The Project Gutenberg EBook of La invasin o El loco Ygof, by 
mile Erckmann and Alexandre Chatrian

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Title: La invasin o El loco Ygof

Author: mile Erckmann
        Alexandre Chatrian

Translator: J. Alvarez Pastor

Release Date: March 7, 2010 [EBook #31544]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Erckmann-Chatrian

LA INVASION O EL LOCO YEGOF

MCMXX

ES PROPIEDAD
Copyright by Calpe, Madrid, 1921.

Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAOLA




ERCKMANN-CHATRIAN

La invasin
o
El loco Ygof

NOVELA

La traduccin del francs ha
sido hecha por J. Alvarez Pastor

[Illustration]

MADRID, 1921

"Tipogrfica Renovacin" (C. A.). Larra, 6 y 8.--MADRID




_Erckmann-Chatrian es un nombre doble, formado con los apellidos de
Emilio Erckmann y Alejandro Chatrian. Ambos eran alsacianos. En 1847
conocironse, trabaron amistad y comenzaron una colaboracin ntima que
dur casi tanto como su vida. Numerossimas novelas han publicado, que
se cuentan entre las ms famosas y ledas de la literatura francesa en
el siglo XIX. Son las principales_: El amigo Fritz (1864), Madama Teresa
(1863), Cuentos de las orillas del Rin (1862), LA INVASIN O EL LOCO
YGOF (1862), Historia de un quinto de 1813 (1864), Waterlo (1865),
etc. _Han cultivado principalmente la nota campesina, popular, ingenua,
y la novela histrica con una visin tambin popular; los grandes
acontecimientos de la Revolucin francesa y del Imperio son descritos
desde el punto de vista peculiar, rstico, honradote, de un soldado
alsaciano, de una cantinera, de un campesino; pero con el inters
novelesco ms hondo y una rapidez e intensidad dramtica admirables.
Llevaron al teatro alguna de sus mejores novelas._




LA INVASION O EL LOCO YEGOF




EL LOCO YEGOF

EPISODIO DE LA INVASION




I


Si deseis conocer la historia de la gran invasin de 1814 tal como me
la ha referido el anciano cazador Frantz del Hengst, debis trasladaros
a la aldea de Charmes, en los Vosgos. Unas treinta casitas, con tejados
de madera cubiertos de obscuras siemprevivas, se alinean a lo largo del
Sarre; de ellas se ven los mojinetes llenos de yedra y de madreselvas
marchitas--pues ya se acerca el invierno--, las colmenas cerradas con
haces de paja, los jardinillos, las empalizadas y los setos que separan
unas viviendas de otras.

A la izquierda, en una elevada montaa, se alzan las ruinas del antiguo
castillo de Falkenstein, destruido, hace doscientos aos, por los
suecos. Del castillo no queda mas que un montn de escombros erizado de
zarzas; un antiguo camino de _schlitte_[1], de escalones desgastados,
asciende entre los abetos. A la derecha, en una pendiente, se divisa la
casera de El Encinar: un gran edificio con trojes, establos y
cobertizos, de tejados planos cargados con gruesas piedras para resistir
los vientos del Norte. Algunas vacas pastan entre los brezos y algunas
cabras sobre las rocas.

Todo all es tranquilo, silencioso.

Los nios, vestidos con pantalones de lienzo gris y con la cabeza y los
pies desnudos, se calientan alrededor de las hogueras que hacen en las
lindes de los bosques. Las espirales de humo azul se pierden en la
altura, en donde grandes nubes blancas y grises permanecen inmviles
sobre el valle. Detrs de las nubes se descubren las cimas ridas del
Grosmann y del Donon.

Pues bien; es preciso saber que la ltima casa de la aldea, cuyo tejado
de caballete se halla atravesado por dos claraboyas de cristales y cuya
planta baja se abre hacia una calle fangosa, perteneca en 1813 a Juan
Claudio Hullin, un antiguo voluntario del 92, a la sazn almadreero en
la aldea de Charmes y que gozaba de una gran consideracin entre los
serranos. Hullin era un hombre rechoncho y fornido, de ojos grises,
labios gruesos, nariz corta, con una hendedura en la punta, y pobladas
cejas canosas. Era de carcter alegre y carioso, y nunca poda negar
nada a su hija Luisa, una nia recogida en tiempos lejanos de entre esos
miserables _heimatshlos_--herreros, caldereros--sin casa ni hogar, que
van de pueblo en pueblo reparando sartenes, fundiendo cucharas y
componiendo la vajilla rota. Hullin consideraba a Luisa como hija
propia, y haba olvidado que perteneca a una raza extranjera.

Adems de este natural afecto, el buen hombre senta otros: amaba, en
primer trmino, a su prima, la anciana labradora que tena en arriendo
El Encinar, Catalina Lefvre, y a su hijo Gaspar, que haba entrado en
quinta aquel ao, un buen muchacho, novio de Luisa y cuyo regreso
esperaba la familia cuando la campaa terminase.

Hullin se acordaba siempre con entusiasmo de sus campaas de Sambre y
Mosa, de Italia y de Egipto. Pensaba a menudo en ellas, y muchas veces,
al caer la tarde, despus del trabajo, se diriga a la fbrica de
aserrar del Valtin, ese lbrego edificio, construido con troncos de
rboles sin desbastar, que podis ver all, al fondo del desfiladero.
Hullin se sentaba entre los leadores, los carboneros, los
_schlitteros_, frente a un gran fuego hecho con serrn, y mientras
giraba la pesada rueda, retumbaba la presa y rechinaba la sierra, l,
con el codo apoyado en la rodilla y la pipa en los labios, hablaba a
aquella buena gente de Hoche, de Klber y, por ltimo, del general
Bonaparte, a quien haba visto cien veces, describiendo su rostro
enjuto, sus ojos penetrantes y su perfil de guila, como si le tuviera
presente.

Tal era Juan Claudio Hullin.

Era un hombre de la vieja cepa gala, apasionado por las aventuras
extraordinarias y las empresas heroicas, pero aferrado al trabajo por el
sentimiento del deber desde el da primero del ao hasta el da de San
Silvestre.

En cuanto a Luisa, la hija de los _heimatshlos_, era una muchacha
esbelta, fina, de afiladas y delicadas manos, de ojos de un azul celeste
y tan dulces que penetraban hasta el fondo del alma de quien los vea;
su tez era blanca como la nieve; sus cabellos, rubios como el oro, tan
suaves como la seda, y los hombros, oblicuos como los de una virgen en
oracin. Su inocente sonrisa, su frente soadora, toda su persona, en
fin, recordaba el antiguo _lied_ del _minnesinger_ Erbart, cuando dice:
He visto pasar un rayo de luz, y mis ojos se hallan an deslumbrados...
Era una mirada de la Luna a travs del follaje?... Era una sonrisa de
la aurora en el fondo de los bosques?... No... Era la hermosa Edit, mi
amor, que pasaba... La he visto, y mis ojos se hallan an deslumbrados.

Luisa amaba con pasin el campo, los jardines y las flores. Al llegar la
primavera, los primeros cantos de la alondra le hacan derramar lgrimas
de ternura. Luisa iba a ver brotar los azulejos y las espinas tras los
zarzales del monte, y espiaba la vuelta de las golondrinas que anidaban
en un ngulo de la ventana de su buhardilla. No poda dudarse que era
hija de los _heimatshlos_ errantes y vagabundos, aunque no fuese tan
salvaje como ellos. Hullin se lo perdonaba todo: comprenda su carcter,
y muchas veces le deca riendo:

--Mi querida Luisa, con las provisiones que nos traes--esas gavillas de
hermosas flores y de espigas doradas--nos moriramos de hambre en tres
das.

Pero la joven sonrea tan dulcemente y besaba a Hullin con tanto afecto,
que el hombre volva a su trabajo diciendo:

--Bah! Qu necesidad tengo de reprender? Tiene razn; le gusta el
sol... Gaspar trabajar por los dos y ser feliz como cuatro... Y no lo
siento, al contrario... Mujeres que trabajen hay muchas, y no por eso
son ms hermosas; pero mujeres que amen! Qu suerte si se encuentra
una! Qu suerte!

As razonaba el buen hombre, y los das, las semanas, los meses se
sucedan esperando la prxima vuelta de Gaspar.

Catalina Lefvre, mujer dotada de una gran energa, comparta las ideas
de Hullin respecto de Luisa.

--Yo--deca--slo quiero tener una hija que me ame; no deseo que se
ocupe de las cosas de mi casa. Con tal que est contenta!... No es
verdad, Luisa, que no me incomodars en nada?

Y las dos mujeres se besaban.

Pero Gaspar no volva, y haca dos meses que no se tenan noticias
suyas.

Pues bien; aquel da, a mediados del mes de diciembre de 1813, entre
tres y cuatro de la tarde, Hullin, inclinado sobre su banco, terminaba
un par de zuecos claveteados para el leador Rochart. Luisa acababa de
colocar una vasija de barro vidriado en la estufita que chisporroteaba y
haca cierto ruido triste, mientras que el viejo pndulo contaba los
segundos con su tic-tac montono. Fuera, a lo largo de la calle, se
vean esos charquitos de agua, cubiertos de una capa de hielo blanca y
friable que anuncia la proximidad de los grandes fros. A veces se oa
la marcha de pesados zuecos sobre la tierra endurecida y se vea pasar
un sombrero de fieltro, una capucha o un gorro de algodn; despus, el
ruido se alejaba, y el crujido de la madera verde en las llamas, el
zumbido del torno de hilar de Luisa y el hervor de la olla volvan a
reinar. Haban pasado as dos horas cuando Hullin, al mirar casualmente
a travs de los cristalillos de la ventana, suspendi su trabajo y
permaneci con los ojos muy abiertos, como absorto por un espectculo
inusitado.

En efecto; en el sitio donde torca la calle, frente a la taberna de
_Los tres pichones_, avanzaba--en medio de un corro de muchachos que
silbaban, saltaban y gritaban El _Rey de Bastos_! El _Rey de
Bastos_!,--, avanzaba, repito, el ms extrao personaje que es posible
imaginar: figuraos un hombre de barba y cabellos rojos, el rostro grave,
la mirada sombra, la nariz recta, las cejas juntas en medio de la
frente, con un crculo de hojalata en la cabeza, con una piel de perro
de ganado, de color gris acero y largos pelos, puesta sobre la espalda y
las dos patas de delante atadas alrededor del cuello; el pecho cubierto
de crucecillas de cobre falso; las piernas vestidas con una especie de
calzn de lienzo gris, atado por encima del tobillo, y los pies
desnudos. Un cuervo de gran tamao, cuyas negras alas brillaban como un
espejo, se posaba sobre su hombro. Se dira al contemplar la marcha
majestuosa de tal hombre que era uno de aquellos antiguos reyes
merovingios, tales como los representan las imgenes de Montbliard;
sostena con su mano izquierda un palo grueso y corto, que tena la
forma de cetro, y con la mano derecha haca gestos imponentes,
levantando el dedo hacia el cielo y apostrofando al cortejo.

A su paso, todas las puertas se abran; detrs de los cristales se
apretujaban los rostros de los curiosos. Algunas viejas, desde la
escalera exterior de sus barracas, llamaban al loco, que no se dignaba
siquiera volver la cabeza; otras descendan a la calle y trataban de
cortarle el paso; pero l, levantando la cabeza y alzando las cejas, con
un gesto o una palabra les obligaba a separarse.

--Vaya!--dijo Hullin--; aqu tenemos a Ygof... No esperaba volver a
verle este invierno... Eso es raro en l... Qu le suceder para
regresar con semejante tiempo?

Y Luisa, dejando la rueca, corri a contemplar al _Rey de Bastos_. Era,
en verdad, un acontecimiento la llegada del loco Ygof al comenzar el
invierno; unos se alegraban con la esperanza de retenerle y de hacerle
hablar en las tabernas de su fortuna y de su gloria; otros, sobre todo
las mujeres, sentan cierta vaga inquietud, porque los locos, como se
sabe, participan de las ideas de otro mundo, conocen el pasado y el
porvenir y estn inspirados por Dios; el secreto est en llegar a
comprenderles, pues sus palabras siempre tienen dos sentidos, uno
vulgar, para las gentes ordinarias, y otro profundo, para los espritus
delicados y las personas juiciosas. Por otra parte, aquel loco, ms que
ninguno, tena pensamientos verdaderamente extraordinarios y sublimes.
No se saba ni de dnde vena ni adnde iba, ni lo que quera, pues
Ygof erraba por todas partes como alma en pena; a veces hablaba de
razas desaparecidas y deca que era emperador de Austrasia, de Polinesia
y de otros lugares. Se hubiera podido escribir extensos libros acerca de
sus castillos, sus palacios y sus fortalezas, de los cuales conoca el
nmero, la situacin y la arquitectura, y de los que celebraba la
amplitud, la belleza y la riqueza con un aire sencillo y modesto.
Hablaba el loco de sus caballerizas, de sus cotos de caza, de los
grandes dignatarios de su Imperio, de sus ministros, de sus consejeros,
de los intendentes de sus provincias, y nunca se equivocaba ni acerca de
sus nombres ni acerca de sus mritos, pero se lamentaba amargamente de
haber sido derrotado por la raza maldita; y la anciana comadre Sapiencia
Coquelin, siempre que le oa quejarse con tal motivo, lloraba a lgrima
viva, y otras mujeres tambin lloraban. Entonces Ygof, levantando el
dedo hacia el cielo, exclamaba:

--Oh mujeres! Oh mujeres!... Acordaos!... Acordaos!... La hora se
acerca... El espritu de las tinieblas huye... La antigua raza..., los
seores de vuestros seores avanzan como las olas del mar!

Y todas las primaveras tena la costumbre de ir a ver los viejos nidos
de bhos los antiguos castillos y las ruinas que coronan los Vosgos en
el seno de los bosques, en el Nideck, en el Groldseck, en Lutzelburg,
en Turkestein, diciendo que iba a visitar sus _leudes_, y hablaba de
restaurar el pasado esplendor de sus Estados y de reducir nuevamente a
esclavitud a los pueblos sublevados, con la ayuda del _Gran Golo_, su
primo.

Juan Claudio Hullin se rea de estas cosas, pues no era su ingenio
bastante sutil para penetrar en las esferas invisibles; pero Luisa al
orlos experimentaba una gran turbacin, sobre todo cuando el cuervo
agitaba las alas y dejaba or su ronco grito. Descenda, pues, Ygof por
la calle sin detenerse en ninguna parte, y Luisa, muy inquieta, viendo
que el loco miraba hacia su casita, dijo:

--Pap Juan Claudio, me parece que Ygof viene a nuestra casa.

--Es muy posible--respondi Hullin--; el pobre diablo no dejar de
necesitar un par de zuecos claveteados con el fro que hace; y si me lo
pide, a fe ma que me costar gran trabajo negrselo.

--Oh, qu bueno es usted!--dijo la joven besando a su padre con cario.

--S, s...; t me acaricias--dijo Hullin riendo--porque hago todo lo
que quieres... Pero quin me pagar la madera y el trabajo?... No ser
ciertamente Ygof...

Luisa bes otra vez a Hullin, el cual, mirndola con ternura, murmur:

--Esta moneda bien vale aquella otra.

Ygof se encontraba entonces a cincuenta pasos de la casita, y el
tumulto iba en aumento. Los muchachos, agarrndose a los pingajos de la
chaqueta del loco, gritaban: Bastos! Espadas! Copas! De improviso
el viejo se volvi, y levantado el cetro que llevaba, con aire digno,
aunque irritado, exclam:

--Retiraos, raza maldita!... Retiraos..., no me aturdis ms... o
suelto contra vosotros mi jaura de dogos!

Aquella amenaza no produjo otro efecto que aumentar los silbidos y las
carcajadas; pero como en el mismo instante Hullin apareci en el umbral
de la puerta con una larga barrena en la mano y como, distinguiendo a
cinco o seis de los ms revoltosos, les advirtiese que aquella misma
noche ira a tirarles de las orejas durante la cena, lo que el buen
hombre haba hecho ya varias veces con el consentimiento de sus padres,
el cortejo se disolvi, consternado de semejante encuentro. Entonces,
volvindose hacia el loco, el almadreero dijo:

--Entra, Ygof, y ven a calentarte al lado del fuego.

--Yo no me llamo Ygof--respondi el desdichado como si le hubiesen
ofendido--; yo me llamo Luitprand, rey de Austrasia y de Polinesia.

--S, s, ya lo s, ya lo s--dijo Juan Claudio--. Me has contado todo
eso. De cualquier modo, no importa; te llames Ygof o Luitprand, entra.
Hace fro y necesitas calentarte.

--Yo entro--contest el loco--, pero es para tratar de un asunto muy
importante; es para una cuestin de Estado..., para pactar una alianza
indisoluble entre los germanos y los triboques.

--Bien; pues hablaremos de eso.

Ygof, inclinndose bajo la puerta, entr muy pensativo y salud a Luisa
con la cabeza, al mismo tiempo que bajaba el cetro; pero el cuervo no
quiso entrar; desplegando sus grandes alas cncavas, dio una amplia
vuelta alrededor de la barraca y fue a caer a todo volar sobre los
cristales para romperlos.

--_Hans_--le grit el loco--, ten cuidado! Yo vengo...

Pero el pjaro no separ sus agudas garras de las mallas de plomo y no
dej de agitar en la ventana sus grandes alas mientras que su amo
permaneci en la casa. Luisa, llena de miedo, apartaba de l los ojos.
En cuanto a Ygof, sentose en el viejo silln de cuero, detrs de la
estufa, extendi las piernas, como si estuviera en un trono, y paseando
a su alrededor la mirada con imperio, exclam:

--Vengo de Jrom directamente para concertar contigo un matrimonio,
Hullin. No ignoras que me he dignado fijar los ojos en tu hija, y vengo
a pedrtela para que sea mi mujer.

Luisa, al or aquella proposicin, enrojeci hasta las orejas, y Hullin
lanz una sonora carcajada.

--Te res!--exclam el loco con voz cavernosa--. Pues haces mal en
rerte... Este matrimonio es lo nico que puede salvar de la ruina que
amenaza tanto a ti como a tu casa y a todos los tuyos... Ahora mismo mis
ejrcitos van avanzando... Son innumerables... Cubren gran parte de la
Tierra... Qu podis vosotros contra m? Seris vencidos, aniquilados,
reducidos a la esclavitud como lo habis sido ya durante siglos enteros,
porque yo, Luitprand, rey de Austrasia y de Polinesia, he decidido que
todo vuelva al estado que antiguamente tena... Acurdate!

Y diciendo esto, el loco levant el dedo con aire solemne.

--Acurdate de lo que ha pasado!... Vosotros habis sido vencidos!...
Y nosotros, las viejas razas del Norte, os hemos puesto el pie en la
frente. Hemos cargado sobre vuestras espaldas las ms pesadas piedras
para construir nuestras fortalezas y nuestras prisiones subterrneas...
Os hemos uncido a nuestros arados y habis sido para nosotros lo que la
paja para el huracn... Acurdate, acurdate, triboque, y tiembla!

--Me acuerdo muy bien--dijo Hullin sin dejar de rer--; pero nosotros
hemos tomado el desquite... No es verdad?

--S, s--interrumpi el loco frunciendo las cejas--; pero aquel tiempo
ha pasado. Mis guerreros son ms numerosos que las hojas de los
bosques... y vuestra sangre fluye como el agua de los arroyos. Te
conozco hace ms de mil aos!

--Bah!--respondi Hullin.

--S, esta mano, lo oyes?, esta mano es la que te ha vencido cuando
llegamos por vez primera al corazn de vuestros bosques... Mi mano es
la que ha doblado tu cerviz bajo el yugo y te la volver a doblar otra
vez! Porque vosotros sois valientes, creis que seris para siempre
dueos de este pas y de Francia entera... Pues bien, estis
equivocados! Nosotros os hemos dividido y os dividiremos: devolveremos
Alsacia y Lorena a Alemania; Bretaa y Normanda, a los hombres del
Norte; Flandes y el Medioda, a Espaa. Haremos de Francia un pequeo
reino alrededor de Pars..., un reino muy pequeo, con un descendiente
de la vieja raza por jefe..., y vosotros no os moveris..., estaris
muy tranquilos... Je, je, je!

Ygof comenz a rer.

Hullin, que no saba casi nada de Historia, estaba admirado de que el
loco conociese tantos nombres.

--Bah, dejemos eso, Ygof--le dijo--, y come un poco de sopa para que
te calientes el estmago!

--No es sopa lo que te pido; lo que te pido es tu hija..., la ms
hermosa de mis Estados... Dmela voluntariamente y te elevo a las gradas
de mi trono; de lo contrario, mis ejrcitos te la arrebatarn por la
fuerza y no tendrs el mrito de habrmela dado.

Y al hablar as, el desgraciado miraba a Luisa con profunda admiracin.

--Qu hermosa es!...--aadi Ygof--. Los ms preciados honores le
estn reservados... Algrate, joven, algrate... T sers reina de
Austrasia!

--Oye, Ygof--dijo Hullin--, me honra mucho tu peticin...; eso prueba
que sabes estimar la belleza... Est muy bien...; pero mi hija est
prometida ya a Gaspar Lefvre.

--Pues yo--exclam el loco lleno de irritacin--no quiero or hablar de
eso!

Despus, levantndose, aadi, volviendo a tomar su aspecto solemne:

--Hullin, sta es mi primera peticin; volver a hacerla dos veces...,
lo oyes?..., dos veces. Y si persistes en tu obstinacin..., que la
desgracia caiga sobre ti y sobre tu raza!

--Cmo! No quieres comerte la sopa?

--No, no--aull el loco--; no aceptar nada tuyo hasta que no hayas
consentido...; nada, nada.

Y dirigindose a la puerta con gran satisfaccin de Luisa, que no
apartaba los ojos del cuervo que golpeaba los cristales con las alas,
dijo alzando el cetro:

--Dos veces...

Y sali.

Hullin prorrumpi en una sonora carcajada.

--Pobre diablo!--exclam--. A pesar suyo, la nariz se le volva hacia
la olla... Tiene el estmago vaco..., los dientes le crujen de
miseria... Y, sin embargo, la locura es ms fuerte que el fro y el
hambre.

--Oh, qu miedo he tenido!--dijo Luisa.

--Vamos, vamos, hija ma, tranquilzate... Ya se ha ido... A pesar de su
locura, le parece que eres bonita; no debes asustarte de esto.

No obstante aquellas palabras y la marcha del loco, Luisa temblaba y an
senta el rubor en el rostro cuando pensaba en las miradas que el
desdichado le haba dirigido.

Ygof tom el camino del Valtin. Se le vea alejarse reposadamente, con
el cuervo al hombro, haciendo extraos gestos, aunque no haba nadie a
su alrededor; poco despus, la alta figura del _Rey de Bastos_ se fundi
en los tonos grises del crepsculo de invierno y desapareci.




II


Aquel mismo da, por la noche, despus de cenar, Luisa cogi el torno y
fue a pasar la velada a casa de la seora Rochart, en la que se reunan
las mujeres y las muchachas de la vecindad hasta cerca de la media
noche. All se contaban antiguas leyendas y se hablaba de la lluvia, del
tiempo, de los matrimonios, de los bautismos, de la marcha y de la
vuelta de los reclutas..., qu s yo? Y eso les ayudaba a pasar las
horas de un modo agradable.

Hullin, que se haba quedado solo frente a su lamparilla de cobre,
ferraba los zuecos del anciano leador; ya no se acordaba del loco
Ygof; suba y bajaba el martillo clavando gruesos clavos en las recias
suelas de madera, de una manera automtica, por la fuerza de la
costumbre. Mientras tanto, mil ideas cruzaban la mente del almadreero;
estaba pensativo sin saber por qu. Unas veces pensaba en Gaspar, que no
daba seales de vida; otras veces pensaba en la campaa, que se
prolongaba indefinidamente. La lmpara alumbraba con reflejos
amarillentos la casita llena de humo. Fuera, no se oa un ruido. El
fuego comenzaba a apagarse; Juan Claudio se levant para echar un leo y
luego volvi a sentarse murmurando:

--Bah! Esto no puede ser... El da menos pensado recibiremos una carta.

El viejo pndulo dio las nueve, y cuando Hullin reanudaba su tarea, se
abri la puerta y apareci en el umbral Catalina Lefvre, la labradora
de El Encinar, con gran asombro del almadreero, porque no era
frecuente que dicha mujer viniese a semejantes horas.

Catalina Lefvre poda tener unos sesenta aos, pero se conservaba an
derecha y fuerte como si tuviera treinta; sus ojos de color gris perla
y su nariz aguilea le daban cierto parecido con un ave de rapia; sus
enjutas mejillas y la comisura de sus labios, hundidos por la reflexin,
tenan algo de lgubre y doloroso. Dos o tres grandes mechones de pelos
de color gris verdoso caan a lo largo de sus sienes; un obscuro
capuchn listado bajaba desde su cabeza a los hombros y le llegaba cerca
de los codos. En una palabra, su fisonoma revelaba un carcter firme,
tenaz, y posea cierto aire indefinible, entre magnfico y triste, que
inspiraba respeto y temor.

--Es usted, Catalina?--dijo Hullin muy sorprendido.

--S, yo soy--respondi la anciana labradora, con voz reposada--. Vengo
a hablar con usted, Juan Claudio... Ha salido Luisa?

--Est en casa de Magdalena Rochart pasando la velada.

--Muy bien.

Catalina dej caer el capuchn sobre el cuello y fue a sentarse al lado
del banco. Hullin la miraba fijamente y le encontraba algo
extraordinario y misterioso que le extraaba.

--Qu sucede?--dijo Juan Claudio dejando el martillo.

En vez de contestar a esta pregunta, la anciana, mirando hacia la
puerta, pareca escuchar algo; luego, al no or nada, volvi a adquirir
su expresin meditativa.

--El loco Ygof ha pasado la noche ltima en la finca--dijo Catalina.

--Tambin ha venido a verme esta tarde--dijo Hullin, sin conceder gran
importancia al hecho, que le pareca indiferente.

--S--aadi la anciana en voz baja--; ha pasado la noche en casa, y
anoche, a esta hora, delante de todo el mundo, ese hombre, ese loco, nos
ha contado cosas horribles.

Catalina call, y las comisuras de sus labios parecieron hundirse ms.

--Cosas horribles!--murmur el almadreero cada vez ms asombrado, pues
nunca haba visto a la labradora en semejante estado--; pero qu,
Catalina?... Hable usted; qu deca?

--Qu sueos he tenido!

--Sueos?... Por lo visto, usted quiere rerse de m.

--No.

Y despus de un instante de silencio, viendo a Hullin boquiabierto, la
anciana prosigui lentamente:

--Anoche nos hallbamos todos reunidos, despus de cenar, en la cocina
bajo la campana de la chimenea; la mesa estaba todava puesta con las
escudillas vacas, los platos y las cucharas. Ygof haba cenado con
nosotros y nos haba distrado con la historia de sus tesoros, de sus
castillos y de sus provincias. Eran prximamente las nueve; el loco fue
a sentarse junto a un rincn del hogar, que llameaba... Duchne, el mozo
de labor, reparaba la silla de montar de Bruno; el pastor Robin haca
una cesta, y Anita colocaba los cacharros en el vasar; yo haba acercado
el torno al fuego para hilar una rueca antes de acostarme. Fuera, los
perros ladraban a la Luna; deba de hacer mucho fro. Pasbamos la
velada hablando del invierno que se aproxima. Duchne deca que iba a
ser rudo, porque haba visto grandes bandadas de patos silvestres. Y el
cuervo de Ygof, apoyado en el borde de la campana de la chimenea, con
la cabezota oculta entre las despeluzadas plumas, pareca dormir; pero,
de vez en cuando, alargaba el cuello, se limpiaba una pluma con el pico,
nos miraba despus escuchando un segundo y volva a meter en seguida la
cabeza bajo las alas.

La labradora callose un momento, como si tratara de recoger las ideas;
luego baj los ojos, enarc la gran nariz aguilea hasta cerca de los
labios y una extraa palidez pareci extenderse sobre su faz.

--Adnde demonio ir a parar?--se deca Hullin.

La anciana prosigui:

--Ygof, al lado del hogar, con su corona de hojalata y el palo entre
las rodillas, pensaba sin duda en algo. Miraba hacia la chimenea grande
y negra, hacia la gran campana de piedra, en la que se vean figuras y
rboles de talla y el humo subir en espesas nubes hasta donde se
hallaban los trozos de tocino. De repente, cuando menos lo esperbamos,
el loco dio un golpe con el palo en la losa y exclam como si soara:

S..., s..., yo lo he visto... hace mucho tiempo..., mucho tiempo!

Y al mirarle nosotros, extraados de sus palabras, aadi:

En aquel tiempo los bosques de abetos eran bosques de robles... El
Nideck, el Dagsberg, el Falkenstein, el Groldseck, todos los viejos
castillos ruinosos an no existan. En aquel tiempo se cazaban los
toros bravos en medio de los bosques, se pescaba el salmn en el Sarre,
y vosotros, hombres rubios, enterrados en la nieve durante seis meses
del ao, vivais de la leche y del queso, porque tenais grandes rebaos
en el Hengst, el Schneeberg, el Grosmann, el Donon. En verano cazabais y
trabajabais hasta el Rin, en el Mosela y el Mosa; recuerdo todo eso.

--Cosa rara, Juan Claudio; a medida que el loco hablaba, me pareca que
volva a ver aquellos pases de otro tiempo y recordarlos como si fuesen
sueos... Yo haba soltado la rueca, y el viejo Duchne, Robin, Juana,
todo el mundo, en fin, escuchaba. S, hace mucho tiempo--aadi el
loco--. En aquella poca ya construais vosotros estas grandes
chimeneas, y por todo alrededor, a doscientos o trescientos pasos,
levantabais estacadas de quince pies de alto con las puntas endurecidas
por el fuego. All dentro guardabais los enormes perros de hinchados
carrillos, que ladraban noche y da.

Lo que Ygof deca nosotros lo veamos, Juan Claudio... El loco pareca
no fijarse en nosotros y miraba las figuras de la chimenea con la boca
abierta; pero, despus de un momento, al bajar la cabeza y vernos a
todos atentos, comenz a rer, con risa de loco, gritando: Y en ese
tiempo, vosotros creais ser los seores del pas, oh hombres rubios,
de ojos azules y blancas carnes, alimentados de leche y de queso, que no
bebais sangre mas que en otoo, en la poca de la caza mayor!; os
creais los dueos del llano y de la montaa, cuando nosotros, los
hombres rojos de ojos verdes, que venan del mar...; nosotros, que
bebamos siempre sangre y que slo ambamos la guerra, llegamos una
buena maana, con nuestras hachas y venablos, remontando la cuenca del
Sarre a la sombra de los viejos robles... Ah! Fue aqulla una guerra
terrible, que dur semanas y meses... Y la vieja... all...--dijo
sealndome, con sonrisa extraa--; la Margarita del clan de los
Kilberix, esa vieja de nariz ganchuda, dentro de las estacadas, en medio
de sus perros y de sus guerreros, se defendi como una loba; pero al
cabo de cinco lunas vino el hambre..., las puertas de las estacadas se
abrieron para huir, y nosotros, emboscados en el arroyo, lo exterminamos
todo..., todo..., menos los nios y las jvenes hermosas. La vieja,
sola, con las uas y los dientes se defendi hasta lo ltimo. Y yo,
Luitprand, abr su cabeza gris y me apoder de su padre, el anciano
entre los ancianos, para encadenarlo a la puerta de mi castillo como un
perro.

--Despus, Hullin--aadi la labradora inclinando la cabeza--, despus
el loco comenz a cantar una larga cancin: las quejas del anciano atado
a la puerta. Esperad que la recuerde... Era triste..., triste como un
_miserere_. No puedo acordarme, Juan Claudio, pero me parece orla
todava, pues nos hel la sangre. Y como Ygof no cesara de rer, la
clera se apoder a la vez de toda la gente, que lanz un grito
terrible. El viejo Duchne se arroj sobre el loco para estrangularlo;
pero ste, ms fuerte de lo que poda pensarse, lo rechaz, y, alzando
el palo con furia, nos dijo: De rodillas, esclavos, de rodillas! Mis
ejrcitos avanzan... Os?... La tierra tiembla. Estos castillos, el
Nideck, el Haut-Barr, el Dagsberg, el Turkestein, tenis que
reedificarlos... De rodillas!

Nunca he visto una figura ms horrible que la de Ygof en aquel momento;
mas al ver que, por segunda vez, la gente iba a arrojarse sobre l, me
vi obligada a defenderle.

--Es un loco--les dije--; no os da vergenza creer en las palabras de
un loco?

Por mi mediacin, los hombres se detuvieron; pero yo no pude cerrar un
ojo en toda la noche. Recordaba a cada momento lo que aquel miserable
haba dicho. Me pareca or el canto del viejo, el ladrido de los perros
y los ruidos de la batalla. Haca mucho tiempo que no haba
experimentado inquietudes semejantes. Ya sabe por qu he venido a
verle... Qu piensa usted de todo esto, Hullin?

--Yo!--dijo el almadreero, cuyo rostro colorado y lleno revelaba
cierta irona triste no exenta de compasin--; si no conociera a usted
tan bien como la conozco, Catalina, dira que haba usted perdido la
cabeza..., usted y Duchne, Robin y los dems; todo eso me produce el
efecto de un cuento de Genoveva de Brabante, de una historia a propsito
para nios y que muestra la estupidez de nuestros antepasados.

--No comprende usted esas cosa--dijo la anciana con voz reposada y
seria--; pero usted no ha tenido nunca ideas de esta clase?

--Entonces, cree usted en lo que ha contado Ygof?

--S, lo creo.

--Cmo, Catalina, usted, una mujer de buen sentido! Si fuera la seora
Rochart, no dira nada... Pero usted!

Juan Claudio se levant como indignado, desatose el mandil, alz los
hombros y volvi luego a sentarse exclamando:

--Sabe usted quin es ese loco? Pues se lo voy a decir. Es seguramente
uno de esos maestros de escuela alemanes que se atiborran la cabeza de
rancias historias del tiempo de Maricastaa y que las refieren con la
mayor gravedad. A fuerza de estudiar, de desvariar, de rumiar y de
buscarle tres pies al gato, sus cerebros se trastornan, ven visiones,
tienen ideas extravagantes y toman sus sueos por verdades. Siempre he
considerado a Ygof como uno de esos pobres diablos; sabe una infinidad
de nombres y habla de la Bretaa, de Austrasia, de Polinesia, del Nideck
y del Groldseck, del Turkestein, de las orillas del Rin, en fin, de
todo al azar; y eso parece que es algo y, en el fondo, no es nada. En
pocas normales, usted pensara como yo, Catalina; pero usted ahora est
inquieta por no recibir noticias de Gaspar... Esos rumores de guerra, de
invasin, que corren la atormentan y la preocupan... No duerme usted...,
y lo que le dice un pobre loco lo toma por artculo de fe.

--No, Hullin, no es eso; usted mismo, si hubiera odo a Ygof...

--Vamos!--exclam el buen hombre--. Si yo lo hubiese odo, me hubiera
redo en sus barbas como hace poco... Sabe usted que el loco ha venido
a pedirme la mano de Luisa, para hacerla reina de Austrasia?

Catalina Lefvre no pudo dejar de sonrer; mas, volviendo a adquirir en
seguida su aire serio, aadi:

--Todos sus razonamientos, Juan Claudio, no pueden convencerme; pero, lo
confieso, el silencio de Gaspar me horroriza... Conozco muy bien a mi
hijo y s que seguramente me ha escrito. Por qu sus cartas no han
llegado a mi poder?... La guerra marcha mal, Hullin; tenemos todo el
mundo contra nosotros; por ah fuera no quieren nuestra Revolucin,
usted lo sabe tan bien como yo. Mientras fuimos los dueos, mientras
ganbamos victoria tras victoria, se nos pona buena cara; pero a partir
de los reveses de Rusia, esto toma mal cariz.

--Vamos, vamos, Catalina! Su cabeza se va del seguro...; usted lo ve
todo negro.

--S, todo lo veo negro, y tengo razn... Lo que ms me inquieta es no
recibir ninguna noticia de afuera; vivimos aqu como en un pas de
salvajes; no sabemos nada de lo que pasa... Los austriacos y los cosacos
caern sobre nosotros un da u otro y el hecho causar la mayor
sorpresa.

Hullin observaba a la anciana mujer, cuya mirada se animaba, y, a su
pesar, sufra la influencia de los mismos temores.

--Oiga usted, Catalina--dijo Juan Claudio de improviso--, cuando habla
usted de un modo razonable no ser yo el que la contradiga... Lo que
dice usted ahora es posible... No lo creo, pero es preciso salir de
dudas. Yo me propona ir a Falsburg dentro de ocho das a comprar pieles
de carnero para las guarniciones de los zuecos; pero ir maana. En
Falsburg, que es plaza fuerte y tiene administracin de Correos, se
deben saber noticias seguras... Se convencer usted con las que le
traiga de all?

--S.

--Bien; quedamos conformes... Saldr maana bien temprano... Hay cinco
leguas; hacia las seis estar de vuelta... Y usted ver, Catalina, cmo
sus tristes pensamientos no tienen fundamento.

--As sea--respondi la labradora levantndose--, as sea... Usted me ha
tranquilizado algo, Hullin... Ahora, me vuelvo a la granja y espero
dormir mejor que la noche pasada... Buenas noches, Juan Claudio.




III


Al da siguiente, al amanecer, Hullin, muy endomingado con su pantaln
de recio pao azul, amplia chaqueta de terciopelo obscuro, chaleco rojo
con botones dorados, y cubriendo la cabeza con un ancho sombrero de
campo, sujeto por delante, sobre la cara bermeja, con una escarapela, se
puso en camino para Falsburg, empuando un grueso palo de serbal.

Falsburg es una plaza fuerte pequea, situada en el camino imperial de
Estrasburgo a Pars, que domina la ladera de Saverne, los puertos del
alto Barr, de la Roche-Plate, de la Bonne-Fontaine y del Graufthal. Sus
baluartes, sus defensas exteriores, sus medias lunas se recortan en
zig-zag sobre una meseta rocosa; vistos de lejos, cualquiera creera
poder franquear los muros de un salto; pero, al llegar, se descubre el
foso, de cien pies de ancho y de una profundidad de treinta, y,
enfrente, las obscuras murallas cortadas a pico. Aquello detiene a uno
bruscamente. Por lo dems, a excepcin de la iglesia, de la
Casa-Ayuntamiento, de las Puertas de Francia y de Alemania, que tienen
forma de mitra, y de las agujas de los dos polvorines, todo lo restante
queda oculto detrs de los glacis. Tal es la pequea ciudad de Falsburg,
que no deja de poseer cierto sello de grandeza, sobre todo cuando
atravesamos sus puertas y penetramos en ella por sus amazacotadas
puertas, provistas de rastrillos con pas de hierro. En el interior, las
casas se distribuyen en manzanas regulares, son bajas y se hallan
perfectamente alineadas; la construccin es de sillera; all todo tiene
un aspecto militar.

Hullin, llevado de su robusta naturaleza y de su carcter alegre, que
nunca se alarmaba por las cosas que pudieran venir, consideraba aquellos
ruidos de retirada, desastre e invasin como mentiras propagadas por la
mala fe. As es que se comprende cul sera su estupefaccin cuando, al
salir de la montaa y a la orilla del bosque, vio el ruedo del pueblo
arrasado como un pontn; no quedaba ni un jardn, ni un huerto, ni un
paseo, ni un rbol, ni un matojo; todo lo que se hallaba al alcance del
can haba sido destruido. Algunos desgraciados se dedicaban a recoger
los ltimos restos de sus casuchas para llevarlos a la ciudad. No se
vea en el horizonte mas que la cintura de las murallas, que trazaba una
lnea obscura por encima de los caminos cubiertos. Aquello fue un rayo
que cay sobre la cabeza de Juan Claudio; durante algunos minutos no
pudo articular una palabra ni dar un paso.

--Oh, oh!--dijo Hullin al fin--. Esto va mal! Esto va muy mal! Estn
esperando al enemigo!

Luego, sobreponindose a los dems su instinto guerrero, una oleada de
sangre colore sus mejillas morenas.

--Y son esos granujas de austriacos, de prusianos, de rusos y dems
miserables sacados del fondo de Europa la causa de todo esto?--exclam
Hullin agitando la tranca--; pues tened cuidado! Nosotros os
obligaremos a pagar el gasto!...

Juan Claudio se hallaba dominado por una de esas cleras sordas que
experimentan los hombres pacficos cuando se les saca de quicio.
Desgraciado de aquel que le hubiese mirado con malos ojos en tal
momento!

Veinte minutos ms tarde, Hullin entraba en la ciudad, detrs de una
larga fila de carros tirados por cinco o seis caballos que arrastraban
con gran trabajo enormes troncos de rboles destinados a construir
varios _blocaos_ en la plaza de armas. Entre los conductores, los
aldeanos y los caballos, que relinchaban, se revolvan y echaban chispas
por las cuatro patas, marchaba gravemente un gendarme a caballo, el
seor Kels, el cual pareca no or nada y deca de una manera grave:

--Valor, valor, amigos... Todava tenemos que hacer hoy dos viajes...
Vosotros seris benemritos de la patria!

Juan Claudio atraves el puente.

Un nuevo espectculo se present a sus ojos; en la ciudad reinaba el
ardor de la defensa; las puertas se encontraban abiertas, y hombres,
mujeres y nios iban y venan, corran de un lado a otro, ayudando a
transportar la plvora y los proyectiles. De vez en cuando se formaban
grupos de tres, cuatro o seis personas para comunicarse noticias.

--Eh, vecino!

--Qu pasa?

--Un correo acaba de llegar a todo galope... Por la Puerta de Francia ha
entrado...

--Vendr a anunciar la llegada de la guardia nacional de Nancy.

--O quizs un convoy de Metz.

--Tiene usted razn... Faltan balas de diez y seis... Tambin
necesitamos metralla, y, para poder hacerla, vamos a destruir los
hornillos.

Algunos pacficos ciudadanos, en mangas de camisa, subidos en mesas
colocadas a lo largo de las aceras, se dedicaban a tapiar las ventanas
de sus casas con grandes trozos de madera y con jergones; otros hacan
rodar delante de las puertas cubas de agua. Aquel entusiasmo reanim a
Hullin.

--Esto est bien!--exclam Juan Claudio--; todo el mundo est de fiesta
aqu... Los aliados van a ser bien recibidos.

Frente al colegio, la voz chillona del guardia municipal Harmentier
gritaba: Ordeno y mando: que las casamatas se abran para que todos
puedan llevar a ellas un colchn y dos mantas por persona. Adems, los
comisarios de la plaza comenzarn la visita de inspeccin, para
averiguar si los habitantes tienen vveres para tres meses, lo cual
deber justificarse por stos.--Hoy, 20 de diciembre de 1813.--Juan
Pedro Meunier, gobernador.

Todo aquello lo vio y lo oy Hullin en menos de un minuto, pues el
pueblo entero estaba en vilo.

Escenas extraas, serias, cmicas, se sucedan sin interrupcin. Hacia
la callejuela del Arsenal varios guardias nacionales arrastraban una
pieza de artillera de veinticuatro. Aquella buena gente tena que subir
una cuesta bastante pina y no poda ms. Hu!, a una!, con mil
demonios! Otro empujn!... Adelante! Todos gritaban a la vez,
empujaban las ruedas, y el pesado can, asomando el largo cuello de
bronce entre la enorme curea, por encima de las laderas, rodaba
lentamente y estremeca el pavimento.

Hullin, muy alegre, no era ya el mismo hombre; sus instintos de soldado,
los recuerdos del vivaque, de las marchas, de las descargas, de las
batallas, volvan a su espritu a paso de carga; brillbale la mirada,
el corazn le lata con ms violencia y ya iban y venan en su cabeza
ideas de defensa, de atrincheramiento, de lucha a muerte.

--A fe ma--se deca Juan Claudio--, todo va bien! Ya he hecho
bastantes zuecos en mi vida, y puesto que se presenta la ocasin de
volver a coger el mosquete..., tanto mejor!; ahora demostraremos a los
prusianos y a los austriacos que no olvidamos la carga en doce tiempos.

De este modo razonaba el buen hombre, dominado por los recuerdos
blicos; pero su alegra no dur mucho.

Delante de la iglesia, en la plaza de armas, se hallaban parados quince
o veinte carros de heridos procedentes de Leipzig y de Hanau. Aquellos
desgraciados, plidos, lvidos, la mirada lgubre, unos ya amputados,
otros que no haban sido curados siquiera, esperaban tranquilamente la
muerte. Cerca de ellos, algunos viejos jamelgos alazanes, cuyos lomos
cubran sendas pieles de perro, coman su escasa pitanza, mientras que
los carreteros--unos infelices reclutados en Alsacia--, envueltos en
grandes capas agujereadas, dorman, a pesar del fro, con el sombrero
sobre los ojos y los brazos cruzados, en los escalones de la iglesia.
Era espeluznante ver aquellos grupos de hombres demacrados, con grandes
capotes grises, amontonados sobre paja sanguinolenta, llevando uno de
ellos el brazo partido sobre las rodillas; otro con la cabeza atada con
un pauelo viejo, y otro, por ltimo, ya muerto, sirviendo de asiento a
los vivos, con las manos negras colgando entre las escalas. Hullin,
frente a tan lgubre espectculo, permaneci clavado a la tierra y no
poda apartar de l los ojos. Los grandes dolores humanos tienen el raro
poder de fascinarnos; queremos ver cmo los hombres perecen, con qu
cara afrontan la muerte; los mejores espritus no se hallan exentos de
esa horrible curiosidad. Dijrase que la eternidad va a revelarnos su
secreto!

Cerca de la lanza del primer carro, a la derecha de la fila, se hallaban
acurrucados dos carabineros, que llevaban unas guerreras de color azul
celeste; dos verdaderos colosos, cuyas robustas naturalezas se rendan
agobiadas por el dolor; parecan dos caritides aplastadas por el peso
de una masa enorme. Uno de ellos, de grandes bigotes rubios y mejillas
terrosas, miraba con los ojos empaados, como dominados por una horrible
pesadilla; el otro, completamente doblado, con las manos azules y el
hombro destrozado por la metralla, se encoga cada vez ms y luego se
enderezaba como sobresaltado, hablando en voz muy baja, como si
estuviera soando. Detrs se hallaban, tendidos de dos en dos, varios
soldados de infantera, la mayora heridos de un balazo, con las piernas
o los brazos quebrantados. Aquellos infelices no decan nada; solamente
algunos, los ms jvenes, pedan de un modo furioso agua o pan; y en el
carro inmediato, una voz lastimera, la voz de un recluta, llamaba:
Madre! Madre ma!..., mientras que los veteranos sonrean
lgubremente, como diciendo: S, s..., pronto va a venir tu madre.
Pero quizs no pensaran en nada.

De cuando en cuando, una especie de estremecimiento agitaba todo el
convoy; vease entonces algunos heridos que se incorporaban un poco
lanzando prolongados gemidos y volviendo a caer en seguida, como si la
muerte hubiera hecho su recorrido en aquel momento.

Despus, nuevamente se haca el silencio.

Y mientras Hullin contemplaba tales escenas, desgarrndosele las
entraas, un individuo de la vecindad, el panadero, sali de su casa
llevando una gran olla llena de caldo. Fue digno de ver entonces a
aquellos espectros agitarse, brillarles los ojos, dilatrseles las
narices; pareca que volvan a la vida. Los desgraciados estaban
muertos de hambre!

El seor Sme, con las lgrimas en los ojos, se acerc diciendo:

--Aqu estoy, hijos mos! Tened un poco de paciencia!... Soy yo! Ya
me conocis!

Mas apenas hubo llegado el panadero cerca del primer carro, el
corpulento carabinero de las mejillas verdosas se reanim y, metiendo el
brazo hasta el codo en el puchero hirviendo, cogi la carne y la ocult
bajo la guerrera. La operacin se llev a cabo con la rapidez del
relmpago, e inmediatamente salvajes alaridos resonaron por todas
partes. Aquellas gentes, si hubieran podido moverse, habran devorado a
su compaero. Este, con los brazos cruzados sobre el pecho, los dientes
clavados en la presa, los ojos bizcos mirando en todas direcciones,
pareca no or nada. Al ruido de los gritos, un veterano, un sargento,
sali apresuradamente de una posada cercana. Era un gua antiguo, que
comprendi en seguida de lo que se trataba, y, sin intiles reflexiones,
arrebat la carne a la bestia feroz, dicindole:

--Te mereces que no te den nada!... Ahora lo partiremos y haremos diez
porciones!

--No somos mas que ocho!--dijo uno de los heridos, muy tranquilo, al
parecer, pero a quien chispeaban los ojos bajo una mscara de bronce.

--Cmo ocho?

--Vea usted, mi sargento, que estos dos estn a punto de hincar el
pico... y sera perder esos vveres...

El viejo sargento los mir.

--Es verdad!--dijo el gua--; hagamos ocho partes.

Hullin no pudo ver por ms tiempo aquellas escenas y se dirigi, plido
como la muerte, a casa del posadero Wittmann, que se hallaba enfrente.
Wittmann era tambin comerciante en pieles y cueros.

--Qu! Es usted, maestro Juan Claudio?--exclam el posadero vindolo
entrar--. Viene usted ms pronto que acostumbra; no le esperaba hasta la
semana prxima.

Mas al ver que se tambaleaba, le pregunt:

--Pero, diga usted, le pasa algo?

--Vengo de ver a los heridos.

--Ah! S! Las primeras veces le flaquean a uno las piernas; pero si
usted hubiera visto pasar quince mil, como nosotros, ya no se
preocupara.

--Un cuartillo de vino! Pronto!--dijo Hullin, que se senta mal--.
Oh! Los hombres! Los hombres!... Y dicen que somos hermanos!...

--S, hermanos hasta tocar el bolsillo--respondi Wittmann--. Vamos,
eche usted un trago, y eso le tranquilizar.

--Entonces, usted ha visto pasar quince mil?--aadi el almadreero.

--Lo menos... desde hace dos meses..., sin hablar de los que se han
quedado en Alsacia y del otro lado del Rin; porque, como usted
comprender, no hay carros para todos, y, adems, muchos no valen la
pena de que se les traslade.

--S, lo comprendo; pero por qu estn aqu esos desgraciados? Por qu
no los llevan al hospital?

--El hospital!... Qu es un hospital..., qu son diez hospitales...
para cincuenta mil heridos? Todos los hospitales, desde Maguncia y
Coblenza hasta Falsburg, se hallan abarrotados. Adems, esa maldita
enfermedad, el tifus, Hullin, mata ms gente que las balas. Todas las
aldeas del llano, en veinte leguas a la redonda, estn infestadas: las
gentes mueren como moscas. Afortunadamente, hace tres das que la ciudad
se halla en estado de sitio y se van a cerrar las puertas para que no
entre nadie. Por mi parte, he perdido a mi to Cristin y a mi ta
Isabel, que eran personas tan sanas y fuertes como usted y como yo,
maestro Juan Claudio. Por ltimo, el fro ha llegado y la noche pasada
ha escarchado.

--Y los heridos se han quedado en medio de la calle toda la noche?

--No; han llegado de Saverne esta maana, y dentro de una o dos horas,
as que los caballos descansen, se pondrn en camino para Sarreburg.

En aquel momento el sargento, que acababa de restablecer el orden en los
carros, entr frotndose las manos.

--Vaya, vaya! El tiempo refresca; pap Wittmann, ha hecho usted bien
encendiendo la estufa, Una copita de coac para disipar la niebla!
Ejn, ejn!

Sus arrugados ojuelos, su nariz de pico de cuervo, los pmulos de sus
mejillas separados de la nariz por dos grandes pliegues parecidos a dos
trazos que iban a perderse en una extensa rubicundez imperial, todo rea
en la fisonoma del viejo soldado, todo revelaba un carcter animoso y
jovial. Era el suyo un verdadero tipo militar, tostado por el sol,
curtido por el aire, lleno de franqueza y no exento de cierta astucia
socarrona; el gran chaleco que llevaba, el recio capote gris-acero, el
tahal, las charreteras, parecan formar parte de su persona. No hubiera
sido posible imaginrselo de otro modo.

El sargento iba y vena de un lado a otro por la sala y segua
frotndose las manos, mientras que Wittmann le serva una copita de
aguardiente; Hullin, sentado cerca de la ventana, haba visto desde el
primer instante el nmero del regimiento a que el veterano perteneca:
el 6. de infantera ligera; Gaspar, el hijo de la seora Lefvre,
serva en aquel regimiento. Juan Claudio iba, pues, a tener noticias del
novio de Luisa; pero en el momento de hablar comenz a latir su corazn
con violencia. Y si Gaspar hubiese muerto! Y si hubiera perecido como
tantos otros!

El buen almadreero quedose como ahogado y se call. Ms vale--pens
luego--no saber nada.

Sin embargo, al cabo de algunos instantes, no pudo contenerse.

--Mi sargento--le dijo con voz enronquecida--, usted es del sexto
ligero?

--Del mismo, ciudadano--replic el otro volvindose en medio de la
sala.

--No conoce usted a uno que se llama Gaspar Lefvre?

--Gaspar Lefvre!, de la segunda del primero; demonio, vaya si le
conozco! Yo he sido quien le ha enseado a llevar las armas; un
magnfico soldado, pardiez! Duro para la fatiga!... Si tuviramos cien
mil de esa clase!...

--Entonces, vive?, est bien?

--S, ciudadano; pero hace ocho das que yo dej el regimiento en
Fredericsthal para escoltar este convoy de heridos...; usted comprende,
la cosa est que arde..., y no puedo responder de nada; cuando menos se
piense, cualquiera de nosotros puede recibir el pasaporte. Ahora hace
ocho das, en Fredericsthal, el 15 de diciembre, Gaspar Lefvre
responda a la llamada.

Juan Claudio respir.

--Pero, entonces, mi sargento, hgame usted el favor de decirme por qu
Gaspar no ha escrito hace dos meses.

El veterano sonri y sus ojillos pestaearon.

--Ah!; vaya, ciudadano, por ventura cree usted que no hay otra cosa
que hacer sino escribir cuando se va de camino?

--No; yo he servido tambin; he hecho las campaas de Sambre y Mosa, de
Egipto y de Italia; pero eso no me impeda mandar noticias.

--Un momento, compaero--interrumpi el sargento--; he estado en Egipto
e Italia como usted, pero la campaa que acabamos de terminar es
completamente especial.

--Qu! Ha sido muy dura!

--Dura! Era preciso ser de bronce para no dejarse all los huesos. Todo
se ha vuelto contra nosotros: las enfermedades, los traidores, los
campesinos, la gente de la ciudad, nuestros aliados; en fin, todo. De
nuestra compaa, que se hallaba completa cuando salimos de Falsburg, el
21 de enero ltimo, no han vuelto mas que treinta y dos hombres. Me
parece que Gaspar Lefvre es el nico recluta que queda. Los pobres
reclutas se baten muy bien, pero no tienen costumbre de salvar la
pelleja y se deshacen como la manteca en la sartn!

Y diciendo esto, el viejo sargento se acerc al mostrador y se bebi la
copita de un solo trago.

--A vuestra salud, ciudadano! Acaso es usted el padre de Gaspar?

--No, soy un pariente.

--Pueden ustedes jactarse de ser fuertes en la familia! Vaya un
ejemplar de hombre de veinte aos! As, a pesar de todo, l ha podido
resistir, mientras que los otros caan por docenas.

