The Project Gutenberg EBook of Maximina, by Armando Palacio Valds

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license


Title: Maximina

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: September 20, 2012 [EBook #40810]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MAXIMINA ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)







En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en el
texto. (nota del transcriptor)




MAXIMINA

NOVELAS DEL MISMO AUTOR

                                                           Pesetas.

=El Seorito Octavio= (nueva edicin), un tomo                    4

=Marta y Mara= (nueva edicin), un tomo                          4

Traducida al ingls por Mr. Nathan Haskell Dale.--Un tomo.--New-York.

Traducida al ruso por Mr. Pawlosky: publicada en el _Diario de San
Petersburgo_.

Traducida  la lengua bohemia por O. S. Vetti.--Un tomo.--Praga.

Traducida al sueco por A. Hulman.--Un tomo.--Stockolmo.

=El Idilio de un enfermo= (nueva edicin), un tomo                4

Traducida al francs por Mr. Albert Savine: publicada en _Les Heures
du Salon et de l'Atelier_.

Traducida  la lengua bohemia por Mr. A. Pikhart.--Un tomo.--Praga.

=Aguas fuertes=, un tomo                                          3

Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por
_La Independencia Belga_, _El Diario de Ginebra_, _El Correo de
Hannover_, _Hlas Nroda Lumir_ y otros periodicos y revistas.

=Jos=, un tomo                                                   3,50

Edicin espaola con prefacio y notas en ingls para el estudio del
castellano en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor Mr.
Davidson.--Un tomo.--New-York.--London.

Traducida al francs por Mlle. Sara Oquendo y publicada en la _Revue
de la Mode_.--Pars.

Traducida al alemn y publicada en _Interhaltungs-Beilage_.

Traducida al holands por Mr. Hora Adema y publicada en _Het
Nienws van den Dag_.--Amsterdam.

Traducida al sueco por A. Hillman.--Un tomo.--Stockolmo.

=Riverita=, dos tomos                                             6

Traducida al francs por Mr. Julien Lugol y publicada en
la _Revue Internationale_.

=Maximina= (nueva edicin), un tomo                               4

Traducida al ingls por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

=El Cuarto Poder=, dos tomos                                      6

Traducida al holands por Mr. Hora Adema.--Un tomo.--Amsterdam.

Traducida al ingls por Miss Rachel Challice.--Un tomo.--New-York.

=La Hermana San Sulpicio= (nueva edicin), un tomo                4

Traducida al ingls por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

Traducida al holands y publicada en _El Correo de Rotterdam_.

Traducida al sueco por Mr. A. Hulman.--Un tomo.--Stockolmo.

=La Espuma= (ilustrada por Alczar y Cuchy), dos tomos            8

Traducida al ingls por Clara Bell.--Un tomo.--London.

=La Fe=, un tomo                                                  4

Traducida al ingls por Miss I. Hapgood.--Un tomo.--New-York.

=El Maestrante=, un tomo                                          4

Traducida al francs por Mr. J. Gaure, con un estudio preliminar de
Mr. Bordes.--Un tomo.--Pars.

Traducida al ingls por Miss Challice.--Un tomo.--London.

=El Origen del Pensamiento=, un tomo                              4

Traducida al ingls por I. Hapgood: publicada en _The Cosmopolitan_,
con ilustraciones de Cabrinety.

Traducida al francs por Mr. Max Delime: publicada en la _Revue
Britannique_.

=Los Majos de Cdiz=, un tomo                                     4

=La Alegra del Capitn Ribot=, un tomo                           4

Traducida al ingls por Miss Minna C. Smith.--Un tomo.--New-York.

Traducida al holands por el Dr. A Fokker.--Un tomo.--Amsterdam.

LOS PEDIDOS  D. VICTORIANO SUREZ, PRECIADOS, 48, MADRID

       *       *       *       *       *




OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS

TOMO VI

MAXIMINA

MADRID

Librera de Victoriano Surez,

PRECIADOS, NMERO 48

1901

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

MADRID.--Hijos de M. G. Hernndez, Libertad, 16 dup.

[imagen decorativa]




I


LLEG  Pasajes Miguel, un viernes por la tarde. Al
apearse del tren hall el esquife de rsula amarrado  la orilla.

--Felices tardes, D. Miguel--le dijo la batelera, expresando en su
rostro, cada vez ms encendido por el alcohol, una alegra sincera.--Ya
me pensaba que no le vera ms...

--Pues?

--Qu s yo!... eso de casarse lo entienden tan mal los hombres... Pues
mire usted, seorito, aqu en el pueblo todos se han alegrado mucho al
saber la noticia... Slo algunas envidiosas no queran creerlo...
Jesucristo lo que voy  hacerlas rabiar esta noche! Voy  recorrer el
pueblo diciendo que yo misma le he llevado  casa de D. Valentn.

--Djate de hacer rabiar  nadie--repuso el joven riendo--y aprieta un
poco ms  los remos.

--Tiene gana de ver  Maximina?

--Vaya!

Era la hora del oscurecer. Las sombras amontonadas en el fondo de la
baha suban ya  lo alto de las montaas. En los pocos buques anclados
la tripulacin se ocupaba en la carga y descarga, y sus gritos y el
chirrido de las maquinillas era lo nico que turbaba la paz de aquel
recinto. All enfrente comenzaban  verse algunas luces dentro de las
casas. Miguel no apartaba los ojos de una que fulguraba dbilmente en la
morada del ex capitn del _Rpido_. Senta un anhelo grato y deleitable
que estremeca de vez en cuando sus labios y haca perder el comps  su
corazn. Pero en el balcn de madera, donde tantas veces se haba
reclinado para contemplar la salida y entrada de los buques, nadie
pareca ahora. Su rostro contrado denunciaba el afn que le embargaba.
rsula sonrea mirndole fijamente sin que l lo advirtiese.

Salt en tierra, despidise de aquella, subi la desigual escalera de
piedra y se intern por la nica y tortuosa calle del pueblo. Al llegar
 la plazoleta de marras percibi en el balcn de la casa de su novia
una figura que desapareci rpidamente. El joven sonri de placer y 
paso rpido se introdujo en el portal. Sin mirar siquiera al
estanquillo, llam  la puerta con los nudillos.

--Quin?--dijo de adentro en seguida una voz dulce y pastosa que son
en su corazn como msica celeste.

--Servidor.

Tiraron del cordel, empuj la puerta y vi en el primer descanso de la
escalera  la misma Maximina con una buja en la mano. Vesta un traje
de cuadros blancos y negros y llevaba el peinado en trenza como siempre.
Estaba un poco ms plida, y como testimonio de sus recientes
inquietudes dibujbanse en torno de sus ojos garzos dos crculos
levemente azulados. Presentse sonriente y ruborizada  la vista de
Miguel, quien de dos brincos salv la distancia que le separaba de ella,
y cogindole la cara le aplic una razonable cantidad de besos, no sin
que la nia protestase haciendo esfuerzos por separarse.

--Eso lo veo yo!--dijo una voz desde arriba. Era la de D. Rosala.

 pesar del tono jocoso que haba usado, Maximina se asust tanto que
dej caer la buja y quedaron enteramente  oscuras. D. Rosala,
sofocada de risa, vino con una lmpara; pero ya su sobrina haba
desaparecido.

--Ha visto usted qu criatura?... Se va  casar maana, y se espanta lo
mismo que si le conociese de ayer... De seguro que ya est cerrada en su
cuarto... Le va  costar  usted trabajo hacerla salir.

Miguel subi en efecto  la habitacin de su novia y llam  la puerta
suavemente. No contestaron.

--Maximina--dijo conteniendo  duras penas la risa.

--No quiero! no quiero!--respondi la nia con cierta precipitacin
cmica.

--Pero qu es lo que no quieres?

--No quiero salir.

--Ah! no quieres salir... Pues mira, el cura no va  casarnos con tanta
madera por el medio...

Hubo unos momentos de silencio. El hijo del brigadier arrim la boca 
la cerradura y dijo suavizando la voz:

--Por qu no quieres abrir, tonta?... Te da vergenza?

--S--articul desde dentro la nia.

--No tengas cuidado; tu ta no est aqu.

Al cabo de un rato y despus de bastantes ruegos, se decidi  abrir.
An estaba ruborizada hasta las orejas. Miguel se apoder de sus manos,
y le dijo reprendindola con mimo:

--Anda, pcara, que no me has esperado al balcn... Yo, mira que te mira
hasta sacarme los ojos; pero de Maximina ni rastro!

La chica baj los ojos diciendo:

--S, s.

--Qu quiere decir s, s? Me has esperado?

--Desde que comimos no me he separado del balcn. Le he visto entrar en
el bote; le he visto hablar con rsula y reirse, despus saltar en
tierra, y por fin le vi desde el otro balcn llegar  la plazuela...

--Eso ltimo ya lo s... Pero vamos  ver, cundo piensas apearme el
tratamiento? Vas  tratarme de usted despus de casados?

--Oh, no!

Bajaron  la sala. Estaban en ella D. Valentn, Adolfo y las nias, que
saludaron al viajero con efusin. La efusin del ex capitn era, por
supuesto, la que corresponda  un cetceo no muy comunicativo; pero se
trasluca bien que estaba satisfecho. Al instante lleg D. Rosala,
quien al ver  Maximina no pudo reprimir la risa, con lo cual, tanto se
corri la nia, que sali como un huracn por la puerta y subi 
brincos otra vez la escalera. Miguel logr alcanzarla antes de llegar 
su cuarto. Mientras procuraba hacerle volver  la sala por medio de
splicas, D. Rosala, irritada por aquella huda, gritaba desde abajo:

--Djela usted, D. Miguel; deje usted  esa tontuela mimosa... No s
cmo hay quien la quiera! Uf, qu mentecata!

Es intil decir que con estos insultos Maximina se ech  llorar; pero
estaba all Miguel para consolarla, y nadie en el mundo lo podra hacer
con tan buen xito. Al poco rato bajaron los prometidos y se form en la
sala una tertulia con los vecinos que fueron llegando  felicitarles.
D. Rosala no pareci en mucho rato desabrida sin duda con su sobrina
por el grave delito de tener pudor.

Lo que formaba el ncleo de la tertulia era una docena de jvenes
anhelantes por ver los regalos del novio; el cual, sin fijarse en este
deseo que apenas comprenda, las hizo pasar una hora lo menos de
tortura; hasta que la misma D. Rosala le llam aparte y le expres la
conveniencia de exhibirlos. Hzolo as nuestro joven arrastrando el bal
y una maletita de mano, donde traa algunas joyas, hasta el medio de la
sala. Sac los dos nicos vestidos que traa para su novia; uno, el que
deba vestir en el acto de la ceremonia nupcial; otro, el que deba
llevar en el viaje. Ambos fueron muy celebrados por lindos y elegantes.
Lo mismo el rico aderezo de brillantes y perlas. No se hartaban las
lugareas de manosear aquellos objetos y loarlos, mostrando con sus
hiperblicas exclamaciones que estimaban como suprema felicidad en este
mundo el poseer cosas parecidas. Maximina, detrs de todos, miraba con
ms estupor que curiosidad, abriendo mucho los ojos. Sus amigas le
dirigan de vez en cuando miradas tan vivas como equvocas,  las cuales
contestaba con una leve y forzada sonrisa, sin perder la expresin de
susto que se pintaba en su rostro. Creci este susto cuando vi sacar
del bal el traje de boda, que era blanco y de seda y adornado con
azahar. Se puso fuertemente colorada, y desde entonces no le abandon el
rubor y la inquietud en toda la noche.

Pasronla alegremente cantando y bailando al son de la guitarra. D.
Valentn oh caso portentoso! bail con una buena moza que,  fuerza de
instancias, le lleg  calentar los cascos; mas hubo de retirarse al
instante desesperado porque un vivo dolor reumtico le paraliz la
pierna derecha. Su dulce esposa le consol diciendo:

--Bien empleado te est!... Por fachenda!

Miguel tambin bail, eligiendo con mucha frecuencia  Maximina por
pareja. En los momentos de descanso se sentaban juntos all por algn
rincn de la sala y cambiaban pocas palabras, pero infinitas miradas. El
hijo del brigadier, viendo sofocada  su novia, tom un abanico y se
puso  darla aire. Maximina, observando que los miraban y alguien
sonrea, le detuvo suavemente diciendo:

--No necesito aire, muchas gracias. Usted est ms acalorado que yo...

--Cmo _usted_? Estamos en esas?

--Bien, pues... ests ms acalorado que yo... Abancate.

 las diez se retiraron todos, despidindose de los novios con
sonrisillas ms  menos maliciosas.

--Hasta maana, Maximina... Que duermas bien.

--La ltima noche de soltera, querida. Hazte cargo bien de ello, la
ltima noche!--dijo una anciana matrona que haba tenido once hijos y
seis malos partos.

Maximina sonri, acortada.

--Adis, adis... Qu pena nos va  dar cuando te marches!

Y algunas jvenes la besaron repetidas veces con grandes extremos de
cario.

--Nia, no olvides que es la ltima noche de soltera. Pinsalo bien, que
el asunto es grave--dijo otra vez la matrona.

Maximina volvi  sonreir.

Entonces la vieja frunci la frente y dijo por lo bajo  la que estaba 
su lado:

--Esta chica se figura que va  una romera! Ay, Dios! Se necesita no
tener pizca de sentido. El matrimonio es cosa muy seria... muy seria.

Y acerca de la seriedad de este vnculo fu disertando larga y
eruditamente hasta su casa.

Nuestros novios se quedaron con D. Rosala y don Valentn. Los nios ya
se haban ido  acostar; el ltimo, Adolfo,  quien su madre haba
tenido que llevar medio  rastras  la cama y con promesa de despertarle
al da siguiente para asistir  la ceremonia. D. Valentn tambin les
di las buenas noches en seguida. Miguel y Maximina se sentaron en dos
sillas bajas y se pusieron  cuchichear, mientras D. Rosala,
malhumorada an, se decidi  coger la calceta reservndose el derecho
de levantar la sesin antes de pocos minutos.

Miguel observ que su novia estaba distrada y algo inquieta.

--Qu tienes?... Te encuentro un nosequ en el semblante... No ests
contenta de ser mi mujer?

--Oh, s! No tengo nada.

--Entonces, por qu esa distraccin?

Baj la cabeza sin contestar. Miguel insisti.

--Vamos, dme, qu te pasa?

--Tengo que pedirle un favor...--apunt tmidamente.

--Nada ms que uno? Quisiera que me pidieras cincuenta y que yo pudiese
concedrtelos.

--Este s puede... Que me deje casarme con un vestido mo...

El joven qued un instante suspenso. Despus pregunt con tristeza:

--No quieres casarte con el que yo te he trado?

--Me da mucha vergenza!

--Pues es costumbre casarse con traje blanco; sobre todo, las nias como
t.

--Aqu no es costumbre... Me morira de vergenza.

Miguel trat suavemente de persuadirla, pero en vano. Agotadas sus
razones, que no eran muchas, no tuvo inconveniente en transigir. Mas D.
Rosala haba percibido algo y, levantando la cabeza, pregunt:

--Qu es eso? Disputaban ustedes?

--Nada, D. Rosala. Maximina no quiere casarse con el vestido blanco,
porque le da vergenza.

Oir esto y ponerse furiosa la estanquera, fu todo uno.

--Y usted hace caso de esa bobalicona? Qu sabe ella lo que quiere y
lo que no quiere?... Se habr visto!... Un traje tan rico como usted
ha trado, que habr costado un dineral!... Pues estamos frescos!... Y
qu quiere que se haga con ese vestido?...

El hijo del brigadier, comprendiendo lo que pasara por el interior de
su amada, le tom disimuladamente la mano y se la apret fuertemente.
Maximina, que estaba confusa y angustiada, cobr valor.

--No hay por qu alterarse, D. Rosala, pues la cosa no lo merece. Si
Maximina no quiere casarse de blanco, es porque aqu no hay costumbre.
La culpa ha sido ma por haberle trado el vestido sin consultarla. En
cuanto  lo que se ha de hacer con l, ya Maximina me lo ha dicho:
quiere que se regale  la Inmaculada de la iglesia de San Pedro.

La chica, que no haba dicho nada, le oprimi la mano dndole las
gracias. D. Rosala aspiraba  dar golpe en el pueblo con el traje de
su sobrina. As que an insisti con vehemencia por que no se la hiciese
caso; pero Miguel se mantuvo firme dando la razn  su novia y
defendiendo su derecho. Al fin D. Rosala, sin poder disimular su
despecho, se sali de la habitacin dejndolos solos.

Miguel se encogi de hombros, y dijo  la nia, que estaba muy alterada:

--No te apures, querida. T puedes considerarte mi esposa, y  nadie
tienes obligacin de obedecer ms que  m.

Maximina le dirigi una tierna mirada de agradecimiento. Y comprendiendo
que no estaban bien sin compaa, se levant manifestando deseos de ir 
acostarse. Era preciso despertarse muy temprano. La ceremonia estaba
sealada para las cinco y media de la maana. Miguel se levant tambin,
aunque de mala gana, y su novia fu  buscarle una buja  la cocina. Al
tiempo de entregrsela, le dijo aqul en son de broma:

--Ests bien segura de que nos casamos maana?

Maximina le mir con los ojos muy abiertos.

--Pues cuidado, porque an tengo tiempo  arrepentirme. Quin sabe si
me escapar esta noche, y maana faltar para la boda la mitad de la
gente!

Maximina sonri forzadamente. Miguel, que adivin su inquietud, le tom
la barba con los dedos, exclamando:

--Cmo eres tan inocente, criatura? Sera posible que yo tirase mi
felicidad por la ventana? Cuando por casualidad se encuentra en el
mundo, es menester agarrarse bien  ella. Dentro de algunas horas no
podr separarnos nadie. Adis... _esposa ma_.

El joven recalc estas palabras alejndose. Desde lo alto de la escalera
envi una sonrisa  la nia, que se haba quedado inmvil  la puerta de
la sala, mostrando seales de hallarse todava un poco turbada por la
broma.

--Hasta maana, eh?

Maximina hizo un signo afirmativo con la cabeza.

No fu aquella noche de insomnio para Miguel, como dicen que acontece en
vsperas de boda. Ni un solo presentimiento triste cruz por su mente;
ningn temor, ningn anhelo fogoso. Su determinacin era tan firme y
razonable, el entendimiento y el corazn le apoyaban tan vivamente, que
no daba lugar  esa agitacin malsana,  ese recelo que nos embarga en
el momento de adoptar cualquier grave resolucin. Por lo que se refera
 Maximina, estaba seguro de ser feliz. Por lo que  l tocaba, cuidara
de serlo. Una vez despojado del deseo vanidoso de hacer una boda
brillante, estaba convencido de que ninguna mujer le convena como
aqulla. Ni siquiera la fiebre de una pasin ardorosa y violenta le
causaba desasosiego. Senta un amor intenso, pero tranquilo; ni
espiritual ni sensual, sino tocado de ambas cosas  la vez. Se meti en
la cama, estuvo algunos minutos pensando en su novia, y advirtiendo que
el sueo vena  recogerle, apag la luz y se durmi profundamente.

Antes de las cinco le despert la voz de la criada. Era noche cerrada, y
para serlo un rato todava. Encendi de nuevo la buja y se visti y
aderez en algunos minutos con mano un poco trmula. Al acercarse el
momento solemne, no pudo negar su naturaleza nerviosa  impresionable.

Cuando baj  la sala, se encontr ya en ella bastante gente; la misma
que haba estado por la noche y alguna ms; todos vestidos con los
trapos ms lucidos. D. Rosala, que iba  ser la madrina, vesta un
traje de merino negro y ostentaba algunas joyas de escaso valor. D.
Valentn (el padrino) haba sacado del fondo del bal el frac con que se
haba retratado al hacerse piloto. Era un frac largo de talle, ancho de
cuello y estrechsimo de manga. El ex capitn del _Rpido_ lo llevaba
con la misma gracia y soltura que una camisa de fuerza. En la planchada
y rizada camisola brillaban dos gordas amatistas que le haban regalado
el ao cuarenta y dos en Manila. Por encima del chaleco, dando vuelta al
cuello, penda la cadena del reloj, que era de oro y con pasador
guarnecido de palos. Pero donde D. Valentn haba puesto los cinco
sentidos era en los pies. Siempre haba presumido su mujer (porque l
era incapaz de presumir de nada) de que no hubiese otros en el pueblo
tan breves y bien formados. Por lo cual el marino, en esta ocasin
solemne, se crey en el caso de dar lustre  las botas hasta dejarlas
como lunas de Venecia; mas slo con el fin de proporcionar  la
compaera de su vida una nueva y pura satisfaccin.

Faltaban entre los circunstantes algunas jvenes, que, segn le dijeron,
estaban ayudando  vestir  la novia. No tard sta en aparecer con un
modesto pero elegante vestido de lana, color azul oscuro, adornado con
terciopelo negro. Traa puesto el rico aderezo del novio y en el pecho
un ramito de azahar. Al entrar en la sala, todas las mujeres la besaron,
exceptuando su ta, quien  la vista de aquel traje sinti abrirse la
terrible herida de la noche anterior. Maximina la mir dos  tres veces
tmidamente y fu ella misma  besarla.  quien no mir poco ni mucho
fu  Miguel, que la devoraba en cambio con los ojos, comprendiendo
perfectamente,  pesar de su fingida serenidad, el rubor de que estaba
poseda. Las jvenes artistas, que la haban aderezado, no acababan de
estar satisfechas de su obra. Sentanse al parecer atormentadas por esos
vivos cuanto sutiles escrpulos que al poeta  pintor acometen siempre
en los ltimos momentos de la creacin. Despus de sentados todos, tan
pronto se levantaba una y vena presurosa  prenderle el alfiler de
brillantes ms arriba, como llegaba otra y le daba un si no es ms
inclinacin al ramo de azahar. sta le aliaba el cabello con las manos,
aqulla le desarrugaba el vestido, la otra le estiraba la gola. En fin,
era un ir y venir incesante. Maximina les dejaba hacer, agradeciendo con
una sonrisa estos cuidados.

--Oiga usted, D. Miguel--dijo D. Rosala.--Usted no se ha confesado
todava?

--Pues es verdad, que no me acordaba--respondi aqul levantndose con
prisa.--Y Maximina?

--Ya lo ha hecho.

--Pues hasta luego, seores.

Y al salir volvi  clavar en Maximina una intensa mirada, que la nia
fingi no advertir.

An no se vislumbraban los primeros resplandores del da: verdad que la
noche haba sido tenebrosa y en toda ella no haba cesado de llover. Con
el paraguas abierto y rebujados en los abrigos atravesaron Miguel y D.
Valentn la calle desierta. Ninguna noche estrellada y difana del mes
de Agosto le pareci jams tan bella  nuestro joven. Aquella madrugada
fra, hmeda y triste qued grabada en su corazn como la ms risuea de
su vida. La iglesia ofreca un aspecto ms tenebroso y ms triste an.
Pasaron recado al cura, y no tard en llegar. Era un seor anciano, que
en gracia  la importancia de la boda, se haba resignado  levantarse 
tal inusitada hora. Llevle suavemente de la mano  un rincn oscuro del
templo y all le confes. An estaba arrodillado ante el confesor,
cuando percibi el rumor de la comitiva nupcial que entraba en la
iglesia con no poco estrpito; y su corazn se estremeci, no de dolor
de haber ofendido  Dios, digmoslo en su mengua, sino con anhelo dulce
y placentero. Fuse el prroco, despus de darle la absolucin, 
revestirse  la sacrista, y l se uni  la gente sin lograr echar la
vista encima  su novia. Slo cuando el sacristn les vino  decir que
podan acercarse al altar mayor fu cuando la vi acompaada de su ta.
Los amigos les fueron empujando hacia adelante y se encontraron, sin
saber cmo, uno al lado del otro, cerca del altar y delante del cura.

Contra lo que se esperaba, Maximina mostrse bastante serena durante la
ceremonia y respondi  las demandas del sacerdote con voz clara, lo
cual hubo de complacer tanto al buen seor, que exclam:

--Eso es! As se contesta... no como esas melindrosas que estn
rabiando por casarse y luego no hay quien les saque las palabras del
cuerpo.

La salida era tosca; pero los feligreses de San Pedro estaban
acostumbrados  otras tales, y sonrieron con regocijo. El buen prroco
les bendijo extendiendo sobre ellos las manos grave y majestuosamente,
imitando en lo posible  Moiss al separar las aguas del mar Rojo.
Despus comenz la misa. Hincronse de rodillas los novios y los
padrinos. Al llegar cierto momento, que D. Rosala presuma muy bien de
conocer, se levant y prendi una cadena  la cabeza de Maximina,
invitando  su marido  que hiciese lo mismo con el extremo opuesto en
el hombro de Miguel. Cuando quedaron de este modo uncidos, el hijo del
brigadier comenz  moverse dando leves tirones  la cadena. Maximina no
le haba dirigido siquiera una mirada. Aguant el primer tirn
juzgndolo casual; mas al segundo, sin levantar la vista, aunque
sonriendo, le dijo en voz baja:

--Estse quieto.

Miguel tir ms fuerte.

--Por Dios, que se va  desprender!

Cuando hubo terminado el oficio, los que asistan  l, que ya formaban
una muchedumbre, los rodearon para darles en voz de falsete la
enhorabuena. Apretones de manos furtivos, empujones discretos, risas
disimuladas. Todo el mundo tema descomponerse en el templo. Al salir
rayaba el alba. Algunos curiosos madrugadores se asomaban  las ventanas
para ver pasar la comitiva. Miguel se haba quedado rezagado entre un
grupo de hombres, y perdi de vista nuevamente  Maximina, que haba
marchado delante con sus amigas. En la sala de la casa de D. Valentn
les aguardaba una mesa ms abundantemente provista de confites y licores
que artsticamente aderezada. Miguel tom chocolate con los testigos. La
novia haba ido  cambiar de traje, segn le dijeron. Al poco rato fu
l  hacer lo mismo. En un descanso de la escalera encontr  su mujer,
 quien la criada estaba abrochando los botones de las botas. Ambos
quedaron confusos. Maximina sigui con la vista fija en las manos de la
domstica. Miguel se detuvo un momento vacilante, y exclam, por decir
algo:

--Ah! ya ests vestida?... Voy  hacer lo mismo.

Y como si algn enemigo le persiguiese de cerca, subi  brincos la
escalera.

Tornaron  reunirse poco despus en la sala. Maximina estaba muy bien
con su vestido gris de viaje y un sombrerito de ltima moda. Como se
acercarse ya la hora de la partida, comenzaron las despedidas, y con
ellas el torrente de las lgrimas, que en esta ocasin fu caudaloso
como pocas veces. En el sexo femenino hubo un verdadero desbordamiento:
hasta una joven quiso desmayarse. Tan slo la novia apareca serena y
sonriente, lo cual indign  D. Rosala de un modo indecible, y le
oblig  formar idea muy pobre de su sobrina, segn confesaba despus 
sus comadres.

--Qu falta de sentido! Siquiera por el buen parecer...

Una amiguita se acerc  ella hecha un mar de lgrimas y la abraz.

--No lloras, Maximina?

--No puedo--contest la nia.

Sin embargo, cuando sus primas, las nias de doa Rosala, se abrazaron
 sus rodillas, gritando:--No queremos que marches, Maximina!--se puso
fuertemente encarnada, y la sonrisa particular que contrajo sus labios
indicaba,  quien la conociese, que no estaba lejos de soltar la llave.

Hasta embarcar en el bote los acompaaron todos  casi todos; pero  la
estacin slo fueron D. Valentn y otros dos amigos, que eran los que
caban en el esquife. Hay que advertir que con los novios iba  Madrid
en calidad de doncella una chica del pueblo. Se llamaba Juana, y era una
muchachona fresca, robusta y no enteramente desgraciada de rostro.
Miguel, conociendo el carcter de Maximina, no haba querido que su
servidumbre fuese toda madrilea.

Una vez en la estacin y llamados al tren los viajeros por la voz
estridente del mozo, D. Valentn se autoriz el lujo desusado de
conmoverse. Abraz  su sobrina estrechamente y la bes con efusin en
los cabellos. Maximina tambin se mostr ms agitada que hasta entonces
lo haba estado, aunque haca esfuerzos por sonreir. Silb la mquina.
Parti el tren. Dentro del coche no haba ms viajeros que ellos. Los
novios se colocaron uno frente  otro  un lado. Juana, por respeto, fu
 sentarse en el extremo opuesto.

Los ojos de los esposos se encontraron, y Miguel sinti un suave
estremecimiento de gozo, algo inefable y celestial que hizo palpitar
fuertemente su corazn. Y despus de cerciorarse de que Juana estaba
distrada mirando por la ventanilla, se apoder de una mano de su mujer
y la di un beso furtivo, inclinando para ello todo el cuerpo. Pero la
mano qu fastidio! estaba enguantada. Al cabo de un instante la hizo
sea de que se quitase el guante. Maximina, despus de hacerse rogar por
medio de muecas expresivas, se decidi, riendo,  despojarse de l; y el
joven di porcin de callados besos sobre la mano desnuda, observando
con el rabillo del ojo  la doncella.

La conversacin se hizo general entre los tres. Juana, que no haba
pasado nunca de San Sebastin, se maravillaba de cuanto vea, y muy
particularmente de los carneros. Las gallinas tambin le daban pie para
muchas y graves reflexiones. Miguel se deshaca en atenciones con su
mujer.

--Maximina, si te incomoda el sombrero, qutatelo... Trae, lo pondremos
aqu... as, para que no se caiga.--Mira, qutate tambin las botas.
Aqu te traigo las zapatillas en el bolsillo... se las he pedido  tu
ta... No quieres? Pues haces mal: vas  tener fro en los pies...
Aguarda un poco; entonces voy  lirtelos con mi manta...

Y ponindose de rodillas, le envolvi en efecto los pies con el mayor
esmero. La alegra les hizo tan comunicativos, que al poco tiempo los
seores y la criada charlaban y rean como buenos compaeros. Sin
embargo, Maximina daba largos rodeos para no dirigir la palabra
directamente  su marido, pues no quera llamarle de usted, y al propio
tiempo le causaba vergenza el tutearlo. Miguel comprenda los esfuerzos
que estaba haciendo, pero no iba en su auxilio. Por fin, despus de
algn tiempo y de mucho vacilar, cuando aqul le pregunt:

--Deseas que almorcemos?

--Como t quieras--se resolvi  contestar tmidamente.

Miguel levant la cabeza vivamente, hacindose el sorprendido.

--Hola, seorita! Qu confianza es sa? Ya me tuteas?

Maximina se puso colorada y, tapndose el rostro con las manos, exclam:

--Oh, por Dios, no me hable as, porque no vuelvo  hacerlo ms!

--Qu tonta!--dijo el joven separndole las manos
cariosamente.--Estara gracioso eso!

Juana rea  carcajadas.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




II


DESPUS de almorzar, se encontraron sin agua. Maximina
tena sed. En la primer estacin Juana se ape, y vino con un vaso
lleno. Durante su corta ausencia, se supone con algn fundamento que
Miguel bes  su mujer en otro sitio distinto de la mano; pero no
podemos asegurarlo. En Venta de Baos entraron en el mismo coche otros
cuatro viajeros, tres seoras y un caballero. Pasaban de los cuarenta
todos. Eran hermanos, segn se enteraron despus, y hablaban con marcado
acento gallego. Miguel pas  ocupar el asiento al lado de su mujer,
colocando  la doncella enfrente, y decidi aparecer circunspecto,  fin
de que aquellos seores no conociesen que eran recin casados. Sin
embargo, no pudo escaprseles esta circunstancia. Las miradas
insistentes y la conversacin secreta que los novios sostenan, los
denunciaban claramente. Las seoras sonrieron primero, hablaron luego
entre s y, por ltimo, pusieron los medios para trabar conversacin,
consiguindolo presto. No tardaron tampoco en informarse de cuanto
deseaban saber; con lo cual, se les despert, sin saber por qu, una
viva simpata hacia Maximina, y procuraron demostrrsela colmndola de
atenciones. La nia, que no estaba avezada  ser objeto de ellas,
mostrbase confusa y acortada, sonriendo con aquella apariencia
vergonzosa que la caracterizaba.

Esto concluy de seducir  las gallegas. Decididamente la tomaban bajo
su proteccin. Eran solteras todas, y el hermano lo mismo. Ninguno haba
querido casarse por el dolor que les causaba la idea solamente de
separarse: esto afirmaban  una voz. Por lo dems, Virgen del Carmen,
las proporciones que haban despreciado! Una de ellas, Dolores, al decir
de las otras dos, haba estado en relaciones seis aos con un estudiante
de derecho, en Santiago. Al concluir la carrera, Dolores, sin saber por
qu, cort las relaciones, y el estudiante se fu  su pueblo, donde
despechado se cas inmediatamente con una prima rica. Otra, Rita, haba
tenido unos amores contrariados por su pap. El joven que amaba era
poeta; estaba pobre. Nada pudo vencer la resistencia del pap 
aceptarlo por yerno. Desesperado, desapareci, cuando menos se pensaba,
de Santiago, despus de haberse despedido tiernamente de Rita (los
pormenores romnticos de esta despedida no quiso la interesada que se
contasen), y no volvi  saberse ms de l. Algunos aseguraban que haba
perecido entre las garras de un tigre, buscando en California una mina
de oro. En cuanto  la tercera, Carolina, era una verdadera locuela.
Nunca haban conseguido sus hermanos que sentase la cabeza. Cuando ms
credo tenan en casa que estaba enamorada y que la cosa iba seria,
pum! de la noche  la maana dejaba plantado al novio, y lo reemplazaba
con otro. Carolina, que tendra unos cuarenta y cinco aos, mal
contados, quiso ruborizarse al escuchar estas afirmaciones, y exclam
sonriendo graciosamente:

--No haga usted caso, Maximina! Qu tonta es esta nia!... Yo no puedo
negar que me gusta la variacin; pero  quin no le gusta un poco? 
los hombres hay que castigarlos de vez en cuando, porque son muy malos,
muy malos! No se enfade usted, Sr. Rivera... Por eso yo me dije... lo
que es  m no me la da ninguno.

--Eso consiste--dijo Rita--en que todava no te has enamorado de veras.

--Podr ser. Hasta ahora no he sentido esos afanes y esas fatigas que
pasan los enamorados, segn dicen. Ningn hombre me gusta ms de quince
das.

--Qu horror!--exclamaron riendo Dolores y Rita.

--No digas esas cosas, loca.

--Por que no he de decir lo que siento, Rita?

--Porque est mal visto. Las jvenes deben tener cuidado con las
palabras.

--Vamos, Carolina--manifest Miguel revistindose de gravedad,--yo, en
nombre de la humanidad, le suplico que aplaque usted sus rigores y haga
pronto  algn hombre feliz.

--S, buenos pillos estn ustedes!

--Muchacha!--grit Dolores.

--Djela usted, djela usted--interrumpi Miguel.--Con el tiempo ya
llegar  sentar esa cabecita. Tengo esperanza de que no tardar alguno
en vengarnos  todos.

--Ca!...

 todo esto, el hermano, que era un seor obeso con grandes bigotes
blancos, roncaba como una foca. Maximina escuchaba sorprendida aquellas
cosas, que apenas poda comprender, y miraba  Miguel de vez en cuando,
tratando de inquirir si hablaba en serio  se estaba burlando.

Las seoritas de Cuervo (que ste era su apellido) iban  Madrid  pasar
una temporada. Todos los aos hacan lo mismo. El resto del invierno lo
pasaban en Santiago, y el verano en una aldea muy pintoresca donde se
espaciaban  su talante, corriendo como cervatillas por el campo,
subindose  los rboles para comer las cerezas y los higos y las
manzanas, bebiendo el agua en las manos, haciendo excursiones en borrico
 las aldeas vecinas (qu risa! cunto se divertan, madre ma!),
presenciando las faenas agrcolas y bebiendo la leche que el criado
acababa de ordear.

--Esta Carolina se pone insufrible en cuanto llegamos. Se sale por la
maana y nadie vuelve  saber de ella hasta la hora de comer. Con el
bocado en la boca vuelve  salir, y hasta la noche.

--Pues t puedes hablar, Lola! Yo me voy con las dems muchachas 
buscar nidos   lavar la ropa al ro... Pero t te pasas las horas
muertas dando palique desde el corredor  los galanes que te hacen la
rosca...

--Jess, qu atrocidad! Supongo, Sr. Rivera, que usted no creer  esa
aturdida, insustancial... Figrese usted que los galanes que all hay
son todos labradores!...

--Eso no importa--manifest Miguel.--Tambin tienen los labradores
corazn y pueden amar las cosas bellas. No dudo que usted tendr mucho
partido entre ellos.

--En cuanto  eso--respondi Lola con rubor--si he de decir la verdad,
s, seor, me quieren mucho. Todos los aos, en cuanto saben que vamos 
llegar, se preparan los mozos para darme una serenata y cortan un
arbolito para ponrmelo delante de la ventana.

--La serenata no es  ti sola--interrumpi vivamente Carolina.--Es 
todas.

--Pero el rbol s--respondi malhumorada Lola.

--El rbol, bueno; pero la serenata no--replic aqulla un poco picada.

Lola le dirigi una mirada penetrante y sigui:

--Figrese usted, Rivera, si tendrn pasin por m, que cuando vinieron
los ingenieros  construir un puente, yo dije que no me gustaba que lo
pusiesen donde lo tenan marcado, sino ms arriba. Pues en cuanto los
mozos se enteraron de lo que yo haba dicho, se presentaron  los
ingenieros y les dijeron que el puente se haba de hacer donde la
seorita Lola quera, y que no se pensara en otro sitio, porque ellos lo
estorbaran. Y como los ingenieros no quisieron variar el plano, as se
est el puente sin construir hace ya cuatro aos.

--Todo eso--dijo Miguel,--no tanto le honra  usted como  esos
inteligentes jvenes.

--Son tan buenos los pobrecillos!

--Nada santifica tanto el alma como el amor y la admiracin--volvi 
decir sentenciosamente Rivera.

Lola dijo--Ah!--y se ruboriz.

Aquellas tres seoritas vestan de un modo inverosmil y, si podemos
decirlo as, anacrnico. Sus trajes eran vistosos, pintorescos y hasta
un si es no es fantsticos, como slo se consiente  las nias de quince
aos. Carolina llevaba el cabello partido en dos trenzas con lacitos de
seda en las puntas, y apretaba su flaco y arrugado cuello una cinta de
terciopelo azul, de donde penda una crucecita de esmeraldas. Las otras,
como un poco ms formales, lo llevaban recogido, aunque no con menos
perifollos.

La noche ya haba llegado tiempo haca. La familia Cuervo propuso que se
cenase, convidando galantemente  sus nuevos amigos con las viandas que
llevaban: Aceptaron stos presentando tambin las suyas, y en buen amor
y compaa se pusieron  engullirlas, extendiendo previamente las
servilletas sobre las rodillas. El hermano, que haba despertado muy
apropsito, comi como un elefante. Durante la cena dijo pocas frases,
pero buenas. Una de ellas fu:

--Yo, para el tomate, soy un guila!

Miguel se le qued mirando un buen rato, y al cabo comprendi la
profundidad que guardaba este concepto estrambtico.

Haba llegado  establecerse entre todos una confianza ilimitada. No
siendo bastante llamar  Miguel por su nombre en vez del apellido,
Dolores propuso  Maximina que se tratasen de t.

--Yo no puedo tener confianza con una amiga si no la tuteo... Adems,
entre chicas es la costumbre.

La joven sonri avergonzada de aquella extraa proposicin. Las
gallegas, sin ms prembulos, comenzaron  menudear el segundo pronombre
de lo lindo. Pero Maximina, aunque la serrasen viva, no poda
corresponder al tuteo, y  la primera ocasin se le escap el usted.
Entonces las de Cuervo se mostraron ofendidas. La pobre nia se vi
precisada  dar mil rodeos  fin de no hablarles directamente. Miguel,
por vengarse alegremente de la molestia que ocasionaban  su esposa,
comenz  su vez  hablarles con gran familiaridad, lo cual no dej de
sorprenderlas al principio; pero se acostumbraron pronto de buen grado.
No contento con esto, al poco rato sacudi rudamente por el brazo al
seor de los bigotes blancos:

--Oyes, chico, no duermas tanto... Quieres un poco de ginebra?

D. Nazario, que as se llamaba, abri los ojos muy espantado, se ech
al coleto la copa que le ofrecan, y volvi  quedar inmediatamente
dormido.

Ya era hora de hacer todos lo mismo. Miguel corri la cortinilla del
farol, y para que les molestase menos la luz, meti todava un
peridico doblado entre ambos. El coche qued casi en tinieblas. Slo
por las ventanas entraba el plido resplandor de las estrellas. Era una
noche de Enero serena y fra como slo se ven en las llanuras de
Castilla. Acomodse cada cual lo mejor que pudo en un rincn rebujndose
en los abrigos y mantas. Rivera dijo  su esposa:

--Reclina la cabeza sobre m. Yo no puedo dormir en el tren.

La nia obedeci  su pesar: crea molestarle.

Todo qued en silencio. Miguel tena cogida una de sus manos y la
acariciaba suavemente. Al cabo de un rato, inclinando la cabeza y
rozando con los labios la frente de su mujer, le dijo muy quedo al odo:

--Maximina, te adoro--y con ms emocin volvi  repetir:--Te adoro, te
adoro!

La nia no contest, fingindose dormida. Miguel le pregunt con voz
insinuante:

--Me quieres t? me quieres?

La misma inmovilidad.

--Me quieres, d? me quieres?

Entonces Maximina, sin abrir los ojos, hizo un leve signo de afirmacin,
y dijo despus:

--Tengo mucho sueo.

Miguel sonri advirtiendo el temblor de su mano, y repuso:

--Pues duerme, hermosa.

Y ya no se oyeron en el coche ms que los ronquidos de D. Nazario, el
cual era especialista en el ramo. Comenzaba generalmente  roncar de un
modo acompasado, solemne, en perodos firmes y llenos. Poco  poco se
iba precipitando, hacindolos ms concisos y enrgicos, y al mismo
tiempo acentuando la nota gutural, que en un principio apenas se
adverta. Desde las fosas nasales bajaba la voz  la garganta, volva 
subir, tornaba  bajar, y as por largo tiempo. Pero  lo mejor, dentro
de aquel ritmo al parecer invariable, se dejaba oir un silbido agudo y
penetrante como anuncio de tempestad. Y en efecto, al silbido contestaba
prontamente un gruido profundo y amenazador, y despus otro ms alto, y
despus otro... Repetase de nuevo el silbido an ms estridente, y al
momento era ahogado por un confuso rumor de chiflidos discordantes que
infundan pavura en el alma. Y este rumor iba creciendo, creciendo hasta
que, sin saber por qu, se trasformaba sbito en tos asmtica y perruna.
Don Nazario daba un gran suspiro, descansaba breves momentos y coga de
nuevo el hilo de su oracin en tono mesurado y digno.

Miguel soaba con los ojos abiertos.  su imaginacin acudan en tropel
ideas risueas, mil presagios de ventura. La vida se le presentaba con
un aspecto suave y amable que hasta entonces no haba descubierto. Se
haba divertido, haba gozado de los placeres mundanales; mas siempre
detrs de ellos, y  veces enmedio, perciba un dejo amargo, la estela
de tedio y de dolor que el demonio va trazando en la vida de sus
adoradores. Qu diferencia ahora! Su corazn le deca: Has hecho bien,
sers feliz. Y su entendimiento, pesando escrupulosamente y comparando
el valor de lo que abandonaba con lo que recoga, tambin le daba el
plceme. Por largo rato estuvo as despierto, sintiendo en el hombro el
peso de la cabeza de su mujer. De vez en cuando la miraba de reojo, y
aunque pareca tener los ojos cerrados, dudaba que durmiese. Al cabo
prendile  l el sueo. Cuando abri los ojos entraba ya en el coche la
claridad de la aurora. Mir  su esposa, y observ que estaba despierta.

--Maximina--le dijo con voz de falsete para no turbar  los
dems.--Hace mucho que ests despierta?

--No; un poco--respondi la nia incorporndose.

--Y por qu no te has levantado?

--Porque tema quitarte el sueo al moverme.

--Pues qu ms hubiera querido yo! No sabes que tena ya muchos deseos
de hablar contigo?

Y los jvenes entablaron un dilogo en voz tan apagada, que ms se
adivinaban que se oan; mientras las seoritas de Cuervo, su hermano y
Juana dorman en varia y original postura. De qu hablaron en aquellos
momentos? Ni ellos mismos lo saban. Las palabras tenan un valor
convencional, y todas ellas, sin exceptuar una, expresaban lo mismo.
Miguel, huyendo de hablar de s mismos porque adverta que  Maximina le
causaba vergenza, encauzaba la conversacin hacia algn asunto alegre,
y procuraba hacerla reir  fin de que desapareciese su natural embarazo.
No obstante, se aventur  decir una vez, mirndola fijamente:

--Ests contenta?

--S.

--No te pesa de ser ma?

--Oh, no! Si supieras!

--Qu?

--Nada, nada.

--S, algo ibas  decir; habla.

--Era una tontera.

--Pues dmela; tengo derecho ya  saber hasta lo ms insignificante que
cruce por tu imaginacin.

Necesit instarla mucho y muy cariosamente para lograr saberlo.

--Vamos, dmelo bajito.

Y la atrajo suavemente. Maximina deposit en su odo:

--Ayer he pasado muy mala noche.

--Por qu?

--Desde que me dijiste que tenas tiempo an  dejarme, no pude pensar
en otra cosa... Se me figur que me lo habas dicho con cierto
retintn... Toda me volva dar vueltas en la cama... Ay, madre ma, qu
pena!... Me levant antes que nadie en la casa y fu descalza hasta tu
cuarto; puse el odo  la cerradura  ver si escuchaba tu respiracin;
pero nada. Me di una congoja! Cuando la criada se levant, le pregunt
como quien no quiere la cosa si te haba llamado. Me dijo que s, y
respir. Pero an no las tena todas conmigo. Tena miedo que al
preguntarte el cura si me queras dijeses que no... Cuando te o decir
s, me entr una alegra! y dije para m: Ya ests cogido!

--Y bien que lo estoy!--exclam el joven besndola en la frente.

El tren corra ya por los campos vecinos  Madrid. Las seoritas de
Cuervo despertaron. La luz natural no favoreci gran cosa sus naturales
gracias; pero se apresuraron  venir en su ayuda con una serie de
minuciosos trabajos que dejaban bien probadas sus inclinaciones
artsticas. De un magno estuche de piel de Rusia sacaron peines,
cepillos, pomada, horquillas, polvos de arroz y un frasquito de
colorete. Y unas  otras se fueron aliando y retocando escrupulosamente
en medio de mil frases cariosas y carocas infantiles.

--Vamos, chica, estte quieta... Mira que te voy  pinchar... Jess,
qu nia tan mala!

--Estoy nerviosa, Lola, estoy nerviosa.

--Ya se conoce que vas  ver pronto  quien t sabes y yo me callo.

--Qu tonta! Calla. Rivera se lo va  creer.

Maximina contemplaba sorprendida, con los ojos muy abiertos, aquel
repentino tocado. Las de Cuervo la invitaron  hacer lo mismo, y
entonces sali de su estupor dando confusamente las gracias.

En la estacin aguardaban  nuestros viajeros la brigadiera ngela y
Julia. sta abraz y bes repetidas veces  su cuada. Aqulla le di la
mano y tambin la bes en la frente. Despus de despedirse las gallegas
con mil ofrecimientos amistosos, subieron  la carretela que la
brigadiera haba trado, colocndose sta y Maximina en el sitio de
preferencia por indicacin de Julia, que no quitaba ojo  su nueva
hermana y le tena cogidas las manos apretndoselas  menudo con
efusin. sta procuraba vencer su cortedad para mostrarse cariosa; y
con gran trabajo lo consegua. La madrastra se mostraba afable y atenta,
mas sin que pudiera abandonarla aquella apariencia altiva y desdeosa
que siempre haba caracterizado su persona. La joven esposa le echaba de
vez en cuando rpidas y tmidas miradas. Al llegar  casa, Julia fu
corriendo  ensearle la habitacin que les tenan destinada y que ella
haba arreglado con minucioso esmero. No faltaba un solo pormenor, ni se
haba visto jams diligencia ms fina para prevenir todas las
necesidades de la vida de una dama, desde los ramos de flores y el
estuche de costura hasta el abrochador de guantes y las horquillas.
Desgraciadamente, Maximina no poda apreciar estos refinamientos de la
elegancia y del buen gusto. Todo era para ella igualmente nuevo y
hermoso.

Miguel encontr  su hermana en un corredor.

--Dnde est Maximina?

--La he dejado en su cuarto quitndose el abrigo. Aguarda  su doncella,
que dice que le trae las zapatillas.

--Yo tambin voy  quitarme el abrigo y  cepillarme un poco--dijo el
joven algo vacilante.

Julia le solt una carcajada en las narices y ech  correr.

Al entrar en el cuarto se despoj efectivamente del gabn, y
dirigindose  su mujer, que ya estaba con su trajecito gris, la
estrech fuertemente contra su corazn y la di repetidos besos.
Despus, llevndola por la mano hacia una silla, la sent sobre sus
rodillas y torn  besarla apasionadamente. Maximina estaba roja como
una cereza, y aunque entenda que todo aquello deba ser as, todava
procuraba con suavidad desasirse. Miguel, que tambin estaba turbado, la
dej levantarse y salir de la habitacin, siguindola poco despus.

Era domingo y precisaba oir misa. Como la brigadiera y Julia ya la
haban odo, salieron solamente Maximina, Miguel y Juana, y entraron en
San Gins. La criada, que jams haba transigido con no ver al cura de
pies  cabeza, rompi por entre la gente y fu  colocarse cerca del
altar. Los esposos se quedaron hacia atrs. Nunca le pareci tan bien 
nuestro joven el incruento sacrificio ni asisti tan  su placer  l,
aunque su imaginacin no volaba precisamente hacia el Glgotha ni sus
ojos iban siempre derechos al oficiante. Pero el cielo, que es muy
clemente con los recin casados, le ha perdonado ya estos pecados.

Despus de almorzar, Miguel propuso dar un paseo por el Retiro. La
tarde, aunque fra, estaba serena y apacible. La brigadiera no quiso
acompaarles. Con qu gozo pas Julita  ocuparse en el adorno y
tocado de su cuada! Ella eligi el traje que haba de ponerse, y le
ayud  vestrselo, ella la pein  la moda, ella le puso el aderezo y
las flores en el pecho, y hasta ella misma le abroch las botas. Estaba
roja de placer ejecutando estos oficios. Luego que se vieron en la
calle, marchaba ebria de orgullo llevando  su cuada en el medio, como
si fuese diciendo  la gente: Ven ustedes esta jovencita, ms nia que
yo todava?... Pues es una seora casada! Resptenla ustedes. Antes de
llegar al Retiro, echando casualmente la vista atrs, acert Miguel 
ver muy lejano, muy lejano, desvado en el ambiente de la calle de
Alcal, el perfil finsimo de Utrilla, aquel famoso cadete de marras, y
dijo  su esposa con seriedad:

--Aqu donde nos ves, Maximina, que parecemos simples particulares yendo
 tomar el sol al Retiro, llevamos escolta.

Julita se puso colorada.

--Escolta? No veo nada--contest volviendo la cabeza.

--No es fcil. Ms adelante te dar los gemelos,  ver si logras
distinguirla.

Julita la apret la mano, dicindola por lo bajo:

--No hagas caso de ese tonto!

Ya que estuvieron en el Retiro, el perfil de Utrilla se fu sealando
mejor en la atmsfera serena,  modo de raya delicada. Maximina iba
contemplando, con mezcla de sorpresa y de vergenza, aquella balumba de
caballeros y seoras que  su lado cruzaban, y que la miraban fija y
descaradamente al rostro y al vestido, con esa expresin altiva 
inquisitorial con que los madrileos suelen mirarse unos  otros en el
paseo. Y hasta se le figur escuchar  su espalda algunos comentarios
acerca de su persona: --El traje es rico, s, pero qu mal lo lleva
esa chica! Parece una santita de aldea. No le ofendi esto, porque
estaba bien convencida de su insignificancia al lado de tanto gran seor
y seora; pero le causaba tristeza no hallar siquiera un rostro amigo, y
se estrechaba  menudo contra su esposo, buscando refugio contra la vaga
 injustificada hostilidad que en torno suyo perciba. Mas al volver los
ojos  ste, observ que marchaba tambin con el entrecejo fruncido,
reflejando en su fisonomia la misma indiferencia desdeosa y el mismo
tedio que todos los dems. Y se le apret an ms el corazn, porque no
saba que el sentimiento  la moda en Madrid es el odio, y que si no se
siente, como es de obligacin, precisa aparentarlo, al menos, cuando nos
hallamos en pblico. Pero de estos refinamientos de la civilizacin no
era posible que estuviese enterada todava nuestra herona.

Cuando hubieron dado unas cuantas vueltas, dijo Miguel  su hermana:

--Oyes, Julita, por qu no se acerca Utrilla, ahora que no va mam con
nosotros?

--Porque yo no quiero--repuso aqulla inmediatamente y con gran
decisin.

--Y por qu no quieres?

--Porque no quiero.

Miguel la mir un instante con expresin burlona y dijo:

--Bien... pues _como quieras_.

Mientras dur el paseo, Utrilla traz con increble habilidad geomtrica
una serie de circunferencias, elipses, parbolas y otras curvas cerradas
 errticas, de las cuales eran siempre foco nuestros amigos. Cuando
volvieron  casa, tom tambin la lnea recta, si bien procurando en la
medida de sus fuerzas que el contorno de su silueta se borrase en los
confines del horizonte. Antes de retirarse, entraron en el reservado
del Suizo  tomar chocolate. Estando all, Rivera percibi, por un
instante no ms, el rostro del cadete pegado  los cristales.

--Julita, me permites que salga  invitar  ese muchacho  tomar
chocolate?

--No quiero! no quiero!--exclam la joven, ponindose muy seria.

--Es que me da lstima...

--No quiero! no quiero!--volvi  exclamar en tono casi rabioso.

No hubo ms remedio que dejarla mortificar  su gusto al desdichado hijo
de Marte.

--A que no sabes, Maximina--dijo al entrar en casa la cruel
madrilea--cmo se llaman estos chicos que nos siguen hasta el portal?

--Cmo?

--Encerradores.

Y subi riendo la escalera.

Se comi en buen amor y compaa. La brigadiera _hizo sol_ aquel da,
como sola decir Miguel; habl bastante, autorizndose contar con su
gracioso acento sevillano algunas ancdotas de las personas conocidas en
Madrid. Pero al llegar los postres, Maximina comenz  sentir algn
desasosiego, porque se haba convenido antes entre todos que aquella
noche no saldran y se retiraran temprano, no slo por Miguel y por
ella, sino tambin por la brigadiera y Julita, que  causa del
_madrugn_ necesitaban descanso. El problema de levantarse de la mesa y
retirarse cada cual  su habitacin se presentaba terrible y pavoroso
para la nia de Pasajes. Por fortuna, la brigadiera estaba en vena y
Julia tambin. La sobremesa se prolongaba sin advertirlo nadie ms que
ella. Segn iban trascurriendo los minutos creca su confusin y su
temor, y senta un temblor extrao que corra por el interior de su
cuerpo y le impeda, bien  su pesar, tomar parte en la conversacin. Y
en efecto, as como lo tema, lleg un instante en que sta comenz 
languidecer. Miguel, para ocultar tambin su migajita de vergenza,
procur reanimarla, y lo consigui por un buen cuarto de hora. Mas sin
saber por qu feneci de pronto. La brigadiera bostez dos  tres veces.
Julita levant la vista hacia el reloj, que sealaba las nueve y media.
Maximina clav los ojos en el mantel jugando con el aro de la
servilleta, mientras su marido, presa de cierta inquietud, haca
rechinar la silla. Al fin Julita se levant bruscamente, sali del
comedor, y volvi enseguida con una palmatoria en la mano, se acerc
rpidamente  su cuada y la bes en la mejilla diciendo:

--Hasta maana.

Y sali otra vez corriendo, con la sonrisa en los labios, para ocultar
la vergenza que tambin ella senta.

--Vaya, nios--dijo la brigadiera levantndose con decisin,--podis
retiraros, que todos necesitamos descanso... Isabel, encienda usted luz
en el cuarto de los seoritos.

Maximina, ruborizada, desfallecida casi de vergenza, fu  besarla.
Miguel, disfrazando con una sonrisa de hombre de mundo la inquietud
verdadera que senta, hizo lo mismo.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




III


AUNQUE no haba hablado de ello, Miguel tena resuelto
vivir en casa aparte; pero que fuese vecina  la de su madrastra. Cuando
Julita supo esta decisin, experiment grave disgusto y quiso indignarse
contra su hermano. No tard, sin embargo, en comprender que obraba
cuerdamente. La brigadiera trataba  Maximina con toda la amabilidad de
que era susceptible. Aqulla la abrumaba con atenciones y caricias; y 
pesar de todo, no era posible vencer su timidez. No se la oa pedir nada
de lo que la hiciese falta, lo cual haca presumir que muchas veces se
quedaba sin ello. En la mesa, cuando deseaba alguna cosa, lo ms que se
autorizaba era hacer disimuladamente una sea  Miguel para que se la
diese. Jams ordenaba cosa alguna  los criados de la casa. Slo con su
doncella Juana se entenda para los mil menesteres de la vida. Miguel,
con esto, andaba un poco inquieto, porque bien se le alcanzaba,  pesar
del rostro alegre de su esposa, que no deba de estar muy  su gusto en
la casa; y aun la haba reprendido suavemente por su falta de confianza.
Un da,  los pocos de haber llegado, viniendo de la calle y
disponindose  entrar en su cuarto, Juana le llam aparte con mucho
misterio y le dijo:

--Seorito, voy  decirle una cosa para que la sepa... La seorita tena
costumbre de merendar all en su casa... Aqu se conoce que no se atreve
 pedirlo... Hoy me ha mandado comprarle unas galletas... Mire usted,
aqu las tengo.

--Ay, probrecita ma!--exclam Miguel con emocin.--Pero qu tonta!

--No vaya por Dios  decrselo, porque entonces ya no vuelve  tener
confianza conmigo.

--Pierde cuidado.

Y se entr en el cuarto de su esposa diciendo:

-Maximina, traigo el apetito muy despierto de la calle. No puedo
aguardar la hora de comer. Anda, v al comedor y d que me traigan algo.

--Qu quieres?

--Cualquier cosa... Lo que t hayas merendado.

La nia se qued suspensa.

--Es que... es que yo todava no he merendado.

--Cmo no?--exclam Miguel en el colmo de la sorpresa.--Pues si ya son
cerca de las seis!... No te lo han trado?...  ver, Juana, Juana (
grandes voces), llame usted  la seorita Julia.

--Qu vas  hacer? por Dios! qu vas  hacer?--exclam la chica llena
de terror.

--Nada, enterarme de por qu no te han servido el dulce,  los pasteles,
 lo que tomes...

--Pero si no lo he pedido!

--No importa; tienen obligacin de servirte  la misma hora lo que
acostumbres  tomar.

--Qu queras, Miguel?--pregunt Julia entrando.

--Quera preguntarte por qu no han servido la merienda  Maximina,
siendo ya cerca de la seis.

Julia qued  su vez confusa.

--Es que... es que Maximina no merienda.

--Cmo que no merienda?--exclam estupefacto.

--Se lo he preguntado el primer da y me dijo que no tena costumbre.

Miguel volvi los ojos  Maximina, que baj los suyos ruborizada como si
hubiese cometido un delito.

--Pues yo te digo que s--profiri en alta voz volvindose  Julia con
semblante severo.--Yo te digo que tiene esa costumbre, y has hecho muy
mal, conociendo su carcter, en no insistir,  al menos en no
preguntrmelo  m.

--Por Dios, Miguel!--murmur la esposa con acento de angustia.

Julia se puso fuertemente colorada, y girando sobre los talones, se
sali de la estancia. Maximina estaba petrificada. Su marido di algunos
pasos con semblante hosco, y sali tambin yendo derecho al comedor,
donde hall  su hermana muy triste, sacando platos. Tomndole la barba
entre los dedos y soltando una carcajada, le dijo:

--Ya saba que Maximina no merendaba. No hagas caso de lo que te he
dicho. He querido ponerla en este apuro  ver si la curo de su timidez.

--Pues mira, chico, te ha salido el tiro por la culata, porque  quien
has puesto es  m--respondi la joven, enojada realmente.--Ya se han
concludo para m los mimos!

--Hola! Celos tenemos?

--Eso quisieras t, fatuo!

--Vamos, confiesa que s--dijo sujetndola por los brazos y dndola un
mordisco en el cuello.--Confiesa que ya han parecido...

--Quita, tonto, retonto!--contest, forcejando por desasirse.--Que te
ests quieto, Miguel! Djame, Miguel!

Y dando una fuerte sacudida, se zaf de sus manos y escap airada de la
habitacin, mientras su hermano quedaba riendo.

En los das siguientes pudo ste convencerse de que Maximina haba cado
en gracia  todos en la casa. Ni era posible que otra cosa sucediese
dada su condicin apacible, callada y modesta. Sin embargo, nuestro
joven observ con cierto disgusto que de esta condicin se abusaba en
algn modo, pues no se la consultaba para nada, y se ordenaba el plan
del da, las salidas al paseo,  los teatros,  las tiendas y  las
visitas, sin preguntarle siquiera si deseaba quedarse en casa. Esto
contribuy mucho  que apresurase su traslacin, decidindose por un
cuarto principal de la vecindad, muy amplio y hermoso, aunque un poco
caro para su fortuna; pero contaba compensar el exceso privndose de
otras cosas superfluas.

Era para nuestro hroe gratsimo solaz el salir con su esposa  comprar
los muebles que les hacan falta. Desgraciadamente, la brigadiera y
Julia les acompaaban la mayora de las veces, y entonces ya se saba
que ante aqulla todos perdan el derecho de eleccin y hasta el de
emitir dictamen. Molestaba esto no poco  Miguel, y por eso siempre que
poda evitaba el que su madrastra les acompaase; pero, con sorpresa
suya, Maximina no se mostraba ni ms contenta ni ms dispuesta  dar su
opinin. Pareca que todo le era indiferente, y que aquel lujo que jams
haba visto la impresionaba de mal modo. De vez en cuando apuntaba
tmidamente que tal armario  tal sof eran bonitos, pero caros.
Miguel se haba impacientado en dos  tres ocasiones viendo su
indiferencia, pero se haba arrepentido luego al notar el gran efecto
que cualquier contestacin seca causaba en su esposa, y haba concludo
por embromarla por sus tendencias  la economa. Lo que ms le placa 
Maximina en aquellas salidas era ir sola con su marido por las calles, y
eso que no haba consentido en apoyarse en su brazo de da,  pesar de
los ruegos que le haba dirigido.

--Me da mucha vergenza; todo el mundo mira para nosotros...

--Es que les sorprende que me haya enamorado de una mocosuela tan fea...

Maximina levantaba hacia l sus grandes ojos tmidos y sonrientes, para
expresarle su agradecimiento.

--Yo tambin me sorprendo... Ahora que veo tantas mujeres hermosas por
todas partes, no s cmo has podido fijarte en m.

--Porque siempre he tenido muy mal gusto.

--Eso ser.

Miguel conmovido le apretaba con disimulo la mano.

Por la noche ya era otra cosa. Entonces consenta en que fuesen de
bracero, y no poda ocultar el inmenso placer que esto le causaba. Slo
al pararse delante de algn escaparate y quedar baados en luz, buscaba
pretexto para soltarse. Una noche al salir de casa, fuese por
distraccin  por broma, Miguel no la ofreci el brazo. Al cabo de un
rato, Maximina, como si adoptase una resolucin enrgica despus de
grandes cavilaciones, se apoy sobre l bruscamente. Miguel la mir
sonriente.

--Hola, qu bien has aprendido  tomar lo que te pertenece!

La nia baj la cabeza ruborizada, pero no se solt.

La brigadiera encontraba muy de su gusto  la esposa del hijastro, por
ms que le doliese que hubiera descendido hasta ella. As lo expresaba 
sus amigas y  Julia.  Miguel no le deca nada, mas no por eso dejaba
de estar enterado de tan favorable opinin. Sin embargo, no acababa de
tranquilizarse, porque observaba que su madrastra iba ejerciendo sobre
la joven esposa el mismo poder omnmodo y tirnico que sobre Julia, y
aun mayor si cabe, por la condicin ms tmida y apacible de aqulla. Ni
poda ocultrsele que la simpata en caracteres como el de la brigadiera
est siempre en razn directa del grado de sometimiento  que llegan las
personas que con ellas se relacionan. Al salir Julia una tarde del
cuarto de los esposos, exclam Maximina en un momento de expansin:

--Cmo me gusta tu hermana!

Miguel le clav una mirada penetrante.

--Y mam?

--...Tambin--respondi la nia.

No le hizo ms preguntas; pero aquel mismo da el hijo del brigadier
avis al administrador que no poda tomar el cuarto principal de aquella
casa, y eligi otro en la plaza de Santa Ana. El pretexto que di  su
familia para este cambio fu que no poda vivir tan apartado de la
redaccin del peridico, ahora que iba  emprender una campaa ms
asidua. Y no le pes, en verdad; antes  los pocos das tuvo ocasin de
confirmarse en su acuerdo y darse por l la enhorabuena. Sucedi que un
da, viniendo de dirigir los trabajos de instalacin en su nuevo cuarto,
encontr  Maximina con los ojos un poco enrojecidos como de haber
llorado. El corazn le dijo que haba pasado algo, y le pregunt con
ansiedad:

--Qu tienes? Has llorado.

--No--contest la nia sonriendo,--es que me he lavado hace un momento.

--S, te has lavado, pero por haber llorado antes. Dme, dme pronto qu
ha sido.

--Nada.

--Bien--replic el joven con firmeza,--yo lo sabr.

En efecto, Juana, aunque de un modo confuso, le enter de lo ocurrido.

--Mire usted, seorito, al parecer, la seora le dijo hace ya das  la
seorita que no le gustaba que estuviese hasta tan tarde sin arreglarse,
porque podan venir visitas. Todos estos das la seorita se ha aviado
temprano; pero hoy no s cmo se descuid y la seora la ha reprendido.

--Qu le ha dicho?

--Yo no s. La seorita no ha querido decrmelo... pero ha llorado
bastante.

Miguel entr en su cuarto rojo de ira.

--Maximina, avate y arregla los bales... Nos vamos ahora mismo de esta
casa... Yo no consiento que nadie te haga llorar.

La joven qued mirando  su esposo con ms expresin de susto que de
reconocimiento.

--Si nadie me ha hecho llorar!... He llorado sin saber por qu... Me
sucede muchas veces... Puedes preguntrselo  mi ta...

--Nada, nada, ahora mismo nos vamos...

--Oh, Miguel, por Dios no hagas eso!

--Que s, que nos vamos!

Maximina se arroj en sus brazos llorando.

--No hagas eso, Miguel, no hagas eso! Enfadarte con tu madre por mi
culpa!... Prefiero morir!

La clera del joven fu cediendo y consinti al cabo en disimular su
desabrimiento, si bien qued decidido que al da siguiente iran 
dormir  su casa. As se realiz. Mas la brigadiera no se dej engaar,
y entendi bien los motivos que Miguel tena para precipitar su
traslacin. No hay para qu decir que desde entonces Maximina perdi
para ella gran parte de su valimiento.

El cuarto de la plaza de Santa Ana estaba alfombrado, pero an haba
pocos muebles. Slo tenan arreglados, y no enteramente, el comedor, un
gabinete y su alcoba. En el resto de la casa haba algunas sillas
diseminadas y tal cual armario  espejo fuera de su sitio.  pesar de
eso, Miguel y Maximina lo hallaron delicioso. Al fin estaban solos, y
eran dueos de sus acciones. La independencia les embriagaba de gozo.
Aquel aspecto de interinidad seduca  Miguel como una cosa
extraordinaria y original. Maximina quiso hacer la cama por s misma;
pero ay! el colchn pesaba tanto, que no poda moverlo. Vindola
forcejar hasta ponerse colorada, Miguel ech mano tambin y ayud 
batirlo, riendo  carcajadas sin saber de qu; acaso de placer. Pero 
nuestros esposos se les haba olvidado una porcin de cosas
indispensables para la vida, entre ellas, las lmparas para alumbrarse.
Cuando lleg la noche, Juana tuvo que ir apresuradamente  comprar
bujas y unos candeleros, para poder comer. Aquella primer comida 
solas fu deliciosa. Maximina tena el apetito casi siempre despierto,
lo cual era para ella un gran defecto, y procuraba ocultarlo, quedando
casi siempre con ganas. Mas ahora, delante de su marido solamente y
pensando que ste no se fijaba, echaba en el plato lo que bien le
placa. Cuando terminaron, Miguel le dijo:

--Has comido bien; mucho mejor que estos das pasados en casa de mam.

Maximina se ruboriz como si le hubiesen descubierto un delito.
Adivinando lo que pasaba en su interior, Miguel acudi inmediatamente en
su auxilio.

--Vaya, ahora comprendo que no comas all por vergenza... Pues ten
entendido que hoy es moda comer mucho... Adems,  m no hay nada que me
cause tanto placer como ver comer con apetito; mucho ms si es una
persona querida. Por consiguiente, si quieres darme gusto, procura
tenerlo siempre despierto... Para estmagos malos, basta el mo en la
casa.

Aquella noche decidieron no salir  la calle. Se fueron desde el comedor
al despacho, en donde no haba mueble alguno, pues deseaba el joven
amueblarlo con calma y  su gusto. Pero en el gabinete no haba chimenea
y all s. Juana la encendi y adems un par de bujas. Miguel las apag
en seguida; prefera quedar con la luz de la chimenea solamente. Quiso
despus ir  buscar al gabinete un par de butacas, pero Maximina le
dijo:

--Trae para ti solamente... Vers; yo me siento en el suelo y estoy ms
 gusto.

Y como lo dijo lo efectu, dejndose caer suavemente sobre el pavimento
alfombrado.

Su marido la mir sonriendo.

--Ah! pues entonces no voy por las butacas. No quiero ser menos que t.

Y se sent  su lado: ambos delante de la chimenea cuya llama iluminaba
la sonrisa feliz de sus rostros. El marido tom las manos de la esposa,
aquellas manos regordetas, endurecidas, mas no desfiguradas por el
trabajo, y las bes con pasin repetidas veces. La esposa no quiso ser
menos, y despus de vacilar un poco, tom las del marido y las llev 
los labios.  Miguel le hizo gracia aquel rasgo de inocencia y sonri.

--De qu te res?--le pregunt la nia mirndole sorprendida.

--De nada... de placer.

--No; te has sonredo con malicia... De qu te res?

--De nada te digo... Son aprensiones tuyas.

--Cuando digo que te res de m! He hecho algo mal?

--Qu habas de hacer, tonta! Me he redo porque no es costumbre que
las damas besen las manos  los caballeros.

--Lo ves?... Pero yo no soy una dama!... Y t eres mi marido...

--Tienes razn--dijo l abrazndola,--tienes razn en todo lo que dices.
Haz siempre lo que te salga del corazn como ahora, y no temas
equivocarte.

La luz azulada del cok saltaba alegremente por encima de los carbones,
surgiendo y desapareciendo  cada instante, cual si acudiese  escuchar
las palabras de los esposos, y se retirase solcita despus 
comunicarlas  algn gnomo vulcanio. De vez en cuando un pedacito de
escoria se desprenda de la masa incandescente, atravesaba la reja y
vena rodando  parar  sus pies. Entonces Maximina aguardaba un
instante  que se enfrase, la coga entre sus dedos y la arrojaba al
cenicero. No se oa ms que el rumor estridente de los coches que
cruzaban hacia el teatro.

La charla de los esposos era cada vez ms viva y ms ntima. Maximina
iba perdiendo su cortedad, gracias  los esfuerzos incesantes de Miguel,
y se atreva  dirigirle preguntas acerca de su vida pasada,  las
cuales el joven responda con verdad unas veces, otras con mentira. Sin
embargo de todo ello, dedujo la nia que su marido haba hecho algunas
cosas malas, y se asust.

--Ay, Miguel! Cmo te has atrevido  dar un beso  una mujer casada?
No temes que Dios te castigue?

El rostro del joven se oscureci de pronto. Una arruga profunda,
maldita, surc su frente y se qued un rato pensativo. Maximina le
miraba con ojos extticos, sin comprender la razn de aquel cambio de
fisonoma. Al cabo, con voz un poco ronca, mirando para el fuego, dijo
Miguel:

--Si conmigo sucediese una cosa semejante, y lo averiguase, ya s lo que
haba de hacer... Lo primero sera poner  mi mujer en la calle, de da
 de noche,  cualquiera hora que lo supiese...

La pobre Maximina se conmovi ante aquella salida, tan brutal como
inesperada, y exclam:

--Haras bien. Dios mo, qu vergenza para una mujer verse arrojada
as!... Cunto ms valdra morir!

La arruga de la frente de Miguel se desvaneci. Mir  su mujer
amorosamente, y comprendiendo que aquella leccin haba sido tan intil
como inoportuna, le dijo besndole una mano:

--Por qu hemos de hablar de las maldades que acontecen en el mundo?
Afortunadamente yo he hallado una tabla de salvacin, que es esta mano.
 ella me agarro, seguro de ser bueno y honrado toda mi vida.

--Debes pedir perdn  Dios.

-- Dios y  ti os lo pido.

--El mo ya est concedido.

--Y el de Dios tambin.

--Qu sabes t... Ay, qu tonta! Ya no me acordaba que te has
confesado hace unos das.

--Eso es--dijo Miguel, que tampoco se acordaba.

Despus hablaron de los pormenores domsticos, de los muebles, de los
criados que necesitaban tomar. Maximina sostena que bastaban Juana y
una cocinera. Miguel quera adems otra chica para la costura y la
plancha. Con este motivo manifest  su esposa los recursos de que poda
disponer.

--Me quedan cuatro mil duros de renta; pero voy  dejar  mi hermana y 
mam mil para que puedan vivir decentemente... Con tres mil duros
nosotros podemos arreglarnos perfectamente.

--Oh, ya lo creo!... Por qu no les dejas  tu mam y  tu hermana la
mitad? Mira, ellas estn acostumbradas al lujo, y yo no... Yo con
cualquier vestido me arreglo...

--Es que no quiero que te arregles con cualquier vestido, sino con el
que corresponde  tu clase.

--Si supieras qu gusto tan grande me daras cediendo  tu hermana la
mitad!

--No puede ser... Hay que pensar tambin en los hijos.

--An te queda mucho.

--T no ests enterada de lo que se gasta en Madrid, querida!

Despus de reflexionar un instante aadi:

--En fin, que no sea ni uno ni otro: partamos la diferencia. Les dejar
treinta mil reales, y nos quedaremos con cincuenta mil. Lo que sentir
es que me salga un cuado pillo que se coma el capital.

As charlando, llegaron las diez de la noche, y decidieron irse  la
cama. Miguel se levant primero y ayud  su esposa  ponerse en pie.
Encendieron la palmatoria y se encerraron en su alcoba. Maximina
bendijo, como de costumbre, la cama pronunciando una porcin de
oraciones aprendidas en el convento, y se entregaron tranquilamente al
sueo.

All hacia el amanecer, Miguel crey oir  su lado un ruido singular, y
despert. Al instante observ que su esposa le besaba repetidas veces
en el cuello, muy suavemente, con nimo, sin duda, de no despertarle.
Poco despus oy un sollozo.

--Qu es eso, Maximina?--dijo volvindose bruscamente.

La nia, por toda contestacin, se abraz  l, y comenz  llorar
perdidamente.

--Pero qu tienes?... Dme pronto, qu tienes?

Sofocada por los sollozos, comenz  decir:

--Oh, acabo de soar unas cosas tan malas!... So que me arrojabas de
casa.

--Pobrecilla!--exclam Miguel cubrindola de caricias.--Te has
impresionado con lo que te he dicho esta noche... Soy un estpido!

--No s lo que... habr sido... Qu angustia, Virgen ma!... Cre
morir... Si no despierto me muero... Pero t no eres estpido, no...
Soy yo!

--Bien, seremos los dos... pero tranquilzate--dijo besndola.

Al poco rato, ambos se quedaron otra vez dormidos.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




IV


EN la redaccin reinaba silencio inusitado. No se oa
ms que el crujir de las plumas de acero sobre el papel. Los redactores
escriban en torno de una gran mesa forrada de hule, exceptuando dos 
tres colocados frente  unas mesillas de pino en los rincones de la
sala. De pronto, uno de barba poblada y gris levant la cabeza
preguntando:

--Diga usted, Sr. de Rivera, no estaba sealado para el da 18 el
movimiento?

Miguel, que escriba en una de las mesitas privilegiadas, respondi sin
levantar la cabeza:

--No me cansar, Sr. Marroqun, de recomendar  usted la discrecin.
Observe usted que nuestras cabezas peligran todas, desde las ms
humildes como la del Sr. Merelo y Garca, hasta las ms severas y
magnficas como la de nuestro dignsimo director.

Los redactores sonrieron. Uno de ellos pregunt:

--Y qu es de Merelo? No ha venido todava.

--Hasta las doce no puede venir--contest Rivera.--De diez  doce
conspira siempre contra las instituciones en el caf del Siglo.

