The Project Gutenberg EBook of Platero y yo, by Juan Ramn Jimnez

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license


Title: Platero y yo

Author: Juan Ramn Jimnez

Release Date: March 20, 2012 [EBook #39209]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PLATERO Y YO ***




Produced by Chuck Greif & Vctor Mon







Juan Ramn Jimnez

PLATERO Y YO

Elega andaluza

Esta edicin reproduce el texto
de la primera, publicada en 1914.


ADVERTENCIA  LOS HOMBRES

QUE LEAN ESTE LIBRO PARA NIOS


Este breve libro, en donde la alegra y la pena
son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba
escrito para... qu s yo para quin!... para
quien escribimos los poetas lricos... Ahora que
va  los nios, no le quito ni le pongo una coma.
Qu bien!

Dondequiera que haya nios--dice Nvalis--, existe
una edad de oro. Pues por esa edad de oro,
que es como una isla espiritual cada del cielo,
anda el corazn del poeta, y se encuentra all tan
 su gusto, que su mejor deseo sera no tener
que abandonarla nunca.

Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de
oro de los nios; siempre te halle yo en mi vida,
mar de duelo; y que tu brisa me d su lira, alta
y,  veces, sin sentido, igual que el trino de la
alondra en el sol blanco del amanecer!

EL POETA

MADRID, 1914


 LA MEMORIA DE AGUEDILLA,

LA POBRE LOCA DE LA CALLE DEL SOL,

QUE ME MANDABA MORAS Y CLAVELES




LA ELEGA




I

PLATERO


PLATERO es pequeo, peludo, suave; tan blando por fuera, que
se dira todo de algodn, que no lleva huesos. Slo los espejos de
azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo
dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozndolas
apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo
dulcemente: "Platero?", y viene  m con un trotecillo alegre que
parece que se re, en no s qu cascabeleo ideal...

Come cuanto le doy.
Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de mbar,
los higos morados, con su cristalina gotita de miel...

Es tierno y
mimoso igual que un nio, que una nia...; pero fuerte y seco como de
piedra. Cuando paso, sobre l, los domingos, por las ltimas callejas
del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se
quedan mirndolo:

--Tiene acero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al
mismo tiempo.




II

PAISAJE GRANA


La cumbre. Ah
est el ocaso,
todo empurpurado,
herido por sus propios
cristales, que le
hacen sangre por
doquiera. A su esplendor,
el pinar
verde se agria, vagamente
enrojecido;
y las hierbas y las
florecillas, encendidas
y transparentes,
embalsaman el instante
sereno de una
esencia mojada, penetrante y luminosa.

Yo me quedo extasiado en el crepsculo.
Platero, granas de ocaso
sus ojos negros, se va, manso,  un
charco de aguas de carmn, de rosa,
de violeta; hunde suavemente su boca
en los espejos, que parece que se hacen
lquidos al tocarlos l; y hay por su
enorme garganta como un pasar profuso
de umbras aguas de sangre.

El paraje es conocido, pero el momento
lo trastorna y lo hace extrao,
ruinoso y monumental. Se dijera, 
cada instante, que vamos  descubrir
un palacio abandonado... La tarde se
prolonga ms all de s misma, y la
hora, contagiada de eternidad, es infinita;
pacfica, insondable...

--Anda, Platero...




III

ALEGRA

Platero juega con Diana, la bella
perra blanca que se parece  la
luna creciente, con la vieja cabra, gris,
con los nios...

Salta Diana, gil y elegante, delante
del burro, sonando su leve campanilla,
y hace como que le muerde
los hocicos. Y Platero, poniendo las
orejas en punta, cual dos cuernos de
pita, la embiste blandamente y la hace
rodar sobre la hierba en flor.

La cabra va al lado de Platero, rozndose
 sus patas, tirando, con los
dientes, de la punta de las espadaas
de la carga. Con una clavellina  con
una margarita en la boca, se pone
frente  l, le topa en el testuz, y
brinca luego, y bala alegremente, mimosa
igual que una mujer...

Entre los nios, platero es de juguete.
Con qu paciencia sufre sus
locuras! Cmo va despacito, detenindose,
hacindose el tonto, para que
ellos no se caigan! Cmo los
asusta, iniciando, de pronto, un trote
falso!

<tb>

Claras tardes del otoo moguereo!
Cuando el aire puro de Octubre
afila los lmpidos sonidos, sube del
valle un alborozo idlico de balidos,
de rebuznos, de risas de nios, de ladridos
y de campanillas...




IV

MARIPOSAS BLANCAS


La noche cae, brumosa ya y morada.
Vagas claridades malvas
y verdes perduran tras la torre de la
iglesia. El camino sube, lleno de sombras,
de campanillas, de fragancia de
hierba, de canciones, de cansancio y
de anhelo. De pronto, un hombre obscuro,
con una gorra y un pincho, roja
un instante la cara fea por la luz del
cigarro, baja  nosotros de una casucha
miserable, perdida entre sacas de
carbn. Platero se amedrenta.

--Va algo?

--Vea usted... Mariposas blancas...

El hombre quiere clavar su pincho
de hierro en el seroncillo, y yo lo evito.
Abro la alforja y l no ve nada.
Y el alimento ideal pasa, libre y cndido,
sin pagar su tributo  los Consumos...




V

LA PRIMAVERA

/*[4]
 Ay, qu relumbres y olores!
Ay, cmo ren los prados!
Ay, qu alboradas se oyen!

<i>Romance popular.</i>
*/


En mi duermevela matinal, me malhumora una endiablada chillera de
chiquillos. Por fin, sin poder dormir ms, me echo, desesperado, de la
cama. Entonces, al mirar el campo por la ventana abierta, me doy cuenta
de que los que alborotan son los pjaros.

Salgo al huerto y doy gracias al Dios del da azul. Libre concierto de
picos, fresco y sin fin! La golondrina riza, caprichosa, su canto en el
pozo; silba el mirlo sobre la naranja cada; de fuego, la oropndola
charla en el chaparro; el chamariz, re larga y menudamente en la cima
del eucalipto; y, en el pino grande, los gorriones discuten
desaforadamente.

Cmo est la maana! El sol pone en la tierra su alegra de plata y de
oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes, entre las
flores, por la casa, en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en
estallidos, en crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva.

Parece que estuviramos dentro de un g r a n panal de luz, que fuese el
interior de una inmensa y, clida rosa encendida.




VI

<i>ANGELUS!</i>


Mira, Platero, qu de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas,
blancas, sin color... Dirase que el cielo se deshace en rosas. Mira
cmo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las, manos... Qu
har yo con tantas rosas?

Sabes t, quizs, de dnde es esta blanda flora, que yo no s de dnde
es, que enternece, cada da, el paisaje y lo deja dulcemente rosado,
blanco y celeste--, mas rosas, ms rosas--, como un cuadro de Fra
Angelico, el que pintaba el cielo de rodillas?

De las siete galeras del Paraso se creyera que tiran rosas  la
tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las
rosas en la torre, en el tejado, en Jos rboles. Mira: todo lo fuerte se
hace, con su adorno, delicado. Ms rosas, ms rosas, ms rosas...

Parece, Platero, mientras suena el <i>Angelus</i>, que esta vida nuestra
pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, ms altiva,
ms constante y ms pura, hace que todo, como en surtidores de gracia,
suba  las estrellas, que se encienden ya entre las rosas... Ms
rosas.... Tus ojos, que t no ves, Platero, y que alzas mansamente al
cielo, son dos bellas rosas.




VII

EL LOCO


Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero negro, debo
cobrar un extrao aspecto cabalgando en la blandura gris de Platero.

Cuando, yendo  las vias, cruzo las ltimas calles, blancas de cal con
sol, los chiquillos gitanos, aceitosos y peludos, fuera de los harapos
verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas, corren detrs
de nosotros, chillando largamente:

--El loco! El loco! El loco!

...Delante est ya el campo verde. Frente al cielo inmenso y puro, de un
incendiado ail, mis ojos--tan lejos de mis odos!--se abren
noblemente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa
serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfn del horizonte...

Y quedan, all lejos, por las altas eras, unos agudos gritos, velados
finamente, entrecortados, jadeantes, aburridos:

--El lo...co! El io...co!




VIII

LA FLOR DEL CAMINO


Qu pura, Platero, y qu bella es esta flor del camino! Pasan a su lado
todos los tropeles--los toros, las cabras, los potros, los hombres--, y
ella, tan tierna y tan dbil, sigue enhiesta, malva y fina, en su
vallado triste, sin contaminarse de impureza alguna.

Todos los das, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, t la
has visto en su puesto verde. Ya tiene  su lado un pajarillo, que se
levanta--por qu?--al acercarnos;  est llena, cual una breve copa,
del agua clara de una nube de verano; ya consiente el robo de una abeja
 el voluble adorno de una mariposa.

Esta flor vivir pocos das, Platero, pero su recuerdo ha de ser eterno.
Ser su vivir como un da de tu primavera, como una primavera de mi
vida. Ay! Qu le diera yo al otoo, Platero,  cambio de esta flor
divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo de la
nuestra?