--Pero no veo--aadi Hullin, despus de un momento de silencio--lo que
tiene de particular la ltima campaa, porque tambin nosotros hemos
tenido enfermedades y traidores.

--De particular!--exclam el sargento--; todo era particular! En otras
ocasiones, usted debe recordarlo si ha hecho la guerra de Alemania,
despus de una o dos victorias se haba acabado todo; la gente nos
reciba bien; bebamos vino blanco, comamos chucruta y jamn en
compaa de los pacficos ciudadanos, bailbamos con sus gordas
mujeres. Los maridos, los abuelos, se rean de buena gana, y cuando se
marchaba el regimiento todo el mundo lloraba conmovido. Pero ahora,
despus de Lutzen y Bautzen, en vez de tranquilizarse, la gente le
reciba a uno con cara de mil demonios; no se poda obtener nada sino
por la fuerza; cualquiera hubiera dicho que estbamos en Espaa o en
Vende. No s lo que se les ha metido en la cabeza contra nosotros. Y
si hubiramos sido slo franceses, si no hubisemos tenido que luchar
con esa ralea de sajones y dems aliados que no esperaban mas que el
momento de arrojarse sobre nosotros, hubiramos escapado bien a pesar de
todo, a pesar de ser uno contra cinco! Pero los aliados! No me hable
usted de los aliados! Mire usted: en Leipzig, el 18 de octubre ltimo,
en plena batalla, los aliados se volvieron contra nosotros y nos
fusilaron por la espalda. Eso hicieron nuestros buenos amigos los
sajones! Ocho das despus, nuestros antiguos y excelentes amigos los
bvaros tratan de cortarnos la retirada y hay que pasarlos a cuchillo en
Hanau. Al da siguiente, cerca de Francfort, se presenta otra columna de
buenos amigos, que hay que exterminar. En fin, mientras ms se matan,
ms salen. Y henos ahora de este lado del Rin. Seguramente, desde Mosc
se han puesto en marcha contra nosotros amigos de tal calaa. Ah! Si
lo hubiramos previsto despus de Austerlitz, Jena, Friedland y Wagram!

Hullin se haba quedado muy pensativo.

--Y ahora, en qu estamos, mi sargento?

--Estamos en que ha sido preciso repasar el Rin, y que todas nuestras
plazas fuertes del otro lado se hallan bloqueadas. El 10 de noviembre
pasado el prncipe de Neufchatel pas revista al regimiento en
Bleckheim; el tercer batalln ha disuelto sus efectivos en el segundo, y
el cuadro recibi la orden de estar preparado para marchar al depsito.
Cuadros no faltan; lo que faltan son hombres. Hace ms de veinte aos
que se nos sangra por los cuatro costados; por consiguiente, nada de
extrao tiene... Europa entera avanza... El emperador est en Pars
trazando el plan de campaa,... en el supuesto que nos dejen respirar
hasta la primavera...

En aquel momento, Wittmann, que se hallaba de pie cerca de la ventana,
comenz a decir:

--Aqu llega el gobernador, que viene a inspeccionar las talas que se
hacen alrededor del pueblo.

En efecto; el comandante Juan Pedro Meunier, llevando un gran sombrero
de picos y la faja tricolor a la cintura, atravesaba la plaza.

--Ah!--dijo el sargento--, voy a pedirle que firme la hoja de ruta.
Perdn, ciudadano; me veo obligado a dejarle.

--Como usted quiera, mi sargento, y gracias. Si vuelve usted a ver a
Gaspar, dgale que le lleva un abrazo de Juan Claudio Hullin y que
esperamos noticias suyas en la aldea.

--Bien..., bien..., no dejar de hacerlo.

El sargento sali, y Hullin vaci su jarro, muy pensativo.

--Seor Wittmann--dijo al cabo de un momento--, y mi paquete?

--Est preparado, maestro Juan Claudio.

Despus, volvindose hacia la puerta de la cocina, grit:

--Gredel!... Gredel! Trae el paquete de Hullin.

Una mujercita apareci y dej en la mesa un rollo de pieles de carnero.
Juan Claudio meti el palo que llevaba en el tubo que aqullas formaban
y se lo puso al hombro.

--Cmo? Se va usted en seguida?

--S, Wittmann; los das son cortos, y los caminos, a travs de los
bosques, difciles despus de las seis; tengo que llegar a buena hora.

--Entonces, buen viaje, maestro Juan Claudio.

Hullin sali y atraves la plaza apartando la vista del convoy, que
estaba an parado a la puerta de la iglesia.

Y el posadero, detrs de la ventana, al verle alejarse a buen paso, se
deca:

--Qu plido estaba cuando entr! No poda sostenerse sobre las
piernas. Es raro! Un hombre rudo, un veterano que se asusta de tan poca
cosa. Por mi parte, ya puedo ver pasar cincuenta regimientos tendidos
sobre los carros y me preocupara tanto de ellos como de mi primera
pipa.




IV


Mientras Hullin se enteraba del desastre de nuestros ejrcitos y
mientras se diriga lentamente, cabizbajo y preocupado, hacia la aldea
de Charmes, todo segua su marcha acostumbrada en la granja de El
Encinar. Nadie pensaba ya en el extrao relato de Ygof, nadie se
cuidaba de la guerra; el viejo Duchne llevaba los bueyes al abrevadero;
el pastor Robin remova la cama del ganado, y Anita y Juana desnataban
las ollas de leche cuajada. Catalina Lefvre, sola, seria y callada,
pensaba en los pasados tiempos, mientras vigilaba con aspecto impasible
las idas y venidas del pequeo mundo que la rodeaba. Aquella mujer tena
demasiada edad y era demasiado seria para olvidar en un da lo que le
haba tan vivamente conmovido. Al llegar la noche, despus de la cena,
Catalina marchose a la sala contigua, en la que se le oy sacar el libro
de apuntes del armario y colocarlo en la mesa para ajustar sus cuentas
como de ordinario.

Luego los hombres comenzaron a cargar un carro de trigo, legumbres y
aves de corral, porque al da siguiente haba mercado en Sarreburg, y
Duchne tena que salir al amanecer.

Imaginaos aquella amplia cocina con la gente a punto de acabar sus
tareas, antes de marcharse a acostar; el enorme puchero negro, lleno de
remolacha y patatas destinadas al ganado, humeando sobre un inmenso
fuego de lea que se consuma formando tulipanes de oro y prpura; los
platos, las escudillas y las soperas reluciendo como soles en el vasar;
las ristras de ajos y de cebollas bermejas colgadas en hilera de las
obscuras vigas del techo, entre los jamones y las lonjas de tocino;
Juana, con su papalina azul y su faldilla roja, agitando lo que contena
el puchero con un cucharn de madera; los jaulones de mimbres, en los
que cacarean las gallinas con el rubio gallo, que pasa la cabeza entre
los barrotes y mira la llama con ojo interrogante y la cresta cada
encima de la oreja; el dogo _Michel_, de cabeza aplastada e hinchados
carrillos, husmeando una escudilla olvidada; Dubourg, bajando la obscura
escalera que cruje, a la izquierda, inclinado hacia adelante, con un
saco sobre el hombro y el brazo arqueado, apoyado en la cadera, mientras
que fuera, en medio de la negra noche, el anciano Duchne, de pie en el
carro, levanta la linterna y grita: Este hace quince, Dubourg; faltan
todava dos. Tambin se ven, colgados de la pared, una liebre vieja y
rubia, trada por el cazador Heinrich para venderla en el mercado, y un
hermoso gallo, cuyas plumas tenan visos verdes y rojos, con el ojo
empaado y una gota de sangre en la punta del pico.

Eran cerca de las siete y media cuando se oy un ruido de pasos a la
entrada del patio. El perro se adelant hasta el umbral refunfuando;
mas al llegar all respir el viento de la noche, y despus volvi
tranquilamente a lamer de nuevo su escudilla.

--Debe de ser alguien de la casa--dijo Anita--, porque _Michel_ no se
mueve.

Casi al mismo tiempo Duchne grit desde fuera:

--Buenas noches, maestro Juan Claudio. Es usted?

--S, vengo de Falsburg y quiero descansar un momento antes de llegar a
la aldea. Catalina est ah?

Entonces pudo verse al buen hombre aparecer a la luz con su ancho
sombrero echado hacia atrs y el rollo de pieles de carnero al hombro.

--Buenas noches, hijos mos!--dijo Juan Claudio--, buenas noches!...
Siempre ocupados...

--Gracias a Dios, s, seor Hullin, como usted ve--respondi Juana
riendo--. Si no se tuviese nada que hacer, la vida sera demasiado
aburrida.

--Es verdad, hija ma, es verdad: slo el trabajo suele producir esos
frescos colores y esos ojos tan grandes y vivos.

Juana iba a contestar cuando la puerta de la sala se abri, y adelantose
Catalina Lefvre, dirigiendo a Hullin una mirada profunda como para
adivinar de antemano las noticias que traa.

--Y bien, Juan Claudio, ya est usted de vuelta?

--S, Catalina. Hay de todo: bueno y malo.

Ambos penetraron en la sala, que era una habitacin alta y bastante
grande cubierta de maderas hasta el techo, con armarios de roble
provistos de brillantes herrajes, con una estufa en forma de pirmide
que comunicaba con la cocina, un reloj antiguo que contaba los segundos,
dentro de una caja de nogal, y un gran silln de cuero, articulado por
una cremallera, que haba sido usado por diez generaciones de ancianos.
Juan Claudio no entraba nunca en aquella sala sin recordar al abuelo de
Catalina, a quien le pareca ver an con la cabeza blanca, sentado en
la sombra, detrs del hogar.

--Qu hay?--pregunt la labradora ofreciendo un asiento al almadreero,
que acababa de dejar el rollo de pieles en la mesa.

--Pues de Gaspar, las noticias son buenas; el muchacho est bien, aunque
ha sufrido muchas penalidades... Tanto mejor! As se forma la
juventud!... Pero en cuanto a lo dems, Catalina, los asuntos van mal:
la guerra, la guerra!...

Hullin sacudi la cabeza; Catalina, con los labios contrados, se sent
frente a l, muy derecha en la silla, con los ojos fijos y atentos, y
dijo:

--De modo que la cosa est mal... decididamente... y tendremos la
guerra aqu?

--S, Catalina; de un da a otro veremos llegar a los aliados a nuestras
montaas.

--Lo sospechaba..., estaba segura de ello; pero hable usted, Juan
Claudio.

Entonces Hullin, con los codos hacia adelante, las gruesas orejas rojas
entre las manos y bajando la voz cont lo que haba visto: las talas
alrededor de la ciudad, la distribucin de las bateras en las murallas,
la publicacin del estado de sitio, los carros de heridos en la plaza de
armas, la conversacin con el viejo sargento en casa de Wittmann y el
resumen de la campaa. De vez en cuando haca una pausa, y la anciana
labradora entornaba los ojos lentamente como para grabar los hechos en
su memoria. Cuando Juan Claudio habl de los heridos, la buena mujer
murmur en voz baja: Gaspar se ha escapado de sta!.

Por ltimo, cuando acabose aquella lgubre historia, hubo un largo
silencio y ambos se miraron sin decir una palabra.

Cuntas reflexiones, cun amargos sentimientos invadan sus almas!

As que pasaron unos instantes, la anciana, sobreponindose a los
terribles pensamientos que la embargaban, dijo gravemente:

--Ve usted, Juan Claudio, como Ygof no estaba equivocado?

--Sin duda, sin duda, no estaba equivocado--respondi Hullin--; pero
qu prueba eso? Un loco que va de pueblo en pueblo, que sube y baja de
Alsacia a Lorena, que va de ac para all, nada de extrao tiene que vea
o que de cuando en cuando diga una verdad en medio de sus desvaros. En
su cabeza todo se embrolla, y los dems creen comprender lo que l mismo
no comprende. Pero no se trata de historia de loco, Catalina. Los
austriacos se acercan y lo que se trata de saber es si los dejaremos
pasar o si tendremos el valor de defendernos.

--De defendernos!--exclam la anciana, cuyas plidas mejillas se
estremecieron--. Si nosotros tendremos el valor de defendernos! No es
conmigo, Hullin, con quien tiene usted que hablar. Cmo!... Acaso
valemos menos que nuestros antepasados? Acaso ellos no se han
defendido?... No ha sido preciso exterminarlos a todos, hombres,
mujeres y nios?

--Entonces, Catalina, usted es partidaria de la defensa?

--S, s..., en tanto que me quede un soplo de vida! Que vengan, que
vengan! La vieja de las viejas aqu les espera!

Sus largos cabellos grises se agitaron, sus plidas y contradas
mejillas se estremecieron y sus ojos despedan relmpagos. En aquel
momento Catalina pareca hermosa, hermosa como la anciana Margarita de
la que haba hablado Ygof. Hullin le tendi la mano en silencio,
sonriendo de entusiasmo, y dijo:

--Perfectamente, perfectamente!... En la familia somos siempre lo
mismo. No puede usted negar quin es, Catalina; ya est usted en marcha;
pero tenga un poco de tranquilidad y igame. Nosotros vamos a luchar;
pero con qu medios?

--Con todos; todos son buenos: las hachas, las hoces, los bieldos...

--Desde luego; pero los mejores son los fusiles y las balas. Fusiles
tenemos, porque todo campesino guarda el suyo encima de la puerta; pero,
desgraciadamente, nos hacen falta plvora y balas.

La anciana labradora se haba tranquilizado sbitamente, y mientras
recoga sus cabellos debajo de la cofia miraba hacia adelante, como al
azar, con aire pensativo.

--S--aadi Catalina bruscamente--, plvora y balas hacen falta, es
verdad; pero ya tendremos. Marcos Divs, el contrabandista, tiene en
abundancia; maana ir usted a verle de mi parte, y le dir que Catalina
Lefvre compra toda la plvora y todas las balas de que disponga; que
ella paga; que vender su ganado, su granja, sus tierras..., todo...,
todo, para adquirirla; comprende usted, Hullin?

--S, comprendido; es muy hermoso lo que usted hace, Catalina.

--Bah! Muy hermoso..., muy hermoso--replic la anciana--; es muy
sencillo: quiero vengarme! Esos austriacos, esos prusianos, esos
hombres rubios que nos han exterminado otras veces..., yo los odio...,
yo los detesto de padres a hijos. Eso es! Usted comprar la plvora y
ese loco miserable ver si nosotros vamos a reedificar sus castillos.

Hullin comprendi por lo que oa que Catalina segua pensando en la
historia de Ygof; pero viendo cun irritada estaba la anciana y
pensando que sus propsitos contribuiran a la defensa del pas, no hizo
ninguna observacin a este respecto, y dijo solamente:

--Entonces, Catalina, quedamos conformes; maana ir a ver a Marcos
Divs...

--S, compre usted toda la plvora y todo el plomo que tenga. Tambin
convendra recorrer las aldeas de la sierra para comunicar a la gente lo
que sucede y convenir con ellos una seal a fin de reunirse en caso de
ataque.

--Est usted tranquila--dijo Juan Claudio--; yo me encargo de eso.

Levantronse los dos interlocutores y se dirigieron a la puerta. Haca
media hora que haba cesado el ruido en la cocina: la gente de la granja
se haba ido a acostar. La anciana coloc la lmpara en una esquina del
hogar y corri los cerrojos. Fuera, el fro era intenso; el aire,
tranquilo y lmpido. Las cumbres de alrededor y los abetos del
Jaegerthal se destacaban del cielo como masas obscuras o iluminadas.
Lejos, bastante apartado de la ladera, un zorro aullaba en el valle del
Blanru.

--Buenas noches, Hullin!--dijo la seora Lefvre.

--Buenas noches, Catalina!

Juan Claudio alejose rpidamente por la cuesta de los brezos, y la
labradora, despus de contemplar durante un segundo, cerr la puerta.

Fcilmente se podr imaginar la alegra de Luisa cuando supo que Gaspar
se hallaba sano y salvo. La pobre joven no viva desde haca dos meses.
Hullin tuvo buen cuidado de no mostrarle la negra nube que asomaba por
el horizonte. Durante toda la noche la oy Juan Claudio ir de un lado
para otro en su cuartito, hablando a solas como si se felicitara a s
misma, pronunciando el nombre de Gaspar y abriendo cajones y cajas para
buscar, sin duda, algunos recuerdos que le hablasen de amor.

As el pajarillo, sorprendido por la tormenta, tiritando an, comienza a
cantar y a saltar de rama en rama, al salir al primer rayo de sol.




V


Cuando Juan Claudio Hullin, en mangas de camisa, abri al da siguiente
las ventanas de su casilla vio las montaas vecinas--el Jaegerthal, el
Grosmann, el Donon--cubiertas de nieve. La primera aparicin del
invierno, ocurrida mientras dormimos, tiene algo de sorprendente: los
viejos abetos, las rocas, cubiertas de musgo, que la vspera se
adornaban de verdor y que ahora centellean llenas de escarcha, producen
en el alma una tristeza indefinible. Ha pasado otro ao--nos decimos--,
y otra vez tenemos que sufrir los rigores del tiempo antes que vuelva la
primavera. Y nos apresuramos a vestir la recia hopalanda y a encender
el fuego. Las habitaciones obscuras se llenan de luz blanca, y por
primera vez omos a los gorriones, agazapados bajo los rastrojos, con
las plumas erizadas, que gritan afuera: Esta maana no hay comida, no
hay comida.

Hullin se calz sus recios zapatos herrados de doble suela, y sobre la
chaqueta psose un amplio jubn de pao buriel.

Juan Claudio oa en el techo los pasos de Luisa, que iba de un lado a
otro en la buhardilla, y grit:

--Luisa, me marcho!

--Cmo! Se marcha usted hoy tambin?

--S, hija ma; tengo que salir, mis asuntos no han terminado.

Despus, as que se hubo puesto un ancho sombrero de fieltro, subi la
escalera y dijo en voz baja:

--Hija ma, tardar algn tiempo en volver, pues tengo que ir bastante
lejos; pero no te inquietes. Si alguien pregunta dnde estoy, le dices:
En casa del primo Matas, en Saverne.

--No quiere usted almorzar antes de salir?

--No; me llevo un pedazo de pan y la calabacilla de aguardiente. Adis,
hija ma; algrate, y piensa en Gaspar.

Y sin esperar que le hiciera nuevas preguntas, cogi su palo y sali de
la casilla, dirigindose hacia la colina de los Abedules, a la
izquierda de la aldea. No haba pasado un cuarto de hora cuando Hullin
la haba recorrido y llegaba al sendero de las Tres Fuentes, que rodea
el Falkenstein, siguiendo un murillo de piedra en seco. Las primeras
nieves, que nunca se endurecen, comenzaban, con el ambiente hmedo de
las caadas, a fundirse y se deslizaban por el sendero. Hullin salt el
murillo para subir la pendiente. Y dirigiendo casualmente la mirada
hacia la aldea, que se hallaba slo a dos tiros de carabina, vio a
algunas mujeres barrer delante de sus puertas y a algunos vejetes que se
saludaban, mientras fumaban la primera pipa del da, junto al umbral de
su chamizo. Aquella profunda tranquilidad de la vida, en contraste con
los pensamientos que le agitaban, le impresion, y siguiendo su camino
muy preocupado se dijo: Qu tranquilo est todo all abajo!... Nadie
sospecha nada, y, sin embargo, dentro de pocos das cuntos clamores,
qu estruendo de descargas no hendirn los aires!

Como de lo que se trataba en primer lugar era de procurarse plvora,
Catalina Lefvre haba puesto naturalmente los ojos en Marcos Divs, el
contrabandista, y en su virtuosa esposa Hexe-Baizel.

Aquellas gentes vivan al otro lado del Falkenstein y debajo de la roca
que serva de asiento a un antiguo _burg_[2] en ruinas; all se haban
construido una especie de cubil bastante cmodo, el cual no tena mas
que la puerta de entrada y dos ventanillos, pero que, segn ciertos
rumores, se hallaba en comunicacin con unos subterrneos por cierta
hendedura; nunca los carabineros haban podido descubrirla, a pesar de
los numerosos registros que haban hecho con tal fin. Juan Claudio y
Marcos Divs se conocan desde la infancia; juntos haban ido a coger
nidos de gavilanes y mochuelos, y desde entonces continuaban vindose
casi todas las semanas, por lo menos una vez, en la fbrica de aserrar
del Valtin. Hullin estaba, pues, seguro del contrabandista, pero le
infunda alguna sospecha la seora Hexe-Baizel, mujer demasiado
circunspecta y que quizs no se inclinase del lado de la guerra. En
fin--se deca Juan Claudio mientras caminaba--, ahora veremos.

El almadreero encendi la pipa, y de vez en cuando se volva para
contemplar el inmenso paisaje, cuyos lmites se ensanchaban cada momento
ms.

Nada hay tan hermoso como el espectculo de aquellas montaas pobladas
de bosques, elevndose unas sobre otras en el cielo plido; de los
corpulentos brazos, que se extienden hasta perderse de vista, cubiertos
de nieve; de los obscuros barrancos, encajonados entre los bosques, con
el torrente al fondo saltando entre los cantos rodados tan verdosos y
bruidos como el bronce. Y adems el silencio, ese gran silencio del
invierno...; la nieve todava blanda, que cae de la copa de los altos
abetos sobre las ramas inferiores que se inclinan; las aves de rapia,
dando vueltas de dos en dos por encima de los montes y lanzando sus
gritos de combate: cosas son sas que slo se pueden ver, que no se
pueden describir.

Prximamente una hora despus de haber salido de la aldea de Charmes,
Hullin trepaba por la cumbre del monte y llegaba al pie del pen de los
Madroos. Alrededor de aquella masa grantica se extiende una especie de
terrapln de tres a cuatro pies de ancho. Semejante camino, hasta donde
llegan las copas de los abetos ms altos que suben del precipicio, tiene
algo de siniestro, pero es seguro; si no se siente el vrtigo, no hay
peligro alguno en recorrerlo. Por encima, formando una media bveda,
avanzaba la roca cubierta de ruinas.

Juan Claudio se acercaba a la cueva del contrabandista, y detenindose
un momento en el terrapln, guardose la pipa en el bolsillo; luego
sigui andando por el sendero, que describe un semicrculo y termina por
el otro lado en una brecha. Al final, y casi junto a dicha cortadura,
vio Hullin las dos ventanillas del cubil y la puerta, que se hallaba
entreabierta. Un gran montn de estircol se divisaba delante del
umbral.

En el mismo instante apareci Hexe-Baizel, arrojando, con una gran
escoba de retamas verdes, el estircol al abismo. Aquella mujer era
pequea y delgaducha; tena los cabellos rojos y desgreados, las
mejillas hundidas, la nariz afilada, los ojos pequeos y brillantes como
dos centellas; la boca fina, con los dientes muy blancos, y la tez
rojiza. En cuanto a su vestidura, se compona de una falda de lana muy
corta y sucia y de una camisola de lienzo bastante blanca; sus curtidos
bracillos musculosos, cubiertos de vello dorado, estaban desnudos hasta
el codo, a pesar del intenso fro que hace en el invierno a tal altura;
en fin, por todo calzado llevaba dos enormes chanclos destrozados.

--Hola! Buenos das, Hexe-Baizel!--grit Juan Claudio alegremente y en
tono burln--; usted siempre tan gruesa y oronda, alegre y satisfecha...
As me gusta!

Hexe-Baizel se haba vuelto rpidamente, como una comadreja sorprendida
en acecho, sacudiendo la cabellera roja y lanzando chispas por los ojos;
pero se tranquiliz en seguida y exclam secamente, como si se hablara a
s misma:

--Hullin... el almadreero! Qu se le habr perdido por aqu?

--Vengo a ver a mi amigo Marcos, seora Hexe-Baizel--respondi Juan
Claudio--; tenemos que hablar de negocios.

--Qu negocios?

--Ah! Eso queda para nosotros. Vamos, djeme usted pasar, pues quiero
hablarle.

--Marcos est durmiendo.

--Pues hay que despertarle, porque el tiempo vuela.

Y diciendo esto, Hullin se inclin para entrar por la puerta y penetr
en una pequea cueva, cuya bveda, en vez de ser redonda, era de forma
irregular, surcada de hendeduras. Cerca de la entrada, a dos pies del
suelo, la roca formaba una especie de hogar natural, en el que ardan
algunos carbones y ramas de enebro. Todos los utensilios de cocina de
Hexe-Baizel consistan en una olla de metal, un puchero de barro rojo,
dos platos desportillados y tres o cuatro tenedores de estao; todo su
mobiliario, en un asiento de madera, una hacheta para partir la lea,
una caja con sal colgada de la piedra y la gran escoba de retamas
verdes. A la izquierda de tal cocina se vea otra caverna con una puerta
irregular, ms ancha por arriba que por abajo, que se cerraba por medio
de dos tablas y un travesao.

--Y dnde est Marcos?--dijo Hullin sentndose cerca del hogar.

--Ya le he dicho que est durmiendo; ayer vino muy tarde, y hay que
dejarle dormir, lo oye usted?

--Lo oigo muy bien, Hexe-Baizel, pero no tengo tiempo de esperar.

--Entonces, mrchese.

--Mrchese! Eso se dice muy pronto!; pero es el caso que no quiero
irme. No he hecho una legua de camino para volverme con las manos
vacas.

--Eres t, Hullin?--interrumpi bruscamente una voz saliendo de la
cueva de al lado.

--S, Marcos.

--Ah! Ya voy.

Oyose un ruido como de paja removida, y luego la tapadera de madera se
corri: un cuerpo enorme, de una anchura de tres pies de hombro a
hombro, delgado, huesudo, cargado de espaldas, con el cuello y las
orejas color de ladrillo, los cabellos obscuros y espesos, inclinose
para pasar por el boquete, y Marcos Divs apareci ante Hullin
bostezando, estirando sus largos brazos y dando un suspiro contenido.

A primera vista, la fisonoma de Marcos Divs pareca bastante pacfica.
La frente ancha y baja, las despejadas sienes, los cabellos cortos y
rizados que avanzaban en punta hasta cerca de las cejas, la nariz recta
y larga, el mentn prolongado, y, sobre todo, la expresin tranquila de
sus ojos obscuros hubieran inducido a creer que perteneca a la familia
de los rumiantes ms bien que a la de las fieras; pero hubiese sido
aventurado fiarse de las apariencias. Por la comarca corran rumores de
que Marcos Divs, en caso de que le atacaran los carabineros, no tendra
el menor reparo en servirse del hacha y de la escopeta para acabar
pronto; a l se le atribuan varios accidentes graves ocurridos a los
agentes del fisco; pero las pruebas faltaban en absoluto. El
contrabandista, gracias a su profundo conocimiento de los puertos de la
sierra y de las veredas que van de Dagsburg a Sarrebrck y de
Raon-l'Etape a Basilea, en Suiza, siempre se hallaba a quince leguas de
los sitios donde haba sucedido alguna fechora. Adems, tena un aire
bonachn, y aquellos que haban hecho correr rumores que le perjudicaban
siempre hubieron de acabar mal; lo que prueba la justicia del Seor en
este mundo.

--A fe ma, Hullin--exclam Marcos despus de salir del agujero--, ayer
estuve pensando en ti, y si no hubieras venido, hubiese ido yo a la
fbrica del Valtin con el solo objeto de buscarte. Sintate.
Hexe-Baizel, trae un asiento a Hullin.

Luego sentose el contrabandista en el hogar, con la espalda hacia el
fuego y frente a la puerta abierta, por la que penetraban juntos los
vientos de Alsacia y de Suiza.

Por el boquete poda descubrirse una vista esplndida; pareca un
verdadero cuadro recortado por la roca, un cuadro inmenso abarcando todo
el valle del Rin, y del otro lado, las montaas, que se perdan en la
bruma. Respirbase un vientecillo fresco, y el fuego que danzaba en
aquel nido de bhos era agradable de ver con sus tonos rojos, despus
que los ojos haban recorrido la extensin azulada.

--Marcos--dijo Hullin tras un instante de silencio--, puedo hablar
delante de tu mujer?

--Ella y yo somos una sola persona.

--Pues bien, Marcos, vengo a comprarte plvora y plomo.

--Para tirar liebres, no es verdad?--dijo el contrabandista guiando
los ojos.

--No; para batirnos con los alemanes y los rusos.

Hubo un instante de silencio.

--Y necesitars mucha plvora y mucho plomo?

--Todo el que me puedas proporcionar.

--Puedo proporcionarte hoy municiones por valor de tres mil
francos--dijo el contrabandista.

--Las compro.

--Y dentro de ocho das dispondr de otras tantas--aadi Marcos con la
misma tranquila voz y la mirada atenta.

--Tambin las compro.

--S, usted las compra--exclam Hexe-Baizel--, usted las compra, no lo
dudo!; pero quin las paga?

--Cllate--dijo Marcos con acritud--; Hullin las compra, y su palabra
basta.--Despus, tendindole la ancha mano de un modo afectuoso, aadi:

--Juan Claudio, aqu est mi mano; la plvora y el plomo son tuyos; pero
quiero gastar la parte que me corresponde, comprendes?

--S, Marcos; pienso pagarte en seguida.

--Pagar--dijo Haxe Baizel--, lo oyes?

--Bah! No soy sordo! Baizel, ve por una botella de _brimbelle-wasser_
para calentarnos un poco el estmago. Lo que Hullin acaba de decirme me
gusta. Esos granujas de _kaiserlicks_ no nos ganarn la partida con
tanta facilidad como yo crea. Parece que vamos a defendernos con
energa.

--S, con energa.

--Hay algunos que pagan?

--La que paga es Catalina Lefvre, y ella es la que me manda--dijo
Hullin.

Entonces Marcos se levant, y con voz grave, extendiendo el brazo hacia
los precipicios, exclam:

--Es una mujer..., una mujer tan grande como aquel pen de all abajo,
el Oxenstein, el mayor que he visto en mi vida! Bebo a su salud! Bebe
t tambin, Juan Claudio!

Hullin bebi, y luego lo hizo la anciana.

--Despus de eso no hay ms que hablar--exclam Divs--; pero escucha,
Hullin; no hay que creer que es empresa fcil cortarles el paso; todos
los cazadores furtivos, todos los _segares_[3] _schileteros_ y
leadores de la sierra no bastarn para ello. Acabo de llegar del otro
lado del Rin. Cuntos rusos, austriacos, bvaros, prusianos, cosacos y
hngaros..., cuntos he visto! Cubren la tierra; los pueblos no pueden
albergarlos y acampan en las llanuras, en las caadas, en las alturas,
en las ciudades, a campo raso; por todas partes, por todas partes hay
enemigos!

En aquel momento un grito agudo hendi los aires.

--Es un halcn que est de caza!--dijo Marcos interrumpindose.

Mas en el mismo instante pas una sombra por el pen.

Era una bandada de pinzones que volaba sobre el abismo, y centenares de
halcones y gavilanes se agitaban sobre ellos, dando vertiginosas vueltas
y gritos estridentes para azorar a su presa, mientras que la bandada
pareca inmvil, de densa que era. El movimiento regular de tantos miles
de alas produca en el silencio un ruido semejante al de las hojas secas
arrastradas por el cierzo.

--Son los pinzones, que se marchan de las Ardennas--dijo Hullin.

--S, es el ltimo paso; ya el hayuco est enterrado en la nieve lo
mismo que la sementera. Pues bien, mira; hay ms hombres all abajo que
pjaros en esa bandada. Pero es igual, Juan Claudio; saldremos bien de
nuestra empresa, siempre que todo el mundo tome parte en ella.
Hexe-Baizel, enciende la linterna, porque voy a ensear a Hullin las
provisiones que tenemos de plvora y plomo!

Hexe-Baizel, al or semejante proposicin no pudo contener un gesto de
extraeza, y dijo:

--Nadie, desde hace veinte aos, ha entrado en la cueva; bien puede l
creernos bajo nuestra palabra como nosotros creemos bajo la suya que nos
pagar; de modo que no tengo para qu encender la linterna.

Marcos, sin contestar nada, extendi el brazo y tom de la leera una
gruesa tranca; entonces la vieja, con los cabellos erizados, desapareci
por el boquete ms prximo como un hurn, y dos segundos despus sala
con una enorme linterna de cuerno, que Divs encendi tranquilamente con
el fuego del hogar.

--Baizel--dijo Marcos volviendo a colocar el palo en el rincn--, t
sabes que Juan Claudio es un amigo mo de la infancia, y que me fo
mucho ms de l que de ti, vieja gardua; porque si no temieras que te
ahorcaran el mismo da que a m, hace tiempo que me hubieran colgado de
una cuerda. Vamos, Hullin, sgueme.

Salieron ambos, y el contrabandista, torciendo a la izquierda, se
dirigi hacia la cortadura, que formaba una especie de salidizo sobre el
Valtin, a doscientos pies de altura. Separ con la mano las hojas de una
encinilla que haba arraigado por debajo, alarg la pierna y desapareci
como si se hubiera arrojado al abismo. Juan Claudio se estremeci; pero
casi al mismo tiempo, sobre la pared que formaba la roca, vio destacarse
la cabeza de Divs, que avanzaba gritndole:

--Hullin, pon la mano a la izquierda, donde hay un agujero; extiende el
pie sin miedo y tocar en un escaln, y despus da media vuelta.

Juan Claudio obedeci muerto de miedo; encontr el boquete en la piedra,
alcanz el escaln y, dando media vuelta, se encontr frente a frente
con su compaero en una especie de nicho apuntado, que sin duda se
comunicaba en otro tiempo con una poterna. Al fondo del nicho abrase
una bveda baja.

--Cmo demonio has encontrado esto?--exclam Hullin completamente
maravillado.

--Lo encontr buscando nidos hace treinta y cinco aos. Un da me
hallaba en la pea, y yo haba visto salir de all muchas veces un bho
de gran tamao con la hembra, dos pjaros magnficos, con la cabeza
gorda como mi puo y unas alas de seis pies de ancho, cuando o gritar a
las cras y me dije: Estn cerca de la caverna, en el extremo del
terrapln. Si pudiera dar la vuelta un poco ms all de la cortadura,
las cogera. A fuerza de mirar y de inclinarme logr ver una esquina
del escaln, por encima del precipicio. Al lado haba un acebo bastante
firme. Me as del acebo, extend la pierna y, ya lo ves!, aqu llegu.
Pero qu lucha, Hullin! El padre y la madre queran sacarme los ojos.
Por fortuna era de da, y aunque ambos se dirigan contra m, abriendo
el pico y silbando, el sol los deslumbraba. Les di unos cuantos
puntapis, y por fin fueron a caer en un abeto, all abajo; y los
grajos, los zorzales, los pinzones, estuvieron volando alrededor de
ellos hasta que lleg la noche, para arrancarles las plumas. No puedes
figurarte, Juan Claudio, el montn de huesos, pellejos de ratas y
lebratos, la carroa que haban reunido en este nido aquellos animales.
Era una verdadera inmundicia. Lo arroj todo al Jaegerthal y vi el
pasadizo cubierto. Se me olvid decirte que me encontr dos cras;
retorcles el pescuezo y las met en el saco. Despus de lo cual, con
toda tranquilidad entr, y ahora vers lo que hall. Entra.

Ambos penetraron en una bveda estrecha y baja, formada por enormes
piedras rojas, en las que la luz proyectaba, al marchar los dos amigos,
su vacilante resplandor.

Cuando hubieron andado unos treinta pasos, apareci ante Hullin una gran
cueva de forma circular, desplomada por lo alto y abierta en la roca
viva. Al fondo se vean unos cincuenta barriles apilados en forma de
pirmide, y a los lados, gran cantidad de barras de plomo y sacos de
tabaco, cuyo fuerte olor impregnaba el aire.

Marcos haba dejado la linterna a la entrada de la bveda y miraba su
guarida con la cabeza levantada y la sonrisa en los labios.

--He aqu lo que descubr--dijo el contrabandista--, la cueva estaba
vaca; solamente encontr ah en medio el esqueleto de un animal, tan
blanco como la nieve, seguramente de un zorro muerto de viejo. El
granuja descubri el pasadizo antes que yo, y aqu dorma a pierna
suelta! A quin hubiera podido ocurrrsele venir a este lugar! En aquel
tiempo, Juan Claudio, yo tena doce aos. En seguida pens que este
escondrijo podra serme til algn da. No saba entonces para qu...;
pero as que pas tiempo, cuando hice las primeras salidas de
contrabando a Landau, Khel y Basilea con Jacobo Zimmer, y cuando los
carabineros se dedicaron a perseguirnos durante dos inviernos, la idea
de la cueva abandonada comenz a rondar mi pensamiento desde la maana
hasta la noche. Yo conoca ya a Hexe-Baizel, que era entonces criada de
la granja de El Encinar, en casa del padre de Catalina. Trjome en
dote veinticinco luises, y vinimos a establecernos en la caverna de los
Madroos.

Callose Divs, y Hullin, muy pensativo, le pregunt:

--Entonces has tomado cario a este agujero?

--Que si le he tomado cario!... Mira, no me ira a vivir a la casa ms
hermosa de Estrasburgo aun cuando me dieran dos mil libras de renta.
Hace veintitrs aos que guardo aqu mis mercancas: azcar, caf,
plvora, tabaco, aguardiente; todo se mete ah. Tengo ocho caballeras
siempre de camino.

--Pero no disfrutas de nada.

--Que no disfruto de nada! T crees que no es nada burlarse de los
gendarmes, de los investigadores, de los carabineros, irritarlos,
despistarlos y or decir por todas partes: Ese granuja de Marcos, qu
listo es!... Cmo hace lo que quiere!... Es capaz de acabar con todo el
Estado... Y esto y lo otro. Je, je, je! Te aseguro que es el placer
mayor del mundo. Adems, la gente te quiere porque vendes a mitad de
precio, con lo cual prestas un servicio a los pobres y mantienes
caliente el estmago.

--S; pero cuntos peligros!

--Bah! Nunca se le ocurrir a un carabinero pasar por la brecha.

--Desde luego!--pens Hullin, al recordar que tendra necesidad de
salvar nuevamente el precipicio.

--Es igual--prosigui Marcos--; no te falta del todo razn, Juan
Claudio. Al principio, cuando yo tena que entrar aqu con esos
barrilillos a la espalda, sudaba la gota gorda; pero ahora ya me he
acostumbrado.

--Y si se te escurriera un pie?

--Pues nada; se acabara todo. Lo mismo da morir ensartado en un abeto
que toser durante semanas y meses tendido en un jergn.

En tal momento, Divs iluminaba con la linterna las pilas de barriles,
que llegaban hasta la bveda.

--Es plvora fina inglesa--dijo Marcos--que se va de las manos como las
pepitas de plata y que caza a las mil maravillas. No se necesita mucha;
con un dedal basta. Y aqu tienes el plomo puro, sin mezcla de estao.
Esta noche comenzar Hexe-Baizel a fundir las balas; ella entiende de
eso; t vers.

Y ya se disponan a volver en direccin a la cortadura, cuando, de
repente, un confuso ruido de palabras se oy zumbar en el aire. Marcos
apag la linterna, y ambos quedaron sumidos en la obscuridad.

--Alguien va por ah arriba--dijo el contrabandista en voz muy baja--.
Quin ser el que se ha aventurado a trepar al Falkenstein con este
tiempo de nieves?

Estuvieron escuchando, conteniendo la respiracin, con la vista fija en
el rayo de luz azulada que descenda por una estrecha falla hasta el
fondo de la caverna. Alrededor de aquella hendedura crecan algunas
malezas salpicadas de escarcha centelleante; ms arriba se divisaba la
coronacin de un antiguo muro. Y en el momento en que Divs y Hullin
miraban manteniendo el ms profundo silencio, he aqu que aparece al pie
del muro una enorme cabeza despeluznada, una frente dentro de un aro
reluciente, una cara alargada y despus una barba roja, puntiaguda, todo
lo cual se recortaba, formando una extraa silueta, en el cielo blanco
del invierno.

--Es el _Rey de Bastos_--dijo Marcos riendo.

--Pobre hombre!--murmur Hullin gravemente--; viene a visitar su
castillo, andando por el hielo con los pies descalzos y con su corona de
hojalata en la cabeza. Oye, oye cmo habla! Est dando rdenes a los
caballeros y a la corte; ahora extiende el cetro ya al Norte, ya al
Medioda; todo es suyo; es el seor del cielo y de la tierra... Pobre
hombre! Slo de verle con los calzoncillos que lleva y con la piel de
perro pelada a la espalda, siento fro en los huesos!

--S, Juan Claudio, esto me produce el efecto de un burgomaestre o de un
alcalde de pueblo, con una panza tan abultada como la de un palomo, a
quien se le hinchan los carrillos cuando dice: Yo, Hans Aden, tengo
diez fanegas de magnficos prados, tengo tambin dos casas, una via, un
huerto y un jardn; ejn!, ejn!, tengo esto, y lo otro, y lo de ms
all. Pero al da siguiente le da un coliquillo, y... andando! Los
locos, los locos!... Quin puede decir que no est loco? Vmonos,
Hullin; la vista de ese desgraciado que habla a solas y los gritos del
cuervo anunciando el hambre me estremecen.

Penetraron ambos en la galera, y al salir de las tinieblas, la claridad
del da estuvo a punto de deslumbrar a Hullin. Por fortuna, el cuerpo
aventajado de su camarada, que se haba colocado delante de l, le
preserv del vrtigo.

--Agrrate con fuerza--dijo Marcos--y haz como yo! La mano derecha en
el boquete, y el pie derecho delante, en el escaln; ahora, media
vuelta. Ya estamos!

Volvieron a la cocina, en la que se hallaba Hexe-Baizel, quien les dijo
que Ygof estaba en las ruinas del antiguo _burg_.

--Ya lo sabemos--respondi Marcos--; acabamos de verle tomando el fresco
all arriba: cada loco con su tema.

En tal momento, _Hans_, el cuervo, volando por encima del abismo, pas
ante la puerta lanzando un grito ronco; oyose un ruido como de granizo
desprendindose de la maleza y apareci el loco en el terrapln con un
aspecto muy hosco; dirigi una mirada hacia el hogar, y exclam:

--Marcos Divs, procura mudarte pronto. Te lo advierto porque estoy
cansado de este desorden. Las fortificaciones de mis dominios tienen que
quedar libres. No consiento que mi casa sea una gusanera. Por
consiguiente, prepralo todo.

Luego, al ver a Juan Claudio, desarrugsele el entrecejo y le dijo:

--T por aqu, Hullin? Sers, por fin, bastante perspicaz para
aceptar las proposiciones que me he dignado hacerte? Comprenders que
una unin como la que te propongo es el solo medio de libraros de la
completa destruccin de vuestra raza? Si as es, te felicito, pues das
prueba de ms discrecin de la que te crea capaz.

Hullin no pudo contener la risa y le respondi:

--No, Ygof, no; el Cielo no me ha iluminado an lo suficiente para
aceptar el honor que me quieres hacer. Adems, Luisa no est en edad de
contraer matrimonio.

El loco volvi a tomar un aspecto grave y sombro. De pie, al borde del
terrapln, de espaldas al abismo, pareca ser aquel su lugar natural, y
el cuervo, dando vueltas a uno y otro lado, no consegua alterarle.

Ygof levant el cetro, frunci las cejas y exclam:

--Hullin! Por segunda vez te reitero mi peticin y t por segunda vez
la rechazas. Volver a hacrtela por ltima vez, lo oyes?, por ltima
vez. Despus... que se cumpla el destino!

Y girando pausadamente los talones, con paso firme, alta y derecha la
cabeza, a pesar de la extraordinaria inclinacin de la pendiente, el
_Rey de Bastos_ descendi el sendero de la roca.

Hullin, Marcos Divs y tambin Hexe-Baizel prorrumpieron en una sonora
carcajada.

--Est completamente loco--dijo Hexe-Baizel.

--Me parece que no te equivocas--contest el contrabandista--. El pobre
Ygof, desde luego, ha perdido la razn. Pero no se trata de eso ahora;
Baizel, atiende a lo que te digo: vas a dedicarte a fundir balas de
todos los calibres; por mi parte, voy a ponerme en camino de Suiza.
Dentro de ocho das, cuando ms, las municiones que faltan estarn aqu.
Y ve en busca de mis botas.

Despus, golpeando el suelo con el tacn y ponindose al cuello una
gruesa corbata de lana roja, descolg de la pared una de esas capas de
color verde obscuro, como las que llevan los pastores, y se la ech
sobre los hombros; calose luego un sombrero de fieltro viejo y rado,
cogi una estaca y exclam:

--No olvides lo que acabo de decirte, mujer; si no, ya vers! Andando,
Juan Claudio!

Obedeci Hullin, y ambos se alejaron por la explanada sin despedirse de
Hexe-Baizel, la cual, por su parte, no se atrevi siquiera a asomarse al
umbral para verlos marchar. Cuando los dos amigos estuvieron en lo bajo
del pen, Marcos Divs, detenindose, dijo:

--T vas a los pueblos de la sierra, no es eso, Hullin?

--S, es lo primero que tengo que hacer; hay que avisar a los leadores,
a los carboneros, a los almadieros, y decirles lo que ocurre.

--Desde luego; no dejes de ver a Materne del Hengst y a sus dos hijos, a
Labarbe de Dagsburg y a Jernimo de San Quirino. Diles que habr plvora
y balas; que nos hallamos metidos en el asunto Catalina Lefvre, yo,
Marcos Divs, y todas las personas decentes de la comarca.

--Qudate tranquilo, Marcos; yo conozco a la gente.

--Entonces, hasta pronto.

Los dos amigos se estrecharon fuertemente las manos.

El contrabandista tom el sendero de la derecha, hacia el Donon; Hullin,
el sendero de la izquierda, hacia el Sarre.

Ambos se alejaban a buen paso, cuando Hullin llam a su compaero:

--Eh! Marcos! Dile, al pasar, a Catalina Lefvre que todo marcha bien
y que yo voy a la sierra.

El otro respondi, con un movimiento de cabeza, que haba comprendido y
ambos siguieron su camino.




VI


Una agitacin extraordinaria reinaba en toda la lnea de los Vosgos; el
rumor de la invasin prxima se esparca de aldea en aldea hasta llegar
a las granjas y casas forestales del Hengst y del Nideck. Los buhoneros,
los carreteros, los caldereros, toda esa poblacin flotante que va
continuamente de la sierra al llano y del llano a la sierra, llevaban
da por da, de Alsacia y de las orillas del Rin, una porcin de
noticias inquietantes: Las plazas--decan tales gentes--se preparan
para la defensa; se busca trigo y carne para aprovisionarlas; las
carreteras de Metz, Nancy, Huningue y Estrasburgo se ven surcadas de
convoyes. Por todas partes no se encuentran mas que cajones de plvora,
de balas y de obuses; la caballera, la infantera y los artilleros
vuelven a sus puestos. El mariscal Victor, con doce mil hombres,
defiende la carretera de Saverne; pero los puentes de las plazas fuertes
estn levantados desde las siete de la noche hasta las ocho de la
maana.

Todo el mundo pensaba que aquello no era anuncio de nada bueno. Sin
embargo, aunque muchos sentan un gran temor ante la guerra, aunque las
viejas levantaban las manos al cielo implorando a Jess, Mara y Jos,
la mayora de las personas pensaban en procurarse medios de defensa. En
tales circunstancias, Juan Claudio Hullin fue bien acogido en todos
lados.

Aquel mismo da, hacia las cinco de la tarde, Hullin llegaba a la cima
del Hengst y se detuvo en casa del patriarca de los cazadores de monte,
el anciano Materne. All pernoct, porque en invierno las jornadas son
cortas y los caminos difciles. Materne prometi vigilar el desfiladero
de la Aduana con sus dos hijos, Kasper y Frantz, y contestar a la
primera seal que le hicieran desde el Falkenstein.

Al da siguiente, Juan Claudio march a Dagsburg, muy temprano, para
ponerse de acuerdo con su amigo Labarbe, el leador. Juntos fueron a
recorrer los caseros de alrededor, con el fin de encender en los pechos
el amor a la tierra natal, y al siguiente da Labarbe acompa a Hullin
a casa del anabaptista Cristin Nickel, el colono del Painbach, persona
respetable y de buen sentido, pero a quien no pudieron convencer de que
deba tomar parte en la gloriosa empresa. Cristin Nickel tena siempre
la misma respuesta para todas las observaciones que le hicieron: Est
bien..., es justo..., pero el Evangelio dice: Vuelva el palo a su
sitio... Quien a hierro mata, a hierro muere. Sin embargo, les ofreci
que rogara por la buena causa; eso fue todo lo que pudieron obtener de
l.

Los dos amigos llegaron hasta Walsch con el objeto de estrechar la mano
de Daniel Hirsch, antiguo artillero de marina, que les prometi
arrastrar consigo a la gente de su concejo.

En aquel sitio, Labarbe dej a Juan Claudio, que sigui solo su camino.

Durante ocho das Hullin recorri la sierra de un extremo al otro, de
Soldatenthal al Leonsberg, a Meienthal, a Abreschwiller, Voyer,
Loettenbach, Cirey, Petit-Mont y Saint-Sauver, y al noveno da fue a
casa del zapatero Jernimo de San Quirino. Juntos visitaron el
desfiladero del Blanru, despus de lo cual Hullin, satisfecho de su
viaje, tom, por ltimo, el camino de la aldea.

Haca dos horas que Juan Claudio marchaba a buen paso, imaginndose la
vida del campamento, el vivaque, las descargas, las marchas y
contramarchas, toda aquella existencia de soldado que tantas veces haba
echado de menos y que vea ahora volver con entusiasmo, cuando a lo
lejos, a mucha distancia an, envuelto en la sombra del crepsculo,
descubri la mancha azulada del casero de Charmes, su pobre casita que
deshaca en el cielo blanco una madeja de humo casi imperceptible, los
jardinillos rodeados de empalizadas, los tejados de madera, y, a la
izquierda, a media ladera, la gran finca de El Encinar, con la
fbrica de aserrar del Valtin al fondo, en el barranco ya en sombra.

Entonces, de repente y sin saber por qu, inundose su alma de una
profunda tristeza.

Hullin detuvo el paso, pensando en la vida tranquila, apacible, que
abandonaba quiz para siempre; en su cuartito, tan abrigado en invierno
y tan alegre en la primavera, cuando abra las ventanitas para que
penetrase la brisa de los bosques; en el tic-tac montono del viejo
reloj y, sobre todo, en Luisa, en su buena y querida Luisa, hilando
silenciosamente, con los ojos bajos, cantando alguna antigua cancin,
con voz pura y penetrante, durante las horas del atardecer, en que ambos
se consuman de aburrimiento. Aquel recuerdo le conmovi tan
profundamente, que los ms pequeos objetos, las herramientas de su
oficio--las barrenas largas y relucientes, el hacha de mango corto, los
mazos de madera, la estufilla, el armario desvencijado, las vasijas de
barro vidriado, la vieja imagen de San Miguel colgada de la pared, el
antiguo lecho de dosel que se hallaba al fondo de la alcoba, el
taburete, el bal, la lmpara de mechero de cobre--, todo se le
reproduca en la memoria como una pintura animada, y las lgrimas
asomaron a sus ojos.

Pero sobre todo lo que senta era Luisa, su querida hijita. Cuntas
lgrimas iba a derramar! Cmo iba a suplicarle que renunciase a la
guerra! Y cmo se arrojara a sus brazos, dicindole: Oh, no me
abandones, pap Juan Claudio! Tanto como te quiero! No es verdad que
no quieres dejarme?

Y el buen hombre vea los hermosos ojos de su hija llenos de terror;
senta los brazos de Luisa que le rodeaban el cuello. Pero estaba
decidido a ocultarle la verdad, a hacerle creer cualquier cosa,
valindose de un pretexto para explicar su ausencia y tranquilizarla;
mas tales medios no eran propios de su carcter, y por ello su tristeza
aumentaba.

Al pasar frente a la granja de El Encinar entr para decir a Catalina
Lefvre que todo marchaba bien y que los campesinos slo esperaban la
seal.

Un cuarto de hora despus, el seor Juan Claudio desembocaba por el
sendero de los acebos frente a su casita.

Antes de empujar la puerta, que haca mucho ruido, se le ocurri ver lo
que haca Luisa en aquel momento. Acercose, pues, a la ventana y mir
hacia dentro de la habitacin: Luisa se hallaba de pie, junto a las
cortinas de la alcoba; pareca muy animada, arreglando, doblando y
desdoblando varios vestidos extendidos sobre la cama. Su dulce rostro
resplandeca de contento, y sus grandes ojos azules brillaban como
llenos de entusiasmo; hasta pareca que la joven hablaba en voz alta.
Hullin prest atencin, pero precisamente en aquel momento pasaba un
carro por la calle y no pudo or nada.

Entonces, tomando una resolucin sin titubear, entr diciendo con voz
fuerte:

--Luisa, ya estoy de vuelta.

Acto continuo, la joven, rebosando alegra y saltando como una corza,
corri a abrazar a Hullin.

--Ah! Eres t, pap Juan Claudio? Te esperaba! Dios mo! Dios mo!
Cunto tiempo has estado de viaje! Pero ya ests aqu!

--Es que, hija ma--contest el buen hombre en tono menos decidido,
dejando la estaca detrs de la puerta y el sombrero sobre la mesa--, es
que...

Y no pudo decir ms.

--S, s, has ido a ver a tus amigos--dijo riendo Luisa--; lo s todo;
mam Lefvre me lo ha contado todo.

--Cmo, t lo sabes?... Y no te impresiona nada?... Me alegro, me
alegro; eso prueba tu buen sentido. Y yo que tema verte llorar!

--Llorar! Y por qu, pap Juan Claudio? Oh! Yo tengo valor; t no me
conoces, por lo visto.

Luisa tom una expresin decidida, que hizo sonrer a Hullin; pero
aquella sonrisa desapareci sbitamente cuando la joven agreg:

--Vamos a ir a la guerra..., vamos a pelear..., vamos a batir la
sierra...

--Cmo? Qu es eso de vamos, vamos?--exclam el buen hombre
completamente sorprendido.

--Pues claro! Es que no vamos ya?--dijo Luisa con voz que revelaba su
contrariedad.

--Quiero decir... que tengo que dejarte sola algn tiempo, hija ma.

--Dejarme!... Oh!, de ningn modo. Me voy contigo; eso est decidido.
Mira, mi equipaje ya est preparado en ese paquete, y ahora estoy
arreglando el tuyo. No te preocupes de nada; djame disponerlo todo y
quedars satisfecho.

Hullin no poda salir de su estupor.

--Pero, Luisa--exclam por fin--; t no sabes lo que dices! Reflexiona
un poco! Hay que pasar muchas noches a campo raso, marchar, correr, y el
fro y la nieve, los tiros... Eso no puede ser!

--Por Dios--exclam la joven, con voz nublada por las lgrimas y
arrojndose a sus brazos--, no me digas que no! Quieres rerte a costa
de tu hijita Luisa...; t no puedes abandonarme.

--Pero estars mejor aqu!... Tendrs fuego..., recibirs noticias
nuestras todos los das...

--No, no quiero; quiero marcharme. El fro no me importa nada. Hace
mucho tiempo que estoy encerrada; deseo tomar un poco de aire. No salen
tambin los pjaros? Los petirrojos se pasan fuera todo el invierno.
Cuando era muy pequea no he sufrido hambre y fro?

Luisa golpeaba el suelo con el pie, y luego, abrazando a Juan Claudio
por tercera vez, le dijo cariosamente:

--Vamos, pap Hullin; la seora Lefvre ha dicho que s... Sers t ms
malo que ella? Ah! Si supieras cunto te quiero!

