The Project Gutenberg EBook of Riverita, by D. Armando Palacio Valds

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Title: Riverita

Author: D. Armando Palacio Valds

Release Date: August 28, 2009 [EBook #29831]
[Last updated: March 26, 2012]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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RIVERITA


NOVELA DE COSTUMBRES

POR

ARMANDO PALACIO VALDS

MADRID
TIPOGRAFIA DE MANUEL G. HERNNDEZ
Libertad, 16 duplicado

1886

ES PROPIEDAD

* * *

RIVERITA TOMO I: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII

RIVERITA TOMO II: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII,
XIII, XIV, XV, XVI, XVII

* * *




TOMO I



I


La primera noticia que Miguel tuvo del matrimonio de su padre se la dio
el to Bernardo, persona de extremada respetabilidad y carcter. Tomole
de la mano gravemente momentos antes de comer, y le llev a su
escritorio, una pieza de aspecto sombro, llena de cachivaches antiguos,
grandes armarios de libros y cuadros al leo que el tiempo haba
oscurecido hasta no percibirse siquiera las figuras. Las sillas eran de
roble viejo, las cortinas de terciopelo viejo tambin, la alfombra ms
vieja todava, la mesa de escribir un verdadero prodigio de vejez.
Miguel slo dos veces en su vida haba visto este aposento sagrado y
augusto para la familia. Una vez se lo haba enseado su primo Enrique
desde la puerta alzando discretamente la cortina y mirando con temor
hacia atrs para no ser sorprendido en flagrante profanacin. Otra vez
haba sido residenciado por su to en aquel recinto en compaa del
mismo Enrique por haber ambos maltratado de palabra y de obra a la
cocinera de la casa bajo el pretexto infundado de que no eran
suficientes dos peras por barba para merendar. No es fcil imaginar,
pues, el respeto que esta pieza le mereca a Miguel, aunque su
temperamento no fuese demasiadamente respetuoso, segn constaba de modo
incontestable en la escuela y en otros diversos parajes de la villa.

D. Bernardo dej a su sobrino arrimado a la mesa de escribir y comenz a
pasear silenciosamente y con las manos atrs; sopl con fuerza tres o
cuatro veces, desgarr otras tantas, y dijo al fin parndose un
instante:

--Miguel, t tienes uso de razn, no es cierto?

Miguel le mir, abriendo mucho los ojos, sin contestar.

--Has cumplido los siete aos?--manifest su to poniendo el concepto
ms al alcance del nio.

--Tengo ocho.

--Tanto mejor... En efecto, tu padre se cas diez aos despus que
yo... hace nueve aproximadamente... Muy nio eres an para entender
ciertas cosas. Muy nio! Muy nio!

Y D. Bernardo contempl con expresin de lstima a su sobrino, que
apenas poda posar, estirndose mucho, la barba sobre la mesa, y medit
breves momentos: despus continu paseando.

--Sin embargo, pienso, Miguel, que hars un esfuerzo para entenderme...
no es verdad que lo hars?... No es menester que penetres por completo
el sentido de mis palabras, porque en edad tan tierna no es posible;
basta con que te hagas cargo de lo que voy a decirte... de lo que tengo
encargo de decirte--aadi rectificando.--Has tenido la desgracia de
perder a tu madre cuando naciste, de no haberla conocido; era una
verdadera dama, noble, distinguida, de modales muy finos, y que se haca
respetar de todos. En este concepto, nuestra familia nada tuvo que
oponer al matrimonio de Fernando, por ms que tu madre no fuese rica,
que no lo era en verdad: la distincin, los modales, las relaciones
compensan muy bien la falta de fortuna. Mercedes estaba relacionada con
la mejor sociedad de Madrid y saba hacer los honores de un saln como
la primera. Desgraciadamente para tu padre, falleci al ao de estar
unidos, cuando el tapicero no haba terminado an de arreglar los dos
salones que haban destinado para recibir, cuando an no se haban
repartido todas las papeletas de enlace. Si algo pudo mitigar el dolor
de Fernando, fue el testimonio de respeto que en aquella ocasin se
apresur a darle la espuma de la sociedad madrilea: ms de doscientos
coches particulares siguieron el entierro de la pobre Mercedes; S. M.
mand el coche de respeto con los lacayos enlutados; despus se
recogieron a la puerta ms de seiscientas tarjetas de psame, y a los
funerales que por el eterno descanso de su alma se celebraron en San
Isidro, acudi un sinnmero de personas de calidad, y en representacin
de S. M., el mayordomo de Palacio. Yo presid el duelo de familia, el
segundo cabo el de militares, y Monseor Giner el de sacerdotes. Sobre
este punto no hay ms que decir: todo fue conforme a los usos
establecidos y a lo que exiga el decoro de nuestra familia.

D. Bernardo se detuvo para echar una mirada a Miguel, quien al comps
que escuchaba a su to, o no lo escuchaba (que esto nunca pudo
averiguarlo D. Bernardo), daba infinitas vueltas entre los dedos a un
vaso griego de barro que serva de prensa-papeles. Quitselo de la mano
suavemente, colocolo en su sitio y torn a recoger con el paseo el hilo
de su interrumpido discurso.

--El dolor que tu padre experiment fue grande, y supo guardar como
quien es todo el tiempo de su viudez el respeto que deba a la memoria
de una dama tan principal como tu madre. Por espacio de dos aos, no
solamente gast luto l, sino que lo hizo llevar a toda la servidumbre,
al coche y a los caballos; no pis los salones hasta bien trascurrido el
ao, ni recibi en los suyos ms que a los amigos de entera confianza;
de este modo se adquiere el respeto y la consideracin de la gente. Pero
como las cosas no deben ni pueden llevarse al extremo, pasados dos o
tres aos, tu padre entr nuevamente en la vida de la sociedad
distinguida, donde por su nombre, por su grado en el ejrcito y por su
fortuna tiene derecho a brillar entre los primeros. Entonces empez a
tocar los verdaderos inconvenientes de su estado. En una casa de la
importancia de la de Fernando una seora es absolutamente indispensable;
t no puedes comprender esto porque eres muy nio, Miguel, muy nio!...

D. Bernardo consider de nuevo a su sobrino con profunda compasin.

--La presencia de una seora, de una dama, comunica a la casa cierto
brillo que ni el nombre ni el dinero por s solos pueden alcanzar. Tu
pobre pap se ha visto privado hace ocho aos de dar bailes, comidas, ni
un t siquiera... Quin haba de hacer los honores?... Y vuestra casa
es una de las mejores de Madrid, est decorada con mucho gusto, aunque
un tanto abandonada de algn tiempo a esta parte. Es lstima y grande
que no haya podido aprovecharse hasta ahora el espacioso y elegante
saln que tenis. Adems, por lo que he podido observar y han observado
tambin algunas personas de la familia y de fuera, en casa de Fernando
reina cierto desconcierto inevitable; por buena que sea una ama de
llaves, por buenos que sean los criados, no es posible que atiendan como
corresponde a todos los pormenores... Tu misma educacin, Miguel, anda
bastante descuidada al decir de la gente. Me han dicho que juras en casa
como un carretero...

Estas ltimas palabras las dijo D. Bernardo con ms alta entonacin y
parndose frente a su sobrino. ste sonri avergonzado; pero al ver que
el to frunca las cejas, quedose otra vez serio.

--Claro est! un padre por ms que se esfuerce no puede conseguir
inculcar a sus hijos ciertas reglas de urbanidad, so pena de no
perderlos de vista un solo instante. Esto slo puede hacerlo una seora,
una madre... As que desde largo tiempo vengo aconsejando a mi hermano,
y conmigo toda la familia, y no slo la familia, sino cuantos amigos se
interesan por l, que de nuevo tome estado, organice su casa sobre el
pie que le corresponde y salve el decoro de la familia... Al fin,
cediendo a mis reiteradas splicas, y repito que no solamente a las
mas, sino a las de todos sus parientes y amigos, tu pap ha pensado en
dar a su casa una seora y a ti una mam... Pero entindelo bien,
Miguel, slo por las razones antes apuntadas, no por otra alguna, tu
padre ha consentido en tomar estado... Te haces bien el cargo?....

Miguel le miraba y le remiraba con los ojos muy abiertos, sin moverse;
senta deseos atroces de irse a jugar con su primo Enrique.

--Ahora bien; lo mismo tu padre que yo, que toda la familia, esperamos
que con la presencia de tu nueva mam se opere en tu conducta un cambio
favorable; que dejes esos modales, propios de gentuza, no de caballeros;
que no pases el da metido en la cocina, escuchando las sandeces de los
criados; que no te arrastres por los suelos como un perro, estropeando
los vestidos; que seas, en fin, menos cerril y desvergonzado.

A Miguel se le figur que su to le estaba insultando, por lo que,
aprovechando una de sus vueltas, le hizo algunas muecas despreciativas,
y, no satisfecho con esto, a otra vuelta una sea harto ms grosera que
le haba enseado el lacayo, y que a poder verla hubiera dejado absorto
al respetable caballero.

--Con eso contamos, Miguel, aparte de otros muchos cambios beneficiosos
que en vuestra casa se han de efectuar seguramente, y que t no tienes
edad an para comprender..... Y, nada ms por hoy. He cumplido el
encargo que tu padre me ha dado, el cual, entre parntesis, es muy dbil
contigo..... pero muy dbil! ms de cien veces se lo he dicho..... T
eres un chico que hay que educar _virga frrea_, y si no, llegars a dar
muchos disgustos.....

Miguel no entendi el latn, pero calcul bien que aquello deba ser
algo como palos o azotes, y lleno de ira volvi a ensear los puos a su
to por la espalda.

--Vamos, vete ahora con tus primos, y cuidado con las
travesuras--concluy diciendo D. Bernardo mientras empujaba al nio
hacia la puerta.

Era aquel seor alto, seco, aguileo, bajo de color, de edad de
cincuenta aos, poco ms o menos, pelo ralo y entrecano, cejas espesas,
las mejillas cuidadosamente rasuradas, dejando solamente debajo de la
nariz un exiguo bigote, que cada da iba siendo ms exiguo merced a los
trabajos invasores que por entrambos lados llevaba a cabo la navaja: la
expresin de su rostro, severa e imponente, a lo cual ayudaban en no
pequea parte aquellas cejas pobladas que el buen caballero haba
recibido del cielo, y que sola arquear y extender en la conversacin de
un modo prodigioso; y en mayor porcin todava cierta manera
extraordinaria de hinchar los carrillos y soplar el aire lenta y
suavemente, que infunda en el interlocutor respeto y veneracin. Haba
desempeado algunos cargos de importancia en la administracin pblica,
y haba estado a pique una vez de ser nombrado senador ministerial: este
era el sueo de su vida; tena bienes de fortuna, y gozaba mucha
consideracin entre sus deudos y amigos: para coronar, no obstante, el
edificio de su respetabilidad, que piedra sobre piedra haba ido
levantando con trabajo durante muchos aos, faltaba aquel remate; pero
lo alcanzara, no haba quien lo dudase; la familia lo esperaba con
afn; los amigos lo daban como seguro en un plazo ms o menos breve.




II


En el pasillo aguardaba Enrique a su primo Miguel, el cual, as que le
vio levant los brazos y sonando las castauelas dio tres o cuatro
zapatetas en el aire para acercarse a l.

--Quieres que bajemos a la cochera hasta la hora de comer?

--Y si viene mam?

Miguel hizo un gesto de desprecio. Enrique vacil algunos instantes, mas
al fin se decidi a abrir con sigilo la puerta y escaparse por la
escalera de servicio.

Era Enrique un muchacho que guardaba en aquella poca semejanza
increble con un perro ratonero de los que hoy tienen prestigio entre
las damas; despus se compuso bastante, pero an es feo hasta donde un
hombre de bien puede serlo. Traa por lo comn el cabello hecho greas y
aborrascado, las narices llenas de mocos, las manos sucias y el vestido
roto y cuajado de lamparones. Slo cuando a doa Martina su madre le
vena en mientes sacarlo a paseo o llevarlo a misa o de visita a alguna
casa se le poda ver; mas para esto era necesario que aquella seora le
condujese al piso segundo y se encerrase con l en un cuarto que pudiera
llamarse de las abluciones; al cabo de media hora despus de haber
sufrido una razonable cantidad de repelones, estirones de orejas y
bofetadas, que doa Martina crea indispensable asociar siempre a su
tarea, sala el buen Enrique lloroso y suspirando, pero ms limpio que
una patena. Y hasta otra. En la casa, donde imperaba la pulcritud, se le
miraba de mal ojo y era a menudo vctima por su aversin a aquella
preciosa cualidad, no slo de las correcciones paternales, sino de las
crueles e impensadas arremetidas de su hermana mayor Eulalia, joven de
diez y seis abriles no muy floridos, casta, limpia, hacendosa,
diligente, llena, en fin, de virtudes domsticas, el mimo de sus paps y
el blanco del odio de Enrique y del primo Miguel.

--Oyes, Miguel--le dijo Enrique en voz baja, mientras descendan
cautelosamente por la escalera del patio;--para qu te quera pap?

--Para decirme que mi pap va a casarse--respondi Miguel alzando los
hombros con indiferencia.

--Con quin?

--Con una seora.

--Entonces vas a tener mam pronto?

Miguel no juzg necesario contestar.

--Ests contento?

--A m qu me importa?

--No tienes miedo que haya?... (Enrique hizo una sea expresiva de
vapuleo.)

Miguel le mir un poco turbado.

--Por qu?

--Las mams pegan siempre ms que los paps--afirm sentenciosamente
Enrique.

Miguel call unos instantes y al fin dijo:

--Si me pegase, le pegara a ella pap.

Enrique no quiso insistir.

En esto cruzaron el patio y entraron en la cochera. Lo que all hicieron
no es para contado y menos para descrito; un sinnmero de travesuras,
todas en manifiesta oposicin con la integridad y aseo de los trajes:
baste decir que a ltima hora entraron en la cuadra, montaron los
caballos, les llenaron los pesebres de paja, les barrieron la porquera,
y no satisfechos an, tomando el cepillo y el rascador, se pusieron a
sacarles el polvo (y a echrselo a s mismos encima). Cuando se fue
acercando la hora de comer, estaban ambos que daba asco mirarlos; tanto,
que Enrique, el cual, como ya hemos dicho, no tena inclinacin bien
determinada hacia la limpieza, qued un momento pensativo mirndose y
mirando a su primo.

--Sabes que estamos muy puercos, Miguel?

ste asinti con la cabeza, mirndose y mirando a su primo tambin.

--Si vamos al comedor as, me da mam una tocata... Recontra qu
tocata!

Miguel, con quien no haba de ir el asunto, se content con sacudirse un
poco el polvo.

--Mira, vamos al cuarto de Eulalia, al piso segundo, y all nos podemos
lavar... Yo con estas manos no voy al comedor.

En efecto, las manos de Enrique en aquella sazn no estaban visibles.

Subieron con la misma cautela que haban bajado por la escalera de
servicio, ech Enrique una ojeada al gabinete de su madre, y enterndose
de que estaba all Eulalia, subieron ya sin temor alguno al piso segundo
y se posesionaron del cuarto de aquella seorita. Lo primero que
hicieron fue echar el pasador a la puerta a fin de que no los
sorprendiesen. Despus comenzaron a usar y a abusar de los copiosos
medios de aseo que all existan; sumergieron ambos las manos en la
jofaina, que trasverta de agua clarsima; apoderronse de una
magnfica pastilla de jabn de almendras, y en pocos minutos, a fuerza
de sobarse con ella, la redujeron casi una tercera parte; tomaron las
esponjas, las empaparon en el agua del jarro y se las pasaron repetidas
veces por el rostro y la cabeza; no contentos con esto, llevaron sus
manos sacrlegas al tarro de la pomada, al frasco del aceite y a los
pomos de las esencias, adobndose y perfumndose con todo ello sin duelo
alguno; no satisfechos an, osaron coger la misma borla de los polvos de
arroz que serva a la pulcrsima sultana para ocultar ciertas rosetas
importunas que la erisipela haba hecho nacer en su rostro, y se
embadurnaron con ella en medio de groseras carcajadas; despus llevaron
todava su audacia a usar de un frasco de colorete, pintndose los
labios, las narices y hasta las orejas, como cerdos inmundos que eran;
despus tornaron a lavarse con la esponja y a secarse con las
inmaculadas toallas colgadas de entrambos lados del tocador; finalmente,
se lavaron los dientes y las muelas esmeradsimamente con los cepillos
que para este efecto all estaban, frotndolos primero en una cajita de
polvos dentfricos. Este magnfico y escrupuloso lavatorio del aparato
dental, coron, en opinin de ambos, la obra de aseo que con tan buen
xito haban emprendido, y se decidieron a bajar al comedor. Pero antes
de salir, se les ocurri casualmente que tenan los pantalones cubiertos
de polvo y porquera; vuelta a echar mano de la esponja, porque no
hallaron cepillos, y a frotarse con ella hasta tapar las manchas. Las
botas se hallaban tambin, y an ms que los pantalones, en estado de
merecer, y Miguel acudi solcito con la esponja a limpiarlas; pero
Enrique, no encontrando el medio bastante adecuado, entr en la alcoba
de su hermana y se las limpi muy bien con la colcha de la cama. Ea! ya
estn arreglados aquel par de pjaros; se miran en la luna del armario y
dejan escapar un suspiro de satisfaccin. Sin embargo, Miguel medita un
momento, y dice:

--Mira, t, que si Eulalia viniera ahora!...

--Ya no sube hasta la hora de dormir... No ves que vamos a comer en
este momento? Y si viene, qu, recontra? El da que me vuelva a pegar,
le doy en las narices con esta badila (aqu Enrique sac una de bronce
que tena escondida _ad hoc_ en el forro de la chaqueta). Ella no tiene
por qu pegarme, contra! Es mi madre por si acaso? Ah, recontra; pega
porque sabe meter baza a pap! Cuando est mam delante, ya se guarda
ella de tocarme el pelo de la ropa. Y que lo diga! Menudo coscorrn se
ha mamado ayer!... Ya me dijo mam: no seas tonto, Enrique; el da que
te pegue tu hermana, trale a la cabeza con lo que tengas a mano. Aqu
est la badila; que venga, que venga!... Vaya, hombre, que ya no se
puede sufrir! todo el da pega que te pegars, como si yo fuese un mulo
de artillera!...

--Pero chico, si la das con la badila la matas!

--Que la mate, recontra! Para qu sirve en el mundo esa puerca?
Siempre metindose donde no la llaman! Caciplndolo todo! Metiendo
las narizotas en las cosas de sus hermanos!... Ya no la aguanto ms,
recontra!

Apesar de las disposiciones belicosas de Enrique respecto a su hermana,
quedose un instante suspenso y plido escuchando pasos en el corredor,
lo cual prob a su primo Miguel que an no le haba abandonado
enteramente el instinto de conservacin. Los pasos se alejaron al fin
sin dar el resultado desastroso que fue de temer, y Enrique con voz ms
sosegada dijo:

--Me parece que ya es hora de comer. Vamos abajo antes que nos llamen.

En efecto, cuando los dos primos llegaron al piso principal, la familia
estaba ya en el comedor, que era una pieza espaciosa, amueblada tambin
a la antigua. En el centro una gran mesa de roble tallado cubierta con
el mantel y atestada de platos, copas, fruteras y dulceras; a juzgar por
el nmero de cubiertos, haba convidados. Sobre la mesa arda una
lmpara de bronce colgada del techo. Los aparadores casi tocaban en l y
eran tambin de roble tallado; las sillas de roble igualmente; todo de
roble. Esta madera dura, maciza y adusta, pareca el smbolo de aquella
respetable familia.

Sentado ya a la mesa leyendo un peridico, estaba el dueo de la casa,
D. Bernardo Rivera, con la frente espantosamente fruncida, no porque
estuviese disgustado, sino porque tal era su costumbre siempre que lea
algo; guardaba frente a los peridicos y los libros la actitud prevenida
y hostil del que no quiere ser juguete de sofismas o frases
relumbrantes. Doa Martina, su esposa, daba vueltas por la estancia,
atenta a que nada faltase, ni sobrase, en la mesa y en los aparadores.
Era mujer de unos cuarenta aos, de regular estatura, metida en carnes,
que no habra sido fea a los veinte, de fisonoma abierta y simptica,
pero ordinaria; el talle y la figura ms ordinarios an, porque el
vientre le haba crecido en los ltimos aos mucho ms de la cuenta y no
haba cors que lo sujetase; la voz aguda y desentonada, los ademanes
bruscos y el mirar dulce y halageo: vesta un traje de terciopelo de
color castao, que en aquella poca era el sumo lujo entre las seoras
de calidad; mas advertase que aquel terciopelo no estaba tan bien
pegado a sus carnes como era de esperar, dado el aspecto imponente y el
concertado gusto y elegancia que reinaban en la casa. Consista esto
(vamos a decirlo en secreto al lector, porque en secreto y al odo se lo
decan los amigos de la familia cuando tocaban este asunto), en que doa
Martina haba sido planchadora en sus juveniles aos, planchadora de la
casa de su esposo, o por mejor decir, de los padres de su esposo. Cmo
D. Bernardo Rivera haba descendido tan abajo y doa Martina haba
subido tan arriba, no era fcil de explicar en aquel tiempo; aos atrs
no haba tal dificultad para los que apreciaban, en su justo valor, las
carnes macizas y sonrosadas de la buena seora. Se contaban a este
propsito mil ancdotas ms o menos chistosas, que todas redundaban en
elogio de ella; doa Martina haba sido, en sus tiempos floridos, una
fortaleza inexpugnable; el fuerte de Figueras y la ciudadela de Santoa,
eran castillitos de naipes al lado suyo; sus condiciones de resistencia
la haban llevado al trmino feliz en que hoy la vemos. Verdaderos o
falsos estos dichos maliciosos, el resultado es que D. Bernardo se
encontr casado, y fue necesario que su esposa salvase de un golpe la
enorme distancia que mediaba entre su humildad y la grandeza y autoridad
que haban acompaado al Sr. de Rivera desde sus ms tiernos aos. La
salv en efecto esta seora? En concepto de D. Bernardo no, y esta era
la espina ms dolorosa de su vida, la que le amargaba las muchas
satisfacciones que la sociedad le haba proporcionado. Sin embargo, hay
que convenir en que ella haba hecho todo lo que estaba de su parte; si
no lo haba conseguido, achquese a todo menos a falta de buena
voluntad. Y todava creemos que andaba su esposo algo exagerado en este
punto; porque doa Martina supo muy bien, al cabo de pocos aos, recibir
a los amigos de su esposo con dignidad, ya que no con distincin, y supo
tambin preparar una mesa con elegancia y pasear en carretela por la
Castellana sin ir rgida e incmoda en el asiento; aprendi igualmente a
no dormirse en el Teatro Real y a saludar a sus amigas desde lejos
abriendo y cerrando repetidas veces la mano; ofreca la casa bastante
bien, aunque siempre con las mismas frases; se enteraba de las ltimas
modas y se las aplicaba; se echaba polvos de arroz y se pintaba las
cejas cuando iba a algn sarao; por ltimo, aunque con marcado acento
espaol, haba llegado a hablar medianamente el francs.

Apesar de todo esto, el Sr. de Rivera no estaba satisfecho. No que lo
manifestase tontamente y al primero que llegase, pues la circunspeccin
era una de sus cualidades predominantes, pero lo dejaba traslucir a sus
ntimos amigos. Hallaba don Bernardo que su cara esposa rea demasiado
con los criados y a voces, que sus frases de cortesa eran siempre las
mismas y pronunciadas en retahla como una leccin, que daba confianza a
cualquier amiga y la iniciaba sin reparo en los asuntos domsticos, que
no observaba, en fin, con las personas que frecuentaban la casa, aquella
dignidad y reserva, aquel sosiego imponente propios de una perfecta
seora. Este captulo de cargos que el Sr. de Rivera tena guardado
contra su esposa, haba ocasionado serios disgustos matrimoniales.

Sentada en una butaca trabajando con aguja de marfil en una colcha de
estambre estaba Eulalia, cuya fisonoma semejaba notablemente a la de su
pap: era tambin larga de cara, aguilea, de cejas pobladas y labios
colgantes que expresaban un profundo desprecio a todo lo que abarcaban
sus ojos: como l, tena fruncida la frente casi siempre, lo cual daba a
su rostro una expresin hostil, no muy comn por fortuna en las
doncellas de sus aos; porque Eulalia estaba en la edad del amor, de las
ilusiones, de la ternura, del rubor y la inocencia, por ms que ninguna
de estas cosas se advirtiesen en ella.

Cuando los dos primitos pisaron el comedor, levant la cabeza y les
clav una intensa mirada escrutadora, que ellos por tcito acuerdo
fingieron no advertir. Mas contra lo que esperaban, en vez de
convertirla de nuevo a la labor, sigui cada vez ms fija y ms
escrutadora sobre ellos, hasta el punto de turbarlos. Para evitar su
fascinadora influencia se acercaron a los seores que all haba, los
cuales les saludaron con palmaditas en el rostro. Doa Martina, despus
de dar a Miguel un beso sonoro en la frente, les pregunt que dnde
haban estado: contest Miguel en voz alta, para que lo oyese Eulalia,
que se haban pasado la tarde en el cuarto de Enrique y Carlos jugando
con el mapa de rompe-cabezas. Al or esto Carlos, que tena un ao ms
que Enrique, se puso hecho un energmeno, diciendo que si le enredaban
otra vez con sus mapas, iba a hacer una en las narices de su hermano y
su primo que fuese sonada; pero aqul le tranquiliz en seguida,
manifestndole por lo bajo que no haban andado con su rompe-cabezas,
sino con los frascos de Eulalia: no slo se soseg, sino que tuvo una
verdadera satisfaccin, porque para odiar a Eulalia estaban todos de
acuerdo en la casa, menos su padre y su madre.

Carlitos era el hijo ms guapo que tenan los Sres. de Rivera, y el ms
aplicado tambin. Cara redonda y sonrosada, facciones correctas, ojos
negros y expresivos y poblados de largas pestaas. Todos sus estudios en
la escuela fueron coronados por un xito lisonjero; diplomas con orla
de colores, libros, medallas de metal azogado, hasta una corona de
laurel con cintas de seda que hizo llorar y moquear copiosamente a doa
Martina, cuando de las manos del maestro la vio bajar solemnemente a la
cabeza de su hijo. Pero su estudio favorito haba sido siempre la
geografa, sobre todo la astronmica. Los globos terrqueos y las
esferas armilares que haba hecho comprar a su padre, no pueden
fcilmente contarse; apesar de ser un hombre de ciencia, estos
artefactos duraban poco tiempo ntegros en sus manos; y consista en que
Carlitos no se limitaba a estudiar la leccin, como cualquier chico
vulgar, sino que la alteza de su pensamiento le arrastraba a escudriar
los secretos topogrficos de nuestro planeta, para lo cual ideaba
grandes vas de comunicacin que tena cuidado de sealar con tinta
sobre el globo, atravesando las montaas ms altas y salvando mares y
lagos por medio de asombrosos puentes que ningn ingeniero del mundo se
hubiera atrevido siquiera a imaginar. Muchas veces, sin embargo, la
tinta se corra sobre la piel de que estaba revestido y quedaba el globo
hecho un asco, y vuelta a comprar otro su padre, para que el fuego de la
pasin geogrfica no se extinguiese en el nio. Pues tocante a las
esferas, pasaba lo propio. Carlitos no consideraba los espacios celestes
con el asombro del hombre ignorante ni respetaba debidamente las leyes
inmutables que determinan las revoluciones de los astros; familiarizado
con todos sus movimientos de rotacin y traslacin, formaba cuando se le
antojaba nuevos sistemas planetarios, convirtiendo a un simple satlite,
a la luna, verbi y gracia, en estrella fija y haciendo girar a su
alrededor a todos los planetas, incluso la tierra: o bien imaginaba
nuevos y caprichosos eclipses, poniendo en conjuncin astros que jams
se vieran, ni fuera posible, en tal postura. De todo lo cual resultaba a
menudo que cuando ms embebecido en su obra estaba Carlitos, haca el
aparato crac! saltaban algunas de las piezas ms importantes,
dislocbanse con esto otras cuantas, y la bveda celeste padeca un
completo trastorno, como si fuese llegado el da del juicio final. Pero
como Carlitos manifestaba vocacin tan decidida para Gran Arquitecto del
Universo y su pap no quera de modo alguno contrarirsela, al da
siguiente ya tena otra esfera en que proseguir sus experiencias
astronmicas.

Enrique haba conseguido sosegar a su hermano; no de la misma suerte a
Eulalia, quien, despus de alzar muchas veces la cabeza y tragrselo a
miradas, se resolvi a levantarse de la butaca y acercarse
disimuladamente a l y a su primito; con gran disimulo tambin puso la
nariz sobre la cabeza de ambos, y cerciorndose de que despedan un
tufo aromtico muy marcado, sali repentina y apresuradamente de la
estancia. Enrique y Miguel se miraron consternados; mas sacando fuerzas
de flaqueza, se acercaron a Vicente, el primero de los hijos varones del
Sr. de Rivera, y se pusieron a examinar atentamente la cadena de reloj
que recientemente le haba comprado su pap.

Tena Vicente tres aos ms que Carlos; esto es, trece; pero semejaba
tener diez y seis por la estatura, y treinta por su extraordinaria
gravedad. Era un muchacho de rostro largo y amarillo, seco de carnes y
anguloso, mirada fija y opaca, cabeza erguida y ademanes reposados, de
hombre ya maduro. No era tan aplicado ni tena las felices disposiciones
de su hermano para las ciencias y las artes; mas en cambio posea una
elegancia y una distincin de modales, que tena completamente subyugado
a D. Bernardo. Hablaba muy poco; no jugaba nunca; sus placeres
consistan en salir de paseo con su pap y otros seores mayores, y que
as le viesen sus amigos y compaeros de Instituto. Preocupbale la
indumentaria muy ms de la cuenta, al decir de su mam, que le miraba
por esto con alguna ojeriza: no haba sastre que le hiciese bien la
ropa, ni planchadora que le diese gusto; con tal motivo, siempre que
estrenaba un traje o unas botas o se pona camisa limpia, armaba un
jolln que se oa en toda la casa; verdad que estos eran los nicos
momentos en que daba cuenta de s y mostraba algn arranque, porque todo
lo dems de este mundo pareca tenerle sin cuidado; pero de todos modos,
era un posma que molestaba mucho; y lo que deca doa Martina con
muchsima razn:--Si este nio es tan impertinente ahora para la ropa,
qu har cuando tenga veinte aos! En efecto; cuando tuvo veinte aos,
no haba quien lo aguantase. Hay que decir que D. Bernardo no
participaba de la ojeriza de su esposa hacia Vicente; antes consideraba
aquella pulcritud como una preciosa cualidad, que le recordaba las que
le adornaban a l en su infancia. Regalbale a menudo, unas veces con un
bastn, otras con un alfiler de corbata, otras con alguna sortija de
poco precio, y el da que cumpli los trece aos le compr reloj de
plata con cadena de _doubl_. Este regalo haba puesto frenticos lo
mismo a Enrique que al Gran Arquitecto, los cuales venan ya muy
agriados por las preferencias injustificadas de su seor padre; as que
tan pronto como tuvieron noticia de la injuria que se les haca, armaron
un formidable pronunciamiento, que, por fortuna, hubo de sofocarse
pronto, gracias a una ballena larga y bastantemente gruesa que doa
Martina posea para los casos difciles. Despus de todo, D. Bernardo
tena razn en no entregar a sus hijos menores ningn objeto delicado,
porque hubiera durado muy poco en sus manos; en las del mayor duraba
todo eternidades. Cuando para disimular mejor el miedo se fueron
aqullos a jugar con su cadena, no pudo reprimir la indignacin y les
advirti con un manotazo de que aquello era de mrame y no me toques,
y para evitar ms conflictos, se levant de la silla y se puso a dar
vueltas por la estancia, sin perder un tomo de su ingnita gravedad.

Adems de Miguel, que coma todos los domingos en casa de su to, haba
otros dos seores convidados, los cuales conversaban en un rincn. A
juzgar por la confianza que D. Bernardo y su seora hacan de ellos,
dejndolos solos, deban ser amigos ntimos, de la casa. El uno era un
gigante, sin pecar de exagerados al decirlo; en todo Madrid no se
hallaran seguramente dos hombres que le aventajasen en estatura.
Llambase D. Pablo Bembo, pero nadie le conoca sino por el coronel
Bembo, porque lo era, haca ya bastantes aos, de caballera. Las
facciones de su rostro abultadas, talladas en colosal, como la figura;
la voz tan spera y gruesa que daba miedo; por fortuna hablaba poco:
gastaba patillas, entrecanas ya, unidas al bigote a la moda de algunos
aos atrs. Las manos y los pies eran cosa de ver; no haba hallado
hormas para los zapatos en ninguna parte; por lo que siempre que
viajaba llevaba en el bal unas que haba mandado hacerse a la medida.
Pasaba por hombre rico, a quien el sueldo no importaba nada, y estaba
casi siempre de reemplazo para vivir en la corte a su gusto. Sus modales
torpes y bruscos como los de un elefante, la palabra estropajosa, la
inteligencia tarda y oscura al parecer: sin embargo, despus de tratarle
se comprenda que era ms socarrn que lerdo: rara vez miraba de frente
a la persona con quien hablase.

El otro era un caballero de mediana estatura y edad, delgado, plido,
ojos hermosos, de mirar suave y humilde, cara rasurada enteramente, a
semejanza de los clrigos y comediantes; frente espaciosa, aumentada por
una calva brillante, y modales tmidos. Se llamaba D. Facundo Hojeda y
era el amigo ntimo y el adltere eterno del seor de Rivera; no se
conceba a D. Bernardo paseando por el Retiro o el Prado sin llevar a su
izquierda a D. Facundo: ste le daba siempre la derecha o le dejaba la
acera segn los casos, reconociendo la inmensa superioridad de aqul.
Tal superioridad se haba mostrado ya desde la infancia, cuando ambos
asistan a la escuela; no que D. Bernardo fuese un discpulo ms
aventajado, pues aunque los dos gozaran opinin de aplicados, todava
Hojeda le sacaba alguna ventaja en estudiar con ahnco las lecciones y
escribir las cuentas con limpieza; pero D. Bernardo, toda su vida haba
tenido un nosequ de alto y superior, que infunda respeto. Esta
superioridad se fue sealando cada vez ms con el trascurso del tiempo;
los caminos que los dos amigos tomaron contribuyeron poderosamente a
ello. Mientras D. Bernardo, por virtud de la riqueza heredada de sus
padres, comenz desde muy joven a figurar en la sociedad madrilea y a
ser un factor indispensable en los salones y teatros, Hojeda vease
necesitado a seguir la modesta carrera de farmacutico y a abrir botica,
una vez terminada, en la calle de Fuencarral. Aunque su amistad, merced
a estas circunstancias, pareca bastante dispuesta a entibiarse por lo
que tocaba a la parte de D. Bernardo, los esfuerzos de Hojeda no lo
consintieron. Todos los momentos que la farmacia le dejaba libre,
aprovechbalos para correr a casa de su amigo y prestarle cualquier
servicio que estuviese a su alcance: era tan bueno, tan cariosote, tan
respetuoso, que apesar de la distancia que los separaba y que el
boticario se complaca en reconocer, D. Bernardo condescendi
magnnimamente a tratarle, a dejar que le acompaase en el paseo y hasta
a dar alguna que otra vez una vuelta por la botica y jugar all un
tresillo. No es posible figurarse la profunda gratitud que el bueno de
Hojeda guardaba a su amigo por estas mercedes. Haba permanecido
clibe, y gracias a sus economas, consigui formar en algunos aos un
capitalito, cuyas rentas deban ir acumulndose a l, porque lo mismo
gastaba hoy que el da en que abri al pblico su farmacia. No podan
ser ms sencillas sus costumbres: habitaba un cuartito bajo detrs de la
tienda en compaa del mancebo y una cocinera vieja que arreglaba sus
fugaces refacciones: dos o tres veces por semana coma en casa de
Rivera, y una que otra se autorizaba el lujo de entrar en un
_restaurant_ y engullirse un cubierto de diez reales; jams iba al
teatro, pero tena dos pasiones decididas, los toros y los sermones, las
cuales procuraba ocultar porque entenda que la primera era una
flaqueza, y dejar ver la segunda acusaba vanidad o jactancia. De nada
hua D. Facundo como de esto ltimo; jams le haba odo nadie
vanagloriarse de cosa alguna ni hablar siquiera de sus asuntos, con tal
que de la conversacin resultase l en buen lugar por cualquier
concepto; su reserva era proverbial en casa de Rivera y en las dems que
frecuentaba, que no eran muchas; esta cualidad, en vez de respeto,
inspiraba risa a sus amigos, los cuales se complacan en mortificarle
hacindole preguntas referentes a su vida y negocios, y hasta le
espiaban los pasos para decir despus en plena tertulia lo que haba
hecho, dnde haba entrado, con quin le haban visto hablar, etctera.
Lo que esto molestaba a Hojeda no es decible: al principio se turbaba y
le venan los colores a la cara; ms adelante, cuando advirti que era
broma, se negaba a contestar al impertinente, limitndose a alzar los
hombros en seal de resignacin o a masticar alguna frase de disgusto.
Por lo dems, su candor rayaba en lo inverosmil: cualquier disparate,
por grande que fuese, con tal que se lo dijesen en serio, lo crea; no
le entraba en la cabeza que una persona de aos y de carcter se
atreviese a decir delante de gente una patraa por slo el placer de
embromar a un amigo; no obstante, tanto abusaron de las mentiras con l,
que andando el tiempo lleg a no creer siquiera las verdades, o por
mejor decir, stas eran las que se le atravesaban con ms frecuencia.




III


A comer, a comer--dijo doa Martina.

Y en el mismo instante un criado apareci con la humeante sopera entre
las manos.

D. Bernardo se levant para ofrecer el asiento al coronel Bembo; pero
ste, conociendo las costumbres de la casa, se guard muy bien de
aceptarlo; si el anfitrin hubiera cambiado de sitio, quiz no le
sentase tan bien la comida. Ocup un puesto a su derecha; sentronse
Vicente, Carlos y Miguel en las sillas que doa Martina les fue
designando, mientras Hojeda aguardaba en pie a que todos estuviesen
colocados para acomodarse.

Faltaba Eulalia.

--Dnde est Eulalia?--pregunt su madre.

El criado manifest que la haba visto haca un instante subir a su
cuarto. Enrique y Miguel se miraron y sonrieron como cazurros; pero
estaban un poco plidos.

--A ver--dijo doa Martina al criado,--suba usted al cuarto de la
seorita y dgale que ya estamos a la mesa.

No hubo necesidad. En aquel momento apareci Eulalia, toda sofocada, con
los ojos llorosos y una jofaina entre las manos.

--Qu es eso?--pregunt doa Martina con sorpresa.

--Mam, no sabes lo que han hecho en mi cuarto esos chicos!--profiri
Eulalia con trabajo y dispuesta a sollozar.--Todo lo han revuelto y
estropeado!... Los polvos de los dientes llenos de agua!... Los
frascos de esencia abiertos y menos de mediados!... El jabn hecho una
repla!... Los cepillos de dientes por el suelo!... La esponja llena de
porquera!... La colcha de mi cama llena de betn! Y la toalla mira
cmo la han dejado!...

Y exhibi a los circunstantes con una mano la toalla donde estaban
sealados como carbn los dedazos asquerosos de su primo y hermano, y
con la otra la jofaina, conteniendo un licor negro y espeso, que al
moverse la dejaba teida.

--Pero quin ha hecho eso?--pregunt doa Martina.

--Enrique y Miguel.

--Se habr visto muchacho ms cerdo!--exclam, dando la vuelta a la
mesa para acercarse al primero.

Y luego que se hubo acercado le arrim un par de bofetadas que se oyeron
en la cocina, y sobre ste otro par, y otro despus, y as
sucesivamente, hasta que D. Bernardo exclam en voz alta e imperiosa:

--Mujer!

Doa Martina suspendi la correccin y volvi los ojos a su esposo con
sorpresa.

--Observa--dijo ste bajando la voz y sealando al coronel--que hay
personas delante...

--Dispnseme V., coronel--manifest la seora sofocada an por la
ira;--pero no lo puedo remediar... Este hijo con sus cochineras me
quita la vida!

El hijo, en tanto, daba tales gritos, que no dir en la cocina, sino en
toda la vecindad debieran orse perfectamente.

Se haba levantado de la silla, y en el colmo del furor pegaba all en
un rincn patadas horrendas en el suelo.

--Contra! recontra! me c... en diez!... Por esa cochina!... por esa
sinvergenza!... por esa metebaza!...

--Chis! chis!... Silencio, nio!--dijo D. Bernardo, frunciendo an
ms la frente, lo cual, en verdad, pareca imposible.

--Vamos, Enrique!--exclam doa Martina, procurando reprimirse.

--Y por qu no le pegan a Miguel que hizo ms que yo, recontra?--grit
con furor.

--Vamos, Enrique!--volvi a exclamar doa Martina.--Tengamos la fiesta
en paz!

Y acercndose a l y metindole la voz por el odo, comenz a decirle:

--No comprendes, mentecato, que Miguel no es hijo mo?... Si lo fuese
le pegara como a ti... Pero t eres mayor qu l, y ests en tu casa...
Debieras dar ejemplo... A quin se le ocurren sino a ti esas cosas,
majadero!... Eres capaz t solo de revolver esta casa y todas las de
Madrid... Es eso lo que te ensea el maestro en la escuela? Di,
gaznpiro, di?...

Le tena cogido por un brazo, y cada una de estas frases iba acompaada
de una fuerte sacudida. Cuando hubo concluido su filpica, le dej
llorando en el rincn y se fue detrs de Eulalia, que se haba subido de
nuevo al cuarto, para cerciorarse del nmero y de la clase de estragos
all ejecutados.

Mientras tanto, D. Bernardo, de malsimo talante, no tanto por la
travesura de su hijo como por las _incorrecciones_ de su esposa, sirvi
la sopa a todos los comensales, llenando tambin el plato de aqulla y
el de su hija ausente. Al llegar al de Enrique, dijo en tono perentorio:

--Nio, ven a sentarte a la mesa.

Pero Enrique se hizo el sueco y sigui gimiendo y pataleando a ratos.

--Nio!--grit D. Bernardo con voz estentrea.--Ven ahora mismo a
sentarte a la mesa!

El muchacho levant la cabeza atemorizado y mirando a su padre que tena
los ojos clavados en l con terrible expresin de clera, comenz a
caminar a regaadientes y como arrastrado hacia la mesa. Y acaso hubiera
llegado a ella sin novedad si en aquel momento no viese aparecer por la
puerta a la causante de los bofetones, a Eulalia, que entraba en el
comedor seguida de su mam. Verla y sentirse posedo de insano furor fue
todo uno.

--Indecente! por ti me han pegado! Ya me las pagars todas juntas,
recontra!... Te he de romper esas narizotas de trompeta! Metebaza!...
Fea!... Feona!... Chula!...

Al orse insultar de este modo, Eulalia no pudo contenerse y se arroj
como una fiera sobre su hermano, dndole tal estirn de pelos, que el
berrido de Enrique, al sentirlo, hizo levantarse asustados a los
presentes. Doa Martina, que apesar de sus travesuras tena pasin
decidida por aqul y que ya estaba medio arrepentida de haberle
castigado, se indign muchsimo.

--Oyes, mentecata! quin eres t para pegar a tu hermano? No estamos
aqu tu padre y yo para eso? Aguarda, aguarda un poco, que yo te bajar
los humillos!...

Y se dirigi a su hija con la mano levantada: esta circunspecta joven lo
hubiera pasado mal a no ponerse en salvo corriendo en torno de la mesa;
doa Martina no pudo atraparla: al mismo tiempo, lo mismo Hojeda que el
coronel, procuraron poner paz.

D. Bernardo estaba tan irritado con las tosquedades de su esposa, que no
pudo decir ni hacer nada: sigui sentado con los ojos clavados en el
plato mientras un enjambre de pensamientos sombros y melanclicos
relacionados con su desigual matrimonio, le bulla en la cabeza.

Finalmente, furonse calmando poco a poco los nimos que estaban
irritados. Doa Martina dej de perseguir a su hija y se sent a la
mesa, aunque murmurando amenazas; aqulla tambin se sent mirando
recelosa a su madre; D. Bernardo, haciendo un prodigioso esfuerzo de
diplomacia para sobreponerse a su justo desabrimiento, entabl
conversacin con el coronel. El nico que pag los vidrios rotos fue el
msero Enrique: la autoridad del padre y de la madre, de comn acuerdo,
decidieron que se quedara sin comer, por insolente! Mas, como sucede
siempre que en Espaa se castiga a un criminal, no faltaron empeos en
seguida para que la sentencia se casara; los ruegos de Hojeda y el
coronel lograron al fin que la pena se redujera solamente a la privacin
del postre. Y el buen Enrique (a quien hay que agradecer por lo menos el
que en medio de su clera rabiosa no sacase la badila homicida que tena
en el forro de la chaqueta) vino a sentarse a la mesa con las mejillas
coloradas de los cachetes, los ojos y las narices hmedas y los pelos
cados por la frente. Estaba tan horroroso, que su primo Miguel,
compadecindole muy de veras, sinti unos deseos atroces de rer; los
cuales, como es natural, trat de contener por cuantos medios estuvieron
a su alcance, mordindose los labios, mirando hacia otro sitio, etc.,
etc. Pero quiso su mala suerte que Enrique vino a entender, por la
contraccin del rostro sin duda, las ganas que le retozaban por el
cuerpo, y con tal motivo empez a lanzarle unas miradas feroces,
envenenadas. Entonces Miguel ya no fue dueo de s, y de improviso, en
un momento de silencio, solt el trapo de la risa, y con l a
chorretazos por boca y narices la cucharada de sopa que acababa de
tragar. Todos los rostros se volvieron con asombro.

--De qu te res, Miguel?--le pregunt su ta.

--De m, recontra, de m!--grit Enrique desesperado.

--Vamos, silencio!--le dijo doa Martina encarndose severamente con
l.--Tienes ganas de llevarlas otra vez? Miguel no se re de ti... Por
qu se ha de rer, tontuelo?...

--Porque s... yo bien lo s... Porque es un hipcrita!...

--Silencio, te digo... y a comer!

Miguel se haba puesto muy serio, comprendiendo que haba cometido una
grosera, y que se la disimulaban por ser convidado. Durante un rato
largo pudo conseguir reprimirse, haciendo para ello titnicos esfuerzos.
Enrique tena fijos en l sus ojazos saltones cargados de ira,
adivinando perfectamente lo que le andaba por dentro. Si levantaba la
vista y vea aquel rostro mocoso, ms feo an por la clera, estaba
perdido. Por eso no la mova un instante del plato, devorando el cocido
que su ta le haba servido, sin mascar los bocados. Lleg un instante,
sin embargo, en que por casualidad o por atraccin magntica se
encontraron sus ojos. Y ya no pudo ms. Otro flujo de risa; los
garbanzos esparcidos por la mesa; los rostros de los comensales vueltos
de nuevo hacia l. Pero esta vez haba ms severidad que asombro pintada
en ellos, mayormente en el de su to.

--Qu es eso, Miguel?--le dijo con aparente calma.--Por qu estamos
tan risueos?

Miguel se puso muy colorado, y no contest.

--Te res acaso porque han castigado a tu primo por faltas que los dos
habis cometido?... No est bien eso, Miguel, no est bien eso....
Debieras ser un poco ms generoso..... Si a ti no te han pegado, no es
porque no lo merecieses, bien lo sabes, sino porque tu ta no tiene
autoridad para hacerlo. Pero afortunadamente para todos, y para ti
tambin--aadi mirando al coronel con sonrisa maliciosa,--no faltar
dentro de poco tiempo quien la tenga y ponga las cosas en orden, que
buena falta est haciendo. Entonces, amiguito, quiz le toque a Enrique
rerse de ti, aunque tampoco hara bien... La buena educacin y la
moral cristiana prohben rerse de los males del prjimo...

Miguel, que se haba ido poniendo cada vez ms colorado, al llegar a
este punto rompi a llorar, y se ech de bruces sobre la mesa. D.
Bernardo sonri satisfecho del triunfo obtenido por su oratoria. Doa
Martina acudi inmediatamente a consolar al nio.

--Vamos, Miguelito, no llores, tonto.... Si tu to te quiere mucho.....
No tomes a mal lo que te dice..... Si l..... T eres un buen chico, ya
lo s, y lo saben todos..... Eres incapaz de rerte de Enrique porque
le hayan pegado..... Verdad que no te res de eso?

Miguel se abstuvo de hablar, porque no quera mentir, ni tampoco llamar
feo a su primo. Sigui todava algunos momentos con las narices metidas
por el mantel como en son de protesta contra las reticencias mal
intencionadas de su to. Al fin, vencido de los ruegos y los halagos de
la ta, levant la cabeza: aqulla se apresur a secarle las lgrimas y
los mocos con su propio pauelo. Tom otra vez el tenedor y sigui
comiendo.

La conversacin gir en seguida, por iniciativa del mismo D. Bernardo,
sobre la necesidad absoluta que tena su hermano de llevar a casa una
seora, opinin que ya le omos emitir no hace mucho tiempo.

--Si mi hermano se empea en permanecer soltero, mucho ms valdra que
se deshiciese de los muebles y se fuese a vivir a una fonda.....

Hay que advertir que D. Bernardo consideraba lo de vivir en fonda punto
menos que una deshonra: por no pisar estos establecimientos vulgares,
donde las personas se confunden ridculamente en torno de la mesa
redonda, procuraba tener siempre en las poblaciones que visitaba una
casa de respeto (as la llamaba) donde no hubiera ms huspedes que l.
De este modo se comprender fcilmente la inflexin desdeosa que dio a
la palabra fonda cuando pas por sus labios.

--No s si V. habr observado, D. Pablo--sigui dirigindose al coronel
(a Hojeda rara vez le conceda este honor),--qu desbarajuste hay en
casa de Fernando..... Rara vez se encuentra una cosa en su sitio: el
polvo anda esparcido por los muebles: los criados por donde les parece.
A m me ha pasado ms de una vez ir a ella y no haber uno para quitarme
el abrigo. Si le dijese a V., coronel, que en cierta ocasin mi hermano
fue a mudarse de camisa, y no pudo, porque no haba ninguna planchada!

--Hum!--gru el gigante en seal de admiracin, pero sin apartar los
sentidos del _roast-beef_ que tena delante.

--Qu horror!--exclam doa Martina, como siempre que se hablaba de
este suceso inaudito: ya sabemos que su fuerte era la plancha.

--Vea V., vea V. cmo come su hijo!..... soltando la carne ya mascada
en el plato!

Miguel se puso colorado otra vez hasta las orejas.

--Vamos, Bernardo, djale ya!--manifest su esposa; y dirigindose
despus al coronel:--Aprenda V., amigo Bembo; las mujeres hacen ms
falta en las casas de lo que a V. se le figura.

--No lo dudo, no lo dudo--murmur el gigante sin apartar los ojos del
plato.

--Y si no lo duda V., picaronazo, por qu no sigue V. el ejemplo de mi
cuado?

--Seora, no me siento an preparado.

Doa Martina solt una carcajada estrepitosa, burda, que hizo arquear
levemente las cejas a D. Bernardo.

--No lo estar V. nunca, si Dios no pone en ello la mano, que ojal la
ponga pronto!

--Esa felicidad, primero le ha de tocar a don Facundo que a m--murmur
con voz cavernosa.

Hojeda levant la cabeza turbado. Pocas cosas le molestaban tanto como
verse aludido en este asunto de mujeres: por eso el socarrn del coronel
lo haca siempre que hallaba oportunidad.

--Yo!..... coronel..... ruego a V..... el matrimonio.....

--A buena parte va V., amigo Bembo!..... Hojeda es un egoistazo.....
Ms de veinte veces le he querido casar, y siempre me ha dado calabazas
a la novia.

--Permtame V., Martinita--se apresur a decir D. Facundo,--yo no he
dado calabazas a nadie..... Estas son cosas muy graves, Martinita.....

--Hojeda no se casa--prosigui la seora,--por no abandonar su vida de
soltern egosta. Quin le quita a l de dar su paseto por la maana
en el Retiro, su sermoncito por la tarde en las Calatravas o en la
Encarnacin, sus toros o novillos los domingos, etc., etc.?

--Sepamos lo que est comprendido en esas etcteras, D.
Facundo--manifest el coronel.

Hojeda le mir con ira, y no contest.

--Pero V. es otra cosa, coronel; V. es un hombre de mundo, menos
arregladito que Hojeda, y puede hacer feliz a cualquier muchacha.

--Ya lo oye V., D. Facundo--dijo el coronel.--Los hombres arregladitos
no pueden hacer felices a las muchachas.

--No, hombre, no; no quiero decir eso--manifest doa Martina riendo...

Pero en aquel instante entraron en el comedor dos nuevos tertulios y se
suspendi la conversacin. Ninguno de los dos llegara a veinticinco
aos: dieron la mano con gran confianza a los seores y besaron a los
nios, lo cual testimoniaba su amistad con la familia de Rivera. El uno
era delgado, plido, ojos pequeos, bastante feo todo l, aunque vestido
con gran pulcritud y elegancia: se llamaba Juan Romillo, hijo de un rico
camisero de la calle del Prncipe: su padre le haba destinado al foro,
en el cual no haba hecho grandes adelantos; en cambio desde muy nio
haba despuntado en el arte de vestirse y en el conocimiento pleno,
absoluto, de cuantas noticias verdaderas o falsas corran por la villa:
en las casas donde l entraba no se lean los diarios noticieros,
porque eran intiles: a esto se reduca su ciencia y sus partes. El otro
era un guapo chico, rubio, sonrosado, de barba rala e incipiente, ojos
azules y hmedos, los labios siempre plegados con sonrisa tierna y
humilde, los ademanes respetuosos sin ser encogidos. Haba nacido en
Cuba de una familia opulenta, que despus se arruin en el juego de
Bolsa al establecerse en Espaa. Era abogado tambin, como su amigo y
condiscpulo Romillo, pero mucho ms estudioso y aprovechado, lo cual
era de necesidad, pues Romillo tena en perspectiva una fortuna
considerable, mientras l solamente la que adquiriese con su trabajo.
Figuraba en la Academia de Jurisprudencia como orador de esperanzas, y
haba fundado en compaa de otros una sociedad para la abolicin de la
esclavitud, y otra para abolir las quintas y matrculas de mar. En estos
asuntos de inters humanitario mostraba Valle (Arturo del Valle era su
nombre) una actividad y un inters tan laudables como prodigiosos: el
nmero de asambleas, o _meetings_, como se deca en los peridicos, y de
banquetes que por su iniciativa se haban promovido, era incalculable;
el de artculos y folletos que haba escrito en apoyo de sus ideas
generosas, tampoco poda apreciarse con exactitud. En estos folletos
sola venir debajo del ttulo, a modo de sello, un psimo grabado
representando un negrito de rodillas y aherrojado con las manos
levantadas al cielo. En los banquetes figuraba tambin otro negrito,
pero de carne y hueso: a los postres de estos festines humanitarios rara
vez dejaba Valle de levantarse diciendo en voz alta y solemne:

--Se me dise, seore, que ah afuera hay un hombre de col que desea
fraternis con nosotros. Tenis inconveniente en que esta vctima de la
injustisia sosial entre a saludaros?

--Que entre, que entre ahora mismo!--gritaba la asamblea como un solo
hombre, presa de entusiasmo abolicionista.

Entonces Valle abra la puerta y sacaba de la mano al negrito, el cual
se dejaba abrazar de todos los comensales entre vtores y aplausos. Y
despus se emborrachaba como cualquier blanco, y aun mejor algunas
veces. Este personaje oportuno, que llegaba siempre por casualidad al
final de los banquetes abolicionistas, andando el tiempo lleg a ser
conocido en Madrid. La gente sola decir cuando pasaba por la calle:
Ah va el negrito de Valle.

Las ideas polticas de ste, aunque muy democrticas, estaban templadas
por aquella eterna y dulce y amable sonrisa de que hemos hecho mencin:
esta sonrisa era el mejor salvo-conducto para entrar y ser bien acogido
en todos los salones de la corte: gracias a ella, D. Bernardo Rivera,
que no tena pizca de demcrata ni abolicionista, se dignaba otorgarle
su amistad protectora:--Es un muchacho excelente--sola decir,--salvo
sus ideas...; pero ya las ir modificando con el tiempo. Con aquella
sonrisa, beneficiada con acierto, se poda hacer una gran carrera.

Los dos pollos (como doa Martina los llamaba) fueron saludados con
efusin por los presentes. D. Bernardo les entreg generosamente su
mano, aunque sin perder un punto la gravedad que tan bien le sentaba. Al
instante se entabl una conversacin animadsima acerca de los asuntos
que entonces embargaban la atencin de la corte: uno de ellos era la
llegada reciente del clebre tenor Mario. Romillo lo esclareci de un
modo notabilsimo; entre otros datos importantes, hizo saber que Mario
haba dado orden a L'Hardy, el pastelero de la Carrera de San Jernimo,
de que no vendiese ms botellas de _champagne_, pues probablemente
necesitara l las existencias que hubiese.

--Ave Mara pursima! Pero se las va a beber todas?--exclam
cndidamente Hojeda.

--S seor--repuso gravemente Romillo.--Se bebe por trmino medio una
docena de botellas todos los das.

--No haga V. caso, hombre!--exclam doa Martina riendo.--Este Romillo
siempre tiene ganas de bromas. Se las bebern entre l y sus amigachos.

Estaban a los postres. Romillo y Valle fueron invitados a tomar caf y
se sentaron a la mesa. Despus del tenor Mario, vers la pltica sobre
los fusilamientos de algunos sargentos que se haban sublevado. Romillo
dio acerca de este punto pormenores no menos interesantes: uno de los
reos no haba quedado muerto en el acto; se levant pidiendo
misericordia; el confesor trat de interponerse entre l y los caones
de los fusiles; pero el General que mandaba las tropas acudi, y alzando
la espada lleno de clera, le dijo:

--Padre cura, a su puesto, o le fusilo a V. en el acto!

--Qu horror!--exclam Valle, poniendo los ojos en blanco y posndolos
despus blandamente sobre Eulalia.

--En efecto--dijo D. Bernardo,--es muy triste todo eso, pero de absoluta
necesidad. Dnde iramos a parar si no se castigase con mano fuerte la
rebelin?

--Que se castigue de otro modo se; la pena de muerte debe ser
proscrita de los cdigos.

--No vayamos a las declamaciones, amigo Valle: la pena de muerte debe de
subsistir mientras haya criminales que la merezcan. V. es muy joven,
querido, y tiene las ideas generosas, pero irreflexivas, propias de la
juventud. Cuando V. haya vivido ms, ver que no puede gobernarse con el
corazn, sino con la inteligencia.

--Tal ves sea lo que ust dise... pero yo no lo puedo remedi... me
causan horr todas las penas corporale!

Al pronunciar estas palabras sus labios estaban contrados por una
sonrisa de inefable dulzura, mientras sus ojos seguan mirando a la
primognita de Rivera.

D. Bernardo todava se dign contradecir otras cuantas veces al joven
abolicionista, favor que ste supo apreciar en lo que vala, procurando
dar a sus argumentos un sesgo sentimental que no molestase poco ni mucho
al respetable prohombre: dejbase acorralar algunas veces, otras se
escapaba por medio de un sofisma evidente, otras se confesaba vencido,
aunque persistiendo en sus creencias.

--Sus rasone son poderosa, no tienen vuelta de hoja, lo comprendo
perfectamente; pero no puedo juzg a la humanidad tan mal; sigo creyendo
que lo medio suave son preferible.

La discusin de esta suerte era sabrosa para don Bernardo, y nada perda
con ello el joven cubano. Doa Martina le contemplaba con admiracin y
simpata, participando de sus opiniones caritativas. Eulalia le
escuchaba sin disgusto, que era lo mejor que poda esperarse de esta
severa doncella.

Al fin Romillo llam la atencin de todos, sacando del bolsillo del
gabn un lindo artefacto, que segn dijo le acababan de enviar de Pars.
Era un estereoscopio de nuevo sistema; de otro bolsillo sac una
coleccin de vistas, iluminadas unas, otras sin luz, representando los
paisajes y monumentos ms notables del universo. En torno de l se
agruparon inmediatamente todos, exceptuando el jefe de la familia, a
quien no podan interesar tales bagatelas, y Romillo fue colocando las
vistas y mostrndoselas, explicando previamente lo que significaban.

--Alrededores de Npoles... Ah tienen VV. el Vesubio a un lado... el
golfo debajo...

--Hermoso pas!--exclam D. Facundo, que despus de los nios, y acaso
antes, era el que con ms afn pona los ojos en los cristales.--Hombre,
qu ganas tengo yo de hacer un viaje por Italia.

--Pues a ello.

--Si no se gastase tanto!

--Pero, hombre de Dios, para quin quiere usted ese gatazo que tiene en
casa? No es mejor que se divierta por cuenta de los herederos?--dijo
doa Martina.

--Mi gato est ms flaco de lo que V. piensa, Martinita.

--La torre inclinada de Pisa.

--Vaya una cosa rara y sorprendente!--exclam el coronel.--Yo no s
cmo ha podido construirse esa torre.

--Haciendo que la vertical que pasa por el centro de gravedad, caiga
dentro de la base--manifest Carlitos, que haba estudiado su poquito de
fsica en la escuela.

--Muy bien, chico, muy bien--repuso el coronel mirndole.--Eres ya un
sabio.

Carlitos se puso colorado de gusto. Pero Enrique, que estaba detrs, se
indign con aquella prueba de sabidura que acababa de dar su hermano, y
le dijo al odo:

--Farol! Ya has metido la cucharada? Farol de retreta!

El Gran Arquitecto, que tena mucho puntillo y no estaba avezado a
sufrir injurias tan manifiestas, le alumbr por toda contestacin una
soberana morrada en las narices. Pero Enrique, que conoca a dnde
llegaban las fuerzas de su erudito hermano, sin proferir una queja, se
arroj sobre l como un len, y le hubiera despedazado a no intervenir
muy oportunamente en la contienda doa Martina.

--Enva esos nios a la cama--orden D. Bernardo.

--Ahora, ahora; en cuando lleven a Miguel a su casa--repuso la
seora.--Estoy esperando que el criado concluya de comer.

--El puerto de la Habana--dijo Romillo poniendo el estereoscopio delante
al coronel.

--Su pas de V.--dijo Eulalia a Valle, con un amago de sonrisa.

--Tiene V. deseos de ver su tierra?--pregunt doa Martina.

--Y cmo no, seora!--respondi el cubano poniendo otra vez los ojos en
blanco y con afluencia admirable.--No he de tener deseo de ver a mi
pa, lo sitio donde se han deslisado lo ao de mi infansia? No he de
tener grabado en mi corasn aquello paraje tan delisioso, aquella
naturalesa tan rica? No he de apetes encontrarme otra ves en medio de
aquella selva vrgene, bajo un sielo siempre asul, y beb el agua del
coco y com la pia y el pltano y la guayaba?

Hablaba de carrera y sin detenerse cual si le hubiesen dado cuerda.

Cuando termin el panegrico, volvi a poner los ojos en su sitio, y el
rostro perdi repentinamente su expresin animada, como si el mecanismo
interior se hubiese parado.

--Paisaje de las orillas del Nilo--manifest Romillo.

--De aqu salieron las siete vacas gordas y las siete flacas que vio
Jos en sueos, no es verdad?--pregunt doa Martina mientras miraba
con atencin por los cristales.

--Justamente--contest Hojeda,--las que simbolizaban los aos de
abundancia y de miseria. No anda por ah el palacio de Faran,
Martinita?

--No seor, no le veo; lo que s hay son unos animales muy feos, as
como serpientes grandes...

--A ver, mam, djame ver...--dijo Carlitos con mucho afn.

Su mam le puso el estereoscopio delante.

--Son cocodrilos--manifest enseguida el nio con
suficiencia.--Pertenecen a la clase de los _reptiles_, orden de los
_saurios_, familia de los _crocodlidos_.

--Mucho, mucho, chico!--manifest el coronel con la misma sorna.

--Todos los animales se dividen en cinco tipos...

--Nada mas?

--No seor, nada ms: _vertebrados_, _articulados_, _moluscos_,
_radiados_ y _heteremorfos_... Lo que hay es que despus se dividen en
clases, rdenes, familias, gneros y especies... Los _vertebrados_ se
dividen en cinco clases: _mamferos_, _aves_, _reptiles_, _anfibios_ y
_peces_; los _mamferos_ en catorce rdenes: _bimanos_, _cuadrumanos_,
_quirpteros_, _insectvoros_, _fieras_, _pinnpedos_...

--Vamos, nio, basta--dijo a esta sazn don Bernardo, que comenzaba a
ver lo ridculo de todo aquello.

--_Roedores, desdentados, proboscideos, paquidermos_...

--Basta te digo, nio!

--_Solpedos, rumiantes, sirenios y cetceos._

--Si no te callas, Carlitos, voy all y te arranco las orejas! Cuidado
con lo cargante que se pone este chiquillo algunas veces!

--Anda, bien empleado te est, por farol!--le dijo por lo bajo Enrique.

--Djele V., amigo Rivera, djele V. esplayarse. V. no sabe que la
ciencia a veces produce indigestiones?--manifest el coronel.

Carlitos cerr la boca muy mohno.

--El templo de Santa Sofa en Constantinopla--vea V., coronel--dijo
Romillo.

--Hombre, muy hermoso!... No saba yo que en Constantinopla hubiese un
templo semejante. Qu columnas tan preciosas! qu columnas!...

--Vea V., D. Facundo, vea V.--dijo Romillo quitndoselo al coronel y
ponindoselo delante al boticario.

Al mismo tiempo apret un resorte que el aparato tena, y troc la vista
del templo por la de una figura obscena. Slo para esta broma haba
comprado y trado el estereoscopio.

Hojeda apart instantneamente los ojos horrorizado, y encarndose con
el coronel, le pregunt con retintn:

--Y le gusta a V. esto, coronel?... No estn malas columnas!

El coronel le mir sorprendido.

--A ver, a ver...--dijeron todos.

Romillo volvi a colocar la vista primitiva, que fue muy celebrada.
Entonces D. Facundo, vindole sonrer, cay en la broma y comenz a
dirigirle miradas iracundas; y hasta se acerc a l disimuladamente para
decirle por lo bajo con voz irritada:

--Parece mentira que un joven bien educado traiga aqu esas porqueras!

--Qu tiene V., D. Facundo?--pregunt Juanito en voz alta.

El boticario, desconcertado con la audacia de aquel mequetrefe, contest
lleno de confusin:

--Nada, nada; le preguntaba a V. si an faltaban muchas vistas... porque
deseo retirarme temprano esta noche.

--Si no te molesta mucho, Facundo--dijo don Bernardo,--deseara que te
quedases un ratito an con nosotros. Tengo una sorpresa que darte...

--Molestarme... de ningn modo... aguardar lo que t quieras...

El estereoscopio continu dando juego algn tiempo, y mientras lo daba,
apareci en el comedor el ltimo retoo de los Sres. de Rivera, que
vena dormido en brazos de la nodriza. Era una nia de catorce meses, de
carita ovalada y plida, con cierta expresin triste y reflexiva.

--Aqu est mi Serafina--exclam la madre llena de gozo y orgullo.

Los tertulios fueron depositando un beso en la frente de la criatura,
procurando no despertarla, y la nodriza se retir.

Terminaron al fin las vistas. Romillo guard su estereoscopio, no sin
recibir antes algunas miradas como saetazos del indignado Hojeda. Valle
haba conseguido acercarse a la primognita de los Rivera, y procuraba
entretenerla agradablemente hablndole de sus muchsimas ocupaciones, lo
requerido y solicitado que era de todo el mundo, los aplausos que ganaba
donde quiera que peda la palabra, etc., etc. Los nios haban formado
un grupo y se divertan en un rincn, exceptuando el comedido Vicente,
que se paseaba silenciosamente a lo largo de la estancia, bien resuelto
a no ser confundido con aquella _chiquillera_. Doa Martina, el
coronel, Romillo y Hojeda, formaban el ncleo de la tertulia,
departiendo alegremente en torno de la mesa, mientras el seor de Rivera
se mantena un poco alejado de ellos con un peridico en la mano. Al
cabo, dejndolo sobre la mesa y acercndose, les dijo soplando antes
repetidas veces:

--Voy a darles a VV. una noticia que creo ha de serles grata, dada la
amistad que me profesan y el cario y el inters con que han compartido
hasta ahora, lo mismo nuestros pesares que nuestras alegras.

Todos alzaron la cabeza con sorpresa.

--Pero antes de drsela, les ruego que me aguarden aqu algunos
instantes. Tratar de ser breve, para que la curiosidad no les pique
mucho tiempo.

Y sali del comedor.

--De qu se trata, doa Martina, de qu se trata?--preguntaron a una
voz todos.

--Seores, yo no lo s tampoco--repuso sta, dejando no obstante
adivinar en sus ojos gozosos que lo saba perfectamente.

--Vamos, Martinita, dgalo V.

--No lo s, Hojeda, no lo s!...

--Seores, aguardemos, ya que doa Martina no quiere decirlo--manifest
Romillo.--D. Bernardo no puede tardar mucho.

Tard, sin embargo, ms de lo que contaban; un buen cuarto de hora lo
menos. Al fin se oy en el pasillo algo como repiqueteo de armas y
espuelas, y apareci en la puerta el Sr. de Rivera vestido de mscara.

Gran asombro en todos los circunstantes.

--Pero, qu es eso, D. Bernardo?

--Seores--dijo ste solemnemente;--el captulo de caballeros de la
orden de San Juan de Jerusalem, me ha hecho la honra de recibirme en su
seno. Aqu me tienen VV. de gran uniforme...

--Muy lindo, Rivera, muy lindo... est V. admirablemente--dijo el
coronel, sin poder comprenderse bien, por la entonacin, si hablaba
seria o irnicamente. Lo ms cierto deba ser lo ltimo, porque D.
Bernardo estaba hecho un verdadero adefesio. El uniforme era de color
rojo subido. Pareca una langosta cocida; y para que la semejanza fuese
ms notable, la muchedumbre de cordones y correas que le envolvan
remedaban bastante bien las antenas de aquel animalucho. Un espadn
disforme le colgaba de la cintura; el tricornio estaba adornado con
plumas.

--Y qu calladito se lo tena!--dijo Valle.

--Yo lo saba ya hace das, pero no me atreva a publicarlo,
comprendiendo que D. Bernardo se estaba haciendo el uniforme para dar
una sorpresa a sus amigos, como as result--repuso Juanito Romillo, a
quien molestaba muchsimo el ignorar cualquier noticia.

--Est muy bien, no es verdad?--pregunt doa Martina, llena de cndido
orgullo.

--Admirable, seora, admirable--contest el coronel con voz
cavernosa.--A ver Rivera, d V. la vuelta para que le examinemos por
todas partes...

D. Bernardo gir gravemente en redondo, haciendo sonar el terrible
espadn y las espuelas. En aquel instante se oy un resuello singular en
la estancia, al cual sigui una explosin de carcajada contenida. Era el
pobre Miguel que, despus de haber trabajado como un hroe para contener
la risa, ponindose colorado como un pimiento, haba reventado al fin,
con gran dolor de su alma. Su to le clav una mirada capaz de dejarle
seco en el acto; los dems le miraron tambin severamente y con asombro;
nadie dijo nada, sin embargo. Despus que se hubo desahogado, baj la
cabeza lleno de confusin y vergenza. D. Bernardo se retir
inmediatamente, y en el comedor hubo unos momentos de silencio
embarazoso. Hojeda, para templar el mal efecto de la imprudencia del
nio, se apresur a entablar conversacin acerca de la orden de San
Juan, haciendo de ella y de sus miembros calurosos elogios. Sin embargo,
doa Martina, que estaba realmente enojada, al cabo de pocos minutos
llam al ayo de los nios para que subiera a acostarlos, y orden al
lacayo que condujese a Miguel a su casa.

El chico se despidi, todava confuso, de la tertulia, y dej la casa de
su to, situada en la calle del Prado, y se fue paso entre paso con el
lacayo hasta la suya, que estaba en la del Arenal.




IV


El abuelo de Miguel haba sido uno de los negociantes ms ricos de
Madrid durante el reinado de Fernando VII. Al morir dej a cada uno de
sus tres hijos, Bernardo, Manuel (de quien hablaremos en seguida) y
Fernando, una renta de catorce o quince mil duros, que slo D. Bernardo
haba conseguido, merced a ciertas negociaciones con el Tesoro, aumentar
considerablemente. La de Fernando permaneca en tal estado; y en cuanto
a la de Manuel, se haba mermado bastante.

Fernando, el ltimo de los hermanos y padre de Miguel, era un hombre de
rostro enjuto y avinagrado, como D. Bernardo, cejas espesas y terribles
bigotes. Nadie dira que detrs de este rostro imponente y marcial, se
ocultaba un espritu fino y sensible como el de una damisela, y que
debajo de la cruz laureada de San Fernando, ganada por un acto de arrojo
que asombr a la nacin, lata un corazn de paloma. Nada ms cierto,
sin embargo. Aquellos bigotes terribles no servan, en realidad, ms que
para que todo el mundo se subiese a ellos: y el ms encaramado de todos
era Miguel, a quien su padre no saba negar nada, que haca cuanto se le
antojaba, fuese tuerto o derecho, y que con su mala educacin daba pie a
que se dijese lo que su to le haba dicho aquella tarde.

Cuando lleg a casa y fue a dar las buenas noches a su pap, encontr a
ste sentado en una butaca de su gabinete, fumando y envuelto en la
sombra que proyectaba la pantalla del quinqu.

--Buenas noches, pap.

--Buenas noches, hijo mo.

Miguel se acerc para darle un beso. El brigadier le retuvo entre sus
rodillas acaricindole los cabellos.

--Cmo lo has pasado en casa de tu to?

--Bien.

--Te has divertido mucho?

--Bastante.

--Supongo que no habris hecho ninguna travesura que enfadase a la ta
Martina?

--No, pap--respondi el chico sin vacilar, y le cont todo lo que haba
hecho aquella tarde, omitiendo lo que bien le pareci.

--Bien, as me gusta. Ahora tendrs ya deseos de irte a la cama,
verdad?... Vaya, pues a la cama, hijo mo, a la cama..... No quiero
retenerte ms..... a la cama, a la cama.....

Sin embargo, segua retenindole entre las rodillas. Al fin Miguel,
forzndolas un poco, logr salir de ellas, y se dirigi a la puerta.
Cuando ya estaba cerca, volvi a llamarle su padre.

--Oyes, Miguel..... No te ha hablado tu to Bernardo?... preguntole con
voz algo alterada.

Miguel se detuvo y no contest.

--No te ha hablado de cierto asunto?

--S--murmur el chico, tambin cortado.

--Y qu te ha dicho?... Cuenta.....

Miguel comenz a colocarse los dedos de la mano izquierda unos sobre
otros y no dijo palabra.

--No te ha dicho que ibas a tener pronto una mam?--articul el
brigadier cada vez ms turbado.

--S--murmur sordamente el nio.

--Y qu te parece a ti de eso, Miguel?....

Silencio sepulcral por parte de ste.

--Vamos, ven aqu, tonto, ven aqu--le dijo con voz cariosa; y
metindole de nuevo entre sus rodillas, comenz a besarle con afn.

--No es verdad que a ti no te disgusta tener una mam?... No ves cmo
todos tus amigos la tienen menos t?... Ya vers cmo la quieres... pero
nunca ms que a m, no es cierto?... Y cuando vayas al colegio ya
podrs decir a los compaeros:--Tengo una mam, como vosotros... Y lo
mismo a tus primos Enrique y Carlos... Y saldrs con ella a paseo en
coche para que todos la vean. Ella, que es muy buena, te ha de querer
mucho, y t no la dars ningn disgusto, verdad? Ya te conoce por el
retrato... Y t la conocers muy pronto a ella... Quieres conocerla
ahora mismo?

