The Project Gutenberg EBook of Vida y obras de don Diego Velzquez, by 
Jacinto Octavio Picn

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Title: Vida y obras de don Diego Velzquez

Author: Jacinto Octavio Picn

Release Date: October 18, 2009 [EBook #30280]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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[imagen: MUSEO DEL VATICANO
VELZQUEZ POR L MISMO
_Fotog. Braun, Clement y C_]




VIDA Y OBRAS

DE

DON DIEGO VELZQUEZ

POR

JACINTO OCTAVIO PICON

[imagen]

MADRID
LIBRERA DE FERNANDO F
Carrera de San Jernimo, nm. 2

1899

ES PROPIEDAD DEL AUTOR.
QUEDA HECHO EL DEPSITO QUE MANDA LA LEY.

Est. tip. de Ricardo F, calle del Olmo, 4. Telfono 1.114




NDICE


AL LECTOR

I

Antigua cultura y decadencia espaola

II

Rpida recordacin de nuestra pintura hasta fines del siglo XVI

III

Juventud de Velzquez

IV

Viajes de Velzquez a Madrid.--Entra al servicio de Felipe IV

V

Rubens en Espaa.--Los Borrachos.--Primer viaje de Velzquez
a Italia.--La Tnica de Jos.--La Fragua de Vulcano

VI

Retratos: del Rey, del Prncipe Baltasar Carlos, del Infante
Don Fernando, del Conde-Duque, de Martnez Montas.--Otros
que se han perdido

VII

El Cristo atado a la columna, de la Galera Nacional de
Londres.--El Cristo crucificado.--La Rendicin de
Breda.--Cuadros de caceras.--Marcha Velzquez con el
Rey a las jornadas de Aragn y Catalua

VIII

Velzquez criado del Rey.--Segundo viaje a Italia.--Retratos
de Juan de Pareja y de Inocencio X.--Obras de arte
que compra para Felipe IV.--Es nombrado Aposentador
de Palacio.--Memoria y dudas que ofrece su autenticidad.

IX

ltimos retratos del Rey.--De la Reina Doa Mariana.--De
la Infanta Doa Margarita.--Del Prncipe Felipe Prspero.--Retratos
de enanos y bufones

X

Cuadros mitolgicos: Mercurio y Argos.--Marte.--La
Venus de la coleccin Morritt.--Menipo.--Esopo.--Las
Hilanderas.--Las Meninas.--Cuadros religiosos:
La Coronacin de la Virgen.--Visita de San Antonio a
San Pablo.--Viaje de Velzquez a la frontera de Francia.--Su
enfermedad y muerte

XI

El estilo de Velzquez.--Influencia ejercida en l por las
obras de _el Greco_.--Lo que Velzquez representa en la
Historia general del arte y en la pintura nacional

NOTAS


APNDICES

DOCUMENTOS

Fe de bautismo de Velzquez
Entra Velzquez al servicio del Rey
Orden aclaratoria de otra anterior mandando dar racin a Velzquez
Pago de _Los borrachos_ y otras obras
Velzquez pide el pago de sus gajes
Propuesta al Rey sobre reforma en la concesin de los vestidos de merced
Manda el Rey que se paguen a Velzquez atrasos de sus haberes

Decreto del Rey accediendo a la liquidacin de cuentas solicitada
por Velzquez antes de emprender su segundo viaje a Italia

El Embajador de Espaa en Venecia al Rey

Declaracin de Alonso Cano en la informacin hecha por el
Consejo de las rdenes sobre concesin a Velzquez del hbito de Santiago

Declaracin de Juan Carreo de Miranda en la misma informacin

Declaracin de D. Gaspar de Fuensalida en la misma informacin

Instancia del Contador de Palacio sobre reclamaciones de Velzquez

Carta escrita por Velzquez en Valladolid al volver de la
jornada a la frontera de Francia

Partidas de defuncin de Velzquez y de Doa Juana de Pacheco, su mujer

Memoria de lo que se encontr en el cuarto del Prncipe por muerte de
Velzquez

Catalogo de las obras autnticas que se conservan de Velzquez
con expresin de donde se hallan y quin las posee

Cuadros perdidos

Bocetos, dibujos y grabados

Bibliografa


FOTOGRABADOS

Velzquez, por l mismo.

Los Borrachos

Cristo atado a la columna

Pablillos de Valladolid

El Conde-Duque de Olivares

Cristo crucificado

Rendicin de Breda

Martnez Montas

Inocencio X

Felipe IV

La Venus del espejo

La Infanta Margarita

Las Hilanderas

Las Meninas

La Infanta Mara Teresa

El Prncipe Felipe Prspero




AL LECTOR


De dos maneras son las vidas que se escriben de
los grandes hombres: una reservada a los historiadores
o crticos de alto vuelo, para quienes no tiene
secretos la investigacin ni obscuridad el discurso;
otra a la cual basta el modesto propsito de que el
vulgo pueda admirar lo que apenas conoce. Quien suponga
que me he atrevido a lo primero, ser injusto:
a quien reconozca que he procurado lo segundo, quedar
agradecido.

Cuanto se sabe de la vida artstica y condicin social
de Velzquez, procede primero de lo que en sus
libros dejaron Pacheco y Palomino: despus, de los
documentos debidos a la diligencia de don Ramn
Zarco del Valle y de los trabajos de erudicin y crtica
de don Pedro de Madrazo. No hay ms antecedentes:
estos son los que todos los bigrafos se ven
obligados a repetir tomndolos unos de otros, sin poder
aadir cosa nueva.

Sobre tales bases han escrito muchos extranjeros y
espaoles; pero lo de stos anda disperso en memorias,
discursos y papeles peridicos, y lo de aqullos no se
ha traducido: de donde resulta que no hay en Espaa
libro fcilmente asequible que narre la vida y describa
las obras de nuestro gran pintor. Sea este el primero,
pues cuando los grandes no acometen las empresas
preciso es contentarse con la labor de los pequeos.

Otra consideracin me ha movido a componerlo. En
lenguas extraas se han dedicado a Velzquez obras
extensas notabilsimas: en espaol, trabajos de mrito
singular, pero cortos; as, que la opinin extranjera ha
circulado ms que la nuestra, y como nadie consigue
dominar el conocimiento de lo ajeno, y menos en arte,
donde slo se comprenden ciertas cosas habiendo nacido
entre ellas, sucede que aun los ms ilustres y
perspicaces publicistas de otras naciones, han incurrido
en ligerezas o errores. Quin dice que el _Cristo
crucificado_ del Museo del Prado, es imagen teatral y
lgubre, o que tiene mucha sangre; quin niega que
sean de mano de Velzquez las figuras del cuadro de
la _Vista de Zaragoza_; otros le atribuyen lienzos medianos
en que no puso pincelada; escritor hay que al
hablar de _Las Lanzas_ le supone la ruin malicia de
haber pintado zafios a los holandeses y gallardos a los
espaoles; no falta quien acepte por autnticos cuadros
como la pequea _Reunin de retratos_ del Louvre,
y hasta se ha llegado a echar de menos en Velzquez
cualidades que posea en alto grado. Bueno es contribuir
a que tales cosas no se crean. Justo es confesar,
sin embargo, que la gloria de Velzquez debe ms a la
crtica extranjera que a la espaola.

Imaginando que as debe hacerse en un trabajo de
vulgarizacin, me he abstenido casi por completo de
anlisis y consideraciones de carcter tcnico; procurando,
no la explicacin de cmo pintaba, sino el reflejo
de la impresin que producen sus obras.

Vago recuerdo de ellas ser lo poco bueno, si hay
algo, que contengan estas humildes pginas. Pronto
a reconocer mis errores, no aspiro a ms satisfaccin
que la de traer a la memoria una de nuestras glorias
ms grandes en estos das tristes, cuando todas parecen
muertas.

Madrid, 1899.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

LOS BORRACHOS

_Fotog. M. Moreno_]




I

ANTIGUA CULTURA Y DECADENCIA ESPAOLA.


Espaa, desde el tiempo de los Reyes Catlicos, hasta que nuestra
cultura muri sofocada por el espritu centralizador de la monarqua
absoluta y la intolerancia religiosa, fue con relacin al estado general
de la poca, un pueblo tan civilizado y progresivo como la Inglaterra y
la Alemania de ahora. Italia era ms artstica, Francia ms fastuosa,
ninguna potencia hubo ms ilustrada que Espaa. En tanto que el Aretino,
dice despreciativamente, que los pobres son _los insectos de los
hospitales_, Jofre funda en Valencia el primer manicomio que ha existido
en el mundo; y Pedro Ponce de Len y Juan Bonet, ensean a leer y
escribir a los sordo-mudos: mientras la Sorbona de Pars, llama a la
imprenta _arte maldito_ y manda quemar a Roberto Estienne, por haber
puesto nmeros arbigos a los versculos de la Biblia, nuestro cardenal
de Burgos, dice que _por mucho que escribiera para alabar el arte de
impresin de libros no acabara nunca_; y poco despus el embajador de
Espaa en Roma ruega al rey _que no se deje arrebatar el privilegio de
la creacin de imprentas, y que recabe la independencia y libertad del
invento, desde el doble punto de vista de la industria y del derecho_:
mientras la universidad de Lovaina hace la primera lista de obras
prohibidas, dando a los papas la idea funesta del _ndice_, aqu se
exime a los impresores de toda clase de tributos, y las Cortes declaran
libre la entrada de libros en Espaa. A mediados del siglo XVI tom tal
vuelo entre nosotros la enseanza, que en Galicia las Ordenanzas de
Mondoedo castigaban con tres aos de destierro a los padres cuyos nios
no iban a la escuela; se prohiba que pudieran ser alcaldes los que no
saban leer y escribir; y en Madrid se multaba en dos mil maraveds al
hombre cuyos hijos no iban al estudio municipal, con lo que se procuraba
secularizar la enseanza, evitando que la juventud acudiese a las
ctedras de los frailes. En la Espaa de aquel tiempo brillaron Alonso
de Crdova, cuyas tablas astronmicas se usaban en Italia; Vasco de
Pia, que calcul las declinaciones del sol para la isla de Santo
Domingo; Luis Vives llamado a Oxford, por el rey de Inglaterra, para que
instruyese a su familia; Alonso de Santa Cruz, descubridor del arte de
trazar mapas, que hoy lleva el nombre de Wright; Fernn Prez de la
Oliva, que intent descubrir el telgrafo magntico;[1] Guilln, que
invent la brjula de variacin; Diego de Ziga, que defendi el
sistema copernicano cuando lo rechazaba Europa entera; Juan de
Urdaneta, que inquiri la causa de los ciclones; Pedro Nez, que
construy el micrmetro llamado _nonius_, apenas perfeccionado en tres
siglos; Rivero, que invent las bombas de metal para achicar el agua de
las naves; Jernimo Muoz, que calcul las trayectorias de los
proyectiles; Juan Prez de Moya, que vulgariz el estudio de las
matemticas; Rojas, cuyo astrolabio usaba Galileo; Juan Escribano, que
inici la aplicacin del vapor como fuerza motriz; Rojete, cataln o
gallego, pero de fijo espaol, que construy el primer telescopio,
llegando a tener doce, entre ellos uno cuya lente convexa media
veinticuatro pulgadas de dimetro, por lo cual, Sirturo llama a la
construccin de telescopios _arte hispano_; Martn Corts, que descubri
el polo magntico antes que Libio Sanuto; Pedro Ciruelo, que redact el
primer tratado de la ciencia del clculo; doa Oliva Sabuco, que
escribi la _Filosofa de las pasiones_ antes que Alibert; el admirable
mdico Juan Huarte, precursor del moderno positivismo; Andrs Laguna,
que cre un jardn botnico en Aranjuez antes que lo hubiera en
Montpellier y en Pars; Fernndez de Oviedo y Jos de Acosta,[2] por
quienes Humboldt ha dicho que los espaoles fueron los fundadores de la
fsica del globo. Francia e Inglaterra estuvieron un siglo aprendiendo
de nuestros marinos el arte de navegar; Holanda y Portugal no hicieron
sino seguir nuestras huellas; la gran Repblica de Venecia, nica
potencia que estaba en condiciones de hacer tanto como nosotros,
consider con estrechez de miras el descubrimiento del Nuevo Mundo:
_Mare nostrum_ podan decir todas las naciones latinas contemplando el
Mediterrneo: slo Espaa se atrevi a exclamar contemplando el Ocano,
_Plus Ultra!_ Nuestra grandeza no fue como vulgarmente se cree
exclusivamente militar. En ciencias y artes hubo, a pesar de la
Inquisicin, hombres eminentes y gozaron algunos tanta libertad, que
Francisco de Villalobos, mdico de la Reina Catlica, pudo decir sin que
le viniera perjuicio, frases tan arriscadas como esta: _Yo no hablo con
telogos: y si los filsofos se acogen a ellos harn como los
malhechores que se acogen a la Iglesia_. Puede, en fin, afirmarse, que
desde Fernando V e Isabel I, hasta la muerte de Felipe II, no hubo
problema cientfico que no se iniciase o hallara eco en Espaa, ni varn
ilustre en materia de ciencias que no estuviese en relacin con nuestra
patria[3].

Tras tanta grandeza vino la decadencia, siendo todos culpables de ella,
la monarqua por absorbente, el clero por fantico, la nobleza por
ignorante y el pueblo por holgazn y envilecido. Cuesta gran trabajo
creer los desaciertos, torpezas e indignidades en que incurran todas
las clases del Estado, durante los reinados de aquella funesta dinasta
que comenz en una pobre loca y acab en un desdichado imbcil. Pas
como un sueo, costosa mana de grandezas, la gloria militar de Carlos
I: tras los males engendrados por la ambicin y el despotismo, vinieron
la estril crueldad de Felipe II por conservar lo adquirido, la devocin
relativamente mansa con que Felipe III imaginaba merecer del cielo lo
que no saba procurar en la tierra, y subi por fin al trono aquel
Felipe IV a quien sus cortesanos llamaban _Filipo el Grande_, pero de
quien nadie se acordara hoy si no le hubiese retratado Velzquez.

El amante de Mara la comedianta y Margarita la monja, sin ser hombre de
mala ndole, fue detestable rey: nacido acaso para que en l se mostrase
de qu modo ciertas instituciones tuercen y bastardean la condicin
humana; porque as como las alturas de la Naturaleza causan el vrtigo,
en las cumbres sociales la tentacin triunfa de la voluntad y la lisonja
sofoca la virtud.

Felipe IV, findolo todo y descansando de todo en sus privados, a la
maana iba de caza, a la tarde pona rejones, y de noche buscaba en los
camarines del Retiro y en las celdas de San Plcido aventuras con que
olvidarse de que los tercios moran de hambre en los Pases Bajos y
Portugal se alzaba independiente.

No qued por entonces en el pas manifestacin de actividad que no se
debilitara ni sentimiento que no se bastardease. El espritu religioso
inspirador de _Los nombres de Cristo_ y _El smbolo de la fe_ produjo
libros como la _Ensalada hecha con yerbas del huerto de la Virgen_ y _La
buenaventura que dijo un alma en trage de gitana a Cristo_. Los estudios
relacionados con las ciencias llegaron a mirarse con tal indiferencia
que, as como Felipe III haba encomendado a su confesor la presidencia
de una junta solicitada por el general Conde de Villalonga para la
reforma de la artillera, Felipe IV confi a una reunin de telogos el
proyecto de canalizacin del Manzanares y el Tajo, los cuales piadosos
varones rechazaron la idea diciendo que, si Dios hubiera querido que
ambos ros fueran navegables, con un solo _fiat_ lo hubiese realizado, y
que sera atentatorio a los derechos de la Providencia mejorar lo que
ella, por motivos inescrutables, haba querido que quedase imperfecto.

La corrupcin e inmoralidad del clero en aquellos das fue an mayor que
su ignorancia: las _Cartas_ y los _Avisos_ de Pellicer, de Barrionuevo y
de otros curiosos, a quienes se puede considerar como predecesores del
noticierismo moderno, hacen mencin de multitud de clrigos presos y
castigados, no slo por robos, homicidios y asesinatos, sino por ser
actores de pecados nefandos.

Rayaba la credulidad en insensatez: Andrs de Mendoza cuenta en serio
que un da en San Gins, un fraile descalzo francisco, de grande
opinin de santidad, se arrebat en xtasis, en el cual, desde la mitad
de la iglesia, fue hasta el altar por el aire, y en l se estuvo un
cuarto de hora mirando el Santsimo Sacramento a vista de gran pueblo,
que le hizo pedazos el hbito, a que supli la piedad y grandeza de la
seora duquesa de Njera.

Espaa se cubri de conventos. En Madrid, por ejemplo, donde los Reyes
Catlicos, de cuya piedad no se puede dudar, haban creado slo tres, y
Carlos I no ms de cinco, Felipe II fund diecisiete, Felipe III catorce
y Felipe IV otros tantos. Lo que suceda en las comunidades de mujeres
no se puede referir limpiamente. Proceso hubo a consecuencia del cual se
descubri que las pobres reclusas llamaban al Espritu Santo _El
Quemn_, porque al arrodillarse ante el confesionario se les encenda la
sangre.

El pueblo, vejado, explotado, oprimido, sin poder creer ni esperar en
nadie, se envileca en la holganza favorecida por la sopa boba,
formulando luego su indignacin y su escepticismo en refranes que
decan: _en larga generacin hay un fraile y un ladrn_; _nunca vide
cosa menos que de frailes y obispos buenos_; _a la puerta de hombre
rezador no pongas tu trigo al sol_; _reniega de sermn que acaba en
daca_; _parece tonto y pide para las nimas_; _fate en la Virgen y no
corras_.

El Rey, para ocultar sus pecados, haca que profesasen muchos de sus
hijos bastardos, y los caballeros ricos se arruinaban por cmicas
ingertas en cortesanas, como la Mara Beson, _que vino de Francia tan
cargada de escudos como de enfermedades_, o la Antonia Infante, que
usaba en la cama sbanas de tafetn negro.

Y a tal nacin, tal corte. Madrid, consumido de pobreza, por cualquier
pretexto arda en fiestas. En Palacio, tan pronto se gastaban millones
para recibir a un prncipe extranjero, como un bufn haba de prestar
dos reales para comprar confites a la reina; los soldados, sin paga, se
acuchillaban en las calles, mientras llegaban las nuevas de que el
francs o el flamenco nos haban derrotado en los campos y el ingls nos
haba pirateado en los mares.

Felipe IV se diverta en las solemnidades de la Iglesia, en las
ceremonias de Palacio, en los aposentos del teatro, en los bosquecillos
del Retiro; el vulgo alto y baja gozaba comentando aventuras de grandes
y pequeos, y el clero a todos les absolva de todo con tal de que no
sufriesen merma sus rentas ni ataque su jurisdiccin.

De entre aquel envilecimiento general nicamente sola alzarse de cuando
en cuando la protesta de algn espritu valiente, magistrado, predicador
o literato que condenaba tanta vergenza: por ejemplo, la voz honrada y
atrevida del obispo de Granada, don Garcern Albanel, que os denunciar
a Felipe IV los abusos del Conde-Duque y la pluma del gran
Quevedo.--Podr uno--dice ste--ser monarca y tenerlo todo sin
quitrselo a muchos? Podr ser superior y soberano y subordinarse a
consejo? Podr ser todopoderoso y no vengar su enojo, no llenar su
codicia y no satisfacer su lujuria?

Mucho debi de menguar el amor a la monarqua por entonces, pues en
pocos aos se descubrieron y castigaron temerosas conspiraciones
fraguadas por poderosos y nobles. Don Carlos Padilla y el Marqus de la
Vega de la Sagra mueren en el patbulo por intentar rebelarse contra el
Rey; el Duque de Hjar, acusado de querer alzarse con Aragn, sufre
tormento; del gran Duque de Osuna se sospecha que so con el trono de
Npoles, dando ocasin a que Villamediana dijese:

      _Tambin Npoles dir_
    _que Osuna la saque:_
    _as lo creyera yo_
    _si el Duque fuera un baj;_
    _que no porque rico est_
    _usurp bienes ajenos:_
    _antes, por respetos buenos,_
    _fue tan humilde, que el Rey,_
    _le dio oficio de Virrey_
    _y aspir a dos letras menos._

El Marqus de Ayamonte expir en un cadalso, demostrada su intervencin
en aquella trama urdida para hacer a Andaluca repblica independiente,
y por la cual se dijo:

      _Justamente se quera_
    _el de Medina-Sidonia_
    _alzar con algunas tierras,_
    _pues que han de perderse todas._

Por ltimo, en Catalua, las familias ms ilustres, ponindose de parte
del pueblo, se vuelven contra la Corona; y en Portugal, el Duque de
Braganza, obedeciendo a las instigaciones de su mujer que le deca: ms
quiero ser reina una hora que duquesa toda la vida, se hace soberano
con el nombre de Juan IV. Cules no seran los errores del monarca,
cuando Cnovas del Castillo, en sus _Estadios del reinado de Felipe IV_,
dice: Ningn punto de la historia de Espaa parece tan averiguado como
que nicamente la ociosidad, la ignorancia, el afn de goces de Felipe
IV, juntamente con la ineptitud y tirana de Olivares, su principal
Ministro, fueron las causas del levantamiento de Portugal en 1640.

Muertas las Cortes, sofocada la independencia municipal desde Carlos I,
absorbida la vitalidad de las villas y ciudades por el espritu
centralizador de los privados, y menospreciado el trabajo por la
engaosa abundancia del oro que vena de Amrica, nuestro podero se
desmoron hasta quedar convertido en escombros lo que fue soberbio
monumento. De aquellas tres palabras que simbolizaron la antigua
grandeza espaola, _Dios_ no era comprendido, el _Rey_ estaba endiosado
y la _Patria_ estaba moribunda.

Mas a modo de consuelo para tanta vergenza, como en resarcimiento de
reinos arrebatados y humillaciones sufridas, quedaron en nuestra
historia intelectual dos manifestaciones gloriosas del genio espaol: la
riqueza extraordinaria de la produccin literaria y el florecimiento de
la pintura. Lope y Cervantes, Velzquez y Murillo, recuperaron para la
Patria en los dominios de la belleza aquella estimacin y supremaca que
perdimos en lo poltico y material por la ineptitud y bajeza de los
altos poderes del Estado.




II

RPIDA RECORDACIN DE NUESTRA PINTURA HASTA FINES DEL SIGLO XVI.


El examen de lo que fue en Espaa la pintura hasta fines del siglo XVI
no cabe aqu, ni aun hecho someramente; porque es materia que slo para
recopilar y ordenar lo que se ha escrito exigira muchas pginas. Basta
a nuestro propsito decir que segn iban los reyes ganando tierras en la
reconquista, a medida que magnates, nobles, abades y prelados se
enriquecan, despertaba en ellos el amor del lujo, una de cuyas primeras
consecuencias es el desarrollo y florecimiento de las artes: y claro
est que entonces, como siempre, lo que unos hicieron por vanidad y
ostentacin, otros lo haran por buen gusto y delicadeza de
sentimientos.

Gracias a escrituras, privilegios, donaciones, contratos y otros papeles
que los investigadores laboriosos han encontrado en los archivos, se
sabe que en plena Edad Media hubo aqu artistas notables cuyas obras se
han perdido; abundan las referencias, o descripciones de lo que
hicieron, y aun en algunos casos constan las cantidades que se les
dieron en pago: pero la verdad es que desde don Lzaro Daz del Valle y
Cean Bermdez hasta hoy, cuantos escritores han tratado de poner en
claro los orgenes de nuestra pintura no han hecho, porque no podan
hacer otra cosa, ms que barajar unos cientos de nombres y repetir las
mismas noticias. Muchas son las que permiten asegurar que hubo por
aquellos tiempos artistas habilsimos aunque se ignora dnde
aprendieron, cmo empezaron a formarse, y en qu diversas tendencias o
ideales se inspiraban. Lo nico indudable es que en los siglos XIII y
XIV monarcas, municipios y cabildos les empleaban a su servicio
remunerndoles esplndidamente; prueba de que gustaban sus obras. Hasta
en los ms vulgares compendios de la historia del arte se cuenta que
Julin Prez trabaj para Alfonso el Sabio, y Rodrigo Esteban para
Sancho IV; que Raymundo Torrent y Miguel Fort pintaron en Zaragoza a la
manera italiana y que Juan Cesiles ajust con una iglesia de Reus un
retablo en ms de trescientos florines.

Desde los comienzos del siglo XV aparecen ya artistas de cuyas obras se
tiene ms conocimiento, y algunas se conservan, aunque sea dificilsimo
precisar el nombre de sus autores. Se sabe tambin que los reyes se
complacan en atraer a sus cortes a excelentes pintores extranjeros: don
Juan I de Castilla protege a Gerardo Starnina, florentino; don Juan II a
Dello; en 1428 viene Juan Van-Eyck; Jorge Ingls trabaja para el Marqus
de Santillana, y cuantos autores han estudiado tan interesante materia,
hablan de Juan de Borgoa, y citan como envuelta en dudas la misteriosa
figura de un Juan Flamenco cuya personalidad nadie ha logrado poner en
claro, pues al paso que unos pretenden ver en l al mayor de los
Van-Eyck, quieren otros que sea Memling. Muy apreciada deba de estar
aqu la buena pintura cuando el papa Martn V mand a don Juan II como
gran obsequio un pequeo trptico de Rogerio Van der Weyden.

Lo ms interesante para nosotros es que junto a estos nombres
extranjeros comienzan luego a sonar apellidos espaoles como Juan de
Segovia, Gumiel, Zamora, Gallegos, Aponte, Berruguete, lo cual demuestra
que simultneamente a la produccin de los venidos de tierra extraa,
comenzaban a desarrollarse y brillar las facultades de los que aqu les
tomaron por maestros. Las causas que promovieron y facilitaron esta
enseanza fueron de diversa ndole: en primer lugar, con relacin a
poca ms remota, la venida y permanencia larga de aquellas cuadrillas
de artistas, artfices y obreros que construyeron las catedrales, debi
de influir mucho en nuestra cultura: y luego las relaciones frecuentes y
comunicacin diplomtica de nuestros reyes con los soberanos extranjeros
contribuiran tambin, por el cambio de regalos, a que la gente rica se
fuese aficionando a la pintura que ya en Flandes y en Italia era
principal ornato de templos y palacios. Ello es de suerte que el siglo
XV nos ha legado gran nmero de tablas pintadas por diferentes artistas
que forman lo que vulgarmente se llama antigua escuela de Castilla,
creada por la doble y coetnea imitacin de lo que aqu hacan o nos
enviaban los flamencos e italianos.

Determinar claramente la parte de ideas y hasta de procedimientos que a
cada una de esas maestras corresponde, sera punto menos que imposible.
Es tambin aventurado asegurar, como han pretendido algunos crticos y
aficionados, que en Catalua y Aragn imperase slo la influencia
flamenca, y en Castilla y Andaluca la italiana: aqulla se inici
antes, mas luego la accin de ambas fue casi simultnea, por lo cual en
las obras de algunos pintores espaoles de entonces se observa que
buscaban, por ejemplo, al mismo tiempo el carcter y personalidad de las
figuras a semejanza de las escuelas de Colonia y de Brujas, y la
impresin de color al modo de las escuelas de Siena y de Florencia.

Esta fase de la pintura nacional, primera que se puede estudiar con
algn fundamento, corresponde en su ms alto grado de desarrollo al
reinado de los Reyes Catlicos, bajo cuyo gobierno, segn el Cura de los
Palacios, _se vio Espaa ms triunfante y ms sublimada, poderosa,
temida y honrada que nunca fue_[4].

Menndez Pelayo, a quien es tan grato como forzoso consultar en todo lo
que se refiere a la historia de la cultura espaola, sintetiza en estas
palabras la significacin de los artistas de aquel perodo.

Al lado de la enrgica vitalidad que en aquel fin de siglo mostraba la
escultura, produciendo obras que antes ni despus han sido igualadas en
nuestro suelo, parecen pobre cosa los primeros conatos de la pintura,
oscilante entre los ejemplos del arte germnico y los del italiano, y
ms floreciente en la corona de Aragn que en la de Castilla, como lo
prueba la famosa _Virgen de los Conselleres_, de Luis Dalmau, memorable
ensayo de imitacin del primitivo naturalismo flamenco. Pero fuera de
esta y alguna otra excepcin muy sealada, las tablas que nos quedan del
siglo XV, interesantsimas para el estudio del arquelogo, y no bien
clasificadas an, dicen poco al puro sentimiento esttico, y los nombres
de sus obscuros autores Fernando Gallegos, Juan Snchez de Castro, Juan
Nez, Antonio del Rincn, Pedro de Aponte, no despiertan eco ninguno de
gloria. Sin embargo, el progreso de unos a otros es evidente: ya Alejo
Fernndez rompe la rigidez hiertica y realiza un notable progreso en la
tcnica. Y por otra parte, la pintura mural y decorativa tiene alta
representacin en las obras de Juan de Borgoa. El arte pictrico
espaol, propiamente dicho, el nico que tiene caracteres propios y
refleja el alma naturalista de la raza, no ha nacido an: tardar
todava un siglo en nacer, un siglo de tmida y sabia imitacin italiana
que cubre y disimula el volcn prximo a estallar[5]. Ciertamente las
obras a que se refieren estas observaciones atinadsimas, _dicen poco al
puro sentimiento esttico_, porque estn basadas en la imitacin, y sus
autores, aunque ms o menos hbiles, carecieron de espritu propio: mas
en cambio, se puede afirmar que por su misma simplicidad y candor
satisfacan perfectamente al fervor religioso que las inspiraba. Las
composiciones de estas pinturas no eran verdaderos cuadros hechos slo
para ornato y gala permanente de habitaciones, sino pequeos oratorios
porttiles, dpticos o trpticos, _tablas encharneladas_, como se les
nombra en el lenguaje de la poca, y estaban todas fundadas en asuntos
devotos. Los reyes, capitanes y grandes seores las llevaban a las
guerras, y en sus viajes sufriendo las consiguientes vicisitudes: lo que
hoy estaba en un campamento, maana se vea en un castillo, y de la
ignorancia o cultura del vencedor dependera siempre su suerte. Este
linaje de pinturas debi de generalizarse extraordinariamente.

En las cmaras y tarbeas de los palacios, alczares y casas que Isabel I
tena en Aranjuez, Granada, Sevilla, Toledo, Toro, Tordesillas, Segovia
y Medina del Campo, hubo, segn consta del inventario formado a su
muerte, al pie de cuatrocientos sesenta cuadros, casi todos de devocin;
y doa Juana la Loca dej treinta y seis, sobre los que hered de su
madre. La prueba de que no slo los monarcas posean obras de esta
ndole, est en que muchas de ellas les eran regaladas, y sus autores
deban de ser bien pagados cuando se sabe que Fernando V mand dar a
_Michel Flamenco, pintor que fue de la reina nuestra seora que haya
santa gloria, la suma de 116.666 maravedises_, por todo el tiempo que
haba servido a la reina desde principios del ao 1492 hasta que S. A.
fin[6].

[imagen: GALERA NACIONAL DE LONDRES

CRISTO ATADO A LA COLUMNA

_Fotog. Braun, Clement y C_]

Carlos I lleg a tener ms de seiscientos cuadros: conocido su poder,
fcil es colegir los tesoros que acumulara en los palacios de los
Pases Bajos, de Italia y de Espaa; slo su ta doa Margarita de
Austria, le leg ms de cien pinturas: ni Francisco I de Francia, ni
Enrique VIII de Inglaterra, llegaron a poseer riqueza parecida. Mas este
tesoro ya no se compona exclusivamente de obras religiosas. El
Renacimiento estaba en su apogeo; las auras paganas despertando el amor
a la Naturaleza haban ingerido al arte savia nueva, y a los artistas
creyentes que representaron con placido y sincero misticismo los relatos
de los evangelistas, haban sucedido otros que, inspirndose en los
cantos de los poetas gentiles, ponan su genio al servicio del
sensualismo clsico, fingiendo en sus obras, con maravillosa potencia
imaginativa, fbulas erticas, hazaas de hroes, pasiones de dioses,
desnudeces de mujeres, pero estos pintores, al poner el entendimiento y
la mano en la tragedia del Calvario ni aun con la grandiosidad de la
composicin y la pompa del color, lograban suplir aquella honda y
sincera emocin que agit el alma de los fundadores de las escuelas
primitivas. El Renacimiento fundado en el estudio de la antigedad, fue
revolucin provechossima al arte, porque le ense a amar la belleza
sin cuidarse de su origen: pero haciendo que prevaleciese la fantasa
sobre la piedad, le rob en general y en particular a la pintura ese
algo misterioso e ingenuo independiente de toda condicin externa que
seduce y cautiva aun a los adoradores de la forma.

La pintura que durante ms de dos siglos haba tenido su exclusivo
asiento en las iglesias, se enseore tambin de los alczares, vari de
ndole y hasta cuando decor templos, los adorn como si fueran
palacios.

No lo permite la extensin de este modesto trabajo, pero conviene
fijarse en la acogida que aqu tuvieron las obras del Renacimiento para
observar luego cmo vari su carcter y se modificaron sus tendencias.

Carlos I debi de ser gran admirador de sus creaciones, aun de aquellas
donde ms resplandeca la libre sensualidad del paganismo, pues si bien
es cierto que al retirarse a Yuste llev consigo gran nmero de cuadros
de devocin, aos atrs, segn refiere Jusepe Martnez, haba mandado
pintar a Ticiano, adems de un retrato, _unos cuadros de unas poesas,
que a no ser tan humanas, las tuviera por divinas, lastima grande para
nuestra religin!_

Felipe II, que cuando escriba al mismo Ticiano le llamaba _amado
nuestro_, le encargaba para sus palacios cuadros como los de _Antiope_,
_Venus y Adonis_, y _Diana y Calixto_, de lo cual se infiere que no era
mojigato en materia de arte; y Felipe III y Felipe IV, siguieron
reuniendo obras anlogas en Madrid y el Pardo.

Durante este largo perodo, que abarca todo el siglo XVI, domina ya en
Espaa el gusto italiano en lo referente a los elementos de expresin
que animan la obra pictrica: los ms ilustres holandeses, Antonio Moro
por ejemplo, slo son buscados y seguidos como retratistas. En Valencia,
pintan Juan de Juanes y Ribalta; en Andaluca, Luis de Vargas, Alejo
Fernndez y _el divino_ Morales. Tomamos de Italia, la escrupulosidad en
el estudio de los miembros del cuerpo, la manera de concebir y disponer
el cuadro, el manejo de la luz, los contrastes y armonas del color,
hasta los estilos y procedimientos de la ejecucin, pero la tendencia
del Renacimiento a que el arte fuese, ante todo, realizacin de belleza,
ya nacida de los ideales de la mente, ya contemplada en las obras de la
Naturaleza, el criterio amplio y libre hasta la audacia que florentinos,
romanos y venecianos desplegaron en sus frescos y sus lienzos, hall
pocos proslitos en Espaa.

Los monarcas, a quienes la Iglesia no entorpeca sus gustos personales
por pecaminosos que fuesen, seguan adornando los palacios y casas de
recreo con profanidades y mitologas: algunos grandes seores, hacan lo
propio, segn se desprende de lo que refieren varios escritores de aquel
tiempo[7]; mas para la mayora de la nacin, el arte fue un mero
auxiliar del sentimiento religioso.

Intil es que haya quien se obstine en negarlo alegando que adems de
cuadros devotos, tambin se pintaban muchos de otros asuntos. Para
persuadirse de lo infundado de esta afirmacin, basta considerar que
entre los miles de lienzos del siglo XVII, que se conservan en Espaa,
son poqusimos los que representan episodios histricos o escenas de
costumbres, y en cambio es incalculable el nmero de los inspirados en
el Viejo o el Nuevo Testamento, y en las vidas de los santos: hasta los
_floreros_ se solan disponer de modo que sirvieran de marco a alguna
imagen sagrada: retratos se hicieron en abundancia, pues siempre sobra
lo que radica en la vanidad humana, y no escasean los bodegones, porque
muchos artistas tomaban este gnero por va de estudio: de lo que apenas
hay rastro, es de la pintura que pudiramos decir domstica y familiar.
Conocemos la vida de aquel siglo, por los viajes de los extranjeros, que
solan exagerar o mentir; por los documentos de los archivos, que hablan
con seca y desabrida elocuencia; por el teatro, en que la imaginacin es
seora; por la novela picaresca, que slo resucita tipos de una clase
social; por los escritores, que siempre con sentido especialmente
devoto, se complacan en censurar las costumbres, describindolas de
paso; pero los pinceles tercos en esquivar toda representacin de cosa
vulgar y profana, nos dejaron poqusimos datos referentes a la manera de
vivir, los trabajos, oficios, diversiones, casas, habitaciones, muebles
y ropas de aquellos caballeros y soldados, clrigos y estudiantes,
mercaderes y mendigos, damas y aventureras, cmicas y beatas, dueas y
criadas, cuyo abigarrado conjunto conocemos slo moralmente, gracias a
Cervantes y Quevedo, Tirso y Lope, Zabaleta y Salas Barbadillo, porque
los pintores limitados a la representacin convencional de lo sagrado
despreciaban lo profano.

Indudablemente sentan amor intenso a la belleza real, lo que se prueba
observando cmo daban a las figuras santas tal aspecto de verdad, que lo
que perdan en alteza, lo ganaban en verosimilitud, mas no era posible
que nada de lo que les rodeaba a diario les pareciese objeto digno de
emplear en ello su observacin y sus pinceles, cuando la voz de la
Iglesia, tan temida y respetada entonces, les deca que la vida terrena
y transitoria, es cosa baja y despreciable en comparacin de la
celestial eterna. Tal es, en mi humilde entender, la causa, de que la
pintura espaola de aquella poca no sirva, como sirve la de los pases
del Norte, para completar el estadio de la Patria, reflejando las
costumbres que es un modo de reflejar el alma de la nacionalidad.

En Italia, tampoco logr la pintura de costumbres gran importancia,
porque all el arte, gracias a la cultura del Papado, adquiri carcter
eminentemente monumental: mas a falta y con ventaja de no poder
representar escenas humanas y vulgares dispusieron los artistas del
campo hermoso e ilimitado de la Mitologa, donde no hay belleza que no
se contenga, pues en sus admirables fbulas, los dioses pecando por amor
se igualan a los hombres, y los hombres llegando a hroes por el
esfuerzo, casi se confunden con los dioses.

Pero el fundamento de las fbulas mitolgicas, en cuanto ofrecen asunto
para las artes, es el desnudo, y en Espaa, para los que regan las
conciencias, desnudez y deshonestidad eran una misma cosa. Quien desee
convencerse de ello lea unos cuantos libros de aquellos grandes
escritores msticos que para hacer codiciable la gloria y posible la
salvacin, presentaban no slo la belleza, sino aun la mera forma
corporal, como cebo y acicate del pecado. El autor, por cierto admirable
prosista cuyo nombre ha sido olvidado injustamente en las historias de
nuestra literatura, que con ms claridad y energa supo expresar esta
hostilidad al desnudo, aunque exagerando como era natural sus peligros,
fue el carmelita Fray Jos de Jess Mara.--El sentido de la
vista--dice--es ms eficaz que el del odo, y sus objetos arrebatan el
animo con mayor violencia; y as es ms vehemente la mocin que
despierta la deshonestidad con las pinturas lascivas, que con las
palabras; y tienen menos reparo las especies y memorias que entran por
los ojos que las que se perciben por los odos; porque las palabras
pintan una cosa ausente o ya pasada, pero las pinturas la figuran
presente... Y as los pintores cuando hacen figuras fabulosas y lascivas
cooperan con el demonio, granjendole tributarios y aumentando el reino
del infierno. Esta introduccin pestilencial y venenosa fue obra y traza
del demonio particularmente en estos reinos porque (como queda
referido), por vengarse en la tierra, de la cristiandad, de haberle
destruido los templos y los dolos donde era adorado en las Indias,
introdujo en Europa las figuras deshonestas de mujeres desnudas[8].

Poniendo en duda o atenuando la fuerza de esta manera de pensar, se dir
que despus de escritos tales prrafos, acaso en aquellos mismos aos,
los monarcas adornaban sus palacios con obras de Verons y de Ticiano,
tales que segn la intransigencia de los msticos podan calificarse de
pecaminosas, y aun que el mismo Velzquez trajo varias de Italia para
Felipe IV; mas esos lienzos no eran imitados por nuestros pintores.