IX

RONSARD


Libre ya Platero del cabestro, y paciendo entre las castas margaritas
del pradecillo, me he echado yo bajo un pino, he sacado de la alforja
moruna un breve libro y, abrindolo por una seal, me he puesto  leer
en alta voz:

/*[4]
    Comme on voit sur la branche au mois de mai la rose
    En sa belle jeunesse, en sa premire fleur,
    Rendre le ciel jaloux de...
*/

Arriba, por las ramas ltimas, salta y pa un leve pajarillo, que el sol
hace, cual toda la verde cima suspirante, de oro. Entre vuelo y gorjeo,
se oye el partirse de las semillas que el pjaro se est almorzando.

/*[4]
    ...jaloux de sa vive couleur...
*/

Una cosa enorme y tibia avanza, de pronto, como una proa viva, sobre mi
hombro... Es Platero, que, sugestionado, sin duda, por la lira de Orfeo,
viene  leer conmigo. Leernos:

/*[4]
          ...vive couleur,
    Quand l'aube de ses pleurs
    au point du jour l'a...
*/

Pero el pajarillo, que debe digerir aprisa, tapa la palabra con una nota
falsa.

Ronsard se debe haber redo en el infierno...




X

LA LUNA


Platero acababa de beberse dos cubos de agua con estrellas en el pozo
del corral, y volva  la cuadra, lento y distrado entre los altos
girasoles. Yo le aguardaba en la puerta, echado en el quicio de cal y
envuelto en la tibia fragancia de los heliotropos.

Sobre el tejadillo, hmedo de las blanduras de septiembre, dorma el
campo lejano, que mandaba un fuerte aliento de pinos. Una gran nube
negra, como una gigantesca gallina que hubiese puesto un huevo de oro,
puso la luna sobre una colina.

Yo le dije  la luna:

/*[4]
                        ...Ma sola
    ha questa luna in ciel, che da nessuno
    cader fu vista mai se non in sogno.
*/

Platero la miraba fijamente y sacuda, con un duro ruido blando, una
oreja. Me miraba absorto, y sacuda la otra...




XI

EL CANARIO VUELA


Un da, el canario verde, no s cmo ni por qu, vol de su jaula. Era
un canario viejo, recuerdo triste de una muerta, al que yo no haba dado
libertad por miedo de que se muriera de hambre  de fro,  de que se lo
comieran los gatos.

Anduvo toda la maana entre los granados del huerto, en el pino de la
puerta, por las lilas. Los nios estuvieron, toda la maana tambin,
sentados en la galera, absortos en los breves vuelos del pajarillo
amarillento. Libre, Platero, holgaba junto  los rosales, jugando con
una mariposa.

A la tarde, el canario se vino al tejado de la casa grande, y all se
qued largo tiempo, latiendo en el suave sol que declinaba. De pronto, y
sin saber nadie cmo ni por qu, apareci en la jaula, otra vez alegre.

Qu alborozo en el jardn! Los nios saltaban, tocando las palmas,
arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, los segua, ladrndole
 su propia y riente campanilla; Platero, contagiado, en un oleaje de
carnes de plata, igual que un chivillo, haca corvetas, giraba sobre sus
patas, en un vals tosco, y, ponindose en las manos, daba coces al aire
claro y tibio...




XII

SUSTO


Era la comida de los nios. Soaba la lmpara su rosada lumbre tibia
sobr el mantel de nieve, y los geranios rojos y las pintadas manzanas
coloreaban de una spera alegra aquel sencillo idilio de caras
inocentes. Las nias coman como mujeres; los nios discutan como
algunos hombres. Al fondo, dando el pecho  un pequeuelo, la madre,
joven, rubia y bella, los miraba sonriendo. Por la ventana del jardn,
la clara noche de estrellas temblaba, dura y fra.

De pronto, Blanca huy, como un dbil rayo,  los brazos de la madre.
Hubo un sbito silencio, y luego, en un estrpito de sillas cadas,
todos corrieron tras de ella, con un raudo alborotar, mirando,
espantados,  la ventana.

El tonto de Platero! Puesta en el cristal su cabezota blanca,
agigantada por la sombra, los cristales y el miedo, contemplaba, quieto
y triste, el dulce comedor encendido.




XIII

LA ESPINA


Entrando en la dehesa, Platero ha comenzado  cojear. Me he echado al
suelo...

--Pero, hombre, qu te pasa? Platero ha dejado la mano derecha un poco
levantada, mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi
con el casco la arena ardiente del camino.

Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbn, su mdico,
le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja. Una espina larga y
verde, de naranjo sano, est clavada en ella como un redondo pualillo
de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la espina;
y me lo he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos, para que
el agua corriente le lama, con su larga lengua pura, la heridilla.

Despus, hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, l detrs,
cojeando todava y dndome suaves topadas en la espalda...




XIV

JUEGOS DEL ANOCHECER


Cuando, en el crepsculo del pueblo, Platero y yo entramos, ateridos,
por la obscuridad morada de la calleja miserable que da al ro seco, los
nios pobres juegan  asustarse, fingindose mendigos. Uno se echa un
saco  la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo...

Despus, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos
y un vestido, y como sus madres, ellas sabrn cmo, les han dado algo de
comer, se creen unos prncipes:

--Mi padre tiene un reloj de plata.

--Y el mo, un caballo.

--Y el mo, una escopeta.

Reloj que levantar  la madrugada, escopeta que no matar el hambre,
caballo que llevar  la miseria...

El corro, luego. Entre tanta negrura, una nia, con voz dbil, hilo de
cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una princesa:

/*[4]
    Yo soy la viudita
    del Conde de Or...
*/

...S, s! Cantad, soad, nios pobres! Pronto, al amanecer vuestra
adolescencia, la primavera os asustar, como un mendigo, enmascarada de
invierno.

--Vamos, Platero...




XV

AMISTAD


Nos entendemos bien. Yo lo dejo ir  su antojo, y l me lleva siempre
adonde quiero.

Sabe Platero que, al llegar al pino de la Corona, me gusta acercarme 
su tronco y acaricirselo, y mirar al cielo al travs de su enorme y
clara copa; sabe que me deleita la veredilla que va, entre cspedes, 
la fuente vieja; que es para m una fiesta ver el ro desde la colina de
los pinos, evocadora, de un paraje clsico. Como me adormile, seguro,
sobre l, mi despertar se abre siempre  uno de tales amables
espectculos.

Yo trato  Platero cual si fuese un nio. Si el camino se torna fragoso
y le peso un poco, me bajo para aliviarlo. Lo beso, lo engao, lo hago
rabiar... l comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Es tan
igual  m, que he llegado  creer que suea mis propios sueos.

Platero se me ha rendido como una adolescente apasionada. De nada
protesta. S que soy su felicidad. Hasta huye de los burros y de los
hombres...




XVI

LA NOVIA


El claro viento del mar sube por la cuesta roja, llega al prado del
cabezo, re entre las tiernas florecillas blancas; despus, se enreda
por los pinetes sin limpiar y mece las encendidas telaraas celestes,
rosas, de oro... Toda la tarde es ya viento marino. Y el sol y el viento
dan un blando bienestar al corazn!

Platero me lleva, contento, gil, dispuesto. Se dijera que no le peso.
Subimos, como si fusemos cuesta abajo,  la colina. A lo lejos, una
cinta brillante, incolora, vibra, entre Los ltimos pinos, en un aspecto
de paisaje isleo. En los prados verdes, all abajo, saltan los asnos
trabados, de mata en mata.

Un estremecimiento primaveral vaga por las caadas. De pronto, Platero,
yergue las orejas, dilata las levantadas narices, replegndolas hasta
los ojos y dejando ver las grandes habichuelas de sus dientes amarillos.
Est respirando largamente, de los cuatro vientos, no s qu honda
esencia que debe transirle el corazn. S. Ah tiene ya, en otra colina,
fina y gris sobre el cielo azul,  la amada. Y dobles rebuznos, sonoros
y largos, rompen con su trompetera la hora luminosa y caen luego en
gemelas cataratas.

He tenido que contrariar los instintos amables de mi pobre Platero. La
bella novia del campo lo ve pasar, triste como l, con sus ojazos de
azabache cargados de estampas. Intil pregn misterioso, que ruedas
brutalmente por las margaritas!

Y Platero trota indcil, intentando  cada instante volverse, con un
reproche en su trotecillo menudo:

--Parece mentira, parece mentira, parece mentira...




XVII

CALOSFRO


La luna viene con nosotros, grande, redonda, pura. En los prados
soolientos se ven, vagamente, no s qu cabras negras, entre las
zarzamoras... Alguien se esconde, tcito,  nuestro pasar... Sobre el
vallado, un almendro inmenso, nveo de flor y de luna, revuelta la copa
con una nube blanca, cobija el camino asaeteado de estrellas de Marzo...
Un olor penetrante  naranjas..., humedad y silencio... La caada de
las Brujas...

--Platero, qu... fro!

Platero, no s si con su miedo  con el mo, trota, entra en el arroyo,
pisa la luna y la hace pedazos. Es como si un enjambre de claras rosas
de cristal se enredara, queriendo retenerlo,  su trote...

Y trota Platero, cuesta arriba, encogida la grupa cual si alguien le
fuese  alcanzar, sintiendo ya la tibieza suave del pueblo que se
acerca...




XVIII

ELLA Y NOSOTROS


Platero; acaso ella se iba--adonde?--en aquel tren negro y soleado que,
por la va alta, cortndose sobre los nubarrones blancos, hua hacia el
norte.

Yo estaba abajo, contigo, en el trigal amarillo y ondeante, goteado todo
de sangre de amapolas, que ya Julio coronaba de ceniza. Y las nubecillas
de vapor celeste--te acuerdas?--entristecan un momento el sol y las
flores, rodando vanamente hacia la nada...

