The Project Gutenberg EBook of Algo de todo, by Juan Valera

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Title: Algo de todo

Author: Juan Valera

Release Date: October 8, 2009 [EBook #30213]

Language: Spanish

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JUAN VALERA

ALGO

DE TODO

SEVILLA: 1883

FRANCISCO ALVAREZ Y C.a, EDITORES
Tetuan 24.

Es propiedad de sus Editores.

[Illustration]

Establecimiento tipogrfico de FRANCISCO ALVAREZ Y C.a,
impresores de Cmara de S. M. y de SS. AA. RR. los
Sermos. Sres. Infantes Duques de Montpensier,
Tetuan 24.

       *       *       *       *       *




NDICE


La Primavera.

La Cordobesa.

Un poco de crematstica.

Las escritoras en Espaa y elogio de Santa Teresa.

Sobre el Fausto de Goethe.

Sobre Shakspeare.

       *       *       *       *       *




LA PRIMAVERA


Nada hay en el hombre tan grato a Dios como el arrepentimiento; pero en
ciertas cosas, tal vez en las ms, nada hay tampoco humana y
terrenamente tan intil. Lo que al hombre le importa es no hacer nada de
que despus haya de arrepentirse. Y yo, lo confieso, hice algo en este
gnero al prometer que escribira un artculo sobre la Primavera.

Y no porque yo me crea incapaz de percibir, sentir y estimar en todos
sus quilates el valor y la belleza de la estacin florida. Nada menos
que eso. Yo presumo de muy sensible a los encantos naturales. Me apuesto
con el ms pintado a sentir honda y poticamente la gala de las frtiles
praderas, la lozana de los verjeles, el apartamiento silencioso de los
sotos umbros, el aire embalsamado por el aroma de las violetas, la
sierra pedregosa cubierta de tomillo y romero, el blando murmullo de los
arroyos, los amorosos gorjeos del ruiseor, el lnguido arrullo de la
trtola y los trinos alegres con que las aves saludan a la blanca aurora
cuando abre con dedos de rosa las puertas del Oriente.

Por desgracia, una cosa es sentir y otra expresar bien lo sentido. De
este segundo don es del que carezco.

El asunto es de sobrado empeo para m. He de salir del paso repitiendo
en mala prosa lo que ya dijeron en todas las lenguas vivas y muertas,
con nmero y meloda, los poetas buenos y medianos, desde Hesiodo hasta
Gracian y desde Virgilio a D. Gregorio de Salas? Yo no quiero hacer un
centn tan deplorable. Yo quiero coger vivas las aves, las flores,
cuanto tiene ser en la estacin vernal, y trasladarlo a este papel, y de
este papel a la imprenta: operacin ms difcil de lo que se imagina.

La Primavera es como fiesta esplndida que dan los espritus
elementales, como sagrada orga, en que el aire, la tierra, la luz, el
agua y cuantas inteligencias o misteriosos genios en el seno de los
elementos viven ocultos, lucen su hermosura, se revisten de sus ms
ricos adornos, y se enamoran, y se acarician, y cantan y bailan. Vaya
usted a describir esto sin conocer los nombres de dichos genios,
ignorando sus lances de amor y fortuna, y no acertando a distinguirlos
bien unos de otros!

Lo que ms se parece a la primavera, en mezquino y pobre trasunto, por
artificio humano realizado, es un bonito baile. Pues declaro que yo no
s describirle. Los nombres de las seoras ms lindas y elegantes se me
borran de la memoria no bien tomo la pluma, y slo s decir que me
gustan, lo cual es muy _sujetivo_, sin atinar a describir los trajes que
llevan, los diamantes que fulguran en sus cabezas airosas, las perlas
que cien lascivas sus desnudas gargantas, y todo aquello, en suma, que
las determina y diferencia. As es que, no pudiendo yo empezar por este
analtico y circunstanciado estudio, no llego jams a la sntesis, esto
es, a dar una idea cabal, exacta y adecuada del baile.

Si esto me sucede con un espectculo que no dura ms de algunas horas y
que se limita al breve recinto de uno o dos salones, qu se puede
esperar de m como describidor del baile divino, al aire libre, que dura
meses, que se extiende por todo un hemisferio del mundo, y donde cantan
y bailan los inmortales al son de la concertada armona de las esferas?
Est visto, yo tengo que hacerlo muy mal.

Hasta el mismo entusiasmo, hasta el mismo semi-religioso fervor con que
miro el asunto, es en mi dao y me le hace ms difcil. Si yo le mirase
con frialdad, ya me las compondra, tomando de aqu y de all, no del
natural, sino de libros, que me serviran de gua y modelo; ya lo
compaginara y arreglara todo lo menos mal posible. Por desgracia mi
entusiasmo es grande y no me deja acudir con serenidad a mi escassima
ciencia.

Lo primero que no s es qu plan seguir; dentro de qu trminos
encerrarme. Porque a la verdad, si el ms rastrero de los seres humanos
da suelta a su imaginacin y la echa a volar por esos campos verdes y
por ese cielo sereno, durante los meses de Abril y Mayo, slo Dios sabe
dnde su imaginacin ir a parar, y qu rico botn traer cuando vuelva
a casa, si vuelve y no se queda embobada, de estrellas y flores, de
mariposas y calandrias, de perfumes y armonas, de luz y sombras, de
amores y de cnticos, todo tan en desorden y tan enmaraado, que no
habr manera de cifrarlo en un libro en folio y mucho menos en 20 o 30
cuartillas.

Al considerar esto me entra temblor como de calentura, y pido al numen
mtodo y plan para mi obrilla; pero al numen le incomoda el mtodo, y lo
que es yo por m no le trazo sino muy vulgar, sin atinar a aventurarme
por nuevos caminos, y sin resignarme a seguir los muy trillados y
seguidos por todos.

Para saber el da en que empieza y el da en que acaba la Primavera
remito al lector al almanaque. Para saber la causa inmediata y natural
de su vuelta peridica, le remito a cualquier compendio de Astronoma.

Qu me queda, pues, que decir acerca de la Primavera?

Sacar a relucir las manoseadas y trivialsimas moralidades de que
dicha estacin responde a la juventud en nuestra vida, y de que conviene
no gastar las flores a fin de que haya luego sazonados frutos en el
otoo? O dar leccin de poltica o de filosofa de la historia, con
ocasin de la Primavera, afirmando que las naciones tienen tambin la
suya, o sea su juventud, durante la cual aman y cantan y dan flores;
pero que, no bien llegan a su otoo, o dgase a su edad madura, deben
dejarse de tales devaneos y trabajar mucho, que esto es dar el fruto que
importa, a fin de pagar las deudas y proporcionarse las comodidades y
el bienestar que el invierno y la vejez reclaman?

Imposible. Esto sera lo peor que se me pudiera ocurrir. Esto sera un
sermn inaguantable. Hablemos, pues, de la Primavera, aunque sea sin
orden. Ojal tuviese yo a mano al Pegaso o al Hipogrifo, para imitar a
Perseo o a Astolfo, montar en l, y correr a rienda suelta a donde y por
donde el monstruo quisiera llevarme!

En otras tierras ms al norte que la nuestra, la Primavera, fuerza es
confesarlo, si no es, parece ms hermosa: el cambio de escena tiene
mayor rapidez y doble hechizo; la mudanza hiere ms la fantasa; se nos
presenta como sbita y milagrosa resurreccin de los seres. A orillas
del Rhin o del Elba, la Primavera nos da concepto superior de la
potencia creadora, de lo que debi de ser el nacer, el aparecer de la
vida sobre nuestro globo. En nuestros climas ms clidos apenas hay
mutacin, o es tan lenta que no se percibe. En las huertas de Murcia y
Valencia, en la hoya de Mlaga, en las mrgenes del Guadalquivir y hasta
en la misma vega de Granada, la Primavera se desla, se esfuma con el
invierno: es una Primavera difusa o harto desvanecida.

Donde viene de repente, donde la rigidez del invierno la hace ms
deseable, es donde se muestra con ms pompa y estruendo, donde da ms
alta razn de s, donde resplandece ms benigna en el trono de su
gloria, donde ms se la admira y donde merece ser ms admirada. El hielo
que cubre los ros se quebranta, se rompe, y baja en gruesos tmpanos
hacia la mar con descompuesta furia. Casas, palacios, chozas, rboles y
cielo, vuelven a mirarse con ansia y con amor en el lquido espejo de
las aguas, velado antes y empaado por el fro. La cndida diadema que
cie las cimas de los montes se derrite, aumentando las corrientes
cristalinas. Los rboles, desnudos del verde follaje, brotan de
improviso frescos pimpollos y renuevos lozanos, vistindose de tiernas y
relucientes hojas. Los pjaros acuden a bandadas, guiados por infalible
instinto. Turban las grullas el silencio de la noche con sus agudos
gritos, cuando vienen avanzando en falange simtrica y bien ordenada.
Las golondrinas y mil aves cantoras, al volver de su larga emigracin,
saludan con blando po, o con chirrido alegre, o con trinos variados,
sus antiguas conocidas viviendas. La cigea zancuda inmigra de Oriente
o de Africa, y busca el nido en el viejo torren o en el alto mirador
de la alquera. Tal vez all la rubia y joven campesina alemana le puso
al cuello, antes de que se fuese, una cinta con algn romntico letrero.
Cuando vuelve, se pasma la muchacha de ver que le contesta algn muft
del Cairo o algn santn de la Meca con otro letrero escrito en arbigo.
Entre tanto, se ha liquidado la escarcha apretada que cubra los prados,
y la hierba y las flores, como si hubiesen estado oprimidas bajo aquel
peso, surgen por ensalmo. La anmona nemorosa es una de las ms
tempranas que abren por all su cliz para anunciar la Primavera. Pero
otras mil flores, ms olorosas y no menos bellas, aparecen despus,
llamando y excitando al cfiro a que respire los aromas que exhalan.

El cfiro viene, semejante al atrevido prncipe del cuento de hadas, y
atraviesa por la esquiva floresta, y penetra en el silencioso palacio, y
llega hasta el lecho de la encantada y dormida princesa, y le da un beso
de amor. Entonces se desbarata el malfico hechizo, el silencio y el
reposo de muerte se truecan de sbito en movimiento, msica, agitacin y
vida. Como si fuesen a celebrarse divinas bodas, todo se entapiza y
hermosea. Se abren los tesoros, se despliegan las galas, se ponen las
mesas y aparadores del regio banquete, y luce sobre el ancho tlamo la
cubierta de prpura, esmeralda y oro. Los convidados peregrinos ya hemos
dicho que acuden de lejos cruzando los aires. Otros, que no peregrinan,
despiertan de prolongado sueo, se revisten de sus vestimentas ms
ricas, y acuden tambin. Todos, como buenos vasallos, procuran imitar a
los prncipes. Y como los prncipes estn enamorados y van a casarse,
todos se enamoran y se casan. Se dira que apenas hay ser vivo que no se
embriague con el zumo de mgicas hierbas o con el perfume de extraas
flores, las cuales mueven al amor, al deleite y al regocijo, induciendo
a la vida para que se acreciente y se difunda y abra nuevos caminos de
ser. Ciertas ficciones poticas parece que tienen entonces realidad, y
se cree en el _dudain_, que buscaba Raquel harta de ser estril; en el
loto, que haca olvidarse de todo a los compaeros de Ulises; y en el
_nepentes_, que alegraba el alma, y que dio a Telmaco Elena.

Claro est que al decir yo todo esto de los climas del Norte no niego
igual o mayor belleza a la primavera del Sur: lo que insino es que
quizs la rapidez del cambio hace que por all se sienta mejor.

Pero aqu se renueva tambin la vida, y llega la estacin de los amores,
y los grmenes dormidos se agitan, y nacen las larvas, y, despus de sus
completas metamorfosis, les brotan alas de gasa de colores diversos, y
elictras metlicas y resonantes, y trompas ligeras con que recogen la
miel de las flores. Aqu tambin las plantas desnudas, los lamos, los
chopos, las acacias y otros mil rboles de sombra vuelven a vestirse de
hojas verdes, y florecen el almendro y la higuera y los dems frutales,
y nos dan el fruto con la poesa de la esperanza.

Todo esto es cierto; pero lo es tambin que los hombres del Norte
sienten ahora con ms profundidad, describen y retratan mejor la
primavera que los del Medioda.

Ser, como hemos dicho, porque la primavera viene por all con ms
mpetu, o porque los hombres estn por all ms cerca de la naturaleza y
ms en comunin con ella; porque llevan menos siglos de civilizacin;
porque estn menos gastados; porque no es entre ellos tan marcado el
divorcio y tan crudo el antagonismo entre el mundo de los espritus y el
mundo de los cuerpos?

Profunda cuestin es sta. Yo no quisiera entrar en ella, pero se me
pone por delante a pesar mo.

Yo veo desde luego que en las antiguas edades sentan los hombres del
Medioda y celebraban, por lo menos con igual entusiasmo que hoy los del
Norte, la vuelta de la primavera. Atis resucitado, Osiris resucitado y
Adonis resucitado lo atestiguan. Los misterios de Samotracia y de
Elusis eran en el fondo inspirados por la primavera. Cuando renaca la
vegetacin, cuando brotaban las hierbas y las flores, cuando las selvas
se cubran de pompa y de verdura, cuando suba la savia por los troncos,
era cuando la madre desconsolada enjugaba sus lgrimas y desechaba el
traje de luto, porque la hija, hundida en las entraas lbregas de la
tierra, surga fecunda, hermosa y resplandeciente de inmortales
fulgores; porque Cora, fugitiva del tenebroso amante que la haba tenido
aprisionada en sus brazos, apareca de nuevo a baarse en las ondas de
luz del sol enamorado, quien, por contemplarla y besarla, se detena ms
tiempo sobre nuestro horizonte, e iba difundiendo por ms horas y con
mayor tino y eficacia, en este hemisferio boreal, la lluvia dorada de
sus rayos ardientes.

Si esto se senta con tal profundidad, y ya no es sin duda porque nos
hemos hecho muy espirituales. Desdeamos la naturaleza por amor del
espritu. Qu vale la selva florida, qu vale el rbol ms lozano y
eminente, al lado del rbol mstico, de quien dice el himno sagrado:

    _Crux fidelis, inter omnes_
    _Arbor una nobilis:_
    _Silva talem nulla profert_
    _Fronde, flore, germine?_

No es en el florecimiento de la primavera, no es en el rbol ms
fecundo, no es en el huerto ms feraz donde recordamos el perdido
Paraso, donde ms nos maravillamos, bendicindolas, de la potencia del
Altsimo y de su bondad infinita, es en aquel rbol que sirve como de
solio al mismo Dios:

    _Arbor decora et fulgida,_
    _Ornata, Regis purpura,_
    _Electa digno stipite_
    _Tam sacra membra tangere._

Pero yo no me inclino a creer que sea el misticismo o el espiritualismo
cristiano quien nos haga tan poco sensibles a la naturaleza y nos lleve
tanto en pos del espritu.

El amor de Cristo lo comprende todo, sin excluir la naturaleza material.
Con l y por l subi al cielo la carne purificada y gloriosa. l mir
con afecto a todas las criaturas. l no desde los ramos floridos de
oliva y las gallardas y vencedoras palmas con que le recibieron el da
de su triunfo. Sus fieles, mas sencillos y candorosos, aman los objetos
materiales por amor suyo, y rodean de rosas y de hierbas de olor, en los
das primeros de Mayo, ese rbol sagrado, que fue su patbulo; y cuando,
ya ms adelantada la primavera, en el momento ms rico del
desenvolvimiento vernal, celebra su Iglesia el sacrosanto misterio en
cuya virtud quiso l comunicarse a nosotros, infundindose en el licor
que alegra los corazones y en el pan que nos alimenta, el pueblo
cristiano alfombra con gayomba olorosa y verde y fresca juncia la va
por donde pasa, y las mujeres vierten una lluvia de flores sobre el
artstico y ureo templete, arca de la nueva alianza, donde va l en
custodia.

Menester es confesarlo: es infundada, es injusta la acusacin de los
impos. No vino la doctrina de Cristo a condenar o a endiablar la
naturaleza. Los tres enemigos capitales de esa doctrina no tienen menor
influjo, jurisdiccin y mando en el reino del espritu que en el de la
materia. Tambin siguindolos pueden las gentes ser espirituales. No hay
slo concupiscencia en la carne: la hay en el espritu. Y si hay
espiritualismo divino, no deja de haberle diablico, y ms comn y
frecuente por desgracia.

Ahora bien: yo entiendo que este espiritualismo diablico, y no el
divino, es el que nos aparta de la naturaleza y de su amor inocente.

Aunque se me acuse de pnfilo, de sobrado benigno, de querer disculparlo
todo, voy a declarar aqu una cosa en confianza.

A mi ver, hasta el propio diablo no nos seduce y extrava as de repente
y sin ms ni ms. Se guardara muy bien de hacerlo: no le traera cuenta
ninguna. El diablo se funda al principio en algo razonable; nos lleva
por buenos trminos y caminos, hasta que llegamos a cierto punto, donde
ya, con mucha suavidad, empieza aquel maldito de Dios a engolosinarnos
llevndonos por los atajos, y as nos extrava y nos pierde.

En el caso del espiritualismo, a que nos referimos, es evidente que no
son malos los principios y fundamentos. La naturaleza hizo mucho por el
hombre; pero el espritu ha venido a completar la obra natural,
tornndola ms propia, ms bella, ms til y ms ajustada a nuestras
necesidades y aspiraciones. Al hombre, ms dbil y ms inerme que el
cordero, el espritu, convertido en herrero y en pirotcnico, le ha dado
armas y fuerzas mil veces mayores que las del len; al hombre, ms
desnudo que el perro chino, el espritu, convertido en tejedor, en
sastre, en zapatero y en sombrerero, le ha vestido ms primorosos trajes
que al pavn, al colibr y al papagayo; al hombre, poco ms listo que el
topo o el mochuelo en punto a ver, el espritu, convertido en fabricante
de catalejos, le ha dotado de vista ms penetrante que la del guila; al
hombre, que jams hubiera hecho natural e instintivamente algo que
valiese media colmena, el espritu, convertido en arquitecto, le ha
enseado a construir alczares soberbios, torres esbeltas, pirmides
ingentes, columnas airosas, cmodas viviendas, catedrales, teatros, y en
suma, ciudades maravillosas; al hombre, que en el estado de naturaleza
selvtica es propenso a comerse a sus semejantes, y que se regalaba, y
aun suele regalarse en algunas regiones, con speras bellotas, con
cigarrones machacados o con pescado crudo y putrefacto, el espritu,
convertido en cocinero, le prepara artsticamente manjares agradables,
hasta a la vista, y hace que uno de los actos que ms le recuerdan lo
que tiene de comn con el animal sea un acto solemne, de corbata blanca
y condecoraciones, donde tal vez se celebran los triunfos ms
trascendentales de la religin, de la ciencia, de la filosofa y de la
poltica; al hombre, en fin, que despus del pecado, se entiende, y en
el estado de naturaleza y ya sin gracia, debi de ser casi tan feo como
el mono, y ms sucio que el cerdo, y ms pestfero que el zorrillo, el
espritu, convertido en ortopdico, en pescador de esponjas, en
fabricante de baos, en civilizacin para decirlo en una palabra, le ha
hecho limpio, oloroso, aseado y bastante bonito para servir de modelo a
la Minerva y al Jpiter de Fidias, al Apolo del Vaticano y a las Venus
de Milo y de Mdicis.

Sera cuento de nunca acabar el ir refiriendo aqu cuanto ha hecho el
espritu para completar, hermosear y ensalzar la obra de la naturaleza.

As es que, a ojo de buen cubero, bien se puede asegurar, sin recelo de
ser exagerado, que hasta en las cosas que ms naturales parecen, la
naturaleza, si bien se examina, ha hecho de seis partes una, y el
espritu del hombre ha hecho las otras cinco. Podra, por ejemplo,
alimentar nuestro globo, en estado de mera naturaleza, doscientos
millones de hombres? Yo me temo que no. Es as que hay, a lo que dicen,
pues yo no los he contado, 1.200 millones: luego mil millones son hijos
del arte, pura creacin del espritu, producto de nuestro fecundo
ingenio.

Pongamos, pues, que una sexta parte de cuanto hay, y quizs sea mucho
poner, lo ha dado, lo ha regalado la naturaleza. Las otras cinco sextas
partes han costado mucho trabajo al espritu. Y este trabajo del
espritu, este complemento a la naturaleza, es lo que tiene valor y
precio, y se mide y se representa y se mueve bajo la figura redonda de
la moneda metlica, o bien toma la traza de unos papeluchos mugrientos
que se llaman billetes; los cuales, as como los discos o tejuelos de
metal, vienen a ser encarnacin del espritu, lo ms sutil y animado y
circulante de su valor, la esencia imperecedera de su trabajo secular
acumulado.

Hasta aqu las cosas van bien; pero ya aqu el diablo, como vulgarmente
se dice, empieza a meter la pata. El espiritualismo nos induce y excita
a querer, a adorar casi esta encarnacin, o mejor expresado, esta
empapelacin y metalizacin del espritu. Por este espiritualismo, y no
por el cristianismo, desdeamos lo natural: no sentimos toda la
hermosura de la primavera. Si no tienes, ni en tu arca, ni en tu
bolsillo, algunos de esos tejoletes o algunos de esos papeluchos
espirituales, todas las flores te parecern abrojos, y la primavera,
invierno; los claveles te apestarn como la flor de la sardina; el
almoraduj, el serpol, el toronjil y la albahaca, te inficionarn como la
ruda; las hojas aterciopeladas de la begonia te punzarn las manos como
si fuesen cardos borriqueros; al tocar la mimosa pdica creers tocar
aliagas y ortigas; sern para ti como trtago la hierbabuena y la
manzanilla; la caa dulce te amargar el paladar como retama; a la roja
flor del granado preferirs el jaramago amarillo; confundirs el canto
del ruiseor con el de la rana; se te antojarn cuervos las trtolas y
bhos las palomas; y las pintadas y areas mariposas, y los esbeltos
caballitos del diablo, y los fulgentes cocuyos y lucirnagas y la
aromtica mosca macuba te causarn ms asco que los gorgojos, cucarachas
y escarabajos peloteros.

Una vez dominado el hombre por el susodicho espiritualismo, aborrece le
vida rstica y el idilio y la gloga. Aminta y Silvia, Dafnis y Cloe, y
Baucis y Filemon le parecen entes insufribles.

Lo que se opone, pues, a lo natural es lo artificial. Lo que tira a
destruir el encanto potico del mundo es el espritu de la industria, no
el de la ciencia, ni el de la religin, ni el de la filosofa.

Mil veces lo tengo dicho y nunca dejo de pensarlo: los ms ladinos y
sutiles sabios experimentales no descubrirn jams el secreto de la
vida; siempre escapar a sus anlisis qumicos la fuerza misteriosa que
une, traba y combina los tomos y crea los individuos; el amor, la
conciencia, el pensamiento, la causa de moverse, de crecer
orgnicamente, de sentir y de representarse en uno a los dems seres, no
quedar jams en el fondo de las retortas ni saldr por la piquera de
los alambiques. Qu red delicadsima inventar el sabio para pescar
ondinas, cazar silfos o sacar a los infatigables gnomos de las entraas
de la tierra? La nica razn que tendr para negar su existencia ser
que no logra cogerlos: que se sustraen a la inspeccin de sus groseros
sentidos. Por lo dems, las ninfas, las diosas, todos los seres
sobrenaturales, que poblaron el aire, la tierra y el agua en las
primeras edades del mundo, pueden vivir y es probable que vivan ahora
como entonces.

La ciencia no despuebla la naturaleza, ni penetra en sus ms ntimos
arcanos. El misterio sigue y seguir siempre. Isis no levantar jams el
velo que la cubre.

El misticismo, que busca por camino ms breve, a su Dios, en el abismo
de nuestra propia alma, no aspirar a tenerle all incomunicado. Su Dios
estar en el abismo del alma, y en aquel centro se unir el mstico con
Dios por estrechsimo lazo; pero Dios estar tambin por todo el
universo, y todo l estar en cada cosa y todas las cosas estarn en l.
El misticismo psicolgico no excluir, sino implicar la teosofa
naturalista.

El axioma capital de esta ciencia sublime ser que la inteligencia
infinita no es el trmino ltimo, sino el principio de las cosas, sin
dejar por eso de ser su fin y el centro hacia donde gravitan, y el punto
en donde sus discordias hallan paz, y su agitacin reposo, y solucin
sus contradicciones, y unidad perfecta sus calidades y condiciones
diferentes.

En este alto sentido, toda ascensin de las cosas hacia mayor bien y ms
perfecta vida toda evolucin progresiva de cierto linaje de seres,
dentro de un espacio marcado y de un perodo de tiempo mayor o menor, es
una primavera. Las cosas, miradas en su totalidad, se mueven, sin duda,
en crculo y vuelven al punto de donde partieron. En el todo no cabe
progreso. Con l, si fuese total, podramos suponer algo aadido a la
gloria de Dios. Aunque all en lo profundo de su ser, est y viva la
idea con todos sus futuros desarrollos y perfecciones, mientras sta
vaya de lo menos a lo ms con proceso sin trmino, parecer como que
crece la gloria divina, como que Dios es ms creador ahora que antes,
como que sus obras van dando cada vez ms claro y cumplido testimonio de
su saber y de su omnipotencia.

Es, por consiguiente, innegable que no hay progreso total. La
inmutabilidad de la perfeccin infinita de Dios implica la inmutabilidad
total de la perfeccin del universo, que es obra suya. Cabe, sin
embargo, mudanza en los pormenores, y de ah el progreso parcial o
temporal de esto o de aquello.

Ya que me he engolfado en meditacin metafsica, aadir, con el debido
respeto (no a Dios, para quien sera absurdo y ridculo salir con esta
salvedad, sino al parecer de otros meditadores), que la riqueza divina
no crece ni mengua; no es cantidad: es lo infinito. Dios est siempre
creando, y siempre lo tiene todo creado. Si crease un tomo ms, sera
ms creador; si le aniquilase, sera menos; si mejorase en algo toda la
obra, se corregira, en cierto modo, a s mismo.

As, pues, vuelvo a sostener que el progreso de nuestro planeta es
parcial y transitorio, est compensado por la decadencia o fin de otros
mundos, y est limitado en el tiempo, aunque se dilate centenares de
miles de aos, y en el espacio, aunque abarque todo el sistema solar a
que pertenecemos, y hasta un grupo completo de soles, de que nuestro sol
sea mnima parte.

Considerando ahora esta evolucin de la vida, dentro de tan ancho
espacio, bien podemos declararla ao mximo, del cual vivimos, por
dicha, en la Primavera.

La primavera de este ao mximo empez, segn sabios muy acreditados,
hace veinte millones de aos menores y usuales. Entonces apareci el
primer ser organizado. Desde entonces trazan los sabios con la mayor
escrupulosidad nuestro rbol genealgico. Empieza el rbol en un ser que
llaman _monera_, trmino medio entre lo inorgnico y lo orgnico;
germen, embrin, elemento primordial de la vida; dotado de una fuerza,
de un prurito, de una propensin indistinta a ser vegetal o a ser
animal. Va extendindose luego el rbol, y van las formas
desenvolvindose y diferencindose, hasta que, al fin de la edad
_paleoltica_, ya nuestros antepasados han conseguido elevarse a la
categora de lagartos o medios peces. Durante la edad _mesoltica_ o
secundaria, progresamos ms. Al ir a llegar a su trmino, en el perodo
_cretceo_, somos _marsupiales_, esto es, tenemos, como los canguros y
los jerbos, una bolsa, donde nuestros hijitos se esconden. En el perodo
_eoceno_ de la edad terciaria, logramos obtener la dignidad de monos;
somos _catarrinios_, o dgase monos con las ventanillas de las narices
hacia abajo y con cola. En el perodo _mioceno_, ya la cola se nos cae,
y nos asemejamos al gorrilla, al orangutn y al chimpanc. En el perodo
_plioceno_ somos casi hombres, aunque _pitecoides_ y _alalos_, o sea sin
palabra y sin entendimiento, como cualquiera mico. Por ltimo, en la
edad cuaternaria, en el perodo llamado diluviano, se nos desata la
lengua, empezamos a charlar y somos verdaderos hombres. Desde este
momento, los sabios menos exagerados y ms tmidos y econmicos en sus
cronologas, ponen hasta el da de hoy unos 25.000 aos. La raza
_alala_, los _antropiscos_, los casi hombres, como si dijramos,
salieron del centro de Africa o de un continente austral llamado
Lemuria, que ya se hundi en el mar como la Atlntida, y que estaba
entre el Africa y el Asia. Estos _antropiscos_ eran negros como la
tizne, y vivan en manadas o rebaos para defenderse de las fieras. As
fueron extendindose por el mundo. Durante la dispersin y emigracin,
inventaron los idiomas, y de aqu que no puedan reducirse todos a un
tipo primitivo. A la raza morena, que viene despus, y a la que
pertenecen los egipcios, se le da una antigedad de 15.000 aos,
naciendo por mejora de la raza negra. Sale luego a relucir la raza
amarilla, cuyos representantes ms ilustres son los chinos y japoneses.
Su origen se pone 10.000 aos hace. Y se muestra, al cabo, la raza
blanca, arios, semitas, caucasianos, etc., a la cual se concede una
antigedad de 8.000 aos lo menos. A esta raza tenemos la honra de
pertenecer, pero nadie nos asegura que no aparezca an otra superior que
nos deje postergados y tamaitos, lo cual ser muy desagradable. Sea
como sea, a pesar de los veinte millones de aos que hace que apareci
la _monera_, no se ha de negar que estamos an en el perodo primaveral
de este ao mximo de que hemos hablado. Qu progresos, qu maravillas,
qu nuevas creaciones no deben esperarse an? Apenas si la humanidad ha
nacido. Yo he ledo en un libro muy docto esta sentencia, que no
olvidar nunca. La humanidad, en su vida colectiva, no ha nacido an.

Todo este largo pasado que llevamos ya, el vivir en la primavera del ao
mximo y el columbrar un extenso porvenir, esplendoroso y fecundo, no
debe, sin embargo, alegrarnos en demasa, ni menos ensoberbecernos.
Comparados nuestros veinte millones de aos ya cumplidos, ms otros
veinte millones que por lo menos durar an la primavera de este
planeta, con otras primaveras y aos mximos de otros planetas y de
otros ms grandes sistemas solares, tal vez parezca ms breve dicha
primavera que la ordinaria y menuda del ao vulgar, que slo dura tres
meses.

Cavilando yo das pasados sobre este asunto, y hallndome en el campo,
en soledad amena, en hondo valle circundado de rocas escarpadas, donde
haba silencio, frescura y mil plantas, hierbas y flores, tuve despierto
un sueo, que pareca visin espiritual o intuicin pura de algo real,
aunque para m materialmente imperceptible.

Dentro de la superficie de un kilmetro cuadrado entend que haba
ciertas emanaciones sutiles de cierto fluido mil veces ms tenue que el
aire; fluido que penetraba el aire todo, infundindose en los vacos e
intersticios que dejan sus molculas. Este fluido, que el hombre no
ver, ni pesar, ni sentir jams con sus sentidos, no se eleva ms all
de un kilmetro. Tenemos, pues, un kilmetro cbico lleno de este fluido
tenue, desledo en el aire como perfumes o efluvios. Figureme, pues, mi
kilmetro cbico como un mundo aparte, y vi que estaba poblado de un
linaje de silfos tan diminutos, que, si por descuido se tragase
cualquiera de ellos la ms ruin molcula de aire, dicha molcula se le
atragantara y quizs le ahogara como a cualquiera de nosotros un hueso
de melocotn. Mi linaje de silfos respira, pues, el fluido tenue de que
he hablado. Con las molculas del aire hacen los silfos mil primores, y
hasta juegan cuando son muchachos, disparndolas por medio de enormes
cerbatanas.

Fuera del kilmetro cbico est para mis silfos lo infinito, desconocido
e insondable. Viven en una hora; pero su inteligencia es tan rpida y
tan sutil, que en esta hora tienen tiempo de sobra para instruirse,
enamorarse, propagarse, seguir una carrera, elevarse a las ms altas
posiciones, legar un nombre ilustre a su legtima prole, y hasta
cansarse de la vida y apelar al suicidio. Un minuto para cualquiera de
ellos es mucho ms que un ao para cualquiera de nosotros. Sus poetas
componen versos desesperados y desengaados a los quince minutos de
nacer, y sus sabios inventan los ms profundos y alambicados sistemas de
filosofa a los treinta minutos.

La voz de mis silfos es tan delgada, que slo el fluido susodicho puede
trasmitirla en ondas sonoras. Sus palabras van tan prontas, que en un
segundo refiere un silfo una historia que el ms conciso de nosotros
tardara tres o cuatro horas en contar. Todo lo que entre nosotros es
extenso, es intenso entre los silfos. En las veinticuatro horas de
cualquier da se extiende la historia de los silfos, y es tan fecunda en
revoluciones, cambios, guerras y progresos, como la nuestra en los mil
ochocientos setenta y pico de aos que median desde la Era cristiana
hasta el momento en que escribo.

Mis silfos tienen figura humana. Yo entiendo que toda alma, todo
pensamiento que informa un cuerpo, grande o chico, le da esta figura,
por ser la ms hermosa.

La hermosura de mis silfos es tal, que si logrsemos fabricar un
microscopio bastante poderoso para llegar a verlos, envidiaramos a los
varones y nos enamoraramos desesperadamente de las hembras.

Estn muy adelantados en civilizacin. Han tenido muchos profetas y
fundadores de religiones; pero ya va pasando entre ellos la edad de la
fe, y rayando la aurora de la edad de la razn.

Sus conocimientos histricos, sin mezcla de fbula, aquello que la
crtica ms severa da por cierto, no pasa de noventa das, lo cual,
equivale a ms de tres mil sucesivas generaciones. Y como un minuto para
ellos viene a equivaler a un ao para nosotros, puede afirmarse que
ellos hacen subir la antigedad de su civilizacin a ms de 129.600
aos. Ms all, yendo contra la corriente de los tiempos, los silfos no
ven claro; pero, si entre ellos hay un Darwin o un Haeckel, sin duda
colocar la aparicin de la primera _monera_ del mundo silfdico a una
distancia proporcionalmente mucho mayor.

El concepto que forman del Universo es muy distinto del que formamos
nosotros. Y no porque su razn no concuerde con la nuestra, sino porque
son otros los datos de sus sentidos. No llegan con la vista al sol, ni a
la luna, ni a las estrellas, por donde los torrentes de luz ardorosa que
lanza sobre ellos el primero, y la luz tibia y plateada en que los baa
la luna, proceden para ellos de un manantial oculto. As es que forman
mil hiptesis para explicarlo. Claro est que hay largos perodos
histricos de una luz, y largos perodos histricos de otra.

En su mundo hay seres animados, de proporciones tan gigantescas, que
nosotros ni siquiera las concebimos. Una avispa para ellos es ms que lo
que sera para nosotros el Nevado de Sorata, si arrancndose l mismo de
cuajo, animndose y echando alas, se pusiese a volar y se nos mostrase
por el aire. Por fortuna, la excesiva pequeez de los silfos y su
agilidad portentosa los salvan de tales monstruos.

Claro est que lo infinito es siempre lo infinito, as en la mente de un
silfo como en la mente de un hombre. En este punto, si nos contraemos a
la especulacin racional, nuestros conceptos son iguales; pero en
contar, en extenderse a mayor nmero, en notar mayor cantidad, los
silfos nos ganan; penetran con sus sentidos, y ven y perciben abismos de
extensin, de tiempo, de volumen y de duraciones en lo infinitamente
pequeo, por donde lo mediano, lo mezquino para nosotros, su universo de
un kilmetro cbico, es ms ingente para ellos que toda la inmensidad de
los cielos para nosotros. Y no dejan por eso de poner ms all de su
universo lo infinito inexplorado.

Andan todos ellos muy soberbios con su cultura y con sus progresos, que
juzgan sin lmites. As como cuentan ya un pasado largusimo, esperan un
porvenir ms largo an. Y es lo cierto que no se equivocan. Ellos
nacieron con esta ltima primavera y acabarn al fin del prximo otoo.
Ahora, que es verano, estn en todo el auge de su grandeza. Lo mismo nos
sucede a nosotros.

Quin sabe si habr seres, en comparacin de los cuales seamos nosotros
lo que para nosotros son mis silfos? Y si alguno de estos seres llega a
averiguar que existimos, como yo he llegado a averiguar que existen
silfos tales, no se reir, o nos compadecer, al ver que esperamos an
tan largo porvenir? Los millones de aos que llevamos de vida y los que
esperamos vivir an, sern para l una primavera. Acaso, cuando vuelva
l de veranear o de baarse en algunos baos de su mundo, encuentre ya
el nuestro desolado y hecho ruinas, y extinguida, nuestra efmera raza.
Pero no tendr razn. Lo importante es la inteligencia, la cual no se
mide por varas, ni por kilmetros, ni por dimetros terrestres. Su
actividad, cuando es fecunda, puede condensar en un minuto ms hechos,
ms ideas, ms creaciones, ms gloria y ms infierno, que otra
inteligencia reacia, perezosa y torpe, durante siglos de siglos.

ltima moralidad. Todo es relativo, como deca D. Hermgenes. No hay
menos ni ms. En el tiempo que he tardado yo en escribir este artculo
para cumplir mi imprudente promesa, un hombre de ingenio fecundo hubiera
sido capaz de escribir la historia de toda la raza humana; y, en menos
tiempo, mis silfos son capaces de realizar lo ms importante de su
propia historia. No lo dar por muy seguro, porque no he llegado a
enterarme bien y no gusto de fantasear, pero es posible que mientras yo
he estado afanadsimo componiendo todas estas candideces e inocentadas,
a fin de salir del paso, mis silfos hayan fundado nuevos imperios,
creado constituciones, inventado filosofas y mquinas, y erigido
monumentos, en su sentir, imperecederos.

Tal consideracin me avergenza y humilla, en vez de llenarme de
vanidad; y, aunque no sea de silfos, sino de hombres como yo, el pblico
que ha de leerme, todava le presento con grandsima desconfianza este
escrito, que no he tenido reposo, ni humor, ni tiempo para hacer ms
breve.




LA CORDOBESA


El editor de esta obra tuvo la bondad de encomendarme, un siglo ha, uno
de sus artculos; y yo, como es natural, eleg la cordobesa, por ser la
provincia de Crdoba donde he nacido y me he criado.

Mi extremada desidia me ha impedido hasta ahora cumplir mi palabra de
escribirle. Tal vez para cohonestar esta falta me presentaba yo un
sinnmero de dificultades y objeciones, por cuyo medio trataba de
condenar el pensamiento del editor, a fin de justificar mi tardanza en
contribuir a su realizacin con mi trabajo.

Qu diferencia esencial, ni siquiera qu diferencia accidental notable,
puede haber o hay pongo por caso, entre la cordobesa, la jaenense o la
sevillana? All en lo antiguo quizs la hubiese, porque no eran tan
fciles las comunicaciones, y era ms fcil el vivir aislado y
sedentario; pero en el da, en que, no ya los hombres y mujeres de
contiguas provincias, sino los de remotas naciones, longincuos pases y
apartadsimos reinos, se ven y visitan con frecuencia, cmo ha de
persistir esa variedad y distincin de tipos, dando ocasin a que se
describan mujeres que por sus costumbres, creencias, modos de sentir y
de pensar, fisonoma, continente y traje, se diferencien hasta el punto
de que las pinturas o descripciones que de ellas se hagan, varen por el
asunto, y no slo por el estilo del que pinta o describe? Adems, me
deca yo, aunque el sello de casta y el de nacionalidad sean indelebles,
sin que acierte a borrarlos o a confundirlos la continua convivencia y
el ntimo comercio espiritual, en esta poca en que tanto se escribe, se
lee y se viaja, en este siglo del vapor y la electricidad, del
ferro-carril y del telgrafo, todava no logro persuadirme de que haya
tambin un sello de _provincialidad_, como hay sello de nacin, de tribu
o de casta. Lo peculiar y lo castizo, en lo que tienen de exclusivas
estas calidades, provienen de divisiones que hizo la naturaleza misma, y
no de las divisiones administrativas o polticas, esto es, artificiales,
como son las divisiones por provincias. Malagueas o sevillanas habr,
sin duda, de casta y suelo ms homogneos con los de ciertas cordobesas,
que los de muchas cordobesas entre s. Una mujer de Cuevas de San
Marcos, por ejemplo, debe parecerse ms a otra de Rute, que una de Rute
a otra de Belalczar, y ms se parecer la de Casariche a la de
Benamej, que la de Benamej a la de Almodvar.

Harto se me alcanzaba que entre la gallega y la mujer de Catalua, y
entre la manchega y la vizcana haban de mediar radicales diferencias;
pero esto de que cada provincia, fuese la que fuese, haba de tener un
tipo especial, se me haca difcil de creer. Slo salvaba yo la
monotona de este libro y cifraba su variedad en el ingenio diverso de
cada escritor, en el sesgo que atinase a dar al asunto, y en lo singular
de su estilo, pensamientos y sentimientos.

Nunca pens que el editor desease que escribisemos una resea erudita,
una serie de vidas de todas las mujeres clebres de cada provincia. Esto
sera quizs, no slo ameno, sino ejemplar y didctico; pero no se
trataba de esto, ni yo me hubiese comprometido a escribir mi artculo,
si de esto se tratase. No era obra histrica, ni biogrfica, la que se
trazaba y proyectaba, sino cuadro de costumbres y pintura al vivo o
retrato fiel de lo que hoy se nota en cada provincia en los usos,
cultura, ideas, y dems prendas, condiciones y actos de las mujeres. Y
siendo la cosa as, repito que no me percataba yo de nada o de casi nada
que impidiese la monotona de la obra por el objeto, aunque por el
sujeto, o mejor dir por los sujetos, viniese a ser un jardn de flores,
como la capa del estudiante, merced a la diversidad de estilos y a la
idiosincracia de cada escritor que en ella pusiese mano.