Los tratadistas de las bellas artes participaban de las mismas ideas;
pues si bien los del siglo XVI, unos como Francisco de Holanda, se
postraban ante el genio de los italianos, y otros, como don Felipe de
Guevara, preferan a todo los restos del arte pagano, en cambio los del
siglo XVII sin dejar de entusiasmarse con Rafael y el Vinci, declaran
categricamente que el objeto principal de la pintura es la
glorificacin de la fe. Carducho, entre otras afirmaciones parecidas
aceptando la opinin de un monje griego llamado Ignacio, dice que _los
pintores son ministros del Verbo, atributo suficiente de apstoles_; y
apoyndose en San Gregorio, San Juan Damasceno y el venerable Beda,
aade que _el Espritu Santo socorri la flaqueza humana con el
milagroso medio de la pintura y que las pinturas de las imgenes son
como historia y escritura para los que ignoran_.

Pacheco, movido por igual fervor, escribe que _el fin de la pintura ser
mediante la imitacin representar la cosa con la valenta y propiedad
posible... y estando en gracia alcanzar la bienaventuranza, porque el
cristiano criado para cosas santas, no se contenta en sus operaciones
con mirar tan bajamente... de modo que la pintura que tena por fin
parecerse slo a lo imitado ahora como acto de virtud, toma nueva y rica
sobreveste, y dems de asemejarse, se levanta a un fin supremo, mirando
a la eterna gloria_.

Menndez Pelayo, que ha tratado magistralmente cuanto se refiere a
nuestros escritores didcticos de bellas artes, dice, despus de copiar
ms extensamente aquellos prrafos: Este profundo sentido religioso, o
ms bien asctico que hace de Pacheco en la teora un predecesor del
espiritualismo de Owerbeck, le mueve a quitar todo valor propio a la
pintura considerndola slo como una manera de oratoria que se encamina
a persuadir al pueblo... y llvalo a abrazar alguna cosa conveniente a
la religin.

D. Juan de Butrn[9], en un libro de insufrible culteranismo sienta
tambin el principio de que el _gusto de una pintura, si con cordura lo
recibisemos, deba levantarnos al conocimiento del amor de Dios y
ensearnos el principio de que procedemos_.

Aun el preceptista de aquel tiempo menos especulativo y ms practico,
que fue Jusepe Martnez[10], gran admirador de los italianos, aconseja
al pintor catlico que _la eleccin de las pinturas que se deben hacer
para ser veneradas no sean hechas con extravagantes posturas y
movimientos extraordinarios, que mueven ms a indecencia que a
veneracin_; y en otro lugar aade que _en las pinturas religiosas antes
se atienda a la devocin y decoro que a lo imitado_: llegando a decir
que _el fin de estas profesiones de escultura y pintura no se ha
introducido para otra cosa sino para adoracin y veneracin a sus
santos; por cuyo medio Su Divina Majestad ha obrado infinitos milagros_.

Tal era el concepto que de la pintura tenan los escritores sagrados y
los tratadistas especiales. Estas doctrinas arraigaron con tal fuerza
que un siglo ms tarde todava se revelan en rasgos de supersticin y
fanatismo. Hombre tan serio como Palomino habla de un religioso de una
santa cartuja a quien hubieron de quitar de la celda una imagen de
Mara Santsima, de suma perfeccin, porque su mucha hermosura le
provocaba a deshonestidad; y el P. Interian de Ayala exclama indignado:
Porque a qu viene el pintar a la Virgen, maestra y dechado de todas
las vrgenes, descubierta la cabeza? A qu el cabello rubio esparcido y
tendido por el blanco cuello? A qu sin tapar decentemente aquellos
pechos que mam el Criador del mundo? A qu, finalmente el pintar sus
pies o totalmente desnudos o cubiertos con poca decencia?[11]. De modo
que hasta la _Concepcin_ de Murillo, acaso la expresin ms potica del
arte catlico, vino a ser sospechosa.

A propio intento me he detenido algo en lo que precede, aunque sin
insistir lo que la materia permite, porque tales ideas fueron la causa
de que la pintura de aquel tiempo, exceptuando el retrato, est limitada
al gnero religioso. Sin incurrir en el absurdo de rechazar esta fase
del espritu nacional, same permitido lamentar que su exclusivismo nos
privara de otras manifestaciones artsticas.

Pero si en lo que se refiere a la eleccin de asuntos, venci el amor a
lo sobrenatural, en lo tocante a la manera de tratarlos y a la
representacin de la figura humana, prevaleci un sentido esencialmente
realista. La pintura de entonces, no crea ms que Cristos, Vrgenes y
Santos, pero no les da forma con rasgos de perfeccin soada, sino
mediante la ms brava imitacin del modelo; su belleza no es un
engendro de la mente, no nacen de la _corta idea_ rafaelesca, sino de la
propia naturaleza humana. Los tipos de apstoles, mrtires y ermitaos,
estn tomados del campo y de la hampa o son soldados viejos de Flandes y
de Italia: el artista sin cuidarse de ennoblecerlos ni siquiera
limpiarlos, los coloca en los altares y all son reverenciados y
adorados: persuaden al animo y seducen a la imaginacin meridional
porque tienen vida: la pintura espaola esta creada.




III

JUVENTUD DE VELZQUEZ.


Don Diego Rodrguez de Silva y Velzquez naci en Sevilla, segn
tradicin falta de pruebas, en la calle de Gorgoja: fue su padre Juan
Rodrguez de Silva, oriundo de Portugal, pero nacido y avecindado en
Sevilla, y su madre D. Jernima Velzquez[12]: se le bautiz en la
parroquia de San Pedro el 6 de Junio de 1599.

De la infancia del gran pintor nada se sabe: es de suponer que estudiase
algunos aos con cualquier profesor de humanidades de los muchos que por
aquel tiempo haba en Sevilla, mas no debi de ser muy largo este
aprendizaje literario. Cean Bermdez dice: que notando sus padres una
inclinacin decidida en el muchacho a la pintura, porque siempre estaba
dibujando en los libros y cartapacios, tuvieron por ms acertado
ponerle en la escuela de Francisco de Herrera _El viejo_, tan conocido
por su facilidad en pintar como por la aspereza de su genio. Era ste de
condicin tan desabrida y dura que su hija por no aguantarle se meti
monja y su hijo le rob y huy a Italia. Sus cuadros reflejaban su
carcter: pintaba con extraordinario vigor, sin imitar a los que
habiendo estado en Italia volvan entusiasmados con la gracia y la
elegancia de las escuelas romana y florentina. Si esta intransigencia
era resultado de ideales artsticos ms o menos combatidos o mera
consecuencia de su carcter, nadie puede saberlo: lo cierto es que los
discpulos le sufran de mala gana y paraban poco a su lado. El hombre
deba de hacer intolerable al maestro. Velzquez, acaso por deseo propio
o, pensando mejor, por iniciativa de sus padres, pues an no haba
cumplido catorce aos, abandon el taller de Herrera y pas al de
Francisco Pacheco. La figura de ste es interesantsima, tanto por el
propio valer, cuanto por la influencia que ejerci en el porvenir de
Velzquez. No se sabe de cierto si naci en Sevilla ni si viaj por
Italia: de lo que no cabe duda es de que fue hombre de singular cultura
y gran prestigio; pintor, preceptista y poeta. Si no hubiese escrito ms
que versos nadie se acordara de l porque los haca daados de
conceptismo, desaliados y fros, sin conseguir acercarse a sus modelos
Herrera y Rioja; y de Gngora que fue su amigo slo se asimil lo
censurable. Como pintor rindi culto al gusto italiano y aunque nada
suyo se conserva de mrito sobresaliente, fue muy apreciado en su
tiempo, influyendo tal vez en esta estimacin antes las prendas
personales que las facultades artsticas: sus cuadros son ms correctos
pero tan fros como sus sonetos. Trat al Greco en Toledo ao de 1612
sin asimilarse ninguna de sus buenas cualidades. Ha pasado a la
posteridad, gracias a lo que escribi. Compuso en prosa entreverada de
versos la _Apacible conversacin entre un tomista y un congregado,
acerca del misterio de la Pursima Concepcin, nuestra seora_, y un
opsculo _En defensa del compatronato de Santa Teresa_, en el cual aleg
razones contra la opinin de Quevedo que, como es sabido, defenda el
patronato exclusivo de Santiago. Pero compuso dos obras porque merece
ser ms estimado. La primera es el[13] _Arte de la pintura, su
antigedad y grandezas_. En lo que se refiere a las relaciones del arte
con la religin esta fundada en la doctrina y consejos de los amigos
jesuitas que le ayudaron en su trabajo, y en lo que toca a la practica
es un reflejo de las ideas de los tratadistas neoplatnicos de
Florencia. El _Libro de descripcin de verdaderos retratos_ es una
coleccin de ellos, hechos a dos lpices, en que figuran desde el Rey
Felipe II hasta artfices que entonces gozaban popularidad y hoy estn
olvidados: los ms del natural, otros valindose de copias, todos
interesantsimos ya por la calidad de las personas ya por la excelencia
de la mano, y algunos tan sobria y magistralmente trabajados que antes
que de Pacheco pudieran ser de Velzquez.

No falt, sin embargo, en Sevilla por aquellos aos poeta que viendo un
Cristo crucificado, de Pacheco, en que la ejecucin quedaba muy por bajo
del pensamiento, dijese:

      _Quin os puso as Seor_
    _tan descarnado y tan seco?_
    _Vos me diris que el amor,_
    _mas yo digo que Pacheco._

A pesar de lo cual, la personalidad artstica y social del maestro debi
de merecer tal respeto a sus conciudadanos que lleg a ser alcalde y
veedor del oficio de pintores, y el Santo Oficio _teniendo atencin a su
cordura y prudencia le encarg que tuviese particular cuidado de mirar y
visitar las pinturas de cosas sagradas que estuviesen en sitios
pblicos_, dndole para ello comisin, _cual se requiere de derecho_.

No sin fundamento llama Palomino a la casa de Francisco Pacheco _crcel
dorada del arte_, pues fueron sus amigos y en distintas pocas debieron
de leer o presentar all sus obras muchos hombres ilustres. Fernando de
Herrera, Pablo de Cspedes, el licenciado Roelas, Martnez Montaez,
Juan de Malara, Baltasar del Alczar, los Carducho, Gngora, Jauregui,
Alonso Cano, Quevedo, Rodrigo Caro, autor de la soberbia elega _a las
ruinas de Itlica_, y tal vez Miguel de Cervantes.

La atmsfera intelectual creada por tales artistas y poetas, de los
cuales unos eran ya muertos y otros an vivan, fue el ambiente que
comenz a respirar Diego Velzquez, quien casi nio sali de poder de
Herrera, adusto y regan, original e intransigente, que dibujaba con
caas quemadas y pintaba con enormes brochas, y fue a parar a la
escuela de un hombre bondadoso, apacible, imitador de los italianos,
cuya morada deba de ser academia donde prevaleca el gusto clsico,
fruto de la ms pulcra ilustracin, pero al fin clasicismo de reflejo.

Aqu comienza a despuntar el genio de Velzquez, porque aun viviendo
rodeado de gentes que por su educacin y tendencia, sobre todo por las
corrientes del tiempo, eran entusiastas de todo espiritualismo, aunque
all dominaban en la doctrina y practica del arte, la devocin a la
antigua espaola y el renacimiento a la italiana, l lejos de doblegarse
fcilmente a la opinin ajena empez a trabajar, inspirndose nicamente
de lo que la Naturaleza pona ante sus ojos, obstinndose en dominar la
forma, comprendiendo que las cosas en apariencia ms bajas, viles y
groseras estn preadas de belleza para quien sabe estudiarlas. Mientras
su maestro escriba que la pintura es loable porque puede servir a la
gloria de la religin y al fomento de la piedad, cuanto los pintores ms
insignes competan en la representacin de apariciones milagrosas y
prodigios inspirados en la fe; l haca _estudios de animales, aves,
pescaderas y bodegones con perfecta imitacin del natural_. Pacheco lo
refiere diciendo, que cuando era muchacho, tena cohechado un
aldeanillo, aprendiz que le serva de modelo en diversas acciones y
posturas, ya llorando, ya riendo sin dificultad alguna. E hizo por l
muchas cabezas de carbn y realce en papel azul, y de otros muchos
naturales, con que granje la certeza en el retratar[14].

Por cierto que, a poderse hacer, sera curioso el estudio de investigar
cmo Pacheco dadas sus ideas, de que Velzquez indudablemente no
participaba, lleg a admirarle tanto. Pero si en ste fue grande la
independencia de observacin y criterio, no debieron de ser menores la
perspicacia y tolerancia de Pacheco. Las maravillosas aptitudes del
discpulo sedujeron al maestro, que le cas con su hija.

Difcil es poner en claro si sta y Velzquez aceptaron el propsito de
Pacheco slo por obediencia, o si se unieron por amor, mas no es
disparatada la suposicin de que doa Juana se prendara de don Diego,
cuya gallarda figura al tiempo de la boda, deba de ser muy semejante al
retrato que l mismo se hizo en el cuadro famoso de _Las lanzas_.
Adems, as permite creerlo la dramtica circunstancia de haber ella
muerto, andando los aos, ocho das despus de perder a su marido: por
qu achacar a la casualidad aquello en que pudo tener parte la ternura?

Fuera como fuese, Pacheco se ufana diciendo al elogiar a Velzquez:

Despus de cinco aos de educacin y enseanza (es decir, cuando su
discpulo tena diecinueve) le cas con mi hija, movido de su virtud,
limpieza y buenas partes, y de las esperanzas de su natural y grande
ingenio. Y porque es mayor la honra de maestro que la de suegro, ha sido
justo estorbar el atrevimiento de alguno que se quiera atribuir esta
gloria, quitndome la corona de mis postreros aos. No tengo por mengua
aventajase el discpulo al maestro (habiendo dicho la verdad que no es
mayor), ni perdi Leonardo de Vinci en tener a Rafael por discpulo, ni
Jorge de Castelfranco a Ticiano, ni Platn a Aristteles, pues no le
quit nombre de Divino: nobles palabras que aun tocadas de disculpable
orgullo revelan su bondad de alma.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

PABLILLOS DE VALLADOLID

Fotog. M. Moreno]

La primera educacin de Velzquez, la que pudieron darle libros y
maestros, debi de estar por entonces si no concluida muy adelantada.
Segn Palomino estudi anatoma en Durero y Vesalio, expresin en Juan
Bautista Porta, perspectiva en Daniel Barbaro, aritmtica en el
bachiller Juan Prez de Moya, geometra en Euclides, rudimentos de
arquitectura que aprendan todos los pintores de su tiempo, en Vitrubio
y Viola, y finalmente elegancia, poesa y buen gusto, en la culta
sociedad de aquellos ilustres varones que frecuentaban la casa de su
suegro.

Palomino, que escribi medio siglo despus de muerto Velzquez, pero que
declara deber a Juan de Alfaro, discpulo de ste, lo principal que supo
de l, habla de varias pinturas de su juventud que corresponden a esta
poca anterior a su salida de Sevilla.

Otra pintura hizo de dos pobres comiendo en una humilde mesilla en que
hay diferentes vasos de barro, naranjas, pan y otras cosas, todo
observado con diligencia extraa. Semejante a sta es otra de un
muchacho mal vestido, con una monterilla en la cabeza, contando dineros
sobre una mesa, y con la siniestra mano haciendo la cuenta con los dedos
con particular cuidado; y con l esta un perro detrs, atisbando unos
dentones, y otros pescados, como sardinas, que estn sobre la mesa;
tambin hay en ella una lechuga romana, que en Madrid llaman cogollos, y
un caldero boca abajo; al lado izquierdo esta un vasar con dos tablas;
en la primera estn unos arencones y una hogaza de pan de Sevilla sobre
un pao blanco; en la segunda estn dos platos de barro blanco, y una
alcucilla de barro con vidriado verde, y en esta pintura puso su nombre,
aunque ya esta muy consumido y borrado por el tiempo. Igual a sta es
otra, donde se ve un tablero, que sirve de mesa, con un anafe, y encima
una olla hirviendo; y tapada con una escudilla, que se ve la lumbre, las
llamas y centellas vivamente, un perolillo estaado, una alcarraza, unos
platos y escudillas, un jarro vidriado, un almirez con su mano y una
cabeza de ajos junto a l; y en el muro se divisa colgada de una
escarpia una esportilla con un trapo, y otras baratijas, y por guarda de
esto un muchacho con una jarra en la mano, y en la cabeza una escofieta,
con que representa con su villansimo traje un sujeto muy ridculo y
gracioso[15].

En vano aconsejaron a Velzquez los que le rodeaban que pintase _asuntos
de ms seriedad en que pudiese imitar a Rafael de Urbino_: l responda
que _ms quera ser primero en aquella grosera que segundo en la
delicadeza_.

Prescindiendo de otros que no pueden considerarse autnticos, a esta
poca pertenecen varios cuadros de costumbres cuyas figuras representan
gentes de humilde condicin y vulgares ocupaciones: _Una vieja friendo
huevos_[16]; _El aguador de Sevilla_[17]; _Un vendimiador_[18], y _Un
retrato de hombre desconocido_[19].

La primera de estas obras descritas todas cuidadosamente por Aureliano
de Beruete[20], representa una vieja puesta de perfil y cubierta en
parte la cabeza por una cofia blanca, que es la nota ms clara del
cuadro; tiene en la mano derecha una cuchara de palo, en la izquierda un
huevo: ante ella se ve una mesa con utensilios de cocina, y a su derecha
un muchacho que se le acerca trayendo en la izquierda una botella y
sujetando con la derecha contra el cuerpo un meln enorme. Completan el
conjunto un hornillo colocado en primer trmino, donde esta puesta la
sartn, bajo la cual brillan las brasas, un perol, una jarra, un almirez
y al fondo, colgado de la pared, un saquillo con trapos; todo ello,
especialmente la cabeza del chico, ejecutado con verdad pasmosa.

_El vendimiador_ es un muchacho visto de frente andando, sonriente,
trayendo un racimo de uvas en la mano derecha y en la izquierda un
cuchillo: tiene junto a s un cesto lleno de uvas y la figura, de tamao
algo menor que el natural y cortada por bajo de la cintura, destaca
sobre un trozo de paisaje sombro.

_El aguador de Sevilla_, es el mismo de que habla Palomino, aunque su
descripcin adolece de poca fidelidad: segn sus palabras es un viejo
muy mal vestido y con un sayo vil y roto que se le descubra el pecho y
vientre, con las costras y callos duros y fuertes, y junto a s tiene un
muchacho a quien da de beber. Adorn primero uno de los salones del
palacio de Madrid, se lo llevaron los franceses, fue recuperado del
equipaje del rey intruso en 1814 despus de la batalla de Vitoria; y
Fernando VII se lo regal al duque de Wellington que lo haba rescatado.

De este mismo tiempo, son varias composiciones religiosas que Velzquez
hizo, sin duda, unas como estudios de empeo y otras acaso ya como
resultado de algn encargo. En este grupo deben citarse _Cristo en casa
de Marta_[21], _Cristo y los peregrinos de Emaus_[22], un _San
Pedro_[23], la _Virgen rodeada de ngeles entregando una casulla a San
Ildefonso_[24] y la _Adoracin de los reyes_, del Museo del Prado, que
es en este gnero y de este tiempo la obra de ms importancia.

Han pretendido algunos crticos, en particular extranjeros, que durante
el perodo juvenil a que pertenecen las obras citadas, Velzquez imit a
Ribera, a Zurbarn y a Luis Tristn. Para darse cuenta de lo errneo de
la apreciacin, basta examinar con cuidado la _Adoracin de los reyes_
del Museo del Prado. La pintura de Velzquez es all la peculiar de los
espaoles de entonces, que arrastrados por el instinto realista de la
raza, procuraban la mayor verdad: es el mismo modo de ver y reflejar lo
natural que sin haber podido ponerse de acuerdo tuvieron Ribera, a la
sazn ausente de Espaa, y Zurbarn condiscpulo de Velzquez: pintura
caliente en el color por el abuso de ciertas tierras, slida hasta pecar
de dura; afanosa de modelar con vigoroso relieve, tanto que
principalmente las cabezas, extremos y ropajes de las figuras, por el
modo de estar hechos, parecen copiados de tallas en madera; pero no se
puede afirmar con fundamento que esta primer manera de Velzquez,
tuviera por base la deliberada imitacin de nadie. Las contradictorias
opiniones de sus bigrafos extranjeros Justi, Stirling y otros, puestas
en claro por Beruete, demuestran que cuando pint en 1619 la _Adoracin
de los reyes_, y menos antes, no podan influir en l los cuadros de
Ribera desconocidos en Sevilla hasta 1631; y que no teniendo Zurbarn
sino unos cuantos meses ms que Velzquez, ste vera en l un compaero
y no un maestro. En lo que se refiere a Luis Tristn, si pudo ver algn
trabajo suyo en Sevilla, claro esta que le admirara como admir ms
tarde al _Greco_ de quien aqul era discpulo, pero no le tom por gua.
Fuese por instinto, fuese por conviccin, no sigui dcilmente ningn
estilo personal. Es lgico admitir que Ribera, Zurbarn y Luis Tristn,
le gustasen ms que Vargas, tan respetado en Sevilla, y que Lanfranco y
el Guido, cuyas amaneradas obras se traan de Italia; ms precisamente,
en contra de tales suposiciones y conjeturas, lo que caracteriza a
Velzquez desde que mancha los primeros bodegones de que habla Pacheco
hasta sus ltimas obras, es aquel profundo y respetuoso amor a la
Naturaleza, que le hizo ver en ella su nico y verdadero maestro en el
ms alto sentido de la palabra.




IV

VIAJES DE VELZQUEZ A MADRID.--ENTRA AL SERVICIO DE FELIPE IV.


Por grande que fuese en aquel tiempo la cultura de Sevilla, era natural
que Madrid, donde habitaban los reyes y las ms opulentas familias,
atrajera a los artistas provincianos. _Slo Madrid es corte_, se deca
vanidosamente entonces, y a la corte quiso venir Velzquez vido de
estudiar las maravillas con que adornaban sus palacios, casas y
conventos, Felipe IV, los grandes seores y las comunidades religiosas.
Adems, an viva el _Greco_ en Toledo[25], y en la _sacra estupenda
mole_ de El Escorial, segn el pomposo lenguaje de la poca, haba
cuadros de Tintoretto y del Ticiano; estmulos sobrados, y superiores al
afn de medro, para que el artista quisiera emprender el viaje.

Deseoso, pues, de ver El Escorial[26]--declara Pacheco--parti de
Sevilla a Madrid, por el mes de Abril del ao de 1622. Fue muy
agasajado de los dos hermanos D. Luis y D. Melchor del Alczar, y en
particular de D. Juan de Fonseca, sumiller de cortina de S. M.
(aficionado a su pintura). Hizo, a instancia ma, un retrato de D. Luis
de Gngora, que fue muy celebrado en Madrid, y por entonces no hubo
lugar de retratar a los Reyes, aunque se procur. Don Antonio
Palomino--quien como ya he indicado escribi ms de cincuenta aos
despus de muerto Velzquez--dice que parti de Sevilla acompaado slo
de un criado: posteriormente otros bigrafos, Lefort entre ellos, han
supuesto que este servidor fuese su esclavo, Juan de Pareja, ms de
cierto no se sabe. Que retrat a Gngora es seguro, pues Pacheco lo
atestigua. No esta tan fuera de duda que este retrato sea el que se
conserva en el Museo del Prado con el nm. 1.085. El poeta, residente
entonces en Madrid, tena sesenta aos; hay imgenes suyas semejantes a
sta, y Velzquez traa encargo de retratarle, circunstancias propicias
a que admitamos la autenticidad. En cambio, dados la importancia del
personaje y el inters demostrado por el suegro, no es creble que el
yerno se limitase a pintar slo una cabeza: lo natural era que, por
respeto a la personalidad de uno y al cario de otro, hiciese obra de
mayor empeo, donde el autor del _Polifemo_ y las _Soledades_, tan
admirado en su tiempo, estuviera de cuerpo entero, o a lo menos en media
figura; un retrato, por ejemplo, parecido al que ms tarde hizo del
escultor Martnez Montas y por muchos aos se ha supuesto de Alonso
Cano. Finalmente, la pintura de esta cabeza de Gngora es ms seca, dura
y cansada que muchas de las que hizo antes de venir a Madrid el
soberano artista a quien se atribuye.

Ya porque algn asunto grave requiriese all su presencia, ya porque
desesperara de conseguir sus deseos, Velzquez regres aquel mismo ao a
Sevilla: mas al siguiente de 1623 don Juan de Fonseca le llam por orden
del Conde-Duque de Olivares, librndole una ayuda de costa de cincuenta
escudos para el viaje que, segn parece, hizo acompaado de Pacheco.
Hospedose en casa de Fonseca, y, ya como muestra de habilidad, prueba de
gratitud o acaso ardid entre ambos convenido para que se le conociera
pronto, le hizo Velzquez un retrato. Llevolo a Palacio aquella
noche--dice Pacheco[27]--un hijo del Conde de Pearanda, camarero del
Infante Cardenal[28], y en una hora lo vieron todos los de Palacio, los
Infantes y el Rey, que fue la mayor calificacin que tuvo. Ordenose que
retratase al Infante, pero pareci ms conveniente hacer el de S. M.
primero, aunque no pudo ser tan presto por grandes ocupaciones; en
efecto, se hizo en 30 de Agosto de 1623, a gusto de S. M., de los
Infantes y del Conde-Duque, que afirm no haber retratado al Rey ninguno
hasta entonces. Hizo tambin un bosquejo del Prncipe de Gales[29], que
le dio cien escudos.

Hablole la primera vez su excelencia el Conde-Duque alentndole a la
honra de la patria, y prometindole que l solo haba de retratar a S.
M., y los dems retratos se mandaran recoger. Mandole llevar su casa a
Madrid y despach su ttulo el ltimo da de Octubre de 1623 con veinte
ducados de salario al mes, y sus obras pagadas, y con esto, mdico y
botica: otra vez, por mandado de S. M., y estando enfermo, envi el
Conde-Duque el mismo mdico del Rey para que lo visitase. Despus de
esto, habiendo acabado el retrato de S. M. a caballo, imitado todo del
natural hasta el pas, con su licencia y gusto se puso en la calle Mayor
enfrente de San Felipe, con admiracin de toda la corte y envidia de los
del arte, de que soy testigo.

Las anteriores lneas permiten hasta cierto punto colegir cuales fueron
los primeros retratos que a Felipe IV hizo Velzquez. Debi de pintar
primero el que hoy se conserva en el Museo del Prado con el nmero
1.070, donde esta el monarca de unos dieciocho aos, de cuerpo entero y
tamao natural, en traje negro de corte. Despus, a fin de hacerse la
mano para el retrato _a caballo_, de que habla Pacheco, hara el que
lleva el nm. 1.071 del mismo Museo, lienzo en el cual el monarca tiene
la misma edad, y donde se le representa con armadura de acero en busto
prolongado. Por ltimo, hara el ecuestre que se expuso frente al
Mentidero de San Felipe, y que debi de quemarse en el incendio de 1734.

La fortuna de Velzquez estaba asegurada, entendiendo por tal la
seguridad de seguir sirviendo al Rey; y a cambio de aquella _envidia de
los del arte_, llovieron sobre el artista sevillano los aplausos y las
poesas; su propio suegro le dedic un soneto que ni aun por curiosidad
merece copiarse, y don Juan Vlez de Guevara le compuso otro que aun
siendo mejor que aqul tampoco es bueno. El Rey le hizo merced de casa
de aposento que representaba doscientos ducados cada ao, le dio otros
trescientos de regalo y le otorg una pensin de otros tantos, que deba
de ser eclesistica cuando se sabe que para disfrutarla hubo necesidad,
de dispensa. Y aqu conviene fijarse en que, a juzgar por las frases de
Pacheco arriba citadas, Velzquez entr al servicio real cobrando
_salario_; palabra que basta para dar idea de las relaciones que por
toda su vida haban de unirle con el monarca.

Difcil, si no imposible, e impropio de un libro de vulgarizacin, sera
pretender fijar cuadro por cuadro y ao por ao, toda la labor del
artista. Puede asegurarse, sin embargo, en parte por datos fidedignos, y
sobre todo porque claramente lo dicen la ejecucin y el color, que a
este perodo de su vida pertenecen el retrato (nm. 1.086 del Catalogo
del Museo del Prado) que con poco fundamento pasa por ser de doa Juana
Pacheco, mujer del autor; otro de hombre joven que hay en la Pinacoteca
de Munich, y otro llamado _el gegrafo_ que figura en el Museo de Rouen.
Despus, hacia 1626 hara el del Infante don Carlos[30] (nm. 1.073 del
Museo del Prado), de cuerpo entero y tamao natural en pie, vestido con
traje negro y capa, que los artistas llaman _el del guante_, porque en
la mano derecha tiene uno cogido por un dedo y colgando. No fuera
prudente sostener que en este admirable retrato, aunque todava a
trechos algo duro y seco, acabe la primer manera del pintor; porque ni
en lo general las formas artsticas, ni en lo particular los estilos
personales empiezan ni terminan bruscamente sino por gradacin; pero s
se puede afirmar la superioridad indiscutible del cuadro con relacin a
cuanto hasta entonces haba pintado Velzquez, a lo menos de lo que se
conserva. Esta dibujado, como todo lo suyo, con aquel maravilloso
sentimiento de la lnea que tuvo desde sus comienzos, pero en lo que
toca al modo de hacer, ya empieza a vislumbrarse en este lienzo mayor
soltura, menos esfuerzo para conseguir el modelado, y en lo referente al
color, la tendencia a buscar la dulce y elegante armona entre tonos
grises y negros a que se aficion tanto y manej como nadie.

Pint luego una obra que se ha perdido: la _Expulsin de los moriscos_.
La intolerancia popular, la adulacin de los cronistas y la propia
supersticin, haran creer a Felipe IV que aquel acto impoltico y cruel
era lo que ms honraba la memoria de su padre, y quiso eternizarlo.
Miradas las cosas con imparcialidad, es disculpable que el Rey pensase
as. Hartas culpas pesan sobre la memoria de aquella vergonzosa
monarqua, para que se le cargue con esta que fue iniquidad de la nacin
entera. Lope de Vega, Vlez de Guevara y otros hombres ilustres la
elogiaron; hasta Cervantes por boca de un personaje del _Quijote_, dice
que _fue inspiracin divina la que movi a Su Majestad a poner en efecto
tan gallarda resolucin_.

Felipe IV no encomend slo a Velzquez la ejecucin de su pensamiento,
sino que llamando varios artistas a modo de concurso, ofreci una
recompensa a quien mejor lo interpretara. Pacheco, que no describe el
cuadro, dice que su yerno hizo un lienzo grande con el retrato del Rey
Felipe III y la no esperada expulsin de los moriscos, en oposicin de
tres pintores del Rey, y habindose aventajado a todos, por parecer de
las personas que nombr Su Majestad (que fueron el Marqus Juan Bautista
Crecencio, del hbito de Santiago, y Fray Juan Bautista Maino, del
hbito de Santo Domingo, ambos de gran conocimiento en la pintura), le
hizo merced de un oficio muy honroso en Palacio; de ugier de Cmara con
sus gajes; y no satisfecho de esto le aadi la racin que se da a los
de la cmara, que son doce reales todos los das para su plato, y otras
muchas ayudas de costa, con lo cual vemos al gran pintor ascendido un
grado en el escalafn de los criados de Palacio.

Los pintores vencidos en aquel certamen fueron Caxs, Nardi y Vicencio
Carducho, quien debi de quedar amargado para mucho tiempo, pues seis
aos ms tarde al publicar su libro an atacaba encubiertamente a
Velzquez. ste jur su nuevo cargo en manos del Duque de Arcos a 7 de
Marzo de 1627 y la obra con marco dorado y negro fue colocada en la
pieza del Alczar que ms adelante se llam _Saln de los espejos_.

Palomino, que alcanz a verlo, lo describe con estas palabras: En el
medio de este cuadro esta el Seor Rey Felipe III armado, y con el
bastn en la mano, sealando a una tropa de hombres, mujeres y nios que
llorosos van conducidos por algunos soldados, y a lo lejos unos carros,
y un pedazo de marina, con algunas embarcaciones para trasportarlos...
A la mano derecha del rey esta Espaa, representada en una majestuosa
matrona, sentada al pie de un edificio; en la diestra mano tiene un
escudo, y unos dardos, y en la siniestra unas espigas; armada a lo
romano, y a sus pies una inscripcin en el zcalo.

Esta breve resea y el lugar donde la obra fue colocada permiten
sospechar con fundamento el carcter de la composicin. En el dilogo
octavo cita Carducho[31] al hablar de las pinturas que haba en palacio,
un cuadro de _la Fe que se pasa a la brbara idolatra de la India con
las armas de Espaa_, y menciona otro _del Rey Felipe II en pie,
ofreciendo al prncipe don Fernando, que le naci el ao 1571, que fue
de la grande vitoria naval que se tuvo del gran Selin y Ochiali en
Lepanto; a cuyo fin se pint este geroglfico_... Por ltimo, pocas
lneas ms abajo aade que en el mismo saln hay cuadros de Rubens, de
Caxs, de Ribera y de Velzquez. De estas observaciones se desprende que
para aquel saln, donde se colocaban cuadros alegricos, alusivos a las
grandezas de la monarqua, debi de ser encargado el de la _Expulsin de
los moriscos_ y que existiendo all ya el citado de Ticiano, que an se
conserva en el Museo del Prado[32] al gusto del gran veneciano, se
amoldara Velzquez. Las llamas del incendio de 1735 lo consumieron
privando a las gentes venideras de saber cmo interpret el gran artista
aquel crimen poltico donde fue sacrificado a la unidad religiosa hasta
lo nico que hay acaso en el hombre de origen divino: la caridad.

Al Rey debi de agradarle mucho la obra y alguna ms que pintara por
entonces Velzquez; pero como la Tesorera de la Intendencia de Palacio,
que se llamaba el _Bureo_, no era ni mucho menos un modelo de exactitud
en los pagos, el artista tuvo que hacer una reclamacin, atendida la
cual qued aclarado que aquella famosa racin de doce reales, concedida
por todo lo que pintase y que tanto enorgulleci a Pacheco, se refera a
los retratos del Rey y no a los dems cuadros; dndose Velzquez por
contento. Y tambin lo qued _Filipo, El Grande_, pues a su modo
recompens al pintor dictando la siguiente orden:

A Diego Velzquez, mi pintor de Cmara, he hecho merced de que se d
por la despensa de mi casa una racin cada da en especie como la que
tienen los barberos de mi Cmara, en consideracin de que se ha dado por
satisfecho de todo lo que se le debe hasta hoy de las obras de su
oficio; y de todas las que adelante mandare haris que se note as en
los libros de la casa. (Hay una rbrica del Rey). En Madrid a 18 de
Setiembre de 1628[33]. Al Conde de los Arcos, en Bureo.

Digan lo que quieran los adoradores de lo pasado acerca de la diferencia
de tiempos, usos y costumbres, para sostener que lo que hoy parece
humillante era entonces honorfico, la verdad es que leyendo tales cosas
sin que uno quiera viene a los labios la risa amarga que inspiran las
grandes mezquindades humanas; sobre todo si se considera que a los
barberos de la Cmara se les daban _vestidos de merced_, y que Velzquez
los recibira juntamente con los enanos y bufones que le servan de
modelo como _el nio de Vallecas_, _Nicolasito Pertusato_, el _bobo de
Coria_, _Calabacilla_ y _Soplillo_; sin que valga alegar que toda la
servidumbre palatina, del Conde-Duque para abajo, estara en igual caso,
porque si algn deber moral tiene quien todo lo puede, el primero es
anteponer el sentimiento de la dignidad propia y ajena a la estupidez de
la rutina. En poca ms remota honr sobremanera a Dello el florentino,
D. Juan II de Castilla; y lo mismo hicieron Francisco I con el Vinci,
Julio II con Miguel ngel, Len X con Rafael, Mara de Mdicis con
Rubens, y la villa de Amsterdam con Rembrandt. Felipe IV pens de
distinto modo y as como en cierta ocasin se le ocurri expulsar de
Espaa a los extranjeros _porque coman mucho pan_, creera que el
nombre de su artista predilecto no estaba mal en la misma nmina que los
barberos, galopines, enanos y bufones. A algunos de ellos inmortaliz
Velzquez pintndolos de suerte que siendo de tan baja ralea hoy figuran
sus retratos junto a los del Rey. Si lo hizo con malicia fue grande
ingenio; si careci de ella, como es de presumir por su bondad, el
tiempo le ha vengado.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

EL CONDE-DUQUE DE OLIVARES

Fotog. M. Moreno]




V

RUBENS EN ESPAA.--LOS BORRACHOS. PRIMER VIAJE DE VELZQUEZ A
ITALIA--LA TNICA DE JOSɻ. LA FRAGUA DE VULCANO.


Dos veces estuvo Rubens en Espaa; la primera cuando en 1603, enviado
por el Duque de Mdena, a quien serva, vino a la Corte de Valladolid,
portador de ricos presentes para Felipe III y para el Duque de Lerma.
Entonces, escribiendo al Secretario Anbal Chieppio y hablndole de que
Isberti, embajador aqu del de Mdena, quera que pintara varios cuadros
ayudado de artistas espaoles, le dice lo siguiente: Secundar su
deseo, pero no lo apruebo, considerando el poco tiempo de que podemos
disponer, unido a la increble insuficiencia y negligencia de estos
pintores y de su manera (a la que Dios me libre de parecerme en nada),
absolutamente distinta de la ma[34].

En 1628, pasados veinticinco aos, estando en Pars al servicio de Mara
de Mdicis, supo, por su amistad con el Duque de Buckingham, que Carlos
I de Inglaterra deseaba hacer paces con Espaa. Hubo el gran flamenco
de comunicrselo a la Infanta doa Isabel Clara Eugenia, gobernadora por
el Rey Catlico, su sobrino, en los Pases Bajos, y deseosa esta
princesa de favorecer aquel intento, le mand a Espaa trayendo ocho
grandes cuadros para Felipe IV. En los nueve meses que asisti en
Madrid--dice Pacheco--sin faltar a los negocios de importancia a que
vena, y estando indispuesto algunos das de la gota, pint muchas
cosas, como veremos (tanta es su destreza y facilidad). Primeramente
retrat a los Reyes e Infantes, de medios cuerpos, para llevar a
Flandes; hizo de Su Majestad cinco retratos, y entre ellos uno a caballo
con otras figuras, muy valiente. Retrat a la seora Infanta de las
Descalzas, de ms de medio cuerpo, e hizo de ella copias: de personas
particulares hizo cinco o seis retratos; copi todas las cosas de
Ticiano que tiene el Rey, que son los dos baos, la Europa, el Adonis y
Venus, la Venus y Cupido, el Adn y Eva y otras cosas; y de retratos el
del Landsgrave, el del Duque de Sajonia, el de Alba, el del Cobos, un
Dux veneciano y otros muchos cuadros fuera de los que el Rey tiene:
copi el retrato del Rey Felipe II entero y armado. Mud algunas cosas
en el cuadro de la Adoracin de Reyes de su mano, que esta en Palacio;
hizo para don Diego Meja (grande aficionado suyo), una imagen de
Concepcin de dos varas; y a don Jaime de Crdenas, hermano del Duque de
Maqueda, un San Juan evangelista, del tamao del natural. Parece cosa
increble haber pintado tanto en tan poco tiempo y en tantas
ocupaciones. Con pintores comunic poco, slo con mi yerno (con quien se
haba antes por cartas correspondido), hizo amistad y favoreci mucho
sus obras y fueron juntos a ver El Escorial[35].

Hemos copiado los anteriores prrafos antes que, con propsito de que
resalte la pasmosa facilidad de Rubens, para que se comprenda que
Velzquez debi de verle trabajar muchas veces, a pesar de lo cual las
ideas del insigne flamenco influyeron en l poco o nada. El arte de
Rubens era, en lo que se refiere a la disposicin de los asuntos
grandiosamente teatral y en el ms alto grado decorativo; en el dibujo
antes atrevido que fiel, y en las galas del color magnfico y pomposo
sobre toda ponderacin. Velzquez sigui, como hasta all, componiendo
con extremada naturalidad, dibujando con una fidelidad rayana en lo
prodigioso, y siendo incomparable en el color, no a fuerza de brillantez
y riqueza de tonos, sino por la sabia armona en el conjunto de ellos.

