus cuchillos de los bolsillos y le
cortaron el cuello sin ruido, sin escndalo, hasta que la cabeza qued
completamente separada del tronco.

Es el cnsul el que ha contado esta historia. Me temo mucho que no
hubiera podido hablar nunca ms con nadie a no ser por el socorro de los
cuatro marineros que le salvaron la vida y le condujeron a bordo. Me
detengo aqu, porque la pieza pierde su inters desde el momento en que
el hroe ha sido enterrado. Ya sabr usted la continuacin por los
peridicos y por la carta adjunta que los oficiales de la _Nyade_ se
han tomado la molestia de enviarme. Lamento sinceramente la muerte del
mandarn Gu-Ly. Si viviese an, le asegurara un plato de nidos de
golondrinas para el resto de sus das. Desde que mi dicha depende de una
doble viudez, me he prometido siempre partir un milln entre las almas
caritativas que me librasen de mis enemigos. En un cajn de mi
_secreter_ haba quinientos mil francos para ese mandarn que ya no
existe.

Tumba de los secretos, quemar usted mi carta, no es verdad? Queme
tambin los peridicos que hablan de este asunto. No es necesario que
don Diego sepa que yo soy libre mientras l an contina encadenado.
Evitemos a nuestros amigos disgustos demasiado crueles. Sobre todo, no
le diga usted que el luto me embellece.

Cuide bien a la persona a la cual se ha dedicado usted. Pase lo que
pase, tendr el mrito de haberla hecho vivir ms de lo que era
humanamente posible. Si le hubieran dicho antes de dejar Pars que iba a
estar ausente siete u ocho meses, comera tan buenas codornices? Cuando
est curada o le ocurra otra cosa, usted vendr a Pars y entonces
trataremos de buscarle una clientela, porque estoy segura de que sus
enfermos, a excepcin de m, no le reconocern.

El seor duque de La Tour de Embleuse, que me hace algunos das el
honor de comer en mi casa, me ha rogado que buscase otro criado para su
hija. Yo haba tomado apresuradamente mis informes sobre el primero que
le envi, pero despus me han dicho que es un sujeto de malos
antecedentes. Echelo usted lo ms pronto posible, o qudeselo bajo su
responsabilidad hasta la llegada del substituto.

Adis, llave de los corazones. El mo le est abierto desde hace mucho
tiempo, y si no es usted el mejor de mis amigos, no es ma la culpa.
Consrveme mi marido y mi hijo y ser siempre completamente suya.

HONORINA.


_Los oficiales de la Nyade a la seora Chermidy_

Hong-Kong, 2 de abril 1853.

Seora: Los oficiales y los alumnos embarcados a bordo de la _Nyade_
cumplimos un penoso deber al unir nuestro pesar al dolor bien legtimo
que le causar la prdida del comandante Chermidy.

Una odiosa conspiracin ha robado a Francia uno de sus oficiales ms
honorables y ms experimentados: a usted, seora, un marido, del cual
todos habamos podido apreciar la bondad y la dulzura; a nosotros un
jefe, o mejor dicho, un compaero, que tena a honor descargarnos del
peso del servicio, reservndose la parte ms pesada.

Al enviarle las insignias de su grado, que haba conquistado tan
laboriosamente, lamentamos, seora, no poder unir la condecoracin de
los valientes que mereca desde hace mucho tiempo, tanto por la duracin
como por la importancia de sus servicios, y que le esperaba sin duda,
despus de una campaa que tendremos que terminar sin l.

Es un dbil consuelo, seora, en un dolor como el suyo, el placer de la
venganza. No obstante, nos sentimos orgullosos de poder decir a usted
que hemos hecho gloriosos funerales a nuestro bravo comandante.

Cuando el seor cnsul y los cuatro marineros que haban presenciado el
crimen nos trajeron la noticia a bordo, el ms antiguo de los tenientes
de navo, que haba sucedido al excelente oficial que habamos perdido,
hizo evacuar las personas y las mercaderas de las factoras europeas, y
comenzamos un fuego graneado contra la ciudad que la convirti en
cenizas en menos de dos das. Gu-Ly y sus compaeros creyeron encontrar
un refugio seguro en la fortaleza. La compaa de desembarco, a las
rdenes de uno de los nuestros, los siti durante una semana con dos
caones que habamos llevado a tierra. La conducta de nuestros hombres
fue admirable; vengaron cumplidamente a su comandante. La _Nyade_ no
iz el pabelln imperial hasta despus de haber castigado
implacablemente al mandarn gobernador y a todos los que se haban
reunido alrededor de su persona. A la hora en que le escribimos, seora,
ya no existe la ciudad llamada Ky-Tcheou; no queda en su lugar ms que
un montn de cenizas que podra ser llamado la tumba del comandante
Chermidy.

Reciba usted, seora, el homenaje de los sentimientos de la ms
profunda simpata, y reconzcanos como sus ms humildes y fieles
servidores. (_Siguen las firmas._)




X

LA CRISIS


La poca ms dichosa en la vida de una joven es el ao que precede a su
matrimonio. Toda mujer que quiera pasar revista a sus recuerdos se
acordar con un sentimiento de pesar de aquel invierno bendito entre
todos, en que su eleccin ya estaba hecha, pero ignorada de los dems.
Una multitud de pretendientes tmidos e indecisos se mostraban
obsequiosos a su alrededor, se disputaban su ramo o su abanico y la
envolvan en una atmsfera de amor, que ella respiraba con embriaguez.
Ella ya haba distinguido entre todos al hombre del cual quera ser,
pero no le haba prometido nada y experimentaba una cierta alegra en
tratarle como a los dems y en ocultarle su preferencia. Se diverta en
hacerle dudar de su dicha, en llevarle de la esperanza al temor, en
someterle todos los das a una prueba. Pero en el fondo de su corazn,
le inmolaba todos su rivales y depositaba a sus pies todos los
homenajes que finga acoger. Se prometa recompensar esplndidamente
tanta perseverancia y resignacin, y sobre todo saboreaba el placer,
eminentemente femenino, de mandar a todos y de no obedecer ms que a uno
solo.

Este perodo triunfal haba faltado en la vida de Germana. El ao que
precedi a su matrimonio haba sido el ms triste y el ms miserable de
su pobre juventud. Pero el ao que sigui la indemniz en parte. Viva
en Corf en un crculo de admiradores apasionados. Todos los que la
rodeaban, viejos y jvenes, experimentaban por ella un sentimiento muy
parecido al amor. Llevaba impreso sobre su hermosa frente ese signo de
melancola que demuestra que una mujer no es dichosa. Es un atractivo
que pocos hombres resisten. Los ms atrevidos temen ofrecerse a la que
parece no carecer de nada, pero la tristeza enardece a los tmidos. No
faltaban, ciertamente, mdicos a aquella alma afligida. El joven
Dandolo, uno de los hombres ms brillantes de las siete islas, la
asediaba con sus cuidados, la deslumbraba con su talento y le impona su
amistad soberbia con la autoridad del que siempre ha triunfado. Gastn
de Vitr paseaba alrededor de ella una solicitud inquieta. El hermoso
joven se senta nacer a una nueva vida. No haba cambiado nada en sus
costumbres, y sus ocupaciones y sus placeres marchaban al mismo paso que
antes, pero cuando lea cerca de su madre, vea ms all de las pginas
del libro; se detena como deslumbrado en medio de la lectura; se suma
en un ensueo a propsito de un verso que jams le haba impresionado.
El beso de despedida que daba por las noches a la seora de Vitr
quemaba la frente de su madre. Cuando rezaba, de rodillas, con la cabeza
apoyada contra la cama, vea pasar entre sus ojos y sus prpados
imgenes extraas.

No dorma toda la noche de un tirn, como antes; su sueo era
entrecortado. Se levantaba antes del amanecer y corra por el campo con
una impaciencia febril. La escopeta le pesaba menos sobre el hombro; sus
pies casi no pisaban la hierba seca. Cuando se embarcaba, se internaba
ms que nunca en el mar y sus brazos robustos encontraban un placer en
impulsar los remos; cualquiera que fuese el objeto de su visita, un
encanto invisible lo atraa siempre cerca de Germana, lo mismo por
tierra que por mar; se volva hacia ella como la brjula a la estrella,
sin tener conciencia del poder que lo atraa. Era acogido amistosamente,
se tena placer al verle y a l no se le ocultaba. No obstante, siempre
mostraba prisa de partir y no entraba ms que un momento, pretextando
que su madre lo esperaba, pero es lo cierto que a la cada del sol aun
estaba sentado al lado de la querida enferma, y se extraaba de que los
das fuesen tan cortos en el mes de agosto.

El seor Stevens, hombre de peso y de gravedad, marcaba el paso detrs
del silln de Germana como un regimiento de infantera; tena para ella
esas atenciones reflexivas y serenas que constituyen la fuerza de los
hombres de cincuenta aos. Le llevaba bombones, le contaba cuentos y le
prodigaba esas pequeas atenciones a las que una mujer no se muestra
nunca insensible. Germana no despreciaba aquella buena amistad, paternal
en la forma, menos paternal no obstante que la del doctor Delviniotis.
Recompensaba tambin con una dulce mirada al capitn Bretignires, aquel
excelente hombre al que no faltaba ms que una pluma en el sombrero. Se
regocijaba al verle correr a su alrededor con todo el estruendo de una
fantasa rabe. Tena una amistad bien tierna por el doctor; el seor Le
Bris, acostumbrado a hacer una corte inocente a sus enfermas, no saba
con precisin el sentimiento que experimentaba por la joven condesa de
Villanera. Esta cambiaba a ojos vistas y aquella belleza renaciente
poda derribar en un instante la frgil barrera que separa la amistad
del amor.

Todos estos sentimientos mal definidos y ms difciles de nombrar que de
describir constituan la alegra de la casa y la dicha de Germana.
Encontraba una gran diferencia entre su ltimo invierno de Pars y su
primer verano de Corf. La villa y el jardn respiraban alegra,
esperanza y amor. No se oan ms que palabras de cordialidad y francas
carcajadas. Los huspedes rivalizaban en ingenio y en buen humor, y
Germana se senta renacer al dulce calor de todos aquellos corazones
devotos que latan por ella. Si algunas veces atizaba el fuego por una
inocente coquetera, es porque quera asegurar la conquista de su
marido.

Los recuerdos penosos de su matrimonio se iban poco a poco borrando de
su memoria. Haba olvidado la lgubre ceremonia de Santo Toms de Aquino
y se consideraba como una prometida que espera el momento de ir a la
iglesia. No pensaba ya en la seora Chermidy y no experimentaba aquel
fro interior que da el temor de una rival. Su marido se le apareca
como un hombre nuevo; ella se crea tambin ser una mujer nueva, acabada
de nacer. Acaso escapar a una muerte cierta, no es nacer una segunda
vez? Haca remontar su nacimiento a la primavera y se deca sonriendo:
Soy una nia de cuatro meses. La vieja condesa la confirmaba en
aquella idea tomndola en brazos como a una criatura.

Lo que le hubiera podido llamar a la realidad era la presencia del
marqus. Era difcil olvidar que aquel nio tena una madre y que
aquella madre poda venir un da u otro a reclamar la dicha que le
haban tomado. Pero Germana se haba acostumbrado a mirar al pequeo
Gmez como a su hijo. El amor maternal es de tal modo innato en las
mujeres, que se desarrolla en ellas mucho antes que el matrimonio. Por
eso se ve a nias de dos aos ofrecer el pecho a sus muecas. El marqus
de los Montes de Hierro era la mueca de Germana. Se olvidaba de s
misma para ocuparse de su hijo. Haba acabado por encontrarle hermoso,
lo que prueba que tena un verdadero corazn de madre. Don Diego la
miraba con complacencia cuando estrechaba entre sus brazos a aquel
pequeo gnomo bronceado. Y se regocijaba al observar que la mueca
hereditaria de los Villanera no daba miedo a su mujer.

Todas las noches, a las nueve, los seores y los criados se reunan en
el saln para rezar en comn. La vieja condesa se mostraba muy apegada a
esta costumbre religiosa y aristocrtica. Ella misma lea las oraciones
en latn. Los domsticos griegos se asociaban devotamente a la plegaria
comn, a pesar del cisma que divide a los cristianos de Occidente. Mateo
Mantoux se arrodillaba en un rincn, desde el cual poda ver sin ser
visto, y desde all trataba de leer en la cara de Germana los estragos
del arsnico.

No haba dejado ni sola vez de envenenar el vaso de agua azucarada que
llevaba todas las noches a Germana. Esperaba que el arsnico a pequeas
dosis acelerara los progresos de la enfermedad, sin dejar trazas
visibles. Este es un prejuicio extendido entre las clases ignorantes.
Mateo Mantoux, con razn llamado _Poca Suerte,_ no poda saber que el
veneno mata de una vez a las gentes, o no les hace nada. Crea que
aquellos miligramos de cido arsenioso ingeridos diariamente se unan en
el cuerpo hasta formar gramos; y es que no contaba con el trabajo
infatigable de la naturaleza que repara incesantemente todos los
desrdenes interiores. Si hubiese tomado una leccin ms detallada de
toxicologa o se hubiera acordado del ejemplo de Mitrdates, hubiera
comprendido que los envenenamientos microscpicos producen unos efectos
muy distintos de los que l esperaba. Pero Mateo Mantoux no haba ledo
la historia.

Lo que aun le habra extraado ms es saber que el arsnico a pequeas
dosis es un remedio contra la tuberculosis. No la cura siempre, pero por
lo menos procura un verdadero alivio al enfermo. Las molculas del
veneno van a quemarse en los pulmones al contacto del aire exterior y
producen una respiracin ficticia. Siempre es algo respirar con ms
facilidad, y Germana haba podido notarlo. Adems, el arsnico rebaja la
fiebre, abre el apetito, facilita el sueo, restablece las carnes y no
perjudica el efecto de los otros medicamentos, ayudndolos algunas
veces.

El seor Le Bris haba pensado muchas veces en tratar a Germana por este
mtodo, pero un escrpulo bien natural le detena. No estaba seguro de
salvar a la enferma y aquel diablo de arsnico le recordaba a la seora
Chermidy. Mateo Mantoux, mdico menos timorato, aceler los efectos del
yodo y la curacin de Germana.

Germana llevaba ya un mes del tratamiento por el yodo. El doctor asista
todas las maanas a la inspiracin, y muchas veces le acompaaba el
seor Delviniotis. Este tratamiento no es infalible, pero es suave y
fcil. Una corriente de aire caliente disuelve lentamente un centigramo
de yodo y lo hace penetrar en los pulmones sin esfuerzo ni dolor alguno.
El yodo puro no embriaga a los enfermos como la tintura, no provoca la
tos, no produce estomatitis. Su nico defecto es dejar en la boca un
ligero sabor a herrumbre, al cual el enfermo no tarda en acostumbrarse.
Los seores Le Bris y Delviniotis acostumbraron suavemente a Germana a
este medicamento nuevo. En su impaciencia por curar hubiera querido
arrancarse su mal a viva fuerza; pero ellos no le permitan ms que una
inspiracin diaria y aun muy corta: tres minutos, cuatro a lo ms. Con
el tiempo aumentaron la dosis y a medida que la curacin avanzaba
llegaron a darle hasta dos centigramos diarios.

El estado de la enferma mejoraba con una rapidez increble, gracias a la
discreta colaboracin de Mateo Mantoux. Un desconocido que hubiese
estado por primera vez en la villa Dandolo no habra sospechado que all
hubiese una tsica. A fines de agosto, Germana estaba fresca como una
rosa y redonda como una fruta. En aquel hermoso jardn donde la
Naturaleza haba acumulado todas sus maravillas, el sol no alumbraba
nada ms brillante que aquella mujer completamente nueva, por decirlo
as, que sala de la enfermedad como una joya de su estuche. No slo los
colores de la juventud florecan en su rostro, sino que la salud
metamorfoseaba cada da las formas de su cuerpo. Las dulces oleadas de
una sangre generosa henchan lentamente su piel rosada y transparente;
todos los resortes de la vida, relajados por tres aos de dolor,
recobraban su tensin con una alegra visible.

Los testigos de aquella transformacin bendecan la ciencia como se
bendice a Dios. Pero el ms dichoso de todos era quizs el doctor Le
Bris. La curacin de Germana poda parecer a los dems una esperanza;
slo para l era una certidumbre. Al auscultar a su querida enferma,
comprobaba todos los das la disminucin del mal; vea la curacin en
sus efectos y en sus causas; meda como con un comps el terreno que
haba ganado a la muerte. La auscultacin, mtodo admirable que la
ciencia moderna debe al genio de Hipcrates, permite al mdico leer en
el cuerpo del enfermo como en un libro abierto. Los resortes invisibles
que se agitan en nosotros producen en su marcha regular un ruido tan
constante como el movimiento de un pndulo. El odo del mdico, cuando
est acostumbrado a percibir esa harmona de la salud, reconoce por
signos ciertos el ms pequeo desorden interior. La enfermedad tiene su
lenguaje claro y preciso para el observador inteligente que asiste a los
progresos de la vida o de la muerte. Un sonido mate designa al mdico
las partes del pulmn donde el aire ya no penetra; un estertor
particular le indica las cavernas invasoras que caracterizan el ltimo
perodo de la tuberculosis. El seor Le Bris reconoci bien pronto que
las partes impermeables al aire se circunscriban de da en da; que el
estertor se extingua poco a poco; que el aire entraba suavemente en las
clulas vivificadas que envolvan las cavernas cicatrizadas. Haba
dibujado, para la vieja condesa, el plano exacto de los estragos que la
enfermedad haba hecho en el pecho de la joven. Todas las maanas
trazaba con lpiz un nuevo contorno que atestiguaba el progreso
cotidiano de la curacin. Balzac ha descrito el caso de un individuo, en
su novela _La piel de zapa_, cuya vida, figurada por un cuero que l
corta a medida de sus deseos y necesidades, se va limitando cada da. El
caso de Germana era al revs.