As, sobre poco ms o menos, andaba yo cavilando, cuando deberes de
familia me llevaron al rin de la provincia de Crdoba; a una dichosa
comarca donde el color local provincial est difundido a manos llenas
por la Naturaleza prdiga e inexhausta en sus varias creaciones. Y
estando este color, este sello, este tipo en todo, cmo, me dije yo, no
ha de estarlo en la mujer, la cual es blanda cera para recibir
impresiones, y duro bronce para conservarlas sin que se desvanezcan?

Ms de cinco meses pas en mi lugar, y en este tiempo mud por completo
de parecer, respecto al libro del Sr. Guijarro. No me quedaba excusa
para no escribir el artculo. Estaba persuadido de que si la cordobesa
que yo pintase no era un tipo _sui generis_, era porque yo no saba
pintar lo que estaba viendo de un modo claro. Me decid, pues, desde
entonces a hacer esta pintura, confesando con ingenuidad que, si no sale
original y nueva, la culpa ser ma y no del modelo.

Una cosa me turba an y dificulta mi propsito. Al ver y tratar a la
cordobesa del da, acuden a mi imaginacin las ya casi borradas especies
que desde mi niez y primera juventud, harto lejanas por desgracia,
dorman o estaban sepultadas en mi mente, de la cordobesa del primer
tercio de este siglo. La disparidad entre el recuerdo y la impresin
presente me confunden un poco. El tipo cordobs femenino no ha
desaparecido, pero ha habido cambio, si bien el cambio no ha sido de lo
castizo a lo extico. El cambio ha sido por interior desenvolvimiento de
la propia esencia de la mujer cordobesa, la cual, como todas las
esencias inmortales, permanece en su fundamento sustancial, si bien
adquiere nuevas formas y nuevos accidentes. La cordobesa de este momento
histrico no es la cordobesa del momento histrico anterior; pero es
siempre la cordobesa, y siempre sigue realizando su esencia, como cada
hija de vecina, _exteriorizando_ la idea tpica suya propia, y
presentando diverso aspecto, en cada una de las diversas evoluciones con
que la _exterioriza_.

Veo que me encumbro demasiado, y voy a descender y a hablar con ms
llaneza, dejando los raptos filosficos para mejor ocasin.

Hoy se me presenta la cordobesa a la vista tal como es, mientras que la
memoria me la retrae tal como era treinta o cuarenta aos ha. De aqu se
origina cierta confusin, algo como una antinoma; pero, si bien se
estudia la antinoma, se resolver con poco trabajo en una sntesis
suprema. Esta sntesis, si acertase yo a crearla, sera un artculo
primoroso. Es ms: sin esta sntesis no es posible el artculo, porque
yo no voy a pintar a la cordobesa muerta, parada, estacionaria, inerte,
fsil, sino a la cordobesa viva, en movimiento, en desarrollo, en
progreso; desenvolvindose, no con prestado impulso, sino segn las
leyes propias de su gran ser y de su rico y generoso organismo.

Para adquirir el concepto total de la cordobesa es menester estudiarla
en sus diferentes clases y estados: desde la gran seora hasta la mujer
del rudo ganapn, desde la nia hasta la anciana, desde la hija de
familia hasta la madre o la abuela; y verla y visitarla, ya en la
antigua y esplndida capital del Califato; ya en la Sierra, al Norte del
Guadalquivir, abundante en minas y en dehesas selvticas y esquivas; ya
en la campia ubrrima, donde hay lugares populosos y hasta lindas
ciudades, y donde la riqueza, el bienestar y la cultura son mayores.
Pero si fusemos analizando y examinando por separado todas estas cosas,
no tendra fin ni trmino nuestro artculo; y as conviene tocar slo
puntos capitales, y resumir y cifrar en dos o tres tipos todo lo que hay
en la cordobesa de ms caracterstico y propio.

Claro est que en la provincia de Crdoba hay damas ricas, que han
estado o estn en Madrid, que tal vez han ido a Baden o a Biarritz algn
verano; que hablan francs, que han paseado en el bosque de Boulogne,
que conocen acaso varias cortes extranjeras, que leen las novelas de
Jorge Sand y los versos de Lamartine en la misma lengua en que se
escribieron, y que se visten con Worth, con Laferrire, con la Honorina
o con la Isolina. En todas estas damas subsiste an la esencia de la
mujer cordobesa; pero sera menester ahondar y penetrar demasiado para
descubrir esa esencia al travs de tantos aditamentos extraos y de
tantas exterioridades postizas. Busquemos, pues, a la genuina cordobesa
donde no tengamos necesidad de profundizar o de eliminar para hallarla:
busqumosla en la lugarea, ya sea rica, ya pobre; ya seora, ya criada.

La lugarea es en extremo hacendosa. Por pobre que sea, tiene la casa
saltando de limpia. Los suelos, de losa de mrmol, de ladrillo o de yeso
cuajado, parecen bruidos a fuerza de aljofifa. Si el ama de la casa
goza de algn bienestar, resplandecen en dos o tres chineros el cristal
y la vajilla; y en hileras simtricas adornan las paredes de la cocina
peroles, cacerolas y otros trastos de azfar o de cobre, donde puede uno
verse la cara como en un espejo.

La cordobesa es todo vigilancia, aseo, cuidado y esmerada economa.
Nunca abandona las llaves de la despensa, de las alacenas, arcas y
armarios. En la anaquelera o vasares de la despensa suele conservar,
con prvida y rica profusin, un tesoro de comestibles, los cuales dan
testimonio, ya de la prosperidad de la casa; ya de lo frtil de las
fincas del dueo, si son productos indgenas y, como suele decirse, de
la propia crianza y labranza; ya de la habilidad y primor de la seora,
cuyo trabajo ha aumentado el valor de la primera materia con alguna
preparacin o condimento. All tiene nueces, castaas, almendras,
batatas, cirolitas imperiales envueltas en papel para que se pasen,
guindas en aguardiente, orejones y otras mil chucheras. Los pimientos
picantes, las guindillas y cornetas y los ajos, cuelgan en ristras al
lado del bacalao, en la parte menos pulcra. En la parte ms pulcra suele
haber azcar, caf, salvia, tila, manzanilla, y hasta t a veces, que
antes slo en la botica se hallaba. Del techo cuelgan egregios y
gigantescos jamones; y, alternando con esta _buclica_ manifestacin del
reino animal, dulces andregelas invernizas, uvas, granadas y otras
frutas. En hondas orzas vidriadas conserva la seora lomo de cerdo en
adobo, cubierto de manteca; pajarillas, esto es, asaduras, riones y
bazo del mismo cuadrpedo; y hasta morrillas, alcauciles, setas y
esprragos trigueros y amargueros; todo ello tan bien dispuesto, que
basta calentarlo en un santiamn para dar una oppara comida a cualquier
husped que llegue de improviso.

La matanza se hace una vez al ao en cada casa medianamente acomodada; y
en aquella faena suele lucir la seora su actividad y tino. Se levanta
antes que raye la aurora, y rodeada de sus siervas dirige, cuando no
hace ella misma, la serie de importantes operaciones. Ya sazona la masa
de las morcillas, echando en ella, con rociadas magistrales y en la
conveniente proporcin, sal, organo, comino, pimiento y otras especias;
ya fabrica los chorizos, longanizas, salchichas y dems embuchados.

La mayor parte de esto se suspende del humero en caas o barras largas
de hierro, lo cual presta a la cocina un delicioso carcter de suculenta
abundancia. Casi siempre se reciben en invierno las visitas en torno del
hogar, donde arde un monte de encina o de olivo y pasta de orujo, bajo
la amplia campana de la chimenea. Entonces, si el que llega mojado de la
lluvia o transido de fro, ya de la calle, ya del campo, alza los ojos
al cielo para darle gracias por hallarse tan bien, se halla mucho mejor
y tiene que reiterar las gracias, al descubrir aquella densa
constelacin de chorizos y de morcillas, cuyo aroma trasciende y
desciende a las narices, penetra en el estmago y despierta o resucita
el apetito. Cuntas veces le he saciado yo, estando de tertulia, por la
noche, en torno de uno de estos hogares hospitalarios! Tal vez la misma
seora, tal vez alguna criada gallarda y gil, descolgaba con regia
generosidad una o dos morcillas, y las asaba en parrillas sobre el
rescoldo. Comidas luego con blanco pan, con un traguito de vino de la
tierra, que es el vino mejor del mundo, y en sabrosa y festiva
conversacin, saban estas morcillas a gloria.

Es injusta la fama cuando asegura que se come mal por all. En mi
provincia hay un sibaritismo rstico que encanta. Bien sabe mi paisana
estimar, buscar y servir en su mesa las mejores frutas, empezando por la
que se cra en su heredad, mil veces ms grata al paladar y ms
lisonjera para el amor propio que la tan celebrada del cercado ajeno. Ni
carece tampoco, en la estacin oportuna, de cerezas garrafales de
Carcabuey, de peras de Priego, de melones de Montalvan, de melocotones
de Alcaudete, de higos de Montilla, de naranjas de Palma del Ro, y aun
de aquellas nicas ciruelas, que se dan slo en las laderas del castillo
de Cabra; ciruelas, dulces como la miel, que huelen mejor que las rosas.
En cuanto a las uvas, no hay que decir que son mejores ni peores en
ninguna parte, porque son excelentes en todas: y las hay lairenes,
pedrojimnez, negras, albillas, dombuenas de corazn de cabrito,
moscateles, balades, y de otros mil linajes o vidueos.

Las aceitunas no ofrecen menor variedad: manzanillas, picudas, reinas,
gordales, y qu s yo cuntas otras. La mujer cordobesa se vale para
prepararlas de mil ingeniosos mtodos y de mil alios sabrosos; pero, ya
estn las aceitunas partidas o enteras, rellenas u orejonadas, siempre
interviene en ellas el laurel, premio de los poetas.

Pues qu alabanza, qu encarecimiento bastar a celebrar a mi paisana,
cuando despunta por lo habilidosa? Qu guisos hace o dirige, qu
conservas, qu frutas de sartn, y qu rara copia de tortas, pasteles,
cuajados y hojaldres! Ya con todo gnero de especieras, con nueces,
almendras y ajonjol, condimenta el morisco alfajor, picante y
aromtico; ya la hojuela frgil, liviana y area; ya el esponjado
pionate, y ya los pestios con generoso vino amasados: sobre todo lo
cual derrama la que tanto abunda en aquellas comarcas, silvestre y
cndida miel, ora perfumada de tomillo y romero en la heroica y alpestre
Fuente Ovejuna, que en lo antiguo se llamaba la Gran Melaria; ora
extrada, merced a las venturosas abejas, del azahar casi perenne, que
se confunde con el fruto maduro por todos los verdes naranjales, en las
fecundas riberas del Genil y del Btis.

Sera cuento de nunca acabar si yo refiriese aqu circunstanciadamente
cuanto sabe hacer y hace la cordobesa en lo que atae a pastelera y
repostera. No puedo, con todo, resistir a la tentacin de dar una
somera noticia de lo ms interesante. Hace la cordobesa gajorros,
cilindros huecos, formados por una cinta de masa que se enrosca en
espiral, para los cuales, a fin de que crujan entre los dientes y se
deshagan luego con suavidad en la boca, es indispensable una maestra
soberana, as en el amasijo como en la fritura. La batata en polvo y las
carnes de manzana, membrillo y gamboa, que toda cordobesa prepara,
debieran ser conocidas y estimadas en las mesas de los prncipes y
magnates. Con el mosto hace la cordobesa gachas, pan y arropes
infinitos, ya de calabaza, ya de cabellos de ngel, y ya de uvas, aunque
entonces toma el nombre de uvate y deja el de arrope.

Quiero pasar en silencio, por no molestar al lector y porque no me tilde
de prolijo y tal vez de goloso, los hojaldres hechos de flor de harina y
manteca de cerdo en pella; los multiformes bizcochos, entre los cuales
sobresale la torta o bollo maimn; los nugados, los polvorones, las
sopaipas, los almbares y las perrunas, exquisitas, a pesar de lo poco
simptico del nombre que llevan. Pero cmo no detenerse en el debido
encomio de ciertas empanadas, en mi sentir deliciosas, y tan propias y
privativas de por all, que la mujer que no haya nacido cordobesa no
poseer jams el _quid divinum_ que para amasarlas se requiere, ni
acertar a darles el debido punto de cochura? Estas empanadas son, en
dicho sentido, incomunicables. Aunque en mayor escala, acontece con
ellas lo que con el turrn de Jijona, que al instante se conoce la
falsificacin. Bien puede tener la mas docta cocinera la receta
autntica, exacta, minuciosa, de estas empanadas; apuesto a que no las
hace, si no es de mi provincia. A quien no ha comido de tales empanadas
le parecer abominable que, constando el relleno de boquerones o
sardinas con un picadillo de tomates y cebollas, se tomen las empanadas
con chocolate; pero as es la verdad, y estn buenas, aunque parezca
inverosmil.

No es nuevo este arte de repostera y pastelera, ni su florecimiento
entre las cordobesas. Segn un escrito fehaciente, reimpreso y divulgado
poco ha (la verdadera historia de la _Lozana Andaluza_), dicho arte
floreca ya a principios del siglo XVI. Aquella insigne mujer, que era
cordobesa, haca con admirable perfeccin casi todo cuanto aqu hemos
mentado, si bien el autor lo refiere de corrida, sin detenerse tanto
como nosotros en el asunto. Probado deja, sin embargo, que ya entonces
era parte este gay saber en la educacin de mis paisanas, y que de
madres a hijas ha venido trasmitindose hasta ahora por medio de la
tradicin. As es que cualquiera cordobesa, si no es manca y tiene
mediano caletre, podr jactarse en el da, como ha ms de tres siglos se
jactaba la Lozana, si es que la modestia lo permite, de que sobrepuja a
Platina _De voluptatibus_ y a Apicio Romano _De re coquinaria_.

Con todo, acerca de lo ltimo (en lo tocante a cocina propiamente
dicha), no hay, hablando con franqueza, tanto de que jactarse como en la
parte de repostera. Este arte, incluyendo en l, aunque parezca
disparatado, todo lo relativo a la matanza, es, en la provincia de
Crdoba, un arte ms liberal, menos entregado a manos mercenarias.
Apenas si hay hidalga, por encopetada y perezosa que sea, que, segn ya
hemos dicho, no trabaje en estos negocios _col seno e colla mano_. Ya
sazona el adobo; ya hecha con su blanca diestra el alio a las
longanizas; ya rellena tal cual chorizo con un embudito de lata; ya
pincha las morcillas para que se les salga el aire, valindose de una
aguja de hacer calceta o de una horquilla que desprende de sus hermosos
cabellos.

Suele, en verdad, venir a las casas, en los das de matanza, o en los
que preceden a la Noche-buena, cuando se hacen mil golosinas, o durante
la vendimia, para hacer el arrope y las gachas de mosto, o poco antes de
Semana Santa, para solemnizarla con hojuelas, pestios, gajorros y
pionate, alguna mujer perita, de tres o cuatro que hay siempre en cada
lugar, la cual se pone al frente de todo; pero rarsima vez la seora
abdica en esta mujer por completo y se sustrae a toda responsabilidad.
Esta mujer no pasa de ser una ayudanta, una _altera ego_. Quien en
realidad dirige es el ama. Y slo cede el ama la direccin, o, para
hablar con rigorosa exactitud, no la cede ni dimite, sino que comparte
la responsabilidad y divide el imperio, cuando se da la feliz
circunstancia de que haya alguna mujer que sea un genio inspirado, con
misin y vocacin singular para tales asuntos. As suceda en mi lugar
con una mujer que llamaban Juana la Larga, la cual muri ya; y es muy
cierto que ha dejado una hija heredera de sus procedimientos arcanos:
pero el genio no se hereda, y la hija de Juana la Larga no llega, ni con
mucho, adonde llegaba su madre: es mucho menos larga en todo, como lo
reconocen y declaran cuantas personas competentes han conocido a la una
y a la otra.

Con la cocina, con el guiso diario, hay muy distinto proceder. Una
seora cuidadosa y casera tendr cuenta con lo que se guisa, ir a la
despensa, dar rdenes: pero el verdadero guisar queda enteramente al
cuidado de la cocinera. De aqu lo decado del arte. La cocina cordobesa
fue, sin duda, original y grande. Hoy es una ruina, como los palacios de
Medina-Azahara y los encantadores jardines de la Almunia. Slo quedan
algunos restos, que dan seales, que son como reliquias de la grandeza
pasada; restos que un hbil cocinero arquelogo pudiera restaurar, como
ha restaurado Canina los antiguos monumentos de Roma.

Sera menester una pericia tcnica, de que carezco, para caracterizar
aqu la cocina cordobesa, excelente aunque arruinada, y para definirla y
distinguirla entre las dems cocinas de los diversos pueblos, lenguas y
tribus del globo.

El lector me perdonar que hable casi como profano en esta materia
trascendente.

Yo creo que, sin desestimar la cocina francesa, que hoy priva y
prevalece en el mundo, hay restos y como races en la de Crdoba, que no
deben menospreciarse. Quin sabe si darn an opimos frutos sin
desnaturalizarse con ingertos, sino conservando el ser castizo que
tienen?

Las habas, a pesar del anatema de Pitgoras, que tal vez las conden
como afrodisacas, son el principal alimento de los campesinos de mi
tierra. El guiso en que las preparan, llamado por excelencia _cocina_,
es riqusimo. Dudo yo que el ms cientfico cocinero francs, sin ms
que habas, aceite turbio, vinagre archi-turbio, pimientos, sal y agua,
pueda sacar cosa tan rica como dicha cocina de habas preparada por
cualquiera mujer cordobesa. Del salmorejo, del ajo-blanco y del
gazpacho, afirmo lo propio, Ser malo; harn mil muecas y melindres las
damas de Madrid si le comen; pero tomen los ingredientes, combnenlos, y
ya veremos si producen algo mejor.

Por lo dems, el salmorejo, dentro de la rustiqueza del pan prieto,

    Y los rojos pimientos y ajos duros,

de que principalmente consta, debe pasar por creacin refinada en las
artes del deleite, sobre todo si se ha batido bien y largo tiempo por
fuertes puos y en un ancho dornajo. En cuanto al gazpacho, es saludable
en tiempo de calor y despus de las faenas de la siega, y tiene algo de
clsico y de potico. No era ms que gazpacho lo que, segn Virgilio, en
la segunda gloga, preparaba Testilis para agasajo y refrigerio de los
fatigados segadores:

    _Allia, serpyllumque, herbas contundit olentes._

Dejo de hablar de la olla, caldereta, cochifrito, ajo de pollo y otros
guisados, por no tener diverso carcter en Crdoba que en las restantes
provincias andaluzas. Slo dir algo en defensa de la alborona, por
haberse burlado de ella un agudo escritor, amigo mo, y por habernos
suministrado la ciencia moderna un medio de justificarla, y aun de
probar, o rastrear al menos, que la antigua cocina cordobesa fue una
cocina aristocrtica o casi regia, que ha venido degenerando. El sabio
orientalista Dozy demuestra que la inventora de la alborona, o quien le
dio su nombre, fue nada menos que la Sultana Boran, hermosa, distinguida
y _comm'il faut_ entre todas las Princesas del Oriente. Tal vez el
creador de la alborona dedic su invencin a esta Sultana, como hacen
hoy los ms famosos cocineros, dedicando sus guisos y sealndolos con
el nombre de algn ilustre personaje. As hay solomillo a la
Chateaubriand, salmn a la Chambord, y otros condimentos a la Soubisse,
a la Bismarck, a la Thiers, a la Emperatriz, a la Reina y a la Po IX.
Para mayor concisin se suprime el nombre de lo guisado y queda slo el
del personaje glorioso; por donde cualquiera se come un Po IX o un
Chateaubriand, sin incurrir en antropofagia.

Sin duda, as como, en vista del aserto irrefragable de Dozy, la
alborona viene de la Sultana Boran, la torta maimn y los maimones, que
son unas a modo de sopas, deben provenir del Califa, marido de la
susodicha Boran, el cual se llamaba Maimn, ya que no provengan del gran
filsofo judo Maimnides, que era cordobs, y compatriota, por lo
tanto, de los maimones, sopa, torta y bollo.

Fuerza es confesar, a pesar de lo expuesto, que estas cosas se han
maleado. Son como los refranes, que fueron sentencias de los antiguos
sabios y han venido a avillanarse; o como ciertas familias de clara
estirpe, que han cado en baja y oscura pobreza. Lstima es, por cierto,
que as pase; pues los primeros elementos son exquisitos para la cocina
en toda la provincia de Crdoba.

Entre las jaras, tarajes, lentiscos y durillos, en la espesura de la
fragosa sierra, a la sombra de los altos pinos y copudos alcornoques,
discurren valerosos jabales y ligeros corzos y venados: por toda la
feraz campia abundan la liebre, el conejo, la perdiz y hasta el sison
corpulento, y toda clase de palomas, desde la torcaz hasta la zurita. No
bien empieza a negrear y a madurar la aceituna, acuden de Africa los
zorzales, cuajando el aire con animadas nubes. El jilguero, la
oropndola, la vejeta y el verdearon alegran la primavera con sus trinos
amorosos. El gran Guadalquivir da mantecosos sbalos y sollos enormes; y
dan ancas de ranas y anguilas suaves todos los arroyos y riachuelos.
Sera proceder en infinito si yo contase aqu los productos del reino
vegetal, la Flora de aquella tierra predilecta del cielo, sobre la cual,
segn popular convencimiento y arraigada creencia, est verticalmente
colocado, en el cenit, el trono de la Santsima Trinidad. Baste saber
que las mil y tantas huertas de Cabra son un Paraso. All, si aun
estuviese de moda la mitologa, pudiramos decir que puso su trono
Pomona; y extendindonos en esto, y sin la menor hiprbole, bien
aadiramos que Pales tiene su trono en las ermitas, Ceres en los campos
que se dilatan entre Baena y Valenzuela, y Baco el suyo en los Moriles,
cuyo vino supera en todo al de Jerez.

La cordobesa mira con desdn todo esto, o bien porque le es habitual y
no le da precio, o bien por su espiritualismo delicado. Sin embargo,
algunas seoras ricas se esmeran en cuidar frutas y en aclimatar otras
poco comunes hasta ahora en aquellas regiones, como la fresa y la
frambuesa. Asimismo suele tener la cordobesa un corral bien poblado de
gallinas, patos y pavos, que ella misma alimenta y ceba; y ya logra
verse, aunque rara vez, la desentonada y atigrada gallina de Guinea. El
faisn sigue siendo para mis paisanas un animal tan fabuloso como el
fnix, el grifo o el guila bicpite.

Donde verdadera y principalmente se luce la cordobesa es en el manejo
interior de la casa. Los versos en que Schiller encomia a sus paisanas,
pudieran con ms razn aplicarse a las mas. No es la alemana la que
describe el gran poeta: es la madre de familia de mi provincia o de mi
lugar:

      Ella en el reino aqul prudente manda;
    Reprime al hijo y a la nia instruye,
    Nunca para su mano laboriosa,
    Cuyo ordenado tino
    En rico aumento del caudal refluye.

Cmo se afana! Cmo desde el amanecer va del granero a la bodega, y de
la bodega a la despensa! Cmo atisba la menor telaraa y hace al punto
que la deshollinen, cuando no la deshollina ella misma! Cmo limpia el
polvo de todos los muebles! Con qu esmero alza en el armario o guarda
en el arca o en la cmoda la limpia ropa de mesa y cama, sahumada con
alhucema! Ella borda con primor, y no olvida jams los mil pespuntes,
calados, dobladillos y vainicas que en la _miga_ le enseaban, y que
hizo y reuni en un rico dechado, que conserva como grato recuerdo. No
queda camisa de hilo o de algodn que no marque, ni calceta cuyos puntos
no encubra y junte, ni desgarrn que no zurza, ni rotura que no
remiende. Si es rica, ella y su marido y su prole estn siempre aseados
y bien vestidos. Si es pobre, el domingo y los das de grandes fiestas
salen del fondo del arca las bien conservadas galas: mantn o paoln de
Manila, rica saya y mantilla para ella; y para el marido una camisa
bordada con pjaros y flores, blanca como la nieve, un chaleco de
terciopelo, una faja de seda encarnada o amarilla, un marsell
remendado, unos zahones con botoncillos de plata dobles y de muletilla,
y unos botines prolijamente bordados de seda en el bien curtido becerro.
Sobre todo esto, para ir a misa o a cualquier otra ceremonia o visita de
cumplido, se pone mi paisano la capa. Sera una falta de decoro, casi un
desacato, presentarse sin ella aunque seale el termmetro treinta
grados de calor. En efecto, la capa, como toda vestidura talar y
rozagante, presta a la persona cierta amplitud, entono y prosopopeya. No
es esto decir que en mi tierra no se abuse de la capa. Me acuerdo de un
mdico que nos visitaba en el lugar, siendo yo nio, el cual no la
abandonaba jams; iba embozado en ella y no se desembozaba ni aun para
tomar el pulso, tomndole por cima del embozo. Claro est que quien no
se quita jams la capa, menos se quita el sombrero, sino en muy solemnes
ocasiones. Hombre hay que ni para dormir se le quita, trayndole hacia
la cara para defenderla del sol o de la luz, si duerme la siesta al aire
libre; as como se le lleva hacia el morrillo o cogote, sostenindole
con la mano, para saludar a las personas que ms respeto y acatamiento
le merecen. Pero volvamos a nuestra cordobesa.

Pobre o rica se esmera, como he dicho, en la casa. En algunas hay ya
habitaciones empapeladas, pero lo comn es el enjalbiego, lo cual ser
grosero y rstico si se quiere, mas alegra con la blancura y da a todo
un aspecto de limpieza. La misma ama, si es pobre, y si no la criada,
enjalbiega a menudo toda la casa, incluso la fachada. Esta mana de
enjalbegar lleg a tal extremo, que una seora de mi lugar, algunos aos
ha, enjalbegaba su piano; el primero que apareci por all. Ahora hay ya
muchos y buenos, hasta de palo santo, y se cuentan por docenas las
seoras y seoritas que tocan y cantan.

Los patios, en Crdoba y en otras ciudades de la provincia, son como los
de Sevilla, cercados de columnas de mrmol, enlosados y con fuentes y
flores. En los lugares ms pequeos no suelen ser tan ricos ni tan
regulares y arquitectnicos; pero las flores y las plantas estn
cuidadas con ms amor, con verdadero mimo. La seora, en la primavera y
en las tardes y noches de verano, suele estar cosiendo o de tertulia en
el patio, cuyos muros se ven cubiertos de un tapiz de verdura. La
hiedra, la pasionara, el jazmn, el limonero, la madreselva, la rosa
enredadera y otras plantas trepadoras, tejen ese tapiz con sus hojas
entrelazadas y le bordan con sus flores y frutos. Tal vez est cubierta
de un frondoso emparrado una buena parte del patio: y en su centro, de
suerte que se vea bien por la cancela, si por dicha la hay, se levanta
un macizo de flores, formado por muchas macetas, colocadas en gradas o
escaloncillos de madera. All claveles, rosas, miramelindos, marimoas,
albahaca, boj, evnimo, brusco, laureola y mucho dompedro fragante. Ni
faltan arriates todo alrededor, en que las flores tambin abundan; y
para ms primor y amparo de las flores, hay encaados vistosos, donde
forman las caas mil dibujos y laberintos, rematando en tringulos y en
otras figuras matemticas. Las puntas superiores de las caas, con que
se entretejen aquellas rejas o verjas, suelen tener por adorno sendos
cascarones de huevo o lindos y esmaltados calabacines. Las abejas y las
avispas zumban y animan el patio durante el da. El ruiseor le da
msica por la noche.

En el invierno, la cordobesa tiene buen cuidado de que plantas de hoja
perenne hermoseen su habitacin. Canarios o jilgueros recuerdan la
primavera con sus trinos; y si el amo de casa es cazador, no faltan
perdices y codornices cantoras en sus jaulas, y las escopetas y trofeos
de caza adornan las paredes. En torno del hogar, casi en tertulia con
los amos, vienen a colocarse los galgos y los podencos.

Todava en las casas aristocrticas de los lugares suele haber uno como
bufn o gracioso, que recuerda, si bien por lo rstico, al lacayo de
nuestras antiguas comedias. Este gracioso posee mil habilidades; caza
zorzales con silbato y percha, y jilgueros con liga o red, y pesca
anguilas metindose en los charcos y arroyos, y cogindolas con la mano.
Alguno de estos suele tener su poco de poeta; da los das a la seora en
dcimas, y compone coplas en su elogio, y stiras contra los rivales o
contrarios de sus amos. Acompaa tambin y entretiene a los nios, y
sabe una multitud de cuentos, que relata con animacin y mucha mmica.

La criada de lugar no deja de saber tambin muchos cuentos, y los cuenta
con gracia. Los sabe de asombros, de encantos y de amores; y todos stos
son serios. Para lo cmico y jocoso atesora una infinidad de
chascarrillos picantes.

Siendo yo pequeuelo, no me hartaba nunca de or cuentos que me contaban
las criadas de casa. El ms bonito, el que ms me deleitaba era el de
doa Guiomar, cuyo argumento, en lo esencial, es el mismo del drama
indio de Kalidasa, titulado _Sacuntala_. Los rabes, sin duda, trajeron
este cuento y otros mil, en la Edad Media, desde el remoto Oriente.

La criada que descuella por lo lista, amena y entretenida, se capta la
voluntad y se convierte siempre en la acompaanta o favorita del ama, o
de la nia o seorita soltera. Viene a semejarse a la confidenta de las
tragedias clsicas, y aun puede hacer el papel de Enone. De todos modos
va con su ama a visitas, a misa y a paseo, le lleva y le trae recados, y
procura tenerla al corriente de cuanto pasa en el lugar.

A esto de saber vidas ajenas y de murmurar, menester es confesarlo, hay
una deplorable aficin en las hidalgas y ricas labradoras de por all.

Por lo dems, si hay algo de cierto en el mordaz proverbio que dice: _Al
andaluz hacedle la cruz, y al cordobs de manos y pies_, bien puede
afirmarse que no reza con las mujeres; antes son vctimas las pobrecitas
de lo levantiscos, alborotados y amigos de correrla que son generalmente
los maridos. Ya dice uno que va al campo a ver las vias o los olivares
y a inspeccionar la poda, la cava u otra labor cualquiera; ya supone
otro que va a cazar _sub Jove frgido, tenerae conjugis immemor_; ya
ste tiene que ir a negocios a la cabeza de partido, o a Crdoba, o a
Madrid por motivos polticos; ya alega aqul que debe ir a Jerez a
llevar muestras de vino, o a alguna feria, a ver si vende o compra
ganado: en suma, jams carece ninguno de pretexto para estar ausente de
su casa la mitad del ao. Si el marido es mozo y alegre, suele pasar
meses enteros lejos del techo conyugal. La tierna esposa, entre tanto,
queda en la soledad y en el abandono, y si a menudo se ve asediada por
los pretendientes, imita a Penlope y aun se le adelanta, pues al cabo
su marido, ni fue a pasar trabajos y a aventurar la vida en la guerra de
Troya, ni de fijo, salvo raras y laudables excepciones, se muestra ms
fosco y zahareo que Ulises con las Circes y Calipsos que en mesones,
hosteras, fondas y otras partes se le aparecen.

Muy de maravillar y muy digna de alabanza es esta fidelidad resignada de
la cordobesa. No negar, con todo, que a veces agota la cordobesa la
resignacin y rompe el freno de la paciencia. Entonces estallan los
celos como una tempestad. Me acuerdo de cierta parienta ma que supo que
su marido tena con todo sigilo a una muchacha en su casa de campo,
adonde iba todas las tardes y aun se quedaba algunas noches, con
pretexto de las labores. Apenas lo supo, mand que pusiesen las jamugas
a la burra, se hizo acompaar en otra burra por su confidenta, y sin que
su marido lo notase, se fue por aquellos vericuetos hasta llegar a la
casera. Terrible fue la entrevista con la pecadora, a quien ech de
all a pescozones.

Debo advertir que en este y otros casos se avivan los celos con
poderosas razones econmicas. Tal linaje de mancebas suele ser muy
costoso, y remata en la perdicin de pinges y desahogados caudales. No
se origina el gasto, ni nace de las galas y dijes, coches y primores que
hay que comprar a la muchacha, ni del boato y pompa con que es menester
sostenerla; aunque todo es relativo y proporcional, y en algo de esto se
gasta tambin. La _hetera_ de lugar es menos exigente, pedigea y
antojadiza que las Coras, las Baruccis, las Paivas y otras famosas
_heteras_ parisinas: pero aqullas son solas, se dira que nacieron como
los hongos, y la lugarea tiene un diluvio de parientes, que se lanza y
abate sobre la casa y la hacienda del mantenedor enamorado, como bandada
de langostas hambrientas y voraces. Los primos, los sobrinos, los
cuados, la madre, las tas, todos, en suma, se creen con derecho a
cuanto hay: con derecho al trabajo; y por consiguiente, con derecho a la
asistencia y a la holganza. El aceite sale de tu bodega, no por
panillas, sino por arrobas; las lonjas de tocino vuelan de la despensa;
las morcillas transponen; la manteca se evapora; los jamones se disipan.
La parentela entera se alumbra, se calienta, come, bebe y hasta mora a
costa tuya. Si tienes casas, las habitar alguien de la parentela y no
te las pagar; si eres cosechero de vino o aguardiente, menudearn las
botas, botijas y botijuelas, y entrarn vacas y saldrn rebosando.

No se crea, no obstante, que, siendo tan lucrativo este oficio, se
dedican muchas mujeres a l y abaratan el mercado con la competencia. En
todo el territorio de Crdoba ha vivido siempre gente muy hidalga y
harto difcil en puntos de honra. Colonia en lo antiguo de verdaderos
ciudadanos romanos, y no de libertos, como otras, mereci y obtuvo el
ttulo de _patricia_; cuando la invasin mahometana, no vinieron a
poblarla rudos y plebeyos berberiscos, sino claros varones de pura
sangre arbiga; los linajes ms ilustres de Medina y de la Meca; los
descendientes de los _ansres_, _tabies_ y _muhadjires_. Y por ltimo,
habiendo sido mi provincia, durante dos siglos, fronteriza con el reino
de Granada, ha debido tener y ha tenido para custodia y defensa de sus
lugares fuertes, y para tomar el desquite de cualquier ataque, entrando
en algarada por los dominios del alarbe, talando sus mieses y haciendo
otras mil insolencias y diabluras, una poblacin de hombres recios y
valerosos,

    Todos hidalgos de honra
    Y enamorados de veras,

como canta el viejo romance. Desde entonces no ha deslucido Crdoba su
bien cimentada reputacin: y no por vana jactancia, sino con sobra de
motivo, lleva por mote, en torno de los rampantes leones de su limpio
escudo: _Corduba, militiae domus, inclyta fonsque sophiae._ Lucano,
Sneca, Averroes, Ambrosio de Morales, Gngora y mil otros dan
testimonio de lo segundo. Acreditan lo primero, en multitud innumerable,
los acrrimos y audaces guerreros que por todos estilos ha criado
Crdoba; ya para pasmo y terror de los enemigos de Espaa, como el Gran
Capitn; ya para perpetua desazn y sobresalto constante de los
espaoles mansos, como el Tempranillo, el Guapo Francisco Esteban, el
Chato de Benamej, el Cojo de Encinas-Reales, Navarro el de Lucena, y
Caparrota el de Doa-Menca.

No es, pues, llano el que haya por all mucho marido sufrido, mucho
padre complaciente, y mucha interesada y fcil mujer. La que lo es se lo
hace pagar caro, no tanto por la rareza, sino por lo que pierde. Slo a
fuerza de regalos y de esplndida generosidad, y deslumbrando con su
lujo, se hace perdonar en ocasiones sus malos pasos. Aun as, es mirada
con desprecio, y no suelen llamarla con su nombre de pila, sino con un
apodo irnico, como, por ejemplo, la Galga, la Joya, la Guitarrita. Tal
vez la designan con el nombre genrico del pas de que es natural, como
para designar su origen forastero; y de stas he conocido yo a la
Murciana, a la Manchega y a la Tarifea.

Si alguna mocita soltera o alguna casada joven siente veleidades de
dejarse seducir y sonsacar, hay con frecuencia un padre o un marido que
la sana y endereza con una buena vara de mimbre. Ni debe estar muy
seguro y descuidado el seductor, por mucho respeto que inspire. No basta
a veces la inocencia, si es que infunde recelos algn galn. Cierto
compaero mo de colegio, en el Sacro Monte, fue, aos ha, a curar las
almas en un lugar de mi provincia. Era gran telogo, recto y virtuoso;
pero bien hablado, elegantsimo, peripuesto y agradable; era hombre que
en el siglo XVIII hubiera figurado, en una corte, como el ms delicioso
abate. Pues bien, en el pueblo la tomaron con l, y, como vulgarmente se
dice, le _abroncaron_. El _brnquis_ que le dieron lleg hasta tirarle
algunos tiros, pero con plvora slo, para asustarle. l calcul que de
la plvora, si no surta efecto, se podra con facilidad pasar a los
perdigones, y se larg con la msica y la teologa a otra parte menos
difcil.

Semejantes extremos son raros, por fortuna. La cordobesa no es coqueta,
sino muy prudente y sigilosa, y a nadie compromete. Aunque sea de la ms
humilde condicin, acostumbra a desahuciar al paciente enamorado,
hablando de su honor, como las damas calderonianas. Cuando esto no
basta, ni chilla, ni alborota, ni escandaliza; pero se defiende cual una
Pentesilea; lucha, como el ngel luch con Jacob, en las tinieblas de la
noche; y robusta, aunque anglica, suele echarle la zancadilla,
derribarle, y hasta darle una soba, todo con muda elocuencia y en
silencio maravilloso. Y no se extrae esto, porque en la clase de
muchachas pobres, y aun en algunas acaudaladas labradoras, es notable la
robustez. Son ms duras que el mrmol, no slo de corazn, no slo en el
centro, sino por toda la perifera. Cierto da hicimos una gira de campo
con las ms garridas y principales mozas del lugar. Una de ellas,
creyendo el asiento ms alto, se sent de golpe sobre un montn de
tejas. Eran de las macizas y mejores de Lucena. Tres vimos rotas. Ella
nos dijo con encantadora modestia que ya, antes de la cada, lo estaban.

No se entienda, por lo dicho, nada que amenge o desfigure en lo ms
mnimo la esbeltez y gentileza de mis paisanas. Una cosa es la densidad
y la firmeza, y otra el desaforado volumen. La moza que desde nia
trabaja, anda mucho y va a la fuente que est en el ejido, volviendo de
all con el cntaro lleno, apoyado en la cadera, o con la ropa lavada
por ella en el arroyo, es fuerte, pero no gorda. La fuente o el pilar
era el trmino de mi paseo cotidiano, y all me sentaba yo en un poyo,
bajo un eminente y frondoso lamo negro. Al ver lavar a las chicas, o
llenar los cntaros y subir con ellos tan gallardas, airosas y ligeras,
por aquella cuesta arriba, me trasladaba yo en espritu a los tiempos
patriarcales; y ya me crea testigo de alguna escena bblica como la de
Rebeca y Eliacer; ya, comparndome con el prudente Rey de taca, me
juzgaba en presencia de la princesa Nausica y de sus amables
compaeras. Nada de miriaques ni ahuecadores en aquellas muchachas. El
pobre vestido corto, sobre todo en verano, se cie al cuerpo y se pliega
graciosamente, velando y revelando las formas juveniles, como en la
estatua de Diana cazadora.

Por desgracia, las damas del lugar han adoptado, en cuanto cabe, casi
todas las modas francesas, y van perdiendo el estilo propio de vestirse
y peinarse. Todas usaron ingentes miriaques totales, y ahora usan el
miriaque parcial y _pseudo-calpigo_ que priva. El da menos pensado
abandonarn la mantilla y se pondrn el sombrerito. Todas se peinan,
tomando por modelo el figurn, y suelen llamar a este peinado de
_cucun_ o de _remangu_, a fin de darle, hasta en el nombre, cierto
carcter extranjero. Las faldas, en vez de llevarlas cortas, las llevan
largas, y van barriendo con la cola el polvo de los caminos. En
resolucin, es una pena este abandono del traje propio y adecuado.

A pesar de tales disfraces, la belleza, o al menos la gracia, el garbo y
el salero, son prendas comunes en mis paisanas. Tienen en el andar mucho
primor, y ms an si bailan. Los rigodones y el vals y la polca se van
aclimatando; pero el fandango no se desterr todava. Hasta las
seoritas salen a hacer una mudanza, si las sacan y obligan en
cualquiera fiesta campestre, y se mueven y brincan con gallarda y
desenfado, y repiquetean con bro las castauelas. Mujeres hay del
pueblo que, en esto de bailar y tocar las castauelas, vencen a la
Teletusa, celebrada por Marcial, en aquel epigrama que principia:

    _Edere lascivos ad Btica crusmata gestus._

Si la mujer casada, como ya queda expuesto, es un modelo de paciencia
conyugal, la soltera es casi siempre un modelo de novias. Puntualmente
baja a la reja todas las noches a hablar con el enamorado, a lo que se
llama _pelar la pava_. En cada calle de cualquier lugar de Andaluca se
ven, de diez a una de la noche, sendos embozados, como cosidos a casi
todas las rejas. Tal vez suspira l y exclama:

--Qu mala es usted!

Y ella responde:

--Pues no, que usted!...