Quizs este antagonismo y contraste de ideales y aptitudes, dulcificado
en la conversacin por la urbanidad cortesana, fomentase en ambos,
primero el trato y despus el aprecio mutuo. No parezca el discurrir as
entregarse a fantasas de la imaginacin, pues se funda en suposiciones
que tienen hechos por base; pero qu hermoso debi de ser el encuentro
de aquellas inteligencias! Rubens tena entonces cincuenta y un aos,
Velzquez veintinueve. Qu cosas dira la madurez de juicio a la
plenitud de la esperanza! Uno, acostumbrado a trabajar entre
magnificencias en los palacios de Pars y de Bruselas, ataviado con el
lujo de un gran seor; otro, hecho a vivir modestamente en aposentos
secundarios del Alczar viejo, con pisos de ladrillo polvoriento y
puertas de cuarterones, como la habitacin de _Las Meninas_: el espaol
obsequioso, el extranjero agradecido; ste por su posicin y aqul por
su ndole, ambos por su genio, libres de celos y de envidias; uno harto
de saber, otro ansioso de saber ms; el flamenco conocedor de extraas
tierras, el andaluz apenas salido de la suya: cultura diferente,
temperamentos contrarios, inteligencias organizadas para percibir la
belleza por vario modo, reflejndola con diverso estilo, y todo ello
fundido y sublimado por el amor al arte y el culto de la Naturaleza:
qu enseanza para el mozo en lo que oyese al viejo, y ste qu
impresin experimentara ante las obras de un principiante de tan
soberanas facultades! Juntos fueron a El Escorial, juntos discurriran
por los salones de los palacios y las alamedas de los jardines: qu
alientos inspirara el protegido de Mara de Mdicis al _oficial de
manos_ que cobraba doce reales al da con los barberos de la cmara! A
buen seguro que si Rubens escribi por entonces a los amigos que dejara
en su patria no les dira de Velzquez lo que durante su estada de 1603
en Valladolid escribi al secretario del Duque de Mntua hablndole de
los pintores de Felipe III.

Despus de emprender Rubens su viaje de vuelta fueron pagados a
Velzquez, segn consta en los archivos de Palacio, 400 ducados en
plata: los 300 a cuenta de sus obras y los 100 _por una pintura de Baco_
que hizo para servicio de S. M. As se design entonces la obra ms
popular de Velzquez: el famoso cuadro de _Los Borrachos_. Stirling,
fundndose en la existencia de un boceto firmado y fechado en 1624, que
se conserva en la coleccin de Lord Heytesbury, supone que fue ejecutado
en este ao; pero, de una parte, pocos inteligentes creen en la
autenticidad del boceto, y adems, consta que Velzquez cobr el cuadro
cinco aos despus.

Cul sera el origen del asunto de _Los Borrachos_? Bien pudiera ser,
como indica don Pedro de Madrazo, que Velzquez tuviese noticia de _un
estupendo torneo de los vasallos de Baco y cofrada Brindnica, hecho en
un gran saln delante de sus Altezas serensimas_, celebrado en Bruselas
ante el archiduque Alberto y su esposa doa Isabel Clara Eugenia. Lo
cierto es que los criados de caballeros que estos prncipes tenan a su
servicio, deseando solemnizar las buenas nuevas de Francia, organizaron
una fiesta. No eran dadas las cinco--dice un escrito de aquel
tiempo--cuando estaba todo puesto aguardando a sus altezas, y llegado
que hubieron se dio principio, mostrndose primero _el dios Baco_
vestido de un lienzo muy justo y pintado de tan buen arte, que _pareca
estar desnudo_. Vena _caballero en un tonel_ con muchas guirnaldas de
parras repartidas por cuello, brazos y piernas. Por arracadas traa dos
grandsimos racimos de uvas. Dio una vuelta por la plaza, llevando
alrededor de s _ocho_ mancebos que le venan haciendo fiesta...[36] Y
aquellos adjuntos de Baco se llaman _D. Guillope de Aceituna_, _D.
Paltor Luquete_ y _D. Faltirn Anchovas_.

Obsrvese que, segn lo copiado, Baco imitaba estar desnudo, cabalgaba
sobre un tonel, iba coronado de hojas de parra y le acompaaban ocho
ganapanes. Lo mismo sucede en el cuadro de _Los Borrachos_, donde las
figuras tambin son nueve, Baco esta en cueros vivos, montado en un
barril, ceidas las sienes de verdes pmpanos. Convengamos en que para
coincidencias son muchas.

Poco serio y muy arriesgado es admitir cosas no demostradas plenamente
en trabajos de esta ndole y tratndose de hombres y obras tan
importantes; pero en esta ocasin me inclino a creer que Rubens en sus
dilogos con Velzquez le hara descripcin de la extravagante pantomima
flamenca y que, seducido aqul por el sabor picaresco, concebira lo
principal del asunto; completndolo y espaolizndolo luego con lo que
pudiera observar en las vendimias de Chinchn, Colmenar u otro pueblo
cercano de Madrid, donde no haban de faltarle grupos de hampones y
vagos que le sirvieran de modelo. Este es en mi humilde opinin el
origen del cuadro. Luego, en la manera de sentirlo y componerlo,
Velzquez se burl de la mitologa como Quevedo se burlaba de los poemas
heroicos, escribiendo las _Locuras y necedades de Orlando_, y Cervantes
de todos los libros de caballeras con el inmortal _Don Quijote_.

La litografa, el grabado y la fotografa, han reproducido tanto este
lienzo que no hace falta describirlo. Adems, sera necesaria la pluma
que retrat a _Monipodio_ para expresar con palabras dignas de Velzquez
la verdad y la gracia de aquel grupo de nueve hombres ms o menos
posedos del vino, cuyos distintos tipos dan al conjunto una variedad
asombrosa dentro de la raza truhanesca a que pertenecen todos. Estn
sentados o echados a la sombra de una parra; unos ya beodos, otros casi;
quien alzando una copa que parece griega; quien sosteniendo amorosamente
entre las manos un cuenco lleno de vino; el que hace de Baco adorna la
cabeza con hojas de vid al que se arrodilla respetuoso cual si fuese de
laurel la corona que se le otorga; alguno que ya la ha conseguido,
descansa reclinado en la tierra como en el ms cmodo lecho; y otro se
acerca solicitando humildemente, sombrero en mano, ingresar en el corro
y participar de la bebida hasta ponerse en situacin digna de que le
adornen tambin con pmpanos las sienes. No hay all rostro amenazador
ni mirada torva; aquellos hombres pueden haber estado por graves delitos
remando en las galeras, acaso sean salteadores de caminos; pero en aquel
momento el regalo les ha hecho mansos: estn pacficos, contentos,
saboreando la deleitosa embriaguez que en lugar de excitarles a la
pendencia o el delito parece que les abstrae, aislndolos del mundo como
si en l no hubiera nada digno de preocuparles, ni gloria, ni codicia,
ni lascivia, cuyo gusto pueda compararse a la sensacin gratsima que
les causa el mosto al resbalar por el gaznate. La alegra que sienten es
comunicativa: quien les mira se re; no son beodos que inspiren miedo ni
repugnancia, ni dan asco; su borrachera tiene ese algo respetable que
merece el placer ajeno siendo inofensivo.

Cuando Velzquez, andando el tiempo, lleg a dominar con dominio
absoluto la tcnica de su arte, pint mejor otros cuadros; en ninguno
lleg a desplegar tanto vigor y tanta intensidad de expresin: por eso
_Los Borrachos_ es entre todos sus lienzos el preferido del pblico.

Esta dibujado de un modo admirable: ni en cada figura considerada con
relacin a las dems, se nota desproporcin, ni examinndola
aisladamente tiene la incorreccin ms ligera: no hay figura que no
ocupe el lugar que le corresponde, ni miembro que no encaje en el cuerpo
a que pertenece, ni lnea que no reproduzca con verdad pasmosa la forma
que pretende copiar. Los trozos de desnudo son en cuanto a la pureza de
modelado como fragmentos de estatuas clsicas; en las ropas cada pliegue
acusa el bulto que esconde. La mancha total del color es caliente,
dominando los tonos pardo-amarillentos de tezes curtidas por la
intemperie y de los paos burdos. En el estilo y manera hay todava
dureza; cada pedazo esta hecho y apurado aparte, con la preocupacin de
modelar enrgicamente; las sombras parecen recortadas, y en derredor de
las figuras, cuyo contorno destaca del fondo con innecesario vigor,
falta el aire respirable que es el mayor encanto de las obras de
Velzquez, cuando a fuerza de observacin llega ms tarde a esfumar los
cuerpos en la distancia, presentndolos no con su propio aspecto real,
sino con el que toman, segn el lugar que ocupan.

Era natural, dado el tiempo en que viva, que Velzquez pretendiera ir a
Italia; Rubens debi de aconsejrselo y el Rey, lejos de oponerse
habindoselo prometido varias veces--dice Pacheco--cumpliendo su real
palabra y animndole mucho, le dio licencia, y para su viaje
cuatrocientos ducados en plata, hacindole pagar dos aos de su salario.
Y despidindose del Conde-Duque, le dio otros doscientos ducados en oro
y una medalla con el retrato del Rey, y muchas cartas de favor.

Embarcose en Barcelona el 10 de Agosto de 1629, siendo su compaero de
navegacin el Marqus de los Balbases, don Ambrosio Spnola, general de
nuestras tropas en Flandes, futuro vencedor de Breda, a quien haba de
pintar aos ms tarde en el cuadro de _Las Lanzas_.

Al llegar aqu considero que conviene copiar los prrafos en que Pacheco
describe el viaje de su yerno, en vez de extractarlos; porque su estilo
incorrecto, pero expresivo, da cabal idea de aquella primera expedicin
de Velzquez a Italia.

Fue a parar a Venecia--dice Pacheco--y a posar en casa del Embajador de
Espaa, que lo honr mucho, y le sentaba a su mesa, y por las guerras
que haba, cuando sala a ver la ciudad, enviaba a sus criados con l
que guardasen su persona. Despus, dejando aquella inquietud, viniendo
de Venecia a Roma, pas por la ciudad de Ferrara, donde a la sazn
estaba, por orden del Papa, gobernando el cardenal Saquete, que fue
Nuncio en Espaa, a quien fue a dar unas cartas y besar la mano, dejando
de dar otras a otro Cardenal. Recibiole muy bien e hizo grande instancia
en que los das que all estuviese haba de ser en su palacio y comer
con l: l se excus modestamente con que no coma a las horas
ordinarias, ms con todo esto, si su ilustrsima era sentido, obedecera
y mudara de costumbre. Visto esto, mand a un gentil hombre espaol de
los que lo asistan, que tuviese mucho cuidado dl, y le hiciese
aderezar aposento para l y su criado y le regalasen con los mesmos
platos que se hacan para su mesa, y que le enseasen las cosas ms
particulares de la ciudad. Estuvo all dos das, y la noche ltima que
se fue a despedir dl le tuvo ms de tres horas sentado tratando de
diferentes cosas, y mand al que cuidaba dl que previniese caballos
para el siguiente da y le acompaasen diez y seis millas, hasta un
lugar llamado Ciento, donde estuvo poco, pero muy regalado, y
despidiendo la gua sigui el camino de Roma, por Nuestra Seora de
Loreto y Bolonia, donde no par ni a dar cartas al cardenal Ludovico ni
al cardenal Espada que estaba all.

Lleg a Roma, donde estuvo un ao, muy favorecido del cardenal
Barberino, sobrino del Pontfice, por cuya orden se hospedaron en el
Palacio Vaticano. Dironle las llaves de algunas piezas, la principal de
ellas estaba pintada a fresco; todo lo alto sobre las colgaduras, de
historias de la Sagrada Escritura, de mano de Federico Zcaro, y entre
ellas la de Moiss delante de Faran, que anda _cortada_[37] de
Cornelio. Dej aquella estancia por estar muy atrs mano y por no estar
tan solo, contentndose con que le diesen lugar las guardas para entrar
cuando quisiese a debujar el juicio de Micael ngel, o de las cosas de
Rafael de Urbino, sin ninguna dificultad, y asisti all muchos das con
grande aprovechamiento. Despus, viendo el Palacio o Via de los
Mdicis, que esta en la Trinidad del Monte, y parecindole el sitio a
propsito para estudiar y pasar all el verano, por ser la parte ms
alta y ms airosa de Roma, y haber all excelentsimas estatuas antiguas
de que contrahacer, pidi al Conde de Monterey, Embajador de Espaa,
negociase con el de Florencia le diesen all lugar, y aunque fue
menester escribir al mismo Duque, le facilit esto y estuvo all ms de
dos meses, hasta que unas tercianas le forzaron a bajarse cerca de la
casa del Conde, el cual, en los das que estuvo indispuesto, le hizo
grandes favores, envindole su mdico y medicinas por su cuenta, y
mandando se le aderezase todo lo que quisiese en su casa, fuera de
muchos regalos de dulces, y frecuentes recuerdos de su parte.

Entre los dems estudios hizo en Roma un famoso retrato suyo, que yo
tengo, para admiracin de los bien entendidos y honra del arte.
Determinose de volver a Espaa, por la mucha falta que haca, y a la
vuelta de Roma par en Npoles, donde pint un lindo retrato de la Reina
de Hungra, para traerlo a Su Majestad. Volvi a Madrid despus de ao y
medio de ausencia y lleg al principio del de 1631. Fue muy bien
recibido del Conde-Duque, mandole fuese luego a besar la mano a Su
Majestad, agradecindole mucho no haberse dejado retratar de otro
pintor, y aguardndole para retratar al Prncipe, lo cual hizo
puntualmente, y Su Majestad se holg mucho con su venida.

Adems de las obras aqu mencionadas por Pacheco hizo Velzquez en
Venecia copias de la _Crucifixin_ y la _Cena_ del Tintoretto: en Roma
del _Parnaso_, _El incendio del Borgo_ y la _Disputa del Sacramento_, de
Rafael, y del _Juicio final_, de Miguel ngel: mas teniendo en cuenta el
poco tiempo que all permaneci y la gran cantidad de trabajo que esta
labor implica, es de suponer que slo hiciese estudios fragmentarios,
apuntes aislados, y as lo indica Palomino cuando dice que hizo varios
dibujos, unos con colores, otros con lpiz. De la villa Mdicis trajo
los dos preciosos paisajes que, con los nmeros 1.106 y 1.107 se
conservan en nuestro Museo del Prado. Estos, indudablemente, son de su
mano[38]. Los dos cuadros de mayor empeo que realiz durante aquel
viaje fueron _La tnica de Jos_, que esta en El Escorial, y _La fragua
de Vulcano_. Ambos tienen igual nmero de figuras de tamao natural,
seis cada uno; varias pintadas con los mismos modelos.

El asunto bblico de _La tnica de Jos_ esta dispuesto sin gran
fidelidad al sagrado texto. El Gnesis dice que las ropas de Jos eran
de colores, y las que en el cuadro presentan sus hermanos a Jacob son
pardas con ribetes blancos salpicados de sangre. En cambio Velzquez,
interpretando el dolor propio de un padre, acaso ms humanamente que los
versculos del Gnesis, puso a Jacob, no slo agobiado de pena, sino con
asomos de clera. Dice Stirling que, a causa de esto, el Jacob pintado
por Velzquez es menos conmovedor que el descrito por Moiss. En lo
dems, la terrible escena esta tratada con la gravedad que corresponda
a un pintor catlico del siglo XVII.

Por el contrario, en _La fragua de Vulcano_, sin llegar a la desenfadada
burla hecha de Baco en _Los borrachos_, la situacin aparece dispuesta
con cierta graciossima irona muy andaluza y poco respetuosa para los
dioses inmortales. Vulcano ayudado de cuatro robustos mocetones que nada
tienen de cclopes, pues ni son gigantes, ni tuertos, sino de estatura
humana y con sus dos ojos sanos, estaba trabajando a martillazos sobre
el yunque una lamina de hierro candente, cuando de improviso se le
presenta Apolo en forma de hermoso mancebo, coronado del laurel de Dafne
y circundada la cabeza de claridad intensa reveladora de su celeste
origen. El dios de la Poesa viene a dar al dios del Infierno la
desagradable noticia, de que mientras l sudando el quilo se esmera en
forjar una armadura para el tremendo Marte, ste, deshonrndole como a
un simple mortal, ha cometido adulterio con su esposa Venus: y se lo
dice, por lo visto sin preparacin ni rodeo, sin tener en cuenta
siquiera que estn all sus ayudantes. El ofendido tan asombrado como
furioso, y sus compaeros en cuyos rostros se pinta la estupefaccin,
suspenden el trabajo: aquel desnudo de medio cuerpo arriba, sin ms
vestimenta que un mandil de cuero, se queda parado con el martillo en la
diestra y en la izquierda la tenaza que oprime la roja lamina de hierro
que estaba golpeando: los cuatro mozos cuya desnudez slo encubre un
pao gris liado a la cintura, miran y escuchan al rubicundo Apolo con
menos curiosidad que sorpresa. Cada figura y cada parte de ella esta
iluminada segn el sitio que ocupa, ya por la claridad del da a que da
entrada un ventann abierto a la izquierda sobre cuyo vano destaca
Apolo, ya por el resplandor que aureola la cabeza de ste, ya por las
rojizas ascuas del hornillo. La estancia es un humildsimo taller, en
cuyo primer trmino se ven esparcidas por el suelo piezas de armadura y
groseras herramientas de trabajo. Para la fragua del dios Vulcano
servira de modelo, segn las trazas, el obrador de un humilde herrero
de los suburbios de Roma. Por ltimo, la totalidad esta envuelta en una
atmsfera, que si no tiene an la transparencia pasmosa de sus obras
posteriores, empieza ya a ser respirable. As entendi el asunto:
pensando que pues los dioses se humanaban, como hombres haba que
tratarlos. Exceptuada la luz que irradia la cabeza de Apolo, calificado
por Stirling de joven vulgar, no hay all nada divino ni siquiera
heroico. Velzquez respirando el ambiente de la Roma papal del
Renacimiento, rodeado de concepciones pictricas en que prevaleci el
elemento literario, fruto de una extraordinaria cultura clsica, y el
aspecto fastuosamente decorativo, afirm su criterio naturalista, con
una obra en que lo fabuloso esta representado con medios que parecern
rayanos en lo grosero a quien no comprenda que slo con la belleza de la
forma y la expresin del carcter individual se puede llegar a lo
sublime. Otros maestros a quienes Velzquez debi de conocer all y que
no ejercieron en l la menor influencia, tendran facultades para tratar
el asunto hasta con grandeza homrica: acaso el Dominichino, el
Guercino, Albano y Guido Reni habran sido ms poetas, Poussin ms
erudito; ninguno tan pintor. Lo que indudablemente se propuso en _La
fragua_, fue vencer las dificultades del desnudo y esto lo realiz de un
modo admirable.

Para hacer el retrato de la infanta doa Mara, despus reina de
Hungra, hermana del Rey, y por orden de ste, march Velzquez a
Npoles. Pacheco dice que lo pint, pero no hay seguridad de que sea el
catalogado en nuestro Museo de Madrid con el nmero 1.072. La edad que
representa la dama, su mandbula inferior tpica en los individuos de
esta rama de la dinasta austraca y hasta cierto parecido con aquel
rey, nos inclinan a la afirmativa: por otra parte, parece probable que
dada su alta categora hiciese Velzquez un retrato de ms importancia
que se haya perdido; del cual, acaso sea copia el que existe en el Museo
de Berln[39] y que este del Prado le precediese como cabeza de estudio
preparatorio. Su estilo es el propio de Velzquez en aquella poca;
quizs algo duro por afn de trabajar mucho y dominar en poco tiempo los
rasgos de un modelo del cual apenas podra disponer, pues se sabe que
fue muy corta la permanencia en Npoles de la futura reina y emperatriz.
En todo caso, si este retrato que esta en Madrid no fuese de Velzquez,
a quin se pudiera atribuir? Mientras no se conteste satisfactoriamente
a la pregunta, hay que considerarlo suyo.

Hallbanse tambin por entonces en Npoles el Virrey Duque de Alcal,
amigo de Pacheco, y el gran pintor espaol Jos Ribera _el Espaoleto_.
Si Velzquez hubiera pretendido fijar su residencia en Italia, es
verosmil que Ribera, dado el genio levantisco y el carcter dominador
que le atribuyen sus bigrafos, no le mirase con buenos ojos: mas como
haba de saber que estaba de paso, no es absurda la suposicin hecha
por varios crticos de que tratara afablemente al sevillano. Adems, ni
an en la Patria pudiera, encontrarle como rival, pues Jusepe Martnez,
cuenta que estando en Npoles hall a un insigne pintor, imitador del
natural con gran propiedad, paisano nuestro del reino de Valencia, de
quien recib mucha cortesa... Entre varios discursos pas a preguntarle
de cmo vindose tan aplaudido de todas las naciones, no trataba de
venirse a Espaa, pues tena por cierto, eran vistas sus obras con toda
veneracin. Respondiome: Amigo carsimo, de mi voluntad es la instancia
grande, pero de parte de la experiencia de muchas personas bien
entendidas y verdaderas hallo el impedimento, que es, ser el primer ao
recibido por gran pintor; al segundo ao, no hacerse caso de m, porque
viendo presente la persona se le pierde el respeto; y lo confirma esto
el constarme haber visto algunas obras de excelentes maestros de esos
reinos de Espaa, ser muy poco estimadas: y as juzgo que Espaa es
madre piadosa de forasteros y cruelsima madrastra de los propios
naturales[40]: amargo convencimiento que no debi de borrar en su
corazn el amor a la Patria, pues firm muchas de sus obras poniendo:
_Jos de Ribera, espaol, de Jativa_. Tanto puede el tenaz recuerdo de
la tierra donde se ha nacido aun en aquellos que menos lo imaginan. Nada
escribe Pacheco sobre si en Npoles trab su yerno amistad con Ribera.
Cean Bermdez, sin precisar en qu se funda, dice que ste en 1630 tuvo
el gusto de ver y tratar a don Diego Velzquez cuando pas a Npoles y
le acompa a ver todas las cosas dignas de aquella ciudad, y aade
que en 1649 volvi a abrazar a Velzquez cuando dio otra vuelta a
Italia[41].

[imagen: MUSEO DEL PRADO

CRISTO CRUCIFICADO

Fotog. M. Moreno]

A fines de 1630 regres a Espaa y si Rubens no ejerci influencia en su
estilo, tampoco lo alter la admiracin que debieron de causarle las
obras de Ticiano, Tintoretto, Verons, Rafael y Miguel ngel. Por
reflexin o por instinto, a los treinta y un aos, estaba tan firme en
sus ideas y seguro de sus facultades que supo estudiar a todos los
maestros, no seguir a ninguno y conservar su personalidad, dejndoles
incomparables en la grandeza, en la poesa, en el color y la gracia, y
quedando l soberano en lo que toca a la sencillez y la verdad.




VI

RETRATOS: DEL REY.--DEL PRNCIPE BALTASAR CARLOS.--DEL INFANTE DON
FERNANDO.--DEL CONDE-DUQUE.--DE MARTNEZ MONTAS.--OTROS QUE SE HAN
PERDIDO.


La mejor manera de expresar el desarrollo de las facultades de este gran
pintor, sera ir describiendo sus obras por el orden en que las hizo:
as se apreciaran no slo las fases distintas de su pensamiento, sino
tambin las variantes y progreso de su tcnica, pero no es posible;
primero por falta de seguridad para fijar la fecha de ejecucin de cada
lienzo; segundo porque ni aun el estilo sirve de gua infalible para
determinarla, pues como por ser Velzquez empleado de palacio quedaban
sus cuadros bajo su custodia, los retocaba cuando le convena,
aprovechando y realzando lo anteriormente pintado: finalmente, la
circunstancia de estar algunos en el extranjero, hace ms difcil la
investigacin.

Mucho trabaj durante los dieciocho aos que separan el de 1631, en que
de vuelta en Madrid aparece su nombre en las nminas de palacio por el
mes de Enero, y el de 1649 en que emprendi su segundo viaje a Italia:
mas no hay modo de enumerar por orden riguroso todo lo que pint. Es
pues conveniente hacer de ello una clasificacin por grupos que a
primera vista parece arbitraria, pero que tiene la ventaja de indicar
primero por partes y abarcar luego en totalidad y conjunto cuanto
produjo en aquel fecundo perodo de su vida. Lo que se puede conocer
casi ao por ao, es lo que menos interesa: su hoja de servicios como
criado del Rey. De lo capital, que son los cuadros, no hablan los
legajos de los archivos, sino para decir alguna vez donde estuvieron
puestos; ni aun cabe fiarse de los documentos referentes al coste de
ellos, pues en esos papeles consta cuando fueron pagados, no cuando se
pintaron, as que no es dable sujetarlos a cronologa. Finalmente, el
orden de su produccin, exigible en una obra con pretensiones de
definitiva y erudita, no es necesario en un modesto trabajo de
vulgarizacin. Contentmonos, por tanto, con mencionar al referirnos a
esta poca (1630 a 1649), primero los retratos, gnero de tan
excepcional importancia en Velzquez; luego los cuadros de composicin,
y por ltimo, los lienzos destruidos en los incendios o cuyo paradero se
ignora.

Una de las primeras obras que debi de hacer al llegar de Italia, en los
comienzos de 1631, es el _retrato de Felipe IV_ que se conserva en la
Galera Nacional de Londres. Esta el Rey representado en pie, de cuerpo
entero y tamao natural con traje pardo bordado de plata, guantes
obscuros, medias blancas y zapatos de polvillo; apoya la mano izquierda
en el pomo de la espada y en la diestra tiene un papel donde se lee:
_Seor, Diego Velzquez, pintor de Vuestra Majestad_: junto de l hay
una mesa donde esta el sombrero. Dice Beruete, en la citada obra, que
este cuadro es algo seco, y que la primera impresin que causa es poco
favorable; pero que esta la cabeza hecha con singular delicadeza,
dibujado todo irreprochablemente y que es autntico sin duda alguna.
Casi por los mismos meses hara otros dos retratos del Rey y de su
primera esposa, doa Isabel de Borbn, ambos de medio cuerpo, que estn
en el Museo Imperial de Viena.

En Madrid tenemos al Rey retratado por entonces dos veces.

La primera (nm. 1.074 del Museo), en fondo de campo, escopeta en mano,
traje de caza y un magnfico perro al lado. Esta figura de Felipe IV es
una de las puestas y movidas con mayor elegancia entre todas las que
pint.

La segunda en traje de gala y a caballo. En 1616, el Duque de Lerma
haba mandado al escultor florentino Pedro Tacca, que hiciese la estatua
de Felipe III que esta hoy en la Plaza Mayor de Madrid; en 1632, el
Conde Duque de Olivares, no queriendo ser menos adulador, le encarg la
de Felipe IV para colocarla en el Retiro. Deseando Tacca tener a la
vista un buen retrato del Rey, se le mand uno ecuestre de mano de
Velzquez con sombrero puesto y menor que el natural: pidi el italiano
otro donde poder estudiar mejor la real persona, y Velzquez lo hizo
hacia 1633 de perfil, de busto y sin sombrero[42], envindosele adems
un busto del Rey por Martnez Montas, tal vez el que se ve indicado
en la parte inferior derecha del retrato que a este escultor hizo
Velzquez.

De que al monarca le gustara alguno de los que para tal objeto le hizo
su pintor favorito, o de que ste quedase contento de ellos, debi de
nacer en ambos la idea de un nuevo y gran retrato ecuestre de S. M. Puso
el artista manos a la obra y fruto de aquel trabajo, es el que hoy esta
en el Museo del Prado con el nm. 1.066. Por la edad que en l
representa el Rey, y por las noticias expresadas, no puede estar pintado
ni al llegar Velzquez a la Corte en 1623, como pretende Cean Bermdez,
ni en 1624, como indica Stirling, ni segn dicen Lefort y don Pedro de
Madrazo en 1644, poca en que ya el Rey tena treinta y nueve aos, edad
que no aparenta en el cuadro: debi de ejecutarlo hacia 1633 o 34, a
raz y a consecuencia de los que se enviaron a Tacca.

Esta el Rey representado teniendo por fondo un campo de las cercanas de
Madrid por la parte Norte, donde la limpia diafanidad del ambiente deja
ver a largas distancias los grupos de rboles y quebraduras del terreno,
en que dominan los tonos claros, verdes y azulados. Va caminando de
izquierda a derecha, de perfil, jinete en un caballo castao, de patas
blancas, sobrio de arreos y puesto en chaza o media corveta. Lleva media
armadura empavonada con labores de oro, y sobre la coraza banda carmes,
de seda, hecha un airoso lazo, cuyas puntas le flotan a la espalda;
gregescos obscuros, botas y guantes de estezado fino, chambergo de
plumas pardas y blancas y golilla de canalones estrechos; todo ello
pintado con tal primor que, aunque el artista dudara y corrigiese mucho,
por tratarse de obra de tanta dificultad, parece la ejecucin lograda
con increble facilidad y soltura. Aparte la perfecta imitacin de lo
natural, el rasgo distintivo de este lienzo es cierta mezcla de vigor y
elegancia, de majestad y gallarda que hace profundamente simptico al
modelo: aun ignorando quin sea el retratado, se comprende que debe de
pertenecer a la categora de mimados por la fortuna y puestos por ella
en la cumbre de las grandezas sociales, alguien hecho a la magnificencia
y regalo de los palacios, un poderoso a quien la felicidad ha protegido;
porque continente, apostura, gesto, todo es propio de gran seor: y
sabiendo que es Felipe IV de Austria, bajo cuyo cetro no hubo desgracia
que no nos viniera encima ni mengua que le sacase de su culpable apata,
cuando recordamos que es aquel Rey falto de empuje para cuanto no fuese
disponer fiestas y cortejar mujeres, an es mayor el asombro que causa
su imagen as trazada, porque, antes que soberano incapaz, parece padre
de un pueblo a quien con su sabidura hace dichoso.

Todos los crticos y bigrafos de Velzquez estn conformes en
considerar este retrato como obra de mrito excepcional: unos alaban de
ella lo que se refiere al modo de concebirla, imprimiendo al bruto tanta
vida y al jinete tanta gallarda; otros elogian el dibujo, donde, al
travs de arrepentimientos y correcciones que an se notan, hay una
precisin admirable; otros, finalmente, la soltura de la ejecucin, en
la cual ya ha desaparecido por completo aquella pasada dureza de los
primeros cuadros. Por mi parte me limitar a recordar que a pocos pasos
de este retrato esta en nuestro Museo del Prado el ecuestre de Carlos
I, por Ticiano, y que la comparacin resulta favorable al primero, pues
al gran maestro veneciano se le allanaron muchas dificultades, teniendo
por modelo una figura con visos de heroica; y el espaol hubo de
infundir al suyo, sin faltar a la verdad, una grandeza y poesa que en
absoluto le faltaban.

Cuentan las historias y relaciones que, de doce mujeres, entre esposas y
amigas, tuvo Felipe IV treinta y dos hijos, incluyendo legtimos y
bastardos[43]; pero ninguno le alegrara tanto como el prncipe Don
Baltasar Carlos, habido, despus de tres hijas muertas sin cumplir un
ao, en su primera mujer y prima la infanta de Francia doa Isabel de
Borbn, a quien llama un escritor de la poca _fragante flor de lis
convertida en purprea rosa castellana_.

Naci aquel nio el ao de 1629, durante la permanencia de Velzquez en
Italia, que le retrat varias veces, y se supone que la primera en un
lienzo que hoy se conserva en Castle-Howard. Tiene all el Prncipe dos
aos y esta representado en pie sobre un peldao en segundo trmino:
ante l se ve un paje enano. En su mirada brilla la mirada viva
caracterstica de sus imgenes ulteriores, y en su postura, impropia de
un nio, puede descubrirse la intencin del pintor de hacer que resalte
el rango del modelo: apoya la mano izquierda en la empuadura de la
espada y la diestra en el bastn de mando. Cruza su rico traje de
terciopelo obscuro con pasamanera de oro una banda roja: al fondo hay
un cortinaje rojo, y sobre un almohadn se ve el sombrero de terciopelo
con plumas blancas. El enano, situado un peldao ms abajo que su amo,
vuelve hacia ste la enorme cabeza: lleva amplia valona lisa y cadena al
cuello; un delantal le cubre la parte inferior del cuerpo. En la mano
derecha tiene un chupador de plata, y en la izquierda una manzana[44].
Beruete, de quien tomamos estos datos, dice que, durante algn tiempo,
se atribuy el cuadro al Corregio, suponiendo que el retratado era un
prncipe de Parma; pero hoy dos ilustres crticos, Justi y Armstrong, el
segundo con ciertas reservas, reconocen en l la mano de Velzquez.

En Madrid esta el Prncipe retratado dos veces, ambas de tamao natural,
a pie y a caballo. Don Pedro de Madrazo ha descrito estos dos cuadros
con una claridad y precisin que no hay ms que pedir: al hablar de uno
enumera fielmente las prendas de ropa, desde la gorrilla de ala y la
valona de encaje, hasta el tabardo de mangas bobas y los zapatos de
pao; al referirse a otro, desde el chambergo con plumas y la banda
encarnada de cabos de oro hasta las botas atezadas; ni se olvida en el
primero de los dos perros, perdiguero y galgo, ni deja en el segundo de
dar idea de la jaca andaluza de color castao sencillamente enjaezada:
menciona, por ltimo, los fondos de campo madrileo con sus quebradoras
en el piso y sus celajes azulados de nubes blanquecinas; pero lo que no
es dado expresar, ni aun con pluma tan experta, es el atractivo que la
figura del Prncipe, alegre, juguetona y al mismo tiempo regia, tiene en
estos lienzos.

En ellos cautiva la augusta personilla por cierto aspecto inocente y
travieso, cndido y malicioso que le imprime una gracia superior a toda
ponderacin: para aumentar el encanto parece, adems, que existe
indudable relacin entre su edad y el riente paisaje que le rodea. Ambos
cuadros son de color fresco y jugoso; y en lo que toca a la ejecucin de
lo ms feliz que puede citarse de la segunda manera del autor.

En el Museo Imperial de Viena hay otro lienzo que representa al mismo
Prncipe pasados tres o cuatro aos con traje de terciopelo negro
bordado de plata, y ferreruelo: esta junto a una mesa cubierta de tapete
rojo, donde tiene el sombrero, y la figura destaca sobre fondo gris.
Esta obra--dice Beruete--es en conjunto maravillosa, pero lo ms
admirable de ella es el prodigioso modelado del rostro plido, iluminado
de frente, y la expresin de la fisonoma, donde se lee el carcter de
aquel nio universalmente querido, cuya prematura muerte ejerci funesto
influjo en el destino de Espaa.

Adems de los dos mencionados retratos ecuestres, el del Rey y el del
Prncipe Baltasar Carlos, hay en el Museo del Prado otros tres de
personas reales y a caballo atribuidos a Velzquez, pero que hace tiempo
se juzgan no hechos en totalidad de su mano. Son los de Don Felipe III y
doa Margarita, su esposa, padres de Felipe IV, y el de la primera mujer
de ste, doa Isabel de Borbn, a quien tuvo pocas veces por modelo
Velzquez, acaso por ser ste protegido del Conde-Duque y ella su
enemiga[45]. Artistas y crticos opinan que en esos tres grandes
lienzos, que claramente muestran aadiduras laterales hechas para darles
mayores proporciones, el maestro trabaj sobre retratos anteriores
hechos por Bartolom Gonzalez o Nicols de Villacis, no como supone
Stirling, de Carreo, que deba entonces de ser muy nio. Mirando
atentamente estas obras se conoce que lo que all hizo el pincel de
Velzquez fue dar valor y realce con enmiendas, correcciones y toques
aislados a la mezquina y pesada labor de artistas inhbiles. Los
repintes se ven an: el retrato de Felipe III tiene el caballo casi todo
rehecho; en el de doa Margarita esta variado el fondo, convirtiendo el
primitivo, que era un jardn con recuadros de boj, en campo de matas y
arbustos; en el de doa Isabel de Borbn tambin se nota la modificacin
del caballo, y en la cabeza de la Reina hay notables variantes. Parece,
pues, lo verosmil que los tres retratos estuvieran pintados cuando hizo
Velzquez el de Felipe IV, y que, para hermanarlos con ste, los
retocara ligera y bravamente, dndoles, en particular al de Felipe III,
un aspecto grandioso que no tenan: con lo cual, las que hoy seran
obras poco interesantes, lo son muchsimo, pues en ellas se ve cmo el
genio, con poco esfuerzo, convierte en superior lo que, a duras penas,
era mediano.

Retrat, tambin en traje de caza como al Rey y al Prncipe, al Infante
Don Fernando. Acerca de cuando lo hizo discrepan las opiniones: dicen
unos que antes de ir a Italia, lo cual desmiente el estilo; otros, que
hacia el ao 1647, cuando ya el personaje era muerto, aprovechando para
el rostro el estudio de una imagen anterior. La figura esta
admirablemente colocada y a su lado tiene un podenco que es de los
mejores trozos de pintura que hizo Velzquez. As como se dice de las
personas bien retratadas que estn hablando, pudiera decirse de este
can, que no ladra porque no quiere.

Detalles que, aislados, no representan gran cosa, y juntos dan a
entender mucho, atestiguaran luego que, adems de soberano artista,
debi de ser Velzquez hombre de bondadoso natural; por lo menos fue
agradecido: yo no vacilo en asegurar que la prueba es el retrato que
hizo al Conde-Duque. La vanidad de ste, que vera en ello un medio
seguro de legar su imagen a la posteridad, le hara desearlo: su rango
lo justificaba; pero Velzquez puso en la obra tal empeo de acercarse a
la perfeccin, que en su gnero no se concibe mejor.

Fue el privado de Felipe IV tan mal administrador de las rentas del
Erario como celoso de las propias, las cuales llegaron a 450.000 ducados
al ao; tan vengativo, que mand poner a Quevedo grillos de a nueve
libras, y estando celebrndose los funerales del ilustre Duque de
Fernandina orden que de las manos del difunto se quitase el bastn de
general; tan funesto poltico que ocasion la rebelda de Catalua y la
prdida de Portugal, el Brasil y el Roselln; acrrimo partidario de
leyes suntuarias, aunque inventor de las golillas; al mismo tiempo
creador del papel sellado y ordenador de caceras donde entraban al
puesto del Rey veinte jabales en una tarde: la aficin que mostr a las
letras y las artes amengua en algo lo aborrecible de su tirana; pero ni
fue militar, ni gan batallas, ni siquiera sali a campaa. Sin embargo,
tal como le represent Velzquez parece el rayo de la guerra.

En Julio de 1638 Cond puso sitio a Fuenterraba embistindola por mar
bajo sus rdenes el arzobispo de Burdeos: defendiose bravamente la plaza
ms con tan poca gente, que no poda ser larga la resistencia ni
evitable la entrada. Entonces el Conde-Duque reuni un pequeo ejrcito
de cerca de doce mil hombres y con ellos el Almirante de Castilla
desbarat a los franceses con tan furiosa acometida que Cond se entr
huyendo en el agua hasta ganar una chalupa y el belicoso arzobispo se
acogi a los bajeles quedando libre la plaza; traducindose el regocijo
experimentado por el Rey no tanto en premiar pronto al Almirante cuanto
en recompensar con largueza al Conde-Duque.

