The Project Gutenberg EBook of La voz de la conseja, t.I,
compiled by Emilio Carrre,

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Title: La voz de la conseja, t.I

Authors: Benito Prez Galds
             Jacinto Benavente
             Condesa De Pardo Bazn
             Miguel De Unamuno
             Armando Palacio-valds
             Rubn Daro
             Po Baroja
             Joaqun Dicenta
             Ricardo Len
             Jos Nogales
             Pedro De Rpide
             Arturo Reyes
             Pedro Mata

Editor: Emilio Carrre

Release Date: September 22, 2012 [EBook #40827]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en el
texto. (la lista de errores corregidos sigue el texto.)
(nota del transcriptor)





_La Voz de la Conseja_




La Voz
de la Conseja

Seleccin
de las mejores novelas breves y cuentos de
los ms esclarecidos literatos.

Recopilacin hecha
por
Emilio Carrre

Firmas del tomo primero

Galds.--Benavente.--Condesa de Pardo Bazn.--Unamuno.--Palacio
Valds.--Rubn Daro.--Baroja.--Dicenta.--Ricardo
Len.--Nogales.--Rpide.--Arturo
Reyes y Pedro Mata.

V. H. SANZ CALLEJA

Editores e Impresores

C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23

MADRID

:ES PROPIEDAD:




INDICE


_BENITO PREZ GALDS_

_La novela en el tranva_                                             17

_JACINTO BENAVENTE_

_El criado de Don Juan_                                               59

_CONDESA DE PARDO BAZN_

_Viernes Santo_                                                       77

_MIGUEL DE UNAMUNO_

_El sencillo Don Rafael_                                              99

_ARMANDO PALACIO-VALDS_

_Solo!_                                                             111

_RUBN DARO_

_El Rey burgus_                                                     137

_PO BAROJA_

_Elizabide el Vagabundo_                                             149

JOAQUN DICENTA

_La epopeya de una zngara_                                          165

RICARDO LEN

_Los tres reyes de Oriente_                                          175

JOS NOGALES

_Las tres cosas del to Juan_                                        187

PEDRO DE RPIDE

_La enamorada indiscreta_                                            203

ARTURO REYES

_Cosas de hombre_                                                    249

PEDRO MATA

_Fuerte como la muerte_                                              261




_AL EMPEZAR_


_La Casa editorial V. H. de Sanz Calleja me encarga esta Antologa de
cuentistas de habla castellana. No es tarea tan humilde la del
seleccionador, pues hace falta un exquisito sentido esttico para poder
elegir lo mejor en la maravillosa labor literaria de los altos ingenios
que honran estas pginas de_ LA VOZ DE LA CONSEJA...

_Yo creo que esta coleccin de cuentos tiene un gran valor
bibliogrfico; es un documento brillante de este nuevo siglo de oro de
la novela espaola, que comienza con el nombre glorioso de don Benito
Prez Galds. En estas hojas est el gran espritu de una poca noble,
fecunda, preada de ideal artstico, encerrado como en un tabernculo. Y
tambin me parece que la publicacin de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _es una
prueba de amor al libro espaol, un acicate para la curiosidad del
lector indolente y un selecto regalo para el espritu del lector culto_.

_No osar jams hacer una resea crtica de los nombres insignes que en
este primer tomo os ofrecen gallardas muestras de su talento; slo
quiero decir sus nombres y los ttulos de sus cuentos, para deleitarme
al recordar el encantador, sano e ingenuo humorismo de Galds en_ La
novela en el tranva; _las prosas madrigalescas, hondas y miniadas de
Benavente en_ El criado de Don Juan _y la recia y sabrosa urdimbre
novelesca, palpitante de rebelda, de amor y de dolor de_ Viernes Santo,
_de la condesa de Pardo Bazn. Palacio Valds, el maestro solitario, os
ofrece su novela_ Solo!, _digna de la pluma egregia que traz_ La aldea
perdida. _Todas las palabras de elogio son pobres para este coloso de la
novela contempornea_. El sencillo Don Rafael, cazador y tresillista _es
una conmovedora y grcil narracin de Unamuno, el espritu ms hondo,
ms multiforme, el corazn ms en carne viva de esta poca de
inquietudes de conciencia y de lucha desesperada por la vida y por las
ideas. Burla burlando_, El sencillo Don Rafael _es de una emocin que
hace llorar y a un tiempo ofrece un alto ejemplo de belleza moral dentro
de una naturalidad encantadora_.

_Jos Nogales, el castellano artfice de la prosa, nos brinda_ Las tres
cosas del to Juan, _el cuento a que debi su consagracin. Arturo Reyes
fu un gran cuentista regional, como lo prueba en_ Cosas de hombre,
_lleno de gracejo, de ambiente, dueo de la dificilsima tcnica del
arte del cuento. Como gratitud a la honda emocin esttica que nos
dieron, pongamos un recuerdo, como una hoja de laurel, sobre la piedra
de estos dos ilustres cuentistas, muertos ya_.

La epopeya de una zngara, _de Joaqun Dicenta, es un jirn de realidad
salvaje, ensangrentada, aullante de dolor. Es de lo ms personal de
este insigne dramaturgo espaol, todo pasin y violencia, que hoy, da
21 de Febrero, est encerrado entre las cuatro tablas hrridas de un
atad. Taladrante coincidencia! Cuando me dispongo a hacer esta frvola
resea, los peridicos dicen la muerte del autor de_ Juan Jos. _Fu un
gran corazn y un temperamento nico, insuperable de artista_. La
epopeya de una zngara _refleja fielmente el rico carcter emocional de
este escritor_.

_El artista de la crnica, Pedro de Rpide, nos regala con su novela_ La
enamorada indiscreta, _escrita donosamente y con toda pureza a la manera
clsica de la novela del siglo ureo_.

_Pedro Mata, en_ Fuerte como la muerte, _traza una irnica elega
henchida de emocin dramtica_.

_El prestigio de estos nombres y de los de Baroja y Len nos hace
esperar que_ LA VOZ DE LA CONSEJA _sea un gran xito editorial. En los
volmenes sucesivos seguiremos publicando cuentos y novelas breves de
lo ms florido de la intelectualidad espaola_.

_Todas las orientaciones, todos los estilos, como gua del lector
quedarn grabados en estas pginas. Segn sus afinidades, el que lea,
buscar despus las obras completas de sus autores predilectos, La Casa
editorial Sanz Calleja ama el libro y cuida de su presentacin con el
mayor gusto artstico; no es slo el estmulo comercial el que la gua;
acomete la empresa romntica de hacer lectores y de_ hacer _libreros
amantes del libro espaol. Los libros de grandes firmas, de bella
presentacin y muy baratos tendrn millares de lectores que acudirn al
mostrador del librero, y ste saldr de su xtasis de fakir, y al par
que gana dinero aprender a tomar cario al libro. Hay que hacer la
reconquista espiritual de Amrica: antao fueron los capitanes, ogao
son los mercaderes de libros_.

_Hemos credo, juntamente editores y recopilador_, _que_ LA VOZ DE LA
CONSEJA _era un libro indispensable en esta labor de bibliofilia.
Adems, hasta hoy no haba una coleccin con honores de Antologa de los
cuentistas castellanos modernos. Recuerdo unos trozos escogidos para
lectura en las escuelas de prvulos, que acababa en Jovellanos y
Martnez de la Rosa. Del siglo_ XIX _no se haba editado nada, que yo
recuerde, hasta_ LA VOZ DE LA CONSEJA, _mientras que en Francia hay por
lo menos diez florilegios por cada generacin literaria_.

_En estas pginas daremos acogida, no slo a los cuentistas espaoles,
sino tambin a los hermanos en lengua cervantina de las Repblicas
latinas de Amrica. Tan espaoles son como nosotros por la lengua, que
es el espritu, razn ms fuerte esta del idioma que la geogrfica_.

_En este primer tomo damos_ El Rey burgus, _de Rubn Daro, uno de los
grandes artistas_--_no de Amrica ni de Espaa, sino de la Humanidad y
de todos los tiempos_.

_Abramos la primera pgina de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _con el alma
despierta a la emocin del arte y recojmonos. La voz gloriosa de
Galds, el patriarca de la novela, comienza a sonar. Devotamente,
oid_...

_E. CARRERE_




La Novela en el Tranva.

(GALDS)




LA NOVELA EN EL TRANVIA


I

El coche parta de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar
todo Madrid en direccin al de Pozas. Impulsado por el egosta deseo de
tomar asiento antes que las dems personas movidas de iguales
intenciones, ech mano a la barra que sustenta la escalera de la
imperial, puse el pie en la plataforma y sub; pero en el mismo instante
oh previsin! tropec con otro viajero que por el opuesto lado entraba.
Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D. Dionisio Cascajares de la
Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que tuvo en aquella
crtica ocasin la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta
apretn de manos.

Nuestro inesperado choque no haba tenido consecuencias de
consideracin, si se excepta la abolladura parcial de cierto sombrero
de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa, que
tras de mi amigo intentaba subir, y que sufri sin duda por falta de
agilidad, el rechazo de su bastn.

Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a
charlar. El Sr. D. Dionisio Cascajares es un mdico afamado, aunque no
por la profundidad de sus conocimientos patolgicos, y un hombre de
bien, pues jams se dijo de l que fuera inclinado a tomar lo ajeno, ni
a matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y
cientfica profesin. Bien puede asegurarse que la amenidad de su trato
y el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que
el que ellos quieren, son causa de la confianza que inspira a multitud
de familias de todas jerarquas, mayormente cuando tambin es fama que
en su bondad sin lmites presta servicios ajenos a la ciencia, aunque
siempre de ndole rigurosamente honesta.

Nadie sabe como l sucesos interesantes que no pertenecen al dominio
pblico, ni ninguno tiene en ms estupendo grado la mana de preguntar,
si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en l por la
prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los dems se tomen el
trabajo de preguntrselo. Jzguese por esto si la compaa de tan
hermoso ejemplar de la ligereza humana ser solicitada por los curiosos
y por los lenguaraces.

Este hombre, amigo mo, como lo es de todo el mundo, era el que sentado
iba junto a m cuando el coche, resbalando suavemente por su calzada de
hierro, bajaba la calle de Serrano, detenindose alguna vez para llenar
los pocos asientos que quedaban ya vacos. Ibamos tan estrechos que me
molestaba grandemente el paquete de libros que conmigo llevaba, y ya le
pona sobre esta rodilla, ya sobre la otra, ya por fin me resolv a
sentarme sobre l, temiendo molestar a la seora inglesa, a quien cupo
en suerte colocarse a mi siniestra mano.

--Y usted adnde va?--me pregunt Cascajares, mirndome por encima de
sus espejuelos azules, lo que me haca el efecto de ser examinado por
cuatro ojos.

Contestle evasivamente, y l, deseando sin duda no perder aquel rato
sin hacer alguna til investigacin, insisti en sus preguntas diciendo:

--Y Fulanito, qu hace? Y Fulanito dnde est? con otras indagatorias
del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida.

Por ltimo, viendo cun intiles eran sus tentativas para pegar la
hebra, ech por camino ms adecuado a su expansivo temperamento y empez
a desembuchar.

--Pobre Condesa!--dijo expresando con un movimiento de cabeza y un
visaje, su desinteresada compasin. Si hubiera seguido mis consejos no
se vera en situacin tan crtica.

--Ah! es claro--, contest maquinalmente, ofreciendo tambin el tributo
de mi compasin a la seora Condesa.

--Figrese usted,--prosigui,--que se han dejado dominar por aquel
hombre! Y aquel hombre llegar a ser el dueo de la casa. Pobrecilla!
Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no. Urge tomar una
determinacin. Porque ese hombre es un infame, le creo capaz de los
mayores crmenes.

--Ah! S es atroz!--dije yo, participando irreflexivamente de su
indignacin.

--Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condicin que
si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro indica su
rostro que de all no puede salir cosa buena.

--Ya lo creo, eso salta a la vista.

--Le explicar a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer
excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos
conceptos de mejor suerte. Pero est casada con un hombre que no
comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a
toda clase de entretenimientos ilcitos. Ella entretanto se aburre y
llora. Es extrao que trate de sofocar su pena divirtindose
honestamente aqu, y all, donde quiera que suena un piano? Es ms, yo
mismo se lo aconsejo y le digo: Seora, procure usted distraerse, que
la vida se acaba. Al fin el seor Conde se ha de arrepentir de sus
locuras y se acabarn las penas. Me parece que estoy en lo cierto.

--Ah! sin duda--, contest con oficiosidad, continuando en mis adentros
tan indiferente como al principio a las desventuras de la Condesa.

--Pero no es eso lo peor--aadi Cascajares, golpeando el suelo con su
bastn--sino que ahora el seor Conde ha dado en la flor de estar
celoso... s, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de
distraer a la Condesa.

--El marido tendr la culpa de que lo consiga.

--Todo eso sera insignificante, porque la Condesa es la misma virtud;
todo eso sera insignificante, digo, si no existiera un hombre
abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella casa.

--De veras? Y quin es ese hombre?--pregunt con una chispa de
curiosidad.

--Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto
martirizar a la infeliz cuanto sensible seora. Parece que se ha
apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma
pretende... qu s yo... Es una infamia!

--S que lo es, y ello merece un ejemplar castigo--dije yo, descargando
tambin el peso de mis iras sobre aquel hombre.

--Pero ella es inocente; ella es un ngel... Pero, calle! estamos en la
Cibeles. S; ya veo a la derecha el parque de Buenavista. Mande usted
parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar cuando el
coche est en marcha, para descalabrarse contra los adoquines. Adis, mi
amigo, adis.

Par el coche y baj D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, despus de
darme otro apretn de manos y de causar segundo desperfecto en el
sombrero de la dama inglesa, an no repuesta del primitivo susto.


II

Sigui el mnibus su marcha y cosa singular! yo a mi vez segu pensando
en la incgnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y sobre todo
en el hombre siniestro que, segn la enrgica expresin del mdico, a
punto estaba de causar un desastre en la casa. Considera, lector, lo que
es el humano pensamiento: cuando Cascajares principi a referirme
aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez, mas poco
tard mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas
de arriba abajo, operacin psicolgica que no deja de ser estimulada por
la regular marcha del coche y el sordo y montono rumor de sus ruedas,
limando el hierro de los carriles.

Pero al fin dej de pensar en lo que tan poco me interesaba, y
recorriendo con la vista el interior del coche, examin uno por uno a
mis compaeros de viaje. Cun distintas caras y cun diversas
expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo ms mnimo de los que van
a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad;
unos estn alegres, otros tristes, aquel bosteza, el de ms all re, y
a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo
pronto. Pues entre los mil fastidios de la existencia, ninguno aventaja
al que consiste en estar una docena de personas mirndose las caras sin
decirse palabra, y contndose recprocamente sus arrugas, sus lunares, y
ste o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.

Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y
que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a
alguien; otros vienen despus que estamos all; unos se marchan,
quedndonos nosotros, y por ltimo tambin nos vamos. Imitacin es esto
de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y
salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones
de viajeros el pequeo mundo que all dentro vive. Entran, salen; nacen,
mueren... Cuntos han pasado por aqu antes que nosotros!

Cuntos vendrn despus!

Y para que la semejanza sea ms completa, tambin hay un mundo chico de
pasiones en miniatura dentro de aquel cajn. Muchos van all que se nos
antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les vemos
salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les
echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos;
examinamos con cierto rencor sus caracteres frenolgicos y sentimos
verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el vehculo,
remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme,
incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que
le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es
mudo teatro; siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables
paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.

Pensaba en esto mientras el coche suba por la calle de Alcal, hasta
que me sac del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi
paquete de libros al caer al suelo. Recogido al instante, mis ojos se
fijaron en el pedazo de peridico que serva de envoltorio a los
volmenes, y maquinalmente leyeron medio rengln de lo que all estaba
impreso. De sbito sent vivamente picada mi curiosidad; haba ledo
algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en el pedazo de
folletn hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo. Busqu el
principio y no lo hall: el papel estaba roto, y nicamente pude leer,
con curiosidad primero y despus con afn creciente, lo que sigue:

Senta la Condesa una agitacin indescriptible. La presencia de
Mudarra, el insolente mayordomo, que olvidando su bajo orgen atrevase
a poner los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra. El
infame la estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a un
preso. Ya no le detena ningn respeto, ni era obstculo a su infame
asechanza la debilidad y delicadeza de tan excelente seora.

Mudarra penetr a deshora en la habitacin de la Condesa, que plida y
agitada, sintiendo a la vez vergenza y terror, no tuvo nimo para
despedirle.

--No se asuste usa, seora Condesa--, dijo con forzada y siniestra
sonrisa, que aument la turbacin de la dama;--no vengo a hacer a usa
dao alguno.

--Oh, Dios mo! Cundo acabar este suplicio!--exclam la dama,
dejando caer sus brazos con desaliento. Salga usted; yo no puedo acceder
a sus deseos. Qu infamia! Abusar de ese modo de mi debilidad, y de la
indiferencia de mi esposo, nico autor de tantas desdichas!

--Por qu tan arisca, seora Condesa?--aadi el feroz mayordomo--. Si
yo no tuviera el secreto de su perdicin en mi mano; si yo no pudiera
imponer al seor Conde de ciertos particulares... pues... referentes a
aquel caballerito... Pero, no abusar, no, de estas terribles armas.
Usted me comprender al fin, conociendo cun desinteresado es el grande
amor que ha sabido inspirarme.

Al decir esto, Mudarra di algunos pasos hacia la Condesa, que se alej
con horror y repugnancia de aquel monstruo.

Era Mudarra un hombre como de cincuenta aos, moreno, rechoncho y
patizambo, de cabellos speros y en desorden, grande y colmilluda la
boca. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y
espessimas cejas, en aquellos instantes expresaban la ms bestial
concupiscencia.

--Ah, puerco espn!--exclam con ira al ver el natural despego de la
dama.--Qu desdicha no ser un mozalbete almidonado! Tanto remilgo
sabiendo que puedo informar al seor Conde... Y me creer, no lo dude
usa: el seor Conde tiene en m tal confianza, que lo que yo digo es
para l el mismo Evangelio... pues... y como est celoso... si yo le
presento el papelito...

--Infame!--grit la Condesa con noble arranque de indignacin y
dignidad.--Yo soy inocente; y mi esposo no ser capaz de prestar odos a
tan viles calumnias. Y aunque fuera culpable prefiero mil veces ser
despreciada por mi marido y por todo el mundo, a comprar mi tranquilidad
a ese precio. Salga usted de aqu al instante.

--Yo tambin tengo mal genio, seora Condesa--, dijo el mayordomo
devorando su rabia--; yo tambin gasto mal genio, y cuando me amosco...
Puesto que usa lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda. Ya s lo
que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta aqu. Por
ltima vez propongo a usa que seamos amigos, y no me ponga en el caso
de hacer un disparate... con que seora ma...

Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rgidos
tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y di
algunos pasos como para sentarse en el sof junto a la Condesa. Esta se
levant de un salto gritando:--No; salga usted! Infame! Y no tener
quien me defienda... Salga usted!

El mayordomo, entonces era como una fiera a quien se escapa la presa
que ha tenido un momento antes entre sus uas. Di un resoplido, hizo un
gesto de amenaza y sali despacio con pasos muy quedos. La Condesa,
trmula y sin aliento, refugiada en la extremidad del gabinete, sinti
las pisadas que alejndose se perdan en la alfombra de la habitacin
inmediata y respir al fin cuando le consider lejos. Cerr las puertas
y quiso dormir; pero el sueo hua de sus ojos an aterrados con la
imagen del monstruo.

CAPITULO XI.--_El Complot_.--Mudarra, al salir de la habitacin de la
Condesa, se dirigi a la suya y dominado por fuerte inquietud nerviosa,
comenz a registrar cartas y papeles diciendo entre dientes. Ya no
aguanto ms; me las pagar todas juntas. Despus se sent, tom la
pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y examinndola bien
empez a escribir otra tratando de remedar la letra. Mudaba la vista con
febril ansiedad del modelo a la copia y por ltimo despus de gran
trabajo escribi con caracteres enteramente iguales a los del modelo la
carta siguiente, cuyo sentido era de su propia cosecha: _Haba
prometido a usted una entrevista y me apresuro..._

El folletn estaba roto y no pudo leer ms.


III

Sin apartar la vista del paquete, me puse a pensar en la relacin que
exista entre las noticias sueltas que o de boca del seor Cascajares y
la escena leda en aquel papelucho, folletn, sin duda, traducido de
alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montepn. Ser una
tontera, dije para m, pero es lo cierto que ya me inspira inters esa
seora Condesa, vctima de la barbarie de un mayordomo imposible, cual
no existe sino en la trastornada cabeza de algn novelista nacido para
aterrar a las gentes sencillas. Y qu hara el maldito para vengarse?
Capaz sera de imaginar cualquiera atrocidad de esas que ponen fin a un
captulo de sensacin Y el Conde, qu har? Y aquel mozalbete de quien
hablaron Cascajares en el coche y Mudarra en el folletn qu har?
quin ser? Qu hay entre la Condesa y ese incgnito caballerito? Algo
dara por saber...

Esto pensaba, cuando alc los ojos, recorr con ellos el interior del
coche, y horror! vi una persona que me hizo estremecer de espanto.
Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de
folletn, el tranva se haba detenido varias veces para tomar o dejar
algn viajero. En una de estas ocasiones haba entrado aquel hombre,
cuya sbita presencia me produjo tan grande impresin. Era l, Mudarra,
el mayordomo en persona, sentado frente a m, con sus rodillas tocando
mis rodillas. En un segundo le examin de pies a cabeza y reconoc las
facciones cuya descripcin haba ledo. No poda ser otro: hasta los ms
insignificantes detalles de su vestido indicaban claramente que era l.
Reconoc la tez morena y lustrosa, los cabellos indomables, cuyas mechas
surgan en opuestas direcciones como las culebras de Medusa, los ojos
hundidos bajo la espesura de unas agrestes cejas, las barbas, no menos
revueltas e incultas que el pelo, los pies torcidos hacia dentro como
los de los loros, y en fin, la misma mirada, el mismo hombre en el
aspecto, en el traje, en el respirar, en el toser, hasta en el modo de
meterse la mano en el bolsillo para pagar.

De pronto le vi sacar una cartera, y observ que este objeto tena en la
cubierta una gran _M_ dorada, la inicial de su apellido. Abrila, sac
una carta y mir el sobre con sonrisa de demonio, y hasta me pareci que
deca entre dientes:

Qu bien imitada est la letra! En efecto, era una carta pequea, con
el sobre garabateado por mano femenina. Lo mir bien, recrendose en su
infame obra, hasta que observ que yo con curiosidad indiscreta y
descorts alargaba demasiado el rostro para leer el sobrescrito.
Dirigime una mirada que me hizo el efecto de un golpe, y guard su
cartera.

El coche segua corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo
leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extraas
cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosmil,
convertido en ser vivo y compaero mo en aquel viaje, haba dejado
atrs la calle de Alcal, atravesaba la Puerta del Sol y entraba
triunfante en la calle Mayor, abrindose paso por entre los dems
coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y
ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y aturdidos
por la confusin de tantos y tan diversos ruidos, no ven la mole que se
les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca distancia.

Segua yo contemplando aquel hombre como se contempla un objeto de cuya
existencia real no estamos seguros, y no quit los ojos de su
repugnante facha hasta que no le vi levantarse, mandar parar el coche y
salir, perdindose luego entre el gento de la calle.

Salieron y entraron varias personas y la decoracin viviente del coche
mud por completo.

Cada vez era ms viva la curiosidad que me inspiraba aquel suceso, que
al principio poda considerar como forjado exclusivamente en mi cabeza
por la coincidencia de varias sensaciones ocasionadas por la
conversacin o por la lectura, pero que al fin se me figuraba cosa
cierta y de indudable realidad.

Cuando sali el hombre en quien cre ver el terrible mayordomo, quedme
pensando en el incidente de la carta y me lo expliqu a mi manera, no
queriendo ser en tan delicada cuestin menos fecundo que el novelista,
autor de lo que momentos antes haba ledo. Mudarra, pens, deseoso de
vengarse de la Condesa, oh, infortunada seora! finge su letra y
escribe una carta a cierto caballerito, con quien hubo esto y lo otro y
lo de ms all. En la carta le da una cita en su propia casa; llega el
joven a la hora indicada y poco despus el marido, a quien se ha tenido
cuidado de avisar, para que coja _in fraganti_ a su desleal esposa: oh
admirable recurso del ingenio! sto, que en la vida tiene su pro y su
contra, en una novela viene como anillo al dedo. La dama se desmaya, el
amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detrs de la cortina
est el fatdico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada
venganza.

Lector yo de muchas y muy malas novelas, di aquel giro a la que
insensiblemente iba desarrollndose en mi imaginacin por las palabras
de un amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de un
desconocido.


IV

Andando, andando segua el coche y ya por causa del calor que all
dentro se senta, ya porque el movimiento pausado y montono del
vehculo produce cierto mareo que degenera en sueo, lo cierto es que
sent pesados los prpados, me inclin del costado izquierdo, apoyando
el codo en el paquete de libros, y cerr los ojos. En esta situacin
continu viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante m tena,
barbadas unas, limpias de pelo las otras, aqullas riendo, stas muy
acartonadas y serias. Despus me pareci que obedeciendo a la
contraccin de un msculo comn, todas aquellas caras hacan muecas y
guios, abriendo y cerrando los ojos y las bocas, y mostrndome
alternativamente una serie de dientes que variaban desde los ms blancos
hasta los ms amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros.
Aquellas ocho narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y
expresin, crecan o menguaban, variando de forma; las bocas se abran
en lnea horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia
adelante formando hocicos puntiagudos, parecidos al interesante rostro
de cierto benemrito animal que tiene sobre s el anatema de no poder
ser nombrado.

Por detrs de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he descrito,
y al travs de las ventanillas del coche, yo vea la calle y las casas,
los transeuntes, todo en veloz carrera, como si el tranva anduviese con
rapidez vertiginosa. Yo por lo menos crea que marchaban ms aprisa que
nuestros ferrocarriles, ms que los franceses, ms que los ingleses, ms
que los norteamericanos; corra con toda la velocidad que puede suponer
la imaginacin, tratndose de la traslacin de lo slido.

A medida que era ms intenso aquel estado letargoso, se me figuraba que
iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero. Por un
instante cre que el tranva corra por lo ms profundo de los mares:
al travs de los vidrios se vean los cuerpos de cetceos enormes, los
miembros pegajosos de una multitud de plipos de diversos tamaos. Los
peces chicos sacudan sus colas resbaladizas contra los cristales,
algunos miraban adentro con sus grandes y dorados ojos. Crustceos de
forma desconocida, grandes moluscos, madrporas, esponjas y una multitud
de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo los haba visto, pasaban
sin cesar. El coche iba tirado por no s qu especie de nadantes
monstruos, cuyos remos, luchando con el agua, sonaban como las paletas
de una hlice, tornillaban la masa lquida con su infinito voltear.

Esta visin se iba extinguiendo: despus parecime que el coche corra
por los aires, volando en direccin fija y sin que lo agitaran los
vientos. Al travs de los cristales no se vea nada, ms que espacio:
las nubes nos envolvan a veces; una lluvia violenta y repentina
tamborileaba en la imperial; de pronto salamos al espacio puro inundado
de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso seno de celajes
inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de palo como de amatista,
que iban quedndose atrs en nuestra marcha. Pasbamos luego por un
sitio del espacio en que flotaban masas resplandecientes de un finsimo
polvo de oro; ms adelante, aquella polvareda que a m se me antojaba
producida por el movimiento de las ruedas triturando la luz, era de
plata, despus verde como harina de esmeraldas, y por ltimo, roja como
harina de rubes. El coche iba arrastrado por algn voltil
apocalptico, ms fuerte que el hipgrifo y ms atrevido que el dragn;
y el rumor de las ruedas y de la fuerza motriz recordaba el zumbido de
las grandes aspas de un molino de viento, o ms bien el de un abejorro
del tamao de un elefante. Volbamos por el espacio sin fin, sin llegar
nunca; entretanto la tierra quedbase abajo, a muchas leguas de nuestros
pies; y en la tierra, Espaa, Madrid, el barrio de Salamanca,
Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el incgnito galn, todos
ellos.

Pero no tard en dormirme profundamente; y entonces el coche ces de
andar, ces de volar, y desapareci para m la sensacin de que iba en
tal coche, no quedando ms que el ruido montono y profundo de las
ruedas, que no nos abandona jams en nuestras pesadillas dentro de un
tren o en el camarote de un vapor. Me dorm... Oh infortunada Condesa!
La vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que
escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la mejilla, triste
y meditabunda como una estatua de la melancola. A sus pies estaba
acurrucado un perrillo, que me pareci tan triste como su interesante
ama.

Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba como
la desventura en persona. Era de alta estatura, rubia, con grandes y
expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma muy correcta
y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus hermosas y
arqueadas cejas. Estaba peinada sin afectacin, y en esto, como en su
traje, se comprenda que no pensaba salir aquella noche. Tremenda, mil
veces tremenda noche! Yo observaba con creciente ansiedad la hermosa
figura que tanto deseaba conocer, y me pareci que poda leer sus ideas
en aquella noble frente donde la costumbre de la reconcentracin mental
haba trazado unas cuantas lneas imperceptibles, que el tiempo
convertira pronto en arrugas.

De repente se abre la puerta dando paso a un hombre. La Condesa di un
grito de sorpresa y se levant muy agitada.

--Qu es esto?--dijo--Rafael. Usted... Qu atrevimiento? Cmo ha
entrado usted aqu?

--Seora--contest el que haba entrado, joven de muy buen porte.--No
me esperaba usted?--He recibido una carta suya...

--Una carta ma!--exclam ms agitada la Condesa.--Yo no he escrito
carta ninguna. Y para qu haba de escribirla?

--Seora, vea usted--repuso el joven sacando la carta y
mostrndosela;--es su letra, su misma letra.

--Dios mo! Qu infernal maquinacin!--dijo la dama con
desesperacin.--Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me tienden...

--Seora, clmese usted... yo siento mucho...

--S; lo comprendo todo... Ese hombre infame... Ya sospecho cul habr
sido su idea. Salga usted al instante... Pero ya es tarde; ya siento la
voz de mi marido.

En efecto, una voz atronadora se sinti en la habitacin inmediata, y al
poco rato entr el Conde, que fingi sorpresa de ver al galn, y
despus, riendo con cierta afectacin, le dijo:

--Oh! Rafael, usted por aqu... Cunto tiempo!... Vena usted a
acompaar a Antonia... Con eso nos acompaar a tomar el te.

La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El joven, en su
perplejidad, apenas acert a devolver al Conde su saludo. Vi que
entraron y salieron criados; vi que trajeron un servicio de te y
desaparecieron despus, dejando solos a los tres personajes. Iba a
pasar algo terrible.

Sentronse: la Condesa pareca difunta, el Conde afectaba una hilaridad
aturdida, semejante a la embriaguez, y el joven callaba, contestndole
slo con monoslabos. Sirvi el te, y el Conde alarg a Rafael una de
las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa mir
aquella taza con tal expresin de espanto, que pareci echar en ella
todo su espritu. Bebieron en silencio, acompaando la pocin con muchas
variedades de las sabrosas pastas _Huntley and Palmers_, y otras
menudencias propias de tal clase de cena. Despus el Conde volvi a reir
con la desaforada y ruidosa expansin que le era peculiar aquella noche,
y dijo:

--Cmo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca
algo. Hace tanto tiempo que no te omos. Mira... aquella pieza de
Gorstchack que se titula _Morte_... La tocabas admirablemente. Vamos,
ponte al piano.

La Condesa quiso hablar; rale imposible articular palabra. El Conde la
mir de tal modo, que la infeliz cedi ante la terrible expresin de sus
ojos, como la paloma fascinada por el boa _constrictor_. Se levant
dirigindose al piano, y ya all, el marido debi decirle algo que la
aterr ms, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Son el
piano, heridas a la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves a
las agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los
centenares de sonidos que dorman mudos en el fondo de la caja. Al
principio era la msica una confusa reunin de sones que aturda en vez
de agradar; pero luego serense aquella tempestad, y un canto fnebre y
temeroso como el _Dies ir_ surgi de tal desorden. Yo crea escuchar el
son triste de un coro de cartujos, acompaado con el bronco mugido de
los fagots. Sentanse despus ayes lastimeros como nos figuramos han de
ser los que exhalan las nimas, condenadas en el purgatorio a pedir
incesantemente un perdn que ha de llegar muy tarde.

Volvan luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se
encabritaban unas sobre otras como disputndose cul ha de llegar
primero. Se hacan y deshacan los acordes, como se forma y desbarata la
espuma de las olas. La armona fluctuaba y herva en una marejada sin
fin, alejndose hasta perderse, y volviendo ms fuerte en grandes y
atropellados remolinos.

Yo continuaba extasiado oyendo la msica imponente y majestuosa; no
poda ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a m; pero me
la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegu a pensar
que el piano se tocaba solo.

El joven estaba detrs de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el
piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero deba
encontrar expresin muy horrenda en los ojos de su consorte, porque
tornaba a bajar los suyos y segua tocando. De repente el piano ces de
sonar y la Condesa di un grito.

En aquel instante sent un fortsimo golpe en un hombro, me sacud
violentamente y despert.


V

En la agitacin de mi sueo haba cambiado de postura y me haba dejado
caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba.

--Aaah! usted... _sleeping_... molestar... _mi_--dijo con avinagrado
mohn, mientras rechazaba mi paquete de libros que haba cado sobre sus
rodillas.

--Seora... es verdad... me dorm--contest turbado al ver que todos los
viajeros se rean de aquella escena.

--Oooh!... yo soy... _going_... _to_ decir al _coachman_... usted
molestar... mi... usted, caballero... _very shocking_--aadi la inglesa
en su jerga ininteligible.--_Oooh!_ usted creer... _my body_ es... su
cama _for usted_... _to sleep. Oooh! gentleman you are a stupid ass_.

Al decir esto, la hija de la Gran Bretaa, que era de s bastante
amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyrase que la sangre
agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes
poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me
quisiera roer. Le ped mil perdones por mi sueo descorts, recog mi
paquete y pas revista a las nuevas caras que dentro del coche haba.
Figrate, oh cachazudo y benvolo lector! cul sera mi sorpresa
cuando vi frente a m, a quin creers? Al joven de la escena soada,
al mismo don Rafael en persona. Me restregu los ojos para convencerme
de que no dorma, y en efecto, despierto estaba y tan despierto como
ahora.

Era l, el mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atencin
y escuch con toda mi alma.

--Pero t no sospechaste nada?--le deca el otro.

--Algo, s; pero call. Pareca difunta; tal era su terror. Su marido la
mand tocar el piano y ella no se atrevi a resistir. Toc, como
siempre, de una manera admirable, y oyndola llegu a olvidarme de la
peligrosa situacin en que nos encontrbamos. A pesar de los esfuerzos
que ella haca para aparecer serena, lleg un momento en que le fu
imposible fingir ms. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las
teclas ech la cabeza atrs y di un grito. Entonces su marido sac un
pual, y dando un paso hacia ella exclam con furia: Toca o te mato al
instante. Al ver esto hirvi mi sangre toda: quise echarme sobre aquel
miserable; pero sent en mi cuerpo una sensacin que no puedo pintarte;
cre que repentinamente se haba encendido una hoguera en mi estmago;
fuego corra por mis venas; las sienes me latieron, y ca al suelo sin
sentido.

--Y antes, no conociste los sntomas del envenenamiento?--le pregunt
el otro.

--Notaba cierta desazn y sospech vagamente, pero nada ms. El veneno
estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mat, aunque
s me ha dejado una enfermedad para toda la vida.

--Y despus que perdiste el sentido, qu pas?

Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras
pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche par.

--Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos--dijo Rafael.

Qu contrariedad! Se marchaban, y yo no saba el fin de la historia.

--Caballero, caballero, una palabra--dije al verlos salir.

El joven se detuvo y me mir.

--Y la Condesa? Qu fu de esa seora?--pregunt con mucho afn.

Una carcajada general fu la nica respuesta. Los dos jvenes, rindose
tambin, salieron sin contestarme palabra. El nico sr vivo que
conserv su serenidad de esfinge en tan cmica escena fu la inglesa,
que indignada de mis extravagancias, se volvi a los dems viajeros
diciendo:

--_Oooh! A lunatic fellow_.


VI

El coche segua y a m me abrasaba la curiosidad por saber qu haba
sido de la desdichada Condesa. La mat su marido? Yo me haca cargo de
las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza,
como todas las almas crueles, quera que su mujer presenciase, sin dejar
de tocar, la agona de aquel incauto joven llevado all por una vil
celada de Mudarra.

Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos
por mantener su serenidad, sabiendo que Rafael haba bebido el veneno.
Trgica y espeluznante escena!--pensaba yo, ms convencido cada vez de
la realidad de aquel suceso--y luego dirn que estas cosas slo se ven
en las novelas!

Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entr una mujer
que traa un perrillo en sus brazos. Al instante reconoc al perro que
haba visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma
lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La
suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo
resistir la curiosidad, le pregunt:

--Es de usted ese perro tan bonito?

--Pues de quin ha de ser? Le gusta a usted?

