The Project Gutenberg EBook of Cartas de mi molino, by Alphonse Daudet

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Title: Cartas de mi molino

Author: Alphonse Daudet

Translator: F. Cabaas

Release Date: August 16, 2009 [EBook #29706]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACIN

ALFONSO DAUDET

CARTAS DE MI MOLINO

TRADUCCIN DE F. CABAAS

BUENOS AIRES

1911

Reservados los derechos de traduccin.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




INDICE


Acta notarial

Cartas de mi molino.--Instalacin

La Diligencia de Beaucaire

La Mula del Papa

El Faro de las Sanguinarias

La Agona de la goleta _Ligera_

Los Aduaneros

Los Viejos

El Subprefecto en el campo

El Poeta Mistral

Las Naranjas

En Milianah.--Notas de viaje

La Langosta

En Camargue:

   I.--La Partida

  II.--La Cabaa

 III.--A la espera!

  IV.--Rojo y blanco

   V.--El Vaccars

Nostalgia de cuartel

Las Emociones de un perdign rojo

El Emperador ciego o viaje a Bavaria para buscar una tragedia japonesa:

   I.-- El Seor coronel de Sieboldt

  II.--La Alemania del Sur

 III.--En Droschke

  IV.--El Pas de lo azul

   V.--Paseo sobre el Starnberg

  VI.--La Bavaria

 VII.--El Emperador ciego




ACTA NOTARIAL


Compareci ante m, Honorato Grapazi, notario residente en
Pamperigouste:

El seor Gaspar Mitifio, esposo de Vivette Cornille, avecindado y
residente en el lugar denominado Los Cigarrales;

Quien, por la presente escritura, vende y transfiere con todas las
garantas de hecho y de derecho, y libre completamente de deudas,
privilegios e hipotecas,

Al seor Alfonso Daudet, poeta, que reside en Pars, aqu presente y
aceptante,

Un molino harinero de viento, situado en el valle del Rdano, en la
Provenza, sobre una ladera poblada de pinos y carrascas; cuyo molino
est abandonado desde hace ms de veinte aos e inservible para la
molienda a causa de las vides silvestres, musgos, romeros y otras
hierbas parsitas que ascienden por l hasta las aspas.

Sin embargo, a pesar de su estado ruinoso, con su gran rueda rota, y la
plataforma llena de hierba nacida entre los ladrillos, el seor Alfonso
Daudet declara convenirle el citado molino y, encontrndolo apto para
servir en sus trabajos de poesa, lo toma por su cuenta y riesgo, y sin
reclamar nada contra el vendedor por causa de las reformas que
necesitar introducir en l.

La venta se hace al contado y mediante el precio convenido, que el
seor Daudet, poeta, ha mostrado y colocado sobre la mesa en dinero
contante y sonante, cuyo precio ha sido cobrado y guardado por el seor
Mitifio; todo ello a vista del notario y testigos que suscriben, de lo
cual se extiende carta de pago con reserva.

Contrato elevado en Pamperigouste, en el estudio de Honorato, estando
presentes Francet Mama, taedor de pfano, y Luiset, alias el _Quique_,
portador de la cruz de los penitentes blancos.

Los cuales firman con las partes y el notario, previa lectura...




CARTAS DE MI MOLINO

INSTALACIN


Valiente susto les he dado a los conejos! Acostumbrados a ver durante
tanto tiempo cerrada la puerta del molino, las paredes y la plataforma
invadidas por la hierba, crean ya extinguida la raza de los molineros,
y encontrando buena la plaza, habanla convertido en una especie de
cuartel general, un centro de operaciones estratgicas, el molino de
Jemmapes de los conejos. Sin exageracin, lo menos veinte vi sentados
alrededor de la plataforma, calentndose las patas delanteras en un rayo
de luna, la noche en que llegu al molino. Al abrir una ventana, zas!
todo el vivac sale de estampa a esconderse en la espesura, enseando
las blancas posaderas y rabo al aire. Supongo que volvern.

Otro que tambin se sorprende mucho al verme, es el vecino del piso
primero, un viejo bho, de siniestra catadura y rostro de pensador, el
cual reside en el molino hace ya ms de veinte aos. Lo encontr en la
cmara del sobradillo, inmvil y erguido encima del rbol de cama, en
medio del cascote y las tejas que se han desprendido. Sus redondos ojos
me miraron un instante, asombrados, y, despus, despavorido al no
conocerme, ech a correr chillando. Hu, hu! y sacudi trabajosamente
las alas, grises de polvo; qu diablo de pensadores, no se cepillan
jams! No importa, tal como es, con su parpadeo de ojos y su cara
enfurruada, ese inquilino silencioso me agrada ms que cualquiera otro,
y no me corre prisa desahuciarlo. Conserva, como antes de habitario yo,
toda la parte alta del molino con una entrada por el tejado; yo me
reservo la planta baja, una piececita enjalbegada con cal, con la bveda
rebajada como el refectorio de un convento.

       *       *       *       *       *

Desde ella escribo con la puerta abierta de par en par, y un sol
esplndido.

Un hermoso bosque de pinos, chispeante de luces, se extiende ante m
hasta el pie del repecho. En el horizonte destcanse las agudas
cresteras de los Alpilles. No se percibe el ruido ms insignificante. A
lo sumo, de tarde en tarde, el sonido de un pfano entre los espliegos,
un collarn de mulas en el camino. Todo ese magnfico paisaje provenzal
slo vive por la luz.

Y actualmente, cmo he de echar de menos ese Pars ruidoso y obscuro?
Estoy tan bien en mi molino! Este es el rinconcito que yo anhelaba, un
rinconcito perfumado y clido, a mil leguas de los peridicos, de los
coches de alquiler, de la niebla. Y cuntas lindas cosas me rodean! No
hace ms de una semana que me he instalado aqu, y tengo llena ya la
cabeza de impresiones y recuerdos. Ayer tarde, por no ir ms lejos,
presenci el regreso de los rebaos a una _masa_ situada al pie de la
cuesta, y les juro que no cambiara ese espectculo por todos los
estrenos que hayan tenido ustedes en esta semana en Pars. Y si no,
juzguen.

Sabrn que en Provenza se acostumbra enviar el ganado a los Alpes cuando
llegan los calores. Brutos y personas permanecen all arriba durante
cinco o seis meses, alojados al sereno, con hierba hasta la altura del
vientre; despus, cuando el otoo empieza a refrescar la atmsfera,
vuelven a bajar a la _masa_, y vuelta a rumiar burguesmente los grises
altozanos perfumados por el romero. Quedbamos en que ayer tarde
regresaban los rebaos. Desde por la maana esperaba el zagun, de par
en par abierto, y el suelo de los apriscos haba sido alfombrado de paja
fresca. De hora en hora exclamaba la gente: Ahora estn en Eyguires,
ahora en el Paradn. Luego, repentinamente, a la cada de la tarde, un
grito general de ah estn! y all abajo, en lontananza, veamos
avanzar el rebao envuelto en una espesa nube de polvo. Todo el camino
parece andar con l. Los viejos moruecos vienen a vanguardia, con los
cuernos hacia adelante y aspecto montaraz; sigue a stos el grueso de
los carneros, las ovejas algo fatigadas y los corderos entre las patas
de sus madres, las mulas con perendengues rojos, llevando en serones los
lechales de un da, mecindolos al andar; en ltimo trmino, los perros,
sudorosos y con la lengua colgante hasta el suelo, y dos rabadanes,
grandsimos tunos, envueltos en mantas encarnadas, que les caen a modo
de capas hasta los pies.

Desfila este cortejo ante nosotros alegremente y se precipita en el
zagun, pateando con un ruido de chaparrn. Es digno de ver el
movimiento de asombro que se produce en toda la casa. Los grandes pavos
reales de color verde y oro, de cresta de tul, encaramados en sus
perchas han conocido a los que llegan y los reciben con una estridente
trompetera. Las aves de corral, recin dormidas, se despiertan
sobresaltadas. Todo el mundo est en pie: palomas, patos, pavos,
pintadas. El corral anda revuelto: las gallinas hablan de pasar en vela
la noche. Dirase que cada carnero ha trado entre la lana, juntamente
con un silvestre aroma de los Alpes, un poco de ese aire vivo de las
montaas que embriaga y hace bailar.

En medio de esa algaraba, el rebao penetra en su yacija. Nada tan
hechicero como esa instalacin. Los borregos viejos enterncense al
contemplar de nuevo sus pesebres. Los corderos, los lechales, los que
nacieron durante el viaje y nunca han visto la granja, miran en derredor
con extraeza.

Pero es mucho ms enternecedor el ver los perros, esos valientes perros
de pastor, atareadsimos tras de sus bestias y sin atender a otra cosa
ms que a ellas en la _masa_. Aunque el perro de guarda los llama desde
el fondo de su nicho, y por ms que el cubo del pozo, rebosando de agua
fresca, les hace seas, ellos se niegan a ver ni a or nada, mientras el
ganado no est recogido, pasada la tranca tras de la puertecilla con
postigo, y los pastores sentados alrededor de la mesa en la sala baja.
Slo entonces consienten en irse a la perrera, y all, mientras lamen su
cazuela de sopa, refieren a sus compaeros de la granja lo que han hecho
en lo alto de la montaa: un paisaje ttrico donde hay lobos y grandes
plantas digitales purpreas coronadas de fresco roco hasta el borde de
sus corolas.




LA DILIGENCIA DE BEAUCAIRE


En el mismo da de mi llegada aqu, haba tomado la diligencia de
Beaucaire, una gran carraca vieja y destartalada que no necesita
recorrer mucho camino para regresar a casa, pero que se pasea con
lentitud a todo lo largo de la carretera para hacerse, por la noche, la
ilusin de que viene de muy lejos. bamos cinco en la baca, adems del
conductor.

Un guarda de Camargue, hombrecillo rechoncho y velludo, que trascenda a
montaraz, con ojos saltones inyectados de sangre y con aretes de plata
en las orejas; despus dos boquereuses, un tahonero y su yerno, los dos
muy rojos, con mucho jadeo, pero de magnficos perfiles, dos medallas
romanas con la efigie de Vitelio. Finalmente, en la delantera y junto al
conductor, un hombre, o por decir mejor, un gorro, un enorme gorro de
piel de conejo, quien no deca nada de particular y miraba el camino con
aspecto de tristeza.

Todos aquellos viajeros se conocan unos a otros, y hablaban de sus
asuntos en voz alta, con mucha libertad. El camargus refera que
regresaba de Nimes, citado por el juez de instruccin con motivo de un
garrotazo que haba dado a un pastor. En Camargue tienen sangre viva.
Pues y en Beaucaire? No pretendan degollarse nuestros dos boquereuses
a propsito de la Virgen Santsima? Parece ser que el tahonero era de
una parroquia dedicada de mucho tiempo atrs a Nuestra Seora, a la que
los provenzales conocen por el piadoso nombre de la Buena Madre y que
lleva en brazos al Nio Jess; el yerno, por el contrario, cantaba ante
el facistol de una iglesia recin construida y consagrada a la
Inmaculada Concepcin, esa hermosa imagen risuea que se representa con
los brazos colgantes y despidiendo rayos de luz las manos. De ah
proceda la inquina. Mereca verse cmo se trataban esos dos buenos
catlicos y cmo ponan a sus patronas celestiales.

--Est buena tu Inmaculada!

--Pues mira que tu Santa Madre!

--Buenas las corri la tuya en Palestina!

--Y la tuya, tan horrorosa! Quin sabe lo que habr hecho? Que lo diga
si no San Jos.

Para creerse en el puerto de Npoles, no faltaba ms que ver relucir las
navajas, y a fe ma, creo que efectivamente la teolgica disputa hubiera
parado en eso, si el conductor no hubiera intervenido.

--Djennos en paz con sus vrgenes--dijo rindose a los
boquereuses;--todo eso son chismes de mujeres, y en los que los hombres
no deben intervenir.

Cuando concluy hizo restallar la tralla con un mohn escptico que
afili a su opinin a todos los viajeros.

       *       *       *       *       *

La discusin estaba terminada, pero, disparado ya el tahonero,
necesitaba desahogarse con alguien, y dirigindose al infeliz del
gorro, silencioso y triste en un rincn, preguntole con aire picaresco.

--Amolador, y tu mujer? Por qu parroquia est?

Es necesario creer que esta frase tendra una intencin muy cmica,
puesto que en la baca todo el mundo se ri a carcajadas. El amolador no
se rea. Al ver esto, el tahonero dirigiose a m.

--No conoce usted, caballero, a la mujer del amolador? Vaya con la
picaruela de la feligresa! En Beaucaire no existen dos como ella.

Redoblronse las risas. El amolador no se movi, limitndose a decir en
voz baja, sin alzar la cabeza:

--Cllate, tahonero.

Pero al demonio del tahonero no le acomodaba el callarse, y prosigui
acentuando la burla:

--Cspita! No puede quejarse el camarada de tener una mujer as. No hay
medio de aburrirse con ella un instante. Figrese usted! Una hermosa
que se hace robar cada seis meses, siempre tendr algo que referir
cuando vuelve. Pues es igual. Bonito hogar domstico! Imagnese usted,
seor, que todava no haca un ao que estaban casados cuando paf! va
la mujer y se larga a Espaa con un vendedor de chocolate. El esposo se
queda solito en la casa gimoteando y bebiendo. Estaba como loco. Despus
de algn tiempo regres al pas la hermosa, vestida de espaola, con una
pandereta de sonajas. Todos le decamos:

--Ocltate, porque te va a matar.

Que si quieres, matar! Volvieron a unirse muy tranquilos, y ella le ha
enseado a tocar la pandereta.

Hubo una nueva explosin de risas. Sin levantar la cabeza, murmur de
nuevo el amolador desde su rincn:

--Cllate, tahonero.

Pero ste no hizo caso, y continu:

--Pensar usted, seor, que sin duda al volver de Espaa permaneci
quieta la hermosa? Quia! Que si quieres! Su marido haba tomado
aquello con tanta calma! Eso la anim para volver a las andadas. Despus
del espaol, hubo un oficial, a ste sigui un marinero del Rdano, ms
tarde un msico, despus, qu s yo! Y lo ms notable del caso es que
a cada escapatoria se representaba la misma comedia y con igual aparato.
La mujer se marcha, el marido llora que se las pela, vuelve ella,
consulase l. Y siempre se la llevan, y siempre la recobra. Ya ve
usted si necesita tener paciencia ese marido! Debe tambin decirse que
la amoladora es extraordinariamente guapa... un verdadero bocado de
cardenal, pizpireta, muy mona, bien formada y adems tiene la piel muy
blanca y los ojos de color de avellana que siempre miran a los hombres
rindose. Si por casualidad, querido parisiense, llega usted alguna vez
a pasar por Beaucaire!...

--Oh, calla, tahonero, te lo suplico!--volvi a exclamar el pobre
amolador con voz desgarradora.

En ese instante se par la diligencia. Estbamos en la masa de los
Anglores. All se apearon los dos boquereuses, y juro a ustedes que no
hice nada por retenerlos. Tahonero farsante! Estaba ya dentro del patio
del cortijo, y todava se oan sus carcajadas.

       *       *       *       *       *

Al salir la gente, pareci quedarse vaca la baca. El camargus habase
apeado en Arls, el conductor marchaba a pie por la carretera, junto a
los caballos. El amolador y yo, cada uno en su rincn respectivo, nos
quedamos solos all arriba, sin chistar. Haca calor, el cuero de la
baca echaba chispas. Por momentos sent cerrrseme los ojos y que la
cabeza se me pona pesada, pero me fue imposible dormir. Continuaba sin
cesar zumbndome en los odos aquel cllate, te lo suplico, tan
melanclico y tan dulce. Tampoco dorma el infeliz. Situado yo detrs de
l, veale estremecerse sus cuadrados hombros, y su mano (una mano
paliducha y vasta) temblar sobre el respaldo de la banqueta, como si
fuera la mano de un viejo. Lloraba.

--Ha llegado usted a su casa, seor parisiense--me grit de repente el
conductor de la diligencia, y con la fusta apuntaba a mi verde colina,
con el molino clavado en la cspide como una mariposa gigantesca.

Baj del vehculo apresuradamente. De paso junto al amolador, intent
mirar ms abajo de su gorro, hubiese querido verlo antes de marcharme.
Como si hubiera comprendido mi intencin, el infeliz levant bruscamente
la cabeza, y clavando la vista en mis ojos, me dijo con voz sorda:

--Mreme bien, amigo, y si oye usted decir algn da que ha ocurrido una
desgracia en Beaucaire, podr usted afirmar que conoce al autor de ella.

Su rostro estaba apagado y triste, con ojos pequeos y mustios.

Si en los ojos tena lgrimas, en aquella voz haba odio. El odio es la
clera de los pusilnimes. En el caso de la amoladora, no las tendra yo
todas conmigo.




LA MULA DEL PAPA


Entre los innumerables dichos graciosos, proverbios o adagios con que
adornan sus discursos nuestros campesinos de Provenza, no conozco
ninguno ms pintoresco ni extrao que ste. Junto a mi molino y quince
leguas en redondo, cuando se habla de un hombre rencoroso y vengativo,
suele decirse:

No te fes de ese hombre, porque es como la mula del Papa, que te
guarda la coz siete aos!

Durante mucho tiempo he estado investigando el origen de este proverbio,
qu quera decir aquello de la mula pontificia y esa coz guardada siete
aos. Nadie ha podido informarme aqu acerca del particular, ni siquiera
Francet Mama, mi taedor de pfano, quien conoce de pe a pa las
leyendas provenzales. Francet piensa, lo mismo que yo, que debe de ser
reminiscencia de alguna antigua crnica del pas de Avin, pero no he
odo hablar jams de ella, sino tan slo por el proverbio.

--Slo en la biblioteca de las Cigarras puede usted encontrar algn
antecedente--me dijo el anciano pfano, riendo.

No me pareci la idea completamente disparatada, y como la biblioteca de
las Cigarras est cerca de mi puerta, fui a encerrarme ocho das en
ella.

Es una biblioteca maravillosa, admirablemente organizada, abierta
constantemente para los poetas, y servida por pequeos bibliotecarios
con cmbalos que no cesan de dar msica. All pas algunos das
deliciosos, y despus de una semana de investigaciones (hechas de
espaldas al suelo), descubr, al fin, lo que deseaba, es decir, la
historia de mi mula y de esa famosa coz guardada siete aos. El cuento
es bonito, aunque peque de inocente, y voy a tratar de narrarlo como lo
le ayer maana en un manuscrito de color del tiempo, que ola muy bien
a alhucema seca y cuyos registros eran largos hilos de la Virgen.

       *       *       *       *       *

No habiendo visto Avin en tiempo de los Papas, no se ha visto nada.
Jams existi ciudad alguna tan alegre, viva y animada como ella, en el
ardor por los festejos. Desde la maana a la noche, todo eran
procesiones y peregrinaciones, con las calles alfombradas de flores,
empavesadas con tapices, llegadas de cardenales por el Rdano, ondeando
al viento los estandartes, flameantes de gallardetes las galeras, los
soldados del Papa entonando por las calles cnticos en latn,
acompaados de las matracas de los frailes mendicantes; despus, de
arriba abajo de las casas que se apiaban zumbando alrededor del gran
palacio papal como abejas en torno de su colmena, percibase tambin el
tic tac de los bolillos que hacan randas, el vaivn de las lanzaderas
que confeccionaban los tises de oro para las casullas, los martillitos
de los cinceladores de vinajeras, las tablas de armona ajustadas en los
talleres de guitarrero, las canciones de las urdidoras, y sobresaliendo
entre todos estos ruidos el taido de las campanas y algunos sempiternos
tamboriles que roncaban all abajo, hacia el puente. Porque entre
nosotros, cuando el pueblo est contento, necesita estar siempre
bailando, y como por aquellos tiempos las calles de la ciudad eran
excesivamente estrechas para la farndula, pfanos y tamboriles
situbanse en el puente de Avin, al viento fresco del Rdano, y da y
noche se estaba all baila que bailars. Ah, qu dichosos tiempos, qu
ciudad tan feliz! Alabardas que no cortaban, prisiones de Estado donde
se pona a refrescar el vino. Jams hambre, nunca guerra. He aqu cmo
gobernaban a su pueblo los Papas del Condado. Tal es la causa de que
los eche tanto de menos el pueblo!

       *       *       *       *       *

Entre todos los Papas, merece citarse con especialidad uno que era un
buen viejo, llamado Bonifacio... Oh, qu muerte ms llorada la suya!
Era un prncipe tan amable, tan gracioso! Se rea tan bien desde lo
alto de su mula! Y cuando alguno pasaba cerca de l, as fuese un
pobrete hilandero de _rubia_ o el gran Vegner de la ciudad, le daba su
bendicin con tanta cortesa! Un verdadero Papa de Ivetot, pero de un
Ivetot de Provenza, con algo de picaresco en la risa, un tallo de
mejorana en la birreta, y sin el ms insignificante trapicheo... La
nica Juanota que siempre se le conoci a este santo padre era su via,
una viita plantada por l mismo a tres leguas de Avin, entre los
mirtos de Chteau-Neuf.

Todos los domingos, concluidas las vsperas, el justo varn iba a
requebrarla, y cuando estaba all arriba sentado al grato sol, con su
mula cerca, y en rededor suyo sus cardenales tendidos a la bartola, al
pie de las cepas, entonces mandaba destapar un frasco de vino de su
cosecha (ese hermoso vino, de color de rub, conocido desde entonces ac
por el nombre de _Chteau-Neuf de los Papas_), y lo saboreaba a
sorbitos, mirando enternecido a su via. Consumido el frasco, al caer de
la tarde volvase alegremente a la ciudad, seguido de toda su corte, y
al atravesar el puente de Avin, en medio de los tamboriles y de las
farndulas, su mula, espoleada por la msica, emprenda un trotecillo
saltarn mientras que l mismo marcaba el paso de la danza con la
birreta, lo cual era motivo de escndalo para los cardenales, pero haca
exclamar a todo el pueblo: Ah, qu gran prncipe! Ah, valiente Papa!
Despus de su via de Chteau-Neuf, lo que ms estimaba en el mundo el
Papa era su mula. El bendito seor se pirraba por aquel cuadrpedo.
Todas las noches, antes de irse a la cama, iba a ver si estaba cerrada
la cuadra, si tena lleno el pesebre, y jams abandonaba la mesa sin
hacer preparar en su presencia un gran ponche de vino a la francesa, con
mucho azcar y aromas, que l mismo llevaba a su mula, a despecho de las
observaciones de los cardenales... Es necesario decir tambin que la
bestia vala la pena. Era una hermosa mula negra salpicada de alazn,
firme de piernas, de pelo lustroso, grupa ancha y redonda, que llevaba
erguida la enjuta cabecita guarnecida toda ella de perendengues, lazos,
cascabeles de plata, borlillas; adems de estas buenas cualidades,
reuna otras que el Papa no apreciaba menos: era dulce como un ngel,
de cndido mirar y con un par de orejas largas en constante bamboleo,
que le daban aspecto bonachn... Todo Avin la respetaba, y cuando
pasaba por las calles no haba agasajos que no se le hiciesen, pues
todos saban que se era el mejor medio de ser bien quisto en la corte,
y que con su aire inocente, la mula del Papa haba conducido a ms de
uno a la fortuna. Prueba de ello Tistet Vdne y su maravillosa
aventura.

Era al principio este Tistet Vdne un descarado granuja, a quien su
padre Guy Vdne, el escultor en oro, se haba visto en la necesidad de
arrojar de su casa, porque adems de que no quera trabajar, maleaba a
los aprendices. Durante seis meses visele arrastrar su sayo por todos
los arroyos de las calles de Avin, pero principalmente hacia la parte
prxima al palacio papal; porque el pcaro tena desde mucho tiempo
antes sus ideas respecto a la mula del Papa, y van a ver que no iba
descaminado... Un da que Su Santidad se paseaba a solas bajo las
murallas con su bestia, se le acerca de buenas a primeras mi Tistet y
le dice, juntando las manos con ademn de asombro:

--Ah, Dios mo, gran Padre Santo, hermosa mula tiene!... Permtame
Vuestra Santidad que la contemple un poco... Ah, Papa mo, qu mula tan
maravillosa!... El emperador de Alemania no tiene otra tal.

Y la acariciaba, y le deca dulcemente como a una seorita:

--Ven ac, alhaja, tesoro, mi perla fina...

Y el bueno del Papa, enternecido, deca para sus adentros:

--Qu guapo mozo!... Qu carioso est con mi mula!

Y saben ustedes lo que ocurri al siguiente da? Tistet Vdne cambi
su viejo tabardo amarillo por una preciosa alba de encajes, una capa de
coro de seda violeta, unos zapatos con hebillas, e ingres en la
escolana del Papa, donde antes de l no haban podido ingresar ms que
los hijos de nobles y sobrinos de cardenales... He ah lo que es la
intriga!... Pero Tistet no par ah.

Protegido ya por el Papa y al servicio de ste, el bribonzuelo continu
la farsa que tan bien le haba salido. Insolente con todo el mundo,
slo tena atenciones y miramientos con la mula, y siempre andaba por
los patios del palacio con un puado de avena o una gavilla de zulla,
cuyos rosados racimos sacuda graciosamente mirando al balcn del Padre
Santo, como quien dice: Jem!... Para quin es esto?

Tantas cosas hizo, que a la postre el bueno del Papa, que se senta
envejecer, le confi el cuidado de vigilar la cuadra y llevar a la mula
su ponche de vino a la francesa; lo cual mova ya a risa a los
cardenales.

       *       *       *       *       *

Tampoco era esto cosa de risa para la mula. Por entonces, a la hora de
su vino, llegaban siempre junto a ella cinco o seis nios de coro, que
se metan pronto entre la paja con su capa de color de violeta y su alba
de encajes; despus, al cabo de un momento, un buen olor caliente de
caramelo y de aromas perfumaba la cuadra, y apareca Tistet Vdne
llevando con precaucin el ponche de vino a la francesa. All comenzaba
el martirio del pobre animal.

Aquel vino aromoso que tanto le agradaba, que le daba calor, que le
pona alas, cometan la crueldad de trarselo all, a su pesebre, y
hacrselo respirar; despus, cuando tena impregnadas en el olor las
narices, me alegro de verte bueno! El hermoso licor de sonrosada llama
era engullido completamente por aquellos granujas!... Y si no hubieran
cometido ms crimen que robarle el vino... Pero, todos esos seis eran
unos diablos, en cuanto beban... Uno le tiraba de las orejas, otro del
rabo; Quiquet se le encaramaba en el lomo, Blugnet le pona su birrete,
y ni uno solo de aquellos pcaros pensaba que de una corveta o de una
sarta de coces el bueno del animal hubiera podido enviarlos a todos a
las nubes y aunque fuese ms lejos... Pero, no! Por algo se es la mula
del Papa, la mula de las bendiciones y de las indulgencias... Por muchas
travesuras que hicieran los muchachos, ella no se enfadaba, y slo a
Tistet Vdne guardaba ojeriza. Y, es claro, cuando senta a ste detrs
de s, le daba comezn en los cascos, y no le faltaba razn para ello.
Ese granujilla de Tistet hacale unas jugarretas tan feas! Eran tan
crueles sus invenciones despus de beber!...