Y exhala otro suspiro.

As se pasan horas y horas.

Tiene tal encanto este ejercicio, para el hombre sobre todo, que no
pocos noviazgos se prolongan ms que el de Jacob y Raquel, que dur
catorce aos, slo por no perder el encanto de pelar la pava. Las pobres
muchachas lo sufren con paciencia, pero languidecen y se ponen ojerosas.

Verdad es que luego, cuando se casan, no sucede, como en otras partes,
que la mujer sigue sirviendo, trabajando y afanando. Aunque sea el novio
un miserable jornalero, procura que su novia, no bien llega a ser su
mujer, salga de todo trabajo, no vuelva a escardar ni a coger aceituna,
y sea en su casa como reina y seora. Si est sirviendo, se despide y
deja de servir; y ya no cose, ni lava, ni plancha, ni friega, ni guisa,
sino para su marido y para sus hijos. El hombre, salvo en raras
ocasiones, es quien trabaja, busca y granjea o garbea lo necesario para
el sostn de toda la familia.

La cordobesa, sea de la clase que sea, es todo corazn y ternura: pero
sin el sentimentalismo falso y de alquimia que ha venido de extranjis.
Nadie (vergenza es confesarlo) ha pintado a la cordobesa del pueblo,
verdaderamente enamorada y apasionada, como el novelista Mrime. Su
Carmen es el tipo ideal de la humilde y baja de condicin, aunque
sublime por el alma. Como reza el dstico del poeta griego, que sirve de
epgrafe a la novela, Carmen sabe morir y amar; es admirable cuando se
entrega por amor y cuando por amor muere; tiene dos horas divinas: una
en la muerte; otra en el tlamo.

_De atrs le viene al garbanzo el pico_, segn el decir vulgar. Desde
muy antiguo es la cordobesa espejo, luz y norte de enamoradas. Sus ojos,
como los de Laura, inspiran platnicos y casi msticos afectos, y hacen
que un moro, como Ibn Zeidun, escriba canciones ms finas que las del
Petrarca, merced a la princesa Walada, que era asimismo poetisa.

Los amores de dos mujeres cordobesas han tenido un inmenso influjo
bienhechor en el mundo: han contribuido, casi han sido causa de las ms
preciadas glorias para Espaa, y de acontecimientos tan providenciales,
que sin ellos la actual civilizacin europea no se explicara. Sin
Zahira, enamorada de Gstios, no hubiera nacido Mudarra, los siete
infantes de Lara no hubieran tenido vengador; la flor de la caballera
castellana hubiera perecido antes de abrir el cliz; acaso no hubiramos
posedo al Cid, pues a no inspirarse en la espada de Mudarra y cobrar
aliento con ella, no hubiera muerto al Conde Lozano ni dado principio a
tanta hazaa imperecedera. Si doa Beatriz Enriquez no se enamorara en
Crdoba de Colon, consolndole y alentndole, Colon se hubiera ido de
Espaa; hubiera muerto en un hospital de locos; no hubiera descubierto
los nuevos orbes, cuya existencia haba columbrado y vaticinado ms de
mil y cuatrocientos aos antes un inspirado cordobs, y para cuyo
descubrimiento le dio nimo y bros aquella apasionada e inmortal
cordobesa.

Vase, pues, de cunto son y han sido capaces mis paisanas. Dios las
bendiga a todas.

Imposible parece que, siendo tan buenas, las descuiden y abandonen los
pcaros hombres. Adems de las peregrinaciones de que ya hemos hablado,
las dejan para irse al casino, donde se pasan las horas muertas. Razn
le sobraba al gran Donoso al tronar tanto contra el casino, en su
elocuente libro _sobre el Catolicismo_. Es verdad que siempre ha habido
casino, slo que antes, para los ricos, se llamaba la casilla, y estaba
en la botica, y para los pobres, el casino estaba en la taberna. Pero,
en el da, ni las boticas ni las tabernas han acabado, y todo lugar, por
pequeo que sea, pulula, hierve en casinos. Cada bandera, cada matiz
poltico tiene el suyo. Hay casino conservador, casino radical, casino
carlista, casino socialista y casino republicano. Las infelices mujeres
se quedan solas. No s cmo hay mujer que sea liberal! Todas debieran
ser absolutistas, y muchas lo son en el fondo.

La nica compensacin que trae a la mujer el liberalismo novsimo es que
debilita bastante la autoridad conyugal y paternal, que antes era
terrible y hasta tirnica. A la vara se le llamaba el gobierno de una
casa; pero a la mujer briosa, como lo es la cordobesa, ms le duele
cuando la desdean que cuando le pegan: ms la quebranta un desaire que
una paliza.

De todos modos, la mujer cordobesa, como las dems espaolas, conserva
siempre un manantial pursimo de consuelo para sus sinsabores y
disgustos: este manantial es la religin cristiana. No hay cordobesa que
no sea profundamente religiosa.

Entre los hombres ha cundido la impiedad. El soldado licenciado, de
retorno a su casa, ha solido traer algn ejemplar del _Citador_; los
peridicos se leen, y no todos son piadosos; y por ltimo, no falta
estudiante que vuelve de la universidad inficionado de Krause y hasta de
Hegel, y que echa discursos a los rsticos, a ver si los hace panteistas
y egoteistas.

La mujer no entiende, ni quiere entender, tan enrevesados tiquismquis,
y sigue apegada a sus antiguas creencias. Ellas son el blsamo para
todas las heridas de su corazn: ellas le llenan de esperanzas
inmarcesibles; ellas abren en su ardiente imaginacin horizontes
infinitos, dorados por la luz divina de un sol de amor y de gloria.

Hasta para menos elevadas exigencias y para ms vulgares satisfacciones
es la religin un venero inagotable. Casi todo honesto mujeril
pasatiempo se funda en la religin. Si no fuese por ella, habra
romeras tan alegres como la de la Virgen de Araceli y la de la Virgen
de la Sierra de Cabra? Habra Nio Jess que vestir? Habra procesin
que ver? Habra paso de Abraham, Descendimiento, judos y romanos,
apstoles y profetas, _encolchados_, _ensabanados_ y _jumeones_,
hermanos de cruz, y dems figuras que salen por las calles, en la Semana
Santa? Nada de esto habra. No tendra la mujer jubileos ni novenas, ni
oira sermones, ni adornara con flores ningn altar, ni engalanara
ninguna cruz de Mayo, ni se complacera tanto en el mes de Mara. Las
golondrinas, que ahora son respetadas porque le arrancaron a Cristo con
el pico las espinas de la corona, seran perseguidas y muertas, y no
acudiran todos los aos a hacer el nido en el alero del tejado o dentro
de la misma casa, ni saludaran al dueo con sus alegres pos y
chirridos. Todo para la mujer estara muerto y sin significado, faltando
la religin. La pasionara perdera su valor simblico; y hasta el amor
al novio o al marido o al amante, que ella combina siempre con el
presentimiento de deleites inmortales, y que idealiza, hermosea y
ensalza con mil vagos arreboles de misticismo, se convertira en
cualquiera cosa, bastante menos potica.

Tal es, en general, la mujer de la provincia de Crdoba. Si entrsemos
en pormenores, sera este escrito interminable. En aquella provincia,
como en todas, hay mil grados de cultura y de riqueza, que hacen variar
los tipos. Hay adems las diferencias individuales de caracteres y de
prendas del entendimiento.

He omitido un punto muy grave. Voy a tocarle, aunque sea de ligero,
antes de terminar el artculo. Este punto es el filolgico: el lenguaje
y el estilo de la cordobesa.

La cordobesa, por lo comn (y entindase que hablo de la jornalera o de
la criada, y no de la dama elegante e instruida), aspira la _hache_.
Tiene adems notable propensin a corroborar las palabras con slabas
fuertes antepuestas. Cuando no se satisface con llamar tunante a
cualquiera, le llama _retunante_; y no bastndole con Dios, exclama:
_Redios!_ En varios pueblos de mi provincia, as como en muchos de los
pueblos de la de Jan, es frecuentsima cierta interjeccin inarticulada
que se confunde con un ronquido. La cordobesa, por ltimo, adorna su
discurso con mil figuras e imgenes, le salpimenta de donaires y
chistes, y le anima con el gesto y el manoteo.

El adverbio _a manta_ se emplea a cada instante para ponderar o
encarecer la abundancia de algo. Las voces _mants_, _manteson_,
_mantesada_ y _mantesonada_, _mantesera_ y _mantesonera_, salpican o
llenan tanto todo coloquio como en Mlaga la de _charran_ y sus
derivados. Ms singular es an el uso del gerundio en diminutivo, para
expresar que se hace algo con suavidad y blandura. As, pues, se dice:
Don Fulano se est _muriendito_. La nia est _deseandito_ casarse, o
_rabiandito_ por novio.

En la pronunciacin dejan un poco que desear las cordobesas. La _zeda_ y
la _ese_ se confunden y unimisman en sus bocas, as como la _ele_, la
_ere_ y la _pe_. Quin sabe si sera alguna maestra de _miga_ cordobesa
la que dijo a sus discpulas: Nias, _sordado_ se escribe con _ele_ y
_precerto_ con _pe_? Pero si en la pronunciacin hay esta anarqua, en
la sintaxis y en la parte lxica, as las cordobesas como los
cordobeses, son abundantes y elegantsimos en ocasiones, y siempre
castizos, fciles y graciosos. No poca gente de Castilla pudiera ir por
all a aprender a hablar castellano, ya que no a pronunciarle.

Sin adulacin servil aseguro que la cordobesa es, por lo comn,
discreta, chistosa y aguda. Su despejo natural suple en ella muy a
menudo la falta de estudios y conocimientos. Sus plticas son
divertidsimas. Es naturalmente facunda y espontnea en lo que dice y
piensa. Amiga de rer y burlar, embroma a los hombres y les suelta mil
pullas afiladas y punzantes, pero jams se encarniza.

Qu otra cosa he de aadir? Una cordobesa es avara y otra prdiga, pero
todas son generosas y caritativas. Cordobesa hay que lee todava libros
antiguos, devotos los ms, que pertenecieron a su bisabuela, y que estn
como vinculados en la casa; v. gr.: _La Perfecta Casada_, del maestro
Leon; _El menosprecio de la corte y alabanza de la aldea_, y el _Monte
Calvario_, de fray Antonio de Guevara, y hasta las _Obras completas_
(cerca de veinte volmenes en flio) del venerable Palafox. No lo digo
fantaseando: he conocido lugarea cordobesa que tena y lea estos y
otros libros por el estilo. Otras leen novelas modernas de las peores.
Otras no leen nada.

Mujeres hay que han estado en Sevilla o en Madrid, que han ido a Mlaga
y han visto la mar; y mujeres hay que jams salieron de su pequea
villa, y se forman de Madrid idea tan confusa como las que yo me formo
de las ciudades que puede haber en otro planeta. Casi ninguna est
descontenta de su suerte. La buena pasta es muy comn. El orgullo,
adems, las excita a menospreciar lo que no est a su alcance; y el amor
de la patria, encerrado dentro de los estrechos lmites del pueblo en
que nacieron y se criaron, se hace ms intenso, enrgico y vidrioso, y
las mueve a amar con delirio aquel pueblo y aquella sociedad,
prefirindolos a todo, y a revolverse casi con furor contra cualquiera
que los censura.

Si hubiera yo de seguir contando y pintando circunstanciadamente las
cosas, escribira un tomo de quinientas o seiscientas pginas. Demos,
pues, punto aqu: y, gracias a que este artculo no peque por largo, y a
que tenga el lector la suficiente indulgencia, vagar y calma, para
leerle todo sin enojo, fatiga ni bostezo.




UN POCO DE CREMATSTICA

MEDITACION(a).


I.

Cuando Virgilio, inspirado por los antiguos versos de la Sibila, por la
esperanza general entre todas las gentes de que haba de venir un
Salvador, y tal vez por alguna noticia que tuvo de los profetas hebreos,
vaticin con ms o menos vaguedad, en su famosa gloga IV, la redencin
del mundo, todava le pareci que esta redencin no haba de ser
instantnea, por muy milagrosa que fuese, y as es que dijo: _suberunt
priscae vestigia fraudis_: quedarn no pocos restos de las pasadas
tunanteras y miserias.

(a) Publicada en _La Revista de Espaa_, en el ao de 1870.

Si esto pudo decir el Cisne de Mantua, tratndose de un milagro tan
grande, de un caso sobrenatural que lo renovaba todo y que todo lo
purificaba, qu extrao es que despus de una revolucin, al cabo hecha
por hombres, y no por hombres de otra casta que la nuestra, sino por
hombres de aqu, educados entre nosotros, haya an no poco que censurar
y no poco de que lamentarse? Pues qu, pudo nadie creer con seriedad
que la revolucin iba en un momento a hacer que desapareciesen todos
nuestros males, todos los vicios y los abusos que la produjeron? La
revolucin podr, a la larga, si es que logra afirmarse, corregir muchos
de estos males, vicios y abusos; pero en el da es inevitable que
aparezcan an. Apareceran, aunque los que combatieron en Alcolea en pro
de la revolucin hubieran sido unos ngeles del cielo, de lo cual ni
ellos presumen, ni nadie les presta el carcter, la condicin y la
virtud sobrehumana.

Mediten bien lo que acabo de decir aquellos que vieron con jbilo la
revolucin, que la aceptaron y hoy se arrepienten, y aqullos tambin
que siempre la tuvieron por un mal y que siguen con ms ahnco
tenindola por un mal en el da de hoy. Medtenlo, y ya conocern que no
hay mal ahora que no se derive de los pasados, como se deriva de la
premisa la consecuencia; como nace el retoo de la raz de toda planta
antigua, si no se arranc de cuajo y si no se extirp; operacin ms
difcil de lo que se piensa.

No es esto afirmar que el estado de nuestro pas sea delicioso,
envidiable y floreciente. Nada menos que eso. En nuestro pas hay mucho
desabrimiento, muchsimo mal humor, y un disgusto enorme. Y no hay que
rastrear demasiado, ni que sumirse en oscuras profundidades para
desentraar la causa. La causa es que _donde no hay harina, todo es
mohna_. El mal, fundamento de todos los males, es entre nosotros la
escasez de dinero, o para valernos de trmino ms comprensivo, la
penuria o la inopia. En nuestra poca nos dolemos ms de este mal,
porque la aspiracin y el conocimiento del bien contrario estn ms
difundidos, no porque el mal sea nuevo. _De atrs le viene el pico al
garbanzo_, como dice el refrn. Sera, pues, una insolencia exigir de la
revolucin que renovara el milagro de pan y peces, o que convirtiera las
piedras en hogazas. Qu ha de hacer la revolucin sino lo que siempre
se ha hecho? Esto me retrae a la memoria el modo de saludar que suelen
tener en algunos lugares de Andaluca, y que no puede ser ni ms castizo
ni ms propio. Salen dos hidalgos a tomar el sol muy embozados en sus
capas, y se encuentran al revolver de una esquina.--Hola, compadre,
dice el uno: cmo vamos?--Y el otro contesta: Trampeando: y V.,
compadre?--Trampeando, trampeando tambin, replica el que hizo la
pregunta. As nada tienen que echarse en cara, y se van juntos de paseo,
en buen amor y compaa.

Contra un achaque tan inveterado no s qu remedio pueda haber. El arte
de producir oro, la Crisopeya, se ha perdido por completo, y ya no
tenemos ms arte o ciencia en que cifrar nuestras esperanzas, a ver si
nos saca del atolladero, que la Economa Poltica. Dios ponga tiento en
las manos de los que la saben y la aplican a la gestin de los negocios
del Estado. Y no lo digo porque dude yo de la ciencia. Cmo dudar,
cuando la ciencia es, ha sido y ser siempre mi amor, aunque
desgraciado? Dgolo a tanto de que pudiera ocurrir con algunos
economistas lo que con ciertos fillogos que estudian un idioma, pongo
por caso, el chino o el rabe, tan por principios, con tal recondidez
gramatical y tan profundamente, que luego nadie los entiende, ni ellos
se entienden entre s, ni logran entender a los verdaderos chinos y
rabes de nacimiento, contra los cuales declaman, asegurando que son
ignorantes del dialecto literario o del habla mandarina, y que no saben
su propio idioma, sino de un modo vernculo, rutinario y del todo
ininteligible para los eruditos: pero lo cierto es que por ms que se
lamenten, quizs con razn, no sirven para dragomanes.

Tal vez se explique esto de la manera que, yendo yo de viaje por un pas
selvtico, acert a explicar en qu consista que cierto compaero mo,
gran ingeniero, que se empe en guiarnos con su ciencia; no atin
nunca, y por poco no nos hunde y sepulta en charcos cenagosos o nos
pierde en bosques sombros, donde nos hubieran devorado los lobos. Yo
estaba siempre con el alma en un hilo, pero ni un instante dud de la
ciencia. Lo que yo alegaba era que aquella tierra era tan ruda an, que
no comprenda la ciencia y se revelaba contra ella. Volvimos entonces a
confiar la direccin de nuestro viaje al gua prctico y lego que antes
nos haba servido, y as llegamos al trmino que nos proponamos.

Pudiera suceder, por ltimo, que constando la Economa Poltica, si no
me equivoco, de varias partes, como son: la creacin de la riqueza, su
circulacin, su reparticin y su consumo, hayamos por ac estudiado a
fondo las partes ltimas, y hayamos descuidado bastante el estudio de la
primera, considerndola acaso como imposible de aprender, y exclamando
humilde y cristianamente con el poeta:

    Es el criar un oficio
    Que slo le sabe Dios
    Con su poder infinito.

Vivo yo tan seguro de esta verdad, que nunca he querido engolfarme en el
_mare-magnum_ de la Economa Poltica, teniendo por tan complicada toda
esta maquinaria de las sociedades, que ni remotamente he cado en la
tentacin de querer averiguar cules son los resortes que la mueven y
cules las bases sobre que se sustenta. Siempre he tenido miedo de que
venga a acontecer al economista lo que al nio que, movido de
curiosidad, rompe el juguete para ver lo que tiene dentro. Mi propsito,
al escribir esta obrilla, no es, por lo tanto, discurrir econmicamente
sobre el dinero: dar lecciones sobre el modo ms fcil de adquirirle.
Quin sabe, dado que yo averiguase este modo, si, a pesar de mi
acendrada filantropa, no me le haba de callar, al menos por unos
cuantos aos, aprovechndome de l para mi uso privado y el de algn que
otro amigo muy predilecto? Mi propsito es slo hablar del influjo que
ejerce el dinero en las almas: esto es, que yo no trato aqu de Economa
Poltica, sino de Filosofa Moral, exponiendo algunos pensamientos
filosficos acerca del dinero, ora nacidos de mi propia meditacin, ora
de la mente profunda de los sabios antiguos y modernos que he
consultado.

No quiero, con todo, que se me tenga por tan ignorante de la ciencia
econmica, que al hablar y filosofar sobre el dinero, no sepa lo que es
y confunda unas especies con otras. Hace un siglo que a nadie se le
hubiera ofrecido este pcaro escrpulo que a m se me ofrece ahora.
Entonces la generalidad de los mortales crea saber a fondo lo que era
dinero, y nadie vea ni la posibilidad de que sobre este punto naciesen
dudas, equvocos, ni disputas. Hoy, con la Economa Poltica, ya es otra
cosa. Tomos inmensos se han escrito para explicar lo que es el dinero y
lo que no es. Sin duda que todas aquellas verdades, por palmarias,
sencillas y evidentes que sean, que el inters de hombres poderosos o
astutos ha tenido algunas veces empeo en encubrir o tergiversar, se han
encubierto o se han tergiversado porque siempre ha habido infinito
nmero de pparos en el mundo. De estas verdades, las que se refieren al
dinero, al capital o a la riqueza, son las que han ofrecido ms estmulo
a estas tergiversaciones y engaos; pero aunque no pueda negarse que los
economistas, que ponen, por decirlo as, definitivamente en claro estas
verdades, hacen un gran servicio al pblico, no puede negarse tampoco
que la mayor parte de estas verdades son de las que se llaman de
Pero-Grullo. Para quien ignora la burla que han hecho algunos hombres de
la credulidad de sus semejantes no es concebible, por ejemplo, que un
sabio economista emplee gravemente medio tomo de lectura en demostrar
que el dinero no es un mero signo representativo de la riqueza, sino que
tiene y debe tener un valor en s; que una peseta, no slo representa el
valor de cualquiera cosa que valga una peseta, sino que vale y debe
valer lo mismo que cualquiera cosa que valga una peseta, y que cuatro
cosas que valgan a real cada una, y que treinta y cuatro cosas que
valgan a cuarto. Todava han empleado ms frrago los economistas en
demostrar otra verdad, de la cual es ms inverosmil que nadie haya
dudado nunca, y en cuya demostracin parece absurdo, a los que no estn
iniciados en los misterios de la Economa Poltica, que nadie se afane
con formalidad. Es esta verdad que el dinero no es toda la riqueza, sino
una parte de la riqueza. A quin ha podido nunca caber en el cerebro
que no es rico cuando no tiene dinero, y tiene trigo, olivares, vias,
casas, hermosos muebles, alhajas, telas, etc.? Si todos estos objetos
los reduce mentalmente a dinero, los aprecia y los tasa, encontrar que
tiene una riqueza, por ejemplo, de dos millones de reales. Pero al hacer
la tasacin, no hace ms que determinar con exactitud el valor de lo que
posee, adoptando una medida comn, que es el dinero. Si en vez de los
reales, de los escudos o de las pesetas, fuesen los bueyes la medida,
diramos que tal propietario tena una tierra que vala quinientos
bueyes, y tal empleado un sueldo de veinte bueyes al ao. La ventaja del
oro o de la plata acuados para moneda se deduce evidentemente de lo
expuesto. Bendito y alabado sea Dios que nos ha hecho nacer en una
poca en que todo se averigua y se explica tan lindamente! Un buey es
poco porttil, no cabe en el bolsillo, no pasa en todos los mercados,
gasta en comer y se puede morir, y el dinero ni come ni se muere. Adems
un buey puede ser ms gordo o ms flaco, ms chico o ms grande, ms
viejo o ms joven; mientras que un escudo es siempre un escudo, goza de
eterna juventud, y tiene o debe tener el mismo peso y la misma ley.

Tal es la gran ventaja de que goza esta ciencia. Es tan clara, tan
pedestre y tan sencilla, que los nios de la doctrina pudieran
entenderla si quisiesen. Y sin embargo (cosa, por cierto admirable!),
apenas dan un paso desde terreno tan firme y seguro, y desde lugar tan
claro suelen caer los economistas en un mar sin fondo o en el seno
oscuro de la noche cimeriana. La Economa Poltica pasa a escape, salta
de la perogrullada al sofisma con una agilidad portentosa.

En esta misma cuestin de si los metales preciosos, el oro y la plata,
son mejores que los bueyes para moneda, ocurren dificultades y
contradicciones imprevista. Sirva de muestra lo siguiente: Si la deuda
que el Estado espaol ha contrado y sigue contrayendo se estimase en
bueyes, no se podra rebajar en un 5 por 100, en una vigsima parte, a
no ser que las siete vacas flacas del sueo de Faran procreasen
infinitamente y llenasen el mundo todo de bueyes cacoquimios y
encanijados; pero estimada la deuda en pesetas, se ha hecho la rebaja
con la mayor suavidad, de una sola plumada, y casi sin que nadie se
percate de ello. Los bueyes, chico con grande, a no ser hijos de las
vacas flacas, siempre seran bueyes; pero las pesetas nuevas no son como
las antiguas, y el da en que la acuacin de la nueva moneda est
terminada, podremos asegurar que en vez de deber, por ejemplo, 20.000
millones de reales, deberemos 19.000, a no ser que la alteracin de la
moneda no rece con los acreedores del Estado, y les sigamos pagando los
intereses con arreglo a la ley antigua.

Pero dejando a un lado esta cuestin, conste que, si bien aqu usamos de
la palabra _dinero_ en la acepcin de _capital_ o de _riqueza_, hacemos
perfectamente la distincin de estas cosas, como la han hecho todos los
hombres de todos los siglos, sin necesidad de que los economistas los
adoctrinen. La razn que nos lleva a llamar dinero a toda riqueza, es
que el dinero es una riqueza sin la que no se puede pasar. El dinero es
adems un valor que circula ms fcilmente que todos los dems valores,
y que los representa y los mide. El dinero no es toda la riqueza, sino
la parte mvil, lquida y ms circulante de la riqueza. La sangre no es
toda la vida en el cuerpo, y sin embargo no viviramos si la sangre no
circulara o si toda la sangre se nos escapase; aunque no es
completamente exacta la comparacin, porque no hay comparacin
completamente exacta. Nada hay en el cuerpo que pueda reemplazar a la
sangre; pero en la sociedad hay algo que puede reemplazar al dinero, y
este algo es el crdito, el cual no crea un tomo ms de riqueza, pero
pone en circulacin y presta movilidad y casi ubicuidad e mucha parte de
la riqueza que est parada e inerte. En suma, el dinero, aunque
reemplazable por el crdito, es una parte de la riqueza, y as por esto
como por ser la parte ms viva, ms enrgica y ms circulante, es un
dolor que se pierda. La sociedad que no tiene dinero, o el individuo que
no tiene dinero, ya estn aviados. Despus de largos estudios han
deducido, pues, los economistas que el _dinero es indispensable al
hombre desde el momento que el hombre vive en sociedad_; aguda
sentencia, cuya verdad resplandece ms que la luz del medioda.


II.

Sentadas ya estas bases, voy a discurrir y a filosofar un poco sobre las
relaciones del dinero (y en general de toda riqueza) con las costumbres
y con las ms altas facultades del espritu humano. Empezar por
combatir algunos errores.

El primero y ms capital consiste en creer que, en nuestros das, es el
dinero ms estimado que en otras pocas. Nada ms falso. En el da de
hoy, los hombres son como siempre; pero si alguna mudanza ha habido, ha
sido favorable. Casi se puede afirmar que los hombres se han hecho ms
generosos.

Fcil me sera acumular aqu una multitud de ejemplos histricos, desde
las ms remotas edades hasta ahora, a fin de probar que el inters ha
dominado al mundo desde entonces, y su imperio, lejos de aumentar,
decae. No quiero, sin embargo, hacer un trabajo erudito, sino una
meditacin filosfica.

Los poetas satricos, los novelistas, los autores de comedias de todos
los pasados siglos, han dado muestras de que en la poca en que vivan
se estimaba ms el dinero que en la presente. Aun los mismos refranes,
antiqusimos vestigios de lo que se llama sabidura popular, vienen en
apoyo de lo que digo.--_Por dinero baila el perro._--_Cobra y no pagues,
que somos mortales._--_Ddivas ablandan peas._--_Ten dinero, tuyo o
ajeno._--_Quien tiene dineros, pinta panderos._--Y as pudiera yo seguir
citando hasta llenar un pliego de impresin. Pero an citar otro refrn
que, por ser Espaa un pas tan catlico, debe considerarse como la
hiprbole ms subida de que todo se logra con dinero; de que todo se
compra y se vende, hasta lo ms venerable y santo. El refrn dice: _Por
mi dinero, Papa le quiero_.

En los pases de una cultura atrasada, se advierte un fenmeno, que,
conforme nos vamos civilizando y puliendo un poco ms, mengua, ya que no
desaparece del todo. Es este fenmeno la deshonra, el descrdito, la
vehemente sospecha, y aun el horror que rodea al que es pobre, el cual
es aborrecido, cuando no es despreciado. El refrn antiguo espaol
declara que _El dinero hace al hombre entero_: esto es, que el dinero es
garanta de rectitud, de probidad y de entereza en quien le tiene. Ms
lejos va an otro refrn que dice: _La pobreza no es deshonra, pero es
ramo de picarda_. Nuestro inmortal Cervantes, hacindose eco de este
sentimiento general, afirma, no una sola vez, que es dificilsimo _que
un pobre pueda ser honrado_. El reverendo Fray Jos de Valdivielso, en
su _Poema de San Jos_, no acierta a concebir que el Santo, padre
putativo de Nuestro Divino Redentor, y descendiente de reyes, pudiese
ser pobre y vivir de un oficio mecnico: as es que asegura que San Jos
era carpintero por distraccin, y no para ganarse la vida:

    Pues debi de tener juros reales,
    Cual descendiente de seores tales.

Bien se puede apostar que a nadie se le ocurrira, en nuestro siglo,
disculpar a San Jos de haber sido carpintero, y suponer que tena
Treses o Billetes hipotecarios.

Ni por la nobleza de sangre se disculpaba la pobreza; antes el tener
dinero ha sido en todos los siglos origen de hidalgua. _Dineros son
calidad_, _Ms vale el din que el don_, son refranes que corroboran mi
aserto.

La profunda veneracin que inspiran el dinero y quien le posee ha sido
siempre idntica. Lo que ha disminuido algo es el horror o el desprecio
al pobre, y ciertas asechanzas de que el rico deba de verse, en lo
antiguo, perpetuamente circundado. El hombre prudente y discreto tena,
no hace muchos aos, en todas partes, y en el da tiene an, en no
pocas, que hacer, si puede, un gran misterio del estado de su hacienda,
sobre todo si es o era muy rico o muy pobre: si es muy pobre, para que
no le desprecien; y si es muy rico, para que no le roben o le maten. De
aqu, de esta espantosa disyuntiva entre ser despreciado o amenazado de
muerte, naci aquella sentencia de los moralistas, que hoy en los pases
cultos nos parece tan necia y tan absurda, de que lo que haba que
desear era una mediana de fortuna, a fin de vivir feliz y tranquilo, ni
envidioso ni envidiado. Porque, a la verdad, si el dinero es un bien,
mientras mayor sea el bien, debe ser ms apetecible, y no se concibe la
_urea mediocritas_, celebrada por Horacio y por todos los poetas de
otros tiempos, sino recordando que el hombre acaudalado estaba de
continuo expuesto a que le matasen o maltratasen para robarle, ya el
emperador o el prncipe bajo cuyo imperio viva, ya la plebe codiciosa.
Y cuando a la riqueza no iba unido un alto grado de poder, era ms
constante el peligro, y casi imposible de conjurar. No creo yo que el
odio profundo que tuvimos en la Edad Media a los judos proviniese slo
de que eran el pueblo deicida, sino de que eran ricos. Las frecuentes
matanzas de judos que hubo en Espaa acaso no hubieran llegado a
realizarse, si los judos hubieran tenido la prudencia de quedarse
pobres. Algo parecido puede afirmarse de los frailes en estos ltimos
tiempos, luego que perdieron el poder y conservaron la riqueza, si bien
el escndalo ha sido menor, porque la dulzura de las costumbres, la
mayor abundancia de dinero y de bienestar, y el ms concertado y
poltico modo de vivir de los hombres, han disminuido el aborrecimiento
de los que no tienen a los que tienen.

Prueba de esta confianza de los que tienen es que ya, en los pases
cultos, nadie o casi nadie atesora. Pocos aos ha, todos los que podan
atesoraban. La literatura popular est llena de historias y leyendas de
tesoros ocultos, guardados por un dragn, por un gigante o por un
monstruo terrible, que nada menos se necesitaba para que no los robasen.
Estos tesoros estaban, o se supona que estaban, tan hbilmente
escondidos, que era menester un don sobrenatural para descubrirlos. De
aqu se origin la idea de los zahores, que descubran los tesoros. La
ciencia de los zahores, perdiendo hoy su carcter potico y
sobrehumano, ha llegado a trasformarse en la Estadstica, disciplina
auxiliar de la Economa Poltica, con respecto a la cual, viene a ser lo
que es la Anatoma con respecto a la Fisiologa. La Estadstica es un
verdadero primor de ciencia, y a fin de que de ella formen pronto los
profanos el concepto que merece, podemos definirla la ciencia que nos
cuenta los bocados. Por esta ciencia se averigua cunta harina, cunta
carne, cuntas judas y cuntos garbanzos se devoran al ao; lo que se
gasta en ropa y en calzado; lo que se produce y lo que se consume. Todo
esto sera ms fcil de averiguar si la gente, temerosa de que le
imponga el Gobierno ms contribucin, no disimulara un poco lo que
gasta, aparentando darse an peor trato del que suele.

Sin embargo, el afn de ocultar la riqueza y de disimular que se tiene
algn dinero ha desaparecido casi del todo en nuestra edad. En las
pasadas era tanto el peligro que corra el dinero saliendo a relucir,
que legtimamente tena que ser usurero quien le prestaba. El crdito,
que pone en movimiento las fuerzas productivas, apenas era conocido
entonces.

Hoy, por el contrario, el desenfado, la movilidad, la animacin del
dinero, que se presenta sin temor en todas partes, menos en Espaa, y
que se agita y circula, es lo que hace creer a los hombres poco
pensadores que vivimos en un siglo metalizado; que ahora no se piensa ni
se habla sino de dinero. Qu error tan craso! Pues por ventura es ms
reverenciada, ms adorada la imagen que sale por las calles y plazas,
aun cuando sea en muy devota procesin, y doblando todos a su paso la
rodilla, que la divinidad misma, oculta siempre en el fondo del
santuario, por temor de que la profane el vulgo con sus miradas, y hasta
cuyo nombre es incomunicable y desconocido a cuantos no estn iniciados
en sus misterios?

Hay asimismo otras muchas razones para que en el da se estime menos el
dinero. Es la primera, que hay ms. Es la segunda, que con el crdito
llega ms fcilmente a todas partes. Es la tercera, que produce menos
intereses. (Ninguna de estas tres razones militan hoy en Espaa. Los
economistas explicarn por qu.) Es la cuarta, y quizs la ms poderosa,
que nuestro siglo, como ms civilizado que los anteriores, es tambin
ms espiritualista.

Y aqu no puedo menos de detenerme a condenar la ridcula mana de los
que dan en acusar de materialista a nuestro siglo. Qu siglo hubo nunca
ms espiritualista que el nuestro? La msica es el arte ms espiritual
de todos y florece ahora con florecimiento extraordinario. Apenas hay
tonto, el cual, si hubiera vivido dos o tres siglos ha, no hubiera
gozado ms que en comer, que no goce ahora, o por lo menos que no diga
que goza, oyendo la msica ms sabia y alambicada. Juan Ruiz, Arcipreste
de Hita, afirma que slo hay dos cosas esenciales que mueven al hombre:
a saber: _mantenencia_, y otra que no me atrever a mentar, aunque el
Arcipreste la mienta, escudado con Aristteles:

    Si lo dixiese de mi, sera de culpar;
    Dcelo grand filsofo; no soy yo de reptar.

Tan materialista era el concepto que en el siglo XIV tena un sacerdote
catlico, en la catlica Espaa, de los mviles esenciales de las
acciones humanas! Fuera de estos mviles no acertaba a descubrir otro
mvil. Cunto han variado las cosas en el da! La msica mueve tambin
al hombre y no hay quien no guste de ir al teatro Real.

Pero el espiritualismo de nuestro siglo es sinttico, y sta es la causa
de que algunos, que no le comprenden, acusen de materialista a nuestro
siglo. En los pasados, o no se haca caso de la materia y se la dejaba a
sus anchas como cosa perdida y dada al diablo, cayendo los que tal
hacan en el molinosismo, o se la maltrataba y castigaba como a sbdito
rebelde por donde venan las gentes a dar en el ascetismo ms cruel. En
nuestra poca, tratan las gentes de rehabilitar la materia, en el buen
sentido de la palabra, y la purifican cuanto pueden. La materia al fin
es obra de Dios, y, aunque algo pervertida por el pecado, no es cosa tan
abominable como se asegura. Al fin ella ha de resucitar y ha de ir al
cielo, si bien trasfigurada y gloriosa. Por eso no me parece mal que
vayamos pulindola, perfeccionndola, hermosendola y sutilizndola en
este mundo. Para pulirla suelen los hombres, en ciertos pases
adelantados, lavarse ya todos los das, costumbre rara, cuando no
desconocida de la cristiandad, ciento o doscientos aos hace, y contra
la cual an fulminan sus anatemas el piadoso seor Veuillot y otros
santos padres. Por eso no se comprenda bien la significacin del
principio de aquella oda de Pndaro: _Alto don es el agua_. Antes al
contrario, el agua era mirada con horror y con miedo, como causa de los
mayores males, sobre todo para las personas de cierta edad. De aqu el
refrn hidrofbico tan acreditado: _De cuarenta para arriba, ni te
cases, ni te embarques, ni te mojes la barriga_. Un hombre de setenta
aos, cundo o dnde no haba, o no ha cado en desuso este refrn,
debe, o deba de tener su piel cubierta de ms estratificaciones que
nuestro globo. Si en este descuido de la materia, que hubo en los siglos
pasados, es en lo que consiste el espiritualismo, se debe preferir ser
materialista. Pero se me antoja que el verdadero espiritualismo consiste
en limpiarse, mondarse y purificarse, as el alma como el cuerpo. Un
hombre limpio no es capaz de sentir tan bestiales apetitos como un
hombre sucio. En muchos tratados de moral, escritos por frailes, que de
seguro se lavaban poco, he ledo precauciones tan inauditas para evitar
la tentacin, que me pasman y me hacen imaginar que los hombres y las
mujeres de entonces seran como la yesca, la plvora y el fuego. Uno de
estos autores aconseja que, cuando haya que entregar algo a una mujer,
se ponga lo que ha de entregarse en alguna mesa o en algn otro sitio, y
no se d con la mano, a fin de evitar el ms ligero frote o casual
tocamiento, y aade que las personas de diferente sexo, cuando estn ms
prximas, deben estar por lo menos a una distancia de cuatro varas. La
efervescencia, que supone este exceso de precaucin, provena sin duda
de la poca agua, la cual refresca, molifica y hasta espiritualiza.

Ello es lo cierto que la concupiscencia no es tan feroz en el da como
en tiempos pasados. Cunto no sorprenden aquellos penitentes
solitarios, que despus de crueles y largos ayunos aun no podan domar y
poner freno a ciertas malas pasiones, que representaban en su lenguaje
mstico llamndolas _el asnillo_? Cunto no espanta, por ejemplo, aquel
San Hilarin, que no coma ms que una docena de higos secos al da, y
tuvo que acortarse la racin en ms de la mitad, porque se senta muy
bravo y emberrenchinado? En este sentido somos tambin ms
espiritualistas ahora. Mientras entonces el estudio de la Teologa
sobreexcitaba los sentimientos y encenda en amor el alma afectiva, amor
que con facilidad poda torcerse a mala parte; hoy, estudiando los
jvenes briosos, desde sus tiernos aos, negocios tan serios como la
Filosofa de Krause o la Economa Poltica, se hacen por fuerza ms
morigerados y menos traviesos; adquieren una gravedad que les cae muy
bien; y todo el fuego y lozana de la imaginacin se les va, no en
coplas y requiebros a las muchachas, sino en ditirambos dulcsonos en
prosa rimada, ora al libre-cambio, ora al desestanco de la sal, ora a
otro objeto del mismo orden, que all en lo antiguo ni se sospechaba
siquiera que pudiese ser blanco de tantos disparos poticos y de raptos
lricos tan maravillosos.

Estos sntomas de _espiritualizacin_ se notan hoy por donde quiera. Ya
con la homeopata, hasta los achaques de la materia se curan casi
espiritualmente. No se toman remedios, sino se toman, por decirlo as,
las virtualidades, el espritu, la sombra vaporosa de los remedios.
Quin sabe si dentro de poco se inventarn tambin alimentos
homeopticos, de que ya son precursores el extracto de carne de Liebig y
la Revalenta, y nos nutriremos con la virtualidad o la esencia elctrica
e imponderable de los pavos y de los jamones, en vez de nutrirnos del
modo vulgar y grosero que ahora se usa?

Los recientes descubrimientos de los fisilogos prueban la grosera con
que la naturaleza procede hasta hoy en esto de la nutricin. Asegrase,
como verdad evidente, que en menos de un mes mudamos por completo todos
los tomos o molculas de nuestro organismo y tomamos otros. El alma, el
principio oculto de la vida, la virtud plasmante, la energa informante,
_la forma ntica_, como la llama un sabio amigo mo, es slo lo que
permanece. Lo dems cambia sin cesar. La vida es, pues, no por estilo
potico y figurado, sino con toda realidad, un ri, un torbellino, un
torrente impetuoso. Un caballero, de regular corpulencia, que llegue a
vivir setenta aos y que pese seis o siete arrobas, puede asegurar que
ha tenido, asimilado y posedo como parte de su organismo, desde su
nacimiento hasta la hora de su muerte, unas 5.000 o 6.000 arrobas de
sustancias, las cuales, si no estn dotadas de gran densidad, tal vez
formen un volumen de uno, dos o tres kilmetros cbicos. Pregunto yo,
para qu es este jaleo, esta mudanza, esta incesante trasmigracin de
materia, cuando la forma persiste; cuando, si tenemos una berruga,
conservamos siempre la berruga? No sera mejor, y no es posible que se
descubra, el que no perdamos sustancias con tanta frecuencia, y el que
no tengamos tampoco que reponerlas de continuo? Esta si que sera
Economa, si llegara a descubrirse. Qu es la vida ms que un
desenvolvimiento de calrico, un fuego, una llama? Y qu, no podremos
jams sacar de su estado latente ese fluido imponderable y sutil, sin la
combustin de muchas sustancias? No llegaremos nunca a producir el
fuego que mueva nuestras mquinas, sin tener que consumir toda la Flora
exuberante y gigantea de las edades primitivas, y a conservar el calor
vital sin destruir tantas formas, y sin devorar tantos seres? Yo veo
seales claras de que se acercan los tiempos de estas invenciones. La
frenologa y el magnetismo han venido a demostrar las armonas ntimas y
misteriosas que enlazan el espritu y la carne. La electro-biologa es
una ciencia que empieza ahora, y que tiene an que dar mucho de s. Tal
vez no est muy lejos el dichossimo y gloriossimo da en que,
alimentados de un modo menos grosero, se volatilicen nuestros cuerpos, y
se sostengan en el aire, y lleguen a ser ubicuos y compenetrables, y
hasta difanos y luminosos.