Cog una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia;
pero l, insensible a mis demostraciones de cario, ladr, di un salto
y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvi a
ensear sus dos dientes como querindome roer, y exclam:

--Ooooh! usted... _unsupportable_.

--Y dnde ha adquirido usted ese perro?--pregunt sin hacer caso de la
nueva explosin colrica de la mujer britnica.--Se puede saber?

--Era de mi seorita.

--Y qu fu de su seorita?--dije con la mayor ansiedad.

--Ah! Usted la conoca?--repuso la mujer.--Era muy buena, _verd
ust?_

--Oh! excelente... Pero podra yo saber en qu par todo aquello?

--De modo que usted est enterado, usted tiene noticias...

--S, seora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del te...
pues. Y diga usted, muri la seora?

--Ah! S, seor: est en la gloria.

--Y cmo fu eso? La asesinaron, o fu a consecuencia del susto.

--Qu asesinato, ni qu susto!--dijo con expresin burlona.--Usted no
est enterado. Fu que aquella noche haba comido no s qu, pues... y
le hizo dao... Le di un desmayo que le dur hasta el amanecer.

--Bah--pens yo--sta no sabe una palabra del incidente del piano y del
veneno, o no quiere darse por entendida.

Despus dije en alta voz:

--Con que fu de indigestin?

--S, seor. Yo le haba dicho aquella noche: Seora: no coma usted
esos mariscos; pero no me hizo caso.

--Con que mariscos, eh?--dije con incredulidad.--Si sabr yo lo que ha
ocurrido.

--No lo cree usted?

--S... s--repuse aparentando creerlo.--Y el Conde, su marido, el que
sac el pual cuando tocaba el piano?

La mujer me mir un instante y despus solt la risa en mis propias
barbas.

--Se re usted...? Bah! Piensa usted que no estoy perfectamente
enterado? Ya comprendo; usted no quiere contar los hechos como realmente
son. Ya se ve: como habr causa criminal...

--Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.

--No era el ama de ese perro la seora Condesa, a quien el mayordomo
Mudarra...

La mujer volvi a soltar la risa con tal estrpito, que me desconcert,
diciendo para mi capote: Esta debe de ser cmplice de Mudarra, y,
naturalmente, ocultar todo lo que pueda.

--Usted est loco--aadi la desconocida.

--_Lunatic_, _lunatic_. _M_... _suffocated_... _Oooh! my Godi!_

--Si lo s todo; vamos, no me lo oculte usted. Dgame de qu muri la
seora Condesa.

--Qu condesa ni qu ocho cuartos, hombre de Dios!--exclam la mujer,
riendo con ms fuerza.

--Si cree usted que me engaa a m con sus risitas!--contest.--La
Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda.

En esto lleg el coche al barrio de Pozas y yo al trmino de mi viaje.
Salimos todos: la inglesa me ech una mirada que indicaba su regocijo
por verse libre de m, y cada cual se dirigi a su destino. Yo segu a
la mujer del perro, aturdindola con preguntas, hasta que se meti en su
casa, riendo siempre de mi empeo en averiguar vidas ajenas. Al verme
solo en la calle record el objeto de mi viaje y me dirig a la casa
donde deba entregar aquellos libros. Devolvlos a la persona que me los
haba pedido para leerlos, y me puse a pasear frente al Buen Suceso,
esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de
Madrid.

No poda apartar de la imaginacin a la infortunada Condesa, y cada vez
me confirmaba ms en mi idea de que la mujer con quien ltimamente habl
haba querido engaarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.

Esper mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a
partir. Entr, y lo primero que mis ojos vieron fu la seora inglesa
sentadita donde antes estaba. Cuando me vi subir y tomar sitio a su
lado, la expresin de su rostro no es definible; se puso otra vez como
la grana, exclamando:

--_Ooooh!_... usted... mi quejarse al _coachman_... usted reventar _mi
fort it_.

Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de
lo que la inglesa me deca en su hbrido y trabajoso lenguaje, le
contest:

--Seora, no hay duda de que la Condesa muri envenenada o asesinada.
Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.

Segua el coche, y de trecho en trecho detenase para recoger pasajeros.
Cerca del Palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de m.
Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y
un hablar campanudo que impona respeto.

No haca diez minutos que estaban all, cuando este hombre se volvi a
los otros dos y dijo:

--Pobrecilla! Cmo clamaba en sus ltimos instantes! La bala le entr
por encima de la clavcula derecha y despus baj hasta el corazn.

--Cmo?--exclam yo repentinamente.--Conque fu de un tiro? No muri
de una pualada?

Los tres se miraron con sorpresa.

--De un tiro, s, seor--dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y
huesoso.

--Y aquella mujer sostena que haba muerto de una indigestin--dije,
interesndome ms cada vez en aquel asunto.--Cuente usted, y cmo fu?

--Y a usted qu le importa?--dijo el otro, con muy avinagrado gesto.

--Tengo mucho inters por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. No
es verdad que parece cosa de novela?

--Qu novela ni que nio muerto? Usted est loco o quiere burlarse de
nosotros.

--Caballerito, cuidado con las bromas--aadi el alto y seco.

--Creen ustedes que no estoy enterado? Lo s todo, he presenciado
varias escenas de ese horrendo crimen. Pero dicen ustedes que la Condesa
muri de un pistoletazo.

--Vlgame Dios! Nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi perra,
a quien cazando, disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted quiere
bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestar como merece.

--Ya, ya comprendo: ahora hay empeo en ocultar la verdad--manifest,
juzgando que aquellos hombres queran desorientarme en mis pesquisas,
convirtiendo en perra a la desdichada seora.

Ya preparaba el otro su contestacin, sin duda ms enrgica de lo que el
caso requera, cuando la inglesa se llev el dedo a la sien, como para
indicarles que yo no rega bien de la cabeza. Calmronse con esto, y no
dijeron una palabra ms en todo el viaje, que termin para ellos en la
Puerta del Sol. Sin duda me haban tenido miedo.

Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quera serenar
mi espritu, razonando los verdaderos trminos de tan embrollada
cuestin. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imagen de la
pobre seora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes
que iban sucedindose dentro del coche, crea ver algo que contribuyera
a explicar el enigma. Senta yo una sobrexcitacin cerebral espantosa, y
sin duda el trastorno interior deba pintarse en mi rostro, porque todos
me miraban como se mira lo que no se ve todos los das.


VII

Aun faltaba algn incidente que haba de turbar ms mi cabeza en aquel
viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcal, entr un caballero con su
seora: l qued junto a m. Era un hombre que pareca afectado de
fuerte y reciente impresin, y hasta cre que alguna vez se llev el
pauelo a los ojos para enjugar las invisibles lgrimas, que sin duda
corran bajo el cristal verde obscuro de sus descomunales antiparras.

Al poco rato de estar all dijo en voz baja a la que pareca ser su
mujer:

Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir
don Mateo. Desdichada mujer!

--Qu horror! Ya me lo he figurado tambin--contest su consorte. De
tales cafres qu se poda esperar?

--Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.

Yo, que era todo odos, dije tambin en voz baja:

--S, seor; hubo envenenamiento. Me consta.

--Cmo, usted sabe? Usted tambin la conoca?--dijo vivamente el de
las antiparras verdes, volvindose hacia m.

--S, seor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por ms que
quieran hacernos creer que fu indigestin.

--Lo mismo afirmo yo. Qu excelente mujer! Pero cmo sabe usted...?

--Lo s, lo s--repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por
loco.

--Luego usted ir a declarar al Juzgado; porque ya se est formando la
sumaria.

--Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Ir a declarar, ir a
declarar, s, seor.

A tal extremo haba llegado mi obcecacin, que conclu por penetrarme de
aquel suceso, mitad soado, mitad ledo, y lo cre como ahora creo que
es pluma esto con que escribo.

--Pues s, seor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a
los autores del crimen. Yo declarar. Fu envenenada con una taza de te,
lo mismo que el joven.

--Oye, Petronila--dijo a su esposa el de las antiparras--; con una taza
de te.

--S, estoy asombrada--contest la seora.--Cuidado con lo que fueron a
inventar esos malditos!

-S, seor; con una taza de te.

--La Condesa tocaba el piano.

--Qu Condesa?--pregunt aquel hombre, interrumpindome.

--La Condesa, la envenenada.

--Si no se trata de ninguna Condesa, hombre de Dios.

--Vamos; usted tambin es de los empeados en ocultarlo.

--Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino
simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guardaagujas del Norte.

--Lavandera, eh?--dije en tono de picarda.--Si tambin me querr
usted hacer tragar que es lavandera!

El caballero y su esposa me miraron con expresin burlona, y despus se
dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la
seora comprend que haba adquirido el profundo convencimiento de que
yo estaba borracho. Llenme de resignacin ante tal ofensa, y call,
contentndome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes
almas, tan irreverente suposicin. Cada vez era mayor mi zozobra; la
Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y haba llegado
a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera
elaboracin enfermiza de mi propia fantasa, impresionada por sucesivas
visiones y dilogos. En fin, para que se comprenda a qu extremo lleg
mi locura, voy a referir el ltimo incidente de aquel viaje; voy a decir
con qu extravagancia puse trmino al doloroso pugilato de mi
entendimiento, empeado en fuerte lucha con un ejrcito de sombras.

Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que
frente a m tena, mir a la calle, dbilmente iluminada por la escasa
luz de los faroles, y vi pasar a un hombre. Di un grito de sorpresa, y
exclam desatinado:--Ah va, es l, el feroz Mudarra, el autor principal
de tantas infamias.--Mand parar el coche, y sal, mejor dicho, salt a
la puerta, tropezando con los pies y las piernas de los viajeros; baj a
la calle y corr tras aquel hombre, gritando:--A ese, a ese, al
asesino!

Jzguese cul sera el efecto producido por estas voces en el pacfico
barrio.

Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo haba visto en el coche por la
tarde, fu detenido. Yo no cesaba de gritar:--Es el que prepar el
veneno para la Condesa, el que asesin a la Condesa!

Hubo un momento de indescriptible confusin. Afirm l que yo estaba
loco; pero que quieras que no, los dos fuimos conducidos a la
prevencin. Despus perd por completo la nocin de lo que pasaba. No
recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El
recuerdo ms vivo que conservo de tan curioso lance fu el de haber
despertado del profundo letargo en que ca, verdadera borrachera moral,
producida, no s por qu, por uno de los pasajeros fenmenos de
enajenacin que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de
la locura definitiva.

Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias, porque el
antiptico personaje que bautic con el nombre de Mudarra, es un honrado
comerciante de ultramarinos que jams haba envenenado a condesa alguna.
Pero aun por mucho tiempo despus persista yo en mi engao, y sola
exclamar:--Infortunada condesa; por ms que digan, yo siempre sigo en
mis trece. Nadie me persuadir de que no acabaste tus das a mano de tu
iracundo esposo...

Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al
ignorado sitio de donde surgieron volvindome loco, y torne la realidad
a dominar en mi cabeza. Me ro siempre que recuerdo aquel viaje, y toda
la consideracin que antes me inspiraba la soada vctima la dedico
ahora, a quin creeris? A mi compaera de viaje en aquella angustiosa
expedicin, a la irascible inglesa, a quien disloqu un pie en el
momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto
mayordomo.




El criado de Don Juan.

(J. BENAVENTE)




EL CRIADO DE DON JUAN

DRAMA EN UN ACTO


PERSONAJES

LA DUQUESA ISABELA--CELIA--DON JUAN

TENORIO--LEONELO--FABIO

EN ITALIA--SIGLO XV


ACTO UNICO

Calle. A un lado la fachada de un palacio seorial.


ESCENA PRIMERA

FABIO Y LEONELO (_Fabio se pasea por delante del palacio, embozado hasta
los ojos en una capa roja_.)

LEONELO (_saliendo_.)

Seor! Don Juan!

FABIO

No es Don Juan.

LEONELO

Fabio!

FABIO

A tiempo llegas. Desde esta maana sin probar bocado... Cmo tardaste
tanto?

LEONELO

Media ciudad he corrido trayendo y llevando cartas... Pero Don Juan?...

FABIO

La ciudad, toda, que no media, correr de seguro llevando y trayendo su
persona. En mal hora entramos a su servicio!

LEONELO

Y qu haces aqu disfrazado de esa suerte?

FABIO

Representar lo mejor que puedo a nuestro Don Juan, suspirando ante las
rejas de la duquesa Isabel.

LEONELO

Nuestro Don Juan est loco de vanidad. La duquesa Isabel es una dama
virtuosa y no ceder por ms que l se obstine.

FABIO

Ha jurado no apartarse ni de da ni de noche de este sitio, hasta que
ella consienta en oirle... y ya ves cmo cumple su juramento.

LEONELO

Con una farsa indigna de un caballero! Mucho es que los servidores de
la duquesa no te han echado a palos de la calle.

FABIO

No tardarn en ello. Por eso te aguardaba impaciente. Don Juan ha
ordenado que apenas llegaras ocupases mi puesto... el suyo quiero
decir. Demos la vuelta a la esquina por si nos observan desde el
palacio, y tomars la capa y dems seales, que han de presentarte hasta
la hora de la paliza prometida... como al propio Don Juan.

LEONELO

Dura servidumbre!

FABIO

Dura como la necesidad! De tal madre, tal hija. (_Salen_.)


CUADRO SEGUNDO

ESCENA II

Sala en el palacio de la duquesa Isabela.

LA DUQUESA Y CELIA

CELIA (_Mirando por una ventana_.)

Es increble, seora! Dos das con dos noches lleva ese caballero
delante de nuestras ventanas.

DUQUESA

Necio alarde! Si a tales medios debe su fama de seductor, a costa de
mujeres bien fciles habr sido lograda... Y ese es Don Juan, el que
cuenta sus conquistas amorosas por los das del ao? All en su tierra,
en esa Espaa feroz, de moros, de judos y de fanticos cristianos, de
sangre impura abrasada por tentaciones infernales, entre devociones
supersticiosas y severidad hipcrita, podr parecer terrible como
demonio tentador. Las italianas no tememos al diablo. Los prncipes de
la Iglesia romana nos envan de continuo indulgencias rimadas en dulces
sonetos a lo Petrarca.

CELIA

Pero confesad que el caballero es obstinado... y fuerte.

DUQUESA

Es preciso terminar de una vez. No quiero ser fbula de la ciudad. Lleva
recado a ese caballero, de que las puertas de mi palacio y de mi
estancia estn francas para l. Aqu le aguardo, sola... La duquesa
Isabela no ha nacido para figurar como un nmero en la lista de Don
Juan.

CELIA

Seora, ved...

DUQUESA

Conduce a Don Juan hasta aqu. No tardes. (_Sale Celia_.)


ESCENA III

LA DUQUESA Y DESPUES LEONELO.

(_La duquesa se sienta y espera con altivez la entrada de Don Juan_.)

LEONELO

Seora!

DUQUESA

Quin? No es Don Juan?... No rais vos el que rondaba mi palacio?

LEONELO

S, yo era.

DUQUESA

Dos das con dos noches.

LEONELO

Algunas horas del da y algunas de noche.

DUQUESA

Ah! Extremada burla! Sois uno de los rufianes que acompaan a Don
Juan?

LEONELO

Soy criado suyo, seora. Le sirvo a mi pesar.

DUQUESA

Mal empleis vuestra juventud.

LEONELO

Dichosos los que pueden seguir en la vida la senda de sus sueos!

DUQUESA

Camino muy bajo habis emprendido. Salid.

LEONELO

Sin mensaje alguno de vuestra parte para Don Juan?

DUQUESA

Insolente!

LEONELO

Supuesto que le habis llamado...

DUQUESA

S, le llam para que por vez primera en su vida se hallare frente a
frente de una mujer honrada, para que nunca pudiera decir que una dama
como yo no tuvo ms defensa contra l que evitar su vista.

LEONELO

As, como a vos ahora, o a muchas mujeres responder a Don Juan, y
muchas le desafiaron como a vos y muchas como vos le recibieron
altivas...

DUQUESA

Y Don Juan no escarmienta?

DUQUESA

Y no escarmientan las mujeres! La muerte, el remordimiento, la
desolacin son horribles y no pueden enamorarnos, pero las precede un
mensajero seductor, hermoso, juvenil... el peligro, eterno enamorador de
las mujeres... Evitad el peligro, creedme; no oigis a Don Juan...

DUQUESA

Me confunds con el vulgo de las mujeres. No en vano andis al servicio
de ese caballero de fortuna.

LEONELO

No en vano llevo mi alma entristecida por tantas almas de nobles
criaturas amantes de Don Juan. Cunto llor por ellas! Mi corazn fu
recogiendo los amores destrozados en su locura por mi seor y en mis
sueos terminaron felices tantos amores de muerte y de llanto... Un
solo amor de Don Juan hubiera sido la eterna ventura de mi vida!...
Todo mi amor inmenso no hubiera bastado a consolar a una sola de sus
enamoradas!... Riqusimo caudal de amor derrochado por Don Juan, junto
a m, pobre mendigo de amor!...

DUQUESA

Sois poeta? Slo un poeta se acomoda a vivir como vos, con el
pensamiento y la conciencia en desacuerdo.

LEONELO

Sabis de los poetas, seora; no sabis de los necesitados...

DUQUESA

S... que no me pesa del engao de Don Juan... al oros... Ya me
interesa saber de vuestra vida... Decidme qu os trajo a tan dura
necesidad... No habr peligro en escucharos como en escuchar a Don
Juan... aunque seis mensajero suyo, como vos decs que el peligro es
mensajero de la muerte... Hablad sin temor.

LEONELO

Seora!


ESCENA IV

DICHOS, DON JUAN (_con la espada desenvainada, entra con violencia_.)

DUQUESA

Cmo llegis hasta m de esa manera? Y mi gente?... Hola!

DON JUAN

Perdonad. Pero comprenderis que no he de permitir que mi criado me
sustituya tanto tiempo.

DUQUESA

Con ventaja!

DON JUAN

No podis apreciarlo todava.

DUQUESA

Oh! Basta ya!... (_A Leonelo_.) No dices que la necesidad te llev al
indigno oficio de servir a este hombre? Te pesa la servidumbre? Ves
cmo insultan a una dama en tu presencia y eres bien nacido? Ya eres
libre... y rico...

DON JUAN

Le tomis a vuestro servicio?

DUQUESA

Quiero humillaros cuanto pueda... (_A Leonelo_.) Mi amor, imposible para
Don Juan; mi amor es tuyo si sabes merecerlo...

LEONELO

Vuestro amor!

DON JUAN

A m te iguala. Eres noble por l.

LEONELO

Seora!

DUQUESA

Fuera la espada! Mi amor es tuyo... Lucha sin miedo. (_Don Juan y
Leonelo combaten. Cae muerto Leonelo_.)

LEONELO

Ay de m!