A que no imaginan ustedes lo que se le ocurri cierto da? Hacerla
subir con l al campanil de la escolana, all arriba, arribota, a lo
ms alto de palacio! Y no crean que es mentira lo que cuento; doscientos
mil provenzales lo han visto. Figrense el terror de aquella infortunada
mula, cuando despus de dar vueltas una hora a ciegas por una escalera
de caracol y haber subido no s cuntos peldaos, encontrose de pronto
en una plataforma deslumbrante de luz, y a mil pies debajo de ella
contempl todo un Avin fantstico: las barracas del mercado tan
pequeas como avellanas, los soldados del Papa delante de su cuartel
como hormigas rojas, y all abajo, sobre un hilillo de plata, un
minsculo puentecito, donde haba bailes y ms bailes... Ah, pobre
bestia! Qu susto! Del grito que solt, retemblaron todas las vidrieras
del palacio.

--Qu ocurre? Qu sucede?--exclam el Papa, asomndose al balcn
precipitadamente.

Tistet Vdne estaba ya en el patio, fingiendo que lloraba y mesndose
los cabellos:

--Ah, gran Padre Santo, qu pasa! Pues pasa que la mula de Su
Santidad... Dios mo! Qu ser de m?... Pues pasa que la mula de Su
Santidad... se ha encaramado al campanario!...

--Pero, ella sola?

--S, seor, excelso Padre Santo, ella sola... Mire, mire, all
arriba!... Ve Su Beatitud la punta de las orejas asomando?... Parecen
dos golondrinas...

--Misericordia!--exclam el pobre Papa alzando los ojos.--Es que se ha
vuelto loca? Pero, si se va a matar! Quieres bajarte, desventurada?...

Cspita! Lo que es ella no hubiera deseado otra cosa sino bajarse...
Pero, por dnde? Por la escalera, no haba ni qu pensarlo: a esas
alturas se sube, pero en la bajada hay peligro de perniquebrarse cien
veces... Y la pobre mula desconsolbase, y dando vueltas por la
plataforma con los ojazos presa del vrtigo, pensaba en Tistet
Vdne...

--Ah, miserable, si de sta escapo... menuda coz te suelto maana
tempranito!

Con este propsito de la coz, haca de tripas corazn; sin eso, no
hubiera podido mantenerse en pie... Al fin pudo conseguirse bajarla de
all arriba, pero no cost poco que digamos. Fue necesario descolgarla
en unas angarillas, con cuerdas y un gato. Ya comprendern qu
humillacin para la mula de un Papa eso de ser suspendida de aquella
altura, moviendo las patas en el aire, como un abejorro al cabo de un
hilo. Y todo Avin que la miraba!

A la infeliz bestia no le fue posible dormir en toda la noche. Parecale
que daba vueltas constantemente por aquella maldita plataforma, siendo
el hazmerrer de toda la ciudad congregada abajo; luego, pensaba en ese
infame Tistet Vdne y en la bonita coz con que iba a obsequiarle al da
siguiente por la maana. Oh, amigos mos, vaya una coz! Desde
Pamperigouste tena que verse el humo... Pues bien, mientras en la
cuadra le preparaban este magnfico recibimiento, saben lo que haca
Tistet Vdne? Deslizbase por el Rdano cantando en una galera
pontificia y se iba a la corte de Npoles con la compaa de jvenes
nobles que la ciudad mandaba todos los aos junto a la reina Juana para
ejercitarse en la diplomacia y en las buenas maneras. Tistet no era
noble; pero el Papa deseaba a toda costa recompensarlo por los cuidados
que haba tenido con su bestia, y especialmente por la actividad que
acababa de desplegar durante la empresa de salvamento.

Valiente chasco se llev la mula al da siguiente!

--Ah, bandido; algo se ha olido l!--pensaba, mientras sacuda con
furia sus cascabeles.--Pero, es lo mismo, anda, pillo! Cuando vuelvas
te encontrars con tu coz... te la guardo!...

Y se la guard.

Despus de la marcha de Tistet, la mula del Papa recobr su vida
sosegada y sus aires de otros tiempos. No ms Quiquet ni Blugnet en la
cuadra. Llegaron de nuevo los felices das del vino a la francesa, y con
ellos el buen humor, las largas siestas, y el pasito de gavota al cruzar
el puente de Avin. Sin embargo, desde su aventura dbanle muestras
constantes de frialdad en la ciudad; los viejos movan la cabeza, los
nios se rean sealando al campanario. El bueno del Papa mismo no
confiaba ya tanto en su amiga, y cuando se dejaba llevar al extremo de
echar un sueecillo sobre los lomos de ella, el domingo a su regreso de
la via, ocurrasele siempre esta consideracin: Si fuese a
despertarme all arriba, en la plataforma! Vea esto la mula, y sufra
sin chistar; solamente cuando en presencia de ella se pronunciaba el
nombre de Tistet Vdne, erguanse sus largas orejas, y afilaba con una
risita el hierro de sus cascos en el pavimento...

Pasaron siete aos, al cabo de los cuales, Tistet Vdne, regres de la
corte de Npoles. No haba concluido todava el tiempo de su empeo en
ella; pero haba sabido que el archipmpano de Sevilla haba muerto
repentinamente en Avin, y como el cargo parecale bueno, haba
regresado muy a prisa para gestionar que se le otorgara.

Cuando ese intrigante de Vdne entr en el saln del palacio, costole
trabajo el conocerlo al Santo Padre: tanto era lo que haba crecido y
engruesado. Preciso es tambin decir que, por su parte, el Papa se
haba hecho viejo y no vea bien sin antiparras.

Tistet no se acobard.

--Cmo! Excelso Padre Santo, ya no me conoce Su Beatitud?... Soy yo,
Tistet Vdne!

--Vdne?...

--S, ya sabe... el que serva el vino francs a la mula.

--Ah! S... s... ya recuerdo... Guapo mozo, ese Tistet Vdne!... Y
ahora, qu pretendes?

--Oh! Poca cosa, Excelso Padre Santo... Vena a suplicarle... Y a
propsito, conserva todava Su Beatitud aquella mula? Y est buena?...
Ah! Cunto me alegro!... Pues bien, vena a solicitar la plaza del
archipmpano de Sevilla, quien acaba de morir.

--Archipmpano de Sevilla t!... Pero si eres muy joven. Pues, cuntos
aos tienes?

--Veinte aos y dos meses, ilustre Pontfice; cinco aos justos ms que
la mula de Su Santidad... Ah, bendita de Dios la valiente bestia!...
Si supiese Su Beatitud cunto amaba yo a aquella mula! Y con qu
sentimiento me acordaba de ella en Italia!... Me permitir Su Santidad
que la visite?

--S, hijo mo, la visitars--dijo el bueno del Papa, emocionado.--Y
puesto que tanto amas a aquel bendito animal, no permito que vivas lejos
de l. Desde este da quedas afecto a mi persona en calidad de
archipmpano... Mis cardenales gritarn, pero, peor para ellos! ya
estoy acostumbrado... Vuelve maana, al salir de vsperas, y Nos te
impondremos las insignias de tu beneficio delante de Nuestro cabildo, y
luego... te acompaar a ver la mula, y vendrs a la via con nosotros
dos... Eh? Ja, ja! Anda, vete!...

No es necesario decir lo satisfecho que ira Tistet Vdne al salir del
saln del Solio, y con qu impaciencia aguard la ceremonia del
siguiente da; pero mucho ms satisfecha e impaciente que el bribn
estaba la mula. Desde el regreso de Vdne hasta las vsperas del
siguiente da, la vengativa bestia no ces de atiborrarse de avena y
cocear la pared con los cascos de atrs. Tambin el animal haca sus
preparativos para la ceremonia...

Al da siguiente, despus de haberse cantado vsperas, Tistet Vdne
hizo su entrada en el patio del palacio papal. En l estaban todo el
alto clero, los cardenales con sus togas rojas, el abogado del diablo
de terciopelo negro, los abades de conventos con sus pequeas mitras,
los mayordomos de fbrica de San Agrico, las sotanas violetas de la
escolana sin que faltaran numerosos individuos del bajo clero, los
soldados del Papa de gran uniforme de gala, los ermitaos del monte
Ventoso con sus caras feroces y el monacillo que los sigue tocando la
campanilla, los hermanos disciplinantes desnudos de pecho y espalda, los
floridos sacristanes con toga de jueces; todos, toditos, hasta los que
hacen las aspersiones de agua bendita, y el que enciende y el que apaga
los cirios... nadie faltaba al solemne acto... Ah! Era una hermosa
ordenacin! Campanas, petardos, sol, msica, y siempre esos sonoros
tamboriles que guiaban la danza all abajo, en el puente de Avin...

Al presentarse Vdne en medio de la asamblea, su empaque y su buen
talante produjeron un murmullo de admiracin. Era un magnfico
provenzal, rubio, con largos cabellos de puntas rizadas y una barbita
corta y primeriza que pareca formada por vedijas de metal fino
desprendidas por el buril de su padre, el escultor en oro. Circularon
rumores de que los dedos de la reina Juana haban jugado algunas veces
con aquella rubia barba, y efectivamente el seor de Vdne tena el
glorioso aspecto y el mirar abstrado de los galanes amados por
reinas... Aquel da, para honrar a su nacin, haba sustituido su
vestido napolitano por un capisayo bordado de rosas, a la provenzala, y
sobre su capillo temblaba una gran pluma de ibis de Camargue.

Al entrar el archipmpano, salud galantemente a la concurrencia, y
dirigiose a la elevada escalinata, donde le aguardaba Su Santidad para
imponerle las insignias de su grado: la cuchara de boj amarillo y la
sotana de color de azafrn. Junto a la escalera estaba la mula,
enjaezada y dispuesta a partir para la via... Al pasar cerca de ella,
sonriose satisfecho Tistet Vdne y se detuvo para darle dos o tres
golpecitos cariosos en la grupa, mirando con el rabillo del ojo si el
Papa lo observaba. La ocasin era propicia... La mula tom impulso...

--Toma, all te va, bandido! Siete aos haca que te la guardaba!

Y le solt una coz tan terrible, tan certera, que desde Pamperigouste se
vio el humo, una humareda de polvo rubio en la que revolote una pluma
de ibis... Eso fue todo lo que qued del infortunado Tistet Vdne!...

Pocas veces son las coces de mula tan fulminantes. Pero aqulla era una
mula papal. Y adems, figrense ustedes!... Haca nada menos que siete
aos que se la guardaba!... No hay ejemplo de odios eclesisticos
semejante al mencionado.




EL FARO DE LAS SANGUINARIAS


No me fue posible, por muchos esfuerzos que hice, pegar los ojos aquella
noche. El mistral estaba furioso, y el estrpito de sus grandes silbidos
me desvel hasta el amanecer. El molino entero cruja, balanceando
pesadamente sus aspas mutiladas, que resonaban con el cierzo lo mismo
que el aparejo de un buque. Volaban las tejas de su destruida techumbre.
En lontananza, los pinos apretados que cubran la colina se agitaban
zumbando entre sombras. Creyrase que era el alta mar...

Esto trajo a mi memoria el recuerdo de mis gratos insomnios de hace tres
aos, cuando yo viva en el faro de las Sanguinarias, all abajo, en la
costa de Crcega, a la entrada del golfo de Ajaccio, otro hermoso rincn
que encontr para meditar y estar a solas.

Imagnense ustedes una isla rojiza de aspecto salvaje, el faro en una
punta, y en la otra una antigua torre genovesa, donde en mi tiempo
habitaba un guila. Abajo, en la orilla del agua, las ruinas de un
lazareto, invadido completamente por las hierbas; luego barrancos,
malezas, rocas enormes, algunas cabras montaraces, caballejos corsos
triscando con las crines al viento; finalmente, all arriba, en la
altura, entre un torbellino de aves marinas, la casa del faro, con su
plataforma de mampostera blanca, donde paseaban los torreros de un lado
a otro, la verde puerta ojival, la torrecilla de hierro fundido, y
encima la gran linterna, cuyas facetas brillan al sol y despiden luz aun
en medio del da... He aqu la isla de las Sanguinarias, tal como la
volv a ver en mi imaginacin esa noche, al or roncar mis pinos. Antes
de poseer un molino, aquella isla encantada era donde iba yo a retirarme
siempre que necesitaba aire libre y soledad.

--Qu haca all?

Lo mismo que ahora aqu, quiz menos. Cuando soplaban el mistral o la
tramontana con extremada violencia, situbame entre dos peascos al
borde del agua, en medio de las goletas, de los mirlos, de las
golondrinas, y all permaneca todo el da, en esa especie de estupor y
delicioso anonadamiento que la contemplacin del mar produce. Verdad
que conocen ustedes esa grata embriaguez del alma? No se piensa, ni se
suea. Todo el ser se escapa, vuela, se evapora. Se es la gaviota que se
zambulle, el polvo de espuma que sobrenada al sol entre dos olas, el
blanco humo de aquel vapor-correo que desaparece en la lejana, esa
pequea barca de rojo velamen dedicada a la pesca de corales, aquella
perla de agua, ese jirn de bruma, todo, menos uno mismo... Oh, qu
deliciosas horas de semisueo y de divagaciones las que pas en mi
isla!...

Cuando el viento soplaba con fuerza impidindome estar a orillas del
agua, me encerraba en el patio del lazareto, un patio pequeo y
melanclico, todo l perfumado por el aroma del romero y del ajenjo
silvestres, y all, junto al lienzo de las vetustas paredes, dejbame
invadir por el vago olor de abandono y de tristeza que envuelto en los
rayos del sol flotaba entre los aposentos de piedra, abiertos por todas
partes como tumbas antiguas. Un portazo o un salto ligero entre la
hierba interrumpa de vez en cuando el silencio montono que reinaba en
aquel solitario lugar: era una cabra, que acuda a rumiar al resguardo
del viento. Al verme se detena absorta, y quedbase plantada ante m,
con aire vivaracho, los cuernos en alto, contemplndome con ojos
juveniles...

El portavoz de los torreros me llamaba para comer a las cinco, y a esa
hora, por un senderito escarpado a pico entre los matorrales, suspenso
encima del mar, encaminbame lentamente al faro, volviendo a cada
momento la vista hacia aquel inmenso horizonte de agua y de luz, que
pareca ensancharse conforme ascenda yo.

       *       *       *       *       *

El espectculo era encantador desde la cima. Creo an ver aquel
magnfico comedor, de anchas losas, paramentos de encina, la sopa de
peces humeante en medio, la puerta completamente abierta al blanco
terrado, y los resplandores del Poniente que lo inundaban de luz...
All me aguardaban siempre, para sentarse a la mesa, los torreros. Eran
tres: uno de Marsella y dos de Crcega; los tres pequeos, barbudos, con
igual rostro curtido y resquebrajado, e idntico gabn de pelo de cabra,
pero de aspecto y humor completamente distintos y aun contrarios.

De la manera de vivir de aquellas gentes, deducase al punto la
diferencia de ambas razas. El marsells, industrioso y vivo, siempre
atareado, en constante movimiento, recorra la isla desde la maana a la
noche, cultivando, pescando, recogiendo huevos de aves marinas,
ocultndose entre los matorrales para ordear una cabra al paso, y
siempre dispuesto a hacer un alioli o a guisar alguna sopa de peces.

Los corsos no se ocupaban absolutamente nada ms que de su servicio;
considerbanse como funcionarios, y pasaban todo el da en la cocina
jugando siempre largas partidas de _scopa_, sin interrumpirlas ms que
para volver a encender las pipas con aire grave, y para picar en la
palma de las manos grandes hojas de tabaco verde con las tijeras...

Sin embargo, marsells y corsos eran tres buenas personas, sencillos,
bonachones, y muy considerados para con su husped, aunque en el fondo
lo creyeran un seor muy extraordinario.

No les faltaban motivos para opinar as, porque eso de encerrarse en el
faro!... Y ellos, que encuentran tan largos los das, y son tan felices
cuando les llega el turno de bajar a tierra!... En la buena estacin,
gozan de gran ventura todos los meses. Diez das de tierra firme por
treinta de faro: as lo prescribe el reglamento. Pero en el invierno y
durante los grandes temporales, no hay reglamentos que valgan. Arrecia
el vendaval, suben las olas, la espuma blanquea las Sanguinarias, y los
torreros de servicio permanecen bloqueados dos o tres meses
consecutivos, y no pocas veces hasta con circunstancias aterradoras.

--Oiga usted, seor, lo que me ocurri hace cinco aos--me refera en
una ocasin el viejo Bartoli, mientras comamos;--el caso me sucedi en
esta misma mesa donde estamos, una tarde de invierno, como ahora.
Aquella tarde slo estbamos dos en el faro: un compaero llamado
Tchco y yo... Los dems estaban en tierra, enfermos, con licencia, no
recuerdo bien... Habamos concluido de comer, muy tranquilos... De
repente mi camarada deja de comer, me mira un momento con unos ojos
pcaros, y cataplum! se cae encima de la mesa, con los brazos adelante.
Me acerco a l, lo muevo, lo llamo: Oh, Tch!... Oh, Tch!... Nada:
estaba muerto!... Imagnese usted qu susto! Ms de una hora estuve
estupefacto y tembloroso ante aquel cadver; despus, de pronto, me
acuerdo del faro. No tuve tiempo ms que de subir a la farola y
encender. La noche estaba ya encima... Qu noche, caballero! El mar y
el viento no tenan sus voces naturales. Continuamente parecame que
alguien me llamaba en la escalera... Y adems, una fiebre, una sed!
Nadie hubiera sido capaz de hacer que yo bajara... Me daba tanto miedo
el difunto! Sin embargo, hacia el alba me anim un poco. Llev a mi
compaero a su cama, le ech la sbana encima, rec algunas oraciones y
en seguida fui a hacer seales de alarma.

Desgraciadamente haba mar gruesa y de fondo: por ms que llam y
llam, nadie acudi... Y yo a solas en el faro con mi pobre Tchco,
sabe Dios hasta cundo! Yo confiaba poder tenerlo conmigo hasta la
llegada del barco; pero a los tres das era an completamente
imposible... Cmo arreglrmelas? Llevarle fuera? Enterrarlo? La roca
era sumamente dura; y hay tantos cuervos en la isla! Me apenaba el tener
que abandonarles aquel cristiano. Entonces pens en bajarlo a uno de los
departamentos del lazareto... Toda una tarde emple en aquella triste
faena, y le respondo a usted de que necesit valor... Mire usted,
caballero! Hoy todava, cuando bajo a esta parte de la isla en una tarde
de ventarrn, me parece llevar a cuestas el cadver...

Pobre viejo Bartoli! Sudaba slo acordndose de ello.

As pasbamos las horas de la comida, charlando largo y tendido: el
faro, el mar, narraciones de naufragios, historias de bandidos corsos...
Luego, al obscurecer, el torrero del primer cuarto encenda su
candileja, tomaba la pipa, la calabaza, un grueso Plutarco de cantos
rojos, nico volumen que constitua la biblioteca de las Sanguinarias,
y desapareca por el fondo. Un momento despus oase en todo el faro un
estrpito de cadenas, de poleas, de grandes pesas de reloj a las cuales
se daba cuerda.

Yo me sentaba fuera, en la terraza, durante ese tiempo. El sol, muy bajo
ya, descenda cada vez con ms rapidez hacia el agua, llevndose tras de
s todo el horizonte. Refrescaba el viento, la isla tease de color
violceo. Por el espacio pasaba junto a m con perezoso vuelo un gran
pajarraco: era el guila que acuda a guarecerse a la torre... Las
brumas del mar suban poco a poco. Bien pronto vease tan slo el blanco
festn de la espuma alrededor de la isla... De pronto, por encima de mi
cabeza, surga una gran oleada de plcida luz. Estaba encendido el faro.
Dejando en sombras toda la isla, el luminoso haz de rayos iba a caer a
lo lejos en alta mar, y all estaba yo rodeado de tinieblas, bajo
aquellas grandes ondas lumnicas que apenas me salpicaban al paso...
Pero el viento segua refrescando. Era necesario recogerse. A tientas
cerraba el grueso portn y corra las barras de hierro; despus, y
siempre a tientas, suba una escalerilla de fundicin, que retemblaba y
sonaba con mis pasos y llegaba a la cspide del faro. Por supuesto, all
s que haba luz.

Imagnense ustedes una gigantesca lmpara Crcel, de seis filas de
mecheros, en torno de la cual giran lentamente las paredes de la
linterna, unas cerradas por enorme lente de cristal, otras abiertas a
una gran vidriera fija que preserva del viento a la llama... Al entrar
me deslumbraba. Esos cobres, esos estaos, esos reflectores de metal
blanco, esas paredes de cristal abombado que volteaban con grandes
crculos azulados, todo ese espejeo, toda esa balumba de luces, me
producan vrtigos por un instante.

A pesar de todo, mi vista se acostumbraba poco a poco a ello,
concluyendo yo por sentarme al pie mismo de la lmpara, junto al torrero
que lea su Plutarco en alta voz, por temor a dormirse.

All fuera, la obscuridad, el abismo. En el balconcillo que circunda a
la vidriera, el viento corre aullando como un loco. Cruje el faro, la
mar brama. En el extremo de la isla, en las rompientes, las olas
simulan que disparan caonazos. A veces, un dedo invisible toca en los
vidrios: algn ave nocturna atrada por la luz, y que se estrella la
cabeza contra el cristal. Dentro de la linterna centelleante y clida,
nada ms que el constante chisporroteo de la llama, el ruido del aceite
cayendo gota a gota, y el de la cadena que va desenrollndose, y una voz
montona, que salmodia la vida de Demetrio de Falerea.

       *       *       *       *       *

Mediada la noche, levantbase el torrero, examinaba por ltima vez sus
mechas, y bajbamos. En la escalera nos tropezbamos con el colega del
segundo cuarto, quien suba restregndose los ojos; se le entregaba la
calabaza y el Plutarco. Despus, cuando nos bamos a acostar, entrbamos
un momento en la habitacin del fondo, hecha un revoltijo de cadenas,
grandes pesas, depsitos de estao, calabrotes, y all, a la luz del
candilejo, el torrero escriba en el gran libro del faro, abierto
constantemente.

_Media noche. Buque a la vista por el horizonte. Mar gruesa.
Tempestad._




LA AGONIA DE LA GOLETA LIGERA


Puesto que el mistral nos lanz la otra noche a la costa de Crcega,
permtanme ustedes que les refiera una triste historia martima de que
hablan con frecuencia los pescadores de por all durante la velada, y
acerca de la cual me ha suministrado la casualidad datos muy
interesantes.

Hace dos o tres aos que ocurri.

Bogaba por el mar de Cerdea, acompaado de siete u ocho carabineros de
mar. Penoso viaje para un novicio! En todo el mes de marzo no habamos
disfrutado de un solo da bueno. El viento del Este nos haba combatido
con fiereza y el mar no abonanzaba.

Una tarde, que capebamos el temporal, nuestra barca se refugi a la
entrada del estrecho de Bonifacio, en medio de un archipilago de
islillas. Su aspecto era tranquilizador: grandes rocas peladas, pobladas
de aves, algunas matas de ajenjo, espesuras de lentiscos, y ac y acull
entre el fango algunos maderos que empezaban a pudrirse; pero, a fe ma,
para pasar la noche eran preferibles esas rocas siniestras al camarote
de una vieja barca a medio cubrir, donde entraba el oleaje como Pedro
por su casa, y con ella tuvimos que conformarnos.

Tan pronto como desembarcamos y mientras los marineros encendan lumbre
para guisar la sopa de peces, me llam el patrn, y mostrndome una
pequea cerca de piedra blanca, perdida entre las brumas en el extremo
de la isla, me dijo:

--Quiere usted venir al cementerio?

--Un cementerio, patrn Lionetti! Pues, dnde nos encontramos?

--En las islas Lavezzi, seor. Aqu fueron enterrados los seiscientos
hombres de la fragata _Ligera_, en el lugar mismo en que se perdi hace
diez aos... Pobre gente! No son muy visitados y menos mal que llegamos
nosotros para decirles buenos das, puesto que ya estamos en l...

--Con mucho gusto por mi parte, patrn.

       *       *       *       *       *

Cunta tristeza respira el cementerio de la _Ligera_!... Lo veo
todava, con su bajo tapial, su puerta de hierro oxidada y difcil de
abrir, con centenares de cruces negras ocultas por la hierba. Ni una
corona de siemprevivas, ni un recuerdo, nada!... Ah, infelices muertos
abandonados, cunto fro deben sentir en su tumba casual!

Un momento estuvimos all arrodillados. El patrn rezaba en voz alta.
Enormes goletas, nicos guardianes del cementerio, revoloteaban sobre
nuestras cabezas confundiendo sus roncos gritos con los lamentos del
mar.

Cuando concluimos de rezar, regresamos tristemente hacia el rincn donde
haba sido amarrada la barca. No perdieron el tiempo los marineros
durante nuestra ausencia. Encontramos una gran hoguera llameante
resguardada por un peasco y la marmita que humeaba. Nos sentamos en
corro, con los pies juntos a la lumbre, y bien pronto tuvo cada cual
sobre sus rodillas, dentro de una cazuela de barro colorado, dos
rebanadas de pan moreno con mucho caldo. Nadie habl durante la comida:
estbamos mojados, tenamos hambre, y adems la proximidad del
cementerio... A pesar de todo desocupamos las cazuelas, encendimos las
pipas y empezamos a charlar un poco. Como es natural, el tema de nuestra
conversacin fue la _Ligera_.

--Pero, dgame, cmo ocurri la catstrofe?--pregunt al patrn, quien
con la cabeza apoyada en las manos, miraba la lumbre con aire pensativo.

--Que cmo ocurri la catstrofe?--respondiome el bueno de Lionetti,
suspirando con amargura.--Ah! seor, nadie del mundo pudiera decirlo.
Todo lo que sabemos es que la _Ligera_, llena de tropas para Crimea,
haba zarpado de Toln la vspera por la tarde, con mal tiempo. De noche
todava, empez a arreciar el temporal. Viento, lluvia, mar alborotado
como nunca. Por la maana amain un poco el viento, pero el mar
continuaba tan fiero; y a todo esto, una maldita bruma del demonio, que
no permita distinguir un fanal a cuatro pasos. No puede usted formarse
idea, seor, de lo traidoras que son esas brumas. Eso nada importa;
nadie me quita de la cabeza que la _Ligera_ debi perder el timn de
madrugada; porque, por muy densa que fuera la bruma, sin una avera, el
capitn no hubiese venido a estrellarse aqu. Era un experto marino, a
quien todos conocamos. Haba mandado la estacin naval de Crcega
durante tres aos y conoca la costa tan bien como yo, que no conozco
otra cosa.