Y con mano febril, por donde se poda adivinar el grado de
apasionamiento a que el brigadier haba llegado, sac del bolsillo una
cartera y de la cartera un retrato de mujer, que puso delante de los
ojos a su hijo.

--Mrala, te gusta?

Miguel la ech una rpida mirada por complacer a su padre y baj la
cabeza en seal afirmativa.

--Vamos--dijo el brigadier en voz baja y temblorosa,--dala un beso.

El chico obedeci posando levemente los labios sobre el retrato. Su pap
le pag este acto de galantera con un sinnmero de caricias y le fue a
despedir hasta la puerta muy conmovido.

Al da siguiente el brigadier anunci a su hijo que se marchaba en
busca de la mam y que tardara en volver cuatro o cinco das;
recomendole con mucho encarecimiento la formalidad durante su ausencia,
el respeto al ama de llaves, la mesura con los dems criados, la puntual
asistencia al colegio, el estudio, etc., etc.

--Aqu llega tu to Manolo--dijo viendo entrar a su hermano,--a quien te
dejo recomendado: l se encargar de dar una vuelta por aqu todos los
das y enterarse de cmo sigues y qu tal te portas...

El to Manolo, que acababa de entrar, era, con mucho, el mejor mozo de
los tres hermanos. Apesar de sus cuarenta y cinco aos, conservaba una
frescura de cutis y una gallarda de talle que ni en sus mocedades
haban ellos disfrutado: era un hombre verdaderamente notable por su
figura: alto como sus hermanos, pero mejor proporcionado, de facciones
correctas y varoniles, cabello negro y naturalmente rizado, donde apenas
se adverta an tal cual hebra de plata, patillas negras tambin,
largas, sedosas, el cuello blanco y redondo como el de una mujer, el pie
menudo y las manos finas y aristocrticas. En honra y gloria de esta
figura, para regalarla y darla el debido esplendor, haba sacrificado D.
Manuel Rivera todo su tiempo y casi todo su capital. D. Bernardo hablaba
de l con poco respeto y le trataba con cierto despego: el mismo
brigadier, aun querindole bien, no se mostraba muy impresionado por
aquella famossima estampa, y sola reprenderle suavemente algunas cosas
que llamaba puerilidades. En cambio, su sobrino Miguel le adoraba: ya de
nio ansiaba volar a l desde los brazos de la nodriza: el tufo de los
perfumes que gastaba, el roce de aquellas sedosas patillas al besarle, y
sobre todo, la franca alegra que respiraba, le haban seducido siempre
y an le tenan completamente subyugado.

--Pierde cuidado, Fernando--dijo gravemente el real mozo.--Yo har que
Miguel cumpla con sus deberes y se porte como una persona formal... Ni
t, ni Bernardo--aadi dirigindose a su hermano en tono
confidencial--sabis tratar a los chicos. Bernardo con su rigor
inoportuno, y t con tu debilidad, no servs para el caso... Yo hubiera
sido un gran padre... A los chicos es menester tratarles con
familiaridad, darles expansin, hablarles como amigos... y cuando llega
el momento de ponerse serios, se les echa un terno redondo y se les
dice: c... chico, no hay ms remedio que hacer esto!... y se hace!
vaya si se hace!

El brigadier sonri al or aquel discurso, y dijo:

--Bueno, Manolo, t te encargas de dar algunas vueltas por esta casa y
vigilar que todo marche bien... Y si quieres y tienes tiempo para sacar
a Miguel a paseo, scale...

--Nada, hombre, pierde cuidado, te digo.

En efecto, el brigadier parti aquella noche para Sevilla dejando a
Miguel al cuidado de los criados y bajo la vigilancia de su to. Este al
da siguiente vino a enterarse de cmo haba pasado la noche, y tuvo la
amabilidad de conducirle hasta el colegio; al dejarlo a la puerta, le
prometi venir a buscarle y llevarle a almorzar consigo. Y as fue; pero
en vez de llevarle a la fonda donde alojaba, prefiri irse a almorzar al
_restaurant_ del Iris. Comieron y bebieron alegremente como dos
camaradas: el to puso en prctica su tema pedaggico de la expansin. A
los postres tena las mejillas bastante coloradas y hablaba por los
codos.

--Sabes, Miguel?... Ahora, por la tarde te perdono el colegio. Una
tarde ms o menos importa poco. Vamos a dar un paseto en coche, que es
muy higinico despus de almorzar bien... porque hemos almorzado bien;
no es verdad, Miguel? Es lstima que no te encuentres en edad de
fumar... te dara un cigarro... Pero ya llegars a all...

Al levantarse del asiento, Miguel se tambale un poco, lo cual hizo rer
a su to. Como ste ya no tena coche, se fueron a casa del brigadier, y
mand enganchar el _tlbury_, y subindose a l y poniendo al sobrino a
su lado, empu con muy gentil disposicin las riendas, y enderez los
pasos del caballo hacia la Casa de Campo. El to Manolo era uno de los
primeros mayorales de Espaa; daba lstima que aquellas extraordinarias
facultades hubiesen quedado tan pronto oscurecidas por falta de materia
donde aplicarlas. Miguel iba en sus glorias, admirado de ver al to
aflojar y recoger las riendas y fustigar al caballo, con tanto arte,
para ponerle al trote corto o largo, y hacerle revolver en poco espacio.

--Qu tal, Miguel?--le pregunt muy complacido de aquella
admiracin.--Quin lo entiende mejor, Pedro el cochero o yo?

--T!--contest el chico con entusiasmo.

--Pues an no has visto nada... Guiar con un caballo lo hace cualquiera.
Maana pondremos los dos, el Centauro y el Veloz, a la _tende_, y vers
cmo me las s arreglar.

Desde la Casa de Campo vinieron a dar una vueltecita al Prado. El to
Manolo fue enseando a Miguel los trenes ms lujosos y nombrndole sus
dueos: tambin le ense las bellezas de la corte.

--Guapa mujer esa que acabo de saludar! eh? Es hija de Bustamante el
banquero...; ligerita..., ligerita!... All va la Condesa de
Fuenteseca... no me ha visto... a la otra vuelta la saludar... Cuidado
que se conserva bien esa mujer!... Adis, Luca, a los pies de
V.,--dijo, quitando el sombrero, a una joven rubia que vena en
carretela con otras seoras.--Esa chica que acabo de saludar es
sevillana y muy amiga de la que va a ser tu mam... muy romntica!
muy espiritual!... No tiene una peseta, sabes?... Si va en coche, es
porque la convidan las amigas... De eso hay mucho en Madrid, chico...
Te digo que a este caballo le han estropeado la boca! Ese Pedro!...
ese Pedro!... No s cmo tu padre se ha encaprichado por l... yo le
haba recomendado otro magnfico que haba sido muchos aos de
Villamejor, pero no me ha hecho caso, y ha preferido ese bruto...

Miguel ech una mirada atrs porque estaba seguro de que el lacayo se lo
iba a contar todo a Pedro.

--Esprate un poco... ah viene la Albini...

El to Manolo salud a la ltima moda agitando el sombrero en el aire.
La blonda y obesa cantante, que vena arrellanada en una carretela, le
contest con sonrisa amistosa.

--Es la primera tiple absoluta del Teatro Real... Una hermosa mujer!...
y nada arisca... Si te parece, vamos a dar la vuelta para que la veas
bien...

Y sin ms aguardar, hizo revolver al caballo y se puso a seguir el coche
de la Albini, y en toda la tarde no le perdi de vista. Cuando oscureci
se fueron a tomar un sorbete al Iris y despus a casa.

Al da siguiente no hubo colegio tampoco por la tarde, y salieron en
coche como haban convenido a la _tende_, luciendo el to Manolo sus
aptitudes prodigiosas en el Prado. Miguel iba embelesado y orgulloso de
ver que la gente les miraba mucho. Aquella manera de enganchar los
caballos era todava rara y un poco peligrosa no contando con jacas
amaestradas. Por la noche el to le llev al Teatro Real a un palco que
tenan abonado entre varios amigos, le present a todos ellos y fue muy
besuqueado y obsequiado de dulces. El to desapareci del palco durante
un acto, y Miguel supo por los amigos que deba de estar en el cuarto de
la Albini. En efecto, al cabo de una hora vino muy sonriente y
satisfecho y sufri con alegra la matraca que sus amigos le dieron por
haber dejado al sobrino abandonado. Al otro da despus de paseo le
llev a casa de unos amigos, donde se ensayaban haca ya tiempo dos
actos de pera que deban cantarse y representarse en el cumpleaos de
la seora. Esta era una gran msica y tocaba el piano admirablemente; de
voz andaba tal cual. Su hija la tena penetrante y bastante
desagradable, pero saba cantar. El Sr. de Trujillo, esposo y pap
respectivamente de las mencionadas damas, intendente de ejrcito, ni
tena voz ni saba cantar, pero cantaba. Haba otra porcin de
tertulianos que con las mismas disposiciones para el arte musical que el
intendente, se haban prestado a tomar parte en la funcin. Entre todos
ellos descollaba como la robusta encina en bosque de madroos, el to
Manolo. Miguel pudo convencerse en seguida de que era el gallo de la
quintana. Rivera para aqu, Rivera para all, Rivera esto, Rivera lo
otro, en todas partes haca falta y para todo se le consultaba. Cmo
no, si saba casi tanta msica como la intendenta y posea una voz
aceptable de tenor! As que de hecho l era el director de la fiesta,
por ms que aquella lo fuese de derecho.

Se iba a cantar un acto de la _Luca_, de Donizetti, y otro del
_Coradino_, de Rossini. Los ensayos haca ya mas de tres meses que
haban comenzado; todo el invierno haba estado el to Manolo
preguntando a la intendenta: _Son tue cifre? A me risponde_, y
contestndole aqulla con voz temblona _Siii._ Apesar de eso no sala
bien; y era porque las partes secundarias no lo tomaban con la misma
aficin y calor que las primeras. Los coros de ambos sexos,
particularmente, estaban rematados; cada cual por su lado. En vano la
intendenta pona mala cara a las seoritas que la secundaban y les
diriga de vez en cuando alguna pulla amarga: en vano el to Manolo, con
ms paciencia y amabilidad, haca repetir infinitas veces los pasajes
difciles. Nada; las seoritas y seoritos que componan la reunin,
tomaban aquellos ensayos como pretexto para verse todas las noches y
decirse recaditos y ternezas; y cuando por indicacin de Rivera se
colocaban los varones frente a las hembras a los dos lados del piano,
haba un fuego graneado de miradas y seas que arda Troya; la
intendenta estaba dada a los diablos.

Cuando la tertulia pareci mostrar inters fue al hablarse de los
trajes. Comenzaron con calor los preparativos de indumentaria; las
coristas encargaron vestidos riqusimos a Pars y se retrataron con
ellos: los caballeros tambin fatigaron a los sastres con menudencias
impertinentes. Todo esto era motivo de indignacin para la intendenta.
De trapos muy bien--sola decir con amargura;--pero de msica estn VV.
tan desnudos como su madre los pari. El to Manolo lo tomaba con ms
filosofa, sobre todo en lo que tocaba a las seoritas. La intendenta no
estaba lejos de sospechar que tambin l andaba metido en alguna de
aquellas intrigas amorosas que se urdan descaradamente en su saln.

Se hicieron en ste algunas reformas necesarias para el caso, esto es,
se construy en uno de los extremos un bonito escenario. El to Manolo,
a quien se le alcanzaba tambin algo de pintura, bosquej dos
decoraciones bastante regulares. La de la pera de Rossini representaba
las inmediaciones de un castillo feudal, donde habitaba aquel seor que
aborreca las mujeres; a la puerta haba un gran letrero que deca: _Il
feroce Coradino odia il sexo feminino_. La de la obra de Donizetti
representaba el saln de un palacio; en el fondo tena una plataforma
para que se viese bien al tenor cuando entrase a pedir cuentas de la
perrada que su novia le estaba haciendo y causara su aparicin ms
efecto. El escenario tena una puerta al foro que daba al gabinete de la
casa; por la puerta de escape de la alcoba haban de salir los artistas
a vertirse en las habitaciones que se les haba destinado.

Todo esto vio Miguel con asombro y deleite. Su to le llev varios das
al ensayo y le iba explicando minuciosamente lo que cada objeto del
diminuto teatro significaba y para lo que serva. Los futuros
intrpretes de Rossini y Donizetti le agasajaban mucho; pero una cosa no
poda sufrir con paciencia, y era que todos al besarle o darle
afectuosas palmaditas en el rostro le mostrasen compasin.--Dnde
tienes a pap?--En Sevilla, contestaba l.--Y qu fue a hacer a
Sevilla? le preguntaban sonriendo. Miguel se encoga de hombros.--No
fue a buscarte una mam? l se callaba. Entonces le daban un beso y
volvindose a los dems exclamaban por lo bajo:--Pobrecito! Estas
exclamaciones le inquietaban un poco; mas al instante se disipaba la
mala impresin. Aquellos das su to le traa sumamente divertido; al
colegio por la tarde ya no haba vuelto; despus de almorzar en casa o
fuera, al paseo, al casino, donde vea a to Manolo jugar una partida de
carambolas, algunas veces a los toros y por la noche al ensayo o al
teatro. El ama de llaves le deca sacudiendo la cabeza con
disgusto:--Buena vida te ests dando, Miguelito! No s en qu pararn
estas misas!--El brigadier haca ya ms de ocho das que se haba ido y
no daba noticia del retorno. En casa del to Bernardo no haba vuelto a
poner los pies; sin duda la antipata, o por mejor decir, el miedo que
aqul inspiraba a to Manolo era la causa principal de este alejamiento.
Sin embargo, una tarde vino Enrique a convidarle a comer de parte de sus
paps y fue muy recriminado de toda la familia por su ingratitud.

Lleg por fin el cumpleaos de Anita; as llamaban los amigos a la
intendenta apesar de hallarse ya cerca de los cuarenta y no poder
revolverse de gorda. Desde las primeras horas de la maana to Manolo
anduvo tan diligente y afanoso, que no pudo el sobrino echarle la vista
encima hasta que vino a decirle que a las siete volvera por l. Y en
efecto, antes que fuesen sonadas se present a buscarle y con el bocado
en la boca le llev a casa de Trujillo. Si inquieto y preocupado andaba
el to Manolo, no lo estaba menos la intendenta; a ms del temor natural
de que se desluciesen por culpa de los otros sus reconocidas y acatadas
facultades de cantante, el negocio de las invitaciones le daba mucha
guerra; para no agraviar a ninguna se haban convidado ms personas de
las que caban en el saln; cuando empez a llegar la gente hubo algunos
disgustos; varias seoras se vieron obligadas a quedarse de pie por
falta de asiento y algunas se marcharon muy desabridas antes de comenzar
la fiesta. Buenos iran poniendo a los Trujillo! Para que no ocupase
silla, to Manolo llev a Miguel al escenario. No le pes de ello; al
contrario, los preparativos, el trajn de los artistas, las voces, las
risas le llenaban de gozo. Cuando comenzaron a llegar de los cuartos
perfectamente disfrazados todos aquellos seores y seoras, tard en
reconocerlos; al pasar por delante de l le preguntaban acaricindole la
cara:--Me conoces, Miguelito?--Y l, despus de mirarlos con atencin,
deca:--S, Fulano--y esto le causaba un vivo placer. Pero el que le
dej confuso, absorto y entusiasmado fue to Manolo vestido de seor
feudal; llevaba botas de ante amarillo que le llegaban hasta los muslos
y el cuerpo ceido con loriga que brillaba como un espejo; el casco era
enorme y asombroso por la cantidad de guilas, grifos y dragones y otros
animales emblemticos que le adornaban; la barba le llegaba casi hasta
la cintura, y hasta el medio de la espalda los cabellos. Finalmente, en
esto, como en todo lo dems, se reconoca el gusto y la esplendidez de
Rivera.

Su aparicin caus mgico efecto en el auditorio y fue saludado con una
salva de aplausos. Tambin a la intendenta se la aplaudi al salir. El
acto de _Coradino_ fue un triunfo para ambos: to Manolo _dijo_ su aria
de salida admirablemente, segn dos o tres _dilettantti_ sietemesinos
que all se encontraban, y eso que era difcil de _vocalizar_; era
precisamente el fuerte de Rivera; no tena gran voz, pero vocalizaba
perfectamente. Donde la intendenta le llev mucha ventaja fue en la
mmica: Anita era una consumada actriz, mientras el to Manolo se mova
poco y con trabajo en la escena. El acto de _Luca_ comenz igualmente
muy bien: los coros, contra lo que se esperaba, estuvieron bastante
acertados: Rivera dijo sus primeras frases de indignacin con buen
xito: el concertante tampoco sali mal. Mas al terminarse el acto,
cuando el clebre _Ah maledetto!_ del tenor, el to Manolo tuvo la
desgracia de soltar un gallo. Nunca haba dado las notas altas muy
claras y las tema mucho. En el auditorio se levant un leve murmullo,
al cual sigui un estrepitoso aplauso en testimonio de simpata y
perdn. Rivera, sin embargo, se desconcert completamente y cant lo que
quedaba rematadamente mal. En cambio la intendenta apret de firme,
sobre todo en la declamacin: al echar los brazos al cuello a Rivera
para retenerle, estuvo inimitable. Cuando baj el teln, to Manolo,
desesperado, saltndosele las lgrimas, agit los puos contra el suelo
exclamando:

--Infame tierra! por qu no te abres y me tragas?

Miguel, que presenciaba el espectculo desde los bastidores, se conmovi
profundamente al ver el dolor de su to.

As termin la pera casera. Al da siguiente to Manolo, cuando fue a
visitarle, estaba muy triste y avergonzado y no tuvo humor para sacarle
a paseo. El brigadier no acababa de anunciar su salida: sin embargo, se
sospechaba que no tardara en llegar. Para acabar de ponerle de mal
humor, el to Manolo recibi una carta del director del colegio
noticindole que Miguel se descuidaba mucho en sus estudios haca ya
algunos das. Esto ocasion una muy fuerte desazn entre to y sobrino.

--Mira, mira, majaderillo, lo que me dice el director!--exclam lleno
de clera.--Es sta manera de portarse? Qu dir tu padre cuando venga
y lo sepa? Para eso procuro yo que te diviertas?...

El fuerte de to Manolo no era la lgica: porque procurar que se
divierta un chico no es procurar que estudie. Bien lo comprendi Miguel,
pero no quiso contestarle conociendo su carcter arrebatado: adems, no
le convena ponerse mal con l.

--Chiquillo! Tontuelo! Ponerme a m en berlina de esta manera!...
Vaya un modo decente de corresponder a mis condescendencias!... Nada,
si con estos chicos es mejor ser malo que bueno... ya me voy
convenciendo de eso... El palo, el palo... esto es lo nico que
respetan!... A que no haras esto con tu to Bernardo si l se hubiese
encargado de ti?... Hombre, me parece que si fueses hijo mo te rompa
el trasero a azotes en este momento!

Miguel aguant el chubasco con la cabeza baja y sin chistar. Y ya que se
hubo bien desahogado to Manolo se march dando un gran portazo.

Pero al otro da vino tan risueo como si tal cosa, salieron juntos a
paseo y por la noche le llev al cuarto de la Albini. Todava disfrut
el hijo del brigadier otros cuatro o cinco das de vida regalona, porque
su to no volvi a acordarse de mandarle estudiar ms que del santo de
su nombre; al cabo lleg carta de Sevilla anunciando la salida del
brigadier y su nueva esposa, y las cosas tomaron repentinamente un
aspecto ms serio. Por convenio expreso entre ambos, Miguel haba de ir
por la maana a buscar a su to con la carretela, y desde la fonda iran
a esperar a los viajeros.

Cuando subi a la fonda a eso de las siete, to Manolo comenzaba a
aderezarse, en cuya grave y prolija ocupacin no gustaba de que nadie le
turbase. Sin embargo, Miguel logr entrar en el cuarto y se sent
respetuosamente en una silla a esperar que se diese por terminada. El
negocio no era tan fcil y expedito como a primera vista pareca: el Sr.
de Rivera haba sido siempre extremadamente escrupuloso en el lavado,
planchado y dems artes decorativas; gustaba asimismo de que todas las
prendas que usaba le viniesen como anillo al dedo; cualquier
discrepancia en esta materia consegua alterarle la bilis. Cuando Miguel
entr estaba vivamente satisfecho porque los pantalones que estrenaba le
haban salido muy bien. Dio tres o cuatro vueltecitas taconeando por el
gabinete, y parndose delante del espejo, dijo:

--Qu tal, Miguel, te gustan estos pantalones?

Miguel no entenda casi nada, pero contest afirmativamente.

--Yo creo--manifest Rivera con voz conmovida--que son los que mejor me
ha sacado Utrilla hasta ahora... Y el gnero es muy rico... ingls
legtimo... tcalo, haz el favor de tocarlo...

Miguel le dio un pellizquito al pao y dijo que s, que era bueno.

--Doce duros, amiguito!--Y viendo que el sobrino le miraba sin
comprender, repiti:

--Que me han costado doce duros como doce soles... Pero chico, qu
quieres, cuando las cosas salen bien, doy por bien empleado el dinero...
Lo triste es darlo cuando salen mal... La verdad, se ha portado el
amigo Utrilla! Y que no hay otro pantaln en Madrid igual... Es el nico
que ha venido de este dibujo...

Lo deca en un tono que rebosaba de alegra, movindose delante del
espejo y dando pataditas en el suelo. Despus se puso a silbar _La donna
e mvile_ y se fue a la alcoba a buscar la camisa que ya tena preparada
sobre la cama. Pero la camisa no logr satisfacerle como el pantaln; la
pechera haca bomba y el cuello estaba poco descotado. Despus de
mirarse gravemente al espejo muchas veces y de procurar arreglarla
tirando de ella hacia abajo, el to Manolo solt un terno y ech una
mirada feroz a Miguel. En seguida, procurando refrenarse, sin poder
conseguirlo, exclam por lo bajo y sonriendo forzadamente:

--A que no me visto hoy, Miguelito!

Pero ste, en vez de contestar a la sonrisa con otra, permaneci muy
serio y asustado adivinando la tempestad que herva debajo de tales
palabras. En efecto, Rivera no tard en murmurar una blasfemia
espantosa. Estaba muy plido y se le haba formado un crculo oscuro en
torno de los ojos.

--Oyes, Miguelito, quieres hacerme el favor de salirte a la
sala?--dijo a su sobrino en un tono almibarado, pero muy sospechoso.

Miguel se apresur a escapar del gabinete. No tard en or fuertes
trastazos, acompaados de vivas interjecciones, paseos y un resuello
lgubre de malsimo agero. Al fin todo qued en silencio, y curioso de
saber en qu consista, mir por la rendija de la puerta, y vio a su to
sentado en una butaca, en mangas de camisa, hundida la cabeza en el
pecho, el pelo cado por la frente en la ms triste y desesperada
actitud que nadie pudiera imaginarse. Despus de permanecer algunos
minutos en tal estado, vecino de la locura, vio que se levantaba, y con
cristiana resignacin sacaba del armario la tercer camisa, y despus de
meterle los botones, se la pona dando un profundo suspiro. Al cabo de
un cuarto de hora, concluida su tarea, sali del gabinete serio,
tranquilo, un poco plido, como sucede siempre despus de las grandes
crisis. Al encontrarse sus ojos con los de Miguel, sonri avergonzado. A
ste le acometieron aquellas malditas ganas de rer que tanto dao le
causaron, y no falt mucho para echarlo todo a perder. Por fortuna
consigui refrenarlas.

Encaminronse lo ms pronto posible al parador de la silla de posta, que
no tard en llegar. Abri la portezuela el to Manolo, y se apresur a
dar la mano a su cuada, que salt en tierra con mucha compostura y
elegancia. El brigadier, despus de abrazar a su hijo, lo present a su
nueva mam, quien le dio un beso en la mejilla, reparando poco en l.
Era una mujer hermosa, alta, maciza de carnes, el rostro blanco y
ovalado, negros y grandes los ojos, pestaa larga, cabello castao
tirando a rubio, derecha de espaldas y cogida de cintura, gallarda y
briosa en sus movimientos y un tantico soberbia. Miguel entendi que no
haba visto nunca nada tan bello, y la expres su rendimiento mirndola
hasta comrsela con los ojos. Terminados los saludos y las preguntas que
en casos tales suelen repetirse bastante, se entraron los cuatro en la
carretela. Sentose la dama en el fondo a la derecha, y el brigadier a su
lado: Miguel y el to Manolo se acomodaron enfrente. Comprendiendo el
buen efecto que en su hijo haba causado la mam que le traa, el
brigadier iba muy complacido y estaba harto locuaz; mucho ms de lo que
acostumbraba. El to Manolo, por cierto instinto de coquetera que jams
le abandonaba, haca esfuerzos por mostrarse agudo y chistoso delante de
su cuada, y la abrumaba a galanteras.--ngela, te molestan las
ventanillas abiertas?--la deca llamndola por su nombre y tutendola
ya.--Quieres que cerremos sta de la derecha? Llevas los pies fros?
Dame ac esa sombrilla. chate hacia atrs, que irs ms cmoda. La
hermosa dama contestaba a estos homenajes con leves sonrisas no exentas
de displicencia.

--Vamos, Miguel--dijo el brigadier.--No te parece mejor tu mam que el
retrato?

Miguel, ruborizado y gozoso, contest que s con la cabeza.

--De modo que votas a mi favor, verdad?--le pregunt la nueva
brigadiera con gracioso acento andaluz.

Miguel, avergonzado, no se atrevi a contestar.

--Ya lo creo que vota!--respondi por l su padre.--Y est dispuesto a
hacer todo lo que est de su parte por que le quieras mucho. No es
verdad que sers siempre obediente a tu mam, y no la dars ningn
disgusto?

El muchacho afirm otra vez con la cabeza.

--Vaya, dala un beso ahora.

Miguel fue muy gustoso a besarla en la mejilla, pero en aquel instante
la dama sac la cabeza por la ventanilla para ver los edificios de la
Puerta del Sol, mientras le tenda su mano enguantada. El nio,
obedeciendo a un signo de su padre, la tom entre las suyas y la bes.

Al llegar a casa volvi el to Manolo a ayudarla a saltar del coche y
ofrecerla caballerosamente su brazo para subir la escalera. El brigadier
y su hijo marchaban detrs.




V


Aquella hermosa seora que estusiasm a Miguel, era hija de una familia
sevillana, tan necesitada de bienes de fortuna como rica en timbres y
blasones. Haba tenido innumerables admiradores, algunos novios y casi
ningn pretendiente. Los hombres en esta edad prosaica rara vez se
vuelven locos por amor; y locura era casarse con ngela Guevara no
poseyendo mucho dinero y buenos deseos de gastarlo: porque esta joven
esclarecida, educada en la adoracin de su estirpe, tena de ella tan
alto concepto y tan pagada estaba igualmente de su belleza, gallardo
ingenio, despejo y gentileza, que ningn palacio consideraba bastante
suntuoso, ningn trono suficiente elevado para contener y soportar tal
suma de perfecciones. Su entrada en los teatros y paseos de Sevilla
levantaba siempre un murmullo de admiracin en la gente: los forasteros
se apresuraban a preguntar a los naturales:--Quin es esa joven?--Le
gusta a V., verdad?--solan contestar chuscamente,--pues tenga V.
cuidado, porque es de mrame y no me toques.--Y era cierto: la noble
doncella pas bastantes aos (hasta alcanzar casi los treinta), sin que
nadie se atreviese ms que a mirarla: era una soberbia figura
decorativa, el mejor ornamento quiz, exceptuado la Giralda, de la
ciudad que baa Guadalquivir famoso; pero como aqulla, ni los ingleses
siquiera osaban llevrsela.

Y as se hubiera estado la pobre hasta desmoronarse, a no haber
arribado, en comisin del servicio, el brigadier Rivera. ngela haba
llegado en materia de novios a un escepticismo desconsolador: tanto la
haban requebrado con la vista y con la lengua sin ulteriores
consecuencias, que concluy por imaginar que el amor era un frvolo
entretenimiento para no aburrirse en las tertulias, y el marido (el
suyo, por supuesto) un ser hipottico, una incgnita imposible de
despejar. As, cuando el brigadier, rendido a tanta hermosura, se
resolvi a pedir su mano, entregola apresuradamente como si fuera un
peso que la molestase: y no repar en la diferencia de edad, ni en la
figura quijotesca del pretendiente, ni en la viudez, ni en el hijo que
estaba all por Madrid: todo era nada comparado con el magno problema
que se resolva: casarse y vivir con boato en la corte. Sevilla entera
se alegr; dio un suspiro de descanso, exclamando: Al fin la hemos
casado!

Aqu dan comienzo las desdichas del hroe de nuestra historia. Tan
pronto como la noble doncella andaluza pis los umbrales de la casa de
Rivera, tom las llaves de los armarios y se encarg de su direccin,
tuvo a bien arrojarle el guante. No se detuvo en melindres hipcritas,
ni prepar el terreno, ni dej trascurrir siquiera el tiempo de
cortesa, como hacen la mayor parte de las madrastras; desde el primer
momento revel que Miguel no le agradaba y le declar la guerra; por lo
menos tuvo el mrito de la franqueza. Aqul tard bastante tiempo en
recoger el guante. La impresin que su nueva mam le haba producido era
demasiado grata para que se borrase fcilmente; pens que se entraba un
ngel del cielo por su casa. Pronto se hubiera trocado la admiracin en
amor, si la gentil seora le hubiese tendido su mano protectora. Pero no
fue as: la nueva brigadiera rechaz indignamente la fija mirada de
adoracin que Miguel tena como muda caricia posada constantemente sobre
ella. En vez de agradecerla y de sentirse lisonjeada, comenz a exclamar
speramente en presencia de los criados: Por qu me mirar tanto este
nio? Miguel no comprendi en un principio que su madrastra le daba
calabazas. Su inteligencia infantil no poda darse cuenta de que un ser
tan hermoso aborreciese a quien no le haba hecho ningn dao, y
persisti cndidamente en su amor platnico. Mas a la postre no tuvo ms
remedio que percibir que se le declaraba la guerra, guerra bien injusta
por cierto, y bien desigual! Sinti las espinas de aquella rosa
esplndida, y qued confuso y apenado. Era un temperamento muy nervioso
el suyo; no caba en l la indiferencia: o amaba o aborreca. Por eso,
pasada la sorpresa, sin buscar la razn de tal antipata, trocose presto
su amor en odio. Y a los pocos das la brigadiera ngela, si quiso, pudo
observar que los ojos de Miguel no expresaban ninguna clase de
adoracin.

Encendiose ms con esto la mala voluntad de aqulla; la guerra estall
con todos sus horrores, sin tregua y sin cuartel. Si Miguel sala de
paseo con el lacayo, los ojos penetrantes de la andaluza siempre
descubran a la vuelta en su traje alguna mancha, algn _siete_ mal
recosido por una sirviente piadosa:--Jes, qu nio ma susio y ma
revoltoso! Qu dir la gente que le vea? Dir que yo le abandono y le
dejo andar hecho un pordiosero. Es una vergensa! Si se quedaba en
casa y jugaba con los criados, la seora se pona furiosa, le dola la
cabeza, hablaba de la bajeza de sentimientos que el muchacho revelaba,
allanndose a estar siempre entre la servidumbre, e increpaba duramente
al brigadier porque _no saba educar a su hijo_. Si, por complacer a su
padre, tomaba la resolucin de estarse quieto y sentadito en una silla
toda la tarde, esto era lo que no poda ver _el pasmo de
Sevilla_:--Jes qu nio tan posma! Siempre en las mismitas faldas de
una, mirndolo todo, observndolo todo!... Ay, qu fatiga!

Ni era fcil, como se ve, que le diese gusto en nada. El brigadier
padeca mucho con esta injustificada aversin y procuraba mitigarla, sin
resultado alguno. Necesitbase la pasin loca que su mujer le haba
inspirado y su carcter pacfico, para que algunas veces no hubiese un
escndalo en casa. Los parientes, en cuanto se hicieron cargo de lo que
pasaba, mostraron mucho disgusto. El ms indignado fue to Manolo:--El
da que vea a esa _petenera_ tratar mal a mi sobrino--haba dicho en
cierta casa,--como no se tape las orejas con cera va a escuchar cosas
muy lindas! Y pas como haba previsto. La brigadiera, que no se
recataba de nadie para hacer lo que se le antojaba, reprendi agriamente
a Miguel en presencia suya, y entre otros insultos cometi la ligereza
de llamarle _mala casta_. Or esto y volverse loco to Manolo, fue todo
uno; por milagro no acab all mismo con su cuada. As y todo la agarr
fuertemente por el brazo, y soltando tres o cuatro ternos seguidos, le
escupi ms que le dijo: Oyes t, grandsimo pendn; su casta es mejor
que la tuya siete mil veces... Qu hubiera sido de ti si no te hubieras
casado con el calzonazos de mi hermano? As pagas el bien que te ha
hecho, insultndole a l y a todos nosotros?... Pues mira, chica, que
el porvenir de tu casta hubiera sido lucido como hay Dios!... Estabais
con el agua al cuello, ms pobres que las araas, y todava vienes
echando fieros?... Si le digo a V., hombre, que es morirse de risa!...
Vaya un hermano babieca que tengo!... Babieca!... Ms que
babieca!...

La brigadiera, respuesta al instante del susto, se revolvi airada y le
vomit tres o cuatro insultos feroces, y despus tuvo por oportuno
desmayarse. To Manolo sali del gabinete batiendo las puertas y
soltando juramentos. Encontrose en la escalera a su hermano, y
encarndose con l, le dijo: Parece mentira que con esos bigotazos te
traiga alineado la cursilona de tu mujer! El da que vuelva a poner los
pies en tu casa, que me entierren vivo!

Y sin aguardar la respuesta del atnito brigadier, baj en cuatro saltos
la escalera y desapareci.

La bella andaluza logr al cabo de poco tiempo indisponerse con todos
los parientes de su marido, y lo que es ms grave, que ste apenas se
tratase con ellos. En cambio comenzaron a frecuentar la casa bastantes
miembros de la colonia sevillana amigos de la familia Guevara: la
mayora seoras y seoritas. Entre estas ltimas la ms ntima y asidua
fue Luca Poblacin, aquella joven rubia que D. Manuel de Rivera salud
en el Prado llevando a Miguel en su compaa. Los pormenores biogrficos
que haba dado a su sobrino eran exactos.

Luca no tena fortuna; viva atenida a una pensin que el Estado le
pagaba por haber sido su padre regente de la Audiencia de Puerto Rico.
Relacionada y aun emparentada por su madre con varias familias
aristocrticas de Sevilla y Madrid, disfrut, aunque sin poseerlo, del
bienestar y esplendor que el dinero procura. Desde que haba quedado
hurfana de padre, sus ricos parientes haban tenido la amabilidad de
invitarla a comer con frecuencia y llevarla al teatro y al paseo. A los
diez y siete aos perdi tambin a su madre y fue recogida por los
Marqueses de Cisneros, sus parientes ms prximos establecidos en
Madrid. Como Luca era una joven hermosa, discreta y bien educada, y
como por otra parte contaba con diez o doce mil reales de orfandad, fue
carga muy liviana para aquellos seores, que slo tenan dos hijos y
gozaban buena renta. Haba sido en Sevilla muy ntima de la familia
Guevara, y en particular de Angelita, por ms que sta la aventajase en
edad siete u ocho aos lo menos. Enfriadas un poco las relaciones por la
separacin, volvieron a calentarse tan pronto como se encontraron en
Madrid. Al poco tiempo de llegar ngela, su amiga apenas sala de casa
sino para dormir; ni al paseo, ni al teatro, ni a misa siquiera dejaban
de salir juntas.

Era Luca una rubia de las dichas vulgarmente vaporosas; ojos azules y
claros y un poco hmedos, tersa y blanca la frente, los cabellos como
madejas de oro, las cejas perfiladas en arco, algo aguilea, el talle
fino y esbelto, el rostro alegre y muy apacible. Formaba su hermosura
dichoso contraste con la de la brigadiera; quizs fuera este el
fundamento ms slido de su amistad. Tambin se diferenciaban
notablemente en el humor. ngela era desdeosa, irascible, absolutamente
incapaz de enternecerse, amiga de los placeres de la mesa sobre todos
los dems. Luca era romntica, llorona, con ribetes de literata, amiga
de contar los sueos y los presentimientos, muy habladora, astuta y
zahor para explicar los misterios y laberintos del corazn; apenas
coma. De tal diversidad de cuerpo y espritu naca el acuerdo que
entre ellas exista. ngela mandaba sobre Luca, pero a condicin de
escucharla, lo cual no le costaba trabajo; ejerca sobre ella un cierto
protectorado maternal. Luca en sus adentros compadeca a su amiga por
estar tan ignorante de los inefables deleites de la poesa y del amor, y
en este mutuo aprecio y desprecio vivan ambos genios acordados y
tranquilos.

Luca not en seguida la antipata de su amiga por el hijastro, y trat
de vencerla suavemente; pues no hallaba fundamento para ello. Recordaba
Miguel despus de hombre que la belleza de esta seora no le haba
impresionado como la de su madrastra; mas el cario que le mostr y su
carcter afable y expansivo, concluyeron, no obstante, por seducirle. Un
da, recin casado su padre, charlaban las dos amigas mientras l jugaba
en un rincn; deba referirse la conversacin a su persona, porque ambas
le miraban a menudo, la mam con ojos severos y desdeosos, Luca con
dulzura.

--Ven ac, Miguelito--le dijo sta de pronto. Miguel acudi al
llamamiento. La amable seorita le hizo unas cuantas preguntas de poca
sustancia, y cogindole despus por la barba y mirndole fijamente, dijo
como si atase el hilo a una conversacin empezada:

--Pues no es feo este chico, ngela!

La brigadiera call. Miguel, que tena ya ms penetracin de lo que se
figuraban, comprendi que haba estado su rostro sobre el tapete, y
agradeci toda su vida a la blonda sevillana esta buena opinin.

Otra vez su nueva mam, cuya antipata fue siempre en aumento, le
castig por haber roto con la pelota un juego de tocador que le haban
regalado en su boda. Dejolo encerrado en el cuarto ropero con orden a los
criados de que bajo ningn pretexto le diesen de merendar, y se fue de
visita con su marido. Lleg al poco rato la seorita de Poblacin, y
enterndose de que no haba nadie en casa ms que Miguel, y ste sumido
en oscura mazmorra, tuvo a bien sacarle de ella, apesar de las
advertencias de las doncellas, que teman a su seora ms que al mismo
demonio. Llevolo al comedor, hizo que le diesen de merendar y le
acarici y agasaj cortessimamente. De este y otros favores fue Miguel
deudor a esta dama durante su permanencia en la casa paterna, y siempre
se los tuvo muy en cuenta.

A la brigadiera se le haba metido en la cabeza casar a su amiga, y
casarla ventajosamente. Como Miguel era muy nio y no se recataban de
l, pudo or varias conversaciones acerca de este punto y hasta percibi
alguna vez el nombre del novio que su mam propona. A todos los
encontraba la amable seorita poco adecuados; juraba y perjuraba que
slo se casara cuando hallase el marido que haba visto en sueos o al
menos el que ms se le pareciese. A esto contestaba la brigadiera que no
fuese tonta, que todo era msica celestial y que lo importante era
casarse con un hombre capaz de mantenerla en la categora y con el
bienestar que haba disfrutado siempre. Digamos que la vaporosa rubia no
ech en saco roto los consejos de su buena amiga y aun que supo
aprovecharlos. Pero esto se ver ms adelante.

Al ao de casarse el brigadier diole su esposa, como fruto de bendicin,
una hermosa nia que se bautiz con el nombre de Julia: fue refuerzo de
desgracia para el pobre Miguel, aunque de modo inocente. Como astro de
primera magnitud, oscureci a los dems seres racionales e irracionales
de la casa, y pas a ser el centro de todas las miradas y atenciones, y
el tema de todos los discursos. En los das que siguieron a su
nacimiento Miguel vivi completamente ignorado, haciendo lo que bien le
placa, gozando una calma dichosa. Por desgracia, dur poco. Las negras
pupilas de la brigadiera no tardaron en caer de nuevo sobre l, y detrs
de aquellas pupilas se agitaba ahora un pensamiento tan egosta y
mezquino como acorde con nuestra flaca naturaleza. Aquel chicuelo que
tena delante iba a privar a su hermosa y adorada hija de una mitad de
fortuna, por lo menos. Este pensamiento, siempre fijo, siempre presente
en el cerebro no muy slido de la brigadiera, lleg a exasperarla a tal
punto, que convirti la casa muy pronto, de monarqua absoluta, pero
discreta, que era, en feroz e insufrible despotismo. El mismo brigadier,
que tena a mucha honra no haberse pronunciado jams contra las
instituciones vigentes, estuvo a pique de sublevarse con toda la
guarnicin, representada por Miguel y tres o cuatro criados antiguos. Y
como la soga quiebra siempre por lo ms delgado, la guarnicin padeci
ms en este lance que su digno jefe. Despus de frecuentes combates,
emboscadas, escaramuzas y hasta batallas campales en que la brigadiera
dio pruebas de ser consumada estratgica, muy superior por cierto a su
marido, que no pasara jams de mediano general de divisin, a los tres
fieles y antiguos servidores se les dio la absoluta, y a Miguel...
tambin se la dieron. Veamos de qu modo.

Tena Julita dos aos, poco ms o menos. Era una nia encantadora, que
se rea hasta desternillarse cuando caa cualquier objeto al suelo, y
deca ya pap y mam correctamente y con propiedad. Al mismo tiempo
demostraba felices y excepcionales disposiciones para la msica clsica.
Cuando su padre entonaba con vozarrn de sochantre el aria de bajo de
_Lucrezia Borgia_ o la serenata de _Fausto_, la nia se enterneca,
empezaba a hacer pucheritos, y concluira por llorar frenticamente, si
antes no diese la brigadiera la voz preventiva de: Quieres callarte,
Fernando?

No es posible negar, sin embargo, que Julita profesaba algunas ideas
equivocadas acerca del rgimen gramatical y del valor de las palabras.
Por ejemplo, qu razn poda tener para llamar a la carne _chicha_ y a
la niera _Tita_, nombrndose Felisa? Comprendemos perfectamente que
para pedir queso dijese _quis quis_: aqu, por lo menos, existe la raz
del verdadero vocablo. Sus opiniones acerca de los instintos y carcter
de los animales domsticos eran igualmente absurdas. Al paso que
exageraba hasta lo indecible el poder y la fiereza de las gallinas,
huyendo de ellas con gritos de terror, guardaba simpata viva y profunda
hacia los gatos, la cual no pudo destruirse con los frecuentes araazos
que estas ingratas criaturas infligan sobre sus tiernas manecitas. As
que tropezaba con uno perda nuestra Julia la chabeta, y gritando con la
dulzura de un ruiseor pap, _mamo_! pap, _mamo_! se iba hacia l y
le coga por el rabo. En la misma categora que los gatos, o acaso un
poco ms alto, colocaba Julita a su hermano Miguel, a quien llamaba
_Michel_. Era un cario ciego el que le tena: lo mismo era verle, que
sus bracitos se agitaban de alegra, lanzaban chispas de gozo los ojos,
y peda con toda la fuerza de sus pulmones que trajesen a _Michel_, o le
diesen a ella la muerte. As que le tena cerca, le tiraba por los
cabellos hasta hacerle llorar, en seal de admiracin, o bien llenaba su
rostro de baba. Miguel, ms galante que los gatos, no slo se dejaba
tirar de los pelos con la paciencia de un mrtir, pero hasta buscaba con
afn las ocasiones del martirio. Con una generosidad de que hay muy
pocos ejemplos en la historia, no solamente perdonaba a su hermanita sus
feroces caricias, sino tambin los malos tratos y desabrimientos que por
causa de ella estaba obligado a padecer. Porque la brigadiera no poda
sufrir con paciencia esta simpata: se irritaba contra su hija cuando
peda que le trajesen a Miguel sin demora, y mucho ms cuando ste,
_motu propio_, se llegaba a darla un beso. Tenale formalmente prohibido
el tomarla en brazos, jugar con ella, y en general acercarse cuando no
se lo mandasen: pero nuestro Miguel, desafiando las iras de la
brigadiera unas veces, y otras burlando su vigilancia, pasaba largos
ratos con ella, haciendo payasadas para verla rer, o acaricindola
buenamente.

Una maana se hallaba Julita muy arrellanada en su cuna, contemplando
fijamente el cielo raso. La niera la haba dejado sola por irse a
retozar a la cocina. Su rostro ofreca una gravedad desusada; los ojos
inmviles, estticos; los labios plegados en seal de reflexin; las
manos descansando tranquilamente sobre el vientre. Todo pareca indicar
que estaba embebida en alguna meditacin fantstica. De vez en cuando
levantaba un poco la mano y chasqueaba la lengua, lo cual comunicaba una
melancola profunda a su meditacin: otras veces deca en voz baja y
ronca: upa, upa! Arrastrada por el torbellino de sus tristsimas
ideas, hubiera concluido sin duda por llorar y gritar desesperadamente,
si al entornar un poco la vista hacia la puerta no hubiese visto en ella
admirablemente peinado y acicalado a su hermano Miguel.

--_Michel, Michel!_--dijo saliendo de su estupor doloroso y extendiendo
hacia l los bracitos desnudos.

Miguel se dirigi a ella mirando a todas partes como un ladrn que teme
ser sorprendido. Al instante quedaron los dos confundidos en un estrecho
abrazo: del cual abrazo result Miguel completamente despeinado, con la
cara llena de baba y sin corbata. Julita la blanda en seal de triunfo.

El muchacho, que haba sufrido con harta impaciencia que le asease la
doncella, permiti ahora muy complaciente que su hermana le desasease, y
acercando a ella los labios, le pregunt bajito:

--Di, me quieres, mona?

La nia volvi a tirarle de los pelos y a sobarle la cara en fe de
eterno cario.

--A quin quieres ms, a m o a Tita?

--Michel, Michel--dijo Julita trayndole hacia s y dndole un furioso
puetazo en la nuca. Y no contenta con esta clara manifestacin,
prosigui con nfasis:

--Tita feya... Michel apo.

Miguel enajenado bes apasionadamente los brazos de su hermanita.
Despus le pregunt:

--Quieres que te coma?

Habiendo asentido Julita con una docena de inclinaciones de cabeza, el
chico comenz a figurar que la coma los brazos, la cara, el pecho, las
piernas, en fin, toda su diminuta persona. La nia se deshaca de gozo
al verse devorada de tan gentil manera.

--Te como ms?

Claro est. Julita deseaba que la comiese hasta no dejar rastro de ella.
El tigre, as que hubo terminado, descans algunos instantes sobre la
misma almohada de su vctima. Esta todava se arrancaba la carne del
pecho a puados para ofrecrsela.

--Oyes, Julita, cmo hace el gato?

--Mau, mau!

--Ca! no es as, vers t como hace.

Y ponindose en cuatro patas, comenz a dar vueltas por la estancia,
lanzando tales y tan verdaderos maullidos, que Julita qued suspensa y
esttica, creyendo tener delante de s y en realidad un individuo de la
raza felina. Como no era cosa de dejar pasar tan oportuna ocasin de dar
a conocer sus benvolos sentimientos hacia esta familia, dijo con
profunda conviccin:

--Mamo, apo.

Miguel vino triunfante a ella, y la dio un beso.

--Quieres agua, monina?--le pregunt de repente.

No sabemos qu clase de motivos habran impulsado a Miguel a ofrecer tan
espontneamente agua a su hermana. Sean los que quieran, lo cierto es
que sta, como no poda negarle nada, acept el ofrecimiento. Mas al
servrsela el bueno de Miguel, dej caer sobre la cuna el vaso lleno. La
nia estuvo tres veces para llorar y otras tantas para rer: al fin se
decidi por lo ltimo, hallando muy gracioso, aunque demasiadamente
hmedo, el chiste de su hermanito. Para recompensar su tolerancia, ste
torn a hacer el gato con ms voluntad an y maestra. Despus imit al
perro y al burro menos que medianamente. Al fin, queriendo terminar de
un modo digno y brillante sus trabajos zoolgicos, propuso hacer la
gallina. Todas las antipatas, terrores y resentimientos de Julita se
despertaron al escuchar este nombre malhadado.

--No... ina no... ina feya!

Pero Miguel, arrastrado del deseo de lucir su habilidad en este nuevo
ejercicio, no quiso atender a la negativa y se puso a cacarear de lo
lindo en todos los tonos agudos y graves. La nia, agitada, convulsa,
con los ojos espantados, gritaba cada vez con ms fuerza:

--No... ina no...! feya, feya!

Fue necesario terminar. El artista quedose un tanto mohno viendo
despreciados sus esfuerzos.

--Upa, upa--dijo la nia al cabo de un rato de silencio, tendiendo a
Miguel los brazos.

--No, no te levanto, que rie mam.

--Valiente cosa me importa a m que ria mam!--dijo la nia; esto es,
debi decirlo; en realidad no hizo ms que repetir con un gesto que no
daba lugar a rplica:

--Upa, upa!

Miguel se someti. Cuando la tom en brazos hallose con que estaba hecha
una sopa. El maldito vaso! Al pensar en su madrastra se le puso la
carne de gallina. Fuese porque tal pensamiento le privara repentinamente
de las fuerzas, o porque nunca las hubiera tenido muy hercleas, es lo
cierto que al sacarla de la cuna, sin saber cmo la nia se le desliz
de los brazos, y cay dando un fuerte porrazo con la barba en la
barandilla.

Oh Dios clemente! qu pas all? La sangre de Julita corri en
abundancia; los gritos se oyeron en media legua a la redonda. Acudi la
servidumbre, y el portero, y los vecinos, y los guardias municipales de
la calle, y el mdico de la casa de socorro, y la guardia del Principal,
fuerza de artillera y carabineros, y lo que es an ms espantable que
todo esto... acudi la brigadiera.

En la misma noche el consejo de guerra, presidido por aqulla, conden
al reo nombrado Miguel Rivera a seis aos de presidio con retencin, que
deban purgarse en un edificio grande, feo y sucio, sito en la calle del
Desengao donde se lea con caracteres borrosos este rtulo: _Colegio de
1. y 2. enseanza bajo la advocacin de Nuestra Seora de la
Merced_.




VI


Tan sucio era aquel casern por dentro como por fuera; la enseanza y el
alimento que se daba correspondan muy bien con el local. El fundador y
director del establecimiento era un excoronel de artillera andaluz y
amigo de la familia Guevara; por eso Miguel haba ido a dar all con sus
huesos. El tal coronel, llamado D. Jaime, haba salido del cuerpo por un
asunto de honor en que el suyo no haba quedado bien parado; tuvo
algunas palabras con otro oficial de ingenieros, nombrronse los
padrinos, y cuando lleg la ocasin de formalizarse el desafo, nuestro
D. Jaime se achic y dio toda clase de satisfacciones; los artilleros se
ofendieron mucho con esta conducta, dejaron de saludarle, y el coronel
al cabo se vio obligado a pedir la absoluta. Por supuesto que los
alumnos no saban palabra de todo esto; antes se tenan formada, de la
braveza y esfuerzo de su director, una idea superior a toda hiprbole;
no haba en el colegio quien no le tuviese por ms spero y belicoso que
Roldn y ms denodado que Oliveros de Castilla, y quien no le temblase.
El propio coronel haba fomentado esta opinin refiriendo a sus
discpulos en los momentos en que el lgebra les dejaba algn respiro,
un sin nmero de hazaas portentosas y aventuras sangrientas llevadas a
trmino por su mano, o en cuya ejecucin, por lo menos, haba tenido
parte muy lucida. Adems, cuando se incomodaba, y era muy a menudo,
acostumbraba a desafiar al muchacho delincuente, y no slo a l, sino
tambin a toda la ctedra y al colegio entero lo mismo que hizo el Cid
con el pueblo de Zamora.--Hombre, tendra gracia que uztede ze
burlasen de m!... Nada, zeore, el que quiera rerze que lo diga
francamente. Lo hombre han de zer hombre siempre. Que lo diga y le dar
una piztola para que nos peguemo un tiro! Y zi viene el pap, ze lo
pego al pap, canazto! Y zi viene el hermano, ze lo pego al hermanito!
Y zi viene el abuelito, al abuelito! Eztamo? Los chicos quedaban
petrificados de terror.

Haba otro profesor para la geografa y las _Historias_ de mediana
edad, hombre tmido y pusilnime hasta el exceso, que ganaba el sustento
suyo y el de su madre y hermanas con grandsimo esfuerzo, corriendo todo
el da de un colegio a otro, dando adems leccin particular en algunas
casas y cantando de tiple en las funciones religiosas. Llambase D.
Leandro; era de estatura baja y bajo tambin de color, con grandes ojos
negros y dulces que pedan misericordia; andaba siempre vestido de negro
y cuidadosamente rasurado, como convena a su estado semisacerdotal;
poco le faltaba para gastar corona. Daba leccin de msica a los alumnos
que la pagasen, y era en lo que ms se placa; todo su amor y pasiones
se cifraban en el arte; no tena grandes facultades para l, bien lo
saba y no se avergonzaba de confesarlo; pero lo amaba platnicamente, y
adoraba a quien brillase cultivndolo. Hablarle a l de los grandes
maestros y aun de los pequeos, era verle caerse boca abajo como un
indio en presencia de sus dolos. Tambin dibujaba un poquito, muy
poquito; pero en secreto. En cuanto le mirasen fijamente se ruborizaba;
cuando por casualidad hablaba con una mujer, tena los ojos puestos en
el suelo.

El profesor de Psicologa, Lgica y tica era el reverso de ste:
pedante, charlatn sin pizca de sustancia, procaz de palabra y de obra,
y colrico cuando se crea denigrado. No llegaba a los treinta aos de
edad y haba hecho ya nueve o diez oposiciones a ctedras sin resultado
alguno; slo una vez haba obtenido un segundo lugar. Fuera de los
momentos en que estaba sentado en ctedra, no hablaba de otra cosa;
oposiciones por arriba y por abajo; conoca los nombres de todos los
catedrticos de Espaa, de instituto y de facultad, saba cmo haban
ingresado en el profesorado (casi siempre por intrigas segn l),
llevaba la cuenta exacta de todas las ctedras vacantes y aun de las que
iban a vacar, las que tocaban a turno de oposicin o a concurso, los
tribunales que se haban nombrado desde diez aos hasta la fecha, y
calculaba los que podan nombrarse en lo sucesivo, y mejor an los que
le convendra que se nombrasen. Apesar de sus nfulas, era un gorrn que
se dejaba regalar tabaco, alfileres de corbata y hasta tal cual peseta
por los alumnos. Llambase D. Benigno, pero estos le apodaban
Pppsicologa recalcando mucho la p, como l acostumbraba a hacer.

El catedrtico de Fsica e Historia natural, seor Marroqun, era un
antiguo republicano de barricada, que haba perdido la plaza de auxiliar
en el Instituto de San Isidro por sus ideas polticas y religiosas. En
toda Espaa no haba hombre ms heterodoxo que l: no crea ni en la
madre que le pari. D. Jaime, que no era intolerante, y la prueba es
que lo sostena en su colegio, le haba prohibido, no obstante, que
hiciese alarde de sus ideas, contrarias a toda religin positiva,
delante de sus discpulos.--Amigo Marroqun, no zea uzt balzamina en
zu va; too eztamo enterao de que eso de Dio y lo santo son arma al
hombro; pero si los pap y laz mam quieren que zuz hijos lo crean, qu
lez va V. a hac? Ojo, pue, con el pico, eztamo? No vaya a atufrseme
D. Juan (D. Juan era el cura), y tengamo un lo.--Por instinto de
conservacin, que tarde o nunca abandona ni aun a los enemigos de Dios,
procuraba Marroqun refrenarse: pero con mucho trabajo lo consegua.
Hall un medio ingenioso de manifestar su rencor al Ser Supremo sin
comprometerse, y fue la pretericin: ni por casualidad se le escapaba el
nombre de Dios; en reemplazo suyo deca siempre la naturaleza, y cuando
algn chico lo nombraba, sola rectificarle suave y disimuladamente,
diciendo:--Eso es, las fuerzas de la naturaleza, perfectamente.--Era
hombre de complexin recia, hirsuto como un jabal (as le llamaban en
el colegio), le salan los pelos hasta por debajo de los ojos, firmes y
erizados como pas; los de la cabeza andaban siempre revueltos y
aborrascados por la imposibilidad absoluta de domearlos, y los gastaba
largos para que mejor se observase. Pues no diremos nada de las cerdas
que le salan por las manos y las muecas, que podan competir muy bien
con las de los cepillos ms speros. Cuando Marroqun escriba, uno de
los trabajos mayores era pelear con aquel vello de la mueca, que le
borraba a lo mejor los renglones: no tena otro remedio que metrselos a
cada momento debajo del puo de la camisa; pero a veces se impacientaba
terriblemente. Estos pelos indecentes! Y se arrancaba con rabia un
puado de ellos. Tantos pelos tiene en el alma como en el cuerpo,
deca de l el capelln del colegio con sorda clera. No estamos
conformes con este juicio. Marroqun era un pobre diablo, no exento de
las pasioncillas que atormentan a los humanos, tales como la envidia, la
lujuria, la gula, pero no en ms alto grado que la mayora de ellos. Sin
embargo, erraba mucho en echrselas de austero y hombre acrisolado,
rompiendo en presencia de los discpulos tarjetas de recomendacin y
tratando con afectado desdn al hijo de algn ttulo, porque en realidad
estaba muy lejos de serlo, y de ello tenemos datos inconcusos.

Enemigo irreconciliable de ste era el capelln D. Juan Vigil, director
espiritual de los alumnos, maestro de doctrina cristiana, y catedrtico
de latinidad y retrica y potica. Es persona tan notable desde varios
puntos de vista, que de ella nos ocuparemos con alguna detencin ms
adelante. Slo diremos ahora que era hombre de cuarenta aos de edad,
rubio, plido, de pocas carnes y no muy apretadas, de mediana estatura y
grandes extremidades. Despus del director, la persona ms influyente en
el colegio: dorma dentro de l, y aun se deca que tena alguna
participacin en las ganancias.

Adems de estos personajes principales, haba algunos otros secundarios:
un maestro de primeras letras, un pasante, un inspector, dos criados,
una cocinera, una doncella de labor y una planchadora.

El rgimen interno del colegio no era un modelo de orden y disciplina.
El director se cuidaba poco de l: decase que tiraba de la oreja a
Jorge en el casino, y tal vez fuese cierto: lo indudable era que las
cosas casi nunca andaban bien, que ms de cuatro veces falt dinero en
la caja para pagar al almacenista, y que a los profesores se les
adeudaban casi siempre tres o cuatro meses de sueldo. A pesar de esto,
D. Jaime tena suerte; no se le marchaba un chico: el colegio siempre
lleno. Tal vez contribuyese a ello su mismo desorden, que tena algo de
patriarcal; aquella amable indisciplina era muy del gusto de los nios.
Aunque la comida era de inferior calidad, no estaba tasada ni haba gran
rigor en las horas: si un chico tena hambre, bajaba a la cocina, peda
pan y queso, y sin inconveniente alguno, se lo daban, y si la cocinera,
de natural francota y bonachona, estaba de humor, hasta le frea un
huevo o una magra. Cuando D. Jaime estaba en fondos, los _gaudeamus_
se sucedan en el colegio; variedad de postres, vino de Jerez y hasta se
improvisaba una que otra merendeta en el campo: D. Jaime era muy
aficionado a pintar paisajes, muy malos, eso s, pero que no por eso
dejaban de ser celebrados por discpulos y profesores. En cambio, si se
daban bizcas y el bolsillo se desmayaba, adis confites y la mantequilla
del chocolate y las copitas a las once; nadie coma ms que lo
estrictamente indispensable para no fenecer de hambre. Adems, aquellos
das no haba quien dirigiese la palabra a D. Jaime, ni aun le mirase a
la cara: los castigos eran ms frecuentes: el palo andaba listo y la
sopa perezosa. Hay que confesarlo, porque es la pura verdad, los nicos
progresos literarios y cientficos del colegio de la Merced se hacan en
estos das de crisis monetaria.

La llegada de Miguel no caus efecto alguno, ni en profesores, ni en
discpulos: un nio ms, y bien atrasadito por cierto. Sin embargo, no
tard en llamar la atencin de unos y de otros por su condicin inquieta
y ruidosa: en cuanto tom confianza, y le bastaron pocos das, mostrose
tan travieso, tan turbulento, que los maestros comenzaron a murmurar y a
tenerle sobre ojo, y los alumnos a contar con l para todas las
jugarretas. Don Jaime dijo que aquel chico era de la piel del diablo y
haba que apretarle un poco los tornillos. El cura, aficionado a los
motes, le puso por sobrenombre _Bullita_, y por l se le conoci mucho
tiempo en el colegio. Apesar de esto, no despert rencores, ni
antipatas; haba en su rostro expresivo cierta nobleza que atraa
generalmente, y en sus travesuras nunca dejaba de hallarse alguna
gracia: as que, los profesores, aunque le castigasen con dureza, no
dejaban muchas veces de rerse y de celebrar al hallarse reunidos la
buena sombra de aquel muchacho. El nico que le odi cordialmente desde
su entrada, fue el famoso Pppsicologa, el eterno y asendereado
opositor. Por supuesto que el odio fue recproco al instante, y que
Miguel no perdon medio humano de vejarle y tenerle en continuo
sobresalto: cuando iba a pronunciar la palabra Psicologa, nunca dej en
su vida de prepararse con cierta tosecilla, que haca inmediatamente
sonrer a los compaeros. Los castigos que por esta broma hubo de
padecer, no son para contados: pasaba casi todas las horas de recreo
encerrado en unas jaulas de madera con rejas de hierro que D. Jaime
haba hecho construir en el patio para los delincuentes: sobre estas
jaulas, y debido a la inventiva de Pppsicologa, se haban puesto
grandes cartelones con nombres de animales; en uno deca _Hipoptamo_,
en otro _Rinoceronte_, en otro _Bucfalo_, en otro _Mastodonte_,
etctera, etc. Miguel recorri innumerables veces la fauna moderna y la
antediluviana, pero ya no le daba bendita la vergenza; se distraa el
tiempo de prisin tocando la trompeta con los puos hasta que vena el
inspector a hacerle callar: los chicos, de quienes era querido, solan
traerle los postres que les sobraban, o bien cigarrillos, o cualquiera
otro entretenimiento para que no lo pasase tan mal.

No por virtud de los castigos y reprensiones, sino por otra causa muy
distinta, la conducta de Miguel reformose algn tanto durante una
temporada de varios meses, a los dos aos prximamente de hallarse en el
colegio. Fue el amor quien oper este cambio, si merece tal nombre la
aficin prematura que le prendi por la planchadora del colegio. Haba
establecido sta en su cuarto de trabajo, situado en la guardilla, una
tertulia donde acudan algunos nios en las horas de recreo: contbales
historias maravillosas mientras repasaba la ropa blanca o la aplanchaba.
Desde un da que subi casualmente aficionose tanto a ellas, que comenz
a acudir asiduamente para escucharlas. Sentado a los pies de la
narradora, con la cabeza apoyada en sus rodillas, pasaba admirablemente
las horas embebecido y suspenso. Por delante de sus ojos desfilaron las
aventuras estupendas de _Los doce pares de Francia_, la historia de
_Aladino o la lmpara maravillosa_, la de _Flores y Blanca-Flor_ su
descendencia, amores y peligros que pasaron por ser Flores moro y
Blanca-Flor cristiana, la de _Pierres de Provenza y la hermosa
Magalona_, la de _El esforzado Clamades y la hermosa Clermonda_, o sea
_El caballo de madera_, y otras muchas interesantsimas donde la virtud
sale triunfante y el vicio corrido. Sabida de todos es la particular
inclinacin que tienen las planchadoras a ver a los buenos ricos y
felices y a los malos abatidos y miserables. Miguel particip muy pronto
de estas ideas: y aunque la bella narradora agot prontamente el
repertorio de sus fbulas, cada da las escuchaba con ms atencin y
deleite. Fuerza es confesar, como ya indicamos, que algo, bastante y aun
mucho influa en su atencin el placer que empezaba a sentir
contemplando la vigorosa y agraciada figura de Petra (as se llamaba).
Lleg a admirarla como un bruto: el ideal de la belleza se encarn para
l en sus carnes frescas, sonrosadas y un tanto crasas.

El cuarto de la planchadora era una verdadera estufa en las tardes de
verano. La proximidad del tejado, lo bajo del techo y la hornilla
encendida se conjuraban para hacerlo intolerable. No obstante, Miguel
encontrbase all como el pez en el agua: la mayor parte de las tardes,
cuando lleg esta poca, se las pasaba nuestro hroe mano a mano con el
ideal, sin que nadie viniese a turbarlo. Los tertulianos de la guardilla
desertaban hostigados por el calor. El ideal se mostraba en su posible
desnudez, los brazos remangados hasta el sobaco, el liviano pauelo de
percal arriado hasta donde el pudor empezaba a gritar con fuerza. El
mrbido cuello reluca con el sudor, las mejillas se inflamaban y los
negros y mal peinados cabellos caan en crenchas sobre la espalda y en
rizos sobre la frente salpicada tambin de menudas y brillantes gotas de
agua. Ahumaba la planchadora, o por mejor decir, despeda un vaho sutil
y punzante que Miguel aspiraba embriagndose sin darse cuenta de ello.

Cuando no venan otros chicos, Petra no se decida a malgastar sus
talentos de novelista, y se dedicaba con alma y vida a la tarea que se
le haba encomendado; el hijo del brigadier segua con atencin
profunda, como un aprendiz que desea imponerse pronto en el arte, las
manos de la bella. Algunas veces le daba a sta por hacerle un sin
nmero de preguntas, enterndose de todos los pormenores de su vida; los
disgustos de Miguel con su madrastra la enternecieron sobremanera, y se
desat en injurias contra ella, diciendo que no tena corazn y que era
peor que las fieras de los montes; despus alarg su diatriba a todas
las seoras.--Mira Miguelito, que te lo digo yo; ninguna seora sabe lo
que es conciencia; tienen el corazn ms duro que una piedra; si es
caso, vale ms una pobre de la calle que todas esas seoras con su
colorete y su ringo rango... No llevan nada que no sea postizo: el pelo,
el color, los dientes... y otras cosas que no quiero decirte porqu eres
todava pequeo... Pocas gracias que sean bonitas de ese modo... anda,
anda!... pues si las pobres nos pusiramos todos esos perendengues!...
Pero ms vale lo natural, no es verdad, Miguelito? Llevo yo polvos de
arroz? llevo colorete? eh?... Toca, toca lo que quieras... frota bien
(Miguel frotaba con mano temblorosa). Y apesar de eso, no cambio mis
colores por los de ninguna de esas seoritas tsicas que van al Prado en
carretela...

El hijo del brigadier asenta incondicionalmente a estas atrevidas
proposiciones; quiz las llevase en su pensamiento ms all que la misma
interesada. La verdad es que la admiracin de Petrarca a Laura y la de
Dante a Beatriz eran nada en comparacin con la apasionada y vehemente
que nuestro chico profesaba a la planchadora. La admiraba sin comprender
que la naturaleza pudiese formar otro ser que rivalizase con ella; todo
lo encontraba hechicero, desde sus cabellos, un tantico revueltos, hasta
sus pies, nada breves y nada bien calzados. Petra, que al principio no
haba reparado, concluy por fijarse en aquel nio que tan asiduamente
la visitaba, y vencida de su constancia o por ventura halagada por la
adoracin que en l vea, testimoniole algn afecto. Un da que estaban
solos, como Miguel la mirase desde su taburete hasta comrsela con los
ojos, le dijo con sonrisa burlona y placentera a la par:

--Por qu me miras tanto, Miguelito?... Te gusto?

La vergenza y la confusin se apoderaron del chico; se puso como una
cereza y concluy por llorar desconsoladamente como si le hubiese dicho
alguna injuria. Petra le consol y le mim, dndole algunos besos, que
fueron los hierros con que le esclaviz para siempre.

De all en adelante mostrose muy benvola hacia l; le cosa con esmero
cualquier rotura que hubiese en su vestido; le pegaba los botones y le
arreglaba la corbata; cuando vena despeinado, con sus propios peines le
aliaba el pelo. Miguel viva entre los bienaventurados; el roce de
aquellas manos en su cabeza le producan espasmos de dicha, y el perfume
de la pomada de heliotropo que la planchadora usaba, causbale una
embriaguez dulce y feliz como no volvi a sentirla jams en su vida.

Es condicin precisa de las planchadoras, y tambin de las que no lo
son, hacer con gusto el papel de dolos y propender a la dominacin.
Petra, dejndose adorar, adopt cierta actitud protectora y maternal. Se
interes vivamente por todo lo que a Miguel concerna, revolvi su bal,
cont las camisas y los pauelos, fue depositaria del dinero que le
daban, en una palabra, se hizo cargo por completo de la direccin de sus
negocios, tanto morales como econmicos. Las pocas cartas que el
muchacho reciba lealas ella de cabo a rabo, y frecuentemente dictaba
la respuesta: cuando le castigaban, le llevaba la comida a la prisin;
algunas veces lleg por su propia autoridad a levantar el castigo, y lo
que an es ms grave, a recriminar al profesor que se lo haba impuesto.

Por la pendiente de la soberana se llega muy pronto al absolutismo.
Petra empez a mandar en Miguel como en cosa propia, y a dictarle reglas
de conducta para todos los actos de la vida, hacindole estudiar a su
lado el tiempo que juzgaba necesario y prohibindole los juegos cuando
lo crea oportuno. Porque perdi dos pauelos en pocos das, tom la
resolucin de cosrsele al bolsillo. Tena que darle cuenta del empleo
de todos los momentos:--Qu has hecho despus de salir de clase? Con
quin estabas hablando en el patio? Cuidado que vuelvas otra vez a
subirte al pasamano de la escalera! No andes ms con Pepito; no me
gusta ese chico. Ya me han dicho que ayer no has sabido la leccin. Qu
haces el tiempo que ests en la sala de estudio? Por de contado,
enredar: si te tuviese siempre a mi lado andaras un poco ms
derecho!--Lleg a reprenderle duramente las faltas como si tuviese
sobre l autoridad. Miguel temblaba cuando suba al cuarto de la
guardilla con el pantaln roto, lo mismo que cuando iba a ver a su
madrastra. Mas en cambio de estos apuros tena compensacines: la
planchadora se mostraba amable y generosa a ratos: algunas veces le
levantaba entre sus robustos brazos y le tiraba al aire volviendo a
recogerle; le daba vivos y sonoros besos; le llamaba pichoncito, rico
mo, querido, y le estrechaba con tal fuerza contra su seno, que andaba
cerca de asfixiarle. Era nuestro hroe ya muy hombre y todava al
recordar estos abrazos experimentaba una dulzura inexplicable.

Desgraciadamente, como sucede casi siempre, Petra se desvaneci con el
poder; en vez de mantener su dominio en los lmites discretos y
convenientes, empujolo lentamente hasta los ltimos extremos,
convirtindolo en un despotismo escandaloso y repugnante. Miguel pas al
cabo de algunos meses a ser su paje de cola: Miguel, treme las
tenazas.--Miguel, echa carbn en la hornilla.--Miguel, corre a pedir a
la cocinera agujas.--Miguel, abre esa ventana. El hijo del brigadier
se apresuraba a cumplimentar estas rdenes como el caballero que busca
ocasin de festejar a su dama y ansa testimoniarle su rendimiento. La
dama reciba el homenaje sin pestaar, cual si le fuese debido. Poco a
poco empez a mostrarse impertinente y descontentadiza: Cmo has
tardado tanto, chico?--No es eso lo que te pido, hombre, no es eso,
parece que ests en Babia!--Dnde tienes los ojos? tonto,
retonto!--Me ests consumiendo la paciencia, chiquillo! Nuestro
muchacho lleg prontamente a ejecutar los oficios ms viles. La
planchadora se complaca en tenerle horas enteras abanicndola mientras
trabajaba, en obligarle a dar lustre a sus zapatos y en general en
proporcionarle todos los oficios de un consumado _negrito_. Pero l los
desempeaba con gusto; despus de todo, era el favorito y nadie le
disputaba este ttulo. La sultana, aunque cada da ms altiva y
desdeosa, todava le consenta apoyar la barba en su regazo y
contemplarla largos ratos fijamente. Aquellos ojos ardientes y vidos
demandaban tmidamente una caricia. Petra era cada vez menos expresiva;
pero aunque de mala gana y con semblante hosco, an se dignaba
hacrselas.

La verdad es que se iba cansando del chico; la adoracin ferviente sin
lmites que ste la tributaba, lleg a empalagarla. Tal es la condicin
humana! Este cansancio manifestose en frecuentes enojos y
desabrimientos, sin motivo alguno la mayor parte de las veces.
Mostrbase amable con todo el mundo menos con Miguel, para quien
reservaba tan slo su mal humor. Esto le hizo padecer bastante, y aun
conmovido por sus desprecios y reprensiones, llor lgrimas amargas que
la planchadora conclua por enjugar con el pauelo. Acariciaba, ms le
haca pagar las caricias: Ahora le da el sentimiento al nio! Quieres
callarte, tontuelo! Te figuras que estoy yo aqu para templar gaitas?
Bueno, bueno, ya empieza el lloriqueo! Con estas y otras tales
expresiones abra la llave de las lgrimas que su mano trataba de secar.
Mas no pararon todava aqu las cosas. Un da trasladando Miguel una
cesta con ropa aplanchada de un sitio a otro, la dej caer al suelo y se
manch una buena parte. Petra, hasta entonces, en sus ms fuertes enojos
no haba hecho mas que cogerle por el brazo y sacudirle; ahora le dio
una soberbia bofetada que le encendi el rostro. En vez de ponerlo en
conocimiento del director, o por lo menos marcharse y no subir ms al
cuarto, como aconsejaba su dignidad, contentose con llorar perdidamente.
Y bien perdido qued desde entonces! Petra, para resarcirle, le hizo
caricias muy exquisitas, con lo cual dio por bien empleado el bofetn y
se dispuso a recibir todos los que en adelante aqulla fuera servida
darle, como as acaeci en efecto. Las reprensiones comenzaron a ir casi
siempre con acompaamiento; segura ya de que se aceptaban los golpes, no
los escase; ms por una contradiccin, bien explicable por cierto,
desde que comenz a drselos, le mostr al mismo tiempo mayor afecto;
tan suyo le consideraba, tan pobre y miserable le vea a sus pies, y
tanto le sorprendi su paciencia, que no es mucho si despus de una
buena granizada de mojicones, le otorgase algunas pruebas de afecto. El
muchacho se crea bien indemnizado recibindolas; lejos de apagarse el
fuego de su pecho, creci y se sobresalt hasta lo sumo. Era una pasin
encarnizada, furiosa, bestial, como slo existen en esa edad en que los
sentidos amanecen. Los hombres pueden hablar cuanto gusten de sus
pasiones, los poetas y novelistas exaltar la violencia de las de sus
hroes como plazca a su fantasa; nada es comparable a la aficin
concentrada, fija y ardiente que alguna vez despiertan en el alma y en
el cuerpo de un nio las formas exuberantes y macizas de una mujer.
Miguel despreciaba en el fondo de su corazn a Petra. Con la precoz
viveza de comprensin de los nios cortesanos, no se le ocultaban sus
defectos ni el despreciable papel que desempeaba cerca de ella; pero
una adoracin ciega y frentica que le haca soar noche y da, le tena
fatalmente encadenado. Los malos tratos de su dolo, eran un aliciente
que comunicaba sabor ms exquisito a los deleites que disfrutaba.
Aquella dependencia absoluta en que estaba, aquel temor y zozobra en que
viva, ejercan sobre l cierta suave fascinacin, un encanto
irresistible. Despus de gustarlo, por nada en el mundo quisiera que su
dueo cambiase de condicin y templase sus rigores.