--Yo pens que era en Levante.

--No, en Levante es  ltima hora, de dos  tres.

El primero que haba hablado es aquel mismo seor Marroqun, de
perdurable memoria, profesor de Miguel en el colegio de la Merced,
enemigo nato del Supremo Hacedor y hombre hirsuto hasta donde un bpedo
puede serlo. La razn de encontrarse all es la siguiente: Un da,
cuando estaba concluyendo de almorzar, pasaron  Miguel recado de que un
caballero le aguardaba en el despacho. El caballero era Marroqun, que
ms pareca por la traza un mendigo. Tan pobre, sucio y rado estaba. Al
ver  su discpulo se enterneci, aunque parezca extrao. Despus le
cont, con verdadera elocuencia, que no tena una peseta, y se moran de
hambre l y sus hijos, concluyendo por pedirle una plaza de redactor en
_La Independencia_.

--Yo no soy propietario del peridico, querido Marroqun. Lo nico que
puedo hacer por usted es darle una carta para el general conde de Ros.

En efecto, le di la carta, y Marroqun se present con ella en casa del
general; pero tuvo la mala fortuna de llegar en la peor sazn, cuando
aqul, hecho un energmeno por los pasillos de su casa, recordaba el
repertorio de juramentos en que tanto se haba distinguido el sargento
Ros. La razn era que uno de sus pequeos se haba bebido un frasco de
tinta persuadido de que era Valdepeas. Si tienen  no los juramentos 
interjecciones de los carreteros influencia decisiva en los
envenenamientos, no lo sabemos; pero el general los empleaba con la
misma fe que si se tratase de un antdoto poderoso. El paciente
inclinaba su cabecita plida contra la pared derramando copioso llanto.

--Qu trae usted?--le pregunt el conde clavndole una mirada iracunda.

--Una carta--contest el pobre Marroqun presentndosela con mano
trmula.

--Vomita!--grit el general con los ojos llameantes.

--Cmo?--pregunt tmidamente el profesor.

--Vomita, nio, vomita,  te estrello!--rugi el ilustre caudillo de
Torrelodones sacudiendo  su hijo por el cuello.--Y qu dice la carta?

--Es del Sr. Rivera, pidindole una plaza de redactor en _La
Independencia_ para un servidor de V. E...

--No puedes? Mtete los dedos en la boca!... Ya sabe el Sr. Rivera
sobradamente que no hay plaza, que todas estn ocupadas, y que ya me
duelen las orejas... A ver si te metes los dedos, chiquillo,  te los
meto yo!

Marroqun obr prudentemente levantando el pestillo de la puerta y
salindose con disimulo. Ms adelante, Miguel habl al general en
momento ms propicio, y pudo conseguir que se le admitiese en la
redaccin con un sueldo mensual de veinticinco duros.

En _La Independencia_, escriba, adems de aquel redactor _de fondos_
que ya conocemos, un cura apstata y liberal que se haba dejado crecer
la barba hasta el pecho y contaba  sus compaeros los secretos de la
confesin cuando vena un poco  un mucho beodo. Era ntimo de
Marroqun. Ambos tenan la misma ojeriza  la Divinidad, y ambos
trabajaban con afn por libertar  la humanidad de su yugo. Sin embargo,
un da estuvo  punto de enfadarse seriamente con el hirsuto profesor
porque hizo chacota de la Eucarista, lo cual confirm  ste en su
opinin de que el cura siempre tira al monte. Se llamaba D. Cayetano.
Otro de los redactores era un joven rubio, bello y tmido, que se
sentaba en uno de los rincones de la sala y slo levantaba la cabeza al
escuchar alguna frase brillante, por las cuales senta pasin loca. Sus
artculos eran siempre un empedrado de palabritas sonoras, fluidas,
titilantes (adjetivos que representaban gran papel en el repertorio de
Gmez de la Floresta). Jugaba con ellas lo mismo que un saltimbanqui. El
que quisiera verle contento no tena ms que decir alguna metfora 
inventar algn adjetivo armonioso. Rivera, que conoca este flaco, sola
darle por el gusto.

--Esta tarde, seores, he visto una mujer cuya mirada brillaba como la
hoja de un pual damasquino.

Gmez de la Floresta levantaba, rojo de placer, la cabeza y le diriga
una sonrisa de felicitacin.

--Eso es, una mirada fra y siniestra.

--Tena el cutis terso y ardiente con surcos marmreos. Los cabellos
caan como una cascada de oro sobre su cuello de cisne aprisionado por
un collar de brillantes que parecan gotas de luz....

--Gotas de luz! Qu bonito es eso, Rivera! Qu bonito!

--Era una mujer  propsito para hacer un poco de tiempo vida oriental.

--Eso es! Refugiados en un minarete, aspirando los perfumes de la
Persia, dejando que sus manos de ncar acaricien nuestros cabellos,
libando en su boca de rosa el nctar de la voluptuosidad.

--Veo con regocijo, Sr. de la Floresta, que est usted en lo firme.
Hagamos punto, sin embargo. Se le han subido  usted las frases  la
cabeza y preveo un desenlace fatal.

El redactor sonrea avergonzado y continuaba su tarea.

Un joven delgado, de pmulos salientes, ojos oblicuos y andar
desgarbado entr haciendo mucho ruido y tarareando algunos compases de
vals. Se acerc  la mesa donde escriba Miguel, y dndole una palmadita
en el hombro, dijo con alegre entonacin:

--Hola, amigo Rivera.

Este, sin levantar la cabeza, respondi muy gravemente:

--Despacio, despacio, Sr. Merelo; despacio, que no somos todos iguales.

Los redactores rieron.

Merelo, un poco acortado, exclam:

--Este Rivera siempre est de broma!... Pues seor--sigui, arrojando
el sombrero sobre la mesa,--en este momento llego de la reunin
arancelaria del Teatro del Circo...

--Quin habl? quin habl?--preguntaron varios.

--Pues hablaron D. Gabriel Rodrguez, Moret y Prendergast, Figuerola y
nuestro director; pero el que mejor habl fu D. Flix Bona.

--Hombre! Y qu ha dicho?

--Pues empez diciendo que l... el ms humilde de todos los que all
estaban...

--Y usted, Sr. Merelo, no ha protestado contra esa
afirmacin?--pregunt Miguel desde su mesa.

Merelo le mir sin comprender; mas sintiendo al cabo el alfilerazo, hizo
una mueca de disgusto y sigui, aparentando desprecio:

--Que l vena  hablar all en nombre del comercio al por menor...

--No, pero usted, amigo Merelo--interrumpi el ex cura, que gustaba
mucho de embromar al noticiero,--debi haber protestado contra aquello
de la humildad.

Merelo transiga, hasta cierto punto, con las bromas de Rivera, en quien
reconoca superioridad; pero las del cura le crispaban los nervios. As
que, lleno de ira, junt las manos como hacen los sacerdotes en misa y
cant:

--_Dminus vobiscum!_

Carcajada general de los redactores. El cura se puso colorado hasta las
orejas; y fuertemente desabrido quiso continuar la broma, aguzndola
cada vez ms; pero el noticiero, que no tena mucho ingenio, contestaba
siempre:

--_Dminus vobiscum!_

Con entonacin tan cmica y clerical, que los periodistas se
desternillaban de risa.

El cura se puso al fin amoscado. En vez de bromas, lo que diriga 
Merelo eran verdaderos insultos. Uno de ellos fu tan vivo y
desvergonzado, que aqul se vi en la necesidad de alzar la mano y
soltarle una soberana bofetada. Momentos de confusin y tumulto en la
redaccin. Varios individuos sujetan,  duras penas,  D. Cayetano, que
con las tijeras de cortar sueltos en la mano declara en alta voz su
propsito de sacar las tripas  Merelo. ste,  quien no complace poco
ni mucho tal declaracin, ruega  sus compaeros que le suelten, que l
no tolera imposiciones de nadie; pero sus amigos comprenden que es pura
retrica, y le sujetan cada vez con ms cuidado. Al fin se logr calmar
 los irritados contendientes, y vino un cuarto de hora de sosiego,
durante el cual todos se aplicaron  escribir en silencio. Por fin
levanta Miguel la cabeza y pregunta:

--Oiga usted, Sr. Merelo, cundo piensa usted ir  Roma?

-- Roma?...  qu?

-- que le perdonen el pecado de haber puesto la mano en persona
sagrada. Aqu no le pueden absolver.

Se arma de nuevo una zambra de risa en la redaccin. El cura furioso
suelta la pluma, toma el sombrero y se va.

Y en tales bromas y en otras semejantes, siendo el alma de ellas casi
siempre nuestro Rivera, solan perder mucho tiempo los redactores de _La
Independencia_.  ms de stos haba otros tres  cuatro de menor
cuanta, y un sinnmero de meritorios que acudan solcitos por las
noches  llevar al director su ofrenda de sueltos y artculos, la cual
era despreciada la mayora de las veces. Entre todos estos llamaba la
atencin un seorito an no entrado en quinta, feo, raqutico y bien
trajeado, que sola escribir artculos de crtica literaria, los cuales
firmaba siempre con el pseudnimo _Rosa de te_. Era seversimo con los
autores, y se crea siempre en el deber de darles sanos consejos acerca
del arte que cultivaban.  menudo les deca que esto no era humano,
aquello verosmil, lo otro castizo. Hablaba mucho de la vida, que  su
juicio ningn autor conoca, ni tampoco las mujeres. Slo _Rosa de te_
tena una idea exacta del mundo y del corazn de la mujer. Al comenzar
sus crticas cuidaba siempre de colocar al autor en el banquillo de los
acusados, subindose l al silln del presidente del tribunal. Desde
all interrogaba, reprenda, disertaba, sonrea sarcsticamente: Dnde
ha visto D. Fulano que una joven exclame cielos! cuando le duelen las
muelas? Bien se conoce que D. Fulano no ha pisado mucho los salones
aristocrticos! La vida, D. Fulano, no es como usted la pinta: es
necesario vivir dentro del medio social para aspirar  reflejarlo. Lo
que no vemos tampoco en la obra de D. Fulano es el argumento. Y el
argumento, D. Fulano, y el argumento? Qu carcter tiene el
protagonista de su obra? En un captulo dice que tiene mucho apetito, y
se comera de buena gana una lata de sardinas de Nantes, y algunos
captulos ms adelante dice que las sardinas le repugnan. Qu lgica es
sta? Los caracteres en el arte han de ser bien definidos, lgicos, de
una sola pieza. El protagonista de D. Fulano slo toma en el curso de la
obra, segn nuestra cuenta, diez y nueve resoluciones. Le parecen
bastantes resoluciones stas  D. Fulano para un protagonista? Ni
siquiera nos parecen suficientes para un personaje secundario. As que
no tiene ms remedio que resultar el carcter borroso, incoloro, falto
de vida y energa. La energa en los caracteres es cosa que no me
cansar de recomendar  los autores dramticos y novelistas. Adems,
procure D. Fulano ser ms original. Aquella contestacin que da Ricardo
 la condesa en el captulo sexto cuando dice:--Seora, no volver 
poner ms los pies en esta casa!--ya la habamos ledo antes en Walter
Scott.

A Miguel le haca mucha gracia este muchacho,  quien llamaba siempre
_sacerdote_, por las muchas veces que hablaba en sus artculos del
sacerdocio de la crtica. _Rosa de te_, tan bravo y altivo con los
poetas y novelistas, era un santo Job para sufrir la vaya constante de
Miguel y los dems redactores. Un da, sin embargo, tuvo la mala
ocurrencia de censurar acremente  un poeta amigo de aqul, y Rivera,
indignado, le llam necio y badulaque en la cara, sin que el pobre Rosa
la levantase para contestar. Cuando lleg Mendoza, irritado todava, le
dijo:

--Vamos  ver, Perico, por qu consientes que escriba las revistas
literarias ese chiquillo estpido, que  cada momento est poniendo en
ridculo el peridico?

Mendoza, segn costumbre, guard silencio. Pero Miguel insisti.

--Quiero que me expliques por qu...

--No cobra los artculos--respondi aqul en voz baja.

--Pues son muy caros!

Aunque sin mucha aficin  la poltica, Miguel trabajaba con asiduidad
en el peridico. La atmsfera revolucionaria se haba condensado
bastante, y ningn joven poda sustraerse  su influencia febril y
turbulenta. El conde de Ros fu desterrado  las Baleares  la postre.
Mendoza, de la noche  la maana, desapareci de Madrid, dejando una
carta  su amigo Miguel, en que le deca que se escapaba porque tena
noticia de que la polica le iba  echar mano, y rogndole se encargase
de la direccin del peridico. No poca risa le caus al hijo del
brigadier la tal carta, pues estaba bien convencido de que el Gobierno
no se acordaba para nada del pobre Brutandr. Se encarg, no obstante,
de la direccin efectiva de _La Independencia_, ya que la aparente en
aquellos calamitosos tiempos de persecucin perteneca siempre  un
testaferro. Y para cumplir debidamente su cometido, comenz  frecuentar
los denominados crculos polticos, y muy especialmente el saln de
conferencias del Congreso de los Diputados, que era entonces, lo es
ahora y seguir, probablemente, siendo la oficina donde se elabora la
felicidad del pas. As que, al pisarlo por vez primera, no pudo
reprimir un sentimiento de respeto y veneracin.

Al ver el movimiento y la agitacin que all reinaban, nuestro hroe no
pudo menos de comparar aquel saln y los pasillos que lo circundan  una
gran fbrica. Muchedumbre de obreros con sombrero de copa, van, vienen,
entran, salen, se saludan, se codean. En el rostro llevan impresa la
huella de los altos cuidados que les agitan. Algunos se sientan delante
de los escritorios y escriben con mano febril cartas y ms cartas: de
vez en cuando se pasan la mano por la frente y exhalan un suspiro de
fatiga, y quiz de dolor, por verse obligados, en aras del inters del
Estado,  negar un destino  algn elector poderoso que no lo merece.
Otros salen del saln de sesiones y se sientan en un divn  meditar
acerca del discurso que acaban de oir,  se acercan  algn grupo y
discuten acaloradamente lo que, por una modestia que les honra, no han
querido discutir en la sesin. Otros se arriman al quicio de una puerta
y esperan ansiosos el paso de algn ministro para recomendarle un asunto
de inters general para la familia. Todo esto le recordaba  Miguel el
trajn, el ruido y la actividad prodigiosa que haba tenido ocasin de
observar en una fbrica de fundicin de hierro, all en Vizcaya. All
como aqu, los hombres se movan en direcciones contrarias, marchando
cada cual  su tarea. Iban algo peor vestidos, y enseaban un cuello y
un pecho ms tostados que deban de estarlo los de los representantes
del pas; pero esto consista en que haca ms calor en la fbrica que
en el saln de conferencias. En vez de cartas y otros documentos, los
hombres llevaban all barras de hierro candente en las manos, que se
entregaban unos  otros, lo mismo que los diputados se entregan sus
papelitos.

Ni se crea que en el saln de conferencias hace fro; nada de eso. En
cada una de sus cuatro esquinas hay una gran chimenea donde arden aosos
y secos troncos que el pas previsor aporta para que sus representantes
no se hielen. Adems, los hornos de cok encendidos en los stanos
despiden columnas de aire tibio por algunas bocas abiertas en el suelo.
Las alfombras, las cortinas, los ventiladores y mamparas hacen,
finalmente, que la temperatura no sea ni fra ni extremadamente
calurosa. Indudablemente el sistema de calefaccin est mejor entendido
en el saln de conferencias que en la fbrica de Vizcaya.  lo largo de
sus paredes hay anchos y cmodos divanes donde los diputados y los
periodistas que los ayudan en la mproba tarea de salvar al pas pueden
descansar algunos momentos. Y si quieren refrescarse  restaurar las
perdidas fuerzas, hay tambin una cantina donde la nacin proporciona
gratis  sus procuradores agua y azucarillos en abundancia, y mediante
mdico precio, jamn, pavo, pasteles, jerez, manzanilla, y otras viandas
y bebidas. Inteligentes y solcitos porteros les despojan, apenas
entran, de sus gabanes y los guardan con esmero, para restiturselos
despus  la salida,  fin de que por modo alguno se constipen.  Miguel
le impresion vivamente,  su entrada en el Congreso, la sumisin y el
profundo respeto con que un portero estaba quitando el gabn de pieles 
un caballero de luenga perilla blanca, el cual le dejaba hacer con aire
grave y displicente, inclinando la cabeza  un lado y  otro, como si no
pudiese con los pensamientos que la llenaban. Despus tuvo ocasin de
ver  este mismo caballero en la cantina tomando unas rajas de lengua en
escarlata: el mismo aire reflexivo, reservado, imponente. Supo con
alegra que se llamaba el Sr. Tarabilla, gobernador que haba sido de
varias provincias, jefe superior honorario de Administracin civil,
presidente en otro tiempo de la Junta de Clases pasivas, teniente
alcalde dos veces del Ayuntamiento de Madrid, presidente en la
actualidad de la Junta de Ganaderos, y secretario que fu de la comisin
de actas en el Congreso, donde  propsito de la de Becerrea formul un
voto particular, que no se lleg  discutir.

Tuvo nuestro hroe una de las ms puras satisfacciones de su vida en
conocer  un personaje de tanta monta dentro de la poltica, y se
propuso ir poco  poco y de la misma suerte conocindolos  todos.
Sola andar de grupo en grupo escuchando atentamente las discusiones
entabladas entre los prohombres ms sealados. Era su deber enterarse de
sus opiniones y propsitos  fin de dirigir con acierto el peridico.
Sorprendironle algunos de estos debates familiares, pero muy
particularmente uno  que asisti pocos das despus de entrar en el
saln de conferencias. En el centro de un grupo numeroso y apretado
discutan vivamente un ministro y uno de los jefes de la oposicin,
sobre cierto artculo de la Constitucin de 1845, en que se prohiba la
pena de confiscacin de bienes. El ministro sostena que esta
prohibicin no era absoluta y que en el artculo se indicaban las causas
por las que un ciudadano poda ser privado de sus bienes. El personaje
de la oposicin gritaba como un energmeno que s lo era tal, que no
haba tales causas ni tales carneros. Ambos estaban rojos y  punto de
encolerizarse de veras. Por ltimo, el ministro pregunt con energa:

--Pero vamos  ver, Sr. M^{***}, ha ledo usted la Constitucin del 45?

--No, seor, no la he ledo, ni ganas--grit el seor M^{***}
furioso.--La ha ledo usted?

--Aunque no la he ledo--repuso el ministro con firmeza,--s que en el
ttulo primero se sealan las causas para la confiscacin... Y si no,
aqu est el seor R^{***}, que ha sido ministro en aquella poca y nos
lo puede decir.

El seor R^{***}, que era un anciano completamente rasurado, al oir la
interpelacin y al observar que todos los ojos se volvan hacia l,
sonri entre malicioso y avergonzado, y dijo:

--El caso es, amigo mo, que yo tampoco me acuerdo de haberla ledo
toda.

En un principio estas discusiones y el conocimiento cada vez ms amplio
de la maquinaria poltica, le cautivaron. Mas  la postre, despus de
haber tenido el honor de conocer de vista y aun saludar  casi todos los
prceres del reino y de haber aprendido de sus labios no pocos secretos
para la gobernacin de los pueblos, tuvo el sentimiento de comprender
que empezaba  aburrirse. La mayora de las tardes prefera coger un
libro de Shakspeare, de Gote, de Hegel, de Spinoza y sentarse  leer al
lado de su esposa, mientras sta cosa  bordaba,  pasear por los
corredores del Congreso y escuchar las disertaciones del Sr. Tarabilla y
de otros notables varones. Y digo que lo averigu con sentimiento,
porque una voz interior le advirti en seguida que no era ste el camino
para llegar  la fortuna y la celebridad, sino el que gloriosamente iba
recorriendo paso tras paso el Sr. Tarabilla. Pero siendo lo mejor, se
empeaba, sin embargo, en seguir lo peor, porque la humanidad es flaca y
las pasiones la arrastran  menudo  la perdicin. Hasta las tardes en
que se dignaba visitar el Congreso, en vez de juntarse  los grupos,
abrazar  los diputados, adular  los ministros y emitir su opinin en
cuantas cuestiones se suscitasen, dejndose arrastrar de la melancola
(quiz de la nostalgia de su esposa, su butaca y su Shakspeare), se iba
 sentar solitario en cualquier divn, y all pensaba  dormitaba,
forjndose la ilusin de que estaba cumpliendo con su deber. Miraba con
ojos distrados desfilar el enjambre de diputados, periodistas y
aficionados que los secundan, sin que su actividad febril, su agitacin
y su anhelo despertasen en nuestro perezoso el noble deseo de trabaja r
por el pas y contribuir de algn modo  su felicidad.  veces, no
sabiendo ya en qu pensar, se entretena en buscar parecidos entre las
personas que vea y otras que haba conocido antes. Llamle
particularmente la atencin un diputado, director de Aduanas, que se
pareca como un huevo  otro  cierto pescador de Rodillero  quien
apodaban Taln. Le haba conocido con motivo bien triste: se le haba
muerto un hijo de sarampin y no tena una peseta en su casa para
enterrarle. El pobre tuvo que llevarle en brazos al cementerio y abrir
l mismo la fosa. Pocos meses despus pereci Taln en una clebre
galerna descrita ya en las novelas. Pero cmo se pareca aquel seor
diputado  Taln! Haba otro cuyo rostro, cuajado de costurones y
cicatrices, sin cejas ni pestaas, perdidas en una enfermedad secreta,
que le obligaba  ir todos los aos  Archena, semejaba notablemente al
de un pobre minero que haba conocido en Langreo. Trabajaba ste en las
chimeneas de las minas, pasando todo el da metido en un tubo estrecho
que l mismo iba abriendo con trabajo. Un da se inflam el gas y le
quem el rostro y las manos horriblemente. Despus tuvo que pedir
limosna.

Cuando estas imaginaciones le fatigaban, llamaba  Merelo y Garca y le
haca sentarse  su lado recrendose en oirle referir, con la vehemencia
que le caracterizaba, todas las menudencias de bastidores (si no es
irreverencia comparar los pasillos del Congreso  los bastidores de un
teatro). Era Merelo entonces el fnix de los noticieros de Madrid y la
envidia de los dems propietarios de peridicos, que ms de una vez
haban tratado de arrebatrselo al conde de Ros, ofrecindole el oro y
el moro. Pero Merelo, con una lealtad nunca bastante loada, y eso que l
no cesaba de loarla, se haba mantenido firme, rechazando todas las
proposiciones que se le hicieron. Ninguno como l para recorrer en un
instante una docena de grupos, averiguar lo que hablaban, de lo que
haban hablado y de lo que iban  hablar, deslizarse entre las piernas
de los diputados y sorprender los secretos ms ntimos y arcanos de la
poltica, moler  preguntas  los embajadores, atreverse con los
ministros, martirizar  los empleados y sacar  cada cual lo que tena
en el cuerpo, unas veces con suavidad, otras casi  viva fuerza.
Realmente Merelo y Garca fu en Espaa el Bautista de esa plyade de
jvenes noticieros que actualmente tanto ilustran nuestra prensa. El fu
quien traz los primeros lineamientos de las conferencias, en forma de
preguntas y respuestas, que despus se han generalizado tanto. No
obstante, en tiempo de Merelo an estaban en mantillas, y los
embajadores chinos  marroques no contestaban de un modo tan preciso y
categrico como ahora  los _reporters_ cuando les preguntan
verbigracia:--Cuntas horas han tardado ustedes en el viaje?--Ha
podido usted conciliar el sueo?--Se ha bajado usted alguna vez al
retrete? etc., etc.

Era nuestro Merelo ms conocido que la ruda en todos los centros
oficiales y ms temido que el clera morbo. Cuando se le meta en el
caletre averiguar cualquier cosa, no le arredraban ni las malas caras ni
las contestaciones groseras. Estaba  prueba de desaires. Se contaba que
al salir de una importantsima conferencia diplomtica el ministro de
Estado, Merelo le aboc preguntndole con la mayor frescura:

--Qu tal, Sr. F^{***}, se arregla  no se arregla lo del tratado?

El ministro le mira con curiosidad y le pregunta:

--De qu peridico es usted redactor?

--De _La Independencia_--manifiesta Merelo muy risueo.

--Bien se conoce, por la poca vergenza que usted tiene--repone el
ministro framente, girando sobre los talones.

El general conde de Ros contaba  sus tertulios con lgrimas de
entusiasmo un famoso testimonio que de sus especialsimas dotes haba
dado Merelo en cierta ocasin. Hallbase ste como siempre  perro
puesto en una de las puertas del saln de conferencias, olfateando haca
rato alguna noticia, cuando acert  ver que un portero entregaba al
presidente del Consejo de ministros un telegrama. Abrilo ste, lo ley
con atencin, y frunciendo la frente, lo arrug despus entre las manos
y se sali  paso lento hacia los pasillos. Merelo toma vientos y le
sigue con las orejas tiesas, la mirada ansiosa, las narices abiertas. El
presidente se mete en los retretes. Merelo le espera inmvil. El
presidente sale. Entonces se opera en el cerebro de Merelo una de esas
revoluciones sbitas y terribles. Vacila algn momento en seguirle; pero
en aquel punto le acomete una famosa inspiracin que ha hecho raya en
los fastos del noticierismo. En vez de seguir la presa, se introduce
como un relmpago en los retretes, mira, busca, rebusca... En el fondo
de la vasija de un urinario hay un papelito azul arrugado. Merelo no
vacila y se apodera de l.

Aquella noche insertaba _La Independencia_ el siguiente suelto: Parece
que encuentra dificultades en Roma la preconizacin del obispo electo de
Mlaga Sr. N^{***}, primo hermano del presidente del Consejo de
ministros. Ley ste la noticia en la cama y qued altamente
sorprendido, segn confes despus  sus amigos, pues la especie de que
el Papa se opona  la preconizacin de su primo se la haba trasmitido
el embajador por telgrafo. Dando vueltas  la imaginacin, record que
aquella tarde, despus de leer el telegrama, una sombra le segua por
los pasillos del Congreso, y le aguardaba  su salida del retrete. El
presidente adivin de pronto y solt una gran carcajada.--Vaya, buen
provecho!--dijo apagando la luz.

[imagen decorativa]




V


UTRILLA se haba acostado por la noche calenturiento,
nervioso. La cosa no era para menos. Haba perdido por segunda vez el
semestre. Quedaba por lo tanto expulsado de la Academia de Estado Mayor.

Se lo haba dicho el corazn antes de entrar en el examen:--Jacobo, te
van  preguntar con seguridad el pndulo, que es en lo que ests ms
flojo.--Y en efecto, as que tom asiento delante del tribunal, zas!
el profesor de mecnica le dice con acento almibarado:

--Tenga usted la bondad, Sr. Utrilla, de desarrollarnos la teora del
pndulo.

El cadete se levanta un poco plido y mira con ojos extraviados al
tribunal. El profesor de lgebra sonre irnicamente adivinando su
confusin. Por qu le haba tomado tal ojeriza aquel to? Utrilla slo
se lo explicaba por envidia. El profesor le haba visto hacindose el
oso con Julita en un teatro. Se levanta, y con paso vacilante va al
matadero, quiero decir, al encerado. Traza con mano trmula algunas
cifras, y al cabo de quince minutos exhala un gran suspiro de descanso y
se vuelve al tribunal. El profesor de Mecnica vuelve la cabeza, varias
veces en signo negativo:

--No es eso, Sr. Utrilla, no es eso.

El cadete borra con la esponja las cifras que haba trazado, y vuelve 
comenzar la operacin. Otro cuarto de hora de silencio; otro suspiro de
descanso; ms signos negativos por parte del profesor.

--Tampoco es eso, Sr. Utrilla.

Y Utrilla borra de nuevo, y de nuevo comienza  trazar guarismos. Pero
esta vez desfallecido, confuso, lvido, pensando ya en la muerte.

--Tampoco, tampoco es eso, Sr. Utrilla--manifiesta el profesor con
acento compasivo.

El de lgebra sonre mefistoflicamente, y dice con _retintn_ en
andaluz cerrado:

--De tre manera lo s es... _percuraaor_... _porcurador_ y
_precurador_.

Los seores del tribunal se tapan los ojos con la mano para ocultar la
risa. Aquella burla le llega al alma  nuestro cadete, quien muda de
color varias veces en pocos momentos.

--Puede usted retirarse--le dice el profesor de Mecnica, haciendo
esfuerzos intiles por ponerse serio.

El hijo de Marte se retira tropezando con todos los objetos, porque no
ve. El cuello ms largo, la nuez ms abultada, el corazn rodo por el
despecho y la clera.

Despus vino  casa, y por consejo del ama de llaves se desmay. Su
padre, al saber la causa, lejos de socorrerle, exclam furioso:

--As te murieses, gran tuno! Me lleva consumido este chico ms
paciencia y ms dinero que l vale.

Despus vino la consiguiente escena de familia. Al salir del desmayo le
pasaron recado de que su padre y su hermano le esperaban en el despacho
del primero. All padeci nuestro soldado nueva y dolorosa humillacin.
Su padre le increp con saa, le llam imbcil y badulaque y le mostr
el libro de cuentas donde constaban sus gastos:--Por tantos meses de
preparacin de matemticas... tanto; clases de dibujo... tanto; uniforme
de gala... tanto; dem de diario... tanto; etc., etc.

Mientras su seor padre daba lectura con voz alterada de esta cuenta, su
hermano mayor rechinaba los dientes como un condenado. De vez en cuando
dejaba escapar un sonido gutural lamentable, como si algn diablo
previsor viniese en aquel instante  echar ms carbn en el horno donde
le tostaban. Al fin, en un momento de respiro, pudo exclamar sordamente:

--Y que un hombre se est mortificando de la maana  la noche, metido
entre sebo y porquera, para que lo que l suda se lo gaste un seorito
en cintajos y copas de cognac!

--No suceder ms, Rafal, te lo juro!--grit el padre.--Desde maana
este mocoso te ayudar en la fbrica. All aprender cmo se gana el
pan!

El ex-cadete qued anonadado. l, un caballero cadete del cuerpo ms
aristocrtico del ejrcito, pasar de pronto al servicio de una fbrica
de bujas! Para Utrilla, esto era el colmo de la degradacin. Guard
unos instantes de silencio, y al cabo profiri grave y pausadamente con
su voz de bajo profundo:

--Si se ha de arrastrar mi dignidad hasta convertirme en un capataz de
fbrica, valiera ms que me sacasen ustedes al campo y me pegasen cuatro
tiros.

--Cuatro palos que te deslomen te voy  dar yo, haraganazo! Aguarda,
aguarda!

Y el honrado fabricante gir en torno del despacho la irritada vista, y
percibiendo un bastn de caa, arrimado  la pared, se lanz con furia 
empuarlo. Pero ya Aquiles, el de los pies ligeros, haba salido de la
habitacin y en cuatro trancos se haba retirado  su tienda.

Una vez en ella, despus de haber dado vuelta  la llave con admirable
escrupulosidad y haber escuchado atentamente un rato con el odo pegado
 la cerradura,  fin de cerciorarse de que Peleo no haba pasado del
promedio del corredor, pudo entregarse libremente  la meditacin.
Comenz  recorrer la estancia en sentido oblicuo con las manos en los
bolsillos, la cabeza hundida en el pecho, los hombros levantados,
pensando seriamente en que... Pero la espada tropezaba  cada instante
en los muebles y se le meta entre las piernas, estorbndole para andar.
Se despoj de ella y la tir con displicencia militar sobre el sof.
Pens en que tena dos caminos delante de s. Uno, el de escaparse de
casa, sentar plaza y satisfacer de esta suerte la nica vocacin de su
vida. Otro, el de asistir  la fbrica y trabajar en ella como su
hermano. Era preciso tomar una resolucin decisiva, como convena  su
carcter inflexible y enrgico. Y en efecto, nuestro ex cadete, con una
energa que no encontrar muchos imitadores en esta poca degenerada,
adopt prontamente el acuerdo de trabajar en la fbrica de bujas.
Resuelto este punto importantsimo, qued ms tranquilo, y pudo
detenerse un momento  encender un pitillo. Quedaba otro, no obstante,
de gran trascendencia, el de lavar la afrenta que el profesor de lgebra
le haba hecho durante el examen. Utrilla razonaba de este modo:

--Si continuase en el ejrcito, la burla no sera injuria, porque ya se
sabe que la disciplina impide al inferior, pedir satisfaccin al
superior, de las ofensas; pero una vez fuera del cuerpo y trasformado en
paisano, la cosa vara de aspecto... Vaya si vara!--repiti arrugando
el entrecejo de un modo imponente.--Maana quedar resuelto este punto.

Y en esta disposicin aciaga de espritu, nuestro cadete se puso 
redactar el borrador de la carta que pensaba dirigir al profesor de
lgebra: Muy seor mo: Si tiene usted alguna delicadeza (lo cual me
permito dudar), comprender usted que, despus de la grosera burla que
usted ha tratado de hacerme ayer prevalindose del sitio que ocupaba, es
de absoluta necesidad que uno de los dos desaparezca de la tierra. Para
el efecto, se entender usted con mis amigos los seores (_aqu dos
blancos para los nombres, pues an no haba decidido cules haban de
ser_). Queda siempre  sus rdenes, etc.

Despus de leda tres  cuatro veces esta carta, le pareci poco
enrgica. La rompi, y acto continuo escribi esta otra: Caballero: Es
usted un miserable. Si esta ofensa no le basta para mandarme sus
padrinos, tendr el gusto de ir  escupirle en el rostro su seguro
servidor, Q. B. S. M., _Jacobo Utrilla_.

Satisfecho plenamente del fondo y de la forma de la anterior misiva, el
heroico mancebo la puso en limpio con particular esmero, la cerr con
lacre bajo un sobre y la guard en el cajn de la mesa hasta el da
siguiente en que pensaba mandarla  su destino. Ya se llegaba la noche,
y se meti en la cama sin querer tomar alimento alguno. El sueo tard
en visitarle. El ngel de la desolacin bata las alas sobre su frente,
inspirndole proyectos de exterminio  cual ms horrendos. Y sin
embargo,  aquella misma hora el profesor de lgebra dorma acaso
tranquilamente sin sospechar siquiera la desventura que se cerna sobre
su cabeza! Al ocurrrsele tal pensamiento, Utrilla no pudo menos de
sonreir entre las sbanas de un modo siniestro. Al fin Morfeo logr
apoderarse de l, mas no para darle un sueo dulce y reparador. Mil
ensueos funestos le agitaron toda la noche. Desde la una hasta las seis
de la madrugada se bati con un enemigo por todos los procedimientos
conocidos hasta el da, y por algunos tambin de su exclusiva invencin.
Ahora se vea al frente del odioso profesor con un florete en la mano.
Aqul le haba herido en la mano derecha, pero incontinenti, Utrilla
haba exclamado:--Vamos con la izquierda! dejando  los testigos
admirados de su sangre fra. Y con la mano izquierda, zas!  los pocos
golpes le hunda la espada hasta el pomo en el vientre. Ahora se
hallaban ambos con una pistola en la mano. Los testigos dan la seal de
avanzar. El profesor dispara y su bala le roza la mejilla; pero l
avanza, avanza siempre. Entonces el profesor, prximo  morir, se deja
caer de rodillas y le pide la vida. l se la concede disparando al aire,
no sin decir antes con desprecio:--Y que este hombre haya insultado 
Jacobo Utrilla!

La urora divina, la del velo azafranado escalaba ya las alturas del
Guadarrama cuando el mancebo despert en la misma fatdica disposicin
de nimo. Triste da, aquel que comenzaba, para una familia inocente
(el profesor de lgebra tena seis hijos) si Jpiter no se hubiera
apresurado  enviar  la cabecera del hroe  su hija Minerva en figura
de ama de gobierno!

--Jacobito, querido, te estars muriendo de debilidad, hijo mo. Aqu te
traigo el chocolate con ensaimada, que es lo que ms te gusta.

Restregse los ojos el mancebo, dirigi una seversima mirada al
chocolate que tan tiernamente le presentaban, y se dispuso  tomarlo, no
sin rechinar antes los dientes de un modo fatal que puso en alarma  la
buena D. Adelaida.

--Vamos, Jacobito, hijo mo, no te apures ni te disgustes tanto, que vas
 caer enfermo... La cosa ya no tiene remedio... El acostarte sin tomar
nada ha sido una locura. Tu padre se ir conformando, al cabo, y todo se
arreglar. Habrs dormido muy mal, claro est! Te empeas en jugar con
el estmago!... Y ahora qu piensas hacer, hijo mo? Te tengo miedo con
ese geniazo tan arrebatado que Dios te di.

Jacobo al oir esta pregunta suspendi un instante la faena odiosa de
engullir el chocolate, levant la airada vista hacia el ama y exclam
con furor reconcentrado:

--Qu pienso hacer?... Ya se ver, ya se ver lo que pienso hacer!

Y aqu se puso de nuevo  rechinar los dientes de tal modo que D.
Adelaida, sobresaltada, se apresur  decir:

--Vaya, calma, calma, Jacobito! Ya sabes que yo te he visto nacer, y
que tu santa madre, que te dej bien chiquito la pobre, me ha encargado
velar por ti. Si hicieses algn disparate, me mataras de pena... Vamos,
hijo mo, dme qu piensas hacer...

El mancebo, rechazando con un movimiento enrgico la jcara vaca y
rodando convulsimamente los ojos, grit ms que dijo:

--Quiere usted saber lo que pienso hacer?... Pues voy  decrselo
ahora mismo!... Ir  la fbrica, me pondr la blusa, manchar mis manos
con el sebo, arrastrar las cajas de bujas, me tostar la cara al pie
de los hornos... Y cuando alguna persona desconocida llegue  la
fbrica, los obreros podrn decir:--Ese que usted ve ah sucio,
asqueroso, hediondo, ha sido en otro tiempo un caballero cadete, un
cadete de Estado Mayor!... Ah--termin con voz sorda,--no saben, no
saben todava de lo que es capaz Jacobo Utrilla!

El ama que, aunque esperaba una resolucin violenta, no era de este
carcter, prorrumpi en un grito de alegra.

--Eso, eso, hijo mo! Esa es la mejor manera de darles en cara  tu
padre y  tu hermano, que me tienen ya apestada, diciendo que no sirves
para nada, que eres un holgazn...

--Mas antes de eso--interrumpi Jacobo extendiendo ambas manos en ademn
de contener alguna avalancha que se viniese encima--es forzoso que uno
de los dos perezca.

--Virgen de Atocha!--exclam D. Adelaida.--Quin ha de perecer,
Jacobito? Por Dios, no te vuelvas loco! Quieres que muera tu padre?

--No es eso, seora, no es eso! Se trata del profesor de lgebra, con
el cual probablemente esta tarde   ms tirar maana por la maana
cambiar una bala.

--Y qu te ha hecho el profesor de lgebra? Sacarte mal en el examen?
Pues si hubieras estudiado, como tu padre te mandaba, no te hubiera
sucedido eso.

--Seora--grit Utrilla con voz estentrea, infernal, de tal modo que
D. Adelaida di un paso atrs asustada,--no hable usted de lo que no
entiende! El lgebra ya me duelen las narices de tenerla aprobada. Lo
que me ha hecho es una burla, que no puede tolerar el hijo de mi padre,
sabe usted?

--Vamos, sosigate, Jacobito. Ests muy alterado desde ayer. Acaso no
sea eso que t piensas. Puede que ese seor no haya tenido intencin de
burlarse de ti.

--Aunque no haya tenido intencin, el hecho es que se ha burlado, y yo
no he tolerado hasta ahora, no tolero, no tolerar jams que nadie se
quede conmigo. Ya sabe usted que en este punto soy un hombre muy
especial.

--Ya lo s, Jacobito, ya lo s. Tienes el genio lo mismo que tu abuelo
(q. e. g. e.). Qu seor aquel! Era una plvora. Figrate que una vez
estando afeitndose oy un grito en el patio; volvi la cara tan
deprisa, que se di un tajo en las narices tremendo... Pero es necesario
contenerse, hijo mo, reprimir un poco el genio para poder vivir en el
mundo. Yo creo que si ese profesor se ha querido rer de ti, lo que
debes hacer es reirte de l.

Tal fu, con leves variantes, el consejo que en los tiempos primitivos
de la Grecia di Minerva, la diosa de los ojos resplandecientes, al
divino Aquiles en su famosa reyerta con el Atrida Agamenn. Fuerza es
reconocer que nuestro hroe no se mostr tan sumiso  las rdenes de la
diosa como el hijo de Peleo. En vez de envainar como ste la espada
inmediatamente y someterse, se neg  incoar otro procedimiento que no
fuese el de la fuerza. Lo nico que D. Adelaida pudo conseguir, despus
de muchos ruegos, fu que aplazase para otro da la destruccin del
profesor.

Aquella misma maana, sin embargo, puso por obra su enrgica decisin de
ir  la fbrica y trabajar all todo el da como un perro, lo cual es
de presumir que dejara enteramente avergonzados y confusos  su seor
padre y hermano, aunque lo disimularon perfectamente. Vencidas de esta
suerte, gracias  su increble audacia y sangre fra, la mayor parte de
las dificultades que su posicin excepcional le haba originado, lo
nico que le traa desasosegado era que Julita no llevase  bien aquel
prematuro retiro del servicio militar. As que tard algunos das en
comunicrselo. Mas no fu parte slo el temor de enojarla para ello,
sino tambin el que desde haca algn tiempo no vea tan  menudo  su
novia como antes. Julita haba dado en la funesta mana de no salir al
balcn sino raras veces, y en la no menos desastrosa de poner obstculos
al envo regular de las cartas. No obstante, Utrilla le escribi una
noticindole que por razones de familia, y para atender al arreglo de
sus intereses, se haba separado del servicio. Fu la manera ms
decorosa que hall de decirle que le haban reprobado. Contra lo que l
presuma,  Julia no le produjo gran efecto la noticia; tanto, que tard
cinco  seis das en contestarle, y al cabo le dijo: que si haba
dejado la carrera porque as le conviniese, haca perfectamente; pero
que de all en adelante hiciese el favor de no escribirle por medio de
la portera, pues tena razones para oponerse, y que esperase  que ella
le dijese  quin haba de entregarle la carta.

Justamente en estos das fu cuando Miguel tropez con el ex cadete dos
veces. ste se alegraba tanto de verle y le mostraba tal simpata y
cario, que Rivera no poda menos de corresponderle, llevando su
magnanimidad hasta llamarle alguna vez futuro cuado.--Si de todos
modos se ha de llevar un pillo  mi hermana, ms vale que sea usted,
amigo Utrilla--le deca. El antiguo cadete se hinchaba de gozo hasta
romprsele el pellejo, no slo por la perspectiva del matrimonio con
Julia, sino por oirse llamar pillo de modo tan galante. En ambas
entrevistas le rog encarecidamente que le hiciese el honor de visitar
su fbrica, pues tena grandes deseos de mostrrsela, y de manifestarle
las grandiosas reformas que pensaba operar en ella, si su padre y
hermano (que aqu para los dos son unos rutinarios) no se oponan
fuertemente. Con tal viveza expres su deseo, que al fin cierta tarde,
Miguel se decidi  tomar un coche y plantarse en los Cuatro Caminos,
donde no le fu difcil topar con la fbrica de bujas de Utrilla y
Compaa.

--Est el Sr. Utrilla?

--D. Manuel no suele venir por la fbrica. Vive en la calle del
Sacramento, nmero cuarenta y seis.

--Busco  su hijo.

--Ah, D. Rafael!--dijo el portero.--S, seor, est pase usted.

--Es  D. Jacobo  quien busco.

--D. Jacobo?--manifest el portero indeciso y sonriendo.--Ah, s
seor, Jacobito! Ya no me acordaba! Tambin est, pase usted.

Utrilla estaba escribiendo en compaa de su seor hermano, el cual, al
saber que se trataba de un amigo de Jacobo, apenas se dign levantar la
vista y saludar con un leve movimiento de cabeza. En cambio, Utrilla se
puso colorado hasta las orejas y vino  abrazarle con presteza.

--D. Miguel! Usted por aqu?... Cunto le agradezco!...
Rafael--aadi dirigindose  su hermano,--voy  ensear la fbrica al
Sr. Rivera...

Rafael sin levantar la cabeza respondi secamente:

--Est bien.

Salieron del despacho y recorrieron los talleres lentamente, parndose 
examinar el mecanismo de cada operacin, que Utrilla explicaba en voz
alta. De vez en cuando llamaba con tono imperioso.

--Pepe, trete ese molde... Enrique, levanta esa tapa.

Los subordinados no se apresuraban  cumplimentar estas rdenes, y era
necesario entonces que las repitiese con una voz que envidiara
cualquier bajo de pera.

El traje del ex cadete por la fbrica no poda ser ms sencillo:
pantalones de dril, camiseta encarnada, zapatillas y una americana vieja
con el cuello levantado. Aunque hiciese mucho calor, Utrilla, lo mismo
en la calle que en casa, llevaba siempre el cuello de este modo, lo cual
daba  su figura cierta expresin de hombre arruinado por los vicios; y
esto era lo que  l le encantaba. En el taller de mujeres, Utrilla se
autoriz con las operarias algunas libertades, como guiarles el ojo,
tirarles suavemente del pauelo y decirles una que otra cosita
picaresca.

--Usted me dispensar, D. Miguel; son resabios de la vida militar.
Aunque  uno le peguen cuatro tiros, no puede menos de decir alguna
_guasa_  las muchachas.

--Nada, nada, por m no se reprima usted, amigo Utrilla.

--Hombre, va usted  ver una cosa muy original que se me ha ocurrido
estos das. Se va usted  sorprender!... Ya me deca el maestro del
taller: Lo que  usted no se le ocurre, seorito, no se le ocurre al
diablo.

--Veamos.

Le condujo entonces al depsito, y abriendo un armario le mostr algunos
paquetes de bujas con unas etiquetas litografiadas que decan _Julia_
(buja extra-fina).

--Qu tal?--pregunt con aspecto radiante y triunfal.

--Muy bonito! Muy delicado!--repuso Miguel sonriendo.

--Llvese usted un paquete.

--Hombre, no, muchas gracias.

--Nada, nada, se lo lleva usted... y si no se lo envo.

Desde all le condujo  un cuarto que era un departamento destartalado,
con un mal sof de paja, tres  cuatro sillas y una mesa con pupitre. En
la pared haba una panoplia con el ros, la espada, las espuelas del
uniforme de cadete, un par de floretes y una careta. Utrilla confes 
su amigo que no poda mirar  aquella panoplia sin tristeza, recordando
los buenos tiempos del servicio.--Qu vida tan alegre la del militar!
Crea usted, Sr. Rivera, que  pesar de lo riguroso de la ordenanza, la
echo mucho de menos.--Despus le ofreci un cigarro, y sacando una gran
boquilla de espuma de mar, se puso tranquilamente  _culotearla_,
refirindole al mismo tiempo, con la satisfaccin de un veterano,
algunas ancdotas de su vida de academia.

--Es bonita esa boquilla. Qu representa?

--Un can sobre una pila de proyectiles... Qudese usted con ella, D.
Miguel.

--No faltaba ms--respondi ste devolvindosela.--Est muy bien
empleada.

--Pues yo tengo mucho gusto en que usted se quede con ella, y no la
tomo.

--Vamos, no sea usted as, amigo Utrilla!

--Trela usted al suelo si quiere, pero yo no la tomo.

Y no hubo ms remedio que guardarla.

Despus el antiguo cadete hizo que la conversacin recayese sobre Julia,
para implorar de su hermano proteccin, pues le haba escrito cuatro
cartas y  ninguna haba contestado.

--Usted comprender, querido Utrilla--dijo Miguel ponindose serio,--que
este asunto es muy delicado y que yo no debo mezclarme en las cosas de
ustedes.

--Es que--repuso el cadete exhalando un suspiro--con este carcter
violento que Dios me di, le he mandado hoy una carta dicindole que, si
persista en su conducta, hiciese el favor de no escribirme ms... y
temo que se enfade de veras.

--Yo tambin temo--dijo Miguel riendo--que cumpla al pie de la letra su
encargo.

El cadete quedse algunos momentos pensativo y sombro. Despus,
saliendo de su estupor doloroso y pasndose la mano por la frente, dijo:

--Pero,  todo esto, usted no se ha lavado las manos, D. Miguel.

ste le mir con sorpresa.

--En la fbrica--sigui el cadete--siempre se ensucian. Aqu tiene usted
jofaina y jabn.

--Muchas gracias, no las tengo sucias.

Pero Utrilla le presentaba al mismo tiempo la jofaina trasvertiendo de
agua clarsima, y la jabonera, de tal modo que Miguel, por no aparecer
enemigo de la limpieza, consinti en lavrselas. El jabn despeda un
fuerte olor  naranja.

--Sabe usted que es un jabn muy fino y muy agradable?--dijo Rivera por
decir algo.

--Le gusta?... Pues voy  darle  usted una pastilla...

--Amigo mo, por Dios!

Utrilla, sin escuchar sus protestas, sac del pupitre el jabn, lo
envolvi en un papel y se lo meti casi  la fuerza en el bolsillo. De
all en adelante se guard Miguel de alabarle ningn objeto que
estuviese  la mano.

Al despedirse, el ex cadete le apret las manos con efusin y le dijo
con voz conmovida:

--No deje de hablarla. Si viera usted qu triste y qu inquieto estoy!

La verdad es que harto motivo tena para ello, como se ver en el
captulo siguiente.

[imagen decorativa]




VI


SI tu hijo fuese  parar  una fonda viviendo yo en
Madrid, me enfadara con l y contigo--haba escrito la brigadiera
ngela  su prima Mara Antonia. Y su prima le contest: He dado
traslado de tu carta  Alfonso, advirtindole que tendra mucho gusto en
que se hospedase en tu casa. Aunque rebelde casi siempre  mis consejos,
espero que esta vez me complacer. Lo que siento, querida, es que su
estancia te cause alguna molestia, porque yo no s qu clase de hbitos
habr adquirido por Pars; pero t lo has querido, t te lo ten.

La brigadiera hizo arreglar la habitacin que haba ocupado Miguel, con
tal esmero y cuidado, tanto mortific  su hija Julia en los pormenores
de la cama, las cortinas, etc., que la nia no llamaba  su primo ms
que _el nio de la bola_, cuando hablaba de l con las criadas. Antes de
conocerle ya le era profundamente antiptico. No poco contribuy  ello
tambin el que el viajero les di por dos veces chasco anunciando su
llegada. Las noticias que de l tena tampoco eran muy favorables.
Alfonso Saavedra haba quedado sin padre desde muy nio, y heredero de
una fortuna considerable. Su madre no tuvo energa  habilidad bastante
para educarle. Ni termin carrera alguna, ni se ocup en otra cosa que
en divertirse y dar rienda suelta  sus pasiones, que, al decir de la
gente, no podan ser ms violentas. Contbanse de l algunas calaveradas
chistosas, y otras muchas repugnantes. Haba residido casi
constantemente en Pars desde muy joven, donde haba mermado bastante su
capital; pero como an le quedaba la herencia de su madre, que era tan
cuantiosa  ms que la de su padre, viva tranquilo y gastaba largo.

Al fin se recibi un telegrama noticiando la salida de Pars del _nio
de la bola_. Y al da siguiente por la maana ya estaba all. Cuando oy
sonar la campanilla Julita, hacindose la distrada, se retir al cuarto
de la costura, y comenz  burlarse con la criada del aparato que su
primo desplegaba, pues se advirti en el pasillo mucho ruido de trastos.

--Dnde le han introducido, Inocencia?--pregunt  la doncella, que
entraba en aquel momento.

--Est en el gabinete con mam.

 los pocos minutos se oy un fuerte campanillazo.

--Llama la seora--dijo Inocencia corriendo.

--Seorita, que haga el favor de ir al gabinete en seguida, dice su
mam--manifest al tornar.

--Bueno--respondi Julita, de mal humor.--Estn sentados?

--S, seorita.

--Pues entonces pueden aguardar sin molestarse.

Mas  los pocos instantes se repiti el campanillazo con ms fuerza, y
la nia, adivinando el enojo de su madre, se levant de malsimo
talante, y dejando caer la costura exclam con acento desdeoso:

--Vaya, vamos  ver  D. Alfonso, Prncipe de Asturias!

D. Alfonso era hombre de unos treinta y cinco aos de edad, buen mozo,
de facciones correctas, las mejillas rasuradas y los bigotes retorcidos
al estilo francs. En sus cabellos negros y ondeados brillaba tal cual
hebra de plata; pero ste era el nico signo que acusaba su madurez. Por
lo dems, sus mejillas frescas y sonrosadas, la dentadura blanca y
cuidada y los ademanes sueltos y graciosos le daban aspecto de muchacho.
Su traje de viaje era elegante y coquetn, con ciertos perfiles
parisienses no conocidos en Madrid. Julita se hizo cargo de todo ello
con una rpida ojeada. No era ste el hombre que esperaba encontrar.
Oyendo hablar de su primo como de un calavera gastado, se lo haba
representado siempre amarillo, flacucho, desgalichado, echando el pulmn
por la boca como otros calaveras madrileos que conoca de vista.

Al ver  la joven se levant apresuradamente.

--Oh, qu prima tan linda!--exclam apretndole al mismo tiempo la mano
de un modo carioso y franco.--Me perdonars que te haya distrado de
lo que estabas haciendo, verdad?

--No estaba haciendo nada... Sintese usted.

D. Alfonso qued un instante suspenso y, sentndose, exclam con un
gesto de resignacin:

--Qu terrible desengao, ta! Su hija no se atreve  tutearme...
Estas canas maldecidas!

Julita se puso fuertemente colorada.

--No es eso!

--Entonces es que te he sido antiptico, confisalo... Pero yo no tengo
la culpa, ni de ser viejo, ni de que tu mam te haya molestado por mi
causa.

Julita, cada vez ms colorada, no saba cmo defenderse. Su madre vino
en auxilio.

--Ni lo uno, ni lo otro, Alfonso; lo que hay es que como no te ha
conocido hasta hoy, le da vergenza.

--Es verdad eso?--pregunt  su prima dirigindole al mismo tiempo una
mirada clara y risuea.

Aqulla hizo un gesto afirmativo, sonriendo.

--Menos malo... Pero me queda cierto escozor  remordimiento. Te
agradecera que me dijeses que me perdonas.

Julita, venciendo  duras penas el rubor que la sofocaba, le dijo 
media voz:

--No tengo de qu perdonarte.

--Gracias, primita--manifest D. Alfonso, levantndose y estrechndole
otra vez la mano con ademn elegante y gracioso.

Despus se puso  hablar con su ta en tono jovial acerca de la familia.
Pas revista  toda la parentela, informndose de ciertas
particularidades que no conoca. La conversacin rod despus sobre las
costumbres de Pars, que describi con gracia y amenidad, procurando
enaltecer  Espaa en la comparacin, en vez de deprimirla, como suelen
hacer la mayora de los viajeros. Esto le capt la simpata de la
brigadiera. D. Alfonso hablaba con aplomo y naturalidad, pero sin
arrogancia: antes, en medio de la conversacin, sola rectificar
cualquier concepto que pareciese inmodesto, esforzndose con empeo en
demostrar que no quera aparecer como hombre notable en ningun aspecto.
Hablando de mujeres, todas le haban dado calabazas. Si hablaba de arte
y daba su opinin sobre los museos  los cantantes, era protestando de
que entenda muy poco  nada de pintura  de msica. Si por incidencia
se vea obligado  referirse  algn lance personal que hubiera tenido,
pasaba sobre ello como sobre ascuas, no sin dar  entender que haba
hecho todo lo posible por evitarlo, y haciendo de paso cierta burla del
duelo y los duelistas. Como D. Alfonso tena fama de ser afortunado en
amores y se contaban bastantes devaneos suyos, como tocaba el piano
bastante bien y era reputado por uno de los primeros tiradores de armas
de Pars y se haba batido ms de una docena de veces, esta humildad
suya en la conversacin formaba un contraste gratsimo, que es prenda
segura de xito feliz en sociedad. Agregbase  estas buenas dotes el
acento levemente extranjero que haca ms insinuante aun y ms suave su
palabra.

Escuchbale Julita fijando en l esa mirada intensa y zahor con que las
jvenes analizan en un instante todo el ser fsico y moral de un hombre.
Del anlisis resultaba su primo altamente favorecido. No tena idea de
que fuese un hombre tan amable y simptico. Los incidentes de su vida
que le haban contado antes le acreditaban por altivo y violento de
carcter, cuando no por grosero y desvergonzado. Una vez, en Sevilla,
estando por la noche jugando al tresillo en su casa, porque no le daba
bien el naipe, se fu excitando tanto, que concluy por decir mil
tonteras y anunciar  las seoras que all haba que iba  entrar por
el saln montado en su jaca. Nadie lo crey, y se le dej ir sin hacer
caso; mas  los pocos minutos se present en efecto  caballo, con
espanto y terror de los presentes, particularmente de las seoras, que
comenzaron  gritar, mientras l espoleando  la jaca soltaba
carcajadas. En otra ocasin, hallndose en relaciones amorosas con una
joven de la clase media, se present vestido de etiqueta en casa de los
padres anuncindoles que iba  hablarles de un asunto reservado 
importante. El pap, que era un modesto empleado del gobierno,
figurndose, como todo haca presumir, que iba  pedirle la mano de su
hija, le recibi temblando de emocin. Despus de muchos rodeos y
perfrasis, Saavedra concluy por pedirle que informase favorablemente
cierto expediente que tena en su mesa. Esta broma odiosa corri por
toda la poblacin, poniendo en ridculo  aquel pobre  inocente seor.
Pero vindole y escuchndole Julita, se olvid de estos y otros rasgos
no ms delicados. Aquel joven tan fino, tan modesto que tena delante,
no era el mismo indudablemente.

Saavedra, despus de haberse mostrado tan galante con su prima, tard
mucho tiempo en dirigirle la palabra y aun en mirarla. Tan embebido
estaba en su conservacin con la brigadiera. As que aqulla tuvo
sobrado tiempo para hacer de l un escrupuloso examen. El cuello de la
camisa, la corbata, la cadena del reloj, las botas, todo era elegante y
acusaba por la novedad su origen traspirenaico.

--Tendrs deseo ya de quitarte el polvo y lavarte, Alfonso--dijo la
brigadiera.--Vamos  guiarte  tu habitacin, que es la que ocupaba mi
hijo Miguel.

No se cans de loarla D. Alfonso, encontrndolo todo  su gusto.

--Voy  estar aqu como el pez en el agua, ta. Va usted  tener que
echarme; ya ver usted.

--Te advierto--dijo Julia--que la cama la he hecho yo. No digas despus
que has dormido mal.

En cuanto solt estas palabras, tan propias de su carcter festivo,
arrepintise de haberlas dicho y se ruboriz. D. Alfonso volvi la cara
hacia ella y la mir con cierta curiosidad risuea.

--Precisamente por eso dormir mal, primita. No has hecho bien en
decrmelo.

Julita se puso mucho ms encarnada, y para disimular su turbacin
principi  arreglar los frascos del tocador y sali en seguida del
cuarto. Dejlo solo al fin la brigadiera, y poco tiempo despus se
present de nuevo en la sala con otro traje de ltima y acabada
elegancia.

--Julita--dijo la brigadiera,--avisa que pongan el almuerzo. Ya tendrs
debilidad, Alfonso.

--No, ta, lo que tengo es hambre. La palabra es ms prosaica, pero ms
exacta.

La brigadiera acept riendo el brazo que su sobrino le ofreca para ir
al comedor. Durante el almuerzo las tuvo de igual modo agradablemente
entretenidas, contndoles mil sucesos curiosos, pintndoles
minuciosamente las _soires_ del gran mundo parisin, y de ellas lo que
ms poda interesarlas, como era lo referente al tocado de las seoras y
al adorno de los salones. Enmedio de la conversacin, no se olvidaba,
sin embargo, un instante de aquellas atenciones galantes y cuidados que
su situacin exiga. Sin mirar hacia all vea cundo le faltaba vino 
Julia, ofreca aceitunas  su ta, le acercaba la mostaza, le cortaba el
pan, etc., etc. Julia estuvo alegre, decidora como siempre, acaso ms
que otras veces; pero en cuanto soltaba cualquier expresin ms  menos
picaresca, se ruborizaba bajo la mirada firme, risuea y levemente
irnica de su primo. Era la primera vez que se haca violencia para
estar graciosa y atrevida. Saavedra, cuando la nia tena alguna
ocurrencia feliz, levantaba la cabeza y con su sonrisa pareca decir:
Tiene gracia esta chiquilla. Esta sonrisa humillaba un poco  Julia,
pues debajo de ella lea un sentimiento de proteccin desdeosa,  por
lo menos una indiferencia absoluta, mal cubierta por la extremada
cortesa que se desprenda de todas sus palabras y ademanes. Porque eso
s, D. Alfonso no se descuidaba un instante, no perda una sola ocasin
de manifestar su rendimiento y decir, lo mismo  su ta que  su prima,
cuanto pudiera serles agradable.

En los das sucesivos no desminti tampoco jams su galantera. La
brigadiera escribi  su prima manifestndole que no un mes, sino toda
la vida tendra  su hijo en casa; que era un perfecto caballero, y que
en Espaa los jvenes no son capaces de adquirir una educacin tan
esmerada y unas maneras como las que l posea. Entre l y Julia rein
pronto cordial y perfecta confianza. La nia le entretena con su charla
animada y pintoresca, que recordaba al expatriado sus aos de infancia y
adolescencia. D. Alfonso tocaba tambin la guitarra, y  esta habilidad
y  la de cantar polos y sevillanas con alguna gracia, deba no pocos
triunfos en los salones de la capital de Francia. Mas all tocaba y
cantaba para impresionar  las bellas y hacerse notar, mientras aqu
para darse gusto y traer  la memoria das  sucesos felices. Cuando
tornaba  casa por la tarde, una hora antes de comer, gustaba de
sentarse al lado de su prima, y con la guitarra sobre las rodillas,
cantar todo el repertorio, no slo de canciones clsicas, sino de
pasacalles, habaneras y polkas de su tiempo. Julia le iba recordando
algunas que l ya tena olvidadas, y cada vez que esto suceda, bata
las palmas de gozo y alababa con entusiasmo la memoria de su prima. sta
se hallaba en sus glorias aquellos das. No slo tena conversacin y
estaba entretenida gran parte del da previniendo las necesidades del
forastero, inspeccionando el planchado de su ropa y la limpieza y aseo
de su cuarto y curioseando con alegra infantil en el equipaje, sino
que  todas horas se estaba oyendo llamar bonita, graciosa, elegante,
encantadora. Y qu muchacha sobre la tierra no goza con esto! Porque D.
Alfonso posea talento singular para echar requiebros sin repetirse y
sin descender  las vulgaridades eternas, y saba recoger con maestra
cualquier ocasin para ensalzar todas y cada una de las partes del
agraciado cuerpo de la nia. Unas veces eran sus manos, se las
comera!: otras era su dentadura: en el extranjero se vean muy pocas
bocas frescas as como aqulla; otras, en fin, eran sus cabellos negros
como el azabache: ya estoy cansado de no ver ms que estopa sobre la
cabeza de las mujeres. Sin darse cuenta cabal de ello, la nia esperaba
con impaciencia por las tardes la llegada de su primo, y si algo se
retrasaba, alzbase del asiento  menudo y tornaba  sentarse sin motivo
alguno. En estos das fu cuando nuestro bizarro amigo Utrilla escribi
aquellas famosas cartas de que se ha hecho mencin en el anterior
captulo.

Una tarde, al entrar en casa Saavedra, Julia cruzaba casualmente por el
pasillo corriendo. Al pasar por delante de l, sin saludarle, le tir
por la punta de la corbata y le deshizo el lazo.

--Alto, alto, gitanilla! Ven  arreglarlo... No te perdono...

Pero ya Julia haba desaparecido riendo. D. Alfonso la sigui. Hallla
en el comedor. La nia al verle ech  correr de nuevo y se meti en la
cocina.

--No te escapas!--grit Saavedra.

--S me escapo--respondi ella, desapareciendo de nuevo.

Corrieron ambos por el pasillo; mas al llegar cerca de la sala, Julia se
volvi, y dando algunos pasos hacia su primo, le dijo:

--No me persigas ms, te har el lazo, pero no respondo de hacrtelo
bien.

--Basta con que lo hagas. Es un castigo que te impongo.

Riendo, pero con la mano un poco trmula, le arregl la corbata.

--Qu traes aqu colgando?--le dijo despus bajando la cabeza para
examinar un dije que el forastero traa en la cadena del reloj.

--Un corazn de oro... como el mo!

Y al decir esto, se baj y estamp un beso en el cuello de la joven.

Julia se irgui como si la hubiesen pinchado, se puso roja y, echndole
una mirada severa, le dijo sordamente:

--Te advierto que no quiero que vuelvas  hacer eso.

Saavedra la miraba con ojos risueos, provocativos, y sin hacer caso
alguno del enfado, sigui hablando con ella tranquilamente. Julia,
vacilando qu partido tomar, contestaba gravemente  sus preguntas sin
mirarle. Al cabo, el perfecto sosiego y la seguridad de su primo la
fueron venciendo, y concluy por mostrarse alegre como antes.

Las relaciones siguieron cordialsimas algunos das, hasta que de pronto
Julia, sin saber por qu, comenz  mostrarse seria y melanclica.
Algunas tardes, en vez de ir  la sala  dar conversacin al forastero,
le dejaba solo con su mam. Si le encontraba en el pasillo, le diriga
una mirada furtiva y severa, y le dejaba pasar sin decirle nada. Algunas
veces, cuando aqul le diriga la palabra, no contestaba, fingindose
distrada; otras veces, si iba  entrar en el gabinete y estaba l all
leyendo un peridico, daba la vuelta rpidamente. Todas estas seales
de desprecio  resentimiento, aunque parezca raro, no causaban efecto
alguno en D. Alfonso, el cual, como si no las advirtiese, continuaba
desplegando con ella la misma galantera, y aun ms si cabe, sin cambiar
tampoco en un pice sus costumbres, ni sus horas de salir y entrar en
casa. No todos los das estaba triste Julia. Haba algunos en que, sin
motivo alguno tampoco, pareca extremadamente alegre, atronaba con sus
gritos la casa, embromaba  su mam,  su primo,  todos los que
frecuentaban la casa, y se mostraba en sus chistes ms atrevida que
otras veces. Pero acaecale de pronto, en medio de esta ruidosa alegra,
quedarse algunos momentos con los ojos fijos, extticos, y entonces su
fisonoma tomaba una expresin dolorosa muy singular. En estos das
risueos afectaba con el forastero amabilidad inusitada, como si
quisiera indemnizarle de los pequeos desaires que en los anteriores le
daba. D. Alfonso le rob otros tres  cuatro besos, lo cual ocasionaba
siempre una protesta enrgica por parte de la nia, y ltimamente la
amenaza formal de decrselo  su madre. Sin embargo, no eran stos los
das de tristeza y abatimiento.

Formaban, cierta tarde, tertulia Julia, Miguel y Maximina con el
forastero, en el gabinete de la brigadiera. Julia estaba muy contenta.
De pronto, Saavedra dice:

--Oyes, Julita, t no tienes novio?

La muchacha se puso como una cereza; despus plida. Miguel, viendo su
turbacin, y equivocndose de medio  medio acerca del motivo, acudi en
su auxilio diciendo:

--Julia no se ha fijado todava en ningn hombre. Tiene el carcter
demasiado ligero...

--Qu sabes tu?--interrumpi aqulla con furia, echndole una mirada
feroz.

--Yo pensaba, querida ma...

--T puedes hablar de lo que sepas. De lo que pasa dentro de m nada
sabes--repuso con entonacin severa; y volvindose  su primo, y
mirndole  la cara fijamente, aadi:

--Y si lo tuviese, qu?

--Nada--respondi tranquilamente D. Alfonso;--que me alegrara fuese
digno de ti, lo cual no me parece fcil, dado lo que t vales, primita.

--Oh, s: yo soy una divinidad!--exclam la nia con acento sarcstico.

Permaneci un momento pensativa, y levantndose sali del gabinete.

Miguel haba quedado sorprendido de la contestacin de su hermana, no
tanto por el alcance de sus palabras, como por el tono violento y
desdeoso que hasta entonces jams haba usado con l. Y detenindose 
meditar un instante, no anduvo lejos de averiguar lo que pasaba por el
corazn de la nia.

Entr sta de nuevo, al cabo de unos minutos, con el semblante risueo,
lo mismo que antes, y comenz  alegrar la tertulia con sus ocurrencias.
No se sent. Daba vueltas por la habitacin, movindose con la gracia y
la volubilidad que la caracterizaban. Miguel observ, no obstante, que
haba demasiada agitacin en aquella alegra. Pasaba de una conversacin
 otra violentamente: haca preguntas que ella misma se contestaba, y
dejaba escapar carcajadas por el ms liviano motivo. Sentse al piano, y
se puso  teclear fuertemente. Despus cant una romanza de pera, que
interrumpi sbitamente para empezar una cancin espaola, que tampoco
concluy. Dej el piano despus para retozar con Maximina,  la cual,
quieras  no, hizo bailar una polka. Luego, la emprendi con su
hermano,  quien bes repetidas veces, diciendo  Maximina:

--No te celars, verdad?

Los ojos del forastero la seguan en todas estas evoluciones, fijos,
persistentes, con cierta leve expresin de irona. Miguel lo observ, 
hizo un gesto imperceptible de disgusto.

En los das que siguieron, el desdn que Julia mostraba  su primo se
fu acentuando de un modo poco conveniente. Bastaba que l entrase en la
habitacin donde ella estaba para que inmediatamente se saliese. Si la
invitaba  cantar   tocar el piano, se negaba rotundamente. No le
diriga la palabra, y si se vea obligada  contestar  alguna pregunta,
lo haca con mal humor y sin mirarle  la cara. La brigadiera advirti
estas faltas, y la reprendi severamente; mas no consigui nada. D.
Alfonso pareca no advertirlas, y segua imperturbable practicando su
exquisita cortesa, y aprovechando cualquier ocasin para tributarle
alguna alabanza, que, por supuesto, ella reciba de malsimo talante.

Un da,  la hora de comer, de sobremesa ya, la brigadiera departa
amigablemente con su sobrino. Julita guardaba silencio obstinado,
haciendo bolitas de pan y mirando fijamente  la mesa. Se hablaba de un
baile que iba  dar un duque, amigo de Saavedra, en el cual se quera
resucitar el antiguo y clsico minu. Al efecto, haca das que se
estaban ensayando, y Saavedra haba encargado un lujoso vestido de
casaca y pantaln corto, cuyos pormenores estaba describiendo
prolijamente  su ta. Julita levant la cabeza, y fijando en l una
mirada provocativa, le dijo, con cierto encono mal refrenado:

--Parece mentira que t te ocupes en esas cosas.

--Por qu, primita?--pregunt sonriendo con amabilidad D. Alfonso.

--Porque t ya eres un viejo--repuso la nia con acento despreciativo.

Ante aquella salida grosera hubo un instante de silencio. La brigadiera
fu quien lo rompi indignada, sin que la ira le dejase terminar las
frases.

--Chiquilla! Insolente! No te da vergenza! Cmo te atreves?... Si
me fuese  llevar del genio!.. (levantndose en actitud airada).--
ver... Sal ahora mismo de aqu, desvergonzada!...

D. Alfonso, sonriendo con la misma tranquilidad, procuraba calmarla
diciendo:

--Pero qu tiene de particular eso, seora? Julia no ha dicho ms que
la verdad. Es lo mismo que yo me digo todas las maanas al peinarme...
Lo peor de todo es que soy un viejo verde...

La brigadiera, sin escuchar, le sealaba la puerta  su hija con el
brazo extendido. sta, saltndosele las lgrimas, pero con semblante
hosco y fiero, sali del comedor.

D. Alfonso sigui haciendo esfuerzos para calmar  su ta, que, no
habindose desahogado, segn costumbre, de un modo ms brutal, buscando
la compensacin, cubra de dicterios  su hija. Sosegada  medias, se
levant para dormir un poco la siesta. El forastero tambin se levant
con el cigarro en la boca, y con paso lento, perezoso, se fu hacia el
cuarto de costura, donde esperaba hallar  su prima. En efecto, all
estaba leyendo un libro frente  una mesilla, con la cabeza apoyada en
una mano y la otra pendiente sobre el respaldo de la silla. D. Alfonso
se detuvo  la puerta y la contempl algunos instantes, dibujndose en
sus labios una sonrisa indefinible. Julia permaneci inmvil, rgida,
frunciendo un poco ms la frente. D. Alfonso se acerc lentamente hasta
ella y, bajando con humildad la cabeza, pos los labios en la mano
pendiente de la nia, diciendo al mismo tiempo:

--Perdn!

Julia di un brinco dejando caer la silla, y se escap como una
exhalacin.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




VII


LA vida de los esposos se haba ido regularizando. La
casa estaba enteramente amueblada. Miguel se levantaba temprano y se iba
al despacho  trabajar. Maximina quedaba algn tiempo ms en la cama,
desquitndose de los malos ratos que en el convento y en su casa la
haban hecho pasar toda la vida. Porque su naturaleza reclamaba mucho
sueo y jams haba podido satisfacer esta necesidad. Alguna vez se lo
haba pedido  su ta como una gracia singular.

--Ta, cundo me dejar usted dormir todo lo que yo quiera?

--Un da; un da te dejar.

Pero ese da no lleg nunca.  las cinco y media en invierno y las cinco
en verano no haba ms remedio que ponerse en pie. Ahora que no tena
verdugo que la atormentase, pues Miguel, lejos de despertarla, se vesta
haciendo el menor ruido posible, se dejaba arrastrar un poco de la
pereza. Cuando al fin se levantaba y se iba derecha al escritorio,
siempre saludaba  su marido avergonzada.

--Qu dirs de m!

--Qu voy  decir, tonta? Valiente cosa te has retrasado! No son ms
que las nueve y cuarto.

Maximina, que haba visto al pasar en el reloj que eran cerca de las
diez, agradeca aquella mentira  su marido, y le besaba con trasporte.

--Mira, otra vez has de llamarme cuando te levantes.

--Bueno, lo har.

--Palabra formal?

--Palabra formal.

Claro est que Miguel no cumpla esta palabra formal. Le daba demasiada
lstima para hacerlo.

En los primeros meses hicieron varias visitas y recibieron tambin
algunas, entre ellas la de las seoritas gallegas que haban conocido en
el viaje, las cuales manifestaban hacia Maximina una simpata ardiente y
bulliciosa propia de _chicas_. En todos sitios causaba la joven esposa
grata impresin por su inocencia y humildad.

--Qu buena debe de ser su seora!--le decan  Miguel sus conocidos
cuando le hallaban solo.

Y l sonrea con mal reprimido gozo exclamando:

--Es una chiquilla!

Pero deca para s:

--Dios me ha iluminado.

El matrimonio no le haba hecho perder independencia alguna, ni aquellos
hbitos de soltero tan difciles de arrancar  cierta edad. Maximina ni
le exiga ni le suplicaba siquiera nada. Con ser esposa del hombre que
adoraba se consideraba enteramente feliz. Y los actos cotidianos y
vulgares de la existencia eran para ella un manantial de goces
inefables. Cuando llegaba la hora de almorzar, levantaba suavemente el
pestillo de la puerta del despacho, avanzaba tmidamente hasta su marido
y le deca:

--Ya son las doce y media.

Mientras almorzaban, la conversacin insignificante que sostenan ola
de una legua  amor. Al encontrarse sus ojos se acariciaban tiernamente,
y no pocas veces se apoder Miguel por encima de la mesa de la mano de
su esposa para besarla, con gran susto y terror de la nia, que tiraba
de ella con fuerza mirando  la puerta, como si por ella fuese  entrar
un dragn. El dragn era Juana, que poda aparecer  lo mejor con la
fuente entre las manos. Despus de almorzar llegaba el rato ms dichoso
para Maximina. Se iba al despacho con su marido, y ste, despus de
arrellanarse en una butaca, la sentaba sobre sus rodillas, la atraa
hacia s, y le deca al odo unas cosas tan dulces! Suceda amenudo que
se quedaba dormido, y entonces Maximina no mova un dedo siquiera por
temor de despertarle, y aunque la postura fuese incmoda, la sufra
hasta que Miguel abra los ojos.

--Vaya, me voy--deca ste levantndose.

--Qu pronto!--sola exclamar ella con tristeza.

Miguel la acariciaba sonriendo y se despeda  la puerta. Estas
despedidas duraban una eternidad.

--Que nos pueden ver del cuarto de enfrente!--deca Maximina, zafndose
de sus brazos.

--Si est cerrada la puerta!

--No importa, pueden estar mirando por el ventanillo.

 veces, por embromar  su esposa, trataba de marchar sin despedirse;
mas al escuchar el pestillo aqulla dejaba repentinamente lo que tuviese
entre manos, en el comedor, en la cocina  en su cuarto, y corra
desalada  la puerta. Cuando no oa el pestillo, Miguel haca lo posible
por que lo oyese.

Maximina se quedaba toda la tarde con las criadas. Adems de Juana,
haban tomado otras dos, una cocinera y otra doncella, que tuviese mejor
noticia del planchado de la ropa que la moza de Pasajes. Cuando al
oscurecer llegaba Miguel y haca sonar la campanilla, el corazn de la
nia daba un brinco. Ella misma acuda presura  abrirle la puerta.
Algunas veces dejaba que la doncella abriese, mas era para esconderse
detrs de la puerta  en la habitacin contigua. En el rostro sonriente
de la domstica comprenda nuestro joven que su esposa andaba por all
cerca, y deca, husmeando con gesto cmico:

--Aqu huele  Maximina!