Por todas estas consideraciones y por otras que callo, a fin de no hacer
muy prolija la digresin, tengo por cierto que nuestra edad, si peca por
algo, es por _pneumatosis_ o sobra de espiritualismo.

Y sin embargo, se me dir, en este siglo tan espiritualista, se ama el
dinero poco menos que sobre todo. Convengo en que hay este amor, pero no
en que no le haya habido siempre, y quizs ms vivo. No voy a
disculparle ahora, pero s a explicarle.

Al comps que una sociedad vaya siendo ms perfecta y bien organizada,
el dinero ir adquiriendo una virtud ms significativa (aproximndose a
la infalibilidad) de que es inteligente, laborioso y precavido quien le
posee. El dinero representar entonces el talento, el trabajo y otras
muchas virtudes. El no tener dinero significar, casi equivaldr a ser
holgazn, ignorante y para poco. No hemos llegado an, por desgracia, a
este grado de perfeccin social, y hay an muchas personas que adquieren
mal el dinero. Mas como el confesar que el mayor nmero le adquiere mal,
aun dado que esto fuera cierto, sera ocasionado a gravsimos peligros,
y dara pretexto a los pobres para odiar a los ricos, todas las personas
razonables y amigas del orden y del sosiego pblicos, debemos creer y
creemos que no hay dinero mal adquirido, mientras un tribunal no pruebe
lo contrario. Por donde legtimamente, y echando a un lado la mala
pasin de la envidia, el ser rico significa, y tiene que significar, que
vale ms quien lo es que el que es pobre. En resolucin, el dinero es y
tiene que ser la medida exacta del valer de una persona.

Cierto que hay algunas rarsimas virtudes y prendas superiores al
dinero, que no traen dinero, y que, en el momento en que se tuviesen o
ejerciesen con el fin de adquirir dinero, dejaran de ser tales
virtudes; pero tales virtudes tienen su precio en ellas mismas. La
virtud por excelencia es tan preciosa, que nada hay en la tierra que
pueda pagarla. Por esto me ha parecido siempre ridculo todo premio
ofrecido a la virtud. Quien se pusiera a ser virtuoso para ganar el
premio, no sera virtuoso. Ni siquiera suelen ganarse con la virtud la
fama y el respeto de los hombres, porque es difcil de averiguar si el
virtuoso lo es por firmeza y rectitud de alma o por apocamiento, necedad
o cobarda; y los hombres, como no sea la virtud muy manifiesta,
procuramos siempre atribuirla a dichas calidades negativas. As es que,
en casi todos los idiomas antiguos y modernos, la palabra _bondad_,
apartada de su sentido recto, significa simpleza, como _dabbenaggine_ en
italiano, _euetheia_ en griego, _bonhomie_ en francs, etc., etc. Pero
como la virtud es y debe ser tambin superior a la vanagloria, el
virtuoso, no slo debe serlo an a trueque de ser pobre, sino a trueque
de pasar por un solemne majadero.

Ciertas declamaciones y diatribas contra los vicios, la corrupcin y el
lujo, me han parecido siempre ms propias de la envidia o de la sandez
que de un espritu recto y juicioso. Cuando se dice, por ejemplo, el
hombre de bien est arrinconado y desatendido y vive pobremente, y tal
bribn habita en un palacio y da fiestas esplndidas; la mujer honrada
anda a pie por esas calles, llenndose de lodo, y tal manceba va con
sedas, encajes y joyas, en un soberbio coche; cuando esto se dice,
repito, yo no puedo menos de rerme en vez de conmoverme. Pues qu, se
quiere que la probidad se pague con palacios, y la castidad con
diamantes y trenes? Entonces los mayores galopines se haran probos para
vivir a lo prncipe, y las _suripantas_ echaran la zancadilla a
Lucrecia y a Susana, a fin de conseguir por ese medio lo que por el
opuesto logran ahora. La verdad es que el mundo anda menos mal de lo que
se cree.

Mucho tiene que sufrir la virtud; pero si no tuviera que sufrir sera
virtud? Qu mrito tendra? Y sin duda que la piedra de toque, en que
se aquilata y contrasta el sufrimiento, es esta duda en que deja el
virtuoso a los dems hombres acerca de si su virtud es tontera,
impotencia o amilanamiento y poquedad de espritu. Hombres hay que no
resisten a esta prueba. Han tenido valor para quedarse pobres, pero no
le tienen para pasar por tontos. Mujeres honradas ha habido que tienen
valor para vivir con poco dinero, mas no para que crean que ha faltado
quien se le quiera dar. Dios nos libre de esta gran tentacin de evitar
la nota de mentecatos y para poco! Dios libre a las mujeres honradas de
esta gran tentacin de evitar la nota de faltas de donaire y atractivo!

Fuera de estas excelencias y sublimidades de nuestro ser, apenas hay
otra calidad en el hombre que no tenga por medida el dinero. La ciencia
especulativa y la poesa ms elevada se sustraen slo a dicha medida. Ni
la ciencia especulativa, ni la poesa ms elevada, estn por lo comn al
alcance del vulgo. Al sabio y al poeta rara vez la fama puede
consolarlos de ser pobres, si lo son. Los pensamientos sublimes, y la
delicadeza y el primor del estilo, son prendas que pocos saben estimar.
La gloria es casi siempre tarda para este linaje de hombres. Pocos
semejantes suyos aciertan a comprender lo que valen. As es que su fama
va cundiendo y acrecentndose por autoridad, disputada y contradicha a
menudo, y tan lenta y pausadamente, que el sabio y el poeta suelen
morirse sin gozar de aquel respeto y aun adoracin que ms tarde se
tributa a su memoria.

El mismo sabio, y ms an el poeta, por excelente crtico que sea, no se
pueden consolar con la conciencia y seguridad de su valer, por los dems
hombres desconocido o negado. No saben a punto fijo si el juicio que
forman sobre ellos mismos est torcido por el amor propio.

Una obra de ingenio es harto difcil de juzgar, y la buena reputacin
que adquiere se debe a pocos sujetos entendidos que logran imponer su
opinin, a veces al cabo de muchos aos, cuando no de siglos. Los dems
hombres se someten a esta opinin por pereza, o porque habiendo ya
muerto el autor de la obra, les importa poco que sea celebrado y
ensalzado. La idea de que la fama de aquel autor redunda en honor de la
patria o de la humanidad toda, contribuye a que, contenidos por cierto
egosmo, sean pocos los hombres que tiren a destruirla. Por lo dems, la
gloria de los grandes escritores suele ser pstuma y sumamente vana. De
cada mil personas que citan, por ejemplo, a Homero como al primer poeta
pico, diez a lo ms, en los pases cultos, le han ledo, y de estas
diez, nueve se han aburrido o dormido leyndole: una sola ha gustado
acaso de aquellas bellezas y excelencias.

La poesa, pues, en su ms elevada acepcin, as como la virtud en su
acepcin ms elevada, tiene slo la recompensa en ella misma, en la
creacin de lo ideal, en la fijacin y depuracin de la belleza, que
aparece escasa, mezclada con elementos extraos y fugitiva en el mundo,
y a quien el poeta aparta y sustrae de lo feo, y da una vida inmortal, a
fin de que gocen de ella las pocas almas que por su propia hermosura son
capaces de comprenderla.

Entindase, con todo, que, salvo las mencionadas archi-sublimes
excepciones, nada es ms falso en cierto sentido que aquello de que
_honra y provecho no caben en un saco_. Al contrario, cuando el pblico
no honra es cuando no enriquece, y siempre enriquece cuando honra. El
ms o el menos de enriquecer depende de circunstancias que nada tienen
que ver con la honra. En los pases ricos y prsperos, el buen poeta
que, por la condicin de su ingenio, se hace popular y famoso, se hace
tambin rico. Y, aparte el respeto que se le debe, Adam Smith se
equivoc al suponer que los comediantes, cantores y bailarines, ganaban
mucho dinero en compensacin del decoro que perdan en su oficio, el
cual, si fuese ms honrado, sera ejercido por ms personas hbiles, y
esta concurrencia hara bajar el precio. Los susodichos artistas estn
mucho mejor mirados en el da que en tiempo de Adam Smith, y no por eso
abundan los buenos, ni se venden baratos sus servicios. Se venden caros,
porque hay pocos que sean aptos para hacerlos; y porque la manera de
pagarlos se presta a que subsista la caresta, compartindose la carga
entre muchsimas personas.

Resulta de lo expuesto, y an resultara ms claro si me extendiese
cuanto pide la magnitud del asunto, que por la misma naturaleza de las
cosas, y sin que deba nadie quejarse de ello, ni hacer un captulo de
culpas a nuestro siglo, ni a los pasados, ni a los hombres de ahora, ni
a los de entonces, lo ms universalmente respetado, amado y reverenciado
es el dinero, y por lo tanto, aquel que le posee. Aun las mismas almas
celestiales y puras, enamoradas del amor, de la gloria y de todo lo
bueno y santo, andan tambin enamoradas del dinero, como medio excelente
de que tengan buen xito aquellos otros enamoramientos etreos.

La generalidad de los hombres ama ms el dinero que la vida. Cualquiera
persona, por poco simptica que sea, cuenta de seguro con unos cuantos
amigos que aventuraran por ella la vida, que le haran el sacrificio de
su existencia. Cuntos salen al campo en duelo a muerte por defender a
un amigo! Casi nadie, sin embargo, sacrificara por un amigo su caudal,
ni la vigsima, ni la centsima parte de su caudal. Se est un hombre
ahogando, se est otro quemando vivo en una casa incendiada, y, dicho
sea en honra de la humanidad, rara vez falta quien por salvarle se
aventure, se arroje a las ondas embravecidas o a las llamas. Sin
embargo, el hroe salvador quizs ha rehusado algunos das antes dar una
limosna de dos reales a la persona salvada ahora tan generosamente.
Viceversa, los agraciados estiman siempre ms el sacrificio que se hace
por ellos de una pequea suma de dinero, que el de la vida misma. Y esto
por mil razones muy justas. La vida se sacrifica o se expone por
cualquiera cosa; el dinero no. No hay pelafustn que no tenga una vida
que exponer como cualquiera otra vida; pero no todos tienen dinero que
exponer o sacrificar. El funmbulo, el domador de fieras, el albail
subido en un andamio, el minero que penetra en una mina insegura, en
fin, casi todos los hombres exponen su vida por cualquier cosa, por un
miserable jornal, por una mezquina cantidad de dinero. Qu hizo ms
Edgardo por Luca de Lammermoor, qu hizo ms D. Suero de Quiones por
la seora de sus pensamientos, que lo que puede hacer y hace a cada
instante, con menos estruendo, el ltimo perdido, por ganar unas cuantas
pesetas? Por consiguiente, una considerable suma de pesetas vale ms que
los arrojos de Edgardo y que las bizarras de D. Suero.

Es evidente que el pobre, aunque puede amar, no puede expresar su amor
de un modo tan claro y tan brillante como el rico. As es que los ricos
suelen ser ms amados que los pobres, aun por las mujeres
desinteresadas.

El dinero da asimismo mrito intrnseco, y el no tenerle le quita, le
merma o le anubla. El dinero da buen humor, urbanidad, buena crianza, y,
como dira cierto diplomtico, _soltura fina_. Nada, por el contrario,
ata y embastece ms que la pobreza. El pobre es tmido y encogido, o
anda siempre hecho una fiera. Toda palabra en boca del rico es una
gracia, por donde, la misma confianza que tiene de que sus gracias van a
ser redas y aplaudidas, le da nimo e inspiracin, para ser gracioso.
El pasmo con que todos le miran, el gusto con que todos le oyen, hace
que parezca gracioso, aunque no lo sea. Pero lo es, y no cabe duda en
que lo es. Yo, por ejemplo, he odo en boca de un seor muy rico todos
los cuentecillos ms groseros y sucios que refieren los gaanes de mi
tierra, y que ya ni el atractivo de la novedad debieran tener para m ni
para nadie, y sin embargo, me he redo como un bobo, me han hecho mucha
gracia, y los he encontrado llenos de aticismo en boca de dicho seor.
Creo, adems que, en efecto, lo estaban, porque yo no me mova a rerlos
ni a celebrarlos con falsa risa, ni por inters alguno. La seguridad, la
superioridad, el magnetismo sereno, que trae consigo el tener dinero,
producan este fenmeno.

No se debe extraar, pues, que las personas ricas sean amadas y
admiradas. En el da las amamos con ms desinters que antes. Nunca, por
ejemplo, ha habido menos hombres mantenidos por mujeres que en esta
poca, si se excepta bajo la forma legtima, aunque desairada, del
_coburguismo_. En otras edades era frecuente, casi general, y no estaba
mal mirado el _coburguismo_ ilegtimo masculino, desde Ciro el Menor con
Epiaxa, reina de Cilicia, seora es de creer que ya jamona, a quien
aquel hroe sacaba mucha moneda, hasta los galanes caballeros de la
corte de Luis XIV y Luis XV.

Lo que es el _coburguismo_ femenino, legitimo, o ilegtimo, sigue hoy
como en las primeras edades del mundo, desde Raab y Dalila hasta la
gallarda y elegante Cora. Este _coburguismo_ es ms disculpable que el
masculino. Lope de Vega le disculpaba diciendo:

      No estaba pobre la feroz Lucrecia,
    Que, a darle Don Tarquino mil reales,
    Ella fuera ms blanda y menos necia.

Y Ariosto, con la leyenda _El Perro precioso_, inserta en el _Orlando_,
le disculpa mucho ms. Yo no le disculpo, pero le excuso, aunque no sea
ms que por el desinteresado amor y la admiracin sincera que infunde el
hombre rico, como no sea una bestia, aun en las almas ms escogidas y
nobles.

El hombre rico se hace en seguida gran conocedor de las bellas artes y
de la literatura, y las protege, remedando a Lorenzo el Magnfico y a
Mecenas; adorna y hermosea su patria con soberbios monumentos, como
Herodes Atico; y hace, por ltimo, otros cien mil beneficios.

Aunque no haya sido muy moral ni muy amante del orden antes de ser rico,
luego que lo es, el mismo inters le presta por lo menos una moralidad y
una religiosidad aparentes que no dejan de ser tiles.

Infiero yo de todo lo dicho que no debemos achacar a corrupcin de
nuestro siglo, ni a perversidad del linaje humano, este amor entraable
que todo l profesa al dinero. Qu otra cosa ha de amar en la tierra,
si no ama el dinero, que las representa todas, las simboliza y las
resume? Lo cierto es que casi todo lo til, lo conveniente, lo prctico
que se hace en el mundo, se hace por este amor. El dinero es la fuerza
motriz del progreso humano, la palanca de Arqumedes que mueve el mundo
moral, el fundamento de casi toda la poesa, y hasta el crisol de las
virtudes ms raras. La mayor parte de los hombres que desprecian o
aparentan despreciar el dinero, lo hacen por despecho y envidia; imitan
a la zorra, diciendo: _no estn maduras_. Los que aman con sinceridad la
pobreza, los que la creen y llaman _ddiva santa desagradecida_, o son
locos, o son santos: son Digenes o San Francisco de Ass; a no ser que
entiendan por pobreza cierta virtud magnnima que consiste en poseer y
gozar todas las cosas con desdn y desprendimiento, como si no se
poseyesen ni gozasen.

No hay nada en este mundo sublunar que proporcione ms ventajas que el
tener dinero. Los pocos inconvenientes que trae, o son fantsticos, o
son comunes a toda vida humana, o se van allanando o disipando con la
cultura.

Era antes el principal, como ya he dicho, el peligro de muerte en que se
hallaba de continuo el acaudalado, como no ocultase mucho sus riquezas.
Para ser impune, paladina y descuidadamente rico, era menester ser
tirano, seor de horca y cuchillo, o algo por el mismo orden, que diese
mucho poder y defensa. Este inconveniente va desapareciendo ya casi del
todo.

Otro inconveniente, que encuentran en el dinero los corazones
extremadamente sensibles y los espritus cavilosos, es fantstico y
absurdo. Consiste en el temor de ser amado por el dinero y no por uno
mismo. Nada ms ridculo que este temor. Ya hemos probado que el dinero
es ms que la vida. El dinero es, por consiguiente, una parte esencial
de la persona. Un filsofo alemn dira que el dinero se pone en el yo
de una manera absoluta. Ms necio es, pues, atormentarse, porque quieren
a uno por el dinero, que atormentarse porque quieren a uno porque es
limpio, bien criado, elegante, instruido etc.; calidades todas que se
adquieren artificialmente lo mismo que el dinero; que se deben al dinero
en ms o en menos cantidad. Acaso no sea yo mejor que el ltimo mozo de
cordel de Madrid, ora fsica, ora intelectual, ora moralmente
considerado, y con todo, suponindome soltero, cualquiera linda dama
podra tener an el capricho de enamorarse de m, sin que nadie lo
censurara; pero, si del mozo de cordel se enamorase, todo el mundo
tendra esta pasin por una extravagancia o por una locura. Luego, en
ltimo resultado, lo que mueve a amar, a no ser extravagantsimo el
amor, es el dinero, o algo que representa dinero, o que se adquiere con
dinero. Lo que yo he gastado en instruirme, pulirme, asearme y
atildarme, no es ms que dinero.

Finalmente, la mayor y ms envidiable ventaja que el dinero proporciona,
es la autoridad y respetabilidad que da a quien le tiene, y la justa
confianza que quien le tiene inspira.


III.

De estas consideraciones sobre el influjo del dinero o de la riqueza en
el individuo, quisiera yo pasar a discurrir con mayor extensin sobre el
influjo de la riqueza en la cultura y poder de las naciones; pero no
har ms que consignar aqu algunos ligersimos conceptos. Me arredra el
temor de extraviarme, y la conciencia de mi poqusimo saber en Economa
Poltica, ciencia que, al cabo, despus de mucho cavilar, han venido
todos los autores a coincidir con Aristteles en que trata del dinero,
o, en general, de la riqueza, por donde la llama Crematstica el sabio
de Estagira. Y es mayor infortunio an que el de mi propia ignorancia,
el de que,

    Despus de haber revuelto cien mil libros
    De aquesta ciencia enmaraada y torpe,

nadie logra saber a las claras lo que es riqueza. Todas las definiciones
son discordantes; y resulta que la ciencia empieza por no saber definir,
determinar y declarar el objeto de la ciencia misma. Ni est ms
adelantada en la definicin de las otras palabras cientficas, como
valor, precio, capital, industria y cambio; lo cual no es extrao,
porque ignorndose an lo que es riqueza, que es la idea o palabra
fundamental, por fuerza se ha de ignorar o se ha de estar en desacuerdo
sobre lo restante.

Malthus deca: Despus de tantos aos de investigaciones y de tantos
volmenes de descubrimientos, los escritores no han podido entenderse
hasta ahora sobre lo que constituye la riqueza; y mientras que los
escritores que se emplean en este negocio no se entiendan mejor, sus
conclusiones no podrn ser adoptadas como mximas que deban seguirse.

Dedcese de aqu, por sentencia y autoridad de Malthus, que no debemos
seguir las mximas ni hacer caso alguno de cuantos economistas le
precedieron en los siglos XVI, XVII y XVIII, y en el primer tercio del
presente. Todos estos economistas no saban lo que decan, segn
Malthus; y cuenta que entre ellos estn Smith, Say, Storch, Ricardo,
Gioja, Mac-Culloch y otras eminencias. No han adelantado ms
posteriormente otros sabios en dar estas definiciones. Stuard Mill
desiste de definir lo que es riqueza, y dice que basta que en la
prctica lo entendamos, con lo cual sigue adelante. Bastiat se enreda en
sus _Armonas_ con otros economistas rivales, y trata de probarles que
son unos ignorantes o unos necios que desconocen lo que es el valor.

En efecto, uno de estos economistas se empea en demostrar que el valor
de una cosa consiste en el obstculo vencido para producirla; de lo cual
deduce que, mientras ms fcil se haga la produccin, disminuyendo los
obstculos, menos valor tendrn las cosas; de modo que, mientras ms
cosas haya, seremos ms pobres. Conviene, pues, crear obstculos para la
produccin, a fin de que, costando mucho el producir, valgan mucho
tambin las cosas producidas, y seamos ricos. Imposible parece que tales
ideas se sostengan, y hasta que se impugnen con seriedad. Entre tanto,
Bastiat, que est razonable en este punto, entiende luego el cambio, no
como es, sino como debiera ser; y sobre este cambio modelo, ideal y
fantstico, levanta todo un edificio cientfico que trae enamorados a
nuestros jvenes economistas. En el cambio, no cabe duda que debe darse
siempre lo superfluo por lo necesario, y ganar, por lo tanto, todos los
cambiantes. Pero es esto lo que en realidad acontece? No es, al revs,
frecuentsimo el que, por vanidad, por moda, por capricho, o por
extravagancia, demos lo necesario, no ya por lo superfluo, sino hasta
por lo daino? Se dir que ambos cambiantes satisfacen una necesidad, y
que en este sentido ganan. Pero si por necesidad se entiende un vicio,
una mana, una mala costumbre, un apetito bestial, cmo hemos de
convenir? Pues que, ganan los chinos comprando opio para envenenarse
con l? Ganan y prosperan los jornaleros que, de los cinco o seis
reales que tienen de jornal, emplean dos o tres en vino y uno en tabaco,
matando quizs de hambre a sus mujeres y a sus hijos? Gana el marido,
dbil o vano, que se empea para que su mujer tenga palco en la Opera?
Gana, en suma, el que no ahorra, el que consume ms de lo que produce,
el que sobre sus rentas gasta su capital, el que tiene habilidad para
adquirir diez y tiene _necesidad_ de consumir treinta o ciento? Claro
est que no gana, sino que pierde, y al fin se arruina. Y lo que sucede
con los individuos, no puede suceder, y no sucede tambin con las
naciones?As como hay individuos poco hbiles para producir y muy
hbiles para gastar, no puede haber, y no hay, naciones con las mismas
cualidades? La holgazanera, el despilfarro y la ineptitud, no pueden
darse en una nacin como se dan en un individuo?

Yo no temo que ninguna nacin europea, por muy plagada que est de los
mencionados achaques, venga al fin a perderse y a destruirse, como se
destruyeron y perdieron aquellos imperios colosales del centro del Asia;
como se hundieron aquellas poderosas civilizaciones, asombro del mundo
antiguo. Yo no temo que a Madrid, a Sevilla, a Lisboa o a Florencia, les
venga a suceder lo que a Sidon y Tiro, Susa, Ecbatana, Nnive, Bactra y
Babilonia. Aunque consumiesen mucho ms de lo que produjesen, el castigo
se limitara a largos perodos de forzada abstinencia y de lastimosos
apuros, a que el atraso con relacin a otros pueblos de Europa fuese
mayor, y a que siguiesen arrastrndonos y llevndonos como a remolque
las dems naciones. Pero tal es la fe que yo tengo en la virtud
progresiva, en la energa vital de la civilizacin europea, que ni
siquiera puedo concebir que muera una nacin que est en su seno
poderoso y vivificante. Sin embargo, la abstinencia de que hemos
hablado, los apuros, el ir a remolque y la vergenza del atraso y de la
inferioridad, no dejan de ser rudo castigo.

Para discurrir, partiendo de un punto fijo, sobre estos asuntos tan
difciles, convendra primero explicarse el por qu de ciertos fenmenos
que ofrece la moderna civilizacin europea, fenmenos al parecer
contrarios a todo aquello que en las antiguas civilizaciones se notaba;
de donde proviene el que haya hoy sentencias, que se dan por
axiomticas, y que son enteramente contrarias a otras sentencias que
poco ha pasaban por axiomticas tambin.

En lo antiguo, y al decir en lo antiguo no vamos muy lejos (Miguel
Montaigne y Machiavelli pensaban as), la rudeza y la pobreza se crea
que daban bros y nervio a las naciones mientras que la riqueza y la
cultura las enervaban. Pobre era Alejandro y venci al rico Daro;
pobres y rudos eran los romanos y subyugaron los ilustrados, cultos y
ricos reinos de Macedonia, Siria y Egipto. Cuando los godos invadieron
la Grecia, se refiere que intentaron quemar todas las bibliotecas; pero
un astuto y discreto capitn de los godos hubo de persuadirles de que
con las bibliotecas los griegos se hacan afeminados, muelles y
cobardes, y que as era conveniente dejarles los libros para tenerlos
siempre bajo el yugo. De esta suerte las bibliotecas se salvaron.

En nuestros das, por el contrario, si una nacin se propusiese
debilitar a otra, procurara hacerla ignorante y pobre. La ciencia y la
riqueza, lejos de enflaquecer hoy a los pueblos, les dan energa y
pujanza; pero, bien consideradas las cosas, no hay en esto la menor
contradiccin. En lo antiguo, sola ser uno de los ms usuales modos de
adquirir riqueza el despojar a los vecinos por medio de la guerra. En el
da de hoy, si bien estos despojos, estos robos violentos siguen
hacindose, no se hacen en tan grande escala. Las costumbres ms suaves
no lo consienten. La guerra, adems, este modo de despojar violentamente
una nacin a otra, se ha hecho harto costosa. Los _gastos de produccin_
suelen en la guerra moderna ser mucho mayores que lo _producido_, si
_producido_ puede llamarse lo que se toma contra la voluntad de su
dueo. De aqu, en primer lugar, que apenas se emprenda ya guerra alguna
con el propsito de enriquecerse; y en segundo lugar, que los pueblos
enriquecidos sean los que tienen ms medio de hacer la guerra y ms
probabilidad de vencer. Antes, los pueblos se hacan fuertes y guerreros
a fin de enriquecerse; en el da los pueblos se enriquecen con el
propsito de ser fuertes y guerreros. Sin duda que ser un progreso ms,
cuando los pueblos se enriquezcan slo para ser ms morales, ms felices
y ms ilustrados; pero esto aun est lejos. La mana de dominar y de
prevalecer sobre los dems no se curar en muchos siglos.

Sostienen hoy no pocos autores, Buckle entre otros, tan celebrado por
todo el mundo, que la Economa Poltica conspira de un modo
incontrastable a que terminen las guerras sangrientas, a que la utopa
de la paz perpetua venga a realizarse. Por esto, sin duda, y por otras
razones no menos singulares, han llegado a tan loco extremo la
admiracin, la adoracin y el fanatismo por la Economa Poltica. Para
Buckle, Adam Smith ha hecho ms por la humanidad que todos los sabios,
que todos los profetas y que todos los genios inmortales que han nacido
de madre y que han revestido carne humana en este pcaro mundo. Ni las
leyes de Solon, de Numa y de Man, ni todos los libros de filosofa, ni
los mismos Evangelios, importan un pito comparados con la _Riqueza de
las Naciones_. Segn Buckle, la _Riqueza de las Naciones_ es el libro
ms importante que se ha escrito jams; su publicacin ha contribuido en
mayor grado a la dicha del humano linaje que el talento reunido de todos
los hombres de Estado y de todos los legisladores, de quienes nos
conserva la historia un recuerdo autntico.

Todo esto podr ser verdad; pero tambin lo es que, desde el ao de
1776, en que sali a luz por vez primera el libro divino, salvador,
redentor y pacificador, las guerras han sido tan frecuentes como siempre
y mil veces ms espantosas por los millones de hombres que en ellas
miserablemente han perecido. Cuando no hay guerra, hay una cosa tan
mala, tal vez peor que la guerra: la paz armada. El dinero se gasta
desatinadamente en sostener ejrcitos inmensos, y los hombres ms
robustos, jvenes y fuertes de Europa, apartados de todo trabajo til,
estn siempre con las armas en la mano, acechndose, espindose y
amenazndose. Cierto que la Economa Poltica y el libro maravilloso de
Adam Smith no han puesto remedio a tanto mal. Si algo ha de ponerle
remedio, ha de ser la filosofa, la religin mejor entendida que en
otros siglos, y el exceso mismo del mal, que tal vez acabe por hacerle
imposible.

Los medios de destruccin se aumentan por tal arte que es de temer que
dentro de poco puedan matarse en un minuto millones de hombres; puedan
dispararse en un segundo ms bombas, balas y metralla que un siglo ha se
disparaban en treinta o cuarenta aos; y tales y tan estruendosos podrn
ser los disparos, que el coste de uno solo baste a mantener durante un
ao a toda una familia. Horrorizados de tanto gasto y de tanta efusin
de sangre, los hombres polticos clamarn, y claman ya muchos, por la
paz y aun por el desarme; no porque Adam Smith y sus discpulos los
hayan convencido. No creo yo que Napolen III tenga el corazn de
mantequilla y de jalea; pero el tremendo espectculo del campo de
batalla de Solferino, de tantos millares de cadveres, hubo de oprimirle
y angustiarle el corazn, decidindole a la paz, aun antes de cumplir su
promesa de hacer libre a Italia hasta el Adritico. Adam Smith y todas
sus teoras no tuvieron parte alguna en esta determinacin.

Si algn pensamiento econmico impide la guerra o la hace ms difcil en
lo venidero, es independiente de la ciencia: no es menester haber ledo
a los economistas para concebirle. El pensamiento es sencillo y claro:
es el pensamiento de lo mucho que la guerra cuesta. Los Gobiernos,
adems, tienen casi siempre que acudir a emprstitos para hacer la
guerra. Los que prestan el dinero tienen inters en que el del dinero
prestado sea lo ms crecido posible; por donde, aun sin contar con otras
causas, el papel de la Deuda baja, y la fortuna pblica padece.

Los que tienen que perder, los hombres acaudalados, son, por
consiguiente, pacficos; y como los que tienen dinero mandan en el da
ms que nunca y ejercen una influencia grandsima sobre la opinin,
resulta que las guerras son condenadas por la opinin, cuando no hay un
fuerte estmulo de egosmo que induzca a hacerlas; como, por ejemplo,
abrir un nuevo mercado para los productos nacionales; introducir en
algn pas poco culto la libertad de comercio, las obras divinas de Adam
Smith, el opio u otra droga peor, a caonazos y a bayonetazos;
entretener y recrear y embriagar al pueblo con gloria para que no se
fastidie y se subleve; y tal vez deshacerse, siguiendo las doctrinas de
algn economista, de aquella parte de la poblacin que est de sobra,
que no tiene cubierto preparado en el festn de la vida, que turba o
rompe el justo equilibrio que debe haber entre el producto y el consumo,
entre los que subsisten y los medios de subsistencia.

Adems de la guerra material y sangrienta, ha tomado en nuestros das
ms auge que nunca otra guerra que trae a la humanidad infinitos bienes,
y que la lleva en volandas, no ya por el camino real del progreso, sino
por una trocha o atajo. Pero, como _no hay atajo sin trabajo_, de esta
otra guerra, que es la industrial y comercial, nacen temerosas
perturbaciones, duros padecimientos, horribles desengaos y
desconsoladoras ruinas. No me incumbe explicar esto ni hacer aqu la
stira del modo de ser de las sociedades modernas. Remito al lector a
los socialistas, hijos legtimos de los economistas y sus ms crueles y
acrrimos adversarios. Aun que la Economa Poltica no tuviese ms
pecado que el haber criado a sus pechos al socialismo, no podra ser
absuelta del todo. Por lo dems, el socialismo, salvo que hasta hoy no
es ms que un conato, un _desideratum_, una aspiracin, es, segn
algunos, esto es, ser con respecto a la emprica y pedestre Economa
Poltica, lo que son las matemticas sublimes con respecto a las cuatro
reglas de la Aritmtica. La ciencia social o dgase la Sociologa
(hbrido y ridculo vocablo!) est an por inventar, aunque sostengan
lo contrario los positivistas. Lo malo es que los problemas que esta
ciencia ha planteado y no ha resuelto, y la crtica audaz, inteligente y
destructora con que ha hecho vacilar la fe en el orden social existente,
tienen a los hombres todos llenos de recelo, dentro de cada Estado,
presumiendo siempre que pueda sobrevenir la violencia a resolver los
intrincados problemas de la ciencia novsima; a desgajar de sus
cimientos todo el edificio de la sociedad con el fin de fundarle sobre
otros mejores y ms slidos. De aqu el que no haya slo guerra o paz
armada entre unos Estados y otros, sino tambin guerra o paz armada,
esto es, peligro y sobresalto constante, dentro de cada Estado. En todo
lo cual no parece que ha puesto remedio la Economa Poltica, sino que
ha venido a empeorarlo.

No crea el discreto lector que no conozco lo que podr decir de mis
divagaciones en este escrito. Srvame de excusa el haberle llamado
_meditacin_, y el ser la meditacin sobre un asunto tan vasto y tan en
relacin con todos los asuntos como es el dinero. Para tratarle a fondo,
y con la claridad, el orden y el mtodo convenientes, me hubiera sido
necesario escribir un grueso volumen. Pero por qu, se me dir, has
elegido tan vasto asunto, cuando no pensabas escribir ese grueso
volumen, sino un artculo de peridico? A lo cual respondo: que la falta
de dinero, la penuria pblica, los apuros del Tesoro, las lamentaciones
que oigo por todas partes, la esperanza que muestran algunos de que los
economistas nos van a salvar, la poca confianza que advierto en otros en
la eficacia saludable de los economistas, los discreteos de todos, los
medios que tantos proponen, convertidos en arbitristas, para llevarnos a
puerto de salvacin, y las diversas explicaciones que dan sobre las
causas del grave mal que padecemos, todo me ha impulsado con
irresistible vehemencia a meditar y discurrir sobre estos asuntos, en
los cuales confieso mi escaso o ningn saber. Pero, considerndome yo
como vulgo, como profano, todava he credo que, si no til, al menos
podra ser entretenido y curioso el exponer lo que cavila el vulgo, lo
que alambica y divaga sobre el particular. As es que me he hecho eco
fiel del vulgo en esta meditacin, adornndola con algunas sentencias
morales sacadas de la lectura de los filsofos. No se extrae, pues, que
yo no pruebe nada, que yo no concluya nada, que no presida un
pensamiento dominante a todo este escrito mo.

Mucho temo dilatarle hacindome pesado; pero se me ocurren varias
observaciones que no tengo valor para pasar en silencio.

Es la primera que, en el estado actual de la civilizacin, y aun estoy
por afirmar que siempre, no acontece con las naciones lo que con los
individuos, los cuales, como ya dijimos, pueden ser sabios, santos o
poetas y ser pobres. Una nacin, si es inteligente y activa, por santa,
por sabia y por heroica y potica que sea, tiene que hacerse rica
tambin. Si se queda pobre, da marcadas y evidentes seales de que no es
inteligente, o de que no es activa, o de que padece alguna enfermedad
secular de que no ha logrado curarse.

Deca, en 1629, el Padre Maestro Fray Benito de Pealosa y Mondragn, en
un curiossimo libro que dio a la estampa, que el ser Espaa muy
catlica y muy monrquica, y el tener otras tres excelencias ms,
causaban su despoblacin y su ruina. Lo mismo asegura Buckle, en
perfecta consonancia con el Padre Pealosa, a quien ha adivinado y no
ledo. Nuestra religiosidad y nuestro amor y fidelidad a los reyes nos
han trado tan perdidos y tan atrasados. En cambio, segn el mismo
Buckle, en Escocia ha habido y hay gran prosperidad y progreso. All,
aunque tambin tienen la desgracia de ser sobrado religiosos, han tenido
la fortuna y la excelente cualidad de ser muy desleales a sus soberanos.

Los escoceses, dice Buckle, han hecho la guerra a casi todos sus reyes,
han decapitado a varios, han asesinado a otros; y hasta han vendido a
uno de ellos, por cierta suma de dinero que les haca mucha falta. Esta
cordura de los escoceses les ha valido el prosperar y el progresar, y
sobre todo la gloria de que el salvador Adam Smith nazca entre ellos.

La extraa doctrina que acabo de exponer, idntica en Buckle y en
Pealosa, no puede refutarse o censurarse con irona. Es menester
desecharla con seriedad. No es asunto de burla. No. La riqueza y la
prosperidad y la cultura no acuden a los pueblos, porque los pueblos
abandonen a Dios y maten o vendan a sus prncipes.

En un individuo, tal vez la bondad y excelencia del carcter han sido
obstculo a la fortuna: en un pueblo, no queremos ni podemos creerlo.
Por consiguiente, si Espaa est hoy pobre y atrasada, culpa es, no de
sus virtudes sino de sus vicios; no de buenas calidades, sino de malas.

Dan otros por causa de nuestro atraso y de nuestra pobreza la aridez y
esterilidad del suelo, que ofrece pocos recursos; pero aunque dicha
aridez y dicha esterilidad fuesen ciertas, como una nacin no vive slo
del suelo, sino del ingenio y de la laboriosidad de sus hijos, no podra
esta falta ser origen del mal. En los siglos pasados y en los presentes
hubo y hay naciones ilustres que han florecido en suelo estril. El
suelo del Atica es un ejemplo de esto, y a su esterilidad atribuye
Tucdides el que all viniese a formarse tan glorioso y prspero Estado,
porque, en los principios de la civilizacin griega, los hombres huyeron
de los terrenos frtiles, invadidos o infestados continuamente de
ladrones y piratas, y vinieron a refugiarse en Atica, para estar al
abrigo de las depredaciones y devastaciones. Venecia, que fue tan
poderosa y rica, tuvo tambin un origen semejante, y fue fundada en unas
lagunas por gente fugitiva de los brbaros invasores de Italia. La misma
Escocia ser todo lo pintoresca y linda que se quiera, pero no hay quien
no convenga en que naturalmente es estril; sin duda, ms estril que
Espaa. Lo propio puede afirmarse de Holanda y de otros muchos pases,
si apartamos de ellos con la imaginacin lo que por mejorarlos han hecho
ya el arte y el ingenio.

Pensadores hay que se van al extremo opuesto, y atribuyen la
inferioridad soada o verdadera de nuestra civilizacin a la abundancia
de mantenimientos y a la facilidad de la vida para la gente pobre. Esto
dicen que afloja todo resorte de accin y que hace al pueblo dbil y
propenso a la servidumbre: mientras que en los pases donde el pueblo ha
tenido que luchar mucho y que vencer grandes obstculos para ganarse la
vida, luego que los vence y vive, es ms digno y enrgico, y menos
sufrido de ninguna especie de yugo y de sujecin. Ponen por ejemplo de
tal aserto la India y el Egipto, y no se ha de negar que son ejemplos
que tienen fuerza. Sostienen, adems, que la causa del atraso de Irlanda
y de su humillacin han sido la abundancia y la baratura de las patatas.
Ms razn llevan, a mi ver, los que piensan as, que los que atribuyen
el atraso, o mejor dicho el estancamiento a la esterilidad del suelo;
pero yo no me atrevo a dar la razn ni a unos ni a otros; y sobre todo,
en el caso particular de Espaa. No creo que ni el clima, ni el suelo,
ni la fertilidad, ni la exuberancia de la naturaleza y de sus productos,
sean ni hayan sido entre nosotros como en la India y en el antiguo
Egipto, ni hayan podido nunca producir efectos semejantes.

Dicen otros pensadores, que piensan poco, que todo nuestro mal proviene
de los malos Gobiernos. Sentencia es esta indigna de refutacin. Ningn
pas, a no estar bajo el yugo de una tirana invencible, tiene ms
gobierno que el que se da y merece. Cuanto hay en Espaa de ms
enrgico, de ms ilustrado, de ms discreto, la ha gobernado ya. Apenas
habr quedado hombre de alguna nota en todos los partidos que no haya
sido Ministro. Si todos han sido inhbiles, fuerza es conjeturar que
Espaa no da ms de s.

No falta tampoco quien atribuya nuestro atraso al ningn amor al
bienestar y al lujo; a que nos contentamos y conformamos con vivir mal,
y, no sintiendo el aguijn del deseo de goces, no nos movemos al
trabajo. Este raciocinio es absurdo por la falsedad de la premisa en que
se funda. Todos los hombres, y peculiarmente los espaoles, salvo algn
extravagante, prefieren comer _foie-gras_ y pavo trufado a comer
chanfaina y revoltillos; vestir ricos paos y terciopelos, a vestir
bayeta; vivir en un palacio, a vivir en una choza; y andar en coche, a
andar a pie. No es una ciencia oculta el saber que hay coches, buena
cocina, excelentes manjares, telas de seda, joyas de oro y pedrera, y
otros muchos deleitosos objetos, ni es menester tener un alma muy
levantada para ambicionarlos. No hay nadie que no los ambicione. Si del
deseo, del afn de ser ricos, dependiese la riqueza, Espaa sera una de
las naciones ms ricas del mundo.

Sguese, pues, que no sabemos por qu es pobre Espaa, a no ser que
afirmemos, y a esto me inclino yo, que somos pobres por una calidad
opuesta a la que acabamos de mencionar: por el amor al lujo, por el
despilfarro, por el desorden, porque somos indiscretamente muy rumbosos
y generosos, y sobre todo, porque no sabemos gastar y gastamos sin
discernimiento y sin lucimiento. De este defecto adolecen y han
adolecido siempre en Espaa los particulares y el Estado.

En tiempo de Felipe II, cuando estbamos en la cumbre de la prosperidad,
cuando dominbamos y despojbamos tantas regiones, cuando

    La tierra sus mineros nos renda,
    Sus perlas y coral el Ocano;

Campanella se pasma de que tanta riqueza se disipe sin saber cmo, y de
que siempre estemos sin un real y pidiendo prestado. _Est_, dice,
_admiratione dignum, quomodo consumatur tanta divitiarum vis, sine ullo
emolumento; cum videamus Regem fere perpetua inopia laborare, atque
etiam ab aliis mutuo accipere._ Lo mismo ocurra entonces entre los
particulares que en el Estado. En ningn pas se puede decir con ms
verdad que en Espaa, que no se sabe dnde se va el dinero. Al caer la
dinasta austriaca, que se haba enseoreado de lo mejor del mundo,
Madrid era (permtaseme lo vulgar de la expresin) un corral de vacas.
Dnde estaban los palacios, los templos, los monumentos, las estatuas?
En parte alguna. En qu gastamos las riquezas de Amrica? En qu
empleamos el botin de los pueblos subyugados?