Breve cabeza rubia, velada de negro! Era como el retrato de la ilusin
en el marco fugaz de la ventanilla.

Tal vez ella pensara:--Quines sern ese hombre enlutado y ese burrillo
de plata?

Quines bamos  ser! Nosotros... verdad, Platero?




XIX

LA COZ


bamos al cortijo de Montemayor, al herradero de los novillos. El patio
empedrado, sombro bajo el inmenso y ardiente cielo azul de la
tardecita, vibraba sonoro del relinchar de los caballos pujantes, del
reir fresco de las mujeres, de los afilados ladridos inquietos de los
perros. Platero, en un rincn, se impacientaba.

--Pero, hombre--le dije--, si t no puedes venir con nosotros; si eres
muy chico...

Se pona tan loco, que le ped al tonto que se subiera en l y lo
llevara con nosotros.

Por el campo claro, qu alegre cabalgar! Estaban las marismas risueas
y ceidas de oro, con el sol en sus espejos rotos, que doblaban los
molinos cerrados. Entre el redondo trote duro de los caballos, Platero
alzaba su raudo trotecillo agudo, que necesitaba multiplicar
insistentemente para no quedarse solo en el camino. De pronto, son como
un tiro de pistola. Platero le haba rozado la grupa  un fino potro
tordo con su boca, y el potro le haba respondido con una rpida coz.
Nadie hizo caso, pero yo le vi  Platero una mano corrida de sangre.
Ech pie  tierra y, con una espina y una crin, le prend la vena rota.
Luego le dije al tonto que se lo llevara  casa. Se volvieron los dos,
lentos y tristes, por el arroyo seco que baja del pueblo, volviendo la
cabeza al brillante huir de nuestro tropel.

Cuando, de vuelta del cortijo, fu  ver  Platero, me lo encontr
mustio y doloroso.

--Ves--le suspir--que t no puedes ir  ninguna parte con los
hombres?




XX

ASNOGRAFA


Leo en un Diccionario: "<i>Asnografa</i>": <i>s. f.</i>: <i>se dice, irnicamente,
por descripcin del asno</i>.

Pobre asno! Tan bueno, tan noble, tan agudo como eres!
Irnicamente.,.. Por qu? Ni una descripcin seria mereces, t, cuya
descripcin cierta sera un cuento de primavera? Si al hombre que es
bueno debieran decirle asno! Si al asno que es malo debieran decirle
hombre! Irnicamente... De ti, tan intelectual, amigo del viejo y del
nio, del arroyo y de la mariposa, del sol y del perro, de la flor y de
la luna, paciente y reflexivo, melanclico y amable, Marco Aurelio de
los prados...

Platero, que sin duda comprende, me mira fijamente con sus ojazos
brillantes, de una blanda dureza, en los que el sol brilla, pequeito y
chispeante en un breve y convexo firmamento negro. Ay! Si su peluda
cabezota idlica supiera que yo le hago justicia, que yo soy mejor que
esos hombres que escriben Diccionarios, casi tan bueno como l!

Y he escrito al margen del libro; "<i>Asnografa: s. f.: se debe decir,
con irona, claro est!, por descripcin del hombre imbcil que escribe
Diccionarios.</i>"




XXI

EL VERANO


Platero va chorreando sangre, una sangre espesa y morada, de las
picaduras, de los tbanos. La chicharra sierra un pino, al que nunca se
llega... Al abrir los ojos, despus de un sueo instantneo, el paisaje
de arena se me torna blanco, fro en su ardor, espectral..

Estn los jarales bajos constelados de sus grandes flores vagas, rosas
de humo, de gasa, de papel de seda, con sus cuatro lgrimas de carmn; y
una calina que asfixia, enyesa los pinos chatos. Un pjaro nunca visto,
amarillo con lunares negros, se eterniza, mudo, en una rama.

Los guardas de los huertos suenan el latn para asustar los rabos, que
vienen, en grandes bandos celestes, por naranjas... Cuando llegamos  la
sombra del nogal grande, rajo dos sandas, que abren su escarcha grana y
rosa en un largo crujido fresco. Yo me como la ma lentamente, oyendo, 
lo lejos, las vsperas del pueblo. Platero se bebe la carne de azcar de
la suya, como si fuese agua.




XXII

BARBN


Darbn, el mdico de Platero, es grande como el buey po, rojo como una
sanda. Pesa once arrobas. Cuenta, segn l, tres duros de edad.

Cuando habla, le faltan notas, cual  los pianos viejos; otras veces, en
lugar de palabra, le sale un escape de aire. Y estas pifias llevan un
acompaamiento de inclinaciones de cabeza, de manotadas ponderativas, de
vacilaciones chochas, de quejumbres de garganta y salivas en el pauelo,
que no hay ms que pedir. Un amable concierto para antes de la cena.

No le queda muela ni diente y casi slo come migajn de pan, que amasa
primero en la mano. Hace una bola y  la boca roja! All la tiene,
revolvindola, una hora. Luego, otra bola, y otra. Masca con las
encas, y la barba le llega  la aguilea nariz.

Digo que es grande como el buey po. En la puerta de la herrera, tapa
la casa. Pero se enternece, igual que un nio, con Platero. Y si ve una
flor  un pajarillo, se re de pronto, abriendo toda su boca, con una
gran risa sostenida, que acaba siempre en llanto. Luego, ya sereno, mira
del lado del cementerio viejo:

--Mi nia, mi pobrecita nia...




XXIII

LA ARRULLADORA


La chiquilla del carbonero, guapa y sucia cual una moneda, bruidos los
negros ojos y reventando sangre los labios prietos entre la tizne, est
 la puerta de la choza, sentada en una teja, durmiendo al hermanito.

Vibra la hora de Mayo, ardiente y clara como un sol por dentro. En la
paz brillante, se oye el hervor de la olla que cuece en el campo, la
brama de la dehesa, la alegra del viento del mar en la maraa de los
eucaliptos.

Sentida y dulce, la carbonera canta:

/*[4]
     Mi nio se va  dormir
    en gracia de la Pastora...
*/

Pausa. El viento...

/*[4]
    ...y por dormirse mi nio,
    se duerme la arrulladora...
*/

El viento... Platero, que anda, manso, entre los pinos quemados, se
llega, poco  poco... Luego se echa en la tierra fosca y,  la larga
copla de madre, se adormila, igual que un nio.




XXIV

EL <i>CANTO</i> DEL GRILLO


Platero y yo conocemos bien, de nuestras correras nocturnas, el canto
del grillo.

El primer canto del grillo, en el crepsculo, es vacilante, bajo y
spero. Muda de tono, aprende de si mismo y, poco  poco, va subiendo,
va ponindose en su sitio, como si fuera buscando la armona del lugar y
de la hora. De pronto, ya las estrellas en el cielo verde y
transparente, cobra el canto un dulzor melodioso de cascabel libre.

Las frescas brisas moradas van y vienen; se abren del todo las flores de
la noche y vaga por el llano una esencia pura y divina, de confundidos
prados azules, celestes y terrestres. Y el canto del grillo se exalta,
llena todo el campo, es cual la voz de la sombra. No vacila ya, ni se
calla. Como surtiendo de s propio, cada nota es gemela de la otra, en
una hermandad de obscuros cristales.

Pasan, serenas, las horas. No hay guerra en el mundo y duerme bien el
labrador, viendo el cielo en el fondo alto de su sueo. Tal vez el amor,
entre las enredaderas de una tapia, anda extasiado, los ojos en los
ojos. Los habares mandan al pueblo mensajes de fragancia tierna, cual en
una libre adolescencia candorosa y sutil. Y los trigos ondean, verdes de
luna, suspirando al viento de las dos, de las tres, de las cuatro... El
canto del grillo, de tanto sonar, se ha perdido...

Aqu est! Oh canto del grillo por la madrugada, cuando, corridos de
calosfros, Platero y yo nos vamos  la cama por las sendas blancas de
relente! La luna, se cae, rojiza y soolienta. Ya el canto est borracho
de luna, embriagado de estrellas, romntico, misterioso, profuso. Es
cuando unas grandes nubes luctuosas, bordeadas de un malva azul y
triste, sacan el da de la mar, lentamente...




XXV

CORPUS


Entrando por la calle de la Fuente, de vuelta del huerto, las Campanas,
que ya habamos odo tres veces desde los arroyos, conmueven, con su
pregonera coronacin de bronce, el blanco pueblecillo. Su repique voltea
y voltea entre el chispeante y estruendoso subir de los cohetes y la
chillona metalera de la msica.

La calle, recin encalada y ribeteada de almagra, verdea toda, vestida
de chopos y juncias. Lucen las ventanas colgaduras de damasco granate,
de seda amarilla, de celeste raso, y, en las casas en que hay luto, de
lana cndida, con cintas negras. Por las ltimas casas, en la vuelta del
Porche, aparece, tarda, la Cruz de los espejos, que, entre los destellos
del poniente, recoge ya la luz de los cirios rojos. Lentamente, pasa la
procesin. La bandera carmn, y San Roque, patrn de los panaderos,
cargado de tiernas roscas; la bandera glauca, y San Telmo, patrn de
los marineros, con su navo de plata en las manos; la bandera gualda, y
San Isidro, patrn de los labradores, con su yuntita de bueyes, y ms
banderas de colores, y ms Santos, y luego, Santa Ana, dando leccin 
la Virgen, y San Jos, pardo, y la Inmaculada, azul... Al fin, entre la
guardia civil, la Custodia, ornada de espigas granadas y de esmeraldinas
uvas agraces su calada platera, despaciosa en su nube celeste de
incienso.

