The Project Gutenberg EBook of La gran aldea, by Lucio V. Lpez

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Title: La gran aldea
       costumbres bonaerenses

Author: Lucio V. Lpez

Release Date: March 21, 2010 [EBook #31724]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACION

LUCIO V. LPEZ

LA GRAN ALDEA

COSTUMBRES BONAERENSES

BUENOS AIRES
1908




LA GRAN ALDEA


La obra que va a leerse, fue escrita all por el ao 1882 por el
malogrado doctor Lucio V. Lpez, uno de los espritus ms selectos que
hayan brillado en nuestro pequeo mundo literario, en nuestro foro, en
nuestra poltica, en pocas en que eran muchos y muy esclarecidos los
hombres que se disputaban el primer puesto ante la pblica
consideracin, todos ellos con ttulos ms o menos bien conquistados y
sostenidos.

No es de este momento ni de este sitio hacer la biografa de Lucio
Vicente Lpez, que--para ser exacta,--tendra que abarcar de paso todo
un periodo de nuestra historia poltica, a la que su actuacin lo lig
estrechamente. Tenemos que limitarnos a decir que, abogado distinguido y
escritor agudo y sarcstico, las luchas democrticas lo llevaron  las
filas del periodismo, en el que milit, y que nuestros diarios guardan
en sus colecciones, numerosos artculos brotados de su pluma, y que se
hacen notar--como l se haca notar en la conversacin privada,--por su
humorismo, sus epigramas, sus sarcasmos, a veces sangrientos, pero
siempre revestidos de cultsimo y elegante estilo.

De gustos refinados, Lucio Vicente Lpez cultivaba las bellas letras,
ms como catador que como autor, fuera de su papel de polemista
poltico, que con tanto brillo desempe; su ilustracin literaria era
muy vasta, como lo era su preparacin jurdica, y segua con algo ms
que simple curiosidad y no por mero pasatiempo, la evolucin de la
literatura contempornea, sirvindole para este estudio sus
conocimientos clsicos, su innato buen gusto y su talento reconocido,
que brillaba en cuanto atraa, siquiera momentneamente, su atencin y
provocaba su accin.

Pero un da tena que sentir la necesidad de hacer mover y fructificar
sus capitales literarios, no en ligeros esquicios, como lo haba hecho
hasta entonces, sino en obra de ciertas proporciones y de algn aliento.
Esa necesidad de aprovechar lo adquirido, de no dejarlo enmohecer en el
cerebro, como bienes de avaro, le hizo producir _La Gran Aldea_, libro
de observacin y de crtica, lleno de vida y de agudeza, en el que
abundan las pinceladas de mano maestra, aunque la novela fuese un
ensayo, el primer paso en un camino nuevo si no desconocido, y por el
que el autor no emprendi viaje otra vez, trado y llevado enseguida por
las luchas ardientes, por los trabajos del foro, por las altas
posiciones que fue llamado a ocupar en el Congreso y en el Gobierno
mismo del pas.

_La Gran Aldea_ nos presenta un boceto lleno de gracia y de exactitud
caricaturesca, si as puede decirse, de lo que era el Buenos Aires
romntico, el Buenos Aires que apenas han conocido en sus postrimeras
los hombres que hoy cuentan cuarenta aos, pero cuyos ltimos resabios
suelen aparecer todava aqu y all, como fuegos fatuos producidos por
cosas pasadas y muertas hace mucho... el Buenos Aires social,
desaparecido bajo el aluvin extranjero que, sin darle un nuevo carcter
definido todava, le ha quitado su antigua y peculiar caracterstica,
mezcla de criollismo inveterado y de ingenua imitacin europea.

El ttulo mismo de la obra est diciendo lo que es: el retrato de un
pueblo en marcha rpida y progresiva, pero que todava no ha dejado los
andadores de la aldea, del villorrio, para andar con el paso seguro de
la ciudad, cuyo aspecto ofrece ya en el exterior, sin que su intimidad
responda a la apariencia.

La obra es brillante, como todo lo que brotaba de aquella pluma y de
aquel cerebro; tiene defectos, pero, como deca Goldsmith, quin sabe si
esos mismos defectos no constituyen un atractivo ms, y si la percepcin
no deslucira el libro, quitndole individualidad.

_La Gran Aldea_ apareci por primera vez en los folletines del _Sud
Amrica_, que acababa de fundarse entonces. En seguida se hizo de ella
una edicin de corto nmero de ejemplares. La gran masa de lectores con
que ahora cuenta nuestro pas, no puede conocerla, por lo tanto. Hubiera
sido lstima que el silencio siguiese rodeando a esta novela, leda slo
por escasos aficionados y cultores de las letras, cuando tiene, por su
humorismo, por su crtica, por la fiel pintura de otros tiempos, otras
costumbres y otros hombres, derecho a convertirse en un libro popular, y
a perpetuar la memoria de su autor, como perpeta el recuerdo de su
inesperada e injusta muerte, sobrevenida en la plenitud de sus fuerzas,
la vibrante figura de la Protesta, levantada sobre su tumba por el gran
escultor francs...




                 _A MIGUEL CAN_

                       _mi amigo y camarada_,

                                _L. V. L._




     Qu'on ait trouv des personnalits dans cette comdie, je n'en suis
     surpris: on trouve toujours des personnalits dans les comdies de
     caractre comme on se dcouvre toujours des maladies dans les
     livres de mdecine.

     La vrit est que je n'ai pas plus vis un individu qu'un salon;
     j'ai pris dans les salons et chez les individus les traits dont
     j'ai fait mes types, mais, o voulait-on que je les prisse?

                               EDOUARD PAILLERON.

                         (_Le Monde o l'on s'ennuie_).




LA GRAN ALDEA




I


Dos aos haca que mi to viva en mi compaa cuando, de pronto, una
maana, al sentarnos a almorzar, me dijo:

--Sobrino, me caso...

Cualquiera creera que me dio la noticia con acento enrgico. Muy lejos
de eso! Su voz fue, como siempre, suave e insinuante como un arrullo,
pues mi to, aunque tena el carcter del zorro, afectaba siempre la
mansedumbre del cordero.

Y qu tena de particular que mi to se casara? Vaya si lo tena!
Haba cumplido los cincuenta y ocho aos y apenas haca dos que mi ta
haba muerto. Mi ta! Ah, el corazn se me parte de pena al
recordarla!... Una seora feroz, hija de un mayor de caballera que
haba servido con Rauch, que haba heredado el carcter militar del
padre, su fealdad proverbial, un gesto de tigra, y una voz que, cuando
resonaba en el histrico comedor de su casa, haca estremecer a mi to,
y el temblor de la vctima transmita el fluido pavoroso a los platos y
a las copas que se estremecan a su turno dentro de los aparadores al
recibir en sus cuerpos frgiles y acsticos el choque de la descarga de
terror conyugal.

As pasaban las cosas cuando mi ta Medea purificaba sobre la tierra a
su marido. El espanto dominaba toda la casa: los antiguos retratos al
leo de sus antepasados, y hasta el del feroz mayor de caballera,
tiritaban entre los marcos dorados, y perdan la tiesura lineal y
angulosa del pincel primitivo que haba inmortalizado aquellos absurdos
artsticos; los muebles tomaban un aspecto solemne, y parecan, por su
alineacin severa, la serie de los bancos de los acusados; los relojes
se paraban, los sirvientes ganaban los confines de la casa; mi to, que
comenzaba por esbozar una splica en su rostro de marido hostigado
durante veinticinco aos, conclua por doblar el cuello y hundir su
barba en el pecho, ni ms ni menos que una perdiz a la que un cazador
brutal descarga a boca de jarro los dos caones de la escopeta. Las
imprecaciones y los gritos estentreos de mi ta Medea se prolongaban
hasta altas horas de la noche; tena unos pulmones dignos de alimentar
el rgano monstruo de Albert Hall; y sus iras inclementes y casi
mitolgicas, brotaban de sus labios como un torrente de lava hablada, en
medio de gesticulaciones y de ademanes dignos de una sibila que evacua
sus furores tremendos.

Una mujer como mi ta, tena que ser, como fue, de una esterilidad a
toda prueba. Hasta los quince aos yo tuve vehementes dudas sobre su
sexo; aquel retoo de los Atridas no dio fruto a pesar de mi to.

Mi to estaba lejos de ser un apstol, pero era un santo.

El lado dbil de mi to era el amor, y esto explicar por qu es que a
los dos aos de viudez acaba de declararme que se casa. Mi to era un
alfeique delante de una mujer bonita. Decir que se derreta sera poco,
se revena, se volva una celda de miel. Al or una voz juvenil brotando
de una garganta esbelta y alabastrina, al ver un cuerpo elstico y
nervioso modelado por los contornos de la carne viva y suave a la
presin, mi to, que era flaco y alto como un junco de las islas, gema
involuntariamente como una arpa elica, y, no contento con saborear la
estatua con los ojos, ceda, sin querer, el brazo a los movimientos
irrespetuosos de la electricidad animal y gustaba de tocar el buen
seor.

Convengamos en que el defecto era humano y no grave. Pero ved aqu cmo
dos pasiones contrarias, la clera crnica de mi ta y la ternura
amorosa de mi to, haban llegado poco a poco a constituir en l una
segunda persona, en la que se haban transformado todos los rasgos
primitivos de su carcter. El buen viejo haba conservado toda su
bondad, toda su mansedumbre; pero, perseguido, acosado, estirado, como
un hilo elstico, por su mujer, se haba enflaquecido ms de lo que
haba sido y haba adquirido un tipo fsico lgico, con su nuevo
carcter moral: una especie de Tartufo, pero no un Tartufo odioso y
antiptico, sino por el contrario, y aunque esto parezca una paradoja,
un Tartufo ingenuo y cndido, a quien Orgon descubra en cada aventura
por la falta de las grandes cualidades jesuticas que constituyen el
carcter del ms alto representante del molierismo...

As, mi to, que turbaba de cuando en cuando la paz del servicio, sufra
siempre la desgracia que nadie sufre en este mundo; lo que no pasa
jams: que los sirvientes lo delatasen a la seora. El regreso del
paseto despus de comer casi siempre lo colocaba en una situacin
crtica y zurda: o la manga de la levita blanqueada por el contacto de
las paredes humanas, o el perfume de un ramo de jazmines, o lo
inmoderado de un nudo de corbata poco defendido, o cualquiera otra
causa, lo entregaban a las garras de la leona, y los celos de Norma
estallaban:

--Viejo libertino y sin vergenza, inmoral, corrompido, sucio!...

--Pero, Medea!...

--Silencio! hombre sin pudor!... habrse visto canalla igual!...
corriendo las calles de noche, echando cuchufletas a las sirvientas en
las puertas de calle!

Vea usted! Esa manga denuncia al canalla! A ver, aunque no quieras, te
he de registrar el pecho... Eh! Qu se me importa que se te arrugue la
camisa? Qu, no veo acaso al viejo calavera degradado en ese moo
indecoroso de la corbata!... Un ramo de jazmines!... Quin te ha dado
ese ramo? Di, hombre infame y malvado. Quin te ha dado esa inmundicia?
Puf!... huele a patchoul! Debe ser alguna guaranga, degradada como
t... Esta me la has de pagar! Ha de arder Troya! Usted ha manchado mi
familia y mi nombre, arrastrndolo por las ltimas capas sociales. El
nombre de los Berrotarn! Si mi padre viviera, ya te habra molido las
costillas; treinta aos fue militar, y mi madre no tuvo jams una queja.
Valo usted all, levante los ojos y pida usted perdn al autor de mis
das... marido depravado y perverso!

Y Pollion caa fulminado por los anatemas.

As haban pasado los das del primer matrimonio de mi to. El haca _in
petto_ grandes programas de enmienda: se crea un culpable, un malvado,
pero no poda con sus extravos de ternura, y a fe que tena razn: mi
ta era refractaria por ndole y por naturaleza a todo afecto ntimo, y
sus caricias deban ser, si alguna vez las hizo a alguien, como las
manotadas de una pantera.

Las impresiones que aquel hogar lleno de movimiento producan sobre mi
espritu, eran mltiples y variadas. Mi ta Medea nunca dejaba de
echarme en cara que al morir mis padres me haba recogido por favor y
como un acto mil veces ms caritativo y recomendable que el de la hija
de Faran, salvando a Moiss de la corriente del Nilo. Mi padre, hermano
menor de mi to, haba muerto joven, y mi madre al darme a luz. Ante la
ley natural, a Dios gracias, mi ta no poda exigirme parentesco.

En aquel hogar rancio y ridculo yo me haba formado sin grandes
afecciones; haba crecido lentamente como una planta extica al lado de
mi pobre to, que sin duda me quera, y que, no sabindose defender a
s mismo de su terrible compaera, se guardaba por su parte muy bien de
protegerme cuando la brava seora la emprenda conmigo.




II


Me acuerdo, sin embargo, con una memoria vivsima, de los primeros aos
de mi niez. Miraba la vida como pudieran mirarla los hijos del Prncipe
de Gales o los de un Rothschild. Todo lo que me rodeaba, mientras vivi
mi padre, era pobre y de una mediocridad bastante marcada; pero yo lo
encontraba de una belleza, de una abundancia y de un gusto
excepcionales. Nadie me haba inspirado estas pretensiones pueriles; por
el contrario, mi padre, cuando me di cuenta de su valor moral, era de
una modestia pristina en su vida. Pero yo encontraba tan hermosa la
vieja casa alquilada! Tan lujosa la sala en que dominaba un gran retrato
de mi madre querida, que tena, si la expresin se me permite, esa
lstima egosta que siente uno por los dems nios cuando es nio
tambin.

Qu hombre, qu mujer, por variada y llena de contrastes que haya sido
su vida, no tiene all, en el fondo del recuerdo, la fotografa vaga
pero indeleble de las primeras impresiones del mundo? Es una fiesta, un
da de escuela, un encuentro, un juguete, un cario recibido y devuelto,
el protagonista de ese inolvidable poema de la memoria; la palabra no lo
anima jams, no se comunica a nadie, porque es tal vez trivial cuando
adquiere formas externas; se acaricia la reminiscencia a solas,
ntimamente, y ella vuelve y retorna siempre a la mente, porque es como
el cimiento de las memorias, el sedimento que han dejado las primeras
impresiones de la vida en el espritu del hombre.

La fisonoma de aquel hogar, trunco por la muerte de mi madre, no se
borrar jams de mi mente. Dormamos con mi padre en la misma
habitacin. Veo todava aquel teatro clebre de cuentos y juegos
inolvidables; los seis antiguos grabados ingleses de sus paredes,
colgados con poco esmero; seis escenas de los romances de Waverley,
amarillentos y mareados entre sus maltratados marcos, casi siempre
torcidos, pendientes de sus clavos desiguales.

Cuntas veces al adormecerme bajo la media luz de la habitacin,
parecame ver moverse la figura misntropa de Guy Mannering, y de
espanto al verla salir del marco, encogame todo en el lecho, tapbame
hasta la cabeza y cerraba los ojos para no ver la escena fantstica que
fraguaba contra m mismo la imaginacin calenturienta del nio. Oigo el
tic-tac del antiguo reloj de familia, y el golpe grave de su timbre
resuena en mi odo an. Recuerdo el miedo que me causaba al despertar en
medio del sueo ese montono murmullo del silencio nocturno, reagravado
por el bulto humano, horroroso, amenazante, que parecan formar las
ropas de mi padre puestas al acaso sobre una silla, y en cuya ingeniosa
y casual combinacin crea ver el cuerpo de un ladrn o de un bandido.
Oh! Qu alegra, qu desahogo, cuando la mirada, despus de un examen
ansioso, descubra el fatal engao y los objetos tomaban su forma
natural disipndose el terrible fantasma!




III


Tena diez aos cuando muri mi padre. La ltima vez que me acercaron al
borde de su cama, me abraz y me llen de besos; tendra entonces
cuarenta aos, pero representaba sesenta; tanto lo haba quebrantado la
terrible enfermedad que lo consuma!

Espritu dbil, la muerte de su compaera lo haba abatido, haba hecho
intil su existencia. Pobre, sin porvenir, esclavo de un empleo
subalterno que serva desde 20 aos atrs, careca de la iniciativa
vigorosa de otros hombres que buscan en los trabajos variados de la vida
el consuelo de los grandes dolores humanos. La monotona de sus deberes
cuotidianos, ese horrible destino de hacer la misma cosa hoy, maana y
siempre; el sueldo peridico que jams se aumenta ni reproduce; la falta
del ideal, de la esperanza, de ese horizonte dorado que persigue toda
criatura en el mundo, abatieron las fuerzas de aquel noble pero
desgraciado corazn, cuyo fin fue como el de una mquina que estalla y
se inutiliza antes de tiempo.

Mi to, dominado por su absurda mujer, nos vea poco. Pobre tambin, se
haba casado con ella que tena una fortuna considerable, y en su casa,
como era natural, dominaba el carcter militar de mi ta, duplicado por
la influencia de su fortuna.

Sin embargo, el buen to Ramn, con sus debilidades, pero excelente en
el fondo, al saber la gravedad extrema de mi padre, vino a vernos.

Los dos hermanos se abrazaron. La palidez de mi padre se confunda con
la blancura de las almohadas de su cama.

Aunque nio, y sin poderme dar cuenta profunda de aquel solemne momento
de mi vida, llor amargamente abrazado de su cuello; sent su ltimo
calor vital con un ntimo estremecimiento de dolor, estrech sus manos
descarnadas, me mir en sus ojos apagados y permanec mucho, mucho
tiempo a su lado, sollozando y enjugando mis lgrimas.

Mi padre haba abierto un pequeo libro con lminas ordinarias para
distraerme, y yo, sin separarme de su lado, hojeaba casi maquinalmente
sus pginas, y me detena contemplando los grabados, siempre estrechado
por l.

--Bien, hijito--me dijo al fin,--vete a recoger, que es tarde ya y yo
tengo que hablar con tu to.

Y como yo hiciera un movimiento de cariosa resistencia para separarme
de su lado, l insisti dulcemente, me volvi a abrazar y a besar muchas
veces y mi to Ramn me condujo a un cuarto inmediato donde me haba
instalado desde que mi padre se agrav.

Al separrmele, qued en mis manos el libro que habamos estado
hojeando. Me desnudaron y me acostaron.

Un instinto, qu s yo, uno de esos profundos movimientos del alma de
los nios, que son como el germen de todos los variados y tiernos
sentimientos que brotan despus en la adolescencia, me hizo no separarme
de aquel libro. Apagose la luz de la habitacin, y yo estaba abrazado de
mi precioso recuerdo. Quera protegerlo y ser protegido por l mismo;
era como una prenda de mi padre, que me lo recordaba y me lo reproduca;
llor mucho sobre l y deb humedecerlo tanto con mis lgrimas, que mis
manos llevaron muchas veces a los labios el sabor amargo del llanto; y
fue as, abrazado de mi libro, defendido el pecho por sus pginas, que
me dorm aquella noche, la ltima de mi vida en que deba ver al autor
de mis das. Aquella noche muri mi padre, mientras yo dorma oprimiendo
el tesoro conquistado.

Pobre libro mo! A los diez aos muy lejos estaba de amarlo por el
valor moral de sus pginas; era el _Ivanhoe_, el primer romance que
deba deslumbrar ms tarde mi imaginacin virgen de impresiones. Lo
amaba, porque haba sido de mi padre: todo era en l precioso para m,
sus grabados en madera, sus tapas comunes, bastante estropeadas, sus
ngulos doblados por los golpes que sufra, sus pginas descoloridas, en
las que mis ojos inquietos se solan detener de paso.

El entierro de mi padre fue muy modesto por cierto; muri por la
madrugada, y durante todo el da me tuvieron encerrado en el cuarto en
que me haban puesto, sin dejarme salir de l. En un momento yo
consegu, sin embargo, escaparme, llevado por esa curiosidad inquieta de
los nios, me intern en las habitaciones que conducan a la sala, y por
la hoja entreabierta logr ver dos largos y gruesos cirios llenos de las
congelaciones de la cera que chorreaba sobre ellos, colocados sobre
enormes candelabros de platina, semejantes a los que haba visto en las
iglesias; los candelabros reposaban sobre un tapiz de pana negra rada,
con guardas de oro bastante estropeadas; el olor acre de la cera de los
cirios me hizo un malsimo efecto, y sin darme cuenta de lo que vea,
retroced a mi cuarto sin atreverme a seguir adelante.

Nunca despus en la vida he dejado de recordar aquel momento, al aspirar
el ambiente peculiar que forman las velas amarillosas de cera que queman
alrededor del fretro de los que acaban de morir, y aquella impresin de
nio, es otra de las muchas que no se borrarn jams de mi memoria.

Mis parientes se dieron mucha prisa en enterrar a mi padre; a eso de las
cinco de la tarde comenc a sentir el murmullo de voces y pasos de
gentes que entraban. Me asom por la puerta que daba al patio y vi
muchos hombres vestidos rigurosamente de negro que se congregaban en
pequeos grupos, saludndose reverenciosamente los unos con los otros;
todos parecan estar muy tristes y pensativos, a juzgar por la gravedad
de sus rostros.

Una sirvienta me arranc de la puerta desde donde yo observaba la
concurrencia lleno de estraeza, al ver un nmero tan considerable de
gente en mi casa, donde tan pocas y raras personas nos visitaban. Un
rato despus me pareci que el ruido de los pasos aumentaba, como si un
tropel de gente se pusiese en movimiento y poco a poco fui notando que
se alejaba. En la calle se oyeron rodar carruajes, pero el ruido de los
coches tambin se extingui y todo qued en silencio. Entonces me asom
otra vez por la puerta del patio: haba quedado completamente solo, la
puerta de la calle estaba entornada, cerradas las de las habitaciones;
la tarde avanzaba y la humedad de un da lluvioso daba a aquella escena
un aspecto tristsimo.

Me dio miedo y entr en mi cuarto.

Mi ta Medea conversaba en las habitaciones inmediatas con cuatro o
cinco seoras viejas y de edades incalculables. Yo me present
francamente entre ellas: una me acarici; las otras, incluso mi ta, me
miraron con cierta indiferencia, y yo no deb preocuparme mucho tampoco
de ellas, porque prefer meterme debajo de la mesa del comedor donde
permanec largo tiempo recorriendo las estampas de mi libro inseparable.

Las seoras tomaron algunas copas de vino y mi ta tom dos, dicindoles
que estaba muy dbil, que durante el da no haba probado bocado, lo que
probablemente le sirvi de pretexto para comer un plato entero de
bizcochos que haban presentado junto con el vino.

Aquellas seoras se levantaron al fin, y mi ta con ellas, diciendo a
la sirvienta que me cuidaba, que me tuviera listo para el da siguiente
en que ella vendra a buscarme temprano.

En efecto, al da siguiente del entierro de mi padre volvi mi ta Medea
a buscarme. Lo primero de que me apoder para decir adis a aquel hogar
semejante a un nido abandonado, fue de mi buen libro; nada ms deseaba
llevar.

Quise, sin embargo, recorrer toda la casa antes de partir.

Se aspiraba en todos los cuartos ese ambiente de tristeza que tienen los
sitios que se abandonan.

Entr en el cuarto en que mi padre haba muerto; todo estaba en
desorden: la cama en el medio, sin colchones, como un esqueleto de
hierro; los armarios vacos.

Mi ta Medea haba hecho acto de generosidad con los pobres, repartiendo
las ropas de mi padre; la vieja alfombra haba desaparecido; las
baldosas contribuan a aumentar lo triste de la escena con su frialdad
glacial; mis buenos grabados ingleses ya no estaban tampoco; algunos
fragmentos de mis juguetes haban sido relegados a un rincn de la
habitacin; entr en la sala y vi con jbilo que el retrato de mi madre
estaba all y que mi to haba dispuesto que lo condujesen a su casa. En
un ngulo de la sala estaban agrupados los cuatro candelabros con sus
cirios apagados, las mechas duras y achatadas sobre la cera, que haba
formado al derretirse una masa de coagulaciones semejantes a las labores
gticas de una abada; a un lado de ellos estaba la manta de pana negra,
rada, con sus guardas galonadas.

Entraban y salan peones con muebles:--Desalojaban! Oh! qu triste es
una mudanza, y cunto ms triste cuando tiene lugar porque han muerto
los que habitaban la casa! Qu triste es ese desorden! Las voces de
las gentes de todas menas que entran y salen; la desnudez en que quedan
los pisos y las paredes; el abandono, el silencio, que van invadiendo
poco a poco! El ltimo trasto que se saca, casi siempre una silla, cuyos
pies desiguales le dan cierto aire de grotesca melancola, ante el cual
slo el pincel de Dickens es capaz de levantar el poema que surge de la
observacin sentimental de los objetos. Qu momento ese, en que el
ltimo, despus de dejar desiertas las habitaciones, cierra la puerta de
la calle tras de s! El eco cavernoso responde entre los ngulos de los
cuartos abandonados, el eco solo, voz solemne de lo vaco, de la
soledad, de las tumbas!




IV


El cambio de domicilio fue un acontecimiento para m; la esplndida casa
de mi to Ramn, mi ropa flamante de luto, la nueva faz de mi vida,
ejercieron en mi espritu toda la influencia de la novedad.

Haba alguna diferencia, por cierto, entre la pobre morada de mi padre y
la esplndida mansin de mi to, o ms bien dicho, de mi ta, pues todo
lo que haba en ella, hasta el ltimo alfiler, como ella deca, era suyo
propio y lo haba heredado del famoso mayor Berrotarn, terror de los
indios y loor del ejrcito. Mi to Ramn era un pobrete que slo haba
aportado al matrimonio su decencia con lo encapillado, como rezaba la
antigua frmula testamentaria.

Se trat de mi educacin; mi to, que se interesaba por m, quiso
tomarme maestros de idiomas y proporcionarme una enseanza esmerada,
pero todo fue en vano.

Mi ta Medea sostuvo con argumentos sin rplica y resoluciones
inapelables, que demasiado haba hecho ella consintiendo en cargar con
hijos de otro.

--Si no tiene usted familia, usted solo tiene la culpa! Mi padre tuvo
diecisiete hijos y slo fue casado dos veces!

--Bien, Medea, tienes razn, yo tengo la culpa!

--Y es usted tan cnico que lo confiesa!

--Pero si es por complacerte!...

--Por complacerme! Y ese es el modo de complacerme? Traerme los hijos
de otros, echar esa carga a su mujer! Por qu no lo ha puesto usted en
un taller, para que aprenda un oficio y se haga hombre? Por qu no lo
ha destinado usted a un cuerpo de lnea, para que siguiese la noble
carrera militar?

--Mira, Medea: es el hijo de mi pobre hermano, lleva mi apellido como
t, no tenemos hijos... Qu cosa ms natural que lo hagamos nuestro
hijo, que lo eduquemos conforme a nuestros medios?

--Ca! No me muelas la paciencia, Ramn, no me impacientes--contestaba
mi ta Medea furiosa.--Yo no necesito de tu nombre para nada!
Gurdatelo, que para nada me sirve! Yo me llamo Berrotarn y usted es
un pobre diablo, hijo de un lomillero. S, seor, de un lomillero! Su
padre de usted era lomillero en tiempo de Rozas. Haga usted lomillero a
su sobrino!

Mi to se pona rojo de vergenza ante estas contestaciones, y yo, que
no poda darme cuenta de cmo mi ta, tan llena de orgullo y de
pretensiones, haba podido casarse con el hijo de un lomillero, deca
para mis adentros que deban haberla casado por fuerza con mi to Ramn,
porque, de otro modo, no podra explicarse tanta desigualdad de
condiciones. Indudablemente mi to Ramn haba abusado de mi ta,
permitindole que lo aceptara por esposo.

Escenas conyugales como la que acabo de narrar eran muy comunes en
aquella casa. Mi to estaba completamente sometido; en lo nico en que
era incorregible era, como ya lo he dicho, en materias de amor, y por
esta causa se daban los ms famosos combates ntimos que tenan lugar.
Combates?... digo mal; mi to no combata nunca; se entregaba por
completo, rendido a discrecin, y mi ta emprenda la terrible ejecucin
del marido infiel.

Mi ta Medea era muy dada a la poltica; ella pretenda tomar parte en
el Gobierno, y era, por consiguiente, amiga de la situacin.

La poca en que yo me criaba era muy agitada. Haca poco tiempo que se
haba dado la batalla de Pavn. Quera mi ta llevarlo todo a sangre y
fuego, y su divisa era o por la ley o por la fuerza.

Mi to Ramn haba tenido que inscribirse en uno de los centros
electorales en que la opinin estaba dividida, y aunque con su carcter
muy indiferente por la cosa pblica, el buen ciudadano figuraba
pomposamente en la comisin directiva, debido sin duda a la iniciativa
de su mujer, que no admita excusas, y a sus medios pecuniarios, y no a
su entusiasmo por la lucha o a sus aspiraciones polticas.

El candidato de mi ta ejerca sobre ella la influencia de un profeta:
no conceba que delante de su figura inspirada y magnfica pudieran
levantarse adversarios; mi ta, como he dicho, era de una virtud agria e
indomable, pero, cuando se hablaba de su orador y de su poeta, una
especie de delirio alarmante la invada, y si hubiera sido joven y bella
y su dolo le hubiera dado una cita a media noche, habra ido, loca de
amor, a rendirse a sus caricias omnipotentes, porque perderse con l no
habra sido para ella una falta sino el cumplimiento de un deber
inexcusable.

As era por aquellos das el fanatismo poltico entre las mujeres. El
dolo poltico de mi ta, hombre formal, estudioso, lleno de buena fe,
como el profeta de Mnster, tena una especie de virtud inconsciente e
involuntaria para revolver las cabezas femeninas, y a pesar de toda su
gravedad, de todo su juicio, contbase como cierto por los adversarios,
que ms de una vez, la crema de la high-life del tiempo, las seoras ms
encopetadas de Buenos Aires, le haban hecho manifestaciones pblicas de
simpata en las ventanas de su casa, ponindolo, en una edad que no era
la de Apolo, en el caso de presidir la asamblea de las mujeres, perorar
ante ellas y echarles las ms metafricas, las ms eufnicas, las ms
pintadas frases de su cosecha oratoria.

Por supuesto que mi to dejaba hacer y jams demostr celos por aquellos
actos de su mujer; tenerlos habra sido tan temerario como si los
griegos los hubiesen tenido de Jpiter, cuando el rey del Olimpo haca
sus parrandas nocturnas por sus hogares.

En el partido de mi ta, es necesario decirlo para ser justo, y sobre
todo para ser exacto, figuraba la mayor parte de la burguesa portea;
las familias decentes y pudientes; los apellidos tradicionales, esa
especie de nobleza bonaerense pasablemente betica, sana, iletrada,
muda, orgullosa, aburrida, localista, honorable, rica y gorda: ese
partido tena una razn social y poltica de existencia; nacido a la
vida al caer Rozas, dominado y sujeto a su solio durante veinte aos,
haba, sin quererlo, absorbido los vicios de la poca, y con las grandes
y entusiastas ideas de libertad, haba roto las cadenas sin romper sus
tradiciones hereditarias. No transform la fisonoma moral de sus hijos;
los hizo estancieros y tenderos en 1850. Mir a la Universidad con
huraa desconfianza, y al talento aventurero de los hombres nuevos
pobres, como un peligro de su existencia; crey y form sus familias en
un hogar lujoso con todas las pretensiones inconscientes a la gran vida,
a la elegancia, y al tono; pero sin quererlo, sin poderlo evitar, sin
sentirlo, conserv su fisonoma histrica, que era honorable y virtuosa,
pero rutinaria y opaca. Necesit su hombre y lo encontr: le inspir sus
defectos y lo dot con sus mritos.

En vida de mi ta, su casa era uno de los centros ms concurridos por
todas las grandes personalidades, y en ella se adoptaban las
resoluciones trascendentales de sus directores. Los grandes planes que
deban imponerse al comit, para que ste los impusiese al pblico,
salan de all, y en su elaboracin tomaban parte las cabezas supremas,
que deliberaban como una especie de estado mayor, sin que los jefes
subalternos tomasen parte en las discusiones. Lo ms curioso era que
aquella gran cofrada crea, o estaba empeada en hacer creer, que era
el partido quien conceba los profundos programas electorales, y la
verdad era que el gran partido sola convertirse en un ser tan pasivo
como los dolos asirios, que aterraban o entusiasmaban a las
muchedumbres segn el humor del gran sacerdote que gobernaba los
resortes ocultos de la deidad.

Tenan aquellas reuniones un colorido particular, y ms de una vez fui
espectador de las escenas que se producan entre sus altos y profundos
augures. Mi ta no estaba quieta un solo instante; sala y entraba a la
sala en que se congregaban sus correligionarios, atenda a una que otra
visita ntima del barrio en las habitaciones interiores, y volva de
nuevo por un instante a seguir el hilo de los debates y peroraciones que
tenan lugar.

Una noche prxima al da de una eleccin, segn creo, se reunieron en
casa de mis tos aquellos hombres que yo consideraba providenciales.
Desde temprano se haban encendido todas las araas y candelabros del
saln, y yo, ardiendo de curiosidad, hice todo lo posible por ser
espectador lejano, desde la antesala, de aquella notable asamblea.

Eran las ocho de la noche y entraban los primeros concurrentes.

--No me hable usted de la juventud, seor don Ramn, la juventud del da
no sirve para nada--deca a mi to un caballero flaco, de cuarenta aos
largos, con una fisonoma garabateada por la barba y las arrugas del
cutis.

--Tiene razn, doctor, los jvenes no sirven para nada.--No te metas,
Ramn, en lo que no sabes--contestaba mi ta furibunda.

--Vean ustedes, seores: llevar hombres jvenes a las cmaras sera
nuestra perdicin. La juventud del da no tiene talentos prcticos;
cmo quieren ustedes que los tenga? Le da por la historia y por
estudiar el derecho constitucional y la economa poltica en libros!
Forman bibliotecas enormes y se indigestan la inteligencia con una
erudicin intil, que mata en ellos toda la espontaneidad del talento y
de la inventiva. S, seores, los libros no sirven para nada! Ustedes
me ven a m... Yo no he necesitado jams libros para saber lo que s.
Pero no quieren seguir mis consejos, seor! Los libros no sirven para
nada en los pueblos nuevos como el nuestro. Para derrocar a Rozas no
fueron necesarios los libros; para hacer la Constitucin de 1853,
tampoco fueron necesarios, y es la mejor constitucin del mundo. Yo soy
abogado y me ha bastado Darnasca para aprender mi profesin. La nocin
del derecho se pierde cuanto ms a fondo se quieren conocer los textos.
Lo mismo es la poltica! Nosotros no estamos preparados para gobernar
con Hamilton, Madison y Story. El buen sentido, eso basta! S,
seores, el buen sentido basta! Yo por ejemplo, no leo sino los diarios,
y el periodismo, seores, es como el pelcano, alimenta a sus hijos con
su propia sangre. Usted ha estado en mi estudio, seor don Ramn, no es
verdad? Ha estado usted? Pues bien! Qu libros ha visto usted?
Colecciones de los diarios en que he escrito, eso s: la coleccin de
_La Colmena_, _La Espada de Damocles_, _La Regeneracin Portea_, _El
Gorro de la Libertad_, etc., todos los diarios de que he sido redactor.
Pues bien, eh?... he necesitado alguna vez informarme sobre la pesca de
los pengines en la costa patagnica, cuando he sido ministro, qu he
hecho?... a _La Espada de Damocles_... registro la coleccin y en 1853 o
54, encuentro el artculo que escrib sobre la pesca de esos moluscos...

--Pero, doctor, los pengines no son aves?--observ mi to.

--Pero no vuelan, seor don Ramn, y son esencialmente martimos, y se
pescan en vez de cazarse; por eso es que los clasifico entre los
moluscos, y as los designo en mi artculo de _La Espada de Damocles_. Y
lo mismo que digo de la pesca de los pengines, digo del gobierno
parlamentario; nos estn hablando de las bondades del sistema
bicamarista... Vean ustedes el resultado que nos ha dado en la nacin y
en la provincia... Hemos retrocedido, seores, hemos retrocedido veinte
aos; nuestro primer acto de gobierno debe ser volver a la cmara nica
y poco numerosa. Yo lo he sostenido en un artculo que escrib en 1853
en _El Gorro de la Libertad_; ah estn los argumentos irrefutables de
mi tesis. La cmara nica, seores, no hay nada mejor; basta el buen
sentido para comprender que dos cmaras es el absurdo, seor! Una est
en contra de la otra siempre, y cmo gobernar cuando dos fuerzas
iguales, se chocan? El axioma fsico es que dos fuerzas iguales se
destruyen... y la fsica tiene leyes anlogas a la poltica! No hay
gobierno posible as! La cmara nica es lo ms sencillo, lo ms
expeditivo y lo ms cmodo!...

--Pero los ingleses, seor doctor, tienen dos cmaras--observ uno de
los circunstantes.

--Permtame, seor; la Inglaterra es un pas extravagante, de clima
diferente al nuestro, y se explica el error all. Pero nosotros tenemos
un clima ardiente y es un peligro grave prodigar las fuerzas y el
nmero de las asambleas parlamentarias en la Repblica Argentina. Eso es
lo que nos lleva siempre a las oposiciones tenaces. Nuestro partido
perder el gobierno por eso, seores; por extender el nmero de las
asambleas. Con una cmara nica de veinticinco amigos no seremos
vencidos. Yo se lo he dicho siempre al general:--No le haga caso a don
Benjamn Boston; mire que don Benjamn es de origen norteamericano,
mientras que nosotros debemos seguir la escuela poltica de Rivadavia.
Don Benjamn es orador muy elocuente, pero no tiene una cabeza poltica
ni previsora: tiene demasiados libros para ser buen gobernante y jams
ha escrito en un diario. Pero no se me hizo caso, seor, y ya vern
ustedes los resultados!

--Cunto me alegro, doctor Trevexo, de que Ramn oiga lo que usted
dice! Cunta razn tiene usted! Figrese usted que mi marido se
empeaba en llenarle la cabeza de librajos a su sobrino y ensearle
idiomas, y que s yo qu otras cosas... Para qu?...