Y se iba derecho adonde estaba y la coga por el brazo.

--Yo no s cmo me hallas tan pronto--deca ella con fingido disgusto.

Otras veces abra el ventanillo y preguntaba:

--Qu se le ofrece  usted?

--Vive aqu D. Miguel Rivera?--preguntaba l mismo.

--S, seor; pero no est en casa.

--La seora?

--La seora si est, pero no recibe.

--Dgale usted que hay aqu un caballero que desea darla un milln de
besos.

Con estas puerilidades se rean y gozaban nuestros enamorados, y jams
se le ocurri  la esposa pedir cuentas al esposo de su tiempo.
Acompabale al despacho. Miguel coga un libro, y sentndose deca:

--Vaya, ahora djame un instante que voy  leer.

--Malo! malote!--responda ella con enfado inocente.--Eres muy malo.
En seguida me echas de tu lado.

Miguel se enterneca y la retena por la mano.

Despus de comer pasaban otro rato juntos, y despus aqul se iba al
caf y de all  la redaccin, volviendo  las doce  la una.

Su esposa se empeaba en esperarle leyendo algn libro  dormitando. Los
sbados iba siempre al teatro, pues _La Independencia_ no se publicaba
los domingos, y tambin algn da entre semana cuando el trabajo no
apuraba mucho. Una noche, bajando la escalera, como Maximina fuese
distrada ponindose los guantes, tropez y cay rodando algunos
escalones.

--Ay, esposa ma!--grit Miguel acudiendo en su auxilio.

La nia se levant sonriendo, aunque roja por el susto. No se haba
hecho ningn dao. Pero el grito desgarrador que di Miguel haba
llegado hasta el fondo de su alma. Slo entonces tambin comprendi ste
de qu modo aquella tierna criatura se haba apoderado de su corazn.

Turbse momentneamente esta dicha con una leve enfermedad que nuestro
hroe padeci en los primeros meses: unos fuertes dolores reumticos que
le retuvieron en la cama algunos das. Se puso plido, delgado y sobre
todo de un humor muy sombro, pues no era hombre que sufriese con
paciencia las adversidades. Maximina se impresion vivamente, y por ms
que haca no le era posible disimular su afliccin. Sentada todo el da
al lado de la cama, no apartaba la vista de su marido. De vez en cuando
le deca reventando por llorar, pero haciendo esfuerzos para contenerse:

--Te sientes mejor. No es verdad que te sientes mejor? S, s, te
sientes mejor.

--Cuando t lo aseguras estars bien enterada--responda l con sonrisa
irnica.

Pero viendo humedecerse aquellos grandes ojos tmidos  inocentes, se
arrepenta de sus importunas palabras, y aada acaricindole una mano:

--No hagas caso. Estoy bien. Maana no tendr nada; ya vers.

Y la nia era feliz algunos minutos, hasta que cualquier queja del
enfermo volva nuevamente  alarmarla.

Qu placer cuando al cabo se puso bueno! Fu la primera vez que su
marido la oy cantar en voz alta. Corra y saltaba, bromeaba con las
criadas, y hasta supo con buen xito remedar el acento madrileo que
Juana usaba de algn tiempo  aquella parte. Este repentino acceso de
alegra bulliciosa formaba un contraste gracioso con la seriedad
permanente de su carcter. Miguel, que saba  qu era debido, la miraba
con gozo.

Pero, una vez enteramente bueno, fu preciso oir una misa de rodillas en
San Sebastin. As lo haba ofrecido Maximina y as lo rog con tanta
humildad, que no tuvo valor para oponerse. La antigua colegiala del
convento de Vergara no poda prescindir de mezclar la religin  todos
los actos de la vida. Miguel,  pesar de su poca fe, hallaba tan
potica, tan inocente, la piedad de su esposa, que no se le pas por la
imaginacin siquiera arrancrsela. Si alguna vez cae en la mogigatera,
ya ser otra cosa.

Por eso no tena tampoco inconveniente en acompaarla todos los domingos
 misa. Adems, Maximina en los primeros meses no se atreva  poner el
pie en la calle sola. Mas sucedi que con el tiempo se fu descuidando
el hijo del brigadier, y  pretexto de que San Sebastin estaba cerca,
se quedaba en casa las maanas de los domingos, mientras Maximina, con
valor heroico, se arriesgaba  ir sola hasta la iglesia. No obstante,
padeca mucho. Se figuraba que todos la despreciaban, que le iban 
decir algo ofensivo. Las miradas hostiles,  la moda entre los indgenas
de Madrid, la llenaban de espanto. Hubiera querido ser invisible. Pero
no se atreva  comunicar sus temores  Miguel por no molestarle
hacindole ir  misa contra su gusto. Cierta maana, poco despus de
salir para la iglesia, oy aqul un fuerte campanillazo. Abrise la
puerta del despacho y vi entrar  su esposa plida como la cera.

--Qu te ha pasado?--pregunt levantndose.

Maximina se dej caer en la butaca, ocult el rostro entre las manos y
comenz  llorar.

Miguel insisti anhelante:

--Te has puesto mala?

La nia hizo seal afirmativa.

--Cmo fu, dme?

--No s--respondi con voz dbil y entrecortada.--Poco despus de estar
en la iglesia sent as como nuseas... Despus los santos empezaron 
dar vueltas delante de m... Sent que la vista se me quitaba... Sin
saber lo que haca, ech  correr... y me encontr sin saber cmo cerca
del altar mayor... O decir  la gente: qu es eso? qu es eso? y que
haba ruido... Yo di la vuelta, y sin mirar  nadie atraves otra vez la
iglesia y sal.

Miguel procur calmarla. Hizo que le sirviesen una taza de tila y le
prometi no dejarla nunca ms ir sola  misa. Despus de un rato,
estando ya de pie y enteramente serena, le dirigi en voz baja una
pregunta  la cual, bajando los ojos, contest negativamente. Entonces,
con semblante risueo, volvi  decirle al odo unas cuantas palabras.
La nia, al escucharlas, se estremeci, le clav un instante los ojos
con expresin de anhelo, y confusa y ruborizada se dej caer en sus
brazos murmurando:

--Oh, no me engaes! No me engaes, por Dios!

[imagen decorativa]




VIII


A partir de este da la dicha serena y apacible que se
reflejaba en el rostro de Maximina adquiri un aspecto ms recogido, ms
ntimo, semejante  la expresin mstica de los beatos que estn seguros
de llegar al cielo. No volvi  hablar del asunto con su marido. Cuando
ste haca alguna alusin  l, bajaba la vista sonriendo y se pona
levemente colorada. Pero Miguel comprenda perfectamente que no pensaba
en otra cosa, que la idea dulcsima de ser madre tena embargados todos
sus sentidos, su vida y su ser. Tambin l estaba gozoso. Mas no tanto
por el nuevo papel que la naturaleza le llamaba  representar, como por
ver la alegra de su esposa, cuya trasformacin se complaca en seguir,
espiando disimuladamente en sus ojos y en sus movimientos el misterio
adorable que en su alma se efectuaba.

Cuando iban de paseo por las calles, observaba que diriga rpidas y
ansiosas miradas  los escaparates de ropa blanca, donde estaban
expuestos algunos gorritos y camisitas de nios. Y adivinando que
tendra gusto en pararse, buscaba pretexto fijndose en los pauelos 
en las camisetas y dejaba que ella se recrease contemplando las prendas
infantiles.

--Sabes ya--le deca despus--lo que cuesta la docena de camisas de
nio?

--No--contestaba riendo.

-- que s!

Un da, entrando por la puerta de la alcoba en el gabinete, vi que se
estaba mirando en el espejo del armario. Le sorprendi, porque nunca
mujer alguna estuvo ms lejos de la presuncin y la coquetera que ella.
Mas la sorpresa trocse en risa al observar que lo que estaba mirando
era el bulto que levantaba su figura de perfil. Por no avergonzarla
salise otra vez de puntillas. Paseando otro da por las cercanas del
Retiro, acertaron  ver un carro fnebre pintado de blanco que conduca
el atad de un nio, Maximina clav sus ojos en l, con expresin de
profunda pena, y despus de pasar, todava le sigui hasta perderle de
vista. Despus, dejando escapar un leve suspiro, exclam:

--Qu lstima me da de los nios que se mueren!

Miguel sonri, sin contestar, pensando que su mujer ya tema por el ser
que an no haba salido de sus entraas.

Mientras de este modo suave y deleitoso se deslizaba el tiempo para los
recin casados, Marroqun, el hirsuto Marroqun se iba  salir con la
suya. La nacin estaba sobre un volcn, y no era el antiguo profesor del
colegio de la Merced quien menos atizaba  la sordina, y en compaa de
nuestro amigo Merelo y Garca, el fuego de la discordia civil. No se
pasaba una sola noche sin que ambos hiciesen en el caf de Levante
sangrientos pronsticos para lo porvenir. Era incalculable el nmero de
veces en que las instituciones haban quedado _derrocadas_ sobre el
mrmol de la mesa. Los mozos, por escuchar los sermones democrticos,
servan mal  los parroquianos. La polica secreta haba entrado ms de
una vez en el establecimiento, al decir de los agitadores de la paz
pblica; pero no haba hecho ninguna prisin, lo cual all en el fuero
interno traa desesperado  Marroqun. Gozaba lo indecible hablando al
odo  todos los que llegaban  la mesa, fijando la vista al mismo
tiempo en algn tranquilo parroquiano y haciendo fuertes aspavientos 
fin de despertar su curiosidad.

--D. Servando--deca en voz alta  un seor sentado all lejos,--piensa
usted maana salir  paseo?

--Siempre, Sr. Marroqun.

--No saque usted  la seora y los nios.

--Hombre, por qu?

--Por nada, por nada. No le digo ms que eso.

Pero cuando ms goz el profesor revolucionario fu cuando logr traer
al caf una noche  su antiguo amigo y compaero D. Leandro. An se
hallaba ste adscrito  la gleba del colegio de la Merced, que ya no
perteneca ni estaba dirigido por el excapitn de artillera, sino por
el capelln D. Juan Vigil. D. Leandro era el nico profesor que haba
quedado de los antiguos, y eso por ser un infeliz y sufrir con paciencia
los caprichos y sandeces del capelln, que ahora ms que nunca se
complaca en atormentarle y dar testimonio  sus expensas de las
prodigiosas fuerzas con que natura le haba dotado. Marroqun le
encontr un domingo en la calle, y despus de saludarle con efusin,
como tena por costumbre, comenz  hablarle mal del cura (como tena
por costumbre tambin). Esto halagaba infinito al buen D. Leandro, si
bien no quera persuadirse de ello, porque aborreca la murmuracin y
tena mucho miedo al infierno, sobre todo al de los condenados: al
purgatorio no tanto. As que Marroqun,  pesar de sus depravadas ideas,
logr con este poderoso seuelo que entrase con l en Levante  tomar
una copa, de agua, por supuesto. D. Leandro asenta sonriendo  cuantas
perreras se le ocurran al hertico profesor acerca de su enemigo nato.
Y todava de vez en cuando dejaba deslizar alguna palabrita malvola,
prometiendo, all en su interior, confesarlo inmediatamente. Pero lo
serio del caso era que el confesor de D. Leandro era el mismo capelln,
pues ste, como su glorioso antecesor Gregorio VII, aspiraba  poseer la
llave de las conciencias de sus sbditos, y no consenta que ningn
alumno  dependiente del colegio fuese  depositar los pecados en otro
seno que en el suyo. Ocasionaba esto, como es lgico, un malestar muy
grande para el pobre D. Leandro, que, como se confesaba bien, se vea
obligado  decir al capelln todo lo malo que de l pensaba. Mas el
tormento de ste era muchsimo mayor y ms cruel.  menudo, mientras D.
Leandro desahogaba su pecho, l exhalaba profundos suspiros, y haca
rechinar el confesonario como si el asiento le pinchase. Estuvo tentado
 despedirle del colegio; pero consideraba esto como un atentado al
sagrado de la confesin, pues D. Leandro cumpla perfectamente con su
deber; y para arrojarlo necesitaba fundarse en lo que saba por el
tribunal de la penitencia. Despus se le ocurri mandarle que se
confesase con otro. Mas aunque todos los das se prometa hacerle la
indicacin, nunca llegaba  efectuarlo, y continuaba oyendo desmenuzar
sus acciones sin poder defenderse.

--Barjoles, qu penitencia me ha dado Dios!--deca luego pasendose
por su cuarto  grandes trancos.--De qu buena gana le dara un par de
_mocadas_  ese mastuerzo!

D. Leandro al entrar en Levante no contaba que iba  reunirse con tantos
seores, ni menos que stos fueran unos desalmados revolucionarios
enemigos de todo freno religioso. As que cuando empez  oirles
hablar del Gobierno en los trminos en que solan hacerlo, se puso
fuertemente colorado y comenz  dirigir miradas de susto  todas
partes, y particularmente  Marroqun.

--Sabe usted, Sr. Marroqun?--le dijo por lo bajo.--Podamos volver la
hoja.

Marroqun, sonriendo con superioridad, le contest:

--No tema usted nada, amigo D. Leandro. La polica ya ha entrado aqu
varias veces; pero no se atreve  echar mano  ninguno. Si lo hiciese,
como ya la cosa est tan madura, sera la seal para que estallase la
gorda.

--Qu gorda?

--La revolucin, hombre de Dios.

--Santo Cristo! Sabe usted, Sr. Marroqun? Estas cosas son muy serias,
muy serias... Si usted no se enfadase, yo me ira... As como as, tengo
algo que hacer...

Marroqun le retuvo por el brazo y le oblig  sentarse de nuevo.

--No tenga usted miedo, querido. A usted no le puede pasar nada, porque
no figura usted, como yo, en todas las listas que la polica manda al
Gobierno.

--No importa. Si  usted no le da ms, volveremos la hoja.

La hoja se volvi, en efecto. Pero la pgina siguiente fu ms terrible
y endemoniada. Se habl nada menos que de la Reina, y ya pueden todos
representarse lo que all se dira de la augusta seora que estaba
prxima  perder la corona y salir desterrada al extranjero. Tan pronto
como nuestro profesor oy algunas de aquellas atrocidades, se puso
lvido, y no fu posible retenerlo. Sali sin despedirse, y no par
hasta el colegio, adonde lleg casi sin aliento. El pobre tuvo la
inocencia de contar este episodio al mayordomo, y  ste le falt tiempo
para ponrselo en el pico al director. Desdichado D. Leandro! Durante
muchos das tuvo que padecer la vaya pesada y grosera del capelln, que
ya de antiguo conocemos. Lo que ms le afectaba era que delante de los
nios le llamase _conspirador_, con el tonillo sarcstico que el cura
usaba en tales casos. Otras veces le apodaba el _conjurado de Venecia_,
todo lo cual haca reir  los chicos; y como deca muy bien D. Leandro,
la dignidad del profesorado quedaba por los suelos.

Los trabajos de nuestro amigo Mendoza, por mal nombre _Brutandr_, en
pro de la causa revolucionaria, se movan en ms alta esfera que los de
Marroqun, Merelo y dems gente menuda de la grey liberal. Por lo
pronto, ya sabemos que haba desaparecido, y en Espaa, esto de
desaparecer una persona es cosa que le comunica una importancia
infinita, y  veces gloria imperecedera. Porque, en efecto, cuando un
hombre desaparece, el pblico presume, con razn, que debe de ser para
llevar  cabo en la oscuridad grandes y notables empresas. Las de
Mendoza, aunque no las conocemos, fueron portentosas, segn se dijo,
pues le obligaron  permanecer escondido en Madrid ms de tres meses,
cambiando de escondrijo y de disfraz un sinnmero de veces. Algo saba
Miguel de su vida y milagros, pero ltimamente le haba perdido la
pista.

As estaban las cosas, cuando cierta noche, despus de comer, hallndose
Rivera sentado en la butaca del despacho, teniendo  Maximina sobre sus
rodillas, son un fuerte campanillazo.

La nia se puso en pie de un salto.

--Quin ser  estas horas?... Ha salido alguna muchacha?--dijo
Miguel.

--Creo que no.

Juana entr al instante.

--Seorito, es un mozo de caf que desea hablar con usted.

--Un mozo de caf? No recuerdo tener cuenta pendiente con ninguno...
Dgale usted que pase.

--Aguarde, aguarde--dijo Maximina.--Djeme usted escapar por esta
puerta.

Y se sali corriendo por la de la sala, como tena por costumbre siempre
que entraba alguna visita. Al instante apareci el mozo, y Miguel pudo
reconocer  duras penas, bajo aquel disfraz,  su amigo Mendoza.

--Perico!

--Chiiiis!--exclam ste, haciendo una mueca de susto horrorosa.

Y fu  cerrar apresuradamente la puerta.

--Qu ocurre?--pregunt Miguel fingiendo gran ansiedad.

Mendoza se sent, di un suspiro, y respondi cndidamente:

--Nada.

--Ya me lo pareca.

Brutandr, sin fijarse en la irona de aquellas palabras, comenz 
decir en voz de falsete y acercando la boca al odo de su amigo:

--He estado quince das en la Florida, escondido en casa de unos
lavanderos...

--Hombre, si lo hubiera sabido, te habra hecho una visita.

--Nada de visitas!... Pudieran seguirte y dar conmigo.

--Y cmo te ha probado la temporada de campo?

--Lo he pasado bastante mal. No haba ms que una cama en casa. Por la
noche, mientras los lavanderos dorman, yo me sala  dar una vuelta por
la orilla del ro, y al amanecer, cuando ellos se levantaban, me meta
yo en la cama.

--Qu calentita y qu riquita estara!

--Pues  m me daba un poco de asco, sabes? La comida me la mandaba la
condesa de Ros con muchas precauciones, cambiando de criado  cada
momento... Pero anteayer el lavandero no durmi en casa, y esto, como
comprenders, me escam...

--Es claro; cuando los lavanderos no duermen en casa, es muy mala seal.

--Hoy por la maana le he visto con dos hombres de mala catadura...
sospechosos, y entonces, temiendo que me entregase  la polica, me
decid  dejar el sitio. El mozo de un cafetucho que hay all cerca me
vendi este traje, y al oscurecer me escap sin decir nada. Pens en
irme  las Ventas del Espritu Santo, pero la polica registra  menudo
aquellos lugares. Entonces se me ocurri una gran idea: la de venir  tu
casa. Cmo diantre se van  figurar que estoy aqu! Una novia que tuve
hace aos, esconda las cartas entre los papeles de su padre, que andaba
loco buscndolas por toda la casa.

--De modo que has robado la idea  tu novia? Ni para huir el bulto has
de ser original!... En fin, me alegro que hayas venido. No puede menos
de lisonjearme mucho tener en mi casa un conspirador de tal
importancia... Porque t no sabes el prestigio de que gozas ni lo que se
habla de ti por ah...

--De veras?--exclam Mendoza ponindose rojo de placer.

--Ya lo creo! Se te cita entre los hroes de la revolucin... Pero,
querido, lo que mucho vale, mucho cuesta. Cuanto ms nombre ganes entre
los revolucionarios, mucho ms expuesto te encuentras  que el Gobierno
haga contigo una barrabasada. Si hoy te cogen, me parece que no te
escapas sin cuatro tiros.

--Crees t?...--dijo Brutandr ponindose horriblemente plido.

--Lo que oyes... pero no tengas cuidado. Aqu no vendrn  buscarte.

--Mira, te ruego que procures que las criadas no entiendan nada, porque
 lo mejor se les escapa cualquier palabrita fuera... y soy perdido!

--Dificilillo va  ser engaarlas--contest Miguel riendo de la
entonacin con que su amigo pronunci las ltimas palabras.

Acomodse Mendoza en la casa; mas antes fu necesario que trajesen una
maleta de su posada y se mudase de traje en la alcoba de Miguel, hecho
lo cual se sali cautelosamente, y al poco rato volvi  llamar entrando
en calidad de husped. Con estas maniobras se enga  se crey engaar
 las criadas.  Maximina no le gust el acomodo. Era tan feliz
viviendo sola con su marido! Sin embargo, dcil siempre  los deseos de
ste, ni dijo una palabra ni mostr en el semblante desabrimiento
alguno. El tiempo que Miguel pasaba fuera de casa, Mendoza sola
acompaarla; pero se pasaban horas sin cambiar una docena de palabras. 
la nia de Pasajes se le ocurra muy poco. Mendoza ya sabemos que tena
la costumbre de callarse las buenas cosas que se le ocurran. Sin
embargo, aqulla le observaba atentamente con el rabillo del ojo y luego
comunicaba  su marido sus impresiones. Por ms que lo disimulaba,
stas no eran muy favorables para el husped.

--Me parece que Mendoza no te ha entrado por el ojo derecho.

Maximina sonrea sin contestar.

--Pues es un infeliz.

-- m se me figura que no te quiere como t le quieres  l; que no le
importa nada en el mundo ms que l mismo.

--Tal vez tengas razn, pero no se puede negar que es simptico. Su
egosmo me hace gracia; es como el de un nio.

Maximina callaba como siempre, trabajando en su interior para que
tambin le fuese simptico, aunque nunca lleg  conseguirlo.

Cinco das despus de su instalacin, Mendoza recibi una carta de la
condesa de Ros en que le inclua otra de su marido. Ambas llegaron  su
poder pasando por varias manos. El General le deca que la persona que
facilitaba el dinero para la publicacin de _La Independencia_ le
avisaba que no poda dar un cuarto ms si no se le garantizaban los
treinta mil duros que tena desembolsados. Como l no poda dirigirse 
ninguno de sus amigos, ni juzgaba  su mujer idnea para el caso, le
encargaba que  toda prisa se viese con el caballo blanco y le buscase
una firma que consiguiese aplacarle, pues el peridico en aquellos
crticos momentos les haca muchsima falta. Mendoza entreg la carta 
Miguel.

Aunque nada tena que ver con la administracin del peridico, ya haca
tiempo que ste saba las dificultades monetarias con que luchaba _La
Independencia_. Despus de leer atentamente la carta, dijo levantando la
cabeza:

--Bien, y qu?...

--Que, como t comprenders, yo no puedo encargarme de este asunto,
porque no saliendo de casa...

--Bueno, y quieres endosarme el mochuelo, verdad?

Mendoza call, poniendo los ojos en el suelo.

--Pues, amigo mo--dijo en tono resuelto el hijo del brigadier,--tengo
el sentimiento de anunciarte que yo no sirvo para pedir dinero ni
garantas de dinero  nadie.

Ambos guardaron, despus de estas palabras, un rato de silencio. Al fin
Mendoza, sin separar los ojos del suelo y visiblemente acortado, comenz
 decir:

--Yo creo que si t quisieras se podra arreglar sin pedir nada 
nadie...  Eguiburu le bastara seguramente con tu firma para seguir
entregando las cantidades que acostumbra todos los meses...

Miguel le mir fijamente sin que el otro levantase la cabeza, y dijo
sonriendo:

--Eres el hombre de las ideas felices. Si te mueres antes que yo, pienso
decir, con tu crneo en la mano, mejores cosas que Hamlet con el de
Yorik.

Despus se puso repentinamente serio, y comenz  pasear por la
habitacin con la carta en la mano. Al cabo de un rato se par delante
de su amigo, que an continuaba en la postura de colegial castigado, y
le dijo:

--Y  m quin me garantiza que el General pague maana esos treinta
mil duros?

--El General es hombre de honor.

--Eguiburu, por lo que se ve, no admite esa moneda; quiere oro  plata.

--Adems, el Conde tiene muchos amigos capitalistas. Algunos de ellos ya
sabes que estn comprometidos en el movimiento, y aunque fuese
repartiendo entre todos el dividendo pasivo del peridico, quedara
pagado.

Discutieron todava largo rato el asunto. Miguel, en el tono de burla
que acostumbraba; Mendoza, con su imperturbable gravedad, sin mostrar
impaciencia, pero insistiendo constantemente en sus razones. Riverita
fu el vencido. Cedi al cabo  poner su firma. Adems de los ruegos de
su amigo, movile  hacerlo el inters que tena ya por la vida del
peridico y el cario que le haba tomado. Por otra parte, aunque se
burlase del honor del General, no dudaba de l, y estaba convencido de
que no le dejara en las astas del toro.

Cuando al da siguiente le dijo  Maximina lo que haba hecho, sta se
call y sigui trabajando en la puntilla que tena entre manos.

--A ti qu te parece? Habr hecho mal?

Maximina levant sus dulces ojos rientes.

--Me lo preguntas  m? Yo no entiendo nada de negocios. Adems, para
m lo que t haces siempre est bien hecho.

Miguel la bes y qued convencido... de que haba hecho una gran
tontera.

Pocos das despus, estando solos en el despacho, Mendoza le hizo una
confidencia que le llen de asombro.

--Tengo que decirte una cosa, Miguel...

--Y es?

--Que me caso.

--Cunto me alegro! Sepamos quin es la desgraciada que ha tenido tan
mal gusto.

--Me caso con Luca Poblacin, la viuda del general Bembo.

Debemos advertir, por si no lo hemos advertido ya, que el gigante D.
Pablo haca siete meses que haba fallecido en Puerto Rico.

Miguel qued estupefacto. No pudo reprimir un gesto de repugnancia. 
aquel hombre le constaba qu clase de mujer era la generala Bembo. Saba
perfectamente las relaciones que haba sostenido con ella. Y tena
estmago para hacerla su esposa! Por unos instantes permaneci suspenso
sin saber qu decir, cosa que pocas veces le haba sucedido en su vida.
Despus murmur:

--Muy bien, muy bien; te felicito.

--En cuanto cumpla el ao de luto, que ser dentro de cinco meses, nos
casamos. Es una mujer muy agradable... Despus de tratarla ntimamente,
me he convencido de que todo lo que se dice de ella por ah es pura
fbula. La pobre seora es vctima de unos cuantos tontos que la han
pretendido sin conseguir nada.

Un relmpago de ira pas por los ojos de Miguel. Se le figur que
aquellas palabras iban dirigidas  l, y tuvo en la punta de la lengua
un sarcasmo feroz; pero supo reprimirse, considerando que la situacin
en que su amigo iba  hallarse le disculpaba.

--Y si no creyeras eso haras muy mal en casarte... Tengo entendido que
Luca posee una bonita fortuna, verdad?--aadi, dejando ver claramente
cules eran,  su juicio, los motivos de aquel matrimonio.

Mendoza, aunque no muy avisado, lo comprendi y repuso de mal humor:

--No s, no s... He conocido  Luca en casa de Borrell, y desde un
principio me gust. Es tan fina y revela tan buenos sentimientos!  la
pobre la casaron medio  la fuerza con un hombre que poda ser su padre.
No hubiera sido extrao que se echase  perder. Sin embargo, ella supo
conservar su decoro...

--D. Pablo debi de hacer muy buenos cuartos por Amrica,  ms de tener
ya bastante renta por su casa--dijo Miguel sin hacer caso de las
alabanzas de Mendoza.

--La seora de Borrell se puede decir que es la que ha arreglado este
matrimonio. No puedes figurarte lo que quiere  Luca y la buena opinin
que tiene de ella.

--Algo se ha mermado la fortuna antigua de D. Pablo en los ltimos
tiempos, segn dicen; pero como entraba ms por Amrica que sala por
Espaa, deben de existir grandes gananciales, cuya mitad corresponde en
pleno dominio  Luca. Por otra parte, los chicos son de corta edad. El
usufructo de toda la hacienda le ha de corresponder por muchos aos.

Miguel insista en este asunto, viendo que molestaba  su amigo, para
hacerle pagar las palabras de antes. Estaba tan sorprendido de aquel
singular matrimonio, que, cuando por la noche le comunic la noticia 
Maximina, sta no pudo menos de decirle:

--Por qu te enfadas? Aunque Perico se case por inters, no es el
primero que lo hace. Lo nico que me sorprende es que esa seora
concierte el matrimonio siete meses despus de la muerte de su marido.

Miguel no poda decirle los motivos que tena para indignarse, pues
procuraba velar  su esposa ciertos vicios sociales. Por otra parte,
tema que se renovasen en ella los antiguos celos de Pasajes. Se calm
repentinamente, y lo ech  risa.

No pudo, sin embargo, arrancar de s aquel sentimiento de repugnancia
que la noticia le produjo. Haba disculpado hasta entonces todos los
rasgos de egosmo de su amigo. Lo que iba  hacer ahora era demasiado
abyecto para que se lo perdonase. As que no dej de sentir alegra
secreta cuando, por cierto acontecimiento que sobrevino, Mendoza se
decidi  abandonar su casa.

Hablaba ste un da con una de las doncellas revelando en su fisonoma
gravemente benvola que no era del todo insensible  los ojillos negros
y picarescos de la muchacha, quien lo era menos an al corpanchn
robusto y al rostro fresco y sonrosado del husped. Mientras ella haca
su cama con remilgados ademanes volvindose  cada instante para
contestarle, l permaneca en una butaca con las piernas extendidas y un
peridico en la mano.

--Qu deseos tengo, seorito, de que ustedes ganen!--dijo la chica
despus de un rato largo de silencio.

--Qu hemos de ganar, Plcida?

--Que ustedes tiren el Gobierno... vamos... y manden ustedes.

--Yo no me ocupo de esas cosas--respondi Mendoza ponindose
repentinamente serio.

--Vamos, seorito!--dijo la muchacha.--Se figura usted que no estamos
enteradas de todo? Pues por qu no sale usted de casa, entonces? Por
miedo  los guindillas... Que el diablo los lleve!... Desde que me
quiso uno llevar  la crcel por sacudir una alfombra, no los puedo ver
ni pintados.

--Quin le ha dicho  usted que yo no salgo  la calle por miedo  los
guindillas?--pregunt Mendoza, plido ya.

--Pues el amo de la tienda de abajo. Nos dijo  la Juana y  m que
tenamos en casa un seor muy principal escondido, pero que no estara
mucho tiempo porque toto estaba arreglao ya pa la rivolucin... No no
tenga usted cuidao, seorito--aadi viendo la palidez de Mendoza,--que
el tendero no dir nada, porque es ms liberal que Riego... Anda,
anda, pues poquita gana que l tiene de que se arme!

Mendoza, lvido ya, se levant del asiento y, sin contestar, sali del
cuarto tambalendose y se dirigi al despacho de Miguel.

--Qu pasa?--pregunt ste, vindole tan descompuesto.

--Nada--respondi Mendoza con voz dbil, dejndose caer en una butaca y
tapndose el rostro con las manos,--que mi cabeza no est segura sobre
los hombros!

--Eso siempre lo he dicho yo. Es demasiado grande.

--Djate de bromas, Miguel! La cosa es muy grave! Ya saben por ah que
estoy escondido en esta casa, y el da menos pensado vienen  echarme
mano.

--Quin te ha dicho eso?

--Plcida... El tendero de abajo lo sabe todo. Figrate quin no lo
sabr ya!... No puedo permanecer un da ms aqu. Necesito buscar otro
escondite. Lo mejor ser salir de Madrid.

En otras circunstancias, Miguel le hubiera disuadido de esta
determinacin, porque estaba bien convencido de que su amigo, ni all,
ni en ninguna parte, corra peligro alguno; mas ahora, por las razones
antes apuntadas, no tom empeo en retenerle.

Despus de discutir un poco, se convino por ambos que Mendoza se
trasladase aquella misma tarde (por la noche haba ms vigilancia y
podan darle el alto)  las Ventas del Espritu Santo, disfrazado de
aguador, y desde all, si haba peligro, se escapase de Madrid por la
lnea del Norte, para lo cual quedaba Miguel encargado de buscarle un
pasaporte. Al efecto, se le compr al aguador de la casa el traje, que
por cierto no estaba ni muy nuevo ni muy limpio. Despus de emplear una
hora en disfrazarse, untndose la cara con bermelln, alborotndose los
cabellos, ensucindose las manos, etc., etc., se fu nuestro
revolucionario con la cuba al hombro hasta el gabinete, y se plant
delante del armario de espejo.

--Me conozco!--exclam, con una cara tan angustiada, que Miguel y
Maximina se echaron  reir como locos.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




IX


Enrique haba conseguido, por fin, abrazar el fantasma
divino de la gloria, en pos del cual tantos hombres corren en vano. Fu
en la plaza de Vallecas, el da de Nuestra Seora del Carmen. La
novillada se organiz en Madrid, para socorrer  ciertos pobres
inundados de la provincia de Valencia, y como era ya uno de los
aficionados obligados de esta clase de fiestas, se le invit
galantemente  banderillear un toro, honor que l declin. La comisin
se hizo cargo en seguida del motivo de esta renuncia. Despus de hacer
algunos clculos y combinaciones, le invit de nuevo  estoquearlo, y
entonces no vacil en aceptar, viendo  cubierto su dignidad. Haca lo
menos un ao que haba tomado la alternativa.

Y fu, como ya hemos indicado, para gloria suya, tormento de sus
envidiosos y honra de la respetable familia  que perteneca, por ms
que otra cosa juzgase su digno jefe. Despus de una brega un poco
movida, tuvo la suerte de matar el novillo de una soberbia estocada 
volapi, mojndose los dedos y entrando y saliendo limpio. El delirio de
palmas, cigarros y sombreros. Los aficionados taurmacos se disputaban
el honor de abrazarle. Fu conducido en triunfo hasta el coche y
victoreado hasta Madrid. Al da siguiente, los peridicos, haciendo la
revista de la novillada, le ponan sobre los mismos cuernos de la luna.
_El Tbano_, peridico seversimo, dedicado exclusivamente  la fiesta
taurina, le dijo que tena _sangre_ y _vergenza_, y este elogio, algo
brutal, sin saber por qu, le hizo tambalear de gozo. La noche pasla en
vela y febril, pero acariciada el alma por mil ideas risueas. Por la
maana se dedic  limpiar el estoque, y estando empleado en esta tarea
nobilsima, tuvo la satisfaccin inefable de recibir la oreja del toro
por l inmolado, que le remita la comisin en una bandeja de plata. El
criado, despus de recibir una propina desusada, le dijo, el corazn
postrado de admiracin:

--Qu gran volapi, seorito! Ni el Tato!

--Phs! No hay que exagerar, querido, no hay que exagerar--respondi
Enrique, afectando modestia.--El Tato era un gran torero!

--Que le digo  usted que s, seorito; el Tato no sale ms limpio por
la cola. Mire usted que yo s lo que son toros! El seor Paco (que en
gloria est) me lo tiene dicho muchas veces, vindome llegar con el
caballo de la rienda hasta el mismo hocico del animal:--Juanillo, hijo
mo, t tienes sangre torera; dedcate al arte, que algo ms sacars que
limpiando botas y arreando los jacos en la plaza.--Pero, seor Paco,
si tengo una seora que me arma un lo totos los domingos porque me
pongo la blusa encarn. Pus mucho jabn, hijo. A las seoras, pa que
anden bien, hay que jabonarlas un da s y el otro tambin.--Y que no
tena razn el to! Si yo hubiera seguido sus consejos, otra persona
sera... Yo fu el que le di  ust la muleta cuando se le cay. No me
ha visto?

--S... No he reparado mucho; pero me parece haberte visto en la
plaza...

--Vaya! Si no es por m que me he meto en los mismos cuernos,  D.
Ricardito le engancha ayer el segundo novillo... Mal animal era aqul!
Como que ya le haban toreado en el pueblo, sign me dijo el pastor. El
de usted, seorito, era un torete mu vivo, mu bravo y al mismo tiempo mu
valiente. La estoc result que ni pint.

--Phs! regular, regular...

--Manfica, D. Enriquito, manfica. Lstima que al pasarlo haya ust
bailado un poquirritiyo!

--Que yo he bailado!--exclam Enrique ponindose rojo.--Hombre, me
parece que entiendes tanto de toros como el forro de mis pantalones...
Pues no dice que yo he bailado!

La modestia, que slo estaba prendida con alfileres, se le escap de
pronto. El criado, visto el mal efecto de su crtica, quiso enmendarla.

--No, si la brega ha sido superior, seorito: un poco ms movida  un
poco menos, eso no vale na.

--Pues valga  no valga, ya hemos hablado bastante, y no tengo ms ganas
de oir simplezas...

Y abri la puerta para dejarle paso, y en cuanto sali, la cerr con
estrpito, murmurando:

--El diablo del babieca! Lo del baile se lo habr dicho Ricardito...
Ms le valiera  ese morral tener vergenza y no dejar que Felipe Gmez
parase los pies  su toro!

Y convencido plenamente de que la mancha cada en la honra de su mulo
no la borraran todos los perfumes de la Arabia, qued relativamente
tranquilo. La lectura de los peridicos y la presencia de la
ensangrentada oreja, mudo testimonio de su valor, concluyeron por
volverle toda la calma. Pero una cosa le preocup en seguida, y fu la
manera que tendra de conservar aquel trofeo. Si la dejaba en tal
estado, no tardara en pudrirse. La metera en alcohol? Se le caeran
los pelos y quedara convertida en un cartlago indecoroso. La
disecara? Necesitbase averiguar si era posible. Determin llevrsela
despus de comer  Severini, el disecador de la Carrera de San Jernimo.
En la mesa se habl de la novillada. D. Bernardo estaba ya enterado por
los peridicos de la proeza de su hijo, y aunque lisonjeado en el fondo
del alma por los aplausos que le tributaban, no dej de mostrarse severo
y reprenderle, aunque no con tal acritud como otras veces.

--Vaya, vaya, Enrique, que sea la ltima vez que te exhibes en pblico
de ese modo. Ya sabes que no me gusta que un hijo mo, aun hacindolo
bien, haga el papel de torero.

Enrique adivin que su padre no estaba enfadado, y se confirm en el
antiguo axioma de que el xito feliz borra todas las culpas. Encendi un
cigarro, envolvi la sagrada oreja en un trapo, se la meti en el
bolsillo y sali  la calle enderezando sus pasos hacia el caf
Imperial, esperando recibir all nuevos plcemes de sus inteligentes
amigos, y disertar toda la tarde acerca de la novillada de Vallecas. De
paso contaba entrar en casa de Severini.

Seran las tres de la tarde y haca bastante calor. Nuestro teniente
(porque haba ascendido) caminaba por la calle del Bao vestido  la
ltima moda, levita inglesa abrochada, pantaln claro, bota de charol y
sombrero de copa puntiaguda. Haba querido vestirse as y dejar el traje
chulesco que ordinariamente gastaba para dar ms fuerza y relieve  su
portentosa estocada del da anterior. Caminaba lentamente, con la marcha
tranquila y presuntuosa de los hombres satisfechos de s mismos,
dirigiendo miradas penetrantes  los transeuntes  ver si le reconocan,
y lanzando bocanadas de humo  los aires. Nunca se haba hallado en tan
feliz situacin de cuerpo y de espritu.

A la puerta de una casa de vacas estaba una joven sentada con un libro
entre las manos. Enrique le dirigi una mirada al pasar, y las benvolas
disposiciones en que se encontraba respecto  todo ser viviente le
impulsaron  detenerse un instante y contemplarla con ojos risueos. La
muchacha levant los suyos, que eran grandes y negros, con cierta
expresin entre fiera y maliciosa. Despus de mirarle fijamente un buen
espacio, los convirti de nuevo al libro con marcada indiferencia.

Enrique avanz hasta colocarse frente  ella, y le dijo en tono
melifluo:

--Qu lee usted, hermosa?

La joven levant de nuevo sus ojos y, examinndolo con atencin algn
tiempo, respondi:

--_Memorias de cuatro pillos._

Y recalc mucho la ltima palabra.

Enrique qued un poco confuso; pero continu inmvil con la sonrisa en
los labios. La joven se enfrasc de nuevo en la lectura. Al cabo de un
rato volvi  levantar la vista, y le dijo con bro, en un tonillo
irnico donde se trasluca la irritacin:

--Pase usted, caballero, pase usted.

--De mil amores, prenda--repuso Enrique entrando en la tienda y
colocndose en pie detrs de la chica.

Torn sta  mirarle con gesto altanero y le dijo muy seria:

--Hombre, me gusta ust por lo sinvergenza.

--Y usted  m por lo simptica.

--De veras! Y desde cundo?

--Desde la esquina, que la he visto  usted.

--Ay qu gracia! Too eso saba ust y se lo tena callao?

--Pues  quin haba de contrselo?

--A su abuela, hijo mo.

--No la tengo; la he perdido cuando era muy chiquitn.

--Qu mono!

--No; era ms feo que ahora todava.

--Y no lo enseaba su pap en la feria?

--No me acuerdo. Cspita! Tan feo me juzga usted?

--Pa qu le he de engaar... Como feo es ust ms feo que azotar  un
Cristo.

--Manolita--grit la frutera de enfrente,--desde cundo te has echao
quitabrisas?

--Ahora mismito; qu te paece?

--Se llama usted Manolita?--le pregunt Enrique.

--No, seor; me llamo Manuela.

--Qu saladsima y qu rica!

--Pus cundo me ha probao ust?

Manolita era una chula en el porte, en el gesto, en el vestido, en el
acento de sus palabras y en todos sus ademanes; pero era una chula muy
linda, lo cual no es ningn milagro. Las hay como rosas de Alejandra
por esas calles de Dios. Era su rostro ovalado, de color blanco mate;
los ojos negros y rodeados de un leve crculo oscuro; negros tambin los
cabellos, y peinados con sortijillas en las sienes; blanca y menuda y
apretada la dentadura; la expresin de aquel conjunto grave y
desdeoso, como conviene  toda chula que no est tirada  los perros.

--Conque deca ust que se iba de paseo al instante?

Enrique no haba dicho semejante cosa.

--Antes de irme quisiera que usted me diese un vasito de leche.

Manolita se alz gravemente de la silla, dej en ella el libro y se
dirigi al mostrador, y sin decir palabra llen un vaso de leche, lo
coloc sobre un plato y fu  posarlo en una de las tres  cuatro
mesillas de mrmol que all haba. Mas al observar que Enrique no se
sentaba y permaneca inmvil en medio de la tienda, siguiendo sin
pestaear todos sus movimientos, se detuvo repentinamente y le dijo con
aquel tonillo irnico que no se le caa de los labios:

--Es que se lo quiere ust beber en casa, cabayero?

--En casa no lo bebiera aunque me diesen cinco duros.

--Pus hijo, ni que fuera rejalgar! Vaya, lo echaremos otra vez en la
botija. No sea que se ponga ust malo y haya que mandar por la camilla
al hespital.

Y diciendo y haciendo se fu derecha  la botija; mas Enrique la detuvo.

--No he querido decir eso, hermosa. En casa s me hara dao, pero
aqu... Aqu se me hace todo gloria vindola  usted!

--Seorito, ust necesita tila en vez de leche.

--Puede!... Cunto es esto?--aadi despus de beber mirando risueo 
Manolita.

--Menos de una onza.

--Cunto?

--Medio rial.

Sac unas monedas del bolsillo y, al posarlas en la mano de la chula,
se sinti acometido sbitamente de una benevolencia vecina del
entusiasmo hacia ella. Para dar testimonio de este sentimiento tan
conforme con la esencia de la naturaleza humana y con el espritu y
doctrina del Cristianismo, que nos manda amar  nuestros semejantes,
nuestro teniente no hall arbitrio mejor que darla un tierno abrazo
acompaado de un beso ms tierno an. Mas antes de llevar  cabo tan
plausible propsito, haba echado una mirada cautelosa en torno para
cerciorarse de que nadie vendra  turbar aquel acto benfico, y se le
haban erizado previamente los bigotes, como es costumbre en los buenos
perros ratoneros. Una vez preparado de esta suerte, all voy!

Al verse en los brazos del teniente, la chula se revolvi como una
fierecilla; desprendise instantneamente, dej volar la mano, y zas!
le encaj un soberbio cachete en mitad de las narices.

De antiguo sabemos ya que las narices de Enrique tenan cierta
influencia magntica sobre los cachetes, y los atraan como las agujas
metlicas atraen las chispas elctricas. Recordamos esto para que nadie
se extrae de que la bofetada hubiera ido  dar  aquel sitio delicado
en vez de otra regin del rostro. Dos chorritos de sangre salieron al
instante por sus ventanas harto espaciosas,  dar fe de que Manolita no
tena las manos de cera, aunque lo pareciese en lo bien torneadas. Al
ver la sangre, se embraveci ms, como las leonas del desierto, y en
poco estuvo que no le despedazase con un canjiln de hoja de lata, pues
empuado lo tuvo, y aun enarbolado un buen rato.

--Ay, qu redis! Qu me pasa?... A ust qu se le ha figurao, to
silbante?... A ust le han engaao, seor. Le voy  aplastar del todo
esa cara de chivo si no me la quita de delante ms pronto que la
vista...

Enrique se secaba las narices con el pauelo, murmurando:

--Diablo, diablo, me ha hecho sangre!

--A ver si se larga ust, seo morral!... seo morrral!... seo
morrrral!

Y cada vez iba recalcando ms la _erre_, como si la salvacin de su
honra, puesta en peligro por el osado teniente, dependiese de la
acertada pronunciacin de esta preciosa paladial.

--Pero deme usted antes un poco de agua para lavarme... no puedo salir
as.

--Agua de limn verde le dara yo! Largo de aqu, to indecente!

La joven extenda la diestra hacia la puerta con tanta dignidad que no
caba ms. Enrique, atento  limpiarse la sangre y mirar con sorpresa
las manchas que iban dejando en el pauelo, no pudo apreciar en lo que
vala aquella soberbia actitud digna de Juno, Palas, Cibeles  cualquier
otra diosa de la antigedad. No obstante, la diestra mitolgica se fu
poco  poco doblegando  impulso de la compasin, y hasta al cabo de
unos instantes fu la misma que trajo una jofaina, trasvertiendo de
agua, de la trastienda, y la dej sobre la mesa de mrmol al lado del
funesto vaso de leche que el morral se acababa de beber. Mas no vaya 
creerse que esta operacin da poco ni mucho  la dignidad de que la
hermosa chula se haba revestido; antes, al contrario, le di ms realce
y esplendor. Y mientras el teniente se remojaba las narices sorbiendo el
agua con miedo, ella, arrojndole miradas de olmpico desprecio al
cogote y murmurando amenazas, se fu  sentar de nuevo  la puerta con
el libro entre las manos.

Cortada la hemorragia y despus de secarse bien con el pauelo, sali el
morral de la tienda y tuvo la desvergenza de decir al pasar por
delante de Manolita:

--Adis, hermosa: no le guardo  usted rencor.

Nadie se atrever  suponer que Manolita levant siquiera los ojos del
libro, cuanto ms contestar  aquel to.

Enrique se fu al Imperial con las narices rojas y un si es no es
inflamadas, pero tan contento como si tal cosa. Los plcemes de los
toreros y cierta disputa que dur toda la tarde, acerca de si es  no
lcito que el espada tenga un muchacho  las salidas en la brega cuando
el toro no est hudo y se revuelve por s, le borraron de la memoria 
la chula y su bofetada. Slo al da siguiente, cuando sali de casa
despus de almorzar, le asalt el recuerdo de su aventura. En vez de
ascender por la calle del Prado para tomar la del Prncipe, como tena
por costumbre, se emboc por la del Bao lo mismo que el da anterior.
Desde los primeros pasos que en ella di, pudo columbrar all  lo lejos
el vestido  cuadros de percal y el paolito azul de Manolita. El
teniente sonri, no recordando ms que la parte deleitable del suceso.
Era una de sus cualidades la de ver todas las cosas de este mundo por el
aspecto ms risueo. Y murmur con dejo protector:

--All est mi chulilla. Caramba si es salada y desenvuelta!

Y con una sonrisa almibarada entre los labios, se fu acercando
lentamente  la vaquera, soltando bocanadas de humo y balancendose
como hombre cuya felicidad no poda ser turbada por bofetada de ms  de
menos. Al llegar cerca de la joven, se detuvo lo mismo que el da
anterior. La chula levant la cabeza y, clavndole sus ojos airados, le
dijo:

--Vuelve ust por otra?

--Si tiene empeo en drmela...

El rostro canino de Enrique expresaba una satisfaccin tan pura, y al
expresarla se haba puesto tan horroroso, que la chula no pudo atajar
una sonrisa que le brot  la cara. Y bajndola para no comprometerse
dijo:

--Vaya, vaya, siga ust su camino.

--No sea usted rencorosa, Manolita, y perdneme.

--Msica! Yo no soy cura pa dar asoluciones.

--Pues penitencias ya las sabe usted poner.

--No tal; deb darle con el canjiln, pa que no le quedase ganas de
ponerse otra vez delante de mi vista.

--Eso s que no! Las narices me puede quitar, pero las ganas de verla
 usted, nunca!

La chula, en estos dimes y diretes, se fu humanizando. Enrique, despus
de pedir permiso respetuosamente, consigui entrar en la tienda y
sentarse  tomar un vaso de leche. Y en buen amor y compaa, el teniente
comenz  hacerle el amor por lo fino, y la chula  contestarle por lo
basto, bien que adivinndose que no le pesaba de ser festejada por un
seorito de _bomba_. Enrique se haca querer pronto por su carcter
campechano y optimista. Manolita, hallndole como antes horroroso,
comenz  sentirse atrada hacia l.

--Pa qu ms de la verd--concluy por decir:--es ust feo, pero tiene
ust un _aquel_... vamos... particular.

--S, ya s--respondi el teniente con gravedad:--soy feo, pero
gracioso.

--No, eso tampoco!--exclam la chula riendo.

--Bien, pues caigo en gracia sin ser gracioso.

--Eso es.

Cuando ms embebidos se hallaban en su pltica sabrosa, h aqu que
suenan en la trastienda unos pasos rudos y estrepitosos. Un hombre,
mejor dicho, un gigante tuerto, aparece en la puerta del foro en mangas
de camisa, calzones de pao pardo, faja encarnada y boina: el rostro,
tan feo y temeroso como el de sus progenitores los cclopes. Despus de
echar una mirada torva por el establecimiento, sin ver  Enrique  sin
que aparentase haberle visto, dej escapar dos  tres gruidos, avanz
vacilando hasta el mostrador y, fijando su ojo vidrioso en el sombrero
reluciente de felpa que el teniente haba colocado all, lo tom con
mucha delicadeza entre sus manazas descomunales, lo examin con
curiosidad como el naturalista que acaba de tropezar con un nuevo
zofito, y algo que quiso ser sonrisa pero que no pas de mueca horrenda
contrajo sus labios gordos y amoratados.

--Oj, oj, oj... Trr, trr, trr... Hay un marqus en mi tienda, mal rayo?

Y ech otra mirada por la salita sin fijarla en parte alguna, como si
all no hubiese seres vivientes. Despus, con mucha calma y cuidado,
cual si ejecutara con l una de las ltimas operaciones del arte,
aplast el sombrero hasta convertirlo en una tortilla; hecho lo cual,
arrojlo por la puerta al medio de la calle con no menos delicadeza y
sosiego.

Enrique se puso sbito rojo como una guindilla; inmediatamente plido.
Se alz vivamente del asiento y, nuevo David, tuvo impulsos de arrojarse
sobre el gigante; pero Manolita le contuvo hacindole un sin fin de
expresivas muecas, encaminadas todas  demostrar que el cclope no
estaba seco por dentro. Entonces Enrique se sali muy desabrido de la
tienda.

--Padre, el sombrero era de ese cabayero, que es un parroquiano.

--T,  callar... estamos?

Y para que mejor se hiciese cargo de este deseo, la tumb de un bofetn.

Pero Enrique, ni oy la amable advertencia de la hija, ni la suave
contestacin del padre, ocupado como estaba en estirar y aliar el
sombrero.

--Cuando yo vuelva  esta cochina tienda!...--exclam encasquetndoselo
con furia y marchando como un vendaval calle arriba en busca del
sombrerero.

[imagen decorativa]




X


Y en efecto, no volvi... hasta el da siguiente; pero
fu vestido de corto, esto es, con chaquetilla, pantaln ajustado y
sombrero pavero.

--Oiga ust, seorito, va usted al matadero  desollar alguna
res?...--le pregunt Manolita as que le vi de aquella traza.

Y comenz el tiroteo amoroso, l hacindose jalea y puras mieles, ella
contestando  cada requiebro con un fiero _desplante_. Enrique no se
desanimaba por eso, y tena razn. Por el ejemplo de sus amigas y
compaeras y por su ruda educacin, la chula estaba armada de una
cscara dura, llena de pinchos; pero bien sabe Dios, y Enrique lo supo
tambin, que en el fondo era una pobre muchacha, buena, hacendosa,
sufrida, ignorante como un pez y ms inocente en ciertas materias de lo
que haca presumir su lenguaje y modales. Haba perdido  su madre haca
cosa de dos aos. Una hermana se haba casado con el maestro de un
cortijo y viva hacia las Vistillas. Ella habitaba con su padre, que
era vizcano, establecido en Madrid desde mucho atrs, en un cuartito
con dos compartimentos frente al corral de las vacas. Era madrilea
legtima, hasta el punto de no haber puesto siquiera los pies en un
coche del ferrocarril ni haber ido en sus paseos ms all de
Carabanchel. El vizcano, desde la muerte de su mujer, que no poco le
contena, se emborrachaba cada vez ms amenudo y haca sufrir  su hija
muy malos tratos; pero ella estaba tan avezada  ellos ya en tiempo de
su madre, que no se le haba ocurrido siquiera que pasaba una vida muy
desgraciada. Cuando cierto da se lo indic Enrique, despus de
presenciar uno de aquellos actos de barbarie  que con frecuencia se
entregaba el vaquero, le mir con sorpresa y le dijo que s, que tena
razn, que era muy desdichada; pero en un tono que pareca expresar:
Hombre, sabe usted que no haba cado en ello?

Entre unas y otras, asistiendo  diario  la vaquera, sufriendo las
_frescas_, los _rempujones_ y tal cual _gofet_ cuando se desmandaba, de
la gentilsima chula, Enrique, qued burla burlando, preso en las redes
de su amor. Con el cafre del padre tuvo unas cuantas reyertas al
principio. Despus se hicieron grandes amigos desde que aqul supo que
el seorito era inteligente en toros, que haba lidiado novillos y era
amigo ntimo de los mejores espadas,  los cuales profesan los plebeyos
de Madrid fervoroso culto. Cuando entraba borracho en la tienda, Enrique
tomaba el sombrero y se sala y al otro no le extraaba nada esta
conducta: de este modo evitaba los choques con l. Por las tardes se
pasaba lo menos dos horas conversando con Manolita. Por las noches,
despus de cerrar la tienda, la acompaaba  los cafs  cobrar la leche
que haban gastado en el da: l se quedaba  la puerta mientras ella
arreglaba sus cuentas con el dueo. Como la chula tena golosos, y
stos, de la clase del pueblo, vean con malos ojos que un seorito la
galantease, nuestro teniente se vi repetidas veces amenazado y aun
atacado; pero ya sabemos que en su calidad de _bulldog_ era de lo ms
rabioso y atravesado. Con un bastn de hierro, que jams le abandonaba,
supo defenderse tan bien, que Manolita qued altamente complacida,
despus de haberle ayudado bravamente, repartiendo  los agresores
algunos soplamocos tan devastadores como bien dirigidos.

Cules eran los intentos de Enrique al comenzar estos amores? No podan
ser ms perversos  insidiosos. Contaba seducir  la chula, y  la
postre llamarse andana. Mas l propuso y Dios dispuso: al mes de
hallarse en relaciones, Manolita le tena prisionero  sus pies, manso y
domesticado como un perro de saltimbanqui; y esto (digmoslo en su bien,
ya que referimos lo malo), porque tena noble corazn y le compadeca la
suerte de aquella pobre chica; tanto, que form resolucin de casarse
con ella. Dando vueltas en la cabeza  este pensamiento estuvo algunos
das, hasta que se arriesg  abrir su pecho  su madre. D. Martina se
irrit lo indecible, sin querer recordar su primitiva condicin de
planchadora; mas como era mujer de buena pasta, y Enrique su ojo
derecho, pronto tom partido por l, aunque nunca quiso hablar del
asunto  su marido, pues conoca su genio y estaba bien convencida de
que antes le haran pedazos que consentir en aquel matrimonio. Al fin,
el teniente, no teniendo valor para hablar  su padre, determin de
escribirle, dejndole la carta sobre la carpeta de su mesa. D. Bernardo
no contest ni se di siquiera por enterado de haberla recibido.
Trascurridos algunos das, le dej otra en el mismo sitio; idntica
contestacin. Lo nico que observ fu que el rostro de su padre, de
ordinario nublado, lo estaba mucho ms. Entonces, despus de suplicar 
sus hermanos Vicente y Carlos que interviniesen en su favor, y despus
de haber recibido de ellos una seria y rotunda negativa, fu  pedirle
igual merced  su primo Miguel, con el cual segua manteniendo viva y
entraable amistad.

--Buena recomendacin la ma!--le dijo ste.--Si quieres que tu padre
te eche de casa  puntapis, la mejor que puedes buscar.

--No lo creas; mi padre te quiere, por ms que no lo d  conocer. Es l
as... seco en apariencia... pero en el fondo muy carioso.

Miguel sonri, respetando aquel juicio de un hijo bueno, y sigui
negndose  su pretensin; mas tanto le inst y con palabras tan
fervorosas y hasta con lgrimas, que al fin, aunque de muy mal grado,
consinti en visitar  su to y hablarle del negocio.

El da sealado para la entrevista, Enrique le aguardaba paseando por el
corredor, en un estado de agitacin fcil de explicar. Cuando llam  la
puerta, l fu quien le abri.

--Qu plido ests, amigo!--le dijo Miguel.

--Me salta el corazn ms que si fuera  batirme.

--Pobre Enrique! Toma nimo, que aunque el negocio salga mal, como
preveo, no te faltar una hora para ahorcarte del hermoso rbol que has
elegido.

--Mira, yo no puedo aguardarte en casa... Tengo la cabeza como un horno
y necesito refrescarme... Te espero en el Imperial.

Antes de pasar  la habitacin de su to, Miguel fu derecho  la de
Vicente, que continuaba siendo el maestro de ceremonias de la familia.
Recibile ste con la gravedad afable que le caracterizaba, y tuvo la
amabilidad de ponerle al tanto, en una relacin tan circunstanciada
como interesante, de que el tubo que conduca el agua  su lavabo haba
sufrido aquellos das una pequea rotura, lo cual haba ocasionado
filtraciones que estuvieron  punto de echarle  perder un tapiz de los
Reyes Catlicos; pero afortunadamente, haba acudido en tiempo, y
despus de buscar mucho, haba logrado tropezar con la malhadada grieta.
En seguida de sta, le hizo otra relacin no menos interesante de cierto
sistema de campanillas que haba adoptado para entenderse con los
criados y el cochero. Por ltimo, el hijo mayor de los seores de
Rivera, dando testimonio de una generosidad que tanto le honraba  l
como  su primo, saco del armario un pequeo trptico de marfil,
recientemente adquirido en el Rastro. Era una obra primorosa, una
verdadera joya, al decir de su dueo, aunque estaba un poco deteriorado.
Despus de bien mirado y admirado por ambos, dijo aqul, volviendo 
colocarlo en su sitio y haciendo esfuerzos por no soltar la carcajada:

-- que no sabes lo que quera darme el seor de Aguilar por este
trptico?

--No puedo calcular.

--Psmate, Miguel... un Trajano!... Mira t que querer meterme  m un
Trajano!

Y Vicente, no pudiendo resistir ms, solt el trapo de la risa hasta
saltrsele las lgrimas.

--Qu disparate!--exclam Miguel riendo tambin, aunque sin saber 
punto fijo lo que era un Trajano, ni mucho menos la equivalencia que
poda guardar con un trptico.

El buen humor que con este gracioso recuerdo se le despert  Vicente
di por resultado el que  todo trance tratase de complacer  su primo.

-T quieres hablar con pap, verdad? Pues mira, ahora est haciendo
gimnasia en su cuarto; pero, de todos modos; voy  llevarte  l.

--Haciendo gimnasia!--exclam Miguel lleno de sorpresa.

--Se lo ha prescrito el mdico, porque haba perdido completamente las
ganas de comer, sabes? Nada: no probaba bocado, y aun hoy come muy
poco. Est amarillo y flaco de dos meses  esta parte, que no le
conocers.

Al entrar en la adusta y severa mansin de su to, Miguel qued, en
efecto, profundamente sorprendido observando el cambio que en la figura
del respetable caballero se haba operado. El traje singular que llevaba
puesto contribua no poco  darle un aspecto siniestro y medroso: no
traa ms que una camiseta de punto, la cual dejaba ver su torso
esculido y huesoso, y amplios calzones de dril donde sus pobres
canillas apenas se advertan. El rostro, largo siempre y descarnado, lo
pareca ahora mucho ms; la tez amarillenta, los ojos tristes y
vidriados. Y como la navaja continuaba su obra devastadora, el bigote no
era ya ms que una exigua motita blanca debajo de la nariz. El gabinete
estaba convertido en un gimnasio: haba paralelas, algunos pares de
pesas por el suelo, y colgadas del techo unas anillas de hierro.

Cuando entr Miguel, su to estaba dando un paseo por las paralelas.
Tuvo tiempo  contemplarle  su sabor, y no dej de causarle pena.
Observando aquel rpido y asombroso decaimiento, no pudo menos de
decirse:--Es imposible que mi to no haya tenido algn disgusto
gordo.--Y como el caballero, absorto en la tarea penosa de salvar sobre
las manos las paralelas, no adverta su presencia, dijo en voz alta:

--Buenos das, to.

D. Bernardo se dej caer al suelo y, mirndole con ojos empaados,
contest:

--Hola! Qu traes por aqu?

--Siga usted, to; siga usted, no quiero interrumpirle. Cmo se
encuentra usted?

--As, as; y tu mujer?

--Perfectamente; siga usted, siga usted.

D. Bernardo di un brinco y se coloc otra vez sobre las paralelas.

--Puedes decirme lo que quieras: te escucho.

Miguel le contempl un momento, y comprendiendo que lo mejor era marchar
derecho y sin vacilaciones al asunto, comenz  decir:

--Vena  hablar  usted de un asunto que tal vez  sin tal vez le ser
enojoso... pero me he comprometido  ello, acaso con sobrada
precipitacin, y no es tiempo ya de arrepentirse sino de cumplir como
bueno... Enrique me ha significado su deseo...

D. Bernardo se dej caer otra vez.

--Ni una palabra sobre Enrique!--dijo extendiendo el brazo con imperio.

Miguel se sinti herido por aquella soberbia, y dijo con irona:

--Qu? Ha decidido usted borrarlo de la memoria de los hombres?

El seor de Rivera le dirigi una mirada fra y altiva, que Miguel
resisti con la misma altivez y frialdad. Volvi de nuevo  colocarse
sobre las paralelas, y comprendiendo que se haba conducido con poca
cortesa, dijo con bastante trabajo, pues el paseo gimnstico le
produca un fuerte resuello:

--Enrique es un mentecato. Despus de haberme matado  disgustos toda la
vida, quiere terminar su carrera deshonrando  su familia.

--Yo tena entendido que slo deshonra  su familia el que comete alguna
vileza... Pero, en fin, puesto que usted no quiere, no hablemos de
Enrique. Es mayor de edad y ya l sabr lo que ha de hacer.

Dijo estas ltimas palabras con la intencin de prevenirle, para lo
futuro. D. Bernardo no contest. Bajse de las paralelas, y despus de
tomar aliento, subise otra vez y comenz  ejecutar el paseo de la
rana. Por no marcharse repentinamente, Miguel entabl conversacin,
diciendo:

--Le veo un poco desmejorado desde la ltima vez, to.

--S!--respondi suspendiendo el paseo y quedando  horcajadas sobre
las barras de madera.--Pues an me vers mucho ms! No como nada.

--Padece usted del estmago?

El caballero se qued un instante inmvil con los ojos extticos, y dijo
con acento de profunda melancola:

--Padezco del alma!

Y emprendi de nuevo y furiosamente el ejercicio.

Nunca Miguel haba escuchado de labios de su to una palabra que se
refiriese  sus sentimientos ntimos. Para l haba sido, en este
respecto, un hombre de madera. As que, al oir aquella tierna confesin,
se qued como si viese visiones. Y juzgando que era Enrique la causa de
sus pesadumbres, aunque no hubiese razn para disgustarse, todava le
compadeci sinceramente.

--Siento que sea Enrique,  quien tanto quiero, la causa de sus penas...
pero tiene usted otros dos hijos que le proporcionan muchas
satisfacciones.

--No, Miguel, no es eso... Enrique me ha causado algunos disgustos...
pero el que ahora siento viene de ms hondo.

Miguel se puso  discurrir de dnde vendra, y quiso imaginar que
pudiera ser alguna prdida  menoscabo en su hacienda. D. Bernardo se
baj, arrimse para descansar  una de las barras y se pas el pauelo
por la frente sudorosa, dando un profundo suspiro. Despus tom unas
bolas de hierro y comenz  abrir y cerrar los brazos con la gravedad
que imprima  todos sus actos. Al cabo de un rato de silencio, que el
sobrino no osaba interrumpir por ms que la curiosidad le picase, el
anciano caballero dej las pesas en el suelo, y dirigindose  l con
los ojos fijos y abiertos como un espectro, le dijo roncamente:

--Cuarenta aos hace que me he casado... Cuarenta aos calentando  mi
pecho una vbora! Al fin su veneno se ha infiltrado en mi sangre y
morir de la mordedura.

Miguel no entendi  no quera entender aquellas palabras extraas. Sin
embargo, dijo:

--Yo siempre pens que era usted feliz en su matrimonio.

--Lo era, Miguel! Lo era porque tena una venda sobre los ojos.
Pluguiera  Dios que no me hubiese cado!... Hubo un da en mi vida, t
lo sabes bien, en que, arrastrando el decoro de nuestra familia por el
suelo, descend hasta dar la mano  una mujer de muy diversa condicin
que la ma. Por este inmenso sacrificio, no te parece que esa mujer
debiera besar el polvo que yo pisase?... Pues bien, esa mujer es una
Mesalina.

--To!

--Mejor dicho, una Agripina.

--Pero al cabo de cuarenta aos, cuando mi ta Martina es ya una
anciana venerable!

--Eso hace an ms asqueroso su crimen.

--No estar usted obcecado, to?

--Me ha costado trabajo persuadirme; pero ya no me cabe duda alguna.

--Deploro en el alma su disgusto; pero permtame usted que dude
todava...

--Sabes quin es el infame que ha ultrajado mi nombre?--dijo el seor
de Rivera avanzando y metindole la voz por el odo.--Tambin he
calentado esa vbora  mis pechos!

--Quin?

--Facundo!... Mi fraternal amigo Facundo!

--El Sr. Hojeda!

--Ni una palabra ms--manifest extendiendo su brazo con majestad.--Eres
individuo de mi familia; ests casado, y te he comunicado mi secreto
para prevenirte. Una espantosa catstrofe se cierne sobre nuestras
cabezas.

--Pero to!...

--Ni una palabra ms.

D. Bernardo se agarr acto continuo  las anillas, levant con energa
los pies  hizo la _sirena_. Miguel sali del gabinete convencido de
que, si no estaba loco ya, andaba muy prximo  la locura.

[imagen decorativa]




XI


CIUDADANOS: El grito de libertad dado en Cdiz resuena
ya en todos los mbitos de la Pennsula. Estad orgullosos, ciudadanos,
estad orgullosos de llamaros liberales: el sol de la libertad ha roto al
fin la niebla de la tirana que le tuvo empaado largos siglos, y
aparece ms esplendoroso que nunca, pronto  borrar las huellas
malhadadas de una raza funesta y espuria...

Estas y otras razones muy semejantes gritaba el hirsuto Marroqun desde
uno de los balcones de la redaccin de _La Independencia_, rodeado de
hasta media docena de banderas rojas, desencajado el rostro por la
emocin y las manos temblorosas.  su lado veanse los de algunos de sus
compaeros, plidos tambin, aunque no tanto. Hacia ellos se volva 
menudo el orador demandando asentimiento, que generosamente le otorgaban
todos, murmurando por lo bajo al final de cada perodo: Bravo! bravo!
y otras exclamaciones que infundan nuevo y poderoso aliento en el
exprofesor para seguir arengando  las masas. Escuchbanle stas con la
boca abierta desde las estrecheces de la calle del Lobo, y con sus voces
y palmoteo tambin le animaban. Cuando se le agotaron, por fin, las
metforas astronmicas y no tuvo ms que decir, recogiendo todas sus
fuerzas grit con voz estentrea:

--Ciudadanos: Viva la libertad!

--Vivaaa!

--Viva el pueblo soberano!

--Vivaaa!

Y di por terminado su discurso, retirndose del balcn. Una voz grit
desde la calle:

--Abajo los consumos!

--Abajooo!

La comitiva se puso en marcha de nuevo. No tard en agregarse  ella
Marroqun con todos sus compaeros, llevando enarbolado un descomunal
estandarte azul donde se lea con letras doradas: _Abolicin inmediata
del culto y clero_.

Todo era jarana, bulla y regocijo aquel da, 30 de Septiembre, en la
capital de las Espaas. Las msicas recorran las calles tocando himnos
patriticos; los balcones todos (ya se guardara muy bien de faltar
ninguno) ostentaban colgaduras multicolores; las campanas de los templos
volteaban con fingido jbilo; en las calles principales se levantaban
apresuradamente arcos triunfales para recibir  los vencedores de
Alcolea, emigrados y mrtires de la revolucin; numerosas
manifestaciones pacficas discurran por la ciudad parndose  cada
instante para escuchar la voz de todos los oradores ms  menos
improvisados. La en que iba Marroqun no era la menos nutrida y
entusiasta. De sus proezas tuvo noticias Miguel por su antiguo profesor
D. Juan Vigil, el capelln del colegio de la Merced, con quien top 
los pocos das en la calle.

--Ya habis triunfado, barjoles! Bien sabe Dios que no me pesa por ti
y otros buenos amigos que tengo metidos en la danza. Lo nico que siento
son los excesos, sabes? los excesos contra nuestra santa madre la
Iglesia... Por delante de casa pas el puerco de Marroqun al frente de
una porcin de canalla. Ya vi que t no ibas all, y te doy la
enhorabuena por no mezclarte con semejante gentuza... Llevaba un
carteln donde deca: _Abajo el culto y clero_: se par delante del
colegio y comenz  levantar el pendn gritando como un becerro: Muera
el clero! Abajo las aves nocturnas! Yo estaba detrs de la persiana,
y barjoles, me entraron unas ganas de bajar  la calle y darle cuatro
mocadas  ese cerdo!...

Miguel no pudo reprimir una sonrisa, recordando los mojicones que en
otro tiempo le haba propinado Marroqun  l; y para que el cura no
cayese en el motivo de la risa, se apresur  decir:

--No se acuerda usted, D. Juan, de la paliza que me di un da por
haber gritado  la hora de recreo Viva Garibaldi?

--S que me acuerdo; y t no me la habrs agradecido, verdad?

--Ni ms ni menos.

--Eso es! Desvvase usted por inculcar  sus discpulos las sanas
ideas de religin y moral, enderece usted sus pasos por la senda de la
virtud, corrija usted con mano paternal sus demasas, para que despus
que son hombres no le den las gracias siquiera por sus desvelos!

--No riamos por eso, D. Juan: todo aquello lo agradezco en el alma;
pero los palos, por paternales que ellos sean, no me los harn nunca
agradecer, as me hagan cuartos.

--Bien est, y no se hable ms del asunto: la ms grande recompensa de
mis cuidados es verte hombre formal y bien quisto en la sociedad....
Pero hablando de otra cosa: t no sabes el susto que me ha dado el otro
da ese diablo de Brutandr. Iba yo por la calle de Alcal abajo, con
propsito de ver la entrada de los caudillos de la libertad (como ahora
decs), acompaado del mayordomo y dos discpulos, cuando entre la
comitiva, y arrellanado en una carretela donde iban dos generales con
gran uniforme, veo  mi Brutandr saludando  la gente como si fuese un
emperador... Ave Mara Pursima! dije santigundome. Casi no quera
creer  mis propios ojos. Ya yo saba que politiqueaba ese gaznpiro y
aun que embadurnaba algunos artculos en los peridicos, aunque siempre
me figur que seran tan suyos como las composiciones que t le sacabas
en la ctedra; pero cundo poda imaginar que me lo haba de ver hecho
un personaje importante pasando por debajo de los arcos triunfales como
si viniera de conquistar las Galias  vencer  los Escythas? Y que no
iba finchado el bodoque, balancendose en la carretela, como si toda su
vida hubiera andado en ella!

--Siempre ha sido usted injusto con Mendoza, don Juan. Cosas ms
portentosas le quedan an por ver.

--Lo creo, no me lo jures. Si son stos los hombres con que contis para
regenerar el pas, lo he de ver pronto convertido en jigote.

Y maldiciendo de la gloriosa revolucin, y despreciando en Brutandr 
todos sus muidores, despidise amistosamente, no obstante, de Miguel,
por el cual nunca haba dejado de sentir predileccin.

Poco se haba curado ste del movimiento revolucionario, aunque
figurase como un adepto decidido de las doctrinas democrticas. El
cuidado interior de su espritu, que comenzaba  cultivar entregndose
sin tasa  la lectura, y la vida domstica absorban demasiado su
atencin para no consagrar  la poltica solamente una parte pequea de
sus fuerzas. El mismo peridico cuyo gobierno haba tomado con ilusin,
concluy por fatigarle. Las eternas polmicas, la fraseologa empalagosa
de los artculos de fondo, causronle tedio pronto, y ansiaba el momento
de dejarlo y entregarse de lleno  otros trabajos ms serios y tiles.
En su vida domstica era feliz; mas no al modo que haba imaginado
serlo. Porque pensaba antes de casarse que el amor y las felices
expansiones que l trae consigo haban de llenar por entero su
existencia, sin que le quedase tiempo ni deseos para ocuparse en otra
cosa. Y al ver que el amor ocupaba en su vida un lugar como accesorio 
secundario y que seguan preocupndole otros asuntos, tanto los que se
referan  su vida exterior como los tocantes  sus estudios y
meditaciones; que un contratiempo leve le entristeca y cualquier
palabra malsonante le irritaba como antes; que muchas veces volva del
caf excitado por alguna discusin y no eran bastante las caricias de su
esposa para calmarle, l mismo se sorprenda y confesaba que otra mayor
influencia y alcance conceda al matrimonio. La misma Maximina tena que
sufrir algunas veces el mal humor que otros le causaban fuera. Cuando su
genio se hallaba templado para irritarse, cualquier pequea
contradiccin bastaba para ello, y aun sintiendo la injusticia que
cometa, no por eso dejaba de reprender  su esposa cuando el aseo de su
cuarto,  de su ropa  cualquier otra menudencia por el estilo no estaba
tan  punto como quisiera. Verdad es que en cuanto vea asomar las
lgrimas  los ojos de aqulla, todo se turbaba y se lanzaba acto
continuo  besarla y abrazarla. Y como  Maximina, as que senta los
labios de su marido en el rostro, se le borraban como por ensalmo todas
las penas, el resultado era que sus reyertas (si este nombre puede darse
cuando el uno rie y el otro calla) duraban siempre pocos minutos. En
resolucin, que nuestro hroe padeca del mal que en los nios suele
llamarse _mimos_,  lo que es igual, que avezado  ver  su esposa
constantemente dulce, cariosa, sumisa, no se le ocurra siquiera que
poda ser de otro modo, y no saba apreciar, por lo mismo, en lo que
vala aquella paz y suave calor del hogar tras de los cuales tantos
hombres corren en vano.

Maximina, en cambio, gozaba de una felicidad casi celestial. La
presencia de su esposo, del cual cada da estaba ms enamorada, bastaba
para mantenerla en un estado de dicha que rebosaba de sus ojos y se
trasluca en todas sus palabras y movimientos. Cuando estaba en casa
apenas apartaba de l la vista. Le segua con disimulo  todas las
habitaciones, y pona empeo en verle hasta cuando se lavaba y vesta.
Miguel la embromaba por esta persecucin: algunas veces, cuando estaba
de mal humor, le deca:

--Vamos, djame que voy  arreglarme.

Y haca ademn de cerrar la puerta. Pero ella responda con ojos tan
suplicantes:

--Por Dios, no me eches de tu cuarto, Miguel!

Que no poda menos de sonreir, y tomndola de la mano, la sentaba en una
silla como  una nia, dicindole:

--Bien est; pero no te muevas de ah.

Cuando estaba fuera de casa, ni un instante se le apartaba de la
imaginacin: cuanto hablaba con las criadas, directa  indirectamente
siempre vena  referirse  l. Si mandaba limpiar los cristales era
para que _l_ no advirtiese que estaban empaados; si lea en el libro
de cocina era para aprender algn plato que  _l_ le gustase; la ropa
que cosa era la de _l_, y de _l_ era la cadena que limpiaba con
polvos, y el pauelo de seda que mandaba lavar  la doncella, y las
camisas que enviaba  componer, porque ella no se crea con mritos para
hacer competencia al camisero, no por falta de voluntad.

Las nicas nubecillas que cruzaban por el cielo de su dicha eran los
inmotivados enojos de su marido, los cuales se repetan demasiado.
Alguna vez le dijo llorando:

--Me lo daba el corazn por la maana, porque haca ya cinco das que
no me reas!