Esta fue la ocasin que Velzquez, si lisonjero agradecido, aprovech
para retratarle en campo de batalla de cuerpo entero y tamao natural,
ordenando un combate fantstico a caballo, con coraza de labores de oro,
chambergo de grandes plumas, bastn de mando y aspecto de caudillo
seguro y digno de la victoria. Esta el bruto, que es alazan roano, en
corveta afianzado sobre las patas, las manos en alto y tan bien
encajada sobre l la airosa figura del jinete que no se conciben ms
viveza en la bestia ni en el hombre ms dominio. Nadie dira que aqul
es el ministro cortesano en cuyos das muri en Rocroy el prestigio de
la infantera espaola, sino un hroe de los que la guiaron en Muhlberg
o Nordinga: sin duda el artista pecando de palaciego, pues no se respira
en vano la atmsfera viciada, incurri aqu en la flaqueza de adular al
privado: mas el mal efecto que esto causa instantneamente se disipa al
considerar que Olivares fue su protector, y que aquella inocente mentira
era la nica prueba de gratitud que poda darle. Nada hizo Velzquez con
cuidado tan exquisito: ninguno de sus cuadros denota tan tenaz empeo de
acierto: all puso lo mejor de su entendimiento y de sus manos como
haba puesto el sentimiento ms noble de su alma. El color es de
frescura y riqueza incomparables: la ejecucin, minuciosa por lo
esmerada y grandiosa por el resultado, esta en armona con la ndole de
la figura donde todo revela fuerza, decisin y bro[46].

Es lgico pensar que las obligaciones anejas a los cargos que Velzquez
desempeaba en la servidumbre de Palacio no le dejaran mucho tiempo
para aceptar encargos de particulares, suponiendo que el Rey se lo
tolerase: pero era natural que por conveniencia o amistad hiciera otros
retratos: de stos se conservan varios, siendo los principales los
siguientes.

El busto de un personaje desconocido que en Apsley House posee el duque
de Wellington. El del letrado _Don Diego del Corral_, de cuerpo entero y
tamao natural, vestido con ropn, junto a una mesa y papeles en las
manos. Debi de pintarlo hacia 1632, y es propiedad de la duquesa de
Villahermosa.

El de _Pablillos de Valladolid_ (nm. 1.092 del Museo del Prado).
Decase hasta hace pocos aos que era ste un representante de comedias
de los que a docenas trabajan en los corrales de Madrid y aun en el
Alczar Viejo: y por esta razn se le llam _El Cmico_. Madrazo hall
ms tarde que en los Archivos reales, haba un cuadro inventariado como
_retrato de un bufn con golilla_ que se llam _Pablillos de
Valladolid_, cuyas medidas casi coincidan con las del _Cmico_; y
crey, siendo su opinin aceptada, que no era el tal representante, sino
bufn u hombre de placer. Yo, con todo el respeto debido a tan insigne
crtico, no acabo de persuadirme. Cierto que no hay en libros ni papeles
antiguos, hasta hoy descubiertos, mencin de ningn cmico de tal
nombre, pero tambin lo es que un copiante pudo llamar bufn a quien no
lo fuese: para un escribiente palaciego poca diferencia habra entre un
farsante y un bufn: adems, todos los bufones que pint Velzquez eran
enanos ridculos, seres grotescos, y estn vestidos de mamarracho o con
lujo impropio a su condicin; en tanto que _Pablillos_ ni es deforme ni
lleva ropas de mogiganga o superiores a su clase; sino que antes al
contrario, es de gallarda presenscia, bien proporcionado de miembros y
va vestido seriamente, como persona y no como hazme rer. En verdad que
su semblante truanesco le da patente de pcaro, pero no hay en su cuerpo
y rostro nada comn con aquellos miserables fenmenos, verdaderos casos
patolgicos con cuya ruindad se divertan nuestros piadosos monarcas.
Velzquez retrat a cada personaje segn quien era buscando el modo de
acusar su condicin y carcter: al Rey con majestad, al caballero con
nobleza, a la dama con la elegancia que permitan las malhadadas galas
de su tiempo; y a ste, que yo tengo por comediante mientras no se
demuestre plenamente lo contrario, le puso no en reposo como casi
siempre retrat a grandes y seores, sino movido, declamando, acaso en
el acto de recitar una loa o un paso de entrems. Representa menos de
cuarenta aos, es de ojillos vivos, ordinario de facciones, juntos el
bigote y la perilla tan negros como el pelo, y su traje de corte es
negro, con golilla blanca, severo, casi seoril. La totalidad de la
figura sin accesorio alguno, hasta sin piso, destaca por obscuro sobre
fondo gris: esta como en el aire y sin embargo, no puso Velzquez hombre
mejor plantado.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

RENDICIN DE BREDA]

Tambin es de este perodo el retrato de un escultor que primero se
supuso ser Alonso Cano y luego Madrazo, demostr que era _Martnez
Montas_. Es casi seguro que lo pintara cuando en 1636 el artista fue
llamado a Madrid para hacer el busto del Rey que se envi a Tacca con
objeto de facilitarle el estudio de la estatua ecuestre. Es de los
mejores que salieron de manos de Velzquez: de tamao natural hasta
cerca de la rodilla, dibujado con seguridad admirable, construida la
cabeza de suerte que se adivina la estructura sea bajo la piel blanda y
carnosa, y ejecutado libremente, en unos sitios con cuerpo de color,
apenas cubierto el lienzo donde no es preciso, buscando ante todo el
carcter, el alma de la forma; como regalo de un artista a otro; hecho
sin miedo a que el vulgo no lo entienda y con certeza de que el
interesado ha de apreciar todo su mrito. Hablando de la sala donde este
retrato estaba antes colocado en nuestro Museo, dice Lefort. All hay
retratos de los ms grandes maestros, y qu retratos! _El Conde de
Bristol_, de Van-Dick, el _Thomas Morus_, de Rubens; otros de Antonio
Moro, de Holbein, de Durero, y precisamente a su lado uno admirable de
hombre por el Tintoretto. Pues bien, a esos formidables vecinos, este
retrato les hace parecer ficciones, imgenes convencionales y muertas.
Van Dick es soso, Rubens grasiento, Tintoretto amarillento; slo
Velzquez nos da en toda su plenitud la ilusin de la vida.

En el Museo de Mdena, existe el que hacia 1638 pint del duque
Francisco de Este. Es un soberbio busto con armadura y banda, estudio
preliminar probablemente para obra de mayor importancia.

Retrat tambin a Juan Mateos, ballestero principal de Su Majestad,
autor del libro famoso _Origen y dignidad de la Caza_, impreso en Madrid
en 1634. El cuadro esta hoy en la galera real de Dresde y es
seguramente de Velzquez: lo dicen su factura y el parecido de la imagen
con el retrato de Mateos que figura en aquella obra grabado por P.
Perete. En el que le hizo don Diego, esta Mateos representado de busto
con traje de pao verde oscuro y cuello blanco, sobre el cual resalta
enrgicamente modelado el rostro: es de fisonoma expresiva; lleva el
pelo, el bigote y la perilla cortos.

El nmero 1.090 del Museo del Prado, es retrato en media figura y tamao
natural, de un Conde de Benavente: lo que no se sabe de cierto es si se
trata como imagin don P. de Madrazo, de don Antonio Alonso Pimentel,
noveno de aquel ttulo muerto en 1633, o de alguno de sus sucesores como
se inclina a creer Beruete, observando discretamente que el estilo del
cuadro es el caracterstico de las obras del maestro en poca posterior
al fallecimiento de aquel caudillo. Sea quien fuere, parece por su
aspecto noble y caballeresco el tipo legendario del capitn espaol de
aquellos tiempos. Representa su franca fisonoma ms de cincuenta aos:
tiene la mirada expresiva, el pelo corto, el bigote y la gran perilla
entrecanos. Resguarda su pecho una rica armadura entallada y
damasquinada con listas de oro, y lleva guanteletes de lo mismo. Sirven
de fondo a su figura un cortinaje rojo y un hueco, tras el cual se
divisa campo. En los antiguos inventarios de Palacio, fue esta obra
atribuida al Ticiano, y esto que a primera vista parece disparatado,
pues no hay confusin posible entre la manera franca, suelta, de
Velzquez y la ms fundida y empastada del gran pintor de Venecia,
tiene, sin embargo, su explicacin: porque este es el lienzo en que ms
acentuada aparece en el pintor de Felipe IV la honda impresin que en l
debieron de causar las obras de Domencio Theotocpuli, el _Greco_, y de
su discpulo Luis Tristn; influencia interesantsima de que se hablara
ms adelante.

Otros retratos atribuidos a Velzquez hay en galeras y museos del
extranjero, mas no de indudable autenticidad.

Se sabe, por ejemplo, que en 1639 hizo uno del Almirante de Castilla
_Don Adrin Pulido Pareja_: Palomino que lo vio en casa del Duque de
Arcos, dice, que esta hecho con pinceles y brochas de astas largas que
usaba algunas veces, para pintar con mayor distancia y valenta; de
suerte que de cerca no se comprenda y de lejos es un milagro; aade
que lo firm en latn; y hasta refiere una ancdota, segn la cual
estando el cuadro puesto hacia donde haba poca luz y entrando el Rey,
como sola, a ver pintar a Velzquez, confundi la pintura con el
hombre, preguntando al retratado: _Qu, todava estas aqu? No te he
despachado ya? Cmo no te vas?_ y luego comprendiendo su error dijo al
artista: _Os aseguro que me enga_.

Algunos bigrafos, entre ellos Armstrong, Stirling y Lefort, que llega
hasta creer la ancdota, fundndose en que Felipe IV era muy miope,
admiten que este retrato sea el que figura en la Galera Nacional de
Londres: pero Beruete lo pone en duda, sealando deficiencias de dibujo
y poca habilidad en la factura indignas del maestro.

Tambin dice Palomino que retrat a Don Francisco de Quevedo con los
anteojos puestos como acostumbraba de ordinario a traer. A fines del
siglo pasado, era este lienzo propiedad de Don Juan Jos Lpez de
Sedano, quien lo mand grabar a Carmona para el _Parnaso Espaol_[47].
Hoy se considera perdido, y como antigua copia el que posee el Duque de
Wellington[48]. Lastima grande que no se conserve el original! Debi de
pintarlo antes de 1639, en cuyo mes de Diciembre, viviendo en casa del
Duque de Medinaceli, fue preso el gran poeta por orden del Conde-Duque.
Acaso fuera esta la nica ocasin en que Velzquez tuvo por modelo a
quien vala tanto como l.

Huyendo de Richelieu, contra quien haba conspirado, vino a Espaa en
1637 Madama Mara de Rohan-Montbazon, Duquesa de Luynes y de Chevreuse,
favorita de Ana de Austria, mujer de gran inteligencia, vida llena de
aventuras y singular belleza, cuya aparicin en Madrid debi de traer
revueltas y curiosas a las gentes. En Zaragoza la hospedaron los
Marqueses de los Vlez y el Rey le envi coche y machos para venir a la
corte, donde entr a 6 de Diciembre, saliendo a recibirla el Almirante,
el Condestable, los Duques de Hjar, Villahermosa, Pastrana y otros
grandes, prueba inequvoca de que el Rey la agasajaba. A su encuentro
salieron, ms de una legua, las Marquesas de Mirabel y de las Navas, y
la Condesa de Santisteban. Ella muy bizarra, despechugada y
desenfadada, entr mirando a los que caminaban delante y a los lados, a
los coches que estaban parados y atestados desde el arroyo de Bernigal.
Traa dos criados franceses, uno de los cuales dorma en el aposento de
su ama; y dio madama prendas de la grandeza de su animo no queriendo
recibir ocho mil ducados que le presentaban de parte de S. M.[49]. La
dicha duquesa--aade el escrito de donde tomamos estos datos--en todo se
porta con mucha modestia, y Diego Velzquez la esta ahora retratando con
el aire y traje francs[50]. Palomino, dice que retrat por aquel
tiempo con superior acierto, a una dama de singular perfeccin[51].
Nadie ha logrado averiguar si este retrato y el anterior son uno mismo,
ni caso de que sean dos dnde han ido a parar. El de la bella Duquesa de
Chevreuse, hecho por Velzquez, sera bien distinto de los de aquellas
reinas e infantas de la Casa de Austria, con cuya fealdad,
guardainfantes, pelucas y coloretes, tuvo que luchar para darles
distincin y elegancia. No fue en la suerte de sus retratos afortunado
el gran artista: los de los ilustres poetas y las mujeres hermosas, como
Gngora y Quevedo, la dama inglesa y la Chevreuse, se han perdido: en
cambio quedan de su mano aquellos rostros de prncipes y aquellas
figuras de bufones, donde dolorosamente se ve nuestra triste decadencia.

Tampoco se conservan los que hizo del Cardenal Don Gaspar de Borja, de
los maestros de la Cmara del Rey, Pereira y Cardona, de Don Fernando
de Fonseca, pariente sin duda de su protector, ni el de Fray Simn de
Rojas en su lecho de muerte. Finalmente, en alguno de los incendios de
Palacio, debi de desaparecer uno ecuestre que hizo al Rey, el cual
expuso al pblico, y habindole censurado el caballo, enfadndose por la
ignorancia ajena o modestamente convencido del error propio, lo borr.

Aqu acaba la relacin de los retratos que pint por aquellos aos,
inmortalizando a gentes de varia condicin, entre las cuales no haba
casi nadie que lo mereciera. Veamos ahora, sus cuadros de la misma
poca: donde hallaremos maravillas, encanto de los ojos por lo que
deleitan; desesperacin de la pluma incapaz de expresar la vida que
palpita en ellos.




VII

EL CRISTO ATADO A LA COLUMNA DE LA GALERA NACIONAL DE LONDRES.--EL
CRISTO CRUCIFICADO.--LA RENDICIN DE BREDA.--CUADROS DE
CACERIAS.--MARCHA VELZQUEZ CON EL REY A LAS JORNADAS DE ARAGN Y
CATALUA.


No se sabe si durante su primer viaje a Italia, por los mismos meses que
_La fragua de Vulcano_ y _La tnica de Jos_, o lo que es ms probable,
ya de regreso pint Velzquez el _Cristo atado a la columna_ que figura
en la Galera Nacional de Londres.

En el centro del lienzo esta Jess desnudo, maniatado con una cuerda a
una columna que se ve a la izquierda, estirados los brazos, dobladas las
piernas, puesto el tronco casi de frente, y movida la cabeza con
dolorosa expresin de sufrimiento, hacia la parte de la derecha, donde
un ngel, de rostro ms humano que divino, hace ademn de mostrar el
martirizado cuerpo a un nio de seis o siete aos, que cruzando las
manos se ha postrado de hinojos para adorarlo con seales de la mayor
ternura. Cristo, en torno de cuya cabeza se percibe un tenue resplandor
que indica su divinidad, tiene contradas las facciones por un gesto de
dolor, y en pago de su dulce conmiseracin, mira amorosamente al
pequeuelo.

El ngel se parece algo al retrato de la supuesta doa Juana Pacheco,
del Museo del Prado. Es de las pocas obras de carcter religioso que se
conocen de Velzquez, y aunque dentro de cierto gusto clsico, esta
tratado el asunto del modo ms natural posible. Atendiendo a la figura
de Cristo, pudiera creerse que el principal propsito del artista, ha
sido hacer un estudio de desnudo de hombre, recio y fornido, pero la
postura del nio, en cuya actitud y semblante hay verdadera y potica
compasin, permite sospechar que sea un cuadro de encargo, inspirado por
alguna familia piadosa. Los crticos modernos que lo mencionan, pues de
los antiguos no lo cita ninguno, estn acordes en considerarlo como obra
de capital importancia, intermedia por su estilo entre lo que pint en
Italia y lo que de all en adelante hizo en la Patria.

Casi todos los cronistas de Madrid hablan de una tradicin, aunque con
visos de novelesca, apoyada en noticias dignas de crdito, verosmil,
dadas las costumbres de la corte en aquella poca, y a la cual va
indirectamente unida una de las obras ms clebres de Velzquez: el
_Cristo crucificado_.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

MARTNEZ MONTAS

Fotog. Moreno]

Cuntase, con detalles ms o menos dramticos, que por el protonotario
don Jernimo de Villanueva, patrono del convento de religiosas de San
Plcido, supo Felipe IV que en l haba una monja de singular belleza
llamada Margarita: viola, prendose de ella y con ayuda del patrono
intent enamorarla. Celosa la priora del decoro de la comunidad, y
sabiendo cuando haba de atreverse el Rey a profanar la clausura por
una mina abierta en una cueva de la casa de don Jernimo, que era
medianera del convento, puso a la monja en su celda tendida entre
blandones, como si estuviera difunta. Entr primero el complaciente
Villanueva, que evit a S. M. tan lgubre aparato, y pareci frustrada
la aventura: pero pasado algn tiempo, terco el Rey en su empeo, no
par hasta lograrlo. Guardose mal el secreto, tom cartas el Santo
Oficio, y no atrevindose con el Rey, proces al protonotario
prendindole en Agosto de 1644. Entonces el Conde-Duque dio a escoger al
Inquisidor general entre una pensin de 1.700 ducados si se retiraba a
Crdoba, de donde era natural, o quitarle las temporalidades
extrandole del reino: opt prudentemente por lo primero, y luego el
privado, para mayor seguridad, cuando el escribano Alfonso de Paredes,
que llevaba la causa a Roma, desembarc en Gnova, lo mand prender y
hay quien dice que permaneci quince aos encarcelado. El Rey y el
Conde-Duque, dueos de la causa, la quemaron en la regia Cmara: un
tribunal de frailes acord reprender al protonotario, _sin decirle
porqu_; acabando por absolverle sin ms penitencia que ayunar todos los
viernes de un ao, no poner los pies en el convento, hacer a la
comunidad un cuantioso donativo y prohibirle que hablara de aquello con
el Monarca y su privado. Aadese que el Rey, arrepentido o satisfecho de
sus amores regal a las monjas de San Plcido un reloj que tocaba a
muerto cada cuarto de hora, y que el mismo soberano o el protonotario
Villanueva encargaron a Velzquez el _Crucifijo_ que las monjas pusieron
en la sacrista.

A principios de este siglo, pas a ser propiedad del Infante don Luis,
que lo compr acaso para su palacio de Boadilla; heredolo su hija doa
Mara Luisa de Borbn, esposa de Godoy, y en 1808 se lo llevaron los
franceses. En 1814 fue devuelto a la Condesa de Chinchn, hija y
heredera del Prncipe de la Paz, la cual doce aos despus quiso
venderlo en Pars con otros cuadros. Enterado el Duque de Villahermosa,
nuestro embajador, entabl negociaciones consintiendo la Condesa en
venderlo a Espaa por 28.000 reales, aunque se haba tasado en 20.000
francos. Muerta la de Chinchn, no reconocieron sus herederos la validez
del trato, y entonces el Duque de San Fernando, cuado de la muerta y
legatario de la alhaja que quisiera escoger en el acervo de la herencia,
eligi el _Crucifijo_ cedindoselo al Rey que lo mand al Museo del
Prado.

Es de las ms excelentes obras que ha producido el arte de la pintura.
Un fondo negro de lobreguez medrosa que aun siendo liso tiene atmsfera,
la cruz de maderos cepillados, y Jess clavado en ella. No hay all ms;
ni puede concebirse mayor grandeza que la emanada de aquella sencillez.

Las sienes coronadas de espinas estn sobriamente ensangrentadas; el
trax, vientre y piernas de impecable forma, crean una vertical que
expresa serenidad absoluta; la tirantez del peso no desgarra las palmas
taladradas por los clavos; los pies al caminar no se han manchado en las
losas de Jerusaln ni en los pedregales del Calvario, ni los clavos han
podido desbaratar su delicada estructura; el tormento no ha desfigurado
un msculo; el dolor no ha alterado una lnea; aquel cuerpo, por donde
resbalan unas cuantas gotas de sangre, esmaltndolo con sutiles hilos
de prpura, sera verdaderamente apolino con pagana hermosura si la
cabeza aureolada de vago resplandor celeste, cada como flor tronchada,
no diese idea del sacrificio sobrehumano y misterioso: el martirio ha
profanado la belleza sin poder afearla, y cubriendo la mitad del rostro
cae un ancho mechn de la melena que ensombrece la faz cual si el
artista esquivara por imposible representar el ltimo suspiro de una
agona en que quien es inmortal muriendo dignifica la muerte: ante esta
imagen el creyente se humilla y el incrdulo se apiada; es triunfo
soberano del arte donde se confunden en emocin intensa la poesa de la
fe y el culto a la belleza.

El dibujo es de tal pureza que tiene algo de ideal, porque en figura
humana parece demasiada perfeccin aquella, y, sin embargo, es de un
realismo completo. El modelo esta seguramente visto, no en un cadver,
si no en un cuerpo vivo: pero as deba ser, pues el momento
representado es el mismo de la muerte, antes de que la rigidez perturbe
los perfiles, contraiga los tejidos y rompa la armona de los miembros.
El tono de la madera de la cruz sirve de intermedio entre la negrura del
fondo y el cuerpo modelado en claro, de tonos suavemente amarillentos,
como inspirados en un marfil antiguo. La ejecucin desde los extremos de
las manos, hasta las puntas de los pies, es enrgica, pero al mismo
tiempo, blanda y minuciosa. Nada hizo ni concluy Velzquez con tanto
esmero ni con igual delicadeza.

Breda, ciudad de las llanuras del Bravante, asilo de los rebeldes
flamencos, estaba en su poder desde que en 1590 nos la gan el Duque de
Parma. Mauricio de Nassau la tena bien fortificada, pero en 1625 Felipe
IV escribi al general que all mandaba sus ejrcitos: _Marqus de
Espinola, tomad a Breda_, y ste le puso cerco. Los capitanes que le
seguan juzgaban imposible la empresa: los sitiados que mandaba Justino
de Nassau, se defendieron heroicamente: Mauricio acudiendo en su socorro
rompi los diques para anegar el campamento de Espinola: tuvo ste que
batirse como soldado al mismo tiempo que mandaba como jefe, hasta que
entrada la primavera se rindi la plaza honrosamente, saliendo la
guarnicin con cajas y banderas. En su _Historia del reinado de Felipe
IV_, dice don Gonzalo de Cspedes y Meneses que Espinola los esper en
el cuartel de Balanzn, acompaado de Noeburg y de los nobles de su
campo, y agasajando y recibiendo no solamente con honor pero loando su
valenta y la constancia de su defensa dilatada, al gobernador Justino
de Nassau y sus coroneles, y a un hijo de don Manuel de Portugal, a dos
naturales de Mauricio, y otros dos de Justino. El Marqus de Legans,
Pablo Balln, Coloma, Anhalt, y don Francisco de Medina estaban con el
vencedor.

La Corte de Madrid celebr con grandes fiestas el suceso, mas no hay
seguridad de que Velzquez hiciese el cuadro por orden de Felipe IV. La
toma de la plaza fue en 1626: el estilo del lienzo es de poca muy
posterior. Recordemos que Velzquez se embarc en Barcelona a 10 de
Agosto de 1629, cuando fue por primera vez a Italia, llevando por
compaero de viaje a Espinola que iba a tomar el Gobierno de Miln y el
mando de las tropas espaolas contra Lombarda. Cmo entonces,
mientras la nave surcaba el Mediterrneo, no haba el soldado de referir
al pintor su empresa ms gloriosa? Explicarale aquella memorable
ocasin narrndoselo todo; como el hombre, por ilustre que sea, narra lo
que le engrandece. El lugar, la hora, la campia encharcada, el
encuentro con Justino de Nassau, la entrega de las llaves, la
disposicin de los dos grupos de vencidos sin humillacin y vencedores
sin altanera: hasta quizs le hiciese concebir la idea de aquel espacio
libre que en el cuadro separa unos de otros dejando ver la dilatada
llanura que se pierde entre el celaje anubarrado, el humo de las
hogueras y los vapores de la tierra hmeda, removida en zanjas,
cortaduras y brechas: y al orle sorprendera Velzquez en la expresin
de su fisonoma aquella sonrisa caballeresca con que luego caracteriz
su figura, representndole como la personificacin de los generales
espaoles de un siglo antes, en l reproducidos; tan ocupados en vencer
que no les quedaba lugar de ensoberbecerse. A la derecha, por cima de
las banderas y pelotones de soldados que hay en segundo trmino, se ven
hbilmente roto el paralelismo de sus lneas, _las lanzas_, que han dado
nombre a esta obra, donde no se sabe qu admirar ms; si lo que engendra
el pensamiento o lo que construye la mano del artista.

Velzquez hizo el cuadro, ya muerto Espinola, a quien amarg la
ingratitud cortesana, y ya lo pintase por gusto propio o inspiracin
ajena, indemniz de la injusticia al vencedor de los flamencos. Para su
noble semblante debi de valerse de retratos desconocidos; tal vez de
alguno que le hiciese antes del viaje que emprendieron juntos, a pesar
de lo cual, esta cabeza no slo no desmerece de las que estn
indudablemente hechas ante el modelo, sino que es una de las que tienen
ms vida.

En _Las Lanzas_, la composicin da idea completa del asunto: la
diversidad de tipos segn su origen, la agrupacin, no slo verosmil
sino obligada por las circunstancias, cuanto se refiere a la
interpretacin del momento, puede citarse como modelo de lo que debe ser
un cuadro de historia. Stirling dice, sin embargo, en mi opinin
injustamente, que a Justino de Nassau le falta su aspecto propio de
gentil hombre genovs, y que el artista parece haberse empeado en hacer
resaltar, con cierta malicia, el contraste entre los dos campos: a un
lado castellanos, de la mejor facha, al otro zafios holandeses de
calzones descomunales que miran con aire de sorpresa estpida.

En cambio, Lefort declara que Velzquez compuso _Las Lanzas_ fuera de
todo convencionalismo, y que es una de las pginas ms vivas de
historia que ha producido la pintura: ninguna se deja leer y penetrar
mejor: ninguna es ms sincera y elocuente por la clara sencillez de su
ejecucin. Y Justi dice que pocos lienzos son tan sugestivos, y menor
nmero todava revela un pintor dotado de sentimientos tan nobles.

Tampoco hay igualdad de pareceres en lo referente a cmo esta iluminado
el cuadro. Lefort dice: todas las cosas en aquel gran lienzo se modelan
en plena luz, franca y valientemente, sin artificios. El aire circula
por doquiera, extendiendo una atmsfera perceptible por cima de aquel
paisaje que se aleja a distancias tremendas, bandole de claridades,
de corrientes y de frescor, envolviendo las formas, acariciando los
contornos, reposando y enlazando entre s las coloraciones graves,
calientes, opulentas, en que aqu y all discretamente se intercalan
algunas notas claras para fundirlas en amplia y poderosa armona.
Finalmente Beruete cree que acaso la crtica moderna pueda censurar la
iluminacin oblicua de _Las Lanzas_ y sostener que no es la suya la luz
solar, la luz difusa del aire libre tan en boga en nuestros das.

A decir verdad, los grupos no estn baados en la claridad intensa
penetrante que viene de alto a bajo y que en pleno campo lo envuelve,
inunda y acaricia todo. Para fallar acerca de si esto es una tacha,
sera preciso demostrar, y nadie lo ha conseguido todava, si es
realmente posible pintar en un espacio abierto y en tales proporciones
una escena de ese carcter. La variabilidad de la luz que de momento a
momento produce cambios de tono en la totalidad y en cada parte basta
para indicar lo irrealizable del propsito. De aqu que la imitacin del
natural en grandes composiciones al aire libre, se obtenga siempre no
tan fielmente como en un recinto cerrado sino por aproximacin, por
equivalencias relativas; y en tal supuesto nadie ha llegado donde
Velzquez en _Las Lanzas_.

Lefort y Justi niegan que la gentil figura colocada a la parte de la
derecha, entre el caballo de Espinola y el marco, sea retrato de
Velzquez: Cruzada Villamil y Beruete, con mejor acuerdo, creen que s.
Para persuadirse de ello, basta comparar aquella imagen con las dems
autnticas que se conocen, teniendo en cuenta, por supuesto, la
alteracin de rasgos que el tiempo imprime a la fisonoma.

Como muestra de la incuria de nuestros abuelos y de lo incompletas que
son las noticias referentes a Velzquez reunidas por Palomino, basta
decir que ste cita _Las Lanzas_ con slo estas palabras: En este
tiempo pint tambin un cuadro grande historiado de la toma de una plaza
por el seor don Ambrosio Espinola, para el saln de las comedias en el
Buen Retiro, con singular eminencia.

Obras relativamente de menor importancia producidas en este mismo
tiempo, son la _Montera de jabales en el Hoyo_, y la _Cacera del
Tabladillo_.

La primera, que se deterior mucho en el incendio del Alczar, fue
regalada por Fernando VII a Lord Cowley que en 1846 se la vendi en
2.200 libras a la Galera Nacional de Londres. Representa una tela, o
espacio de campo cerrado con fuertes vallas de lona, donde se introducen
piezas mayores para que las acosen y maten los cazadores. Figuran entre
stos Felipe IV, Olivares, Juan Mateos, ballestero mayor del Rey, y el
Infante Cardenal don Fernando, cuya presencia sirve para demostrar que
el cuadro esta pintado antes de 1633, ao en que este personaje march a
Flandes de donde no volvi. En primer trmino de la composicin hay
carrozas paradas, desde las cuales la reina doa Isabel y sus damas
presencian la diversin: no lejos de ellas se ven grupos de hombres, un
perro herido y un arriero con su jumento.

[imagen: MUSEO DE SAN PETERSBURGO

INOCENCIO X

Fotog. Clement y C]

La _Cacera del Tabladillo_, as llamado porque la mayor parte de las
figuras estn colocadas sobre un pequeo cadalso compuesto de tablones,
fue vendido por Jos Bonaparte y hoy lo posee en Londres mister
Baring[52].

Y ahora, antes de dar cuenta del segando viaje de Velzquez a Italia,
conviene hacer mencin rpidamente de algunos acontecimientos
relacionados con su vida.

En 1634 cas a su hija Francisca, nica que le quedaba de las dos que
tuvo, con su discpulo Juan Bautista del Mazo, quien segn parece, nunca
ms volvi a apartarse de l, siendo tan diestro en copiarle, que muchos
lienzos suyos estn todava en museos y galeras atribuidos al maestro.
Desempeaba ste a la sazn el oficio de ugier de cmara y el Rey le
autoriz para que se lo traspasase a su yerno, sin duda, como regalo de
boda.

En 1642 agravada la insurreccin de Catalua y cediendo Felipe IV a las
instancias de su esposa doa Isabel, ordena jornada al Principado
rebelde; saliendo de aquella inaccin slo interrumpida para cazar en el
Pardo o ver comedias en el Retiro. Pero el deseo de la Reina no se
cumple sino a medias porque el Conde-Duque que, contra lo que ella
quera, le acompaa, logra que el viaje se haga con lentitud. Van a
Aranjuez por Alcal, detinense para fiestas en Cuenca, cazan en Molina
y llegan por fin a Zaragoza. All, aunque el ejrcito espaol era de
45.000 hombres y los franceses andaban cerca de Monzn, l privado
convence al Rey de que no debe salir a campaa y mientras le deja
entretenerse en ver jugar desde una ventana a la pelota, l se pasea por
la ciudad dos veces al da con squito de doce coches y cuatrocientos
soldados. As se prolonga la estancia de la Corte en Zaragoza y
Velzquez que, antes como criado que como artista, ha ido sirviendo a S.
M., traba conocimiento con el pintor Jusepe Martnez.

Debieron de hacerse amigos verdaderos, pues a peticin de Velzquez
nombr el Rey pintor de cmara al aragons y ste al escribir su libro
_Discursos practicables del nobilsimo Arte de la Pintura_ aprovech
cuantas ocasiones pudo para colmar de elogios al sevillano.

Poca importancia tiene el episodio, mas como en Velzquez todo es
interesante, he aqu lo que cuenta Martnez de un caso que all le
sucedi: Estando Diego Velzquez en esta ciudad de Zaragoza, asistiendo
a S. M., de gloriosa memoria, le pidi un caballero que le hiciera un
retrato de una hija suya muy querida: hzolo con tanto gusto que le
sali con grande excelencia; al fin como de su mano: hecha que fue la
cabeza, para lo restante del cuerpo, por no cansar a la dama, lo trajo a
mi casa para acabarlo, que era de medio cuerpo: llevolo despus de
acabado a casa del caballero; vindolo la dama le dijo que por ningn
caso haba de recibir el retrato: y preguntndole su padre en qu se
fundaba, respondi; que en todo, no le agradaba, pero en particular que
la valona que ella llevaba, cuando la retrat era de puntas de Flandes
muy finas.--Razn tena Jusepe Martnez para decir que haciendo
retratos se sujeta un hombre a or muchas simplicidades e ignorancias.

Por este tiempo la Reina, siempre opuesta a las malas artes con que
gobernaba el privado, arreci en su empeo de derribarle procurando que
Felipe IV sacudiera la vergonzosa tutela en que viva. Como faltase
dinero para la guerra entreg la mayor parte de sus alhajas al joyero
Cortizos y envi a su esposo ochocientos mil escudos: fueron necesarios
ms, y por el Conde de Castrillo mand a Zaragoza las joyas que le
quedaban; con lo cual vindose el Conde-Duque amenazado por la impresin
que tan noble conducta causase en el animo de Felipe IV, y deseando
contrarrestarla de cerca, se determin a volver a Madrid en Diciembre:
pero su cada era ya inevitable. Isabel de Borbn consigui que su
esposo oyese en conferencias privadas a su nodriza doa Ana de Guevara,
a quien siempre mostr apreciar, al Conde de Castrillo y sobre todo a la
duquesa de Mntua que, recin llegada de Portugal, le dira las causas
verdaderas de la prdida de aquel reino, dando estas entrevistas por
resultado que al mes de Enero siguiente cuando se trat de escoger en
Palacio servidumbre y cuarto para el Prncipe Baltasar Carlos, que ya
era mozo, el Rey impuso enrgicamente su voluntad al privado: primero
nombrando los criados que quiso, y en lo tocante al aposento diciendo:
Y por qu Conde no estar mejor en aqul que habitis ahora vos, que
es propio del primognito del Rey y en el que estuvo mi padre y estuve
yo cuando ramos prncipes? Desocupadlo inmediatamente, y tomad casa
fuera de Palacio. Triunf la Reina, entreg Olivares la llave secreta
que tena de la cmara real y parti de Madrid, en apariencia con
permiso para retirarse a su villa de Loeches, en realidad amenazado, si
no se marchaba pronto, de que hiciera con l Felipe IV lo que su padre
haba hecho con Don Rodrigo Caldern. Como todo el que ha estado en
posicin de hacer favores, dejara Olivares ingratos en la corte, mas no
fue de ellos Velzquez, pues casi todos sus bigrafos afirman que
permaneci fiel al cado y alguno expresa claramente que le visit en su
destierro.

Los empleos que desempeaba en Palacio le obligaron a viajar tambin en
1644 acompaando al Rey.

Sitiada Lrida por los franceses, Felipe IV sali a campaa con asombro
de sus contemporneos que, elogindole mucho, lo dejan consignado en
multitud de escritos, refiriendo detalles hasta de las galas que se
pona, contando que fue vestido _a lo soldado_, de amarillo y rojo, que
tom parte en la batalla dada para levantar el cerco de Lrida y que
entr en ella triunfante con traje de ante, bordado de plata y oro,
banda roja bordada de oro y sombrero blanco de ncar. Antes de la
victoria el squito real permaneci algunas semanas en Fraga: all se
habilit un estudio en un local tan malo, que hubo que apuntalarlo;
echaronse en el suelo cargas de espadaa, y en tres das hizo Velzquez
un retrato a S. M. para enviarlo a Madrid con aquel mismo vistoso traje
con que entr en la ciudad rendida. All retrat tambin al enano
llamado _el Primo_, que iba en la comitiva, y de quien, con otros de su
ralea, se hablara ms adelante.

Muerta aquel mismo ao de 1644 Isabel de Borbn, cuya inteligencia y
nobles propsitos acaso hubieran logrado sobreponerse a la cachazuda e
indolente condicin de su marido, hizo este nuevo viaje acompaado del
Prncipe Don Baltasar Carlos para que como a heredero del trono le
jurasen las Cortes de Aragn y Valencia, y con ellos march Velzquez,
sin que de esta expedicin quede en libros y papeles noticia interesante
a nuestro propsito: mas que como pintor, ira como sirviente; lo cual
prueba una de dos cosas: que era tan poco dueo de s, que no poda
esquivar aquellas ocupaciones indignas de su genio, o que el Rey le
estimaba tanto que no daba paso sin l.

En 1646 resuelve Felipe IV nuevo viaje a tierras de Aragn haciendo la
jornada por Navarra y llevando tambin al Prncipe. Velzquez va con
ellos, esta vez acompaado de Mazo, que a peticin de Don Baltasar
Carlos pinta la _Vista de Pamplona_, cuadro que se conserva, y la de
_Zaragoza_, que esta en el Museo del Prado, en la cual son de mano de su
suegro, aunque lo nieguen crticos extranjeros tan ilustres como
Armstrong y Justi, las elegantsimas figuras del primer trmino, hechas
con singular soltura y gracia, tratadas de modo que, a pesar de sus
dimensiones, tienen el aspecto y carcter del natural[53].

Acab desdichadamente este viaje, pues el Prncipe muri en Zaragoza a 9
de Octubre, faltndole slo unos das para cumplir diecisiete aos. Como
detalle curioso relacionado con el conocimiento de la poca merece
saberse que el caballero holands Aarsens de Somerdyck, que vino poco
tiempo despus a Espaa, cuenta la causa de la enfermedad diciendo que
don Pedro de Aragn, gentil hombre de la cmara de S. A., le dej pasar
una noche con una ramera, de lo cual se le origin gran debilidad y
fiebre: los mdicos, ignorantes del origen de la dolencia, le sangraron,
acelerando la muerte; y don Pedro, por consentir el exceso o no
revelarlo oportunamente, cay en desgracia, aunque era cuado del
privado, castigndosele con no volver a la corte y obligndosele a vivir
en un extremo de la ciudad sin que se le permitiera hacer ni recibir
visitas con ostentacin[54]. Como los naturales de otras naciones que
vienen a viajar por la nuestra para escribir luego sus impresiones y
aventuras no suelen distinguirse por prudentes y veraces, sino pecar por
descuidados y embusteros, pudiera ser que el Prncipe no muriese de lo
que el holands refiere. Fray Juan Martnez, que era confesor del Rey y
se hallaba en Zaragoza cuando el triste suceso, escribi largamente al
doctor Andrs dicindole que la enfermedad fue de viruelas[55]. En
cambio Matas de Novoa, en su _Historia de Felipe IV_, narra la muerte
con extremada concisin. La carta que por aquellos das escribi el Rey
a Sor Mara de Agreda prueba que en su alma dolorida por tan gran
desgracia, la resignacin cristiana se impuso y prevaleci sobre el
dolor de padre. Dos aos despus, excluyendo otros enlaces con Ana
Mara de Borbn, Duquesa de Montpensier, con la Princesa Leonor de
Mntua y con una archiduquesa de Inspruck, acept para esposa a su
sobrina doa Mariana de Austria, cuya boda estuvo antes concertada con
el pobre Prncipe muerto en Zaragoza.




VIII

VELZQUEZ, CRIADO DEL REY.--SEGUNDO VIAJE A ITALIA.--RETRATOS DE JUAN DE
PAREJA Y DE INOCENCIO X.--OBRAS DE ARTE QUE COMPRA PARA FELIPE IV.--ES
NOMBRADO APOSENTADOR DE PALACIO.--MEMORIA Y DUDAS QUE OFRECE SU
AUTENTICIDAD.


Todos los autores que han escrito la historia de las bellas artes en
Espaa cuentan que, habindose intentado cobrar tributo de alcabala a
los pintores, stos, representados por ngelo Nardi y Vicente Carducho,
litigaron en demanda de que la pintura fuese exenta y considerada como
arte liberal. Las declaraciones hechas en aquella ocasin por varones
eminentes son curiossimas. El doctor Juan Rodrguez de Len atestigu,
con la Sagrada Escritura, que la pintura vino del cielo, como revelada,
pues Dios mand a Ezequiel que pintase la ciudad de Dios en un ladrillo;
sac a relucir que, Cosme de Mdicis, fue a Espoleto para enterrar a
fray Filipo Lippi y habl de la estimacin dispensada por Carlos I a
Ticiano, y por Felipe II a Sofonisba Cremonense. Lope de Vega dijo:
Fuera agravio que se hace a nuestra nacin, que de las dems sera
tenida por brbara, no estimando por arte el que lo es con tanta
veneracin de toda Europa. Don Juan de Jauregui opin que el valerse
de las manos es accidente que no ofende el ingenio e ingenuidad suma
desta ciencia, sino que habiendo de lograr sus efectos a ojos de todos
se sirve de los colores y manos como el orador y filsofo de la tinta y
pluma. El maestro Joseph de Valdivieso habl de lo que honraron a Juan
Bellino la seora de Venecia, a Durero el Emperador Maximiliano, a
Andrea Mantegna el Marqus de Mntua, y a Rafael el Papa Len X; y Don
Antonio de Len, relator del Supremo Consejo de Indias, despus de
considerar la cuestin como letrado, escribi en el estilo propio de la
poca que cuando la industria humana, haciendo vislumbres de divina, y
con un hechizo de los ojos, en fantsticas formas, satisfaciendo al ms
noble de los sentidos, hurta los pinceles a la naturaleza, y hace
parecer con alma lo que an no tiene cuerpo, qu ley, qu razn le
puede negar el ms singular privilegio o la menos comedida exencin? A
tanta eminencia cede la mecnica imposicin de la alcabala.