El buen hombre, enternecido por tales palabras, se haba sentado y
volva hacia otro lado la cabeza para no dejarse vencer y para no dejar
que su hija le besara.

--Oh! Y qu malo eres hoy conmigo, pap!

--Es por ti, hija ma.

--Pues bien; ser peor..., porque me escapar e ir en busca tuya! El
fro!... Qu me importa el fro? Y si caes herido, si quieres ver a tu
Luisa por ltima vez y ella no est all, a tu lado, para cuidarte,
para quererte hasta el ltimo momento?... Oh! T crees que tengo el
corazn de piedra!

La joven sollozaba; Hullin no pudo resistir ms y pregunt:

--Pero es cierto que la seora Lefvre consiente?

--Ah, s! Ah, s! Me lo ha dicho ella misma; me ha dicho: Procura
convencer a pap Juan Claudio; por mi parte, no deseo otra cosa; estoy
muy contenta.

--Pues!... Cmo voy a defenderme contra vosotros dos?; vendrs con
nosotros; quedamos conformes.

Un grito de alegra reson en la casuca.

--Oh! Qu bueno eres!

Y, en un momento, las lgrimas de Luisa se secaron.

--Marcharemos a batir los bosques, a luchar.

--Ah!--exclam Hullin moviendo de arriba abajo la cabeza--; ahora lo
veo claro; no puedes negar que eres la pequea _heimatshlos_. Vaya
usted a domesticar una golondrina!

Despus, sentndola sobre sus rodillas, le dijo:

--Mira, Luisa; hace ahora doce aos que te encontr un da en medio de
la nieve; estabas completamente amoratada, pobre nia! Y cuando
estuvimos en la barraca, cerca de un gran fuego, y poco a poco fuiste
volviendo, lo primero que hiciste fue sonrerme. Desde entonces no he
tenido otra voluntad que la tuya. Con esa sonrisa me has llevado donde
has querido.

Y como Luisa le sonriera nuevamente, Juan Claudio y su ahijada se
besaron.

--Pues bien--dijo Hullin dando un suspiro--; veamos si los paquetes
estn bien hechos.

Acercose a la cama y vio con asombro sus trajes de abrigo, sus chalecos
de franela muy bien cepillados, muy bien doblados y perfectamente
empaquetados; all estaba asimismo el paquete de Luisa con sus vestidos,
sus faldas y sus recios zapatos cuidadosamente ordenados. Por ltimo, no
pudiendo dejar de rer, exclam:

--Oh, _heimatshlos_, _heimatshlos_! Nadie como t para hacer bien un
paquete y para marcharse sin volver la cabeza!

Luisa sonri.

--Ests contento?

--No he de estarlo! Pero mientras hacas todo esto, estoy seguro que no
has pensado en preparar la cena.

--Oh! Eso se arregla pronto! No saba que venas esta noche, pap Juan
Claudio.

--Es verdad, hija ma. Preprame algo, cualquier cosa, con tal que sea
pronto, porque tengo mucho apetito. Mientras tanto, voy a fumar una
pipa.

--S, eso es; fmate una pipa.

Hullin se sent junto al banco de trabajo y comenz a golpear con el
eslabn con aspecto muy pensativo. Luisa iba de un lado a otro, como un
verdadero diablillo, atizando el fuego, partiendo los huevos sobre la
sartn y haciendo surgir, en un abrir y cerrar de ojos, una tortilla.
Nunca la joven se haba mostrado tan dispuesta, tan alegre y tan linda.
Hullin, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la mejilla, la
miraba ir y venir, gravemente, pensando en la cantidad de firmeza, de
voluntad y de resolucin que exista en aquel cuerpecillo, ligero como
una hada y decidido como un hsar. Pocos instantes despus Luisa le
serva la tortilla en un plato grande y vidriado, el pan, el vaso y la
botella.

--Aqu tienes, pap; y, ahora, reglate.

Y mientras Juan Claudio coma, Luisa le miraba afectuosamente.

Las llamas se retorcan en la estufa, iluminando con viva luz las vigas
bajas, la escalera de madera que quedaba en la obscuridad, el amplio
lecho situado al fondo de la alcoba, toda la vivienda, en una palabra,
tantas veces animada por el carcter alegre del almadreero, las
canciones de su hija y el ardor del trabajo. Y todo aquello Luisa lo
abandonaba sin pena, pensando slo en los bosques, en los senderos
cubiertos de nieve, en las montaas que se perdan de vista desde la
aldea hasta Suiza y ms lejos an. Ah! El maestro Juan Claudio tena
razn al exclamar: _Heimatshlos, heimatshlos!_ La golondrina no puede
domesticarse; necesita el aire libre, el cielo inmenso, el movimiento
incesante. En el momento de la partida no le asusta la tormenta, ni el
viento, ni la lluvia torrencial. Slo tiene un pensamiento, un deseo
nico, una palabra: En marcha! En marcha!

Una vez terminada la comida, levantose Hullin y dijo a su hija:

--Estoy cansado, hija ma; dame un beso y vamos a dormir.

--S, pap Juan Claudio; pero no olvides despertarme si sales antes del
amanecer.

--No tengas cuidado; vendrs con nosotros.

Luego, al verla subir la escalera y desaparecer en la buhardilla, se
dijo:

--Tiene miedo de quedarse en el nido!

Fuera, el silencio era muy profundo. Dieron las once en el reloj de la
iglesia. El almadreero se sent para quitarse las botas. En aquel
momento su mirada fue a caer casualmente sobre el viejo fusil que se
hallaba colgado encima de la puerta; lo cogi con mucho cuidado, lo
limpi y lo hizo funcionar para ver si marchaba bien. El alma entera de
Hullin estaba absorbida por aquella tarea.

--Esto va bien--murmur Juan Claudio.

Y luego, gravemente, aadi:

--Es curioso! Es curioso! La ltima vez lo cog en Marengo..., hace
catorce aos... Me parece que fue ayer!

De repente, oyose fuera crujir la nieve endurecida como por la presin
de unas pisadas rpidas. Hullin prest atencin: Es alguien!...

Casi inmediatamente despus dos golpes, suaves y secos, sonaron en los
cristales. Juan Claudio se dirigi a la ventana y la abri. La cabeza de
Marcos Divs, con su ancho sombrero de fieltro, rgido por el fro, se
inclin en la sombra.

--Qu hay, Marcos? Qu noticias?

--Has avisado a los de la sierra, a Materne, a Jernimo, a Labarbe?

--S, a todos.

--Pues no hay tiempo que perder; el enemigo ha pasado.

--Ha pasado?

--S..., en toda la lnea... He recorrido quince leguas por la nieve,
desde esta maana, para decrtelo.

--Bien! Es preciso hacer la seal: una gran hoguera en el Falkenstein.

Hullin estaba muy plido; volvi a ponerse los zapatos. Dos minutos
despus, con la recia zamarra sobre los hombros y empuando una estaca,
abra suavemente la puerta y marchaba a largos pasos, junto a Marcos
Divs, camino del Falkenstein.




VII


Desde media noche hasta las seis de la maana brill, en medio de la
obscuridad, una hoguera en la cumbre del Falkenstein, y toda la sierra
se puso en movimiento.

Los amigos de Hullin, de Marcos Divs y de la Lefvre, calzando altas
polainas y llevando sendos fusiles, se encaminaron, en el silencio de
los bosques, hacia los puertos del Valtin. El propsito del enemigo de
atravesar las llanuras de Alsacia para caer de improviso sobre los
desfiladeros haba sido adivinado por todos. La campana de Dagsburg, de
Abreschwiller, de Walsch, de San Quirino y de las dems aldeas no
cesaban de tocar alarma.

Hay que imaginarse el Jaegerthal, al pie del viejo _burg_, en una poca
de nieves extraordinaria a la plida luz de aquella hora temprana cuando
los macizos de rboles comienzan a surgir de las sombras, cuando el
excesivo fro de la noche empieza a templar, al acercarse el da. Hay
que figurarse la antigua fbrica de aserrar, con su amplio techo plano,
su pesada rueda llena de tmpanos, su ancha barraca dbilmente iluminada
por una hoguera, cuya luz disminua al acercarse el crepsculo, y
alrededor del fuego gorros de piel, sombreros de fieltro, negros
perfiles mirndose unos por encima de otros y apretndose como si
formaran una muralla; a lo lejos, en los claros de los bosques y en las
anfractuosidades de la caada, se vean otras hogueras que iluminaban
grupos de hombres y mujeres agazapados en la nieve.

La agitacin comenzaba a disminuir. A medida que el cielo se aclaraba,
la gente se reconoca.

--Toma! El primo Daniel, de Soldatenthal! Tambin t has venido?

--Es claro! Ya lo ves, Enrique, y mi mujer tambin.

--Cmo? La prima Nanette? Y dnde est?

--All abajo, cerca de la encina grande, junto al fuego del to Hars.

Dbanse la mano unos a otros. Algunos prorrumpan en largos bostezos y
otros arrojaban al fuego trozos de tablas; corran de mano en mano las
calabazas de aguardiente, y los que se haban calentado se retiraban del
corro para ceder el puesto a los vecinos que tiritaban. Pero cierta
impaciencia se iba apoderando de la multitud.

--Ah!--se oa exclamar en diversos sitios--; no hemos venido aqu para
chamuscarnos la planta de los pies. Es hora de hablar, de ponernos de
acuerdo.

--S, s; pongmonos de acuerdo! Nombremos los jefes!

--No; todava falta mucha gente. Ved cmo siguen llegando de Dagsburg y
de San Quirino!

En efecto; a medida que el da avanzaba se vean ms grupos de personas
que venan por los distintos senderos de la sierra. En el valle haba
varios centenares de hombres reunidos: leadores, carboneros,
almadieros, sin contar las mujeres ni los nios.

Nada tan pintoresco como aquella parada en medio de la nieve, en el
fondo del desfiladero rodeado de abetos altsimos que llegaban hasta las
nubes; a la derecha, los valles se unen unos a otros hasta perderse de
vista; a la izquierda, las ruinas del Falkenstein se recortan en el
cielo. De lejos, los grupos parecan bandadas de grullas posadas sobre
el hielo; pero de cerca se vea que eran hombres rudos, con las barbas
erizadas como cerdas de jabal, la mirada sombra, los hombros anchos y
cuadrados y las manos callosas. Algunos que descollaban por su estatura
pertenecan a una raza de hombres de pelo rojo, de piel blanca, velludos
hasta la punta de los dedos y tan fuertes que podran arrancar de cuajo
una encina. Entre stos se encontraba el viejo Materne del Hengst y sus
dos hijos Frantz y Kasper. Aquellos tres hombrachos--armados de
carabinas cortas de Inspruck, con polainas altas de color azul y botones
de cuero que les suban por encima de la rodilla, las espaldas
cubiertas con una especie de casaca de piel de cabra y el sombrero muy
echado atrs--no se haban dignado siquiera acercarse al fuego. Haca
una hora que el padre y los hijos se hallaban sentados en el tronco
cortado de un rbol, a la orilla del ro, el ojo alerta y los pies en la
nieve, como al acecho. De vez en cuando el anciano deca a sus hijos:

--No s cmo tiritan tanto all abajo. Nunca he visto una noche tan
templada en este tiempo; es una noche de corzos; los arroyos no estn
siquiera helados.

Todos los monteros de la comarca, al pasar, iban a estrecharles la mano,
y luego se reunan a su alrededor, formando as una especie de grupo
aparte. Tales hombres hablaban poco, porque haban adquirido la
costumbre de pasar callados noches y das enteros, a fin de no espantar
la caza.

Marcos Divs, de pie en medio de otro grupo, del que sobresala
completamente su cabeza, hablaba y gesticulaba, sealando ya a un punto
de la sierra ya a otro. Frente a l se hallaba el anciano pastor
Lagarmitte, con una amplia blusa gris, una larga trompa de madera
colgada del hombro y su perro. Lagarmitte escuchaba al contrabandista
con la boca abierta y de vez en cuando inclinaba la cabeza. Por lo
dems, pareca que prestaba atencin todo el corro, que se compona
principalmente de leadores y almadieros, con los cuales el
contrabandista estaba en relacin diariamente.

Entre la fbrica de aserrar y la primera hoguera, en la compuerta de la
esclusa, se hallaba sentado el zapatero Jernimo de San Quirino, un
hombre de cincuenta a sesenta aos, de cara larga y curtida, ojos
hundidos, nariz gruesa, orejas cubiertas con un gorro de piel de nutria
y barba rubia y puntiaguda que le llegaba hasta la cintura. Sus manos,
cubiertas con guantes gruesos de lana de color verde claro, se apoyaban
en un enorme garrote de serbal lleno de nudos. Iba vestido con un largo
capote de pao pardo; cualquiera hubiera credo que era un ermitao.
Cada vez que se levantaba un rumor de algn lado, el seor Jernimo
volva lentamente la cabeza y se pona a escuchar, frunciendo las cejas.

Juan Labarbe, por su parte, con el codo apoyado en un mango de hacha,
permaneca impasible. Era un hombre de plidas mejillas, nariz aguilea
y finos labios. Tena gran ascendiente sobre los de Dagsburg por su
resolucin y por la claridad de su talento. Cuando los dems gritaban a
su alrededor: Hay que deliberar! No podemos estar as, sin hacer
nada!, l se limitaba sencillamente a decir: Esperemos; todava no ha
llegado Hullin, ni Catalina Lefvre. No tenemos prisa. Entonces se
callaban todos, mirando con impaciencia hacia el sendero de Charmes.

El _sgare_ Piorette, un hombrecillo flaco, escurrido, enrgico, con las
cejas negras en medio de la frente y la pipa en la boca, estaba junto al
umbral de su choza, y contemplaba, con la mirada a la vez viva y
profunda, el conjunto de aquella escena.

Mientras tanto, la impaciencia aumentaba de minuto en minuto. Algunos
alcaldes de pueblo, con casaca y sombrero de picos, se dirigieron a la
fbrica de aserrar llamando a sus concejos respectivos para deliberar.
Pero, afortunadamente, el carro de Catalina Lefvre apareci, por fin,
en el camino y mil gritos de entusiasmo se elevaron en seguida por todas
partes.

--Aqu estn! Aqu estn! Han llegado!

El anciano Materne se subi en un tronco y luego descendi, diciendo
gravemente:

--Son ellos.

Se produjo una gran agitacin. Los grupos lejanos se acercaron, y los
dems se aproximaron tambin. Una especie de estremecimiento de
impaciencia dominaba a la multitud. Apenas viose distintamente a la
anciana labradora, con la fusta en la mano, sentada en un haz de paja,
cuando en todas partes resonaron, repetidos por el eco, gritos de:

--Viva Francia! Viva la seora Catalina!

Hullin, que se haba quedado atrs, con el sombrero sobre la nuca y el
viejo fusil en bandolera, atravesaba en aquel momento la pradera de
Eichmath repartiendo fuertes apretones de manos.

--Buenos das, Daniel! Buenos das, Colon! Buenos das! Buenos das!

--Bah! Esto est que arde, Hullin!

--S, s; este invierno vamos a or crujir las castaas. Buenos das,
amigo Jernimo; ha llegado la hora de los grandes acontecimientos.

--S, Juan Claudio, y hay que esperar que, con la ayuda de Dios,
saldremos de ellos.

Catalina haba llegado mientras tanto a la puerta de la fbrica de
aserrar, y orden a Labarbe que dejara en el suelo un barrilillo de
aguardiente, que haba trado de la granja, y que fuera a buscar un
cntaro a la choza del _sgare_.

Pocos instantes despus, Hullin, al acercarse a la hoguera, encontr a
Materne y a sus dos hijos.

--Llega usted tarde--le dijo el anciano cazador.

--S; es cierto. Qu quieres? He tenido que bajar del Falkenstein,
coger el fusil y acomodar a las mujeres. Pero, en fin, ya estamos aqu,
no perdamos tiempo. Lagarmitte, toca la cuerna para que se rena la
gente! Ante todo, es preciso ponerse de acuerdo y hay que nombrar jefes.

Lagarmitte toc la trompa, hinchndosele las mejillas hasta las orejas,
y los grupos que an se hallaban dispersos a lo largo de los senderos y
a las orillas de los bosques apresuraron el paso para llegar a tiempo.
Momentos despus aquella muchedumbre de gentes se hallaba reunida frente
a la fbrica de aserrar. Hullin, que haba adquirido un aspecto muy
serio, subiose en una pila de troncos cortados y, dirigiendo a la
multitud profundas miradas, dijo en medio del mayor silencio.

--El enemigo ha pasado el Rin anteanoche y se dirige a la sierra para
penetrar en Lorena: Estrasburgo y Huningue se hallan sitiados. Hay que
suponer que dentro de tres o cuatro das veremos aqu a los alemanes y a
los rusos.

Se oy un grito unnime de Viva Francia!

--S, viva Francia--aadi Juan Claudio--, porque si los aliados llegan
a Pars son dueos de todo; pueden imponer trabajos obligatorios,
diezmos, conventos; restablecer los privilegios y levantar patbulos.
Si queris volver a tener todo eso, no tenis mas que dejarlos pasar!

Imposible sera describir el furor reconcentrado que se manifestaba en
los rostros de los reunidos.

--Eso era lo que yo tena que deciros!--grit Hullin muy plido--. Si
hemos venido aqu, es para luchar.

--S, s.

--Est bien, pero odme. No quiero entre nosotros traidores. Hay aqu
algunos que son padres. Hemos de ser uno contra diez, contra cincuenta;
fcil ser que perezcamos. As es que aquellos que no lo hayan pensado
bien, aquellos que no se sientan con nimos de llegar hasta el fin, que
se vayan; no se lo reprocharemos. Todo el mundo es libre.

Hullin callose un momento, mirando a su alrededor. Nadie se movi. En
vista de lo cual, con voz ms segura, acab de esta manera:

--Nadie se marcha! Todos, todos estis conformes con luchar! Muy
bien; mucho me alegra que no haya un solo granuja entre nosotros! Ahora
es preciso que nombremos un jefe. En los momentos de peligro, lo primero
es el orden, la disciplina. El jefe que vais a nombrar tendr derecho
absoluto a mandar y ser obedecido. As es que pensadlo bien, porque de
tal hombre va a depender la suerte de todos.

Una vez que hubo terminado, Juan Claudio descendi de los troncos, y la
agitacin que entonces se produjo fue extraordinaria. Cada aldea
deliberaba separadamente; cada aldea tena una persona a quien proponer.
Mientras, el tiempo corra y Catalina Lefvre consumase de
impaciencia. Por ltimo, no pudiendo resistir ms, se levant de su
asiento e hizo sea de que quera hablar.

Catalina gozaba de una gran consideracin. Al pronto fueron slo
algunos, pero luego fueron en gran nmero los que se acercaron para
saber lo que quera decir.

--Amigos mos!--dijo--, perdemos mucho tiempo. Qu es lo que
necesitamos? Una persona de quien nos podamos fiar, no es eso? Un
soldado, un hombre que haya estado en la guerra y que sepa aprovechar la
ventaja de nuestras posiciones? Pues bien, por qu no nombris a
Hullin? Hay alguno que sea mejor? Que se levante en seguida y
decidiremos. Por mi parte, propongo a Juan Claudio Hullin. Eh! All
abajo! Lo os? Pero si esto contina, los austriacos estarn aqu antes
de que tengamos un jefe.

--S, s, Hullin!--exclamaron Labarbe, Divs, Jernimo y otros
varios--. Vamos a votar en pro o en contra!

Entonces Marcos Divs, encaramndose en los troncos, exclam con voz de
trueno:

--Los que no quieran a Juan Claudio Hullin por jefe que levanten la
mano!

Ni una sola mano se levant.

--Los que quieran a Juan Claudio Hullin por jefe que levanten la mano!

No se vieron mas que manos en el aire.

--Juan Claudio--dijo el contrabandista--, sube aqu, mira..., es a ti a
quien quieren!

El seor Juan Claudio subi acto continuo, y vio que, en efecto, estaba
nombrado, e inmediatamente, con voz firme, dijo:

--Est bien! Me nombris vuestro jefe, y yo acepto. Que Materne, el
padre; Labarbe, de Dagsburg; Jernimo, de San Quirino; Marcos Divs,
Piorette el _sgare_ y Catalina Lefvre entren en la fbrica. Vamos a
deliberar. Dentro de un cuarto de hora o de veinte minutos dar las
rdenes. Mientras tanto, cada aldea designar dos hombres para que vayan
con Marcos Divs a buscar plvora y balas al Falkenstein.




VIII


Todos los que fueron designados por Juan Claudio Hullin se reunieron en
la cabaa del _sgare_ al abrigo de la campana de la inmensa chimenea.
Un cierto buen humor resplandeca en el rostro de aquellas animosas
gentes.

--Hace veinte aos que oigo hablar de los rusos, de los austriacos y de
los cosacos--deca sonriendo el anciano Materne--, y no me disgustara
ver algunos en la punta de mi fusil; eso siempre alegra el nimo.

--S--respondi Labarbe--; vamos a ver tipos curiosos; los nios de la
sierra podrn contar ancdotas de sus padres y de sus abuelos. Y las
viejas, en las veladas, van a tener materia para contar historias de
aqu a cincuenta aos.

--Compaeros--dijo Hullin--, todos vosotros conocis el pas y tenis
presente la sierra, desde Thann hasta Wissemburg. Sabis tambin que dos
grandes caminos, dos caminos reales, atraviesan Alsacia y los Vosgos;
ambos parten de Basilea: uno, a lo largo del Rin hasta Estrasburgo, y de
aqu sube por la ladera de Saverne y entra en Lorena; Huningue, Nuevo
Brisach, Estrasburgo y Falsburgo lo defienden. El otro tuerce a la
izquierda y va a Schlestadt; por Schlestadt entra en la sierra y llega a
San Di, Raon-l'Etape, Baccarat y Luneville. El enemigo tratar de
forzar ambos caminos, que son los mejores para la caballera, la
artillera y la impedimenta; pero como estn defendidos, no tenemos por
qu inquietarnos. Si los aliados ponen sitio a las plazas fuertes--lo
que prolongara mucho la campaa--, no hay que temer nada; pero eso es
poco probable. Despus de intimar a rendirse a Huningue, Belfort,
Schlestadt, Estrasburgo y Falsburgo, de este lado de los Vosgos; Bitche,
Lutzelstein y Sarrebrck, del otro, creo que vendrn sobre nosotros.
Ahora, odme bien: entre Falsburgo y San Di hay varios desfiladeros
para la infantera, pero no hay mas que un camino por el que puedan
pasar los caones: es la carretera de Estrasburgo a Raon-les-Leaux, que
va por Urmatt, Mutzig, Lutzelhouse, Framont y Grand-Fontaine. Una vez
dueos de tal entrada, los aliados podrn invadir la Lorena. Dicha
carretera pasa por el Donon, a dos leguas de aqu, a la derecha. Lo
primero que hay que hacer es fortificarse all poderosamente, en el
sitio ms adecuado para la defensa, es decir, en la meseta, y cortar la
carretera, destruyendo los puentes y llenndola de obstculos. Varios
centenares de rboles grandes, atravesados en un camino con sus ramas y
hojas, valen como murallas. Esas son las mejores emboscadas, pues se
est bien resguardado y se ve venir a la gente. Los rboles son una
complicacin de mil demonios! Es preciso hacerlos pedazos; no es posible
echar puentes por encima de ellos, en fin, que no hay nada mejor. Todo
eso, compaeros, quedar terminado maana por la noche o pasado maana
cuando ms; yo me encargo de ello; pero no se reduce todo a ocupar una
posicin y ponerla en buenas condiciones de defensa; es preciso obrar de
manera que el enemigo no pueda rodearla...

--Precisamente estaba pensando en eso--dijo Materne--; una vez en el
valle del Brugo, los alemanes pueden penetrar con la infantera en las
colinas de Haslach y rodear nuestra izquierda. Nada les impedir hacer
la misma maniobra en el flanco derecho, si llegan a Raon-l'Etape.

--S, pero para quitarles esas ideas nos basta con hacer una cosa muy
sencilla: ocupar los desfiladeros de la Aduana y del Sarre, a nuestra
izquierda, y el del Blanru, a la derecha; y como no se puede defender un
puerto mas que conservando las alturas, Piorette ir a situarse con cien
hombres del lado de Raon-les-Leaux; Jernimo, al Grosmann, con otros
cien, para cerrar el valle del Sarre, y Labarbe, al frente de los dems,
se colocar en la ladera para vigilar las colinas de Haslach. Cuidaris
que la gente de cada uno de estos grupos sea de las aldeas prximas,
para evitar que las mujeres tengan que andar mucho al llevar las
provisiones. Adems, los heridos estarn as ms cerca de sus casas, lo
que hay que tener tambin presente. Esto es lo que tena que deciros,
por el momento. Los jefes de los puestos me enviarn todos los das al
Donon, donde voy a establecer esta noche nuestro cuartel general, un
hombre que ande mucho, para comunicarme lo que suceda y recibir el santo
y sea. Tambin organizaremos una reserva; pero como hay necesidad de ir
de prisa, hablaremos de eso cuando estis en vuestras posiciones y no
haya que temer una sorpresa del lado enemigo.

--Y yo?--exclam Marcos Divs--. Yo no tendr nada que hacer? Voy a
permanecer con los brazos cruzados viendo batirse a los dems?

--T quedas encargado del transporte de municiones; ninguno sabra
manejar la plvora mejor que t, preservndola del fuego y de la
humedad, fundir balas, hacer cartuchos...

--Pero eso es propio de las mujeres!--exclam el contrabandista--.
Hexe-Baizel lo har tan bien como yo. Cmo! Yo no he de disparar un
solo tiro?

--Tranquilzate, Marcos--respondi Hullin riendo--; no te faltar
ocasin de tirar cuanto quieras. En primer lugar, el Falkenstein es el
centro de nuestra lnea, nuestro depsito y nuestro punto de retirada en
caso de contratiempo. El enemigo sabr, por sus espas, que los convoyes
salen de all, y tratar probablemente de arrebatrnoslo; las balas y
los bayonetazos no escasearn. Adems, aun cuando estuvieses libre de
peligro, no habra que lamentarlo, porque no se pueden entregar tus
cuevas al primero que llegue. Sin embargo, si tienes un inters
decidido...

--No--dijo el contrabandista, a quien la reflexin de Hullin sobre las
cuevas haba impresionado--; no, si se piensa bien, no te falta razn.
Juan Claudio, dispongo de varios hombres con buenas armas; defenderemos
el Falkenstein, y si se presenta la ocasin de dar un balazo, as estar
ms libre.

--Entonces, es asunto concluido y perfectamente comprendido?--pregunt
Hullin.

--S, s; comprendido.

--Pues bien, compaeros--exclam el animoso jefe con voz alegre--; vamos
a calentarnos con unos vasos de buen vino. Son las diez; que cada uno se
marche a su aldea y se procure provisiones. Maana por la maana, a ms
tardar, es preciso que todos los desfiladeros se hallen perfectamente
defendidos.

Los reunidos salieron de la cabaa, y Hullin, en presencia de todo el
mundo, nombr a Labarbe, a Jernimo y a Piorette, jefes de los puertos;
luego orden a los naturales de las orillas del Sarre que se congregasen
lo ms pronto posible cerca de la finca de El Encinar llevando hachas,
picos y fusiles.

--Saldremos a las dos--les dijo Juan Claudio--, y acamparemos en el
Donon, enmedio del camino. Maana, a primera hora, comenzaremos la tala.

Hullin quedose un momento hablando con Materne y sus hijos Frantz y
Kasper, advirtindoles que la batalla seguramente comenzara en el Donon
y que se necesitaban por este lado buenos tiradores, lo cual fue odo
por aqullos con gran complacencia.

La seora Lefvre nunca haba sido ms feliz; cuando subi al carro que
la esperaba, bes a Luisa y le dijo al odo:

--Todo va bien... Juan Claudio es un hombre...; todo lo prev... y sabe
arrastrar a la gente... Yo, que le conozco hace cuarenta aos, estoy
asombrada.

Y luego, volvindose, exclam:

--Juan Claudio, abajo nos espera un jamn y algunas botellas de vino
aejo, que no se bebern los alemanes.

--No, Catalina, no se las bebern. Vmonos; aqu estoy.

Pero en el momento de ir a dar el latigazo y cuando numerosos campesinos
trepaban ya por la ladera para regresar a sus aldeas, se vio asomar muy
lejos, en el sendero de Trois-Fontaines, un hombre alto, delgado,
cabalgando en una jaca grande y roja, con una gorra de piel de conejo,
de visera ancha y baja, metida hasta los hombros, dejando ver slo la
nariz. Un hermoso perro de caza negro saltaba junto a l, y los faldones
de su desmesurada levita se movan como si fuesen alas. Todo el mundo
exclam:

--Es el doctor Lorquin, el del llano, el que cura gratis a los pobres;
viene con su perro _Plutn_; es una excelente persona.

En efecto, era l, que llegaba trotando y dando voces:

--Alto!... Quietos!... Alto!

Y su cara roja, sus ojos vivos y abultados, su barba de un color rojizo
obscuro, sus anchas y encorvadas espaldas, su caballo y su perro, todo
aquello henda el aire y creca a ojos vistas. En dos minutos lleg al
pie de la sierra, atraves el prado y desemboc por el puente a la
choza. Y, con voz entrecortada por la falta de aliento, comenz a decir
en seguida:

--Ah, los taimados! Pues no quieren entrar en campaa sin m! Ya me
lo pagarn!

Y dando golpes en una arquita que llevaba a la grupa, aadi:

--Esperad, amigos mos, esperad; llevo aqu dentro algo que ya sabis lo
que es: aqu traigo cuchillos pequeos y grandes, redondos y
puntiagudos, para atrapar las balas, los cascos de granada y la metralla
de diferente clase que os van a regalar.

Y, dicho esto, el mdico prorrumpi en una carcajada estentrea; todos
los que escuchaban sintieron un momentneo escalofro.

Habiendo conseguido dar aquella broma agradable, el doctor Lorquin
aadi en tono ms serio:

--Hullin, yo deba tirar a usted de las orejas. Por qu, cuando se
trata de defender la patria, no se acuerda de m? He tenido que
enterarme por otras personas. Y, sin embargo, me parece que un mdico no
est aqu de ms. Eso no se lo perdono.

--Excseme usted, doctor; he hecho mal--dijo Hullin estrechndole la
mano--. Pero han pasado tantas cosas desde hace ocho das!... Siempre
se le olvida a uno algo! Y, adems, un hombre como usted no necesita que
le requieran para cumplir con su deber.

Apaciguose el doctor y dijo:

--Todo eso est bien y es cierto; pero no impide que yo, por culpa suya,
llegue tarde; los buenos puestos ya estn tomados, y distribuidas las
cruces. Vamos a ver, dnde est el general, para presentarle mis
quejas?

--Soy yo.

--Oh!, oh! De veras?

--S, doctor, yo soy, y le nombro nuestro mdico mayor.

--Mdico mayor de los guerrilleros de los Vosgos! Bien; eso me agrada!
Lo olvido todo, Juan Claudio.

Y, acercndose al carruaje, el doctor dijo a Catalina que contaba con
ella para organizar las ambulancias.

--Est usted tranquilo, doctor--respondi la labradora--; todo estar
dispuesto; Luisa y yo vamos a ocuparnos del asunto a partir de esta
noche; no te parece, Luisa?

--S, s, mam!--exclam la joven, entusiasmada al ver que se iba
decididamente a la guerra--; vamos a trabajar muchsimo; pasaremos la
noche velando, si es preciso. El seor Lorquin quedar satisfecho.

--Pues bien! En marcha! Usted comer con nosotros, doctor.

El carro parti al trote. Mientras le segua, el animoso doctor cont a
Catalina cmo haba sabido la noticia de la sublevacin general, la
desolacin de su ama de llaves, la anciana Mara, que no quera dejarle
ir a matarse con los _kaiserlicks_; en fin, los diferentes episodios de
su viaje desde Quibolo hasta la aldea de Charmes. Hullin, Materne y sus
hijos iban algunos pasos ms atrs, con la carabina al hombro, y de este
modo subieron la ladera y se dirigieron hacia la granja de El
Encinar.




IX


Fcilmente puede imaginarse la animacin de la granja, las idas y
venidas de los criados, los gritos de entusiasmo de todo el mundo, el
chocar de vasos y tenedores, y la alegra que reflejaban aquellos
rostros cuando Juan Claudio, el doctor Lorquin, los Materne y cuantos
haban acompaado al carruaje de Catalina se instalaron en la amplia
sala, alrededor de un magnfico jamn, y se pusieron a celebrar sus
futuros triunfos con la jarra en la mano.

Era precisamente un martes, da de amasar en la granja.

La cocina, desde por la maana, estaba hecha un ascua de oro; Duchne,
el viejo aperador, en mangas de camisa y con su gorro de algodn metido
hasta las orejas, sacaba del horno innumerables panecillos, cuyo buen
olor llenaba toda la casa. Anita los tomaba e iba apilndolos en un
rincn del hogar. Luisa serva a los convidados, y Catalina Lefvre lo
vigilaba todo, diciendo de vez en cuando:

--Daos prisa, hijos mos, daos prisa. La tercera hornada debe estar
acabada cuando lleguen los del Sarre. Ya sabis que tocan a seis libras
de pan por hombre.

Hullin, desde su sitio, vea a la anciana labradora ir y venir.

--Qu mujer!--se deca--, qu mujer! Vaya usted a encontrar dos
semejantes en toda la comarca! A la salud de Catalina Lefvre!

--A la salud de Catalina!--respondan los dems.

Chocaban los vasos unos contra otros, y se reanudaban las conversaciones
de combates, ataques y atrincheramientos. Todos se sentan posedos de
una ciega confianza, todos se decan para sus adentros: Esto marcha
bien!

Pero el cielo les reservaba en aquel da una satisfaccin an mayor,
sobre todo a Luisa y a la seora Lefvre. Hacia medioda, cuando un
hermoso sol de invierno blanqueaba la nieve y funda la escarcha de los
cristales, y cuando el arrogante gallo rojo, sacando la cabeza del
gallinero y moviendo las alas, lanzaba su grito triunfal, que repetan
los ecos del Valtin, de repente el perro de la puerta, el viejo _Johan_,
que estaba completamente mellado y casi ciego, prorrumpi en aullidos
tan alegres y al mismo tiempo tan lastimeros, que todo el mundo prest
atencin.

Era el momento de mayor animacin en la cocina; la tercera hornada sala
del horno, y, no obstante, todos, hasta Catalina Lefvre, suspendieron
el trabajo.

--Algo sucede--dijo la labradora en voz baja.

Y luego aadi muy conmovida:

--Desde que se march mi hijo, _Johan_ no ha aullado as.

En aquel instante se oyeron pasos ligeros que atravesaban el patio.
Luisa corri a la puerta, gritando: Es l, es l! Y casi al mismo
tiempo, una mano agitada buscaba el pestillo; abriose la puerta y
apareci en el umbral un soldado, pero un soldado tan flaco, tan moreno
y esculido, con un capote gris con botones de estao tan viejo y rado,
con unas altas polainas tan destrozadas, que todos los all presentes
quedronse, al verle, sobrecogidos.

El soldado pareca no poder dar un paso ms, y muy despacio dej caer el
fusil con la culata hacia el suelo. La punta de la nariz del recin
llegado--la nariz de la seora Lefvre--reluca como el bronce; sus
rubios bigotes temblaban; cualquiera hubiera pensado en uno de esos
gavilanes grandes y flacos a los que el hambre lleva a las puertas de
los establos en invierno. El soldado contemplaba la cocina, muy plido,
a travs del color moreno de sus mejillas, con los hundidos ojos llenos
de lgrimas y sin poder dar un paso ni decir una palabra.

Fuera, el viejo perro saltaba, aullaba, sacuda la cadena; dentro se oa
la llama chisporrotear: tan profundo era el silencio; pero, en seguida,
Catalina Lefvre, con voz desgarradora, exclam:

--Gaspar!... Hijo mo!... Eres t?

--S, madre!--respondi el soldado en voz baja y como si le ahogara la
emocin.

Y en el mismo momento Luisa comenz a sollozar, mientras que en la
amplia sala se levantaba un ruido ensordecedor.

Todos los amigos se acercaron al recin llegado, con el seor Juan
Claudio al frente, gritando: Gaspar! Gaspar Lefvre!

Al aproximarse vieron que madre e hijo se besaban: aquella mujer tan
enrgica, tan decidida, lloraba a lgrima viva: Gaspar no lloraba,
sostena a su madre junto a su pecho, mezclndose sus bigotes rubios con
los cabellos grises de la anciana, mientras murmuraba:

--Madre!... Madre!... Ah! Cuntas veces he pensado en ti!

Luego, con voz ms firme, aadi:

--Luisa! Yo he visto a Luisa!...

Y Luisa se arroj en sus brazos, cambiando entre ambos muchos besos.

--Ah! No me has reconocido, Luisa!

--Oh, s!; oh, s!; te he reconocido en seguida, por tus pasos.

El anciano Duchne, con el gorro de algodn en la mano, cerca del hogar,
tartamudeaba:

--Santo Dios!... Es posible?... Pobre muchacho..., cmo viene!...

El aperador haba criado a Gaspar y se lo imaginaba siempre, desde que
se march, rozagante y mofletudo, vistiendo un uniforme nuevo con
adornos encarnados. Y al verle de distinto modo, todas sus ideas haban
venido a tierra.

En tal momento Hullin, alzando la voz, dijo:

--Y nosotros, Gaspar, nosotros, tus antiguos amigos? Nos vas a dejar
en blanco?

Entonces el muchacho se volvi y prorrumpi en un grito de entusiasmo:

--Hullin! El doctor Lorquin! Materne! Todos, todos, aqu estn
todos!

Y comenzaron de nuevo los abrazos; pero ahora ms alegres, con risotadas
y apretones de manos que no acababan nunca.

--Ah, doctor, es usted! Ah, querido pap Juan Claudio!

Todos se miraban hasta el fondo de los ojos, y en los rostros rebosaba
la alegra; cogidos del brazo unos y otros, hablaban e iban de ac para
all en la sala; la seora Catalina con la mochila, Luisa con el fusil,
Duchne con el saco, continuaban riendo, secndose los ojos y las
mejillas; nunca se haba visto nada semejante.

--Sentmonos!... Bebamos!--exclam el doctor Lorquin--; sta es la
corona de la fiesta.

--Ah, querido Gaspar, cun contento estoy de verte sano y salvo!--deca
Hullin--. Eh!, eh!, sin que esto sea adularte; ms me agrada verte as
que cuando tenas la cara redonda y colorada. Ahora ests hecho un
hombre, pardiez! Me recuerdas a los veteranos de mi tiempo, a los del
Sambre, a los de Egipto. Bah, bah, bah! No tenamos los carrillos
hinchados ni estbamos relucientes de grasa; mirbamos como las ratas
hambrientas cuando ven un queso, y tenamos los dientes largos y
limpios.

--S, s, no me extraa, pap Juan Claudio--responda Gaspar--.
Sentmonos; as se puede hablar ms cmodamente. Ah, vaya! y por qu
estn todos ustedes aqu?

--Pero cmo? No sabes nada? Toda la comarca se ha levantado, desde el
Houpe hasta San Salvador, para la defensa!

--S, el anabaptista del Painbach me ha dicho algo cuando pas; y es
cierto?

--Completamente cierto! Todo el mundo toma parte en el alzamiento, y yo
soy el general en jefe.

--Perfectamente, perfectamente! Con mil demonios! Que esos granujas
de _kaiserlicks_ no caigan sobre nosotros sin llevar su merecido, me
parece muy bien! Bah! Deme uste el cuchillo. Es igual; qu bien se
encuentra uno en su casa! Eh, Luisa! Ven y sintate un momento aqu!
Mire usted, pap Juan Claudio, con esta personilla a un lado, el jamn
al otro y la jarra en frente, en menos de quince das me repona
completamente; no me reconocan los camaradas de la compaa!

Todos se haban sentado y vean con admiracin al valiente muchacho
cortar, despedazar, empinar el codo, mirar luego a Luisa y a su madre
con ojos tiernos, y contestar a unos y otros sin perder bocado.

La gente de la finca, Duchne, Anita, Robin, Dubourg, formando un
semicrculo, miraban a Gaspar con aire exttico; Luisa llenaba de vez en
cuando la copa; la madre Lefvre, sentada cerca del horno, revolva la
mochila y, al no ver mas que dos camisas viejas muy sucias, con agujeros
como puos, unos zapatos torcidos, betn para la cartuchera, un peine
con slo tres pas y una botella vaca, levant las manos al cielo y se
apresur a abrir el armario de la ropa blanca, murmurando:

--Seor! Cmo extraarse de que muera tanta gente de miseria?

El doctor Lorquin, ante un apetito tan voraz, se frotaba las manos muy
satisfecho y murmuraba entre dientes:

--Qu salud!, qu estmago!, qu diente!; podra partir piedras como
si fuesen avellanas!

Y el anciano Materne deca a sus hijos:

--Otras veces, despus de dos o tres das de caza en la sierra, durante
el invierno, me entraba tambin a m un hambre de lobo y me coma una
pierna de corzo sin respirar; ahora, ya voy hacindome viejo y me bastan
una o dos libras de carne. Lo que es la edad!

Hullin haba encendido su pipa y pareca muy pensativo; no caba duda de
que algo le inquietaba. Cuando hubieron pasado algunos minutos, viendo
que el apetito de Gaspar se moderaba, exclam repentinamente:

--Dime, Gaspar, sin dejar de comer, cmo es posible que ests aqu?
Nosotros creamos que te hallabas an a orillas del Rin, cerca de
Estrasburgo.

--Ah, ah, el veterano! Ya comprendo--dijo Lefvre guiando un ojo--.
Como hay tantos desertores! No es eso?

--Oh!, semejante idea no se me ocurrir nunca; pero, sin embargo...

--A usted no le desagradar saber que tengo mis papeles en regla! No
puedo engaarle, pap Juan Claudio; usted est en su derecho; el que
falta al llamamiento cuando los _kaiserlicks_ estn en Francia merece
que le fusilen! Pero no tenga cuidado, aqu est mi permiso.

Hullin, que no senta una falsa delicadeza, ley:

       *       *       *       *       *

Permiso de veinticuatro horas al granadero Gaspar Lefvre, de la 2.
del 1..

Hoy, 3 de enero de 1814.

_Gmeau_, comandante del batalln.

       *       *       *       *       *

--Bien, bien--dijo Hullin--; mete esto en la mochila, porque puede
perderse.

Juan Claudio haba vuelto a adquirir su alegra habitual.

--Mirad, hijos mos--aadi luego--, s bien lo que es el amor; es algo
muy bueno y muy malo; es malo particularmente para los soldados jvenes
cuando se aproximan a su aldea despus de una campaa. Son capaces de
faltar a su deber y hasta llegar a huir, perseguidos por dos o tres
gendarmes. Lo he visto yo mismo. En fin, puesto que todo est en regla,
bebamos una copa de _rikevir_. Qu dice usted de esto, Catalina? Los
del Sarre pueden llegar de un momento a otro, y no tenemos un minuto que
perder.

--Tiene usted razn, Juan Claudio--respondi la anciana labradora
tristemente--. Anita, baja a la cueva y trae tres botellas de la
despensa.

La criada se march corriendo.

--Pero ese permiso, Gaspar--aadi Catalina--, cundo comenzaste a
usarlo?

--Me lo dieron ayer, a las ocho de la noche, en Vasselone. El regimiento
se retiraba hacia Lorena, y yo debo alcanzarlo esta noche en Falsburgo.

--Bien; todava tienes siete horas por delante; no necesitars ms de
seis para llegar a tiempo, aun cuando haya mucha nieve en el Foxthal.

La animosa mujer fue a sentarse junto a su hijo, muy afligida. Todo el
mundo estaba conmovido. Luisa, con el brazo apoyado en la descolorida
charretera de Gaspar y la mejilla junto a su oreja, sollozaba; Hullin
golpeaba en un extremo de la mesa para vaciar de cenizas la pipa, y
frunca las cejas, sin decir nada; pero cuando llegaron las botellas, y
una vez que fueron abiertas, exclam:

--Vamos, Luisa, valor. Todo esto no puede durar mucho tiempo, pardiez!
De un modo o de otro tiene que acabarse, y yo afirmo que acabar bien;
Gaspar volver, y entonces nos divertiremos.

Juan Claudio llen las copas y Catalina secose las lgrimas, murmurando:

--Y pensar que esos bandidos tienen la culpa de lo que nos pasa! Ah!
Que vengan, que vengan por aqu!

Se vaciaron las copas sin ninguna alegra; pero el aejo _rikevir_, al
penetrar en la sangre de aquellas buenas gentes, no tard en
reanimarlos. Gaspar, ms firme de lo que hubiera podido sospechar,
comenz a referir los terribles sucesos de Bautzen, Lurtzen, Leipzig y
Hannau, donde los reclutas se haban batido como veteranos ganando
victoria tras victoria, hasta que los traidores se pasaron al otro lado.

Todo el mundo escuchaba en silencio. Luisa, en los momentos de
peligro--al pasar los ros bajo el fuego enemigo, al tomar una batera a
la bayoneta--, apretaba el brazo de Gaspar como para defenderle. Los
ojos de Juan Claudio chispeaban; el doctor preguntaba siempre dnde se
hallaba situada la ambulancia; Materne y sus hijos alargaban el cuello y
apretaban las mandbulas, y el vinillo aejo, acudiendo en ayuda de la
imaginacin, aumentaba el entusiasmo cada momento ms: Ah, los
granujas! ah, bandidos! Cuidado, cuidado, no ha terminado todo!...

La seora Lefvre admiraba el valor y la fortuna de su hijo en medio de
estos acontecimientos, de los que los siglos venideros guardarn por
siempre memoria.

Pero cuando Lagarmitte, con aire serio y solemne, vistiendo larga blusa
gris, sombrero flexible, de color negro, que resaltaba sobre su
cabellera blanca, y llevando colgada del hombro su enorme trompa,
atraves la cocina y asomose a la puerta de la sala, diciendo: Los del
Sarre llegan!, entonces toda aquella exaltacin desapareci y los
reunidos se levantaron, pensando en la terrible lucha que iba pronto a
comenzar en la sierra.

Luisa, arrojndose en brazos de Gaspar, exclam:

--Gaspar, no te vayas! Qudate con nosotros!

El joven se puso muy plido, y dijo:

--Soy soldado; me llamo Gaspar Lefvre; te amo mil veces ms que a mi
vida; pero un Lefvre cumple siempre con su deber.

Desasiose el joven de los brazos de su novia; Luisa se recost sobre la
mesa y comenz a gemir en alta voz. Levantose Gaspar; pero Hullin se
interpuso, y estrechndole fuertemente las manos, mientras que un ligero
temblor le agitaba el rostro, exclam:

--Est muy bien! Acabas de hablar como un hombre!

La seora Lefvre se aproxim a su hijo reposadamente, para atarle la
mochila a los hombros. As lo hizo, con las cejas fruncidas, los labios
contrados bajo la nariz aguilea, sin dar un suspiro; pero dos gruesas
lgrimas corrieron lentamente por las arrugas de sus mejillas. Y cuando
hubo acabado, volviose, ocultando los ojos con la manga del vestido, y
dijo:

--Est bien... Ve..., ve..., hijo mo, tu madre te bendice. Si la guerra
te lleva, no morirs... Aqu tienes tu sitio, aqu, entre Luisa y yo:
siempre estars con nosotras! Esta pobre nia no tiene an bastante
edad para saber que vivir es sufrir!...

Todos los que all estaban salieron; slo Luisa permaneci en la sala,
entregada a sus lamentos. Pocos momentos despus, al or la culata del
fusil golpear en las losas de la cocina y que se abra la puerta
exterior, la joven lanz un grito desgarrador y precipitose fuera.

--Gaspar!, Gaspar!--dijo--, ya estoy tranquila, ya no lloro ms; no
quiero que te quedes, pero no te marches disgustado conmigo. Perdname!

--Disgustado! Disgustado contigo, Luisa ma! Oh, no!, no!--dijo
Gaspar--. Pero verte tan apenada me destroza el alma... Ah!, pero si
tienes un poco de nimo..., entonces me ir contento.

--Pues, s, lo tengo... Dame un beso... Lo ves? Ya no soy la misma,
quiero ser como mam!

Los dos jvenes se dieron los abrazos de despedida con serenidad. Hullin
sostena el fusil, y Catalina agitaba la mano como diciendo: Vamos,
vamos, ya est bien!

Gaspar, cogiendo rpidamente el fusil, se alej con paso firme, sin
volver la cabeza.

En direccin opuesta, los del Sarre, provistos de picos y hachas,
trepaban en fila por el sendero del Valtin.

Cuando pasaron cinco minutos, en el recodo de la encina grande, Gaspar
se volvi y levant la mano; Catalina y Luisa le respondieron. Hullin se
adelant para recibir a la gente. Slo el doctor Lorquin permaneci con
las mujeres; y as que Gaspar, continuando su camino, hubo desaparecido,
el doctor exclam:

--Catalina Lefvre, usted puede enorgullecerse de tener por hijo un
hombre de corazn. Quiera Dios que tenga suerte!

Se oan las voces lejanas de los que llegaban, que rean y marchaban a
la guerra como si fuesen de fiesta.




X


Mientras que Hullin, al frente de los montaeses, se preparaba para la
defensa, el loco Ygof, aquel ser inconsciente, aquel desgraciado que
llevaba en la cabeza una corona de hojalata, aquella dolorosa imagen del
alma humana herida en su parte ms noble, ms hermosa y ms importante,
la inteligencia, el loco Ygof, con el pecho descubierto, los pies
desnudos, insensible al fro, como el reptil preso en el hielo, vagaba
de montaa en montaa, en medio de las nieves.

Por qu causa los privados de razn resisten las temperaturas ms
rigurosas, mientras que las personas con juicio en el mismo caso
sucumben? Se debe a una concentracin ms poderosa de la vida, a una
circulacin ms rpida de la sangre, a un estado continuo de fiebre?
Es efecto de la sobreexcitacin de los sentidos, o tiene quizs un
origen que se desconoce?

La Ciencia nada dice a este respecto, pues no admite mas que causas
materiales y se declara impotente para explicar tales fenmenos.

Ygof caminaba a la ventura mientras que la noche se acercaba; el fro
aumentaba por momentos, y los zorros rechinaban los dientes persiguiendo
una caza invisible: el buharro hambriento se dejaba caer sobre la maleza
con las garras vacas, lanzando angustiosos gritos. El loco, con el
cuervo al hombro, gesticulando y hablando como en sueos, caminaba,
caminaba sin cesar, desde el Holderloch al Sonneberg, y desde el
Sonneberg al Blutfeld.

Mas durante aquella noche el pastor Robin, de la granja de El Encinar,
iba a ser testigo del ms raro y emocionante espectculo.

Habiendo sorprendido al pastor Robin las primeras nieves, algunos das
antes, en lo hondo del puerto de Blutfeld, dej abandonado all su
carro, para llevar el rebao a la granja; pero notando la falta de la
piel de carnero con que se cubra y que se haba dejado olvidada en su
cabaa ambulante aquel da, terminada su labor, se puso en camino, hacia
las cuatro de la tarde, para ir a buscarla.

El Blutfeld, situado entre el Schneeberg y el Grosmann, es una estrecha
garganta rodeada de ingentes rocas cortadas a pico. Una corriente de
agua se desliza por all sinuosamente, tanto en invierno como en verano,
a la sombra de crecidas malezas, y al fondo se extiende un ancho prado,
en el que se ven grandes piedras esparcidas.

Rara vez cruza este desfiladero la gente de los contornos, porque el
Blutfeld tiene algo de siniestro, sobre todo en invierno, a la luz de la
Luna. Las personas ilustradas de la comarca, el maestro de escuela de
Dagsburg lo mismo que el de Halzach, dicen que en aquel sitio se haba
librado una gran batalla entre los triboques y los germanos, los cuales
queran penetrar en las Galias a las rdenes de un jefe llamado
Luitprandt. Dicen los mismos que los triboques, situados en las cumbres
de alrededor, arrojaron sobre sus enemigos numerosas piedras de gran
tamao y los trituraron all como en un mortero, y que del hecho de tan
gran matanza el puerto lleva el nombre de _Blutfeld_ (campo de sangre).
Se encuentran en tal lugar trastos viejos, pedazos de lanza enmohecidos,
trozos de casco y espadas de dos varas de largas en forma de cruz.

De noche, cuando la Luna ilumina aquel campo y las ingentes piedras
cubiertas de nieve, cuando el cierzo sopla moviendo las zarzas heladas,
parece que se oye el grito de espanto de los germanos en el momento de
la sorpresa, el llanto de las mujeres, el relinchar de los caballos, el
estruendoso rodar de los carromatos que desfilaron; pues, a lo que
parece, aquellos hombres conducan en carros cubiertos de pieles a
mujeres, nios, viejos y todo cuanto posean en oro y plata, as como
sus muebles, del mismo modo que lo hacen los alemanes que se marchan a
Amrica.

Durante dos das, los triboques no cesaron de exterminarlos y, al
tercero, volvieron a trepar al Donon, al Schneeberg, al Grosmann, al
Giromani y al Hengst cargados con un inmenso botn.

Tal es la leyenda conocida respecto del Blutfeld; y ciertamente, cuando
se contempla aquel desfiladero, encajonado entre montaas como una
enorme cisterna, sin ms salida que un estrecho sendero, se comprende
que los germanos no deban hallarse all muy a gusto.

Robin lleg al puerto entre las siete y las ocho, a la salida de la
Luna.

Mil veces haba bajado el pastor al fondo del precipicio; pero nunca lo
haba visto iluminado tan claramente ni tan melanclico.

De lejos, su carro plateado, en lo hondo del abismo, le produca el
efecto de una de aquellas enormes piedras cubiertas de nieve, bajo las
cuales se hallaban sepultados los germanos. Estaba el carro a la entrada
del desfiladero, detrs de unos espesos matorrales, y el arroyuelo
murmuraba no lejos y se extenda en estras de hielo, brillante como
cuchillas.

Llegado al sitio donde se diriga, el pastor comenz a buscar la llave
del candado; despus, abri la garita, y marchando a cuatro pies, pudo
recuperar la zamarra y una hacheta que no recordaba siquiera haber
perdido.

Pero cul no sera su sorpresa cuando, al volverse para salir, vio al
loco Ygof aparecer por un recodo del sendero y dirigirse hacia l, a la
clara luz de la Luna!

El pastor record en seguida la historia espeluznante que haba odo en
la cocina de El Encinar y tuvo miedo...; pero no hay que decir lo que
sentira cuando vio detrs del loco, a quince o veinte pasos, aparecer
tambin cinco lobos grises, dos de ellos grandes y tres pequeos.

Al pronto crey que eran perros; pero no, eran lobos, y marchaban
lentamente detrs de Ygof, el cual no los vea, al parecer. Revoloteaba
el cuervo, pasando de la luz a la sombra que arrojaban las rocas, y
despus volva; los lobos, con los ojos brillantes y los hocicos
levantados, olfateaban, y el loco alzaba su cetro.

El pastor cerr la puerta de la garita con la rapidez del rayo, pero
Ygof no lo vio. El loco caminaba por el desfiladero como por una
inmensa sala; a izquierda y derecha se alzaban tajos ingentes; en lo
alto brillaban millones de estrellas. Se hubiera odo volar una mosca;
los lobos, al andar, no hacan ruido alguno, y el cuervo iba a posarse
en la copa de una encina seca, situada sobre una de las rocas opuestas;
su brillante plumaje pareca de color azul, y de vez en cuando volva la
cabeza como si escuchara.