El 31 de agosto, el seor Le Bris, dichoso como un vencedor, dio un
paseo a pie hasta la ciudad. El campo le agradaba, pero no desdeaba
tampoco una vuelta por la explanada donde le divertan las cornamusas de
los regimientos escoceses. Adems, contemplaba el humo de los vapores,
crea aproximarse a Pars. Le agradaba tambin comer en compaa de los
oficiales ingleses y curiosear despus un rato por las calles
comerciales. Admiraba a los soldados vestidos completamente de blanco,
con sombrero de paja, guantes amarillos y zapatos cuidadosamente
lustrados, a la hora en que aquellos bravos, acompaados de sus
pequeos, iban a comprar sus provisiones. Reposaban los ojos en el
espectculo de las admirables instalaciones de frutas verdes que los
vendedores procuraban presentar con una limpieza inglesa. El uno frotaba
las ciruelas contra su manga para sacarlas lustre; el otro cepillaba con
un cepillito de sombrero el terciopelo rosado de los melocotones. Era un
pintoresco batiburrillo en el que se vean melones del tamao de
calabazas, limones gruesos como melones, ciruelas como limones y uvas
como ciruelas. Quiz tambin el joven doctor miraba con cierta
complacencia a las lindas griegas asomadas a los balcones y rodeadas de
flores. En aquel pas de dicha y despreocupacin, las burguesitas no se
desdean en enviar besos a los extranjeros, como las floristas de
Florencia les arrojan ramos en sus coches. Si su padre las ve, las
abofetea rudamente, en nombre de la moral, y esto da un poco de variedad
al cuadro.

Mientras el doctor pasaba el rato inocentemente, el conde Dandolo, el
capitn Bretignires y los Vitr, coman juntos en casa del seor de
Villanera. Germana tena buen apetito; pero en cambio el pobre Gastn no
coma ms que con los ojos.

A los postres se entabl una conversacin muy interesante. El seor
Dandolo describi a grandes rasgos la poltica inglesa en extremo
Oriente, mostrando a la gran nacin establecida en Hong-Kong, en Macao,
en Cantn, en todas partes.

--Nuestros hijos--deca--, vern a los ingleses dueos de la China y del
Japn.

--Alto ah!--interrumpi el capitn Bretignires. Qu dejaramos
entonces para Francia?

--Todo lo que pida, es decir, nada. Francia es un pas desinteresado. Se
pasa la vida haciendo conquistas, pero no guarda nada para s.

--Entendmonos, seor conde. Francia nunca ha tenido egosmo. Ha hecho
ms por la civilizacin que ningn otro pas de Europa, y nunca ha
pedido recompensa. El Universo entero es nuestro deudor; nosotros le
proveemos de ideas desde hace trescientos o cuatrocientos aos, y no nos
ha dado nada en cambio. Cuando pienso que ni siquiera tenemos las islas
Jnicas!

--Ya las han tenido, capitn, y no han querido conservarlas.

--Ah! si yo tuviese mis dos piernas!

--Qu hara usted, capitn?--pregunt la seora de Villanera.

--Qu hara, seora? Mi pas no tiene ambicin; ya la tendra yo por
l. Yo le dara las islas Jnicas, Malta, las Indias, la China y el
Japn; y no sufrira que se hablase de monarqua universal.

--El seor de Bretignires--dijo Germana--se parece al preceptor aquel
de quien uno de los alumnos rob un higo. Le hizo un sermn sobre la
glotonera y se comi el higo en el calor de la improvisacin.

El capitn se detuvo ruborizndose hasta las orejas.

--Creo--dijo--que he ido ms lejos que mi pensamiento. Dnde estbamos?

--En todas partes--respondi el conde Dandolo.

--Es justo, puesto que hablamos de Inglaterra. Cree usted que si lo de
Ky-Tcheou hubiese ocurrido a un navo ingls se hubieran conformado sus
oficiales con bombardear la ciudad? No son tan tontos! Inglaterra
habra conseguido un buen tratado de comercio, cien millones en metlico
y cincuenta leguas de territorio.

--Lo cree usted?--pregunt el seor Dandolo.

--Estoy seguro.

--Pues bien, para qu discutir ms? Soy de igual opinin.

--Qu es esa historia de Ky-Tcheou?--pregunt Germana.

--No ha ledo usted eso, seora?

--Nosotros no vemos ningn peridico aqu, a excepcin de usted, querido
conde.

--Pues bien, lo de Ky-Tcheou es un asunto de importancia. Los chinos han
asesinado a dos misioneros y a un comandante francs; los franceses han
arrasado la ciudad, tan completamente, que su nombre no figura ya en el
mapa; las gentes se preguntan en qu quedar eso; yo creo que en nada.

El conde, que hasta entonces haba permanecido silencioso, pregunt al
seor Dandolo:

--Es reciente la historia de que usted habla?

--De ahora mismo. Ha llegado en el ltimo correo. No ha odo hablar
usted de la _Nyade_? No ha ledo la muerte del comandante Chermidy?

El conde de Villanera palideci; Germana le mir fijamente para
sorprender en l un sntoma de alegra; la vieja condesa se levant de
la mesa y el seor Dandolo pas al saln sin haber contado la historia
de Ky-Tcheou.

Germana aprovech el momento en que se serva el caf para arrastrar al
seor de Villanera hasta el jardn. El sol se haba puesto dos horas
antes y la noche era calurosa como un da de verano. Los dos esposos se
sentaron juntos en un banco rstico a orillas del mar. La luna no haba
aparecido an en el horizonte, pero las estrellas fugaces cruzaban el
cielo en todas direcciones, y las olas iluminaban la playa con sus
fosforescencias.

Don Diego aun estaba aturdido por la noticia que acababa de or. Haba
recibido una sacudida violenta; pero la impresin haba sido tan
repentina que aun no poda darse cuenta exacta de si era de placer o de
pena. Se pareca al hombre que se ha cado de un tejado y se palpa para
saber si est muerto o vivo. Mil reflexiones rpidas atravesaban
confusamente su espritu, como las antorchas que cruzan un campo sin
disipar las tinieblas. Germana no estaba ms tranquila que l. Presenta
que su vida iba a decidirse en una hora y que su mdico no era ya el
seor Le Bris, sino el seor de Villanera. No obstante, los dos jvenes,
conmovidos hasta el fondo del alma por una emocin violenta,
permanecieron algunos instantes sentados el uno al lado del otro en el
ms profundo silencio. Un pescador que pasaba cerca de la orilla les
tom seguramente por dos amantes dichosos, absortos en la contemplacin
de su felicidad.

Germana fue la primera en hablar. Se volvi hacia su marido, le cogi
las dos manos y le dijo con voz ahogada:

--Don Diego, lo saba usted?

--No, Germana. Si lo hubiera sabido se lo habra dicho. No tengo
secretos para usted.

--Y qu impresin le ha producido a usted la noticia? De disgusto o de
alegra?

--No s qu responder y me pone usted en un verdadero compromiso. Djeme
tiempo para que pueda darme cuenta de lo que me pasa. Ese acontecimiento
no puede alegrarme, ya lo sabe usted. Pero si yo le dijese que me sabe
mal creera usted que yo haba tomado mis medidas para esa fatal
eventualidad. No es eso lo que usted piensa?

--Yo no estoy segura de lo que pienso, don Diego. Mi corazn late tan
fuerte, que me sera difcil or otra cosa. La nica idea que se me
presenta clara es la de que esa mujer es libre. Si le haba prometido
quedarse viuda, ha cumplido su palabra antes que usted. Ha sido la
primera en llegar a la cita que le ha dado usted, y yo temo...

--Qu teme usted?

--Ser un obstculo, puesto que mi vida le separa de la dicha y que mi
salud le hace perder toda esperanza.

--Su vida y su salud, Germana, son presentes de Dios. Es un milagro del
Cielo el que la ha conservado a usted, y ahora que ya conozco a usted
bendigo desde el fondo de mi corazn los decretos de la Providencia.

--Le doy las gracias, don Diego, y le reconozco a usted en ese lenguaje
noble y religioso. Es usted demasiado buen cristiano para rebelarse
contra un milagro. Pero, no siente usted ningn disgusto? Hbleme usted
con entera franqueza porque ya estoy lo suficientemente fuerte para
orlo todo.

--Lo nico que siento es no haber dado a usted mi primer amor.

--Qu bueno es usted! Esa mujer no ha sido jams digna de usted. Yo no
la he visto nunca, pero instintivamente la detesto, la desprecio.

--No hay necesidad de despreciarla, Germana. Yo ya no la amo porque mi
corazn est lleno de usted y no queda en l sitio para otra; pero no
tiene usted razn al despreciarla, se lo juro.

--Por qu quiere usted que sea yo ms indulgente que el resto del
mundo? Ella ha faltado a todos sus deberes engaando a un hombre honrado
que le haba dado su nombre. Cmo una mujer puede hacer traicin a su
marido?

--Es culpable a los ojos del mundo, pero yo no puedo censurarla porque
me amaba.

--Y quin no amara a usted, amigo mo? Es usted tan bueno, tan
grande, tan noble, tan hermoso! No, no haga usted gestos de protesta. Yo
no tengo peor gusto que las otras y s bien lo que digo. Usted no se
parece al seor Le Bris, ni a Gastn de Vitr, ni a Spiro Dandolo ni a
ninguno de esos que tienen xito con las mujeres; y no obstante, fue al
verle a usted la primera vez cuando comprend que el hombre era la ms
bella criatura de Dios.

--Me ama usted, pues, un poco, Germana?

--Hace ya mucho tiempo. Desde el da que entr usted en el palacio
Sangli. Y, sin embargo, no era para nada bueno para lo que iba usted a
mi casa. Cuando el doctor propuso el negocio a mis padres, yo cre que
iba a casarme con un mal hombre. Yo me prometa sufrirle con paciencia y
abandonarle sin pesar. Pero cuando le encontr en el saln, qued
avergonzada y lament que un clculo tan vil hubiese nacido en una
cabeza tan noble y tan inteligente. Entonces comenc a tratarle con
despego; sabe usted por qu? Me hubiera muerto de vergenza si hubiera
adivinado usted que yo le amaba. Esto no entraba en nuestros tratos.
Durante todo el viaje no pens ms que en darle disgustos. Cree usted
que me hubiera conducido con tanta ingratitud de serme usted
indiferente? Pero yo estaba furiosa al ver que si me trataba usted tan
bien era por descargo de su conciencia. Despus, sin quererlo, pensaba
en la otra que le esperaba en Pars. Adems tema adquirir una dulce
costumbre de dicha y de amor que la muerte vendra a romper. Y por
ltimo estaba tan enferma y sufra tan cruelmente! El da en que llor
usted asomado a la ventanilla, yo lo vi y estuve a punto de pedirle
perdn y de saltarle al cuello, pero el orgullo me contuvo. Yo
pertenezco a una raza ilustre, amigo mo, y soy la nica en mi familia
que se haya vendido por dinero. El da que fuimos a Pompeya, estuve a
punto de descubrirme. Se acuerda usted? Yo no he olvidado nada, ni sus
dulces palabras, ni mis extravagancias, ni sus cuidados tan tiernos y
tan pacientes, ni todo el mal que le hice. Yo le he dado un cliz bien
amargo y usted lo ha apurado hasta las heces. Verdad es que yo no era
tampoco ms feliz. Yo no estaba segura de usted, tema equivocarme sobre
el sentido de sus bondades y de interpretar por seales de amor lo que
era piedad. Lo nico que me tranquilizaba un poco era el placer que
manifestaba usted en quedarse a mi lado. Cuando usted paseaba por el
jardn, yo, desde mi divn, le segua con el rabillo del ojo y muchas
veces finga dormir para que usted se acercase a m con ms libertad. No
tena necesidad de abrir los ojos para saber que usted estaba all; le
vea a travs de las pestaas. Y en cualquier lugar que usted est yo le
adivino y sera capaz de encontrarle con los ojos cerrados. Cuando usted
est a mi lado, mi corazn se dilata y se hincha de tal modo, que no me
cabe en el pecho. Cuando usted habla, su voz me entra a borbotones por
los odos y me embriago oyndole. Cada vez que mi mano toca la de usted,
un estremecimiento me recorre todo el cuerpo y experimento una sensacin
tan dulcemente extraa que me conmueve hasta la raz del cabello. Cuando
usted se aleja por un instante, cuando no puedo verle ni orle, se hace
un gran vaco a mi alrededor y siento que hasta la tierra me falta bajo
los pies. Ahora, don Diego, dgame si le amo, porque usted tiene ms
experiencia que yo y no se puede equivocar. Yo no soy ms que una pobre
ignorante, pero usted debe recordar si es as como le amaban en Pars.

Esta confesin ingenua descenda como un roco matinal sobre el corazn
de don Diego. Y se sinti tan deliciosamente refrescado que olvid no
slo los cuidados presentes, sino hasta los placeres pasados. Una luz
nueva ilumin su espritu; compar de una sola ojeada sus antiguos
amores, agitados y cenagosos como un charco, con la dulce limpidez de la
felicidad legtima. Es la historia de todos los maridos jvenes.

El da en que descansan la cabeza sobre la almohada conyugal, advierten
con una dulce sorpresa que nunca haban dormido tan bien.

El conde bes tiernamente las dos manos de Germana y le dijo:

--S, t me amas, y nadie me ha amado nunca como t. T me has hecho ver
un mundo nuevo, lleno de delicias honestas y de placeres sin
remordimientos. Yo no s si te he salvado la vida, pero t me has pagado
con creces la deuda abriendo mis ojos ciegos a la santa luz del amor.
Ammonos, Germana, tanto como nuestro corazn sea capaz. Dios que nos ha
unido por el matrimonio, se alegrar de haber hecho dos dichosos ms.
Olvidemos al mundo entero para ser el uno del otro; cerremos los odos a
todos los ruidos del mundo, tanto si vienen de la China como de Pars.
Este es el paraso terrestre; vivamos para nosotros solos bendiciendo la
mano que nos ha colocado en l.

--Vivamos para nosotros--dijo la joven--y para los que nos aman. Yo no
sera dichosa si no tuviese con nosotros a nuestra madre y a nuestro
hijo. Les he amado tiernamente desde el primer da. Y cmo se le
parecen los dos, amigo mo! Cuando el pequeo Gmez viene a jugar al
jardn me parece que veo su sonrisa de usted en su carita. Estoy muy
contenta de haberlo adoptado. Esa mujer no me lo robar jams, no es
verdad? La ley me lo ha dado para siempre; es mi heredero, mi nico
hijo!

--No, Germana--respondi el conde--, es tu hijo mayor.

Germana tendi los brazos a su marido, se los anud alrededor del
cuello, le atrajo hacia s y coloc dulcemente su boca sobre sus labios.
Pero la emocin de este primer beso fue ms fuerte que la pobre
convaleciente. Sus ojos se velaron y todo su cuerpo desfalleci. Cuando
se sinti algo ms repuesta se dirigi a la casa del brazo de su marido.
Apoyaba en l todo el peso de su cuerpo y marchaba casi suspendida, como
un nio que da sus primeros pasos.

--Ya lo ve usted--le dijo--, estoy an bastante dbil a pesar de las
apariencias. Me crea fuerte y he aqu que una apariencia de dicha ha
bastado para derribarme. No me diga usted esas cosas tan bonitas, no me
haga demasiado dichosa; cudeme hasta que est fuera de peligro. Sera
muy triste morir cuando comienza una vida tan hermosa! Ahora, voy a
apresurar mi curacin y a cuidarme con todas mis fuerzas. Vuelva usted
al saln; yo voy corriendo a ocultarme en mi habitacin. Hasta maana,
amigo mo; le amo!

Ella subi a su dormitorio y se arroj sobre la cama, tan confusa como
emocionada. Un punto luminoso que brillaba en un ngulo de la estancia
atrajo su atencin. La llama de la lmpara se reflejaba en un pequeo
globo del yodmetro. Desde lo ms profundo de su corazn bendijo aquel
aparato bienhechor que le haba devuelto la vida y le haba de devolver
las fuerzas en algunos das. Entonces se le ocurri la idea de apresurar
su curacin ingiriendo una buena cantidad de yodo sin permiso del
doctor. Prepar el aparato, lo aproxim a su cama y bebi vidamente el
vapor violceo, con alegra; no experimentaba disgusto ni fatigas;
aquello era la vida que entraba a borbotones en su cuerpo. Se senta
orgullosa de poder probar al mdico que era demasiado prudente; se
complaca en una locura heroica y arriesgaba su vida por el amor a don
Diego.

No se supo qu cantidad de yodo haba aspirado, ni cunto tiempo haba
prolongado aquella fatal imprudencia. Cuando la anciana condesa abandon
el saln para ir a ver a la enferma, se encontr con el aparato roto y
derribado por el suelo y a Germana con una fiebre violenta. Se la
atendi como se pudo hasta el regreso del doctor Le Bris, que lleg a
caballo, a media noche. Todos los convidados pernoctaron en la villa
para saber con ms prontitud las noticias. El doctor estaba espantado
ante la agitacin de Germana. No saba si atribuirla al uso inmoderado
del yodo o a alguna emocin peligrosa. La seora de Villanera acusaba
secretamente al conde Dandolo; don Diego se acusaba a s mismo.