Ni se crea tampoco que los castigos de Petra le produjesen mucho dolor.
Al principio le hicieron llorar, ms por la humillacin que por su
efecto fsico; pero ms tarde hall en esta misma humillacin una nueva
fuente de dulces y halageos placeres. Por una aberracin que a
nosotros slo nos toca hacer constar, los golpes de aquellos brazos
tersos y mrbidos, en vez de causarle dolor, evocaron en su natural
fogoso un mundo de ignotas voluptuosidades. Y desde entonces, no slo
los sufra con resignacin, pero aun lleg a provocarlos con astucia,
contrariando a su terrible dueo hasta verlo fuera de s. Oh, cuando se
irritaba, era Petra una mujer realmente hermosa! Sus mejillas se
coloreaban fuertemente, los labios se encendan, las narices se
dilataban, los ojos adquiran una expresin de olmpico orgullo, y todo
su cuerpo se estremeca al soplo de la ira. Miguel permaneca aterrado,
y al propio tiempo embelesado ante ella. Cuando la iracunda planchadora
le estrujaba entre sus manos, sentase posedo de espanto, de amor, de
respeto y de gozo, lo mismo que los hroes de la gentilidad cuando
incurran en el desagrado de alguna de sus diosas, tan bellas como
terribles y vengativas. Caa de rodillas a sus pies pidiendo perdn, y
se los abrazaba y besaba temblando de terror y voluptuosidad. La diosa,
vencida de tanta humildad, sola tenderle una mano y levantarle
hacindole jurar que no volvera ms a quebrantar sus preceptos. De muy
buen grado lo hara Miguel si no se huyeran de este modo los misteriosos
deleites que gozaba en sus enojos.

Finalmente, tambin lleg a aburrirse la regia planchadora de ejercer un
mando tan desptico; que la mujer, como dicen los que filosofan acerca
de ella en las mesas de los cafs, es ms feliz dejndose dominar que
dominando. El pobre Miguel la cans y apest de tal manera, que vino a
cobrarle verdadero aborrecimiento. Apenas se pasaba da sin que no le
arrojase de junto a s con algn insulto que iba a clavrsele en el
corazn: en no pocas ocasiones le cerr la puerta o le tuvo aguardando
horas enteras para dejarle entrar. Coincidi este desvo con frecuentar
el cuarto de la guardilla un nuevo muchacho de los aos de Miguel, pero
gordo y crecido, y tan rubio y blanco como una inglesa. El reciente
tertuliano rindi pleito homenaje a la planchadora, y comenz a
visitarla con asiduidad. Ah miserable Miguel! En un instante perdi
hasta las pocas migajas de favor que le quedaban. El chico gordo qued
alzado sobre el pavs a los pocos das y proclamado favorito exclusivo,
dueo absoluto del cuarto de la plancha y sus alrededores. No obstante,
Miguel insisti en acudir a l por las tardes, sin obedecer las rdenes
de Petra, que formalmente se lo haba prohibido. Un da entr nuestro
nio muy descuidado: la traicin le acechaba: de entre las faldas de la
planchadora sali repentinamente el nuevo favorito y cay sobre l con
el mpetu y rabia de una fiera; arrojole al suelo y comenz a golpearle
con tal furia, que en pocos minutos no le dej sitio en el rostro sin su
correspondiente seal. Mientras duraba el vapuleo, Petra lo contemplaba
riendo, que a tal grado de fiereza llev su despego! Molido, deshecho y
ensangrentado baj nuestro Miguel, y al verlo en tal estado diose parte
al director. El cual, enterado del suceso y sospechando lo dems que en
el cuarto de la guardilla ocurra, tuvo a bien prohibir, bajo penas
severas, que ningn chico pusiese los pies en la guardilla, eztamo?




VII


Aquel chico gordo, rubio y tan espigado que aporre al hijo del
brigadier, tena un nombre sonoro y aristocrtico, Pedro Mendoza y
Pimentel. Era en el fondo un muchacho excelente, tranquilo, amable,
inofensivo: si haba cometido aquella vileza fue solamente por
instigacin de la planchadora. A los pocos das, arrepentido sin duda,
procur hacer las paces con Miguel; ste, que no era rencoroso, le
perdon fcilmente y le acept por amigo: en poco tiempo llegaron a ser
ntimos. No poco contribuy a estrechar esta amistad por parte de
nuestro hroe la ojeriza injustificada que el cura haba tomado a
Mendoza, y que le haca padecer bastante. Mendoza era en la clase de
don Juan el blanco de todos sus donaires y el hazme rer de los chicos.
Llambale alternativamente _brutandor_ o _parisiense_; el primer mote,
como la palabra misma indica, porque le tena por el mayor majadero que
coma pan; el segundo, porque era muy pulcro, aficionado a vestir a la
moda y a llevar esencias en el pauelo. Aquella vaya continua, aquel
martilleo, parecale muy pesado a Miguel. El pobre Mendoza no haca en
clase nada que no fuese tuerto; en todo hallaba motivos el cura para
soltar una cuchufleta o un sarcasmo que haca prorrumpir en carcajadas a
los alumnos: cuando le sacaba al medio para traducir, ya saban todos
que haba jarana para rato.

La verdad es que el pobre Mendoza no era de los ms despiertos, pero no
se poda negar que estudiaba y trataba de cumplir con su deber, y que
solamente por capricho o por algn sentimiento menos digno, el cura se
ensaaba con l. Miguel le compadeca de veras: si careca de
inteligencia para aprender y explicar bien las lecciones, la culpa no
era suya. As que, cedi en seguida al ruego que le hizo, poco tiempo
despus de trabar amistad con l, de estudiar juntos y ayudarse a sacar
las composiciones. Y como Miguel era de comprensin rpida y expedita,
aunque un poco aturdido, no fue pequeo el servicio que le prest;
tanto, que al verle traducir con ms facilidad y al examinar sus temas
mejor concertados, el cura no sala de su asombro: Brutandor, parece
que la Providencia ha querido al fin mandarte un rayo de sentido comn;
alabada sea ella! El capelln, aunque presuma de perspicaz, no dio en
la razn de este favorable cambio hasta pasados algunos meses; cuando al
fin averigu que las composiciones y las traducciones se sacaban con
ayuda de vecinos, no quisiera equivocarme, pero tuvo un verdadero
alegrn, porque vea confirmado su juicio: Hola! conque Bullita se ha
dignado tenderte su mano protectora? Oh generoso nio!... Ven aqu,
Bullita... declname _generoso puer_.......... y t, Brutandor,
declname _asinus_.......... a un tiempo. Y en verlos ir declinando a
voces formando algaraba holgbase D. Juan y se diverta la clase.

Este capelln era un hombre bastante original. Miguel tuvo ocasin de
conocerle muy bien, porque le mostr predileccin desde el principio,
aunque no dejaba por eso de castigarle duramente y a menudo; en los
ltimos aos de la segunda enseanza lleg a ser su favorito, y hasta le
trajo a dormir a su mismo cuarto; le hizo algunas confidencias, y
gustaba de charlar con l, o, ms propiamente, murmurar del personal del
colegio, lo mismo del masculino que del femenino. Tena un amor propio
exagerado; presuma de todo lo que un hombre puede presumir, hasta de
guapo, pero muy singularmente de forzudo, aunque no lo era gran cosa.
Nada haba que le placiese tanto como ensear los msculos del brazo y
los tendones, y ponerlos contrados y tiesos. Los dems eran hombres
afeminados por los vicios; slo conservndose puro como l, no bebiendo
ms que agua, no tomando caf y huyendo de las _porcuzas_ (las mujeres),
se poda llegar a tal robustez, energa, nimo y hermosura.

No obstante el cario que Miguel tena a su amigo Mendoza, no dejaba de
jugarle algunas pasadas. Haba notado que el capelln era muy aficionado
a las palabras terminadas en amen, emen, imen, omen y umen, y que
experimentaba cierto deleite pronuncindolas; a cada momento deca
examen, o resumen, o dictamen, y a veces traa poco apropsito algunas
raras, y que no eran muy castellanas, como el velamen de los barcos, el
cacumen, etc. Pues bien; preguntndole un da a Mendoza cierto punto que
no traa el libro, Miguel, que estaba a su lado, le dijo rpidamente al
odo: Di que no lo trae el _textumen_. El infeliz, que estaba
atortolado, lo repiti sin fijarse, y..... aqu fue ella! D. Juan,
pensando que uno y otro se burlaban de l, les dio a entrambos una
corrida de mojicones que por poco les arde el pelo. Miguel lloraba y
rea a un mismo tiempo. En otra ocasin el hijo del brigadier, que
dorma en la misma sala que Mendoza, se levant por la noche, y con un
pedazo de nitrato de plata que se haba procurado, le pint las manos
mientras se hallaba dormido. Al da siguiente Mendoza le pregunt muy
apenado lo que seran aquellas manchas. Miguel quedose grave y pensativo
y le contest:--Mientras estn en las manos me parece que no tienen
mucha importancia; pero o decir a mi padre que si salen en la cara es
muerte segura, porque manifiesta que la sangre est corrompida; un to
mo se muri de esa enfermedad. Con estas noticias se qued Mendoza ms
apenado an. Por la noche no dej Miguel de pintarle tres o cuatro
manchas en el rostro, con lo cual, al verse por la maana en el espejo,
comenz a dar tales gritos y a proferir tales lamentos, que acudi el
director y algunos profesores. Enterados del caso y hechas las
correspondientes averiguaciones, se le impuso a Miguel un severo
castigo. El capelln, que saba la amistad que ambos chicos mantenan,
sali de la sala diciendo:--Tanto quiso el diablo a su madre, que al
fin le sac los ojos.

Sin embargo, la amistad segua inalterable. Mendoza le perdonaba al
instante estas y otras bromas, y Miguel, que no las llevaba a cabo con
intencin malvola, sino por el afn irresistible de rerse, le pagaba
su paciencia sacndole los significados y metindole en la cabeza las
lecciones. Y eso que Brutandor, segn todas las seas, continuaba siendo
el favorito de la planchadora; pero a Miguel ya se le haba pasado
aquella prematura inclinacin amorosa y no se le daba un bledo por el
antiguo objeto de sus ansias. Este burlaba las rdenes perentorias del
director, llevando a Mendoza a su cuarto, si bien con secreto; y digo
que era ella y no ste quien las burlaba, porque el muchacho nunca
hubiera osado hacerlo si no fuese porque ella le obligaba. Al fin, tanto
miedo tuvo de que el terrible coronel lo supiese, que con precoz sentido
determin separarse de aquel devaneo que no le convena y no subir ms
al cuarto de la planchadora. Miguel le dio por ello la enhorabuena.
Petra le persigui todava algn tiempo; pero el nuevo Teseo se hizo el
sordo y la dej abandonada. No lo estuvo mucho tiempo, sin embargo,
porque el demagogo Marroqun comenz a romper con desusada frecuencia
los botones de la levita y el pantaln, y con la misma frecuencia a
subir a su morada buscando remedio para tales desperfectos. Y era lo
extrao, que aunque Petra era expedita y tena la mano larga para el
trabajo, nunca tard menos de media hora en pegar un botn a Marroqun o
en coserle el ms insignificante siete.

Estos retrasos injustificados comenzaron a notarse en el colegio; los
chicos se pusieron en observacin y al instante se propalaron entre
ellos mil especies, absurdas unas, verosmiles otras, pero todas
graciosas. Uno deca que haba visto a Marroqun por el agujero de la
llave, de rodillas delante de Petra y besndola una mano lo mismo que un
caballero andante; otro le haba visto pellizcarla un muslo al pasar por
su lado; otro le haba odo decir, estando los dos asomados a un
balcn:--Petra, te amo; otro, ms serio que los dems y ms digno de
crdito, aseguraba que su criado haba visto un domingo a Marroqun en
un merendero de las Ventas del Espritu Santo, mano a mano con la
planchadora. Estas noticias volaban por el colegio y se comentaban entre
risa y algazara. Pero los dems profesores, sus compaeros, no se rean;
estaban indignados. Distinguase entre todos el cura D. Juan, a quien no
le faltaba ms que esto para aborrecer de muerte al heterodoxo
naturalista. Despus que ste sala de la estancia destinada a los
profesores, entregbase a furiosos comentarios y soltaba toda la bilis
que tena acumulada: Barjoles, si no fuese mirando a Dios, le pona
los cinco dedos en la cara a ese puerco!... Han visto ustedes nunca un
hombre ms rijoso?... Ese hombre quema por donde pasa, barjoles!... Y
luego, con quin va a ensuciarse!... con una porcuza!... Este
desprecio que D. Juan testimoniaba a Petra, no era sincero, segn pudo
convencerse ms adelante Miguel; el odio a Marroqun, s. Otro de los
que expresaban con ms calor su indignacin era Pppsicologa: propuso
que se diese parte a don Jaime y que se arrojase ignominiosamente a
Marroqun del colegio, y que l se comprometa a desempear sus clases
hasta fin de curso, mediante una corta gratificacin; pero los
compaeros se negaron a dar este paso. Al poco tiempo, el mismo
Pppsicologa fue sorprendido por el inspector durmiendo la siesta con la
cocinera, una mujerota fea y obesa hasta la monstruosidad, y enterado el
coronel, los puso a ambos en la calle, con alegra general de los
alumnos por lo que se refera a D. Benigno y con sentimiento en lo que
tocaba a la cocinera, que era generosa y amable en sumo grado.

Con este suceso, que llam extraordinariamente la atencin, dejose en
paz al hirsuto Marroqun, el cual por lo menos saba guardar las
formas, segn deca D. Leandro, el tiple de San Isidro. Andando el
tiempo se supo que aqul estaba enseando a leer y escribir a Petra, que
despus le dio lecciones de Historia, Geografa, Aritmtica, Fsica e
Historia natural, que en seguida la hizo leer la Historia de los Papas y
la Inquisicin y algunos folletos materialistas, y que despus de
haberla separado convenientemente de toda religin positiva, la hizo su
esposa ante el altar de la propia conciencia. Pero cuando sucedi esto
ya haba salido Miguel del colegio.

El carcter del hijo del brigadier nunca pudo modificarse, ni por las
buenas ni por las malas; ltimamente ya se haba renunciado a corregirle
y se le castigaba nicamente cuando las travesuras suban de punto.
Todos reconocan que tena mucha disposicin y que si se aplicase sera
el nmero uno del colegio; desgraciadamente, durante el curso estudiaba
poco, y slo al llegar el ltimo mes apretaba de firme; pero le bastaba
para sacar en el Instituto tan buenas notas como el primero. Tampoco era
buen guardador de los deberes religiosos; el cura le tena encerrado
muchas veces por hincarse slo con una rodilla en misa o pellizcar a los
compaeros; durante el rosario se entretena en comer castaas y meter
las cortezas en los bolsillos de los otros, o en prolongar la ese del
_ora pro nobis_ ms de la cuenta, o en cualquier otra irreverencia que
sola costarle cara. Cada seis meses confesaba todo el colegio con su
director espiritual, quien los preparaba previamente en el estudio de la
doctrina cristiana y con un examen de conciencia colectivo; se haca en
el saln mayor del establecimiento a fin de que cupieran todos los
alumnos; las ventanas se entornaban para que en la estancia hubiese una
luz discreta y misteriosa que convidase al xtasis y la meditacin; cada
cul estaba sentado en una silla formando crculo en torno del cura, el
cual iba leyendo por un libro los diversos pecados que en la vida pueden
cometerse y explicndolos en seguida con proligidad invitndoles despus
a recordar si tenan que acusarse de ellos. Reinaba un silencio profundo
durante algunos minutos. Volva el cura a leer otro pecado, y as se
pasaba casi toda la tarde. Terminado el examen de conciencia--dijo una
vez don Juan--el nio se prosternar ante una imagen de Jess
crucificado (el cura tendi la vista en torno, y no viendo ninguna, dijo
cambiando de tono:)--A ver, Miguel, ve al oratorio y trae el crucifijo
grande de madera. Miguel se present en seguida con l en las
manos.--Ponte ah de frente y levntalo. Todos se arrodillaron frente
al hijo del brigadier, que estaba de pie sosteniendo la imagen.
Terminado el examen, el nio se prosternar ante una imagen de Jess
crucificado y dir conmigo con el mayor fervor posible: Dios!... El
cura pronunci esta palabra en voz tan alta y tan lastimera, que Miguel,
sin poder contenerse, solt el trapo de la risa, cayndole los mocos
sobre las manos. Don Juan se indign tanto, que levantndose de un salto
y agarrando la vara de sealar en los mapas, arremeti con l hecho un
basilisco. Fue de ver entonces a Miguel correr por la sala y brincar
sobre las mesas con el Cristo en alto, perseguido de cerca por el cura,
que cuando le tena al alcance de la vara, se la arrimaba a las carnes
no suavemente. Los alumnos que an viven recordarn seguramente aquel
incidente chistoso, que termin mandando a Miguel al encierro y
ponindose otro chico en su lugar.

Al da siguiente por la maana, iban a confesarse uno por uno al
oratorio, y desde all a comulgar a la iglesia de San Martn. El cura
era muy aficionado a imponer penitencias extraas y severas. A uno le
mand una vez que cuando sintiese tentaciones de pecar, arrimase el dedo
ndice a una luz hasta quemrselo, rezando despus un padrenuestro: a
Miguel le mand en cierta ocasin que metiese ortigas en la cama y se
acostase en cueros con ellas una noche; pero el muchacho no tuvo nimos
para cumplir esta penitencia, y a la postre el cura se vio precisado a
conmutrsela por otra. Mandole tambin en otra ocasin que cuando
soltase alguna palabra obscena, besase inmediatamente la tierra: esta s
la cumpli, con no poca risa y algazara de los compaeros, pues cuando
se hallaba ms embebecido en el juego y se le escapaba cualquier palabra
de aqullas, se bajaba rpidamente a dar un beso en el suelo; mas l no
se ruborizaba y lleg a tomarlo a risa como ellos.

Los domingos, y tambin algunas tardes serenas y templadas entre semana,
iba todo el colegio de paseo, alumnos y profesores: marchaban de dos en
dos uniformados por las calles de Madrid, y salan a menudo por el Saln
del Prado hacia Atocha o por la puerta de Toledo hacia San Isidro. Los
transentes se detenan un instante para ver pasar aquella comitiva
donde abundaban los rostros delicados de cutis nacarado, un tanto
plidos por la clausura y los hbitos viciosos del colegio: cruzaban
poblando el aire de un murmullo suave, como un enjambre de abejas, ms
atentos a la conversacin que llevaban entablada que a la perspectiva de
las calles y a las bellezas del campo. Delante iban los ms pequeos, y
detrs los mayores; el capelln, el inspector y los dems profesores
cerraban la marcha. Cuando llegaban a un paraje solitario y apartado, se
haca alto y se rompan filas. Durante una hora entregbanse todos a los
juegos peculiares de la infancia, el salto, la pelota, la peonza, etc. A
veces, los profesores alternaban con ellos en estos juegos y llegaban a
interesarse y a herirse en el amor propio; el capelln, principalmente,
ya sabemos que se jactaba de sobresalir en toda clase de ejercicios
corporales, y crea poseer las fuerzas de Sansn; as que le pinchaban
un poco, se despojaba de los manteos y la sotana y se pona a dar
brincos como un zagal, coga a los bueyes de las carretas por los
cuernos, sacuda los rboles, enseaba los brazos, levantaba los chicos
a pulso y ejecutaba otras prodigiosas hazaas que recordaban las
celebradas de Orlando furioso.

Si el director los acompaaba, que no era siempre, haba sesin de
pintura; un chico le llevaba la caja, y en cuanto se hallaban frente a
un objeto digno de ser pintado (y el coronel no era escrupuloso en la
eleccin de asunto), sentbase en una tijerita formada con el mismo
bastn y comenzaba el degello del arte de Vinci y Rafael. D. Leandro,
por su parte, sacando del bolsillo la flauta hecha pedazos, y unindolos
despus con esmero, y templndola con pausa, principiaba a atormentar a
Rossini y Mercadante, aunque ms tmidamente y confesando su indignidad.
Los chicos se reunan en torno de uno o de otro, segn sus aficiones;
pero los ms preferan los ejercicios gimnsticos del capelln.
Marroqun, el velloso, no tomaba parte casi nunca en el juego; prefera
apartarse un buen trecho de todos y sentarse sobre alguna piedra y
entregarse a la meditacin; ltimamente haba descubierto que el estudio
serva de muy poco para ilustrarse; lo principal era pensar, meditar
mucho.

Ya hemos dicho que el cura mostr predileccin por Miguel, apesar de su
conducta nada ejemplar. Sin duda la misma travesura del chico le caa
en gracia; adems, tena en mucho sus partes intelectuales y crea de
buena fe que en formalizando llegara a ser algo de provecho. Cuando
hubo un poco de aprieto en el colegio por el excesivo nmero de
muchachos, no tuvo inconveniente en llevarle a su habitacin y en que se
le armase una cama a su lado. El hijo del brigadier, al principio no
encontr de su gusto este cambio; prefera la celda formada con biombos
en el saln, donde a hurtadillas del inspector, recorra las camas
tirando de los pies a los compaeros o hacindoles carteras con las
sbanas. Despus se hall mucho mejor, cuando el capelln comenz a
tratarle con cierta familiaridad de amigo ms que de profesor. Las
extravagancias y el carcter de aqul llegaron a hacerle tanta gracia,
que no haba para l mayor placer que tirarle de la lengua y escuchar.
D. Juan necesitaba un oyente a quien exponer los muchos pensamientos que
le fatigaban la cabeza, sus teoras, su braveza, sus fuerzas, su higiene
y su horror a las porcuzas. Miguel, que era ya un mancebo de quince
aos, le serva admirablemente para el caso; a veces el capelln,
pensando que hablaba con un hombre ya formado, se deslizaba un poco en
ciertas materias escabrosas. Observ Miguel que apesar de su odio al
sexo femenino, D. Juan gustaba mucho de esta conversacin y vena a
ella con frecuencia. Por las noches, despus que se acostaban y apagaban
la luz, era cuando se departa largamente acerca de este y otros
asuntos. Decale el cura muchas veces, que haba aceptado aquella plaza
en el colegio por no ir de prroco a un pueblo, y eso que le haban
ofrecido curatos muy lucrativos.--Pero en un pueblo est uno muy
expuesto; no tendra ms remedio que tomar ama de gobierno, y eso
siempre es comprometido... Cuntos han cado y se han roto las
narices!... El que ama el peligro, perecer en l, dice el apstol...
Figrate, Miguel, que meto de ama a Petra u otra as por el estilo, y
que una noche la gran porcuza, con mala intencin, viene a mi cuarto a
llamar.--Quin est ah?--Seor cura, tengo miedo.--A qu tienes
miedo, gran yegua?--Seor cura, tengo miedo a los truenos... Y qu hace
un hombre en este caso, barjoles? Lo ms probable es que uno abra la
puerta, y entonces adis con la colorada!... El hombre ms santo mete
la cara en el barro y queda perdido para siempre jams, amn. Observaba
Miguel que cuando el capelln describa tales escenas, nunca dejaba de
traer como elemento de ellas a Petra, si bien en calidad de trmino de
comparacin; esto le hizo presumir que todo aquel desprecio que hacia
ella afectaba era pura msica, y que la gentil planchadora obraba sobre
su corazn la misma mgica influencia que sobre otros muchos del
colegio. Y entonces penetr tambin la razn del odio profundo que
Marroqun le inspiraba de algn tiempo a aquella parte, y hasta de la
antipata hacia Mendoza, de quien todos los alumnos crean que estaba
Petra enamorada. Riose no poco en su interior al descubrir aquella
flaqueza, y con intencin poco caritativa, comenz a soliviantarle
siempre que poda, sacndole conversacin acerca de las relaciones de
Marroqun y la planchadora, noticindole todo lo que corra por el
colegio acerca de ellas, y agregando l mismo cuanto poda para
abrasarle de celos. El cura llegaba a ponerse frentico y se le oa dar
vueltas despus en la cama sin lograr conciliar el sueo.

En cierta ocasin descubri en el bal de un alumno un libro de
mitologa con estampas deshonestas, y se lo llev a su cuarto. Miguel le
sorprendi con l entre las manos mirndole atentamente: el capelln
qued algo confuso:--Barjoles, acabo de encontrar este libraco en el
bal de Adolfito Medina... Con estas cosas se entretiene ese cerdo!
Miguel tom el libro y comenz a hojearlo, sin que el cura se lo
impidiese; antes echaba miradas intensas y escrutadoras cada vez que
daba vuelta a la pgina y apareca una nueva figura, que era por lo
general la de una mujer desnuda o medio desnuda; pero nunca dejaba de
hacer algn comentario despreciativo.--Mire V., barjoles, mire V.
esa porcuza enseando todo lo que Dios la dio!... Y todo eso qu es,
Miguel?... Nada!... Porquera!... Barjoles! No es vergenza que los
hombres se pierdan por esas cochinadas? Tales comentarios servan de
contrapeso a las miradas; pero Miguel no se dejaba engaar.--No le
parece a V., seor cura, que esta sirena se parece a Petra?--Pchs... un
poco, pero no debe de ser tan gorda como sta.--Que no? Anda, anda,
pues se conoce que V. no la ha reparado bien.--Puede ser, puede
ser--deca el cura bajando los ojos,--yo no reparo mucho en esas cosas.
Despus que las hubieron visto con detencin sin dejar una, D. Juan le
ech un largo sermn acerca de la necesidad de mantenerse puro, para ser
vigoroso fsica e intelectualmente, tomndolo nada ms que desde el
punto de vista utilitario.--Aqu me tienes a m, que derribo de una
mocada a un hombre fornido. Por qu? Porque en cuanto amanece me
levanto de la cama, y... al agua, patos! Sin temor de ninguna clase me
echo el jarro lleno sobre el cuerpo... Por la noche me acuesto en cuanto
puedo... A la comida, agua pura... Los alimentos sanos, nutritivos... Y
en cuanto a esas porcuzas que acaban con los hombres, siempre procur
tenerlas lejos... Cuando era estudiante, hubo una que hasta quiso
ponerme casa; pero yo alc el bastn barjoles! y, si no se me escapa
pronto, la dejo como una breva. Nada... en cuanto alguna se me acercaba
en la calle, mocada limpia... Vayan all, al infierno, a tener tratos
indignos!...

A pesar de esta higiene y rgimen espartano, el cura tuvo la desgracia
de enfermar. Comenz a ponerse triste y amarillo, que daba pena verlo:
comer, coma bien, pero no le aprovechaba. El mdico del colegio, que
vino a visitarlo, le dijo que tena una afeccin heptica, una
ictericia, y que era de todo punto necesario que se distrajese, pasease
largo, y mejor que a pie, a caballo. Pero don Juan no era jinete, por
ms que sobresaliese en otros ejercicios gimnsticos, y no quera verse
expuesto a ser derribado. Sin embargo, como el mdico insista en los
paseos a caballo, se determin a alquilar un jamelgo para dar una vuelta
por las afueras, de madrugada. Miguel alquil otro para acompaarle, y
as que Dios amaneca, salanse ambos por la puerta de Toledo o San
Vicente, y se espaciaban por aquellos campos media legua o una, segn el
tiempo y la ocasin. El cura llevaba en el bolsillo una onza de
chocolate, y haba aconsejado a Miguel que llevase otra: en el primer
merendero o taberna que tropezaban, las tomaban disueltas en agua, y
proseguan su marcha. A Miguel le gustaba mucho trotar, pero el cura se
opona, porque segn l se batan demasiado los hipocondrios: en
realidad era que tema caerse. Ordinariamente iban emparejados,
departiendo amigablemente: el capelln mostraba a su discpulo cada da
ms estimacin: en una cosa no estaba conforme con l, y se la
recriminaba a menudo: era la amistad que Miguel profesaba a
Brutandor.--Mentira parece barjoles! que seas amigo de ese jumento!
Y l ha sabido bien aprovecharse. Si no fuese por ti, no sale adelante
nunca de algunas asignaturas. Nuestro hroe pensaba mal del cura por
esta antipata, achacndola a lo que ya hemos dicho, porque si bien
Mendoza no era un guila, ni haba de sobresalir jams en los estudios
especulativos, tampoco le pareca un asno; discurra bastante
acertadamente en ocasiones, era amigo de cumplir con su deber, y tena
un carcter, aunque grave, muy apacible y simptico. Por este
aborrecimiento injusto, por su presuncin y ridiculeces, Miguel no
pagaba al cura su estimacin; antes buscaba modo de rerse de l y
remedarle delante de los compaeros. Un suceso de poca monta vino a
aumentar este desprecio y a hacerle formar una idea ms ruin an de su
carcter.

Ni los paseos ecuestres, ni otras medicinas que el mdico le propin,
consiguieron ponerle bueno. Iba decayendo de da en da y en poco estuvo
que se muriese; pero la providencia de Dios, que sin duda le reservaba
todava para algo til, quiso que, cuando menos lo pensaba, arrojase
algunas varas de solitaria. Averiguada con tal motivo la enfermedad que
le aquejaba, era fcil curarle, y en efecto, en poco tiempo se cur y
qued tan bueno como antes. As que se vio sano comenz de nuevo a
bravear y hacer piernas esforzndose en levantar pesos enormes y
enseando de nuevo los msculos del brazo. Pero no bastaba esto a sus
nimos y a su presuncin de varn atltico y gladiador: quera demostrar
alguna vez que estas fuerzas que el cielo le haba concedido podan
utilizarse y dejar bien sentada en el colegio su fama de valiente y
esforzado. Haba en el establecimiento un criado gallego, mozo de
veinticinco aos a lo sumo, alto, grueso, fornido, del cual se contaba
entre los chicos que haba levantado dos hombres con los dientes y otras
proezas; con ste determin de habrselas nuestro capelln. Un da
descubri que el gallego se haba puesto sus botas para ir a paseo; no
quiso mejor ocasin, y ardiendo en clera, le dijo a Miguel:--Sabes
que el bribn de Manuel se puso ayer mis botas para irse a tunantear por
las tabernas?... Pero no se ha de rer de m ese jayanote indecente!...
Ahora vas a ver, barjoles. Y le llam desde su cuarto. Acudi Manuel;
el cura cerr la puerta y comenz a recriminarle dursimamente; Manuel,
bajando la cabeza, se disculp torpemente; mas el cura, en vez de
suavizarse con esta actitud humilde, sigui alzando el gallo cada vez
ms, y concluy por pasar a vas de hecho, dndole una tremenda
bofetada, que reson en toda la casa. El pobre Manuel, avezado a llevar
palizas de cabos y sargentos cuando estaba en el servicio y penetrado
desde nio del profundo respeto que se debe a los sacerdotes, no se
movi y aguard, escondiendo la cara, la granizada de mojicones y
puadas que el cura le descarg. No bastaron a desarmarle ni la humildad
evanglica del gallego (que por cierto a levantar la mano le hubiera
deshecho), ni las splicas de Miguel que presenciaba conmovido aquel
escndalo. Hasta que se cans estuvo aporreando al infeliz criado,
dejndole con varios chichones en la cara y las narices ensangrentadas.
Esta conducta indign a Miguel en alto grado, y lo que acab de
desprestigiar al cura fue que, en vez de avergonzarse de haber pegado a
un hombre que no se defenda, an se jactaba de ello el muy ruin.--Has
visto, barjoles, has visto qu mocada tan gorda le asest la primera?
Qu bien son, eh?... Pues an fueron mejores las que le di por debajo,
en las narices, aunque no sonaban tanto... Barjoles, ya le tena yo
ganas a ese mastuerzo!... que eche roncas ahora con sus dientes de
caimn!

Pero no se pasaron muchos das sin que el cielo vengara al pobre Manuel,
dejando a Miguel en extremo complacido, y fue del modo siguiente:
Salieron una tarde de paseo hacia la Moncloa todos los alumnos y
profesores, y cuando hubieron llegado a sitio a propsito, mand el
director romper filas, y los chicos comenzaron, como ordinariamente, a
recrearse acompaados por sus maestros. Armose juego de peonza en un
paraje, en otro de salto, ms all de aro, y as se distribuyeron en un
instante todos; el coronel se puso, como siempre, a dibujar, copiando
del natural un carromato, y don Leandro se fue a un lugar apartado a
sonar la flauta acompaado solamente de tres o cuatro discpulos;
mientras el cura, que desde que haba expulsado la solitaria andaba muy
galn y boyante, se diverta, tumbado en el suelo, en levantar a pulso
dos nios, uno en cada brazo. Mas cansado al fin de este ejercicio, se
levant y comenz a pasear buscando medio de utilizar nuevamente sus
msculos poderosos: y sin darse cuenta de ello, fue acercndose en
silencio al paraje donde tocaba la flauta D. Leandro. Una vez cerca de
l, no se le ocurri nada ms gracioso que agarrar por detrs al infeliz
preceptor, levantarle en alto y apretarle con todas sus
fuerzas:--Sulteme, D. Juan, que me hace dao!--grit el tiple de San
Isidro medio asfixiado y pataleando. D. Juan se rea sin soltar. Pero
no cont con la huspeda, la cual en esta ocasin fue Marroqun, quien
indignado de aquel acto brutal, o por ventura cediendo a la aversin que
le inspiraban todos los clrigos, acudi velozmente en auxilio de su
compaero, y sujetando a su vez al cura por la espalda, le apret tanto
la cintura, que aqul se vio obligado, no solamente a dejar en paz a D.
Leandro, sino a pedir con voz quejumbrosa misericordia. Dejole al cabo
de un rato Marroqun, pero tan estropeado y maltrecho, que en vez de
rerse de la broma, comenz a toser y a quejarse; la verdad es que
estaba muy plido:--Barjoles! esto pasa de broma, Sr.
Marroqun.--Pues no estaba V. haciendo lo mismo con D. Leandro?--Pero
yo no le apretaba con todas mis fuerzas, como V. ha hecho conmigo.

Los chicos se rieron del percance, hallando el castigo de Marroqun muy
en su lugar. En cambio, el cura se puso cada vez ms hosco, y comenz a
pasearse solo tosiendo y escupiendo a menudo y llevando la mano al bajo
vientre. Cuando lleg la hora de la cena, no prob bocado; los alumnos
se hacan guios y contenan a duras penas la risa. Al tiempo de
acostarse, Miguel se vio obligado por ms de media hora a orle vomitar
injurias contra su mortal enemigo. Al fin concluy diciendo:--Por las
buenas, Miguel, ya sabes que no hay hombre mejor que yo... Pero por las
malas, soy una fiera! Marroqun me las ha de pagar. Se figura,
barjoles, que porque soy clrigo no he de pedirle satisfaccin... Se
equivoca... yo lo mismo visto los hbitos del sacerdote, que empuo la
espada del militar. Maana hablaremos.

Durmiose, por ltimo, en estas disposiciones belicosas, mientras Miguel
sonrea entre sbanas, pensando que todo quedara en agua de cerrajas.
No fue as, sin embargo. Al da siguiente el cura continuaba taciturno y
encrespado, meditando feroces venganzas: el apretn del da anterior
haca rebasar la copa, y senta la necesidad de dar cualquier desahogo a
su odio. Mientras duraron las clases se mantuvo grave, y sosegado:
actitud digna del que piensa jugar la vida a las pocas horas: comi poco
y sin hablar palabra. Al llegar la noche comenz a pasear, agitadamente,
por uno de los corredores. Poco rato despus pas por all Marroqun que
iba al comedor a cenar: el cura le dej cruzar a su lado sin saludarle;
pero cuando estaba a unos cuantos pasos de distancia, le llam:--Oiga
usted una palabra, Sr. Marroqun.--Miguel, que estaba en acecho, vio
que Marroqun se volva y el cura le hablaba al odo; el profesor
heterodoxo levant la cabeza con sorpresa y se apresur a decir en voz
bastante alta y nada pacfica:--Cuando usted quiera.--D. Juan volvi a
hablarle al odo, y tornaron a separarse. Miguel, interesado y afanoso
por saber el resultado de aquella aventura, no perdi de vista al cura
un instante: viole sentarse a la mesa y no probar apenas bocado.
Marroqun comi como si tal cosa. Concluida la cena, el cura subi a su
cuarto y se estuvo all un ratito: despus sali cautelosamente y subi
a la boardilla. Marroqun, que estaba paseando por el corredor y le vio
subir, no tard en seguirle tambin sin hacer ruido. A entrambos los
sigui Miguel con ms sigilo an. Cerraron tras s la puerta de la
boardilla; pero esta puerta, vieja y desvencijada, tena tales rendijas,
que le permitieron a Miguel enterarse de lo que dentro ocurra: el cura
encendi un quinqu, que haba sobre la mesa de la plancha, y acto
continuo se despoj de la sotana, y qued en mangas de camisa hecho un
gladiador; y para que todava la semejanza fuese ms perfecta,
remangselas, y lo mismo los pantalones. Marroqun se limit a quitarse
el gorro y la levita. Todo se volva ojos Miguel tratando de ver dnde
estaban las espadas a que el cura haba aludido la noche anterior; pero
no parecan por ninguna parte. Y con gran sorpresa y desengao, pues
estaba credo de que iba a presenciar una extraa y terrible aventura,
vio que los campeones se ponan a darse de morradas como mozos de
cuerda. El cura, que estaba espantosamente lvido, dijo con voz
ronca:--Podemos empezar,--y al instante arremeti con Marroqun,
dndole una granizada de puetazos que, por precipitados y
descompuestos, no consiguieron aturdir al hirsuto profesor, el cual
echando dos pasos atrs, y alzando la mano, asest al cura, en medio de
la cara, tan tremenda bofetada, que medio le volc, y si no hubiera sido
por la mesa, en que tropez, le hubiera volcado por entero. Y sin
aguardar a que el clrigo se repusiese, le alumbr una nueva, por el
otro lado, de tal manera que le puso derecho. El cura entonces se trab
con l, cuerpo a cuerpo, procurando con todas sus fuerzas arrojarle al
suelo; pero Marroqun, sujetndole a su vez por el cuello y metindole
la cabeza debajo del brazo, principi a darle con el otro tan fieros
golpes en las narices, que el cura grit con voz sofocada:--Socorro;
que me matan!--Miguel le dej gritar un poco ms, pues no le pesaba de
aquel merecido vapuleo, y slo cuando vio que Marroqun persista
incansable en solfearle, baj a escape la escalera llamando al
inspector:--D. Ruperto, creo que D. Juan y el Sr. Marroqun se estn
pegando all arriba en la guardilla.--Subi el inspector a saltos y
hall al cura en un estado que daba lstima verlo: echando sangre por
las narices y los dientes. No quiso, sin embargo, que se diese parte al
director, ni se dijese nada en el colegio. Entre D. Ruperto y Miguel
llevronle a su cuarto, le pusieron algunos paos de rnica, y le
dejaron acostado. Al da siguiente se qued en la cama, porque tena la
nariz muy hinchada y un ojo tambin. Miguel fue a hacerle compaa y
procur consolarle del mejor modo que pudo con alguna piadosa lisonja.
Lo que ms alivi la pesadumbre del vencido atleta fue orle decir:--V.
est malo, seor cura; pero Marroqun tampoco anda muy bueno... Tiene la
cara como un pan... Adems, dicen que va a quedar resentido del
pecho.




VIII


En los dos primeros aos vino el asistente de su padre a sacarle todos
los domingos del colegio y llevarle a casa. El corazn le palpitaba de
alegra cuando el inspector le avisaba para que se vistiese el uniforme
y se preparase a salir. En casa, sin embargo, no le aguardaban grandes
recreos: comer con su padre, besar a su hermanita, retozar con los
criados en la cocina y salir a paseo en coche: y a cambio de estos
gustos, contemplar todo el da el rostro de su madrastra que cada vez le
pareca ms aborrecible, y sufrir sus reprensiones y desdenes. Pero el
pobre chico apeteca con ansia el amor y los cuidados de la familia:
ante la brbara indiferencia del colegio, el cario y la consideracin
que le testimoniaban los criados de su casa ranle sabrosos.

Fcil es de suponer que la antipata de la brigadiera no cedi nada
durante este tiempo; antes se fue recrudeciendo gradualmente, por ms
que no tuviese tantas ocasiones como antes de mostrarla. Otro tanto
acaeci con Miguel: en su naturaleza impresionable fue echando races de
tal suerte, que apenas poda mirarla sin advertir que se le encendan
las mejillas y la clera le roa el corazn. En ciertos momentos, cuando
se hallaba bajo el peso de algn nuevo agravio, volaba su imaginacin en
alas de la clera y se complaca en ir estudiando detenidamente todos
los tormentos de que haba odo hablar, los que empleaba la Inquisicin
con los herejes y los Emperadores romanos con los cristianos, y todos
ellos se los aplicaba con fruicin a su madrastra. Al cabo sucedi lo
que era de esperar. Una tarde, al regresar del paseo con sus compaeros,
cruzando desde el Prado a la calle de Alcal, se vieron obligados a
pararse por no ser atropellados de los carruajes. Los ojos de Miguel,
que estaba en primera fila aguardando el desfile, tropezaron con los de
su madrastra, que vena en carretela abierta. La brigadiera le hizo un
signo con la cabeza; pero el nio contest clavando en ella una mirada
fra y apartando despus los ojos con desdn. Ay! la brigadiera lleg
a su casa en tal estado de exaltacin, que los criados pensaron que se
haba vuelto loca: hubo necesidad del frasco del ter, fricciones de
agua fra en las sienes y una cucharada del anti-espasmdico; al cabo de
media hora la irascible andaluza rompi a llorar perdidamente,
llamndose la mujer ms infeliz de la tierra. La brigada toda padeci
durante quince das por causa de la grosera de Miguel; pero muy
particularmente su digno jefe, que tard algunos meses en ver limpio de
nubarrones el cielo conyugal. Desde entonces el colegial no volvi a
pisar las escaleras de la casa, mal llamada de su padre, pues era de
todo en todo de su madrastra.

No le pes tanto a Miguel como era de presumir: por aquella poca
comenzaban a estrecharse sus relaciones singulares con Petra, y los
domingos en que a la planchadora no le tocaba salir, pasaba la mayor
parte del tiempo en su grata compaa. Lo nico que sinti positivamente
fue el verse privado de acariciar a su hermana, de la cual continuaba
siendo el gato predilecto. En cuanto a su padre, empez a visitar con
ms frecuencia que antes el colegio de la Merced: dos o tres veces por
semana le llamaban a la hora de recreo para decirle que su pap le
aguardaba en el saln, y al orlo, volaba hacia all con el corazn
henchido de alegra. El brigadier le reciba con los brazos abiertos y
le apretaba contra el pecho preguntndole despus con sonrisa dulce y
triste:--Cmo te va, hijo mo?--Se enteraba minuciosamente de sus
estudios, de sus recreos, de sus faltas, de sus premios, de cuanto le
ocurra, en suma, y no se cansaba de recomendarle la formalidad y la
aplicacin; casi nunca se marchaba sin dejarle algn regalo o dinero,
que no pocas veces pasaba ntegro a las manos de la gentil planchadora,
dueo absoluto de sus acciones y pensamientos.

Miguel empez a notar que el abrazo que su padre le daba al verle era
cada vez ms prolongado, y la sonrisa con que le saludaba cada da ms
dulce y ms triste. El corazn le dijo que era muy desgraciado, y a
medida que lo era aumentaba el cario que le profesaba. El brigadier
Rivera, que ostentaba en su pecho los das de besamanos la cruz laureada
de San Fernando, gema en una esclavitud insoportable. La red en que la
soberbia andaluza le tena aprisionado, era ya tan tupida, que el triste
no poda sacar un dedo fuera sin riesgo de provocar algn conflicto.
Quin sabe los esfuerzos y la habilidad que desplegaba, los peligros
que corra para lograr el ver tan a menudo a su hijo! Apagado el fuego
de la pasin amorosa que le haba arrastrado a un segundo matrimonio,
padeciendo los vejmenes que ste trajo consigo, despertose en su
memoria la pura felicidad que haba gozado con el primero y el recuerdo
de las virtudes de su infeliz esposa; el amor del hijo que le haba
dejado, creci en su pecho con estas dulces memorias, y la comn
desgracia que sobre ellos pesaba, contribuy tambin a acalorar su
cario. Al fin era su primognito, el fruto deseado de sus primeros
amores, el depositario de su apellido y el nico que poda trasmitirlo,
por cuanto de su esposa ngela no tena varn: todo se fue agregando en
favor del colegial. Adems, su hija Julia se criaba con tanto mimo y
melindres, produca tales disturbios en la casa y originaba tantos
disgustos, que en medio del amor de padre, que no muere nunca, el
brigadier Rivera no poda menos de sentir hacia ella cierto leve rencor
que la desgracia de Miguel contribua a sostener. Por eso su tremenda
esposa, al verle algunas veces salir de casa sin dar un beso a la nia,
le llamaba padre desnaturalizado.

Los momentos de verdadera dicha para el brigadier eran aquellos en que
se encerraba con su hijo en el saln del colegio. Lejos de las miradas
del enemigo comn, poda entregarse libremente a las expansiones del
afecto paternal, y se entregaba de buen grado. Tenale largusimo rato
entre sus rodillas, mirndole fijamente con ojos aterradores para
cualquiera menos para Miguel, que ya saba a qu atenerse; tirbale por
los cabellos suavemente, y a menudo le rozaba las mejillas con sus
feroces y encrespados bigotes. Algunas veces le montaba sobre los muslos
y se entregaba, sin saber por qu, a un movimiento vertiginoso de
caballo desbocado hacindole saltar ms de lo que el chico deseara.
Cuando el furioso corcel quedaba rendido y jadeante, nuestro colegial
vea a menudo deslizarse por el rostro de su padre una lgrima abultada
que se deshaca al llegar al bigote, despus de lo cual, el bravo
brigadier apretaba a su hijo contra el pecho hasta descoyuntarlo,
murmurndole al odo palabras amorosas. Algunas veces sola
decirle:--T no sabes, hijo mo, lo que te quiere tu padre; ya lo
sabrs, ya lo sabrs... y a alguno le pesar! aada en tono triunfal.
Miguel no saba lo que estas palabras significaban; pero vea sonrer a
su padre, y esto le ensanchaba el corazn.

Un da aqul vino a noticiarle con tristeza que haba pedido el cuartel
para Sevilla. Miguel comprendi inmediatamente que quien lo haba pedido
era su madrastra. El brigadier le abraz llorando y se despidi
repitindole al odo las mismas incomprensibles palabras: Ya sabrs,
ya sabrs lo que te quiere tu padre! La andaluza no quiso decirle
adis, ni Miguel se humill a solicitarlo. Desde Sevilla su padre le
escriba muy a menudo, y cada cinco o seis meses vena a hacerle una
visita; pero jams intent llevarle a pasar las vacaciones en su casa.
El pobre colegial, al llegar el mes de junio, vea partirse a todos sus
compaeros alegres como las golondrinas, y durante algunos das lloraba
a solas en su cuarto. Mas pronto se consolaba, que en su edad las penas
no abren surco profundo en el corazn, y aceptaba la vida montona y
holgazana del colegio con gusto.

Su respetable to D. Bernardo Rivera vena a visitarle de vez en cuando,
y si l no poda hacerlo a causa de sus graves ocupaciones, comisionaba
al bueno de Hojeda, para que fuese en su nombre. Miguel prefera estas
visitas por representacin. D. Facundo era un hombre corriente que le
enteraba de todo lo que ocurra por el mundo (el mundo de D. Facundo),
le traa siempre alguna golosina y se dejaba interrogar con la paciencia
de un santo. Por l supo que su prima Eulalia se casaba al fin con
Arturo Valle, el joven abolicionista que haba conocido en casa de to
Bernardo, quien haba consentido en este matrimonio en vista de que
Valle iba templando un poco sus opiniones avanzadas y haba renunciado a
los banquetes antiesclavistas. Pero como la naturaleza sensible de este
joven necesitaba algn tierno desahogo, sustituy a los esclavos por los
nios, dedicando toda su actividad a la proteccin de estos seres
inocentes; fund una sociedad para el efecto, e inaugur una serie de
banquetes que dieron mucho que decir a los peridicos; tambin escribi
algunos folletos acerca de _la educacin fsica intelectual y
sentimental de los nios_, _los juegos de la infancia_, _el trabajo
de los prvulos_, etc., etc. D. Bernardo le dej este recurso
inofensivo, aunque hubiera deseado ms que se dedicase a los trabajos
del foro y a la resolucin de otros problemas jurdicos de mayor
importancia. Tambin supo por Hojeda (y esto le llen de asombro), que
Luca Poblacin, aquella seorita rubia, tan dulce, tan potica, amiga
de su madrastra haba dado su mano al coronel Bembo, ascendido haca
poco tiempo a brigadier. En esto haban venido a parar aquellas largas
disertaciones acerca del amor, el ideal, los presentimientos y otras
reconditeces psquicas que le haba odo, aunque sin comprenderlas,
cuando iba a comer a casa; en casarse con un elefante. Su to Manolo
vena tambin a verle; pero era muy caprichoso y desigual en sus
visitas; le daba una temporada por ir casi diariamente y sacarle a
menudo a paseo, violentando para ello la voluntad del director y las
prcticas del establecimiento; despus se pasaba dos o tres meses sin
parecer por el colegio.

Cuando Miguel se hizo bachiller, con la nota de sobresaliente en letras
y la de aprobado en ciencias, vino su padre de Sevilla, y tuvieron una
larga conferencia para tratar de la eleccin de carrera: el brigadier se
inclinaba a la de ingeniero; pero Miguel quiso ser abogado, y aqul no
se atrevi a contrariarle. Ofreciose despus la cuestin de alojamiento;
en el colegio ya no poda permanecer; el brigadier pens en la casa de
su hermano Bernardo; pero habindole tocado el asunto con delicadeza,
hall una acogida tan fra, quiz por la fama que Miguel tena adquirida
de travieso, que le dej muy ofendido, y jurando no volver a pedir jams
un favor a su hermano. En Manuel no pens, porque conoca demasiado su
gnero de vida, incompatible con los cuidados y la vigilancia que exige
un muchacho de diez y siete aos. Al fin no tuvo ms remedio que dejarlo
acomodado en una casa de huspedes, modesta, pero decente, de la calle
de Jacometrezo. Antes de marchar le pronunci un sentido discurso acerca
de la necesidad de ser formal y estudioso, siquiera porque _aquella_ no
me saque loco echndome todo el da a la cara tus travesuras.

Con esta etapa dio comienzo para nuestro mancebo un modo de vida
totalmente distinto del que hasta entonces haba tenido. El goce
inefable de la independencia le embarg por algunos meses; entraba y
sala de casa cien veces al da, sin necesidad alguna, slo para
convencerse de que era libre, dueo de sus acciones; tiraba de la
campanilla y se haca traer vasos de agua sin tener sed; compr una
petaca y algunas libras de tabaco picado, y para aprender a hacer
cigarros, se ensay, por consejo de un teniente de artillera que se
alojaba en la misma casa, hacindolos con arenilla de la salvadera;
corra por las calles detenindose largo rato delante de los
escaparates, y gastaba el dinero alquilando por horas berlinas de punto;
entraba en los cafs y peda copas de ron o cognac, slo por enjuagarse
la boca, pues no poda atravesar los licores. Se enamoraba de cuantas
corbatas vea, y no pudiendo resistir a la tentacin de comprarlas,
lleg pronto a poseer una coleccin asombrosa: despus le dio por los
gemelos y traslad a su cmoda toda una tienda de bisutera; despus,
por las boquillas de espuma de mar. ltimamente se enfrasc en la
lectura de novelas: lea bueno y malo, cuanto caa en sus manos.

En los primeros meses de curso asisti unas cuantas veces a la
Universidad: los profesores le aburrieron: usaban todos una jerga
filosfica que le pareca necia e incomprensible. Prefiri corretear por
Madrid en compaa del teniente de artillera y otros amigos, que no
tard en adquirir, de los cuales fue al instante muy querido por su
genio abierto y simptico y su buena sombra. Su vida durante aquel
curso hay que confesar que no fue muy edificante. Su amigo ntimo y
compaero de colegio, Perico Mendoza, tambin comenz cuando l la
carrera de derecho, pero con muy diversos auspicios. Desde la apertura
del curso no hubo estudiante ms puntual ni ms diligente; cargado
siempre de cuadernos camino de la Universidad, o metido en su cuarto
poniendo los apuntes en limpio; esta era su vida. Alojaba en una
modestsima posada de la Corredera baja de San Pablo, pagando nueve
reales al da. El pobre Brutandor, apesar de sus apellidos ilustres y
sonoros, estaba muy lejos de nadar en la opulencia. Su padre, segn pudo
averiguar ms adelante Miguel, era un cirujano de un pueblecillo de
Extremadura; la carrera se la costeaba un to cura. Pero nada de esto
dejaba traslucir su exterior, siempre pulcro y aliado. Haba crecido y
engordado hasta convertirse en lo que el vulgo suele llamar un real
mozo. Su rostro, aunque sin expresin, no tena nada de repulsivo; era
fresco, sonrosado, rebosando de salud y cercado por una patilla rubia y
precoz que le sentaba admirablemente. Lo nico que afeaba aquella figura
hermosa e imponente, era cierta desproporcin entre la cabeza y el
tronco: era un poco cabezudo. Miguel se haba quedado pequeito y
menudo: posea en cambio una fisonoma expresiva y simptica, modales
sueltos y un modo de hablar tan agraciado, que cautivaba a cuantos le
trataban. Su temperamento inquieto se haba modificado, o, por mejor
decir, haba tomado otro sesgo, manifestndose ahora en su conversacin,
siempre viva y salpicada de frases oportunas: para intimar con cualquier
persona le bastaba media hora.

Pocos meses despus de abierto el curso, se encontraron Miguel y Mendoza
en la calle. Aunque seguan siendo muy amigos, estaban algo alejados en
el trato, a consecuencia de la vida tan distinta que hacan; pues
mientras Mendoza asista con puntualidad a las ctedras y pasaba muchas
horas en casa, el hijo del brigadier rodaba en compaa del teniente y
sus nuevos amigos por los cafs, teatros y otros sitios menos santos
todava de la corte. Se saludaron con efusin y se contaron su vida.
Mendoza aconsej a su amigo que fuese por la Universidad, porque era muy
fcil perder curso; los profesores tenan fama de severos; las
asignaturas eran largas y difciles, y acostumbraban a apretar ms a los
que no asistan a clase. Miguel se encogi de hombros, riose un poco de
la gravedad con que Mendoza le deca todas aquellas cosas, y prometi ir
a la Universidad y empezar a estudiar de firme. Despus Brutandor le
habl con rubor de ciertos apuros econmicos que a la sazn padeca.

--En este momento--le dijo--iba pensando en ti y trataba de ir a
visitarte por si pudieras sacarme de este pilanco... Debo a la patrona
cerca de dos meses...

--Qu dinero necesitas?--le pregunt Miguel en seguida.

--Cuarenta duros.

--Pues no los tengo; pero maana se los pedir a mi to con cualquier
pretexto, y te los dar... Psate a la hora de comer por mi casa.

Al da siguiente se pas, en efecto, por la calle de Jacometrezo, y
Miguel le dio los cuarenta duros.

Trascurrido algn tiempo, Mendoza volvi a visitarle y le pidi
veinticinco. Se encontraba en deuda con otra patrona, pues se haba
mudado a la calle del Pez. Miguel volvi a abrir su bolsa y a
remediarle. Por fin, cierta noche en los ltimos das de enero,
regresando Miguel a casa, le dijo el criado al entregarle la luz:

--Seorito, en su cuarto est un joven que ha venido ya otras veces a
verle... Lleg en mangas de camisa y sin sombrero y me pidi por favor
que le dejase entrar a esperarle... No s si habr hecho bien... Me dijo
que le haba pasado una desgracia...

Miguel, lleno de asombro, se dirigi a su habitacin: al entrar oy la
voz de Perico.

--Buenas noches, Miguelito.

Mir a todos los rincones del gabinete, y no vio a nadie.

--Estoy aqu, en la alcoba.

Miguel fue a all y le encontr metido dentro de su cama.

--Pero hombre!...

--Perdname... me hallaba medio desnudo y tena mucho fro...

--Pero qu ha sido eso?

--El patrn de la calle del Pez... Me quit el bal con la ropa, me
arranc la levita que llevaba puesta, el sombrero, la corbata... y
despus de darme unas cuantas bofetadas, me ech a la calle a las diez
de la noche...

Dijo esto con la misma calma que si hablase de otro. Miguel le mir
estupefacto.

--Y t qu has hecho?

--Venir aqu.

--Ya lo veo, pero antes no has devuelto ninguna de las bofetadas que te
han dado?

--Ninguna.

--Y para qu quieres entonces esas manazas que Dios te ha concedido?

--Si le hubiera pegado, me llevaran a la crcel.

Miguel volvi a mirarle de hito en hito, y quitndose el sombrero con
afectado respeto, le dijo:

--Oh, varn prudentsimo, yo te saludo! Aunque no est bien averiguado
todava si es mejor llevar bofetadas que ir a la crcel, no puedo menos
de admirar tu profunda sabidura... Y por qu ha osado poner las manos
en tu rostro virginal y aligerarte tanto de ropa?

Mendoza un poco amoscado contest:

--Porque le deba mes y medio de pupilaje.

--Problema!--exclam Miguel.--Si por adeudarle mes y medio de pupilaje
el patrn te ha dado quince bofetadas... Fueron ms o menos?...

Mendoza, ms amoscado y fruncido, no quiso contestar.

--Pongamos quinc... Si hubieses llegado a deberle ao y medio, cuntas
bofetadas te hubiera dado?

--Me parece que el lance no es para rerse.

--Si no me ro: es que soy muy aficionado, como sabes, a las
matemticas. Pero vamos a otra cosa: y por qu debas mes y medio en la
posada cuando no hace uno que te he dado veinticinco duros?

Mendoza tampoco contest.

--Este problema te lo voy a resolver yo. Consiste en que t, en vez de
pagar la posada, gastas todo el dinero en levitas, sombreros, guantes,
corbatas, etc., etc. Siempre has tenido la mana de ponerte muy
guapote... y sin consecuencias ulteriores, como no sea la de ensearte
de balde por esas calles de Dios... Hasta ahora no te he visto
conquistar a nadie ms que a la planchadora del colegio...

Esto ltimo se lo dijo en un tono ms irritado, que poda achacarse muy
bien al recuerdo de su derrota.

--Qu te propones saliendo a la calle tan perfilado? Que digan: ah
va un buen mozo! Pues para tan flojo resultado, no merece la pena que
sacrifiques a tu familia, que pases tantos apuros y te expongas como hoy
a coger una pulmona.

Mendoza escuch la reprensin sin impacientarse. La irritacin de Miguel
pas al instante. Llegndose a la cama, y tirndole cariosamente de los
pelos, comenz a decir riendo:

--Animal, procura estrecharte un poco, y no ronques, porque voy a
acostarme contigo. Qu honor para ti y para tu familia! verdad?...
Pero has de ser modesto. Perico, cuidado que lo propales por ah!

La consecuencia de todo fue que Brutandor se qued definitivamente a
vivir con Miguel: ste pagaba un duro por su gabinete; el ama de la
casa, acomodndose los dos en l, rebaj el pupilaje a cuatro pesetas
cada uno; de las cuatro pesetas que le tocaban, qued convenido entre
ambos que Mendoza pagara diez reales y Miguel suplira los otros seis
en tanto que aqul no mejorase de fortuna. Mas aunque as se convino, lo
que acaeci fue que la mayor parte de los meses se vio necesitado el
hijo del brigadier a pagar ntegra o casi ntegra la cuenta de ambos.
Mendoza continu perfilndose, como deca Miguel, a ms y mejor; cuando
ste, encolerizado despus de pagar la cuenta desahogaba con l su
bilis, pona una cara tan compungida e inclinaba la frente con tanta
humildad, que la ira de su amigo disipbase como por encanto y conclua
por rerse y resarcirse del dinero que soltaba con algunos sarcasmos que
tambin resbalaban sobre la piel de Brutandor, sin lograr hacerle
cambiar de conducta.

Los dos ltimos meses Miguel asisti puntualmente a las clases, y se dio
tal atracn de estudiar, que obtuvo en los exmenes la nota de
sobresaliente en una asignatura, y la de notable en otras dos. Mendoza,
apesar de su constante aplicacin y de sus voluminosos cuadernos de
apuntes, no consigui ms que la de bueno en las tres asignaturas. Por
ms que esto le dejase un poco despechado, no lo manifest; estaba
acostumbrado ya a ver a Miguel meterse en la cabeza los libros
rpidamente; por otra parte, el hijo del brigadier tena la delicadeza
de no comentar el asunto de las notas y darle muy poca importancia.

En el curso siguiente Miguel dej la compaa del teniente y sus
disipados amigos y se aplic de todas veras al estudio. Pronto adquiri
fama en la Universidad de buen estudiante, y ms particularmente de
muchacho despejado e ingenioso. Comenz a llamrsele entre los
compaeros Riverita a causa de su figura exigua y tambin por su
carcter alegre y decidor. El suyo y el de Mendoza formaban contraste
notable, y quiz en esto consistiera aquella mutua simpata que a
entrambos los tena sujetos: mientras Miguel tena a todas horas suelta
la llave de la conversacin, a Mendoza haba que sacarle las palabras
del cuerpo con tirabuzn. Si por casualidad aqul guardaba silencio, no
haba miedo que ste lo turbase; horas enteras se pasaran sin
comunicarse nada. Muchas veces, despus de comer, se sentaban ambos al
par de la chimenea; era el momento en que a Miguel le asaltaba la
melancola; se acordaba de su padre, de la triste suerte que le haba
cabido separado de l, viviendo sin familia haca ya tantos aos. Sola
permanecer callado y taciturno algn tiempo, durante el cual Mendoza le
segua el humor y se mostraba ms taciturno todava, aunque sin motivo
alguno. Al fin, cuando los malos pensamientos de Miguel se disipaban,
rompa sbito el silencio ponindose a cantar o a brincar, si es que no
se le ocurra alguna cosa para embromar a su amigo:

--Oyes, Perico, sabes lo que estoy observando?

--Qu?--deca ste levantando los medio cados prpados.

--Que te suena la cabeza.

Perico abra los ojos desmesuradamente sin comprender.

--S; ya rato que la estoy oyendo sonar: hace _glu, glu_, como las ollas
cuando hierben...

--Qu tonteras tienes, Miguel!

--Te digo que s, que te est sonando. Milagro que t no la oyes!

Perico, entendiendo al fin la broma, se encerraba de nuevo en su
mutismo.

Otras veces, cuando paseaban juntos por el Retiro y llevaban largo rato
sin despegar los labios, deca Miguel:

--A que no sabes, Perico, para lo que me sirves t en el paseo?

--Para qu?

--Para darme sombra.

En efecto, Mendoza era tan alto y tan gordo, que la figurilla de Rivera
se resguardaba perfectamente detrs de l.

--En resumidas cuentas, lo mismo me da caminar contigo por aqu que con
un rbol frondoso: eres tan fresco y tan sombro como cualquiera del
Retiro.

Y cuando algn amigo los tropezaba y les deca:--Siempre juntitos,
eh?--Miguel contestaba guiando el ojo:--El que a buen rbol se arrima,
buena sombra le cobija.

Perico pona una cara muy indigesta y masticaba algunas palabras de
disgusto.

Sigui aplicndose el hijo del brigadier al estudio del derecho, si bien
con cierta desigualdad: mientras en algunas asignaturas apretaba de
firme y llamaba poderosamente la atencin del profesor y los compaeros,
otras las abandonaba casi por completo. Su padre le segua visitando una
que otra vez y se mostraba en extremo complacido de su conducta y
aplicacin: no tanto de su economa; fuese por motivo del gasto
suplementario que Mendoza le ocasionaba o por su propia prodigalidad, o
por ambas cosas a la vez, lo cierto es que gastaba bastante ms de lo
que debiera. Cuando el brigadier se lo adverta suavemente, quedaba
algunas horas triste y pesaroso, formaba propsitos de enmienda; pero a
los pocos das olvidbase enteramente de ellos y segua dando acometidas
crueles al bolsillo paterno. Pasaba las vacaciones en Madrid, o a todo
ms se iba algunos das al Escorial en compaa de una familia conocida.
El brigadier, cuando llegaba el verano, le invitaba a irse con ellos a
un pueblecito de la costa donde solan pasar los meses de calor; pero
Miguel observaba tal vacilacin y frialdad en este convite, que
comprenda perfectamente que no deba aceptarlo: su presencia en la casa
era ocasionada a muchos disgustos, y de ningn modo quera que su buen
padre padeciese ninguno por su causa.

En el cuarto ao de su carrera se hizo presentar como socio en el
Ateneo. Desde entonces fue asiduo discpulo de sus ctedras y tertuliano
de sus pasillos; maana, tarde y noche, en todas las horas que las
clases le dejaban libre, se encerraba en el clsico establecimiento,
centro resplandeciente en aquella poca de las ciencias y las letras;
ordinariamente peda un libro y se enfrascaba en la lectura; en poco
tiempo se trag un nmero considerable de volmenes, versando casi todos
sobre esttica y filosofa. Era el terror del bibliotecario, pues le
traa constantemente en ejercicio, encaramado sobre los armarios. Una
vez en posesin del libro apetecido, nuestro mancebo corra a sentarse
al lado de la chimenea y se dejaba tostar las pantorrillas, mientras el
cerebro navegaba por los mares ignotos de la metafsica; primero
faltara el sol en su carrera, que nuestro estudiante en una de las
butacas de terciopelo carmes del Ateneo. Al llegar el mes de octubre
empezaba ste a poblarse, y sus pasillos a rebosar de campeones
literatos y filsofos que noche y da se ejercitaban en el arte de la
discusin; no sin detrimento de los tmpanos de otros socios ms
pacficos. Al mismo tiempo se abran la ctedras donde se explicaban las
materias ms indispensables para la vida: los orgenes de los pueblos
semticos; examen del cdigo Gregoriano; el hombre en el terreno
terciario, etc., etc. En la sesin de ciencias morales se debatan
arduos e interesantes problemas: en la de literatura se lean versos tan
arduos, aunque menos interesantes.

Una noche al levantarse la sesin, Miguel sinti que le tocaban en el
hombro; era Valle, el marido de su prima Eulalia, uno de los oradores
ms importantes a la sazn, no slo del Ateneo, sino tambin del
Congreso. Los aos haban arrancado a su rostro aquel tinte afeminado y
potico de que hemos hecho mencin y se lo haban dado ms varonil,
trasformndolo en un hombre hermoso y distinguido; gastaba largos
bigotes, donde brillaba ya tal cual hebra de plata; vesta con refinada
elegancia y continuaba sonriendo con dulzura a cuanto le decan. Por lo
dems, haca ya tiempo que era moderado, y de los ms intransigentes;
haba sido gobernador en varias provincias y diputado en dos
legislaturas. Desde algunos aos antes, los nios a cuya proteccin
haba dedicado tantos desvelos yacan abandonados a sus propias fuerzas,
lo mismo que los negritos. De aquella fervorosa manifestacin de
entusiasmo democrtico y tierna sensibilidad, slo quedaban en las
libreras de viejo algunos residuos acusadores. En varias de ellas sola
verse todava algn folleto abolicionista de Valle con su
correspondiente negrito aherrojado en la cubierta, las manos levantadas
al cielo en demanda de justicia. Ningn transente le haca caso, y era
ms que probable que as se estuviese de rodillas hasta que fuese a
parar ms tarde o ms temprano al montn del papel intil; el mismo
Valle, al cruzar por delante de l, sola apartar los ojos con
desprecio, no exento de rencor. El negrito autntico, esto es, el de
carne y hueso que asista a los banquetes abolicionistas, haca ya
tiempo que haba desaparecido de Madrid sin que nadie supiese dnde
haba ido a parar: tal vez cansado y ahto de las comidas sentimentales,
se hubiera marchado al frica a reponer el estmago con los platos ms
nutritivos de la cocina antropfaga.

--Oyes, Miguel, tienes noticia de tu familia?--le dijo con amable
entonacin, pero rpidamente, como si le llamasen en otra parte y
tuviese muy poco tiempo que perder.

--No seor; hace una porcin de das que no tengo carta de pap; hoy le
he escrito otra vez...

--Pues s que est un poco enfermo.

A Miguel le dio un brinco el corazn.

--Ha habido carta?

--S, ha habido carta.

--Y cmo no me han escrito a m?

--No lo s; lo que hay de cierto es que tu padre no est bueno, que es
un hombre, aunque no viejo, muy gastado por los achaques, y que debis
estar prevenidos para cualquier suceso desagradable.

Nuestro estudiante se sinti profundamente conmovido; guard silencio un
instante y no queriendo preguntar ms porque adivinaba vagamente que
algo terrible le queran comunicar, dijo nicamente:

--Bien, maana por la maana tomar el tren mixto.

--Es intil--repuso Valle, despus de vacilar un poco.--Puesto que has
de saberlo, ms vale que sea cuanto antes... Tu padre ya ha fallecido...
Vaya, resignacin... y queda con Dios. Te ha mejorado en tercio y
quinto. Adis.

De este modo dulce y consolador recibi Miguel la noticia de la muerte
de su padre. Quedose algunos minutos clavado en el suelo lleno de
estupor, y por ltimo, haciendo un esfuerzo, se dirigi con paso
vacilante a un departamento solitario y se dej caer en un divn; meti
la cabeza entre las manos y solloz largo rato, sin que nadie viniese a
acompaarle: solo el conserje, al dar una vuelta de inspeccin por la
sala, hallndole de aquella suerte, le pregunt con solicitud:

--Qu es eso, D. Miguel? llora V.?

Cuando supo la causa se sent a su lado y le prodig los consuelos que
pudo. En el pasillo se discuta con gritos horrsonos la cuestin del
Syllabus.




IX


Pasados algunos das supo que, en efecto, su padre le haba mejorado en
tercio y quinto, lo que constitua a su favor, teniendo presente que en
los ltimos aos el capital del brigadier se haba mermado, una renta de
siete mil duros; supo tambin que su madrastra, en el frenes de la
clera intentaba ponerle pleito. Entonces se explic perfectamente
aquella sonrisa triunfal del brigadier cuando al abrazarle en el colegio
de la Merced le deca: Ya sabrs lo que te quiere tu padre... ya lo
sabrs! El pleito, como era lgico, no pudo prosperar; la soberbia
madrastra se vio precisada a desistir, aunque guardando odio profundo,
no slo a Miguel, sino a la memoria de su marido; ste se haba vengado
cumplidamente de trece aos de suplicio.

El curador que en el testamento le dejaba era su to Bernardo, eleccin
que le mortific un poco, porque jams haba logrado simpatizar con l.
El temperamento inquieto y el espritu sarcstico del sobrino se
compadecan muy mal con la gravedad y el sosiego y el perfecto
equilibrio intelectual y moral del to. D. Bernardo le trataba con
afectado desdn, no concediendo importancia alguna a sus triunfos
universitarios; pareca decirle con el gesto, ya que no con la palabra:
Apesar de esas notas y esos estudios filosficos, nunca sers un hombre
respetable. Sin embargo, en este desdn mezclbase un poquito de miedo,
el miedo que profesan generalmente los hombres sin ingenio a los que lo
tienen: estaba siempre en guardia, temiendo que Miguel le hiriese con
alguna de sus salidas habituales, y para evitarlo se mostraba con l ms
serio y ms reservado que con los dems.

Por otra parte, se haban pasado ya bastantes das desde el
fallecimiento del brigadier, y el to Bernardo slo haba ido a hacerle
una visita, y en ella no le habl de intereses, ni se dio por entendido
del cargo que la voluntad del finado le impona. Miguel sospech que no
tena ganas de ser su tutor: lejos de disgustarle esta sospecha, le
caus verdadera alegra y se propuso verificarla pronto, y aun poner
todos los medios por convertirla en realidad. Una maana sali de su
casa en direccin a la de su to, dispuesto a tener con l una
conferencia y resolver de una vez el problema de la gestin de sus
intereses. D. Bernardo segua viviendo en la casa de la calle del Prado,
de su propiedad. El criado, en vez de dejarle pasar buenamente, por
tratarse de un pariente tan cercano de los seores, le introdujo, como
siempre, ceremoniosamente en el saln, y le mand esperar.--Empieza la
comedia--dijo Miguel para s sonriendo. Y sin hacer caso del ruego del
lacayo, luego que ste se fue, sali del saln, y subiendo la escalera
interior, se fue derecho al cuarto de su primo Enrique. Era la nica
persona con quien simpatizaba en la casa, si se excepta tambin su ta
Martina, a quien siempre haba profesado sincero cario. Enrique se
haba preparado para tres o cuatro carreras especiales, y en ninguna
haba logrado ingresar. Por ltimo, y para tener siquiera alguna, se
decidi a entrar en la Academia de Infantera: a la hora presente era
alfrez de este cuerpo, de reemplazo, sin vestir jams el uniforme, que
le pareca ridculo, viviendo en la corte como un seorito rico, gozando
de todos los placeres y singularmente de los toros, que era su aficin
predilecta, casi una mana. Los paps haban pasado muchos disgustos por
su causa: era la nica nota que desafinaba en el concierto casero. Cada
vez que le traan a D. Bernardo la noticia de una nueva calaverada, de
un nuevo suspenso, se pona a las puertas de la muerte, dejaba de comer,
de hablar, de fumar, y se pasaba dos o tres das dando paseos por el
corredor y lanzando de vez en cuando unos ayes sofocados, que
traspasaban el corazn de su fiel esposa doa Martina.--Distrete,
hombre; no pienses ms en ello: vas a enfermar, y primero eres t que
l... Adems, no todos los chicos han de ser modelos como Carlitos y
Vicente... D. Bernardo no haca caso de estas justas observaciones, y
slo sala de su voluntario ostracismo cuando algn grave que hacer
vena dichosamente a embargar su atencin. Por lo dems, Enrique
continuaba siendo el favorito de su madre, la cual, aunque no lo
confesaba ni a ella misma siquiera, porque lo consideraba como una
injusticia de marca, no poda menos de sentirse atrada hacia aquel hijo
que representaba en la casa, en aquella casa severa y reglamentada como
un convento, la alegra, la espontaneidad, la bondad franca y
campechana. All a la postre tambin D. Bernardo, sus hijos y su yerno
comprendieron que hasta desde el punto de vista esttico haca falta en
la familia quien representase la indisciplina, algo que formase
contraste y rompiese la monotona de aquella vida correcta. En secreto,
cuando estaban en familia, murmuraban todos de l, le ponan como un
trapo, segn la expresin vulgar, y esto no dejaba de ser tambin un
placer, o por lo menos, un pie socorrido de conversacin: de vez en
cuando D. Bernardo le llevaba a su cuarto y le pronunciaba un largo
discurso para llamarle al orden y recordarle sus deberes naturales y
sociales, la dignidad del caballero, el decoro de la familia, etc., etc.
Pero si haba alguna persona de fuera, al hablar de Enrique todos
sonrean alegremente, como diciendo: No nos pregunten VV. por ese
calavera, ese aturdido. Quin pone puertas al campo? La tolerancia que
mostraban les haca simpticos, y al mismo tiempo prestaba ms realce a
su conducta intachable.