Aquello era extraordinario.

Robin pens:

--El loco no ve nada ni oye nada; y van a devorarle. Si tropieza, si
cae, han acabado sus das.

Pero, en medio del desfiladero, Ygof se volvi, sentose en una piedra,
y los cinco lobos, alrededor de l, con el hocico levantado, se sentaron
tambin en la nieve.

Entonces sucedi algo verdaderamente estupendo: el loco, alzando el
cetro, comenz a hablarles, llamndolos por su nombres.

Los lobos respondan con lgubres lamentos.

He aqu lo que les deca:

--Eh! _Child_, _Bled_, _Merweg_, y t, _Sarimar_, amigos mos, ya
estamos otra vez reunidos! Volvis gordos... Se conoce que os han
tratado bien en Alemania! No?

Luego, sealando hacia el desfiladero cubierto de nieve, aadi:

--Os acordis de la gran batalla?

Uno de los lobos comenz a aullar con voz lastimera; despus, otro, y,
por ltimo, los cinco a la vez.

El concierto dur ms de diez minutos.

El cuervo, posado en el rbol seco, no se mova.

Robin hubiera querido huir; rezaba, llamaba en su auxilio a todos los
santos, y muy particularmente a su patrn, del que son muy devotos los
pastores de la sierra.

Pero los lobos continuaban aullando, y sus alaridos eran repetidos por
los ecos del Blutfeld.

Por ltimo, uno de ellos, el ms viejo, se call; despus lo hizo otro,
y finalmente los dems. Ygof prosigui de esta manera:

--S, s, es una dolorosa historia. Oh, mirad! Este es el arroyo por
donde corra la sangre de los nuestros! Es igual, _Merweg_, es igual;
tambin los otros sembraron de huesos la maleza. Y la Luna vio a sus
mujeres arrancarse los cabellos durante tres das y tres noches! Oh,
qu horrible jornada! Oh, los perros, se han ensoberbecido con su gran
victoria! Que la maldicin caiga sobre ellos!... Malditos sean!

El loco haba arrojado al suelo la corona y la recogi sollozando.

Los lobos, que permanecan sentados, le oan como personas que prestan
atencin. El mayor de ellos comenz a aullar, y Ygof le dijo:

--T tienes hambre, _Sarimar_! Algrate, algrate, pues la carne no va
a faltar en mucho tiempo; los nuestros estn al llegar, y la batalla va
a empezar de nuevo.

Despus se levant y, golpeando una piedra con el cetro, dijo:

--Aqu estn tus huesos!

Acercose a otra piedra, y aadi:

--Y los tuyos, _Merweg_, los tuyos!

El cortejo de lobos le sigui; el loco, subindose a una piedra y
contemplando el abismo silencioso, exclam:

--Nuestro canto de guerra ha muerto! Nuestro canto de guerra es una
lamentacin! La hora de que resucite se acerca! Y vosotros seris los
guerreros: volvern a ser vuestras estas caadas y estas montaas.

--Oh! En el aire vibran an los chirridos de los carros, los gritos de
las mujeres, los golpes de las mazas.

--S, s; nuestros enemigos descendieron de las alturas y nos vimos
rodeados. Y ahora, todo ha muerto; od, todo ha muerto; vuestros huesos
reposan, pero vuestros hijos llegan, y el da de la venganza volver.
Cantad! Cantad!

Y el loco comenz tambin a aullar, mientras que los lobos reanudaban
sus salvajes gritos.

Aquellos quejidos se hacan cada vez ms lastimeros, y en el silencio de
los montes cercanos, unos en sombra y otros iluminados por la Luna, en
medio de la absoluta quietud de los arbustos que se doblaban por el peso
de la nieve, los ecos lejanos respondan al lgubre concierto con voz
tan misteriosa, que el pobre pastor se hallaba posedo de un horror de
que guardara memoria durante toda su vida.

Pero su temor iba disminuyendo porque Ygof y su fnebre cortejo se
hallaban cada vez ms lejos y se encaminaban hacia Halzach.

El cuervo, lanzando un grito ronco, extendi las alas y levant el vuelo
en el cielo azul plido.

Esta sorprendente escena desapareci sin dejar rastro.

Durante largo tiempo, Robin oy los aullidos que, poco a poco, se
extinguan. Haca ms de veinte minutos que haban cesado y que el
silencio del invierno reinaba solo en aquel abrupto paraje, cuando el
buen hombre, sintindose seguro, sali de la garita y tom corriendo el
camino de la granja.

Cuando lleg a El Encinar encontr toda la casa en movimiento. Se
hacan preparativos para matar un buey con destino a la tropa del Donon.
Hullin, el doctor Lorquin y Luisa se haban marchado con los del Sarre.
Catalina Lefvre diriga en persona la operacin de cargar la galera,
tirada por cuatro caballos, de pan, carne y aguardiente. Todo era ir y
venir, correr y ayudar a hacer los preparativos.

Robin no pudo contar a nadie lo que haba presenciado. Adems, aquello
le pareca a l mismo tan increble, que no se atreva a abrir la boca.

Y cuando se acost en el pesebre que le serva de cama, en medio del
establo, acab por convencerse que Ygof haba en otro tiempo
domesticado una camada de lobos y que hablaba con ellos de sus
desvaros, como a veces se habla a un perro.

Pero siempre conserv de tal encuentro un temor supersticioso, y aun en
su ms avanzada edad el buen hombre no habl nunca de estas cosas sin
estremecerse.




XI


Cuanto Hullin orden llevose a cabo; los desfiladeros de la Aduana y del
Sarre se fortificaron con solidez; el de Blanru, que se hallaba a un
extremo de la posicin, fue puesto en condiciones de defensa por el
propio Juan Claudio y los trescientos hombres que constituan su fuerza
principal.

All, a la vertiente oriental del Donon, a dos kilmetros de
Grand-Fontaine, debemos trasladarnos para presenciar los acontecimientos
ulteriores.

Por encima de la carretera que costea oblicuamente la ladera hasta
llegar a los dos tercios de la cumbre se vea entonces una casa, rodeada
de algunas fanegas de tierra de labor, la alquera de Pelsly, el
anabaptista: era un edificio bajo, de tejado plano a propsito para
poder resistir los fuertes vientos que en tal sitio combatan; detrs de
la casa, hacia la cspide de la sierra, se extendan los establos y las
corralizas de cerdos.

Los hombres que formaban la partida vivaqueaban en los alrededores; a
sus pies se descubran Grand-Fontaine y Framont, presos en una estrecha
garganta; ms lejos, en la curva del valle, Schirmeck y los viejos
residuos de ruinas feudales; por ltimo, en las ondulaciones de la
montaa, el ro Bruche se aleja haciendo zigzags entre las brumas grises
de Alsacia. A la izquierda se eleva la cspide del Donon, sembrada de
rocas y de algunos abetos achaparrados. Delante, el camino estaba
interceptado: la tierra de los desmontes se haba dejado correr sobre la
nieve, y varios rboles corpulentos, con las ramas sin cortar, se
hallaban atravesados en la carretera.

La nieve, que se funda, dejaba asomar de trecho en trecho terrones
amarillos y formaba como anchas ondas que eran atravesadas por el
cierzo.

Presentaba el paisaje un aspecto severo y grandioso. No se vea una
persona, y en todo el camino del valle, que serpentea entre los sotos
hasta perderse de vista, no se divisaba un carruaje: pareca un
desierto.

Slo algunas hogueras esparcidas aqu y all alrededor de la alquera,
de las que se elevaba en el cielo un humo dbil, indican el
emplazamiento del vivaque.

Los montaeses, sentados alrededor de las ollas, con el sombrero echado
atrs y el fusil en bandolera, se hallaban aburridos; haca tres das
que esperaban al enemigo. En uno de los grupos, con las piernas
encogidas, las espaldas dobladas y la pipa en los labios, se
encontraban Materne y sus dos hijos.

De vez en cuando, Luisa apareca en la puerta de la granja, y en seguida
entraba de nuevo para recomenzar la labor. Un apuesto gallo escarbaba en
el estircol y cantaba con voz ronca; dos o tres gallinas se paseaban
entre la maleza. Aquello era agradable de ver; pero lo que constitua el
mayor consuelo para los hombres que formaban la partida era contemplar
los magnficos cuartos de tocino, con sus dos caras, una blanca y otra
rojiza, espetados en varetas de madera verde, que destilaban la grasa
gota a gota sobre las brasas, e ir a llenar las jarras a un barrilillo
de aguardiente, colocado en el carro de Catalina Lefvre.

Hacia las ocho de la maana apareci repentinamente un hombre entre el
gran y el pequeo Donon; los centinelas lo descubrieron en seguida; el
hombre descenda agitando el sombrero.

Pocos minutos despus se le reconoci: era Nickel Bentz, el antiguo
guarda forestal de Houpe.

Todo el campo se puso en movimiento; algunos hombres corrieron a avisar
a Hullin, que desde haca una hora dorma en la alquera, echado en un
enorme jergn, junto al doctor Lorquin y su perro _Plutn_.

Los tres salieron, acompaados del pastor Lagarmitte, a quien se haba
nombrado trompeta, y del anabaptista Pelsly, persona grave, de amplia
barba corrida alrededor de las mandbulas, que iba con los brazos
metidos hasta los codos en los enormes bolsillos de su tnica de lana
gris guarnecida de broche de latn, y a quien la borla de su gorro de
algodn le caa en medio de la espalda.

Juan Claudio pareca contento.

--Qu hay, Nickel? Qu pasa por all abajo?--exclam.

--Hasta el presente, nada nuevo, seor Juan Claudio; slo del lado de
Falsburgo se oye tronar como si fuese una tormenta. Labarbe dice que son
caonazos, porque durante la noche se han visto pasar los relmpagos
sobre el bosque de Hildehouse, y esta maana unas nubes grises se han
extendido por el llano.

--Estn atacando la ciudad--dijo Hullin--, pero del lado de
Lutzelstein?

--No se oye nada--respondi Bentz.

--Entonces es que el enemigo se propone rodear la plaza. De todos modos,
los aliados estn all abajo; debe de haber muchsima gente en Alsacia.

Luego, volvindose hacia Materne, que estaba de pie detrs de l, dijo:

--No podemos permanecer ms tiempo en esta incertidumbre; as es que vas
a salir, con tus hijos, de reconocimiento.

El rostro del viejo cazador se anim repentinamente.

--Muy bien! Por fin voy a poder estirar un poco las piernas--dijo
Materne--, y a ver si logro despachar a uno de esos granujas de
austriacos o de cosacos.

--Un momento, amigo mo! No se trata ahora de despachar a nadie; se
trata de ver lo que pasa. Frantz y Kasper llevarn armas; pero t, como
te conozco, vas a dejar aqu la carabina, el cuerno de la plvora y el
cuchillo de monte.

--Y por qu?

--Porque tienes que entrar en poblado, y si te cogen con armas te
fusilarn inmediatamente.

--Me fusilarn?

--Desde luego. Nosotros no somos tropas regulares y no podemos ser
prisioneros; nos fusilan, y en paz. As es que vas a tomar el camino de
Schirmeck, con un palo solamente en la mano, y tus hijos te seguirn de
lejos marchando entre la maleza, a la distancia de medio tiro de
carabina. Si te atacan algunos merodeadores, ellos te auxiliarn; pero
si es una columna o un pelotn, no harn nada y dejarn que te prendan.

--Ellos van a dejar que me prendan!--exclam el cazador indignado--; yo
quisiera ver semejante cosa.

--S, Materne, y eso ser lo ms sencillo, porque a un hombre desarmado
se le suelta pronto; pero a un hombre que lleva armas se le fusila. No
tengo necesidad de decirte que no pregones que vas a espiar a los
alemanes.

--Ah!, ah!, entiendo. S, s; no est mal pensado; yo nunca dejo la
carabina, Juan Claudio; pero la guerra es la guerra; aqu tienes la
carabina, el cuerno y el cuchillo. Quin quiere prestarme una blusa y
un palo?

Nickel Bentz le dio su angarina y su sombrero. La gente que les rodeaba
contemplbales con admiracin.

Cuando hubo cambiado de traje, cualquiera hubiese tomado al anciano
cazador, a pesar de sus grandes bigotes grises, por un aldeano de la
montaa alta.

Sus dos hijos, muy satisfechos de tomar parte en aquella primera
expedicin, repasaban las espoletas de las carabinas, y sacando las
bayonetas de caza, largas y rectas como espadas, las colocaron al
extremo de los caones. Al mismo tiempo requeran los cuchillos de
monte, se pasaban los morrales, con un movimiento de hombros, a la
cintura y se convencan de que todo se hallaba en orden, mientras
dirigan a su alrededor miradas de triunfo.

--Eh, cuidado!--les dijo riendo el doctor Lorquin--; no olviden el
consejo del seor Juan Claudio: prudencia! Un alemn ms o menos entre
cien mil no nos ha de sacar ciertamente de apuros; en cambio, si alguno
de ustedes vuelve estropeado, ser difcil encontrar quien le sustituya.

--Oh, no tenga usted cuidado, doctor!, iremos con el ojo alerta!

--Mis hijos--respondi altivamente Materne--son verdaderos cazadores y
saben esperar y aprovechar la ocasin. No tirarn mas que si yo llamo.
Puede usted estar tranquilo! Y ahora, en marcha; hay que estar de
vuelta antes de que llegue la noche.

Los expedicionarios salieron.

--Buena suerte!--les grit Hullin, mientras trepaban por la nieve para
salvar los obstculos amontonados en el camino.

No tardaron los tres cazadores en descender al sendero que acorta el
camino hacia la derecha de la sierra.

Los montaeses que formaban la partida le siguieron con la mirada. Sus
largos cabellos rojos y rizados, sus enjutas y prolongadas piernas, sus
anchos hombros, sus movimientos ligeros y rpidos, todo revelaba que, en
caso de ocurrir un encuentro, cinco o seis _kaiserlicks_ no saldran
bien parados de semejantes hombres.

Al cabo de un cuarto de hora, rodearon el monte de abetos y
desaparecieron.

Entonces Hullin volvi tranquilamente a la granja, hablando con Nickel
Bentz.

El doctor Lorquin iba detrs, seguido de _Plutn_, y los restantes
espectadores se marcharon cada uno a su sitio, alrededor de las hogueras
del vivaque.




XII


Haca tiempo que Materne y sus hijos caminaban sin hablar; el tiempo se
haba presentado hermoso; el plido sol de invierno brillaba en la nieve
deslumbrante sin llegar a fundirla; el suelo sonaba a duro. A lo lejos,
en el valle, se dibujaban con una limpidez extraordinaria las flechas de
los abetos, los lomos rojizos de las rocas, los tejados de los caseros,
con sus estalactitas de hielo pendientes de las tejas, sus ventanillas
centelleantes y sus agudos mojinetes.

La gente paseaba por las calles de Grand-Fontaine; un corro de muchachas
se hallaba parado delante del lavadero; algunos viejos, cubiertas las
cabezas con gorros de algodn, fumaban una pipa junto a la puerta de sus
casuchas. Aquel enjambre humano, en el fondo de la llanura azulada, iba,
vena y se agitaba sin que un aliento o un suspiro llegase al odo de
los cazadores.

Detvose Materne al salir del bosque, y dijo a sus hijos:

--Voy a bajar a la aldea para ver a Dubreuil, el posadero de _La Pia_.

Y sealaba con el palo una amplia construccin blanca, cuyas ventanas,
as como la puerta, se hallaban rodeadas de una franja amarilla,
vindose colgada de la pared una rama de pino a guisa de muestra.

--Vosotros me esperis aqu; si no hay peligro, saldr al escaln de la
puerta y agitar el sombrero; entonces podis venir a tomar una copa de
vino conmigo.

Materne, acto continuo, baj por la ladera, cubierta de nieve, hasta los
jardinillos escalonados que se extienden por encima de Grand-Fontaine,
en lo que tard unos diez minutos; despus, siguiendo unos surcos, lleg
a la pradera, atraves la plaza de la aldea, y sus dos hijos, que
aguardaban con las armas en descanso, le vieron entrar en la posada.
Pocos momentos despus el cazador apareci en el umbral y agit el
sombrero, lo cual produjo a los jvenes viva satisfaccin.

No haba pasado un cuarto de hora cuando los dos muchachos se
encontraron con su padre en la sala grande de _La Pia_; era aqulla una
habitacin baja de techo, que tena una estufa de hierro pintada de
color plomo, con el suelo terrizo y unas largas mesas de pino
perfectamente limpias con cola de caballo.

A excepcin del posadero Dubreuil, el ms gordo y apopltico de los
taberneros de los Vosgos, un hombre de vientre hinchado en forma de
odre, que se sustentaba en los enormes muslos, de ojos redondos, de
nariz chata, con una verruga en la mejilla derecha y una triple papada
que le caa a la manera de cascada sobre el doblado cuello de la camisa,
a excepcin de este curioso personaje, sentado en un ancho silln de
cuero cerca de la estufa, Materne se encontraba solo. Acababa el cazador
de llenar las copas, cuando en el viejo reloj dieron las nueve; el gallo
de madera agitaba las alas con un chirrido extrao.

--Salud, seor Dubreuil!--dijeron los muchachos con voz ruda.

--Buenos das, amigos mos, buenos das!--respondi el posadero
esforzndose por sonrer; y luego, con voz opaca, pregunt:

--No hay nada nuevo?

--No, por cierto!--respondi Kasper--; ha llegado el invierno, el
tiempo del jabal.

Despus, dejando uno y otro las carabinas en el rincn de la ventana, al
alcance de la mano, por si llegaba un caso de alarma, montaron la pierna
por encima del banco y se sentaron frente a su padre, que ocupaba la
cabecera de la mesa.

Bebieron los tres, despus de decir: A vuestra salud!, como tenan
siempre costumbre de hacer.

--De modo--dijo Materne volvindose hacia el enorme posadero, como si
prosiguiera una conversacin interrumpida--que usted cree, seor
Dubreuil, que no tenemos nada que temer en el bosque de las Baronas y
que podremos tranquilamente entregarnos a cazar jabales?

--Oh!, de eso no s nada--exclam el posadero--; slo puedo decir que
hasta el presente los aliados no han pasado de Mutzig y, adems, que no
hacen dao a nadie y que admiten a todos los hombres de buena voluntad
que quieran combatir al usurpador.

--El usurpador! Qu es eso?

--Bah! Napolen Bonaparte, el usurpador, todo el mundo lo conoce!
Miren ustedes a la pared.

Y les seal un carteln pegado a la pared, cerca del reloj.

--Vean ustedes esto y se convencern que los austriacos son
verdaderamente amigos nuestros.

Las cejas del anciano Materne se unieron; pero reprimiendo acto continuo
aquel estremecimiento, dijo:

--Ah, bah!

--S; lean eso.

--Pero si yo no s leer, seor Dubreuil, ni mis hijos tampoco;
explquenos usted por encima de lo que se trata.

Entonces el tabernero, apoyando las pesadas manos rojas en los brazos
del silln, se levant resoplando como un becerro y fue a colocarse
delante del carteln, con los brazos cruzados sobre su enorme grupa.
Despus, en tono solemne, ley una proclama de los soberanos aliados en
la que declaraban que haban declarado la guerra a la persona de
Napolen, pero no a Francia; y como consecuencia de ello todo el mundo
deba permanecer tranquilo y no mezclarse en sus asuntos, so pena de ser
quemados, saqueados y fusilados.

Los cazadores oyeron la lectura y se miraron unos a otros con extraeza.

Cuando Dubreuil hubo acabado, se dirigi a su asiento, mientras deca:

--Ya lo ven ustedes!

--Y cmo tiene usted esto?--pregunt Kasper.

--Ese cartel, hijo mo, est puesto en todas las esquinas.

--Pues bien, no nos parece mal!--dijo Materne asiendo el brazo de
Frantz, que se levantaba echando chispas por los ojos--. Quieres fuego,
Frantz? Aqu tienes mi eslabn.

Frantz volvi a sentarse; el viejo tom una expresin ingenua y
pregunt:

--Y nuestros amigos los alemanes no se quedan con nada de nadie?

--La gente pacfica no tiene nada que temer; pero a los granujas que se
insurreccionen se les confisca todo; y eso es justo, pues los buenos no
deben pagar las culpas de los malos. As, ustedes, por ejemplo, en lugar
de ser maltratados, seran muy bien recibidos en el cuartel general de
los aliados. Conocen ustedes la comarca, podran servir de guas y les
pagaran esplndidamente.

Hubo un instante de silencio; los cazadores se miraron otra vez; el
padre haba extendido las manos sobre la mesa, abrindolas mucho, como
aconsejando a sus hijos que tuvieran calma. Sin embargo, Materne estaba
plido.

El posadero, que no se daba cuenta de nada, prosigui:

--Ustedes tienen que temer ms bien, por el bosque de las Baronas, a
esos bandidos de Dagsburg, del Sarre y del Blanru que se han sublevado
en masa y quieren volver al 93.

--Est usted seguro?--pregunt Materne haciendo esfuerzos por
dominarse.

--Estoy seguro! No tiene usted mas que mirar por la ventana y los ver
en el camino del Donon. Han sorprendido al anabaptista Pelsly, lo han
atado al pie de la cama y se entregan a robar, al saqueo y a cortar los
caminos; pero que tengan mucho cuidado. Dentro de pocos das van a ver
cosas buenas. No son mil hombres los que los van a atacar; no son diez
mil, son millares de millares... Y no quedar uno!

Materne se levant y dijo secamente:

--Es hora de ponerse en camino; hay que estar en el bosque a las dos, y
estamos aqu hablando tranquilamente como cotorras. Hasta la vista,
seor Dubreuil!

Salieron los tres rpidamente, no pudiendo reprimir la clera.

--No olviden lo que les he dicho!--grit el posadero desde su asiento.

Una vez fuera, volviose Materne y exclam, al tiempo que le temblaban
los labios:

--Si no me hubiese contenido, le hubiera roto la botella en la cabeza.

--Y yo--dijo Frantz--estuve por atravesarle la tripa con la bayoneta.

Kasper, con un pie en el escaln, pareca querer entrar; apretaba el
mango del cuchillo de monte y su rostro tena una expresin terrible.
Pero el anciano lo cogi del brazo y se lo llev, mientras deca:

--Vamos, vamos... Ya nos lo tropezaremos ms adelante! Aconsejarme a
m que haga traicin a mi pas! Hullin hizo bien advirtindonos que
tomramos precauciones; tena razn.

Bajaron los cazadores por la calle, dirigiendo a derecha e izquierda
miradas huraas. Las gentes se preguntaban unas a otras: Qu les
sucede a sos?

Cuando llegaron a las afueras del pueblo, frente a una cruz antigua que
se alza muy cerca de la iglesia, se detuvieron los tres, y Materne, en
un tono ms reposado, sealando a sus hijos el sendero que, entre
brezos, rodea a Framont, les dijo:

--Vais a tomar esa vereda. Yo sigo el camino hasta Schirmeck. No ir muy
de prisa, para que podis llegar al mismo tiempo que yo.

Se separaron, y el anciano cazador, muy pensativo y cabizbajo, anduvo un
buen trecho preguntndose cul habra sido la causa interna que le
impidi abrir la cabeza al obeso posadero. Materne pens que el hecho
obedeca, sin duda, al miedo de comprometer a sus hijos.

Mientras iba pensando en estas cosas, Materne se encontraba de vez en
cuando numerosos rebaos de bueyes, carneros y cabras que se encaminaban
a la sierra. Haba algunos que venan de Wisch, de Urmatt y hasta de
Mutzig; los pobres animales no podan ms.

--Adnde demonios vais tan de prisa?--gritaba el cazador a los pastores
cariacontecidos--. No tenis vosotros confianza en las proclamas de los
rusos y de los austriacos?

Los campesinos, de mal humor, le respondan:

--S, s; rase usted de las proclamas! Ya sabemos lo que ahora valen!
Por todas partes no hay mas que saqueos y robos; se imponen
contribuciones forzosas, se confiscan los caballos, las vacas, los
bueyes, los carruajes.

--Bah!, bah!, bah!, no es posible... Qu me dicen ustedes? Eso me
asombra; unos hombres tan francos, unos amigos tan buenos, que vienen a
salvar a Francia! No puedo creerlo. Despus de una proclama tan
hermosa!

--Pues baje usted a Alsacia y ya ver!

Aquella pobre gente se marchaba moviendo la cabeza con un aire de
profunda indignacin, y Materne se rea para sus adentros.

A medida que el cazador avanzaba, aumentaba el nmero de rebaos; y no
eran solamente rebaos de ganado los que huan, unos mugiendo, otros
berreando, sino tambin bandadas de ocas que se extendan hasta perderse
de vista, gritando, graznando, arrastrando sus buches a lo largo del
camino, con las alas abiertas y las patas medio heladas; daba pena
verlas!

Mas al acercarse a Schirmeck el espectculo era ms doloroso an;
familias enteras huan en sus carromatos cargados de barriles de
alimentos y muebles, con mujeres y nios que golpeaban a los caballos
hasta acabar con ellos, y diciendo con voz lastimera: Estamos perdidos;
han entrado los cosacos.

Aquel grito los cosacos!, los cosacos! corra de un extremo a otro
del camino como una rfaga de viento; las mujeres se volvan
estupefactas, y los nios se ponan de pie en los carruajes para ver ms
lejos. Nunca se haba visto nada semejante, y Materne, indignado, se
avergonzaba del miedo de aquella gente, que, pudiendo defenderse, huan
de una manera cobarde por egosmo y por salvar sus bienes.

Muy cerca de Schirmeck, en la encrucijada de la Hondonada de los Sauces,
Kasper y Frantz volvieron a unirse a su padre y los tres entraron en la
taberna de _La Llave de Oro_, que, a la derecha del camino y en la parte
baja de la ladera, tena la viuda Faltaux.

La pobre mujer y sus dos hijas contemplaban desde una ventana aquella
emigracin, y cruzaban las manos como en splica.

El tumulto, en efecto, aumentaba de momento en momento; el ganado, los
carruajes y la gente parecan querer pasar unos por encima de los otros.
Ninguno era dueo de s; todos gritaban y pugnaban por hacerse sitio.

Materne empuj la puerta, y viendo a las mujeres ms muertas que vivas,
plidas y desmelenadas, grit golpeando el suelo con el palo:

--Vaya! Vaya con la madre! Pero usted se ha vuelto loca? Vamos,
usted, que deba dar ejemplo a sus hijas, es la primera en acobardarse!
Es vergonzoso!

Volviose en tal ocasin la anciana y contest con voz lastimera:

--Ay, amigo Materne! Si usted supiera!...

--Qu! Que el enemigo se acerca? No se comer a usted...

--No, pero todo lo devora sin compasin. La anciana Ursula, de
Schlestadt, que lleg ayer tarde, dice que los austriacos no quieren mas
que _knoepfe y noudel_; los rusos, _schnaps_, y los bvaros, chucruta. Y
cuando se han atracado de todo esto hasta no poder ms, gritan con la
boca llena: _schokolate, schokolate!_ Dios mo! Dios mo!... Cmo
vamos a alimentar a esta gente?

--Ya s que la cosa es muy difcil--dijo el cazador--; los grajos nunca
tienen bastante queso. Pero, vamos a ver, dnde estn esos cosacos,
bvaros y austriacos? Desde Grand-Fontaine no hemos encontrado ni uno
solo.

--Estn en Alsacia, cerca de Urmatt, y vienen hacia aqu.

--Mientras vienen o no vienen, srvanos una jarra de vino; aqu tiene
usted un escudo de tres libras, que le ser ms fcil de ocultar que los
toneles.

Una de las muchachas baj a la cueva, y en el mismo instante otras
personas entraron en la taberna: un vendedor de almanaques de las
cercanas de Estrasburgo, un gua de Sarrebrck, que iba de blusa, y dos
o tres vecinos de Mutzig, de Wisch y de Schirmeck, que huan con sus
rebaos y que no podan ms a fuerza de gritar.

Todos se sentaron a la misma mesa, frente a las ventanas, para no perder
de vista el camino; sirvironles vino, y cada cual comenz a contar lo
que saba; uno dijo que los aliados eran tantos que tenan que acostarse
uno junto a otro en el valle de Hirschenthal, y que estaban tan llenos
de miseria que, as que se marchaban, las hojas secas andaban solas por
el bosque; otro cont que los cosacos haban prendido fuego a una aldea
de Alsacia porque no les dieron velas como postre despus de una comida;
que algunos de ellos, en particular los calmucos, coman jabn como si
fuera queso, y la corteza del tocino como galleta; que muchos beban
aguardiente en vasos, despus de haber echado en el lquido varios
puados de pimienta; que era preciso ocultarlo todo, porque todo era
para ellos comestible y bebedero.

A este propsito, el gua dijo que, tres das antes, un cuerpo de
ejrcito ruso, que haba pasado por la noche al alcance de los caones
de Wisch y se haba visto obligado a detenerse durante ms de una hora
en medio de la nieve, en la aldehuela de Rorbach, haba bebido en un
calentador que se hallaba abandonado en una ventana de la casa de una
anciana de ochenta aos; aadi que aquellos salvajes rompan el hielo
para baarse y luego, para secarse, se metan en hornos de ladrillos; en
una palabra, que slo teman al caporal _schlague_.

Aquellas sencillas gentes refirieron cosas tan extraas--vistas por
ellos mismos, segn aseguraban, o sabidas por personas veraces--que
apenas se poda creer nada de lo que contaban.

Fuera prosegua sin interrupcin el tumulto, el rodar de los carros, el
berrear de los rebaos, el clamor de los fugitivos, lo que produca el
efecto de un descomunal zumbido.

A medioda, cuando Materne y sus hijos se disponan a partir, oyose un
grito ms fuerte, ms prolongado que los dems: Los cosacos!, los
cosacos!

Todo el mundo sali fuera, a excepcin de los cazadores, que se
limitaron a abrir una ventana para ver lo que pasaba; la gente hua a
campo traviesa; hombres, rebaos, carros, todo se dispersaba como las
hojas ante el viento del otoo.

En menos de dos minutos el camino qued libre, salvo en Schirmeck, donde
era tal la confusin, que no se poda dar un paso. Materne, alzando la
vista a la parte ms lejana del camino, exclam:

--No hago mas que mirar, pero no veo nada.

--Ni yo--contest Kasper.

--Vamos!, vamos!--exclam el cazador--; me parece que el miedo de esta
gente atribuye al enemigo ms fuerza de la que tiene. No recibiremos
nosotros as a los cosacos en la sierra; ya encontrarn quien les d
las buenas tardes!

Luego, alzando los hombros con expresin de repugnancia, dijo:

--El miedo es algo ruin; y todava ms cuando lo que podemos perder es
una vida miserable! Vmonos.

Salieron los tres de la posada, y el anciano sigui el camino del valle
con el fin de subir a la cima del Hirschberg, situada enfrente; sus
hijos le acompaaron, y pronto se encontraron todos a la orilla del
bosque. Materne dijo que era preciso subir lo ms alto que fuese
posible, con el objeto de dominar la llanura para adquirir noticias
ciertas que llevar al vivaque, pues todas las habladuras de los
fugitivos no valan lo que una simple ojeada al terreno.

Kasper y Frantz estuvieron conformes, y comenzaron los tres a trepar por
el monte, que forma una especie de promontorio avanzando dentro de la
llanura.

Cuando llegaron a la cumbre, divisaron claramente la posicin del
enemigo, situada a tres leguas de all, entre Urmatt y Lutzelhouse; se
vean grandes lneas negras sobre la nieve; ms lejos, algunas masas
obscuras, que seran sin duda la artillera y los bagajes; otras masas
rodeaban las aldeas, y, a pesar de la distancia, el centelleo de las
bayonetas indicaba que una columna acababa de ponerse en camino, en
direccin de Wisch.

Despus de contemplar detenidamente aquel espectculo con melanclica
mirada, el anciano dijo:

--Tenemos a la vista lo menos treinta mil hombres, y avanzan hacia
nuestras posiciones; maana, o pasado maana lo ms tarde, nos atacarn.
No va a ser un encuentro de poca monta; pero si ellos son muchos,
nosotros tenemos la ventaja del terreno, y adems siempre es agradable
tirar a las masas; as no se malgastan las balas.

Hechas aquellas razonables reflexiones, Materne calcul la altura del
sol y dijo:

--Ahora son las dos; ya sabemos cuanto queramos saber. Volvamos al
vivaque.

Los dos muchachos se pasaron las carabinas a la espalda a modo de
bandolera, y, dejando a la izquierda el valle del Brocque, Schirmeck y
Framont, subieron la empinada cuesta del Hengsbach, que domina, a una
distancia de dos leguas, al pequeo Donon; bajaron por la falda opuesta,
sin seguir ningn sendero en la nieve, guindose slo por las cimas para
cortar terreno.

Haca dos horas que caminaban de tal manera; el sol fro del invierno se
hunda en el horizonte, y la noche, una noche clara y tranquila, se
aproximaba. Solamente les faltaba bajar y subir la ladera opuesta del
solitario desfiladero del Riel, que formaba una gran hoya redonda en
medio del bosque, en el fondo de la cual se aparece una laguna de
azuladas aguas que sirve de abrevadero a los corzos.

De repente, al salir los cazadores de la espesura, cuando marchaban
distradamente y sin pensar en nada, el anciano Materne, detenindose
tras unas malezas, dijo:

--Quietos!

Y con la mano seal a la laguna, por entonces cubierta de una capa de
hielo delgada y transparente. Bast a los muchachos dirigir una mirada
hacia aquel sitio para gozar del ms sorprendente espectculo: unos
veinte cosacos, hombres de revueltas barbas rubias, que llevaban a la
cabeza gorros de viejas pieles en forma de tubos de chimenea, que
cubran sus esculidos cuerpos con mugrientos harapos, cabalgaban,
apoyados en estribos hechos de cuerda, en caballitos de crines flotantes
que les llegaban al petral, de cola escasa y grupa amarilla, negra y
blanca como de cabras. Unos llevaban por toda arma un lanzn; otros, un
sable; otros, un hacha atada con una cuerda a la silla y una enorme
pistola de arzn sujeta a la cintura. Varios otros, con el rostro
levantado contemplaban extticamente la verde copa de los abetos, que se
escalonaban unos sobre otros y llegaban hasta las nubes. Un hombre alto
y delgado rompa el hielo con el extremo de la lanza, mientras su
caballejo beba, con el cuello estirado y las crines cadas, en forma de
barba, sobre la cara. Otros, que haban echado pie a tierra, separaban
la nieve y sealaban al bosque, como manifestando que era aqul un buen
sitio para establecer el campamento. Los dems compaeros, que
permanecan a caballo, hablaban entre s e indicaban hacia el fondo del
valle que a la derecha desciende en forma de hendedura hasta
Grinderwald.

Era lo que vean los cazadores un descanso, y nadie podra expresar
hasta qu punto aquellos seres venidos de tan lejanas tierras, con sus
rostros cobrizos, sus grandes barbas, sus ojos negros, su frente
hundida, su nariz chata y sus harapos pardos, parecan extraos y
pintorescos al borde de la laguna, al pie de las ingentes rocas
verticales que sostenan los verdes abetos junto al cielo.

Era un mundo nuevo dentro del nuestro, un gnero de caza desconocido,
sorprendente, extrao, que los tres cazadores se entregaron a contemplar
posedos de una curiosidad extraordinaria. Pero, satisfecha sta, as
que pasaron cinco minutos, Kasper y Frantz pusieron las bayonetas al
extremo de las carabinas y retrocedieron unos veinte pasos en la
espesura. El padre y los dos hijos llegaron a la base de una roca, que
tendra quince o veinte pies de altura, a la que subi el anciano
Materne, pues nada mejor poda hacer, puesto que no llevaba armas;
luego, despus de cruzar algunas palabras en voz baja, Kasper examin la
espoleta de su carabina y apunt muy despacio, mientras su hermano se
hallaba preparado para imitarle.

Uno de los cosacos, el que los cazadores haban visto dando de beber al
caballo, se encontraba a doscientos pasos aproximadamente. Son el tiro,
que repitieron los ecos profundos de la garganta, y el cosaco, cayendo
por encima de la cabeza de su montura, desapareci en el hielo de la
laguna.

Es imposible describir el estupor que se apoder del enemigo al or la
detonacin. Las miradas de aquellos hombres se dirigan a todas partes,
y el eco repeta el sonido como si fuesen muchos los disparos, mientras
que se elevaba una ancha nube de humo encima del macizo de rboles donde
se hallaban los cazadores.

Kasper, en menos que se dice, haba vuelto a cargar la carabina; pero,
al mismo tiempo, los cosacos que estaban a pie saltaron sobre sus
caballos y se precipitaron por la pendiente del Hartz, marchando en fila
como los corzos y gritando con voz terrible:

--Hurra! Hurra!

Aquella huda fue tan rpida como una visin; en el momento que Kasper
apuntaba por segunda vez, la cola del ltimo caballo desapareca entre
los matorrales.

El caballo del cosaco muerto permaneca solo, junto al agua, porque una
rara circunstancia le impeda moverse; su dueo, con la cabeza hundida
en el lgamo, tena el pie metido en el estribo.

Materne, desde lo alto de la roca, estuvo escuchando un momento;
despus, alegremente, dijo:

--Se han marchado!... Pues bien...; vamos a ver. T, Frantz, qudate
aqu... por si volviera alguno...

A pesar de la advertencia, los tres bajaron adonde se hallaba el
caballo.

Materne cogi acto continuo la brida, diciendo:

--Bien, amigo mo!; ahora te ensearemos a hablar francs.

--Vmonos!--dijo Kasper.

--No; hay que ver lo que hemos tirado; eso servir para animar a los
compaeros; los perros que no muerden la piel del animal nunca son
buenos cazadores.

Los tres hombres extrajeron del lgamo al cosaco, lo colocaron
atravesado sobre el caballo y comenzaron a subir la falda del Donon por
un sendero tan rpido, que Materne, en ms de cien ocasiones, lleg a
decir: El caballo no puede pasar por ah.

Pero el caballo, que era tan gil como una cabra, pasaba ms fcilmente
que ellos; visto lo cual, el anciano acab diciendo:

--Excelentes caballos tienen estos cosacos! Si llego a viejo, ste me
servir para ir a cazar corzas. Hemos dado con un caballo excelente,
muchachos; a pesar de su aspecto vacuno, vale tanto como un caballo de
camino.

De vez en cuando haca Materne sobre el cosaco reflexiones como stas:

--Qu cosa ms singular!, eh? Una nariz redonda y una frente como una
caja de queso. Y eso que hay hombres raros en el mundo! Le has dado
bien, Kasper; exactamente en medio del pecho; y, mira, la bala le ha
salido por la espalda. La plvora es magnfica! Divs tiene siempre
buen gnero.

Hacia las tres de la tarde, los caminantes oyeron las primeras voces de
los centinelas de la partida:

--Quin vive?

--Francia!--respondi Materne adelantndose.

Todos salieron al encuentro de los recin llegados, gritando: Viva
Materne!

El mismo Hullin, lleno de tanta curiosidad como los dems, no pudo
contenerse y acudi, acompaado del doctor Lorquin. Los hombres de la
partida rodeaban ya al caballo, y alargaban el cuello y se quedaban
pasmados, junto a la gran hoguera en la que la comida se sazonaba.

--Es un cosaco--dijo Hullin, estrechando la mano de Materne.

--S, Juan Claudio; le vimos en la laguna de Riel, y Kasper le tir.

Varios hombres bajaron el cadver de la cabalgadura y le tendieron en el
suelo.

Su rostro, de color amarillo viejo, presentaba reflejos extraos a la
luz de las llamas.

El doctor Lorquin, despus de contemplarlo, dijo:

--Es un hermoso ejemplar de la raza trtara; si yo tuviese tiempo, lo
cubrira con una capa de cal para tener un esqueleto de esta especie.

Luego, arrodillndose y abriendo el largo casacn que cubra el cuerpo
del cadver, dijo:

--La bala ha atravesado el pericardio, lo que produce un efecto
semejante al de un aneurisma cuando revienta.

Todos los dems guardaban silencio.

Kasper, con la mano apoyada en el can de la carabina, pareca muy
contento de su cacera, y Materne, frotndose las manos, deca:

--Yo estaba seguro que les traera a ustedes algo; nosotros, lo mismo
mis hijos que yo, nunca volvemos con las manos vacas. En fin, ah est.

Entonces Hullin le llam aparte, y juntos entraron en la granja, en
tanto que, pasado el primer momento de sorpresa, cada cual comenzaba a
hacer reflexiones particulares sobre el cosaco.




XIII


Aquella noche, que era la vspera de un sbado, la reducida alquera del
anabaptista no dej un minuto de hallarse llena de gente.

Hullin estableci su cuartel general en una gran sala baja, a la derecha
de los trojes, que daba frente a Framont; al otro lado del pasadizo se
encontraba la ambulancia, y en las habitaciones superiores vivan las
personas de la granja.

Aunque la noche estaba muy tranquila y el cielo tachonado de
innumerables estrellas, el fro era tan intenso que haba cerca de una
pulgada de escarcha en los cristales.

Fuera se oa el quin vive? de los centinelas, las pisadas de las
patrullas, y, en las cumbres de alrededor, los aullidos de los lobos,
que seguan a nuestros ejrcitos por centenares desde 1812. Estos
feroces animales, sentados sobre tmpanos de hielo, con el puntiagudo
hocico entre las patas y el hambre mordiendo las entraas, se llamaban
unos a otros del Grosmann al Donon, con gemidos semejantes a los del
viento.

Ms de un montas senta, al orlos, que se le helaba la sangre: Son
cantos fnebres--pensaban--; es la Muerte que olfatea la batalla y nos
llama.

Los bueyes, en el establo, mugan y los caballos daban coces terribles.

Unas treinta hogueras brillaban en la meseta; se haba entrado a saco en
la leera del anabaptista, se amontonaban los leos unos sobre otros, y
mientras los hombres se quemaban la cara, sus espaldas tiritaban; mas
cuando se calentaban las espaldas, los bigotes se cubran de escarcha.

Hullin, solo, frente a una amplia mesa de pino, pensaba en todo. Por las
ltimas noticias recibidas durante la noche, que anunciaban la llegada
de los cosacos a Framont, estaba convencido de que el primer ataque
tendra lugar al da siguiente. Haba mandado distribuir los cartuchos,
reforzado los centinelas, organizado patrullas y sealado los puestos
convenientes, a lo largo de los parapetos. Cada cual saba de antemano
el sitio que deba ocupar. Asimismo, Hullin dio orden a Piorette, a
Jernimo de San Quirino y a Labarbe de que le enviaran sus mejores
tiradores.

El estrecho pasillo obscuro, alumbrado solamente por una linterna
grasienta, estaba lleno de nieve, y a cada instante se vea pasar, bajo
la luz inmvil, a los jefes de destacamento, con el sombrero metido
hasta las orejas, las anchas mangas de sus hopalandas extendidas hasta
la mano, la mirada dura y las barbas cubiertas de hielo.

_Plutn_ ya no refunfuaba al or las recias pisadas de aquellos
hombres. Hullin, muy pensativo, con la cabeza entre las manos y los
codos apoyados en la mesa, escuchaba cuantas noticias le transmitan.

--Seor Juan Claudio, se nota gran movimiento hacia Grand-Fontaine; se
oye galopar.

--Seor Juan Claudio, el aguardiente se ha helado.

--Seor Juan Claudio, varios me han pedido plvora.

--Falta esto... y lo otro.

--Que se vigile Grand-Fontaine y que se cambien los centinelas de ese
lado cada media hora. Que se ponga el aguardiente junto al fuego.
Esperad que llegue Divs, que trae municiones; que se distribuyan los
cartuchos sobrantes y que todo el que tenga ms de veinte entregue el
resto a sus compaeros.

Y as durante toda la noche.

Cerca de las cinco de la maana, Kasper, el hijo de Materne, fue a decir
a Hullin que Marcos Divs con un volquete lleno de cartuchos, Catalina
Lefvre en un carro y un destacamento de Labarbe acababan de llegar al
mismo tiempo y que se hallaban en la meseta.

Tal noticia caus a Hullin una viva alegra, sobre todo por lo que se
refiere a los cartuchos, pues tema que llegasen tarde.

En seguida Juan Claudio se levant y sali con Kasper.

La meseta ofreca un extrao aspecto.

Al acercarse el da, comenzaban a subir del valle masas de bruma; las
hogueras chisporroteaban por efecto de la humedad, y por doquiera se
vean hombres que dorman; unos, tendidos boca arriba, con las manos
cruzadas detrs del sombrero, con la cara roja y las piernas dobladas;
otros, con la mejilla apoyada en el brazo y el lomo vuelto hacia el
fuego; la mayora, sentados, con la cabeza inclinada y el fusil a la
espalda. Todo se hallaba en silencio, envuelto en una onda de luz rojiza
o de tonos grises, segn que las llamas bajaban o suban. Ms separados,
en la lejana, se dibujaban las siluetas de los centinelas, con el fusil
al brazo o con la culata junto a los pies, que miraban al abismo
cubierto de nubes.

A la derecha, a cincuenta pasos de la ltima hoguera, se oa a los
caballos relinchar y a los hombres golpear el suelo con los pies para
entrar en calor mientras hablaban en voz alta.

--El seor Juan Claudio llega--dijo Kasper, adelantndose por aquel
lado.

Uno de los hombres de la partida arroj al fuego un brazado de ramillas
secas; se form una alta llama y aparecieron los jinetes de Marcos Divs
a caballo: doce hombres corpulentos, envueltos en grandes capas grises,
con el sombrero cado sobre los hombros, los espesos bigotes retorcidos
o lacios y largos hasta el cuello, el sable en la diestra, inmviles
alrededor del volquete; ms all, Catalina Lefvre, acurrucada junto a
la barandilla de su carro, con una capucha metida hasta la nariz, los
pies enterrados en paja y la espalda apoyada en un gran barril; detrs
de Catalina se amontonaban una olla, unas parrillas, un cerdo abierto en
canal, limpio, blanco y sonrosado, varias gavillas de cebollas y algunas
coles para hacer la sopa: todo aquello sali un momento de la obscuridad
y volvi a quedar en la sombra.

Divs se haba separado del convoy y avanzaba, cabalgando sobre un
hermoso caballo.

--Eres t, Juan Claudio?

--S, Marcos, yo soy.

--All tengo preparados varios miles de cartuchos. Hexe-Baizel trabaja
noche y da.

--Bien! Bien!

--S, amigo mo. Y Catalina Lefvre, por su parte, trae vveres; ayer ha
hecho matanza...

--Est bien, Marcos; tendremos necesidad de todo eso. La batalla se
acerca.

--S, s; ya lo sospechaba; hemos venido a paso de carga. Dnde hay que
meter la plvora?

--All en el cobertizo, detrs de la granja. Eh? Es usted, Catalina?

--S, Juan Claudio; qu fro hace esta maana!

--Usted es siempre la misma; nunca le teme a nada.

--Si no fuese curiosa, no dejara de ser mujer?; tengo que meter las
narices en todo.

--S, s; usted siempre encuentra una excusa para cualquier bien que
hace.

--Hullin, es usted muy machacn; djeme usted tranquila y no me alabe
ms. Acaso estos hombres no tienen necesidad de comer? Acaso pueden
mantenerse del aire? Con lo que alimenta el vientecillo que se deja
sentir y con el fro que hace!: corta la piel como una navaja. As es
que he tenido que preparar algo: ayer matamos un buey--el pobre
_Schwartz_, usted sabe--que pesaba ms de novecientos kilos; traigo aqu
el cuarto trasero para la comida de esta maana.

--Catalina--exclam Juan Claudio conmovido--, por bien que la conozca,
siempre encuentro algo nuevo y admirable en usted. Nada le pesa; ni el
dinero, ni el trabajo, ni los sacrificios.

--Bah!--respondi la labradora levantndose y saltando del carro--;
usted me confunde, Hullin. Voy a calentarme.

Catalina entreg las riendas de los caballos a Dubourg, y luego,
volvindose, dijo:

--La cosa no tiene importancia, Juan Claudio; y qu agradable es ver
la hoguera aqu y all! Pero... y Luisa? Dnde est?

--Luisa ha pasado la noche cortando y cosiendo vendas con las dos hijas
de Pelsly. Est en la ambulancia; vea usted, all abajo, donde brilla
aquella luz.

--Pobre hija ma!--dijo Catalina--; voy a ayudarle, y as entrar en
calor.

Hullin, cuando vio que se alejaba, hizo un gesto como diciendo: Qu
mujer!

Al mismo tiempo, Divs y sus hombres transportaban la plvora al
cobertizo, y en el momento que Juan Claudio se acercaba a la hoguera ms
prxima cul no sera su sorpresa al ver, entre los hombres de la
partida, al loco Ygof con la corona a la cabeza, sentado gravemente en
una piedra, con los pies cerca del fuego y cubierto con sus andrajos
como si fuese un manto real!

Nada ms extrao que tal figura vista a la luz de la hoguera. Ygof era,
de toda la tropa que all haba, el nico que se hallaba despierto; se
le hubiera, en verdad, tomado por algn rey brbaro que soaba en medio
de su horda adormecida.

Hullin, por su parte, no vio en l mas que un loco, y ponindole
suavemente la mano en el hombro le dijo irnicamente:

--Salud, Ygof! Vienes sin duda a prestarnos el socorro de tu brazo
invencible y de tus innumerables ejrcitos!

El loco, sin revelar la menor sorpresa, respondi:

--Eso depende de ti, Hullin; tu suerte y la de toda esta gente pende de
tus manos. He detenido mi clera y dejo que t pronuncies la sentencia.

--Qu sentencia?--pregunt Juan Claudio.

El loco, sin contestar, prosigui en voz baja y solemne:

--Henos los dos aqu, como hace mil seiscientos aos, en vsperas de una
gran batalla. En aquella ocasin, yo, jefe de tantos pueblos, fui a tu
clan para pedirte que me franquearas el paso...

--Hace mil seiscientos aos!--dijo Hullin--; demonio, Ygof, resulta
que somos viejsimos! De todos modos, no importa; cada cual cree lo que
le parece.

--S--aadi el loco--; pero, con tu obstinacin de costumbre, no
quisiste or nada; hubo muchos muertos en el Blutfeld, y esos muertos
claman venganza.

--Ah! El Blutfeld!--dijo Juan Claudio--; s, s, una historia antigua;
me parece haber odo hablar de eso.

Ygof se puso rojo, los ojos se le encendieron, y exclam:

--Te vanaglorias de tu triunfo! Bien; pero ten cuidado, ten mucho
cuidado: la sangre pide sangre.

Luego, en tono ms tranquilo, prosigui:

--Oye, Hullin; no te quiero mal; eres valiente; los descendientes de tu
raza pueden mezclarse con los de la ma; deseo una alianza contigo, t
lo sabes...

--Vamos!--pens Juan Claudio--; otra vez me va a hablar de Luisa...

Y como previese una peticin en regla, dijo:

--Ygof, lo siento mucho; pero me veo obligado a dejarte; tengo tantas
cosas que ver!...

El loco no esper el fin de aquella despedida, y levantndose, con el
rostro demudado por la clera, exclam, alzando la mano solemnemente:

--No me concedes tu hija!

--Ya hablaremos de eso ms tarde.

--Me la niegas!

--Vamos, Ygof, con tus gritos vas a despertar a todo el mundo.

--Me la niegas!... Es la tercera vez! Gurdate, Hullin, gurdate!

Juan Claudio, convencido de que no poda hacerle entrar en razn, se
alej apresuradamente; pero el loco, posedo de violenta clera,
descarg sobre sus espaldas estas extraas palabras:

--Huldrix! Desdichado de ti! Tu ltima hora se acerca; tu cuerpo
servir de pasto a los lobos. Todo se ha acabado; desatar los rayos de
mi ira, y no habr para ti ni para los tuyos ni gracia, ni piedad, ni
merced. T lo has querido.

Y cruzndose el hombro izquierdo con un trozo de sus andrajos, el
desgraciado se alej rpidamente hacia la cumbre del Donon.

Varios hombres de la partida, que se despertaron al ruido de los gritos,
vieron al loco de un modo confuso cuando se perda en las tinieblas.
Tambin oyeron un rumor de alas alrededor de la hoguera; despus, sin
darles ms importancia que a las imgenes del sueo, se volvieron del
otro lado y otra vez se durmieron.

Cerca de una hora ms tarde, la cuerna de Lagarmitte tocaba diana. En
pocos momentos, todo el mundo se puso de pie.

Los jefes de los destacamentos reunan a sus soldados; unos se dirigan
al cobertizo, donde se distribuan los cartuchos; otros llenaban las
calabazas de aguardiente en el barril; todo se haca con orden, con el
jefe al frente; luego cada pelotn se alejaba, a la dbil claridad del
amanecer, hacia los parapetos, por ambos lados de la ladera.

Cuando sali el Sol, la meseta se hallaba desierta y, a excepcin de
cinco o seis hogueras que continuaban humeando, nada revelaba que
numerosos guerrilleros ocupaban los puntos estratgicos de la sierra, ni
que haban pasado la noche en aquel sitio.

Hullin, sin sentarse, tom un bocado y se bebi un vaso de vino en unin
del doctor Lorquin y del anabaptista Pelsly.

Lagarmitte estaba con ellos, pues no deba separarse del seor Juan
Claudio en todo el da, para transmitir sus rdenes en caso de
necesidad.




XIV


A las siete de la maana no se haba notado an movimiento alguno en el
valle.

De vez en cuando, el doctor Lorquin abra la hoja de una ventana de la
sala grande y miraba: nada se mova; las hogueras se haban apagado;
todo se hallaba en tranquilidad.

Frente a la granja, a unos cinco pasos, en un talud, se vea al cosaco
muerto por Kasper el da anterior; estaba blanco por la escarcha y
rgido como si fuese de piedra.

Dentro, el fuego de la estufa, que se haba encendido, calentaba el
ambiente.

Luisa, sentada al lado de su padre, miraba a ste con una inefable
ternura; dirase que la joven abrigaba el temor de no verle ms; sus
irritados ojos revelaban que por ellos haban corrido abundantes
lgrimas.

Hullin, aunque estaba sereno, pareca algo intranquilo.

El doctor y el anabaptista, serios y solemnes, hablaban de los asuntos
de actualidad, y Lagarmitte, detrs del hogar, los escuchaba con
recogimiento.

--Nosotros tenemos no slo el derecho sino tambin el deber de
defendernos--deca el doctor--; nuestros padres han cultivado estos
bosques, los han hecho producir; es una legtima propiedad nuestra.

--Sin duda--responda el anabaptista en tono sentencioso--; pero est
escrito: No matars! No derramars sangre de tus hermanos!

Catalina Lefvre, que se hallaba comiendo apresuradamente una lonja de
jamn, y a quien, sin duda, aquella conversacin desagradaba, se volvi
con rapidez y contest:

--Eso quiere decir que, si nosotros tuviramos la religin de usted, los
alemanes, los rusos y todos esos hombres rojos podan meterse por las
puertas de nuestras casas. Es curiosa esa religin de usted; s,
curiosa y conveniente para los bribones! As pueden atropellar
cmodamente a las personas honradas. Los aliados desearan que
tuvisemos una religin semejante, estoy segura! Pero, por desgracia,
todo el mundo no se siente con vocacin de cordero. Por mi parte, y sin
tratar de ofender a usted, creo que es algo estpido trabajar para los
dems. En fin, ustedes son buenas personas y nadie puede desearles
ningn mal; esas ideas son de familia y han ido de padres a hijos: el
mismo camino que ha recorrido el abuelo lo sigue el nieto. Pero nosotros
les defenderemos, no obstante, y despus nos pronunciarn ustedes
discursos sobre la paz eterna. Me agradan mucho los discursos sobre la
paz cuando nada tengo que hacer y hago la digestin de la comida; eso
conforta el nimo.