--Y a qu hora se supone que se estrell la _Ligera_?

--Debi ser a medioda; s, seor, en pleno medioda... Pero, cspita!
con la bruma de mar, ese pleno medioda no era ms claro que una noche
obscura como boca de lobo... Un aduanero de la costa me refiri que
aquel da, habiendo salido de su caseta para sujetar los postigos,
prximamente a las once y media, una racha de viento le llev la gorra,
y exponindose a ser llevado l mismo por la resaca, empez a correr
tras de aqulla a cuatro patas, a lo largo de la playa. Comprender
usted que a los carabineros no les sobra la plata y una gorra cuesta
cara. Pues bien, parece ser que al levantar un momento la cabeza nuestro
hombre, vio, muy cerca de l, entre la bruma, un buque de alto bordo que
hua a palo seco, sotaventeando las islas Lavezzi. Este buque marchaba
con tanta velocidad, que el aduanero apenas tuvo tiempo de verlo bien.
Sin embargo, todo hace suponer que sera la _Ligera_, puesto que media
hora ms tarde el pastor de las islas oy en estas rocas... Pero
justamente viene aqu el pastor de que le hablo a usted; l mismo podr
contarle el suceso... Buenos das, Palombo!... Ven a calentarte un
poco; no temas, hombre.

Acercose a nosotros tmidamente un hombre encapuchado, a quien vea yo
desde poco antes rondar alrededor de nuestra hoguera, y al cual haba
tomado por uno de los tripulantes, pues no saba que hubiese pastor
alguno en la isla.

Era un viejo leproso, casi completamente idiota, atacado por no s qu
enfermedad escorbtica que converta sus labios en un gran morro, que
no poda mirarse sin repugnancia. Cost gran trabajo hacerle entender de
qu se trataba. Entonces, levantndose con un dedo el labio enfermo, el
viejo nos cont que, en efecto, desde su choza oy aquel da, alrededor
de las doce, un horrible crujido en las peas. Como toda la isla estaba
cubierta por el agua, no haba podido salir, y slo al siguiente da fue
cuando, al abrir la puerta, pudo ver la costa llena de restos y
cadveres arrastrados hasta all por el mar. Espantado, huy a toda
prisa hacia su barca, para ir a Bonifacio a buscar gente.

Tom asiento el pastor, rendido de haber hablado tanto, y el patrn
reanud su discurso:

--S, seor; este pobre viejo fue quien nos avis. Estaba casi loco de
miedo, y desde entonces tiene la cabeza a pjaros. Lo cierto es que
haba motivo para ello... Figrese usted seiscientos cadveres
amontonados sobre la arena, revueltos con astillas de madera y jirones
de lona... Pobre _Ligera_!... El mar la haba molido de golpe y hecho
trizas en tal forma, que el pastor Palombo apenas ha podido encontrar
entre todos sus residuos con qu hacer una empalizada para su choza...
En cuanto a los hombres, desfigurados casi todos, espantosamente
mutilados... inspiraba compasin el verlos asidos unos a otros, en
racimos... All estaban el capitn con uniforme de gala, el capelln con
la estola al cuello; en un rincn, entre dos peascos, un grumete con
los ojos abiertos... pareca vivo todava; pero, no! Era cosa decidida
que nadie se librara...

Al llegar a este punto, el patrn se interrumpi, gritando:

--Ten cuidado, Nardi, que se apaga la lumbre!

Nardi arroj en el brasero dos o tres pedazos de tablones embreados, que
se inflamaron, y Lionetti prosigui:

--Lo ms triste de esta historia es esto: Tres semanas antes de la
catstrofe, una pequea corbeta, que iba a Crimea, lo mismo que la
_Ligera_, naufrag del mismo modo y casi en el mismo sitio; slo que
aquella vez pudimos salvar la tripulacin y veinte soldados de
ingenieros que iban a bordo... Es claro, esos pobres tiralneas no
estaban en su elemento! Se les condujo a Bonifacio y permanecieron dos
das con nosotros en la _marina_... Despus que se secaron bien y se
pusieron en pie, buenas noches, buena suerte! Regresaron a Toln,
donde volvieron a ser embarcados para Crimea!... A que usted no adivina
en qu buque?... En la _Ligera_, seor!... Los vimos a todos veinte,
tumbados entre los muertos, en el sitio donde nos encontramos ahora...
Yo mismo conoc a un lindo sargento de finos bigotes, un pisaverde de
Pars, a quien haba hospedado en mi casa y que nos haba hecho rer
todo el tiempo con sus historias... Al encontrarlo all, se me parti el
corazn... Ah, Santa Madre!...

Y, al decir esto, el honrado Lionetti sacudi, conmovido, la ceniza de
su pipa y se arrebuj en su capotn, dndome las buenas noches...
Durante algn tiempo, continuaron hablando a media voz los marineros...
Despus, una tras otra, se apagaron las pipas... No se pronunci una
palabra ms... Marchose el pastor viejo... Y yo me qued solo soando
despierto, en medio de la tripulacin dormida.

       *       *       *       *       *

Impresionado por el lgubre relato que acababa de or, intent
reconstruir con la imaginacin el pobre buque difunto y la historia de
esta agona cuyos nicos testigos fueron las aves goletas. Algunos
detalles que me llamaron la atencin, el capitn con uniforme de gala,
la estola del capelln, los veinte soldados de ingenieros, ayudronme a
adivinar todos los detalles del drama... Vea zarpar de Toln la
fragata, al obscurecer... Sale del puerto. Hay mar de fondo y un viento
huracanado; pero el capitn es un valiente marino, y todo el mundo est
tranquilo a bordo...

A la madrugada, se levanta la bruma de mar. Comienzan todos a
inquietarse. Toda la tripulacin est sobre cubierta. El capitn no
abandona la toldilla... En el entrepuente, donde van metidos los
soldados, la obscuridad es completa; la atmsfera est calurosa. Algunos
estn enfermos, tendidos sobre sus petates. El buque cabecea
horriblemente; no se puede permanecer de pie. Hablan sentados en
corrillos en el suelo, abrazndose a los bancos; es necesario gritar
para orse. Algunos empiezan a atemorizarse... No es para menos el
caso! Son frecuentes los naufragios en estos parajes; si no, que lo
digan los tiralneas, y lo que stos refieren es para asustar a
cualquiera.

Especialmente, su sargento primero, un parisiense que siempre est de
broma, pone la carne de gallina con sus chanzonetas.

--Un naufragio!... Pues, si es la cosa ms divertida un naufragio.
Salimos del paso con un bao fro, y despus nos conducen a Bonifacio, a
comer mirlos en casa del patrn Lionetti.

Y los tiralneas re que te reirs...

De repente se oye un crujido... Qu es eso? Qu pasa?...

--El timn se ha ido--dice un marinero calado de agua, el cual cruza
corriendo el entrepuente.

--Buen viaje!--grita ese loco de sargento; pero esto ya no hace excitar
la risa.

Gran barullo sobre el puente. La bruma impide verse. Los marineros van
de un lado para el otro horrorizados, a tientas... Ya no hay timn! No
se puede maniobrar... La _Ligera_, perdido el rumbo, corre con tanta
velocidad como el viento... Entonces es cuando la ve pasar el aduanero;
son las once y media. A proa de la fragata suena un caonazo... Las
rompientes, las rompientes!... Todo concluy: no hay ms esperanza, va
derecha a la costa... El capitn desciende a su camarote... Al cabo de
un momento, ocupa nuevamente su puesto en la toldilla con uniforme de
gala... Ha querido engalanarse para morir.

En el entrepuente se contemplan ansiosos los soldados, sin rechistar...
Los enfermos pretenden levantarse... el sargentito ya no se re...

Entonces se abre la puerta y aparece en el umbral el capelln con su
estola, diciendo:

--De rodillas, hijos mos!

Todos obedecen. Con voz atronadora, el sacerdote comienza las preces por
los agonizantes.

Sobreviene de pronto un choque formidable, un grito, uno solo, una
gritera inmensa, brazos tendidos, manos que se entrelazan, ojos
extraviados en los que se refleja con la rapidez del relmpago la
trgica visin de la muerte...

Misericordia!

Toda la noche la pas lo mismo: soando, evocando, a los diez aos del
suceso, el alma del pobre buque cuyos restos me circundaban. A lo lejos,
en el estrecho, ruga la tempestad, la tempestad; la llama de la hoguera
inclinbase a uno y otro lado con las rachas de viento, y oa danzar a
nuestra barca junto a las rocas, haciendo crujir las amarras.




LOS ADUANEROS


Una vieja embarcacin de la Aduana, semicubierta, era la _Emilia_, de
Porto-Vecchio, a bordo de la cual hice aquel viaje lgubre a las islas
Lavezzi. Para resguardarse en ella del viento, de las olas y de la
lluvia, slo haba un pequeo pabelln embreado, lo suficientemente
amplio para contener escasamente una mesa y dos literas. Con tan pobres
recursos, merecan verse nuestros marineros con el mal cariz del tiempo.
Chorreaban los rostros, las blusas caladas de agua humeaban como ropa
blanca puesta a secar en estufa, y en pleno invierno los infelices
pasaban as das enteros, hasta las noches inclusive, acurrucados en sus
mojados asientos, tiritando entre aquella humedad malsana, porque no se
poda encender fuego a bordo, y muchas veces era difcil ganar la
costa... Pues bien, ni uno de aquellos hombres se quejaba. En los ms
recios temporales, siempre los vi con idntica placidez, del mismo buen
humor. Y, no obstante, qu triste vida la de esos carabineros de mar!

Casados casi todos ellos, con esposa e hijos en tierra, permanecen meses
enteros separados de su familia dando bordadas por aquellas tan
peligrosas costas, alimentndose solamente de pan enmohecido y cebollas
silvestres. Jams beben vino, nunca comen carne, porque la carne y el
vino cuestan caros, y su sueldo es slo quinientos francos al ao!
Figrense ustedes si habr obscuridad en la choza de all abajo, en la
_marina_, y si los nios irn bien calzados!... No le hace! Todas esas
gentes parecen contentas con su suerte. A popa, delante del camarote,
haba un gran balde lleno de agua llovida, donde la tripulacin calmaba
la sed, y recuerdo que, apurado el ltimo buche, cada uno de esos pobres
diablos sacuda su escudilla con un ah! de satisfaccin, una expresin
de bienestar tan cmica como enternecedora.

El que mostraba ms alegra y satisfaccin entre todos era un natural de
Bonifacio, tostado, pequeo y rechoncho, a quien llamaban Palombo. Este
pasbase el tiempo cantando aun en medio de los mayores temporales.
Cuando el oleaje tomaba el color del plomo, cuando el cielo obscuro por
la cerrazn llenbase de menudo granizo y venteaban todos la borrasca
que iba a venir, entonces, entre el silencio absoluto y la ansiedad de a
bordo, comenzaba a canturrear la voz reposada de Palombo:

    No, seor,
    Es gran honor.
    Es honrada Liseta y no fe...a:
    Se queda en la alde...a...

Y por muchas que fueran las rachas que hacan crujir el velamen,
zarandeando e inundando la barca, no dejaba de orse la cancin del
aduanero, balanceada cual una gaviota en la cresta de las olas. El
viento acompaaba en ocasiones con demasiada fuerza, y no se oan las
palabras; pero despus de cada golpe de mar, entre el murmullo del agua
que chorreaba, oase constantemente el estribillo de la cancin:

    Es honrada Liseta y no fe...a:
    Se queda en la alde...a...

Pero lleg un da de viento y lluvia muy fuertes, en que ya no lo o.
Era tan extraordinario el caso, que saqu del camarote la cabeza:

--Eh, Palombo! No cantas hoy?

Palombo no respondi. Estaba inmvil, tendido en su banco. Me acerqu a
l. Castaetebanle los dientes; la fiebre haca temblar todo su cuerpo.

--Tiene una _puntura_--me dijeron afligidos sus camaradas.

Ellos llaman _puntura_ a una punzada de costado, una pleuresa. Aquella
gran cerrazn plomiza, aquella barca chorreando agua, aquel pobre
febricitante arrebujado en un viejo capote de caucho que reluca bajo la
lluvia como una piel de foca: jams he presenciado nada ms lgubre. El
fro, el viento y el vaivn de las olas no tardaron en agravar en su
enfermedad al pobre aduanero. Lo acometi el delirio y fue necesario
atracar.

Despus de mucho tiempo y no pequeos esfuerzos, entramos al obscurecer
en una ensenadita rida y silenciosa, animada solamente por el vuelo
circular de algunas aves. En cuanto de la playa alcanzaba la vista,
erguanse altas rocas escarpadas, intrincados laberintos de arbustos
verdes, de un verde obscuro y hojas perennes. Abajo, junto al agua, una
casita blanca, con postigos grises, era el puesto de la Aduana. En medio
de ese desierto, aquel edificio del Estado, con cifras como una gorra de
uniforme, produca una impresin desagradable de indecible malestar. El
pobre Palombo fue desembarcado all. Triste asilo para un enfermo!
Encontramos al aduanero disponindose a comer al amor de la lumbre, en
compaa de su mujer y sus hijos. Todas aquellas gentes tenan caras
plidas, amarillentas, grandes ojos sombreados por la fiebre. La madre,
joven todava, con un nio de pechos en los brazos, estremecase de fro
cuando hablaba con nosotros.

--Es un puesto mortfero--me dijo en voz baja el inspector.--Nos vemos
en la necesidad de relevar a nuestros aduaneros cada dos aos. La fiebre
de las marismas los mata.

Sin embargo, se pretenda ir a buscar un mdico. Para encontrar al ms
prximo era preciso ir hasta Sartne, es decir, a seis u ocho leguas de
all. Cmo arreglrselas? Nuestros marineros estaban completamente
extenuados de cansancio, y no se poda enviar a uno de los nios tan
lejos. Entonces la mujer, inclinndose fuera, llam:

--Cecco!... Cecco!

Y entr un mocetn muy fornido, verdadero tipo de cazador en vedado o de
_bandito_, con su gorro de lana parda y su gabn de pelo de cabra. Al
desembarcar ya me haba fijado en l, al verle sentado a la puerta, con
su pipa roja entre los dientes y un fusil entre las piernas, pero,
ignoro por qu, haba huido al aproximarnos. Tal vez crey que iban
gendarmes con nosotros. Cuando entr, ruborizose un poco la aduanera.

--Es mi primo--nos dijo.--No hay temor de que ste se pierda entre la
espesura.

Djole despus algunas palabras en voz baja, sealndole el enfermo.
Inclinose el hombre sin replicar, silb a su perro y sali corriendo a
todo escape, escopeta al hombro, saltando de pea en pea a grandes
zancadas.

Durante, ese tiempo, los nios, que parecan aterrados por la presencia
del inspector, concluyeron pronto de comer las castaas y el queso
blanco. Y siempre agua, slo agua en la mesa! Sin embargo, hubiera
venido tan bien un trago de vino a los pequeos! Ah, miseria! Al fin,
la madre subi a acostarlos; el padre, encendiendo el farol, fuese a
inspeccionar la costa, y nosotros continuamos velando a nuestro enfermo,
que se revolva en su camastro cual si aun estuviese en alta mar,
zarandeado por el oleaje. Para calmar un poco su _puntura_, calentamos
guijarros y ladrillos, ponindoselos en el costado. Una o dos veces, al
acercarme a su lecho, el infeliz me conoci, y para darme las gracias me
tendi trabajosamente la mano, una manaza rasposa y tan ardiente como
uno de aquellos ladrillos sacados del fuego.

Triste velada! Fuera habase recrudecido el temporal al expirar el da,
y era aquello un estrpito, una descarga cerrada, un surgidero de
espumarajos, la batalla entre los peascos y las aguas. Un golpe de
viento de alta mar penetraba de vez en cuando en la caleta y envolva
nuestra casa. Conocase por el repentino aumento de las llamas, que
iluminaban de pronto los mohnos rostros de los marineros, agrupados en
derredor de la chimenea contemplando el fuego con esa plcida expresin
que da el hbito de las hermosas perspectivas y de los horizontes
inmensos. Tambin, a veces, quejbase Palombo con dulzura. Entonces
volvan todos los ojos hacia el rincn obscuro, donde el pobre compaero
estaba en el trance de la muerte, lejos de los suyos y sin ayuda, y,
acongojados los pechos, oanse grandes suspiros. Eso es todo cuanto
inspiraba a aquellos trabajadores del mar, pacientes y dulces, el
sentimiento de su propio infortunio. Nada de sublevaciones ni de
huelgas.

Solamente un suspiro! Sin embargo, me equivoco. Al pasar uno de ellos
por delante de m para arrojar un haz de lea al fuego, me dijo con voz
baja y conmovida:

--Ya ve usted, seor, que en nuestro oficio se sufren a veces muchas
penas!




LOS VIEJOS


--Qu es eso, to Azam? Una carta?

--S, seor... una carta que viene de Pars.

Y poco orgulloso estaba el buen to Azam con que la carta viniese de
Pars! Yo no. Algo me deca que aquella parisiense de la calle de Juan
Jacobo, al caer en mi mesa tan repentinamente y tan temprano, iba a
hacerme perder toda la maana. No me haba equivocado, como pueden
juzgar ustedes mismos. Deca as:

       *       *       *       *       *

Amigo mo: Necesito que me hagas un favor. Cierra por un da tu molino,
y ve en seguida a Eyguires, que es un lugarn que dista tres o cuatro
leguas de tu residencia, un paseo, como quien dice. Cuando llegues,
pregunta por el convento de las hurfanas. Pasado el convento, vers una
casa de un solo piso, contiene postigos grises y un jardinillo detrs.
Entra sin llamar, la puerta est siempre abierta, y cuando entres da
muchas vocea:--Buenos das, buena gente! Soy amigo de
Mauricio.--Entonces vers a dos viejecitos, oh! pero viejos, reviejos,
archiviejos, tenderte los brazos desde el fondo de sus grandes sillones,
y los abrazas en mi nombre, de todo corazn, como si fuesen cosa tuya.
Despus hablarn ustedes; ellos te preguntarn por m, y yo ser el
nico tema de su conversacin; te contarn mil chocheces, que debes
escuchar sin rerte. No te reirs, eh? Son mis abuelos, dos seres para
quienes yo soy toda su vida, y que no me han visto desde hace diez aos.
Mira t que diez aos tienen das! Pero, qu quieres? Pars me ha
hecho prisionero como a ellos la edad avanzada. Son tan viejos, que si
viniesen a verme, se quedaran en el camino. Afortunadamente, mi querido
molinero, andas t por ah abajo, y al abrazarte, los pobres creern en
cierto modo que soy yo a quien abrazan. Les he hablado tantas veces de
nosotros y de la buena amistad que nos une!

       *       *       *       *       *

Llvese el diablo la buena amistad! Justamente aquella maana haca un
tiempo hermoso, pero poco adecuado para rodar por los caminos, demasiado
mistral y excesivo sol, un verdadero da de Provenza. Cuando recib
aquella maldita carta haba ya elegido mi abrigo entre dos rocas, y
soaba con pasar all todo el da como un lagarto, inundndome de luz y
oyendo cantar los pinos. En fin, qu vamos a hacerle? Cerr el molino
gruendo y coloqu la llave debajo de la gatera. Tom el garrote y la
pipa, y ech a andar.

Llegu a Eyguires prximamente a las dos. El villorrio estaba desierto,
todo el mundo en el campo. En los olmos, junto a la acequia, blancos de
polvo, cantaban las cigarras como en pleno Crau. En la plaza de la
Alcalda, tomando el sol, un asno, y en la fuente de la iglesia una
bandada de palomas, pero ni un alma a quien preguntar por el convento de
las hurfanas. Afortunadamente, apareciseme de pronto una hada vieja,
hilando en cuclillas arrimada al quicio de su puerta, le expuse mi
deseo, y como aquella hada era muy poderosa, no necesit ms que
levantar la rueca, y alzose al punto ante m, como por arte de magia,
el convento de las hurfanas. Era un casern destartalado y obscuro, muy
satisfecho de lucir sobre su prtico ojival una vetusta cruz de arenisca
roja, con una inscripcin latina. Junto a aquella casa, vi otra ms
pequea con postigos grises, y el jardn detrs.

La conoc en seguida y entr sin llamar.

Durante toda mi vida recordar aquel largo corredor fresco y tranquilo,
la pared pintada de color de rosa, el jardinillo que se entrevea en el
fondo a travs de una cortina de color, y en todos los tableros flores y
violines descoloridos. Prodjome la misma impresin que hubiera
experimentado al entrar en la casa de algn antiguo bailo de los
tiempos de Maricastaa. Al fin del pasillo, a la izquierda, por una
puerta entornada oase el tic tac de un enorme reloj y una voz infantil,
pero de nio de la escuela, que lea detenindose en cada slaba:
En...ton...ces... San... I...re...ne...o... ex...cla...m:... Yo...
soy... el... tri...go del... Se...or... Es... ne...ce...sa...rio...
que... me... tri...tu...ren... las... mue...las... de... es...tos...
a...ni...ma...les... Acerqueme con precaucin a aquella puerta y mir.

Entre la calma y la media luz de un cuartito, un buen anciano de pmulos
rojos, arrugado hasta la punta de los dedos, dorma embutido en un
silln, con la boca abierta y las manos en las rodillas. A sus pies, una
niita con traje azul, esclavina grande y capillo pequeo, el traje de
las hurfanas, lea la _Vida de San Ireneo_ en un libro ms grande que
ella. Esta lectura milagrosa haba ejercido notable influencia sobre
toda la casa. El viejo dorma en su silln, las moscas en el cielo raso
y los pjaros en sus jaulas, all abajo, en la ventana. El gran reloj
repeta con insistencia montona su acompasado tic tac, tic tac. En toda
la estancia no estaba despierto nada ms que un gran haz de luz que se
filtraba derecho y blanco por entre los postigos cerrados, lleno de
chispas vivientes y de valses microscpicos. En medio de aquel general
adormecimiento, la nia prosegua su lectura con aire grave: En...
se...gui...da... dos... le...o...nes... se... lan...za...ron...
so...bre... l... y... lo... de...vo...ra...ron... En ese momento entr
yo. Los leones de San Ireneo, entrando precipitadamente en la estancia,
no hubieran producido all ms asombro del que yo produje. Un verdadero
efecto teatral! La pequea exhala un grito, cese el librote,
espablanse los canarios y las moscas, el viejo se yergue sobresaltado,
despavorido y turbado yo mismo un poco, me paro en el umbral diciendo a
voces:

--Buenos das, buenas gentes, soy amigo de Mauricio!

Oh! Entonces, si ustedes hubieran visto al pobre viejo, si le hubiesen
visto precipitarse a m, con los brazos extendidos, abrazarme, apretarme
las manos, correr trastornado por la habitacin, repitiendo:

--Dios mo, Dios mo!

Reansele todas las arrugas del rostro. Estaba rojo. Tartamudeaba.

--Ah, caballero! Ah, caballero!

Ibase despus al fondo, llamando:

--Mamette!

Se abre una puerta, y se oye en el pasillo un trotecito de ratn. Era
Mamette. Nada tan conmovedor como aquella viejecita con su gorro de
casco, su hbito carmelita y el pauelo bordado, que por honrarme tena
en la mano, conforme a la usanza antigua. Cosa enternecedora: se
parecan! Con papalina y cosas amarillas tambin l hubiera podido
llamarse Mamette. Pero la verdadera Mamette haba debido llorar mucho
durante su vida, y estaba an ms arrugada que la otra. Tambin, como la
otra, tena junto a s una nia del asilo de hurfanas, guardianita con
esclavina azul que nunca la abandonaba, y el ver esos viejos amparados
por esas hurfanas, era lo ms conmovedor que puede concebirse.

Mamette, al entrar, haba comenzado por hacerme una gran reverencia;
pero el viejo la paraliz con cuatro palabras:

--Es amigo de Mauricio.

Y he aqu que, al punto, tiembla, llora, pierde el pauelo, se pone
encarnada, muy roja, an ms roja que l. Esos viejos! La nica gota de
sangre que tienen en las venas, se les sube a la cara a la ms pequea
emocin.

--Pronto, pronto, una silla!--grita la vieja a su nia.

--Abre los postigos!--dice el viejo a la suya.

Y agarrndome cada cual por una mano, llevronme de un trote a la
ventana, abierta de par en par, para contemplarme mejor. Acercan los
sillones, me instalo entre ambos en una silla de tijera, colcanse
detrs de nosotros las dos nias de azul, y comienza el interrogatorio.

--Cmo est? Qu hace? Por qu no ha venido a vernos? Est contento?

Y patatn, y patatn. Todo esto durante dos horas.

Contest del mejor modo posible a todas las preguntas, diciendo acerca
de mi amigo los detalles que conoca, inventando descaradamente los que
ignoraba, y guardndome, sobre todo, de confesar que jams haba
reparado en si cerraban bien sus ventanas, o de qu color era el papel
de su cuarto.

--El papel de su cuarto! Es azul, seora, azul plido con guirnaldas.

--Verdad?--exclamaba conmovida la pobre vieja.

Y dirigindose a su marido, agregaba:

--Es tan buen muchacho!...

--Oh, s, es un buen muchacho!--repeta el otro lleno de entusiasmo.

Y mientras que yo hablaba haba entre ellos movimientos de cabeza,
sonrisitas maliciosas, guios de ojos, aires de valor entendido. O bien,
el viejo que se aproximaba a m dicindome:

--Hable usted ms fuerte. Es un poco sorda.

Y ella por su parte:

--Le suplico que hable algo ms alto. Es un poco teniente.

Yo alzaba entonces la voz, y dbanme los dos las gracias con una
sonrisa, y entre esas lnguidas sonrisas con que se inclinaban hacia m,
pretendiendo ver en el cristal de mis ojos la imagen de su Mauricio,
conmovame el encontrar yo mismo aquella imagen, vaga, velada, casi
imperceptible, cual si viese a mi amigo sonrerseme, entre una bruma, en
las lejanas.

       *       *       *       *       *

El viejo yrguese repentinamente en el silln.

--A que no adivinas en qu estoy pensando, Mamette? Quiz no habr
almorzado!

Y Mamette, trastornada, levantando los ojos al cielo, exclama:

--Sin almorzar! Santo Dios!

Pens que hablaban todava de Mauricio, e iba a responder que ese buen
muchacho jams se pona a la mesa despus del medioda. Pero no, era a
m a quien se referan. Y eran de ver las idas y venidas cuando confes
que todava no me haba desayunado.

--En seguida, el cubierto, nias! La mesa en medio del cuarto, el
mantel del domingo, los platos de flores. No se ran tanto, hagan el
favor, y vamos de prisita.

Creo que, efectivamente, se apresuraron. Apenas en el tiempo necesario
para romper tres platos, encontrose servido el almuerzo.