Miguel, enternecido, como siempre, al verla llorar, la acariciaba, y
todo volva  su habitual serenidad y contento.

Sin embargo, una nube pas de mayor tamao y ms negra que las otras. Y
fu que en el cuarto segundo de la misma casa viva la condesa viuda de
Montilla con dos hijas de veintitrs y veinticuatro aos
respectivamente, seis y siete, por lo tanto, ms que Maximina. Las
tarjetas, los saludos en la escalera y las sonrisas al balcn trajeron
consigo las visitas, y stas una muy fina amistad entre las chicas y la
joven esposa. Eran aqullas, si no lindas, bastante agraciadas por lo
menos. La primera, Rosaura, una morena de facciones abultadas y ojos
negros y hermosos, aunque un poco saltones; la segunda, Filomena, era
delgadsima, de tez plida, ojos verdes, de mirar extrao y malicioso, y
cabellos rubios cenicientos. Haba en esta muchacha cierta desenvoltura
impropia de su sexo y educacin, que caa en gracia  los hombres an
ms que su figura. Con sta gustaba Miguel de mantener conversaciones un
tanto resbaladizas y se recreaba en ver con qu serenidad y desenfado
sala la muchacha del atolladero y cunto ingenio mostraba al retorcer
las frases y darles el significado que ella apeteca. Y dicho se est
que, siendo la ocasin peligrosa, algunas veces se les tienen ido los
pies  ambos cayendo en procacidades de mal gusto. Maximina, cuando
comenzaba uno de semejantes tiroteos, sola marcharse al balcn con
Rosaura. Aunque sonrea, no dejaban de repugnarle. Cuando se quedaba 
solas con su marido nada deca; pero en el modo de mentar  Filomena se
perciba que no la profesaba grande estima.

--Pues  pesar de sus atrevimientos--sola decir Miguel--y de sus
modales hombrunos, es una buena muchacha... mejor,  mi entender, que su
hermana.

Maximina callaba por no contradecirle, aunque pensaba cosa muy distinta.
Un vago sentimiento de celos, del cual ella misma no se daba entera
cuenta, contribua tambin  hacrsele antiptica.

As estaban las cosas cierto da en que Miguel, arrellanado en una
butaca de su despacho, escuchaba tranquilamente  Maximina que, sentada
 sus pies en un taburete y reclinando la espalda en sus rodillas, le
lea _Las aventuras del escudero Marcos de Obregn_, escritas por
Vicente Espinel. Mientras la nia lea, jugaba l con la trenza de sus
cabellos, que traa suelta en casa por darle gusto. Tal lectura no deba
de ser muy del gusto de Maximina,  juzgar por el modo perezoso y
distrado que tena de arrastrar la voz. Las novelas que le gustaban no
eran estas en que todo lo que pasaba era vulgar y prosaico, sino otras
cuyo enredo y aventuras extraordinarias picasen su curiosidad. Casi
todos los libros que su marido le daba  leer le producan cansancio y
sueo, sorprendindose no poco de que l los alabase y dijese pestes, en
cambio, de los que  ella le placan. Acababa de leer un captulo
terriblemente pesado para ella, cuando, volviendo de repente la cabeza y
fijando en l sus ojos con expresin entre inocente y maliciosa, le
pregunt:

--Te gusta esto?

--Muchsimo.

--Ya lo presuma. Cuando  m no me gusta un libro siempre me digo
ahora: qu bueno debe de ser!

Pronunci estas palabras con tal ingenuidad y resignacin tan graciosa,
que su marido, riendo  carcajadas, le tom la cabeza entre las manos y
se la bes con entusiasmo. La nia, halagada por esta caricia, comenz
alegremente la lectura de otro captulo.

 la mitad de l estara, poco ms  menos, cuando se interrumpi
sbitamente, dejando escapar un ay! reprimido y de singular entonacin
que sorprendi  Miguel. Se incorpor y pudo ver el rostro de su esposa
enteramente rojo y reflejando un gozo casi mstico.

--Qu te pasa?

--Acabo de sentir dentro de m... as como una cosa...

--Qu cosa?--dijo l, adivinando perfectamente lo que era.

--As como si un pie pequeito me rozase suavemente.

--Y por qu no ha de ser el pie de tu hijo?

--Oh, Miguel! Ser?...

--Nada tiene de particular; has llegado ya al medio tiempo.

Maximina no quiso leer ms; arroj el libro sobre una silla y se puso de
rodillas delante de su esposo. Comenzaron  charlar con viveza del
_nio_.

--Oyes, y por qu ha de ser nio y no nia?--dijo l.

--Porque yo quiero que sea nio.

--Pues yo quiero que sea nia y se parezca  ti... Pero hazme el favor
de levantarte, porque si viene cualquier criada y te sorprende en esa
postura, es muy ridculo...

--No, no; no quiero una mocosita fea que se parezca  m. Quiero un
nio, lo oyes? un nio grande y robusto.

En aquel momento escucharon pasos al lado de la puerta, como Miguel se
tema, y una voz que no era de ninguna criada pregunt:

--Se puede entrar?

Maximina se puso en pie de un brinco.

--Adelante.

Entr Filomena en traje de levantar, con los cabellos en estudiado
desgaire y el cuerpo sumergido, si vale la expresin, en una magnfica
bata de seda azul adornada de encajes blancos. Nunca haba podido lograr
Miguel que su mujer se vistiera en casa de aquel modo elegante y
suntuoso. La pobre chica no saba ms que ponerse los trajes que ya no
le servan, porque le causaba pena, segn deca, vestirse una prenda
nueva para entrar y salir en la cocina.

--Me parece que he venido  estorbar--dijo la joven, fijando una mirada
maliciosa en el rostro turbado y rojo de Maximina.

--No, no; de ningn modo--contest sta, turbndose mucho ms.

--Con los recin casados hay que andarse con mucho tiento... Y eso que
ustedes no son de los ms pegajosos. He entrado sin llamar porque las
criadas han dejado la puerta abierta... Pero si estorbo me marcho...
Conozco hace tiempo el onceno mandamiento.

Aquel tono ligero y un tantico desvergonzado maravillaba y hera cada
da ms  nuestra provinciana.

--Al contrario: en este momento nos estbamos acordando de usted--dijo
Miguel en el mismo tono ligero y festivo,  propsito para que no se le
creyese.

--Hombre, qu me cuenta usted?--repuso ella con irona.--Pues he
venido--aadi, sentndose en una butaca y poniendo una pierna sobre
otra-- preguntar  usted si deja ir  Maximina con nosotras  la
apertura del Real. Tenemos palco...

Aqulla hizo una mueca  su marido para que negase el permiso; pero
ste,  porque no quisiera  no se atreviese  tanto, respondi:

--Mil gracias... All ella.

Filomena dirigi la vista  Maximina, y sta, sin fuerzas para negarse 
dar cualquier disculpa, hizo un gesto ambiguo que la hija de la condesa
interpret como asentimiento.

--Bueno;  las ocho en punto pasaremos  recogerla. Usted puede ir al
palco tambin si quiere...  puede aprovechar la ocasin para irse 
tunantear por ah.

--Filomena, por Dios!

--S, s, buenos son ustedes! La que se fe est fresca.

Y levantndose se puso  enredar con la plegadera, el pisapapeles y
todos los objetos que hall sobre la mesa, entre ellos un cajn de
cigarros puros.

-- ver qu cigarros fuma usted... Hombre, qu pequeitos y qu cucos!
Son flojos?

--Bastante.

--Pues va usted  ver cmo s fumar tambin.

Y sin aguardar ms, tom un puro y le cort con los dientes la punta.
Miguel le entreg riendo un fsforo encendido.

--Tengo la cabeza muy firme--manifest dirigiendo una mirada atrevida 
Miguel.

Pero  los cuatro chupetones arroj el cigarro, diciendo:

--Jess, qu cigarros tan detestables fuma usted! Sabe  cordobn.

--Hipocritilla! Lo que sabe es  mareo!

Filomena se encogi de hombros y empez  recorrer con la vista los
libros de la biblioteca, nombrndolos en voz alta:

--_Obras de Moliere..._ _Descartes: Discurso sobre el mtodo..._ El
mtodo de qu?... Gil Blas de Santillana. Uf, qu pesado es este libro!
No he podido llegar  la mitad. No tiene usted ninguna novela de
Octavio Feuillet?... Pues tiene usted muy mal gusto... _Platn:
Dilogos._ _Goethe: Fausto._ Me llevo este libro, Miguel, porque no
conozco ms que la pera y me interesa mucho el argumento... _Stuart
Mill: Lgica..._ _Santo Toms: Theodicea._ _Lope de Vega: Comedias..._
_Balzac: Fisiologa del matrimonio..._ Este libro lo he ledo yo: tiene
observaciones muy finas y muy exactas... No lo ha ledo usted,
Maximina?

sta la mir consternada.

--Es uno de los pocos libros que Miguel me ha prohibido leer.

Filomena clav la vista en ste y sonri de un modo particular como
diciendo: Ya te entiendo.

Despus, repentinamente, con la viveza y desenfado que imprima  todos
sus movimientos, dej la librera, abri la puerta de la sala y penetr
en ella. Maximina y Miguel la siguieron. Sentse al piano y comenz 
teclear fuertemente una polka. Antes de concluirla se levant y se
dirigi al entreds, donde haba dos grandes macetas de flores, y
sumergi en ellas repetidas veces el rostro, aspirando con delicia su
fragancia.

--Oh, qu hermosas flores! Las han comprado ustedes?

--Me las ha mandado mi cuada Julia.

--Voy  hacerle  usted un ramo--dijo Miguel.

--No; es lstima estropear una maceta.

--No se estropea; voy  hacerle un _bouquet_ chiquito. Maximina, treme
un poco de hilo y unas tijeras.

La nia fu por lo que se le peda y se lo entreg gravemente sin decir
palabra. Despus fu  sentarse en el sof, y desde all contempl la
factura del ramo.

Mientras sta se llevaba  cabo, Miguel y Filomena no dejaban de
tirotearse jugando del vocablo con sobrada libertad por parte de ella, y
no mucho respeto por parte de l. Maximina atenda  lo que decan, sin
quiz comprender una palabra; pero la expresin de sus dulces ojos iba
siendo cada vez ms grave y reflexiva. Al terminar, Miguel le entreg
con sonrisa galante el ramo. Ella lo recibi con otra sonrisa graciosa.

--Por este rasgo de galantera le perdono todas las inconveniencias que
me ha dicho. Caramba, ya son las once!--dijo consultando el reloj que
haba delante del espejo.--Y mam que me mand subir en un verbo!
Adis, Miguel; hasta luego, Maximina.

Y sali como un cohete de la habitacin, y abri ella misma la puerta de
la casa y la cerr. La mirada escrutadora y un si es no es burlona que
dirigi  Maximina al salir, probaba que algo se le alcanzaba de lo que
en aquel momento pasaba por su espritu.

La nia haba hecho ademn de levantarse; pero al ver la presteza con
que Filomena hua, torn  sentarse y qued con los brazos cados, la
cabeza baja y los ojos en el suelo. Miguel la mir con el rabillo del
ojo, y comprendiendo perfectamente lo que aquella actitud significaba,
no quiso, sin embargo, dar su brazo  torcer hasta despus de un rato.

--Qu tienes?--dijo acercndose y sentndose  su lado.

--Nada--respondi levantando  l sus dulces ojos nublados de lgrimas.

--Oh, qu tonta! Celos de esa casquivana?

--No, no tengo celos--respondi la nia esforzndose por sonreir,--sino
que me ha dado ahora una pena sin saber por qu... Era tan feliz hace
un momento!

--Y lo mismo lo eres ahora, aprensiva!--dijo abrazndola.--No es
verdad que lo eres?... Dme que s... Unas cuantas bromas con esa
chicuela desvergonzada bastaran para destruir tu felicidad? Eso no
tiene sentido comn...

Pocas ms palabras necesit para desvanecer la penosa impresin de su
mujer, la cual, limpindose los ojos, exclam con voz temblorosa
arrancada del corazn:

--Si supieras, Miguel, lo que te quiero!

Despus de reconciliados, salieron ambos de la sala cogidos por la
cintura.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XII


JULITA visitaba  menudo  sus hermanos; pero su
presencia no era para ellos tan amena como antes. El carcter de la
joven habase modificado notablemente en los ltimos tiempos. Rara vez
soltaba ya la llave  aquella risa franca y comunicativa que causaba el
hechizo de cuantos la oan; ni su conversacin ofreca el donaire y
sabor picante que tena pendientes  todos de sus labios. Se haba
vuelto ms reservada y comedida: la sonrisa que brotaba de vez en cuando
 su boca era melanclica: se haba hecho irritable y susceptible: en el
espacio de pocos das tuvo tres reyertas con su hermano por motivos bien
livianos, cosa que antes muy rara vez sola acontecer.

--Qu lstima, Julita!--exclam Miguel al fin de una de ellas.--Vas
sacando el genio de mam.

Hasta en su aspecto fsico haba experimentado algn cambio, y no
favorable. Las rosas de sus mejillas haban empalidecido un poco; los
ojos estaban guardados por un azulado crculo que, si les daba ms
realce, les quitaba tambin en parte aquella expresin, dulce y
picaresca  la vez, que los caracterizaba.

Todas estas cosas haban observado Miguel y Maximina, y se las
comunicaron entre s repetidas veces con tristeza; pero una sobre todo
les llam la atencin, y fu asunto de largos comentarios entre ellos; y
era la antipata invencible que Julia mostraba hacia su primo D.
Alfonso, y el afn con que procuraba sacarle  plaza en la conversacin,
con el exclusivo objeto de denigrarle. No haba defecto que el caballero
andaluz no tuviese para nuestra chica, complacindose en enumerarlos y
ponderarlos todos con escrupulosa atencin. En este punto todos los das
haca un nuevo descubrimiento que se apresuraba  traer  sus hermanos.
Una vez era que se haba comprado una partida crecida de corbatas, por
lo cual le declaraba en su concepto por hombre despilfarrado; otra se
burlaba de l con inusitada crueldad por la batera de perfumes que
tena en su tocador; otras veces le motejaba de haragn, de no abrir
jams un libro; otras de rizarse el bigote con tenacillas; otras de
grosero por no acompaarlas en el paseo. Pero lo que ms le indignaba y
pona fuera de s era que se retirase constantemente  las dos,  las
tres y  las cuatro de la madrugada, y que dos  tres veces lo hubiese
hecho ya de da.

--Qu hace ese hombre despus que sale del teatro? Dnde se mete? Ms
vale no pensar en ello. De todos modos es asqueroso! repugnante!

--Mal est--respondi Miguel;--pero no hay motivo para disgustarse
tanto. Tu madre le ha convidado  pasar una temporada en su casa. Con no
volver  admitirle en ella, est concludo.

Nada contestaba Julia  esto; pero al da siguiente volva dando rodeos
 poner  su primo sobre el tapete, , por mejor decir, sobre la picota.

--Sabes que me parece que Julia est enamorada de Alfonso?--dijo
Maximina  su esposo una noche al tiempo de acostarse.

-- m tambin--respondi Miguel frunciendo el entrecejo,--y lo deploro,
porque Saavedra es un hombre sin corazn y vicioso, que no se casar con
ella, y si se casa la har desgraciada... Y lo peor de todo es--aadi
despus de una pausa--que mam est tan enamorada como ella. Ayer he
querido hacerle una indicacin sobre la inconveniencia de tenerle tanto
tiempo en casa, y me ataj con una de esas salidas arrebatadas 
impertinentes que ella suele tener; de modo que me quit la gana de
tocarle ms este punto, y eso que lo creo muy necesario.

Hubo un momento de silencio, y Maximina exclam:

--Pobre Julia!

--S, pobre Julia. Dios quiera que no tengas que decirlo con ms razn
que ahora.

En el par de meses que D. Alfonso pas en Madrid, se divirti cuanto le
fu posible. Su nombre, su figura, su dinero y la fama de espadachn,
que contrastaba gratamente con su carcter suave y apacible, le dieron
entrada en la sociedad ms selecta. Sus camaradas fueron inmediatamente
los jvenes  la moda, y las casas que frecuentaba las ms
aristocrticas de la corte. En la de su ta, lejos de hacer gala de
esto, jams deca dnde iba ni de dnde vena, ni mentaba en la
conversacin ningn episodio por el que se adivinase. Pona, al
contrario, particular cuidado en no hablarles de la alta sociedad, que
ellas no frecuentaban,  fin de evitarles esta pequea humillacin, que
para ciertas mujeres suele ser  veces dolorosa. Era el mismo caballero
respetuoso hasta el extremo con su ta, afable y galante con su prima,
dejando no obstante entrever en sus actos cierta frialdad orgullosa, que
es la cualidad ms adecuada para triunfar con las damas.

Una noche, al entrar en el teatro, Julia vi  su primo en el palco de
una duquesa clebre en aquella poca por su belleza y discrecin, tanto
como por sus conquistas. La actitud en que ambos estaban, retirados en
el fondo  inclinados el uno hacia el otro hasta tocarse casi con las
caras, la sonrisa insinuante de l y el gozo vanidoso que expresaba el
rostro de ella, todo hizo tal efecto en la nia, que por un momento
temi caerse, y slo  duras penas pudo llegar  las butacas, donde
madre  hija se sentaron. Repuesta de aquella sorpresa dolorosa, se
dijo:--Pero qu tontera! Por qu siento tal impresin, si no tengo
absolutamente nada con l? Y aunque fuese mi novio, qu tendra de
particular que hablase con esa seora?--Saavedra les hizo en aquel
momento un saludo gracioso con la mano. Julia respondi con una sonrisa
forzada. La duquesa se volvi para ver  quin saludaba su amigo, y fij
los gemelos de un modo impertinente en aqulla. Julia, al sentir sobre
s la mirada, se puso tan seria que daba miedo verla. Y con el rabillo
del ojo observ que la duquesa, dejando los gemelos, se inclin hacia su
primo y le dijo algunas palabras,  las cuales respondi ste mirando
hacia ella de nuevo. En seguida la dama le dijo otras cuantas palabras
con sonrisa medio burlona, que provocaron en Saavedra otra sonrisa fra
y un gesto de displicencia.--Esa mujer le acaba de hablar de m--pens
Julita, y se estremeci al ver el gesto de don Alfonso. Una rfaga
clida de ira le abras el rostro, y arrojndoles una mirada fiera y
despreciativa, murmur:--Hablad lo que queris; ya veris lo que me
ocupo yo de vosotros!--Y en toda la noche no volvi, ni por
casualidad,  entornar los ojos hacia el palco. En el intermedio entre
el segundo y tercer acto, Saavedra vino  saludarlas, y se sent detrs
de ellas en una butaca desocupada. Un joven plido con gafas vino por
delante  hacer lo mismo, y se sent en otra butaca. Julia los present
 ambos con gran desembarazo:--Mi primo Alfonso Saavedra... El Sr.
Hernndez del Pulgar.--Despus estuvo jovial y graciosa como nunca. La
pltica vers sobre el drama que se estaba representando, que era
tremebundo y aciago como pocos de la escuela romntica. Julita hizo la
parodia de las escenas ms conmovedoras con no poca crueldad.

--Me pone nerviosa ese seor que tiene hipo y siempre est diciendo que
se va  pegar un tiro. Me alegrara que se lo pegase pronto, y nos
dejase en paz. Ay, qu fatiga! No le envidio el novio  esa seorita
tan sabihonda, tan antiptica. Lo nico que tiene envidiable es la
facilidad para desmayarse. Diga usted, Hernndez, cmo se llama aquel
seor tan furioso, que sin pasarle nada siempre est dado  Barrabs!

--D. Marcelino... Lo que yo no entiendo es por qu Mercedes rechaza 
Fernando luego que se muere su padre.

--Hombre, porque el tener novio no es de luto rigoroso. Y qu va 
hacer esa seorita sin padre ni madre ni can que la ladre? Morirse,
como si lo viera!... Diga usted, qu hacen D. Elvira y D. Marcelino
metidos tanto tiempo en un cuarto solos?

Los jvenes soltaron una carcajada y se miraron con malicia.

--Nia! qu tonteras ests ensartando ah?--dijo la brigadiera con
acritud.

Julita se ruboriz comprendiendo que haba ido demasiado lejos; pero no
renunci  mostrarse alegre y expansiva, con una afectacin que no se le
escap  D. Alfonso ni  su madre tampoco. Hernndez del Pulgar se
march encantado de su amabilidad y su gracia.

En el tercer acto, Saavedra torn  colocarse al lado de la Duquesa, sin
que Julita pareciese haberlo observado siquiera. Al salir del teatro
llova, y D. Alfonso las acompa hasta dejarlas en un coche de punto.
Cuando lleg  casa, media hora despus que ellas, encontr  Julia
tomando una taza de tila en el comedor.

Al encontrarse sus ojos, D. Alfonso sonri, no muy claramente. Julita se
puso fuertemente colorada. La sonrisa de D. Alfonso deca: Ya s por
qu tomas esa tila. Los colores de Julita clamaban  voz en cuello:
Me has cogido infraganti!

 la entrada del verano Saavedra resolvi irse  pasar una temporada con
su madre para despus tornarse  Pars. Julia escuch la noticia con
indiferencia; hasta se puso  cantar poco despus unas malagueas al
piano, dejando  su madre y primo conversar acerca del viaje. La
brigadiera le rogaba que lo demorase algunos das. D. Alfonso se
defenda suave, pero firmemente, alegando que se lo tena ofrecido  su
madre y que ya le haba sealado el da en que deba llegar  Sevilla.
Obstinbase la brigadiera en instarle, como mujer poco avezada  que le
llevasen la contraria, y D. Alfonso no menos en resistir, como hombre
cuyas resoluciones, aunque expresadas blandamente, eran siempre
irrevocables. De pronto Julia interrumpi su canto y su solfeo, y
volvindose  medias dijo en tono seco y malhumorado:

--Mam, le ests molestando. Djalo ya!

--No me voy por mi gusto, Julia--repuso D. Alfonso con
dulzura.--Demasiado sabes que en ninguna parte lo paso yo mejor que
aqu; y que al lado de la ta Angela y al tuyo no echo de menos nada;
pero tengo deberes que cumplir con mam, y tengo que hacer en Sevilla.

Julia escuch estas palabras vuelta de espalda y se puso de nuevo 
tocar y cantar sin responder palabra.

El da sealado por D. Alfonso para irse era un mircoles. Los dos 
tres que precedieron  su marcha Julia se mostr risuea  indiferente
como antes; pero el crculo que rodeaba  sus ojos era ms negro y
dilatado. De vez en cuando se quedaba con ellos fijos en el vaco.

Saavedra tena resuelto marcharse por la maana en un tren mixto, con el
fin de pasar el da en Aranjuez con un amigo que all tena casa de
campo. Levantse, pues, de madrugada, y despus de arreglarse di los
ltimos toques al equipaje. Su ta se levant tambin para despedirle y
prevenirle adems algunas viandas. Pero Julia no di cuenta de s y
permaneci cerrada en su cuarto, con enojo de la brigadiera, que la
haba llamado para que despidiese al viajero. Aprovechando un momento en
que aqulla estaba ocupada en el comedor, Saavedra se desliz con
disimulo hasta el cuarto de su prima, levant el pestillo suavemente y
entreabri la puerta. Julia estaba en el lecho. Sus ojos se clavaron con
asombro en el intruso.

--A qu vienes?--dijo frunciendo la frente con severidad--Vete, vete
pronto! Esto es una cosa muy fea!...

Pero D. Alfonso, sin hacer caso, penetr tranquilamente en la estancia y
dijo con tono humilde:

--Vena  decirte adis, prima.

--Adis--contest la nia secamente y bajando los ojos al embozo de la
cama.

D. Alfonso avanz, y tomndole osadamente el rostro entre las manos y
estampando en l un beso, dijo al mismo tiempo:

--A pesar de tanto desaire y tanta severidad, yo s que me quieres...

La nia, confusa y encolerizada al mismo tiempo por aquella accin
atrevida y por aquellas palabras, exclam:

--No, no te quiero! Mientes!... Vete ahora mismo!

--Me quieres, y yo te quiero  t--respondi D. Alfonso con gran sosiego
acaricindole el rostro.

--Tonto, necio, presuntuoso!--grit la nia cada vez ms colrica.--No
te quiero, pero si te quisiera, bastara esto para que te aborreciese.
Vete!

--No soy necio y presuntuoso, Julia. Confieso humildemente que me muero
por ti.

--Murete cuando quieras, pero vete! Vete ahora mismo,  grito!

--No te apures ms. Me voy--dijo l sonriendo;--me voy, pero ah te
queda mi corazn. Te escribir en cuanto llegue  Sevilla.

Sali del cuarto y cerr. Quedse un instante inmvil y entreabri de
nuevo suavemente la puerta para mirar. Julia estaba vuelta de espalda y
sollozando, con el rostro metido entre las sbanas.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XIII


EN efecto, en todo el tiempo de su permanencia en
Sevilla, no se acord de escribirle, acaso porque otras bellezas y otros
recreos le tuvieran subyugado, acaso por clculo, acaso por ambas cosas.
En cambio,  menudo mandaba epstolas muy cariosas  su ta, al cabo de
las cuales nunca dejaba de enviar recuerdos  Julia. Este rengloncito de
recuerdos irritaba  la nia de un modo indecible. Para no oirlo leer
sola escaparse  su cuarto as que vea  su madre con carta entre las
manos.

Lleg el mes de Julio. La brigadiera escribi  Sevilla despidindose
para Santander, en cuyo Astillero tena alquilada una casita para pasar
los dos meses ms calurosos del esto. Contest Saavedra diciendo que l
se iba  Biarritz, y desde all  Pars, y haciendo votos por que lo
pasasen muy bien y Julia se divirtiese mucho.

Mas hte aqu que una tarde del mes de Agosto, hallndose sta paseando
en la Alameda con una familia, que habitaba tambin en el Astillero (su
madre no haba venido  la ciudad por estar con jaqueca), ve de repente
 su primo paseando en compaa de unos jvenes. Se puso horriblemente
plida, y acto continuo ms roja que una cereza. Su naturaleza nerviosa
y ardiente era incapaz de dominar las ms leves impresiones, mucho menos
las que como sta la tocaban en lo vivo del corazn. Volvi la cabeza
para no saludarle, y eso que advirti en l ademn de acercarse.  la
vuelta siguiente hizo lo mismo, y as por tres  cuatro veces,
ponindose tan seria y fruncida, que  cualquiera quitara las ganas de
abocarla. Mientras esto haca, su imaginacin le represent lo feo y
extrao de su conducta, y calmada un poco la emocin, no pudo menos de
decirse:--Qu necedad acabo de hacer!-- la otra vuelta se encar de
lejos ya con Saavedra y le salud cortessimamente, aunque con marcada
afectacin. Despus volvi  su gravedad.

 por deseo de ella, pues no estaba  gusto en el paseo,  de la familia
que la acompaaba, lo cierto fu que se retiraron temprano. D. Alfonso,
que estaba  la mira, los vi irse. Al cabo de un rato tambin l se
despidi de sus amigos y se fu al muelle, donde alquil un bote para
trasladarse al Astillero. Lleg all cuando ya cerraba la noche.
Despedidos los marineros, se subi lentamente por el frondoso montecillo
sin querer preguntar por la vivienda de su ta, esperando que su buena
ventura se la deparase.

Recorri en poco tiempo todo el mbito de aquel deleitable retiro
contemplando las alegres casitas all nuevamente edificadas, por cuyas
ventanas comenzaban ya  verse algunas luces encendidas, detenindose
frente  las verjas de los jardines por si vea alguna criada de su ta,
  ella misma en persona   su prima. Al fin, en uno pequeito donde
crecan dos magnficas magnolias, que casi lo sombreaban todo, acert 
ver, debajo de un cenador cubierto de madreselva,  su prima sentada en
un banco rstico con los codos sobre la mesilla de mrmol y el rostro
apoyado en las manos en actitud reflexiva. Traa puesto el mismo traje
que en el paseo, y ni siquiera se haba despojado del sombrero. Una luz
extraa brill en los ojos del caballero: acercse  la puerta enrejada
y chist discretamente para no ser odo ms que de la joven: levant
sta vivamente el rostro, que sbitamente se le encendi al notar quin
la llamaba: vnose despus  la puerta y la abri, saludando  su primo
con una sonrisa graciosa, para compensarle, sin duda, de la mala acogida
del paseo. D. Alfonso le tom ambas manos y las apret con efusin:

--Permites?...

Y sin aguardar respuesta, las llev  los labios y las bes con no menos
entusiasmo. La nia las retir prontamente, pero sin que se apagase la
sonrisa que iluminaba su cara.

--No puedo quejarme de mi suerte. Vengo al Astillero, y la primera
persona con quien tropiezo, es la que ms me interesa.

--S, s,  m con esas!--dijo Julia, sin ponerse tampoco seria.--Voy 
avisar  mam. Lo que menos piensa ella es que t ests aqu.

--No se lo has dicho?

--Estaba descansando cuando llegu, y no quise interrumpirla--respondi
la nia ruborizndose por la mentira que deca.

--Bien, pues no entremos todava en casa: tengo antes que hablar
contigo.

Y fu  sentarse en el banco del cenador, y se quit el sombrero. Julia
vacil un instante; pero al fin tambin se sent  su lado.

--T no sabes lo que yo tengo que decirte?--comenz l mirndola
amorosa y fijamente.

--No soy gitana, chico.

--Una gitana, precisamente, acaba de decirme en Sevilla que una morenita
pcara y salada me ha de matar  desdenes.

--Y te lo has credo, inocente?

--Por qu no?

--Porque t no puedes morirte ms que de pillo.

--Mil gracias, prima.

--No las merece; adelante.

--Pues lo que tena que decirte... Sabes que era tanto que se me ha
revuelto en la cabeza y no s por dnde empezar? Me pasa lo que  los
oradores que se cortan.

--Pues descansa unos minutos. Quieres un vaso de agua?

--No hay necesidad; todo ello se reduce, como los mandamientos de la ley
de Dios,  dos verdades: amarte sobre todas las cosas, y pegarme un tiro
si t no me quieres.

--Ests seguro de que son verdades?

--Segursimo.

--Vaya todo por Dios! Tambin en esto me he equivocado--dijo la nia
dejando escapar con graciosa irona un suspiro.

--Prima, prima, qu mala opinin tienes de m! Si supieses lo que pasa
dentro de este corazn y qu bien aprisionado est en tus redes!

--Primo, primo, eres un pez demasiado grande para caer en mis redes!

--Pues yo te juro que soy tuyo, que ni pienso, ni aunque me maten puedo
pensar desde hace tiempo en otra cosa ms que en ti... Sabes por qu no
te he escrito desde Sevilla?...

--S; porque no has tenido ganas.

--Nada de eso; ha sido por ver si con la ausencia se apagaba esta
hoguera que me consume...

--Hogueras y todo! Calla, calla, no seas cursi!

--Rete lo que quieras, no por eso es menos cierto que he sostenido
conmigo una lucha cruel y que me he atormentado mucho para no
escribirte... Para qu? me deca. En vano es que conciba esperanzas,
pues han de venir al suelo en seguida. No me bastan los desaires que me
ha dado?... Porque, prima, t tienes un talento especialsimo para dar
calabazas: no las das de una vez, sino que gozas en repetir un da y
otro las tomas con refinada crueldad. Tengo apuntados en mi cartera los
desaires, las malas contestaciones y hasta los insultos que me has
dirigido en el espacio de dos meses... Es cosa que pasma!... Mira... En
buenas  malas palabras me has llamado once veces viejo, veintisiete
fatuo, veintids tonto, seis orgulloso, una mal hijo, dos _perdis_, una
D. Juan averiado, una descorts. Total, sesenta y un injurias... Aqu
tienes...

--Qu tontera!--exclam Julia riendo  carcajadas y dando un manotazo
 la cartera que la hizo caer.

--Esta es la pura verdad--repuso D. Alfonso recogindola.--Y  pesar de
todo ello, soy tan estpido, que an sigo querindote, mejor dicho, que
cada da te quiero ms, como lo prueba mi venida  Santander. Desde que
me he separado de ti, Julia, no he tenido un momento de tranquilidad.
Aunque procuraba por todos los medios imaginarios distraerme, no
acordarme de ti, siempre tu imagen graciosa se interpona delante de mi
vista. En Madrid padeca mucho, pues siempre estaba fluctuando entre el
temor, la esperanza y la desesperacin; pero en Sevilla, lejos de ti,
echaba de menos esos sufrimientos y me pareca que el placer de verte,
de escuchar tu voz y vivir bajo el mismo techo, los compensaban muy bien
y aun quedaba ganancioso... No s lo que me pasa;  estoy loco  me has
dado hechizos. He recorrido el mundo y he tratado muchas mujeres; pues
bien, te juro que ninguna me ha trado tan desasosegado, tan inquieto,
tan fuera de m como t. Y que digo la verdad, bien lo sabes, pues no
hay ms que mirarme  la cara...

En efecto, D. Alfonso, al pronunciar estas palabras, pareca conmovido y
tembloroso. Y como su carcter, aunque afable, era fro, impasible, con
ribetes de desdeoso, aquella emocin que en l se trasluca causaba
doble efecto. Se haba apoderado de una de las manos de Julia, y la
apretaba entre las suyas. sta, roja de placer y sonriendo, exclam con
voz alterada tambin:

--Tan vivo lo pintas, que no va  haber ms remedio que creerte!

--S, creme, creme, prima!--dijo Saavedra, besando con pasin la mano
que tena.--Porque aunque no me quieras, me llena de placer el que sepas
que te adoro con toda mi alma. Mi suerte est echada. En tu boca est
ahora mi salvacin  mi muerte. Merezco que me mates por la increble
simpleza de haber supuesto al marchar que me queras y habrtelo dicho.
Cunto me pes despus aquel acto! No me cansaba de llamarme necio,
sandio y majadero...

--Pues mira, sigue llamndote ahora todo eso... por habrtelo llamado
antes sin razn--dijo Julia, lanzndole una mirada entre cndida y
maliciosa.

--Ser posible?...--exclam Saavedra con ansiedad.

--Muy posible.

--De modo que me...?

--Quieres que te lo haga tragar con cuchara, primo?--dijo ella con
impaciencia.

--Ay, prima hermosa, prima saladsima, prima divina, qu feliz me
haces!

D. Alfonso, al mismo tiempo, la estrech en sus brazos y acerc varias
veces los labios al rostro de la nia,  pesar de la resistencia que
ella le opona.

--Basta, basta!--dijo, haciendo esfuerzos por irritarse y
consiguindolo  medias.

En aquel momento un bulto blanco se acerc  la verja y dijo con voz
chillona:

--Julia, Julita.

sta se desprendi con violencia de los brazos de su primo, y fu hacia
all.

--Esperanza; aguarda, all voy.

Era una de las vecinitas que la haban acompaado al paseo; vena 
invitarla  comer, anuncindola que despus se bailara. D. Alfonso se
levant y tambin se acerc  la verja y lanz  la vecinita una mirada
que,  ser ella de algodn plvora, hubiera habido desgracias; pero
dominndose prontamente, la salud con toda cortesa. Rehus Julia,
bastante alterada, el convite, pretextando que su mam estaba con
jaqueca. La vecinita, no menos confusa, y mirando alternativamente  su
amiga y D. Alfonso, no se atrevi  insistir y se retir en seguida para
ir  contar lo que haba visto y lo que no haba visto. Como ya era
noche, los primos entraron en casa, donde despus de los consiguientes y
efusivos saludos cambiados entre ta y sobrino, se sirvi la comida.
Mientras dur, las mejillas de Julia conservaron los colores que haca
meses se haban hudo. Sus ojos brillaban risueos. En todos sus gestos
y movimientos advertase la viva emocin que la agitaba y una alegra
que nada tena de afectada como otras veces.

[imagen decorativa]




XIV


UN deseo le retozaba  Miguel haca tiempo por el
cuerpo; y era el de reunir  algunos amigos en casa para celebrar  un
mismo tiempo su matrimonio y la esperanza de tener muy presto un hijo.
Aunque no se lo confesaba, lisonjebale el intento de mostrarles su
habitacin, que, enteramente amueblada ya, estaba hecha una tacita de
plata, todo nuevo y flamante, que daba gloria verla; y un poco, tambin,
la vanidad pueril, aunque muy disculpable, de aparecer ante la sociedad
como hombre de casa abierta y jefe de familia. Maximina, al escuchar la
proposicin, qued turbada y confusa. Nunca haba entrado en sus
clculos el hacer los honores de una reunin, por ms que su marido la
asegurase que sera de confianza. Cuando era simple tertuliana, esto es,
cuando Miguel la llevaba por la noche  alguna casa conocida, se
encontraba siempre cohibida y acortada, sin saber qu hacer ni decir, no
quitando los ojos de l, para que la infundiese aliento; qu sera
ahora, obligada  saludar  todo el mundo,  decir  cada cual una
palabra galante y  prevenir y adivinar sus deseos?--Oh, Miguel; me
voy  morir de vergenza!--l se rea de sus temores y hasta hallaba un
aliciente ms para su proyecto, en ver  su esposa, tan nia, tan
inocente y tan tmida, oficiando de seora.

Al principio se pens en un almuerzo; mas pronto se desech el proyecto,
atento que en el comedor slo caban cmodamente una docena de
convidados. Despus se imagin dar por la noche lo que entonces estaba
muy en boga, un te; pero  Miguel le pareci esto poco. Al cabo de
muchas vacilaciones, se vino  resolver que sera una reunin 
_soire_, con una semi-cena, compuesta de manjares fiambres. El pretexto
para ella sera escuchar la lectura de un drama que su compaero de
redaccin, Gmez de la Floresta, haba escrito, y que no acababa de
representarse por intrigas de Ayala, Garca Gutirrez y otros pocos
ingenios que tenan vara alta en los teatros y los monopolizaban.

--Pero no decas que era muy pesado ese drama, que te habas aburrido
oyndole?--preguntle Maximina.

--Por lo mismo. En esta clase de reuniones es requisito indispensable
que lo que se lea sea malo, porque todo lo que venga despus de la
lectura les parece  los convidados admirable. Con este drama, ya puedes
traer champagne de treinta reales, que se lo bebern como nctar.

No entendi bien Maximina el razonamiento de su marido, y se le qued
mirando con los ojos muy abiertos; pero viendo que nada aada para
explicrselo, pas  otro asunto, el de las invitaciones.-- quin
convidaran?--Por de pronto,  mam y Julia.--Bueno; y despus?-- la
prima Serafina.--Quin la acompaar?--Que la acompae
Enrique.--Invitaremos  Eulalia?--Bueno; pero te advierto que no
vendr; su marido no acaba de tragarme.-- las de Ramrez?--No hay
inconveniente.-- Asuncin?--Tampoco.--Maximina se detuvo un instante,
se puso ms seria y dijo rpidamente:-- las de arriba, por
supuesto.--Una sonrisa imperceptible se dibuj en la boca de Miguel, y
contest:--Como t quieras.-- la ta Anita, tambin, claro.--Hombre,
s; me alegrar de ver  to Manolo por aqu.--Y de hombres,  quin se
invita?--Eso corre de mi cuenta.--Convidars  tus compaeros de
redaccin?--Veremos; segn como anden de ropa.--Y  Carlitos?--S; y
ser el encargado de ilustrar  la reunin sobre todos los puntos que se
toquen.--Y  Mendoza?--Habamos de dejar el ms precioso ornamento?...
Y eso que ahora, con el cuento de su matrimonio y la poltica, anda muy
ocupado.

Ya que se acab este negocio de las invitaciones, y se convino en
escribir algunas cartas y visitar  ciertas personas para invitarlas
personalmente, quedse Maximina algn tanto pensativa y melanclica.

Al fin, cogiendo  su marido de la mano, y mirndole amorosa y
tristemente, le dijo:

--Estoy segura de que te voy  avergonzar, Miguel... Yo no estoy
acostumbrada  estas cosas. Virgen Mara, cunto dara yo por ser como
una de esas seoritas tan elegantes y tan finas que t saludas en los
teatros! No s cmo te has casado conmigo, que ni soy hermosa, ni puedo
igualarme con las personas que t tratas.

--Calla, calla!--dijo l tapndole la boca.--Estoy ms orgulloso de
haberme casado contigo, que si fuese con una princesa de la sangre.

--Yo s, Miguel--repuso ella, rebosando sus ojos de amor y de
dicha,--yo s que estoy orgullosa de ser tu mujer, y que me hayas
preferido  tanta mujer hermosa, elegante y rica, siendo una pobrecilla
desvalida...

--Calla, calla...  te muerdo--repiti l besndola con pasin.

En los das siguientes, como se haba convenido, comenzaron los
preparativos, y se pasaron las tarjetas de invitacin. Miguel fu en
persona  convidar  su to Manolo.

Habitaba ste un magnfico cuarto en la calle del Pez. Con el matrimonio
haban cambiado poco sus costumbres. Grave ofensa se le hara suponiendo
que haba cedido poco ni mucho en los prolijos cuidados que siempre
haba dedicado  su gallarda figura. Nada de eso. Las tinturas y
cosmticos seguan en armona con los ltimos adelantos de la qumica;
la faja y los tirantes en relacin con los progresos de la ortopedia; el
mejor zapatero de Madrid, el dentista ms hbil, el sastre y el
perfumista ms acreditados. El to Manolo era un monumento tan
admirablemente conservado, que de l pudiera tomar ejemplo el Gobierno
espaol para los suyos. No obstante, el tiempo despiadado haba ido
socavando aquel soberbio edificio, y ya algunas de sus grietas se
perciban claramente en su fachada: las patas de gallo y las arrugas de
todo linaje eran cada da ms profundas:  despecho de los tirantes, se
inclinaba un poco hacia adelante; el paso, en fin, no era ni la mitad
tan ligero y firme como antes. No haba duda que al menor descuido 
desmayo en su conservacin vendra al suelo ruidosamente.

Miguel encontr  su ta Ana, por variar, al lado de la Chimenea, y eso
que la estacin an no empujaba hacia el fuego. En ella s que su
seora el tiempo se iba cebando de lo lindo! Tanto, que era ms fcil
creer que la buena seora, una vez casada, haba olvidado enteramente
el cuidado y alio de su persona, que no que en tan breve espacio se
ocasionara tan fuerte estrago. Porque la intendenta tena ahora todo el
aspecto de una setentona; los cabellos ralos y blancos, el rostro
desmayado y marchito, el talle de barril y las manos negras y arrugadas,
que daba asco verlas.

--Adis, ta, cmo sigue usted?

--Regular, hijo, y t?--contest ella perezosamente con voz
quejumbrona.

--Yo bien, y el to?

--Qu s yo cmo est tu to?--repuso con acritud.--Ni me importa
tampoco. Y tu mujer? Le molesta mucho su estado?

--Nada; sigue perfectamente.

Miguel observ que el tono despreciativo con que siempre hablaba la
intendenta de su marido se haba acentuado ahora de un modo alarmante.
En la inflexin de la voz poda notarse no slo desprecio, sino encono.
Decidi, por consiguiente, no tocar este punto y llevar la conversacin
 otros parajes. Mas  pesar de sus esfuerzos, la intendenta traa, 
menudo, la ocasin por los cabellos, para hacer alguna observacin que
recayese en desprestigio de su marido, cosa que  Miguel, como es
natural, no le haca ninguna gracia. Por eso, despus de anunciarle el
objeto de su visita, cort la pltica, pasando al cuarto de su to.

Halllo envuelto en una magnfica bata, sentado y leyendo un peridico,
mientras el barbero daba los ltimos toques con las tenacillas  las
guas del bigote. No poco se alegr de ver  su sobrino, con el cual
mantena estrechas relaciones de camarada ms que de to. Desde luego
acept con extremado gusto su invitacin y le di acerca de la
proyectada cena prudentsimos consejos debidos  su luenga
experiencia.--Mira, dle  Lhardy que te prepare unas codornices
trufadas como las que mand hace pocos das  casa del ministro de
Suecia, y unos sollos de ro mechados, rellenos con bao de crema de
cangrejos que he comido en el baile de los de Vlez. Despus de esto
encarga lo que quieras. Te participo que los vinos debes tomarlos en la
bodega de Pardo de la calle del Carmen. Pide el _Margot_ de diez aos, y
dle  Pardo que eres mi sobrino para que no te engae... Te advierto
que debe templarse un poquito momentos antes de pasar la gente al
comedor. El _champagne_ de la marca que yo tomo siempre, dselo. Jerez
no tomes, yo te mandar dos docenas de botellas de un barril que me han
regalado; es de lo mejor que he bebido... Pero, en fin, yo ir por tu
casa el da de la cena para prevenir lo que haga falta.

Cuando se despidi el barbero, Miguel quiso sondar al to acerca de su
vida domstica, pues no se le caa de la imaginacin las palabras
agresivas de la intendenta. Comenz dando rodeos para llevar la
conversacin al punto que deseaba; mas cuando al cabo lleg, el to
Manolo le detuvo con un gesto lleno de dignidad.

--De mi mujer, ni una palabra, Miguel!

Extendi el brazo con majestad, frunci la frente terriblemente, y sus
cabellos perfumados se agitaron sobre su cabeza inmortal.

Bien entendi Miguel, por las seas, que las relaciones de sus tos no
deban ser excesivamente cordiales, y determin observarlos en silencio.

--Vamos  almorzar, que es hora--dijo el Sr. de Rivera sacando el
reloj.--T almorzars con nosotros, verdad?

--Acabo de hacerlo, to.

--Bien, entonces nos vers almorzar y saldremos juntos.

Pasaron al comedor, donde ya aguardaba la seora, y marido y mujer se
sentaron  la mesa uno frente  otro, mientras el sobrino se acomod no
lejos de ellos en una silla. Pero una cosa le dej estupefacto
inmediatamente, y fu el ver al lado del plato de su to, adems del
cubierto, un grande y magnfico revlver de seis tiros. Y su estupor
creci al ver que el to Manolo lo separaba suavemente un poquito como
si se tratase del vaso, el tenedor  cualquier otro de los enseres
indispensables de la mesa; y todava ms al observar que su ta no haca
alto en ello y comenzaba tranquilamente  comer sus huevos cocidos como
si fuese la cosa ms natural del mundo. La imaginacin de nuestro hroe
comenz  dar ms vueltas que una rueda, perdindose en un pilago de
conjeturas; mas nunca se atrevi  preguntar lo que aquello significaba,
por ms que la curiosidad le picase cruelmente, pues entenda
sobradamente que cualquier pregunta sera indiscreta. No por eso se crea
que renunci  saberlo; pero lo aplaz para mejor sazn.

El almuerzo se concluy sin que ocurriese nada que pudiera exigir el uso
del arma mortfera que el seor de Rivera tena  su derecha, como era
de esperar, dado que  la una del da no es costumbre que los
salteadores penetren en las casas. La conversacin fu general, aunque
los esposos se dirigieran pocas veces la palabra, sobre todo el to
Manolo, que haca empeo de prescindir por completo de su consorte.
Esta, en cambio, lo pona en lanzarle indirectas como balas rasas y
pincharle y pellizcarle  su sabor hablando con el sobrino. El gallardo
caballero, cuando el alfilerazo le dola, clavaba una mirada iracunda
en su dulce enemiga, y como ella se guardaba muy bien de sostenerla,
sacuda la cabeza en testimonio de clera, y haca una mueca expresiva 
su sobrino, cumplido lo cual tornaba  engullir lo que tena delante.

Cuando hubieron terminado, despidise Miguel muy cortsmente de su ta,
y despus de entrar nuevamente en el cuarto del to Manolo para que se
despojase de la bata, salieron juntos  la calle. En cuanto puso los
pies en ella el Sr. Rivera, desapareci como por ensalmo el mal humor y
la tristeza que le haban acompaado en el ltimo tercio del almuerzo.
Sac la petaca, di un cigarro  Miguel y encendi otro, comenzando 
chuparlo con fruicin mientras caminaban la vuelta de la Carrera de San
Jernimo. Miguel no poda, sin embargo, apartar de la memoria el
revlver, y ansiaba descubrir el misterio que encerraba. Cuando hubieron
doblado la esquina de la calle de la Puebla, hizo alto un instante, y le
pregunt con osada:

--Vamos  ver, to, aunque usted me califique de indiscreto, voy 
hacerle una pregunta, porque ya no puedo sufrir ms la curiosidad...
Qu diablo significaba aquel revlver que usted tena al lado del plato
durante el almuerzo?

Nublse otra vez al oir esto el rostro del ex-gentil caballero, bajlo
hasta tocar con la barba en el pecho, y se puso nuevamente  caminar sin
responder palabra. Al cabo de buen espacio, dej escapar un profundo y
dolorossimo suspiro, y comenz  decir con voz sorda:

--Has de saber, Miguel, que de algunos meses  esta parte mi vida es un
infierno. Mi mujer (que, entre parntesis, es la criatura ms empalagosa
que Dios ech al mundo) ha dado en la mana de pedirme celos. Crees t
que un vejestorio semejante, un cuerazo, una zapatilla vieja tiene
derecho  pedir celos  un hombre como yo? No te parece que he hecho
demasiado cargando con ella? Pues en vez de agradecerme este sacrificio,
tiene la pretensin de que la adore, que me muera de amor por sus
pedazos. Y como esto es el colmo del ridculo y no puede ser, me tiene
comida el alma. Cuando me levanto, cuando me acuesto, cuando salgo de
casa, cuando entro, cuando como y cuando duermo, ni un instante puedo
disfrutar de sosiego: sobre todo  la hora de las comidas me martirizaba
de tal modo, que llegu  comer la mitad menos, y aun eso me costaba
trabajo digerirlo. No poda continuar as sin peligro de enfermar. 
grandes males, grandes remedios. Un da cog el revlver y le dije:--Si
 la mesa me vuelves  decir otra palabra que me incomode, te meto una
onza de plomo en la cabeza. Santa palabra fu aqulla, pues desde
entonces no volvi  molestarme, y slo hoy, prevalida de tu presencia,
me ha lanzado algunas indirectas. Mi criado est encargado, al poner la
mesa, de colocar el revlver  mi lado... Acaso te figurars que tiene
celos de alguna persona determinada y que yo hago mal en no desviarme de
ella y quitarle de este modo ocasin para que me martirice; pues nada de
eso hay. Cada da se cela de una mujer distinta, y ninguna vez acierta
con la verdadera. Hombre, para que veas qu estpida es, te dir que
anteayer me envi una buena seora,  quien jams se me ocurri decirle
por ah te pudras, dos docenas de pastelillos, y sin ms ni ms, tir la
fuente al suelo y se puso  insultar al criado lo mismo que una
sardinera. Dme t ahora si necesito paciencia, y si no me hubiera
valido ms haberme roto entrambas piernas, que haberme casado con esta
calamidad!

Call el to Manolo y sigui un buen rato en silencio rumiando sus
tristes meditaciones. Miguel no os turbarle, pues harto comprenda que
ningn consuelo eficaz poda ofrecerle. Al cabo, aquel varn magnnimo,
ms rico cada da en mortificaciones, detuvo otra vez el paso y pregunt
con severa entonacin al sobrino:

--Dme, Miguel, no sabes de algn punto infestado ahora por el clera 
por otra enfermedad contagiosa?

--No s, to--respondi aqul, pugnando por no reir.--Qu ocurrencia!
Acaso quiere usted matar  su mujer?

--Hombre, no; matar no. Yo no pienso en todo caso ms que dejar  la
naturaleza obrar... Pero si tengo una suerte ms negra! Figrate que
supe por un mdico amigo que Madrid est lleno de calenturas y pulmonas
por la mala costumbre de bajar al Prado por la noche en el mes de
Septiembre. Pues bien: despus de muchos ruegos y hacerme almbar para
ello, consegu que mi mujer me acompaase  paseo unas cuantas noches.
Vaya, me dije, si no pilla una pulmona, lo que es unas calenturitas
deben de caer, y como ella est dbil... entiendes?

--Perfectamente, y las cogi?

--Calla, hombre, calla, qu haba de coger! El que cogi un catarro y
estuvo cuatro das en la cama fu yo. An no se me ha quitado la tos.

Caminaban  todo esto por la calle de Peligros, y vieron venir hacia
ellos una joven no mal parecida, aunque traa las mejillas embadurnadas
con colorete y lo mismo los labios. La ropa era llamativa y harto
ligera. Al pasar sonri frente al to Manolo, dirigindole un saludo muy
expresivo.

--Quin es esa muchacha?--pregunt Miguel.

--No la conoces? Es la Josefina Garca, una figuranta de los Bufos.

Y despus de caminar algunos pasos ms, aadi con cierta turbacin:

--Mira, Miguel, si me dispensas voy  dejarte...  las cinco nos veremos
en la Cervecera, si t quieres...

--Bueno, to, bueno--respondi aqul sin poder reprimir una
sonrisa.--Vaya usted donde guste. Ya nos veremos.

Y se despidieron con un apretn de manos.

[imagen decorativa]

[Illustration:]




XV


CUNTO afn, cunto disgusto cost  Maximina el
preparar aquella fiesta! Su genio tranquilo se acomodaba mal con el de
Miguel, sobradamente vivo y expedito. De aqu que al poner mano en los
pormenores de la funcin se originasen desabrimientos entre ambos. Sin
tener presente que era la primera vez que se vea metida en tales
belenes, exiga Miguel de ella cosas imposibles. La pobre nia, vindole
enojado, haca esfuerzos increbles por acertar en todo, no porque el
resultado le importase mucho, sino porque tema ms que  la misma
muerte cualquier reprensin de su marido. Este, sin comprenderlo, porque
le cegaba la impaciencia, no las escaseaba en aquella ocasin,
apurndola y mortificndola ms de la cuenta. Slo cuando despus de
alguna advertencia hecha en tono spero vea asomar una lgrima  sus
ojos se haca cargo de lo injusto  insensato que haba estado, y
corriendo  ella la cubra de besos pidindole perdn. Maximina se pona
repentinamente contenta, y secndose los ojos le deca con inocencia
conmovedora:

--Yo har cuanto pueda por darte gusto. No me reirs ms, verdad?

Concluyeron al fin los preparativos. Se compraron algunos nuevos muebles
para el saln y se le adorn con elegancia. En el gabinete contiguo se
puso la mesa, y en esta tarea les ayud poderosamente el to Manolo.
Alquilronse algunos criados para el servicio: se decor
convenientemente una de las alcobas para tocador de las seoras,
adornse la escalera con macetas de flores y se ilumin profusamente y
lo mismo todas las habitaciones de la casa; al portero, mediante una
buena propina, se le exigi que permaneciese en vela toda la noche con
la puerta abierta y el portal iluminado. Tampoco se descuid lo
referente al vestido de Maximina. Miguel se empeaba en que fuese rico y
esplndido,  lo cual ella se opona vivamente. Por ltimo, se convino
en dejarlo al arbitrio de la modista. Y el mismo da de la fiesta por la
maana vino aqulla con un traje sencillo, s, pero de extremada
elegancia. Mas oh tristeza! aquel traje era descotado por delante en
forma de corazn. Miguel encontr  su mujer abatida en un sof con el
vestido entre las manos y  punto de saltrsele las lgrimas, mientras
la modista, reprimiendo  duras penas la ira, sostena que aquel reparo
era impertinente, que ninguna seora cuando reciba en su casa en una
tertulia de esta clase dejaba de descotarse poco  mucho, y que el
descote aquel era de lo ms comedido que pudiera verse.  todo lo cual
replicaba Maximina dulce, pero firmemente, que ella no se haba
descotado jams y que se morira de vergenza si ahora lo hiciese.
Miguel trat de dar la razn  la modista, pero viendo la tristeza que
se pintaba en el rostro de su esposa, y secretamente halagado por aquel
delicado pudor, cambi repentinamente diciendo:

--Bueno, no se hable ms del asunto. Si el traje se puede arreglar para
hoy, que se arregle; si no, escoge entre los que tienes el que mejor te
parezca.

Con dificultad se avino la modista  arreglarlo; mas viendo la firme
resolucin de los dos, no le qued otro medio, y entre Maximina y ella
excogitaron lo mejor para remediarlo.

Por la noche, despus que la mesa fu puesta y el to Manolo se march,
quedaron los esposos solos con los criados. Maximina se encerr en su
cuarto para vestirse y Miguel fu  hacer lo mismo al suyo. Cuando
termin, mand encender todas las luces. Poco despus de iluminada la
casa, sali Maximina del cuarto hecha un botn de rosa.

--Oh, qu linda!--exclam Miguel al verla entrar en el despacho, donde
estaba arreglando los libros que andaban diseminados por las mesas.

La nia sonri ruborizada.

--Vamos, no hagas burla de m.

--Por qu he de hacer burla, criatura, si ests ms hermosa que nunca!

En efecto, Maximina, que haba embellecido mucho despus del matrimonio,
mostraba ahora toda la gracia fresca y sencilla con que el cielo la
haba dotado. La emocin le haba prestado ms color: la anchura, que ya
bien se notaba en su talle, en vez de quitarle atractivo, se lo prestaba
muy grande por el contraste que resultaba entre aquellas formas
exuberantes que la maternidad iba imprimiendo en su cuerpo y la
expresin enteramente infantil del rostro. El traje era de color de hoja
seca: para cubrir el escote se le haba puesto un peto de granadina muy
tupida.

Miguel la tom por las manos y la contempl algunos momentos con ojos de
enamorado. Las cabezas de las criadas asomaron por la puerta para ver 
su seorita.

--No es verdad que est muy linda mi mujer?--pregunt.

--Hermossima, seorito.

--Parece mismamente una Virgen--dijo Juana.

--Eso s que no!--repuso Miguel echando una mirada maliciosa  su
talle.

--Quita, quita, tonto!--exclam avergonzada, desprendindose
violentamente de sus manos y echando  correr.

Se sentaron  la mesa como siempre; pero comieron muy poco: sobre todo
Maximina estaba del todo inapetente. Ambos se interrumpan  cada
instante para recordar algn pormenor que faltase, y ms de una vez se
levant la seora  ejecutarlo por s misma. Despus pasaron al saln y
aguardaron con impaciencia  los convidados. Maximina temblaba de
emocin. Miguel mostraba una alegra inquieta, porque no estaba seguro
de que la fiesta resultase agradable, y tema el ridculo. Cogi  su
mujer de bracero y comenzaron  dar vueltas por la sala mirndose  los
espejos. Maximina apenas se reconoca: se maravillaba de parecer una
seora tan respetable y elegante.

--Lo ves!--deca Miguel.--Todo es apariencia en el mundo. Las personas
que vengan no son ni ms ni menos respetables que nosotros; por
consiguiente, no tienes por qu asustarte.

 pesar de estos alientos, Maximina cada vez los tena menores.  cada
instante se le figuraba escuchar pasos en la escalera.

--Vamos, figrate que yo soy un convidado que entro en este momento.
(Miguel se dirigi  la antesala y volvi  entrar haciendo
reverencias.) Seora,  los pies de usted; cmo sigue usted? El nio
bueno?... (Digo, no, por el nio no se puede preguntar.) Tengo un
verdadero honor y una gran satisfaccin en asistir  esta _soire_,
donde mi amigo Miguel quiere mostrar  todo el mundo lo feliz que ha
sido en su eleccin... Pero merece esta felicidad... Es un muchacho
excelente. Tampoco usted, seora, tendr que arrepentirse. La verdad es
que ya tena deseos de verle casado, y, aunque digno de envidia, lo
mismo yo que todos sus amigos le deseamos cada da mayor dicha...
(Vamos, mujer, d algo!)

Maximina, en medio de la sala, inmvil, escuchaba sonriendo con la boca
entreabierta.

--Contesta, mujer!... Vaya, veo que nunca sers una estrella de los
salones... Ni falta de que lo seas!--aadi paso.

Y tomndola sbito por la cintura, se lanz con ella por el saln, dando
algunas vueltas de vals.

En aquel instante son el timbre. Ambos quedaron como petrificados:
despus se apartaron de prisa, y Miguel se entr en el despacho. El
criado abri la puerta y apareci un joven, que result ser Gmez de la
Floresta. Miguel ya no se acordaba de que la lectura de su drama era el
pretexto de la reunin. Experiment leve malestar al verle con el
manuscrito en la mano; pero no por eso le recibi con menos cordialidad.
Los tres se sentaron en el despacho y departieron un rato largo, pues el
poeta se haba anticipado mucho. El primero que despus lleg fu
Utrilla, el ex-cadete de Estado Mayor,  quien Miguel haba convidado
con gusto, tanto por la amistad que entre s mantenan, como por la
compasin que le inspiraba su ciego amor por Julita, y el deseo de que
sta se lo pagase. Vena de frac, lo mismo que Gmez de la Floresta.
Llegaron despus y sucesivamente los primos Enrique y Serafina, Mendoza,
Julita y su madre con Saavedra, _Rosa de te_ y Merelo y Garca, las de
Ramrez, los primos Vicente y Carlitos, Asuncin y otras dos seoritas
cuyo nombre no recordamos, y algunos convidados ms. Sucedi lo que
Miguel tena previsto: Maximina, sonriente y ruborizada, reciba  la
gente sin las frases de cajn y decoradas que en tales casos se usan;
pero su naturalidad y modestia caus en todos grata impresin. La seora
de Ramrez dijo  Miguel en un aparte:

--Qu buena debe de ser su seora, Rivera!

--En qu lo conoce usted?

--Basta verle la cara.

--S que es muy simptica--dijo una de las nias con acento protector.

Los tertulios formaban grupos y se conversaba alegremente. Gmez de la
Floresta arda de impaciencia. Al fin Miguel, no tanto por complacerle
como porque todo marchase en buen orden, le invit  comenzar la lectura
del drama. Se puso en pie al lado de la chimenea, debajo de un
candelabro. La gente se distribuy convenientemente por las sillas y
divanes. Un criado trajo en una bandeja varios refrescos, y los coloc
como pudo sobre la chimenea, cerca del poeta. Tosi ste dos  tres
veces, pase una mirada turbada por el auditorio, y di comienzo  la
lectura del drama, que se titulaba _El agujero de la serpiente_, y
pasaba en tiempo de Carlos II el Hechizado. No hay para qu decir,
conociendo al autor, que predominaba en l la nota lrica, las tiradas
de versos sonoros, los adjetivos primorosos y exticos. Haba puesto 
contribucin para escribirlo las bellas y peinadas frases de los
_Esmaltes y camafeos_ de Tefilo Gauthier, y las no menos bellas, pero
ms espontneas, de nuestro Zorrilla. El resultado era un empedrado de
palabritas lindas en diapasn, que produca notable efecto musical,
alternando con tal cual frase  sentencia  lo Vctor Hugo. Ningn
personaje deca, ni aun casualmente, las cosas por derecho. Antes de
manifestar quines eran y de dnde venan, todos se anegaban previamente
en un ro  cascada de perlas orientales, rayos de luna, aljfares,
perfumes de la Arabia, arreboles, esmeraldas y zafiros, con lo cual se
perda el hilo del discurso de tal modo, que nadie lograba saber una
palabra de su carcter y procedencia. Cuando estaba  la mitad del acto,
entraron en el saln la condesa de Losilla y sus dos hijas, las cuales
venan ms tarde que las otras, por estar ms cerca que ninguna. Con su
aparicin se interrumpi algunos instantes la lectura. Levantronse
todos, y Maximina corri  su encuentro. Las miradas de las seoras,
vidas, escrutadoras, pasaron minuciosa revista al vestido y aderezo de
las chicas, que era en alto grado elegante y original, sobre todo el de
Filomena, quien tena un privilegiado ingenio para inventar y combinar
adornos, separndose de la moda cuando le convena,  retorcindola  su
capricho: saba beneficiar su extremada delgadez para ponerse trajes que
 ninguna otra joven sentaran bien, y cuidaba, con un peinado
extravagante, de dar ms realce  la originalidad extraa de su
fisonoma. Mientras dur el desorden, Gmez de la Floresta se bebi un
vaso de grosella.

De nuevo comenz la lectura. Al terminar el acto hubo muestras de
aprobacin, sobre todo entre las jvenes, que aunque no haban entendido
palabra, les sonaba muy bien. Algunos caballeros se quedaron en el saln
mientras el poeta descansaba. ste con otros varios se sali al pasillo
 fumar.

--Qu opina _Rosa de te_?--dijo un tertuliano dirigindose al joven
crtico.

ste se ruboriz y pronunci algunas palabras incoherentes.

--Dejadlo, dejadlo con su dolor  solas--dijo Miguel, que se hallaba en
el grupo.--Desde que los personajes de las comedias y novelas no toman
resoluciones est desesperado.

El drama termin  las once, con grande y mal disimulada satisfaccin de
todos y cada uno de los circunstantes. Durante el ltimo acto, las nias
bostezaban de un modo angelical; los caballeros se hacan guos
expresivos en las barbas del mismo Gmez. Entonces s que estall un
aplauso nutrido y prolongado!: todos se deshacan en elogios y auguraban
de l maravillas. El poeta, cortado, ruboroso, temblando de los pies 
la cabeza, daba las gracias llevndose la mano al corazn, creyendo de
buena fe que su obra ya estaba salvada de las garras del pblico. No
saba el msero que muchos de los que le aplaudan le tenan aparejada
una silba estrepitosa para la noche del estreno, en venganza de aquellas
palmas arrancadas  la fuerza.

Pasaron despus las seoras al gabinete, donde estaba servida la cena.
Los caballeros se colocaron detrs, y di comienzo entre ambos sexos 
ese chisporroteo de frases insulsas y obligadas que constituye lo que
llaman encanto de los salones. En aquel momento, despus del drama de
Gmez de la Floresta, no haba palabra que no fuese ingeniossima y que
no excitase la alegra de los tertulios. Algo, y no mentiramos si
dijsemos mucho, contribua  ello la perspectiva de la mesa bien
provista y aderazada, como obra al fin del to Manolo.

Saavedra haba estado toda la noche sentado detrs de Julia dicindole
recaditos al odo, mientras Utrilla no lejos de ellos, y padeciendo como
si le estuviesen tostando en parrilla, los acribillaba  miradas,
proponindose llamar aparte  su rival y pedirle explicaciones tan
pronto como la ocasin se presentase. Ya sabemos que en esto de los
apartes era especialista. Digamos algunas palabras acerca del estado en
que las relaciones de Julita, su primo y el ex-cadete se hallaban.

D. Alfonso pas algunos das en el Astillero con su ta y prima, y en
ellos se hicieron firmes sus amores con la ltima. Despus se fu 
Pars  arreglar sus asuntos y venirse definitivamente  Espaa. En los
primeros das de Septiembre, torn en efecto  Madrid; mas no se aloj
en casa de la brigadiera. Motivos de delicadeza que expuso  Julia le
obligaron  ello. Mientras permaneci en Pars escribile pocas cartas,
y stas en trminos corrientes de primo afectuoso ms que de amante. El
orgullo de Julia le impidi pedirle explicaciones; mas  la vuelta l se
apresur  drselas anuncindole en trminos oscuros que deseaba guardar
secretas por una corta temporada estas relaciones,  fin de arreglar sus
asuntos convenientemente y declararse  su familia tan pronto como lo
estuviesen y realizar la unin que tanto apeteca. Esta conducta
reservada y algo equvoca, lejos de enfriar  Julia, cada da la iba
haciendo ms prisionera de su primo. El cual, fuera de las horas de
dormir, se pasaba en casa de su ta casi todas las del da. All coma 
menudo, y  menudo tambin las acompaaba al paseo  al teatro. En
cuanto  nuestro bizarro cadete, su suerte no poda ser ms desdichada.
Julita haba roto con l toda clase de relaciones. Con tal motivo haba
descaecido del tal modo, que inspiraba compasin: el color de amarillo
daba en verde: los huesos se le contaban  algunos pasos de distancia.
Slo una cosa haba crecido en su cuerpo, y era la nuez: sta haba
alcanzado proporciones realmente fantsticas.

Una de las veces que Miguel sali al pasillo, sinti que le tocaban en
el hombro. Era Utrilla.

--D. Miguel, quiero pedirle  usted un favor.

--Usted dir, querido.

--Necesito que usted, en compaa de otro amigo, se encargue de desafiar
de mi parte  ese Sr. Saavedra, en este mismo momento. Pensaba hablarle
yo, pero estoy algo excitado y no quiero exponerme  dar un escndalo en
su casa.

Miguel qued un instante suspenso, y al cabo dijo:

--Hombre, bien comprender usted que tratndose de un primo de mi
hermana, y siendo por ella el motivo del enojo, yo no debo mezclarme en
tal asunto... Pero por ser usted amigo mo muy querido, y porque deseo
evitar disgustos, har por usted cuanto me sea posible. Es necesario,
sin embargo, que usted me prometa no dar un paso en este negocio y
dejarme la entera resolucin de l.

--Lo prometo.

Miguel quera ganar tiempo y evitar al pobre muchacho un grave disgusto,
y tambin  su familia.

--Debo prevenirle--dijo despus sonriendo--que Saavedra es uno de los
famosos tiradores de armas.

--No me importa--contest Utrilla, haciendo un gesto digno de Roldn 
de D. Quijote.

El hijo del brigadier le mir, asombrado de aquel valor ridculo y
heroico  la vez.

Al volver al saln, despus de haber dado algunas rdenes  los criados,
top casualmente con Filomena, que sala del tocador con una cajita de
polvos de arroz en la mano.

--Tena deseos de encontrarla  usted para decirle as bajito, bajito,
que est usted preciosa, enloquecedora--dijo el infiel acercndose 
ella con sonrisa insinuante y metindole la boca por el odo.

--Vamos, cllese usted, mala persona! Teniendo una mujer tan joven y
tan graciosa, se atreve usted  requebrar  las muchachas?

Se puso repentinamente serio; mas volviendo en s inmediatamente,
contest riendo:

--La bendicin del cura no ha podido privarme de mis cualidades innatas,
y una de ellas es el sentimiento de la belleza.

--Todos ustedes son lo mismo; el arte! la belleza! Palabrotas con que
pretenden disfrazar su poca vergenza.

--Gracias, Filo, por haber hablado en plural, al menos. Conste de todos
modos que me reservo el derecho de admirar  usted.

La chica alz los hombros  hizo con los labios una mueca desdeosa, y
cogiendo repentinamente la brocha de los polvos se la pas por la cara.

--Alto, alto!--dijo Miguel, retenindola por un brazo.--No se me escapa
usted sin limpiarme.

--A que se figura usted que no tengo valor para hacerlo!-respondi
dirigindole una sonrisa provocativa.

Y sin ms aguardar, se puso  limpiarle con su pauelo.

Los ojos de Miguel brillaron de un modo singular, y aprovechando lo
cerca que tena de los labios la cabeza de la chica, inclinse
rpidamente y los puso sobre su frente. Filomena la alz con no menos
presteza, y clavndole una mirada entre severa y maliciosa, dijo:

--Cuidadito, eh!

Cuando termin, dijo Miguel:

--En pago de esta buena accin, la voy  conducir del brazo al saln.

La joven lo tom sin decir palabra. Despus del beso se haba puesto
seria.

Cuando entraron, todo el mundo estaba ya en l. Maximina, que estaba
sentada en un divn hablando con Saavedra, los mir con una mezcla de
asombro y desolacin, que hubiera conmovido  Miguel si se hubiera
percatado.

Una joven se haba sentado al piano y preludiaba los primeros compases
de un vals. El to Manolo vino muy atento  invitar  Maximina, quien se
dej arrastrar por l al baile. Entonces Miguel, despus de vacilar un
instante ( por remordimiento  porque saba lo celosa que su mujer
estaba de Filomena), concluy por invitar  sta  bailar.

--Bailas muy bien, sobrina--dijo el to Manolo, detenindose un momento
 descansar.--Quin te ha enseado?

--Miguel.

--No me sorprende: siempre ha sido Miguelito un famoso bailarn.

Bien lo vea, y  su pesar, la pobre Maximina, pues su marido pas
delante de ellos sin tocar apenas el suelo, llevando entre los brazos la
liviana carga de Filomena. La nia no los perdi de vista un punto.
Cuando cruzaron otra vez por delante de ella, fu del brazo y paseando.
Miguel la dirigi una sonrisa,  la cual respondi con otra forzada.

--Qu tal mi mujer, to?

--Magistral! Ni la Lola Montes.

--Bien lo veo; le ha convertido  usted en regadera.

En efecto, gruesas gotas de sudor le corran al buen caballero por la
frente, y all se apresuraba  detenerlas con el pauelo. Si hiciesen
irrupcin en las patillas, Dios sabe los sedimentos y las tierras que
consigo arrastraran.

Maximina, no obstante, se cans pronto y manifest deseos de sentarse.
En cuanto lo hizo, Saavedra vino  colocarse  su lado. El to Manolo se
fu  invitar  otra joven.

Desde el comienzo de la reunin los ojos del caballero andaluz se haban
clavado persistentes en Maximina y haban expresado con ligero temblor y
cierre de los prpados absoluta aprobacin. D. Alfonso era un
inteligentsimo catador del sexo femenino. No se dejaba fascinar ni por
el brillo, ni por la originalidad rebuscada, ni por los afeites:
apeteca en la mujer la belleza y la gracia verdaderas, el atractivo
inocente y la frescura. Como todo el que cultiva largos aos con amor un
arte cualquiera, haba concludo por odiar lo que oliese de una legua 
afectacin, y prosternarse nicamente ante lo sencillo: el trato de las
coquetas le diverta, pero no le subyugaba. As que Maximina siempre le
haba sido extremadamente simptica, y lo haba manifestado ms de una
vez en casa de su ta: deca de ella que su modestia  inocencia no eran
de estos tiempos, sino del siglo de oro. En cierta ocasin que le haba
dirigido un requiebro embozado delante de la brigadiera y Julia, la nia
se puso tan colorada, que don Alfonso determin no volver  hacerlo, por
temor de que se sospechase que la festejaba.

Aquella noche le haba dado ms golpe que nunca. Como ordinariamente
Maximina no cuidaba mucho del adorno de su persona, la elegancia que 
la sazn desplegaba le prestaba notable realce. El caballero andaluz,
con la osada sin lmites que le caracterizaba, se propuso emprender una
migajita de galanteo, sin consecuencias, por supuesto. Era demasiado
experto para no comprender que en aquel caso se deba desechar la
tctica habitual por intil y comprometida. Nada de flores y requiebros;
de miradas significativas, menos. Pltica corriente y familiar acerca
del baile, de los preparativos que la nia haba tenido que hacer;
preguntas y ms preguntas, cuidando de repetir muchas veces su nombre,
pues D. Alfonso tena experimentado que  toda mujer le gusta esa
repeticin.

Maximina responda con amabilidad, pero en pocas palabras. Haba en su
rostro cierta expresin distrada que disgust al tenorio andaluz y un
poco le descompuso. En vez de mantenerse firme en la actitud propuesta,
se dej deslizar y lleg pronto  dar seales del inters que le
inspiraba.

Mientras tanto Miguel, despus de llegarse  dos  tres seoras y
conversar breves momentos, torn  colocarse al lado de Filomena. sta
le recibi con mirada entre severa y burlona.

-- qu viene usted aqu?... Mrchese usted.

-- contar los lunares que usted tiene en la mejilla izquierda: los de
la derecha ya he averiguado que son siete, distribudos con arreglo 
los preceptos del arte.

--Ah! Viene usted  insultarme?

--En qu crnica ha ledo usted que un Rivera haya insultado jams 
una Losilla?

--Nunca hasta ahora; pero en los siglos venideros se sabr que un Rivera
ha tenido la descortesa de decir  una Losilla que trae lunares
postizos.

--Vive Dios, que mentir el cronista que tal refiera! El Rivera ha
dicho, y resuelto est  mantenerlo con las armas en la mano, que la
Losilla tiene hermosos lunares en su rostro, y que ellos son tales y de
tal guisa derramados, que el ms sutil artfice no los esparcira con
ms primor.

--Dejmonos de fablas. Lo importante aqu es que yo no quiero que usted
se acerque  m y tome ese aspecto de seductor aburrido, lo oye usted?
La gente se va  figurar que me est usted haciendo el amor.

--Bien; no le har  usted el amor. Qu quiere usted que le haga
entonces?

Filomena volvi  lanzarle otra mirada de falsa clera.

--Qu gracioso! Sabe usted, Sr. de Rivera, que  pesar de su audacia,
se me figura usted una criatura que quiere sacar los pies de las
alforjas?

Miguel sonri sin acortarse.

Maximina, all enfrente, les diriga frecuentes y tmidas ojeadas.

Mientras tanto Julia, que muy pronto haba observado la atencin
persistente que su cuada mereca  Saavedra y el empeo que mostraba en
conversar con ella, estaba irritada y nerviosa hasta salrsele el enojo
 la cara. Haba procurado, en vano, con una llamada no muy oportuna
traerle  su lado. Vindose defraudada y humillada, ciega por los celos
y ansiando vengarse, comenz  coquetear de lo lindo con Utrilla. Oh
venturoso cadete, y quin haba de decirte que en un momento habas de
pasar de aquellos tormentos irresistibles  la cima de toda dicha y
bienandanza! Porque tan pronto como Julita y l se acercaron, fu como
si se tocasen los polos de la electricidad negativa y positiva. El amor
estall  la vista de todo el mundo. Julita sonrea, se ruborizaba,
hablaba por los codos, le daba el abanico, y los guantes, y las flores
del pecho, y se lo coma con los ojos; lo cual no era parte para que
con el rabillo echase de vez en cuando  su primo y cuada miradas como
centellas.