--Todo eso no sirve para nada, seora. Ensele usted a leer y a
escribir y deje usted al talento que se revele solo. Repito a usted que
en este pas los hombres no necesitan estudiar nada para llegar a los
altos puestos.

No me ve usted a m?

Acostumbre usted al nio a que lea los diarios y a que guarde recortes
de los artculos que le interesen. A los veinte aos sabr ms que toda
su generacin.

--Pero ya ve usted, doctor Trevexo, que el general no debe ser de su
opinin; pocos hombres tienen ms libros y papeles que l; un da que
tuve el alto honor de verlo en su casa, sal pasmado de la copiosidad de
su biblioteca.

--A eso iba, eh! eso iba a contestarle: es que usted ha conocido al
general en su mala poca; desde que ha empezado a estudiar ha empezado a
degenerar, ha perdido el brillo de su palabra y la espontaneidad de su
espritu y se ha envejecido.

--Es posible? Qu es lo que me dice usted, doctor?--interrumpi mi ta
llena de sobresalto.

--Lo que usted oye: don Buenaventura se ha hecho un indiferente criminal
desde que se le ha ocurrido instruirse. Quin me lo negar? Todo su
talento improvisador se le ha apagado. Qu diferencia del general de
hoy al de otros tiempos; qu improvisaciones las de entonces, qu
discursos, qu proclamas, qu artculos!

--Y qu versos!--agreg mi to Ramn lleno de buena fe, con el nimo de
cooperar al elogio.

--No! los versos no han sido nunca gran cosa--contest el doctor con
impaciencia.

--Oh! perdone, doctor, y _El Matrero_ y _el Mendigo_?--agreg mi ta.

--Pschet! as, as... No! los versos no son su fuerte. Pero los
discursos, las proclamas; aquel discurso contra los ministros de
Urquiza...

--Ah, s! cuando les ofreca echar las puertas de los ministerios a
caonazos a aquellos bandidos--rompi mi ta electrizada.

--Eso es, eso es, y aquella proclama al pueblo de Buenos Aires: Os
devuelvo intactas...

--No, intactas no; la proclama deca casi intactas.

--Bueno, es lo mismo. Qu bellas frases, qu verdades de a puo! Ah,
qu tiempos, doctor! Esos eran tiempos de entusiasmo. S, cada vez que
me acuerdo de lo que era Buenos Aires el ao pasado no ms, me convenzo
de que las porteas ya no somos lo que ramos; qu unin! Quin se
atreva a hablar en contra nuestra? No haba sino un hombre, un solo
hombre y ese hombre era l.

--Y se acuerda usted de la discusin del acuerdo, doctor?

--Cmo no, misia Medea!

--Entonces, s, haba decisin popular; las injurias y denuestos que
vomitaron los enemigos de Buenos Aires; aquellos bandidos! las pagaron
caras. Qu barra, qu barra lucida y resuelta; cmo silbaba a los
traidores y cmo aplauda a aquellos patriotas!

--Yo tengo presente ese da--observ uno de los personajes que all
estaban.

--Es cierto, seor don Pancho, que usted estaba all--contest el doctor
Trevexo.

--Cmo no! Yo capitaneaba el grupo principal.

--El de los tenderos patriotas, no?

--Precisamente; nos habamos reunido la noche antes en mi tienda toda la
crema de la calle del Per; Tobas Labao, Narciso Bringas, Policarpo
Amador, Hermenegildo Palenque: la flor del mostrador, que durante la
tirana de Rozas haba estado metida en un zapato, y nos fuimos a la
barra. Cuando hablaba don Buenaventura, lo saludbamos con una lluvia de
aplausos, y cuando los urquizistas pedan la palabra, se armaba la
gorda.

--Pero hubo algunos muy insolentes, no?

--Cmo no! y nos insultaron; pero Buenos Aires triunf y nos libramos
de Urquiza.

--Y de los provincianos para siempre. Porque all se salv Buenos Aires,
y si no hubiramos triunfado all, hoy estaramos conquistados y
perdidos, seor don Pancho--dijo mi ta exaltadsima, devolviendo el
mate a la mulatilla despus de hacerlo roncar con una chupada postrimera
llena de vigor, que aplic a la bombilla.

La conversacin haba llegado a esta altura, cuando los sirvientes
anunciaron a varios caballeros que acababan de llegar. Los recientemente
llegados eran siete u ocho personas.

Cambiados los saludos de orden y algunas palabras de etiqueta sobre la
salud de las familias respectivas, los circunstantes ocuparon sus
asientos alrededor del saln.

El doctor Trevexo se sent en el sof, al lado de dos caballeros, uno
muy flaco y el otro sumamente grueso.

El flaco era un hombre alto, con una cabeza diminuta. Entre las cejas y
el pelo tena una faja blanca que le serva de frente; la boca era
hundida como la de un crneo, la nariz de un atrevimiento procaz, no por
la enormidad del tamao, sino por su afligente exigidad, y, sobre todo,
por la insolencia con que la Naturaleza la haba respingado para
presentar al espectador sus dos ventanas, como el hocico de un _crack_
que olfatea al aire. El gesto peculiar de aquel hombre me sugera la
idea de un ser que vive aspirando un mal olor constante a su alrededor.
Su rostro era una mueca perpetua contra los miasmas, que se exageraba de
una manera alarmante cuando l tena la pretensin de sonrerse. Los
brazos eran tan largos como las piernas, el pecho era hundido, la
espalda escasa, las orejas parecan dos conchas de ostras y el pescuezo,
sumamente corto para su altura, desapareca entre la cabeza y el cuerpo,
dndole el aspecto de esas garzas que, para dormitar al sol sobre las
aguas estancadas y verdinegras de nuestras lagunas, enroscan sus
pescuezos longitudinales, tomando la actitud ms formal y venerable que
es capaz de tomar un pjaro.

El otro caballero era lo que se llama un hombre de peso. Si su vecino
del sof pecaba por su figura angulosa y rigurosamente lineal, ste
pecaba por la prodigalidad chacotona con que la Naturaleza haba
empleado las lneas curvas para disearlo. La cabeza grande, y aunque
vulgar por la vertiginosa rapidez con que descenda hasta la frente,
exhiba un rostro lleno de majestad y de satisfecha suficiencia.

El abdomen, ampliamente pronunciado, lo era bastante para poner en
conflicto la resistencia pertinaz de las abotonaduras del chaleco y del
pantaln, a las que estaba confiada la solemne misin de contener sus
formas. La fisonoma tena grandes pretensiones a la formalidad; pero
yo no s qu diablos haba en aquella cara de luna llena, que me haca
verla en menguante, a pesar de su redondez. Las piernas eran diminutas,
pero morrudas, el pie pequeo pero ancho; la cara completamente afeitada
y una nariz invasora que haca contraste con el recogimiento desdeoso
de la del seor flaco que se sentaba a su lado.

--Seores--dijo el doctor Trevexo,--ya estamos en _quorum_ y es menester
que comencemos. Quiere usted presidir, seor don Ramn?

Mi to, que permaneca de espectador pasivo, sali de su letargo, y,
algo cortado, puso una cara de signo interrogante que descubra toda su
indecisin para desempear el alto y difcil cargo que se le propona.
Mi ta le tiraba de la levita y le deca en voz baja pero resuelta:

--No, Ramn, gurdate bien de meterte en lo que no sabes.

Mi to tragaba saliva y guardaba silencio como un hombre que no sabe qu
partido tomar. Por ltimo rompi...

--Doctor, si yo no tengo el hbito de estas cosas... No me es posible...

--Presida usted, entonces, doctor Trevexo--dijo el seor gordo.

--No le parece a usted, seor don Juan?--agreg dirigindose al
caballero flaco y ato que haba entrado con l.

Este hizo una solemne inclinacin de cabeza que significaba un signo de
aprobacin, y volvi a levantar su cara chata a tanta altura, que pude
verle las cavernas de la nariz en toda su siniestra lobreguez.

--Bien, que presida el doctor Trevexo,--agregaron varios concurrentes.

El protagonista de aquella reunin poltica no se hizo de rogar ms. El
asiento central del sof del saln fue desalojado para el presidente.
Este se sent, sac del bolsillo interior de su levita unos papeles, los
desdobl y los puso sobre sus rodillas; se son en seguida
estruendosamente la nariz por dos o tres veces, dobl su pauelo con una
sola mano alrededor del puo y lo deposit en su bolsillo, como un
hombre habituado a todas esas aagazas y posturas preliminares de los
discursos.

--Seores--dijo,--estamos empeados en una lucha homrica; de esta lucha
resultar el _ser o no ser_ para nuestro partido. Aqu no estamos todos,
pero no convendra que lo estuviramos. Una cosa son las reuniones
populares de los teatros y de las calles, otra cosa deben ser los actos
de la direccin y de la marcha de nuestro partido: una cosa son las
batallas en las guerrillas, en las cargas y en los entreveros, y otra
cosa son las batallas en el cuartel general. El elector, el club
parroquial, pueden ir valientemente al atrio a votar, porque no tienen
responsabilidades; el soldado muere en el asalto, en la lucha cuerpo a
cuerpo; la metralla lo quema y lo despedaza, pero muere sin
responsabilidad. La responsabilidad de las grandes luchas electorales,
como de las grandes acciones de guerra, est en los generales: el
soldado no muere sino materialmente, de un bayonetazo, de un tiro de
fusil, de una bala de can, de hambre y de sed; pero el descalabro de
una campaa poltica o militar es la muerte moral de los jefes y la
muerte moral de las cabezas es la muerte del espritu dentro del cuerpo
vivo: una especie de embalsamamiento inconsciente.

Tratamos, seores, de formar una lista de diputados. Nada ms prudente
que confiar su elaboracin a las corrientes encontradas del
pueblo--continuaba el doctor Trevexo sin escupir.--El Estado soy yo,
deca Luis XIV. La forma democrtica se inspira en el derecho natural.
En la tribu los ms fuertes, los ms hbiles, asumen la direccin de
agrupaciones humanas: el derecho positivo codifica la sancin de las
legislaciones inditas del derecho natural y nosotros exclamamos; el
pueblo somos nosotros!

--Muy bien, muy bien, perfectsimamente! contine usted, doctor,--le
interrumpi el seor gordo sin poder contener la ola de entusiasmo.

--Se critica el sufragio universal, pero no se da la razn de su
crtica; el error de los que lo combaten acerbamente, consiste en creer
que el sufragio universal es el derecho que todos tienen de elegir.
Error! Grave error, seores! Si las leyes del Universo estn confiadas
a una sola voluntad, no se comprende cmo la universal puede estar
confiado a todas las voluntades. El sufragio universal, como todo lo que
responde a la _unidad_, como la _Universidad_, bajo el gobierno
_unipersonal_ de un rector. Unipersonal, fjense ustedes bien! es el
voto de uno solo reproducido por todos. En el sufragio universal la
ardua misin, el sacrificio, est impuesto a los que lo dirigen, como en
la armona celeste, el sol est encargado de producir la luz y los
planetas de rodar y girar alrededor del sol, apareciendo y
desapareciendo como cuerpos automticos sin voz ni voto en las leyes que
rigen la armona de los espacios. Y declaro, seores, que esto ltimo no
es mo sino del Divino Maestro.

--Pero es admirable!--exclam el seor gordo.

--Entiende usted, misia Medea?--agreg dirigindose en voz baja a mi
ta.

--No, seor don Higinio, pero yo tambin lo encuentro admirable como
usted.

--Qu sera de nosotros, seores, el primer partido de la Repblica, el
partido que derroc a Rozas, que abati a Urquiza, el partido de Cepeda,
esa platea argentina, en que el Xerjes entrerriano fue vencido por los
Alcibades y los Temstocles porteos, si entregramos a las
muchedumbres el voto popular? Nosotros somos la clase patricia de este
pueblo, nosotros representamos el buen sentido, la experiencia, la
fortuna, la gente decente en una palabra. Fuera de nosotros, es la
canalla, la plebe, quien impera. Seamos nosotros la cabeza; que el
pueblo sea nuestro brazo. Podemos formar la lista con toda libertad y en
seguida lanzarla. Todo el partido la acatar; nuestra divisa es
_Obediencia_: cmplase nuestra divisa.

--Yo me he permitido formar un proyecto de lista que someto a la
consideracin de ustedes--dijo uno de los presentes, joven de hermoso
aspecto, de simptica figura, que hasta entonces haba guardado
silencio.

--A ver, lea usted--dijo el doctor Trevexo.

El joven ley su lista en medio del silencio dignsimo de la
concurrencia; dos o tres la aprobaron despus de leda, pero los dems,
suspensos de la fisonoma del doctor Trevexo, que demostraba visible
descontento, no articularon una sola palabra de aprobacin.

--Qu le parece a usted de esa lista, seor don Ramn?--dijo don
Narciso acercndose al odo de mi to.

--Muy buena, muy buena--contest mi to.

--Pues a m me parece muy mala!

--Y a m tambin--agreg don Juan, haciendo el gesto de asco que le era
peculiar.

--Cosas de muchachos ambiciosos, de mozalbetes: Miren ustedes, qu
atrevimiento! Slo a la juventud del da puede ocurrrsele tener
pretensiones de figurar en las listas de diputados--murmuraba _sotto
voce_ don Pancho el tendero,--asocindose al grupo de los descontentos.

--Seores--dijo en voz alta y varonil el joven que haba propuesto la
lista,--es necesario llevar fuerzas nuevas a la Cmara, y las fuerzas
nuevas estn en la juventud que ha salido ayer de los claustros
universitarios. Yo no tengo las ideas del doctor Trevexo sobre el
sufragio universal; somos un partido oligrquico con tendencias
aristocrticas, exclusivistas aun dentro de su propio seno, a quien se
acusa, y con razn, seores, de gobernar o de querer gobernar siempre
con los mismos hombres, y que repudia toda renovacin, toda tentativa
para recibir hombres nuevos en el grupo de sus directores. Pido que se
tome en consideracin la lista que he presentado.

El doctor Trevexo, hombre viejo y resabiado en materia de debates
agrios, contaba con un rebao muy dcil para perder tiempo en polmicas
apasionadas: haba aleccionado a sus adeptos de antemano, y a una sea
suya don Juan, con su voz gangosa, dijo:

--Quej sje vooote la lijta.

--Seor, no se puede votar todava, ni hay para qu votar la lista. Se
votarn los nombres de los propuestos, uno por uno.

El doctor Trevexo renov la sea.

--Quej sje voote la lijta--repiti don Juan.

--Seores, si se procede de ese modo, nos retiraremos--replic el joven
con acento resuelto.

--Retjrese--contest a su turno don Juan.

El joven y el grupo que lo acompaaba, se retiraron. Los hombres de
juicio y de experiencia quedaron dueos del campo. Mi ta supo con
indignacin que mi to Ramn haba sido el culpable de que aquella
juventud atrevida hubiese venido a turbar el orden y la paz octaviana de
la reunin. Mi to Ramn los haba invitado! Don Pancho el tendero
echaba sapos y culebras contra aquellos osados, y suplicaba al doctor
Trevexo que los denunciara al jefe del partido al da siguiente. Don
Higinio, como buen estanciero, vecino de campo y de ciudad, renegaba
contra la juventud del da y la Universidad, madre engendradora de
doctores intiles y de muchachos pillos y botarates. Don Benjamn era
felicitado por la manera severa y eficaz con que haba enseado la
puerta de la calle a los revoltosos.

Los seores Palenque, don Policarpo Amador, don Narciso Bringas y don
Pancho Fernndez, rodearon al doctor Trevexo y la sesin continu como
si nada hubiese sucedido.

--Pero qu atrevimiento, qu osada! En mi casa, en mi casa, venir a
promover semejante escndalo! Y pensar, doctor, que es mi marido quien
tiene la culpa de todo!--exclamaba mi ta mirando furibundamente a mi
pobre to, que durante toda la escena anterior se haba conducido tan
obtusamente, que no supo qu partido tomar con los que se marchaban y
con los que se quedaban.

--He aqu, seores, he aqu, mis amigos, lo que les deca a ustedes hace
un instante sobre la juventud del da!--responda el doctor
Trevexo.--Qu falta de resignacin poltica, qu carencia de sumisin y
de respeto demuestran a los designios superiores de la experiencia! Un
partido! Un partido es una colectividad cuya primer condicin de vida es
la obediencia. Y no hay nada ms hermoso, nada ms eficaz, nada ms
eficiente, que ver esa gran mquina humana movida por una sola voluntad
que hace el sacrificio de su raciocinio en nombre de sus grandes ideas
polticas. Ayer no ms lo hemos visto; 30.000, 40.000 almas, cuarenta
mil seres racionales, ocupando diez cuadras de la calle Florida,
aplaudiendo a una voz, vivando un nombre, obedeciendo una orden; padres,
madres, hijos e hijas, jvenes y viejos, lanzados al mar de las pasiones
electorales por una sola voz, riendo a una sea, llorando a otra de
entusiasmo, marchando en procesin y vivando simultneamente el adorable
nombre de su divino jefe. Eso es partido!

--Viva el doctor Trevexo!--exclam don Juan.

--Viva!--exclamaron los dems circunstantes, incluso mi ta Medea que
transpiraba de entusiasmo.

--Por quin vota usted, seor don Pancho, para primer candidato de la
lista?

--Por mi venerado jefe, don Buenaventura.

--Y yo tambin!--dijo don Policarpo Amador, antes de que le tocara el
turno para votar.

--Y yo!--exclam don Tobas Labao con la misma anticipacin.

--Por el mismo!--grit, sin esperar que le preguntasen nada, don
Pancho.

--Por don Buenaventura--agreg don Narciso Bringas.

--Ramn tambin vota por l, doctor Trevexo--dijo mi ta;--apunte,
doctor, el voto de Ramn; y si ustedes me permiten votar a m, yo...

--Vote usted, seora, vote usted mil veces; la ms poderosa vlvula
poltica de nuestro partido es la mujer. Los hombres y las mujeres
coexistimos en la plaza pblica. Vote usted, seora, imite usted a las
matronas espartanas que se arremangaban las tnicas y declamaban en la
gora.

--Mil votos por mi general!

--Seores, quieren ustedes designar el siguiente candidato?--pregunt
el doctor.

--Por el doctor Trevexo, seores. Espero que todos me acompaarn a
votar por l--vocifer don Pancho.

Por el doctor Trevexo, por el primer diplomtico argentino.

El doctor Trevexo era en este momento objeto de toda mi admiracin. Con
qu modestia aquel grande hombre, aquel espritu lgico y concienzudo,
que acababa de exponer tanta doctrina luminosa, reciba las
aclamaciones unnimes de la distinguida sociedad que saba aquilatar su
talento superior!

El doctor Trevexo fue aclamado unnimemente, y con la misma unanimidad,
sin que se suscitara divergencia alguna, en una perfecta armona, fueron
proclamados candidatos don Benjamn, don Pancho, don Tobas Labao, don
Narciso Bringas, don Policarpo Amador y don Hermenegildo Palenque, es
decir, todos los concurrentes menos mi to Ramn.

El doctor Trevexo volvi a guardar los papeles en la levita y se
levant.

--Seora--dijo a mi ta,--pocas veces nos ha costado ms trabajo que en
esta ocasin formar una lista. Pero estoy contento. El jefe la
proclamar maana, y el partido la recibir de sus manos consagrada como
una bandera de lucha.

--Confa usted en la victoria?

--Seora, cuando se dispone, como disponemos nosotros, de las
imaginaciones populares, los hombres desaparecen, surgen las
muchedumbres: la muchedumbre es como el mar, el viento la agita, la
calma la atempera.

Maana nuestros nombres sern aclamados por este pueblo, que es un gran
pueblo, porque sabe marchar sin preguntar nunca adonde lo llevan. La
victoria ser nuestra!




V


Oh, mi niez! Mi niez fue triste y rida como esos arenales africanos
que desde a bordo contemplan por largas horas los viajeros al
aproximarse a las costas del Senegal. Tena doce aos y pasaba con razn
por un muchacho imbcil: no saba leer sino silabeando torpemente; las
letras, formadas en lnea, nublaban mis ojos, y al querer mover la
lengua para pronunciar las palabras, la senta amarrada por ligaduras
crueles, que me hacan tartamudear y sentir delante de los extraos la
herida profunda y venenosa del ridculo. Escriba torpemente y con una
ortografa de la ms espontnea barbarie. Oh, mis planas! Cunto me
costaba hacerlas y qu mal me salan!

Mi ta Medea no se haba preocupado de hacerme ensear nada. Para qu
necesitaba aprender? El doctor Trevexo ya se lo haba dicho: para
ocupar altas posiciones en este pas, no se necesita aprender nada. Y
tena razn. Yo me preparaba para las altas posiciones, siguiendo el
consejo al pie de la letra.

Mi to Ramn no se conformaba, sin embargo, con aquel sistema de
educacin espontnea, y el pobre hombre, en medio de sus devaneos
amorosos, sola dedicarme algunos momentos; l me haba enseado a
deletrear en los ttulos de los diarios y bajo su direccin haba
aprendido a hacer mis primeros garabatos.

Viva en el interior de la casa, entre los criados y criadas: su
sociedad me encantaba, y sera un ingrato si no recordara con afecto a
aquella buena gente con quien pas los primeros aos de mi vida.

Despus de la reunin que acabo de describir, la guerra haba estallado
entre Buenos Aires y la Confederacin, y aunque mi propsito no es
consagrar muchas pginas a la poltica, necesito contar la parte que yo
tom en el entusiasmo guerrero de aquellos das.

Ya he dicho hasta qu punto llegaba la exaltacin de mi ta, partidaria
resuelta de la guerra con toda la buena fe de su alma, creyndose una
matrona griega, hija de la invicta Buenos Aires, de la Atenas del Plata
y de quin s yo qu ms.

La batalla de Pavn haba tenido lugar el 17 de septiembre de 1861, y la
victoria produjo en Buenos Aires un entusiasmo indescriptible.

Desde antes que ella tuviera lugar, mi imaginacin estaba convulsionada
por los cuentos de los sirvientes de mi casa y por las conversaciones
animadas de sobremesa que sostena mi ta con sus relaciones. Yo no
pensaba sino en soldados y batallas; tena cierta disposicin genial al
dibujo y pasaba las noches dibujando el ejrcito y la escuadra de Buenos
Aires en marcha contra Urquiza; y entre las filas de soldados, sobre un
caballo trazado con el ms respetuoso cuidado, diseaba la figura de mi
general, dolo de mis sueos infantiles, especie de Cid fraguado por mi
fantasa de nio, caricaturado involuntariamente por mi lpiz torpe, y
destinado por la Providencia a aplastar a Urquiza, a quien yo me lo
representaba vestido de indio, con plumas en la cabeza, con flechas y un
gran facn en la cintura, rodeado por una tribu salvaje que constitua
su ejrcito.

La noche en que se tuvo la noticia de la batalla, mi ta me sac a
caminar, para tomar lenguas, como ella deca.

Las calles estaban cuajadas de gente. Corran ya los rumores precursores
de la gran noticia. Algunos dispersos haban llegado al Pergamino y
unos proclamaban resueltamente la victoria, otros dudaban del xito, y
los ms tranquilos manifestaban la vacilacin que se experimenta en esos
trances.

No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonoma de la calle
Per y la de la Victoria, han cambiado mucho en los veintids aos
transcurridos: el _centro_ comenzaba en la calle de la Piedad y
terminaba en la de Potos, donde la vanguardia sur de las tiendas estaba
representada por el establecimiento del seor Bolar, local de esquina,
mostrador democrtico al alba, cuando cocineras y patronas madrugadoras
acudan al mercado, y burgus, si no aristocrtico, entre las siete de
la noche y el toque de nimas. El barrio de las tiendas de tono se
prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellas
cinco cuadras constituan en esa poca el _bulevar_ de la _faon_ de la
gran capital.

Las tiendas europeas de hoy, hbridas y raquticas, sin carcter local,
han desterrado la tienda portea de aquella poca, de mostrador corrido
y gato blanco formal sentado sobre l a guisa de esfinge. Oh, qu
tiendas aquellas! Me parece que veo sus puertas sin vidrieras, tapizadas
con los ltimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos o tres
metros al exterior sobre la pared de la calle; y entre las piezas de
percal, la pieza de pekn lustroso de medio ancho, clavada tambin en el
muro, inflndose con el viento y lista para que la mano de la marchanta
conocedora apreciase la calidad del gnero entre el ndice y el pulgar,
sin obligacin de penetrar a la tienda.

Aquella era buena fe comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera
engolosina los ojos sin satisfacer las exigencias del tacto que
reclamaban nuestras madres con un derecho indiscutible.

Y qu mozos! Qu vendedores los de las tiendas de entonces! Cun lejos
estn los tenderos franceses y espaoles de hoy de tener la alcurnia y
los mritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra,
ltimo vstago del aristocrtico comercio al menudeo de la colonia. No
pasaba una seora ni un nia por la calle sin tributar los ms
afectuosos saludos a la rueda de contertulianos, sentados cmodamente en
sillas colocadas en la calle y presididos por el dueo del
establecimiento. Y cuando las lindas transentes penetraban a la tienda,
el dueo dejaba a sus amigos, saludaba a sus clientes con un efusivo
apretn de manos, preguntaba a la mam _por ese caballero_, echaba
algunos requiebros de buen tono a las seoritas, tomaba el mate de
manos del _cadete_ y lo ofreca a las seoras con la ms exquisita
amabilidad; y slo despus de haber cumplido con todas las reglas de
este prefacio de la galantera, entraban clientes y tenderos a tratar de
la ardua cuestin de los negocios.

Haba siempre en las tiendas de antao un olor inextinguible a tripe,
porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe ingls
formados a la entrada de la casa que, a su calidad de mercadera de
fondo, reunan la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse, a
los tertulianos habituales del establecimiento. Y despus, los
mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardn
zoolgico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y
leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados
de selvas de lana con que las fbricas de Manchester reemplazaban en
nuestras mansiones aristocrticas de entonces la carencia de Aubuisson y
de gobelinos.

Qu agilidad aquella con la que el patrn, apoyndose sobre la mano
izquierda, saltaba el mostrador! Qu gracia con la que desplegaba ante
los ojos de los clientes, de un golpe, y como un prestidigitador, la
pieza de percal, de muselina o de _barge_ envuelta alrededor de la
tablilla que quedaba desnuda de su preciosa mercanca, abandonada
indiferentemente sobre el mostrador. Qu elasticidad de movimientos, qu
vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba para
medir sobre la vara, el lote vendido, dejndolo amontonarse
ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando
el gnero con los dedos, llevndolo a los ojos de la compradora,
ponindoselo en la mano, refregndolo para justificar la falta absoluta
de goma y otras aagazas de fbrica, y hasta trayendo el nico vaso de
la trastienda lleno de agua para ensopar en l el extremo de la pieza de
muselina y justificar la tinta indeleble de la tela.

No haba marchanta que resistiera a las gracias, al donaire y a la
fuerza de las evoluciones de aquellos hechiceros.

Pero stos eran los tenderos _dandys_; haba adems los tenderos
sirenas, llamados as porque su cuerpo estaba dividido por la lnea del
mostrador como el de la encantadora deidad de los mares est dividido
por la lnea del agua.

El tendero sirena era ser humano desde la cabeza hasta el estmago y
pescado desde el estmago hasta los pies. De busto correcto, su medio
cuerpo no dejaba nada que desear desde el punto de vista de la
elegancia; desde la parte exterior del mostrador el parroquiano no
tena nada que observar, pero la sirena no poda salir del mostrador sin
peligro, porque, como ese era su elemento, si lo abandonaba, mostraba
por fuerza la cola indecorosa: el tendero sirena usaba levita de faldn
largo para economizarse el uso de los pantalones, y zapatillas para
ahorrarse las incomodidades del calzado; de modo que el mostrador serva
para cubrir la parte menos bella, pero no por eso menos interesante de
la estatua.

Entre los prncipes del mostrador porteo, el ms clebre sin disputa
era don Narciso Bringas: gran tendero, gran patriota, nacido en el
barrio de San Telmo, pero adoptado por la calle del Per como el rey del
mostrador. No haba mostrador como el de aquel porteo: todo el barrio
junto no era capaz de desdoblar una pieza de madapoln y de volverla a
doblar como don Narciso; y si la pirmide misma le hubiera querido
disputar su amor a Buenos Aires, a la pirmide misma le habra disputado
ese derecho.

Lo tengo tan presente, que si fuera pintor podra hacer su retrato de
memoria y con los ojos cerrados: petizn, piernas cortas, movible como
una ardilla, muy cabezn, largos cabellos ensortijados y una frente
ancha y espaciosa que revelaba todos sus talentos. Sus manos parecan
alas, sus ojos lucirnagas; su voz meliflua e insinuante atraa
simpticamente y tena un vocabulario propio, que el mismo Molire
habra envidiado para dotar con l a las mujeres sabias.

Gran patriota, haba tomado parte en la revolucin de septiembre y en
Cepeda, cuyos episodios narraba noche a noche explicando las causas ms
remotas del desastre con razones convincentes. Pero, si en medio de la
narracin alguna dama del gran mundo, y sobre todo de la gran poltica,
penetraba en la tienda, don Narciso abandonaba la tertulia, saltaba el
mostrador, mandaba alinearse a los dependientes desde el principal hasta
el cadete, y comenzaba la batalla de los trapos con una serie de
operaciones estratgicas que lo conducan indefectiblemente a la
victoria por una combinacin de procedimientos tan lgica como la que
empleara Napolen en sus campaas.

Cuando logr conocerlo a fondo, me convenc de lo mucho que vala. Tena
entre sus variadsimos talentos el de afinarse a las condiciones del
marchante, ni ms ni menos que como se afina un violn a la nota que da
el director de orquesta. Don Narciso suba o bajaba el tono segn la
jerarqua de la parroquiana: dominaba toda la escala; posea toda la
preciosidad del lenguaje culto de la poca y daba el _do_ de pecho con
una dama para dar el _si_ con una cocinera.

Los tratamientos variaban para l segn las horas y las personas. Por la
maana se permita tutear sin pudor a la parda o china criolla que
volva del mercado y entraba en su tienda. Si la cliente era hija del
pas, la trataba llanamente de hija; hija por arriba e hija por abajo.
Si l distingua que era vasca, francesa, italiana, extranjera, en fin,
iniciaba la rebaja, el ltimo precio, el se lo doy por lo que me cuesta,
por el tratamiento de madamita. Oh! ese madamita lanzado entre 7 y 8 de
la maana, con algunas cuantas palabras de imitacin de francs que l
saba balbucir, era irresistible.

Durante el da, los tratamientos variaban entre hija e hijita, entre t
y usted, entre madamita y madama, segn la edad de la gringa, como l la
llamaba cuando la compradora no caa en sus redes.

A esas horas del da la _toilette_ de don Narciso era negligente; pero
daban las cuatro, y, no bien haba entrado el gallego cuotidiano con las
viandas, don Narciso se engolfaba en los antros profundos de la
trastienda, sacaba del interior del mostrador un pan de jabn de Espaa,
se lavaba con l, en un lavatorio cojo de hierro con pies de stiro, y
a la luz de un cabo de vela, se acariciaba el cuello y la pechera de la
camisa para quitarles el aspecto marchito que la labor del da les haba
impreso; tomaba el peine desdentado de su uso y se peinaba sin agregar
otra pomada a sus ensortijados cabellos que un poco de goma de membrillo
elaborada por l mismo para su uso particular.

Aderezado de esa manera, ahorcbase en sus cuellos a la _degolle_, muy
en moda entonces, y con una corbata con los colores de la patria; coma
en un verbo, haca comer a los muchachos, y en cinco minutos ocupaba
majestuosamente su trono en el primer extremo del mostrador, campo de
sus hazaas, donde, apoyado con toda la elegancia de que era capaz,
pasaba la hora estril del crepsculo hasta que la noche llegaba y la
_high-life_ de aquella poca entraba a disputarse las novedades de lo de
Bringas.

Mi ta Medea era gran parroquiana de lo de don Narciso y tena esa
inclinacin garrulera, comn en ciertas seoras, de departir con el
tendero todas las novedades de la crnica del da.

Aquella noche no se hablaba sino de poltica, y solamente los que hemos
vivido bajo la atmsfera caliente del Buenos Aires de entonces, podemos
apreciar la importancia que tenan las plticas de los mostradores de la
calle del Per y de la calle de la Victoria, y la concordancia de miras
sociales y politiqueras que exista entre don Narciso Bringas y mi ta
doa Medea Berrotarn.

Era natural, pues, que aquella noche mi ta se dirigiera a lo de
Bringas.

--Viva la patria!--exclam don Narciso al vernos entrar.

--Viva!--repiti mi ta;--supongo que usted me anuncia el triunfo, don
Narciso.

--El triunfo ms completo, seora: Urquiza ha sido completamente
derrotado, y todo su ejrcito muerto o prisionero; la guardia nacional
de Buenos Aires se ha batido de guante blanco, Jouvn legtimo. Yo solo
he vendido doscientos pares de tirita.

--Una ballenera que ha llegado de Zrate, ha trado la noticia de que
Urquiza ha sido hecho prisionero--agreg uno de los que estaban en la
tienda.

--Ser posible?--exclam mi ta.

--S ha de ser, seora, no le quepa duda; si la mozada que iba en el
ejrcito, era de mi flor.

En ese momento se oyeron las detonaciones de algunos cohetes que
estallaban a no muy larga distancia.

--Cohetes!--exclam don Narciso,--boletn, ese es boletn! Vaya,
Caparrosa--agreg dirigindose al muchacho cadete de la tienda,--vaya y
compre el boletn de un salto, y vngase volando.

El cadete, que estaba detrs del mostrador, dio un brinco como un gamo,
salv la valla y tom la calle por suya en direccin a la imprenta en
donde reventaban los cohetes sin cesar.

Al mismo tiempo, un tropel de gente se diriga a la calle Victoria,
donde se aglomeraba la muchedumbre que esperaba la noticia.

Mi ta tom asiento en lo de Bringas con el fin de esperar el anhelado
boletn, y como el cadete que haba ido en su busca tardase demasiado,
don Narciso despach otro dependiente ms, y detrs de l salieron tres
o cuatro parroquianos, cuya impaciencia por conocer las nuevas no les
permita esperar. Mi ta, que no era mujer de esperar, se puso tambin
en marcha hasta la bocacalle y me arrastr consigo.

En una vieja casa de la vereda norte de la cuadra de Victoria entre
Bolvar y Per se agolpaba la muchedumbre, y de cuando en cuando un
cohete volador que parta desde el interior de la casa, atronaba los
aires.

Mi ta pujaba por abrirse paso, haciendo esfuerzos inauditos para
conservar la manteleta sobre los hombros. En la puerta de la imprenta un
joven de veintids aos, ms o menos, parado sobre una mesa que
interceptaba completamente el zagun de entrada, reparta con dos o tres
hombres el boletn de noticias que acababa de imprimirse, y contestaba
vivamente a las diferentes preguntas que le hacan los parroquianos con
una vocecita tiple y chillona, que en vano se esforzaba por hacer
varonil.

Los compradores que conseguan obtener su boletn, salan corriendo
despus de haber luchado por romper la verdadera muralla humana que
cerraba la calle.

Mi ta se engolfaba cada vez ms en el pelotn de gente aglomerada.
Caparrosa, el cadete de Bringas, un galleguito ladino y vivaracho, haba
conseguido treparse en una reja, y enfilando casi por una tangente al
joven que venda los boletines en la entrada, le gritaba:

--A m, don Jacinto, a m; me manda don Narciso. Eh, don Jacinto, eh!
don Jacinto, don Jacinto, soy el cadete de lo de Bringas. Uno para m,
aqu tiene el peso--y mostraba el billete hecho pelotn entre los dedos.

El interpelado, despus de mucho rato, y aturdido probablemente por los
gritos de Caparrosa, lo vio al fin trepado en la ventana y metiendo
apenas la cabeza en direccin al zagun y arrugando el boletn para
tirrselo, le grit:

--Larg el peso!

--Ah va, don Jacinto, ah va, agrrelo, ah va--y Caparrosa tir su
peso con tal maestra, que don Jacinto lo caz en el aire, ni ms ni
menos que un gato caza una mosca al vuelo.

Caparrosa tom el boletn y trat de descolgarse de la ventana; pero mi
ta, que ya haba conseguido abrirse una brecha y tomar posiciones, le
gritaba:

--No te bajes, muchacho, no te bajes, cmprame a m otro, espera--y
diciendo y haciendo, forcejeaba su ridculo que se obstinaba en no
abrirse, hasta que, despus de mucho forcejear, pesc un peso, y
estirando todo cuanto le fue posible el brazo derecho, lo alcanz a
Caparrosa que continuaba trepado en la ventana.

--Otro, don Jacinto, otro boletn para la seora de Berrotarn: Pshit,
pshit, don Jacinto! Otro boletn!--segua gritando y accionando
Caparrosa con la nica mano libre que le quedaba en su envidiable
posicin de la reja.

--Larg el peso--volvi a contestar don Jacinto.

--Ah va, ah va el peso, barjelo--y Caparrosa tir el peso, y don
Jacinto lo volvi a cazar en el aire.

Caparrosa se descolg por fin de la reja con sus boletines, y junto con
l, mi ta y yo comenzamos a forcejear para abrirnos paso a travs de
la multitud.

Al cabo de unos minutos sala mi ta baada en sudor de aquel combate; y
acomodndose la gorra sobre los _bandeau_, entraba triunfante en lo de
Bringas con un boletn en la mano.

--Triunfo completo; aqu est, valo, lalo usted!

Don Narciso tom el boletn, mi ta se sent en una silla y los dems
circunstantes rodearon al lector. Don Narciso ley con voz conmovida. La
victoria era completa. A la lectura de cada nombre de guerrero, las
exclamaciones de jbilo de los oyentes interrumpan al lector.

De repente, la frente de don Narciso se nubla, mira a mi ta, mira a los
dems circunstantes, levanta al cielo sus ojos, y, con la voz ms
quejumbrosa y desgarrante, exclama:

--El Conde romano, muerto!