--Un buen almuercito!--me deca Mamette al conducirme a la mesa;--pero
es slo para usted, porque nosotros ya comimos esta maana.

A cualquier hora que se visite a esos pobres viejos, siempre han comido
por la maana.

El buen almuercito de Mamette componase de dos dedos de leche, unos
dtiles y una _barquette_, una cosa parecida a un pestio, algo con que
alimentarse ella y sus canarios lo menos durante ocho das. Y decir que
yo slo me engull todas aquellas provisiones! As, pues, qu
indignacin alrededor de la mesa! Cmo cuchicheaban las nias vestidas
de azul, dndose con el codo! Y all abajo, dentro de sus jaulas, cmo
parecan decirse los canarios: Oh! Pues no se come ese seor de una
sentada todo el pestio?

Efectivamente, me lo com todo y casi sin darme cuenta de ello,
distrado como estaba mirando a mi alrededor aquella habitacin clara y
apacible, donde flotaba como un olor a cosas antiguas. Lo que ms me
llamaba la atencin eran dos camitas de las cuales no poda separar los
ojos. Figurbame esos lechos, casi como dos cunas, a la hora del alba,
cuando estn an ocultos por sus grandes cortinajes de cenefas. Dan las
tres de la madrugada. A esa hora suelen despertarse todos los viejos.

El pregunta:

--Duermes, Mamette?

--No, querido.

--Verdad que Mauricio es un buen muchacho?

--Oh, s! Es un buen muchacho.

Y as poco ms o menos, imaginbame yo una charla completa, slo con
haber visto esas dos camitas de viejo, colocadas una junto a otra.

Durante este tiempo al extremo opuesto de la habitacin desarrollbase
un drama terrible delante del armario. Tratbase de alcanzar all
arriba, en la ltima tabla, cierto frasco de cerezas en aguardiente que
haca diez aos que aguardaba a Mauricio, y con cuya apertura quisieron
obsequiarme. A pesar de los ruegos de Mamette, el viejo se haba
empeado en ir a buscar l mismo las cerezas, y encaramado sobre una
silla, con gran espanto de su mujer, pretenda alcanzarlo. Figrense el
cuadro: el viejo temblaba, y empinbase; las nias vestidas de azul,
agarradas a la silla de ste, detrs de l Mamette, jadeante, con los
brazos tiesos, y dominando todo esto un leve aroma de bergamota que
despedan grandes pilas de ropa blanca amarillenta amontonada en el
armario abierto. Era encantador.

Despus de esfuerzos inauditos, consiguiose, por fin, sacar del armario
el famoso frasco y con l un antiguo vasito de plata completamente
abollado, el vaso que Mauricio usaba cuando era pequeo. Me lo llenaron
de cerezas hasta el borde, le agradaban tanto a Mauricio las cerezas! Y
al servirme el viejo me murmuraba al odo con aire golosn:

--Es usted muy dichoso pudiendo comerlas! Mi mujer es quien las ha
preparado. Va usted a probar cosa rica.

Su mujer, ah! las haba preparado pero se le haba olvidado ponerles el
azcar. Qu quieren? La vejez vuelve a uno distrado. Pobre Mamette
ma! sus cerezas eran malsimas, a pesar de lo cual yo me las com todas
sin pestaear, no dejando de ellas ni los rabos.

       *       *       *       *       *

Cuando conclu de almorzar, me levant para despedirme de mis huspedes.
Ellos, por su gusto, me hubieran retenido todava un rato, para hablar
de Mauricio, pero iba atardeciendo, estaba lejos el molino, y era
necesario emprender la marcha.

El viejo se haba puesto de pie al mismo tiempo que yo.

--Mamette, trae mi sobretodo. Voy a acompaarlo hasta la plaza.

Mamette en su fuero interno pensaba indudablemente en que haca ya un
poco fresco para acompaarme hasta la plaza, pero tuvo la prudencia de
no exponer su opinin. Unicamente, mientras le ayudaba a meterse las
mangas del sobretodo, un bonito sobretodo de color rap con botones de
ncar, o a la buena seora que le deca dulcemente:

--No regresars muy tarde, verdad?

A lo que l respondi, con aire picaresco:

--Jem! Jem! No lo s. Pudiera ocurrir.

Despus contemplronse riendo, y las niitas vestidas de azul, de verlos
rer, rean, y en su rincn reanse tambin a su manera, los canarios.
Dicho sea entre nosotros, creo que el olor de las cerezas las haba
embriagado a todos una miajita.

Cuando salimos el abuelo y yo, caa la tarde. La nia del vestido azul
nos segua de lejos, para acompaarlo a la vuelta, pero l no la vea,
se enorgulleca de marchar de mi brazo como un hombre. Mamette,
radiante, observaba todo esto desde el quicio de la puerta, y al
contemplarnos, mova graciosamente la cabeza como si nos dijese:
Todava puede andar mi marido, a pesar de los aos que tiene.




EL SUBPREFECTO EN EL CAMPO


El seor subprefecto ha salido de expedicin. Con el cochero delante y
el lacayo detrs, el coche de la subprefectura le conduce
majestuosamente a la Exposicin regional de La-Combe-aux-Fes. El seor
subprefecto se puso en ese da memorable la hermosa casaca bordada, el
sombrerito apuntado, el pantaln estrecho galoneado de plata y la espada
de gala con empuadura de ncar. Descansa sobre sus rodillas una gran
cartera de piel de zapa con relieves, y la contempla entristecido.

El seor subprefecto contempla entristecido su cartera de zapa estampada
en hueco; piensa en el famoso discurso que en breve ha de pronunciar
delante del vecindario de La-Combe-aux-Fes.

--Seores y queridos administrados.

Pero, aunque se atusa con insistencia las rubias y sedosas patillas, y
repite veinte veces consecutivas: Seores y queridos administrados, no
acierta a continuar el discurso.

No acierta a continuar el discurso... Es tanto el calor que hace dentro
de aquel coche!... Hasta que se pierde en lontananza, el camino de
La-Combe-aux-Fes est lleno de polvo, bajo el sol de medioda. El aire
abrasa... y especialmente los olmos de orillas del camino, cubiertos por
completo de blanco polvo, millares de cigarras pasan de uno a otro
rbol. El seor subprefecto se estremece repentinamente. All abajo,
junto a una ladera, divisa un verde robledal que parece hacerle seas.

El bosquecillo de carrascas parece hacerle seas:

--Venga usted aqu, subprefecto; al pie de mis rboles estar usted
perfectamente y podr componer su discurso.

El seor subprefecto queda seducido, apase del coche y dice a sus
gentes que le esperen mientras l va a componer su discurso en el
pequeo robledal.

En el bosquecillo de verdes carrascas hay pjaros, flores y fuentes
bajo la fina hierba... Al ver al seor subprefecto con sus lindos
pantalones y su cartera de zapa estampada, las aves se atemorizan y
enmudecen; las fuentes no se atreven a meter ruido y las flores
ocltanse entre el csped. Toda esa gentecilla menuda jams ha visto a
un subprefecto, e interrgase en voz baja quin ser ese gran seor que
se pasea con pantaln de plata.

Bajo el follaje interrgase la gentecilla menuda en voz baja quin es
ese seor con pantaln de plata. Mientras tanto el seor subprefecto,
encantado con el silencio y la frescura del bosque, se levanta los
faldones de la casaca, coloca sobre la hierba el sombrero apuntado y se
sienta en el musgo junto a una encina joven. Luego abre en las rodillas
la gran cartera de piel de zapa con relieves y extrae de ella un ancho
pliego de papel ministro.

--Es un artista!--dice la curruca.

--No--responde un pajarillo,--no es un artista, porque lleva pantaln de
plata; pero puede ser un prncipe.

--Puede ser un prncipe--repite otro pajarito.

--Ni un artista, ni un prncipe--interrumpe un viejo ruiseor, que haba
cantado durante una primavera en los jardines de la subprefectura.--Yo
lo conozco: es... un subprefecto!

Y por todo el bosquecillo reptese sin cesar:

--Es un subprefecto! Un subprefecto!

--Est muy calvo!--observa una alondra muy mouda.

Las flores preguntan:

--Es mala persona?

--Es mala persona?--preguntan las flores.

El viejo ruiseor contesta:

--No es completamente malo!

Y con esta seguridad, los pjaros reanudan su canto, las fuentes vuelven
a correr y las flores a embalsamar el aire, como si aquel seor no
estuviese all. Impasible en medio de toda aquella agradable algaraba,
el subprefecto invoca en su corazn a la Musa de los comicios agrcolas,
y lpiz en ristre, declama con voz de ceremonia:

--Seores y queridos administrados...

--Seores y queridos administrados--declama el subprefecto, con su voz
ceremoniosa.

Interrumpido por una carcajada, vuelve la cabeza y no ve ms que un gran
picoverde que lo mira rindose, de patas en el sombrero apuntado. El
subprefecto se encoge de hombros e intenta reanudar su discurso; pero el
picoverde lo interrumpe, gritndole desde lejos:

--Para qu sirve eso?

--Cmo! Para qu sirve eso?--dice el subprefecto, enrojeciendo y,
echando con un ademn a aquel pjaro insolente, prosigue a ms y mejor:

--Seores y queridos administrados--prosigue a ms y mejor el
subprefecto.

Y he aqu que en aquel momento se yerguen hacia l las flores desde la
punta de sus tallos, y le dicen con dulzura:

--Seor subprefecto, no advierte usted el gratsimo perfume que
exhalamos?

Y las fuentes le obsequian bajo el musgo con una msica divina, y entre
las ramas, sobre su cabeza, bandadas de currucas le gorjean sus notas
ms sonoras, y todo el bosquecillo conspira para impedirle la
composicin de su discurso.

Todo el bosquecillo conspira para impedirle la composicin de su
discurso.

El seor subprefecto, embriagado de aromas, ebrio de msica, pretende
intilmente resistir el nuevo encanto que le invade. Colcase de codos
sobre la hierba, se desabrocha la hermosa casaca, y farfulla otras dos o
tres veces:

--Seores y queridos administrados. Seores y queridos adminis...
Seores y queridos...

Manda despus a paseo a los administrados, y la Musa de los comicios
agrcolas vese obligada a cubrirse el rostro.

Cbrete el rostro, oh, Musa de los comicios agrcolas! Cuando,
transcurrida una hora, las gentes de la subprefactura, intranquilos por
su seor, entran en el bosquecillo, contemplan horrorizados un
espectculo que les hace retroceder. El seor subprefecto, despechugado
como un bohemio, estaba echado boca abajo sobre la hierba. Habase
quitado la casaca, y mascando flores, el seor subprefecto compona
versos.




EL POETA MISTRAL


Al despertarme el domingo ltimo e incorporarme en el lecho, cre, por
un instante, que estaba en la calle del Faubourg-Montmartre. Llova; el
cielo estaba gris; el molino triste. Me espant la idea de pasar en casa
aquel da de lluvia, y sentme al punto ansioso de ir a calentarme un
poco a la de Federico Mistral, ese gran poeta que reside en Maillane,
villorrio que dista tres leguas de mis pinos.

Dicho y hecho: una estaca de ramo de mirto, mi Montaigne, una manta, y
al camino!

No haba un alma en los campos... Nuestra hermosa Provenza catlica
otorga los domingos descanso a la tierra... Los perros solos en los
hogares, las granjas cerradas... De vez en cuando, una galera de
ordinario con el toldo chorreando; una vieja, cubierta la cabeza con
su mantn de color de hoja seca; mulas engalanadas con guarnicin de
esparto azul y blanco, madroos rojos, cascabeles de plata, tirando de
una carreta en las que las gentes de las masas van a misa; despus,
all abajo, por entre los jirones de la bruma, una barca en el ro y un
pescador de pie, lanzando su esparavel.

Imposible de todo punto leer en el camino aquel da. Llova a torrentes,
y la tramontana arrojaba el agua a cubos al rostro... Hice la caminata
de un tirn, y despus de andar tres horas, percib a la postre ante m
los tres cipresitos en medio de los cuales guarcese del viento la
comarca de Maillane.

No andaba ni un gato por las calles de la aldea; todo el mundo estaba en
misa mayor. Al pasar yo delante de la iglesia, zumbaba el piporro, y vi
relucir los cirios a travs de las policromas vidrieras.

El poeta habita al final del trmino municipal; en la postrera casa a la
izquierda, en el camino de Saint-Remy, una casita de un solo piso, con
un jardn delante... Entro muy despacio... No hay nadie! La puerta del
saln est cerrada, pero oigo que detrs de ella andan y hablan en alta
voz... Conozco muchsimo ese paso y esa voz... Me detengo un instante en
el corredorcito enjalbegado con cal, puesta la mano en el pestillo de la
puerta, muy emocionado. El corazn me palpita. Qu impresin!

Ah est. Trabaja... Esperar que termine la estrofa? A fe ma, tanto
peor! Adentro!

       *       *       *       *       *

Ah, parisienses! Cuando el poeta de Maillane fue a visitar a ustedes
para ensear a Pars su _Mireya_, y vieron a ese Chactas con traje de
ciudad, con cuello recto y sombrero alto, que le molestaba tanto como su
gloria, creyeron que se era Mistral... No; no era l. En todo el mundo
no hay nada ms que un Mistral, el que sorprend yo el domingo ltimo en
su lugarejo, con el sombrero de fieltro de alas anchas en la oreja, sin
chaleco, de chaquetn, con su roja faja catalana oprimindole los
riones, brillantes los ojos, con el fuego de la inspiracin en las
mejillas, hermoso con su dulce sonrisa, elegante como un pastor griego,
y caminando ligero, con las manos en los bolsillos componiendo versos.

--Hola! T aqu?--grit Mistral, arrojndoseme de un salto al
cuello.--Qu buena idea has tenido de venir!... Justamente, hoy es la
fiesta de Maillane. Tenemos la msica de Avin, toros, procesin,
farndula; esto ser magnfico... Mi madre volver pronto de misa,
almorzaremos y, despus, a ver cmo bailan las muchachas bonitas.

Mientras me hablaba, mir emocionado ese saloncito de papel claro, que
haca mucho tiempo que no haba visto y donde he pasado ya tan hermosas
horas. Todo estaba igual. Siempre el mismo sof de cuadros amarillos,
los dos sillones de paja, la Venus de Milo, y la Venus de Arls en la
chimenea, el retrato del poeta por Hbert, su fotografa por Esteban
Carjat, y en un rincn, cerca de la ventana, el escritorio, una humilde
mesita de oficial del registro, completamente atestada de librotes
viejos y de diccionarios. En medio de esa mesa de despacho, haba un
gran cuaderno abierto... Era _Calendal_, el nuevo poema de Federico
Mistral, que ver la luz pblica este ao el da de Navidad. Haca siete
aos que Mistral trabajaba en ese poema, y cerca de seis meses que
escribi el ltimo verso; sin embargo, todava no se decide a separarse
de l. Es claro, siempre hay una estrofa que concluir, una rima ms
sonora que encontrar... Aunque Mistral escribe en provenzal, pule sus
versos como si todos pudieran leerlos en ese idioma y tenerle en cuenta
sus esfuerzos de buen obrero... Oh, valiente poeta! De Mistral hubiera
podido tambin decir Montaigne: Acurdense de aqul a quien, como le
preguntasen por qu se tomaba tanto trabajo en un arte que slo poda
llegar a conocimiento de reducido nmero de personas, respondi: Pocas
necesito. Me basta una. Tengo suficiente con ninguna.

       *       *       *       *       *

Tena yo en las manos el cuaderno de _Calendal_, y hojebalo
profundamente emocionado... Una banda de pfanos y tamboriles reson de
repente en la calle delante de la ventana, y he aqu Mistral que corre
al armario, saca de l vasos y botellas, coloca la mesa en medio del
saln, y abre la puerta a los msicos, dicindome:

--No debes rerte... Vienen a darme la alborada... Soy concejal.

La gente invadi el saloncillo. Pusieron los tamboriles sobre las
sillas, la vieja bandera en un rincn, y circul el vino trasaejo.
Despus de consumir algunas botellas a la salud de don Federico, de
conversar gravemente acerca de la fiesta, de si la farndula ser tan
bonita como el ao anterior, de si sern bravos los toros, vanse los
msicos a dar la alborada a casa de los dems regidores. En ese momento
llega la madre de Mistral.

En un momento ponen la mesa; un hermoso mantel blanco y dos cubiertos.
Yo conozco la costumbre de la casa: s que, cuando Mistral tiene
convidados, su madre no se sienta a la mesa... La pobre anciana no habla
ms que el provenzal, y pasara grandes angustias si tuviera que
conversar con franceses... Por otra parte, hace falta en la cocina.

Santo Dios, con qu comida ms suculenta me obsequiaron aquella maana!
Un trozo de cabrito asado, queso de monte, mostillo, higos, uvas
moscateles; todo ello rociado con ese exquisito _Chteau-neuf de los
Papas_, de un color rojo tan precioso en los vasos...

A los postres, voy a buscar el cuaderno del poema y lo pongo en la mesa
delante de Mistral.

--Habamos convenido en salir--dijo sonrindose el poeta.

--No, no! _Calendal! Calendal!_

Mistral transige y con su voz musical y dulce, llevando el comps de los
versos con la mano, empieza la lectura del primer canto:

    De una zagala loca de amor,
    Ahora que ha dicho la desventura,
    Cantar, Dios mediante, un hijo de Cassis,
    Un desgraciado pescador de anchoas...

Fuera oase el taido de las campanas tocando a vsperas, estallaban los
cohetes en la plaza, pasaban y volvan a pasar pfanos y tamboriles por
las calles. Mugan los toros de Camargue, conducidos para la lidia.

Acodado en el mantel, con lgrimas en los ojos, escuch la historia del
pescadorcillo provenzal.

       *       *       *       *       *

Calendal es slo un pescador; el amor lo transforma en hroe... Para
conquistar el corazn de su amada, la hermosa Estrelle, acomete
empresas milagrosas, y los doce trabajos de Hrcules son nada si se
comparan con los suyos.

Una vez, como se le ocurriera hacerse rico, inventa formidables artes de
pesca y arrastra al puerto todos los pescados del mar. Otra vez, va a
retar en su propio nido de guilas a un terrible bandido de las
gargantas de Ollionles, el conde Severan, entre sus matones y sus
rufianes... Valiente mozo ms templado es ese mocito Calendal! Un da
tropieza en Sainte-Beaume con dos partidas de artesanos que haban ido
all a ventilar sus disputas a grandes golpes de comps, sobre el
sepulcro del maestro Yago, un provenzal que construy la armadura del
templo de Salomn, si ustedes no se enojan. Calendal se lanza en medio
de la carnicera y pone paz a los compaeros slo con hablarles...

Empresas sobrehumanas!... All arriba, en las peas de Lure, exista un
bosque de cedros inaccesibles, donde jams leador alguno se haba
atrevido a subir.

Va Calendal y permanece all treinta das completamente solo. Durante
treinta das, yese el ruido de su hacha, que resuena al hundirse en los
troncos.

Ruge la selva; uno tras otro caen los viejos rboles gigantescos y
ruedan al fondo de los abismos, y cuando Calendal desciende, ya no queda
ni un cedro en la montaa...

Despus de todo y como premio de tales hazaas, el pescador de anchoas
obtiene el amor de Estrelle, y es nombrado cnsul por los habitantes de
Cassis. Tal es la historia de Calendal. Pero, qu importa Calendal? Lo
que vive, sobre todo, en el poema, es la Provenza, la Provenza del mar,
la Provenza de la montaa, con su historia, sus costumbres, sus
tradiciones, sus paisajes, todo un pueblo candoroso y libre que ha
encontrado su gran poeta antes de perecer...

Y ahora, tracen caminos de hierros, planten postes telegrficos,
expulsen la lengua provenzal de las escuelas!

Provenza ha de vivir eternamente en _Mireya_ y en _Calendal_!

       *       *       *       *       *

--Basta de poesa!--dijo Mistral, cerrando su cuaderno.--Es preciso ver
la fiesta.

Salimos. Todo el pueblo estaba en las calles; un ramalazo de cierzo
haba disipado las nubes del cielo, que brillaba alegremente sobre las
rojas techumbres, mojadas por la lluvia. Llegamos a tiempo de presenciar
la procesin que regresaba. Durante una hora fue aquello un interminable
desfile de penitentes con capirotes, penitentes blancos, penitentes
azules, penitentes grises, cofradas de mozas con velo, estandartes
rojos con flores de oro, grandes imgenes, unas de madera desdoradas y
conducidas en cuatro hombros, y otras de loza coloridas como dolos con
grandes ramos en la mano, capas de coro, incensarios, doseles de
terciopelo verde, crucifijos rodeados de seda blanca; todo esto
flameando al viento, entre la luz de los cirios y la del sol, en medio
de salmos, de letanas y de las campanas, que no cesaban de tocar a
rebato.

Terminada la procesin y colocados nuevamente los santos en sus
capillas, fuimos a ver los toros, ms tarde los juegos en la era, las
luchas de hombres, los tres saltos, el ahorcagato, el juego del odre y
todo el divertido aparato de las fiestas provenzales... Caa la noche
cuando regresamos a Maillane. En la plaza, frente al cafetn donde
Mistral pasa las veladas jugando su partida con su amigo Zidore, haban
encendido una hermosa hoguera... Organizbase la farndula. Faroles de
papel recortado brillaban por todas partes entre la obscuridad; la
juventud tomaba puesto, y en seguida, a un redoble de los tamboriles,
comenz alrededor de las llamas un corro desenfrenado, estrepitoso, que
no haba de cesar en toda la noche.

       *       *       *       *       *

Despus de cenar, sumamente rendidos de cansancio para correr de nuevo,
subimos a la alcoba de Mistral. Es un modesto dormitorio de campesino,
con dos grandes camas. Las paredes no estn empapeladas; vense
descubiertas las vigas del techo... Hace cuatro aos, cuando la Academia
concedi al autor de _Mireya_ el premio de tres mil francos, ocurrisele
a la seora Mistral una idea.

--No te parece que empapelemos tu alcoba y le pongamos cielo
raso?--pregunt a su hijo.

--No, no!--repuso Mistral.--Esto es el dinero de los poetas; no se le
puede tocar.

Y el dormitorio volvi a quedar desnudo. Pero mientras que dur el
dinero de los poetas, los que han acudido a Mistral han encontrado
abierta su bolsa...

Me haba yo llevado a la alcoba el manuscrito de _Calendal_, e instele
para que me leyera otro pasaje antes de dormirme. Mistral eligi el
episodio de la loza. En pocas palabras es el siguiente:

Celebrbase una gran comida, no s dnde. Ponen en la mesa una hermosa
vajilla de loza de Moustiers. En el fondo de cada plato hay un asunto
provenzal, dibujado en azul sobre el vidriado; all est contenida toda
la historia regional.

Es digno de ver el hermoso amor con que est descrita esa hermosa
vajilla de loza; una estrofa para cada plato, otros tantos pequeos
poemas de un trabajo sencillo y erudito, acabados como una descripcin
de Tecrito.

Cuando me recitaba Mistral sus versos en aquella hermosa lengua
provenzal, latina en ms de sus tres cuartas partes, hablada
antiguamente por las reinas y que hoy slo comprenden los frailes,
admiraba yo en mi fuero interno a ese hombre. Y al pensar en el estado
ruinoso en que hall su lengua materna y en lo que con ella ha hecho,
imaginbame uno de esos vetustos palacios de los prncipes de Baux que
se ven en los Alpilles: sin techo, sin balaustradas en las escalinatas,
sin vidrios en las ventanas, quebrado el trbol de las ojivas, corrodo
por el moho el escudo de las puertas; gallinas picoteando en el patio de
honor, cerdos hozando bajo las esbeltas columnillas de las galeras, el
asno paciendo dentro de la capilla, donde crece la hierba, las palomas
bebiendo en las grandes pilas de agua bendita, rebosantes de agua de
lluvia, y finalmente, entre esos escombros dos o tres familias de
labriegos que han construido chozas alrededor del vetusto palacio.

Y despus llega un da en que el hijo de uno de esos campesinos se
enamora de esas grandes ruinas y se indigna al verlas profanadas de ese
modo; a toda prisa arroja el ganado fuera del patio de honor, y viniendo
en su ayuda las hadas, por s solo reedifica la monumental escalera,
vuelve a poner tableros en las paredes y vidrieras en los ventanajes,
reconstruye las torres, vuelve a dorar la sala del trono y pone en pie
el extenso palacio de otros tiempos, donde encontraron hospedaje papas y
emperatrices.

Ese palacio restaurado es la lengua provenzal.

Mistral es ese hijo del campesino.




LAS NARANJAS


Las naranjas tiene en Pars el triste aspecto de frutas cadas, que se
toman junto a los rboles. Cuando llegan, en pleno invierno lluvioso y
fro, su brillante corteza y su excesivo aroma, en estos pases de
sabores moderados, les dan un aire extrao, algo bohemio. Durante las
noches de niebla, van tristemente costeando las aceras, amontonadas en
sus carritos ambulantes, al mezquino fulgor de un farolillo de papel
rojo. Un grito montono y dbil, perdido entre el rodar de los coches y
el barullo de los mnibus, les sirve de escolta.

--A veinte cntimos naranjas de Valencia!

Para las tres cuartas partes de los parisienses, ese fruto trado de muy
lejos, de vulgar redondez, donde el rbol no ha dejado nada ms que un
insignificante pednculo verde, participa de la golosina, de la
confitera. El papel de seda en que est envuelto, las festividades a
que acompaa, contribuyen a dicha impresin. Cuando enero se aproxima,
sobre todo, los millares de naranjas esparcidas por las calles, todas
esas cscaras arrojadas en el barro del arroyo, hacen pensar en algn
gigantesco rbol de Navidad que sacudiese sobre Pars sus ramas cuajadas
de frutas artificiales. No hay rincn alguno donde no se vean. Tras los
limpios cristales de un escaparate, elegidas y adornadas; a la puerta de
prisiones y asilos, entre paquetes de bizcochos y pequeos montones de
manzanas; delante de los peristilos de los bailes y teatros los
domingos. Y su exquisito aroma se confunde con el olor del gas, el
chirrido de las mamparas, el polvo de las banquetas del paraso. Hasta
se olvida que hacen falta naranjos para producir las naranjas; pues,
mientras que la fruta nos la envan directamente del Medioda metida en
cajones, el rbol de la estufa donde pasa el invierno, cortado,
transformado, disfrazado, slo una vez aparece, y durante breve tiempo,
al aire libre en los paseos pblicos.