DUQUESA

Dios mo!

DON JUAN

Noble seora! Ved lo que cuesta una porfa...

DUQUESA

Muerto! Por m... Favor!... Dejadme salir! Tengo miedo, mucho
miedo...

DON JUAN

Estis conmigo...

DUQUESA

Se agolpa la gente ante las ventanas... Una muerte en mi casa!

DON JUAN

No temblis! Pasaron, oyeron ruido y se detuvieron... A mi cargo corre
sacar de aqu el cadver sin que nadie sospeche...

DUQUESA

Oh! S, salvad mi honor... Si supieran!

DON JUAN

No saldr de aqu sin dejaros tranquila...

DUQUESA

Oh! No puedo miraros, me dis espanto. Dejadme salir!

DON JUAN

No, aqu a mi lado... Yo tambin tengo miedo... de no veros... Por vos
he dado muerte a un desdichado... No me dejis o saldr de aqu para
siempre y suceda lo que suceda... vos explicaris como podis el
lance...

DUQUESA

Oh, no me dejis! Pero lejos de m, no hablis, no os acerquis a m...
(_Queda en el mayor abatimiento_.)

DON JUAN (_contemplndola aparte_.)

Es ma! Una ms!... (_Contemplando el cadver de Leonelo_.) Pobre
Leonelo!




Viernes Santo.

(LA CONDESA DE PARDO BAZN)




VIERNES SANTO


Fu el cura de Naya hombre comunicativo, afable y de entraas
excelentes, quien me refiri el atroz sucedido, o, por mejor decir, la
cadena de sucedidos atroces, que apenas creera yo a no coincidir y
explicarse perfectamente por el relato del prroco las veladas
indicaciones de la prensa y los rumores difundidos en el pas. Respetar
la forma de la narracin, sintiendo no poder reproducir la expresin de
la fisonoma ingenua y jovial del que narraba.

Ya sabe usted--dijo--que, as como en Andaluca crece la flor de la
canela, en este rincn de Galicia podemos alabarnos de cultivar la flor
de los caciques. No s cmo sern los de otras partes; pero vamos, que
los de por ac son de patente. Bien se acordar usted de aquel
_Trampeta_ y aquel _Barbacana_, que traan a Cebre convertido en un
infierno. Trampeta ahora dice que se quiere meter en pocos belenes,
porque ya no lo ahorcan por treinta mil duros; y Barbacana, que est
que no puede con los calzones, como se la tenan jurada unos cuantos y
salv milagrosamente de dos o tres asechanzas, al fin ha determinado
irse a pasar la vejez a Pontevedra, porque desea morir en su cama, segn
conviene a los hombres honrados y a los cristianos viejos como l. Ja,
ja...!

Faltando o poco menos esos dos pejes, qued el pas en manos de otro,
que usted bien habr odo de l: Lobeiro, que en confianza le llambamos
_Lobo_, y a fe que le caa! Yo, si usted me pregunta cmo consigui
Lobeiro apoderarse de esta regin y tenerla as, en un puo, que ni la
hierba creca sin su permiso, le contestar que no lo entiendo; porque
me parece increble que en nuestro siglo y cuando tanto cantan libertad,
se pueda vivir ms sujeto a un seor que en tiempos del conde Pedro
Madruga. No, y no hay que echar baladronadas: yo era el primerito que
agachaba las orejas y callaba como un raposo. Uno estima la piel, y aun
ms que la piel, la tranquilidad, si a mano viene.

A veces me pona a discurrir, y deca para mi sotana: este rayo de
hombre, en qu consiste que se nos ha montado a todos encima, y por
fuerza hemos de vivir sbditos de l, haciendo cuanto se le antoja,
pidindole permiso hasta para respirar? Quin le instituy dueo de
nuestras vidas y haciendas? No hay leyes? No hay Tribunales de
justicia?--Pero mire usted: todo eso de leyes es nada ms que
conversacin. Los magistrados estn lejos y el cacique cerca. El
Gobierno necesita tener asegurada la mecnica de las elecciones, y al
que le amasa los votos le entrega desde Madrid la comarca en feudo. A
los seores que se pasean all por el Prado y por la Castellana, sin
cuidado les tiene que aqu nos am... Ay! Tente, lengua, que ya iba a
soltar un disparate.

Pues volviendo al caso, Lobeiro, as para el trato de la conversacin,
ya era un hombre antiptico, de pocas palabras, que cuando se vea
comprometido, se rea regaando los dientes, muy callado, mirando de
travs. No se fe usted nunca del que no re franco ni mira derecho: muy
mala seal. La cara suya pareca el Pico Medelo, que siempre anda
embozado en _brtemas_. Lo nico a que pona un semblante como las dems
personas, era a su chiquilla, su hija nica, que por cierto no se ha
visto cosa ms linda en todo este pas. La madre fu en tiempos una
buena moza; pero la rapaza... qu comparacin! Un pelo como el oro, un
cutis que pareca raso, un par de ojos azules como dos estrellas...
Micaelia! Lo que corr con ella el da del patrn de Bon! Porque a
la criatura la rebosaba la alegra, y Lobeiro, al oirla reir, cambiaba
de aspecto: se volva otro hombre.

Slo que, por desgracia, esta influencia no pasaba de los momentos en
que tena cerca a la criatura. El resto del ao, Lobeiro se dedicaba a
perseguir al uno, empapelar al otro, sacarle el redao a ste y echar a
presidio a aqul. Usted no ha ledo el _Catecismo del labriego_,
compuesto por el to Marcos da Portela, doctor en teologa campestre?
Pues el tipo del secretario que all pinta, el de Lobeiro clavadito:
criado para infernar la vida del labriego infeliz, llenarlo de
vejaciones y disputarle la triste corteza de pan, amasada con su sudor,
nico alimento de que dispone para llevar a la boca. Y repare usted lo
que suceda con Lobeiro; hoy hace una picarda, y le obedecen como uno;
maana hace diez, y ya le rinden acatamiento como diez; al otro da un
milln, y como un milln se impone. Empezara por chanchullos pequeitos,
de esos que se hacen en el Ayuntamiento a mansalva; trabucos de cuentas,
recargos de contribucin, repartos _ad lbitum_, y lo dems de rbrica.
Poco a poco, la gente aguantando y l apretando ms, llega el caso de
que me encuentro yo a un infeliz aldeano en un camino hondo, llevando
de la cuerda su mejor ternero.--Andrs, adnde vas con el cuxo? Feria
hoy no la hay.--Qu feria, ni feria, seor abad?--Pues entnces--seor
abad, por el alma de quien le pari no diga nada. Es para ese condenado
de Lobeiro, que me lo mand a pedir, y si no lo entrego me arruina,
acaba conmigo, y hasta muero avergonzado en la crcel.--Y el pobre
hombre, cuando me lo deca, tena los ojos como dos tomates,
encarnizados de llorar. Ya comprende usted lo que es para el labriego
su ganado! Dar aquel ternero, era en plata dar las telas del corazn.

Slo una cosa estaba segura con Lobeiro: la honra de las mujeres: y no
por virtud, sino porque no cojeaba de ese pie. Algunos de sus satlites,
en cambio, bien se desquitaban. Que si tena satlites? Madre querida!
Una hueste organizada en toda regla. Usted no dejar de recordar que
cuando apareci en un monte el mayordomo del marqus de Ulloa, hace ya
algunos aos, seco de un tiro, todo el mundo dijo que lo haba mandado
matar el cacique Barbacana, y que el instrumento fuera un bandido
llamado el Tuerto de Castrodorna, que lo ms del tiempo se lo pasaba en
Portugal huyendo de la justicia. Pues esa joya la hered Lobeiro, slo
que mejor el procedimiento de Barbacana, y en vez de un forajido solo,
reclut una cuadrilla perfectamente organizada, con su santo y sea, sus
consignas, su secreto, sus estratagemas y su tctica, para verificar sus
sorpresas de un modo expeditivo y seguro. Nosotros tenamos esperanzas
de que, al acabarse las trifulcas revolucionarias y las guerras civiles,
mejorara el estado del pas y se afianzara la seguridad personal.
Busca seguridad! Busca mejoras! Lo mismo o peor anduvieron las cosas
desde la restauracin de Alfonso, y si me apuran, digo que la Regencia
vino a darnos el cachete. Antes, unos gritaban: _Viva esto!_ los otros:
_Viva aqullo!_ que repblica, que don Carlos... Eran ideas generales,
y parece que se tomaban con menos saa entre unos y otros. Hoy estamos a
quin gana las elecciones, a quin se hace rbitro de esta tierra... y
todos los medios son buenos, y caiga el que cayere. Total, como decimos
aqu: salgo de un soto y mtome en otro... pero ms obscuro.

Como bamos contando, la pandilla de Lobeiro empez a ser el terror del
pas. Tan pronto veamos llamas... qu ocurre? Pues que le queman el
pajar, y el alpendre, y el hrreo, y la casa misma al Antn de Morls o
al Guillermo de la Fontela. Tan pronto aparece derrengado, molido a
palos, uno que no se quiso someter a Lobeiro en esto o en lo de ms
all... y cuando le preguntan quin le puso as, responde una mentira:
que rod de un vallado o se cay de una higuera cogiendo higos... seal
de que si revela la verdad, sentenciado est a pena ms grave. Por
ltimo, un da se nota la desaparicin de cierto sujeto, un tal
Castaeda, alguacil; ni visto ni odo, como si se evaporase. La voz
pblica (muy bajito) susurra que ese hombre le estorbaba a Lobeiro o se
le haba opuesto en un amao muy gordo. Se espera una semana, dos, tres,
que parezca el cadver, o el vivo, si vivo est an; nada. La viuda hace
registrar el Avieiro, incluso el pozo grande; mira debajo de los
puentes, recorre los montes... Ni rastro. Igual que si se lo hubiese
tragado la tierra. Y probablemente as sera. Un hoyo es tan fcil de
abrir!

Este Castaeda tena un sobrino, muchacho templado, como que all en sus
mocedades proyectara dedicarse a la carrera militar, y luego, por no
separarse de su madre, que ya iba vieja, y de una hermana jovencita,
prefiri quedarse en el pas y vivir cuidando unos bienecillos que le
correspondan de su hijuela, y de los de la hermana y la madre. El era
un medio seor y medio labrador, y en el pas, como todo el mundo tiene
su apodo, le conocan por el de _Cristo_. Dice usted que un novelista
de Francia llama as a uno de sus personajes? Pues mire, ese de fijo lo
inventar: yo no; tan cierto es, como que usted est ah sentada y yo
refirindole este caso. En el apodo--atienda usted bien--est mucha
parte del intrngulis de mi historia. Que por qu le pusieron ese
alias? No lo s a derechas; creo que por parecerse a un Cristo muy
grande y muy devoto que se venera en el santuario de Bon.

De modo que el bueno de Cristo, no bien supo la desaparicin de su to
Castaeda, no se call como los dems, como la misma infeliz viuda, que
temblaba que despus de suprimirle al marido le pegasen fuego a la
casita y la echasen en sus ltimos aos a pedir limosna. En las ferias y
en las romeras, en el atrio de la iglesia y en la botica de Cebre, el
muchacho alz la voz cuanto pudo, clamando contra la tirana de Lobeiro
y diciendo que el pas tena que hacer un ejemplo con l; cazarlo lo
mismo que a un lobo para que escarmentasen los lobos que se estaban
criando en la madriguera, dispuestos a devorarnos. Deca que estas cosas
no suceden sino en el pas que las sufre; que donde los hombres tienen
bragas, no se conciben ciertos abusos; que en Aragn o Castilla ya le
habran ajustado a Lobeiro la cuenta con el trabuco o la navaja; que si
el cacique se le pona delante, l, aunque se perdiese y dejase
desamparadas madre y hermanita, era capaz de arrancarle los dientes a la
fiera. Al pronto le oan asustados; pero como todo se pega, y el valor y
el miedo, en particular, son contagiosos lo mismo que el clera, iba
formndose alrededor de Cristo un ncleo de gente que le daba la razn,
diciendo que por todos los medios haba que descartarse de Lobeiro y
conjurar aquella plaga. Los gallegos no somos cobardes, qui! Lo que
nos falta a veces es la iniciativa del valor. Necesitamos uno que
empiece, y zs! all seguimos de reata. Cristo iba sumando voluntades,
y conforme pasaba tiempo y vean que de hablar as no se le originaba
perjuicio alguno, la algarada creca, y el cacique, intimidado, en
nuestro concepto, por haber encontrado al fin quien le presentase la
cara, andaba mansito y derecho; como que pasaron ms de tres meses sin
sabrsele ninguna fechora mayor.

El da de la feria grande de Arnedo, que es all por el mes de Abril, en
Pascua, volva yo a mi parroquia, despus de pasar el rato bebiendo un
poco de Tostado y comiendo unas rosquillas, cuando a poca distancia del
pueblo empareja con mi mula la yegecilla de Ramn Limioso (usted le
conoce); el seorito del Pazo, un caballero cumplidsimo, y me pregunta
lo mismito que yo le pregunto a usted:--Y Cristo, le ha visto usted en
la feria?--Cristo? No. No lo encontr... por ninguna parte.--Tampoco
en el mesn?--Tampoco.--A qu horas vino usted?--Tempranito: a las
siete ya andaba yo en Arnedo.--Sabe que me choca?--Y por qu ha de
chocarle?--Porque estbamos citados: l quera deshacerse de su jaco, y
yo le venda mi toro, o se lo cambalachaba; segn.--Bah! Cristo es un
rapaz todava; an no cumpli los treinta... sabe Dios por dnde anda a
estas horas!--No, Eugenio; pues yo le digo que me choca; que me
escama.--Aun vendr, hombre. Son las tres, y hasta las seis o siete de
la tarde no se deshace la feria.

Ramn Limioso mene la cabeza, y volvi grupas hacia Arnedo. Ni me
acord ms del asunto, hasta que a las veinticuatro horas me lleg el
primer rum rum de la desaparicin de Cristo. El mismo misterio que en lo
de su to Castaeda; ni rastro del muchacho por ninguna parte. La madre
andaba como loca, pregunta que te preguntars, de casa en casa; la
hermana sala de un ataque nervioso para caer en un sncope; la justicia
local, como de costumbre, se lavaba las manos--imposible parece que as
y todo las tenga tan puercas--y del chico, ni esto. Por fin, al cabo de
una semana, lo que es aparecer, apareci... Pero dnde? Metido en un
hrreo, hecho una lstima, en descomposicin... Son pormenores
horribles; bueno, se trata de que se imponga usted de cmo la cosa
ocurriera. Yo vi el cadver y me convenc de que no haba exageracin
ninguna en lo que se refiri despus. Deban de haberle atormentado
mucho tiempo, porque estaba el cuerpo hecho una pura llaga: a m se me
figura que lo azotaron con cuerdas, o que lo tundieron a varazos: las
seales eran como rayas o surcos en el pellejo. Para acabarlo le dieron
un corte as en la garganta. El rostro, desfiguradsimo; slo una
madre--pobre seora!--conoce y se arroja a besar un rostro semejante.

S, estoy conforme: es una infamia, un crimen que clama al cielo, lo que
usted guste... Pero usted tambin va a convenir conmigo. Tambin va a
decir que todo ello es moco de pavo en comparacin del ltimo
refinamiento salvaje, de que no tiene noticia aun. Porque matar,
atormentar, se llama as, atormentar y matar y se acab; cmo se llama
el escarnio, la befa ms inconcebible, el reto a Dios, que consiste en
lo siguiente: elegir, para dar tal gnero de muerte a ese hombre que la
gente apodaba Cristo... elegir... qu da del ao piensa usted?

_El Viernes Santo!_

       *       *       *       *       *

--Pecador soy como el que ms--prosigui el prroco de Naya con la voz y
el gesto transformados por una seriedad profunda;--pecador soy, indigno
de que Dios baje a estas manos; no tengo vocacin de santo como el cura
de Ulloa, ni me gusta echar sermones con requilorios como el de
Xabrees; pero en semejante ocasin, al enterarme de la monstruosidad,
no s qu hormigueo me entr por el cuerpo, no s qu vuelta me di la
sangre ni qu luminarias me danzaron delante de los ojos... que, vamos,
al pino ms alto del pinar de Morln me subira para gritar: maldicin
y anatema sobre Lobeiro!--La pltica que les encaj a mis feligreses el
domingo! Ni Isaas... fuera el alma.--Con un arrebato que aun hoy me
asombra, les dije que Dios, al parecer, se hace el sordo y el ciego,
pero es como quien toma carrera para saltar mejor; que ningn crimen
queda impune; que la sangre de Abel siempre grita venganza, y que me
creyesen a m, que a fe de Eugenio, nadie se quedara sin su merecido, y
por medios inescrutables, pero seguros, cuando estuviese ms descuidado.
Quien fosa cava, en ella caer, me acuerdo que grit como un
energmeno. Por supuesto que era hablar por no callar: tanto saba yo
del castigo dichoso, como de la primer camisa que vest: slo que en
aquel entonces de veras me pareca que as iba a suceder, que Lobeiro
estaba emplazado, y que la inspiracin hablaba por mi boca. _Spiritus
ejus in ore meo_.

Poco a poco se fu acallando el _rebumbio_ del asesinato de Cristo. La
madre y la hermana, convertidas en dos sombras, flaquitas y de riguroso
luto, fueron el nico recuerdo que qued de la tragedia. En la gente
siempre fermentaba el odio contra el cacique; pero lo comprima el
temor. Es de advertir que por entonces _los_ de Lobeiro cayeron, y
necesariamente el maldito, no teniendo la sartn por el mango, se
report en sus exacciones y sus iniquidades. El pas respir unas
miajas. El bando de Trampeta alete. Lobeiro, en el interregno, se
dedic a una ocupacin pacfica: reconstruir su casa, que era muy vieja,
y ya mezquina para las exigencias de su nueva posicin; porque la
fortuna del cacique haba crecido mucho, y su mujer, amiga de lujos, de
comilonas y de tirar de largo, le meti en la cabeza hacer vivienda
nueva y la verdad, con todos los perendengues: dos pisos de piedra
sillar, magnfica; ventanas con unas rejas imponentes: puerta como la
de un castillo: su gran escalera, su sala de recibir, su cocina
hermossima... Una casa para Orense! En el pas se hablaba mucho de tal
edificio, y de la seguridad que ofreca, y de las precauciones que
revelaba aquel modo de edificar--, precauciones debidas a los muchos
enemigos que tena el cacique.

Enemigos, a miles se le podan contar; y sin embargo, como el hombre se
mantena agachado, nadie se meta con l, temeroso de despertarle. El
gran alboroto fu el que se arm cuando de repente, sin que lo
barruntsemos ni poco ni mucho, se volc la tortilla y subi nuevamente
al poder el partido de Lobeiro.