--El Conde romano? Qu ha ledo usted? No puede ser! Debe usted
haber ledo mal!--exclamaba mi ta sumamente afligida.

--S, seora, s, lea usted, vea: tenemos que lamentar por nuestra
parte la muerte del joven Conde romano...

--Ah, qu lstima de joven! qu pena, qu dolor! Ms de una muchacha
se va a morir de tristeza: Joaquinita por ejemplo, la de Alegre, est
perdidamente enamorada de l; en cuanto lo vea pasar a caballo,
envuelto en su capa gris, aquella muchacha no se poda dominar y sala a
la puerta de calle para verlo. Pobre joven!

--Y la de Vargas, Victorita, lo mismo; aqu lo encontr una noche y no
le quitaba los ojos--dijo don Narciso.

--Y qu ser del ejrcito enemigo?--pregunt uno de los parroquianos.

--Se lo ha llevado el diablo, pues; eso no se pregunta.

--Deme mi boletn, don Narciso; me voy a casa a darle la noticia a mi
marido, que estoy segura de que no sabe nada de lo que ha sucedido.

--Muy buenas noches, misia Medea. Ya sabe que tengo rica cinta celeste y
blanca, y coco con los colores de la patria para que usted se sirva
cuando regrese el ejrcito de campaa. Como usted ha de adornar su
frente...

--De seguro! con usted y con toda su tienda cuento... Ah! la muerte
del Conde romano no me permite gozar de la noticia por completo.

--Vamos, vamos, Julio, y mi ta me indic el camino para salir.

--Y este nio es de usted?--pregunt uno de los visitantes.

--No, seor, yo no he tenido nunca hijos; este muchacho es un sobrino de
mi marido, hijo de Toms, que muri hace tiempo.

--Qu Toms?--pregunt a media voz el interpelante a don Narciso, sin
que mi ta pudiese orlo.

--Don Toms Rolaz, hermano de don Ramn, aquel empleado de la
contadura... no se acuerda usted, hombre?

--Ah! s, uno muy urquizista?

--El mismo.

--Ah! Adis, amiguito--me dijo el seor curioso, que tanto se
interesaba por saber de m, tomndome del brazo y detenindome mientras
mi ta ya pisaba la calle;--adis... cuatro balas mereca ste como el
padre--agreg en el mismo umbral de la puerta, frunciendo el gesto.

Yo me escurr y me prend del brazo de mi ta, llevando impresa la
fisonoma de aquel seor, en quien haba tenido la desgracia de levantar
tanto odio y tanta pasin de venganza.




VI


Cuando llegamos a casa, mi to, contra todos los clculos de mi ta
Medea, ya saba la noticia de la batalla.

La casa estaba llena de gente, como de costumbre. Se repetan los
comentarios que habamos odo en lo de Bringas; la muerte del Conde
romano produca entre las visitas extensas lamentaciones y tremendas
protestas contra los cobardes enemigos.

Mi ta cont cmo haba conseguido comprar uno de los primeros
boletines.

A cada momento entraban sirvientes trayendo recados para ella: el doctor
Trevexo la haba mandado felicitar; los ministros haban hecho otro
tanto; el seor Amador y el seor Palenque haban venido a hacerlo en
persona. Mi ta rebosaba de orgullo y de entusiasmo.

Yo me retir poco a poco de la sala y me fui en busca de los sirvientes
que departan el mismo tema en las habitaciones interiores de la casa;
las mulatas y negras de la servidumbre cotorreaban a destajo sobre
poltica.

Solamente mi buen compaero Alejandro, un mulato que haba estado al
servicio de mi padre, guardaba silencio y mostrbase taciturno ante el
alborozo de los dems.

Yo adoraba a Alejandro; tena por l una profunda admiracin; era el
nico en la casa que le haca frente a la tigra, como l llamaba a mi
ta. Era Alejandro un pardo alto, delgadito, enhiesto y flexible como un
lamo: tena la cabeza admirablemente puesta sobre sus hombros; entre
los sirvientes tena vara alta, como se dice; todos le llamaban don, y
ms de una le haca ojos tiernos, porque Alejandro era _as_ entre la
gente de color. Era cochero de mi ta, y cuando Alejandro empuaba las
riendas de la calesa de la seora de Berrotarn, los tordillos negros de
mi ta, al tomar el trote largo, eran la pareja ms famosa que por
aquellos tiempos trotaba en la calle de la Florida y en el camino de
Palermo.

Alejandro, del cual yo haca lo que se me antojaba, no pareca muy
satisfecho con las noticias que corran por la ciudad aquella noche. Yo
estaba desvelado con la excitacin natural producida por los sucesos, y
mi cabeza no pensaba sino en batallas y soldados.

Consegu fcilmente que Alejandro me acompaara a mi cuarto: mi to me
haba regalado varias cajas de solados de plomo, entre los cuales
figuraba un regimiento de caballera en cuyo jefe yo crea entrever la
figura invencible y milagrosa de don Buenaventura, el general y
candidato de mi ta. Los detalles del boletn ledo en lo de Bringas, me
quemaban los sesos. La primera vocacin de un muchacho es la guerra:
tener un sable, un fusil, un can, aunque sean de juguete, generalmente
por ah terminan los hombres entre nosotros. Tener una o varias cajas de
soldados, formarlos, hacerme la ilusin de que aquello es un ejrcito,
ese era mi ideal en aquellos das.

Alejandro, que me comprendi, se ech al suelo largo a largo en mi
cuarto, encendimos dos velas, las pusimos sobre la alfombra y comenzamos
a formar las dos hileras de guerreros de estao, una frente de la otra.
Por dems est decir que en el ejrcito de Alejandro figuraba la broza
de mis cajas de soldados; el enemigo no mereca otra cosa, mientras que
en el mo, las filas estaban compuestas por infanteras y caballeras
recin salidas de la plomera. Frente a mi lnea de batalla, cabalgando
en un corcel blanco en actitud de galopar, con elstico y pluma, sable
desenvainado, yo haba colocado a mi general. A su turno, Alejandro,
sirvindose de un soldadito roto, haba puesto el suyo al frente de su
lnea y para provocarme me deca:

--Este es don Justo, mi patrn!

--Muera don Justo!--le grit yo, y, sirvindome del proyectil
recproco, que era una pelota de goma, envi la primera descarga al
campo enemigo, consiguiendo derrumbar toda una hilera de la tropa de
Alejandro.

--All va!--me contest Alejandro;--y la pelota entr por mi campo,
llevndose el primero por delante a mi invicto general.

Lanc una mirada furibunda a Alejandro por aquella falta de respeto y
con toda la energa de mis dedos volv a parar a mi capitn sobre el
campo de accin; pero Alejandro, con una pasin pueril y tenacsima,
volvi a sembrar la muerte y la desolacin en mi campo por medio de un
nuevo pelotazo que dirigi contra mi ejrcito.

--Basta! no quiero jugar ms--le dije con mal humor;--mira, Alejandro.
Conoces la tienda de Bringas? Sabes dnde es?

--S, nio cmo no! Por qu me lo preguntas?

--Porque esta noche hemos estado all, y un seor alto pregunt quin
era yo, y al salir, me dijo que yo mereca cuatro balas, como las
hubiera merecido pap... Por qu me ha dicho eso ese seor?

--Porque su pap no era como usted, partidario de ese general de estao
que usted quiere tanto.

--Y cmo lo es mi to Ramn?

--Bah! su to Ramn es un zonzo; ni tiene opinin ni sabe dnde tiene
la nariz; le tiembla a la tigra, y a usted le ha dicho eso algn tendero
aduln de los de por ac que conoci a su pap.

--Pero qu! pap hizo algn mal a ese seor?

--Ya lo creo, no tena la misma opinin de l.

--Pues y mi ta?

--Su ta es la que da la voz y el voto aqu, menos a m, que, al fin y
al cabo, uno de estos das le voy a dar un susto haciendo desbocar los
caballos y echndola a una zanja por exaltada.

--Entonces yo debo pelear contra don Buenaventura?

--Pues ya lo creo, y ah va un pelotazo ms!--Y Alejandro acab de
derribar todos los soldados de mi ejrcito, mientras yo, pensativo,
vacilante en la bondad de mi causa, dejaba hacer, sin atreverme a tomar
la ofensiva.

Aquella noche me cost dormirme; era da entrado ya, cuando me despert
en medio del sobresalto de un sueo en que me vea amarrado a un rbol,
y en momentos de ser fusilado por el seor de la tienda.




VII


Una tarde del mes de enero entr mi to Ramn a casa con la noticia de
que al da siguiente desembarcara indefectiblemente el ejrcito
vencedor por el muelle de pasajeros. Haca das que se vena anunciando
el regreso de las tropas, y mi ta, cuya casa estaba situada en una de
las principales cuadras de la calle de la Victoria, aceptando la oferta
de su gran amigo correligionario don Narciso, tena ocupadas a todas las
sirvientas de la casa en coser piezas y piezas de coco blanco y azul
para adornar los balcones con ellas y con una gran cantidad de banderas
y gallardetes de toda clase que le haba prestado, segn ella contaba,
un comisario de polica, gran amigo suyo.

Mis tos haban invitado a todas sus relaciones para ver pasar las
tropas desde los balcones, y Alejandro, bastante mal humorado por
cierto, pas toda esa tarde y parte de la noche en invitar por recado a
todas las amistades de la familia.

Al da siguiente reinaba en la ciudad un inmenso entusiasmo; hombres y
mujeres hervan en el puchero porteo, como dira el autor del _Diablo
Cojuelo_. Todas las elegancias, todo el caudal de las modas haban sido
reservadas para aquel da. Muchas matronas de peso, que hoy han trepado
la cima de los cincuenta, eran criaturas adorables entonces y esperaban
con las manos llenas de flores y coronas el desfile de sus guerreros
predilectos, hoy maridos vichocos o solterones embalsamados, que purgan
el delito de su inconstancia en el Club del Progreso reflexionando sobre
una mesa de domin.

Me haban vestido de nuevo aquel da, y mi ta, que participaba de la
alegra general y gozaba por consiguiente de un buen humor excepcional,
me haba trazado un programa deslumbrador, cuya primera parte consista
en que yo no ocupara un sitio en los balcones, porque no haba lugar, en
cambio de ir al Bajo a ver las tropas con Alejandro y por la noche al
teatro con mi to. Yo bailaba de jbilo. Ir a la fiesta solo, con
Alejandro, era una dicha; el mulato reacio y voluntarioso, se haba
obstinado en no salir y, encerrado en su cuarto, se negaba a
complacerme; pero fueron tantas mis splicas y mis empeos, que al cabo
cedi, y muy de maana nos pusimos en marcha para el muelle. La ciudad
estaba completamente embanderada; yo segua absorto de la mano de
Alejandro, que, caminando con desdeosa indiferencia, procuraba quitarle
la vereda a todo aquel en quien l crea encontrar un transente alegre.
Entramos a la plaza Victoria; frente a la Polica se levantaba un arco
adornado con banderas patrias y grandes palmas de sauce llorn. Yo quise
ver el arco, como era natural, a pesar de la resistencia de Alejandro.

--Vamos, vamos, llvame--le deca.

--Bonita cosa quiere ver! no pierda el tiempo en ver mamarrachos;
vmonos.

Pero tanto hice, que el mulato tuvo que ceder, y llegamos al arco que a
m me pareci colosal.

--Vamos, pues, nio; vamos.

--Agurdate, vamos a leer lo que dice all--y yo, que no era muy fuerte
para leer de corrido, me puse a deletrear los motes de los
bastidores:--_Men-gua y bal-dn a los cobar-des que aban-do-na-ron a
sus herma-nos en la ho-ra del pe-li-gro_.

--Mengua para ellos!--me contestaba Alejandro, taimado.

--Demos vuelta, vamos a ver lo que dice del otro lado del arco.

--Si no debe decir nada--me replicaba Alejandro...

--S, s, vamos--y obligndolo a dar vuelta, me encontr con otro
letrero.--No ves, porfiado,--le dije,--como aqu tambin han
escrito.--A ver lo que dice?--Y despus de mucho esfuerzo,
deletre:--_Se-pul-cro del l-timo de los ti-ranos.--Des-truc-cin de
los l-ti-mos res-tos de la maz-horca_.

--Ah, perros! Eso han puesto?

--Eso, s, y qu tiene de malo? Por qu te enojas?

--Porque todo eso es mentira, nio; es puro papel pintado, como todo lo
que manda hacer el doctor Trevexo.

--Pues ests equivocado; ese letrero no lo ha puesto el doctor Trevexo,
sino mi ta Medea: ella lo escribi el otro da y yo le o decir que era
para que se pusiera en uno de los arcos de la plaza.

--Ah, tigra! Slo ella es capaz de tanta rabia--dijo Alejandro
contemplando con ira el arco y levantando el puo en seal de amenaza.

Atravesamos la plaza y descendimos al Bajo por la calle de Rivadavia.
Una inmensa turba, compuesta de gente de todas menas, llenaba la vereda
y la calle, y se agolpaba contra la baranda de hierro de la muralla que
da sobre el ro.

Todos miraban el horizonte. El ro estaba en bajante, y mucha gente
curiosa ocupaba la playa, donde un enjambre de pilluelos saltaba y
retozaba por las toscas. No faltaban personas graves que, armadas de
anteojos de teatro, escudriasen el ro y consultasen con sus vecinos
los puntos ms remotos que se dibujaban en el lmite del agua con el
cielo.

--No le parece, seor, que han de venir por all?--deca un hombre a
otro que, valido de un pequeo anteojo de larga vista, interrogaba el
horizonte con majestad.

El interpelado no contestaba nada, y pareca resuelto a emplear la ms
estudiada reserva con su interlocutor, que se mostraba sumamente
interesado en trabar relacin con l.

--Es telescopio ese?--insisti el oficioso.

El dueo del anteojo no contest nada. Semiavergonzado el preguntn,
mironos a todos los que rodebamos al seor del anteojo, con cara de
cretino como un individuo que se confiesa en una posicin falsa.

Pero nuestro hombre no era individuo de ceder a dos tirones y reincidi.

--Me quiere dejar mirar un momento?

El dueo del anteojo tampoco contest esta vez.

--Eh, seor!--repiti tocndole tmidamente sobre el brazo--me quiere
dejar mirar?

El del anteojo sac los ojos del vidrio, dio vuelta para ver quin le
hablaba y contest secamente:

--No!

El desairado trat de forjar una sonrisa para disimular.

Entretanto, haba ganado posiciones junto a la reja del muralln donde
estbamos, una seora gorda, con un peinado de bananas sobre el cual
colgaba una mantilla espaola de chapa, metiendo codo a todos los
obstculos que haba encontrado a su paso; la cara, iluminada por una
capa de colorete recientemente aplicada, distribua una sonrisa perenne
por todas partes; y metida dentro de un vestido de moire verde, inflado
por un miriaque movedizo y oscilante, pareca un montgolfier en el
momento de elevarse.

Un lunar con pelo en la parte inferior de la cara daba a nuestra recin
llegada un aire picaresco de coqueta retirada.

Acompabanla dos muchachas de aspecto poco distinguido, pero llenas de
arrumacos y perendengues, con unos cuerpos bien trazados, y unos bustos
en los cuales la Naturaleza o el arte haban abusado con cierta
insolencia de una inclinacin marcada a la exuberancia. Las dos
muchachas, oriundas del barrio de Monserrat seguramente, rayaban en los
20 o 22 aos y penetraron en nuestro grupo, que ya se iba estrechando,
metiendo una algaraba inusitada de gritos y risotadas cuyas causas no
me poda explicar.

--Mira, mam--dijo la mayor,--este caballero es tan amable, que te va a
dejar mirar por el anteojo.

--Por Dios, Raquel! no molestes a ese seor... qu va a decir de
nosotras!--contestaba con un tono de aparente reproche la seora.

--Seor, seor! quiere dejarnos ver por ah?--insinu la otra joven.

--Ah, no, por Dios, no se incomode usted!... Judit, por Dios,
cllate--repeta la madre con un contoneo de cabeza continuo.

El del anteojo continuaba impasible como una estatua, como si nadie le
hablase.

--All se ve un humo, all vienen--grit uno por all cerca. La ola
humana se agit y se hizo un remolino; la gente se agrup en la baranda;
todos queran ver. Yo, prendido de Alejandro, trepado sobre sus hombros,
dominaba la altura.

--Ay, que me arrugan!--- gritaba la madre de Raquel y de Judit, sin que
el miriaque la ayudara a subir.--Ay, mi vestido, que me lo estropean
todo! No veo a Judit! Judit, Judit, Judiiit!

Judit, que estaba all cerca, y a quien la madre no poda encontrar,
conversaba con un joven de sombrero gacho, levita negra de lustrina y
pantaln blanco almidonado, sin guardar distancias, es decir, unida a l
por una proximidad inusitada.

--Ay, mi hija, mi hija! dnde est mi hija? Se me ha perdido mi hija!
Judit, Judiiit!--exclamaba la seora prolongando el grito.

--Aqu estoy, mam, no alborote, aqu estoy--contest por ltimo Judit,
haciendo lo posible por soltar la mano de su galn, que retena con
fuerza para que no se marchara.

--No te muevas de ac, bribona; no te me separes. Ven t tambin,
Raquel. Ay, Jess! bien me deca tu padre! No t metas mucho entre la
gente con las muchachas, Donata; mira que no faltan atrevidos que las
manoseen en los entreveros y que a ti tambin te han de manosear: Qu
gente, por Dios; qu gente! qu falta de respeto con las seoras!
Cunto mejor no hubiera sido ir a los altos de Coln!...

Pero la muchedumbre en movimiento lo arrastraba todo. Cargado por
Alejandro, que con el brazo libre que le quedaba, se abra paso como un
Hrcules, avanzbamos a tomar otra posicin.

Yo, desde los hombros elevados de mi conductor, vea a la pobre misia
Donata y a sus dos bblicas criaturas, vctimas del pronstico de su
marido y manoseadas por aquella turba indisciplinada, entre la cual
haba mocitos que le pirateaban las hijas y groseros que le deshacan
las bananas y le arrancaban su esplndido vestido color cotorra,
admiracin suprema del barrio de Monserrat en la misa de una.

--Ya han fondeado, ya han fondeado los buques!--gritaban a nuestra
alrededor.--Vea, seor,--le deca un negro a un caballero petizn, que
en vano se empinaba para poder ver;--vea, all, all--y apuntaba con el
dedo ndice.

--Adonde? adonde?--interrogaba el otro impaciente, parado sobre la
punta de los pies.

--All estn; ah ha fondeado el Salto, all el Pampero, ms atrs el
Hrcules; aquel que viene andando todava es el Pintos, y los otros dos
barcos de la izquierda son de vela, el San Juan Bautista y el Ro Bamba.

--Ch! y vos cmo sabs los buques--le dijo Alejandro.

--Oh! no ve que soy del Bajo, amigo--contest el
negro.--Mire--agreg,--all van las falas a buscar la oficialidad, y
las balleneras para desembarcar la tropa. Bomba! Pas! Ese es el
Crdoba que hace salvas.

Y, en efecto, una repentina nube blanca envolvi los costados del barco
y el eco del caonazo se dilat retumbando sordamente por los espacios.

Eran las tres de la tarde de aquel da sofocante; las iglesias echaban a
vuelo sus campanas, los cohetes y las bombas estallaban en el aire sin
interrupcin. A medida que la tropa desembarcaba, los batallones iban
formando en el muelle la columna. Mientras esta operacin tena lugar,
Alejandro y yo contemplbamos desde lejos, recostados sobre la reja,
porque no nos haban dejado pasar de los quioscos, de la entrada para
adelante.

En la playa, y al pie mismo del muralln donde nosotros estbamos,
varios carreros del Bajo, en traje de fiesta, se haban congregado para
or a dos de ellos que, armado el uno con una guitarra profusamente
encintada de blanco y celeste, y el otro con un acorden, cantaban
coplas patrioteras en una de esas tonadas caractersticas del compadrito
de Buenos Aires.

--Que cante el virola!--gritaba uno de los oyentes.

--Tu madrina!--contestole el guitarrero, que en efecto tena los ojos
ms torcidos que una encrucijada.

--Cant ch lo que has arreglao pa la Guardia Nacional.

El de la guitarra con el del acorden atacaron un aire vulgar, pero
cadencioso, antepasado en lnea recta de la milonga del da, y detrs
del aire, el virola dijo con voz nasal y chocante la siguiente copla:

      Nuestra Guardia Nacional
    en Cepeda y en Pavn,
    con bravura sin igual,
    se lanz sobre el can
    del cobarde federal.

--Lindo, don Polibio! Si a carrero y a verseador naide le gana. Hasta a
los gringos de las balleneras se les cae la baba cuando canta usted.

Los resuellos chillones del acorden habran seguido, junto con los
gemidos de la guitarra, si las msicas militares no hubiesen anunciado
que la columna, formada ya, se pona en marcha a lo largo del muelle.

Fue entonces cuando la muchedumbre que obstrua la entrada, arrebatada
por una fila de vigilantes armados, encargados de abrir calle, remoline
y retrocedi de espaldas, compacta, hasta apretarse contra las paredes
de las casas inmediatas; un tropel de jinetes que vena de la ciudad,
ocup el espacio abandonado. Me deslumbraron el oro de los galones, las
plumas blancas y azules de los elsticos agitadas por el viento, los
colores llamativos de los uniformes. Alejandro me alz en alto para que
pudiera ver bien, pero apenas tuve tiempo de columbrar un elstico
cubriendo una larga y abundante melena de guedejas indolentes que caan
sobre una frente espaciosa y unos ojos color plomo; todo esto sostenido
sobre un cuerpo que Dor no habra desdeado para bosquejar un Lafayette
en lontananza. Quise ver ms, pero los jinetes hicieron caracolear sus
caballos; las primeras hileras de la columna aparecieron, y apenas lleg
a mi odo el eco de una proclama de acentos olmpicos pero simpticos
que se extingua en el estruendo unsono de un aplauso tributado por
veinte mil manos. Yo aplauda tambin y bata palmas.

--Por qu aplaude--me dijo Alejandro, de mal humor,--si no oye nada?

--Oh!--le contest--acaso es necesario entender? Cmo aplauden
tambin todos los dems sin entender?




VIII


Por la noche, mis tos, como me lo haban prometido, me llevaron al
teatro de la Victoria. La compaa de Garca Delgado cantaba el himno
nacional y representaba la _Flor de un da_, de Camprodn. Oh, _Flor de
un da_! Oh, Pavn del teatro dramtico espaol! Por qu mi fantasa
excntrica te ve desaparecer en el pasado, en la misma tumba que trag
los miriaques y el peinado de bananas? No era Lola la ms encantadora
y la ms romntica de las mujeres? No tena Diego el contorno potico
del amante y el Marqus de Montero la estampa grave de un bartono de
zarzuela triste?

Por qu has de ser un disparate, oh hija legtima de don Francisco
Camprodn, adoptada por todos los teatros de la Amrica Latina? T que
has hecho lagrimar un continente entero desde Veracruz hasta Buenos
Aires!

T has muerto con el batn blanco; porque, as como el guante de piel
de Suecia, largo y arrugado, sobre el brazo flaco y nervioso de Sarah
Bernhardt ha dado su pincelada a Frou-Frou, as el batn blanco, con
cinturn celeste, te hizo a ti, hizo a Lola el prototipo de todas las
mujeres de tu tiempo! Qu diablo! t has tenido tambin tu lugar en el
siglo de Hernani!... Presidentes y ministros, generales y grandes
abogados de la Repblica Argentina, han credo en ti, como la Repblica
ha credo en ellos! Tus octoslabos rumorosos agitaron ms de una noche
el pecho de la virgen y no fue slo el teatro tu dominio! Fue tambin la
familia, el hogar; porque todo lo invadiste, desde el saln de mi ta
Medea hasta la academia de negros y mulatos en que era halcn mi pardo
Alejandro. Todava recuerdo con escndalo el gesto irreverente y
volteriano con que el doctor Vlez se burlaba de ti una noche, dando la
nota discordante en toda tu generacin literaria. Yo sostengo y
sostendr siempre que t has hecho a muchos de nuestros poetas: y
bastara reflexionar un poco para notar que todas las manifestaciones
sociales se parecan a ti en aquellos das.

Tus versos llegaron a ser clsicos. Se citaban con gravedad en el
editorial por los periodistas contemporneos y en la Cmara de
Diputados por los oradores noveles, con el mismo respeto con que en la
restauracin se citaban los dsticos de Boileau. El da de la patria te
perteneca; te perteneca el da de toda fiesta nacional! Hasta drama
patritico te haba hecho el autor de tus das sin sospecharlo!

Algunas de tus frases, como: tiene vuestra espada punta? se
consagraron como el _Di quella pira_ y el _la donna e mobile_ de Verdi.
No haba entonces realismo; mister Pickwick no haba atravesado el
Atlntico; estaba en Bath presidiendo su club; _Nana_ era un microbio;
Artagnan era catedrtico de historia; los Girondinos enseaban la
poltica. Era la poca de las cavatinas, cuarteadas con acompaamientos
rudimentarios; Lohengrin beba mosela en los vidrios blasonados de
Baviera; el Trovador era la pera con Mirati y Tamberlick; t eras el
drama con la Rodrguez y la Bigones, con Enamorado y Vilardeb. El
teatro de la Victoria era tu campo de batalla!

Oh, mis buenos y bravos cmicos, aquella noche estaban todos! Mi
imaginacin los evoca; desfilan como los fantasmas del sueo del pasado
y penetran al obscuro y olvidado panten de las glorias del arte
argentino; all yo les levanto un monumento con los restos del
guardarropa de Dagnino, en que haba de todo; forma la base el casco de
Gonzalo de Crdoba, cubierto por el manto lanar moteado, arminio de
Isabel la Catlica; Don Juan Tenorio vola sobre el Terremoto de la
Martinica, mientras que la Campana de la Almudaina toca a rebato en la
horca de los Escalones del Cadalso.

Pero sobre esta pirmide funeraria, levantada a los Talma y a los Keen
de la gran aldea, tres figuras se levantan: Lola, Diego y el Marqus,
cantando el himno nacional antes de contar su candoroso poema de celos y
de amor a una sala llena, en donde brillan las ms lindas mujeres de
aquellos das. Pasad, oh sombras!

       *       *       *       *       *

Habamos ocupado un palco-balcn de la derecha, inmediato a aquella
antigua viga blanqueada que sostena el techo y que por su espesor
desafiaba las fuerzas de Sansn mismo.

Mi ta se haba hecho acompaar por la seorita Fernanda, que yo estaba
acostumbrado a ver con frecuencia en casa. Fernanda tena dieciocho
aos; plida, de ojos claros y grandes, fros y como azorados entre las
densas ojeras que los sombreaban; en sus labios gruesos que dibujaban
una boca que poda llamarse grande sin injusticia, trazbase no s qu
vaga sonrisa, en la que un observador sagaz habra encontrado el amor y
el desdn reunidos en un consorcio inexplicable; la cabeza era noble y
altiva, sin embargo. En aquella poca, en que los peinados eran una
epopeya de rulos y rellenos, Fernanda llevaba el suyo de una simpleza
tal, que rayaba en la suma elegancia: sus cabellos, de un rubio mate,
recogidos y sujetos por dos cintas de moire celeste, iban a rematar en
la ms linda nuca de mujer. Su seno escaso, tena, sin embargo, no s
qu atrayente seduccin, dilatada por la morbidez de todo su busto:
irradiaba su semblante esa gracia aptica e indolente que el pincel del
Veronese imprima en el rostro de sus patricias venecianas. Era, en fin,
aquella mujer un conjunto de frialdad y de elocuencia, de belleza y de
defectos, que atraa irresistiblemente, y en la que la originalidad del
gesto y del mirar despertaban en m una profunda y codiciosa curiosidad.

Fernanda, recostada sobre la balaustrada, oy de pie el himno, y, cuando
ste termin, se dej caer negligentemente sobre su silla y abri su
enorme abanico de plumas blancas, con un ademn lleno de innata
voluptuosidad. Qu contraste formaba aquella delicada criatura con mi
ta Medea! Una era la distincin personificada; la envolva, la
perfumaba un vapor de elegancia y de buen tono. La otra era un fauno
obeso; su voz gruesa, su pescuezo corto, su pecho invasor, un bozo
recio, que ya era bigote casi, hacan de ella un ser hbrido, en el que
los dos sexos se confundan. Estaba esa noche verdaderamente constelada
de diamantes, desde la cabeza hasta los dedos, y como los tena, y muy
buenos, uno de sus orgullos era colgrselos para exhibirlos.

Inquieta y parlanchina, mantena un verdadero telgrafo de saludos con
todo el teatro; con los palcos, con la cazuela, con la platea; a todos
conoca, a todos saludaba francachonamente con el abanico.

De repente, un murmullo de simpata cundi por la sala entera, y todas
las miradas convergieron al palco central de la ochava: muchos
personajes, vestidos con la ms rigurosa etiqueta, tomaban asiento.

Mi ta empez a nombrarlos a todos.

--Saluda, Ramn, saluda--le deca a mi to.

--Si no ven para ac, Medea...

--S que ven, saluda te digo--y mi ta, al propio tiempo que le ordenaba
a mi to que saludase, haca repetidos movimientos de cabeza en
direccin al palco central, sin que fuesen notados por sus ocupantes.

--Quines son, seora?--preguntaba Fernanda.

Pero mi ta no contestaba; empeada en colocar su saludo en la cara de
sus dolos y en que su marido tambin lo colocase, lo caz materialmente
del brazo y le mand que esperara la ocasin propicia para mover el
pescuezo. De pronto pareciole que la miraban.

--Ah mira don Buenaventura! ah te mira el doctor
Trevexo...--dijo;--ahora!... saluda, Ramn.

Y ambos movieron la cabeza con urgencia; hicieron con ella un balance
para cazar la visual del adversario, pero oh, contratiempo! Una mirada
vaga e indecisa, de la cual tena yo una vaga idea, recorra la fila de
los palcos sin detenerse en los brillantes de mi ta, y el saludo fue un
saludo en el vaco.

Mi to tosi para disimular el contratiempo. Mi ta le ech la culpa,
sosteniendo que se le haba puesto por delante; mi to quiso rectificar,
pero se le orden que guardase silencio, y obedeci. Yo miraba el suelo,
compartiendo la vergenza de mis tos; y Fernanda, fra, sin curiosidad,
con sus ojos claros desmesuradamente abiertos, abanicndose con toda
calma, miraba abstrada hacia arriba, como si entre el techo y nuestro
palco pasase una visin a travs de la sala.

--Mira, nio--me deca mi ta Medea sin dejarme respirar,--aqul es don
Buenaventura; aprende, mira qu traje tan sencillo lleva. Ese que habla
con el ministro espaol, es el doctor Trevexo: aquel que sale, es el
coronel Valdelirio.

Y yo miraba extasiado aquel grupo y me deca a m mismo:--Ah, si algn
da llegase yo a saber lo que sabe el doctor Trevexo! Si llegase a ser
un guerrero como Valdelirio! Y despus, aterrado de mi petulancia
ntima, transiga con una frmula ms modesta: Si llegase a ser
ministro espaol!

Las lgrimas consagraban el xito del drama y de los actores en el
tercer acto. Montero recitaba sus famosos endecaslabos. La _Flor de un
da_ terminaba en medio de calurosos aplausos; la concurrencia evacuaba
aquel antro que se llamaba teatro y en la puerta estallaban los vivas
entusiastas y patriticos del pueblo.

Mi ta se ensill con su pesada salida de teatro, y Fernanda envolvi su
linda cabeza en un pauelo de fular color caa, dentro del cual pareca
un estudio inconcluso de artista.

--Vamos, mal criado--me dijo mi ta,--acompae usted a esa seorita,
ofrzcale el brazo.

Obedec, y Fernanda me entreg el brazo sonriendo con plcida
generosidad. Yo lo cerr contra el mo, y, aunque era un muchacho, no s
qu vagas nociones de ternura, qu entusiasmos indefinibles experiment
mi ser al sentir el fro desnudo de la carne, y al aspirar el perfume
nunca aspirado de aquella singular criatura.




IX


Han pasado algunos aos.

Estoy lejos de Buenos Aires; en una ciudad cuyo nombre no interesa al
lector.

Don Po Amado y don Josef Garat, mis maestros, eran dos personajes
singulares; singular era su escuela, singular la enseanza, singular
todo lo que los rodeaba. Don Po era la bondad, la benevolencia
personificadas; don Josef era la intransigencia, el mal humor, y la ira
misma. Reunidos, don Po era la nota cmica del colegio, don Josef era
la nota pica. Ambamos a don Po y lo ambamos con toda el alma;
temblbamos ante don Josef y lo respetbamos a fuerza de malquererlo.

Don Po era todo gracia, dulzura y amabilidad; una cara sin pelo de
barba, daba a su fisonoma una jovialidad perpetua y atrayente. De
dulces maneras, lleno de cario por los muchachos, nadie le tema, pero
todos lo contemplaban. En medio de la extrema y plcida mansedumbre de
don Po, reinaba en l cierta tendencia innata a la excentricidad, en la
que sola marcar rasgos positivos de talento, de observacin y de
estudio. Su rostro movible; su cuerpecillo inquieto; sus ademanes de
artista cmico, solan provocar entre los alumnos ciertas sonrisas de
buen carcter, porque no era posible ver y or a don Po, sin
encontrarse dominado por la idea de que aquel hombre, sincero hasta el
fondo de su alma, representaba sin embargo una comedia.

Don Po no poda hablar de nadie sin extraerle toda su genealoga, sin
hacer su retrato fsico y su retrato moral, sin marcar el rasgo cmico o
serio que poda tener, sin determinar el traje que usaba habitualmente,
sin remontar en fin hasta la biblia, para presentarlo a propios y
extraos.

En la enseanza era lo mismo: aquel hombre de vida austera, correcta y
arreglada, careca de la nocin del mtodo como maestro. Cuando don Po
haca la exposicin, no terminaba nunca; comenzaba en Sesostris y pasaba
ms all del ao corriente; y en ella iba todo, una recopilacin de
hechos y de datos, una enciclopedia de citas y de descripciones
accionadas, cada una con su mmica y sus gestos particulares.

Nunca entraba sereno al aula, con las reservas y la gravedad propias del
maestro, sino a saltitos acompasados, refregndose las manos, si haca
fro, o abanicndose con una pantalla de paja, si haca calor. As, con
ese paso, llegaba a la puerta de la clase, se paraba en su umbral,
tomaba una posicin de contradanza, miraba al centro, apuntando en el
rostro una franca sonrisa; en seguida, como un mueco de cuerda, mova
el pescuezo, y con el cuerpo hacia la izquierda, distribua su sonrisa
en esa direccin para repetir despus la misma operacin y derramar su
tercer sonrisa sobre la derecha. Hubirase dicho que no era el maestro
el que entraba en la clase, sino Fgaro mismo, al cual slo le faltaba
la navaja y el platillo del barbero.

Don Josef, en cambio, era un Orestes. Alto, vigoroso, la cara roja como
un pimiento, la nariz chica y encorvada, la cabeza mezquina pero bien
puesta sobre los hombros. Don Josef pasaba la vida clamando contra todo
lo que lo rodeaba: contra el pas, contra sus hombres, contra las
mujeres, contra los muchachos y contra don Po, a quien tena en poca
cuenta en las situaciones normales.

Don Josef era oriundo de Catalua y se vanagloriaba de haber nacido en
el castillo Monjuich; de haber salvado la vida a varias personas, de
haber presenciado un naufragio y de haber sido casi vctima del hambre
de una tigra mansa; precibase de haber conocido a la Reina de Espaa,
doa Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un da de
toros. Haca sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo de
Crdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lo
repudiaba con majestad, porque no quera que nadie sospechase, que l
aprobaba las rendiciones de cuentas de su poco escrupuloso antepasado.
Viva crnicamente colrico, sin que esto importe decir que no supiera
interrumpir sus accesos para hablar con fruicin de los tesoros de
Potos y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque
el buen viejo tena altamente desarrollada la nota de la codicia.

Pero, cuando l levantaba la voz en la clase, o fuera de la clase, o con
los tertulianos nocturnos que lo visitaban en el colegio, entonces
temblaba la casa; buscaba la invectiva, la lanzaba al rostro del
adversario y la sazonaba con vocablos de estofado, acabando por dominar
el debate con sus gritos estentreos. Dentro de ese cuerpo vigoroso de
rica musculatura de atleta, en el fondo de ese carcter atrabiliario,
disputador y pendenciero que amenazaba tragarse la tierra, se esconda
un ser enteramente pusilnime. Don Josef era una liebre.

El colegio era un vasto edificio bajo, de muros espesos y coloniales, de
grandes patios y espaciosa huerta, en la que no faltaban las clsicas
higueras de antao. Aquel edificio era un convento por sus dimensiones e
invitaba a la melancola. Yo acababa de llegar solo, casi abandonado a
mi suerte. Durante el viaje haba hecho el inventario de mi pasado;
haba recordado la muerte de mi padre, mi orfandad; no tena ms
compaeros ni ms amigos que dos retratos mudos que llevaba siempre
conmigo; el de mi padre y el de mi madre.

Quin era yo en el mundo? Qu necesidad tena de aprender nada? Acaso
no tena razn el doctor Trevexo cuando fulminaba a toda una generacin
con su anatema contra los sabios? Nadie me amaba a excepcin de
Alejandro que era el nico que haba sentido mi partida de Buenos Aires.
Todo lo que me rodeaba era nuevo y desconocido para m: mi capital se
compona de poco; mis ropas, mi catre y mis libros; todos mis compaeros
tenan padres que velaban por ellos, que les escriban, que los
regalaban. Slo yo acostumbraba de tarde en tarde a recibir dos letras
de mi to Ramn, en las que me anunciaba el envo de lo indispensable.

No importa, yo tena voluntad, tena nimo y entereza, valor y
constancia. Yo saba que haba de arribar: que haban de pasar para m
los das de vergenza en que mis condiscpulos menores me adelantaban.