Para conocer bien las naranjas es necesario verlas en los pases que las
producen: en las islas Baleares, en Cerdea, en Crcega, en Argelia,
entre el aire azul dorado, en la tibia atmsfera del Mediterrneo. Jams
olvidar un bosquecillo de naranjos que vi a las puertas de Blidah.
All s que estaban hermosas! Entre el follaje obscuro, brillante,
barnizado, las frutas tenan el lustre de vasos de color, y doraban el
aire que las circundaba con esa aureola de esplendor que rodea a las
flores de tonos vivos. Algunos claros permitan ver a travs de las
ramas las murallas de la reducida ciudad, el minarete de una mezquita,
la cpula de un marabut, y en lo alto la enorme masa del Atlas, verde en
su base, nevada en la cima, como cubierta de blancas pieles, con
cabrilleos, con la blancura de copos cados.

Estando yo all, una noche, por no s qu fenmeno desconocido desde
treinta aos atrs, aquella zona de escarchas invernales agitose sobre
la ciudad dormida, y Blidah se despert transformada, empolvada de
blanco. En aquel aire argelino, tan tenue y tan puro, semejaba la nieve
polvo de ncar, con reflejos de plumas de pavo real. Lo ms hermoso era
el bosque de naranjos. Las verdes hojas conservaban la nieve intacta y
enhiesta como sorbetes encima de platillos de laca, y todos los frutos
espolvoreados de escarcha ofrecan una entonacin suave y esplndida,
una irradiacin discreta, como el oro velado por transparentes telas
blancas. Aquello produca la vaga impresin de una fiesta de iglesia, de
sotanas rojas bajo albas de encajes, de dorados de altares rodeados de
randas de hilo...

Sin embargo, mis ms gratos recuerdos en materia de naranjas proceden de
Barbicaglia, un gran jardn junto a Ajaccio, donde pasaba yo la siesta
durante las horas de calor. Los naranjos, ms altos y espaciados all
que en Blidah, llegaban hasta el camino, solamente separado del huerto
por un seto vivo y una zanja. El mar, el inmenso mar azul, extenda su
vasta planicie inmediatamente despus del huerto. Qu buenas horas he
pasado en ese jardn! Por cima de mi cabeza, los naranjos florecidos y
con fruto quemaban los aromas de sus esencias. Una naranja madura
desprendase del rbol, de vez en cuando, cayendo junto a m, como
aletargada por el calor, con un ruido mate y sin eco en la tierra
apelmazada. Para apoderarme de ella, me bastaba extender la mano. Eran
soberbias frutas, de un rojo purpreo en su interior. Parecanme
exquisitas, y despus era tan hermoso el horizonte! Por entre las hojas
percibase el mar, en espacios azules deslumbradores como trozos de
vidrio roto que espejearan entre las brumas del aire. Al mismo tiempo
que eso, el movimiento del oleaje conmoviendo la atmsfera a grandes
distancias, ese acompasado murmullo que nos mece como en una barca
invisible, el calor, el olor de las naranjas... Ah, qu bien se poda
dormir en el huerto de Barbicaglia!

No obstante, en ocasiones, en el momento ms grato de la siesta,
despertbanme sobresaltado redobles de tambor. Eran infelices msicos
militares que ensayaban all abajo, en el camino. A travs de los claros
del seto brillaba el cobre de los tambores y vea yo los grandes
mandiles blancos encima del pantaln encarnado. Para guarecerse un poco
de la cegadora luz que el polvo del camino les enviaba de reflejo
despiadadamente, situbanse los pobres diablos junto al jardn, en la
breve sombra del seto. Y valiente barullo el que armaban, y asfixiante
calor el que sufran! Entonces, saliendo por fuerza de mi hipnotismo, me
entretena arrojndoles algunos de esos hermosos frutos de oro rojo que
pendan al alcance de mi mano. El tambor a quien apuntaba se detena. Un
minuto de vacilacin, una mirada en torno para averiguar de dnde
vendra la soberbia naranja que rodaba hasta l por la zanja; recogala
despus con ligereza y morda a boca llena, sin mondarla siquiera.

Recuerdo adems que cerca de Barbicaglia, y separado solamente por una
tapia baja, haba un jardinillo bastante extrao, que dominaba yo desde
la altura en que estaba. Era un rincn de tierra, de vulgar diseo. Sus
calles, de brillante arena, encintadas de verdsimo boj, los dos
cipreses de su puerta de entrada, dbanle apariencia de una casa de
campo marsellesa. Ni una lnea de sombra. En el fondo, un blanco
edificio de piedra, con ventanas de stano al ras del suelo. Al pronto
cre que era una quinta; pero, despus de mirar con ms detenimiento, la
cruz que la remataba y una inscripcin grabada en la piedra, y cuyo
texto no distingua, me hicieron reconocer una tumba de familia corsa.
En las inmediaciones de Ajaccio hay muchas de esas capillitas
mortuorias, que se alzan solitarias rodeadas de jardines. La familia
acude all los domingos a visitar a sus muertos. Comprendida de ese modo
la muerte, es menos triste que entre la confusin de los cementerios.
Slo pasos amigos turban el silencio.

Desde mi sitio contemplaba yo las idas y venidas de un anciano que
circulaba tranquilamente por las alamedas. Todo el da estaba podando
los rboles, cavando, regando, cortando las flores marchitas con
minucioso esmero. Despus, a la cada del sol, entraba en la capillita
donde yacan los difuntos de su familia, guardaba los azadones, los
rastrillos, las grandes regaderas, todo esto tranquilamente, con la
serenidad de un jardinero de cementerio. No obstante, sin darse cuenta
de ello, ese buen hombre trabajaba con cierto recogimiento, acallando
los ruidos y con la puerta de la bveda cerrada siempre discretamente,
cual si abrigara el temor de despertar a alguno. En medio de aquel
silencio absoluto, el arreglo del jardinillo no turbaba ni a un ave, y
su vecindad nada tena de triste; pero el mar pareca as ms inmenso,
el cielo ms alto, y en aquella siesta interminable trascenda en torno
de ella el sentimiento del descanso eterno, entre la naturaleza
embriagadora, abrumadora, pletrica de vida.




EN MILIANAH

NOTAS DE VIAJE


Voy a conducir a ustedes ahora a una linda y pequea ciudad de Argelia,
a doscientas o trescientas leguas del molino, para que pasen all el
da... Esto nos har cambiar un poco de tantos tamboriles y cigarras...

...Amenaza lluvia; el cielo est gris, la bruma envuelve las crestas del
monte Zaccar. Domingo triste... En mi cuartito de fonda, cuya ventana da
a las murallas rabes, procuro distraerme encendiendo cigarrillos...
Toda la biblioteca de la hospedera ha sido puesta a mi disposicin;
entre una historia muy detallada del censo de la poblacin y algunas
novelas de Paul de Kock, encuentro un tomo descabalado de Montaigne...
Abro el libro por donde l quiere abrirse, y vuelvo a leer la admirable
carta en que describe el autor la muerte de La Botie... Heme aqu tan
meditabundo y sombro como jams lo estuve... Caen algunas gotas de
lluvia. Cada gota, al caer sobre el reborde de la ventana, dibuja una
ancha estrella en el polvo amontonado all desde las lluvias del ao
ltimo. El libro se me cae de las manos y durante largo tiempo contemplo
aquella estrella melanclica...

Dan las dos en el reloj de la ciudad, un antiguo _marabut_, cuyas
frgiles paredes blancas percibo desde aqu... Pobre diablo de
_marabut_! Quin le hubiese dicho hace treinta aos que un da tena
que sostener en medio del pecho una gran esfera municipal, y que todos
los domingos a las dos en punto dara la seal a todas las iglesias de
Milianah para tocar a vsperas?... Tiln, taln! Ya han sido echadas a
vuelo las campanas... Tenemos para rato... Decididamente, esta
habitacin es triste. Las grandes araas de la maana, que inspiran
pensamientos filosficos, han fabricado sus telas en todos los
rincones... Vamos fuera.

       *       *       *       *       *

Al llegar a la plaza mayor, la msica del tercero de lnea, que no se
intimida por un poco de lluvia, va a colocarse en torno de su director.
El general y sus hijas se asoman a una de las ventanas de la
comandancia; en la plaza, el subprefecto se pasea de un lado para el
otro, agarrado al brazo del juez de paz. Media docena de chiquillos
rabes medio desnudos juegan a las bochas en un rincn, gritando
desaforadamente. All abajo, acude un harapiento judo viejo a tomar un
rayo de sol que ayer haba dejado en aquel sitio, y queda sorprendido al
no encontrarlo ya... Uno, dos, tres: empiecen. La msica ejecuta una
antigua mazurka de Talexy, que tocaban los organillos el invierno ltimo
debajo de mis ventanas. En otra poca me aburra aquella mazurka; hoy me
conmueve hasta hacer brotar mis lgrimas.

Oh, son muy dichosos los msicos del tercero! Fijos los ojos en las
semicorcheas, ebrios de ritmo y de ruido, slo piensan en contar sus
compases. Su alma, toda su alma est en esa cuartilla de papel como la
palma de la mano, que tiembla en la punta del instrumento, sujeta por
dos dientes de cobre. Uno, dos, tres: empiecen. A eso lo reducen todo
esas gentes sencillas; los aires nacionales que tocan, jams les
producen nostalgia... Ay! A m, que no soy de la charanga, aquella
msica me entristece y me alejo...

       *       *       *       *       *

Dnde pasar distrado esta tarde gris dominguera? Est bien! La
tienda de Sid'Omar se encuentra abierta... Entremos en casa de Sid'Omar.

Sid'Omar tiene tienda y, sin embargo, no es tendero. Es un prncipe de
la sangre, hijo de un antiguo bey de Argel, a quien estrangularon los
genzaros... A la muerte de su padre, Sid'Omar refugiose en Milianah con
su madre, a quien adoraba, y all residi algunos aos como un gran
seor filsofo, rodeado de sus lebreles, sus halcones, sus caballos y
sus mujeres, en hermosos palacios muy frescos, llenos de naranjos y de
fuentes. Vinieron los franceses. Sid'Omar fue al principio enemigo
nuestro y aliado de Abd-el-Kader, pero concluy por reir con el emir y
se someti. El emir, para tomar venganza, entr en Milianah estando
ausente Sid'Omar, saque sus palacios, tal sus naranjales, apoderose de
los caballos y de las mujeres e hizo aplastar la garganta de su madre
con la tapa de un arcn... La clera de Sid'Omar fue terrible; alistose
en seguida al servicio de Francia, y mientras dur nuestra guerra contra
el emir no hubo un soldado mejor ni ms bravo que l. Concluida la
guerra, Sid'Omar regres a Milianah; pero, aun hoy, cuando se habla de
Abd-el-Kader en su presencia, palidece y le relampaguean los ojos.

Sid'Omar tiene sesenta aos, y a pesar de la edad y de la viruela,
conserva la hermosura del rostro: grandes pestaas, mirada de mujer, una
sonrisa seductora, modales de prncipe. Arruinado por la guerra, slo le
queda de su antigua opulencia, una granja en la llanura de Chlif y una
casa en Milianah, donde vive muy modestamente con sus tres hijos
educados a su vista. Los jefes indgenas le profesan gran veneracin...
Cuando hay discusiones, someten a su deliberacin los asuntos que las
provocan, y su juicio es casi siempre ley. Sale poco; puede vrsele
todas las tardes en una tienda adjunta a su casa y que da a la calle. El
mobiliario de esa estancia no es rico; paredes blancas enlucidas con
cal, un banco circular de madera, cojines, largas pipas, dos braseros...
Ah recibe Sid'Omar en audiencia y administra justicia. Un Salomn de
tienda.

       *       *       *       *       *

El concurso es numeroso hoy, domingo. En torno de la sala estn en
cuclillas una docena de jefes, arrebujados en sus albornoces. Cada uno
de ellos tiene junto a s una gran pipa y una tacita de caf en una fina
huevera de filigrana. Entro; todos permanecen inmviles y atentos...
Desde su sitio, Sid'Omar me saluda con su ms encantadora sonrisa, y me
invita con la mano a sentarme junto a l, en un gran almohadn de seda
amarilla; despus, con un dedo en los labios, me aconseja que escuche.

El caso es el siguiente. El cad de los Beni-Zugzugs tuvo algunas
cuestiones con un judo de Milianah a causa de un lote de terreno, cuya
propiedad se disputaban; las dos partes convinieron en llevar el litigio
ante Sid'Omar y someterse a su fallo. Citronse para el mismo da, as
como a los testigos; de pronto, el judo vara de opinin y viene solo,
sin testigos, a manifestar que prefiere someterse al fallo del juez de
paz de los franceses que al de Sid'Omar... En esto estaba el asunto
cuando yo llegu.

El judo, un anciano de barba terrosa, tnica de color castao y gorro
de terciopelo, levanta al cielo el rostro, pone ojos suplicantes, besa
las babuchas de Sid'Omar, inclina la cabeza, se arrodilla, junta las
manos... No entiendo el rabe; pero por la pantomima del judo, por sus
palabras _juez de paz, juez de paz_, que repite frecuentemente, adivino
este discurso:

Confiamos en la rectitud de Sid'Omar, Sid'Omar es prudente, Sid'Omar es
justo... Sin embargo, el juez de paz resolver mucho mejor esta
cuestin.

El auditorio se indigna, pero permanece impasible, como rabe que es...
Sid'Omar, dios de la irona, se sonre escuchando, reclinado en su
almohadn, con la mirada abstrada y la boquilla de mbar entre sus
labios. De pronto, en lo mejor de su perorata, el judo se ve cortado
por un enrgico cspita! que le hace enmudecer; al mismo tiempo, un
colono espaol, que est presente como testigo del cad, abandona su
puesto, y aproximndose al Iscariote le suelta un chaparrn de insultos
en todos los idiomas y de todos colores, entre otros, cierto vocablo
francs sumamente ofensivo... El hijo de Sid'Omar, que comprende el
francs, se ruboriza al or semejante palabra delante de su padre, y se
marcha de la sala. Fijmonos en este rasgo de la educacin rabe. El
auditorio prosigue impasible y Sid'Omar siempre risueo. El judo se
levanta y dirgese a la puerta andando hacia atrs, temblando de miedo,
pero sin dejar de repetir a ms y mejor su eterno _juez de paz, juez de
paz_... Sale. El espaol lnzase furioso tras l, lo alcanza en la
calle, y pim, pam! por dos veces lo abofetea en los carrillos... El
Iscariote se arrodilla con los brazos en cruz... El espaol, un poco
avergonzado, vuelve a entrar en la tienda... Al verlo se levanta el
judo y pasea una mirada socarrona por la abigarrada multitud que lo
rodea. Vense gentes de todas razas; malteses, mahoneses, negros, rabes,
todos unidos por el odio a los judos y gozosos porque han maltratado a
uno... El Iscariote vacila un instante; despus, agarrando a un rabe
por la tela del albornoz, exclama:

--T lo viste, Achmed, t lo viste... T estabas delante... El cristiano
me maltrat... Sers testigo... bien... bien... Sers testigo.

El rabe le obliga a soltar el albornoz y rechaza al judo... No sabe
nada, no ha presenciado nada: cabalmente en aquel momento miraba a otro
lado.

--T, s, Kaddur, t lo has visto... has visto al cristiano cuando me
peg--grita el infeliz Iscariote a un negrazo que est mondando un higo
chumbo.

El negro manifiesta su desprecio, escupiendo y se marcha; no ha visto
nada... Tampoco ha visto nada ese muchacho malts, cuyos ojos de carbn
brillan maliciosos bajo su birreta. Tampoco ha visto nada aquella
mahonesa de tez de ladrillo que se aleja rindose con la cesta de
granadas encima de la cabeza...

Aunque el judo grita, ruega y brujulea, ni un testigo!... Nadie ha
visto nada... Afortunadamente, dos de sus correligionarios pasan
entonces por la calle, con las orejas gachas, arrimados a las paredes.
El judo los ve.

--Pronto, pronto, hermanos! A prisa, al agente de negocios! A prisa,
al _juez de paz_!... Ustedes lo han visto, ustedes... Han visto que han
maltratado al viejo!

Que si lo han visto?... Ya lo creo!

...Gran movimiento en la tienda de Sid'Omar... El cafetero llena las
tazas, enciende otra vez las pipas. Charlan, se ren a ms y mejor. Es
tan divertido ver zurrarle la badana a un judo!... En medio de la
zambra y del humo, me acerco despacio a la puerta; siento deseos de ir a
rondar un poco por la judera, para saber qu impresin ha producido a
los correligionarios del Iscariote la afrenta hecha a su hermano...

--Venga a comer esta tarde, seor--me grita el bueno de Sid'Omar.

Acepto, doy las gracias y me marcho.

Todo el mundo anda alborotado en el barrio judo. El asunto ha producido
ya mucho ruido. No hay nadie en los tenduchos. Bordadores, sastres,
guarnicioneros, todo Israel se ha echado a la calle... Los hombres, con
gorro de terciopelo y medias de lana azul, gesticulando en grupos, con
mucha algazara... Las mujeres, desencajadas, abotagadas, tiesas como
dolos de madera, con sus faldas escurridas, con peto de oro y el rostro
rodeado por cintas negras, mzclanse uno y otro grupo chillando como
gatas... En el momento de llegar yo, se arremolina la muchedumbre...
Apoyado en sus testigos, el judo, personaje principal de la comedia,
pasa por entre dos setos de gorros, bajo una lluvia de exhortaciones.

--Toma venganza, hermano; vnganos, venga al pueblo judo. Nada temas;
la ley est en favor tuyo.

Un horrible enano, hediendo a pez y a suela vieja, se acerca a m con
aire gemebundo, y suspirando fuertemente.

--Ya lo ves!--me dice.--Cmo nos tratan a los pobres judos! Es un
viejo! Mira. Poco ha faltado para que lo maten.

No cabe duda de que el pobre Iscariote est ms muerto que vivo. Pasa
por delante de m, con la vista apagada y el semblante descompuesto; no
andando, sino arrastrndose... Slo una fuerte indemnizacin puede
curarlo; as es que no lo llevan a casa del mdico, sino a la del agente
de negocios.

       *       *       *       *       *

En Argelia hay muchos agentes de negocios, casi tantos como langostas.
Puede creerse que el oficio es bueno. De todos modos tiene la ventaja de
que en l se puede entrar a la pata la llana, sin estudios, ni fianza,
ni avecindamiento. Como en Pars nos hacemos literatos, en Argelia se
hacen agentes de negocios. Slo se necesita saber un poco de francs,
espaol y rabe, llevar siempre un cdigo en el bolsillo, y tener,
especialmente, el temperamento de la profesin.

Las funciones del agente son muy diversas: sucesivamente abogado,
procurador, corredor, perito, intrprete, tenedor de libros,
comisionista, escribiente de portal, es el maestro Yago de la colonia.
Pero Harpagn no tena ms que uno, y la colonia tiene muchos ms de los
que ha menester. Slo en Milianah se cuentan por docenas. Para evitar
los gastos de oficina, esos seores reciben generalmente a sus clientes
en el caf de la plaza mayor, y celebran sus consultas--puede decirse
que las celebran?--entre el ajenjo y otra bebida.

El digno Iscariote encamnase al caf de la plaza mayor, acompaado de
sus dos testigos. No vayamos tras de ellos.

       *       *       *       *       *

Cuando abandono el barrio judo, paso por delante de la oficina rabe.
Desde fuera, con su tejado de pizarra y el pabelln francs ondeando
encima, poda tomrsele por una alcalda rural. Conozco al intrprete;
entremos a fumar con l un cigarrillo. Pitillo tras pitillo concluir
por matar este domingo sin sol!

Numerosos rabes andrajosos ocupan el patio que precede a la oficina.
Hay all, haciendo antecmara, una cincuentena, agachados a lo largo de
las paredes, arrebujados en sus albornoces. Aquella antecmara beduina,
aunque est al aire libre, despide fuerte olor a piel humana. Pasemos
pronto de largo... En la oficina veo al intrprete enfrascado con dos
grandes vocingleros completamente desnudos bajo largas mantas
mugrientas, y narrando con airada mmica no s qu historia de un
rosario robado. Tomo asiento en un rincn, sobre una estera y miro...
Bonito traje el del intrprete. Y qu bien le sienta al intrprete de
Milianah! Parecen pintiparados el uno para el otro. El vestido es azul
celeste con alamares negros y relucientes botones de oro. El intrprete
es rubio, rosado, pelo rizado; un lindo hsar azul, bien humorado e
ingenioso; un poco parlanchn, habla tantas lenguas! un poco escptico,
ha conocido a Renn en la escuela orientalista! gran aficionado al
_sport_, tan satisfecho en el vivac rabe como en las veladas de la
subprefectura, bailarn como nadie y que hace el _cuscs_ como
cualquiera. Parisiense en una palabra; tal es mi hombre, y no es
extrao que las mujeres se pirren por l. En cuanto a _dandysmo_, no
tiene ms que un rival: el sargento de la oficina rabe. Este, con su
levita de pao fino y sus polainas con botones de ncar, causa la
desesperacin y la envidia a toda la guarnicin. Destacado en la oficina
rabe, est rebajado del servicio de cuartel y siempre se le ve en la
calle, de guante blanco, recin rizado, con grandes cartapacios bajo el
brazo. Es admirado y temido. Es una autoridad.

No hay duda; aquella historia del rosario robado lleva trazas de no
acabarse nunca. Buenas tardes! No espero el final.

Al marcharme, est en efervescencia la antecmara. La muchedumbre rodea
a un individuo de elevada estatura, plido, altivo, envuelto en un
albornoz negro. Ese hombre haba luchado ocho das antes con una pantera
en el Zaccar. La pantera fue muerta, pero el hombre sac medio brazo
devorado. Va diariamente a la oficina rabe para hacer que le curen, y
siempre lo detienen en el patio para orle referir su historia. Habla
lentamente y con una hermosa voz gutural. De vez en cuando entreabre el
albornoz y muestra, pegado al pecho, el brazo izquierdo arrebujado en
trapos ensangrentados.

       *       *       *       *       *

Tan pronto como llego a la calle, estalla una violenta tempestad.
Lluvia, truenos, relmpagos, viento siroco... Pronto, a refugiarse en
cualquier sitio. Me meto por una puerta, al acaso, y me encuentro
rodeado de una camada de bohemios, amontonados bajo los arcos de un
patio morisco. Ese patio es una dependencia de la mezquita de Milianah;
es el refugio habitual de la piojera rabe, y se llama el _patio de los
pobres_.

Grandes y esculidos lebreles, llenos de miseria, se acercan dando
vueltas en torno mo con aire amenazador. Pegado a uno de los pilares de
la galera, procuro conservar buen continente, y sin hablar con nadie,
contemplo la lluvia que rebota en las losas de colores del patio. Los
bohemios estn en el suelo, tendidos en grupos. Junto a m, una mujer
joven y casi guapa, con la garganta y las piernas desnudas, con grandes
brazaletes de hierro en las muecas y en los tobillos, canta un aire
extico, de tres notas melanclicas y nasales. Mientras canta, da de
mamar a un nio pequeo completamente desnudo, de color broncneo rojo,
y con el brazo que le queda libre, machaca cebada en un mortero de
piedra. La lluvia, empujada por un viento cruel, inunda a veces las
piernas de la madre y el cuerpo de su mamoncillo. La bohemia no repara
en ello y prosigue su cntico con las rachas, mientras que muele cebada
y da el pecho.

Cesa la tempestad... Aprovechndome de un claro, me apresuro a abandonar
aquella corte de los milagros y encamnome al banquete de Sid'Omar; ya
es hora... Al cruzar la plaza mayor, he vuelto a encontrar al viejo
judo de antes. Se apoya en su agente de negocios; los testigos caminan
alegres detrs de l; una banda de asquerosos chicuelos judos salta
alrededor. El agente se encarga de arreglar el asunto. Pedir ante el
tribunal una indemnizacin de dos mil francos.

       *       *       *       *       *

En casa de Sid'Omar me obsequian con una comida esplndida. El comedor
da a un elegante patio morisco, donde murmuran dos o tres fuentes...
Magnfica comida a la turca, que no vacilo en recomendar al barn
Brisse. Entre otros platos, mencionar un pollo con almendras, un
alcuzcuz con vainilla, una tortuga con jugo de carne, algo pesado, pero
de sabor exquisito, y bizcochos con miel, llamados _bocadillos del
Kad_... No se sirven ms vinos que champaa. A pesar de la ley
musulmana, Sid'Omar bebe un poco de l, cuando los criados no pueden
verlo... Al concluir la comida, pasamos a la habitacin de nuestro
husped, donde nos ofrecen dulces, pipas y caf... El mueblaje de este
dormitorio es sencillsimo: un divn, algunas esteras; al fondo, un gran
lecho altsimo sobre el cual hay almohaditas rojas bordadas de oro...
Pende de la pared una antigua pintura turca representando las proezas de
cierto almirante Hamad. A juzgar por la muestra, en Turqua los
pintores no emplean ms que un color en cada cuadro; en este cuadro se
ha utilizado el verde. El mar, el cielo, los navos, el mismo almirante
Hamad, todo es verde, y qu verde!...

La costumbre rabe exige retirarse temprano. Despus de tomar el caf y
de fumadas las pipas, saludo a mi anfitrin y lo dejo con sus mujeres.

       *       *       *       *       *

Dnde acabar de pasar la velada? Es muy temprano para acostarme, los
clarines de los _spahis_ no han tocado todava retreta. Adems, los
cojines de oro de Sid'Omar bailan en torno mo fantsticas farndulas
que no me dejaran dormir... Estoy delante del teatro; entrar un
momento.

El teatro de Milianah no es otra cosa que un antiguo almacn de
forrajes, transformado bien o mal en sala de espectculos. Enormes
quinqus que se llenan de aceite durante los entreactos, hacen oficio de
araas. La cazuela est de pie, la orquesta en bancos. Las galeras
estn muy orgullosas porque tienen sillas de paja... Rodea a la sala un
largo pasillo, obscuro, sin entarimar. Parece que se est en la calle,
nada falta para ello... La funcin haba ya empezado cuando entr. Con
gran extraeza por mi parte, los actores no son malos, me refiero a los
hombres; tienen arranque, vida... Casi todos ellos son aficionados,
soldados del 3; el regimiento est orgulloso con esto y va todas las
noches a aplaudirlos.

Respecto a las mujeres, ay!... son ahora y siempre ese eterno femenino
de los teatros de provincias, presuntuoso, amanerado, ficticio... A
pesar de todo, entre estas damas hay dos que me interesan; dos judas de
Milianah, jovencitas, que pisan la escena por primera vez... Los padres
estn en la sala y parecen encantados. Estn convencidos de que sus
hijas van a ganar miles de duros en ese comercio. La leyenda de la
Raquel, israelita, millonaria y cmica, se ha extendido ya mucho entre
los judos del Oriente.

No hay nada ms cmico y enternecedor que esas dos jvenes judas en las
tablas. Estn atemorizadas en un rincn del escenario, empolvadas,
pintadas, despechugadas y tiesas. Tienen fro, se avergenzan. De vez en
cuando dicen una frase sin comprenderla, y mientras hablan, sus ojazos
hebreos contemplan al pblico con estupor.