Al da siguiente, Le Bris reconoci una inflamacin en los pulmones que
poda producir la muerte, y llam al doctor Delviniotis y a dos de sus
colegas. Los mdicos diferan sobre la causa del mal, pero ninguno se
atrevi a responder de la curacin. El seor Le Bris haba perdido la
cabeza como un capitn de barco que encuentra un banco de rocas a la
entrada del puerto. El seor Delviniotis, ms tranquilo, aunque no
haba podido menos que llorar, abrigaba tmidamente un resto de
esperanza.

--Quiz--dijo--nos encontramos ante una inflamacin adhesiva que cerrar
las cavernas y reparar todos los desrdenes causados por la enfermedad.

El pobre doctor escuchaba esta opinin meneando tristemente la cabeza.
Es como si a un arquitecto se le dijese: La casa construida por usted
est mal cimentada, pero puede sobrevenir un terremoto y devolverle su
equilibrio. Todos estaban conformes en que la enferma entraba en una
crisis, pero nadie, ni el propio seor Delviniotis, se atreva a
asegurar que no se terminase por la muerte.

Germana deliraba. No reconoca a nadie. En todos los hombres que se le
acercaban crea reconocer a don Diego; en todas las mujeres a la seora
Chermidy. Sus discursos confusos eran una mezcla de frases de cario y
de imprecaciones. A cada momento preguntaba por su hijo. Le presentaban
al pequeo marqus y lo rechazaba con disgusto diciendo: No es ste.
Traedme a mi hijo mayor, al hijo de esa mujer. Estoy segura de que me lo
ha robado. El nio comprenda vagamente el peligro de su mamata, aun
cuando no tuviese ninguna nocin de la muerte. Vea llorar a todo el
mundo y l tambin lloraba lanzando grandes gritos.

Se vio entonces cun querida era la joven por todos los que le rodeaban.
Durante ocho das los amigos de la familia acamparon en la casa,
durmiendo donde podan, comiendo lo que encontraban y ocupndose
exclusivamente de la enferma. Los dos mdicos estaban encadenados a la
cabecera de Germana. El capitn Bretignires no poda estarse quieto un
momento; daba agitados paseos por la casa y el jardn; por todas partes
no se oa ms que el paso ruidoso de su pierna de madera. El seor
Stevens abandon sus asuntos, su tribunal y sus costumbres. La seora de
Vitr se convirti en enfermera a las rdenes de la condesa. Los dos
Dandolo corran maana y noche a la ciudad en busca de mdicos que no
saban qu decir y de medicamentos que no hacan nada. Los vecinos de
los alrededores estaban ansiosos; las noticias de Germana se cotizaban a
todas horas en los pequeos castillos de la vecindad. De todos lados
afluan los remedios caseros, las panaceas secretas que se transmiten de
padres a hijos.

Don Diego y Gastn de Vitr se asemejaban en su dolor. Se hubiera dicho
que eran dos hermanos de la moribunda. El uno y el otro vivan apartados
de los dems y se pasaban el da sentados bajo un rbol o sobre la
arena, sumidos en un estupor mudo y sin lgrimas. Si el conde hubiese
tenido lugar de ser celoso, lo habra estado de la desesperacin del
joven. Pero cada uno de los circunstantes estaba demasiado preocupado
por el peligro de Germana para observar la fisonoma del vecino.
Unicamente la seora de Vitr diriga de cuando en cuando una mirada de
ansiedad a su hijo, e inmediatamente corra a la cama de Germana, como
si un instinto secreto le dijese que de ella dependa la salvacin de
Gastn.

La viuda de Villanera ofreca un aspecto terrorfico. Aquella mujer
alta, negra, sucia y despeinada, no lloraba ms que su hijo, pero en sus
grandes y azorados ojos se lea un poema de dolor. No hablaba con nadie,
no vea a nadie y dejaba que sus huspedes se hiciesen ellos mismos los
honores de la casa. Todo su ser estaba consagrado a la salvacin de
Germana; toda su alma luchaba contra el peligro presente con una
voluntad de hierro. Jams el genio del bien haba adoptado un aspecto
ms feroz y ms terrible. Se lea en su rostro una abnegacin furiosa,
una amistad exasperada, una ternura irascible. No era ni una mujer ni
una enfermera, sino un demonio femenino que disputaba su presa a la
muerte.

En cambio el bueno de Mateo Mantoux tomaba dulcemente el sol. Como todos
los seores se disputaban los quehaceres de los criados, el antiguo
cerrajero se adjudicaba los ocios de un seor. Se informaba todas las
maanas de la salud de Germana, nicamente por saber si entrara en
posesin muy pronto de sus 1.200 francos de renta. Atribua la muerte de
su ama al vaso de agua azucarada que le haba preparado tan
pacientemente todas las noches, y pensaba frotndose las manos que todo
llega para el que sabe esperar. A medioda haca un segundo almuerzo, y
para digerir bien, a estilo de propietario, se paseaba una o dos horas
alrededor de la finca a la que haba echado el ojo. Notaba que los setos
estaban mal cuidados y se prometa reforzarlos, para que no pudiesen
entrar los ladrones.

El 6 de septiembre, hasta el seor Delviniotis haba perdido toda
esperanza. Mateo Mantoux lo supo y se apresur a escribir a la seorita
_le Tas_, en casa de la seora Chermidy, calle del Circo, Pars.

El mismo da, el seor Le Bris escriba al seor de La Tour de Embleuse:

     Seor duque: No me atrevo a llamarle a su lado. Cuando usted
     reciba esta carta, ya habr dejado de existir. Cuide y consuele a
     la seora duquesa.




XI

LA VIUDA CHERMIDY


La carta de Mantoux y la promesa formal de la muerte de Germana llegaron
el 12 de septiembre a poder de la seora Chermidy.

La bella arlesiana haba perdido ya las esperanzas y la paciencia. Nadie
le escriba de Corf; no saba noticias de su amante ni de su hijo; el
doctor, ocupado en cosas ms importantes, ni siquiera le haba dado el
psame por la muerte de su marido. Comenzaba a dudar del seor de
Villanera y se comparaba a Calipso, a Medea, a la rubia Ariadna y a
todas las abandonadas de la fbula. Algunas veces se extraaba de ver
que su despecho se converta en amor, sorprendindose de suspirar sin
testigos y con la mejor buena fe del mundo. El recuerdo de tres aos
pasados con el conde produca en su corazn una sensacin mezcla de
dolor y de placer. Se reprochaba, entre otras tonteras, el haberle
tenido la brida demasiado corta y el haberse hecho tanto de desear; el
no haberle saciado de dicha y el no haberle matado de ternura.

--Es culpa ma--pensaba--; lo he acostumbrado a privarse de m. Si yo
hubiese sabido apoderarme de l, me habra hecho necesaria para su vida.
No hubiera tenido que hacer ms que un signo para que abandonase a su
mujer, a su madre, a todo, en fin.

Se preguntaba frecuentemente si la ausencia no la haba perjudicado en
el espritu de don Diego. Meditaba sobre la locucin popular: Ojos que
no ven, corazn que no siente. Pensaba en embarcarse para las islas
Jnicas, en caer como una bomba en la casa de su amante y en apoderarse
de l en una lucha heroica. Le bastara un cuarto de hora para reanimar
el fuego mal extinguido y para reanudar una costumbre que no estaba ms
que interrumpida. Se vea disputando con la anciana condesa y con
Germana; ella sabra anonadarlas con su belleza, con su elocuencia, con
su energa. Entonces se apoderara de su hijo, huira con l y la
sonrisa irresistible del nio arrastrara al padre.

--Quin sabe--se deca--si una escena bien representada no matara a la
enferma? No se ve a mujeres llenas de salud desmayarse en el teatro?
Un buen drama representado por m, tal vez la hara desmayar para
siempre.

Un sentimiento ms humano, y por lo tanto ms verosmil, la haca
lamentar la ausencia de su hijo. Ella lo haba llevado en sus entraas y
puesto en el mundo; era su madre, despus de todo, y senta haberse
deshecho de l en provecho de otra. El amor materno encuentra
alojamiento en todas partes; es un husped sin prejuicios, que sufre la
vecindad de las pasiones ms bajas. Vive cmodamente en el corazn ms
depravado y en el alma ms pervertida. La seora Chermidy derram
algunas lgrimas bien sinceras pensando que haba alienado la propiedad
de su hijo y abdicado del nombre de madre.

Era verdaderamente desgraciada. Es nicamente en el teatro donde la
desgracia es privilegio de la virtud. No le hubieran faltado
distracciones y para ello no tena ms que elegir, pero saba por
experiencia que el placer no consuela de nada. Desde haca diez aos su
vida haba sido agitada y ruidosa como una fiesta, pero a expensas de la
paz del alma. No hay nada ms vaco, ms inquieto y ms miserable que la
existencia de una mujer que slo vive para el placer. La ambicin que la
haba sostenido desde su matrimonio, comenzaba ya a abandonarla; era
como la caa hendida que se doblega bajo la mano del viajero. Era
bastante rica para no desear el aumento de su fortuna; hay poca
diferencia entre un milln de beneficios y quinientos mil francos de
renta; algunos caballos ms en las caballerizas, algunos lacayos ms a
la entrada, no aaden casi nada a la felicidad del dueo. Lo que la
haba halagado durante algn tiempo, era un nombre ilustre que pasear
por el mundo. Hasta pens ms de una vez en procurrselo por la va
legtima, y encontr cincuenta para elegir; siempre hay nombres a la
venta en Pars. Pero tena el derecho a mostrarse exigente: cuando se
ha llevado el de Villanera! No se decidi.

Mientras tanto, concibi la extravagante idea de dar un sucesor pblico
a don Diego. Quiz cuando viese su tesoro en manos de otro acudiera a
reclamarlo. Pero tambin tema proporcionar con ello armas a sus
enemigos; Germana no estaba salvada an; era jugarse el todo por el todo
y se expona a cerrarse las puertas del matrimonio. Adems, por mucho
que buscase a su alrededor, no encontraba un hombre que valiese un
capricho ni que fuese digno de sustituir por un solo da al seor de
Villanera. Los supernumerarios que la hacan la corte en el saln, no
supieron nunca cun cerca haban estado de la dicha.

Para ocupar sus ocios, no encontr nada mejor que acabar la ruina moral
del anciano duque. Cumpli la tarea que se haba impuesto con la
atencin minuciosa, el cuidado paciente y la perseverancia infatigable
de aquella sultana aburrida que, en la ausencia del seor, arranca una a
una todas las plumas de un viejo loro.

Hubiera preferido, desde luego, vengarse directamente de Germana; pero
Germana estaba lejos. Si la duquesa se hubiese encontrado a su alcance,
hubiera dado la preferencia a la duquesa. Pero la duquesa no sala de su
habitacin ms que para ir a la iglesia: la seora Chermidy no poda
encontrarla all, porque no iba nunca. Hubiera podido tambin matar de
hambre a la ducal familia; pero la operacin requera tiempo. Al volver
a tener dinero, el seor de La Tour de Embleuse haba levantado de nuevo
su crdito. La hermosa enemiga de la familia no tena ms que al duque
en su poder; jur hacerle perder la cabeza, y lo consigui.

En los baos rusos, cuando el paciente sale de la abrasadora estufa,
cuando su cuerpo se ha acostumbrado gradualmente a un alta temperatura,
cuando el calor ha dilatado ampliamente sus poros y su rostro se esponja
como una peona en flor, se le conduce suavemente bajo un grifo de agua
fra; una ducha glacial le cae sobre la cabeza y el fro le penetra
hasta la medula. La seora Chermidy trat al duque por el mismo
procedimiento. A los rusos les sienta bien, pensaba; al viejo le
sentar mal. Fue vctima de la coquetera ms odiosa que haya torturado
jams el corazn de un hombre. La seora Chermidy le persuadi de que le
amaba, _le Tas_ se lo jur, y si se hubiera contentado con palabras,
habra sido el sexagenario ms dichoso de Pars. Se pasaba la vida en la
calle del Circo, y sufra un verdadero martirio. Derrochaba todos los
das tanta elocuencia y pasin, tantos razonamientos y ruegos, tanta
verdadera y falsa lgica como J. J. Rousseau en _La Nueva Elosa_; todas
las noches lo ponan a la puerta con buenas palabras. Juraba no volver
ms; empleaba una larga noche de insomnio en maldecir al autor de su
suplicio, y al da siguiente corra a casa de su verdugo con una
impaciencia senil. Toda su inteligencia, toda su voluntad, todos sus
vicios se haban absorbido y confundido en aquella pasin nica. No era
ya ni marido, ni padre, ni hombre, ni caballero; era sencillamente el
juguete de la seora Chermidy.

La experiencia dio tan buenos resultados, que el pobre hombre, fuese
dichoso, fuese desgraciado, haba de dejar la vida en ella. Un suplicio
prolongado lo mataba lentamente; la gracia que peda lo hubiera matado
de repente.

Despus de un verano de sufrimientos cotidianos, sus facultades
intelectuales haban descendido sensiblemente. Casi no tena ya memoria;
por lo menos olvidaba todo lo que no se refera a su amor. No se
interesaba por nada; los asuntos privados y pblicos, su casa, su mujer,
su hija, todo le era indiferente y extrao. La duquesa le cuidaba como a
un nio cuando por casualidad se quedaba a su lado; desgraciadamente no
era an bastante nio para que se le pudiese encerrar en casa.

Cuando recibi la carta del doctor Le Bris la reley dos o tres veces
sin comprenderla. Si la duquesa hubiera estado all, le habra rogado
que se la leyese y se la explicase. Pero rompi el sobre cuando ya haba
salido para dirigirse a toda prisa a la calle del Circo y no quiso
desandar lo andado. A fuerza de leerla, adivin que se trataba de su
hija, se encogi de hombros y se dijo sin acortar el paso:

--Ese Le Bris es siempre el mismo. Yo no s qu tiene contra mi hija. La
prueba de que no est para morir, es que se encuentra bien.

No obstante, reflexion que el doctor poda muy bien decir verdad. Esta
idea le produjo terror.

--Sera una gran desgracia para nosotros--deca corriendo con toda la
velocidad de sus piernas--. Soy un padre sin consuelo. No hay tiempo que
perder. Voy a anuncirselo a Honorina. Ella me comprender, porque tiene
buen corazn. Ella tendr piedad de m, enjugar mis lgrimas, y, quin
sabe si...

Cuando entr en el saln, sonrea con aire embrutecido.

Nunca la seora Chermidy haba estado tan bella y tan radiante. Su cara
pareca un sol; el triunfo relampagueaba en sus ojos; su silln pareca
un trono, y su voz sonaba como un clarn. Se levant para recibir al
duque; sus pies no tocaban sobre la alfombra y su cabeza, soberbia de
alegra, pareca ascender hasta el techo. El viejo se detuvo atontado y
jadeante al verla de tal modo transfigurada. Balbuci algunas palabras
ininteligibles y se dej caer pesadamente en un silln.

La seora Chermidy fue a sentarse a su lado.

--Buenos das, seor duque!--exclam--. Buenos das, y adis.

El duque palideci y repiti estpidamente:

--Adis?

--S, adis. No me pregunta usted a dnde voy?

--S.

--Pues bien, est satisfecho. Voy a Corf.

--A propsito--dijo l--. Creo que mi hija ha muerto. El doctor me lo ha
escrito esta maana. Soy muy desgraciado, Honorina, y debera usted
tener piedad de m.

--Ah! es usted desgraciado! y la duquesa tambin es muy desgraciada!
Y la vieja Villanera debe de llorar lgrimas negras sobre sus mejillas
bronceadas! Pero yo, no; yo ro, triunfo, reino; y la enterrar y
despus me casar. Ya ha muerto! Al fin ha pagado su deuda! al fin me
devuelve todo lo que me haba robado! y entrar en posesin de mi
amante y de mi hijo! Por qu me mira usted con esos ojos de extraeza?
Es que crea usted que iba a contenerme? Ya he hecho bastante con
devorar mi rabia durante ocho meses. Tanto peor para aquellos a quienes
mi dicha ofusque; no tienen ms que cerrar los ojos.

Aquella alegra desenfrenada pareci devolver al anciano una apariencia
de razn. Se levant con energa y dijo a la viuda:

--Piensa usted en lo que est haciendo? Usted se regocija delante de
m de la muerte de mi hija!

--Y en cambio usted--contest impdicamente--se ha regocijado de su
vida. Quin es el que se tomaba la molestia de traerme sus noticias?
Quin es el que vena todos los das a decirme en la cara: est mejor?
Quin es el que me obligaba a leer sus cartas y las del mdico? Hace
casi ocho meses que usted me estaba asesinando con su salud. Qu menos
que un cuarto de hora para regalarme con su muerte!

--Pero, Honorina, usted es una mujer horrible!

--S perfectamente lo que soy. Si su hija de usted hubiera vivido, como
ha estado a punto de ocurrir, no se habra ocultado de m. Hubiera
paseado todos los das por el Bosque, con don Diego, con mi hijo, y yo
les hubiera visto desde mi coche! Hubiera habitado en un palacio, en
Pars, y yo me habra consumido a la puerta. Hubiera puesto en sus
tarjetas de visita el nombre de Villanera, que es el mo; me parece,
caramba!, que lo he ganado bien. Y no quiere usted que ahora tome mi
desquite?