Cuando Velzquez viva ya en Madrid se imprimi un curioso libro[56]
donde todo esto consta, y en 1633 el Consejo de Hacienda fall el pleito
conforme al deseo de los pintores. No hace falta ms para comprender
que los hombres ilustrados de aquel tiempo, aunque lo expresasen con tan
retorcidas frases, saban y proclamaban los respetos que merece el arte.
A pesar de lo cual Diego Velzquez segua siendo, ms que pintor, criado
del Rey; mejor dicho, era un criado que pintaba. Y no vale alegar en
disculpa de Felipe IV que, no honrndole de otro modo, particip de un
error comn a sus contemporneos. Lo que no deja de tener gracia es que
casi todos los personajes que contribuyeron a la citada informacin
pensaron lisonjear al Rey consignando que S. M. tambin pintaba.

Ello fue que pasaron los aos, nadie pretendi cobrar alcabala a los
pintores, y Velzquez, aun despus de dignificado su arte con la
exencin famosa, continu figurando en las nminas de los servidores del
Alczar. Pruebas de que no se le distingua ni mimaba eran los sitios
que le estaban destinados en las fiestas de toros, a las cuales tenan
derecho de asistir muchos dependientes de Palacio. En las corridas de
1640 le fue designado asiento en el cuarto suelo de la Casa Panadera,
figurando en la misma lista que el caballerizo del Conde-Duque, los
barberos de Cmara, los mercaderes del Rey y las criadas de los
Marqueses del Carpio. En las de 1648 su nombre aparece mejor acompaado:
esta en el cuarto suelo, en la parte de la Puerta de Guadalajara, cerca
del _grefier del Tuson_. Cuando el Rey no asista se trocaba el orden, y
entonces poda sentarse en el piso tercero de las _casas que arriman a
la Panadera_, cerca de los caballerizos de S. M., de algunos oficiales
mayores de Estado, los mdicos de Cmara y el teniente de acemilero
mayor[57].

Al parecer no tiene importancia en el estudio de su vida de artista la
ndole de los cargos que desempe; mas si se atiende a que malgastara
en servir el tiempo que pudiera aprovechar pintando, se ver lo que la
posteridad ha perdido en ello.

Fue ugier desde 1627 hasta 1634; ayuda de guardaropa hasta 1643, sin
ejercicio, y con l hasta 1645; ayuda de cmara sin ejercicio desde 1643
hasta 1646. Al volver a Madrid, despus de la ltima jornada de
Zaragoza, tornara a los enojosos quehaceres propios de tales canongas;
mas por muy imbuido que estuviese de las preocupaciones de la poca, en
que _ser criado de Su Majestad_ pareca tal honra que hasta en las
portadas de sus obras lo consignaban los escritores, natural era que
desease algn descanso y libertad conforme a sus inclinaciones y
temperamento de artista. Tras de haber andado varias veces con el
squito real recorriendo provincias, donde poco sera lo que pudiese
aprender, acaso pensara, aunque era ya de cuarenta y nueve aos, en
viajar segn su gusto, para estudio y deleite. La circunstancia de
haberle nombrado _veedor de las obras que se hacan en la torre vieja
del Alczar para fabricar la pieza ochavada_, de que hablan los
documentos del archivo real, debi de favorecer su propsito, y tal vez
contribuyese a determinarlo el ocurrrsele al Rey adquirir cuadros para
ornato de aquella parte de palacio que se estaba reformando. Ello es
que en sus _Discursos practicables_, hablando de Velzquez, cuenta
Jusepe Martnez lo siguiente: Propsole S. M. que deseaba hacer una
galera adornada de pinturas, y para esto que buscase maestros pintores
para escoger de ellos los mejores, a lo cual respondi: Vuestra
Majestad no ha de tener cuadros que cada hombre los pueda tener.
Replic Su Majestad: Cmo ha de ser esto? Y respondi Velzquez: Yo
me atrevo, seor, (si V. M. me da licencia), ir a Roma y a Venecia a
buscar y feriar los mejores cuadros que se hallen de Ticiano, Pablo
Verons, Basan, de Rafael Urbino, del Parmesano y de otros semejantes,
que de estas tales pinturas hay muy pocos prncipes que las tengan, y en
tanta cantidad como V. M. tendr con la diligencia que yo har; y ms
que ser necesario adornar las piezas bajas con estatuas antiguas, y las
que no se pudieren haber, se vaciarn y traern las hembras a Espaa,
para vaciarlas despus aqu con todo cumplimiento. Diole S. M.
licencia--acaba diciendo Martnez--para volver a Italia, con todas las
comodidades necesarias y crdito.

A juzgar por las muchas y hermosas obras de arte que trajo para el Rey,
esta fue la causa de su segundo viaje a Italia: y no como han indicado
algunos que se decidiese por entonces fundar en Madrid la academia
proyectada en el reinado anterior. Antes de emprender la marcha,
procurando reunir recursos, pidi que se le pagasen atrasos que se le
deban de cierta consideracin para quien no estaba esplndidamente
remunerado: y porque se vea hasta donde llegaba el desorden en la
administracin de la casa real, he aqu la orden dictada por Felipe IV
para que cobrase:

Diego Velzquez me ha representado, que de las pinturas que ha hecho
para mi servicio desde el ao 628 hasta el de 640, y de los gajes de
pintor de los aos desde 630 hasta 634 que falt la consignacin, se le
restan debiendo 34.000 reales, porque lo dems se le ha pagado en los
500 ducados que le mand librar en los ordinarios de los de la dispensa
por meses, desde 640, suplicndome que sea servido de mandar que estos
500 ducados se le cumplan a 700 y se le paguen en la misma consignacin
hasta que le haga merced de acomodarle en cosa equivalente para poderse
sustentar, con que se dar por satisfecho de esta deuda y de las dems
pinturas que ha hecho e hiciere en adelante, y porque he venido en
concederle lo que pide, el Bureo dispondr que as se ejecute,
previniendo lo necesario para ello. Madrid a 18 de Mayo de 1648.
(Rbrica del Rey).

Hasta pasados cinco meses no hizo caso el Bureo: por fin, en Octubre del
mismo ao cumpli el decreto.

Hallbase entonces preparada para salir de Madrid la numerossima
embajada que presidida por el Duque de Njera y escoltada por
veinticuatro soldados de la guardia espaola, haba de recoger en Trento
a la Archiduquesa doa Mariana de Austria, futura esposa del Rey. Tanta
gente iba con el Duque que a ms de otros seores principales, llevaba
en su compaa tapicero, repostero de camas, boticarios, ugier de vianda
y oficial de frutera[58].

Sin duda por caminar ms cmoda y seguramente, se uni Velzquez a la
comitiva y esto hizo decir al bueno de Palomino que fue enviado por Su
Majestad a Italia con embajada extraordinaria al Pontfice Inocencio X.
Lo cierto es que el Rey, por orden de 25 de Noviembre de 1648, mand que
a Diego Velzquez su Ayuda de Cmara que pasa con este viaje a Italia,
a cosas de su Real servicio, se le diese el carruaje que le toca por su
oficio, y una acmila ms para llevar unas pinturas: con lo cual,
acompaado de su esclavo[59] Juan de Pareja, sali de Madrid a 16 de
Noviembre y lleg a Mlaga donde la flota se hizo a la vela, jueves 21
de Enero de 1649. El viaje no debi de ser enteramente feliz, pues
Mascareas refirindose a una de las galeras de la flota, dice que
padeci seria tormenta en el golfo de Len, siendo preciso arrojar al
agua la artillera, y que otra entr en Gnova cuando todos la crean
perdida. De Gnova pas Velzquez a Miln y aunque no se detuvo a ver
la entrada de la Reina que se prevena con grande ostentacin... no dej
de ver la Cena de Cristo con sus apstoles, obra de la feliz mano de
Leonardo de Vinci: rasgo muy natural en un artista que habla de estar
harto de las ceremonias palatinas de la Corte de los Austrias. Pas
rpidamente por Padua y se detuvo en Venecia, dnde gast doce mil
escudos en cinco cuadros e intent en vano que Pedro de Cortona quisiera
trasladarse a Espaa al servicio de Felipe IV; consiguiendo, en cambio,
que algn tiempo despus lo hicieran Colonna y Mitelli. En Bolonia sali
a recibirle el Conde de Sena hasta una milla de la ciudad: en Florencia,
Mdena y Parma se detuvo poco y sin parar mucho en Roma, continu hasta
Npoles, ya porque all hubiera mayor facilidad para cobrar fondos que
de Espaa le mandasen, ya porque tuviese rdenes que recibir del Virrey,
Conde de Oate, a quien Felipe IV haba encargado que cuidara del
cumplimiento de cuanto se refera al propsito del viaje. Ni esta
obediencia ni el encuentro con Ribera, el _Espaoleto_ que all segua
viviendo, le entretuvieron gran cosa y regres a Roma donde haba de
quedar su gloria consagrada con una de las obras ms importantes que
salieron de su mano.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

FELIPE IV

Fotog. M. Moreno]

Ocupaba el solio pontificio Juan Bautista Panfili, que aos atrs estuvo
en Madrid de nuncio apostlico y que al ser elegido Papa, tom el nombre
de Inocencio X. No han sido con l benvolos los historiadores: pero,
sin hacer gran caso del mordaz abate Gualdi, ni de Don Juan Antonio
Llorente, se puede creer que por cruel y codicioso, antes fue digno de
vituperio que merecedor de alabanza. Acussele de haber promovido la
insurreccin de Npoles para arrancar esta ciudad al dominio de Espaa
buscando el aumento del territorio pontificio; y al hablar de l nadie
calla la intimidad que tuyo con su cuada Olimpia Maldachini, la cual
oculta tras un cortinaje, asista a embajadas y audiencias, y venda
las dignidades y beneficios eclesisticos. Tanto se dej dominar por
ella, que corrieron en Roma medallas satricas que tenan por el anverso
a Olimpia con la tiara ceida y en las manos las llaves de San Pedro, y
por el reverso al Papa peinado femenilmente y empuando una rueca.
Inocencio X era muy feo y se cuenta que estaba persuadido de ello, pues,
presentndole Olimpia a cierto pariente suyo de mala catadura dijo:
Quitadmelo de delante, y que no vuelva a ponerse en mi presencia,
porque es ms feo y ordinario que yo.

Quiso, sin embargo, que le retratara Velzquez y ste por va de estudio
pint primero una cabeza de su esclavo Juan de Pareja, que era _de
generacin mestizo y de color extrao_: hzola--dice Palomino--tan
semejante y con tanta viveza que habindola enviado con el mismo Pareja
a la censura de algunos amigos, se quedaban mirando el retrato pintado y
al original con admiracin y asombro, sin saber con quien haban de
hablar o quien les haba de responder. Este retrato--aade--que era de
medio cuerpo del natural, contaba Andrs Esmit pintor flamenco en esta
corte, que a la sazn estaba en Roma, que siendo estilo que el da de
San Joseph, se adorne el claustro de la Rotnda donde esta enterrado
Rafael de Urbino, con pinturas insignes antiguas y modernas, se puso
este retrato con tan universal aplauso en dicho sitio, que a voto de
todos los pintores de diferentes naciones, todo lo dems pareca
pintura, pero este solo verdad: en cuya atencin fue recibido Velzquez
por Acadmico Romano ao de 1650.

Esta Pareja en este cuadro pintado de medio cuerpo, algo cuarteada la
figura y mirando de frente: el pelo es mucho, muy negro y crespo; el
semblante, de tono cobrizo, destaca sobre fondo gris verdastro; lleva
jubn aceitunado, valona blanca festoneada, y la capa, recogida sobre el
hombro izquierdo, sujeta por la diestra que hacia la parte baja del
pecho se ve dibujada en escorzo. De que sea Juan de Pareja, no cabe
duda, porque la fisonoma del mulato es la misma que la de la figura
donde l se retrat en su cuadro la _Vocacin de San Mateo_, que esta en
el Museo del Prado[60].

Despus retrat al Papa, haciendo de l primero una cabeza pintada en
pocas sesiones que hoy se guarda en el Museo de San Petersburgo[61], y
luego el retrato grande de la Galera Doria, considerado desde entonces
en su gnero como obra, cuyo mrito nadie ha logrado igualar y mucho
menos exceder.

Esta Inocencio X sentado en un silln, en cuyos brazos apoya las manos,
teniendo en la derecha un papel con una inscripcin que dice:

    _Alla Santta di Nro Sigre_
            _Inocencio X_
                  _Per_
             _Diego de Silva_
           _Velzquez de la Camera_
           _de S. M. Cattca_

y bajo stas, otras palabras borradas por el tiempo.

Los ojos que miran y parece que ven, la piel grasienta abrillantada,
humedecida en exudacin adiposa, la frente grande, la nariz gorda y
subida de color, ralos la barbilla y el bigote, encendida la piel,
acusando lo recio de la complexin y lo sanguneo del temperamento,
todas las facciones y rasgos de aquel rostro vulgar, hurfano de
majestad y de nobleza, estn estudiados con tal espritu de observacin,
sorprendidos e interpretados con tal dominio de la paleta y una tcnica
tan asombrosa, que la pintura parece palpitar como si el lienzo fuera
carne. El Papa, que por lo visto no pecaba de presuntuoso, qued muy
satisfecho, lo cual mostr regalando a Velzquez una soberbia cadena de
oro, de la cual penda una medalla con su efigie.

Con lo que en alabancia de este retrato se ha escrito, podra llenarse
un grueso tomo. Mengs dijo que pareca _pintado con la voluntad_:
Reynolds, que era lo mejor que haba visto en Italia; Taine, al
mencionar los cuadros de la Galera Doria, escribi lo siguiente: La
obra maestra entre todos los retratos es el de Inocencio X, por
Velzquez. Sobre un silln rojo, bajo un ropaje rojo, con un cortinaje
rojo, bajo un solideo rojo, una figura roja; la figura de un pobre
bobalicn, de un galopo; y haced con eso un cuadro que no se puede
olvidar; y aade que, comparadas con l hasta las mejores pinturas que
hay de su mano en Madrid, an las ms esplndidas y sinceras parecen
muertas o acadmicas.

Pretenden algunos crticos, entre ellos Justi, que la _cabeza_ de
Inocencio X del Museo de San Petersburgo, a que antes nos hemos
referido, es repeticin hecha por Velzquez de la del retrato grande:
otros como Beruete sostienen que el artista debi de hacer, por el
contrario, primero aqulla, pues personajes de tal ndole no suelen
conceder largas audiencias, y luego el retrato en que esta casi entera
la figura.

Palomino dice, que luego retrat al Cardenal Panfili, a Camilo Mximo, a
Abad Hiplito, a Micael ngelo, a Fernando Brandano y a Jernimo
Vibaldo, hermano el primero, servidores altos y bajos del Pontfice los
otros; y adems a dos damas, la pintora Flaminia Triunfi y la famosa
doa Olimpia Maldachini, quien por cierto, no deba de ser modelo de
extraordinaria belleza, aunque hubiera sido hermosa, pues habiendo
nacido en 1594, pasaba ya de los cincuenta y cinco aos.

Primero Stirling, y luego cuantos han escrito la vida del gran pintor
espaol, mencionan, al tratar de este perodo de su vida, una ancdota
que aunque no comprobada por nadie, es hasta cierto punto verosmil.

De un libro escrito en dialecto veneciano por el grabador Boschini, han
copiado unos versos, donde se refiere, que hallndose Salvator Rosa en
Roma, conversando con Velzquez, le pregunt lo que pensaba de Rafael de
Urbino, a lo cual, repuso, que no le gustaba nada.--Pues aqu--contest
el italiano, no pensamos as, y nosotros le otorgamos la corona. A lo
cual replic Velzquez:--Donde se encuentra lo bueno y lo bello es en
Venecia: yo doy el primer lugar al pincel veneciano, y quien lleva la
bandera es Tiziano[62].

Cuesta trabajo admitir que Velzquez, despus de haber en su primer
viaje estudiado y copiado a Rafael, declarase tan crudamente que no le
gustaba nada; pues segn hace observar uno de los escritores que relatan
el caso, aunque no le inspirase gran entusiasmo su manera de sentir el
color, habra de admirar en l la pureza impecable del dibujo, la
maestra en componer y todas las dems excelencias porque fue en su
tiempo, y sigue siendo, considerado como uno de los artistas ms grandes
del mundo. En lo que no andaba descaminado Bocherini, era en decir que
quien ms agradaba a Velzquez era Tiziano, lo cual se conoce, no porque
le imitase deliberadamente, sino porque en sus obras vea que aun dando
a la poesa mayor espacio, tambin procuraba reflejar la vida con
poderosa intensidad.

La contemplacin de las maravillosas obras antiguas y modernas reunidas
en Roma, el trato con artistas ilustres, las negociaciones y diligencias
seguidas para traer a Espaa fresquistas y adquirir los cuadros que
Felipe IV le haba encargado, eran causas sobradas, para que Velzquez
estuviese en la ciudad de los papas ocupado muy a su gusto; mas el Rey
que comenzaba a impacientarse, le mand llamar teniendo, por las trazas,
que hacerlo repetidas veces sin que el artista se apresurase a la
obediencia. Hasta parece que, deseoso de visitar Pars, pidi pasaporte
para volver por Francia. No lo consinti S. M., y para evitar la
tardanza escribi la siguiente carta, en que revela muy a las claras,
conocer la calma andaluza del inmortal sevillano. Deca as Felipe IV a
su embajador en Roma el Duque del Infantado:

He visto vuestra carta de 6 de Noviembre del ao pasado, en que me dais
cuenta de lo que iba obrando Velzquez, en lo que tiene a su cuidado, y
pues conocis su flema, es bien que procuris no la ejecute en la
detencin en esa corte, sino que adelante la conclusin de la obra y su
partencia cuanto fuere posible, y de manera que para ltimos de Mayo o
principios de Junio pueda hacer su pasaje a estos reinos, como se lo
envo a mandar si estuviere con disposicin dello la obra, y as os lo
encargo, y que en orden a esto le asistis cuanto fuere posible, que
para mayor facilidad dello envo a mandar al Conde de Oate, le asista
con el dinero que le hubiere dejado de enviar, segn lo que necesitare,
porque no tenga excusa ni pretesto que pueda obligarle a diferirle, y
porque juntamente le he mandado que haga venir a esta corte a Pedro de
Cortona, pintor del fresco, y que para ajustar la forma en que esto
hubiere de ser, se valga de nuestra autoridad. Os encargo asimismo, que
sabiendo el estado en que ha asentado el que venga a servirme, pues
tambin envo a mandar al Conde de Oate asista con lo que para esto
fuere menester, solicitis el que tenga efecto, por la falta que hay
aqu de personas de su ministerio, y porque uno y otro han de hacer su
viaje por la mar, dispondris tambin la forma en que hubieren de hacer
su pasaje, porque a Velzquez envo a mandar no lo haga por tierra, por
lo que en l se podra detener, y ms con su natural, y as convendr
que con este presupuesto est entendiendo, os he encargado habis de
disponer su partencia, y que en orden a ello han de hallar en vos la
asistencia que fuese necesaria para su cumplimiento, como me prometo de
la atencin con que obris en lo que corre por vuestro cuidado. Madrid,
Febrero de 1650.[63].

Palomino dice que cumpliendo con la puntualidad con que siempre
obedeci las rdenes de Su Majestad, y aunque combatido de grandes
borrascas lleg al puerto de Barcelona por el mes de Junio de 1651; de
lo cual se desprende que aun tard diecisis meses en volver a Espaa.

La impaciencia con que el Rey le esperaba se calmara de fijo al ver las
adquisiciones que durante el viaje haba hecho por su cuenta, pues
adems de muchos moldes o _hembras_, como entonces se deca, para vaciar
estatuas clsicas, le trajo algunas pinturas de mrito sobresaliente: el
hermossimo cuadro de _Venus y Adonis_[64], de Pablo Verons, y _La
purificacin de las vrgenes madianitas_[65] cuya composicin y forma
oval dicen claramente ser para un techo; y el boceto del _Paraso_[66],
ejecutado con igual objeto y destinado a la sala del Gran Consejo de
Venecia, obras ambas del Tintoretto. Slo haber elegido estos lienzos
prueba el ms acendrado gusto y al mismo tiempo predileccin por los
pintores de aquella repblica.

Al ao siguiente qued vacante la plaza de aposentador de palacio:
solicitada por varios pretendientes favorecidos por distintos personajes
que componan el Bureo, la pidi tambin Velzquez expresando en su
memorial dirigido al Rey que ha muchos aos que se ocupa en el adorno y
compostura del aposento de V. M. con el cuidado y acierto que a V. M. le
consta, y suplica a V. M. le haga merced de este oficio, pues es tan
ajustado a su genio y ocupacin[67].

El elegido por el Rey fue Velzquez. La circunstancia de haberse hecho
este nombramiento despus de volver el pintor de Italia ha inducido a
algunos a creer que as le recompens espontneamente Felipe IV por lo
bien que en aquella ocasin le haba servido; pero si esto fuera cierto,
no hubiese tardado ocho meses en premiarle. Adems, Velzquez solicit
la plaza. Entre los aspirantes a ella figuraban el jefe de la cerera,
varios ayudas de la furriera y algn otro empleado de la real casa _que
no saba contar_; de modo que el favor de que fue objeto Velzquez se
redujo a preferirle a otros que, incapacitados por su oficio de
demostrar gusto artstico, no haban de poder servir el empleo como un
pintor que a sus facultades una lo aprendido recientemente admirando el
lujo y compostura de los palacios italianos.

[imagen: COLECCIN MORRITT

LA VENUS DEL ESPEJO]

Este cargo de aposentador oblig al autor de _Las Lanzas_ a ocuparse en
cosas tan importantes como dictar rdenes para la limpieza de los patios
y corredores, suprimir un guarda negro que haba cerca de la Cmara de
la Reina, dar informe sobre hasta dnde llegaban las atribuciones de
los sota-ayudas de la furriera y mozos de retrete, y preceder al Rey
cuando sala al Pardo, El Escorial y Aranjuez. Velzquez, sin embargo,
haba tenido que pretender el empleo juzgndolo ajustado a su genio y
ocupacin.

Para no interrumpir luego la enumeracin de los cuadros que hizo nuestro
gran pintor, desde que por segunda vez volvi de Italia hasta sus
postreros das, conviene tratar ahora una cuestin de que se han
preocupado los eruditos espaoles. Me refiero a la llamada _Memoria de
Velzquez_.

Escribi Palomino que en el ao de 1656 mand S. M. a D. Diego
Velzquez llevase a San Lorenzo el Real cuarenta y una pinturas
originales, parte de ellas de la almoneda del Rey de Inglaterra, Carlos
Estuardo, primero de este nombre; otras que trajo Velzquez y otras que
dio a S. M. D. Garca de Avellaneda y Haro, Conde de Castrillo, que
haba sido Virrey de Npoles, y a la sazn era presidente del Consejo de
Castilla; de las cuales hizo Velzquez una descripcin y Memoria, en que
da noticia de sus calidades, historias y autores, y de los sitios donde
quedaron colocadas, para manifestarla a. S. M., con tanta elegancia y
propiedad que calific en ella su erudicin y gran conocimiento del
arte, porque son tan excelentes, que slo en l pudieran lograr las
merecidas alabanzas.

No cabe duda, segn esto, de que Velzquez, al cumplir la orden del Rey,
hizo un escrito consignando lo que pensaba de las pinturas y el sitio en
que quedaban colocadas; de modo que existi Memoria y se redact _para
manifestarla a S. M._ Despus de Palomino nadie, ni aun Cean Bermdez,
menciona el papel, hasta que hace algunos aos el erudito don Adolfo de
Castro present a la Academia Espaola un librito del cual ningn
biblifilo haba dicho palabra; impreso, al parecer, con el exclusivo
propsito de conservar a la posteridad aquel escrito del gran pintor.
Tratbase nada menos que de la _Memoria_ de Velzquez publicada por su
discpulo don Juan de Alfaro[68]. La Academia incluy su contenido en
sus propias _Memorias_[69], y Castro escribi para esta ocasin un
prlogo en el cual daba cuenta de que el monje jernimo fray Francisco
de los Santos, en su _Descripcin breve de San Lorenzo el Real_,
publicada en 1657, haba plagiado de esta Memoria, a que se refiri
Palomino, numerosos prrafos, donde aquellas pinturas se describan,
seguidos de consideraciones crticas. Como algunas de stas exceden en
discrecin y sentido artstico a las que de igual ndole escribi el
fraile, y como adems tom en el mismo libro, sin confesarlo, trozos de
la _Historia de San Jernimo_, del P. Sigenza, tvose por cierto y
seguro que el regalo de Castro a la Academia era la perdida Memoria de
Velzquez. Slo Cruzada Villamil lo puso en duda, pero los artistas y
escritores se entusiasmaron con la idea de saborear apreciaciones y
juicios de Velzquez en materia tan de su competencia. Hasta en el
extranjero hall eco este regocijo, y el Barn Davillier reimprimi
lujosamente el libro editado por Alfaro y lo tradujo al francs,
poniendo al frente un retrato de Velzquez grabado al agua fuerte por
Fortuny[70].

Por ltimo, Menndez Pelayo en su admirable _Historia de las ideas
estticas en Espaa_, acept tambin la autenticidad. Mas despus se ha
iniciado una corriente contraria. Justi, apoyndose en un detenido
examen, niega que la Memoria pueda ser de Velzquez; alega, entre otras
razones, la singularidad de que Alfaro, en la portada de su opsculo,
diga que Velzquez era caballero del hbito de Santiago en 1658, cuando
no lo fue hasta el ao siguiente, y adems, que desempeaba en palacio
cargos, en cuyo ejercicio haba cesado para ser aposentador: afirma
tambin que los juicios en aquel escrito contenidos, antes son propios
de persona devota que de artista. Beruete, fundndose principalmente en
esta misma consideracin, sostiene que las apreciaciones all
consignadas son indignas de un pintor de la talla de Velzquez, a quien
no supone autor ni siquiera inspirador de tales prrafos. Hasta el mismo
Menndez Pelayo, luego de haber examinado el ejemplar regalado por
Castro a la Academia, en vista de los tipos con que esta impreso y la
falta de licencia, cosa impropia del tiempo en que se supone hecho,
sospecha que pueda ser esta una engaifa de bibliomano semejante a las
atribuidas al Conde de Saceda, que parece hizo algo por el estilo con la
_Gramtica_ de Nebrija y con los _Dialogos_ de Pedro Meja.

Como Palomino al escribir la vida de Velzquez declara que debe lo
principal de ella a Juan de Alfaro, y luego en la de ste dice que dej
en su espolio algunos libros y papeles muy cortesanos, y entre ellos
algunos apuntamientos de la vida de Velzquez, su maestro, y como
adems, Fray Francisco de los Santos no fue un dechado de probidad
literaria, era disculpable que se creyese fcilmente en la autenticidad
del opsculo; pero estas consideraciones pierden toda su fuerza al
pensar que para hacer entrega en el monasterio de cuadros que ya eran
conocidos, no necesitaba Velzquez componer un estudio crtico: para tal
ocasin bastaba una lista que explicase a los religiosos lo que
reciban, y por la cual supiera el Rey que haban quedado sus rdenes
cumplidas.




IX

LTIMOS RETRATOS DEL REY.--DE LA REINA DOA MARIANA.--DE LA INFANTA DOA
MARGARITA.--DEL PRNCIPE FELIPE PRSPERO.--RETRATOS DE ENANOS Y BUFONES.


Cuanto pint Velzquez, desde la vuelta del segundo viaje a Italia,
lleva ya el sello personal, inconfundible, que revela el completo
desarrollo de sus facultades nativas, y la mayor suma de experiencia,
destreza y maestra que adquiri con los aos.

De este perodo de su vida quedan dos retratos en busto de Felipe IV:
uno en la Galera Nacional de Londres con traje negro bordado de oro, y
el de Madrid[71] donde la ropilla, tambin negra, esta hurfana de
adorno, sin que sobre ella resalte ms nota clara que el blanco lienzo
de la valona lisa y tiesa que la separa del rostro. El Rey tiene
cincuenta aos, y an quizs pase de ellos: la faz esta marchita, la
carne fofa, los ojos han perdido viveza: la fisonoma que vimos en el
gran retrato ecuestre parece antes que avejentada, fatigada,
entristecida, como si en ella se marcara no slo el curso del tiempo,
sino el amargo sedimento que en el alma debieron de dejarle tantas
tierras perdidas y tantas glorias eclipsadas: ya esta en la edad triste
y desengaada en que oyndose llamar _el grande_ haba de saber que era
mentira. Los ojos de un azul fro, como empaados por la melancola
incurable de los dbiles, no tienen energa para avivar el rostro
linftico y blanducho, donde la mandbula tpica de la extirpe, se nota
ms pronunciada que nunca y los labios gruesos, sensuales, todava muy
rojos, delatan cual fue el apetito dominador de su organismo. Aquel
semblante, cmicamente serio, grave sin majestad, es uno de esos trozos
en que el pintor, tanto por lo que puso al copiar la realidad, cuanto
por lo que deja lgicamente deducir a la imaginacin, toca en los
lmites de lo que puede conseguir el arte. No hizo Velzquez ms que
reproducir lo que vea, no se le puede atribuir propsito ajeno a las
ideas de su tiempo, pero observ con tal perspicacia, su mirada
escudri tan hondo, que al hacer un retrato form un proceso.

En ninguna ocasin debi de tener al Rey delante tanto tiempo, porque si
se nota que unas lneas estn sorprendidas de pronto acertando a la
primera tentativa, otras parecen corregidas, halladas despus de ensayos
vacilantes, pero dando por resultado un conjunto en que se confunden el
saber y la facilidad, la aptitud ingnita y el fruto de la experiencia.

No ha faltado, sin embargo, quien ponga en duda la autenticidad de este
retrato: Armstrong dice, que le parece una copia pintada, sin duda, en
el estudio del maestro; y a cualquiera se le ocurre preguntar: por
quin? Ni Mazo, ni Rici, ni Carreo, eran capaces de tanta maestra.

A la Reina Doa Mariana de Austria pint Velzquez cuatro veces.
Primero, en el lienzo que hoy figura en el Louvre,[72] despus en uno
que hay en la Galera Imperial de Viena[73] y luego en los dos de
Madrid,[74] donde esta en pie con rico traje negro galoneado de plata,
descomunal peluca de tirabuzones largos, tocado de plumas blancas, el
cuerpo aprisionado brutalmente en la cotilla y en la mano izquierda un
pauelo blanco que destaca sobre la falda voluminosa acampanada y
rgida. La cara es insignificante, flacucha, inexpresiva, enteca, sin
expresin en la mirada ni sonrisa en la boca: lo nico bello son las
manos, finas, aristocrticas. No se le ven a S. M. los pies que fuera
falta de respeto. Apenas hay entre estos dos retratos ms diferencia que
las distintas dimensiones de la cortina que sirve de fondo a la figura:
pero el del nmero 1.079, parece hecho despus, como si fuese repeticin
del primero y ejecutado con mayor desembarazo y presteza.

La Infanta Doa Margarita Mara, primer fruto del matrimonio de Felipe
IV con la tiessima seora a quien acabamos de mencionar, esta retratada
por Velzquez en Viena a los dos o tres aos, con rico traje rojo y
plata:[75] y a los seis o siete con un traje muy parecido al que tiene
en el cuadro de _Las Meninas_:[76] en el Louvre[77] de cuatro o cinco,
vestida de blanco con encajes negros, y en Francfort a los seis o siete
de gris y negro, siendo en todas estas imgenes, porque no contamos las
apcrifas, una de las figuras ms simpticas que Velzquez traz. Su
rostro es gordinfloncillo, el pelo de un rubio amarillento, fro; el
aire bobalicn y parado: pero resulta simptica, casi bonita, porque
tiene el encanto de la inocencia y del candor; la infancia triunfa en
ella del tipo de la raza: es tan nia que todava no ha adquirido el
empaque que afea a las damas de su prosapia. Las galas con que esta
ataviada son de forma fesima y slo tolerable por las armonas de color
y maravillas de ejecucin que derroch Velzquez, al pintar aquellos
tisues, tules, cintas, lazos, joyas y plumas, que crujen, brillan y
ondulan como si el aire las moviera.

[imagen: MUSEO DEL LOUVRE

LA INFANTA MARGARITA

Fotog. Braun, Clement y C.]

Uno de los retratos ms hermosos que corresponden a este perodo de la
vida del maestro, es el catalogado en nuestro Museo con el nmero 1.084:
y ofrece la particularidad de estar hecha la cabeza de modo muy inferior
al resto de la figura. Explica don Pedro de Madrazo ste doble aspecto
de la ejecucin, diciendo que la retratada es doa Mara Teresa de
Austria hija de Felipe IV, en su primer matrimonio; que Velzquez debi
de pintar la cabeza antes de emprender el segundo viaje a Italia,
conforme a su manera de entonces, dejndolo interrumpido; y que ms
adelante, ya de vuelta, lo terminara en sus ltimos aos, cuando se
trat del matrimonio de la Infanta con Luis XIV de Francia. Slo as se
explica--dice--que un retrato ejecutado en general con tanta libertad y
sobriedad tan sabia, y perteneciente por lo mismo al ltimo y mejor
tiempo de Velzquez, represente como una nia de solos diez aos, a la
que ya tena cerca de veinte, cuando el gran artista pintaba de
aquella admirable y singular manera. Explica Justi la mencionada
desigualdad, diciendo que la retratada no es doa Mara Teresa, sino su
hermanastra, la Infanta Margarita, hija del segundo matrimonio de Felipe
IV, aadiendo que como todo el cuadro es de Velzquez menos la cabeza,
sta pudo ser repintada, es decir, sustituida por distinto artista,
muerto ya el maestro, al negociarse el matrimonio de doa Margarita,
teniendo trece aos. Beruete, fundndose en razones que no carecen de
fuerza como la desproporcin entre la silla y la figura que antes, dice,
deba de ser menor, y la ejecucin de la cabeza, que atribuye a Mazo,
comparte la opinin de Justi.

Trabajo cuesta creer que en un lienzo de Velzquez y tan admirable como
ste, se atreviese a introducir novedades o reformas otro pintor y menos
Mazo; pero tngase en cuenta que en aquella poca, los que podan mandar
eran obedecidos con ms facilidad que ahora, sobre todo si era artista
el que haba de obedecer. Finalmente, en el primer catalogo que se hizo
del que hoy se llama Museo del Prado, esta incluido el cuadro con el
nm. 149 y citado de este modo: _Velzquez. Retrato de la Infanta doa
Margarita Mara de Austria, hija de Felipe IV, cuadro pintado con pincel
franco y libre y a la primera vez_[78]. En el de 1858 figur con el nm.
198, y como retrato de _la Infanta doa Mara de Austria, hija de Felipe
IV_, sin decir si era doa Margarita o doa Teresa.

Sea cual fuere, cosa que importa poco, pues no se trata de seora a
quien Espaa ni la humanidad deban la menor gloria, el cuadro es una
maravilla de color y de ejecucin. El atavo de la nia, que nada tiene
de bonita, esta compuesto de voluminoso guarda-infante, y estrecho
corpio rosa, de lama de plata con galones de este metal colocados
diagonalmente en la mitad inferior de la falda; mangas afolladas con
vuelos de gasa y lazos rojos. Lleva el pelo, que es muy rubio, partido,
con la raya a un lado; muchas alhajas, y, segn la moda del tiempo, un
grueso cordn de pasamanera de oro que arranca en el brazo derecho y
termina en el costado izquierdo. En la mano derecha tiene un enorme
lienzo de puntas y en la izquierda una rosa. El rico cortinaje carmes
que le sirve de fondo acaba de dar al conjunto aspecto de suntuosidad
inusitada e impropia de una jovencilla. Por lo poco agraciado del
rostro, lo endeble del cuerpo que se adivina bajo la fuerte cotilla y la
extravagante forma del peinado y el traje, debiera este retrato ser
enojoso a la vista: en la mujercita as perjeada y sobrecargada de
perifollos hay algo de fenomenal y monstruoso; pero Velzquez ha vertido
all a manos llenas tales encantos de color, una variedad tan rica de
rojos, que comprende desde el carmn ms intenso al rosa ms
amortiguado, ha hecho tan vaporosos los tules y brillantes los metales,
es tan areo lo que puede flotar, tan slido lo que debe pesar, que la
ridcula desproporcin entre lo menudo del busto y lo abultado de la
falda, todo aquello en que la forma sale maltrecha por la imperfeccin
del modelo y la extravagancia de las ropas, desaparece ante la
esplendidez de matices que deleita la vista y lo primoroso, suelto y
fcil de aquella ejecucin incomprensible y misteriosa que a pocos pasos
da a lo pintado la completa apariencia de lo real.

Casado Felipe IV en 1649 con doa Mariana de Austria, mucho ms joven
que l y sobrina suya, naci en 1657 el _Prncipe Felipe Prspero_, a
quien, teniendo al parecer dos aos, retrat Velzquez. Le coloc en
pie, con traje rojo claro adornado de plata, valona lisa, mangas de gasa
y delantal blanco, sobre el cual destacan pendientes de la cintura con
cordones una campanilla y otros dos juguetitos. Tiene la mano izquierda
naturalmente cada a lo largo del cuerpo y la diestra puesta en un
silln de terciopelo carmes, encima de cuyo asiento esta tumbada una
perrilla de lanas blanca y manchada que, apoyando el hocico sobre uno de
los brazos del mueble, mira con extraordinaria viveza. El pobre
Prncipe, hijo tardo de padre gastado y madre moza, muestra ya en la
escasa coloracin del rostro y en lo dbil del cuerpo que no haba de
llegar a ceirse corona. La cara y manos estn hechas con singular
fineza, estudiadas hasta el extremo, contrastando sus tintas delicadas y
plidas con los distintos rojos de la ropa, el silln y los cortinajes
del fondo. Lo esencial, lo caracterstico del individuo esta
minuciosamente concluido, y todo lo restante ejecutado con aquella
manera rpida, suelta y fcil en que la vista y la mano han sintetizado
tanto y con tal seguridad de acierto, que no parece haber all ms
trabajo que el preciso para causar la impresin de las cosas. Este
retrato, que es uno de los cuadros de Velzquez mejor conservados y en
cuyo elogio estn los crticos conformes, se conserva en el Museo
Imperial de Viena[79].

De los Reyes de la Edad Media heredaron los modernos la fea costumbre de
vivir rodeados de bufones a quienes toleraban las libertades que no
consentan a polticos ilustres ni generales vencedores: sin que fuese
esta vileza propia de monarcas genuinamente espaoles, sino, a lo que
parece, importada por los venidos de fuera. En torno de los Austrias
abund la triste ralea de gibosos, enanos, patizambos, bobos y casi
locos, a quienes se llamaba vulgarmente _las sabandijas de Palacio_.
Acaso el buscar aquella ridcula compaa fuese consecuencia de la
melancola hereditaria que hizo al hijo de doa Juana la Loca retirarse
a Yuste, encerrarse a Felipe II en una celda de El Escorial y morir
aterrado a Felipe III. La costumbre se inici en tiempo de Carlos I,
generalizndose tanto, que no slo haba bufones en las moradas reales,
sino tambin en las casas de los nobles. El gran Antonio Moro retrat
magistralmente a uno llamado _Perejn_, que tenan los Condes de
Benavente, y en el Museo del Prado le vemos de cuerpo entero y tamao
natural, ataviado con lujo y unos naipes franceses en la mano[80].