En la tarde que cae, se alza, claro, el latn andaluz de los salmos. El
sol, ya rosa, quiebra su rayo bajo, que viene por la calle del Ro, en
la cargazn de oro de las viejas capas pluviales. Arriba, en derredor de
la torre escarlata, sobre el palo terso de la hora serena de Junio, las
palomas tejen sus altas guirnaldas de nieve encendida...

Platero, entonces, rebuzna. Y su mansedumbre se asocia, con la campana,
con el cohete, con el latn y con la msica, al claro misterio del da,
y el rebuzno se le endulza, altivo, y, rastrero, se le diviniza...




XXVI

LA CUADRA


Cuando, al medioda, voy  ver  Platero, un transparente rayo del sol
de las doce enciende un gran lunar de oro en la plata blanda de su lomo.
Bajo su barriga, por el obscuro suelo, vagamente verde, el techo viejo
llueve claras monedas de fuego.

Diana, que est echada entre las patas de Platero, viene  m bailando y
me pone sus manos en el pecho, anhelando lamerme la boca con su lengua
rosa. Subida en lo ms alto del pesebre, la cabra me mira curiosa,
doblando la fina cabeza de un lado y de otro, con una femenina
distincin. Entretanto, Platero, que, antes de entrar yo, me haba ya
saludado con un levantado rebuzno, quiere romper su cuerda, duro y
alegre al mismo tiempo:

Por el tragaluz, que trae el irisado tesoro del cenit, me voy un
momento, rayo de sol arriba, al cielo, desde aquel idilio. Luego,
subindome  una piedra, miro el campo.

El paisaje verde nada en la lumbrarada florida y soolienta, y en el
azul limpio que encuadra el muro astroso, suena, dejada y dulce, una
campana.




XXVII

EL PERRO SARNOSO


Vena,  Veces, flaco y anhelante,  la casa del huerto. El pobre andaba
siempre huido, acostumbrado  los gritos y  las pedreas. Los mismos
perros le enseaban los colmillos. Y se iba otra vez, en l sol del
medioda, lento y triste, monte abajo.

Aquella tarde, lleg detrs de Diana. Cuando yo sala, el guarda, que en
un arranque de mal corazn haba sacado la escopeta, dispar contra l.
No tuve tiempo de evitarlo. El pobre perro, con el tiro en las entraas,
gir vertiginosamente un momento, en un redondo aullido agudo, y cay
muerto bajo una acacia.

Platero miraba al perro fijamente, erguida la cabeza. Diana, temerosa,
andaba escondindose de uno en otro. El guarda, arrepentido quizs, daba
largas razones no saba  quin, indignndose sin poder, queriendo
acallar su remordimiento. Un velo pareca enlutecer el sol; un velo
grande, como el velo pequeito que nubl el ojo sano del perro
asesinado. Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban ms
reciamente en el hondo silencio aplastante que la siesta tenda por el
campo de oro, sobre el perro muerto.




XXVIII

TORMENTA


Miedo. Aliento contenido. Sudor fro. El terrible cielo bajo ahoga el
amanecer. (No hay por dnde escapar.) Silencio... El amor se para.
Tiembla la culpa. El remordimiento cierra los ojos. Ms silencio...

El trueno, sordo, retumbante, interminable, como una enorme carga de
piedra que cayera del cenit al pueblo, recorre, largamente, la maana
desierta. (No hay por dnde huir.) Todo lo dbil--flores, pjaros--,
desaparece de la vida.

Tmido, el espanto mira; por la ventana entreabierta  Dios, que se
alumbra trgicamente. All en oriente, entre desgarrones de nubes, se
ven malvas y rosas tristes, sucios, fros, que no pueden vencer la
negrura.

<i>Angelus!</i> Un <i>Angelus</i> duro y abandonado, solloza entre el tronido.
El ltimo <i>Angelus</i> del mundo? Y se quiere que la campana acabe pronto,
 que suene ms, mucho ms, que ahogue la tormenta. Y se va de un lado 
otro, y se implora, y no se sabe lo que se quiere...

(No hay por dnde escapar.) Los corazones estn yertos. Los nios
lloran...

--Qu ser de Platero, tan solo all en la indefensa cuadra del corral?




XXIX

PASAN LOS PATOS


He ido  darle agua  Platero. En la noche serena, toda de nubes blancas
y de estrellas, se oye, all arriba, desde el silencio del corral, un
incesante pasar de claros silbidos.

Son los patos. Van tierra adentro, huyendo de la tempestad marina. De
vez en cuando, como si nosotros hubiramos ascendido  como si ellos
hubiesen bajado, se escuchan los ruidos ms leves de sus alas, de sus
picos...

Horas y horas, los silbidos seguirn pasando, en un huir interminable.

Platero, de vez en cuando, deja de beber y levanta, como yo, la cabeza 
las estrellas, con una blanda nostalgia infinita...




XXX

SIESTA


Qu triste belleza, amarilla y descolorida, la del sol de la tarde,
cuando me despierto bajo la higuera!

Una brisa seca, embalsamada de derretida jara, me acaricia el sudoroso
despertar. Las grandes hojas, levemente movidas, del blando rbol viejo,
me enlutan  me deslumbran. Parece que me mecieran suavemente en una
cuna que fuese del sol  la sombra, de la sombra al sol.

Lejos, en el pueblo desierto, las campanas de las tres suean las
vsperas, tras el oleaje de cristal del aire. Oyndolas, Platero, que me
ha robado una gran sanda de dulce escarcha grana, de pie, inmvil, me
mira con sus enormes ojos vacilantes.

Frente  sus ojos cansados, mis ojos se me cansan otra vez... Torna la
brisa, cual una mariposa que quisiera volar y  la que, de pronto, se le
doblaran las alas... las alas... mis prpados flojos, que, de pronto, se
cerraran...




XXXI

LA TSICA


Estaba derecha en una triste silla, blanca la cara y mate, cual un nardo
ajado, enmedio de la encalada y fra alcoba. Le haba mandado el mdico
salir al campo,  que le diera el sol de Marzo; pero la pobre no poda.

--Cuando llego al p u e n t e--me dijo--, ya ve usted, seorito, ah al
lado que est!, me ahogo...

La voz pueril, delgada y rota, se le caa, cansada, como se cae, 
veces, la brisa en el esto.

Yo le ofrec  Platero para que diese un paseto. Subida en l, qu
risa la de su aguda cara de muerta, toda ojos negros y dientes blancos!

...Las mujeres se asomaban  las puertas  vernos pasar. Iba Platero
despacio, como sabiendo que llevaba encima un frgil lirio de cristal.
La nia, con su hbito cndido, transfigurada por la fiebre y la
alegra, pareca un ngel que entraba en el pueblo, camino del cielo del
sur.




XXXII

PASEO


Por los hondos caminos del esto, colgados de tiernas madreselvas, cuan
dulcemente vamos! Yo leo,  canto,  digo versos al cielo. Platero
mordisquea la hierba escasa de los vallados en sombra, la flor empolvada
de las malvas, las vinagreras amarillas. Est parado ms tiempo que
andando. Yo lo dejo...

El cielo azul, azul, azul, asaeteado de mis ojos en arrobamiento, se
levanta, sobre los almendros cargados,  sus ltimas glorias. Todo el
campo, silencioso y ardiente, brilla. En el ro, una velita blanca se
eterniza, sin viento. Hacia los montes, la compacta humareda de un
incendio alza sus redondas nubes negras.

Pero nuestro caminar es bien corto. Es como un da suave  indefenso,
enmedio de la vida mltiple. Ni la apoteosis del cielo, ni el ultramar
 que va el ro, ni siquiera la tragedia de las llamas!

Cuando, entre un olor  naranjas, se oye el hierro alegre y fresco de la
noria, Platero rebuzna y retoza alegremente. Qu sencillo placer
diario! Ya en la alberca, yo lleno mi vaso y bebo aquella nieve lquida.
Platero sume en el agua umbra su boca, y bebe, aqu y all, en lo ms
limpio, avaramente...




XXXIII

CARNAVAL


Qu guapo est hoy Platero! Es lunes de Carnaval, y los nios, que se
han vestido de mscara, le han puesto el aparejo moruno, todo bordado en
rojo, azul, blanco y amarillo, de cargados arabescos.

Agua, sol y fro. Los redondos papelillos de colores van rodando
paralelamente por la acera, al viento agudo de la tarde, y las mscaras,
ateridas, hacen bolsillos de cualquier cosa para las manos azules.

Cuando hemos llegado  la plaza, unas mujeres vestidas de locas, con
largas camisas blancas y guirnaldas de hojas verdes en los negros y
sueltos cabellos, han cogido  Platero en medio de su corro
bullanguero, y han girado alegremente en torno de l.

Platero, indeciso, yergue las orejas, alza la cabeza, y, como un alacrn
cercado por el fuego, intenta, nervioso, huir por doquiera. Pero, como
es tan pequeo, las locas no le temen y siguen girando, cantando y
riendo  su alrededor. Los chiquillos, vindolo cautivo, rebuznan para
que l rebuzne. Toda la plaza es ya un concierto altivo de metal
amarillo, de rebuznos, de risas, de coplas, de panderetas y de
almireces...