Era un muchacho de quince aos cuando entr en el colegio y apenas saba
leer y escribir, pero trabaj con tesn y me abr paso. Don Po me amaba
y don Josef, que haba empezado por expresarme el ms profundo
desprecio, haba pasado del indiferentismo al entusiasmo con una
facilidad extraordinaria. Yo comenzaba a ser su dolo. De cuando en
cuando, pensaba que, siendo yo como era un pobre diablo, sin padre, sin
fortuna, era demasiada generosidad de su parte interesarse por m como
se interesaba y me lo echaba en cara; pero cuando lo sorprenda con un
progreso inesperado para l, o con un buen rasgo de conducta, entonces
el buen viejo se exaltaba y pasaba los lmites del entusiasmo en sus
elogios.

El fuerte de don Po era la astronoma. Daba en el colegio un curso
prctico de esa ciencia con un colorido de gestos y de movimientos
rpidos y nerviosos, con los que l crea poner en evolucin todo el
sistema planetario.

La clase era para l su materia csmica.

Entraba y distribua sus astros en el lugar oportuno. Cada muchacho era
un planeta, y trataba siempre de representar con l, no slo la
situacin de cada cuerpo celeste en el espacio, sino tambin su volumen,
eligiendo los alumnos segn las proporciones de cada uno y de cada
estrella que deba figurar en el sistema.

Un muchacho entrerriano, grande como un patagn, cuyo desarrollo fsico
no guardaba armona con su desarrollo moral, tena invariablemente a su
cargo el papel modesto de sol; le haca abrir los brazos, y tomndolo
por la cintura, _mal gr_, _bon gr_, lo colocaba en el centro de la
clase. Buscaba en seguida al alumno ms chico y lo pona en un extremo
del aro celeste discernindole el papel de luna. Era ste un
bolivianito, diablo y travieso, que nunca se resignaba a hacer
tranquilamente su papel de astro nocturno.

En seguida ocupaban su sitio los planetas mayores y despus los menores.
Jpiter con sus lunas, Urano en la ltima lnea del crculo, Saturno
circundado por su anillo luminoso. En esta disposicin comenzaba a
funcionar la mquina astronmica de don Po; formado su ejrcito
sideral, se paraba al lado del sol y exclamaba: Yo soy la tierra, y el
buen maestro comenzaba a circular de lado alrededor del entrerriano
que, inmvil y mudo en el centro del crculo, desempeaba
automticamente el papel del padre del da.

A una voz de don Po y terminadas las evoluciones, los planetas se
dispersaban y volvan a ocupar sus bancas terminndose la leccin de
astronoma prctica.

Pero donde don Po era famoso, era en la descripcin de las batallas del
curso de historia. El entusiasmo blico se apoderaba de l: no poda
limitarse a citar fechas, nombres y hechos: era necesario hacer
funcionar la caballera, la infantera y la artillera.

Abandonaba su ctedra, se pona en medio de la clase, sealaba el
enemigo al frente, e inflando la boca, haca tronar los caones sobre la
lnea imaginaria del ejrcito contrario.

--Boum! Boum!--exclamaba, y con el rostro excitado por la refriega y
el puo cerrado por la ira militar, caan los enemigos deshechos por las
metrallas y por las bombas, y don Po, como un Murat, se levantaba
jadeante, triunfante, sublime en el campo de la accin.

Haba en el colegio un chicuelo que se llamaba Martn Roll, que era la
piel del diablo. Lo que no se le ocurra a Martn no se le ocurra a
nadie. Era holgazn como una cigarra, pero vivo como un rayo. Don Po
lo reprenda con suavidad en vano. Don Josef lo anatematizaba y lo tena
concienzudamente clasificado de cretino y de imbcil. El ttulo ms
bondadoso que Martn sola obtener de l, era el muy moderado de animal,
que se lo daba con conciencia.

Pero, si Martn no abra los libros, abra y registraba las conciencias;
conoca a sus maestros a fondo, y a don Josef como a su faltriquera.
Haba descubierto que la condicin predominante del carcter de don
Josef, era la avaricia, y pona en juego todos aquellos medios que
pudiesen darle por resultado la explotacin de este defecto.

En cambio, don Josef se quedaba aterrado con la prodigalidad escandalosa
de Martn, quien, cada vez que volva de su casa despus de las
vacaciones, traa tal surtido de regalos para toda la escuela, que el
viejo avaro, mortificado sin duda por aquel mal ejemplo y por el garbo
con que Martn desparramaba sus presentes, acuda a sus pergaminos,
recordaba a Gonzalo de Crdoba, su antepasado, para repudiarlo por mal
administrador y por derrochador, y terminaba por sacrselo de ejemplo a
Martn, para que reaccionase contra la prodigalidad y la dilapidacin de
la fortuna.

A pesar de tener caracteres opuestos, habamos congeniado con Martn.
Sus padres vivan con holgura, y yo sola pasar en su casa una parte de
las vacaciones. Pero, si la alegra del colegio era Martn, la alegra
de su casa era Valentina, su hermana, una preciosa muchacha de diecisis
aos que yo no poda tratar quince das, sin volverme al colegio con la
cabeza llena de sueos y el alma llena de tristezas.

No voy a perder mucho tiempo en contar idilios de juventud, porque tengo
la mano torpe y el corazn duro ya para narrar la historia vieja de los
primeros afectos. Pero es que Valentina era muy linda cuando tena
diecisis aos, y debe serlo todava a pesar de los treinta que ha de
haber cumplido. Mi maestro Josef odiaba a los enamorados, a pesar de las
libertades que se tomaba l con las sirvientas del colegio, a quienes
manoteaba demasiado con Martn, que le haca la competencia con un xito
que el buen viejo no consegua.

Pero Valentina, oh! Valentina me haba hecho olvidar aquella malsana
aparicin de Fernanda, porque era dulce como un rayo de luna y alegre
como una aurora.

A los diecisiete aos, qu diablo, me enamor de Valentina y fui menos
prctico que Martn; lo confieso. Los libros de estudio no me atraan
mucho; lea a Lord Byron y a Musset; las _Horas de Ocio y la Confesin
d'un enfant du Sicle_ me montaron la cabeza y me enfermaron el corazn.
Le hice versos a Valentina y asista a or la leccin de matemticas
como quien asiste a un entierro.

El romanticismo es la adolescencia del arte; la malicia, esa diosa
madura que observa el mundo con una mueca perpetua, se re de los poetas
gemebundos y enamorados; pero la juventud suea y delira, y creo que no
hay hombre, por spero y fro que sea su carcter, que no tenga en la
memoria, as como un lejano paisaje, la escena en que han despertado sus
primeros sentimientos.

Cmo no recordar, pues, todos aquellos libros de los primeros aos: Las
_Escenas de la Vida de Bohemia y de Juventud_, de Murger; los primeros
versos de Gautier, las poticas novelas de Vigny? Al calor de esas
pginas que slo se escriben y se leen en una edad, yo haba visto
aparecer a Valentina como Mussette o como Francine, llena de poesa, con
su carita jovial, sus ojos negros, su cabello castao ondeado,
sencillamente ataviada de cintas color rosa; la boca roja y fresca como
las guindas; toda esta cabecita deliciosa, sostenida por una figura
llena de distincin. Ella haba salido al encuentro de mi camino, en el
que slo haba encontrado hasta entonces seres indiferentes.

Yo no s cmo am a Valentina; pero cuando la vea, cuando ella me
hablaba, la sangre no corra por mis venas, enmudeca y me abstraa en
la muda contemplacin de aquella criatura. Entonces pensaba en mi mala
suerte; pobre, sin padres, ni amigos, ni protectores, qu esperanza,
qu risueo horizonte poda iluminar mi porvenir? El estudio me
entristeca; no tena la cabeza robusta de mis compaeros que mordan y
digeran el Vallejo como un manjar exquisito.

En mi cuarto, por la noche, lea furtivamente las novelas de Dumas, ese
gran amigo de la adolescencia, ese encantador de los primeros aos; y me
adormeca entreviendo la potica figura de Ascanio u oyendo el ruido de
las espuelas de D'Artagnan.

Una noche, durante la poca de las vacaciones, Valentina se acerc a mi
lado, y con un acento lleno de gracia, me dijo:

--Va a comer maana en casa?

--Si usted me invita...

--No, no lo invito, pero quiero que venga--me repuso con firmeza.

--Usted lo manda?...--avanc yo extendindole la mano.

Valentina mir en derredor; nadie nos observaba; tomome la mano y
oprimindomela con la suya:

--Lo exijo--me dijo a media voz.

--Valentina!...

--Adis!--me contest; y antes de poder dirigirle la palabra, diome la
espalda y corri cantando hacia adentro como una locuela; me asom a la
sala y vi desaparecer su vestido blanco en las ltimas habitaciones de
la casa.

No s cmo me encontr en la calle.

La noche era esplndida; sobre un cielo sereno se extenda el vapor
majestuoso de la va lctea, semejante a una gran veta de palo sobre
una bveda de zafiro. La luna, ya en sus ltimos das, atravesaba el
espacio como una galera antigua; la fresca y tibia brisa del mar llevaba
en sus rfagas unas cuantas nubes blancas. El alma del mundo inundaba el
espacio. Alc los ojos al cielo, y absorto en el espectculo de la
noche, me pareci ver pasar a Valentina como una visin por el ter,
huyendo de m como huan aquellas nubes.

Nunca la haba visto tan linda!

Senta en mi mano el calor de la suya y en mi odo sonaba todava el
acento misterioso de su palabra. Vagu aquella noche por la ciudad, y
cuando el silencio invadi la poblacin, yo no s cmo, me encontraba
an delante de los tres balcones de la casa de Valentina en muda
contemplacin, levantando castillos de Espaa sobre esos andamios
gigantescos que slo los diecisiete aos tienen privilegios para apoyar
en el aire.

No dorm aquella noche, y vestido, echado sobre el lecho, esper el
nuevo da. A las nueve de la maana entraba Martn en mi cuarto.

--Qu temprano te has levantado hoy--me dijo.

--En efecto, he madrugado--le repuse.

--Vaya un placer! Vas a comer a casa?

--S, voy.

--Hola! ya estabas prevenido?--me pregunt.

--S, Valentina me invit anoche.

--No ha podido resistir esa muchacha!... Sabes por qu te ha invitado?

--Por qu?--le pregunt sin disimular mi curiosidad.

--No te pongas plido... No te va a envenenar, hombre!--me dijo
Martn;--te ha invitado porque hoy es su santo.

--El santo de Valentina?... Pues no te puedes figurar cmo le agradezco
que se haya acordado de m...

--Y con razn debes agradecrselo, porque a mi padre no le gustan
hombres en casa; figrate que los nicos invitados sois t y don Camilo
como novio presunto...

--Qu dices?--le pregunt dominando mi turbacin con un esfuerzo
supremo.

--S, pues; mi padre y mi madre creen que don Camilo es el modelo de los
novios.

--Y Valentina?...

--Valentina no toma nada con seriedad; cada vez que la embroma, se re a
carcajadas, y al pobre don Camilo le hacen tal efecto las risas que se
queda como un muerto, de triste, siempre que mi hermana se re de l.

Sent toda la rabia ponzoosa de los celos... Valentina de otro?...
Pero eso no era, no sera posible! Yo vencera, arrasara todos los
obstculos, me hara amar por ella y ningn hombre me arrancara la
soada felicidad.

Lleg la tarde; me vest, y con Martn, que haba venido a buscarme, nos
fuimos a su casa. Mi bolsa era algo ms que escasa y tuve que emplearla
toda en un ramo de jazmines, blancos como el papel en que escribo y
perfumados como el naciente y casto amor que embriagaba mi alma.

Eran las cinco cuando entrbamos en lo de Valentina; ella nos esperaba
en la puerta de calle con un vestido de gasilla, blanco, cerrado por un
cuellecito plegado, sobre el cual se destacaba su cabecita adorable y
llena de inocente coquetera. Desde lejos nos divis, y, al vernos,
desapareci de la puerta, apareciendo unos segundos despus, como si
hubiese entrado para dar cuenta a sus padres de nuestra llegada. Martn
y yo aceleramos el paso y llegamos a la puerta de calle en la que slo
ella estaba esperndonos. Martn le dio un beso en la frente y penetr
precipitadamente sin darnos tiempo para seguirlo. Yo quise entregarle mi
ramo calculando propicia la ocasin, pero ella no me dio tiempo.

--Qu olor a jazmines! usted los tiene? Ah, qu lindo, qu lindo
ramo! Es para m?

--S, Valentina...--le contest.

--Gracias, muchas gracias! Sabe que no crea que usted viniese?--me
dijo.

--Por qu?

--Por nada, porque pensaba que no habra hecho caso a la broma de
anoche.

--Sin embargo, usted me exigi que viniera...

--Ah! lo tom usted como sacrificio?

--Valentina!... Si yo pudiera decirle todo lo feliz que usted me ha
hecho!

--Entremos, Julio--me repuso, ponindose seria; y en ese momento la
familia sala a recibirnos, y Valentina, abrazando a su madre, le
deca:

--Mira, qu flores, mam, no es verdad que son divinas?

Valentina se haba puesto el ramo en la cintura con una coquetera
innata, y alborotaba toda la casa mostrando mis flores como una
maravilla.

--Qu te ha regalado don Camilo?--le pregunt Martn.

--Un lbum con su retrato. Si vieras qu _cache_ est el pobre!

--Nia, no digas eso--le deca la madre.

--S, mam, por qu no lo he de decir? En vez de haberme dado alguna
cosa til, me sale ese zonzo dndome un lbum con su retrato, como si
fuera tan buen mozo y tan joven.

--Venga, Julio, venga a la sala--agreg,--se lo voy a mostrar;--y
llevndome casi de la mano, me condujo adentro y abriendo la primera
hoja del lbum, me dijo:

--Vea, dgamelo con franqueza se puede dar un hombre ms _cache_?...--y
prorrumpi en una carcajada...

En ese momento mismo Martn entraba en el saln.

--Mira que ah est don Camilo, Valentina, no te ras; acaba de entrar.

--S? pues lo voy a ver para darle las gracias--y, dejndonos en la
sala, atraves el patio, donde don Camilo era recibido por los padres de
Martn.

En efecto, don Camilo poda ser excelente, pero no era el ideal de los
novios; tena sus bravos cuarenta aos, una figura poco airosa y vesta
con una ropa provinciana de dudosa elegancia. Pero, en cambio, don
Camilo era rico; tena estancias y vacas, y prometa como yerno bajo el
punto de vista de lo positivo. En la casa lo amaban y lo codiciaban; el
padre de Martn y la seora no saban qu hacerse con l.

Emparentado con familias de alta posicin poltica, don Camilo era por
aquellas pocas un programa luminoso para una muchacha de diecisis aos
como Valentina, y el buen seor, persuadido de su valimiento, no se daba
mucha pena en ofrecerse, porque saba que la ley de la demanda rega en
su favor y que l poda elegir como en peras entre las ms lindas
muchachas de la poca.

Pasemos por alto la comida; don Camilo se sent al lado de la seora y
Valentina me dio la silla inmediata a la suya.

Yo estuve hecho un necio durante toda la mesa; la alegra bulliciosa de
Valentina me llenaba de tristeza; aun me pareca que se burlaba de m,
cuando su boca, no muy correcta por cierto, pero llena de gracia,
dibujaba en su rostro aquella sonrisa que le era tan peculiar.

La cara inerte de don Camilo me despertaba un rencor profundo que se
agravaba cada vez que la familia simulaba or con asombro todas las
insulseces que aquel tonto contaba.

Acabamos de comer y fuimos a pasar la tarde al jardn. Don Camilo, en un
grupo, conversaba con los padres de Valentina; Martn, que se haba
separado de ellos, porque era gran fumador, echaba, escondido entre los
rboles, grandes bocanadas de humo. Valentina y yo mirbamos la noche
que empezaba a caer, desde una glorieta formada por madreselvas y
jazmines que quedaba a un extremo del jardn.

--Ha estudiado astronoma usted, Julio?--me deca.

--No, Valentina...

--Qu ignorante!...--me repuso.

--Pero Martn dice que don Po les hace a ustedes un curso de astronoma
prctica muy curiosa.

--Oh! broma de Martn; usted ya sabe lo que es don Po y lo que es
Martn.

--Pero sabe, Julio, que debe ser muy curiosa esa explicacin?--agregaba
sonriendo Valentina.

Yo callaba entretanto; toda la sangre me suba a la cabeza.

--Vea--me dijo--dicen que aquella estrella es la estrella del
amor...--agreg sealando a Venus que titilaba como un diamante
suspendido en el cielo.

--Quin se lo ha dicho a usted? don Camilo?...--le pregunt.

--Ja, ja! con qu tono me lo pregunta usted... Cree usted que don
Camilo tiene tiempo para fijarse en el cielo?...

--Cmo no! No se ha fijado en usted?

--Ay! que antiguo est usted, Julio, por Dios; eso es un requiebro...
Retrelo, por Dios...--Y prorrumpi en una larga carcajada que me
penetr en el pecho como un pual.

--Valentina; es cierto que usted se casar con don Camilo?--le pregunt
en voz baja, pero resuelta.

--Eh, todo puede ser, pero lo que es por ahora no lo pienso.

--_Puede ser_, dice usted?...

--Y por qu no? Si no se presenta otro... me casar con l...

--Sera usted capaz de casarse con un hombre a quien no quisiese?...

--Si l fuera capaz de casarse conmigo, por qu no?

En ese momento la madre de Valentina se acercaba a nosotros; detrs
caminaban su padre y don Camilo.

--Vamos a la sala--nos dijo.--Est muy fresca la noche...

--Tan pronto, mam!...

--S, ven, tcanos algo...

Un momento despus Valentina dejaba caer sus manos sobre las teclas y
tocaba el _Clair de Lune_, esa profunda meloda de Beethoven en que cada
nota parece el suspiro melanclico de un coloso.

Yo, de pie al lado de ella, miraba flotar sus manos sobre el teclado y
buscaba la expresin de su rostro graciosamente inclinado, y de sus
ojos, en los cuales se reflejaba instintivamente el sentimiento de
aquellas frases sabias y poticas a la vez que se elevan como los ecos
de una plegaria... Por fin se extingui la ltima nota y Valentina
levant la cabeza...

--Le gusta, don Camilo?--pregunt dirigindose a su presunto novio.

--No... yo no entiendo mucho de eso, a m me gusta mucho la zarzuela.

--Has visto un imbcil igual?--me dijo al odo Martn.

--Cllate--repuso Valentina,--te puede or.

Valentina se levant del piano y se sent a nuestro lado. Don Camilo,
hombre de orden, se retir temprano....

Mientras se despeda, yo haba salido al balcn y all me encontr
Valentina que regresaba de saludarlo.

--Sabe, Julio--me dijo,--que lo noto muy triste y reservado conmigo hoy,
qu tiene?

--En efecto--le contest, como tomando una actitud resuelta.--Estoy
triste y reservado....

--Puedo yo saber la causa de su tristeza y el objeto de la reserva?....

Iba a decirle todo lo que senta; llegaron las palabras a mis labios, y
debi traicionarme mi fisonoma, porque ella hizo un gesto en el que yo
adivin toda su recelosa curiosidad y la alarma con que miraban sus
grandes y hmedos ojos negros, pero en aquel instante, pens en mi
pasado, contempl con la rapidez del relmpago mi presente, y el honor,
ese fro guardin de las pasiones, sell mis labios.

--No--repuse con firmeza.

--No?...--me pregunt con una inflexin de voz llena de ternura y de
resentimiento,--no? Ah!--agreg--quiera Dios que su reserva lo haga
feliz.

Reaccion, e iba en aquel mismo momento a revelarle todo lo que senta
por ella, cuando entraron Martn y sus padres, y el desenlace, que se
haba presentado tantas veces en aquel da, qued de nuevo trunco.

Era necesario partir; salud a todos y tend la mano a Valentina con
efusin, pero ella dej caer la suya con indiferencia entre las mas,
mientras que con la otra desprenda de su cintura el ramo de jazmines ya
marchito dejndolo caer sobre el piano.

Yo sent oprimrseme el corazn, y cuando llegu a la calle, dos
lgrimas, que me parecieron de sangre, brotaron de mis ojos y me
corrieron por el rostro.




X


Pocos meses despus abandonaba el colegio donde haba pasado aos tan
tristes. Martn, que ya haba salido tambin, estaba con su familia en
el campo y no pude por consiguiente despedirme de Valentina.

Mi to me esperaba en Buenos Aires con una colocacin en una casa de
comercio; llegu a Buenos Aires y encontr a mi ta tan mala como de
costumbre; siempre dominada por la poltica, siempre tomando parte en
todos los acontecimientos notables que tenan lugar.

Haca seis aos que no me vea, y, sin embargo, no me hizo el ms mnimo
cumplimiento ni el ms pequeo agasajo a mi llegada.

Haba engordado mucho y su temperamento sanguneo se haba desarrollado
notablemente. Mi to era el mismo. El nico que no estaba en la casa era
Alejandro: el pcaro pardo haba cumplido su promesa; un da de un
altercado tremendo con mi ta, desboc los caballos al descender la
violenta pendiente de la barranca de la Recoleta y volc el _landeau_ en
una zanja, lo hizo pedazos y magull a mi ta que fue izada por la
ventanilla con la gorra en la nuca y los vestidos en un desorden
inconveniente.

Cmo haban cambiado en veinte aos las cosas en Buenos Aires! El
doctor Trevexo, el hombre de ms talento de su tiempo, el orador, el
diplomtico, el abogado y el periodista ms hbil de la Repblica, haba
desaparecido de la escena pblica, y slo haban transcurrido veinte
aos! Los tenderos de aquella poca haban muerto o haban cerrado sus
tiendas; ya no gobernaban la opinin pblica. Mi ta Medea haba tomado
parte en dos revoluciones _chingadas_ y perteneca a la oposicin.

El nico puesto pblico que conservaba, era el de la Sociedad
Filantrpica, donde la fila de sus contemporneas se haba raleado
notablemente. Una nueva generacin poltica y literaria haba invadido
la tribuna, la prensa y los cargos pblicos.

Don Buenaventura pontificaba desde lejos, en el diario ms grande de la
Amrica. La escuela literaria de la _Flor de un da_ haba hecho su
poca; hombres y libros nuevos dirigan el pensamiento argentino. El
autor del _Facundo_ revolcaba su temible maza desde las columnas del
viejo _Nacional_; los salones se haban transformado; el gusto, el arte,
la moda, haban provocado una serie de exigencias sin las cuales la vida
social era imposible. Los cmicos espaoles de antao ya no entretenan
como veinte aos atrs; la aldea de 1862 tena muchos detalles de
ciudad; se iba mucho a Europa; las mujeres cultivaban las letras. Las
golosinas de Gustavo Droz, de Halvy y aun de Maupassant, andaban en
todas las manos femeninas, impresas en una forma adecuada para lectores
sibaritas, e ilustradas con todas las voluptuosidades artsticas del
taller de Goupil.

La vieja moda, aquella que envolva a las mujeres en verdaderas bolsas
de tela, haba desaparecido; ni los filsofos podan pasear de cuatro a
cinco de la tarde en el invierno por la calle de la Florida, sin
conmoverse ante los cuerpos de las mujeres del da, dibujados _d'aprs
nature_ por Mesdames Carreau y Vigneau, con _damas_ de Gnova y
terciopelos de Venecia; Kitty Bell y Flora Campbell hacan los
figurines; Sarah Bernhardt, los guantes. Worth firmaba los tapados como
un pintor sus cuadros; en los colores mismos se haba operado una
revolucin; nada de celeste y blanco como antes, nada de color rosa:
una mujer del gran mundo no estaba bien vestida sin llevar un medio
color indeterminado en los siete de la paleta; oro y plata viejos,
xido, y marfil antiguo.

Los troncos de los carruajes particulares eran arrastrados por yeguas y
caballos de raza, de pelo satinado y reluciente, con cocheros ms
correctos que los del tiempo de Alejandro. No era _chic_ hablar espaol
en el gran mundo; era necesario salpicar la conversacin con algunas
palabras inglesas, y muchas francesas, tratando de pronunciarlas con el
mayor cuidado, para acreditar raza de gentilhombre.

En fin, yo, que haba conocido aquel Buenos Aires de 1862, patriota,
sencillo, semitendero, semicurial y semialdea, me encontraba con un
pueblo con grandes pretensiones europeas que perda su tiempo en
_flanear_ en las calles, y en el cual ya no reinaban generales
predestinados, ni la familia de los Trevexo, ni la de los Berrotarn.

Estas reflexiones me haca yo todas las tardes al salir del escritorio
de comercio de don Eleazar de la Cueva, el hombre de negocios ms vastos
y complicados de la Repblica Argentina, que tena vara alta con los
gobiernos, con los bancos, con la Bolsa, con todo el mundo. Hombre manso
y cristiano ante todo, muy devoto y muy creyente, dulce de maneras por
lo general, y bastante bravo por lo particular cuando el caso lo
permita, don Eleazar de la Cueva era una especie de astrlogo para sus
negocios, porque todos ellos participaban de ciertas formas
nigromnticas, llenas de misterio, y se preparaban por procedimientos
anlogos a los que en lo antiguo se empleaban para buscar la piedra
filosofal. Don Eleazar, sin ser hombre de mundo, sin ser hombre
poltico, tena cierta influencia poltica; sin ser hombre de partido,
tena cierta intervencin y participacin en todos los partidos. En fin,
en el mar humano, don Eleazar era corriente de fondo y no de superficie:
arrastraba sin ser visto ni sentido.

Tena don Eleazar un cuerpo de oso y una cabeza de leona mansa; su cutis
fino y terso, a pesar de sus setenta aos largos, daba a su rostro
cierta capa de venerable distincin y de majestuosa ancianidad que
imponan a primera vista. Los dependientes le temblbamos, sin embargo,
porque era spero y cruel con nosotros, y cuando sentamos sus pisadas
en el escritorio, no slo guardbamos un profundo silencio, sino que
volcbamos la cara sobre nuestras mesas y hacamos lo posible por
aparecer abstrados en nuestra tarea.

Nada ms curioso y original que el escritorio de don Eleazar; un
edificio bajo y antiguo con un vasto y desierto patio a la entrada,
enlosado con grandes piedras color pizarra, perpetuamente hmedas y
empaadas por una eterna capa de verdn. Frente a la puerta de la calle,
tres cuartos, cada uno con tres puertas al patio. Desde la calle,
aquella casa haca el efecto de estar inhabitada; tal era el abandono de
sus paredes y el estado de sus puertas despintadas, casi carcomidas, y
tan antiguas, que algunos de sus tableros exteriores deban haber sido
pintados en tiempo de Rozas, porque, aunque sumamente descoloridos, se
notaba que un da haban sido colorados. El nico adorno de los cuatro
muros que formaban el cuadrado del patio, era una guarda grecorromana de
relieve, en la que la intemperie haba hecho sus estragos sin que el
dueo de la casa se hubiese preocupado de hacer restauraciones.

Por dentro, el escritorio del seor de la Cueva representaba exactamente
su apellido; todo era en l vetusto: las mesas y las sillas; los
estantes, llenos de rollos de papeles, denunciaban un completo abandono.

Aquellas habitaciones haban sido empapeladas un da, pero el papel se
haba cado; algunos jirones que quedaban, colgaban todava de las
paredes, esperando la hora de caer por s solos, sin que la mano del
hombre los arrancara, porque don Eleazar, que en materia de negocios y
especulaciones demostraba una actividad y un espritu innovador a toda
prueba, trataba a su escritorio por el procedimiento contrario. Aquel
piso jams haba conocido alfombra ni escoba, y si alguno de sus
dependientes hubiese tenido la ocurrencia de arrojar en l algunos
granos de alpiste, la simiente habra florecido de un da para otro, ni
ms ni menos que con el riego cuotidiano que el sirviente gallego haca
para aplacar el polvo de la habitacin.

Nada ms caliente y sofocante que el escritorio de don Eleazar en el
verano: nada ms fro tambin en el invierno, en que tenamos que pasar
la noche y el da escribiendo, de pie sobre las baldosas desnudas y
hmedas del piso.

Mi ta Medea le haba puesto ciertos inconvenientes a mi to para que yo
habitara en su casa, de modo que me fue necesario ocupar un cuarto en la
casa particular de un antiguo amigo de mi padre, que era un excelente
viejo alegre y soltern que me haba cobrado un franco cario. De modo
que, cuando regresaba de lo de don Eleazar, encontraba en don Benito
Cristal un verdadero amigo, con quien me desahogaba contra mi mala
suerte y lamentaba el tiempo que mis tos me haban hecho perder.

Don Benito era un carcter. En la arrogancia de su porte se reflejaba
toda la entereza de su alma. Amaba con delirio la verdad y poda decir
con orgullo que no haba nunca mentido en su vida. Era impetuoso,
resuelto, intransigente en la defensa de todas las reglas de la
gentilhombra. La honradez acrisolada de su palabra no ceda en nada a
la honradez de sus acciones, y llevaba su culto por la virtud hasta la
delicadeza de practicarlo en silencio sin proclamarla como el fariseo.

Sin embargo, don Benito tena las debilidades mundanas de los galanteos
y haba luchado en vano por muchos aos sin poder reaccionar contra
ellas. Soltero, sin familia, no pensaba sino en sus buenas fortunas por
el momento y en su inocente partidita nocturna; pero con todo, desde el
da que supo que yo estaba empleado en lo de don Eleazar, se preocup
por mi suerte, y da a da, al verme salir para mi empleo, me deca
meneando la cabeza:

--Amigo, amigo, busque otro destino, mire que esa casa de don Eleazar
es peligrosa! Vale ms correr el peligro de perder la camisa, como yo,
que exponerme a perder all la honra.

Pero no era fcil salir de lo de don Eleazar, y adems, el sueldo era
bueno y el pago exacto. Se trabajaba; eso s, se trabajaba noche y da,
sin fin, sin tregua, pero ningn dependiente saba lo que el otro
dependiente haca. Don Eleazar, que vigilaba constantemente el trabajo,
estaba all para evitarlo. Sus negocios eran mltiples y
complicadsimos: prestaba y tomaba prestado a tipos usurarios, segn las
circunstancias; su influencia en la Bolsa era tremenda y misteriosa a la
vez; la mitad crea que estaba a la baja, la otra mitad aseguraba que
jugaba a la alza; don Eleazar viva en el escritorio y reciba all a
las gentes de todas clases, siempre con su aparente humildad, instalando
ante todo su probidad, su desinters y su honor comercial ante el
interlocutor que, por ms prevenido que estuviese contra l, terminaba
por escucharlo y someterse.

Don Eleazar era ante todo un especulador; en su casa de comercio no se
compraba ni se venda sino papeles de Bolsa. De cuando en cuando, para
variar, sola comprar algn gran pleito, y con la paciencia y la
tenacidad de un israelita persegua su gestin por todas las instancias,
hasta liquidar y desenredar la madeja litigiosa a fuerza de dinero y de
procuradores traviesos y experimentados.

Cautsimo hasta el extremo, don Eleazar jams escriba una carta de su
puo y letra, limitndose a firmar lo que l dictaba, no sin tener la
precaucin de leer siempre antes de firmar el manuscrito que le
presentbamos.

En el comercio, don Eleazar estaba considerado como un corsario. Atacaba
y pillaba al enemigo, pero cuando no encontraba adversarios a quienes
acometer, o cuando l quera asegurar el xito de una operacin
peligrosa, no tena ningn gnero de inconvenientes en consumar actos de
verdadera piratera, sin perder el aspecto venerable y majestuoso de su
fisonoma, y aun llorando y cubriendo sus gavilanadas con palabras de
humildad que parecan salir del fondo de su alma.

As suceda no pocas veces en pocas de agitaciones burstiles, que
detrs del corredor que parta a venderle sus ttulos, sala por otra
puerta un segundo con encargo de hacer el alza; y por la tarde, cuando
uno y otro regresaban a dar cuenta de sus operaciones, don Eleazar
tomaba la palabra y hablaba en el lenguaje y el acento de un varn santo
y convencido:

--As es, seor don Toms, as es; ya que ellos lo han querido, bien
empleado les est. Ya usted sabe, seor, que a m no me gusta hacer mal
a nadie! Pero qu puede hacer un hombre honrado en estos tiempos de tan
mala fe? Es menester resguardarnos! Vea usted, seor; yo he hecho
muchas obras de caridad en este pas, cuando tena cmo hacerlas; no hay
uno de esos que me quieren arruinar, que no me deba todo lo que tiene.
Yo he sido siempre el mismo con ellos; dos fortunas he perdido por
ayudarlos! Dos fortunas, seor, y slo por necesidad me veo obligado a
defenderme.

Y cuando don Eleazar llegaba al fin de su discurso, abra su caja de
rap, invitaba a su interlocutor, y en seguida sacaba de sus profundas
faltriqueras un largo pauelo de la India con el cual se sonaba las
narices y se cubra el rostro, para hacer ms expresivas sus
lamentaciones.

En el orden interno del escritorio, don Eleazar era de una severidad que
rayaba en crueldad; jams una licencia, un respiro, un descanso para sus
dependientes. Se trabajaba all de da y de noche sin reposo, bajo la
direccin inmediata de don Anselmo, el _alter ego_ de don Eleazar; un
mozo espaol, de cuarenta aos, sagaz, alerta y ladino para los negocios
como un capeador para burlar el toro, y sin el cual rara vez don Eleazar
celebraba conferencias sobre negocios delicados e importantes.

Don Eleazar jams se presentaba en teatros, bailes y paseos. Vena por
la maana de su quinta en su clsico cup tirado por dos caballos
gateados, mansos y tranquilos, que volvan a conducirlo por la tarde o
por la noche, si las exigencias del trabajo reclamaban su presencia en
el escritorio despus de comer. Pero, si don Eleazar no andaba en
sociedad, su nombre y su influencia se dejaban sentir en mil formas
distintas: en las elecciones formaba siempre parte en los dos bandos sin
dar su nombre, y concurra eficazmente al triunfo de ambos partidos con
sumas gruesas de dinero.

El saba bien que a los que saben negociar en poltica, esta buena madre
les devuelve el prstamo con capital e intereses compuestos; y como para
l lo mismo eran los nacionalistas y los autonomistas, los porteos y
los provincianos, los federales y los unitarios, con todos promiscuaba,
porque en la via del Seor tanto vala para l ser judo como
cristiano.

Una noche, al retirarme tarde del escritorio, don Benito me esperaba en
la puerta de la calle con evidentes manifestaciones de sobresalto.

--Y...--me dijo al verme,--qu ha sucedido hoy en lo de don Eleazar?

--Nada--le contest,--el da ha sido como el de ayer, sin novedad.

--Sin novedad? Pero usted embroma o es tonto?--me replic mirndome
fijamente al rostro.

--Mi costumbre de no bromear nunca, me obliga a confesar que soy tonto.
No s lo que sucede...

--Pero, amigo, qu; no sabe usted que su patrn ha quebrado?--me
pregunt.

--Quebrado? No puede ser, imposible! Quin se lo ha dicho?

--Pero si es voz pblica!--me replic don Benito,--no se habla de otra
cosa en la ciudad.

--Pues, seor, yo no he notado lo ms mnimo en el escritorio, y hoy ha
sido sbado, se ha pagado a todo el mundo!

--Hombre! Est usted seguro?--me repiti don Benito con asombro.

--Como que estamos hablando en este momento.

--Pues, sepa usted, mocito, lo que no sabe--me dijo;--y tomndome
confidencialmente del brazo, me llev a su cuarto, me hizo sentar y me
refiri lo siguiente, despus de haber encendido un cigarro habano:

--Don Eleazar de la Cueva, como usted sabe, trae revuelta la Bolsa desde
hace tres meses. Lo mismo que un general que con un ejrcito numeroso
invade un pas dilatado, l ha puesto en juego all dos o tres millones
de duros. Comenz por comprar acciones de ***, monopoliz el mercado,
se hizo dueo de todos los papeles, y conseguido esto, manteniendo
siempre la demanda, trataba de vender a precios exorbitantes lo que
haba comprado a precio vil.

Pero don Eleazar ha encontrado la horma de su zapato; mientras sus
agentes, divididos en dos bandos que operaban en sentido contrario,
preparaban su golpe, l no contaba con que en esta tierra del
papel-moneda, una nueva emisin es asunto de poca monta, y la cuerda
tirante con que l tena presos a sus deudores, se ha aflojado; la nueva
emisin se ha hecho y he aqu que la baja ms espantosa se ha operado.

En esta situacin, don Eleazar ha resuelto no reconocer sus operaciones.
El tiene razn hasta cierto punto; exige _fair play_, como los
luchadores ingleses. En la casa de la Bolsa, todo es permitido como en
la guerra; jugar pblicamente al alza y clandestinamente a la baja;
lanzar un _gato_, dar una noticia de sensacin, asegurar que la guerra
con Chile es un hecho, que nuestra escuadra est en un estado atroz, que
nuestro ejrcito ser derrotado en caso de una batalla; en una palabra,
sembrar el terror sin consideracin de ningn gnero por el patriotismo;
pero jugar con armas de doble carga, no. Eso no, eso nunca!... Don
Eleazar en estas materias es correctsimo, y, sobre todo, cuando en vez
de ser l quien apunta, acontece que es contra l contra quien se
vuelven las bocas de los caones. Pero lo peor de todo, mi amigo, no es
eso. Lo peor es que don Eleazar, aprovechando su desgracia, porque es
capaz de aprovechar todo y sacar de todo ventaja, ha resuelto no pagar a
nadie. A l lo sitian por hambre, pero l les cercena el agua y el pan,
y con la misma cuerda con que lo ahorcan, l procura ahorcar a sus
adversarios.

--Quiere decir que yo me encuentro en la calle--le dije al orle
terminar su relacin.

--Oh, no! cree usted que don Eleazar es hombre de despedirlo por cosas
de tan poca monta?... No. Su quiebra es una quiebra que no lo arruina ni
lo lleva al tribunal; todo se resuelve para l en no pagar; las deudas
de Bolsa no son deudas, y en el caso de don Eleazar ha pasado ni ms ni
menos lo que sucede en una casa mala de juego cuando se apagan las
luces: cada jugador defiende con el puo lo que puede, y le aseguro que
su patrn sabr defender lo suyo. No se alarme: no perder el puesto.