       *       *       *       *       *

Salgo del teatro... Todo est entre tinieblas. En un extremo de la
plaza, oigo gritos. Acaso algunos malteses en vas de explicarse a
navajazos.

Me encamino lentamente a la fonda, a lo largo de las murallas. De la
llanura suben embriagadores aromas de naranjos y de tuyas. El aire es
tibio, el cielo casi difano... All abajo, al extremo del camino,
yrguese un viejo fantasma de paredn, resto de algn vetusto templo.
Ese muro es sagrado; todos los das acuden a l mujeres rabes a
colgarle _ex votos_, jirones de jaiques y de otras prendas, largas
trenzas de cabellos rubios sujetos con hilillo de plata, trozos de
albornoz... Al tibio soplo de la noche, y bajo un plido rayo de luna
vese ondular ese abigarrado pendn de la estulticia humana.




LA LANGOSTA


Consignar otro recuerdo de Argelia, y regresar en seguida al molino...

La noche de mi llegada a aquella granja del Sahel, me era imposible
dormir. La novedad del pas, la molestia del viaje, el aullar de los
chacales y sobre todo un calor enervante, abrumador, una completa
sofocacin, como si las mallas de la mosquitera no permitiesen pasar un
soplo de aire... Al abrir, de madrugada, la ventana, una bruma de esto,
densa y movindose lentamente, ribeteada de negro y rosa en los bordes,
flotaba en los aires como una nube de humo de plvora sobre un campo de
batalla. No se mova una hoja, y en esos frondosos jardines que tena
ante mis ojos, las vias espaciadas sobre las laderas bajo esplndido
sol que azucara los vinos, los pequeos naranjos, los mandarineros en
interminables filas microscpicas, todo conservaba el mismo aspecto
mohno, aquella inmovilidad de hojas en espera de la tempestad. Los
mismos bananeros, esos extensos caaverales de un color verde claro,
agitados siempre por alguna brisa que enmaraa su fina cabellera tan
leve, alzbanse silenciosos y derechos, como penachos bien puestos en su
sitio.

Permanec un momento contemplando aquella maravillosa vegetacin, donde
estaban reunidos todos los rboles del mundo, produciendo cada cual en
su estacin respectiva, flores y frutos exticos. Entre los campos de
trigo y los macizos de alcornoques, plateaba una corriente de agua
fresca, que agradaba contemplar en esa asfixiante madrugada, y admirando
a un tiempo el lujo y el orden de esas cosas, aquella hermosa quinta con
sus arcos moriscos, sus terrazas completamente blancas, de flor de
espino, las cuadras y los cobertizos agrupados en torno, recordaba yo
que veinte aos antes, cuando aquellas intrpidas gentes se haban
instalado en ese valle del Sahel, no haban encontrado ms que una mala
casilla de pen caminero y un terreno inculto, erizado de palmeras
enanas y lentiscos. Fue necesario crearlo y construirlo todo. A cada
instante, levantamiento de rabes. Haba que abandonar el arado para
disparar. Despus, las enfermedades, oftalmas, fiebres, la escasez de
cosechas, los tanteos de la inexperiencia, la lucha con una
administracin ciega y siempre flotante. Cuntos esfuerzos! Qu de
fatigas! Qu vigilancia ms perseverante!

Ahora, todava, a pesar de haber pasado los malos tiempos y de la
fortuna con tantos esfuerzos adquirida, ambos, el hombre y la mujer,
eran quienes se levantaban primero en la granja. A aquella hora
matutina, oa sus idas y venidas por las grandes cocinas de la planta
baja, vigilando el caf de los trabajadores. No tard en sonar una
campana, y un momento despus los obreros desfilaron por el camino.
Viadores de Borgoa; labradores kabilas con fez rojo; peones mahoneses,
con las piernas al descubierto; malteses y luqueses; todo un pueblo
heterogneo, difcil de dirigir. El hacendado, ante la puerta,
distribua a cada uno de ellos su tarea de la jornada, con voz breve y
algo dura. Cuando termin el buen hombre, levant la cabeza y escudri
el cielo con desasosiego; despus, al verme en la ventana, me dijo:

--Mal tiempo hace para el cultivo... va a soplar el siroco.

Efectivamente, a medida que se alzaba el sol, llegaban del Sur hasta
nosotros bocanadas de aire clido y asfixiante, como si viniesen de la
puerta de un horno abierta y vuelta a cerrar. No se saba adnde
guarecerse, ni cmo evitar la angustia. As transcurri toda la maana.
Tomamos el caf sobre las esteras de la galera, sin tener nimo para
hablar ni movernos. Los perros, estirndose y buscando la frescura de
las losas, tumbbanse fatigados. El almuerzo nos reanim un poco, un
almuerzo abundante y extrao, compuesto de carpas, truchas, jabal,
erizo, manteca Stanel, vinos de Crescia, guayabas, bananas, manjares
exticos, cuyo conjunto semejaban a la naturaleza tan compleja que nos
rodeaba... Estbamos a punto de levantarnos de la mesa, cuando de
repente, por la puerta-ventana, cerrada para resguardarnos del calor del
jardn hecho un ascua de fuego, oyronse grandes gritos:

--La langosta! La langosta!

Mi anfitrin palideci como un hombre a quien anuncian un desastre, y
salimos precipitadamente. Durante diez minutos hubo en aquella casa, tan
sosegada poco antes, un ruido de pasos redoblados y voces indefinidas,
que se perdan como en la agitacin de un despertar. Desde la sombra de
los vestbulos, donde estaban durmiendo, lanzronse fuera los criados
haciendo resonar con palos, horcas y bieldos todos los objetos de metal
que encontraban a mano, calderos de cobre, palanganas, cacerolas. Los
pastores hacan sonar el cuerno pastoril. Otros llevaban caracolas
marinas, trompas de caza. Aquello era un ruido espantoso, discordante,
que dominaban con notas sobreagudas los yu, yu, yu! de las mujeres
rabes de un aduar vecino que acudieron corriendo. Parece ser que en
ocasiones un gran ruido, un estremecimiento sonoro del aire, aleja la
langosta y le impide descender.

Pero, dnde estaban esos terribles insectos? En el cielo, vibrante de
calor, no se vea nada ms que una nube aparecer por el horizonte,
cobriza, densa, como una nube de granizo, con el ruido de un huracn
entre las mil y mil ramas de un bosque. Aquella nube era la langosta.
Agarrados los unos a los otros estos insectos por sus alas secas
extendidas, volaban en montn, y a pesar de nuestros gritos y de
nuestros esfuerzos, la nube no cesaba de avanzar, proyectando en la
llanura una sombra inmensa. Pronto estuvo sobre nuestras cabezas; en los
bordes viose durante un segundo un desgarrn, una rotura. A semejanza de
los primeros granizos de un turbin de pedrisco, desprendironse
algunos, perceptibles, rojizos; al punto se deshizo toda la nube,
cayendo vertical y ruidosa aquella granizada de insectos. Los campos
quedaron cubiertos de saltamontes enormes, gordos como el dedo, en una
extensin inmensa.

Entonces diose principio a la matanza. Horrendo murmullo de
aplastamiento de paja molida. Con gradas, azadones y arados revolvase
aquel suelo movedizo, y cuantos ms insectos se mataba ms haba.
Rebullanse por capas, con sus altas patas enredadas unas en otras; los
de encima saltaban gilmente para salvarse, agarrndose a los belfos de
los caballos enganchados para esa extraa labor. Los perros de la granja
y los del aduar, azuzados a campo traviesa, lanzbanse sobre ellos y los
trituraban furiosos. En ese momento llegaron dos compaas de turcos,
con la banda de cornetas al frente, a ayudar a los infelices colonos, y
la matanza vari de aspecto.

Los soldados no aplastaban los insectos, sino que los quemaban
esparciendo largos regueros de plvora.

Rendido de fatiga, con el estmago revuelto por el hedor, me met en
casa. Dentro de la quinta, haba casi tantos insectos como fuera.
Entraron por las aberturas de las puertas y ventanas, por los tubos de
las chimeneas. Al borde de los tableros y en los cortinajes, rodos ya,
se arrastraban, caan, volaban, trepaban por las blancas paredes, con
una sombra gigantesca que haca mayor su fealdad. Y siempre aquel olor
hediondo. En la comida fue preciso pasar sin agua. Las cisternas, las
fuentes, los pozos, los vveres de pesca, todo estaba inficionado.

Por la noche, en mi alcoba, donde, no obstante, se haban matado enormes
cantidades, oa an rebullicio debajo de los muebles, y ese crujir de
litros semejante al peterreo de los dientes de ajo que estallan con los
calores fuertes.

Tampoco me fue posible dormir aquella noche.

Adems, todos estaban despiertos alrededor de la granja.

Serpeaban a ras de tierra llamaradas, de un extremo a otro de la
llanura.

Los turcos continuaban la matanza.

Al siguiente da, cuando abr la ventana como la vspera, la langosta
haba emigrado. Pero, qu ruina dejaron tras de s! Ni una flor, ni una
brizna de hierba; todo lo dejaron negro, corrodo, calcinado. Los
bananos, los albaricoqueros, los abridores, los naranjos mandarines se
distinguan solamente por el aspecto de sus desnudas ramas, sin el
encanto y la ondulacin de hojas que constituye la vida de los rboles.
Empezbase la limpieza de los cauces de agua, de los aljibes. Por
doquiera cavaban los peones la tierra para destruir los huevos puestos
por los insectos. Cada terrn era destripado, desmenuzndolo
esmeradamente. Y al ver las mil races blancas, llenas de savia, que
aparecan en esos destrozos de tierra frtil, el corazn se oprima y el
alma se angustiaba...




EN CAMARGUE


I

LA PARTIDA


El recado del guarda, medio en francs, medio en provenzal, que ha
trado un mensajero, anunciando que han pasado ya dos o tres buenas
bandadas de _galejones_, de _carlotinas_, y otras _aves de primera_, ha
producido gran rumor en el castillo.

Vendr usted con nosotros, me han escrito mis amables vecinos. Y esta
maana a las cinco estaba esperndome al pie de la cuesta su gran
_break_, cargado de escopetas, perros y vveres. Henos aqu rodando por
la carretera de Arls, algo seca y rida en esta madrugada de diciembre,
en que apenas se distingue el plido verdor de los olivos y el verde
intenso de las encinas, demasiado de invernadero y como ficticio. No
faltan madrugones que iluminan las vidrieras de las granjas, y en las
cresteras de piedra de la abada de Montmajour, los quebrantahuesos
aletargados todava por el sueo revolotean entre las ruinas. Sin
embargo, encontramos ya, a lo largo de las zanjas, campesinas viejas que
van al mercado, trotando en sus borriquillos. Vienen de la
Ville-des-Baux. Seis leguas largas para sentarse una hora en las gradas
de San Trofino y vender paquetitos de hierbas medicinales recolectadas
en la montaa!...

Divisamos ya las murallas de Arls; murallas bajas y almenadas, como se
ven en las estampas antiguas, donde aparecen guerreros armados de lanzas
sobre terraplenes menores que ellos. Cruzamos a galope esta maravillosa
y pequea ciudad, una de las ms pintorescas de Francia, con sus
balcones esculpidos y barrigudos avanzando hasta el centro de las calles
estrechas, con sus vetustas casas renegridas, de puertas pequeas,
moriscas, ojivales y bajas, que nos recuerdan los tiempos de Guillermo
Court-Nez y de los sarracenos. A aquellas horas no haba an nadie en
la calle. Slo est animado el muelle del Rdano. El barco de vapor que
hace la travesa de Camargue calienta las calderas junto a los
escalones, dispuesto a partir. _Caseros_ con blusa roja, muchachas de La
Roquette que van a ganar el jornal en las faenas agrcolas, suben a
cubierta con nosotros, charlando y rindose. Bajo las amplias mantillas
obscuras, levantadas a causa del fuerte viento de la maana, la alta
cofia arlesina presta elegancia y empequeece a la cabeza, con ribetes
de lindo descaro, algo as como deseos de erguirse para que la risa o la
frase picaresca vaya ms lejos... Suena la campana; nos ponemos en
marcha. Con la triple velocidad del Rdano, de la hlice y del viento
mistral, extindense las dos orillas. De un lado est la Crau, una
llanura estril y pedregosa. Del otro, la Camargue, ms verde, que
prolonga hasta el mar su hierba corta y sus marismas cuajadas de
caaverales.

El vapor se detiene de vez en cuando junto a un pontn, a la izquierda o
a la derecha (al Imperio o al Reino, segn se deca en la Edad Media, en
poca del reino de Arls, y como los marineros viejos del Rdano dicen
hoy todava). En cada pontn vese una quinta blanca y un ramillete de
rboles. Desembarcan los trabajadores cargados de herramientas, y las
mujeres con la cesta al brazo, erguidas sobre su talle. Hacia el Imperio
o hacia el Reino, poco a poco va quedando vaco el vapor, y cuando
descendemos nosotros en el puente del Mas-de-Giraud, casi no queda nadie
a bordo.

Para esperar al guarda que ha de venir en nuestra busca, entramos en el
Mas-de-Giraud, una antigua granja de los seores de Barbentane. En la
cocina alta, y alrededor de una mesa estn todos los hombres de la
hacienda, labradores, viadores, pastores, zagales, graves, silenciosos,
comiendo despacio, servidos por las mujeres, quienes comern despus. No
tarda el guarda con la carretilla. Verdadero tipo a lo Fenimore,
trampero por tierra y por agua, guardapesca y guardacaza, las gentes del
pas le llaman el _Rondador_ porque, entre las brumas del alba o del
anochecer, ocltase siempre entre los caaverales, acechando, o bien
inmvil en su barquichuelo, ocupado en vigilar sus atolladeros en los
estanques y en las acequias. Su profesin de espa perpetuo, es quiz
lo que le hace tan callado y taciturno. Sin embargo, mientras el
carretn lleno de escopetas y de cestas camina delante de nosotros, el
_Rondador_ nos entera de la caza, refirindonos el nmero de bandadas de
paso y los cuarteles en que las aves emigrantes se han posado. Charlando
nos internamos en la comarca.

Despus de atravesar los terrenos de cultivo, nos encontramos en plena
Camargue montaraz. Lagunas y acequias brillan hasta perderse de vista
entre los pastos y las salicarias. Bosquecillos de tamariscos y de caas
ondulan como un mar en calma. Ningn rbol elevado turba el aspecto
liso, inmenso, de la llanura. Apriscos de ganado extienden de vez en
cuando su baja techumbre casi a nivel del suelo. Los rebaos
diseminados, tumbados en las hierbas salitrosas, o marchando apretados
en torno de la roja capa del pastor, no interrumpen la gran lnea
uniforme, vindose achicados por ese espacio infinito de horizontes
azules y claro cielo. Lo mismo que del mar, plano a pesar de sus olas,
desprndese de esa llanura una sensacin de soledad, de inmensidad,
aumentada por el mistral que sopla incesantemente, sin trabas, y que,
con su poderoso aliento, parece aplanar y engrandecer el paisaje. El lo
doblega todo. Los arbustos ms frgiles conservan la huella de su paso,
quedan torcidos, tumbados hacia el Sur, como dispuestos a fugarse...




II

LA CABAA


La cabaa no es otra cosa que un techo de caas y unas paredes de caas
secas y amarillas. Tal vez nuestro punto de cita para la caza. Tipo de
la casa camarguesa, la cabaa no tiene ms que una habitacin alta,
grande, sin ventana; entra la luz por una puerta vidriera, que de noche
se cierra con postigos. A lo largo de los paredones enlucidos,
blanqueados con cal, hay armarios para colocar las armas, los morrales,
las botas que usamos para cruzar los pantanos. En el fondo vense cinco o
seis literas colocadas alrededor de un verdadero mstil plantado en el
suelo y que sirve de apoyo al techo. Por la noche, cuando sopla el
mistral y cruje la casa por todas partes, con el mar lejano y el viento
que lo aproxima, trae su ruido y lo ahueca, puede creerse uno acostado
en el camarote de un buque.

Pero, especialmente por la tarde es cuando la cabaa est encantadora.
En nuestros buenos das de invierno meridional, me agrada estar solo
junto a la alta chimenea, donde arden humeantes algunas matas de
tamariscos. Con las rachas del mistral o de la tramontana, cruje la
puerta, chillan las caas, y todas esas sacudidas son un ligero eco de
la gran conmocin de la naturaleza que me circunda. El sol de invierno,
agitado por la enorme corriente, se esparce, rene sus rayos, los
dispersa. Corren grandes sombras bajo un cielo azul admirable. La luz y
los ruidos llegan por sacudidas, y las esquilas de los rebaos, odas
repentinamente y olvidadas despus, perdindose entre el viento, suenan
de nuevo bajo la puerta desencajada, con el hechizo de un estribillo de
cancin... La hora exquisita es el crepsculo, un poco antes del regreso
de los cazadores. Entonces el viento est tranquilo. Salgo un instante.
El ancho sol rojo desciende en paz, inflamado y sin calor. Llega la
noche, y roza con sus alas negras y hmedas, cuando pasa. All abajo, al
nivel del suelo, vese un fogonazo, con el brillo de una estrella roja
avivada por las tinieblas circunvecinas. En la escasa claridad que
resta, apresrase todo bicho viviente. Un largo tringulo de patos vuela
muy abajo, cual si deseara tomar tierra; pero de pronto los aleja la
cabaa, donde brilla encendido el candil. El que va a la cabeza de la
columna, yergue el cuello, remonta el vuelo nuevamente, y todos los
dems se elevan tras de l con gritos salvajes.

No tarda en orse un inmenso pataleo, que se asemeja a un ruido de
lluvia. Miles de carneros llamados por los pastores y hostigados por los
perros, cuyo galopar confuso y alentar jadeante se perciben, amontnanse
con prisa, medrosos e indisciplinados, hacia los apriscos. Vome
envuelto, rozado, confundido dentro de ese torbellino de vellones
rizados, de balidos; una verdadera marejada, en que parece que los
pastores son arrastrados con su sombra por olas que saltan... Detrs de
los rebaos percbense pasos conocidos, voces alegres. La cabaa est
llena, animada, ruidosa. Chisporrotean, al arder, los sarmientos
formando llama. Hay tanta mayor risa, cuanto mayor es el cansancio. Es
un aturdimiento de regocijada fatiga; las escopetas arrinconadas, las
grandes botas tiradas y revueltas, los morrales vacos y junto a ellos
plumajes rojos, ureos, verdes, plateados, todos con manchas de sangre.
La mesa est puesta, y entre el husmillo de una sabrosa sopa de anguila,
queda todo en silencio, ese gran silencio de los apetitos robustos, que
solamente interrumpe el feroz gruir de los perros lamiendo a tientas
sus cazuelas delante de la puerta.

La velada no se prolongar mucho. Ya no quedamos junto al fuego, que
tambin parpadea, ms que el guarda y yo. Charlamos; es decir, nos
dirigimos uno al otro frases a medias palabras al uso campesino, esas
interjecciones casi indias, breves y rpidas como las postrimeras
chispas de los consumidos sarmientos. Al fin, pnese de pie el guarda,
enciende la linterna, y pirdese su paso perezoso en la calma y
obscuridad de la noche silenciosa...




III

A LA ESPERA!


_La espera!_ Qu expresivo nombre ste, con el que se designa el
puesto donde aguarda emboscado el cazador, y esas horas imprecisas en
que todo _espera_, vacilando entre el da y la noche! El puesto de la
maana, poco antes de amanecer; el puesto de la tarde, cuando el sol se
hunde en el ocaso. El de mi predileccin es este ltimo, sobre todo en
esos pases de marismas, donde el agua de los estanques conserva la luz
tanto tiempo...

En ocasiones, se utiliza como puesto el chinchorro, barquichuelo sin
quilla, estrecho, y que al movimiento ms leve se pone por montera.
Oculto tras de los caaverales, el cazador ojea los patos desde el fondo
de la barca, de la que sobresalen nicamente la visera de una gorra, el
can de la escopeta y la cabeza del perro, que olfatea el viento y papa
mosquitos, o bien inclina, con sus patazas extendidas, toda la barca
sobre una borda llenndola de agua. Esta _espera_ es sumamente
complicada para mi inexperiencia. Esta es la razn por la que casi
siempre voy a la espera a pie, zabullndome en pleno pantano, con
enormes botas hechas de toda la longitud que el cuero permite. Camino
con lentitud, prudentemente, temeroso de hundirme en el lgamo. Me
separo de los caaverales, lleno de olores salitrosos y de saltos de
ranas.

Por fin me acomodo en el primer islote de tamariscos, o rincn de tierra
seca, que encuentro. El guarda, en prueba de respetuosa consideracin,
permite que me acompae su perro, un enorme perro de los Pirineos, con
sus grandes lanas blancas, gran cazador y pescador inteligente, cuya
presencia me intimida un poco. Cuando pasa a mi alcance una chocha de
agua, me mira irnicamente echando atrs, con un movimiento de cabeza, a
lo artista, sus largas orejas flcidas que le cuelgan delante de los
ojos; despus, posturas de parada, meneos de cola, toda una mmica de
impaciencia, como queriendo decirme:

--Tira!... Por qu no tiras, tonto?

Tiro, y yerro la puntera. Entonces, con todo su cuerpo estirado,
bosteza y se alarga, fatigoso, aburrido, insolentemente...

Pues bien, s! No lo niego, soy un mal cazador. La _espera_, para m,
es la tarde al caer, la luz que desaparece y se refugia en el agua, los
estanques que relucen, abrillantando hasta el tono de plata fina el
tinte gris del cielo ensombrecido. Me deleita este olor del agua, esta
misteriosa agitacin de los insectos en los caaverales, este suave
murmullo de las largas hojas estremecindose. Oyese a veces una nota
triste, y retumba en el cielo como el zumbido de una caracola marina. Es
el alcaravn que esconde en el fondo del agua su inmenso pico de ave
pescadora, y sopla... _ruu!_ Bandadas de grullas vuelan por encima de
mi cabeza. Oigo el roce de las plumas, el ahuecamiento del plumn con el
viento fuerte, y hasta el crujido de la minscula osamenta, rendida de
cansancio. Despus, nada. La noche, las profundas tinieblas, siguiendo a
la escasa claridad del da, que sobre las aguas ha quedado retrasada.

De repente advierto un estremecimiento, una especie de molestia
nerviosa, como si hubiese alguien detrs de m. Al volverme veo a la
compaera de las noches hermosas, la luna; una ancha luna, enteramente
redonda, que llega suavemente, con un movimiento de ascensin muy
perceptible al principio, y que se retarda mientras que aqulla se aleja
del horizonte.

Ya son bien perceptibles junto a m los primeros rayos, y luego otros un
poco ms lejos... Ahora est iluminada toda la marisma. La ms pequea
mata de hierba proyecta sombra. Concluyose la _espera_, las aves nos
ven; es forzoso volver a casa. Caminamos envueltos por una inundacin de
luz azul, ligera, polvorienta, y cada uno de nuestros pasos en los
estanques y en las acequias, revuelve en ellos millares de estrellas
cadas y fulgores de rayos de luna que llegan hasta el fondo del
agua...




IV

ROJO Y BLANCO


En una cabaa semejante a la nuestra, pero algo ms rstica, y de la que
slo dista un tiro de fusil, habita nuestro guarda, con su esposa y sus
dos hijos mayores: la moza, que prepara la comida de los hombres y
compone las redes para la pesca; y el mozo, que ayuda a su padre a
levantar las artes y a vigilar las compuertas de los estanques. Los dos
ms jvenes viven con su abuela en Arls, y all permanecern hasta que
hayan aprendido a leer y celebrado la primera comunin, pues aqu estn
muy lejos de la iglesia y la escuela, adems de que el aire de Camargue
no vendra bien a esas criaturas. El hecho es que cuando llega el
verano, cuando las charcas se secan y el blanco lgamo de las acequias
se agrieta con los grandes calores, es imposible habitar la isla.

Yo pude apreciar eso una vez en el mes de agosto, viniendo a cazar
nades silvestres, y jams olvidar el aspecto triste y feroz de este
paisaje abrasado. De trecho en trecho humeaban al sol los estanques como
inmensas cubas, conservando en el fondo un resto de vida en movimiento,
un hormigueo de salamandras, araas y moscas de agua en busca de
rincones hmedos. Haba all un aire hediondo, una bruma de miasmas
densamente flotante, que innumerables torbellinos de mosquitos
espesaban. Todo el mundo tiritaba en casa del guarda, todo el mundo
padeca fiebres, y apenaba ver las caras amarillas y largas, los ojos
agrandados y con ojeras, de aquellos infelices que durante tres meses se
arrastraban bajo ese ancho sol inexorable que abrasa a los febricitantes
y no consigue hacerlos entrar en calor... Triste y penosa vida la de
guardacaza en Camargue! Y menos mal que puede tener a su lado a su mujer
y sus hijos; pero dos leguas ms lejos, en la marisma, vive un guarda de
caballos, completamente solo todo el ao, de cabo a rabo, haciendo una
verdadera vida de Robinsn. En su choza de caas, construida por l
mismo, no hay nada que no sea obra de sus manos, desde la hamaca tejida
con mimbres, y las tres piedras negras reunidas en forma de hogar, y los
troncos de tamarisco dispuestos en forma de escabeles, hasta la llave y
la cerradura de madera blanca con que se cierra esta extraa habitacin.

Este guarda es por lo menos tan extrao como su residencia. Es una
especie de filsofo silencioso como los solitarios, que oculta su
desconfianza de labriego bajo unas cejas espesas como matorrales. Cuando
no est en los pastos, vsele sentado junto a su puerta, descifrando
pacientemente, con una aplicacin infantil y conmovedora, uno de esos
folletos de color de rosa, azules o amarillos en que estn envueltos los
frascos de medicina que emplea para los caballos. El pobre diablo no se
distrae ms que en la lectura, ni tiene ms libros que stos. Aunque
vecinas sus cabaas, nuestro guarda y l nunca se visitan. Hasta evitan
encontrarse. Un da que pregunt al _ronderon_ la razn de esa
antipata, me respondi con seriedad:

--Tenemos distintas opiniones... El es rojo, y yo soy blanco.

Y de esta manera, hasta en ese desierto cuya soledad hubiera debido
amistarlos, esos dos salvajes, tan ignorantes y sencillos uno como el
otro, esos dos boyeros de Tecrito, que solamente una vez cada ao van a
la ciudad, y a quienes los cafetuchos de Arls, con sus dorados espejos,
les deslumbran como si contemplasen el palacio de los Tolomeos, las
opiniones polticas les ha proporcionado una razn para odiarse!