Por fin, Platero, decidido, igual que un hombre, rompe el corro y se
viene  m trotando y llorando, cado el lujoso aparejo. Como yo, no
quiere nada con el Carnaval... No servimos para estas cosas...




XXXIV

EL POZO


El pozo! Platero, qu palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca,
tan sonora! Parece que es la palabra la que taladra, girando, la tierra
obscura, hasta llegar al agua.

Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al alcance de la
mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdn, una flor azul de olor
penetrante. Una golondrina tiene, ms abajo, el nido. Luego, tras un
prtico de sombra fra, hay un palacio de esmeralda, y un lago, que, al
arrojarle una piedra  su quietud, se enfada y grue. Y el cielo, al
fin.

(La noche entra, y la luna se inflama all en el fondo, adornada de
volubles estrellas. Silencio! Por los caminos se ha ido la vida  lo
lejos. Por el pozo se escapa el alma  lo hondo. Se ve por l como el
otro lado del crepsculo. Y parece que va  salir de su boca un gigante,
dueo de todos los secretos. Oh laberinto quieto y mgico, parque
umbro y fragante, magntico saln encantado!)

--Oye, Platero, si algn da me echo  este pozo, no ser por matarme,
crelo, sino por coger ms pronto las estrellas.

Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale, asustada, revuelta
y silenciosa, una golondrina.




XXXV

NOCTURNO


Del pueblo en fiesta, rojamente iluminado hacia el cielo, vienen agrios
valses nostlgicos en el viento suave. La torre se ve, lvida, muda y
dura, en un errante limbo violeta, azulado, pajizo... Y all, tras las
bodegas obscuras del arrabal, la luna cada, amarilla y soolienta, se
pone, sobre el ro.

El campo est solo con sus rboles y con la sombra de sus rboles. Hay
un canto roto de grillo, una conversacin sonmbula de aguas ocultas,
una blandura hmeda, como si se deshiciesen las estrellas... Platero,
desde la tibieza de su cuadra, rebuzna tristemente.

La cabra andar despierta, y su campanilla insiste agitada, dulce luego.
Al fin, se calla... A lo lejos, hacia Montemayor, rebuzna otro asno...
Otro, luego, por el Vallejuelo... Ladra un perro...

Es la noche tan clara, que las flores del jardn se ven de su color,
como en el da. Por la ltima casa de la calle de la Fuente, bajo una
roja y vacilante farola, tuerce la esquina un hombre solitario... Yo?
No, yo, en la fragante penumbra, celeste, mvil y dorada, que hacen la
luna, las lilas, la brisa y la sombra, escucho mi hondo corazn sin
par...

La esfera gira, blandamente...




XXXVI

EL NIO TONTO


Siempre que volvamos por la calle de San Jos, estaba el nio tonto 
la puerta de su casa, sentado en su sillita, mirando el pasar de los
otros. Era uno de esos pobres nios  quienes no llega nunca el don de
la palabra ni el regalo de la gracia; nio alegre l y triste de ver;
todo para su madre, nada para los dems.

Un da, cuando pas por la calle blanca aquel mal viento negro, no
estaba el nio en su puerta. Cantaba un pjaro en el solitario umbral,
y yo me acord de Curros, padre ms que poeta, que, cuando se qued sin
su nio, le pregunt por l  la mariposa gallega:

/*[4]
    Volvoreta d' alias douradas...
*/

Ahora que viene la primavera, pienso en el nio tonto, que desde la
calle de San Jos se fu al cielo. Estar sentado en su sillita, al lado
de las rosas, viendo con sus ojos, abiertos otra vez, el dorado pasar de
los gloriosos.




XXXVII

DOMINGO


La pregonera vocinglera de la esquila de vuelta, cercana ya, ya
distante, resuena en el cielo de la maana de fiesta como si todo el
azul fuera de cristal. Y el campo, un poco enfermo ya, parece que se
dora de las notas cadas del alegre revuelo florido.

Todos, hasta el guarda, se han ido al pueblo para ver la procesin. Nos
hemos quedado solos Platero y yo. Qu paz! Qu pureza! Qu bienestar!
Dejo  Platero en el prado alto, y yo me echo, bajo un pino, lleno de
pjaros que no se van,  leer. Omar Khayyam...

En el silencio que queda entre los repiques, el hervidero interno de la
maana de Septiembre cobra presencia y sonido. Las avispas orinegras
vuelan en torno de la parra cargada de sanos racimos moscateles, y las
mariposas, que andan confundidas con las flores, parece que se ren al
revolar. Es la soledad como un gran pensamiento de luz.

De vez en cuando, Platero deja de comer, y me mira--Yo, de vez en
cuando, dejo de leer, y miro  Platero...




XXXVIII

LA CARRETILLA


En el arroyo grande, que la lluvia haba dilatado hasta la via, nos
encontramos, atascada, una vieja carretilla, toda perdida bajo su carga
de hierba y de naranjas. Una nia, rota y sucia, lloraba sobre una
rueda, queriendo ayudar con el empuje de su pecho en flor al
borriquillo, ms pequeo ay! y ms flaco que Platero. Y el borriquillo
se destrozaba contra el viento, intentando, intilmente, arrancar del
fango la carreta, al grito sollozante de la chiquilla. Era vano su
esfuerzo, como el de los nios valientes, como el vuelo de esas brisas
cansadas del verano que se caen, en un desmayo, entre las flores.

Acarici  Platero y, como pude, lo enganch  la carretilla, delante
del borrico miserable. Le obligu, entonces, con un carioso imperio, y
Platero, de un tirn, sac carretilla y rucio del atolladero, y les
subi la cuesta.

Qu sonreir el de la chiquilla! Fu como si el sol de la tarde, que se
rompa, al ponerse entre las nubes de agua, en amarillos cristales, le
encendiese una aurora tras sus tiznadas lgrimas.

Con su llorosa alegra me ofreci dos escogidas naranjas. Las tom,
agradecido, y le di una al borriquillo dbil; como dulce consuelo; otra
 Platero, como premio ureo.




XXXIX

RETORNO


Venamos los dos, cargados, de los montes: Platero, de almoraduj; yo, de
lirios amarillos.

Caa la tarde de Abril. Todo lo que en el poniente haba sido cristal de
oro, era luego cristal de plata, una alegora, lisa y luminosa, de
azucenas de cristal. Despus el vasto cielo fu cual un zafiro
transparente, trocado en esmeralda. Yo volva triste.

Cerca ya, la torre del pueblo, coronada de refulgentes azulejos,
cobraba, en el levantamiento de la hora pura, un aspecto monumental.
Era, de cerca, como una Giralda vista de lejos, y mi nostalgia de
ciudades, aguda con la primavera, encontraba en ella un consuelo
melanclico.

Retorno... adonde?, de qu?, para qu?... Pero los lirios que venan
conmigo olan ms en la frescura tibia de la noche que se entraba; olan
con un olor ms penetrante y, al mismo tiempo, ms vago, que sala de la
flor sin verse la flor, que embriagaba el cuerpo y el alma desde la
sombra solitaria.

--Alma ma, lirio en la sombra!--dije. Y pens, de pronto, en Platero,
que, aunque iba debajo de m, se me haba olvidado.




XL

EL PASTOR


En la colina, que la hora morada va tornando obscura y medrosa, el
pastorcillo, negro contra el verde ocaso de cristal, silba en su pito,
bajo el temblor de Venus. Enredadas en las flores que huelen ms y ya
no se ven, cuyo aroma las exalta hasta darles forma en la sombra en que
estn perdidas; tintinean, paradas, las esquilas claras y dulces del
rebao, disperso un momento, antes de entrar al pueblo, en el paraje
conocido.

--Zeorito, zi eze burro juera mo...

El chiquillo, ms moreno y ms idlico en la hora dudosa, recogiendo en
los ojos rpidos cualquier brillantez del instante, parece uno de
aquellos rapaces que pint Bartolom Esteban Murillo.

Yo le dara el burro... Pero, qu iba yo  hacer sin ti, Platerillo?

La luna, que sube, redonda, sobre la ermita de Montemayor, se ha ido
derramando suavemente por el prado, donde an yerran vagas claridades
del da; y el suelo florido parece ahora de ensueo, no s qu encaje
primitivo y bello; y las rocas son ms grandes y ms inminentes y ms
tristes; y llora ms el agua del regato escondido...

Y el pastorcillo grita, codicioso, ya lejos:

--Je! Zi eze burro juera mo...




XLI

CONVALECENCIA


Desde la dbil iluminacin amarilla de mi cuarto de convaleciente,
blando de alfombras y tapices, oigo pasar por la calle nocturna, como en
un sueo con relente de estrellas, ligeros burros que retornan del
campo, nios que juegan y gritan.

Se adivinan cabezotas obscuras de asnos, y cabecitas finas de nios,
que, entre los rebuznos, cantan, con cristal y plata, coplas de Navidad.
El pueblo se siente envuelto en una humareda de castaas tostadas, en un
vaho de establos, en un humo de hogares en paz...

Y mi alma se derrama, purificadera, como si un raudal de aguas celestes
le surtiera de la pea en sombra del corazn. Anochecer de redenciones!
Hora ntima, fra y tibia  un tiempo, llena de claridades infinitas!