Madre ma! el terror que cay sobre nosotros! Lobeiro otra vez
mandando, rey otra vez de la comarca; otra vez a su disposicin la
hacienda, la tranquilidad, la vida de todos; otra vez los cadveres en
los hrreos o en el fondo del Avieiro o en un hoyo profundo, all por
las asperezas de algn pinar! Quin respirar? Quin dormira
tranquilo? Quin estaba seguro de no perecer martirizado?

Usted se va a reir si le digo una cosa. No, no se reir: al contrario:
se har cargo mejor que nadie, porque tiene costumbre de considerar
estas singularidades propias de la naturaleza humana.--El miedo, a
veces, es el mejor agente del valor. S: por miedo se verifican actos
de herosmo: por desesperacin se realizan acciones que en estado normal
nos ponen los pelos de punta. Una persona que se ve rodeada de llamas, o
teme que el incendio se propague y la pille encerrada en una habitacin
y el humo la asfixie, no se encomienda a Dios ni al diablo para
arrojarse de un quinto piso a la calle, aunque se estrelle. Con esto
quiero decir cmo, a las gentes de Cebre y sus cercanas, el propio
terror de caer en las uas de Lobeiro les infundi una determinacin
tremenda, adoptada con cautela tal, que todo lo hicieron en el mismo
silencio y unin que cuenta usted que profesan los nihilistas rusos.
Ver, ver cmo ocurri la cosa.

Llegado el da de la fiesta de la Virgen en el santuario de Bon, fu yo
all convidado por el cura, que es amigo. Se reuni una muchedumbre, que
era aquello un hormiguero: hubo sus cohetes, sus gaitas, sus bailes, sus
calderadas de pulpo y su tonel de mosto: lo que sabe usted que nunca
falta en tales romeras. Tambin andaban algunas seoritas muy
emperifolladas dando vueltas y luciendo los trapitos flamantes: y la ms
bonita de todas, Micaelia, que paseaba con la madre por debajo de los
robles, hecha un sol de guapa. Acababa de cumplir los trece aos: se
conoce que estrenaba vestido, y no caba en s de contenta: el vestido
era blanco, con lazos color de rosa, precioso, de seda riqusima, un
disparate para una chiquilla as. La madre: Micaelia, no te
arrugues--por aqu--y Micaelia, no te manches, por all; y la
criatura, al principio, respetando mucho la gala; pero, ya se ve, luego
se cans de guardarle miramientos al vestido majo, y vino disparada a
tirarme del balandrn. Eugenio, corremos? Al principio fu a
remolque; pero al fin... este pcaro genio gaitero que tengo yo... me
hizo la rapaza pegar mil carreras por aquellas cuestas abajo, riendo
como locos. Y cuidado que me daba no s qu por el cuerpo ver a Lobeiro
all, a dos pasos, con sus manos donde yo saba que haba manchas de
sangre fresca.

El diantre del cacique, cuando me vi tan divertido con la hija, me
llam aparte, y sin mirarme una vez siquiera, me dijo: Hombre, Eugenio,
hgame un favor: convenza a mi mujer y a la chiquilla de que va a estar
muy bien Micaela en el colegio de Orense.

--Y usted se separa de ella?--pregunt con asombro.

--S, hombre... Cosas que uno hace porque no tiene remedio--, contest
l muy encapotado y a media habla.

As que la familia de Lobeiro y los adlteres que siempre le escoltaban
se retiraron de la romera, le pregunt al cura de Bon, extrandome
de la idea de enviar a Orense la chiquilla, cuando precisamente era el
encanto de su padre. Bon me di una explicacin plausible:--Eso lo
hace por no exponer a la chiquilla a un fracaso. Lo tienen amenazado de
muerte, y veinte veces ya le avisaron de que su casa ha de arder. Y
aunque l dice que conforme la construy no es tan fcil pegarle fuego,
no quiere tener aqu a Micaelia, porque recela alguna barbaridad.--Ya
ver usted, seora, cmo efectivamente, no ardi la casa de Lobeiro.

       *       *       *       *       *

Yo dorm en la rectoral de Bon aquella noche. Se haba empinado y
manducado muy regular, de modo que el primer sueo fu de piedra. Estaba
como una marmota, que si me sueltan un redoble de tambor en los mismos
odos, no doy a pie ni a mano. Con que figrese lo que sera la
explosin, para que me incorporase en la cama de un brinco.

Puummm! Booom! Nunca acababa de sonar. Yo a obscuras, a tientas,
buscando las cerillas y gritando por el criado:--Eh! Ave Mara
Pursima! Rosendo! Condenado, duermes o qu haces? Se cae la casa?
Jess, Dios y Seor, misericordia!

Por fin encend el fsforo, y cuando entr Rosendo todo aturdido, en
ropas menores, ya no pudo aguantar la risa. El muchacho todo se espant.

--S, rase, que es para reir. Seor, no ra, que es pecado. Estoy que
se me _arrepian_ las carnes.

--Pero, qu hay? qu demonios pasa?

--Y quin lo sabe, a no ser un brujo? Parece que se ha hundido
mismamente el mundo todo de la tierra.

Escuch. Nada, silencio. Sal a la ventana. Ni seal de cosa alguna. Me
sent: estaba sano y bueno. El cura de Bon andaba por all aturdido,
dando vueltas. Nos pusimos a hacer comentarios. Nadie se quiso volver a
la cama. Cada uno deca su cosa, cuando tras, tras! a la puerta... Al
seor cura de Bon, que vaya a dar los santos leos y a confesar a
Lobeiro, que se muere... Bon est a medio cuarto de legua de la casa de
Lobeiro. El que traa el recado nos enter de todo.

Mientras Lobeiro y su hija y sus satlites estaban de parranda, con
mucho tiento, al pie del balcn mayor, _haban_ depositado veintisis
cartuchos de dinamita--lo bastante para volar una fortaleza--y su mecha
correspondiente. Hecho esto, retirronse con tranquilidad, pie ante pie.
A la noche, recogida ya la familia, _alguien_ cogi el cabo de mecha, le
prendi fuego y se apart con mucha calma. De los veintisis cartuchos,
slo diez o doce se inflamaron. Pero fu todo lo preciso.

No salv alma viviente. Entre los escombros de la casa yacan el cadver
de la mujer de Lobeiro, el tronco mutilado del criado y el cuerpo de
Micaelia, muerta como una paloma, con sangre en las sienes, tendida al
lado de su padre. El lobo an viva; fu el nico que no pereci en el
acto. Antes de expirar, tuvo una hora larga de contemplar a su oveja
difunta... Digan lo que quieran los sabios esos del materialismo...
Retaco! Yo juro que hay Dios, y un Dios que castiga sin palo ni
piedra... Con dinamita; corriente. Con lo que sale!




El sencillo Don Rafael

CAZADOR Y TRESILLISTA

(UNAMUNO)




EL SENCILLO DON RAFAEL

CAZADOR Y TRESILLISTA


Senta resbalar las horas, hueras, areas, deslizndose sobre el
recuerdo muerto de aquel amor de antao. Muy lejos, detrs de l, dos
ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que se
rompe tras la montaa, de palabras olvidadas. Y all, por debajo del
corazn, susurro de aguas soterraas. Una vida vaca, y l slo,
enteramente slo. Slo con su vida.

Tena para justificarla nada ms que la caza y el tresillo. Y no por eso
viva triste, pues su sencillez heroica no se compadeca con la
tristeza. Cuando algn compaero de juego, despreciando un solo, iba a
buscar una sola carta para dar bola, sola repetir Don Rafael que hay
cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era
providencialista; es decir, crea en el todopodero del azar. Tal vez
por creer en algo y no tener la mente vaca.

--Y por qu no se casa usted?--le pregunt alguna vez con la boca
chica su ama de llaves.

--Y por qu me he de casar?

--Acaso no vaya usted descaminado.

--Hay cosas, seora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas
solas.

--Y cuando menos se piensa!

--As se dan las bolas! Pero, mire, hay una razn que me hace pensar en
ello...

--Cul?

--La de poder morir tranquilo _ab intestato_.

--Vaya una razn!--exclam el ama, alarmada.

--Para m la nica valedera--respondi el hombre, que presenta no valen
las razones, sino el valor que se las da.

Y una maana de primavera, al salir con achaque de la caza, a ver nacer
el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvse a mejor
percatarse, y de dentro, un ligersimo susurro como de cosas olvidadas.
El rollo se remova. Lo levant; estaba tibio; lo abri: era una
criatura de horas. Quedse mirando, y su corazn pareca sentir, no ya
el susurro, sino el frescor de sus aguas soterraas. Vaya una caza que
me ha deparado el destino!, pens.

Volvise con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera,
subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y llam
quedamente varias veces.

--Aqu traigo esto--le dijo al ama de llaves.

--Y eso, qu es?

--Parece un nio.

--Parece slo?

--Lo dejaron a la puerta de la calle.

--Y qu hacemos con ello?

--Pues... qu vamos a hacer? Bien claro est, criarlo!

--Quin?

--Los dos.

--Yo? Yo, no!

--Buscaremos ama.

--Pero est usted en su juicio, seorito! Lo que hay que hacer es dar
parte al juez, y en cuanto a eso, al Hospicio con ello!

--Pobrecillo! Eso s que no!

--En fin, usted manda.

Una madre vecina le prest caritativamente las primeras leches, y pronto
el mdico de Don Rafael encontr una buena nodriza: una chica soltera
que acababa de dar a luz un nio muerto.

--Como nodriza, excelente--le dijo el mdico--, y como persona, ya ves,
un desliz as puede ocurrirle a cualquiera.

--A m no--contest con su sencillez caracterstica Don Rafael.

--Lo mejor sera--dijo el ama de llaves--que se lo llevase a su casa a
criarlo.

--No--replic Don Rafael--, eso tiene graves peligros; no me fo de la
madre de la chica. Aqu, aqu, bajo mi vigilancia. Y no hay que darle
disgustos a la chica, seora Rogelia, que de ello depende la salud del
nio. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un
dolor de tripas.

Era Emilia, la nodriza, de veinte aos, alta, agitanada, con una risa
perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de bano del pelo
que le cubra las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo,
entreabiertos y hmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a
que el gallo ronda.

--Y cmo va a bautizarle usted, seorito?--le pregunt la seora
Rogelia.

--Como hijo mo.

--Pero, est usted loco?

--Qu ms da!

--Y si maana, por esa medalla que lleva y esas contraseas, aparecen
sus verdaderos padres?...

--Aqu no hay ms padre ni madre que yo. Yo no busco nios, como no
busco bolas; pero cuando vienen... soy libre. Y creo que esta del azar
es la ms pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que
haya nacido, pero tendr el mrito de hacerle vivir. Hay que creer en la
Providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y adems as
podr morir tranquilo _ab intestato_, pues ya tengo quien me herede
forzosamente.

La seora Rogelia se mordi los labios, y cuando Don Rafael hizo
bautizar y registrar al nio como hijo suyo di que reir a la vecindad y
a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su transparente
ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que
avenirse y concordar con el ama de leche.

Ya tena Don Rafael algo ms en qu pensar que en la caza y el tresillo;
ya estaban sus das llenos. La casa se le llen de una vida nueva,
luminosa y sencilla. Y hasta perdi alguna noche el sueo y el descanso
paseando al nene para callarlo.

--Es hermoso como el sol, seora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala
suerte con el ama, me parece.

--Como no vuelva a las andadas.

--De eso me encargo yo. Sera una picarda, una deslealtad: se debe al
nio. Pero, no, no; est desengaada del zanguango de su novio, un
bausn de marca mayor a quien ya aborrece...

--No se fe usted..., no se fe usted...

--Y a quien voy a pagarle el pasaje a Amrica. Y ella es una
pobrecilla...

--Hasta que vuelva a tener ocasin.

--Digo que lo evitar!

--Pues como ella quiera...

--Ah, en cuanto a eso s! Porque si he de decirle a usted la verdad,
la verdad es que...

--S, me la supongo.

--Pero, ante todo, respeto a mi hijo!

Emilia nada tena de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo
heroicamente sencillo de aquel soltern semidurmiente. Encarise desde
un principio con el cro como si fuese su madre misma. El padre putativo
y la nodriza natural pasbanse largos ratos, a sendos lados de la cuna,
contemplando la sonrisa del sueo del nio cuando ste haca como que
mamaba.

--Lo que es el hombre!--deca Don Rafael.

Y cruzbanse sus miradas. Y cuando tenindole ella, Emilia, en brazos,
iba l, Don Rafael, a besar al nio, con el beso ya preparado en la boca
rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de bano le afloraban
la frente, al padre. Otras veces quedbase contemplando alguno de los
dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el
serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre
los ahusados dedos ndice y corazn como en horqueta. Doblbase sobre l
un cuello de paloma. Y tambin entonces le entraban ganas de besar al
hijo, y su frente, al tocar al seno, hacalo temblotear.

--Ay, lo que siento es que pronto tendr que dejarte, sol
mo!--exclamaba ella, apretndolo contra su seno y como si le
entendiera.

Callbase a esto Don Rafael.

Y cuando le cantaba al nio, abrazndole, aquella vieja canturria
paradisaca que, aun transmitindosela de corazn a corazn las madres,
cada una de stas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesa,
siendo la misma siempre, la nica, como el sol, traale a Don Rafael
como un dejo de su niez olvidada en las lontananzas del recuerdo.
Balancebase la cuna y con ella el corazn del padre al azar, y
mecasele aquel canto...

    que viene el coc...

con el susurro de las aguas de debajo de su corazn...

    a llevarse los nios...

que iba tambin durmindose...

    que duermen poc...

entre las blandas nieblas de su pasado...

    ah, ah, ah, aaaaah!

--Qu buena madre hace!--pensaba.

Alguna vez, hablando del percance que la hizo nodriza, le pregunt Don
Rafael:

--Pero, chica, cmo pudo ser eso?

--Ya ve usted, Don Rafael!--y se le encenda leve, muy levemente el
rostro.

--S, tienes razn, ya lo veo!

Y lleg una enfermedad terrible, das y noches de angustia. Mientras
dur aquello hizo Don Rafael que Emilia se acostase con el nio en su
mismo cuarto. Pero seorito--dijo ella--, cmo quiere usted que yo
duerma all... Pues muy sencillo--contest l, con su sencillez
acostumbrada--, durmiendo!

Porque para aquel hombre todo sencillez, era sencillo todo.

Por fin el mdico di por salvado al nio.

--Salvado!--exclam Don Rafael con el corazn desbordante, y fu a
abrazar a Emilia, que lloraba del estupor del gozo.

--Sabes una cosa--le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al
nio que sonrea en floracin de convalecencia.

--Usted dir--contest ella, mientras el corazn se le pona al galope.

--Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo
que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si lleg o no a
Tucumn, y ya que somos yo padre y t madre, cada uno a su respecto, del
mismo hijo, nos casemos y asunto concludo.

--Pero, D. Rafael!--y se puso en grana.

--Mira, chiquilla, as podremos tener ms hijos...

El argumento era algo especioso, pero persuadi a Emilia. Y como vivan
juntos y no era cosa de contenerse por unos das fugitivos--qu ms
da!--aquella misma noche le hicieron sucesor al nio y muy poco despus
se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan.

Y fueron en lo que en lo humano cabe--y no es poco!--felices, y
tuvieron diez hijos ms, una bendicin de Dios, con lo cual pudo morir
tranquilo _ab intestato_, por tener ya quienes forzosamente le
heredaran, el sencillo Don Rafael, que de cazador y tresillista pas de
dos brincos a padre de familia. Y es lo que l sola decir como resumen
de su filosofa prctica: Hay que dar al azar lo suyo!




Solo!

(PALACIO VALDS)




SOLO!


Fresnedo dorma profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del divn
estaba el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre l un
platillo y una taza, pregonando que el caf no desvela a todas las
personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas
de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al
fresco, se hallaba menos que a media luz: las persianas la dejaban a
duras penas filtrarse. Por esto no se senta el calor. Por esto y porque
nos hallamos en una de las provincias ms frescas del Norte de Espaa y
en el campo. Reinaba silencio. Escuchbase slo fuera el suave ronquido
de las cigarras y el _po po_ de algn pjaro que, protegido por los
pmpanos de la parra que cie el balcn, se complaca en interrumpir la
siesta de sus compaeros. Alguna vez, muy lejos, se oa el chirrido de
un carro, lento, montono, convidando al sueo. Dentro de la casa haban
cesado ya tiempo haca los ruidos del fregado de los platos. La
fregatriz, la robusta, la colosal Mariona, como andaba descalza, slo
produca un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan
enorme y maciza humanidad.

Cualquiera envidiara aquella estancia fresca, aquel silencio dulce,
aquel sueo plcido. Fresnedo era un sibarita; pero solamente en el
verano. Durante el invierno trabajaba como un negro all en su
escritorio de la calle de Espoz y Mina, donde tena un gran
establecimiento de alfombras. Era hombre que pasaba un poco de los
cuarenta, fuerte y sano como suelen ser los que no han llevado una
juventud borrascosa: la tez morena, el pelo crespo, el bigote largo y
comenzando a ponerse gris. Haba nacido en Campizos, punto donde nos
hallamos, hijo de labradores regularmente acomodados. Mandronle a
Madrid a los catorce aos con un to comerciante. Trabaj con bro e
inteligencia; fu su primer dependiente; despus, su asociado; por
ltimo se cas con su hija, y hered su hacienda y su comercio. Contrajo
matrimonio tarde, cuando ya se acercaba a los cuarenta aos. Su mujer
slo tena veinte. Educada en el bienestar y hasta en el lujo que le
poda procurar el viejo Fresnedo, Margarita era una de esas nias
madrileas, toda melindres, toda vanidad, postrada ante las mil
ridiculeces de la vida cortesana, cual si estuviesen determinadas por
sentencias de un cdigo inmortal, desviada enteramente de la vida de la
Naturaleza y la verdad. Por eso odiaba el campo, y muy particularmente
el ignorado y frondoso lugarcito donde tena origen su linaje humilde.
Lo odiaba casi tanto como su mam, la esposa del viejo Fresnedo, que, a
pesar de ser hija de una cacharrera de la calle de la Aduana, tena a
menos poner los pies en Campizos.