Maximina procuraba con todas las fuerzas de su alma adivinar lo que su
esposo deca  Filomena. La gravedad afectada con que ambos hablaban no
la tranquilizaba. Saba, por experiencia, que Miguel sola adoptar un
continente serio para decir  aquella muchacha cualquier picarda que le
viniese  la boca.

--No se acuerda usted nada de Pasajes?--le deca Saavedra en tanto.

--Un poco, s, seor; pero aqu me encuentro muy bien.

--Cuntos meses hace que se ha casado usted?

--Har nueve el cuatro del que viene.

D. Alfonso guard silencio unos instantes y pareci reflexionar; al cabo
dijo tristemente:

--Cuntas veces habr cruzado por Pasajes y habr visto aquellas
casitas tendidas por las orillas de la baha, sin que jams se me
hubiese ocurrido entrar en l!

--No ha perdido usted mucho. Todo el mundo dice que es un pueblo muy
feo. Exceptuando la iglesia, que es bastante buena, la casa de D.
Joaqun, la de Arregui y algunas en el Ancho, lo dems vale muy poco.

--Hoy, desde luego, no debe de valer nada; pero antes...

Maximina le mir sorprendida.

--Antes, menos que ahora: las mejoras que se hicieron son de cinco 
seis aos  esta parte.

--Antes vala infinitamente ms, porque estaba usted all.

--Jess! Qu importa que yo est all  deje de estar?--exclam
inocentemente la nia.

--Porque usted, aqu, y all, y donde quiera que est--repuso el
caballero, picado por la indiferencia ingenua, sin asomo de coquetera,
de la joven esposa,--ser siempre un objeto precioso digno de llamar la
atencin de todos. Y lo que la hace ms preciosa an y ms digna de
admiracin, es que usted no tiene remota idea siquiera de lo que vale;
es usted una flor hermosa, fresca, aromtica, que no sabe nada de s
misma...

Maximina no haba odo estas ltimas palabras. Sorprendiendo una mirada
intensa de su marido  Filomena, no sabemos qu debi ver en ella, que
la hel de espanto. Quedse plida como la cera, y acometida sbito de
una idea que entonces juzg salvadora, se levant sin contestar 
Saavedra, y dirigindose  Filomena, le dijo con voz ronca, esforzndose
por sonreir:

--Filomena; quiere usted ver aquella puntilla de que le habl ayer?

Miguel y Filomena levantaron la cabeza sorprendidos. Miguel ms
avergonzado an que sorprendido.

--Con mucho gusto, querida--dijo la joven.

Maximina ech  andar en direccin  la puerta. Filomena se entretuvo un
instante  contestar  la ltima broma de Rivera.

--Viene usted, s  no?--dijo la nia parndose en medio del saln y
lanzndole una mirada cargada de odio.

Jams haba visto Miguel en los ojos de su esposa aquella expresin, ni
sospechaba tal energa en su voz.

--Voy, voy, Maximina--dijo la joven apresurndose  levantarse.

Y haciendo al mismo tiempo una mueca  Miguel, le dijo por lo bajo:

--Lo ve usted? Su mujer est ya celosa.

Miguel las mir salir, no sin algn sobresalto.

Saavedra, al ver levantarse  su pareja tan inopinadamente y con tal
menoscabo de su fama de seductor, haba fruncido la frente y se haba
mordido los labios con ira. Julia, que  pesar de hallarse embebida, al
parecer, en la conversacin con el cadete, no haba perdido un solo
pormenor de esta escena, lanz una carcajada estridente. El caballero le
dirigi una mirada atravesada y maligna, cuyo alcance estaba ella muy
lejos de sospechar entonces.

El sarao termin cuando el seor de Ramrez, sacando el reloj, anunci
en alta voz que eran las dos y media de la madrugada. Varias mams se
levantaron como movidas por un resorte. Las nias imitaron perezosamente
su ejemplo. Formse un grupo muy grande en medio del saln. Oyronse
adioses sin cuento, ruido de besos y carcajadas femeninas.  la puerta
de la escalera los jvenes esposos despedan  sus tertulios ayudndoles
con los criados  ponerse el abrigo y recibiendo de ellos las gracias y
la enhorabuena. Despus todo qued en silencio.

Los jvenes se volvieron al saln. Maximina se hallaba extremadamente
plida, segn pudo percibir su marido con el rabillo del ojo. Tambin
not que se dej caer sentada en un sof. l, hacindose el distrado,
baj la luz de los quinqus que ardan sobre la chimenea, y coloc
algunos muebles en su sitio. Al volverse una de las veces vi  su
esposa de bruces sobre uno de los almohadones en actitud de sollozar. Se
dirigi  ella y le dijo manifestando sorpresa:

--Lloras?

La nia no contest.

--Por qu lloras?--aadi con frialdad cruel.

Tampoco contest Maximina. Miguel esper un instante en pie: despus se
sent en el otro extremo del sof. Las luces de las araas ardan
silenciosamente. No se oan ms ruidos que los que los criados hacan
all en el comedor y la cocina. Percibase en el saln un penetrante
olor, producto de todos los perfumes que las dams haban trado
consigo. El hijo del brigadier Rivera, con el cuerpo doblado hacia
adelante y los codos apoyados en las rodillas, jugaba con un guante. Al
cabo de prolongado silencio ella exclam entre sollozos:

--Madre ma, qu desgraciada soy!

El rostro de l se contrajo violentamente con expresin colrica.
Despus de un rato, haciendo esfuerzos por dulcificar la voz, pero
saliendo con todo spera en demasa, dijo:

--Lo ignoraba en absoluto. No pensaba que fuese tan mal marido.

--No, Miguel, no--se apresur ella  decir;--eres muy bueno para m;
pero hoy me has atormentado mucho... acaso sin saberlo.

Miguel dej escapar una risita irnica.

--No soy yo quien te atormenta: eres t misma. Te empeas en ver
visiones, te pones loca y cuando menos se puede imaginar, zas! haces
una barbaridad... El paso que acabas de dar levantndote en actitud
airada  llamar  Filomena, y la dureza con que le has hablado, pudo
habernos comprometido  todos... Por fortuna, ella es una chica de
talento que ha sabido disimular...

--S, s, disimula porque le conviene. Ya lo creo que disimula!

--Vamos, no digas tonteras, Maximina.

--Digo lo que es verdad, lo que todo el mundo ha visto... Esa mujer te
quiere  desea atormentarme. En toda la noche no ha dejado de echarme
miradas burlonas...

--Sabes que te pones muy ridcula con tus celos? Por qu te haba de
mirar Filomena de ese modo? Demasiado conoces su carcter, que siempre
est de broma, y que esa expresin jocosa es habitual en sus ojos.

--Defindela, hombre, defindela!--exclam la nia con acento de
dolor.--Ella es la buena, la santa, la mujer de talento! Yo soy la
tonta, la necia, la ridcula!

Miguel se levant, ech una mirada colrica  su mujer, y alzando los
hombros con desprecio, exclam:

--Qu estupidez!

Y se alej lentamente en direccin al despacho. Al sentir los pasos de
su marido, Maximina levant vivamente la cabeza, y grit con suprema
angustia, los ojos baados de lgrimas:

--Miguel! Miguel!

Pero ste, sin volver siquiera la cabeza, respondi con afectado desdn:

--Vete  paseo!

Y entr en el despacho.

Necio Miguel! cobarde Miguel! Pasarn los aos, y cuando acudan  tu
memoria estas palabras, sentirs que se te desgarra el corazn y que las
lgrimas abrasan tus mejillas. Pero en aquel instante, agitado por la
clera, no pensaba en su injusticia y crueldad, ni en el estrago que
podan causar en el alma sensible y delicada de su esposa. Sentse
delante de la mesa, abri un libro y se puso  leer; mas no logr
recobrar la calma. Al cabo de algunos minutos, la conciencia comenz 
darle pinchazos; las letras se amontonaban delante de sus ojos sin poder
descifrar su sentido. Cerr el libro, se levant y entr de nuevo en la
sala con un punzante deseo de reconciliacin. Maximina ya no estaba
all. Dirigise al gabinete y la alcoba, y no la hall. Fu al comedor y
 las habitaciones interiores: tampoco. Pregunt  los criados, y stos
no pudieron darle cuenta de ella. Entonces, imaginando que enojada se
haba metido en cualquier escondite de la casa, se puso  registrarla
toda escrupulosamente. Mas, al pasar cerca de la puerta de la escalera,
qued exttico y mudo, con la consternacin pintada en el semblante.

--Alguno de ustedes ha abierto la puerta?

--No, seorito; no nos hemos movido de aqu.

Plido como un muerto, cogi el sombrero de copa que penda de la percha
y baj  saltos la escalera, que an estaba iluminada. Hall al portero
disponindose  apagar.

--Remigio, ha visto usted salir  mi mujer?

El portero, la portera y la madre de sta le miraron con asombro.
Comprendiendo lo imprudente de aquella pregunta, aadi:

--Yo no s si habr ido  acompaar  mi madre y hermana hasta su casa.
Mam se senta mal y mi mujer no quera dejarla marcharse...

--Seorito, nosotros no podemos decirle  usted nada con seguridad. Han
salido muchas seoras... No pudimos distinguir.

--Hace poco--dijo una nia como de seis aos--he visto salir  una
seora sola...

--Nosotros habamos ido al patio  llevar algunos tiestos de la
escalera--manifest la portera.

Miguel, sin ms explicacin, se lanz  la puerta.

--Seorito, va usted as? Va usted  coger una pulmona.

En efecto, iba de frac. Detenindose y haciendo un gran esfuerzo sobre
s mismo para aparecer tranquilo, repuso:

--Es verdad; hgame el favor de subir por mi abrigo.

Cuando se lo trajeron dijo, ponindoselo:

--Muchas gracias; les ruego no cierren hasta que yo venga. No tardar.

--Pierda cuidado, seorito; aqu estamos.

Una vez en la calle, no supo adnde dirigirse. El corazn le daba saltos
dentro del pecho; la ansiedad le turbaba por entero la inteligencia.
Despus de vacilar algunos momentos, emprendi su camino por la plaza
del ngel sin razn alguna para ello; pero tampoco la haba para tomar
otra direccin. Apret el paso cuanto pudo sin ver  nadie ms que al
sereno all en la esquina. Entr en la calle de Carretas y tampoco vi
ms que un grupo de jvenes que se retiraban disputando sobre
literatura. Al llegar  la Puerta del Sol, distingui  lo lejos en la
acera de la Carrera de San Jernimo el bulto de una mujer. Experiment
una fuerte conmocin, y sin considerar que podan tomarle por un
malhechor, ech  correr en pos de ella. Era una _desgraciada_, que al
volverse para ver quin la segua de aquel modo, encontr los ojos
atnitos, espantados, del joven.

--Oye, querido--le grit con voz ronca.

Pero Miguel ya haba hudo desalado por la calle del Prncipe. Y de
repente se encontr otra vez en la plaza de Santa Ana. Entonces se
detuvo, y apretndose las sienes con las manos, exclam con angustia y
en voz alta:

--Dios mo, qu me pasa!

Mir  todas partes con abatimiento, y no viendo  nadie, penetr en los
jardines del centro para llegar primero  su casa y pedir auxilio al
portero. Mas hete aqu que cuando ya estaba cerca de ella, ve sobre uno
de los bancos que all hay, blanquear el vestido de una mujer. No tuvo
necesidad de dar muchos pasos para cerciorarse de que era la suya.

--Maximina, Maximina!

La nia, que sollozaba con la cabeza apoyada sobre el respaldo, la
levant con viveza. Miguel la tom por la mano, la levant suavemente,
la oblig con la misma suavidad  apoyarse en su brazo, y salv en
silencio la distancia que le separaba de su casa. Al entrar en el
portal, dijo con naturalidad, en alta voz:

--Por qu no me has avisado, mujer? Buen susto me has dado!

Los porteros les saludaron.

--Podemos cerrar ya, seorito?

--Cuando ustedes quieran.

Subieron la escalera con el mismo silencio: entraron en casa, y despus
de haber dado las rdenes oportunas para que todas las luces se
apagasen, Miguel condujo  su mujer hasta la alcoba; ech el cerrojo 
la puerta, y dirigindose  la nia, que le miraba llena de espanto y
zozobra, la oblig  sentarse en una silla. Despus, arrodillndose 
sus pies y besando sus manos con efusin, le dijo:

--Perdname.

--Oh, no, Miguel!--grit ella en el colmo de la confusin y la
vergenza, haciendo esfuerzos desesperados por arrodillarse y levantar 
su esposo.--No me avergences, por Dios! Yo soy, yo soy la que debe
pedirte perdn por la atrocidad que acabo de hacer, por el disgusto que
te he dado... Sultame! Sultame!... Me perdonas?... Estaba loca,
loca rematada... Pens que no me queras ya, y se me amonton el
juicio... Quera morir  todo trance.

--Quieta, quieta!--repuso l sujetndola con fuerza.--Maana haz lo que
quieras. Hoy me toca  m pedirte perdn y jurarte por Dios que ni con
la chica de arriba, ni con otra alguna, te dar ms celos en lo que me
resta de vida.

Y es fama que cumpli su juramento.

[imagen decorativa]




XVI


ACAECI que, paseando entre calles cierta noche lmpida
y fra del mes de Febrero, Maximina dijo  su esposo:

--Me siento muy fatigada. Quieres que nos volvamos  casa?

--Es fatiga solamente?--pregunt l mirndola con inters.--No te
sientes mal?

--Un poquito--respondi la nia apoyndose con ms fuerza en su brazo.

--Voy  llamar un coche.

--No, no; puedo caminar perfectamente.

Apesar de sus buenos deseos, Maximina fu caminando cada vez con mayor
dificultad. Observndolo su marido, se detuvo de pronto:

--Ests plida!

--Me duele algo el estmago y me encuentro dbil.

Miguel reflexion un instante y dijo apretndole la mano:

--Ya s lo que tienes. Voy  llamar un coche.

La nia baj la cabeza, avergonzada como si le imputasen un delito.

En el primer simn que cruz vaco, se restituyeron  casa. En cuanto
estuvieron en ella, Miguel adopt el continente de general en vsperas
de una gran batalla. Comenz  dictar  las criadas, en voz baja,
rdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oan sino pasos
precipitados, cuchicheos: veanse cruzar mujeres con ropas de cama entre
las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente  la
puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domsticas en
el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete.
Miguel presidi en silencio y con gravedad el arreglo del gran lecho
nupcial, mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete,
los segua con la vista, plido el semblante y demudado.

--Qu sbanas ponemos?

--Toma las llaves, saca las que quieras.

--Las mejores dnde estn?

--En el estante de arriba.

--Pondremos una colcha de damasco.

--Se va  estropear!

--No importa; es la mejor ocasin para echarla  perder.

--Cmo te molestas por mi causa, Miguel!

--Por tu causa?--exclam l entre sorprendido y enfadado.--Pues
estara gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasin semejante!

La nia le pag con una sonrisa amorosa.

La cama qued muy pronto hecha. Juana la contempl entusiasmada.

--Seorito, parece un altar! La de la reina, ser mejor?

--Ya no hay reina, mujer. Hgame el favor de no estar as hecha un
poste. Traiga usted la cocinilla y pngala sobre la mesa de noche...
Pronto, pronto! Y las otras chicas, qu hacen en la cocina metidas?

--Las dos se han ido  recados.

--Qu, no han venido todava?

--Pero, seorito, si acaban de salir!

--Vamos, djeme usted de historias y vaya por la cocinilla.

Juana march toda sofocada. El seorito haba cambiado repentinamente de
genio: estaba como loco: iba y vena por la casa  grandes trancos:
mandaba en un momento ms cosas que antes en un mes, y se irritaba con
todo lo que le decan. De vez en cuando se acercaba  su esposa, la
acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:

--Qu tal ests?

Ms de cien veces haba ido  la puerta y haba pegado  ella el odo,
pero nadie llegaba. Desesperado, emprenda de nuevo sus paseos agitados.
Al fin crey percibir pasos en la escalera... Si sera!... Nada; el
portero que suba con un telegrama para el piso tercero. Malos diablos
le lleven! Otra vez  esperar, qu fatiga! Dnde se habra parado esa
maldita Plcida? De seguro que la estaba esperando el sargentito de
ingenieros. Qu poca humanidad tienen estas criadas! En cuanto pase el
trance, la planto en la calle. Mejor me hubiera sido mandar  Juana, que
al fin no tiene novio.

--Te sientes peor, Maximina? Un poco de te no te vendra mal... Voy yo
mismo  hacerlo... Valor!

--Lo necesitas t ms que yo, pobrecillo--dijo la nia sonriendo.

Al cruzar por el pasillo son el timbre de la puerta.

--Por fin!...

Otra decepcin. Era la Condesa de Losilla que vena  ofrecerse para
todo. Las nias no bajaban, por razones fciles de adivinar.

--Pero, Rivera, cmo est usted tan plido?

--Seora, la cosa no es para menos--respondi l, mohino.

--Por qu, hijo mo?--dijo ella reprimiendo la risa.--Si la cosa no
viene complicada, como es de esperar, no hay nada ms natural y
sencillo.

Miguel,  su vez, hizo esfuerzos por reprimir la indignacin. Natural
que yo tenga un hijo! Qu estpida es la aristocracia!

Maximina recibi aquella visita con agradecimiento, pero avergonzada. La
Condesa empez  maniobrar en la casa, como consumada estratgica,
ordenndolo todo con calma y acierto. Desde este punto, Miguel qued
enteramente oscurecido. Las criadas ya no hicieron caso alguno de l, y
se vi necesitado  vagar como alma en pena por los corredores. Una vez
que ataj  Juana para advertirle que no llevase la tila en un vaso,
sino en taza, le contest que la dejase en paz, que l nada entenda de
aquellas cosas. Y fu preciso aguantar.

Al cabo loado sea Dios! lleg la partera. Miguel la sigui ms muerto
que vivo al gabinete; pero la Condesa le di con la puerta en los
hocicos. Pronto volvi  abrirse, y en la sonrisa de todos comprendi
que el asunto no iba mal.

--Seorito, viene derecho--dijo la comadre.

--De modo que no hace falta llamar al mdico?

--Para nada, gracias  Dios; yo respondo.

Qued tranquilo, como si una divinidad se lo prometiese. Pero  los diez
minutos perdi repentinamente la fe. Aquella mujer poda engaarle 
engaarse; quin se fiaba de una bruja de stas! Acercse
cautelosamente al gabinete, y dijo, metiendo la cabeza por la puerta:

-- m me parece que bien podra llamarse al mdico... por precaucin
nada ms--aadi tmidamente.

--Como usted quiera, seorito--respondi secamente y con gesto desabrido
la comadre.

--Rivera, por Dios! No le ha odo usted decir que ella
responda?--manifest la Condesa.

--Bien, bien; si ella responde...--contest avergonzado. Y luego
pregunt afectando sangre fra:

--Para qu hora estar el asunto despachado?

Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondi en
tono condescendiente:

--Seorito, no se apure. Ser cuando Dios quiera y con toda felicidad.

Torn  vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido 
inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridculo en
aquella ocasin, que se rean de l en sus mismas barbas. Y, sin
embargo, no acababa de persuadirse  que deba fiar su felicidad y su
vida entera  una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado 
cnclave  todos los mdicos eminentes de la corte.  la menor
complicacin que haya, la ahogo entre mis manos, se dijo con rabia. Y
con esta promesa consoladora se qued algo ms sosegado.

Al poco rato lleg su madrastra, y acto continuo comenz  dar
disposiciones. Vino en seguida la seora del tercero, esposa de un
empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando
con un enorme cuadro que representaba  San Ramn Nonnato, el cual se
coloc en el gabinete con dos cirios encendidos  los lados. Tambin
esta seora se puso  dar disposiciones en cuanto lleg. En fin, all
todo el mundo tena derecho  dar rdenes menos el amo de la casa, al
cual todas aquellas seoras y hasta las criadas se complacan en
manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. Porque al fin y
al cabo--como l deca muy bien, pasendose con las manos en los
bolsillos, el semblante fosco y desencajado,--yo soy el marido, y soy
adems el...  lo ser, que es lo mismo.

No abra la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno
cuando menos de una sonrisa desdeosa. Una vez, viendo  su mujer en
pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurri manifestar que estara
mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulmin contra l
una terrible mirada, que no sabemos cmo no le redujo  cenizas. La
brigadiera, procurando reprimirse y suavizar la voz, le dijo:

--Mira, Miguel, aqu nos ests estorbando. Te suplico que nos dejes y ya
te avisaremos  su tiempo.

Obedeci  su pesar. Al tiempo de salir vi en los ojos de su esposa una
expresin tan afectuosa y triste, que estuvo  dos dedos de abrir de
nuevo la puerta y decir: Ea, seoras, yo soy el amo, sta es mi mujer y
ustedes se van por donde han venido. Pero reflexion que el altercado
ocasionara un disgusto  Maximina, y devor su enojo.

Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurri
por ellos buen rato, prestando odo  los rumores del gabinete. Ansiaba
oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oan
las de todas menos la de ella.

--Cmo va?--pregunt  la Condesa, que cruzaba para la cocina.

--Bien, bien; no se preocupe usted.

Trascurrida una hora y rendido  tanto paseo, fu al saln y se dej
caer en un sof. Estuvo algn tiempo sentado, con los ojos muy abiertos,
tratando de vencer el sueo que  despecho suyo se le iba apoderando.
Pero al cabo fu vencido; extendi las piernas, coloc la cabeza
cmodamente, di un bostezo de  cuarta, y qued hecho un tronco.

Era ya da claro, cuando tres  cuatro mujeres invadieron
precipitadamente la sala dando gritos.

--D. Miguel!...--Rivera!--Seorito!

--Qu pasa?--exclam despertndose sobresaltado.

--Que ya tiene usted un nio! Venga usted.

Y le arrastraron  la alcoba, donde vi  su esposa sentada an en un
una butaca, el semblante plido, pero inundado de una dicha celeste.
Tambin vi all en un rincn  Juana con una _cosa_ entre las manos que
chillaba horrorosamente. Mas apart al instante la vista de ella para
dirigirse  su esposa,  quien bes con efusin.

--Has sufrido mucho?

--Muy poco.

--No haga usted caso--interrumpi la Condesa:--ha pasado bastante la
pobrecilla.

Miguel sali del cuarto con el corazn en la garganta.

Cuando se vi solo rompi  llorar como un nio.

--Pobrecilla!--murmur.--Ella padeciendo dolores increbles sin
exhalar una queja, y yo durmiendo aqu como un bruto! No me perdonar en
mi vida este acto de egosmo... La culpa la tienen esas mujeres--aadi
con exaltacin,--esas entremetidas que me echaron del cuarto!

Pronto se calm su remordimiento para dar lugar  las mil gratas
emociones de la paternidad. Quiso entrar otra vez, pero las mujeres
siempre las mujeres! se opusieron  ello en tanto que el nio no
estuviese lavado y enrollado y la seora librada y en la cama. Cuando
todo esto se hubo efectuado, pas  la alcoba. Su esposa estaba ms
linda que nunca en el lecho, con una cofia de encaje adornada con
cintas azules y descubriendo los pliegues de una primorosa camisa.
Sentse  la cabecera, y ambos se contemplaron embelesados. Con pretexto
de tomarle el pulso, le apret la mano larga y tiernamente. La
brigadiera le present un paquete de ropa dicindole:

--Ah tienes  tu hijo.

Miguel cogi el paquete y lo elev  la altura de los ojos. Y vi una
carita redonda y amoratada sin narices, los ojos cerrados y la frente
deprimida, de cuya boca relativamente enorme salan unos chillidos nada
meldicos.

--Qu feo es!--dijo en voz alta.

Un grito de indignacin se escap de todos los pechos, incluso del de su
esposa.

--Qu atrocidad, Rivera! Cmo dice usted esas cosas?--De dnde saca
usted que es feo, seorito?--Si precisamente es uno de los nios ms
hermosos que he visto, Rivera!--Quiere usted que ahora tenga las
facciones perfectas?

--Quita, quita!--dijo la brigadiera arrebatndoselo de las
manos.--Vaya unas flores que le echas al pobrecillo!

--Quisiera yo ver cmo era usted  las dos horas de haber nacido,
seorito--dijo Juana.

Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contest:

--Hermossimo.

--Hombre, cmo se ha echado usted  perder!--exclam la de Losilla
riendo.

--No tanto, seora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra
gratuita esa afirmacin.

--Nada de eso--dijo la nia, haciendo una mueca de enfado.

--Maximina!

--Por qu le has llamado feo?

--Vaya, veo que aqu hay un caballero que me ha desbancado.

En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con
chillidos cada vez ms enrgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta
desesperacin aciaga era precisamente lo que constitua las delicias de
aquellas buenas mujeres: se moran de risa contemplando aquella boca
abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo
preado de amenazas.

--Anda, anda, qu pulmones tienes, chico!--As me gusta, ensnchate,
hombre, ensnchate.--Vaya un genio que gastas, criatura! Qu mono se
pone llorando!

La verdad es que estaba horrible.

--Ay, que se queda, seora! Ay, que se queda!--grit Plcida.

Todas acudieron asustadas.

--Cmo? Dnde se queda?--pregunt Miguel dando un salto en la silla.

--En lloro, seorito.

El nio, la faz contrada y la boca abierta, guardaba silencio. La
Condesa lo sacudi con todas sus fuerzas  pique de matarlo. Al fin dej
escapar un grito ms rabioso que los dems, y todas respiraron con
satisfaccin.

--Vaya, hay que darle de mamar  este tunante; si no, se nos va 
enfadar.

--Cmo se pondr este chico para enfadarse?--pens Miguel.

Metironle en el lecho y le pusieron en la boca el pezn maternal; pero
se neg  tomarlo, no sabemos bajo qu pretexto. Las mujeres encontraron
aquella conducta muy inconveniente. Maximina le miraba con ojos
severos, hacindole interiormente cargos dursimos. La Condesa pidi
agua con azucarillo y unt con ella el pezn. Entonces el chico,
seducido por aquella atencin delicada, no vacil en acceder  los
deseos de las seoras y comenz  chupar la teta con poca expedicin,
como aprendiz al fin en el oficio.

--Han visto ustedes qu picarn?

--Ave Mara, si parece mentira que tenga ya tanta malicia!

--Cosa como sta nunca se ha visto, mujer!

--Es un pillo de playa.

Despus de haber mamado, el chico se propuso hacer cuanto estuviese de
su parte por confirmar esta favorable opinin que de su ingenio haban
formado. Al efecto, abri un si es no es el ojo derecho, y volvi acto
continuo  cerrarlo, con gran asombro y regocijo de los presentes.
Despus, habiendo tropezado casualmente con su propia mano, comenz 
dar feroces chupetones en ella. No contento con esta gallarda muestra de
talento, lo prob an ms cumplidamente cuando Plcida le puso su lengua
en la boca. En un principio la chup con afn; pero advertido muy pronto
de la burla que se le haca, se enfureci de un modo terrible y dej
entender con bastante claridad que siempre que se tratase de ajar su
dignidad, le veran protestar en iguales  parecidos trminos.

Vuelto de nuevo  la cama, se durmi al instante como un obispo (el
smil es de Juana) mientras su madre levantaba de vez en cuando el
embozo de la cama para contemplarle con tanta ternura como infantil
curiosidad. Habindose acercado Miguel al lecho con poco cuidado, su
esposa pens al parecer que iba  lastimar al chico.

--Quita, quita!--grit con acento colrico.

Y le dirigi una mirada tan iracunda, que el joven qued estupefacto,
pues no poda imaginarse que ojos tan dulces fuesen capaces de lanzarla.
En vez de enfadarse, se ech  reir como un loco. Maximina, avergonzada,
sonri, y su faz inocente volvi  adquirir el amable sosiego que la
caracterizaba.

Por desgracia, aquel sosiego fu turbado inopinadamente al poco rato.
Sucedi que, habindose despertado el obispo, hubo en el consejo
femenino ciertas sospechas de que su ilustrsima no andaba muy limpio en
toda su persona, y se decret inmediatamente una inspeccin ocular. La
Condesa lo coloc sobre el regazo, lo despoj de sus vestiduras, y en
efecto, as era como lo haban pensado. Pidi acto continuo agua
caliente y una esponja. Trajeron adems frescos paales, y con mucho
donaire y no pequea satisfaccin, di comienzo al arreo del infante.
Pero hete aqu que la brigadiera, que ya estaba celosa de ella desde
haca tiempo y haba declarado solemnemente, aunque por la bajo,  las
criadas que aquella buena seora era una fastidiosa entremetida,
manifest ahora en tono algo desabrido que la faja no deba ir tan
prieta como la Condesa la pona.

--Djeme usted, ngela, djeme usted, que bien s lo que hago--dijo sta
con cierto dejo de suficiencia, continuando en su tarea.

--Pero si queda esa criatura que no puede resollar, Condesa!

--Necesitan estar as los primeros das para que no salgan torcidos.

--Si antes los asfixia usted, ni torcidos ni derechos.

--No necesito que me ensee nadie  enrollar nios. He tenido seis
hijos y, gracias  Dios, todos estn en el mundo, vivos y sanos.

--Pues yo no he tenido ms que una hija, pero no hubiera consentido
nunca que la enrollaran de ese modo.

--Pues yo le digo que no admito lecciones de usted, ni en esto, ni en
nada...

Las palabras que se haban cruzado eran ya sobrado speras, y la actitud
airada en que ambas seoras se encontraban haca presumir que pronto lo
seran mucho ms. Los que asistan  la escena se haban puesto muy
serios. Maximina, asustada, haca pucheros para llorar. Entonces Miguel,
irritado por aquel proceder, intervino diciendo suavemente, pero con
firmeza:

--Seoras, tengan ustedes consideracin con esta pobre muchacha, que
ahora necesita tranquilidad y descanso.

La de Losilla levantse con altivez, entreg el nio  una criada y
sali de la estancia sin despedirse.  pesar de sus ruegos, Miguel, que
la sigui, nunca pudo lograr que volviese: antes, su enojo fu creciendo
 medida que se acercaba  la puerta, y all le dijo un adis muy seco,
subiendo  su casa con nimo, al parecer, de no bajar otra vez.

--Esta mam siempre ha de ser la misma! Qu genio tan
remaldito!--exclam al quedarse solo.

Pero tal disgusto se le borr pronto de la mente, porque las
circunstancias felices y excepcionales en que se hallaba eran 
propsito para ello.

Estaba de Dios, sin embargo, que en la copa de su felicidad haban de
caer algunas gotas de hiel. Por la noche, cuando, fatigado ya del trajn
del da, se dispona  retirarse dejando  Plcida que velase  su
esposa, se oy el toque importuno de la campanilla de la puerta.

--Seorito, hay ah un caballero que desea hablar con usted.

--Vaya una visita impertinente! Le ha introducido en el despacho?

--S, seorito.

Nuestro nuevo pap se fu hacia all arrastrando perezosamente los pies,
muy resuelto  que la visita no se prolongase largo rato. Pero al entrar
en su despacho qued sorprendido no muy agradablemente el encontrarse
con Eguiburu el caballo blanco de _La Independencia_. Las relaciones
que con este seor mantena estaban muy lejos de ser ntimas. Despus
que haba dado su firma en garanta de los treinta mil duros gastados en
el peridico, no haba vuelto  verle sino otras dos veces, para tomar
de su mano dos cantidades que sumaban doce mil, los cuales no se haban
gastado todos en el peridico, sino que haban servido tambin para
socorrer  los emigrados. Llamle, pues, la atencin aquella
intempestiva venida y aun le puso inquieto y receloso.

Era Eguiburu un hombre alto, flaco, de cara plida y rugosa, ojos azules
y pequeos, cabello rubio, bastante ralo, y muy desgarbado de toda su
persona. El traje que llevaba, compuesto de unos calzones anchos de pao
negro, chaleco largo y un enorme gabn pardo que le bajaba casi hasta
los pies, no ayudaba  prestarle la gallarda de que tan necesitado
estaba.

Saludle Miguel corts y gravemente, preguntndole  qu deba el
honor...

--Sr. de Rivera--dijo sentndose sin ceremonia, pues Miguel,  causa tal
vez de la sorpresa, no le haba invitado  hacerlo.--Es el caso que hace
ya algunos meses que son ustedes poder...

--Alto, mi amigo; no hay en Espaa un hombre ms desprovisto de poder
que yo... Ni siquiera soy subsecretario.

--Bien, quien dice usted dice sus amigos. Todos ocupan hoy grandes
destinos: el Conde de Ros embajador; el Sr. Mendoza acaba de ser
elegido diputado...

--Y quiere usted compararme  m, insignificante pigmeo, con el Conde
de Ros y con Mendoza, dos estrellas de primera magnitud en la poltica
espaola?

--Pues mire usted, Sr. de Rivera, valga la verdad, la otra noche en el
caf de Levante no hablaban muy bien del Sr. de Mendoza sus mismos
amigos.

--Qu decan?

--Decan, con perdn de usted, que era un alcornoque.

--Son calumnias de los envidiosos. No lo dude usted, amigo Eguiburu, de
esa madera se hacen los hombres de Estado.

--Yo me alegro mucho de que as sea, seor. Pero es el caso, como deca,
que  pesar de su talento y de las posiciones que ocupan, ni el Sr.
Conde ni Mendoza se acuerdan de indemnizarme del dinero que hace tiempo
vengo gastando.

--Ha hablado usted con ellos?

--Les he escrito una carta  cada uno. Mendoza no me ha contestado. El
Sr. Conde, al cabo de bastantes das, me dice en carta que aqu traigo y
usted puede ver, que las gravsimas atenciones polticas que sobre l
pesan no le consienten ocuparse por ahora de estos asuntos, los cuales
hace tiempo que tiene encomendados  su antiguo secretario particular el
Sr. Mendoza y Pimentel. Yo,  la verdad, como usted comprender muy
bien, no tengo necesidad de andar mendigando de puerta en puerta lo que
es mo. As que, sin ms dilaciones, me he venido  su casa de usted.

--Por qu no ha ido usted antes  la de Mendoza?

Eguiburu baj la cabeza y empez  dar vueltas al sombrero. Al mismo
tiempo sonri como pudiera hacerlo una estatua de mrmol, si le diesen
facultad para ello.

--El Sr. de Mendoza me parece que tiene poca carne para mis uas.

Al escuchar aquellas palabras y ver la sonrisa que las haba acompaado,
Miguel sinti cierto fro por la espalda y guard silencio. Al cabo de
algunos momentos levant la cabeza, y dijo en tono resuelto:

--En suma, viene usted  reclamarme los treinta mil duros, no es eso?

--Lo siento en el alma, Sr. de Rivera... Crea usted que lo siento de
veras... porque al fin y al cabo, usted no se los ha comido.

--Muchas gracias: posee usted un corazn sensible, y le felicito por
ello. La desgracia est en que yo no pueda corresponder  esa delicadeza
de sentimientos, entregndole en el acto los treinta mil duros.

--Bien, ya me los entregar usted.

--Tiene usted seguridad de ello?

Eguiburu levant la cabeza, y clav sus ojos azules y pequeuelos en los
de Miguel, que le miraba de un modo fro y hostil.

--S, seor--contest.

--Pues tambin le felicito; yo que usted no la tendra.

--No se hace usted cargo, Sr. de Rivera--dijo el banquero con
amabilidad exagerada para paliar el mal efecto que iban  producir sus
palabras,--que tengo aqu un papel en toda regla firmado por usted?

Y se llev la mano al bolsillo del gabn al decir esto.

Miguel guard silencio otra vez. Pasados algunos instantes, dijo con voz
donde se trasluca una clera reprimida  duras penas:

--Es decir, Sr. de Eguiburu, que pretende usted nada menos que
arruinarme por una deuda que le consta  usted que yo no he contrado?

--Yo no pretendo ms que cobrar mi dinero.

--Est bien--dijo sordamente.--Maana escribir al Conde de Ros, y ver
tambin  Mendoza. Quiero saber si el Conde es capaz de dejarme en la
estacada... Si as fuese, ya veremos lo que se ha de hacer.

Despus de estas palabras, hubo un rato de silencio embarazoso. Eguiburu
daba vueltas al sombrero, observando de reojo  Miguel, que tena la
vista clavada en el suelo, y cuyos labios se movan con un imperceptible
temblor, que no pasaba inadvertido para el banquero.

--Hay un medio, Sr. de Rivera--dijo tmidamente,--de que usted salga del
compromiso en que se ve, y tenga tiempo para exigir del Conde y los
dems amigos que cumplan como es debido... Si usted me garantiza el
dinero que he soltado despus para el peridico, no tengo inconveniente
en esperarle... Me duele poner la pistola al pecho  una persona tan
apreciable como usted...

Miguel sigui inmvil, con la vista en el suelo, en actitud reflexiva;
levantndose despus repentinamente, dijo:

--Bien, ya veremos cmo se arregla este negocio. Por de pronto, maana
hablar con Mendoza. De lo que resulte de esta entrevista y de la carta
que escriba al Conde, le avisar inmediatamente.

Eguiburu tambin se levant y alarg la mano con exquisita amabilidad 
Rivera, para despedirse. ste se la estrech, y mirndole con fijeza,
mientras asomaba  sus labios una sonrisa burlona, le dijo:

--Tiene usted mucho cario  esos treinta mil duros?

--Por qu me pregunta usted eso?

--Porque sentira que usted se hubiese encariado demasiado estando en
vsperas de separarse para siempre de ellos.

--Explquese usted--dijo el banquero ponindose serio.

--Nada, hombre, que si usted no se los saca al Conde de Ros, lo que es
 m...

--Cmo? Qu dice usted?

--Que yo no se los podr pagar jams, porque tengo hipotecadas las dos
casas que constituyen mi fortuna.

Eguiburu se puso horriblemente plido.

--Usted no poda hipotecarlas porque tena firmada una obligacin. La
hipoteca es nula.

--Las tena hipotecadas mucho antes de firmarla.

El banquero se pas la mano por la frente con abatimiento. Levantndola
despus vivamente y clavando en Rivera una mirada fulgurante, profiri
tartamudeando:

--Eso es... una picarda... Le llevar  los tribunales por estafador.

Miguel solt una carcajada, y ponindole familiarmente la mano en el
hombro, le dijo:

--Buen susto ha recibido usted! No es verdad, amigo? Quedo un poco
indemnizado del que usted acaba de darme.

--Pero qu mil rayos significa?...

--Que se serene usted; las casas no estn hipotecadas. Tendr usted el
gusto de arruinarme el da menos pensado--repuso el joven con amarga
irona.

En el semblante de Eguiburu quiso aparecer un amago de sonrisa, pero se
borr sbitamente.

--Habla usted formalmente?

--S, hombre, s; no tenga usted cuidado alguno.

Entonces la sonrisa que haba hudo, apareci de nuevo insinuante y
benvola en los labios del banquero.

--Qu bromista es usted, Sr. de Rivera! Nadie puede saber cundo habla
de veras  de burla.

--Pues entonces hace usted mal en quedarse ahora tranquilo.

Torn  ponerse serio Eguiburu.

--No, yo no puedo creer que usted se burle de cosas tan...

--Tan sagradas, verdad?

--Eso es, sagradas.

--Sin embargo, confiese usted que no las tiene todas consigo.

--De ningn modo; usted es una persona de talento... y todo un caballero
adems.

--Vamos, no me adule usted, que no hay necesidad.

Iban caminando hacia la puerta. Eguiburu experimentaba una inquietud que
en vano quera ocultar. Di la mano tres  cuatro veces ms  Miguel,
cambi de fisonoma y actitud ms de veinte; y cuando aqul le mand
ponerse el sombrero, lo coloc torcido y erizado sobre el cogote. Quiso
cambiar de conversacin para demostrar que estaba plenamente seguro de
la honradez del fiador; le pregunt con mucho inters por su esposa y el
nio, enterndose de los pormenores del alumbramiento. No obstante,
cuando ya estaba en la escalera y Miguel  punto de cerrar la puerta,
preguntle en tono indiferente y jovial, donde se trasluca viva
ansiedad:

--Aquello pura broma, verdad, Rivera?

--Vaya usted tranquilo, hombre--contest ste riendo.

Pero al quedarse solo aquella risa se extingui. Permaneci un momento
con los dedos en el pestillo: despus fu con paso lento otra vez al
despacho, se sent frente  la mesa y apoy el rostro sobre una mano
cubrindose los ojos. As estuvo largo rato meditando. Cuando se levant
los tena hinchados y rojos, como despus de haber dormido mucho. Pas 
la habitacin de su esposa. Al atravesar el pasillo sinti un poco de
fro.

Estaba todava despierta. Al lado de la cama se haba puesto un catre
para Plcida.

--Quin era esa visita?--le pregunt.

--Nada, un seor que viene  hablarme de asuntos del peridico.

Algo extrao deba de haber en el metal de la voz de Miguel al dar esta
sencilla contestacin, cuando su mujer se le qued mirando con
inquietud. Para librarse de este examen, dijo en seguida:

--Qu cansado estoy! Tengo un sueo!

La bes en la frente, alz el embozo de la cama, contempl un momento 
su hijo dormido y roz con los labios su cabecita. Volvi  besar  su
esposa y sali de la estancia. Cuando se meti en la cama tiritaba y
senta, no obstante, calor en las mejillas.

Largo rato estuvo en el lecho con los ojos muy abiertos y la luz
encendida. Un enjambre de pensamientos tristes cruz por su mente; mil
recelos y temores le asaltaron. Como todos los hombres de imaginacin
viva, se puso de un brinco en lo peor. Se vi arruinado, teniendo que
descender l y su esposa de la categora social en que se hallaban
colocados. Se acord tambin de su hijo.

--Pobre hijo mo!--exclam.

Y estuvo  punto de sollozar. Pero hizo un esfuerzo viril sobre s mismo
dicindose:

--No; llorar por perder dinero no lo hacen sino los mentecatos y los
avaros. El que posee una esposa como la ma, y sta le acaba de dar un
hijo, no tiene derecho  pedir ms  Dios. Soy joven, tengo salud. En
ltimo resultado, trabajar para ellos.

Al murmurar estas palabras di un soplo violento  la luz y tuvo energa
bastante para tranquilizarse, quedando dormido al poco rato.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XVII


TAN pronto como se visti al da siguiente, y despus de
pasar al lado de su esposa un rato mucho ms corto de lo que las
circunstancias exigan, sali de casa y se dirigi  paso largo  la de
Mendoza.

Alojaba ste  la sazn en una de las mejores fondas y ms cntricas de
Madrid. Cuando Miguel lleg, an estaba durmiendo. Entr, sin embargo,
en la estancia, y se autoriz el abrir por s mismo las puertas del
balcn, como amigo cuya familiaridad era ilimitada.

--Hola; por lo que veo duermes lo mismo que cuando no eras un grande
hombre.

Mendoza se restreg los ojos y le mir sorprendido.

--Qu es eso, Miguelito? Cmo tan de maana?

--Amado Perico; lo primero que vas  hacer, es suprimir ese acento
protector. Cuando haya gente delante no tengo inconveniente en que me
protejas y en llamarte usa ilustrsima, si quieres; pero estando solos,
hazte cuenta que no soy tu vasallo.

--Siempre has de ser el mismo, Miguel!--repuso Mendoza algo amostazado.

--Esa es la ventaja que me llevas. Yo siempre el mismo. T en cambio,
haciendo cada da un nuevo y lucido papel en la sociedad. Estoy
contento, sin embargo, con el mo; tan contento, que el temor de hacer
otro distinto es el que me trae tan de maana  turbar tus sueos de
gloria.

--Qu quieres decir?...

--Que habiendo pasado plaza hasta ahora de persona bien acomodada ,
como decimos los letrados, hidalgo de solar conocido y de devengar
quinientos sueldos.--T no sabes lo que es eso?

--No--respondi con gesto de impaciencia Mendoza.

--Pues es muy sencillo. Si t me pegas una bofetada (que no me la
pegars), pagas quinientos sueldos de multa. En cambio, si yo te la pego
 ti (que todo podra suceder), no necesito desembolsar un cuarto...
Pues bien; habiendo hecho hasta ahora ese papel en sociedad, me dolera
en el alma empezar el de pobrete  perdulario que no tengo estudiado.

--No te entiendo.

--Voy all. Ayer noche se present en mi casa Eguiburu, y sin prembulos
me ha reclamado los treinta mil duros que se han gastado en _La
Independencia_ y que yo garantic cediendo  tus ruegos... Entiendes
ahora?

Brutandr guard silencio unos momentos, quedando en actitud reflexiva.
Despus dijo con la grave lentitud que caracterizaba todos sus
discursos.

--Yo creo que esa cantidad no eres t quien debe pagarla, sino el Conde
de Ros.

--Ah, crees eso?... Pues entonces estoy salvado. En cuanto sepa
Eguiburu esa opinin, seguro estoy de que no se atrever  reclamarme un
cuarto.

--Si te los reclama, es una felona.

--Veo con gusto que no se han borrado de tu mente los principios
inmutables del derecho natural. Pero ya sabrs que el derecho positivo
est de su parte, y por si le ocurre hacer uso de ste en vez de aqul,
quiero saber si tendris estmago para dejar que me arruine.

Miguel se haba puesto muy serio y miraba  su amigo con la expresin
fra y dura que era en l signo de clera reprimida. Mendoza baj los
ojos mostrando confusin.

--Mucho sentir que te pase una desgracia, Miguel.

--No se trata ahora de tu sensibilidad. Lo que yo quiero saber al
instante, es si el General est dispuesto  pagar esa cantidad.

--Yo creo que el General no tendr otro deseo...

--Tampoco se trata de los deseos del General. Quiero saber, lo oyes?
quiero saber si paga los treinta mil duros  no los paga.

--Habr que escribirle. Ya sabes que est en Alemania.

--Es que si no los paga le llevar  los tribunales. Tengo cartas suyas
en que declara la deuda--dijo pasendose agitadamente por el cuarto.

Mendoza dej trascurrir unos instantes, y replic:

--Se me figura, Miguel, que no debes precipitarte, ni tomar la cosa por
las malas. Adelantars con ello menos.

--Por que me dices eso?--repuso el hijo del brigadier parndose.

--Llevndole  los tribunales no sacars nada en limpio.

--Pues?

--Porque el General no tiene fortuna. La que disfruta toda est  nombre
de su mujer.

Los ojos de Miguel brillaron de ira.

--Miserable!--murmur sordamente. Y luego aadi:--Me voy convenciendo,
adems, de que t eres tan puerco como l.

--Miguel, por Dios!

--Lo dicho. Tmalo por donde quieras... Me alegrar que sea por el peor
sitio.

Mendoza no quiso  no se atrevi  replicar. Le dej seguir paseando en
espera de que su clera se calmase, como hombre que de antiguo le tena
bien conocido. En efecto,  los pocos minutos se encogi de hombros,
detvose junto  la cama, y echndole las manos al cuello con carioso
ademn, le dijo riendo:

--He cometido una injusticia. Me olvidaba de que eres demasiado tonto
para ser un pillo.

Mendoza no se enoj por esta singular rectificacin.

--Tienes el genio tan vivo, Miguel, que cuando menos se piensa le dejas
 uno sin sangre en las venas.

--Peor es dejarle sin dinero.

--Hombre, t todava no lo has perdido. Me parece que el asunto se ha de
arreglar.

--Sabes el arreglo que me propone Eguiburu?

--Cul?

--Que garantice tambin los doce mil duros restantes que ha entregado, y
me esperar.

Mendoza no respondi. Ambos quedaron meditabundos.

--A m no me parece tan mal--dijo al fin aqul.--Al General desde luego
te digo que no se le podrn sacar los treinta mil duros: conozco bien
sus asuntos, y s que no est en situacin de abonar esa cantidad. Pero
si de su bolsillo particular no salen, pueden salir del Tesoro pblico.
Me consta que el Gobierno ha abonado ya algn dinero (aunque no
cantidades tan crecidas como sta) de lo que se ha gastado en
peridicos, extrayndolo de los fondos secretos del Ministerio de la
Gobernacin. El asunto aqu es tener suficiente influencia para que el
ministro se avenga  ello.

--Supongo que el General interpondr toda la suya.

--Desde luego; y yo har tambin cuanto pueda. Pero el General no est
en Madrid, y ya sabes que estos negocios difciles ni se pueden tratar
por cartas ni se arreglan de ese modo casi nunca. Es menester andar
siempre  la pista, sofocar al ministro con visitas, hablar  todos sus
amigos para que no le dejen de la mano, y si posible fuera, amenazarle
con alguna interpelacin en las Cortes sobre un asunto delicado que no
le agrade menear.

--Caramba, Perico, has hecho en poco tiempo grandes adelantos: conoces
el teje maneje de la poltica al menudeo!

--Cmo al menudeo?

--Hombre, s, porque esa no es la que definen y explican los
tratadistas.

Mendoza se encogi de hombros, haciendo al mismo tiempo con los labios
un gesto de desprecio.

--Bien; entonces quieres que traigamos al General  Madrid?--aadi
Miguel.

--Eso no es posible.

--Entonces, qu hacemos?

Mendoza medit.

--Si t hubieras sido elegido diputado, la cosa sera ms fcil. Al fin
y al cabo seramos dos  pedir, y teniendo al interesado delante, el
ministro se mirara ms para negarse...

--Pero como no soy diputado!

Mendoza medit otro rato, y dijo:

--An pudiera arreglarse todo. El General, aceptando la embajada, dej
vacante un distrito, el de Sern, en Galicia. Pronto se proceder 
segundas elecciones. Si el Gobierno te acepta por candidato adicto,
tienes seguro el triunfo.

Rivera guard silencio, y pareci tambin reflexionar.

--Hasta ahora, Perico, no haba pensado en ser padre de la patria. Ya
sabes que no sirvo para vagar por los despachos de los ministros, que no
tengo carcter para sufrir impertinencias y desdenes, ni talento para
urdir una trama, ni osada para meterme en intrigas tenebrosas. Estoy de
tal modo conformado, que un continente fro me hiere, una palabra
descorts me saca de mis casillas, una deslealtad me abruma y
desconsuela. Soy incapaz de dar una palabra y no cumplirla: no tengo
serenidad suficiente para mantener mi independencia frente  la simpata
y el cario,  la aversin que los hombres me inspiran: me apasiono y me
exalto con excesiva facilidad, y bajo el imperio de la pasin digo la
palabra que me viene  la boca, por peligrosa que sea. Adems, tengo la
desgracia de ver siempre el aspecto cmico de las cosas, y no poseo
virtud bastante para contenerme y dejar de expresar mis observaciones.
Los personajes de la poltica, cuando no son merodeadores dignos de la
crcel, me parecen, salvo honrosas excepciones, rebao de hombres
adocenados, ignorantes, que han tomado ese oficio por ser el ms
descansado y lucrativo, los unos intrigantes de aldea que vienen 
repetir en el Congreso los mismos _chanchullos_ que han fraguado en el
Ayuntamiento  la Diputacin, los otros despechados de la literatura,
las ciencias y las artes, que, no habiendo conseguido en ellas
notoriedad, la buscan en el campo ms accesible de la poltica. Un
joven,  quien le han silbado un drama; otro, que ha hecho seis
oposiciones  ctedras, sin resultado; otro, que ha escrito varios
libros que permanecen vrgenes y mrtires en las libreras. stos son
los que, penetrando en el saln de conferencias, donde los porteros no
le preguntan  nadie por sus mritos, y ponindose bajo la gida de un
personaje que ha empezado como ellos, escalan los altos destinos, y
rigen andando el tiempo los del pas... Pero me he puesto demasiado
serio--aadi, bajando de tono y sonriendo.--El principal argumento que
tengo para no dedicarme  la poltica, te lo dir en secreto... es que
me aburre, sabes? me aburre soberanamente. Sin embargo, como me
encuentro amagado  una ruina, estoy resuelto  entrar en ella para
rescatar mi fortuna, que estpidamente he comprometido.

Brutandr le miraba con los ojos muy abiertos. Cualquiera podra
imaginar, viendo su actitud, que Miguel hablaba un lenguaje enteramente
incomprensible. Cuando termin, el nuevo diputado se encogi
imperceptiblemente de hombros,  hizo con los labios un gesto, que mucho
le caracterizaba, el cual nadie podra saber  punto fijo si era de
indiferencia,  de desdn,  sorpresa  resignacin. Miguel sostena que
su amigo Mendoza slo era capaz de entender once cosas en el mundo.
Cuando le decan una distinta de las once, en vez de contestar haca la
mueca indicada, y poda darse por terminado el asunto.

--Bien--dijo, observando aquel gesto.--Segn eso, necesito que me
presentes al ministro de la Gobernacin.

--Te presentar al Presidente del Consejo; tengo ms confianza con l
que con Escalante.

--Me alegro, porque Escalante no me es simptico, y al Presidente, al
menos, no le conozco. Quieres que vayamos esta tarde  la Presidencia?

Mendoza le mir estupefacto.

--Pero no sabes que hablo hoy en el Congreso?

--Perdona, chico, no saba una palabra. Y sobre qu hablas?

--Sobre la reforma de aranceles. Es el primer discurso que pronuncio.
Hasta ahora no he hecho ms que preguntas.

--No seas tan modesto, Perico. Ya s que has presentado tambin una
exposicin de los vecinos de Valdeorras sin cortarte, ni cosa que lo
valga.

--No te ras: el trance de hoy es muy serio.

--Terrible!... sobre todo para los aranceles. Y cundo te casas?

Mendoza baj la vista y se puso un poco colorado.

--El da quince.

--Me alegro que entres por el buen camino--dijo alegremente Rivera, 
quien no se le ocultaba la vergenza de su amigo, y quera generosamente
evitrsela.--Vamos, vstete, hombre, que ya son cerca de las once.

--Almorzars conmigo, verdad?

--Hombre, ya sabes que hoy es un da para m excepcional.

--Pues lo siento, porque despus iramos juntos al Congreso y tal vez,
si la sesin terminase temprano, pudiramos ir  la Presidencia.

A Miguel le sedujo esto ltimo, porque vea claramente que sus treinta
mil duros pendan de la influencia que supiese conquistarse. Despus de
meditar un momento, dijo:

--Est bien, pasar un recado  mi mujer para que no est intranquila.

Se sent  la mesa de Mendoza mientras ste se vesta, y puso cuatro
letras  Maximina. Al escribirlas, no pudo menos de decirse con dolor:
Extraas circunstancias las que me obligan  dejar  mi esposa sola al
da siguiente de haberme dado un hijo! Por ella y por l, sin embargo,
lo hago. Si fuese solo, poco me importara arruinarme.

Despus de vestirse, y antes de bajar al comedor, Mendoza mostr  su
amigo las joyas que iba  regalar  su futura. Eran magnficas y de
ltima novedad. Miguel las alab como merecan, pensando, no obstante,
de dnde sacara Perico el dinero para comprarlas. Y aunque buenas ganas
se le pasaron de preguntrselo, tuvo la delicadeza de no hacerlo.
Pasaron despus  un gabinete particular del piso entresuelo, donde
Brutandr tena costumbre de almorzar solo. El camarero les sirvi un
almuerzo excepcional, con ostras, vino de Borgoa y champagne helado 
los postres.

--Esto es un exceso, Perico--le dijo.--Otra vez te prohibo que me trates
con tal cumplimiento.

--El seorito almuerza siempre as--dijo sonriendo con visible
satisfaccin el camarero.

--Hola!--exclam Miguel sorprendido.--Quin haba de decir, Perico,
que aquellos artculos de fondo tan pesados que escribas en _La
Independencia_ se haban de convertir pronto en ostras, filetes de
ternera y borgoa! Esto s que en realidad es el verbo hecho carne...
y vino!

Brutandr baj la cabeza, y hubo datos para creer que aparecieron en su
rostro seales precursoras de una sonrisa. No obstante, si alguno se
empease en negarlo, no le faltaran argumentos para sustentar su
opinin. Las sonrisas de Mendoza siempre admitan litigio.

Despus de almorzar se trasladaron al Congreso, no sin que el anfitrin
fuese  su cuarto y trajese en la mano un lo de papeles, que resultaron
ser las notas para el discurso.

--Mara Santsima!--grit Miguel.--Qu descuidados estarn  estas
horas los pobres diputados sin pensar en el terremoto que les espera!

Llegaron demasiado temprano. Haba poca gente todava en el saln y los
pasillos. Mendoza fu  juntarse  unos cuantos personajes, graves y
solemnes como l, con los cuales empez  departir. Cuando uno hablaba,
los dems guardaban corts silencio. Pudiera dudarse, sin embargo, de
que le escuchasen muy atentamente. De lo que no caba duda era de que
cada uno se escuchaba  s mismo con rematado deleite. Miguel se uni 
un grupo de periodistas, donde reinaba alegra tumultuosa.

Cuando iba  comenzar la sesin fu con ellos  su tribuna, que al poco
rato estaba de bote en bote. Eran rostros juveniles casi todos los que
all se vean, y reinaba constantemente tal desorden y algaraba que
costaba trabajo entenderse. En vano los porteros, con una familiaridad
que en cualquier otra parte se llamara insolencia, los amonestaban 
cada momento y los conminaban. Los periodistas no hacan caso de sus
amenazas, y cuando se dignaban escucharlas, era para contestar con
alguna burla sangrienta. Si el portero conclua por enfadarse de veras,
no faltaba alguno que le desarmase abrazndole afectuosamente y
prometindole un ascenso para cuando fuese ministro. Los unos se
entretenan en tajar el lpiz, otros dividan el papel en cuartillas,
aqullos sacaban de entre el chaleco y la camisa enormes carpetas.
Pareca una orquesta antes de empezar la funcin. En caprichosas
actitudes colocados, todos charlaban, rean, gritaban, dirigindose
pullas, haciendo comentarios llenos de donaire acerca de los diputados
que iban entrando en el vasto y suntuoso saln, los cuales levantaban
hacia ellos ojos de cordero moribundo, pidiendo misericordia. Eran
generalmente los _rurales_. Los que vivan en Madrid siempre tenan
algunos conocidos en la prensa,  los cuales hacan seas y guios desde
abajo, y algunas veces les mandaban caramelos, y ellos les correspondan
con cartitas en verso.

Cruzbanse entre unos y otros en voz alta frases agudas que hacan
prorrumpir en carcajadas y estimulaban  la vctima  apretar el
_intelectu_ para responder con otra cuchufleta ms picante todava.
Derrochbase en aquel incmodo recinto mucho ingenio y ms alegra.

--Sabes, Juanito, que vas perdiendo el talento?--le deca  gritos un
joven  otro.

--Qu he de hacer, hombre, si ya van ocho das que el director me manda
 la Academia de ciencias morales y polticas?

De vez en cuando, promovanse disputas acaloradas sobre los asuntos ms
extravagantes  ajenos  la profesin de los contendientes, verbigracia
sobre el modo de cargar los fusiles de aguja,  de guiar un coche. Y
chillaban y se encendan, hasta que los porteros les obligaban  callar
 la burla oportuna de un compaero los sosegaba.

El presidente subi  su alto sitial. Al momento le rode un grupo de
diputados,  los cuales comenz  repartir con paternal solicitud buena
copia de caramelos. Estos caramelos, que en aquella poca no costaban
ms que veinticinco duros diarios al Estado, son una institucin cuya
historia por desgracia est muy abandonada. Ninguna empresa ms til que
estudiar las vicisitudes por que ha pasado, la benfica influencia que
en el gobierno de nuestro pueblo ejercieron, y los elementos de progreso
que consigo han arrastrado. Toda su historia poda contenerse en tres
tomitos de lectura fcil y agradable.

Cuando se concluyeron,  no quiso dar ms el presidente, fueron los
diputados  sus asientos y se abri la sesin. El primero que tom la
palabra fu un anciano republicano de tez plida, ojos opacos y larga
melena que le haca semejar  las imgenes que hay en nuestras iglesias.
Se levantaba para hablar de una insurreccin que haba estallado en
Cdiz. El asunto era palpitante, y haba en el Congreso gran curiosidad
por oir las declaraciones de aquel que se supona era uno de los
promovedores de la revolucin. Comenz en estos  parecidos trminos:

En los tiempos primitivos de la historia, el hombre vagaba desnudo por
las selvas, sustentndose con el fruto de los rboles y la leche y la
carne de los animales que cazaba. Un da vi cruzar por el bosque un
animal semejante  l. Le tendi el lazo y lo apres. Era la hembra. De
aqu la familia, seores diputados...

Sigui trazando un curso completo, aunque sucinto, de la historia
universal, y explicando por menudo las teoras del contrato social. Cit
numerosos textos de sabios antiguos y modernos en apoyo de sus teoras.
Llam la atencin sobre todas, una proposicin, por su atrevida
originalidad, y como fuese acogida con rumores por la asamblea, el
diputado exclam:

--Qu? Os sorprende? Pues no lo digo yo; lo dice Brgida.

--Quin es Brgida?--pregunt un periodista novel.

--El ama de gobierno--contest otro sin levantar la cabeza.

--Pues vaya una ridiculez venir  citar aqu  su ama de
gobierno!--exclam el primero.

Los diputados haban acogido con nuevos rumores el nombre de la autora
del texto citado.

--Lo dice Brgida!--grit el orador con toda la fuerza de sus
pulmones.

Ms altos y prolongados rumores. Cuando se calmaron, dijo en tono grave
y solemne:

--Lo dice Santa Brgida.

--Ahaaaaa!--respondi la asamblea.

A los sucesos de Cdiz dedic los cinco minutos ltimos, y eso para
decir que el Gobierno tena la culpa de todo.

Pareca lgico que aquel seor saliese de all enjaulado para una casa
de orates. Nada de eso sucedi, no obstante. El ministro le contest con
toda formalidad y rebati sus textos y teoras con otras teoras y otros
textos. En aquellos tiempos todos los discursos comenzaban por Adn, y
nadie se asombraba de ello.

Pasando despus  la orden del da, toc el turno  la reforma de
aranceles, y se concedi la palabra  Mendoza. El cual, despus de
extender por el banco su terremoto de notas, toser tres  cuatro veces y
estirarse los puos otras tantas, di comienzo  su magna oracin. La
voz era bien timbrada, clara y pastosa; el tono grave y altisonante; los
ademanes nobles y reposados. Ni Demstenes, ni Cicern, ni Mirabeau han
dispuesto seguramente de una presencia tan simptica y de un juego de
actitudes tan primoroso como el que tena nuestro amigo Brutandr. Pero
estaba lo malo en que los conceptos que salan de su boca no
correspondan poco ni mucho con tales actitudes. Aquel iracundo manoteo,
aquel bajar y subir la voz, y aquellos cortos, pero vivos paseos por
delante del banco, eran muy propios para acompaar al clebre Dle 
tu amo que slo saldremos de aqu por la fuerza de las bayonetas,  al
Quousque tandem Catilina; mas para decir que en Inglaterra el consumo
anual de algodn en 1767 era de cuatro millones de libras, y que en 1867
pasaba de mil cuatrocientos millones; que el nmero de trabajadores que
se encuentran ocupados all en la industria algodonera son 500.000, y
4.000.000 las personas cuya subsistencia depende de esta industria; que
el valor del papel fabricado en 1835 era de ochenta millones de libras,
y en 1860 exceda de doscientos veintitrs; que se contaban,  la sazn,
en el Reino Unido 394 fbricas de dicho producto; que en Francia su
produccin asciende  veinticinco millones de kilogramos, etc., etc., no
parecan, en verdad, tan adecuados. El discurso se redujo todo  esto,
cantidades, datos, fechas. Los diputados, con ms  menos disimulo,
fueron desertando del saln, uno en pos de otro.

--Este orador es una mquina neumtica--dijo un periodista.--A este paso
pronto har el vaco absoluto.

Las cuchufletas y chanzas se generalizaron en la tribuna de la prensa.
Miguel, que saba  qu atenerse respecto  las dotes de ingenio de su
amigo, escuchaba con disgusto que se burlasen de l. Estaba inquieto, y
muy propenso  cortar las bromas de un modo brusco; mas como en aquella
tribuna la libertad de comentar los discursos era tradicional, haca
esfuerzos por contenerse. Lo mejor que se le ocurri para evitar
compromisos, fu hacer una escapada  su casa, y enterarse de cmo
segua su esposa. Cuando volvi, todava continuaba el orador en el uso
de la palabra.

--Ahora va el Congreso  ver el dato ms curioso--deca el bueno de
Brutandr.

Y al volverse para recoger del banco los papeles en que estaba escrito,
ense el trasero. Pero nadie advirti este _quid pro quo_ gracioso ms
que Miguel y un taqugrafo,  quien se le solt la risa.

Segua la zumba entre los periodistas. Sin embargo, los comentarios se
decan ms para dar pie  la risa que para herir al orador,  quien casi
todos conocan y trataban. Slo uno, redactor de un diario carlista,
deca de vez en cuando frases graves, de mal gusto, como si tuviese
algn resentimiento personal con Mendoza. Miguel le haba mirado ya dos
 tres veces de modo agresivo, sin que el otro se diese por entendido.
Al fin, encarndose con l, le dijo:

--Oiga usted, amigo, ya no me asombra que salgan las gacetillas de _El
Universo_ tan insulsas. Se empea usted en derrochar aqu toda la
gracia!

--Lo que usted acaba de decirme, me parece una insolencia, caballero.

--Tal vez.

--Me dar usted inmediatamente una satisfaccin--dijo muy enfoscado el
periodista.

--No; prefiero darle  usted un disgusto--contest Miguel sonriendo.

Entonces el redactor de _El Universo_ tom el sombrero y sali muy
decidido. Al poco rato se presentaron dos diputados catlicos en la
tribuna preguntando por Miguel.

--Vienen ustedes  pedirme una reparacin? Pues no doy ninguna:
entindanse ustedes con estos dos amigos.

Y les present los que ya tena avisados. Los padrinos del redactor
catlico no venan tan predispuestos  una solucin belicosa. Despus de
conferenciar algunos minutos con los de Miguel, bajaron  pedir ms
instrucciones  su ahijado. Al poco rato tornaron  subir con el
calumet de paz en la mano, diciendo que los principios religiosos de su
amigo no le permitan vengar las ofensas con las armas.

Al saberse esto, hubo una explosin de risa en la tribuna.

--Pues si sus principios religiosos no le permiten batirse--dijo Miguel
irritado,--no haba para qu nombrar padrinos. Ms bien parece que ese
seor quera probar fortuna.

Al fin termin Mendoza su discurso con tres diputados en el saln, uno
de ellos roncando.

Lo cual no fu bice para que la prensa al da siguiente le declarase
por hombre peritsimo en asuntos financieros.

Cuando Miguel le fu  dar la enhorabuena, estaba sudando copiosamente;
pero impasible y sereno como un dios, rodeado por todos los miembros de
la comisin de presupuestos.

Salieron juntos del Congreso, y fueron  refrescarse al caf de La
Iberia. Despus de charlar all poco tiempo, llevando la palabra Miguel
(ya sabemos que Mendoza no era hombre que malgastase su saliva  tontas
y  locas), dijo ste levantndose:

--Vaya, Miguelito, dispensa que te deje: tengo algunas cosas que hacer.

Los ojos del hijo del brigadier expresaron el asombro y la indignacin.

--Con las glorias, Perico, se te van las memorias. No habamos quedado
en ver al Presidente despus de la sesin?

--Es verdad; se me haba olvidado--repuso Mendoza sin poder reprimir un
gesto de tristeza y disgusto.--Yo no s si en este momento... Se acerca
la hora de comer...

Miguel,  quien no se le haba escapado aquel gesto, dijo con la
impetuosidad que le caracterizaba:

--Oyes, te figuras que yo he perdido lastimosamente dos horas oyndote
citar datos que se encuentran en cualquier anuario de estadstica, slo
por el gusto de hacerlo?... Nunca pens que tu egosmo fuese tan
refinado! Me ves  dos dedos de la ruina por tu causa, slo por tu
causa, y en vez de dedicar todas las fuerzas  salvarme, con lo cual no
haras ms que cumplir con tu deber, manifiestas olmpica indiferencia.
Ni siquiera quieres molestarte yendo de aqu  la Presidencia. Esto es
indigno, repugnante! Te he dispensado muchas cosas en mi vida, Perico;
pero esto pasa ya de la raya.

Rivera estaba trmulo y descompuesto al pronunciar estas palabras.

--No seas tan polvorilla, hombre, que yo no me he negado  ir contigo 
la Presidencia ni  ninguna parte--dijo Mendoza ponindole la mano en el
hombro, mientras se dibujaba en sus labios la sonrisa humilde que
llamaba Miguel de perro de Terranova.--Vamos ahora mismo  la
Presidencia.

--Vamos--dijo Rivera secamente, levantndose.

 los pocos pasos ya le haba desaparecido el enojo. Cuando llegaron,
an no haba entrado el Presidente. Mendoza, como diputado, penetr en
el despacho desde luego con Miguel, y all le aguardaron ambos, sentados
cmodamente en un divn, mientras la caterva de pretendientes se pudra
en la antesala. No tard en oirse el ruido de un carruaje en el portal.
Al instante comenzaron  sonar rabiosamente todos los timbres de la
casa.

--Ah est el Presidente--dijo Mendoza.

En efecto,  los pocos segundos, entr en el despacho acompaado de
varios diputados. Al ver  Mendoza, le salud en el tono familiar y
campechano con que se saluda  los amigos que se ven todos los das.

--Bien trabajado, querido Mendoza, bien trabajado. Ha producido muy buen
efecto.

Aluda al discurso.

Aqul, en vez de acortarse ante la grandeza del personaje que tena
delante, le respondi en el mismo tono familiar y corriente. A Miguel no
dej de causarle maravilla aquel aplomo. Porque l, con estar ms
avezado al trato social, no poda menos de sentir cierta emocin
respetuosa ante el hombre que empuaba  la sazn las riendas del
Gobierno. Tendra unos cincuenta aos: era rubio, plido, de facciones
correctas y no desagradables. Lo nico que afeaba su rostro era una fila
de dientes grandes que dejaba harto al descubierto cuando sonrea; y lo
haca  menudo, por no decir constantemente.

--Le presento  mi amigo Miguel Rivera, director que es actualmente de
_La Independencia_.

--Ya tena noticias de este seor. Muchsimo gusto en conocer  usted
personalmente, Sr. Rivera--dijo el Presidente, estrechndole la mano con
excesiva amabilidad.

--Ustedes me dispensarn un momento, no es verdad?--aadi, tocndoles
en el hombro  ambos.--Tengo que hablar cuatro palabras con aquellos
seores... Soy con ustedes al instante.

El instante fu de cerca de media hora. Miguel estaba ya impaciente. Sin
embargo, le haba complacido mucho la acogida corts del Presidente y
por eso le perdonaba sin dificultad la tardanza.

--Ea--dijo despus que hubo despedido  todos,--ya soy de ustedes. Qu
se le ocurre, amigo Mendoza?

--Quera saber si han resuelto ustedes algo acerca del distrito de
Sern.

--Qu distrito es ese; el que deja el General Ros?--pregunt, dejando
momentneamente de sonreir y fijando los ojos en el balcn.

--S, seor.

--Hasta ahora no hemos pensado en los distritos que quedan vacantes. Las
segundas elecciones tardarn dos meses lo menos en efectuarse.

--Aqu, mi amigo Rivera, tiene el proyecto de presentarse por ese
distrito, en el caso de que el Gobierno le apoye.

--Tempranito es an. Hace usted bien, sin embargo, en no descuidarse...
Pero usted, amigo Mendoza, es un pozo de ciencia!--aadi alegremente,
sin poder saberse  punto fijo si hablaba  no con irona.--Vaya un
discurso nutrido el que usted nos ha dado esta tarde!

Brutandr baj la cabeza  hizo todo lo posible por sonreir.

--Con ustedes no gasto ceremonias, porque son amigos. Acompenme
ustedes  comer, y as hablaremos con ms espacio y comodidad.

Y les hizo pasar  un gabinete reservado donde estaba puesta la mesa. Ni
Mendoza ni Miguel aceptaron la invitacin; pero ste agradeci aquella
amable franqueza.

Se puso  comer el Presidente, deplorando repetidas veces que no le
acompaasen; mostrse cada vez ms expansivo y carioso con Mendoza y
abrum  Miguel con finas y delicadas atenciones, ahora hablndole de su
padre,  quien haba conocido, y haciendo de l calurosos elogios, ahora
recordndole algn buen artculo de _La Independencia_, otras veces, en
fin, informndose con visible inters de los pormenores de su vida, si
estaba casado, cunto tiempo haca, dnde haba estudiado, en qu se
ocupaba, etc., etc. Contles varias ancdotas picantes,  hizo algunos
retratos chistosos de personajes polticos ya fallecidos  quien en
tiempos antiguos haba tratado. De los vivos, aunque fuesen de
oposicin, hablaba siempre con bastante miramiento. Interrumpindose de
pronto, dijo  Miguel:

--No es verdad, Sr. Rivera, que el Presidente del Consejo es un tantico
desvergonzado?

--Dicen que Richelieu tambin lo era--respondi Miguel inclinndose.

--Siento tener sus defectos y no sus cualidades. No sabe usted lo que
yo envidio  esos hombres reservados, comedidos, prudentes... as como
nuestro amigo Mendoza!

Tampoco era fcil saber ahora si el jefe del Gobierno hablaba en serio.

--Yo no: es privarse de uno de los mayores placeres de la vida.

--Convengo en ello; pero el ms caro de todos.

Y  este propsito les refiri varios lances en que el decir con
franqueza lo que pensaba le haba ocasionado graves daos. Era su
conversacin alegre, insinuante, sin sombra de orgullo. Pecaba, al
contrario, de excesiva familiaridad. Cuando termin de comer, ofreciles
galantemente cigarros, y encendiendo uno, y echndose hacia atrs en la
silla, pregunt  Rivera:

--Conque usted quiere ser diputado por Sern?

--Si usted no se opone  ello...

--Yo qu me he de oponer! Basta que usted sea hijo del brigadier Rivera
y amigo de Mendoza. Adems, la eleccin no podra ser ms acertada:
usted es un joven de talento, como ya lo tiene demostrado; pertenece al
elemento democrtico del partido, que dispone dentro de l de un
respetable contingente; es usted independiente por su fortuna... Con
hombres como usted, los jefes de Gobierno deben tener mucha cuenta y
procurar  toda costa atrarselos.  nosotros nos convienen los jvenes
de inteligencia y de porvenir; los astros que se levantan. En cuanto 
los que se acuestan, cama de pluma para que descansen. Esta es la vida
pblica.

Quedse unos instantes pensativo, di una chupada al cigarro y aadi:

--No conozco el distrito de Sern. Usted sabe cmo anda aquello,
Mendoza?

--Me parece que el Gobierno dispone de l en absoluto. El General no ha
tenido siquiera oposicin.

--Bien; pero hay que tener presente que el General es figura de primera
magnitud en la poltica, y que su nombre bastara para ahuyentar toda
oposicin.

--Sin embargo, yo creo que el distrito, con pequeo esfuerzo que el
Gobierno haga, es seguro.

--De veras?

--S, seor.

--Y el General est conforme con la candidatura del seor?

--Desde luego; es antiguo amigo suyo. Por l le he conocido yo.

--Pues si es as--dijo levantndose y poniendo una mano en el hombro 
Miguel,--cuntese diputado.

Sinti ste un leve estremecimiento de placer, y respondi, levantndose
tambin:

--Muchsimas gracias, seor Presidente.

--No las acepto. Qu otra cosa pudiera yo desear que todos los
diputados de la mayora fuesen como usted!... No deje usted de venir por
aqu  charlar algn rato. Aunque las elecciones se retrasarn todava
un poco, conviene que usted escriba al distrito y se entienda por medio
del General con alguna de las personas caracterizadas. No d usted
manifiesto ninguno. Cuando llegue la ocasin, ya escribiremos al
gobernador. Adis, seores; tanto gusto en conocer  usted. Ya sabe
usted dnde me tiene  sus rdenes. No me olvide usted, y djese ver por
aqu alguna vez.

Miguel sali entusiasmado de la entrevista. Cuando estuvo en la calle,
exclam:

--Pero qu simptico es el Presidente, Perico! Cualquier jefe de
negociado est ms hinchado que l, en su oficina. Bien se echa de ver
la superioridad de las personas, cuando es legtima. Ya no me sorprende
que tenga tantos amigos y tan decididos... Es tan fcil  un personaje
elevado conquistrselos! Aqu me tienes  m que con slo una acogida
natural y afectuosa y algunas frases de cortesa, soy capaz de matarme
por l.

--No hay que descuidarse en escribir al General--dijo Mendoza
gravemente.

--Eres un hombre de hielo, Perico! Para ti no hay amistades ni odios,
hombres simpticos  antipticos. De todos tomas lo que te hace falta y
sigues tu camino... Quiz tengas razn.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XVIII


NO ests enojada conmigo, Maximina? Dejarte sola todo
el da!--dijo, acercndose  la cama de su esposa.

--Bah! Cuando t lo has hecho, por algo sera--respondi ella besndole
la mano con que la acariciaba el rostro.

Al da siguiente, recibieron la visita de la ta Martina y de su hija
Serafina. La buena seora haba enflaquecido notablemente: tal vida
llevaba con su marido! Don Bernardo estaba cada vez ms loco con sus
disparatados celos. Al referirles lo que en su casa acaeca, lloraba 
lgrima viva.