Del reinado de Felipe IV se conservan papeles donde se citan muchos de
aquellos fenmenos mantenidos con holgura y regalo que ya hubieran
querido para s hombres insignes que padecieron hambre y desprecio.

En consulta al Rey hecha en 1637 sobre los _vestidos de merced_ que se
daban a ciertos servidores de palacio, despus de proponer que se fijara
el coste de los trajes del destilador, del to que guardaba los
lebreles, de los msicos, de los barberos y de Diego Velzquez! se
nombra a varios bufones u hombres de placer: all figuran, adems de un
Pablo de Valladolid a quien luego se ha llamado _Pablillos_ y que no
tiene aspecto de bufn, otros que seguramente lo eran: _Calabacillas_,
_Soplillo_, _don Juan de Austria_, _Cristbal el ciego_, _el enano
ingls don Antonio_, a quien se pagaba un ayo, y Nicols Panela y
Bautista el del ajedrez que deban de ser muy destrozones y perdidos,
pues al proponer que se les diera vestido se indica la conveniencia de
obligarles a que se lo pongan para que no anden _como ahora_, lo cual da
a entender que eran unos grandsimos puercos. Se comprende que
Velzquez, por broma o por estudio, retratase a un par de ellos, como
haba hecho en Fraga con _el Primo_, que tambin figura en la citada
relacin: pero cuando pint tantos no es ningn disparate suponer que lo
hara de orden del Rey. Por lo menos a ste le gustaban mucho y los
mandaba colocar en un pasillo del saln de Reinos del palacio del
Retiro, cerca de la puerta por donde sala a tomar los coches.

No todos estos cuadros son de la misma poca: _el bobo de Coria_, _el
nio de Vallecas_, _don Sebastin de Morra_ y _el Primo_ pertenecen al
segando estilo: _el enano don Antonio el ingls_ y _don Juan de Austria_
al ltimo.

Difcilmente se hallara en la historia tan elocuente prueba de que el
arte dignifica lo que toca, y hasta con la fealdad rayana en lo
repugnante, causa impresiones gratas, como esta serie de mamarrachos
despreciables eternizados por el genio de un hombre.

_El Primo_, con su gran chambergo y su traje de rizo negro, hojeando un
infolio: _Morra_, ms que sentado, cado en el suelo de golpe, mostrando
sus calzas verdes y su tabardo rojo; el _bobo de Coria_, con su severo
traje negro como persona grave; el _nio de Vallecas_, casi todo de
verde y con una media desgarrada; _don Antonio el ingls_, con coleto de
brocado y sombrero de plumas, y _don Juan de Austria_, con arreos
militares, forman una compaa abigarrada y extraa, a la cual se pasa
revista bromeando y riendo, como ellos vivan, pero que deja en el
pensamiento una impresin ms honda que muchos espectculos serios.

En las cabezas de aquellos desdichados es donde mejor se puede estudiar
hasta dnde lleg Velzquez en el estudio de la expresin: _el Primo_ es
grave y reflexivo, casi elegante; _Morra_ tiene cara de malo; el _bobo
de Coria_ es tipo de idiota triste; el _nio de Vallecas_ estpidamente
alegre; _don Antonio el ingls_, apoyado en aquel admirable mastn ms
simptico que l, parece una caricatura del orgullo; _don Juan de
Austria_, antes que de bufn palaciego, tiene traza de pcaro escapado
de los captulos del _Guzmn de Alfarache_ o de las jcaras de Quevedo.
Y no se puede afirmar cuales estn mejor pintados, porque si los del
ltimo perodo son un prodigio para quien conoce la tcnica, los
anteriores asombran por la vida que hay en sus cuerpos, prontos a
moverse, y en sus rostros donde tras gestos o muecas de un cmico
insuperable, parece que bulle la tristeza sin nombre que debe de dejar
en el alma el convencimiento de la propia ignominia.

Cada espaol aficionado a la pintura, tiene sus trozos favoritos en el
conjunto de las obras de Velzquez: yo, reconociendo la mayor
importancia de las grandes composiciones como _las Hilanderas_ y _las
Meninas_, confieso que siento particular aficin a esa cuadrilla de
payasos tristes, que no me parecen retratos independientes, sino figuras
de un mismo cuadro, actores de un mismo drama que por su voluntad se han
separado para pensar a solas, pero que pueden reunirse cuando quieran.
Siempre interpret Velzquez maravillosamente el mundo de lo real, hasta
en lo ms intangible y sutil, pues que dio la ilusin del aire que
respiramos, pero donde acert a pintar la vida con mayor potencia de
expresin, fue en las cabezas de aquel rebao de hombres frustrados, no
hechos seguramente a semejanza de Dios, que dan ganas de llorar despus
de haber hecho rer. El Rey, que alardeaba de literato, no le mand
retratar a los poetas que dieron gloria a su reinado, ni a Montalbn, ni
a Salas Barbadillo, ni a Vlez de Guevara, ni a Rojas, ni a Moreto, ni a
Tirso, ni a Caldern, ni a Lope, sino a sus bufones: y no hace falta
fantasear para creer que los pint con cierta dulce simpata: eran sus
compaeros, juntos figuraban en las nminas de Palacio.

Los antiguos inventarios del Alczar y los bigrafos de Velzquez hablan
de otros retratos de bufones cuyo paradero se ignora: citan el de
_Calabacillas_, que acaso sea el designado hoy como el _bobo de Coria_,
pues se recordara que tiene ante s en el suelo dos calabazas; el de
_Crdenas, el toreador_, y el de _Velasquillo_: finalmente, Ponz, al
enumerar las pinturas que en su tiempo existan en el palacio del
Retiro, menciona un bufn divertido con un molinillo de papel y alguno
ms, que son del gusto de Velzquez[81]. Finalmente, Stirling, dice,
que el capitn Widdrington, autor de _La Espaa y los espaoles en
1843_, asegura en esta obra haber visto el retrato de una enana desnuda
representada en forma de bacante.




X

CUADROS MITOLGICOS: MERCURIO Y ARGOS. MARTE. LA VENUS DE LA
COLECCIN MORRITT. MENIPO. ESOPO. LAS HILANDERAS. LAS MENINAS.
LA CORONACIN DE LA VIRGEN. VISITA DE SAN ANTONIO ABAD A SAN
PABLO.--VIAJE DE VELZQUEZ A LA FRONTERA DE FRANCIA. SU ENFERMEDAD Y
MUERTE.


Nunca debi Velzquez de tomar muy en serio la mitologa: cuando
muchacho, en casa de Pacheco, donde haban de leerse y comentarse
composiciones poticas apropiadas al gusto de la poca, con amores y
aventuras de hroes y dioses, l pint animales y pescaderas; cuando
fue a Italia y respir aquella atmsfera, esencialmente pagana, trajo
_La fragua de Vulcano_; cuando en los ltimos aos de su vida le ordena
el Rey decorar una estancia de Palacio, hace cuadros en que representa a
los personajes de la fbula como simples mortales. Para el saln de los
espejos del Alczar pint _Venus y Adonis_, _Psiquis y Cupido_, _Apolo
desollando a un stiro_ y _Mercurio y Argos_, de los cuales slo el
ltimo se salv del incendio de 1734.

La composicin de _Mercurio y Argos_[82] es originalsima, adecuada
para el sitio que haba de ocupar sobre una puerta emparejado con el
_Apolo desollando a un stiro_: el dibujo de una precisin insuperable:
en la ejecucin es la muestra de todo lo que supo hacer. Las tintas, muy
diluidas, apenas manchan la superficie que cubren; las pinceladas, ya se
marcan creando al mismo tiempo forma y color, ya se desvanecen
estableciendo trminos, sombras y distancias; por ms que se mira aquel
lienzo, no hay manera de darse cuenta exacta de cmo esta pintado, y,
sin embargo, los ojos no pueden desear ms verdad. De que Mercurio y
Argos tengan el carcter heroico y grandioso que su naturaleza
sobrehumana y potica debiera infundirles, no se ha cuidado el artista
en lo ms mnimo: antes al contrario, parece que ha puesto empeo en
rebajarles, no slo a la condicin de simples mortales, sino de hombres
bajos y ordinarios; el guardin del vellocino de oro, tiene trazas y se
ha dormido en postura propia del ms zafio lugareo; el mensajero de los
dioses viene a robarle sin gallarda, como un rateruelo vulgar. Es un
modo propio, personal, nico, de entender e interpretar la mitologa,
donde hay algo anlogo al sarcasmo y la burla, que pudiera ocurrrsele a
un pintor pagano para expresar ridiculizndolo un episodio sagrado al
cristianismo.

Tanto por la disposicin del asunto cuanto por su interpretacin y su
tcnica, es un cuadro que nunca podr satisfacer a la mayora del
pblico: el da que todo el mundo lo entienda, no habr vulgo; en cambio
los pintores lo consideraran siempre como el resultado ms completo que
se puede obtener en la practica de su arte.

No trat Velzquez con ms miramiento ni respeto al furibundo
_Marte_[83], a quien represent sentado, en cueros, apoyando el codo
izquierdo sobre el muslo y la barba sobre la palma de la mano, mientras
deja el brazo contrario caer naturalmente. Son sus ropas un manto rojo
vinoso que, sin cubrirle, le sirve de fondo por la parte inferior, y un
trapo azul liado a la cintura y sujeto por entre las piernas. Lleva en
la cabeza morrin, y se ven a sus pies una rodela y una espada. Es un
soldadote de aquellos que, cuando les faltaba la paga, se hacan
capeadores en las ciudades o bandidos en el campo. El rostro es vulgar,
aviesa la mirada, la musculatura recia, pero no hay en toda su persona
rasgo ni lnea que revele carcter sobrehumano, ni siquiera heroico.

Creen unos bigrafos de Velzquez, que la _Venus del espejo_, es el
mismo cuadro de _Psiquis y Cupido_, que se sabe hizo para el _Saln de
los espejos_: otros dicen que es una obra distinta. En lo que nadie
discrepa, es en lo que se refiere a la autenticidad, en la segura
conviccin de que esta soberbia pintura es de mano de Velzquez. Se
ignora si estuvo en el Alczar caso de no ser la misma _Psiquis y
Cupido_. El siglo pasado, era propiedad de la casa ducal de Alba, donde
la vio Ponz,[84] perteneci despus a Godoy cuyos herederos la vendieron
y es ahora la joya mejor de la clebre Coleccin Morritt. Con decir que
no se conserva otro desnudo de mujer pintado por Velzquez, siendo ste
el nico que se conoce esta dada idea de su importancia.
Desgraciadamente no volver a Espaa, pues como dice con razn un
escritor francs, todo objeto de arte importado a aquellas islas, no
sale nunca de all; esta condenado a reclusin perpetua; no vuelve a la
circulacin y hasta se llega a ignorar que existe. En la gran
_Exposicin de tesoros artsticos del Reino Unido_ celebrada en
Manchester, los pudibundos ingleses, colocaron el cuadro a tal altura,
que casi no era posible examinarlo.

La figura es de tamao natural. _Venus_ esta enteramente desnuda tendida
de espaldas en una cama, reclinada la cabeza sobre el brazo derecho,
cuya mano tiene oculta entre el cabello: no se le ve la cara: el cuello,
los hombros, la masa dorsal, las caderas, las rodillas y las piernas,
forman una lnea ondulante de esbeltez incomparable. El bulto entero del
cuerpo, carnoso y blando, destaca por claro sobre paos grises que
establecen separacin entre el lienzo blanco del lecho y la carne
pintada a toda luz. En segundo trmino y a la izquierda destacando sobre
un cortinaje rojo, un amorcillo sostiene un espejo con marco de bano,
donde se refleja el semblante de la diosa. Brger, dice, que no tiene
la cintura deformada por ningn invento de la civilizacin, pero basta
ver una fotografa, para observar que el talle conserva huellas de la
presin de la dursima y emballenada cotilla que usaban las mujeres de
aquella poca. La ejecucin y la impresin general de color revelan que
el lienzo fue pintado hacia los mismos aos que el _Marte_ y el
_Mercurio y Argos_. Aunque colocada y movida con suprema elegancia esta
_Venus_, no es una diosa, sino una bellsima mortal. Emilio Michel dice
de ella que no tiene nada comn con la divinidad clsica a que nos han
acostumbrado las obras de los maestros italianos[85].

Quien as representaba a los dioses inmortales no haba de tratar con
mayor consideracin a los filsofos que dudaban de ellos.

Como si hubiera ledo al autor de los _Dialogos de las cortesanas_, que
describe a _Menipo_, viejo, calvo, sucio, desarrapado y haciendo burla
de toda sabidura, Velzquez lo pint calado el chapeo mugriento y
envuelto en una capa rada, bajo la cual, asoman las piernas, que cubren
medias asquerosas de pao burdo y zapatos para los que fuera un insulto
la limpieza. Los libros y pergaminos que hay a sus pies, son emblema del
desprecio que le inspira el prjimo, y an lo denota mejor la sonrisa
entre socarrona y descreda con que se le fruncen los labios[86].

_Esopo_[87] es ms viejo y va no menos andrajoso: forma toda su
vestimenta, un sayo pardo rado y polvoriento: lleva una mano metida en
el pecho, y en la otra arrimada a la cadera, sostiene un voluminoso
pergamino. Lo mismo tienen estos dos de griegos y filsofos, que Marte,
Mercurio y Argos, de deidades olmpicas: es decir, nada. Pero si en el
modo de designarlos hay algo de bautizo caprichoso y arbitrario, todo lo
restante es en ellos asombrosa verdad: no pueden imaginarse tipos ms
perfectos de esa suciedad y desorden con que el cuerpo y las ropas, el
continente y el semblante, acusan la perturbacin del pensamiento: de
su orgullosa filosofa a la prdida de la razn no hay ms que un paso.

_Las Hilanderas_[88] es obra tan popularizada por toda clase de
reproducciones que no ha menester descripcin: adems, la palabra es
impotente para dar idea de sus principales encantos que son la atmsfera
y el color. Hay manera de decir dnde y cmo estn colocadas las
figuras, sus tipos, posturas, ademanes y ropas: lo inexplicable es la
vida que hay en ellas, el ambiente que les rodea y las distancias que
separan los cuerpos y diferencian las cosas, creando un conjunto tan
animado y movible como la misma realidad. El lugar de la escena es un
taller de la antigua fabrica de tapices de Santa Isabel: los personajes
principales son cinco obreras entregadas a la labor. Una, ya vieja, esta
hilando en rueca de torno: con la mano izquierda da vueltas a la rueda,
cuyos radios parecen hacer vibrar el aire: en la diestra sostiene el
huso, mientras vuelve naturalmente la cabeza para hablar con una
compaera que al tiempo de alejarse sujeta un pesado cortinn. Otra, al
lado opuesto de la composicin y sentada de espaldas al espectador,
desenreda con la mano izquierda la madeja enmaraada en una devanadera
sosteniendo en la derecha el ovillo, en tanto que parece or lo que le
dice una jovencilla que se le acerca trayendo un cesto. En el centro,
medio arrodillada, esta la quinta ordenando o recogiendo paquetes de
lana desparramados por el suelo, y al fondo, en otra segunda estancia de
piso realzado, en una atmsfera ms clara que la de la accin
principal, envuelta en los rayos del sol que penetran por la izquierda,
hay dos damas de gentil talante entretenidas en examinar un tapiz
colgado del muro y otra que mira de frente como atrada por la hermosura
de la trabajadora del primer trmino que desenreda la madeja de la
devanadera. Esta moza, que muestra desnuda la espalda, ambos pies, el
brazo y parte de la pierna izquierda, es quizs la ms gallarda figura
de mujer que pint Velzquez. En ella parecen haberse refugiado toda la
lozana, gracia y vigor que se echa de menos en los cuerpos enclenques y
los rostros paliduchos de las infantas y las reinas. Las partes y
miembros que en ella cubren las ropas aparecen acusados por los pliegues
de los paos; bajo la camisa y el refajo se adivinan formas llenas y
gallardas, duras y redondas, creadoras de un tipo que pudiera ser modelo
de una estatua erigida a la juventud o la hermosura. No se puede
expresar por qu; pero sus proporciones, su actitud, la forma de su
cabeza, el movimiento que hace, el modo de extender el brazo, la
delicadeza con que arquea los dedos, le dan en totalidad un aspecto
clsico en el ms alto sentido de la palabra: y se le ocurre a uno
pensar que si se descubrieran obras de pintores griegos se hallara algo
parecido a esa mujer gentil y airosa, bella y fuerte, que habiendo
nacido en Lavapis o Maravillas es digna de haber pisado las plazas de
Atenas y Corinto.

Con otra escena tan natural y sencilla como la representada en las
_Hilanderas_ cre Velzquez una maravilla mayor: _Las Meninas_[89].

El origen y momento, si as puede decirse, del cuadro es fcil de
reconstruir. Velzquez estaba retratando a los Reyes cuando entretenida
en sus juegos vino a colocarse cerca de l la Infanta Margarita con sus
meninas y enanos; el grupo que formaban seducira a los regios padres de
la nia tanto como al artista y se acordara que ste pusiese manos a la
obra.

A la izquierda de la composicin, con paleta, tiento y pinceles, esta
Velzquez en pie ante un gran lienzo que se ve por el revs, en actitud
de mirar a los Reyes, cuyas figuras se reflejan en un espejo de marco
negro colocado en la pared del fondo. En el centro esta la Infanta
Margarita, que representa cuatro o cinco aos, ricamente vestida, en
actitud de tomar un bcaro de agua que le presenta en actitud
respetuosa, viniendo de la izquierda, la graciosa doa Mara Agustina
Sarmiento. En la misma lnea a la derecha otra menina no menos
agraciada, doa Isabel de Velasco, y la enana Maribrbola de feo
semblante y descomunal cabeza miran de frente hacia donde estn los
Reyes sentados; ante esta horrenda criatura hay en el suelo echado y
dormitando un mastn que parece pronto a levantarse y huir mansamente
para que no siga hostigndole con el pie Nicolasito Pertusato, enanillo
alegre, esbelto y bien vestido como juguete vivo, cuya postura y
movimiento no hubiera sorprendido mejor una instantnea fotogrfica.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

LAS HILANDERAS

Fotog. M. Moreno]

Tras este grupo de la Velasco, los enanos y el perro estn en pie
hablando entre s dos personas de la servidumbre; un guardadamas
severamente vestido de negro y doa Marcela de Ulloa, _seora de honor_,
con tocas que parecen monjiles. Ocupan la pared de la derecha ventanas
y espacios intermedios entre ellas: en la del fondo hay en la parte
superior dos grandes cuadros; bajo ellos el espejo donde se ven
reflejados los bustos de doa Mariana y Felipe IV: y en ltimo trmino
se abre una puerta de cuarterones fuertemente iluminada por la luz de
otra estancia, destacando sobre el intenso claror del hueco, la figura
del aposentador de la Reina, con la mano puesta sobre una cortina. Los
personajes principales que ocupan la primera lnea de la composicin,
Infanta, damitas, perro y enanos, estn iluminados de frente y de alto a
bajo: Velzquez queda algo en sombra: junto al traje obscuro del
guardadamas, resaltan el busto gentil y la faz simptica de la dama de
las tocas y en el fondo contrastan y se diferencian por su distinta
intensidad la luz reflejada en la superficie del espejo y la directa e
intensa que penetra por la puerta. Sorprende a primera vista la altura
de techo de aquella estancia pero pronto explica la observacin que
sirve para darnos idea exacta de las proporciones de los cuerpos, y
adems para contribuir a la ilusin de las distancias, efectos
conseguidos en esta obra inmortal, mas que con lneas y colores, con la
combinacin y contraste de luces que, aislando objetos y personas, les
hace parecer circundados de aire respirable.

Razonar las bellezas de _Las Meninas_, explicando en qu consisten y
porque causan impresin tan honda, equivaldra a escribir un curso de
ptica, aplicada a la pintura.

Despus de describir Palomino esta obra sin igual, cuenta que: fue de
su Magestad muy estimada, y en tanto que se haca asisti frequentemente
a verla pintar, y asimismo la Reyna nuestra Seora Doa Mara-Ana de
Austria baxaba muchas veces, y las Seoras Infantas y Damas, estimndolo
por agradable deleyte y entretenimiento. Colocose en el quarto baxo de
su Magestad, en la pieza del despacho entre otras excelentes; y habiendo
venido en estos tiempos Lucas Jordn, llegando a verla, preguntole el
Seor Carlos Segundo vindole como atnito: _Qu os parece?_ Y dixo:
_Seor esta es la Teologa de la Pintura_: queriendo dar a entender, que
as como la Teologa es la superior de las Sciencias, as aquel quadro
era lo superior de la Pintura.

La frase de Lucas Jordn, es conceptuosa y rebuscada; pero, poco ms o
menos, lo mismo han venido a decir luego algunos escritores modernos.
Tefilo Gautier al ver _las Meninas_, por primera vez, como si
confundiese lo real con lo pintado, pregunt: _pero, dnde esta el
cuadro?_ Pablo de Saint-Victor cont en l hasta tres atmsferas
distintas: Lefort dice: que es la ltima palabra de la pintura realista
y textual: Stirling afirma que all Velzquez parece haberse anticipado
al descubrimiento de Daguerre y tomando un grupo reunido en una cmara,
lo ha como por magia impreso para siempre en el lienzo: Stevenson dice
que esta obra es cosa nica y absoluta en la historia del arte.

Nadie cree ya aquella tradicin segn la cual Felipe IV pint en el
pecho de la figura de Velzquez la cruz de Santiago. Primero don Pedro
de Madrazo y Cruzada Villamil con documentos de Palacio, y despus
Beruete de un modo definitivo con datos del archivo de las rdenes
militares, han puesto en claro cuando se concedi a Velzquez el hbito
de Santiago. Segn las noticias que el ltimo ha reunido y ordenado, la
cdula de otorgamiento esta firmada por el Rey en 12 de Junio de 1658.
En 15 de Julio present Velzquez de su puo y letra la propia
genealoga al Consejo de las rdenes, que form el expediente necesario
a las pruebas: aquel mismo da decidi el Consejo que se abriese
informacin en Monterrey y Tuy para lo que se refera a los ascendientes
de la lnea paterna, y en Sevilla a los de la madre. Don Gaspar de
Fuensalida prest la fianza de 300 ducados: la prueba dur algunos
meses, y en ella declararon Carreo, Zurbarn, ngelo Nardi, el Marqus
de Malpica, el portugus Marqus de Montebello y Alonso Cano, el cual
afirma que jams oy decir que Velzquez practicase el oficio de pintor
ni hubiera vendido cuadros, sino que los haca por gusto en obediencia
del Rey para ornato de Palacio, donde desempeaba cargos honrosos.

Esto, despus de aquel famoso fallo del Real Consejo de Hacienda
eximiendo del pago de la alcabala a la pintura y reconocindola como
arte liberal, cuando en las cuentas del Bureo continuamente se hablaba
de pagos y atrasos cobrados por Velzquez como pintor del Rey, es de lo
ms tristemente cmico que puede imaginarse y de lo que mejor pinta la
necia vanidad de entonces.

Concluidas las pruebas, el Consejo de las rdenes aprob la edad,
limpieza de sangre y descendencia por lnea recta, mas no consider
noble a Velzquez por parte de padre ni de madre, y aunque el pintor
atestigu que sus ascendientes no haban pagado nunca el tributo
llamado _la blanca de la carne_ de que estaban exentos los nobles, el
dictamen fue negativo, y Felipe IV, tuvo que pedir al Papa dispensa por
falta de nobleza. Lleg el breve firmado por el Pontfice en Albano a 7
de Octubre de 1659, y an fue preciso que el Rey hiciese hidalgo al
pintor para que pudiera cruzarse: por fin en 27 de Noviembre de aquel
mismo ao, se extendi la orden que le confera merced tan deseada.
Cuenta Palomino, que al da siguiente, cumpleaos del Prncipe Felipe
Prspero, se celebr la ceremonia de la toma de hbito, y al volver
Velzquez a Palacio, fue de S. M. muy bien recibido. Y en distinto lugar
de su obra refiere, que despus de muerto, mand el Rey que en su figura
del cuadro de _Las Meninas_, se le pintase sobre el pecho la cruz de
Santiago.

Esto nos da ocasin para hablar de cuantas veces se retrat Velzquez.

En los museos y colecciones particulares del extranjero, hay muchos
retratos suyos que se supone hechos por l mismo. Brger, en el catalogo
que aadi a la obra de Stirling, cita siete: Lefort, habla de nueve: si
se hiciera caso de las listas de ventas clebres verificadas en lo que
va de siglo, sera forzoso admitir que don Diego pas una gran parte de
su vida retratndose. En realidad, sin contar el que para admiracin de
los bien entendidos y honra del arte se ufanaba de poseer Pacheco[90],
pintado en Italia durante el primer viaje y que se cree perdido, hay
cuatro de autenticidad indudable, ya por el estilo, ya por las
composiciones en que figuran: el de _Las lanzas_; el del Museo de
Valencia, hecho pocos aos despus, que segn cuantos lo han estudiado y
copiado, ha padecido mucho entre injurias del tiempo y repintes o
restauraciones inhbiles; el del Museo del Vaticano,[91] notabilsimo
por su ejecucin, teniendo ya cerca de cuarenta aos; y finalmente el de
_Las Meninas_. En ste, a pesar de haberse modestamente colocado en el
segundo trmino de la composicin y casi en sombra, se le percibe muy
bien. Era moreno de rostro, viva la mirada, tan abundoso el pelo, que
acaso sea peluca, de gentil talle, galn y airoso, con esa hermosura
masculina, que consiste antes en la simptica expresin de la fisonoma
y natural elegancia de la persona que en la correccin de las lneas:
tipo muy de su tierra que pudiera aceptarse como la personificacin del
caballero espaol de su tiempo. Es de observar en este retrato, que
nacido don Diego en 1599, y pintado el cuadro en 1656, no representa los
cincuenta y siete aos que tena.

En opinin de muchos, que acaso pequen de ligeros, Velzquez _no sinti_
los asuntos religiosos. Segn ellos, su tendencia a la mera imitacin de
lo que poda ver y observar era opuesta a la exaltacin de espritu
necesaria, para concebir y representar personas divinas, misterios y
milagros. En mi humilde juicio se ha exagerado mucho en este sentido. No
fue ciertamente un mstico: media un abismo entre la amorosa admiracin
a la Naturaleza que revelan sus cuadros y el desprecio del cuerpo, _la
envoltura carnal_ el _vaso daado_, como le llaman las obras de los
telogos de aquel tiempo, y de cuya doctrina se hicieron intrpretes
casi todos los pintores. Velzquez experimentaba esa adoracin a la
forma, por s misma, que es el rasgo propio de los grandes artistas: tal
vez vea en la belleza la principal manifestacin de la suprema bondad,
y no gustaba de mermarle sus encantos. Cuando trat fealdades, como en
los bufones, envolvi aquellas injurias a la Naturaleza en ese
resplandor moral que se desprende de lo verdadero: pero jams para
expresar ideas determinadas priv a la forma humana de sus excelencias y
primores. No hizo, no poda hacer Cristos feos de puro demacrados,
Vrgenes sin gracia en fuerza de querer representar pureza, mrtires
chorreando sangre, anacoretas cadavricos, rostros consumidos ni
miembros donde estuviera maltratada y desconocida esa dignidad de la
forma, que es tambin una alabanza para el Hacedor: deba de amar antes
al Dios que crea, conserva y embellece, que al que destruye, aniquila y
afea; era creyente y no fantico.

Sus cuadros lo atestiguan. El de la _Adoracin de los Reyes_ es, ni ms
ni menos, lo que hacan los dems artistas de entonces; Zurbarn por
ejemplo: pero el _Cristo flagelado_, de Londres, an despus del
suplicio conserva la belleza del vigor y el _Cristo crucificado_, de
Madrid, en el momento de morir resplandece por la pureza de sus lneas:
en ambos casos dio a la figura divina la hermosura por atributo.

Veamos las otras dos composiciones que pint de asunto cristiano, y nos
persuadiremos de que sin dejarse absorber por el ascetismo lgubre que
domin a sus contemporneos, saba expresar potica y severamente lo
religioso.

En la _Coronacin de la Virgen_,[92] que hizo para el oratorio de la
segunda mujer de Felipe IV, exceptuadas las cabezas de Cristo y del
Padre Eterno, que realmente son vulgares y carecen de majestad, todo lo
dems es propio de un fervoroso creyente. Si se prescinde en el arte
espaol de las _Concepciones_ de Murillo, y en las escuelas flamencas de
las antiguas Vrgenes, representadas con sin igual ingenuidad y pureza,
qu semblante hay ms noble y divinamente humano que el de la Virgen de
este lienzo? Y la gloria anegada en luz, y las cabecitas de los
serafines, envueltos en clarsimos resplandores, qu tienen que
envidiar a los cielos y los ngeles del gran Murillo?

Sin embargo, quizs sea este el cuadro ms discutido de Velzquez, hasta
en lo que se refiere al color: pues al paso que unos crticos y pintores
lo consideran como afeado por agrios contrastes y desentonos entre los
rojos amarantados casi vinosos, y los azules intensos, otros creen que
es la obra donde logr ser ms colorista, mostrando su predileccin por
los maestros venecianos y su aficin a la manera del _Greco_. Esta
opinin es en mi juicio la que acierta: pues aunque las tnicas
carminosas y moradas del Padre Eterno, de Jess y de la Virgen,
consideradas aisladamente, pudieran parecer ingratas a la vista, no lo
son merced a la habilidad y buen gusto, superiores a todo encomio, con
que estn sus tonos hermanados por una serie de gradaciones intermedias
en que dominan los grises, ya plidos, ya intensos, luminosos y
plateados, viniendo a formar una armona encantadora, y acaso la ms
brillante impresin de color que ide Velzquez. Por ltimo, la
tonalidad general de este cuadro, que puede causar en un museo efecto
poco favorable, estara de fijo calculada conforme a la decoracin y
ornato del oratorio donde haba de figurar.

En _San Antonio Abad visitando a San Pablo, ermitao_[93], no falta
tampoco espritu religioso, sino, por el contrario, tiene la escena todo
el austero carcter que requiere su ndole. No poda Velzquez,
adelantndose a las exigencias de fidelidad y color local que pide la
crtica moderna, dar a los personajes y al sitio el aspecto propio de
Oriente que debieran tener. San Pablo, huyendo de la persecucin
organizada en tiempo de Dcio, se pas de la Thebaida inferior al
desierto, y aquellos lugares, no eran fciles de estudiar para un
artista a mediados del siglo XVII, suponiendo que se le ocurriese; pero
l, con superior instinto, busc un paraje solitario de imponente
grandeza, acaso de lo ms abrupto del Guadarrama, y all, entre ingentes
peascos, a la entrada de una espelunca, coloc a los anacoretas en
graves posturas, posedos de uncin y llenos de dignidad. Hasta la bien
calculada desproporcin que existe entre sus figuras y el grandor
descomunal de las rocas da al conjunto aspecto solemne por el contraste
que forma la grandiosidad de la Naturaleza con la pequeez humana. El
cuervo viene por el aire dejndose ya caer con las alas plegadas,
trayendo el pan en el pico y destacando su negro plumaje sobre el tono
grisaseo de las rocas: San Antonio contempla admirado al ave
prodigiosa, y San Pablo, con las manos juntas y levantadas, mira al
cielo en accin de gracias. Un rbol de pobre ramaje hace ms triste
aquel apartado rincn del mundo, y a lo lejos un ro tranquilo se
desliza por la llanura del valle, donde, al modo de las antiguas tablas
de devocin, se representan en pequeas composiciones aisladas episodios
de la vida del primer ermitao; el demonio, que viene a tentarle, su
muerte, y los leones que mansamente le cavan la fosa con sus garras. La
luz es intensa, el ambiente puro: si la tierra parece triste, el cielo
es alegre y luminoso como la gloria prometida a la virtud de aquellos
santos.

Hizo Velzquez este cuadro para la ermita de San Antonio, en el Retiro,
y fue su ltima obra. En ella, cual si lo presintiera, dio la medida de
su saber: si a primera vista no seduce, examinada despacio causa
impresin muy honda: esta ejecutada con voluntaria desigualdad que
acrecienta el efecto que causa: el campo, tierra, peascos, cielo y
fondo hechos con rpida maestra; las figuras, y en particular las
cabezas, minuciosamente construidas, sin que su pequeez perjudique ni
menge la impresin que producen, porque a poco que se miren, como si
crecieran, parecen de tamao natural.

Si en arte son sinnimos, idealismo y poesa, nadie ante este lienzo
pondr en duda que Velzquez, el enamorado de lo real, el que nunca
debi de pintar lo que no vio, era uno de esos genios que en el amor a
la Naturaleza confunden y con l aureolan toda la belleza que conciben.

Ao de 1659, se ajust la llamada _Paz de los Pirineos_, entre Francia y
Espaa, renunciando sta definitivamente a su soberana en el Roselln,
la Cerdaa y el Artois. Fue garanta del tratado el matrimonio de la
hija de Felipe IV, doa Mara Teresa, con su primo Luis XIV de Francia,
y habindose concertado que se verificase la entrega de la Infanta en la
isla de los Faisanes all fue Velzquez precediendo a los Reyes para
preparar su alojamiento y alhajar la casa que se llam de la
Conferencia.

Por libros y relaciones de la poca[94] se sabe que en aquella
entrevista la Corte de Espaa despleg pompa y aparato impropios de
ocasin tan desastrosa; pero si este error fue hijo de la vanidad real o
la adulacin cortesana, Velzquez cumpli su obligacin adornando las
estancias con magnficos tapices de palacio, algunos de los cuales se
conservan y prueban el gusto con que nuestro gran pintor los escogi.

Cuantos historiadores han descrito el acto de la entrega de la Infanta
hacen mencin del contraste que ambas Cortes formaron: las damas
francesas se presentaron ataviadas con exquisita elegancia; las nuestras
afeadas por sus ridculos guardainfantes y tontillos; en cambio los
caballeros de Luis XIV iban sobrecargados de lazos, cintas y moos
mientras los espaoles vestan el airoso traje de seda y terciopelo
negros, esmaltado el pecho por alguna venera verde o roja de las rdenes
Militares.

No fue don Diego Velzquez--dice Palomino--el que en este da mostr
menos su afecto en el adorno, bizarra y gala de su persona; pues
acompaada su gentileza y arte, que eran cortesanas, sin poner cuidado
en el natural garbo, y compostura, le ilustraron muchos diamantes, y
piedras preciosas; en el color de la tela no es de admirar se aventajara
a muchos, pues era superior en el conocimiento de ellas, en que siempre
mostr muy gran gusto; todo el vestido estaba guarnecido con ricas
puntas de plata de Miln, segn el estilo de aquel tiempo, que era de
golilla, aunque de color, hasta en las jornadas, en la capa la roxa
insignia, un espadin hermossimo, con la guarnicin y contera de plata,
con exquisitas labores de relieve, labrado en Italia; una gruesa cadena
de oro al cuello, pendiente la venera guarnecida de muchos diamantes en
que estaba esmaltado el hbito de Santiago, siendo los dems cabos
correspondientes a tan precioso alio.

Las fatigas de aquel empleo de aposentador que _haba menester un hombre
entero_, acrecentadas con el viaje a los Pirineos, minaron la salud de
Velzquez. Todos sus bigrafos han tomado de Palomino lo que se refiere
a su muerte extractndolo ms o menos; aqu se copia ntegro, porque
cuanto ms cercana es la pluma del suceso que narra ms color de
realidad le presta:

Cuando entr Velzquez en su casa, fue recibido de su familia, y de sus
amigos con ms asombro que alegra, por haberse divulgado en la Corte
su muerte, que casi no daban crdito a la vista; parece fue presagio de
lo poco que vivi despus.

Sbado da de San Ignacio de Loyola, y ltimo del mes de Julio,
habiendo estado Velzquez toda la maana asistiendo a su Magestad, se
sinti fatigado con algn ardor, de suerte que le oblig a irse por el
pasadizo a su casa. Comenz a sentir grandes angustias y fatigas en el
estmago y en el corazn; visitole el Doctor Vicencio Moles, Mdico de
la Familia, y su Magestad cuidadoso de su salud, mand al Doctor Miguel
de Alva, y al Doctor Pedro de Chavarri, Mdicos de Cmara de su
Magestad, que le viesen, y conociendo el peligro dixeron era principio
de terciana sincopal minuta sutil, afecto peligrossimo por la gran
resolucin de espritus, y la sed que continuamente tena, indicio
grande del manifiesto peligro de esta enfermedad mortal. Visitole por
orden de su Magestad don Alfonso Prez de Guzmn el Bueno, Arzobispo de
Tiro, Patriarca de las Indias; hzole una larga platica para su consuelo
espiritual; y el Viernes 6 de Agosto, ao del Nacimiento del Salvador
1660 da de la Transfiguracin del Seor, habiendo recibido los Santos
Sacramentos, y otorgado poder para testar a su ntimo amigo Don Gaspar
de Fuensalida, Grefier de su Magestad, a las dos de la tarde, y a los
sesenta y seis aos de su edad dio su alma a quien para tanta admiracin
del mundo le haba criado, dexando singular sentimiento a todos, y no
menos a su Magestad, que en los extremos de su enfermedad haba dado a
entender lo mucho que le quera y estimaba.

Pusieron al cuerpo el interior humilde atavo de difunto, y despus le
vistieron como si estuviera vivo, como se acostumbra a hacer con los
Caballeros de rdenes Militares: puesto el manto capitular con la roxa
insignia en el pecho, el sombrero, espada, botas y espuelas; y de esta
forma estuvo aquella noche puesto encima de su misma cama en una sala
enlutada; y a los lados algunos blandones con hachas, y otras luces en
el altar donde estaba un Santo Cristo, hasta el sabado, que mudaron el
cuerpo a un atad, aforrado en terciopelo liso negro, tachonado y
guarnecido con pasamanos de oro, y encima una Cruz de la misma
guarnicin, la clavazon, y cantoneras doradas y con dos llaves: hasta
que llegando la noche, y dando a todos luto sus tinieblas, le conduxeron
a su ltimo descanso, en la Parroquia de San Juan Bautista, donde le
recibieron los Caballeros Ayudas de Cmara de su Magestad, y le llevaron
hasta el tmulo que estaba prevenido en medio de la capilla mayor;
encima de la tumba fue colocado el cuerpo: a los dos lados haba doce
blandones de plata con hachas, y mucho nmero de luces. Hzose todo el
oficio de su entierro con gran solemnidad, con excelente msica de la
Capilla Real, con la dulzura, y comps, y el nmero de instrumentos y
voces que en tales actos, y de tanta gravedad se acostumbra. Asistieron
muchos Ttulos, y Caballeros de la Cmara, y criados de su Magestad:
luego baxaron la caxa y la entregaron a don Joseph de Salinas, de la
Orden de Calatrava, y Ayuda de Cmara de su Magestad, y otros Caballeros
de la Cmara que all se hallaron, y en hombros le llevaron hasta la
bveda, y entierro de don Gaspar de Fuensalida, que en muestra de su
amor le concedi este lugar para su depsito.

En torno del lecho de muerte se reuniran su mujer doa Juana Pacheco,
su hija Ignacia, su yerno y mejor discpulo Juan Bautista del Mazo, don
Gaspar de Fuensalida, Juan de Alfaro, que le compuso en latn un largo
epitafio, y de seguro su fiel Juan de Pareja.