Y despus de dichas tales palabras, Catalina se volvi tranquilamente y
acab de comer el trozo de jamn.

Pelsly quedose estupefacto, y el doctor Lorquin no poda reprimir una
sonrisa.

En aquel momento se abri la puerta, y uno de los centinelas que se
hallaban de vigilancia en los extremos de la meseta grit:

--Seor Juan Claudio, venga usted a ver; me parece que quieren subir.

--Est bien, Simn, voy en seguida--dijo Hullin levantndose--. Dame un
beso, Luisa; valor, hija ma; no tengas miedo, todo marchar bien.

Y la estrech contra su pecho, con los ojos cargados de lgrimas. Luisa
pareca ms muerta que viva.

--Sobre todo--dijo Juan Claudio dirigindose a Catalina--, que nadie
salga; que nadie se acerque a las ventanas!

Y acto continuo sali al pasadizo.

Cuantos presenciaron la anterior escena palidecieron intensamente.

El seor Juan Claudio lleg hasta el extremo de la meseta y, dirigiendo
la vista hacia Grand-Fontaine y Framont, que se hallaban a tres mil
metros debajo de l, vio lo siguiente:

Los alemanes, que haban llegado el da antes, a la cada de la tarde,
pocas horas despus que los cosacos, haban pasado la noche en las
trojes, en los establos, en los cobertizos, y en aquel momento se
agitaban como un hormiguero. Seran cinco o seis mil y salan por las
puertas en filas de diez, quince y veinte, abrochando rpidamente las
mochilas, colgndose los sables y calando las bayonetas.

Otros soldados, los de caballera--ulanos, cosacos, hsares, con
uniformes verdes, grises, azules, galoneados de rojo y amarillo; con
morriones de hule y piel de carnero, quepis y gorros desmesurados--,
ensillaban los caballos y liaban los capotes apresuradamente.

Los oficiales, con las capas terciadas, descendan las escalerillas,
unos mirando altivamente a todas partes, otros besando a las mujeres, a
la puerta de las casas.

Los trompetas, con la mano en la cadera y el codo levantado, tocaban
diana en las esquinas de las calles; los tambores apretaban las cuerdas
de las cajas. En una palabra, podan observarse en aquel espacio, no
mayor que la palma de la mano, los aprestos militares de un ejrcito que
se pone en marcha.

Algunos labriegos, asomados a las ventanas, contemplaban el espectculo;
las mujeres sacaban la cabeza por los ventanillos de los graneros. Los
posaderos llenaban las cantimploras en presencia del caporal _schlague_,
que se hallaba de pie junto a ellos.

A Hullin, que tena buena vista, no se le escapaba nada; adems, haca
muchos aos que haba sido testigo de hechos anlogos; pero Lagarmitte,
que nunca haba visto nada parecido, estaba estupefacto.

--Cuntos son!--deca moviendo la cabeza.

--Bah! Y eso qu significa?--dijo Hullin--. En mi tiempo hemos
aniquilado tres ejrcitos de cincuenta mil, de la misma raza que stos,
en seis meses. Todo lo que ves ah no nos hubiera bastado para merendar.
Y adems, tranquilzate, no tenemos necesidad de matarlos a todos; ya
los vers correr como conejos. No sera la primera vez.

Despus de haber hecho estas juiciosas reflexiones, Juan Claudio quiso
ir a ver cmo se hallaba la gente.

--Vamos!--dijo al pastor.

Ambos comenzaron a caminar por detrs de los parapetos, siguiendo una
trinchera, abierta en la nieve dos das antes. La nieve, endurecida por
la helada, se haba convertido en hielo. Los rboles, tumbados delante y
completamente cubiertos de granizo muy denso, formaban una barrera
infranqueable, que alcanzaba una anchura de cerca de seiscientos
metros. El camino cortado pasaba por debajo.

Al acercarse, Juan Claudio vio a los montaeses del Dagsberg acurrucados
en unos a modo de pozos redondos que, a distancia de veinte pasos unos
de otros, haban hecho.

Aquellos animosos hombres se hallaban sentados en las mochilas, con la
cantimplora a la derecha, el sombrero o las gorras de piel de zorro
metidos hasta las orejas y el fusil entre las piernas. No tenan mas que
levantarse para ver el camino a cincuenta pasos por debajo de ellos, al
extremo de una rampa suave.

La llegada de Hullin caus una satisfaccin general.

--Eh, seor Juan Claudio!, cundo vamos a empezar?

--Pronto, hijos mos, no tengis prisa; antes de una hora habr
comenzado la partida.

--Ah! Tanto mejor!

--S, pero sobre todo, apuntad bien, a la altura del pecho, sin
apresuramiento y sin descubrir el cuerpo ms de lo que sea preciso.

--Est usted tranquilo, seor Juan Claudio--le contestaban.

Hullin se alejaba luego en otra direccin; por todas partes se le
reciba con igual entusiasmo.

--No se olviden--deca a todos--de parar el fuego en cuanto oigan la
cuerna de Lagarmitte; pues, de lo contrario, se gastara intilmente la
plvora.

Cuando llegaron donde se encontraba Materne, que mandaba un pelotn de
hombres, cuyo nmero ascenda a cerca de doscientos cincuenta, Hullin
hall al cazador en disposicin de fumarse una pipa, con la nariz roja
como un ascua y la barba erizada por el fro, como piel de jabal.

--Eh! Eres t, Juan Claudio?

--S, vengo a estrechar tu mano.

--Con mucho gusto; pero oye: el enemigo no se da prisa en venir; irn a
pasar por otra parte?

--No tengas cuidado; necesitan apoderarse de la carretera para
transportar la artillera y los bagajes. Ves? Ya han tocado a
botasilla.

--S, lo he visto; parece que se preparan.

Luego, riendo en voz baja, Materne aadi:

--No sabes, Juan Claudio, hace un momento, cuando miraba hacia
Grand-Fontaine, la cosa tan divertida que he visto.

--Qu, amigo mo?

--He visto a cuatro alemanes que asan a Dubreuil, el gordo, amigo de
los aliados; le han tendido en el banco de piedra que hay a la puerta de
su casa, y uno de aqullos, un hombre alto y delgado, le ha dado no s
cuntos estacazos en las costillas. Je, je, je! Cmo gritara el muy
bribn! Apuesto a que ha negado algo a sus excelentes amigos; por
ejemplo, el vino que tiene del ao once.

Hullin ya no oa a su compaero, porque, habiendo mirado casualmente
hacia el valle, acababa de ver un regimiento de infantera que
desembocaba en la carretera. Ms all, en la calle, la caballera
avanzaba, y cinco o seis oficiales iban delante galopando.

--Ah, ah! Ah vienen, ah vienen!--exclam el antiguo soldado, cuyo
rostro tom de pronto una expresin de singular entusiasmo. Vamos! Por
fin se deciden!

Y se arroj por la trinchera gritando:

--Muchachos, atencin!

Al pasar, vio a Riffi, el sastrecillo de Charmes, inclinado sobre un
enorme fusil de municin; el hombrecillo haba hecho un escaln en la
nieve para apuntar mejor. Ms arriba reconoci al leador Rochart, con
sus recias almadreas cubiertas con pieles de carnero; en tal instante,
llenaba la cantimplora y se pona derecho lentamente, con la carabina
bajo el brazo y el gorro de algodn inclinado hacia la oreja.

Y no hubo ms, porque para dominar todo el campo de batalla Hullin deba
trepar a la cumbre del Donon, en la que be elevaba una roca.

Lagarmitte le segua muy de prisa, dando zancadas. Diez minutos despus,
cuando llegaron jadeantes a lo alto de la roca, vieron, a mil quinientos
metros por debajo de ellos, la columna enemiga, que se compona de unos
tres mil hombres, luciendo amplios uniformes blancos, obscuros
correajes, polainas de pao, los chacs muy anchos y los bigotes rojos;
los oficiales, con gorras de plato, marchaban en el espacio que separaba
unas compaas de otras, contonendose a caballo, con la espada en la
mano y volvindose de vez en cuando, para gritar con voz aguda:
_Worwaerts!_, _worwaerts!_[4].

Y todo el conjunto erizado de refulgentes bayonetas, que suban a paso
de carga hacia los parapetos.

Materne, el cazador, asomando su gran nariz aguilea por encima de una
rama de enebro y enarcando las cejas, observaba tambin la llegada de
los alemanes. Y como tena muy buena vista, distingua las caras entre
aquella multitud y poda elegir la persona que quera derribar.

En medio de la tropa, jinete en un caballo bayo, avanzaba muy erguido un
oficial de edad provecta, peluca blanca y con un sombrero de picos con
galn de oro, el cuerpo cruzado por una banda amarilla y el pecho
cubierto de cintajos. Cuando dicho personaje alzaba la cabeza, el pico
del sombrero, coronado por un penacho de plumas negras, haca las veces
de visera. Profundas arrugas surcaban las mejillas del caballero, que
pareca no tener nada de amable.

--Este es mi hombre!--se dijo el cazador, mientras apoyaba en el hombro
la carabina muy despacio.

Luego apunt, hizo fuego, y cuando mir, el anciano oficial haba
desaparecido.

Acto continuo comenz en la ladera, a lo largo de los atrincheramientos,
un fuego de fusilera incesante, parecido a un chisporroteo; pero los
alemanes, sin contestar, continuaron avanzando hacia los parapetos con
los fusiles al hombro y las filas de soldados muy derechas, como si
estuvieran en una parada.

A decir verdad, ms de un montas valiente, padre de familia, al ver
subir aquella selva de bayonetas, a pesar de las descargas, pens que
quizs hubiera sido ms prudente haberse quedado en la aldea que
meterse en una aventura semejante. Pero, como dice el refrn, cuando el
vino est servido hay que apurar las copas.

Riffi, el sastrecillo de Charmes, record las juiciosas palabras de su
mujer Sapiencia: Riffi, dars lugar a que te rompan un hueso, y te lo
habrs merecido!

El pobre hombre hizo promesa de un _ex voto_ magnfico a la capilla de
San Len si volva de la guerra; pero al mismo tiempo se dispuso a
utilizar cuanto pudiera el gran fusil de municin.

A doscientos pasos del parapeto los alemanes se detuvieron y comenzaron
un fuego graneado tan intenso como no se haba odo otro semejante en la
sierra; era un verdadero zumbido constante de disparos; las balas, a
centenares, segaban las ramas, hacan saltar pedazos de hielo, se
aplastaban en las piedras, a izquierda, a derecha, por delante, por
detrs. Unas rebotaban con silbidos extraos, y a veces pasaban como
bandadas de pichones.

No impeda aquello a los montaeses continuar el fuego; pero hubo
necesidad de pararlo, porque toda la ladera se hallaba envuelta en un
humo azulado que impeda ver.

Pasados prximamente diez minutos, se oy el redoble de un tambor, y
aquella masa humana se lanz corriendo hacia los parapetos, gritando,
tanto los oficiales como los soldados: _Worwaerts!_

La tierra se estremeca.

Materne irguiose cuan largo era, y colocndose al lado de la trinchera,
con voz terrible y un fuerte temblor en las mejillas, exclam:

--Arriba!..., arriba!...

Era el momento conveniente, porque gran nmero de alemanes, casi todos
estudiantes de filosofa, de derecho y de medicina, con las caras llenas
de cicatrices a consecuencia de los duelos tenidos en las cerveceras de
Munich, de Jena y de otras partes, y que luchaban contra nosotros en
virtud de la promesa que se les haba hecho de concederles ciertas
libertades despus de la cada de Napolen; todos aquellos mozalbetes
intrpidos trepaban asindose de pies y manos del hielo y trataban de
saltar a las trincheras.

Pero a medida que trepaban se les rechazaba a culatazos y caan en sus
propias filas como un pedrisco.

En tal ocasin, pudo preciarse el ejemplar comportamiento del anciano
leador Rochart. El solo hizo rodar por tierra a ms de diez hijos de la
vieja Germania; los coga por debajo de los brazos y los arrojaba al
camino. Materne tena la bayoneta viscosa de sangre. Y el pequeo Riffi
no cesaba de cargar el fusil y de tirar con ardor sobre la masa de
enemigos; y Jos Larnette, que tuvo la desgracia de que le alcanzase un
tiro en un ojo; Hans Baumgarten, que result con un hombro maltrecho;
Daniel Spitz, que perdi dos dedos de un sablazo, y otros muchos, cuyos
nombres deben ser honrados y venerados por los siglos de los siglos, no
dejaron durante un segundo de cargar y descargar sus fusiles.

Por la parte baja de la rampa se oan gritos horribles, y cuando se
miraba por encima se vean bayonetas de punta y hombres a caballo.

Aquel choque dur ms de un cuarto de hora. Nadie saba lo que los
alemanes pretendan hacer, puesto que no podan forzar el paso; pero, de
improviso, decidieron retroceder. Haban muerto casi todos los
estudiantes, y los dems, aguerridos guas acostumbrados a las retiradas
honrosas, no eran capaces de combatir con el mismo entusiasmo.

Comenzaron, pues, a retirarse lentamente, y, por ltimo, con mayor
prisa. Los oficiales, detrs de los fugitivos, les golpeaban con los
sables de plano, y como los tiros les iban a los alcances, acabaron
huyendo con tanta precipitacin como orden haban empleado a su llegada.

Materne, de pie en lo alto del talud y acompaado de cincuenta hombres,
blanda la carabina y rea con la mayor satisfaccin.

En la parte inferior de la rampa se arrastraban masas de heridos. La
nieve, removida por las pisadas, estaba roja de sangre. En medio de un
montn de cadveres se vean dos oficiales jvenes que an se hallaban
vivos y que sucumban por el peso de sus caballos muertos.

Era horrible el espectculo; pero los hombres son, en verdad, feroces.
No hubo uno solo, de los victoriosos montaeses, que se compadeciera de
aquellos desgraciados; al contrario, cuantos ms muertos vean, tanto
ms se regocijaban.

En tal momento, Riffi, posedo de un noble entusiasmo, se desliz a lo
largo del talud, porque acababa de ver, un poco a la izquierda, por
debajo de los parapetos, un magnfico caballo, perteneciente al coronel
muerto por Materne, que se haba refugiado en aquel rincn, sano y
salvo.

--En mis manos caers--se deca Riffi--; Sapiencia se va a quedar
asombrada.

Cuantos contemplaban la escena envidiaban la suerte del hombrecillo, el
cual, cogiendo el caballo por la brida, se mont en l. Pero cul no
sera la estupefaccin general, y sobre todo la de Riffi, cuando vieron
al noble bruto emprender una carrera desenfrenada en direccin de las
tropas alemanas!

El sastrecillo levantaba al cielo las manos, implorando a Dios y a todos
los santos.

Materne tuvo la idea de disparar contra el caballo, pero no se atrevi a
hacerlo porque iba demasiado de prisa.

Apenas hubo llegado al bosque de bayonetas enemigas, Riffi desapareci.

Todo el mundo crey que haba muerto asesinado; pero una hora despus se
le vio pasar por la calle Mayor de Grand-Fontaine, con las manos atadas
a la espalda, seguido del caporal _schlague_, que empuaba una baqueta.

Pobre Riffi! Fue el nico que no pudo gozar del triunfo, y sus
compaeros acabaron por rerse de su triste sino, como si se hubiera
tratado de un _kaiserlick_.

Tal es el carcter de los hombres; cuando la alegra pasa por su puerta,
no sienten los dolores de los dems.




XV


Los montaeses rebosaban de entusiasmo; alzaban las manos, se ensalzaban
unos a otros y se consideraban los primeros hroes de la Tierra.

Catalina, Luisa, el doctor Lorquin, todo el mundo se apresur a salir de
la casa, gritando, felicitndose mutuamente, para ver las huellas de las
balas y los taludes ennegrecidos por la plvora; por otra parte, Jos
Larnette, con la cabeza maltrecha, se hallaba tendido en un hoyo;
Baumgarten, con un brazo colgando, se dirigi a la ambulancia muy
plido, y Daniel Spitz, a pesar del balazo recibido, quera seguir
luchando; pero el doctor no hizo caso de aquellos deseos y le oblig a
marchar a casa.

Luisa lleg con el carrillo y dio de beber aguardiente a los que haban
combatido, y Catalina Lefvre, de pie junto al borde de la rampa,
contemplaba los muertos y los heridos esparcidos en la carretera, al
final de largos regueros de sangre. Entre aquellos desgraciados haba
unos que eran jvenes y otros viejos, con los rostros blancos como la
cera, los ojos desmesuradamente abiertos y los brazos extendidos.
Algunos pugnaban por levantarse, pero volvan a caer en seguida; otros
miraban a las alturas como temiendo que les disparasen desde ellas. Y se
arrastraban desde lo largo del talud para ponerse al abrigo de las
balas.

Muchos parecan resignados y buscaban un lugar donde morir, o se
quedaban mirando a su regimiento, que se alejaba en direccin de
Framont; aquel regimiento de que formaban parte cuando salieron de su
aldea, en el que haban hecho una larga campaa, y que ahora les
abandonaba! El regimiento volver a ver a Alemania!--pensaban los
desgraciados--. Y cuando pregunten al capitn o al sargento: Conoce
usted a un tal Hans, Kasper o Nickel, de la primera o de la segunda
compaa?, respondern: Espere usted... Me parece recordar... Era uno
que tena una cicatriz en la oreja o en la mejilla, los cabellos rubios
o castaos y cinco pies y seis pulgadas? S, le conoc. En Francia se ha
quedado cerca de una aldehuela cuyo nombre no recuerdo. Los montaeses
le mataron el mismo da que al comandante Yeri-Peter; era un excelente
muchacho. Y despus se acab.

Tal vez, entre tantos, habra algunos que se acordaban de sus madres...
o de cierta linda muchacha de su pas, _Gretchen o Lotchen_[5], que les
haba dado una cinta al partir mientras lloraban a lgrima viva: Te
esperar, Kasper; slo contigo me he de casar! S, s; mucho tiempo
has de esperar!

La seora Lefvre, viendo aquel cuadro de dolor, pensaba en Gaspar.
Hullin, que acababa de llegar con Lagarmitte, gritaba alegremente:

--Bien, amigos mos! Ya habis entrado en fuego! Mil demonios! Esto
marcha! Los alemanes no estarn muy orgullosos de la jornada.

Luego bes a Luisa y corri a ver a la seora Lefvre.

--Est usted satisfecha, Catalina? No van mal nuestros asuntos! Pero
qu le sucede? Usted no se alegra?

--S, Juan Claudio, todo va bien..., estoy contenta; pero mire usted al
camino: qu matanza!

--Es la guerra--respondi gravemente Hullin.

--Y no habra medio de ir abajo a recoger a ese chico..., que nos mira
con sus hermosos ojos azules, Qu lstima me da de l!..., o a ese otro
moreno que se venda la pierna con un pauelo?

--Imposible, Catalina, lo siento mucho; habra necesidad de hacer una
escalera en el hielo para bajar, y los alemanes, que van a volver dentro
de una o dos horas, la utilizaran para el asalto. Vmonos. Hay que
comunicar el triunfo a todas las aldeas: a Labarde, a Jernimo, a
Piorette. Eh! Simn, Niklo, Marchal, venid! Vais ahora mismo a llevar
la gran noticia a los compaeros. Materne, mucho cuidado! Al menor
movimiento no dejes de avisarme.

Se acercaron todos a la casa, y Juan Claudio, al pasar, vio la tropa de
reserva, y a Marcos Divs montado a caballo en medio de sus hombres. El
contrabandista se quejaba amargamente de permanecer con los brazos
cruzados. Se consideraba como deshonrado por no haber hecho nada.

--Bah!--le dijo Hullin--, tanto mejor! Adems, t guardas nuestra
derecha. Mira, all, aquella meseta: si nos atacan por ese lado, puedes
marchar.

Divs no contest nada; su rostro tena una expresin triste e indignada
a la vez, y los contrabandistas que le acompaaban, envueltos en sus
capas, con sus largos espadones colgando por encima de ellas, no
parecan tampoco de muy buen humor; dirase que proyectaban una
venganza.

Hullin, convencido de que no poda consolarles, entr en la alquera. El
doctor Lorquin se dispona a extraer la bala de la herida de Baumgarten,
el cual daba terribles gritos.

Pelsly, en el portal de la casa, temblaba de pies a cabeza. Juan Claudio
le pidi papel y tinta para transmitir las rdenes a las dems
posiciones de la sierra; y era tan grande la turbacin del pobre
anabaptista, que a duras penas pudo drselos. No obstante, consigui
hacerlo, y los peatones se marcharon muy orgullosos de haber recibido el
encargo de comunicar la primera batalla y la victoria.

En la sala grande se haban reunido muchos montaeses que se calentaban
cerca del hogar y hablaban con animacin. Daniel Spitz haba sufrido ya
la amputacin de dos dedos y se hallaba sentado detrs de la estufa, con
la mano envuelta en unos trapos blancos.

Los hombres que se haban apostado, desde antes del amanecer, detrs de
los parapetos, como no haban comido, tomaban un bocado y beban un poco
de vino, mientras gritaban, gesticulaban y enaltecan a boca llena sus
acciones. Luego salan, iban a echar una ojeada a la trinchera, volvan
a calentarse, y todo el mundo, al recordar a Riffi, sus alaridos cuando
se le iba el caballo y sus gritos de angustia, se rea hasta
desternillarse.

Eran las once. Aquellas idas y venidas duraron hasta medioda, momento
en que Marcos Divs penetr rpidamente en la sala gritando:

--Hullin! Dnde est Hullin?

--Aqu estoy.

--Pronto, ven!

La voz del contrabandista tena un acento extrao; haca un momento,
aunque irritado por no haber intervenido en el combate, pareca ms bien
triunfante. Juan Claudio le sigui lleno de inquietud, y la sala qued
vaca en un momento, pues todo el mundo se dio cuenta, por la animada
expresin de Marcos, que se trataba de un asunto grave.

A la derecha del Donon se extiende el barranco de las Mineras, que sirve
de cauce a un torrente en la poca del deshielo y que baja desde la
cumbre de la sierra hasta lo hondo del valle.

Frente por frente de la meseta que defendan los guerrilleros, y en la
ladera opuesta del barranco, a quinientos o seiscientos metros, avanza
una especie de espoln descubierto y escarpado que Hullin no haba
credo necesario ocupar provisionalmente para no dividir las fuerzas, y
adems porque imaginaba que no le sera difcil rodear la posicin por
los pinares y establecerse all en caso que el enemigo intentase
apoderarse de ella.

Ahora bien: imagnese la consternacin de nuestros personajes cuando, al
asomarse al umbral de la alquera, vieron dos compaas de alemanes
trepar por las faldas opuestas, entre los huertos de Grand-Fontaine, con
dos piezas de artillera, arrastradas por vigorosos tiros, y que
parecan colgadas del precipicio. Una gran multitud empujaba las ruedas,
y pocos momentos faltaban para que los caones alcanzasen lo alto de la
meseta. Aquello fue como un rayo sobre la cabeza de Juan Claudio; se
puso intensamente plido, y le acometi un acceso de furor
indescriptible contra Divs.

--No has podido avisarme antes?--djole Hullin con voz semejante a un
aullido--. No te encargu que vigilaras el barranco? Estamos cercados!
Ahora nos cogern de flanco y cruzarn el camino ms lejos! Todo se lo
ha llevado el demonio!

Cuantos se hallaban presentes, incluso Materne, que haba acudido a toda
prisa, se estremecieron de pies a cabeza al ver la mirada que Juan
Claudio dirigi al contrabandista.

Este, a pesar de su audacia habitual, quedose sobrecogido y no saba qu
responder.

--Vamos, vamos, Juan Claudio--dijo por ltimo--; la cosa no es tan grave
como dices. Todava no hemos pegado nosotros. Adems, nos hacen falta
caones, y esos nos vendrn a maravilla.

--S, a maravilla, idiota! Has estado esperando hasta el ltimo momento
por amor propio, no es eso? Queras batirte, ensalzar tus hazaas,
vanagloriarte. Y para eso juegas con la vida de todos nosotros. Ea,
mira! All tienes a los otros preparndose en Framont!

En efecto; una nueva columna, mucho ms fuerte que la primera, sala de
Framont a paso de carga y suba hacia los parapetos. Divs no deca una
palabra; Hullin, reprimiendo su indignacin, se tranquiliz sbitamente
ante la gravedad del peligro.

--Id a ocupar vuestros puestos!--dijo Juan Claudio con voz seca a
cuantos se hallaban presentes--; que todo el mundo est preparado para
el ataque que se aproxima. Materne, mucho cuidado!

El cazador baj la cabeza.

Mientras tanto, Marcos Divs haba recobrado su aplomo.

--En vez de gritar como una mujer--dijo a Hullin--, mejor sera que me
mandaras atacar all abajo, rodeando el barranco por los pinares.

--No queda otro recurso, con mil demonios!--replic Juan Claudio.

Y algo ms tranquilo aadi:

--Oye, Marcos, te aborrezco hasta la muerte. Habamos vencido, y por tu
culpa todo est como antes. Si se frustra tu ataque, los dos nos
cortaremos la cabeza!

--Bueno, bueno; la pelota est en el tejado; yo te respondo de lo que
ocurra!

El contrabandista mont, de un salto, a caballo, terciose sobre el
hombro uno de los picos de la capa y desenvain su gran espada con un
continente magnfico. Todos los hombres que le seguan hicieron lo
mismo.

Luego, Divs, volvindose hacia la tropa de reserva, compuesta de
cincuenta rudos montaeses, y sealando la meseta con el sable, les
dijo:

--Veis aquello, muchachos? Nuestro tiene que ser. Los de Dagsburgo no
podrn decir que tienen ms valor que los del Sarre. Adelante!

Y la tropa, enardecida, se puso en marcha, flanqueando el barranco.
Hullin, muy plido, grit:

--A la bayoneta!

El enorme contrabandista, montado en un altsimo rocn de musculosa y
reluciente grupa, se volvi sonriendo para s; agit luego la espada con
un ademn expresivo, y la tropa se perdi en los pinares.

En aquel momento los alemanes, con las piezas de ocho, llegaban a la
meseta y se formaban en batera, mientras que la columna de Framont
trataba de escalar la ladera. Todo se hallaba, pues, en el mismo estado
que antes de la batalla, con la diferencia de que los caones enemigos
iban a entrar en juego y a coger a los defensores por la espalda.

Se vean claramente las dos piezas, los grapones, las palancas, los
escobillones, los artilleros y el oficial: un individuo delgado, ancho
de espaldas, de largos bigotes rubios. La niebla azulada del valle
acortaba las distancias, hasta el extremo de que se hubiera credo poder
alcanzar la posicin con la mano; pero Hullin y Materne no se engaaban;
haba ms de seiscientos metros, y ningn fusil alejaba tanto.

No obstante, el cazador Materne, antes de regresar a los parapetos,
quiso convencerse de ello; y acercndose cuanto le fue posible al
barranco, acompaado de su hijo Kasper y de otros varios, se apoy en un
rbol y apunt con lentitud hacia el oficial de los bigotes rubios.

Cuantos presenciaron la escena contuvieron la respiracin, temerosos de
que fracasara la prueba.

Materne hizo el disparo; mas cuando puso la culata en el suelo y mir,
nada haba cambiado.

--Es curioso cmo la edad acorta la vista!--dijo el cazador.

--Usted corto de vista!--exclam Kasper--; desde los Vosgos a Suiza no
hay nadie que pueda hacer un blanco a doscientos metros mejor que usted!

El anciano guardabosque lo saba perfectamente; pero no quera desanimar
a los dems.

--Est bien--aadi Materne--; no es hora de discutir. Los enemigos van
a subir; cada cual cumpla con su deber.

A pesar de tales palabras, sencillas y reposadas en apariencia, Materne
senta una gran inquietud interior. Al entrar en la trinchera llegaron a
sus odos rumores vagos; el resonar de armas, el ruido de una multitud
de pasos regulares; mir entonces por encima de la rampa y vio a los
alemanes que llegaban provistos de largas escalas terminadas en garfios
de hierro.

Aquel nuevo contratiempo caus una impresin desagradable al
guardabosque; hizo seas a su hijo para que se acercara y le dijo en voz
muy baja:

--Kasper, esto va mal, esto va muy mal; esos bribones traen las escalas;
dame la mano. Quisiera tenerte cerca de m y tambin a Frantz; pero
hemos de defender el pellejo hasta lo ltimo!

En aquel momento un golpe terrible sacudi los parapetos de arriba
abajo: oyose una voz ronca que gritaba: Ay, Dios mo!

Luego, un ruido sordo a unos cien pasos de distancia, y un abeto se
inclin lentamente y cay al abismo. Eran los efectos del primer
caonazo; haba cortado las piernas al anciano Rochart. A este primero,
sigui casi al mismo tiempo un segundo caonazo, que cubri a los
defensores de hielo pulverizado, con un zumbido terrible. Materne, al
orlo, no pudo menos de bajar la cabeza; pero en seguida se puso
derecho, exclamando:

--Vengumonos, hijos mos!... Aqu estn!... Vamos a vencer o a
morir!

Por fortuna, el terror de los defensores no dur ms de un segundo;
todos comprendieron que a la menor vacilacin estaban perdidos. Dos
escalas se elevaban en aquel momento por los aires, a pesar del fuego, y
venan a apoyar sus garfios en la rampa. El peligro inminente reaviv
las energas de los defensores de la trinchera, y el combate comenz de
nuevo ms furioso, ms desesperado que la primera vez.

Hullin haba visto las escalas antes que Materne, y su indignacin
contra Divs aument ms an; pero como en semejantes ocasiones la
indignacin no sirve para nada, mand a Lagarmitte que dijera a Frantz
Materne, el cual se hallaba apostado al otro lado del Donon, que
acudiese a toda prisa con la mitad de los hombres a sus rdenes.
Fcilmente puede adivinarse si el muchacho, advertido del peligro que
corra su padre, dejara perder un segundo. Ya se vean los amplios
sombreros negros trepar por la ladera a travs de la nieve, con el fusil
a la espalda y marchando tan de prisa como podan, y, sin embargo, Juan
Claudio sali al encuentro de ellos, sudoroso, con la mirada huraa, y
les grit con voz enrgica:

--Vamos! Vamos!... Ms de prisa! A ese paso no llegaris nunca!

Hullin temblaba de ira, haciendo responsable de la situacin al
contrabandista.

Mientras tanto, Marcos Divs haba rodeado el barranco, en lo que emple
una media hora, y comenzaba a divisar las dos compaas alemanas
situadas, en posicin de descanso, a cien pasos detrs de los caones
que hacan fuego sobre las trincheras. Entonces, el contrabandista se
acerc a los de a pie y, conteniendo la voz, les dijo, al mismo tiempo
que los caonazos percutan uno tras otro en la garganta y que se oan,
a lo lejos, los clamores del asalto:

--Compaeros! Vais a arremeter contra la infantera a la bayoneta!
Nosotros nos encargamos de los dems. Estamos?

--S, estamos.

--Pues en marcha!

La tropa avanz en buen orden hasta la orilla del bosque, con Piercy de
Soldatenthal a la cabeza. Casi al mismo tiempo se oy el _verd?_[6] de
un centinela; luego dos tiros, un grito estentreo de Viva Francia! y
el ruido sordo de una multitud de pasos que se precipitaban al mismo
tiempo; los valientes montaeses cayeron sobre el enemigo como una
manada de lobos.

Divs, de pie en los estribos, con la cabeza levantada y los bigotes de
punta, los miraba sonriendo, y deca:

--Esto va bien!

La refriega era terrible; el suelo se estremeca. Los alemanes, lo mismo
que los franceses, no hacan fuego; el ataque se verificaba en silencio;
un choque de bayonetas, un ruido de culatazos interrumpidos de vez en
cuando por algn tiro suelto, gritos de ira, recias pisadas y voces
indistintas: no se oa nada ms.

Los contrabandistas, con la cabeza erguida y el sable en la mano, se
regodeaban pensando en la matanza prxima y aguardaban la orden de su
jefe con impaciencia.

--Ahora nos toca a nosotros--dijo por ltimo Marcos--. Los caones son
nuestros!

Y de la parte ms intrincada de la espesura, con las amplias capas
abiertas como alas, el cuerpo inclinado hacia adelante y las espaldas en
alto, los contrabandistas partieron.

--No dar tajos, sino estocadas--dijo Marcos.

Y no hubo ms.

Los doce buitres llegaron a los caones en un segundo. Formaban parte
del pequeo escuadrn cuatro antiguos dragones espaoles y dos
aguerridos coraceros de la guardia que se haban unido a Marcos en busca
de aventuras. Ya puede imaginarse lo que estos hombres hicieron. Los
golpes dados con las palancas, las escobillas y los sables, nicas
armas de que disponan los artilleros, llovan a su alrededor como una
granizada; pero eran parados de firme, y cada estocada devuelta haca
rodar a un hombre.

Marcos Divs recibi a quemarropa dos pistoletazos, uno de los cuales le
cubri de humo la mejilla izquierda y el otro le arrebat el sombrero;
pero al mismo tiempo, el contrabandista, encorvndose sobre la silla y
alargando el brazo, atraves al corpulento oficial de los bigotes rubios
y le clav a uno de los caones. Despus, se puso derecho, y mirando
alrededor, con las cejas fruncidas y en tono sentencioso, dijo:

--Ya estn todos despachados; los caones son nuestros.

Para abarcar el conjunto de tal escena hay que imaginarse la refriega
que tena lugar en la meseta de las Mineras; los aullidos, los relinchos
de los caballos, los gritos de ira, la huda de unos, arrojando las
armas para correr ms de prisa, el encarnizamiento de otros; ms all
del barranco, las escalas, cubiertas de uniformes blancos y erizadas de
bayonetas; los montaeses, situados en la rampa, defendindose
desesperadamente; las vertientes de la ladera, el camino y, sobre todo,
la parte baja de los parapetos, cubiertos de muertos y heridos; el
tropel de enemigos, con el fusil al hombro, los oficiales en medio de
ellos, apresurndose por seguir el movimiento; por ltimo, Materne, de
pie en la cima del talud, con la carabina en alto, cogida por el can,
la boca abierta hasta las orejas, llamando a voz en grito a su hijo
Frantz, que llegaba con el pelotn, precedido del seor Juan Claudio,
para ayudar a la defensa. Hay que imaginarse tambin el ruido de la
multitud de disparos que se hacan, de las descargas, ya cerradas, ya
sucesivas, y, sobre todo, los gritos lejanos, vagos, terribles,
interrumpidos por prolongados lamentos, que iban a morir en los ecos de
los montes. Todo aquello concentrado en un solo instante y en una sola
mirada: tal era el cuadro que debemos tener ante los ojos.

Pero Divs no era hombre que se entregara a la contemplacin, y no
perdi tiempo en hacer reflexiones poticas sobre el tumulto y el
encarnizamiento de la batalla. Bastole una mirada para hacerse cargo de
la situacin, y arrojndose del caballo, se dirigi al can ms
prximo, que se hallaba cargado; cogi las palancas de ajuste para
cambiar la direccin, apunt al pie de las escalas y, aplicando una
mecha encendida que encontr por all, hizo fuego.

Un momento despus se oyeron, en la lejana, clamores extraos, y el
contrabandista, mirando a travs del humo, vio una brecha sangrienta en
las filas del enemigo. Agit entonces los brazos en seal de triunfo, y
los montaeses, encaramados en los parapetos, le respondieron con un
hurra general.

--Vamos! Pie a tierra!--dijo Divs a sus hombres--; no hay que
dormirse. Aqu un cartucho! Una bala! Ahora, estopa! Nosotros somos
los que vamos a limpiar el camino. Cuidado!

Los contrabandistas se colocaron en posicin, y el fuego continu contra
los uniformes blancos con entusiasmo. Las balas atravesaban de una punta
a otra las filas enemigas. A la dcima descarga, hubo un clamor general
de Slvese quien pueda!

--Fuego!, fuego!--gritaba Marcos.

Y los defensores de las trincheras, apoyados finalmente por la tropa de
Frantz y dirigidos por Hullin, volvieron a tomar las posiciones que
haban por un momento perdido.

Al cabo de unos segundos no se vieron en la ladera mas que fugitivos,
muertos y heridos. Eran las cuatro de la tarde; la noche se acercaba. La
ltima bala cay en la calle de Grand-Fontaine y, rebotando en la
esquina del abrevadero, derrib la chimenea de _El Buey Rojo_.

Cerca de seiscientos hombres perecieron aquel da. No fueron pocos los
montaeses muertos; pero los _kaiserlicks_ fueron muchos ms. Y sin el
caoneo de Divs todo se hubiera perdido, porque los defensores eran
menos de uno contra diez, y el enemigo comenzaba a hacerse dueo de la
trinchera.




XVI


Los alemanes, amontonados en Grand-Fontaine, huan en bandadas hacia
Framont, unos a pie, otros a caballo, aligerando el paso, arrastrando
pesados cajones, arrojando las mochilas y mirando para atrs, como si
temieran que los franceses les fueran a los alcances.

En Grand-Fontaine, todo lo destruan por venganza, forzaban puertas y
ventanas, maltrataban a las gentes, exigan comidas y bebidas sin
dilacin y perseguan a las muchachas hasta los graneros. Los gritos,
las imprecaciones, las rdenes de los jefes, las lamentaciones de los
aldeanos, el rumor sordo, continuo, de pasos que se elevaba del puente
de Framont, el relinchar penetrante de los caballos heridos, todo
aquello suba como un zumbido confuso hasta los parapetos.

En la ladera slo se vean armas, chacs y muertos; en una palabra, los
residuos de una gran derrota. Enfrente se aparecan los caones de
Marcos Divs enfilados hacia el valle y dispuestos a hacer fuego en caso
de un nuevo ataque.

Todo haba afortunadamente acabado. Y, sin embargo, ni un solo grito se
elevaba de las trincheras; las prdidas de los montaeses haban sido
muy dolorosas en el ltimo asalto. El silencio que sigui al tumulto
tena algo de solemne, y cuantos hombres lograron escapar a la
carnicera se miraban unos a otros con gravedad, como admirados de
volverse a ver. Algunos llamaban al amigo; otros, al hermano, que no
responda, y dirigindose en su busca por la trinchera, a lo largo de
los parapetos o por la rampa, gritaban: Eh! Jacobo, Felipe! Eres
t?

Mientras tanto, iba acercndose la noche; sus tonos grises se extendan
por los atrincheramientos y por el abismo, envolviendo en el misterio
aquellas horribles escenas. La gente iba y vena entre los despojos de
la batalla sin reconocerse.

Materne, despus de haber secado la bayoneta, llam a sus hijos con voz
ronca.

--Eh! Kasper! Frantz!

Y al ver que se acercaban entre sombras, les pregunt:

--Sois vosotros?

--S; nosotros somos.

--No tenis nada?

--No.

La voz del cazador, que era sorda al principio, ahora temblaba, y
quedamente aadi:

--Nos hallamos otra vez los tres reunidos!

Y el cazador, del que no poda decirse que era nada carioso, bes a sus
hijos con frenes, lo cual sorprendi a stos sobremanera. Mas al or un
ruido que se escapaba del pecho de su padre, algo as como sollozos
interiores, ambos jvenes se quedaron atnitos y no pudieron dejar de
pensar: Cmo nos quiere! Nunca hubiramos credo esto!

Frantz y Kasper se sintieron tambin conmovidos hasta las entraas.

Pero en seguida, el anciano, dominando su emocin, exclam:

--Est bien, hijos mos! La jornada ha sido dura! Vamos a beber un
trago, porque tengo sed!

Dirigieron los tres una ltima mirada hacia el talud sombro, y viendo
los centinelas que de treinta en treinta pasos acababa de poner Hullin
al pasar, se encaminaron juntos hacia la vieja alquera.

Iban atravesando la trinchera, llena de muertos, levantando los pies al
sentir algn objeto blando, cuando oyeron una voz ahogada que deca:

--Eres t, Materne?

--Ah! Pobre amigo Rochart, perdn!--respondi el cazador
inclinndose--; te he tocado! Pero cmo? Ests todava aqu?

--S... No puedo andar..., porque me faltan las piernas.

Permanecieron los tres silenciosos, y el leador aadi luego:

--Dile a mi mujer que detrs del armario, en una media, hay cinco
escudos de seis libras; los haba reservado... por si caamos enfermos
uno u otro... Pero yo no necesito nada ya.

--Ya veremos, ya veremos!... No hay que perder la esperanza de
salvarse, amigo mo. Ahora vamos a trasladarte.

--No, no merece la pena; no durar ms de una hora; ya habr ocasin de
que me lleven.

Materne, sin responder, hizo una sea a Kasper para que cruzara la
carabina a modo de angarilla con la suya, y a Frantz le indic que
colocara encima al leador, a pesar de sus lamentos, lo cual qued hecho
en un instante, y de este modo llegaron juntos a la casa.

Todos los heridos que durante el combate se haban sentido con fuerzas
para llegar a la ambulancia se encontraban all. El doctor Lorquin y su
colega Despois, que lleg en el transcurso de la accin, tuvieron que
trabajar de firme, y no hay que creer que la tarea se haba acabado.

Cuando Materne, sus hijos y Rochart atravesaban el obscuro pasillo
alumbrado por la luz de una linterna, oyeron a la izquierda un grito que
les hel la sangre en las venas, y el leador, medio muerto, exclam:

--Por qu me trais aqu? No quiero, no... No consentir que me hagan
nada.

--Abre la puerta, Frantz--dijo Materne con la frente cubierta de un
sudor fro--; abre pronto!

Frantz empuj la puerta, y vieron en una gran mesa de cocina, en medio
de la sala baja, cuyo techo era de anchas vigas obscuras, rodeado de
seis velas de sebo, al joven Colard, tendido cuan largo era, dos hombres
sujetndole los brazos, y una cubeta debajo. El doctor Lorquin, con las
mangas de la camisa dobladas hasta los codos y una sierra corta, de tres
dedos de ancha, en la mano, se hallaba ocupado en cortar una pierna al
pobre muchacho, mientras que Despois manejaba una gran esponja. La
sangre espejeaba en la cubeta; Colard estaba ms plido que la muerte.
Catalina Lefvre, de pie, a su lado, con un paquete de hilas sobre los
brazos, pareca serena; pero de tanto apretar los dientes, dos profundas
arrugas surcaban sus mejillas, a los lados de su ganchuda nariz. La
anciana tena los ojos fijos en el suelo y no vea nada.

--Se ha terminado!--dijo el doctor volvindose.

Y dirigiendo una mirada hacia los recin llegados, dijo:

--Eh! Es usted, seor Rochart?

--S, yo soy; pero no quiero que nadie me toque. Prefiero acabar as.

El doctor levant una vela, le mir e hizo un gesto.

--Vamos, amigo mo! Ha perdido usted mucha sangre, y si esperamos un
poco ser demasiado tarde.

--Tanto mejor! Ya he sufrido bastante en mi vida!

--Como usted quiera. Pasemos a otro.

Haba una larga fila de jergones en el fondo de la sala; los dos ltimos
estaban vacos, y en ellos se vean grandes manchas de sangre. Materne y
Kasper colocaron en el ms apartado al leador, mientras que Despois se
acercaba a otro herido dicindole:

--Nicols, ha llegado tu hora!

Entonces Nicols Cerf se levant con el rostro plido y los ojos
desencajados de terror.

--Dadle una copa de aguardiente--dijo el doctor.

--No; prefiero fumarme una pipa.

--Dnde est tu pipa?

--En el chaleco.

--Bien; aqu la tienes. Y el tabaco?

--En el bolsillo del pantaln.

--Pues cargue usted la pipa, Despois. Este hombre tiene valor; muy
bien! Da gusto ver hombres de corazn. Vamos a cortarle el brazo en dos
tiempos y tres movimientos.

--No sera posible conservarlo, seor Lorquin, para dar de comer a mis
hijos? Es lo nico que tengo!

--No; el hueso est triturado y no se puede reducir. Encienda usted la
pipa, Despois. Ten, Nicols, fuma, fuma.

El desgraciado comenz a fumar sin ninguna gana.

--Estamos?--pregunt el doctor.

--S--respondi Nicols con voz ahogada.

--Bien. Cuidado, Despois! Lave usted!

El doctor, con un cuchillo grande, hizo rpidamente un corte circular en
la carne. Nicols rechin los dientes. La sangre salt. Despois se
ocupaba en ligar algo. La sierra rechin durante dos segundos, y el
brazo cay pesadamente al suelo.

--Esto es lo que se llama una operacin bien terminada--dijo Lorquin.

Nicols haba dejado de fumar; la pipa se desprendi de sus labios.
David Schlosser, de Walsh, que haba sujetado al herido, le solt.
Lorquin envolvi el mun en unos trapos blancos, y Nicols, sin ayuda
de nadie, fue a acostarse de nuevo al jergn.

--Otro que est despachado! Limpie usted bien la mesa, Despois, y
pasemos a otro--dijo el doctor mientras se lavaba las manos en una
jofaina.

Cada vez que Lorquin deca Pasemos a otro, los heridos se estremecan
de terror, a causa de los gritos que haban odo y de los cuchillos que
haban visto relucir; pero qu hacer? Todas las habitaciones de la
casa, las trojes, los dos cuartos de arriba, todo se hallaba ocupado. No
quedaba libre mas que la sala grande para la gente de la alquera. Era,
pues, preciso operar a la vista de aquellos a quienes, ms tarde o ms
temprano, haba de llegar el turno.

Cuanto hemos descrito sucedi en pocos instantes. Materne y sus hijos
contemplaban tales escenas como se contemplan las cosas horribles, para
saber lo que son; luego vieron en un rincn, a la izquierda, debajo del
reloj antiguo de loza, un montn de brazos y piernas. All haba ido a
parar el brazo de Nicols, y ahora se ocupaban los doctores en extraer
una bala del hombro de un montas del Harberg, de rojas patillas, para
lo cual hacan a ste anchas incisiones en forma de cruz en la espalda,
cuya carne se estremeca, y de los velludos costados del herido la
sangre corra hasta las botas.

Cosa extraa! El perro _Plutn_, situado detrs del doctor, miraba
aquello con aire atento, como si comprendiera de lo que se trataba, y de
vez en cuando estiraba las patas y arqueaba el lomo, abriendo la boca
hasta las orejas.

Materne no pudo ver ms.

--Vmonos!--dijo.

Apenas hubieron entrado en el obscuro pasillo, oyeron exclamar al
doctor: Aqu est la bala!

Lo cual debi causar una gran alegra al hombre del Harberg.

Una vez fuera, Materne, respirando el aire fro con toda la fuerza de
sus pulmones, exclam:

--Y cuando pienso que hubiera podido sucedernos lo mismo!

--S--respondi Kasper--; recibir una bala en la cabeza, eso no es nada;
pero que le descuarticen a uno de esa manera y tener luego que pasar el
resto de su vida pidiendo limosna...

--Bah! Yo hara como Rochart!--exclam Frantz--; acabara de una vez.
Tiene razn el viejo: cuando uno ha cumplido su deber, por qu ha de
tener miedo? Dios es justo y lo ve todo!

En tal momento, el ruido de unas voces fue elevndose a la derecha de
los interlocutores.

--Son Marcos Divs y Hullin--dijo Kasper, despus de prestar atencin.

--S; seguramente vienen de poner parapetos detrs del pinar para
defender los caones--aadi Frantz.

Escucharon otra vez; los pasos se acercaban.

--T mismo no sabes qu hacer con esos tres prisioneros--deca Hullin
con brusquedad--; pero puesto que vas a volver esta noche al Falkenstein
para traer municiones, por qu no te los llevas?

--Y dnde los meto?

--Pardiez! En la prisin municipal de Abreschwiller; nosotros no
podemos tenerlos aqu.

--Bien, bien!; comprendido, Juan Claudio. Y si quieren escaparse en el
camino, los atravieso con el sable por la espalda.

--Eso, ni que decir tiene!

Llegaron ambos a la puerta, y Hullin, al ver a Materne, no pudo reprimir
un grito de entusiasmo.

--Eh! Eres t, amigo mo?; hace una hora que te busco. Dnde demonio
estabas?

--Hemos trado al pobre Rochart a la ambulancia, Juan Claudio.

--Ah!, qu dolor!

--S, qu dolor!

Hubo un momento de silencio; luego la satisfaccin del jefe,
sobreponindose a todo, le hizo exclamar:

--La cosa no tiene nada de alegre; pero, qu quiere usted?, son
consecuencias de la guerra. Y vosotros, no tenis nada?

--No, estamos los tres sanos y salvos.

--Tanto mejor, tanto mejor. Los que hayan salido con bien pueden
gloriarse de tener suerte.

--S--exclam Marcos Divs riendo--; yo vea llegado el momento en que
Materne iba a tener que tocar llamada; sin los caonazos de ltima hora,
a fe ma, la cosa tomaba mal cariz.

Materne enrojeci, y dirigiendo al contrabandista una mirada torva, dijo
speramente:

--Puede ser; pero sin los caonazos del comienzo no hubiramos tenido
necesidad de los del fin; el pobre Rochart y otros cincuenta hombres
tendran sus brazos y piernas, lo cual nada daara nuestra victoria.

--Bah!--interrumpi Hullin, que vea iniciarse una disputa entre los
dos hombres, poco conciliadores por naturaleza--; dejemos eso; todo el
mundo ha cumplido con su deber, que es lo principal.

Y luego, dirigindose a Materne, aadi:

--Acabo de enviar un parlamentario a Framont para comunicar a los
alemanes que pueden venir a retirar sus heridos. Sin duda llegarn antes
de una hora; hay que avisar a las avanzadas para que les dejen
acercarse, pero sin armas y con antorchas; si vienen de otro modo, hay
que recibirlos a tiros.

--Voy all en seguida--respondi el cazador.

--Eh, Materne! Volvers pronto a casa con tus hijos para cenar.

--Bien, Juan Claudio, iremos.

Materne se alej.

Hullin orden a Frantz y a Kasper que encendieran grandes hogueras en
el vivaque para la noche; a Marcos, que diera avena a los caballos, para
ir sin prdida de tiempo a traer municiones, y al ver que ambos se
marchaban, Juan Claudio penetr en la alquera.




XVII


Al final del pasillo obscuro estaba el patio de la casa de labor, al que
se descenda por cinco o seis escalones desgastados. A la izquierda se
alzaban el granero y el lagar; a la derecha, las cuadras y el palomar,
cuyo negro mojinete se destacaba del cielo obscuro y tormentoso; por
ltimo, frente por frente a la puerta, se hallaba el lavadero.

Ningn ruido de fuera llegaba hasta all; Hullin, despus de tantas
escenas tumultuosas, quedose sobrecogido por aquel profundo silencio, y
miraba gavillas de paja amontonadas entre las vigas de la troje hasta
cerca del techo, los rastrillos, los arados, los carros, que se perdan
en la sombra de los cobertizos, con un sentimiento de paz y bienestar
indefinibles. Un gallo cacareaba entre las gallinas, recostadas junto a
la pared. Un gato cruz como el relmpago y desapareci por la entrada
del stano. Hullin crea despertar de un sueo.

Despus de algunos minutos de aquella silenciosa contemplacin,
dirigiose lentamente hacia el lavadero, cuyas tres ventanas brillaban en
medio de las tinieblas. A este local se haba trasladado la cocina del
cortijo, que no bastaba para disponer el alimento de trescientos o
cuatrocientos hombres.

El seor Juan Claudio oy la fresca voz de Luisa que daba rdenes en un
tonillo decidido que le sorprendi:

--Vamos, vamos, Katel!--deca--, acabemos pronto; la hora de cenar se
acerca, y nuestras gentes deben tener apetito. Sin tomar nada desde las
seis de la maana y batindose constantemente! No les hagamos esperar.
Pronto, pronto! Lessel, muvase usted; traiga la sal, la pimienta...

El corazn de Juan Claudio se estremeci de alegra al or aquella voz,
y el anciano, antes de entrar, no pudo dejar de mirar un momento por la
ventana. La cocina era grande, pero baja de techo, y estaba blanqueada.
Una viva hoguera de troncos de haya chisporroteaba en el llar,
envolviendo con sus doradas espirales la negra superficie de una enorme
olla. La campana de la chimenea, muy alta y estrecha, bastaba apenas
para dar salida a las nubes de humo que se desprendan del llar. Sobre
el fondo rojo de este cuadro se recortaba el bello perfil de Luisa, con
la falda recogida para moverse fcilmente, el rostro iluminado con los
ms vivos colores y el talle ajustado por un corpio rojo que dejaba al
descubierto sus redondos hombros y su esbelto cuello. All se encontraba
la joven en plena actividad, yendo y viniendo de un lado a otro,
probando las salsas con cierto airecillo de suficiencia, saboreando el
caldo, aprobndolo o censurndolo todo.

--Otro poco de sal, otro de esto, otro de aquello--deca la joven--.
Lessel, cundo acabar usted de desplumar ese gallo? A ese paso no
concluiremos nunca.

Era encantador ver a Luisa dar rdenes de aquella manera, y Hullin la
miraba con los ojos llenos de lgrimas.

Las dos hijas mayores del anabaptista--una de ellas alta, delgada y
plida, de pies anchos y bajos, que calzaban zapatos redondos, de
cabellos rojos, recogidos en una cofia de tafetn negro y vistiendo un
traje azul que le caa en largos pliegues hasta los talones; la otra,
gruesa, mofletuda, que andaba como los patos, levantando los pies con
gran lentitud y balancendose de un lado a otro--, aquellas dos jvenes
formaban con Luisa el ms extrao contraste.

Por su parte, Katel iba y vena muy sofocada, sin decir nada, y Lessel,
con aire pensativo, lo haca todo con medida y comps.

Por ltimo, el anabaptista, sentado en el fondo del lavadero, en una
silla de madera, con las piernas cruzadas, la mirada alta, el gorro de
algodn echado hacia atrs y las manos metidas en los bolsillos del
casacn, contemplaba aquella escena como si estuviera maravillado, y de
vez en cuando deca en tono sentencioso:

--Lessel, Katel, obedeced, hijas mas; que esto os sirva de enseanza;
an no conocis el mundo, y hay que andar ms de prisa.

--S, s, hay que moverse--deca Luisa--. Qu sera de nosotras, Dios
mo, si tuviramos que reflexionar semanas y meses para echar una cabeza
de ajo en un guisado? Lessel, usted que es ms alta, alcnceme esa
ristra de cebollas que est colgada del techo.

Y la joven obedeca.

Hullin no haba experimentado en toda su vida mayor satisfaccin.

--Qu bien sabe hacer que se mueva la gente!--se deca el anciano--;
je, je, je!; es un hsar, un ama de casa; no hubiera podido
sospecharlo, tan pronto!

Por fin, al cabo de cinco minutos, luego de haberlo visto todo, Hullin
se decidi a entrar, diciendo:

--Valor, hijas mas!

En aquel momento, Luisa mantena en el aire una cuchara con salsa; lo
abandon todo y corri a arrojarse en los brazos del anciano, gritando:

--Pap Juan Claudio, pap Juan Claudio, es usted? No est usted
herido? No tiene usted nada?

Hullin, al or aquellas palabras salidas del corazn, palideci y no
pudo responder. Slo despus de un largo silencio, y reteniendo entre
sus brazos cariosamente a su hija, pudo al fin contestar con voz
balbuciente:

--No, Luisa, no; estoy bueno y soy muy feliz.