La inopia nos trabajaba entonces tanto o ms que en el da, y la inopia
nos humill y nos hizo bajar de la altura en que nos habamos puesto.

En el da de hoy, el movimiento ascendente de la civilizacin europea
nos lleva en pos s, y no puede negarse que en medio de mil disgustos,
de mil apuros y de doscientas mil mortificaciones de amor propio
nacional, Espaa progresa y se mejora; pero _buenos azotes le cuesta_.
La torpeza en el producir y la mayor torpeza en el gastar tienen la
culpa de estos azotes.

Yo soy un libre-cambista terico furibundo. Bastiat y Cobden me han
convencido: pero en la prctica me asusto del libre-cambio. Qu hay en
Espaa que pueda competir libremente con los productos extranjeros? El
vino quizs; y con todo, salvo el vino de Jerez, los dems vinos
espaoles suelen ir a Francia, les echan un poco de zumo de moras, de
alumbre y de raz de lirio, y nos le vuelven a vender, dndonos una sola
botella en el precio que recibimos por una o dos o tres arrobas. Esto
es, que damos cincuenta o sesenta botellas por una del mismo lquido,
con la ligera modificacin del alquimista o boticario.

Qu mar de vino, qu ri de aceite no tendr que gastar cualquiera rica
dama andaluza para comprar un vestido de casa de Worth? Pues si la dama
es de Almera y tiene que comprarse el vestido de Worth con el producto
del esparto? Entonces tendr que mondar y desnudar centenares de leguas
cuadradas para vestir su lindo y airoso cuerpo. De casi todos nuestros
cambios, ms o menos libres, puede decirse lo mismo. Hasta el precio del
trasporte nos es perjudicial, estableciendo natural y fatalmente un
derecho protector en contra de nuestras voluminosas, groseras y pesadas
mercancas. Y todo esto, sin contar con el fraude, con la burla, con lo
que vulgarmente se llama primada. Por cuentecillas de vidrio de colores,
por clavos y otras baratijas, tomaban los compaeros del capitn Cook
cuanto haba de bueno y exquisito en Otahiti. Algo de esto, aunque en
menor proporcin, ocurre siempre en los cambios entre un pueblo
adelantado y otro ms atrasado. A menudo se dan objetos que tienen un
verdadero valor, por otros que no tienen ninguno, sino el de la moda o
el capricho. La sola palabra _chic_, abreviatura del nombre de un
menestral borracho que bailaba el can-can primorosamente, ha producido a
todas las industrias parisienses, legtimas e ilegtimas, un nmero
considerable de millones.

Se dir que stos no son argumentos serios; que si la palabra _chic_ es
tan productiva, debemos inventar nosotros otra palabra que lo sea ms;
que en nuestras manos est echarle al vino, desde luego, todos los
polvos y drogas que le echan en Francia, o descubrir, fabricar o
confeccionar algunos primores por los cuales nos den tanto o ms que lo
que damos por los vestidos de Worth. Pero a esto se contesta que, aun
siendo nosotros capaces de tales invenciones, no acertaramos a darles
valor, porque an no tenemos el prestigio y la autoridad que se
requieren. Adems que, segn aseguran muchos autores y pretenden haber
demostrado, los espaoles estamos dotados de una incapacidad invencible
para todas aquellas artes e industrias que conducen a hacer ms
agradable, ms cmoda, ms dulce la vida. Personas muy religiosas y
patriticas, entre ellas un acadmico de la Historia, en su elegante
discurso de recepcin, han sostenido que esta ineptitud, calificada de
sublime, es una prueba de nuestro gran ser, de nuestros pensamientos
levantados y celestiales, de nuestro severo espiritualismo. Buckle
coincide tambin en este pensamiento, como coincide con el P. Pealosa,
pero explicndolo todo a su manera. Segn l, la causa principal de esto
son los terremotos, frecuentsimos y terribles en Espaa, los cuales nos
traen siempre asustados y contritos, y no acaban de quitarnos el temor
de Dios, con lo cual no es posible el progreso. Se infiere, por lo
tanto, que por culpa de los terremotos no tenemos chic, ni tenemos un
sastre como Worth, ni una fabricadora de sombreros como Mme. Virot, ni
un abaniquero como M. Alexandre: en suma, no sabemos hacer nada o casi
nada primoroso. Nuestro orgullo, adems, nos impide buscar salida para
nuestras mercancas, encomindolas, presentndolas y ofrecindolas con
insistencia. Casi todos los espaoles tenemos por artculo de fe y por
norma de nuestra conducta mercantil aquello de que _el buen pao en el
arca se vende_, y cuanto pao fabricamos nos parece bueno.

Deduzco yo de todo lo dicho que en Espaa pudieran por ahora salir
fallidas las leyes del libre cambio, porque al fin no hay ley ni regla
sin excepcin, y que, a no ser por otra ley ms poderosa, la ley de
afinidad europea, que nos hace seguir el movimiento ascendente de toda
esta gran repblica o confederacin de naciones, las agonas que pasamos
pudieran convertirse en muerte. Entre tanto, es indudable para m, y
para todo el que no est obcecado por vanas teoras, que Espaa consume
hoy mucho ms de lo que produce. Y esto, no slo el Estado, sino tambin
la sociedad. En balde nos afanamos por enjugar el dficit. Es menester
trabajar mucho ms o gastar mucho menos. Es menester, sobre todo, no
pedir prestado; no seguir trampeando.

Prescindiendo de la honra de Espaa que ha sido puesta en la picota y
sacada a la vergenza en muchas casas de contratacin, las condiciones
con que nos dan dinero son espantosas, judaicas, usurarias por modo
heroico. Cada milln nos cuesta ms de cuatro, que si hoy son nominales,
podrn ser efectivos, si por un milagro de la Providencia llegamos a
salir de la miseria presente. Hacemos un contrato aleatorio; jugamos con
nuestro porvenir; de suerte que, si alguna vez tenemos el gusto de
mejorar de fortuna, este gusto se acibarar con el disgusto de deber
realmente cuatro a quien no nos prest ms que uno; de proporcionarle
una moderada ganancia de 400 por 100 en el capital. Entre tanto, los
intereses que pagamos son por lo menos de un 12 por 100. Tal vez nos
arreglemos por tal arte que sean de un 16 o de un 18.

Cualquiera trato o negociacin que se haga, o se haya hecho o se est
haciendo, para obtener dinero, disimular tal vez el sacrificio a los
ojos profanos; pero no le mitigar. Es seguro que el dinero que tomemos,
por enrevesado que sea el mtodo de tomarle, nos ha de costar lo mismo o
ms que por el mtodo sencillo y expeditivo de emitir Treses. Trasmitida
la operacin al idioma pintoresco del vulgo, ser siempre _tirar de los
pies a un ahorcado_.

Dicen los que entienden de Hacienda, que es menester proporcionarse
recursos y que no nos los podemos proporcionar con menos sacrificios. Si
esto es as, Dios me libre de criticar al Sr. Ministro de Hacienda. Lo
nico que yo dir y digo es que el artificio de tomar prestado de un
modo tan ruinoso no es muy ingenioso, ni muy sutil, ni muy peregrino, y
que, si la ciencia de la Hacienda consiste en eso slo, se puede suponer
que no hay tal ciencia de la Hacienda, y que el ltimo patn puede hacer
lo mismo que el profesor ms hbil.

He vacilado y vacilo an en publicar esta _Meditacin_, harto rara;
estos desordenados pensamientos mos, que la angustia en que vivimos y
el terror que infunde en algunos corazones la ciencia econmica
espaola, me han inspirado, sin poderlo yo remediar.

Repito asimismo que aqu no se aducen otras razones que las del mero
sentido comn ms rastrero; y que desde la bajeza de este sentido comn
a la altura de la ciencia ha de haber una distancia infinita.

Todo esto lo reconozco y lo proclamo. Sin embargo, tal es el amor que
tenemos a nuestros hijos, y la presente _Meditacin_ es hija ma, que
aunque haya nacido enclenque y ruin; no he de atreverme a matarla. Ms
bien me atrever a darle vida, aunque sea vida efmera y trabajosa,
publicndola en un peridico, y exponindome por amor paternal a las
iras o al menosprecio de los sabios, que tal vez hacen en este momento
la felicidad de la patria. Tal vez murmuramos, como murmuraba la chusma
a bordo de las carabelas la vspera de aquella feliz y memorable aurora
en que por vez primera aparecieron a los ojos espantados de los europeos
las risueas y fecundas costas del Nuevo Mundo. Tal vez murmuramos, como
murmuraban los israelitas en el desierto porque no llegaban a ver la
Tierra Prometida; y eso que el Man y las codornices que les daba su
Moiss no costaban nada, y los millones que nos da nuestro Moiss
cuestan mucho.

En fin, sea como sea, yo me atrevo a publicar esta endiablada
_Meditacin_. Al cabo, no soy esparciata para dar muerte a mis hijos
enfermizos, aunque tenga que ser esparciata y tengamos que ser
esparciatas todos los espaoles para tragar la salsa negra, si siguen
las cosas as.

Considere el po lector que esta _Meditacin_ es como un entretenimiento
y nada ms, y sea verdaderamente po, que harto lo exige el caso. Lea mi
_Meditacin_ sobre el dinero como quien lee un libro de cocina cuando
tiene hambre, y hallar en mi _Meditacin_ algn consuelo y alivio.

Si por dicha, que no es de esperar, mi _Meditacin_ no pareciese muy
mala, tal vez me animara yo a escribir otra sobre las contribuciones y
los emprstitos de Espaa, diciendo siempre lo que dice el vulgo y nada
ms que lo que dice el vulgo, sin meterme en honduras.




LAS ESCRITORAS EN ESPAA

Y ELOGIO DE SANTA TERESA(b).


Nada podra lisonjearme y agradarme ms que el encargo que me habis
dado de contestar al bello discurso que acabamos de or. Su autor,
recibido hoy en el seno de esta corporacin, est unido a m por lazos
de parentesco, y, lo que es ms estimable y grato, por amistad de mucho
tiempo, jams interrumpida hasta ahora y que promete no serlo nunca.

(b) Discurso ledo en la Real Academia Espaola, el 30 de Marzo
de 1879, en la recepcin del Conde de Casa-Valencia.

Si la disposicin de nimo, que de este afecto nace, no tuerce mi
juicio, inclinndole a la benevolencia, me atrevo a afirmar que la obra
literaria, que el nuevo Acadmico nos ha ledo, corrobora las razones
que para elegirle tuvisteis, siendo dichosa muestra de sobriedad,
tersura y sencilla elegancia de estilo y cumplido dechado de crtica
juiciosa.

Pero, por mucho que valga su discurso, el Conde de Casa-Valencia haba
exhibido antes otros ttulos de ms valer para aspirar a tomar asiento
entre vosotros.

No pocas veces he discutido yo con l acerca de un punto importantsimo
en la historia de toda literatura, y singularmente de la espaola, en
nuestros das. Fundbase nuestra controversia en este aserto, que
dbamos por sentado: en nuestra Espaa apenas tiene el escritor el
incentivo del lucro, o es tan ruin el incentivo que no debe suponerse
que sea l y no el amor de la gloria quien a escribir estimule.

La controversia era, pues, sobre si tal carencia, ineficacia o escasez
de incentivo, era un bien o un mal para las letras.

Como yo no vengo aqu a hacer pblica confesin de mis culpas, no dir
si por carcter vacilo; pero s confesar que, salvo en ciertas
cuestiones de primer orden, en que sostengo siempre la misma opinin,
rayando en tenacidad mi consecuencia, suelo en muchas otras, que
considero secundarias, vacilar con demasa y no acabar nunca de
decidirme, fluctuando entre los ms encontrados pareceres. Percibo o
imagino qu percibo cuantos argumentos hay en pro y en contra, y ya me
siento solicitado por unos, ya atrado por otros, en direcciones
opuestas.

En este asunto de las letras mal remuneradas me ocurre, mil veces ms
que en otros, tan lastimosa fluctuacin.

Prescindo del inters que como escritor me induce a desear que los
libros se vendan a fin de hallar en componerlos medio honrado de ganar
la vida. Y libre mi criterio de esta seduccin, dir en breves frases lo
que en pro de ambos pareceres se presenta a mi espritu.

Cuando era yo mozo, me encantaba la lectura de un tratado del clebre
Alfieri, cuyo ttulo es _Del Prncipe y de las letras_. Nada me pareca
ms razonable que lo que all se afirma. Todava, en tiempo del autor,
los poetas, los filsofos, los que componan historias, todos los
escritores, en suma, contaban poco con el vulgo, y esperaban o gozaban
remuneracin por sus trabajos de algn magnate, monarca, tirano o seor
esplndido, que los protega. Contra esto se enfurece Alfieri, declama
con severa elocuencia y se desata en invectivas y en raudales de
indignacin. Para complacer al prncipe, magnate o tirano, a quien se
sirve y de quien todo se espera o teme, importa adular, encubrir a
menudo las verdades ms provechosas al gnero humano y emplear un estilo
sin nervio. El escritor, pues, que se respete y que estime su misin en
lo que vale, es menester que se sustraiga y emancipe de la proteccin y
tutela del tirano, que aprenda y ejerza oficio manual para vivir
independiente, y que, de esta manera, escribiendo slo por amor a la
gloria y por filantropa, esto es, por deseo santsimo y pursimo de
adoctrinar a los hombres y de hacerlos ms virtuosos, componga obras
merecedoras de pasar a la posteridad, para bien de las generaciones
futuras, a quienes sirvan de gua y norte.

Todos estos razonamientos repito que me encantaban. Y yo daba gracias
fervientes al cielo porque me haba hecho nacer en una edad en que las
cosas haban cambiado de tal suerte, que el escritor, contando con el
pblico, para nada necesitaba de tirano a quien adular, ni a fin de no
incurrir en su enojo se vea obligado a callar las ms tiles y hermosas
teoras.

Despus vinieron la contradiccin y la duda. Esto que hoy se llama
pblico y que en lo antiguo con vocablo menos respetuoso se llamaba
vulgo, no es tirano tambin? No es menester adularle si queremos ganar
su voluntad? No conviene decirle las cosas que le deleitan para tenerle
propicio? No se necesita callar las verdades ms sanas para que no se
enfade?

Si el pblico fuera en realidad equivalente al vulgo, si el pblico y el
pueblo fuesen la misma entidad, an se podra sostener que posee, si no
reflexivo acierto para apreciar la bondad, la verdad o la belleza,
instinto semi-divino y casi infalible que le lleva a fallar sobre todo
ello con justicia. Pero, entre las muchedumbres que gozarn, a no
dudarlo, de tan noble instinto, y el escritor que a ellas se dirige,
siempre o casi siempre se interpone cierta capa social, aunque leve y
sutil, muy tupida, donde la voz se embota y apaga o el escrito se
detiene, sin llegar ante los ojos o sin penetrar en los odos de ese
vulgo o de ese pueblo, que exento de prejuicios y con certera candidez
sabra decidir lo justo, si la voz o el escrito se pusiera a su alcance.
Detenidos stos en la mencionada capa social, slo de ella pueden los
escritores esperar hoy el galardn que apetecen. Lo malo es que las
gentes que forman esta capa social son, a mi ver, poco a propsito para
el fallo. Egostas en grado sumo, se dejan arrastrar de la pasin o del
inters del momento. Hasta lo ms excelso y trascendental se subordina a
la moda: ora por moda son creyentes; ora por moda son impos. A la
adulacin se hallan tan propensos como el ms engredo tirano. Y suelen
carecer del buen gusto de que algunos tiranos, protectores de las
letras, han dado pruebas brillantsimas. Bien puede ponerse en duda que
haya habido jams clase media bastante ilustrada para competir en tino,
al proteger la poesa y las dems letras humanas, con Pericles, Augusto,
Mecenas, Bembo, Leon Dcimo, Lorenzo el Magnfico, Luis XIV de Francia y
el Duque de Weimar. Ni s yo, si se ahonda y escudria bien este
negocio, qu cosas tan tiles al linaje humano se hubieron de callar los
protegidos por no incurrir en el desagrado de sus egregios protectores.
Qu prohibira decir, por ejemplo, el Duque de Weimar a Herder,
Wieland, Lessing, Goethe y Schiller? Yo me doy a entender que ellos
dijeron todo lo que quisieron, y que, sin miedo de perder el favor del
amable soberano que los hospedaba y regalaba con generosa magnificencia,
permtaseme lo familiar de la frase, se despacharon a su gusto.

No se opone esto a que Alfieri en general tuviese razn; pero es
menester hacer extensivo su argumento no slo al escritor que se somete
a un prncipe, sino tambin al escritor que al pblico se somete. Por
donde vendr a inferirse que la verdadera independencia y nobleza de
quien escribe est en el propio ser de su alma y no en la circunstancia
exterior de que viva asalariado por un prncipe o por un mercader de
libros que le paga con lo que del pblico cobra.

Sea como sea, en el da este segundo modo de ganar algo con las letras
es el nico posible. Los prncipes no son seores de vidas y haciendas;
apenas se halla tirano, amable o no amable, que pueda disponer de la
fortuna pblica para proteger a los poetas y literatos; y lo ms natural
es que stos se hagan pagar por el pblico su trabajo; porque no se ha
de confundir por ningn estilo el antiguo patrocinio de los prncipes
con lo que hoy se llama proteccin oficial. Esto, por muchas garantas
que se den y por ms exquisitas precauciones que se tomen, tiene todos
los inconvenientes de los otros dos modos de proteccin. En lo tocante a
servilismo baja hasta lo nfimo, pues no se trata ya de adular a los
Mdicis o al distinguido y simptico Duque de Weimar, sino al Ministro,
tal vez zafio y oscuro, al Director, tal vez lego, y acaso, acaso, al
triste Oficial del Negociado. Las elegancias cortesanas, los primores
del estilo, la atildada compostura, que para ganar la proteccin de la
Corte se requeran, estn aqu de sobra. Por todo lo cual entiendo que
de esta proteccin oficial, concedida en virtud de prosaicos
expedientes, slo nace una literatura enfermiza y enteca, como planta
criada en invernculo: libros de pacotilla, sin elevacin ni libertad de
espritu en quien los escribe, y desprovistos adems de aquella
distincin y de aquella pulcritud aristocrticas, que siempre son un
mrito, no existiendo otros de ms sustancia.

As, pues, yo propendo a creer que es intil, si no por todo extremo
nociva, la proteccin oficial a la literatura, y en particular a la
amena, y slo comprendo que proteja y subvencione el Estado ciertas
producciones tan hondas, sutiles y tenebrosas, que se pueda presumir
razonablemente que no cuentan en una nacin, medio culta siquiera, con
un pblico que pase de cien personas, como por ejemplo, un libro de
matemticas sublimes, erizado de frmulas, signos y figuras, y
atiborrado de cifras, misteriosas para el profano. Lo dems, o dgase
novelas, versos, historia, poltica, y hasta filosofa, el pblico debe
pagarlo, y si no lo paga, mejor es que no se escriba o que se escriba de
balde.

Casi se puede afirmar que tal es el caso en Espaa.

Aqu renace la cuestin. Esto es un mal o es un bien? Yo, a pesar de
mis vacilaciones, y a pesar del inters personal que me lleva a creer lo
contrario, creo que es un bien.

Todo el que tiene o imagina tener algo peregrino, bello y nuevo que
decir, de seguro que no se lo calla; lo dice, aunque no se lo paguen.
Por decirlo es muy capaz de pagarlo, si tiene dineros. Hay mayor
hechizo que el de que nos escuchen o nos lean? Fiado en este hechizo,
traz Leopardi el gracioso y lucrativo proyecto de una compaa o
sociedad de oyentes, que se hara pagar por or a los autores. El
filsofo que inventa un sistema, el vidente que percibe al numen
agitando su alma, y el poeta a quien el estro hiere y aguija con
invencible bro, escribirn sus filosofas, sus poesas y sus visiones,
aunque nada les valgan. El escribir entonces ser de veras sacerdocio:
algo de devotsimo y sagrado que no se tomar por oficio. Se escribirn
pocos libros medianos. Slo se escribirn algunos buenos.

Y se escribirn muchos psimos, por los alucinados de la gloria; pero
esto no obsta, porque el ri del olvido los arrastrar en su corriente,
a poco de haber salido a luz y sin dejar huella ninguna.

De que los libros no valgan dinero resultar que todos aquellos hombres
de entendimiento, que sirven para algo, harn mil cosas tiles y no
escribirn. Slo escribirn los verdaderamente inspirados, los amantes
de la gloria, los punzados e impelidos por el estro, los que tienen algo
grande y nuevo que decir, o el que absolutamente no sirve para nada, y,
como ha seguido carrera literaria, se hace escritor, desesperado de no
poder ser otra cosa y para consolacin en su desventura.

Infiero yo de aqu que no reflexionan derechamente los que, llenos de
terror de que haya tanto letrado en Espaa, dicen que deben dificultarse
las carreras a fin de que muchos tomen oficio o se empleen en ms
humildes menesteres; porque nuestras aficiones hidalgas o seoriles no
lo consentirn nunca; y, si el que estudia algo, aunque sea poco, se
convierte hoy en autor, cuando no estudie nada, y no espere regalo y
favor de las musas, como ya hacen muchos que no han cursado en las
Universidades, se convertir en hacendista, y las cosas empeorarn. Un
poeta, por perverso que sea, es al cabo menos daino que cualquiera
aspirante a ministro de Hacienda, o a banquero o a director del Tesoro.

El argumento no vale, sin embargo, sino para probar que no son dainos
los muchos autores, y no para excitar a que se paguen sus obras.

Donde stas se pagan bien, por lo rico y ms prspero del pueblo para
quien se escriben, hay que lamentar hoy cierta pltora. As en
Inglaterra. Tauchnitz, editor de Leipzig, hace una edicin de autores
ingleses, contemporneos los ms. Es de presumir que slo publica lo
mejor. Su biblioteca o coleccin, no obstante, consta ya de mucho ms de
mil volmenes. Convengamos en que esto pone grima. Es posible que el
espritu humano, por frtil que sea, tenga suficientes primores,
novedades y lindezas que decir, para llenar tantos volmenes, o habr
harto de repeticiones y de palabrera? Lo confieso: al ver esta viciosa
lozana, esta intrincada selva o matorral de libros, que nacen donde se
pagan, casi me avengo a que no se paguen aqu o se paguen mal, a fin de
que slo escriban los que por ilusin sanda se creen _genios_, o los
que tienen algo de _genios_ y no pueden menos de escribir. Los libros de
aqullos pasarn y los pocos de stos quedarn, como conviene que
queden, sin confundirse en el frrago insulso de tanto como por oficio
se escribe.

Por otra parte, donde no valen dinero las obras literarias, los autores
no suelen ser tan prolijos en escribir, y esto es gran ventaja. Aunque
yo disto infinito de ser profundo, venero la profundidad, si bien me
guardo de confundir lo profundo con lo difuso. Y cierto que hoy se peca
gravemente en esto, donde los libros valen. Hay, verbigratia, una
Historia de Inglaterra, que se toma por modelo. No empieza la narracin
sino doscientos aos ha. El autor muri dejando escritos, en unos ocho
tomos de la citada edicin de Tauchnitz, ocho aos sobre poco ms o
menos de dicha historia. Para escribirla toda hasta hoy hubiera sido
menester en el autor la facilidad del Tostado y la vida de Matusalen, a
fin de escribir doscientos tomos. Y hasta para leer toda la historia uno
que no leyese muy de priesa tendra que consumir lo mejor de su vida.

Si estas razones tengo para no sentir que el oficio de escritor sea bien
retribuido, no faltan razones desinteresadas para desear que lo sea. Y
es una de gran peso el considerar que no se logra escribir bien y sacar
a luz obras inmortales con larga meditacin y estudio, sino que las
mejores obras suelen brotar de repente, y el autor las produce como por
milagro y caso divino, escribiendo veinte cosas malas o medianas antes
de atinar con una buena.

En los terrenos feraces, si se siembra trigo y se cultiva bien, el trigo
nace en abundancia; pero no dejan de nacer cizaa y otras yerbas
perniciosas; y, sin embargo, no es razn que, a fin de evitar que la
cizaa nazca, se quede por cultivar el terreno y no se eche en l buena
simiente. Ya vendr en su da y sazn quien escarde el haza o sembrado,
y arranque lo que all ha nacido de ms, a fin de que el trigo crezca,
medre y cunda sin ahogo.

Esto, en las letras, lo hace la crtica. Porque yo me figuro, pongo por
caso, que haba de haber un sin nmero de cantos o narraciones populares
sobre la guerra de Troya, y que sin duda algn sabio discreto desech lo
ms y escogi lo menos y ms hermoso, y, enlazndolo entre s con
artificio y orden, compuso los maravillosos poemas de la Ilada y de la
Odisea. Y del gran moralista antiqusimo de los chinos, no ya por
presuncin se colige, sino que a ciencia cierta se sabe, que de fatigosa
cantidad de sentencias, eliminando muchas, ya por vanas y frvolas, ya
por repetidas, reuni lo mejor y ms sustancioso, y esto le dio la fama,
el crdito y la autoridad semidivina de que l goza entre los de su
nacin y casta, con provecho y bienandanza de todos.

Por este lado, pues, yo me inclino a desear que se escriba mucho, aunque
se nos antoje que no es de mrito, porque sin tanta rapsodia no hubiera
salido la Ilada, y sin tanta sentencia no hubiera podido extraer las
suyas el sabio Confucio.

En Espaa, dejando en suspenso el decir si es bien o mal, ya que en mi
entender para todo hay razones, se escribe poco en proporcin de lo que
en otros pases se escribe. Y aun de eso poco que se escribe en Espaa,
no suele ser lo peor lo que, por incuria o falta de estmulo, queda
indito o pasa ignorado.

Notable prueba de lo que digo pudieran dar bastantes varones ilustres,
que ocuparon las sillas de esta Academia, cuyas obras, de gran
importancia unas, y otras de sabrossima lectura, andan perdidas en los
peridicos, o existen manuscritas y expuestas a perecer, sin que nadie
las imprima y publique en coleccin: as, por ejemplo, los escritos de
D. Agustn Durn, de D. Antonio Alcal Galiano, de D. Jos Joaqun de
Mora y de otros.

Los espaoles son ms aficionados al tumulto del espectculo pblico que
a la soledad y al retiro, y ms se avienen con emplear los odos en
escuchar, que los ojos en leer las creaciones del ingenio, por donde
ste suele mostrarse, mejor que en el libro, en el teatro y en la
tribuna. De aqu que nuestra Academia elija gran parte de sus individuos
entre los autores dramticos y los oradores.

De los ltimos hay varios que apenas han dejado escritos, por faltarles
tiempo y aliciente para escribir, si bien por lo poco que dejaron es
fcil rastrear y columbrar cunto hubieran acertado al hacerlo, si con
afn hubiesen dedicado a tales tareas las altas prendas de escritores
que los adornaban. Valga como muestra la bellsima cita, hecha por el
Conde de Casa-Valencia en el discurso a que contesto, de un artculo del
Sr. Ros Rosas, _La mujer de Canarias_, nica produccin en prosa, que a
ms del discurso de recepcin aqu, confieso conocer, como trabajo
meramente literario, de tan eminente republico y tribuno.

El nuevo Acadmico, a quien tengo la honra de contestar, se cuenta entre
aquellos que vienen principalmente aqu a ttulo de oradores, como
Pacheco, Olzaga, Gonzalez Bravo y el citado Ros Rosas.

Su elocuencia parlamentaria y didctica es harto digna de este premio.
Fcil y discreto en cuanto dice, une el Conde, a la elegancia de la
frase, la nitidez, la correccin y el mtodo, que valen tanto para
hacerse comprender; la amenidad y la gracia, que atraen al auditorio y
ganan las voluntades; la firmeza que infunde el convencimiento; y la
circunspeccin, la mesura y el sereno reposo, que cuadran y se ajustan
tan bien con la ndole del hombre de Estado.

Pero el nuevo Acadmico no ha lucido slo en las Asambleas polticas las
dotes que como orador le distinguen, sino que, durante tres aos, ante
numeroso y complacido concurso, ha dado en el Ateneo interesantes
lecciones sobre _La libertad poltica en Inglaterra_, las cuales, con
aplauso general y no escaso fruto de los que estudian seriamente la
poltica, corren impresas en tres volmenes. En ellos, a ms de campear
las excelencias que ya he encomiado, se atesoran no pocas noticias
histricas, para la generalidad de nuestros compatriotas desconocidas, y
muchas advertencias y mximas, sacadas con tino y agudeza de los mismos
hechos que se refieren.

Entre otros trabajos del Conde, es muy de alabar adems uno bastante
extenso, publicado en la _Revista de Espaa_, con el ttulo de _La
embajada de Don Jorge Juan en Marruecos_, en el cual, no slo se
descubren excelentes condiciones del estilo propio para la narracin
histrica, sino la aptitud didctica, sesuda y reflexiva de que el autor
da tantas seales en las precitadas lecciones.

De su discurso de recepcin sera petulancia en m el hacer aqu
panegrico. Cul mejor que vuestro aplauso? Qu prueba ms clara de su
mrito que el deleite e inters incesante con que le habis odo?

Grande es mi deseo de contestar dignamente a dicho discurso; pero ni la
premura del tiempo, ni las dolencias y graves disgustos, que en estos
das me han aquejado, ni mi falta de serenidad y de paz interior,
habran de consentirlo, aunque la pobreza de mi erudicin y la cortedad
de mi entendimiento no lo estorbasen.

El tema sobre que versa el discurso no puede serme ms simptico; pero
esto no basta.

Con ocasin de que las mujeres se complacen ahora en asistir a estas
reuniones, encarece mi amigo y compaero la capacidad que hay en ellas
para el cultivo de las letras y cun til y conveniente es que las
cultiven. En todo esto mi mente se halla en perfecta consonancia con la
suya. Nada dira yo, aunque supiera decirlo, para invalidar sus razones.
Lo poco que yo aada ser para esforzarlas.

El ser espiritual de la mujer no me parece, con todo, igual al del
hombre, sino radicalmente distinto. Lo que el espritu de ellas concibe
sera, a mi ver, monstruoso, si no diese seales de que es de mujer. Mas
esta desigualdad no implica diferencia de valer, ni presupone
inferioridad mucho menos. La diferencia est en las condiciones y
calidades: en algo que se siente de un modo confuso y que es difcil de
determinar y de expresar.

Pero la diferencia existe, y, aunque no sea ms que por esta diferencia,
deben escribir las mujeres. Si slo escriben los hombres, la
manifestacin del espritu humano se dar a medias: slo se conocer
bien la mitad del pensar y del sentir de nuestro linaje. En los pueblos
donde la mujer vive envilecida en la servidumbre, y no se la deja
educarse y saber, la civilizacin no llega jams a completo
florecimiento: antes de llegar, se corrompe o se marchita. Es como si al
alma colectiva de la nacin o casta donde esto ocurre se le cortase una
de las alas. Es como ser vivo que tiene la mitad de su organismo
atrofiado o inerte por la parlisis.

Si el alma de la mujer es diferente de la nuestra, hasta en la operacin
ms inmaterial debe notarse. Y yo creo justo y consolador sostener esta
diferencia. Si yo cayese en la tentacin de hacerme espiritista y de dar
fe a la _palingenesia_, _metempscosis_, o como quiera llamarse,
imaginando que renacemos en otros astros y mundos de los que pueblan el
ter insondable, entendera que la mujer siempre quedaba mujer; pues
tendra yo una desazn grandsima si me volviese a hallar, en Urano o en
Jpiter, con la linda seora, a quien hubiese amado en nuestro planeta,
aunque fuese de un amor ms platnico que el de Petrarca por Laura,
convertida en caballero o en algo equivalente, segn los usos de por
all.

No puede ser mero accidente orgnico el ser de un sexo o de otro, sino
calidad esencial del espritu que informa el cuerpo.

Repito, no obstante, que no implica esto que se d inferioridad en las
mujeres, ni en el alma ni en los rganos que la sirven. Los espaoles
nos hemos inclinado siempre a creerlas superiores en todo. El sublime
concepto que de ellas tenemos se cifra en cierta sentencia que Calderon,
no una, sino varias veces, pone en boca de sus galanes:

      Que si el hombre es breve mundo,
    la mujer es breve cielo.

Recuerdo que Juan de Espinosa, en cierto _dilogo_ que escribi _en
laude de las mujeres_, titulado _Ginaecepaenos_, se extrema en ponderar
lo superiores que son en todo las mujeres, valindose para ello de las
doctrinas escolsticas, de la historia, de la teologa y de los
argumentos ms raros y sutiles. Dice, por ejemplo, con _darwinismo_
proftico y piadoso, que Dios sac de lo menos acabado y perfecto lo ms
perfecto y acabado. Del hombre sac a la mujer, no sin menoscabo y
detrimento, pues que le sac una costilla; y de la mujer, sin detrimento
ni menoscabo alguno, sac un perfectsimo bacn, en quien quiso
humanarse. Otra observacin no menos curiosa del _Ginaecepaenos_ es que
el hombre fue creado por Dios en cualquiera parte, mientras que a la
mujer la cre Dios en el Paraso.

Dejando a un lado estas cuestiones, sobrado profundas, digo que la
mujer, aun cuando no escriba, influye benficamente inspirando lo mejor
de cuanto se escribe. Qu poesa, qu drama, qu leyenda, qu novela,
no tiene por asunto principal el amor de la mujer? Inspirado por su amor
y deseoso de conquistar su amor, canta casi siempre el poeta. Mas no
contentas las mujeres con tanta gloria, no satisfechas de inspirar slo,
han querido y debido escribir tambin, a fin de que una de las faces de
nuestro espritu, colectivamente considerado, no quede en la sombra, sin
dejar rastro y sin dar razn permanente de s.

El nuevo acadmico, concretndose a nuestra patria, ha hablado con
elogio merecido y ha hecho el recuento de las mejores escritoras que
enriquecen el idioma castellano con sus producciones.

Es evidente que, en un discurso que por fuerza no ha de extenderse
demasiado, no puede esto hacerse por completo. Espaa ha sido tierra
fecundsima en escritoras, y el Conde de Casa-Valencia ha tenido que
hablar poco de las que ha hablado y que dejar de hablar de muchas.

Con ms reposo y tiempo, que los que tengo ahora, no me sera difcil,
ya que no completar, aadir algo, citando otras autoras de la poca
cristiana, y hasta hablando de las poetisas muslmicas, que las hubo en
gran nmero y muy notables.

Un compaero nuestro, el acadmico correspondiente D. Gumersindo
Laverde, pronto, por dicha, llenar este vaco. S que rene noticias
con diligencia, y que escribe sobre el asunto. Yo espero que Dios mejore
su quebrantada salud, as por lo mucho que estimo y quiero a tan
laborioso, entendido y modesto amigo, como para que el pblico goce del
libro que acerca de las escritoras espaolas est componiendo, y que
ser de seguro bueno y provechoso; como toda obra suya.

Quisiera yo, no obstante, aadir aqu algo, sobre lo que ha dicho el Sr.
Conde, en alabanza de nuestra gran poetisa doa Gertrudis Gomez de
Avellaneda; pero temo repetir lo que ya en algunos escritos mos, a que
me remito, dije de sus obras lricas y de alguna dramtica.

La premura del tiempo me incita adems a no hablar de la gran poetisa,
para consagrarme todo, en lo que puedo decir an sin fatigar vuestra
atencin, a otra mujer, a otra poetisa harto ms asombrosa, hija de
nuestra Espaa y una de sus glorias mayores y ms puras; la cual, aun
considerndolo todo profanamente, me atrevo a decir, sin pecar de
hiperblico, que vale ms que cuantas mujeres escribieron en el mundo.

Mi pluma tal vez la ofenda por torpe e inhbil; pero mi intento es sano
y de vivo entusiasmo nacido. Mi admiracin y mi devocin son tales, que
si respondiese mi capacidad a mi afecto, dira yo algo digno y grande en
su elogio.

Bien pueden nuestras mujeres de Espaa jactarse de esta compatriota y
llamarla sin par. Porque, a la altura de Cervantes, por mucho que yo le
admire, he de poner a Shakspeare, a Dante, y quizs al Ariosto y a
Camons; Fenelon y Bossuet compiten con ambos Luises, cuando no se
adelantan a ellos; pero toda mujer, que en las naciones de Europa, desde
que son cultas y cristianas, ha escrito, cede la palma y aun queda
inmensamente por bajo, comparada a Santa Teresa.

Y no la ensalzo yo como un creyente de su siglo, como un fervoroso
catlico, como los santos, los doctores y los prelados sus
contemporneos la ensalzaban. No voy a hablar de ella impulsado por la
fe poderosa que alentaba a San Pedro Alcntara, a San Francisco de
Borja, a San Juan de la Cruz, al venerable Juan de Avila, a Baes, a
Fray Luis de Leon, al Padre Gracian, y a tantas otras lumbreras de la
Iglesia y de la sociedad espaola, en la edad de oro de nuestra
monarqua; ni con el candor con que la amaban y veneraban todos aquellos
sencillos corazones que ella rob con su palabra y con su trato para
drselos a su Esposo Cristo; sino desde el punto de vista de un hombre
de nuestro tiempo; incrdulo tal vez; con otros pensamientos, con otras
aspiraciones, y, como ahora se dice, con otros ideales.

En verdad que no es este el punto de vista mejor para hablar de la
Santa; pero yo apenas puedo tomar otro. No hay mtodo adems que no
tenga sus ventajas.

Para las personas piadosas es intil que yo me esfuerce. Por razones ms
altas que las mas, comparten mi admiracin. Y en dicho sentido, nada
acertara a escribir yo que ya no hubiesen escrito tantos telogos y
doctores catlicos de Espaa, Alemania, Francia, Italia y otras
naciones, devotos todos de la admirable monja de Avila, y que, en
diversas lenguas y en pocas distintas, elogiaron sus virtudes, contaron
su vida y difundieron su inspirada enseanza.

Aunque este escrito mo no fuese improvisado, aunque me diesen aos y no
horas para escribirle, nada nuevo podra aadir yo de noticias
biogrficas, bibliogrficas y crticas, despus de la edicin completa
de las obras de la Santa, hecha por D. Vicente de la Fuente, con
envidiable amor, con afanoso esmero y con saber profundo.

Vome, pues, reducido a tener que hablar de la Santa slo como profano
en todos sentidos.

Mis palabras no sern ms que una excitacin para que alguien, con la
ciencia y el reposo de que carezco, no en breve disertacin sino en
libro, exponga por el mtodo que hoy priva aquella doctrina suya, que
Fray Luis de Leon llamaba _la ms alta y ms generosa filosofa que
jams los hombres imaginaron_.

Algo de esto ha hecho, para vergenza nuestra, un escritor francs,
Pablo Rousselot, en libro que titula _Los msticos espaoles_, donde, si
deja mucho que desear, an nos da ms que agradecer, ya que ha sido el
primero en tratar el asunto como filsofo, moviendo a algunos espaoles,
a par que a impugnarle y completarle, a imitarle y a seguir sus huellas.
Tales son un distinguido compaero nuestro, que no nombro, porque est
presente y ofendera su modestia, y el filsofo espiritualista de Bjar,
D. Nicomedes Martn Mateos, a quien me complazco en mentar aqu y con
cuya buena amistad me honro.

La dificultad de decir algo nuevo y atinado de Santa Teresa crece al
considerar lo fecundo y vario de su ingenio y la multitud de sus
escritos; y ms an si tenemos en cuenta que su filosofa; _la ms alta
y ms generosa_, no es mera especulacin, sino que se trasforma en
hechos y toda se ejecuta. No es misticismo inerte, egosta y solitario
el suyo, sino que desde el centro del alma, la cual no se pierde y
aniquila abrazada con lo infinito, sino que cobra mayor aliento y poder
en aquel abrazo; desde el xtasis y el arrobo; desde la cmara del vino
donde ha estado ella regalndose con el Esposo, sale, porque l le
_ordena la caridad_, y es Marta y Mara juntamente; y embriagada con el
vino suavsimo del amor de Dios, arde en amor del prjimo y se afana por
su bien, y ya no _muere porque no muere_, sino que anhela vivir para
serle til, y padecer por l, y consagrarle toda la actividad de su
briosa y rica existencia.

Pero aun prescindiendo aqu de la vida activa de la Santa y hasta de los
preceptos y mximas y exhortaciones con que se prepara a esta vida y
prepara a los que la siguen, lo cual constituye una admirable suma de
moral y una sublime doctrina asctica, cunto no hay que admirar en los
escritos de Santa Teresa!

Divertida y embelesada la atencin en tanta riqueza y hermosura como
contienen, no sabe el pensamiento dnde fijarse, ni por dnde empezar,
ni acierta a poner orden en las palabras.

A fin de decir, sin emplear muchas, algo digno de esta mujer, sera
necesario, aunque fuese en grado nfimo, poseer una sombra siquiera de
aquella inspiracin que la agitaba y que mova al escribir su mente y su
mano; un asomo de aquel estro celestial de que las sencillas hermanas,
sus compaeras, daban testimonio, diciendo que la vean con grande, y
hermoso resplandor en la cara, conforme estaba escribiendo, y que la
mano la llevaba tan ligera que pareca imposible que naturalmente
pudiera escribir con tanta velocidad, y que estaba tan embebida en ello
que, aun cuando hiciesen ruido por all, nunca por eso lo dejaba ni
deca la estorbasen.