--No me alarmo, don Benito, por tan poca cosa--le repuse rindome a
carcajadas.--Soy yo quien resuelvo no volver al escritorio de don
Eleazar! No me cuadran ni el hombre ni el empleo.

--Hace usted bien, amigo: eso lo honra.

--No, don Benito; ni me honra ni me deshonra; no hago una quijotada, ni
tendra derecho para hacerla. Don Eleazar se ha portado bien conmigo; me
ha pagado religiosamente mis sueldos y ha tenido el buen gusto de no
imponerme de sus negocios.

--Y qu va usted a hacer?

--No lo s, pero maana lo sabr. Desde luego disponga usted de mi
cuarto: tenemos que separarnos!

--Separarnos? Jams!--me contest el buen viejo irguiendo su noble
cabeza y acompaando sus palabras con un gesto enrgico que denotaba el
profundo sentimiento que le haba ocasionado mi
resolucin.--Separarnos? Nunca!--me repiti:--mire, Julio... Mira,
hijo mo--agreg,--djame que te tutee, mis canas me dan derecho para
ello, es cierto?

Y como yo le hiciera un signo afirmativo, prosigui conmovido:

--Yo he respetado hasta hoy la resolucin de tu to, pero debo
confesarte que he sufrido al verte en casa de don Eleazar. Ese empleo no
te corresponde, y lo que no me explico es cmo Ramn te ha colocado
all...

--Mi ta, usted sabe...

--S, que lo gobierna como a un trompo; pero esa no es una razn para
que te descuide. Mira--me dijo,--desde hoy yo me encargo de ti. Qu
diablos! Soy viejo, pero tengo el alma joven todava: ser tu padre y tu
hermano al mismo tiempo. Tengo mala fama en el mundo: las mujeres como
misia Medea me aborrecen, porque no creo en deidades polticas; y los
hombres como don Eleazar tampoco me pueden pasar, porque no s hacer
negocios de los que ellos hacen. Viviremos juntos; de cuando en cuando
oirs en mi cuarto alguna voz de mujer... qu quieres!... Soy hombre...
sfreme estos extravos. Las mujeres me enloquecen, por eso he tenido el
tino de no volverme loco por una sola: me he enloquecido por todas y no
me he casado con ninguna; espero no caer en la tentacin de hacerlo en
los aos que tengo. Soy risueo, despreocupado y franco: vivo sin
misterios y tomo la vida tal como es. All en mis mocedades he ledo
mucho; pero una sola lectura me ha aprovechado de todas las que he
hecho: ah est junto a la cabecera de la cama: _Rabelais_.

Cuando tengas mi edad y hayas corrido el mundo, vers que tena razn:
es el nico libro que ayuda a bien morir, por eso lo abominan los
jesuitas. No tengo hijos, o ms bien dicho, no s si los tengo, porque,
si lo supiera a ciencia cierta, no los negara como padre; pero en la
duda, t bien sabes que es mejor abstenerse, porque esto de tomar como
propias las obras de otros, es un poco grave. Y yo huyo del ridculo
sobre todo. No tengo ningn amigo de mi edad: mis amigos son los jvenes
de la tuya, vivo con ellos, enamoro con ellos y escandalizo tambin con
ellos este saln porteo en que hay muchas mujeres lindas y tanto tonto
que se las lleva.

Y, al terminar, don Benito me estrech fuertemente en sus brazos y
contra su pecho, y yo no pude contener las lgrimas que me saltaron a
los ojos.

Al da siguiente me present en lo de don Eleazar, de maana. El patio
estaba lleno de gente que cuchicheaba y accionaba con animacin: las
puertas del escritorio cerradas. Me acerqu y golpe los cristales: al
abrirme don Anselmo, que me reconoci, dos o tres de las personas del
patio se arrojaron sobre la puerta del escritorio con la pretensin de
entrar.

--Perdonen ustedes, no pueden ustedes entrar...--les dijo don Anselmo, y
les dio casi con la puerta en las narices.

Y pude ver que uno de ellos levantaba el puo de la mano en actitud
amenazante.

En dos palabras di cuenta a don Anselmo de mi resolucin de abandonar la
casa.

--Vaya, vaya, a usted tambin lo ha picado la tarntula?

--A m no me ha picado ninguna tarntula; ni quiero, ni tengo nada que
ver con los que protesten afuera ni contra los que se encierran adentro,
vengo a agradecer a don Eleazar el honor que me ha hecho y a comunicarle
mi resolucin. Me quiere usted anunciar?

--No se si podr recibirlo a usted...--me dijo don Anselmo moviendo la
cabeza.

--Vea usted si puede... quiero cumplir lo que yo considero un deber.

Don Anselmo pas a la habitacin contigua, que era la de don Eleazar, y
despus de un rato regres.

--Dice don Eleazar que puede pasar--me dijo.

Yo entr resueltamente. No olvidar nunca el cuadro que se present a mi
vista. Casi en el medio de la habitacin, junto a un escritorio
elevadsimo, donde don Anselmo acostumbraba a escribir bajo el dictado
de don Eleazar, sentado sobre un esqueleto de silla, estaba ste,
desayunndose, delante de una mesita muy poco ms grande que el plato en
que coma. Un sirviente gallego le serva sin pausas, plato tras plato,
y don Eleazar coma con la gravedad de un oso que devora su racin. En
un rincn de la pieza, de pie, tres hombres presenciaban esta colacin
matutina en completo silencio.

--Entre usted, seor don Julio, tambin nos abandona usted en los das
de prueba?...

Yo expliqu las causas de mi renuncia, procurando convencerlo de que
ella era completamente extraa al reciente desastre comercial; pero don
Eleazar, conmovido, a pesar del apetito con que devoraba sus viandas, se
daba maa para lamentarse con palabras que partan el corazn.

--Bien, joven, puesto que usted lo ha resuelto, separmonos; pero usted
me har justicia algn da... Vea usted la situacin a que me veo
reducido! Todo lo he perdido! Desde hoy vivo de la caridad de mis
parientes; s, seor, de la caridad de la familia... Aqu me tiene usted
preso; yo preso en este pas que he colmado de beneficios! No ve
usted, seor, que hasta la autoridad se complota en mi contra! Vea
usted, seor, todos esos hombres que se acercan a los vidrios y que me
amenazan, me son completamente desconocidos! Yo nunca he tenido trato
con ellos! No los conozco! Y me persiguen, seor, me persiguen a
muerte! Vean ustedes a lo que estoy reducido! A no poder comer estos
bocados en mi casa, porque son hasta capaces de envenenarme! Y si no
fuera por mi fiel Juan (exclamaba mirando expresivamente al gallego que
le serva el almuerzo), si no fuera por l, quin sabe lo que habra
sido de m!

Pero yo te recompensar algn da... t sabes que todo lo he perdido,
que no tengo nada, que me es imposible por consiguiente satisfacer mis
compromisos! Dilo, Juan, a todos; es posible que a ti te crean!...
Dgalo usted, joven, asegrelo, usted sabe mis negocios, todos son
claros, tan pblicos, tan legtimos!... Ustedes lo saben, seores... yo
he sido vctima de gente (agregaba encarndose con don Anselmo que le
contestaba con un signo afirmativo) sin ley ni principios!... Usted lo
sabe, don Anselmo, usted sabe todos mis negocios, conoce mi casa!... No
me es posible cumplir, y no lo siento tanto por m, sino por tanta
persona excelente a quien tendr que perjudicar, contra todos mis
sentimientos!... Vean ustedes, vean ustedes cmo amenazan esos hombres!
Se creera que yo me he quedado con algo de ellos!... Gracias, Juan,
gracias, hijo mo, srveme el t, no tengo apetito!... prubalo t
primero, mira si tiene mal gusto!... Ah, seores, yo tengo la
conciencia tranquila!...

Y mientras don Eleazar se lamentaba, todos lo oamos en silencio, como
consternados por la horrible desgracia de ese hombre providencial que
engulla como un tiburn, en medio de la catstrofe de su fortuna. Fueme
necesario cortar de un golpe aquella eterna elega y despedirme para
siempre de ese antro en que haba estado ocho meses.

Lo que es el mundo de malo! Al salir, los acreedores del patio, que
echaban espuma por la boca, decan que don Eleazar haba realizado
quinientos mil duros de ganancia y que ellos se quedaban en la calle.
Quin poda creerlo?




XI


Rigurosamente encorbatado de blanco, con un frac de Poole y un par de
_pumps_ de Thomas, don Benito penetraba una noche en mi cuarto, elegante
y joven como un muchacho de veinticinco aos.

Yo me vesta lentamente; aquella noche haca mi estreno en el club. El
club!... No es necesario decir que es el Club del Progreso de que hablo,
y que el baile en perspectiva es un baile de julio: la gran _attraction_
de la _season_ portea.

--Todava en ese estado?...--me dijo al verme complicado en los
preparativos de la camisa;--es la una casi!...

--Ah! qu cree usted? Es cosa seria preparar una camisa... recuerde
usted que me estreno.

--Ca! un hombre elegante no se fabrica; nace... Mrame--me
dijo--cuadrndose en el medio del cuarto.

--Bueno, tenga paciencia, yo no soy usted... yo no soy elegante...

--S, pero te cuadra Blanquita, no?... Y no supongo que te prenders
como un tendero para enamorarla, mira que es mujer tan suelta y ligera
como la madre... y quiero que la conozcas.

--No embrome con Blanquita, ya sabe que Blanca no me cuadra y que yo
tengo una novia en...

--Est bien, csate con aqulla, pero enamora a sta... no seas tonto...

--Y si no me hace caso?

--Qu no! La madre te adora y la madre es la protectora de esa
criatura.

--Oh! Fernanda me conoce desde muchacho: tena veinticuatro aos cuando
yo tena diez o doce, pero la hija...

--La hija es igual a la madre; ambas son mujeres de coraje y de avera,
lindas como unas trtolas y peligrosas como dos lobas.

--Esta noche estarn radiantes, sern las reinas del baile, el seor
Montifiori har brillar su legacin vacante.

--Montifiori!... Qu clase de hombre es Montifiori?...

--Te lo dir despus... vamos, tate la corbata pronto.

--Va bien as? Muy grande el moo, no?...

--No; est bien, las mujeres no se fijan en eso; el pescuezo de los
hombres les es indiferente. Bueno, ponte el frac; excelente! Ests
hecho un lord. Si yo tuviera tu cuerpo y tus aos y t mi
experiencia!...

--Siempre el viejo proverbio, don Benito!... Ah! no hay nada completo
en el mundo.

Di una vuelta por mi cuarto, tom mis guantes, puse el gas a media luz y
salimos yo y mi viejo compaero. Haca un fro de todos los diablos,
pero el cup de don Benito estaba a la puerta; nos encerramos en l y
empezamos a deslizarnos sobre los rieles del tranva a todo trote. En
cinco minutos estbamos en la cuadra del Club del Progreso: tuvimos que
esperar algunos minutos ms para que le llegara a nuestro carruaje el
turno de acercarse, y por fin bajamos en la puerta entre un grupo de
hombres y mujeres que suban apresuradamente la escalera muellemente
tapizada y adornada con flores y guirnaldas verdes.

Quin no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por
cierto la entrada del palacio del Elseo y la escalera no es una
maravilla de arquitectura.

Sin embargo, para el viejo porteo que no ha salido nunca de Buenos
Aires, o para el joven provinciano que recin llega de su provincia, el
Club es, o era en otro tiempo, algo como una mansin soada cuya crnica
est llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar a
todos los mortales.

Don Benito conoca la casa desde su fundacin y gozaba en ella de una
influencia nica. Al entrar, jvenes y viejos lo saludaron con cario
como un antiguo amigo.

El buen viejo, ponindome el brazo izquierdo sobre la espalda, me
condujo al quiosco de cristales donde nos sacamos los palets y nos
consultamos un momento la figura sobre los espejos.

En aquel momento la orquesta tocaba la ltima parte de las cuadrillas de
_Carmen_...

    Toreador, toreador en garde...

y la msica de Bizet, saturada, por decirlo as, en la sangre misma de
Merime, distribua al cuerpo de las mujeres que formaban los cuadros,
los tonos calientes con que el joven maestro ha rimado ese extrao poema
de amores plebeyos y bajas venganzas.

El saln, hbrido, y en el cual el gusto refinado de un _clubman_ de
raza tendra mucho que rayar, desaparecera ante la masa compacta de
hombres y mujeres que lo llenaban.

Mi viejo amigo me dio el brazo y entramos juntos a ocupar nuestro lugar
en aquel _bouquet_ porteo que julio forma todos los aos con la
exactitud con que se celebra un aniversario.

Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas
treinta aos de la vida social de Buenos Aires: all han hecho sus
primeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del ao 52
fund ese centro del buen tono, esencialmente _criollo_, que no ha
tenido nunca ni la distincin aristocrtica de un club ingls ni el
_chic_ de uno de los clubs de Pars. Sin embargo, ser del Club del
Progreso, aun all por el ao 70, era _chic_, como era _cursi_ ser del
Club del Plata, con perdn previo de sus socios.

La entrada era cosa ardua: no entraba cualquiera: era necesario ser
crema batida de la mejor burguesa social y poltica para hollar las
mullidas alfombras del gran saln o sentarse a jugar un partido de
_whist_ en el clsico saln de los retratos que ocupa el frente de la
calle Victoria.

En esta ltima sala, larga y fra como un zagun, que ha sido empapelada
cien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido
cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido una
generacin de la cual van quedando muy escasos representantes. All ha
mordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a los
maridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco de
mam indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moral
de las vctimas. La maledicencia de la gran aldea es como la calumnia
del _Barbero de Sevilla_: del _venticello_ pasa al huracn y ay de
aquel que se encuentre envuelto en la rfaga!

El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres pblicos que
han estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fcil
que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; y a
m, no s por qu, se me ocurre que algunos de los retratos de los
hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores, hacen una
mueca cada vez que un pollo acompaa un discurso sobre la libertad del
sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada por
la chusma de los peones sobrevivientes!

Falta all el retrato del padre Castaeda! Y sobre todo, falta el
espritu! Tambin veinte, treinta aos, de hacer lo mismo!

Hasta hace muy poco, la biblioteca no era muy copiosa que digamos.
Mucha _Memoria_, mucho _Registro Oficial_, pero a condicin de no
encontrarse nunca cuando se pedan; y en la mesa de lectura, todos los
diarios porteos, vacos y estriles como sbanas de monja, luciendo el
artculo editorial al frente, extenso riel de plomo en que, para valerme
de una figura bblica, se fatigan los caballos de la imaginacin. En la
mesa de lectura el _Illustrated London New_ y la _Revue_ (casi sera
intil agregar _des Deux Mondes_, si no hablramos en el club); la
_Revue_ en que M. de Mazade produce el artculo burgus que en un tiempo
firmaron Forcade y Lanfrey y algunos diarios franceses que casi siempre
sirven de adorno, como esos ramos secos que se pudren en las salas por
olvido de los sirvientes. A pesar de esto, cualquiera creera que all
se lee... nada de eso! All se conversa: en el grupo de muchachos
alegres y espirituales, que entra a las 12 de la noche repitiendo la
ltima nota de Tamagno, no falta un ejemplar de denso burgus
pantagrulico, gastrnomo noctmbulo, engordado y enriquecido por el
vientre libre de sus vacas, que se hace servir all mismo un chorizo por
noche, mientras que, con el profundo desdn del bruto feliz, descuidado
el traje, pelado a la _mal-content_, mira todo lo que le rodea con
satisfecha apata, llevando la mano al renegrido cabello y dragndose
la caspa de aquella mollera inerte con la ua afilada del ndice.

No falta tampoco el idiota de la aldea, magn descompuesto, candidato de
pillos, vctima de las bromas aldeanas, enloquecido con ideas sobre
filantropa, abriendo la boca de admiracin y pestaeando con un ojo que
sufre de perlesa intermitente, mientras la pupila del otro se le sale
como el carozo de un durazno prisco.

Ni el Tenorio de suburbio que no se modifica; que se viste hoy como
ayer, con abalorios de altar mayor y prendas de precio fijo; sano,
insulso, inofensivo, olvidado por los buenos y mortificado por los que
todava creen que es de buen tono zaherir o burlarse de los inocentes.

Y entre esta sociedad hbrida e incolora como la Memoria de un ministro,
mi amigo don Benito, cuya acrisolada y noble honradez se confunde por el
positivismo contemporneo con el sueo de un iluso, sola de repente
estallar con noble sarcasmo, sintiendo probablemente cun estriles han
sido las desgracias del pasado y cun injustamente ha repartido el
destino sus favores en el presente.

Pero el club es el club, y aquella noche, los violines, riendo bajo la
cuerda de los arcos, transmitan la alegra y el entusiasmo singular de
la msica a todos los semblantes.

De pie, delante de la puerta que da paso a la gran escalera del comedor,
yo segua el vuelo espiralado de las parejas impelidas por el soplo
caliente de un vals de Metra. No s por qu, esos valses fascinadores,
de cumplidas y ondulantes frases, que parecen dibujadas en el ter por
la batuta mgica del maestro, me produjeron una profunda melancola,
trayndome al recuerdo unos versos en que Hugo contempla, a travs de
los cristales empaados por el fro de la noche, el cuerpo de su amada
enlazado por el brazo de un rival feliz.

Pero qu variado espectculo!

Cunta mujer ideal y atrayente bajo la trama cariosa de esas telas
modernas, cmplices de la carne y del contorno que este siglo
materialista teje con las alas de pjaro o ptalos de flores exticas!
Cunto ser grotesco de fealdad repugnante, de doloroso raquitismo,
brincando sin gracia, marcando la nota chillona del ridculo!

Cunto contraste!

Cunta cara fornea, ahorcada por cuellos anticuados, encorbatada de
raso trtola, bizantinamente enfracada, con pantaln en forma de cao y
botines de brasileo guarango!

Cunto gallo viejo sin pas, forcejeando contra el tiempo en vano, con
las armas dbiles de los untos! Cunto ser inspido, abriendo la boca
satisfecha y marchitando con su trato insoportable a tanta mujer linda y
atolondrada que busca su ideal sin encontrarlo!

Cunta mam achatada por la gente que pasa, sirviendo de mojn en los
sofs de lamps crema!

Cunto marido tolerante que entrega su mujer a la garra de los halcones
y que se sita en el buffet con el sentido prctico de un convencido!

Cunto viejo fatuo, teido de pies a cabeza, prendido como un paje, que
apesta a menta desde lejos y que instala sus pretensiones intolerables
ante cualquier mujer bonita, para que el mundo le cuaje el sabroso
renombre de afortunado! Cunto muchacho alegre y filsofo, pollos de la
aldea, que conocen la aldea y que toman la partida con el buen humor de
los descredos!

El baile estaba en su apogeo, cuando sent en torno un murmullo. Dos
mujeres del gran mundo entraban en el saln y las parejas se abran para
darles paso. Don Benito acompaaba a una de ellas, y la otra, contra la
ms estricta regla de nuestros salones, caminaba sola al lado. Don
Benito vino derecho adonde yo conversaba con un grupo de amigos.

--Julio!--me dijo con la ms perfecta y aristocrtica
urbanidad:--Fernanda!--Y dndose vuelta y sealando a la ms joven,
repiti, como toda presentacin:--Blanca!

Me inclin reverenciosamente y al levantar los ojos, vi la imagen doble
de mi compaera de teatro dieciocho aos ha!...

--Me parece que nosotros somos viejos amigos--me dijo Fernanda.--Y como
querindome dar confianza, agreg:--Pero usted es un hombre!

--Seora... seorita!....

Y a una finsima mirada de don Benito, imperceptible casi, yo extend mi
brazo y Blanca se colg de l con franco y dulce abandono.

No poda darse un retrato ms semejante a Fernanda. Para m, Blanca era
una verdadera resurreccin del pasado; la misma aparente frialdad de la
madre, la misma palidez casi mate; los grandes y sombreados ojos de
Fernanda, y un busto, que dejaba ver un escote en el que los nervios
preponderaban sobre la carne. Por ltimo, un brazo que poda ser un
tanto largo, pero que, bajo fino y suelto guante de piel de Suecia,
tena yo no s qu encanto voluptuoso, mil veces ms tico y ms puro
que el que revela un pie bien calzado cubierto por una media de seda
obscura.

El vestido de Blanca era una anttesis con su serena palidez: una
pollera corta de tul de seda color fuego, estrecha, determinaba como un
calco las lneas misteriosas del cuerpo, dejando ver bajo el ruedo un
zapato de raso del mismo color, sumamente escotado, en el que apareca
el ms bello y atractivo pie de mujer.

Una bata de terciopelo fuego encerraba apenas el misterio de su pecho,
dejando adivinar las lneas audaces de sus senos altos y erguidos como
los de la Venus de Milo. En la cabeza dos peinetas de oro de una
sencillez irreprochable sostenan su cabello rubio mate, y fuera de las
numerosas cadenas de pulseras que rodeaban sus brazos, ni una sola
alhaja, ni una sola flor, ni un solo adorno, lucan en aquella mujer.

--Qu esplndido vals!--me dijo,--bailemos, yo no resisto...

La enlac estrechamente y la imaginacin debi traerme, como una brisa
en aquel momento, el suave perfume de Fernanda. Blanca reclin su
mejilla sobre mi hombro, el muelle contacto de sus senos estremeci mi
pecho, tomele la mano con fuerza y rodeando su talle flexible y
admirable, la danza lasciva nos arrebat en su torbellino. Blanca
bailaba como una inglesa de la vieja estirpe; sin reservas, pero
tambin sin el grosero materialismo de una mundana; de vez en cuando,
los vaivenes ondulantes del vals en que los cuerpos se deslizan con la
msica, nos unan involuntariamente, y yo senta ese estremecimiento
inexplicable que produce la lucha de la timidez con la audacia, cuando
el cuerpo de una mujer joven y linda toca y calcina esta miserable
arcilla humana de que estn hechos todos los seres desde Satans hasta
San Antonio.

El vals tocaba a su trmino; mi compaera se me haba entregado
completamente. En el mareo embriagador de sus ltimos giros, columbr el
rostro de don Benito, que del brazo de Fernanda nos miraba con una
sonrisa mefistoflica, en el momento en que el eco de los violines se
apagaba, y Blanca caa fatigada voluptuosamente sobre un sof que la
sostuvo y balance un instante en sus muelles y flexibles elsticos.

--Pero usted valsa como nadie... Yo no podra valsar con otro despus de
haber valsado con usted.

--Y bien, seorita, la cuenta es muy sencilla, bailemos todos los
valses...

--Oh! Y los compromisos?...--me dijo con cierta petulancia altiva.

--Es muy sencillo: los viola usted--le repliqu con igual tono.

--Me cuadra! Est hecho el trato.

En ese instante nos detena un joven grueso, de lentes, rosado, rubio y
lindo como un retrato al pastel, con un ambiente de insignificancia que
se aspiraba de lejos.

--Muy buenas noches, seorita. Quiere usted darme el prximo vals?

--No me es posible, doctor Bello, estoy comprometida--contestole Blanca
con indiferencia.

--La cuadrilla?...

--Me fatiga bailar cuadrillas--replicole en el mismo tono.

--Entonces, los lanceros?...

--Menos, doctor...

--Entonces que quiere usted darme?--pregunt aquel desgraciado e
incmodo pretendiente.

--Nada--se apresur a contestar don Benito que en ese mismo instante
llegaba a nuestro grupo.

El joven doctor trag saliva lastimosamente, pero Blanca, reaccionando
con generosidad en su favor, le dijo:

--Pasearemos esta mazurka, y seal la pieza perdida en el eplogo del
programa que comenzaba.

Seguimos con Blanca; paseamos la pausa y atravesamos el gran saln, en
direccin al saln punz de la calle Victoria. Al entrar en l, un grupo
de hombres, entre los que estaba mi to Ramn, salud a mi compaera con
lisonjas y elogios. Blanca se detuvo.

--Ah! pap qu haces?...--y dirigindose a los dems, les estrech
francamente la mano, mientras yo haca una reverencia.

Era en efecto el doctor Montifiori, el marido de Fernanda; un
ex-diplomtico de un pas hbrido como la Herzegovina o el Montenegro:
no importa. Mientras nos detuvimos, yo lo observaba.

El doctor Montifiori era un personaje de edad reservada, pero con aire
de _garon_. Saba llevar con cierta elegancia negligente la ropa que
vesta y se conoca que el gusano haba vivido siempre dentro de seda.
Corrase que al casarse con Fernanda, veinte aos atrs, el doctor
Montifiori haba enajenado su interesante personalidad en cambio de la
belleza de su esposa y ocupado una legacin en no s dnde.

Corrase tambin que aquel _lion_, a pesar de su edad, haba sido el
_enfant gat_ y el _bon pap_ de esas famosas golondrinas que vuelan en
invierno a medioda en sus carretelas por el _Bois_, custodiadas por un
lacayo impertinente y acompaadas por perros microscpicos de esas
razas artificiales con que el sibaritismo parisiense falsifica las
nobles obras del Creador.

El doctor Montifiori se mova por el saln como una gndola con proa de
nade: tena un abdomen formado sin duda por las golosinas de los
banquetes de embajada, a los que concurra invariablemente a pesar de su
retiro. Sus rubicundos cabellos y sus patillas inglesas, incluso su
bigote recortado como el de los banqueros de Lombard Street, deban el
brillo de su lustro a las caricias de un pan de cosmtico en constante
ejercicio sobre la mesa de _toilette_. No hay duda, el doctor Montifiori
viva teido desde los pies hasta la cabeza. Como todos los viejos
_dandys_, despus de tragar sus pldoras de salud, entregaba su figura a
los afeites milagrosos de Guerlain, y como si se sumergiera en la fuente
de Juvencio, se baaba con precauciones en agua tibia y perfumada,
dorma como los donceles de Csar en lecho de plumas y su medio siglo
largo, necesitaba despus de sus encantadas _soires_, que el edredn de
los sibaritas cubriera y protegiera sus miembros fatigados como los de
Jpiter, despus de sus transformaciones.

Montifiori era un epicreo, y por eso, el saln de Fernanda era
renombrado por el gusto y por el eximio buen tono que perfumaba todos
sus detalles. Acostumbrado a sentarse diariamente en una mesa
verdaderamente tica como manifestacin culinaria, Montifiori pasaba con
razn por un _gourmet_ de estirpe, por un paladar maestro para catar una
becasa _au madre_, servida sobre un plato de Saxe.--Y as, aquel gran
vividor, acostumbrado a mirar los zafiros y rubes de sus anillos de oro
mate al travs del difano cristal, lleno con los topacios lquidos del
Sauterne, y a saborear la nube perfumada del tabaco de Cuba, deba
sufrir mucho, cuando mi ta Medea, a quien frecuentaba, lo sentaba a su
mesa a comer aquellos platos dignos slo de su robusta pepsina de
_and_.

Montifiori, como todo hombre del gran mundo, con marcada tendencia al
europesmo, hablaba con bastante afectacin el francs y murmuraba el
ingls con una increble adivinacin del acento peculiar de este idioma.
Estaba en todos los golpes de _petits mots_, saba sacar partido de esas
deducciones hbridas de las palabras, que los parisienses consiguen
hacer con los dientes superiores y la nariz, indicando apenas las
expresiones hasta casi llegar a formar una charla de monoslabos breves,
rpidos, fugaces y casi elctricos, que hacen la desesperacin de todos
los que han aprendido el francs por el Ollendorf.

Al lado de Montifiori contemplaban el baile dos caballeros ms, el viejo
Ministro de Estado doctor don Bonifacio de las Vueltas, poltico ducho,
orador brillantsimo y eficaz, gran brujuleador de cmara y antecmara,
fina inteligencia, blanca erudicin, dbil y bondadoso, embrolln como
una modista de alto tono, pero de una intachable honradez privada. Se
balanceaba a su lado con movimientos de odalisca otro personaje
diminuto, que a una fisonoma rabe despejada, de ojo potico y
penetrante, reuna ciertas anttesis morales y fsicas que revelan un
prisma de nuestra raza sudamericana. Su palabra elocuente, un tanto
enftica y voluptuosa, se apretaba, al salir, entre los dientes y los
labios, al mismo tiempo que llevaba ambas manos al vientre y se
contoneaba delante de las seoras como un palomo que corteja a la paloma
dando vueltas en el borde del mechinal. Era sin duda aqul uno de los
finos artistas de la palabra y de la frase, segn se deca; haba cado
de las ms altas posiciones, y mi ta lo abominaba como todo el partido
de la gran poltica que no le conoca sino por el apodo que se le daba y
que no es del caso mencionar.

--Seorita Blanca, presento a usted mis ms sumisas manifestaciones de
respeto y admiracin--dijo el doctor de las Vueltas, entreabriendo su
boca como un pimpollo.

--Oh, doctor! tantas gracias--contest Blanca.

--Es usted la reina del baile. Lleva usted mis parabienes,
Blanca...aaah!...est usted esplndida... aaah!--decale el compaero
de don Bonifacio, arrullando alrededor de Blanca.

--Oh! djeme, doctor, que lo felicite por su folletn de _El Nacional_;
qu linda, qu linda pgina!

--La ha ledo usted? Linda era en efecto!... qu lstima que mis
ex-ministros no sean capaces de juzgarla; son todos unos civilistas...
aaah!--dijo el doctor, mirando al seor de las Vueltas con marcada
intencin.

Montifiori a su turno conversaba con el doctor de las Vueltas a
propsito de un caballero de las provincias que haba pasado atufado y
sin saludar al grupo.

--Pero algo debe tener con usted, querido Montifiori, porque conmigo
cultiva la ms cordial amistad.

--En efecto--deca un gallo viejo de _monocle_ que formaba parte del
grupo,--_Il a l'air bien farouche_.

--Ja, ja, mis buenos amigos; es el doctor Escaote, de Corrientes, un
incorruptible, me detesta, y saben ustedes por qu? Una noche en Pars
este seor, que se haba instalado con toda su prole en un mal hotel de
cuarto orden, haca la cola en la boletera de _Varits_ donde se daba
la _Femme  pap_, una mononera de cosas _cochonas_ en que Judie hace
caer la baba. El buen seor, sin conocer las reglas de la cola,
pretendi saltar su turno y pasar para romper la muchedumbre el muy
_sot_; claro! se arm un alboroto. Ese pobre seor tena la desgracia
de no hablar una palabra en francs, e interpelado por los _agents de
ville_, contestaba con el acento peculiar de su provincia:

No me lleven as!... soy forastero, correntino, de la Repblica
Argentina!... y qu s yo qu otras cosas.

De repente, _malheur_ me divisa, me conoce entre la ola de la
muchedumbre y me grita:--Seor Montifiori, paisano, compatriota, venga
a salvarme, me quieren llevar a la comisara! Figrese usted, doctor,
yo iba en aquel momento nada menos que del brazo de ese esplndido
_Prince de Trois Lunes, un homme charmant, comme cicerone_! Salamos de
Bignon, era imposible codearme con aquel _rastaqure_ guaran! El
Prncipe not sin embargo mis seas y me deca:--_Comment! c'est un de
vos compatriotes qui vous appelle, n'est-ce pas_?--Qu poda yo
contestarle?...--_Bah! non pas, mon cher prince, c'est un parvenu, je ne
le connais pas._

--Y cmo concluy el incidente?--pregunt el seor del _monocle_.

--Pero muy sencillamente: cenando nosotros en el _Caf Anglais_ y mi
correntino durmiendo en la comisara.

--Ja! ja!--y todos a una rean de la espiritual aventura de
Montifiori.

--Y qu es de tu mam, Blanca? no la veo--le pregunt a su hija.

--Ah anda, con don Benito...--contestole su hija haciendo un gracioso
movimiento de cabeza.

--Joven y linda como la hija! _Mater pullchra, filia
pullchrior!_--exclam el doctor, esbozando en su rostro moreno una
sonrisa afectada y contonendose siempre con las manos sobre el vientre.

--Bien, jvenes--djoles Blanca,--yo tengo sed, quiero tomar un helado;
seor don Ramn,--agreg dirigindose a mi to,--llveme usted a tomar
un helado. Me permite usted, que lo abandone por su to?

--Con tal que el prximo vals sea mo...--le contest.

--Oh, bien claro! tenemos un compromiso formal--me contest, y
soltndome el brazo, lo entreg coquetamente a mi to Ramn y ambos se
retiraron del grupo.

--No es cierto que mi hija es _charmante_?--dijo el doctor Montifiori
al verla retirarse.

--Es una seorita, mi querido doctor, llena de atractivos, y usted me
permitir que le reitere mis ms entusiastas felicitaciones y plcemes
sinceros--contestole el doctor de las Vueltas, empleando el tono ms
melifluo de su voz.

--Es una nereida, una verdadera hur, tiene la hermosura de Dido y el
paso de una diosa...--exclam el otro doctor entusiasmado.

--Nosotros no tenemos papel que desempear en este baile... Mucha mam
_demodada_; y no es posible _glisarles_ nada a las jvenes sin que se
ofendan. Por eso, mi querido de las Vueltas, es que yo amo a la mujer
fcil... _Variedades!_... Anoche _Fleur d'Eglantier_ estuvo
apetitossima en la _chansonette_... _Quelle chatte!_...

--S, y qu cantaba?

--_Oh, mon cher_! cantaba _Mon Oscar_!... estbamos en el _avant-scne_,
con los _attachs_ de la legacin turca, y la muy ricotona me cantaba a
m solo todos los _couplets_... la sala arda de envidia!... Yo estaba
irreprochable... mis zapatos barnizados, mis guantes amarillos, un
sobretodo de cuellos de _silkskin_... en fin, esplndido! Subimos en mi
cup clarence y cenamos en el caf de Pars soberbiamente... unas
armoricains y un _homard_, que slo ese Semp es capaz de proporcionar
en esta tierra imposible! Qu mujer tan _flirtante_!... Me llamaba
_Mon petit Pichonot_!

En este instante mi to Ramn regresaba con Blanca del _buffet_.

--Comienza nuestro vals, seorita, y yo lo reclamo. To, usted se queda
con sus amigos y me devuelve la compaera, no es as?--le dije a mi to
Ramn.

--Te la entrego, siempre que ella lo consienta--me contest, y como
Blanca se desprendiera sonriendo de su brazo, mi to la dej hacer y nos
alejamos de nuevo de aquel grupo, que formaba uno de los ms
interesantes cuadros del saln.

El vals recomenzaba; entramos en el gran saln y nos perdimos en el mar
de danzantes. Blanca haba pasado de su interesante palidez a un
encarnado suave, que revelaba la excitacin involuntaria que provocan en
la mujer la msica y el baile.

El ltimo vals lo haba bailado con un mpetu y un ardor de veinte aos.
Sus ojos claros, melanclicos y un tanto extticos por lo general, se
haban alumbrado con un fuego intenso; su boca entreabierta delataba esa
seductora molicie que invade todo el organismo delicado de la mujer en
las horas fugaces de la fiesta.

Nos sentamos en un sof al concluir la pieza que habamos bailado, y
como yo tratara de guardar cierta distancia respetuosa, dejndose caer
sobre el respaldo del asiento, e inclinando la cabeza graciosamente, me
dijo:

--Por qu tan lejos? Acrquese usted ms... tome mi abanico, deme aire,
me sofoco...

Obedec maquinalmente, y al acercarme roc con suavidad su rodilla, que
se adivinaba a travs de la veste y sent su contacto tibio y carnal.

--Ms cerca, abanqueme usted... as... oh, ahora se respira!...--y
suspir con toda el alma, y, al suspirar, las curvas de su seno se
desprendieron un instante del tul que las cubra y volvieron a dibujar
su sobrio pero voluptuoso busto.

Yo me haba acercado a mi compaera todo lo que el buen gusto permite.

Felizmente en aquel momento se organizaba una cuadrilla, y la fila
compacta de las parejas nos cubra de las miradas de todo el mundo. Hay
veces que un baile es ms solo que un desierto. La msica rompa en
seguida y Blanca y yo, en nuestro sof, gozbamos de la ventaja de que
nadie se preocupara de nosotros.

--Y su padre? hace mucho que muri?...--me pregunt con un acento
lleno de ternura.

--Veintids aos, cuando yo era un nio...--le contest.

--Es triste sin padre y sin madre, tan joven...

--Muy triste, Blanca.

--Y tanto ms, cuanto que usted no tiene fortuna y la fortuna es hoy
indispensable en Buenos Aires. Sin fortuna la vida debe ser abominable.
Al menos, yo no la concibo.

--No cree usted en el amor?...

--Solo?--me observ vivamente.

--S--le dije mirndola con fijeza.

--No!--me contest ella con indiferencia...--quiere ser mi amigo?
Quiere guardarme una confianza?... Yo soy una mujer rara, extraa. Yo
no he amado nunca y no s si lo que he sentido alguna vez, puede
llamarse amor; pero jams, aun amando mucho, me casara nunca con un
hombre pobre. Tengo horror, miedo, por la pobreza...

--Es triste--le repliqu;--ser de un hombre a quien no se ama, debe ser
algo terrible en la vida...

--No lo creo. Se puede amar al marido, amarlo como a un amigo... al fin
el marido no es otra cosa a la vuelta de diez aos. Cmo concibe que
don Ramn, su to, est enamorado de misia Medea? Imposible!

--No, Blanca! Pero, si usted se casa con un hombre a quien no ama,
cmo puede cerrar su alma para siempre, usted flor del mundo al fin?...

--Pero, no cerrndola, amigo mo!... Yo no s si algn da me
enamorar, pero si tal cosa sucediera, soltera o casada, yo seguira el
imperio de mis pasiones...

--Casada, tambin?...--le pregunt, aproximndome todo lo ms posible.

--Casada, tambin!--me contest, y su aliento me embriag el rostro.
Aquella mujer estaba enloquecedora en aquel momento.