--Sintese usted, Juan Claudio--dijo el anabaptista vindole temblar de
emocin--; aqu tiene mi silla.

Hullin se sent, y Luisa, sentndose en sus rodillas y echndole los
brazos al cuello, comenz a llorar.

--Qu te pasa, hija ma?--deca el buen hombre en voz baja, mientras la
besaba--. Vamos, tranquilzate. T! Tan animosa como te vea hace un
momento!

--Oh, s! Sacaba fuerza de flaqueza; pero tena mucho miedo, porque
pensaba: Por qu no volver?

La joven rode con sus brazos el cuello de Hullin, y asaltndole de
repente una idea extraa, cogi de la mano al anciano y grit:

--Vamos, pap Juan Claudio, bailemos, bailemos.

Y le hizo dar dos o tres vueltas.

Hullin, sonriendo a su pesar, se volvi hacia el anabaptista, que
permaneca serio como siempre, y le dijo:

--Estamos algo locos, Pelsly; no debe usted extraarse de ello.

--No, Hullin, es natural. El mismo rey David, despus de haber vencido a
los filisteos, bail delante del arca.

Juan Claudio, asombrado de parecerse al rey David, no respondi.

--Y dime, Luisa--aadi luego detenindose--, no has tenido miedo
durante la ltima batalla?

--Oh! En los primeros momentos, todo aquel ruido de caonazos...; pero
despus no he pensado mas que en usted y en mam Lefvre.

Juan Claudio permaneci silencioso:

--Ya saba yo que esta muchacha era valiente--pensaba el anciano--. No
le falta nada.

Luisa entonces le cogi de la mano, le condujo frente a un batalln de
ollas que se alineaban alrededor del fuego y le ense, con aire de
triunfo, toda la cocina.

--Aqu est la vaca, aqu el asado, aqu la cena del general Juan
Claudio, y aqu el caldo para los heridos. Ah! Bien nos hemos movido!
Lessel y Katel pueden decirlo. Y aqu est la gran hornada que hemos
hecho--dijo la joven mostrando una larga hilera de panecillos dispuestos
sobre la mesa--. Mam Lefvre y yo hemos amasado.

Hullin la oa presa del mayor asombro.

--Pero no es esto todo--aadi Luisa--; venga por aqu.

La joven quit la cubierta de hierro que tapaba la boca del horno, al
fondo del cuarto de cola, y rpidamente se esparci por la cocina un
olor de tortas de manteca que alegraba los corazones.

El seor Juan Claudio se sinti conmovido ante aquello.

En tal momento entr la seora Lefvre diciendo:

--Vamos, es preciso poner la mesa; todo el mundo est esperando. Vamos,
Katel, vaya usted a poner el mantel.

La voluminosa joven sali corriendo.

Y todos juntos, atravesando el patio en fila, se dirigieron hacia la
sala. El doctor Lorquin, Despois, Marcos Divs, Materne y sus dos hijos,
gente toda de buen diente y de apetito magnfico, esperaban la cena con
impaciencia.

--Y nuestros heridos, doctor?--pregunt Hullin al entrar.

--Todo est terminado, seor Juan Claudio. El trabajo que usted nos ha
dado ha sido rudo, pero el tiempo es favorable y no son de temer las
fiebres ptridas; todo se presenta bien.

Katel, Lessel y Luisa entraron en seguida llevando una enorme sopera
que humeaba y dos suculentos asados de vaca, que depositaron en la mesa.
Todos se sentaron sin ceremonia, Materne a la derecha de Juan Claudio y
Catalina Lefvre a la izquierda. A partir de aquel momento el ruido de
las cucharas y tenedores y el glogloteo de las botellas substituyeron a
la conversacin hasta las ocho y media de la noche. A travs de los
cristales de las ventanas se vea el resplandor de grandes hogueras, que
anunciaban que los guerrilleros se disponan a hacer honor a la cocina
de Luisa, y aquello contribua a la satisfaccin de los invitados.

A las nueve, Marcos Divs se hallaba de camino hacia el Falkenstein con
los prisioneros. A las diez, todos dorman en la alquera y en la meseta
de la montaa, alrededor de las hogueras del vivaque.

Slo se interrumpa el silencio de tarde en tarde, por el ruido de los
pasos de las rondas y por el quin vive? de los centinelas.

As termin aquella jornada, en la que los montaeses mostraron que no
haba degenerado la vieja raza.

Otros acontecimientos, no menos graves, iban en breve a suceder a los
que acababan de tener lugar; porque en este mundo, apenas vencido un
obstculo, se presentan otros nuevos. La vida humana se asemeja a un mar
agitado: una ola sigue a otra, desde el antiguo al nuevo mundo, y nada
puede detener este movimiento eterno.




XVIII


Durante la batalla, y hasta que cerr la noche, los habitantes de
Grand-Fontaine haban visto al loco Ygof, de pie, en la cima del
pequeo Donon, con su corona en la cabeza y el cetro en alto,
transmitiendo rdenes, como un rey merovingio a sus imaginarios
ejrcitos. Lo que aconteci en el espritu de aquel desdichado cuando
vio a los alemanes en completa derrota nadie puede saberlo. Al sonar el
ltimo caonazo, el loco desapareci. Dnde se haba refugiado? He aqu
lo que cuentan a este propsito las gentes de Tiefenbach:

En aquel tiempo vivan en el Bocksberg dos seres singulares, dos
hermanas: una llamada Catalina _la Pequea_, y la otra Berbel _la
Grande_. Estas dos andrajosas criaturas se haban establecido en la
_caverna de Luitprandt_, as llamada, segn las antiguas crnicas,
porque el rey de los germanos, antes de descender a Alsacia, mand
enterrar bajo aquella bveda inmensa, de aspern rojizo, a los jefes
brbaros que haban muerto en la batalla de Blutfeld. La fuente termal
que constantemente brota en medio de la caverna defenda a las dos
hermanas de los rigores del fro del invierno, y el leador Daniel Horn,
de Tiefenbach, haba tenido la caridad de cerrar la entrada de la cueva
con grandes montones de brezos y retamas. Al lado del caliente manantial
se encuentra otro de agua fra como la nieve y lmpida como el cristal.
Catalina _la Pequea_, que beba de esta fuente, no tena cuatro pies de
altura; era pesada, gordinflona, y su rostro siempre lleno de asombro,
sus redondos ojuelos y su enorme papera le daban el singular aspecto de
una gran pava en meditacin. Todos los domingos llevaba Catalina a la
aldea de Tiefenbach una cesta, que llenaban aquellos buenos aldeanos de
patatas cocidas, pedazos de pan y, algunas veces--los das de fiesta--,
de tortas y otros restos de sus festines. Entonces la pobre mujer, casi
sin aliento, volva a la cueva cantando y riendo muy ufana y cogiendo de
los cercados lo que a su alcance estaba. Berbel _la Grande_ se guardaba
mucho de beber de la fuente fra. Era aquella mujer enjuta, tuerta y
escurrida como un murcilago; tena la nariz roma, las orejas cadas y
los ojos chispeantes. Viva del botn que su hermana haca, y nunca
bajaba del Bocksberg; pero en el mes de julio, al llegar el tiempo de
los grandes calores, sacuda, desde lo alto de su ladera, un cardo seco
en direccin de las mieses de todos aquellos que no haban llenado
regularmente el cesto de Catalina, lo cual atraa sobre las propiedades
condenadas tormentas terribles, el granizo y grandes plagas de ratas y
topos. As es que se teman las salidas de Berbel tanto como la peste, y
por todas partes se le llamaba _Wetterhexe_[7], mientras que la pequea
Catalina pasaba por ser el genio benfico de Tiefenbach y de las
cercanas. De esta manera, Berbel viva tranquilamente cruzada de brazos
y su hermana era la que tena que ir de la Ceca a la Meca.

Desgraciadamente para las dos hermanas, Ygof haba establecido haca
muchos aos su residencia de invierno en la caverna de Luitprandt. De
all parta en la primavera para visitar sus innumerables castillos y
pasar revista a sus leales hasta Geiersteid, en el Hundsrck. Todos los
aos, pues, a fines de noviembre, despus de las primeras nieves, volva
el loco con su cuervo, lo que arrancaba siempre gritos de desesperacin
a _Wetterhexe_.

--De qu te quejas?--deca Ygof instalndose tranquilamente en el
mejor sitio--. No vivs vosotras en mis dominios? Demasiado bueno soy,
pues soporto a dos _valkyrias_ intiles en el Valhalla de mis
antepasados.

Entonces Berbel, furiosa, le llenaba de injurias, y Catalina cloqueaba
con visible mal humor; pero el loco, sin hacerles caso, encenda su
vieja pipa de boj y comenzaba a contar sus lejanas peregrinaciones a los
espritus de los guerreros germanos enterrados en la caverna haca diez
y seis siglos, llamndoles por sus nombres y hablndoles como si
estuviesen vivos. Ya puede comprenderse con cunta alegra vean ambas
mujeres la llegada del loco; era para ellas una verdadera calamidad.
Ahora bien: aquel ao, no habiendo vuelto Ygof, las dos hermanas le
creyeron muerto, y se regocijaron con la idea de no verle ms. Por
entonces, _Wetterhexe_ haba observado desde haca varios das mucha
agitacin en los desfiladeros cercanos, de gentes que marchaban en masa,
con el fusil al hombro, en direccin del Falkenstein y del Donon.
Indudablemente algo extraordinario pasaba. La bruja, que recordaba que
el ao anterior Ygof haba referido a las almas de los guerreros que
sus innumerables ejrcitos no tardaran en invadir el pas,
experimentaba una vaga inquietud. Berbel hubiera querido saber cul era
la causa de aquella agitacin, pero nadie suba a la pea, y Catalina,
despus de su excursin del domingo precedente, no se prestaba a moverse
por todo el oro del mundo.

En tal situacin, la _Wetterhexe_ iba y vena por el monte, cada vez ms
inquieta e irritada. Durante la jornada del sbado, los acontecimientos
se desarrollaron de diferente manera. Desde las nueve de la maana,
sordas y profundas detonaciones resonaron como truenos de una tempestad
en los mil ecos de la montaa, y muy a lo lejos, hacia el Donon, rpidos
relmpagos rasgaban el cielo entre las cumbres de los montes; y despus,
al acercarse la noche, detonaciones ms secas y ms formidables an
resonaron al fondo de los desfiladeros silenciosos. A cada disparo
pareca que las cimas del Hengst, del Gantzle, del Giromani y del
Grosmann contestaban hasta las profundidades del abismo.

--Qu es esto?--se preguntaba Berbel--. Ha llegado el fin del mundo?

Y entrando en la cueva y viendo a Catalina agazapada en un rincn
pelando una patata, la sacudi violentamente, gritndole con voz aguda:

--Idiota! No oyes nada? No tienes miedo? T comes, bebes, gritas, y
eso te basta! Oh! Qu monstruo!

Berbel le arrebat la patata con furor y sentose temblando de
indignacin cerca del manantial caliente, del que ascendan hasta la
bveda grandes nubes grises. Media hora despus, cuando las tinieblas se
hicieron muy profundas y el fro lleg a ser excesivo, la bruja encendi
una hoguera con ramas de brezos, que proyect sus plidos reflejos en
los macizos de piedra rojiza, hasta el fondo del antro, donde dorma
Catalina con los pies metidos en la paja y las rodillas cerca de la
barba. Fuera haba cesado el ruido. _Wetterhexe_ separ la maleza para
dirigir una mirada hacia la ladera; luego volvi a sentarse cerca del
fuego, y cerrando los flojos prpados, con la ancha boca contrada, que
acusaba grandes arrugas circulares alrededor de sus mejillas, trajo
hacia s una vieja manta de lana y pareci amodorrarse. Slo se oy
entonces, a largos intervalos, el ruido del vapor condensado que caa de
la bveda en la fuente produciendo un chapoteo extrao.

Aquel silencio dur cerca de dos horas. La media noche se aproximaba
cuando, de improviso, un ruido lejano de pasos, mezclado con clamores
discordantes, se oy en la ladera. Berbel prest atencin y pudo
convencerse de que eran gritos humanos. Levantose llena de espanto, y,
provista del malfico cardo, se desliz hasta la entrada de la cueva;
separ la maleza y vio, a unos cincuenta pasos, al loco Ygof que
avanzaba a la luz de la Luna; vena solo y gesticulaba, hendiendo el
aire con su cetro, como si millares de seres invisibles le rodeasen.

--A m, Roug, Bled, Adelrico!--gritaba con voz atronadora, con la barba
erizada, suelta la cabellera roja y la piel de perro alrededor del
brazo a guisa de escudo--. A m! Me os, por fin? No veis que llegan?
Aqu los tenis cayendo del cielo como los buitres. A m, los hombres
rojos, a mi! Acabemos con esta raza de perros! Ah, ah! Eres t,
Minau; eres t, Rochart?...--Y nombraba a los muertos del Donon con
sangrientas burlas, desafindolos como si estuviesen presentes; despus
retroceda paso a paso, golpeando en el aire, lanzando imprecaciones,
llamando a los suyos, forcejeando como en una refriega. Aquella extraa
lucha con seres invisibles caus a Berbel un terror supersticioso, y
sintiendo que sus cabellos se erizaban, quiso ocultarse; pero en el
mismo instante un vago rumor le oblig a volverse, y cul no sera su
espanto al ver que el manantial caliente herva con ms fuerza que de
costumbre, y que grandes nubes de vapor se desprendan de l, avanzando
en direccin de la puerta!

Y mientras que, semejantes a fantasmas, estas espesas nubes avanzaban
lentamente, de improviso apareci Ygof gritando con voz seca:

--Por fin estis aqu! Ya me habis odo!

Luego, con movimiento rpido, el loco separ los obstculos de la
entrada; el aire glacial penetr por la bveda y los vapores se
esparcieron en el cielo inmenso, retorcindose y escapndose por encima
de la pea, como si los muertos de aquel da y los de los pasados siglos
hubiesen vuelto a comenzar en otras esferas el combate eterno.

Ygof, con el rostro contrado, a la plida luz de la Luna, empuando el
cetro, con la amplia barba extendida sobre el pecho y los ojos
centelleantes, saludaba a cada fantasma con un gesto y lo llamaba por su
nombre, diciendo:

--Salud, Bled; salud, Roug! Y todos vosotros, valientes, salud!... La
hora que aguardis desde hace siglos se acerca; las guilas afilan sus
picos, la tierra tiene sed de sangre. Acordaos del Blutfeld!

Berbel estaba anonadada, inmovilizada por el terror; mas las ltimas
nubes no tardaron en huir de la caverna, desvanecindose en el azul
infinito.

Entonces Ygof penetr bruscamente en la cueva y se sent cerca del
manantial, con la cabeza entre las manos, los codos en las rodillas y
contemplando con mirada huraa cmo herva el agua.

Catalina acababa de despertarse, y graznaba como cuando se solloza;
_Wetterhexe_, ms muerta que viva, observaba los movimientos del loco
desde el rincn ms obscuro del antro.

--Ya han salido todos de la tierra!--exclam de repente Ygof--.
Todos, todos! No queda ninguno! Ellos reanimarn el espritu de la
gente joven y le inspirarn el desprecio a la muerte!

Y levantando su plida faz, en la que se marcaban las huellas de un
dolor agudo, y fijando en _Wetterhexe_ sus ojos de lobo, dijo:

--Oh, mujer, descendiente de las estriles _Valkyrias_! T no has
recogido en tu seno el aliento de los guerreros para devolverles la
vida! T, que nunca has llenado sus profundas copas en la mesa del
festn, ni les has presentado la carne humeante del jabal _Sarimar_,
para qu sirves? Para hilar sbanas? Pues bien; toma la rueca y
trabaja noche y da, porque millares de jvenes esforzados se acuestan
en la nieve... Han combatido con ardor... Han cumplido con su deber, s;
pero no ha llegado la hora... Ahora los cuervos se disputan sus
despojos!

Y con rabiosa y espantable voz, arrancndose la corona con ambas manos,
en las que quedaron prendidos gran nmero de cabellos, grit enfurecido:

--Oh, raza maldita! Siempre sers t la que se oponga a nuestro paso!
Sin ti ya hubiramos conquistado a Europa, y los hombres rojos seran
los seores del mundo! Y yo me he humillado ante el jefe de esa raza de
perros!... Yo le he pedido su hija en vez de tomarla y llevrmela, como
hace el lobo con la oveja! Ah! Huldrix! Huldrix!...

Y detenindose, aadi en voz baja:

--Escucha, escucha, _valkyria_!

El viejo levant la mano con aire solemne.

_Wetterhexe_ escuch; una rfaga de viento acababa de orse en el
silencio de la noche, agitando los bosques seculares cubiertos de
escarcha. Cuntas veces la bruja haba odo gemir el cierzo en las
noches de invierno y ni prest siquiera atencin! Pero ahora senta
miedo!

Mientras la bruja, toda temblorosa, atenda, oyose fuera un grito ronco,
y casi inmediatamente el cuervo _Hans_, penetrando en la cueva, comenz
a describir grandes crculos bajo la bveda, agitando las alas como si
estuviese azorado y lanzando lgubres graznidos.

Ygof se qued plido como un muerto.

--Vod, Vod!--exclam el viejo con voz desgarradora--, qu te ha hecho
tu hijo Luitprand? Por qu le prefieres a otro cualquiera?

Y durante algunos segundos permaneci como anonadado; pero de repente,
posedo de un feroz entusiasmo, y blandiendo su cetro, se lanz fuera de
la caverna.

Dos minutos despus, _Wetterhexe_, de pie a la entrada de la cueva, le
segua con mirada llena de ansiedad.

El loco marchaba en lnea recta, con la cabeza erguida y a grandes
pasos; hubirase dicho que era una fiera que iba a caza de alimento.
_Hans_ le preceda, revoloteando de un sitio a otro.

Y no tardaron en desaparecer ambos tras el desfiladero del Blutfeld.




XIX


Aquella noche, hacia las dos de la madrugada, comenz a nevar; al
despuntar el da hubo necesidad de ponerse en movimiento y de darle de
firme a las suelas.

Los alemanes haban abandonado Grand-Fontaine, Framont y Schirmeck.
Lejos, muy lejos, en las llanuras de Alsacia, se vean unos puntos
negros, que eran sus batallones en retirada.

Hullin se despert muy temprano y dio una vuelta por el vivaque; se
detuvo unos instantes a contemplar la meseta, los caones que apuntaban
hacia el desfiladero, los guerrilleros tendidos alrededor de las
hogueras y los centinelas con el fusil al brazo. Luego, habiendo quedado
satisfecho de la revista, entr en la casa de labor, en la que an
dorman Luisa y Catalina.

Una claridad gris se esparca en la habitacin. Algunos heridos, en la
sala contigua, empezaban a sentir el delirio de la fiebre y se les oa
llamar a sus mujeres y a sus hijos. Poco despus, un rumor de voces, un
ruido de idas y venidas, rompieron el silencio de la noche. Catalina y
Luisa se despertaron y vieron a Juan Claudio, sentado cerca de la
ventana, que las miraba con ternura. Avergonzadas de ser ms perezosas
que l, las dos mujeres se levantaron y corrieron a sus brazos.

--Qu hay?--pregunt Catalina.

--Pues nada, se han marchado; quedamos dueos del camino, como haba
previsto.

Aquella confianza no pareci tranquilizar a la anciana labradora, que no
pudo dejar de mirar a travs de los cristales para ver la retirada de
los alemanes hacia el fondo de Alsacia. A pesar de todo, durante el
resto del da su rostro grave conserv la impresin de una inquietud
indefinible.

Entre ocho y nueve de la maana lleg el seor Saumaize, cura de la
aldea de Charmes. Descendieron algunos montaeses hasta el pie del monte
para recoger a los muertos; abriose a la derecha de la casa de labor una
ancha fosa, en la que guerrilleros y _kaiserlicks_, con sus vestidos,
sus sombreros, sus chacs y sus uniformes, fueron colocados unos al lado
de otros. El seor Saumaize, un cura anciano de cabeza blanca, ley las
antiguas preces de difuntos con esa voz rpida y misteriosa que nos
penetra hasta el fondo del alma y por las que parece convocar a las
generaciones pasadas para que den cuenta a las presentes de los horrores
de ultratumba.

Durante todo el da llegaron muchos carruajes y _schlittes_[8] para
trasladar a los heridos, que pedan a grandes voces ser llevados a sus
aldeas. El doctor Lorquin, temeroso de aumentar la excitacin que los
desgraciados sufran, se vea obligado a acceder a su peticin. Cerca de
las cuatro de la tarde, Catalina y Hullin se hallaron solos en la sala
grande. Luisa haba ido a preparar la cena. Fuera, espesos copos de
nieve continuaban cayendo del cielo, depositndose en el borde de las
ventanas, y a cada instante se vea partir un trineo silenciosamente con
un enfermo sumergido en un lecho de paja; unas veces era una mujer y
otras un hombre los que conducan al caballo de la brida. Catalina,
sentada cerca de la mesa, doblaba los vendajes con aire preocupado.

--Qu le pasa a usted, Catalina?--pregunt Hullin--. Desde esta maana
veo a usted pensativa, a pesar de que nuestros asuntos marchan bien.

La labradora, separando lentamente la ropa que arreglaba, respondi:

--Es verdad, Juan Claudio; estoy inquieta.

--Inquieta! Y por qu? El enemigo est en plena retirada. Hace un
momento Frantz Materne, a quien haba mandado que hiciera un
reconocimiento, y todos los peatones de Piorette, de Jernimo y de
Labarbe han venido a decirme que los alemanes regresan a Mutzig. Materne
padre y Kasper, despus de enterrar a los muertos, han averiguado en
Grand-Fontaine que no se ve nada anormal del lado de San Blas de la
Pea. Todo lo cual prueba que nuestros dragones de Espaa han rechazado
al enemigo en la carretera de Senones y que ste teme verse envuelto por
Schirmeck. Por lo tanto, no comprendo, Catalina, la razn de su
inquietud.

Y como Hullin la mirase con aire interrogativo, la labradora dijo:

--Usted va a rerse de m, pero igame: he tenido un sueo.

--Un sueo?

--S; el mismo que tuve en El Encinar.

Luego, Catalina animose y, con voz casi irritada, prosigui:

--Usted dir lo que quiera, Juan Claudio, pero un peligro nos amenaza...
S, s; ya s que esto no tiene para usted ningn valor... Pero, por
otra parte, no era tampoco un sueo; era como una antigua historia que
se reproduce, una cosa que se vuelve a ver en sueos y que se conoce.
Vea usted: estbamos, como hoy, despus de una gran victoria, en alguna
parte..., yo no s dnde..., en una especie de barracn de madera, de
gruesas vigas, rodeado de una empalizada. No pensbamos en nada; todas
las personas que vea me eran conocidas; estaba usted, estaba tambin
Marcos Divs, el viejo Duchne y muchos otros ancianos ya muertos; mi
padre y el abuelo Hugo Rochart, del Harberg, el to de ste que acaba
de morir, todos con anguarinas de pao pardo, las barbas abundantes y el
cuello descubierto. Habamos obtenido la misma victoria que ayer y
bebamos en grandes vasijas de barro rojo, cuando, de repente, oyose un
grito de: El enemigo vuelve! Y Ygof, a caballo, con sus barbas
fluviales, su corona de puntas, un hacha en la mano, brillantes los ojos
como los de un lobo, se apareci ante m, entre las sombras de la noche.
Corro hacia l, empuando una estaca; el loco me espera a pie firme... y
desde aquel momento ya no veo ms... Slo siento un agudo dolor en el
cuello, un sudor fro que me baa el rostro y tengo la impresin de que
mi cabeza se bolea al extremo de una cuerda; era el miserable de Ygof
que haba atado mi cabeza a la silla de su caballo y que galopaba--dijo
la labradora con tal acento de conviccin, que Hullin se estremeci.

Hubo algunos instantes de silencio, y Juan Claudio, saliendo de su
estupor, contest:

--Es un sueo!... Yo tambin suelo tener sueos... Ayer se afect usted
demasiado, Catalina; aquel ruido..., aquellos gritos...

--No--respondi la anciana con gran firmeza reanudando su labor--; no es
eso. Si le he de decir toda la verdad, le aseguro que durante la
batalla, y hasta el momento en que el can tronaba contra nosotros, no
he tenido miedo; de antemano estaba segura que no podamos ser
derrotados; eso lo haba visto yo hace mucho tiempo!...; pero ahora
tengo miedo.

--Pero los alemanes han evacuado Schirmeck; la lnea de los Vosgos est
bien defendida y tenemos ms gente de la que necesitamos, sin contar la
que se nos une a cada momento.

--No importa.

Hullin se encogi de hombros y dijo:

--Vamos, vamos; usted tiene fiebre, Catalina; clmese y procure pensar
en cosas alegres. Todos esos sueos me importan poco y me ro de ellos
como del gran turco con su pipa y sus medias azules. Lo principal es
vivir prevenidos, tener municiones, caones y hombres; eso vale ms que
todos los sueos...

--Se re usted de lo que digo, Juan Claudio?

--No; pero al or a una mujer de buen juicio y de gran valor hablar como
usted lo hace, no hay ms remedio que pensar en Ygof, que se jacta de
haber vivido mil seiscientos aos.

--Quin sabe--dijo la anciana con obstinacin--si l se acuerda de lo
que los otros han olvidado!

Hullin iba a referir a Catalina la conversacin que haba tenido el da
anterior, en el vivaque, con el loco, pensando que ste sera el mejor
medio de quitar a la anciana sus lgubres preocupaciones; pero al verla
de acuerdo con Ygof en el captulo de los mil seiscientos aos, el buen
hombre no dijo nada y prosigui su paseo silenciosamente, cabizbajo y
pensativo. Est loca--pensaba--; la ms ligera agitacin acabar con
ella para siempre.

Catalina, despus de reflexionar un instante, iba a decir algo, cuando
Luisa entr, rpida como una golondrina, gritando con dulce voz:

--Mam Lefvre, mam Lefvre! Una carta de Gaspar!

Entonces la labradora, cuya nariz aguilea se haba encorvado hasta
tocar los labios, a causa de la indignacin que le produca ver cmo
Hullin tomaba a broma su sueo, levant la cabeza, y los grandes surcos
de sus mejillas desaparecieron.

Catalina cogi la carta, mir el lacre rojo y dijo a la joven:

--Dame un beso, Luisa; son buenas noticias.

Luisa abraz y bes a la anciana con frenes.

Hullin se haba aproximado, muy alegre por aquel incidente, y el cartero
Brainstein, con sus recios zapatos humedecidos por la nieve, las manos
apoyadas en un garrote y los hombros cados, permaneca en la puerta con
aire de cansancio.

La anciana se puso las gafas, abri la carta con cierto recogimiento,
ante las miradas impacientes de Juan Claudio y Luisa, y ley en alta
voz:

       *       *       *       *       *

La presente, madre ma, tiene por objeto comunicarle que todo marcha
bien y que he llegado el martes por la tarde a Falsburgo, en el preciso
momento en que se cerraban las puertas. Los cosacos estaban ya en la
ladera de Saverne y hemos tenido que pasar la noche tiroteando sus
avanzadas. Al da siguiente se present un parlamentario intimndonos
que rindiramos la plaza. El comandante Meunier le contest que se
marchara con la msica a otra parte, y tres das despus un diluvio de
bombas y obuses comenz a caer sobre la ciudad. Los rusos tienen tres
bateras; una en la falda de Mittelbronn, otra en Las Barracas de lo
alto, y la tercera detrs del tejar de Pernette, cerca del abrevadero;
pero las balas candentes son las que hacen ms dao, porque queman las
casas de arriba abajo, y cuando el incendio se declara en alguna parte,
comienzan a caer obuses a su alrededor, que impiden a las gentes
extinguirlo. Las mujeres y los nios no salen de los blocaos; los
paisanos permanecen con nosotros en las murallas; son gente animosa y
hay entre ellos algunos veteranos de las campaas del Sambre y Mosa, de
Italia y de Egipto, que no han olvidado el manejo de las piezas. Me
estremece verlos, con sus grandes bigotes grises, pegados a los caones,
para apuntar bien. Puedo asegurarle que con ellos no hay metralla que se
pierda. Despus de haber hecho temblar al mundo, es duro verse obligado
a defender, en los das de la vejez, su choza y su ltimo pedazo de
pan...

       *       *       *       *       *

--S, es duro--exclam la seora Catalina, secndose los ojos--; de
pensarlo solamente da pena.

Despus, la anciana prosigui:

       *       *       *       *       *

Anteayer, el gobernador orden un ataque para destruir los depsitos de
municiones del tejar. Ya sabr usted que los rusos rompen el hielo del
abrevadero para baarse en pelotones de veinte a treinta y que en
seguida se meten, para secarse, en los hornos de ladrillos. Pues bien; a
eso de las cuatro, al ponerse el Sol, salimos por la poterna del
arsenal, subimos a los caminos cubiertos y nos encaminamos por la
avenida de las Vacas, con el fusil al brazo y a paso de carga. Diez
minutos despus comenzamos a hacer fuego graneado sobre los que se
hallaban en el abrevadero. Los restantes salieron del tejar, sin tener
tiempo mas que para colocarse las cartucheras, tomar el fusil e ir a
ponerse en filas, completamente desnudos en la nieve como verdaderos
salvajes. A pesar de esto, los miserables, que eran diez veces ms
numerosos que nosotros, iniciaron un movimiento hacia la derecha, en
direccin de la capillita de San Juan, con el objeto de rodearnos; pero
las bateras del arsenal descargaron sobre ellos un huracn de mil
demonios, como no he visto otro en mi vida; la metralla se llevaba filas
enteras de enemigos. Al cabo de un cuarto de hora, todos en masa
comenzaron a retirarse hacia Cuatro Vientos, sin recoger sus equipos,
con los oficiales a la cabeza y las municiones de la posicin a
retaguardia. El seor Juan Claudio se hubiera redo de lo lindo al ver
este desastre. En fin, cuando cerr la noche, volvimos a la ciudad,
despus de haber destruido los depsitos de balas y de haber arrojado
dos caones de ocho a los pozos del tejar. Tal ha sido nuestra primera
expedicin. Hoy le escribo desde Las Barracas del Encinar, adonde hemos
venido para buscar vituallas con que abastecer la plaza. Todo esto puede
durar an varios meses. He odo decir que los aliados suben por el valle
de Dosenheim hasta Weschem, y que invaden por millares el camino de
Pars... Ah! Si quisiera Dios que el emperador ganase la partida en
Lorena o en la Champaa, no iba a escaparse uno solo! En fin, quien
viva ver... Ahora tocan a retirada; volvemos a Falsburgo. Hemos
recogido no pocas vacas y cabras en las cercanas, y ser preciso
batirse para que lleguen sanas y salvas a la ciudad. Hasta la vista,
madre ma, mi querida Luisa, pap Juan Claudio; abrazo a todos con
efusin, como si les tuviera entre mis brazos.

       *       *       *       *       *

Al acabar la lectura, Catalina Lefvre se enterneci.

--Qu buen muchacho!--exclam la anciana--; no atiende mas que a su
deber. En fin..., est bien... Ya lo oyes, Luisa, te abraza, con
efusin.

Luisa se precipit en los brazos de Catalina, y ambas mujeres se
besaron; la labradora, a pesar de la entereza de su carcter, no pudo
contener dos gruesas lgrimas, que siguieron los surcos de sus mejillas.
Luego, tranquilizndose, dijo:

--Vamos, vamos; todo marcha bien! Venga usted, Brainstein, que le voy a
dar un trozo de carne y un vaso de vino. Adems, aqu tiene un escudo de
seis libras por la caminata; yo quisiera darle lo mismo todas las
semanas por una carta semejante.

El peatn, encantado de tan buena suerte, sigui a la anciana; Luisa iba
detrs, y Juan Claudio marchaba tras ella, impaciente por interrogar a
Brainstein sobre lo que haba sabido por el camino referente a los
acontecimientos que se desarrollaban; pero no pudo sacarle nada nuevo,
sino que los aliados bloqueaban Bitche y Lutzelstein y que haban
perdido varios centenares de hombres en el intento de forzar el
desfiladero del Graufthal.




XX


Hacia las diez de la noche, Catalina Lefvre y Luisa, despus de haber
dado las buenas noches a Hullin, subieron a su habitacin, que estaba
encima de la sala grande, para acostarse. Haba all dos amplios lechos
de plumas, con colgaduras de tela a rayas azules y rojas, que se
elevaban hasta el techo.

--Vamos--exclam la labradora encaramndose a una silla--; que duermas
bien, hija ma; yo no puedo ms y voy a caer rendida.

Catalina se tap con la manta, y cinco minutos despus dorma
profundamente.

Luisa no tard en seguir su ejemplo.

De este modo haban transcurrido dos horas, cuando la anciana despert
sobresaltada por un tumulto espantoso.

--A las armas! A las armas!--gritaban por todas partes--. Eh! Por
aqu! Mil centellas! Que vienen!

Cinco o seis disparos se sucedieron, iluminando los cristales envueltos
en la obscuridad.

--A las armas! A las armas!

Nuevos disparos se oyeron. La gente iba de un lado a otro, corriendo.

La voz de Hullin, seca, vibrante, sobresala dando rdenes.

A la izquierda de la alquera, bastante lejos, resonaba como un
chisporroteo sordo y profundo, en los puertos del Grosmann.

--Luisa, Luisa!--grit la labradora--; no oyes?

--S!... Oh, Dios mo, es terrible!

Catalina salt de la cama.

--Levntate, hija ma--aadi--; vamos a vestirnos en seguida.

Los disparos aumentaban, y sus fogonazos cruzaban por los cristales como
relmpagos.

--Cuidado!--grit Materne.

Oanse tambin los relinchos de un caballo que se hallaba fuera y las
recias pisadas de una muchedumbre de gentes que andaban por el pasillo,
por el patio y delante de la alquera; la casa pareca conmoverse hasta
sus cimientos.

De repente, sonaron unos disparos en las ventanas de la sala baja. Las
dos mujeres se vestan apresuradamente. En aquel momento, unas pisadas
fuertes resonaron en la escalera; abriose la puerta, y Hullin apareci
con una linterna en la mano, plido el rostro, los cabellos desgreados
y temblndole las mejillas.

--Vamos, de prisa!--exclam--; no tenemos un minuto que perder.

--Pero qu pasa?--pregunt Catalina.

El ruido de las descargas se acercaba.

--Vamos!--grit Juan Claudio levantando los brazos--; cree usted que
hay tiempo de explicarlo?

La anciana comprendi que no tena mas que obedecer, y cogiendo su manto
baj la escalera con Luisa. Al resplandor intermitente de los fogonazos,
Catalina vio a Materne, con el pecho al aire, y a su hijo Kasper
disparando desde el umbral del pasillo hacia las barricadas; diez
hombres, situados detrs de ellos, les pasaban los fusiles cargados, de
suerte que no tenan mas que encaonar y hacer fuego. Todas aquellas
figuras apelotonadas, que cargaban las armas y se las alargaban unos a
otros, tenan un terrible aspecto. Tres o cuatro cadveres, tendidos
junto a la pared derruida, aadan una nota lgubre al horror del
combate; el humo penetraba dentro de la casucha.

Al llegar a lo alto de la escalera, Hullin grit:

--Ya estn aqu, gracias a Dios!

Y todos los valientes que all se encontraban, levantando la cabeza,
gritaron:

--Animo, seora Lefvre!

Entonces, la pobre mujer, dominada por tantas emociones, rompi a
llorar, apoyndose en el hombro de Juan Claudio; pero ste la tom en
sus brazos como una pluma y sali corriendo a lo largo del muro, a la
derecha; Luisa les segua sollozando.

Fuera no se oa mas que el silbido de las balas, y golpes sordos en la
pared; la cal se desconchaba, las tejas caan a tierra, y frente por
frente, en direccin de las barricadas, a trescientos pasos, se vean
los uniformes blancos, alineados, que se iluminaban con los fogonazos de
sus propios disparos, en la noche obscura, y a la izquierda, al otro
lado del barranco de las Minas, se divisaba a los hombres de la sierra
que cogan de flanco al enemigo.

Hullin desapareci tras el ngulo de la casa de labor; all la
obscuridad era completa, y apenas se vea al doctor Lorquin, a caballo
delante de un trineo, empuando un espadn de caballera y un par de
pistolas de arzn al cinto, y a Frantz Materne, al frente de una docena
de hombres armados de fusiles, que temblaba de ira. Hullin coloc a
Catalina en el trineo sobre un montn de paja, y Luisa se sent a su
lado.

--Vamos, ya estn ustedes aqu!--exclam el doctor--; gracias a Dios.

Y Frantz Materne agreg:

--Si no fuera por usted, seora Lefvre, crea que ni uno solo
abandonara esta noche el monte; pero por usted no hay nada que decir.

--No--gritaron los dems--; nada tenemos que decir.

En aquel momento, un hombre fornido, de piernas largas como las de una
garza real, y cargado de espaldas, pas corriendo por detrs de la
pared, gritando:

--Que vienen!... Slvese el que pueda!

Hullin palideci.

--Es el amolador del Harberg--dijo Juan Claudio, rechinando los dientes.

Frantz no dijo nada, y, llevndose la carabina al hombro, apunt e hizo
fuego.

Luisa vio al amolador, distante unos treinta pasos, que alzaba los
brazos en la obscuridad y caa de bruces a tierra.

Frantz volvi a cargar el arma sonriendo de extrao modo.

Hullin dijo:

--Camaradas: aqu tenis a nuestra madre, la que nos ha dado la plvora
y la que nos ha mantenido para que defendamos la patria; aqu tenis
tambin a mi hija; salvadlas!

Todos contestaron a una voz:

--Las salvaremos o moriremos con ellas.

--Y no olvidis decir a Divs que permanezca en el Falkenstein hasta
nueva orden.

--Est usted tranquilo, seor Juan Claudio.

--Pues en marcha, doctor, en marcha!--exclam el valiente guerrillero.

--Y usted, Hullin?--dijo Catalina.

--Mi sitio es ste; hay que defender la posicin hasta la muerte.

--Pap Juan Claudio!--grit Luisa, tendindole los brazos.

Pero el guerrillero doblaba ya la esquina; el doctor arre el caballo, y
el trineo se desliz por la nieve. Detrs de l, Frantz Materne y sus
hombres, con las carabinas al hombro, apresuraban el paso, mientras que
el ruido de las descargas continuaba alrededor de la casa.

Esto fue todo lo que Catalina Lefvre y Luisa vieron en el transcurso de
algunos minutos. Sin duda haba sucedido algo extrao y terrible aquella
noche. La anciana, acordndose de su sueo, permaneca silenciosa. Luisa
se secaba las lgrimas y diriga miradas angustiosas hacia la meseta,
iluminada como por un incendio. El caballo saltaba al recibir los golpes
del doctor, y los hombres de la escolta seguan a duras penas el trineo.
Durante largo tiempo oyronse los tumultos y clamores del combate, las
descargas y el silbido de las balas que segaban la maleza; pero todo
esto fue diminuyendo cada vez ms, y al llegar a la parte baja del
sendero, todo desapareci como si fuese un sueo.

El trineo acababa de llegar a la otra vertiente de la montaa y volaba,
como una flecha, en las tinieblas. Slo turbaba el silencio el galope
del caballo, la respiracin anhelante de la escolta y, de vez en cuando,
el grito del doctor: Eh, _Bruno_! Arriba, vamos!

Rfagas de aire fro, ascendiendo de los valles del Sarre, traan de muy
lejos, como un suspiro, los rumores eternos de los torrentes y de los
bosques. La Luna, filtrndose entre las nubes, alumbraba de lleno las
selvas sombras del Blanru, con sus grandes abetos cargados de nieve.

Diez minutos despus llegaba el trineo a la linde de estos bosques, y el
doctor Lorquin, volvindose sobre la silla del caballo, pregunt:

--Qu hacemos ahora, Frantz? Este es el sendero que se dirige a las
colinas de San Quirino, y este otro el que baja al Blanru. Cul
tomamos?

Frantz y los hombres de la escolta se aproximaron. Como se encontraban
entonces en la vertiente occidental del Donon, empezaban a distinguir,
por el otro lado, en lo alto del cielo, el fuego de los alemanes que
venan por el Grosmann. No se vea mas que los fogonazos, y algunos
minutos despus se oa la detonacin retumbar en los abismos.

--El sendero de las colinas de San Quirino es el ms corto--dijo
Frantz--para ir al Encinar; por lo menos, adelantaremos tres cuartos
de hora.

--S--exclam el doctor--, pero nos exponemos a ser detenidos por los
_kaiserlicks_, que han tomado ya el desfiladero del Sarre. Mirad, son
dueos de las alturas; sin duda han enviado destacamentos hacia el
Sarre-Rojo para rodear el Donon.

--Tomemos el sendero del Blanru--dijo Frantz--es ms largo, pero es ms
seguro.

El trineo descendi a la izquierda, a lo largo de los bosques. Los
guerrilleros, en fila, con el fusil a la espalda, marchaban por lo alto
del talud, y el doctor, a caballo, iba por el camino en trinchera,
abrindose paso por entre las ramas de los rboles, proyectando su negra
sombra sobre el sendero profundo, y la Luna alumbraba los alrededores.
Aquel paso tena algo tan pintoresco y majestuoso, que en cualquier otra
circunstancia Catalina hubiese quedado maravillada al contemplarlo, y
Luisa no hubiera dejado de admirar aquellas altas pirmides de escarcha,
aquellos festones que relucan como el cristal, a la plida luz de la
Luna; pero entonces sus almas estaban llenas de inquietud. Adems,
cuando el trineo entr en el desfiladero, desapareci en absoluto la
claridad, y slo quedaron iluminadas las cimas de las altas montaas de
alrededor. Iban caminando as haca un cuarto de hora, en silencio,
cuando Catalina, despus de haber puesto muchas veces freno a su lengua,
no pudiendo contenerse ms, exclam:

--Doctor Lorquin: puesto que nos tiene usted aqu, en el fondo del
Blanru, y que puede usted hacer de nosotros lo que quiera, quiere
explicarme por qu se nos conduce por fuerza? Juan Claudio me tom, me
dej en este montn de paja... y aqu estoy.

--Arre, _Bruno_!--murmur el doctor.

Y luego respondi gravemente:

--Esta noche, seora Catalina, nos ha sucedido la mayor de las
desgracias. No hay que culpar a Juan Claudio si, por la falta de otro,
perdemos el fruto de nuestros sacrificios.

--La falta de quin?

--De ese desgraciado de Labarbe, que no ha sabido defender el
desfiladero del Blutfeld. Bien es cierto que ha muerto cumpliendo con su
deber; pero eso no repara el desastre, y si Piorette no llega a tiempo
de socorrer a Hullin, todo se habr perdido; ser preciso abandonar el
camino y batirnos en retirada.

--Cmo! El Blutfeld ha sido tomado?

--S, Catalina. Quin hubiera nunca pensado que los alemanes entraran
por all? Un desfiladero casi impracticable para los peatones, encajado
entre rocas cortadas a pico, en el que hasta los pastores a duras penas
pueden bajar con sus rebaos de cabras! Pues bien; han pasado por all
dos a dos, han rodeado la Pea Hueca, han destrozado a Labarbe y han
cado sobre Jernimo, que se ha defendido como un len hasta las nueve
de la noche; pero, al fin, se vio obligado a refugiarse en el monte y
dejar el paso libre a los _kaiserlicks_. Eso ha sido, en resumen, lo que
ha pasado. Es espantoso. Debe haber alguna persona del pas, bastante
cobarde y bastante miserable, para guiar al enemigo a nuestras espaldas
y para entregarnos a l atados de pies y manos. Oh, el
bandido!--exclam Lorquin con voz colrica--; yo no soy malo, pero si el
tal se pone a mi alcance, he de dejarle seco... Arre, _Bruno_, arre!

Los guerrilleros seguan marchando por los lados del camino sin decir
nada, como si fuesen sombras.

El trineo volvi a correr al galope del caballo; poco despus moder la
marcha; el animal respiraba agitadamente.

La labradora permaneca silenciosa, tratando de ordenar aquellas nuevas
ideas en su cabeza.

--Empiezo a comprender--dijo Catalina al cabo de algunos segundos--;
esta noche hemos sido atacados de frente y de costado.

--Exactamente, Catalina; por fortuna, diez minutos antes del ataque, un
hombre de Marcos Divs, el contrabandista Zimmer, que ha sido dragn,
lleg a todo correr para prevenirnos. Sin este aviso, estbamos
perdidos. El muy valiente cay en nuestras avanzadas, despus de haber
atravesado un destacamento de cosacos en la meseta del Grosmann; el
pobre hombre haba recibido un sablazo terrible, y sus entraas colgaban
de la silla del caballo. No es as, Frantz?

--S--respondi el cazador con voz sorda.

--Y qu dijo?--pregunt la anciana.

--No tuvo tiempo mas que para gritar: A las armas!... Estamos
cercados!... Me enva Jernimo...; Labarbe ha muerto... Los alemanes han
pasado el Blutfeld.

--Era un valiente!--murmur Catalina.

--S, era un valiente--contest Frantz inclinando la cabeza.

Qued todo en silencio, y el trineo sigui avanzando por el valle
tortuoso durante un largo espacio de tiempo. A cada instante era
preciso detenerse, pues la nieve se haca muy profunda. Entonces tres o
cuatro de aquellos serranos de la escolta descendan de lo alto del
talud, tomaban al caballo de la brida y se continuaba la marcha.

De repente Catalina pareci salir de su sueo, preguntando:

--De todos modos, por qu no me ha dicho Hullin?...

--Si le habla de esos ataques--interrumpi el doctor--, usted hubiera
querido quedarse all.

--Y quin puede impedirme hacer lo que quiera? Si ahora mismo quisiera
apearme del trineo, no podra hacerlo?... He perdonado a Juan Claudio,
y estoy arrepentida...

--Oh, mam Lefvre!, y si muere mientras usted dice eso?--murmur
Luisa.

--Tiene razn la nia--pens Catalina; y rpidamente aadi:

--Digo que estoy arrepentida; pero es un hombre tan valiente, que no se
le puede tener rencor por lo que ha hecho. Le perdono de todo corazn;
en su lugar, hubiera hecho lo mismo.

A doscientos o trescientos pasos de all, los fugitivos penetraron en el
desfiladero de las Rocas. La nieve haba cesado de caer y la Luna
brillaba entre dos grandes nubes, una blanca y otra negra. La estrecha
garganta, bordeada de ingentes rocas cortadas a pico, se extenda
bastante lejos, y sobre ambos lados los abetos gigantes se elevaban
hasta perderse de vista. Nada turbaba en aquel lugar la calma de los
grandes bosques; dijrase que se hallaban muy lejos todas las
agitaciones humanas. El silencio era tan profundo, que se oan los pasos
del caballo en la nieve, y, de vez en cuando, su entrecortada
respiracin. Frantz Materne se detena algunas veces, diriga una mirada
hacia las laderas obscuras y luego apresuraba el paso para alcanzar a
los dems.

Y los valles se sucedan unos a otros; el trineo suba, bajaba, volva a
la derecha, despus a la izquierda, y los guerrilleros, con la bayoneta
calada, seguan la marcha sin detenerse.

De este modo caminaron todos hasta las tres de la madrugada, en que
llegaron a la pradera de Brimbelles, sitio en el cual se ve hoy todava
una hermosa encina que avanza sobre el camino, al dar la vuelta al
valle. Al otro lado, hacia la izquierda, en medio de malezas cubiertas
de nieve, detrs de un muro pequeo de piedra en seco y de las
empalizadas de un jardinillo, comenzaba a descubrirse la vieja casa
forestal del guarda Cuny, con sus tres colmenas puestas sobre una tabla,
su antigua y nudosa parra, que trepaba por un colgadizo hasta el tejado,
y su rama de abeto pendiente del canaln a guisa de muestra; porque Cuny
tena tambin el oficio de tabernero en aquellas soledades.

En tal sitio, como el camino que corre a lo largo de la parte superior
del muro de la pradera est situado cuatro o cinco pies ms arriba que
sta, y como en aquel momento una densa nube velase la Luna, el doctor,
temiendo volcar, detvose bajo la encina.

--No nos falta mas que una hora de camino--dijo Lorquin--. Animo, pues,
seora Lefvre; no tenemos prisa.

--S--dijo Frantz--; hemos pasado lo peor y podemos dar descanso al
caballo.

La escolta se reuni alrededor del trineo; el doctor ech pie a tierra.
Algunos hicieron lumbre con los eslabones para encender sus pipas; pero
nadie deca una palabra; todo el mundo pensaba en el Donon. Qu estara
pasando all? Lograra Juan Claudio sostenerse en la meseta hasta la
llegada de Piorette? Tantas cosas tristes, tantas reflexiones
desconsoladoras inundaban el alma de aquellos valientes, que nadie
senta deseos de hablar.

Cinco minutos llevaran de descanso bajo la encina centenaria, cuando,
en el momento que la nube se separaba lentamente de la Luna y que la
plida luz de sta penetraba hasta el fondo del desfiladero, a unos
doscientos pasos de distancia de los fugitivos, se destac en el sendero
y entre los pinares una figura negra a caballo. Aquella figura, alta y
sombra, no tard en recibir un rayo de Luna; viose entonces
distintamente que era un cosaco con su gorro de piel de cordero y que
llevaba la lanza bajo el brazo, con la punta hacia atrs. Se adelantaba
al paso; y ya Frantz haba apuntado, cuando detrs de l apareci otra
lanza y otro cosaco, y despus otro... En toda la extensin del monte,
sobre el fondo plido del cielo, no se vean mas que banderolas en forma
de cola de golondrina y el brillo de las lanzas de los cosacos, que
avanzaban en fila, directamente hacia el trineo, pero sin apresurarse,
como gentes que iban en busca de algo, unos alzando la vista y otros
inclinndose en la silla para mirar entre la maleza. Eran, seguramente,
ms de treinta.

Jzguese cul sera la emocin de Luisa y Catalina, que se hallaban en
tal momento sentadas en medio del camino. Miraban ambas mujeres con la
boca abierta. Un minuto ms, y se encontraran rodeadas de aquellos
bandidos. Los guerrilleros parecan estupefactos; era imposible
retroceder: por un lado haba que saltar un muro del prado, y por el
otro, era preciso trepar por la montaa. En su turbacin, la pobre
labradora cogi a Luisa por un brazo y grit con voz alterada por el
peligro:

--Huyamos al bosque!

Y quiso saltar por encima del trineo; pero sus pies no pudieron
separarse de la paja.

De repente, uno de los cosacos dej escapar una exclamacin gutural, que
recorri toda la lnea.

--Nos han descubierto!--grit el doctor Lorquin sacando el sable.

Apenas haba pronunciado estas palabras, doce disparos iluminaron el
sendero de un extremo al otro, y verdaderos aullidos de salvajes
contestaron a las detonaciones. Los cosacos desembocaron del sendero en
el prado de enfrente, encorvados sobre sus caballos, con las piernas
encogidas, a rienda suelta y corriendo a todo correr hacia la casa
forestal, como ciervos perseguidos.

--Ah! huyen como diablos--grit el doctor.

Pero Lorquin haba hablado con sobrada ligereza; despus de recorrer
doscientos o trescientos pasos por el valle, los cosacos se apretujaron
como una bandada de estorninos, describiendo un crculo, y con la lanza
en ristre y la cara casi entre las orejas de sus caballos se lanzaron a
todo correr contra los guerrilleros, gritando con voz ronca: Hurra,
hurra!

Fue un momento terrible.

Frantz y sus compaeros se arrojaron sobre el muro para cubrir el
trineo.

Dos segundos despus, la confusin era indescriptible: chocaban las
lanzas contra las bayonetas, y gritos de rabia respondan a las
imprecaciones; a la sombra de la gran encina, por la que se filtraban
algunos rayos de luz dbil, no se vea mas que caballos encabritados,
con las crines erizadas, tratando de saltar el muro del prado, y, por
debajo, las figuras brbaras de los cosacos, con los ojos relucientes,
el brazo en alto, descargando tajos con furor, avanzando, retrocediendo
y lanzando gritos tan espantosos que ponan los cabellos de punta.

Luisa, muy plida, y Catalina, con la cabellera gris suelta, se hallaban
de pie sobre la paja del trineo.

El doctor Lorquin, delante de ellas, paraba los golpes con su sable, y,
mientras bata el hierro, les gritaba:

--Tendedse, con mil demonios, tendedse en el trineo!

Pero ellas no lo oan.

Luisa, en medio del tumulto y de aquellos feroces aullidos, no pensaba
mas que en cubrir con su cuerpo a Catalina. La labradora--jzguese cul
sera su terror!--acababa de reconocer al loco Ygof montado en un
caballo alto y flaco, con la corona de hojalata en la cabeza, la barba
erizada, empuando una lanza y con la amplia piel de perro flotando
sobre sus hombros. Catalina le vea perfectamente, como en medio del
da: all estaba el viejo, y su lgubre perfil se destacaba a unos diez
pasos, con los ojos fulgurantes, blandiendo su larga flecha azul en las
tinieblas y tratando de alcanzar a la labradora. Qu hacer? Someterse,
sufrir su muerte!... As los ms firmes caracteres se sienten carcomidos
por un destino fatal: la anciana se crea sealada de antemano; vea a
aquellos hombres saltar como lobos, darse tajos y pararlos, a la luz de
la Luna. Vea caer algunos combatientes; a los caballos, sueltas las
bridas, huir por el prado... Vea, a la izquierda, que se abra el
ventanuco ms alto de la casa forestal, y el anciano Cuny, en mangas de
camisa, apuntando con el fusil en direccin del grupo, pero sin
atreverse a disparar... La anciana vea todas aquellas cosas con una
lucidez extraa, y se deca: El loco ha vuelto... Suceda lo que quiera,
esto tiene que terminar como he visto en sueos, y mi cabeza colgar de
la silla de su caballo...

Todo, en efecto, pareca justificar sus temores. Los guerrilleros, muy
inferiores en nmero, retrocedan. No tard en producirse un remolino en
el que se mezclaban los adversarios; los cosacos, franqueando el muro,
llegaron al sendero, y un lanzazo, hbilmente dirigido, ensart el moo
de la anciana, quien sinti el hierro fro deslizarse hasta su nuca.

--Oh, miserables!--grit al caer, mientras que, con ambas manos, se
sostena de las riendas.

Tambin el doctor Lorquin acababa de ser derribado contra el trineo.
Frantz y sus compaeros, acosados por veinte cosacos, no podan acudir a
su socorro. Luisa sinti una mano posarse sobre su hombro; era la mano
del loco, que trataba de asir a la joven desde lo alto de su gigantesco
caballo.

En aquel instante supremo, la pobre nia, loca de terror, dej escapar
un grito de angustia, y viendo relucir algo en las tinieblas, las
pistolas de Lorquin, las arranc del cinto del doctor, con la rapidez
del relmpago, e hizo fuego con las dos a la vez, quemando las barbas de
Ygof, cuyo rostro rojizo se ilumin al resplandor de los fogonazos, y
destrozando la cabeza de un cosaco que se inclinaba hacia ella con los
ojos desencajados por insanos deseos. Rpidamente, se apoder del ltigo
de Catalina, y de pie, plida como una muerta, descarg varios latigazos
sobre los lomos del caballo, que parti a escape. El trineo volaba entre
la maleza, inclinndose ya a la derecha, ya a la izquierda. De repente
se sinti un choque, y Catalina, Luisa, la paja, todo rod por la nieve
en el declive del barranco. El caballo se par en firme, aculndose
sobre los corvejones y arrojando espuma y sangre por la boca, pues haba
chocado con una encina.