No traigo aqu esta cita como prueba de milagro, sino como prueba
candorosa de la facilidad, del tino, del inexplicable don del cielo con
que aquella mujer, que no saba gramtica, ni retrica, que ignoraba los
trminos de la escuela, que nada haba estudiado en suma, adivinaba la
palabra ms propia, formaba la frase ms conveniente, hallaba la
comparacin ms idnea para expresar los conceptos ms hondos y sutiles,
las ideas ms abstrusas y los misterios ms recnditos de nuestro ntimo
ser.

Su estilo, su lenguaje, sin necesidad del testimonio de las hermanas, a
los ojos desapasionados de la crtica ms fra, es un milagro perpetuo y
ascendente. Es un milagro que crece y llega a su colmo en su ltimo
libro; en la ms perfecta de sus obras: en _El Castillo interior o las
Moradas_.

La misma Santa lo dice: _El platero que ha fabricado esta joya sabe
ahora ms de su arte_. En el oro fino y aquilatado de su pensamiento,
cun diestramente engarza los diamantes y las perlas de las revelaciones
divinas! Y este diestro artfice era entonces, como dice el Sr. La
Fuente, una anciana de sesenta y dos aos, maltratada por las
penitencias, agobiada por enfermedades crnicas, medio paraltica, con
un brazo roto, perseguida y atribulada, retrada y confinada en un
convento harto pobre, despus de diez aos de una vida asendereada y
colmada de sinsabores y disgustos.

As escribi su libro celestial. As, con infalible acierto, emple las
palabras de nuestro hermoso idioma, sin adorno, sin artificio, conforme
las haba odo en boca del vulgo, en explicar lo ms delicado y oscuro
de la mente; en mostrarnos, con poderosa magia, el mundo interior, el
cielo empreo, lo infinito y lo eterno, que estn en el abismo del alma
humana, donde el mismo Dios vive.

Su confesor el Padre Gracian y otros telogos, con sana intencin sin
duda, tacharon frases y palabras de la Santa y pusieron glosas y otras
palabras; pero el gran maestro en teologa, en poesa y en habla
castellana, Fray Luis de Leon, vino a tiempo para decir que se podran
excusar las glosas y las enmiendas, y para avisar a quien leyere _El
Castillo interior_ que lea como escribi la Santa Madre, que lo
entenda y deca mejor, y deje todo lo aadido; y lo borrado de la letra
de la Santa delo por no borrado, si no fuere cuando estuviere enmendado
o borrado de su misma mano, que es pocas veces. Y en otro lugar dice el
mismo Fray Luis, en loor de la escritora, y censurando a los que la
corrigieron: Que hacer mudanza en las cosas que escribi un pecho en
quien Dios viva, y que se presume le mova a escribirlas, fue
atrevimiento grandsimo, y error muy feo querer enmendar las palabras,
porque, si entendieran bien castellano, vieran que el de la Madre es la
misma elegancia. Que, aunque en algunas partes de lo que escribe, antes
que acabe la razn que comienza, la mezcla con otras razones, y rompe el
hilo comenzando muchas veces con cosas que ingiere, mas ingirelas tan
diestramente y hace con tan buena gracia la mezcla, que ese mismo vicio
le acarrea hermosura.

Entiendo yo, seores, por todo lo expuesto, y por la atenta lectura de
los libros de la Santa, y singularmente de _El Castillo interior_, que
el hechizo de su estilo es pasmoso, y que sus obras, aun miradas slo
como dechado y modelo de lengua castellana, de naturalidad y gracia en
el decir, debieran andar en manos de todos y ser ms ledas de lo que
son en nuestros tiempos.

Tuve yo un amigo, educado a principios de este siglo y con todos los
resabios del enciclopedismo francs del siglo pasado, que lea con
entusiasmo a Santa Teresa y a ambos Luises, y me deca que era por el
deleite que le causaba la diccin de estos autores; pero que l
prescinda del sentido, que le importaba poqusimo. El razonamiento de
mi amigo me pareca absurdo. Yo no comprendo que puedan gustar frases,
ni perodos, por sonoros, dulces o enrgicos que sean, si no tienen
sentido, o si de sentido se prescinde por anacrnico, enojoso o pueril.
Y sin callarme esta opinin ma, y mostrndome entonces tan poco
creyente como mi amigo, afirmaba yo, que as en las obras de ambos
Luises, como en las de Santa Teresa, aun renegando de toda religin
positiva, aun no creyendo en lo sobrenatural, hay todava mucho que
aprender, y no poco de que maravillarse, y que, si no fuese por esto, el
lenguaje y el estilo no valdran nada, pues no se conciben sin
pensamientos elevados y contenido sustancial, y sin sentir conforme al
nuestro, esto es, humano y propio y vivo siempre en todas las edades y
en todas las civilizaciones, mientras nuestro ser y condicin natural
duren y persistan.

Pasando de lo general de esta sentencia a su aplicacin a las obras de
la Santa, qu duda tiene que hay en todas ellas, en la _Vida_, en _El
Camino de perfeccin_, en los _Conceptos de amor divino_ y en las
_Cartas_ y en _Las Moradas_, un inters inmortal, un valer imperecedero,
y verdades que no se negarn nunca, y bellezas de fondo, que las
bellezas de la forma no mejoran sino hacen patentes y visibles?

La teologa mstica, en lo esencial, y dentro de la ms severa ortodoxia
catlica, tena que ser la misma en todos los autores; pero cunta
originalidad y cunta novedad no hay en los mtodos de explicacin de la
ciencia? Qu riqueza de pensamientos no cabe y no se descubre en los
caminos por donde la Santa llega a la ciencia, la comprende y la ensea
y declara? Para Santa Teresa es todo ello una ciencia de observacin,
que descubre o inventa, digmoslo as, y lee en s misma, en el seno ms
hondo de su espritu, hasta donde llega, atravesando la oscuridad,
iluminndolo todo con luz clara, y estudiando y reconociendo su ser
interior, sus facultades y potencias, con tan aguda perspicacia, que no
hay psiclogo escocs que la venza y supere.

Rousselot concede a nuestros msticos, y sobre todo a Santa Teresa, este
gran valor psicolgico: la compara con Descartes: dice que Leibnitz la
admiraba; pero Rousselot niega casi la trascendencia, la virtud, la
inspiracin metafsica de la Santa.

Puntos son estos tan difciles, que ni son para tratados de ligera, ni
por pluma tan mal cortada e inteligencia tan baja como la ma.

Me limitar slo a decir, no que s y demuestro, sino que creo y
columbro en _Las Moradas_, la ms penetrante intuicin de la ciencia
fundamental y trascendente; y que la Santa, por el camino del
conocimiento propio, ha llegado a la cumbre de la metafsica, y tiene la
visin intelectual y pura de lo absoluto. No es el estilo, no es la
fantasa, no es la virtud de la palabra lo que nos persuade, sino la
sincera e irresistible aparicin de la verdad en la palabra misma.

El alma de la Santa es un alma hermossima, que ella nos muestra con
sencillo candor: esta es su psicologa: pero, hundindose luego la Santa
en los abismos de esa alma, nos arrebata en pos de s, y ya no es su
alma lo que vemos, sin dejar de ver su alma, sino algo ms inmenso que
el ter infinito, y ms rico que el universo, y ms luminoso que un mar
de soles. La mente se pierde y se confunde con lo divino; mas no queda
all aniquilada e inerte; all entiende aunque es pasiva; pero luego
resurge y vuelve al mundo pequeo y grosero en que vive con el cuerpo,
corroborada por aquel bao celestial, y capacitada y pronta para la
accin, para el bien y para las luchas y victorias que debe empear y
ganar en esta existencia terrena.

Lo que la Santa escribe como quien cuenta una peregrinacin misteriosa,
lo que refiere como refiere el viajero lo que ha visto, cuando vuelve de
su viaje, no ganara, a mi ver, reducido a un orden dialctico: antes
perdera; pero sera, sin duda, provechoso que persona hbil acertase a
hacer este estudio para probar que hay una filosofa de Santa Teresa.

Yo, seores acadmicos, deseoso de responder pronto y lo menos mal que
pudiera a mi pariente y amigo, me compromet para hacerlo hoy, sin
contar con los males y desazones que en estos das han cado sobre m.
He tenido poco tiempo de que disponer: tres das no ms, por esto he
sido ms desordenado e incoherente que de costumbre. Vosotros, con
vuestra indulgencia acostumbrada, me lo perdonareis. As me lo perdone
tambin este escogido auditorio, y el pblico luego.

La misma priesa me ha hecho ser ms extenso de lo que pensaba. Para
decir algo sin escribir o hablar mucho, se requiere o tiempo y
meditacin, o gran bro de la mente: y todo me ha faltado.

Por dicha, el Conde de Casa-Valencia, con el discurso que ley antes,
recompens, con paga adelantada y no viciosa, la paciencia que
gastasteis en orme; y no dudo que seguir pagando este favor,
auxilindonos en nuestras tareas, con la discrecin y laboriosidad que
le son propias y con la erudicin y el ingenio de que nos ha dado hoy
gallarda muestra.




SOBRE EL FAUSTO DE GOETHE

_Den lieb' ich, der Unmgliches begehrt._

(FAUSTO, segunda parte, acto II.)


Difcil es decir algo nuevo y bueno sobre Goethe, de quien tanto se ha
escrito. Hacer aqu un extracto de juicios y opiniones de otros, no nos
parece bien, y no se aviene adems con la condicin de nuestra tarea,
que ha de ser breve, no ha de abarcar en su totalidad a Goethe y sus
obras, y ha de concretarse a una: el FAUSTO. Sin embargo, aunque no
publicamos el FAUSTO completo, sino la primera parte, no es posible
hablar de ella sin hablar de la segunda, ni es posible tampoco hablar de
todo el poema sin dar alguna noticia sobre el ingenio, los estudios, la
ndole y dems prendas del autor de dicha obra, la ms importante, sin
duda, de cuantas Goethe compuso, y aquella por la cual vino a ser ms
ilustre, y a merecer ms alabanzas y aplausos en todas las naciones
civilizadas.

No hablaremos, pues, exclusivamente del FAUSTO; pero del FAUSTO
hablaremos principalmente; y, procurando prescindir de los juicios
extraos, tal vez se logre que los propios tengan alguna novedad, sin
que, por el prurito de buscarla, nos extraviemos.

EL FAUSTO es una obra dramtica, y la primera parte, con el arreglo
indispensable para la escena, se representa en los teatros alemanes;
pero, as dicha primera parte aislada, como el conjunto que de ambas
tragedias o partes resulta, aspiran a tener muy superior importancia.

No basta para calificar el todo afirmar que es un poema. Toda narracin
o accin escrita en verso es poema tambin. Para determinar aquello a
que el FAUSTO aspira, se requiere una previa explicacin.

En la aurora de toda cultura humana, antes de que hubiese grandes
ciudades y de que se edificasen y aun se inventasen teatros, naci la
poesa; naci quiz al nacer el habla; y la poesa fue de dos modos
principales: lrica y pica. Un himno, un cantar, una mera copla, donde
el autor muestra su amor, su veneracin, su ira, o donde nos trasmite la
expresin que del mundo exterior recibe, o donde expresa sus deseos,
temores o esperanzas, se llama poesa lrica: y se llama pica cuando
cuenta el poeta batallas, lances de amor y fortuna, sucesos, en fin, de
la vida de los hombres.

Ya se entiende que la tal divisin es muy posterior a lo dividido. Hubo
poesa lrica y pica siglos antes de que a nadie se le ocurriese
distinguir los gneros con los nombres que aqu les damos, o con otros.

Es de advertir asimismo, que, en la manera de hacer la demarcacin y
deslinde de ambos gneros, ha habido graves diferencias, segn el punto
de vista de los crticos en esta poca o en aqulla.

No satisface, a la verdad, decir que lo narrativo es pico, y lrico lo
no narrativo. Odas, canciones, idilios, glogas hay, donde se cuentan
hechos, y nadie afirma resueltamente que sean picas tales
composiciones. Se dan romances, cnticos triunfales, epitalanios, himnos
en loor de dioses, semidioses, hroes o santos, donde tambin se narra,
y no son picos puros. Llamar pico-lricas a estas poesas porque
tienen en s los dos caracteres, no resuelve la dificultad. Dentro de la
epopeya ms tenida por epopeya, hay a veces mucho lirismo.

La existencia de uno y otro gnero es evidente; pero no aquieta al
espritu el poner por fundamento de la distincin algo de tan externo
como el narrar o el no narrar. Qu poesa no narra? En qu obra
escrita no se cuenta algo, a no imaginarla compuesta de ayes, suspiros e
interjecciones?

Lo pico, por consiguiente, quiz se pueda distinguir con ms
profundidad de lo lrico, si en este ltimo gnero vemos la personalidad
del poeta, su singular inspiracin, y en el otro gnero consideramos al
poeta como sabio popular, archivo con voz y con vida, y peregrino
observador y colector, que recoge, guarda y enlaza en el tesoro de su
memoria, y divulga luego, las tradiciones heroicas y religiosas, las
ideas sobre el universo y los dioses, y cuantas doctrinas, en suma, todo
pueblo impersonalmente ha ido creando en el rbol de las civilizaciones.

En este caso, los libros sagrados, seran picos, y ms an, los de
aquellos pases donde estos libros no se forjan y custodian en el seno
de una carta sacerdotal, sino que nacen espontneamente, y por impulso
impremeditado y divino, del seno de la muchedumbre. Y en este caso, no
seran picos slo los poemas que narran, sino tambin los que ensean,
ya toda una religin, ya toda una moral, ya por medio de reglas o
sentencias desligadas y por estilo de refranes, con tal de que se pierda
o se exfume la personalidad del poeta, y el contenido sustancial de la
obra aparezca como dictado por el pueblo mismo o por un numen que viene
a ser la propia conciencia del pueblo, la cual toma ser en la fantasa
como persona superior y del cielo.

En el principio de toda civilizacin, el vivir del pueblo, aparece
heroico y divino, esto es, consiste en empresas guerreras, en aventuras
y en hazaas, donde intervienen los dioses (que viven entonces
confundidos con los mortales y que se apasionan por ellos); como
auxiliares unos y como contrarios otros; de donde resulta el carcter
distintivo de la poesa pica, aquello que constituye la unidad de todo
gran conjunto o poema. Este carcter es guerrero y religioso a la vez y
por lo comn el argumento del poema, viene a ser una empresa feliz del
pueblo para quien se escribe, cuyas virtudes, excelencias y energas
capitales, estn cifradas y personificadas en un hroe castizo, de su
raza, si bien con no poco de Dios, engendro, concepcin o encarnacin de
alguna deidad, como Aquiles o Rama.

La epopeya, as entendida, requiere, como se ve, el momento dichoso en
que aparece el entendimiento colectivo de un pueblo: es la primera flor
de su cultura, y pide para abrirse la primavera. Y siendo adems
indispensable, a fin de que la epopeya logre vida inmortal y clara, gran
primor de forma y nitidez y flexibilidad de expresin, es indispensable
tambin, la rarsima coincidencia de que, en ese momento inicial, en ese
florecer intuitivo de la inteligencia y de la fantasa de la
muchedumbre, posea sta un idioma formado, rico y hermoso, como
aconteci en Grecia, cuando surgi por vez primera la _Ilada_ o fueron
apareciendo los diversos cantos de que ms tarde hubo de tejerse toda
ella.

De aqu que se cuenten muy pocas epopeyas con esta perfeccin genuina y
legtima. En unas, la rudeza o deformidad del lenguaje afea torpemente
la obra, y no permite que su beldad interior se exprese con limpieza y
bro. En otras, cuando el pueblo no ha de lograr en lo futuro un alto
desarrollo intelectual, tampoco se dan los grmenes al principio, y de
aqu lo vano o rastrero del contenido pico. Y en otras, interviene una
casta superior sacerdotal, o si no casta, congregacin o clase, que
quita a la epopeya mucho de lo popular, espontneo y candoroso. En suma,
es difcil o fue difcil que la epopeya, as entendida, se diese de un
modo digno. Apenas se pueden contar ms que las homricas.

Importaba, adems, que el pueblo, donde la epopeya iba a nacer, tuviese
el germen de una gran civilizacin propia, no ofuscada por recuerdos
distintos de otra civilizacin pasada o extraa; y que, si algo o mucho
tomaba de otras civilizaciones, fuese con tal bro plasmante, con tal
fuerza de asimilacin, que lo disolviese todo, mezclndolo con el jugo
de sus entraas, y que todo lo derritiese y fundiese con su calor
natural, y que luego esta masa, fundida y hecha sustancia propia, la
vaciase en molde, propio tambin, de donde saliera a luz, reluciente,
nueva, con forma adecuada y castiza, y con sello peculiar, indeleble.

De esta suerte puede afirmarse con fundamento que la Minerva griega
sali grande y armada, del cerebro de Homero; esto es, que filosofa,
historia, ideas religiosas y polticas, artes de la guerra y de la paz,
teatro, todo, en una palabra, se muestra, no ya slo como germen
fecundo, sino como flor que va a abrir el cliz y a dar fruto sabroso y
semilla abundante, en los versos divinos, de la _Ilada_ y la _Odisea_.

Cuando un crtico italiano, a fin de ensalzar a Dante, igualndole a
Homero, dice que la Minerva italiana sali del mismo modo de la cabeza
del vate florentino, incurre en error evidente, hasta para quien mira
estas cosas del modo ms superficial. La Minerva italiana estaba ya
nacida y harto crecida. Toda la literatura de los romanos, de Italia era
y en la memoria de los hombres viva. Una religin con moldes definidos
e inflexibles, con sistema moral completo, haba sido adoptada viniendo
de fuera; sobre estos fundamentos haban razonado y filosofado sabios
enciclopdicos como Alberto Magno y Santo Toms de Aquino; y, por
ltimo, no se ignoraba la antigua cultura helnica, anterior y posterior
al Cristianismo. Todo esto formaba ya un conjunto de conocimientos, un
sistema entero, informando una civilizacin italiana y catlica. Dante
sera un hombre capaz de abarcarlo en su mente, hbil para expresarlo y
reflejarlo en sus versos, hasta donde era posible que tanto asunto en
sus versos cupiese; pero Dante no produca un documento inicial, sino un
reflejo brillante del saber y del sentir de muchas generaciones, reflejo
que sin duda podra iluminar y encender el nimo de los hombres de su
edad y de los venideros. Ni se alegue que toda aquella doctrina era
antes propiedad de pocos eruditos, que estaba en latn o en otra lengua
muerta, y que Dante la divulg en lengua viva, creando casi la lengua o
hacindola apta para expresar tales conceptos: lo cual implica, sin
duda, mrito extraordinario, pero no tan subido que con el mrito y
valer de Homero podamos equipararle. Y esto con plena independencia del
valer de cada poeta, porque proviene de la misma naturaleza de las
cosas.

En la edad primitiva, el poeta es profeta, sacerdote, legislador,
telogo, astrnomo, moralista, gegrafo, y todo a la vez; o ms bien no
es nada de esto; apenas si es persona; su personalidad se exfuma y
desvanece en la penumbra crepuscular de la historia. Homero, Viasa y
Valmiki casi son _mitos_; son como los patriarcas, no ya de la sustancia
corprea, sino del espritu de las naciones; son como los hroes
epnimos, no de la asociacin poltica, sino de la comunidad mental;
son, en suma, el eco inmortal y sonoro del verbo creador y del espritu
fecundo de un noble pueblo que nace. Su obra abarca cielo y tierra. En
ella se rene la candorosa enciclopedia de la edad divina. Nada falta.
Todo est all por modo eminente.

Por espacio de muchos siglos no se entendi as la epopeya, antes bien,
con crtica ms exterior que ntima, y fijndose en el asunto o trama, y
ms que en la sustancia en la forma, se cre la epopeya artificial,
segn ciertas reglas, y cantando las hazaas de algn hroe o de varios.
As Virgilio escribi _La Eneida_, Camons _Los Luisiadas_, y _La
Jerusalen_ Tasso.

Cierto que se han dado algunas epopeyas espontneas, en pocas, no de
primera juventud para un pueblo o raza, sino hallndose sta, por siglos
destrozada y cada: pero tales epopeyas, sea cual sea el encanto que
haya sabido darles un singular poeta, en lo esencial, ms que nacidas,
parecen desenterradas y resucitadas con ocasin de grandes esperanzas
que se despiertan en el pueblo vencido, no bien sus vencedores y
opresores son a su vez vencidos y oprimidos por otros.

As brot, transfigurado y esplendente todo el ciclo del rey Arturo y de
la Tabla-redonda, cuando los normandos, venciendo a los anglos, vengaron
a los bretones; el _Shah-Nameh_ de Firdusi, cuando los turcos, venciendo
a los rabes, vengaron a los pueblos del Irn; y hasta el Kalewala,
aunque ms por esfuerzo de mera erudicin que por flamante inspiracin
potica, cuando Finlandia pas al dominio de Rusia, vencidos los suecos,
sus dominadores antiguos.

Reconociendo otros poetas, o por virtud crtica o por atinado instinto,
que el tiempo de la gran epopeya haba pasado ya, y viendo que hay
tesoros de materia pica, difusa e informe, quisieron reunirlos en
armnico conjunto; pero, careciendo ya de fe en aquello que cantaban,
pusieron en el canto cierta discreta irona y burla y risa ms o menos
disimulada. As, por ejemplo, Ariosto escribi _El Orlando_, y Wieland
_El Oberon_, ya casi en nuestros das.

Consideraron otros que, si bien la epopeya heroica, tiene hoy que ser
anacrnica, no debe serlo la religiosa; y con esta idea ms equivocada
an, porque lo pico a lo divino implica mucho de infantil en el
concepto de la divinidad, o bien algo de tan metafsico y desnudo de
imgenes que no es poesa o es poesa narctica, escribieron poemas
picos religiosos, como Milton _El Paraso perdido_, y Klosptock _La
Mesiada_.

Los ms acertados, en nuestro sentir, fueron aquellos que, prescindiendo
de la epopeya grande y completa, donde todo se quiere explicar o
representar, redujeron la poesa pica a menores proporciones, y
eligieron por hroes y asuntos de la narracin, no lo fundamental, sino
lo derivado del fundamento; no el misterio religioso y dogmtico, sino
algn prodigio que realza el misterio; no la religin o el _mito_, sino
la leyenda o el cuento. En este gnero, acudiendo siempre a la
tradicin, se han escrito obras muy bellas, y quiz una de las mejores,
sea de un espaol: _El Estudiante de Salamanca_. Otros poetas hasta de
la tradicin han prescindido, desechando la colaboracin del pueblo en
su obra, y han escrito cuentos, o bien tomando el argumento de la
historia ms o menos anecdtica, o bien crendolo todo en la fantasa:
as Byron, en _El Corsario_, _Parisina_, _Lara_, _El Giaour_ y _La Novia
de Abidos_.

De todos modos, desde el renacimiento hasta ms de mediado el siglo
XVIII, prevaleciendo el gusto llamado clsico, que se fundaba en
preceptos juiciosos, por ms que en algunos puntos fuesen superficiales,
y hasta rayasen en arbitrarios (preceptos que Vida y Boileau haban
sacado de la interpretacin de Aristteles y de Horacio), la epopeya, en
la prctica al menos, no se aspir a que fuese trascendental,
enciclopdica ni muy _docente_, y se redujo a narrar una accin gloriosa
de algn hroe nacional, o de toda Europa, o de todo el humano linaje,
agrupando en torno, como ornamento y con simtrica economa, varios
episodios bien trados y no impertinentes, que no rompiesen la unidad
del poema, ni embarazasen demasiado la marcha de la accin, la cual
haba de ir con el debido crecimiento de celeridad hacia su trmino y
final desenlace.

Lo _docente_ en grado superlativo qued desechado y aun fue objeto de
burlas. Pareca en efecto que, dado el desarrollo actual de la ciencia,
quien tratase de ensear mucho en su poema haba de ser un delirante.
Todava Moratin, al dar consejos burlescos a un poeta ridculo, le dice
que ponga en cifra en su epopeya todos los conocimientos humanos.

      Botnica, blasn, cosmogona,
    Sacra, profana universal historia,
    Cuanto pueda hacinar tu fantasa
    En concebir delirios eminente.

Sin embargo, aun antes que se rompiera el yugo _clasicista_, el
filosofismo francs del siglo pasado haba movido a los poetas de ms
alientos a crear el poema que todo lo ensease; pero los ms desecharon
la accin, se limitaron al gnero didctico, y trataron de escribir el
nuevo poema _De la naturaleza de las cosas_. En este sentido hubo
tentativas de Le Brun, Fontanes, Andrs Chnier y muchos otros.

Se hacan por entonces estudios ms completos sobre el arte en general;
haba nacido y hubo de divulgarse una a modo de ciencia moderna, llamada
filosofa de lo bello, esttica o calologa, y llegaron a comprenderse
con ms profundidad crtica las diversas literaturas. Esto trajo
grandsimas ventajas, pero dio vida a extraas aspiraciones, inspir
sobrado menosprecio de reglas, que, por estar formuladas de un modo
emprico, no dejan de ser razonables y prudentes, y aviv en muchos el
deseo, y engendr el imposible propsito, no ya de ensear una ciencia
en un poema didctico sin accin, sino de ensearlo todo en la accin
del poema, accin maravillosa y simblica, cada uno de cuyos momentos
haba de entraar misterios profundos.

Nuestra ciencia metdica, dividida en multitud de ciencias que entre s
se enlazan, fundada en un inmenso cmulo de hechos que la observacin y
la experiencia han ido suministrando, cuyo ser y valer estriban en el
ms severo encadenamiento dialctico, y cuya vida y organizacin
dependen de la rigorosa precisin de la definicin, del lenguaje
tcnico, de una rida y enojosa clasificacin, y de una nomenclatura tan
til como arrastrada y prosaica, se oponan y se oponen a la pretensin
de tales poetas. Los que han tenido dicho intento, y no han sido pocos,
han dado a luz por lo comn monstruosos engendros. A nuestro ver, la
epopeya trascendental, menos realizable que la cuadratura del crculo,
que el movimiento continuo, y que el arte de hacer oro, es una mala
tentacin, muy cercana de la locura.

El ejemplo de los metafsicos ha seducido y extraviado a los poetas;
pero los metafsicos tienen disculpa. All en las edades primeras, los
hubo tambin que abarcaron todas las cosas visibles e invisibles,
divinas y humanas, y se pusieron a explicarlas. En esto resplandece el
candor de la niez. As las escuelas de Elea, de Pitgoras y de otros.
En el da se concibe el mismo propsito, aunque por ms difcil y largo
camino. Declamen cuanto gusten los positivistas, es innegable que el ms
completo conocimiento de los seres o de sus calidades al menos, la
experiencia activa de siglos, y el haberse elevado el sabio, de la
observacin y estudio de los hechos, a leyes generales de certidumbre
notoria, han infundido la natural e inevitable ambicin de reunir y
enlazar dichas leyes bajo un principio nico de donde emanen, de
someterlo todo al mismo fin y al mismo comienzo, y de fundarlo sobre
base inconcusa, encerrando, con la explicacin debida, a Dios, al
universo y al hombre y sus destinos, dentro de un armonioso sistema. Si
al intentar esto no se ha logrado nunca llegar a la verdad, donde el
espritu se satisface y aquieta, al menos se han creado obras pasmosas
de imaginacin, como, por ejemplo, las de Leibnitz y las de Hegel.

Pero el error del poeta ha estado en no ver que el camino, por donde se
va a dicho trmino, no es ni puede ser el suyo. Ese camino es el de la
cavilacin cientfica, del severo meditar, de los argumentos, antinomias
y silogismos, del mtodo lgico, ya subiendo por el anlisis, ya bajando
desde la sntesis, operaciones todas contrarias por naturaleza a la
poesa: la cual no puede construir ese palacio encantado, ora sea de la
verdad, ora del sofisma deslumbrador, sin que esto se oponga a que entre
en l cuando est ya construido, y le clebre en un himno, en un
ditirambo, en un epinicio, o en una oda colosal. Claro se ve, por lo
dicho, que comprendemos a un poeta cantando dignamente en un rapto
lrico las Mnadas, la Armona prestablecida, el eterno desenvolvimiento
de la Idea, o algo por el mismo orden. Lo que no comprendemos es que
cree l o fabrique algo por el mismo orden en toda una epopeya. La
epopeya, que nazca de tal prurito, ser una pesadilla, un delirio, un
caos, una mesa revuelta, una fantasmagora, y casi una borrachera, que
al mismo tiempo explicar y fundar poco o nada; que aburrir a los
ignorantes por demasiado honda; y que tal vez por demasiado somera
provocar la desdeosa sonrisa del filsofo y del hombre cientfico.

Sin embargo, de la mana de componer una obra potica de dicho gnero no
han adolescido slo los locos, sino tambin hombres de juicio, de reposo
y de peso, entre los cuales, sin duda, descuella Goethe.

Si la empresa no fuera imposible, nadie mejor que l, de un siglo a esta
parte, hubiera podido realizarla en Europa. Veamos qu prendas tena,
con qu elementos contaba, y examinemos luego la obra misma, el FAUSTO,
donde pretendi realizar su descomunal y titnico propsito.

Goethe no es poeta slo: es el escritor por excelencia. Se comprende,
sin que por eso se apruebe, que Emerson, suponiendo un alma suprema, a
quien representa en el mundo, en diversas y elevadas funciones, cierto
nmero de varones egregios, haga de Platn el filsofo, de Montaigne el
escptico, de Napolen el hombre de accin, y el escritor de Goethe.

La mente de Goethe era terso y mgico espejo, donde se reflejaban el
mundo visible y el invisible, la naturaleza y la historia, lo real y lo
ideal, con brillantez y claridad no comunes. Y no era espejo meramente
pasivo, sino que ordenaba las imgenes y representaciones, las iluminaba
del modo ms artstico, y haca que unas resaltasen ms y otras se
perdiesen o desvaneciesen en los ltimos trminos del cuadro, segn
convena a la evidente demostracin de la verdad o a la aparicin
celestial y limpia de la belleza.

Sabio a par que poeta, toda inspiracin suya va precedida, moderada y
templada por la reflexin. Su anhelo constante de la verdad, hace que a
veces se le pueda tildar de indiferente y fro; pero la serenidad no le
abandona nunca.

Sin fe viva en nada sobrenatural, fijo y concreto, no es fcil que se
eleve Goethe a superiores esferas, a no ser por el ordenado empuje del
entendimiento discursivo. Tal vez no percibe la unidad soberana; tal vez
no es hondo en l el sentimiento moral, tal vez las ms nobles cuerdas
faltan a su lira. Escritores mucho ms pobres de ingenio, tienen acentos
ms penetrantes y tocan y hieren mejor el alma humana. Pero Goethe se
adelanta a los dems poetas de su poca y aun a no pocos de las pasadas,
porque todo lo comprende y de todo se vale hbilmente para su poesa.
Sus ltimas creaciones parecen el resultado de ochenta aos de
observacin y de estudio. Hechos inconexos, doctrinas, experimentos y
especulaciones; todo se baraja y se agrupa con cierto orden en torno de
una idea capital: la equivalencia de los tiempos; la afirmacin de que
las desventajas de una poca existen slo para los espritus dbiles y
enfermizos; la negacin de que nuestra edad sea la edad de la razn por
contraposicin a la edad de la fe; y el convencimiento de que la fe y la
razn viven en perpetuo sincronismo; de que la poesa y la prosa de la
vida se compenetran y funden; de que el mundo es joven y la humanidad
casi nia; y de que los patriarcas, videntes y profetas, se entienden
con nosotros, a travs de las edades, y nos saludan y nos alargan la
mano, y nos animan a tener confianza y a escribir nuevas Biblias y a
unir la tierra con el cielo.

Como se ve, Goethe no era un creyente, si por creyente entendemos el que
cree en religin determinada; pero distaba mucho de ser un escptico.
Nos inclinamos a afirmar que era optimista, como casi todos los grandes
pensadores alemanes, desde Leibnitz hasta que aparecen Schopenhauer y
Hartmann. Y en lo tocante a la bondad del espritu del siglo, no ya de
creyente, sino de apstol conviene calificarle.

Adase a lo dicho otra condicin esencial de su mente, que Emerson
seala muy bien, y que el mismo Goethe patentiza con complacencia en
_Poesa y Verdad_, que es su autobiografa. Para Goethe la vida vale ms
como _teora_ que como _prctica_. La especulacin es ms noble y alto
fin que la accin. Hasta la accin, por lo que ms significa y vale es
porque la especulacin vuelve sobre ella y la toma por objeto. De qu
servira, de qu valdra todo este Universo; a qu la pompa de los
astros, la armona de las esferas, la armona de las plantas y de los
animales, los sucesos de la Historia, la vocacin de las razas, la
fundacin y destruccin de los Imperios, las pasiones, los bienes y los
males, los amores y los odios, si no hubiese una inteligencia que lo
comprendiese todo, que lo pintase en su centro, y hasta que lo
reprodujese con ms primor, orden, sentido y hermosura, que ello tiene
de por s?

Esto pensaba Goethe, escritor por todos los poros, y en este pensar,
hasta nuestros propios actos, faltas, extravos, dolores y miserias, son
objetos de la _teora_.

Proceden del mencionado concepto, que la gente, por lo comn, forma de
Goethe, raras acusaciones y defensas no menos raras.

Se supone que hay ciencias y artes, cuyas perfecciones y cultivo
requieren terribles experimentos. Se cuenta de algn pintor que se hizo
bandido y asesino para estudiar bien como mueren violentamente los
hombres; de cirujanos y naturalistas que, a fin de profundizar los
misterios del vivir y del morir, cometieron crueles anatomas y
disecciones en personas vivas; y an del mdico Vesalius que,
aprovechndose de su valimiento y privanza con el Sultn Amurates,
lograba que a menudo cortasen cabezas humanas delante de l para
enterarse a fondo de la contraccin de los msculos, de los rpidos
estertores de la agona y en cierto modo de cmo se desprende el
principio vital del cuerpo que est animando.

Se nos antoja que gracias a Dios, tales estudios experimentales no han
de ser muy necesarios para que nadie adelante en su oficio; pero si lo
fuesen, si a tanta costa hubiera de ganarse la maestra, valdra ms
quedarse de simple oficial o de aprendiz que llegar a maestro.

Como quiera que ello sea, no nos atrevemos a creer que Goethe, aunque no
por medios tan sanguinarios, se complaciese en causar dolores, en
excitar sentimientos tiernos y fervorosos y en pagarlos mal luego, en
atormentar a algunas mujeres sencillas y enamoradas, y en otras lindezas
del mismo orden, a fin de estudiar bien en la naturaleza los
infortunios, las angustias, la desesperacin y hasta la muerte por
corazn destrozado, que luego haba de describir en sus ms simpticas
heronas.

No nos incumbe escribir aqu la vida de Goethe; pero de seguro que, bien
estudiada y escrita, no haba de dar motivo ni pretexto para tan dura
acusacin.

Por otra parte, aunque la bondad o maldad moral sea independiente de los
escritos, esto es slo en cierto grado y de cierta manera. La
diferencia, por ejemplo, entre el hroe o el mrtir y el poeta que le
canta, est en que el uno tiene _constante_ y _perpetua voluntad_, y el
otro quizs no la tiene.

Figurmonos que tal poeta se echa a temblar si ve una espada desnuda y
hasta se asusta de un ratn; y todava, si describe y representa con
hondo sentir y con verdadera expresin al mrtir o al hroe, hemos de
creerle capaz de heroicidad y de martirio. Es mrtir o hroe, si no
perpetuo, fugitivo y momentneo, pues si no lo fuera, sera mentirosa y
vana su poesa, y toda persona de buen gusto la rechazara como se
rechaza la moneda falsa.

Inferimos de lo expuesto, que aun creyendo lo peor de un buen poeta,
slo podremos creer que peque por debilidad y no por maldad. Quien
siente y expresa lo bueno, lo noble, lo heroico y lo santo, puede ser
dbil, pero nunca ser impo, ni cruel, ni vil, ni perverso.

Para quien esto escribe, la prueba crtica del valer esttico de una
obra de poesa, implica un certificado de valer moral para el autor. O
la poesa es mala o no es malo el autor de la poesa. Lo que dijo del
orador el preceptista hispano-latino, un autor griego lo dijo del poeta:
que haba de ser ante todo _bacn bueno_.

Pero no todos ponen por condicin indispensable en el buen poeta la
bondad moral; y as, cuando no acusan a Goethe de duro y sin entraas,
le acusan de egosta en grado superlativo: sostienen que todo lo
sacrificaba al cultivo de la propia inteligencia, a su serenidad y
olmpico reposo, mirndose a s mismo como objeto preciossimo que
exiga el ms cuidadoso esmero.

La defensa que hacen algunos de Goethe en este punto, es peor que la
acusacin. Presupone una doctrina ms absurda que la de aquellos que
creen que para adelantar en ciertos oficios se necesitan terribles
experimentos. Es doctrina semejante a otra que est en moda, y que
consiste en afirmar que esto que llamamos _genio_ es una enfermedad que
proviene del mal de alguna entraa, o de la atrofia de todo un aparato,
a espensas del cual se desarrolla el cerebro, o de alguna perturbacin
de todo o parte de nuestro organismo. Afirman, pues, que el genio es
como una divinidad que reside en el alma de quien le posee, y a cuyo
culto y manifestacin debe el poseedor consagrar su vida y sacrificarlo
todo: amistad y amor de las mujeres, patriotismo y ley moral. As los
singulares defensores de Goethe a quien aludimos, suponen que el poeta
sacrific nobles afecciones y hasta sagrados deberes; pero, lejos de
condenarle, le encomian por ello. Su _genio_ lo exiga, de suerte, que
todos los egosmos, frialdad de corazn e ingratitudes, que atribuyen al
poeta, se convierten en un remedo del sacrificio de Abraham, si bien
hecho al _genio_, Dios implacable y que no ceja como Jehov, salvando a
Isaac y contentndose con un cordero.

Lo cmico de esta apologa no la salva de lo peligroso. Pues no faltaba
ms sino que bastase ser _genio_, o crerselo, para no cumplir con las
obligaciones, ponerse por cima de todo precepto y de toda Ley, desechar
del corazn todo santo y puro entusiasmo, y hacerse un egosta fro y
repugnante, aadiendo a todo ello la insolencia de asegurar que se es
as por devocin y sacrificio costoso al _genio_ mismo, y que ms bien
que censura, se merece admiracin, alabanza y pasmo!

Lo juicioso es creer lo contrario: que lo que el _genio_ pide para su
culto, educacin y manifestacin, es la virtud y las bellas pasiones y
el verdadero sacrificio. Y esto no es afirmar que hayan sido santos
todos los hombres calificados de _genios_, sino que fueron _genios_, no
a causa de sus egosmos, mezquindades y miserias, y s, a pesar de todos
estos vicios, porque si no los hubieran tenido, no slo hubieran valido
ms como personas morales, sino como genios.

Por ltimo, la defensa, a ms de ser sofstica, es intil para Goethe,
en quien no vemos esas malas cualidades que le suponen, convirtindolas
en buenas o cohonestndolas por la inmoral doctrina del culto del
_genio_.

Goethe nada hizo para lograr su elevacin y su privanza con el duque
Carlos Augusto de Gemir, quien le am tanto como Goethe pudo amarle, y
le admir y le lisonje ms de lo que el gran poeta le lisonjeaba. En la
corte de aquel amable prncipe, Goethe, ms que cortesano, pareca el
prncipe, el _genio_ a quien todos servan y adoraban. Tan alta posicin
no le ensoberbeci nunca, y se vali de ella para hacer bien a no pocas
personas, y singularmente a otros sabios, literatos y poetas, con noble
emulacin a veces, con envidia nunca. La misma amistad profunda y
durable, que Goethe supo inspirar a multitud de personas,
compartindola, prueba que haba calor y ternura en su alma. Por mucho
que se sepa, por elevadas que sean las prendas del entendimiento, no se
ganan as las voluntades cuando no se tiene corazn. El cario que supo
inspirar a Gleim, a Herder, a Wieland, a Merch, a Kestner y a tantos
otros, prueba que Goethe era digno moralmente de aquel cario y capaz de
sentirle. De su devocin y celo en el servicio del prncipe dan
testimonio los escritos privados y los documentos oficiales en que dicho
prncipe habla de l. El amor fraternal con que Goethe se uni a
Schiller; el influjo benfico que ejerci en l; el mayor y ms alto
influjo que Schiller, por repetidas confesiones de Goethe mismo, ejerci
en su alma; las _Xenias_, que escribieron juntos; las ms bellas obras
del uno y del otro, que mutuamente se consultaban, se corregan y hasta
se inspiraban, prueban que Goethe no era egosta, o al menos, que si lo
era, era el ms amable y excelente de los egostas.

En sus amores, hay que atender a la nada severa moralidad de la poca en
que viva. Y aun as, lo nico censurable es el abandono de Federica
Brion, cuya apoteosis hizo luego el poeta en la Clara de _Egmont_, en
ambas Maras de _Clavijo_ y de _Goetz_, en la Mignon de _Wilchem
Meister_, y en la Margarita de _Fausto_. Pero la verdadera apoteosis de
Federica y la defensa de Goethe las hizo ella misma, cuando rehus la
mano de Reinhold Lenz, diciendo que La que haba sido amada por Goethe
no poda pertenecer a otro hombre; y cuando, ms tarde, estando ya
Goethe en la cumbre de su gloria, deca ella a los que la compadecan:
Era muy grande para m, estaba llamado a muy altos destinos: yo no
tena derecho a apoderarme de su existencia. Palabras de santa
resignacin y de amor a toda prueba, que ennoblecen a Federica, pero que
dan a la vez claro testimonio de que Goethe no fue tan malo; no destroz
duramente aquel corazn, donde dej tan sublime concepto de s propio y
tan dulce recuerdo.