--Al cabo de cuarenta aos de matrimonio, cmo se me haba de ocurrir
faltar  tu to, Miguel! No te parece que tengo bien probada mi virtud?
Y si hubiera de caer, adems, no sera con un viejo carcamal que huele 
drogas de una legua, como t comprenders, no es cierto?...

Miguel asinti con la cabeza, reprimiendo  duras penas una sonrisa;
pues le haca gracia que su ta encontrase verosmil el que un joven la
galantease.

--Yo soy una mujer honrada... Serafina, no vengas  aqu; vulvete con
el nio al comedor--dijo, interrumpindose al ver  su hija entrar en la
alcoba con la criatura en los brazos.--Toda la vida lo he sido. Ni con
el pensamiento he faltado jams  mi marido. En pago de esto, ahora me
avergenza delante de los criados, tratndome poco menos que como una
mujer pblica. Yo no puedo sufrir ms tiempo este martirio, Miguel. Me
muero, me muero sin remisin. El otro da arm un escndalo porque hall
una colilla de cigarro en mi gabinete. Como ni Vicente ni Carlos fuman,
se empeaba en que all haba estado Hojeda. Hasta sostena que era de
un cigarro igual  los que ste fuma, cuando en su vida fum pitillos. A
m me acometi un desmayo: hubo que llamar al mdico. Por fin, all de
noche, viendo el grave disgusto que en casa haba, un criadillo de
quince aos que tenemos le confes  la doncella que haba sido l quien
dejara olvidada la colilla, y sta se lo fu  decir  Bernardo. Pues
aunque lo despidi al instante, todava no qued tranquilo. No nos duran
los criados ms de quince das. Todos se le figura que son alcahuetes
del boticario... Anteayer subi el chiquillo de los peridicos y me los
entreg  m, que pasaba casualmente por el corredor. Mi marido, que lo
ve, se le mete en la cabeza que es un emisario y sale corriendo al
balcn. Por cuanto  los pocos minutos pasaba por la calle Hojeda!...
No os quiero decir lo que all pas; un delirio, una catstrofe! Si no
es por Vicente, me mata con el revlver... No puedo salir sino
acompaada de mi hija, y eso dejando escrito en un papel adnde voy...
Ha mandado deshacer todos los colchones de la casa para hallar unas
cartas que dice que yo tengo ocultas.... En fin, queris ms? Ha
mandado poner una reja  la chimenea, porque piensa que por all entra
Hojeda en casa...

--Ave Mara! Est loco el pobre to!--exclam Miguel.

--No lo creas: habla tan acorde como t y como yo, y no se le olvida
nada.

--Ta, no est usted fuerte en frenopata. Los locos han progresado,
como todo en este mundo. Ahora discurren y hablan como los dems. Para
distinguir un loco de un cuerdo es necesario acudir  los especialistas.
Por consiguiente, no se meta usted en honduras; cuanto ms que mi to
est dando seales muy sospechosas hasta para los profanos.

Loco  cuerdo, quiero separarme de l, porque mi vida es un infierno.
Pero una vez que solt la especie, se puso frentico, diciendo que yo
deseaba el divorcio para unirme con mi querido, y que me dara seis
tiros si llegaba  hacerlo...

--Pobre ta!--dijo Maximina llorando tambin.

--Qu os parece de mi vida!... Pues no es eso slo. Tengo otra porcin
de disgustos encima. Una nia de Eulalia la tenemos casi ciega...

--De qu?--pregunt la joven madre.

--De qu ha de ser, muchacha? De la vista.

--Le preguntaba de qu enfermedad.

--Ah! No s qu nombre le da el mdico. Adems, Encarnacin, la
doncella, que ya sabis que era mis manos y mis pies, se ha casado el
lunes de la semana pasada. No os podis figurar cmo est la casa desde
que ella sali. Aquello es una repblica, hijos. Yo no puedo
multiplicarme: como haca doce aos que descansaba en ella!... Ella
tena las llaves de la ropa blanca; ella tomaba la cuenta  la
lavandera; ella sacaba el chocolate y los garbanzos; ella avisaba en el
almacn de vinos, cuando haca falta, y mandaba por aceite y por azcar;
ella planchaba las camisas  Carlos y Enrique (porque Vicente las manda
 planchar fuera). En fin, yo apenas estaba enterada de lo que coman
los criados, porque ella los traa bien sujetos...

--Y Enrique? Qu es de l?--pregunt Miguel, temiendo que su ta,
hablando de criados, no concluyese nunca, segn su costumbre.

--Esa es otra. Empeado en casarse con la chula! No hay quien se lo
saque de la cabeza. Su padre no quiere oir hablar de l siquiera, y ya
ha dicho que, si contina en relaciones con ella, lo echa de casa.
Vicente y Eulalia tampoco le dirigen la palabra. Quien paga los vidrios
rotos en casa soy yo, porque  m me da lstima, sabis?

--S; Enrique siempre ha sido el preferido.

--Toda la familia se empea en eso, y no es verdad; pero como veo que es
el ms desgraciado... l, en cambio, me trata peor que  un zapato.

La entrada de Serafina con el chico, cort de nuevo la conversacin.
Detrs de ella venan todas las criadas, dando muestras de viva
agitacin.

--Qu pasa?

--Que el nio se ha redo--dijo Serafina.

--Se ha redo como hay Dios en los cielos, seorita--confirm una
criada.

--Vaya, estn ustedes locas--dijo D. Martina.--Si no tiene ms que dos
das!

--No puede ser--manifest Maximina ponindose, sin embargo, colorada de
la impresin.

--Que s, seorita, que s--prorrumpieron todas.

--Ver usted cmo fu, seorita--dijo una de ellas muy sofocada.--Estaba
la seorita Serafina as con el nio, sabe? Y voy yo y le cog as,
por la espalda, sabe? y lo levant en alto, y lo empec  menear y 
decirle: Chiquirritn, botn de rosa, clavel, quieres llamarte
Miguelito como tu pap? El nio, nada. Quieres llamarte Enriquito
como tu to? Tampoco hizo nada. Quieres llamarte Serafn como tu
ta? Entonces abri los ojillos un poco, sabe? y nos hizo una
muequecita tan salada!

Maximina sonrea como si estuviese escuchando un secreto celeste. Lo
mismo ella que la ta Martina se dejaron convencer al instante; pero
Miguel se resisti.

--Yo, en materia de sonrisas de nios, por ms que cuenten cincuenta y
siete horas de existencia, tengo un escepticismo inveterado. Soy como
Santo Toms: Ver y creer.

--Que se ha redo, Miguel, no te quepa duda; te lo aseguro yo--dijo
Serafina.

--No me ofreces garantas suficientes de imparcialidad.

--Bueno; pues va  hacerlo otra vez. Ya vers.

Serafina cogi el nio y lo levant por encima de la cabeza con gran
decisin, preguntndole al mismo tiempo si deseaba llamarse Serafn, 
lo cual el nio no juzg oportuno responder, tal vez por un exceso de
diplomacia, porque no sera raro que el nombre le pareciese ridculo.

Maximina estaba pendiente de sus labios como si se hallase en el
ejercicio de preguntas de una oposicin  ctedra.

-- ver con usted, Plcida--dijo, procurando ocultar su afliccin.

Plcida se destac del grupo como una artista del circo de Price que
sale  ejecutar su trabajo. Levant el nio con sorprendente maestra,
lo movi de Norte  Sur, despus de Oriente  Occidente y le hizo con
voz recia las preguntas consagradas: Chiquirritn, monn, botn de
rosa, clavel, quieres llamarte Miguelito como tu pap? Quieres
llamarte Enriquito como tu to? Quieres llamarte Serafn como tu ta?

Un silencio lgubre sigui  estas palabras. Todos los ojos estaban
clavados en el joven opositor, quien lejos de mostrar predileccin por
ninguno de los nombres que le indicaban, manifest bien claramente,
aunque en forma inarticulada, que no hallaba motivo para que por mera
cuestin de nombres le batiesen tanto los hipocondrios.

--Lo veis?--dijo Miguel.

--Es que ahora no est de humor de reirse--contest Maximina muy
desabrida.--Tampoco t te res cuando te lo mandan. Adems, ahora debe
de tener hambre. Tradmelo, tradmelo! Pobrecillo de mi vida! Corazn
mo!

Y la nia-madre ocult  su hijo dentro de las sbanas y le puso el
pecho en la boca.

A los tres das se efectu el bautizo. Con la resignacin melanclica
que las madres manifiestan en este caso, Maximina dej que le llevasen 
su hijo.

--Ya es cristiano, seorita--le dijo la muchacha entregndoselo.

La nia lo bes con ternura y lo apret contra su seno diciendo por lo
bajo:

--Ya no te separarn ms de m, hijo de mis entraas.

A los cinco das ya se levantaba de la cama. Era una naturaleza
provinciana, rica de sangre, en la cual, esta funcin augusta de la
vida, lejos de dejar huella dolorosa, provocaba un aumento de salud y de
fuerzas. A los ocho ya desempeaba todos los menesteres de la casa. A
los quince sala de paseo. Fueron padrinos del nio Enrique y Julita, y
se llam como el primero.

Los placeres que todo esto proporcionaba  Miguel, estaban amargados con
el grave peligro que su fortuna corra. A todas horas le mortificaba tal
pensamiento, en trminos que le costaba hacer un esfuerzo grande sobre
s mismo para aparecer alegre delante de su esposa. Se haba escrito al
General; pero ste haba contestado en forma tan ambigua y maliciosa,
que ya no le qued duda de que por ese lado el negocio estaba perdido.
Desde entonces consider cuerdamente que su salvacin estaba en salir
diputado, ganar influencia en la mayora y con los ministros y
aprovecharla en un momento dado para sacar de los fondos reservados el
dinero que haba comprometido.

Pero Eguiburu ya le haba hecho otras tres  cuatro visitas, y le
apuraba para que garantizase el dinero restante. En la ltima, con
muchos rodeos y perfrasis, lleg  amenazarle con una demanda
ejecutiva. Comprendi entonces que era preciso jugar el todo por el
todo. Si no se avena  garantizar, la ruina era segura. Eguiburu le
sacara  subasta las casas, y por ms que le quedase algn dinero,
porque valan ms que el importe de la deuda, no sera mucho. Por otra
parte, esto traera consigo el escndalo. Le consideraran todos como un
hombre arruinado, cuando no como tramposo, y no le haran caso: tena
suficiente conocimiento del mundo para verlo claramente. De la
diputacin sera preciso asimismo despedirse: la pobreza huele mal en
todas partes.

Decidise, pues,  firmar el pagar de los doce mil duros, y para ello
convino con su acreedor el da y la hora. Con la emocin natural en
quien va  quemar las naves, se present una tarde en casa de Eguiburu.
Estaba en su despacho hablando con dos personas. Quiso aguardar Miguel
 que stas saliesen para tratar su asunto; pero el banquero comenz
desde luego  hablar en voz alta, y como observase que el joven diriga
frecuentes miradas  los intrusos y se mostraba reservado para
contestar, le dijo:

--Puede usted hablar con toda confianza, Rivera. Estos seores son
amigos y no les importa nuestros negocios.

Miguel se hizo cargo en seguida de lo que aquello significaba:--Este
miserable tiene miedo de que yo niegue la firma y ha trado dos
testigos. Pensando esto, la bilis se le revolvi. Hubiera deseado no
tener familia para tirar los treinta mil duros por la ventana y
abofetear en tal momento  aquel puerco. Se reprimi con trabajo y
comenz  ventilar su asunto con el feroz banquero, el cual hablaba cada
vez ms alto, sacando  luz todos los antecedentes. Miguel contestaba
secamente  sus preguntas. Al fin, cuando las hubo satisfecho  su gusto
y se dispona  firmar el pagar, le dijo:

--Ahora surge una dificultad, amigo Rivera. Para m es doloroso
decrselo  usted porque no le ha de agradar; pero no puedo pasar por
otro camino. Adems de los doscientos cuarenta y seis mil reales que
para los gastos del peridico he facilitado, entregu tambin en
diversas fechas algunas cantidades, ya al General, ya al Sr. Mendoza, ya
al administrador del peridico, las cuales suman ciento once mil
reales... Aqu estn los recibos. En ellos se expresa que estas
cantidades estaban destinadas para el socorro de los emigrados, aunque
en realidad eran para los manejos revolucionarios... Yo, como usted
comprender, no he de perder este dinero.

--Y quiere usted que lo pierda yo, verdad?

--Podra exigrselo al General y al Sr. Mendoza, firmantes de los
recibos; pero me costara trmites judiciales, molestias...

--S, s, ms vale que yo garantice tambin esos cinco mil duros--dijo
Miguel con acento sarcstico. As se libran ellos y usted de molestias.

--Yo, Sr. de Rivera, siento muchsimo perjudicar  usted...

--Nada, no lo sienta usted; cuando se tiene  un hombre cogido por el
cuello se debe apretar...  ver dnde est ese pagar?... Extienda
usted el otro.

Eguiburu, ruborizado, le alarg un papel, y Rivera lo firm con mano
nerviosa. Tena el semblante demudado y la voz alterada; pero conservaba
una actitud grave y fra.

--No ha extendido usted an el pagar de los ciento once mil
reales?--pregunt con sequedad.

--Voy all, Sr. de Rivera--respondi el banquero, sin poder ocultar
cierta confusin, que probaba que an no haba perdido del todo la
vergenza.

Cuando hubo terminado, Miguel lo firm, dej caer la pluma con orgulloso
ademn, y se despidi, inclinando la cabeza.

--Buenas tardes, seores.

Sali sin dar la mano  ninguno.

Las mejillas le echaban fuego cuando se encontr en la calle. Lo primero
que hizo fu ir  la redaccin de _La Independencia_, y anunciar  los
redactores y empleados que el peridico cesaba en su publicacin.
Escribi un artculo de despedida, y dej medio arreglados los asuntos.
En los das siguientes quedaron zanjados por completo.

Muerta _La Independencia_, qued ms desahogado y pudo consagrarse
enteramente  trabajar la eleccin. En ella tena cifrada su
esperanza. Si sala diputado, confiaba hacerse notar pronto entre la
mayora: su palabra no era torpe: estaba avezado adems  la polmica:
finalmente, se juzgaba con ms ilustracin que la mayor parte de los que
 la sazn representaban al pas. Se aplic, pues, con ahinco  buscar
recomendaciones, no slo de primera, sino de segunda, tercera y hasta de
cuarta mano, escribi numerosas cartas  hizo varias visitas. Guardse,
no obstante, de hacrselas por de pronto al Presidente: tena suficiente
malicia  tacto para comprender que no deba mostrar un afn demasiado
vivo,  fin de que no se le desdease. Lo mejor era trabajar por su
cuenta primero, y despus recordar al ministro su palabra.

Mendoza no aprob la muerte de _La Independencia_.

--Ha sido un mal golpe, Miguel, que te puede costar caro--dijo,
torciendo el gesto.

--Qu queras--respondi impetuosamente aqul,--que estuviese
soportando de mi bolsillo todos los gastos, adems de la fianza que
tengo encima?

--Aun haciendo un sacrificio, te hubiera convenido sostener el peridico
al menos hasta despus de la eleccin.

Miguel todava se empe en sostener lo contrario; pero en el fondo, al
instante vi claramente que su amigo tena razn y que haba obrado con
ligereza.

Trascurrido un mes  ms desde la primera visita que hizo al Presidente,
determin hacerle la segunda. Se fu all  la hora en que sola estar
en su despacho. El portero le dijo que su excelencia estaba ocupadsimo
hablando con una comisin de diputados catalanes y que haba dado orden
de no dejar pasar absolutamente  nadie.

--Necesito hablarle: l ha sido quien me ha invitado  venir por aqu.

El portero le mir con esa expresin de indiferencia y fatiga, preada
en el fondo de desprecio, del que est escuchando constantemente las
mismas cosas y sabe que son mentira.

--Si usted quiere aguardar, puede sentarse.

Aquello quera decir:

--Qu retonto es usted, amigo! Cree usted que tengo ganas de oir
simplezas?

Miguel se ruboriz y fu  sentarse en un divn de la antesala donde
haba otras seis  ocho personas aguardando.

Al poco rato entr un caballero de palet, muy finchado, y el portero se
inclin reverente y le abri la mampara del tabernculo presidencial. De
modo que la orden de no dejar pasar absolutamente  nadie era una
farsa del portero. Miguel se levant vivamente, y le dijo abriendo su
cartera:

--Tenga usted la bondad de entregar esta tarjeta al Presidente.

--No puedo, caballero; tengo orden...

--Le digo  usted que entregue esa tarjeta al Presidente--repiti ms
alto y con acento enrgico que impuso al ujier, quien la tom por fin,
aunque murmurando, y entr en el despacho.

--Aguarde usted un instante, caballero--dijo saliendo otra vez.

Hora y media esper; pero estaba resuelto  hablar con el jefe del
Gobierno, y no bastaron  hacerle desistir de su propsito ni las
miradas burlonas del portero, ni su propia impaciencia, que era grande.
Al fin se abri la mampara y sali un grupo de diputados, y entre ellos
el Presidente con el sombrero puesto y con todas las trazas de irse 
la calle.

--Ah! Sr. Rivera--dijo vindole.--Dispnseme usted... Tantas cosas
tengo en la cabeza... Quiere usted que entremos en el despacho?

--No merece la pena--replic Miguel, entendiendo que aquello molestara
al prcer.

Este le cogi familiarmente por la solapa de la levita, y lo llev al
hueco de un balcn.

--Viene usted  hablarme del distrito, eh? Cmo lo tiene usted?

--Creo que bastante bien. Hasta ahora, me parece que no hay oposicin.

--Tena que hablarle de esto. Pensaba escribirle para que viniese por
aqu. Me alegro que usted se haya adelantado. Ayer me han dicho que por
ese distrito trataba de presentarse Corrales.

--Quin, el ex ministro moderado?

--El mismo. No creo que tenga all ningn arraigo, ni que el Gobierno
necesite ejercer gran presin para derrotarle; pero conviene no vivir
descuidados. Por nada en el mundo quisiera que el representante ms
genuino, y uno de los ms temibles del moderantismo, se nos colase de
rondn en nuestra casa. Porque el distrito de Sern es nuestra casa,
puesto que ha elegido  Ros, que es factor importante de la revolucin.
Ha trabajado usted mucho?

--Bastante.

--Bien; pues uno de estos das trigame usted los datos que tenga
reunidos, los nombres de los alcaldes que nos sean contrarios, y los de
las personas sobre las cuales el Gobierno pueda influir. En tanto, no
ceje usted un momento. Comprometa usted  los amigos que han dado la
eleccin al General; pero no se fe usted mucho de las palabras. Procure
usted tenerlos cogidos de algn modo, bien con promesas  con amenazas.
Quedamos en que usted me traer los datos, verdad? Adis, Rivera. No
olvide usted el camino de esta casa.

Se despidi con un cordial apretn de manos. Miguel qued, como la vez
pasada, plenamente satisfecho. El jefe del Gobierno tena un tacto
especial para hacerse perdonar sus descortesas, un carcter abierto y
carioso, que cautivaba inmediatamente  cuantos se le acercaban.

Quince das tard en verle de nuevo, porque dos veces que haba ido, se
le dijo que su excelencia no poda recibirle por estar despachando con
el subsecretario.

--Hola, Rivera; ya s que ha estado usted otra vez aqu. He sentido en
el alma no poder verle. De todos modos, hasta ahora no corra prisa el
asunto. Vamos  ver; sintese usted. Cmo lleva usted ese distrito? Le
da  usted mucho que hacer Corrales?

--Hasta ahora no es gran cosa.

--De veras?--dijo el Presidente sorprendido.--Pues muy distintas son
mis noticias entonces. Me han dicho que se est moviendo de un modo
prodigioso; que el clero trabaja por l con decisin, y que algunos de
nuestros amigos,  quienes, al parecer, Ros no ha podido  no ha
querido servir, se le han pasado con armas y bagajes... Pero es posible
que usted est mejor informado.

--Sr. Presidente, las cartas que de all recibo no dicen nada de eso;
antes me aseguran todos los amigos del General que estando ste conforme
con mi candidatura, y apoyado por el Gobierno, no es posible dudar por
un momento del triunfo.

--Con todo, es conveniente que usted vaya en persona  all, hable con
ellos y vigile la eleccin. Los que llevamos algunos aos en la vida
pblica, sabemos que no hay ninguna segura.

--Est bien. Cundo cree usted que debo marcharme?

--Cuanto antes mejor; pero antes psese usted por aqu  fin de que yo
le d algunas cartas. Para el gobernador no la necesita usted, puesto
que ya sabe hace tiempo que es usted el candidato oficial... Adems,
creo que ustedes se tratan...

--S, seor; le he conocido cuando era redactor de _La Iberia_.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XIX


PUES estando Miguel con este afn y congoja por el temor
de una ruina inminente en su fortuna, otro peligro mil veces mayor le
amenazaba sin saberlo. Ya hemos visto qu extraa inclinacin se
despert en D. Alfonso Saavedra hacia Maximina. No puede compararse ms
que  la del lobo de que nos habla el aplogo, quien teniendo  su
disposicin el rebao entero de un rico fu  devorar la nica oveja que
un pobre posea.

Como el caballero andaluz no era hombre avezado  los desdenes,  porque
tropezase casi siempre con mujeres fciles,  porque su figura
arrogante, su fortuna y su astucia le hiciesen temeroso aun para las
firmes, qued altamente desabrido de la escena del baile en que tan
ridculo papel haba hecho  sus propios ojos. La carencia absoluta de
coquetera, que notaba en la esposa de Rivera, era lo que ms le
mortificaba precisamente, pues no poda siquiera forjarse la ilusin de
que la indiferencia con que haba acogido sus galanteos fuese en poco 
en mucho fingida. Decir que despus del baile su aficin subi de punto
grandemente, sera hacer poco honor  la penetracin de los lectores.
Nadie ignora que para el amor el desdn no suele ser el mejor calmante y
que en la mayora de las pasiones locas que en el mundo vemos, entra con
un contingente respetable el amor propio.

No enloqueci Saavedra, ni aun quiso aparentarlo haciendo sandeces como
D. Quijote en Sierra Morena; pero como hombre sagaz y corrido en
aventuras de esta clase, determin no perder otra vez su sangre fra y
establecer el bloqueo de la plaza segn las reglas que de su experiencia
haba sacado. Penetrando pronto en el carcter de Maximina, comprendi
que con ella no serva de nada la amabilidad henchida de arrogancia, el
acatamiento empapado de desdn con que haba enamorado  su prima Julia.
Aquella naturaleza serena, grave y humilde, no poda ser atacada por la
vanidad. Era preciso dirigirse al corazn. Propsose, pues, ganarla poco
 poco, no en calidad de amante desdeado, que esto bien se le alcanzaba
que era perder para siempre su estimacin, sino como amigo sincero,
carioso y servicial. Procur con todas sus fuerzas ahuyentar las
sospechas que la conversacin del baile pudiera haber dejado en el nimo
de la joven esposa. Pronto se cercior de que la agitacin en que
entonces se hallaba no le haba permitido fijarse en que la estaba
galanteando: y pudo  su sabor desplegar el plan de campaa que haba
meditado.

Poco  poco empez  frecuentar ms la casa, venciendo con maa la
antipata que Miguel no era poderoso  ocultar. Para ello dejle
entrever cierto cambio en su conducta favorable  las ideas de orden y 
la paz y bienestar que consigo trae la vida de familia. Mostrsele en
algunas confidencias como hombre hastiado de la vida corrompida y
desengaado de los placeres mundanos. Para lisonjear sus aficiones
literarias y cientficas, pidile algunos libros, y despus de leerlos
le habl de ellos con prolijidad y entusiasmo, que hacan reir  nuestro
joven interiormente. Entonces, mejor que nunca, comprendi, y no dej de
admirarse, de la supina ignorancia de los hombres llamados de mundo. D.
Alfonso no haba ledo en su vida ms que unas cuantas novelas
francesas; y haca algunas veces tales preguntas, que pasmaran 
cualquier nio de la segunda enseanza.

--Es uno de nuestros salvajes ms distinguidos--deca  su esposa
hablando de aquella nueva aficin  los libros.

Con Maximina sostena el caballero andaluz largas conversaciones acerca
de sus viajes, fijndose en las costumbres domsticas de otros pases.

--Mire usted (Saavedra no tuteaba  Maximina;  Miguel s), en
Inglaterra se come cinco veces al da. Por la maana se desayuna uno con
cualquier cosa:  las nueve  las diez se hace un almuerzo relativamente
fuerte:  la una, otro ms flojo:  las cinco  las seis, se come, y al
tiempo de retirarse tambin se toma algo.

Maximina, como ama de casa, se interesaba por estos pormenores,
preguntaba el precio de las viandas y el de las habitaciones. Admirbase
muchsimo de la libertad que en aquellos pases tenan las mujeres para
salir solas por la calle y aun para viajar.

--Vamos, el gran pas para Maximina--deca Miguel.--Le da vergenza ir
sola  misa, y est la iglesia  cuatro pasos.

La nia sonrea avergonzada.

--Pues ayer he ido con Juana  la calle de Postas  comprarte
calzoncillos.

--H ah una palabra que no poda usted pronunciar en Inglaterra delante
de gente.

--Madre! Y cuando los compran, cmo los llaman?

--Lo dicen al dependiente bajo secreto de confesin--respondi Miguel.

--No haga usted caso--dijo Saavedra riendo.--Para aquellas damas los
dependientes de comercio no son gente.

Tambin procuraba ponerla en algunas confidencias ntimas de su casa y
familia, pidindole consejo y siguindolo  menudo.

--La verdad es que en punto  buenos consejos no echo de menos  mi
madre. Usted, Maximina, hace sus veces divinamente. Me declaro hijo
adoptivo de usted, aunque bien puedo ser su padre.

--Pero no es usted todo lo obediente que yo quisiera.

--Slo en un punto, ya lo sabe usted... En los dems la obedezco
ciegamente.

El punto era el del matrimonio. Maximina no cesaba de aconsejarle que se
casase.

--Hasta ahora no he hallado una mujer que me satisfaga para
esposa--contestaba l.

--Por qu no se casa usted con Julia?--le dijo un da  boca de jarro,
con la ingenuidad que la caracterizaba.

D. Alfonso qued un poco confuso.

--Julia es una buena chica... muy bien educada... tiene talento... es
bonita... Pero aqu, en confianza, Maximina, cree usted que yo sera
feliz con Julia?

--Por qu no?--replic la nia.

Saavedra guard silencio unos instantes, quedando en actitud reflexiva.
Despus, dijo:

--Ya comprender usted que siendo usted su cuada y yo su primo, ni uno
ni otro podemos delicadamente hablar de ella, sino para elogiarla,
cuanto ms que lo merece por muchsimos conceptos. Pero con usted tengo
confianza para decirle una cosa, y es que no congeniamos. Somos los
dos...

Y D. Alfonso puso los dedos ndices uno frente  otro.

--Pues yo crea que se queran ustedes.

--S, nos queremos, pero... de eso  casarse hay alguna distancia... Le
recuerdo que acabo de hablarle como si fuese usted mi madre. No diga
nada de esto  Miguel. Es su hermano y la cosa ms insignificante podra
molestarle.

De esta manera insidiosa quiso la serpiente introducirse en aquel
paraso. Y lo consigui al cabo. Como tena prudencia bastante para no
abusar, entr pronto en la casa con cierta familiaridad, pero siempre 
las horas en que Miguel estaba. Bien se le alcanzaba que una sombra de
sospecha que por la mente de ste pasase, bastara para que todo
concluyese Dios sabe cmo. Aprovechaba tambin las ocasiones en que la
brigadiera y Julia venan  visitar al matrimonio, para acompaarlas.
Los celos, que haba sentido la noche del baile, se le haban borrado
por completo  la hija del brigadier, al ver la confianza fraternal con
que don Alfonso trataba  su cuada y el empeo que sta mostraba en
reunirlos y verlos conversar aparte.

--T me has casado  m. Yo me he empeado en casarte  ti--le deca.

--S; pero yo te he casado con el hombre que queras--contestaba Julia
riendo.

--T tambin quieres  Alfonso: no finjas, Julita--replicaba Maximina
besndola.

Por otra parte, Saavedra, en vez de romper el lazo amoroso que le una 
su prima, habalo apretado ms en los ltimos tiempos, quiz para
apartar toda sospecha de su plan,  por ventura porque tuviese otro y
pretendiese conducirlos  un tiempo; que todo poda esperarse de su
carcter depravado.

Pero haban trascurrido ya algunos meses, y su nefanda empresa no haba
adelantado un solo paso. Verdad que en la casa de Miguel se le otorgaba
cada da ms confianza, que coma con ellos  menudo, que vena de
tertulia muchas noches, y otras les acompaaba al teatro, que Maximina
le trataba ya como un hermano. Pero esto, justamente, era lo que
impacientaba al caballero. En aquella casa le trataban como  un hermano
futuro. La joven esposa no se haba dejado vencer de su negativa, y al
verle persistir en sus relaciones amorosas, crea que slo haba negado
por hipocresa  por no dar su brazo  torcer, pero que en el fondo
estaba profundamente enamorado de su prima. Y as era razn, dado que
Julia (tal lo crea Maximina) era la joven ms hermosa y ms seductora
de Madrid.

Cuando se efectu el feliz alumbramiento de la joven esposa, Saavedra se
condujo como un amigo consecuente, prestando los servicios que estaban
en su mano, viniendo diariamente  saber el estado de la enferma,
demostrando, en fin, tanta adhesin y cario  los esposos, que el
corazn tierno de Maximina correspondi con afectuosa gratitud, como no
poda menos. Ya hemos indicado que sta, despus de aquel crtico
suceso, haba cobrado nueva gracia y atractivo en su figura. Como todas
las mujeres que han nacido de veras para esposas y para madres, y se han
unido al hombre que aman, cada uno de estos sucesos impresionaba y
sacuda favorablemente su naturaleza. Era difcil reconocer en aquella
linda joven de mejillas sonrosadas y ojos dulces y brillantes  la
plida y encogida nia de Pasajes.

La impaciencia iba penetrando poco  poco en el nimo del caballero
andaluz. La primera parte de su plan estratgico se haba desenvuelto
punto por punto, como l tena previsto: haba ganado la estimacin, y
aun el cario de Maximina. Faltaba la segunda, que era la ms escabrosa
y peliaguda en su ejecucin, la ms dulce en el resultado. Cmo
empezar?  pesar de su inconcebible orgullo, D. Alfonso tema mucho que
en cuanto diese los primeros pasos le iba  faltar tierra, y dilataba el
ataque para no despearse. No obstante, como el deseo y la impaciencia
le pinchaban cada da ms fuertemente, y no era hombre  quien en
ninguna ocasin le faltase la audacia, tvola para dirigirle algunos
embozados galanteos, que la nia recibi como bromas de un amigo mimado,
y tambin para apretarla demasiadamente la mano al saludarla, rozar
suavemente sus pies por debajo de la mesa, y sacarla una horquilla del
pelo con disimulo, estando su dueo reclinado en una butaca. Maximina,
en un principio, atribuy algunos de estos actos  casualidad, y no se
fij en ellos. Mas habiendo el andaluz insistido, se sobresalt un poco,
aunque sin darse cuenta clara del peligro, procur no colocarse nunca
cerca de l, y le tuvo, desde entonces, un miedo vago. Con este
resultado tan poco lisonjero en sus primeros tanteos, D. Alfonso acab
de enardecerse, y, aunque l no quera confesrselo, estaba muy
predispuesto  perder la sangre fra de que tanto se gloriaba, y  echar
la casa por la ventana. Como as pas, segn vamos  referir.

Miguel era muy partidario de que el nio se orease. Estaba imbudo en
las modernas teoras de la educacin, y crea que los nios deban
vivir el mayor tiempo posible al aire libre, desde su nacimiento. As
que, en cuanto Maximina estuvo para salir, comenz con ella  dar largos
paseos por el Retiro. Qu feliz era nuestra chica llevando al lado  su
marido y delante  su hijo! Y qu hijo aqul! Era necesario haber
seguido paso  paso, como ella, sus progresos, durante mes y medio, para
comprender las portentosas facultades de que estaba dotado, y los
infinitos recursos de su ingenio privilegiado. Mucho le ofendera quien
supusiese que todava se mamaba los dedos, cuando topaba con ellos
casualmente. Nada de eso.  los quince das de estar en este valle de
lgrimas, ya se llevaba el dedo pulgar  la boca, con la intencin firme
y deliberada de mamrselo, no con otro propsito. Lo cual no significa,
ni mucho menos, que dicho dedo pulgar le pareciese tan bien como el
pecho de su mam: lo haca, nicamente, por no aburrirse en los momentos
de ocio. Igualmente demostr su gusto exquisito y delicado, rechazando
con energa la harina lacteada que Juana tuvo la osada de proponerle
cuando la seorita estaba durmiendo. La expresin airada del semblante,
y los gritos con que recibi la proposicin, no daban lugar  dudas.
Antes prefera morirse de hambre, que echar  perder el estmago con
drogas tan insustanciales como nocivas.

Pero el asunto en que mejor se mostr su talento prctico, al par que la
entereza de su carcter, fu en el sueo. Desde que naci se haba
propuesto dormir veinte horas diarias, poco ms  menos. Cuanto se hizo
para disuadirle de este propsito, fu en vano: al parecer, tena
poderosas razones fisiolgicas para ello. Cuando, desgraciadamente,
algn cuidado  preocupacin que le desvelase descompona su plan, pona
el grito en el cielo y la casa en conmocin. Miguel era el primero que
acuda, le coga en brazos, y comenzaba  dar furiosos paseos por el
corredor pretendiendo el iluso! dormirle de este modo. El infante
protestaba cada vez ms ruidosamente contra medio tan poco adecuado. El
padre se pona nervioso, al cabo de algn tiempo, y, por no estrellarlo
contra la pared, lo entregaba al brazo secular de Juana, la cual pocas
veces lograba hacerle callar. Era necesario entregarlo  la madre, quien
posea en su hermoso y abundante pecho el secreto de ahuyentar los
pensamientos lgubres, y hacerle ver el mundo de color de rosa.

--Pero ha de estar mamando siempre ese chicuelo?--deca Miguel
incomodado.--Te va  agotar.

Maximina sonrea encogindose de hombros, y daba un beso  su hijo, como
dicindole que estaba aparejada  dar mil vidas por l.

Mas cuando menos se esperaba, Juana, frtil en trazas, como Ulises,
hall una que por lo nueva y lo eficaz, dej pasmados  todos. Y como la
mayor parte de los inventos fecundos y peregrinos, tena el mrito
adems de la sencillez. Consista en mantener al nio entre los brazos
boca arriba, mecindole arriba y abajo suavemente, y cantndole al
propio tiempo, con voz algo plaidera, cierta meloda. Hemos sido
siempre partidarios de que las grandes invenciones de resultados
prcticos para la humanidad se difundan lo ms pronto posible. Por
consiguiente, no tendremos el egosmo de callar este originalsimo
cuanto simple recurso, que acaso el lector pueda utilizar (yo se lo
deseo de todo corazn) algn da. La letra de la cancin es como sigue:

      Ea, ea, ea,
    Qu gallina tan fea!
    Cmo se sube al palo!
    Cmo se balancea!

En cuanto  la msica, yo creo que no estaba en ella el toque. Puede,
por tanto, ponrsele cualquiera en la seguridad de obtener un feliz
resultado, con tal que (entendmonos), con tal que se repita varias
veces y en tono moribundo el ltimo verso. Oirla el testarudo infante y
quedarse arrobado con los ojos fijos en contemplacin exttica de no se
saba qu, era todo uno. Tal vez sera de la terrible gallina que sin
cesar se balanceaba sobre el palo. Lo cierto es que aquellos ojillos tan
abiertos y espantados, se cerraban blandamente al poco rato. Los
habitantes todos de la casa daban un suspiro de satisfaccin. El nio
pasaba acto continuo al gran lecho nupcial, donde se le dejaba perdido
en un rincn como un envoltorio de ropa.

Digo que en un principio Miguel se avena de buen grado  salir con su
esposa de paseo. Cuando el nio peda el pecho, Maximina se lo daba
sentndose en un banco, que procuraba estuviese en algn lugar
solitario. Despus solan entrar en la casa de vacas que all hay, donde
la joven tomaba chocolate. Mas al cabo de algunos das el hijo del
brigadier, bien porque sus negocios lo exigiesen,  porque tuviese ganas
de charlar con sus amigos, dej de acompaarla, proponindole que fuese
sola con la niera, pues de ningn modo quera que su hijo dejase de
tomar el aire. Con harto dolor de su alma, aunque disimulndolo lo mejor
que pudo, cedi ella  este deseo. El nio le infunda valor, es verdad;
pero nunca pudo vencer enteramente la vergenza y el miedo que las
calles de Madrid le inspiraban cuando no iba con su marido.

Los primeros dos das no le fu mal en la excursin; mas al tercero,
caminando por una calle solitaria del Retiro para comer un pedazo de pan
que la niera llevaba  prevencin--pues por nada en el mundo hubiera
osado entrar sola en la chocolatera,--se encontraron de manos  boca
con Saavedra. A pesar de haberle visto el da anterior en casa, sinti
un leve estremecimiento sin saber por qu y se puso fuertemente
colorada, seal que no le desagrad al audaz lechuguino. Saludla con
efusin, hizo mil fiestas al nio, y sin pedir permiso se emparej con
ella. La niera, por respeto, march delante. La conversacin vers
sobre los tpicos ordinarios del tiempo, lo saludable del paseo para los
nios, etc., etc. De pronto Saavedra, parndose, le pregunt sonriendo:

--Qu ha hecho usted del pedazo de pan que estaba comiendo, Maximina?

La nia qued tan confusa que no supo qu responder.

--Estoy seguro de que lo ha dejado usted caer al suelo. Por qu le da 
usted vergenza comer cuando est criando un nio tan hermoso y robusto?

Animada con este elogio, que para ella era el ms sabroso que en este
mundo podan hacerle, contest:

--Ahora siento debilidad  media tarde...

--El pan seco no le sentar  usted bien, criatura. Vamos  la
chocolatera.

--Oh, no, ya estoy bien! No tengo ganas de chocolate.

--No sea usted hipocritilla. Cuando sale usted con Miguel lo toma usted
todas las tardes. Ni ayer ni anteayer lo ha tomado usted, acaso porque
no se atreve  entrar sola... Usted dir ahora: Cmo Alfonso sabr
todas estas cosas?

--Es verdad; no comprendo...

--Y yo le dir  usted muy bajito, muy bajito (don Alfonso acerc los
labios al odo de la nia): porque la he seguido  usted estas tardes.

La nia sinti que su miedo creca. Hubiera hecho en aquel momento
cualquier sacrificio por verse en su casa. No respondi una palabra y
sigui caminando. D. Alfonso tambin sigui silencioso para que la
bolita de veneno hiciese mejor operacin. Cuando calcul que la
imaginacin de Maximina haba ya dado bastantes vueltas, reanud
nuevamente la conversacin por donde haba comenzado, esto es, por los
lugares comunes al uso. Entabl una pltica familiar como dos amigos
ntimos, hacindole numerosas preguntas acerca del nio, por ser el tema
ms socorrido y el que ms deba agradar  la joven, la embrom
cariosamente, sac  plaza las manas de su ta la brigadiera: en suma,
procur con gran habilidad calmar su agitacin y que reinase otra vez la
confianza entre ellos. Mas no lo pudo acabar. Maximina estaba trmula,
aunque haca esfuerzos prodigiosos por ocultarlo, y contestaba con voz
alterada y ronca  sus preguntas. Sin embargo,  fuerza de tiempo y
saliva, Saavedra logr serenarla  medias. Instla con fervorosos ruegos
para que fuera  la chocolatera; pero ella se neg terminantemente y
manifest que ya era tiempo de regresar  casa; aunque no fuese verdad.

El sol desparramaba todava sus rayos por las arenosas calles. Corra un
aliento tibio y perfumado que presagiaba la primavera prxima: las yemas
hinchadas de los rboles tambin la denunciaban con alegra. Veanse
muchos nios con el cabello por la espalda, elegantemente vestidos,
corriendo detrs de los aros y de las pelotas, seguidos de sus padres 
ayos. Maximina se haba dicho muchas veces en das anteriores: Cundo
el mo ser as! Mas ahora los miraba desfilar por delante de ella
acaso sin verlos; tan honda era la emocin que la embargaba.

D. Alfonso haba procurado retenerla algn tiempo; pero cuanto ms l
instaba por que se quedase, ms vivos deseos expresaba ella de irse.
Caminando, pues, hacia la salida del Retiro y considerando por un lado
que pronto tendra que dejarla y por otro que el paso que haba dado era
demasiado atrevido para poder volverse atrs, resolvi echar el pecho al
agua y dijo parndose de nuevo:

--A todo esto, Maximina, usted todava no me ha preguntado por qu la
segua estas tardes pasadas.

La nia sinti un estremecimiento ms fuerte, su faz empalideci, las
piernas le flaquearon.

No quiso  no pudo contestar  lo que le preguntaban.

--Pues voy  decrselo: porque experimento por usted, Maximina, lo que
hasta ahora no he experimentado por ninguna mujer de este mundo. En
cuanto empec  tratar  usted me inspir una simpata viva,
irresistible, de esas que nos subyugan. En seguida comprend que esta
simpata iba  convertirse en amor y luch con todas mis fuerzas por que
no sucediese. Ha sido intil. He tratado  muchsimas mujeres, he amado
 he credo amar  algunas; pero le juro que el sentimiento que me
inspiraron estaba muy lejos de parecerse al que ahora me domina. Las
trataba de igual  igual, vea sus cualidades y sus defectos, me
admiraba y me enardeca su hermosura; pero ahora! ahora no es amor
solamente lo que siento, es una adoracin profunda  su carcter
sencillo  ingenuo, un respeto que ha enfrenado hasta ahora mi lengua 
pesar de que el secreto pugnaba por salir. En mis ojos poda usted
leerlo siempre que la miraba. Hace unos cuantos meses que mi espritu
est impregnado de tal modo de usted, hermosa y buena Maximina...

El gentil caballero deca toda esta retahila cursi, con labio
balbuciente y ademanes descompuestos como es uso entre los seductores,
aunque stos sean como l hombres de mundo. La observacin me ha hecho
aprender que los hombres de mundo, los que se han llamado
sucesivamente pisaverdes, lechuguinos y _lyones_, no son espirituales, 
mejor en castellano, no hablan con ingenio y donaire ms que en las
novelas. En la vida, y sobre todo cuando se despojan del aspecto
lnguido y aburrido que los caracteriza, suelen ser tan vulgares y tan
cursis como el ltimo estudiante de medicina.

La pobre Maximina qued tan turbada escuchando aquella algaraba
amorosa, de la cual no entendi sino el sentido general, que de plida
se puso lvida; despus la sangre afluy repentinamente al rostro, los
ojos se le nublaron y estuvo  punto de caer. Mas por un movimiento
automtico, del cual ella ms tarde no se daba cuenta alguna,
separndose violentamente de su acompaante, ech  correr gritando:
Plcida, Plcida! Hasta que se emparej con ella, y entonces le dijo:
Corra usted, corra usted, que me siento mal! Ambas corrieron buen
rato hasta que la fatiga les oblig  aflojar el paso. Pero ya estaban
muy lejos de Saavedra, quien permaneca en el mismo sitio maravillado y
exttico ante aquella sbita  inesperada fuga.

Buscada y meditada de antemano una leccin severa para tal insolencia y
ruindad como la que D. Alfonso acababa de cometer, no hubiera salido ms
dura y cruel que aquella huda. Maximina, sin saberlo, no slo haba
salvado su dignidad, sino que haba impuesto al atrevido el castigo ms
doloroso en casos semejantes, que es el del ridculo. Saavedra qued
clavado al suelo de rabia hasta que, viendo pararse  algunos
transentes y mirarle con curiosidad y volver despus los ojos hacia las
que huan, di la vuelta y  paso largo se apart de aquellos sitios.

Por fortuna cuando Maximina lleg  casa no estaba en ella Miguel. Si
estuviese, al verla tan turbada, hubiera indagado la causa, y quiz
entrado en sospechas. Tuvo tiempo  serenarse. Las criadas creyeron de
buena fe que se haba puesta enferma, y lo mismo l cuando lleg 
comer. Sin embargo, aquella noche y el da siguiente nuestra nia estuvo
muy intranquila. No saba qu partido tomar. Por lo pronto determin no
salir  paseo sola, pretextando que tema le acometiese un desmayo como
el que le haba amagado. Pero si D. Alfonso vena  visitarla, cmo se
presentara delante de l? Estaba segura de turbarse. El aborrecimiento
y el miedo que le haba tomado eran tan grandes, que por fuerza haban
de salir  la cara. Quiso Dios que D. Alfonso lo entendiese tambin as,
y no vino ms por casa de Miguel. A ste, acostumbrado  verle  menudo,
le llam la atencin su ausencia, y dijo estando  la mesa:

--Muchos das hace que no viene por aqu Alfonso.

Maximina no respondi y sigui comiendo con la cabeza baja. Al cabo de
un momento aadi:

--Me alegrara de que no volviese. Por ms que hago, no consigo tragar 
ese hombre. El mircoles, segn me han dicho, ha tenido un duelo que 
mi juicio fu una verdadera cobarda. Se bati con un ingeniero que en
su vida haba cogido un arma, y, claro est, al primer encuentro le
hiri peligrosamente. El que va  batirse con la seguridad que l iba en
este caso, no es un hombre leal, ni siquiera una persona decente.

--Oh qu razn tienes!--hubiera exclamado de buena gana Maximina.

Pero se call. La pobrecilla se figuraba que ya Saavedra no se acordara
ms de ella. Sin que su adorado Miguel hubiese tenido disgusto alguno,
todo haba quedado resuelto satisfactoriamente. Poco saba la cndida
nia en achaque de pasiones humanas. Pronto aprendi, por desdicha, lo
que la soberbia y la lujuria unidas son capaces de acometer.

[imagen decorativa]




XX


EN estos mismos das fu cuando Enrique tom la
determinacin de arrastrar por el lodo el honor y el decoro de su
familia. Al efecto, se person una tarde en casa de Miguel y le
comunic su proyecto advirtindole, con lgrimas en los ojos, que su
intencin no era arrastrar cosa alguna y mucho menos el honor de la
familia, sino cumplir lealmente el compromiso que haba contrado y la
palabra que haba dado  Manolita.

--Soy caballero, Miguel. Yo no puedo faltar decentemente  esa chica.
Ponte en mi caso. Bien comprendo que mi familia tiene razn para
oponerse  este matrimonio. Pero te juro que no es mi nimo arrastrar su
decoro. Por qu haba de arrastrarlo? Qu gusto haba de tener yo en
arrastrarlo, vamos  ver?

--Es claro; t no debes de tener ningn motivo de resentimiento con el
decoro de tu familia.

--Naturalmente!

Despus, algo remoln y acobardado, le confes que traa una
pretensin, la cual cost mucho trabajo hacerle desembuchar.

Al fin,  fuerza de ruegos, declar que, si Maximina le haca el honor
de ser la madrina de su boda, se considerara el ser ms dichoso del
universo. Despus de haberlo dicho le pes. Y viendo que Miguel quedaba
pensativo, se puso tan afligido, que arroj el sombrero contra el suelo
y comenz  llamarse bruto y  mesarse los cabellos.

--Qu es eso, Enrique, te has vuelto loco? Por mi parte no hay
inconveniente en que lo sea. Pdeselo  ella, y si te lo concede est
hecho.

--No; yo no se lo pido. Manolita es una chica honrada, pero de una clase
muy humilde. Todos los que vayan  la boda van  ser tambin hijos del
pueblo... gentuza, sabes, chico? Hay que decir las cosas por su nombre.
Tu mujer no querr estar all, y con razn.

Miguel se levant de su asiento, asomse  la puerta y grit:

--Maximina!

Al instante se present la nia.

--Enrique te viene  suplicar que seas madrina de su boda. Aceptas la
invitacin?

--Oh! Conque te casas, al fin? Pues ya lo creo que tendr mucho gusto
en ser madrina.

El semblante de Enrique se ilumin como si en aquel punto estuviese
mirando desfilar todos los ngeles, arcngeles, tronos y dominaciones
del cielo. Mas ponindose repentinamente serio y enfurruado:

--No, Maximina; t no puedes ser madrina.  mi matrimonio no irn
personas de tu clase.

La nia le mir asombrada.

--De mi clase?

--S; all no irn ms que mujeres del pueblo; pescaderas, fruteras,
taberneras, etc.

--Y qu importa que vaya quien vaya? Ser madrina si t me quieres.
Soy yo por ventura alguna princesa?

--Lo que eres t, un ngel!--exclam Enrique ponindose loco en el
mismo instante. Para dar testimonio de ello, ech el sombrero al alto
como antes lo haba arrojado contra el suelo: acto continuo, se lanz al
aire en su seguimiento, haciendo tres  cuatro piruetas portentosas:
abatindose de pronto, tom las manos de Maximina y comenz  besarlas
con frenes.

--Me dispensars este arranque, verdad, Miguel? Tienes una mujer mejor
que si fuese de oro y brillantes.

--Ya lo creo. Qu iba  hacer yo con una mujer de oro y brillantes?

--Hombre, no seas material; es un decir. Maximina, todo l mundo habla
bien de ti... hasta mi hermana Eulalia, que es cuanto se puede imaginar.
Pero nadie sabe bien lo que vales. En cuanto mate otra vez, te brindo el
toro.

--No, Enrique, no!--dijo la chica riendo.

La cara de aqul volvi  oscurecerse.

--Es verdad, un toro muerto por m vale poca cosa. Pero te aseguro que
he de conseguir,  poco he de poder, que Lagartijo, el mismo Lagartijo,
te lo brinde en una corrida de abono.

--No lo deca por eso, sino porque yo no voy nunca  las corridas de
toros.

--Qu, no te lleva Miguel? Valiente sin vergenza! No tengas cuidado,
hija: djalo de mi cuenta, que para la primera corrida no os ha de
faltar un palco  cuando menos dos delanteras de grada.

El padrino designado para acompaar  Maximina fu un capitn de
caballera, antiguo compaero del novio.

--Sentira que no fuese de tu agrado, madrina. (Desde aquel momento
hasta el fin de sus das Enrique no volvi  llamar otra cosa  la
esposa de Miguel.) Porque aunque es un hombre notabilsimo, es bastante
_pea_, sabes?

--No entiendo...

Miguel se ech  rer.

--Que no le gusta el trato de las seoras.

--Ah! bueno--replic la nia,--procurar no molestarle.

--Qu has de molestar t, lucero de la maana--exclam Enrique
volviendo  ponerse loco,--si vale ms oirte  ti hablar que  Tamberlik
el credo del _Poliuto_! Lo que yo siento es que l no sepa decir esta
boca es ma.

El da sealado fu un mircoles, y la hora las siete de la maana.
Amaneci hermoso y esplndido. En las calles de Madrid no se vea pizca
de lodo. El que ensuci el decoro de la familia Rivera era puramente
metafrico. Miguel y Maximina fueron  casa de la desposada, que era un
cuarto tercero de la misma calle del Bao, sin vistas  la calle.
Enrique lo haba alquilado de acuerdo con su novia, y lo haba alhajado
poquito  poco, llevando todos los das, como un jilguero, su pajita en
el pico; un da el aparador, otro la mesa, otro dos sillas de rejilla,
ms adelante algunas docenas de platos y as sucesivamente. El nido
resultaba pobre y pequeito, pero agradable como todo lo que es nuevo y
arreglado por y para el amor.

Enrique no haba mentido. No se vea ninguna dama ni caballero de
levita, exceptuando el padrino, que traa una, bien atrasadilla por
cierto. En cambio las buenas mujeres que all estaban y chulas
lindsimas, ostentaban en su traje un lujo pintoresco muy grato de ver:
ricos mantones de Manila floreados de mil colores, extendidos casi hasta
el suelo; encima la mantilla de encaje  de felpa; zapatos de charol
descotados; en las orejas largos pendientes de perlas; en los dedos
enormes sortijas de diamantes. El peinado de todas era casi idntico;
partido por el medio, moo atrs empingorotado y sortijillas en las
sienes. Los hombres vestan en su mayora chaqueta y sombrero de ala
ancha; pero haba bastantes toreros, amigos todos del novio, y stos
llevaban chaquetillas bien ceidas de terciopelo  pao fino, segn su
categora en el arte, pantaln ajustado y camisa bordada con grandes
brillantes en la pechera.

No haba ningn individuo de la familia ms que Miguel. Julita, que por
ste lo haba sabido, hubiera querido ir; pero se lo prohibi su madre.
Enrique no invit tampoco  los amigos de su clase por la razn que
haba dado  Maximina, esto es, por no avergonzarlos.

Cuando la esposa de Miguel se present oyse un murmullo de respeto y
simpata entre los convidados. Los hubo entre ellos tan finos, que hasta
se quitaron el sombrero. Manolita, que entre parntesis, estaba preciosa
con su trajecito negro de merino y mantilla de terciopelo, al verla
entrar qued confusa como si fuese la reina, y se dirigi  ella
temblando y ruborizada.

--Seorita... mucho le agradezco... Cmo sigue usted?

Pero no habamos quedado en que Manolita era una chula desgarrada, y
temible si las hay? dirn los lectores. Pues ah vern ustedes. La mayor
parte de estas chulas son en el fondo, siguiendo la expresin vulgar,
unas infelices. La cscara es lo nico terrible que hay en ellas.

Lo raro en este caso es que Maximina estaba tan colorada y confusa como
ella. En vez de entonarse  afectar un continente protector, como muchas
haran al verse entre gente plebeya, nuestra nia pareca que acababa de
entrar en una asamblea de prncipes.

Psose en marcha la comitiva hacia San Jos. Pero antes que se nos
olvide diremos que entre los convidados se hallaba el diestro Jos
Calzada (a) el _Cigarrero_, con su cuadrilla, de la cual, por desgracia,
faltaba el simptico Baldomero. El matador de toros estrech con respeto
la mano da Maximina, y sta, que haba derramado lgrimas cuando Miguel
le describi la muerte del Serranito, le demostr en la mirada, ms que
con las palabras, la simpata que su noble conducta le inspiraba.
Manolita le present tambin  su padre, aquel pavoroso cclope que ya
conocemos, el cual, por fortuna, an no haba tenido tiempo de
emborracharse. Para saludarla se despoj del sombrero, que bien pesara
media arroba, y dej escapar una serie de gruidos tan odiosos, que la
esposa de Miguel qued helada de espanto.

La casa de la calle del Bao estaba toda en conmocin con aquella boda.
El cortejo de los novios haca un ruido infernal por la escalera. Las
vecinas abran sus puertas para verlos pasar. En la calle la gente
tambin se paraba y se oan las voces de una boda! una boda! y las
preguntas de los transentes:

--Quines son?--preguntaba un viejo tendero.

--Una lechera que se casa con un seorito: mrelo usted, es aquel que va
delante--contestaba una chula parada delante de la tienda.

--Y la novia?

--Aquella que va all en el medio de todos con una seorita.

--Hermosa pieza! Tiene gusto el seorito. Yo me casara lo mismo con
ella.

--Aja! Mist qu gracia!

--Y contigo tambin, barbiana.

--Ay, que me muero! Buen hombre, perro nuevo y perro viejo, nunca han
hecho buen trebejo.

--Seorita--le deca en tanto Manolita  su madrina,--nunca podr
pagarle el favor que me hace. Razn tena Enrique en deshacerse en
elogios de usted!

--Oh! Por Dios, no me llame usted seorita. Yo soy su prima. Quisiera
que usted me tutease.

--Eso nunca! Lo que voy  pedirle por favor es que cuando estemos en
casa, me deje darle una docena de besos.

Maximina sonri apretando la mano de la chula con afecto.

El cura bendijo la unin de los novios en la sacrista: despus pasaron
 la iglesia y oyeron misa y comulgaron.

Cuando salieron  la calle, eran ya las ocho bien sonadas. La comitiva
haba engrosado notablemente. Pasaran de sesenta las personas que
rodeaban  los desposados. Como en el cuarto de la calle del Bao no
poda tomar chocolate tanta gente, ya se haba decidido das antes que
fuesen al caf de Cervantes, que est cerca de la iglesia. All
entraron, en efecto, y casi lo ocuparon por completo. Las conversaciones
se animaron de tal manera, que al poco rato, apenas se oa nadie.
Enrique, rojo por la emocin, se sent en una mesa con Miguel y empez 
desahogar su pecho con notable verbosidad.

--Ya s yo, Miguel, que podra casarme con una seorita; pero sabes
t?  m no me ha dado nunca por las seoritas. Dicen que es que no
tengo conversacin. Podr ser. Vamos  ver, Miguelillo, no vale ms mi
flamenca que todas las seoritas de alfeique que van  la Castellana? Y
adems, sabe trabajar, lo que no sabe ninguna de esas cursis; y sabe
vivir con dos pesetas al da; y sabe ponerse un paolito en la cabeza,
entiendes? y plantarse en la plaza de la Cebada donde las legumbres son
ms baratas. Y cuando vayamos al teatro no necesito llevarla  un palco
ni  las butacas; con un par de parasos vemos la funcin y quedamos tan
contentos. Y si hace falta, ella misma se guisa la comida; y no necesito
andar con ella todo el da del brazo haciendo visitas. Al pelo, chico!
Mira, yo ahora que estoy en activo, vengo  tener unos cuarenta y tres
duros de paga. El cuarto me cuesta siete. Quedan treinta y seis.
Vivimos, Miguelillo, vivimos! Mi madre me prometi adems ayudarme: me
dar los garbanzos y el chocolate, y alguna cosita por debajo de cuerda,
sabes? Tenemos puesto el cuarto, buen trabajo me ha costado! Hace
cerca de un ao que no tomo caf, ni voy al teatro, ni fumo ms que
pitillos; todo por ahorrar para los dichosos muebles. Hombre, con
decirte que he tirado con un sombrero todo el ao, y que he compuesto
unas botas tres veces! Pero todo lo haca con gusto por mi chulilla, que
vale un Per. Mrala, mrala qu ojazos nos echa!

Era tan comunicativa la alegra de Enrique, que Miguel siempre estaba
contento  su lado.

Este muchacho le haba hecho pensar muchas veces que para ser feliz en
el mundo bastaba crerselo.

An no haban concluido de tomar chocolate, cuando se abrieron las
puertas del caf y penetraron seis  siete menestrales, que formaban con
instrumentos de metal una horrsona y fementida murga, la cual enton
acto continuo un vals  cosa as. Pues en vez de escapar y refugiarse en
la buhardilla, aquella gente la recibi como si fuese la Sociedad de
Conciertos, y se puso  acompaar el vals con la boca y con las
cucharillas, que el mismo diablo no parara all.

Maximina se levant, no por el ruido, sino porque estaba impaciente por
su nio, que acaso ya tendra hambre. Manolita la mir con ojos tmidos
como recordndole su promesa. La esposa de Miguel la abraz y la bes
tiernamente, dicindole al odo:

--Ir usted por casa  conocer  mi chico, verdad?

Cuando marido y mujer salieron del caf iban contentos.

Escuchando de lejos el ruido de la murga y los cnticos, exclam Miguel:

--Qu boda tan feliz la de estos muchachos! No se pronunciarn brindis
ni se leern poesas.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XXI


CON las debidas precauciones, esto es, insinundole
primero la idea vagamente, precisndola despus cada vez ms, comunic
Miguel  su esposa la necesidad de ir  Galicia unos das. Recibi sta
la noticia con espanto; pero viendo que su marido se impacientaba, hizo
un esfuerzo sobre s misma, y se seren, y hasta en lo sucesivo procur
mostrarse alegre. Mas hallndose, como siempre despus de almorzar,
sentada sobre las rodillas de su esposo, mientras el pillo de playa
dorma, y ponindose  hablar de la ropa que el viajero haba de llevar
en su excursin, se le saltaron las lgrimas cuando menos poda
presumirse.

--Qu chiquilla!--dijo Miguel besndola.--Por unos das de separacin!

--No lloro por eso precisamente--respondi ella haciendo esfuerzos por
sonreir.--De pocos das  esta parte tengo unas ideas tan tristes!

--Qu ideas?

--Se me figura que voy  morirme pronto.

--Ave Mara, qu atrocidad! De dnde sacas tales aberraciones?

--No s de dnde--replic la nia sonriendo y resbalndole, sin embargo,
las lgrimas por las mejillas.--Lo que siento es dejar  mi hijo tan
pequeito.

--Vamos, no desbarres!--dijo Miguel con impaciencia.--Esas ideas
lgubres son producidas por la tristeza que mi viaje te ocasiona. Por lo
dems, aunque todos estamos sujetos  la muerte, no hay motivo alguno
para pensar que t ests cerca de ella. Eres una nia de diez y siete
aos. No has estado en tu vida un solo da en la cama, como no sea
ahora, en el parto. Gozas de una salud  toda prueba... Ms natural es
que yo muera antes que t. Te llevo una porcin de aos. Luego tengo una
naturaleza endeble, como sabes...

--Calla, calla!--exclam Maximina abrazndole y llorando
perdidamente.--Yo no quiero oir que te has de morir.

--Pues hija, no hay ms remedio.

--Pues yo no quiero oirlo, no quiero! no quiero!--replic con una
resolucin tan graciosa, que el esposo la cubri de besos.

Al cabo de un rato, y cuando ya haban hablado de otra cosa, Maximina
volvi al mismo tema.

--Si yo me muriese, t te volveras  casar, no es verdad,
Miguel?--dijo con una expresin entre cndida y maliciosa, que ocultaba,
sin embargo, una preocupacin muy seria y viva ansiedad.

--Vuelta  lo mismo! Deja de una vez esas tonteras, querida.

--Te volveras  casar, Miguel?--insisti dejando la sonrisa y
descubriendo su ansiedad.

--Pues bien, voy  hablarte con franqueza. Si t te murieras (que no te
morirs), no te respondo de que en el curso de mi vida no tuviera
relaciones materiales  carnales  como se llamen con otras mujeres;
pero s te respondo y te juro que no me unira en matrimonio con
ninguna. Y esto no slo por el profundsimo y entraable amor que te
tengo, hasta el punto de que hoy eres una parte esencial de mi ser, y si
t me faltases es como si faltase la mitad de mi yo, sino aun por
razones de egosmo. Sera desgraciado con cualquiera otra mujer. Dios te
ha dotado, hermosa ma, de todas, absolutamente de todas las cualidades
necesarias para hacerme feliz.

La nia comprendi bien que aquellas palabras eran sinceras y mir  su
marido con entusiasmo y alegra. La pobrecilla se conformaba de todo
corazn con que se divirtiese, con tal de que no se casara.

Miguel, al pronunciar las ltimas palabras, se haba enternecido. Tapse
los ojos con la mano y volvi la cabeza. Al verle en aquella actitud,
una sonrisa de gozo ilumin el semblante de su esposa.

--Lloras?--le pregunt al odo.

Miguel no contest.

--Lloras?--volvi  decir.--Lloras, s; no me lo niegues.

Y trat de separarle las manos de la cara con infantil curiosidad.

--Quita, quita!

--Djame verte llorar, Miguel.

Y luch con todas sus fuerzas hasta conseguir ver algunas lgrimas en
los ojos de su marido.

--Ests contenta ya?--dijo ste riendo.

Despus de unos instantes de silencio:

--Y t, Maximina?--dijo con acento conmovido.--Te casaras?

--Oh, por Dios!

--Eres muy joven y nada tendra de singular que eso sucediese. Al cabo
de algn tiempo las mismas circunstancias te lo impondran. Acaso tus
parientes te empujaran  ello. Una mujer no est bien sola en el
mundo... Si as fuese, no dudo que amars  tu marido; pero yo te juro
que no le amars tanto como  m. Hay cosas, Maximina, que no vuelven
jams, y una de ellas es el primer amor; mucho menos si este primer amor
ha sido bendecido por el cielo como el tuyo... Fjate en las paredes de
este despacho, conserva en tu memoria indeleble la forma de estos
muebles, el color de la alfombra, la dulzura de ese rayo de sol que
penetra por el trasparente. Todo esto que ahora tiene tan poca
importancia, si yo me muriese la adquirira quiz muy grande: porque los
instantes de dicha que ahora pasamos aqu, t sentada sobre mis
rodillas, yo mirndome en tus ojos, no volveran, Maximina, jams
volveran para ti!

La nia se dej caer sobre el pecho de su esposo oyendo estas palabras,
como una sensitiva que se doblega al ms leve contacto.

--Oh, Miguel de mi vida! Qu te he hecho para que me hables as?

Y los sollozos la ahogaban.

Procur calmarla por cuantos medios estaban  su alcance; mas para
conseguirlo se vi obligado  prometerla solemnemente que no se morira.

Lleg por fin el da de la marcha. Se haba convenido en que, durante la
ausencia de Miguel, Julita vendra  dormir con su cuada. Lo mismo ella
que la brigadiera haban acudido aquella tarde  despedir al viajero.
Era la hora del oscurecer. Miguel, despus de comer apresuradamente y
solo, mand avisar un coche y se prepar  partir. Al dirigirse  su
esposa para besarla, sta se apart bruscamente y corri  ocultarse en
su alcoba.

--Si es tu marido, tonta!--gritle Julita riendo.

Miguel la sigui y buscando  tientas di con ella en un rincn.

--No quieres que te bese, vida ma?

--Oh! s, Miguel; pero all delante de gente me muero de vergenza.

Al meterse en el coche, nuestro joven llevaba el corazn apretado:--Si
no fuese por lo que es, cualquier da me metera yo en estos los, y
sobre todo dejara  mi mujer y  mi nio!--se dijo con cierta
amargura.

Antes de llegar al distrito se detuvo en la capital de la provincia,
donde fu recibido por el gobernador con extremada cordialidad. Era un
joven que acababa de desempear la tarea de segundo  tercer gacetillero
en un diario liberal de la corte. Se deca en la ciudad que sus
conocimientos administrativos acaso podran ser ms slidos sin
inconveniente; pero en cambio, cuando bien se le antojaba, responda en
verso  las comunicaciones, paseaba por las calles de chaqueta y hongo,
convidaba  _manzanilla_  los diputados provinciales la mayor parte de
los das, gastaba bromas con los porteros, y en las sesiones de la
Diputacin se autorizaba algunas veces silbar por lo bajo aires de
_Barba Azul_  _La Gran Duquesa_. Llambase Castro.

En cuanto Miguel se present en el Gobierno civil, le di un abrazo
apretadsimo, como si fuese ntimo amigo, aunque no se haban hablado en
Madrid ms de cuatro veces, y comenz familiarmente  tutearle.
Prometile inmediatamente todo el apoyo oficial.

--Te sacar  flote aunque sea por los pelos, chico. V al distrito y
escribe desde all todo lo que te haga falta, que lo har aunque sea una
barbaridad.

Alegre con este recibimiento, y lisonjeado, tom nuestro hroe al da
siguiente la diligencia para Sern, que distaba unas siete leguas de la
capital. Era un pueblecillo mezquino, pero admirablemente situado cerca
de una ra, cuyas orillas mostraban la vegetacin lujuriante de los
pases clidos, y el fresco verdor de los setentrionales. Los naranjos,
limoneros y laureles de la ribera casi se daban la mano con los
castaares y robledos que se extendan por la falda de las montaas.
Estas eran suaves y verdes en los primeros trminos negras y abruptas en
los ltimos, de suerte que formaban un grandioso cordn que haca ms
pintoresco el paisaje. El grupo de casitas blancas que compona el
pueblo de Sern, estaba envuelto por una tupida faja de rboles, excepto
por la parte de la ra, en cuyas aguas claras y azules se espejaba.

Pues aquel deleitable paraje que pareca un rinconcito del paraso, lo
era del infierno  lo que pudo averiguar inmediatamente Miguel. Sin que
le faltase, como vamos  ver, no una, sino dos serpientes para
atormentar  sus indgenas. Estos se hallaban, desde tiempo inmemorial,
divididos en dos bandos, los de la Casona y los de la Casia, llamados
as porque los primeros se reunan en un edificio grande, oscuro, con
dos torres almenadas, que haba en lo alto del pueblo, y los otros en
una casa de un solo piso, construda con lujo de adornos, hermoso portal
con verja de hierro y dos grandes miradores, sita en el muelle. Tambin
se llamaban los de D. Martn y los de D. Servando; por el nombre de
sus respectivos caudillos. La divisin de estos partidos no se fundaba
en que los unos, los de la Casona, representasen el elemento tradicional
y conservador, y los de la Casia, el novador y liberal, supuesto que
se haba visto varias veces  los primeros defendiendo  los gobiernos
liberales, y  los segundos sostener la causa del candidato moderado. La
pelea estaba encendida solamente por el afn de dominar en el
Ayuntamiento y ser dueos por ende del pueblo. Lo dems les tena sin
cuidado. Sin embargo, no es posible negar que en los de D. Martn haba
tendencias marcadas hacia el absolutismo. En los de D. Servando no se
advertan en cambio hacia la libertad.

Este D. Servando fu quien recibi  Miguel al apearse de la diligencia,
y le llev quieras  no  su casa. Era un hombre grueso, de regular
estatura y que frisara en los sesenta aos. Su rostro, de un color rojo
subido, estaba exornado por cortas patillas grises. Gastaba levita negra
muy larga y hongo negro tambin.

--Tengo el honor de hablar con el Sr. Corcuera?--le pregunt muy fino,
con marcado dejo gallego.

--No, seor, me llamo Miguel Rivera, para servir  usted.

--Est muy bien--respondi, y dirigindose  un mozo en
seguida:--Muchacho, recoge el equipaje del seor y ten cuidado de l: ya
se te avisar dnde has de llevarlo.

--Supongo que ser usted el Sr. Bustelo--se apresur  decir Miguel.

--All, en doblando aquella esquina, hablaremos. Le agradecera que me
hiciese el favor de seguirme.

Y D. Servando se puso  caminar con paso firme y reposado hacia la
esquina indicada. Miguel le sigui, sin comprender lo que aquello
significaba.

Cuando hubieron llegado, D. Servando le dijo sin mirarle y como si
hablase con la mencionada esquina:

--He recibido aviso del seor gobernador de que llegaba usted esta
tarde, y cuento que usted me honre aceptando una modesta habitacin en
mi casa.

--De modo que es usted el Sr. Bustelo?

--Aquella casa que usted ve all, donde hay un carro parado, es la de
usted, mi seor. Tenga la bondad de ir delante, que no tardar en
seguirle.

Miguel hizo lo que le mand sin comprender qu objeto tena aquel
misterio. Despus tampoco lo supo; pero no le sorprendi. La cualidad
predominante de don Servando, la que resplandeca en todos sus actos y
jams le abandonaba, era la cautela. No preguntaba nunca directamente
ms que lo que ya saba: lo que deseaba averiguar, siempre lo haca por
medio de largos rodeos y ocultando bien su deseo. No responda tampoco
jams de una vez y claramente  las preguntas, por insignificantes 
indiferentes que fuesen.  las pocas horas de estar en su compaa,
Miguel se convenci de que era intil tratar de enterarse de nada de lo
que  su persona se refera. Por esta cualidad sobresaliente era
admirado de sus amigos y temido de sus adversarios, en grado sumo.
Hablaba poco y sin mirar al interlocutor.

Despus que hubieron cenado y de haber trado la maleta del husped con
infinitas precauciones, se encerraron los dos en el despacho de D.
Servando, y ste, en menos de una hora, se bebi seis botellas de
cerveza.

--Parece que es usted aficionado  la cerveza, seor Bustelo.

--Phs... as as... prefiero el vino--contest con la gravedad y el
acento gallego que le caracterizaban.

En los das siguientes pudo observar Miguel que apenas probaba el vino.

Uno en pos de otro, y como si se tratase de peligrosa conspiracin,
vinieron  visitar al candidato oficial los partidarios de D. Servando,
los cuales se las prometan muy felices en la eleccin. Sin embargo, no
tard en comprender Miguel que las fuerzas estaban muy equilibradas;
porque si bien, en la que pudiramos llamar regin urbana, esto es, en
el casco de la poblacin de Sern, predominaban los de la Casia, en la
parte rural se hallaban en patente minora. Las fuerzas oficiales
tampoco estaban por entero  su disposicin, pues si el Ayuntamiento de
Sern era suyo, el de otros dos concejos, Ageria y Villabona
pertenecan  D. Martn, y en ellos estaba, sobre todo en el ltimo, la
clave de la eleccin. El General Ros se haba presentado sin oposicin
por este distrito, y desde este momento los partidarios de la Casona
haban rivalizado con los de D. Servando en solicitud y eficacia para
servirle. Tal era la tctica usual entre ellos. Cuando se vean en la
imposibilidad de luchar, humillaban la cabeza y hacan lo posible por
captarse la amistad,  al menos la benevolencia del diputado,  fin de
recabar algunas migajitas de favor que no les pusiera del todo  merced
de sus implacables enemigos. Bien saban por experiencia que si esto
llegaba  suceder, les aguardaba toda clase de vejaciones y algunas
veces el presidio, pues unos y otros se pintaban solos para _empapelar_
al lucero del alba. Gracias  ello, aunque el General se inclinaba  los
de la Casia, no haba consentido que se maltratase  los otros, y aun
haba llegado  dejar en sus manos algunos empleos retribuidos por el
Estado, cosa que alteraba la clera de los amigos de D. Servando, y los
encenda de tal modo, que secretamente murmuraban del Conde y hasta se
proponan vengarse de l en ocasin propicia. As que vean el cielo
abierto teniendo en perspectiva otro diputado que esperaban fuese
enteramente suyo y arrancase de cuajo la influencia de don Martn en el
concejo, al menos, por una larga temporada. Por esta razn, D. Servando
tuvo la precaucin maliciosa de alojarle en su casa,  fin de que ni D.
Martn ni ninguno de los amigos de D. Martn pudieran visitarle.

Al da siguiente de llegar, por la maana, despus de escribir 
Maximina, sali  echar la carta al correo, proponindose al mismo
tiempo recorrer la villa. En la primer calle, que desembocaba en el
muelle, columbr un buzn y  l se dirigi; mas al acercarse observ
que tenia clavada una tabla sobre la abertura. Sigui caminando y algo
ms lejos vi otro; pero sucedi lo mismo,  igualmente en otros tres 
cuatro que acert  ver en distintos parajes del pueblo.

--Quiere usted decirme dnde puedo echar esta carta al correo?... Todos
los buzones que he visto estn clavados--dijo  una domstica que
pasaba.

--Es que la cartera ahora la tiene D. Matas... un comercio de
comestibles que est cerca del muelle, sabe?... No tiene prdida; siga
esta calle abajo y la hallar.

La cartera, en efecto, segn pudo despus averiguar, era uno de los
estados que los dos bandos de Sern se disputaban con encarnizamiento,
pasando alternativamente de las manos de un amigo de D. Martn  las de
otro de D. Servando, y viceversa. Como generalmente eran personas
distintas, porque precisaba contentar  todos, de aqu que muchas de las
casas de Sern se hallasen agujereadas. La cartera estaba dotada con el
sueldo de tres mil quinientos reales al ao.

Caminando por una de las calles tropez con don Servando, el cual le
salud gravemente y trat de pasar de largo.

--Qu hay, Sr. Bustelo, va usted hacia su casa?

--No, seor, no; voy dando una vueltecita. Despus tengo algunos
negocios... Quede con Dios, Sr. de Rivera.

Este se fu  casa, y antes de llegar vi que entraba en ella D.
Servando. Por qu haba mentido? Slo Dios lo sabe.

Al tener noticia de que Miguel haba echado una carta al correo, quedse
lvido el jefe de los de la Casia.

--Cmo... Sr. Rivera... una carta?

--S, seor, una carta--respondi, sin comprender aquella sorpresa.

--Pero no sabe usted, mi seor, que D. Matas es... de los _otros_?

--Y qu?

--Aqu no recibimos ni echamos cartas al correo en la villa; las
enviamos  Malloriz, y all tenemos tambin una persona que recibe las
que nos escriben y nos las remite despus.

--Hombre, qu desconfianza!

--Toda es poca, mi seor; toda es poca.

Tranquilizse al saber que la carta era para su mujer, y acto continuo
le convid  beber una botellita de cerveza. Para el jefe de la Casia
el beber cerveza era una funcin augusta de la vida. Tena espantado al
pueblo porque se deca, quiz con verdad, que beba cinco duros diarios
de este licor. No poco ayudaba tal prodigalidad, verdaderamente horrible
en aquel pas,  mantener su prestigio. D. Servando era el nico rico
que gastaba todas sus rentas en Sern, y eso que estaba soltero.

[imagen decorativa]




XXII


LO primero que los de la Casia exigieron de Miguel para
afianzar su eleccin fu que trabajase para destituir al alcaide de la
crcel, quitar la cartera  D. Matas y el estanquillo  un sujeto
llamado Santiago, todos amigos de don Martn. Y efectivamente, Miguel
escribi al gobernador y  sus amigos de Madrid. A los cinco  seis das
vino la separacin del estanquero y de D. Matas, y poco despus la del
alcaide, nombrndose en su lugar  otras tres personas adictas  la
cerveza de D. Servando. Este, al escuchar la noticia, se dign sonreir y
bebi tres vasos sin respirar. Los amigos vislumbraron en aqulla
sonrisa y en la succin de los tres vasos tanto y tan hondo misterio,
que se miraron henchidos de fe y entusiasmo por su jefe.