La noche, aunque de julio, era tibia, y los balcones que dan a la calle
del Per, estaban entreabiertos: nosotros estbamos sentados cerca del
tercer balcn. Una pareja de esas que se forman con una mam aburrida y
un acompaante de compromiso, vino a sentarse a nuestro lado y nos
consagr una mirada de indiscreta curiosidad. Yo aprovech la ocasin
para invitar a Blanca a que abandonsemos el campo al enemigo y ella
acept. Al pasar junto a la puerta del balcn, exclam:

--Qu esplndida noche!--y se detuvo un instante sobre el marco de la
puerta;--hace un calor tan insoportable en la sala!

--En efecto, la noche es soberbia--le dije;--salgamos al
balcn?--agregu acompaando mi palabra con una ligera presin en el
brazo que tena enlazado con el mo.

--Nos criticarn...--me repuso.--Este mundo no ve tan bien estas
cosas... pero a m no me importa nada de l, salgamos;--agreg
resueltamente, y tomando ella misma la hoja de la puerta, la abri y
juntos entramos en el balcn.

Eran las tres de la maana, la luna en menguante ya, iluminaba los
techos de la ciudad dormida, la calle estaba solitaria, los faroles de
gas, con su luz roja, titilaban, formando desde la esquina del club
hasta el Retiro una senda que pareca alumbrada por candilejas.

Al entrar en el balcn, alguna pareja nos haba entrecerrado de nuevo
las puertas y desde afuera, donde imperaba la sombra, haca un contraste
raro aquella sala profusamente iluminada en la que las diferentes tintas
de los trajes, la msica y el bullicio, producan un movimiento variado
y constante.

--Nos han encerrado--me dijo Blanca...--es original!...

--Tiene usted miedo de estar sola conmigo?...--le pregunt.

--Miedo yo! jams lo he tenido... qu podra temer de usted?...

--De m?... nada, sino que la admiracin que usted me inspira me
hiciera aprovechar este momento para cometer una locura.

--Qu locura?--me dijo, echndose para atrs con una sonrisa llena de
voluptuosidad.

--Esta...--le contest, y avanzando sobre el espacio del balcn hasta el
rincn en que termina la reja, la impuls suavemente, le saqu en un
segundo uno de sus guantes, le tom la mano, la llev a mi boca, la
rode con mis brazos el cuello y la cubr de besos mudos e intensos que
ella rehua apenas, riendo entrecortadamente con cierta frialdad
irritante.

El reloj del Cabildo golpe en aquel momento las tres de la madrugada, y
el eco de la campana se extingui en el silencio de la noche.

--Sabe que tengo un hambre devoradora y que siento fro--me
dijo,--entremos--y su rostro, al pronunciar estas palabras, no reflejaba
la ms mnima impresin por lo que acababa de suceder.

--Blanca--le dije,--me ama usted?...

--No lo s--me repuso.--Para qu quiere saberlo? Aunque lo amara, no
me casara con usted!...

--Por qu?

--Porque usted no tiene nada. Yo soy una mujer que amo mucho el mundo y
el lujo... Necesito un marido que sea capaz de proporcionarme todos mis
gustos... Deje que se presente, y, entretanto, meme, siga amndome, le
dar todo mi corazn--aadi riendo a carcajadas. Y cambiando de tono y
como adoptando una resolucin, aadi:--tengo hambre, lo oye usted?
llveme a cenar!

Salimos del balcn y entramos de nuevo en la sala. Yo tena la sangre en
la cabeza, pero aquella mujer estaba fra como una lpida. En la
escalera del comedor encontramos a don Benito que paseaba a Fernanda
todava.

--Qu tal, hijita ma--le dijo Fernanda pasndole la mano por la
cara,--te diviertes?

--Ah, mucho, mucho, mam--replicole Blanca.

--Y usted, seor don Benito?... Sabe que tengo que darle las gracias
por el compaero. Es un maestro; baila el vals admirablemente...

--Nada ms que el vals?--pregunt con sorna don Benito.

--Oh, nada ms! Ninguna mujer chic baila otra cosa... No es verdad,
mam?

--Por qu no?... Las cuadrillas son de regla en un baile.

--Para nosotros no! Nosotros hemos pasado las ltimas en el balcn...

--Que dices, Blanca?--pregunt Fernanda con un acento de sorpresa.

--S, mam, en el balcn!

Don Benito me miraba con una sonrisa llena de picarda, y yo haca un
esfuerzo supremo para contener mi emocin. Pero Blanca, con una
resolucin repentina, me arrastr fuertemente del brazo que me tena
asido y me sac del descanso de la escalera en que nos habamos
detenido.

--Vaya, qu tiene de particular?--pregunt Blanca retirndose y mirando
a la madre...--Tiene algo de malo lo que hemos hecho?--y encogindose
de hombros con un movimiento brusco, agreg con una carcajada:

--Vamos a cenar!

Entramos en el comedor que todos conocemos: un gran saln al cual le
falta mucho para estar bien puesto. Aquella noche, Canale, como de
costumbre, haba formado la gran mesa en herradura con mesas centrales,
y sobre ella, haba levantado los mismos catafalcos de cartn y pastas
de azcar de todos los aos. Se cena execrablemente en el Club del
Progreso, y el adorno de la mesa tiene mucho de los adornos de iglesia:
los jamones en estantes de jalea, los pavos y las galantinas cubiertas
por todas las banderas del mundo. En fin, all se sienta uno con la
indiferencia con que Ral y Nevers se sientan en el banquete de papel
pintado del primer acto de los _Hugonotes_.

El mozo se nos acerc y nos dio la _carta_. Blanca pidi _bisque_ y nos
hizo servir champagne. Era hija del padre; las delicadezas de la mesa la
seducan ms que otras cosas. Devor el primer plato y agot la copa con
ansia. Nos habamos sentado en un extremo de la mesa; las flores y los
adornos centrales nos cubran de los vecinos del frente. Yo me haba
aproximado a Blanca lo suficiente para atenderla, pero ella, no s si
con intencin o sin ella, cerr la distancia aproximando lo ms posible
su asiento al mo.

--Usted no bebe nada--me dijo,--tiene miedo de perder la cabeza?

--No... si usted la perdiera, me gustara perderla con usted--le repuse.

--Yo!... sera intil; tengo la cabeza muy fuerte para el champagne...
Bebamos otra vez... bebamos por nuestra amistad!

--Yo levant la copa junto con ella, y juntos apuramos su contenido.

--Usted es una mujer de hielo--le dije.

--Yo? qu disparate! usted no me conoce, yo lo que soy es una mujer
caprichosa... Cree usted que con una mujer de hielo habra usted hecho
lo que ha hecho esta noche? No... el da que yo llegue a amar, amar
como ninguna.

--A m?

--No lo s, a cualquiera; a usted, si es capaz de hacerme feliz, a otro,
si usted no lo es...

En aquel momento comenzaba a amanecer; el primer albor del da
dibujbase tras de las torres de San Francisco y el horizonte empezaba a
teirse dbilmente de tintas rojas. Nos levantamos de la mesa y nos
acercamos a los cristales a admirar aquel cuadro sublime ante el cual
empalidecan las luces del baile. Blanca estaba apoyada en mi brazo y
dejaba caer su cuerpo dbilmente sobre el mo.

--Es linda la madrugada--le dije, oprimindola con pasin...

--No!--me repuso,--la noche me gusta ms... vmonos, tiemblo de que el
sol me sorprenda en la calle--y arrastrndome con fuerza, bajamos la
escalera y me oblig a conducirla al toilette.

--Adis...--le dije estrechndole la mano.

--Adis--me replic apretndome la ma en que quedaron impresos sus
dedos finos y nerviosos.

Al dar vuelta, me encontr con don Benito que acababa de abandonar a su
compaera.

--Y... qu tal, Blanca?

--Fra como un mrmol--le dije.

--Ah, hijo mo!--me contest,--la hija es como la madre, una estatua
que uno puede estrechar, besar y robar; pero una estatua, no se mueve
nunca sin msica...

--Qu msica?--le pregunt.

--Inocente! la libra esterlina; una partitura que no admite rivalidades
de escuela--y ponindome el sobretodo en el brazo, y armando el claque,
sacome fuera y metiome en el cup que comenz a rodar apenas son el
golpe de la portezuela.

La fatiga me rindi aquella noche, pero no pude descansar. La imagen de
Blanca me atraa involuntariamente: veala andar y detenerse
burlonamente en mi camino como dndome tiempo para alcanzarla, y cuando
crea tenerla cerca, la visin desapareca dejando en mi sueo el surco
luminoso de su vestido rojo que pareca disolverse en el aire en
deslumbrantes e impalpables copos de fuego.




XII


Al da siguiente coma en casa de mi ta Medea con don Benito y mi to
Ramn. Hacamos la crnica del baile antes de sentarnos a comer, pero,
al ocupar nuestros asientos, la conversacin vari de tema. Mi ta haba
tenido aquel da una furibunda reyerta en su Sociedad Filantrpica a
propsito de no s qu bazar en que sus colegas se haban permitido
prescindir absolutamente de ella. Al ornos hablar del baile, nos oblig
a callar; dirigi dos o tres frases hirientes a mi to, por haberse
permitido asistir al club y comenz a contarnos su jornada. Parece que
aquello haba sido un campo de Agramante: que la emocin de mi ta haba
sido puesta tres veces a votacin y que tres veces haba sido rechazada.
Furiosa, como ella slo saba ponerse cuando le picaba la rabia, haba
salido de la Sociedad con la gorra toda torcida, bramando como una
leona, con la pollera arremangada, y a pie, con paso corto y rpido,
haba llegado a su casa sin interrumpir la serie de colosales blasfemias
con que se haba despedido de sus odiadas compaeras.

Mi ta se haba sentado a la mesa sin apetito, excitada como nunca por
el fuerte altercado que acabo de narrar sin detalles.

Sus ojos, ms congestionados que de costumbre, brillaban de una manera
siniestra. Mi to Ramn haba pasado de un buen humor apacible a un
anonadamiento completo, fulminado bajo el fuego de aquellas pupilas
felinas.

La ancha cara de mi ta revelaba la refleccin alarmante de sus venas
ahogadas por las ondas perezosas de una sangre espesa e inmvil. Al
sentarse a la mesa le haban asaltado mil incomodidades desconocidas
para ella: acaloramientos sbitos que le enrojecan momentneamente sus
carrillos laxos, golpes de fuego a la vista, dolores punzantes a la
nuca, relampagueos, obscurecimientos, latidos, y qu s yo qu vagos
presentimientos de un ataque repentino cruzaban pinchndole su
imaginacin y hacindole exclamar de cuando en cuando con cierta
desesperante agitacin:

--Jess, por Dios! qu tengo yo?

Don Benito trataba de tranquilizarla; mi to Ramn, sumiso siempre, la
miraba guardando un respetuoso silencio; la idea de una apoplega le
haba cruzado la mente; pero, ya fuera por temor, ya por moderacin, se
guardaba bien de aconsejar a su mujer la moderacin, el reposo y sobre
todo, los purgantes que el desconocido doctor Brown le haba instituido
como tratamiento haca ya muchos aos. Para l, la moderacin del
carcter feroz de su consorte era cuestin de algunas libras de sal de
Inglaterra, medicamento que, dada la fe que tena en sus efectos, le
hubiera evitado mil disgustos, restableciendo por un instante la
tranquilidad del hogar.

Momentos despus del altercado, mi ta Medea se haba visto atacada
sbitamente de una abundante evacuacin de sangre por las narices; pero
en el paroxismo de su clera, temblando nerviosamente de ira, se haba
contentado con sorber en abundancia y ruidosamente grandes cantidades de
agua salada, atarse fuertemente el brazo derecho o ponerse en los
lujuriosos rodetes de su nuca adiposa la llave consabida que aconseja la
teraputica popular.

De cuando en cuando se pasaba las manos por los ojos, en los cuales
deca sentir un peso enorme; se comprima las sienes, donde latan con
fuerza sus arterias o se mojaba con el agua del vaso aquella frente
pecosa y chata, bajo la cual arda un volcn de odios y de futuros
proyectos de venganzas. Estaba irrascible, irritable, convulsa como una
fiera herida; la silla tiritaba bajo el peso de sus muslos pletricos y
su marido volva a agitarse acariciando tmidamente el recuerdo favorito
del tratamiento del doctor Brown.

--No valen todas ellas el disgusto que me han dado, perras viejas
_caches_!--exclamaba con una voz tosida y un poco gangosa.

Mi to don Benito y yo continubamos inmutables nuestro programa de
abstencin activa, callados y reverentes, comiendo con esa moderacin
respetuosa que se confunde con el hambre modestamente disfrazada de un
apetito discreto. No se oa sino el rabioso crujir de las mandbulas
tiburonianas de mi ta Medea, que con cierta complacencia malfica,
aunque llena de voluptuosidad, imaginaba aplastar el crneo de alguna de
sus rivales en el inocente coscorrn de pan que roan sus molares y el
tmido y casi silencioso masticar de los que temamos herir los odos
susceptibles de la seora.

Don Benito procuraba, sin embargo, intilmente, abrir temas de
conversacin, pero todo era en vano, la tentativa no prenda. Mi ta
Medea volva a sus imprecaciones, lanzaba un reto furibundo a sus
rivales, las apostrofaba en mil formas y levantando el puo cerrado, les
juraba venganza como una pitonisa poseda por la clera divina.

Terminbamos la comida e iban a servir el caf. Mi ta tom posiciones
para levantarse; pero, al ponerse de pie, sinti algo extrao, algo
terrible pasar por su cabeza; quiso dar un paso y cay desplomada sobre
el pavimento.

--Jess te ampare!--exclam mi to Ramn, abriendo tamaos ojos al
verla caer;--ya tenemos encima la terrible _perlesa_; y corri a
socorrer a su consorte que haba cado sin sentido a los pies de la
mesa, haciendo un ruido extrao con la boca llena de espuma.

Don Benito y yo habamos corrido al mismo tiempo a socorrer a mi ta.

Su aspecto era verdaderamente aterrador; haba cado fulminada por un
violento golpe de sangre; estaba sin conocimiento, insensible, relajada
y en una inmovilidad absoluta.

Era una masa inerte, en la cual slo la persistencia de la respiracin y
los latidos del corazn que llegamos a percibir, atestiguaban que la
vida an no se haba extinguido.

Mi to peda a gritos un mdico, el vinagre y los sinapismos; y mientras
stos se aplicaban abundantemente en las piernas ciclpeas de la
seora, don Benito y yo corramos en busca de todos los mdicos del
barrio. Las seoras de la vecindad, algunas de las cuales eran de la
relacin de la familia, concurrieron inmediatamente al conocer la
desesperacin de mi to.

Todas ellas continuaron las aplicaciones de sinapismos en las
pantorrillas, en la nuca, en la planta de los pies, en los muslos y en
los brazos; le desprendieron la ropa y la colocaron en su cama.

Al bajar con don Benito la escalera para ir a buscar mdico, nos
chocamos con el pardo Alejandro en la misma puerta de la calle.

--Qu hay, nio; qu sucede? toda la vecindad est alborotada... se
prende fuego la casa?...--nos pregunt.

--Al contrario, creo que se apaga el fuego... tu patrona parece que
acaba de reventar--contest don Benito con la ms perfecta calma.

--Quin? la tigra?... al fin!...--replic el pardo con el acento de
un hombre que se desahoga.

Volvimos en seguida; habamos recorrido dos o tres cuadras y slo
habamos encontrado cinco mdicos que se prestaron con suma complacencia
a nuestro llamamiento.

Mi ta segua agravndose por momentos. Su respiracin era estertorosa y
penossima; a cada respiracin, los carrillos, privados de resistencia,
se dejaban destender pasivamente, despus volvan a quedar laxos y
flojos.

--_Fuma la pipa_--dijo uno de los mdicos en voz baja;--esto es muy
caracterstico.

Mi to oy la observacin y crey sin duda que el facultativo preguntaba
si la seora tena la costumbre de fumar, pues respondi con grande
asombro al ver el atrevimiento de aquel hombre:

--No, seor, no, cmo se imagina usted que una seora de esta clase?...
ni en pipa ni en nada--agreg permitindose ciertos movimientos de una
inopinada energa.

Los mdicos sonrieron ligeramente y continuaron examinando a la enferma.
Uno de ellos le introdujo una pluma en la garganta. Mi ta, insensible,
no dio seales de sentirla. El mdico hizo un gesto de desagrado.

--Es preciso mudarle la cama--agreg...

--Ah! s--replic mi to haciendo una mueca forzada para disimular un
profundo pesar;--pobrecita, se conoce lo grave que est!

Otro de los mdicos se acerc al odo de mi to y le hizo una pregunta.

--Pfs!... hace muchos aos, seor, desde soltero--dijo ste dejando
errar por sus labios una melanclica sonrisa--si nunca hemos tenido
hijos, y usted sabe que... el doctor Brown me deca que sin embargo era
posible y que...

--Ah, s!--concluy el mdico que sin duda se vio amagado por una
historia patolgica de la familia de mi to;--s, el doctor Brown era un
gran prctico.

En este momento se acercaban los otros colegas. Haban terminado su
examen e iban a celebrar consulta. Poco tendran que decir de la
enferma; tal era su estado de gravedad. Segn opinin unnime, era una
_hemorragia cerebral_ en su ms terrible forma. La respiracin
continuaba siempre laboriosa, las pupilas dilatadsimas e insensibles a
la accin de la luz, y los lquidos que apenas tomaba, se quedaban en la
garganta produciendo esos estertores penosos que impresionan tanto. Este
ltimo sntoma era de augurio fatal. Mi to estaba consternado: su mujer
iba desapareciendo lentamente sin hacer mencin de reconocerlo cuando se
acercaba a su lecho.

--Tiene mucha fiebre?--se atrevi a preguntar a uno de los mdicos que
sali el primero de la consulta.

--No, seor, no, al contrario, su temperatura es ms bien muy baja. Sin
embargo, es probable que ahora comience a subir mucho, si, como
desgraciadamente lo tememos, esto termina mal. Est en un _coma_
profundo--agreg, queriendo confundir a mi to con un tecnicismo
confuso:--es una hemorragia cerebral de forma apopltica paraltica.

--Jess me ampare y me favorezca! cuatro enfermedades a la vez! Quin
resiste a tanto!

Y el pobre hombre, haciendo un esfuerzo supremo para manifestar la ms
suprema emocin, se llevaba la mano a los ojos y se tiraba nerviosamente
del pelo.

Don Benito, que estaba al lado del lecho, miraba extinguirse aquel
coloso con una frialdad perfecta.

Mi to no se atreva a acercarse al borde de la cama: los mdicos se
haban separado, seguros ya del desenlace.

--Acrquese, seor--dijo a mi to uno de ellos...

Mi to se acerc temblando, remiso y casi arrastrado por el deber... al
aproximarse retrocedi: la moribunda presentaba un aspecto terrible: la
fisonoma estaba amoratada; la respiracin era difcil y cavernosa.

--El sacerdote!--exclamaron algunos de los circunstantes mientras los
mdicos abandonaban la habitacin.

Se acerc al lecho un fraile obeso, vestido de colores llamativos,
impasible como una foca, gordo como un cerdo: el rostro achatado por el
estigma de la gula y de los apetitos carnales, la boca gruesa como la de
un stiro, el ojo estpido, la oreja de murcilago, los pmulos
colorados como los de un _clown_. Abri entre sus manos grasas y
carnudas un libro cuyas pginas alumbraba un monigote con un cirio, y
erupt sobre el cadver en latn brbaro y gangoso algunos rezos con la
pasmosa inconsciencia de un loro.

Al terminar, se retir algunos pasos del lecho; hizo un ademn a mi to
para que se acercara; y en aquel momento mismo, mi ta Medea clav sus
ojos inmviles en su marido, abri la boca, esput un cuajarn de sangre
y acab...

Mientras comenzaban las mujeres a hacer los preparativos para vestirla,
don Benito y yo sacamos a mi to de la habitacin. Era de observarse en
aquel momento la cara de mi viejo camarada;--la cmica solemnidad que se
esforzaba por mantener le daba un aire mefistoflico.

Mi to lo miraba sin comprenderlo, pero era bastante suspicaz para
explicarse que don Benito no estaba tan desolado como lo exigan las
circunstancias.

Yo estaba esperando la palabra burlona del viejo soltern y no se hizo
esperar. Nos encerramos en el cuarto de mi to, aseguramos las puertas
y don Benito, con una cara de pascuas, abriendo los brazos exclam:

--Don Ramn... apriete, amigo!--y busc a mi to para abrazarlo.

--Oh! don Benito... qu desgracia!

--Desgracia? Me representa usted el hipcrita? Celebre usted, amigo,
el ms grande de los aniversarios de su vida...

Y mi to no pudo contenerse; se deshizo de don Benito y corriendo a la
cama, se ech en ella y deposit sobre la blanda almohada de plumas en
que hundi el rostro, una sonrisa de ntima, de voluptuosa alegra, que
ya no poda contener dentro de s mismo.

En ese instante golpearon la puerta; la abr; el perfil risueo de
Alejandro asomaba por la rendija.

--Qu quieres?--le dije en voz baja y con el tono ms serio del mundo.

--Oh!--me contest muy despacio...--usted es de los tristes
tambin?--y aquel negro pona una cara satnica cuando me deca esas
palabras.

--Vete--le dije...--vete.

--S, me voy... a buscar el cajn!

A las doce de la noche, mi ta estaba depositada en el atad de
jacarand que Alejandro haba trado. Le haban cerrado los ojos y la
boca, pero su rostro conservaba siempre el gesto de amenaza que le era
caracterstico, y con el Santo Cristo, que oprima maquinalmente entre
las manos lvidas y como enceradas pareca en la actitud de un centinela
que dormita armado para el caso de una sorpresa. El _mulatero_ femenino
de la casa y de la vecindad, haba invadido la sala: no faltaban
alrededor del fretro dos o tres mulatillas arrodilladas que se turnaban
sucesivamente. Claro es que la sala haba sido cubierta en un instante
de crespn y de merino negros en homenaje a su ilustre duea.

La noticia de su muerte haba cundido por la ciudad, y como su influjo
en los grandes centros sociales, a pesar de los desastres polticos del
partido de la finada, era de vieja data, la casa se vio llena toda la
noche de las eminencias del pasado, destronadas por el presente.

El primero con quien me encontr en la sala, fue con el doctor Trevexo.
Cmo haba envejecido y enflaquecido! Sus piernas y sus brazos
desgonzados, no se palpaban al travs de la ropa, pero siempre era el
mismo; el gran charlador, difuso y narrador de insulseces; gran
expositor de lugares comunes, de doctrinas tomadas al instinto, de
principios incompletos; siempre enemigo de los libros; desolado por el
prodigioso aumento de las libreras y de las ediciones: furioso contra
la exagerada difusin de las obras cientficas; partidario constante,
invariable, inconmovible del periodismo: siempre citando su coleccin
del _Gorro de la Libertad_ y de _La Espada de Damocles_, los diarios que
haba escrito despus de la cada de Rozas.

Pobre doctor Trevexo! Cmo aquel hombre que haba sido el primero
veinte aos antes, era hoy el ltimo! Cmo se haba detenido en su
apogeo sin marchar! Me haca el efecto de una de esas fotografas
antiguas de un lbum de familia, ante las que uno tiene que rer
involuntariamente. Mientras que el mundo poltico haba progresado entre
nosotros, con lecturas serias y sazonadas: en el siglo de Disraeli y de
Gladstone, de Bismark y Gambetta, en el siglo de Taine y Lanfrey, el
doctor Trevexo viva con sus recortes de diarios criollos, con toda su
fama del pasado por capital y toda su estril informalidad por presente
y porvenir. Sin embargo, lo que es la virtud y la consecuencia de los
partidarios! Su partido crea en l todava: era siempre el gran orador,
el gran diplomtico, el gran periodista, el gran abogado, del ms grande
de los partidos argentinos.

La muerte de mi ta Medea lo haba consternado. Su grande amiga, la
mujer resuelta de todas las pocas; vencida en dos revoluciones, pronta
a hacer una nueva a una sola indicacin suya, haba muerto; el partido
entero la lloraba, era una prdida irreparable, tan irreparable, que el
ms grande de los diarios de la Amrica del Sur, le dedic un sentido
artculo necrolgico, largo como un sermn de agona, con muchas frases
escogidas, que comenzaba recordando con mucho detalle a las antiguas
madres griegas y romanas, las haca atravesar la trayectoria de la
historia en las mltiples combinaciones de los pueblos, y terminaba con
un elogio de las virtudes de la difunta y una laudatoria especial a la
mansedumbre de su carcter.

A este llamamiento, todo el _faubourg Saint Germain_ de Buenos Aires, se
present al da siguiente. Cmo se elogiaban los mritos de la seora
doa Medea Berrotarn! Cmo se condolan de la triste situacin de mi
to! qu dolorosa prdida haba experimentado! Hasta don Buenaventura
haba dejado sus mltiples ocupaciones literarias para asistir al
entierro! Cmo no premiar treinta aos de vasallaje, mudo, entusiasta,
admirador de todas sus hazaas y desgracias!

Un entierro de fuste en Buenos Aires no necesita describirse: el
empresario fnebre conoce los gustos de la gran capital, en los que
prepondera la gran aldea: el convoy tiene que hacer corso en la calle
de la Florida: no hay otra calle para ir a la Recoleta, y si a alguien
se le ocurriera la idea de cambiar el itinerario, no sera difcil que
el muerto o la muerta, siendo de la aristocracia, o sobre todo de la
gran poltica, resucitara protestando contra la variacin de la ruta.

Mi ta haba sido muy religiosa; aunque vctima en los ltimos tiempos
de un padre escolapio, que le haba eliminado graciosamente algunos
miles de pesos, su fervor por los frailes y monigotes corra parejas con
sus entusiasmos polticos: de modo que a su entierro asistan todos los
clrigos de las parroquias principales, correctos la mayor parte, y una
delegacin de cada cofrada: franciscanos, dominicos, etc., incorrectos
bajo el punto de vista de la higiene personal. Entre esta turba de
cuervos negros y pardos, no faltaba algn tribuno ultramontano, pedante
atorado de suficiencia, orador sibilino y hueco, gran momia literaria,
rellena de Blair y Hermosilla, _specimen_ del gongorismo espaol, que,
sentado en el carruaje de duelo, como si lo hubiesen clavado en una
estaca, mantena su gravedad solemne como para aparentar la profunda
desolacin que le causaba la muerte de aquella vieja cuyas virtudes
corran al fin parejas con la sinceridad de sus convicciones
religiosas. Encabezando el grupo, iba la misma dignidad que ya hemos
visto al lado del lecho mortuorio, con su uniforme carnavalesco de
colorinches y su impasible cara de foca.

Mientras depositaban el cajn en la bveda de la familia, yo me perd en
las calles del cementerio.

Cunta vana pompa!

Cmo poda medirse all, junto con los mamarrachos de la marmolera
criolla, la imbecilidad y la soberbia humanas. All la tumba pomposa de
un estanciero... muchas leguas de campo, muchas vacas; los cueros y las
lanas han levantado ese mausoleo que no es ni el de Moreno, ni el de
Garca, ni el de los guerreros, ni el de los grandes hombres de letras.

All la regia sepultura de un avaro, ms all la de un imbcil... la
pompa siguindolos en la muerte. Entre una encrucijada de nichos y
sepulcros, me top de manos a boca con mi ex-patrn, don Eleazar de la
Cueva, que tambin haba ido al entierro de mi ta.

--Seor don Eleazar! Usted por aqu?

--Ah, seor! esperando mi hora, como todos--contest,--hoy le ha tocado
el lote a mi seora doa Medea... Ah! ella es la feliz--agreg
levantando las manos al cielo:--En este mundo no hacemos sino sufrir
desengaos, joven... Vea usted, yo, por ejemplo, que he hecho tantos
servicios y tantos sacrificios por la humanidad, aqu me tiene usted a
m... de qu valgo, seor?

--Pero, seor, su posicin, su fortuna...

--Seor, yo estoy en la calle, en la ltima miseria; me han arruinado,
seor, usted lo sabe bien--al decirme esto, el rostro de don Eleazar se
descompona de tal manera que infunda la ms profunda lstima.

Alineado a la salida de la Recoleta, soport con todos los parientes de
la muerta, los apretones de los concurrentes, que le dan la mano a uno
como dicindole: eh! mreme usted, he asistido, no lo olvide, y
cuando termin esta dura prueba de resistencia, di vuelta y vi a don
Benito que me esperaba.

--Piensas ir con la parentela?--me dijo.

--Qu hacer?

--Ya todo ha concluido, ahora te vienes conmigo y maana fuera el luto.

Y subimos al cup, que rompi la marcha por entre los numerosos
carruajes apostados en las extensas avenidas del cementerio. Eran las 4
de la tarde; el tiempo era esplndido; el cielo, azul y sin nubes, se
reflejaba en el pedazo de ro que se alcanza a ver desde la barranca de
la Recoleta.

Las caras de los que volvan del entierro, demostraban bien claramente
que no se haban conmovido mucho con la ceremonia.

Don Benito me propuso ir a comer al Caf de Pars, despus de mudarnos
el traje negro, y yo acept. Salamos de la plaza de la Recoleta para
entrar en la calle larga, cuando nuestro carruaje se cruz con una
victoria elegantsima, tirada por una fogosa pareja de alazanes y
dirigida por un cochero de una correccin irreprochable. Repantigadas
cmodamente en el amplio asiento, iban dos mujeres distinguidsimas,
cuyo saludo apenas tuvimos tiempo de contestar.

Eran Fernanda y su hija: al verlas, ambos sacamos la cabeza por las
portezuelas del cup, en el momento en que ellas tambin daban vuelta.

--Van esplndidas--me dijo don Benito.--Diablo de vieja tu ta, hasta
muerta nos persigue; si no hubiera sido por el tal entierro, qu golpe
habramos dado yendo a Palermo!...

--Pero todava hay tiempo--le repliqu,--retrocedamos.

--Te atreves?...

--Y qu...

--Alejandro!--grit don Benito al cochero,--a Palermo por el Bajo...

El carruaje dio vuelta, y los caballos tomaron el trote largo a un
simple chasquido del ltigo de Alejandro. En diez minutos llegamos a la
verja de hierro que da entrada al parque; doblamos sobre la gran calle
de palmas que estaba solitaria: slo en el fondo, del lado del bosque,
se vea un punto negro: era la victoria de Fernanda: nuestro cup se
desliz por el pedregullo de la avenida, salv la va del tren del
Norte, y vino a detenerse al mismo lado de la victoria. El carruaje
estaba vaco: preguntamos al cochero dnde estaban las seoras, y nos
contest con una sea, indicando el fondo de la calle. Nos bajamos y
caminamos en esa direccin. Al fin de la calle, en un rincn del camino,
las encontramos. Al vernos, se sorprendieron.

--Ustedes por aqu?--nos dijo Fernanda,--vaya una manera de hacer el
duelo!

--Seora--contest don Benito,--el duelo ha concluido y la vida comienza
de nuevo.

--Pero usted--dijo Blanca, con irona,--sobrino carnal, y en Palermo, el
mismo da del entierro; qu escndalo!

--Sobrino carnal, no; poltico, s... no hay inconveniente.

--Y ese pobre to, ese seor don Ramn, cmo estar de triste y
desolado?--inquiri Fernanda.

--Oh! aplastado; figreselo usted libre de un monstruo y con setenta
millones de pesos!

--Setenta millones!--exclam Blanca,--bonito dote, mam eh?

Fernanda hizo un signo de aprobacin y su fisonoma se alumbr como si
concibiese una vaga esperanza.

--Pero don Ramn ha sido feliz con su ta... un viejo pisaverde, alegre,
muy _sirvientero_... no es verdad?--pregunt riendo.

--Tal cual; pero vctima de su mujer; figrense ustedes, que el da
domingo, doa Medea meta en la cama a su marido para que no saliera a
la calle.

--De veras?

--Garanto--y don Benito rea a carcajadas.

Yo me haba acercado a Blanca y le haba dado el brazo. Don Benito se
haba quedado con Fernanda en el mismo sitio en que las habamos
encontrado. Caminbamos con Blanca en direccin a los rboles: estaba
plida como de costumbre, vestida con un traje de pana color bronce,
sumamente ceido al cuerpo; su talle se dibujaba admirablemente.
Guardbamos silencio y ni ella ni yo parecamos resueltos a romperlo.
De pronto se detuvo suspirando, y como saliendo de una profunda
cavilacin, exclam abstrada:

--Setenta millones!

--Le parece mucho?--le pregunt.

--Ah!--me contest, como despertando;--pensaba que ese to es un
horizonte: Es muy viejo?

--Sesenta y cuatro aos, no es mucho; ms joven que su fortuna, sera
mejor menos millones que aos... no?

--Oh! no, de ninguna manera; diez aos ms o menos no es nada para un
hombre, diez millones de menos es mucho...

La tom fuertemente del brazo con un movimiento de clera y de
impaciencia; la sombra del bosque nos protega: le estrech las manos,
la bes en el rostro, en los ojos, en la boca, entre los labios
entreabiertos.

--Blanca--le dije--yo... no puedo resistir!...

--Hay tiempo--me replic,--- ms tarde!

Y aquella mujer pareca una estatua de hielo, en medio de la
involuntaria voluptuosidad que emanaba de todo su conjunto.

Volvimos a tomar la gran Avenida. Fernanda y don Benito haban
desaparecido. Alejandro, desde el pescante de nuestro coche, me hizo
una sea que significaba que la pareja estaba all.

Y, en efecto, nos acercamos y Fernanda y don Benito estaban en el cup.

El viejo camarada haba perdido la correccin habitual de sus cuellos y
de su corbata; dos chapas rojas alegraban su semblante. Fernanda se
hallaba perezosamente reclinada en el muelle respaldo de raso del cup;
a pesar de sus 38 a 40 aos estaba bellsima. Al vernos se incorpor,
consult la hora y baj gilmente del carruaje, subiendo a su victoria
de un salto. A su lado se sent Blanca; yo le ech la cariosa manta de
nutrias sobre los pies y a un signo del cochero, las dos yeguas del
tronco partieron a escape.

Trepamos a nuestro cup. Don Benito estaba radiante de alegra, pero se
esforzaba por aparentar una profunda severidad.

--Y qu tal?--le dije con sorna.

--Pscht, mucho calor!

Era en julio y haca un fro de todos los diablos.




XIII


El doctor Montifiori era un catlico recomendable, desde todos puntos de
vista; miembro de dos o tres hermandades religiosas, l saba conciliar,
como nadie, la misa de la una del da con la cena alegre de la una de la
noche, la hostia sacrosanta del altar con los mariscos perfumados del
Caf de Pars.

En su casa se saba dar el aristocrtico barniz clerical de alto tono
del siglo XVIII. Bastaba echar una rpida mirada sobre su pequea
librera de _amateur_, para conocer los finos gustos del hombre. Entre
las trufas literarias de Brantme, de Casanova y de otros del gnero,
Bossuet y Massillon, conservaban la gravedad de las hileras: en las
letras, De Laharpe, M. de Bonald, Fontanes y Chateaubriand, daban la
nota grave del imperio, mientras que al lado, en ediciones monsimas,
brillaban todas las perfumadas indecencias pornogrficas del da.

La muerte de mi inolvidable ta doa Medea haba lanzado al mundo un
viudo conservado, rico y con grandes cualidades exteriores: mi to. Dos
meses despus de su viudez, vivamos juntos: yo haba abandonado a mi
viejo camarada, don Benito. Muy pronto la casa de mi to Ramn se
transform en una habitacin completamente diferente de lo que haba
sido. Se hizo all una reunin de solteros alegres y de casados
emancipados de todas edades; haba dinero de sobra, y por consiguiente
abundaban las comidas joviales, los vinos, las diversiones de todo
gnero y el elemento amable: las mujeres.

En un da, don Benito, el _lanzador_ de mi to, le hizo despedir o
colocar caritativamente por ah a todo el mulatero antiguo de la
finada. Slo Alejandro fue tolerado, cedido por don Benito, a cuyo
servicio estaba desde su clebre colisin con mi ta. La casa fue
transformada: todo el menaje de los tiempos prehistricos de Pavn fue
modificado por un mobiliario moderno del ms correcto gusto
contemporneo. Los viejos retratos de la familia fueron a cubrir las
paredes de los ltimos cuartos, incluso el de mi ta, que haba reinado
veinte aos en la pared principal del saln.

Mi to Ramn ech muy luego el luto y se dio al mundo, enteramente al
mundo; pero siempre dbil a las tentaciones de la carne, sus setenta
millones de pesos vinieron a quedar muy luego en las condiciones de un
real en la puerta de una escuela. El doctor Montifiori fue el primero en
advertir que mi to era un partido; pero cmo, por qu medio iniciar la
campaa diplomtica para conseguir sus fines?

El insigne gomoso pens, cavil mucho, hasta que un da se dio un golpe
en la frente con la mano, como el hombre que ha encontrado la solucin
de un problema. Montifiori haba pensado en que l no poda ser catlico
al cohete, sin servirse de sus creencias religiosas.

El hombre de ms influencia en la alta sociedad bonaerense era el seor
Penseroso: un abate griego, de Atenas, un hombre distinguidsimo, suave
como una alondra, agudo y penetrante como una aguja: con su rostro de
mrtir, y un ojo apagado que no revelaba por cierto toda la agilidad y
la hondura de que aquel sacerdote estaba dotado. Dignsimo en su trato,
su influencia se senta en los salones, pero era la influencia de una
sombra; jams se impuso por presin o actos pblicos; su pasaje era
como subterrneo, latente, pero eficacsimo.

Lanzado mi to, despus de la muerte de su mujer, en una vida de
desorden para sus aos y para su seriedad, recogindose tarde, picado
por la tarntula de las artistas de teatro y de las bailarinas de Coln,
el buen viejo le haba echado _la capa al toro_, como vulgarmente se
dice. Montifiori comprendi desde el primer momento que mi to tena un
lado dbil que explotar y como medio emple al seor Penseroso.

El saln de Fernanda estaba abierto para nosotros todas las noches. Don
Benito reinaba all como un tirano. Algunas noches sola concurrir el
seor Penseroso, por quien mi to haba cobrado una viva simpata. Tan
dulce, tan suave era aquel santsimo y virtuossimo padre!