Carlitos haba terminado la carrera de ingeniero de caminos y se
dispona a emprender la de ciencias. Fue constantemente el nmero uno de
su clase, y haba escrito ya algunos artculos sobre mineraloga en una
revista cientfica. Continuaba siendo el sabio de la familia, con
beneplcito de todos. Vicente haba pasado algunos aos en Inglaterra,
estudiando no se saba qu, probablemente los usos y costumbres de la
Gran Bretaa, hacia los cuales se sinti desde un principio tan
inclinado, que toda su vida visti, comi, durmi, y hasta tosi a la
inglesa. Trajo adems de all, entre otra infinidad de manas, la de las
antigedades, la cual fue muy del agrado de su padre, y contribuy no
poco en adelante al esplendor y respetabilidad siempre creciente de la
familia. Compr en Inglaterra un nmero considerable de trastos viejos,
platos, tapices, y adorn la casa con ellos: adems, con permiso de su
padre, todos los veranos daba una vueltecita por las provincias y
regresaba abundantemente provisto de objetos antiguos. La casa de esta
suerte lleg pronto a parecer un museo arqueolgico: era cada vez ms
sombra y ms triste. Vicente consigui tambin ejercer poderosa
influencia en ella, particularmente en lo que tocaba al orden y la
etiqueta: los criados considerbanle como su jefe inmediato, y hacia l
volvan los ojos siempre que iba a hacerse algo que no fuese la rutina
de todos los das. Doa Martina a cada instante le preguntaba:--Vicente,
dnde colocamos a Romillo? Vicente, debe templarse el Burdeos? Dnde
ponemos la estatua que han trado hoy? A qu hora se sirve en Londres
ese licor que hemos recibido?--El mismo D. Bernardo, apesar de su no
discutida infalibilidad, no se desdeaba alguna vez de consultarle en
asuntos de ceremonia; v. gr.: si haba de visitar a D. Fulano o dejarle
simplemente una tarjeta; si deba aceptar la invitacin a comer de D.
Mengano, etc., etc. Valle viva tambin en la casa y tena ya dos nias
de tres y dos aos respectivamente; se haba adaptado tan admirablemente
al modo de ser de aquella familia, que pareca nacido y criado con
todos ellos; la misma pulcritud en el vestir, la misma afectada
cortesa, el mismo cuidado extremoso en no decir ni hacer nada de
particular, la misma gravedad y nfasis para expresar las cosas ms
triviales. An en esto les sacaba ventaja: el antiguo abolicionista no
poda preguntar a un amigo la hora o lo que pensaba del tiempo, sin
llamarle aparte con cierto aparato de misterio: los que le vean,
siempre juzgaban que estaba tratando algn asunto muy serio y muy
escabroso. Apesar de esta adaptacin, no haba perdido importancia
alguna ni dentro ni fuera de la casa; al contrario, el matrimonio se la
haba dado grande, y haba contribuido no poco a que saliese elegido
diputado y a que gozase de respeto y consideracin universales. Por otra
parte, en el hogar tena su puesto sealado, su esfera de accin, y de
esta suerte no poda haber choques ni rivalidades: era el hombre
pblico, el estadista; como Carlitos era el sabio; Vicente, el maestro
de ceremonias; Enrique, el calavera, y D. Bernardo, el varn respetable
y respetado que esparca su sombra protectora sobre todos. Eulalia
continuaba siendo la misma grave y rida persona que cuando hemos tenido
el honor de conocerla, un poco ms grave y un poco ms rida. El labio
inferior le colgaba con expresin ms sealada an de desprecio hacia
todas las cosas terrestres. De este general desprecio se salvaba, no
obstante, su marido, su padre y hermanos, exceptuando Enrique, y todos
los usos y costumbres de la buena sociedad, de las cuales era, como su
seor padre, fiel guardadora. La misma doa Martina, apesar de su gran
corazn y su espontaneidad, y de aquel temperamento franco y campechano
que Dios la diera, no haba tenido ms remedio que sucumbir y doblegarse
a la frrea etiqueta de la familia, hacindose ms seria, ms comedida,
y perdiendo con ello mucho del atractivo que su carcter tena para el
sobrino Miguel.

Cuando ste penetr en el cuarto de Enrique, le hall afeitndose frente
a un espejo, tan preocupado y atento a su tarea, que no le vio ni oy
los pasos.

--Hola, Enriquillo, cmo va?

Enrique volvi asustado la cabeza.

--Ah, eres t, Miguelito? Sintate, hombre, me alegro mucho de verte
aqu.

Miguel, en vez de obedecer, se puso a dar vueltas por el cuarto,
observando con semblante risueo cuanto en l haba. Estaba lleno de
atributos taurmacos: sobre la puerta una cabeza disecada de toro; a los
lados unas moas lujosas, con los colores cados ya por el tiempo; por
las paredes algunos cromos, representando las distintas suertes del
toreo; una espada y una muleta formando trofeo.

Miguel se detuvo frente a un par de banderillas simtricamente colocadas
debajo de la espada y la muleta.

--La ltima vez que he estado aqu no tenas estas banderillas.

--Me las ha regalado, no hace ms que ocho das, Marmita... ya sabes...
Marmita--dijo, volviendo el rostro que rebosaba de orgullo y
satisfaccin.

--S, s... ya s... Marmita... cualquier bruto, vamos...

Enrique se qued repentinamente serio y triste.

--Hombre, Marmita es un amigo... Adems, hoy no hay quien ponga
banderillas como l en ninguna plaza de Espaa... Le has visto el
domingo?

--No fui a los toros.

--Pues chico te digo que en mi vida he visto colgarlas al quiebro de
aquel modo... Como si no se hubiera movido, chico... lo mismo! La plaza
se vino abajo... Era cosa de comrselo!... En el quinto toro puso otras
al relance, cuando menos se pensaba, que dej pasmado a todo el mundo...
Sobre el mismo morrillo las dos... Ni pintadas, chico!... La plaza se
vino abajo...

--Pero no estaba en el suelo ya?

--Cmo?

--S, hombre, acabas de decirme que se vino abajo en el primer par.

--Bueno, bueno!... t siempre de guasita.

Y dando la vuelta continu afeitndose.

--Pues haca ya tiempo--dijo Miguel, despus de dar otras cuantas
vueltas por la habitacin--que echaba de menos aqu unas banderillas. Me
extraaba que teniendo tantas cosas de toros, no hubiera por lo menos un
par.

--Querrs creer, chico--repuso Enrique, dejndose engaar como muchas
veces por el tono serio que comunicaba Miguel a sus palabras,--que no se
me haba ocurrido?... Cuando Marmita me las mand, tuve un verdadero
alegrn...

--S, s, comprendo que habr sido una de las ms puras satisfacciones
de tu vida.

Enrique volvi a mirarle serio y amoscado, y continu afeitndose. Ya no
era su fisonoma enteramente la de un perro ratonero como de nio; haba
mejorado un poco; no mucho; la mejora principalmente consista en que
andaba ms limpio, sin mocos en las narices, ni repegones en las
mejillas; aquel pelo indmito haba conseguido, a fuerza de pomadas y
cosmticos, domearlo, y lo llevaba aplastado sobre las sienes como los
chulos. Gastaba la barba cerrada, pero en aquel momento la estaba
modificando, dejndose unas patillas de picador muy cucas. As que hubo
acabado esta operacin, se volvi hacia Miguel un poco avergonzado; mas
como ste le dijese que estaba muy bien y que haba ganado bastante con
aquel cambio, se puso en seguida de un humor excelente, abraz a su
primo cordialmente, le dio un puado de tabacos habanos, y comenz a
charlar de cosas alegres.

--Lstima, Miguelillo, que no tengas aficin a los toros!--le dijo
cortando repentinamente el hilo de la conversacin y mirndole fijamente
con ojos compasivos.--Si vieras qu buenos ratos se pasan!

--Si suprimiesen la suerte de las picas, ira con gusto--dijo Miguel con
deseo de complacer a su primo, soltando una bocanada de humo.

--No digas eso, Miguel, por Dios! T no sabes que sin picas no puede
haber toros?

--Pues?

--Porque iran enteritos a la muerte y quedara todos los das algn
diestro sobre la plaza.

--Deban defender los caballos, al menos, para que no anduvieran las
tripas rodando por el suelo.

--Ese es otro error!--exclam Enrique, a quien la discusin interesaba
extremadamente.--Los caballos no pueden defenderse, porque si el toro no
hallase donde cebarse y tirase siempre los derrotes al aire, concluira
por huirse, como es natural, y no se podra lidiar en las otras suertes.
Los que no sois aficionados, siempre empleis los mismos argumentos,
los caballos!... las tripas!... Si atendieseis a la lidia, no
repararais en esas menudencias... pero, claro est! no sabis lo que
est pasando, no os ocupis de estudiar el toro, os aburrs, y vais a
mirar all al otro extremo de la plaza a ver si a algn caballo se le ha
salido el mondongo... Y en ltimo resultado, qu? No parece ms que no
habis visto nunca las tripas de un animal! No os comis todos los das
el chorizo en el cocido?

Miguel, que fumaba tranquilamente en una butaca sin atender a lo que su
primo deca, pregunt en tono distrado:

--Pero no habra algn medio de sustituir esa suerte de picas?

--Ninguno!--grit Enrique.--Absolutamente ninguno!

--Bien, hombre, bien; no te enfurezcas.

--Te figuras que los toros son una cosa de ayer maana?... Todo lo que
se refiere a los toros est muy pensado... muy calculado!... Los que no
entienden una palabra, ven correr al toro detrs de los toreros, y nada
ms; pero los que han estudiado algo, saben la razn de todos los
movimientos que se ejecutan en la plaza...

--Pues entonces--dijo Miguel seria y pausadamente soltando otra bocanada
de humo,--te anuncio que cuando sea ministro de la Gobernacin, tendr
el honor de suprimir las corridas de toros.

Enrique le ech una mirada torva.

--Ya se librar ningn ministro de la Gobernacin de suprimir los
toros!

--Y dnde est tu padre ahora?--dijo Miguel levantndose.

La fisonoma de Enrique volvi a adquirir repentinamente su habitual
expresin de bondad e inocencia.

--Me parece que no ha salido esta maana. Quieres verle?

--S, tengo que hablar con l.

--Vamos all.

Y ponindose apresuradamente una chaqueta, sin haberse metido an el
chaleco, condujo a su primo por los corredores hasta cerca del cuarto de
su padre. All vacil un poco, porque segua profesando a aquella
habitacin el mismo respeto que cuando nio.

--Raimundo--dijo, viendo a un criado pasar,--entra en el cuarto de pap
y pregntale si puede recibir al seorito Miguel, que desea hablarle.

El criado tard un rato en salir con la respuesta afirmativa. Miguel
entr solo.

Estaba el to Bernardo sentado en su poltrona, leyendo los peridicos
con la misma expresin de hostilidad con que siempre haba acogido todas
las ideas expresadas por escrito. Haba envejecido bastante: la calva,
ya dilatada, se la cubra un gorro de terciopelo morado; ms flaco y
ms plido; el bigote canoso haba quedado reducido, merced al lento
pero continuado trabajo de la navaja, por entrambos lados, a una motita
debajo de la nariz.

--Buenos das, to, cmo sigue V.?

--Hola, Miguel: bien, y t?--respondi D. Bernardo sin apartar la vista
del peridico.

--De salud, bien.

--Te vas resignando?--le pregunt, siempre con la vista fija en el
peridico y con un tono ligero que hiri vivamente a Miguel.

--No, seor--contest ste un poco picado.

D. Bernardo se dign levantar la vista hacia l manifestando sorpresa;
torn a bajarla y dijo en voz baja y cavernosa:

--Pues no adelantars nada con atormentarte; hay que someterse a la
voluntad de Dios.

--Yo me someto a la fuerza. Resignarse y someterse tranquilamente lo
hacen los que no sienten con intensidad las desgracias.

--Supongo que no querrs decirme que yo no he sentido profundamente a tu
padre.

--Debo creer que V. lo ha sentido mucho, porque era un modelo de padres,
de hermanos y de caballeros.

--As es, y te aconsejo que lo imites siempre.

--Hago lo que puedo; por de pronto le lloro mucho, como l me llorara.

--No juzgo que deben condenarse las lgrimas en absoluto; pero me
parecen ms propias de las mujeres que de los hombres. Te aconsejo
entereza para soportar esta prueba terrible. Pasados ya los primeros
das, es absurdo seguir entregado al dolor, y precisa darse cuenta
exacta de su situacin y pensar en lo porvenir.

--A eso vena precisamente; a tratar con V. la cuestin de intereses.

Casi todas las conversaciones entre to y sobrino desde haca algn
tiempo, tomaban este tono un si es no es picante. Miguel era dscolo, y
cada da iba formando una idea ms pobre de las dotes intelectuales del
to Bernardo. Este, si no despreciaba a su sobrino en el fondo,
aborreca su carcter y le tena miedo. Ambos se hallaban perfectamente
convencidos de esta antipata y procuraban demostrrsela con ms o menos
disimulo. La conversacin que sobre intereses entablaron no fue larga:
desde los primeros momentos comprendi Miguel que su to no deseaba
hacerse cargo de la curadura, y grandemente satisfecho, aunque
ocultndolo lo mejor que pudo, le facilit el camino para zafarse de
ella.

--S, to, s; comprendo perfectamente que las graves ocupaciones que V.
tiene en su vida pblica y privada no le permitirn dedicarse al arreglo
de mis negocios con la atencin que V. quisiera... Yo lo siento
muchsimo... pero ms vale que desde el principio hablemos claro...

--Por mi parte estoy dispuesto a cumplir en un todo la voluntad del
finado; bien lo sabes... Pero temo que apesar de sacrificar otros
quehaceres...

--Nada, no hablemos ms de eso. Como en el testamento se seala, en
defecto de V., a to Manolo, que l se encargue, ya que est desocupado.

D. Bernardo sonri irnicamente al escuchar el nombre de su hermano.

--S; l bien puede encargarse; los quehaceres no le matan.

Con la solucin dada al asunto, ambos se haban puesto de buen humor; la
pltica fue en adelante ms expansiva y afable. D. Bernardo invit a su
sobrino a almorzar, y ste acept sin que se lo rogase.

Cuando bajaron al comedor, estaba ya reunida la familia. Como era
costumbre, todos aguardaban en pie al jefe de ella, quien despus de
saludarles grave y cortsmente, se sent y les invit a sentarse con un
ademn tan imponente y seorial, que Miguel no pudo menos de sonrer.
Nadie ms que l sonri: los dems, incluso Valle, que era ya un
personaje poltico, aceptaban aquella severa etiqueta, persuadidos de
que practicndola, se alejaban del vulgo y ganaban en prestigio y
respetabilidad. Miguel, exagerando un poco el desdn que le inspiraba
tal farsa, deca para s:--Pero, seor, esta es una familia de
sainete! Durante el almuerzo se habl de varios asuntos polticos y
domsticos, pero siempre con el mayor orden, sin que bajo ningn
pretexto se quitasen la palabra unos a otros; despus que todos
expresaban su opinin, D. Bernardo sola resumir y dar la suya, y en su
defecto, lo haca Valle, como segunda persona de la casa. Casi siempre
coincidan todos en el modo de ver las cosas; cuando as no era, se
mostraban tal deferencia los unos a los otros para contradecirse, que
concluan por estar conformes. Alzar la voz para discutir se consideraba
all como la manifestacin ms acabada del mal gusto; slo en las
tabernas se disputaba a gritos. A veces haba tambin sus rasgos de
irona, sus chistes; Carlitos y Valle se autorizaban algunos; entonces
todos sonrean con benevolencia y hasta se rea suave y discretamente,
nunca con fuertes o sonoras carcajadas. En casi todos los asuntos que en
la mesa se trataban, manifestbase claramente el desdn que la mayor
parte de las cosas y personas inspiraba a aquella privilegiada familia,
y el ntimo convencimiento que todos profesaban de su indiscutible
superioridad. Esta superioridad era el dogma de la casa.

Enrique tomaba muy pocas veces parte en la conversacin; no se
consideraba a la altura de sus hermanos, conoca su genio sulfrico y
tema desafinar. Desde que se sentaron a la mesa, la transformacin que
acababa de operar en su rostro haba llamado la atencin de todos, hasta
de su padre, que no se dignaba reparar sino en muy contadas cosas:
habale dirigido durante el almuerzo cuatro o cinco miradas largas y
escrutadoras, y l, por no soportarlas, bajaba la vista y se haca el
distrado; estaba avergonzado, y hubiera dado cualquier cosa por ponerse
de nuevo los pelos que se haba quitado. Nadie se atrevi, sin embargo,
a hablarle de ellos. Cuando concluyeron de almorzar se procedi a hacer
el caf sobre la misma mesa, tarea en que de antiguo se placa la
familia de Rivera, y a la cual conceda extremada importancia. En esta
ocasin, la importancia era mucho ms grande porque se trataba de
ensayar una nueva maquinilla que Carlitos haba encargado a Pars. Todos
se prepararon con ansiedad a ver funcionar el aparato. Carlitos se haba
encargado de armarlo; desgraciadamente, apesar de su reconocido talento
mecnico, no haba logrado encajar algunas piezas en su verdadero sitio;
el caf sali tan revuelto y malo, que fue imposible atravesarlo.
Entonces se produjo en la familia de Rivera un movimiento de sorpresa
dolorosa; pero nadie os dirigir cargo alguno al causante de la
desgracia; slo por medio de rodeos y perfrasis, Valle declar que el
caf pudiera estar ms claro an, lo cual no saba si debiera achacarse
a la calidad del mismo caf, a la deficiencia del aparato o a alguna
ligera imperfeccin en la manera de armarlo. D. Bernardo tosi dos o
tres veces, lo cual indicaba siempre que iba a decir algo, y era la
seal preventiva para que todo el mundo se callase. En efecto, guardaron
silencio.

--Para que sepamos cul es la causa de lo que ha ocurrido, y si Arturo
ha acertado en alguna de las diversas indicaciones que acaba de hacer,
precisa, ante todo, que se lave el aparato, se le desarme y lo volvamos
a armar con detenimiento.... A ver, Raimundo, llvate esa mquina, que
se lave bien, y despus de secarla, la traes.

Mientras Raimundo estuvo por all, apenas se habl en la mesa, como si
estuvieran todos bajo el peso de alguna grave preocupacin: se esperaba
su vuelta con mal disimulada impaciencia. Cuando lleg y dej de nuevo
el aparato sobre la mesa, los ojos se volvieron anhelantes hacia el jefe
de la familia, quien, despus de toser otras dos o tres veces, dijo
solemnemente, dirigindose a su hijo Carlos:

--Carlitos, ten la bondad de desarmar el aparato, a fin de que sepamos,
si es posible, dnde reside la falta.

Carlitos se apresur a tomar la mquina, y con mano un poco temblorosa,
comenz a desarmarla, bajo la mirada fija y atenta de su familia. Segn
iba sacando las piezas, dejbalas esparcidas a granel sobre la mesa.

--Alto all!--exclam D. Bernardo extendiendo las manos.--Las distintas
piezas no pueden ni deben dejarse de este modo confundidas,
exponindonos a que despus no sepamos para qu sirven. Coloqumoslas
ordenadamente, a derecha e izquierda, segn vayan saliendo, y no habr
ms tarde dificultades.

Carlitos comenz a alargar las piezas a su padre, y ste a colocarlas en
diversos parajes de la mesa, no sin vacilar antes algn tiempo y pensar
bien el pro y el contra de cada sitio.

--Esta tapadera de cristal la colocaremos aqu junto a Eulalia, no es
eso?... El recipiente superior lo pondremos delante de Vicente, qu
tal?... Bien; queda colocado... acordarse bien... queda colocado delante
de Vicente... El pasador aqu a mi derecha... no olvidarse... El
recipiente de la leche, dnde colocaremos el recipiente de la leche?...
Agurdate un instante, hombre... lo colocaremos, si no os parece mal,
aqu delante de Arturo... acordarse bien, delante de Arturo...

Una vez desarmado el aparato, Carlos principi a encajar de nuevo unas
piezas con otras, con seguridad y desembarazo, como el que conoce bien
el terreno que pisa. Su padre, no obstante, a quien disgustaba siempre
la prisa, le ataj en seguida.

--Alto ah, Carlos; eso no es resolver la dificultad... Hay que tomar
las cosas con ms calma; si no, obtendremos el mismo resultado. Antes de
proceder a la colocacin de una pieza cualquiera, es necesario
cerciorarse si la anterior est bien colocada; esto es, si ajusta
perfectamente con la otra... Nada de precipitarse... A qu conduce la
prisa?... No tenemos sobrado tiempo?... Caminemos con cautela... No es
eso?...

D. Bernardo ech una mirada en torno buscando la aprobacin, que todos
le concedieron sin vacilar. Despus, tosi dos o tres veces, en
testimonio de hallarse satisfecho.

Apesar de la cautela y del espacio que Carlitos se tom para armar la
mquina, y a despecho de los graves y sensatos consejos que su padre le
iba dando, y que l respetuosamente segua, cuando de nuevo se hizo el
caf, sali tan malo como la vez anterior. Fue necesario apelar a la
antigua maquinilla. La familia tom el caf pensativa y silenciosa.
Miguel se puso a jugar con sus sobrinitas, las nias de Eulalia. D.
Bernardo se levant al fin de la mesa, encendiendo un cigarro habano.
Aunque su continente era fro y grave, como siempre, adivinbase que no
estaba de buen humor: el negocio del caf le haba excitado un poco la
bilis. Antes de salir se volvi hacia Enrique, que an continuaba
sentado, y le dijo severamente:

--Por qu te has dejado esas ridculas patillas de torero?

--Me estorbaba la barba--contest el alfrez humildemente, un poco
ruborizado.

--Y porque la barba te estorbase, haba razn para poner la cara como
la de un chulo o un chispero?... No sabes que eres hijo de una familia
respetable, y que debes imitar a las personas decentes, lo mismo
interior que exteriormente?... A ver si te quitas inmediatamente esos
adornos... No quiero chulos o picadores en mi casa!... Tiempo hace que
me ests disgustando con tus groseras inclinaciones... Ya s que tienes
por amigos a unos cuantos toreros o granujas de la calle, olvidando lo
que debes a tu familia y lo que debes a ti mismo... que no tienes otros
placeres, que ver encerrar y apartar los toros... Me hiere profundamente
tener un hijo tan insensato... De dnde has sacado esas aficiones?...
No ves a tus hermanos, de quien nadie tuvo que decir jams una
palabra?...

Hizo aqu una pausa larga el irritado seor de Rivera, y dijo despus en
tono perentorio, saliendo del comedor:

--Que no te vuelva a ver esas patillas!

Enrique recibi la reprensin de malsimo talante, con los codos
apoyados en la mesa y la cabeza metida entre las manos en seal de
protesta. Cuando su padre volvi las espaldas y estaba un poco lejos,
dej repentinamente aquella postura, y agitando frente a l los puos
con frenes, exclam con voz sofocada a fin de que no le oyese:

--En mi cara mando yo!

Todos guardaron silencio, incluso doa Martina, ante la clera del
alfrez. Slo Eulalia se atrevi a decir solemnemente:

--Eso, Enrique, est muy mal hecho: pap tiene razn...

No pudo concluir: su hermano se le ech encima convertido en basilisco.

--Ya me extraaba a m que t no metieses la cucharada! Quin te pide
a ti consejo, ni qu se me da a m que t lo encuentres malo o bueno?...
Es decir, que mam se calla, y que esta tontuela mentecata! se ha de
meter siempre en mis cosas!... Yo hago lo que me parece; sabes?... Me
dejo las patillas o me las quito; sabes?... Y t te callas; sabes?...

Nadie protest; el mismo Valle, que era a quien corresponda poner
correctivo a aquellas palabras, se las trag; el alfrez pudo seguir
gritando cuanto quiso.

--Sabes--le dijo Miguel cuando estuvieron solos en el cuarto--que no es
precisamente la dulzura lo que te caracteriza cuando tienes que
dirigirte a tu hermana?

Enrique encogi los hombros en seal de desprecio.




X


El hotel de Puerto Rico, donde to Manolo se alojaba, no era, en
realidad, ms que una mediana casa de huspedes. Nada de cuanto
caracteriza a los hoteles se encontraba en l; ni movimiento de criados,
ni entrada y salida de viajeros y equipajes, ni ruido de ninguna clase.
Lo nico en que remedaba un poco la manera de ser de aquellos
establecimientos, era en los nmeros pintados (con tinta de escribir)
sobre la puerta de los cuartos y en los impresos con la cuenta que a fin
de mes reparta una criada entre los huspedes. Por lo dems, stos eran
fijos y no pasaban mucho de una docena. Entre ellos, el ms antiguo un
Marqus diplomtico retirado del servicio haca veinte aos, seco,
avellanado, fruncido, sin pizca de dientes y enteramente sordo
(soltero). Otro de los que llevaban ms tiempo en la casa, era un mayor
del Consejo de Estado, buen mozo, muy dado al aseo y a los perfumes,
gastrnomo, abonado perpetuo a la pera, animal daino entre el bello
sexo, disimulando sus cuarenta y cinco aos con arte diablico
(soltero). Un ex-diputado carlista aniquilado por el reuma, viviendo de
sus rentas, pasando los das hmedos en la cama, los secos en el caf de
la esquina, jugando al domin, entrado ya en das, gran narrador de
cuentos verdes, silencioso en todos los dems asuntos, hombre dulce y
servicial (separado de su mujer). Un oficial de marina, joven, terrible
discutidor de cuantos problemas o cuestiones se suscitasen, por
especiales y tcnicos que fuesen; todo lo saba, todo lo analizaba, los
asuntos religiosos como los financieros, lo perteneciente al orden
fsico y lo que tocaba al espiritual; con todo eso, hablaba poco de
barcos; asista invariablemente a los estrenos de los dramas, y emita
su opinin a gritos en los pasillos de los teatros, y despus, en la
mesa de la fonda (soltero). Este oficial constitua el tormento y la
penitencia de un mdico anciano que ya no ejerca, y que tambin se
hospedaba en el hotel; hombre ilustrado y meticuloso, que jams
aventuraba una opinin sin haberla meditado con gran espacio. Viva all
disfrutando de un capital que haba juntado en su larga carrera
profesional, procurndose, con escrpulos de monja, cuantos goces
higinicos, cuantos cuidados y regalos puede inventar una imaginacin
experta y dedicada exclusivamente a tan grata tarea; los razonamientos,
o por mejor decir, la charla insustancial del oficial de marina, le
pona fuera de s, le alteraba la bilis, era su nica cruz en esta vida.

--Pero, hombre de Dios! Sabe V. por ventura obstetricia?

--A m qu me importa la obstetricia! Lo que le s a V. decir, es que
una mujer puede concebir de un animal, y que est probado.

--Cmo ha de estar probado semejante disparate!

--Dispnseme V., D. Agustn, dispnseme V.; no es un disparate, ni mucho
menos. Hay un mdico alemn llamado Grotte...

--No conozco semejante mdico.

--Usted no lo conocer; pero el que V. no lo conozca, no prueba nada...
Digo, que Grotte, que es el mdico de ms reputacin que existe en
Alemania, y que ha escrito infinidad de libros, afirma terminantemente
que una mujer puede concebir de un mono, y hasta de un perro...

--Jess, qu barbaridad! No estar mal mono sabio ese seor Grotte!

--Dispnseme V., D. Agustn; dispnseme V.! Grotte goza de reputacin
europea, es miembro honorario de la Academia de Ciencias de Berln y de
la de Pars, director de uno de los hospitales ms importantes, mdico
del Emperador...

A D. Agustn le retozaban las ganas de decir: Todo eso es una patraa,
y V. un mentecato sin pizca de sentido comn! Pero se contena por
educacin, y cortaba las discusiones diciendo en tono sarcstico preado
de clera:

--Bueno, hombre, bueno; tiene V. razn... V. lo sabe todo... Conoce V.
la fisiologa, la anatoma, la obstetricia... para eso es V. marino...
Yo no s una palabra de esas cosas... para eso soy mdico... Nada, nada,
tiene V. razn... dejemos eso.

Estas retenciones de bilis le producan a don Agustn algunos disturbios
en el estmago; estuvo tentado algunas veces a dejar la casa, pero le
dola en el alma abandonar un gabinete muy gentil al medioda, que l
haba amueblado con particular esmero. Nuestro D. Manuel Rivera, por sus
prendas personales, por sus relaciones con la alta sociedad madrilea y
por los aos que llevaba en la casa, representaba tambin papel
principal en ella.

Los dems huspedes eran figuras secundarias, que presenciaban riendo
las disputas de la mesa redonda, aventurando pocas veces su opinin y
aceptando resignadamente la oligarqua de los seis que hemos enumerado,
los cuales gobernaban la fonda a su talante, dictando al cocinero los
platos y al dueo las horas de las comidas; los criados, que se
renovaban a menudo, ponanse muy pronto al tanto de la existencia de
este primer estamento, y empezaban a servir siempre por aquella parte de
la mesa en que se situaba, lo que haca montar en clera a una seora
viuda, ajamonada, que en las discusiones daba siempre la razn al
oficial de marina.

Cuando ste coma en casa, era sabido que habra gran calor en la mesa,
mucho ruido, gritos desaforados: el dueo de la fonda, el cocinero y el
pinche, cuando la algazara suba de punto, asomaban disimuladamente las
narices por la puerta un poco asustados; mas al instante se
tranquilizaban oyendo palabras que no comprendan, y se retiraban de
nuevo a la cocina. Pero el oficial coma con frecuencia fuera de casa;
entonces la mesa redonda languideca, quedaba sumida en un letargo
triste y silencioso; se oa el ruido de los platos y el de las
mandbulas; el mayor del Consejo de Estado era el encargado de animar la
escena, y lo haca llamando la atencin del Marqus, que coma
abstrado, y dndole siempre la misma broma: el diplomtico haba
prestado cinco duros a un tunante llamado Laguna, que viva del juego y
la estafa, y como es natural, no haba vuelto a echarle la vista encima.

--D. Lorenzooo--gritaba el atusado mayor.

D. Lorenzo segua comiendo tranquilamente.

--D. Lorenzoooo--tornaba a gritar.

--Cmo?--deca aqul levantando la cabeza y poniendo la mano por detrs
de la oreja.

--Que hoy he visto a Lagunaaa.

--Hum!--grua el viejo bajando de nuevo la cabeza y dndose ya por
enterado de la broma.

--Me ha dicho, que es V. una persona muy simpticaaa.

--S, eh?--refunfuaba D. Lorenzo sin levantar la vista.

--Muchooo... y que probablemente vendr un da de estos a hacerle a V.
una visitaaa.

Esta noticia produca siempre risa entre los comensales, que estaban
perfectamente enterados de todo.

--No lo creo.

--Pues cralo V.; est muy agradecidooo.

--Eso s lo creo--murmuraba con sorna.

--Dice, que a ninguna persona pedir l cinco duros con ms libertad que
a V... en caso de necesidaaad.

--Hum!

--Que ha sido V. para l un padre...

--Ya, ya!

--Me ha preguntado qu formalidades se exigan para la adopcioon...
Desea que V. le declare hijo adoptivo.

--Mejor sera hijo prdigo.

La ocurrencia levantaba algazara en la mesa. El mayor volva a la carga.

--Cunto piensa V. darle para sus gastos particulares cuando sea su
hijooo?

--Nada... le dejar letra abierta en todas las tabernas y _chamizos_.

--Eso est bien; pero y los gastos imprevistos?

--Habiendo aguardiente de Chinchn, est todo previsto...

El Marqus hablaba pausadamente, dejando trascurrir un espacio regular
entre la pregunta y la respuesta; de este modo, su irona causaba ms
efecto. Y la broma se prolongaba al travs de la comida con grandes
intervalos de silencio. Al da siguiente, si el marino no llegaba a
sazonarla con alguna discusin cientfica o literaria, se repeta la
vaya con leves variantes: los comensales encontraban muy donoso al
mayor, y cuando se descuidaba en embromar al Marqus, le guiaban el ojo
excitndole a hacerlo; la charla del marino los mareaba y aburra un
poco; pero siempre se encontraban dispuestos a confesar su talento y sus
conocimientos poco comunes.

Desde la ltima vez que le vimos, D. Manuel Rivera haba envejecido
bastante en realidad, en apariencia muy poco; el vientre le haba
crecido, las patas de gallo se haban acentuado, el cabello y la barba
estaban poblados de canas. Mas como acuda, casi tan pronto como su
compaero el mayor del Consejo, al reparo de estos mandobles del tiempo,
amortiguaba su fuerza y la herida apenas se mostraba. Haca algunos aos
que usaba constantemente justillo de gamuza (en verano de hilo), que
recoga y aprensaba el abdomen; jams se lavaba sin frotarse despus con
una llamada agua de Circasia para refrescar y embellecer el cutis;
todos los meses daba una vuelta por casa del dentista para limpiar la
dentadura y orificar los muchos agujeritos que iban pareciendo en ella;
en cuanto a las canas, ah estaba su fuerte; las tinturas que usaba,
tradas por l todos los aos de Pars, eran la envidia del mayor por lo
finas y exquisitas. Sin embargo, por las maanas antes que el barbero
llegase, cuando to Manolo envuelto en su bata le esperaba sentado en la
butaca leyendo los peridicos, tena todo el aspecto de una ruina
venerable: aun despus de salir fresco y rozagante del cuarto, un ojo
experto y curioso poda notar en ocasiones, en que andaba la tintura
descuidada, ciertas vislumbres de plata en la raz de la patilla. Esto
en cuanto a lo corporal; por lo que toca al espritu, nuestro D. Manuel
no necesitaba componer ni aliar absolutamente nada; tenalo tan
fresco, tan vivo y juvenil como a los veinte aos. Y eso que por efecto
de sus constantes prodigalidades, padeca con frecuencia serios
disgustos en el orden econmico; haca ya bastante tiempo que tena
vendidas o empeadas las fincas que sus padres le dejaron; esto no le
impeda vivir holgadamente y recrearse con el mismo sosiego que si
estuviese recin heredado. Nunca haba retrocedido ni pensaba retroceder
ante los gastos indispensables a un hombre que frecuenta la buena
sociedad, que es galn y divertido. El cmo provea a ellos nadie lo
saba, ni el mismo Miguel, que despus de la muerte de su padre se fue a
vivir con l en el Hotel de Puerto Rico. Tena noticia por sus primos y
por algunos amigos del mal estado de la hacienda de su to; pero se
asombraba de que ste nada le dijese ni hallase en sus actos algo que
acusase la ruina de que se hablaba.

Como el pez en el agua se encontr nuestro mancebo en el hotel de su
to; aunque muy joven para ello, form inmediatamente parte del primer
estamento o directorio, en atencin quiz a los mritos de aqul, en
parte tambin a los suyos propios; pues muy pronto se mostr en la mesa
como muchacho de entendimiento, alegre y despejado. El mdico D. Agustn
hall en l poderoso auxiliar contra las afirmaciones disparatadas del
oficial de marina, y desde que se vio secundado, se las tuvo tiesas en
todas las discusiones, y no quiso retroceder ni humillarse ante ninguna
cita de autor extico. Perdi terreno el oficial de da en da y
comenz a decirse entre los comensales que formaban el pblico, que
tena una ciencia superficial y que el sobrinito de D. Manuel le pona
muchas veces las peras a cuarto. Hasta la viuda ajamonada que le daba
siempre la razn comenz a quitrsela y apoyar con vivas cabezadas lo
que Miguel manifestaba; pero esto, segn se supo despus, fue porque la
viuda le propuso un cambio de habitaciones, fundndose en que el oficial
paraba muy poco en casa y le bastaba un cuarto ms pequeo; no tuvo
aqul la galantera de aceptar el trueque, y se capt para siempre su
antipata.

Pocos das despus de vivir juntos, dijo D. Manuel a su sobrino:

--Sabes quin tiene muchos deseos de verte?... Aquella seora del
intendente Trujillo, a cuya casa te llev yo una noche cuando eras
chico... No te acuerdas que cant unos dos de pera conmigo?... Ha
quedado viuda la pobre hace ya dos aos... Es una buena seora, muy
amable y obsequiosa...

--Y aquella hija que tena y tambin cantaba?...

--Se muri antes que su padre... Anita se ha quedado completamente sola.
Cuando sucedi tu desgracia me pregunt con mucho inters por ti, y me
hizo prometerle que te llevara alguna noche por su casa... No es
tertulia formal; nos reunimos solamente tres o cuatro amigos, de modo
que puedes venir sin inconveniente.

Aquella noche fue, en efecto, Miguel con su to a casa de la intendenta,
quien le recibi con mucho agasajo: no tanto a los tres o cuatro amigos
de que haba hablado to Manolo, y que fueron entrando uno despus de
otro. Todos ellos eran entrados en das; uno era coronel retirado; otro,
catedrtico de matemticas en la facultad de ciencias; otro,
ex-gobernador de provincia. Observ Miguel que la intendenta ejerca una
soberana absoluta, casi desptica, sobre esta diminuta tertulia;
ordenaba en tono perentorio cualquier servicio, contestaba con acritud a
las observaciones que la hacan, y en general se mostraba bastante
indiferente a las atenciones y acatamientos que a cada instante la
prodigaban aquellos seores, incluso el to Manolo. Sin embargo, ste
era el nico con quien se humanizaba a ratos. Echando la vista en torno
y advirtiendo el lujo que all reinaba, pronto se convenci Miguel de
que los tertulianos todos, sin exceptuar a su to, apetecan la mano un
poco rugosa ya de la intendenta. Frisaba sta en los cincuenta, pero no
estaba mal conservada, y apoyada sobre el pedestal de una ms que
regular fortuna, pareca a los ojos de sus amigos como una diosa. Bien
persuadida estaba tambin ella de su influencia fascinadora, y por eso
abusaba; quiz se juzgase digna de un marido ms fresco y juvenil. Lo
cierto es que trataba a sus pretendientes con ostensible despego. Qu
esfuerzos haca cada uno de ellos por aventajar a los otros en cortesa,
donaire y gentileza! Cuntos cartuchos de confites entregados con
emocin y olvidados inmediatamente sobre la mesa! Cunto requiebro,
cunta galantera perdidos en el aire! El gesto habitual de la
intendenta era de disgusto; cuando la preguntaban por su salud, siempre
contestaba: _regular_. Los tertulios tocaban con mucha habilidad este
registro, porque era el nico al cual sola responder: cuando se hablaba
de sus debilidades y sus nervios, era cuando Anita se mostraba
comunicativa; a veces la tertulia se pasaba horas enteras hablando de
gastralgias y dispepsias o de otras enfermedades del aparato digestivo.
Tena adems la intendenta otro defecto que, apesar de su acreditada
paciencia, sola indignar a los pretendientes; se dorma a menudo en la
butaca y los tena toda la noche hablando entre s y en voz baja; noches
perdidas para el bloqueo de la plaza, que causaban profundo desaliento
en los tertulios. Pues an no era esto lo peor: lo peor era que Anita,
que tena un temperamento linftico exhausto de sangre, gustaba de
mantener viva y cargada incesantemente, hasta en los das templados, la
chimenea de su gabinete; merced a esto y al cuidado con que se cerraban
todas las puertas y rendijas, aquella habitacin era un horno; en
ocasiones la atmsfera se pona casi irrespirable; el coronel y el
catedrtico, que eran obesos y sanguneos, sudaban gotas de tinta y
estaban expuestos a una congestin; pero el ex-gobernador y to Manolo,
lejos de compadecerles, se complacan muy mucho en aquel tormento, y
hasta se hubieran alegrado quiz de un amago de apopleja que les
impidiese salir de casa por las noches.

Anita recibi a Miguel, como ya hemos dicho, con inusitada afabilidad:
aquella novedad, aquella frescura despert en ella, acostumbrada a los
semblantes graves y ajados que diariamente la rodeaban, ideas risueas,
la alegra de la juventud. Los tertulios disfrutaron del buen humor de
la intendenta aquella noche; en vez de dormitar tristemente en la butaca
o de describir con voz apagada los fenmenos nerviosos del da, se
mostr en extremo locuaz y divertida; hablose de los teatros, de
poltica, de las aventuras galantes de la corte, se ri, se dijeron
chistes ms o menos ingeniosos por todos. Anita se avino hasta a abrir
el piano despus de varios meses que permaneca cerrado, y cantar una
romanza. Pero contra lo que deba esperarse y formando extrao contraste
con los dems, to Manolo empez a ponerse, poco despus de haber
llegado, serio y taciturno; apenas contestaba a lo que le preguntaban,
cual si se hallase bajo el peso de alguna triste preocupacin. Miguel le
examin con inquietud, sin saber a qu atribuir aquella tristeza, pues
no saba que hubiese tenido disgusto alguno. Sin embargo, observ que su
to miraba con frecuencia a las solapas de la levita y se las arreglaba
con mano trmula: y como le conoca muy bien haca tiempo, al instante
comprendi que haba motivo grave para aquel singular y repentino cambio
de humor; el cuello de la levita no ajustaba bien; haca un fuellecito
por atrs siempre que bajaba la cabeza. D. Manuel al ponerse la prenda
en casa no haba podido apreciar bien este defecto; slo se haba dado
cuenta vaga de que exista. Mas as que se sent cerca de un armario de
luna, logr descubrirlo de modo evidente, y como es natural, sinti una
profunda y dolorosa impresin que le impidi desde entonces tomar parte
en la alegre pltica que se haba entablado. En un principio limitose a
arreglar el cuello, disimulando lo mejor que pudo su disgusto; pero la
bilis se le fue exacerbando poco a poco, perdi al cabo la paciencia, y
cundo crea que no le observaban, comenz a dar vivos y fuertes tirones
a las solapas. No consigui sino excitarse ms y ms; el endiablado
cuello, aunque quedaba en su sitio despus de cada tirn, no tardaba
dos minutos en bajarse y ahuecarse de nuevo. La desesperacin se iba
apoderando velozmente del gallardo caballero; hasta se le descompuso un
poco el semblante. Por ltimo, sintindose enteramente incapaz de
permanecer por ms tiempo en aquella angustiosa situacin, se levant de
pronto y dijo con voz alterada, que se le haba olvidado dar un recado a
un amigo, que le dispensasen un momento, que no tardara en volver.
Vironle marchar todos con cierta sorpresa a causa de su manifiesta
turbacin: en la risa que se dibuj en la cara del ex-gobernador, quiso
adivinar Miguel que haba atribuido la salida a algn malestar del
cuerpo. No tard siquiera media hora en entrar: traa puesta otra
levita, el rostro se le haba serenado por completo y se mostr en
seguida tal cual era: jovial, divertido, siguiendo durante toda la noche
de un humor excelente.

Cuando a las doce, poco ms o menos, se deshizo la tertulia y salieron,
cogi del brazo a Miguel y le pregunt alegremente:

--Qu te parece de Anita?

--Es una seora muy amable.

--Bien conservada, eh?

--S; para su edad...

--Cmo para su edad? No vayas a figurarte que es una vieja... Despus,
muy distinguida, verdad?

Y bajando la voz y acercando la boca al odo del sobrino aadi:

--Ciento cincuenta mil duros en casas, y acciones del Banco!... He
dicho algo Miguel?

No necesit ste tirarle mucho de la lengua para averiguar sus planes.
Acometido de sbito deseo de expansin, D. Manuel le abri enteramente
el pecho. Haca tiempo que le estaba poniendo los puntos a Anita. El
deseo de formar una familia que nunca sintiera en su vida, haba
concluido por enseorearse de su alma. Qu cosa ms rara, eh Miguel?
Al llegar a cierta edad, todos caemos. Es una ley providencial.--Pero a
l ya no le convena una chiquilla: necesitaba tranquilidad en casa; una
mujer formal.--Fuera de casa, todo lo que t quieras; yo no soy un
santo, y aun despus de casado, no dir que alguna vez no saque la
pierna por debajo de la manta... Pero el hogar... el hogar, chico, es
una cosa muy sagrada. Analiz despus el carcter de Anita, un poco
seco en ocasiones y hasta irritable; pero en el fondo carioso y
expansivo como pocos; una mujer muy sensata, muy seria en todas sus
cosas y de un corazn inmejorable. Cuando lleg al captulo de los que
pretendan disputarle su mano, el coronel, el ex-gobernador y el
catedrtico, se dibuj una sonrisa de lstima en sus labios: habl de
ellos con desdn olmpico.--Unos pobres mamarrachos, Miguel; ninguno
tiene pizca de mundo ni sabe lo que es sociedad, ni se ha visto jams en
tales trotes: as que sin poderlo remediar ensean la oreja a cada
instante. Anita, que es muy lista, bien lo nota y se re de ellos; si no
los despide de una vez es porque a todas las mujeres, hasta las ms
sensatas, les gusta tener una corte de adoradores... aunque sean unos
tontos, sabes?... Pero ya se irn cansando... Has reparado los
pantalones de don Ladislao el catedrtico?... lo mismo que unas sayas...
Anita y yo nos mirbamos y apenas podamos contener la risa; pobre
seor!... El coronel no es feo, pero tampoco sabe llevar con gusto
nada... ni las patillas.

Hablando de sus proyectos y murmurando de esta suerte llegaron hasta la
puerta de casa. Despus de gritarle un rato, vino el sereno a abrirles y
les acompa con el farol hasta el piso principal. All el criado, medio
dormido an, les entreg a cada uno la llave de su cuarto y se
despidieron hasta el da siguiente.

El to Manolo, sereno, majestuoso, semejante a un dios, se fue a
descansar, meditando como Ulises la muerte de los pretendientes.




XI


Desde que Miguel encarg la gestin de sus negocios al to Manolo (y lo
hizo pocos das despus de haber pasado lo que acabamos de narrar), no
volvi ste a sentir en su alma aquel noble impulso que le arrastraba a
rendir culto a los dioses lares. Quiz juzgaba incompatible el cargo de
tutor diligente con los deberes que impone el yugo matrimonial, y
prefera sacrificar en provecho de su sobrino los placeres inefables con
que la familia le brindaba. Verdad es, que procur honradamente
desquitarse aplicndose con laudable asiduidad a los goces propios del
soltero. No le fue a la zaga en esto Miguel, estimulado con su ejemplo:
ambos comenzaron a darse vida de prncipes disfrutando alegremente de
los siete mil duros de renta que el brigadier haba dejado; teatros,
bailes, paseos, cenas a ltima hora, partidas de juego y de caza, noches
de amor y de crpula, de todo goz el hroe de nuestra historia en los
cuatro aos que siguieron a la muerte de su padre. Su inclinacin al
estudio sufri notable menoscabo durante este tiempo; sin embargo,
termin la carrera con regular lucimiento. Una vez en posesin del
ttulo de abogado, no volvi a abrir un libro de derecho; los momentos
que el placer le dejaba libre consagrbalos a la lectura de obras
amenas, lo cual era tambin un placer.

Al llegar a la mayor edad le vino la idea de pedir cuentas a su to:
haba observado en los ltimos tiempos ciertas dificultades tocantes al
numerario, que le hicieron entrar en sospechas. Las cuales tuvo el
sentimiento de ver convertidas en certidumbres: su to y l se haban
gastado en los cuatro aos, no slo la renta anual de siete mil duros,
sino el capital correspondiente a cincuenta mil reales que estaba
colocado en acciones del Banco y papel del Estado: no le quedaban ms
que tres fincas urbanas.

Al saberlo tuvo un fuerte altercado con su to, le recrimin con dureza
su negligencia y le dirigi algunas palabras speras: el pobre D. Manuel
apenas supo defenderse: quedose cortado y confundido, murmurando
torpemente algunas disculpas. Cuando a Miguel se le calmaron un poco los
nervios y se encontr solo en su cuarto, sinti grandes remordimientos;
haba obrado con poca generosidad: despus de todo, la misma culpa haba
tenido l que su to en el despilfarro: al recordar el semblante
avergonzado y triste de aqul, senta tanta lstima y un pesar tan
profundo de haberle sin razn ofendido, que no pudo dormir en toda la
noche.

La renta que le qued era bastante para vivir con desahogo y aun con
relativo lujo en Madrid. Se hizo cargo de la administracin de las casas
y puso orden en sus gastos, procurando, no obstante, que a su to no le
faltasen ciertos goces sin los cuales el caballero no comprenda la
existencia. Y siguieron viviendo alegres y satisfechos en la mejor
armona.

La amistad de Miguel con su antiguo compaero de colegio y de posada,
Mendoza, se haba enfriado un poco durante los ltimos aos, ms bien
por efecto de la separacin que porque hubiese mediado entre ellos
motivo alguno de disgusto. Cuando se encontraban en la Universidad o en
la calle se hablaban cariosamente y paseaban juntos si Miguel no tena
cosa urgente que hacer. Algunas veces tambin, en das de apuro, Mendoza
sola pasarse por casa de su amigo y pedirle unos cuantos duros. Por lo
dems, trascurran a veces meses enteros sin verse.

Poco despus de terminar la carrera, Mendoza, que cada da era mejor
mozo y se aplicaba con ms ahnco a parecerlo, quiso hacer oposicin a
unas plazas de oficiales, vacantes en el Consejo de Estado. Antes de
resolverse vino a consultarlo con Miguel, quien le anim mucho y le
prometi aprovechar todas sus relaciones para conseguir lo que deseaba.
Miguel frecuentaba la alta sociedad y era amigo de varios personajes
polticos; se le conoca en los salones como en la Universidad por el
nombre de Riverita, y era generalmente querido por su figura simptica,
aunque exigua, y su trato franco y gracioso. Hizo Mendoza al fin su
ejercicio de preguntas, y no fue ms que mediano, de suerte que aun
ponindose en lo mejor, desconfiaba mucho de llevar nmero, lo cual le
traa muy cabizbajo y desalentado. No obstante, cuando lleg el segundo
ejercicio, que consista en escribir encerrado, durante veinticuatro
horas, una disertacin sobre un tema elegido entre tres y contestar
despus a las objeciones que dos compaeros le hiciesen, ocurrisele una
idea salvadora; pidi por favor a Miguel, en cuyo talento fiaba mucho,
que se la escribiese. Hubo necesidad para ello de valerse de un ardid. A
la hora en que se encerraba, fue Rivera por all, se enter del tema
elegido y corri a meterse en la biblioteca del Ateneo, donde en pocas
horas consultando libros y esforzando el ingenio, escribi un largo y
erudito discurso. El problema era que llegase a las manos de Mendoza.
Para conseguirlo fue a rondar a las altas horas de la noche el edificio
de los Consejos, dio un silbido penetrante, como un enamorado que
avisase a su novia, y al poco rato se abri con cautela una ventana del
piso alto y se vio un hilo de seda flotar en el aire; Miguel amarr
apresuradamente el manuscrito y el hilo comenz a subir arrastrndolo
consigo.

A la maana siguiente fue lleno de zozobra a presenciar el ejercicio de
su amigo. Este, que haba copiado la disertacin en buena letra, la ley
con firme entonacin y no poco aparato; los jueces quedaron sorprendidos
de tanta erudicin y agradable estilo, en quien no sospechaban que
existiese. Cuando lleg el momento, sin embargo, de contestar a las
objeciones, decay bastante; no saba ms que referirse a su discurso;
luchaba en vano por encontrar algn nuevo argumento en defensa de la
tesis. Apesar de esto y del mediano ejercicio de preguntas, el tribunal,
pagado de los conocimientos nada comunes que haba demostrado, le aprob
los ejercicios. Entonces fue cuando Miguel puso en juego todas sus
amistades para conseguir que el ministro le concediese una de las
plazas; el mayor del Consejo, su compaero de hotel, no fue uno de los
que menos trabajaron en el asunto. Finalmente, despus de muchas idas y
venidas, empeos y zozobras, Mendoza fue nombrado oficial del alto
cuerpo consultivo con doce mil reales de sueldo; aunque no era muy
pinge, tena el empleo la ventaja de ser inamovible, y en la capital, y
muy apropsito para trabar amistad con los prceres de la poltica y la
administracin, bajo cuya gida es como nicamente se puede hacer
fortuna en Espaa. El hijo del cirujano estaba, pues, en franqua, o lo
que es igual, tena asegurado su _modus vivendi_. Celebrose el triunfo
por los dos amigos con una cena y hubo brindis fervorosos en ella y se
juraron fidelidad eterna.

Poco tiempo despus de este suceso, sobrevino otro en la vida de Miguel
que dio origen a cambios importantes en ella. Ya hemos dicho que haba
entrado con buen pie en la sociedad, que se le tena por hombre ameno y
divertido, y gozaba de todos los privilegios que la fortuna y el ingenio
suelen conceder en la capital. Pocos saban como l despertar el buen
humor en las tertulias, hablar con donaire de las mil frivolidades que
constituyen el encanto de la buena sociedad.--Mi fuerte y mi recurso
supremo para extasiar a las tertulias--sola decir con irona,--es el
teatro Real. Porque entonces, como ahora, la conversacin amena por
excelencia en Madrid era la de la pera, y aqul era tenido por hombre
ms discreto y agradable quien proporcionase en las reuniones datos ms
fidedignos acerca de la vida privada de los tenores y bartonos.

Pues sucedi que cierto da, habiendo fallecido un caballero con quien
mantena alguna relacin, se visti de negro y fue a dar el psame a la
familia. La habitacin de la seora estaba medio a oscuras, como es de
rigor en tales casos, por lo que fue necesario que ella le saludase
antes para saber a dnde dirigirse. Despus que la apret la mano y le
expres cunto senta, etc., etc., dio vuelta, y secndose los ojos para
ver algo, percibi una silla vaca y fue a sentarse en ella. Los
circunstantes guardaban silencio y se mantenan en la actitud rgida y
dolorosa adecuada a las circunstancias. Nuestro joven procur tambin
adoptar una postura reflexiva metiendo las manos entre las rodillas, y
bajando la cabeza, lo cual no le impeda levantar los ojos que,
acostumbrados ya a la oscuridad, consiguieron al cabo distinguir las
personas y los objetos. No muy lejos observ que una cabecita de mujer
estaba vuelta hacia l, y que unos ojos negros le contemplaban sin
pestaear; la cabeza era hermosa y delicada como la de una madona, los
ojos vivos y alegres. Sintiose el joven particularmente cautivado por
aquella mirada, donde adivinaba cierta misteriosa simpata; no slo su
amor propio se sinti halagado por las insistentes miradas de la joven,
sino que experiment un sentimiento de atraccin, que le arrastraba
hacia ella. Contentose, al principio, con decir para s:--Qu nia tan
bonita!--Despus avanz un poco ms y dijo:--Vaya una chica simptica,
tiene cara de buena!--Por ltimo no pudo menos de pensar:--Yo he visto
esta fisonoma ya en otra parte. Y empez a dar vertiginosas vueltas en
la imaginacin para averiguar dnde y cmo la haba visto; pero por ms
que hizo no pudo averiguarlo. Recorra en un instante con el
pensamiento, todas las casas conocidas, todos los parajes por donde
haba andado, y no logr encontrar marco para aquella cabeza. Si no la
he conocido en el mundo, la he conocido en sueos, se dijo; yo he visto
muchsimas veces esta cara y estos ojos. Y en efecto, poco a poco el
semblante de la joven con sus rasgos delicados, con su expresin franca
y risuea, se le represent como un sueo amable que haba tenido en
distintas pocas de la vida; trasladose a los das de placer, record
los momentos en que su fantasa le hizo entrever los campos floridos de
la dicha; das y momentos fugaces para l como para todos, pero que
dejan la huella de Dios en el espritu y le preservan de la corrupcin.
Los ojos de aquella joven le pusieron en contacto con todos los objetos
bellos que haba visto en su vida, con todos los pensamientos honrados
que haban cruzado por su mente, con todas las lgrimas dulces que haba
vertido. Acordose de la fe pura y sencilla con que rezaba en el colegio
ante la imagen de la Virgen y el ansia con que deseaba tener alas para
lanzarse por los espacios azules y llegar hasta su trono de estrellas y
cantar a sus pies las alabanzas de su hermosura inmortal; record las
veces en que su padre le haba dado a besar el retrato de su madre;
record las dulzuras inefables que le causaba de nio la msica que
acompaaba a las procesiones, y la embriaguez que le produca el perfume
del incienso, se le representaron los juegos de la infancia y el cario
vehemente apasionado que sinti cuando nio por su hermanita Julia...

Julia!... Le dio un vuelco el corazn. Haba hallado lo que buscaba:
aquella cabeza semejaba extraordinariamente a la de su hermana, no slo
juzgando por el recuerdo de la infancia, sino por el retrato que de ella
posea, regalo de su padre. Clav en la joven los ojos con inters
ansioso, queriendo averiguar un algo vago que empezaba a bullirle en el
pensamiento, explor con afn todos los rasgos de su fisonoma, examin
todos los pormenores de su vestido.--Si fuese realmente mi hermana!--se
dijo.--Todo cabe en lo posible. Esta familia es amiga suya.... pudieron
venir de Sevilla a pasar una temporada--quin sabe!--Y segua mirndola
fijamente cada vez con ms emocin: la joven tampoco apartaba de l su
mirada, llena de inters. El corazn empez a batirle aceleradamente: se
le apoder un gran desasosiego, que le hizo mudar de postura veinte
veces en dos minutos; sintiose sofocado, y se desabroch la levita. Era
necesario salir de aquella terrible duda; saber si todo era pura
ilusin, o si efectivamente se encontraba cerca de la hermana de su
alma. A quin preguntarlo? La seora de la casa estaba lejos; no era
oportuno levantarse y dirigirse a ella: adems, todo el mundo se
enterara. Pase la vista en torno, y no hall ningn amigo: entonces se
decidi a preguntarlo a la seora que estaba ms cerca, fuese quien
fuese; volviose cuanto pudo hacia ella, se inclin hacia su odo, mas
cuando iba a articular la primera palabra qued repentinamente sin voz,
plido y esttico. La seora que estaba a su lado no era otra que su
madrastra, la brigadiera ngela en carne y hueso, mucho ms ajada, con
el cabello gris, pero todava bella y arrogante. La circunstancia de
estar tocando con ella y la oscuridad de la sala, haban hecho que no la
viese hasta entonces. La brigadiera debi conocerle en cuanto entr,
porque as que Miguel hizo ademn de dirigirle la palabra, volvi la
cabeza a otro lado en seal evidente de mal humor y desdn. El rencor
que siempre le haba tenido estaba ms encendido ahora por el testamento
del padre.

Miguel permanci inmvil largo rato, sumergido en un mar de pensamientos
tristes. Cuando alz la vista, su hermana (porque era ella, ya no le
caba duda) le estaba contemplando con mayor ternura. Una corriente de
simpata, ms an, de cario sincero y apasionado, se estableci entre
ellos; los ojos eran los encargados de trasmitirla: habl la sangre,
hablaron los dulces e inefables recuerdos de la niez, habl la memoria
venerada del bondadoso brigadier Rivera. En poco estuvo que ambos se
levantasen y se abrazasen ante la concurrencia; mas en Miguel pudieron
los miramientos mundanos, en Julia el temor de su madre; y ambos
permanecieron en sus asientos.

La brigadiera se sofocaba; estaba inquieta, nerviosa; haca rechinar la
silla al moverse. Por ltimo, no pudiendo ya contenerse, se levant para
salir; todos la imitaron, y hubo unos instantes de confusin mientras se
despedan; merced a ella Miguel se acerc disimuladamente a su hermana,
y, sin saber cmo, sin mirarse siquiera, sus manos se encontraron y se
dieron un apretn furtivo y apasionado. Jams experiment nuestro joven
una emocin ms dulce, ni fue tan feliz como en aquel momento; vinieron
a sus ojos algunas lgrimas que tuvo que ocultar con el pauelo. Julia,
por su parte, estaba plida y temblorosa, y apenas poda articular las
palabras indispensables para despedirse. Cuando se fueron, Miguel qued
como si repentinamente le introdujesen en un calabozo lbrego; no vio,
ni oy nada de cuanto haba a su alrededor, y, sin vergenza alguna de
que le observasen, se ech a llorar como un nio y se despidi tambin.




XII


Averigu que su madrastra haba venido a vivir a Madrid para cobrar ms
puntualmente la viudedad, y que habitaba un cuarto tercero en la calle
del Barco; esto le hizo sospechar que la hacienda de su pobre hermana
haba sufrido fuerte menoscabo, si es que no haba volado enteramente.
Tan luego como supo el domicilio de ellas se constituy en asiduo
paseante de la calle y comenz a espiar los balcones de la casa con el
celo y la insistencia del ms rendido galn; pero los balcones
permanecan hermticamente cerrados como los de un convento; por ms que
hizo nunca logr ver a Julia. Apel entonces a los medios que suelen
emplear los tenorios callejeros; soborn a la portera y pudo
cerciorarse de que su madrastra habitaba all en efecto haca tres
meses; pero su hermana haba ido a pasar una temporada al campo con unos
amigos por no encontrarse bien de salud. Renunci por entonces a pasear
la calle aguardando su regreso. Y al cabo de algn tiempo sucedi lo que
vamos a ver.

Cierta tarde de verano hallbase Miguel sentado en una de las sillas del
Prado con el cigarro en la boca disfrutando voluptuosamente de la
amenidad del sitio y de la temperatura, que no poda ser ms agradable
en aquella hora. El vasto saln arenoso comenzaba a poblarse de los que
como l salan despus de comer a gozar del fresco. Nuestro joven, con
mirada indiferente vea cruzar por delante de l grupos de seoras unas
veces, otras paseantes solitarios, nios con sus ayos o nieras; la
disposicin de su espritu no era haca ya algunos das tan alegre como
antes; el encuentro con su madrastra le haba perturbado bastante,
inclinndole a los pensamientos serios y tristes. Los cuatro aos de
vida placentera le haban hecho olvidarse de entrar en s mismo,
recordar su historia, meditar sobre lo presente y lo porvenir. Al
tropezar con aquellos restos de su familia despertaron sbitamente en su
alma mil recuerdos dolorosos y alegres de la infancia, presentimientos y
dudas que le tuvieron por algn tiempo melanclico. Hallbase, pues,
enfrascado en tristes cavilaciones, como ordinariamente le acaeca
siempre que estaba solo, cuando acert a ver a lo lejos dos seoras,
cuya figura le trajo a la memoria en seguida a su madrastra y hermana.
Segn fueron acercndose, pudo cerciorarse de que no eran otras. Le dio
un salto el corazn, y vacil un instante entre marcharse antes que
llegasen o permanecer en su sitio. Opt al fin por esto ltimo y
aguard. Pronto le divisaron, porque haba pocas personas sentadas; la
brigadiera arrug la frente en testimonio de desagrado y pas sin
dirigirle una mirada. Julia tambin cruz sin mostrar que reparaba en
l; mas a los pocos pasos volvi la cabeza, y a espaldas de su madre le
envi una sonrisa y le hizo una serie de muecas y saludos
afectuossimos, aunque reprimidos; despus con rpido y gracioso ademn
acerc la mano al pecho, arranc un clavel que llevaba y lo tir al
suelo. Miguel corri al instante a recogerlo; al bajarse sinti unos
pasos precipitados detrs y vio frente a s al levantarse a un cadete de
Estado Mayor, flaco y larguirucho como una espina, quien le dirigi una
mirada torva y colrica y hasta tuvo conatos de abocarle; pero despus
de vacilar un instante sigui caminando aunque volviendo a menudo la
cabeza para mirarle de arriba abajo con expresin nada pacfica. Miguel,
sin hacerle caso, cambi todava de lejos una sonrisa con su hermana y
llev el clavel a los labios.

Cierto, no dejaba de ser interesante la situacin de ambos hermanos,
obligados para testimoniarse su cario a esconderse como dos amantes
contrariados y a emplear toda la astucia y disimulo que stos usan.
Miguel saba apreciarla y la gustaba, y hasta se placa e interesaba en
ella, por ms que la deplorase con interminables lamentaciones cuando se
hallaba entre amigos. Comenzaron a escribirse por medio de la portera,
se hacan seas desde el balcn y la calle respectivamente, citbanse
para las casas conocidas, y burlando la vigilancia de la terrible
brigadiera, se daban besos apasionados en los corredores. Cuntas veces
en sus cartas se hizo mencin de aquel da infausto en que Miguel dej
caer a su hermanita sobre el borde de la cuna! Cuntas hablaban de la
particular aficin que Julita tena a despeinarle! Miguel le escriba:
An siento, picaronaza, tus manos entre mis cabellos y an me duelen
los tirones que me dabas. Media hora por lo menos tardaba tu doncella
Rosala en ponerme la cabeza como la de un querubn; y t ni un segundo
siquiera en dejrmela como una selva enmaraada! Conservas fidelidad a
los gatos? Si la raza felina no te ha hecho apurar la copa del
desengao, te proporcionar cuando quieras un variado concierto: an
mayo con bastante afinacin. Julia le contestaba: Si piensas que se me
ha quitado la mana de despeinarte, te equivocas. Cuando te veo en los
salones tan perfumado y elegante, hecho un dije de reloj, no sabes lo
que dara por achucharte, por chafarte la camisa, por meter las manos
entre esos pelos tan rizaditos y engomados simploncillo! y ponerlos
tiesos como un escoba! Eres tonto de remate; como sabes que eres guapo
no hay quien te sufra...

Al fin Miguel hall el medio de reconciliarse con su madrastra. El
cario cada da ms grande a su hermanita le hizo pensar que la haba
despojado de una parte considerable de fortuna: su padre no haba obrado
con toda justicia al mejorarle: las mujeres necesitan siempre un dote
proporcionado a su educacin, porque no pueden vivir de su carrera como
los hombres. Despus de todo, se deca, aunque mi padre me quisiera
mucho, no hay duda que al redactar el testamento ha obedecido en cierto
modo al deseo de venganza. Y qu culpa tiene mi pobre hermana del
carcter altivo y dominante de su madre? Por otra parte, le dola verla
en un cuarto tercero viviendo con relativa estrechez mientras l gozaba
de todos los atractivos del lujo. Estas imaginaciones fueron labrando en
su cerebro una decisin que al cabo formul por escrito en carta a su
madrastra: escribiole sin decir nada a Julia suplicndole le concediese
una entrevista para tratar de asuntos que a ella y a su hija
interesaban mucho. La carta, aunque seria, era afectuosa y dejaba
traslucir intentos generosos y deseos vivos de reconciliacin. La
brigadiera le contest muy atenta citndole para el da siguiente a las
tres de la tarde en su casa. Aquella noche apenas pudo dormir nuestro
joven bajo la obsesin de mil pensamientos afanosos y cambios sbitos de
temor y de alegra: los nervios se le desbocaban fcilmente y no era
poderoso a sujetarlos.

Despus de almorzar, o de haber intentado hacerlo, porque apenas pudo
pasar bocado, despus de haberse vestido con pulcritud, despus de haber
estado algunos minutos en el caf tomando maquinalmente una copa, de
_chartreusse_, se encamin con paso vivo a la calle del Barco,
imaginando lo que haba de decir a su madrastra y gozando con la grata
perspectiva de la reconciliacin. Al llegar a la esquina de la calle de
la Puebla procur refrenar el paso y tranquilizarse: mas al doblar la
del Barco alcanz a ver a lo lejos aquel cadete desgalichado que tan
ferozmente le haba querido interrumpir cuando recogi en el paseo el
clavel de su hermana. Ya le haba tropezado otras muchas veces en la
misma calle con los ojos puestos en el balcn de Julia.

El cadete, al verle pasear la misma calle y al parecer con los mismos
intentos, le arrojaba miradas provocativas, cencellantes, cargadas del
tradicional desprecio que el elemento militar ha sentido siempre hacia
el civil tratndose de empresas amorosas. Pero Miguel, con la
imprevisin temeraria de la juventud, haca caso omiso de este
desprecio, y sola contestar a aquellas miradas con una sonrisa dulce y
un si es no es burlona que iba amontonando la clera en el pecho del
feroz cadete. La tempestad ruga ya sobre la cabeza de nuestro joven, y
l segua tan sosegado como si estuviese bajo un cielo azul y sereno.
Como caminaban en sentido contrario no tardaron en acercarse y pasar uno
al lado de otro, repitindose la misma torva mirada por parte del
militar y la idntica sonrisa por la del paisano. Miguel cruz a la
acera de enfrente para entrar en casa de la brigadiera; mas antes de
efectuarlo oy una voz cavernosa a su espalda:

--Cabayero; oiga V.

Volviose y se encontr frente a frente del cadete.

--Qu se le ofreca a V.?--le pregunt sonriendo.

El cadete vacil un instante, puso sus ojos sanguinarios en el suelo y
dijo con voz bronca de adolescente que est en la muda:

--Cabayero, quisiera saber si V. est en relaciones con esa chica del
nmero quince...

--Del nmero quince?--dijo Miguel, ms risueo an.

--S seor, cuarto tercero.

--Pues en efecto, estoy en muy buenas relaciones; s seor.

Hubo unos segundos de silencio. El hijo de Marte, apesar de su innata
ferocidad, quedose un poco turbado. Al fin rompi a trompicones
diciendo:

--Pero bien... esas relaciones... yo hace tiempo que la hago el oso...
quisiera saber si es V. novio...

--Ah! eso es otra cosa: para que yo sea novio de ella hay una pequea
dificultad; y es que soy su hermano.

El cadete levant los ojos, donde se pintaba el asombro, la alegra, la
duda y algunas otras emociones secundarias que sera prolijo enumerar.

--Pero de veras es V.?...

--De padre nada ms; no se asuste V.

Al cadete no le hizo efecto esta rectificacin; sigui expresando con
los ojos los mismos sentimientos, con idntica viveza. Despus,
acometido sbito de una idea, la de que aquel paisano se estaba
quedando con l se puso otra vez fruncido y enfoscado y volvi a sacar
la voz de las profundidades de su pecho.

--Cabayero, yo no consiento que nadie se _guasee_ conmigo.

--Hace V. perfectamente; aplaudo esa decisin.

--Es que... yo no creo que V. sea hermano de esa seorita...

--Tambin est V. en su derecho; si le repugna creerlo, nada, nada, por
m no se violente V.

--Es que yo...

--Siento en el alma no traer la fe de bautismo en el bolsillo; pero si
V. no tiene cosa ms urgente que hacer, puede pasarse por la sacrista
de la iglesia de San Gins y all le ensearn el libro parroquial donde
consta mi nacimiento y el de mi hermana... Si V. desea una tarjeta para
el sacristn se la dar... No la quiere V.?... Bien, pues V. me
dispensar, caballero; me aguardan en este momento... Miguel Rivera,
para servir a V....

Y gir sobre los talones y se meti pugnando por no rer en el portal de
la casa de su madrastra. Una vez dentro de l, quedose repentinamente
serio al pensar que antes de tres minutos iba a encontrarse frente a
sta. Era un momento solemne. Subi lentamente la escalera, creciendo su
emocin a cada peldao que iba salvando. Cuando lleg arriba estaba tan
conmovido que no se atrevi a que le viesen en aquel estado: descans
algunos momentos procurando serenarse, y despus que lo hubo conseguido
a medias, cogi el llamador con mano temblorosa, tirando de l
suavemente. Esper un rato sin que nadie viniese: cuando ya iba a tirar
segunda vez, oyose una voz adentro que deca con tono imperioso:

--Que han llamado!

Le dio un vuelco el corazn: era la voz de su madrastra. Al instante se
abri el ventanillo y le preguntaron:

--Qu deseaba V.?

--La seora viuda de Rivera?...

--S seor--dijo la criada abriendo la puerta.

En aquel momento Miguel estaba, sin saber por qu, completamente sereno.

--Cmo es su gracia?

--Miguel Rivera.

--Voy a avisar: tenga V. la bondad de aguardar un instante.

En cuanto nuestro joven se qued solo, oy unos pasos vivos y menudos, y
divis en la esquina del corredor a Julia que asom la cabeza nada ms
para ver quin era la visita. Al encontrarse con su hermano, descubri
todo el cuerpo y se qued pasmada, esttica, mirndole fijamente con
marcada expresin de susto. Esta actitud hizo comprender a Miguel que la
brigadiera nada le haba dicho de la carta ni de la cita. Despus avanz
lentamente hacia l manifestando siempre la misma sorpresa mezclada de
terror, sin hacer caso de la sonrisa tranquilizadora de su hermano:
cuando ste la tuvo cerca, avanz tambin algunos pasos, y cogindola
por la cintura, la dio un par de sonoros besos en las mejillas. Entonces
el susto de Julia lleg a su colmo: se arranc con extraordinaria
violencia de los brazos que la sujetaban, se puso terriblemente plida y
se llev el dedo a los labios, diciendo con voz de falsete:

--Por Dios, Miguel, por Dios... que est ah mam!

La criada apareci en aquel instante por el otro extremo del corredor.

--Puede V. pasar cuando guste, seorito.

Miguel hizo una mueca risuea a su hermana, le dijo adis con la mano y
se dirigi con paso firme a la sala, precedido de la criada, quien al
llegar a la puerta levant la cortina y le dej el paso.

La brigadiera ngela, que estaba sentada en una butaca, se levant al
ver a Miguel, pero no avanz a su encuentro. Tena la misma figura
gallarda y arrogante, mas el rostro estaba notablemente ajado;
dibujbase en torno de sus ojos un crculo grande azulado, y surcaban su
frente dos profundas arrugas, seales que acreditaban la violencia y
soberbia de su genio: los negros y sedosos cabellos que Miguel admiraba
en otro tiempo, blanqueaban ya por tantos sitios, que eran ms grises
que negros: vesta una bata de seda, tambin ajada, y ajados estaban
tambin los muebles de la sala, y ajadas las cortinas y la alfombra.
Todo lo advirti el hijo del brigadier de una sola pero intensa mirada,
y no sin pena, recordando el antiguo esplendor de su casa.

--Oh, mam! cmo sigue V.?--dijo avanzando con efusin hacia ella.

--Bien, y t, Miguel?--contest tendindole una mano.

Miguel, que iba decidido a abrazarla, se detuvo ante aquella actitud y
se content con tomarle la mano y apretarla contra su pecho. Y
retenindola an entre las suyas, exclam:

--Cunto tiempo!...

--Mucho, s!... Trae una silla y sintate.

Pero Miguel, sin hacer caso, sigui en pie, y volvi a exclamar,
arrasados los ojos de lgrimas:

--Pobre pap!

La mano de la brigadiera tembl un poco dentro de las suyas; pero
soltndose en seguida, le seal de nuevo una silla.

--Sintate, Miguel, sintate.

Obedeci, colocndose al lado de la butaca de su madrastra, y metiendo
las manos entre las rodillas y la barba en el pecho, guard silencio:
algunas lgrimas le resbalaron lenta y calladamente por las mejillas.

--Hace mucho tiempo que has concluido la carrera, Miguel?--le pregunt
en tono natural la brigadiera al cabo de un rato.

--Hace dos aos nada ms--repuso secndose los ojos con el pauelo.

--Y qu te haces ahora?

Esta pregunta seca y hecha en un tono ms seco an, cort la tierna
emocin que embargaba a nuestro joven en aquel momento y le dej un poco
embarazado.

--Poca cosa... Me divierto lo ms que puedo.

--S, s, ya lo he sabido, que eres un joven a la moda.

--Las modas duran poco; pasar como han pasado las trabillas y las
corbatas de suela...

La conversacin iba a tomar un sesgo demasiado frvolo, y Miguel lo
cambi preguntando con inters:

--Y VV. qu tal se encuentran en Madrid, mam?

--A m me sienta bien este clima... a Julia no tanto.

--Pobrecilla!... acostumbrada al calor de Sevilla, el fro de este
pueblo no le har mucho provecho seguramente.

--Yo tambin estaba acostumbrada al calor cuando vine hace aos, y sin
embargo no me ha hecho dao;... depende de las naturalezas...

--Pero Julia se ha puesto mala aqu?--pregunt Miguel, aunque ya lo
saba.

--Ha tenido un catarrillo pertinaz, pero la he mandado a Mejorada unos
das con mi prima Rafaela, y se ha puesto buena.

--Es una chica muy graciosa... Caramba cmo se ha desarrollado, y qu
monsima se ha puesto!

--Tus flores no tienen gran valor en este caso--dijo la brigadiera
sonriendo nada ms que con el borde de los labios.

--Por qu? Porque soy su hermano?... No crea usted que influye tanto
en mi juicio esa circunstancia; la juzgo desapasionadamente, como un
extrao... como un joven a la moda--aadi devolviendo irnicamente a su
madrastra el calificativo que le haba dado. Y por si esto pudiera
ofenderla, dijo despus:

--Usted, mam, debe escuchar con gusto que Julia es guapa, porque adems
de ser su hija, se le parece notablemente.

--Tampoco admito esa flor encubierta... Te has vuelto muy galante,
Miguel!--repuso la brigadiera dignndose sonrer afablemente.