Las campanas, all arriba, all fuera, repican entre las estrellas.
Contagiado, Platero rebuzna en su cuadra, que parece que est muy
lejos... Yo lloro, dbil, conmovido y solo, igual que Fausto...




XLII

LA NIA CHICA


La nia chica era la gloria de Platero. En cuanto la vea venir hacia
l, entre las lilas, con su vestdillo blanco y su sombrero de arroz,
llamndolo, mimosa:--Platero, Platerillo!--, el asnucho quera partir la
cuerda, y saltaba, igual que un nio, y rebuznaba loco.

Ella, en una confianza ciega, pasaba una vez y otra bajo l, y le pegaba
pataditas, y le dejaba la mano, nardo cndido, en aquella bocaza rosa,
almenada de grandes dientes amarillos; , cogindole las orejas, que l
pona  su alcance, lo llamaba con todas las variaciones mimosas de su
nombre: Platero! Platern! Platerillo! Platerete!

En los largos das en que la nia naveg en su cuna alba, ro abajo,
hacia la muerte, nadie se acordaba de Platero. Ella, en su delirio, lo
llamaba, triste: Platerillo...! Desde la casa obscura y llena de
suspiros, se oa,  veces, la lejana llamada lastimera del amigo. Oh,
esto melanclico!

Qu lujo puso Dios en ti, tarde del entierro! Septiembre, rosa y oro,
declinaba. Desde el cementerio cmo resonaba la campana de vuelta en el
ocaso abierto, camino de la gloria!... Volv por las tapias, solo y
mustio, entr en la casa por la puerta del corral, y, huyendo de los
hombres, me fu  la cuadra y me sent  llorar con Platero.




XLIII

EL OTOO


Ya el sol, Platero, empieza  sentir pereza de salir de sus sbanas, y
los labradores madrugan ms que l. Es verdad que est desnudo y que
hace fresco.

Cmo sopla el Norte! Mira, por el suelo, las ramitas cadas; es el
viento tan agudo, tan derecho, que estn todas paralelas, apuntadas al
Sur.

El arado va, como una tosca arma de guerra,  la labor alegre de la paz,
Platero; y en la ancha senda hmeda, los rboles amarillos, seguros de
verdecer, alumbran,  un lado y otro, vivamente, como suaves hogueras de
oro claro, nuestro rpido caminar.




XLIV

SARITO


Para la vendimia, estando yo una tarde roja en la via del arroyo, las
mujeres me dijeron que un negrito preguntaba por m.

Iba yo hacia la era, cuando l vena ya vereda abajo:

--Sarito!

Era Sarito, el criado de Rosalina, mi novia portorriquea. Se haba
escapado de Sevilla para torear por los pueblos, y vena de Niebla,
andando, el capote, dos veces grana, al hombro, con hambre y sin dinero.

Los vendimiadores lo miraban de reojo, en un mal disimulado desprecio;
las mujeres, ms por los hombres que por ellas, lo evitaban. Antes, al
pasar por el lagar, se haba peleado ya con un muchacho que le haba
partido una oreja de un mordisco.

Yo le sonrea y le hablaba afable. Sarito, no atrevindose  acariciarme
 m mismo, acariciaba  Platero, que andaba por all comiendo uva, y me
miraba, en tanto, noblemente...




XLV

TARDE DE OCTUBRE


Han pasado las vacaciones, y, con las primeras hojas gualdas, los nios
han vuelto al colegio. Soledad. El sol de la casa parece vaco. En la
ilusin suenan gritos lejanos y remotas risas...

Sobre los rosales, an con flor, cae la tarde, lentamente. Las lumbres
del ocaso prenden las ltimas rosas, y el jardn, alzando como una llama
de fragancia hacia el incendio del Poniente, huele todo  rosas
quemadas. Silencio.

Platero, aburrido como yo, no sabe qu hacer. Poco  poco se viene  m,
duda un poco, y, al fin, confiado, se entra conmigo por la casa...




XLVI

EL LORO


Estbamos jugando con Platero y con el loro, en el huerto de mi amigo,
el mdico francs, cuando una mujer joven, desordenada y ansiosa, lleg,
cuesta abajo, hasta nosotros. Antes de llegar, avanzando el negro mirar
angustiado hasta m, me haba suplicado:

--Seorito: est ah ese mdico?

Tras ella venan ya unos chiquillos astrosos, que,  cada instante,
jadeando, miraban camino arriba; al fin, varios hombres que traan 
otro, lvido y decado. Era un cazador furtivo de esos que cazan venados
en el coto de Doana. La escopeta, una absurda escopeta vieja amarrada
con tomiza, se le haba reventado, y el cazador traa el tiro en un
brazo.

Mi amigo se lleg, carioso, al herido, le levant unos mseros trapos
que le haban puesto, le lav la sangre y le fu tocando huesos y
msculos. De vez en cuando me miraba y me deca:

--<i>Ce n'est rien</i>...

La tarde caa. Llegaba de Huelva un olor  marisma,  brea,  pescado...
Los naranjos redondeaban, sobre el poniente rosa, sus terciopelos de
esmeralda. En una lila, lila y verde, el loro, verde y rojo, iba y
vena, curiosendonos con sus ojitos redondos.

Al pobre cazador se le llenaban de sol las lgrimas saltadas;  veces,
dejaba oir un ahogado grito. Y el loro:

--<i>Ce n'est rien</i>...

Mi amigo pona al herido algodones y vendas...

El pobre hombre:

-Ay!

Y el loro, entre las lilas:

--<i>Ce n'est rien... Ce n'est rien.</i>




XLVII

ANOCHECER


En el recogimiento pacfico y rendido de los crepsculos del pueblo,
qu poesa cobra la adivinacin de lo lejano, el confuso recuerdo de lo
apenas conocido! Es un encanto contagioso que retiene todo el pueblo
como enclavado en la cruz de un triste y largo pensamiento.

Hay un olor al nutrido grano limpio que, bajo las frescas estrellas,
amontona en las eras sus vagas colinas amarillentas. Los trabajadores
canturrean por lo bajo, en un sooliento cansancio. Sentadas en los
zaguanes, las viudas piensan en los muertos, que duermen tan cerca,
detrs de los corrales. Los nios corren, de una sombra  otra, como de
un rbol  otro los pjaros...

Acaso, entre la luz umbrosa que perdura en las fachadas de cal de las
casas humildes, pasan vagas siluetas terrosas, calladas, dolientes--un
mendigo nuevo, un portugus que va hacia las rozas, un ladrn acaso--,
que contrastan, en su obscura apariencia medrosa, con la mansedumbre que
el crepsculo malva, lento y mstico, pone en las cosas conocidas... Los
nios se alejan, y en el misterio de las puertas sin luz, se hablan de
unos hombres que "sacan el unto para curar  la hija del rey, que est
htica..."




XLVIII

EL ROCO


Platero--le dije  mi burrillo--; vamos  esperar las Carretas. Traen el
rumor del lejano bosque de Doana, el misterio del pinar de las Animas,
la frescura de las Madres y de los dos Frenos, el olor de la Rocina...

Me lo llev, guapo y lujoso,  que piropeara  las muchachas, por la
calle de la Fuente, en cuyos aleros de cal se mora, en una alta cinta
rosa, el vacilante sol de la tarde. Luego nos pusimos en el vallado de
los Hornos, desde donde se ve todo el camino de los Llanos.

Venan ya, cuesta arriba, las Carretas. La suave llovizna de todos los
Rocos caa sobre las vias verdes, de una pasajera nube malva. Pero la
gente no levantaba siquiera los ojos al agua.

Pasaron, primero, en burros, muas y caballos ataviados  la moruna, las
alegres parejas de novios, ellos alegres, valientes ellas. El rico y
vivo tropel iba, volva, se alcanzaba incesantemente en una locura sin
sentido. Segua luego el carro de los borrachos, estrepitoso, agrio y
trastornado; detrs, las carretas, como lechos, colgadas de blanco, con
las muchachas, morenas y floridas, sentadas bajo el dosel, repicando
panderetas y chillando sevillanas. Ms caballos, ms burros... Y el
mayordomo--Viva la Virgen del Roco! Vivaaaaa...!--cano, seco y rojo,
con el sombrero ancho  la espalda y la vara de oro descansada en el
estribo. Al fin, mansamente tirado por dos grandes bueyes pos, que
parecan obispos con sus frontales de colorines y espejos, el Sin
Pecado, malva y de plata en su carro blanco, todo en flor, como un
cargado jardn mustio.

Se oa ya la msica, ahogada entre el campaneo, los cohetes, el duro
herir de los cascos herrados en las piedras...

Platero, entonces, dobl sus manos, y, como una mujer, se arrodill,
blando, humilde y consentido.




XLIX

LOS GORRIONES


La maana de Santiago est nublada de blanco y gris, como guardada en
algodn. Todos se han ido  misa. Nos hemos quedado en el jardn los
gorriones, Platero y yo.

Los gorriones! Bajo las redondas nubes, que,  veces, llueven unas
gotas finas, cmo entran y salen en la enredadera, cmo chillan, cmo
se cogen de los picos! Este cae sobre una rama, se va y la deja
temblando; el otro bebe en un charquito del brocal del pozo, que tiene
en s un pedazo de cielo; aqul ha saltado al tejadillo lleno de flores
casi secas, que el da pardo aviva.