--Pero es que aun ama al seor de Villanera?

--Pobre duque! Es que cree usted que de la noche a la maana se puede
olvidar a un hombre como don Diego? Usted cree que se echa un nio al
mundo, como el mo, que ha nacido marqus, para hacer un regalo a una
tsica? Admite usted que yo haya pedido a Dios durante tres aos la
muerte de mi marido, yo que no rezo nunca, para no hacer nada de mi
libertad? Usted supone que Chermidy se ha hecho matar en Ky-Tcheou para
que yo quede viuda a perpetuidad?

--As va usted a casarse con el conde de Villanera?

--Claro!

--Y yo?

--Usted, buen hombre? Vaya a consolar a su mujer; por ah debera haber
empezado.

--Y qu voy a decirle?

--Dgale lo que quiera. Adis; tengo que hacer mis bales. Tiene usted
necesidad de dinero?

El duque hizo un gesto de disgusto que advirti la seora Chermidy.

--Es que le repugna nuestro dinero? A su gusto! no le daremos ms.

El anciano sali sin saber lo que se haca, como un hombre borracho.
Err por las calles hasta la noche. Hacia las diez sinti hambre. Mont
en un coche y se hizo conducir al club. Estaba tan cambiado, que el
seor de Sangli casi no lo reconoci.

--Qu mala hierba ha pisado usted?--le pregunt el barn--. Tiene usted
la cara trastornada y parece que va a caerse. Sintese y hablaremos.

--Con mucho gusto--dijo el duque.

--Cmo va la duquesa? Llego del campo y aun no he tenido tiempo de
hacer ninguna visita.

--Que cmo va la duquesa?

--S.

--Creo que va a llorar.

--Est loco--pens el barn.

El duque aadi sin cambiar de tono:

--Me figuro que Germana ha muerto y que Honorina se alegra de ello.
Encuentro eso horrible y as se lo he dicho a ella misma.

--Germana! Vamos, pobre amigo mo, piense usted en lo que dice!
Germana! Ha muerto la seora de Villanera?

--La seora de Villanera es Honorina. Va a casarse con el conde. Tome
usted, aqu tengo la carta. Pero, qu piensa usted de la conducta de
Honorina?

El barn ley de una ojeada la carta del doctor.

--Hace mucho que sabe usted eso?--pregunt.

--Desde esta maana, cuando iba a casa de Honorina.

--Y la duquesa sabe algo?

--No, no s cmo decrselo... Quera preguntrselo a Honorina...

--Ea! Que se vaya al diablo Honorina!

--Es lo que yo digo.

Llamaron al barn para el _whist_ y respondi, sin levantarse, que
estaba ocupado, rogando a un amigo que tomase su puesto. Quera acabar
la confesin, pero el duque le interrumpi dicindole con voz ronca:

--Tengo hambre. Aun no he comido hoy.

--De veras?

--S; hgame servir un cubierto. Tambin tendr usted que prestarme
dinero, no me queda nada.

--Cmo!

--S, s; yo tena un milln, pero se lo he dado a Honorina.

El duque comi con el apetito voraz de un loco. Despus, sus ideas
parecieron aclararse. Era un espritu fatigado ms bien que enfermo.
Cont al barn la pasin insensata que lo consuma desde haca seis
meses; le explic cmo se haba despojado de todo por la seora
Chermidy.

El barn era un hombre excelente y qued tristemente impresionado al or
que aquella casa que haba visto levantarse en pocos meses haba cado
ms bajo que nunca. Compadeci sobre todo a la duquesa que deba
infaliblemente sucumbir a tantos golpes, y tom sobre s la tarea de
anunciarle gradualmente la enfermedad y la muerte de Germana,
aplicndose a fortificar el debilitado entendimiento del viejo duque. Se
tranquiliz sobre las consecuencias de su loca generosidad: era evidente
que el seor de Villanera no dejara en la miseria a su suegro. Al mismo
tiempo pudo estudiar, a travs de las confesiones y de las reticencias
del anciano, el carcter singular de la seora Chermidy.

La autoridad de un espritu sano es muy eficaz sobre un cerebro enfermo.
Despus de dos horas de conversacin, el seor de La Tour de Embleuse
desembroll el caos de sus ideas, llor la muerte de su hija, temi por
la salud de su esposa, lament las tonteras que haba hecho y estim a
la seora Chermidy en su justo valor. El seor de Sangli le dej a la
puerta de su casa muy aliviado, ya que no curado.

Al da siguiente, temprano, el barn hizo una visita a la duquesa.
Detuvo en el umbral al duque que se dispona a salir y le oblig a
entrar con l. Durante tres das no le quit la vista de encima; lo
pase, lo llev a diversiones y consigui distraerle del nico
pensamiento que lo agitaba. El 16 de septiembre lo condujo al hotel de
la implacable Honorina y le prob, preguntndolo al conserje, que haba
partido con _le Tas_ para las islas Jnicas.

El duque pareci emocionarse menos de lo que se hubiera credo. Vivi
apaciblemente encerrado en su casa, tuvo toda clase de atenciones para
con su esposa y le demostr, con una delicadeza extrema, que Germana
nunca haba estado curada y que deba esperarse lo peor. Se interes en
los menores detalles domsticos, reconoci la necesidad de hacer algunas
compras, pidi 2.000 francos a su amigo Sangli, guard el dinero, y el
20 de septiembre por la maana parti para Corf sin haberse despedido
de nadie.




XII

LA GUERRA


El da 8 de septiembre, Germana, que haba sido condenada sin apelacin
por la ciencia, equivoc a los mdicos y a sus amigos, y empez a
convalecer. La fiebre que la devoraba remiti en pocas horas como esas
grandes tormentas de los trpicos que arrancan de raz los rboles,
derriban las casas, conmueven las montaas, y un rayo de sol detiene en
medio de su carrera.

Esta feliz revolucin se oper tan bruscamente, que el seor Gmez y la
condesa no daban crdito a la realidad. Aunque el hombre se habita
antes a la dicha que al dolor, sus corazones permanecieron varios das
en suspenso. Teman ser vctimas de una ilusin; no se atrevan a
felicitarse de un milagro tan poco esperado, y se preguntaban si esa
apariencia de curacin no era el supremo esfuerzo de un ser que se
aferra a la vida, el postrer relmpago de una lmpara que se apaga.

Pero el doctor Le Bris y el seor Delviniotis comprobaron por seales
inequvocas que los males de aquel pobre cuerpo haban terminado. La
inflamacin repar en ocho das todos los destrozos de una larga
enfermedad; la crisis haba salvado a Germana; el terremoto haba vuelto
a poner la casa sobre su base.

A la joven le pareca naturalsimo vivir y haber curado. Gracias al
delirio producido por la fiebre, pas junto a la muerte sin darse
cuenta, y la violencia del mal le haba quitado la conciencia del
peligro. Despert como un nio sobre el brocal de un pozo, sin medir la
profundidad del abismo. Cuando le dijeron que haba estado a punto de
morir y que sus amigos desconfiaban de salvarla, qued muy sorprendida.
No saba de cun lejos regresaba. Y al prometerle que vivira mucho
tiempo y que ya no sufrira, mir con ternura al crucifijo de marfil que
tena sobre la cabecera de su cama y dijo con una alegra dulce y
confiada:

--El Seor me deba eso; ya he pasado el purgatorio.

En poco tiempo recobr las fuerzas, y no tard en florecer la juventud
en sus mejillas. Se habra dicho que la Naturaleza se apresuraba en
adornarla para la dicha. Entr en posesin de la vida con la alegra
impetuosa de un pretendiente que de un salto se encarama sobre el trono
de sus padres. Habra querido estar en un mismo momento en todos lados,
gozar a un mismo tiempo de todos los placeres que le haban sido
devueltos, del movimiento y del reposo, de la soledad y de la compaa,
de la claridad deslumbradora de los das y del suave resplandor de las
noches. Sus manecitas se aferraban con delicia a todo cuanto la rodeaba.
Abrumaba con sus caricias a su marido, a su suegra, al nio, a sus
amigos. Senta la necesidad de manifestar su dicha en mil ternuras. A
veces lloraba sin motivo. Pero eran lgrimas dulces. El pequeo Gmez
con sus besos las enjugaba en el borde de sus ojos, como los pajaritos
beben el roco en el cliz de una flor.

Todo es causa de placer para los convalecientes. Las funciones ms
indiferentes de la vida constituyen una fuente de delicias inefables
para el que ha visto prxima la muerte. Todos sus sentidos vibran al
menor contacto del mundo exterior. El calor del sol les parece ms dulce
que un manto de armio; la luz alegra sus ojos como una caricia, el
perfume de las flores le embriaga, los rumores de la Naturaleza llegan a
su odo como una suave meloda, y el pan le parece bueno.

Los que haban compartido los sufrimientos de Germana, se sentan
renacer con ella. Su convalecencia restableci prontamente a todos los
que estuvieron asociados a sus dolores. A su alrededor ya no hubo
seales de preocupacin, y la alegra hizo palpitar a todos los
corazones al unsono. Quedaron olvidadas todas las fatigas y todas las
angustias; la dicha rein en el hogar; el primer da bueno borr de
todos los rostros la huella de las vigilias y de las lgrimas. Los
huspedes de la villa Dandolo no pensaban en regresar a sus casas.
Unidos por la felicidad, como lo haban estado por la inquietud, se
agrupaban alrededor de Germana, como una familia bien avenida alrededor
de un nio mimado. El da en que le escribieron a la duquesa de La Tour
de Embleuse, para comunicarle la salvacin de su hija, cada uno quiso
ponerle algo en la carta a la venturosa madre, y la pluma fue pasando de
mano en mano. Esta carta lleg a Pars el 22 de septiembre, dos das
despus del eclipse del anciano duque.

La seora Chermidy y su inseparable _le Tas_ desembarcaron el 24 por la
noche en la ciudad de Corf. La viuda del comandante haba hecho las
maletas a toda prisa. Apenas si tom el tiempo preciso para reunir cien
mil francos para el salario de Mantoux y gastos imprevistos. _Le Tas_ le
aconsej que aguardase en Pars noticias ms positivas; pero se cree con
tanto gusto lo que se desea, que la seora Chermidy ya daba a Germana
por enterrada.

De Trieste a Corf hizo el viaje en el puente con los gemelos siempre en
la mano, para ser la primera en anunciar la tierra. Hubiera querido
detener a todos los barcos que pasaban a la vista, para preguntarles si
no llevaban carta para ella. Se inform si llegaran por la maana, pues
no se senta con fuerzas para pasar una noche ms en la espera y tena
el propsito de dirigirse inmediatamente a la villa Dandolo. Su
impaciencia se revelaba hasta el punto de que los pasajeros de primera
la designaban con el nombre de la _heredera_, y en voz baja se deca que
iba a Corf a incautarse de una herencia cuantiosa.

Hizo bastante mala mar durante dos das, y todo el pasaje se mare a
excepcin de la heredera de Germana, que no tena tiempo para notar los
vaivenes del barco. Quizs ni aun sus pies tocaban la cubierta del
vapor. Tal era su ligereza que volaba en vez de marchar, y cuando por
casualidad se dorma soaba que nadaba en el aire.

Cuando el buque fonde en el puerto era noche cerrada, y ya haban dado
las nueve cuando los pasajeros y sus equipajes llegaron a tierra. La
vista de las lucecitas diseminadas que brillaban aqu y acull en la
ciudad, produjo un efecto desagradable a la seora Chermidy. Al llegar
al trmino de un viaje, la esperanza que nos haba llevado hasta all
con sus alas nos falta, y caemos rudamente sobre la realidad. Lo que nos
pareca ms seguro queda velado por la duda; no contamos ya con nada y
empezamos a esperarlo todo. Nos sobrecoge el fro, sea cual fuere el
ardor de las pasiones que nos animan; nos sentimos inclinados a creer lo
peor, nos pesa haber emprendido el viaje y quisiramos retroceder.

La impresin es tanto ms penosa cuando ya no estamos solos y llegamos a
un pas menos conocido. Si nadie nos espera en el puerto y nos vemos
abandonados entre las garras de esos faquines polglotas que zumban
alrededor de los viajeros, nuestro primer sentimiento es una mezcla de
desprecio, repugnancia y desaliento. La seora Chermidy lleg muy
disgustada al hotel de Trafalgar.

Esperaba enterarse a su llegada de la muerte de Germana, y lo primero de
que se enter fue de que la lengua francesa no est muy extendida en los
hoteles de Corf, y como entre la seora Chermidy y _le Tas_ no posean
ms lengua extranjera que el provenzal, no hay que decir que con ella
tampoco adelantaban nada. Les fue preciso recurrir a un intrprete, y
cenar mientras lo esperaban. El intrprete lleg cuando el dueo del
hotel ya se haba acostado, y hubo de levantarse gruendo y protestando
de que se le molestase para asuntos que nada le importaban. Le eran
desconocidos los seores de Villanera, y le pareca dudoso que hubiesen
estado en la isla, pues todos los viajeros distinguidos se hospedaban en
_Trafalgar Hotel_. No se poda suponer que si los seores de Villanera
eran gente bien se hubiesen ido a otra parte. El hotel de Inglaterra,
el de Albin, el Victoria, eran establecimientos de ltimo orden,
indignos de hospedar a los seores de Villanera.

Dicho esto, el hotelero se acost, y el intrprete ofreci ir en seguida
en busca de informes. Estuvo ausente una gran parte de la noche, y _le
Tas_ se durmi esperndole. La seora Chermidy tasc el freno, no sin
que ms de una vez encontrara sorprendente que una persona que tena
cien mil francos en su poder no pudiese adquirir una noticia tan
sencilla. Despert a la pobre _le Tas_ que ya no poda ms, y sta le
aconsej que durmiera y no se pudriera la sangre.

--Ya comprendes--le dijo--que si la pequea ha emprendido el viaje al
otro mundo, no se habrn entretenido en colgar la poblacin de negro. No
sabremos nada hasta que vayamos al campo. Todos deben conocer la villa
Dandolo. Acustate tranquilamente, y maana ser otro da. A qu te
expones? Con seguridad que si ha muerto no resucitar esta noche.

Iba la seora Chermidy a seguir el consejo de su prima, cuando el
comisionista del hotel lleg con gran alboroto a comunicarle que los
seores de Villanera haban desembarcado en la isla en el mes de abril,
con su mdico y toda la servidumbre; que los haban llevado a la villa
Dandolo, y que deba haber muerto haca ya tiempo si es que no se
encontraba mejor a estas horas. La viuda, impaciente, puso al empleado
en la puerta, se ech luego sobre la cama y durmi bastante mal.

A la maana siguiente tom un coche y se hizo llevar a la villa Dandolo.
El cochero no supo decirle lo que le interesaba, y los campesinos que
encontr en el camino oyeron sus preguntas sin comprenderlas. Todas las
casas que vea se le antojaban la villa Dandolo, pues en realidad se
parecen mucho unas a otras en la isla. Cuando el cochero le seal un
tejado de pizarras oculto entre los rboles, se apret el corazn con
ambas manos. Consultaba con gran atencin la fisonoma del paisaje para
ver si le anunciaba la gran noticia que arda en deseos de conocer.
Desgraciadamente los jardines, los caminos y los bosques son testigos
impasibles de nuestras alegras y de nuestros dolores. Si se interesan
por nuestra muerte, lo disimulan admirablemente, pues los rboles del
parque no se visten de luto por la muerte de su dueo.

La seora Chermidy paladeaba la lentitud de los caballos. Habra querido
subir al galope la escalinata que conduca a la villa. No poda
contenerse; iba de una ventanilla a la otra, interrogando la casa y los
campos y buscando una figura humana. Por fin salt a tierra, corri
hacia la villa, encontr todas las puertas abiertas y no vio a nadie.
Retrocedi y penetr en el jardn del Norte; estaba desierto. Una
puertecita y una escalerilla llevaban al jardn del Medioda. Se lanz
por ella y se aventur por las avenidas.

A la sombra de un corpulento naranjo, por el lado de la playa, divis a
una mujer vestida de blanco, que se paseaba con un libro en la mano.
Estaba demasiado lejos para reconocerla, pero el color del vestido le
dio que pensar. No se llevan trajes blancos en una casa donde hay luto.
Todas las observaciones que haba hecho durante cinco minutos combatan
en su espritu. El abandono casi absoluto de la villa poda hacer creer
en la muerte de Germana; las puertas abiertas, los criados ausentes, los
dueos en viaje, pero, para dnde? Quizs para Pars. Mas, cmo no
saban nada en la ciudad? Habra curado Germana? Imposible en tan poco
tiempo. Estaba todava enferma? En ese caso la cuidaran y no dejaran
las puertas abiertas. No se atreva a aproximarse a la paseante blanca,
cuando de pronto un nio entr corriendo en la avenida y se perdi entre
los rboles, como un conejo asustado que atraviesa un sendero del
bosque. Reconoci en aquel nio a su hijo y recobr su audacia.

--Qu es lo que temo?--pens--. Nadie tiene derecho a echarme de aqu.
Que esa mujer viva o que haya muerto, soy madre y vengo a ver a mi hijo.

Dirigiose rectamente hacia el nio. El pequeo Gmez sinti miedo al ver
a aquella mujer enlutada, y escap corriendo hacia su madre. La seora
Chermidy dio algunos pasos tras l y se detuvo en seguida en presencia
de Germana.