Tanto como ellas lo odiaban ambalo el buen Fresnedo. Mientras fu
dependiente de su to, arrancbale todos los aos licencia para pasar el
mes de Julio o Agosto en su pas. Cuando sus ganancias se lo
permitieron, levant al lado de la de sus padres una casita muy linda,
rodeada de jardn, y comenz a comprar todos los pedazos de tierra que
cerca de ella salan a la venta. En pocos aos logr hacerse un
propietario respetable. Y al comps que se haca dueo de la tierra
donde corrieron sus primeros aos, su amor hacia ella creca
desmesuradamente. Puede cualquiera figurarse el disgusto que el honrado
comerciante experiment cuando, despus de casado con su prima, sta le
anunci, al llegar el verano, que no estaba dispuesta a sepultarse en
Campizos, decisin que su ta y suegra reciente apoy con maravilloso
coraje. Fu necesario resignarse a veranear en San Sebastin. Al ao
siguiente, lo mismo. Pero al llegar al cuarto, Fresnedo tuvo la audacia
de rebelarse, produciendo un gran tumulto domstico.--O a Campizos, o a
ninguna parte este verano. Estamos, seoras? Y los bigotes se le
erizaron de tal modo inflexible al pronunciar estas enrgicas palabras,
que la delicada esposa se desmay acto continuo, y la animosa suegra,
rociando las sienes de su hija con agua fresca y dndole a oler el
frasco del antiespasmdico, comenz a increparle amargamente:

--Huele, hija ma, huele!... Si las cosas se hicieran dos veces!... La
culpa la he tenido yo en poner en manos de un paleto una flor tan
delicada.

Cuando la flor delicada abri al fin los ojos, fu para soltar por ellos
un caudal de lgrimas y para decir con acento tristsimo:

--Nunca lo creyera de Ramn!

Fresnedo se conmovi. Hubo explicaciones. Al fin se transigi de un modo
honroso para las dos partes. Convnose en que Margarita y su mam iran
a San Sebastin, llevando a la nia de quince meses, y que Fresnedo
fuse a Campizos el mes de Agosto, con Jess, el nio mayor, de edad de
tres aos, y su niera. Esta es la razn de que Fresnedo se encuentre
durmiendo la siesta donde acabamos de verle.

Despertle de ella una voz bien conocida:

--Pap, pap.

Abri los ojos y vi a su hijo a dos pasos, con su mandilito de dril
color perla, sus zapatitos blancos y el negro y enmaraado cabello cado
en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico ms robusto que
hermoso. La tez, de suyo morena, tenala ahora requemada por los das
que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le
tena todo el da a la intemperie, siguiendo escrupulosamente las
instrucciones de su mdico.

--Pap..., dijo Tata que t no queras... que t no queras... que t no
queras... comprarme un carro... y que el carnero... y que el carnero no
era mo..., que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por
los cuernos, y me peg en la mano.

El chiquitn, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua,
detenindose a cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos la
indignacin vivsima y mucha sed de justicia. Por un instante pareci
que iba a romper en llanto; pero su temperamento enrgico se sobrepuso,
y despus de hacer una pausa cerr su perorata con una interjeccin de
carretero. El padre le haba estado escuchando embelesado, animndole
con sus gestos a proseguir, lo mismo que si una msica celeste le
regalase los odos. Al oir la interjeccin, estall en una sonora y
alegre carcajada. El nio le mir con asombro, no pudiendo comprender
que lo que a l le pona tan fuera de s causase el regocijo de su pap.
Este hubiera estado escuchndole horas y horas sin pestaear. Y eso que,
segn contaba su suegra a las visitas, cuando quera dar el golpe de
gracia a su yerno y perderle completamente ante la conciencia pblica,
se haba dormido oyendo _La Favorita a Gayarre_!!!

--S, vida ma? La Tata no quiere que cojas el carnero por los
cuernos? Deja que me levante, ya vers cmo arreglo yo a la Tata!

Fresnedo atrajo a su hijo y le aplic dos formidables besos en las
mejillas, acaricindole al mismo tiempo la cabecita con las manos.

El chico no haba agotado el captulo de los agravios que crea haber
recibido de su niera... Sigui gorjeando que sta no haba querido
darle pan.

--Hace poco tiempo que hemos comido.

--Hace mucho--dijo el nio con despecho.

--Bueno, ya te lo dar yo.

Adems, la Tata no haba querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas
de papel. Adems, le haba pinchado con un alfiler aqu. Y sealaba una
manecita.

--Pues es cierto!--exclam Fresnedo viendo, en efecto un ligero
rasguo.--Dolores! Dolores!--grit despus.

Presentse la niera. El amo la increp duramente por llevar alfileres
en la ropa, contra su prohibicin expresa. Jess, viendo a la Tata
triste y acobardada, fu a restregarse con sus faldas, como pidindole
perdn de haber sido causa de su disgusto.

--Bueno--dijo Fresnedo levantndose del divn y esperezndose.--Ahora
nos iremos al establo y cogers al carnero por los cuernos. Quieres,
Chucho?

Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo seales de afirmacin que
corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo
una mirada tmida a su Tata, y vindola todava seria y avergonzada, le
dijo con encantadora sonrisa:

--No te enfades, boba; t vienes tambin con nosotros.

Fresnedo se visti su americana de dril, se cubri con un sombrero de
paja, y tomando de la mano a su nio, baj al jardn, y de all se
trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy
decidido, se detuvo y esper a que su padre penetrase. Estaba obscuro.
Del fondo de la cuadra sala el vaho tibio y hmedo que despide siempre
el ganado. Las vacas mugieron dbilmente, lo cual puso en gran
sobresalto a Jess, que se neg rotundamente a entrar, bajo el pretexto
especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tom entonces
en brazos y pas y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano
en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confes que a
las vacas les tena un potito de miedo. A los carneros ya era otra
cosa. A stos declaraba que no les tema poco ni mucho; que jams haba
sentido por ellos ms que amor y veneracin.

--Bueno, vamos a ver los carneros--dijo Fresnedo sonriendo.

Y se trasladaron al departamento de las ovejas. All pretendi dejarlo
en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en l, Jess manifest
que estaba cansadsimo, y hubo que auparlo de nuevo. Acercle su padre a
un carnero y le invit a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y
digna de meditarse. Chucho lo pens con detenimiento. Avanz un poco la
mano, la retir otra vez, volvi a avanzarla, volvi a retirarla. Por
ltimo, se decidi a manifestar a su pap que a los carneros les tena
un potito miedo. Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las trataba
con la mayor confianza; que en su vida le haban inspirado el ms mnimo
recelo; que se senta con fuerzas para cogerlas del rabo, de las patas y
hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y despreciables, al
menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente en llevarle al
gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa, fabricado con una
valla de tela metlica. All Chucho, con una bravura de que hay pocos
ejemplos en la historia, se dirigi al gallo mayor, enorme animal de
casta espaola, soberbio de posturas y ardiente de ojo. Trat de cogerle
por el rabo, como haba formalmente prometido, pero el grave sultn del
gallinero chill de tal horrsona manera, extendiendo las alas y dando
feroces sacudidas, que el fro de la muerte penetr en el corazn de
Chucho. Apresurse a soltarlo y se agarr aterrado al cuello de su
padre.

--Pero, hombre, no decas que no tenas miedo a las gallinas?--exclam
ste riendo.

--T, t...; cgelo t, pap.

--Yo tengo miedo.

--No, t no tienes miedo.

--Y t, lo tienes?

Call avergonzado; pero al fin confes que a las gallinas tambin les
tena un potito de miedo.

Desde all llevle otra vez Fresnedo al establo, y despus de varios
sustos y vacilaciones logr que pusiera su manecita en el hocico de un
becerro. Mas ocurrindole al animal sacar la lengua y pasrsela por la
mano, la aspereza de ella le produjo tal impresin, que no quiso ya
arrimarse a ningn otro individuo de la raza vacuna. Subile despus al
pajar. Qu placer para Chucho! Hundirse en la crujiente hierba,
agarrarla y esparcirla en pequeos puados; dejarse caer hacia atrs con
los brazos abiertos! Pero an era mayor el gozo de su padre
contemplndole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar
por su hijo, que iba amontonando hierba sobre l con vigor y crueldad
que nadie esperara de l. Mas a lo mejor de la operacin, su pap daba
una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el
chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso ms
chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno
cuerpecito, tena los cabellos pegados a la frente y el rostro
encendido. Cuando su pap trat de tomar la revancha y sepultarle a l,
no pudo resistirlo. As que se hall con hierba sobre los ojos, dise a
gritar y concluy por llorar con verdadero sentimiento, cayndole por
las mejillas unas lgrimas que su padre se apresur a beber con besos
apasionados.

S; en aquel momento a Fresnedo le atac uno de esos accesos de ternura
que solan ser en l frecuentes. Jess era su familia, todo su amor, la
nica ilusin de su vida. Si entrsemos por los ltimos pliegues de su
corazn, es posible que no hallramos ya un tomo de cario hacia su
mujer. El carcter altanero, impertinente y desabrido de sta haba
matado el fuego de la pasin que sinti por ella al casarse. Pero aquel
tierno pimpollo, aquel botn de rosa, aquel pastelito dulce amasado por
los ngeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo
de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazbalo con arrebato
y cubra sus frescas mejillas con besos prolongados apretadsimos,
murmurando despus a su odo palabras fogosas de enamorado.

--Quin te quiere ms que nadie en el mundo, hermoso mo? No es tu
pap? Di, lucero. Y t, a quin quieres ms? S, vida ma, s; te
quiero tanto, que dara por ti la vida con gusto. Por ti, nada ms que
por ti, quisiera ser algo de provecho en el mundo. Por ti, slo por ti,
trabajo y trabajar hasta morir! Nunca te podr pagar lo feliz que me
haces, criatura!

El nio no comprenda, pero adivinaba aquella pasin y la corresponda,
finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre,
esforzndose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido
de palabras tan fervorosas. Despus de un momento de silencio en que
pareci que meditaba, tom con sus manecitas como claveles la cara de su
padre, y acercando la boca a su odo, le dijo con voz tenue como un
soplo:

--Pap, voy a decirte una cosa... Te quiero ms que a mam... No se lo
digas, eh?

Al buen Fresnedo se le humedecan los ojos con estas cosas.

Bajaron del pajar, salieron del establo, y despus de consultado el
reloj, el comerciante resolvi irse a baar, como todos los das, al
ro.

--Chucho, vienes conmigo al bao?

Cielo santo, qu felicidad!

Chucho quiso volverse loco de alegra. Generalmente el bao de su padre
le causaba algunas lgrimas porque no poda llevarle consigo a causa de
la niera. Fresnedo se baaba en un sitio retirado, pero en cueros
vivos. Esta vez se decidi a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa.
El nio comenz a pedir a grandes gritos el sombrero. No quera subir
por l a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La
Tata, riendo, se lo tir del balcn, y lo mismo la sbana del pap y la
sombrilla.

El ro estaba a un kilmetro de la casa. Era necesario caminar por unas
callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y
madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de
Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castaares, y en segundo
trmino de un cinturn de elevadsimas montaas, cuyas crestas nadaban
en un vapor violceo, dorma la siesta silencioso, ostentando su manto
de verdura incomparable. Haba todos los matices del verde en este
manto, desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro
y profundo de los robles y negrillos.

Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservndose del sol con
la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y
Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarlo a
todo. Gozaba al verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran
sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el
camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las
florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba
despticamente a su padre a cogerlas y adems a cortar algunas ramas de
los rboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en
medio de l tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo
tropezse nuestro nio con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo,
caminando en la misma direccin. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a
l y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejerca una
influencia magntica sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo que
estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanz un
terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embisti con el nio y
lo volc. Cristo Padre, qu grito! All acudi Fresnedo corriendo, y lo
levant y le limpi las lgrimas y el polvo, hacindole presente al
mismo tiempo que tomara venganza de aquel cerdo brbaro y descorts as
que llegaran a casa. Con lo cual se aplac Chucho, no sin manifestar
antes que el cerdo era muy feo y que a l le gustaban ms los perros,
porque eran buenos y le conocan, y cuando estaban de humor le laman la
cara.

Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en
brazos y le pona de la parte de all con gran cuidado. Dejaron el
camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jess se empe
en coger un grillo. Su padre le mand orinar en el agujero para que
saliese. As lo hizo, y como el grillo no quera asomar, se irrit
contra s mismo porque no poda orinar ms y llor desconsoladamente.
Aunque con gran sentimiento, renunci a aquella caza difcil y se dedic
a las _anitas de Dios_, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en
opinin de su pap, a ponerlas en la palma de la mano, cantndoles:
_Anita, anita de Dios, abra las alas y vete con Dios_, precioso conjuro
que la haba enseado su Tata, persona muy instruda en este linaje de
conocimientos.

Por fin llegaron al ro. Corra sereno y lmpido por entre praderas,
orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes.
Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el _Pozo de
Tresagua_. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso.
Ningn otro haba en los contornos de Campizos ms a propsito para
baarse. Llegaba el csped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde
alfombra era grato sentarse y cmodamente se poda cualquiera desnudar
sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban
pasar los rayos del sol, que an luca vivo y ardiente. All gozaba
Fresnedo del bao ms que el sultn de Turqua, acumulando salud y
felicidad para todo el ao. En aquel mismo sitio se haba baado de nio
con otra porcin de compaeros que hoy eran labradores. Qu placer
senta recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un
zagalillo a quien su padres recomendaban el cuidado del ganado en el
monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura! Cuando los
recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el seno de la
Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen alegres,
deliciosos.

Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el csped reposando el
calor, y al fin se decidi aquel a ir despojndose poco a poco de la
ropa. Mientras lo haca, tarareaba una cancin de zarzuela de las que
llegaban a sus odos de Madrid. La alegra le rebosaba del alma. Su hijo
le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando
Fresnedo levantaba los suyos hacia l, y le deca sonriendo:

--Qu hay, Chucho? Te quieres baar conmigo?

Chucho se contentaba con reir, como diciendo:

Qu bromista es este pap! Como si no supiese que armo un escndalo
cada vez que intentan meterme en el agua!

Fresnedo se baaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier
traje de bao. En aquel sitio tena la seguridad de no ser visto. Cuando
se qued en cueros vivos, el asombro y la curiosidad retratados en la
cara de su Chipiln, le causaron cierta vergenza y se cubri con la
sbana. Pero Chucho no estaba conforme y empez a gorjear, mientras
tiraba de la sbana con sus manecitas, que su pap tena pelo en el
cuerpo y que l no lo tena, y que la Tata tampoco lo tena...

--Vamos, Chucho, cllate--le dijo el pap con semblante grave--. No se
habla de eso. Los nios no hablan de eso.

--Y por qu no hablan los nios de eso? Fresnedo no contest.

--Por qu no hablan los nios de eso, pap?--repiti el chico.

El comerciante quiso distraerle hablndole de otras cosas, pero Chucho
no acudi al engao.

--Por qu no hablan los nios de eso, pap?--insisti lleno de
curiosidad.

--Porque no est bien--respondi.

--Y por qu no est bien?

--Vaya, vaya, djame en paz!--exclam entre impaciente y risueo.

Embozado en la sbana como en un jaique moruno avanz hacia el agua.

--Mira, Chucho--dijo volvindose--, no te muevas de ah. Sentadito hasta
que yo salga, verdad?... Mira, vas a ver cmo me tiro de cabeza al
agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... A las
tres!

Fresnedo, que haba dejado caer la sbana al dar las voces y se haba
colocado sobre un pequeo cantil, lanzse, en efecto de cabeza al pozo
con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su
cuerpo robusto agit violentamente el agua, produjo en ella una
verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jess. Este sufri
un estremecimiento y qued atnito, maravillado, al ver prontamente
salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.

--Mira, Chucho! Mira!

Y se puso con el vientre arriba, dejndose flotar sin movimiento alguno.

--Mira, mira ahora.

Y nadaba hacia atrs con los pies solamente.

--Vers ahora: voy a nadar como los perros.

Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.

Con qu gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades
aprendidas en la niez!

Chucho estaba arrobado en xtasis delicioso contemplndole. No perda
uno solo de sus movimientos.

--Chucho! Chuchn! Bien mo! Quin te quiere?--gritaba Fresnedo
embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos
inocentes de su hijo le producan.

El nio guardaba silencio completamente absorto y atento a los juegos
natatorios de su padre.

--Vamos, di, Chipiln, quin te quiere?

--Pap--respondi grave con su voz levemente ronca, sin dejar de
contemplarle atentamente.

Una de las habilidades en que Fresnedo haba sobresalido de nio y que
mucho le enorgulleca, era la de pescar truchas a mano. Siempre que
vena a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable
su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear
la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del pas
confesaban que se las poda haber con cualquiera de ellos, y se contaba
que de nio haba salido del agua con tres truchas, una en cada mano y
otra en la boca, aunque Fresnedo no quera confirmarlo. Pues bien; en
este momento le acometi el deseo de proporcionar un placer a su hijo y
drselo a s mismo.

--Vers, Chipiln, voy a sacarte una trucha... Quieres?

Ya lo creo que quera!

Pues si cabalmente Chucho senta mayor inclinacin, si cabe, a los
animales acuticos que a los terrestres!

Fresnedo hizo una larga aspiracin y se sumergi, dejando a su hijo
maravillado; registr los huecos de algunas piedras del fondo, y slo
pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla.
Como le faltase el aliento, subi a respirar.

--Chucho, no he podido cogerla; pero ya caer.

--Por qu caer, pap?--pregunt el nio que no dejaba escapar un
modismo sin hacer que se lo explicasen.

--Quiero decir que ya la coger.

Otra vez aspir el aire con fuerza y se lanz al fondo. Al cabo de unos
momentos sali a la superficie con una trucha en la mano, que arroj a
la orilla. Chucho di un grito de susto y alegra al ver a sus pies al
animalito brincando y retorcindose con furia. Quera agarrarlo cuando
paraba un instante; pero al acercar su manecita la trucha daba un salto,
y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba nuevamente
asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y le pona
sbito grave. Estaba nervioso; gritaba, rea, hablaba, lloraba a un
tiempo mismo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente
contemplndole.

--Anda, valiente! Agrrala, que no te hace nada!... Por la cola,
tonto!... Quieres que te pesque otra ms grande?

--S, ms gande, pap. Esta no me gusta--respondi el chiquito
renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequea.

El buen comerciante se prepar para otro chapuz; dejse ir al fondo y
con prisa comenz a registrar los agujeros de una roca grande que antes
haba visto. La muerte feroz y traidora aguardaba dentro. Meti el brazo
en uno de ellos harto angosto, y cuando intent sacarlo no pudo. La
sangre se le agolp toda al corazn. Perdi la serenidad para buscar la
postura en que haba entrado. Forceje en vano algunos momentos. Abri
la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos qued asfixiado el
infeliz.

Chucho esper en vano su salida. Mir con gran curiosidad por algunos
minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente
naturalidad:

--Pap, sal!

El padre no obedeci. Esper unos instantes, y volvi a gritar con ms
energa:

--Pap, sal!

Y cada vez ms impaciente, repiti este grito, concluyendo por llorar.
Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperacin:

--Sal, pap, sal!

Sus rosadas mejillas estaban baadas de lgrimas; sus ojos grandes,
hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada
instante se figuraba ver salir a su padre.