Benditos pjaros, sin fiesta fija! Con la libre monotona de lo nativo,
de lo verdadero, nada,  no ser una dicha vaga, les dicen  ellos las
campanas. Contentos, sin fatales obligaciones, sin esos olimpos ni esos
avernos que extasan  que amedrentan  los pobres hombres esclavos, sin
ms moral que la suya, son mis hermanos, mis dulces hermanos.

Viajan sin dinero y sin maletas; mudan de casa cuando se les antoja;
presumen un arroyo, presienten una fronda, y slo tienen que abrir sus
alas para conseguir la felicidad; no saben de lunes ni de sbados; se
baan en todas partes,  cada momento; aman el amor sin nombre, la amada
universal.

Y cuando las gentes, las pobres gentes!, se van  misa, los domingos,
ellos, en un alegre ejemplo, se vienen de pronto, con su algaraba
fresca y jovial, al jardn de las casas cerradas, en las que algn
poeta, que ya conocen bien, y algn burrillo tierno, los contemplan
fraternales.




L

IDILIO DE NOVIEMBRE


Cuando, anochecido, vuelve Platero del campo, con su blanda carga de
ramas de pino para el horno, casi desaparece bajo la amplia verdura
rendida. Su paso es menudo, fino, juguetn... Parece que no anda. En
punta las orejas, se dira un caracol debajo de su casa.

Las ramas verdes, ramas que, erguidas, tuvieron en ellas el sol, los
chamarices, el viento, la luna, los cuervos--qu horror! ah han
estado, Platero!--, se caen, pobres, hasta el polvo blanco de las sendas
secas del crepsculo.

Una fra dulzura malva lo nimba todo. Y en el campo, que va ya 
Diciembre, la tierna humildad del burro, cargado empieza  parecer
divina...




LI

EL CANARIO SE MUERE


Mira, Platero; el canario de los nios ha amanecido hoy muerto en su
jaula de plata. Es verdad que el pobre estaba ya muy viejo... El
invierno, t te acuerdas bien, lo pas silencioso, con la cabeza,
escondida en el plumn. Y al entrar esta primavera, cuando el sol haca
jardn la estancia abierta y abran las mejores rosas del patio, l
quiso tambin engalanar la vida nueva, y cant; pero su voz era
quebradiza y asmtica, como la voz de una flauta cascada.

El mayor de los nios, que lo cuidaba, vindolo yerto en el fondo de la
jaula, se ha apresurado, lloroso,  decir:

--Pues no le ha faltado nada; ni comida, ni agua!

No. No le ha faltado nada, Platero. Se ha muerto porque s--dira
Campoamor, otro canario viejo...

Platero, habr un paraso de los pjaros? Habr un vergel verde sobre
el cielo azul, todo en flor de rosales ureos, con almas de pjaros
blancos, rosas, celestes, amarillos?

Oye;  la noche, los nios, t y yo bajaremos el pjaro muerto al
jardn. La luna est ahora llena, y  su plida plata, el pobre cantor,
en la mano cndida de Blanca, parecer el ptalo mustio de un lirio
amarillento. Y lo enterraremos debajo del rosal grande.

Esta misma primavera, Platero, hemos de ver al pjaro salir del corazn
de una rosa blanca. El aire fragante se pondr canoro, y habr por el
sol de Abril un errar encantado de alas invisibles y un reguero secreto
de trinos claros de oro puro.




LII

LOS FUEGOS


Para Septiembre, en las noches de velada, nos ponamos en el cabezo que
hay detrs de la casa del huerto,  sentir el pueblo en fiesta desde
aquella paz fragante que emanaban los nardos de la alberca.

Ya tarde, ardan los fuegos. Primero eran sordos estampidos enanos;
luego, cohetes sin cola, que se abran arriba, en un suspiro, cual un
ojo estrellado que viese, un instante, rojo, morado, azul, el campo; y
otros cuyo esplendor caa como una doncellez desnuda que se doblara de
espaldas, como un sauce de sangre que gotease flores de luz. Oh, qu
pavos reales encendidos, qu macizos areos de claras rosas, qu
faisanes de fuego por jardines de estrellas!

Platero, cada vez que sonaba un estampido, se estremeca, azul, morado,
rojo, en el sbito iluminarse del espacio, y en la claridad vacilante yo
vea sus grandes ojos negros que me miraban asustados.

Cuando, como remate, entre el lejano vocero del pueblo, suba al cielo
la urea corona giradora del castillo, Platero hua entre las cepas,
como alma que lleva el diablo, rebuznando enloquecido, hacia los
tranquilos pinos en sombra.




LIII

EL RACIMO OLVIDADO


Despus de las largas lluvias de Octubre, en el oro celeste del da
abierto, nos fuimos todos  las vias. Platero llevaba la merienda y los
sombreros de los nios en un cobujn del seroncillo, y en el otro, de
contrapeso, tierna, blanca y rosa, como una flor de albrchigo, 
Blanca..

Qu encanto el del campo renovado! Iban los arroyos rebosantes, estaban
blandamente aradas las tierras, y en los chopos marginales, festoneados
todava de amarillo, se vean ya los pjaros, negros.

De pronto, los nios, uno tras otro, corrieron, gritando:

--Un racimo! Un racimo!

En una cepa vieja, cuyos largos sarmientos enredados mostraban an
algunas renegridas y rojizas hojas secas, encenda el picante sol un
claro y sano racimo de mbar. Todos lo queran! Victoria, que lo cogi,
lo defenda  su espalda. Entonces yo se lo ped, y ella, con esa dulce
obediencia voluntaria que presta al hombre la nia que va para mujer, me
lo cedi de buen grado.

Tena el racimo cinco grandes uvas. Le di una  Victoria, una  Blanca,
una  Lola, una  Pepe, y la ltima, entre las risas y las palmas de
todos,  Platero, que la cogi, brusco, con sus dientes enormes.




LIV

NOCHE PURA


Las almenadas azoteas blancas se cortan secamente sobre el alegre cielo
azul, glido y estrellado. El Norte silencioso acaricia, vivo, con su
pura agudeza.

Todos creen que tienen fro y se esconden en las casas, y las cierran.
Nosotros, Platero, vamos  ir despacio, t con tu lana y con mi manta,
yo con mi alma, por el limpio pueblo solitario.

Qu fuerza de adentro me eleva, cual si fuese yo una torre de piedra
tosca con remate de plata! Mira cunta estrella! De tantas como son,
marean. Se dira que el cielo le est rezando  la tierra un encendido
rosario de amor ideal.

Platero, Platero! Diera yo toda mi vida y anhelara que t quisieras dar
la tuya, por la pureza de esta alta noche de Enero, sola, clara y dura!




LV

EL ALBA


En las lentas madrugadas de invierno, cuando los gallos alertas ven las
primeras rosas del alba y las saludan, galantes, Platero, harto de
dormir, rebuzna largamente. Cuan dulce su lejano despertar, en la luz
celeste que entra por las rendijas de la alcoba! Yo, deseoso tambin del
da, pienso en el sol desde mi lecho mullido.

Y pienso en lo que habra sido del pobre Platero si en vez de caer en
mis manos de poeta hubiese cado en las de uno de esos carboneros que
van, todava de noche, por la dura escarcha de los caminos solitarios, 
robar los pinos de los montes,  en las de uno de esos gitanos astrosos
que pintan los burros y les dan arsnico y les ponen alfileres en las
orejas para qu no se les caigan.

Platero rebuzna de nuevo. Sabr que pienso en l? Qu me importa? En
la ternura del amanecer, su recuerdo me es grato como el alba. Y,
gracias  Dios, l tiene una cuadra tibia y blanda como una cuna, amable
como mi pensamiento.




LVI

NAVIDAD


La candela en el campo!... Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y
dbil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de
todo azul. De pronto, es un estridente crujido de ramas verdes que
empiezan  arder; luego, el humo apretado, blanco como armio, y la
llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de lenguas
momentneas.

Oh, la llama en el viento! Espritus rosados, amarillos, malvas,
azules, se pierden no s donde, subiendo  un secreto cielo bajo; y
dejan un olor de ascua en el fri! Campo, tibio ahora, de Diciembre!
Invierno con cario! Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje,  travs del aire caliente,
tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los nios del
casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela,
pobres y tristes,  calentarse las manos arrecidas, y echan en las
brasas bellotas y castaas, que saltan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego, que ya la noche va
enrojeciendo, y cantan:

/*[4]
    ...Camina,: Mara,
    camina, Jos...
*/

Yo les traigo  Platero, para que juegue con ellos.




LVII

EL INVIERNO


Dios est en su palacio de cristal. Quiero decir que llueve, Platero.
Llueve. Y las ltimas flores que el otoo dej obstinadamente prendidas
 sus ramas exanges, se cargan de diamantes. En cada diamante, un
cielo, un palacio de cristal, un Dios. Mira, esta rosa; tiene dentro
otra rosa de agua; y al sacudirla, ves?, se le cae la nueva flor
brillante, como su alma, y se queda mustia y triste, igual que la ma.

El agua debe ser tan alegre como el sol. Mira, si no, cul corren
felices, los nios, bajo ella, recios y colorados, con las piernas al
aire. Ve cmo los gorriones se entran todos, en bullanguero bando
sbito, en la hiedra, en la escuela, Platero, como dice Darbn, tu
mdico.