Germana se hallaba sola en el jardn con el marqus de los Montes de
Hierro. Sus huspedes acababan de despedirse de ella; la condesa y su
hijo haban ido a acompaar a la seora de Vitr; el doctor se march a
la ciudad con los Dandolo y Delviniotis. La casa estaba en poder de los
criados, que dorman la siesta, segn costumbre, donde el sueo los
haba sorprendido.

La seora Chermidy reconoci a la primera ojeada a la mujer que slo una
vez haba visto, y a la que no esperaba encontrar en este mundo. No
obstante su serenidad y estar dotada por la Naturaleza de un alma bien
templada, retrocedi un paso largo, como el soldado que ve hundirse el
puente que l iba a atravesar. No era mujer que se alimentase de
quimeras; comprendi su posicin y de un salto lleg hasta las ltimas
consecuencias. Vio a su rival curada y bien curada, a su amante
confiscado, su hijo en manos de otra y su porvenir estropeado. La cada
fue tanto ms ruda cuanto que la hermosa ambiciosa caa de lo ms alto.
Despus de haber amontonado montaa sobre montaa hasta las puertas del
cielo, los titanes de la fbula no sintieron ms duramente el rayo que
los aniquilaba.

El odio que la viuda senta por la joven condesa desde el da en que
haba empezado a temerla se elev sbitamente a proporciones colosales,
como esos rboles de teatro que el maquinista hace brotar del suelo y
subir hasta los frisos. La primera idea que atraves su mente fue la de
un crimen. En sus msculos sinti estremecerse una fuerza centuplicada
por la rabia. Preguntose por qu con sus manos no rompa el obstculo
tan sutil que la separaba de su dicha, y por un instante fue la hermana
de aquellas Thyades que desgarraban en pedazos los leones y los tigres
vivos. Se arrepinti de haber dejado olvidado en el hotel Trafalgar un
pual corso, joya terrible, que en todos lados colocaba sobre el baco
de la chimenea. La hoja era azul como el muelle de un reloj, larga y
flexible como la ballena de un cors; la empuadura era de bano con
incrustaciones de plata, y la vaina de platino grabado. Con el
pensamiento corri hasta esa arma familiar, la empu con la imaginacin
y la acarici. Pens en seguida en el mar que bata muellemente la
ladera del jardn. Nada ms fcil ni ms tentador que llevar hasta all
a Germana, como el guila se lleva a un cordero blanco por el aire, y
tenderla bajo tres pies de agua, ahogar sus gritos bajo las olas y
comprimir sus esfuerzos hasta el momento en que una convulsin postrera
hiciera una nueva condesa de Villanera.

Afortunadamente la distancia es mayor entre el pensamiento y la accin
que entre los brazos y la cabeza. Adems el pequeo Gmez estaba all y
su presencia quizs salv la vida de Germana. Ms de una vez, para
paralizar una mano criminal, basta la mirada lmpida de un nio. Los
seres ms pervertidos experimentan un respeto involuntario ante esa edad
sagrada y aun ms augusta que la vejez. La vejez es como un agua en
reposo que ha dejado caer al fondo todas las impurezas de la vida; la
infamia es una fuente escapada de la montaa: se la agita sin
enturbiarla, porque es pura hasta el fondo. Los ancianos poseen la
ciencia del bien y del mal; la ignorancia de los nios es como la nieve
inmaculada de la Jungfrau que nada ha mancillado, ni aun la huella del
pie de un pjaro.

La seora Chermidy, concibi, acarici, debati y rechaz la idea de un
crimen mientras cerraba la sombrilla y saludaba a Germana, que no la
conoca.

Germana la acogi con esa gracia y esa cordialidad que es privativa de
los venturosos en el mundo. La visita de una desconocida no tena para
ella nada de sorprendente. Casi diariamente reciba personas de la
vecindad que se haban interesado por su curacin y que iban a
felicitarla por haber recobrado la salud. La viuda inici la
conversacin con unas cuantas palabras incoherentes que daban idea del
tumulto de sus pensamientos.

--Seora--le dijo--, usted no esperaba seguramente... yo tampoco
esperaba... Si hubiese sabido... Acabo de llegar de Pars, seora. Su
seor padre, el duque de La Tour de Embleuse, que me honra con su
amistad...

--Usted conoce a mi padre, seora?--interrumpi vivamente Germana--.
Hace poco que lo ha visto usted?

--Hace ocho das.

--Permtame, pues, que la bese. Mi pobre padre! Cmo est? Nos escribe
rara vez. Deme noticias de mi madre.

La seora Chermidy se mordi los labios.

--No esperaba, seora--dijo sin contestar a la pregunta--, encontrarla
tan bien. La ltima carta que el seor duque recibi de Corf...

--S, efectivamente, seora; haba llegado ya al ltimo extremo, pero no
me han querido en el cielo. Pero sintese a mi lado. A la hora presente
mi padre y mi madre ya estarn tranquilos. Oh, estoy completamente
restablecida! Debe conocerse, no es verdad? Mreme usted bien.

--S, seora. Por lo que en Pars nos dijeron, ha sido un milagro.

--Un milagro del cario y del amor, seora. La condesa, mi madre, es
tan buena! Mi marido me quiere tanto!

--Ah!... Qu nio tan lindo se que juega all baj! Es de usted,
seora?

Germana se levant del banco, mir a la viuda y retrocedi atemorizada,
como si hubiese pisado una serpiente.

--Seora!--dijo a la desconocida--, usted es la seora Chermidy.

Esta se levant a su vez y avanz hacia Germana como para pasar sobre su
cuerpo y contest:

--S, soy la madre del marqus y la esposa, ante Dios, de don Diego. En
qu me ha reconocido?

--Por el tono con que ha hablado del nio.

Fue dicho esto tan dulcemente, que la seora Chermidy se sinti
sobrecogida por un sentimiento extrao. La clera, la sorpresa y todas
las emociones que la ahogaban, se resolvieron en un hondo sollozo, y dos
gruesas lgrimas rodaron por sus mejillas. Germana ignoraba que se
llorase de rabia. Compadeci a su enemiga y exclam ingenuamente:

--Pobre mujer!

Las dos lgrimas se secaron instantneamente, como las gotas de lluvia
que caen en un crter.

--Pobre mujer, yo!--replic con dureza la seora Chermidy--. Bueno,
s, soy digna de compasin porque he sido engaada, porque han abusado
de mi buena fe, porque el cielo y la tierra unidos han conspirado para
traicionarme, porque me han robado un nombre, una fortuna, al hombre
que yo amaba y al hijo al que di vida entre dolores y sollozos!

Germana qued sobrecogida de espanto ante aquella explosin de ira, y
sus ojos se volvieron hacia la casa como en demanda de auxilio.

--Seora--dijo temblorosa--, si para eso ha venido usted a mi casa...

--A su casa! No llama usted a sus criados para hacerme arrojar de su
casa? Realmente, es curioso que sea yo quien est en su casa de usted!
Pero si usted no tiene nada que no proceda de m! Su marido, su hijo,
su fortuna y hasta el mismo aire que respira, todo procede de m, todo
me pertenece, todo lo tiene usted en depsito porque yo se lo he
confiado; me lo debe usted todo y nunca me reembolsar! Usted vegetaba
en Pars sobre un mal camastro; los mdicos la haban desahuciado, no le
quedaban ni tres meses de vida, as me lo haban prometido! Su padre y
su madre de usted se moran de hambre! Sin m, la familia de La Tour de
Embleuse no sera ms que un montn de polvo en la fosa comn. Yo se lo
he dado a usted todo, padre, madre, marido, hijo y la vida, y se atreve
usted a decirme en mi cara que estoy en su casa! Es preciso ser bien
ingrata!

Era difcil contestar a esta elocuencia salvaje. Germana cruz los
brazos sobre el pecho y dijo:

--Seora, en vano sondeo mi conciencia; no me puedo encontrar culpable
de nada como no sea de haber curado. Jams he contrado ningn
compromiso con usted, por la sencilla razn de que sta es la primera
vez que la veo. Cierto es que sin usted hace tiempo que me hubiese
muerto; pero si usted me ha salvado ha sido sin querer, y la prueba
mejor es que acaba de reprocharme el aire que respiro. Ha sido usted la
que me dio por esposa al conde de Villanera? Es posible. Pero me eligi
usted porque me crea condenada a muerte sin remedio. Por eso no le debo
ninguna gratitud. Ahora, qu puedo hacer para serle til? Estoy
dispuesta a todo, menos a morir.

--Yo no le pido nada; no quiero nada; no espero nada.

--Entonces qu ha venido a hacer usted aqu?... Dios mo! Me crea
usted enferma y esperaba encontrarme muerta!

--Estaba en mi derecho. Pero he debido tomar informes respecto a su
familia: los La Tour de Embleuse no han pagado nunca sus deudas!

Al or esta grosera, Germana perdi la paciencia y replic:

--Seora, ya est usted viendo que me encuentro bien. Puesto que
nicamente haba venido para enterrarme, su misin ha terminado, y nada
tiene ya que hacer aqu.

La seora Chermidy se instal resueltamente en el banco de piedra
diciendo:

--No me ir sin haber visto a don Diego.

--Don Diego!--exclam la convaleciente--. No lo ver usted! No quiero
que l la vea. Esccheme atentamente, seora. Estoy an muy dbil, pero
encontrar las fuerzas de las leonas para defender mi felicidad. No es
que yo dude de l: es bueno, me quiere como a una hermana y no tardar
en quererme como a esposa. Pero no quiero que su corazn se desgarre
entre lo pasado y lo porvenir. Sera odioso obligarle a elegir entre
nosotras. Adems, usted debe de haber comprendido que ya ha hecho su
eleccin, puesto que no le ha escrito ms.

--Criatura! No has podido conocer lo que es el amor en medio de las
tisanas! No sabes el imperio que tomamos sobre el hombre a fuerza de
hacerlo dichoso! No has visto los hilos de oro, ms finos y ms tupidos
que los de la tela de araa, que tejemos alrededor de su corazn! No he
venido sin armas a declararte la guerra. Traigo conmigo el recuerdo de
tres aos de pasin satisfecha y nunca saciada. Eres libre de oponer a
todo eso tus besos fraternales y tus caricias de colegiala. Quizs
crees que has apagado el fuego que yo encend? Espera que yo sople en
l, y vers qu incendio!

--Usted no le hablar. Si l fuera bastante dbil para acceder a esa
fatal entrevista, su madre y yo sabramos impedirlo.

--Bastante me preocupo yo de su madre! Tengo derechos sobre l yo
tambin, y los har valer.

--No s qu derechos pueda alegar una mujer que se ha comportado como
usted, pero s que la Iglesia y la ley me han dado al conde de Villanera
el da en que ellas me dieron a l.

--Oiga usted; le abandono el libre dominio de todos los bienes que usted
posee. Viva, sea dichosa y rica; haga la felicidad de su familia, cuide
de sus padres en sus ltimos das, pero djeme a don Diego. Nada es para
usted todava, segn usted mismo me ha confesado. No ha sido su esposo,
ha sido su mdico, su enfermero, el ayudante del doctor Le Bris.

--Es todo para m, seora, puesto que le amo.

--Ah, es as! Pues bien, cambiemos de nota. Devulvame a mi hijo! Es
mo; y supongo que convendr usted en ello. Cuando se lo ced, puse
condiciones. Como usted no ha cumplido su palabra yo retiro la ma.

--Seora--respondi Germana--, si usted quisiera a ese nio no pensara
en despojarlo de su nombre y su fortuna.

--No me importa! Lo quiero para m, como todas las madres. Prefiero
tener un bastardo a quien besar todas las maanas, que or a un marqus
que le llame a usted mam.

--S--repuso Germana--que el nio era de usted; pero usted lo dio. Ni
usted puede reclamarlo ni menos yo entregrselo.

--Lo pedir ante los tribunales. Revelar el misterio de su nacimiento.
Nada arriesgo al presente: mi marido ha muerto, y ya no me matar.

--Perder usted el pleito.

--Pero lograr armar un gran escndalo. Ah, la seora de Villanera
tiene en mucho su nombre! Se han cometido infamias para el mayor lustre
del apellido de los Villanera! Le aferrar por las orejas a ese ttulo
que Italia disputa a Espaa! Lo arrastrar del juzgado de primera
instancia al ms alto tribunal; har que lo impriman en todos los
peridicos; ser la comidilla de las tabernas de Pars; lo har publicar
en las _Pequeas causas clebres_, y la condesa vieja reventar de
rabia! Y ya pueden decir los abogados y sentenciar los jueces! Perder
el pleito, pero todos los futuros Villanera estarn tachados de
Chermidy!

Hablaba con tal calor que su discurso llam la atencin del marqus. Se
hallaba a diez pasos de distancia, gravemente ocupado en plantar ramas
en la arena para hacer un jardincito. Abandon su tarea y fue a
colocarse delante de la seora Chermidy, con un bracito en jarras. Al
verle aproximar, Germana dijo a la viuda:

--Preciso es, seora, que la pasin la extrave, pues hace una hora que
est reclamando al nio, y todava no se le ha ocurrido besarlo.

El marqus presentole la mejilla sin el menor entusiasmo, y dijo a su
terrible madre, en esa media lengua propia de los nios de su edad:

--Seora, qu le dices a mam?

--Marqus--respondi Germana--, esta seora quiere llevarte a Pars.
Quieres irte con ella?

Por toda contestacin el nio se ech en brazos de Germana, y dirigi
una mirada de recelo a la seora Chermidy.

--Le queremos todos--dijo Germana.

--Usted tambin, seora. Es una habilidad.

--Es natural. Se le parece mucho a su padre.

--Mrame bien--dijo la viuda a su hijo--. No me reconoces?

--No.

--Soy tu madre.

--No.

--T eres mi hijo, mi hijo!

--No eres t, es mam Germana.

--No tienes otra madre?

--S; mam Nera. Est en casa mam Vitr.

--Para l todas son madres suyas menos yo. No recuerdas haberme visto
en Pars?

--Qu es Pars?

--Yo te daba bombones.

--Dnde estn tus bombones?

--Vamos, los nios son hombres pequeos; la ingratitud les brota con los
dientes. Marqus de los Montes de Hierro, escchame bien. Todas esas
mams son las que te han criado. Yo soy tu verdadera madre, la nica
madre, la que te ha dado el ser.

El nio slo comprendi que aquella seora le rea, y se ech a llorar
amargamente costando gran trabajo consolarlo a Germana.

--Ya ve usted, seora--dijo sta a la viuda--, que nadie la retiene
aqu, ni aun el marqus.

--He aqu mi ultimtum--respondi la seora Chermidy altivamente.

Pero una voz muy conocida de ella le cort la palabra. Era el doctor Le
Bris que llegaba de Corf a todo correr. Haba visto a _le Tas_ en una
ventana del hotel Trafalgar, y al galope traa este noticin. El cochero
de la seora Chermidy al que haba encontrado a la puerta de la villa,
lo haba asustado al decirle que haba llevado all a una seora.
Recorri la casa, puso en pie a todos los dormilones que hallaba en su
camino y baj las escaleras del jardn de cuatro en cuatro peldaos.

No pensaba el doctor que la seora Chermidy fuese capaz de cometer un
crimen; pero, sin embargo, dej escapar un suspiro de satisfaccin al
encontrar a Germana como la haba dejado. Le tom el pulso antes de
decir palabra y luego habl.

--Condesa, est usted un poco agitada--manifest--, y creo que la
soledad le ser conveniente. Descanse usted si le parece, mientras yo
acompao a la seora hasta su coche.

Dict la orden sonriendo, pero con un tono tan autoritario que la seora
Chermidy acept su brazo sin replicar.

Cuando hubieron dado juntos algunos pasos aadi el doctor:

--Cmo, mi linda cliente! Supongo que no tiene usted la intencin de
estropear mi obra! Qu diablo viene usted a hacer aqu?

--Qu carta es sa, pues--contest la viuda ingenuamente--, que ha
escrito usted al duque?

--Ah, ya comprendo! Con efecto, pasamos una semana difcil; pero el
buen tiempo ha reaparecido.

--No queda ningn recurso, llave de los corazones?

--Ninguno, como no me muera.

--Y qu va usted ganando?

--La satisfaccin del deber cumplido. Es una hermosa curacin; como sa
no se cuentan por docenas.

--Mi pobre amigo, dicen que usted har carrera; yo me temo que no pasar
de vegetar toda su vida. Las personas de talento son a veces bastante
estpidas.

--Qu se le va a hacer! No se puede contentar a todo el mundo. La
Fontaine ha dicho eso en verso, no recuerdo dnde.

--Qu va a ser de m? Lo pierdo todo.

--Cree usted?

--Sin duda.

--Los millones, pues, para usted no son nada. Usted es mujer precavida,
y ha ido siempre a lo prctico.

--Esa opinin es la de usted?

--La ma y la de otros.

--La de don Diego, acaso?

--Es posible.

--Pues es bien injusto. Por nada le devolvera lo que me ha dado.

--Ya sabe usted que l no lo tomar. Adis, seora.

--Sigue usted teniendo a ese Mateo que el duque le envi de Pars?

--S; por qu?

--Porque ya le he dicho que desconfe de l.

--Por m no le han despedido.