A pesar de lo rpida que fue la cada, Luisa haba visto algunas sombras
pasar como el viento detrs del seto, y haba odo una voz terrible, la
voz de Marcos Divs, que gritaba: Adelante! Atravesadlos!

Aquello no fue mas que una visin, una de esas apariciones confusas que
se nos presentan ante los ojos en el ltimo momento; pero, al
levantarse la pobre nia, no tuvo ya la menor duda: a veinte pasos de
all, detrs de un grupo de rboles, se oa el choque de las armas y la
voz de Marcos que gritaba: Arriba, amigos mos!... Que no haya
cuartel!

Despus la joven vio una docena de cosacos que trepaban por la pendiente
opuesta, entre los brezos, como si fuesen liebres, y ms abajo, en un
claro, a Ygof que atravesaba el valle, a la luz de la Luna, como un
pjaro azorado. Oyronse numerosos disparos, pero ninguno alcanz al
loco, el cual, alzndose sobre los estribos en plena carrera, se volvi,
y agitando la lanza con aire altanero, prorrumpi en un hurra! con esa
voz penetrante de la garza que logra escaparse de las garras del guila
y hiende los aires velozmente. Otros dos disparos partieron de la casa
del guardabosque, llevndose un jirn de los andrajos del loco, que
prosigui su carrera, repitiendo los hurras con ronca voz y subiendo por
el sendero que haban seguido sus camaradas.

Toda aquella visin desapareci como un sueo.

Entonces Luisa se volvi. Catalina estaba de pie a su lado, no menos
estupefacta y no menos atenta que ella. Ambas mujeres se miraron un
instante y luego se confundieron en un estrecho abrazo, con un
sentimiento de bienestar indefinible.

--Nos hemos salvado!--murmur Catalina.

Y las dos comenzaron a llorar.

--Te has portado admirablemente--deca la anciana--; es magnfico, es
valiente lo que has hecho. Juan Claudio, Gaspar y yo podemos estar
orgullosos de ti.

Luisa se hallaba agitada por una emocin tan profunda, que temblaba de
pies a cabeza. Pasado el peligro, volva a recobrar su carcter dulce, y
ella misma no poda comprender el valor de que haba dado pruebas pocos
minutos antes.

Despus de un breve silencio, encontrndose ms tranquila, se disponan
las dos mujeres a volver al camino, cuando vieron a cinco guerrilleros y
al doctor que iban en su busca.

--Bien, Luisa! Ya puede usted llorar cuanto quiera!--dijo Lorquin--;
pero usted es un dragn, un verdadero demonio. Y ahora se hace la
chiquita; pero todos hemos visto lo que ha hecho. Y a propsito, dnde
estn mis pistolas?

En aquel momento se separaron las ramas y apareci Marcos Divs, con el
espadn colgando de su mano, gritando:

--Bah, seora Catalina! Estas s que son emociones! Con mil demonios!
Y qu suerte la de haber estado yo aqu! Porque esos miserables iban a
desvalijarles de pies a cabeza.

--S--dijo la anciana mientras meta sus cabellos grises dentro de la
cofia--; ha sido una gran fortuna.

--S; ha habido suerte, ya lo creo! No hace todava diez minutos que
llegu con el furgn a casa del to Cuny. No vayas al Donon--me dijo--,
pues hace una hora que se ve el cielo rojo por ese lado... Seguramente
all arriba se estn pegando de firme. Usted cree?--contest--. A
fe ma, s. Entonces voy a mandar a Joson de explorador, para saber
algo, y mientras tanto beberemos unas copas. Pues bien, apenas haba
salido Joson, oigo unos gritos de dos mil demonios: Qu es eso, Cuny?
No s--me respondi--. Empujamos la puerta y vemos lo que pasaba:
Eh!--exclam el contrabandista--; somos nosotros los que tenemos el
fuego en casa. Salto sobre mi _Fox_, y en marcha. Qu suerte!

--Ah!--dijo Catalina--; si estuviramos seguros de que nuestros asuntos
del Donon fueran tan bien como aqu, podamos estar satisfechos.

--S, s; ya me ha contado Frantz; es el destino; siempre tiene que
haber algo que salga mal--respondi Marcos--. En fin..., en fin...
Todava permanecemos all, con los pies hundidos en la nieve; esperemos
que Piorette no dejar que aplasten a sus camaradas, y vamos a vaciar
las copas, que aun estn medio llenas.

Cuatro contrabandistas llegaron en tal momento diciendo que el miserable
Ygof poda fcilmente volver con otra cuadrilla de bandidos de su jaez.

--Es verdad--contest Divs--. Vamos a regresar al Falkenstein, puesto
que as lo ha ordenado Juan Claudio; pero no podemos llevarnos el
furgn, pues nos impedira ir por el atajo, y dentro de una hora esos
bandidos caeran sobre nuestras espaldas. Entremos un poco en casa de
Cuny; a Catalina y a Luisa no sentar mal tomar un trago, ni a los otros
tampoco; as cobrarn nimo. Arre, _Bruno_!

Marcos cogi al caballo de la brida... Se acababa de colocar en el
trineo a dos hombres heridos. Otros dos haban perecido en el encuentro,
junto a seis u ocho cosacos que quedaban tendidos en la nieve, con las
piernas abiertas; todo fue abandonado, y los supervivientes se
dirigieron a la casa del guardabosque. Frantz se consolaba, al fin, de
no encontrarse en el Donon. Haba despanzurrado a dos cosacos, y la
vista de la casa le puso de bastante buen humor. Delante de la puerta se
hallaba el furgn de las municiones. Cuny sali exclamando:

--Sea bien venida la seora Lefvre! Qu noche para las mujeres!
Sintense las seoras. Qu pasa en el Donon?

Mientras que se vaciaba la botella apresuradamente, fue preciso explicar
lo sucedido otra vez. El buen anciano, vestido de una sencilla casaca y
de un calzn verde, con la cara llena de arrugas y la cabeza calva,
escuchaba con los ojos fijos, uniendo las manos y gritando:

--Dios mo, Dios mo! En qu tiempos vivimos! No se puede andar por
las carreteras sin correr el peligro de ser atacado. Esto es peor que
las antiguas historias de los suecos!

Y el anciano mova la cabeza.

--Vamos--grit Divs--; el tiempo vuela. En marcha! En marcha!

Todos salieron. Los contrabandistas condujeron el furgn, que contena
varios millares de cartuchos y dos barriles de aguardiente, a
trescientos pasos de all, en medio del valle, y desengancharon los
caballos.

--Vosotros, seguid marchando--grit Marcos al resto de la caravana--;
dentro de pocos minutos os alcanzaremos.

--Pero qu vas a hacer con este furgn?--pregunt Frantz--. Puesto que
no tenemos tiempo de llevarlo al Falkenstein, mejor sera dejarlo en el
cobertizo de Cuny que abandonarlo en medio del camino.

--S, para que ahorquen al pobre viejo cuando vuelvan los cosacos, que
estarn aqu antes de una hora. No tengas cuidado; se me ha ocurrido una
idea.

Frantz se uni al trineo que se alejaba. No tardaron los fugitivos en
dejar atrs la fbrica de aserrar del marqus; despus torcieron a la
derecha, para llegar a la casa de El Encinar, cuya elevada chimenea se
descubra sobre la meseta, a tres cuartos de legua. Marcos Divs y su
gente llegaron gritando:

--Alto! Pararse un poco! Mirad all abajo!

Todos volvieron la vista hacia el fondo del desfiladero, y vieron a los
cosacos caracolear alrededor del carro de municiones, en nmero que no
bajara de doscientos o trescientos.

--Que llegan! Salvmonos!--exclam Luisa.

--Esperad un poco--dijo el contrabandista--; no tenemos nada que temer.

Y no haba ste acabado de pronunciar tales palabras cuando una sbana
inmensa de fuego extendi sus dos alas rojas de una a otra montaa,
iluminando los bosques hasta las copas de los rboles, las peas y la
casita del guardabosque, situada a mil quinientos metros ms abajo;
despus se oy una detonacin tan fuerte, que la tierra se estremeci
hasta sus entraas.

Y mientras cuantos contemplaban el grandioso espectculo se miraban unos
a otros deslumbrados y mudos de espanto, reson una formidable
carcajada de Marcos Divs, que se mezcl al zumbido que vibraba en los
odos de aqullos.

--Ja, ja, ja!--exclamaba el contrabandista--; estaba seguro que los
miserables se detendran alrededor del furgn para beberse el
aguardiente, y que la mecha tendra tiempo de prender en la plvora...
Creen ustedes que nos perseguirn? Sus brazos y sus piernas han volado
a las copas ms altas de los abetos... Vamos, arre! Quiera el cielo
que suceda lo mismo a cuantos acaban de pasar el Rin!...

La escolta, los guerrilleros, el doctor, todo el mundo permaneca
silencioso. Tantas y tan terribles emociones sugeran a cada cual
pensamientos inacabables, que nunca se presentan en la vida ordinaria. Y
cada uno se deca: Qu sucede a los hombres para destruirse de esta
manera, para atormentarse, para destrozarse, para arruinarse as? Qu
se han hecho para odiarse de tal modo? Qu espritu, qu impulso feroz
les anima, si no es el mismo espritu del mal?

Unicamente Divs y su gente no se conmovan por aquellos sucesos, y sin
dejar de galopar, riendo y alborotando, gritaba el contrabandista:

--Nunca he visto una fogarata parecida... Ja, ja, ja! Hay que rerse
mil aos...

Pero, al poco tiempo, Marcos quedose pensativo y dijo:

--Todo esto debe venir de Ygof. Es preciso estar ciego para no
comprender que ha sido l quien ha guiado a los alemanes al Blutfeld.
Sentira que le hubiese alcanzado un trozo del carro; le reservo algo
mejor que eso. Lo que ms deseo es que contine bien de salud, hasta que
nos encontremos un da cara a cara, en cualquier lugar apartado del
bosque. Que esto sea dentro de un ao, de dos, de veinte, poco importa,
con tal que suceda. Mientras ms tiempo espere ms ganas tendr; las
buenas tajadas se comen fras, como la cabeza de jabal con vino blanco.

El contrabandista deca tales palabras de una manera sencilla; pero los
que le conocan adivinaban en ellas algo peligrossimo para Ygof.

Media hora despus, todos llegaron a la meseta de El Encinar.




XXI


Jernimo de San Quirino se haba retirado hacia la granja, y desde media
noche ocupaba la meseta.

--Quin vive?--gritaron los centinelas al aproximarse la escolta del
trineo.

--Somos nosotros, los de la aldea de Charmes, respondi Marcos Divs con
voz tonante.

Los de Jernimo se adelantaron para reconocer a los que llegaban y los
dejaron pasar.

En la granja reinaba un silencio profundo; un centinela, arma al brazo,
se paseaba delante de las trojes, en las que dorman sobre montones de
paja unos treinta hombres. Catalina, al ver las sombras techumbres, los
viejos cobertizos, los establos, toda aquella antigua morada donde haba
pasado su juventud, donde se haba deslizado la apacible y laboriosa
existencia de su padre y de su abuelo y que ella iba a abandonar quiz
para siempre, experiment una angustia terrible; pero nada dijo, y
saltando del trineo, como en otras ocasiones cuando volva del mercado,
exclam:

--Vamos, Luisa; por fin nos vemos otra vez en nuestra casa, gracias a
Dios.

Mientras tanto, Duchne haba abierto la puerta, gritando:

--Es usted, seora Lefvre?

--S, somos nosotros. No hay noticias de Juan Claudio?

--No, seora.

Todos entraron en la cocina.

Algunos rescoldos brillaban an en el hogar, y bajo la inmensa campana
de la chimenea estaba sentado en la sombra Jernimo de San Quirino,
envuelto en un gran capote de estamea, con su barba rojiza terminada en
punta, un grueso garrote entre las rodillas y la carabina apoyada en la
pared.

--Buenos das, Jernimo!--dijo la anciana.

--Buenos das, Catalina--contest grave y solemnemente el jefe del
puerto de Grosmann--. Viene usted del Donon?

--S... Aquello va mal, amigo Jernimo. Los _kaiserlicks_ atacaban la
granja cuando abandonamos la meseta. No se vean mas que uniformes
blancos por todas partes, y ya comenzaban a franquear las defensas.

--Entonces cree usted que Hullin se ver obligado a abandonar el
camino?

--Si Piorette no acude en su socorro, es posible.

Los guerrilleros se haban aproximado al fuego.

Marcos Divs se inclin hacia los rescoldos para encender la pipa, y al
levantarse dijo:

--Yo, Jernimo, no te pregunto mas que una cosa; s de antemano que la
gente se ha batido bien donde t mandabas...

--Hemos cumplido con nuestro deber--respondi el zapatero--, y los
sesenta hombres que se han quedado tendidos en la falda del Grosmann
pueden atestiguarlo en ltimo trmino.

--S; pero quin ha guiado a los alemanes? Ellos no han podido
encontrar por s mismos el paso del Blutfeld.

--Ha sido Ygof, el loco Ygof--dijo Jernimo, cuyos ojos grises,
rodeados de profundas arrugas y cubiertos de espesas cejas blancas,
parecieron fulgurar en las tinieblas.

--Ah! Ests seguro?...

--La gente de Labarbe le ha visto subir cuando conduca a los otros.

Los guerrilleros se miraron con indignacin.

En aquel momento el doctor Lorquin, que se haba quedado fuera para
desenganchar el caballo, abri la puerta exclamando:

--La batalla se ha perdido! Aqu vienen las gentes del Donon; acabo de
or la cuerna de Lagarmitte.

Fcil es imaginar cul sera la emocin de los presentes al escuchar
tales palabras. Cada cual pens en los parientes, en los amigos que no
volveran a ver; y todos, los de la cocina y los de las trojes, se
precipitaron en tropel hacia la meseta. En el mismo instante, Robin y
Dubourg, que estaban de centinela en lo alto de El Encinar, gritaron:

--Quin vive?

--Francia!--contest una voz.

A pesar de la distancia, Luisa, creyendo reconocer la voz de su padre,
fue presa de tal emocin, que Catalina tuvo que sostenerla.

Casi simultneamente numerosos pasos resonaron en la nieve endurecida, y
Luisa, no pudiendo contenerse, grit con voz desgarradora:

--Pap Juan Claudio!...

--Ya voy, ya voy--contest Hullin.

--Y mi padre?--pregunt Frantz Materne corriendo hacia Juan Claudio.

--Viene con nosotros, Frantz.

--Y Kasper?

--Ha recibido una pequea herida, pero no es nada; ahora vers a los
dos.

En el mismo instante, Catalina se arroj en brazos de Hullin.

--Oh, Juan Claudio! Qu alegra tan grande al volver a verle!

--S--murmur el anciano lgubremente--; hay muchos que no volvern a
ver a los suyos.

--Frantz!--se oy gritar al viejo Materne--. Eh, por aqu!

Y por todas partes se vean en la sombra personas que se buscaban unas a
otras, que se daban la mano, que se abrazaban. Otros gritaban al mismo
tiempo: Niclau! Sapheri!, pero no obtenan respuesta.

Aquellas voces se repetan hasta volverse roncas, balbucientes, y, por
ltimo, cesaban. La alegra de los unos y la consternacin de los otros
producan un efecto desconcertante. Luisa se hallaba en brazos de Hullin
y lloraba amargamente.

--Ah, Juan Claudio!--deca la seora Lefvre--; ya sabr usted lo que
ha hecho esta nia. Por ahora, no le digo nada; pero hemos sido
atacados.

--S, ya hablaremos de eso despus... El tiempo vuela--dijo Hullin--; el
camino del Donon se ha perdido, y los cosacos pueden estar aqu al
amanecer; tenemos muchas cosas que hacer.

Juan Claudio volvi la esquina y entr en la casa; todos los dems le
siguieron. Duchne acababa de echar al fuego un haz de lea. Aquellos
rostros ennegrecidos por la plvora, animados an por el ardor del
combate, aquellos hombres, con los vestidos desgarrados por los
bayonetazos, algunos de los cuales sangraban al salir de las tinieblas a
la viva luz, ofrecan el ms extrao espectculo. Kasper, con la frente
vendada con un pauelo, haba recibido un sablazo; su bayoneta, su
correaje y sus altas polainas azules estaban manchados de sangre. El
anciano Materne, gracias a su imperturbable presencia de espritu,
volva sano y salvo de la contienda. De este modo, los restos de las
fuerzas de Jernimo y Hullin se hallaron unidos. Todos tenan el mismo
salvaje aspecto y estaban animados por la misma energa e idntico
espritu de venganza. Los de Hullin, rendidos de cansancio, se sentaron
a derecha e izquierda en haces de lea, en las piedras de los desages y
en las losas del hogar, con la cabeza entre las manos y los codos en
las rodillas. Los dems miraban a todas partes, y no pudiendo
convencerse de la desaparicin de Hans, de Joson, de Daniel, cambiaban
entre s preguntas seguidas de largos silencios. Los dos hijos de
Materne se haban agarrado del brazo, como si tuvieran miedo de
perderse, y su padre, detrs de ellos, apoyado en la pared y el codo en
el can de la carabina, les miraba con satisfaccin. Estn aqu, los
estoy viendo--pareca decirse el anciano--; son fuertes los muchachos;
los dos han logrado salvar el pellejo. Y el valiente guerrillero tosa
en el hueco de la mano. Algunos iban a preguntarle por Pedro, por
Jacobo, por Nicols, por su hijo o por su hermano; y el anciano
responda maquinalmente: S, s, han quedado muchos tendidos all...
Qu le vamos a hacer! Es la guerra. Nicols ha cumplido con su
deber...; es preciso tener paciencia. Pero l pensaba para sus adentros:
Los mos se han escapado de la quema, y eso es lo principal!

Catalina se ocup de poner la mesa con Luisa. Duchne subi de la bodega
un barril de vino, llevndolo sobre el hombro; lo coloc en el aparador,
hizo saltar el tapn, y cada guerrillero fue presentando su vaso, su
cacharro o su cantimplora ante el chorro de color prpura, que brillaba
a los reflejos del hogar.

--Comed y bebed!--les deca la labradora--; esto no se ha acabado an,
y tendris necesidad de que no os falten las fuerzas. Eh, Frantz!
Descuelga ese jamn! Aqu estn el pan y los cuchillos. Sentaos, hijos
mos.

Frantz, con la bayoneta, espetaba los jamones en la chimenea.

Y, acercando los bancos al fuego, los guerrilleros se sentaron; a pesar
de los contratiempos sufridos, todos comieron con ese fuerte apetito que
ni los dolores presentes ni las preocupaciones por el porvenir pueden
hacer perder a los hombres de la sierra. Sin embargo, una tristeza
profunda anudaba la garganta de aquellos valientes, y ora uno, ora otro,
se detenan de improviso en su yantar, dejaban caer el tenedor y
abandonaban la mesa diciendo: Ya he comido bastante.

Mientras los guerrilleros reparaban as sus fuerzas, los jefes estaban
reunidos en la sala inmediata para acordar las ltimas disposiciones
concernientes a la defensa. Estaban sentados alrededor de una mesa,
alumbrada por una lmpara de metal, el doctor Lorquin, a cuyo lado
olfateaba su enorme perro _Plutn_; Jernimo, en el ngulo de una
ventana, a la derecha; Hullin, intensamente plido, a la izquierda;
Marcos Divs, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la mejilla, se
hallaba de espaldas a la puerta, destacndose slo su obscura silueta y
una de las puntas de su bigote. Unicamente Materne permaneca de pie,
segn su costumbre, apoyado en la pared, detrs de la silla de Lorquin,
con el can de la carabina en las manos y descansando la culata en el
suelo. De la cocina llegaba el ruido de las conversaciones.

Cuando Catalina, llamada por Juan Claudio, entr en la sala oy una
especie de lamento que la estremeci; era Hullin que hablaba.

--Todos esos valientes, todos esos padres de familia que caen unos
despus de otros--deca Juan Claudio con voz desgarradora--, creis que
no pesan sobre mi corazn? No creis que hubiera mil veces preferido
que me aniquilasen a m? Ah! No sabis lo que he sufrido esta noche!
Perder la vida no es nada. Pero llevar yo solo una responsabilidad tan
inmensa...!

Hullin guard silencio unos instantes; el temblor de sus labios, una
lgrima que rodaba lentamente por su mejilla, toda su actitud revelaba
los escrpulos que senta aquel hombre honrado frente a una de esas
situaciones en que la conciencia pierde la fe en s misma y busca nuevos
apoyos. Catalina se sent, sin hacer ruido, en el silln situado a la
izquierda de Hullin, el cual, pasados breves instantes, continu con
mayor reposo:

--Entre once y doce de la noche, Zimmer lleg diciendo: Estamos
rodeados! Los alemanes bajan del Grosmann! Labarbe ha muerto. Jernimo
no puede resistir. Y no dijo ms. Qu hacer en aquella situacin?...
Poda abandonar una posicin que nos haba costado tanta sangre, el
camino del Donon y la carretera de Pars? Si llego a hacerlo, no
hubiera sido un miserable? Pero yo no tena mas que trescientos hombres
contra los cuatro mil de Grand-Fontaine y no s cuntos que bajaban de
la montaa. Pues bien; costase lo que costase, decid resistir; era
nuestro deber, y me dije: La vida no vale nada sin honor!... Muramos
todos, si es preciso; pero no se dir nunca que hemos entregado el
camino de Francia! No, no; nunca se dir eso!

En aquel momento la voz de Hullin volvi a temblar; sus ojos se llenaron
de lgrimas, y continu:

--Resistimos hasta las dos; yo vea a los valientes muchachos caer al
grito de Viva Francia! Al principio de la accin haba mandado un
aviso a Piorette, que lleg a paso de carga con cincuenta hombres
escogidos. Era ya tarde! El enemigo nos rodeaba por la derecha y por la
izquierda, ocupaba las tres cuartas partes de la meseta y nos haba
hecho retroceder hasta los pinares, del lado del Blanru; su fuego
diezmaba nuestras filas. Lo nico que pude hacer fue reunir aquellos
heridos que aun podan moverse, y ordenar a Piorette que los escoltase;
a ellos se unieron unos cien hombres mos. Por mi parte, me qued slo
con cincuenta para ocupar el Falkenstein. Hemos pasado por delante de
las narices de los alemanes, que queran cortarnos la retirada.
Afortunadamente, la noche estaba obscura; de lo contrario, no se hubiera
salvado uno solo de nosotros. Esta es la situacin en que nos hallamos;
todo se ha perdido! El Falkenstein es lo nico que nos queda, y slo
somos trescientos hombres. Ahora se trata de saber si estamos decididos
a llegar hasta el fin. En cuanto a m, ya os lo he dicho: me pesa cargar
con una responsabilidad tan grande. Mientras no trataba mas que de
defender el camino del Donon, no haba la menor duda: todos nos debemos
a la patria; pero el camino se ha perdido, y necesitaramos diez mil
hombres para reconquistarlo. En este momento el enemigo est penetrando
en Lorena... Veamos lo que debemos hacer.

--Es preciso ir hasta el fin--dijo Jernimo.

--S, s--gritaron los dems.

--Cree usted lo mismo, Catalina?

--Exactamente--respondi la anciana, cuyas facciones revelaban una
tenacidad inflexible.

Entonces Hullin, con voz ms firme, expuso su plan.

--El Falkenstein es nuestro punto de retirada; es adems nuestro
arsenal, y all tenemos las municiones; el enemigo lo sabe, e intentar
un golpe de mano por aquel lado. Es preciso, pues, que todos los
presentes acudamos a defender la posicin; es preciso que todo el pas
nos vea y diga: Catalina Lefvre, Jernimo, Materne con sus dos hijos,
Hullin, el doctor Lorquin, all estn y no quieren rendir las armas.
Este ejemplo reanimara el espritu de los hombres de corazn. Adems,
Piorette resistir en el bosque, y su fuerza ir aumentando da por da.
El pas se ver cubierto de cosacos y bandidos de todas clases. Cuando
el ejrcito enemigo entre en Lorena, har una seal a Piorette; ste se
interpondr desde el Donon al camino, y cuantos rezagados se hallen
esparcidos por la montaa quedarn como cogidos en una red. De este
modo, aprovecharemos las ocasiones favorables para apoderarnos de los
convoyes de los alemanes y para hostilizar sus reservas; y si la fortuna
ayuda, como es de esperar, a nuestros ejrcitos y estos _kaiserlicks_
son derrotados en Lorena, les cortaremos la retirada.

Todos se levantaron, y Hullin, entrando en la cocina, dirigi a los
guerrilleros esta sencilla alocucin:

--Amigos mos, acabamos de decidir que se lleve la resistencia hasta lo
ltimo. Sin embargo, cada cual es libre de hacer lo que quiera y puede
deponer las armas y volver a su aldea; pero los que quieran vengarse
que se unan a nosotros!: con nosotros partirn el ltimo pedazo de pan
y agotarn el ltimo cartucho.

El anciano almadiero Colon se levant, y dijo:

--Hullin, todos estamos contigo; hemos comenzado juntos a batirnos y
juntos terminaremos.

--S, s!--exclamaron los dems.

--Estis decididos? Pues bien; escuchadme un momento; el hermano de
Jernimo va a tomar el mando.

--Mi hermano ha muerto--interrumpi Jernimo--; es uno de los que se han
quedado en la ladera del Grosmann.

Hubo un instante de silencio; despus, con voz fuerte, Hullin prosigui:

--Colon: vas a tomar el mando de los que queden, a excepcin de los que
forman la escolta de Catalina Lefvre, que se quedarn conmigo. Irs a
reunirte con Piorette, en el valle del Blanru, pasando por Dos Ros.

--Y las municiones?--pregunt Marcos Divs.

--Yo he trado mi furgn--dijo Jernimo--; Colon puede utilizarlo.

--Que se enganche tambin el trineo--exclam Catalina--. Los cosacos no
han de tardar y lo saquearn todo. Nuestra gente no debe marchar con las
manos vacas; que se lleven los bueyes, las vacas, las cabras; que se
lo lleven todo; as no caer en poder del enemigo.

Cinco minutos despus la casa estaba entregada al saqueo; el trineo se
carg de jamones, de carnes saladas y de pan; fue sacado el ganado de
los establos y los caballos se engancharon al coche grande. El convoy no
tard en ponerse en marcha, con Robin a la cabeza, tocando la trompa, y
detrs los guerrilleros, que empujaban las ruedas. Y cuando hubo
desaparecido en el bosque, y el silencio sucedi, de repente, a aquel
discorde ruido, Catalina se volvi y vio a Hullin detrs de ella, plido
como un muerto.

--Pues bien, Catalina--dijo ste--; todo ha terminado. Ahora vamos a
subir all arriba.

Frantz, Kasper y los de la escolta, Marcos Divs, Materne, todos
esperaban en la cocina con las armas en descanso.

--Duchne--dijo la labradora--; mrchese a la aldea; no quiero que el
enemigo, por mi causa, le maltrate.

El viejo servidor, moviendo su blanca cabeza, y con los ojos llenos de
lgrimas, contest:

--Lo mismo es, seora Lefvre, que yo muera aqu. Hace cincuenta aos
que vine a esta casa...; no me obligue usted a dejarla: eso sera mi
muerte.

--Como usted quiera, mi pobre Duchne--respondi Catalina enternecida--;
aqu tiene las llaves de la casa.

Y el pobre anciano fue a sentarse al fondo del hogar, en un escabel, con
los ojos fijos y la boca entreabierta, como perdido en un largo y
doloroso desvaro.

Emprendiose la marcha hacia el Falkenstein. Marcos Divs, a caballo,
empuando su largo espadn, constitua la retaguardia. Frantz y Hullin,
a la izquierda, observaban la meseta; Kasper y Jernimo, a la derecha,
exploraban el valle; Materne y los hombres de la escolta rodeaban a las
mujeres. Cosa extraa! Delante de las casuchas de la aldea de Charmes,
en el umbral de las puertas, en los tragaluces y en las ventanas, se
vean figuras viejas y amarillas que miraban con curiosidad la huda de
la seora Lefvre; y las malas lenguas no se apiadaban de su situacin:
Ah! Vedlos sin casa ni hogar!--exclamaban--. Para que se metan donde
no los llaman!

Otros decan en voz alta que Catalina haba sido rica bastante tiempo, y
que a cada cual le llega el turno de pedir limosna. Respecto de los
trabajos, de la prudencia, de la bondad de corazn, de todas las
virtudes de la anciana labradora, del patriotismo de Juan Claudio, del
valor de Jernimo y de los tres Materne, del desinters del doctor
Lorquin y de la abnegacin de Marcos Divs, nadie deca nada: estaban
vencidos!




XXII


En el fondo del valle de Bouleaux, a dos tiros de fusil de la aldea de
Charmes, hacia la izquierda, la comitiva empez a subir lentamente el
sendero del viejo _burgo_. Hullin, al recordar que haba seguido el
mismo camino cuando fue a comprar la plvora a Marcos Divs, no pudo
substraerse a una tristeza profunda. Entonces, a pesar del viaje a
Falsburgo, a pesar del espectculo de los heridos de Hanau y Leipzig, a
pesar de los relatos del viejo sargento, no tema nada; conservaba
intacta su energa y no dudaba del xito de la defensa. Ahora todo
estaba perdido; el enemigo entraba en Lorena y los montaeses huan.
Marcos Divs costeaba el muro, marchando por la nieve; su caballo,
acostumbrado sin duda a aquel camino, relinchaba, alzando la cabeza y
bajndola hasta el petral, con bruscas sacudidas. El contrabandista se
volva, de vez en cuando, para dirigir una mirada a la meseta de El
Encinar, que se hallaba enfrente. De improviso exclam:

--Ya se ven los cosacos!

Al or aquella exclamacin, la fuerza hizo alto para mirar lo que
suceda. Se hallaban los expedicionarios muy arriba en la montaa, por
encima de la aldea y de la casa de El Encinar. La luz griscea del
invierno dispersaba las nieblas matinales, y en los pliegues de la
ladera se divisaba la silueta de varios cosacos mirando a lo lejos, con
las pistolas en alto y aproximndose lentamente a la vieja alquera. El
enemigo se haba desplegado en guerrilla y pareca temer una sorpresa.
Pocos momentos despus se vio surgir a otros cosacos que suban por el
valle de Houx, y ms tarde, a muchos otros; todos marchaban en la misma
actitud, de pie sobre los estribos para ver de lejos y como si fuesen de
descubierta. Los primeros, al llegar a la casa de labor y no observar
nada sospechoso, agitaron sus lanzas y dieron media vuelta. Los dems
acudieron entonces velozmente, como los cuervos que siguen raudos al
que se eleva mucho, suponiendo que ha descubierto alguna presa. En pocos
instantes la casa fue rodeada y la puerta abierta. Dos minutos despus
los cristales volaban en pedazos; los muebles, los jergones y la ropa
blanca sala por todas las ventanas a la vez. Catalina contemplaba aquel
estrago con aire tranquilo, y su nariz aguilea pareca ms inclinada
hacia la boca. Durante un buen espacio de tiempo la anciana nada dijo;
pero al ver de repente a Ygof, a quien no haba distinguido hasta
entonces, golpear a Duchne con el cabo de su lanza y arrojarlo fuera de
la casa, no pudo reprimir un grito de indignacin.

--Oh, miserable!... Es preciso ser un cobarde para maltratar a un
pobre viejo que no puede defenderse! Ah, bandido! Si yo te cogiese!...

--Vamos, Catalina!--grit Juan Claudio--; es demasiado; para que
detenerse a contemplar semejante espectculo?

--Tiene usted razn--respondi la labradora--; marchemos. Sera capaz de
bajar yo sola para vengarme.

Mientras ms suban, ms fro y fuerte era el viento. Luisa, la hija de
los _heimatshlos_, con una cestilla de provisiones al brazo, iba delante
de todos. El cielo azulado, las llanuras de Alsacia y Lorena, y, al fin
del horizonte, las de la Champaa, aquella inmensidad sin lmites en la
que se perda la mirada, le produca como un desvanecimiento de
entusiasmo. Pareca que tena alas y que volaba por el espacio azul,
como esos grandes pjaros que se arrojan desde la cima de los rboles a
los abismos, mientras entonan el himno de su independencia. Todas las
miserias de este bajo mundo, todas las injusticias y sufrimientos se
olvidaban. Luisa recordaba su niez, cuando iba sobre la espalda de su
madre, la pobre vagabunda, y se deca: Nunca he sido ms dichosa,
nunca he tenido menos cuidados, nunca he redo ni cantado tanto! A
menudo el pan nos faltaba; pero qu das tan felices! Y acudan a su
memoria trozos de antiguas canciones de aquel tiempo.

Al acercarse a la pea rojiza, en la que se hallaban gruesos cantos
blancos y negros incrustados, y que se inclinaba hacia el precipicio
como la bveda de una inmensa catedral, Luisa y Catalina se detuvieron
extasiadas. En lo alto, el cielo les pareca ms profundo, y el sendero,
que formaba una espiral alrededor de la pea, pareca ms estrecho. Los
valles que se perdan de vista, los bosques inmensos, los estanques
lejanos de la Lorena, la cinta azul del Rin a la derecha, todo aquel
gran espectculo las maravillaba, y la labradora dijo con profundo
recogimiento:

--Juan Claudio: aquel que ha levantado esta pea hasta el cielo, que ha
abierto esos valles, que ha sembrado esos montes de brezos y musgos, se
puede hacernos la justicia que merezcamos.

Cuando hubieron llegado a la primera meseta del pen, Marcos llev su
caballo a una caverna que all cerca se apareca, volvi en seguida
solo, y comenzando a trepar delante de todos, dijo:

--Mucho cuidado, porque es fcil resbalar.

Al mismo tiempo les mostraba a la derecha el precipicio azulado, con
las copas de los abetos al fondo. Siguieron marchando en silencio los
expedicionarios hasta llegar a la terraza, donde comenzaba la bveda, y
all respiraron libremente. En medio del paisaje vieron a los
contrabandistas Brenn, Pfeifer y Toubac, con sus amplias capas grises y
sus sombreros de fieltro negro, sentados alrededor de una hoguera que se
extenda a lo largo de la pea. Marcos Divs les dijo:

--Aqu estamos! Los _kaiserlicks_ son los amos... Han matado a Zimmer
esta noche... Hexe-Baizel, est arriba?

--S--respondi Brenn--; est haciendo cartuchos.

--Todava pueden servir--dijo Marcos--. Tened mucho cuidado, y si alguno
sube, hacedle fuego.

Los Materne se haban detenido al borde de la pea; aquellos tres
fuertes hombres rojos, con el sombrero levantado, el cuerno de plvora
al costado, la carabina al hombro, las piernas enjutas y musculosas,
firmemente erguidos al extremo de la pea, ofrecan un extrao aspecto
sobre el fondo azulado del abismo. El anciano Materne, con la mano
extendida, sealaba a lo lejos, muy a lo lejos, un punto blanco, casi
imperceptible, en medio del pinar, diciendo:

--Reconocis aquello, hijos mos?

Los tres miraron con los ojos medio cerrados.

--Es nuestra casa--respondi Kasper.

--Pobre Margredel!--continu el anciano cazador, tras una pausa--; debe
estar inquieta desde hace ocho das; seguramente rogar por nosotros a
Santa Odilia.

En aquel momento, Marcos Divs, que marchaba delante, lanz un grito de
sorpresa.

--Seora Lefvre!--dijo detenindose--, los cosacos han incendiado su
casa.

Catalina recibi la noticia con la mayor tranquilidad y adelantose hasta
el borde de la explanada; Luisa y Juan Claudio la siguieron. En el fondo
del abismo se extenda una gran nube blanca; a travs de aquella nube se
vea una lucecilla agitarse sobre la ladera de El Encinar y no se vea
ms; pero cuando a veces soplaba el viento, el incendio apareca: los
dos altos mojinetes, negros: el granero, incendiado; los establos
pequeos, ardiendo; luego, todo desapareca otra vez.

--Ya ha ardido casi por completo--dijo Hullin en voz baja.

--S--respondi la labradora--; he ah cuarenta aos de trabajos y
fatigas que se convierten en humo; pero es igual, no pueden quemar mis
buenas tierras, el gran prado de Eichmath. Empezaremos a trabajar de
nuevo. Gaspar y Luisa reharn todo esto. Por mi parte, no me arrepiento
de nada.

Al cabo de un cuarto de hora se elevaron millares de chispas y el
edificio se hundi. Slo quedaron en pie los negros mojinetes. Volvi la
comitiva a ponerse en marcha y continu la ascensin por el sendero. En
el momento de llegar a la explanada superior, oyose la voz agria de
Hexe-Baizel que gritaba:

--Eres t, Catalina? Ah! Nunca hubiera credo que vendras a verme a
mi pobre tugurio!

Baizel y Catalina haban ido juntas a la escuela y se tuteaban.

--Ni yo tampoco--contest la labradora--; pero qu ms da, Baizel! En
la desgracia sirve de consuelo volver a ver a una antigua compaera de
la infancia.

Baizel pareca conmovida, y dijo:

--Cuanto hay aqu, Catalina, tuyo es...

Y mostraba a la anciana su pobre taburete, su escoba de retamas verdes y
los cinco o seis leos del hogar. Catalina contempl aquello durante
breves momentos, y dijo:

--No es esto muy grande, pero es slido; seguramente, tu casa no arder.

--No, no la quemarn--dijo Hexe-Baizel riendo--; necesitaran todos los
bosques del condado de Dabo para calentarla un poco. Je, je, je!

Los guerrilleros, despus de tantas fatigas, sentan necesidad de
reposo; apoy, pues, cada cual su fusil en la pared, y uno a uno fueron
tendindose en el suelo. Marcos Divs les abri la segunda caverna,
donde encontraron, al menos, un poco de abrigo; luego sali con Hullin
para examinar la posicin.




XXIII


Sobre el pen del Falkenstein, en la cumbre de la montaa, se levanta
una torre redonda, socavada por su base. Esta torre, cubierta de zarzas,
espinos silvestres y mirtos, es tan antigua como la sierra; ni los
franceses, ni los alemanes, ni los suecos la han destruido. La piedra y
el cemento se han adherido con tal solidez, que no se puede arrancar el
ms pequeo fragmento de ella. La torre presenta un aspecto sombro y
misterioso, y evoca lejanas pocas que la memoria del hombre no logra
alcanzar. En tiempo del paso de los gansos silvestres, Marcos Divs se
apostaba de ordinario all, cuando no tena otra cosa que hacer; y
algunas veces, a la cada de la tarde, en el momento en que las bandadas
llegaban hendiendo la bruma y describiendo un amplio crculo antes de
posarse, el contrabandista mataba dos o tres de aquellas aves, lo cual
alegraba mucho a Hexe-Baizel, que siempre se hallaba dispuesta a
llevarlas al asador. Otras veces, en otoo, Marcos tenda unas redes
sobre la maleza, en las que coga los zorzales que acudan al engao;
por ltimo, la torre le serva tambin de leera. Cuntas veces
Hexe-Baizel, cuando el viento norte soplaba con tal rigor que pareca
arrancar la piel a los bueyes, y cuando el ruido, el crujir de las ramas
y el lamento agudo de los bosques de alrededor suban a las alturas como
el clamor del mar embravecido, cuntas veces Hexe-Baizel haba estado a
punto de ser arrebatada por el huracn hasta la montaa de Kilberi, que
se halla enfrente! Pero la vieja se agarraba con ambas manos a la
maleza, y el viento no consegua mas que agitar sus cabellos rojos.

Habiendo observado Divs que la lea que all almacenaba, al cubrirse de
nieve y mojarse por la lluvia, daba ms humo que llamas, tech la torre
con un cobertizo de tablas. Con este motivo el contrabandista contaba
una peregrina historia; afirmaba haber descubierto al poner las vigas,
en el fondo de una hendedura, una lechuza blanca como la nieve, ciega y
esculida, copiosamente abastecida de musaraas y murcilagos. Por esto,
Marcos la haba denominado la _abuela de la comarca_, suponiendo que
todos los pjaros se preocupaban de alimentarla, a causa de su mucha
edad.

Al terminar aquel da, los guerrilleros, que observaban lo que suceda,
como los inquilinos de una casa de muchos pisos, desde las diferentes
quebraduras de la pea, vieron aparecer los uniformes blancos en los
desfiladeros de alrededor. Avanzaban en masas compactas por todas partes
al mismo tiempo, lo que revelaba claramente su intencin de bloquear el
Falkenstein. Viendo lo cual, Marcos Divs quedose pensativo. Si nos
rodean--pensaba--no podremos procurarnos vveres, y ser preciso
rendirse o morir de hambre.

Vease perfectamente al estado mayor enemigo parado, a caballo,
alrededor de la fuente de la aldea de Charmes. Divisbase a uno de los
jefes, hombre corpulento y de amplio abdomen, que contemplaba la pea
con un anteojo; detrs de l estaba Ygof, hacia quien se volva de vez
en cuando para interrogarle. Las mujeres y los nios de la aldea
rodeaban a cierta distancia al enemigo, ante el que se extasiaban, y
cinco o seis cosacos hacan caracolear a sus caballos. El contrabandista
no pudo reprimir su inquietud y llam aparte a Hullin.

--Mira--le dijo--esa fila de chacs que se desliza a lo largo del Sarre
y, por este lado, los que suben por el valle saltando como liebres: son
_kaiserlicks_, no es verdad? Y qu crees que van a hacer, Juan
Claudio?

--Van a rodear la montaa.

--Eso est bien claro. Y cunta gente habr ah?

--Tres o cuatro mil hombres.

--Sin contar los que anden por esos campos. Entonces, qu quieres que
haga Piorette, con sus trescientos hombres, frente a tal muchedumbre de
bandidos? Te lo pregunto con toda franqueza, Hullin.

--No podr hacer nada--respondi el anciano con sencillez--. Los
alemanes saben que nuestras municiones estn en el Falkenstein; temen un
levantamiento general cuando hayan invadido la Lorena y quieren asegurar
su retaguardia. El general enemigo se ha dado cuenta de que no nos puede
vencer a viva fuerza y trata de rendirnos por hambre. Todo esto, Marcos,
es seguro; pero nosotros somos hombres y cumpliremos nuestro deber: aqu
moriremos.

Hubo un instante de silencio; Marcos Divs frunci el ceo y no pareca
muy convencido.

--Morir nosotros!--exclam rascndose la cabeza--; no comprendo por qu
debemos morir; esto no entra en mis planes; adems, hay mucha gente que
se alegrara...

--Qu quieres hacer?--dijo Hullin con sequedad--. Quieres rendirte?

--Rendirme!--exclam el contrabandista--. Me tienes por un cobarde?

--Entonces, explcate.

--Esta noche salgo para Falsburgo. Arriesgo el pellejo al atravesar las
lneas enemigas, pero prefiero eso a cruzarme de brazos aqu y perecer
de hambre. Entrar en la plaza a la primera salida o tratar de ganar
una poterna. El comandante Meunier me conoce porque le vendo tabaco hace
tres aos. Ha hecho, como t, las campaas de Italia y de Egipto. Le
expondr la situacin. Ver a Gaspar Lefvre. Har cuanto sea preciso
para que nos den quin sabe si una compaa. Con el uniforme nada ms,
estamos salvados, Juan Claudio; la gente til que quede se unir a
Piorette y, en cualquier caso, puede venir en nuestro socorro. En fin,
esta es mi idea. Qu te parece?

Divs mir atentamente a Hullin, cuya vista fija y sombra le
inquietaba.

--Dime, no crees que esto puede ser una solucin?

--Es una idea--dijo por ltimo Juan Claudio--. No me opongo a ella.

Y mirando a su vez al contrabandista frente a frente, le pregunt:

--Me juras hacer todo lo posible por entrar en la plaza?

--Yo no juro nada--respondi Marcos, cuyas tostadas mejillas adquirieron
sbitamente un pronunciado color rojizo--. Dejo aqu cuanto tengo: mis
bienes, mi mujer, mis compaeros, Catalina Lefvre y t, mi ms antiguo
amigo. Si no vuelvo, ser un traidor; pero si vuelvo, Juan Claudio, me
explicars lo que acabas de decirme, y arreglaremos esa cuentecita entre
los dos.

--Marcos--dijo Hullin--, perdname; he dicho mal; he sufrido tanto en
estos das!; la desgracia me hace desconfiar; dame la mano... Anda, ve,
slvanos, salva a Catalina, salva a mi hija! Desde ahora te lo digo: no
tenemos ms recurso que t.

La voz de Hullin temblaba. Divs acept aquellas explicaciones, pero
aadi:

--Bien est, Juan Claudio! No has debido decirme eso en un momento
semejante; en fin, no hablemos ms del asunto... Perder la vida en el
camino, o vendr a libertaros. Cuando llegue la noche partir. Los
_kaiserlicks_ rodean ya la montaa; pero no importa, tengo un buen
caballo, y adems ya sabes que siempre he tenido suerte.

A las seis, las ltimas cimas de la montaa quedaban sumergidas en las
tinieblas. Centenares de hogueras brillaban en lo hondo de los
desfiladeros, indicando que los alemanes preparaban la comida. Marcos
Divs descendi por la hendedura a tientas. Hullin oy durante algunos
segundos los pasos de su camarada, y luego, muy pensativo, se dirigi
hacia la vieja torre, en la que se haba establecido el cuartel general.
Levant el pesado cobertor de lana que tapaba el nido de bhos y vio a
Catalina, a Luisa y a los dems sentados alrededor de una pequea
hoguera, que iluminaba las grises paredes. La anciana, sentada en un
tronco de encina, con las manos cruzadas sobre las rodillas, miraba a la
llama fijamente, con los labios contrados y el color quebrado. Luisa,
recostada sobre la pared, pareca que soaba. Jernimo, en pie detrs de
Catalina, con las manos cruzadas sobre un garrote, casi tocaba el
carcomido techo con su gorro de piel de nutria. Todos estaban tristes y
desanimados. Hexe-Baizel, que levantaba de vez en cuando la tapadera de
una olla, y el doctor Lorquin, que rascaba la cal de la pared con la
punta de su sable, eran los nicos que conservaban su aspecto habitual.

--Parece--dijo el doctor--que hemos vuelto al tiempo de los triboques.
Estas paredes tienen ms de mil aos. Y ha debido correr una buena
cantidad de agua desde las alturas del Falkenstein y del Grosmann al
Sarre y al Rin desde que no se ha encendido fuego en esta torre!

--S--respondi Catalina como saliendo de un sueo--. Cuntas gentes
habrn sufrido aqu fro, hambre y miseria! Y quin lo ha sabido?
Nadie. Puede ser que, pasados cien, doscientos, trescientos aos, vengan
otros tambin a refugiarse a este mismo lugar. Como nosotros,
encontrarn la pared fra y la tierra hmeda; harn fuego, mirarn como
ahora miramos y dirn como decimos: Quin habr sufrido antes que
nosotros aqu? Por qu habrn padecido? Estaran acaso perseguidos,
expulsados, como nosotros, y vinieron a ocultarse en este miserable
agujero? Entonces pensarn en los tiempos pasados... y nadie podr
contestarles.

Juan Claudio se haba aproximado. Al cabo de algunos segundos, la
anciana, levantando la cabeza, comenz a decir, mientras le miraba:

--Qu! Estamos bloqueados; el enemigo quiere rendirnos por hambre.

--Es verdad, Catalina--contest Juan Claudio--. Yo no esperaba esto;
contaba con un ataque a viva fuerza; pero los _kaiserlicks_ no saben lo
que puede suceder. Divs acaba de partir para Falsburgo, conoce al
comandante de la plaza..., y si enva solamente varios centenares de
hombres en nuestro socorro...

--No hay que contar con eso--interrumpi la anciana--; Marcos puede ser
cogido o muerto por los alemanes; y aunque supongamos que consiga
atravesar las lneas enemigas, cmo podr entrar en Falsburgo?

Todos permanecieron silenciosos.

Hexe-Baizel no tard en traer la sopa, y los sitiados hicieron crculo
alrededor de la cazuela humeante.




XXIV


Catalina Lefvre sali del antiguo refugio a las siete de la maana,
cuando an dorman Luisa y Hexe-Baizel. La claridad del da, la
esplndida claridad de las altas regiones, iluminaba ya los abismos. Al
fondo, a travs de una atmsfera azul, se dibujaban los bosques, los
valles y las peas como el musgo y los guijarros de un lago bajo el
cristal azulado. Ni una ligera aurilla agitaba la placidez del ambiente.
Catalina, frente a aquel grandioso espectculo, se senta ms serena,
ms tranquila que durante el sueo. Qu importancia tienen nuestros
dolores pasajeros, nuestras inquietudes y nuestras penas?--se deca la
anciana--. Para qu importunar a la Providencia con nuestras
lamentaciones? Por qu temer el porvenir? Todo esto no dura mas que un
segundo; nuestras quejas no se prolongan ms que el canto de la cigarra
en otoo; y tales cantos pueden impedir la llegada del invierno? No es
preciso que a cada cosa le llegue su da, que todo muera para que vuelva
a nacer? Ya otras veces hemos muerto y hemos renacido, y deberemos morir
y renacer en lo porvenir. Y las montaas, con sus bosques, sus peas y
sus ruinas, permanecern siempre en el mismo sitio, como dicindonos:
Acurdate, acurdate! Ya me has visto, ahora me ves y seguirs vindome
por los siglos de los siglos.

As soaba la anciana, y el porvenir no la causaba ya miedo; los
pensamientos slo eran para ella recuerdos.

Haba pasado algunos minutos en aquella meditacin cuando un rumor de
voces vino a herir los odos de Catalina, la cual, volvindose, vio a
Hullin y a los tres contrabandistas, que hablaban gravemente entre s,
al otro lado de la meseta. Los interlocutores no se haban dado cuenta
de su presencia y parecan enfrascados en una discusin importante.

El anciano Brenn, al borde de la pea, con su pipa negra entre los
dientes, las mejillas arrugadas como una hoja de col pasada, la nariz
redonda, el bigote gris, los prpados flccidos, cados sobre el ojo
sanguinolento, y las largas mangas de su hopalanda, que descendan a
ambos lados del cuerpo, el viejo Brenn miraba hacia los diferentes
puntos de la montaa que Hullin le indicaba; y los otros dos, envueltos
en sus amplias capas pardas, se adelantaban, retrocedan, se llevaban
las manos a las cejas y parecan absortos por una atencin profunda.

Catalina, que se haba acercado al grupo, oy decir:

--Entonces, usted cree que no es posible bajar por ninguna parte?

--No, Juan Claudio, no hay medio--respondi Brenn--; esos bandidos
conocen el pas a fondo; todos los senderos estn interceptados. Mira;
ves el manchn de los Corzos, a lo largo de esa charca? Nunca han
tenido los guardas la idea de observarlo; pues el enemigo lo tiene bien
guardado. Y all, en el paso del Rothstein un verdadero caminillo de
cabras por el que no se pasa una vez cada diez aos. No ves brillar una
bayoneta detrs de las rocas? Y aqu este otro, que yo he recorrido
durante ocho aos con mis sacos sin encontrarme a un gendarme, tambin
lo tienen defendido: es preciso que el Diablo ande mezclado en esto y
que los haya conducido a los desfiladeros.

--S--exclam Toubac--; si no ha sido el Diablo, ha sido, desde luego,
Ygof.

--Pero me parece--dijo Hullin--que tres o cuatro hombres decididos
podran arrollar uno de esos puestos.

--No; se apoyan unos en otros, y al primer disparo tendramos un
regimiento a la espalda--contest Brenn--. Pero supongamos que se puede
pasar. Cmo volvemos con los vveres? Es imposible; esa es mi opinin.

--Sin embargo--dijo Toubac--; si Hullin quiere, lo intentaremos a pesar
de todo.

--Qu es lo que vamos a intentar?--dijo Brenn--. Exponernos a que nos
rompan un hueso al escapar y dejar a los dems metidos en la ratonera?
Por mi parte, lo mismo me da, y si alguien va, yo voy tambin. Pero si
se creen que hemos de volver con vveres, sostengo que es imposible.
Veamos, Toubac; por dnde quieres pasar y por dnde quieres volver? No
se trata ahora de proyectos, sino de realidades. Si sabes de algn paso,
dmelo. Hace veinte aos que recorro de una punta a otra la sierra, con
Marcos, y conozco todos los caminos y senderos en diez leguas a la
redonda; no veo ms camino que el del cielo.

Hullin se volvi en aquel momento y vio a la seora Lefvre, que se
hallaba a algunos pasos, prestando atencin a lo que decan.

--Es usted, Catalina? Nuestros asuntos toman mal aspecto--dijo Juan
Claudio.

--S; ya he odo; no hay manera de renovar las provisiones.

--Las provisiones!--dijo Brenn con sonrisa extraa--. Sabe usted,
seora Lefvre, para cunto tiempo tenemos vveres?

--Para ms de quince das--contest la buena mujer.

--Para ocho das!--exclam el contrabandista, vaciando de cenizas la
pipa golpendola contra la ua.

--Esa es la verdad--dijo Hullin--. Marcos Divs y yo creamos que el
enemigo atacara el Falkenstein; pero nunca pudimos pensar que lo
bloqueara como una plaza fuerte. Nos hemos equivocado!

--Y qu vamos a hacer?--pregunt Catalina palideciendo intensamente.

--Vamos a reducir la racin de cada uno a la mitad. Si, en quince das,
Marcos no vuelve y no nos queda nada..., entonces veremos.

Dicho lo cual, Hullin, Catalina y los contrabandistas, muy cabizbajos,
tomaron el camino de la brecha. Apenas haban comenzado a bajar por la
pendiente cuando, a unos treinta pasos ms abajo de donde se
encontraban, vieron aparecer a Materne, que trepaba por las ruinas casi
ahogndose, agarrndose a la maleza para marchar ms de prisa.

--Qu!--le grit Juan Claudio--; qu pasa, amigo mo?

--Iba a buscarte; un oficial enemigo avanza hacia el muro del antiguo
_burg_ con una banderita blanca; parece que quiere hablarnos.

Hullin, dirigindose en seguida hacia la pendiente de la pea, vio, en
efecto, a un oficial alemn de pie sobre el muro y que pareca esperar
que se le hiciera seal de subir. Se hallaba a dos tiros de carabina, y
ms lejos se vea a cinco o seis soldados con las armas en el suelo.
Despus de haber observado aquel grupo Juan Claudio volviose y dijo:

--Es un parlamentario que, sin duda, viene a intimarnos la rendicin.

--Que se le haga fuego!--exclam Catalina--. Eso es lo mejor que
podemos contestarle.

Todos parecan de la misma opinin, excepto Hullin, que, sin hacer
ninguna observacin, baj a la terraza, donde se encontraban los dems
guerrilleros.

--Hijos mos--dijo--, el enemigo nos enva un parlamentario. No sabemos
lo que quiere, aunque supongo que ser una intimacin para deponer las
armas; pero tambin puede ser otra cosa. Frantz y Kasper irn a su
encuentro, le vendarn los ojos al pie de la pea y le conducirn aqu.

Nadie hizo observacin alguna, y los hijos de Materne, cruzndose la
carabina en bandolera, se alejaron bajo la bveda en espiral. Al cabo de
diez minutos los cazadores llegaron adonde el oficial estaba, hablaron
con l breves momentos, y los tres empezaron a subir al Falkenstein. A
medida que ascenda el pequeo destacamento, mejor se distingua el
uniforme del parlamentario y hasta su fisonoma: era un hombre delgado,
de cabellos rubios, cenicientos, bien proporcionado y de movimientos
resueltos. Al pie de la pea, Frantz y Kasper le vendaron los ojos, y no
tardaron en orse sus pisadas, que resonaban bajo la bveda. Juan
Claudio se adelant a su encuentro, y desatndole con sus propias manos
el pauelo, le dijo:

--Si desea usted comunicarme algo, seor, ya le escucho.