V

EL VACCARS


El Vaccars es el espectculo ms hermoso que puede presenciarse en
Camargue. Muchas veces, abandonando la caza, vengo a sentarme a orillas
de este mar salado, un mar pequeo que asemeja un trozo del grande,
encerrado entre las tierras y amansado por su mismo cautiverio. En vez
de esa sequedad, de esa aridez que comnmente entristecen la costa, el
Vaccars, con su ribera un poco alta, toda ella verde por la hierba
menuda, aterciopelada, ostenta su flora extraordinaria y hechicera:
centauras, trboles acuticos, gencianas y esas lindas salicarias,
azules en invierno, rojas en verano, que mudan su color con los cambios
atmosfricos, y con una floracin no interrumpida, marcan las estaciones
por lo diverso de sus matices.

All, a las cinco de la tarde, cuando el sol se pone, ofrecen admirable
perspectiva esas tres leguas de agua, sin una barca, sin una vela que
limite y d variedad a su extensin. No es ya el ntimo deleite de los
estanques y acequias que aparecen, distanciados, entre los repliegues de
un terreno arcilloso, bajo el cual se filtra el agua por doquiera,
dispuesta a reaparecer en la menor depresin del terreno. Aqu la
impresin es grande, vasta. A lo lejos, ese cabrilleo de las ondas atrae
bandadas de fulgas, garzas reales, alcaravanes, flamencos de vientre
blanco y alas rosadas, alinendose para pescar a lo largo de las
mrgenes, disponiendo sus diferentes colores en una larga faja igual, y
adems ibis, verdaderos ibis de Egipto, que parecen estar en su propia
casa entre ese esplndido sol y ese mudo paisaje. Efectivamente, desde
mi sitio no percibo ms que el chapoteo del agua y la voz del guarda que
llama a sus caballos, diseminados en la orilla. Todos tienen retumbantes
nombres: Cifer!... L'Estello!... L'Estournello!... Cuando se oye
nombrar cada bruto, corre dando al viento las crines, a comer avena en
la misma mano del guarda...

Ms lejos, en la misma orilla, vese una gran manada de bueyes, paciendo
libremente como los caballos. De vez en cuando distingo por encima de
unas matas de tamariscos la arista de sus dorsos encorvados, y sus
cuernecitos que se yerguen en forma de media luna. La mayora de estos
bueyes de Camargue se cran para ser lidiados en las fiestas de los
pueblos, y algunos tienen ya fama en todos los circos de Provenza y
Languedoc. As, por ejemplo, la manada que est ms cerca, cuenta entre
otros con un terrible combatiente llamado _Romano_, que ha despanzurrado
a no s cuntos hombres y caballos en las plazas de Arls, de Nimes, de
Tarascn. Por eso, sus compaeros le han confiado la jefatura; porque en
esas extraas piaras los brutos se gobiernan por s mismos, agrupados
en torno de un toro viejo a quien eligen como gua. Cuando en la
Camargue descarga un huracn, terrible en esa gran llanura donde nada lo
desva ni lo detiene, es curioso ver replegarse la manada detrs de su
jefe, con todas las cabezas inclinadas, volviendo hacia el lado de donde
el viento sopla, esas anchas testuces en que se condensa la fuerza del
buey. Los pastores provenzales llaman a esta maniobra: _volver cuernos
al viento_. E infelices los rebaos que no se conformen con ello!
Cegada por la lluvia, empujada por el huracn, la manada en derrota gira
sobre s misma, se extrava, se dispersa, y corriendo enloquecidos los
bueyes hacia adelante, pretendiendo alejarse de la tempestad, arrjanse
en el Rdano, en el Vaccars o en el mar, donde casi todos perecen.




NOSTALGIA DE CUARTEL


Esta madrugada, cuando empezaba a alborear, me despierta con sobresalto
un tremendo redoble de tambor... Ratapln, ratapln!...

Qu es esto? Un tambor en mis pinos, y a tales horas!... Qu cosa ms
extraa!

Pronto, a prisa, me levanto y corro a abrir la puerta.

No veo a nadie! Ces el ruido... De entre unas labruscas hmedas,
vuelan dos o tres chorlitos sacudindose las alas. Entre los rboles se
mece una suave brisa... Hacia el Oriente, sobre la aguda cresta de los
Alpilles, amontnase un polvo de oro, de donde surge lentamente el
sol... El primer rayo roza ya la techumbre del molino. En el mismo
instante, el invisible tambor vuelve a redoblar en el campo bajo la
espesura... Ratapln, ratapln!...

El demonio llvese la piel de asno! Ya lo haba olvidado. Pero, en fin,
quin ser el bruto que saluda a la aurora en el fondo de los bosques
con un tambor?... Aunque miro, no veo a nadie... no diviso nada ms que
las matas de alhucema y los pinos que se precipitan cuesta abajo hasta
el camino... Quiz se oculta en la espesura algn duende, resuelto a
burlarse de m... Sin duda, es Ariel o maese Puck. El pcaro habr
pensado, al pasar por delante de mi molino:

--Ese parisiense est muy tranquilo ah dentro; vamos a darle la
alborada.

Y seguramente habr tomado un bombo, y... ratapln!... ratapln!...

--Quieres callarte, pcaro Puck? Vas a despertarme a las cigarras.

       *       *       *       *       *

Pero no era Puck.

Era Gouguet Franois, alias _Pistolete_, tambor del regimiento 31 de
infantera, a la sazn con licencia semestral. _Pistolete_ est
aburrido en el pas, siente nostalgias, y cuando le prestan el
instrumento del cabildo municipal, se marcha melanclico a los bosques a
tocar el tambor, soando con el cuartel del Prncipe Eugenio.

Esta maana ha venido a soar a mi verde colinita... All est de pie,
recostado contra un pino, con el tambor entre las piernas, tocando si
Dios tiene qu... Bandas de perdigones espantados corren a sus pies sin
que lo note. Las hierbas aromticas perfuman el aire en torno suyo, sin
que l las huela.

No ve tampoco las sutiles telaraas que tiemblan al sol entre el ramaje,
ni las agujas de pino que caen sobre su tambor. Absorto en su sueo y en
su msica, mira con amor moverse ligeros los palillos, y su caraza
estpida se ensancha de placer a cada redoble.

Ratapln! Ratapln!...

--Es muy hermoso el gran cuartel, con sus patios de anchas losas, sus
ventanas bien alineadas, su poblacin con gorra cuartelera, y sus
galeras, bajo cuyos arcos se oye constantemente el ruido de las
tarteras!...

Ratapln! Ratapln!...

--Oh, la sonora escalera, los corredores enlucidos con cal, la oliente
cuadra, los correajes que se lustran, la tabla del pan, las cajas de
betn, los camastros de hierro con manta gris, los fusiles que brillan
en el armero!...

Ratapln! Ratapln!...

Ratapln! Ratapln!...

--Oh, qu das ms hermosos los vividos en el cuerpo de guardia; los
naipes que ensucian los dedos y se pegan como pez, la sota de espadas
horrible con adornos a pluma, el incompleto tomo de una vieja novela de
Pigault-Lebrun arrojado encima de la cama de campaa!...

Ratapln! Ratapln!...

--Oh, las interminables noches de centinela en la puerta de los
ministerios, la garita vieja donde entra la lluvia y en que los pies se
hielan!... Los coches de lujo, que salpican de barro cuando pasan!...
Oh, el trabajo suplementario, los das de limpieza general, el cubo
pestfero, la cabecera de tabla, la fra diana en las maanas lluviosas,
la retreta entre niebla a la hora de encender el gas, la lista por la
tarde, a la cual se llega arrojando el bofe!...

Ratapln! Ratapln!...

--Oh, el bosque de Vincennes, los vastos guantes de algodn blanco, los
paseos por las fortificaciones, la barrera de la Estrella, el cornetn
de pistn de la sala de Marte, la bebida en las afueras, las
confidencias entre los hipos, los tiles de encender que se desenvainan,
la romanza sentimental que se canta con una mano puesta en el
corazn!...

       *       *       *       *       *

Suea, suea, hombre infeliz, que no he de ir yo a impedrtelo!...
Golpea de firme en el tambor, toca haciendo un remolino con los brazos.
No puedes parecerme ridculo.

Si sientes la nostalgia de tu cuartel, no experimento yo la nostalgia
del mo?

A m me persigue mi Pars hasta aqu como el tuyo. T tocas el tambor
bajo los pinos. Yo emborrono cuartillas... Somos los dos unos
provenzales! All, en los cuarteles de Pars, echbamos de menos
nuestros Alpilles azules y el silvestre olor del tomillo; ahora, aqu,
en plena Provenza, nos falta el cuartel, y amamos todo cuanto nos lo
hace recordar...

       *       *       *       *       *

Las ocho suenan en la aldea. _Pistolete_, sin dejar sosegar los
palillos, ha decidido regresar... Oyesele bajar por el bosque, siempre
tocando... Y yo, tumbado sobre la hierba, enfermo de nostalgia, al or
el ruido del tambor que se aleja, creo ver desfilar entre los pinos a
todo mi Pars...

Ah, Pars!... Pars!... Pars siempre!




LAS EMOCIONES DE UN PERDIGON... ROJO


No ignoran ustedes que los perdigones andan en bandadas y anidan juntos
en el hueco de los surcos, para alzar el vuelo a la alarma ms
insignificante, desparramndose como los granos que arrojan a la tierra
para que produzcan. Mi acompaamiento particular es alegre y numeroso y
acampa en un llano junto a la linde de un gran bosque, donde tenemos
buen botn y magnficos refugios a uno y otro lado. Por eso, desde que
s correr, tengo buen plumaje y estoy bien alimentado, experimento la
alegra del vivir. Sin embargo, una cosa tename algo intranquilo y era
esa clebre conclusin de la veda, de que nuestras madres hablan en voz
baja unas con otras. Un viejo de nuestra banda me deca siempre acerca
de esto:

--No temas, Rojillo--me llaman Rojillo a causa de mi pico y de mis
patas, del color de la serba,--no temas, Rojillo. Yo te proteger el da
de la apertura de la caza, y estoy seguro de que no ha de ocurrirte nada
desagradable.

Es un macho viejo muy bribn y vivaracho todava, aun cuando tiene ya
sealada la _herradura_ en el pecho y algunas plumas blancas esparcidas
por el cuerpo. De joven recibi en un ala un perdign de plomo, y como
esto le ha hecho ser un poco pesado, mira dos veces antes de volar, mide
bien el tiempo y sale del apuro. Con frecuencia me llevaba consigo hasta
la entrada del bosque. Hay all una rara casita, escondida entre los
castaos, muda como una madriguera vaca y siempre cerrada.

--Mira bien esa casita, Rojillo--me deca el viejo;--cuando veas que
sale humo por la techumbre y estn abiertas la puerta y las ventanas,
mala seal para nosotros.

Y yo me fiaba de l, sabiendo positivamente que l era ducho en eso de
las aperturas de la caza.

Efectivamente, la otra maanita, al rayar el alba, o que me llamaban
muy bajito dentro del surco...

--Rojillo, Rojillo.

Era mi viejo macho. Miraba de una manera extraa.

--Vente en seguida--me dijo,--y haz lo que yo.

Lo segu medio adormilado, deslizndome por entre los terrenos, sin
volar, sin saltar casi, como un ratn.

bamos por el lado del bosque, y al pasar observ que haba humo en la
chimenea de la casita, luz en las ventanas, y frente a la puerta, de par
en par, unos cazadores, unos cazadores equipados completamente y una
tralla de perros que saltaban. Al pasar nosotros, grit uno de los
cazadores:

--Vamos a registrar el llano esta maana, y luego, despus de almorzar,
registraremos el bosque.

Entonces comprend por qu mi viejo compaero nos conduca tan aprisa a
la arboleda. A pesar de esto palpitbame el corazn, especialmente al
acordarme de mis pobres amigos.

De repente, cuando llegbamos al lindero, echaron al galope detrs de
nosotros a los perros...

--Agchate, agchate!--me dijo el viejo bajndose; al mismo tiempo, a
diez pasos de nosotros, una codorniz atemorizada abri cuanto pudo sus
alas y su pico, y tendi el vuelo dando un grito de miedo. O un
formidable ruido y nos rode un polvo de un olor extrao, blanco y
caliente, aunque apenas haba salido el sol. Estaba yo tan asustado que
ya me era imposible correr. Felizmente entrbamos en el bosque. Mi
camarada se acurruc tras una pequea encina, yo me coloqu junto a l y
ambos estuvimos all ocultos, mirando por entre las hojas.

En los campos oase un terrible fuego de fusil. A cada escopetazo
cerraba yo los ojos despavorido; despus, cuando los volva a abrir,
vea el llano inmenso y desnudo, y los perros corriendo, olfateando
entre las briznas de hierba, entre las gavillas, girando sobre s
mismos, alocados. Los cazadores juraban detrs de ellos y los llamaban;
las escopetas brillaban al sol. Hubo un momento en que me pareci ver
volar como hojas sueltas entre una nubecilla de humo, aun cuando en los
alrededores no haba rbol alguno. Pero el viejo macho me dijo que eran
plumas, y efectivamente a cien pasos frente a nosotros un hermoso
perdign gris cay dentro de un surco, doblando su cabeza ensangrentada.

Cuando ya el sol quemaba en lo alto, ces repentinamente el tiroteo. Los
cazadores regresaban hacia la casita, donde se oa chisporrotear una
gran hoguera de sarmientos. Conversaban con la escopeta al hombro,
discutan los disparos hechos, y mientras tanto sus perros seguanles
jadeantes, con la lengua colgando...

--Van a almorzar--me dijo mi compaero;--vamos a hacer nosotros lo mismo
que ellos.

Entramos en un sembrado de trigo morisco junto al bosque, un gran campo
blanco y negro, en flor y granado, con perfumes de almendra. Picoteaban
tambin all unos hermosos faisanes de irisadas plumas, bajando sus
crestas rojas por temor a ser vistos. Ah! Estaban menos altivos que de
ordinario! Mientras coman, nos pidieron noticias preguntndonos si
haba cado alguno de los suyos. Durante este tiempo, el almuerzo de los
cazadores, silencioso al principio, hacase cada vez ms bullicioso,
oamos chocar las copas y saltar los corchos de las botellas. El viejo
macho me previno que ya era hora de volver a nuestro refugio.

Poda decirse que a la sazn el bosque dorma. La charca adonde acuden
los gamos a beber no estaba enturbiada por ningn lengetazo. No se vea
un hocico de conejo entre los serpoles del vivar. Percibase solamente
un estremecimiento misterioso, como si cada hoja, cada brizna de hierba
protegiese una vida amenazada. Esa caza de monte tiene tantos
escondrijos! Las gazaperas, la montanera, las fajinas, las malezas y
adems los hoyitos de bosque que durante tanto tiempo conservan el agua
llovediza. Confieso que me hubiera agradado estar en el fondo de uno de
esos agujeros; mas mi acompaante prefera estar al descubierto, tener
anchuras, ver a lo lejos y sentir ante s el campo libre. Hicimos bien,
porque los cazadores se internaban en la selva.

Oh! No podr olvidar jams aquella primera descarga en el bosque, aquel
tiroteo que horadaba las hojas como el granizo en abril y sealaba las
cortezas de los rboles. Un conejo pas huyendo a todo correr a travs
del camino, arrancando matitas de hierba con sus uas extendidas. Una
ardilla descendi precipitadamente de un castao, dejando caer castaas
an verdes. Sintironse dos o tres pesados revuelos de gordos faisanes y
un barullo entre las ramas bajas y las hojas secas, al viento de ese
escopetazo que agit, despert y atemoriz a todo bicho viviente en el
bosque. Los musgaos se ocultaban en lo ms hondo de sus agujeros. Un
escarabajo, que sali del hueco del rbol que nos guareca, mova sus
ojos prominentes y estpidos, yertos de terror. Por doquiera veanse
pobres bichitos azorados, liblulas azules, moscardones, mariposas...
hasta un saltamontes pequeito con alas de color escarlata, que se
detuvo junto a mi pico; pero tambin yo estaba sumamente asustado para
aprovecharme de su miedo.

El viejo, por su parte, segua siempre tan tranquilo. Muy atento a los
ladridos y a los disparos, hacame seas cuando se aproximaban y nos
bamos un poco ms lejos, fuera de la pista de los perros, y muy ocultos
entre el follaje. Sin embargo, una vez mi sobresalto fue tremendo,
porque nos consideramos ya perdidos. La calle de rboles que tenamos
que cruzar estaba guardada a cada extremo por un cazador que atisbaba.
Por un lado, un mocetn con patillas negras, quien sonaba como una
panoplia vieja cuando se mova, con su cuchillo de monte y su cartuchera
y el cuerno de municiones, sin mencionar que sus polainas hebilladas
hasta las rodillas le hacan parecer an ms alto; en el otro extremo,
un viejecito, apoyado muy tranquilamente en un rbol, fumaba en su pipa,
guiando los ojos como si tuviera sueo. Este no me asustaba, sino el
mocetn de all abajo...

--No entiendes nada de esto, Rojillo--me dijo mi camarada rindose. Y
sin temor ninguno, con las alas abiertas de par en par, alz el vuelo
casi entre las piernas del terrible cazador de las patillas. Y la verdad
es que el pobre hombre estaba tan engolfado con todos sus atavos de
caza, tan distrado contemplndose de arriba abajo, que cuando se ech
al hombro la escopeta nos encontrbamos ya fuera de su alcance. Ah! Si
cuando los cazadores creen estar solos en un rincn de un bosque,
supieran cuntos ojuelos fijos les miran desde los matorrales, cuntos
piquitos puntiagudos contienen la risa al ver su torpeza!...

Nosotros andbamos, andbamos sin detenernos. Considerando que lo mejor
que poda hacer era seguir a mi viejo acompaante, mis alas se
desplegaban a comps de las suyas, para replegarse y quedar inmviles
tan pronto como l se detena. Aun me parece ver todos los sitios por
donde pasamos: el conejar cuajado de brezos, lleno de madrigueras junto
a los rboles amarillentos, con esa gran cortina de robledales donde
crea ver escondida la muerte por doquiera, y la verde sendita por donde
mi madre la Perdiz haba paseado tantas veces su pollada bajo el sol de
mayo, donde picotebamos, saltando, las hormigas rojas que suban por
nuestras patas, donde encontrbamos faisanitos cebados, gordos como
pollastres, y que se negaban a jugar con nosotros.

Vi como en un sueo mi senderito, en el momento en que lo atravesaba una
corza, erguida sobre sus delgadas patas con los ojos muy abiertos y
dispuesta a saltar. Despus, la balsa adonde acudamos en partidas de
quince o treinta, todos al mismo vuelo, alzndonos en un momento de la
llanura, para beber el agua del manantial y salpicarnos de gotitas que
rodaban sobre el lustroso plumaje... En medio de esa charca haba una
aliseda, algo as como un ramillete muy espeso, y en aquel islote nos
guarecimos. Hubiera sido necesario que los perros tuviesen una nariz de
primera para ir a buscarnos en aquel sitio. A poco de llegar nosotros,
presentose un corzo arrastrndose sobre tres patas y dejando tras de s
un surco rojo sobre el musgo. Daba tanta tristeza el verlo, que ocult
la cabeza bajo las hojas; pero oa al herido beber en la charca
resollando y ardiendo en fiebre...

Declinaba el da. Los disparos de escopeta se alejaban y disminuan en
nmero. Despus qued todo en silencio... Aquello haba terminado.
Entonces regresamos despacio a la llanura, para saber algo de nuestra
gente. Al pasar por delante de la casita de madera, presenci una cosa
horrible.

En el borde de un hoyo, los unos cerca de los otros, yacan liebres de
rojo pelo y conejillos grises de cola blanca, con las patitas juntas por
la muerte, en actitud de implorar misericordia, y con ojos empaados
como si llorasen; adems, perdices rojas, machos de perdiz grises, con
la _herradura_ como mi camarada, y perdigoncillos de aquel ao que, como
yo, tenan todava pelusa debajo de las plumas. Hay nada ms ttrico
que una ave muerta?  Las alas son tan vivas! El verlas plegadas y fras
hace temblar... Un gran corzo, magnfico y tranquilo, pareca dormir,
con su lengecita sonrosada fuera de la boca, cual si aun fuese a lamer.

Y tambin estaban all los cazadores, inclinados sobre aquella
carnicera, contando y tirando hacia sus morrales de las patas
ensangrentadas y de las alas rotas, con menosprecio de todas esas
heridas recientes. Los perros, atraillados para el camino, fruncan an
sus hocicos en ristre, como si se dispusiesen a volver a lanzarse a los
tallares del soto.

Oh, mientras el ancho sol ocultbase all abajo y se alejaban todos
jadeantes, agrandando sus sombras sobre los terrones de los surcos y las
sendas hmedas con el sereno del crepsculo, cmo maldeca yo, cmo
odiaba a toda la banda, hombres y animales!... Ni mi compaero ni yo
podamos lanzar, como de costumbre, unas notitas de despedida a ese da
que expiraba.

Vimos en nuestro camino infelices bestezuelas, muertas por un extraviado
perdign de plomo y sirviendo de pasto a las hormigas; musgaos con el
hocico lleno de polvo, picazas, golondrinas derribadas al vuelo,
tendidas de espaldas y levantando sus yertas patitas hacia el cielo, de
donde descenda la noche precipitadamente, como suele en otoo, clara,
fra y hmeda. Pero lo que ms profundamente conmovi todo mi ser fue
or en los linderos del bosque, al margen del prado y all abajo en los
juncales del ro, llamamientos angustiosos, tristes y diseminados, que,
no siendo contestados por nadie, iban a perderse en las lejanas del
espacio.




EL EMPERADOR CIEGO

O VIAJE A BAVARIA PARA BUSCAR UNA TRAGEDIA JAPONESA


I

EL SEOR CORONEL DE SIEBOLDT


El seor de Sieboldt, el coronel bvaro al servicio de Holanda, seor de
Sieboldt cuyas notables obras acerca de la flora japonesa le han
conquistado merecida reputacin en los crculos cientficos, lleg a
Pars, durante la primavera de 1866, para someter al Emperador un vasto
proyecto de asociacin internacional para la explotacin de ese
maravilloso _Nipon-Jepen-Japon_ (Imperio de la salida del Sol), donde
haba residido durante ms de treinta aos. Esperando que se le
concediera una audiencia en las Tulleras, el ilustre viajero (que no
obstante su larga permanencia en el Japn haba continuado siendo muy
bvaro), pasaba sus veladas en una pequea cervecera del arrabal
Poissonnire, acompaado por una seorita joven de Munich que viajaba
con l, y a quien presentaba como sobrina suya en todas partes. All fue
donde lo encontr yo. Al entrar l, volvanse todos para contemplar la
fisonoma de ese anciano, firme y tieso con sus setenta y dos aos, sus
largas barbas canas, su interminable hopalanda, su ojal lleno de cintas
con los distintivos de todas las academias cientficas, y aquel extrao
aspecto, que revelaba a un tiempo timidez y desenvoltura. El coronel se
sentaba con mucha seriedad y sacaba del bolsillo un gran rbano negro;
despus la joven seorita que lo acompaaba, con todas las trazas de una
alemana, de falda corta, chal de cenefa y sombrerito de viaje, cortaba
ese rbano en rodajas muy finas, al estilo de la tierra, las
espolvoreaba de sal, se las ofreca a su _to_, como ella le llamaba con
su vocecita de ratn, y los dos empezaban a rumiar uno frente a otro,
tranquila y sencillamente, sin suponer que su manera de conducirse en
Pars pudiera parecer a nadie ridcula, puesto que no hacan ni ms ni
menos que lo que haban hecho en Munich. Verdad es que eran una pareja
original y simptica, y no tardamos en ser buenos amigos. El bueno del
hombre, viendo la satisfaccin que experimentaba oyndole hablar del
Japn, habame pedido que revisara su Memoria, y yo me apresur a
complacerlo, no slo por amistad hacia ese viejo Simbad, sino tambin
para enfrascarme ms y ms en el estudio de ese hermoso pas, el amor al
cual me haba transmitido. La tal revisin me fue muy penosa. Toda la
Memoria estaba escrita en el francs estrafalario que hablaba el seor
de Sieboldt: Si yo tenga accionistas... si yo _reunira_ fondos...
esos defectos de pronunciacin que le hacan escribir desatinos como
stos: Los grandes _botes_ del Asia por los grandes _vates_ del Asia
y el _Jabn_ en lugar de el _Japn_... Agrguese a esto, frases de
cincuenta lneas sin signos de puntuacin, sin una sola coma, sin ningn
descanso para respirar, y, no obstante, tan bien clasificadas en el
cerebro del autor, que le pareca imposible suprimir ni una sola
palabra, y cuando me ocurra tachar una lnea en un lado, la volva l a
escribir un poco ms lejos... Lo mismo da! Lo cierto es que ese diablo
de hombre era tan interesante con su _Jabn_, que me haca olvidar las
fatigas del trabajo, y llegado el da de la audiencia, la Memoria casi
poda caminar por s sola.

Pobre veterano Sieboldt! Todava me parece verlo irse a las Tulleras,
con todas sus cruces en el pecho, con ese brillante uniforme de coronel
(grana y oro) que no desembaulaba ms que en las grandes ocasiones. Aun
cuando todo el tiempo estaba brum! brum! irguiendo su elevada
estatura, adivin su emocin por el temblor de su brazo sobre el mo, y
especialmente, por la inslita palidez de su nariz, un narign de
sabihondo, rojo por el estudio y por la cerveza de Munich. Cuando volv
a encontrarlo, por la noche, estaba triunfante: Napolen III lo haba
recibido entre dos puertas, escuchado durante cinco minutos y despedido
con su frase ordinaria: Ver... pensar en ello. Sin ms que eso, el
cndido japons intentaba ya adquirir en arrendamiento el primer piso
del _Gran-Htel_, poner comunicados en los peridicos, publicar
prospectos; costome gran trabajo hacerle comprender que Su Majestad
quiz se tomase mucho tiempo para reflexionar y que, mientras, lo ms
conveniente sera que volviera a Munich, donde la cmara estaba
precisamente a punto de votar un crdito para la adquisicin de sus
grandes colecciones. Mis advertencias lo convencieron, y en recompensa
del trabajo que me tom con su famosa Memoria, me prometi al marchar
enviarme una tragedia japonesa del siglo XVI, preciosa obra maestra
desconocida por completo en Europa, y que haba traducido _ex profeso_
para su amigo Meyerbeer. Cuando muri el maestro, se dispona a escribir
la msica de los coros. Como ustedes ven, el excelente hombre deseaba
hacerme un verdadero obsequio.

Desgraciadamente, algunos das despus de su partida, estall la guerra
en Alemania, y no volv a or hablar ms de mi tragedia. Habiendo
invadido los prusianos los reinos de Wrtemberg y de Bavaria, era
bastante natural que su ardor patritico y el gran trastorno de la
invasin hubieran hecho olvidar al coronel la tragedia japonesa que,
segn me haba manifestado, se titulaba _Emperador ciego_. Pero yo
pensaba en l ms que nunca, y, no slo por deseos de poseer la obra
ofrecida, sino tambin por curiosidad de ver de cerca lo que era la
guerra, la invasin (Dios mo, ahora la recuerdo muy bien con todos sus
horrores!) lo cierto es que una maana temprano resolv marchar a
Munich.