Contra la soada impasibilidad de Goethe protestan otros amores, y
singularmente los que le inspir Carlota Buff.

No se mat por ella; pero _Werther_ fue el precio de su rescate y de su
vida. La poesa le libr. Aquella tremenda y apasionada novela, por ms
que en Goethe est siempre el poeta _objetivo_, que se pone fuera de su
obra, que juzga y sentencia a sus personajes sin compartir sus
extravos, que los mueve quedando l inmvil, como el primer Cielo mueve
las otras esferas, contiene tambin en su protagonista al otro Goethe,
apasionado y vehemente, que el Goethe crtico y severo logr parar al
borde del abismo.

En otras relaciones amistosas o amorosas con mujeres, muestra siempre
Goethe pasin y no clculo; fuego y no frialdad; ternura y no egosmo.
La mujer del profesor Boehme le censuraba sus juveniles composiciones,
las enmendaba y podaba sin piedad, y le convenca al cabo de que eran
malas y haca que l las quemase. Qu poder y que autoridad no debe
ejercer una mujer sobre un poeta para obligarle a tamao sacrificio?
Catalina Schnkopf rompi con Goethe, no por la frialdad sino porque la
atormentaba con celos. Ana Isabel Sohnmann inspira a Goethe las lindas
composiciones _A Lil_ y tal vez es ella quien le deja. A la Baronesa de
Stein rindi Goethe un culto espiritual de amistad y de estimacin, y,
ya en todo el goce de su celebridad la hizo juez del mrito de sus obras
e inspiradora de algunas. Por ltimo, si Goethe se apasion de Cristiana
Volpius, y vivi con ella en unin inmoral y escandalosa, enmend al
cabo la falta, casndose. Su idea del amor, unido al deber, de la vida
santa y respetable del hogar, y de todo lo bello que pueda encerrarse en
dos existencias humildes y honradas, queda para siempre en el ms puro
de los idilios, en su poema _Hermann_ y _Dorotea_, donde nos dej
asimismo la expresin sincera de su amor a la patria alemana, duramente
humillada entonces por las conquistas napolenicas.

Ya hemos dicho que no nos incumbe escribir aqu la vida de Goethe. Baste
lo apuntado rpidamente para desvanecer infundadas censuras.

Que l diese culto a su clara inteligencia y a sus otras facultades, no
se debe censurar sino aplaudir. Es un deber cuidar de los talentos que
Dios nos confa. Lo contrario, el no ganar nada por ellos o el
disiparlos malamente, es una ingratitud y un abuso de confianza.

Goethe supo cumplir con este deber que sus prendas intelectuales
requeran. Su insaciable y siempre despierta curiosidad le llev a
estudiarlo y a aprenderlo todo: bellas artes, literatura de cuantos
pueblos la han tenido o la tienen, ciencias naturales, teologa,
filosofa y hasta magia y otras ciencias ocultas. Su mente se enriqueci
con todo linaje de conocimientos.

Y no estudi y aprendi solamente en los libros, sino en el seno de la
naturaleza y en la revuelta corriente de la vida humana.

Su larga vida, su actividad infatigable, su inexhausta fecundidad hacen
que el conjunto de sus obras sea grandsimo y variado. Fue poeta lrico,
pico, dramtico y didctico, novelista, filsofo, botnico, zologo,
fillogo, autor de cartas y de memorias, de obras de esttica y de
arqueologa, y apenas parece que haya materia sobre la cual no dejase
algo escrito. Los naturalistas le colocarn siempre en muy elevado lugar
al escribir los anales de su ciencia; y los filsofos, al redactar la
historia de la suya, no pueden ni deben olvidarle.

Goethe sigui con honda penetracin y con vivo inters el gran
movimiento filosfico, que se verific en Alemania durante su vida.
Conservando su independencia, se apropi ideas de unos y de otros, segn
se adaptaban ms a la ndole de su pensamiento, pero coordinndolas en
l, y ponindoles el sello singular de su persona.

Sobre el deslumbrante hechizo de todo nuevo sistema, desde Kant hasta
Hegel, puso Goethe su alto espritu crtico, su juicioso escepticismo un
mal llamado _sentido comn_, porque ms bien era raro y exquisito,
ciertas teoras leibnizianas, y un arraigado sentimiento religioso que
jams lo abandon en poca de tanta incredulidad, y de tanta
fermentacin y florecimiento de metafsicas nuevas.

Goethe crea en Dios; pero su inclinacin natural le llevaba a buscarle,
no en el centro del alma, sino derramando el alma en la naturaleza,
donde Dios se le revelaba. Era, pues, ms tesofo que mstico. As
propenda ms hacia las doctrinas de Bruno, de Espinosa, y de Schelling,
que hacia las de Fichte; pero, del mismo modo que no se dej llevar
jams del sensualismo, hasta pensar que la realidad de las cosas y la
impresin que causan en nosotros pueden dar ser a la ciencia, tampoco su
sentido comn consinti nunca en dar crdito a la creacin de lo real
por lo ideal. Admite ambos elementos, y vagamente los concierta en un
mtodo que llama empirismo intelectual, donde la intuicin ejerce el
oficio de la observacin del sensualista y de la especulacin del
idealista.

Hegel atrae y repugna a la vez a nuestro poeta. Le enamora el eterno
desenvolvimiento de la idea, y su conciencia rechaza el cambio perpetuo,
y el pensamiento de que provenga ya nazca lo ms de lo menos, lo
consciente de lo inconsciente, el ser del no ser. Para afirmar en su
mente la existencia de un Dios personal y de la inmortalidad del alma,
vuelve con amor a las monadas de Leibnitz. Dios le parece la monada
eterna e infinita. El alma humana, una monada superior e indestructible,
aunque limitada.

La moral de Goethe es poco severa, mas no por relajacin, sino por
bondad propia, y por firme creencia en la bondad divina y en la flaqueza
humana. El Dios de Goethe es blando, indulgente y benigno, y a veces
hace casi un mrito del error en el hombre que yerra, porque yerra el
que aspira.

Pacfico, amante del orden, enemigo de la grosera, toda revolucin
parece a Goethe un acontecimiento pavoroso. Los horrores de Francia le
indignan y aterran.

Y sin embargo, este conservador, este amigo de los poderes legtimos y
justos, tiene fe en la libertad y en el progreso, y comprende la
rebelin contra la tirana y no cree en la duracin de ningn gobierno
tirnico y violento.

Su sed de religin es grande y perpetua. Se crea una religin natural y
no le basta. Sin fe en el Cristianismo, suea con nueva religin
positiva. Tal vez se finge monadas intermedias entre las que son almas
humanas y la que es Dios; y en estas monadas ve genios, espritus
elementales, _demiurgos_, inteligencias misteriosas ya ocultas, que
mueven los astros, que dan vida a las plantas, que son la naturaleza
misma con personalidad y conciencia. A veces se inclina Goethe por esta
senda a un neo-platonismo flamante y a un paganismo espiritualizado; a
veces vuelve con ansia de fe a la doctrina de Cristo y lee
fervorosamente los Evangelios y los libros devotos.

Sus doctrinas sobre esttica, de acuerdo con su filosofa fundamental v
con la natural condicin de su espritu, tienen no escaso valer en la
historia de esta ciencia nueva, y preparan la gran reforma y el
desenvolvimiento que Schiller llev a cabo, bajo los auspicios y
siguiendo las huellas de Kant.

Diderot y Winkelmann son los dos autores que ms influjo ejercen en las
teoras de Goethe sobre el arte, y que ms relacin tienen con ellas.
Goethe debe ms, no obstante, a su propio sentir y pensar, iluminados,
desde su viaje a Italia, por la inteligente y fervorosa contemplacin de
los tesoros artsticos que en aquel hermoso y privilegiado pas se
conservan.

Goethe, que en un principio haba sido _romntico_, como el romanticismo
se entenda entonces en su nacin, y como lo muestran sus dos obras
capitales escritas antes de ir a Italia, el _Werther_ y el _Goetz de
Berlichingen_, volvi de all completamente _clsico_, aunque clsico a
su manera, y no con el clasicismo sensualista de los franceses. Su
clasicismo es un trmino medio entre el de moda en Francia, y el nuevo
romanticismo alemn, si bien informado por ms altas ideas, que no le
hacen transaccin, sino sntesis.

No quiere Goethe la mera imitacin, ni tampoco la fantasa pura y libre,
sino ambas facultades enlazadas, de cada uno de cuyos ejercicios nace
una _manera_, mientras que de la unin de ambos procede el _estilo_. Al
que imita solo, le llama _imitador_, al que inventa sin imitar,
_fantasmista_. El artista y el poeta verdaderos, son los que inventan
imitando. Lo _caracterstico_, que debe entrar en toda obra de arte, lo
da la imitacin: es como el esqueleto, la trama o el caamazo de la
obra; y la vida, los msculos, la sangre, el color, el bordado, vienen
luego por la fantasa. De la combinacin de estas cosas nace la belleza.
Artista minucioso, dibujante seco y mezquino es el que imita slo: autor
de informes bosquejos el que slo fantasea: la perfeccin estriba en
fantasear y copiar a la vez.

En la naturaleza est la beldad difusa, mezclada y en germen; est
tambin como prurito, como anhelo de realizarse cada vez ms limpia y
completamente.

De ella debe extraerla el artista, escogiendo lo mejor y apartando lo
feo; pero, aun dada esta operacin de extraer, la belleza no se crea,
sino se encarna e individualiza en una forma sensible. La aspiracin del
artista y del poeta es lo ideal, pero ideal que debe ser individual al
mismo tiempo. El fin del arte es representar el todo en uno, y expresar
lo infinito en forma finita.

Goethe rechaza, en virtud de esta doctrina, la doctrina, la divisin,
entonces tan en moda del arte en cristiano y pagano. Para l no hay ms
que un arte, cuyo fondo, cuya sustancia, por infinita y sublime que
quiera suponerse, debe entrar y ajustarse, con nmero y medida, y
exactitud y precisin, dentro de una forma limitada e individua.

La imitacin busca a travs de las cosas la idea primordial, la idea
madre, que en ellas se realiza impuramente, y que debe en el arte
realizarse con mayor pureza. En este sentido es lo artstico superior a
lo natural. Lo es tambin, porque de lo artstico se aparta todo lo
impertinente y lo insignificante que en la naturaleza est mezclado. Por
lo dems, para Goethe el arte tiene su fin propio: la creacin de la
belleza. Bien es verdad que en esta creacin va implicado un fin, moral
y social, utilsimo y benfico: lo que llam Aristteles la purificacin
de las pasiones: lo que Goethe llama el rescate, la redencin o la
libertad.

Es evidente que lo _caracterstico_, lo que se toma por imitacin de la
naturaleza, puede y suele ser pasin dolorosa, accin llena de tumulto y
de pena, algo que en la realidad lastima, hiere, mata o aflige, en vez
de causar deleite. El arte, al reproducirlo y trasformarlo, cambia en
contentamiento la amargura, y encalma la desesperacin. As el terror y
la piedad se vuelven gustosos sentimientos, llenos de inefable dulzura.
Este cambio se debe al principio _suavizante_ de la belleza; a la
gracia, a la simetra, orden y medida de la forma. De aqu que, para
Goethe, el tipo ideal del arte en estatuara, no fuese el Apolo, sino el
Laoconte, donde el dolor, la compasin, y el espanto, estn suavizados
por la gracia divina de la belleza, hasta el punto de trocarse en
soberano y tranquilo deleite.

Con arreglo a este principio, Goethe se libertaba de sus pasiones
desgraciadas, de los recuerdos que ms pesar le traan, de los deseos
que ms le atormentaban y hasta de sus remordimientos, tomndolos por
objeto de su observacin, hacindolos asunto de su imitacin, buscando
en ellos lo _caracterstico_, y acudiendo luego con la poderosa fantasa
a bordar sobre aquella traza primera un poema, una leyenda o un drama;
una obra de poesa, que le dejaba consolado y libre, y que deba ejercer
sobre los dems hombres el mismo benfico influjo que sobre l ejerca.

En este sentido bien pudo asegurar y asegur Goethe que todas sus obras
de imaginacin eran como fragmentos de sus confesiones. Fue, pues, poeta
_subjetivo_, si se atiende a que, por declaracin propia, no hay una
sola de sus fbulas que no forme parte de su autobiografa; y objetivo,
por que l mismo se pona como objeto de su observacin, y, con otro
_y_ independiente, creaba la obra, juzgaba y condenaba a sus hroes, y
absolva al cabo o consolaba al menos con el blsamo celestial, con el
calmante maravilloso de la beldad potica. Esta virtud consoladora y
purificadora del arte se logra hermoseando o sublimando, cuando el
objeto, la pasin o la accin, se prestan a ser sublimados o
hermoseados. Cuando no se prestan, el arte tiene otro recurso: lo cmico
o lo ridculo. As, por ejemplo, un dolor de vientre o de muelas, la
simplicidad que se deja engaar, el miedo, el no tener dinero
suficiente, las enfermedades, el ser feo o canijo y otras cosas por el
mismo orden, no tienen ms poesa, ni ms consuelo que la risa, mientras
no pasan de cierto grado inferior. Cuando pasan de dicho grado, y tocan
en lo trgico, son malas representaciones artsticas, porque son
pasiones, defectos y dolores impurificables que no se hermosean. No
producen ya lo cmico, ni menos lo pattico, sino lo deforme y lo
repugnante y asqueroso; realismo deplorable de que hoy padecen el drama
y la novela. Nada ms contrario a la verdadera poesa que el hambriento,
el mendigo, el tsico o el jorobado. Estas son impurezas de lo real, que
ni en la poesa trgica ni en la cmica pueden hallar consuelo. Bsquese
el consuelo en la caridad, y el remedio en la ciencia, hasta donde fuere
posible.

Tal, en resumen, fue el hombre, y tales las prendas principales del
hombre que concibi y produjo el poema de FAUSTO.

La idea de FAUSTO le acompa siempre: fue la mayor preocupacin de su
vida. Su realizacin completa comprende tambin su vida toda. En su
primera mocedad Goethe empieza a escribir el FAUSTO; en su extrema
vejez, ya de ochenta aos, es cuando le termina, o mejor dicho, no le
termina: aun despus de su muerte deja pedazos, _paralipomenos_, que al
FAUSTO pertenecen, que son la parte pstuma del gran poema.

La misma energa de Goethe para desprenderse de sus personajes, aunque
los saque de su propio ser y para apasionarlos y moverlos, permaneciendo
l impasible y sereno, le hizo preferir al poema narrativo, una forma
ms _objetiva_, perfecta e impersonal an: el drama. En el drama el
poeta desvanece por completo su personalidad. Los personajes slo
sienten, padecen, se mueven y llevan a trmino la accin.

Dramas comprensivos, como las epopeyas de que hablamos al empezar, se
haban dado ya en la historia de la poesa. Qu otra cosa era el
Prometeo de Esquilo, que el mismo Goethe trat de escribir de nuevo y
del que escribi en efecto trozos notables? Adems, prescindiendo de las
dificultades materiales; contando para tramoyista y pintor escengrafo
con una exuberante y voladora imaginacin; construyendo en el seno del
espacio sin lmites un teatro ideal, donde quepan cielo, infierno y
creacin entera, y proporcionndose una compaa de comediantes, donde
haya ngeles, diablos, ondinas, slfides, Oberon, Titania, Ariel, dioses
del Olimpo, dioses subterrneos, todos los bienaventurados de la corte
celestial, el Padre Eterno, la Virgen Mara, brujas, monos y gatos, y
hasta estrellas, ros, montes, y terremotos que hablen y accionen, el
estrecho cuadro dramtico se ensancha hasta llenar la inmensidad y todo
cabe en l con holgura.

Esto no quita, sin embargo, que el FAUSTO, en su conjunto, sea tan
grande que no se pueda representar. Hasta para ledo es dificultoso. La
sntesis de la obra no se abarca as como quiera. Figurmonos un cuadro
al lio de media legua de largo. Sera menester, o verle desde muy lejos
con un telescopio, o irle recorriendo a caballo, a todo galope, para
conservar bien la impresin de lo que hubiese pintado en un extremo
cuando al otro extremo se llegase.

No se extrae, pues, que vacilemos sobre el mtodo que hemos de seguir
para dar una idea del FAUSTO, y que, por ltimo nos decidamos por hacer
una divisin.

Consideremos primero el FAUSTO como drama sencillo, como drama humano;
esto es, no veamos en l sino la primera parte, descartando de ella todo
aquello que justifica, pide y exige la creacin de la segunda. Y
hablemos despus de la segunda parte, y de todo aquello que hace del
FAUSTO un poema misterioso, enciclopdico, filosfico y con pretensiones
o realidades de archi-profundo.

De aqu adelante vamos a cerrar todos los libros, menos el FAUSTO mismo,
y a emitir nuestro parecer, sin dejarnos guiar por el de nadie. Slo
diremos que los pareceres de los crticos son diversos y aun
encontrados; y que los extranjeros suelen ser los ms entusiastas
encomiadores de la segunda parte, como Blaze de Bury y Lerminier,
mientras que algunos crticos e historiadores alemanes de la literatura
alemana, de gran nota, como por ejemplo Gervinus y Kurz, no estiman la
segunda parte; llegan hasta una injusta severidad con ella; y aun ven en
ella una cada. Comparando a Goethe con Milton, afirman que el primer
FAUSTO es al segundo FAUSTO lo que es el _Paraso perdido_ al _Paraso
reconquistado_.

Adoptando, por lo pronto, la comparacin, empecemos por el _Paraso
perdido_.

Goethe tuvo el tino de no inventar asunto y protagonista para su drama:
el pueblo se los dio creados. La leyenda de FAUSTO era popular no slo
en Alemania, sino en otros pases de Europa. Sus lances y aventuras se
representaban en teatros de muecos, en ferias y mercados, y encantaban
al pueblo. Poetas de valer haban ya gustado del asunto y del personaje
legendario, y haban tratado de escribir o haban escrito dramas sobre
FAUSTO. El ilustre Lessing haba dejado empezado un FAUSTO, en drama.

Si prescindimos del nombre y del fundamento histrico del personaje, que
es centro de la leyenda, la leyenda es aun mucho ms popular, ms
antigua y ms conocida y aplaudida en todos los pueblos cristianos. No
hay nacin de Europa donde no exista la historia del sabio que se harta
de estudiar sin honra ni provecho; que reniega del saber, que no le
proporciona goces; y que, excitado por la rabia, por los desengaos, por
la ambicin o por la sed de deleites, acaba por hacer pacto con el
diablo, a fin de divertirse y tener dinero, y lo que llaman ahora
posicin, aunque despus haya de pagarlo todo en los profundos
infiernos. El sabio, en efecto, se divierte merced al diablo que le
sirve bien: y, por ltimo, por intercesin de algn santo, o por bondad
de la Virgen Mara, o por la infinita misericordia de Dios, suele dejar
burlado al enemigo malo, y logra irse al cielo. En nuestra literatura
tenemos esta leyenda en _Las Cantigas del Rey Don Alonso_, y en _Gonzalo
Berceo_; y algo semejante da asunto a Calderon para su famosa comedia
_El mgico prodigioso_.

El asunto estaba muy bien elegido y no poda ser ms adecuado para
Goethe, que era un sabio como FAUSTO, y que si bien ms dichoso, habra
tenido, como todos los sabios, no pocos instantes de amargura en que se
desesperan de pedantear, y de querer ensear a los otros lo que ellos
mismos no saben; y dudan del valer y de la utilidad de sus escritos; y
exclaman remedando a Doa Mariquita.--Si yo llorara perlas, esto es, si
yo tuviese dinero, no tendra necesidad de escribir disparates;--y se
hallan en suma, muy predispuestos a darse al diablo si el diablo quiere
tomarse el trabajo de apoderarse de ellos y de comprarles el alma.

El mrito y la significacin de tales historias, se patentizan en su
misma universalidad. No slo las leyendas, sino tambin los hechos
histricos, que tienen la hermosura de las leyendas, estn repetidas
varias veces. No es Hernn Corts el nico, por ejemplo, que echa a
pique las naves. Lo mismo haban hecho antes Agatocles en Africa, los
mulades cordobeses en Creta, y los aragoneses y catalanes en Galpoli.
No es tampoco Guillermo Tell el primero, que obligado a ello por el
tirano, quita la manzana con un flechazo de la cabeza de su hijo. Estos
lances, o reales o inventados por la fantasa popular, vagan primero de
ac para all, sin acabar de fijarse bien; sin que adquiera gran
consistencia y gloria el hroe del lance.

Despus atina el pueblo con un hroe a quien el lance cuadra y se ajusta
como hecho a su medida. Y ya este hroe eclipsa a los otros y la leyenda
se encarna en l y cobra mayor realce y vida. As FAUSTO, antes de que
Goethe le adoptase por hijo de su espritu, haba ya oscurecido a todos
los sabios que se han dado al diablo, desde que hay diablos y sabios en
el mundo.

Personajes, pues, por el estilo de FAUSTO, como en nuestra Espaa, v.
gr., Don Juan Tenorio y Lisardo el Estudiante, estn llamados a ser
joyas preciosas de todas las literaturas, y a inspirar los mejores
dramas, peras, novelas y poemas, que pueden componerse. Para recorrer
el mundo en triunfo, slo esperan que llegue en _genio_ que de ellos se
apodere, y, de materia pica algo informe que son todava, los convierta
en seres artsticos, con ms realidad y significacin y bro, para vivir
en el alma y en la memoria de los hombres, que los hroes ms reales y
conocidos de la historia; para convertirse en personajes reales, aunque
no hayan existido jams, como sucedi con Semramis y con tantos otros,
de quienes la crtica ha venido a averiguar ms tarde que nunca
existieron.

Para el hroe legendario es una gran fortuna que un poeta de mrito se
apodere de l, pero mayor fortuna an es la del poeta que logra dar con
el hroe. Don Juan debe mucho a Tirso, y Tirso ms a Don Juan, Lisardo a
Espronceda y Espronceda a Lisardo. Del mismo modo debe mucho Fausto a
Goethe y Goethe a Fausto. No es extrao que Goethe se apoderase de l en
su primera juventud, y no le dejase durante ms de 50 aos, hasta
cumplir 82. Cunto no escribi Goethe en este medio siglo largo? Qu
asuntos no trat? Qu gnero de literatura no cultiv con xito?
Limitndonos slo al teatro, Goethe compuso dramas histricos como
_Egmont_, _Goetz_ y _Tasso_, comedias sentimentales, como _Clavijo_;
comedias aristofnicas; tragedias a la griega como _Ifigenia_; farsas;
algo semejante a lo que llamamos por aqu zarzuelas; comedias
satrico-literarias, por el orden de _El Caf_, de Moratin, etc., etc.;
pero todo esto lo pensaba, lo escriba, lo abandonaba y quiz lo
olvidaba luego, mientras que en el FAUSTO estuvo trabajando toda la
vida. Concretmonos ahora, como hemos dicho, y con las restricciones que
hemos dicho, a la primera parte sola. Es evidente que, sobre lo
suministrado por el pueblo, Goethe ha creado una obra admirable.

Del estilo, del lenguaje, de la versificacin, no hay alemn de gusto
que no se pasme, y que no asegure que es un dechado el FAUSTO. Hablemos
nosotros de la disposicin de la fbula y de los caracteres.

Imaginemos, por un instante, que Fausto ve a Margarita y se siente
enamorado de ella antes de remozarse; que por amor de Margarita, a par
que por ambicin y deseo de goces hace el pacto; que lo que luego
sucede, sucede del mismo modo; y que despus de la muerte cruel de
Margarita, Fausto la llora, se arrepiente, hace penitencia, burla a
Mefistfeles y se va al cielo. As tendramos la leyenda toda en una
sola tragedia y no en dos. La obra ganara as en regularidad y en
unidad, si bien perdera en grandeza. Era menester, por lo tanto, que el
amor de una mujer, por linda y por candorosa que fuese, no diera el
motivo principal de que sabio tan grande como Fausto se endiablase de
aquel modo. Y era menester que en la primera tragedia se diesen ya cosas
que presupusiesen y preparasen la segunda, dejando no pocos cabos
sueltos que enlazasen despus la una con la otra. No nos fijemos ahora
en estos cabos.

Aislada la fbula de los amores de FAUSTO y Margarita, su disposicin y
desenvolvimiento merecen ms elogio que censura. Fausto, con todo el
ardor y el mpetu de su renovada juventud se apasiona de la sencilla y
linda muchacha, y quiere lograrla pronto, sin que le arredren obstculos
ni reflexione en malas consecuencias. Mefistfeles, fuera de las joyas
que lleva de presente a Margarita, apenas emplea ms medios para ayudar
a la seduccin, que los que podra emplear un lacayo listo de nuestras
antiguas comedias de capa y espada. As es y as debe ser. Si en el amor
que Fausto inspira interviniese algn artificio o prestigio diablico,
la belleza de este amor, casi toda su poesa, y ms an su ulterior
virtud, redentora y santificante, habran de desvanecerse. El nacer de
este amor, el desenvolverse y el llegar a su colmo en el alma candorosa
de Margarita, son hechos meramente humanos, profundamente observados en
la realidad y expresados luego con superior hermosura en la ficcin
dramtica. La sencillez y naturalidad del lenguaje y la precisin y
concisin del estilo de Goethe, donde nada huelga, donde no hay
redundancia, ni vana pompa, ni falso y sobrecargado lirismo, dan a
cuanto dice Margarita seductor encanto. En este encanto est el misterio
de que Margarita, desde las primeras escenas, adquiera tal vida y se
destaque con tal verdad del cuadro y del alma del poeta que la crea, que
tenga ser propio y se grabe de un modo indeleble en toda memoria, como
si hubiera existido.

Su madre no aparece. Goethe tiene el buen gusto de no dejrnosla ver;
pero su madre existe. No sucede como en nuestras antiguas comedias,
donde casi nunca hay madre. En lugar de la madre, pone el poeta a un
personaje muy cmico, y bien caracterizado: a una vecina, ya de aos,
vulgar, aficionada a conversacin, falsa devota, y con otras malas
cualidades, que la hacen apta para mediar en cualquier intriga galante.
Los dilogos de Mefistfeles con Marta, que as se llama esta mujer,
tienen gran fuerza cmica: ora cuando Mefistfeles trae a Marta la nueva
de la muerte de su marido, ora cuando la requiebra y enamora.

En el jardn de Marta se ven y se hablan Fausto y Margarita. Margarita
queda ya cautiva, herida en el corazn, inflamada por un afecto
irresistible e inextinguible.

Sigue a esto un bellsimo soliloquio de Fausto en un bosque. Fausto
vacila. Orgulloso de verse amado, a pesar del ardor violento de los
sentidos, piensa, por el amor que Margarita le infunde, que debe
apartarse de ella, a fin de no perderla y engaarla. Conoce que slo
puede darle un alma escptica y gastada, en cambio de su alma juvenil y
pura. Menester es de la intervencin elocuente del diablo para sacar a
Fausto de su vacilacin. Mefistfeles le hace presente que el mal est
ya hecho, que el amor devora ya el alma de Margarita, y que no
satisfacerle, despus de haberle encendido, sera la mayor de las
crueldades.

La hermosa cancin, que canta Margarita mientras que est hilando en su
cuarto, deja ver en seguida el estado de su alma; muestra que se halla
poseda, completamente dominada por su galn amigo, y que no tiene ms
voluntad que la suya. La cancin prepara magistralmente la escena que
viene luego. Margarita que ya es toda de Fausto, quiere que Fausto sea
de Dios, y manifiesta su pesar de verle poco religioso. Fausto la
aquieta ms con cario que con razones, y por ltimo concierta con ella
una cita.

Aqu hay pormenores sobre cuyo valer no nos atrevemos a decidir. Sin
duda es admirable la fuerza creadora de Goethe, que tan real nos
presenta a Margarita y que por tal arte la circunda de candor, que,
apesar de todas sus faltas, sigue parecindonos inocentsima, como si
hubiere en ella un numen malfico que le roba responsabilidad y libre
albedro. El amor ha sido obra del amor y no del diablo; pero en la
direccin que toma tan bella pasin, ya el diablo interviene. No en
balde ha logrado del mismo Dios el permiso de probar a Fausto; no en
balde ha hecho pacto con l. Son necesarios los delitos; importa que
nazca y vaya en aumento el terror trgico; pero a pesar de esto, y a
pesar de que mucho de diablico ha de haber en la historia en que tan
importante papel hace el diablo, no se pudiera haber excusado el
pormenor del narctico, dado por Margarita a su madre para que durante
la noche no se desvele y la sorprenda en los brazos de su querido?
Aunque Margarita tenga la certidumbre de que el narctico no har mal a
su madre, no es todava horrible que se le d, y que luego la tenga a
su lado, en aquel sueo violento, en aquel remedo de la muerte, mientras
ella se goza con el hombre a quien ama? En todo linaje de pecados hay su
ms y su menos. No faltan mujeres que burlen a sus madres y a sus
maridos; pero estamos ciertos de que, de cada ciento, apenas habr una
que no deseche el recurso del narctico. Hasta los libertinos ms sin
conciencia se nos figura que apurarn antes todos los medios; y, aunque
no hallen ninguno, se detendrn espantados antes de proponer a sus
amigas este medio de adormecer a la madre o al marido para tenerlas
luego con toda tranquilidad. Por otra parte, Margarita, que iba sola en
casa de Marta, mujer poco escrupulosa y que a todo se prestaba, qu
necesidad tena de infundir a su madre sueo profundo?

Se nos dir que el infanticidio es peor; que el infanticidio es el ms
odioso de los crmenes; pero el infanticidio era necesario para motivar
el suplicio de Margarita, cuya bondad queda a salvo merced al delirio.
Loca, arroja a su hijo a un estanque, donde se ahoga; mientras que a su
madre le da el narctico deliberadamente, en todo el despejo de su
juicio, y sin que el narctico quite ni ponga al argumento o desarrollo
de la accin. Es un refinamiento de _diablura_ y de realismo pecaminoso,
enteramente intil y que est de sobra.

Crimen espantoso es tambin la muerte de Valentn dada a mansalva por
Fausto; pero era inevitable; se justifica estticamente. Adems, aqu se
perdonara cualquiera defecto en el poeta, en caso de que le hubiese, en
gracia del carcter del rudo y honrado militar, hermano de Margarita. El
orgullo y la jactancia que le inspiraba ella, antes de su cada; la
rabia que le causa la prdida de su honra; las palabras todas que
pronuncia antes y durante el duelo; y sus terribles reconvenciones a
Margarita, cuando est ya moribundo, todo esto es real y bello a la vez.
Goethe en tres o cuatro hojas, levanta una figura viva, que no se borra
nunca de la mente de nadie. Hablando con franqueza, Don Diego de
Pastrana queda muy por bajo de Valentn, en ser individual y propio.

Lo que ocurre en el aquelarre, donde Mefistfeles lleva a Fausto para
distraerle, sera en gran parte, no ya impertinente, sino tambin
inconveniente, si el drama fuese slo drama, y no drama y poema
trascendental. Choca ver a Fausto bailando con una bruja joven, en
indecente jaleo y cantando coplas picarescas y lascivas, despus de
haber muerto traidoramente al hermano de su querida y hallndose sta en
el mayor peligro, desconsuelo y abandono.

El intermedio que lleva por ttulo _Las bodas de oro de Oberon y
Titania_, es ms extrao al drama, y estamos por decir que a todo el
poema trascendental, que _El curioso impertinente_ al _Quijote_, y que
el _Canto a Teresa_ al _Diablo Mundo_; con la diferencia de que _El
curioso impertinente_ y el _Canto a Teresa_ son dos obras de gran valer,
y que las tales _Bodas de oro_ valen poqusimo. Son unos epigramas
alusivos a cuestiones literarias y cientficas de entonces, que
sospechamos no perderan su frialdad aunque se conociesen hasta los
pices de las circunstancias y razones que movieron a Goethe a
escribirlos.

Despus de este mal trado _intermedio_, la accin se acelera y
precipita, como debe, llegando a su trmino en la escena ms pattica,
sublime, apasionada, llena de verdad y de poesa, y ms hondamente
conmovedora que jams escribi poeta dramtico en el mundo: la escena
del calabozo. Shakspeare lo hara tan bien; pero mejor jams pudo
hacerlo. El terror de la prxima muerte en un patbulo, los
remordimientos, la vergenza, combaten el alma de Margarita. A todo se
sobrepone el amor, apenas vuelve a ver a Fausto. La lucha de sus
afectos, su dulzura, el extravo de su razn, la vacilacin entre quedar
all para morir, o seguir a su amado y salvar la vida, todo resalta
natural, apasionada y divinamente en sus palabras. Quiere seguir a
Fausto y cree notar que la mano de l est manchada con la sangre de
Valentn; quiere salvarse y se ofrece a su pensamiento que ella ha
asesinado a su madre y ahogado a su hijo. En todo el dilogo, cada
exclamacin, cada frase es una joya potica. El tiempo pasa, y crece el
peligro en la demora. Mefistfeles aparece para dar priesa. Margarita se
llena de espanto al verle, y prefiere la muerte a aquella libertad
espantosa. Margarita se entrega resignada a las justicias divina y
humana, y pide a los ngeles que la protejan contra su amado, que viene
a salvarle la vida. El hombre a quien tanto ha amado le inspira entonces
horror. Los ngeles dicen desde las alturas:--Est
salvada!--Mefistfeles se lleva a Fausto solo, y el drama o la primera
tragedia termina.

Los caracteres meramente humanos del drama estn trazados y aun acabados
de mano maestra: parecen ms reales que la realidad. Marta y el fmulo
Wagner son dos personajes cmicos que pueden servir de modelos.
Margarita y su hermano estn llenos de alta poesa, y no por eso dejan
de pertenecer a una humilde posicin social y a una poca en que no
estaba tan extendida como ahora la cultura.

La sencillez y naturalidad de ambos hace ms distinta, viva, honda y
persistente la impresin que dejan.

Fausto es ya _criatura_ harto ms complicada. Lo sobrenatural y lo
trascendental influyen en la formacin de su carcter, y entran en l
como elementos lo alegrico y lo simblico, pero despojndole
imaginariamente de estas condiciones, queda un ser verdadero, noble,
real y simptico, a pesar de sus errores y delitos. Se dira que Goethe,
cuya defensa hemos hecho y a quien no creemos malo, all en los momentos
de mayor severidad contra s mismo, cuando ms descontento se hallaba de
su pensamiento y de su corazn, hundi en l la mirada aguda y
escudriadora, hizo cruel examen de conciencia y sac de all las malas
pasiones, las iras, las envidias, las concupiscencias, los dems
apetitos viciosos, las tempestades, los desrdenes y las otras negras
tintas con que traza la figura moral de su hroe. Claro est que por
cima de todo ello, hay cierta esencial nobleza, cierta radical
excelencia en el alma de Fausto, y tal abundancia de motivos para
atenuar humanamente sus pecados, que nos mueven a desear el perdn del
Cielo para ellos y a conservar al pecador nuestra simpata. Y claro est
igualmente que para que este perdn se logre, dada la violencia inicial
con que sale disparada el alma de Fausto en su extravo, es menester an
mucho a fin de que describa la curva que debe describir en su
movimiento. As, pues, al terminar la, primera parte, se ve que no
termina ms que un episodio. El drama queda an a gran distancia del
desenlace.

Mefistfeles, por ltimo, es un personaje _extra-natural_. Goethe no
creemos que tuviese tratos con l, pero le pinta tan a lo vivo, que
cualquiera dira que le conoci de cerca. La ndole de este diablo y su
consecuencia en palabras y en acciones, desde el _Prlogo en el Cielo_
hasta el fin de la segunda parte, acreditan la firmeza con que Goethe
traz su imagen y atin a prestarle vida. Mefistfeles tiene adems el
mrito de ser el diablo fino de nuestra edad, el diablo que corresponde
a un Dios benvolo, el diablo de los optimistas y de los progresistas
pacficos y por medios lentos y legales.

Lejos de ser un monstruo horrendo, si bien con toda la majestad de quien
estuvo cerca de Dios, y con toda la soberbia de quien aspir a vencerle;
lejos de ser un revolucionario titnico casi un anti-Dios como el Satn
de Milton, apenas es malo de veras. Es un tuno, un galopin, un
bufonzuelo y poco ms. El Padre Eterno confiesa que no le odia, que le
tolera y hasta que se divierte con l. En vez de creerle daino, le
considera til para los hombres, los cuales se echaran a dormir y no
haran nada memorable ni potico, si no se entregasen al diablo con
frecuencia. Mefistfeles, como Dios, gusta de or sus epigramas y
chistes y le emplea en sus altos designios de promover la actividad
humana, anda bien avenido con Dios, suele hacerle visitas, y sale muy
satisfecho de que Dios le trate con cordialidad y confianza.

Por lo que se ve, el mal para nuestro poeta es chico mal y est
subordinado al bien al cual concurre, a pesar suyo. As, Mefistfeles es
chico diablo. Aunque sabe y puede bastante, est en una posicin
relativamente humilde, en la jerarqua de los espritus.

Se columbra que Goethe comprende a Dios por cima de la naturaleza, y
llenndola toda e infundiendo en ella la hermosura y la vida. Para esto
ni para nada necesita ministros; pero es mayor riqueza y magnificencia
tenerlos; y as hay espritus, inteligencias y genios, monadas ms o
menos poderosas, unidas por lazos de amor divino, que crean, mueven y
cambian los mundos y cuanto en ellos hay. Cualquiera de estos genios
vale y puede mil veces ms que Lucifer y que todos sus diablos. No es el
genio del Universo, no es el Espritu del Macrocosmos el que se aparece
a Fausto. El que cede a su evocacin y se le aparece es slo el espritu
de este nuestro pequeo planeta. Y con todo, este espritu es tan
superior, tan inadecuado a la flaqueza del espritu humano ms valiente
y atrevido, que Fausto, al sentirle, se aterra, est a punto de morir y
reconoce que no puede entrar en relacin con l. El Espritu de la
tierra es quien da a Fausto la desesperada conciencia de su debilidad y
quien le provoca al suicidio. Los cnticos por la resurreccin del
Salvador le traen de nuevo a la vida. Toda esta parte de la tragedia,
mientras no aparece Mefistfeles, est como en ms altas esferas. La
aparicin de Mefistfeles trae las cosas a una esfera ms baja. No se
trata ya de infinitas aspiraciones, de sentir y de comprender en
ambiciosa mente humana a la naturaleza, a sus genios y a Dios, si no se
trata de algo ms prctico y terreno.

Mefistfeles no es sobrenatural; es, segn hemos dicho, _extra-natural_.
No es un espritu dominador, creador y superior a todo o parte de la
naturaleza, sino un espritu, semejante al humano, en lo que tiene de
ms vulgar; astuto, travieso, grosero, cuya misma grosera no le distrae
de lo que es til y le lleva a burlarse de lo bello y de lo sublime. Por
eso domina a los espritus humanos, que no se elevan: pero a los que se
elevan, jams los domina, aunque los sirva, deseosos de dominarlos.

En vez de anonadar a Fausto, como le anonad con el Espritu de la
tierra, Mefistfeles le hace rer con su aparicin, al salir del cuerpo
del perro, rendido a los conjuros y amenazas. Cuando Fausto le obliga a
que l mismo se defina, Mefistfeles se define _una parte de aquella
fuerza que siempre quiere el mal y que hace el bien siempre_.

Mefistfeles quiere destruir, viciar y corromper; mas como slo puede
hacer esto al por menor, concurre al bien general y a la creacin entera
y continua, muy contra su gusto.

Fausto, al firmar con l un pacto, le trata como superior a inferior;
como un amo a un lacayo; y est casi seguro de que el diablo no ganar
nunca la apuesta; no le dar lo que l desea. No slo no cae, por
decirlo as, bajo la jurisdiccin y poder del diablo mucho de lo deseado
por Fausto, pero ni siquiera est comprendido por el espritu diablico;
porque est en regiones superiores, hasta donde dicho espritu jams se
encumbra. En el numen, que vive en Fausto, hay una fuerza interior mil
veces ms pujante que todas las potencias del diablo. Lo malo es que
esta fuerza no se ejerce fuera de Fausto mismo. En l, crea de un modo
ideal cuanto quiere: fuera no puede nada. Pero de esas cosas ideales,
que Fausto crea en s, concibe y apetece, el diablo slo las mnimas y
de menos vala puede realizar en el mundo exterior: otras, ni siquiera
las entiende.

Aunque Mefistfeles, gracias a la fantasa del poeta, tiene ser propio y
personalidad independiente, todava, para concebir nosotros mejor su
esencia, podemos figurrnosle como un resultado del anlisis psicolgico
del alma de Fausto. Es la parte ms bestial y terrena de dicha alma, la
parte astuta y lista, que sirve para proporcionarse goces, riqueza,
poder, autoridad e influjo en este mundo; parte que Fausto haba
descuidado y hasta atrofiado y desechado, a fin de entregarse a sus
altas sabiduras. Desengaado de estas altas sabiduras, y ansioso de
todo lo que por ellas haba despreciado, se dira que vuelve a l
aquella parte ms ruin de su alma, bajo la forma y con el ser de diablo.

Esta inferioridad diablica respecto a Fausto y respecto a los dems
espritus superiores, no se desmiente nunca. La ciencia, el progreso, la
subida de nivel de las almas humanas, han hecho del diablo un personaje
de poco ms o menos. Su poder incontrastable no se ejerce ya sino en un
mundo ruin, entre brutos, que se empean en jugar y en ganar dinero para
parecer hombres, y en que por casualidad les salga algo bien para que se
diga que tienen entendimiento, y entre viejecillas ignorantes y
viciosas, que poseen algunos secretos y recetas, ignorando el por qu y
el cmo, de los mismos prodigios que obran, como son la bruja y los
gatos y los monos que la sirven y acompaan.