Ms haba de galantera que de verdad en lo que aqul acababa de decir.
Aunque la brigadiera haba sido bella, acaso ms que su hija, sta no se
le pareca sino en la forma de la frente, estrecha y delicada, y en la
boca. Los ojos de Julia eran ms chicos que los de su madre, pero ms
vivos, y de un mirar suave y halageo, que nunca los de sta haban
tenido; la nariz no era tampoco aguilea, sino recta y fina. En la
figura aventajaba mucho la madre a la hija, y en el color tambin, para
los que prefieren las blancas a las morenas. Julita era una muchacha ms
bien baja que alta, pero muy bien proporcionada; tena el talle esbelto
y airoso como pocos; todos sus ademanes eran vivos y resueltos y estaban
impregnados, si vale la palabra, de una gracia singular; el color
tostado en demasa, acercndose mucho al de las gitanas, con las cuales
guardaba ms de este punto de semejanza; los cabellos idnticos a los de
su madre cuando tena su edad, negros, sutiles y lustrosos, y cayndole
en rizos sobre la frente. No era la hermana de Miguel un dechado de
belleza, o lo que es igual, no posea la pureza y correccin de lneas
generadoras de la armona (la cual es ms aparente que real algunas
veces); pero en cambio llevaba en sus ojos, en su garbo, en su sonrisa,
el brillo y la sal de Andaluca.

Miguel no saba cmo dar a la conversacin un giro elevado y noble,
acomodado a los sentimientos que agitaban su alma. Hubiera querido
hablar de su padre, de su bondadossimo padre, a quien tanto haba
amado; de buena gana hubiera recordado tambin los pormenores de su
infancia, por ms que en ella la brigadiera no desempease un papel muy
grato; dispuesto estaba a olvidar todas las heridas, todos los desdenes
y acordarse nicamente de los cortos momentos de dicha que haba
disfrutado; hasta los castigos de su madrastra adquiran, con la velada
luz de los aos, y al travs de la sbita ternura que se haba apoderado
de l, un aspecto maternal que borraba su injusticia; por su gusto se
reira, trayndolos a cuento como hacen algunas veces los hijos
cariosos despus que llegan a hombres. Pero la actitud reservada,
aunque atenta y afable de la brigadiera, le impona respeto y le cortaba
los vuelos para desahogar el pecho. Por otra parte, deseaba tambin
entrar en la cuestin de intereses y no se atreva, temiendo ofender su
orgullo. Despus de hablar algunos minutos todava en el mismo tono
indiferente, ms propio de una visita de amigo que de una entrevista tan
grave y solemne como deba ser aquella, procur encauzar la conversacin
hacia lo que quera, hablando mucho de s mismo, de sus tristezas y de
su porvenir.

--No son todo flores en la vida, mam: aunque me encuentre en una
posicin desahogada y pueda disfrutar de los placeres que ofrece la
corte a los jvenes, no soy tan feliz como el mundo supondr
seguramente. Tengo muchsimos momentos de murria, de tristeza,
acordndome de que vivo solo, que me falta el calor de la familia, el
cual no puede reemplazarse con nada... Mi to Manolo, ya sabe V. como
es... muy bueno, muy carioso... pero... ocupado exclusivamente en
divertirse... Y el hombre no vive slo con el recreo de los teatros, de
los cafs y de los bailes. Cuando hay un poco de corazn, se apetece
otra cosa...

--Por qu no te casas?--dijo la brigadiera secamente y sin levantar la
cabeza.

--El casarse no es un acto tan libre como parece a primera vista... Se
casa uno cuando llega la hora y una porcin de circunstancias se han
juntado para ello... Casarse porque s, por una determinacin de la
voluntad, sin haberse enamorado antes de una mujer y sin juzgarla digna
de llamarla esposa, me ha parecido siempre insensato... Adems, en
Madrid, en las sociedades que yo frecuento, se encuentran muchas jvenes
bonitas, elegantes, que tocan el piano admirablemente, y cantan a veces
como las tiples que se _chichean_ en el Real, y a veces pintan acuarelas
y paisajes al leo demasiado verdes, y escriben cartas a los novios con
bastante ortografa... pero buenas esposas y buenas madres de familia,
cree V. que se encuentran con tanta facilidad?

--Bah!

--No lo crea V., mam... En fin, a m no me ha llegado an la hora... Y
mientras que me llegue, lo estoy pasando mal. Me sobra gran parte de la
renta que tengo, y si no hago mal uso, no s qu hacer de ella...

Miguel guard silencio un instante, y despus de vacilar, dijo
tmidamente:

--Si V. me lo permitiera, la partira de buena gana con mi hermana...

--Bien--dijo la brigadiera con voz un poco temblorosa.

--Y consentira V. que me viniese a vivir con ustedes?

--Por qu no?

--Oh mam!--exclam Miguel enternecido;--me hace V. feliz con esa
respuesta. Tengo unos deseos tan vivos de vivir con VV.!...--Y
apoderndose al mismo tiempo de una mano de la brigadiera, la bes con
efusin repetidas veces, mientras dos lgrimas le resbalaban por las
mejillas.

--Vamos, que no me negar V. que tengo un corazn muy sensible!--dijo
rindose de su propia emocin, como tena por costumbre.

A la brigadiera no le pareci bien esta salida y se qued seria. Ni era
fcil que penetrase jams el verdadero carcter de Miguel, y lo que
aquellos arranques significaban. No obstante, se mostr despus todo lo
amable y expansiva que le consenta su naturaleza, lo cual pudiera muy
bien achacarse, sin ser mal pensado, a la promesa que Miguel acababa de
hacer respecto a su fortuna, por ms que ella en la apariencia no le
hubiese concedido ninguna importancia. Mas el hijo del brigadier era
tan dichoso con aquella reconciliacin y con la perspectiva de vivir en
la misma casa de su hermana, que prefiri creer que tambin su madrastra
se enterneca y se gozaba en tenerle nuevamente por hijo.

Cuando ms embebido se hallaba en la conversacin, sinti que unas manos
chiquititas le sujetaban la cabeza por detrs, y se la despeinaban con
furia. Era Julia que haba entrado de puntillas sin ser notada.

--Al fin has cado en mis manos! Abajo los peluqueros!

--Y t en las mas! Arriba las nias sevillanas!--dijo Miguel
sujetndola para darla un beso.

--De dnde sacas t, fatigoso, que yo soy de Sevilla?--repuso Julita
con marcado acento andaluz, y comindose ms de la mitad de las
letras.--Yo soy gata, y muy gata, y porque soy gata, te arao y te
arranco estos ricitos tan cucos de donde cuelgas los corazones.

--Hay alguno colgado?--pregunt Miguel riendo y dejndose sobar
pacientemente.

--Vamos, basta, Julia--dijo la brigadiera sonriendo tambin.

--Oh, no!--contest aqulla, siguiendo con ms ardor en su tarea.--T
te has figurado que se puede echar impunemente flores a una chica que no
hace tres meses siquiera que ha llegado de Sevilla? Y qu flores,
Virgen del Amparo, qu flores tan cursis! Que me he desarrollado! Que
soy muy mona!... Anda, tonto; te figuras que slo en Madrid se
desarrolla la gente?

--Y cmo sabes t que te ha estado echando flores?--le pregunt su
madre, clavndola una mirada terrible.

Julia se puso encarnada hasta las orejas.

--Lo he odo por casualidad al cruzar por el pasillo...

--Casualidad, eh?--dijo la brigadiera con sonrisa sarcstica.--Pierde
cuidado, que ya me encargar yo de que no se repitan esas casualidades.

Julia se turb ante la amenaza de su madre: quedose un momento pensativa
y triste; pero en cuanto aqulla baj la cabeza para continuar su labor,
hizo un mohn gracioso y alz los hombros en seal de indiferencia.
Colocada en pie al lado de su hermano, sigui acaricindole los cabellos
y la barba. Miguel se haba quedado tambin repentinamente serio. Al
cabo de un momento, Julia, metindole la boca por el odo, le dijo muy
quedo:

--Mira, vamos a sentarnos al sof y podremos hablar lo qu queramos...
Lo haremos con disimulo; aguarda un poco.

Y despus de acercarse al balcn y echar una ojeada a la calle, dijo en
voz alta:

--Miguel, t no has visto los retratos que nos hemos hecho ltimamente
mam y yo, verdad?

--Como no hubiera ido a casa del fotgrafo, es difcil...

--Voy a ensertelos ahora mismo: vers tambin los de nuestros
parientes de Sevilla... Tengo unas primas muy guapas: a ver si te
conviene alguna.

Y sali corriendo de la sala.

--Qu chiquilla tan viva!--exclamo Miguel volvindose a su madrastra.

--S, muy viva y muy insufrible--repuso sta con mal humor.

--Es la edad--dijo Miguel, a quien pareca imposible que la brigadiera
no hallase graciosa y amable a su hija.

--Nada de eso: ya ha cumplido diez y seis aos, y cada da est peor.

Julia entr con un lbum en la mano.

--Ven aqu, al sof, Miguel, y ten nimo para ver nuestra coleccin de
fieras.

--Ensame primero tu retrato y el de mam para que me infundan valor.

--Aqu los tienes--dijo sentndose al lado de su hermano.--Mira a mam
qu bien est!--Tan guapetona como siempre--aadi guiando un ojo y
apuntando con los labios a su madre, que estaba sentada de espaldas a
ellos.--No te apetece darla un beso?... Vamos, dselo...

Miguel acerc, riendo, los labios al retrato. Julita quera desagraviar
a su mam. sta, sin levantar la cabeza, y en un tono entre alegre y
displicente, exclam:

--Ah, aduladora! Ya sabes que me empalaga el dulce.

Julita hizo otra mueca, se ri, y presentando con extraordinaria viveza
su retrato a Miguel, le dijo:

--Eh, qu tal?

--Admirablemente.

--No es verdad que con esta mantillita blanca y estos rizos por la
frente y estos ojillos entornados, soy capaz de dar el opio a
cualquiera?

--S, a cualquier cadete--repuso su hermano por lo bajo.

Julita qued un segundo suspensa, y se puso otra vez encarnada; pero
reponindose en seguida, le dio un pellizco, diciendo:

--Ah granuja! Qu correo de gabinete te ha venido a dar la noticia?

--Y yo que soaba para ti lo menos con un coronel!--sigui en voz baja
y reprimiendo la risa.

--Ya llegaremos all!

--Diablo! es menester que se pronuncie antes siete veces lo menos; y te
lo pueden escabechar fcilmente.

--Pobrecillo de mi alma!--exclam Julita poniendo la cara triste.

--Pero le quieres de veras?

--Un poquito.

--Pues l tambin te quiere a ti: al entrar en esta casa hace un
momento, me vino a preguntar con semblante fosco si yo te galanteaba.

--Qu tonto!--exclam la nia roja de placer.--Y t qu le dijiste?

--Que no poda aunque quisiera, porque era tu hermano.

--Y l que ha dicho?

--De veras es V. hermano de esa joven?

--Y t, qu dijiste entonces?

--Y tan de veras, aunque de padre nada ms.

--Y l qu dijo a eso?

--Chica, no me acuerdo!--manifest Miguel soltando a rer.--Qu
graciosa ests con eso de _qu dijiste y qu dijo_!

Julia estaba tan interesada y pendiente del relato de su hermano, que no
se haba dado cuenta de aquellas repeticiones. Quedose un poco cortada;
pero concluy en seguida por rerse de s misma.

--Mira el retrato de to Joaqun--dijo en voz alta.--Vivamos en Sevilla
muy cerquita de su casa. Es fiscal de la Audiencia y tiene las tres
hijas que vas a ver... sta es la primera, Sofa.

--Uf qu fea!... Dispnseme VV., no he podido remediar este grito...

--Di lo que gustes--manifest la brigadiera.--Hace ya tiempo que
estamos todos en ello.

--Mira la tercera, Gertrudis.

--Pues sta es ms fea an.

--Aqu est la segunda, Lola.

--Demonio, esta es verdaderamente horrible!

Julia se ech a rer diciendo:

--En Sevilla las llaman las tres circunstancias agravantes. A la
primera Premeditacin, a la tercera Alevosa, y a la segunda
Ensaamiento, por orden de fealdad.

--Tiene gracia... Cualquier da me voy a Sevilla por una de ellas. Y
son esas las primas de que me hablabas?

--No, hombre no: stas son tas... primas segundas de mam... Por
supuesto, te lo digo en reserva, porque si ellas supieran que yo ando
propalando este secreto, seran capaces de asesinarme, no es verdad,
mam?

--Pues que quieran o no--respondi la brigadiera,--son tus tas, y la
menor pasa ya de los treinta.

--Oyes, Julia--dijo Miguel hablando otra vez en voz baja.--Se te ha
declarado ya _ese_...?

--El otro da me puso una carta en la mano; pero yo la dej caer.

--Pues?

--Es un to lila, sabes?

--Pero no acabas de decirme que le quieres?

--Qu s yo si le quiero!--dijo alzando los hombros con displicencia.

--Pues eres la ms interesada en el asunto.

--Desde un da en que le vi de paisano con unos pantalones muy cortos,
se me ha quitado bastante la ilusin.

--No te apures por eso, chica; es que est creciendo an... debes
alegrarte.

Sigui la conversacin todava un buen rato. Miguel prometi traer al
da siguiente sus maletas. Julia, brincando de alegra, le ense el
gabinete donde iba a dormir en tanto que no se buscase una casa ms
capaz, como acababa de convenirse entre ellos. Al fin se despidi lleno
de gozo, prometiendo venir a buscarlas de noche para llevarlas al
teatro.

Al poner el pie en la calle, cort repentinamente el hilo de sus
risueos pensamientos el ver apostado en la acera de enfrente, y en
actitud de espera, a lo que poda sospecharse, al cadete enamorado de su
hermana.--Vaya, me parece que voy a tener que andar a pescozones con
este majadero--se dijo. Pero muy contra lo que presuma en aquel
momento, el cadete salv rpidamente la distancia de una acera a otra y
arremeti con l con los brazos abiertos, la cara sonriente y rebosando
de jbilo.

--Djeme V. que le abrace, D. Miguel--y lo hizo sin aguardar el
permiso.--Acabo de saber, por la portera, que es V., en efecto, hermano
de esa chica, y me pesa muchsimo de haber tenido con V. esa
cuestin...

--Qu cuestin?

--La que tuvimos, antes de entrar V... Caramba, si yo lo hubiera
sabido!... Cmo haba de atreverme! Por Dios, me dispense V.

A Marte, al decir esto, se le haba suavizado notablemente la expresin
del semblante: la voz tampoco era tan profunda.

--No tengo por qu dispensar a V.--contest Miguel, zafndose de sus
brazos y mirndole entre risueo y admirado.

--Y yo que pensaba que era V. mi rival! Le estuve a V. esperando ms de
dos horas: no quera marcharme a casa sin darle una satisfaccin... He
perdido la academia por ello.

--Lo siento mucho y se lo agradezco; pero no haba necesidad.

--Ahora voy a pedir a V. un favor--dijo vacilando un poco.

--Usted dir.

--Que venga V. conmigo a beber una botella de cerveza al Suizo.

--No me gusta la cerveza.

--Quien dice cerveza, dice cognac, marrasquino, chartreusse..., en fin,
lo que V. guste.

--No tengo inconveniente en ello: lo que sentir es que, por mi causa,
pierda V. alguna otra clase.

--No seor, ya las he perdido todas.

--Pues vamos all.

Y se emparejaron caminando en direccin al caf Suizo. El cadete le dej
respetuosamente la acera.

--Mozo, una copa... de qu, D. Miguel?

--De agua.

--Cmo de agua?--dijo sorprendido y un tanto amostazado.

--Es lo nico que me apetece en este momento.

--Pero?...

--No quera V. antes darme una satisfaccin?

--S seor.

--Pues deme V. ahora la de dejarme beber agua, puesto que tengo sed.

--Bueno; si V. se empea...--Y dirigindose al mozo con voz ronca de
mando:

--Con azucarillo y gotas, entiendes? A m una copa de ron. Trete
adems los cigarros, para que escojamos.

Se haban sentado uno frente a otro. El cadete, siempre galante, haba
obligado a Miguel a sentarse en el divn, mientras l se haba acomodado
en una silla. Examinbale aqul atentamente sin quitarle ojo, mostrando
en el semblante tal gravedad, que a leguas se adivinaba que era forzada.
Realmente el cadete era un ser curioso en su aspecto fsico. Por su
delgadez pareca montado en alambres; tan rubio, que casi daba en
albino; el cuello largo como el de las girafas, y con una nuez... Miguel
no haba visto jams nuez tan desmesurada: de todo el individuo era lo
que preferentemente llamaba su atencin.

Vino el mozo con el servicio y los cigarros. Utrilla, que as se llamaba
el cadete, se empeaba en que Miguel escogiese uno.

--No puede ser, querido: esas brevas son demasiado fuertes para m; yo
gasto unos cigarros ms flojos... aqu tiene V... si V. gusta...

--Muchas gracias: yo necesito que pique un poco el tabaco; lo flojo no
me sabe a nada...

--Milagro ser--pens Miguel--que t te tragues esa copaza y esa breva!

--Pues como le iba diciendo, Sr. Rivera--manifest Utrilla, comenzando a
pegar feroces chupetones al cigarro,--no sabe V. lo que a m me alarm
verle pasear la calle de su hermanita. En seguida se me subi el tufo a
las narices... Los militares somos as... Y dije para m, entonces: Hay
que cortar esto por lo sano y jugar el todo por el todo: o t o yo. A
qu vienen esas rivalidades en que los dos se estn odiando, y sin
embargo, se aguantan un da y otro sin decirse una palabra? Eso lo puede
hacer muy bien un paisano, pero un militar... creo yo... V. bien me
comprende. As que zs! en cuanto vi la cosa seria, me fui derecho al
bulto y me aboqu con V...

--Y si yo no hubiera sido hermano de Julia y la galantease, qu hubiera
V. hecho?

--Pues nada... hubiramos ido al terreno.

--A qu terreno?

--Al del honor. Nosotros, los militares, estamos ms comprometidos que
VV., los paisanos, cuando llegan estos casos. A nosotros el uniforme nos
obliga a no transigir...

--Con que una muchacha prefiera a otro, verdad?

--No seor, no es eso; entre nosotros hay ciertas leyes... Lo que en
otro cualquiera no es cobarda, pongo por caso, en uno de nosotros lo
es... Luego hay el espritu de cuerpo... Si los compaeros saben que V.
no ha quedado encima en cualquier cuestin, le dejan de saludar y le
obligan a salirse del cuerpo... La verdad es que la milicia es una cosa
muy seria, y que no se puede jugar con ella.

--Mucho--afirm Miguel gravemente, lanzando al aire una bocanada de
humo.--Y cunto tiempo hace que es V. militar, Sr. Utrilla?

--En la academia--respondi el cadete despus de vacilar un poco y
toser--no llevo ms que seis meses... pero me he estado preparando antes
dos aos con un comandante del cuerpo... y en realidad, desde que uno
entra en la academia preparatoria, ya se le considera como militar.

--Mucho--volvi a afirmar Miguel inclinando la cabeza.

--Dentro de quince das nos examinamos del primer semestre; si salgo
bien, me faltarn cuatro aos y medio nada ms para salir a teniente del
cuerpo...; por supuesto, si no pierdo algn semestre. Hacen falta
oficiales; de modo, que lo ms probable es que no aprieten mucho...
Adems, estos quince das pienso estar _empollando_ el lgebra. Soy un
hombre muy especial. Caramba, si no fuera su hermanita, algo mejor
andara yo de ella! En dibujo estoy bastante bien... claro, como que mi
padre me ha hecho dibujar desde los diez aos! En topografa tampoco
ando mal. Al nico que tengo miedo, es al to del lgebra... Es un to
ms marrajo y ms seco! Sale uno al encerado a exponer un teorema, y a
lo mejor se equivoca, porque es muy fcil equivocarse... V. cree que se
lo advierte? Nada! El muy perro se queda serio como un poste, y V. no
sabe que se ha equivocado hasta el fin, despus de una hora...

Miguel le escuchaba distrado, pensando en su hermana y en su madrastra,
echando clculos alegres sobre la vida feliz que iba a hacer en su
compaa, recordando con placer los pormenores de la entrevista que con
ellas acababa de tener.

Cuando el cadete hizo una pausa, le pregunt por hablar algo:

--Y V. es natural de Madrid?

--S, seor; he nacido aqu, y aqu me he criado... Mi padre tiene una
fbrica de bujas estericas en las afueras, cerca de los Cuatro
Caminos... acaso V. la haya visto... no?... pues si V. va por all
algn da de paseo, no tiene V. ms que preguntar por m, y le dejarn
pasar a verla. O mejor ser, que el da que V. quiera ir all, me avise,
y le acompaar, con tal que sea despus de los exmenes. Mi padre es
viudo, y tiene tres hijos; el ltimo de ellos soy yo; mi hermano primero
es el que corre ahora con la fbrica; mi hermana Eugenia est casada con
un agente de Bolsa... A m tambin quera meterme mi padre en estos
los, pero yo soy un hombre muy especial; basta que me manden una cosa,
para hacer la contraria. A m siempre me gust mucho la vida del
militar; hoy aqu, maana all, unas veces con mucho dinero, otras veces
sin una peseta.

--De modo, que a V. le gustara viajar, conocer pases?

--S, seor, muchsimo; yo soy un hombre muy especial en eso.

--Y qu necesidad tiene V. de hacerse militar para ello? No se puede
viajar de paisano?

--Claro; habiendo dinero... Pero a m me gusta viajar de cierto modo;
estando en un pueblo quince das, en otro un mes... y luego que siendo
uno militar, en todas partes se le recibe con los brazos abiertos... Las
chicas se mueren por el uniforme... Es una tontera, por
supuesto!--aadi sonriendo y dejando bien traslucir que no la tena por
tal, sino por una prueba grande de sabidura.--Mire V., a m no me gusta
el uniforme; soy un hombre muy especial. Los primeros das, me lo pona
con entusiasmo; pero ahora ya me apesta... Adems, como uno tiene que
saludar a todos los oficiales, y hay tantos en Madrid!...

El cadete sigui todava bastante rato hablando de s mismo con voz de
bajo profundo, contndole cien mil cosas que no le importaban nada, y
afirmando a cada instante que era un hombre muy especial. Miguel no
poda adivinar en qu consista esta especialidad, como no fuese en la
nuez, que, en efecto, cada vez le pareca ms especial. Observ tambin
que estaba un poco ms plido que al principio, lo cual le movi a
preguntarle por dos veces si se senta mal, pero el cadete afirm
rotundamente que se encontraba admirablemente. No obstante, all a lo
ltimo, se puso en pie, confesando que la atmsfera del caf estaba algo
pesada y que sera bueno dar una vueltecita entre calles, a lo cual
accedi muy gustoso su compaero.

Llamaron al mozo, y ambos trataron de pagar; pero ste, sea porque
juzgase a Miguel con ms edad y carcter para el caso o por otra causa
que no es fcil adivinar, rechaz el dinero que el cadete le pona en la
mano y tom la moneda que aqul le ofreca. Aqu fue Troya! El cadete
se indign con esta accin, de un modo indecible, se puso an ms plido
de lo que estaba, ech tres o cuatro ternos redondos con la voz ms
cavernosa que hall entre sus registros, y amenaz con estrangular al
mozo acto continuo. Esfuerzos inauditos cost a Miguel sosegarle, y
solamente lo consigui con la promesa de que vendra otro da a tomar
cualquier cosa para que l la pagase. Apesar de esto sali del caf
taciturno y sombro; aquello de que Miguel hubiese pagado siendo l
quien le invitara, parecale el colmo de la humillacin. Todava cuando
iba en direccin a la puerta cruzando por entre las mesas, se volvi dos
o tres veces para lanzar una mirada de desafo al mozo, que ya estaba
sirviendo a otros parroquianos sin hacer caso.

Una vez en la calle, Utrilla se mostr mucho menos locuaz. Miguel se vio
precisado, para sostener la conversacin, a hacerle preguntas a las
cuales contestaba cada vez con ms concisin. Al poco rato se detuvo
repentinamente y manifest que no se senta nada bien. Decir esto y
arrimarse a un portal y echar los hgados por la boca, fue todo uno.

--Le habr hecho a V. dao el cigarro?--le pregunt Miguel.

--C, no seor!... No comprendo lo que pudo ser... Acaso el ron que me
dieron estara malo.

--Sin embargo, el cigarro... V. escupa mucho...

--No seor, no; estoy acostumbrado.

Vindole an bastante plido y desfallecido, Miguel llam a un coche de
punto, le hizo subir a l y le condujo a su casa, situada en la calle
del Sacramento. El cadete, apesar de su mal estado, quera descoyuntarse
dndole las gracias.


FIN DEL TOMO I

       *       *       *       *       *




RIVERITA

NOVELA DE COSTUMBRES

POR

ARMANDO PALACIO VALDS

MADRID
TIPOGRAFIA DE MANUEL G. HERNNDEZ
Libertad, 16 duplicado
1886




TOMO II




I


Miguel no fue tan feliz como haba imaginado viviendo con su madrastra.
Aunque Julita le proporcionaba con su alegra infantil y cndido donaire
gratsimos momentos, estaban amargamente compensados stos por el
malestar que le produca el carcter rgido, inflexible, de la
brigadiera. Este carcter no tena ocasin de manifestarse con l,
porque evitaba escrupulosamente todo motivo de choque o disgusto; pero
se mostraba en toda su violencia y a cada hora del da con su hija
Julia. No poda hacer la pobre nia nada, fuese tuerto o derecho, que
mereciese su aprobacin; era un ordenar constante de la maana a la
noche, primero una cosa, despus otra, a menudo cosas contrarias, lo
que produca disgustos, conflictos y escenas ruidosas. Julia tena
ocupados todos los minutos del da; cinco horas de piano, dos de
bordado, dos de estudio, etc. Por nada en el mundo poda infringirse
este rgimen desptico: la menor infraccin costaba muchas lgrimas. Si
por impaciencia, o arrastrada de su genio vivo y desenfadado, contestaba
alguna cosa que oliese de cien leguas a falta de respeto, ya poda
prepararse: la brigadiera se ergua como una fiera, la llenaba de
insultos, y olvidndose a menudo de lo que deba a su propia dignidad, y
apesar de los aos de Julita, la pellizcaba cruelmente, la abofeteaba y
la tiraba de los cabellos:--A su madre no se contesta jams; se
obedece y se calla, aunque no tenga razn!--Eran las palabras que
siempre salan de su boca en casos tales. La brigadiera tena de la
patria potestad la misma idea que los romanos; no haba lmites para
ella. Cuando se efectuaba alguna de estas escenas, y por desgracia eran
demasiado frecuentes, siempre concluan del mismo modo: Julita se iba a
llorar la reprensin, los pellizcos o las bofetadas a su cuarto; su
madre no volva a hablar con ella, ni a dirigirle siquiera una mirada:
para que hubiese reconciliacin, era necesario que Julia fuese a ponerse
de rodillas delante de ella, y cruzadas las manos en el pecho, como
estaba acostumbrada desde nia, la pidiese perdn. Slo as lograba
entrar en su gracia.

Poco tiempo despus de haberse trasladado Miguel, fue testigo de una de
las ms repugnantes escenas de este gnero. Cuando termin con el piano
una maana, Julita se fue al comedor, y _motu propio_, por su extremada
inclinacin al aseo, sac toda la vajilla de los armarios y se puso a
limpiarla esmeradamente y a colocarla de nuevo en su sitio. Emple en la
tarea mucho ms tiempo de lo que haba imaginado: cuando torn al
gabinete donde su madre se hallaba, sta le pregunt con la aspereza
acostumbrada si haba cosido un vestido que se le haba roto el da
anterior.

--Todava no--contest Julita tranquilamente.

--Y qu te has hecho toda la maana? holgazana! ms que
holgazana!--exclam la brigadiera con ira.

Julia, que estaba muy ufana de su labor y que pensaba dar una sorpresa
agradable a su madre, le dijo riendo:

--Mam, tiene V. vergenza para llamarme holgazana?

Nunca lo hubiera dicho. La brigadiera, sin or ms, se lanz sobre ella,
la cogi por un brazo y la sacudi tan fuertemente, que la chica perdi
el equilibrio y cay al suelo, dando con la cabeza sobre un pie del
piano: lanz un grito y se llev la mano a la cabeza, de donde corra
un hilo de sangre. La brigadiera, terriblemente asustada, plida como
una muerta, se arrodill cerca de su hija, la incorpor, y empez a
besarla frenticamente, mientras Miguel iba corriendo a su cuarto en
busca del frasco del rnica. Pusironla inmediatamente una compresa,
sujetndola con una venda, y gracias a esto la herida qued pronto
cerrada. Julia no tard en serenarse: su madre tambin se calm poco a
poco. Pero todava mientras la quitaba la sangre de la cara con un pao
mojado, no poda menos de dar suelta a su genio exclamando:

--Lo ves? Esto te ha sucedido por desvergonzada.

La brigadiera, aunque parezca extrao despus de lo que acabamos de
decir, amaba a su hija; pero la amaba a su manera, mortificndola sin
cesar para plegarla de un modo incondicional a su voluntad. La voluntad
era la facultad dominante, caracterstica de su espritu; todas las
dems, el entendimiento, la sensibilidad, la memoria, estaban
avasalladas por ella, hasta poder dudarse algunas veces de si existan.
Ante el capricho ms insignificante, la ternura y hasta el amor maternal
huan a esconderse; pero sera injusto afirmar que estaba desprovista de
ellos. La prueba es que en el momento en que su hija se pona enferma,
no se apartaba de ella un instante, ni de da ni de noche. Verdad es
que, aun en tal estado, su voluntad no dejaba de seguir activa,
hacindole tragar las medicinas con terrible exactitud, no
consintindole sacar un brazo fuera, ni dar tantas vueltas, etc., etc.
Esto era irremediable. Adems, para vestir a Julia con elegancia, para
proporcionarle una educacin brillante, no le dola gastar todo su
caudal, ni aun sacrificar sus propias comodidades. Mientras estuvo en
Sevilla pudo competir en vestidos y sombreros con las hijas de las
familias ms aristocrticas. A esto se deba, por supuesto, la gran
merma que sobrevino en la hacienda que el brigadier la haba dejado.

No obstante el rgimen severo en que su madre la tena aprisionada y el
feroz despotismo que sobre ella ejerca, Julia no era tan desgraciada
como pudiera presumirse. La naturaleza la haba dotado de un carcter
alegre, bondadoso y algo tornadizo, y este carcter la salvaba de una
desdicha cierta; las impresiones en ella duraban poco y se sucedan con
pasmosa rapidez; pasaba con increble facilidad del llanto a la risa, y
de la risa al llanto; era incapaz de meditar sobre las injurias que la
hacan, ni menos de guardar por ellas el ms leve rencor. Adems, como
estuvo toda su vida bajo el poder y la vigilancia de su madre, no
pensaba que hubiera ms vida, y estaba tan acostumbrada a sus filpicas
que, cuando no eran extraordinarias, las escuchaba como un ruido
enfadoso, y se autorizaba una que otra vez, si el temporal no era muy
recio, ciertas salidas graciosas, aunque atrevidas.

--Mam, me ha dicho una persona bien enterada que en el purgatorio
acaban de suprimir los pianos. Hasta all se van mejorando las
costumbres.--Mam, ser faltarte al respeto decirte que hoy te has
echado muchos polvos de arroz?--Mam, si yo tuviese una hija, por lo
menos un da a la semana, la dejara dormir cuanto quisiera.

Estos donaires, cuando suban de punto, solan costarle bastante caros.

Miguel, a quien todo aquello coga de nuevas, y que adoraba a su
hermana, no poda sufrirlo con calma: cada vez que le tocaba ser testigo
de una de estas escenas, padeca horriblemente y le costaba esfuerzos
desesperados el reprimir sus mpetus y no hacer a la brigadiera alguna
spera advertencia. Pero comprenda que con esto no adelantaba nada; al
contrario, pondra las cosas en peor estado, y se callaba tragando bilis
o apelaba con timidez a los ruegos para conjurar la borrasca. Ms de una
vez pens en irse de nuevo a la fonda; pero al instante su conciencia se
rebelaba. Esto no era egosmo? Qu adelantaba su hermana con que l no
estuviese en casa? Por el contrario, saba perfectamente que Julita se
consolaba mucho tenindole cerca, no slo porque templaba algunas veces
el rigor de su madre, sino tambin, y esto era lo principal para ella,
porque desahogaba con l su pecho, porque la animaba, porque pasaba
charlando deliciosamente muchos ratos en su compaa, porque se placa
en arreglarle el cuarto, porque la llevaba con frecuencia al teatro y
procuraba, en suma, por todos los medios que estaban a su alcance,
hacerle ms dulce la existencia. Por otra parte, tampoco Miguel era de
natural melanclico, como ya sabemos; Julia y l se entendan
admirablemente para bromear, rer, bailar y hasta brincar por la casa. Y
como la alegra es contagiosa, algunas veces, muy pocas, tambin la
brigadiera participaba de ella y sonrea a sus juegos. Miguel sola
aprovechar esta buena disposicin y osaba retozar con la fiera:
cogindola sbito de la cintura la empujaba con alguna violencia y la
haca correr, a su pesar, por la sala o el corredor hasta fatigarla, sin
hacer caso de sus protestas.

--Estate quieto, Miguel! Basta, Miguel! Mira que me fatigo!

La brigadiera, enfadada a medias, no poda menos de rerse. Miguel
comprenda bien cundo convena soltarla.

--Eres un loco incorregible!... Eres ms chiquillo an que tu
hermana!

--Vamos, cllese V., seora, o volvemos a dar otros seis galopes.

--No, no, me marcho, porque eres muy capaz de hacerlo--deca riendo.

Estas sonrisas tenan para nuestros jvenes el incalculable valor que
tiene para los habitantes de Londres un rayo de sol en medio del
invierno.

Miguel entregaba a su madrastra puntualmente la mitad de su renta. No se
limitaba a esto su liberalidad: a menudo las haca valiosos regalos, las
llevaba al teatro y las obsequiaba de mil modos distintos. La casa se
haba montado sobre un pie ms alto: vivan en un cuarto desahogado de
la calle Mayor: en vez de la cocinera y la doncella que antes tenan,
haba ahora otros dos sirvientes ms, una doncella para Julia y un
criado para Miguel. La brigadiera aceptaba, sin embargo, la generosidad
de su hijastro sin mostrar pizca de agradecimiento: al contrario,
pareca que tomando su dinero o sus regalos le otorgaba un gran favor,
le daba una prueba de confianza, y que l era quien estaba obligado por
ello a guardarle eterna gratitud.

Algn tiempo despus de vivir de aquel modo, tuvo nuestro joven otro
encuentro, fecundo tambin en graves consecuencias. Aconteci que un da
de Carnaval se disfraz de mscara, y en compaa de otros dos amigos,
se baj al Prado. Vesta traje de chula, y ostentaba, para mayor
regocijo de los mirones, un seno exuberante, embutido de algodn.

El saln rebosaba de gente; pocas mscaras, no obstante. Las que haba,
desfilaban entre los carruajes dando saltos para no ser atropelladas, y
se montaban en la trasera de ellos, en el estribo, y a veces se sentaban
al lado de los dueos para embromarlos. El grupo donde iba Miguel se
qued algunos minutos inmvil presenciando el desfile e inquiriendo con
la vista si entre las graves damas y caballeros que venan arrellanados
en los _landaux_ o _mylords_ haba algunos de sus conocidos a quien
poder dirigirse. Uno de los compaeros atisb al diputado Vidal que
guiaba un _tlbury_, y escap a colocarse a su lado, lanzando chillidos
horrsonos. Perico! Perico! padre de la patria, agurdame. El otro
tuvo la felicidad de ver a su novia en carretela y fue a colocarse de
pie en el estribo. Qued Miguel solamente en espera de algn amigo; pero
no acababa de pasar. Conoca bastante de vista y de odas a la mayor
parte de las personas que ocupaban los aristocrticos trenes que
cruzaban lentamente guardando fila, pero no trataba a ninguna: el barn
de Aguilar con su seora, la marquesa viuda de Istriz con su hija,
despus los seores de Prez Blanco, en seguida el embajador ingls,
luego la seora de Manzanillo con sus tres hijas, unas seoras que no
conoca, un consejero de Estado prximo a ser ministro, el banquero
Mendiburu con su seora y hermana, la generala Bembo:... a sta s la
conoca. Era Luca Poblacin, aquella rubia tan espiritual, amiga de su
madrastra, que haba casado mientras l estuvo en el colegio con el
coronel Bembo, ascendido haca poco a general. D. Pablo estaba en
Filipinas en un cargo importante; decase que haba ido all a reponer
su fortuna, quebrantada por las prodigalidades de su esposa. Viva sta
en Madrid con sus tres hijos, gastando un arreo que confirmaba tal
juicio. Adems, en los ltimos tiempos haba dado bastante que decir con
algunas historias galantes, lo que por otra parte la haba elevado a la
categora de mujer a la moda. Miguel no haba hablado con ella desde
nio: y esto porque saba que estaba haca muchos aos reida con su
familia. La haba encontrado varias veces en los salones de la corte;
pero como Luca afectaba no conocerle, l tampoco se haba decidido a
saludarla. Sin embargo, no tena contra ella queja alguna: en la ruptura
de relaciones con su madrastra, estaba convencido de que la culpa era de
sta.

Viendo que no cruzaba ningn amigo, Miguel se decidi a pasar un rato
con la generala.

--Luca, Luca, hermosa Luca, djame contemplarte un instante de
cerca...

Y salt sobre el estribo de la _victoria_ en que iba la dama y se sent
a sus pies.

--He aguardado ms de una hora para verte pasar y poder ofrecerte mi
caja de dulces... toma.

--Gracias, mscara--dijo la dama con sonrisa de complacencia, abriendo
al mismo tiempo la cajita de Miguel y sacando de ella una almendra con
sus dedos enguantados.

--Qu envidia sentirn ahora los que me vean!

--Por qu?

--Porque voy sentado a los pies de la reina de la hermosura, la estrella
Sirio de los salones de Madrid.

El joven exageraba. No obstante, Luca era una de las bellezas que
citaban los peridicos en sus revistas de salones y teatros. Los aos no
la haban hecho desaparecer; por el contrario, al redondear y abultar
sus formas, haban dado a su figura una majestad que antes no tena.
Conservaba el rostro terso y nacarado: sus cabellos dorados no contenan
an ninguna hebra de plata: sus ojos lmpidos, azules, tenan una
expresin vaga de melancola e inocencia que contrastaba singularmente
con lo que de ella se deca, y que la comunicaba cierto misterioso
atractivo. Vesta con extraordinaria elegancia.

Al aspirar la tufarada de incienso que Miguel le ech de improviso, una
sonrisa placentera contrajo sus labios.

--Oh! mscara, eres muy galante, muy galante...

--No es galantera; es pura verdad: todo el mundo te admira en Madrid...

--Vamos, acepto eso como broma de Carnaval; pero te la agradezco, porque
es delicada.

--Agradceselo a Dios, que te ha hecho as... Aunque alguna parte
tambin debi tomar el diablo cuando te ha formado, porque has hecho
muchos desgraciados.

Y sigui un buen rato manejando el incensario: la generala sonrea
siempre y se iba interesando cada vez ms por la mscara. Cuando estuvo
ya bastante preparada, el joven dio otro giro a la conversacin,
enderezndola por ciertos caminos peligrosos.

--Ay, Luca, t no sabes cunto me has hecho pecar de pensamiento!

--Y por qu?--repuso la dama; en sus ojos brill una chispa de malicia.

--Porque... porque... bah! Quieres que te lo diga?

--S, dmelo.

--No me atrevo; te vas a enfadar conmigo.

--No me enfadar; dmelo.

--S te enfadars; y yo quiero seguir siendo tu amigo... digo, tu
amiga...

--Cuando te digo que no me enfadar!... Vamos, me comprometo a ello
formalmente; habla.

--Ay, Luca! Me lo juras?

--Te lo juro.

El joven se levant, acerc su cabeza a la de la dama, y rozando con los
labios su odo, dej caer en l unas cuantas palabritas, que la hicieron
prorrumpir en carcajadas. Miguel no esperaba tan buena acogida, y qued
un poco cortado; inmediatamente se repuso, y comprendiendo que la
generala estaba curada de espantos, se enfrasc en una conversacin
libre y desvergonzada.

La generala, a cada nuevo equvoco o reticencia, mostraba mayor alegra,
se desternillaba de risa y daba pie con sus ingeniosas y picarescas
respuestas a que el joven se engolfase cada vez ms adentro. Ya no pens
ms en cambiar de sitio; se encontraba admirablemente a los pies de
Luca.

La generala quera averiguar quin era la mscara que tantas y tantas
buenas cosas saba.

--Soy tu lavandera, no me has conocido?--responda el joven.

--Oh, mi lavandera no es tan pcara como t!

--La careta me hace ser pcara; sin careta soy muy inocente.

--Vamos, mscara, dime quin eres; has conseguido interesarme... si me
lo dices, prometo guardarte el secreto.

El joven se obstinaba en sostener que era la lavandera; ambos se rean
de aquel disparate. La noche iba cayendo; los carruajes ya dejaban el
Prado, y la muchedumbre que se apiaba en el saln se haba enrarecido
bastante.

La generala despleg el abrigo y se lo meti con la ayuda de Miguel;
pero no acababa de dar al cochero la orden de retirarse; la mscara
haba picado su curiosidad de mujer caprichosa, y buscaba una aventura
con el deseo irritado de quien va a despedirse de ellas para siempre.
Por ltimo, Miguel se declar: era un joven enamorado tiempo haca, y
que devoraba en secreto su amor sin esperanza, y sus celos. Nunca haba
tenido ocasin de acercarse a ella, y aunque la hubiera tenido, tal vez
no la aprovechara, porque tema ser despreciado; con la mscara puesta,
ya era otra cosa; no estaba embarazado por el miedo; se senta con
fuerzas bastantes para decirle en voz alta:

--Te adoro, Luca, te adoro... te adoro... te adoro...

Y el joven repeta casi a gritos su frase, llamando la atencin de las
personas que pasaban cerca.

La generala rea a carcajadas y hallaba cada vez ms divertida a su
mscara; aparentando juzgarlo todo pura broma, dudaba en el fondo que no
fuese verdad y senta dulcemente acariciada su vanidad.

--Eres tan feo que no te atreves a decirme que me adoras, sin careta?

--Lo soy bastante; pero sobre todo soy un ser insignificante, indigno de
que fijes en l tus hermosos ojos.

--Por lo pronto, mscara, tienes una cualidad bastante rara en el da:
la modestia. Ya no eres, pues, tan insignificante.

--Cuando no hay mrito, la modestia no es virtud.

--Djame comprobar yo misma si es verdad lo que dices. Alza un poquito
la mscara.

--De ninguna manera; no quiero que te ras de m.

--Aunque fueses feo, siempre quedaras como hombre agradable e
ingenioso.

--Muchas gracias... pero no trago el anzuelo.

--Dime entonces tu nombre.

--Para qu?... no me conoces... me llamo Juan Fernndez.

--Eso no es verdad.

Ambos quedaron silenciosos unos instantes. La generala estaba un poco
despechada de la obstinacin de Miguel: quera advertir en ella cierta
indiferencia disfrazada con el velo del temor. La conversacin la haba
animado tambin.

--Hace ya demasiado fresco y voy a retirarme--dijo en tono ms grave; y
despus de una pausa, aadi con afectada desenvoltura:--Conque te
resignas a ser mi adorador en secreto?

--S.

--No te envidio el papel; debe de ser poco divertido.

--Oh, es tristsimo! Pero le prefiero al de amante desdeado.

--Si no te conozco, cmo puedo darte esperanzas?

--Pues bien; quieres conocerme?

--Ya te he dicho que s.

--Maana corresponde a tu turno en la pera. No es cierto?... El joven
que veas con una camelia blanca en la solapa del frac, ese soy yo. Pero
es condicin precisa que t lleves dos camelias tambin en la mano, una
blanca y otra encarnada: si te gusto, deja caer la encarnada y qudate
con la blanca; si no, haz lo contrario.

--Convenido.

--Hasta maana, pues; adis, adis hermosa Luca... Voy a pedir al cielo
que seque esta noche todas las camelias encarnadas.




II


Mucho vacil Miguel antes de resolverse a entrar, con la camelia blanca,
en la sala del Teatro Real. Qu dira la generala Bembo al ver a un
muchacho a quien tuvo, ms de una vez, sentado en su regazo, ofrecerse
como amante? Se indignara? Soltara la carcajada? Lograra despertar
con su admiracin y fidelidad alguna ternura en el pecho de la hermosa
Luca? Tales eran las dudas que le atormentaban mientras iba y vena,
del _foyer_ a la puerta de la sala, sin atreverse a poner el pie en
ella. Levantaba cautelosamente la cortina para echar los gemelos a la
generala, que estaba en un palco platea, ms hermosa que nunca,
relampagueando como escaparate de joyera: tornaba al _foyer_; daba
tres o cuatro pasetos, se tiraba por el bigote hasta arancrselo;
volva a la puerta de la sala, se arreglaba el cuello de la camisa,
echaba una mirada a la solapa del frac, donde artsticamente estaba
colocada la camelia, y otra a la mano de la generala donde brillaban una
blanca y otra encarnada; pero no acababa de decidirse. Luca tambin
estaba impaciente; lo observaba nuestro joven con placer; varias veces
la haba sorprendido echando una rpida e intensa mirada por todo el
mbito de las butacas, y haba querido adivinar, en sus labios, cierta
expresin de desencanto o disgusto.

Al fin hizo un esfuerzo supremo y se col rpidamente en medio de la
sala. Una vez all, se encontr sereno, y poniendo con osada los ojos
en el palco de la generala, esper. Al tropezarse con l la mirada de
sta, llevose la mano al sombrero y la hizo un saludo exagerado,
fantstico, de los que tanto gustaban los mancebillos elegantes en
aquella poca. La generala contest con afabilidad, y dirigi la vista a
otro sitio; mas al volverla de nuevo hacia Miguel, al ver la camelia
blanca en su frac y al observar su mirada fija, penetrante y un si es no
es risuea, recibi tal sorpresa, que no pudo contestar a lo que, en
aquel momento, le preguntaba un viejo militar que tena a su lado. El
hijo del brigadier not el estremecimiento de sus manos y vio
claramente que una ola de rubor haba subido a sus mejillas, por ms que
hubiera vuelto rpidamente la cabeza hacia la puerta del palco:--Ya
eres ma, pens con la fatuidad propia de los jvenes que aspiran a
sentar plaza de seductores.

La generala tard mucho en mirarle de nuevo; pero esto le importaba a l
muy poco: saba que el golpe estaba dado y que haba sido certero, y
esperaba confiadamente el resultado. En efecto, despus de largo rato,
durante el cual la generala afect sostener una conversacin animadsima
con el militar, volvi la cabeza hacia la sala y pase por ella la
mirada sin detenerla en Miguel: a la otra vez, ya la detuvo un poco; a
la otra, un poco ms; a la otra, ya fue derecha a l. Estableciose
entonces un tiroteo de miradas, que no ces en toda la noche. La
expresin de sorpresa y de vergenza no acababa de desaparecer por
completo del rostro de Luca; pero esto le prestaba an ms atractivo.
La camelia encarnada tampoco se deslizaba de sus manos. Miguel, cada vez
ms dueo de s mismo, se atrevi a hacerle sea de que la arrojase: la
generala baj los ojos sonriendo, pero no hizo caso. Acaeci, no
obstante, lo que era de esperar: all al final del cuarto acto, cuando
el tenor avanza hasta las candilejas para expresar con algn _do_ de
pecho la emocin que le embarga, y las seoras se levantan de sus
asientos dejndose poner los abrigos por sus maridos, amantes o
admiradores, la roja camelia cay al suelo: la generala, con el abrigo
ya puesto, se precipit fuera del palco, sin duda para ocultar su
confusin. Una sonrisa de triunfo contrajo los labios de Miguel, quien
sali tambin velozmente fuera de la sala y se apost en el vestbulo
esperando a Luca. Al pasar sta, rozando con l, aunque sin mirarle,
desliz en su mano una carta que tena preparada. En ella se confesaba
perdidamente enamorado: una pasin de nio que el tiempo no haba hecho
ms que trasformar y fortalecer: la amaba, valindose de la expresin
de Vctor Hugo, como un gusano ama a una estrella; la impresin que su
belleza, su angelical bondad y la dulzura de su carcter, haban hecho
en su corazn de nio, no haba podido borrarse: era su primer sueo de
amor. Para decir esto, en resumen, haba empleado dos pliegos de letra
menuda. Al da siguiente recibi la contestacin en su casa: la carta de
la generala era digna y cariosa; pero estaba escrita en un tono
protector, que no le sent bien a nuestro joven: le recordaba su
infancia, le pona de manifiesto lo extravagante de aquel amor, que no
era, como l aseguraba, una pasin firme y verdadera, sino un capricho
de nio: le indicaba el ridculo que sobre ella caera si cediese a ese
capricho y el mundo lo averiguase: por ltimo, le aconsejaba que
desistiese de su intento y procurase olvidarla.

Pero Miguel estaba realmente interesado en la aventura, aunque no tanto
como deca en su carta: esta contestacin no hizo ms que excitarle.
Detrs de aquel olvida ese capricho y quireme como una segunda madre,
pues lo soy tuya por la edad y por el cario que desde nio te profeso,
adivinaba que la generala deseaba que insistiese, y que entenda y
alcanzaba mejor an que l lo interesante de aquella aventura. Si no,
por qu haba dejado caer la camelia encarnada?--Replic, pues,
empleando una retrica ms fogosa an, describiendo su amor y sus
sufrimientos, procurando conmoverla por todos los medios imaginables.
Cruzronse despus algunas otras cartas: Miguel peda una entrevista
para desahogar siquiera su corazn, aunque despus le despreciase.
Luca se negaba a darla, considerndola intil y aun perjudicial para
ambos. Insisti el joven cada vez con ms afn. La generala cedi al
cabo por compasin, porque tema que hiciese una locura, citndole
para el da siguiente. Miguel deba pasear a pie y por la tarde hacia la
Casa de Campo, y tropezar casualmente con el carruaje de Luca: sta
mandara parar y entablaran conversacin, hasta que a la postre le
invitara a subir y dar con ella un paseo.

As se realiz punto por punto. Miguel acudi a la cita lleno de
emocin, tanto ms, cuanto que Luca haba sabido darla un atractivo
especial con aquel misterio. Si le hubiera recibido lisa y llanamente en
su casa, no sentira la mitad del deleite.

--Adis, Miguelito... Pare V., Juan... Cmo tan solo por aqu, querido?
Te dedicas a meditar por estas soledades?

--Phs... huyendo de la noria de la Castellana... Y V., generala? Le
gusta a V. tambin la filosofa?

--Por haber filosofado en casa es por lo que vengo aqu--dijo
riendo.--Me duele un poco la cabeza, y tema marearme en la
Castellana... Pero sbete, y dars una vuelta conmigo: despus te dejar
donde quieras.

Todo fue dicho en voz alta para que lo oyesen el cochero y el lacayo.
Sin embargo, cuando ste, lleno de sumisin, inclinndose con el
sombrero en la mano, abri la portezuela, brillaban sus ojos con
maliciosa expresin: al subir al pescante dio un pellizco significativo
a su compaero, y ambos rieron groseramente sin osar decirse lo que
pensaban, por temor de ser escuchados.

Al verse solo y mano a mano con Luca en el carruaje, Miguel perdi la
serenidad: no supo por lo pronto ms que continuar la conversacin
empezada, hablando de su aficin al campo y del placer que tendra en
pasear largo todos los das; pero la vida de Madrid, las visitas, la
moda... estaba cortado, aturdido; no saba por dnde empezar. La
generala, afectando tambin confusin y vergenza, le observaba, sin
embargo, sometindole a un atento examen, del cual, en realidad, no
sali mal librado. Miguel, aunque no era buen mozo, posea una figura
delicada y un rostro gracioso y expresivo.

Al fin se vio ella precisada a tomar la iniciativa.

--Vamos, ya has conseguido lo que con tanto afn pedas. Ests
contento?

--Oh, s!

--Yo no: cualquier indiscrecin en estas circunstancias, me perdera, me
pondra en ridculo: ya me voy haciendo vieja.

Miguel protest; no pasaba por la vejez: se atrevi a decir, aunque
mirando al paisaje por la ventanilla, que no haba en Madrid nia que
pudiera competir con ella en hermosura y elegancia.

Luca no quiso aceptar la lisonja: no se haca ilusiones; a los treinta
y cinco aos (se quitaba cuatro) una mujer es vieja; pero muy vieja!

--Y lo ms triste de todo--aadi dejando escapar un suspiro,--es que,
recorriendo con la memoria los aos de mi vida, me convenzo de que nunca
he sido joven.

--Cmo?...

--No, no he sido joven, porque jams he gozado de las puras alegras de
la juventud, de los xtasis apasionados del primer amor, de las dulces
zozobras que trae consigo, de los placeres ideales... Siempre
contrariada en mis sentimientos, en las afecciones de mi corazn... El
mundo, los parientes, las circunstancias, me obligaron a casarme muy
joven con un hombre a quien no quera. Echaron un cntaro de agua sobre
el fuego de mi espritu, y lo apagaron... Yo hubiera sido algo bueno,
algo santo, algo puro, y me transformaron en un ser vulgar,
insignificante. Senta arrebatos heroicos en mi corazn, impulsos
sublimes... Todo muri al subir al altar con un hombre que me era
repulsivo... Los dems hombres no hicieron nada por redimirme... al
contrario; contribuyeron a encenagarme ms y ms en la prosa de la vida.
Todos cuantos se han acercado a m con la lisonja en los labios,
doblando la rodilla para adorarme, no traan otro objeto que el de
satisfacer su vanidad, o puramente un deseo brutal: ninguno ha venido a
entristecerse con mis tristezas, a alegrarse con mis alegras, a
confundir su alma con la ma, a realizar el verdadero amor, el amor puro
y santo con que toda alma elevada suea siempre... T mismo, Miguel,
para quien yo debiera ser sagrada, al acercarte a m en el Prado, lo has
hecho con ese tono, con esa cruel frivolidad que tantas veces ha
traspasado mi pecho... Lo he aceptado, porque me he ido
acostumbrando... Creme, que de todas maneras, es muy duro... muy
triste!

La generala, al pronunciar estas palabras en voz baja y reprimida, se
haba ido animando poco a poco; sus mejillas se haban coloreado
fuertemente, y por ellas rodaban, al concluir, dos gruesas lgrimas.
Miguel se sinti conmovido.

--Mucho siento haberla ofendido... Perdneme usted!

--No; tienes razn para tratarme as--repuso llevndose el pauelo a los
ojos.--Yo no quiero ni puedo presentarme ante ti como una santa: el
mundo te habr enterado perfectamente de que no lo soy. Hice muchas
locuras en la vida... escandalic con ellas a la sociedad... Pero
creme, Miguel, yo he rodado al abismo, porque me han empujado... he
rodado, guardando en el fondo de mi alma alguna perla que an no ha
tocado nadie.

Riverita se qued algunos instantes pensativo y silencioso. Cruzaron por
su espritu las ideas romnticas que tienen siempre los jvenes de
corazn, y dijo levantando la cabeza y como hablando consigo mismo:

--Quin sabe! Cuntas veces nos equivocamos juzgando por la mscara
que llevamos puesta en la vida!

--La ma ha sido siempre impenetrable--dijo con exaltacin la generala,
clavando en l sus ojos hmedos y brillantes.--Se me juzga frvola,
caprichosa... y corrompida; se multiplican mis amantes, se citan mis
extravagancias y se me arrojan al rostro infinidad de flaquezas... Quiz
tengan razn: todo cuanto malo hice en mi vida, procur que fuese pronto
sabido del pblico; en vez de ocultar las faltas con artificio, procur
arrojarlas a la murmuracin. Y esto sabes t por qu lo haca?... Pues
en el fondo era para vengarme del escaso placer que me causaban!

Estas ltimas palabras fueron dichas con inusitada violencia. Miguel,
que estaba bajo el hechizo de su figura distinguida, su elegancia y la
suavidad voluptuosa de su mirada, se dej arrastrar por ellas. Lo que la
generala deca estaba de acuerdo con el espritu que domina en la
literatura moderna, segn el cual en la mujer, a ms de la virginidad
material, existe una como virginidad moral independiente de la primera:
a menudo la que ms amantes tiene es la que mejor guarda esta
virginidad; en medio de la corrupcin y los placeres, el corazn puede
permanecer inclume y sano, y llegar a redimirse y sentir, cuando
encuentra otro semejante, el encanto de los amores inocentes. Y como en
aquel momento estos artculos halagaban su amor propio, no tuvo
inconveniente en concederles franca y cordial acogida. Ambos se
entretuvieron largo rato con ellos. Luca se confes derramando
lgrimas; relat sus angustias, sus sueos, las amarguras que en medio
del placer senta, el aborrecimiento, mejor dicho, el desprecio que la
grosera de los hombres le inspiraba, el ansia de subir a otra regin
ms elevada, de penetrar en una atmsfera pura y difana donde pudiese
respirar con libertad. Miguel, lleno de ntimo regocijo, la consol,
excus sus faltas y expuso tambin sus ideas particulares acerca del
amor.

El carruaje marchaba por la solitaria carretera, sin ruido, acusando su
linaje aristocrtico. El paisaje se extenda por ambos lados spero y
triste: los rboles que bordaban el camino, desnudos por entero, dejaban
paso a los ojos y por entre aquellos se vea la luz rojiza del sol
moribundo. La elasticidad de los muelles produca en Miguel cierta vaga
soolencia. Dueo de s completamente y con una hermosa mujer que le
escuchaba atenta, hablaba como si fuera para adentro, vaciando el
cargamento de ideas ms o menos poticas, de paradojas fantsticas, de
conceptos retorcidos que tena en la cabeza: los exhiba con arrogancia,
satisfaciendo su vanidad, deseando tanto ser admirado como amado.

Insensiblemente fueron concretando sus ideas, aplicndolas al momento
presente. La generala desenvolvi con entusiasmo un programa de
redencin; pint los encantos de una vida iluminada tan solo por el
amor.

--Oh, si yo tropezase con el hombre de mis sueos, con un espritu
noble, hermano del mo! En vano lo he buscado toda la vida... Nunca
hall ms que cinismo, frivolidad, corrupcin. Algunas veces venan
disfrazados con el precioso manto de la galantera, del buen tono...
pero en el fondo, siempre, siempre la misma grosera!

Miguel, con un silencio discreto, procur llamar la atencin hacia s.
Despus se mostr tambin ardiente partidario del amor ideal, de la vida
sencilla. Por ltimo, se ofreci con labio balbuciente, embargado por la
emocin, como el ejemplar o archetipo que Luca haba soado. Esta pos
en l una larga y profunda mirada que le turb an ms, exhal despus
un delicado suspiro y guard silencio. Al cabo de algunos instantes tom
de nuevo la palabra con voz temblorosa.

--Mentira, Miguel, si te dijese que no me inspira vivo inters y
gratitud esa adhesin que desde nio me has demostrado... y que ahora se
manifiesta de un modo bien distinto--aadi sonriendo. Mentira--aadi
con animacin y bro--si no te confesase que me seduce muchsimo la idea
de tenerte en mi poder, de ser para ti madre y amante a un mismo
tiempo... Oh, qu situacin tan original! Aquel nio que yo tuve sobre
mi regazo; a quien tengo lavado y peinado muchas veces; a quien tengo
librado de bastantes castigos, convertirse ahora en amante y en dueo!
Esto es algo que se sale de lo vulgar, algo nuevo y extrao!... Pero
ay, Miguel! estos sueos hermosos no pueden realizarse... Sabes por
qu? Porque son quimeras que no pueden halagar sino a una imaginacin
loca como la ma. T no ves aqu sino una mujer que te agrada ms o
menos y a quien deseas rendir a todo trance...

Miguel hizo protestas fogosas: se present, de buena fe, como un ser
excepcional tambin, como un herido de la gran batalla de la vida, el
corazn goteando sangre y desengaos; relat igualmente un sin nmero de
sueos, pasiones y genialidades, ponder sus amarguras, las noches de
insomnio, las vagas inquietudes.

Ambos eran felices presentndose mutuamente como almas incomprensibles o
por lo menos no comprendidas del vulgo, y no se cansaban de exhibir con
deleite toda una muchedumbre de ideas y sentimientos imaginarios.

Por fin la generala se convenci de que Miguel era el hombre que
buscaba, el ideal de sus ensueos; le miraba con ternura, le haca
repetir con afn sus enmaraadas _psicologas_, se enteraba de los
ltimos pormenores de su vida espiritual y no cesaba de dolerse de no
ser ms joven para realizar por entero el sueo de amor que toda la
vida le haba perseguido.

--Cunto dara por tener algunos aos menos, y ser libre de volar
contigo a algn hermoso rincn lejos de este ruido infernal, de esta
eterna murmuracin, de toda la miseria que nos rodea! Una casita a la
orilla del mar, baada a todas horas por la brisa, un jardinillo que
cuidar, un pedazo de pan que llevarnos a la boca y salud para correr y
saltar por los campos. Era lo bastante para ser felices!

Entraron en pleno idilio. Luca traz con vehemencia el cuadro de la
felicidad pastoril; pint la vida sencilla, frugal, inocente, del campo,
las inefables dulzuras de la familia; se represent a Miguel saliendo de
casa y viniendo rendido de fatiga a la hora del crepsculo para
descansar en sus brazos; a ella cosiendo o bordando a su lado; otras
veces, yendo a la pesca juntos, o a dar un paseo a caballo, o a coger
moras silvestres por el campo...

--Oh!--dijo Miguel un poco exaltado--an podemos ser felices!

--Si eso fuera verdad!... Pero no; yo no puedo ser para ti ms que una
madre...

Miguel no quiso de modo alguno aceptar la maternidad.

--Nada de madre... no, no... yo quiero ser _tu_ amante... _tu_
amante!--Y repeta la frase con creciente animacin, un poco trastornado
ya.

--Bien, sers lo que quieras; hijo, amante, lo que se te antoje; pero
jrame que es puro tu amor, que no hay nada de vergonzoso en esa pasin,
que no intentars nada para profanar este lazo que ha de unir nuestras
dos almas para siempre.

El hijo del brigadier jur. Su amor era ideal; una ardiente adoracin.
Confesaba que al principio no haba pensado ms que en el amor vulgar;
pero ahora, al sondar los inefables misterios que encerraba el alma de
la generala, al comprender que su corazn estaba virgen y puro, al
adivinar en ella un ser superior, todos sus groseros pensamientos se
haban apartado como lava impura; slo quedaba el oro sin mezcla de una
pasin grande y elevada.

Y ambos disertaron mucho rato, acerca de la naturaleza de su amor, y se
extasiaron en recproca admiracin de sus almas. No; ellos no
pertenecan a la sociedad en que vivan, eran de otra pasta, estaban
criados para los grandes sentimientos, para la vida del corazn.

--T eres poeta; tienes un espritu superior; t no puedes amar
realmente sino a una mujer que te comprenda.

Miguel reconoca que era verdad; confesaba que hasta entonces no haba
amado; era hurfano de padres y de amor, y ofreca algunas de sus
extravagancias morbosas a la generala, como rasgos de una naturaleza
superior. Lisonjeado en su amor propio, embriagado por las miradas de la
hermosa, en aquel momento crea cuanto afirmaba, juzgndose un ser
extrao y digno de admiracin.

Pero agotada la psicologa amorosa, nuestro Riverita sinti un vago
malestar, muy semejante a la vergenza. En un intervalo de silencio se
le represent de improviso lo ridculo que haba estado con aquella
palabrera altisonante y metafsica ensortijada que jams hasta entonces
haba usado, para declararse a una mujer; y no pudo menos de rerse de
s mismo. La aventura comenz a parecerle por dems extraa. Hallarse en
ocasin tan propicia al lado de una mujer como Luca que le confesaba
francamente sus pecados, ser su amante, y pasar el tiempo disertando
sobre materias abstractas, y haciendo el papel de ser incomprensible y
misterioso, era cosa tan singular, que rayaba en lo absurdo. Como ya no
tenan qu decirse, los intervalos de silencio eran cada vez ms
prolongados. Ambos miraban, por las ventanillas, el paisaje, que se iba
oscureciendo poco a poco. El carruaje se deslizaba suavemente con rumor
blando y voluptuoso; los caballos, enderezados hacia casa, piafaban de
vez en cuando con la perspectiva del pesebre.

La generala, que se haba quedado melanclica, le miraba en silencio
suave y tristemente.

Pero esto es estpido!--se dijo de pronto Miguel, dando un suspiro. Y
resolvi en el acto descender de las alturas y humanizarse. Era difcil,
no obstante. Cmo empezar?

Empez tomando una mano de la generala. Esta, completamente embebecida
en sus ensueos vagos y dulces meditaciones, no pareci advertirlo. El
joven la llev despus a sus labios, sin que tampoco lo advertiese.
Entonces, un poco temeroso, pero venciendo el deseo a la timidez,
introdujo el brazo por detrs de su espalda, y quiso estrecharla la
cintura. La generala, advertida al cabo, procur separarlo, pero tan
suavemente, que el brazo volvi al instante al mismo sitio; torn la
dama a separarlo ms blandamente todava, y el brazo, cual si tuviera un
resorte, volvi a su posicin. Despus intent besarla y la bes.
Despus quiso que ella le besara a l; resisti un poco; al cabo cedi
diciendo:

--Te doy un beso maternal; no te imagines otra cosa.

Despus... la hermosa generala le dej en la calle Mayor a la puerta de
su casa, cuando ya los faroles, recin encendidos, rompan dbilmente
las sombras del crepsculo.

--Hasta maana... a las nueve en punto... ya sabes, en la esquina de la
calle de las Infantas.




III


A las nueve en punto de la noche, en la calle de Fuencarral, esquina a
la de las Infantas, Miguel esperaba a la generala, que deba cruzar en
un coche de alquiler. As lo haban convenido.

El coche se detuvo. Con qu emocin placentera abri nuestro joven la
portezuela de la berlina y se sent al lado de Luca! El cochero
esperaba rdenes. Viendo que no se las daban, pregunt, inclinndose a
la ventanilla y con voz spera:

--A dnde?

Ambos se miraron indecisos. A Miguel se le ocurri por fin decir:

--Atocha, 145.

Era la mayor distancia que hall. Abrigaba el designio de ir a otra
parte, pero era necesario convencer a la generala.

Las calles estaban cuajadas de gente; las luces de los faroles y las de
los escaparates iluminaban las aceras y los rostros de los transentes
que se detenan a mirar los objetos exhibidos. La villa entera sala en
esta hora a gozar de las dulzuras de la civilizacin, que trasforma la
noche en da, el silencio en ruido, la soledad en confusin y algazara.

Al entrar en la berlina, haba apretado con efusin la mano enguantada
de la generala y la haba conservado en su poder. sta le acogi
cariosa, pero un poco triste y circunspecta. Hablaron en los primeros
momentos con embarazo de los pormenores de la cita, el tiempo que haba
esperado Miguel, lo que haba causado el retraso de la generala, etc.,
etc. Luca aprovech, no obstante, el motivo para recomendarle de nuevo
mucha discrecin. Miguel jur y perjur que su silencio igualara al de
las tumbas. Poco a poco fue desapareciendo la reserva natural de los
primeros instantes y entraron en ntimo y grato coloquio. Miguel volvi
a describir las fases de su amor, presentndolo ms arcano y enmaraado
que nunca; la reflexin le haba suministrado un sin fin de pensamientos
delicados, vagas lucubraciones, dulces psicologas y frases
espirituales, que fue vertiendo como flores de su ingenio en el regazo
de la bella. sta las recibi con extremado gozo, estimulando con su
admiracin y con tal cual concepto atrevido, pues era mujer de viva
imaginacin, el talento y la fantasa de nuestro joven. El coche rodaba
con spero traqueteo por las calles, sin caminar por eso con gran
celeridad. La decoracin de las tiendas y escaparates iluminados, el
gento que discurra por las aceras, los coches que sin cesar cruzaban
de un lado y de otro, pasaban totalmente inadvertidos para los amantes,
que saltaban sobre los cansados muelles del simn, en animada pltica,
devorndose con los ojos.

Miguel plante al fin el problema que bulla en su cabeza: el de ir a
pasar un rato en buen amor y compaa _a cualquier parte._

La generala solt bruscamente la mano que le tena cogida, y ech atrs
la cabeza con manifiestas seales de hallarse gravemente ofendida.
Nuestro joven se asust un poco y pidi perdn con labio balbuciente: no
porque creyese que haba cometido ninguna profanacin; pero tema que
aqulla, poseda de su papel de alma hermosa, inmaculada, tardase
demasiado en ceder a sus instancias.

Guard silencio obstinado la dama, en la actitud firme e imponente de
una deidad herida. Miguel se humill, se llam bestia, se declar
indigno del amor de un alma tan elevada.

--Oh, nunca creyera de ti!...--exclam ella al fin. Y un torrente de
lgrimas se desprendi de sus ojos.

--Perdname!

--No!

--S!

--No!

--Fue un momento de extravo!

Al fin las splicas vencieron su nimo, y el joven qued absuelto.

Pero el carruaje se aproximaba ya al trmino de la carrera, y Miguel no
saba qu partido tomar.

Despus de otro intervalo de silencio en el que procur concentrar todas
las fuerzas de su espritu, volvi el ataque.

--T no me quieres!--dijo en tono quejumbroso, adoptando a su vez la
actitud de hombre agraviado.

--Bien sabes que no es verdad; bien sabes que te quiero, que te adoro
con toda mi alma.

--Oh, si me quisieras, me daras esa prueba inequvoca de tu amor!

--Oh, Miguel! Siento desde ayer un vaco tan grande en mi corazn!...
Parece como si me hubieran arrancado la ltima creencia, el ltimo
pensamiento consolador! Por qu habremos arrastrado nuestro amor por
el lodo!

A Miguel le hizo poca gracia esto del lodo. Busc con afn argumentos
para contrarrestar la lgica de la generala.

--Pues yo te digo que desde ayer te adoro an con ms entusiasmo... que
no ha menguado el amor y la admiracin que me inspiras... Pero quiero
que seas ma, completamente ma... como yo lo soy tuyo... en cuerpo y en
alma.

Despus de muchas protestas de cario por una y otra parte, Miguel
volvi solapadamente, dando grandes rodeos, a su tema. No, l no quera
rebajar la dignidad de su dueo, l no quera manchar el amor que se
tenan; por eso buscaba un sitio que mereciera albergarlo algunos
momentos: la misma casa de la generala.

Esta recibi la proposicin sin enfado; pero no quiso aceptarla. Era
inadmisible por el riesgo que se corra; se enteraran los criados, o el
portero, o los vecinos...

--No, no se enterarn; tomaremos precauciones; t subes primero, despus
me abres la puerta...

--Pero los criados lo oyen todo; la puerta est cerca de la cocina;
adems, hay un chico encargado de abrir...

Miguel insista apretando el ingenio para combatir los temores de la
generala: sta amontonaba las dificultades, dejando, no obstante,
entrever ms o menos lejano, el triunfo del joven.

Par el carruaje. Se encontraban frente al nmero designado. Miguel
vacil un instante sin saber qu hacer: al fin sali del coche y entr
en la casa para disimular; al pasar por delante de la portera,
pregunt:

--El seor don (el nombre de un personaje poltico que habitaba en
aquella calle), no vive aqu?

Dentro de la garita, cenaba el portero con su mujer y sus hijos: al
escuchar la pregunta levant la cabeza.

--Oh, no seor! se ha equivocado V.; la casa de don... queda mucho ms
atrs, en el nm. 62...

--Ah!... pues me haban dicho... Dice V. que en el nm. 62?...

--S seor, hace muchos aos que vive en la misma casa.

--Cuarto?

--Me parece que segundo.

--Muchas gracias.

--No las merece.

Volvi a salir. Al entrar en el coche, interrog con ojos suplicantes a
la generala, la cual se dign hacer un signo afirmativo. Entonces dijo
rpidamente al cochero:

--Huertas, 30... De prisa.

Y se enderezaron a todo el correr del jamelgo hacia la casa de la
generala. Miguel le dio las gracias con acento conmovido, besndole las
manos repetidas veces. Pero Luca guard silencio, y se mantuvo con la
cabeza inclinada en actitud melanclica y reflexiva, dejando que el
joven exhalara con labio trmulo toda la alegra que rebosaba de su
alma. Al poco rato, Miguel pudo notar que algunas lgrimas bajaban
silenciosas por sus mejillas, y experiment dolorosa impresin.

--Por qu lloras?--pregunt, acercando su rostro al de la dama.

Luca no contest.

--Por qu lloras?--volvi a decir con ansiedad.--Te he ofendido?
Acaso ya no me quieres?...

--Oh no; no es eso!... Lloro, Miguel, sobre nuestro amor... lloro sobre
la ltima ilusin perdida... Siento haberte conocido... Siento haber
dejado despertar mi corazn ya dormido, y forjarme, por algunos
instantes, ciertas quimeras deliciosas que se desvanecieron como el
humo... Por qu he de ocultrtelo! Cuando ayer me declaraste tu pasin,
tuve la debilidad de creer en ella, y so, inmediatamente, con un amor
fiel y puro, con el amor que ennoblece el espritu y nos incita a las
ideas elevadas y a las acciones generosas... Cre volver a los aos de
colegiala, cuando el mundo se ofreca ante mi vista como un hermoso
fanal trasparente y difano, cuando no acertaba a ver en l ms que
cosas lindas... todo risueo... todo hermoso... Volva a entrar en la
juventud. Una nueva aurora para mi alma... Pero no fue ms que un
relmpago que me hizo entrever los verjeles del cielo. Y al instante
qued sumida otra vez en la oscuridad... Hoy qu somos nosotros? Dos
seres vulgares que viven como tantos otros en el cieno, queriendo
persuadirse de que son felices! Aunque me ames, Miguel, tengo la
seguridad de que no sientes por m la admiracin respetuosa, el
entusiasmo que sentas el da de Carnaval echado a mis pies en el
carruaje... Comprendes ahora mi tristeza y mis lgrimas?

Miguel comprendi que era necesario estar de acuerdo con la generala,
aunque fuese por breves instantes. Baj la cabeza y qued pensativo y
triste. De pronto, levantndola, exclam:

--Que no te quiero! Que no te adoro! Quin es el que puede dejar de
admirarte as que te vea y te escuche? No, Luca, no; las faltas que
cometamos y las manchas que caigan sobre nuestro amor, se debern
exclusivamente a m. T has cedido por la bondad de tu carcter...
porque me quieres... y porque me compadeces.

Al pronunciar estas palabras el hijo del brigadier crea sentir lo que
deca, y estaba realmente conmovido.

--Gracias, Miguel, eres generoso conmigo; pero tu generosidad no me
excusa... Tengo tanta culpa como t.

Las lgrimas seguan cayendo en abundancia de los ojos de la generala.
Mientras procuraba convencerla de su inocencia, prodigbala nuestro
joven mil caricias apasionadas, sin miedo ya a ser visto de los
transentes. El inters de la escena le embargaba. Por otra parte, la
noche haba avanzado un poco, y las calles que recorran no eran de las
ms transitadas.

Llegaron a la de las Huertas. Luca se ape delante de su casa y entr;
Miguel sigui en el carruaje y lo despidi en la primer esquina: all
aguard a que la generala entreabriese el balcn de su gabinete para
entrar tambin.

Luca habitaba el piso segundo (derecha e izquierda) de una magnfica
casa recin edificada; tena un nmero considerable de criados, aya
inglesa para la nia primera, cochero, lacayo, dos troncos de caballos,
uno de ellos de valor, etc., etc. Mucha prisa necesitaba darse el
general Bembo a recoger lo que por tantos agujeros se le escapaba a su
media naranja.

Miguel, vista la seal, subi a la casa con paso firme y decidido para
que el portero no le detuviese. Luca le esperaba en lo alto de la
escalera.

--Entra sin hacer ruido--le dijo apagando la voz cuanto poda;--as...
sobre la punta de los pies...