La seora Chermidy regres precipitadamente a la ciudad. Su retirada
pareca una derrota, y _le Tas_, que esperaba noticias en la ventana,
adivin en seguida lo que ocurra. As que la viuda lleg a su
habitacin exclam:

--Maldita jornada!

--Se ha salvado?

--Est curada. No he podido ver al conde, ni creo verlo, y Le Bris casi
me ha puesto en la calle.

--Si ste encuentra su clientela, pierdo el nombre que llevo. Ya puedes
hacer, amigo, lo que quieras, pero nunca sers ms que un imbcil.

--O un bribn. Nos ha engaado como todos los dems.

--De quin fiarse, gran Dios, si no se puede contar con un ex
presidiario?... Despus de esto, le habrn puesto quizs en la puerta.

--No, aun est en la casa.

--Entonces aun hay remedio. Yo le hablar. Hay que jugarse el todo por
el todo.

--Vamos, pues! Es necesario que vea a don Diego.

--Y cmo le vers?

--Alquilar cualquier casa por all.

--Vamos. Estoy segura de que si llegas a tenerle bajo tus ojos, hars de
l lo que quieras. Ests soberbia!

--Es la clera. Le he reclamado el pequeo, y les he amenazado con un
proceso. Tendr miedo y vendr.

--Si viene, lo robas!

--Como a una pluma!

--Quizs has hecho mal en hablar de proceso. Es demasiado orgulloso para
ceder por ese procedimiento. Atacar a un espaol por las amenazas, es lo
mismo que acariciar a un lobo a contrapelo.

--Si las amenazas no sirven para nada, tengo otra idea. Hago testamento
en favor del marqus, le devuelvo sus millones hasta el ltimo cntimo y
despus me mato.

--Vaya una idea! Muy bonita! Y qu habrs adelantado con eso?

--No seas tonta! Me matar sin hacerme dao. El testamento demostrar
que no tengo apego al dinero; el pual, que tampoco se lo tengo a la
vida, pero no me matar hasta el momento en que vaya a abrir la puerta.

_Le Tas_ encontr la invencin excelente, aunque no fuese precisamente
nueva.

--Bueno!--dijo--; es, nicamente, un caballero andante; no tolerar que
la mujer a quien ha amado se d muerte por sus hermosos ojos. Son tan
bestias los hombres! Si yo fuese tan bonita como t, los hara correr!

--Mientras tanto, hija ma, seremos nosotras las que corramos; y desde
maana mismo.

--Pues bien, s! en marcha!

Al da siguiente, las dos mujeres, escoltadas por un mozo de cuerda, se
hicieron conducir al sur de la isla. All, en las inmediaciones de la
villa Dandolo, encontraron una linda casita para vender o alquilar, con
su verja y todo. Era la misma que la seora de Villanera haba elegido
para el seor de La Tour de Embleuse, en el caso en que ste se
decidiese a pasar el verano en Corf. Era el castillo en el aire del
pobre Mantoux, llamado _Poca Suerte_. La casa fue alquilada el 24 de
septiembre, amueblada el 25 y ocupada el 26 por la maana. As se lo
hicieron saber a don Diego.

El conde pasaba un verdadero suplicio desde haca tres das. Germana le
cont la visita que haba recibido. La pobre nia no saba el efecto que
le producira aquella noticia y, sin embargo, quiso ser ella quien se la
diese. Al anunciar a don Diego la noticia de la llegada de su antigua
amante, se aseguraba en un instante de si estaba bien curado de su amor.
Un hombre sorprendido no tiene tiempo de disimular y la primera
impresin que se lee en su cara es la verdadera. Germana se jugaba el
todo por el todo sometiendo a su marido a semejante prueba. Un relmpago
de alegra en los ojos del conde la habra matado ms seguramente que un
pistoletazo. Pero las mujeres son as, y su amor heroico prefiere un
peligro seguro a una dicha incierta.

El seor de Villanera estaba bien curado, porque se enter de aquella
noticia como el que recibe una impresin desagradable. Su frente se vel
de una tristeza que no tena nada de exagerada, porque era sincera. No
se mostr ni indignado ni escandalizado, porque el paso de la seora
Chermidy, impertinente a los ojos de todos, era bien excusable para l.
No hizo el gesto de desagrado de un gobernador de provincia al que dicen
que el enemigo ha hecho una incursin en su territorio; demostr el
disgusto de un hombre al que un accidente previsto viene a turbar en su
felicidad.

Germana no pudo repetirle sin un poco de clera las palabras insolentes
de aquella mujer y sus monstruosas pretensiones. El doctor hizo coro con
ella y la anciana condesa lament altamente no haber estado all para
arrojar a aquella desvergonzada a la puerta o al mar; el mar era una de
las puertas del jardn. Pero don Diego, en lugar de unirse a las
protestas de toda la familia, se aplic a calmar nimos y a vendar
heridas. Defendi a su antigua querida o, mejor dicho, la compadeci
como un hombre galante que ya no ama, pero que se cree amado an. Llen
este dulce deber con una tal delicadeza, que Germana aun qued
agradecida, porque apreci una vez ms la rectitud y la firmeza de su
alma. Adems, si le permita al conde dar su compasin a la seora
Chermidy, es porque estaba bien segura de poseer todo su amor.

La condesa era bastante menos tolerante. La reivindicacin del nio y la
amenaza de un proceso escandaloso, la haban exasperado. No se
conformaba con menos que entregar a la viuda a los magistrados de las
siete islas y hacerla expulsar vergonzosamente como una aventurera.

--El seor Stevens--dijo--es amigo nuestro y no nos negar este pequeo
servicio.

Para ella, la visita de la viuda a Germana tena todos los caracteres de
una tentativa de asesinato, porque, despus de todo, la presencia de una
mujer tan odiosa poda matar a una convaleciente. El doctor no encontr
descabellada la idea.

El conde intent calmar a su madre.

--No tema usted nada--dijo--, no intentar ningn proceso. No es tan
desnaturalizada que quiera comprometer a su hijo al mismo tiempo que a
nosotros. La clera la ofusc, sin duda. A nosotros, que somos dichosos,
nos es fcil hablar sensatamente. Debe estar indignada contra m y
mirarme como a un gran culpable, porque yo la he abandonado sin tener
nada que reprocharle; en ocho meses no le he escrito ni una sola carta;
he dado mi alma a otra. Aun me odiara ms si supiera que los das ms
dichosos de mi vida son los que he pasado lejos de ella al lado de mi
Germana y si yo le dijese que mi corazn est lleno de amor hasta los
bordes, como esas copas que una gota ms hara desbordar. Djeme que la
despida con buenas palabras. Por qu no he de ir a abrirle mi corazn y
a mostrarle que ya no queda sitio para ella? No hace falta ms que una
hora de dulzura y de firmeza para cambiar el amor despechado en una
amistad pura y duradera. Yo le aseguro que no pensar ms en el
escndalo y ser digna de encontrarse con nosotros sin embarazo y de
enviar a buscar de cuando en cuando noticias de su hijo. Hay pocas
mujeres que no estn expuestas a codearse en un saln con la antigua
amante de su marido. Y no por eso se arrancan los ojos; el presente y el
pasado viven en buena harmona, una vez que la frontera que las separa
est bien delimitada. Considere, adems, que nuestra situacin no es la
corriente. Por mucho que hagamos nosotros, por mucho que haga ella
misma, esa desgraciada ser siempre, a los ojos de Dios, la madre de
nuestro hijo. Aunque no hubiese sido ms que su nodriza, nuestro deber
sera asegurarla contra la miseria. No nos neguemos a una gestin
inocente y prudente que puede salvarla de la desesperacin y del crimen.

Don Diego hablaba de tan buena fe, que Germana le tendi la mano y le
dijo:

--Amigo mo, yo haba asegurado a esa mujer que no volvera a verle,
pero si yo hubiese odo hablar a usted con tanta razn y experiencia, yo
misma le hubiera conducido a usted a su casa. Tome el coche sin prdida
de tiempo, corra a despedirla y perdnela el mal que me ha hecho como yo
la perdono.

--Muy bonito!--exclam la seora de Villanera--. Si l sube al coche,
yo misma desenganchar a los caballos. Don Diego, usted no me consult
para tomar una amante; no me escuch usted cuando le dije que haba
cado en manos de una bribona; puesto que usted me consulta hoy, tendr
que escucharme hasta el fin. Soy yo quien le he casado. Yo le he dejado
hacer, en el inters de nuestra raza, un tratado que sera odioso entre
los burgueses; pero la grandeza de los intereses y el principio a
salvar, excusan muchas cosas. Dios ha permitido que un asunto tan mal
iniciado se haya convertido en la felicidad de todos. Dios sea loado!
Pero no se dir, mientras viva yo, que usted ha salido de casa de su
esposa santa y legtima para entrar en la de su antigua amante. Ya s
que usted no la ama ya, pero tampoco la desprecia lo bastante para que
yo le crea curado. Esa Chermidy le ha tenido tres aos en sus garras; no
quiero exponerle a que caiga de nuevo en ellas. No diga usted que no con
la cabeza. La carne es dbil, hijo mo; lo s por usted, ya que no por
experiencia propia. Conozco a los hombres, aunque nunca me han hecho la
corte. Pero cuando se asiste al teatro por espacio de cincuenta aos se
est un poco en el secreto de la comedia. Acurdese bien de esto: el
mejor de los hombres no vale nada. El mejor es usted, se lo concedo.
Usted est curado de su amor; pero esos amores parsitos son de la
familia de la acacia; se arranca el rbol, se queman las races y los
retoos salen a millares. Quin me asegura que la vista de esa mujer no
le har perder la cabeza? Usted no tiene el cerebro tan slido para
exponerlo a semejante sacudida. Quien ha bebido beber; y usted ha
bebido tanto que yo pensaba que se ahogara. Ah! si usted estuviese
casado desde hace tres o cuatro aos, si usted viviese como vivir
pronto, con la ayuda de Dios, si el marqus tuviese un hermano o una
hermana, quizs entonces le dejara suelta la brida. Pero suponga que su
antigua locura vuelve, habra hecho yo un bonito papel casndole con
este ngel! Por eso es, mi querido conde, por lo que no ir usted a casa
de la seora Chermidy, ni siquiera para despedirla, y si, a pesar de mi
negativa, va usted, cuando vuelva no encontrar aqu ni a su mujer ni a
su madre.

Don Diego se conform, pero estuvo de mal humor por espacio de tres
das. El doctor Le Bris haba cambiado de enfermo y se dedicaba a curar
el cerebro de su amigo y a desarraigar las ilusiones obstinadas que el
conde guardaba sobre su amante. Desat implacablemente la tupida venda
que el pobre hombre se haba dejado colocar sobre los ojos. Le cont
detalladamente todo lo que saba del pasado de aquella mujer; le hizo
ver que era ambiciosa, avariciosa, ladina y malvada.

--Me llaman la tumba de los secretos--pensaba, adivinando todas las
maldiciones que sobre l caeran--, pero la justicia tiene derecho a
abrir las tumbas.

Don Diego dudaba an; le hizo leer la ltima carta que haba recibido de
la seora Chermidy. El conde se estremeci de horror viendo all una
provocacin al asesinato con una recompensa de quinientos mil francos.

La llegada del duque fue una nueva prueba de la maldad de la seora
Chermidy. El pobre anciano haba hecho el viaje sin accidentes gracias a
ese instinto de conservacin que nos es comn con los animales; pero su
espritu haba desgranado todas sus ideas por el camino, como un collar
cuyo hilo se rompe. Supo encontrar la villa Dandolo y cay en medio de
la familia extraada, sin ms emocin que la que experimentara al salir
de su habitacin. Germana le salt al cuello y le colm de ternezas; l
se dejaba acariciar como un perro que juega con un nio.

--Qu bueno es usted!--le dijo--. Ha sabido que yo estaba en peligro y
ha corrido a verme.

--Toma! Es verdad--respondi--. No has muerto, pues? Cmo te las has
arreglado? Estoy muy contento, es decir, no mucho; Honorina est furiosa
contra ti. No est aqu Honorina? Ha venido a casarse con el conde.
Mientras me perdone!

Nadie le pudo arrancar una palabra sobre la salud de la duquesa, pero en
cambio habl de Honorina tanto como quiso. Cont todas las dichas y
todos los pesares que le haba dado. Todos sus discursos se referan a
ella, as como todas sus preguntas: la quera a todo precio y emple la
astucia de una tribu india para descubrir su direccin.

La llegada inesperada de aquella ruina viviente fue un serio dolor para
Germana y una cruel enseanza para don Diego. La seora de Villanera,
que nunca haba sentido simpata por el duque, se interesaba
mediocremente por su estado, pero se consideraba triunfante al tener a
mano a una vctima de la seora Chermidy. Dedic los cuidados ms
asiduos al seor de La Tour de Embleuse y le arranc todos los secretos
de su miseria y de su decadencia.

El duque haba fondeado en la casa desde haca unas horas, cuando la
seora Chermidy hizo saber a don Diego que era vecina suya y que le
esperaba. El conde ense la carta al seor Le Bris.

--Qu le contestara usted en mi lugar?--le pregunt con indiferencia.

--La ofrecera dinero. Ella ha venido aqu para apoderarse de su nombre,
de su persona y de su fortuna. Cuando ha visto que la condesa an viva,
ha renunciado al nombre y se ha hecho fuerte en lo dems. Cuando vea que
su persona de usted se pasa fcilmente sin la suya, se contentar con el
dinero.

--Y ese proceso, ese escndalo con que nos amenaza?

--Ofrzcala dinero.

--Pero, y su hijo?

--Cuestin de dinero. Claro que habr de ser mucho. Se dan dos sueldos a
un mendigo de blusa, diez al que viste de americana, cien al de levita;
calcule usted lo que conviene ofrecer a los que mendigan en coche de
cuatro caballos.

--Quiere ir usted a ver lo que pide?

--Diablo! Usted me ha contratado por meses; no contbamos las visitas.

El doctor se hizo llevar a casa de la seora Chermidy. Cuando entr,
estaba en escena. Sentada lnguidamente en un gran silln, los brazos
colgando, la cabellera suelta, dejaba errar sus ojos melanclicos, y
_Soadora, miraba vagamente hacia el espacio._

--Buenos das, seora--dijo el doctor--. Puede usted sentarse a su
comodidad, soy yo.

Se levant sobresaltada, corri a l y le dijo:

--Es usted, amigo mo! Me dio usted un disgusto el otro da. Es as
como deba acogerme despus de una larga ausencia?

--No hablemos ms de eso, le parece a usted? Hoy no vengo como amigo,
sino como embajador.

--No le ver a l, pues?

--No; pero, si tiene usted curiosidad por ver a alguien, puedo ensearle
al duque de La Tour de Embleuse.

--Est aqu?

--S, desde esta maana. Una linda obra de usted, pero sin firma.

--No soy responsable de las necedades de todos los viejos locos que
pierden la cabeza por m.

--Ni de los millones que pierden en su casa? De acuerdo.

--Pero de buena fe me cree usted una mujer interesada, llave de los
corazones?

--Caramba! Cunto quiere usted por volverse a Pars y permanecer
tranquila all?

--Nada.

--Le pagaremos el pasaje, aunque cueste un milln.

--Es que somos dos; he trado a _le Tas_.

--Doblaremos quiz la suma.

--Qu ganara yo con eso? Si yo fuese lo que usted supone, podra tomar
hoy el dinero y dar maana el escndalo. Pero valgo ms que todos
ustedes.

--Muchas gracias!

--Tome usted, bello embajador, llvele esto al rey su seor y dgale que
si quiere algo para el otro mundo, me lo puede enviar esta noche.

--Cmo! Ya acudimos a los grandes efectos?

--S, amigo mo. Este es mi testamento y aqu est el acta de mis
ltimas voluntades. El paquete no est cerrado, puede usted leerlo.

--Efectivamente!

Y ley:

Este es mi testamento y el acta de mis ltimas voluntades.

En la vspera de dejar voluntariamente una vida que el abandono del
seor conde de Villanera me ha hecho odiosa...

--Desgraciada!--dijo el doctor interrumpiendo la lectura.

--Es la verdad pura.

--Borre esa frase. Est mal escrita.

--Las mujeres no escriben bien ms que las cartas. No tienen la
especialidad de los testamentos.

--Entonces, contino:

Yo, Honorina Lavenaze, viuda de Chermidy, sana de cuerpo y de espritu,
lego todos mis bienes muebles e inmuebles a Gmez, marqus de los Montes
de Hierro, hijo nico del conde de Villanera. (Firmado.)

--Y maana por la maana quedar rubricado. Vaya usted!

--Me parece que no.

--Lo duda usted?

--S.

--Y quiere usted decirme por qu no me matar yo?

--Porque eso sera un gran placer para tres o cuatro honradas personas
que yo conozco. Adis, seora.

Aun no se haba cerrado la puerta tras el doctor, cuando _le Tas_ sali
de una habitacin inmediata en compaa de Mantoux.




XIII

EL PUAL


Mateo Mantoux no poda consolarse de la curacin de Germana. Acusaba al
droguero de haberle vendido arsnico falsificado. En su dolor,
descuidaba el servicio y se consolaba divagando alrededor de la villa.
El objeto de sus paseos era siempre aquella linda propiedad de la cual
haba sido el dueo en esperanza. A fuerza de contemplarla la conoca
hasta en sus menores detalles, como si se hubiese criado en ella. Saba
cuntos balcones tena la casa y no haba un rbol que no tuviese un
recuerdo para l. Haba franqueado la verja ms de una vez, lo que no
era difcil. Aquel paraso terrestre estaba cerrado por un seto de
cactus y de loes, formidable defensa si se cuida de ella, pero la
infranqueable barrera haba cado en tres o cuatro sitios y la delicada
librea de Mantoux poda saltar sin peligro al recinto prohibido.