Blanca le haca toda clase de fiestas y carios al insinuante abate: al
sentrsele al lado, aquella criatura, fra e impvida, se volva una
gata mimosa con el clrigo: le besaba respetuosamente el dedo ceido por
el anillo de regla: le tomaba el capelo, le traa ella misma la taza de
t y le pona en la boca alguna rica golosina de Roverano, con una
gracia indescriptible. El sacerdote se revena y se entregaba rendido a
la encantadora.

Blanca perteneca a las _Hermanas de los Santos_, sociedad de nias, de
la que era presidenta y en la que ejerca una grandsima influencia.

En esta sociedad andaba la mano de los jesuitas; ellos les haban
confeccionado sus reglamentos disciplinarios, en los cuales preponderaba
un espritu de inquisicin completa: un librito reservado, de pocas
hojas, en el que abundaban las transaciones del pudor con las
conveniencias sociales y las exigencias religiosas; los casos en que las
socias podan inquietar la virtud de los hombres con sus prendas fsicas
y morales; las ocasiones en que era lcito escotarse, y creo que hasta
la lnea del busto de la que el escote no poda pasar.

Blanca se gan al seor Penseroso en cuerpo y alma, y el seor
Penseroso, por una parte, y Montifiori y Blanca por la otra, sitiaron y
rindieron a mi to.

Muy pronto don Benito y yo advertimos las consecuencias.

Ya era tarde: mi to Ramn babeaba por la linda hija de su amigo y la
sociedad comenzaba a anunciar su casamiento con ella.

Un da, sin embargo, nos resolvimos con don Benito a hacer el ltimo
esfuerzo. Comamos juntos en su casa: mi to se haba sentado a la mesa
de punta en blanco, como un pollo de veinticuatro aos. Concluida la
mesa, hara su visita a lo de Montifiori.

--Diablo, que est usted elegante, para viudo tan fresco--le dijo don
Benito.

--Eh!--contest mi to...--voy a la pera esta noche...

--Nosotros tambin vamos, qu diablo, pero no se nos ha ocurrido
vestirnos como usted...

--Es que yo no voy solo--contest mi to.

--Cmo! persigue alguna aventura entre telones?--pregunt don Benito
con sorna.

--No... djense de bromas, acompao a la familia de Montifiori, a
Blanca...

--Usted?--inquiri don Benito, apuntndole con el dedo.

--S, yo, qu tiene de extrao?

--Don Ramn, usted enamorando a Blanca Montifiori, tiene valor?

--Y por qu no?... si les dijera a ustedes que soy aceptado...

--Pero, to--le dije,--esa es una unin imposible, absurda. Blanca es
una mujer joven, usted casi le triplica la edad.

--Julio--me dijo,--toda reflexin es intil: Blanca me ama.

--Ama a su dinero, amigo--dijo don Benito dando un golpe sobre la mesa.

--Don Benito!...--exclam mi to, con un gesto de impaciencia.

--Eh! S, seor... su dinero... y es una vergenza ese casamiento, una
gran vergenza! Usted va a ser el hazme rer del mundo. Usted, que ha
salido de las garras de una mujer absurda, va a caer en las manos de...

--Don Benito!...--interrumpi mi to Ramn.

--To--le dije,--piense usted lo que hace, a usted no le cuadra una
mujer tan joven... espere... reflexione.

--Cualquiera te tornara a ti por un celoso--me contest recalcando la
frase. La sangre me subi al rostro y no pude disimular mi turbacin.

--Y cundo sern las bodas?--pregunt don Benito, sonrindose.

--Eh! vaya usted al diablo--contest mi to Ramn;--no estoy para ser
objeto de sus bromas, y se levant violentamente de la mesa.

Se daba _Semiramis_ aquella noche, y Coln estaba de gala; los palcos,
ocupados por las ms lindas y conocidas mujeres de la gran sociedad,
presentaban un aspecto deslumbrador. Se haba cantado el primer acto; la
Borghi y la Scalchi electrizaban al pblico y en la sala no se
escuchaba sino el eco del entusiasmo y de los elogios.

Una noche clsica de pera en Coln rene todo lo ms selecto que tiene
Buenos Aires en hombres y mujeres. Basta echar una visual al semicrculo
de la sala: presidente, ministros, capitalistas, abogados y leones,
todos estn all; aquello es la feria de las vanidades, en la cual no
faltan sus incongruencias de aldea: el vigilante de quepis encasquetado
en medio de la sala, la empresa, en _en menage_, instalada en uno de los
mejores palcos del teatro, el humo de los cigarros obscureciendo la sala
entera.

No haba concluido el primer acto, cuando en un palco de la izquierda
aparecieron Fernanda y Blanca Montifiori con el doctor Montifiori y mi
to. Las dos mujeres estaban radiantes de belleza y de lujo. Parecan
dos hermanas. Todas las miradas se concentraron en el palco, todos los
anteojos se clavaron en Blanca y Fernanda. Don Benito, que estaba a mi
lado, me toc el brazo. El teatro entero haca un solo comentario.

A nuestro lado, tenamos dos jvenes impertinentes que conversaban, sin
conocernos, con toda desfachatez.

--El viejo, aqul, el que ahora se le acerca;--le deca uno de ellos al
otro...

--No puede ser...--contestaba ste.

--Te digo que s; ese es el novio... que _toupet_ de mujer.

--Pero ests seguro?

--Ciertsimo... si conozco mucho al viejo, cuando yo estaba de
practicante en lo del doctor Trevexo, iba todos los das al estudio.

--Y a ella la conoces?

--Bah, bah, de la escuela... era la piel del diablo cuando chica... un
potro!...

Don Benito, mudo, pero dejando vagar una leve sonrisa por los labios,
segua tocndome el brazo a cada palabra de los indiscretos.

--Pero ser posible que se casen?...

--Vaya, ciertsimo.

--Y el padre es capaz de autorizar semejante casamiento?

--El padre tiene las agallas de un dorado... Tres millones de duros
valen la pena, qu diablos!

Los comentarios que hacan a nuestro lado aquellos dos mozalbetes,
recorran sin duda los palcos y la cazuela.

Bastaba observar ciertas caras, con un poco de atencin, para conocer
las impresiones que produca en el teatro la presencia de mi to en el
palco de Blanca. En la cazuela se senta el tajear de las lenguas, lo
mismo que se siente la hoz que siega un pastizal.

La cara de la parroquiana de la cazuela se alumbra con el espectculo
que presenta un palco con una mujer lujosa y mundana--la cazuelera
comunica su impresin inmediatamente a su vecina;--sta le hace un gesto
correspondiente al asunto de que se trata, en seguida se hablan,
cuchichean, ren, se ponen graves, miran de nuevo al objeto del
comentario y la escena se prolonga hasta que se levanta el teln.

En la cazuela no queda ttere con cabeza: albergue de solteronas y de
doncellas, a las que el lujo y la riqueza no sonren ni popularizan, se
convierte en Criterion: all se pasan por cedazo todas las reputaciones,
ya sean de hombres o de mujeres. All se publican los deslices de la ms
linda mujer casada, que brilla en un palco, aunque sea ms virtuosa que
Lucrecia. All se cuentan sus amores, se apunta al amante con el dedo,
se ridiculiza al marido, se narra la ltima aventura con verdadera e
ntima fruicin; las lenguas, como otras tantas navajas de barba, no se
contentan con afeitar; degellan, ultiman, descarnando la honra como se
descarna un cadver en la sala de autopsias. All se cuentan, con nombre
y apellido, las queridas de los hombres de moda; se saca la cuenta de
sus hijos naturales; se explica por qu se deshizo el casamiento con
fulana, cunto perdi en el club zutano, por qu se fue a Europa, por
qu se vino, a qu mujer enamora actualmente, cmo le hace caso, dnde
se ven y hasta en qu casa tienen lugar las citas.

Madres de familia, las que creis que el cielo est arriba, no llevis
jams a vuestras hijas a la cazuela.

Rogad a Dios que las lleve Satans al infierno antes; en el infierno
estar ms protegido su pudor, que en aquella galera donde vuela el
chisme, enreda la intriga, muerde la calumnia y se ensaa la envidia.

Los que tenis autoridad, abolid la cazuela: meted en ella el elemento
masculino: la mujer sola se vuelve culebra en aquel antro areo.

       *       *       *       *       *

Aquella noche la cazuela dio cuenta de la reputacin de mi to y de la
de Blanca. El doctor Montifiori, en medio de la ntima satisfaccin que
revelaba su rostro por el triunfo de sus planes, no alcanzaba a
calcular, a pesar de su gran malicia, todo el veneno que haba destilado
la cazuela sobre l, sobre su mujer, su hija y sobre la inmaculada
cabeza de mi to Ramn, su futuro yerno.




XIV


Seis meses despus, la boda de mi to Ramn con Blanca, era cosa
arreglada. Ningn casamiento ha agitado ms que aqul los crculos
sociales de Buenos Aires. En el teatro, en Palermo, en los bailes, en
los clubs, en las iglesias no se hablaba de otra cosa. Mi to haba
hecho demoler y reedificar gran parte de su casa de la calle Victoria.
Yo haba hecho la resolucin de abandonarlo, de volver a vivir con don
Benito, pero l no me lo haba permitido, haba comenzado por pedirme
que no lo hiciese y concluy por suplicrmelo de tal manera, que muy a
pesar mo tuve que renunciar a mis proyectos. El antiguo palacio burgus
de los Berrotarn haba sido completamente transformado bajo la
artstica direccin del seor Montifiori. Mi to haba decorado su casa
con todo el confort y el aticismo modernos. Era aqul el nido ms
hermoso en que una mujer de mundo poda soar; y cosa singular, hasta el
novio se haba rejuvenecido, y haba tomado todos los contornos de un
hombre de mundo.

El 20 de junio de 1883, a las nueve de la noche, una larga serie de
carruajes particulares se apostaba en la parte ms central de la calle
San Martn y las personas que de ellos descendan, entraban por un
espacioso zagun en una casa que ocupaba un extenssimo frente. La
puerta de calle, cubierta por una inmensa cortina grana, daba entrada a
una amplia galera tapizada de pao rojo y profusamente alumbrada y
decorada por guirnaldas y flores. Dos lacayos de librea guardaban sus
puertas de cada lado de la entrada. Se senta all un ambiente tibio y
agradable. Todo Buenos Aires aristocrtico desfilaba por aquella
galera: los grandes hombres de estado, el alto comercio, la banca, el
ejrcito, la magistratura, el foro, las letras, la prensa. Las mujeres,
cubiertas por pieles y felpas variadas, ganaban la escalera friolentas y
apuradas, prendidas del brazo de sus acompaantes.

Aquella casa era el palacio del doctor Montifiori, donde deba tener
lugar aquella noche el casamiento de mi to Ramn con la seorita
Blanca de Montifiori, hija nica del famoso hombre de mundo que ya
conocemos.

La casa del doctor Montifiori bien merece una pgina. El trpico haba
brindado sus ms ricas y voluptuosas galas para adornar el espacioso
vestbulo cubierto por mosaicos bizantinos. Esa flora artificial de la
moda que prepara cuidadosamente la tierra, y le exige los frutos raros
de la fantasa de los artistas de la botnica, rivalizaba aquella noche
con los ejemplares ms curiosos del Jardn de Plantas. El jardn de la
Tijuca haba contribuido en sus ms bellas muestras. Desde el vestbulo
bajo hasta el alto, incluso la gran escalera de encina tallada, las
hojas perezosas caan sobre sus tallos en grandes vasos de alfarera o
de madera; los helechos, la parietaria, el lotus y los nenphares
extendan sus hojas, cautivas de la moda desptica, bajo cuyo imperio
parecen sentir la nostalgia de las linfas de los arroyos en que fueron
sorprendidas.

La mansin de Montifiori revelaba bien claramente que el dueo de casa
renda un culto ntimo al siglo de la tapicera y del _bibelotaje_, del
que los hermanos Goncourt se pretenden principales representantes: todos
los lujos murales del Renacimiento iluminaban las paredes del vestbulo:
estatuas de bronce y mrmol en sus columnas y en sus nichos; hojas
exticas en vasos japoneses y de Saxe; enlozados pagdicos y lozas
germnicas: todos los anacronismos del decorado moderno; en fin,
Montifiori, bien juzgado, era un poco burgus a lo monsieur Jourdain al
fin. Haba progresado mucho, es cierto; sus largos viajes por Europa, su
malicia y su instinto, le haban complementado sus deficiencias, y en
materia de _chic_ era _as_ en la aristocracia bonaerense, que no es tan
fina conocedora de arte, como se pretende, a pesar de su innata
insuficiencia. Verdad es que el siglo tapicero necesita de dos elementos
para brillar: del judo cambalachista e importador, del _brocateur_,
como le llaman los franceses, y del burgus fatuo que compra y
colecciona y que se da por fino y sagaz conocedor de lo viejo, de ese
inestimable _vieux_, que todos se disputan, aun a riesgo de que resulte
apcrifo.

Montifiori renda su culto a lo antiguo; adems del gran saln Luis XV,
con sus muebles tallados y dorados, vestidos de terciopelo de Gnova
color oro, y en el cual dos lienzos de la pared estaban ocupados por dos
tapiceras flamencas, las dems habitaciones ofrecan el desorden ms
artstico que es posible imaginar. En los muros, tapizados con ricos
papeles imitando brocatos y cordobanes, una serie de cuadros grandes y
pequeos absorba la atencin de los curiosos. Cuadros eran esos en los
que Montifiori cifraba todo su orgullo. All haba un boceto de ninfa
sobre un fondo ocre sombro, iluminado por dos o tres pinceladas audaces
que denunciaban las formas de una mujer desnuda, de carnes bermejas y
senos copiosos, y que Montifiori mostraba como un Rubens en el caballete
de felpa cerezo que lo exhiba; ms all, cuadros firmados por Laucret,
por Largilliere, por Mignard, por Trinquez, por Madrazzo, por Rico, por
Egusquiza, por Arcos. De stos, slo dos de los ltimos eran autnticos.

Entre las telas, algunos bajo-relieves en bronce; y sobre los muebles,
pies de todas clases, bronces antiguos y modernos; terracotas de
Carpeaux, Chapu, y bustos de Cordier de Monteverde y de Dupr; un
sinnmero de reducciones de Bardedienne; vasos, nforas y objetos
menores sobre tapices orientales, entre los cuales se vean variedades
de bibelots en esmalte, en Saxe, en Svres, en carey, en marfil viejo.

Como se ve, la casa del suegro de mi to pagaba su tributo a la moda; un
galgo aristocrtico de raza, habra encontrado mucha incongruencia all;
mucho apcrifo, mucha fruslera; pero el hecho era que Montifiori
tambin entenda de japonismo, de gobelinos, de tapiceras flamencas,
de vidrios de Venecia, de lozas y bronces viejos, de lacas y de telas de
Persia y Smirna.

All andaban todos los siglos, todas las pocas, todas las costumbres,
con un dudoso sincronismo si se quiere, pero con un brillo deslumbrador
de primer efecto, ante el cual el ms preparado tena que cerrar los
ojos y declararse convencido de que el doctor Montifiori era en todo un
hombre de mundo.

En aquel saln, nico en Buenos Aires, Fernanda jugaba su _baccarat_ con
don Benito y dos o tres amigos ms, las noches vacantes de teatros y
bailes; el seor Penseroso haca su propaganda evanglica, y Blanca en
un rincn de la sala enloqueca a mi to, contndole la gran pasin que
haba sabido inspirarle entre cien hombres de mrito a quienes haba
desairado por l.

El casamiento de Blanca Montifiori haba reunido en su casa a las
mujeres ms lindas del da. El reportaje ya haba hecho el inventario de
los regalos. Qu maravillas! Una novia como Blanca, fuera de los mil
ramos que son de orden, no poda recibir sino diamantes, perlas y
zafiros. Su padre, hombre de grande influencia en los crculos; su
novio, uno de los hombres ms ricos; Fernanda, la mujer en boga; Blanca,
la criatura ms distinguida del saln porteo, ponan aquella noche en
conflicto la bolsa de cada uno de los concurrentes.

Tiene tal sello inconfundible el regalo oficial en una noche de bodas!

Porque es necesario convenir, qu diablo! aun cuando se trate de mi to
Ramn y de su linda novia, en que Buenos Aires regala un poco por el qu
dirn, compra lo ms barato que puede, pero nunca sin transigir con el
punto de honor, con el amor propio del que regala, porque todos quieren
ser los primeros en la feria de las exhibiciones, gastando lo menos
posible. As, pues, los ms ricos regalos de una boda no los hacen
generalmente los ms ricos capitalistas, sino los ms necesitados.
Aquella noche, por ejemplo, el doctor don Bonifacio de las Vueltas,
amigo personal del doctor Montifiori, bella fortuna, bella posicin
poltica, en situacin de servir y no de ser servido, haba regalado qu
s yo qu par de estatuas imposibles, imitacin bronce de pacotilla,
mientras que mi ex-patrn, don Eleazar de la Cueva, un hombre quebrado,
en una situacin desesperante de fortuna, haba arrojado sobre la cabeza
y el cuello de la linda novia una cascada de perlas y de diamantes.

--Pero ese don Eleazar es famoso--exclamaba Montifiori, admirando los
esplndidos aderezos del viejo judo...--Es un artista _homme de
monde_! Qu diferencia de ese imposible y tacao ministro, que manda
esos mamarrachos de lata a mi hija!

La curiosidad no dejaba quietas a las mujeres aquella noche.

Ellas conocan al dedillo todos los regalos de la novia: los diamantes,
las perlas, los zafiros, los rubes, las cadenas de pulseras y anillos y
la serie de diademas, de aros y flores de piedras preciosas, que la
vanidad humana haba depositado a los pies de aquella criatura que
venda su cuerpo a los tres millones de un viejo de ms de sesenta aos.
Pero en lo que las mujeres sobresalan, era en la crnica de los trapos:
se haban aprendido el _trousseau_ de memoria como el librito secreto de
la _Sociedad Hermanas de los Santos_.

--Doce vestidos de calle--deca una personita impertinente, de
veinticinco aos largos, sacando la punta de su zapato de raso por el
ruedo del vestido.

--Doce?--le preguntaba la vecina,--quince... ya los he visto todos!

--Es posible?...

--Ya lo creo...--replicaba con suficiencia la que pareca ms informada.

--Dicen que hay uno de baile esplndido, color _bleu d'eau_ y otro de
terciopelo estampado color marfil, guarnecido con ramos de rosas t. Y
los _matines_ son esplndidos! Pero a m lo que me gusta ms, es uno
color turquesa muerto. Qu monada!

Y el pudor y el buen gusto no me permiten continuar; aquellas nias
comenzaron por los vestidos, siguieron por las medias y acabaron por
inventariar con el desparpajo de un cirujano que hace una operacin,
hasta las piezas de ropa del ms ntimo uso de la novia.

Eran las nueve y media ya, y el saln estaba lleno de hombres y de
mujeres, cuando aparecieron Fernanda del brazo de mi to, y Blanca del
brazo de su padre. El seor Penseroso vino a encontrarlos. Las amigas de
la novia, vestidas todas de blanco, la rodearon mientras que el
sacerdote tomaba suavemente la mano a mi to y le indicaba que se la
diese a Blanca. La rueda de curiosos estrech el crculo; las mujeres se
ponan en puntas de pies; todos queran presenciar la ceremonia. La
fisonoma de Blanca no manifestaba turbacin alguna: pareca la estatua
de la satisfaccin. Yo nunca la haba visto ms linda; nunca el oro mate
de sus cabellos haba dado ms realce a su fisonoma que aquella noche.
Su vestido de novia era un poema en el que el telar y la aguja haban
hecho las ms esplndidas estrofas a su belleza. Entre aquella cascada
de flores y de diamantes, de encajes, brocatos y felpas primorosas que
invada el saln de Montifiori, la novia se presentaba con una elegancia
llena de distincin, con su traje blanco con aplicaciones de terciopelo
cincelado, y por nico adorno, una onda desbordada de encajes de
Inglaterra, que naciendo en el cuello, iba a perderse en su gran cola,
despus de haber perfumado el contorno con su mstica y vaporosa
blancura. Dos gruesas perlas, hermanas de los azahares, servanle de
pendientes, y su seno, aquel seno escaso que tanto mal sueo me haba
producido, cerrado completamente por la bata, daba a su busto una
correccin de lneas inimitable.

Era feliz mi to!

El seor Penseroso con una dulzura exquisita y un laconismo de la ms
urbana discrecin dijo la ceremonia. Era de ver aquel viejo de cascos
ligeros, tonto y baboso, que haba vivido dominado por una vieja
perversa casi toda su vida, al lado de una criatura, llena de vida, de
juventud y de belleza, creyndose capaz, el pobre, de haberle inspirado
una pasin. Era de ver tambin la flema con que Montifiori presenciaba
el enlace de su hija; y por ltimo pasmaba la apata con que Blanca se
entregaba a un marido que careca, como era natural, de todos los
encantos que un hombre puede ofrecer a una mujer joven y bella.

Cuando el sacerdote termin la ceremonia, mi to se ech en brazos de
Fernanda y Montifiori en brazos de su hija: los amigos hicieron iguales
demostraciones con los novios; no hubo sollozos ni lgrimas, y apenas
hubieron terminado las felicitaciones, cuando la orquesta inici el
baile, con aquel mismo vals de Metra que yo haba bailado con Blanca un
ao antes, en el Club del Progreso. Se organizaron las parejas y el
bullicio y el movimiento invadieron de nuevo el espacioso saln de
Montifiori.

All encontramos a todos nuestros conocidos del club y a muchos hombres
en boga. Montifiori ha convidado a todo el mundo: la casa es pequea
para contener la concurrencia; no faltan ni los desconocidos
recientemente llegados; porque en Buenos Aires somos tan amables, que es
ms fcil abrir la puerta de un saln del gran mundo a un extranjero que
acaba de llegar, sea quien sea, que a un hijo del pas que nunca ha
salido de su patria;--costumbres sudamericanas!

Siempre se cree que es de mal tono no invitar al brillante desconocido,
que ha aparecido una noche en la platea del Coln, o un domingo en el
bosque de Palermo.

Me acerqu a Blanca; la cumpliment; me tendi la mano sonriendo, y me
dijo:

--Seremos grandes amigos... Soy su ta...--agreg con una sonrisa.

--Lo seremos--le contest con afecto.

Mi to me abraz, pero al sentir su pecho sobre el mo, yo hubiera
deseado que no lo hubiera hecho. Senta vergenza de m mismo; deseos de
desprenderme de l, de no verlo, de no haberlo conocido. Amaba a
Blanca? No: qu diablo! no la amaba, no la haba amado nunca, no habra
podido amarla y menos desde aquel da. Ese casamiento era una
explotacin, y yo le haba cobrado una innata repugnancia; porque, al
fin, aquella mujer era una mujer de mrmol, una mujer sin alma, sin
sentimiento, sin poesa siquiera.

Casada con un truhn, con un libertino, pero joven y con el prestigio
propio de un hombre, yo la habra comprendido; pero venderse a un viejo
valetudinario, a un hombre sin talento, sin espritu, sin fuerzas...
cmo justificarla! cmo creerla digna de ser sentida y amada!

En el bullicio del baile, los novios desaparecieron; bajaron
precipitadamente la grande escalera, ganaron el cup que los esperaba en
la puerta de calle y muy pronto estuvieron en la morada que mi to haba
preparado para que Blanca pasara su luna de miel con sus sesenta y
tantos aos.

Aquella noche, cuando los pesados y ricos cortinados de la cmara
nupcial cayeron sobre los misterios de himeneo, el Dios del amor debi
cerrar sus pliegues con vergenza, como si se sintiese deshonrado de
servir de guardin a los desposorios del Tiempo con la diosa ms joven
del Olimpo.

Mi amigo don Benito, correctamente vestido, charlaba aquella noche en un
rincn del gran comedor de la casa de Montifiori con varios muchachos
alegres que comentaban el enlace de Blanca.

--Lo nico que le hace falta al novio, es que Montifiori le consiga un
pedacito de cinta para el ojal, como la que l usa--deca riendo uno de
los jvenes de la rueda.

--Eh! no es tan fcil eso...--deca otro.

--Qu no! mire usted aquel tipo que est all, aquel narign. Ha sido
vendedor de trapos toda su vida; se dio importancia, se hizo amigo de
algunos diplomticos, y al poco tiempo la mujer le puso un moo en la
_boutonnire_ y ah lo tienen ustedes. Vean con qu garbo muestra su
escarapela!

--Y cmo goza Montifiori con esas cosas... eh?

--En fin, esperemos que don Ramn vaya a Europa maana, compre un
ttulo, y que Blanca sea Baronesa de algo...--dijo don Benito despus de
haber apurado una copa de champagne.

--Diablo con Montifiori! qu vino nos hace beber! Pero quin lo
surte?...--agregaba don Benito;--este champagne es abominable... si nos
creer tontos este gran pieza de Montifiori?

--El cristal de las copas es de primer orden, pero los vinos de
Montifiori estn a la altura de la mayor parte de sus invitados. Hombre
prctico al fin, l sabe que a su casa viene de toda clase de gente. Es
absurdo, pues, dar buen vino a todo el mundo. Para qu? quin lo sabra
apreciar.

Yo me mantena retirado de aquel grupo de maldicientes. Me faltaba mi
compaera de vals, pasaba por mi memoria el recuerdo de lo que me haba
sucedido el ao anterior. Iba a vivir en la misma casa... qu importa?
Yo estaba seguro de m mismo, qu poda temer? En estas reflexiones
estaba abstrado, cuando don Benito vino a golpearme en el hombro.

--Julio--me dijo,--vamos a cenar al club?

--Vamos--le respond maquinalmente, despus de haber saludado a
Montifiori y a Fernanda y tomamos nuestro carruaje.

--Sabes--me dijo, ya en el coche don Benito,--que Fernanda me ha ganado
5000 duros... ayer.

--Fernanda! qu! juega Fernanda?

--Bah!...

--Y...

--Y... se los he tenido que pagar...--agreg riendo,--vale la pena de
perderlos con ella--aadi.--Si tu honor te lo permitiera, yo te
aconsejara que te los dejaras ganar por Blanca.

--Vamos--le dije, ponindome serio,--don Benito, eso no es correcto...
Blanca es la mujer de mi to... resptemonos, respetmosla.

--Vaya, nio... no se incomode; respetemos a la seora de su to de
usted... pero tenga cuidado con ella para poderla respetar.

En aquel momento mismo llegbamos al club.

Cenamos y nos dieron las tres de la maana. En todo el club no se
hablaba de otra cosa que de la boda, y, como era natural, la crtica se
recreaba en morder el argumento por todas sus faces.

--Vienes a casa?--me dijo don Benito;--tu cuarto est pronto.

Acept. A las cuatro de la maana entrbamos en la casa de mi viejo
amigo. Charlamos largo rato y en medio de la charla de don Benito, me
adormec. Entonces, un sueo espantoso pas por mis ojos. Me vi
trasladado a los tiempos del colegio. En la puerta de calle vi a
Valentina que pareca esperarme. Era el da de su santo. Llegu a su
casa, le di el ramo de jazmines que llevaba para ella: me inquiet la
presencia de don Camilo en la mesa. Por la noche, Valentina se acerc a
mi lado en el jardn, juntos miramos al cielo; vea su cara risuea y
espiritual, sonriendo, llena de luz, de vida y de sentimiento; o en el
piano las notas graves de Beethoven, me desped de ella... La volv a
ver otro da por la ltima vez... no pude, no supe decirle que la
quera... Mi sueo se fue complicando poco a poco... apareci primero
entre sus imgenes, la figura esculida de un clrigo, despus mi to...
a su lado, una mujer joven le estrechaba la mano... esa mujer era
Valentina!... Sent una terrible opresin en el pecho; quise correr para
separarlos, no pude: tena ligados los pies; quise gritar para que me
oyesen, tampoco pude, la emocin cerraba mis labios. Las fuerzas me
faltaban; entonces vi caer la mano del clrigo sobre la pareja que
reciba su bendicin y ca desmayado. Todo haba concluido para m!...
Valentina no me perteneca ya... la haba perdido!

Ah! pero entonces el terrible sueo que me oprima como una piedra, se
deshizo como un vapor sutil y despert... Oh! qu ntima, qu inmensa
alegra inund mi ser, cuando pens que Valentina era libre!




XV


Mi vida no cambi mucho por cierto con el casamiento de mi to Ramn.

Blanca, con un tren de lujo extraordinario, viva en el mundo, en los
teatros, en los bailes, en todas las fiestas y paseos ms concurridos.
Dominado su marido desde el primer momento, el pobre viejo iba siempre a
remolque de su mujer, sin oposicin, sin protesta de ningn gnero. Yo
los acompaaba poco; viva aislado en un departamento independiente de
la casa, porque me mortificaba el trato de aquella mujer fra y ligera
que no poda vivir sino en una atmsfera de lujo y de pompa. El crculo
de los amigos solteros de mi to Ramn, se haba extendido
considerablemente, con motivo de su casamiento. Montifiori le haba
trado a todos sus camaradas del gran mundo; dos o tres diplomticos,
aves de paso, chismosos y murmuradores, como todas las mediocridades
del gnero; uno o dos banqueros; no faltaba nunca algn personaje
poltico de ms o menos importancia, ni un grupo de muchachos alegres y
calaveras, que solan comer all y alegrar la tertulia de Blanca, en la
que Fernanda gozaba de una influencia suprema. Por la noche se tocaba,
se cantaba, se saboreaban los escndalos sociales, se criticaba, se
morda en grande y se jugaba... se jugaba grueso. Era la nica mala
pasin del gentil don Benito; superior en l a todas las otras, lo
dominaba y lo consuma.

Caballero a carta cabal, un gentilhombre a toda prueba, solo, sin hijos
ni parientes, haba tomado la vida con una suprema frialdad y se le
importaba muy poco del mundo en todo aquello que no fuera para l
materia de honra. El saba y conoca su situacin; encontraba alegre la
vida en el saln de Fernanda y de Blanca, haca en l sus campaas
amorosas y perda como todo hombre feliz en amores, sus buenos billetes
de banco. En el punto de honor, era un caballero antiguo, abierto,
desprendido, prdigo hasta el exceso con las mujeres; calavera sin
escrpulos en materias parvas; burln de los avaros y de los necios,
lengua libre y corazn de oro en medio de los terribles defectos
mundanos que le atribuan ciertas mams consternadas por su mala fama.

Una tarde que don Benito y otros amigos coman en lo de Blanca
alegremente, como de costumbre, mi linda ta se sinti indispuesta. Mi
to se alarm profundamente; todo el crculo de invitados procur
manifestar igual alarma. Se llam al doctor de la familia, un mdico
joven y sagaz, fino conocedor de aquel centro social y mundano. Vio a
Blanca, la someti a todas las aagazas y a todo el procedimiento
aparatoso del arte, y en medio de la afliccin sincera de mi to y de
los invitados, sac al marido aparte y le dijo sonriendo:

--Bien, amigo don Ramn... le felicito...

--Doctor, no entiendo... perdone usted...--le contest mi to.

--Pues dgale a Blanca que se lo explique... no le ha dicho nada?

--Ah!--exclam mi to golpendose en la frente.--Pobrecita! Quin lo
hubiera credo?... Ser posible? Ya me lo haba sospechado!

--Y por qu no? Cualquiera, conocindolo a usted... o pensaba usted...
que, casndose con una muchacha como esa, no?...

--Oh! no, no--contest mi to con cierto orgullo reconcentrado, como
un hombre que est persuadido de haber cumplido con su deber.

La novedad se cont en voz baja a los contertulianos. Blanca, echada
negligentemente en un canap, la oa comentar y circular por el saln, y
pasada la primera crisis y bebida la frmula anodina que haba recetado
el mdico, dejaba caer sus miradas fras y distradas sobre las pginas
de un peridico ilustrado que apenas poda sostener en sus manos. Mi to
Ramn haca pucheros de alegra y de ntima satisfaccin. El, sin
sospecharlo, l, a sus sesenta y tantos aos, haba producido aquel
verdadero atentado contra la regularidad del equilibrio lunar! Blanca,
plida como de costumbre, lo llamaba a ratos a su lado, le pasaba la
mano por la cara, le daba en ella cariosas palmaditas con una fisonoma
fingidamente huraa y resentida, ante la cual el viejo comenzaba por
aflojar las rodillas, y por estirar los labios, y conclua por caer
rendido como un criminal arrepentido, sobre un muelle y riqusimo _puf_
que la enferma haba hecho acercar a su lado. El cuadro era digno del
satrico pincel de Hogarth; los mimos de mi to con su joven esposa,
llena de caprichosos antojos, de manas y veleidades, tenan ese sello
caracterstico de los devaneos seniles, que rebajan la energa del
hombre y deprimen tanto la dignidad de los ancianos.

Pero aquella criatura de alma viciosa saba representar su papel como
una gran artista, y hasta el mismo don Benito, que no comulgaba
fcilmente con ruedas de molino, estaba rendido aquella noche ante ella,
al verla desfallecida sobre un sof, con la pollera de su riqusimo
vestido de surah ligeramente recogida, dejando ver su pie,
admirablemente calzado, y la garganta de su pierna cubierta por una
media de seda bordada.

--Tengo un antojo--le deca a mi to, tirndole de la pera,--y me voy a
morir sino me lo satisfaces, sabes... un gran antojo!

Mi to pona cara de bandido sorprendido infraganti.

--Un antojo... pero que nadie sepa lo qu es... ni lo digas t a
nadie... Ven, acrcate, yo te lo dir al odo...

Y el viejo, con movimiento de palomo, acercaba el odo a sus gruesos y
provocativos labios.

--Valen muy poco, mira, y son esplndidas... quiero lucirlas en el
primer baile... con el vestido de _velours frapp_ que espero...

Promteme trarmelas maana... Te adorar; te perdonar todo lo que
sufro.

Y, al da siguiente, el pobre viejo satisfaca los antojos de aquella
insaciable criatura, trayndole el collar de perlas que se exhiba en
una de las joyeras ms famosas de la calle de Florida, y ella, mimosa
como una gata, se arrellanaba en su victoria, se cubra de pieles y se
haca arrastrar a Palermo para deslumbrar y humillar con su hermosura y
su lujo a todas las mujeres de mundo que encontraba en su camino.




XVI


Un da, tarde ya, casi a la hora de comer, encontr a Blanca, sola, en
la salita donde acostumbraba a pasar el da, cuando no sala. Al verme
entrar por la pieza inmediata, dio un grito de sobresalto, se puso
plida y dej caer el libro que lea.

La salud y me inclin para recogerlo; al drselo, abri los brazos.
Comprend el movimiento y le dej caer el libro suavemente sobre las
faldas.

--Qu susto me ha dado!--me dijo,--estoy tan nerviosa, que todo me da
miedo...

--Y su marido?--le pregunt, aparentando no interesarme por su
sobresalto.

--No s--respondi.--Conoce este libro?--agreg, indicando con un
simple gesto el libro que mantena sobre sus faldas.

--No; qu libro es?

--Lea su ttulo...

--No puedo leerlo...--y en efecto, no era posible leerlo, porque el
libro haba cado dado vuelta.

--Pero dele vuelta--me respondi, siempre con los brazos levantados...

Me levant, y con la punta de los dedos, volv el libro para leer el
ttulo.

--Lea--me dijo.

--Le; _Monsieur, Madame et Beb_.

--Conoce?--me pregunt, con una muequita llena de coquetera.

--Oh! s, es un poco antiguo ya--le dije. Blanca se mordi los labios;
pero, dominndose y con un semblante lleno de aparente placidez, tom al
fin el libro y lo puso sobre una pequea mesa de felpa que tena al
lado.

--Sabe que usted es el ms orgulloso de mis amigos--me dijo, con un tono
resuelto.

--Yo, por qu?

--Ah! s--continu;--usted no es el mismo que antes para m, y mire,
todos los hombres que vienen a esta casa, me contemplan, me adulan y me
cortejan; pero usted es un indiferente en casa.

--Seora--le contest, riendo,--usted est bajo la influencia de la
lectura de Droz.

--No se ra. Se acuerda usted ahora dos aos? Yo soy la misma mujer de
entonces. Cree usted que me he casado con el hombre que es mi marido,
querindolo?...

--No... yo s que usted no lo ha querido nunca--le repuse resueltamente.

--Y bien...--me contest,--yo s que usted me ha amado un da... se
acuerda usted?... Yo he llegado a un momento supremo de la vida, en que
necesito amar y ser amada por un hombre digno de m. Soy una
desgraciada!... qu pasin puede inspirarme ese hombre que es mi
marido?

--Julio--agreg, levantndose de improviso y corriendo como una loba
hacia la puerta abierta de la habitacin inmediata, que cerr con
precipitacin;--Julio--me repiti,--yo he desairado a todos los hombres
que vienen a esta casa, todos me son odiosos... Yo necesito un hombre
joven, que me quiera, que me d su alma, su corazn, en cambio de todo,
de todo mi amor.

Yo permaneca fro e imperturbable en mi asiento.

--Seora--le dije,--qu dira el mundo, si oyera sus palabras?

--El mundo? qu me importa del mundo? No me impone ni lo temo. Yo he
sido su vctima. Yo quiero vengarme de l. Pero necesito de usted. Al
fin, qu he sido yo hasta ahora como mujer? Una mquina para ese
anciano dbil y enfermo a quien arrastro por los salones, por las calles
y por el mundo entre las burlas y las sonrisas de todos los que nos
miran y nos encuentran.

--Blanca!

--Ah! Julio--prosigui arrastrando junto a mi el pequeo silln que
rod suavemente al impulso de su cuerpo.--Yo le amo, le amo con locura!
Yo se lo haba dicho a usted; mi corazn no lo dara sino a un hombre,
aun cuando tuviera que vender mi cuerpo a otro, como ha sucedido!