Cuando estuvieron en su gabinete, una estancia lujosamente decorada, las
paredes de raso azul, los muebles forrados de la misma tela, se dej
caer en un divn, reteniendo la mano de Miguel que tena cogida.

--No sabes?... he despachado al chico de la puerta con un encargo, y a
mi doncella con otro... Pero an nos pueden or... Mucho cuidado!

El joven se sent a su lado, y la abraz con trasporte.

--Ya estamos solos y tranquilos! Qu placer tan grande!

La generala le apart suavemente, y dej caer la cabeza sobre el pecho.

--No ests contenta a mi lado, Luca?--pregunt, mientras le acariciaba
con ternura una mano.

--No.

--Por qu?

--Porque te tengo miedo: porque eres un loco... y yo otra loca--aadi
con amargura.

--El amor, qu es ms que una locura sublime!--exclam sentenciosamente
Miguel, tratando de enlazarla de nuevo con sus brazos.

--Por lo mismo que es sublime, no debemos degradarla... Seamos fuertes
con nosotros mismos... atrinchermonos detrs de nuestras ideas
elevadas, y defendmonos de las groseras de la pasin...

--Qu alma tan grande tienes!... Eres muy hermosa, Luca... Te amo!
te amo!... te, adoro!...

--mame, s; pero mame con un amor ideal, digno de ti y de m... No me
humilles, por Dios, no me bajes hasta el suelo, ya que tu amor me coloca
en un sitio elevado... Te lo anuncio, Miguel..., no tardars en
despreciarme...

Y al proferir tales palabras, caan otra vez algunas lgrimas de sus
ojos; Miguel protest contra esta suposicin; sostuvo el idealismo de su
amor, cubrindola de vivos y apasionados besos. Luca se dejaba
acariciar con resignacin.

El gabinete era un nido tibio y hermoso, lleno de perfumes penetrantes;
contiguo a l, separada por columnas doradas de madera y por una cortina
de damasco azul, estaba la alcoba. Por entre los pliegues de la cortina
se vea un gran lecho matrimonial de palo santo, y cerca de l otro
pequeito de nio: la estancia, esclarecida dbilmente por una lmpara
veladora de bomba esmerilada que penda del techo.

--Calla--dijo la generala suspendiendo el aliento e inclinando la cabeza
hacia la alcoba,--creo que despierta mi Chuch.

En efecto, el ms pequeo de sus hijos, que dorma en la alcoba, haba
dado un leve gemido, al cual sigui otro ms fuerte. Luca corri a all
para que no se alborotase.

--Calla, Chuch, calla, que aqu estoy yo.

El nio no hizo caso.

--Si no callas, el hombre de las narices grandes vendr a buscarte y te
llevar.

--_Quero a!_--clam el nio: _a_ era la doncella, que se llamaba
Mara.

--No, monn, no; duerme.

--_Quero a!_

--No grites... mira que va a venir el hombre feo.

--_Quero a!_

--No grites, chiquillo!... Pronto vendr Mara... Maana te mando a
dormir con las nias.

--_Quero a!_

--Mira, si no te callas, te doy azotes!... Vamos, durmete: si te
duermes, te comprar un caballo para que vayas al Retiro montado como tu
amiguito Julin... y despus te llevo al Circo a ver los _clowns_... no
te acuerdas de los saltos que dan? Qu saltos tan grandes sobre el
caballo! eh?... Y la nia rubia que se sube al trapecio, qu bonita!,
eh?... Y despus vamos a casa de Julianito, y comers dulces... y otro
da iremos a Legans a ver a la ta Adelaida para que te regale el
pajarito de cristal que canta dndole cuerda... y lo traeremos para
casa, verdad?... No te gusta?

El nio, que haba suspendido el llanto para escuchar a su madre, cuando
sta termin el repertorio de promesas, volvi a gritar:

--_Quero a!_

No fue posible por ningn medio hacerle desistir de su empeo.

La generala estaba furiosa.

--Pero qu edad tiene el nio?--pregunt en voz baja Miguel, que se
haba aproximado silenciosamente a la alcoba.

--Tres aos.

--Pues scalo de la cama, no hay ningn cuidado: a ver si se entretiene
con cualquier cosa.

Luca lo envolvi en un chal y lo sac al gabinete. Era rubio y hermoso
como un angelito, con grandes ojos azules; no se manifest sorprendido
al ver a Miguel; suspendi el llanto y le mir, s, con insistencia,
pero sin preguntar nada a su madre. Miguel qued un poco cortado ante
aquel examen, y le pes de haber aconsejado a la generala su traslado.
Despus procur captarse su amistad; tomolo de los brazos de aqulla, y
lo sent sobre sus rodillas; le acarici suavemente sus cabellos
ensortijados y le dio un beso sonoro en la mejilla.

--Me quieres?--le pregunt con voz melosa.

El nio le mir fijamente con ojos serenos y graves. Despus pronunci
secamente:

--No!

Miguel se turb, y qued desde entonces mal impresionado. Al poco rato
se despidi de Luca.




IV


Baj la escalera lentamente, de mal humor, con el alma triste y
fatigada; senta el descontento de s mismo que acompaa siempre a los
placeres ilcitos. Qu ajeno estara el pobre D. Pablo Bembo a que el
nio que levantaba en alto con sus descomunales manos para ver a Dios
haba de ser con el tiempo quien escarneciera su nombre! Este
pensamiento le causaba una desazn profunda. En vano se deca, para
apagar el grito de la conciencia, que la generala ya lo haba deshonrado
ms de una vez; que si l no, otro sera; que el pecado a fuerza de
repetirse haba pasado a ser venial en la sociedad elevada; que lejos de
rebajarle a los ojos de ella, sera una gracia ms entre las muchas que
le concedan. De todos modos, le deca una voz interior, la falta de la
generala no puede excusar la tuya; si todos se echasen la misma cuenta,
el mundo no sera ms que un hato de pcaros; adems, l estaba en peor
caso que los otros porque tena con la generala cierto parentesco
espiritual formado por la diferencia de edad y por las relaciones
especiales que haban mediado entre ellos; el general, por otra parte,
haba sido el amigo y el compaero de su padre, y nadie estaba tan
obligado como el hijo del brigadier Rivera a respetar su honor y sus
canas.

Eran las once y media de la noche. La gente an discurra por las
calles, sobre todo por las cntricas, donde algunos teatros comenzaban a
vomitar por sus puertas centenares de espectadores. Tan embebecido iba
Miguel en sus pensamientos, los cuales le mortificaban ms de lo que
nunca imaginara, que al pasar por la calle del Prncipe no vio dos
bultos echados en la acera hasta que tropez con ellos. Eran dos nios,
el menor de los cuales dorma o descansaba con la cabeza apoyada en las
rodillas del mayor. El fro era intenso. Miguel observ a la luz del
farol la extremada palidez de ambos, sobre todo del ms pequeo.

--Oyes, chico, cmo tienes aqu a este nio medio helado? por qu no
os vais a casa?--dijo encarndose con el mayor.

ste, que tendra seis o siete aos de edad, levant hacia l sus ojos
grandes y hermosos, en torno de los cuales se dibujaba un crculo
azulado, y balbuci algunas palabras que no pudo entender.

--Qu dices, querido?--manifest Miguel en tono afectuoso y bajando la
cabeza para orle mejor.

--No tenemos ms que tres reales--murmur sin aliento el nio.

--Y qu importa eso?

--Tenemos que llevar cinco.

--Ah!--exclam comprendiendo lo que aquello significaba.--Y si no los
llevis os pegan, verdad?

El chico baj los ojos y la cabeza en seal afirmativa.

--Tenis padres?

--Madre.

--Y es la que os manda a las calles a estas horas?

--S, seor.

--Excelente persona!--dijo por lo bajo; y sacando unas pesetas del
bolsillo:

--Toma; marchaos ahora mismo a casa.

El nio fue a levantarse, pero no pudo; su hermanito se lo estorbaba.

--Levanta, Rafaelito.

El chiquitn no se mova.

--Levanta, Rafaelito!

Miguel lo cogi entre los brazos y lo puso en pie; pero al ver que no se
tena, exclam en alta voz:

--Este nio est yerto! Qu atrocidad!

Y comenz a sacudirlo y a frotarlo.

Algunos transentes se haban parado y formaron en torno de nuestro
joven y de los nios un grupo que fue engrosando por momentos. Algunos
quisieron ayudarle en la tarea: otros comenzaron a interrogar al mayor.
Miguel les explic lo que saba, y caus gran indignacin. No se oan
ms que estas exclamaciones:--Pobrecillos! Qu vergenza de madre!
La autoridad deba de intervenir en estas cosas! etc.

Al fin se haba conseguido que el nio se tuviese en pie; pero estaba
cadavrico, haciendo rodar sus ojillos de un lado a otro sin darse
cuenta de dnde estaba. Tendra unos cuatro o cinco aos. A Miguel se le
ocurri de pronto que a ms de fro tendran hambre aquellas
desgraciadas criaturas, y tomando a cada una de la mano, rompi con
ellas, por entre la mucha gente que se haba aglomerado, con intencin
de llevarlas a algn sitio donde reparasen el estmago. Cuando ya se
alejaba del grupo, oy a una joven del pueblo exclamar:

--Y luego dirn que no hay caridad en Madrid! Mira, chica, mira a aquel
seorito cmo se lleva a esos pobres nios...

El hijo del brigadier sinti un dulce estremecimiento de gozo al
escuchar aquellas palabras: y sigui triunfante con los dos nios. Pero
en la esquina de la calle del Prado sinti unos pasos precipitados que
seguan los suyos y oy que le decan:

--Caballero, djeme V. llevar uno de esos nios.

La voz era conocida. Volviose y reconoci la fisonoma del boticario
Hojeda, el fiel amigo de su to Bernardo, el barn humilde y bondadoso
que tantas veces le haba ido a visitar cuando era colegial.

--D. Facundo!

--Miguelito!... Me alegro mucho que seas t, querido... Dios te lo
pagar!... Dame ac el ms pequeo.

--De dnde vena V. a estas horas?

--De casa de tu to... como siempre... Hoy me he descuidado un poco ms.
Cuando llegu a ese grupo de gente ya t venas con los muchachos, pero
no te conoc: me enter de lo que era y quise tambin tener mi parte en
la buena obra.

--Dnde quiere V. que vayamos?... Yo pensaba llevarlos a un
_restaurant_.

--Si te parece--dijo tmidamente D. Facundo,--entraremos en el caf del
Prado que es el ms prximo: conozco al dueo.

--Adelante; vamos al caf del Prado.

Cuando llegaron a l, Hojeda propuso que entrasen por el portal, donde
haba una puertecilla que comunicaba con la cocina; as evitaban la
exhibicin. Entraron, pues, en la cocina, donde los pinches, el cocinero
y algunos mozos que all estaban los examinaron con sorpresa. Hojeda
orden que al instante frieran un par de chuletas: el cocinero, al saber
de lo que se trataba, se puso a prepararlas con gran prisa; los pinches
tambin desplegaron toda su actividad. Pronto se reunieron en aquel
sitio otros cuantos mozos formando crculo en torno de los dos
muchachos, que con el calorcillo del fogn y de las luces comenzaron a
revivir. Miguel se qued absorto contemplando los andrajos de que iban
vestidos. Acudi tambin el amo, a quien Hojeda mand avisar; todos
hacan preguntas sobre preguntas a los pobres chicos, que apenas
articulaban ms que monoslabos.

--Dejadlos ahora--dijo el amo,--ya hablarn cuando tengan el estmago
lleno.

--Vaya, _rumia_, aqu tenis con qu llenar el fuelle--dijo el cocinero
en gallego cerrado, presentndoles las chuletas, cada una en un plato, y
colocando los platos sobre una silla. Los nios se arrojaron a ellas
como lobos. Al verlos desgarrarlas con los dientes y soplar al mismo
tiempo para no quemarse, Miguel sinti los ojos hmedos. Uno de los
pinches coloc sendas rebanadas de pan al lado de los platos.

--A ver--dijo Miguel,--que traigan dos copas de Jerez.

Mientras los chicos coman, enteramente abstrados de lo que les
rodeaba, el dueo del caf, Hojeda, Miguel y los dems que asistan a
esta escena los contemplaban con ojos que brillaban de alegra: todos
los rostros expresaban un deleite casi sensual. Cuando hubieron dado
buen fin al pan y a las chuletas y se hubieron bebido el Jerez, los
nios se animaron repentinamente, sobre todo el pequeo, que era el ms
aterido; sus mejillas recobraron el suave color de la infancia, y
comenzaron a examinar con atencin los objetos y las personas.

--Habis despachado ya?--pregunt Hojeda... Pues vamos con la msica a
otra parte.

--Cunto es esto?--dijo Miguel a un mozo, llevando la mano al bolsillo.

El dueo del caf, que haba odo la pregunta, se apresur a decirle,
sujetndole el brazo:

--Caballero, yo no cobro las limosnas.

Miguel no insisti.

--Dios se lo pagar a V., D. Ramn--le dijo Hojeda apretndole
efusivamente la mano.

Y salieron a la calle llevando por delante a los nios, los cuales iban
brincando como cervatillos por la acera.

--Eh chis chis!--grit el boticario llamndolos.--En qu calle vivs?

--En la calle del Tribulete--contest el mayor.

--Qu nmero?

Los chicos se miraron uno a otro con sorpresa y quedaron silenciosos.

--No lo sabis? Est bien. Pero sabris ir a casa?

--Ah, s seor!

--Bueno: ah en la esquina tomaremos un coche, no le parece a V., D.
Facundo?--manifest Miguel.

--Cmo quieras, Miguelito.

Tomaron un simn en la plaza de Santa Ana, dando orden al cochero de que
parase en la esquina de la calle del Tribulete. Los chicos, que se
haban sentado en la bigotera de la berlina, iban tan sorprendidos y
gozosos, que cost gran trabajo hacerles contestar a ciertas preguntas.
Mientras D. Facundo interrogaba al mayor con extremada habilidad para
enterarse pronto de lo que necesitaba saber, Miguel hablaba con el
chiquitn.

--No os habrn dado hoy de cenar?

--No--dijo el nio moviendo la cabeza a un lado y a otro.

--Y habis comido por la maana?

--S.

--Y qu habis comido?

--Lentejas y pan.

--No habis comido nada desde entonces?

--Un poco de pan que me dio Pepe.

--Quin es Pepe?

Silencio y asombro del nio.

--Es algn amigo tuyo?

--Es el chico de la vecina.

--Ah! Y quin te ha dado ese chaquetn que te llega a los pies?

--El to Remigio.

--Quin es el to Remigio?

Nuevo y mayor asombro del nio, que le mira con ojos estticos.

--Es algn hermano o pariente de tu madre?

--Es albail.

--Ah, es albail!--Y comprendiendo que no sacara ms en limpio, Miguel
tom otro rumbo.

--Y ganis todos los das los cinco reales?

--Algunos das no.

--Y qu os sucede cuando no los ganis?

El nio vacil un instante, y despus hizo con su manecita un ademn de
vapuleo muy expresivo.

Miguel conmovido guard silencio.

En la esquina de la calle del Tribulete despidieron el coche; los chicos
sin vacilar fueron derechos a la puerta de una casa vieja y sucia; el
mayor se volvi de espaldas y dio con los tacones de sus zapatos rotos
algunos golpes; al poco rato abri una vieja, que dej escapar al verlos
un gruido nada pacfico; pero su mal humor se convirti en sorpresa al
observar que Hojeda y Miguel atravesaban el portal y seguan a los
muchachos; stos suban decididos la escalera, como hormigas que entran
en su guarida; Miguel sac un fsforo, porque la vieja portera se haba
retirado con la luz. Subieron hasta la guardilla; los nios se
detuvieron delante de una puertecita.

--Aqu es--dijo el mayor.

Hojeda llam con los nudillos de los dedos, pero nadie contest.

--No habr venido todava mi madre--manifest el mismo chico.

--Y qu os hacis cuando llegis antes que vuestra madre?

--Nos sentamos en la escalera.

En esto se abri una puertecita contigua a la primera y apareci un
hombre en traje de obrero, con una lamparilla de petrleo en la mano. Al
ver a aquellos seores les dio las buenas noches y les pregunt lo que
deseaban. Hojeda le explic el caso en pocas palabras. El obrero les
invit a pasar a su habitacin, y una vez dentro, les manifest en
confianza que tambin l y su mujer saban la desgracia de aquellos
pobres nios, y que haban querido intervenir para remediarla, pero
intilmente; la madre era una mujer viciosa, oficiala de sastre,
amancebada tiempo haca con un albail, y que haba tenido aquellos
nios con un primer marido o querido, que esto no lo saban; dioles
algunos otros pormenores, que indignaron extremadamente a Miguel.

Pero aquella mala mujer no acababa de llegar; y fue necesario despedirse
del obrero y dejar a los chicos en la escalera, con una buena limosna
que nuestro joven les dio. Cuando ya bajaban, apareci por fin su madre.
Hojeda entr con ella en la vivienda, que era un triste y desabrigado
desvn, sin otros muebles que una mesilla y dos o tres taburetes; en una
esquina haba un miserable fogn apagado; en otra, un montn de trapos,
restos, al parecer, de un antiguo colchn, donde dorma toda la familia.

Miguel qued asombrado del tacto y la habilidad que D. Facundo despleg
para noticiar a aquella mujer lo que haban hecho y para arrancarla
todos los datos que necesitaba saber; de dnde era, con quin haba
estado casada, dnde trabajaba, etc. La mujer, que al principio los
acogiera con marcada hostilidad, ante la mirada dulce y serena y las
palabras sinceras de Hojeda, se fue poco a poco suavizando. Al fin,
cuando ste le record con tono afectuoso los deberes que tena para
con sus hijos, aquellas infelices criaturas, sin otro amparo en el mundo
que ella, rompi a sollozar. El boticario la consol, prometindola
volver al da siguiente y hacer por los nios todo cuanto pudiera. Lo
que ms le sorprendi a Miguel fue que en ninguna de sus frases hizo don
Facundo la ms leve alusin a los malos tratos que daba a los hijos ni a
la conducta licenciosa que observaba.

Cuando al fin salieron a la calle, le dijo:

--Y qu piensa V. hacer maana, D. Facundo, con todos esos datos que ha
tomado?

--Procurar comprobarlos; tengo muchos conocimientos entre los pobres de
Madrid. Despus tratar de sacar para ella la racin de San Vicente de
Paul y mandar al chico primero a un colegio.

--Por cuenta de V.?

--Es muy barato: no vayas a creer que se trata de una gran cantidad.
Entre unos cuantos amigos, hemos fundado un colegio para nios
desamparados y nos sale por muy poco cada plaza.

--Pobres criaturas! Dejarlos as abandonados a la intemperie,
expuestos a quedarse muertos en medio de la calle, y todava si no traen
el dinero justo pegarles!... Esa mujer es una infame que no merece que
V. se ocupe de ella.

D. Facundo dio un suspiro y dijo ponindole la mano sobre el hombro.

--Ay, Miguelito, sobre estas cosas y otras parecidas, hay mucho que
hablar! Yo no dir que no est mal lo que hace esa mujer; pero llamarla
infame, no es tan justo como a primera vista parece. Despus de haber
pasado muchos aos contemplando todos los das cuadros semejantes al que
acabamos de ver; despus de haberme familiarizado con los tormentos que
pasan los pobres, con sus ideas, y hasta con su lenguaje, he concluido
por hallar muchos ms desgraciados que infames. En el mismo caso
presente, cierto que lo primero que salta a la vista, es la maldad de
esa mujer; pero no te detengas en la superficie; ve ms adelante;
examina, investiga y hallars seguramente que no es tan culpable.
Primero tienes que considerar que en la sastrera no gana ms que siete
reales; y que con siete reales no pueden comer siquiera pan seco tres
personas en Madrid; despus debes tener en cuenta que una mujer sola,
sin amparo, est expuesta siempre a caer en las garras de cualquier
tunante que la enamora; despus las ideas que esa gente tiene de la
educacin de los nios, no son como las tuyas y las mas, porque no han
visto ni entendido nada bueno; el golpear a los chicos es una de tantas
costumbres feas y repugnantes como tienen...

--De todos modos, D. Facundo!...

--S, s, te concedo que esa mujer obra mal; pero bien examinadas y bien
pesadas todas las circunstancias, no es tan perversa, de seguro, como t
te imaginas.

Miguel guard silencio y se puso a meditar sobre las palabras de Hojeda,
mientras caminaban emparejados hacia el centro de la villa. Despus de
una larga pausa, levant la cabeza y dijo:

--Sabe V., D. Facundo, que no sospechaba que V. se dedicase tan
particularmente a hacer obras de caridad?

El pedazo de cara que la enorme bufanda del boticario dejaba al
descubierto, se colore fuertemente.

--Yo?... ca hombre! no... qu tontera!... de ningn modo... no lo
creas...--comenz a balbucir torpemente como un hombre cogido
_infraganti_ de algn delito.

--Lo que est a la vista no se puede negar--dijo Miguel sonriendo.

Hojeda se mantuvo silencioso algunos instantes; despus, parndose de
pronto y cogiendo a nuestro joven por el brazo con mucho aparato de
misterio, y esforzndose por dar a su voz y a sus ojos la mayor
expresin posible de severidad, le dijo:

--Sabes, Miguelito, por qu hago yo todas estas cosas?

--Por qu?

El boticario le estuvo mirando algunos segundos con extraordinaria
dureza; despus exclam:

--Por egosmo!

Y soltndole el brazo, dio rpidamente unos cuantos pasos dejndole
atrs.

--Cmo? cmo?--dijo Miguel todo asombrado.

El boticario sin volverse, pero haciendo un ademn expresivo con el
brazo, volvi a exclamar con ms fuerza:

--Por puro egosmo!

--Cmo es eso, D. Facundo?--pregunt avanzando hasta colocarse a su
lado.

--Te lo explicar en seguida--repuso Hojeda en tono confidencial,
parndose otra vez y otra vez cogindole por la manga del gabn.--Yo no
tengo familia, como t sabes; no soy aficionado al estudio, porque
comprendo que aunque me haga pedazos los cascos nunca pasar de cierto
lmite: tampoco me gustan los juegos, pues el billar lo tomo solamente
como un medio de hacer ejercicio: los teatros no los piso jams; entre
los espectculos pblicos nicamente me gustan...

--Los toros, ya s.

--Es mi nico vicio... pero no los hay ms que en la primavera y una vez
por semana, aparte de algunas corridas extraordinarias. La botica no me
ocupa ningn tiempo, porque tengo al frente de ella a un pobre muchacho
que acaba de hacerse farmacutico y al cual se la pienso dejar cuando me
muera... Si no me voy a los sermones y no me entretengo en proteger a
algunos pobrecillos, qu quieres que haga yo de m?... No comprendes
que me morira de aburrimiento?

--Sin embargo, los actos en s no dejan de tener mrito.

--Ninguno, hombre, ninguno!--repuso con energa.--Mira: te lo explicar
mejor. Yo, cuando subo a casa de un pobre y me entero de su vida, y le
socorro y le aconsejo; cuando doy vueltas por Madrid buscndole alguna
colocacin, estoy entretenidsimo, tanto como cualquier seorito en los
bailes de Montijo, con la diferencia de que mientras l llega a casa al
amanecer, hastiado, ojeroso y mustio, yo me acuesto tranquilito a las
doce, y si he hallado empleo para mi hombre, me duermo ms contento que
el Rey de Prusia, y si no lo he hallado, me levanto por la maana con
nimos para revolver todo Madrid... Dime t ahora, quin entiende mejor
la vida, l o yo? Quin es aqu el egosta?... Voy a ponerte otro
ejemplo. Acabas de pasar una hora conmigo desde que nos hemos encontrado
en la calle del Prncipe. Quiero que me digas con sinceridad si en esta
hora te has aburrido...

--No slo no me he aburrido, sino que he pasado uno de los ratos ms
felices de mi vida.

--Lo ves? Qu mrito tiene entonces lo que hemos hecho? Lejos de
juzgarnos dignos de admiracin, somos dignos de envidia por lo que hemos
disfrutado...

--Concedo, D. Facundo, que en este caso particular, acaso tenga V.
razn; pero consagrar la vida entera como V. a hacer obras de caridad,
es digno de alabanza y recompensa.

--Recompensa! recompensa!--exclam con fuego el boticario.--Pues qu,
te juzgars acaso resarcido del dinero que has dado por una butaca en
el teatro despus de haber pasado la noche quiz bostezando, y no te
considerars pagado del que regalaste a esos nios, gozando una hora de
felicidad?

--Bien, pero V. es otra cosa: yo lo acabo de hacer por casualidad,
mientras que V. lo tiene por costumbre.

--Mejor que mejor! Yo gozo todos los das tanto o ms de lo que t has
gozado hoy...

Sigui desenvolviendo con bro su tesis nuestro farmacutico, mientras
caminaban hacia la Puerta del Sol. Miguel haba concluido por guardar
silencio, escuchando con placer y curiosidad aquellas peregrinas
teoras. Al llegar a la esquina de la calle de la Montera, Hojeda volvi
en s de pronto y dijo en el tono afectuoso y humilde que le
caracterizaba.

--Buena matraca te he dado, Miguelito! Perdona a este viejo chocho y
vete con Dios a descansar, que aqu nos separamos.

Miguel se despidi de l apretndole con efusin la mano. Cuando se hubo
apartado seis u ocho pasos, le dijo volviendo a llamarle:

--Conste, D. Facundo, que no me ha convencido V., y que es V. una gran
persona.

--Un gran egosta!--grit el boticario alejndose.




V


Qu te pasa hoy? Parece que ests triste?--deca la generala cierta
noche, tomando las manos de su amante entre las suyas.

--Pues no tengo nada (al menos, que yo sepa)--repuso en tono humorstico
l.

--S tal; hay en tu fisonoma cierta expresin melanclica; por ms que
trates de ocultarla con aparente alegra, no lo consigues; en tus ojos
hay menos brillo que otras veces; tienes la mirada vaga y perdida...

--No; lo que tengo, es la mirada de perdido.

--Rete lo que quieras: tengo un corazn que no se engaa. T ests
triste, y me lo ocultas.

--Si tienes mucho empeo en ello, lo estar; pero slo por galantera.
Por lo dems, nunca he estado ms alegre.

--Pero la tuya es una alegra marchita... no tiene frescura... no sale
del corazn... es una mscara. Yo quisiera, Miguel mo, saber todo lo
que acontece en tu espritu, todo lo que piensas, todo lo que sientes...
No me basta saber los pensamientos y los sentimientos grandes; deseo
conocer tambin los ms ntimos; deseo escudriar los ltimos rincones,
los ltimos pliegues... quiero que no pase por tu cabeza una idea,
aunque sea tan dbil como el soplo de un nio, que no llegue a mi
noticia... quiero conocer todas las emociones que experimentas, aun
aquellas que apenas sean capaces de mover tu corazn... quiero entrar
dentro de ti mismo... quiero formar una sola persona contigo...

Los grandes ojos azules, lascivos, de la generala, se clavaban con
amorosa inquietud en su amante al proferir estas palabras.

Miguel despert de la indiferencia en que yaca.

--Todo eso eres, cielo mo... Todo eso y mucho ms--contest,
apretndole con efusin las manos.

--Si fuese cierto!... Pero no... tu amor va siendo cada da ms
tibio... A medida que el mo se enciende, el tuyo se apaga...

--No lo creas, Luca!--exclam el joven, dando a su exclamacin mayor
fuego del que le hubiera correspondido si no se hubiera tomado un poco
de trabajo.--Te adoro... te adoro con pasin loca... frentica! Eres el
nico pensamiento dulce que anima mi existencia... Pdeme la vida, y me
vers darla con alegra...

--No quiero tu vida, chiquillo!--dijo la generala sonriendo y
hacindole mimos con la mano en el rostro.--Quiero tu amor; pero un amor
verdadero, grande, infinito... T no sabes las locuras que yo sueo,
los castillos que levanto en el aire! Muchas veces me figuro que en
efecto me adoras con todo tu corazn, con todas las fuerzas de tu alma,
y que yo soy para ti lo que fue Beatriz para el Dante y Laura para el
Petrarca, un objeto divino que te preserva de todo pensamiento innoble,
que gracias a mi amor se va engrandeciendo tu espritu, despierta tu
genio, el genio que tienes en el fondo del alma... porque yo estoy
segura de que lo tienes...

--En efecto, tengo un genio muy malo; a veces no hay quien me resista.

--No, no; es otra clase de genio--dijo la dama riendo.--Mas aunque esto
no fuese una quimera, aunque t alcanzases algn da la celebridad, soy
muy tonta en forjarme ilusiones... T ests comenzando la vida casi,
casi... el porvenir se presenta risueo. Cuando llegues a donde yo creo
que tienes derecho a llegar, qu ser para ti?... Una vieja que ha
cometido la insensatez de amarte. Una pobre mujer enamorada
ridculamente...

--Alto, querida! Te anuncio que ya estoy enternecido. No sigas
adelante, si no quieres verme hacer pucheritos... Hablemos de otra
cosa--aadi reclinndose perezosamente en el sof y estirando las
piernas con demasiada confianza,--hablemos de Prez Almagro.

Prez Almagro era el ltimo amante que la generala haba tenido, y que
no dejaba de inspirar cierta inquietud, ya que no celos, a nuestro
joven.

--Oh, qu cruel eres! No perdonas medio de hacerme sufrir!

Miguel iba a replicar; pero en aquel instante un leve rumor lejano se
dej or en el pasillo. Luca se puso en pie con sbito y pronto
movimiento; el rostro plido, el odo atento, la mirada esttica.
Escuch un momento.

--Alguien viene!... Es la doncella... De prisa, de prisa! Escndete!

--Dnde?--pregunt aturdido.

La dama pase una mirada intensa y ansiosa por la habitacin.

--Aqu--dijo corriendo a un armario embutido en la pared y abriendo el
compartimento inferior.

Miguel se meti all de cabeza. Luca dio la vuelta a la llave. En aquel
momento entraba la doncella.

--Qu hay, Carmen?--pregunt con gran calma, dirigindose al espejo
para arreglar el pelo.

--Seorita, vengo a darle cuenta del billete que me entreg por la
maana.

--Ah! s... el billete... De cunto era?

--De diez duros.

--Bien, qu ha comprado V.?

--Los botones para el vestido de la nia, han costado veintisiete
reales...

--Qu ms?

La sombrilla de miss Ana, que he pagado yo; no la han querido dar menos
de tres duros.

--Bien; son cuatro duros y siete reales.

--La corbata para Chuch... catorce reales.

--Son... cinco duros y un real... se la ha puesto ya?

--No, seorita; maana cuando vaya a paseo; es muy bonita; a Mara le ha
gustado; no sabe usted? El chico quera ponrsela cuando salamos del
comercio... Poco trabajo que me cost quitrselo de la cabeza!

--Pobre Chuch!

--Cuando vio que no consegua nada por las malas, se puso a hacerme
caricias... Anda, Carmelita, monina, ponme la corbata... te he de dar
un dulce de los de la mesa...--Yo le deca:--El que te toque a ti?--S,
s, el que me toque a m...

--Oh, qu malo!

--No sabe V., seorita, las moneras que hizo para sacrmela!

--Pobre Chuch! Por qu no se la ha puesto V.?

--Porque en casa no habra quien se la quitase despus.

--Le ha encargado V. los guantes?

--S, seorita.

--En casa de Clement?

--S, seorita: quedaron en mandarlos el sbado.

--Los ha pagado?

--S, seorita: doce reales.

--Bueno, entonces son... cinco duros y trece reales.

--He comprado tambin el _agremn_ que faltaba para el vestido de la
nia.

--Cunto faltaba?

--Dos tercias: quince reales.

--Son entonces... aguarde V.... son... seis duros y ocho reales... no
es eso?...

Carmen afirm con la cabeza, mientras haca mentalmente la cuenta.

--Qu ms?

--No me acuerdo de ms--manifest, despus de vacilar unos instantes.

--Y la esponja del tocador que le he encargado?

--Ah! se me olvidaba, seorita!... diez y ocho reales.

Miguel se asfixiaba en el armario. Estaba de rodillas, el cuerpo
doblado, la cabeza apoyada en uno de los rincones. As que entr, empez
a sentir el malestar de la postura; no poda alzar la cabeza, ni
enderezar poco ni mucho el cuerpo; las piernas encogidas tambin de tal
manera, que le causaban calambres. Pero a los pocos segundos, not o
crey notar que le faltaba aire para la respiracin, y se estremeci de
congoja: hizo frecuentes y largas inspiraciones para probar, y observ
que cada vez hallaba ms dificultad; trat de contener el aliento para
economizar el aire, pero esto no hizo sino fatigarle ms. Entonces quiso
dar la vuelta y aplicar la boca a una rendija a ver si consegua recoger
ms oxgeno: no le fue posible. La idea de morir asfixiado cruz por su
cerebro: un sudor fro y copioso le ba todo el cuerpo: la congoja se
apoder de l. En pocos segundos pens millares de cosas aterradoras;
vio la muerte cara a cara; el miedo le dej yerto, desmayado; estuvo a
punto de perder el sentido. Mas de pronto, el instinto de la vida
despert, se revel con mpetu en su organismo y le sugiri pensamientos
de salvacin:

--No, lo que es yo no me ahogo aqu como un ratn por esa!... Voy a
dar una patada a la puerta y hacer saltar la cerradura.--Esta idea le
confort un instante y dio tiempo a que penetrase en su mente otro
proyecto menos violento, el de llamar la atencin de la generala sin ser
notado de la doncella: si este proyecto fracasaba, acudira
inmediatamente al recurso extremo. Extendi una mano hacia atrs y rasc
la puerta con la ua, produciendo un rumor semejante al de los
ratones...

El fino y atento odo de la dama se dio por enterado.

--Carmen, vaya V. al comedor, y trigame un vaso de agua... Siento un
picor en la garganta!... Jess, qu tos tan rara!

Y la dama tosi hasta querer reventar.

Cuando Carmen hubo desaparecido, dirigiose precipitadamente al armario,
y abri. Miguel sali a rastras del fondo con el semblante plido,
descompuesto, completamente demudado.

--Qu te pasa?--pregunt con sobresalto Luca.

--Que me ahogo!

--Corre a la alcoba... mtete debajo de la cama!

El joven se apresur a cumplir la orden, y al instante apareci de nuevo
la doncella.

La generala se bebi el vaso de agua sin gana.




VI


Eh, chis, chis, Miguelito, a dnde tan decidido?

--Al Retiro.

--Para los pies, chav, y entra a tomar una caita conmigo y estos
seores.

Miguel se detuvo y sonri al ver a su primo Enrique sentado a una mesa
del caf Imperial al lado de la ventana y rodeado de varios toreros.
Como no tena prisa, acept el convite y se acerc a ellos saludndoles
con un:

--A la paz de Dios, caballeros.

--Buenas tardes, amigo--le contestaron.

Y se sent en el hueco que galantemente le dejaron y se bebi de un
trago la caa que Enrique le puso delante.

--Te presento a mi amigo Jos Calzada, clebre matador de toros que ya
conocers con el nombre de el _Cigarrero_, aunque hace muchos aos que
no mata en la plaza de Madrid... Su hermano Baldomero, el _Serranito_,
banderillero de fama... Sebastin Campos...

Enrique se detuvo vacilante antes de pronunciar el alias.

--Diga ozt _Merluza_, D. Enriquito: Merluza zoy, Merluza he zo y
Merluza me he de mor el da meno penzao.

--Pues bien, mi amigo Merluza, el banderillero ms barbin de la plaza
de Mlaga... Mis amigos D. Pablo Lpez y D. Luis Mara Pastor,
aficionados al arte.

Todos saludaron a nuestro joven, muy circunspectos, sobre todo los
toreros, que son los que mejor conservan, en el trato, la gravedad
serena y afable peculiar del pueblo espaol, tan distante del orgullo
britnico como de la extremada urbanidad de los franceses.

El Cigarrero era un hombre ya entrado en das, con el cabello casi
blanco, pequeo, fornido, soportando sus aos con mucha gallarda.
Miguel haba odo varias veces citar su nombre entre los astros del
toreo; pero como gloria pasada; tanto, que lo juzgaba retirado haca
tiempo. El hermano era un muchacho de veinticinco o veintisis aos,
buen mozo, de rostro hermoso aunque algo afeminado. Merluza un jayn
monstruosamente feo. Los dos aficionados, jovencitos barbilampios,
esculidos, y vestidos a la ltima moda.

La conversacin no se interrumpi por la llegada de nuestro joven, quien
se puso a escuchar con poca curiosidad. Se hablaba de toros; no hay para
qu decirlo: se discuta la mayor o menor severidad e inteligencia de
las plazas de Madrid y de Sevilla. Uno de los jovencitos sostena que en
Madrid se juzgaba con ms severidad y competencia.

--Pues zarvo zu parec, D. Luizito--deca Merluza,--y zarvo er de too lo
presente, a m me paece, vamo... que en Zeviya hay aficin... y ez lo
que digo yo, onde hay aficin lo hay too.

--Sebastin, yo no te niego que haya aficin en Sevilla, pero no es para
comparar con la que hay en Madrid. Adems, aqu se estudia el toreo por
principios, lo que no se estudia all... aqu el pueblo es ms
ilustrado...

--Ya z, ya z, D. Luizito: no me diga ozt na. Onde no hay prencipio no
pu haber na... Pero mire ozt que en Zeviya hay mucha aficin!.....
Mucha aficin!!

--En Madrid hay que tener mucho de aqu, querido (apuntando a un ojo).
Si te descuidas un poco, ya tienes la bronca encima... y algo ms en
ocasiones.

--Calle ozt, zeorito, zien Zeviya po una mijita le tiran a uno la
Biblia!

Enrique aprovech el calor de la disputa para comunicar a su primo por
lo bajo algunos datos importantes acerca de la vida del Cigarrero.

--Ah donde lo ves, Miguel, hace veinte aos era el torero que se tiraba
ms por derecho en Espaa. En Sevilla ha recibido muchas veces.

--A quin?

--Al toro, hombre!

--Muy seor mo.

--Pero, claro, con los aos se ha ido haciendo un poco tumbn... Pero
como inteligente!... lo que es como inteligente, ni Cayetano ni San
Cayetano le ponen el pie delante.

Terminada la disputa, comenz a hablarse de los toreros en boga. Los
pollastres aficionados, y Enrique tambin, creyeron halagar al Cigarrero
rebajando el mrito de ellos. Asombrole a Miguel el ahnco y la
sinceridad con que aqul comenz noblemente a defenderlos, aunque sin
levantar la voz y sin perder un punto de la gravedad que le
caracterizaba.

--Mie ust, D. Luisito, er que m y er que meno, tiene su quebranto, y
ar meh ecribano se le cae un borrn. Si Caytano se huye, e que est mu
castigao, el probesico ya se va pa Viyavieha como yo... Pero diga ust
que s, D. Luisito... cuando le sale un toro de verd, Caytano t
superi!

--Vamos, con Cayetano todava transijo--dijo Enrique.--Aunque
desconfiado, le he visto muchas veces torear con arte y en corto y
meterse como Dios manda... Al que no puedo resistir es al Gordo. En la
vida le he visto medio aplomado, ni pinchar ms que a paso de
banderillas!

--Tampoco creo eso que ust dise: ar Gordo le pasa lo que a too nosotro;
si er toro acude bien, t geno; si no tiene gana, t malo. Y aluego
qu se pu es de la muleta? Con eya en la mano, hay mu poco que tengan
tan gena sombra... Lo que le tiene er Gordo, e que sabe demasiao er
terreno que pisa... y cuando se sabe mucho... vamo... ya me entiende
ust, D. Enriquito.

--Ozt perdone, ze Jos--dijo a esta sazn Merluza.--Me paece a m que
aqu D. Enriquito habla bien... Er Gordo poniendo banderiya, la corona
de Mara Zantzima! pero matando, la perra zin vergenza de zu mare!

El Cigarrero se puso muy serio y repuso enojado:

--A ti no te toca es na de eso, Sebastin. Too esto seore pueen habl
lo que gusten, pero t, hijo, no pue... Tamo?

Merluza acortado, rectific como pudo sus brutales palabras.

Era la primera vez que Miguel oa decir bien en un corro, de las
personas del mismo arte o profesin que los presentes; y no poco qued
admirado de que fuesen los toreros, gente por lo regular inculta y
plebeya, quienes dieran ejemplo de nobleza y compaerismo a los que
cultivan otras artes ms elevadas.

Tampoco admiti el Cigarrero las lisonjas que le prodigaron, lo mismo
Enrique que sus amiguitos. Sin echarse por tierra con fingida modestia,
supo colocarse en su verdadero sitio, esto es, por debajo de los espadas
que entonces llevaban la atencin del pblico, sin traer a cuento sus
glorias pasadas o los tiempos en que gozaba de ms renombre.

--Ya soy vieho. Ya no pueo compet con lo muchacho... Pero mase farta la
guita, porque mi casa siempre se ha paeso un hospisio... y hago lo que
pueo... y a vese un poquiyo meno de lo que pueo... Si Caytano aprieta en
su toro, yo aprieto en er mo; si afloha, yo afloho... Si me sale un
torito vivito y voluntario, le toreo por lo arto y le doy lo que pide er
anim. Si me sale blando y sin vergensa le doy un goyetaso y a
viv!... A m me podr has peaso un toro, pero en la va un roo buey!

Pas un rato agradable Miguel, oyndoles disertar en estilo pintoresco,
sobre tauromaquia, que para ellos era el compendio de todas las
ciencias, y el fin supremo de la vida humana, y se despidi al cabo
afectuosamente, no sin haber sido antes convidado a una novillada de
aficionados que Enrique y sus amigos estaban organizando a beneficio de
unos nufragos que se haban perdido en el Adritico. Esta novillada
haba de efectuarse el prximo domingo en la plaza de los Campos
Elseos; sera presidida por la seora del ministro de Marina, dirigida
por el Cigarrero, y nadie podra asistir a ella sin entregar un duro a
la puerta, salvo los amigos invitados por los lidiadores.

Dos o tres das antes del sealado, pas Miguel por casa de su to
Bernardo. Al entrar en el cuarto de Enrique, oy gran ruido, como si
trasteasen con los muebles; qued altamente sorprendido al ver a su
primo con sendas banderillas en las manos delante de una silla,
levantndose sobre la punta de los pies en actitud de clavrselas.
Aunque algo avergonzado a causa de la risa que a Miguel le acometi, no
tard en reponerse y manifestarle cmo se estaba ensayando en los
cambios, salidas y cuarteos, pues era uno de los banderilleros que el
domingo deban trabajar en los Campos.

--Pero esa silla me parece que se debe aplomar algo en la suerte de
palos--dijo Miguel.

--Chico, no tengo otra cosa. Quise ensayar con el perrito de mi hermana,
y mira lo que me ha hecho...

Y levantando un poco los pantalones, le ense las huellas de los
dientes del animalito en la carne.

Estaba muy animado, pero confesaba que tena los nervios un poco
excitados y que dorma mal por la noche. Eso de presentarse delante de
un pblico tan lucido! Pero de todos modos, l conoca muy bien la
teora de las banderillas; no le faltaba ms que un poco de prctica.

--Mira; para ponerlas al cuarteo, se coloca uno as... con los pies
juntitos. Se cita al animal... Hay que esperar que arranque, entiendes?
y marchar decidido a cortarle el terreno... Si el toro no baja la cabeza
para tirar el derrote... nada... Hay que andarse en esto con mucho ojo!

--Y tienes esperanza de ponerlas bien el domingo?

--Si el torete me sale bravo y arrancando bien, pienso estar hasta
guapo...

--No te lo aconsejo; te van a desconocer.

--Si sale blando o huido, tirar a cumplir nada ms... a salir del paso.
Todo depende de la suerte, como t comprenders... Eso le pasa a
Cayetano, al Cigarrero y a todo el mundo.

Llegada la tarde del domingo, se fue Miguel a los Campos y entr en la
plaza, que ya estaba ms que mediada de gente, casi toda de categora:
los lidiadores pertenecan en su mayor parte a la aristocracia. Haba en
los palcos una muchedumbre de nias bonitas, ostentando la blanca
mantilla de encaje y la peineta: los tendidos de madera estaban poblados
de caballeros elegantemente vestidos. Miguel fue a colocarse entre
barreras al lado de el Cigarrero que diriga la lidia, sin tomar parte
en ella.

Dada la seal por la presidenta, que era una seora guapetona, muy
rumbosa y muy dadivosa, aparecieron en el redondel las tres cuadrillas
al son de una marcha espaola tocada por la banda de un batalln: cada
cuadrilla se compona del espada, tres banderilleros y los
correspondientes monos sabios: estaban suprimidas las picas. Los
alguaciles, que eran dos marqueses, marchaban delante montando briosos
caballos y haciendo piernas con ellos. Gran tempestad de aplausos al
verlos aparecer: los muchachos se presentaban vestidos de chulos con
ricas capas sobre los hombros, imitando perfectamente en el modo de
andar el aire y el contoneo peculiar de los toreros. Saludaron a la
presidenta y arrojaron con garbo las capas de gala a los amigos,
cambindolas por las de uso. De todos los tendidos se oan voces
saludando a los lidiadores: stos cambiaban gritos y saludos con los
espectadores, y sostenan conversacin con ellos en alta voz.

Hasta aqu todo marchaba perfectamente. El marquesito alguacil recogi
la llave que la presidenta le arroj, y fue haciendo corvetas a
entregrsela al encargado de abrir el toril, cargo que, por cierto, se
haban disputado un vizconde y el hijo del presidente del Tribunal
Supremo. Son el clarn y salt al redondel un torete negro, con bragas,
de bonita lmina. El primer sentimiento que los lidiadores
experimentaron al echarle la vista encima, fue de traicin o engao
manifiesto. Todos ellos le haban visto varias veces, primero en el
encierro y despus en el corral; pero nunca les pareci ni la mitad de
grande que entonces. As que, sospechando que prfidamente se lo haban
trocado en el chiquero, cambiaron repentinamente el color fresco y
sonrosado de sus mejillas por un blanco mate nada vistoso. Y por un
movimiento simultneo, que probaba la unidad de sus convicciones, se
pegaron todos a la barrera y colocaron el pie en el estribo, preparados
a cualquier evento. El novillo se dispar contra uno de ellos. Todos,
como un solo hombre, saltaron la barrera. El novillo, viendo el campo
libre, se pase por l a su talante, en medio de la gritera y algazara
de la gente. Un buen rato se estuvieron los lidiadores entre barreras,
celebrando consulta, hasta que al fin, estimulados por los amigos de los
tendidos, que no cesaban de perseguirles con gritos y pullas, y por el
poquillo de vergenza que todava les quedaba, despus de la salida del
toro, se decidieron a entrar de nuevo en el redondel. Pero fue con toda
calma, montando sobre la barrera como si estuviesen impedidos de las
piernas, y bajndose despus poquito a poco; pareca que iban a entrar
en un bao de agua fra. Uno de ellos tuvo la audacia de separarse como
cinco o seis pasos del tablero, y llamar la atencin del novillo con el
capote. Una mirada severa del toro bast para hacerle brincar la barrera
sin poner el pie en el estribo.

La corrida fue rica en incidentes. Cadas, choques, atropellos, saltos
mayores que el de Alvarado, de todo hubo, hasta cogidas, lo cual, en
verdad que pareca imposible. Apenas tiraban el trapo, se echaban a
correr llenos de pnico, dndose con los talones en las nalgas, y
precipitndose de cabeza por encima de las tablas, sin que el toro se
hubiese movido de su sitio. Los banderilleros clavaban los palos en el
aire muchas veces; otras en alguna regin ignorada del animal. Los
espadas igualmente pinchaban donde podan, sin aproximarse jams, ni por
casualidad, al sitio verdadero. En vano salt el Cigarrero ms de veinte
veces al redondel a poner orden; en vano les arreglaba los novillos y se
los cuadraba, de suerte que no haba ms que dejarse caer; de todos
modos la confusin, el ruido y las atrocidades de todo gnero no cesaron
en toda la tarde.

Enrique, que vesta una chaquetilla elegantsima de terciopelo color
granate, en los comienzos de la lidia dio, como sus compaeros, ejemplo
de prudencia y circunspeccin. Rode, s, infinitas veces la plaza, pero
fue, casi siempre, por detrs de la barrera, y cuando lo hizo por
delante, era tan cerquita de ella, que a cierta distancia pareca por
detrs. Llegado el momento crtico de poner las banderillas, que fue en
el segundo novillo, las cogi, y aunque muy plido, march resueltamente
hacia l; se puso con los palos en cruz, y alzndose sobre la punta de
los pies, comenz a mugir terriblemente para llamar la atencin del
animal; y en efecto, as que ste le vio en aquella actitud fanfarrona,
vino rpidamente a embestirle. Mas, con gran asombro y vergenza de sus
amigos, en vez de clavarle las banderillas las solt de las manos, y la
emprendi a todo correr hacia la barrera. No pudo saltarla. Antes que lo
hiciese, el toro le haba cogido por la parte posterior, y le haba
tirado al alto. Todos acudieron y sofocaron al becerro con los capotes.
Pero Enrique, levantndose furioso contra l, e indignado contra s
mismo por aquella vergonzosa huida, comenz a gritar como un
energmeno:--Dejdmelo, dejdmelo!--Y arrancando unas banderillas al
primero que encontr, se fue ciego, frentico hacia el toro, y se las
clav en el pescuezo, sufriendo por ello una nueva cogida.
Afortunadamente, ninguna de las dos tuvo serias consecuencias; los
pantalones rotos y algunas contusiones. Los espectadores, desternillados
de risa, le aplaudan con calor y hasta le tiraron cigarros.

Qued muy ufano de este triunfo; tanto que, acercndose al sitio donde
estaban Miguel y el Cigarrero, le pregunt a ste:

--Eh? Qu le ha parecido a V., maestro?

--No ha tao mal--contest el torero sonriendo.




VII


Miguel no haba dejado de ser nunca uno de los socios ms asiduos del
Ateneo. Aunque no tomaba parte en las discusiones sobre los pueblos
semticos, se haba hecho notar bastante en los crculos privados que se
formaban por las noches en el vasto corredor del establecimiento, y se
le tena por un amable y despejado compaero. Trab amistad con otros
jvenes moluscos de los que ms bullan, y stos no tardaron en
comunicarle la fiebre de cargos honorficos que a ellos les devoraba. La
ambicin arda en los pechos de los exploradores de la raza semtica;
apetecanse y buscbanse con noble emulacin los cargos de secretarios
de las secciones. Era tan brillante el levantarse en el comienzo de
las sesiones a leer el acta de la anterior! Las intrigas tenebrosas
menudeaban; las traiciones eran cosa corriente. Haba dos bandos
principales: el de los viejos y el de los jvenes; los primeros eran ms
en nmero, y vencan siempre que no se les coga descuidados; los
segundos, ms activos, tramaban asechanzas para derrotar a los
candidatos contrarios, unas veces presentando los suyos, en unin de
alguna persona ilustre y respetable, otras veces aprovechando las noches
de ms fro en que los viejos no se atrevan a salir de casa, otras
dividiendo con astucia a los enemigos; todos los medios eran lcitos.

Gracias a una de estas sorpresas, y secundado con energa por algunos
muchachos, que al verle tan asiduo en la asistencia le respetaban ya
como un sabio en ciernes, consigui Miguel ser secretario tercero de la
junta directiva, encargado del alumbrado y calefaccin. Y queriendo dar
una gallarda prueba de su celo por los intereses del Ateneo, as que
tom posesin del cargo, hizo poner hornillas de cock en las chimeneas y
suprimi la lea, que ocasionaba un gasto demasiado considerable. Mas he
aqu que esta patente economa, en vez de satisfacer a los socios, les
disgusta y levanta polvareda; los viejos se pusieron inmediatamente
enfrente del audaz reformador y algunos jvenes tambin. Para qu
sirven esas economas? Para traer ms libros? Demasiados hay en la
biblioteca. Un orador novel, joven, tradicionalista e imitador de Donoso
Corts, que en las juntas generales del Ateneo se ensayaba para el
Congreso, le apostrof duramente, luciendo una voz y un juego de
actitudes que envidiara Mirabeau: demostr hasta la saciedad, que
aunque el cock proporcionase el mismo calor que la lea, haba en sta
un algo espiritual que satisfaca necesidades de orden ms elevado; hizo
presente que el Ateneo no era una sociedad de mercachifles ocupados en
recoger ochavos, y que el srdido inters deba ser arrojado del templo
de la ciencia a latigazos (aqu bebi un sorbo de agua azucarada y se
limpi despus los labios con esmero). Expres su profunda sorpresa de
que un joven fuese quien tomara la iniciativa en la funesta empresa de
privar de comodidades a los hombres que trabajan en el campo de la
ciencia, y con tal motivo exalt el respeto que le es debido y que
siempre se ha tributado al sabio, haciendo un bello y minucioso parangn
entre ste, que con sus obras eleva y enriquece los espritus, y el
obrero de la materia, que eternamente ser siervo de la gleba,
decidindose, claro est, por aqul. Por ltimo, termin diciendo que al
declararse partidario incondicional de la lea, no le impulsaba ningn
mvil bastardo, que no se haca eco de ningn resentimiento particular,
porque no caban en su corazn tales miserias vergonzosas; hablaba
solamente por el deseo generoso de mantener en el Ateneo el sello
espiritual que siempre le haba caracterizado. Este elocuente discurso
provoc muchos aplausos entre los socios, particularmente los viejos,
los cuales en las primeras elecciones de cargos derrotaron a Miguel,
nombrando en su lugar al joven tradicionalista.

Tanto como a Miguel le aburran los discursos hueros y ampulosos que se
pronunciaban en el saln de sesiones, tanto le agradaban a su antiguo
amigo y condiscpulo Mendoza y Pimentel. Muy rara vez se le vea en la
biblioteca con un libro abierto; pero en cambio, por milagro perda una
sesin lo mismo de la seccin de ciencias exactas, que de la de morales
y polticas o literatura. Admiraba profundamente a casi todos los
oradores, cuanto ms campanudos mejor, y se enfadaba con Miguel cuando
ste haca burla de ellos. Poco a poco se haba ido modificando la
opinin que de l tena formada desde la infancia. Despus de haber odo
a los orculos del Ateneo, comprenda que Miguel era un chico listo,
pero bastante ligero. Ya no le peda dinero, porque haba ascendido a
diez y seis mil reales de sueldo, los cuales empleaba casi todos en
vestirse y una mnima parte en comer; pero su amistad continuaba
inalterable. Se hizo presentar por Riverita en algunas tertulias
polticas donde nuestro joven tena acceso, entre ellas la del general
conde de Ros, uno de los jefes a la sazn del partido liberal. Esta fue
la que ms le plugo y donde ech races. El general era un hombre de
genio vivo y enrgico, hablador sempiterno, narrador de cuentos verdes,
con mucha aficin a la poltica y poca o ninguna al arte militar. Al
principio no le cay en gracia Mendoza: su carcter grave y silencioso
le causaba tedio:--Sabe V., Riverita, que ese amigo de usted es lo
mismo que un roble?--le dijo pocos das despus de habrselo presentado.
Cmo se arregl Mendoza para llegar a ser al cabo de algunos meses uno
de los ntimos de la casa y acompaantes preferidos por el general, fue
cosa que nadie supo. Y, sin embargo, era muy sencillo de explicar.
Mendoza sufri una temporada la frialdad del conde y el desdn de la
condesa con gran filosofa, y sigui asistiendo constantemente a la
tertulia. No tomaba parte muchas veces en la conversacin, porque tena
la desgracia de que no se le ocurra jams una frase oportuna o
chistosa; cuando lo haca, era nicamente para manifestar su aprobacin
absoluta e incondicional a las palabras del conde, o para interrumpir
con un oh! o con un ah! que expresaban su admiracin y simpata.

Un da el general descubri con sorpresa, al hablar del sistema colonial
ingls, que Mendoza pensaba exactamente igual que l sobre esta
cuestin. Verdad que el mismo general haba emitido su opinin, haca
algunos das, delante de aqul; pero ya no se acordaba.--Este chico--se
dijo--es ms de lo que parece. Otro da descubri la condesa, que jugaba
peor que ella al tresillo, y que era un compaero a quien de vez en
cuando se le poda dar _codillo_: desde entonces le mir con simpata y
le invitaba con frecuencia a hacer _el cuarto_. Si alguna vez se le
ocurra ganar, la condesa le haca pagar cara la victoria, dirigindole
una granizada de bromas que cualquier tomara por insolencias: pero
Mendoza sonrea tan candorosamente y daba pruebas tan patentes de que
slo la suerte haba ocasionado la derrota de la dama, que sta conclua
por rerse tambin. En poco tiempo conquist la simpata y hasta el
afecto de los esposos. Habindose ofrecido al general para ayudarle a
escribir cartas en ocasin en que ste se hallaba muy apurado, cumpli
con tal exactitud, que apesar de que las epstolas eran un poco
pedestres y enrevesadas, aqul aprovech sus servicios algunas otras
veces, y hasta recab del jefe de la oficina que le dejase libre algunas
horas a fin de no molestarle tanto. Con esto casi puede decirse que fue
desde entonces el secretario particular del conde, y como tal era
considerado por las personas que frecuentaban la casa. No tard en
hacerse indispensable a la familia. Por las maanas, antes de ir a la
oficina, daba una vuelta por la casa: el general le encargaba algunos
recados o visitas que no poda hacer personalmente ni confiar a ningn
criado, la condesa, menos escrupulosa que su marido, le haca muchas
veces desempear oficios humildes: como comprar juguetes para los nios,
pagar algunas cuentas al joyero, etc. Por las tardes sola acompaar al
conde a paseo, casi siempre a pie, pues no era aqul amigo de usar el
coche.

Al paso que Mendoza intimaba con este personaje y se haca de sus
familiares, Miguel segua siendo nada ms que uno de tantos como
visitaban la casa: y aun poda asegurarse que en los ltimos tiempos,
sus relaciones con la generala Bembo haban trado cierto enfriamiento
en todas las dems. Luca le reclamaba casi todo su tiempo. Por otra
parte, le desplacan cada vez ms las tertulias polticas, donde los
asistentes ven y examinan todas las cuestiones por el prisma, no del
entendimiento del dueo de la casa siquiera, sino de la pasin que le
agita en cada momento, y repiten siempre como un eco las palabras del
jefe. Aunque algunas veces despertaba la risa y la alegra en la reunin
con sus frases picantes y observaciones oportunas, haba con respecto a
l cierta prevencin desfavorable, hija, a no dudarlo, del temor; todos
le sonrean, pero cuando estaba presente no reinaba la misma confianza
que cuando ausente. Nada hay que moleste tanto a los hombres vulgares
como el ingenio, y en la tertulia del general formaban aqullos mayora.
Miguel notaba vagamente esta hostilidad; comprenda que no estaba en su
centro, y por eso iba pocas veces.

Grande fue su sorpresa cuando una noche al entrar en el saln de
sesiones del Ateneo, vio a su amigo Brutandor en el uso de la palabra.
Peroraba Mendoza desde uno de los bancos de la izquierda, donde
acostumbraban a sentarse los jvenes demcratas, y lo haca con tanto
desembarazo, con tan briosa entonacin como si en toda la vida hubiera
hecho otra cosa.--Ave Mara!--dijo Miguel para s--este Brutandor no
conoce la vergenza.--Y se sent en una silla para escucharle. Pero como
esperaba tan poco de l, qued agradablemente sorprendido al ver que iba
saliendo del paso. Se discuta la cuestin social. Mendoza repiti todos
los lugares comunes que se encuentran en los manuales de Economa
poltica, manoteando muchsimo, dando cortos paseos por delante de la
silla y pronunciando las palabras con un cierto recalcamiento sonoro, de
suerte que no se perda una slaba. Las condiciones externas, la voz,
la figura, le favorecan en extremo. En su discurso cit infinitas veces
los nombres de Cobden y la Liga de Mnchester, sobre los cuales se
detena con particular cario, tanto que Miguel en una temporada no le
llam ms que el coaligado de Mnchester. Algunos de los socios
salieron del saln antes de concluir; la mayora, no obstante, se qued
escuchndole con atencin. Al terminar le dieron algunos aplausos de
cortesa. Miguel, que estaba pasando un mal rato por el temor de que se
pusiera en ridculo, respir.

--Querido Mnchester, has estado bastante bien--le dijo abrazndole. Y
lo crea de buena fe. No poda negarse que Mendoza haba progresado
mucho. Pero en el curso de las discusiones menude de tal modo los
discursos, que a Miguel lleg a hacersele insoportable tanta vulgaridad
y tan campanudamente dicha, y dej de entrar a escucharle.

A fuerza de mucho hablar, Mendoza logr hacerlo con cierta facilidad, y
adquiri pronto el aplomo y los modales de los oradores ms clebres, a
los cuales imitaba (en la parte externa, por de contado)
escrupulosamente. Suba y bajaba la voz y la ahuecaba como un consumado
artista; llevaba las manos trmulas al pecho, las agitaba en el aire y
doblaba el espinazo aunque estuviese diciendo cualquier cosa natural y
corriente, slo porque Castelar y Moreno Nieto lo hacan en los pasajes
patticos; terminaba muchas veces los perodos con las palabras
tribunal de la historia, las leyes indeclinables del progreso o la
emancipacin de los pueblos, abriendo mucho la _e_ de pueblos, como era
moda entonces. Aunque algunos inteligentes sonrean escuchndole, no
dej de ser considerado, al cabo, como joven instruido y de
esperanzas.

Una tarde, Brutandor llam aparte a Miguel, y llevndole a uno de los
rincones del Ateneo, le propuso fundar entre los dos un peridico. Para
ello contaba con una persona que facilitaba el dinero, y con la
proteccin del general conde de Ros, que sera su inspirador. Halagole
la idea a nuestro joven viendo en ello un modo de despertar su actividad
dormida y desahogar la mente de porcin de ideas que all le bullan
acerca de los sucesos polticos y de los personajes que en ellos
intervenan. Acept, pues, con jbilo, y Mendoza qued encargado de dar
los pasos necesarios para sacar la autorizacin, alquilar cuarto, buscar
imprenta, etc. En pocos das quedaron zanjados estos asuntos, y fue
resuelto que un jueves, 1. de abril, aparecera el primer nmero de _La
Independencia_, diario liberal de la maana.




VIII


Despus de la aventura del armario, Miguel quiso persuadir a la generala
a que comprase el silencio de la doncella, a fin de no pasar en adelante
un susto parecido. Luca se opuso resueltamente a ello; no poda ni
quera fiar la llave de su honor a un criado, y hablaba a menudo de
traiciones, annimos dirigidos al general, cartas interceptadas y otros
cuentos terrorficos que no dejaban de preocupar a Miguel por algunos
momentos. Pero al mismo tiempo se asombraba de que siendo tan pblicos
los desvaneos de la dama, hubieran pasado inadvertidos para su marido.
Lo que haba de positivo en todo esto, y as lo entendi pronto, era que
la naturaleza de Luca necesitaba del aliciente del secreto y del
temor. El ansia, la zozobra, los terrores sbitos, las esperas
prolongadas, los momentos supremos de angustia, los esfuerzos de ingenio
para buscar recursos, los rasgos de osada, el drama, en fin, del amor
perseguido con todo su aparato de misterio y disimulo, le placa
sobremanera. Lo que no fuese temblar, colocar seales en los balcones,
esconder a su amante y estar siempre a dos dedos de ser descubierta, lo
hallaba montono y fastidioso. Cuntas veces, estando en el lecho a las
altas horas de la noche, se estremeca al escuchar el rumor de un
carruaje! Levantaba vivamente la cabeza, apretaba con las manos
crispadas el brazo de su amante y escuchaba ansiosamente. No poda
venir en l su marido y sorprenderlos? Qu miedo! Qu angustia! Slo
cuando el coche segua de largo por delante de la casa haciendo vibrar
los cristales, se calmaba su congoja y volva a la vida.

Una nueva aventura muy desagradable, semejante a la del armario, vino a
concluir con la paciencia de Miguel y a darle nimos para exigir
seriamente de la generala que pusiera a su doncella al corriente de lo
que pasaba.

Desde la aventura del armario, Miguel, siempre que la doncella vena, se
ocultaba en la alcoba debajo de la cama. Una noche, como de costumbre,
Luca le mand que se fuese al escondite para arreglar con Carmen las
cuentas del da. Le pareca esto un excelente medio para disimular y
evitar sospechas. Tir en seguida de la campanilla, y habiendo acudido
al instante Carmen, se puso con todo sosiego a tomarle la cuenta. Era la
hora de las confidencias domsticas: la doncella, al paso que explicaba
el empleo del dinero, se entretena a narrar todos los incidentes
insignificantes del da, las nonadas de la casa: hablaba largamente de
las gracias de Chuch, de sus oportunas contestaciones, comprendiendo
que era el flaco de la seora; se quejaba de algunas groseras del jefe;
contaba con risita burlona que miss Ana haba comprado una nueva caja de
polvos de arroz.--Bah! para qu querr esa buena mujer los polvos de
arroz? De todos modos ha de salir a la calle ms fea que Picio!--Pasaba
revista a la servidumbre y formulaba juicios y acusaciones. Mara no se
llevaba bien con el lacayo. El cochero daba muy mala vida a su mujer, el
mircoles la haba pegado con la fusta hasta que se cans.--Qu hombres
tan perversos hay! verdad, seorita? Para dar con uno as, ms vale
quedar soltera toda la vida.

La generala procuraba cortar secamente los asuntos y abreviar. Carmen
acudi a la lisonja esta noche para prolongar la conversacin.--Qu
hermosa estaba la seora con el vestido azul que se haba puesto ayer
tarde! La doncella de los Ramrez haba odo al seorito decrselo a su
hermana. Todos los colores le venan bien a la seora: pero
particularmente el azul!... Ah, el azul le sentaba como a nadie!

Luca se enterneci un instante: pregunt con inters por los
Ramrez.--Es verdad que el seorito se marchaba a Pars uno de estos
das? Un chico feo, pero simptico: cierto da le haba odo contar un
sucedido con mucha gracia. Despus habl de un vestido que proyectaba
hacerse, en color claro con adornos de terciopelo carmes; una idea que
se le haba ocurrido a ella sin consultar a la modista; estaba segura de
que haba de gustar mucho. Pero sbitamente volvi en s y dijo con
palabra rpida y seca:

--Vamos, adelante,... el pauelo de la nia diez y seis, no es eso?

--S, seorita.

--Son cuarenta y tres... Ha comprado V. el jabn?

--Nada ms que una pastilla... no me acordaba si la seora me haba
mandado comprar dos o una...

--Le haba mandado comprar dos; pero no importa... Dnde la ha puesto
V.?

--En la alcoba, sobre la mesa de noche.

Al pronunciar estas palabras entr en la alcoba para buscar la
pastilla. Cuando lleg cerca de la mesa, dio un grito de terror.

Miguel qued yerto en el fondo de su escondite. La generala, con voz
demudada, pregunt desde fuera:

--Qu es eso, Carmen?

--Seorita... un sombrero de hombre sobre su cama!

Hubo unos instantes de silencio, durante los cuales el corazn de Miguel
daba saltos terribles. La generala se repuso muy pronto.

--Y por eso se asusta V., tonta?... Revolviendo mi armario, he
tropezado con ese sombrero del seor, que no s cmo vino a dar a l...
Me estorbaba y lo he sacado... Si V. lo quiere y puede sacar algo de l,
llveselo... no sirve para nada.

--Muchsimas gracias, seorita--dijo la doncella, saliendo con el
sombrero en la mano.--Tengo un hermano a quien le servir tal vez...

No se habl ms del asunto. La generala sigui tomando la cuenta con
calma, el semblante plido, la voz un poquito alterada.

Miguel se vio necesitado a salir aquella noche sin sombrero. Esper un
rato en el portal vecino y se meti en el primer coche de alquiler que
acert a cruzar.

Al fin la generala cedi a los deseos, vehementemente expresados por su
amante, y se confi a la doncella. Desde entonces sus entrevistas
fueron fciles y tranquilas. Carmen les evitaba con arte toda molestia,
les suministraba completa seguridad y sosiego. Con este nuevo orden de
cosas se acomodaba muy bien nuestro hroe; pareca que le haban quitado
un gran peso de los hombros; en realidad compraba antes demasiado caros
los placeres que su amiga le proporcionaba.

Pero la generala no se avena tan bien con el sesgo tranquilo y prosaico
que tomaban sus amores; la seguridad, la exactitud de cronmetro de las
citas, el amable sosiego que en ellas disfrutaba, la descorazonaron,
comenzaron a aburrirla, y en sus adentros le pesaba de que Carmen se
hubiese prestado tan gustosa a servirles. Toda la vida haba tenido el
flaco de las aventuras; mas a ltima hora esta aficin se haba
exacerbado de un modo notable; experimentaba un apetito voraz de lo
extraordinario, como si se le escapase la juventud y no quisiera
terminarla sin un buen golpe. As que no pudiendo satisfacerlo con
soadas escenas trgicas, porque Miguel se rea de sus temores, diose a
ejercitar su recalentada imaginacin en otra clase de caprichos raros.
Nada poda llevarse a cabo en sus relaciones de un modo normal; era
forzoso adobarlo todo con alguna especia de misterio. En los teatros,
para comunicarle cualquier noticia, pudiendo hablarle sin obstculo
alguno, prefera emplear un sin nmero de signos masnicos o seales
misteriosas hechas con el abanico, los guantes, los gemelos o cualquier
otro utensilio, de lo cual resultaba en ocasiones no poca confusin y
perplejidad para Miguel. Las cartas que le escriba iban siempre
firmadas con nombre de varn, _Alfredo_, como si fuesen de un amigo a
otro; mas no por eso dejaban de venir salpicadas con toda clase de
frases apasionadas: Te adora con todo su corazn... _Alfredo_.
Querido de mi alma, los minutos lejos de ti se convierten en siglos...
Ayer contemplando la luna desde el balcn de mi cuarto me asalt el
recuerdo del paseo nocturno que hemos dado hace algunos das y sent
resbalar las lgrimas por mi rostro... Te manda un tierno abrazo
apasionado tu _Alfredo_. Si las tales cartas se extraviasen daran
mucho que pensar y rer al curioso que con ellas topara.

Y en verdad que Luca no las escaseaba: nada le placa tanto como
disolver el ardor de su corazn gastado en renglones interminables.
Haba ledo muchas novelas y copiaba descaradamente los conceptos
amatorios de ms bulto: particularmente Jorge Sand, su novelista
predilecto, le suministraba un cargamento de pensamientos, unas veces
delicados, otras extravagantes, con que sazonar sus inconmensurables
epstolas. Su puntillo consista en escribirlas muy espirituales,
plagadas de signos de admiracin y puntos suspensivos. No pocas veces,
despus de pasar con Miguel unas cuantas horas, le mandaba por la
doncella cinco o seis pliegos de letra menuda.

La fantasa de la generala era todava ms fecunda en la invencin de
nuevos y peregrinos placeres. Cierta noche del mes de marzo, en que por
rareza cay una fuerte nevada sobre Madrid, mirando descender lentamente
los copos por la atmsfera, le vino en apetito el hacer una escursin al
Retiro con Miguel.--Qu hermoso debe de estar a estas horas! Veremos la
nieve cuajarse en las calles de arena y formar alfombra. Qu placer
hundir los pies en ella!... Y los rboles! cmo estarn los rboles?
Qu lindos!... A m me encanta la nieve... Te atreves a ir?... A que
no?

Claro que Miguel no se atreva y que deploraba en el alma aquel raro
capricho; pero se avergonzaba de confesarlo. Opuso resistencia, aunque
dbil; manifest algunas dudas acerca de si les consentiran la entrada;
habl vagamente de pulmonas, fiebres catarrales, etc. La generala no le
escuchaba; le pareca su proyecto tan original, que por nada dejara de
ponerlo en obra; era de lo ms romancesco que nunca se le hubiera
ocurrido. Miguel acept al fin, aunque de mala gana. No obstante, cuando
salieron a la calle y vio que el cielo se iba despejando y que la luna
asomaba ya su disco plateado por los bordes de una nube, no pudo menos
de proferir una exclamacin de entusiasmo.

El Retiro estaba esplndido, arrebujado en su jaique blanco. La
amartelada pareja lo recorri con extremado gozo, detenindose a menudo
para comunicarse sus impresiones. Aquel paisaje, un poco teatral, deba
enajenar de placer a la generala. Caminaba en perpetuo xtasis, dejando
escapar exclamaciones de asombro, hablando de las dulzuras de la muerte,
del mundo invisible y de las regiones donde el amor es perdurable: nunca
se crey tan superior, tan por encima del nivel comn de la humanidad
como entonces: compadeca sinceramente a los seres vulgares que en
aquellas horas estaban tranquilamente durmiendo y no gozaban como ellos
del mgico efecto de la luna sobre la nieve. Miguel no los compadeca
tanto, sobre todo desde que haba estornudado cuatro o cinco veces
seguidas.

Al ver un rinconcito en que la nieve haba cuajado en ms abundancia,
circundado de alto seto de rosal donde los rboles dejaban pasar por
entre sus brazos, delgados hilos de luz, la generala se detuvo
sorprendida y cautiva; un pensamiento extravagante cruz por su cabeza y
una sonrisa entreabri sus labios. Tom la mano de Miguel y lo condujo
suavemente hasta el centro de aquel fantstico recinto, y se dej baar
un instante por el rayo de la luna. Mil pensamientos poticos cruzaron
entonces por la imaginacin de la dama. Qu desprecio y qu asco le
inspiraba en aquel momento el mundo frvolo que se vea obligada a
habitar! Desde aquel blanco nido inmaculado se deba ascender a las
puras regiones de lo ideal, al pas de los ensueos, a vivir y comerciar
con los seres privilegiados, donde la pasin impera sin absurdas trabas
sociales. Sentase trasfigurada en semi-diosa, sublimada por la plida
luz que la inundaba y el blanco tapiz que se extenda a sus pies,
divinizada por el enjambre de altas y hermosas ideas que revoloteaban
por su cabeza. La acometi un rapto de apasionada locura, y se colg
sbitamente al cuello de su amante, cubrindole de besos: despus, como
un pjaro herido de amor, se dej caer sobre la nieve y oblig a Miguel
a sentarse a su lado: y comenz a recitar con voz enternecida el poema
que ms le haba subyugado nunca, _Le Lac_, de Lamartine. Las manos
enlazadas, juntas las sienes, la mirada hmeda y anhelante, fija en el
disco de la luna, dejronse arrastrar ambos dulcemente al mundo de las
quimeras deliciosas y se repitieron con acento arrobador lo que mil
veces se haban dicho ya. El blanco manto de armio conserv su huella
hasta que el sol vino a borrarla.




IX


Julita solt una estrepitosa carcajada, cuyos ecos llegaron hasta el
gabinete de Miguel. De qu se reir aquella loca? se pregunt ste
sonriendo tambin frente al espejo mientras se aderezaba para salir.

--Miguel! Miguel!--grit su hermana desde el pasillo.--Ven aqu, por
Dios; mira, por tu vida!

Acudi solcito, y al asomar la cara por el corredor, vio a su primo
Enrique en traje de chulo; chaquetilla corta, faja de seda, camisola
bordada sujeta al cuello por botones de oro, sombrero ancho de fieltro,
pantaln ceido y bota de charol: el complemento del traje era una vara
en la mano, muy larga, como destinada a conducir pavos.

Julita se arrimaba a la pared, sujetndose la cintura con las manos para
no desternillarse de risa. Enrique de pie, cerca de la puerta, sonrea
un poco avergonzado. Miguel sigui al instante el ejemplo de su hermana.

--La cosa no merece tanta risa--concluy por decir el primo, amostazado.

Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se hubieron sosegado un
poco, vinieron hacia l y le examinaron curiosamente.

--Pero cmo diablo te ha dado la ocurrencia de ponerte as? Te ha
visto tu padre?

--No: me he ido a vestir a casa de un amigo: tengo all el traje...