Pero los de la Casona estaban envalentonados  pesar de hallarse en la
oposicin, y proclamaban  los cuatro vientos la candidatura de
Corrales, que por haber sido ministro varias veces gozaba de mucha
notoriedad en el pas, aunque no dispusiese de la fuerza oficial.
Verdad que era dueo de los ayuntamientos de Ageria y Villabona y que
la votacin de estos concejos compensaba muy bien la mayora que en
Sern pudieran llevarles sus contrarios. Aunque la eleccin fuese por
sufragio universal, unos y otros tenan perfectamente calculadas sus
fuerzas. Por eso la primera cuestin que se puso sobre el tapete aquella
noche en casa de D. Servando, una vez conseguida la separacin del
alcaide, fu la suspensin de los ayuntamientos citados, la cual deba
llevarse  cabo antes de comenzar el perodo electoral. Hallbanse
discutiendo los medios ms conducentes para conseguir tal propsito,
cuando penetr en la estancia uno de los numerosos espas que D.
Servando tena en el pueblo, y les dijo que D. Martn haba tomado
asiento para el da siguiente en la _Ferrocarrilana_. Honda perturbacin
caus la noticia entre los circunstantes, y desde luego se supuso,
aunque nadie os preguntarlo, que D. Servando le acompaara en el
viaje, pues tal era la costumbre desde tiempo inmemorial. En cuanto D.
Martn se mova del pueblo, su contrincante haca la maleta y le segua
adonde quiera que fuese, suponiendo que cuando marchaba por algo sera,
y este algo no poda ser otra cosa que algn dao para l  para sus
amigos. Cuando don Servando emprenda un viaje, su enemigo D. Martn
haca lo mismo. Todos en la villa conocan la costumbre y nadie se
maravillaba.

En efecto, D. Servando, luego que todos se fueron, mand  su criado 
tomar un asiento de berlina en la _Competencia_. No se despidi de
Miguel, pero lo dej todo prevenido para que no le faltase nada durante
su ausencia, la cual dur dos das. Al cabo de ellos regres,  por
mejor decir, regresaron ambos jefes. Don Martn no haba ido  la
capital ms que  orificarse una muela.

Todos los das reciba Miguel una cartita de sobre cuadrado y hermosa y
grande letra inglesa (la del colegio de Vergara). Maximina no escriba
largo, pero s mucho ms que cuando soltera. Su instinto le deca que
Miguel no poda reirse ya de las nonadas que le contase, sobre todo si
se referan al nio. En todas ellas se adverta un deseo irresistible de
que volviese pronto  sus brazos, aunque procuraba ocultarlo para no
turbarle en sus quehaceres.

Ayer Julita me llev al paseo. Estaba concurrido y ella muy animada. Yo
cuando volv  casa sent una tristeza tan grande que no te la puedo
explicar. Recordaba que la ltima vez que pase por la Castellana fu
contigo, mi vida, mi todo.

La nia de Pasajes, por la influencia de su marido, que no era nada
parco de cariosas palabras, se haba hecho ms expansiva en sus
caricias.  toda mujer amante le pasar lo mismo si tiene un marido como
Miguel, un poco mimoso.

Esta noche me despert sobre las cuatro  las cinco, y sin saber lo que
haca, fu  dar un beso  Julia en el cuello figurndome que eras t.
Antes de hacerlo volv en m: me acometi un dolor tan vivo que estuve
llorando una hora. No s cmo Julia no despert. Perdname que te diga
estas cosas, mi vida, soy una tonta. Lo principal es que te vaya bien
como dices y logres tu deseo. Tiempo nos queda, si Dios quiere, para
estar juntos. No dejes, por Dios, de rezar las oraciones de costumbre al
acostarte.

Cada carta le pona  nuestro candidato melanclico y pensativo para un
rato.--De qu buena gana mandara  paseo  estos cafres y me ira 
dar un abrazo  la hija de mi suegra (que Dios haya!)--se deca
algunas veces.

Pero como el negocio marchaba viento en popa, lo sufra con paciencia.
Escribi  Madrid  varios amigos para que gestionasen la suspensin de
los citados ayuntamientos enemigos. Mendoza, y lo mismo los otros, le
contestaron que el presidente y el Ministro estaban conformes. Sin
embargo, se pasaban los das y la orden no vena.

Otro asunto traan entre manos los de la Casia que les preocupaba,
aunque no tanto como el anterior. Era la carretera desde Sern 
Ageria, que el vecindario de ambos puntos ansiaba que saliese 
subasta. Muchas veces se haba gestionado por ambos bandos sin
resultado: ltimamente el General les haba prometido trabajar hasta
conseguirlo; pero su partida  Alemania frustr las esperanzas de los
partidarios de D. Servando, los cuales esperaban que el distrito les
debiese  ellos el beneficio y no  los de la Casona. Mas hete aqu que
averiguan que stos gestionan activamente en Madrid la subasta por medio
de Corrales, quien como ex-ministro y persona muy conocida en la
poltica, no dejaba de sostener buenas relaciones con los actuales
ministros. Entonces los de la Casia se alarman y obligan  Miguel 
poner en juego otra vez sus influencias para que de ningn modo se
conceda el favor  Corrales y s al candidato oficial que ellos apoyan.
De Madrid responden  Miguel que el negocio est en vas de arreglo: ms
tarde recibe otra carta en que le dicen que el ministro ha prometido
sacarla inmediatamente: despus otra en que le anuncian que la orden
saldra muy pronto en la _Gaceta_. Pasaba, no obstante, lo mismo que con
la de la suspensin. No acababa de llegar.

Y los genzaros de D. Servando, aunque muy confiados en el triunfo, se
iban impacientando y apretaban  Miguel, quien  su vez se impacientaba
mucho ms por sus indirectas, y senta atroces impulsos de decirles una
insolencia.

Una tarde, hallndose como de costumbre bebiendo cerveza en el
escritorio de D. Servando, oyeron la explosin de una bomba en los
aires. Quedaron sbito, graves y silenciosos con el odo atento. Estall
al instante la segunda y uno de los presentes dijo:

--Son cohetes.

--Cohetes  estas horas?

Y las siete  ocho personas que all haba se miraron sorprendidas y no
poco alarmadas, porque los dos bandos vivan en perpetuo sobresalto.

--Hay alguna funcin de iglesia maana?

--No, seor.

--Que salga uno  enterarse...

Salieron dos; los cuales volvieron  los pocos minutos, agitados y
plidos, diciendo con voz temblorosa:

--Los cohetes se estn disparando desde los balcones de la Casona.

--Esos p... han recibido la noticia de la subasta!

La zozobra y el terror se apoder de todos los corazones. Por un
movimiento simultneo volvieron los ojos hacia el jefe, ilustre por su
prudencia.

D. Servando bebi pausadamente dos vasos de cerveza, y despus de
limpiarse repetidas veces los labios con el pauelo, rompi el afanoso
silencio diciendo:

--Alcalde, vaya usted al Ayuntamiento y mande los dos alguaciles  la
Casona  prevenirles que no arrojen ms cohetes. El artculo 62 de las
Ordenanzas municipales prohibe que se arrojen sin permiso de la
autoridad.

Los genzaros dejaron escapar un suspiro de satisfaccin. No en vano
haban depositado su confianza en el astuto caudillo.

Sali el alcalde y quedaron comentando el suceso, esforzndose por
explicar cmo la noticia haba llegado primero  los _otros_ que 
ellos. La opinin general era que les haban hecho una trampa en
correos.

Los amigos de D. Martn, irritados por la prohibicin del alcalde,
reunieron la orquesta del pueblo, compuesta de diez  doce instrumentos,
casi todos de metal, y ofreciendo  los msicos una buena propina,  ms
de un pellejo de vino que se les mostr para animarles, les hicieron
recorrer el pueblo tocando, y luego los situaron en medio de la plaza,
donde comenz  acudir la gente al reclamo: los mozos improvisaron un
baile y hubo vivas  D. Martn y  la carretera.

Nuevo y doloroso conflicto para los de D. Servando, reunidos en
cnclave.

--Alcalde--torn  decir aqul,--mande usted cesar  la msica. Las
Ordenanzas municipales, arts. 59 y 60, previenen que se solicite el
permiso de la autoridad para esta clase de manifestaciones.

Pero los de D. Martn no se acobardaron. En cuanto se les intim la
orden, sintindose fuertes, porque el pblico, ganoso de jolgorio, les
apoyaba, pasaron con la orquesta el puente que hay sobre la ra y que
divide el trmino municipal de Sern del de Ageria por extrao caso.
Una vez fuera de la jurisdiccin del alcalde enemigo, la msica bram y
chill de un modo horrsono, y los de D. Martn, animando  la
muchedumbre  seguirles, volvieron  organizar los bailes y  prorrumpir
en vivas. As pas la tarde en fiesta y jarana, mientras los de la
Casia, reunidos en el escritorio de su jefe, paladeaban, haciendo
muecas de disgusto, el amargor de la derrota.

Y para colmo de desdichas, _El Occidente_, peridico de D. Martn, que
le tocaba salir al da siguiente, los insultaba ms que nunca y se
burlaba de ellos de un modo cruel. En Sern haba dos peridicos
semanales: uno _El Occidente_, de los de la Casona, que apareca los
jueves, y otro _La Crnica_, de D. Servando, que se publicaba los
domingos. Estas eran las dos serpientes  que aludamos al describir el
paraso de Sern. _La Crnica_ estaba escrita casi entera por un
ex-piloto, y por eso en todas sus cuchufletas haba trminos martimos.
 D. Martn sola llamarle el pailebot Martn Pescador, y  su mujer
la fragata de alto bordo doa Manuela, lo cual haca morir de risa 
sus partidarios. _El Occidente_ estaba encomendado  un maestro de
escuela, quien para insultarles rebuscaba los trminos ms estrambticos
del diccionario. Aquel da llamaba  D. Servando tozudo y zorrocloco,
y para Miguel tambin tena algunas alusiones desvergonzadas. El primero
tom su zorrocloco con mucha filosofa; pero el segundo, poco avezado
 las polmicas groseras de los pueblos, se puso fuertemente colorado y
declar que estaba resuelto  abofetear y escupir en la cara al
director de aquel papelucho.

Los amigos de D. Servando se miraron estupefactos.

--Despacio, despacio, mi seor--dijo aqul con la flema de siempre.--No
le aconsejo que haga semejante cosa, porque es el mayor gusto que usted
pudiera darles. El juez de primera instancia es suyo.

--Y qu tenemos que ver aqu con el juez? Se trata de un asunto de
honra que se resolver pegndonos ese individuo y yo una estocada  un
tiro.

Los circunstantes se miraron an con mayor susto. En Sern eran
desconocidos en absoluto semejantes procedimientos, y por consiguiente,
no haba que pensar en que nadie se batiera. Si ejecutaba lo que haba
anunciado, Miguel corra gravsimo riesgo de ir  la crcel y aun de ser
incapacitado. Convencido  la postre, renunci  su proyecto, aunque de
mala gana.

No rieron mucho tiempo los de la Casona. A los tres das lleg la orden
de suspensin de los Ayuntamientos de Villabona y Ageria. Entonces s
que hubo jarana y cerveza en la Casia! D. Servando, para dar matraca 
sus enemigos, hizo salir  la msica y la tuvo doce horas cencerreando
por las calles. Aquel da no qued ni un solo cohete por disparar en
Sern.

Con este golpe qued asegurada por completo la eleccin de Miguel. Los
de la Casona as lo comprendieron, y con las orejas cadas empezaron
como siempre  gestionar el indulto. Faltaban solo nueve das para
abrirse el perodo electoral.

Mas aqu conviene, como nunca, exclamar con el poeta:

     Oh instabilidad, mudanza cierta!
    Quin habr que en sus males no te espere?
    Quin habr que en sus bienes no te tema?

Dos das antes de empezar dicho perodo, cuando los partidarios de la
Casia andaban alegres y descuidados, y mustios y emberrenchinados los
de la Casona; cuando se susurraba y aun se daba por segura la retirada
de Corrales, y Miguel se dispona  regresar  la corte, pues su
presencia ya no era necesaria en el distrito, he aqu que cae en Sern,
como una bomba, la noticia de haber sido repuestos los Ayuntamientos
suspensos. Por desgracia la noticia era exacta. Los amigos de D.
Servando, despus que se hubieron repuesto un poco de la sorpresa (pues
en un principio ni acertaban  hablar siquiera), convinieron en que era
una equivocacin  haba pasado algo gordo en Madrid. Como no haba
telgrafo para entenderse con el Gobernador, Miguel decidi, acto
continuo, alquilar un coche y plantarse  escape en la capital.

 pesar de la cordialidad con que le recibi, de los abrazos efusivos y
la sonrisa campechana, nuestro candidato vi claramente en los ojos del
Gobernador que algo tena en la trastienda y desde luego se propuso
sacarlo  luz cuanto antes. Comenz, pues,  estrecharle con preguntas,
 las cuales el jefe civil de la provincia contestaba en trminos vagos.
Nada saba de las causas de aquella reposicin. Acaso surgiran
dificultades en el Consejo de Estado... Acaso el ministro considerara
innecesaria la suspensin para ganar las elecciones...

--Si el ministro lo ha hecho por s solo, sin el acuerdo del Presidente,
no ha obrado bien. T crees que el Presidente tiene noticia de lo que
ocurre?--pregunt Miguel.

--Hombre, yo no s...

--Es que tengo su palabra terminante de que el Gobierno me apoyar con
todas las fuerzas de que dispone. Sin esta palabra nunca me hubiera
presentado candidato por un distrito que no conoca...

--Chico, no s... no s...

--Castro--dijo Miguel apretndole fuertemente una mano y mirndole con
severa fijeza.--Eres mi amigo, y vas  decirme la verdad... Qu ocurre?

--Ya comprenders que mi posicin no me permite hablarte con franqueza.
Si pudiera lo hara.

-- eres  no mi amigo. Dme lo que ocurre--insisti Miguel con energa.

--Pues bien, si me das tu palabra de caballero de que no hars uso
ninguno de ello, te lo dir.

--Te la doy.

--Mira que te obligas  mucho!

--Te la doy. Habla.

--Quedamos en que no hars nada que signifique que sabes lo que voy 
revelarte... Observando desde hace algn tiempo, y sobre todo en estos
ltimos das, que respecto  tu eleccin el ministro cerdeaba bastante,
y sabiendo la amistad que te une al Presidente y las conferencias que
con l has tenido, quise consultar con ste para saber de una vez  qu
atenerme. Ayer telegrafi  su secretario. Mira la contestacin que he
recibido.

El Gobernador mostr un telegrama descifrado ya que deca:

Candidato oficial.--D. Miguel Rivera.

Diputado.--D. Manuel Corrales.

Miguel lo retuvo algn tiempo entre las manos. Dibujse en sus labios
una sonrisa triste  irnica.

--Est bien--dijo, arrojndolo sobre la mesa.--Una pedrada ms de las
muchas que el mundo me ha tirado.

--Lo siento en el alma, chico. El Presidente se habr visto apretado;
porque ya ves, Corrales es una persona muy importante de la situacin
pasada... Maana puede ser ministro... y la poltica es as, chico...
Hoy por t y maana por m.

--S, s, ya veo cmo es la poltica. El Presidente me ha dado su
palabra de caballero de apoyar mi candidatura frente  la de Corrales:
me ha hecho escribir una porcin de cartas y mover numerosas relaciones;
me ha obligado, ltimamente,  separarme de mi mujer y mi hijo. El
Presidente haca todo esto, por lo visto, con la intencin de venderme.
Yo no s qu nombre tiene esto en poltica; pero en castellano, s que
se llama _una bajeza_, _una vileza_ (recalcando las palabras)... Queda
con Dios, chico--aadi alargndole la mano.--Te agradecer siempre, de
todos modos, lo que por m has hecho y la buena acogida que me has
dispensado.

--Oyes--le dijo el Gobernador cuando ya sala.--Se me olvidaba decirte
que aqu se ha recibido un telegrama para t que debe de ser de tu
familia.

Miguel se sobresalt.

--Qu dice?

--Aqu debe estar; toma.

El parte era de su madrastra, y deca:--Vente inmediatamente. Te
necesito para un negocio urgentsimo.

Hasta cierto punto, le tranquiliz su contenido, porque, si estuviera
enfermo alguno, lo dira. Pero como de todas suertes daba lugar  dudas,
agitado y triste se meti aquella misma tarde en la diligencia con
direccin  Madrid.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XXIII


LA cortesa exquisita, abrumadora, de D. Alfonso
Saavedra, sus atenciones delicadas con todo el mundo, sus modales
respetuosos con las damas, ocultaban una soberbia satnica y una
impudencia ilimitada. Desde muy temprano se haba hecho eje del mundo,
segn la expresin vulgar, y profesaba el desprecio absoluto de la
humanidad. Entre los jvenes ricos, hijos de familias aristocrticas, no
es rara esta conducta. El desprecio de todo es la nica moda que no
vara nunca entre ellos. Pero la mayora no saben pasar de aqu, y
llenos de celo, no ambicionan otra cosa que poder manifestar  sus
semejantes, en cuantas ocasiones se presentan, este nobilsimo desdn,
que forma parte integrante de su soberana. Mas tal adorable ingenuidad
les suele acarrear disgustillos  veces. Y aun se da el caso de que su
desprecio no sea bien apreciado y comprendido; porque entre las muchas y
ridculas manas que padece la humanidad, una de ellas es la de que no
se la desprecie. Y no vale razonar este desprecio diciendo: Yo debo
noventa mil duros; soy vizconde y tengo mucha nuez; juego
portentosamente al bacarrat; un antepasado mo calzaba las botas 
Felipe II; guo un carruaje como el mejor mayoral y hace pocos das,
entre otro vizconde y yo tomamos el pelo  un sabio en casa de
Vallehermoso; llevo unos pantalones tan notables que obligan  volver la
vista  los transeuntes y estoy enredado con una bailarina del Real, 
quien pagan otros. Nada; la humanidad se empea en no reconocer la
gravedad  importancia de los motivos que estos preclaros jvenes alegan
para despreciarla.

D. Alfonso, ms cauto por naturaleza y ms experimentado tambin por su
estancia en pases extranjeros, comprenda que era conveniente transigir
con tal mana; pero en el fondo profesaba las mismas ideas. Aquel
precepto de la filosofa kantiana, muy  la moda entonces: No tomes 
la humanidad como medio, sino como fin era para l letra muerta.

Despus del fracaso del Retiro, aunque herido en lo ms hondo y lo ms
vivo de su orgullo, supo disimular perfectamente, y si no se present
ms en casa de Miguel no fu porque su resentimiento se lo estorbase,
sino por el temor de que Maximina, prevenida ya, tomase una violenta
resolucin que le comprometiese. No conoca bien su carcter. Cuando
hall al matrimonio, por casualidad, en la calle, estuvo tan fino y
atento como siempre, disculpando su ausencia prolongada muy donosamente
con un to que le haba salido de repente y cuya descripcin viva y
acabada les hizo. Saavedra, sin tener ingenio ni instruccin, posea
cierta entonacin burlona y algo cmica que provocaba la risa, y tambin
un poco de repulsin hacia su persona. Cuando acababa de disecar 
algn amigo, la impresin que quedaba en los oyentes era penosa.
Maximina, al tropezar con l se haba puesto como una cereza y le cost
grandsimo trabajo serenarse. Por fortuna, Miguel no lo advirti.

El da mismo que ste se marchaba  Galicia, volvi  ver  Saavedra en
el Ateneo, adonde sola acudir algunas veces el lechuguino  leer los
peridicos franceses. Dile cuenta de su viaje y se despidi. D. Alfonso
qued largo rato sentado en un divn. Una arruga cada vez ms profunda
se le fu sealando en la frente. Despus, repentinamente, se deshizo la
arruga, adquiri el rostro la expresin indiferente y desdeosa de
siempre y se levant. Algo qued resuelto debajo de aquella frente; algo
que tena poco que ver con el mandamiento de Kant y menos con los de la
ley de Dios.

En casa de la ta se enter de que Julita ira  dormir con su cuada y
la acompaara todo el tiempo que le dejaran libre sus ocupaciones.
Estas se reducan casi  las lecciones de piano y canto. Por nada en el
mundo permitira la brigadiera que dejase un slo da de teclear las
cuatro horas de reglamento y de hacer los gorgoritos sealados. D.
Alfonso pas cuatro  cinco das meditando, espiando entradas y salidas,
combinando planes. En este tiempo se mostr ms amable que nunca y ms
rendido con su prima; pero rehus acompaarla  casa de Miguel alegando
diferentes pretextos.

Los sbados almorzaba siempre en casa de la brigadiera. El primero que
le toc, despus de la marcha de Miguel, Julita, aunque almorzaba
siempre con su cuada, vino  casa por honrar al primo y porque ya no le
era posible disimular el arrebatado amor que le profesaba. Durante el
almuerzo estuvo jovial y divertido como siempre. Sin embargo, los ojos
amantes de Julita creyeron advertir en sus ademanes cierta inquietud,
como si estuviese preocupado con alguna idea. Naturalmente, la achac 
lo que ms le convena; al amor, cada vez ms receloso y ms ardiente,
que su primo la demostraba. Cuando hubieron terminado, ste la pregunt
en tono indiferente:

--Viene hoy el profesor de piano?

--S,  las cuatro.

--Entonces no volvers  casa de Maximina hasta que hayas dado la
leccin--volvi  decir con ms indiferencia si cabe.

--Desde luego: no es cosa de andar yendo y viniendo--contest la
brigadiera.

Pasaron al gabinete, y Julita se sent al piano y don Alfonso al lado de
ella. Las ternezas que el primo la susurraba apagbalas la gentil
chiquilla con un _forte_ oportuno.

--Hoy te brillan los ojos de un modo, Julia, que si algo te faltase por
quemar en mi corazn, habra que tocar  fuego ahora mismo.

--Pedal, pedal!--gritaba la nia riendo, y sofocaba las ltimas
palabras del lechuguino con un horrsono tecleo.

Levantaba de nuevo su piececito del pedal y comenzaba  tocar
nuevamente. D. Alfonso aprovechaba algn _morrendo_ para decir:

--Julita, te adoro; te quiero ms que  mi vida...

--Pedal! Pedal!--tornaba  exclamar la nia; y no le dejaba concluir.

Mas al poco rato de hallarse de aquella suerte embebidos, D. Alfonso
exclam, llevndose una mano  la frente:

--Oh, qu desgracia!

--Qu hay?

--Que mi to se marcha hoy para Sevilla y an no he estado en casa del
notario  arreglar los papeles de mam.

--Qu cabeza de chorlito! Anda, ve  recogerlos; tienes tiempo.

--Oh, si se tratase de recoger solamente!... Tengo que examinar buena
porcin de ellos y echar algunas firmas.

--Corre entonces, haragn... corre!... De seguro que tu mam me va 
echar  m la culpa de tus distracciones.

Julita dijo esto fingiendo enfado; mas sin poder ocultar el placer que
el supuesto le causaba.

--Yo que iba  pasar una tarde tan deliciosa! Meterme ahora en el
archivo de un notario  comer polvo y  calentarme la cabeza!

--Anda, anda; lo primero es lo primero... De todos modos, llevabas
camino de decir muchas mentiras esta tarde.

--Verdades como puos, prima divina.

--Vete, vete, embustero!

La berlina, segn haba ordenado al cochero, le esperaba en la esquina
de la calle. Encendi un cigarro habano y dijo cerrando la portezuela:

--A casa de los Sres. de Rivera.

Cualquiera que le hubiera visto reclinado en el fondo del carruaje con
el cigarro entre los dientes, le diputara por un elegante aburrido que
iba  dar una vuelta por la Castellana.

No obstante, la misma arruga, signo de intensas cavilaciones, que haba
aparecido en su frente cuando se despidi de Miguel en el Ateneo,
surcbala ahora, quizs ms honda y ms oscura.

--A las seis, como siempre, en el Suizo--dijo al auriga bajndose del
coche.

Y con lento paso, el semblante algo plido, penetr en el portal de la
casa de Miguel y subi la escalera.

Tir de la campanilla con fuerza, como amigo familiar y mimado.

Sali  abrirle Plcida.

--Seorito, buenos ojos le vean!--exclam con la simpata que inspiran
 las domsticas las visitas de la casa, cuando son buenos mozos.

--Hola, chiquita--dijo el caballero con acento protector, dndole una
palmadita en la mejilla.--Tu amo?...

--Pero no sabe que el seorito se ha ido el lunes  Galicia? Bien se
conoce que ya no ensucia la escalera de esta casa con el polvo de sus
botas!

--La seorita?--pregunt el elegante con gesto distrado, colocando, al
propio tiempo, el bastn y el sombrero en el perchero.

--En su gabinete est cosiendo... Quiere que la avise?

--No hay necesidad--replic avanzando resueltamente hacia la sala, y
abriendo la puerta del gabinete.

Maximina cosa alguna ropa del nio, mientras ste, ajeno enteramente 
las luchas polticas en que estaba metido su pap, dorma en la alcoba
ocupando dos cuartas cuadradas del gran lecho conyugal. El pensamiento
de la nia volaba por encima de la blanca cabeza del Guadarrama,
atravesaba los yermos campos de Castilla,  iba  perderse en las
frondosas arboledas de Galicia. Tendr bastantes calcetines?--se
preguntaba en aquel momento. Esta era la grave preocupacin de Maximina
desde que su esposo se haba ido. Ocho pares, no bastan, no pueden
bastar, mudndoselos todos los das como l acostumbra. En aquel pas
creo que no se lava la ropa  menudo. Ay, Dios mo, y si llueve y se
humedece los pies, cmo se los va  mudar dos  tres veces al da como
hace aqu?... Estoy segura de que no se le ocurre comprarlos... Es ms
dejado!...

Son el pestillo de la puerta. Al levantar la cabeza, sus ojos se
encontraron con los de D. Alfonso.

Es difcil figurarse la sorpresa que aquella aparicin repentina caus 
Maximina, y el susto y el terror que de ella se apoderaron. Se puso
plida hasta dar en lvida, despus fuertemente colorada, despus otra
vez plida; todo en obra de muy cortos momentos.

Saavedra cerr la puerta y le alarg la mano con gran desembarazo.

--Cmo est usted, Maximina?

sta apenas pudo articular la contestacin. Su mano temblaba
fuertemente.

--Qu es eso, tiembla usted?--dijo el caballero retenindola un momento
en la suya.

Nada contest.

--Si fuese un enemigo el que aqu entrase, comprendo ese temblor; pero
siendo un amigo tan apasionado... tan estpidamente apasionado como yo
lo soy de usted... Digo mal en llamarme su amigo: mejor hara en
llamarme su esclavo, porque desde hace mucho tiempo ejerce usted sobre
m un dominio absoluto.

El rostro de la nia estaba contrado por una sonrisa, que ms pareca
mueca de terror. Sus ojos expresaban el mismo espanto. Quiso decir algo,
pero la voz expir en su garganta.

--El ltimo da que habl con usted, Maximina--sigui diciendo el
andaluz, despus de sentarse  su lado,--me aventur  manifestarle algo
de lo que pasaba dentro de mi corazn. Acaso haya cometido una tontera;
pero el paso est dado y no puedo volverme atrs. Necesito completar
hoy lo que entonces no hice ms que indicarle; necesito expresarle 
usted, aunque sea bien difcil, el amor, la idolatra que usted me
inspira, las terribles congojas que desde hace un mes he experimentado,
el estado de verdadera locura  que su crueldad me ha conducido...

Maximina segua muda. Pareca la estatua de la desolacin.

--Voy  contrselo  usted todo, todo! No es verdad que me perdonar
usted, hermosa Maximina?

Y el osado caballero pronunci estas palabras con voz insinuante,
melosa, apoyando suavemente al mismo tiempo la palma de su mano sobre el
dorso de la de Maximina. Esta la retir como si la hubiese tocado un
animal inmundo, y ponindose de pie como empujada por un resorte, corri
 la puerta, la abri y entr en la sala. D. Alfonso la sigui y la
retuvo por un brazo. Ella entonces, sacudindose con fuerza singular, se
desprendi; pero en vez de huir se qued frente  frente de l con las
mejillas inflamadas y mirndole con unos extraviados ojos que daban
miedo.

La verdad es que entre las muchas actitudes que haba imaginado que la
esposa de Miguel poda tomar, nunca haba podido Saavedra representarse
aquella. Esperaba repulsas, frases de indignacin, hasta injurias, y
tena preparado para este caso un continente fro y sosegado: esperaba
la orden de irse inmediatamente, la amenaza de gritar, y tambin tena
aparejado lo que haba de decir para apaciguarla inmediatamente: por
ltimo, all en el fondo del alma, su presuncin le adulaba dicindole
que Maximina no podra resistir mucho tiempo  su atractivo y  su
gloria de seductor. Mas aquellas extraas huidas, intempestivas, aquel
mudo terror, le sorprendieron y un poco le desconcertaron.

--Qu va usted  hacer, Maximina?--le dijo, aunque la nia no deca
nada; pero le convena prevenirla para cualquier evento.--Si usted grita
 llama  sus criadas, se compromete usted muy seriamente; habr un
escndalo, se enterar todo el mundo, incluso su marido, y usted ir
perdiendo mucho ms de lo que se figura... Vamos, sea usted
razonable,--aadi en el tono meloso que haba usado antes, y
acercndose  ella.--La cosa no es para tomada de ese modo trgico. Que
yo est enamorado de usted perdidamente, no tiene nada de particular, ni
tengo culpa de ello, sino Dios que la ha hecho tan hermosa, tan dulce,
tan simptica... Y que usted me concediera un pequeo favor... que me
permita besarla una mano en pago de tanta adoracin, de tantas amarguras
y tristezas como en este ltimo mes he pasado, creo que tampoco tendra
mucho de extrao. Sera en usted, no una prueba de amor, que ya s que
no la merezco, sino de su caridad, de su carcter bondadoso, que ni an
en ocasiones como sta puede desmentirse. Este favor, que aunque
insignificante para el mundo y para la conciencia, para m sera
inmenso, quedara secreto hasta la muerte entre los dos... Mi
agradecimiento por l sera eterno... Vamos, hermosa Maximina, no
desmienta usted su bondad... Se lo pido  usted de rodillas. Djeme
usted poner los labios en su mano y me marcho tranquilo y feliz...
Quiere usted ms humildad?

El audaz, cuanto astuto caballero, al pronunciar estas ltimas palabras,
haba doblado, en efecto, la rodilla, y se apoder de una mano de la
nia. Pero sta se la arranc con sorprendente braveza y ech una mirada
de angustia en torno, como buscando socorro. Despus huy como un
relmpago al despacho de Miguel. D. Alfonso la sigui tambin corriendo.
La nia se acorral detrs de la mesa y volvi  arrojarle aquella
pavorosa y extraviada mirada, propia, en realidad, de una loca.

Miguel haba dejado sobre la mesa, abierto, su estuche de navajas de
afeitar, y la que haba usado, encima de l, abierta tambin. Por un
refinamiento amoroso, Maximina no haba querido tocar en estos objetos,
ni que nadie tocase, dejndolos as hasta su regreso. Rpidamente se
apoder de aquella navaja, y acercndosela  su cuello dijo con voz
ronca:

--Si usted me toca otra vez, me mato! Me mato!

Fueron las primeras palabras que salieron de su boca en aquella escena,
que dur pocos minutos.

El acento con que las pronunci y la mirada con que las acompa, no
daban lugar  duda. Aunque no llegase  matarse, Saavedra comprendi que
se dara una cuchillada, correra la sangre y habra en la casa un serio
conflicto del cual no saldra bien librado. Por eso se apresur  decir:

--No la tocar. Pierda usted cuidado.--Y luego aadi con sonrisa
irnica, en tono que rebosaba de despecho:--Vaya, vaya; donde menos se
piensa salta una Lucrecia. Si fuese pintor, Maximina, la retratara 
usted as, con el brazo levantado, y la mandara  la exposicin. Un
poco prosaico es eso de la navaja; pero tales son los tiempos. Las
Lucrecias ahora, en vez de pual cincelado, gastan navaja de afeitar.

Quiz el desabrido tenorio hubiera seguido dirigiendo  su pretendida
vctima otras groseras y cobardes burlas como estas: mas en aquel
momento el odo de Maximina percibi hacia el gabinete el blando y
levsimo quejido del nio que se despertaba. Era tan leve, que slo una
madre poda oirlo  aquella distancia.

Solt la navaja y exclam:

--Hijo de mi alma, all voy!

Pas como una saeta por delante de D. Alfonso. Si ste tratase de
retenerla, es casi seguro, dado el mpetu que llevaba y su robusta
musculatura, que le hubiera volcado.

No pens en semejante cosa el caballero. Lo que hizo fu girar sobre los
talones, tomar el sombrero y marcharse  esparcir su mal humor y
despecho  la Castellana.

Maximina se seren pronto. Sin embargo, pocas horas despus comenz 
sentir un fro intenso que la oblig  meterse en la cama y  pedir una
taza de tila. Al da siguiente estaba ya buena. Pens en escribir 
Miguel rogndole que viniese; mas en seguida comprendi que se vera
obligada  darle alguna razn, y no la tena. Y si sospechaba algo y la
forzaba  declarar lo que haba pasado? De seguro se desafiara con
Saavedra, y como ste era un espadachn, le matara.

--Oh! Primero me matara yo que decrselo!

Y la fiel esposa, al pensarlo, se estremeci de horror.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XXIV


HA fracasado la primera parte de mi plan: vamos  ver si
en la segunda soy ms feliz--se dijo D. Alfonso al salir de casa de
Miguel.

Pas aquella tarde, mientras su mirada vagaba perdida por la balumba de
coches que trotaban por la Castellana, meditando odiosos y atrevidsimos
proyectos, que pronto vamos  conocer.

En los das que siguieron comenz  mostrarse ms rendido y apasionado
con su prima, pasando largas horas en su compaa. No le faltaba ya 
Julita ms que este sbito ardor de su galn para volverse loca. La
aspereza de su temperamento inquieto y bravo se haba trocado haca
tiempo en mansedumbre. D. Alfonso, gracias al vituperable descuido de la
brigadiera, usaba con ella ciertas libertades, inocentes s, pero muy
peligrosas. Cuando la hubo hecho su esclava, le dijo un da:

--Julita, quieres casarte conmigo?

--Qu preguntas!--exclam la nia, ponindose como una amapola.

--Bien; quedamos en que me aceptas por marido.

--Quin te ha dicho eso, majadero?

--Me lo has dicho con esos ojos pcaros, desde que te conoc. No lo
niegues, Julia.

--Tonto! tonto! insufrible!--exclam la nia, queriendo enfadarse.

--No hablemos ms de eso. Negocio concludo. En principio convenimos
ambos, la Srta. D. Julia Rivera, por una parte, y D. Alfonso Saavedra,
por otra, en que queremos casarnos. Ahora: medios para llevar  cabo
nuestro proyecto. Yo he cumplido ya los veinticinco aos (si no lo
sabas, ahora lo sabes) (Julia se re). Por consiguiente, la ley me
autoriza para casarme cuando se me antoje, sin permiso de mi madre. No
obstante, este permiso es para m indispensable, primero, por el cario
frentico que me profesa, por el deber en que estoy de no contrariarla 
causarla disgustos que la pobre no merece; segundo, por una
consideracin egosta que es tambin muy atendible. Yo he sido un pillo,
Julita, un prdigo que se ha gastado en pocos aos la fortuna heredada
de su padre. El resultado de esto es que hoy me encuentro  merced de mi
madre, la cual, en honor de la verdad, no ha sido hasta ahora tacaa
conmigo. Pero como t comprenders, no s lo que sucedera si me casase
contra su gusto. Ahora bien, lo confieso con vergenza, yo no estoy
acostumbrado  trabajar, ni aunque fuese tal mi deseo, sabra en qu
ocuparme. Necesitamos, pues, contar con mam para casarnos. Maana mismo
la escribir, y si, como presumo, no se opone  nuestra boda, podemos
desde luego sealar la poca para ella.

Qu noche de insomnio aqulla para Julita! Y sin embargo, qu noche
tan feliz!

D. Alfonso daba por seguro su matrimonio, y hablaba de l como si ya
estuviera hecho. Las conversaciones que sostuvieron en los cuatro das
trascurridos entre la carta y la contestacin, versaron casi todas
acerca de los preparativos necesarios para la boda, lo que haran
despus de unidos, etc. Se esperaba con impaciencia la bendicin de la
mam de Sevilla. En cuanto  la brigadiera, como D. Alfonso era su ojo
derecho, no se haba pensado en ella siquiera. Por consejo de aqul,
Julita no le haba dicho una palabra todava.

Lleg al fin la carta. Nunca hubiese llegado! Saavedra entr en casa de
su ta con el semblante plido y ojeroso y una mortal tristeza pintada
en l. Para este efecto teatral haba pasado una noche de crpula
previamente. Julia tambin se puso demudada al verle, pues en seguida
entendi lo que pasaba. Cuando se hubieron sentado junto al piano, sitio
donde mantenan casi todas sus conversaciones secretas, exclam el
caballero con acento dolorido, metiendo el rostro entre las manos:

--Qu desgraciado soy, Julia!

sta call unos instantes, y despus dijo:

--Tu madre no quiere que nos casemos, verdad?

D. Alfonso no respondi.

Rein silencio por largo rato. Julita lo rompi al fin con voz
temblorosa.

--No te aflijas as, Alfonso. En vez de darme nimos me los quitas.

--Tienes razn, hermosa ma: hasta en esto soy un egosta. Debiera
considerar que adems del dolor que sentirs como yo, si me quieres, 
ti se te hace una ofensa...

--No, no--se apresur  decir la joven,--no siento la ofensa. Mi
sentimiento es nicamente por no ser tuya.

Saavedra le dirigi una mirada de amor fascinadora y la apret
fuertemente la mano.

--Mam no habla mal de ti. Si algo dijera que pudiera ofenderte, ya
sabra yo contestar... Mejor ser que t misma leas su carta--dijo
sacndola del bolsillo.

Esta carta escrita por el mismo Saavedra imitando la letra de su madre y
remitida  un amigo de Sevilla, para que de all se la mandase, era un
documento notable por su malicia. No se mentaba  Julita en ella. La
mam se lamentaba vivamente porque haba soado para su hijo un partido
brillante; bien saba l cual era. Que sta haba sido la ilusin de
toda su vida; que haba soltado la palabra y todos los parientes estaban
ya en ello: en fin, que estando muy vieja y achacosa, aquel disgusto la
causara seguramente la muerte.

El efecto que esta carta produjo en la joven fu el que tena calculado
su autor. En vez de templar el fuego, lo hizo crecer notablemente. Los
celos eran la mejor lea para el caso.

--Quin es esa mujer con la cual quieren casarte, Alfonso?--dijo Julita
tmidamente, mientras gruesas lgrimas le rodaban por las mejillas.

--No s, no s, djame!--exclam l con tono desesperado.

--Dmelo, Alfonso: lo deseo vivamente.

--Qu importa quien sea. Yo la odio, la detesto.

--De todos modos, quiero saber cmo se llama.

--Es la condesa de San Clemente.

--Es joven?

--Mucho ms vieja que t: tiene lo menos veinticinco  veintisis aos.

--Es bonita?

--Qu s yo! Tanto la doy porque sea fea  bonita.

--Pero es bonita?

--Dicen que s; pero ya te digo que  m no me importa nada.

Guard silencio prolongado la nia. Su corazn lata apresuradamente. Al
cabo de un rato dijo con acento melanclico clavando al mismo tiempo en
su amante una mirada ansiosa:

--Concluirn por convencerte, Alfonso. Al fin parars en casarte con
ella.

El caballero andaluz levant hacia ella su vista airada y exclam con
energa:

--Antes me haran pedazos que tal sucediese!

--No puedes asegurar nada--replic ella mirndole con la misma
zozobra.--Irn trabajando, trabajando sobre ti, te enredarn de tal
modo, que al cabo no tendrs ms remedio que sucumbir.

--No, no: te juro que no!... Vamos, no me hables ms de eso, Julita,
porque es una conversacin que me incomoda.

Los ojos de la joven brillaron con alegra un momento. Despus volvieron
 expresar el mismo abatimiento.

Transcurrieron cinco  seis das. D. Alfonso redoblaba sus
manifestaciones de cario. Pesaba, no obstante, sobre los amantes un
disgusto tan abrumador, que les obligaba  mantenerse largos ratos
silenciosos con la cabeza baja y los ojos en el vaco. Julita lloraba 
menudo, y Saavedra, enternecido tambin, haca esfuerzos intiles por
consolarla. La verdad es que no vean salida para sus penas. El
horizonte se mostraba enteramente cerrado y oscuro.

--Yo no tengo carrera ninguna: no s trabajar--deca el caballero.--Si
nos casramos nos moriramos de hambre... Este es el resultado de
haberme educado para rico!

Tanto como morirse de hambre, no lo creo--responda Julita ponindose
muy colorada.--Mam y yo no somos ricas, pero podemos vivir
decentemente... Claro est que para t, acostumbrado  otra clase de
vida, esto sera muy duro... pero...

--Oh, no me hables de eso, Julia!--exclam el caballero con el gesto de
un hombre herido en su dignidad.--Es rebajarme demasiado creer que yo
puedo consentir en que me mantengis... Pero aunque perdiese el decoro
hasta ese punto, tampoco lo hara, porque no quiero matar  mi madre.

La nia se call y aparecieron como otras veces algunas lgrimas en sus
mejillas.

--Sospecha algo tu madre de lo que nos est pasando?

--No.

--Pues ten mucho cuidado. Ya sabes cmo es su genio. Si se enterase de
que mam se opone, lo echara todo  rodar y no me consentira poner ms
los pies en esta casa.

Una tarde, pasados ya bastantes das, lleg el caballero con la faz ms
despejada que los anteriores. En vez de sentarse cerca del piano, fueron
los amantes  colocarse en pie en el hueco del balcn. Despus de
pintarle las cosas muy negras, como siempre, y de lamentarse largo rato,
D. Alfonso dijo  su prima:

--Como en todo el da y toda la noche no pienso ms que en esto, querida
Julia, se me han ocurrido ya algunos medios de salir del conflicto. No
te los he dicho porque son muy disparatados. Sin embargo, esta noche
dando vueltas en la cama sin poder dormir, me vino  la imaginacin uno
muy seguro, pero muy atrevido... tanto, que tengo miedo decrtelo.

--Tan malo es?

--Malo no; atrevido. Exige de t desprecio  ciertas convenciones
sociales y una gran fuerza de voluntad.

--Vamos, dilo: tengo ya curiosidad de conocerlo.

--Pues bien, Julia; mam, aunque te la representes como una mujer dura,
por tus recuerdos de la niez, y porque en realidad tiene un exterior
fro y grave que previene en contra suya, no deja de tener un corazn
muy bueno. Me ha dado pruebas inequvocas de ello, perdonndome  veces
demasiado pronto faltas gravsimas. Es un carcter orgulloso como el de
tu mam; pero estos caracteres son los ms fciles de vencer. Basta
humillarse para que cedan... Pensaba yo esta noche:--Si Julia se
atreviese  dar un golpe decisivo,  escaparse conmigo  Sevilla y
presentarnos  ella, tengo la seguridad que no vacilara en perdonarnos
y darnos su bendicin. Ninguna mujer, por mala que sea, consiente en
dejar deshonrada  la hija de una prima hermana.

--Ese proyecto es una locura. Parece mentira que t me propongas
semejante atrocidad!

--Yo no te lo propongo: no hago ms que referirte un pensamiento que me
ha ocurrido. Si  t no te cuento lo que siente mi corazn y lo que
cruza por mi mente,  quin se lo he de contar, Julia ma?

--Eso es lo ltimo que debas pensar.

--Tengo pensado tanto, que no es extrao que ya piense lo ltimo! El
proyecto ser atrevidsimo, violento y repugnante para t, pero no una
locura como dices. Es un medio seguro, infalible, de conseguir nuestro
objeto.

--Pues aunque sea seguro, infalible, yo no le acepto lo oyes bien?

D. Alfonso no se di por vencido. Continu discutiendo sin perder la
calma, aduciendo razones, poniendo numerosos ejemplos que traa
preparados, destruyendo de mil maosos modos los escrpulos de Julia.
Pero cuando la joven se vea acorralada, envuelta en las redes de la
sofistera de su amante, se encolerizaba de pronto y exclamaba:

--Bien, ser lo que t dices; pero yo no quiero, no quiero, y basta.

Julia, aunque dotada de un carcter ligero  impetuoso, no tena turbia
la conciencia. Era una chica honesta, y por lo tanto, aquel proyecto
hera de un modo vivo su pudor. No obstante, Saavedra segua martillando
sin cesar con la esperanza de quebrarlo.

Declinaba ya la tarde. El gabinete se iba poblando de sombras. D.
Alfonso agot al fin todos los recursos de su ingenio sin lograr lo que
se propona.

--Bien est--dijo al cabo de largo silencio, haciendo esfuerzos por
ocultar su despecho y dando  sus palabras cierta entonacin
lgubre.--He buscado con afn los medios de salir de este doloroso
estado en que nos vemos. Te propuse el nico factible y seguro. Tu misma
has convenido en ello y has comprendido la necesidad de adoptar una
decisin enrgica. Y, sin embargo, te niegas  aceptarlo. Respeto los
escrpulos que tienes para ello; pero me permitirs que te diga que la
mujer que ama de veras se sobrepone siempre  ellos. Si el amor que me
tienes fuese tan grande como dices...

--Alfonso!

--Ya s que me quieres. No te esfuerces en decirlo... Pero el resultado
es que, querindonos mucho, somos muy desgraciados, y que no hallamos
medio de dejar de serlo. Qu nos queda que hacer? Pues separarnos y
procurar no volvernos  ver.

--Oh Alfonso!

--S, Julia, s; conviene que nos separemos para siempre. Aqu no
hacemos ms que martirizarnos cruelmente. Es una vida infernal la de
tener la felicidad delante de los ojos y no poder tocarla. Antes de
proponerte este ltimo recurso, muy violento s, pero absolutamente
indispensable, he decidido firmemente expatriarme en el caso de que no
lo aceptases. Maana, pues, tomo el tren para Pars. Lo confieso
ingenuamente, no tengo valor para soportar esta angustiosa situacin.

Call el astuto caballero. Julia tampoco despeg los labios. Por su
gracioso semblante se esparci una triste palidez. Los ojos se clavaron
estticos sobre un punto del espacio y permaneci inmvil como una
estatua. D. Alfonso la dej en esta actitud largo rato sin turbar su
ardiente y afanosa meditacin, echndole frecuentes ojeadas. Su palidez
iba cada vez en aumento.

Cuando juzg que haba llegado el momento oportuno, el audaz seductor
fu  tomar el sombrero que haba colocado sobre el piano, y volviendo
hacia la nia, alargndola la mano, la dijo con voz temblorosa:

--Adis, Julia.

Esta se la retuvo un instante, y echndole una mirada desesperada, con
el rostro lvido ya, le dijo:

--No te vayas, Alfonso. Haz de m lo que quieras. Estoy pronta 
seguirte.

El caballero, despus de cerciorarse de que su ta no los vea, la
estrech largo rato entre sus brazos.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XXV


CHICO, treme un vaso de limn... Treme dos,
entiendes?

El banquero se sofocaba. Era un hombre pequeo y gordo que casi echaba
sangre por las mejillas. Se desabroch el cuello de la camisa y continu
barajando, dando fuertes resoplidos, como si le amagase algn ataque
apopltico.

--Juego.

Los puntos hicieron el suyo colocando las puestas al lado de las cartas.
Una mano enguantada arrim un paquete de billetes  una de ellas.

--Cunto va de esto, Saavedra?--dijo el obeso tahr levantando sus
ojos, que expresaban terror y pedan misericordia.

--Todo--contest secamente el caballero andaluz.

--Cunto es?

--No s.

El tono era asaz despreciativo. Sin embargo, el banquero no se ofendi.
Tom el paquete y se puso  contar bajo las miradas atentas del grupo
de jugadores que en torno de la mesa estaban, unos sentados, otros en
pie.

--Son diez mil doscientas pesetas.

--No hay bastante en la banca--dijo un punto alargando ya la mano para
recoger su puesta.

--Va abonado--replic el banquero, cada vez ms rojo. Pareca que iba 
estallar.

Mientras tiraba por las cartas rein silencio absoluto. La de D. Alfonso
era un siete.

--Ya est aqu--dijo el banquero con mal disimulado abatimiento,
colocando la baraja sobre la mesa.

Acto continuo se puso  pagar las puestas menudas, dejando la de
Saavedra para la ltima. Cuando lleg  sta slo sobraban siete mil
pesetas.

--Debo tres mil doscientas--dijo, entregndoselas.

D. Alfonso las recogi y las meti en el bolsillo con displicencia. El
juego se deshizo. El banquero, limpindose el sudor de la frente con el
pauelo, se acerc al andaluz, que se haba sentado en un divn y lea
tranquilamente un peridico.

--Quince mil duros te llevas en el bolsillo, chico.

--No lo s--replic D. Alfonso, sin levantar la vista.

--Pues yo s. Villar y Gonzlez han perdido nueve mil y nosotros ms de
doce mil. Entre todos los dems no se han llevado seis mil duros.

--Phs; podr ser--replic el caballero.

--Cualquiera dira al verte la cara que son quince mil piedras las que
tienes en el bolsillo, chico. Mira, prstame ocho mil pesetas y te
pondrs de buen humor.

D. Alfonso, sin decir palabra, sac la cartera y le di un puado de
billetes.

--Saavedra, t andas en malos pasos. La otra noche te he visto en un
palco muy amartelado al lado de una chiquita saladsima. Ten cuidado: el
da menos pensado te casas.

D. Alfonso sac el reloj, y despus de mirarlo, dijo sonriendo
framente:

--En este momento voy  robar esa chiquita. Me escapo con ella al
extranjero.

--No te vendra mal!--repuso el otro sin ocurrrsele siquiera que
pudiera ser verdad.--Pero te cansaras pronto. Lo mismo t que yo,
estamos viejos para tales trotes.

--Adis, Cubells.

--Adis, chico... No dejes de venir esta noche, que hay partida del
golfo.

--No te he dicho que me escapo con esa chica?--replic desde la puerta
el caballero con la misma sonrisa fra entre los labios.

--Buen bocado!... Ven tempranito, eh? y no dejes de traer al Marqus
si le encuentras.

Saavedra baj lentamente la escalera alfombrada del Crculo. Al salir 
la calle estaba oscureciendo. Su berlina le aguardaba  la puerta.

--Oyes, Julin: me llevas ahora  la calle de Carretas, paras all y te
colocas cerca del Correo. Vendr una seora, abrir la portezuela y se
meter dentro conmigo. En cuanto esto suceda, sin aguardar ms, partes
como un rayo para Jetafe. Conoces bien el camino? Bien; pues es
necesario, aunque se revienten los caballos, que te plantes all en un
periquete. Quiero coger el tren que sale de aqu  las ocho y media. No
te asustes de la aventura. Es una bailarina del Real que quiere irse
conmigo  Sevilla y no puede rescindir el contrato. Cuando lleguemos 
Jetafe ya te dar ms instrucciones sobre lo que has de hacer.

El carruaje lleg  la calle de Carretas y se situ donde su dueo haba
ordenado. D. Alfonso, reclinndose en una esquina para evitar las
miradas de los transeuntes, esper.

Julia haba pasado la tarde en casa de su cuada, pues no tocaba aquel
da leccin de piano; toda ella en un estado de agitacin que no pudo
pasar inadvertido para Maximina.

--Qu tienes, te sientes mal?--le dijo.

--No! Por qu me preguntas eso? Qu ves en m de particular?--le
respondi llena de zozobra.

--Nada, nada; no te asustes. Ests un poquito plida y ms ojerosa que
otras veces. Nada ms.

--Es que me encuentro un poco nerviosa hoy.

Maximina sonri bondadosamente, suponiendo que habra tenido alguna
reyerta con su novio, y mand hacerle tila. A pesar de la profunda
antipata que le inspiraba D. Alfonso y los poderosos motivos que tena
para juzgarle un bellaco, vea tan enamorada  Julita, que no se atreva
 decirle una palabra en contra suya.

Segn avanzaba la tarde, su inquietud iba en aumento. El ltimo retoo
de la raza de los Rivera estuvo  punto en varias ocasiones de padecer
algn menoscabo  consecuencia del estado nervioso de su noble ta.
Apretbalo sta contra su pecho ms de la cuenta, arrojbalo al aire
para recogerlo otra vez, dbale centenares de besos en un mismo sitio
del rostro dejndoselo ms encendido que una brasa, y hasta le mordi
caso terrible! las narices. No hay para qu decir que el ilustre nio,
henchido de indignacin, protestaba contra tales atentados.

Con Maximina tambin se mostr la joven ms expansiva en sus caricias
que otras veces.

--Maximina, qu buena eres! qu buena eres!

Y casi la asfixiaba entre sus brazos.

--Eso quisiera yo, ser buena--responda la nia ruborizndose.

--Cunto dara por ser como t!

--Si no fueses mejor, estabas fresca!

--Oh! yo soy mala, Maximina, muy mala!... Pero t me perdonas todos
mis defectos, no es verdad?

Y acometida de sbita inspiracin, se levant diciendo:

--Voy  escribir una carta al despacho.

--No tomas la tila?

--Ya la tomar; concluyo en seguida.

Entr en el escritorio de su hermano y se puso  escribir con
precipitacin la siguiente carta:

Mi queridsima Maximina, hermana de mi alma: Cuando recibas sta, la
pobre Julia habr cometido ya un pecado muy grande. Me voy  Sevilla con
Alfonso  implorar de su madre el permiso para casarnos. Procura aplacar
...

--Julia, se te enfra la tila--dijo Maximina ponindole una mano sobre
el hombro.

La joven di un grito y tap el papel con las manos.

La esposa de Miguel retrocedi asustada.

--Dispensa, chica: me cogiste tan desprevenida!--dijo Julia sonriendo y
muy encarnada.

--T eres la que debes dispensarme por haber entrado sin avisar... No
cre... Contina, contina--aadi con sonrisa maliciosa que
significaba:--Ya s para quin es la carta.

Cun lejos estaba la inocente nia de la verdad!

Despus que hubo salido, concluy la carta, ...procura aplacar  mam y
 Miguel cuando venga. Creo que al fin todo se arreglar
satisfactoriamente. Alfonso, aunque un poco fro, es todo un caballero.
Perdona y ama mucho  tu hermana, que slo de ti se despide, _Julia_.

D. Alfonso le haba encargado repetidas veces, y con mucho inters, que
de modo alguno dejase carta escrita declarando donde iba. Mas por un
impulso del corazn, de los muchos que no pueden explicarse, se le
ocurri escribir  su cuada, en la cual tena ciega confianza.

--Vaya, me voy--dijo ponindose el sombrero, que tena un tupido velo
para echar sobre los ojos.--Ya es hora de comer, y mam me estar
esperando. Como quien no quiere la cosa, no la he visto desde ayer
noche! A las diez ya estoy aqu otra vez.

Se despidieron  la puerta. Maximina le di un beso en la mejilla como
siempre. Ella le devolvi ms de una docena, tan fuertes y apasionados,
que la joven esposa no pudo menos de exclamar riendo:

--Qu loca!

--Loca, s! Y bien loca!--contest bajando de prisa la escalera y sin
volver la cabeza.

Los besos y la entonacin de aquellas palabras sorprendieron un poco 
Maximina, pero no hizo alto en ello y cerr la puerta.

Juana era quien acompaaba  nuestra joven hasta su casa. Cuando
salieron  la calle poco faltaba para ser de noche. Al llegar  la de
Carretas, le dijo la seorita:

--Juana, hgame el favor de entrar en ese estanquillo, pngale un sello
y eche esta carta en el buzn... Sabe usted leer?--aadi temiendo que
se enterase para quin era.

--No, seorita--respondi la guipuzcoana avergonzada.

Entr en el estanquillo y Julia hizo ademn de aguardarla  la puerta;
pero en cuanto la vi arrimarse al mostrador, deslizse velozmente por
la calle abajo, y al llegar al coche, cuyos caballos conoca, abri la
portezuela y se meti dentro.

Oyse inmediatamente una voz varonil que deca:

--A escape, Julin  escape!

Los caballos, fustigados por el cochero, emprendieron la carrera. Pronto
salieron del casco de la poblacin y se precipitaron medio desbocados
por la carretera de Andaluca.

Cuando llegaron  Jetafe el tren silbaba ya  lo lejos. D. Alfonso tom
los billetes, y llamando aparte  Julin, le dijo:

--Maana si te preguntan, di que me has conducido  Pozuelo, por la
lnea del Norte, entiendes?

--Pierda usted cuidado, seorito.

--Toma--dijo dndole algunos billetes,--cuida bien los caballos. Ya te
escribir lo que has de hacer.

El tren los condujo rpidamente, no  Sevilla, sino  Lisboa. A media
noche, habiendo salido el caballero fuera un momento, vino desolado
diciendo que se haba equivocado, que ms arriba debieron haber cambiado
de tren. La nia qued estupefacta y aterrada.

--No te apures tanto, hija. Ahora, antes que quedarnos en cualquier
poblachn de estos, adonde puedan avisar por telgrafo y cogernos, vale
ms que entremos en Portugal y desde all nos trasladaremos
inmediatamente  Sevilla.

Aunque protest con violencia, la joven no tuvo ms remedio que
conformarse al cabo.

Llegados  Lisboa, se alojaron en una de las mejores fondas. D. Alfonso
prometi  su prima emprender al da siguiente el viaje para Sevilla.
Sin embargo, se pas un da, y se pasaron dos y tres, y no se
marchaban. El caballero encontraba un pretexto para dilatar el viaje; y
era que haba perdido el equipaje. Aguardaba la contestacin del
telegrama que haba puesto.

Julita, en aquellos das, se hallaba en un estado de gran excitacin que
la haca pasar instantnea y alternativamente de una alegra ruidosa 
inconsiderada  un profundo abatimiento. Unas veces se encolerizaba
contra su primo y le llenaba de dicterios y amenazaba escaparse sola 
dar parte  la polica: en seguida se dejaba caer en sus brazos
pidindole perdn. En medio de la mayor tristeza, su amante comenzaba 
remedar de un modo grotesco el acento de la camarera que les serva, y
la nia rea  carcajadas como una loca. Otras veces se entusiasmaba con
el espectculo de la baha y con el de la regia mansin de Cintra.

Mimbala el astuto caballero con los ms finos y amorosos cuidados.
Cuando se encolerizaba, dejbala desahogarse sin responder palabra:
cuando se entristeca, pona todos los medios por distraerla: cuando,
por ltimo, la vea contenta, aprovechaba estos momentos para salir con
ella de paseo, dndole el brazo como si fuesen esposos. Por tales y
recientes eran tenidos en la fonda.

Sin embargo, al cuarto da de haber llegado, hallndose en su gabinete
despus de almorzar, D. Alfonso, reclinado en la butaca fumando un
cigarro puro, ella de pie, frente al espejo arreglndose para salir, le
dijo el caballero acompaando sus palabras de una sonrisa ambigua:

--Sabes lo que estoy pensando, Julita?

--Qu?

--Que me encuentro admirablemente viviendo de este modo contigo.

--Yo no--repuso la joven secamente.

--Pues? Qu te hace falta?

--Me hace falta no estar en pecado mortal; pedir perdn  mam, y que t
seas mi marido.

--Pues  m cabalmente lo que me gusta es vivir de este modo
extra-legal. Somos dos pjaros que huyen del nido y tienden su vuelo por
el aire. Qu placer estar as solitos y libres! Seremos por ventura
ms felices cuando un cura sucio  ignorante haya mascullado unos
cuantos latines delante de nosotros?

Julita al oir esto y percibir el tono burln con que D. Alfonso lo
deca, sinti un fro particular en su cuerpo y dej caer los brazos,
que tena alzados para arreglar el pelo. Qued algunos momentos
suspensa, y volviendo al cabo la faz plida hacia l, le dijo
pausadamente, pero con voz alterada:

--Parece mentira que hayan salido de tu boca unas palabras tan groseras
y tan feas!

--Por qu han de ser feas, chica? No hice ms que emitir mi opinin sin
meterme  averiguar si es mala  buena--replic el caballero riendo.

--Calla, calla, Alfonso!... Hay momentos en que cruzan por mi
imaginacin unas cosas tan horribles, que si se detuvieran algn tiempo
en ella, estoy segura que me volvera loca y me arrojara por el balcn.

Al decir esto dej el sombrero sobre el tocador y vino  sentarse en el
sof, quedando con la cabeza baja y las manos cruzadas en actitud
meditabunda. Gruesas lgrimas empezaron  resbalarle por las mejillas.

--Lloras?--dijo el caballero acercndose  ella.

La nia levant hacia l sus ojos chispeantes de furor.

--Lloro, s--dijo con rabioso acento.--Y qu? Qu tienes t que ver
con mi llanto? Yo quiero marcharme para mi casa, lo entiendes? Quiero
marcharme en seguida, ahora mismo!

--Clmate, Julia.

--No quiero calmarme. Por qu estoy yo aqu contigo, vamos  ver? Hazme
el favor de llevarme otra vez  mi casa. Aunque me mate mi madre quiero
irme con ella en seguida, lo oyes?

D. Alfonso guard silencio: dej trascurrir con astucia algunos minutos
para que se sosegase un poco. Despus dijo con voz apagada y triste:

--Bien: si es que ya te has cansado de m, te llevar  Madrid otra
vez... Pensaba yo que fuese tu amor un poco ms firme... Me he
equivocado, paciencia! No me remuerde la conciencia de nada. Despus
que hemos salido de Madrid hice cuanto me ha sido posible por cumplir
como bueno. Las circunstancias nos han trado aqu y nos retienen contra
mi voluntad... Pero en fin, de todos modos, nos marcharemos cuando t
quieras. La verdad es, que ya hemos aguardado bastante por el dichoso
equipaje... Ahora voy  decirte una cosa--aadi con voz
enternecida.--Si en algo te pude ofender en estos das, perdname. Te
quiero y te respeto como mi mujer legtima, pues lo eres ya ante Dios, y
muy pronto lo sers ante los hombres... si es que me aceptas por esposo
y no te vuelves atrs.

Julia, conmovida tambin, le alarg la mano que su amante se apresur 
besar.

Quedaron reconciliados.

--Quieres que nos vayamos hoy mismo?--pregunt al cabo de un momento
Saavedra en tono indiferente.

--Aguardemos hasta maana... Tal vez venga hoy el equipaje--respondi la
joven, que deseaba hacer olvidar sus duras frases.

--Vamos entonces  dar un paseo por la baha. La tarde es hermosa;
alquilaremos una fala...

--Oh, s, s, Alfonso! Me muero por los paseos por el mar!--grit
Julia batiendo las palmas.

--De paso te comprars la ropa que te haga falta.

Julia, alegre ya como unas castauelas, se puso de nuevo frente al
espejo para arreglarse el pelo.

--No sabes, Alfonso, lo que  m me gusta pasear en lancha... y si hay
un poco de oleaje, mejor. No me mareo. Cuando fuimos hace tres aos mam
y yo desde Santander  Bilbao...

Al llegar aqu di un grito horrible, de esos que ponen los cabellos de
punta y dejan helada la sangre de quien los oye. Se le cay el peine de
las manos. Sus ojos clavados en el espejo, expresaron el terror y el
espanto.

Por el espejo haba visto abrirse la puerta del cuarto y aparecer en
ella la figura de su hermano Miguel.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XXVI


AL llegar  Madrid y enterarse de lo ocurrido, Miguel
recibi en su corazn el dardo ms cruel que el destino le arrojara
despus de la muerte de su padre. Hall  su madrastra en un estado de
abatimiento, prximo  la imbecilidad. Aquella naturaleza soberbia 
indmita se haba doblegado al fin. Y como sucede siempre, al verla
humillada, llorando en silencio, inspiraba doble compasin.

--Pobre mam!--dijo abrazndola.--El golpe es rudo; pero an no se ha
perdido todo. El asunto se ha de arreglar, Dios mediante.

--No, Miguel, no; el corazn me dice que no se arreglar. Ese hombre es
un malvado. No quise hacer caso de t, y Dios me castiga.

Maximina se sobresalt gravemente al saber que su marido parta aquella
misma noche para Sevilla.

--No, no; yo no quiero que vayas!--exclam agarrndose  l
fuertemente.

--Maximina, eso no es digno de t--repuso Miguel dulcemente.--Han
robado  mi hermana y quieres que no vaya en su busca?

--Y si te mata ese hombre? Mira que es capaz de todo!

--Por qu ha de matarme? Yo no voy  Sevilla ms que  buscar  mi
hermana. Como supongo que l no se negar  entregrmela, pasado maana
estar aqu con ella. Lo dems ya se arreglar.

--Me juras que no vas ms que  eso? Que no le provocars?

--Te lo juro.

Jur en falso el hijo del brigadier. Nadie le motejar por ello.

Cuando lleg el momento de partir, su esposa, deshecha en llanto, volvi
 hacerle repetir el juramento. Despus, retenindole por las manos, le
dijo:

--Jrame tambin que has de ser bueno con Julia que no le dirs ninguna
palabra dura.

Tambin lo juro.

Con estas dos promesas, Maximina le dej marchar. Despus sali al
balcn, y alzando al nio entre sus brazos se lo mostr, como para
obligarle ms  que no expusiera su vida.

Al llegar  Sevilla, se enter Miguel de que no estaban all su hermana
y D. Alfonso. Visit  la madre de ste y qued dolorosamente
sorprendido al saber que esta seora no tena noticia del acto llevado 
cabo por su hijo, ni siquiera que mantuviese relaciones amorosas con
Julia. Todas las dudas de Miguel se disiparon. Saavedra haba robado 
su hermana para hacerla su... La palabra no quera formarse en el
cerebro.

Lo primero que pens, cuando se hubo serenado un poco, es dnde pudo
haberla llevado, no estando en Sevilla. Se le ocurri que pudieran
haber ido  Cdiz y embarcarse all; pero habiendo hecho algunas
pesquisas, no logr comprobar la hiptesis. Entonces determin volverse
y preguntar en todas las estaciones del trnsito por si alguno se
acordaba de haber visto aquella pareja, cuyas seas poda dar bien. Nada
supo de ellos, hasta la estacin de Algodor.

All un mozo se acordaba de haber trasladado de un coche  otro unos
abrigos,  un caballero de tales seas que iba con una joven como Miguel
le pintaba; por cierto que el caballero le haba dado la suma fabulosa
de un duro, lo cual, en verdad, no poco contribua  que se acordase.

Como en aquella estacin se divida la lnea de Andaluca y la de
Extremadura y Portugal, Miguel tuvo la sospecha vehemente, casi la
certeza, de que haban ido  este ltimo punto, y tom billete para
Lisboa. Al llegar aqu, el procedimiento que sigui fu ir preguntando
en las principales fondas por la pareja de jvenes espaoles, juzgando,
con acierto, que si estaban all se alojaran en una de ellas. En
efecto,  la cuarta  quinta que recorri di con ellos.

--Estn en casa,  han salido?

--No los he visto salir--respondi en portugus el portero.--Quiere su
seora que pregunte?

--No hay necesidad, soy su hermano. Qu nmero tiene el cuarto?

--Nmero 16, piso segundo.

Con la terrible emocin que se podr suponer, subi el hijo del
brigadier  la fonda, y recorri los pasillos hasta dar con el nmero
indicado. Detvose  la puerta para sosegar su corazn que lata
fuertemente. Puso el odo y oy la voz de su hermana. Levant con mano
temblorosa el pestillo y abri.

Julia, al verle en el espejo, di aquel tremendo grito que hemos dicho.
Despus se volvi y se dej caer de rodillas  sus pies. Miguel la
levant con dulzura y fu  sentarla en el sof. Despus, con ademn
reposado, cerr la puerta y se dirigi hacia D. Alfonso, que se hallaba
sentado en la butaca con las piernas cruzadas y fumando un cigarro con
afectada impavidez, si bien extremadamente plido.

--Ya estoy aqu--dijo Miguel, mirndole fijamente.

--Lo veo--repuso D. Alfonso, soltando una bocanada de humo.

--Bien supondrs  qu...

-- pedirme cuentas de mi conducta?

--No; yo no quiero calificar tu conducta ahora. Lo nico que me interesa
en este momento es salvar el honor de mi hermana. Vengo  exigirte que
te cases inmediatamente con ella  te batas conmigo.

Hubo una pausa breve. D. Alfonso replic con calma:

--Ni me caso con tu hermana ni me bato contigo.

--Lo veremos--dijo Miguel, sonriendo sarcsticamente.

--Dalo por visto.

--De la segunda parte ya hablaremos. Vamos  la primera. Sospech, al
saber el rapto de mi hermana, que no te haba movido para llevarlo 
cabo ningn fin santo. Sin embargo, no poda convencerme de que llegase
tu cinismo hasta el punto de pretender hacer de una seorita que es de
tu misma sangre tu querida.

Julita dej escapar un gemido. Miguel volvi sus ojos compasivos hacia
ella y le dijo:

--Perdona, Julia ma: no me haca cargo que estabas presente.

--Al rehusar casarme con tu hermana--contest D. Alfonso--no me impulsa
ningn motivo que redunde en su menoscabo. Confieso que es una chica
excelente. Lo nico que hay es que no entra en mis clculos el casarme,
ni con ella ni con ninguna otra. Esta decisin, que desde hace mucho
tiempo he tomado, no puedes alterarla t ni nadie.

--Es esa tu ltima palabra respecto  la primera parte de mi exigencia?

--Esa es.

--Bien; vamos  la segunda. Supongo que no te negars  darme una
reparacin por medio de las armas...

--S me niego. Yo te he ofendido gravemente. Tendra poca gracia que
adems te matase... Y dejar que t me mates, francamente, tampoco la
tendra.

--Hay un medio infalible para que te batas. Te abofetear en pblico.

--No dudo que lo hars. Te considero hombre de corazn. Lo hars aunque
sabes bien que firmas tu sentencia de muerte. Cualquiera que sea el arma
que elijamos, no puedes ignorar que llevo noventa probabilidades contra
diez de matarte  herirte...

Miguel hizo un gesto de desprecio.

--Ya s que eso no te arredra; pero vamos  cuentas. Qu adelantas con
morir? Borrars la afrenta de tu hermana? No la borras, y adems la
privas del nico apoyo que tiene en el mundo. Pues supongamos (y es
mucho suponer) que t me matas. Tampoco adelantas ms que hacer pblica
la deshonra que ahora, con un poco de cautela, puede quedar ignorada.

D. Alfonso, y lo mismo Miguel, hablaban en voz de falsete para no ser
odos de fuera; pero el gesto y la entonacin eran tan vivos y
enrgicos, sobre todo por parte del ltimo, que suplan bien la falta de
gritos. Julia estaba de bruces, inmvil, sobre el sof.

--Te figuras que voy  aceptar esa lgica con que quieres evitarte el
disgusto de arriesgar la vida? No lo creas; aunque tuviese una
probabilidad contra mil de matarte, sera para m un placer el verme
frente  ti con una espada  una pistola. Cuanto ms que la resolucin
firme que tengo de morir  matar nos ha de igualar mucho, bien lo sabes.
Deja, pues, esas razones propias de un cobarde, y allnate buenamente 
pasar un rato amargo, ya que t nos lo has proporcionado tan exquisito.

--Veo que me injurias. Hazlo sin temor. Te concedo el derecho... Pero
lbrate de que en pblico salga una palabra mal sonante de tu boca.

--En privado y en pblico estoy resuelto  hacer lo mismo,
miserable!--exclam Miguel fuera de s.--En todas partes dir que eres
un pillo, un cobarde asesino que slo busca duelos con quien no sabe
defenderse. Para que veas el miedo que te tengo, mira...

Al decir esto se arroj como un len sobre Saavedra, que se haba puesto
de pie para esperarle. Antes que pudiese levantar la mano, el andaluz le
sujet los brazos y lo rechaz brutalmente hasta el medio de la
habitacin, hacindolo tambalearse. Quiso de nuevo arrojarse sobre l;
pero en aquel momento se sinti abrazado por otros brazos ms dulces,
los de su hermana, que con el rostro descompuesto, la mirada fulgurante,
la voz sofocada por los sollozos, dijo:

--No, Miguel, no; t no puedes medirte con ese hombre. Despus de lo que
acabo de oir, prefiero mil veces morir  arrastrar toda mi vida la
deshonra,  casarme con semejante monstruo.

--Djame, djame!--grit Miguel, pugnando por desasirse.

--No, hermano mo; mtame  m, encirrame en un convento, pero no
expongas tu vida... Acurdate de Maximina y de tu hijo.

D. Alfonso extendi al mismo tiempo la mano y dijo con sosiego:

--Antes de comenzar una escena repugnante, indigna de dos caballeros
como nosotros...

--De un caballero como ste: t no lo eres, miserable!--exclam Julia,
lanzndole una mirada furibunda y abrazndose  su hermano.

--Antes de comenzar una escena como sta--sigui el andaluz, haciendo
ademn de despreciar la interrupcin,--escucha una palabra, Miguel. Te
he dicho ya que estoy resuelto  no batirme, porque _no quiero_
exponerme  matarte, ni  morir. Desde aqu me marcho  Pars, y
probablemente no volvers  verme en tu vida. Si intentas detenerme,
rechazar la fuerza con la fuerza. Si me injurias, como estoy en un pas
en que nadie me conoce, no tiene para m gran importancia. Y si se te
ocurre contarlo en Madrid, adems de publicar tu deshonra, nadie te
creer; porque no es creble que un hombre que se ha batido catorce
veces, cinco de ellas  muerte, evite por miedo el desafo con otro que
apenas sabe tener un arma en la mano. Entiende, pues, que mi decisin es
irrevocable.

--Bien, entonces te matar como  un perro!--dijo Miguel, sacando del
bolsillo un revlver.

--Si me matas (que ya cuidar de que no suceda)--repuso Saavedra,
sacando otro revlver,--irs desde aqu  la crcel, y tu hermana
quedar desamparada.

Miguel permaneci unos instantes suspenso. Encogise despus de hombros
con gesto de soberano desdn, y dijo, guardando el arma:

--Tienes razn. La verdad es que como pillo, lo eres en toda regla!
Vmonos, Julia, vmonos. Me abochorna cruzar ms tiempo la palabra con
ese canalla.

Y cogiendo  su hermana por la cintura, la sac de la estancia.

D. Alfonso los mir alejarse. Escuch un rato sus pasos hasta que se
perdieron. Encogise de hombros tambin. Guard el revlver, y mientras
se arreglaba la corbata frente el espejo para salir, murmur con sonrisa
diablica:

--No he salido tan bien como pensaba... pero no he salido del todo mal
de esta aventura.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XXVII


LUEGO que regresaron  la corte los hermanos, tuvieron
noticia de un suceso que les impresion dolorosamente. Vamos  referirlo
desde el principio.

Con la cariosa preferencia que Julia le dispens la noche del sarao,
nuestro heroico amigo Utrilla cobr alientos para medio ao lo menos. Su
dulce enemiga le hizo beber de un solo trago la copa del triunfo. Ebrio
de amor y de orgullo, se necesit luego que le estuviese dando desaires
durante dos meses consecutivos para que este glorioso joven advirtiese
que haba cambiado un poquito de humor. Claro est que tal cambio no
logr afectarle gran cosa, pues estaba bien seguro, ahora ms que nunca,
de la irresistible fascinacin que ejerca sobre la hermosa. Aquel
cerrar el balcn cuando l pasaba por su calle; aquel volver los ojos
del lado contrario y no contestar  sus cartas no eran para nuestro
mancebo sino cndidos ardides con que la muchacha pretenda enamorarle
y tenerle ms sujeto. Como prueba de ello, diremos que, hallndose en
el teatro y habindose colocado frente  ella en un entreacto, sin
quitarla ojo, le dijo un amigo, tocndole al mismo tiempo en el hombro:

--Hola, compaero; parece que le gusta  usted aquella morenita.

--Es antiguo--respondi seca y dignamente el ex cadete.

--Y ella, qu tal?

--Pobre nia!--exclam, sacudiendo la cabeza, y sonriendo con lstima.

El amigo observ, sin embargo, que en toda la noche la chica no volvi
los ojos hacia aquel sitio y s muchas veces hacia un palco bajo de
proscenio donde haba algunos jvenes aristcratas.

Muy lejos, pues, de desanimarse, Utrilla era un hombre casi feliz. Lo
hubiera sido enteramente si en vez de llevar la cuenta de las bujas
expendidas estuviese ocupado en otro asunto ms conforme con sus
inclinaciones, y si hubiera tenido la buena fortuna de haber dado muerte
 alguno en desafo  al menos haberle herido peligrosamente. Pero hasta
entonces, por desgracia, no se le haba presentado una coyuntura
favorable. Sin embargo, la esperaba con ansia, porque,  la verdad, le
remorda la conciencia de tener ya muy cerca de diez y ocho aos y no
haber ido una sola vez al terreno. ltimamente haba empezado  dar
lecciones de florete en una sala de armas, y en presencia del profesor y
de sus compaeros haba hecho alusiones  cierto proyecto mortfero que
abrigaba, el cual no deba de ser otro,  nuestro juicio, que el quitar
del medio  su rival Saavedra.