Acaso consista en que cuando se admira a un grande hombre de stos, cuya
gloria no ha costado una gota de sangre, experimenta el alma deseo de
poder tambin estimarle; pero es lo cierto, que hay en la vida de
Velzquez indicios por los cuales se colige que era bueno. Uno de sus
bigrafos dice que supo ser amigo de Rubens, el ms generoso de los
artistas, y de Ribera, el ms celoso de todos. Observemos adems, que
si derrota a ngelo Nardi cuando el certamen de _La Expulsin de los
Moriscos_, conserva amistad con l y su antiguo rival le favorece
declarando en las informaciones del hbito de Santiago: hace que sean
llamados a Madrid sus condiscpulos Alonso Cano y Zurbarn; va a
Zaragoza con la Corte, y por su mediacin es nombrado Jusepe Martnez,
pintor de Cmara. Juan de Pareja esclavo, como se ha dicho, de
Velzquez, tuvo desde mozo aficin a la pintura y la trabaj en secreto.
Un da, sabiendo que el Rey haba de ir al estudio de su amo, coloc
vuelto contra la pared un cuadro que a escondidas haba pintado,
esperanzado con que el monarca sentira curiosidad de examinarlo.
Sucedieron las cosas como pensaba. Lleg Felipe IV, descubri el cuadro
y al preguntar cuyo era. Pareja se arroj a sus pies: entonces el
monarca dijo a Velzquez. Advertid que quien tiene esta habilidad no
puede ser esclavo. Su dueo le hizo libre en el acto: mas Pareja toda
la vida continu sirvindole, y muerto l a su hija y su yerno. En
verdad que dice mucho en favor del amo esta segunda y voluntaria
sujecin del siervo. El Conde-Duque protege a Velzquez desde 1623 y al
cabo de veinte aos de perder la privanza el pintor es de los pocos que
le permanecen fieles. Dnde mayores pruebas de bondad que favorecer a
los compaeros, conquistar la voluntaria sumisin del que fue esclavo y
persistir por gratitud en la peligrosa amistad del cado?

El servilismo cortesano y el estilo pomposo propios de los tiempos en
que escriban, hicieron a Pacheco y Palomino referir los favores
concedidos por Felipe IV a Velzquez con tales colores que sus relatos
sirvieron de base a una tradicin, segn la cual, el monarca apareca
como verdadero y entusiasta protector del artista. En nuestros das, los
documentos descubiertos por diligentes investigadores en los archivos de
Palacio y de Simancas, han demostrado con el seco lenguaje de los
papeles oficinescos que los que otorgaron al Rey el papel de mecenas,
incurrieron en gran exageracin. Felipe IV gustaba de ver pintar a
Velzquez, tena llave para entrar cuando quera en su estudio, hasta se
cuenta que permaneci en cierta ocasin sentado tres horas para que le
retratase: pero en su carrera de criado de palacio le dej ascender paso
a paso, toler que se le pagara casi siempre con retrasos, resolvi en
contra suya cuando tuvo desavenencias con algn alto dignatario de la
servidumbre, como en 1645 con el Marqus de Malpica[95], y sobre todo le
mantuvo en empleos que, obligndole a servir en bajos menesteres,
hurtaban tiempo a su arte que fue como mermar su gloria. En fin, toler
que a los cuatro das de muerto el nuevo aposentador, nombrado
inmediatamente para sucederle, se incautase de cuanto haba en las
habitaciones de Velzquez so pretexto de que las cuentas de la
aposentadura arrojaban en su contra un alcance de varios miles de
maravedises. Hasta despus de muerto Felipe IV no se puso en claro que
la administracin de Palacio deba 74.769 reales, y Velzquez a ella
19.945, quedando segn prob Cruzada Villamil publicando la
documentacin, plenamente demostrados el desorden de las oficinas reales
y la honradez del artista. No protector suyo sino amparado por l ante
la posteridad juzga a Felipe IV un escritor tan apegado a lo tradicional
y monrquico como el docto don Pedro de Madrazo. Y tiene razn, pues si
no fuera por los retratos donde le inmortaliz qu inters inspirara
hoy la figura de aquel Rey?

[imagen: MUSEO DEL PRADO

LAS MENINAS

_Fotog. M. Moreno_]




XI

EL ESTILO DE VELZQUEZ.--INFLUENCIA EJERCIDA EN L POR LAS OBRAS DE EL
GRECO.--LO QUE VELZQUEZ REPRESENTA EN LA HISTORIA GENERAL DEL ARTE Y
EN LA PINTURA NACIONAL.


Para apreciar debidamente la importancia y significacin de Velzquez en
la historia de la pintura espaola basta fijarse en lo que sta era
antes de que l produjese sus maravillosas obras. Nuestros pintores del
ltimo tercio del siglo XVI, emancipados en gran parte de las enseanzas
extranjeras en que se formaron, empiezan a adquirir carcter nacional;
pero la influencia italiana, as en lo especulativo como en lo practico,
es todava grandsima. De Italia vienen a establecerse en nuestra
Pennsula muchos maestros, y all van a perfeccionarse los aqu nacidos.
Unos y otros, amoldndose al medio social, cuando trabajan en Espaa,
donde las costumbres eran menos suntuosas y el espritu religioso ms
austero, comienzan a imprimir al arte patrio sello propio: el
Renacimiento pierde en sus manos toda profanidad, se despoja de
sensualismo pagano, de sentido literario, y gana en severidad y vigor lo
que pierde en gracia, poesa y elegancia: nuestro arte, como nuestra
vida, adquiere un tinte de grandiosa tristeza: sobre ambos impera la
melancola que destilan los libros msticos. En Italia la pintura
despliega esplendidez extraordinaria, aun en los templos es alegre y
eminentemente decorativa, y adems de verse empleada y protegida por la
Iglesia lo es tanto o ms por las familias ilustres, los grandes seores
y los Gobiernos de las pequeas Repblicas. En Espaa, por el contrario,
acaba de crecer y desarrollarse fomentada slo por la devocin de los
prelados, cabildos, comunidades y parroquias: hasta lo que manda pintar
la piedad individual esta dedicado al claustro y la capilla. La
manifestacin religiosa del espritu nacional queda admirablemente
interpretada y servida. En cambio carecemos por completo de pintura
histrica, familiar y de costumbres. En lo que se refiere a lo externo
del arte, medios de expresin, procedimiento, condiciones personales,
nuestros tratadistas y pintores siguen influidos por el saber de los
extranjeros: unos, como Luis de Vargas, imitan a Rafael; otros, como
Pantoja, siguen a Antonio Moro: el _Greco_, aunque permaneci aqu
tantos aos, no reneg de su culto a Venecia.

Velzquez, por impulso de sus facultades ingnitas y por las condiciones
en que se desarroll su vida, es una personalidad independiente aislada
en el arte nacional. Mas influencia ejerce en la pintura de nuestros
das que tuvo en la de su tiempo. Puede llamrsele iniciador o
revolucionario? Si no lo fue en la intencin, lleg a serlo de hecho; no
porque le siguieran muchos, sino porque, apartndose de lo pasado,
seal el camino para lo porvenir. Su esttica, puramente instintiva,
consisti en no enmendar la plana a la Naturaleza con pretexto de buscar
dignidad, correccin o gracia. Le bast la verdad claramente expresada:
si la pintura es tanto ms excelente cuanto parece ms real, es el
primer pintor del mundo.

Componen la obra pictrica elementos diversos; dibujo, composicin,
color, ejecucin, tan ligados entre s, que no hay medio de
considerarlos aisladamente, pero que es preciso diferenciar para
entenderse. Pues bien; esta, a modo de separacin, es dificilsima de
establecer tratndose de Velzquez, porque en su trabajo, como en la
realidad, se funden y compenetran. Dibuja con sencillez asombrosa, crea
la forma, da vida al tipo, le imprime carcter; pero busca la mirada los
trazos engendradores de cada cosa, y no los halla, porque su dibujo no
esta hecho slo con lneas, sino tambin con el color, con la distancia,
con el aire. No alcanza por completo este resultado en sus comienzos,
mas la pureza de su dibujo es tal que precisamente es lo que ms ayuda
para distinguir sus originales de las copias o imitaciones que se le
atribuyen.

Con frecuencia se ha dicho que era un colorista excepcional, pero
conviene explicar en qu sentido es esto cierto.

De dos maneras cautiva el color a la vista: ya porque con su aspecto
seduce, ya porque con su verdad persuade: lo primero fcilmente se logra
con un trozo o parte de la composicin a expensas de lo restante: lo
segundo no se consigue sino entonando, armonizando el conjunto de modo
que cada cosa tenga no slo el color que le es propio sino este mismo
segn el lugar que ocupa y modificado por lo que le rodea. De suerte
que lo esencial es la relacin de valores que crea la totalidad:
descuidndola, se ostentan cualidades parciales: as Rubens despleg en
el color ms pompa, Ticiano ms riqueza, el Verons ms variedad: en la
verosimilitud de la impresin total, ninguno igual a Velzquez.

Los crticos y bigrafos dividen lo que produjo durante su vida en tres
pocas, queriendo ver en cada una un estilo o manera diferente.

El primero comprende lo que hizo antes de su venida a Madrid y en los
comienzos de su estancia en la corte: entonces es seco y duro por buscar
con tenaz empeo el modelado: su preocupacin es conseguir la
corporeidad: la _Adoracin de los Reyes_ y algunos retratos, como el de
personaje desconocido nmero 1.103 del Museo del Prado, representan esta
fase del desarrollo de sus facultades.

En el segundo, ms suelto, ms fcil, comienza a dar al claro-obscuro
una importancia excepcional: el cuadro de _Los borrachos_ representa una
observacin de la totalidad sin precedentes, pero an no ha perdido en
l aquella primitiva dureza. Las obras que dan ms completa idea de este
perodo, son las que pint en su primer viaje a Italia, _La fragua de
Vulcano_ y _La tnica de Jos_.

En el tercero, que abarca desde que vuelve del segundo viaje hasta que
muere, llegan sus facultades y su saber combinados, al lmite de lo que
puede realizar el arte: lo que pinta se confunde con la realidad.

Pero en rigor esta divisin es convencional: slo sirve para clasificar
sus obras con relacin al tiempo en que las hizo. Su criterio en la
interpretacin de la Naturaleza, es uno solo, constante, que va pasando
por diversos grados. Sus aptitudes se perfeccionan por el tiempo y el
estudio sin sufrir alteracin en lo fundamental.

El que se ha llamado su primer estilo es ya el propio de un maestro en
va de formacin que indaga y analiza hasta la quinta-esencia de lo que
mira, apurando, concluyendo mucho en la ejecucin aun a riesgo de
parecer duro: ya tiene conciencia de lo que hace, pero esta todava en
lucha con la influencia de lo que le rodea y los modos de expresin que
en torno suyo se emplean: ni la edad, ni la disciplina de discpulo, ni
la falta de experiencia, le permiten romper con lo que en su escuela se
considera ms acertado: entonces su pintura se asemeja a la de Zurbarn
y otros que tuvo por compaeros.

Pronto, segn acabamos de indicar, empieza a conseguir ciertas sntesis
puramente tcnicas con que antes nadie so: en el mismo cuadro de _Los
borrachos_, donde an no ha perdido toda su pasada dureza y sequedad,
inicia la separacin entre el contorno de las figuras y el fondo; su
paleta se simplifica y se ve ya el fruto maduro, a cuya creacin han
contribuido sus facultades nativas, los medios de estudio y el caudal de
observacin que pudieron facilitarle las obras de algunos maestros
reunidas en Madrid y en El Escorial.

En Italia da la ms vigorosa muestra de independencia que la confianza
en s mismo puede sugerir a un artista. Otro menos seguro de su propia
fuerza se hubiese prendado del modo de ver o la manera de ejecutar de
alguno de aquellos pintores que llenaban con su gloria Venecia,
Florencia y Roma: l se modifica progresando sin imitar a nadie, sin
perder uno solo de los caracteres que desde un principio forman su
personalidad. _La fragua de Vulcano_ esta pintada sin dejarse dominar
por el prestigio de lo mismo que admira; pero as como antes fue su
preocupacin la intensidad del claro-obscuro, entonces puso empeo en
conseguir el bulto sin sombras, modelando en claro.

En cuanto a la manera de componer, disposicin y gusto para agrupar
figuras, puede decirse que la pintura italiana debi de parecerle
concebida para seduccin y deleite de la vista, mientras lo que l se
propona era persuadir, llegando al lmite de lo posible en la imitacin
de lo real.

Cuando a la distancia conveniente para examinar un cuadro, abarcamos con
la vista en una habitacin o al aire libre una reunin de personas o una
sola figura, no distinguimos ms que su aspecto total; para que la
mirada aprecie pequeeces y minucias, es necesario que las busque y se
fije en ellas particularmente. Esta sencillsima observacin es la base
del ltimo estilo de Velzquez, que consiste en ver lo natural
ajustndose a tono y conjunto, prescindiendo de pormenores y detalles;
sntesis, a la cual lleg no slo por virtud de sus facultades que eran
poderossimas, sino ayudado de un trabajo constante. En su tiempo se
usaban los espejos negros, los de reduccin, la cmara obscura, el
_triguardo_ y otros aparatos de ptica aplicada que debi de manejar
mucho, acostumbrndose a ver en globo, en conjunto, como esta vista la
escena de _Las Meninas_, donde dio la medida de lo que debe ser la
pintura: la imagen de lo real que nos da el espejo, y esto es en verdad
_Las Meninas_, un cuadro copiado de lo que los Reyes vean cuando
Velzquez les estaba retratando. As aport al arte de la pintura un
elemento nuevo o del cual se haba hecho poco caso; el aire interpuesto
no slo entre cada miembro del cuadro, sino entre ste y quien lo
observa. De esta condicin nace su indiscutible superioridad sobre todos
los pintores. No se sabe cmo limita los planos, cmo espacia las
distancias, cmo calcula la gradacin y desvanecimiento de sombras, en
una palabra, de qu modo consigue rodear a personas y cosas del ambiente
que les circunda. Cerca del lienzo nada parece que esta hecho; desde el
conveniente punto de vista, la ilusin es completa.

Mucho se ha escrito, en particular por extranjeros, respecto de la
influencia que sobre Velzquez ejercieron, primero sus maestros y luego
otros pintores. Desde luego hay que descontar a Herrera _el Viejo_, con
quien estuvo, siendo nio, muy poco tiempo y de cuya rudeza nada se le
peg. En casa de Pacheco, tanto por disciplina cuanto por propio
impulso, debi de dibujar muchsimo, pero dando ya en la eleccin de
modelos humildes, frutas animales y utensilios vulgares, la primer
muestra de independencia: en lo dems ya nos dice Palomino que el mismo
Pacheco _conoci desde el principio, no convenirle modo de pintar tan
tibio aunque lleno de erudicin_: y en verdad que aqu no se sabe qu
admirar ms, si la discreta osada con que el discpulo se apartaba de
lo que a sus contemporneos y superiores mereca tanto respeto, o la
perspicacia conque el maestro adivin y la tolerancia conque permiti
explayarse aquellas facultades, opuestas a las suyas. Raro ejemplo y
clara demostracin de que para la enseanza no suele ser ms til quien
mejor ejecuta sino quien sabe colocar al aprendiz en condiciones
propicias al desenvolvimiento de sus recursos propios.

Si de mozo no sedujo a Velzquez el clasicismo sabio, pero fro de
Pacheco, tampoco se dej deslumbrar por la magnificencia de Rubens, a
quien seguramente vio, en su visita a Madrid, pintar originales y
copias: ni su entusiasmo por Tiziano y Tintoretto, le hizo vacilar en
aquel amor que mostr dentro de lo verdadero a lo ms sencillo.
Fortalecido en sus creencias se despidi de la Italia clsica y pagana,
haciendo el retrato de Inocencio X.

Quien seguramente ejerci en l cierta influencia, fue el _Greco_. No
pudo conocerle, pues muri en 1614 y Velzquez no sali de Sevilla hasta
1623: ni es de creer que el _Greco_, fuese a Andaluca o que all viera
Velzquez trabajos suyos, porque la impresin que stos le causan no se
refleja en las obras del maestro hasta mucho tiempo despus: llega, sin
embargo, un perodo en que es de todo punto indudable. Mas este influjo
no degenera en imitacin. Las composiciones y figuras del _Greco_ son
tan verdaderas, sobre todo en la expresin de las cabezas, que causan
impresin profunda, pero revelan un espiritualismo exaltado de que no
lleg a participar Velzquez: lo que en aquel pintor extraordinario y
poco estudiado le sedujo, fue el color. El _Greco_, era un colorista
extraordinario, se complaca en contrastes tan enrgicos que parecen
llegar hasta la disonancia; encontraba armonas tan delicadas que hacen
posibles los efectos ms opuestos; hay en l, tintas agrias atenuadas
con pasmoso gusto y se distingue principalmente por un particular empleo
del blanco ya puro y violento, ya amortiguado en matices grises que lo
enlazan, funden y dulcifican todo. Estos grises aparecen luego en las
obras sucesivas de Velzquez, empleados con tal discrecin y tan
exquisito arte que slo los pintores y los aficionados capaces de atenta
observacin, pueden distinguirlos. El retrato del _Conde de Benavente_,
cuya armadura, banda y rostro recuerdan _El entierro del Conde Orgaz_,
obra principal del _Greco_, es el cuadro donde esta influencia se ve ms
clara; pero en lo sucesivo esos grises persisten en los lienzos de
Velzquez como un elemento nuevo ya para dar energa y realce a los
negros, ya para quitarles dureza y pesadez, y siempre para imprimir a la
tonalidad general un sello de placidez y elegancia incomparable. Puede
afirmarse que exceptuado el _Greco_, ningn otro artista contribuy a
enriquecer la paleta de Velzquez.

Con verdadero asombro se observa que hombre dotado de tan
extraordinarias facultades y cuyas obras estn llenas de clara
enseanza, no dejase discpulos dignos de su maestra: porque su yerno
Juan Bautista del Mazo, que fue diestro en copiarle e imitarle, no pas
de esta habilidad sin llegar a conquistar mayores mritos: su esclavo
Juan de Pareja, se aficion al exclusivo remedo de los venecianos, como
atestigua el lienzo de la _Conversin de San Mateo_;[96] y a Carreo de
Miranda que hizo excelentes retratos, le faltaron el dibujo, el aire y
el buen gusto de su maestro: y an quedan por bajo de los citados, Juan
de Alfaro, Nicols de Villacis, Toms de Aguiar, Juan de la Corte y
Burgos Mantilla; nuestra pintura no vuelve a tener un genio por
intrprete hasta que nace Goya.

Por grandes que sean las condiciones intelectuales o la habilidad
tcnica de un hombre, ninguno puede erigirse conscientemente en
reformador, porque no es dado a un individuo sobreponerse a lo presente,
mucho menos en manifestaciones tan personales y libres como las
artsticas; y en este sentido no fue revolucionario: pero la posteridad
adjudica a cada uno el lugar que le corresponde en vista del alcance de
sus obras: y como en las de Velzquez estn contenidas y realizadas gran
parte de las aspiraciones de la pintura de nuestros das, de aqu que se
le considere como precursor de este _modernismo_, en el ms alto sentido
de la palabra, que a vueltas de errores y exageraciones busca con ansia
la verdad. Aquello mismo que distingue y caracteriza a Velzquez, es lo
que ahora se ansa con mayor empeo: la sinceridad en la expresin del
sentimiento, la sencillez en la ejecucin, la exactitud en la relacin
de valores por el estudio de la luz y el aire; precisamente todas las
cualidades que nos suspenden y entusiasman ante _Las Hilanderas_ y _Las
Meninas_. Por eso vemos venir a Madrid para estudiarle tantos artistas
extranjeros, y al viajar hallamos por doquiera el reflejo de su
maestra.

En la historia general del arte es uno de los genios que apartndose de
lo convencional muestran el camino de la verdad, fuente de toda belleza.

En el arte patrio es la personificacin del instinto naturalista de la
raza que hizo prevalecer el espritu nacional, sobre las tendencias del
Renacimiento en lo que le eran ajenas o contrarias. Y an tiene en
nuestra Patria otra significacin altsima, porque al reflejar lo real,
lo hizo tan intensa y fielmente, que ciertos cuadros suyos son pginas
de historia. No intervino en ello el propsito del hombre: lo dio de s
la naturaleza del arte. Sus bufones que eran pueblo envilecido; sus
reyes que no merecan serlo; la placida estupidez del bobo de Coria y la
mandbula prominente de los Austrias: qu historiador ni qu crtico
han dejado tales documentos y razones para el proceso de nuestra
decadencia?

Como Cervantes pint con la pluma, Velzquez escribi con el pincel. Las
aventuras de un pobre loco, unos cuantos cuadros, rescataron para la
Patria la gloria perdida por los ms altos poderes del Estado.




APNDICES




_Fe de bautismo de Velzquez._


El Domingo, seis das del mes de Junio de mil y quinientos y noventa y
nueve aos, baptiz yo el Licenciado Gregorio de Salazar, cura de la
Iglesia de S. Pedro de la ciudad de Sevilla, a Diego, hijo de Juan
Rodrguez de Silva, y de Doa Gernima Velzquez su mujer. Fue su
padrino Pablo de Ojeda, vecino de la collacin de la Magdalena,
advirtisele la cognacin espiritual, feh ut supra.--El Licdo., Gregorio
de Salazar.




_Entra Velzquez al servicio del Rey._


A 6 de Octubre 1623.

Su Magestad.

Recibe en su ser. a Diego Velzquez, pintor, para que se ocupe en lo
que se le ordene con v.te d.s al mes en el P.or de las obras
deste Alczar.

A Diego Velzquez, pintor, he mandado reiuir en mi seruiio para que se
ocupe en lo que se le ordenare de su profesin; y le he sealado veynte
ducados de salario al mes, librados en el Pagador de las obras destos
Alcaares, Casa del Campo y del Pardo. Vos le haris el despacho
nesesario para esto en la forma que le hubiese dado a qualquiera otro
de su profesin.

Esta rubricado de la Real Mano.

En M.d a 6 de Octue 1623.--A P. de Hoff Huerta.

(Arch. de Palacio. Felipe IV. Casa. Leg. 139).

[imagen: MUSEO DEL PRADO

LA INFANTA MARA TERESA (?)

_Fotog. M. Moreno_]




_Orden aclaratoria de otra anterior,[97] mandando dar racin a
Velzquez._


Orden de Su Mg. En declaracin de otra de 18 de S.bre de 1628. Sobre
la racin y emolum.tos de Barbero de Cmara q. ha de gozar Di.
Velaz., Pintor.

Por orden de diez y ocho de Septiembre del ao pasado de mill y
seisientos y veinte y ocho, hize mrd. a Diego Velzquez, mi pintor de
Cam.ra, de que se le diese por la despensa de mi casa vna rain cada
da en espeie como la que tienen los Barberos de mi Cam.ra, en
consideracin de q.e se auia dado por satisfecho de todo lo que se le
deuia hasta aquel da de las obras de su ofiio q.e auia hecho para
mi seruiio, y de todas las q.e adelante hiiese; y las q.e
adelante hiiere declaro aora en esta orden q. an de ser los retratos
originales q. yo le mandare hacer. Y asimismo se le a de acudir con los
dems emolumentos que tienen los dhos Barberos de mi Cmara.

Esta rubricado por el Rey.

En M.d a 9 de Febrero 1629.--Al Bureo.

(Arch. de Palacio. Felipe IV. Casa. Leg. 119.)




_Pago de Los borrachos y otras obras._


Diego Velzquez, pintor, cargo de cuatrocientos ducados en plata. Los
trescientos a cuenta de sus obras y los ciento por la de una pintura de
Baco que hizo para servicio de S. Magd.--El Rey: D. Mateo Ibaez de
Segovia, de la Orden de Calatrava, mi tesorero general, yo os mando que
de cualquier dinero que se os esta hecho o hiciere cargo en mis arcas de
tres llaves, sacndolo dellas con intervencin de los contadores de la
razn de mi hacienda que tienen las dos, dis y paguis a Diego
Velzquez, pintor, cuatrocientos ducados en moneda de plata, que valen
ciento y cincuenta mil mrs. Los trescientos dellos por cuenta de lo que
se le debe de pinturas que hace para mi servicio, y los ciento restantes
por cuenta de una pintura de Baco que ha hecho para mi servicio, que con
su carta de pago, o de quien su poder hubiere y esta mi cdula, habiendo
tomado razn della el Grefier de mi Bureo, que ha de prevenirlo para que
a la persona que se hubiere entregado o entregaren las dichas pinturas,
se le carguen para que d cuenta de ellas, tomndola asimismo los dichos
contadores de la razn sern bien pagados, y mando se reciban y pasen en
cuenta, en la que diereis del dicho nuestro cargo sin otro recaudo
alguno, y apruebo y tengo por bien lo hayis cumplido antes de ahora en
virtud de orden de mi contador mayor. Fecha de Madrid a 22 de Julio de
1629.--Yo el Rey.--Por mandado del Rey Nuestro Seor, Miguel de
Ipenarrieta.--Tom la razn, Toms de guila.--Tom la razn, Bartolom
Manzolo.




_Velzquez pide el pago de sus gajes._


Seor: Diego Velzquez, Ayuda de la Guardarropa de Y. Majd. y su pintor
de Cmara, dice que a l se le deben de sus gajes hasta fin del ao de
1643, once mil ochocientos y cuarenta y tres reales, como parece por
certificacin del Veedor y Contador de las Obras Reales, y 3.960 reales,
de cuatro aos de vestido de que V. Majd. le hizo merced, a razn de 90
ducados cada uno, de que tiene libranzas del Guardarropa, que todo monta
15.803 reales; y dems desto se le deben otras cantidades de pinturas
que ha hecho, por lo cual se halla con mucha necesidad, suplica a V.
Majd. le haga merced de mandar se le paguen con efecto los dichos 15.803
reales, para que pueda mejor acudir al servicio de V. Majd. en esta
ocasin que se ha mandado pintar para la Torre de la Parada en la R.
(sic) muy grande.

       *       *       *       *       *

Decreto: Habindose dado por Diego Velzquez, mi pintor de Cmara, el
memorial incluso, he acordado de remitirle a la Junta de Obras y Bosques
y ordenado que se procure forma como pagarle y darle satisfaccin.
(Rbrica del Rey.) En Madrid a 16 de Octubre 1636. A Don Francisco de
Prado.--La Junta: En 24 de Octubre 1636 se public esta orden en la
Junta y se acord se consultase a su Majd. que en cobrando se cumplir
con este hombre. (Rbrica.)




_Propuesta al Rey sobre reforma en la concesin de los vestidos de
merced._


Felipe IV. Cmara. Leg. 3.

Sobre lo que contiene la relacin inclusa de los vestidos de merced que
se dan por la Cmara.--Como os parece, etc.--Seor: Por la relacin
inclusa V. Magd. se servir de ver los vestidos ordinarios y
extraordinarios que se dan cada ao por su Cmara, y por haberme
parecido muchos en nmero, de que se podran excusar algunos y reducirse
otros a menos valor, dir lo que en cada uno se me ofrece para que
habindolo visto Su Magd. resuelva lo que ms fuere de su Real servicio.

A los msicos de Cmara se les comenzaron a dar vestidos de precio de
100 ducados, y en la reformacin general que se hizo, en que se les bax
a todos la dcima parte, quedaron en 90, y en el ao 1622 se redujeron a
400 reales, corriendo en esta forma hasta el de 1626, que por consulta
del Duque volvi a mandar V. Magd. se les continuase los mismos 90
ducados.--Parceme que se les podran dar de aqu adelante 80 ducados,
que es al respeto que van moderados los dems.

El vestido de D. Enrique Butler msico, que conforme a la relacin monta
200 ducados, me parece podra ser calzn y ropilla de terciopelo liso
labrado, como lo escogiese, herreruelo de pao, jubn de raso blanco,
medias de seda, ligas, sombrero ordinario y espada negra con puos
dorados, y que el precio de la espada no pueda exceder de 120 reales.

Cuando se hizo el asiento con Bat.e Jovenardi, se ajust con l que
se le haba de dar un vestido de precio de 100 ducados, parceme que se
le deba guardar su asiento, no siendo V. Magd. servido de mandar otra
cosa.

Los vestidos de los barberos y de _Diego Velzquez_ se podran reducir a
80 ducados, y los de los mozos de la guardarropa a 70 ducados.

A los mozos de retrete se les podrn dar de aqu adelante vestidos de a
60 ducados.

Los de los zapateros, que son de 54, me parece que podrn pasar como
estn.

Los de los escuderos de a pie podran quedar en 50 cada uno.

A los barrenderos se les dan vestidos de 45 ducados; parece que se les
podran continuar as; y lo mismo a los jardineros del jardn del
Emperador y de la Priora; pero podra servirse V. Magd. de mandar que a
los jardineros que entraren, en lugar de los que ahora lo son, se les
reformen.

El vestido de 72 ducados que se da a Toms Pinto, por haber sido ayo de
D. Antonio, el enano ingls, me parece que se podra reformar desde
luego.

El que se le da al destilador, aunque es de los ms antiguos, me parece
que se reduzca en ste a 80 ducados, y que al primero que entrare se le
reforme.

Los vestidos de Fras y su compaero, que tienen a su cargo los
lebreles, me parece que se les reduzca ahora a 80 ducados cada uno, y
que a los primeros que entraren se les reforme por esta parte, y se les
vista por la caballeriza la librea de mezcla.

A doa Beatriz de Vargas se le podra continuar, siendo V. Magd.
servido, lo mismo que ahora se le da, porque he entendido que su
necesidad es muy grande y que en esto consiste su principal sustento.

A Soplillo sera de parecer que se le diese un vestido a su medida de
terciopelo, otro de gorguern y otro de tafetn, ocho camisas y la dems
ropa blanca de la persona ajustada a este respeto, pero todo a su medida
y que con lo que certificase el escribano de Cmara, que unido todo esto
en dinero, lo pueda librar el guardarropa.

A Calabazas se le podran dar los vestidos que ordenare el Camarero
Mayor y la ropa blanca que hubiese menester al respeto de ocho camisas,
y lo dems se ha de reformar, y lo mismo se har con D. Diego de Aedo
(_El Primo_), pero todo a su medida, como queda dicho.

A Lezcano y los dems enanos se les podran dar los vestidos que
ordenare el Camarero Mayor o Sumiller, a la medida de sus cuerpos.

A Andrs Prez se le ha dado de algunos aos a esta parte un vestido,
como se dice en la relacin, pero me parece que hoy ste sea ordinario,
ni se haya de poner en el libro. Y que cuando V. Magd. fuere servido de
mandarle dar alguno, sea sotana, herreruelo y calzones de pao, jubn de
olandilla o camuzas, medias de seda, ligas y dos camisas: y a todos se
ha de tomar la medida por sus cuerpos, y presente el escribano de
Cmara, que certificara lo que es menester puntualmente.

A D. Juan de Austria, Bauelos y Ochoa, me parece se les podr continuar
como hasta aqu se ha hecho, sin que tengan cosa fija.

A D. Cristbal Velzquez me parece se le podra reformar el vestido que
hasta aqu se le ha dado algunas veces.

A Cristbal el ciego se le dar a disposicin del Camarero Mayor o
Sumiller, pero como el de Andresillo cuando se le hubiere de dar.

A Pablo de Valladolid, si se le mandare dar algn vestido, podr ser de
terciopelo o pao, de las calidades dichas arriba. Y lo mismo a Bautista
el del Ajedrez, y en este caso se le ha de hacer efectivamente y
ponrsele y no andar como ahora.

Tambin se suele dar algunas veces a Nicols Panela, vestido de la
calidad contenida en la relacin, y en ste me parece lo mismo que en
Bautista, en caso que se le mandare dar alguno, y que se le ponga
efectivamente.

Y los cuerpos de jubones de estos vestidos podran ser de aqu adelante
de olandas crudas, fustn, lienzo o camuza, como quisieren.

Cuando V. Magd. mandare dar algn vestido a Alonso Martnez, que no le
tiene si no es en este caso, me parece que podr ser de terciopelo o
pao de las calidades referidas arriba, y tambin las espadas, cuyo
precio no ha de exceder de 120 reales, como queda dicho.

Y sera de parecer que los que entrasen de nuevo en lugar de los que
ahora tienen vestidos de merced por orden de V. Magd., entren sin
ellos, y quede este gasto reformado para adelante.

A D. ngeles de Toledo, de nacin turca, y a su madre e hijos, se les
han dado por mandado de Vuestra Magd. los vestidos que dice la relacin:
a m me parece que al marido y a los hijos varones se les den vestidos
de pao, y a ella se le podran dar de terciopelo gorguern o raso, y a
dos nias pequeas unos habitillos de alguna cosa conforme a su edad, y
porque los dos hijos mayores la tienen ya y disposicin para poder
servir, juzgo que sera conveniente que por donde toca les mandase V.
Magd. hacer alguna merced para que vayan con ms aliento.

Esto es, Seor, cuanto se me ofrece en razn de los vestidos que se dan
por la Cmara y forma en que podran correr adelante. V. Magd. mandara
en todo lo que ms fuere de su Real servicio.

Del Aposento 15 de Set.e de 1637.




_Manda el Rey que se paguen a Velzquez atrasos de sus haberes._


Por parte de Diego Velzquez se me ha representado que ha ms de dos
aos que sirve en las obras de Palacio, sin que en este tiempo se le
haya pagado nada del salario que le he mandado sealar, y porque mi
voluntad es que haya puntualidad en socorrerle con lo que hubiese de
haber, os encargo le hagis dar satisfaccin pronta de lo que constare
debrsele, y que dispongis que en la paga de lo de adelante, se le
guarde el lugar y antelacin que le toca. (Rbrica.)--(Ao 1645).




_Decreto del Rey accediendo a la liquidacin de cuentas solicitada por
Velzquez antes de emprender su segundo viaje a Italia._


Diego Velzquez me ha representado, que de las pinturas que ha hecho
para mi servicio desde el ao 628 hasta el de 640, y de los gajes de
pintor de los aos desde 630 hasta 634 que falt la consignacin, se le
restan debiendo 34.000 reales, porque lo dems se le ha pagado en los
500 ducados que le mand librar en los ordinarios de los de la dispensa
por meses, desde 640, suplicndome que sea servido de mandar que estos
500 ducados se le cumplan a 700 y se le paguen en la misma consignacin
hasta que le haga merced de acomodarle en cosa equivalente para poderse
sustentar, con que se dar por satisfecho de esta deuda y de las dems
pinturas que ha hecho e hiciere adelante: y porque he venido en
concederle lo que pide, el Bureo dispondr que as se ejecute,
previniendo lo necesario para ello.--Madrid a 18 de Mayo de 1648.
(Rbrica del Rey.)




_El Embajador de Espaa en Venecia al Rey._


Diego Velzquez lleg aqu a los 21, y sin perder tiempo he procurado
que vea todas las pinturas que le permitiere el estar en mi casa, que el
recato de aqu es de calidad que muchos tendrn escrpulo, si bien
procuraremos con maa que no le embarace esto; y deseando encaminarse a
Mdena (por haber tenido noticia de que podra hallar cosa muy
apropsito), le dar cartas para facilitarle la introduccin, y en todo
le asistir como en despacho de 22 de Noviembre me lo manda V. M., cuya
catlica persona guarde Dios como la cristiandad ha menester. Venecia y
Abril a 24 de 1649.--El Marqus de la Fuente.




_Declaracin de Alonso Cano en la informacin hecha por el Consejo de
las rdenes sobre concesin a Velzquez del hbito de Santiago._


Testigo 84. En la villa de Madrid, a 23 das del mes de Diciembre de
1658 aos, para esta informacin recibimos por testigo a el licenciado
Alonso Cano, racionero de la Santa Iglesia de Granada y natural de ella;
jur _in verbo sacerdotis_ de decir verdad y guardar secreto; y
preguntado al tenor del tanto, dijo: Que conoce a Diego Velzquez,
pretendiente, de cuarenta y cuatro aos a esta parte y que es natural de
la ciudad de Sevilla; conoci a sus padres, que se llamaron Juan
Rodrguez de Silua y doa Jernima Velzquez, naturales de dicha ciudad;
conoci al abuelo paterno, que se llam Diego Rodrguez de Silua,
natural que oy decir haber sido de la ciudad de Oporto, en el reino de
Portugal, y no conoci a la abuela paterna, mas tiene noticia della, y
que se llam doa Mara Rodrguez, as mesmo, natural de la dicha ciudad
de Oporto; de los cuales sabe que fueron padre y abuelo del dicho
pretendiente, porque a los que conoci los vio tratarse como padres e
hijos, y de los que no conoci lo oy decir por cosa cierta que lo
fueron, de los cuales sabe son y fueron habidos de legtimo matrimonio
por no haber odo cosa en contrario, y por cristianos viejos, limpios de
toda mala raza y mezcla de judo, moro o nuevamente convertido, sin
haber odo que ninguno dellos ni sus ascendentes fuesen penitenciados
por el Santo Oficio de la Inquisicin en pblico ni en secreto por
delito alguno de los contenidos en la pregunta ni por otros. Y asimismo
dijo que el tiempo que los conoci en la ciudad de Sevilla, donde
asisti desde el ao de catorce, los tuvo y vio tener por nobles
hijosdalgos de sangre, segn costumbre y fueros de Espaa y Portugal, y
fueron estimados guardndoles las exenciones que se acostumbran guardar
a los dems hijosdalgos, tratndose con lustre y porte de hombres
nobles, sin haber tenido dichos padres ni aquel oficio vil, bajo, ni
mecnico. Y en cuanto al pretendiente, dijo lo mismo.--Y repreguntando
por el oficio de pintor dijo, que en todo el tiempo que le ha conocido,
ni antes sabe, ni ha odo decir que lo ha tenido por oficio, ni tenido
tienda, ni aparador, ni vendido pinturas; que slo lo ha ejecutado por
gusto suyo y obediencia de S. M., para adorno de su Real Palacio, donde
tiene oficios honrosos, como son el de Aposentador mayor y Ayuda de
Cmara, y que esto es la verdad por el juramento que tiene hecho.
Leysele su dicho, rectificose en l, y lo firmo. Dijo no tocarle las
generales, y que es de edad de cincuenta y ocho aos poco ms o
menos.--Alonso Cano.--Fernando Ant. de Salcedo.--Diego Lozano y
Villamejor.




_Declaracin de Juan Carreo de Miranda en la misma informacin._


Que conoce al pretendiente haba casi treinta y cuatro aos, que son los
que hace que vino el testigo a esta corte. Que comnmente llamaban y le
llaman el Sevillano, que le tiene por noble hijodalgo, etc....., y que
sabe que yendo un da del ao pasado de 1654 o 55 a Palacio a buscar a
dicho pretendiente, subiendo por la escalera del cubo que sale a la
galera del despacho, sinti que vena otra persona detrs del testigo,
y reconoci que era un caballero de la Orden de Calatrava; porfi con l
que pasara adelante, y le dijo que no, que supuesto iba a ver a Diego
Velzquez, le dijese que su primo D. Fulano Morejn Silva le esperaba.
Que no ha vendido pinturas por s ni por tercera persona; antes se
acuerda de un retrato del Sr. Cardenal Borja, siendo Arzobispo de
Toledo, que le pidi a Diego Velzquez le hiciese, el cual,
llevndosele, no quiso tomar ninguna cantidad por l, y el Sr. Cardenal
le envi un peinador muy rico y algunas alhajas de plata en recompensa.




_Declaracin de Francisco Zurbarn en la misma informacin._


Francisco Zurbarn Salazar, natural de Fuente de Cantos, en Extremadura,
vecino de Sevilla, residente en Madrid desde Junio de 1658, y dijo que
le conoce hace cuarenta aos, y que conoci a sus padres, que eran gente
muy principal; que en la familia de Velzquez haba habido familiares de
la Inquisicin; que a los padres, que conoci, los vio siempre tratarse
con mucho lustre y estimacin y lo mismo oy de los abuelos; que no ha
tenido tienda ni ejercido el oficio de pintor ms que para S. M., y que
si hubiera algo en contrario lo supiera por haber muchos aos que conoce
al pretendiente y a sus padres.




_Declaracin de don Gaspar de Fuensalida en la misma informacin._


Que le conoce cuanto ha que vino a Madrid..... Que siempre le ha
conocido en Palacio a vista de S. M. con nombre de mayor pintor que hay
ni ha habido en Europa, y que as lo confes Rubens, un gran pintor que
vino a esta corte..... Que le ha visto este testigo pintar en Palacio lo
que S. M. le ha mandado, as para Espaa como presentes que ha hecho a
otros Prncipes de Europa; y sabe que lo ha enviado _tres_ veces a
Italia, como a Venecia, Roma, Florencia y otras partes, donde ha tenido
mucha amistad con los SS. PP. Urbano VIII e Inocencio X, tenindole en
todas estas provincias por el modelo de la pintura, sacando retratos,
etc..... Y en las jornadas que ha hecho ha sido siempre para traer
originales de su mano y de los pintores y estatuarios antiguos..... Que
el pretendiente es quien acab y perfeccion el Panten del Escorial.