Y tomndome las manos, aquella singular criatura, me clavaba las uas
como una pantera, y me irritaba con sus palabras ardientes y resueltas.
El momento era crtico; la Naturaleza rugi con toda su indmita
fiereza; senta el calor de su rostro sobre el mo, su cuerpo tibio
sobre mi pecho; sus lgrimas de fuego caan sobre mis labios, su piel
candente me quemaba, perd la razn por un momento, abr los brazos, se
me nublaron los ojos y en un segundo de locura, bramando de clera y de
pasin, me iba a arrojar sobre aquella mujer como en un precipicio,
cuando un relmpago de la razn ilumin mi frente y pude detenerme en el
borde del abismo a que me haba arrastrado un instante la fuerza
estpida de la carne.




XVII


Los pronsticos del mdico se cumplieron.

Pocos meses despus mi to era padre.

La suerte haba sido prodigiosa. Difcilmente podra existir una
criatura ms encantadora que la hijita de Blanca. El mundo, segn don
Benito, haba puesto sus puntos interrogantes; pero el mundo es malo y
es necio. Nada ms hermoso que aquella niita que, segn todos los que
la conocieron, era un trasunto de su padre. Blanca, sin embargo, despus
de los primeros meses, pareca hastiada ya de los cuidados maternos.
Haca tres meses que no iba a bailes y que no haca su partida de
_whist_ con los amigos de su padre.

Era triste la vida as! Esa vida de familia, el _beb_ que llora de
noche, que pide inconsideradamente el sacrificio de las mejores horas de
sueo: Oh, qu vida tan insoportable!

Era necesario una nodriza. Por falta de una, Blanca haba perdido un
baile del club y otro baile particular y haca semanas que se limitaba a
sus excursiones ntimas con la madre.

Estaba desolada y con un humor irascible. El pobre to pagaba aquellas
intemperancias que le eran tan propias. No era capaz aquella mujer de
comprender el amor de madre en toda su sublime expresin. Mi to ponase
achacoso... los catarros comenzaban a minar su naturaleza; y Blanca, una
vez aliviada de sus incomodidades maternales, quera indemnizarse de su
ausencia de la sociedad y exiga que su pobre marido expusiese sus
constipados a las corrientes de aire de los teatros y a las salidas de
los bailes.

Era necesario obedecer; aquella mujer no daba tregua. No le era bastante
el tren insensato de lujo que arrastraba: las rentas de mi ta Medea,
inclumes hasta el segundo matrimonio de mi to, ya era materia ms que
dudosa: los inmuebles de la ilustre descendiente de los Berrotarn
soportaban ya algunas hipotecas en cambio de los diamantes que
iluminaban la cabeza y el busto de Blanca y de las telas que arrastraba
en las alfombras de los salones del gran mundo.

Sobrevino el primer perodo crtico de este enlace. Blanca comenz por
ir sola con la madre una noche al teatro. Su marido, que hasta entonces
haba hecho todos los esfuerzos supremos para acompaarla y mantener
alto el pabelln, se resign por ltimo. Los reumatismos tienen al fin
la razn sobre la voluntad; y como era, segn ese esplndido Montifiori,
una verdadera crueldad, privar por un dolor insignificante de cintura de
su yerno, a la pobrecita Blanca, de una noche de pera, el buen viejo
don Ramn, convencido al fin de toda la impertinencia de su enfermedad y
de las excelentes razones de su magnfico suegro, se quedaba en su casa
con _beb_ mientras su linda mujercita resista en Coln la carga de los
ms peligrosos anteojos de la temporada.

Pobre viejo! En las noches de soledad para l haca traer a su lado la
cuna de su hijita y junto a ella, cubierto de franelas y algodones,
materialmente embutido en el hogar de la chimenea, pasaba las horas
contemplando el rostro de aquel ngel que le brindaba sus primeras
sonrisas y balbuceos. Cunta semejanza entre los nios y los viejos! En
orillas opuestas ven tranquilamente precipitarse en medio de la
corriente de la vida, en la que unos se han agitado y en la que los
otros no suean en agitarse maana. Un nio que sonre en una cuna, que
agita inconscientemente sus manecitas, que re o llora maquinalmente,
es la manifestacin ms ntima, ms pura de la ternura humana.

No se concibe que esa cuna est sola: que la madre la abandone por un
momento; el sueo de ese ser debe ser velado por ella, porque, si ella
falta un instante, creerase que esa vida embrionaria se extinguira,
falta del calor materno, de sus besos y de sus caricias.

Hay algo ms bello que un nio que duerme? Ese sueo que parece
alimentado por las alas de un ngel invisible, que se agitan en el
misterio de la noche, ese sueo no se duerme sino en una edad. La
expresin de un nio dormido atrae irresistiblemente. Qu suea esa
alma inocente? Qu idea, qu pensamiento agita ese cerebro?... Por qu
late suave, pausadamente, sin agitaciones ese tierno corazn de ngel?

Estas reflexiones deba hacerse el pobre viejo delante de aquella cuna
que en cuatro meses haba hastiado a la madre, ebria por los placeres
del mundo, sedienta de lujo y de amantes. Al ver a su hijita dormida, el
buen viejo deba meditar con tristeza en su porvenir. El no la
alcanzara mujer tal vez! Y, entonces, pensando en su pasado ingrato, en
sus aos de despotismo conyugal, deba sin duda, compararlos con el
presente en que, enfermo y valetudinario casi, no tena fuego en el
alma, ni sangre en las venas para correr al lado de su linda mujer la
carrera vertiginosa del mundo, en la cual caa como un rezagado,
mientras ella, al frente de la alegre caravana, volaba cantando los
aires calientes de la fuerza y de la juventud.

Oh! Es triste la vejez!

Algunas noches, el viejo sola adormecerse ligeramente en medio de la
muda contemplacin de su hija. El reloj daba las doce, sin que Blanca
hubiese regresado a aquel hogar trunco por la oposicin de su vejez a su
juventud. De repente, una puerta se abra, un ruido de sedas cuyo
_frou-frou_ creerase el paso de un duende, dejbase or en la
habitacin, y a travs de la media luz azulada del velador, el pobre
viejo, enfermo y postrado, vea atravesar como un fantasma la sombra
fascinante de Blanca, arrastrando ondas de rasos y encajes y dejando a
su paso el perfume capitoso de juventud que embalsamaba la visin de
Fausto.

Entonces el martirio deba duplicarse: aquella aparicin deslumbrante de
todas las noches, que pasaba indiferente por su lado y el de su hija,
sin detenerse, que no renda culto ni a la ley del esposo ni al cario
de la madre, que volva llena y tibia aun con los vapores del mundo en
que viva, despus de librar la batalla del lujo en la feria de las
vanidades; aquella aparicin enloquecedora desapareca, y ante los ojos
fatigados del anciano se alzaba el espectro aterrador de doa Medea,
riendo con una carcajada satnica, estridente y vengativa, y lanzando
una blasfemia terrible contra aquel desgraciado del destino, vctima
inocente de la suerte, que temblaba de espanto y de impotencia ante el
recuerdo del pasado y el cuadro del presente.

Una tarde de primavera, mi to, que ya haba comenzado a sentir el peso
profundo de la tristeza, me invit a que lo acompaara en carruaje hasta
Belgrano.

Mi aceptacin llen de gusto al pobre viejo. La tarde era bella y tibia;
el ro estaba claro y sereno como un cristal, y cuando los caballos
comenzaron a trotar por el camino de Palermo, mi compaero comenz a
reanimarse con el aire puro del campo y la tranquilidad de la tarde.

El camino de la costa tiene cierto encanto potico de reminiscencias que
los viejos no olvidan fcilmente. En el camino de los Olivos al Tigre
estn enterradas sus primaveras. Aquellas caravanas ecuestres de otros
tiempos que comenzaban por la madrugada en el Retiro y que terminaban en
San Isidro o San Fernando a medioda, y con bailes y pascanas a media
noche, tienen una larga historia en la vida galante de otra edad. Mi
to comenz a recordarlas con cierta melancola.

--Cuntos han muerto ya!--me dijo.--T no te puedes imaginar lo que era
la costa entonces, en el mes de octubre, con los rboles en flor.

El perfume de las aromas, de la retama y de los azahares embalsamaban el
camino. Salamos quince o veinte amigos, muchachos alegres todos, y de
un galope llegbamos a las chacras de los Olivos y de otro a las
barrancas de San Isidro. Cmo hemos cambiado, Julio! Qu fcil y qu
llana era entonces la vida, qu gratos recuerdos me traen ese ro
azulado y tranquilo y esas barrancas siempre verdes y risueas! All,
cerca de San Isidro, yo tena una novia; se llamaba Luciana, una linda
muchacha de dieciocho aos, que cantaba con una gracia exquisita las
canciones de nuestro tiempo. Yo era pobre y muy joven: la casaron con un
viejo rico. Ah, no te ras, as le ha pasado a Blanca conmigo,
cualquiera dira que yo he querido vengarme de las mujeres! Pero qu
pocas aquellas! Toda la costa nos perteneca, en todas partes
bailbamos, pasbamos el domingo entero en fiestas y por la noche, o el
lunes de madrugada, nos ponamos en viaje para la ciudad.

El pobre viejo se animaba con sus recuerdos, y despus, como despertado
de su sueo por el presente, prosegua:

--Qu disparate he hecho en casarme, Julio, con una mujer tan joven! Yo
lo siento, yo lo s; no puedo hacerla feliz.

--Pero y su hijita?--le dije...

--Es lo nico que me da nimo y fuerza para vivir--me repuso;--si no
fuera por ella, qu solo estara en el mundo! Qu horrible sera mi
desesperacin! No es verdad, que es una criatura encantadora? Y aqu,
para entre nosotros dos, qu poco la atiende la madre! Verdad es, una
criatura como Blanca que casi no ha tenido juventud! Yo no puedo
exigirle el sacrificio de su alegra; es una nia todava; una noche de
teatro, un baile, una fiesta cualquiera la fascina.

Yo lo encuentro natural, pero si al menos su hija le produjese el mismo
entusiasmo!

Ah, no te cases viejo!... Cada vez que yo pienso que no podr ya ver
mujer a mi hija, me desespero. Me parece que el Cielo me ha hecho
concebir una esperanza para quitrmela en seguida.

T sabes cuan desgraciado he sido en mi vida pasada. Qu mujer aquella
que me depar el Cielo!... Csate joven y con una mujer dulce y
sencilla. Yo debo decirte que no s qu ha sido peor para m, si mi
vida pasada de casado, o mi vida presente. Mi primera mujer, t la
conociste; no era posible ser feliz con ella: tena un carcter agrio y
duro, y mi segunda mujer, te lo aseguro, Julio, me obliga a hacer una
vida tan artificial, que no s cuando he sufrido ms, si en la guerra
viva de la primera poca o en la fiesta perpetua en que vive todo lo que
rodea a mi suegro, el doctor Montifiori.

Ante aquella ntima confidencia, que era un verdadero desahogo, yo crea
conveniente guardar silencio. No tena palabras para consolar a mi to
con razones completamente contrarias a mis sentimientos y prefera
callar, aun corriendo el riesgo de acatar todo aquel amargo y tardo
arrepentimiento.

Habamos llegado casi a la entrada de Belgrano, cuando mi to dio orden
al cochero que se detuviese junto a un pequeo rancho, en que
jugueteaban tres o cuatro nios. Al detenernos, los nios se acercaron
al carruaje y en la puerta del rancho aparecieron una mujer y un hombre,
jvenes ambos, que saludaron amistosamente a Alejandro que manejaba el
coche, como si ya lo conociesen de antemano.

--Debe ser aqu--dijo mi to,--no, Alejandro?

--S, seor, aqu es--repuso Alejandro.

Mi to, a quien ya se haban acercado el hombre y la mujer, seguidos de
los nios, que nos miraban curiosamente, les haca no s qu encargo
domstico que Blanca le haba encomendado para ellos, y la mujer pareca
orlo con cierta duda y extraeza.

--Pero usted es el marido de doa Blanca?--le dijo al fin, como
expresando cierta vacilacin.

--Vamos a ver, cul de los dos ser?...--le contest mi to sealndome
y sealndose.

--Ser ese mozo--replic la mujer,--y como yo le dijera que no,
permaneci sonriendo, con la desconfianza propia de una persona a quien
la quieren hacer vctima de una broma.

El hombre, callado, pareca participar de la desconfianza de su mujer.

--Pero, vamos a ver--recomenz mi to,--les parece que soy muy viejo
para mi mujer, no es verdad?

--Ah! no es eso solamente--dijo el paisano, con cierta inocencia;--es
que aqu ha venido la seora con otro seor, y nosotros hemos credo que
ese era su marido.

Una sombra instantnea obscureci la fisonoma del viejo y una palidez
mortal invadi su semblante. A m me pas algo anlogo; la voz se me
ahog en la garganta, y viendo que se prolongaba aquella situacin, de
la que las gentes del rancho no se daban cuenta, les dirig dos o tres
palabras triviales, como para salir del paso y le di orden a Alejandro
de dar vuelta. Este no se la dej repetir, porque, listo y alerta como
era, se debi dar cuenta en un segundo de la situacin por que
atravesbamos, y puso los caballos en movimiento.

Mi to dej hacer, y se hundi en un profundo silencio, pero al llegar a
la barranca de la Recoleta, donde nos detuvimos--exclam
suspirando--dichosos los que han muerto!

Y como yo pretendiera objetarle, me interrumpi, dicindome en voz baja
y acongojada.

--Mi hija, slo mi hija me atrae a la vida...

Llegbamos a casa en el momento mismo que entraban Fernanda y Blanca
despus de una batida por las mejores tiendas de lujo. Madre e hija
estaban lindsimas como de costumbre y vestidas con una suprema
elegancia. Fernanda me estrech la mano y Blanca acometi a su marido
con los mimos y las zalameras con que acostumbraba a hacerlo siempre
delante de los extraos. Mi to suba la escalera envuelto en una
reserva absoluta mientras que su mujer no cesaba de contarle todo lo que
haba visto y comprado en el da, en trapos y alhajas, colgndosele del
brazo y representndole toda una comedia de carios digna de una nieta
que pretende engaar al abuelo. Subimos y entramos en el saln. Fernanda
se me quejaba de la indiferencia de su yerno y yo procuraba imitar a mi
to tratando de no dejarme entusiasmar por la chchara de aquellas dos
seoras. Mi to entr en los cuartos interiores, preguntando por su
hija, y Blanca, notando que la indiferencia de su marido aumentaba, lo
abandon, y, furiosa, iracunda como ella sola ponerse cuando alguien le
contrariaba sus gustos y sus caprichos, se volvi al saln donde yo me
haba quedado con la madre, y clavndome sus ojos claros y penetrantes,
con una mirada llena de desdn, me dijo, sealando las habitaciones
interiores donde su marido haba desaparecido.

--Eso, eso se lo debo a usted... le doy las gracias!

--Blanca--le contest,--no entiendo lo que usted me dice, no s si es un
cargo...

--Yo no necesito explicaciones--me repuso con un mal modo
marcadsimo.--Lo mejor sera no vernos nunca...

--Eso no--le repuse,--no la complacer...

--Qu! usted me reta--exclam atropellndome con los puos crispados.

En ese momento Fernanda, excitada tambin, se pona de pie, pronta para
entrar en la escena que se preparaba.

--No--dije a Blanca en voz baja,--siempre que usted no me amenace.

--Julio--dijo Fernanda,--por Dios, djenos...

--Seora--le contest,--no tengo inconveniente en complacerla, puesto
que usted me lo pide, pero antes de retirarme quiero asegurar a su hija
que no soy de aquellos que rechazan un afecto, con el fin innoble de
pagarlo con una traicin.

Y al retirarme, clav los ojos en Blanca fijamente, mientras ella me
lanzaba una mirada en la que procuraba medirme desde lo alto de su
orgullo.




XVIII


Era la ltima noche de carnaval y el mulato Alejandro estaba de baile.
Su comparsa, los Tenorios de Plata, con su brillante uniforme blanco y
celeste y sus botas imitadas en hule, invada el teatro de la Alegra,
campo de las batallas galantes de la clase, en los tres das clsicos
del ao. Pero el corazn de Alejandro no estaba aquella noche en el
saln de baile, sino en los dormitorios de Blanca. Graciana, una linda y
traviesa francesita, en quien Blanca depositaba todos sus secretos,
haba cautivado el alma del mulato, sin que los antagonismos de raza
fueran una razn de timidez por parte del cochero o de repugnancia por
parte de la sirvienta. La cuestin grave era saber cmo hara Graciana
para ir al baile con Alejandro, y eso era algo difcil. La seora con su
mam iban al baile de mscaras del club. El viejo don Ramn permaneca
en casa a causa de su reumatismo. Graciana deba velar aquella noche por
el _beb_; la noche anterior haba estado de pascana con su _Otelo_;
porque es necesario saber que Graciana estaba fuertemente apasionada del
mulato. Alejandro se daba un tono insoportable para con los de su clase,
con motivo de sus nuevos amores; y la francesita, aunque estaba lejos de
ser una domstica como las de Zola, no tena el ms mnimo embarazo en
desempear todos los servicios de su ama y en adorar a Alejandro, sin la
ms mnima limitacin. Pero aquella noche, Blanca al salir enmascarada
para el club, haba recomendado a Graciana, de la manera ms severa, que
velara al marido a quien se le poda antojar vestirse e irla a buscar y
sobre todo al _beb_, a quien don Ramn no poda atender a pesar del
entraable cario que senta por su hijita. Graciana haba jurado
fidelidad, pero Alejandro, as que las seoras y el seor de Montifiori
desaparecieron, comenz a excitar poco a poco la imaginacin de Graciana
contndole las maravillas que aquella noche iban a hacer los Tenorios
en el tablado de la Alegra.

La mujer es un ser dbil en todas las clases sociales. Graciana comenz
por resistir y Alejandro termin por vencer. Verdad es que el pardo
tena, segn el, un ascendiente poderoso sobre el bello sexo. Los dos
amantes, una vez de acuerdo en bailar esa noche en la Alegra sin que
los patrones lo notaran, pusieron en juego su plan. Alejandro visti su
uniforme de Tenorio, color blanco y celeste, con gorra de oficial de
marina, esplndido _specimen_ de mojiganga criolla; se ech al bolsillo
el tringulo, su instrumento oficial en la comparsa de los Tenorios y
esper a Graciana acurrucado debajo de la escalera, completamente a
obscuras en el acto de la evasin de los dos danzantes fugitivos.
Graciana, por su parte, recorri las habitaciones; vio que mi to no
daba seales de vida, que el _beb_ dorma e hizo ruido en el cuarto de
la nia, como para dar a entender que ganaba la cama. Despus de media
hora de silencio, notando que la tranquilidad de la casa era completa,
salt de la cama, descalza, para no hacer ruido; tom la buja encendida
que alumbraba apenas la habitacin y acercndose con ella a la cuna de
la nia, not que sta dorma tranquilamente; dej la luz como tena de
costumbre, y abriendo suavemente la puerta del aposento que daba sobre
el corredor, y cuya cerradura haba tenido cuidado de enaceitar para que
no hiciese ruido, sali en puntas de pie llevando en una mano un par de
botines de raso y suspendiendo en la otra nada menos que el domin con
que Blanca haba asistido disfrazada la primer noche de carnaval al
baile del Club del Progreso. La interesante mascarita cerr
cuidadosamente la puerta, y ayudada por su amante, sin muchas exigencias
de recato por su parte, se disfraz en un instante; se calz sus botines
blancos, se coloc la mscara de raso, y ambos bajaron resueltamente la
escalera principal, abrieron la puerta de calle con la llave que posea
Alejandro y se encontraron muy pronto en la calle, libres como _Romeo y
Julieta_, si _Romeo y Julieta_ hubiesen sido sirvientes y se hubiesen
escapado juntos alguna vez.

Cuando llegaron a la puerta de la Alegra, el baile estaba en todo su
esplendor. Los Tenorios hacan una mella terrible en aquellas Ineses
de media tinta y de color entero.

Las cuadrillas se bailaban, con una seriedad rgida, casi britnica; el
vals no dejaba nada que desear por su correccin: la mazurka era de un
remeneo de ancas de dudosa moderacin, y por ltimo la habanera algo
alarmante como chacota de articulaciones.

En medio de estos variados modos de bailar, se notaba en aquel saln,
donde haba una absoluta proscripcin del perfil griego, una suma
tendencia al tono y a la elegancia. Los Tenorios se llaman como sus
amos; se dan su nombre y apellido; usan su papel timbrado, se ponen sus
fracs, sus guantes, sus corbatas y sus camisas; la nica nota
discordante es el pie, el pie de un Tenorio es algo de melanclico: un
pedcuro con cierto talento dramtico podra escribir una tragedia ms
terrible que Fedra, con slo estudiar el pasaje de su instrumento a
travs del pie de un joven _high-life_ de color. He ah la causa por qu
los negros, despus de tres das de carnaval, por ms elegantes y
presuntuosos que sean, tienen que vivir otros tres das prendidos de una
reja; los pies necesitan suspender su misin terrena por ese espacio de
tiempo para volver a su estado primitivo.

En fin, a pesar de estos inconvenientes, los galanes bailaban aquella
noche en la Alegra con tanto garbo, y tal vez con ms suerte, que sus
patrones del Club del Progreso. Un Tenorio con su uniforme blanco y
celeste debe ser algo ideal para su compaera de baile y de color;
porque, al fin, convengamos en que, vestirse para enamorar con los
pursimos colores del cielo, es mucho ms lgico que hacerlo de negro
como los amos.

Hay algo de fantstico en ese traje, en esa chaquetilla de merino azul
con galones de plata, en ese pantaln de cotn blanco, en esas polainas
de precio modesto pero de soberbio brillo, que se empean en
confabularse con el botn chueco de elstico, para fingirse botas
granaderas.

Alejandro entr en el baile, del brazo de su compaera, cuyo esplndido
domin levant el cotarro de todas las princesas negras que vieron pasar
a su lado aquella vasca plebeya, pero blanca. Alejandro, rendido a una
extranjera de Europa! Qu decepcin! El, el ms aristocrtico
_swell_ de la _clase_, la flor y nata de las academias de baile,
entregado a una gringa!

Las seoritas y las matronas no se lo perdonaban, pero el lindo mulato,
sin importrsele mucho de las crticas que le hacan por todos los
centros del saln, tom de la cintura a su linda compaera y acometi un
_scottish_ de paso doble que en aquel momento comenzaban a rascarlo
cuatro violines de la orquesta y un figle solitario y pifin que se
quejaba entre los labios de un viejo msico panzn y dormido,
representante de la msica de viento.

Es de ver la galantera del negro porteo. Prescindiendo, si es posible
prescindir, del ambiente del saln, que es algo pesado, la cortesa y la
urbanidad entre ellos son incomparables: el lenguaje incorrecto, pero
elevadsimo. Se conversa con las mismas pretensiones con que se conversa
en el gran mundo; se enamora con la misma gracia, con la misma
compostura y con el mismo _chic_. Las nias no dejan nada que desear
desde el punto de vista de la educacin: es cierto que los labios son un
poco gruesos y las narices algo chatas, pero de una autenticidad
indiscutible; all no hay _veloutine_, ni crema de perlas que formen
cutis apcrifos. Los mozos son de la ms alta estirpe administrativa:
entre ellos est representada la secretara del presidente de la
Repblica, por un empleado, que aunque sirve el t y el agua con panal,
no se apea de su categora de empleado pblico, la guerra y la hacienda
forman parte de los Tenorios de Plata, que bailan en la Alegra las
tres noches de carnaval. Las mams o las tas y madrinas viejas, que se
le acomodan desde su asiento a una masa sopada en vino Priorato, ven
pasar con envidia a toda esa juventud oficial que desempea cargos
modestos, pero honrosos en la poltica argentina. Y, generalmente, esos
_snobs_ de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodea
su nombre; pero, si suelen ser eximios como amantes, son intolerables
como maridos; todos concluyen enamorando vascas, como Alejandro, o
perdiendo a las negritas mimadas de casas decentes. Aquella sociedad
tiene sus escndalos como todas las sociedades: raptos, seducciones,
adulterios, suicidios y hasta duelos. Hablan de las guerras y de las
batallas pasadas con un profundo conocimiento de lo sucedido, porque el
negro y el pardo porteo saben batirse con la bizarra del mejor de los
soldados y caer sobre el campo de la accin como caen los hroes.

Las dos de la madrugada haban dado ya, y Graciana apuraba a Alejandro
para volver a casa. La sirvienta pensaba con razn, que el seor poda
haber notado su ausencia, que la niita poda haber llorado, que Blanca
poda haber regresado del club; pero el negro, rumboso al fin, como
todos los de su clase, quera concluir la noche con una cena en un caf
de la vecindad y porfiaba por retener a su mascarita.

Tanto hizo Alejandro, que Graciana, despus de bailar con l la ltima
galopa con un mpetu y un entusiasmo indescriptibles, consinti en ir a
cenar, no por cierto unas ostras con Sauterne, sino unas suculentas
costillas de chancho, apoyadas por una copiosa taza de caf con leche,
con pan y manteca, que sirvieron para corregir la vacuidad incmoda, que
todos los estmagos, ya sean plebeyos o aristocrticos, sienten a las
tres de la maana despus de una noche de baile.

Concluida la cena, la pareja se puso en marcha. Salan conjuntamente del
teatro, con los Tenorios, extenuados por la fatiga de la noche,
demostrando en el rostro esa melancola peculiar que demuestra el ltimo
comparsa que se retira en la madrugada de la tercera noche de carnaval.

Por entre ellos atraves orgullosamente Alejandro con su compaera del
brazo, y doblando por la calle de Victoria, la condujo hasta la puerta
de la casa de sus patrones.

Pero la sorpresa de la pareja fue grande, cuando llegaron a la casa de
mi to Ramn; la puerta estaba abierta; la luz encendida en el vestbulo
bajo y en el vestbulo alto. Algo de extraordinario deba de haber
pasado durante su ausencia, y la fuga de Graciana haba sido notada. La
sirviente tuvo un acceso de nervios muy comn entre las francesas y no
se atrevi a entrar: colgada del brazo de Alejandro, tiritaba de miedo.

El pardo vacilaba tambin, y caballeresco como era, no se atreva a
comprometer ni a abandonar a Graciana en la puerta. La alarma aumentaba
con el ruido de los carruajes que comenzaban a remolinear en la esquina
del Club del Progreso, lo que les indicaba que el baile all tocaba a su
trmino, que de un momento a otro, Blanca llegara a su casa y
encontrara a Graciana disfrazada con su domin. Los dos amantes
optaron por lo ms prctico en aquellos instantes crticos y huyeron
calle de Victoria arriba, prefiriendo la fuga a pasar por la vergenza
de ser descubiertos. Alejandro, el audaz seductor de aquella honesta
Margarita, fue a golpear la puerta de una posada de la plaza de Lorca,
donde se instal con su compaera, resuelto a darle su nombre para
cubrir su falta y purificar su honra manchada.




XIX


El buen to Ramn se haba recogido temprano aquella noche; el primer
da de mascarada lo haba rendido por todo el carnaval. Fernanda y
Blanca, con Montifiori y sus amigos, haban pasado los tres das en una
jarana completa: en el corso, en los bailes, en las tertulias
particulares, Fernanda y Blanca haban sido conocidas en todas partes;
pero eso era lo que ellas buscaban en medio de la turba de corsarios de
gran tono, que les daban caza a travs de aquellas noches de locura. El
ltimo da, al regresar del corso, haban encontrado tumbado al viejo
marido, presa de sus reumatismos. Blanca tuvo una pasajera contrariedad;
se acerc a su esposo, le hizo algunos carios de frmula, lo puso en el
caso de que le suplicase a ella misma que no dejase de ir al baile de
mscaras, y simulando hallarse bajo el imperio de una orden, comenz a
preparar su traje que ya estaba pronto desde muchos das atrs. Con la
cabeza montada por la bulla carnavalesca y por la perspectiva del baile,
se hizo vestir rpidamente por Graciana, esper impacientemente a la
madre que tardaba ya algo en venir, se acerc al lecho de su marido, se
despidi de l con urgencia y sali precipitadamente sin siquiera
acordarse de su hijita a quien dejaba en poder de una sirvienta. El
baile la atraa irresistiblemente.

El buen viejo, despus de haber besado a su hija, se retir a su
habitacin que estaba inmediata a la en que Graciana deba cuidar a la
niita. A la una de la noche, mi to, que dormitaba, se despert
sbitamente por una luz repentina que lo deslumbr como un relmpago,
creyendo haber odo en sueos algo como un grito estridente y
penetrante. El viejo abandon su lecho dificultosamente, y creyendo que
en efecto era un relmpago, abri los postigos del balcn y mir hacia
afuera: pero el cielo estaba sereno y estrellado, y la luz nocturna
iluminaba las aceras.

Crey en una pesadilla y trat de detener y comprimir las ideas confusas
que haban pasado por su cerebro mientras dorma. Quiso volver a su
cama, pero haba perdido el rumbo, la disposicin de la habitacin se
haba trastornado completamente para l. Se detuvo un segundo en el
centro del cuarto, procurando orientarse en vano; toc una puerta,
encontrola abierta y al pasar el umbral, sinti un olor caracterstico a
lienzos quemados. El pobre viejo se sinti presa de un violento golpe de
fiebre: quiso recapacitar y no pudo; los ms horribles pensamientos
cruzaron por su imaginacin; perdido siempre en la habitacin, volte
dos o tres muebles, tuvo miedo, se le aflojaron las piernas y cay
desfallecido sobre el piso. Un silencio sepulcral reinaba en las
habitaciones, tan profundo, como en la obscuridad que lo rodeaba. Una
idea fija embargaba la razn del desgraciado anciano. Se incorpor
dbilmente sobre el piso y grit a Graciana, con voz ahogada y
angustiosa, pero nadie le respondi. Volvi a gritar con un acento de
desesperacin, que desgarraba el alma, pero todo fue en vano, nadie le
contest tampoco; se incorpor de nuevo y arrastrndose con trabajo
tante las paredes, buscando el botn de la campanilla elctrica:
despus de unos minutos lo encontr y lo hundi con desesperacin: el
silencio era tan profundo que oy el martilleo peculiar del timbre en el
fondo de la casa; esper, pero nadie vino: llam de nuevo y sigui
llamando incesantemente; la casa estaba sola, nadie le responda.
Entonces volvi a gritar desesperadamente a Graciana y, creyndose
orientado por un momento, atropell en la direccin en que l crea que
estaba el cuarto de la nia; pero, no bien haba dado tres pasos, cuando
recibi un terrible golpe en la frente que le hizo retroceder; haba
dado contra la puerta opuesta.

El viejo cay desfallecido de nuevo y el silencio inmenso e imponente de
la noche volvi a reinar con su paz profunda y aterradora. En aquella
situacin, el reloj del Cabildo dio las tres de la maana y el eco sordo
de la campana se difundi por la ciudad dormida. El viejo pensaba que
Blanca no poda tardar: se oan las voces y las algazaras de las ltimas
mscaras que se retiraban, y una orquesta lejana, tal vez la del club,
tocaba las ltimas galopas. Todos aquellos detalles aumentaban la cruel
situacin del anciano afligido, casi inmvil, presa de una fiebre
terrible. En ese estado se arrastr por el suelo tanteando siempre los
muebles: por ltimo, puso la mano sobre un sof, que ocupaba el espacio
comprendido entre el balcn y la puerta que llevaba al cuarto de su hija
y con una alegra ntima se incorpor, impuls la puerta que Graciana
al partir haba dejado entornada y penetr a la habitacin, loco,
convulso, desatentado. Pero el cuarto estaba lleno de humo, all se
haba quemado algo: record su sueo, aquella sbita luz que haba
herido sus pupilas y aquel grito penetrante que aun le pareca or y
cay de nuevo en una desesperacin terrible. El humo de la habitacin
comenzaba a asfixiarlo y un terror fro e indescriptible cerr sus
labios y paraliz sus movimientos; un temor instintivo no le permita
moverse; prefera la duda, la inmovilidad, antes de acelerar el
desenlace espantoso de aquella noche de abandono y de insomnio. En esa
situacin volvi a llamar tmida, cariosamente, a Graciana, pero, como
antes, nadie le respondi.

Postrado en el suelo, en un rincn del cuarto, rodeado siempre por la
ms completa obscuridad, pudo or que un carruaje acababa de detenerse
bajo de los balcones, y al rato, que se abra y cerraba con gran cuidado
la puerta de calle: sinti en seguida pasos en la gran escalera: quiso
llamar para apurar a los que venan, pero la palabra se ahog en su
garganta y tuvo que esperar: oy los pasos en el vestbulo y unos
segundos despus el ruido de una llave en la cerradura de la puerta de
la habitacin en que se hallaba: la puerta se abri y dio paso a
alguien: el _frou-frou_ de la seda le indic que era Blanca que
regresaba. De pronto ardi un fsforo y acto continuo la luz violenta
del gas ilumin toda la habitacin.

Entonces el cuadro que se present a la vista de los que all se
encontraron, fue terrible: en un extremo de la estancia, la cuna de la
nia cubierta de holln: las cortinas se haban encendido, el fuego
haba invadido las ropas; la desgraciada criatura haba muerto quemada,
por un descuido de Graciana, que, atolondrada por la fuga, haba dejado
la buja a poca distancia de la cuna. El rostro de la niita era una
llaga viva: tena los dientes apretados por la ltima convulsin; con la
mano izquierda asada por el fuego, se asa desesperadamente de una de
las varillas de bronce de la camita, y la derecha, dura, rgida en
ademn amenazante; la actitud del cadver revelaba los esfuerzos que la
vctima haba hecho para escapar del fuego, en vano. Blanca era la que
haba encendido el gas; al hacerlo, dio vuelta y vio a su marido
postrado en tierra y a su hija quemada viva en la cuna: retrocedi y dio
un grito terrible: el pobre viejo se levantaba al mismo tiempo, y en la
puerta que daba al vestbulo exterior por donde Blanca haba penetrado,
sorprenda con la vista un hombre joven que haba entrado con ella: fue
lo primero que vio, quiso lanzarse sobre l, pero el grito de horror de
Blanca lo detuvo, y entonces volvi los ojos sobre la cuna de su hija.
Toda esta escena fue la obra simultnea de un instante; las ms breves
palabras no alcanzaran nunca a traducir su trgica rapidez. El pobre
padre, al ver el horrible espectculo que presentaba el cadver de su
hija, abrasada por las llamas, se detuvo horrorizado ante l, quiso
hablar, pero no pudo, fue a lanzarse iracundo sobre el amante, que en
actitud vacilante no saba qu partido tomar, pero apenas dio dos pasos
cay al suelo, fulminado por una parlisis repentina, la lengua trabada,
el rostro descompuesto, el cuerpo laxo y sin fuerzas. Al caer dio con la
frente en el suelo y su rostro se ba en sangre.

--Huyamos, Blanca--grit el desconocido, cubrindola con el tapado que
ella le haba abandonado al entrar.

Aquella miserable criatura abarc la escena con una sola mirada, pero el
brazo amenazante de la niita la intimid y dio vuelta al rostro. El
cuerpo de su marido obstrua el paso por la nica puerta de salida; se
detuvo un instante, y como tomando una resolucin repentina, con los
ojos iluminados por una luz satnica, se volvi al hombre que la
esperaba con actitud indecisa, y saltando ambos por sobre el cuerpo que
yaca en tierra, le grit:

--Huyamos!




XX


Yo no me haba olvidado de Valentina, mi dulce Valentina de otros das.
Mi to, en un hospicio, idiota, sin habla y sin razn. Don Benito casado
al fin, con una seora rica y de edad proporcionada a la suya. Qu
diablo!

A m tambin me dio por casarme y me acord de mi idilio de veinte aos.
Viva solo y aislado, y lo peor de todo era, que probablemente, por no
haber seguido el consejo del doctor Trevexo, de estudiar en los diarios,
me encontraba sin recurso alguno para aspirar a las altas posiciones
polticas con que all en el ao 62 me pronosticaba l un porvenir
brillante.

Pero en lo ntimo de mi corazn, yo haba guardado el recuerdo de
Valentina: la nica criatura que haba dejado en mi alma una memoria
dulce y tranquila. Por largo tiempo nos habamos escrito, pero despus
de la muerte de su hermano, nada saba de ella. Valentina era para m un
horizonte lejano, pero lmpido, y en la soledad de mi vida, la primera
edad reapareca, los das de colegio volvan: pensaba en don Po y en
don Josef, el clebre descendiente de Gonzalo de Crdoba y vea la
imagen de mi novia, sonrindome en los nicos aos de felicidad que han
iluminado la vida.

Veala aparecer en uno de los balcones de la antigua casa en que viva o
asomado el rostro risueo y sonrosado detrs de los cristales; linda
como nunca, llena de juventud, perfumada de gracia y de castidad.

Algunas veces el recuerdo inquietante de Blanca, haba turbado mi sueo;
el mundo con sus pasiones y sus encuentros, habame suspendido un
momento en su vorgine, pero poco a poco la pursima imagen de Valentina
volva a levantarse delante de mis ojos como una cariosa sombra que me
llamaba, all, al pasado, al dulce pasado de la adolescencia.

Valentina me esperaba y busqu a Valentina en el pueblo del colegio.
Llevaba el espritu enfermo y agitado bajo la influencia de los
tormentos por que haba atravesado y la realidad de un sueo de juventud
iba a darme la eterna felicidad. Llegu y busqu la casa de Valentina.
Ya no habitaba su familia en ella.

Averig y la encontr al fin. La potica criatura se haba casado con
don Camilo, pocos meses antes y era feliz, muy feliz.

Don Camilo tena una renta considerable, era hombre pblico y hasta
hombre distinguido. Sent la desesperacin, la horrible desesperacin
que se siente ante lo imposible, ante la muerte, ante lo irremediable, y
pens si el alma podra arrancarse del cuerpo y arrojarse como intil
estorbo de la vida!




XXI


Pero alguien, con la exigencia inexorable de todos los que leen, querr
saber de Blanca. Blanca, la linda portea, corre la vida fcil y
elegante, pero duerme con los ojos abiertos, porque cuando los cierra,
la cara de un viejo idiota y paraltico la observa con una sonrisa
inmvil y el brazo rgido de su hija muerta se levanta sobre ella como
una eterna amenaza.


FIN





End of the Project Gutenberg EBook of La gran aldea, by Lucio V. Lpez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GRAN ALDEA ***

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