El 26 de septiembre, hacia las cuatro de la tarde, aquel melanclico
bribn pensaba en su desgracia franqueando la valla. Se acordaba con
amargura de sus primeras entrevistas con _le Tas_ y de la acogida de la
seora Chermidy. Cuando comparaba su situacin presente con la que haba
soado, se consideraba como el ms desgraciado de los hombres, porque
crea haber perdido lo que haba dejado de ganar. La interrupcin de una
masa enorme que se mova pesadamente en el jardn interrumpi el curso
de sus ideas. Se restreg los ojos y se pregunt por un instante si vea
a _le Tas_ o a su sombra; pero las sombras no abultan tanto. _Le Tas_ le
advirti y le hizo seas. Precisamente estaba buscndole.

--Qu tal!--le dijo--. Cmo va eso, guapo enfermero? Ha cuidado usted
muy bien a su ama y ya est curada.

--Poca suerte!--respondi l con un gran suspiro.

--Estamos solos--continu _le Tas_--, nadie puede ornos; no tenemos
tiempo que perder. Ests contento de que haya curado tu seora?

--Ciertamente, seorita. No obstante, su ama me haba prometido otra
cosa.

--Qu es lo que te haba prometido?

--Que la seora morira bien pronto y que yo tendra 1.200 francos de
renta.

--Y t hubieras preferido eso, verdad?

--Claro! As hubiera sido propietario, mientras que ahora tendr que
vivir siempre en casa de los otros.

--Y no se te ha ocurrido nunca hacer por tu cuenta lo que la enfermedad
no haba hecho?

Mantoux la mir fijamente con una turbacin visible. No saba si se
trataba de un juez o de un cmplice. Ella le sac de su embarazo
aadiendo:

--Yo te conozco; te haba visto en Toln. Cuando fui a visitarte a
Corbeil, ya conoca tu historia.

--De modo que usted...! As usted tena su idea al enviarme aqu?

--Seguramente. Si no hubiese habido nada que hacer, yo hubiera buscado a
un hombre honrado. Gracias a Dios, no faltan. Hasta hay demasiados!

--Y era por eso por lo que me ofrecan 1.200 francos de renta?

--Figrate!

--Sospecho que fue usted la que me escribi aquel annimo.

--Quin haba de ser?

--Pero qu inters tiene usted?

--Qu inters? Tu ama ha robado su marido a la ma. Comprendes ahora?

--Empiezo a comprender.

--Deberas haber empezado ms pronto, imbcil!

--Es verdad; no obstante, algo he hecho.

--Qu has hecho?

--He comprado arsnico y le he dado un poco todas las noches.

--De veras?

--Palabra de honor!

--Debes de haberle dado muy poco.

--Tena miedo de comprometerme. Es un veneno que deja seales.

--Cobarde!

--Toma! No se hace uno cortar el cuello por 1.200 francos de renta!...

--La seora te hubiera dado todo lo que hubieras querido.

--Habrmelo dicho. Ahora ya es tarde.

Mantoux esperaba en una habitacin contigua la partida del doctor Le
Bris. Algunas palabras sueltas de la conversacin llegaban a sus odos.
No obstante, no comprendi ms que a medias el trato que le queran
hacer. Abord con una desconfianza respetuosa a la seora Chermidy. La
viuda no juzg conveniente entrar en explicaciones con l hasta que no
hubiese recibido una respuesta de don Diego. Estaba muy agitada y daba
apresurados pasos por el saln. Escuchaba a _le Tas_ sin orla y miraba
al ex presidiario sin verle. Le era bien conocida la cortesa del conde
de Villanera para que pudiese apreciar en todo su valor su ausencia y su
silencio.

--Ya no me ama--se deca--. Menos mal, si slo fuese indiferencia; ya
sabra yo reconquistarle. Pero seguramente me han pintado a sus ojos
como un monstruo. Si as no fuese, no me habra tratado de tal modo.
Ofrecerme dinero por mediacin de ese odioso Le Bris! Y en qu
trminos, grandes dioses! Si me ve con los mismos ojos que su embajador,
si he perdido ya su aprecio, qu ser de m? No volver ya. Viudo o no,
est perdido para m. Entonces, a qu conducira?... por pura
venganza? Pues bien, sea, me vengar! Pero esperemos. Si no viene
corriendo cuando haya ledo lo que he escrito, todo est perdido.

--Seora--interrumpi Mantoux--, es preciso que vaya a servir la comida,
y si la seora tiene algo que mandarme...

--Ve a servir tu comida--respondi--; pero no olvides que me perteneces.
Escucha bien todo lo que digan, para repetrmelo.

--S, seora.

--Un momento. Quizs el seor de Villanera venga aqu esta tarde. En tal
caso, no tendr necesidad de ti. No obstante, pasate por los
alrededores maana por la maana. Si no viniese... pero no, eso es
imposible! vienes t as que se hayan acostado. No importa a que hora.
Tal vez _le Tas_ duerma; llama de todos modos, yo te abrir la puerta.

--Es intil, seora; he sido cerrajero y conservo mis herramientas.

--Bien, te esperar. Pero estoy segura que el conde vendr.

Mantoux sirvi a la mesa y aun cuando se esforz en or la conversacin,
el nombre de la seora Chermidy no fue pronunciado.

Se comi en familia, con un solo invitado, el seor Stevens. La seora
de Villanera le pregunt si la ley inglesa permita a los magistrados
expulsar a los vagabundos sin otra forma de proceso. El seor Stevens
respondi que la legislacin de su pas protega la libertad individual
hasta en sus abusos.

--Eso est muy bien--dijo el doctor sonriendo--. Y a las aventureras?

--Se las trata un poco ms severamente.

--Aun cuando tengan cinco o seis millones de capital?

--Si conocis muchas de esa especie, enviadlas todas a Inglaterra. Se
las recibir con los brazos abiertos, se las coronar de rosas y se
casarn con _lords_.

La seora de Villanera hizo una mueca y se pas a otra cosa.

Durante toda la comida, el viejo duque tuvo los ojos fijos en Mantoux.
Aquel cerebro impotente, aquella memoria desvanecida, supo reconocer en
l al hombre que haba visto una sola vez en casa de la seora Chermidy.
Lo llam aparte despus de los postres y lo condujo misteriosamente a su
habitacin.

--Dnde est ella?--le pregunt--. T la conoces; t sabes dnde est
oculta; porque me la ocultan!

--Seor duque--respondi--, no s a quien...

--Te hablo de Honorina. Ya sabes quin es, Honorina, la dama de la calle
del Circo.

--La seora Chermidy?

--Ah! ves cmo la conoces? Estoy seguro de que t la has visto. Mi
hija tambin la ha visto! el doctor tambin! todos, en fin, menos yo!
Ve a buscrmela y te har rico.

Mantoux respondi:

--Puedo jurar al seor duque que no s dnde est la seora Chermidy.

--Dmelo, bribn! no se lo contar a nadie: esto quedar entre los
dos... Si no me lo dices esta noche, te har cortar la cabeza--aadi en
tono de amenaza.

El ex presidiario se estremeci como si el viejo pudiese leer en su
conciencia. Pero el duque haba cambiado de nota: lloraba como un nio.

--Hijo mo--deca--, no quiero tener secretos para ti. Es necesario que
te anuncie la desgracia que nos amenaza. Honorina quiere matarse esta
noche; se lo ha dicho al doctor y ha enseado su testamento a mi yerno.
Ellos pretenden que no har nada y que slo se propone asustarle, pero
yo la conozco mejor que nadie y s que se matar. Y por qu no ha de
matarse? Ya ves, a m que te estoy hablando, me ha matado! Te has
fijado en aquel pual que tena sobre su chimenea en Pars? Pues bien,
un da, no me acuerdo cundo, me lo hundi en el corazn. Con ese mismo
cuchillo se matar esta noche, si no llego a tiempo. Quieres llevarme a
su casa?

Mantoux hizo nuevas protestas de que ignoraba el domicilio de la viuda,
pero no pudo convencer al insensato viejo. Hasta las diez de la noche,
el seor de La Tour de Embleuse le sigui a todas partes, al jardn, a
la despensa, a la cocina, con la paciencia de un salvaje.

--Es intil que disimules--le deca--; t irs a su casa y yo te
seguir.

En las islas Jnicas la gente se acuesta temprano. A media noche todos
dorman en la casa, menos el duque y Mantoux. El ex presidiario
descendi a paso de lobo la escalerilla que conduca a su habitacin. Al
atravesar el jardn del norte crey ver deslizarse una sombra entre los
olivos. Sali al campo y anduvo a lo largo de las verjas, por senderos
extraviados, en direccin a la propiedad que tan bien conoca. La sombra
encarnizada le sigui de lejos hasta la valla. Mantoux se pregunt si no
le haba engaado su vista y si no era vctima de una alucinacin;
recuper la presencia de nimo, volvi sobre sus pasos y busc al
enemigo; el camino estaba desierto y la aparicin se haba desvanecido
en la noche.

Una obscuridad profunda envolva la casa. El nico balcn en que se vea
luz era el de la seora Chermidy, que estaba en el piso bajo: Mantoux
comprendi que le esperaban. Sac un manojo de llaves falsas que haba
envuelto en un trapo para que no hiciesen ruido, pero no tuvo tiempo de
emplearlas. La seora Chermidy le abri la puerta.

--Habla en voz baja--dijo--. _Le Tas_ acaba de dormirse.

Los dos cmplices entraron en la habitacin, y lo primero que hiri la
vista de Mantoux fue el pual de que le haba hablado el duque.

--Y bien!--exclam la viuda--; el seor de Villanera se ha acostado?

--S, seora.

--Infame! Qu han dicho mientras coman?

--No han hablado de la seora.

--Ni una palabra?

--No; pero despus de comer, el seor duque me ha preguntado la
direccin de la seora. Le he encontrado muy desmejorado.

--No ha dicho nada ms?

--Tonteras. Que la seora quera matarse, que ha escrito su testamento.

--S, es verdad; lo he hecho para obligar al conde a que viniese. Se ha
acostado?

--Oh! s, seora. La habitacin del seor est cerca de las nuestras.
El seor ha apagado la luz a las once.

--Oye; si han dicho algo de m en la mesa, puedes repetrmelo sin temor;
no me enfadara por ello, al contrario, me considerara dichosa.

--No han abierto la boca para ocuparse de la seora.

--Ah! les anuncio que voy a matarme esta noche y ni siquiera me
dedican un pequeo comentario!

--No se han ocupado de la seora; como si la seora no estuviese en el
mundo.

--Est bien; ya les recordar que estoy viva. _Le Tas_ me ha dicho que
le habas dado arsnico a la condesa.

--S, seora; pero no ha hecho efecto.

--Si le dieses una pualada, quizs hara efecto.

--Oh! seora! una pualada! eso ya es ms grave.

--Qu diferencia hay?

--Por de pronto, la seora condesa estaba enferma, y la enfermedad tiene
buenas espaldas para cargar con todo. Pero matar a una persona que est
sana! Eso es ms difcil.

--Te pagar segn el trabajo.

--Y si me cogen?

--Tomas una embarcacin y te refugias en Turqua; la justicia no te
perseguir hasta all.

--Es que tena la idea de quedarme aqu. Quera comprar una propiedad.

--La tierra se compra por nada en Turqua.

--Es igual. Lo que la seora pide vale cincuenta mil francos.

--Cincuenta mil francos?

--Espero que la seora no querr regatear!

--Sea. Trato hecho.

--Y dinero contante?

--Contante.

--Lo tiene usted? Porque si usted no me pagase esa suma, no ira a
reclamrsela a Pars.

--Tengo cien mil francos en mi _secreter_.

--Pido cinco minutos para reflexionar.

--Reflexiona.

Mantoux se volvi hacia la chimenea, se apoder maquinalmente del pual
corso de la seora Chermidy, prob la punta sobre uno de sus dedos e
hizo doblar la hoja sobre el mrmol. La seora Chermidy no le miraba;
esperaba el resultado de su decisin.

--Ya lo he pensado--dijo--. Prefiero quedarme aqu que ir a Turqua; mis
compatriotas son mejor tratados en Corf; adems, he aprendido un poco
el italiano y no aprendera el turco; y, por ltimo, el jardn y la casa
que usted ha alquilado, me convienen.

--Pero cmo diablos quieres...?

--He encontrado el medio. En lugar de dar una pualada a la seora
condesa, se la doy a usted. En primer lugar, esto me vale cien mil
francos y no cincuenta mil. Despus, nadie tratar de acusarme o de
perseguirme, porque usted ha hecho su testamento para suicidarse esta
noche. La encontrarn en su cama, atravesada con su pual y vern que
usted ha tenido palabra. Y por ltimo, dicho sea sin ofenderla, prefiero
matar a una bribona como usted que a una mujer honrada como mi seora,
que siempre me ha tratado bien. Es el primer paso que voy a intentar por
el buen camino y espero que el Dios de Abraham y de Jacob sabrn
recompensrmelo.




XIV

LA JUSTICIA


La sombra que haba seguido a Mantoux desde la villa Dandolo hasta el
jardn de la seora Chermidy era el duque de La Tour de Embleuse.

Un instinto tan infalible como el razonamiento dijo al insensato que
Mateo era esperado en casa de la bella arlesiana. Espi su partida;
esper la hora en el fondo de un corredor obscuro de la villa. Cuando
oy al ex presidiario abrir la puerta de su cuarto, supo ahogar su voz y
reprimir la risa nerviosa que sacuda su viejo cuerpo desde la cabeza a
los pies. Para descender la escalera en seguimiento de su gua, se quit
los zapatos e hizo todo el camino descalzo, entre los guijarros y las
espinas que ensangrentaban sus pies a cada paso. No advirti ni la
longitud del camino, ni los rodeos interminables, ni la fatiga, ni el
dolor. El imperio de una idea fija le haca insensible a todo; su nico
temor era perder a su conductor o ser visto por l. Cuando Mantoux
redoblaba el paso, el duque corra detrs de l, como si tuviese alas;
cuando aqul volva la cabeza, el duque se tenda sobre el vientre y se
meta en los fosos o se replegaba adosado a un seto espinoso de cactus o
de granados.

Se detuvo al fin junto a la valla. Una voz secreta le dijo que el nico
balcn donde se vea luz era el de la seora Chermidy. Vio a su gua
detenerse a la puerta. Una mujer fue a abrirle, y su viejo corazn
brinc con una alegra desordenada al reconocer a la criatura que le
atraa.

No estaba, pues, muerta! Podra verla, hablarle y quiz volver a
hacerle amable la vida! Su primer impulso fue lanzarse hacia ella; pero
se contuvo. Estaba seguro de que no se matara en presencia del criado.
Se prometi esperar a que estuviese sola para caer en su casa,
sorprenderla y arrancarle el pual de la mano.

Guard su impaciencia durante una hora larga, sin advertirlo. Amaba a la
seora Chermidy como no haba amado a su mujer ni a su hija. Senta
germinar en su cerebro ideas de abnegacin, de solicitud, de desinters,
de humilde esclavitud. Aquel amor irreflexivo, absoluto, sin medida ni
restriccin, no era un sentimiento nuevo para l; haca sesenta aos que
se amaba a s mismo de igual modo. Su egosmo haba cambiado de objeto
sin cambiar de carcter. Hubiera inmolado el mundo entero al capricho de
la seora Chermidy, como antes a su propio inters o a sus placeres.

Desde el da que la ingrata le abandon, no viva. Su corazn no poda
latir ms que a su lado; sus pulmones no respiraban ms que el aire que
ella haba respirado. Iba a travs del mundo como un cuerpo inerte
lanzado en el vaco.

Algunas veces, un resto de razn descenda a su espritu y se deca:

--Soy un viejo loco. Por qu me he atrevido a hablarle de amor? El amor
no sienta bien a un vejestorio como yo. Que me conceda un poco de
amistad, ser todo lo que yo merezca. Que me sufra en su casa como a un
padre y yo encontrar en un rincn de mi corazn sentimientos
paternales. Ella es desgraciada, llora el abandono de Villanera; yo la
consolar.

La esperanza de volver a verla le produca fiebre. Sus ojos fatigados
por la fiebre le cosquilleaban dolorosamente, pero esperaba llorar
cuando cayese a los pies de Honorina. En los grandes dolores de la vida,
nuestros ojos se calman con las lgrimas. El seor de La Tour de
Embleuse, sentado en un rincn del jardn, frente a la casa, se pareca
al animal que ha corrido tres das por el desierto en busca de agua
fresca y que se detiene con el ltimo impulso ante el manantial deseado,
con el ojo sangriento y la lengua colgando.

El ltimo resplandor se extingui en la habitacin y el balcn del que
l no separaba la mirada se confundi con todos los dems en la
obscuridad. Pero la casa, invisible para los dems, no lo era para el
duque, y el balcn brillaba como un sol a sus ojos iluminados. Vio a
Mantoux salir de la casa, huir a travs de los campos con una carrera
desesperada, sin volver la cabeza hacia atrs. Entonces sali de su
escondite y avanz a paso de lobo hasta el balcn bien amado. Ni
siquiera se fij en si la puerta estaba abierta o cerrada, tanto le
atraa aquel balcn! Se apoy en el borde, palp los hierros y apoy su
nariz y su boca contra un vidrio, sintiendo una frescura consoladora con
el contacto.