--Pues si te ve, de fijo le da un ataque. Y a qu asunto te has vestido
hoy de chulo?

--Toma! no sabes que se abre la temporada?

--Ah! hoy hay toros? Mata el Cigarrero?

--Ya lo creo!: despus de quince aos que no pisa la plaza de Madrid. A
eso vena, a ver si quieres ir conmigo.

--Hombre--dijo indeciso,--no soy muy aficionado a los toros; pero el
Cigarrero me ha sido simptico... Me traes localidad?

--Te traigo la contrabarrera de un amigo que est enfermo. A mi lado ya
sabes que no puedes ponerte, porque todas las barreras estn abonadas;
pero estamos cerca.

--Ay, llvame, Miguel!--exclam Julita saltndole al cuello.--Llvame a
los toros.

--Tienes deseo?

--Muy grande! Los toros me encantan.

--Eso, eso!--grit Enrique entusiasmado. T eres espaola de pura raza.
Pisa ese sombrero, chiquita!

Y lo arroj al suelo.

Julita no se anduvo con melindres; tom la galantera al pie de la letra
y se puso a taconear sobre el infortunado sombrero de tal suerte, que si
Enrique no acude a tiempo se lo hace pedazos.

--Est visto que contigo no se puede ser galante--dijo de mal humor
mientras lo limpiaba con la manga de la chaqueta.

Miguel, previo el permiso de su madrastra, mand al criado por una
carretela a casa de Lzaro y por un palco a la de un revendedor
conocido. Despus que madre e hija se vistieron la clsica mantilla y
Miguel cambi la levita y el sombrero de copa por la americana y el
hongo, subieron los cuatro al carruaje.

Eran las dos y media de la tarde. El sol brillaba en el firmamento sin
que una sola nube asomara por el horizonte a recibir su parternal
caricia. Madrid gozaba del privilegio divino de su cielo sin dirigirle
siquiera una mirada de gratitud, como una sultana a quien las caricias
causan tedio. Al cruzar por la Puerta del Sol, vieron el chorro de su
fuente, despidiendo flgidos destellos elevarse por encima del tejado
del Principal. A la entrada de la calle de Alcal haba una larga fila
de mnibus que una muchedumbre asaltaba anhelante, furiosa, cual si se
tratara de escapar a un grave e inmediato peligro. Pero muy contra lo
que sucede en casos tales, en vez de oponerse los unos a que se
encaramasen los otros, todos se ayudaban con solicitud, mostrando por
anticipado lo que debe ser y lo que ser con el tiempo la fraternidad
universal.

--Eh, buen hombre, que se va V. a caer... Deme V. la mano.--Caballero,
tngame V. por el bastn.--No ponga V. el pie sobre la rueda.--Quiere
V. que nos apretemos ms? Bueno, hombre, bueno, nos apretaremos.

Estos gritos se oan en todas partes, vindose a algunos pobres viejos
por el aire, elevados a la imperial de los mnibus en brazos de los que
ya estaban en ella. Las caras resplandecan de alegra, lo mismo que el
cielo. La acera de la derecha, donde estaba el despacho de billetes,
vease cuajada de gente, que discurra por ella en espectativa de que
las localidades bajasen y se pusiesen al alcance de su bolsillo. Un
sinnmero de coches particulares y de berlinas de punto cubran ms
abajo la ancha carretera, galopando en direccin a la plaza; y al
travs de ellos, dejndolos atrs en seguida, corran desbocados los
mnibus, mientras los que iban encima, sin miedo a estrellarse,
embriagados por la carrera vertiginosa, saludaban con gritos de alegra
a los que iban dejando en pos de s. Algunos picadores con sus chaquetas
de brocado y sombreros inmensos galopaban tambin sobre algn mal
caballo, llevando a las ancas a un amigo, que le abrazaba cariosamente
para no caerse. Los peones bajaban por las aceras lentamente, en amable
pltica, formando apretados y numerosos grupos.

Una carretela abierta, donde iban toreros, se acerc un instante al
costado de la de Miguel y sigui adelante. Era la del Cigarrero, que
contest al saludo de Enrique y Miguel con la gravedad afable que le
caracterizaba. El Serranito y Merluza, que iban con l, saludaron con
ms expansin.

--Me brindars un par, no es verdad, Baldomero?--grit Enrique.

--A ut no, que e mu feo: a esa seorita tan remonsima que yeva ut a
la vera--contest el Serranito.

Julita se ech a rer, ruborizada.

En torno de la plaza, donde llegaron en seguida, se agitaba la multitud,
pugnando por entrar; los coches que all se juntaban producan
disturbios y motines, que los guardias no eran suficientes a reprimir.
Despus de dejar a su madrastra y hermana en el palco, Miguel se retir
con su primo, pretextando que deseaba ver de cerca matar el primer toro
al Cigarrero, y que luego volvera; en realidad, era porque haba visto
a la generala Bembo en un palco con la seora del banquero Mendiburu.
Baj al redondel, y desde all pudo hacerse notar de ella, y la salud
ceremoniosamente con el sombrero.

La arena estaba llena de aficionados; una muchedumbre abigarrada,
compuesta de estudiantes, paletos, chulos, seoritos y soldados,
elegantes unos, otros desarrapados, fraternizando todos y creyendo que
por el mero hecho de hallarse all, en el terreno del toro, como si
dijramos, participaban del arrojo y gallarda de los lidiadores. Los
tendidos se iban poblando lentamente, y desde aqu al redondel mediaban
saludos y gritos entre unos y otros, que convertan la plaza en un
mercado. La voz de los vendedores de naranjas sala entre todas las
dems; y las naranjas, cuando alguno las demandaba, volaban rpidas y
certeras de las manos de aqullos a las del comprador, por encima de las
cabezas. En los tendidos de sombra, los jvenes lechuguinos charlaban en
voz alta, levantando la cabeza para mirar a las damas de los palcos. En
los de sol, los honrados menestrales se acomodaban en sus asientos,
resueltos a dejarse tostar toda la tarde, y hablaban entre s de
tauromaquia, muy pagados de ser los verdaderos inteligentes en la plaza.
El jbilo, la alegra nerviosa que comunica la esperanza del placer,
brillaba en todos los ojos.

Al fin los alguaciles salieron a despejar, y los aficionados del
redondel se fueron retirando hasta dejarlo enteramente libre. Enrique y
Miguel, que haban estado en los patios interiores hablando un momento
con el Cigarrero y su cuadrilla, tambin fueron a ocupar los respectivos
asientos. El ruido haba disminuido bastante; gracias a esto se
perciban los acordes de la charanga de hospicianos, que hasta entonces
no haba logrado hacerse escuchar. Los espectadores sacaban los relojes
y dirigan miradas significativas a la presidencia. En esto la charanga
enton con energa la marcha real; todos los rostros se volvieron al
mirador regio donde apareci la reina Isabel: algunos batieron palmas;
otros dijeron chis, chis, porque la atmsfera poltica estaba entonces
encapotada con ciertos nubarrones que descargaron no mucho tiempo
despus. Hecha la seal, al cabo, las cuadrillas entraron en la arena al
son de la marcha de la zarzuela _Pan y toros_: salan, como de
costumbre, formando tres filas, al frente de cada cual iba el respectivo
espada. Al verlos estall un prolongado aplauso. Cruzaron la plaza
graves, firmes, acompasados, escuchando la gritera que su aparicin
haba levantado, con la mayor indiferencia; brillaban sus ricos vestidos
y capellares despidiendo vivos destellos que alegraban la vista.

--Miale, miale el viejo!... Ese es, el de la izquierda... Miale qu
cara tiene... Le zumba el alma a ese to!.. En Espaa no queda ya quien
reciba toros ms que l...

Toda la atencin de la plaza estaba concentrada sobre el Cigarrero,
apesar de que mataban tambin el Gordo y Lagartijo, que comenzaba
entonces a ser el nio mimado del pblico. Mas para el aficionado
madrileo, el ver recibir un toro es una de esas ilusiones que jams se
realizan aunque vivan constantemente en el corazn: _aguantar_ lo hacen
varios toreros; pero _recibir_, lo que se llama recibir de verdad, no lo
han hecho ms que los hroes antiguos del toreo.

Saludaron con ademn uniforme a la presidencia, y rompieron filas,
tirando las capas de gala a los amigos de los tendidos, que se
encargaron de su custodia con ms orgullo que si se tratara del Arca de
la Alianza. El presidente sac el pauelo; son el clarn; abriose la
puerta del toril: apareci el primer toro. Era un Miura castao,
chorreao, listn, fino y de hermosa lmina, largo y levantado de cuerna.
Mostrose voluntario y noble en las varas, aguantando seis puyazos de los
picadores de tanda. Pero al llegar a los palos comenz a defenderse.
Sin embargo, el Serranito le clav un soberbio par cuarteando con finura
y limpieza, que sorprendi agradablemente al pblico: en Madrid no
saban, como en Sevilla, que Baldomero era un chico que dara mucho que
hablar. Merluza se pas una vez y luego colg un palo cuarteando
tambin. Volvi el Serranito a coger los palos, y despus de intentar en
vano colgrselos al sesgo, se los puso quebrando con limpieza y
maestra. Hubo un delirio de palmas en la plaza; su figura esbelta y la
singular correccin y delicadeza de sus facciones, cautivaron al
pblico; las mujeres le clavaban codiciosamente los gemelos; se pase
triunfante en torno de la plaza recibiendo sonriente el aplauso de los
tendidos.

Lleg su turno al Cigarrero: avanz gravemente hacia la presidencia, se
quit la montera y dijo con voz ronca unas cuantas palabras que nadie
pudo entender; despus se fue derecho al toro, que tena marcadas
tendencias a huirse. Persiguiole infructuosamente algn tiempo en medio
de la curiosidad expectante de la plaza. Por fin, gracias a los
esfuerzos de la cuadrilla, pudo trastearle, y lo hizo bastante ceido,
dndole algunos pases buenos; el pblico aplaudi y se las prometi muy
felices. Mas en medio de la faena, el diestro sufri una colada y perdi
enteramente el aplomo; dio otros tres o cuatro pases sin confianza y
descompuesto; y deprisa y corriendo, sin estar bien cuadrado el animal,
li el trapo bastante lejos y se tir a paso de banderillas. La estocada
result un _bajonazo_ de lo ms malo que nunca se hubiera visto. Es
indescriptible la clera que se apoder de los espectadores. Si hubiera
sido otro torero, hubiera pasado con una silba, grande o pequea; pero
haber concebido la esperanza de ver a un antiguo maestro toreando por el
sistema de Montes y venir a la plaza a presenciar aquella ignominia,
esto pona fuera de s a los aficionados. Qu gritera, cielo santo!
Qu injurias! Qu lamentos! Pareca que a cada uno le acababan de
robar el honor de su hija.

--Morral, ladrn, gran cochino! As te ahorquen por los pies! Eres t
el que recibas los toros? A la crcel con ese pillo! Seor presidente,
para cundo quiere V. la Guardia civil?

Y en medio del alboroto, las naranjas, las botellas vacas y hasta
algunas piedras, volaban a la plaza, y por milagro no heran al diestro.
ste avanzaba, plido, avergonzado, hacia la presidencia. Al llegar
cerca del tendido donde estaban Enrique y Miguel, una naranja certera le
dio en el rostro y le sac sangre. Enrique, que ya estaba excitado y
nervioso, no pudo reprimir la indignacin, y levantndose grit a los
que estaban detrs:

--Quin ha sido ese valiente? Ese valiente sin vergenza?

--Fuera el chulo sietemesino! Que baile!--contestaron desde arriba.

--Se dirige V. a m?--dijo uno levantndose con arrogancia.

--Me dirijo al que haya sido.

--Pues nos veremos las caras al salir.

--Se la ver a usted para escuprsela--contest Enrique encolerizado.

--Fuera, fuera! Que se siente ese babieca!--gritaron desde arriba.

No tuvo ms remedio que hacerlo. El Cigarrero sonrea limpindose la
sangre con el pauelo. Era una sonrisa tan triste y tan humilde, que a
Miguel se le apret el corazn y estuvieron a punto de saltrsele las
lgrimas.

Slo cuando apareci el segundo toro en el ruedo, concluy del todo la
bronca. Por ms que trabaj, hasta no poder ms en los quites, el pobre
Cigarrero no consigui captarse la benevolencia, ni siquiera el perdn
del pblico. Cuantos esfuerzos haca, cuantos capotes echaba (y la
justicia obliga a declarar que los echaba con arte), servan de befa y
de irrisin al enfurecido pueblo. El Gordo, en su toro, estuvo como casi
siempre, pasando de muleta con maestra y pinchando bastante mal.
Lagartijo tore el suyo sobre corto y con frescura, y se meti por
derecho a volapi, dando una buena estocada, pero saliendo trompicado.
Muchos aplausos.

Lleg el cuarto toro, que corresponda de nuevo al Cigarrero. Era un
Veragua colorado listn, bragado, ojinegro, abierto de cuerna y de buena
estampa, como casi todos los del Duque; un bravo y hermoso animal.

Merluza le colg un buen par al cuarteo. El Serranito cogi despus los
palos, y en cuanto el pblico le vio en medio de la plaza, aplaudi.

--Ole tu mare, saleroso!

Quiso ponerlas cuarteando tambin, pero se pas una vez porque el toro
no arranc. Volvi a cuartear y volvi a pasarse por la misma razn. De
nuevo se fue hacia el toro, y otra vez se pas. Entonces hubo cierto
movimiento de impaciencia en el pblico; se oy un silbido; esta fue la
perdicin del pobre mozo. Herido su amor propio, acometi ciego a la res
y quiso clavarle las banderillas a todo trance; el toro, que no se haba
movido, le enganch por debajo del brazo y lo ech al aire. Son un
grito de horror en la plaza. Las cuadrillas enteras se arrojaron sobre
el animal, tratando de llevrselo; pero intilmente. Intilmente el
Cigarrero brincaba con herosmo delante de los cuernos, metindole el
trapo por los ojos; intilmente Lagartijo y el Gordo le echaban tambin
los capotes, exponindose a morir; el toro, como si tuviese algn
agravio del infortunado Baldomero, no atenda a nada, y lo recogi otra
vez y otra vez lo tir al aire. Entonces el Cigarrero, por ltima
inspiracin, solt la capa, se agarr fuertemente al rabo de la bestia y
comenz a colearla; dio tantas vueltas, que al fin cay mareado; el
Gordo la llev con la capa lejos. En esto el Serranito se haba puesto
en pie, sonri forzadamente al pblico, como el gladiador que quiere
morir con gracia, se llev la mano al pecho y cay de nuevo, soltando
chorros de sangre por las heridas. Dos monos sabios lo recogieron y lo
llevaron a la enfermera; otros corrieron en seguida a tapar la sangre
con arena.

El presidente, que deba de estar conmovido y alterado como todos los
espectadores, dio la seal de muerte, sin considerar que al toro no se
le haban puesto ms que un par de banderillas, y que era peligroso para
el espada que fuese tan entero a la muerte. Aqu fue ella! El pblico,
que gusta de mostrar buen corazn despus que han sucedido las
desgracias, se levant en masa, volvindose iracundo contra el
presidente, como si l fuese quien hubiera pegado las cornadas al
Serranito.

--Brbaro, brbaro, asesino!

Agitaban frenticos los puos y los bastones frente al palco
presidencial, los ojos llameantes, los rostros demudados por la ira.
Nadie respetaba ni se acordaba siquiera de la majestad que estaba a su
lado: se proferan los dicterios ms soeces. Pero el presidente, aunque
estuviese arrepentido, y deba de estarlo, a juzgar por la confusin que
se reflejaba en su semblante, ya no poda revocar la orden; su dignidad
se lo impeda. Entonces el pblico se volvi al Cigarrero, que ya haba
cogido los trastos, y le grit:

--No lo mates, no lo mates! Que lo mate ese asesino!

El Cigarrero encogi los hombros y se dispuso a ir en busca de la res.
En aquel instante un torero que llegaba corriendo le dijo algo al odo,
y el espada se puso terriblemente plido. El pblico comprendi que
haba malas noticias del Serranito. Quitose el matador la montera, se
pas la mano por la frente con abatimiento, se la puso de nuevo y march
hacia el toro. Los gritos se apagaron instantneamente; rein un
silencio lgubre en la plaza.

--Ha matado a su hermano! ha matado a su hermano!--se decan los
espectadores al odo.

Y todos sentan ansiedad inexplicable, una simpata profunda por el
desgraciado Cigarrero. ste avanzaba con lentitud, el paso vacilante,
hacia el toro. Pero no se detuvo hasta dejar caer el trapo sobre los
mismos cuernos.

--Ole!!--rugi la plaza; volvi a reinar el silencio.

El toro brinc como si hubiera sentido un acicate, y se revolvi al
instante, furioso. El espada le dio un pase de pecho, superior.

--Ole!!--rugi de nuevo la plaza.

Y otra vez se hizo el silencio.

Siguieron a ste otros pases naturales y en redondo, dados tan en corto
y con tal maestra, que el pblico quiso volverse loco. Los pies del
matador apenas se movan ni salan de un crculo estrechsimo; pero este
crculo pareca sagrado e infranqueable; los cuernos del toro pasaban
rozando la chaquetilla del anciano torero sin hacerle el ms ligero
dao. Al fin, la fiera, harta de tanto revolverse y acometer sin fruto,
se detuvo jadeante. El toro y el torero se miraron; li ste el trapo
tranquilamente, se ech el estoque a la cara y cit con el pie para
recibir. Acudi la bestia, furiosa, y se clav ella misma la espada
hasta la empuadura. Hubo un grito reprimido de entusiasmo en la plaza.
El toro se qued un instante inmvil frente al torero, lanz un dbil
mugido y se dej caer desplomado sobre los brazos.

Nadie puede representarse lo que entonces pas: un delirio, un inmenso
ataque de nervios; diez o doce mil energmenos gritando con toda la
fuerza de sus pulmones; una nube de cigarros, petacas y sombreros
volando por el aire y tapizando al instante de negro la blanca arena.
Veinte aos haca que no se haba visto en la plaza de Madrid la suerte
de recibir, de este modo consumada.

El Cigarrero dirigi una mirada vaga a los tendidos; se pas otra vez la
mano por la frente, y dejando caer al suelo la muleta, se ech a correr
como un gamo sin atender a los gritos de entusiasmo, a los llamamientos
que de todos lados le hacan; brinc la barrera y desapareci de la
vista del pblico.

Cuando lleg a la enfermera estaban ya all Enrique y Miguel con el
mdico y algunos amigos. El cura acababa de confesar y se dispona a
poner la uncin al desdichado Baldomero, que presentaba en el rostro las
seales indefectibles de la muerte. Al entrar su hermano volvi los ojos
hacia l y sonri con cario.

--No habr so na, eh?--le pregunt ste con voz alterada y ronca,
queriendo persuadirse de que no era caso de muerte.

--Poca cosa, Pepe... que me voy ar otro barrio...

El cura avanz en aquel instante con los sagrados leos. Todos los
circunstantes doblaron la rodilla. Rein silencio aterrador, que slo
interrumpa el murmullo del clrigo y el estertor del moribundo. Cuando
aqul concluy, Baldomero dirigi otra sonrisa a su hermano y le tendi
la mano diciendo con trabajo:

--Mis chiquitine...

--Pierde cuidiao, Baldomero--repuso el anciano con la voz anudada y
llevndose la mano al corazn.--Tus hijo sern lo mo.

En aquel instante se oy un gran vocero en la plaza. Era la plebe, que
saludaba la entrada del quinto toro.

El Cigarrero se dej caer sollozando en los brazos de Miguel.

--Qu tristesa, D. Miguelito del arma, qu tristesa!




X


No pocas idas y venidas cost la aparicin de _La Independencia_,
diario liberal de la maana. Nuestro amigo Mendoza por poco pierde la
razn a puro correr por las calles. Desde la imprenta al almacn de
papel, de aqu a la redaccin, de la redaccin a casa de Ros, y as
todo el da y parte de la noche. La mayora de los redactores fue
nombrada por el conde; algunos eran hijos de sus tertulianos asiduos,
otros periodistas famlicos a quienes deba algn suelto laudatorio.

Por fin apareci el primer nmero. Grande fue la sorpresa de Miguel al
leer debajo del ttulo otro rengloncito corto que deca: Director: don
Pedro Mendoza y Pimentel. No pudo reprimir un sentimiento de
indignacin.

--Pero este majadero, qu se habr llegado a figurar?--murmur
estrujando el peridico. Y al poco rato, viendo entrar jadeante,
corrindole el sudor por la frente a Brutandor, se encar con l
dicindole:

--Oyes, Perico, te sientes con fuerzas para dirigirme en las arduas
tareas del periodismo?

Mendoza se puso colorado y comenz a balbucir:

--Yo no he sido!... Demasiado s yo!... El conde se ha empeado...
Deca que era necesaria una persona... No nos atrevimos a ponerte a ti
por si no queras... De todos modos ya sabes...

--Bueno, bueno; ya lo s todo--repuso Miguel con acritud.--Pero estas
cosas, querido Perico, se dicen por si no convienen.

As qued el asunto. En cuanto se le fue el enojo, Miguel se ri de la
_gansada_ de su amigo y no volvi a pensar ms en ella. No obstante, se
la hizo pagar con algunas bromas; era la menor venganza que poda tomar.

--Te participo, amado _Mnchester_, que si no me das un fsforo, divulgo
el secreto que hace aos te tengo guardado--deca sin levantar la cabeza
de las cuartillas que estaba escribiendo.

Mendoza le daba el fsforo gravemente y se sala evitando en cuanto le
era posible las burlas de su amigo.

--Qu secreto es ese?--le preguntaban riendo los dems redactores.

--Hice juramento de no revelarlo. Acaso algn da l mismo lo descubra.
Tengan VV. paciencia.

Y, en efecto, al cabo de algunos meses, habiendo escrito Miguel un
artculo de polmica personal, Mendoza se autoriz el enmendarlo
aadindole algunas palabras que produjeron un serio conflicto al
peridico.

--Lo ven VV.?--gritaba encolerizado en medio de la redaccin arrojando
el sombrero contra el suelo.--Hace tantos aos que yo le guardo
fielmente el secreto de que es un animal, y l mismo acaba de revelarlo
ahora!

--Ya lo sabamos--apunt un redactor sonriendo y mirando con recelo a la
puerta.

--Ah! Lo saba V.?

--Lo sabamos todos--dijo otro mirando tambin a la puerta.--Todos menos
el conde de Ros.

--Eso tiene una explicacin muy sencilla: consiste en que el conde de
Ros es ms animal que l.

Los redactores se miraron consternados, y sin decir otra palabra,
bajaron la cabeza y continuaron escribiendo.

--Oyes, Perico--le deca otra vez,--me parece que esa levita es muy
corta.

Los compaeros se rieron porque estaba muy lejos de ser cierto.

--Es bastante larga--contest Mendoza un poco amostazado.

--Para cualquier otro mortal no lo dudo, pero para un director!...
Observa, Perico, que tienes contrados con el pblico ciertos
compromisos ineludibles.

La redaccin se compona de una sala y gabinete en un cuarto entresuelo
de la calle del Bao. En un principio todo era redaccin, mas
paulatinamente y a la sordina, Mendoza se fue quedando solo en el
gabinete. Cierto da apareci sobre la puerta de ste un letrero que
deca: _Direccin_. Perico se crey en el caso de dar una explicacin a
su amigo.

--No extraes lo del letrero, Miguel. Ya comprenders que t nada tienes
que ver con eso... Pero los dems... El general me dijo que deba haber
un cuarto reservado... Porque ya sabes... Vienen visitas...

--Bien, hombre, bien; no te apures, Majagranzas...

Mendoza, que no haba ledo el Quijote, no entendi la cruel intencin
del mote y qued muy satisfecho.

El peridico estaba inspirado, o como empezaba a decirse entonces, era
rgano del general conde de Ros; pero ste no se dignaba pasar casi
nunca por la redaccin: cuando de uvas a brevas lo haca, nunca dejaba
el conserje de entrar a anunciarlo a los redactores, quienes se
apresuraban a sentarse y a quedarse absortos en su tarea. El nico que
segua como estaba, paseando o fumando, con las manos en los bolsillos,
era Miguel. El general se descubra al entrar, y con afectada
amabilidad, daba las buenas noches.

--Cmo siguen VV., seores?

Al ver a Miguel en actitud un poco displicente, frunca levemente las
cejas; pero dominndose en seguida, se apresuraba a saludarle; Miguel le
estrechaba la mano sin ceremonia. Despus sola pasar al gabinete con
Mendoza, quien le segua, embargado por el susto y el respeto. Al poco
rato se oa la voz cascada del general dictando alguna orden o
echndole una chillera, como se deca en la redaccin.

--Caramba, Mendoza, no me llamen VV. tantas veces ilustre a Serrano! Ya
me tienen VV. de ilustracin hasta el cogote.--Dgale V. al encargado de
los teatros que es un adoqun; ayer da un palo al drama de Chamorro, que
es correligionario, y hace unos cuantos das pona por las nubes una
piececita muy mala de un sobrino de Gonzlez Bravo... Ah! y que me
tenga cuidado con la Ferni: ya sabe V. que ha cantado en mi casa.--Vamos
a ver, Mendoza, cmo consiente V. que ese Sr. Darwin diga en la seccin
de Variedades que el hombre desciende del mono? (Pausa mientras
contesta Mendoza, al cual no se oye.) Traducido, eh? Pues que no
traduzcan tales badajadas... Buen mono estar ese traductor!

El que se oa llamar de esta suerte, o majadero, o adoqun, se haca el
desentendido y bajaba an ms la cabeza fingindose enteramente
embebecido en su trabajo. Pero alguno de los compaeros tosa
maliciosamente y los dems se echaban a rer. A Mendoza en estos casos
no se le oa el metal de la voz; por manera que desde la sala, pareca
que el general hablaba solo. Pero esto, como ya hemos dicho, suceda muy
pocas veces: ordinariamente el director iba a tomar rdenes a casa de
aqul dos a tres veces cada da. El General mostraba en la direccin del
peridico la misma saludable energa que siempre le haba caracterizado
dentro de los cuarteles. Pero all, como en stos, su espritu
esencialmente analtico se detena mucho ms en los pormenores que en el
conjunto. Un remiendo mal pegado, una correa mal puesta, sacaba de
quicio y encenda la clera en el pecho del hroe de Torrelodones (as
le llamaba _La Independencia_ un da s y otro no). Asimismo una noticia
_fiambre_, un anuncio torcido llevaba a su noble espritu una turbacin
extraa que no era poderoso a reprimir. Mendoza tena buen cuidado de no
turbarle a menudo. Los artculos, los sueltos no conseguan excitar el
inters del valeroso caudillo, y dejaba a la redaccin bastante libertad
en esta materia. En cambio, por nada en el mundo consentira que se
variase el ttulo de una seccin sin consultarle. Algunas veces, por
espontnea y librrima inspiracin, l mismo lleg a cambiarlos. Un da,
despus de venir de su casa recibi Mendoza un volante ordenndole, en
trminos que no daban lugar a torcidas interpretaciones, que la seccin
del peridico titulada _Noticias generales_ llevase por nombre, de all
en adelante, el de _Noticias universales_. Apesar de la utilidad
innegable de esta reforma, pues el adjetivo universal es, sin duda, ms
comprensivo que general, algn redactor se empeaba en sostener que los
suscritores, no slo no la agradeceran, sino que ni siquiera se haran
cargo de ella. El nico asunto vedado para los redactores era el sistema
colonial ingls, y todo lo que de l se derivase; el general se
reservaba enteramente esta materia, en la cual era indudablemente
peritsimo; como que haba tocado dos veces en la India al ir a
Filipinas. Su punto de vista, en consonancia con la energa de su
carcter, era que para colonizar un pas, se haca indispensable
extirpar a los indgenas; sin extirpacin, imposible la colonizacin.
Este fue el principio que sostuvo en una serie de artculos escritos
con ms bizarra que gramtica, al decir de un colega ministerial.
Por cierto que Ros se empeaba en que Mendoza fuese a desafiar al
director; pero no pudo conseguirlo.

Lo nico que se lea con agrado en el peridico, hay que decirlo a
riesgo de herir la susceptibilidad exquisita de algunos redactores, era
la seccin de sueltos polticos, que estaba a cargo de Miguel, o
Riverita, como all se le llamaba. Sin embargo, el general daba
infinitamente ms importancia a los artculos de fondo. Los _fondos_
estaban a cargo de un anciano silencioso, taciturno, viudo, con siete
hijas que se alimentaban y vestan con los cincuenta duros mensuales que
le producan estos _fondos_ a su padre. Iba a la redaccin el primero y
sala el ltimo; sus artculos, llenos de cordura, de sensatez, de
prudencia, daban vuelta siempre a los asuntos sin entrar en ellos; el
general encontraba esto ms conforme con las reglas de la estrategia,
que el apoderarse del asunto descubriendo el cuerpo. Adems, tenan la
incalculable ventaja de que comenzaban y terminaban constantemente del
mismo modo, con ligersimas variantes.

He aqu el modelo de su estilo:

Al estudiar concretamente los importantes problemas que se relacionan
con el fomento de los intereses generales, base de la prosperidad
individual y colectiva, no puede desconocerse, en manera alguna, lo
mucho que en su resolucin influye una accin sistemtica y continua,
en lo que toca a la administracin pblica, tan poderosa para remover
los mltiples obstculos que estorban la marcha prspera de un
determinado pas. No es que nosotros desconozcamos que en su esfera
respectiva se precisa el concurso inteligente de todas aquellas otras
entidades, capaces de descubrir las fuentes de riqueza, que son otros
tantos factores del bienestar social, siempre que el trabajo empleado
para obtener el fin propuesto, responda a las exigencias de una razn
ilustrada por las lecciones de la prctica, etc., etc.

Cuando vinieron a contar a Miguel que el general deca que los escritos
de Ramos (as se llamaba el viejo de los _fondos_), tenan ms peso que
los suyos, exclam:

--Claro, por eso no pueden digerirlos ms que los avestruces!




XI


Lleg el mes de julio. La generala Bembo se fue huyendo del calor a
Biarritz. Miguel no la sigui al instante, porque tena que llevar a su
madrastra y hermana a Santander; pero convino con ella en ir a pasar el
mes de agosto a Pasajes, donde D. Pablo haba tenido el capricho en otro
tiempo de edificar una magnfica casa de campo. En este retiro suave y
campestre contaba la generala imitar la deliciosa gloga de Pablo y
Virginia, y un poquito tambin, si posible fuera, la pasin libre y
salvaje de Chactas y Atala.

Despus que dej instalada a su familia y supo que Luca estaba ya en
Pasajes, se traslad a este punto en un vapor. Sali de Santander al
rayar el alba: el cielo difano, como pocas veces suele verse en
aquella costa; la mar azul y rizada. Corra un viento fresco y ligero,
que ensanchaba el pecho y abofeteaba las mejillas. Subi al puente con
el capitn, que se rea de verle tambalearse y cogerse fuertemente a la
barandilla, y desde all contempl el espectculo sublime de levantarse
el sol en el mar. Se levant como siempre, magnfico, sereno, sin
mostrar temor alguno a los _touristes_, que le describen en sus cartas a
los peridicos, ni menos a los poetas cursis, que le traen y le llevan y
algunas veces hasta le mandan pararse para que escuche sus simplezas. El
capitn se paseaba con las manos en los bolsillos, sin hacerle maldito
el caso (al sol, no a Miguel), y cuando ste, sin poder contenerse,
soltaba alguna exclamacin de entusiasmo, se detena y le preguntaba con
amabilidad:

--Le gusta a V. el sol?

--Muchsimo!

El marino sonrea con semblante compasivo, como diciendo: Qu sera el
mundo, si los gustos fuesen iguales! Y en voz alta contestaba:

--No est mal, no; no est mal el sol...

Despus de transigir de este modo con las flaquezas del prjimo,
emprenda de nuevo su paseo. Y para dar seales ms claras an de su
benevolencia, se detena de nuevo, sonriente.

--Ahora por el verano da gusto viajar, verdad? No hace fro ninguno...
Luego se va viendo toda la costa: la mar est como una seda... Cuando se
levante el piloto, le pediremos que toque la guitarra... Ya ver V., ya
ver qu bien la maneja!

Pero en medio de su discurso se detena, mirando a la proa, frunca las
cejas, se inclinaba sobre la barandilla, siempre con las manos en los
bolsillos, y gritaba:

--Babor!

--Babor--contestaba el timonel desde abajo, como un eco.

Segua el capitn un rato con las cejas fruncidas y mirando a la proa;
al cabo volva a inclinarse y deca:

--A la va.

--Va--responda el timonel.

Entonces se extendan de nuevo los resortes que tenan contrado su
rostro atezado, y volva a dibujarse en sus labios una sonrisa cndida y
afable.

--Da gusto orle tocar las sevillanas; ya ver usted.

Cuando la tarde declin pasaron por delante de San Sebastin. Miguel se
esforzaba por ver la boca de la baha de Pasajes, sin conseguirlo. El
capitn se desesperaba porque no apareca la lancha del prctico. Al fin
se distingui como un punto negro all entre las olas: se acerc al
costado del buque, trep un hombre con boina prontamente a la obra
muerta, y en seguida al puente, y dijo con acento vizcano:

--Buenas tardes, D. Isidoro y la compaa.

Llegaron a la boca, que era estrechsima. El prctico, sin perder de
vista la proa del vapor, hablaba alegremente de la romera que acababa
de dejar all, sobre los altos del pueblo. Entraron por una ra angosta,
entre dos sierras elevadas, y no tardaron en desembocar en la baha,
que, en realidad, no mereca tal nombre: era una especie de lago, no muy
extenso, rodeado por todas partes de altas montaas y cuya comunicacin
con el mar pasaba inadvertida, a no fijarse mucho. La hora en que
entraron era la del crepsculo. En la baha, por efecto del abrupto
cordn que la circundaba, haba ya poca luz; el sol se haba hundido
tiempo haca por detrs de los montes, y all en el cielo vease el
semicrculo de la luna, fino, azulado y puntiagudo: el Hspero haca
guios a su lado antes de ocultarse.

El pueblo se extenda por entrambos lados adosado a la montaa, y sus
casas estaban baadas por el mar, al cual podan los vecinos salir por
escaleras de piedra. En muchas haba tambin un pequeo terrado o jardn
donde merendaban o departan sosegadamente tomando el fresco, o bailaban
y rean, segn el humor y la ocasin. Miguel se enter por el prctico
de que el pueblo estaba dividido en dos parroquias; la parte de la
derecha se llamaba San Pedro, la de la izquierda San Juan. Enfrente,
bastante ms lejos, haba un grupo de casas y almacenes nuevamente
edificado, conocido con el nombre de Pasajes ancho, o Ancho solamente.

El vapor ancl en medio de la baha hasta el da siguiente. Miguel
estaba sorprendido y enamorado de aquel retiro silencioso y melanclico
que entre las sombras crepusculares tomaba apariencias an ms tristes y
fantsticas. La imaginacin comenz a hablarle un lenguaje suave y
misterioso. Miraba a las casas donde todava no se perciba luz ninguna,
y se preguntaba:--Los que habitan all, lejos del ruido, encerrados por
esta muralla natural, sern ms felices que los que vivimos en la
agitacin estruendosa de la corte? Quin sabe! Fijose en una pareja de
jvenes asomados a la barandilla de un terrado, y no pudo menos de
envidiarlos. All en Madrid no se ama, de seguro, como aqu: estamos
solicitados por tantos deseos a la vez, que el corazn no puede
recogerse y vivir en la contemplacin feliz del ser que se adora. En
aquel momento no se acordaba para nada de Luca. Su espritu,
impresionado primero por la sublime presencia del ocano, y ahora por la
dulce poesa de aquel lago, se despegaba con tedio de la vida torcida y
artificiosa que acababa de dejar, de sus placeres mentidos y
pecaminosos, y se una con cario al sentimiento de dicha tranquila que
aquel pueblecillo retirado y pintoresco inspiraba.

Vino a sacarle de su meditacin el capitn, que le invitaba a tomar una
copita de ginebra en la cmara: Miguel le manifest que deseaba saltar a
tierra y buscar posada.

--Pierda V. cuidado, ahora va a llegar rsula.

--Quin es rsula?

--La batelera: ella le llevar a tierra y se la buscar.

Y, en efecto, al poco rato se acerc al costado del vapor un bote, y
dentro de l una joven que manejaba los remos con singular maestra. En
Pasajes, el servicio de los esquifes que trasportan la gente de un punto
a otro de la baha est a cargo de mujeres.

--Buenas tardes, D. Isidoro y la compaa.

--Ah te entrego ese seorito, rsula. Cuidado lo que haces con l.

(Aqu el capitn dijo una gran barbaridad, que no es posible repetir.)

rsula sonri sin escandalizarse.

--All l, D. Isidoro, all l!

Salt en el bote nuestro joven, y fue conducido prontamente a la orilla.
rsula era una zagala fornida, pobremente trajeada y con unos colores
tan vivos en el rostro, que sorprendieron a Miguel: ms adelante
averigu que beba mucho aguardiente. Amarr el bote y condujo a su
pasajero por unas toscas escaleras de piedra hasta la calle. Era sta
bastante angosta y torcida: como domingo, no dejaba de haber alguna
animacin en ella; los vecinos estaban sentados a las puertas hablando,
o jugando en las tiendas a la lotera. Al sentir los pasos del
forastero, levantaban el rostro y le examinaban con curiosidad; el que
pregonaba los nmeros tambin suspenda su canto un instante para
mirarle. En las tabernas, que no eran pocas, se oa mucha algazara. Era
ya casi noche. rsula le fue guiando al travs de aquella calle larga y
tortuosa, que era la nica de la parroquia de San Pedro, hasta una
plazoleta en cuyo centro bailaba un grupo de muchachas. La batelera se
detuvo delante de una casa vieja con escudo sobre la puerta, y se arrim
a la ventana de la tienda donde haba estanquillo. Dijo algunas palabras
en vascuence, y una mujer que haba dentro se inclin para ver a Miguel.

--No hay inconveniente--contest en castellano.--Viene por mucho tiempo
ese caballero?

--No s decir a V., seora--dijo aqul terciando.--Probablemente todo el
mes.

--Le puedo ofrecer a V. la sala por ahora; pero si viene una familia,
que espero dentro de algunos das, tendr V. que trasladarse a la
habitacin de arriba, que es ms chica.

--No me importa: teniendo un cuarto decente, me basta.

La mujer con quien hablaba tendra unos cuarenta aos de edad; era alta,
corpulenta, y aunque bastante descaecida, todava conservaba en su
rostro seales de una belleza superior. Vesta un traje modesto de
merino negro, como la mayora de las que pasan por seoras en los
pueblos chicos. Levantose al or esto, sali al portal e invit al joven
a subir con ella. Miguel, antes de hacerlo, despidi a la batelera,
encargndole que le mandasen el equipaje. La sala donde entr era
espaciosa: los muebles, aunque no ricos, parecan decentes.

--Esta es su habitacin, por ahora--dijo doa Rosala (que as se
llamaba la huspeda).--Esta es la alcoba. Quiere V. que le traigan luz?

--Hasta que venga el equipaje no la necesito.

--Bien, pues dispnseme V.; tengo el estanquillo abandonado.

Y la matrona sali de la estancia dejndole solo. Despus que hubo dado
algunas vueltas por ella y enterdose de su disposicin a la escasa luz
que all haba, encendi un cigarro, saliose al corredor y se ech de
bruces sobre la baranda de hierro, ponindose a contemplar, con ojos
distrados, el baile de la plazoleta. El grupo de jvenes bailaba cada
vez con ms entusiasmo y cantaba cada vez ms alto. La mayor parte de
ellas eran frescas y robustas ms que hermosas, pero algunas merecan el
nombre de tales. Los movimientos eran vivos, sueltos, graciosos: el que
ms le agrad a Miguel fue uno que consista en pegar los brazos al
cuerpo y dar vueltas a la danza, saltando a pie juntillas. En torno de
ellas haba bastantes mirones, hombres y mujeres. Del grupo de stas
observ que se destac una nia y vino a sentarse sola debajo del
corredor donde l se hallaba: la mir un instante, mas no pudiendo verle
la cara, entorn de nuevo los ojos hacia la danza. Al cabo de un rato
percibi vagamente una voz detrs de s:

--Oiga--deca la voz. Pero no imaginando que se dirigan a l, sigui en
su cmoda postura.

--Oiga--repiti la voz un poco ms fuerte.

--Eh, quin va?--dijo entonces, volvindose.

Entre las sombras de la sala distingui la figura de la nia que estaba
antes sentada debajo del corredor. Podra contar quince aos de edad, y
a lo que logr percibir, tena una carita redonda y morena, bastante
insignificante, y gastaba el cabello en trenza todava.

--Dice mi ta que si quiere V. cenar--manifest la chica, con voz
temblorosa.

--Si posible fuera... Tengo algn apetito.--Y como ya deseaba hablar,
aadi, sonriendo con amabilidad:

--No baila V. con las otras jvenes? La he visto a V. muy solita ah
debajo del corredor.

--Nunca bailo--respondi toda confusa la nia, como si le imputasen
alguna falta grave.

--No sabe V.?

--S, seor, s, pero...

--Vamos, no le gusta.

--Antes me gustaba mucho; ahora, no tanto.

Todo esto lo deca cada vez ms acortada, sin dejar caer de los labios
una sonrisa inocente y humilde, que agrad a Miguel. Era lo nico que
poda agradarle: el rostro, sin ser feo, nada tena que pudiese llamar
la atencin; adems, no lo vea claramente, a causa de la oscuridad en
que la sala se hallaba.

Cuando dijo las ltimas palabras, la nia se retir precipitadamente.
Miguel la pregunt al desaparecer:

--Cmo se llama V.?

--Maximina--contest sin volver la cabeza.

Trajronle poco despus la cena: la criada era una vieja fea y
avinagrada; limitose a encender una lmpara, poner la mesa, y sobre ella
los manjares, sin pronunciar palabra. Pero al poco rato volvi doa
Rosala a darle conversacin, y sin que l la tirase de la lengua,
soltola tan bin aquella bendita seora, que antes de concluir de cenar
ya saba Miguel todo lo concerniente a su vida.

Doa Rosala estaba casada con un ex-capitn de barco, retirado temprano
del oficio porque el reuma no le permita navegar. Haba hecho algunos
cuartos, pocos; con su rdito, con lo que daba el estanquillo y con lo
que dejaban algunos huspedes por el verano, vivan modestamente, pero
sin trampas. Tena seis hijos: el mayor, que contaba diez y nueve aos,
estaba empleado en un comercio de San Sebastin; el segundo estudiaba
para piloto en Bilbao; el tercero, Adolfo, lo tena en casa, un pedazo
de madera que no serva ms que para dar disgustos; venan despus dos
nias de ocho y diez aos, y por ltimo, un nio de cinco que era, segn
todas las seas, el dolo de sus ojos.

--Y esa chica que ha venido a preguntarme si quera cenar, quin es?

--Ah, Maximina, pobrecilla! Es mi sobrina; hija de un hermano de
Valentn, mi marido. No conoci a su madre; su padre era el capitn del
_Duero_, un vapor que V. habr visto acaso. Ese vapor, yendo hace tres
aos para Manila, embarranc. Mi cuado, sin considerar si el barco
poda salir o no, se fue corriendo a su camarote, se encerr en l y se
peg un tiro.

--Qu atrocidad!

--Era un hombre tan delicado, que al pensar que pudieran echarle a l la
culpa, se le amonton el juicio y cometi esa locura. El barco en cuanto
alijaron un poco sali, porque segn dice Valentn, el bajo era de
arena; el pobre Bonifacio fue el que se qued all debajo del agua.
Maximina, por supuesto, no sabe lo del tiro; cree que su padre se muri
en Manila de enfermedad. Como se qued sola sin padre ni madre, nosotros
la recogimos del colegio donde estaba, y la hemos trado para casa. Qu
bamos a hacer? Tenemos muchos hijos, y es un sacrificio el que nos
imponemos mantenindola, vistindola y calzndola, pero algo se ha de
hacer por Dios, verdad, D. Miguel? No es mala, no seor, y sabe cunto
debe agradecer a sus tos lo que hacen por ella... Pero la pobre sirve
para poco. Es callada, sufrida, no da ninguna mala contestacin...

--Qu edad tiene?

--Quince aos; va para diez y seis.

--Pronto se casar entonces.

--Ay, Dios!--exclam doa Rosala con profunda lstima.--Me parece que
estn verdes; hoy no se casan las jvenes hermosas si no tienen dinero,
cmo se ha de casar ella no siendo rica ni bonita?

--Yo no la encuentro fea.

--Ay, Dios! Pobrecilla! Ya comprende que no debe pensar en esas
cosas. ltimamente se ha metido mucho por la iglesia. Confiesa y comulga
todas las semanas, y oye misa siempre que puede. Yo la dejo mientras no
falte a las obligaciones de casa, que como V. sabe, son lo primero. Hace
poco escribi a su to (porque de palabra no se atrevera) dicindole
que quera ser monja. Pero para ser monja, D. Miguel, se necesita un
dote, y nosotros no podemos drselo. Valentn estaba empeado en
hacrselo de su bolsillo, pero yo me opongo. Cuando las cosas no se
pueden, hay que resignarse. Lo mismo se gana el cielo dentro que fuera
del convento. La pobrecilla lo ha sentido mucho!

Tanta compasin dio mala espina a Miguel. Cansado de escuchar a su
huspeda, se levant, y con pretexto de arreglar el equipaje, se fue
hacia la alcoba. Doa Rosala al cabo le dej solo.

Aquella noche no era fcil ver a la generala. Su casa se hallaba del
otro lado de la baha, y a tal hora costara trabajo dar con ella. Por
otra parte, Luca deseaba que sus visitas fuesen siempre secretas: era
necesario saber en qu forma quera que las hiciera. Determin, pues,
aguardar hasta el da siguiente.

Era muy temprano para irse a la cama. Cogi el sombrero y el bastn para
dar una vuelta por el pueblo. Al salir, an continuaba el baile en la
plazoleta: Maximina se hallaba otra vez sentada en la silla
contemplndolo.

--Buenas noches, Maximina--dijo nuestro joven acercndose a ella.

--Ay! buenas noches.

--An no se ha decidido V. a bailar?

--No seor.

--Pues yo s.

La nia le mir sorprendida.

--Pero antes quiero descansar un poco al lado de V. No hay por ah una
silla?

--Voy por ella ahora mismo--repuso muy azorada.

Y entrando en el estanquillo, sali con una que coloc bastante lejos de
la suya. Miguel, con gran desembarazo, las puso juntitas. En cuanto se
sentaron, las muchachas del baile comenzaron a dirigirles miradas de
curiosidad. La noche estaba estrellada, ni clara ni oscura.

Entabl conversacin, hablando del baile, del tiempo, de su viaje; agot
en un instante todos los lugares comunes. Maximina sonrea con
amabilidad a cuanto deca; pero apenas contestaba ms que con
monoslabos, aunque se conoca que haca esfuerzos por ser ms
explcita. Al fin se atrevi a decir:

--No baila V.?

--Si V. no me hubiese entretenido hasta ahora ya estara dentro del
corro--contest ponindose serio.

--Yo!--exclam la nia inmutndose.

--S; usted.--Miguel solt al decirlo una carcajada.--No haga V. caso:
nunca he soado en bailar; pero menos ahora que me encuentro en tan
agradable compaa.

La chica estaba tan asustada todava, que no supo dar las gracias.
Adivinando su inquietud nuestro joven, prescindi de las bromas
habituales en l y comenz a tratarla con ms respeto. Enterose con
amabilidad de los pormenores de su vida y fue poco a poco ganando su
confianza, hacindola hablar con ms desembarazo.

Pero el baile se haba deshecho. Algunas jvenes se fueron para sus
casas; otras, y con ellas algunos galanes, vinieron a sentarse delante
del estanquillo, para lo cual doa Rosala les consinti sacar ms
sillas y un banco largo. Miguel permaneci sentado junto a Maximina.

--Saque V. la guitarra, doa Rosala--dijo una de las muchachas.

--Va a cantar Juanito?

Juanito era el piloto del vapor donde nuestro joven haba llegado. Era
andaluz y muy conocido en Pasajes.

En cuanto vino la guitarra, comenz a alegrar la tertulia con playeras,
polos y sevillanas. Miguel, con gran sorpresa de las jvenes hermosas
que all haba, echndose hacia atrs en la silla, principi a hablar al
odo a Maximina. Qu le deca? Nada; tonteras: que lo estaba pasando
muy agradablemente; que era una chica muy simptica; que se alegraba de
haber venido a parar a su casa, etc. Maximina, ms sorprendida que
confusa, escuchaba sonriendo aquella msica tan nueva para ella (la de
Miguel, no la del piloto). Nuestro joven pasaba el rato del mejor modo
que poda, esperando la hora de irse a la cama.

--Por qu no se sienta V. al lado de Paulina?--le pregunt la nia.

--Quin es Paulina?

--Aquella chica tan hermosa que est cerca de la puerta.

Miguel se inclin por verla.

--No la veo bien; parece bonita, en efecto--dijo recostndose otra
vez.--Pero V. tambin lo es... y muy simptica adems.

--Oh, por Dios!--exclam la nia ruborizndose.

--Vaya si lo es!--replic Miguel, posando su mano sobre la de ella y
dndole un carioso apretn.

La chica no se movi: ambos guardaron silencio unos instantes.

--Vamos a jugar un poco a las prendas?--dijo una de las jvenes as
que Juanito hubo terminado su repertorio.

Comenz el juego de prendas. Encendieron un fsforo: se lo fueron
entregando unos a otros mediante ciertas palabras que haba que
pronunciar en voz alta: pagaba prenda aquel en cuyas manos concluyese o
se apagase. Nuestro joven tomaba poco inters en el juego. Cuando el
fsforo lleg a l bastante disminuido, lo dej caer sin entregrselo a
Maximina, y pag prenda.

--Por qu no me lo ha dado?--le pregunt sta.

--Porque no quera que V. se quemase.

Se puso en berlina a los dueos de las prendas; se les mand decir tres
veces _s_ y tres veces _no_; se les hizo contentar a los presentes,
etc., etc. Miguel, mientras duraban estas operaciones, no dejaba de
depositar de vez en cuando algunas palabritas en el odo de Maximina.
Con la osada del cortesano corrido, lleg a apoderarse de una de sus
manos y a retenerla entre las suyas. Sorprendiose al observar que la
nia no la retiraba. Era una mano de virgen, maciza y fra, un si es no
es grande, pero perfectamente torneada: le hizo recordar las de la
generala, largas y descarnadas y siempre ardorosas. La apret
tmidamente primero, despus con ms energa: al cabo la acarici con
cario, rozndola suavemente por encima. Maximina le dejaba hacer, sin
soar con retirarla, como si fuese una cosa muy natural. No manifest
siquiera mayor emocin o inquietud que antes: tan slo se la quitaba
cuando iba a hacer uso de ella en el juego. Qu ser esto? se
preguntaba Miguel todo confuso. Tendr esta chica ya tanta malicia?
Ser pura inocencia? Aunque su experiencia le insinuaba lo primero, una
voz interior le deca lo contrario; y atendiendo a ella, contentose con
acariciar tierna y noblemente aquella mano que con tal candidez le
entregaban. La tertulia se deshizo al fin, y nuestro joven se fue
perplejo y caviloso a la cama, proponindose observar atentamente a
Maximina en los das siguientes.




XII


Lo primero que hizo al da siguiente por la maana fue escribir a Luca.
Estoy aqu desde ayer por la tarde. Dime cmo he de arreglarme para
verte. Sali de casa y fue en busca de rsula la batelera.

As que dio con ella le pregunt.

--Conoces a la seora del general Bembo?

--Vaya!

--Pues vas a llevarle esta carta ahora mismo. Aguarda contestacin y
vente en seguida. En el muelle te espero.

Cogi la batelera los remos, atraves la baha, amarr el bote y
desapareci all entre los rboles. Mientras tornaba con la respuesta,
nuestro joven se fue a hacer una visita al capitn del vapor y al
piloto de las _peteneras_.

Poco tard rsula en aparecer de nuevo remando con prisa: saliole al
encuentro Miguel as que puso el pie en tierra y recibi de sus manos un
billete perfumado que haba metido en el seno.

Deca as el billete:

Querido mo: Una inquietud dulce y misteriosa que ayer noche
experiment mi corazn me anunciaba sin duda que estabas cerca de m. No
podemos vernos como antes, porque Carmen se ha quedado en Madrid y no
tengo confianza en los criados. Precisa que tus cartas sean secretas. La
chica que lleva sta es fiel y reservada: te puede traer en su bote a
las diez de la noche. Al entrar en l debes encender un fsforo; cuando
te halles en medio de la baha otro, y otro por fin cuando saltes en
tierra del lado de ac. A cada uno de estos fsforos contestar yo con
la misma seal desde el mirador de casa. Nos reuniremos junto a la tapia
del jardn. Prudencia y discrecin. No faltes.

Tuyo hasta la muerte,

ALFREDO.

Al leer la carta no pudo menos de sonrer, diciendo para sus
adentros:--Cundo se le concluir a esta mujer la mana de las
aventuras!--Concertose despus con la batelera para su expedicin
nocturna y se despidi de ella recomendndole mucho sigilo.

Cuando entr de nuevo en la habitacin encontr en ella a Maximina, que
estaba acabando de arreglarla, y a su primo Adolfo, un muchacho de trece
a catorce aos con grandes cachetes, el cabello corto y erizado y unos
ojos cargados de carne, fieros y desvergonzados. Por algunas palabras
que logr percibir desde el pasillo comprendi que haba reyerta entre
los dos primos y adivin tambin la causa. Adolfo trataba de curiosear
en el equipaje del husped y Maximina se opona a ello. Cuando nuestro
joven entr, ambos quedaron sorprendidos: Maximina en medio de la sala
con la escoba en la mano sonrindole; Adolfo arrimado a una cmoda
mirndole torvamente.

--Oh, qu trabajadora es Maximina!--dijo Miguel acercndose a ella sin
hacer caso alguno de Adolfo, que le haba sido antiptico.

A la luz del da pudo apreciar mejor su figura. Era una morena ms
plida que sonrosada, la nariz pequea, la boca fresca, la cabeza y la
frente muy bien modeladas, el cabello castao y los ojos garzos, ni
grandes ni pequeos, ms baja que alta, apretadita de carnes y abultada
de formas, revelando en sus movimientos un gran vigor muscular. Nadie
poda llamar hermosa a esta muchacha con justicia, y sin embargo, la
expresin humilde e inocente de sus ojos, la sonrisa constante que
contraa sus labios, la hacan altamente simptica. Llevaba un vestido
de percal claro con un pauelo de color de rosa, que le tapaba el pecho
y parte de la espalda. Al or la exclamacin de Miguel, contest con
otra:

--Mucho, s!

--Ya lo creo. Tan temprano, y ya me tiene V. arreglado el cuarto.

--Toma, porque se lo ha mandado mi madre!--dijo Adolfo desde un rincn,
con deseo de mortificar a su prima; pero sta contest muy naturalmente:

--Es verdad, me lo ha mandado mi ta en cuanto V. sali.

--Y t haces tan prontito lo que te mandan como ella?--dijo Miguel
encarndose con el chico.--Entonces sers ya un sabio; porque tus padres
de seguro te mandarn estudiar todos los das.

Adolfo le ech una mirada recelosa y baj los ojos sin contestar.

--He dado una vuelta por el pueblo--sigui el joven dirigindose a
Maximina,--y despus estuve en el vapor con Juanito.

--El pueblo es feo--respondi aqulla.--Eso dicen todos los
forasteros...

--Y V. no lo dice?

--A m me es igual un pueblo que otro.

--No va V. de vez en cuando a San Sebastin?

--Casi nunca. Mi ta me lleva cuando hay que traer algn encargo; pero
ida por vuelta. Una vez me llev mi padre (que en gloria est) a Bilbao
a pasar unos das... Si supiera V. qu deseos tena de volverme!

--Pues?

--Estaba cansada de andar de un sitio para otro... al teatro... al
paseo... a los comercios... Me dolan mucho los pies. Decan que era
porque no estaba acostumbrada.

--Me ha dicho su ta que ha estado V. educndose en un colegio...

--S, seor, dos aos, en un convento de Vergara...

--Y le gustaba a V. estar all?

--Muchsimo. Nunca he sido tan feliz como entonces.

--De modo que de buena gana volvera V. con las monjas?

--Oh, ya lo creo!

--Ella quiere volver y hacerse monja... pero le faltan _monises_--dijo
el animal de su primo terciando de nuevo en la conversacin.

Aquella salida grosera indign mucho a Miguel, quien dirigi al chicuelo
una mirada de desprecio. Maximina se haba puesto levemente encarnada.

--No lo crea V... S, deseara volver; pero no causando perjuicio a
nadie. Comprendo que ahora, mientras las nias no sean mayores, mi ta
me necesita...

--Y qu tiene de particular que V. lo desee?--dijo Miguel con
dulzura.--Eso no prueba ms que tiene V. un corazn agradecido y
piadoso.

Maximina se ruboriz entonces hasta las orejas. Adolfo, a quien sin duda
pareci muy mal esta alabanza y quera a todo trance desahogar su
resentimiento, exclam sonriendo estpidamente:

--Es una beatona! Se pasa la vida comiendo los santos.

--Pues ahora no estaba comiendo los santos, sino barriendo--respondi
Miguel.

--Ya ha estado en la iglesia; comulga los jueves y los domingos y trae
una soga atada al cuerpo. Quiere V. verla?

Y el gran brbaro se fue derecho a su prima, con intencin sin duda de
abrirla el vestido.

--Estate quieto, Adolfo!--exclam aqulla, asustada, nerviosa.

Pero Adolfo no hizo caso y lleg a poner las manos sobre ella. Entonces
la nia, con una fuerza que sorprendi a Miguel, le rechaz hacindole
tambalear. Adolfo volvi a la carga riendo groseramente.

--Adolfo, que llamo a mi ta!--grit Maximina, roja como una cereza y
saltndosele las lgrimas, y otra vez le rechaz con bro.

--Eso no se hace, chico--dijo Miguel queriendo intervenir.

Pero Adolfo, irritado por la superioridad muscular de su prima, se haba
agarrado a ella y forcejeaba por abrirle el vestido, aunque sin
resultado. Miguel le arranc a viva fuerza y le puso a la puerta de la
sala dicindole:

--Ya podan tus padres darte un poco mejor educacin!

Cuando volvi hacia Maximina, la hall sollozando, tapndose la cara con
las manos.

--Vamos, Maximina, sernese V.... eso ya pas.

Pero Adolfo, desde el pasillo, empez a vociferar:

--Que salga, que salga esa hipcrita... No me marcho de aqu hasta que
le atice unas cuantas _pias_.

A las voces que daba y al ruido que acababan de hacer, subi doa
Rosala preguntando enojada:

--Pero qu es esto? qu pasa aqu?

--Nada, seora--contest Miguel,--que ese muchacho quera abrir el
vestido a Maximina para ensear una soga que dice que trae.

--No, madre--grit Adolfo,--es que ella me peg, porque la llam
beatona.

--T te callas, tunante--le dijo la madre encolerizada, aplicndole al
mismo tiempo una soberbia bofetada que le enrojeci la mejilla.

Adolfo se puso a clamar al verdadero Dios. Entonces doa Rosala,
arrepentida sin duda de haber lastimado a su hijo, se revolvi furiosa
contra Maximina.

--Buena hipocritilla ests t tambin! Haces la comedia y lloriqueas,
hasta que consigues que yo le pegue...

Ante aquella injusticia, la pobre nia qued como aturdida un instante;
en su semblante descompuesto se adivinaban los esfuerzos que haca para
no romper a llorar a gritos. Dej escapar un sollozo ahogado, se llev
la mano al corazn y sali corriendo de la estancia.

--Vamos; a encerrarse a su cuarto, como siempre--dijo doa Rosala,
sonriendo irnicamente.

No obstante, como vea claro que Miguel no aprobaba su conducta y su
propia conciencia tampoco, se esforz en demostrar que Adolfo era un
muchacho aturdido, pero de un fondo excelente; que Maximina era muy
susceptible, que no saba aguantar una broma y tratar a su primo como lo
que era... un nio. Por ltimo, all se fue con l acaricindole y
prometindole varias cosas para que se calmase. Miguel qued tristemente
impresionado por aquella escena.

Pas el da vagando de un lado a otro, ley un poco, escribi otro rato;
al fin lleg la noche. Despus que hubo cenado y sufrido media hora a su
locuacsima huspeda, se dispuso a acudir a la romntica cita que le
haba dado la generala. Mientras iba por la calle en busca de la
escalera de piedra donde rsula haba quedado en esperarle, no poda
menos de rerse del amor que Luca profesaba al misterio. Despus de
todo, puede que tenga razn, concluy por decirse; si no fuese por estos
granos de pimienta echados sobre nuestras relaciones, la verdad es que
llegaran a ser muy fastidiosas. Hall a rsula sentada en las escaleras
dormitando. Al sentir sus pasos se puso en pie vivamente.

--Es V., seorito?

--Yo soy: tienes ah el bote?

--Lo tengo amarrado donde siempre para que no sospechen. Voy a buscarlo
en seguida.

La batelera baj a la orilla y por ella se fue rozando el agua hasta
desaparecer enteramente su silueta de la vista de nuestro joven. Pocos
minutos tard en or el chapoteo de los remos y en percibir el bulto del
esquife. As que encall, se apresur a saltar en l; pero antes de que
rsula lo pusiese otra vez a flote y se alejase de la orilla, tuvo
cuidado de sacar un fsforo y mantenerlo encendido hasta que se
concluy. En el mismo instante surgi otra luz, all a lo lejos sobre
la masa oscura de los rboles de la opuesta orilla. La batelera comenz
a manejar los remos procurando no hacer ruido. El pueblo de Pasajes
reposaba. En los buques surtos en la baha habanse apagado ya los
fogones, y los tripulantes se entregaban descuidadamente al sueo. La
noche estaba encapotada y apacible. Aunque avezado a las citas nocturnas
y secretas, la de ahora, por lo original, consigui interesar a nuestro
joven. No poco contribuy a ello tambin el no haber visto a su amante
haca ya cerca de un mes. Con la separacin se haba refrescado un poco
el recuerdo de sus fortunas, que en los ltimos tiempos haban perdido
para l bastante atractivo. Al llegar al medio de la ensenada, rsula le
dijo:

--Estamos a medio camino, seorito.

Miguel se puso en pie, encendi otro fsforo y lo mantuvo vivo todo el
tiempo que dur.

--Sabe V., seorito--le dijo rsula,--que si hay alguno por ah en
vela, y nos observa, no s qu pensar de nosotros?

--Pensar que somos novios, y qu mal hay en eso?

--Para V. ninguno. A m, buena me pondran!

En aquel instante surgi otra luz en tierra, pero no ya sobre los
rboles, sino ms baja.

--Mire V., mire V. el fosforito!--exclam con acento malicioso.

--Rema, rema: a ver si llegamos pronto a la orilla--repuso Miguel.

Un toque de corneta se dej or en el silencio de la noche, claro,
estridente, partiendo del Ancho.

--Qu es eso?--pregunt el joven, asombrado.

--No s--contest la batelera con no menos asombro.

Otro toque contest al primero desde la opuesta orilla. Oyronse despus
voces de mando y ruido de pasos a la carrera.

--Boga, boga de prisa, a ver qu diablos significa ese trajn--dijo
Miguel.

rsula obedeci, y no tardaron muchos minutos en llegar cerca de tierra.
Pero al saltar en ella nuestro joven, un grupo de seis o siete soldados
avanz hacia l, ponindole las bocas de los fusiles sobre el pecho.

--Darse preso todo el mundo.

Miguel qued pasmado.

--Pero por qu?...

--A ver--dijo el sargento, sin escucharle,--uno de vosotros que registre
el bote, y vosotros dos meteos por ah entre los rboles y pilladme a
los cmplices.

--De qu se trata, seores?--pregunt Miguel, procurando calmarse y
calmar a los carabineros (porque aquellos soldados eran carabineros).

--Ya lo sabr V. en la crcel--contest el sargento.

Lo supo antes, por fortuna. Los carabineros, al ver aquellas seales
misteriosas hechas desde la baha y contestadas en tierra, se figuraron
que se trataba de un alijo de contrabando, y promovieron todo aquel
alboroto. Grandes esfuerzos hizo Miguel para convencerles de que no
haba semejante cosa, que iba dando un paseo por placer y nada ms. Al
cabo de media hora de discusin, el sargento tuvo que rendirse a la
evidencia, pues no haba motivo alguno que confirmase sus sospechas. El
joven madrileo le manifest que haba llegado el da anterior en el
vapor _Carmen_, que all estaba, y a cuyo capitn podan preguntar si
era verdad lo que deca: que estaba hospedado en casa de D. Valentn
Vzquez, etc., etc. Despus de mucho vacilar, el sargento le permiti
volverse a su casa, aunque acompaado de un carabinero que averiguase si
efectivamente alojaba en la posada que deca.




XIII


Irritado por aquella aventura peligrosa y ridcula, se present al da
siguiente en casa de la generala, sin tomar precaucin ninguna, y la
manifest que no quera or hablar de citas misteriosas. Luca, que la
noche anterior le haba esperado en vano, se condoli extremadamente de
su percance, aunque no pudo menos de rer al orselo contar. Desde
entonces se vieron todos los das a la hora que a Miguel le placa
visitar el _hotel_ de D. Pablo Bembo.

El tiempo que estas visitas le dejaban libre aprovechbalo para hacer
excursiones a San Sebastin, trabajar para el peridico o salir a la
pesca con su husped. Este D. Valentn, antiguo capitn de _El Rpido_,
bergantn redondo que haca la carrera de la Habana, era una persona
bastante original. Tendra a lo sumo cincuenta aos; era alto y enjuto y
de complexin recia, si no fuese el reumatismo que a largas temporadas
le atormentaba mucho; gastaba el cabello largo y la barba, ya gris, en
forma de cazo. En su vida haba visto Miguel, ni pensaba ver, hombre ms
silencioso: estuvo una porcin de das sin orle el metal de la voz:
cuando le tropezaba en la calle o en casa, el marino se llevaba la mano
al sombrero y grua algo que deba ser buenos das o buenas tardes
juzgando por hiptesis. En la casa jams se le oa pedir ni ordenar
nada: pareca una sombra cuando entraba o sala o se sentaba a la mesa a
comer. Con su mujer y con Maximina, ms se entenda por gestos que por
palabras: como sus necesidades eran poco complicadas, no costaba gran
trabajo tenerle siempre satisfecho. Si el reuma no le tena postrado,
sala, casi todos los das, a pescar en un bote de su propiedad: horas y
horas se pasaba el ex-capitn fondeado cerca de tierra, inmvil, con el
aparejo en la mano, dejndose tostar por el sol y azotar por el aire. A
fuerza de no mantener relaciones ms que con los peces, se haba
identificado con su naturaleza fra, grave y silenciosa; era un
verdadero derviche del mar, cuya aspiracin nica pareca consistir en
penetrar ms y ms en este elemento y fundirse y disolverse al cabo en
l, como una piedra de sal. Por lo dems, en el pueblo era considerado
como un buen vecino y marino muy inteligente.

Este hombre, que cruzaba por el mundo en zapatillas, fue el compaero
constante de Miguel en sus excursiones martimas. Claro est que
hablaban poco, casi nada; pero nuestro joven haba credo comprender por
gestos, por gruidos, ms que por palabras, que era simptico a D.
Valentn, lo cual poda achacarse a la aficin que mostraba a la pesca.
Sobre todo desde cierto da en que enganch (pura casualidad) una
magnfica robaliza y consigui meterla a bordo, el ex-capitn le guard,
aunque tcitas, altas consideraciones. Adems, haba adivinado tambin
que el ex-capitn profesaba un afecto vivsimo a su sobrina Maximina,
bien pagado por parte de sta: ambos se comprendan admirablemente, con
slo mirarse, y se tributaban todas las pruebas de cario que podan. Y
digo podan, porque doa Rosala estaba al tanto de este cario y no
manifestaba tendencias muy decididas a alentarlo.

Por todo esto Miguel fue estrechando su amistad con l. Maximina cada
da se mostraba a sus ojos ms simptica e interesante. Las personas
candorosas y sinceras tienen la ventaja de no repetirse. As que, sin
que ella pudiese sospecharlo, al mismo tiempo que le abra su alma para
que hundiese la mirada en ella, iba cautivando la de su joven husped,
en trminos que a ste llegaron a fastidiarle todos en la casa si no
eran Maximina y su to. Hablaba con aqulla largos ratos aprovechando
los momentos en que vena a arreglar su sala.

--Est V. ocupado, D. Miguel?

--Ahora voy a dejar la tarea.

Y mientras sala del cuarto y Maximina se pona a asearlo, charlaban
alegremente. Miguel la embromaba con el convento: ella se defenda
negando que tuviese por entonces intencin de encerrarse en l. Sin
embargo, al travs de estas negativas se trasluca que acaso con el
tiempo llegase a realizarlo. Un da ponindose serio le dijo:

--No soy partidario de los conventos. Las virtudes ms hermosas de la
religin cristiana, que son la caridad y el sacrificio por los dems, no
pueden practicarse sino en medio de la sociedad. Para qu sirven todas
las que una joven llega a adquirir si han de quedar encerradas entre
cuatro paredes; si el mundo no se ha de aprovechar de ellas jams? Las
nicas monjas a quienes respeto y admiro con todo mi corazn son las
hermanas de la caridad.

Maximina le mir sorprendida y no contest. Todo el da estuvo un poco
pensativa.

Solan reunirse diariamente a la hora del oscurecer algunos jvenes
delante del estanquillo, aunque no en tanto nmero como los domingos.
Las noches eran apacibles y calurosas, y la tertulia se prolongaba a
veces hasta las nueve y media o las diez. Miguel se fue acostumbrando a
asistir a ella, dejando las visitas a la generala para otras horas.
Sentbase a menudo al lado de Maximina y se complaca en regalarle el
odo. Si nos preguntasen si crea lo que la iba diciendo, nos sera casi
imposible contestar. Lo nico que podemos decir es que no la requebraba
por burlarse, ni aun por pasar el rato: es posible que a fuerza de serle
simptica, la fuese encontrando hermosa. Pero Maximina estaba tan
convencida de lo contrario, que rechazaba las lisonjas del joven con
tanto ms empeo cuanto ms grata le iba siendo su compaa. Una noche
le dijo con acento suplicante:

--Por Dios, no me diga V. que soy bonita.

--Por qu?

--Porque se me figura que est V. haciendo burla de m, y me causa mucha
pena...

--Aunque V. no lo fuese, a m me lo parece, y con esto bastara; pero ya
que V. se enfada, la llamar simptica nicamente.

--Tampoco. No me llame V. nada.

Las dems muchachas que all haba, todas de ms edad que Maximina, les
echaban miradas penetrantes y comenzaban a murmurar de la persistencia
con que el joven forastero se sentaba al lado de aqulla. Los juegos
con que se mataba el tiempo en aquella reunin al aire libre, eran poco
variados: esconder un objeto para que uno de ellos lo hallase, mientras
los dems cantaban, unas veces suave y otras fuerte, segn se alejaba o
aproximaba a l: adivinar quin era la persona cuyo retrato fuesen
trazando de palabra los presentes: correr el florn por la cuerda....
Este juego del florn era el que ms agradaba a Miguel: de l conserv
toda su vida un recuerdo vivo y placentero. Consista en introducir una
sortija por una cuerda y agarrarse a sta todos los tertulianos formando
corro; uno se quedaba en el medio, y los dems corran la sortija
disimuladamente gritando:

    _El florn est en la mano._
      _Siga el florn._
      _Siga el florn._

El corifeo haca una seal: el coro callaba y quedaba inmvil: si
adivinaba quin tena la sortija, ste pasaba al centro del corro, y
aqul ocupaba su sitio; si no, volva a seguir el florn su carrera.
Nuestro joven gozaba con este juego, porque le trasladaba a la infancia,
y acaso tambin porque al agitar las manos senta el contacto de las de
Maximina. Muchas veces se rea pensando: Si el conde de Ros me viera
jugando al florn!

Al domingo siguiente se bail, como el da en que l llegara haba
prometido a Maximina entrar en el corro si ella bailaba. La nia,
confiando en esta promesa, se decidi a ello, pero el husped no quiso
cumplir la palabra, y se qued sentado delante del estanquillo como
simple espectador. La pobre Maximina, defraudada, le miraba con ojos
tristes, dejando adivinar que sin l estaba all aburrida.

--Oyes, Lolita--dijo el joven llamando a una de las pequeas de doa
Rosala,--ve a decir a Maximina que en cuanto oscurezca un poco ms,
bailar.

Maximina, al recibir la noticia, se puso alegre. Y, en efecto, cuando
las sombras de la noche invadieron la plazoleta, seguro ya de no llamar
la atencin, el forastero se aventur a tomar parte en el baile. No se
mostr todo lo suelto y airoso que fuera de desear, por lo cual tuvo que
escuchar algunas carcajadas reprimidas; pero las llev con paciencia, y
a los pocos minutos ya no se fijaba en l nadie... nadie ms que
Maximina, que le deca en voz baja:--Levante V. ms los brazos.--No
salte V. tanto. Consejos todos muy oportunos, que el joven iba
siguiendo al pie de la letra. La nia estaba alegre, satisfecha: Miguel
la sacaba a bailar con ms frecuencia que a las otras: luego procuraba
colocarse a su lado para tenerla cogida de la mano, que se complaca en
apretar suavemente y acariciar. Despus de bailar uno frente a otro,
los jvenes tenan la costumbre de abrazarse un instante al concluir.
Miguel, aprovechando uno de estos abrazos, y a favor de la oscuridad,
cogi la trenza de Maximina, que colgaba por la espalda con un lazo de
seda en la punta, y la llev a los labios.

--Qu hace V.?--dijo la nia volvindose rpidamente.

--Besar la trenza de su pelo.

--Y por qu hace V. eso?--pregunt con sorpresa.

--Porque me gusta.

Maximina baj los ojos y guard silencio.

Poco despus, el hijo del brigadier quiso besarle una mano; pero la nia
la baj con fuerza sin soltarse, y no le fue posible.

Maximina, desde entonces hasta que el baile se deshizo, se manifest un
poco ms circunspecta, aunque sin dejar de estar cariosa con su amigo.
Al concluirse y venir los jvenes a su acostumbrada reunin, dijo que le
dola un poco la cabeza, y en vez de permanecer en la tertulia, se
retir. Crey Miguel, en vista de esto, haberla causado algn disgusto,
y estaba con deseos de hablar con ella. Al da siguiente de madrugada la
hall bordando en el estanquillo. Estaba un poco plida, y sus ojos, al
levantarlos hacia Miguel, aunque sonrientes, expresaban una suave
melancola.

--Cmo ha descansado V., Maximina?--la pregunt.

--No he podido dormir en toda la noche--respondi la nia.

--Pues?

--No s... daba vueltas y ms vueltas... y nada.

Miguel sonri admirando aquella ingenuidad.

En los das siguientes, a medida que buscaba las ocasiones de hablar con
ella a solas, la nia las evitaba cuidadosamente. Sin embargo, una vez
que doa Rosala se levant dejndolos solos en el estanquillo, Miguel
la cogi una mano y casi a viva fuerza se la bes. Maximina se puso
encarnada y no supo ms que decir:

--Oh, por Dios!...

Otra vez le dijo al odo hallndose de tertulia:

--Tengo que pedir a V. un favor, Maximina.

--Qu es?

--Que me d V. un rizo de su pelo.

La chica levant los ojos con sorpresa.

--Me lo dar V.?--repiti mirndola atrevidamente.

Maximina baj los ojos haciendo una seal afirmativa.