Un salto de la trucha que tena cerca, viva an, le distrajo. Acerc su
manecita a ella y la toc con un dedo. La trucha se movi levemente.
Volvi a tocarla y se movi menos an. Entonces, alentado por el
abatimiento del animal, se atrevi a posar la palma de la mano sobre l.
La trucha no rebull. Chucho principi a gorjear por lo bajo que l no
tena miedo a las truchas y que si estuviera all su hermana Carmita
indudablemente no osara poner la mano sobre una bestia tan feroz como
aqulla. Tanto se fu envalentonando, que concluy por agarrarla por la
cola y suspenderla. Aquel acto de herosmo despert en l mucha alegra.
Fluyeron de su garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta
sacudida de la trucha le oblig a soltarla aterrado. Mir a su
alrededor, y no viendo a nadie, se fij otra vez en el pozo y torn a
gritar, llorando:

--Sal, pap! Sal, pap!... No quero trucha, pap! Sal!

El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la
colina, se iba poblando de sombras. All, en el horizonte, el sol se
ocultaba detrs de las altas y lejanas montaas de color violeta.

--Teno miedo, pap... Sal, papato!--gritaba la tierna criatura
bebiendo lgrimas.

Ninguna voz responda a la suya. Escuchbanse tan slo las esquilas del
ganado o algn mujido lejano. El ro segua murmurando suavemente su
eterna queja.

Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dej caer sobre el csped y se
durmi. Pero su sueo fu intranquilo. Era una criatura excesivamente
nerviosa, y la agitacin con que se haba dormido le hizo despertar al
poco rato. Haba cerrado la noche. Al principio no se di cuenta de
dnde estaba, y dijo como otras veces en su camita:

--Tata, quero agua.

Pero viendo que la Tata no acuda, se incorpor sobre el csped, mir
alrededor, y su pequeo corazn se encogi de terror observando la
obscuridad que reinaba.

--Tata, Tata!--grit repetidas veces...

La luz de la luna rielaba en el agua. Atrados sus ojos hacia ella,
Chucho se acord de pronto que su pap estaba con l y se haba metido
en el ro a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompan el pecho
y lgrimas que le cegaban, volvi a gritar:

--Sal, pap; sal, mi pap!... Teno miedo!

La voz del nio resonaba tristemente en la obscura campia silenciosa.
Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle all en el fondo del pozo,
hubiera mordido la roca que le tena sujeto, se hubiera arrancado el
brazo para acudir a su llamamiento.

No pudiendo ya gritar ms porque le faltaba la voz y el aliento,
destrozado por el cansancio, cay otra vez dormido, y as le hallaron
los que haban salido en su busca.




El Rey Burgus.

(RUBN DARO)




EL REY BURGUES


Amigo!, el cielo est opaco; el aire, fro; el da, triste. Un cuento
alegre..., as como para distraer las brumosas y grises melancolas,
helo aqu.

       *       *       *       *       *

Haba en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tena
trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras;
caballos de largas crines, armas flamantsimas, galgos rpidos y
monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus
fanfarrias. Era un rey poeta? No, amigo mo: era el Rey Burgus.

       *       *       *       *       *

Era muy aficionado a las artes el soberano y favoreca con gran largueza
a sus msicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores,
boticarios, barberos y maestros de esgrima.

Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabal herido y sangriento,
haca improvisar a sus profesores de retrica canciones alusivas; los
criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres
batan palmas con movimientos rtmicos y gallardos. Era un rey sol, en
su Babilonia llena de msicas, de carcajadas y de ruido de festn.
Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza, atronando el
bosque con sus tropeles; y haca salir de sus nidos a las aves
asustadas, y el vocero repercuta en lo ms escondido de las cavernas.
Los perros, de patas elsticas, iban rompiendo la maleza en la carrera,
y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacan
ondear los mantos purpreos, y llevaban las caras encendidas y las
cabelleras al viento.

       *       *       *       *       *

El rey tena un palacio soberbio, donde haba acumulado riquezas y
objetos de arte maravilloso. Llegaba a l por entre grupos de lilas y
extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos
antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Suba por una escalera
llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tena a los lados
leones de mrmol, como los de los troncos salomnicos. Refinamiento. A
ms de los cisnes tena una vasta pajarera, como amante de la armona,
del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espritu
leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones
gramaticales, o crticas hermosillescas. Eso s, defensor acrrimo de la
correccin acadmica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime
amante de la lija y de la ortografa.

       *       *       *       *       *

Japoneras! Chineras!, por lujo, y nada ms.

Bien poda darse el placer de un saln digno del gusto de un Goncourt y
de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas
y las colas enroscadas, en grupos fantsticos y maravillosos; lacas de
Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y
animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a
las paredes; peces y gallos de colores; mscaras de gestos infernales y
con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiqusimas y
empuaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de
huevo, tnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araa,
sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores,
porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros trtaros
con una piel que les cubre hasta los riones, y que llevan arcos
estirados y manojos de flechas.

Por lo dems, haba el saln griego, lleno de mrmoles: diosas, musas,
ninfas y stiros; el saln de los tiempos galantes con cuadros del gran
Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, cuntos salones!

Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad,
el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.

       *       *       *       *       *

Un da le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
hallaba rodeado de cortesanos, de retricos y de maestros de equitacin
y de baile.

--Qu es eso?--pregunt.

--Seor, es un poeta.

El rey tena cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la
pajarera: un poeta era algo nuevo y extrao.

--Dejadle aqu.

Y el poeta:

--Seor, no he comido.

Y el rey:

--Habla, y comers.

Comenz:

       *       *       *       *       *

--Seor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis
alas al huracn, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza
escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano,
la salida del gran sol. He abandonado la inspiracin de la ciudad
malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma
de pequeez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de
las cuerdas dbiles contra las copas de Bohemia y las jarras donde
espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que
me haca parecer histrin, o mujer, y he vestido de modo salvaje y
esplndido: mi harapo es de prpura. He ido a la selva, donde he quedado
vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera
del mar spero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad,
como un ngel soberbio, o como un semidis olmpico, he ensayado el
yambo dando al olvido el madrigal.

He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el
verso que est en el astro en el fondo del cielo, y el que est en la
perla en lo profundo del Ocano. He querido ser pujante! Porque viene
el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesas todo luz, todo
agitacin y potencia, y es preciso recibir su espritu con el poema que
sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas
de amor.

Seor!, el arte no est en los fros envoltorios de mrmol, ni en los
cuadros lamidos, ni en el excelente seor Ohnet! Seor!, el arte no
viste pantalones, ni habla en burgus, ni pone los puntos en todas las
es. El es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y
amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes
de ala como las guilas, o _zarpazos_ como los leones. Seor, entre un
Apolo y un ganso, preferid al Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida
y el otro de marfil.

Oh, la poesa!

Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres
y se fabrican jarabes poticos. Adems, seor, el zapatero critica mis
endecaslabos, y el seor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi
inspiracin. Seor, y vos lo autorizis todo esto!... El ideal, el
ideal...

El rey interrumpi:

--Ya habis odo. Qu hacer?

Y un filsofo al uso:

--Si lo permits, seor, puede ganarse la comida con una caja de msica;
podemos colocarle en el jardn, cerca de los cisnes, para cuando os
paseis.

--S--dijo el rey; y dirigindose al poeta:--Daris vueltas a un
manubrio. Cerraris la boca. Haris sonar una caja de msica que toca
valses, cuadrillas y galopas, como no prefiris moriros de hambre. Pieza
de msica por pedazo de pan. Nada de jerigonzas ni de ideales. Id.

Y desde aquel da pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes al
poeta hambriento, que daba vueltas al manubrio: tiririrn, tiririrn...,
avergonzado a las miradas del gran sol! Pasaba el rey por las
cercanas? Tiririrn, tiririrn...! Haba que llenar el estmago?
Tiririrn! Todo entre las burlas de los pjaros libres que llegaban a
beber roco en las lilas floridas, entre el zumbido de las abejas que le
picaban el rostro y le llenaban los ojos de lgrimas..., lgrimas
amargas que rodaban por sus mejillas y que caan a la tierra negra!

Y lleg el invierno, y el pobre sinti fro en el cuerpo y en el alma. Y
su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el
olvido, y el poeta de la montaa coronada de guilas no era sino un
pobre diablo que daba vueltas al manubrio: tiririrn!

Y cuando cay la nieve se olvidaron de l el rey y sus vasallos; a los
pjaros se les abrig, y a l se le dej al aire glacial, que le morda
las carnes y le azotaba el rostro.

Y una noche en que caa de lo alto la lluvia blanca de plumillas
cristalizadas, en el palacio haba festn, y la luz de las araas rea
alegre sobre los mrmoles, sobre el oro y sobre las tnicas de los
mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudan hasta la locura los
brindis del seor profesor de retrica, cuajados de dctilos, de
anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas herva el
Champaa con su burbujeo luminoso y fugaz. Noche de invierno, noche de
fiesta! Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba
vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por
el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombra,
haciendo resonar entre los rboles sin hojas la msica loca de las
galopas y cuadrillas; y se qued muerto, pensando en que nacera el sol
del da venidero, y con l el ideal..., y en que el arte no vestira
pantalones, sino manto de llamas de oro... Hasta que al da siguiente lo
hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como
gorrin que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y
todava con la mano en el manubrio.

       *       *       *       *       *

Oh, mi amigo!, el cielo est opaco; el aire fro; el da, triste.
Flotan brumosas y grises melancolas...

Pero, cunto calienta el alma una frase, un apretn de manos a tiempo!
Hasta la vista!




Elizabide el Vagabundo.

(BAROJA)




ELIZABIDE EL VAGABUNDO


      Cer zala ust cenuben
    enamoratzia?
    Sillau is hira eta
    guitarra jotzia.

      (CANTO POPULAR)

Muchas veces, mientras trabajaba en aquel abandonado jardn, Elizabide
el Vagabundo se deca al ver pasar a Maintoni, que volva de la iglesia:

--Qu pensar?--Vivir satisfecha? La vida de Maintoni le pareca tan
extraa! Porque era natural que quien como l haba andado siempre a la
buena de Dios rodando por el mundo, encontrara la calma y el silencio de
la aldea deliciosos; pero ella, que no haba salido nunca de aquel
rincn, no sentira deseos de asistir a teatros, a fiestas, a
diversiones, de vivir otra vida ms esplndida, ms intensa? Y como
Elizabide el Vagabundo no se daba respuesta a su pregunta, segua
removiendo la tierra con su azadn filosficamente.

--Es una mujer fuerte--pensaba despus;--su alma es tan serena, tan
clara, que llega a preocupar. Una preocupacin cientfica, slo
cientfica, eso claro. Y Elizabide el Vagabundo, satisfecho de la
seguridad que se conceda a s mismo de que ntimamente no tomaba parte
en aquella preocupacin, segua trabajando en el jardn abandonado de su
casa.

Era un tipo curioso el de Elizabide el Vagabundo. Reuna todas las
cualidades y defectos del vascongado de la costa: era audaz, irnico,
perezoso, burln. La ligereza y el olvido constituan la base de su
temperamento: no daba importancia a nada, se olvidaba de todo. Haba
gastado casi entero su escaso capital en sus correras por Amrica, de
periodista en un pueblo, de negociante en otro, aqu vendiendo ganado,
all comerciando en vinos. Estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna,
lo que no consigui por indiferencia. Era de esos hombres que se dejan
llevar por los acontecimientos sin protestar nunca. Su vida, l la
comparaba con la marcha de uno de esos troncos que van por el ro, que
si nadie los recoge se pierden al fin en el mar.

Su inercia y su pereza eran ms de pensamiento que de manos; su alma
hua de l muchas veces: le bastaba mirar al agua corriente, contemplar
una nube o una estrella para olvidar el proyecto ms importante de su
vida, y cuando no lo olvidaba por esto, lo abandonaba por cualquier
otra cosa, sin saber por qu muchas veces.

Ultimamente se haba encontrado en una estancia del Uruguay, y como
Elizabide era agradable en su trato y no muy desagradable en su aspecto,
aunque tena ya sus treinta y ocho aos, el dueo de la estancia le
ofreci la mano de su hija, una muchacha bastante fea que estaba en
amores con un mulato. Elizabide, a quien no le pareca mal la vida
salvaje de la estancia, acept, y ya estaba para casarse cuando sinti
la nostalgia de su pueblo, del olor a heno de sus montes, del paisaje
brumoso de la tierra vascongada. Como en sus planes no entraban las
explicaciones bruscas, una maana, al amanecer, advirti a los padres de
su futura que iba a ir a Montevideo a comprar el regalo de boda; mont a
caballo, luego en el tren; lleg a la capital, se embarc en un
transatlntico, y despus de saludar cariosamente la tierra
hospitalaria de Amrica, se volvi a Espaa.

Lleg a su pueblo, un pueblecillo de la provincia de Guipzcoa; abraz a
su hermano Ignacio, que estaba all de boticario; fu a ver a su
nodriza, a quien prometi no hacer ninguna escapatoria ms, y se instal
en su casa. Cuando corri por el pueblo la voz de que no slo no haba
hecho dinero en Amrica, sino que lo haba perdido, todo el mundo
record que antes de salir de la aldea ya tena fama de fatuo, de
insubstancial y de vagabundo.

El no se preocupaba absolutamente nada por estas cosas; cavaba en su
huerta, y en los ratos perdidos trabajaba en construir una canoa para
andar por el ro, cosa que a todo el pueblo indignaba.

Elizabide el Vagabundo crea que su hermano Ignacio, la mujer y los
hijos de ste le desdeaban, y por eso no iba a visitarles ms que de
cuando en cuando; pero pronto vi que su hermano y su cuada le
estimaban y le hacan reproches porque no iba a verlos. Elizabide
comenz a acudir a casa de su hermano con ms frecuencia.

La casa del boticario estaba a la salida del pueblo, completamente
aislada; por la parte que miraba al camino tena un jardn rodeado de
una tapia, y por encima de ella salan ramas de laurel de un verde
obscuro que protegan algo la fachada del viento del Norte. Pasando el
jardn estaba la botica.

La casa no tena balcones, sino slo ventanas, y stas abiertas en la
pared sin simetra alguna; quizs esto era debido a que algunas de ellas
estaban tapiadas.

Al pasar en el tren o en el coche de las provincias del Norte, no
habis visto casas solitarias que, sin saber por qu, os daban envidia?
Parece que all dentro se debe vivir bien, se adivina una existencia
dulce y apacible; las ventanas con cortinas hablan de interiores casi
monsticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcas y cmodas de
nogal, de inmensas camas de madera; de una existencia tranquila,
sosegada, cuyas horas pasan lentas, medidas por el viejo reloj de alta
caja que lanza en la noche su sonoro tic-tac.

La casa del boticario era de stas: en el jardn se vean jacintos,
heliotropos, rosales y enormes hortensias que llegaban hasta la altura
de los balcones del piso bajo. Por encima de la tapia del jardn caan
como en cascada un torrente de rosas blancas, sencillas, que en
vascuence se llaman _choruas_ (locas) por lo frvolas que son y por lo
pronto que se marchitan y se caen.

Cuando Elizabide el Vagabundo fu a casa de su hermano, ya con ms
confianza, el boticario y su mujer, seguidos de todos los chicos, le
ensearon la casa, limpia, clara y bien oliente; despus fueron a ver la
huerta, y aqu Elizabide el Vagabundo vi por primera vez a Maintoni,
que, con la cabeza cubierta con un sombrero de paja, estaba recogiendo
guisantes en la falda del delantal. Elizabide y ella se saludaron
framente.

--Vamos hacia el ro--le dijo a su hermana la mujer del
boticario.--Diles a las chicas que lleven el chocolate all.

Maintoni se fu hacia la casa, y los dems, por una especie de tnel
largo formado por perales que tenan las ramas extendidas como las
varillas de un abanico, bajaron a una plazoleta que estaba junto al ro,
entre rboles, en donde haba una mesa rstica y un banco de piedra. El
sol, al penetrar entre el follaje, iluminaba el fondo del ro y se vean
las piedras redondas del cauce y los peces que pasaban lentamente
brillando como si fueran de plata. La tarde era de una tranquilidad
admirable; el cielo azul, puro y tranquilo.

Antes del caer de la tarde las dos muchachas de casa del boticario
vinieron con bandejas en la mano trayendo chocolate y bizcochos. Los
chicos se abalanzaron sobre los bizcochos como fieras. Elizabide el
Vagabundo habl de sus viajes, cont algunas aventuras, y tuvo suspensos
de sus labios a todos. Slo ella, Maintoni, pareci no entusiasmarse
gran cosa con aquellas narraciones.

--Maana vendrs, to Pablo, verdad?--le decan los chicos.

--S, vendr.

Y Elizabide el Vagabundo se march a su casa y pens en Maintoni y so
con ella. La vea en su imaginacin tal cual era: chiquitilla, esbelta,
con sus ojos negros, brillantes, rodeada de sus sobrinos, que le
abrazaban y le besuqueaban.

Como el mayor de los hijos del boticario estudiaba el tercer ao del
bachillerato, Elizabide se dedic a darle lecciones de francs, y a
estas lecciones se agreg Maintoni.

Elizabide comenzaba a sentirse preocupado con la hermana de su cuado,
tan serena, tan inmutable; no se comprenda si su alma era un alma de
nia sin deseos ni aspiraciones, o si era una mujer indiferente a todo
lo que no se relacionase con las personas que vivan en su hogar. El
vagabundo la sola mirar absorto.--Qu pensar?--se preguntaba. Una vez
se sinti atrevido, y la dijo:

--Y usted no piensa casarse, Maintoni?

--Yo! casarme!

--Por qu no?

--Quin va a cuidar de los chicos si me caso? Adems, yo ya soy
_nesca-zarra_ (solterona)--contest ella rindose.

--A los veintisiete aos solterona! Entonces yo, que tengo treinta y
ocho, debo de estar en el ltimo grado de la decrepitud.

Maintoni a esto no dijo nada; no hizo ms que sonreir.

Aquella noche Elizabide se asombr al ver lo que le preocupaba
Maintoni.

--Qu clase de mujer es sta?--se deca.--De orgullosa no tiene nada,
de romntica tampoco, y sin embargo...

En la orilla del ro, cerca de un estrecho desfiladero, brotaba una
fuente que tena un estanque profundsimo; el agua pareca all de
cristal por lo inmvil. As era quizs el alma de Maintoni--se deca
Elizabide--y sin embargo...--Sin embargo, a pesar de sus definiciones,
la preocupacin no se desvaneca; al revs, iba hacindose mayor.