Los guerrilleros estaban a quince pasos del grupo que los recin
llegados y Juan Claudio formaban. Catalina Lefvre, que se hallaba ms
cerca, escuchaba con las cejas fruncidas; su cara huesuda, su nariz
aguilea, los tres o cuatro rizos de cabellos grises que caan al azar
sobre sus sienes descarnadas y sobre los pmulos de sus hundidas
mejillas, la contraccin de sus labios y la fijeza de su mirada,
llamaron en primer trmino la atencin del oficial; luego ste descubri
el rostro plido y dulce de Luisa, detrs de la anciana; ms all, a
Jernimo, con su barba rojiza, cubierto con una tnica de estamea; al
anciano Materne, apoyado en su carabina, y ms lejos a todos los dems;
por ltimo, la elevada bveda de piedra roja, cuyas masas ingentes,
formadas de slex y de granito, avanzaban por encima del precipicio con
algunas zarzas marchitas en las hendeduras, serva de fondo. Detrs de
Materne, Hexe-Baizel, con un largo escobn de retamas verdes en la mano,
la cabeza erguida y vuelta de espaldas al borde de la pea, pareci
llamar un momento la atencin del oficial.

A su vez, l era objeto de una curiosidad singular. Se vea en su
actitud, en su rostro alargado, fino y moreno, en sus ojos de color gris
claro, en su bigote poco poblado, en la delicadeza de sus miembros
endurecidos por la guerra, que proceda de una raza aristocrtica; tena
algo de hombre de campo y algo de hombre de mundo; era una mezcla de
militar burdo y de diplomtico.

Aquella inspeccin recproca se termin en un abrir y cerrar de ojos, y
el parlamentario dijo en buen francs:

--Es al comandante Hullin a quien tengo el honor de dirigirme?

--S, seor--contest Juan Claudio.

Y como el parlamentario dirigiese una mirada indecisa alrededor del
crculo, Hullin exclam:

--Seor, hable usted alto para que todo el mundo le oiga! Cuando se
trata del honor y de la patria nadie sobra en Francia, y las mujeres
pueden intervenir lo mismo que los hombres. Tiene usted que hacerme
alguna proposicin? De parte de quin?

--Del general comandante en jefe. Mi misin es la siguiente...

--Veamos. Ya le omos--interrumpi Hullin.

Entonces el oficial, levantando la voz, dijo en tono firme:

--Ante todo, permtame, seor comandante, decirle que usted ha cumplido
magnficamente con su deber y que por ello ha conquistado la estimacin
de sus enemigos.

--En materia de deberes--contest Hullin--, no puede haber ms ni menos.
Hemos hecho lo que hemos podido.

--S--aadi Catalina con sequedad--, y puesto que el enemigo nos estima
por eso, dentro de diez o quince das tendr ocasin de estimarnos ms
an, porque no hemos llegado al fin de la guerra, y ha de ver cosas
mejores.

El oficial volvi la cabeza y quedose estupefacto al observar la feroz
energa impresa en la mirada de la anciana.

--Esos son sentimientos muy nobles--replic el oficial despus de un
instante de silencio--; pero la humanidad tiene sus derechos, y derramar
sangre intilmente es hacer el mal por el mal.

--Entonces, por qu vens a nuestro pas?--grit Catalina con voz
aguda--. Marchaos y os dejaremos tranquilos.

Despus aadi:

--Hacis la guerra como los bandidos: robando, saqueando y quemando.
Merecis ser ahorcados todos, y para que sirviera de ejemplo, ahora
deberamos arrojar a usted desde lo alto de esta pea.

El oficial palideci, porque crey capaz a la vieja de ejecutar la
amenaza; sin embargo, al instante se repuso, y replic con tranquilidad:

--S que los cosacos han prendido fuego a la finca que se ve frente a
esta pea. Esos son bandidos que siempre siguen a todos los ejrcitos;
pero un acto aislado no prueba nada contra la disciplina de nuestras
tropas. Los soldados franceses han hecho cosas semejantes en Alemania, y
particularmente en el Tirol: no contentos con saquear e incendiar las
aldeas, fusilaban cruelmente a los campesinos sospechosos de haber
tomado las armas para defender el pas. Nosotros podramos usar
represalias, y estaramos en nuestro derecho; pero no somos brbaros,
comprendemos cunto el patriotismo tiene de noble y de grande, aun en
sus extravos ms lamentables. Por otra parte, no hacemos la guerra al
pueblo francs, sino al emperador Napolen. As, el general, al saber la
conducta de los cosacos, ha castigado pblicamente ese acto de
vandalismo, y, adems, ha acordado indemnizar al propietario de la
finca.

--No quiero nada de vosotros!--interrumpi Catalina bruscamente--;
prefiero sufrir la injusticia... y vengarme.

El parlamentario comprendi, por el tono de voz de la anciana, que no
podra hacerla entrar en razn y que sera peligroso siquiera
contestarle. Volviose, pues, a Hullin y continu:

--Estoy encargado, seor comandante, de ofrecerle honores de guerra si
consiente en rendir la posicin. Carecen ustedes de vveres, y nosotros
lo sabemos. Dentro de pocos das se vern obligados a deponer las armas.
La estimacin que le profesa el general en jefe es lo nico que le ha
movido a ofrecer a usted condiciones tan honrosas. Una larga resistencia
no conducira a nada. Somos dueos del Donon, y nuestro cuerpo de
ejrcito ha entrado en Lorena. La campaa no ha de decidirse aqu y no
tiene inters para ustedes defender un punto intil. Queremos ahorrarles
los horrores del hambre. Y ahora, seor comandante, a usted corresponde
decidir.

Hullin se volvi hacia los guerrilleros y les dijo sencillamente:

--Habis odo? Por mi parte, rehso; pero me someter si todos aceptan
las proposiciones del enemigo.

--Las rechazamos todos!--dijo Jernimo.

--S, s, todos--repitieron los dems.

Catalina Lefvre, hasta entonces inflexible, pareci enternecerse al
dirigir una mirada a Luisa. Cogi la anciana a sta por un brazo, y
volvindose hacia el parlamentario, le dijo:

--Tenemos una nia con nosotros; no habra un medio de enviarla a casa
de alguno de nuestros parientes de Saverne?

Apenas Luisa oy tales palabras se precipit en brazos de Hullin,
poseda de un gran terror, exclamando:

--No, no. Quiero permanecer con vosotros, pap Juan Claudio; quiero
morir con vosotros.

--Est bien, caballero--dijo Hullin intensamente plido--; dgale a su
general lo que acaba de ver; dgale que el Falkenstein ser nuestro
hasta la muerte. Kasper, Frantz: conducid al parlamentario a sus lneas.

El oficial pareca dudar; pero al tratar de abrir la boca para hacer una
observacin, Catalina, plida de clera, exclam:

--Fuera, fuera de aqu! Lo que vosotros pensis est lejos an de
suceder. Ese bandido de Ygof os ha dicho que carecamos de vveres,
pero es falso; tenemos para dos meses, y en dos meses nuestro ejrcito
os habr exterminado a todos. A los traidores les vuelve la espalda la
fortuna. Desgraciados de vosotros!

Y como la anciana iba excitndose cada vez ms, el parlamentario juzg
prudente marcharse. Volviose, pues, hacia los guas, que le pusieron el
pauelo en los ojos y le condujeron al pie del Falkenstein.

Lo que Hullin haba ordenado a propsito de los vveres fue ejecutado
desde aquel mismo da, y cada cual recibi media racin para la jornada.

Colocose un centinela delante de la caverna de Hexe-Baizel, donde se
guardaban las provisiones; se hizo una barricada ante la puerta, y Juan
Claudio orden que los repartos se hicieran en presencia de todos, con
el fin de impedir las injusticias; pero semejantes precauciones no
haban de preservar a aquellos desgraciados del hambre ms horrible.




XXV


Haca tres das que los vveres faltaban completamente en el
Falkenstein, y Divs no haba dado seales de vida. Cuntas veces,
durante aquellas largas jornadas de agona, los sitiados haban vuelto
los ojos hacia Falsburgo! Cuntas veces haban escuchado con inmensa
atencin, creyendo or los pasos del contrabandista, cuando slo llenaba
el espacio el vago murmullo del aire!

En medio de las torturas del hambre pas aquel da, que era el que haca
diez y nueve de la llegada de los guerrilleros al Falkenstein. Todos
permanecan silenciosos, sentados en el suelo, los rostros demacrados y
entregados a una especie de sueo sin fin. De vez en cuando se miraban
unos a otros con miradas centelleantes, como dispuestos a devorarse;
pero luego caan de nuevo en el abatimiento y la languidez.

Cuando el cuervo de Ygof, volando de cima en cima, se acercaba a aquel
lugar de infortunio, el anciano Materne se dispona a disparar su
carabina; pero en seguida el pjaro de mal agero se alejaba velozmente,
lanzando graznidos lgubres, y el brazo del anciano cazador volva a
caer inerte. Como si el agotamiento que causaba el hambre no hubiera
bastado a colmar la medida de tanta miseria, aquellos desgraciados no
abran la boca sino para acusarse y amenazarse mutuamente.

--No me toquis!--gritaba Hexe-Baizel con voz desgarradora a los que la
miraban--; no me miris, porque os muerdo!

Luisa deliraba; sus hermosos ojos azules, en vez de objetos reales, no
vean mas que sombras, ya danzando por la meseta, ya suspendidas de la
maleza, ya posadas en la antigua torre.

--Aqu estn los vveres!--exclamaba de vez en cuando la desdichada
joven.

Entonces los dems sitiados se irritaban contra la pobre nia, gritando,
llenos de indignacin, que quera burlarse de ellos y que mirase bien lo
que haca.

Slo Jernimo permaneca en completa calma; pero la gran cantidad de
nieve que haba bebido para apagar el ardor de sus entraas inundaba su
cuerpo y su demacrado rostro de un sudor fro.

El doctor Lorquin se haba atado un pauelo a la altura de los riones y
lo apretaba cada vez ms, pretendiendo de este modo aliviar su estmago.
Se hallaba sentado de espaldas a la torre, con los ojos cerrados, y de
hora en hora los abra, diciendo:

--Estamos en el primero..., en el segundo..., en el tercer perodo. Un
da ms, y todo habr concluido.

En seguida comenzaba a disertar sobre los druidas, sobre Odin, Brahma y
Pitgoras, haciendo citas latinas y griegas, anunciando la
transformacin prxima de los del Harberg en lobos, zorros y animales de
todas clases.

--Yo--exclamaba--ser len, y comer quince libras de carne de vaca
todos los das.

Y, despus de una breve pausa, continuaba:

--No; yo quiero ser hombre; predicar la paz, la fraternidad y la
justicia! Ah, amigos mos! Sufrimos por nuestras propias faltas. Qu
hemos hecho al otro lado del Rin desde hace diez aos? Con qu derecho
queremos imponer seores a esos pueblos? Por qu no cambiamos con ellos
nuestras ideas, nuestros sentimientos, los productos de nuestras artes y
de nuestra industria? Por qu no los tratamos como hermanos en lugar de
querer someterlos? En tal caso, hubiramos sido bien recibidos. Cunto
han debido sufrir esos desgraciados durante diez aos de violencia y de
rapia!... Ahora se vengan..., y es de justicia! Que la maldicin de
Dios caiga sobre los miserables que separan a los pueblos para
oprimirlos!

Despus de estos momentos de exaltacin, el doctor caa desmayado en el
muro de la torre, murmurando:

--Pan!... Oh! Nada ms que un pedazo de pan!

Los hijos de Materne, agazapados en la maleza, con la carabina al
hombro, parecan esperar el paso de una caza que no llegaba. La idea de
un acecho sin fin sostena sus expirantes fuerzas.

Otros muchos, encorvados sobre s mismos, tiritaban al sentirse
devorados por la fiebre y acusaban a Juan Claudio de haberlos llevado al
Falkenstein.

Hullin, con una firmeza de carcter sobrehumana, iba y vena observando
lo que pasaba en los valles de los alrededores, sin pronunciar una
palabra.

De vez en cuando avanzaba hasta los bordes de la pea, y con las
mandbulas apretadas y los ojos centelleantes, miraba a Ygof sentado
delante de una gran hoguera en la meseta de El Encinar, en medio de
una pandilla de cosacos. Desde la llegada de los alemanes al valle de
Charmes el loco no haba abandonado aquel puesto; pareca que estaba
contemplando desde all la agona de sus vctimas.

Tal era el aspecto que ofrecan aquellos desgraciados bajo la inmensa
bveda de los cielos.

El suplicio del hambre en el fondo de un calabozo es horrible, sin duda
alguna; pero al aire libre, bajo un cielo lleno de luz, a la vista de
todo el mundo, en presencia de los recursos de la Naturaleza, eso excede
a toda ponderacin.

Al acabar aquel da, entre cuatro y cinco de la tarde, el cielo se
encapot; grandes nubes negras se elevaron por detrs de la cumbre del
Grosmann; el Sol, rojo como una bala al salir de la fragua, lanzaba sus
ltimos rayos desde el horizonte cargado de brumas. El silencio en todo
el mbito de la pea era profundo. Luisa no daba seal alguna de vida;
Kasper y Frantz conservaban una inmovilidad de piedra entre la maleza.
Catalina Lefvre, sentada en el suelo, con las agudas rodillas entre los
brazos descarnados, las facciones rgidas y duras, los cabellos sueltos,
que caan sobre sus verdosas mejillas, la vista huraa y el mentn
apretado como un tornillo de carpintero, pareca una vieja sibila,
sentada en medio de los brezos. Catalina haba enmudecido. Hullin,
Jernimo, el anciano Materne y el doctor Lorquin se haban sentado
alrededor de la labradora para morir juntos. Todos permanecan
silenciosos, y los ltimos rayos del crepsculo iluminaban el grupo
sombro. A la derecha, detrs de una prominencia de la pea, se vean
brillar, en el fondo del abismo, algunas hogueras de los alemanes. En
tal situacin, la labradora, saliendo del estupor en que se hallaba,
murmur de repente algunas palabras ininteligibles. Luego aadi en voz
baja:

--Divs llega!... Le veo... Sale por la poterna que est a la derecha
del arsenal... Gaspar le sigue y...

Catalina comenz a hablar lentamente:

--Doscientos cuarenta hombres!--aadi--. Son guardias nacionales y
soldados... Ya cruzan el foso... Ahora suben por detrs de la media
luna... Gaspar habla con Marcos... Qu le dice?

La anciana pareca que escuchaba.

--Vamos pronto? S, venid pronto... El tiempo vuela... Ya estn en
la explanada!

Hubo un largo silencio; luego, de improviso, la anciana, ponindose en
pie completamente, con los brazos en alto, los cabellos erizados y la
boca muy abierta, aull de un modo terrible:

--Valor! S, matad, matad!; ah!, ah!

Y cay pesadamente al suelo.

Aquel espantoso grito despert a toda la gente; los mismos muertos se
hubieran despertado si lo oyeran. Los sitiados dijrase que renacan.
Algo extrao haba en el ambiente. Era la esperanza, la vida, el
espritu? No s; pero todos llegaban a cuatro pies, como los animales,
conteniendo la respiracin para mejor or. Luisa tambin se mova
lentamente y levantaba la cabeza. Frantz y Kasper se acercaron andando
de rodillas, y, cosa singular!, Hullin, hundiendo la mirada en las
tinieblas del lado de Falsburgo, crey ver el chisporroteo de unos
disparos, como si se tratara de hacer una salida de la plaza.

Catalina haba vuelto a tomar su primera actitud; pero sus mejillas, que
un momento antes estaban inertes como una mscara de yeso, se
estremecan convulsivamente, y su mirada pareca cubrirse con el velo
del ensueo. Todos prestaban gran atencin; hubirase dicho que sus
vidas pendan de los labios de la anciana. As transcurri un cuarto de
hora, al cabo del cual la labradora prosigui:

--Han atravesado las lneas enemigas... Corren hacia Lutzelburgo... Los
veo... Gaspar y Divs van delante con Desmarets, Ulrich, Weber y los
amigos de la ciudad... Ya llegan, ya llegan!...

Y call nuevamente; durante largo tiempo los guerrilleros permanecieron
escuchando; pero la visin haba pasado. Los segundos se sucedan unos a
otros con la lentitud de los siglos, cuando de repente Hexe-Baizel
comenz a decir con agria voz:

--Est loca! No he visto nada... Yo conozco a Marcos y s que se burla
de nosotros. Qu le importa a l que perezcamos aqu? Con tal de que
no le falte su botella de vino, sus embuchados y que pueda fumarse una
pipa tranquilamente junto al fuego, lo dems le tiene sin cuidado! Ah,
bandido!

Todo volvi a sumirse en el silencio, y los guerrilleros, reanimados un
instante con la esperanza de una salvacin prxima, cayeron de nuevo en
la desesperacin.

--Ha sido un sueo--pensaban los desgraciados--. Hexe-Baizel tiene
razn; estamos condenados a morir de hambre.

Mientras se sucedan estos hechos, iba la noche acercndose. Cuando la
Luna sali tras los altos abetos alumbrando los tristes grupos de
sitiados, Hullin era el nico que velaba, presa de los ardores de la
fiebre. A lo lejos, muy a lo lejos, en los desfiladeros, oa la voz de
los centinelas alemanes que gritaban: _Wer da!_, _Wer da!_, o bien
perciba el rumor de las rondas del vivaque al atravesar los bosques, o
el agudo relincho de los caballos atados que pateaban el suelo y los
gritos de sus guardianes. Hacia la media noche, el valiente guerrillero
concluy por dormirse como los dems. Cuando se despert, el reloj de la
aldea de Charmes daba las cuatro. Hullin, al or aquellas lejanas
vibraciones, sali de su amodorramiento; abri los ojos, y como mirase
sin conciencia de lo que haca, tratando de evocar sus recuerdos, el
vago resplandor de una antorcha pas ante su vista; el guerrillero
sinti miedo y se dijo:

--Me habr vuelto loco? La noche est obscursima, y, sin embargo, veo
luces...

Volvi a aparecer la llama. Hullin la mir mejor y se levant
bruscamente, apoyando la mano, durante algunos segundos, en su contrada
faz. Por ltimo, dirigi al azar una mirada y vio distintamente una
hoguera en la cumbre del Giromani, al otro lado del Blanru, una hoguera
que barra el cielo con su ala prpura y retorca la sombra de los
abetos proyectada en la nieve. Y recordando que aquella seal era la
convenida entre l y Piorette para anunciar un ataque, comenz a temblar
de pies a cabeza, su rostro cubriose de sudor y, marchando en la
obscuridad a tientas, como un ciego, con los brazos extendidos,
balbuce:

--Catalina!... Luisa!... Jernimo!

Pero nadie le respondi, y despus de manotear en el vaco, creyendo que
andaba, cuando en realidad no daba un paso, el desdichado guerrillero
cay al suelo, exclamando:

--Hijos mos!... Catalina!... Ya vienen!... Nos hemos salvado!...

En el mismo momento oyose un vago rumor; pareca que los muertos
resucitaban; luego reson una carcajada seca: era Hexe-Baizel, que se
haba vuelto loca de sufrimiento.

Ms tarde, Catalina exclam:

--Hullin... Hullin... Quin ha hablado?

Juan Claudio, repuesto de la emocin, dijo con acento firme:

--Jernimo, Catalina, Materne y vosotros todos, estis muertos? No
veis aquella hoguera, ms all del Blanru? Es Piorette, que viene a
socorrernos.

Y en el mismo instante una profunda detonacin repercuti en los
desfiladeros del Jaegerthal, como ruido de tormenta. La trompeta del
juicio final no hubiera producido mayor efecto entre los sitiados, que
despertaron repentinamente.

--Es Piorette! Es Marcos!--gritaban voces cascadas y secas, voces de
esqueletos--. Vienen a socorrernos!

Todos trataban de incorporarse; algunos sollozaban, pero de sus ojos
haban huido las lgrimas. Una segunda detonacin les puso en pie.

--Son descargas cerradas!--exclam Hullin--; los nuestros hacen tambin
fuego por descargas; tenemos tropas de lnea! Viva Francia!

--S--contest Jernimo--; la seora Lefvre tena razn; los de
Falsburgo acuden a socorrernos; ya bajan por las colinas del Sarre, y,
mientras tanto, Piorette ataca por el lado del Blanru.

En efecto; el tiroteo empezaba por ambos lados a la vez, hacia la meseta
de El Encinar y las alturas de Kilberi.

Entonces los dos jefes se abrazaron, y cuando marchaban a tientas en
medio de la profunda noche tratando de llegar al borde de la pea, oyose
la voz de Materne que les gritaba:

--Tened cuidado, que ah est el precipicio!

Detuvironse, mirando a sus pies, pero no vieron nada. Una corriente de
aire fro, que suba del abismo, era lo nico que les revel el peligro.
Las cumbres y desfiladeros de los alrededores estaban envueltos en
tinieblas. A ambos lados de la ladera de enfrente, el resplandor de los
disparos pasaba como la luz del relmpago, iluminando ya una vieja
encina, ya el negro perfil de una pea, ya un pequeo matorral, y los
grupos de hombres que iban y venan como en medio de un incendio. Se oa
a dos mil pies ms abajo, en las profundidades del desfiladero, sordos
rumores, galope de caballos, clamores y voces de mando. De vez en
cuando, el grito del serrano que llama, ese grito prolongado que va de
una cumbre a otra, Eh!, oh!, eh!, se elevaba hasta el Falkenstein
como un suspiro.

--Es Marcos--deca Hullin--; es la voz de Marcos.

--S, es Marcos, que nos recomienda que tengamos valor--aada Jernimo.

Los dems, sentados alrededor de los jefes, con el odo atento y las
manos en el borde de la pea, miraban al abismo. Las descargas
continuaban con gran viveza, lo que revelaba el encarnizamiento de la
batalla; pero era imposible ver nada. Oh! Cmo hubieran querido los
pobres sitiados tomar parte en aquella lucha suprema! Con qu ardor se
hubieran precipitado al combate! El temor de ser otra vez abandonados,
de ver a sus defensores en retirada al llegar el da, les tena mudos de
espanto.

Mientras tanto, comenzaba a nacer el da; el plido crepsculo se
asomaba tras las negras cumbres; algunos rayos descendan hasta los
valles tenebrosos, y media hora despus se plateaban las brumas del
abismo. Hullin dirigi una mirada por los intersticios de las nubes y
pudo reconocer la posicin. Los alemanes haban perdido la altura del
Valtin y la meseta de El Encinar y estaban agrupados en el valle de
Charmes, al pie del Falkenstein, a un tercio de la ladera, para no ser
dominados por el fuego de sus adversarios. Frente a la pea, Piorette,
dueo de El Encinar, levantaba barricadas con troncos de rboles en la
pendiente de Charmes. Con la pipa en la boca, con el sombrero metido
hasta las orejas y la carabina en bandolera, iba y vena de uno a otro
lado. Brillaban a la luz del Sol naciente las hachas azuladas de los
leadores. A la izquierda de la aldea, en la ladera del Valtin y en
medio de los matorrales, Marcos Divs, montado en un caballejo negro de
larga cola, con su espadn colgando del puo, sealaba las ruinas y el
camino de _schlitte_. Un oficial de infantera y algunos guardias
nacionales, con uniformes azules, le escuchaban; Gaspar Lefvre solo,
delante del grupo, y apoyado en el fusil, pareca meditabundo. Por su
actitud se comprenda cun enrgicas eran las resoluciones que formaba
para el momento del ataque. Por ltimo, en la cumbre de la colina, junto
al bosque, doscientos o trescientos hombres formados en filas, con el
fusil en descanso, tambin miraban.

Al ver tan escaso nmero de defensores oprimiseles el corazn a los
sitiados, tanto ms cuanto que los alemanes, siete u ocho veces
superiores en nmero, comenzaban a formar dos columnas de ataque para
tornar de nuevo las posiciones perdidas. El general enemigo enviaba
ayudantes a diferentes lados transmitiendo rdenes, y las bayonetas
empezaban a desfilar.

--Esto ha concluido!--dijo Hullin a Jernimo--. Qu pueden hacer
quinientos o seiscientos hombres contra cuatro mil en lnea de batalla?
Los falsburgueses volvern a sus casas diciendo: Hemos cumplido con
nuestro deber!, y Piorette ser destrozado.

Todos los sitiados pensaban lo mismo; pero lo que colm su desesperacin
fue ver de repente una larga fila de cosacos desembocar en el valle de
Charmes a galope tendido, con el loco Ygof a la cabeza, volando como
el viento; su barba, la cola de su caballo, su piel de perro y su roja
cabellera hendan el aire. El loco miraba hacia la pea y blanda la
lanza por encima de su cabeza. Desde el fondo del valle se dirigi
derechamente hacia el Estado Mayor enemigo, y cuando lleg delante del
general hizo algunos gestos sealando al otro lado de la meseta de El
Encinar.

--Ah, bandido!--exclam Hullin--. Est diciendo que Piorette carece de
defensas por aquel lado y que es preciso rodear la montaa.

En efecto; una columna se puso inmediatamente en marcha en tal
direccin, mientras que otra se diriga a los parapetos para despistar a
los sitiados sobre el movimiento de la primera.

--Materne--grit Juan Claudio--. No habra medio de darle un tiro a ese
loco?

El anciano cazador movi la cabeza y dijo:

--No; es imposible; est fuera de alcance.

En aquel momento Catalina dej escapar un grito feroz, que asemejose al
graznido de un gaviln.

--Aplastmosles!... Aplastmosles como en el Blutfeld!

Y aquella anciana, que un momento antes pareca tan dbil, se arroj
sobre una enorme piedra y la levant con ambas manos; luego,
adelantndose con paso firme--sueltos los largos cabellos grises, la
nariz aguilea hundida en sus contrados labios, las mejillas tersas y
el cuerpo doblado--, lleg hasta el borde del abismo y lanz la piedra
al vaco, en que describi una curva inmensa.

Oyose un estruendo horrible debajo; saltaron trozos de abetos en
infinitas direcciones, y la enorme piedra rebot a unos cien pasos con
nuevo mpetu, descendi luego una rpida pendiente, y de un ltimo salto
fue a caer sobre Ygof, aplastndole a los mismos pies del general
enemigo. Todo ello fue obra de escasos segundos.

Catalina, de pie en el filo de la pea, rea con risa estridente que no
tena fin.

Y los dems, aquellos hombres que parecan fantasmas, como animados de
una vida nueva, se precipitaron sobre las ruinas del viejo _burgo_
gritando:

--A muerte! A muerte!... Aplastmosles como en el Blutfeld!

Nunca se vio una escena ms terrible. Aquellos seres que se hallaban a
las puertas del sepulcro, secos y descarnados como esqueletos, volvan a
recobrar sus fuerzas para la matanza. No vacilaban ni estaban
entorpecidos; cada cual coga su piedra y la arrojaba al precipicio,
volviendo a coger otra sin perder tiempo y sin mirar siquiera lo que
pasaba debajo.

Ya puede imaginarse cul sera el estupor de los _kaiserlicks_ ante
aquel diluvio de escombros y piedras. Al sentir el ruido que hacan los
peascos saltando por encima de la maleza y los macizos de rboles, los
atacantes se volvieron y quedronse como petrificados, al principio; mas
levantando los ojos hacia arriba y viendo que descendan sin cesar
piedras y ms piedras, y contemplando en lo alto unos espectros que iban
y venan, alzaban los brazos, arrojaban proyectiles y volvan a comenzar
la tarea, al ver a sus camaradas destrozados, pues haba filas de
quince o veinte hombres aniquilados de un solo golpe, un grito inmenso
reson en el valle de Charmes hasta el Falkenstein, y, a pesar de las
imprecaciones de los jefes, no obstante el fuego de fusilera que
comenzaba a derecha e izquierda, los alemanes iniciaron la desbandada
para escapar a aquella horrible muerte.

En lo ms fuerte de la derrota, el general enemigo logr rehacer un
batalln y que marchara al paso hacia la aldea.

Aquel hombre, tranquilo en medio del desastre, tena algo de grande y de
digno. A veces se volva con aire sombro para mirar cmo caan las
rocas, que dejaban claros sangrientos en sus filas.

Juan Claudio lo observaba, y a pesar del entusiasmo del triunfo, a pesar
de la certeza de haber escapado al hambre, el viejo soldado no poda
substraerse a un sentimiento de admiracin.

--Mira--dijo a Jernimo--; hace como nosotros al volver del Donon y del
Grosmann; se queda el ltimo y no cede el terreno sino palmo a palmo.
Decididamente, hay hombres valerosos en todas partes.

Marcos Divs y Piorette, testigos de aquel golpe de audacia, descendan
atravesando los pinares, para cortar la retirada al general enemigo;
pero no pudieron conseguirlo. El batalln, reducido a la mitad, form el
cuadro detrs de la aldea de Charmes y subi lentamente por el valle del
Sarre, detenindose de vez en cuando, como un jabal herido que hace
frente a la jaura, cuando los hombres de Piorette o los de Falsburgo le
hostigaban mucho.

As termin la gran batalla del Falkenstein, conocida en la sierra con
el nombre de _Batalla de las Peas_.




XXVI


Apenas hubo terminado el combate, cerca de las ocho, Marcos Divs,
Gaspar y unos treinta guerrilleros subieron al Falkenstein con banastas
llenas de vveres. Qu espectculo les esperaba all! Todos los
sitiados, tendidos en el suelo, parecan muertos. Por mucho que se les
sacuda, por muy fuerte que se les gritaba en los odos: Juan
Claudio!... Catalina!... Jernimo!, no respondan. Gaspar Lefvre,
viendo a su madre y a Luisa inmviles y con los dientes apretados, dijo
a Marcos que si ellas no volvan en s se levantara la tapa de los
sesos con su fusil. Marcos respondi que cada cual era libre de hacer lo
que quisiera; pero que, por su parte, no estaba dispuesto a darse un
tiro por Hexe-Baizel.

Por ltimo, el anciano Colon coloc una cesta de vveres en una piedra
y, en tal momento, Kasper Materne suspir, abri los ojos, y al ver las
provisiones comenz a castaetear los dientes, como una zorra cuando va
de caza.

Comprendieron en seguida lo que aquello quera decir, y Marcos Divs fue
colocando a cada uno su calabaza de aguardiente bajo la nariz, lo que
bast para resucitarlos. Todos queran devorar a la vez, pero el doctor
Lorquin, a pesar del hambre canina que senta, tuvo la buena ocurrencia
de advertir a Marcos que no les hiciera caso, porque la menor
congestin sera para ellos mortal. Por lo cual no recibi cada uno mas
que un pedazo de pan, un huevo y un vaso de vino, lo que les reanim
extraordinariamente. Despus pusieron a Catalina, Luisa y los dems
sitiados en los _schlittes_ y los bajaron a la aldea.

Pintar el entusiasmo y el enternecimiento de sus amigos cuando los
vieron llegar, ms delgados que Lzaro al salir de la tumba, es algo
imposible. Unos a otros se miraban, se besaban, y cada vez que llegaba
algn vecino de Abreschwiller, de Dagsburgo o de San Quirino se repetan
tales manifestaciones de afecto.

Marcos Divs se vio obligado a contar ms de veinte veces la historia de
su ida a Falsburgo. El valiente contrabandista no haba tenido suerte:
despus de haber escapado milagrosamente a las balas de los
_kaiserlicks_ haba dado con sus huesos en el valle de Spartzprod, en
medio de una partida de cosacos que le haban desvalijado hasta el forro
de los bolsillos. Tuvo necesidad de andar errante dos semanas alrededor
de los puestos rusos que cercaban la ciudad, sufriendo el fuego de los
centinelas, expuesto veinte veces a ser detenido por espa, antes de
poder penetrar en la plaza. Por ltimo, el comandante Meunier, alegando
la debilidad de la guarnicin, rehus al principio el socorro que se le
peda, y slo ante la porfiada excitacin de los vecinos de la ciudad
consinti en destacar dos compaas.

Los guerrilleros, al or este relato, admiraban el valor de Marcos y su
perseverancia en los peligros.

--Y qu?--responda el gigante contrabandista con aire de buen humor a
los que le felicitaban--. No he hecho mas que cumplir con mi deber.
Poda dejar perecer a mis camaradas? Bien s que la empresa no era
fcil; esos miserables cosacos son ms astutos que los carabineros;
olfatean a una legua de distancia como los cuervos; pero ha sido intil:
a pesar de todo, les hemos despistado.

Al cabo de cinco o seis das todos estuvieron restablecidos. El capitn
Vidal, de Falsburgo, haba dejado veinticinco hombres en el Falkenstein
para custodiar las municiones; entre ellos estaba Gaspar Lefvre, y el
muchacho bajaba todas las maanas a la aldea. Los aliados se haban
trasladado a la Lorena; en Alsacia no se les vea mas que alrededor de
las plazas fuertes. Pronto fueron conocidas las victorias de
Champ-Aubert y de Montmirail; pero haban llegado tiempos de desgracia;
los aliados, no obstante el herosmo de nuestro ejrcito y el genio del
emperador, entraron en Pars.

Aquel fue un golpe terrible para Juan Claudio, Catalina, Materne,
Jernimo y para la sierra entera; mas el relato de estos acontecimientos
no entra en el campo de nuestra historia, ya que otros han relatado
tales cosas.

Hecha la paz, en la primavera se reconstruy la casa de El Encinar:
los leadores, los almadreeros, los albailes, los almadieros y dems
obreros del pas prestaron su concurso.

Casi al mismo tiempo el ejrcito fue licenciado; Gaspar se cort los
bigotes, y tuvo lugar su matrimonio con Luisa.

Aquel da llegaron los antiguos combatientes del Falkenstein y del
Donon, y la casa los recibi con puertas y ventanas abiertas de par en
par. Cada cual llevaba sus presentes a los novios: Jernimo, unos
zapatitos para Luisa; Materne y sus hijos, un gallo silvestre, la ms
ardiente de las aves, como es sabido; Divs, varios paquetes de tabaco
de contrabando para Gaspar, y el doctor Lorquin, una canastilla de fina
ropa blanca.

Las mesas estuvieron puestas para todo el mundo y las hubo hasta en las
trojes y bajo los cobertizos. Lo que se consumi de vino, pan, carne,
tartas y _kugelhof_ no puede calcularse; pero lo que s se sabe
positivamente es que Juan Claudio, que estaba muy triste desde la
entrada de los aliados en Pars, se reanim aquel da y cant viejas
canciones de su juventud, tan alegremente como cuando parti con el
fusil al hombro para Valmy, Jemmapes y Fleurus. Los ecos de Falkenstein
repitieron a lo lejos aquellos viejos cantos patriticos, los ms
sublimes, los ms nobles que el hombre haya odo nunca sobre la Tierra.
Catalina Lefvre llevaba el comps golpeando en la mesa con el mango de
un cuchillo, y si es cierto, como algunos dicen, que los muertos acuden
a escuchar cuando se habla de ellos, los muertos debieron quedar
contentos y el _Rey de Bastos_ debi cubrir de espumarajos su barba
roja.

Llegada la media noche se levant Hullin y, dirigindose a los novios,
dijo:

--Tendris robustos hijos; yo har que salten en mis rodillas, les
ensear mis antiguas canciones y despus ir a reunirme con los que
fueron.

Dicho esto, bes a Luisa, y cogiendo de un brazo a Marcos Divs y del
otro a Jernimo, se dirigi a su casucha, seguido del resto de la
comitiva, que repeta a coro los sublimes cantos del anciano. Nunca se
vio una noche ms hermosa; innumerables estrellas brillaban en el cielo
azul obscuro; en la parte baja de la ladera, donde se haba enterrado a
tantos hroes, los brezos se estremecan movidos por el viento. Todos se
sentan felices y enternecidos. En el umbral de la barraca se
estrecharon las manos unos a otros y se dieron las buenas noches; y unos
a la derecha y otros a la izquierda, formando pequeos grupos,
regresaron a sus aldeas.

--Buenas noches, Materne, Jernimo, Divs, Piorette; buenas
noches!--gritaba Juan Claudio.

Los antiguos amigos se volvan, agitando los sombreros y exclamaban para
sus adentros:

Hay das en que se siente uno dichoso de vivir en este mundo. Ah! Si
no hubiera nunca pestes, guerras ni hambres; si los hombres pudieran
entenderse, amarse y socorrerse mutuamente; si no se suscitaran injustas
desconfianzas entre ellos!... La Tierra sera un verdadero paraso.

FIN

       *       *       *       *       *


INDICE



                                         _Pginas_
        I.                                     7
       II.                                    20
      III.                                    30
       IV.                                    46
        V.                                    53
       VI.                                    73
      VII.                                    84
     VIII.                                    93
       IX.                                   101
        X.                                   112
       XI.                                   120
      XII.                                   126
     XIII.                                   144
      XIV.                                   153
       XV.                                   166
      XVI.                                   180
     XVII.                                   190
    XVIII.                                   197
      XIX.                                   205
       XX.                                   215
      XXI.                                   237
     XXII.                                   249
    XXIII.                                   255
     XXIV.                                   262
      XXV.                                   263
     XXVI.                                   287

       *       *       *       *       *


VOLMENES PUBLICADOS


1.--=Qumica general=, por el Dr. Luanco.                Pts. 2.

2.--=Historia Natural=, por el Dr. De Buen.              Pts. 2.

3.--=Fsica=, por el Dr. Lozano.                         Pts. 2.

4.--=Geometra general=, por el Dr. Mundi.               Pts. 2.

5.--=Qumica orgnica=, por el Dr. Carracido.            Pts. 2.

6.--=La Guerra Moderna=, por D. M. Rubi.                Pts. 2.

7.--=Mineraloga=, por el Dr. S. Caldern.               Pts. 2.

8.--=Ciencia Poltica=, por D. Adolfo Posada.            Pts. 2.

9.--=Economa Poltica=, por el Dr. J. Piernas.          Pts. 2.

10.--=Armas de guerra=, por D. J. Gnova.                Pts. 2.

11.--=Hongos comestibles y venenosos=,
por don Blas Lzaro.                                     Pts. 2.

12.--=La ignorancia del Derecho=, por D. J. Costa.       Pts. 2.

13.--=El sufragio=, por el Dr. A. Posada.                Pts. 2.

14.--=Geologa=, por D. Jos Macpherson.                 Pts. 2.

15.--=Plvoras y explosivos=, por D. C. Bans.           Pts. 2.

16.--=Armas de caza=, por D. J. Gnova.                  Pts. 2.

17.--=La Guinea Espaola=, por D. R. Beltrn.            Pts. 2.

18.--=Meteorologa=, por D. A. Arcimis.                  Pts. 2.

19.--=Anlisis qumico=, por D. J. Casares.              Pts. 2.

20.--=Abonos industriales=, por D. A. Mayln.            Pts. 2.

21.--=Unidades=, por D. C. Bans.                        Pts. 2.

22.--=Qumica biolgica=, por el Dr. Carracido.          Pts. 2.

23.--=Bases para un nuevo Derecho penal=,
por el Dr. Dorado.                                       Pts. 2.

24.--=Fuerzas y motores=, por D. M. Rubi.               Pts. 2.

25.--=Gusanos parsitos en el hombre=, por el doctor
Marcelo Rivas.                                           Pts. 2.

26.--=Fabricacin del pan=, por D. N. Amors.            Pts. 3.

27.--=Aire atmosfrico=, por D. E. Mascareas.           Pts. 2.

28.--=Hidrologa mdica=, por el Dr. D. H. Rodrguez.    Pts. 2.

29.--=Historia de la civilizacin espaola=, por
D. Rafael Altamira.                                      Pts. 3.

30.--=Las epidemias=, por D. F. Montaldo.                Pts. 2.

31.--=Cristalografa=, por L. Fernndez.                 Pts. 3.

32.--=Artificios de fuego de guerra=, por D. Jos
de Lossada y Canterac.                                   Pts. 2.

33.--=Agronoma=, por don A. Lpez.                      Pts. 2.

34.--=Bases del Derecho= =mercantil=, por D. L. Benito.  Pts. 2.

35.--=Antropometra=, por D. T. de Aranzadi.             Pts. 2.

36.--=Las provincias de Espaa=, por D. M. Villaescusa.  Pts. 3,50.

37.--=Formulario qumico industrial=, por D. Tras.      Pts. 2.

38.--=Valor social de leyes y autoridades=, por don
Pedro Dorado.                                            Pts. 2.

39.--=Canales de riego=, por D. J. Zulueta.              Pts. 3.

40.--=Arte de estudiar=, por D. M. Rubi.                Pts. 2.

41.--=Plantas medicinales=, por D. B. Lzaro.            Pts. 3,50.

42.--=A b c del instalador y montador
electricista.=--Tomo I.--Instalaciones privadas, por
D. Ricardo Yesares.                                      Pts. 3,50.

43.--=A b c del instalador y montador
electricista.=--Tomo II.--Estaciones centrales y
canalizaciones, por D. R. Yesares.                       Pts. 3,50.

44.--=Medicina domstica=, por D. A. Opisso.             Pts. 3.

45.--=Contabilidad comercial=, por D. J. Prats.          Pts. 4.

46.--=Sociologa contempornea=, por D. A. Posada.       Pts. 2.

47.--=Higiene de los alimentos y bebidas=, por
D. J. Madrid.                                            Pts. 2.

48.--=Operaciones de Bolsa=, por D. U. Bertrn.          Pts. 2.

49.--=Higiene industrial=, por D. J. Eleizegui.          Pts. 3,50.

50.--=Formulario de correspondencia
francs-espaol=, por D. J. Meca.                        Pts. 3,50.

51.--=Motores de gas, petrleo y aire=, por R.
Yesares.                                                 Pts. 3,50.

52.--=Las bebidas alcohlicas.=--=El alcoholismo=,
por D. A. Piga y don D. Aguado Marinoni.                 Pts. 2.

53.--=Formulario de correspondencia
ingls-espaol=, por D. J. Meca.                         Pts. 3,50.

54.--=Carpintera prctica=, por D. E. Heras.            Pts. 3.

55.--=Instituciones de Economa social=, por don
J. Torremb.                                             Pts. 3.

56.--=Prontuario del idioma=, por D. E. Oliver.          Pts. 4.

57.--=Mquinas e instalaciones hidrulicas=, por
D. J. de Igual.                                          Pts. 3,50.

58.--=Pedagoga universitaria=, por D. Francisco
Giner de los Ros.                                       Pts. 3,50.

59.--=Gallinero prctico=, por D. C. de Torres.          Pts. 4.

60.--=Dai Nipn= (=El Japn=), por D. A. Garca.         Pts. 4.

61.--=Cultivo del algodonero=, por D. Diego de Rueda.    Pts. 3.

62.--=Galvanoplastia y electrlisis=, por R. Yesares.    Pts. 3,50.

63.--=Educacin de los nios=, por F. Climent.           Pts. 4.

64.--=El microscopio=, por D. Ernesto Caballero.         Pts. 2.

65.--=Diccionario de argot espaol=, por L. Besses.      Pts. 3,50.

66.--=Piedras preciosas=, por Marcos J. Bertrn.         Pts. 3,50.

67.
68.--=Manual de Mecnica elemental=, por Forner
Carratal. Tomo I: =Mecnica general=.                   Pts. 3.
Tomo II: =Mecnica aplicada=.                            Pts. 3.

69.--=Los remedios vegetales=, por Alfredo Opisso.       Pts. 3.

70.
71.--=Las Repblicas hispanoamericanas=,
por Emilio H. del Villar (dos tomos).                    Pts. 7.

72.--=Vinificacin moderna=, por D. Diego de Rueda.      Pts. 3,50.

73.--=Plantas industriales=, por D. Alfredo Opisso.      Pts. 3.

74.--=Cerrajera prctica=, por Eusebio Heras.           Pts. 3.

75.--=El arte del periodista=, por D. Rafael Mainar.     Pts. 3,50.

76.--=La electricidad en la agricultura=, por don
R. Yesares.                                              Pts. 3.

77.--=Telegrafa elctrica=, por F. Villaverde Navarro.  Pts. 3.

78.--=Medicina social=, por A. Opisso.                   Pts. 3.

79.--=Geografa general=, por Emilio H. del Villar.      Pts. 4,50.

80.--=La familia y los enfermos=,
por D. J. L. Eleizegui.                                  Pts. 3.

81.
82.--=Elementos del clculo mercantil=,
por L. de la Fuente. Dos tomos.                          Pts. 7.

83.--=Teora de la literatura y de las artes=, por
D. H. Giner de los Ros.                                 Pts. 3.

84.--=Manual del naturalista preparador=, por el
Dr. Areny de Plandolit.                                  Pts. 2.

85.--=Documentos mercantiles=, por Francisco
Grau Granell.                                            Pts. 4.

86.--=Pozos artesianos=, por Lucas F. Navarro.           Pts. 2.

87.--=Investigacin y alumbramiento de aguas=,
por Lucas F. Navarro.                                    Pts. 2.

88.--=Manual de Pirotecnia=, por J. B. Ferr.            Pts. 3.

89.--=Elementos de arquitectura naval=
(buques de guerra), por D. A. Blanco.                    Pts. 3.

90.--=Rudimentos de cultura martima=, por Alfonso
Arnu. Tomo I.                                           Pts. 4.

91.--=Rudimentos de cultura martima=, por Alfonso
Arnu. Tomo II.                                          Pts. 4.

92.--=Ascensores hidrulicos y elctricos=, por R.
Yesares.                                                 Pts. 3.

93.--=Maravillas de la Ciencia=, por D. J. Usunriz.     Pts. 2.

94.--=Derecho internacional=, por D. Aniceto Sela.       Pts. 3.

95.--=El boxeo y la esgrima del bastn=, por A. Barba.   Pts. 2.

96.--=Foot-ball, basse ball y lawn tennis=,
por A. Barba.                                            Pts. 2.

97.--=El gas pobre y sus aplicaciones a la fuerza motriz
y a la calefaccin=, por M. R. y Bellv.                 Pts. 3.

98.--=La abeja y sus productos.= (Apicultura moderna),
por Vicente Va.                                          Pts. 3.

99.--=Manual de rimas selectas= (pequeo diccionario
de la Rima), por Prez Hervs.                           Pts. 3.

100.--=Manual del pintor decorador=, por D. Jos Cuchy.  Pts. 2.

101.--=El dibujo para todos=, por V. Masriera.           Pts. 4.

102.--=Amrica Sajona=, por Emilio H. del Villar.        Pts. 4.

103.--=Agrimensura=, por J. Ferr.                       Pts. 4.

104.--=Esttica=, por D. A. Opisso.                      Pts. 4.

105.--=Floricultura=, por D. J. Garzn Ruiz.             Pts. 4,50.

106.--=Flores artificiales=, por Dolores Andru.         Pts. 4,50.

107.--=Formulario prctico de artes y oficios=,
por F. Climent Terrer.                                   Pts. 4.

108.
109.--=Astronoma=, por J. Comas Sol.                   Pts. 9.

110.--=El arte de pensar=, por Alfredo Opisso.           Pts. 4.

111.--=Mximas de Epicteto=,
traducidas por Apeles Mestres.                           Pts. 3,50.

112.--=Manual del maquinista fogonero=,
por Balbino Vzquez.                                     Pts. 5,50.

113.--=Perspectiva=, por Francisco Arola Sala.           Pts. 6.

114.--=Educacin cvica=, por Federico Climent Terrer.   Pts. 5.

115.--=A b c de la Msica=, por Eliseo Carb.            Pts. 5,50.

116.--=Teora y concepto del Arte=,
por Francisco Arola Sala.                                Pts. 7,50.


Publicaciones CALPE

COLECCION CONTEMPORANEA


Las obras de xito indiscutible de la literatura universal contempornea
forman, escrupulosamente traducidas a nuestro idioma, este grupo de
publicaciones CALPE. Es necesario poseerlas para seguir el movimiento
literario de nuestros das en todos los pueblos cultos.

He aqu las primeras obras de esta serie:

FRANCIA.--ANTHINEA, de _Maurrs_; LA COLINA INSPIRADA, AMORE ET DOLORI
SACRUM, EL VIAJE DE ESPARTA y LOS DESARRAIGADOS, de _Barrs_; POR EL
CAMINO DE SWANN y A LA SOMBRA DE LAS MUCHACHAS EN FLOR, de _Proust_;
LAURA, de _Clermont_; CRESSIDA, de _Suars_; EL CABARET, de _Arnoux_; LA
ESCUELA DE LOS INDIFERENTES, SIMN EL PATETICO y LECTURAS PARA UNA
SOMBRA, de _Giraudoux_; EL ROSARIO AL SOL, de _Francis Jammes_; OBRAS
ESCOGIDAS, de _Peguy_; FERMINA MARQUEZ, de _Larband_.

INGLATERRA.--LA VUELTA AL HOGAR, LEJOS DE LA LOCA MULTITUD, LA MANO DE
ETHELBERTA, LOS WOODLANDERS y EL BIEN AMADO, de _Hardy_; EL CASO DE
RICARDO MEYNELL y ROBERTO ELSMERE, de _Ward_; LOS HIJOS DEL GHETTO y EL
MANTO DE ELIAS, de _Zangwill_.

ALEMANIA.--EL SUBDITO, DIANA, MINERVA, VENUS y LOS POBRES, de _Enrique
Mann_; LA MUERTE EN VENECIA, de _Toms Mann_.

PORTUGAL.--LA ALEGRA, EL DOLOR Y LA GRACIA, de _Coimbra_.

ESPAA.--TRES NOVELAS EJEMPLARES Y UN PROLOGO, de _Unamuno_.

RUSIA.--EL JARDN DE LOS CEREZOS, de _Chejov_; EL DIACONO DE SANTA SOFIA
y EL ESPRITU DE LAS TIERRAS NEGRAS, de _Siviniakof_; HISTORIA DE UNA
BOMBA, de _Strugi-Andrei_.

ITALIA.--TRES DRAMAS, de _Giacomo_; LOS DEVORADORES, de _Annie Vivanti_;
EVA MODERNA y LA MUJER Y EL AMOR, de _Sighele_.


Todos los ejemplares de esta _Coleccin_ aparecen encuadernados y
editados primorosamente.





PUBLICACIONES CALPE

BIBLIOTECA DEL ELECTRICISTA PRACTICO

Gran enciclopedia de Electricidad

LA MAS MODERNA, MAS CLARA, MAS CONCISA, MAS COMPLETA, MAS ECONOMICA, MAS
MANUABLE Y MAS PRIMOROSAMENTE ILUSTRADA DE CUANTAS SE HAN PUBLICADO
HASTA HOY

OBRA SUMAMENTE PRACTICA Y ORIGINAL REDACTADA POR AUTORES ESPECIALISTAS

bajo la direccin de

D. RICARDO CARO Y ANCHA

_Licenciado en Ciencias fisicomatemticas, oficial de Telgrafos y
profesor de Electrotecnia y Telegrafa en la Escuela Industrial de
Tarrasa._

Biblioteca ideal para cuantas personas intervengan en la electricidad y
sus aplicaciones, pues ensea con admirable claridad todos los
conocimientos relacionados con tan importantsima ciencia.

Consta de 30 preciosos tomos, encuadernados en tela, con unas 5.000
pginas en total, cerca de 1.500 hermosos grabados y muchas lminas en
negro y colores.

Ingenieros industriales, Mecnicos, Electricistas, Contramaestres,
Conductores de mquinas, Fabricantes, Industriales, Maquinistas y
Obreros de Centrales elctricas, Empleados de Compaas de Electricidad
y Telefnicas, Funcionarios del Cuerpo de Telgrafos, Peritos
industriales, Alumnos de las Escuelas Superiores, Metalrgicos,
Doradores, Plateadores, Constructores de mquinas, Instaladores de
Electricidad, Maquinistas y Telegrafistas de buques, etc., encontrarn
en estos interesantes volmenes materia abundantsima de estudio y
consulta.




TOMOS QUE COMPRENDE


                                                              Ptas.
     I. Electricidad y magnetismo                              3
    II. Corrientes alternas. Unidades                          3,50
   III. Pilas elctricas                                       3
    IV. Dnamos de corriente continua                          3,50
     V. Motores de corriente continua                          3
    VI. Alternadores                                           3,50
   VII. Motores de corriente alternativa.                      3
  VIII. Transformadores y convertidores.                       3,50
    IX. Devanados                                              4
     X. Restatos industriales                                 3,50
    XI. Acumuladores                                           3
   XII. Averas en las mquinas elctricas.                    3
  XIII. Lneas elctricas                                      3,50
   XIV. Transporte y distribucin de la energa elctrica      3
    XV. Pararrayos                                             3,50
   XVI. Centrales elctricas                                   3,50
  XVII. Contadores de electricidad                             3
 XVIII. Mediciones de laboratorio                              3,50
   XIX. Mediciones elctricas de taller                        3
    XX. Instalaciones elctricas                               3
   XXI. Electroqumica                                         3
  XXII. Galvanoplastia y galvanostogia                         3
 XXIII. Electrometalurgia                                      3
  XXIV. Lmparas elctricas.                                   3
   XXV. Telegrafa                                             4
  XXVI. Timbres y telfonos                                    3,50
 XXVII. Centrales telefnicas                                  3,50
XXVIII. Telegrafa y telefona sin hilos.                      3,50
  XXIX. Tranvas y ferrocarriles elctricos.                   3,50
   XXX. Electroterapia y Rontgenologa.                        3,50

PRECIO DE LA COLECCION, } 90 pesetas
A PLAZOS O AL CONTADO:  }

VENTAJA A LOS SUSCRIPTORES A TODA LA COLECCION

Los suscriptores a 30 volmenes de que consta la obra disfrutarn del
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Nuevas obras CALPE

ACTUALIDADES POLTICAS Y SOCIALES

Han aparecido cinco libros interesantsimos y trascendentales:

PEQUEA HISTORIA DE LA GRAN GUERRA, de _H. Vast_.--Descripcin y
recopilacin minuciosa y exacta de la enorme tragedia europea. 300
pginas. 19 mapas.--=Cinco pesetas.=

LAS CONSECUENCIAS ECONOMICAS DE LA PAZ.--_J. M. Keynes_, profesor de
Cambridge y miembro que fue de la Conferencia de la Paz, estudia
profundamente la situacin econmica de Europa despus de la guerra. 264
pginas.--=Diez pesetas.=

Tres obras sobre Rusia:

LA REPUBLICA RUSA
    por el _Coronel Malone_ (3 ptas.).

EL BOLCHEVISMO EN ACCION
    por _W. T. Goode_ (3 ptas.).

RUSIA EN LAS TINIEBLAS
    por _Wells_ (4 ptas.).

Quien quiera conocer a fondo el problema de la revolucin rusa y sus
probables consecuencias para Europa, debe leer estas tres obras,
documentadsimas y de poderoso inters dramtico.

       *       *       *       *       *

NOTAS:

[1] Se llaman caminos de _schlitte_ aquellos por los que se transportan
los troncos de los rboles que se talan en los bosques.

[2] Castillo.

[3] Los _segares_ son los obreros de una fbrica de aserrar

[4] Adelante!, adelante!

[5] Margarita o Carlota.

[6] Quin vive?

[7] Bruja de las tormentas.

[8] Trineos que se usan en los Vosgos.






End of the Project Gutenberg EBook of La invasin o El loco Ygof, by 
mile Erckmann and Alexandre Chatrian

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business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
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page at https://pglaf.org

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