Trascurrieron, pues, los meses, y  horas fijas, con una constancia
digna de mejor xito, Utrilla gastaba los tacones de sus botas sobre
las aceras de la calle Mayor, y aun los torca. De vez en cuando, Julita
sola saludarle con la mano, correspondiendo al enrgico sombrerazo que
desde la calle le soltaba su enamorado. No obstante, la mayor parte de
las veces acaeca que, vindole asomar por una esquina, la hija del
brigadier se apresuraba  cerrar el balcn, lo cual tomaba nuestro joven
como signo de exquisito pudor, y miedo  sus penetrantes miradas. Lo ms
que se autorizaba murmurar era:

--Esta Julita, cundo dejar de ser una chiquilla!

 mantenerle en esta ilusin, era suficiente la fe inquebrantable que
tena en la virtud fascinadora de su mirada y gentil talante; pero, hay
que confesarlo, algo contribua tambin el que Julita, no muy
piadosamente, se serva de l en ciertas ocasiones, cuando rea con
Saavedra, para dar  ste celos. Y algunas veces, en el teatro,
aconteci, irse al viso con l en presencia del mismo caballero andaluz.

As estaban las cosas cuando estall la bomba, esto es, cuando Julita se
escap de la noche  la maana con su primo. La primera noticia que
Utrilla tuvo de este suceso se la comunic la portera de la brigadiera,
con quien mantena cordiales relaciones, refrescadas de vez en cuando
con alguna peseta volante. Como es natural, el ex cadete se neg
resueltamente  creerla. Mas, cuando tuvo que rendirse  la evidencia
qued hecho una estatua, no griega por cierto. Los lentes se le cayeron
de las narices, y sus ojos vidriosos de miope no expresaron nada, si no
es la imbecilidad ms absoluta. La nuez se le pronunci de un modo
verdaderamente monstruoso.

Utrilla medit, pasado el susto, qu era lo que le tocaba hacer en aquel
caso extraordinario. Pens en salir detrs de los prfugos, alcanzarlos
y matar al raptor de una estocada; pero sobre ser dificilsimo
alcanzarlos, con qu carcter se presentara  ellos no siendo ni
hermano ni marido de la doncella robada? Desechado este proyecto, se le
ofreci claro como la luz que lo nico que vena bien en tal caso, era
el suicidio. Despus de martirizarse los sesos un da entero, no hall
otra solucin ms adecuada.

Jacobo Utrilla, con la asombrosa perspicacia de que estaba dotado en
estos asuntos delicados que ataen al honor, comprendi en seguida que
el mundo no le perdonara jams el no haberse suicidado en aquella
ocasin. Y como hombre que estimaba su dignidad por encima de todas las
cosas, resolvi sacrificar en aras de ella la propia vida, tan dulce 
todos los seres creados.

Noche aciaga la que precedi  aquel trgico desenlace! Utrilla estaba
perfectamente enterado de lo que deba hacerse al llegar una situacin
como sta. Hubiera podido escribir, sin inconveniente alguno, un _Manual
del perfecto suicida_. As que pas hasta el amanecer escribiendo cartas
y tomando caf puro. Una de ellas era para su padre pidindole perdn,
mas hacindole ver, al mismo tiempo, con razones de peso, que si de otra
manera obrase deshonrara el apellido que llevaba. Otra para Julia, muy
digna, muy comedida, muy generosa; lo nico que le rogaba era que fuese
alguna que otra vez  depositar una flor sobre su tumba. La ltima, en
fin, era para el juez de guardia, noticindole que  nadie se culpase
de su muerte, etc.

Cumplidos escrupulosamente estos altos deberes, se lav y se visti con
toda pulcritud y demand el chocolate. D. Adelaida, que se levantaba
siempre al rayar el alba, se lo sirvi sorprendindose no poco de verle
tan de maana de aquel modo acicalado.

--Jacobito, cmo te has puesto de negro? Vas  algn funeral?

--S, seora... al de un amigo de usted--respondi con admirable sangre
fra.

--Quin es?

--Ya lo sabr usted.

Mientras tom el chocolate estuvo oportuno y jaranero como nunca,
haciendo reir  la buena seora con sus ocurrencias. Utrilla no era
chistoso por naturaleza, ni sola levantarse casi nunca de buen humor;
pero consider de todo punto necesario en aquel caso excepcional variar
sus costumbres. Porque era hombre prctico y conocedor como nadie de
esta clase de asuntos.

--Vaya, vmonos de aqu al Campo santo--dijo ponindose el sombrero y
cogiendo el bastn.

--Pero son los funerales en el cementerio, Jacobito?

--No; es una misa que se dice en la capilla... Usted no querra que yo
me quedase por all, verdad?

--Dnde?

--En el cementerio.

--Ave Mara, qu bromas tienes, Jacobito!

Este solt una carcajada con carcter de histrica. Sac los guantes del
bolsillo, pero antes de metrselos despojse de una sortija y se la
entreg al ama de llaves dicindole:

--Esta sortija la enviar usted  casa de D. Miguel Rivera para que se
la entreguen cuando vuelva.

--Es un regalo?

--S; por los muchos que l me ha hecho.

Acto continuo este joven magnnimo y pundonoroso sali con firme paso de
la estancia apercibido  cumplir con su deber. Ni la belleza del da,
que estaba riente y esplendoroso como pocas veces, ni la perspectiva de
los placeres con que la vida le brindaba, ni el recuerdo tierno de su
padre le detuvieron en su marcha serena y majestuosa. Al pasar cerca de
la fuente Cibeles un organillo tocaba un vals-polka que le record
cierta aventura que haba tenido en el saln de Capellanes. Sintise un
poco enternecido; pero su alma heroica se sobrepuso inmediatamente 
este flaco movimiento.

Lleg al Retiro. Estaba solitario. Recorrilo con lento paso buscando
con los ojos un paraje oculto y misterioso. Cuando lo hubo hallado se
sent en un banco de piedra, quitse el sombrero y lo coloc
cuidadosamente  su lado. Se desabroch la levita y cruz una pierna
sobre otra, cuidando de estirar los pantalones para que no se viese el
calcetn. Despus, llevando la mano al bolsillo y cerciorndose de que
las cartas estaban en su sitio, sac un revlver pequeo y niquelado.

En aquel momento una poderosa tentacin asalt el alma constante del
mancebo. Lleg  pensar que no haba motivo para suicidarse; que vala
ms dejar las cosas correr; que el mundo daba muchas vueltas y l era
demasiado joven para privarse de la existencia. Si Julia se haba
escapado, con su pan se lo comiera. Matarse era cosa grave, muy grave!

No obstante, su fortaleza, nunca desmentida, logr vencer la horrible
tentacin.--No--se dijo,--yo no puedo vivir ya dignamente. Todos los
que estn enterados de estas relaciones tendran derecho  reirse de m.
Y de Jacobo Utrilla no ha nacido todava quien se ra!

Se ech hacia atrs, apoy el codo izquierdo en el respaldo del banco
reclinando poticamente la cabeza sobre la mano. Con la derecha acerc
el revlver  la sien y dispar.

 porque le temblase un poco la mano (suposicin que nada tendra de
particular si no se tratase de este invencible joven de corazn
indomable),  porque el arma no fuese de las ms seguras, lo cierto es
que Utrilla cay malherido, pero no muerto. Fu conducido  la casa de
socorro, y desde all  la suya. Su estado era muy grave. Cuando Miguel
lleg de Lisboa  los tres das de este suceso trgico, fu
inmediatamente  visitarle. Qued profunda y penosamente impresionado.
La bala haba interesado el nervio ptico y el infeliz estaba ciego. La
junta de mdicos no haba dado un veredicto favorable. Estando la bala
dentro del crneo, muy cerca de la masa enceflica, auguraban que no era
posible que viviese mucho tiempo. Cualquier movimiento traera consigo
la muerte repentina.

Mas lo extrao y terrible del caso es que el infeliz muchacho, ciego ya,
yacente en la cama, asaeteado por tremendos y prolongados dolores, no
quera morir. Con gritos lastimeros que partan el corazn y arrancaban
lgrimas  todos los circunstantes, peda  su padre y hermanos que le
hiciesen vivir, vivir  todo trance, aunque quedase sin vista.

No fu posible. A los doce das de haberse herido falleci aquel
intrpido y desdichado joven. Miguel le asisti hasta sus ltimos
momentos.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XXVIII


POR acuerdo de todos qued resuelto que la brigadiera y
su hija se alejasen de Madrid y fuesen  vivir al Astillero de
Santander.

Era el nico sitio que, por tener ya casa alquilada, les ofreca de
pronto un retiro secreto para ocultar su vergenza. Despus que las hubo
despedido, Miguel qued algo ms tranquilo. No obstante, una profunda
tristeza se haba apoderado de su corazn. Ni el amor de su esposa ni
las gracias infantiles del nio eran bastante  disiparla. Y era que, 
ms del dolor que le causaba la desgracia de su hermana, viva
atormentado con la idea de su prxima ruina. No se le ocultaba que
Eguiburu se aperciba como un tigre para dar el salto y caer sobre l y
descuartizarle.  Mendoza le vea muy de raro en raro. Observ que
evitaba su encuentro, y cuando no poda menos, la pltica era breve y
embarazosa para ambos.

Un da entr en casa al oscurecer, bastante plido. Maximina que, como
siempre, sali  recibirle con el nio entre los brazos, no pudo
observarlo por la falta de luz. Bes  su hijo con efusin varias veces
y entr en el despacho. Su mujer se qued  la puerta, inmvil,
mirndole con tristeza.

--Una luz--dijo en tono imperioso.

Maximina corri al comedor, dej al nio en poder de Juana, y ella misma
le trajo el quinqu encendido. Miguel no repar en ella y se puso 
escribir. Cuando al cabo de unos instantes levant la cabeza, viola
apoyada en la chimenea, mirndole tristemente con los ojos arrasados de
lgrimas.

--Por qu ests as? Qu tienes?

La nia se acerc  l lentamente y ponindole una mano sobre el hombro,
le dijo, esforzndose por sonreir:

--He cometido alguna falta, Miguel?

--Pues?

--Como siempre al entrar me das un beso y hoy no has hecho ningn caso
de m!... Has besado al nio nada ms...

Miguel se levant y la abraz estrechamente.

--No, mi Maximina, si he besado al nio solamente es porque vena
pensando en l, preocupado con su suerte.

Despus, sin poder articular otra palabra, se dej caer sbito en el
silln sollozando.

Maximina qued como si en aquel mismo momento viese hundirse la casa.
Pasado el primer instante de estupor, se precipit sobre l para
abrazarle.

--Miguel, Miguel de mi vida! Qu tienes?

--La desgracia pesa sobre nosotros, Maximina--respondi con el rostro
entre las manos.--Os he arruinado estpidamente,  ti y  mi hijo!

--No llores, no llores, Miguel!--exclam la nia, acercando sus labios
al rostro de su esposo.--Yo nada tena, cmo me habas de arruinar?

Cuando se hubo calmado un poco, le explic lo que pasaba. Eguiburu le
citaba al da siguiente, de conciliacin, para reconocer las firmas y
contaba presentar en seguida demanda ejecutiva.

--Te acuerdas de aquel da en que despus de haber afianzado los
treinta mil duros del peridico, para que pudiese continuar, te pregunt
tu opinin? No te atreviste  decirme que haba obrado mal, y
contestaste con una evasiva. Qu razn tenas!

--No, Miguel, no; ests equivocado--respondi ella, deseando evitar  su
esposo la vergenza de haber obrado con menos seso que una mujer.--Qu
saba yo de esas cosas? Si t lo has hecho mal, yo lo hubiera hecho
mucho peor... Pero, despus de todo, lo que nos ha sucedido no es para
que te apures tanto. Nos hemos quedado sin dinero. Bien y qu?
Trabajaremos para comer, como tantos otros. Yo estoy acostumbrada 
ello: no soy una seorita: puedo vivir con mucha estrechez, sin padecer
nada. Ya vers qu poco te gasto! Y nuestro chiquitn, cuando sea
grande, trabajar tambin, y ser un hombre de provecho. Vaya si lo
ser! Acaso, si supiera que no necesitaba trabajar, se entregara  los
vicios como otros jvenes ricos. Y sobre todo, l, lo mismo que yo, lo
que quiere es tener  su pap tranquilo, y contento, con dinero  sin
dinero.

Oh, qu suaves sonaron aquellas palabras en los odos del atribulado
Miguel!

--Eres mi ngel bueno, Maximina!--dijo besndole las manos.--No s qu
tienen tus palabras que endulzan instantneamente mis amarguras, me
sosiegan y me calman como si entrase en un bao aromtico... Dnde has
aprendido esa elocuencia tan hermosa, vida ma?--aadi sentndola sobre
sus rodillas.--No me lo digas; de aqu sale todo!

Y la bes sobre el pecho, en el sitio del corazn.

Los esposos departieron todava largo rato, tranquilos, risueos
bebiendo con los labios y con los ojos el nctar divino del amor
conyugal. Caso extrao! A pesar de hallarse en vsperas de una gran
calamidad, Miguel no recordaba haber pasado un rato ms feliz en su
vida. Y aunque los sucesos que  los pocos das se efectuaron le
hubiesen entristecido, gracias  este blsamo reparador, no lograron
abatir su nimo.

Eguiburu, al fin, cay sobre su presa. La demanda ejecutiva prosper.
Las dos casas de Miguel de la calle del Arenal y Cuesta de Santo Domingo
se subastaron en 48.000 duros. Si la enajenacin hubiera sido
voluntaria, no hay duda que se habra sacado bastante ms por ellas. Los
compradores se valieron de la ocasin, como era lgico.

El importe total de la deuda de nuestro hroe, sumando intereses y
gastos, ascenda  50.000 duros. Quedaba, pues, un pico por pagar.
Miguel vendi una parte de su mobiliario y algunas joyas para hallarse
enteramente libre. Hecho esto, busc un cuarto barato en los barrios
extremos de Madrid. Halllo en Chamber bastante bonito en el piso
tercero de una casa recin construida, por el mdico precio de doce
duros mensuales. Se traslad inmediatamente  l, y lo arregl bastante
bien con el resto de sus muebles. La casa era chica; pero gracias  los
esfuerzos de Maximina, qued pronto convertida en una mansin bastante
agradable. La mejor habitacin se destin para despacho de Miguel, pues
renunciando  las visitas de cumplido, no necesitaban sala. De las
criadas no conservaron ms que  Juana, la cual se prest  ser
cocinera. Las dems, al saber que se las despeda, empezaron  llorar
perdidamente: sobre todo Plcida estaba inconsolable.

--Seorita, por Dios me lleve consigo. Con usted voy sin salario  comer
patatas en cualquier parte.

Maximina conmovida la consol diciendo que no se iban de Madrid y que
fcilmente podran verse. El portentoso nio, cuyos rpidos progresos en
los ltimos tiempos haban llegado hasta el grado, verdaderamente
increble, de levantar las manos al cielo en cuanto oa cantar Santa
Mara, qu mala est mi ta!, fu objeto de feroces y encarnizados
achuchones por parte de las domsticas, al despedirse.

Una vez instalados, pens Miguel, como era justo, en procurarse algn
sueldo para vivir, aunque fuese de aquel modo modestsimo. La poltica
le horrorizaba: as, que desech el periodismo,  pesar de ser la nica
profesin en que se haba ejercitado. Supo que iban  salir unas plazas
 oposicin en el Consejo de Estado y se determin  concurrir  ella.
En el amor de su esposa y de su hijo y en la idea del deber, que jams
le haba abandonado enteramente, y que ahora con la desgracia se
levantaba vigorosa en su espritu, hall estmulo y fuerza, no slo para
dedicarse con ahinco  estudios contrarios  sus inclinaciones, sino
para vencer su orgullo. Un joven que haba brillado en la sociedad
madrilea, que estuvo al frente de un peridico y  dos dedos de ser
diputado, era imposible que dejase de sentir cierta vergenza disputando
una plaza de doce  catorce mil reales en contienda pblica. Entregse
al estudio del derecho administrativo con tal furor, que apenas sala de
casa, si no es por la noche un rato, para refrescar la cabeza.

El poqusimo dinero que le haba quedado, gastbalo con moderacin 
fin de que alcanzase hasta la poca de las oposiciones, que haban de
efectuarse pasado el verano, hacia el mes de Octubre  Noviembre.
Maximina era para eso un modelo. No slo no gastaba nada con su persona,
pues tena bastante ropa, sino que en el gasto de la casa haca
prodigios de habilidad para reducirlo  la mnima expresin. Miguel se
apenaba y hasta verta lgrimas en secreto cuando la vea hacer ella
misma el jabn, porque sala unos cntimos, ms barato que en la tienda,
y estar muchas veces al cuidado de la cocina, cuando Juana haba ido 
un mercado lejano donde la arroba de patata era un real ms barata, y a
planchar la ropa ms fina, etc., etc. Pero ella pareca feliz, ms feliz
acaso que cuando estaba en la opulencia. El lujo de la casa de la plaza
de Santa Ana la impona cierto respeto. Como ella no haca la limpieza
ni manejaba los muebles, apenas los tena por suyos. Ahora, todo lo
contrario. Ella los haba colocado donde estaban despus de graves
perplejidades; les quitaba el polvo todos los das, barra y cepillaba
la alfombra, limpiaba con polvos de asta de ciervo los tiradores de
metal, lavaba con cuidado los cristales de la librera de su esposo,
haca, en fin, todos los menesteres de la casa. Era un placer para
Miguel, no exento de melancola, verla por las maanas con un paolito
de seda atado  la cabeza al uso vizcano, y otro de estambre  la
cintura, empuando con garbo el plumero y la escoba y tarareando muy
bajito algn zorcico sentimental de su tierra.

Pero Maximina entenda con exageracin la economa en lo referente  su
persona. Esto causaba hondos disgustos  Miguel de vez en cuando. Sin
que l lo supiese, haba suprimido el chocolate por la tarde. Cuando lo
averigu se puso furioso.

-- quin se le ocurre! Reducir el alimento cuando ests criando! Es
una insensatez y hasta un pecado. Te lo prohibo, lo entiendes? Antes
que  ti te falte que comer, ir yo  partir piedras en una carretera 
 pedir limosna. Ya lo sabes.

--No me rias, por Dios, Miguel. Es que no tena ganas de chocolate
estos das.

--Pues haber tomado otra cosa.

--No tena gana de nada.

--Vaya, vaya, Maximina, dejmonos de tonteras... y que no vuelva 
suceder.

Aunque la nia procuraba ocultar los pies en su presencia, otra vez
advirti que tena las zapatillas rotas.

--Qu es eso?--le dijo.--Por qu no compras otras zapatillas?

--Ya las comprar.

--Es necesario comprarlas hoy mismo; estn muy rotas.

--Bien, s; hoy mismo mandar por ellas.

Y procur distraerle hablndole de otra cosa.

Pasados cinco  seis das, volvi  observar que traa las mismas.

--Qu chiquilla eres, Maximina!--exclam enfadado.

--No me rias, no me rias!--se apresur  decir la nia, abrazndole y
sonriendo avergonzada. Una palabra dura de Miguel era para ella el mayor
de los disgustos.

--Cmo no he de reirte si ya no me obedeces!

--Perdname.

--Voy  tomarte la medida y hoy mismo te traigo unas zapatillas.

--Ah, no!--dijo con precipitacin.--No tengas cuidado. Mandar en
seguida por ellas.

La razn de este sobresalto era que tema que su esposo las trajese ms
caras de lo que  ella le convena.

Miguel, por su parte, tambin haca economas en su persona, aunque no
tan extremas. Pero esto no lo poda sufrir Maximina. Cuando le vea
ponerse el hongo y un pauelo de seda al cuello para ahorrar el sombrero
de copa y los trajes buenos que tena, hacase la enfadada.

--Qu fachota traes! No me gustas as, Miguel.

--Es que no tengo ganas de arreglarme. No voy ms que  un recado y
vuelvo en seguida.

Si al cabo de unos cuantos das encontraba el mismo dinero en su
chaleco, le deca con tristeza:

--No gastas nada, Miguel, En el caf, no tomas ninguna cosa? Por qu
no vas alguna noche al teatro?

--Porque ahora estoy muy ocupado. Ya ir en cuanto pasen las
oposiciones. Adems, hay que ahorrar un poquito.

--Cunto me duele que no gastes como antes!--exclamaba
abrazndole.--Por m te impones esos sacrificios. Si fueses slo
viviras mucho mejor.

--Vamos, no digas absurdos, Maximina. Sin ti no vivira mal ni bien...
me morira--contestbale riendo.

Aunque agitado con la perspectiva de las oposiciones, y trabajando para
ellas, acaso ms de la cuenta, nuestro hroe no era desgraciado. Cuando
hay paz y amor en el hogar, la vida de familia es el mejor sedativo para
los dolores morales. Esto por un lado, y por otro, la confianza que
tena en sus fuerzas, le hacan vivir, hasta cierto punto, dichoso.

Lleg un da, sin embargo, en que esta dicha y relativa tranquilidad
desaparecieron, con el anuncio de que las oposiciones que esperaba, se
suspendan indefinidamente, tal vez hasta el ao prximo. Todos sus
planes vinieron al suelo. Como no haba pensado en otra salida para sus
apuros desde haca mucho tiempo, qued anonadado. Tuvo fuerza, no
obstante, para disimular con su esposa y aparecer en casa sereno y
contento como antes. Repuesto de la sorpresa, despertaron con nuevo
vigor las energas de su alma. Es necesario,  todo trance, buscarse
trabajo--se dijo. No le quedaba dinero ms que para un mes. Sin
embargo, dej  su esposa gastar como antes, seguro de que no poda
estirarse mejor que ella lo haca sin imponerse dolorosas privaciones.
Lo primero en que pens fu en procurarse un empleo en alguna sociedad
particular. Visit algunos amigos y todos ellos le animaron con buenas
palabras. Sin embargo, trascurri el mes, y el empleo no pareca. Se vi
entonces en la necesidad de empear su reloj para pagar al casero y la
cuenta de la tienda:  su mujer le dijo que se lo estaban componiendo.
Pas el segundo mes y tampoco consigui nada. Un da Maximina le dijo
muerta de vergenza, como si cometiese algn delito:

--Miguel, el tendero de abajo me ha mandado la cuenta, y como no tena
un cuarto, no pude pagrsela.

El hijo del brigadier se estremeci, pero disimulando lo mejor que pudo,
le contest con afectada indiferencia:

--Bien; ya se la pagar yo ahora cuando salga. Cunto es?

--Cincuenta y seis pesetas.

--Necesitas ms dinero, verdad?

Maximina baj los ojos ruborizada.

--Debo el salario  Juana.

--Esta tarde te lo traer.

Pronunci estas palabras sin saber bien lo que deca.  dnde iba 
buscarlo? El to Bernardo haca algunos meses que haba ingresado en un
manicomio de Pars. D. Martina y su familia se haban ido  vivir 
este punto para estar  su cuidado. Enrique no estaba en situacin de
proporcionrselo. Su madrastra se hallaba fuera, y tena slo lo
suficiente para vivir con decencia. Adems, le causaba una repugnancia
invencible pedir algo de lo que haba dado. No quedaba persona de la
familia  quien pedir, ms que el to Manolo. A l se dirigi.

El to Manolo, varn grave y de excelente doctrina, aunque saba la
ruina de su sobrino no pensaba que fuese tan completa. Qued con la boca
abierta al escuchar la demanda. Sac del cajn los cuarenta duros que le
peda y se los entreg. Miguel, por ciertas palabras que se le
escaparon, comprendi que se impona mayor sacrificio de lo que
cualquiera poda figurarse. Sospech,  por mejor decir, tuvo casi la
certeza de que su to yaca en una vergonzosa servidumbre. La intendenta
no haba querido, al parecer, abandonar la administracin de su hacienda
y le daba todos los meses una cantidad para sus gastos particulares, que
continuaban siendo, como siempre, muy crecidos y completamente
indispensables. Sali, pues, mal impresionado de aquella entrevista y
convencido de que arrancarle dinero en aquella situacin al to Manolo
era darle un disgusto muy gordo.

Despus de este suceso, penetrado de que no deba esperar socorro de sus
parientes, afanse doblemente en buscar trabajo, cualquiera que l
fuese. Pero todas sus tentativas se estrellaban contra la mala suerte
que sin piedad le persegua. En unos sitios no haba colocacin, en
otros, sabiendo que era un seorito, y no haba estado en oficina
alguna, desconfiaban de l. En las redacciones de los peridicos fu
donde mejor le recibieron; pero como en aquella poca y aun en sta los
asuntos econmicos de la prensa suelen estar bastante embrollados, por
buena voluntad que tuvieran los directores no era fcil asignarle un
sueldo. Los ms le daban palabra de colocarle en cuanto hubiera una
vacante. Mas  l lo que le haca falta, pronto, muy pronto, era algn
dinero para comer, y los das se pasaban y ste no llegaba. Sin que lo
supiese Maximina, empe una botonadura de oro y una sortija, recuerdos
de su padre.

Por fin, el propietario de un diario de la tarde le di palabra rotunda
de asignarle cuarenta duros al mes, desde el prximo. En el que estaban,
por ciertas dificultades de la administracin, no poda pagarle. Nuestro
hroe trabaj un mes entero gratis. Al comenzar el segundo, como
necesitaba con urgencia algunos recursos, le pidi que le adelantase
algn dinero. Entonces, el director propietario, adoptando ese
continente entre dolorido y diplomtico que toman todos los que van 
negarse  una pretensin justa, pero incmoda, le pint con negros
colores la situacin administrativa del peridico, la dificultad de
hacer efectivos algunos crditos  su favor, la necesidad que tenan
todos los redactores de arrimar el hombro para sostener aquella empresa
naciente, etc.

--Amigo Huerta--le contest Miguel bastante desabrido,--el hambre me
tiene demasiado flaco para poder arrimar el hombro  ninguna empresa;
antes bien, necesito yo que me apuntalen para no caerme.

No fu posible sacarle un cuarto. Nuestro hroe se despidi indignado,
tanto ms cuanto que saba que todo el dinero recaudado pasaba ntegro 
la caja particular del director, quien se daba con l una vida de
prncipe.

Comenz entonces para los jvenes esposos una existencia triste y
acongojada. Miguel no pudo ocultar por ms tiempo sus apuros. Uno  uno,
los pocos objetos de valor que en casa tenan fueron pasando  las de
prstamo, donde apenas les daban por ellos la quinta parte de su valor.
 menudo, el joven se desesperaba y maldeca de su suerte, y hasta
hablaba de ir  pegar un tiro al Conde de Ros y otro  Mendoza.
Maximina, en estas crisis dolorosas, le consolaba, le animaba
infundindole esperanzas, y cuando ya no poda ms, con sus lgrimas
consegua enternecerle y alejar de su mente las malas ideas. Serena
siempre y risuea, haca esfuerzos heroicos por distraerle apelando al
recurso supremo del nio. Ocultaba cuidadosamente los trabajos que en su
ausencia ejecutaba, para que al llegar no notase ninguna falta.

La miseria, no obstante, les iba estrechando de da en da. Lleg, por
fin, aquel en que materialmente no tuvieron una peseta en casa ni de
dnde les viniese. En la tienda de ultramarinos no queran fiarles el
alimento. Miguel, ocultndose de su esposa, tom una levita, la envolvi
en un papel y la llev  empear. No le dieron ms que dos duros.  la
vuelta, como viniese meditando en el modo de salir de aquella angustiosa
situacin, no viendo manera de encontrar empleo, tom de pronto una
resolucin violenta, la de trabajar materialmente. Con el rostro
contrado por una expresin dolorosa, se dijo mientras caminaba: Antes
que mi mujer padezca hambre, soy capaz de todo... de todo!... de robar
inclusive. Voy  intentar el ltimo recurso.

Cerca de su casa haba una imprenta, en la cual, durante los das de
desaliento, cuando acababa de recibir algn desengao, sola pasar
largas horas mirando trabajar  los cajistas  entretenindose en
desempear l mismo alguna tarea fcil. El dueo era un buen hombre y
mantena con l muy cordiales relaciones. Entr en ella, y llamndole
aparte le dijo:

--D. Manuel, me encuentro sin recursos para vivir. Por ms que he
trabajado en estos ltimos meses no he podido obtener una colocacin.
Quiere usted recibirme de aprendiz en su imprenta dndome algo  cuenta
de los jornales futuros?

El impresor le mir con tristeza.

--Tan mal se encuentra usted, D. Miguel?

--En la ltima miseria.

Medit unos instantes el dueo de la imprenta, y le dijo:

--Antes que usted se pusiera en condiciones de componer con alguna
velocidad, se pasara mucho tiempo... Adems, no est bien que un
caballero se ensucie las manos con la tinta. Lo nico que usted puede
hacer aqu es ayudar al corrector. Tiene usted inconveniente?

--Estoy dispuesto  hacer cuanto usted me mande.

Pas aquel da, en efecto, leyendo pruebas.  la noche, el dueo le dijo
que le sealaba de sueldo tres pesetas diarias hasta que despidiese al
corrector, que era un gran borracho. Al tiempo de despedirse le meti en
la mano un billete de diez duros como anticipo.

--Gracias, D. Manuel--le dijo conmovido.--En usted, que es un hijo del
trabajo, he hallado ms generosidad que en todos los caballeros que he
visitado hasta ahora.

Durante algunos das trabaj cuanto pudo, cumpliendo  conciencia su
tarea. Esta era pesada y molesta en grado sumo. Le tena ocupado desde
por la maana temprano hasta la noche. Por otra parte, el sueldo
reducidsimo no le bastaba ni aun para comer patatas; y aunque el
impresor tena deseos de echar al corrector y nombrarle en su lugar,
Miguel se opona por ser ste un padre de familia y no tener otro
recurso para vivir.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XXIX


EN esta apurada y tristsima situacin se encontraba
cuando cierta tarde, acabando de subir de la imprenta, llamaron  la
puerta. Juana le anunci que un caballero anciano deseaba hablarle.
Mand que le dejase pasar, y al instante penetr en su despacho el
boticario Hojeda.

--D. Facundo!--exclam con sincera alegra.

--Yo soy, Miguelito, yo soy. Vengo furioso. No me lo conoces en la
cara? Tengo que reir muchsimo contigo. A quin se le ocurre ms que 
ti, descastado, andar por esos mundos de Dios solicitando una colocacin
y no haberte acordado de un amigo tan antiguo como yo? Bien se conoce
que soy un pobre viejo que no sirve para nada.

--No es eso, D. Facundo, no es eso... Es que como nuestras profesiones
son tan distintas... Adems, tema que lo llegase  saber mam...

No hallaba disculpa. La verdad es que se haba olvidado de aquel santo
varn.

--Nada, hombre, nada, que eres un ingrato. Te olvidas de los que te
quieren, y vas  pedir favores  hombres que no han conocido  tu padre
siquiera.

--Tiene usted razn.

--Vaya, ya te he reido bastante. Vamos ahora  lo que nos interesa. Te
vengo  ofrecer una colocacin en el Banco de Andaluca. Hace ms de un
mes que la vengo solicitando. Por fin hoy la han puesto  mi
disposicin. Son sesenta duros al mes. Te conviene?

Miguel por toda contestacin le apret con fuerza la mano. Despus de un
momento exclam, con los ojos arrasados de lgrimas:

--Si supiera usted, D. Facundo,  qu tiempo llega!

--No tienes recursos, verdad?

--Ni una peseta.

--No has hallado ningn empleo?

--S, uno de ayudante de corrector de pruebas en la imprenta de ah
abajo.

--Cunto ganas?

--Tres pesetas al da.

--Jess! Jess!--exclam el boticario llevndose las manos  la cabeza
y quedando pensativo.

Tuvo la delicadeza de no preguntarle nada acerca de su ruina. Sin
embargo, Miguel se espontane  contarle todos los pormenores. Cuando
estuvo bien enterado, le dijo:

--Mira, Miguel, voy  suplicarte un favor.

--Usted dir.

--Que aceptes estas mil quinientas pesetas--dijo poniendo los billetes
sobre la mesa.--Soy soltero: el dinero que tengo me sobra.

--D. Facundo, no puedo...

--Te lo exijo en nombre de la amistad que me una  tu padre.

No hubo ms remedio que tomarlas.

--Tienes que darme palabra, adems, de que si no te bastasen los sesenta
duros para vivir y te encuentras en algn apuro, acudirs  m primero
que  nadie... No me marcho sin esa palabra.

As se lo prometi el hijo del brigadier. Llam despus  Maximina y
estuvieron largo rato charlando los tres de cosas indiferentes. D.
Facundo quiso volverse loco con el nio. Al tiempo de despedirse, Miguel
le retuvo por la mano, y muy conmovido le dijo:

--D. Facundo, renuncio  decirle  usted lo que en este momento pasa por
mi corazn. Le repito nicamente lo que en otro tiempo le dije: Es
usted una gran persona!

--Miguelito, si vuelves  decirme esas tonteras, no vengo ms  tu
casa.

--Entonces, cmo quiere usted que llamemos  los que slo se presentan
donde hay una desgracia que aliviar?

Con aquella oportuna visita termin,  Dios gracias, la congoja de
nuestros esposos. Los sesenta duros, bien manejados, bastaron para que
viviesen satisfechos. Sin embargo, Miguel no quiso perder la conyuntura
de la plaza del Consejo de Estado, y cuando se efectuaron las
oposiciones, llev una dotada con cuatro mil pesetas. Renunci en
seguida al empleo del Banco que le daba demasiado trabajo. Con este
sueldo y tres  cuatro mil reales ms que sacaba escribiendo, de vez en
cuando, artculos en peridicos y revistas, se consider enteramente
dichoso.

Y lo era en efecto. La pobreza fortific todava ms el lazo de su
matrimonio. Los crueles desengaos que la sociedad le haba hecho
experimentar, le hicieron ver en su hogar el nico sitio donde resida
la verdadera dicha, un rincn del cielo donde Maximina haca el papel
de ngel. El amor que la tena no creci, porque esto era imposible;
pero s su admiracin. El alma sublime de esta nia no se le haba
mostrado tan admirable, tan digna de ser adorada de rodillas, como en
los crticos y angustiosos das que acababan de pasar. Tan grande lleg
 ser el amor y la admiracin en nuestro hroe, que cuando hallaba en su
despacho algn objeto olvidado de Maximina, lo besaba con ternura y
respeto como si fuese una reliquia.

En las horas que le dejaba libre la oficina, entregse con pasin al
estudio. Sala poco de casa. Cuando lo haca, generalmente era para leer
en el Ateneo los libros que no poda comprar.

--Mucho lee usted, amigo Rivera!--le deca algn socio, ponindole la
mano en el hombro.

--Es que no tengo dinero--contestaba riendo.

Cuando volva de all  las diez y media  las once de la noche, su
esposa acababa de meterse en la cama. Era aqul el momento ms feliz
para Maximina. Desde el nacimiento del nio dorman separados: ella en
un cuarto de dos camas, con Juana; l, solo, en otra alcoba. Al volver
de noche se complaca Miguel en llevarle  la cama algn manjar, bien
que lo trajese de la calle, bien de lo que haba en casa, pues,  causa
de hallarse lactando y tener el nio ya quince meses, senta  esas
horas mucha debilidad. Qu placer tan grande para la pobre nia ver
llegar puntualmente  su marido presentndole una raja de jamn  alguna
golosina de dulce! Si se extralimitaba trayndole alguna cosa cara, le
deca:

--Esto tiene que durar tres das.

Y quieras  no, haba que dividirlo en tres partes.

Miguel la vea comer con cierto arrobamiento sensual. Servale el vino,
partale el pan y despus retiraba todos los enseres. Y en voz baja,
para no despertar al nio, que dorma en su cuna, charlaban  veces una
hora y ms. Juana, mientras tanto, dorma, vestida, sobre la cama, all
en un cuarto cerca de la cocina. Miguel, al retirarse al suyo, la
despertaba (empresa no muy fcil), y ella, tambalendose de sueo, vena
 continuarlo cerca de su seorita.

El joven de los quince meses les proporcionaba, sin saberlo, ms recreo
que todos los tenores de pera y zarzuela juntos. Ya caminaba (si es que
puede aceptarse como tal el ir haciendo eses como un borracho) desde los
brazos del pap  los de la mam y viceversa. La tirana que en la casa
ejerca era verdaderamente escandalosa. Sobre todo, con Maximina se
portaba de un modo bastante grosero, sin que esto sea tratar de
ofenderle. Porque constndole muy bien que ella era la que con su propia
sangre le suministraba el sustento, no slo no le guardaba las altas
consideraciones  que era acreedora, sino que la pospona,
evidentemente,  Juana. Y esto no motivado en otra cosa sino en que la
moza guipuzcoana le haca reir ms con sus carocas y bailoteos. La pobre
Maximina no acababa de creer en esta cruel preferencia. Un da, despus
de almorzar, jugando los tres con el nio en el pasillo, Juana quiso
demostrrselo.

--Anda, v con tu mam--le dijo al chiquillo.

Pero ste se agarraba con fuerza  ella.

--Est visto que  ti slo te quiere cuando tiene hambre--le dijo Miguel
para embromarla.

Maximina se puso triste y enfadada y trat de arrancar  Juana el nio;
pero ste se defenda chillando.

--Vaya,  que viene para m?--dijo Miguel.

-- que no?

En cuanto el pap abri los brazos, el caprichoso infante se ech en
ellos.

--Lo ves?--exclam levantndole triunfante.

Entonces Maximina, dolorida y avergonzada, tanto ms cuanto que su
marido y Juana se rean  carcajadas de su derrota, quiso arrancrselo 
viva fuerza. Miguel hua. Ella, cada vez ms nerviosa y afligida,
pugnando por no llorar, corra detrs de l. Por fin, no pudiendo
alcanzarle, se retir al despacho. All la encontr poco despus Miguel,
en pie, arrimada  la chimenea, tapndose los ojos con una mano en
actitud de llorar. Avanz suavemente, puso el nio en el suelo y le
dijo:

--Anda, pide perdn  tu mam y dle lo que me acabas de decir en
secreto: que la quieres ms que  nadie.

Al mismo tiempo acerc la boca del infante  la mano que tena pendiente
su esposa.

Al sentir el contacto de los labios frescos y hmedos de su hijo, la
nia volvi la cabeza para mirarle. Al travs de las lgrimas brill en
sus ojos una sonrisa de amor y perdn que es lstima que aquel ingrato
arrapiezo no hubiese podido apreciar.

Una noche, despus de comer, Miguel se emperez como muchas veces y no
quiso salir. Fueron al despacho y Maximina se puso  leerle el
peridico. Despus, sentada la esposa sobre las rodillas del esposo,
comenzaron  departir, segn costumbre, contndose las menudencias del
da.

--Sabes que he tenido esta tarde una visita?--le dijo ella.

--Quin ha estado?

--Un joven--dijo la nia sonriendo maliciosamente.

Miguel no pudo reprimir un leve fruncimiento de cejas. Era muy celoso,
como todo el que ama realmente, por ms que procuraba ocultarlo
cuidadosamente.

--Quin era el joven?

El tono un poquito spero de la pregunta no se le escap  Maximina.

--El cura de Chamber.

--El viejecito que dice la misa de nueve?

--El mismo... Conque no te gustaba que fuese un joven, eh,
pcaro?--aadi abrazndole cariosamente.

--Y  qu vino el cura?--pregunt Miguel rehuyendo,  su vez, la
pregunta de su esposa.

--A empadronarnos... Me he redo un poco. Le abr yo la puerta y me
dice:--Hola, nia, anda v  decir  tu mam que est aqu el prroco
de Chamber.--No tengo mam--le respond.--Entonces  la seora de
la casa.--Soy yo--le dije muerta de vergenza.--Comenz  hacerse
cruces diciendo:--Ave Mara, Ave Mara, qu jovencita!...--Todava se
admir ms al saber que hace ya dos aos y tres meses que estamos
casados.

--Es claro, con esa carita redonda de nio llorn das un chasco 
cualquiera.

--Eso debe de ser, porque no soy una nia ya; el mes que entra cumplo
diez y ocho aos.

Antes de irse  la cama abrieron el balcn para disfrutar un poco del
espectculo del cielo estrellado, apagando la luz previamente.

Era una noche tibia y serena de las postrimeras de Abril. Como se
hallaban en un piso tercero, y aquel barrio estaba an poco urbanizado,
descubran ms de la mitad de la bveda estrellada. En pie los dos,
apoyada Maximina en el hombro de su esposo, contemplaron largo rato en
silencio aquel espectculo que eternamente ser el ms sublime de todos.

--Qu grande y qu hermosa es aquella estrella, Miguel! Qu luz tan
pura y tan blanca despide!--dijo Maximina apuntando al cielo.

--Es Vega. Pertenece  la constelacin de la Lira y es la mas bella de
nuestro hemisferio. Por lo dems, no es ms grande y ms hermosa que las
dems, sino porque est  menor distancia: es una de las tres ms
prximas  nosotros.

--Aunque la hermana San Onofre nos lo estaba repitiendo siempre, yo no
puedo figurarme que la tierra sea una estrella como esas, y ms pequea
todava.

--Y tan pequea, Maximina! Cada una de las estrellas que ves, es
millares y aun millones de veces ms grande que la tierra. Nuestro
sistema planetario, en el cual somos de lo ms pobre  insignificante,
forma parte de esa gran nebulosa que cruza el cielo como una faja
blanca. Cada partcula de ese polvo es un sol como el nuestro en torno
del cual giran otras tierras que, como la nuestra, no tienen luz propia.
Para que te figures su tamao, te dir que esta nebulosa est aislada en
los cielos como una isla y tiene la figura de una lente; pues bien, para
llegar un rayo de luz desde un extremo del eje mayor de esa lente al
otro tarda diez y siete mil aos. Y la luz recorre setenta mil leguas
por segundo!

--Madre ma, qu espanto!

--Pues esto no es nada. Nuestra nebulosa es una de tantas como pueblan
el espacio. Hay otras muchsimo mayores. Con el telescopio
constantemente se estn descubriendo nuevas. Se inventa un telescopio de
mayor fuerza que los anteriores, y entonces las nebulosidades se reducen
 estrellas; pero ms all se encuentran nebulosidades que antes no se
vean. Viene un telescopio de mayor potencia an, y aquellas
nebulosidades  su vez se reducen  estrellas; pero ms all aparecen
nuevas nebulosidades... y as sucesivamente.

--De modo que el cielo no tiene fin?

--Es de presumir.

Maximina qued unos instantes pensativa.

--Y en esos mundos habr habitantes, Miguel?

--No existe razn alguna para que no los haya. Las observaciones que
podemos hacer en nuestro sistema planetario acusan en los dems astros
condiciones de vida muy semejantes  las nuestras... Ves esa estrella
grande y hermosa tambin como Vega? Es Jpiter, un hermano nuestro; pero
un hermano mayor... mil cuatrocientas veces mayor que nosotros. Es un
hermano privilegiado, el mayorazgo, como si dijramos, del sistema. El
da dura all cinco horas y la noche otras cinco; mas como tiene cuatro
satlites que le iluminan constantemente, y largos crepsculos, puede
decirse que las noches no existen. Las estaciones casi tampoco. Reina en
toda su superficie una primavera eterna. Para nosotros es el smbolo 
ideal de una existencia feliz. Por qu no han de existir habitantes en
este mundo afortunado?

Volvi  quedar pensativa la nia, y dijo al cabo de un momento:

--Cmo se sostendrn esos mundos en el espacio y caminarn eternamente
sin chocar?

--Se sostienen y viven por el amor... S, por el amor--repiti viendo la
curiosidad pintada en los ojos de su esposa.--El amor es la ley que rige
todo el universo. La ley sublime que une tu corazn al mo, es la misma
que une  todos los seres de la creacin, mantenindolos, sin embargo,
distintos. Unos somos en Dios, en el Creador de todas las cosas, pero
gozando al mismo tiempo del hermoso privilegio de la individualidad...
Sin embargo, este gran privilegio es al mismo tiempo nuestra gran
imperfeccin, Maximina. Por l, estamos separados de Dios. Vivir
eternamente unidos  El, dormir en su seno como el nio en el regazo de
su madre, esa es la aspiracin constante de la humanidad. El hombre que
siente ms viva y ms imperiosamente esa necesidad, es el ms bueno y el
ms justo. Qu significa la abnegacin  el sacrificio? Es por ventura
otra cosa que la expresin de esa voz secreta que reside en nuestra
alma, y que nos dice que amarse  s mismo es amar lo finito, lo
imperfecto, lo efmero, y amar  los dems es unirse con anticipacin 
lo Eterno? Ay del hombre que no acude al llamamiento de esta voz! Ay
del que cierra los odos  los suspiros de su alma y corre desalado en
pos de los fenmenos fugitivos! Ese hombre ser siempre un esclavo
miserable del tiempo y la necesidad.

Miguel se iba exaltando  medida que hablaba. Maximina escuchbale con
los ojos extticos. No comprenda enteramente sus palabras, pero vea
bien claro que todo lo que sala de los labios de su esposo era noble y
elevado y religioso, y esto le bastaba para estar de acuerdo con l.

Habl todava largo rato. Al fin, call de pronto. Ambos quedaron
silenciosos contemplando la inmensidad de los cielos. Una misma emocin
grave y pura se haba apoderado de ellos. Arrobados en la contemplacin,
escuchaban los acordes misteriosos de su alma, que, sin el intermedio de
la palabra, por una especie de potencia magntica, se trasmitan de un
corazn  otro. Al cabo de un rato, Maximina dijo en voz baja:

--Miguel, quieres que recemos un Padre Nuestro?

--S--respondi l estrechndola suavemente una mano.

La nia dijo el Padre Nuestro con verdadera uncin. Su esposo le
contest con igual fervor.

Jams en su vida, ni antes ni despus, nuestro hroe se encontr ms
cerca de Dios que en aquel momento.

La noche iba avanzando. El reloj del despacho vibr con doce campanadas.
Cerraron el balcn y encendieron las luces para irse  acostar.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]




XXX


DESPIDIRONSE  la puerta del cuarto de Maximina. Esta
nunca vea marcharse  su esposo sin tristeza. Aunque se resignaba  la
cruel separacin, porque el nio sola llorar y  Miguel le dola la
cabeza cuando pasaba mala noche, no era sin hondo y secreto pesar.
Embargado todava por la emocin, el joven se detuvo un momento con la
luz en la mano, y viendo la tristeza que se pintaba en los ojos de su
esposa, se le ocurri de pronto una idea.

--Oyes, quieres venirte  dormir hoy conmigo?

La nia le mir asombrada.

--Cmo?

--Nada, te vienes ahora  mi cuarto.

--Y el nio?

--Lo llevamos con nosotros.

En los ojos de Maximina brill una chispa de gozo.

--Y Juana?

--A Juana la mando que venga  acostarse, y asunto concludo.

--Pero qu va  decir cuando se encuentre sola en el cuarto?

--Que diga lo que quiera.

Dicho y hecho. Maximina, vacilante todava, un poco plida y temblorosa
como si fuera  cometer alguna grave travesura, pero brillndole los
ojos con ntima alegra, levant al nio de la cuna y lo trasport  la
cama de Miguel. Despus entre los dos trasportaron la cuna. En seguida,
aqul fu  avisar  Juana; pero antes Maximina se apresur  encerrarse
en el cuarto de su esposo. Una vez despierta la domstica, l tambin se
encerr. Por el agujero de la llave, Maximina la vi cruzar por el
pasillo.

--Qu va  decir, Dios mo, qu va  decir?--exclam levantando el
rostro ruborizado hacia su esposo.

--Que tenemos gana de pasar una noche juntos--contest l riendo.

Aquella vergenza de su mujer, que era una prueba de su carcter
inocente y pudoroso, le haca gracia y le entusiasmaba.

La nia, una vez convencida de que Juana se estaba acostando, pues oy
cerrar la puerta del cuarto, se entreg sin reserva  la alegra.

--Cunto tiempo hace que no pasamos una noche juntos! verdad, Miguel?

Y se apresuraba con alegra infantil  despojarse del vestido. En medio
de la operacin soltaba una carcajada.

--Qu cara habr puesto Juana no viendo  nadie en la alcoba!

--Esta cama es ms estrecha que la nuestra. Estars incmoda?--deca
Miguel.

--Si es casi matrimonial, chico! de dnde sacas que es
estrecha?--responda ella dispuesta  encontrar magnfico un lecho de
hojas en aquel momento.

La primer noche de bodas se repiti para nuestros esposos; pero ms
grata an, porque la confianza haba crecido. Tambin el amor; y haba
adquirido, adems, un carcter elevado y espiritual, gracias al fruto
inocente que dorma cerca de ellos.

Por la maana, despus de tomar el chocolate, Maximina se sinti un poco
indispuesta. Achacronlo  una pequea indigestin y no le dieron
importancia. Todo aquel da lo pas con el cuerpo muy pesado, pero en
pie. Cuando vino Miguel de la oficina, estaba echada sobre la cama. Al
oir la campanilla se levant prontamente y sali como siempre 
recibirle. Sin embargo, no tard en tumbarse nuevamente. Se levantaba 
cada paso para cualquier menudencia; pero en seguida se acostaba, unas
veces sobre la cama de Miguel, otras sobre la suya.

--Voy  llamar al mdico--le dijo ste.

Maximina se opuso resueltamente. Lo nico que se logr fu que
consintiese en llamarlo al da siguiente, con tal que no siguiese mejor.
Confiaba en absoluto en amanecer buena y sana. Sin embargo, no fu as.
Despert con alguna destemplanza y Miguel se opuso  que se levantase.
Se llam  un mdico que haba en el barrio, viejo y prctico, el cual,
despus de pulsarla y mirarle la lengua, declar que tena alguna
fiebre, sin que en la apariencia existiese indigestin. Miguel, en vista
de esto, no quera ir  la oficina; pero su esposa tanto le inst, que
al fin se decidi  ello, prometiendo venir temprano. Por la tarde, la
calentura haba aumentado un poco. Estaba tranquila, sin embargo. Slo
de vez en cuando, como si tuviese alguna opresin, daba altos y
prolongados suspiros.

Por la maana, el mdico la hall con bastante fiebre; pero no poda an
afirmar de dnde emanaba, pues las frecuentes y largas inspiraciones
que la obligaba  hacer, eran perfectas y no acusaban ningn sntoma
catarral. Tampoco ofreca sntomas gstricos. Inclinbase  creer que
fuese una fiebre reumtica, porque das antes, al aparecer, se haba
quejado de dolores en la espalda; mas no se atreva  asegurarlo. Miguel
fu  la oficina, pero volvi  las dos horas. El mdico le dej el
termmetro para que de vez en cuando le tomase la temperatura y la
apuntase en un papel. Como no poda dar el pecho  su hijo, la leche
acumulada la molestaba vivamente,  pesar de que procuraban extrarsela
con pezoneras y la daban unturas de manteca.

Al da siguiente la calentura fu en aumento. El mdico se inclin
entonces  creer que la fiebre era nerviosa, porque los sntomas
reumticos no se determinaban bien. Le recet el valerianato de quinina
en pldoras, y una pocin. Miguel fu  la oficina,  prevenir al jefe
nada ms. Detvose, sin embargo,  hablar con los compaeros, entre los
cuales haba uno que estudiara la carrera de medicina, aunque no con
gran lucimiento.

--Qu tiene su seora?--le preguntaron.

--No s. El mdico vacila entre si es una fiebre reumtica  nerviosa.

--Hombre, no comprendo qu tiene que ver una fiebre con otra--dijo con
tono de suficiencia el empleado mdico.--De todos modos--aadi,--pida
usted  Dios, amigo Rivera, que no sea fiebre nerviosa.

Miguel, al escuchar aquellas palabras, qued helado. Por su cuerpo pas
un estremecimiento singular. Hizo un esfuerzo sobre s mismo, y dijo con
voz alterada ya:

--El mdico me manda tomarle la temperatura  menudo...

--Y qu grados tiene?

Aunque no saba la relacin que los grados guardaban con la fiebre,
aterrado con las palabras de antes, no se atrevi  decir que tena
cuarenta y uno y unas dcimas, y respondi:

--Cuarenta.

--No puede ser; esa ya es una fiebre muy alta... Vamos, amigo Rivera, se
conoce que usted entiende ms de filosofa que de tomar temperaturas.

--S, Rivera, debe usted estar equivocado--dijo otro.

Qued clavado al suelo. Se puso horriblemente plido y estuvo  punto de
caer.

Notando los compaeros su palidez, comenzaron  animarle.

--Hombre, no se asuste usted... De seguro ha padecido una equivocacin.
Adems, aunque as no fuese, no es caso extremo...

Un compaero, por darle ms alientos, le dijo al odo:

--No haga usted caso de ese majadero. Qu sabe l de fiebres, si no ha
abierto en su vida un libro!

No obstante, llevaba ya la pualada en el corazn. Sali de los Consejos
con el semblante alterado y tom un coche, porque se senta desfallecer.
Entr precipitadamente en el cuarto de su esposa.

--Cmo te sientes?

--Bien--contest la nia sonrindole dulcemente.

--A ver la temperatura--dijo, y se apresur  meterle el termmetro
debajo del brazo.

Su corazn lata apresuradamente. No pudiendo resistir quieto el tiempo
que el termmetro deba estar all, comenz  pasear por la alcoba. Al
fin, con mano trmula lo sac y fu corriendo  la ventana, que estaba
entornada; la abri un poco ms y mir. La temperatura haba subido an
algunas dcimas. Estaba tocando en los cuarenta y dos grados.

No pudo articular una palabra.

--Qu mana tienes con ese dichoso tubito!--dijo Maximina.--Para qu
sirve?

--No s; me lo manda el mdico... Voy  apuntar la temperatura.

En vez de ir al despacho entr en su alcoba y se dej caer de bruces y
sollozando en la cama.

--Me han matado! Me han matado!--murmuraba mientras baaba con sus
lgrimas las almohadas.

Cerca de media hora estuvo as sin cesar de repetir entre sollozos:--Me
han matado! Me han matado!

En efecto, una estocada por la espalda no le hubiera hecho ms efecto
que la idea espantosa que en la oficina le haban sugerido.

Al fin se levant, lavse los ojos con agua fresca, y entrando en el
cuarto de su mujer otra vez, le dijo que iba  avisar  D. Facundo,
porque no les perdonara el no haberlo hecho. Cuando sala llamaba  la
puerta la vecina del cuarto de enfrente, que vena  ofrecerse para
todo, absolutamente para todo. Era una buena seora, viuda de un
coronel, y que tena un hijo teniente que le daba bastantes disgustos.
Aunque slo haba hablado algunas palabras con Maximina en la escalera,
se conoca que le haba sido extremadamente simptica. Miguel se lo
agradeci mucho, y la introdujo en la alcoba, marchndose l en seguida.

Necesitaba desahogar el pecho con alguna persona; por eso fu en busca
de D. Facundo. En cuanto le vi se ech  llorar como un nio. El pobre
seor trat de consolarle como pudo.

--Eres muy impresionable, Miguelito. A quin se le ocurre ponerse as
cuando el mdico no ha dicho an que hubiese peligro! Pero de todos
modos, ya que ests alarmado, bueno ser que se celebre una junta de
mdicos, aunque no sea ms que para tranquilizarte.

--S, s, D. Facundo, quiero que haya junta!--exclam el atribulado
joven, como si de aquello dependiese enteramente la salvacin.

--Bueno, yo avisar  los mdicos. Habla t con el de cabecera para que
no se ofenda.

Sali de la botica ms tranquilo. Cuando lleg  casa, Maximina deliraba
un poco.

--Se empea--dijo la viuda del coronel--en que detrs de la cabecera hay
una puerta abierta y le entra mucho fro.

--Cmo te sientes?--le pregunt Miguel, ponindole una mano sobre la
frente.

--Bien; pero entra mucho fro por esa puerta que hay aqu detrs.

--Tienes razn; voy  cerrarla.

Hizo ademn de ello, y qued un momento tranquila. El joven quiso
despus besarla; pero ella le rechaz, dicindole, muy apurada, en voz
baja:

--Cmo eres tan desvergonzado? No ves que est ah esa seora?

Ni aun delirando se amortiguaba en aquella criatura el sentimiento del
pudor.

Pas la tarde bastante agitada, delirando  ratos. Adems de la mana de
la puerta se le figuraba que venan algunos hombres  cogerla. Cuando
Miguel se acercaba al lecho le deca con terror:

--Mira, mira ese hombre que me quiere llevar!

--No tengas cuidado, preciosa; mientras yo est aqu no te llevar
nadie.

La voz y las caricias de su marido la volvan, como por encanto,  la
razn y la sosegaban por algunos minutos.

La viuda se empe en quedarse  velar aquella noche porque haca dos
que ni Juana ni Miguel dorman.

ste fu  tumbarse sobre su cama, encargando que si tuviera la menor
novedad se le llamara.

Y, en efecto, la viuda le llam  medianoche, dicindole que Maximina se
negaba  tomar la pocin y se hallaba bastante agitada. Levantse
inmediatamente y fu al cuarto corriendo. Su esposa, por la lucha que
haba tenido que sostener con aquella buena seora, estaba agitadsima,
con el rostro fuertemente encendido y los ojos extraviados. No conoci 
su marido. ste, vindola en aquella situacin, perdi todos los nimos
y rompi  llorar. Entonces Maximina le mir con fijeza. Sus ojos
perdieron de pronto aquella terrible expresin delirante; incorporse en
la cama, y acercando su rostro al del joven, le pregunt:

--Por qu lloras, mi vida, por qu lloras?

--Porque te niegas  tomar las medicinas, y as no puedes sanar.

--La tomar, la tomar; no llores, por Dios! Dmela.

Y bebi con avidez la cucharada que le present.

--No llorars ya, verdad?--le pregunt ansiosamente despus, y,
oyndole decir que no, le bes repetidas veces la mano.

Por la maana se celebr la junta de mdicos. Uno por uno fueron viendo
 la enferma.

--Qu cansada estoy de ensear la lengua, Miguel!--exclam con un gesto
cmico, que le hizo reir,  pesar de su tribulacin.

Los mdicos no pudieron afirmar resueltamente dnde resida la fiebre.
Inclinronse todos, sin embargo,  creer que era en el centro nervioso.
Lo que en su concepto haca falta,  todo trance, era que la temperatura
bajase por cualquier medio. Para ello recetaron la antipirina.

Corri el mismo Miguel  buscarla. El xito fu rapidsimo.  las pocas
horas de tomarla, la fiebre haba bajado dos grados. Por la maana, slo
marcaba el termmetro treinta y nueve y unas dcimas. Haban
desaparecido la inquietud y el delirio. Tan bien se encontr, que Miguel
no dud que  los cuatro  cinco das podra levantarse de la cama. El
exceso de alegra le agit de tal modo, que no pudiendo permanecer en
casa, sali  tomar el fresco de la maana,  pesar de haber velado
aquella noche. Di una vuelta por el Retiro. La maana estaba fresca y
hermosa. El gozo que inundaba su alma le haca ver en el sol radioso, en
el canto de las aves, en el follaje de los rboles, bellezas misteriosas
que antes no haba logrado percibir. Poco le faltaba para abrazar  los
solitarios paseantes con quienes tropezaba.

Mas ay! no saba que aquel remedio cumple su cometido cuando refresca
la sangre encendida, sin tener facultades para destruir la enfermedad.
La temperatura comenz de nuevo  elevarse  la cada de la tarde. Tan
ilusionado estaba, que lo achac al recargo natural que padecen todos
los enfermos en esa hora, y no le concedi importancia. El mdico
tampoco le dijo nada que pudiera alarmarle.  las once se fu  acostar,
dejando  Juana velndola. La voz de sta le sac del sueo profundo en
que yaca.

--Seorito!, seorito, la seorita se pone peor!

La voz con que despiertan  un condenado  muerte para llevarle al
suplicio, no son jams tan terrible como aquella para Miguel. Se puso
en pie de un brinco. Corri al cuarto. Maximina tena los ojos
cerrados. Al entrar l los abri, quiso sonreir, y de nuevo los cerr...
para no abrirlos jams. Eran las cuatro de la madrugada. Juana avis
corriendo al mdico, llamando antes en el cuarto de al lado. La viuda
del coronel afirm que aquello no era ms que un sncope. Entre ella y
Miguel le pusieron unos sinapismos. Se avis al cura. Pocos minutos
despus llegaba, al mismo tiempo que el mdico. Para qu?

Miguel recorra el pasillo sin cesar, plido como un espectro. De pronto
se detuvo y quiso penetrar en el cuarto de su esposa. La viuda, el
sacerdote y el mdico le pusieron las manos en el pecho.

--No; no entre usted, Rivera!

--Lo s todo: djenme ustedes paso.

En su mirada y actitud comprendieron que era intil oponerse.

Se arroj sobre el cuerpo de su esposa, del cual an no haba
desaparecido el calor y la vida por completo, y lo bes con frenes por
algunos minutos.

--Basta, basta! Se est usted matando--le decan.

Al fin consiguieron arrancarle.

--Mejor que t--grit dndole el ltimo beso--no la ha habido ni la
habr sobre la tierra!

--Dichosos, hijo mo, los que al morir pueden escuchar semejantes
palabras!--respondi el anciano sacerdote.

Sacronle de all. Fu derecho  su escritorio y se arrim al balcn.
An no haba amanecido por completo. La consternacin sec sus lgrimas.
Inmvil, con los ojos extticos y la frente pegada  los cristales, pas
largo rato escuchando en su espritu la voz reveladora que slo habla en
esta hora suprema. Al cabo pudo orsele murmurar con voz ronca:

--Quin sabe! quin sabe!

[imagen decorativa]




XXXI


QU ms queris saber? Miguel se tambale como el atleta
que recibe un golpe en medio de la frente; pero no vino al suelo. En la
obligacin ineludible de proteger al inocente nio que perda  su madre
cuando comenzaba  balbucir su nombre, hall fuerzas para vivir. Su
historia, poco novelesca, se hace menos interesante an desde entonces.
Redcese casi toda  meditaciones, dudas, esperanzas, abatimientos y
borrascas que no salen de los senos arcanos del espritu. Su relato slo
puede interesar al psiclogo. Abreviemos, pues, esta larga y fatigosa
narracin.

Consagr la vida entera  su hijo. El trabajo y el estudio, si no
aplacaron su dolor, le distrajeron  ratos, dndole tambin ms
elevacin: trasformse con los aos en honda y grave tristeza que no le
quitaba ni espacio ni serenidad para pensar. Ni de da ni de noche se
apartaba de su nio. As que pudo, le llevaba muchas veces con l  la
oficina. Colocbalo frente  s para que, al levantar la cabeza, sus
ojos tropezasen con aquel rostro diminuto en el cual buscaba con
ansiedad rasgos, gestos, lineamientos de otro que tena grabado con
cincel en el alma. Si queran hacerle feliz por un instante sus amigos,
no tenan ms que asegurarle que el chico sera con el tiempo un vivo
retrato de su madre. En cambio, si alguno le deca que iba  parecerse 
l, quedaba triste y meditabundo largo rato. Cuntas veces,
sorprendiendo en sus labios  en sus ojos alguna mueca peculiar de
Maximina, hubo estallado en sollozos! La inocente criatura le miraba
entonces sorprendida y aterrada, hasta que su padre le coga en brazos y
le deca besndolo apasionadamente:--Dichoso t que no sabes lo que
has perdido!!--Llevbalo tambin muchos das al cementerio y le haca
besar despus que l la lpida del nicho donde su madre yaca. Oh, si
aquellos besos no se filtraban por el mrmol y hacan temblar de gozo
las cenizas de la nia de Pasajes, bien podis asegurar que nada en el
mundo conseguira ya removerlas!

No solamente en el hijo vea la imagen viva de su esposa. Cualquier
espectculo grande, cualquier accin heroica, cualquier rasgo de
caridad, cualquier obra de arte, sobre todo de msica, se la traa
sbito  la imaginacin y con ella las lgrimas  sus ojos, como si
aquella criatura, que ya no exista, estuviese an unida  todo lo que
de noble, hermoso y elevado guarda la tierra. Por eso repiti cuanto
pudo estas emociones. Cultiv y acendr el sentimiento religioso,
desfallecido algunas veces, pero no extinto jams en su espritu; am
las artes; busc la amistad de los buenos.

Andando el tiempo, aquel Mendoza, su amigo, con quien no haba vuelto 
hablar desde que, arruinado, se haba ido  vivir  Chamber, lleg 
ministro. A nadie le sorprender seguramente. Dadas ciertas premisas,
las consecuencias son inevitables. Y cuando fu ministro le pas un
recado, no sabemos si por generosidad  por egosmo, preguntndole si
quera ser su secretario particular, conservando adems la plaza en el
Consejo de Estado. La carne, flaca, quiso rebelarse un instante oyendo
tal proposicin. Sin embargo, logr dominarla en seguida y acept. Haca
tiempo que  fuerza de llorar y meditar, su vida interior se haba
emancipado del imperio del orgullo. Tras de terribles sacudimientos, su
alma logr romper las cadenas que la ligaban  las pasiones terrestres.
Aprendi, para no olvidarla ya jams, la verdad sublime que eternamente
flotar sobre la ciencia humana y ser el compendio de todas las
verdades, _la negacin de s mismo_.

Desde que pis el suelo sagrado de la libertad, su existencia comenz 
deslizarse serena en medio de un reposo dulce y tranquilo. En el pilago
de las pasiones humanas, en el torbellino de sus propios sentimientos,
tuvo al fin la fortuna de hallarse  s mismo y comprender lo que era.
Su nico pensamiento desde entonces fu avanzar ms y ms por el camino
de la libertad, hasta que sonase para l la hora de la emancipacin
suprema. El solo y ms ardiente deseo de su vida fu poder amar la
muerte. En tanto, emple la fuerza santa y divina de la imaginacin en
crearse un mundo particular y libre donde viva con su esposa, en la
misma dulce comunidad de otro tiempo, compartiendo con ella su amor y
sus penas. Al terminar cualquier acto de la vida, nunca dejaba de
preguntarse: Lo aprobara Maximina? Diariamente se confesaba con ella
y le comunicaba los ms ntimos secretos del alma. Y cuando tena la
desgracia de caer en el pecado, se apoderaba de l una turbacin
profunda, pensando que aquel da se haba alejado un poco de su esposa.
De este modo, participando como criatura divina del augusto privilegio
de Dios, logr prestarla nueva vida, , por mejor decir, que no muriese
jams.

Mas como criatura humana tambin, su espritu fu sacudido ms de una
vez por el huracn de la duda. Padeci los crueles asaltos de la
tentacin y vacil como el Hijo de Dios en el huerto de Gethseman.
Horas de agona que le dejaban hondamente impresionado y mermaban sus
fuerzas si no las abatan por completo! Asistamos  una de ellas.

Despus que sala del Ministerio  del Congreso, Mendoza acostumbraba 
pasearse en carruaje descubierto por el Retiro. Miguel le acompaaba. Al
cabo de un rato de deslizarse entre la balumba de los coches, el
Ministro sola marearse y quedar amodorrado y aun dormitando, mecido por
los blandos vaivenes de la carretela. Miguel, ajeno casi siempre  las
curiosidades y galas del paseo, con los ojos fijos en el cielo  en el
paisaje, meditaba.

Era una tarde suave, la ms suave y esplendorosa que la primavera haba
otorgado aquel ao  los madrileos. El sol se estaba acostando. Por el
balcn abierto entre los rboles sobre la vasta llanura de Vallecas,
nuestro secretario le vea descender majestuosamente sobre el borde de
una nube dejando estela de oro en la tierra.

Arrastrado por el curso de los pensamientos que  menudo le dominaban,
se puso  considerar el tiempo que de aquel modo arda en el espacio, y
la regin misteriosa del cielo hacia donde nos llevaba en su marcha
violentsima; de dnde se haba desprendido aquella masa inmensa; cundo
y de qu modo se extinguira su luz. Pens que su historia, por larga
que parezca, no es ms que un instante en la historia de la Creacin.
En los infinitos mundos que eternamente se estn formando y
extinguiendo, qu papel tan insignificante har este pobre sol que para
nosotros es primer actor! Por qu entonces nos parece tan grande y tan
bello? A quin se lo pareca antes que nosotros existisemos? Esta
madeja de oro, como la llaman los poetas, cuntos miles de aos se
estuvo derramando por la tierra, sin acariciar otras cabezas que las de
los saurios gigantescos, pterodctylos, magalosauros, y otros monstruos
horrorosos! El velo que oculta los misterios infinitos del espacio, se
descorrer algn da? Habr seres que los comprendan ya? Abismado en
tales reflexiones, en exttica contemplacin del horizonte,  lo cual se
prestaban las frecuentes y largas paradas que el coche haca, pas largo
rato. Cuando sali de su xtasis, y puso los ojos sobre la multitud de
trenes que en aquel sitio delicioso se estrujaban, le causaron la misma
impresin que si viese un hormiguero. Y qu otra cosa era aquello,
salvo que las hormigas en vez de trabajar se paseaban? Al lado suyo se
apiaba una muchedumbre de animales atmicos, con la vista fija en la
tierra, arrastrados por otros animales,  quienes haban hecho sus
esclavos. Pero tambin las hormigas poseen esclavos! Todos, lo mismo
los amos que los caballos, tenan traza de creer que el mundo eran
ellos, y nada ms que ellos. Y sus proyectos, sus deseos, sus amores,
sus _restaurants_ y sus piensos, el nico y ms alto fin de la Creacin.
Slo all, entre los peones, vi un rostro plido, adornado de luenga
barba blanca, cuyos ojos tristes y soadores se dirigan tambin al
firmamento. Al pasar  su lado, aquel rostro le sonri afectuosamente.
Miguel le contest diciendo:--Adis, D. Ventura. Era el ms tierno y
espontneo de los poetas espaoles, el insigne Ruiz Aguilera. Despus,
sus ojos se convirtieron  Mendoza, que dorma deliciosamente. Le mir
con atencin algunos momentos y le acometieron ganas de reir. Pobre
hombre! se cree en el pinculo de la gloria, porque dispone, durante
algunos meses, de unas docenas de empleos. Y  esto ha consagrado la
vida entera, todas las fuerzas que Dios le di! Maana se morir este
hombre, y no habr sabido lo que es el amor de una esposa tierna 
inocente, ni el entusiasmo que despierta en el alma una accin heroica,
ni la emocin profunda que origina el estudio de la naturaleza, ni el
gozo pursimo de contemplar una obra de arte. No habr pensado, no habr
sentido, no habr amado. Sin embargo, juzga de buena fe que debe
hincharse, porque suena un timbre en el Ministerio cuando l entra, y le
quitan el sombrero algunos desdichados. Cunto esfuerzo, cunta bajeza
ha tenido que hacer esta hormiga para que otras hormigas le den las
buenas tardes con respeto!

No pudo reprimir una carcajada. Mendoza entreabri los ojos al oirla;
pero avezado  aquellas salidas originales de su secretario, volvi al
instante  cerrarlos, quedando otra vez dormido.

Con todo, sigui pensando, la religin, el arte, la caridad, el
herosmo, estos signos en los cuales yo creo ver la expresin de una
naturaleza ms elevada, no sern tambin ilusiones como las que se
forja de su importancia este pobre diablo? La patria lejana por la cual
suspiro, ser una imagen engaosa de mis propios deseos? La idea del
aniquilamiento acudi  su espritu y le hizo estremecerse. Si todo se
desvaneciese al fin como el humo, como la sombra; si las ms puras
emociones de mi alma, si el amor de mi esposa, si la inocente sonrisa de
mi hijo tuviesen en la naturaleza el mismo valor que el odio del
malvado  la carcajada del vicio; si dos seres se uniesen y se amasen
para separarse despus eternamente, oh, con qu placer te odiara,
infame universo! Si detrs de esos espacios tan hermosos no hay nadie
capaz de compasin, qu valen tus masas enormes, ni tu movimiento
acompasado, ni tus ros inmensos de luz? Yo, miserable tomo, soy ms
noble porque puedo amar y puedo compadecer...

Qued algunos minutos suspenso, con los ojos en el vaco. Un
enternecimiento singular, que pocas veces haba sentido, se iba
apoderando de su espritu. Hizo con el pensamiento una rpida excursin
por su vida pasada. Se le represent como una cadena de desdichas. Hasta
los placeres de la juventud se le presentaron odiosos y despreciables.
Slo haba en ella un oasis ameno y delicioso: los dos aos de su
matrimonio. Si todos los hombres--se dijo--volviesen la vista atrs,
hallaran lo mismo. Tal vez algo peor, porque la mayora de ellos no han
sido acariciados por el cielo como yo breves instantes. Acudi  su
memoria el recuerdo de algunos amigos muertos en la flor de la edad
despus de crueles sufrimientos; el de otros que, cansados de luchar
contra la suerte, haban cado al fin rendidos en la miseria; vi los
ms nobles  inteligentes de ellos desempeando humildes puestos, y
encumbrados los necios y los perversos; se acord de su buen padre,
cuyos ltimos aos fueron amargados por una mujer soberbia y caprichosa;
se acord de su hermana, una criatura todo luz y alegra, engaada
vilmente y sumida para siempre en la desgracia; record, en fin,  aquel
ser angelical mitad de su propio ser, arrebatado al mundo cuando acababa
de poner los labios en la copa de la dicha...

La Creacin se le present de pronto con un aspecto terrible. Los seres
devorndose los unos  los otros sin piedad; el ms fuerte martirizando
al ms dbil constantemente. Unos y otros, engaados por la ilusin de
la felicidad que no ha de llegar jams para ninguno, trabajan, padecen
en provecho de cada especie, stas en provecho de otras, y as
sucesivamente, hasta el infinito. El mundo, en suma, se le ofreci como
una estafa inmensa, un lugar de tormento para todos los seres vivos, ms
cruel an para los conscientes. La felicidad absoluta para el Todo,
porque es y ser eternamente; la absoluta desdicha para los individuos,
porque eternamente se renovarn para padecer y morir.

Ante aquel cuadro espantoso que vi con intensa claridad, su alma qued
turbada. Un estremecimiento de horror sacudi su cuerpo.--Dios mo,
Dios mo! por qu me has abandonado?--murmuraron repetidas veces sus
labios trmulos. Y un sollozo desgarrador que se haba ido formando poco
 poco en el fondo del pecho estall al fin con ruido.

El Ministro abri los ojos asustado.

--Hombre, t te pasas la vida riendo  llorando!--le dijo.

--As es--respondi el secretario llevndose el pauelo  los ojos.

[Illustration: FIN]

* * * * *

Faltas corregidas por el etext transcriptor:

del sarcerdote con voz clara=> del sacerdote con voz clara {pg 13}

Y dando una fuerre sacudida=> Y dando una fuerte sacudida {pg 37}

entraba en aqel momento=> entraba en aquel momento {pg 79}

se lohaba representado=> se lo haba representado {pg 80}

sino todo la vida=> sino toda la vida {pg 85}

detras de la persiana=> detrs de la persiana {pg 143}

gozo cas mstico=> gozo casi mstico {pg 149}

Est la mir consternada.=> sta la mir consternada. {pg 153}

persona para invitarlas=> personas para invitarlas {pg 172}

haban clavado persstentes en Maximina=> haban clavado persistentes en
Maximina {pg 172}

picado por la indeferencia ingenua=> picado por la indiferencia ingenua
{pg 197}

Maximina levant vivmente=> Maximina levant vivamente {pg 200}

las facciones perfeectas?=> las facciones perfectas? {pg 211}

Est mam siempre ha de ser la misma! Qu gegio tan
remaldito!--exclam al quedarse solo.=> Esta mam siempre ha de ser la
misma! Qu genio tan remaldito!--exclam al quedarse solo. {pg 215}

esa delizadeza=> esa delicadeza {pg 218}

profirio tartamudeando=> profiri tartamudeando {pg 220}

No hay que descuidase en escribir=> No hay que descuidarse en escribir
{pg 245}

Maxima muy desabrida=> Maximina muy desabrida {pg 251}

bien porque sus negocios lo exigiese=> bien porque sus negocios lo
exigiesen {pg 269}

como si en aquepunto=> como si en aquel punto {pg 277}

les djo que D. Martn=> les dijo que D. Martn {pg 297}

alguna funcion de=> alguna funcin de {pg 300}

se mirarn an=> se miraron an {pg 302}

veces el lechugino  leer=> veces el lechuguino  leer {pg 309}

como si estuxiese preocupado con alguna idea=> como si estuviese
preocupado con alguna idea {pg 310}

mudndaselos todos=> mudndoselos todos {pg 312}

can sonrisa irnica=> con sonrisa irnica {pg 316}

su temperamente inquieto=> su temperamento inquieto {pg 318}

me pronongas semejante=> me propongas semejante {pg 324}

tahur=> tahr {pg 327}

sentado en un divan=> sentado en un divn {pg 328}

Saavedr baj=> Saavedra baj {pg 329}

sin inconvenienle alguno=> sin inconveniente alguno {pg 349}

Sabes lo qne estoy=> Sabes lo que estoy {pg 334}

enterarse de lo ocurrrido=> enterarse de lo ocurrido {pg 338}

La carne, flaca, quiso revelarse=> La carne, flaca, quiso rebelarse {pg
390}

repus Saavedra=> repuso Saavedra {pg 344}

aplanchar la ropa=> a planchar la ropa {pg 358}

dnde iba  buscarlo=>  dnde iba  buscarlo {pg 362}

Cuanto ganas?=> Cunto ganas? {pg 368}

amigo Riveva=> amigo Rivera {pg 381}

la negacion de s mismo=> la negacin de s mismo {pg 390}





End of the Project Gutenberg EBook of Maximina, by Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MAXIMINA ***

***** This file should be named 40810-8.txt or 40810-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/4/0/8/1/40810/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