[imagen: MUSEO IMPERIAL DE VIENA

EL PRNCIPE FELIPE PRSPERO

_Fotog. Braun, Clement y C._]




_Instancia del Contador de palacio al Rey sobre reclamaciones de
Velzquez._


Seor: Diego de Silva Velzquez, Aposentador de Palacio, dice que de los
ordinarios de su oficio se le esta deviendo un ao entero que ya aporta
setenta mil reales y ms se le deve el ao de cinquenta y tres treinta
mil, y los barrenderos y oficiales de mano dependientes de su oficio no
sirven ni dan recado, y lo que ms es que no hay un real para pagar la
lea de las chimeneas del quarto de S. M. con que esta en peligro de una
gran falta. Suplica a V. M. mande se le den mil ducados de socorro por
cuenta de sus ordinarios de lo ms pronto que tuviere el maestro de la
Cmara.

Tambin representa a V. M. que de resulta del hospedage del embajador de
Francia se an distribuido las alajas dl en diferentes oficios, cargando
a la Tapicera las sillas, y las vidrieras a la municin. Suplica a V.
M. mande se devuelban al oficio de la furriera donde tocan y sobre este
punto mandarse informar de los oficiales ms antiguos de la casa.

Habindose visto en el Bureo de 17 de este mes, un memorial de Diego de
Silva Velzquez, Aposentador de Palacio, en que peda mil ducados de
socorro por cuenta de sus ordinarios, de lo ms pronto que tubiese el
maestro de la Cmara, se acord (a esta parte) que el dicho Diego
Velzquez ajuste sus cuentas y el Contralor y Maestro de la Cmara
ajusten el dinero que le tienen dado y traigan relacin de ello desde
que sirve el oficio, y Velzquez las cuentas de ordinarios y que se le
entreguen los diez mil reales que dice al maestro de la Cmara tiene
prontos para este oficio. De que doy aviso a V. M. para que, por lo que
le toca, tenga cumplimiento el referido acuerdo del Bureo. Guarde Dios a
V. M. muchos aos como deseo. Madrid y Noviembre 19 de 1659
aos.--Gaspar de Fuensalida.--Seor Contralor.




_Carta escrita por Velzquez en Valladolid al volver de la jornada a la
frontera de Francia._


Seor mo: holgar mucho halle esta a V. m. con la buena salud que le
desseo y asimismo a mi seora doa Mara. Yo S.r llegu a esta Corte
sbado a el amanecer 26 de Junio cansado de caminar de noche y trabajar
de da, pero con salud, y gracias a Dios hall mi casa con ella. S. m.
lleg el mismo da y la Reyna le sali a recibir a La casa del Campo y
desde all fueron a n. S. de Atocha. La Reyna esta muy linda y el
prncipe n. S.r El mircoles pasado hubo toros en la plaza mayor,
pero sin cavalleros, con que fue una fiesta simple y nos acordamos de la
de Valladolid. V. m. me avise de su salud y de la de mi seora doa
Mara, y me mande en que le sirva, que siempre me tendr muy suio; a el
amigo Toms de Pea de V. m. de mi parte muchos recados, que como io
andube tan ocupado y me bine tan de prisa no le pude ver. Por ac no ay
cosa de que poder abisar a V. m., sino que Dios me le g.de muchos
aos como desseo.

M.d y Jullio 3 de 1660.

d. V. m.,
q. s. m. b.,
DIEGO DE SILVA
VELZQUEZ

S.r Diego Valentn Daz.




_Partidas de defuncin de Velzquez y de doa Juana Pacheco, su muger._


Partida.--En siete de Agosto de mil y seis cientos sesenta muri en esta
parroquia de San Juan Bautista de Madrid D. Diego Velzquez, caballero
de la Orden de Santiago y aposentador de S. M. Recibi los Santos
Sacramentos, y dej poder para testar a doa Juana Pacheco, su mujer, y
a D. Gaspar de Fuensalida, y a cada uno in solidum, ante..... Escribano
de S. M., que asiste.... Enterrose en la bveda de dicha Iglesia, y
dieron de sepultura, pao y tumba 3.200.

Partida.--En catorce de Agosto de mil y seis cientos sesenta muri en
esta parroquia de San Juan Bautista de Madrid (habiendo recibido los
Santos Sacramentos) doa Juana Pacheco, mujer que fue de D. Diego de
Silva Velzquez, caballero del hbito de Santiago y aposentador de S.
M., que viva en casa del Tesoro. Otorg poder para testar ante.....
Escribano.....




_Memoria de lo que se encontr en el cuarto del Prncipe por muerte de
Diego Velzquez._


En Palacio, en el quarto del Prncipe nro. seor (que est en el cielo),
a diez de Agosto de mil seiscientos y sesenta, el seor Don francisco de
Contreras y Rojas, aposentador de Palaio, de orden de su Mg.d el Rey
nuestro S.r abri la piea de la galera del dho. quarto, y en
presencia de D. Gaspar de Fuensalida, Grefier de el Rey nuestro seor y
testamentario de Diego de Silva Velzquez que fue aposentador de
Palacio; estando tambin presentes Juan Baptista de Mao, yerno del dho.
Diego Velzquez, se reconoieron los papeles que se hallaron de quentas
de la furriera, alegajados y sueltos, y otros que aua de obras
particulares; los quales se quedaron en la misma piea hasta que se tome
orden de quien sean de entregar.

Alajas de S. M.

Hallose vna estatua o medalla, medio cuerpo de brone, del S.r Rey
Don Phelipe segundo, con una peaa triangulada con tres guilas.

Vn xpto formado de barro coido, con dos ngeles que es el
descendimiento de la cruz.

Catore colgaduras de marcos de bronce dorado, formadas con cada dos
bichas.

Vna pintura del basan[98] con diferentes ganados: tiene dos baras y
tres quartas de largo, y dos baras de alto, poco ms o menos.

Vn quadro de san Seuastian de Joseph de Riuera, de dos baras y dos
tercias de largo, y dos baras de alto.

Vn quadro de la fee, de Tiiano, de dos baras y media de largo y dos de
alto.

Dos quadros iguales, de Josef de Riuera de Job y San Gernimo, de dos
baras de largo poco ms o menos.

Vn quadro de san Seuastian, con su marco dorado, de tres quartas de
alto.

Vn Retrato del Rey de Francia que oy es[99], medio cuerpo, con su marco
dorado.

Vn quadro en tabla, de tres quartas de alto y bara y quarta de tendido,
pintado nra. seora, el nio y algunos santos.

Vna cabea de un hombre, baiada de era.

Dos cajones de madera con unas plantas de papel de la Villa de Madrid.

Vn cupidito de marmol sobre una almohada.

Vn Retrato de la S.ra Infanta Reyna de vngra.

Seis marcos de uano verde, ondeados, de bara y tercia de largo.

Otros dos marcos dorados, pequeos.

Vna peaa de caoba y uano.

Ocho pies de yerro de morillos, forma de culebras.

Vna medalla de brone del seor don Juan de Austria, medio cuerpo, sobre
vna peaa de piedra negra.

Vn relox de luz con vna nuestra seora metida en una guirnalda de
flores.

Medio bufete sin pies, de prfido, ochavado.

En el Camarinete de la torre que corresponde al oratorio, se all:

Vn descendimiento de la cruz, de brone con su peaa de uano, y la cruz
de uano con su letrero.

Vn Relicatorio de christal con una anuniata de oro y esmalte, metido en
una caja aul de teriopelo.

Vn retrato del griego[100], de una cauea de un clrigo.

Vn retrato del griego, medio cuerpo, de vna muger.

Otro del mismo, de vn viejo, antiguo.

Vna cauea de una vernica en una sauana.

Dos antojos de larga vista, con los cauos de marfil, en sus cajas
carmesis.

Vna caja con unas frutas de era.

Tres quadrillos ochauados, pequeos, con sus marquillos dorados.

Tres antojos de larga vista, los dos en pergamino, y el otro colorado
con cabos de marfil.

Vn cuerno de bada con un pieeillo de plata.

Vn relicario con dos ngeles de plata sobre una peaa de bano, con vn
quadrillo de box donde esta tallada la degollain de los Inocentes.

Vn marco de un espejo, quebrado.

Vn modelo de Iglesia, en forma de Cruz, de madera.

Entrose en una piea, que era la librera de S. A. y se hall, cantidad
de Tablas de tablas (sic) desechas de cajas.

En otro transito pequeo, como se entra en la Galera a mano derecha,
se allaron diferentes marcos y bastidores y tablas, todo de poca
importancia, y con esto un marco negro de espejo sin luna.

Mas se allaron dos bolas aobadas de bronce con unos cordones.

Dos compases grandes de yerro, uno mayor que otro.

Vn mapa arrollado.

En vn arca se allaron los cordones con borlas que vinieron de Italia,
con los espejos que embi el Conde de Castrillo.

Vn marco dorado grande.

Tragaronse del pasadio vna lamina de vna quarta de alto, de vn S.to
de la orden de S.n Francisco, otra lamina de un salbador, de una
quarta de alto.

Otra lamina en vitela, de la visitacin de S.ta Isauel.

Vn Pastorbonus.

Vn Saluador en vitela con las manos sobre vn mundo.

Vn Francisco Xauier, en lamina.

Vna relixiosa de la orden de S.t Yago, en lamina.

Las quales siete laminas, con sus marcos negros, quedaron en el q.to
del Prncipe.

Abriose un cubillo en la escalera que baja a la Secretara del despacho,
y se all en l vn retrato arrollado de la Reyna madre de frania.

Otro retrato del seor emperador.

Vna cabea de vna ynglesa, de Diego Velzquez.

Vn espejo de media vara de alto, con marco de bano y marfil.

Vn retrato de una cauea del Rey de frania siendo nio.

Vn marquillo de bano, de media bara.

Vna estatua pequea de brone, con un nio y ancoras, sobre vn pedestal
de bano.

Vna pintura de la Mag.na, que se arrolla, y tiene nio.

Dos aras de prfido, de media bara.

Tres marcos de bano.

Dos guarniciones de faroles de bronce, dorados, sin bidros.

Deferentes llaues, sin sauer de donde son.

Vnos tracos de trucos.

Vn lbro Grande de a folio, de plantas de edifiios.

Dos adornos de pintura con dos leones y un castillo.

Vna cauea de vn nio, de marmol.

Es copia de la memoria que se hio de lo que se all, en el quarto del
Prncipe nro Sr, que eran alhajas de su Mg.d, hallndose presentes
el dho D. Fran.co, de Rojas, aposentador, Juan Baup. del Mazo, yerno
de Diego de Silua Velzquez, aposentador que fue, y por cuya muerte
estauan en dicho quarto para diferentes disposiciones; y entre otras
alajas del mismo Diego Velzquez, que se reconoieron y apartaron, y las
tocantes a Su Mag.d, quedaron a cargo del dho don Fran.co de
Rojas, y pas en mi presencia, y as lo ertifico, en M.d a veinte y
nueve de Septt.e de mil y seiscientos y sesenta y un aos.

GASPAR DE FUENSALIDA.

(Arch. de Palacio. Felipe IV. Casa. Leg. 118).


CATALOGO

DE LAS

OBRAS AUTNTICAS QUE SE CONSERVAN DE VELZQUEZ

CON EXPRESIN DE DONDE SE HALLAN Y QUIN LAS POSE


Al redactar este catalogo he tenido presente el publicado por Beruete,
cuyos juicios acerca de la autenticidad de algunas obras, aqu no
incluidas, son verdaderamente notables.

    EN MADRID

    Museo del Prado.

    La Adoracin de los Reyes, nm. 1.054.
    Busto de hombre desconocido, nm. 1.103.
    Busto de Felipe IV, nm. 1.071.
    Felipe IV en pie, nm. 1.070.
    El Infante D. Carlos, nm. 1.073.
    Retrato de doa Juana Pacheco, nm. 1.086.
    Los Borrachos, nm. 1.058.
    Paisaje de la Villa Mdicis, nm. 1.106.
    Paisaje de la Villa Mdicis, nm. 1.107.
    La Fragua de Vulcano, nm. 1.059.
    Retrato de la Infanta doa Mara, nm. 1.072.
    Pablillos de Valladolid, nm. 1.092.
    Retrato ecuestre del Prncipe D. Baltasar Carlos, nm. 1.068.
    Retrato de Felipe IV, nm. 1.066.
    Idem de la Reina doa Isabel de Borbn, nm. 1.067
    Idem del Conde-Duque de Olivares, nm. 1.069.
    Idem de Felipe III, nm. 1.064.
    Idem de la Reina doa Margarita de Austria, nmero 1.065.
    Retrato de Felipe IV en traje de caza, nm. 1.074.
    Idem del Prncipe D. Baltasar Carlos, nm. 1.076.
    Retrato del Conde de Benavente, nm. 1.090.
    Cristo crucificado, nm. 1.055.
    Retrato del Infante D. Fernando en traje de caza, nm. 1.075.
    La rendicin de Breda, nm. 1.060.
    Retrato de El Primo, nm. 1.095.
    Vista de Zaragoza, nm. 788.
    Retrato de Martnez Montas, nm. 1.091.
    Busto de Felipe IV, nm. 1.080.
    La Coronacin de la Virgen, nm. 1.056.
    Marte, nm. 1.002.
    Mercurio y Argos, nm. 1.063.
    Don Sebastin de Morra, nm. 1.096.
    El Nio de Vallecas, nm. 1.098.
    El Bobo de Coria, nm. 1,099.
    Don Juan de Austria, nm. 1.094.
    Las Hilanderas, nm. 1.061.
    Las Meninas, nm. 1.062.
    Retrato de la Reina doa Mariana de Austria, nmero 1.079.
    Repeticin del anterior, nm. 1.078,
    Esopo, nm. 1.100.
    Menipo, nm. 1.101.
    Don Antonio El Ingls, nm. 1.097.
    Retrato de la Infanta doa Margarita, nm. 1.084.
    Visita de San Antonio Abad a San Pablo, nmero 1.057.


    De propiedad particular.

    El Vendimiador. (D. Leandro Alvear).
    San Pedro. (D. A. de Beruete).
    Retrato de Don Diego de Corral. (Duquesa de Villahermosa).


    EN SEVILLA

    La Virgen entregando una casulla a San Ildefonso. (Palacio Arzobispal).
    Cristo y los peregrinos de Emaus. (Sra. Viuda de Garzn).


    EN VALENCIA

    Retrato de Velzquez. (Museo Provincial).


    EN EL ESCORIAL

    La Tnica de Jos.


    EN INGLATERRA

    Galera nacional de Londres.

    Cristo en casa de Marta.
    Retrato en pie de Felipe IV.
    Cristo atado a la columna.
    Cacera del Hoyo.
    Busto de Felipe IV.


    De propiedad particular.

    Los Dos muchachos. (Duque de Wellington).
    El Aguador de Sevilla. (Duque de Wellington).
    Busto de personaje desconocido. (Duque de Wellington).
    La Vieja friendo huevos. (Sir Francia Cook).
    Retrato del Conde-Duque de Olivares. (M. Holford).
    Retrato del Prncipe Don Baltasar Carlos con un enano.
    (Conde de Carlisle).
    Retrato de Juan de Pareja. (Conde de Radnor).
    La Venus del Espejo. (Coleccin Morritt).


    AUSTRIA

    Museo Imperial de Viena.

    Retrato de medio cuerpo de Felipe IV.
    Idem de su primera mujer doa Isabel de Borbn.
    Retrato en pie del Prncipe Don Baltasar Carlos.
    Retrato de medio cuerpo de doa Mariana de Austria, segunda mujer de
    Felipe IV.
    Retrato de la Infanta doa Margarita, hija de Felipe IV.
    Retrato de la misma.
    Retrato del Prncipe Felipe Prspero, hijo de Felipe IV.


    EN FRANCIA

    Museo del Louvre.

    Busto de la Reina doa Mariana de Austria.
    Retrato de la Infanta doa Margarita.

    Museo de Rouen.

    El Gegrafo.


    EN ROMA

    Retrato de Inocencio X. (Galera Doria).
    Retrato de Velzquez. (Museo Capitolino).


    SAN PETERSBURGO

    Busto de Inocencio X.
    Busto del Conde-Duque de Olivares. (Museo del Ermitage).


    DRESDE

    Retrato de Juan Mateos.
    Busto de un desconocido.


    MDENA

    Retrato del Duque de Mdena.


    MUNICH

    Retrato de joven desconocido. (Pinacoteca).


    FRANCFORT

    Retrato de la Infanta doa Margarita. (Instituto Stdel).




    CUADROS PERDIDOS


    _La Cena_ (copia del Tintoretto).
    _La Expulsin de los moriscos._
    _Venus y Adonis._
    _Psiquis y Cupido._
    _Apolo desollando a un stiro._
    _Retrato ecuestre de Felipe IV._
    _Un caballo_.
    _Otro bayo._
    _Un jinete._
    _Otro._
    _Retrato de un prncipe._
    _Retrato de Ochoa, portero de Palacio._
    _Retrato de Crdenas, el bufn toreador._
    _Calabacillas, bufn._
    _Velasquillo, bufn._
    _Dos retratos_.
    _Catorce cabezas en ocho lienzos._
    _Montera de lobos._
    _Felipe IV cazando jabales._
    _Una cornamenta de ciervo._
    _Un pelcano y otros pjaros._
    _Interior de la Iglesia de San Jernimo._
    _El saln dorado._
    _Una cabeza de una inglesa._


BOCETOS, DIBUJOS Y GRABADOS


No se conservan _bocetos_ que puedan indudablemente considerarse de
Velzquez aunque los escritores extranjeros mencionen muchos y los
coleccionistas pretendan poseerlos. La carencia casi total de apuntes,
manchas de color y estudios previos, permiten creer que en los mismos
lienzos planeaba y modificaba lo que quera.

Respecto de los retratos ya hemos indicado que al ejecutar algunos de
empeo sola antes adiestrarse en una cabeza; las de la Infanta doa
Mara y el Duque de Mdena, parecen resultado de esta preparacin, y con
el mismo propsito pint la de Juan de Pareja antes de retratar a
Inocencio X.

Los _dibujos_ originales de Velzquez son rarsimos. Sin citar los
catalogados como tales en Londres, Pars y Viena, de los cuales dos o
tres parecen suyos, hay uno en la Biblioteca Nacional de Madrid, que
representa, visto de espaldas, un page que pudiera ser el que en _Las
Lanzas_ tiene por la brida el caballo de Spinola, y otro de un hombre
con capa en la Academia de San Fernando. En el Instituto de Jovellanos
de Gijn, hay varios: los principales son una carroza con dos caballos
vista por la zaga, hecho a pluma, y un apunte con lpiz rojo para la
figura del _Marte_.

_Grabados_ de mano de Velzquez, no se conocen ms que dos. Uno al agua
fuerte retocado con buril y otro a punta seca.

Ambos son retrato del Conde-Duque: el primero esta en el Museo de
Berln, y el segundo, que tiene marcado aspecto de lamina hecha para
libro, en la Biblioteca Nacional de Madrid.




_BIBLIOGRAFIA._


_Don Juan de Butrn._--Discursos apologticos en que se defiende la
ingenuidad del arte de la pintura.--Madrid, MDCXXVI.

_Memorial informatorio_ por los pintores en el pleyto que tratan con el
Seor Fiscal de su Magestad en el Real Consejo de Hacienda sobre la
exempcin del arte de la pintura.--Madrid, por Juan Gonzalez, ao 1629.

_Vicente Carducho._--Dialogos de la pintura.--Madrid, 1633.

_Francisco Pacheco._--Arte de la pintura, su antigedad y
grandeza.--Sevilla, 1649.

_Espinosa y Malo (Don Lucio)._--El pincel cuyas glorias
describa...--Madrid, MDCLXXXI.

_Palomino de Castro (Don Antonio)._--El museo pictrico y escala ptica:
El parnaso espaol pintoresco laureado.--Madrid, 1715, 1724.

_Don Antonio Ponz._--Viaje de Espaa.--Madrid, 18 tomos, 1772 a 1794.

_Cean Bermdez._--Diccionario histrico de los ms ilustres profesores
de las bellas artes en Espaa.--Madrid, 1800.

Noticia de los cuadros que se hallan colocados en la galera del Museo
del Rey, Nuestro Seor, sito en el Prado de esta corte.--Con real
licencia.--Madrid, 1828.

_Jusepe Martnez._--Discursos practicables del nobilsimo arte de la
pintura.--Madrid, 1866.

_Asensio y Toledo (Jos M.)_--Francisco Pacheco, sus obras artsticas y
literarias.--Sevilla, 1867.

_Pedro de Madrazo._--Discurso pronunciado en la Academia de San Fernando
en 20 de Noviembre de 1870.--Madrid, 1870.

_Zarco del Valle._--Coleccin de documentos inditos para la historia de
Espaa, tomo LV.--Madrid, 1870.

_Pedro de Madrazo._--Catalogo descriptivo e histrico del Museo del
Prado.--Madrid, 1872.

_Cruzada Villanal (Gregorio)._--Rubens diplomtico espaol.--Madrid,
1874.

_Araujo Snchez (Ceferino)._--Los museos de Espaa.--Madrid, 1875.

_Asensio y Toledo (Jos M.)._--Pacheco y sus obras.--Sevilla, 1876.

_Pedro de Madrazo._--Quelques Velzquez du muse de Madrid.
L'art.--Pars, 1878.

_Pedro de Madrazo._--Viaje artstico de tres siglos por las colecciones
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_Cruzada Villamil (Gregorio)_[101].--Anales de la vida y de las obras de
Diego de Silva Velzquez, escritos con ayuda de nuevos
documentos.--Madrid, 1885.

_Rodrguez Villa (Antonio)._--La corte y la monarqua de Espaa en los
aos 1636 y 37.--Madrid, 1886.

_Menndez y Pelayo (M.)._--Historia de las ideas estticas, en
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_Conde de la Viaza._--Adiciones al diccionario histrico de Cean
Bermdez.--Madrid, 1894.

_Aarseens de Somerdyck._--Voyage d'Espagne curieux historique et
politique.--Pars, MDCLXV.

_Stirling (William)._--Velzquez et ses oeuvres. Traduit par Q. Brunet
avec des notes et catalogue des tableaux de Velzquez, par W.
Brger.--Pars, 1865.

_Barn Ch. Davillier._--Mmoire de Velzquez.--Pars, 1874.

_Charles Blanc._--Histoire des peintres de toutes les coles.--Pars.

_W. Brger (Thor)._--Tresors d'Art en Angleterre.--Pars, 1865.

_Stirling (W.)._--Annals of the artists of Spain.--Londres, 1848.

_Curtis (Ch. B.)._--Velzquez and Murillo, a descriptive and historial
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_Lefort (Paul)._--Velzquez, Pars, 1888.

_Justi (Carl)._--Diego Velzquez, and his times.--Londres, 1889.

_Emile Michel._--tudes sur l'histoire de l'art.--Pars, 1895.

_Stevenson R. A. M._--The art of Velzquez.--Londres, 1895.

_Walter Armstrong._--Velzquez. A study of his life and art.--Londres,
1897.

_Beruete (A. de)._--Velzquez, prface de M. L. Bonnat, illustrations
par Braun, Clement et C.e--Pars, 1898.

       *       *       *       *       *

     _Acabose la impresin de este libro
           en Madrid, en la imprenta
            de Ricardo F, Olmo, 4,
              el da 6 de Junio
                  del ao
                   1899.
              Los fotograbados
         estn hechos en los talleres
            de Blanco y Negro._

       *       *       *       *       *


NOTAS:

[1] _Obras del maestro Fernn Prez de Oliva._ Segunda edicin. Madrid,
1787.

[2] _El P. Jos de Acosta y su importancia en la literatura cientfica
espaola_, por D. Jos Carracido. Madrid, 1899.

[3] _Apuntes para una biblioteca cientfico-espaola del siglo XVI_, por
D. Felipe Picatoste. Madrid, 1891.--_Estudios sobre la grandeza y
decadencia de Espaa_, por el mismo. Madrid, 1887.

[4] Andrs Bernaldez.--_Historia de los Reyes Catlicos_. A. A. E. E. de
Rivadeneyra. Tomo LXX, pag. 723.

[5] Menndez Pelayo.--_Antologa de poetas lricos castellanos_. Tomo
VI. Madrid, 1896.

[6] Pedro de Madrazo.--_Viaje artstico de tres siglos por las
colecciones de cuadros de los reyes de Espaa_. Barcelona, 1884.

[7] Entre otros Vicencio Carducho.--_Dialogos de la pintura._ Madrid;
por Francisco Martnez, 1633.

[8] Fray Joseph de Jess Mara de la Orden de los descalzos de la Virgen
Mara del Monte Carmelo. _Primera parte de las excelencias de la virtud
de la castidad._--Alcal; por la Viuda de Juan Gracin, ao 1601.

[9] _Discursos apologticos en que se defiende la ingenuidad del arte de
la pintura_, por D. Juan de Butrn. Madrid, por Luis Snchez, MDCXXVI.

[10] _Discursos practicables del nobilsimo arte de pintura, sus
rudimentos_, etc., etc., por Jusepe Martnez. Obra publicada por la
Academia de San Fernando, con notas y la vida del autor, por don
Valentn Carderera. Madrid, 1866.

[11] _El pintor cristiano y erudito, o tratado de los errores que suelen
cometerse frecuentemente en pintar y esculpir las imgenes sagradas_,
libro escrito en latn por Fray Juan Interian de Ayala, y traducido al
castellano por D. Luis de Duran y Bastero. Madrid, Ibarra, MDCCLXXXII.

[12] Aunque esto carezca hoy de importancia, como detalle curioso dir
que la familia de los Velzquez traa por armas trece roeles azules en
campo de plata, y por orla ocho aspas de oro en campo rojo. As consta
en un manuscrito indito titulado _Origen e ilustracin del nobilsimo
arte de la pintura_, por don Lzaro Daz del Valle, en 1656.

[13] _Pacheco y sus obras._ Un tomo en 8. menor. Sevilla,
1876.--_Francisco Pacheco: sus obras artsticas y literarias._ Un tomo
en folio. Sevilla, 1886. Ambas por Don Jos Mara Asensio. Este mismo
erudito ha reproducido el _Libro de descripcin de verdaderos retratos_
al cual acompaa y sirve de gua el segundo de los volmenes citados.

[14] Pacheco. _Arte de la Pintura, su antigedad y grandezas._ Sevilla.
Simn Faxardo, 1649. Libro III. Captulo 8.

[15] _El Museo pictrico y escala ptica_, por don Antonio Palomino de
Castro y Velasco. Dos tomos en folio. Madrid, 1715 y 1724.

[16] Coleccin Cook. Richmond Hill.

[17] Idem del duque de Wellington. Apsley House.

[18] Propiedad de don L. Alvear. Madrid.

[19] Museo del Prado. Madrid, nm. 1.103 del catalogo.

[20] A. de Beruete.--_Velzquez._ Pars. Librairie Renouard, 1898.

[21] Galera Nacional. Londres.

[22] Sevilla; de propiedad particular.

[23] Madrid; dem de Aureliano de Beruete.

[24] Palacio arzobispal de Sevilla.

[25] Muri en 1625.

[26] _Arte de la pintura_, lib. I. cap. VIII.

[27] _Arte de la pintura_, lib. I, cap. VII.

[28] Don Fernando, hermano de Felipe IV: naci en El Escorial en 1609.
Hecho Cardenal por Paulo V en 1619. Muri en 1641.

[29] El entonces Prncipe de Gales, despus Carlos I, haba venido a
Madrid para procurar su boda con la infanta doa Mara, hermana de
Felipe IV.

[30] Hermano segundognito de Felipe IV. Naci en 1607; muri en 1632.

[31] _Dialogos de la pintura, su defensa, origen, esencia, definicin,
modos y diferencias_..., por Vicencio Carducho. Por Francisco Martnez,
ao de 1633.

[32] Nmero 470.

[33] _Documentos inditos para la Historia de Espaa_, publicados por el
Sr. D. M. R. Zarco del Valle, tomo LV. Madrid, 1870.

[34] _Rubens diplomtico espaol_, por G. Cruzada Villaamil. Madrid,
1874.

[35] Pacheco. _Arte de la pintura._ Libro I. Cap. VIII.

[36] _Observaciones sobre particularidades de la poesa espaola_, por
don Adolfo de Castro. Prlogo al tomo XLII de los AA. EE. de
Rivadeneyra.

[37] _Cortada_: lo mismo que grabada.

[38] No se puede afirmar lo mismo del nm. 1.108, que ya a don Pedro de
Madrazo le pareci obscurecido por la imprimacin roja de la tela y
acaso pintado en Madrid.

[39] Nmero 413.

[40] Jusepe Martnez. _Dialogos practicables del arte de la pintura._

[41] _Diccionario histrico de los ms ilustres profesores de Bellas
Artes en Espaa._ Madrid, 1800.--Tomo IV, pag. 188.

[42] Cruzada Villaamil y don Pedro de Madrazo, dicen que el primero de
ambos retratos es el que esta hoy en la Galera Pitti de Florencia.
Beruete lo considera copia.

[43] Entre estos ltimos son conocidos D. Juan de Austria; don Francisco
de Austria, que muri de edad de ocho aos; doa Margarita, monja en la
Encarnacin de Madrid; D. Alfonso de Santo Toms, obispo de Mlaga; D.
Fernando de Valds, general de artillera; D. Alonso de San Martn,
obispo de Oviedo, y D. Juan Corso, que con el nombre de Juan del
Sacramento se hizo clebre predicador.--Picatoste: _Estudios sobre la
grandeza y decadencia de Espaa_, parte tercera.

[44] Vase VELZQUEZ, por A. de Beruete. Paris. Renouard, 1898.

[45] La reina tom parte en las conjuras contra Olivares. Cierto
da--refiere un historiador--cogiendo en brazos al prncipe Baltasar se
lo present al rey llorando y dicindole: Este es vuestro hijo; si la
monarqua ha de seguir gobernada por el ministro que la esta perdiendo,
pronto le veris reducido a la condicin ms miserable.

[46] Del Conde-Duque se conservan adems los retratos siguientes: uno en
pie con traje de corte, la cruz de Alcantara y cadena de oro al cuello,
propiedad de Mr. Horford, en Londres, que procede de la casa de
Altamira, y en opinin de Justi y Raimundo de Madrazo es autntico.
Otro, repeticin del anterior, propiedad de Mr. Eduard Huth. Otro, en
busto, en la Galera Real de Dresde. Y otro en el Museo de San
Petersburgo que Justi ha calificado de copia. (Vase _Velzquez_, por A.
de Beruete. Pars, 1898).

[47] Tomo IV. Madrid, 1770.

[48] Puede verse reproducido al frente de la traduccin inglesa de la
_Vida del gran tacao_, con dibujos de Vierge, titulada _Pablo de
Segovia, the Spanish Sharper_. Un tomo en folio. T. Fisher Auwin.
Londres, 1892.

[49] La Corte y la Monarqua de Espaa en los aos de 1636 y 37, por
Antonio Rodrguez Villa. Madrid, 1886.

[50] En el catalogo extenso del Museo de Versalles. Pars, 3 tomos,
1861, figura un retrato pequeo (3.386) de la duquesa de Chevreuse, por
Mlle. de Bresson, con una nota que dice estar tomado de otro original
perteneciente a la antigua coleccin Montpensier del castillo de Eu.
Ignoro si este original tiene algo que ver con el de Velzquez.

[51] Madrazo hace constar que el Sr. Gayangos, fundndose en las
relaciones de la Chevreuse con principales familias inglesas y en sus
frecuentes viajes a Londres, dice que era entre muchos espaoles tenida
por inglesa, y que acaso fuera el suyo aquel retrato que a la muerte de
Velzquez se hall en su obrador del cuarto del prncipe y se inventari
como _cabeza de una inglesa_.

[52] Algunos crticos, entre ellos Justi, ponen en dada que sea de
Velzquez.

A esta poca corresponde tambin un cuadro que Palomino vio en casa del
marqus de Liche, donde el prncipe Baltasar Carlos aprenda a montar
enseado por su caballerizo el Conde-Duque, mientras el rey y la reina
le miraban desde un balcn del picadero.

[53] Tiene el cuadro en la parte inferior, a la derecha, una inscripcin
latina, segn la cual fue concluido en 1647; lo cual corrobora la
creencia de que Velzquez hiciera las figuras en Madrid, al volver del
viaje.--Nmero 788 del Museo del Prado.

[54] _Voyage d'Espagne curieux historique et politique fait en l'Anne
1655, dedi  son Altesse Royale Mademoiselle._--Pars, cher Charles de
Sercy, MDCLXV. En 4., pag. 39.

[55] _Relaciones histricas de los siglos XVI y XVII_, publicadas por la
Sociedad de biblifilos espaoles.--Madrid, 1896.

[56] _Memorial informatorio por los pintores en el pleyto que tratan con
el seor Fiscal de Su Majestad en el Real Consejo de Hacienda sobre la
exencin del arte de la pintura._ En Madrid, por Juan Gonzalez. Ao de
1629. En 8.--Carducho public estos informes al imprimir sus _Dialogos_
cuatro aos despus.

[57] _La Corte y la Monarqua de Espaa en los aos de 1636 y 37, con
curiosos documentos sobre corridas de toros en los siglos XVII y XVIII_,
por Antonio Rodrguez Villa. Madrid, 1886.

[58] _Viage de la Serensima Reyna doa Mara Ana de Austria, segunda
muger de D. Phelipe Quarto deste nombre, Rey Catholico de Hespaa hasta
la Real Corte de Madrid desde la Imperial de Viena_, etc., etc., por don
Hieronimo Mascareas. Madrid, 1650. En 8.

[59] No creo que se haya estudiado y puesto en claro la verdadera
condicin legal de los muchos esclavos que haba en Espaa durante
aquella poca. Figuran esclavos y esclavas en las comedias y novelas y
en multitud de papeles. En los _Documentos Cervantinos_, publicados por
D. Cristbal Prez Pastor, Madrid, 1897, se citan varios, y este mismo
erudito ha descubierto recientemente, no slo una escritura de compra de
esclavo hecha por el famoso impresor Luis Snchez, sino indicios de que
los monarcas catlicos convertan en origen de renta la tolerancia de la
esclavitud.

[60] Nmero 935 del Catalogo.

[61] La que se reproduce en este libro.

[62] Dicen as los versos:

      _Don Diego replich con tal maniera:_
    _a Venecia si trova el bon, e'l belo:_
    _mi, dago el primo liogo a quel penelo;_
    _Tixian x quel che porta la bandiera._

Marco Boschini. _La carta del Navegar Pittoresco._ Venecia, 1660, en
4.^{o.}

[63] La minuta de esta carta esta en el Archivo de Simancas. (Simancas,
Est., Leg. 2.724).--Cruzada Villamil.--_Anales de la vida y de las obras
de Diego de Silva Velzquez._--Madrid, 1885.

[64] Nmero 526 del Catalogo del Museo del Prado.

[65] Nmero 415 del mismo.

[66] Nmero 428 del mismo.

[67] _Coleccin de documentos inditos para la Historia de Espaa_, por
M. R. Zarco del Valle.--Madrid, 1870.

[68] _Memoria de las pinturas que la Majestad Catholica del Rey Nuestro
Seor D. Philippe IV embia al Monasterio de San Laurencio el Real del
Escorial este ano de MDCLVI, descriptas y colocadas por D. Diego de
Sylva Velzquez, caballero del Orden de Santiago, Ayuda de Cmara de su
Majestad, Aposentador Mayor de su Imperial Palacio, Ayuda de la Guarda
Ropa, Ugier de Cmara, Superintendente extraordinario de las obras
reales, y pintor de Cmara, Apeles de este siglo. La ofrece, dedica y
consagra a la posteridad D. Ivan de Alfaro. Impressa en Roma, en la
officina de Ludovico Grignano, ao de MDCLVIII._ En 8..

[69] Memorias de la Academia Espaola. Tomo III. 1872.

[70] _Mmoire de Velzquez sur quarante et un tableaux envoys par
Philippe IV a l'Escurial, Reimpression de l'exemplaire unique (1658)
avec introdution traduction et notes par le Baron Ch. Davillier et un
portrait de Velzquez grav  l'eau forte par Fortuny._ Paris. Cher
Auguste Aubry, M.DCCCLXXIV. En 4..

[71] Nmero 1.080 del Catalogo.

[72] Nmero 1.735 del Catalogo.

[73] Nmero 617 del Catalogo.

[74] Nmero 1.078 y 1.079 del Catalogo.

[75] Nmero 615 del Catalogo.

[76] Nmero 619 del Catalogo.

[77] Nmero 1.731 del Catalogo.

[78] _Noticia de los cuadros que se hallan colocados en la Galera del
Museo del Rey Nuestro Seor, sito en el Prado de esta Corte._ Con Real
licencia. Madrid, 1828.

[79] Entre los retratos de esta poca, atribuidos a Velzquez, que se
conservan en Viena, y cuya autenticidad puede ponerse en tela de juicio,
se citan: uno de la Infanta Margarita, repeticin del nmero 1.084 del
Catalogo de Madrid; otro de la misma, con traje verde; dos de la Reina
doa Mariana; uno repeticin del de los dos relojes, y otro ms pequeo.
Tampoco son de Velzquez, aunque se pretenda lo contrario, los
designados con los nmeros 1.081, 1.082 y 1.083 de nuestro Museo del
Prado, que respectivamente representan de cuerpo entero y tamao natural
a Felipe IV y la Reina doa Mariana orando, y al Prncipe Baltasar
Carlos en traje negro de Corte, siendo acaso este ltimo la mejor obra
de Mazo.

[80] Nmero 1.483 del Catalogo.

[81] _Viaje de Espaa._ Tomo VI. Madrid, 1776.

[82] Nmero 1.063 del Catalogo del Museo del Prado.

[83] Nmero 1.102 del Catalogo del Museo del Prado.

[84] _Viaje de Espaa._ Tomo V. Madrid, 1776.

[85] Emile Michel: _Etudes sur l'histoire de l'art_. Pars, 1895.

[86] Nmero 1.101 del Catalogo del Museo del Prado.

[87] Nmero 1.100 del Catalogo del Museo del Prado.

[88] Nmero 1.061 del Catalogo del Museo del Prado.

[89] Nmero 1.062 del Catalogo del Museo del Prado.

[90] Pacheco: _Arte de la Pintura_, lib. I, cap. VIII.

[91] Reproducido en este libro.

[92] Nmero 1.056 del Museo del Prado.

[93] Nmero 1.057 del Museo del Prado.

[94] _Viage del Rey don Felipe quarto a la frontera de Francia.
Funciones reales del Desposorio, y entrega de la Serenissiama Seora
Infanta de Espaa doa Mara Teresa de Austria. Vistas de Sus Magestades
Catlica y Christianisima, Seora Reyna Christianisima Madre, y Seor
Duque de Anjou. Solemne juramento de la paz, y sucesos de ida y buelta
de la jornada. En relacion diaria._ Por don Leonardo del Castillo.
Madrid, imprenta Real. MDCCLXVII. En 4.

[95] El Marqus de Malpica deca en su instancia: S. M. se sirva
mandarme lo que he de hacer en quanto a Diego Velzquez, pues
sabindolo, excusar debatir con l que es lo que siempre he deseado
rehusar y lo conseguir por este camino. El Rey contest de su puo:
Diego Velzquez os es sbdito y as os obedecera en todo, y en lo que
toca esta obra de la alcoba se podr hacer en la conformidad que
estuviere ajustado con Pedro de la Pea.

[96] Nmero 935 del Museo del Prado.

[97] Inserta en la pagina 47.

[98] Basano.

[99] Luis XIV.

[100] El Greco, Dominico Theotocpuli.

[101] Esta obra no lleg a ponerse en venta.

       *       *       *       *       *


OBRAS DEL MISMO AUTOR


                                               Pesetas.

APUNTES PARA LA HISTORIA DE LA CARICATURA             2

LZARO (casi novela), segunda edicin                 3

DE EL TEATRO, (_Lo que debe ser el drama_).--Memoria
leda en el Ateneo de Madrid, segunda edicin.        1

LA HIJASTRA DEL AMOR (novela), tercera edicin        4

JUAN VULGAR (novela), tercera edicin                 3

EL ENEMIGO (novela), tercera edicin                  4

LA HONRADA (novela), con ilustraciones de Jos
L. Pellicer y Jos Cuchy                              4

DULCE Y SABROSA (novela)                              4

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Jacinto Octavio Picn

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that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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