Fausto se siente tan rebajado de apelar a la inmunda pocin de la bruja,
a fin de recobrar la mocedad, que casi est a punto de quedarse viejo y
de romper desde el principio el pacto con Mefistfeles sospechando lo
poco que el diablo puede, y vale y lo ms poco que de l puede esperar
un noble espritu.

El bien del diablo vale tan poco como el mal. Por cima del diablo, as
como hay bien, hay mal inmensamente mayor de que Mefistfeles no podr
jams curar el alma de Fausto. Fausto, para recibir algn bien del
diablo, as como para someterse a su dominio, tiene que ahogar esa
aspiracin superior de su alma. Cuando vive y alienta con ella, el
diablo no le da el menor alivio para los tormentos que produce; pero
tambin el alma se sustrae por completo a todo influjo del diablo, y se
re de todos los pactos.

En la rara teogona de Goethe, el diablo, no slo est por bajo de lo
sobrenatural, trmino y mira de las aspiraciones del alma de Fausto,
sino tambin muy por bajo de lo natural, en cuanto lo natural tiene de
creador y de divino. Por esto, en la plebeya y estpida sociedad del
aquelarre, donde Fausto por un momento se encanalla, Mefistfeles se
pavonea y triunfa; pero, en la segunda parte, cuando, por el esfuerzo de
la voluntad y por los milagros del saber y de la inteligencia de Fausto,
aparecen los genios antiguos, que imagin Grecia, todos aquellos poderes
personificados de la naturaleza creadora e inteligente, Mefistfeles se
encoge, se humilla y casi se acobarda; Mefistfeles tiene que esconderse
y disfrazarse bajo la fea apariencia de una de la Forquiadas. No slo en
poder, sino hasta en fealdad, superan a Mefistfeles aquellas antiguas
creaciones.

Aunque sea rpidamente, sin la detencin que tan grande asunto reclama,
y a fin de no extralimitarnos y dar a este trabajo una extensin
impropia del objeto a que se destina, algo debemos decir de la segunda
parte del FAUSTO.

Varias personas han llamado al FAUSTO completo la _Biblia del
pantesmo_. Nada nos parece ms injusto. Goethe no era resuelto
pantesta; pero, si en alguna obra suya se inclina al pantesmo, no es
por cierto en el FAUSTO, donde ms bien le contradice.

Es verdad que para afirmar esto debemos dar por sentado que entendemos
la segunda parte, y es opinin muy comn que nadie la entiende. Tal vez,
los mismos que la llaman _Biblia del pantesmo_, lo cual, en buena
lgica, presupone que la entienden, la apellidan _libro de los siete
sellos_, delirio, laberinto, enigma perpetuo. Nosotros, aunque parezca
paradoja, y se nos impute a arrogancia, afirmamos lo contrario: que todo
est clarsimo en la segunda parte.

Dnde, si no, est la oscuridad? En qu consiste? De qu procede? El
estilo terso, conciso, lapidario, epigrfico, y lleno de precisin de
Goethe, llega, en esta segunda parte, al ltimo lmite de la nitidez, de
la elegancia desnuda de hojarasca e intiles adornos, y de la sobriedad
significativa e intencionada. Cmo, pues, decir con tal estilo lo vago,
lo incierto, lo indeciso, lo que nadie entiende, ni tal vez el poeta que
lo escribi? Esto no puede ser.

La supuesta no inteligencia de la segunda parte, slo puede explicarse
por dos maneras. Y por ambas, no ya el FAUSTO, sino la obra ms clara y
ms llana vendr a ser ininteligible. El _Quijote_, pongamos por caso.

Aunque no creemos en la epopeya trascendental, comprensiva y
omni-docente, creemos que el poeta canta a veces lo que no se dice; va
ms all del punto a que llega el hombre cientfico con la reflexin y
con el estudio; y adivina y vaticina, y se eleva a esferas inexploradas,
adonde el saber humano no lleg todava; pero si todo est en el ritmo o
en la poesa pura, es intil traducirlo en prosa. No es intil, es
imposible. En prosa ser inefable. Sera tan necia pretensin como la de
querer explicar el efecto de la mejor sinfona, y aun producirle igual,
haciendo un discurso sobre la sinfona. Pero si lo importante no est en
el ritmo, y dialcticamente se revela en la frase, todo el mundo lo
entender, sin que se traduzca o comente. Al que no lo entienda, podr
decrsele lo que el hidalgo manchego o el cura dijo una vez al barbero
que se quejaba de no entender a cierto poeta: Ni es menester que le
entienda vuesa merced, seor rapista.

La poesa y aun obras en prosa de carcter potico, pueden encerrar
hondas verdades, bajo el velo de la alegora o del smbolo; pero, una de
dos: o el smbolo y la alegora son trasparentes o no lo son. Si lo son,
todo se ve claro. Si no lo son, podrn escribirse mil y mil comentos, y
cada comentador imaginar que el poeta quiso decir esto, aquello, lo de
ms all, y aun cosas que al pobre poeta no se le ocurrieron en la vida.

Comentos tales se han hecho ya del _Quijote_. Por qu extraar que se
hagan del FAUSTO? Y si al FAUSTO se le culpa por esto de ininteligible,
por qu al _Quijote_ no se le pone defecto igual?

No est, pues, lo ininteligible de una obra en lo misterioso,
_exotrico_ o recndito que se aspire a hallar en ella. Basta con que lo
_exotrico_, el sentido directo, tenga un valor y un significado. Y la
segunda parte del FAUSTO le tiene. Es ininteligible, es oscuro, es
tenebroso el _Cantar de los Cantares_? Para un profano cualquiera nada
hay ms inteligible. El _Cantar de los Cantares_ es un idilio, una
gloga, un poema de amor, donde el amado y la amada se requiebran de lo
lindo, se dicen mil ternuras, se hacen mil finezas, se ensalzan y
describen menudamente y con morosa delectacin los primores y gracias
corporales de l y de ella, y se pintan los goces que han de lograr o ya
logran ambos, besndose, abrazndose y querindose mucho. Pero, si esto
es tan claro, entendido as, bsquese el sentido mstico que dan al
_Cantar de los Cantares_ exegetas y telogos y el _Cantar de los
Cantares_ habr menester de comento, y aun con el comento nos quedaremos
a oscuras, y apenas habr quien entienda una palabra. Por qu no
afirmar lo mismo de la segunda parte del FAUSTO, si es lcito equiparar
en algo lo sagrado con lo profano?

No es de suponer tampoco que la difcil inteligencia del FAUSTO dependa
de la erudicin previa que para entenderle se requiere. Basta, a nuestro
ver, con una cultura mediana. El comento erudito es intil. Todos los
personajes mticos estn caracterizados tan bien, que el ignorante podr
ganar algo, allegar un caudal de erudicin, si, con motivo de leer el
FAUSTO, adquiere y hojea algn Diccionario manual de la fbula; pero lo
que aprenda en dicho Diccionario aadir poco a la comprensin del
poema. Lo mismo puede decirse de las doctrinas cosmognicas, geolgicas,
filosficas etc., a que el FAUSTO alude. Lo que Goethe quiere decir lo
dice por entero, y no es menester acudir a otros libros para
explicarlos, a no ser que se desee saber de quin lo tom o por qu lo
dijo. En este caso es dable decir del comento erudito lo mismo que del
filosfico: a saber, que dicho comento cabe tanto como en el FAUSTO en
el _Quijote_. Tambin en el _Quijote_ hay quien investigue si tal pasaje
se tom del _Amads_ o del _Orlando_, si tal cuento o sentencia proviene
de Conon sofista o de la _Leyenda urea_.

Veamos, pues, sencillamente, no lo que se supone o columbra en el
FAUSTO, sino lo que se dice, y esto en resumen y cifra brevsima, porque
tememos que nos tilden de prolijos. Para mayor prontitud y claridad,
marcaremos cada uno de los cinco actos en que esta segunda tragedia est
dividida.

ACTO I.--El destino de Fausto no puede encerrarse en el de Margarita.
Fausto tiene an muy larga carrera. Aspira a todo, y para satisfacer sus
aspiraciones cuenta con varias potencias. Cuenta con Mefistfeles, esto
es, con el espritu de astucia y de conducta para la vida, que ya le
devolvi la juventud y que podr an darle riqueza, poder, fama y
deleites materiales. Y cuenta, por cima de Mefistfeles, porque la magia
natural toca puntos ms altos que la magia negra o hechicera, con la
ciencia, que le revelar los arcanos del universo, y con la poesa y el
arte, que realizarn para l la ideal hermosura.

No bien Fausto se recobra de sus violentas emociones, merced a un sueo
mgico, arrullado por cantos de genios y de ninfas, en un fertilsimo y
ameno vergel, las mencionadas aspiraciones empiezan sucesivamente a
realizarse, hasta donde la condicin finita de Fausto y del mundo lo
consiente.

Fausto brilla en la corte del Emperador y encuentra que en ella puede
ser lo que se le antoje, merced a su propio mrito y al diablo.

Esto, no obstante, no le satisface. De las damas no hay una sola que le
haga impresin, y se enamora de Elena, personificacin de la hermosura
corporal perfecta.

El diablo no tiene poder para proporcionarle a Elena. Lleno de turbacin
le habla de las Madres, o dgase de las ideas ejemplares, de las formas
puras antes de unirse a la materia prima y producir los diversos seres;
las cuales Madres, cuyos misterios el diablo no entiende, viven en el
vaco eterno, fuera del tiempo y del espacio, y slo por medio de
hondsima y solitaria contemplacin, reconcentrndose en el meditar, y
arrojndose en horribles abismos, puede llegar a ellas un nimo
atrevido. La empresa es tal, que el propio diablo no se atrevera a
acometerla. Fausto, sin embargo, la acomete, y el diablo le ve partir
con asombro, y duda de que vuelva del seno tenebroso, infinitamente ms
profundo que el infierno, adonde se ha lanzado.

En este viaje de Fausto a ver a las Madres est la clave del poema; el
ncleo de la segunda parte. Nosotros creemos que el diablo tiene razn,
y que Goethe no la tiene. Fausto no vuelve en realidad. El Fausto vivo y
humano, el doctor melanclico, el remozado por la bebida mgica, el
amante natural, como son todos los amantes; de la natural, viva y real
Margarita, se queda por all con las Madres, y slo vuelve su sombra, su
idea pura, un smbolo, una alegora tan difana y clara, que ms no
puede ser.

De aqu que toda la segunda parte sea poesa, en virtud del estilo
bellsimo del poeta, de la riqueza lrica y gnmica que derrama, de mil
primores de todos gneros que sabe difundir en los pormenores; pero en
el conjunto, la segunda parte, o no es poesa o es poesa al revs.

Sin duda que el poeta, all en los tiempos antiguos, con inspiracin
inconsciente, con estro divino, agitado por un furor que le viene del
cielo, crea personajes y acciones, que entraan y simbolizan grandsimas
verdades. Ms tarde viene el crtico, el pensador dialctico, el hombre
fro y reflexivo, y va desnudando del smbolo las verdades en l
ocultas, y deshace la poesa y crea la ciencia.

ste, en nuestro sentir, es el procedimiento natural.

Pero Goethe procede del modo contrario. En la segunda parte del FAUSTO
es un poeta al revs: demuestra prcticamente lo que al principio
dijimos: que la epopeya trascendental y comprensiva es imposible ahora:
que es delirio querer realizarla.

Por lo expuesto, nos pasma tanto el encarnizamiento con que censuran
muchos de poco inteligible la segunda parte del FAUSTO. El defecto nos
parece que est en lo contrario: en que se entiende de sobra; en que
todo es smbolo; en que es una larga parbola de millares de versos; en
que ninguno de aquellos personajes nos puede ya interesar, porque no son
tales personajes, sino figuras alegricas, que representan pensamientos
religiosos, morales, filosficos, fsicos, qumicos y geolgicos del
autor. Y francamente, una parbola, una alegora tan continuada, sera
insufrible, si no fuese de Goethe. Parecera, adems, una puerilidad
enojosa y cansada. A qu esas imgenes, esos misterios, ese estilo
figurado, para exponer doctrinas? Aunque se ven a las claras bajo el
velo trasparente de la alegora, an se vern mejor sin ese velo.

La poesa se asemeja en esto a la religin. Imaginemos, por un instante,
y Dios nos lo perdone, que la de Cristo es como la explica Hegel. Ser
as muy filosfica, muy profunda, muy interesante; pero, no bien se
acepte la explicacin de Hegel, tendremos un ingenioso y dialctico
trabajo, y lo que es religin no tendremos. Hegel, no obstante, est en
su derecho (entindase que somos partidarios de la absoluta libertad de
pensar); Hegel puede exponer racionalmente todos los dogmas, y
reducirlos a filosofa.

Lo absurdo sera que despus, emprendiendo la misma caminata en
direccin inversa, agarrsemos la Idea, el Yo, el No-Yo, el Ser, el
No-Ser, el Llegar-a-Ser, el Prurito, la Voluntad, la Vida, la Muerte, el
Uno y el Todo, y convirtindolos en personas, fragusemos la religin
del porvenir, ya con las filosofas de Hegel; ya con las de Hartmann; ya
con las de otro cualquiera. Quin haba de creer en religin semejante?
Qu apstoles, qu confesores, qu mrtires tendra? Y no es esto negar
que la ciencia, la doctrina, la afirmacin, despojada del smbolo
intil, sobrepuesto y anacrnico, no puede tenerlos.

Convenimos en que en religin, por razones largas de exponer aqu,
resalta ms lo absurdo de tomar al revs estos caminos; convenimos en
que cabe en poesa lo alegrico, como gala de imaginacin, como juego
ingenioso, y hasta como medio grfico de que hagan las verdades ms
impresin en el nimo, y hasta como recurso mnemotcnico para que duren
con ms persistencia y distincin en la memoria. Pero aun as, no se
comprende, parece producto del frenes, parece una pesadilla, tan larga
alegora.

No obstante, la segunda parte del FAUSTO, por cima de todo lo alegado en
contra, se lee con inters. Esto consiste, en que la alegora potica
tiene y seguir teniendo siempre alguna razn de ser. La verdad, velada
en la imagen o smbolo, seguir siempre grabndose mejor en el alma de
las muchedumbres, que la verdad, o la teora que pretenda pasar por tal,
expuesta con mtodo didctico rigoroso. As la poesa ser menos poesa,
ser menos bella, ser ms fra y ms sin alma; pero podr ser til.
Interesa adems, e interesa principalmente la segunda parte del FAUSTO,
porque el lector, acaso sin percatarse de ello, la convierte en una
enorme poesa lrica, en una serie de ditirambos, en una obra, no pica
y objetiva, sino subjetiva en grado sumo, donde ya no hay ms hroe que
Goethe; Goethe, disfrazado de Fausto, y empeado en algo de monstruoso,
descomunal e imposible. Saludemos, pues, al altsimo poeta con las
mismas palabras con que saludaba a Fausto la profetisa Manto:

    _Den lieb' ich, der Unmgliches begchrt!_

Yo amo a aquel que desea lo imposible.

Fausto, en este sentido, esto es, la sombra de Fausto, su idea, que
Goethe lleva en s, vuelve del seno de las Madres. En una fantasmagora
semi-real, en un teatro, delante del Emperador y de toda su corte,
Fausto hace que Elena y Paris aparezcan. Cuando Paris roba a Elena,
Fausto tiene celos, no puede contenerse, quiere quitar a Paris la beldad
que lleva en los brazos, y deshace el encanto con una explosin, cayendo
l como muerto.

ACTO II.--Todo este acto es un aquelarre pagano y clsico en
contraposicin con el aquelarre romntico y correspondiente al
cristianismo, que se lee en la parte primera. Si alguna vez nos
olvidamos de la alegora, y hasta nos parece que deja de haberla y que
tocamos algo real, es porque Goethe, en virtud de sus monadas, de sus
genios y espritus elementales, de sus inteligencias misteriosas que
mueven las cosas naturales, casi cree en los seres que evoca, por donde
los seres que evoca toman cuerpo y dejan de ser figuras retricas
solamente.

Para explicar la doctrina de este segundo acto sera menester escribir
tanto al menos como el acto contiene. Goethe es conciso y por
consiguiente difcil de extractar. Baste saber que ya el diablo, segn
hemos dicho, hace aqu muy triste papel. Hasta _Homnculus_, el engendro
raqutico de la ciencia pedantesca de Wagner, sabe ms que l y le sirve
de gua.

Fausto, llevado de su anhelo incesante, penetra en el seno de la
Naturaleza, quiere desentraar sus arcanos y el origen de los seres. Su
amor a Elena, esto es, su afn de poesa y de hermosura, no se entibia
sin embargo. Nada distrae a Fausto de este amor. Halla al centauro
Chiron, monta sobre sus espaldas, y corre en busca de Elena. La
profetisa Manto le indica el modo de dar con ella: le dice por qu
sendas debe bajar al reino sombro de Plutn, en las ms hondas races
del Olimpo, adonde ya baj y de donde nunca volvi Orfeo; Fausto con no
menos bro que Orfeo, y con mejor fortuna, desciende al Orco en busca de
su amada.

ACTO III.--Aqu se advierte ms an el defecto de la realidad; lo fro
de la alegora. Nada ms bello, sin embargo, como forma. Es todo dichosa
imitacin de la poesa griega antigua, combinada magistral y
armnicamente con lo caballeresco, trovadoresco y galante de la poesa
de los siglos medios.

Fausto tiene un castillo en la cima del Taigetes, y es capitn y
prncipe de guerreros salidos del seno de la noche cimeriana. Elena,
huyendo de Menelao, que la quiere sacrificar, se refugia en el castillo
de Fausto, quien la recibe como Amads hubiera recibido a Briolanja o a
otra princesa menesterosa, que viniese a que la socorriera en su cuita.
Fausto, con sus guerreros, destroza el ejrcito de Menelao, y con sus
modales refinados enamora a Elena en seguida, que, por otra parte, como
es sabido, no era una roca de firme ni un mrmol de fra.

Despus de este doble triunfo, Fausto y Elena se retiran a Arcadia,
donde hacen vida buclica. All tienen un hijo: Euforion. Remedo de
Hermes, apenas nace inventa y toca la lira, y quiere sometrselo y
apropirselo todo y subir a los cielos.

Euforion se lanza en el aire y cae despeado, cual nuevo caro. Goethe
celebra en Euforion a Lord Byron, y lamenta su muerte. Es un episodio de
extraordinaria belleza. Euforion, adems, es smbolo de la poesa
moderna, nacida de la antigua belleza clsica y de la ciencia reflexiva
de nuestra edad.

Muerto Euforion, el lazo que une a Fausto con Elena queda deshecho.
Elena vuelve al Orco; pero antes de partir abraza a su esposo y le deja
como prenda de amor la tnica y el velo. Estas vestiduras no son la
misma deidad; pero son divinas y tienen la fuerza de elevar a quien las
posee por cima de las cosas vulgares. En efecto, estas vestiduras
envuelven a Fausto y le suben hacia las regiones etreas.

ACTO IV.--Prosigue en l la alegora, y en nuestro sentir es el menos
divertido de todos. El emperador lucha con un anti-emperador, y con
auxilio de Fausto y de Mefistfeles le derrota. Fausto, que ha tratado
ya de calmar su anhelo infinito con la ciencia, con la poesa, en el
seno de la Naturaleza y en el seno de la belleza ideal, procura ahora
satisfacerle con el poder y el dominio.

ACTO V.--Todava, ya en una extrema vejez, Fausto busca el bien supremo
en la filantropa, en hacer la felicidad de sus semejantes, en los
adelantamientos sociales. Con este empeo de adelantamientos, como el
sonido de las campanas le fastidia, hace que el diablo queme la cabaa
de Baucis y Filemon, emblema de la vida antigua, y queme adems la
ermita, que estaba al lado y donde sonaban las campanas; esto es, acaba
con la religin, en nombre de lo cmodo y progresivo.

A pesar de su podero, comodidad y bienestar, si bien Fausto impide que
entren a visitarle en su palacio la Deuda, la Necesidad y la Miseria, no
impide que el Cuidado entre y le aflija y le consuma.

En medio de sus proyectos benficos de hacer la dicha de los hombres, de
crear un pueblo libre, industrioso y lleno de virtudes, Fausto muere. La
alegora no puede ser ms clara. Fausto ha deseado, ha buscado cuanto
hay o puede haber de bello en la sociedad humana, en la mente, en la
fantasa, en el arte y en la Naturaleza. Slo no ha acertado a elevarse
por cima de todo esto, en alas de la fe, y no ha buscado jams en Dios
el bien supremo. Pero Margarita (y aqu cesa la alegora, y precisamente
en lo ms sobrenatural, vuelve el poema a parecer real y a ser por lo
tanto ms potico); pero Margarita, repetimos, que se ha salvado, ha
intercedido por Fausto cerca de la Virgen Santsima, y Fausto se salva,
a pesar del pacto con Mefistfeles, el cual queda burlado, aunque no muy
desesperado, a la verdad. Mefistfeles era un diablo de buen humor, y
sus bufoneras y chistes duran hasta lo ltimo. Los ngeles tan bonitos
que vienen volando para llevarse el alma de Fausto, le hacen muchsima
gracia, y, si bien el pcaro no se siente inflamado de amor espiritual,
lo que es profana y lascivamente, les echa mil piropos y les dice sus
ms atrevidos pensamientos y sentimientos. El acto, no bien desaparece
Mefistfeles, termina con una escena mstica, en una Tebaida celestial,
donde los Padres del yermo, la Magdalena, la Samaritana, Santa Mara
Egipciaca, la misma Margarita, y los doctores extticos, serficos y
profundos, cantan dignamente de la caridad, de la redencin, de la
gloria y del amor divino, mientras el alma de Fausto sube al cielo en
virtud de lo _femenino eterno_: expresin filosfica con que Goethe
designa a la Madre de Dios o al concepto de que procede, y con que pone
fea discordancia en los dichos cantares religiosos.

Tal es, en compendio, todo el poema de FAUSTO, del cual slo la primera
parte va aqu traducida.

Sera tarea interminable si nos pusiramos a hablar de cada una de sus
escenas y a buscar interpretaciones.

Sin interpretacin alguna, como ya hemos dicho, todo tiene un sentido
simblico inmediato por dems trasparente. No hay que interpretar el
poema hasta leerle.

Sus defectos estn sobrepujados por sus bellezas. El sabio, el poeta, el
filsofo, el corifeo del gran siglo de oro de las letras alemanas se
muestra en este poema en todo su poder, y todo l con sus inmensas
facultades.

l solo pudo acometer empresa tan grande sin caer en algo digno de risa.
Ay del poeta inexperto e iluso que, sin medir sus fuerzas, sin tener el
genio, la ciencia, la habilidad y la perspicacia crtica del poeta
alemn, se atreva a seguirle al seno de las Madres y quiera traernos de
all a otro Fausto y a otra Elena! Lo ms que nos traer, con menos arte
y paciencia que Paracelzo o que Wagner, ser un _Homnculus_ ridculo,
que jams saldr de su redoma, cuya luz no guiar a nadie por los
caminos de lo ideal, y cuyo fuego amoroso, excitado por Galatea, no
derretir y fundir el vidrio, derramndose en el seno del Ocano.

Slo nos queda que aadir que en una traduccin, por fiel que sea, se
pierden las dos terceras partes de las bellezas que estriban y se
sostienen en la energa y tersura de la expresin original.
Contentmonos, pues, con que, en nuestra fiel traduccin, persista toda
aquella belleza ntima, que reside en el fondo, y no en la forma, y que
el lector atento sabe hallar y gustar, aunque la limpia y esplndida
estructura, el metro resonante y el hechizo de la rima hayan
desaparecido.




SOBRE SHAKSPEARE


Mi amigo el estudioso y entendido joven D. Jaime Clark me pone en un
grande apuro. Publica una traduccin de los dramas de Shakspeare y me
pide que escriba yo un breve prlogo. Esta distincin honrosa, este
aprecio que de m hace D. Jaime Clark, me lisonjea por extremo; pero el
apuro no es menor para m.

Cmo, por breve que el prlogo sea, he de prescindir del autor
traducido y he de limitarme a juzgar la traduccin solamente? Fuerza es
decir algo sobre Shakspeare, y esto es lo difcil, lo enojoso para m,
sobre todo en pocas palabras.

Shakspeare es el dolo literario de Inglaterra. El influjo civilizador,
la preponderancia poltica de esta gran nacin, en todo el auge ahora de
su fortuna, riqueza, prosperidad y bro, han difundido y acrecentado la
gloria del poeta amadsimo entre cuantas naciones pueblan la faz de la
tierra. Qu podr yo aadir a las alabanzas de Shakspeare dadas en
Alemania por Wieland, ambos Schlegel, Lessing y tantos otros crticos y
poetas, que le aclaman el prncipe de los dramticos y la fuente de
inspiracin de donde ha surgido el genio de la moderna y hermosa poesa
alemana? Cmo hablar, cmo escribir de Shakspeare despus del encomio
hecho por Vctor Hugo, ciclpeo monumento, serie de ditirambos
desaforados, estatua colosal, fundida en una imaginacin de fuego por un
entusiasmo que raya en delirio, y abrillantada y retocada despus por un
cincel de diamante? Cmo atreverme a desplegar los labios o a dejar
correr la pluma, habiendo ledo la apoteosis bellsima, el saludo
sublime que Emerson enva a Shakspeare desde el otro lado del Atlntico?

Mi espritu fro, tardo para los raptos de admiracin, aunque no incapaz
de ellos, harto indeciso y vacilante para no ver el contra al lado del
pro, y tranquilo hasta la pesadez, es imposible que siga, ni desde muy
lejos, el remontado vuelo encomistico de los precitados autores.

Shakspeare, dicen, es inconcebiblemente sabio: los dems sabios que ha
habido en el mundo dejan al menos que su sabidura se conciba.
Shakspeare ni esto deja. En punto a facultad creadora Shakspeare es
nico. No se puede imaginar nada mejor. Shakspeare est ms por cima de
Milton, Cervantes o el Tasso, que stos del vulgo.

De la venida de Shakspeare al mundo no han hecho algo tan
sobrenaturalmente importante como la encarnacin de un Dios; pero han
hecho ms, segn el gusto y forma con que tales encarecimientos pueden
hacerse en el da. Shakspeare, dice Emerson, es en historia natural una
produccin del globo que anuncia nuevas mejoras; alguna casta nueva, con
relacin a la cual seamos los hombres de las dems castas lo que el mono
es con relacin al hombre.

Ni mi escasa anglomana, ni mi poco fervor romntico, ni mis inveteradas
preocupaciones en pro de la medida, orden, reposo y arreglo de los
poetas griegos y latinos, ni mi amor a mi propia casta y nacin y a los
grandes ingenios que ha producido, entre los cuales Cervantes, y Lope, y
tal vez. Tirso, se levantan a mis ojos sobre Shakspeare, consienten que
yo adopte por mos tan superlativos encomios.

Me veo, pues, en la precisin de rebajar el mrito del autor, que mi
amigo Clark presenta al pblico de Espaa, en vez de ponderarle y
sublimarle. Harto me aflige tener que hacer un papel tan ingrato; pero
no me faltan consuelos.

En primer lugar me remito a Emerson y a Vctor Hugo para el que busque
elogios. Aadir es casi imposible. Declaro con sinceridad que en Espaa
no creo que hay en el da ms que un hombre que, si se pone a encomiar a
Shakspeare, acierte a decir algo que supere a Vctor Hugo y a Emerson en
epinicios agigantados y en hiprboles sonoras. Claro est que este
hombre es D. Emilio Castelar, el Vctor Hugo de la ctedra y de la
tribuna.

En segundo lugar me consuela la consideracin de que, si yo rebajo a
Shakspeare, siempre le dejar bastante alto para los espaoles,
ponindole, como le pongo, ya que no a la altura de Cervantes, al nivel
de Calderon, y casi hombrendose con Lope.

En tercer lugar, por ltimo, y como tercer consuelo, me parece que ms
bien acudo en favor del traductor asegurando a los lectores que
Shakspeare no es impecable, que no presentndole como el limpsimo
dechado, donde, sin lunar ni falta, resplandecen todas las bellezas
poticas, o como la joya soberana donde se han acumulado a manos llenas,
sin mezcla de falsa pedrera ni de metales de baja ley, las perlas, los
diamantes y el oro puro de la ms acrisolada inspiracin. Los lectores
podrn hallar oscuridades, confusiones, rarezas, groseras y bufonadas
en estos dramas y achacrselas al traductor. Sepan desde ahora que son
del poeta. El traductor, escrupulosamente fiel, lo traduce todo con
exactitud pasmosa. Nos hace un inmenso servicio. No nos da un arreglo de
Shakspeare, suprimiendo y poniendo a su antojo. Nos da a Shakspeare tal
cual es: con sus defectos y con sus bellezas; con sus aciertos y con sus
extravos; con sus bajezas y sus sublimidades. Por D. Jaime Clark va a
tener el pblico espaol al propio Shakspeare, sin cambio, ni enmienda,
ni disfraz alguno, en nuestra lengua castellana. Donde Shakspeare habla
en prosa, Clark habla en prosa; donde en verso libre, en verso libre;
donde en versos aconsonantados, en versos aconsonantados. El estilo del
traductor se ajusta tambin al del autor, y ya es enrgico, conciso y
sublime, ya culterano, ya natural, ya claro, ya oscuro, ya elegante y
sostenido, ya bajo y rastrero. El Sr. Clark quiere, ms que traducir,
calcar a Shakspeare, y creo que lo consigue. Vamos, por consiguiente a
tener a todo Shakspeare por primera vez en castellano. Menester ser
juzgarle, rpidamente al menos, pero con la misma imparcialidad que si
fuera nuestro compatriota.

Disto mucho ms que de los encomios exagerados de Vctor Hugo y Emerson,
del desdn y de las burlas de Voltaire y su imitador Moratin. Confieso
que el anlisis que hace Voltaire del Hamlet me ha arrancado varias
veces lgrimas de risa: mas no por eso he dado nunca la razn a
Voltaire. Ya s que lo sublime lo bello, lo grande es lo que se presta a
la parodia.

Mi vacilacin y mi duda estn en otra cosa. Hasta qu punto eran
requisito indispensable, condicin precisa de todo lo que hay de
profundo y de ntimamente verdadero en el Hamlet, las rarezas de estilo,
las _excentricidades_ de que se muestra acompaado? Sern defectos,
reales defectos los que Voltaire y Moratin sealan como tales,
consistiendo slo la falta de estos crticos en no ver y reconocer en
todo su brillo y hermosura los numerosos aciertos que hacen que toda
falta se borre y se olvide? Estos defectos, aunque inevitables, dados
la poca en que Shakspeare escribi y el pblico a quien se diriga,
son, a pesar de todo, defectos? O por ltimo, no son defectos los que
Voltaire y Moratin sealaban, sino excelencias y perfecciones que no
comprendan? Para responder a estas preguntas, para decidirme por
cualquiera de estos trminos, necesitara yo mucho tiempo, larga
meditacin y escribir luego un tomo y no algunas pginas. Aun as no s
con certeza si cesara mi vacilacin y me aventurara a dar un fallo
definitivo.

Sea como sea, y sin dar el fallo, nadie niega que Shakspeare es un
ingenio de primer orden. Ni Voltaire ni Moratin lo negaron.

La gloria de este poeta empez cuando viva y escriba sus dramas.
Despus no se ha eclipsado nunca y ha ido e ir creciendo cada vez ms
con el andar del tiempo. Pero la grandeza de las montaas no se ve ni se
mide de cerca. Aunque se sabe poco de la vida de Shakspeare, parece
probable que le conocieron y trataron muchos hombres eminentes de la
brillante poca en que vivi Raleigh, Bacon, el conde de Essex, Milton,
Hales, Keplero, Belarmino, Alberico Gentile, Paolo Sarpi, Vieta y otros
mil le conocan. Ninguno despreci su talento: ninguno dej de estimar
el mrito de sus dramas; pero ninguno tampoco le rindi aquel culto,
aquella adoracin que hoy le rinde lo ms ilustre, instruido,
inteligente y dichoso del linaje humano. Hasta que lleg el siglo XIX,
exclaman sus ms fervientes admiradores, hasta que lleg este siglo,
cuyo genio es Hamlet viviente, no pudo haber lectores que entendiesen la
tragedia de Hamlet. Ahora la literatura, la filosofa y el pensamiento
todo, son Shakspeare. Su espritu es el horizonte ms all del cual nada
vemos, nada descubrimos, aunque nos esforcemos con ansia por columbrar
lo venidero.

Singular sera que siendo Shakspeare tan adorado entre los extraos, lo
fuese menos entre los propios; entre los ingleses, que son tan
patriotas. En Inglaterra ha tenido el gran dramtico multitud de
bigrafos, crticos, comentadores y panegiristas. Los que en Espaa han
escrito sobre Cervantes son en nmero cortsimo comparados con los que
en Inglaterra han escrito sobre Shakspeare. Nuestras alabanzas a
Cervantes son tibias en comparacin de las que se han dado a Shakspeare
en Inglaterra. Por lo dems, mucho parecido en todo: hasta en ciertos
infantiles y candorosos regalos que lo mismo se han hecho por all a
Shakspeare, que a Cervantes por ac. Ambos han resultado filsofos,
mdicos, abogados y buenos oficiales o maestros en casi todos los
oficios; pero en verdad, ambos eran ingenios legos, y Shakspeare ms que
Cervantes, si bien todo lo saban por penetracin, por viveza de
ingenio, por agudeza y perspicacia en la serena mirada para observarlo,
abarcarlo y comprenderlo todo a primera vista.

En lo que no han tenido que afanarse tanto los eruditos ingleses como
los espaoles, es en averiguar quines eran, de dnde procedan los
personajes que pona en accin su poeta. Don Quijote, Sancho, Dulcinea,
Sanson Carrasco, los Duques, Clara, Dorotea, Lucinda, Cardenio,
Altisidora, Maese Pedro, y tantos otros, no tienen antecedentes, y es
menester buscarlos con fatigosa diligencia en los archivos, y revelar
luego al mundo la interesante verdad de que todos estos personajes
vivieron vida real, y fueron bautizados en tal o cual parroquia. Pero
los personajes de Shakspeare, as como las acciones que ejecutan o en
que intervienen, estn, antes que en sus dramas, en crnicas, poemas y
leyendas, o en otros dramas, que Shakspeare refunda.

Pocos autores han tomado ms de los otros que Shakspeare. Todo lo que le
pareca bello, sublime, divertido, agradable, gracioso, lo tomaba sin
escrpulo donde lo hallaba. Ha dicho un discreto, que en literatura, no
slo se disculpa, sino que se glorifica el robo cuando le sigue el
asesinato. Shakspeare saba esta mxima, y no dej de asesinar a cuantos
rob. De los autores robados nadie se acordara si no hubieran sido
robados. Todos murieron: mas Shakspeare vive, y los personajes que
aquellos autores crearon o evocaron a una vida vaga y como de sombra, y
a una luz indecisa, crepuscular e incierta, han sido trados por
Shakspeare a la radiante y meridiana luz de la gloria inmortal, y a una
vida ms firme, ms clara, ms real que la de todos los hroes de la
historia.

Este es, sin duda, el mayor mrito, el mayor misterio, el encanto ms
poderoso del genio de Shakspeare. Por este lado, y este lado es el ms
importante, pocos poetas se le adelantan en todas las modernas
literaturas. Eminentes han existido algunos que, en mi sentir, slo han
logrado personificar las virtudes o los vicios, producir tipos o
smbolos con habla y figura humana: el hipcrita, el avaro o el
misntropo; pero la fuerza creadora para no limitarse a la abstraccin,
a la generalizacin, a un concepto destilado y extrado de lo real por
medio del discurso, y vestido luego de cuerpo por la fantasa, y s para
producir individuos verdaderos, definidos, determinados, complejos en su
carcter y condiciones, como son todas las criaturas humanas, y con ms
vida y ms perfecta vida que la vida que da naturaleza: este don, este
arte, pocos le han tenido como Shakspeare. Ofelia, Desdmona, Julieta,
Miranda, Beatriz, Hero, Lady Macbeth, Otelo, Hamlet, Shylock, Falstaff,
Yago y tantos otros, viven en la mente de los hombres con mayor firmeza
y consistencia, que los ms ilustres y claros varones que fueron en
realidad: que todos los gloriosos sabios, hroes, polticos y capitanes
que vivan en el mundo, mientras que estos personajes fantsticos iban
saliendo del cerebro de Shakspeare, provistos ya del elixir de perpetua
juventud y vida, desde el ao de 1589 al de 1614. Despus, lejos de
evaporarse, lejos de desvanecerse tales creaciones, han adquirido mayor
bro y virtud inmortal, se han baado en nuevos fulgores de gloria, se
han revestido de cuantos hechizos logra crear el arte humano. El
escultor las ha fundido en bronce o las ha dado cuerpo en el mrmol; el
pintor ha empleado en ellas todo el primor de sus pinceles y las ms
ricas tintas de su paleta; el grabador ha agotado la finura y maestra
de su buril, y el msico ha buscado y hallado, para expresar sus
pasiones, las melodas ms conmovedoras y las armonas ms profundas.

Grande ha sido el valor de Shakspeare para conseguir esto: pero ha sido
mayor su fortuna. Quin duda, sin embargo, de que la fortuna es el ms
poderoso elemento del valor?

Fausto, Margarita y Mefistfeles, y Werther y Carlota, en la literatura
alemana, y slo D. Quijote, Sancho, Dulcinea y D. Juan Tenorio, en la
espaola, son los personajes que por la notoriedad, la fama, y el fulgor
glorioso, pueden compararse a los personajes de Shakspeare, en las otras
literaturas europeas.

Pero depende esto de que en los dramas de Lope, Tirso, Calderon,
Moreto, Alarcn y Rojas, de que en todo nuestro gran teatro espaol no
haya ms personajes que D. Juan, con tanto aliento de vida, con tanta
predestinacin para la inmortalidad, como los hroes shakspearianos? La
verdad es que no hay en nuestro gran teatro espaol otros personajes que
vivan como aquellos. Fue mengua de nuestros poetas o de la fortuna?

Shakspeare escribi para un pueblo que empezaba a ser grande, que iba a
extender su imperio, a mejorar su civilizacin castiza y propia, a
difundirla y a hacerla valer por todas las regiones del mundo. Como
escribi para el pueblo, escribi inspirado y lleno de los pensamientos
y sentimientos del pueblo, y su mente y sus obras estn henchidas de lo
porvenir; contienen en germen todo el espritu de Inglaterra en el da.
Nuestros dramticos escribieron tambin para el pueblo, inspirados y
llenos de los sentimientos del pueblo, pero de un pueblo que mora, de
un pueblo cuya civilizacin castiza y propia iba a desaparecer, y cuyo
espritu de entonces no haba de ser el espritu de ahora. De aqu que
aquellos hroes hablen una lengua que apenas entienden ya los espaoles,
y expresen sentimientos e ideas de que los espaoles mismos ya no
participan. Cmo, pues, han de entenderlos los extranjeros, cuando los
espaoles no los entienden ya?

Aquellos poetas, con todo, eran tambin soberanos; pero ni ellos, ni sus
hroes, pueden hoy vivir como Shakspeare y los suyos. Vista y reconocida
su grandeza; no se les puede negar otro destino, que ya empieza a
cumplirse. Para el vulgo de otros pases, y aun para no pocos de sus ms
eruditos escritores, no slo la potencia poltica, sino la potencia
intelectual de Espaa, se ha extinguido ya. La Revista de Edimburgo,
encomiando a Fernn Caballero, supone que en Quevedo acab nuestra
literatura, y que despus, hasta Fernn Caballero, nada hemos tenido
digno de mentarse. Taine asegura que la literatura espaola feneci a
mediados del siglo XVII. Considerada, pues, nuestra literatura como una
literatura muerta, y nuestra civilizacin como una civilizacin pasada,
es de esperar que los eruditos, arquelogos y humanistas, nos
desentierren o nos acaben de desenterrar, para hacernos justicia, y que,
ya que no vivan nuestros poetas como Shakspeare, ni unos hroes como
otros, sean Lope y Calderon, como Esquilo y Sofocles, y valgan y vivan
sus personajes, como Prometeo y Edipo y otros anticuados personajes del
teatro griego.

Por lo pronto, ocurre una cosa muy triste, pero inevitable, que se
explicar con un ejemplo. Tengo yo un amigo pintor. Ha pintado
lindamente a Fausto y Margarita, y a Julieta y Romeo. Varias veces le he
rogado que pinte algo tomado de nuestra literatura dramtica. Ha
contestado, sin consentir rplica ni hallarla yo: nadie entendera mi
cuadro, nadie reconocera los personajes, nadie sabra la accin, como
no diese yo de antemano a cada espectador del cuadro un pliego de papel
escrito, donde se explicase todo por menudo. Mi amigo el pintor tena
razn de sobra.

En cambio la vida de Shakspeare y de sus hroes es clara, notoria y
contempornea vida. La generalidad del pblico conoce ya de fama a
muchos de estos hroes, o los conoce por imitaciones o por estampas y
pinturas, o por las peras en que aparecen cantando. Bueno es que los
conozca tales como son, en su primitiva fuente, en Shakspeare mismo.

La traduccin de D. Jaime Clark vale para esto como pocas traducciones.
Para quien no sepa con toda perfeccin la lengua inglesa, y sea nacido
en Espaa, esta traduccin ser ms til y mil veces ms agradable que
el original ingls y que toda traduccin francesa por buena que sea.

Creo que debo terminar felicitando a mi amigo D. Jaime Clark por su
excelente trabajo.


FIN.





End of the Project Gutenberg EBook of Algo de todo, by Juan Valera

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ALGO DE TODO ***

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