Dentro como fuera, reinaba una obscuridad grande, pero los enfermos
sentidos del viejo loco creyeron ver a la seora Chermidy arrodillada al
pie de su cama, con la cabeza hundida entre las manos y abriendo a la
oracin sus bellos labios rosados. Para llamarle la atencin golpe
dulcemente el cristal, pero nadie le contest. Entonces crey verla
dormida, porque las alucinaciones ms contradictorias se sucedan en su
espritu. Reflexion largamente sobre el medio de llegar hasta ella y
despertarla sin asustarla. Para alcanzar su objeto se senta capaz de
todo, incluso de demoler un lienzo de pared sin otro auxilio que el de
sus diez dedos. Al acariciar la vidriera advirti que el vidrio estaba
encerrado en un armazn de plomo. Entonces decidi arrancarlo con las
manos, y tan valerosamente emprendi la tarea que acab por conducirla a
buen trmino. Sus uas se retorcan alguna vez sobre el plomo o se
quebraban sobre el vidrio; sus dedos sangraban, pero no haca caso; si
se detena alguna vez, era para secarse la sangre, para escuchar los
ruidos que podan venir de dentro y asegurarse de que Honorina
continuaba durmiendo.

Cuando hubo casi arrancado el armazn, empez a tirar del vidrio
detenindose cada vez que se oa un crujido o que una sacudida demasiado
violenta haca resonar todo el balcn. Por fin su paciencia obtuvo la
recompensa y la hoja transparente cay en sus manos. La deposit sin
hacer ruido sobre la arena de la alameda, dio un paso apoyando el ndice
sobre sus labios y fue a aspirar el vaho de la habitacin por la
abertura que haba hecho. Su pecho se hencha con una vida
voluptuosidad. Era la primera vez que respiraba en diez das.

Alarg la mano hacia la habitacin, palp el interior, encontr la
falleba y la cogi. Las vidrieras eran pequeas, la abertura estrecha,
por lo cual no poda mover el brazo con desahogo; no obstante, la puerta
cedi rechinando sobre sus goznes. El duque se asust ante aquel ruido y
pens que todo estaba perdido. Retrocedi hasta el fondo del jardn y
trep a un rbol, con los ojos fijos en la casa y el odo abierto a
todos los ruidos. Escuch largo tiempo y no oy otra cosa que el lamento
dulce y melanclico de los sapos que cantaban al borde del camino.
Descendi de su observatorio y lleg a gatas hasta el balcn, tan pronto
bajando la cabeza para no ser visto, tan pronto levantndola para ver y
or. Volvi al sitio de donde el miedo le haba arrojado y se asegur de
que Honorina dorma an.

Las dos puertas del balcn se abrieron sin ruido. El aire de la noche
entr en la casa sin despertar a la bella dormida. El duque ech una
pierna por encima de los hierros y se desliz en la habitacin. La
alegra y el miedo le hacan temblar como un rbol sacudido por el
viento. Vacilante, iba adelantando sin atreverse a apoyarse en los
muebles. La habitacin estaba llena de objetos de toda clase, de bales
abiertos y cerrados y aun de muebles derribados. El duque atraves por
todos aquellos obstculos con precauciones infinitas. Marchaba a
tientas, rozando todos los objetos sin tocarlos y paseando entre las
sombras sus dedos destrozados. A cada paso murmuraba en voz baja:

--Honorina, est usted ah? me oye usted? Soy yo, su viejo amigo, el
ms desgraciado, el ms respetuoso de todos sus amigos. No tenga usted
miedo; no tema nada, ni siquiera que le dirija ningn reproche. En Pars
estaba loco, pero el viaje me ha cambiado. Soy un padre que viene a
consolarla. No se mate usted; yo me morira!

Aqu se detuvo, se call y escuch. No oa ms que los latidos de su
corazn. Tuvo miedo y se sent un momento para calmar su angustia.

--Honorina!--grit levantndose--, est usted muerta?

Fue la muerte en persona la que le respondi. Tropez contra un mueble y
sus manos nadaron en un mar de sangre.

Cay arrodillado, apoy los brazos en la cama y permaneci hasta que se
hizo de da en la misma postura. No se pregunt siquiera cmo haba
podido ocurrir aquella desgracia. No experiment ni sorpresa ni pesar.
La sangre le subi hasta el cerebro y todo concluy. Su cabeza no era
ms que una jaula abierta de la que la razn haba volado. Pas las
ltimas horas de la noche apoyado sobre un cadver que se enfriaba
gradualmente.

Cuando _le Tas_ fue a ver si su hermosa prima se haba despertado, oy a
travs de la puerta un grito estridente como el canto del grajo. Al
entrar vio un viejo ensangrentado que agitaba la cabeza en todas
direcciones como para sacudir la sangre. El duque de La Tour de Embleuse
gritaba: Ac! Ac! Ac! Era todo lo que le quedaba del don de la
palabra, el ms hermoso privilegio del hombre. Su cara era una mueca
horrible, sus ojos se abran y se cerraban automticamente; sus piernas
estaban paralizadas, su cuerpo hundido en el silln, sus manos muertas.

_Le Tas_ no haba conocido ms que un sentimiento humano: adoraba a
Honorina. La monstruosa criatura se arroj sobre el cuerpo de su duea
lanzando un grito como el que no es posible orlos ms que en el
desierto. Llor como las tigresas deben llorar a sus cachorros. Arranc
el cuchillo de una grande y profundida herida que ya no sangraba; cogi
en brazos a aquel hermoso cuerpo inanimado y le colm de caricias locas.
Si las almas pudiesen partirse en dos, ella hubiera resucitado a sus
expensas a su querida Honorina. La clera sucedi bien pronto al dolor.
No dud ni un instante de que el duque fuese el asesino. Arroj el
cadver sobre la cama y corri con toda su masa hacia el viejo. Le
golpe, le mordi las manos y busc sus ojos para arrancrselos, pero el
duque era insensible y no responda a aquellas violencias ms que por un
grito uniforme que deba ser en lo sucesivo su nico lenguaje. Los
animales tienen diferentes sonidos para expresar la alegra o el dolor;
pero el paraltico yace en el ltimo grado de la escala de los seres.
_Le Tas_ se cans de golpearlo antes de que l sospechase que lo
golpeaban.

Mientras tanto, Germana, bella y sonriente como la maana, despertaba a
su madre y a su marido, asista al tocado de su hijo y bajaba al jardn
para respirar el aire embalsamado del otoo. Los seores Le Bris y
Stevens no tardaron en unirse a ellos. Todos contemplaban al pequeo
Gmez que paseaba un galpago por el jardn. El nico que faltaba era el
duque. Sus balcones aun estaban cerrados, y respetaron su sueo. Mateo
Mantoux, que haba redoblado su celo desde que el doctor le mantuviera
en su plaza, lavaba activamente su ropa al borde de un arroyuelo que
corra hacia el mar.

El criado del seor Stevens acudi apresuradamente a llamar a su seor.
En la vecindad se haba cometido un crimen; todo el cantn estaba
emocionado. El seor Stevens, al despedirse de sus amigos, pidi algunos
detalles al mensajero.

--No s nada--respondi ste--. Dicen que han encontrado a una francesa
muerta en su cama.

--Cerca de aqu?--interrumpi el doctor.

--A un cuarto de legua.

--No dicen si es una recin llegada?

--Creo que s; pero su criada no habla ms que el francs y no han
podido comprenderla.

--Usted ha visto a la criada? Una mujer gruesa?

--Enorme.

--Vaya, no ser nada--dijo el seor Le Bris--. Querido seor Stevens, es
la hora del desayuno y usted har muy bien en acompaarnos. La muerta
est perfectamente, yo se lo aseguro.

El seor Stevens, hombre grave, no comprendi la irona. El doctor
aadi:

--La ley inglesa castiga a los que prometen suicidarse y no cumplen su
palabra?

--No, pero castiga el suicidio cuando est probado.

--Vamos, no tengo suerte con la ley inglesa.

--Ahora en serio, doctor--continu el magistrado--. Cree usted
verdaderamente que se trata de una falsa alarma?

--Le respondo de que la dama en cuestin no ha recibido ni un rasguo.
La conozco bien y s que est demasiado enamorada de su piel para
agujerersela.

--Pero, y si hubiese sido asesinada?

--No tenga usted cuidado, mi excelente amigo. Conoce usted a los
pjaros de jaula?

--No mucho.

--Entonces usted no sabe la diferencia que hay entre los pjaros de
cabeza azul y los pjaros de cabeza negra?

--No.

--Los pjaros de cabeza azul son unos lindos animalitos que se dejan
matar sin resistencia; los de cabeza negra son los que matan a los
otros. Pues bien! la dama en cuestin es un pjaro de cabeza negra.
Ahora, vamos a desayunarnos.

--No comprendo. Entonces por qu me haran llamar?

--Si le hace venir a buscar aqu, no es por el placer de hablar con
usted. Es para atraer a otra persona. Qu dice usted, querido conde?

--Tiene razn--dijo la viuda.

El conde no respondi. Estaba ms emocionado de lo que quera aparentar.
Germana le tendi la mano y le dijo:

--Vaya usted con el seor Stevens, amigo mo, y confrmese en que el
doctor habr dicho la verdad.

--Diablo!--dijo el seor Le Bris--, yo tambin voy; aunque no me ha
invitado nadie, ser de la partida. Pero si esa seora no ha muerto
irremisiblemente, juro por mi bonete de doctor que el conde no le dir
ni una palabra.

El seor Stevens, el conde y el doctor partieron en coche. Diez minutos
despus se detenan ante la casa de la seora Chermidy. El doctor ya
haba cambiado de pensamiento y presenta una desgracia. Una muchedumbre
compacta rodeaba la valla y la polica maltesa no bastaba para contener
la curiosidad pblica.

--Diablo!--dijo el doctor--, es que esa seora se habr matado para
jugarnos una mala partida? No la crea tan fuerte como todo eso.

El conde se morda el bigote sin decir nada. Haba amado a la seora
Chermidy durante tres aos y se haba credo sinceramente correspondido.
Se le destrozaba el corazn ante la idea de que se hubiese matado por
l. Los recuerdos del pasado se revolvan contra las afirmaciones del
doctor y defendan victoriosamente la causa de Honorina.

La multitud abri paso al seor Stevens y a sus acompaantes. Guiados
por los agentes llegaron a la cmara mortuoria. La seora Chermidy
estaba en su cama con el mismo vestido que la vspera. Su linda cabeza
colgaba horriblemente. Su boca entreabierta dejaba ver dos hileras de
pequeos dientes apretados por las convulsiones de la agona. Sus ojos,
que una mano piadosa no haba cerrado a tiempo, parecan mirar la muerte
con espanto. El pual estaba en medio de la pieza, en el sitio en que
_le Tas_ lo arrojara. La sangre lo haba inundado todo. Un gran charco
coagulado ante la chimenea anunciaba que la desgraciada se haba herido
all. Un reguero de un rojo obscuro demostraba que haba tenido fuerzas
para arrastrarse hasta la cama.

La criada, que haba llamado a la justicia y alarmado al vecindario, ya
no gritaba. Acurrucada en un rincn, con los ojos fijos en el cadver de
su ama, miraba ir y venir a toda aquella gente maquinalmente. La llegada
del conde y de Le Bris no la hizo salir tampoco de su sopor.

El seor Stevens, seguido del actuario, hizo la informacin ocular y
dict la descripcin del cadver con la impasibilidad de la justicia,
rogando al doctor que declarase cuanto supiera. Le Bris cont todo lo
ocurrido, lo que saba l, y esto, junto con lo que l mismo vio,
confirm al magistrado en la idea del suicidio.

Esta palabra, pronunciada a media voz, produjo en _le Tas_ como una
conmocin elctrica. Se levant como una fiera y mirando fijamente al
doctor, le dijo:

--Suicidio! Demasiado sabe usted que no era capaz de suicidarse. Pobre
ngel! Tan hermosa y tan feliz que era! Hubiera vivido cien aos si no
la hubiesen asesinado! Adems, es que ese viejo no estaba ah? Vayan a
verle y vern que est lleno de su sangre.

Entonces advirti al conde de Villanera que se haba dejado caer en un
silln y lloraba silenciosamente.

--Ha venido usted al fin?--le dijo--. Tena que haberlo hecho antes!
Ah, seor conde! Paga usted muy mal sus deudas de amor!

Mientras el juez y el mdico entraban en la pieza vecina, donde una
dolorosa sorpresa les aguardaba, _le Tas_ arrastr al conde hasta la
cama, le oblig a mirar a su antigua amante y le hizo or una oracin
fnebre que le puso el cabello de punta.

--Vea usted, vea usted!--deca sollozando--, vea esos hermosos ojos que
le sonrean tan tiernamente, esa linda boca que le ha besado tantas
veces, esos cabellos tan negros que usted desataba con sus propias
manos... Se acuerda de la primera vez que fue usted a la calle del
Circo? Cuando todos hubieron salido, usted se arrodill para besar esa
mano. Y ahora qu fra est! Usted le haba jurado fidelidad eterna
hasta la muerte! Bsela, pues, caballero fiel!

El conde, inmvil, rgido y ms fro que el cadver que tena enfrente,
expi en un minuto tres aos de dicha ilegtima.

En esto trajeron al duque que tambin pagaba, y bien caro, una vida de
egosmo y de ingratitud.

La sangre de que estaba cubierto, su presencia en la casa, el vidrio
arrancado, los araazos de sus manos, y sobre todo la prdida de su
razn, hicieron creer un instante que l era el asesino. El doctor
examin la herida de la seora Chermidy y reconoci que el pual haba
atravesado el corazn de parte a parte; la muerte debi de ser
instantnea; era, pues, imposible, que la vctima hubiese podido llegar
hasta la cama. El seor Stevens, comiendo la noche anterior con el
duque, haba podido observar el estado de sus facultades mentales. El
seor Le Bris le explic en pocas palabras cmo la mana homicida habra
podido germinar en su cerebro desequilibrado. Si era verdad que haba
cometido el crimen, la justicia no poda hacer nada contra un loco. La
Naturaleza le haba condenado a una muerte prxima, despus de algunos
meses de una existencia peor que la misma muerte.

Pero, examinando ms de cerca el cadver, se encontr en su mano
crispada algunos cabellos ms cortos y ms rudos que los de una mujer y
de un color ms natural que los del duque. El actuario, al levantar un
mueble derribado, recogi un botn de librea con las armas de los
Villanera. Finalmente el cajn donde la seora Chermidy haba guardado
cien mil francos, estaba vaco. Era, pues, necesario, buscar a otro
asesino. Interrogaron a _le Tas_, pero no pudieron obtener nada. De
pronto se golpe en la frente diciendo:

--Bestia de m! es l! El miserable! Le har despellejar vivo! pero,
para qu? Ya hablar. Enterrad a mi seora, echadme a m a la basura y
l que se vaya al diablo.

La justicia se traslad el mismo da a la villa Dandolo donde se pudo
comprobar que Mateo era el autor del crimen. Al ser detenido exclam:

--Poca suerte!

El seor Stevens le hizo conducir al castillo de Guilfort, a orillas del
mar. Fue bastante afortunado para escaparse durante la noche, pero cay
en una de esas grandes redes que los pescadores tienden por la tarde
para levantarlas por la maana.




XV

CONCLUSIN


Si habis visto el mar en la estacin de los equinoccios, cuando las
olas amarillas suben hasta lo ms alto de la escollera y los guijarros
se entrechocan con estrpito sobre la orilla, cuando el viento alla en
el cielo negro y el oleaje abate los restos informes de los naufragios,
volvedle a ver en verano; no le reconoceris. Los guijarros relucientes
estn alineados a lo largo de la playa; el mar se extiende como una
sabana azul bajo el riente cielo; a lo lejos se ven cruzar las velas
blancas, y sobre la escollera las parisienses abren sus sombrillas de
color de rosa.

El conde y la condesa de Villanera, despus de un largo viaje cuya
historia no ha sabido nunca Pars, han vuelto hace tres meses a su
palacio del _faubourg_ de San Honorato. La condesa viuda que haba
partido con ellos, y la duquesa que se les haba unido a la muerte del
duque, compartan sin celos el gobierno de una gran casa y la educacin
de una linda criatura. Era una nia de dos aos, parecida a su madre, y
ms hermosa por lo tanto que su hermano mayor, el difunto marqus.

El doctor Le Bris era an el mdico y el mejor amigo de la casa. El
viejo duque y el pequeo Gmez haban muerto en sus brazos, el uno en
Corf y el otro en Roma, a consecuencia de una tifoidea.

El pequeo marqus tena una fortuna personal de seis o siete millones
que le haba dejado una parienta lejana y que sus padres emplearon en
obras de caridad.

Una capilla se eleva al sur de la isla de Corf, sobre el emplazamiento
de la villa Dandolo, y es servida por un joven sacerdote de una
sabidura y una tristeza ejemplares: Gastn de Vitr.

FIN


NOTAS:

[A] _Sangre ligada con el Rey._

[B] Portero de casa principal.

[C] Jabal.

[D] Hay que tener presente la poca en que se escribi esta novela.

[E] El montn.

[F] Se puede perdonar esta ridcula afirmacin al autor en gracia al
buen concepto que en general tiene formado de los espaoles. N. del T.






End of the Project Gutenberg EBook of Germana, by Edmond About

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