II

LA ALEMANIA DEL SUR


Pueden ustedes hablarme de los pueblos de sangre gorda! En plena
guerra, con ese sol achicharrante del mes de agosto, todo el pas de ms
all del Rhin, desde el puente de Kehl hasta Munich, tena su aspecto
tan fro y tan poco inquieto. Por las treinta ventanillas del vagn
wrtembergus que me conduca lenta y pesadamente a travs de la Suabia,
desfilaban paisajes, montaas, torrenteras, quebradas de magnfico
verdor en que se senta la frescura de los arroyos. Por las pendientes
que desaparecan girando segn avanzaban los vagones, haba aldeanas
tiesas en medio de sus rebaos, vestidas con sayas coloradas y corpios
de terciopelo, y los rboles eran tan verdes en derredor suyo, que
pareca todo aquello una pastorela sacada de una de esas cajitas de
abeto, que tan bien huelen a resina y a pino, de los bosques del Norte.
De trecho en trecho, una docena de soldados de infantera vestidos de
verde marcaban el paso en una pradera, con la cabeza erguida y una
pierna al aire, llevando sus fusiles a modo de ballestas: era el
ejrcito de cualquier principillo de Nassau. A veces tambin pasaban
trenes tan lentos como el nuestro, cargados con grandes barcas, donde
los soldados wrtembergueses, amontonados como en una carroza alegrica,
cantaban barcarolas a tres voces, al huir ante los prusianos. Y nuestras
detenciones en todas las fondas, la inalterable sonrisa de los
camareros, aquellas redondas caras tudescas ensanchadas, con la
servilleta debajo de la barba, ante enormes tajadas de carne en salsa, y
el parque real de Stuttgart por el que circulan multitud de carretelas,
de galas, de cabalgatas, la msica tocando valses y cancanes alrededor
de las fuentes, mientras se combata en Kissingen; cierto que, al
acordarme de todo esto y pensar en lo que he visto cuatro aos despus
en ese mismo mes de agosto, esas locomotoras frenticas corriendo sin
saber a dnde, como si la insolacin hubiese enloquecido sus calderas,
los vagones detenidos en pleno campo de batalla, los carriles cortados,
los trenes pasando apuros, Francia mermada de da en da segn se haca
ms corta la lnea frrea del Este, y en todo el trayecto de las
abandonadas vas, el hacinamiento siniestro de esas estaciones,
solitarias en un pas perdido, llenas de heridos olvidados all como
bagajes... creo que aquella guerra de 1866 entre Prusia y los Estados
del Sur no era ms que una guerra ficticia, y que, a pesar de cuanto nos
hayan podido decir, _lobo a lobo no se muerde_, si estos lobos son
germanos.

Para convencerse de ello, es suficiente ver a Munich. La noche de mi
llegada, una hermosa noche de domingo llena de estrellas, toda la
poblacin vagaba por las calles. Flotaba en el aire un alegre rumor
confuso, tan vago ante la luz como el polvo que levantaban los pasos de
todos aquellos paseantes. En el fondo de las bodegas de cerveza,
abovedadas y frescas; en los jardines de las cerveceras, donde mecan
sus plidas luces los farolillos de colores; por todas partes,
mezclndose con el ruido de las pesadas tapaderas al caer sobre la boca
de los jarros de cerveza, percibanse las notas del triunfo que salan
de los instrumentos de metal y los suspiros de los de madera.

En una de esas cerveceras filarmnicas, encontr al coronel Sieboldt,
sentado, con su sobrina, ante su eterno rbano negro.

En la mesa contigua tomaba un _bock_ el ministro de Negocios
Extranjeros, acompaado del to del Rey. Alrededor, burgueses con sus
familias, oficiales con gafas y estudiantes con gorritas encarnadas,
azules, verdemar, graves todos y silenciosos, escuchaban muy atentamente
la orquesta de M. Gungel, y miraban subir el humo de sus pipas sin
importrseles un ardite de Prusia, como si no existiera. Al verme, el
coronel pareci turbarse un poco, y advert que bajaba la voz para
hablarme en francs. En torno nuestro cuchicheaban: _Franzose...
Franzose..._ Todos me miraban con manifiesta antipata: Salgamos--me
dijo el seor de Sieboldt, y cuando estuvimos fuera, encontr en l su
agradable sonrisa de otros tiempos. El buen hombre no haba olvidado su
promesa, pero la clasificacin de su coleccin japonesa, que acababa de
vender al Estado, le tena ocupadsimo. Por eso no me haba escrito. En
cuanto a mi tragedia, estaba en Wrzburgo, en poder de la seora de
Sieboldt, y para llegar hasta all necesitaba una autorizacin especial
de la Embajada Francesa, porque los prusianos se acercaban a Wrzburgo y
era ya muy difcil el conseguir entrar en dicha poblacin. Tena tales
deseos de poseer mi _Emperador ciego_, que a no ser por el temor de
encontrar acostado al seor de Trevise, hubiera ido aquella misma noche
a la Embajada.




III

EN DROSCHKE


El fondista de la _Grappe Bleu_ me hizo montar al da siguiente bien
temprano en uno de esos pequeos vehculos de alquiler que no faltan
nunca en los patios de las fondas para ensear a los viajeros las
curiosidades de la ciudad, y desde donde se os aparecen como entre las
hojas de una gua los monumentos y las calles ms importantes. No se
trataba entonces de llevarme a ver la ciudad, sino de conducirme a la
Embajada Francesa:--_Franzsische Ambassad!_--repiti el fondista dos
veces. El cochero, un hombrecillo con traje azul y un sombrero enorme,
pareca muy asombrado del nuevo destino que se daba a su coche, a su
_droschke_ (segn dicen en Munich). Pero mi sorpresa fue mucho mayor que
la suya, cuando le vi volver la espalda al barrio noble, entrar en una
larga ronda de arrabal, llena de fbricas, casas de obreros y
jardinillos, atravesar las puertas y conducirme fuera de la ciudad.

--Embajada Francesa?--le preguntaba yo frecuentemente con inquietud.

--_Ya, ya_--responda el hombrecillo, y seguamos rodando. Deseaba pedir
algunos otros informes; pero era imposible porque mi conductor no
hablaba francs, y yo mismo por aquella poca slo conoca de la lengua
alemana dos o tres frases muy elementales, en que se trataba de pan,
cama y comida, y en manera alguna de embajador. Y aun esas frases no
poda pronunciarlas ms que cantando; he aqu por qu.

Algunos aos antes, haba emprendido con un camarada tan loco como yo, a
travs de Alsacia, Suiza y el Ducado de Badn un verdadero viaje de
buhonero, con el saco a cuestas, a jornadas de doce leguas, rodeando las
poblaciones de las cuales slo desebamos ver las puertas, y marchando
siempre por sendas y atajos sin saber a dnde nos conduciran. Esto nos
proporcionaba, frecuentemente, la sorpresa de pernoctar a campo raso o
bajo el alero desmantelado de alguna granja; pero lo que haca ms
accidentada nuestra excursin es que ni uno ni otro sabamos una palabra
alemana. Con el auxilio de un diccionario de bolsillo, que compramos al
pasar por Basilea, llegamos a construir algunas frases muy sencillas,
tan inocentes como _Vir vllen trnken bier_ (deseamos beber cerveza),
_Vir vllen essen kse_ (queremos comer queso); desgraciadamente, por
poco complicadas que parezcan, nos costaba mucho trabajo retener en la
memoria esas malditas frases. No las tenamos en la punta de la lengua,
como dicen los cmicos. Ocurrisenos entonces la idea de ponerlas en
msica, y tan bien se adaptaba a ellas la tonadilla que compusimos, que
las palabras penetraron en nuestra memoria con las notas, y ya no podan
salir de all las unas sin arrastrar consigo las otras. Curiossima era
la cara que ponan los posaderos badeneses cuando por la noche
entrbamos en el gran comedor del Gasthaus, y despus de desatar
nuestras mochilas, cantbamos con voz retumbante:

    Vir vllen trnken bier (_bis_)
    Vir vllen, ya, vir vllen
                Ya!
    Vir vllen trnken bier.

Pero desde entonces ac me he _perfeccionado_ en el alemn. He tenido
tantas ocasiones de aprenderlo!... Mi vocabulario se ha enriquecido con
una infinidad de locuciones, de frases. Aunque ya las hablo, no las
canto... Oh, no; no me entran deseos de cantarlas!...

Pero volvamos a mi coche.

Andbamos muy despacio, por una avenida orillada de rboles y casas
blancas. De repente, detvose el cochero.

--_Da!_--me dijo, sealndome una casita oculta bajo las acacias, y que
me pareci muy silenciosa y retirada para ser una Embajada. En un ngulo
de la pared brillaban junto a una puerta tres botones de cobre
superpuestos. Tiro de uno al azar, brese la puerta y entro en un
vestbulo elegante y cmodo, con flores y alfombras por doquier. En la
escalera estaban colocadas media docena de camareras bvaras que haban
acudido al or mi campanillazo, con aquel aspecto de pjaros sin alas
tan poco gracioso, que tienen todas las mujeres del lado all del Rhin.

Pregunto:--Embajada Francesa?--Me lo hacen repetir dos veces y hete
aqu que empiezan a rer, pero a rer haciendo retemblar la baranda con
sus estremecimientos. Me vuelvo furioso hacia mi cochero, y le hago
comprender a fuerza de gestos que se ha equivocado, que la Embajada no
est all.

--Ya, ya--responde el hombrecillo sin inmutarse, y volvemos a Munich.

Forzoso es creer que nuestro embajador de entonces variaba de
domicilio, frecuentemente, o bien que por no alterar mi cochero las
costumbres de su coche se le haba antojado hacerme visitar, que quieras
que no, la ciudad y sus inmediaciones. Lo cierto es que pasamos toda la
maana recorriendo Munich en todos los sentidos, en busca de aquella
fantstica Embajada. Despus de otros dos o tres intentos, acab por no
apearme ya del coche. El cochero iba y vena, detenase en ciertas
calles y haca como que se informaba. Me dej llevar sin hacer otra cosa
que mirar en mi derredor. Qu ciudad ms aburrida y fra ese Munich,
con sus grandes paseos, sus alineados palacios, sus calles
extraordinariamente anchas y donde resuenan los pasos, su museo al aire
libre de notabilidades bvaras tan muertas dentro de sus blancas
estatuas!

Qu gran nmero de columnas, de arcos, de frescos, de obeliscos, de
templos griegos, de propleos, de dsticos en letras doradas sobre los
frontones! Todo esto esforzndose por parecer grandioso, pero parece
como que se siente el vaco y el nfasis de aquella falsa grandeza, al
ver en todos los confines de las avenidas los arcos triunfales por
donde no pasa ms que el horizonte, los prticos abiertos sobre el
espacio azul. Del mismo modo me imagino yo esas ciudades fantsticas,
mezcla de Italia y de Alemania, por donde Musset hace pasearse el
incurable tedio de su Fantasio y la peluca solemne y necia del prncipe
de Mantua.

Cinco o seis horas dur esta carrera en coche, despus de las cuales el
cochero volvi a llevarme triunfalmente al patio de la _Grappe-Bleue_,
haciendo restallar su ltigo, orgullossimo de haberme enseado a
Munich. En cuanto a la Embajada, termin por encontrarla dos calles ms
all de mi fonda, pero el descubrimiento no me sirvi para nada, porque
el canciller se neg a darme pasaporte para Wrzburgo. Segn parece,
ramos muy mal vistos por aquellos das en Baviera, un francs no
hubiera podido aventurarse sin peligro hasta los puestos avanzados.
Fueme por lo tanto preciso aguardar en Munich a que la seora de
Sieboldt tuviera ocasin de hacer llegar a mis manos la tragedia
japonesa.




IV

EL PAS DE LO AZUL


Rareza humana! Esos buenos bvaros, que tanto nos vituperaban por no
haberles ayudado en esa guerra, no experimentaban la ms mnima
animosidad contra los prusianos. Ni vergenza por las derrotas, ni odio
al vencedor. Es el primer ejrcito del mundo!--me deca orgulloso el
fondista de la _Grappe-Bleue_, al siguiente da de la batalla de
Kissingen;--y sa era la opinin general en Munich. En los cafs
arrebatbanse de las manos los peridicos de Berln. Rean hasta
desternillarse las cuchufletas del _Kladderadatsch_, esas burdas
chacotas berlinesas tan pesadas como el famoso martillo-piln de la
fbrica de Krupp, de cincuenta mil kilogramos. No dudando nadie acerca
de la prxima entrada de los prusianos, cada cual preparbase a
recibirlos bien. Las cerveceras almacenaban gran nmero de salchichas
y de cochinillos de leche. En las casas particulares preparaban
alojamientos de oficiales.

Los nicos que mostraban alguna inquietud eran los Museos. Un da, al
entrar en la Pinacoteca, encontr desnudas las paredes, y a los
empleados clavando grandes cajones llenos de cuadros preparados para
salir hacia el Sur. Se tema que el vencedor, muy respetuoso para con la
propiedad particular, no lo fuese tanto con las colecciones del Estado.
Por esta razn, de todos los Museos de la ciudad, slo permaneca
abierto el del seor de Sieboldt. En su calidad de oficial holands y
condecorado con la cruz del Aguila de Prusia, pensaba el coronel que
nadie intentara atacar su coleccin en su presencia. Y mientras
esperaba la llegada de los prusianos, pasebase con su uniforme de gala
a travs de los tres largos salones que el Rey le haba concedido en el
jardn de la corte, especie de Palais-Royal ms verde y ttrico que el
francs, rodeado de claustrales muros pintados al fresco.

Esas curiosidades expuestas con rtulos en ese gran palacio triste
constituan, efectivamente, un museo, conjunto melanclico de cosas
tradas de pases muy lejanos, separadas de su medio ambiente. El mismo
veterano Sieboldt pareca que formaba parte de l por su aspecto
extrao. Todos los das lo visitaba y pasbamos juntos largas horas
hojeando esos manuscritos japoneses ilustrados con lminas, esos libros
cientficos o histricos, unos tan inmensos que no se podan abrir ms
que en el suelo, otros tan largos como una ua, solamente legibles con
una lupa muy potente, dorados, finos, preciosos. El seor de Sieboldt me
haca admirar su enciclopedia japonesa en noventa y dos tomos, o me
traduca una oda del _Hiah-nin_, obra valiossima que haba sido
publicada bajo los auspicios de los emperadores japoneses, y donde estn
las biografas, los retratos y fragmentos lricos de los cien poetas ms
famosos del Imperio. Despus ordenbamos su coleccin de armas, los
cascos de oro con anchas carrilleras, las corazas, las cotas de mallas y
esos largos sables de mandoble que requirieron su caballero templario y
con los cuales puede abrirse el vientre tan bien.

Explicbame las divisas de amor pintadas sobre las frgiles lminas de
ncar, me introduca en los hogares domsticos japoneses mostrndome el
modelo de su casa en Yeddo, una miniatura de laca, al que no faltaba un
solo detalle, desde las cortinillas de seda de las ventanas hasta las
grutas artificiales de rocalla del jardn, un jardinillo minsculo
adornado con plantas enanas de la flora indgena. Lo que me agradaba
tambin mucho eran los objetos del culto japons, sus diminutos dioses
de madera pintada, las casullas, los vasos sagrados y esas capillas
porttiles, verdaderos teatros de muecas, que conservan los fieles en
un rincn de su casa. Los pequeos dolos rojos estn alineados en el
fondo, hacia adelante pende una cuerdecita con nudos. Al ir a comenzar
el japons su oracin, se inclina y toca con este cordn un timbre que
brilla junto al altar, excitando de este modo la atencin de sus dioses.
Tena yo un placer infantil en hacer sonar estos timbres mgicos y
dejando que mis ensueos volasen en alas de esas ondas sonoras hasta el
fondo de esas Asias orientales donde el sol que nace parece haberlo
dorado todo, desde las hojas de sus enormes sables hasta los cantos de
sus diminutos libros.

Las calles de Munich producanme un extrao efecto al salir de all con
los ojos deslumbrados por todos aquellos reflejos de laca y jade, por
los chillones colores de los mapas geogrficos, especialmente los das
en que el coronel me haba ledo una de aquellas odas japonesas de una
poesa casta, sublime, tan original como profunda. El Japn y Baviera,
estos dos pases nuevos para m, que iba conociendo casi al mismo
tiempo, mirando al uno al travs del otro, se mezclaban y confundan
dentro de mi cerebro, convertidos en una especie de paisaje vago, en el
pas de lo azul. Aquella lnea azulada de los viajes que acababa de
contemplar en las tazas japonesas, representando los rasgos de las nubes
y el boceto de las aguas, la perciba en los azulados frescos de los
muros. Y esos soldados azules que se adiestraban en el manejo de las
armas en las plazas, con sus cascos japoneses, y ese cielo despejado y
tranquilo, azul como la flor del _Vergiss-meinnicht_, y ese cochero
azul, que me conduca a la fonda de la _Grappe-Bleue_!




V

PASEO SOBRE EL STARNBERG


Tambin se armonizaba con las visiones azuladas del pas entrevisto por
m el lago centelleante, que espejea en lo ms recndito de mi memoria.
Slo con escribir ese nombre de Starnberg, he vuelto a ver cerca de
Munich la extensa superficie de agua, tersa, llena de cielo, familiar y
viva por el humo de un vaporcillo que costeaba sus orillas. Rodendola,
las obscuras masas de los grandes parques, separadas de trecho en
trecho, y como rotas por la blancura de las casas de campo. Ms arriba
villorrios con los aleros apiados, nidos de casas colocados sobre los
ribazos escarpados, ms arriba an, las montaas del Tirol, lejanas, del
color del aire en que flotan, y en un extremo de ese cuadro algo
clsico, pero tan encantador, el viejo, viejsimo batelero, con sus
largas polainas y su chaleco rojo con botones de plata, quien me pase
un domingo entero enorgullecindose de llevar un francs en su barca.

No era la primera vez que disfrutaba semejante honor. Acordbase
perfectamente de haber hecho pasar en su juventud el Starnberg a un
oficial. Haca de esto sesenta aos, y por el respeto con que me hablaba
el buen hombre, comprend la impresin que debi de causarle aquel
francs de 1806, algn gracioso Oswaldo del primer imperio, con su
pantaln coln, sus botas con arrugas en la caa, un gigantesco
_schapska_ y atrevimientos de vencedor. Si el barquero del Starnberg
vive todava, dudo que admire tanto a los franceses.

Los habitantes de Munich pasean sus alegras del domingo sobre ese
hermoso lago y dentro de los abiertos parques de las residencias que lo
circundan. La guerra no haba alterado esta costumbre: El da que yo
pas en l, al borde del agua, estaban atestados de gente los
merenderos, gruesas seoras sentadas en corro ahuecaban sus faldas sobre
las praderas. Por entre las ramas que se cruzan sobre el lago azul,
veanse grupos de Gretchen y de estudiantes, envueltos en una aureola de
humo de las pipas. Algo ms lejos, en un claro del parque Maximiliano,
una boda de campesinos, lucida y ruidosa, beba delante de largas tablas
colocadas en banquillos, en tanto que un guarda de monte, con uniforme
verde y escopeta en mano, en la actitud de un hombre que dispara,
enseaba a manejar ese maravilloso fusil de aguja, que con tanto xito
empleaban los prusianos. Me era necesario el verlo para acordarme de que
se combata a tan corta distancia de nosotros. Y sin embargo, era de
creer que haba guerra, puesto que aquella misma noche, cuando regresaba
a Munich, vi en una plazuela, abrigada y recogida como una capilla de
iglesia, cirios que ardan alrededor de una _Maria-Sule_, y mujeres
arrodilladas, cuyos prolongados sollozos eran interrumpidos por las
plegarias.




VI

LA BAVARIA


No obstante lo mucho que desde hace algunos aos se ha escrito acerca de
la patriotera francesa, nuestras necedades patriticas, nuestras
vanidades y nuestras fanfarronadas, no creo que exista en Europa un
pueblo ms pretencioso, ms vano, ms infatuado consigo mismo que el
pueblo de Baviera. Su cortsima historia, diez pginas sueltas de la de
Alemania, puede leerse en las calles de Munich, gigantesca,
desproporcionada, toda en pinturas y en monumentos, como uno de esos
libros que se regalan a los nios como aguinaldo, con poco texto y
muchas lminas. En Pars slo tenemos un arco de triunfo. En Baviera hay
diez, el prtico de las Victorias, el prtico de los Mariscales, y no s
cuntos obeliscos erigidos _Al valor heroico de los guerreros bvaros_.

Ser grande hombre en este pas es conveniente, porque est seguro de
que su nombre ser grabado en todas partes en mrmoles y bronces, y se
le erigir una estatua, por lo menos, en medio de una plaza o en lo alto
de algn friso entre victorias de mrmol blanco. Esa monomana por las
estatuas, las apoteosis y los monumentos conmemorativos, hasta tal
extremo llega entre estas buenas gentes, que en las esquinas de las
calles tienen puestos pedestales vacos, dispuestos para los
desconocidos grandes hombres que surjan en el porvenir. En este momento
deben de estar ya ocupados casi todos ellos. Les ha suministrado la
guerra de 1870 tantos hroes, tantos episodios gloriosos!

Me complazco figurarme, por ejemplo, al ilustre general _von der_ Than
ligero de ropas, segn la antigua usanza, en medio de un verde
jardinillo, con un hermoso pedestal adornado con bajos relieves que
representen por un lado los _Guerreros bvaros incendiando la aldea de
Bareilles_, y por el otro, los _Guerreros bvaros rematando a los
heridos franceses en la ambulancia de Woerth_. Qu grandioso monumento
ser!

No contentos con tener tan profusamente esparcidos por la ciudad sus
grandes hombres, los bvaros los han reunido en un templo construido a
las puertas de Munich, y al cual denominan la _Sala de la gloria_. Bajo
un ancho prtico con columnas de mrmol que dan vuelta formando tres
lados de un cuadrado, estn colocados en repisas los bustos de los
electores, de los reyes, de los generales, de los abogados, etctera.
(El catlogo est de venta en la portera).

Algo delante elvase una colosal estatua, una _Bavaria_ de noventa y dos
pies de altura, erguida sobre el ltimo rellano de una de esas grandes
escalinatas tan melanclicas que ascienden al descubierto entre el verde
follaje de los jardines pblicos. Con su piel de len al hombro, su
espada en una mano, y la corona de la gloria (en todas partes la
gloria!) en la otra, al ver aquella inmensa mole de bronce, al fin de
uno de esos das de agosto en que las sombras se alargan de un modo
extraordinario, llenaba la silenciosa llanura con su actitud enftica.
Alrededor de ella, a lo largo de la columnata, los perfiles de los
hombres clebres hacan muecas al sol poniente. Y todo aquello tan
desolado, tan ttrico! Al or resonar mis pasos sobre las losas, volva
a experimentar aquella impresin de grandeza en el vaco que me
atormentaba desde mi llegada a Munich.

Una escalerilla de fundicin asciende dando vueltas por el interior de
la _Bavaria_. Se me antoj subir hasta lo ms alto y sentarme un momento
dentro de la cabeza del coloso, un saloncito redondo alumbrado por dos
ventanas que son los ojos. A pesar de esos ojos abiertos un direccin al
horizonte azul de los Alpes, el calor all dentro era asfixiante. El
bronce caldeado por el sol, me envolva en un calor pesadsimo. Fueme
preciso bajar ms que a escape. Pero, lo mismo da. Eso me fue suficiente
para conocerte, oh, gran _Bavaria_ inflada y sonora! Haba visto tu
pecho sin corazn, tus rollizos brazos de cantante hinchados y sin
msculos, tu espada de metal repujado, y sentido dentro de tu hueca
cabeza la pesada borrachera y el aplanamiento cerebral de un bebedor de
cerveza. Y pensar que, al emprender esa insensata guerra de 1870,
contaron contigo nuestros diplomticos! Ah, si ellos se hubiesen
tomado tambin la molestia de subir por dentro de la _Bavaria_!




VII

EL EMPERADOR CIEGO!


A los diez das de estancia en Munich, no haba recibido an ninguna
noticia de mi tragedia japonesa. Comenzaba a desesperar de poseerla,
cuando una noche, en el jardn de la cervecera donde acostumbrbamos
comer, vi llegar a mi coronel con la cara llena de jbilo.

--Ya est en mi poder!--me dijo,--venga maana por la maana al museo.
La leeremos juntos. Ya ver qu bonita es!

Estaba muy animado aquella noche. Sus ojos brillaban al hablar. Recitaba
en alta voz pasajes de la tragedia e intentaba cantar los coros. Ms de
una vez creyose obligada su sobrina a hacerle callar:--To, to!--Yo
atribua aquella fiebre, aquella exaltacin, a un puro entusiasmo
lrico. Efectivamente, eran muy bellos los fragmentos que me recitaba,
y senta prisa por posesionarme de mi obra maestra.

Al da siguiente, al llegar al jardn de la corte, sorprendiome
extraordinariamente el encontrar cerrada la sala de las colecciones. La
ausencia del museo era tan extraa en el coronel, que corr a su
domicilio con una vaga inquietud. La calle en que habitaba, una calle
del arrabal, tranquila y corta, con jardines y casitas bajas, me pareci
ms agitada que de ordinario.

La gente charlaba formando corrillos delante de las puertas. La de la
casa de Sieboldt estaba cerrada, pero las persianas no.

Todo era entrar y salir las gentes con aspecto triste. Presentase all
una de esas catstrofes sumamente grandes para caber dentro del hogar, y
que se desbordan hasta el exterior. Cuando llegu, percib gemidos
sollozantes. Salan del fondo de un pequeo corredor, de dentro de una
gran habitacin atestada y clara como una sala de estudios. Vease en
ella una larga mesa de madera blanca, libros, manuscritos, anaqueles con
colecciones, lbums encuadernados en brocato de seda; pendientes de la
pared haba armas japonesas, estampas, grandes mapas geogrficos, y
entre ese desbarajuste de viajes y de estudios, el coronel tendido sobre
su cama, con sus largas barbas blancas sobre su pecho, y la pobrecilla
sobrina llorando de rodillas en un rincn.

El seor de Sieboldt haba muerto repentinamente aquella noche.

No quise detenerme ms y aquella misma tarde sal de Munich sin nimo
para perturbar toda aquella desolacin nada ms que por un antojo
literario, y por esta causa no pude saber de la maravillosa tragedia
japonesa ms que el ttulo: _El Emperador ciego!_ Ms tarde he
presenciado la representacin de otra tragedia, a la cual hubiera
convenido perfectamente este ttulo importado de Alemania: tragedia
siniestra, saturada de lgrimas y sangre, y que no tena nada de
japonesa.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Cartas de mi molino, by Alphonse Daudet

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARTAS DE MI MOLINO ***

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