Pero trascurri un da y trascurrieron dos, y tres, y no daba seales de
cumplir su promesa. Miguel le preguntaba por seas: ella sonrea sin
contestar. Entonces el joven se hizo el enojado y evit a su vez el
encontrarse con ella. Maximina comenz a echarle miradas tristes y
tmidas, que observaba riendo interiormente. Al fin, una noche por
propia iniciativa, aqulla vino a sentarse a su lado. Nuestro joven se
mostr inflexible; no quiso hablar; afect tomar una parte muy activa en
los juegos de prendas. Entonces la pobre nia dijo con voz dbil:

--Tome V.

Miguel no la oy.

--Tome V.--repiti un poco ms alto.

Al volverse vio que tena en las manos un papelito blanco. Comprendi
que era el rizo de pelo y lo tom apretndole al mismo tiempo los dedos
con ternura.

--Muchas gracias, Maximina--le dijo con acento conmovido.--Es V. muy
buena, y cada da...

Antes que pudiese concluir, la nia se levant, entrando en la casa.
Miguel qued saboreando una dulce felicidad que nunca hasta entonces
haba gustado, la de ser querido de aquel modo tan ingenuo y tan puro.
Tena el corazn henchido de suaves sentimientos; una ternura inefable
invada su alma, y se dijo: Por qu no he de querer yo a esta nia
tambin? Por qu no he de decrselo? Agitado por este deseo sbito, se
levant de la silla y entr en casa con la esperanza de encontrar a
Maximina y expresarle lo que en aquel momento senta. Recorri a
oscuras la sala, el comedor y el pasillo, llamndola suavemente; pero no
pudo hallarla. Ech una mirada a la cocina y no vio en ella ms que a la
taciturna criada mondando patatas. Se habr ido a su cuarto, se dijo, y
baj tristemente la escalera para restituirse a la tertulia; pero al
cruzar por delante de la puerta del estanquillo que estaba a oscuras, se
le ocurri meter la cabeza dentro y decir:

--Maximina.

--Qu?--contest una voz apagada.

--Oh, picarilla! est V. aqu?

Y se introdujo en la tienda.

--Dnde est V.?

--Aqu.

--Deme V. la mano.

--Para qu, para besarla? No quiero; es V. muy malo.

Miguel solt una carcajada, reprimindola para que no le oyesen fuera.

--No, criatura; es para saber dnde est V. nada ms.

Se sent al lado de ella en una silla baja.

--Por qu se ha escapado V. de la tertulia?

--Y V. por qu me anda buscando?

--Para decirla a V. una cosa.

--Qu es?

--...Que la voy queriendo a V. mucho--dijo con acento apasionado,
cogindola una mano.

La nia guard silencio.

--Y que V. tambin me va queriendo a m un poco, no es verdad?

Tampoco contest.

--Vamos, dgame V. que s... aunque sea mentira.

--Yo no digo mentiras--manifest la nia con voz dulce.

--Entonces, no me quiere V.?...

--Tampoco digo eso.

Miguel entusiasmado la abraz.

--Pues yo te quiero, te quiero por lo hermosa y lo buena que eres...

Maximina al sentirse en los brazos del joven comenz a temblar
fuertemente.

--Sulteme V.! por Dios me suelte V.!

--Me quieres t? me quieres?

--Sulteme V., por Dios!

--No, sin decirme que me quieres.

--Pues s, le quiero, le quiero; sulteme V.!

El joven la bes con pasin en los labios y la dej huir a su cuarto. l
se volvi a la tertulia.




XIV


Miguel sac el reloj para mirar la hora.

--Oh qu reloj tan fastidioso!--exclam la generala apoderndose de l
y metindoselo de nuevo en el bolsillo sin permitir que lo
abriese.--Antes, cuando estabas a mi lado no hacas tanto uso de esa
alhaja. De pocos das a esta parte no se te cae de la mano. Qu prisa
tienes? No has venido a Pasajes por m?... Adems, observo que ests
algo distrado; que siempre cruza tu frente una arruga profunda, signo
de graves meditaciones... hasta te encuentro ayer y hoy un poco
ojeroso...

--Vaya, que no traes mal beln con mi fisonoma!--dijo l sonriendo:
bajo esta sonrisa se trasluca la clera.

En efecto, la generala exploraba a todas horas el semblante de Miguel
como el marino el del tiempo. Unas veces estaba plido, otras fatigado,
otras melanclico, otras excesivamente risueo; nunca dejaba de tener
alguna cosa que le llamase la atencin. Esta eterna y escrupulosa
inspeccin le haba halagado al principio, despus le aburri un poco, y
ltimamente haba llegado a irritarle.

--Y te enfadas por eso, ingrato!--exclam Luca.--Si observo tu
fisonoma, es que no miro ms que a ella; todo lo dems me parece
indiferente... Tu rostro es el libro donde leo mi felicidad o mi
desgracia.

Aunque ya no le causaban impresin alguna las metforas amorosas de la
generala, Miguel se dulcific.

--No me enfado, Luca... Si es tu gusto trasformarte en un _semforo_ y
sealar todas las variaciones que experimento, qu vamos a hacer? Es
una prueba de amor que te agradezco.

La generala crey que deba continuar con el mismo tema.

--No puedes figurarte, Miguel, lo que sufro cuando te veo triste, lo que
gozo cuando ests alegre... Si supieras!... Al travs de tu sonrisa veo
yo el mundo risueo, hermoso, pienso que el cielo est siempre azul, el
campo siempre verde y rondoso, y que los hombres son todos felices...
Oh, si lo supieras, estoy segura de que sonreiras siempre como ahora
lo haces! No es verdad?... Algunas veces me acometen unos pensamientos
tan tristes! La imaginacin excitada por el amor, da muchas vueltas...
Si Miguel se muriese! me digo. Esta idea me aniquila, me deja yerta,
como si el cielo se desplomase... Si t te murieses, qu hara la pobre
Luca? Morirse tambin de pena; y si no se mora, peor para ella... No
quiero pensar en eso, Miguel, porque toda me acongojo. Ya no habra
felicidad posible en la tierra: slo tu recuerdo dulce podra prestarme
algn consuelo en ciertos momentos. Oh, te juro que si te murieses,
guardara tu imagen en el corazn hasta la hora de mi muerte, y aun ms
all, si posible fuera, viviras en espritu conmigo; y todos los das,
todos los das, sin faltar uno, ira a visitarte al cementerio y a dejar
sobre tu sepulcro un puado de flores...

La generala haba empleado ya muchas veces este recurso, y siempre con
el mismo xito. A Miguel no le caan en gracia estas ideas lgubres y
procuraba llevar la conversacin hacia otro punto. Esta vez la cort
levantndose del divn donde ambos estaban sentados y cogiendo el
sombrero. Para paliar un poco el mal efecto de este brusco movimiento,
se acerc sonriente a la dama y la acarici amorosamente la cara.

--Tengo una carta para el peridico empezada... Necesito terminarla
antes que se vaya el correo. Adis, amor mo...

Aquel _amor mo_ fue pronunciado de un modo distrado, rutinario, que
hubiera mortificado a la generala, si no fuese frecuente en ella tambin
al acariciar de palabra a su amante.

--Qu pronto! Apenas has estado conmigo dos horas.

--Maana procurar estar ms tiempo... Hoy no puedo.

Luca se levant tambin y le ech los brazos al cuello con el mimo de
otras veces. Miguel soport aquel abrazo y aun hizo esfuerzos por
mostrarse entusiasmado.

--Aguarda un poco--dijo la generala soltndose y tomando un ramillete
que haba sobre la chimenea.--Toma estas flores, ponlas delante de ti
cuando escribas, para que al levantar la cabeza te acuerdes de tu Luca.

Miguel cogi el ramo y lo bes maquinalmente, como tena por costumbre
siempre que la generala le daba algn objeto en recuerdo: luego se
despidi.

Al salir del _challet_ llevaba el corazn menos oprimido que Romeo al
separarse de Julieta en aquella clebre noche que el lector conocer
seguramente; pero su paso era cuando menos tan ligero. Quera llegar a
tiempo a la novena de San Ramn Nonnato que se celebraba haca das en
la iglesia de San Pedro. All vea a Maximina, a la cual estaba ligado
por una simpata irresistible. Y lo que ms le entusiasmaba era que sta
haba aceptado sus amores sin aquella reserva que el temor de ser
engaadas obliga a manifestar a las muchachas, cuando un joven de
condicin superior se dirige a festejarlas. Maximina fue su novia sin
que tuviese necesidad de vencer escrpulos y prevenciones que el clculo
o la malicia introduce en el pensamiento de aqullas. Le entreg su
corazn con inocencia, como una cosa natural o que no podra ser de otro
modo. Lo nico que la haba hecho vacilar al principio fue la sorpresa
de que se dirigiese a ella con preferencia a otras jvenes que pasaban
en el pueblo por mucho ms bonitas; una vez convencida de que aqul
tena el mal gusto de encontrarla bella o al menos simptica, no
consider poco ni mucho la diferencia de fortuna ni se imagin que todo
aquello podra ser nada ms que un puro y frvolo pasatiempo por parte
del joven forastero. Abri su espritu al amor con la inocencia que la
flor abre su cliz a los rayos del sol. Y aquella nia tmida,
melanclica y reflexiva, en algunos das haba experimentado notable
trasfiguracin; la alegra que rebosaba de su alma comunic a su rostro
atractivos que antes no tena, gracia a sus movimientos, sonoridad a su
risa, brillo a su palabra. Este cambio no pudo pasar inadvertido a
nadie, pero menos a Miguel. Observolo con placer, con el placer del
artista que contempla la obra salida de sus manos; fue un aliciente ms
para seguirla enamorando sin calcular las fatales consecuencias que
aquel devaneo honesto podra traer consigo.

Cuando se hubo alejado de casa de la generala, cerca ya de la orilla
donde rsula le aguardaba con su esquife, ech una mirada al ramo que
llevaba en la mano, reflexion que era grande y molesto para llevar a la
iglesia, y diciendo:--A dnde voy yo con esta carga de hierba!--lo
arroj al suelo, y sigui rpidamente su camino sin ms pensar en l. La
novena de San Ramn atraa mucha gente a la iglesia de San Pedro. Era un
templo grande, sucio y tenebroso hasta de da: por la noche, con cuatro
o cinco lmparas de aceite colgadas aqu y all a largas distancias,
ofreca un aspecto siniestro. Mas ahora el rosetn de luces que arda en
torno de la imagen alegraba un crculo muy ancho donde resaltaban las
cabezas de las beatas que se colocaban en primera fila. Miguel
acostumbraba a introducirse en la iglesia por la puerta de la sacrista,
y desde sta, sacando un poco la cabeza, vea toda la parte iluminada
del templo.

Maximina y su ta se acomodaban all enfrente, cerca de un banco para
sentarse en los intervalos de descanso. La nia, penetrada de un vivo
sentimiento religioso, no osaba mirar hacia Miguel; crea profanar la
majestad de la casa de Dios. No obstante, alguna que otra vez, de raro
en raro, se autorizaba el levantar los ojos y clavarle una rpida y
grave mirada, arrepintindose inmediatamente de haberlo hecho. A nuestro
joven le haca gozar ms aquella tmida y rapidsima mirada que las
ardientes y prolongadas que otras mujeres ms bellas y ms vistosas le
haban echado en el curso de su vida.

Aunque a larga distancia, observ aquella tarde que el semblante de
Maximina no era el mismo de otros das; la melancola, siempre esparcida
sobre l, se haba convertido en profunda tristeza; sus miradas eran ms
frecuentes y ms largas, y en torno de sus ojos un crculo levemente
encarnado acusaba claramente el llanto vertido. Qu le habr pasado? se
pregunt con inquietud. La habr reido su ta? Y dese que se
concluyese pronto la novena a fin de enterarse.

Era noche cerrada cuando salieron de la iglesia. El joven forastero
acostumbraba a esperar a doa Rosala y su sobrina en el prtico,
ofrecerles agua bendita y acompaarlas a casa en unin de otras vecinas,
lo cual le permita emparejarse con su novia y sostener con ella
conversacin aparte. Todo esto respiraba un sentimiento idlico, de
suave felicidad, que, como contraste a sus refinados amores cortesanos,
le causaba un gran deleite. Despus de haberla dirigido algunas
preguntas insignificantes, a las cuales contest la nia con dulce y
apagada voz, un poco ms apagada que otras veces, la pregunt
bruscamente:

--Qu tienes?... Parece que ests triste y has llorado (la tuteaba en
secreto desde haca algunos das: ella no se atreva a hacerlo sino
alguna que otra vez, cuando el joven se lo exiga con vehemencia).

Maximina sigui caminando en silencio.

--Te ha reido tu ta?

--No.

Volvi a guardar silencio. Al cabo de un instante, acercando ms el
rostro, observ que algunas gruesas lgrimas rodaban por sus mejillas.

--Ests llorando?... Por qu?--pregunt con zozobra.

--No lloro... no es nada--contest ella levantando hacia l sus ojos
sonrientes, pero nublados por las lgrimas.

--Lloras, s, y quiero saber por qu. Me parece que tengo derecho para
ello... si es que me quieres, como dices.

Todava le cost algn trabajo arrancarle su secreto. Al fin la nia
desahog el pecho oprimido y dijo con voz cortada por los sollozos:

--Hoy han estado en casa Paulina y Segunda y me llevaron a la tienda de
Joaquina antes de venir a la novena... y all comenzaron a burlarse de
m... Me dijeron unas cosas tan malas!

--Qu te han dicho?

--Que V. se estaba riendo de m y slo aparentaba quererme por
divertirse un rato... Que cmo poda figurarme yo que un joven rico y
elegante se haba de casar conmigo...

--Todo eso te han dicho?--exclam Miguel con sorda irritacin.--Nada
ms?

--Tambin me dijeron que V. tena una novia... una seora que vive ah
en el camino de Francia, y que la iba V. a ver todos los das... Parece
que vinieron a buscarme apropsito para darme esta pualada!

--Pues no te han dicho ms que la verdad.

La nia le mir con ojos suplicantes.

--Slo que hay una pequea dificultad para que esa seora, a quien
visito muchos das, sea mi novia... y es que esa seora est casada.

Miguel haba penetrado perfectamente el alma de la nia: por eso le
present esto como una dificultad insuperable. En efecto, Maximina abri
ms los ojos manifestando gran sorpresa; exigi que el joven se lo
jurara, y una vez hecho el juramento, un rayo de alegra ilumin su
semblante.

--Pero qu malas son esas chicas!--exclam cruzando las manos.--No
tendrn miedo que Dios las castigue?

Miguel se esforz en persuadirla a que no creyese nada de cuanto la
dijeran acerca de l, le hizo mil protestas sinceras de cario, y logr
que antes de llegar a casa se disipasen las nubes que velaban su rostro.
Al llegar, despojose Maximina inmediatamente de la mantilla y se fue a
la cocina, donde nuestro joven la sigui. Era una hora sta muy ocupada
para la nia: la cena de los chicos y del husped exiga bastantes
preparativos: la criada se encargaba nicamente del condimento de los
manjares; doa Rosala de atender al estanquillo. Maximina encendi la
lmpara del comedor y puso el mantel sobre la mesa: Miguel la segua con
la vista: ella levantaba de vez en cuando la suya y le enviaba una
sonrisa para mostrarle la confianza que tena en sus palabras y lo feliz
que la haba hecho con ellas. Una vez puesta la mesa, volvieron a la
cocina.

--Hay que limpiar esa vajilla--dijo la criada con el tono agrio que
siempre usaba.

--La ha fregado V. ya?

--Si no la hubiera fregado, cmo se haba de limpiar? Vaya una
salida!

--No se incomode, Rufa--dijo un poco acortada la nia.

Y cogiendo un pao, se sent con calma a secar los platos. Miguel se
sent cerca de ella.

--Voy a contarles a VV. un cuento--dijo aqul tomando otro pao y
ponindose a secar platos tambin.--Viajando un amigo mo por la China,
hace ya bastantes aos, me cont que haba llegado por la noche a un
pueblo llamado Cerdpolis. En cuanto estuvo dentro de l, ya no le
extra el nombre que tena; no se vean ms que cerdos por todas
partes; en las huertas, en las calles y hasta dentro de las casas; en
fin, no se poda dar un paso sin tropezar con alguno de estos
animaluchos.

--Qu olor habra all, madre ma!--exclam Maximina.

--Atroz! me dijo que no se poda respirar. Pues sucedi que fue a
alojarse a casa de uno de los principales del pueblo; pero la mayor
parte de las casas, aun las de los ricos, no tenan ms habitaciones que
la cocina y los dormitorios. El dueo le present a sus hijas, unas
chicas bastante feas, con los ojos torcidos y los pies muy chiquitos...
en fin, VV. ya habrn visto a algn chino. Parecan amables, y mi amigo
qued muy satisfecho del recibimiento que le hicieron. No qued tan
contento de la madre, esposa de nuestro chino. Era una vieja que estaba
al lado del fogn picando cebolla, as como est ahora Rufa.

Maximina levant los ojos hacia la cocinera y luego los volvi hacia
Miguel con una expresin entre cndida y maliciosa, sospechando alguna
broma.

--Cuando mi amigo se dirigi a ella preguntndole cmo estaba de salud,
no le contest ms que hum! sin levantar la cabeza siquiera. Mi amigo
mir con sorpresa al marido y a las hijas, como diciendo: Qu le he
hecho yo a esta seora para que me reciba de este modo? Pero lo mismo l
que ellas, en vez de avergonzarse, levantaron los ojos al cielo, con un
gesto de resignacin que le sorprendi todava ms. Se pusieron a cenar,
y mi amigo durante la cena y despus de ella trat de captarse las
simpatas, o por lo menos la benevolencia de la seora, prodigndole
muchas atenciones y dirigindole a menudo la palabra. Todo fue intil:
la china contestaba con su gruido acostumbrado, o a todo ms, con algn
monoslabo que revelaba su mal humor. El marido y las hijas se
contentaban con hacer aquel gesto de resignacin y dolor, que cada vez
iba maravillando ms al viajero. Despus de estar algn tiempo de
sobremesa, retirose a descansar. Cuando por la maana se levant,
encontr a toda la familia muy triste y como consternada. Les pregunt
en seguida con inters qu les pasaba de malo.

--La pobre madre!--exclam una de las nias.

--Qu le ha pasado? Est enferma?--pregunt.

--Ah la tiene V.

--Dnde?--dijo mirando a todas partes, sin ver rastro de china.

--Ah.

--Pero dnde?

--Esa marrana que tiene V. delante.

--Cmo!--exclam mi amigo, creyendo que el chino se haba vuelto loco.

--S, seor; ya sabamos en casa que de esta semana no poda pasar.
Usted, seor, por lo visto, no sabe lo que ocurre en este pueblo...

El chino le explic entonces que en aquella villa haba una enfermedad,
por desgracia muy comn, que se llamaba _cerdofalgia_, y que consista
en la trasfiguracin del hombre en cerdo. De ah la inmensa cantidad de
cerdos con que tropezaba en las calles. El primer sntoma de esta
enfermedad era el mal humor: en este primer grado, los enfermos podan
curarse como los tsicos, y al efecto siempre que alguno era atacado, se
empleaban para volverle a la salud mil clase de fiestas y regocijos, en
las cuales tomaba parte toda la familia. Algunos salvaban, pero la
mayora pasaban al segundo perodo, llamado del silencio, porque
hablaban muy poco: todava en este grado, salvaba uno que otro. Pero si
desgraciadamente entraban en el perodo de los gruidos, entonces era
cosa perdida: al cabo de algn tiempo, vena la trasfiguracin. Su
seora haca ya dos meses que estaba en el tercer grado.

Mi amigo qued pasmado y comprendi por qu cuando grua el ama de casa
hacan todos gestos de resignacin.

Al terminar Miguel su cuento, Maximina haca esfuerzos sobrehumanos para
contener las carcajadas que se le escapaban de la boca, viendo lo
amoscada que se haba puesto Rufa.

En aquel momento entr doa Rosala con otra seora de su misma traza.
Miguel al verlas dej apresuradamente el pao y el plato que tena en
las manos, para que no le viesen ocupado en tarea tan poco varonil.
Despus de cambiar algunas palabras, Maximina, sin darse cuenta de lo
que haca, le alarg dos platos diciendo:

--Ya no nos quedan ms que siete.

Pero el joven, avergonzado y con muy mal humor, se los rechaz.

--Deje V... Deje V. eso.

La nia ruborizada y confusa exclam con voz dbil:

--Como hasta ahora me haba ayudado!...




XV


Mi queridsima hermana:--escriba Miguel a Julia--Me preguntas por qu
permanezco tanto tiempo en este pueblecillo, y supones, infundadamente,
que pasar la mayor parte en San Sebastin. Asimismo haces algunas
reticencias que me desagradan, porque no estn bien en boca ni en pluma
de una nia tan candorosa como t eres y deseo que sigas siendo. Te has
equivocado en todas tus hiptesis. Permanezco en Pasajes (ya puedes
comenzar a rerte) porque estoy enamorado de la sobrina de mi patrona.
Es una nia (sigue riendo) que no pasa por bonita, ni es gallarda, ni
tiene talento, ni una educacin esmerada. Estoy enamorado no s de qu;
acaso del alma, aunque no lo aseguro. Lo que s puedo afirmar es que no
hay mujer (exceptuando t) que me parezca tan linda, tan amable y tan
bien educada. No ha cumplido an los diez y seis aos. Si vieras qu
buena y humilde es! Est tan convencida de su insignificancia, que yo he
hecho como Jesucristo; queriendo ser la ltima, la elev a primera. Ha
pasado dos aos en un convento de Vergara, y cuando yo llegu, estaba
empeada en hacerse monja: ahora ya se fue a paseo el monjo. Esto no
quiere decir que no fuese una buena religiosa; Maximina, que as se
llama, en cualquier estado y situacin de la vida sera buena, porque
as la hizo Dios. Me paso los ratos como un tonto escuchndola; cuando
narra su vida de colegiala: las nonadas y puerilidades de sus
compaeras, que me cuenta con gran calor, me embelesan lo mismo que la
novela ms interesante: conozco ya a todas las hermanas del colegio como
si las hubiera parido: hay una hermana San Onofre, de diez y ocho aos,
hermosa, instruida, pero de muy mal genio; en el convento todo el mundo
la tema ms que a la superiora; figrate que a una nia, porque
manifest asco al vaso de otra, la hizo comer las sobras de todas las
dems en un plato! Hay otra llamada Mara del Socorro, de la misma edad
que Maximina, muy dulce, muy tmida; cuando las nias enredaban en su
clase, no teniendo nimo para reirlas o castigarlas, se echaba a
llorar. Pero los amores de mi nia eran la hermana San Sulpicio, una
andaluza hermossima, llena de gracia y atractivo; haba cuatro chicas
enamoradas de ella perdidamente; pero la que se llev la palma y lleg a
ser su favorita al cabo de algn tiempo, fue Maximina; sin embargo, la
hermana, que era un poco coqueta al parecer, se complaca algunas veces
en mortificarla mostrndole gran frialdad o adoptando con ella un
continente severo, hasta que viendo su cara contristada, se echaba a
rer y le tiraba suavemente de una oreja, llamndola tonta. Un da vino
orden de arriba para trasladar a esta hermana a otro convento, y se
march secretamente sin despedirse. Quin se lo dice a Maximina? se
preguntaron todas las colegialas. Al fin una, ms habladora y peor
intencionada que las otras, se lo comunic bruscamente: mi nia recibi
un fuerte golpe en el corazn; pero trat de reprimirse, porque le daba
vergenza estallar en sollozos delante de sus compaeras: este esfuerzo
sobre s misma le cost caro, porque al poco rato se sinti mal y hubo
que desabrocharle a toda prisa el vestido, para que no se ahogase.

Oyendo el relato de tales escenas infantiles se pasa el mentecato de tu
hermano sabrosamente el tiempo, y no tiene ganas de volver a Madrid.
Querrs creer, querida hermana, que encuentro ms sabidura en las
palabras de Maximina que en los cursos de sistemas coloniales que nos da
en su casa el conde de Ros? Indudablemente, estoy perdido. Razn tiene
mi to Bernardo en decir que no ser en la vida nada de provecho.

Muchos recuerdos a mam. Salud y Estado Mayor. Un abrazo que casi te
asfixie de tu hermano,

MIGUEL.

Tres das despus la contestacin de Julia, que deca as:

Mi ms querido hermano: Si por mi gusto fuese, no te escribira hoy,
porque tengo que darte una noticia desagradable; pero mam lo manda...
y... cartuchera en el can, quepa o no quepa. La noticia es que nos
vamos a Madrid en la semana prxima, haca el mircoles o jueves. Por
consiguiente, ya sabes que debes ponerte en camino cuanto antes. Mucho
siento arrancarte esa felicidad que dices sentir y en la cual no creo.
Toda la vida has sido un pillo de playa, y no te arriendo los tizonazos
que has de llevar en el otro mundo. Esa pobre chica ser bien
desgraciada si se fa de tus palabritas de miel; no tardar en ir al
panten de las vctimas, como Teresa, Paquita, etc., etc. Me avergenzo
de ser hermana tuya, gran tuno!

Sabrs como tenemos noticia de que to Manolo se casa con la viuda de
marras. Ya era tiempo. Lo mismo uno que otro necesitan ponerse
dentadura nueva, porque estn algo duritos. Ah te envo una carta que
por la letra me parece de l: supongo que ser dndote parte de la boda.

El cuerpo de Estado Mayor me manda darte recuerdos. Mam lo mismo. Yo no
me contento sino con un fuerte mordisco en una oreja: ya sabes que soy
especialista en ese ramo. Avisa cuando sales.

JULIA.

Dentro de sta vena otra carta de D. Manuel Rivera noticindole su
prximo matrimonio. El antiguo seductor se manifestaba en ella contrito
y con grandes deseos de reformarse en lo tocante a la moral y las
costumbres, y anunciaba en trminos concretos que estaba resuelto a
someterse a las leyes generales que rigen los destinos de la humanidad y
la encaminan a lo infinito: hablaba de la necesidad imperiosa que siente
el hombre de tener una compaera que le ayude a soportar el fardo de la
vida, de los goces dulces e inefables del hogar domstico, de los
mutuos sacrificios. Por ltimo, llamaba al Ser Supremo en su auxilio y
le rogaba se dignase bendecir su pobre choza.

Miguel, en vez de enternecerse como deba, se ri mucho leyndola: mas
al instante qued triste y cabizbajo al recordar que deba abandonar a
Pasajes dentro de pocos das. La verdad era que lo estaba pasando bien
y que no le halagaba nada tornar de nuevo a la bulliciosa vida de la
corte. Por otra parte, qu sentimiento tan vivo experimentara la pobre
Maximina! En cuanto a la generala, haca ya das que haba formado
propsito irrevocable de romper con ella, si bien esperaba verse lejos
para llevarlo a cabo; no le acomodaba hacerlo en una entrevista por no
escuchar sus quejas de codorniz romntica.

En la expresin melanclica y reflexiva de su cara adivin Maximina que
algo triste le pasaba. Trat de mostrarse entonces ms alegre y
habladora que de ordinario, a fin de disipar su mal humor: adivinaba
vagamente que de rechazo iba a caer sobre ella; pero no lo consigui;
Miguel, contra su costumbre, responda con gravedad a sus instancias.

--Qu tienes?--le dijo al fin tmidamente.--Ests enfadado conmigo?

--Por qu haba de estarlo?--contest sonriendo tristemente.--Te
remuerde por algo la conciencia?

--A m no... pero...

Miguel guard silencio unos instantes: los ojos escrutadores de Maximina
estaban posados con anhelo sobre l.

--Tengo que darte una mala noticia--dijo al cabo dulcificando cuanto
pudo la voz.

La nia se puso extremadamente plida; pero no despeg los labios.

--Me ha escrito mi hermana para que vaya a reunirme con mam y con ella
a Santander, y acompaarlas a Madrid.

Maximina continu silenciosa, doblando la cabeza sobre el pecho.
Entonces le toc a nuestro joven observarla con cierta inquietud.

--No ser la ltima vez que nos veamos, hermosa--dijo
cariosamente.....--Lo mismo te seguir queriendo en Madrid, y a la
primera ocasin que se me presente, vendr a hacerte una visita.

La nia levant los ojos hacia l esforzndose por sonrer.

--Ahora que estoy prximo a separarme de ti--sigui diciendo el
joven,--es cuando veo cunto has penetrado en mi corazn... Parece
mentira que en tan poco tiempo te haya llegado a querer de un modo tan
entraable... Te pasa a ti lo mismo? Me seguirs queriendo cuando
dejes de verme?

Maximina movi varias veces la cabeza en seal afirmativa. Conmovido por
aquel silencio, que revelaba mejor que ninguna frase lo que su alma
senta, el joven le tom una mano y la llev suavemente a los labios:
por primera vez desde que se conocieran, ella no hizo resistencia
alguna. Cada vez ms embargado por la emocin, Miguel dej que su alma
se desbordase; la expres con lenguaje vivo y apasionado cunto la amaba
y lo feliz que algn da sera unindose a ella; la prometi no
olvidarla ni un solo instante, escribirla a menudo y venir a verla en
cuanto le fuese posible.

La nia se llev la mano a la frente y dijo con voz alterada:

--Se me est partiendo la cabeza de dolor...

En aquel momento entr doa Rosala en el estanquillo.

--Pobrecita!--exclam Miguel.--Debe V. acostarse un poco a ver si se le
pasa.....

--Qu; te duele la cabeza?--pregunt la ta.--La cancin de
siempre..... Anda ve a recostarte hasta la hora de comer: ya te llevar
el agua sedativa.

Maximina subi a su cuarto y doa Rosala qued disertando con Miguel,
que apenas la escuchaba. Por la tarde la nia pudo bajar al estanquillo:
tena el semblante un poco descompuesto. Cuando estuvieron solos, ella
le dijo tmidamente:

--Quieres una cosa que voy a darte?

--Ya lo creo! Cuanto t me des ser para m sagrado.

Maximina sac del bolsillo un crucifijo de plata pendiente de un cordn
y se lo entreg ruborizada diciendo:

--Este crucifijo me lo regal la hermana San Sulpicio el da de su
santo: lo traigo colgado al pecho hace tres aos sin quitarlo jams...

Miguel se lo arrebat con alegra.

--Precisamente iba yo a pedirte una medallita para colgar al cuello.
Cunto me alegro que te hayas anticipado! Te prometo no separarme de l
ni de da ni de noche... Pero voy a suplicarte un favor... que t misma
me lo cuelgues.

Maximina vacil un instante: al fin tom de nuevo el crucifijo; Miguel
baj la cabeza y el Cristo qued colgado por la parte de fuera del
chaleco.

--Ahora--dijo l con sonrisa maliciosa--es menester que lo ocultes
debajo de la camisa.

--No; eso hazlo t.

Los dos das que siguieron a esta escena trascurrieron suaves y
melanclicos. Los amantes estaban mucho tiempo juntos, pero se hablaban
poco. Maximina haca visibles esfuerzos por mostrarse serena. Miguel,
adivinando estos esfuerzos, senta su amor y su compasin crecer.

Tom pasaje en un vapor que deba salir por la tarde. Maximina aquel da
por la maana se manifest casi contenta. Sin embargo, estando en
conversacin con l en la sala, cuando menos pareca indicarlo la
expresin de su fisonoma, rompi a sollozar fuertemente. Miguel la
acarici y la consol en los trminos mejores que pudo.

Despus que arregl su equipaje, el joven recorri el pueblo
despidindose de los amigos que durante su estancia se haba ganado:
prxima ya la hora de partirse y habiendo odo sonar el pito del vapor,
volvi a casa con objeto de despedirse de Maximina. Por ms que la busc
por todas partes no pudo hallarla: nadie saba dnde se haba metido:
doa Rosala opin que se habra ido a la iglesia. No es decible lo que
esto disgust a Miguel, quien despus de mandar el equipaje, se fue con
el corazn oprimido hacia el muelle; pero antes se le ocurri dar una
vuelta por la iglesia. Como el tiempo apuraba, corri hasta sofocarse;
no vio rastro de Maximina en todo el mbito del templo. Sali cabizbajo
y lleg al vapor, que estaba pitando terriblemente en espera suya.
Cuando salt a bordo, el capitn le dijo con malos modos que haca
quince minutos que aguardaban por l: no le caus ningn efecto la
reprensin. Subi al puente; en el momento de arrancar el buque,
percibi en el balcn corrido de la casa de D. Valentn la figura de la
nia. Ech mano apresuradamente a los gemelos del capitn que colgaban
de la baranda, y pudo ver a su novia llorosa con un pauelo en la mano
hacindole seas. Sac el suyo del bolsillo y contest lleno de emocin.
La tarde estaba tranquila, el cielo nublado, las aguas de la pequea
baha inmviles y verdosas espejaban confusamente la columna de humo
que el vapor dejaba en pos de s. Algunas otras figuras humanas se
asomaban a los balcones y terrados al or los prolongados y furiosos
ronquidos de la mquina.

En tanto que el barco no sali por la boca estrecha de la baha, Miguel
no apart los gemelos de los ojos, dirigindolos al balcn donde la
triste Maximina quedaba. Cuando una pea se la ocult, dej caer las
manos con dolor: despus se limpi las mejillas, que estaban hmedas.




XVI


Llevaba el corazn tan henchido de amor, de admiracin, de entusiasmo,
que Julita se vio necesitada a sufrir a diario, por algn tiempo, las
descripciones que le plugo hacer de la bondad, sencillez e inocencia de
la nia de Pasajes. A las mujeres no les disgusta esta clase de
confidencias: as que, lejos de huirlas, las provocaba, informndose con
deleite de todos los pormenores ms o menos pueriles de aquellos amores
idlicos, tan en consonancia con su edad y su sexo.

Miguel rehusaba ensearle el retrato. Tema que no le gustase. Despus
de muchos ruegos, y anunciando con empeo que fsicamente vala poco,
lo sac de una cartera donde lo llevaba.

--Pues no tiene nada de fea!--exclam Julita.--Al contrario, es una
cara muy simptica...

A Miguel se le ensanch el corazn, y se dibuj en sus labios una
sonrisa beata.

--Sabes a quin se parece un poco?... A Clarita Mazn...

Clarita Mazn era una joven bastante linda. Sin embargo, Miguel no
transigi con el parecido, y hasta se indign.

--Pero qu enamorado ests, Miguel!--exclam Julita sonriendo
maliciosamente.--As me gusta... Ya era tiempo de que la veleta quedase
fija un instante... Sabes que si yo estuviese en la piel de esa nia
las habas de pagar todas juntas?

--Lo creo--repuso el joven riendo.

--No te duermas sobre los laureles, pillo, porque en cuanto yo pueda
entenderme con ella, se lo he de aconsejar.

--No te har caso.

--Quin sabe! Le har ver lo que t eres con esa cara de angelito de
retablo.

Desde Santander, Miguel telegrafi a Pasajes, dando noticia de su
llegada. As que salt del tren en Madrid, puso otro telegrama, y
escribi aquel mismo da. La contestacin de Maximina tard seis en
llegar. La impaciencia que nuestro joven manifest en estos das hizo
rer mucho a su hermana. Contra su costumbre, aguardaba en casa al
cartero, y hasta le espiaba detrs de los cristales del balcn y le iba
a abrir l mismo la puerta.

La carta, que al cabo recibi, vena en un sobre pequeo, escrito con
magnfica letra inglesa, la letra que se enseaba en el convento de
Vergara; su contenido no era largo ni expresivo, pero respiraba modestia
y candor: llambale en el comienzo apreciable Miguel y se despeda
como segura servidora, lo cual le hizo rer. En la rplica le dio
bastante matraca con aquella segura servidora, y la nia, en las
cartas siguientes, modific su despedida: el comienzo, o sea el
apreciable, ya le cost ms trabajo que lo cambiase; al fin, se
aventur a llamarle querido Miguel. Todas las cartas se las lea ste
a su hermana. Julia principi a sentir viva simpata hacia aquella nia
de menos edad an que ella. Un da le dio una estampita de su libro de
misa, para que se la enviase de su parte. Maximina, al acusar el recibo,
se manifest tan conmovida por aquel regalo, que Julia no pudo resistir
al deseo de ponerla una posdata en la carta de su hermano, dndole
cariosas expresiones. La nia de Pasajes contest con otra; se
cambiaron despus los retratos; por ltimo, al cabo de dos meses, ya se
escriban directamente.

Por este tiempo el hijo del brigadier haba cortado enteramente sus
relaciones con la generala Bembo. No pocos esfuerzos caligrficos le
cost aquel rompimiento: las quejas de la nueva Ariadna venan
diariamente por el correo esparcidas en cinco o seis pliegos de letra
menuda: era necesario contestar a ellas: al fin Teseo se cans y las
guard filosficamente en el bolsillo. Entrado ya el invierno, Ariadna
volvi a Madrid, y no se pasaron quince das sin que la trompeta del
escndalo pregonase sus amores con el secretario de la Embajada
francesa. A Miguel no le maravill nada este suceso.

Un da Julita le dijo a boca de jarro:

--Cundo piensas casarte, Miguel?

Se puso colorado, y respondi vacilante y confuso:

--Oh, el matrimonio!... Hay que pensarlo con calma.... Es un negocio
muy grave.

Y cort repentinamente la conversacin, hablando de otra cosa. Julia se
qued triste y pensativa. Le hizo esta pregunta, porque haba observado
que su hermano no menudeaba tanto las cartas a Pasajes como antes.
Empez a sospechar que se iba cansando, y tembl por la pobre Maximina.
No se dio por vencida, sin embargo. Al cabo de pocos das le cogi en su
cuarto, por la oreja, y le dijo medio en broma medio en veras:

--No te suelto si no me dices ahora mismo si piensas o no casarte.

--Pero, chica, a ti que te va ni te viene en eso?--contest el joven
riendo.

--Tengo inters por Maximina, porque es mi amiga.

--Si no la conoces!

--No importa, la quiero ya como si la conociese.

--Tendras gusto en ser hermana poltica de la sobrina de una
estanquera?--pregunt el joven con malicia.

--Ya lo creo!--repuso Julia ponindose seria.--Si es buena y bien
educada, por qu no?...

--No vayas a pensar que yo me detengo por eso--dijo Miguel, ponindose
tambin serio.--He meditado mucho en estos ltimos meses acerca de tal
asunto, y al fin no he podido menos de confesarme que no sirvo para
casado. El que ha hecho hasta los veintisiete aos la vida independiente
que yo, es muy difcil que pueda acomodarse al orden, a la paz, a la
serie de sacrificios que el matrimonio exige... Y, francamente, para ser
un mal casado, no vale ms que permanezca soltero toda la vida?... Por
otra parte, si me caso con esa chica, que no est acostumbrada al trato
de gente ni ha entrado jams en sociedad alguna, ya comprendes que debo
renunciar en absoluto a mis relaciones y a las antiguas amistades de mi
familia: yo no quiero pisar un saln donde mi mujer no haga buen
papel... Adems, Maximina es demasiado nia y demasiado inocente para
dominar a un hombre tan maleado como yo, y para regir una familia...

As continu el hijo del brigadier rebuscando argumentos en su cerebro
para ocultar los verdaderos mviles de su conducta, que eran el tedio y
la vanidad, pasiones asquerosas que la vida cortesana haban despertado
nuevamente en su corazn. Julia no apartaba su mirada escrutadora de l,
lo cual concluy por turbarle y obligarle a callar. Despus de algunos
momentos de silencio, aqulla exclam moviendo la cabeza con dolor:

--Pobre Maximina!

Y despus de una pausa larga, dijo con energa:

--Pues mira, Miguel, si no has de casarte con ella, es un pecado grande
que la ests engaando. Debes cuanto antes cortar esas relaciones.

--Bien; de eso ya hablaremos... Acaso tengas razn... Hasta luego--dijo
ponindose el sombrero y dndole un beso de despedida.

Por ms que nos duela hablar mal del hroe de nuestra historia, la
verdad nos obliga a confesar que Miguel tuvo la cobarda de cortar sus
relaciones con la nia de Pasajes dejando de escribirla. Al cabo de unos
quince das, su hermana le ense una carta que haba recibido de ella;
se daba por enterada del desamor de su novio, sin proferir una queja;
disculpaba su conducta manifestando que despus de la separacin haba
reflexionado que ella no poda convenir a un hombre como Miguel; hubiera
deseado, sin embargo, que ste se lo hubiera dicho antes de tenerla
impaciente y triste muchos das; terminaba diciendo que al fin haba
conseguido de su ta el permiso para hacerse monja de la caridad.

Esta carta, donde al travs de la firmeza y naturalidad de los
conceptos, se entreva una mano temblorosa y unos ojos nublados por las
lgrimas, conmovi hondamente a nuestro hroe, y le hubiera conmovido
an ms, hasta el punto quiz de marcharse aquel mismo da a Pasajes
para pedir perdn a Maximina y hacerla su esposa, si desgraciadamente
aqul no fuese un da crtico y terrible de su existencia.

El peridico del conde de Ros sostena frecuentes polmicas con otro
diario conservador titulado _La Monarqua_. Estas polmicas, un tanto
speras, no haban rebasado hasta entonces los lindes de una cortesa
ms o menos ambigua. Lleg un punto, no obstante, en que la discusin se
fue agriando en trminos que aparecieron en el diario moderado algunos
insultos velados contra el inspirador y los redactores de _La
Independencia_. Miguel se juzg en el caso de escribir un artculo
contestando a estas injurias, que fue un verdadero prodigio de
habilidad: devolvanse con creces todas aqullas al enemigo, pero de un
modo tan fino y bien encubierto, que era imposible demandar reparacin
ante los tribunales, y no era fcil tampoco hallar motivo para un duelo.
El artculo se ley en la redaccin y fue calurosamente aplaudido. Por
desgracia, en esta ocasin fue cuando a Mendoza se le ocurri descubrir
enteramente aquel secreto que su amigo le tena guardado haca aos. Al
traerle las pruebas del artculo, se autoriz, sin consultar a nadie,
cambiar uno de sus prrafos metiendo otro de cosecha propia. Por virtud
de esta funesta ocurrencia, lo que era una frase incisiva y bien
meditada, se convirti en grosero y feroz insulto. En cuanto Miguel, al
leer el peridico por la maana, se enter de la modificacin,
revolvisele la bilis, comprendiendo que no poda menos de producir
fatales consecuencias; fue a la redaccin, y no encontrando a Mendoza,
comenz a decir en presencia de sus compaeros lo que ya hemos visto en
otro captulo.

Todos sus clculos quedaron confirmados. No se pasaron muchas horas sin
que dos caballeros, padrinos del director de _La Monarqua_, viniesen a
exigir al de _La Independencia_ una satisfaccin personal. Mendoza,
plido y tembloroso, les contest que l no era el autor del artculo, y
les prometi que en el nmero del da siguiente saldra una
rectificacin. No falt quien le pasara recado a Riverita, quien a toda
prisa acudi a la redaccin, antes que de ella hubiesen salido aquellos
seores. As que lleg, deshizo cuanto se haba convenido; contest que
era suyo el escrito, se opuso a publicar ninguna rectificacin, y nombr
por padrinos al conde de Ros y a un compaero llamado Merelo. Despus
se volvi a casa, y fue cuando Julita le mostr la carta de Maximina.

Los padrinos de los contendientes tardaron un da entero y emplearon
toda la saliva de sus gaznates en discutir las condiciones del desafo.
El punto ms arduo era el de la eleccin de armas. El conde de Ros,
fundndose en que su apadrinado era el retado, crea tener derecho a
elegirlas, y lo sostena con gran calor. En realidad, haca mucho
hincapi en este asunto, porque era sabedor de que el periodista
moderado pensaba elegir el sable, no porque lo manejase con gran
destreza, sino porque, dada su estatura y corpulencia, deba llevar
ventaja al adversario. Los padrinos de aqul defendan con igual tesn
su derecho, por ser el ofendido. A las diez de la noche an no haban
podido arreglarse. En una de sus entrevistas con Ros, Miguel, cansado
al fin por tanta dilacin, le rog que aceptase cuantas condiciones
quisieran poner los contrarios.

En virtud de esto, qued convenido que el duelo se efectuase a sable con
punta. Hora, las siete de la maana; sitio, la quinta de Vistalegre, en
Carabanchel.

No fue a dormir a casa: pas recado a su madrastra, advirtindola que
deba velar a un amigo enfermo, a fin de que ni ella ni Julia estuviesen
con cuidado. No sali del casino, donde haba estado toda la tarde
esperando el resultado de la discusin de los padrinos. Hasta las dos de
la madrugada jug al tresillo: cuando la partida se disolvi, estuvo
paseando largo rato por uno de los salones; cansado al fin, se recost
en un divn, y no tard muchos minutos en prenderle un sueo pesado y
letrgico. La tensin en que sus nervios haban estado las ltimas
horas, haba terminado por un enervamiento. Durmi media hora, y,
durante ella, so mil disparates: ahora se encontraba en un inmenso
palacio deshabitado, donde cierta sombra, que vio cruzar, le caus un
terror extrao, que jams haba sentido: ahora se iba a batir dentro de
una iglesia con un hombre que no conoca, y que resultaba ser D.
Valentn, el to de Maximina, el cual, sin saber cmo, se converta en
gato y se arrojaba sobre l, clavndole las uas al cuello: despus se
vio en medio del mar, flotando como una boya, a merced de las olas, sin
esperanza de que nadie viniese a socorrerle.

--Seorito, seorito...

--Eh! qu hay?--dijo restregndose los ojos.

--Vamos a apagar.

--Bueno... Sabe V. si est en la sala de juego el Sr. Merelo?

--Me parece que s, seor.

Se fue hacia all y encontr a su amigo ganando bastante dinero. Al
verle entrar, Merelo le dirigi una sonrisa alegre y expansiva; bien
claramente se entenda que en aquel instante no le importaba mucho que
Miguel se fuese a matar. Todava estuvo en ganancias un largo rato,
hasta que viendo seales de que la suerte se torca, levantose como
jugador experto y sali de la sala abrazado a su amigo.

--Qu hora es, Miguelillo?

--Las cinco menos cuarto.

--Hay nimo, verdad?--le pregunt abrazndole de nuevo con efusin.

--S, hombre, s! Yo tengo nimo y t dinero--contest sonriendo.

--Quieres que vayamos a casa de doa Mariquita a tomar chocolate?

--Vamos.

Mientras tomaban el desayuno, Merelo, cada vez ms alegre y carioso,
habl de muchas cosas con pasmosa lucidez; pero especialmente de
esgrima. Realmente esta era la conversacin que vena al caso entonces,
y entendindolo as le dio una multitud de consejos encaminados todos a
no dejarse pegar por el director de _La Monarqua_; antes bien, a
partirle por el medio en la primera ocasin.

--Nada de fintas, entiendes?... Los golpes han de ser rpidos y
decisivos... Djale a l que finte cuanto quiera... T quieto, sereno,
aplomado... a parar y contestar nada ms... Ya caer en alguna
contestacin. Pues no ha de caer!

Miguel mojaba distradamente el bizcocho en el chocolate pensando Dios
sabe en qu. Cerca ya de las seis salieron del establecimiento y
enderezaron los pasos hacia la calle de la Reina, donde viva el general
Ros. Era noche cerrada todava. Al llegar vieron el coche a la puerta
en espera ya de su dueo. Pasaron al conde un recado por el lacayo y no
tard en presentarse envuelto en un gabn de pieles; el lacayo vena
detrs con los sables. Despus de saludarse afectuosamente, subieron al
carruaje, y ste comenz a rodar por las calles silenciosas con spero
traqueteo.

Cuando salieron por la puerta de Toledo, comenzaba a rayar el da. Al
llegar a Carabanchel ya estaba claro. Durante el trayecto, el general y
Merelo no cesaron de hablar de poltica. La maana despejada. Al apearse
cerca de la regia posesin, haca un fro intenso: los rboles,
desnudos, tenan su armazn cubierto de escarcha. Por el carruaje que
vieron a la puerta, comprendieron que sus contrarios ya haban llegado,
y en busca de ellos se dirigieron por los hermosos jardines del opulento
banquero. Mucho antes de llegar al paraje designado, vieron sus figuras
negras resaltando sobre el blanco tapiz de la helada. Miguel, que hasta
entonces haba dado seales de hallarse inquieto y nervioso, qued
repentinamente en calma: desde entonces hasta el fin del lance manifest
una absoluta y extraa serenidad que dej altamente complacidos a sus
padrinos. Saludaron stos a los contrarios y al mdico, que deba servir
para los dos contendientes segn se haba convenido: Miguel y el
periodista moderado se hicieron de lejos una leve inclinacin de cabeza.
Escogiose el terreno, que fue un camino de arena mejor resguardado que
los otros por dos altos setos de rosal; midironse los sables;
despojronse los adversarios de los gabanes y levitas, quedando con el
chaleco, en gracia del fro que haca; colocseles en su sitio con el
sable en la mano: por ltimo, el conde de Ros, como la persona de ms
respeto que all haba, se coloc en el medio, alarg los brazos tomando
con los dedos las puntas de los dos sables y se apart diciendo con
fuerte entonacin:

--Seores, cumplan VV. con su deber.

El director de _La Monarqua_ era un mocetn robusto, de treinta y
cuatro a treinta y seis aos de edad, cuya figura formaba triste
contraste en aquella ocasin con la delicada y exigua de Rivera. Sin
embargo, a los pocos momentos comprendi ste que no se las haba con un
tirador consumado. Miguel haba tirado algunas temporadas el sable y el
florete: su contrario no conoca al parecer ms que esta ltima arma;
pues hubo que advertirle por los padrinos que no levantase la mano
izquierda, y la colocase detrs de la espalda. Pero esto mismo le haca
muy peligroso, porque en vez de hacer uso del filo, alargaba a cada
instante la punta del sable, manteniendo a Miguel fuera de distancia.
Este comenz a atacar vigorosamente tirando golpes sencillos al brazo, a
la cabeza y al hombro: su contrario, en vez de pararlos, la mayora de
las veces rompa alargando la punta: de esta suerte, a los tres minutos
la lucha se convirti en un asalto desordenado de florete. Sin embargo,
el periodista monrquico le tir impensadamente un golpe a la cabeza;
pero hubo de salirle caro, porque Miguel par y contest con tal
rapidez, que si no rompe a tiempo le raja la cara. Desde entonces no
tir ms tajos. La lucha se prolong cerca de quince minutos sin
resultado. Miguel, que era el que atacaba, se sinti fatigadsimo;
tanto, que lo hizo presente en voz alta, y los padrinos les obligaron a
suspender y les dieron diez minutos de descanso. Durante ellos, Miguel
se visti el gabn y se fue a fumar un cigarro en un banco con la mayor
tranquilidad, en la apariencia, en realidad muy irritado por aquel
extrao procedimiento de su contrario. Comenzada de nuevo la lucha,
tampoco dio resultado alguno en bastante tiempo, apesar de que Miguel,
cada vez ms impaciente, atacaba con furia batiendo para herir el sable
de su adversario; pero ste tena brazo de hierro, y apenas si consegua
apartar la punta un instante. A los ocho o diez minutos volvi a
sentirse cansado, mas no os declararlo por vergenza. Afloj en el
ataque, hacindolo cada vez ms dbil y desordenado. Advertido el
contrario, comenz a tirarle frecuentes estocadas: apenas tena fuerzas
para pararlas. Al cabo, el robusto periodista le separ el sable con el
suyo a viva fuerza, y le hundi la punta en el pecho.

Miguel cay soltando un chorro abundante de sangre. Todos se apresuraron
a socorrerle. El director de _La Monarqua_ balbuci algunas palabras
manifestando su sentimiento, a las cuales el herido no pudo contestar.
El mdico le hizo la primera cura y acto continuo fue trasladado al
coche, que le llev en compaa de aqul y sus padrinos a casa.




XVII


El pronstico del mdico fue reservado en los primeros momentos. Al cabo
de veinticuatro horas manifest que su estado era grave, aunque no
desesperado.

Julita haba padecido varios ataques nerviosos en el trascurso de aquel
da: la vista de su hermano moribundo le haba causado profunda y
terrible impresin: no hubo fuerza humana capaz de hacerle tragar
alimento ni medicina alguna. El susto de su madre tambin fue grande,
pero trasformose sbito en viva y spera irritacin, de la cual fueron
vctimas los padrinos, el mdico, los criados, y hasta el mismo Miguel
as que se encontr en estado de sufrirla: la gran preocupacin de la
brigadiera no era que aqul se curase, sino saber quin haba tenido la
culpa de la desgracia: tan intemperante y desbocada estuvo, que el conde
de Ros no pis ms la casa, limitndose a preguntar todos los das por
medio de un lacayo el estado del enfermo.

Afortunadamente, sali del peligro pronto: a los cinco das ya se le
permita hablar, aunque no mucho. Julia no se apartaba de su cabecera.
La mam era la encargada de recibir las numerosas visitas que llegaban;
y por cierto que no se hartaba de contar a todo el mundo los pormenores
de la catstrofe.

Una tarde, Julia se hallaba, como de costumbre, cosiendo al lado de la
cama del enfermo; el cual dorma.

--Oyes, Julia--dijo de pronto despertndose.--Quieres hacerme un favor?

--Cul?

--Leme otra vez la carta de Maximina..... El da aquel no estaba yo
para enterarme de nada.....

Julia sonri con semblante triunfal. En efecto, haca das que observaba
en su hermano cierta predisposicin a la melancola bastante ajena a su
carcter: a menudo se pasaba horas enteras con los ojos estticos,
inmvil, dando seales de hallarse emboscado en una maraa de
pensamientos tristes: le molestaba la compaa de los amigos y aun
llegaba a desagradarle que su hermana le leyese demasiado
tiempo.--Miguel piensa en Maximina--se dijo aqulla al verle tan
reflexivo. Qu misterio de amor se le escapar a una joven de diez y
siete aos?--Pues que pene un poco; ya resollar.

Y as fue, como lo pens la nia.

--Voy a buscarla--contest saliendo apresuradamente de la alcoba.

No tard en llegar con ella en la mano: sentose de nuevo y se puso a
leerla con gran calma, observando de reojo al herido.

Al concluir, ste tena los ojos hmedos, y exclam mirando al techo:

--Pobre nia!

Julia guard la carta en el pecho, cogi otra vez la costura y se puso a
mover la aguja en silencio. Al cabo de algunos minutos el enfermo volvi
a decir:

--Voy a pedirte otro favor...

--Lo que quieras...

Toma las llaves de mi escritorio, que estn ah en el chaleco, abre el
segundo cajn de la izquierda y saca un crucifijo de plata que hay en
l... y tremelo.

--Aqu est--dijo presentndoselo a los pocos instantes colgando de un
pedazo de cordn.

--Este crucifijo--manifest algo ruborizado--me lo dio Maximina al
separarnos: se me rompi el cordn, y esperando comprar otro, lo guard
en el escritorio.

--Tengo yo uno; no necesitas comprarlo--repuso la joven tornando a salir
de la estancia y entrando otra vez al instante con un cordoncito azul. Y
sin ms dilacin tom el crucifijo de manos de Miguel, sac el cordn
viejo, meti el nuevo y dijo con naturalidad:

--Quieres que te lo cuelgue?

--Bueno--contest Miguel ponindose otra vez colorado.

Al tiempo de colgrselo, Julita acerc la boca a su odo y le dijo
graciosamente:

--Si lo hubieras trado siempre, no te habran herido.

Y sin esperar contestacin sali dando brincos. Cuando estuvo en el
pasillo, se qued inmvil de repente, medit un momento, y dibujndose
en su rostro una sonrisa de placer, sigui corriendo a su cuarto y acto
continuo se puso a escribir.

La verdad es que en los das que siguieron a esta escena, Julita se
manifest digna de una plenipotencia de primer orden.

Pocos diplomticos se hubieran conducido con tanta habilidad.

No volvi a hablar a su hermano de Maximina: pero le dejaba largos ratos
solo, y cuando estaba a su lado permaneca quieta y silenciosa,
esperando con razn que el pensamiento del herido llevara a cabo su
tarea, y mejor por s solo que con auxilio de nadie. De vez en cuando,
dando largos rodeos, que la hacan rer, Miguel sacaba la conversacin
de Pasajes y de Maximina, contndole por centsima vez todos los
episodios de sus inocentes amores. Ella le escuchaba atenta, le animaba
a seguir, pero guardndose de hacerle pregunta alguna acerca de sus
designios. Esta tctica pareca excitar cada vez ms la locuacidad del
enfermo; y aun se advertan en l ciertos deseos de comunicar alguna
cosa de ms trascendencia; mas tales deseos veanse contenidos por la
reserva y el silencio de Julia.

Una maana, por fin, sta vino a sentarse ms temprano que de costumbre
a su cabecera. Si Miguel se hubiera fijado en ella, tal vez habra
advertido en sus ojillos inquietos y negros un brillo singular y en sus
manos cierto temblor inusitado; pero se hallaba tan embebido en sus
pensamientos y habitual melancola, que nada observ.

--Dime, Miguel--le dijo la joven levantando resueltamente la
cabeza,--qu piensas hacer cuando te levantes?

--Cuando me levante?... Qu quieres decir?..--repuso sorprendido.

--S; qu piensas hacer de tu vida?

--Qu s yo, chica?... Lo de siempre.

Hubo un rato de silencio. Miguel esperaba que su hermana concretase ms
el pensamiento: viendo que no lo haca, se decidi a hablar.

--La verdad es, Julia, que he meditado bastante en estos das acerca de
mi situacin, y no la encuentro tan halagea como a primera vista
parece. T y mam constitus hoy mi nica familia. Con los dems
parientes no cuento para nada. T te casars, como es natural. Mam...
ya sabes cmo tiene el genio; la vida a su lado no puede ser alegre. Por
otra parte, me voy haciendo viejo (_carcajada de Julia_). No te ras;
aunque por fuera no me siento viejo, por dentro necesito ya sosiego,
comodidades; la vida de fonda me horroriza. No puedes figurarte la
compasin que me inspiran esos viejos que andan rodando solos por las
casas de huspedes..., que se ponen enfermos y tienen que llamar a una
hermana de la caridad... que al llegar de la calle no pueden comunicar
sus impresiones tristes o placenteras con un ser querido... que con
ganas o sin ellas se ven forzados a salir todas las noches, porque la
soledad les arroja del cuarto... Es horrible!

--Bien; todo eso quiere decir que deseas casarte--manifest Julia con
sonrisa burlona.

--No he dicho tal cosa--respondi avergonzado, y reponindose en
seguida, exclam:--Pero si lo hubiera dicho, qu?... Tiene algo de
particular?

--Nada, hombre, nada; al contrario, siempre he credo que debas
casarte.

--Pero con quin?--pregunt el joven en tono angustioso.

--Con la muchacha que ms te guste..., si es que te quiere.

--Ah est la dificultad..., que no me gusta ninguna.

--Ni la de Pasajes tampoco?

Miguel se turb an ms, y dijo con palabra vacilante:

--Qu pcara eres! Maximina me gustaba. La verdad es que sera una
buena esposa...

--Pues por qu no te casas con ella?

--Crees t...?--pregunt dirigindole una mirada tmida y anhelante.

--Vaya! Yo me alegrara muchsimo. Creo que es la nica mujer que te
conviene.

--Ay, Julita!--exclam con vehemencia incorporndose un poco.--Qu
placer me has dado. Hace una porcin de das que no pienso en otra cosa.

--Lo saba perfectamente... Pero hazme el favor de taparte, porque si te
mueres no hay boda, y yo quiero comer dulces a toda costa.

Miguel la dirigi una sonrisa de reconocimiento. Hubo otra pausa. Se
qued pensativo y mir dos o tres veces de soslayo a su hermana, como si
no se atreviese a manifestarle lo que cruzaba por su mente. Al fin se
aventur a decir:

--Todava tengo que pedirte otro favor, Julita.

--Ya s cul es: que escriba a Maximina, verdad?

--Qu talento tan prodigioso! No pareces hermana de un redactor de _La
Independencia_... Escrbele, s, porque yo, Dios sabe cundo podr coger
la pluma.

--Y qu le digo?

--Lo que quieras.

--Bien; le dir que la quieres mucho y que deseas casarte con ella a
escape.

--Eso; y que es ms guapa que la virgen del Carmen!

--Calla, bruto. Voy ahora mismo, no sea que te vuelvas atrs.

Sali de la alcoba; no se pasaron dos minutos sin que se la oyese gritar
desde la puerta:

--Ya he escrito, Miguel. Ah est la contestacin.

Alz los ojos y vio a la misma Maximina, a quien Julia empujaba hacia la
cama. Detrs vio asomar la cara del hombre-pez, o sea de D. Valentn, el
ex-capitn del _Rpido_, quien haca todo lo posible por ocultarse
detrs de las jvenes. Crey que estaba soando: de tal modo se pint el
espanto en sus ojos, que Maximina se detuvo en medio del gabinete.

--Vamos, necio, no pongas esa cara, que la asustas!--exclam Julita.

Brill entonces una chispa de gozo en los ojos del joven. Maximina, ms
roja que una cereza, avanz unos pasos ms y le pregunt con voz
temblorosa:

--Cmo se encuentra V., Miguel?

--En el stimo cielo; a la derecha de Dios Padre!

Y tomndole una mano comenz a besarla con frenes, como si no hubiera
nadie delante.

--Julia te ha escrito pidindote perdn de mi parte, no es verdad?...
Dicindote que estaba en peligro de muerte, y deseaba casarme contigo,
verdad?... Pues todo, todo eso es cierto... Slo que ya no me muero. Me
casar en cuanto me levante de esta cama y seremos muchos aos
felices... Digo (_bajando la cabeza y cambiando de tono_) en el caso de
que t me quieras... Ests conforme con el programa?

La nia hizo una seal afirmativa: la emocin la impeda hablar.

Miguel estrech con fuerza sus manos y las llev al corazn.

D. Valentn contemplaba atnito aquella escena. Julita, desde la puerta,
exclam sentenciosamente llevndose un dedo a la frente:

--Y luego dir mam que aqu no hay ms que viento!

       *       *       *       *       *

Aquella misma noche volvieron D. Valentn y su sobrina a Pasajes. Tres
semanas despus fue Miguel a casarse. A las dos horas de recibir la
bendicin del cura, emprendieron la marcha para Madrid.

El destino tena reservadas todava a Miguel otras penas y otras
alegras, las cuales ms adelante contar, si en ello fuere Dios
servido.

FIN

       *       *       *       *       *


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Tomo II. El 19 de Marzo y el 2 de Mayo. Bailn; 125 grabados, 14
pesetas.

Tomo III. Napolen en Chamartn. Zaragoza; 125 grabados, 14 pesetas.

Tomo IV. Gerona Cdiz; 130 grabados, 14 pesetas.

Tomo V. Juan Martn el Empecinado. La batalla de los Arapiles; 14
pesetas.

Tomo VI. El equipaje del Rey Jos. Memorias de un cortesano; 13
pesetas.

Tomo VII. La segunda casaca. El grande Oriente.

Tomo VIII. El 7 de Julio y los cien mil hijos de San Luis; 13 pesetas.

Tomo IX. El Terror de 1824 y un voluntario realista; 14 pesetas.

Tomo X y ltimo. Los Apostlicos y un faccioso; 15 pesetas.

=PONSON DU TERRAIL.=--El Herrero del convento; 2 tomos 8., de 336 y 434
pginas, 3 pesetas.

--Los Amores de Aurora: segunda parte del Herrero del convento; un tomo
8., de 668 pginas, 2 pesetas.

--La justicia de los bohemios: tercera parte y ltima del Herrero del
convento; un tomo 8., de 567 pginas, 2 pesetas.

--El Capitn de los penitentes negros; 2 tomos, 2 y 2,50 pesetas.

--El Diamante del Comendador; un tomo, 1,50 pesetas.

=PEREDA.=--Sotileza. 1885; un tomo, 4,50 y 5 pesetas.

--Tipos y paisajes; un tomo, 3 pesetas.

--Tipos trashumantes; 2 pesetas.

--Esbozos y rasguos; 4 y 4,50 pesetas.

--El sabor de la tierruca; tela, 3 y 4 pesetas.

--Pedro Snchez, segunda edicin, 4,50 y 5 pesetas.

En publicacin:

Obras completas, esmeradamente corregidas, a 4 y 4,50 pesetas tomo.
Encuadernadas bonitamente, en tela, una peseta ms.

Se hallan de venta las siguientes:

--Los hombres de pro.

--El buey suelto...

--D. Gonzalo Gonzlez de la Gonzalera.

--De tal palo tal astilla; 4 y 4,50 pesetas.

--Escenas Montaesas; 4 y 4,50 pesetas.

=POLO Y PEILORN= (D. M.).--Borrones ejemplares, miscelnea de artculos,
cuentos, parbolas y stiras; 1883, 8., 2,50 y 3 pesetas.

--Costumbres populares de la Sierra de Albarracn; cuentos originales
(muy morales); 1876, tercera edicin, 2 y 2,50 pesetas.

--Sacramento y concubinato: novela original, de costumbres aragonesas,
con una carta-prlogo de D. Manuel Trueba; 1884, 8., 2,50 y 3 pesetas.

--Supuesto parentesco entre el hombre y el mono, contra Darwin; 1884,
8., segunda edicin, 3,50 y 4 pesetas.

--Los mayos: novela original, de costumbres aragonesas, con un prlogo
de D. M. Menndez Pelayo; 1879, segunda edicin, 8., 2,50 y 3 pesetas.

--Elementos de Psicologa; 1881, segunda edicin, 8., 3 y 3,50 pesetas.

--Elementos de Lgica; 1882, segunda edicin, 8., 3 y 3,50 pesetas.

--Elementos de tica; 1882, segunda edicin, 8., 3 y 3,50 pesetas.

=RODA.=--Los oradores romanos: lecciones explicadas en el Ateneo
cientfico y literario de Madrid, en el curso de 1873-74, con un prlogo
del Excmo. Sr. D. Antonio Cnovas del Castillo; un tomo, 2,50 y 3
pesetas.

--Los oradores griegos. Lecciones explicadas en el Ateneo cientfico y
literario de Madrid, en el curso de 1882-73, con un prlogo del Excmo.
Sr. D. Antonio Cnovas del Castillo; un tomo 8., 2,50 y 3 pesetas.

--Breves noticias sobre la vida literaria y poltica de Cnovas del
Castillo: una peseta.

--Ensayo sobre la opinin pblica; 3 pesetas.

--Traduccin del mismo. Bacn, ensayo de moral y de poltica; un tomo
4., 3 y 3,50 pesetas.

=RODRIGUEZ MOURELO.=--La Radiofona. Estudio de una nueva propiedad de las
radiaciones, con una carta de D. Jos Echegaray y prlogo de D. Jos
Rodrguez Carracido; 1883, un tomo en 8., 4 y 4,50 pesetas.

=SPENCER= (Herbert).--De la educacin intelectual, moral y fsica: vertida
al castellano, con notas y observaciones, por Siro Garca del Mazo;
segunda edicin, corregida y aumentada en vista de la inglesa de 1884;
8., 3 pesetas. Obra muy recomendada a los padres, jefes de familia y a
los maestros en general.

--Fundamentos de la moral, vertida directamente del ingls, por Siro
Garca del Mazo; 4., 1881, 5 y 5,50 pesetas.

--Los primeros principios, traduccin de Jos Andrs Irueste; 4., 6 y 7
pesetas.

--Principios de Sociologa; traduccin de Eduardo Cazorla, 1883, 2 tomos
4., 14 y 15,50 pesetas.

=VARELA= (D. Juan).--Pepita Jimnez; 2,50 y 3 pesetas.

--Doa Luz; 2,50 y 3 pesetas.

--Las ilusiones del doctor Faustino; 2 tomos, 5 y 6 pesetas.

--El Comendador Mendoza; 2,50 y 3 pesetas.

--Pasarse de listo; 2,50 y 3 pesetas.

--Cuentos y dilogos; 2,50 y 3 pesetas.

--Poesa y arte de los rabes en Espaa; 3 tomos, 9 y 10 pesetas.

--Disertaciones y juicios literarios; 6 y 7 pesetas.

--Algo de todo; 2,50 y 3 pesetas.

--Dafnis y Cloe; 3 y 3,50 pesetas.

--Estudios crticos; 3 tomos, 9 y 10 pesetas.

--El individuo contra el Estado; 2 pesetas.


PSICOLOGA ALEMANA CONTEMPORNEA,

POR

TH. RIBOT

Traducida con autorizacin del autor

POR

FRANCISCO MARTNEZ CONDE,

Profesor de Psicologa. 1880, 8., 3,50 pesetas.

Este libro, una de las mejores producciones del eminente psiclogo
Ribot, expone con claridad y precisin admirables el movimiento de la
Psicologa cientfica en Alemania, desde principios de este siglo, en
que se hizo el primer ensayo, hasta nuestros das. Por su orden
cronolgico aparecen los trabajos de Herbert y su escuela (Waitz,
Lazarus, Steinthal y otros); de Beneke, que aplica la Psicologa a la
educacin; de Lotze, autor de la teora de los signos locales; de
Fechner, fundador de la Psico-fsica; y de Wundt, creador de la
Psicologa fisiolgica. A la vez que expone la obra de cada uno de estos
investigadores, el autor se detiene a estudiar, al paso que se
presentan, las cuestiones fundamentales de la Psicologa cientfica,
esclareciendo con gran copia de luz, entre otros problemas, _el origen
de la nocin de espacio, la crtica de la ley de Fechner y la duracin
de los actos psquicos_. As este libro, a la ventaja de imponer al
lector en el movimiento de la Psicologa moderna alemana, movimiento ms
hondo y de ms porvenir que el de la inglesa, junta la de darle a
conocer el concepto y plan de la Psicologa cientfica, tan distintos de
la antigua metafsica, y los vitales problemas que hoy ocupan la
atencin de los investigadores.


DERECHO INTERNACIONAL PBLICO DE EUROPA

POR

A.-G. HEFFTER

TRADUCCIN DE GABINO LIZARRAGA, ABOGADO DEL ILUSTRE COLEGIO DE MADRID,
ETC., ETC.


Esta obra, cuyo mrito est reconocido por todo el mundo, y de que son
evidente prueba las traducciones que se han hecho a casi todas las
lenguas, viene a llenar un vaco en nuestra literatura patria. Su
inters no puede desconocerse al considerar que en ella se tratan todas
las cuestiones internacionales, lo mismo en la paz que en la guerra.

Hoy que los lazos de nacin a nacin van siendo cada vez ms ntimos, a
la par que ms definidos, creemos prestar publicndolo un gran servicio
a todos los que se interesan por esta clase de cuestiones.

Tales son las razones que hemos tenido presentes al decidirnos a ofrecer
al pblico la presente traduccin, habiendo conseguido hacerlo con tal
baratura, que costando en francs 70 rs., la nuestra, que forma un
elegante tomo en 4. de 553 pginas, buen papel y esmerada impresin, su
precio es el de 8 pesetas en Madrid y 9 en provincias.


ENRIQUE AHRENS

ENCICLOPEDIA JURIDICA O EXPOSICIN ORGNICA DE LA CIENCIA DEL DERECHO Y
EL ESTADO

VERSIN DIRECTA DEL ALEMN

AUMENTADA CON NOTAS CRTICAS Y UN ESTUDIO SOBRE LA VIDA Y OBRAS DEL
AUTOR

POR

FRANCISCO GINER, GUMERSINDO DE AZCRATE Y AUGUSTO G. DE LINARES

Profesores en la institucin libre de enseanza.

Este importantsimo libro es uno de los que ms alto renombre han dado
en toda Europa a su autor, tan estimado entre nosotros, y a cuyas obras
tanto debe la cultura filosfica y social de nuestro pueblo. Contiene,
despus de la _Introduccin_, un compendio de _Filosofa del Derecho_,
por dems preciso y completo, en medio de su brevedad; una _Historia
general del Derecho_, quiz superior a cuantas hasta hoy se han
publicado; una exposicin, modelo acabado en su gnero, del _Derecho_,
especialmente en cuanto a la esfera civil o privada, y por ltimo, una
ojeada a los principales problemas del _Derecho pblico_.

En el _Estudio_ sobre la vida y las obras del ilustre jurisconsulto
alemn se exponen en breve resumen sus principales escritos: as como en
el gran nmero de notas crticas que acompaan a la versin, se ha
procurado completar el texto primitivo, en vista de otros trabajos
posteriores, ponindolo en consonancia con las ltimas investigaciones
filosficas e histricas. Por ltimo, en la parte referente al _Derecho
civil alemn_, no slo se han indicado las principales modificaciones
introducidas en ste despus de la publicacin de la ENCICLOPEDIA, sino
las ms importantes diferencias entre aqul y nuestro derecho positivo.


El tomo I consta de 336 pginas, y comprende:

Advertencia de los traductores y anotadores.--Noticia sobre la vida y
obras de Ahrens.--Prlogo del autor.--Introduccin.

_Principios de Filosofa del Derecho_: Fundamentacin de la idea del
Derecho.--Exposicin de sus elementos capitales.--Crtica de los
principales sistemas.--Formas del Derecho; fuentes inmediatas y
mediatas.--El Estado.--Divisin orgnica del Derecho privado y pblico,
segn los fines de la vida.

_Historia del Derecho_: Principios filosficos de esta
historia.--Perodos capitales.--El Derecho pre-histrico.--Derecho
oriental; ojeada general.--Los indos.--El pueblo
zendo.--China.--Egipto.--Los hebreos.--Derecho musulmn.--Apndices.


El tomo II consta de 464 pginas, y contiene:

_Historia del Derecho en Grecia y Roma_: Diferencia entre ambos
Derechos.--Derecho griego.--Derecho romano.--Juicio histrico y
filosfico.

_Historia del derecho de los pueblos cristianos_: Derecho germnico de
sus diversas pocas hasta nuestros das.--Derecho de los pueblos
germnicos no alemanes.--Derecho germnico de los pueblos
latinos.--Derecho de los pueblos eslavos.--Derecho hngaro.--Juicio
filosfico-histrico.


El tomo III consta de 384 pginas, y contiene:

_Sistema del derecho privado_: El concepto, fin, divisin y mtodo del
mismo.

_Parte general_: Sujeto del Derecho.--Objeto del mismo.--Relaciones
jurdicas; origen y terminacin de los Derechos.--Modos de adquirir el
Derecho.--Informacin de las relaciones jurdicas en el espacio y el
tiempo.--Proteccin de los Derechos.--La posesin.

_Parte especial_: Derecho de las personas.--Derecho de bienes.--Derecho
de obligaciones; contratos y sus clases.--Derecho de sociedad.--Derecho
de matrimonio, de familia y de sucesin.--Derecho de las profesiones.

_Derecho pblico_: Derecho del Estado y de la sociedad.--Derecho
internacional.

_Metodologa jurdica._


Precio de la obra, 18 pesetas en Madrid y 21 en provincias.

Encuadernado en pasta espaola, 4,50 pesetas ms.


CALDERN DE LA BARCA

_Teatro selecto_, precedido de un estudio crtico de D. Marcelino
Menndez Pelayo; 4 tomos, 8., 48 y 56 reales. Contiene:

=TOMO I=

_Estudio crtico_, por D. Marcelino Menndez Pelayo.

DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSFICOS

La vida es sueo.--La devocin de la Cruz.--El mgico prodigioso.--El
Prncipe constante.

=TOMO II=

DRAMAS TRGICOS

El mdico de su honra.--A secreto agravio, secreta venganza.--El alcalde
de Zalamea.--El mayor monstruo los celos.--Amar despus de la muerte.

=TOMO III=

COMEDIAS DE CAPA Y ESPADA

Casa con dos puertas mala es de guardar.--La dama duende.--No hay burlas
como el amor.--Maanas de abril y mayo.

=TOMO IV=

OBRAS VARIAS.--COMEDIAS

No siempre lo peor es cierto.--Gurdate del agua mansa.

ZARZUELAS

El laurel de Apolo.--La prpura de la rosa.

AUTOS SACRAMENTALES

La cena de Baltazar.--La vida es sueo.--A Dios por razn de estado.

Se venden los tomos sueltos a 12 y 14 reales.

MADRID, 1886.--Imprenta de Manuel G. Hernndez, Libertad, 16 duplicado





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Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
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Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


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unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
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