Llueve. Hoy no vamos al campo. Es da de contemplaciones. Mira cmo
corren las canales del tejado. Mira cmo se limpian las hojas verdes,
cmo torna  navegar por la cuneta el barquillo de los nios, parado
ayer entre la hierba. Mira ahora, en este sol instantneo y dbil, cuan
bello el arco iris que sale de la iglesia y muere, en una vaga
irisacin,  nuestro lado.




LVIII

IDILIO DE ABRIL


Los nios han ido con Platero al arroyo de los chopos, y ahora lo traen
trotando, entre juegos y risas, todo cargado de flores amarillas. All
abajo les ha llovido--aquella nube fugaz que vel el campo verde con sus
hilos de oro y plata--. Y sobre la empapada lana del asnucho las mojadas
campanillas gotean todava.

Idilio fresco, alegre, sentimental! Hasta el rebuzno de Platero se
hace tierno bajo la dulce carga llovida! De cuando en cuando, vuelve la
cabeza y arranca las flores  que su boca alcanza. Las campanillas,
nveas y gualdas, le cuelgan, un momento, entre el blanco babear verdoso
y luego se le van  la barrigota cinchada. Quin, como t, Platero,
pudiera comer flores,... y que no le hicieran dao!

Tarde equvoca de Abril!... Los ojos brillantes y vivos de Platero
copian todo el paisaje de sol y de lluvia. En ocaso, sobre el campo de
San Juan, se ve llover, deshilachada, otra nube rosa...




LIX

LIBERTAD


Llam mi atencin, perdida por las flores de la vereda, un encendido
pajarillo que, sobre el hmedo prado verde, abra sin cesar su preso
vuelo policromo. Nos acercamos despacio, yo delante, Platero detrs.
Haba por all un bebedero sombro, y unos muchachos traidores le tenan
puesta una red  los pjaros. El triste reclamillo se levantaba hasta su
pena, llamando, sin querer, a sus hermanos del cielo.

La maana era clara, pura, traspasada de azul. Caa del pinar vecino un
leve concierto de trinos exaltados, que vena y se alejaba, sin irse,
en el manso y ureo viento playero que ondulaba las copas. Pobre
concierto inocente, tan cerca del mal corazn!

Mont en Platero, y, obligndolo con las piernas, subimos, en un agudo
trote, al pinar. En llegando bajo la umbra cpula frondosa, bat
palmas, cant, grit. Platero, contagiado, rebuznaba una vez y otra,
rudamente. Y los ecos respondan, secos y sonoros, como en el fondo de
un gran pozo. Los pjaros se fueron  otro pinar, cantando.

Platero, entre las lejanas maldiciones de los chiquillos violentos,
rozaba su cabezota peluda, contra mi corazn, dndome las gracias hasta
lastimarme el pecho.




LX

LA MUERTE


Encontr  Platero echado en su cama de paja, blandos los ojos y
tristes. Fu  l, lo acarici, hablndole, y quise que se levantara...

El pobre se removi todo bruscamente, y dej una mano arrodillada... No
poda... Entonces le tend su mano en el suelo, lo acarici de nuevo con
ternura, y mand venir  su mdico. El viejo Barbn, as que lo hubo
visto, sumi la enorme boca desdentada hasta la nuca y meci sobre el
pecho la cabeza congestionada, igual que un pndulo.

--Nada bueno, eh?

No s qu contest.-. Que el infeliz seiba... Nada... Que un dolor...
Que no s qu raz mala... La tierra, entre la hierba...

A medioda, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodn se le haba
hinchado como el mundo, y sus patas, rgidas y descoloridas, se elevaban
al cielo. Pareca su pelo rizoso ese pelo de estopa apelillada de las
muecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta
tristeza...

Por la cuadra en silencio, encendindose cada vez que pasaba por el rayo
de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores...




LXI

NOSTALGIA


Platero, t nos ves, verdad?

Verdad que ves cmo se re en paz, clara y fra, el agua de la noria el
huerto; cul vuelan, en la luz ltima, las afanosas abejas, en torno del
romero verde y malva, rosa y oro por el sol que an enciende la colina?

Platero, t nos ves, verdad?

Verdad que ves pasar por la cuesta roja de la Fuente Vieja los
borriquillos de las lavanderas, cansados, cojos, tristes en la inmensa
pureza que une tierra y cielo en un solo cristal de esplendor?

Platero, t nos ves, verdad?

Verdad que ves  los nios corriendo, arrebatados, entre las jaras, que
tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de
vagas mariposas blancas, goteadas de carmn?

Platero, t nos ves, verdad?

Platero, verdad que t nos ves? S, t me ves. Y yo oigo en el poniente
despejado, endulzando todo el valle de las vias, tu tierno rebuzno
lastimero...




LXII

EL BORRIQUETE


Puse en el borriquete de madera la silla, el bocado y el ronzal del
pobre Platero, y lo llev todo al granero grande, al rincn en donde
estn las cunas olvidadas de los nios. El granero es ancho, silencioso,
soleado. Desde l se ve todo el campo moguereo: el Molino de viento,
rojo,  la izquierda; enfrente, embozado en pinos, Montemayor, con su
ermita blanca; tras de la iglesia, el recndito huerto de la Pina; en el
Poniente, el mar, alto y brillante en las mareas del esto.

Por las vacaciones, los nios se van  jugar al granero. Hacen coches,
con interminables tiros de sillas cadas; hacen teatros, con peridicos
pintados de almagra, iglesias, colegios...

A veces, se suben en el borriquete sin alma, y con un jaleo inquieto y
raudo de pies y manos, trotan por el prado de sus sueos:

--Arre, Platero! Arre, Platero!




LXIII

MELANCOLA


Esta tarde he ido con los nios  visitar la sepultura de Platero, que
est en el huerto de la Pina, al pie del pino paternal. En torno, Abril
haba adornado la tierra hmeda de grandes lirios amarillos.

Cantaban los chamarices all arriba, en la cpula verde, toda pintada de
cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de
oro de la tarde tibia, como un claro sueo de amor nuevo.

Los nios, as que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios,
sus ojos brillantes en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas.

--Platero amigo!--le dije yo  la tierra--; si, como pienso, ests
ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo  los ngeles
adolescentes, me habrs, quiz, olvidado? Platero, dime: te acuerdas
an de mi?

Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no
haba visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio 
lirio...

MOGUER, 1907.




A

PLATERO

EN EL CIELO DE MOGUER.


<i>Dulce Platero trotn, burrillo mo, que llevaste mi alma tantas
veces--slo mi alma!--por aquellos hondos caminos de nopales, de malvas
y de madreselvas;  ti este libro que habla de ti, ahora que puedes
entenderlo.</i>

<i>Va  tu alma, que ya pace en el Paraso, por el alma de aquellos
paisajes moguereos, qu tambin habr subido al cielo con la tuya;
lleva montada en su lomo de papel  la ma, que, caminando entre zarzas
en flor  su ascensin, se hace ms buena, ms pacfica, ms pura cada
da.</i>

<i>S. Yo s que,  la cada de la tarde, cuando, entre las oropndolas y
los azahares, llego, lento y pensativo, por el naranjal solitario, al
pino que arrulla tu muerte, t, Platero, feliz en tu prado de rosas
eternas, me vers detenerme ante los lirios amarillos que ha brotado tu
descompuesto corazn.</i>

FIN




NDICE


Advertencia a los hombres que lean este libro para nios

Dedicatoria


LA ELEGA

I.--Platero

II.--Paisaje grana

III.--Alegra

IV.--Mariposas blancas

V.--La Primavera

VI.--<i>Angelus!</i>

VII.--El loco

VIII.--La flor del camino

IX.--Ronsard

X.--La luna

XI.--El canario vuela

XII.--Susto

XIII.--La pa

XIV.--Juegos del anochecer

XV.--Amistad

XVI.--La novia

XVII.--Escalofro

XVIII.--Ella y nosotros

XIX.--La coz

XX.--Asnografa

XXI.--El Verano

XXII.--Darbn

XXIII.--La arrulladora

XXIV.--El <i>canto</i> del grillo

XXV.--Corpus

XXVI.--La cuadra

XXVII.--El perro sarnoso

XXVIII.--Tormenta

XXIX.--Pasan los patos

XXX.--Ultima siesta

XXXI.--La tsica

XXXII.--Paseo

XXXIII.--Carnaval

XXXIV.--El pozo

XXXV.--Nocturno

XXXVI.--El nio tonto

XXXVII.--Domingo

XXXVIII.--La carretilla

XXXIX.--Retorno

XL.--El pastor

XLI.--Convalecencia

XLII.--La nia chica

XLIII.--El Otoo

XLIV.--Sarito

XLV.--Tarde de octubre

XLVI.--El loro

XLVII.--Anochecer

XLVIII.--El Roco

XLIX.--Gorriones

L.--Idilio de noviembre

LI.--El canario se muere

LII.--Los fuegos

LIII.--El racimo olvidado

LIV.--Noche pura

LV.--El alba

LVI.--Navidad

LVII.--El Invierno

LVIII.--Idilio de abril

LIX.--Libertad

LX.--La muerte

LXI.--Nostalgia

LXII.--El borriquete

LXIII.--Melancola

<i>A Platero, en el cielo de Moguer</i>

<i>ndice</i>






End of the Project Gutenberg EBook of Platero y yo, by Juan Ramn Jimnez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PLATERO Y YO ***

***** This file should be named 39209-8.txt or 39209-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/3/9/2/0/39209/

Produced by Chuck Greif & Vctor Mon

Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