Lleg el verano; en el jardn de la casa del boticario reunanse toda la
familia, Maintoni y Elizabide el Vagabundo. Nunca fu ste tan exacto
como entonces, nunca tan dichoso y tan desgraciado al mismo tiempo. Al
anochecer, cuando el cielo se llenaba de estrellas y la luz plida de
Jpiter brillaba en el firmamento, las conversaciones se hacan ms
ntimas, ms familiares, coreadas por el canto de los sapos. Maintoni se
mostraba ms expansiva, ms locuaz.

A las nueve de la noche, cuando se oa el sonar de los cascabeles de la
diligencia que pasaba por el pueblo con un gran farol sobre la capota
del pescante, se disolva la reunin y Elizabide se marchaba a su casa
haciendo proyectos para el da de maana, que giraban siempre alrededor
de Maintoni.

A veces, desalentado, se preguntaba:--No es imbcil haber recorrido el
mundo para venir a caer en un pueblecillo y enamorarse de una seorita
de aldea? Y quin se atreva a decirle nada a aquella mujer, tan
serena, tan impasible!

Fu pasando el verano, lleg la poca de las fiestas, y el boticario y
su familia se dispusieron a celebrar la romera de Arnazabal como todos
los aos.

--T tambin vendrs con nosotros?--le pregunt el boticario a su
hermano.

--Yo no.

--Por qu no?

--No tengo ganas.

--Bueno, bueno; pero te advierto que te vas a quedar solo, porque hasta
las muchachas vendrn con nosotros.

--Y usted tambin?--dijo Elizabide a Maintoni.

--S. Ya lo creo! A m me gustan mucho las romeras.

--No hagas caso, que no es por eso--replic el boticario.--Va a ver al
mdico de Arnazabal, que es un muchacho joven que el ao pasado le hizo
el amor.

--Y por qu no?--exclam Maintoni sonriendo.

Elizabide el Vagabundo palideci, enrojeci; pero no dijo nada.

La vspera de la romera el boticario le volvi a preguntar a su
hermano:

--Conque vienes o no?

--Bueno, ir--murmur el vagabundo.

Al da siguiente se levantaron temprano y salieron del pueblo, tomaron
la carretera, y despus, siguiendo veredas, atravesando prados cubiertos
de altas hierbas y de purpreas digitales, se internaron en el monte. La
maana estaba hmeda, templada; el campo mojado por el roco; el cielo
azul muy plido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en
estras tenues. A las diez de la maana llegaron a Arnazabal, un pueblo
en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza, y dos o tres
calles formadas por caseros.

Entraron en el casero, propiedad de la mujer del boticario, y pasaron a
la cocina. All comenzaron los agasajos y los grandes recibimientos de
la vieja de la casa, que abandon su labor de echar ramas al fuego y de
mecer la cuna de un nio; se levant del fogn bajo, en donde estaba
sentada, y salud a todos, besando a Maintoni, a su hermana y a los
chicos. Era una vieja flaca, acartonada, con un pauelo negro en la
cabeza; tena la nariz larga y ganchuda, la boca sin dientes, la cara
llena de arrugas y el pelo blanco.

--Y vuestra merced es el que estaba en las Indias?--pregunt la vieja a
Elizabide, encarndose con l.

--S; yo era el que estaba all.

Como haban dado las diez, y a esta hora empezaba la Misa mayor, no
quedaba en casa ms que la vieja. Todos se dirigieron a la iglesia.

Antes de comer, el boticario, ayudado de su cuada y de los chicos,
dispar desde una ventana del casero una barbaridad de cohetes, y
despus bajaron todos al comedor. Haba ms de veinte personas en la
mesa, entre ellas el mdico del pueblo, que se sent cerca de Maintoni,
y tuvo para ella y para su hermano un sin fin de galanteras y de
oficiosidades.

Elizabide el Vagabundo sinti una tristeza tan grande en aquel momento,
que pens en dejar la aldea y volverse a Amrica. Durante la comida,
Maintoni le miraba mucho a Elizabide.

--Es para burlarse de m--pensaba ste.--Ha sospechado que la quiero, y
coquetea con el otro. El golfo de Mjico tendr que ser otra vez
conmigo.

Al terminar la comida eran ms de las cuatro; haba comenzado el baile.
El mdico, sin separarse de Maintoni, segua galantendola, y ella
segua mirando a Elizabide.

Al anochecer, cuando la fiesta estaba en su esplendor, comenz el
_aurrescu_. Los muchachos, agarrados de las manos, iban dando vuelta a
la plaza, precedidos de los tamborileros; dos de los mozos se
destacaron, se hablaron, parecieron vacilar, y descubrindose, con las
boinas en la mano, invitaron a Maintoni para ser la primera, la reina
del baile. Ella trat de disuadirles en vascuence: mir a su cuado, que
sonrea; a su hermana, que tambin sonrea, y a Elizabide, que estaba
fnebre.

--Anda, no seas tonta--le dijo su hermana.

Y comenz el baile con todas sus ceremonias y sus saludos, recuerdos de
una edad primitiva y heroica. Concludo el _aurrescu_, el boticario sac
a bailar el fandango a su mujer, y el mdico joven a Maintoni.

Obscureci: fueron encendindose hogueras en la plaza, y la gente fu
pensando en la vuelta. Despus de tomar chocolate en el casero, la
familia del boticario y Elizabide emprendieron el camino hacia casa.

A lo lejos, entre los montes, se oan los _irrintzis_ de los que volvan
de la romera, gritos como relinchos salvajes. En las espesuras
brillaban los gusanos de luz como estrellas azuladas, y los sapos
lanzaban su nota de cristal en el silencio de la noche serena.

De vez en cuando, al bajar alguna cuesta, al boticario se le ocurra que
se agarraran todos de la mano, y bajaban la cuesta cantando:

_Aita San Antoniyo Urquiyolacua. Ascoren biyotzeco santo devotua_.

A pesar de que Elizabide quera alejarse de Maintoni, con la cual estaba
indignado, di la coincidencia de que ella se encontraba junto a l. Al
formar la cadena, ella le daba la mano, una mano pequea, suave y tibia.
De pronto, al boticario, que iba el primero, se le ocurra pararse y
empujar para atrs, y entonces se daban encontronazos los unos contra
los otros, y a veces Elizabide reciba en sus brazos a Maintoni. Ella
rea alegremente a su cuado, y miraba al vagabundo, siempre fnebre.

--Y usted, por qu est tan triste?--le pregunt Maintoni con voz
maliciosa, y sus ojos negros brillaron en la noche.

--Yo! No s. Esta maldad de hombre que sin querer le entristecen las
alegras de los dems.

--Pero usted no es malo--dijo Maintoni, y le mir tan profundamente con
sus ojos negros, que Elizabide el Vagabundo, se qued tan turbado, que
pens que hasta las mismas estrellas notaran su turbacin.

--No, no soy malo--murmur Elizabide--; pero soy un fatuo, un hombre
intil, como dice todo el pueblo.

--Y eso le preocupa a usted, lo que dice la gente que no le conoce?

--S, temo que sea la verdad, y para un hombre que tendr que marcharse
otra vez a Amrica, ese es un temor grave.

--Marcharse! Se va usted a marchar?--murmur Maintoni con voz triste.

--S.

--Pero por qu?

--Oh! A usted no se lo puedo decir.

--Y si yo lo adivinara?

--Entonces lo sentira mucho, porque se burlara usted de m, que soy
viejo...

--Oh, no!

--Que soy pobre.

--No importa.

--Oh, Maintoni! De veras? No me rechazara usted?

--No; al revs.

--Entonces... me querrs como yo te quiero?--murmur Elizabide el
Vagabundo en vascuence.

--Siempre, siempre...--Y Maintoni inclin su cabeza sobre el pecho de
Elizabide y ste la bes en su cabellera castaa.

--Maintoni! Aqu!--le dijo su hermana, y ella se alej de l; pero se
volvi a mirarle una vez, y muchas.

Y siguieron todos andando hacia el pueblo por los caminos solitarios. En
derredor vibraba la noche llena de misterios; en el cielo palpitaban los
astros. Elizabide el Vagabundo, con el corazn anegado de sensaciones
inefables, sofocado de felicidad, miraba con los ojos muy abiertos una
estrella lejana, muy lejana, y le hablaba en voz baja...




La epopeya de una zngara.

(DICENTA)




LA EPOPEYA DE UNA ZNGARA


El sol caa a plomo sobre la ancha carretera, uno de esos caminos
oficiales de Castilla en cuyas lindes busca intilmente el viajero un
rbol que le preste sombra o un arroyo donde calmar su sed. Campos
agostados, planicies incultas, ridos y desiguales montculos, mucha luz
en el cielo y poca alegra en la tierra: he aqu el espectculo ofrecido
por aquella naturaleza sedienta, amodorrada, codiciosa de aire y de
frescura, en la que el silencio hubiera reinado en absoluto a no ser por
alguna que otra banda de codornices, las cuales, alzndose de entre los
rastrojos, cruzbanlos presurosamente con un rumor no interrumpido de
gritos salvajes y de vigorosos aleteos, levantando una nube de polvo,
que se transformaba en lluvia de oro al caer herida por los rayos del
sol.

Tarde calurosa de Agosto, que converta en inhospitalario desierto el
camino y los campos que lo circundaban, era aqulla; y perdida en este
desierto, sufriendo el bochorno que abrasaba la atmsfera, asfixindose
con el polvo por ella misma levantado al proseguir su rumbo, vease una
pequea y miserable caravana, que hubiese puesto piedad en los ojos y
amargura en el corazn de quien la mirase atentamente; pero los hombres
suelen mirar estas cosas sin verlas; para ellas no existen otros ojos ni
otro amparo que los de Dios; y hasta Dios suele distraerse muchas veces.

Constituan la caravana una mujer, un burro y tres nios.

La mujer iba delante, descalza de pie y pierna, cubierta de andrajos y
de polvo, movindose con fatigosa lentitud, entreabriendo la boca para
respirar el aire que penetraba en sus pulmones, y sosteniendo en sus
brazos a un nio de pocos meses, envuelto en un jirn de lienzo
remendado y sucio; el nio estrujaba con sus manecitas el pecho de la
madre, y tiraba de l, sujetndolo con sus labios, para extraer el jugo
que generosamente le ofreca. La mujer era joven, y hubiera sido tambin
hermosa, a juzgar por sus ojos negros y brillantes, por sus labios
rojos, por su dentadura blanca e igual y por la esbeltez de su cuerpo
entero, si la miseria, al apoderarse de ella, no la hubiese deformado y
envejecido, curtiendo su cutis, arrugndolo prematuramente,
enflaqueciendo sus carnes y enmaraando su cabellera, que se pegaba
entonces a una frente ennegrecida y sudorosa; la pobre criatura pudo ser
bella; pero de su belleza no queda ms rastro que el de sus pupilas,
expresivas y negras, clavadas con profundo amor en el rostro moreno de
su hijo.

Detrs de ella marchaba el asno, sucio, flaco y ceniciento pollino, de
vientre angosto y lomo huesudo, con las orejas gachas, el rabo cado y
las patas llenas de esparavanes, sosteniendo por carga nica dos anchos
alforjones que caan a uno y otro lado de la albarda; dentro de ellos,
sobre un montn de trapos y papeles, iban dos nios, que se servan
mutuamente de contrapeso, ofreciendo a la vez doloroso contraste, pues
mientras el ms joven dorma con la cara echada hacia atrs, la sonrisa
en la boca y la salud en las mejillas, el mayor, de edad de cinco aos,
retorcindose sobre el inconcebible camastro, miraba a su madre con ojos
muy abiertos, extraviados por la fiebre, y contraa sus labios a
impulsos de internos dolores, y agonizaba de calentura bajo aquella
atmsfera de plomo.

Quines eran? De dnde venan? Por qu atravesaban el estril camino
con una criatura enferma al lado y un sol implacable en el cielo, los
individuos de aquella caravana?

Quines eran? Una familia de zngaros hurfana de padre, que recorra
Europa implorando la pblica caridad. De dnde venan? Del inmediato
pueblo, en el que no pudo detenerse la mujer un instante siquiera para
llenar su cntaro vaco, porque los aldeanos la haban amenazado con
golpearla, a ella, a la miserable, a la vagabunda, a la bruja, a la
gitana, si no parta inmediatamente de all, sin alimento, sin agua, sin
reposo, con su hijo enfermo, con sus pies heridos, con su pecho
exhausto, maldita de Dios y perseguida de los hombres; y la infeliz
mujer, amedrentada, sola, sin sostn, sin ayuda, abandon la aldea y
prosigui su marcha entre el polvo y el calor, volviendo de cuando en
cuando los ojos para contemplar a su hijo enfermo, y clavndolos
despus, con expresin amarga y rencorosa, en el distante lugarejo, del
que slo poda distinguirse la torre de la iglesia destacando en el
espacio su contorno gris.

       *       *       *       *       *

El nio enfermo, incorporndose trabajosamente sobre la alforja que le
serva de cama, extendi sus brazos en direccin de la joven, y dijo con
voz dbil:

--Madre!

La zngara respondi al llamamiento, dirigindose precipitadamente al
sitio que ocupaba el muchacho.

--Qu quieres, hijo mo?--murmur, dejando al nio de pecho junto a su
hermano dormido, y rodeando con sus brazos la garganta del enfermo.

--Agua--respondi ste.--Dame agua... tengo mucha sed...; me quema
aqu!

Y sealaba con un dedo su pecho tembloroso y desnudo.

--Agua!--grit la madre con espanto.--Agua!... Dnde encontrarla,
hijo?

--Agua!--repuso el nio.--Me muero de sed!...

Y entreabra sus labios abrasados por la fiebre, y miraba a su madre con
miradas tan suplicantes, tan llenas de amargura, que sta se puso plida
y rompi en sollozos.

Era su hijo, la carne de su carne, el que reclamaba un socorro del que
dependa acaso su existencia; y ella, su madre, no poda prestrselo; en
vano registr con ansia en el interior del cantaruelo; estaba vaco, no
quedaba ni una gota de agua en su fondo; la mujer mir al cielo, en el
cielo no haba una nube; registr despus el camino solitario, los
campos de trigo, las planicies, las praderas, el horizonte entero; en
fin, nada!, no encontr nada. Aquella tierra sedienta pareca decir a
la zngara, mostrndole sus fauces contradas y secas: Agua para tu
hijo?... Aqu no hay agua para nadie. Que se muera de sed como yo! Y
la zngara, abrazando el cuerpo del muchacho, repeta con gesto de fiera
y ademn de loca:

--No hay nada! no puedo darte nada! Dnde voy a encontrar ahora agua,
hijo mo?...

Pobre mujer!... All no brotaba ms que un manantial: el de su llanto.

De pronto la zngara sonri, con una sonrisa de esperanza; a cuatro
pasos del grupo alzbase la caseta de un pen caminero; su puerta
cerrada, como sus ventanas, predeca la ausencia del dueo; pero acaso
estara dentro alguien que pudiera atender sus splicas, y la joven
golpe nerviosamente aquella puerta inmvil. Sus afanes fueron intiles;
nadie vino en su auxilio tampoco.

Rendida de llamar, sin saber lo que haca, di vuelta a los muros, y
cuando llegaba a la espalda de la casa, vi con placer y con asombro,
recostada contra la tapia y protegida por la sombra de sta, una cazuela
llena de agua. La mujer mir esto; pero no pudo mirar--a tal extremo la
cegaban la sorpresa y el jbilo--que al mismo tiempo que ella, y movido
por iguales deseos, se diriga hacia el cacharro un mastn enorme, con
el pelo erizado, la boca abierta, la baba colgando y los ojos codiciosos
y brillantes.

Al distinguir a la mujer, el perro lanz un gruido; la zngara levant
la cabeza, y comprendiendo las intenciones del animal, apresur el paso;
uno y otra llegaron a la vez al lado del cacharro, y se detuvieron un
instante para contemplarle en ademn de desafo; la mujer extendi el
brazo, y su enemigo, al advertir el movimiento, acort distancia y se
puso delante de la cazuela con las pupilas encendidas y enseando los
dientes.

No pensaba en huir; hallbase dispuesto a defender aquel cacharro lleno
de agua.

--Ah, t tambin!--grit la zngara contemplando a su adversario con
rabia.--Pues no lo tendrs!

Y descarg un vigoroso puetazo sobre el hocico del mastn.

Este di un salto, apoy sobre el pecho de la joven sus patas
delanteras, la oblig a caer al suelo e hizo presa en su hombro. La
zngara lanz un grito de dolor y de furia; y, sin acobardarse,
frentica, desesperada, cogiendo con ambas manos la garganta de su
enemigo, apret con rabia, con ira, con frenes, con heroico y brutal
arranque, mientras el perro la desgarraba el hombro con sus afilados
colmillos.

La lucha sigui breves instantes empeada, silenciosa, terrible; los dos
combatientes se revolcaban por el suelo, dispuestos a vencer, y
procurando conseguirlo, para lo cual clavaba el perro sus colmillos en
los hombros de la mujer, y clavaba sta sus dedos en la musculosa
garganta del mastn...

De pronto el perro exhal un quejido doloroso, abri la boca, y cay de
espaldas. Los dedos de la zngara lo haban ahogado.

Esta se alz del suelo jadeante, plida; su corpio, roto en jirones,
dejaba al descubierto su pecho y sus hombros, en los que aparecan tres
heridas anchas y profundas; por los labios de aquellas heridas brotaban
tres hilos de sangre.

Pero la zngara no hizo caso; di con el pie al cadver de su enemigo;
cogi la cazuela, objeto de la lucha; corri en busca de su hijo, y sin
cuidarse ni acordarse siquiera de sus heridas, ni de sus sufrimientos,
ni de la sangre que corra por sus hombros, abrillantada por los rayos
del sol, acerc el cacharro a los labios del enfermo y le dijo con
sonrisa alegre y voz cariosa:

--Aqu tienes agua, bebe, hijo mo!




Los tres Reyes de Oriente.

(RICARDO LEN)




LOS TRES REYES DE ORIENTE


Es la Nochebuena de 1916; una noche glacial, obscura y lgubre, sin
villancicos ni serenatas, sin risas ni crtalos, sin panderetas ni
albogues. En el silencio de la tierra triste slo se escucha, de tarde
en tarde, un zumbido lejano, un ronco tremor que se extiende con aciaga
pesadumbre en el aire glido y sonoro.

Por un camino, en la desierta llanura, viene de Oriente una caravana.
Bajo el cielo adusto, hurfano de sus claros luminares, slo se ven o se
adivinan las siluetas: unos caballos vigorosos, unos dromedarios de
robusta joroba, tres jinetes, unos bultos informes arrebozados en las
tinieblas.

Llegando a cierto lugar donde se juntan otros caminos, la caravana
vacila y se detiene. El cielo parece de bano; la tierra, de bronce; el
aire, un afilado pual; y es el silencio tan hondo, que se oye el latir
del corazn en las entraas.

Una luz, verde y cruda, rasga de sbito el horizonte lejano, cunde como
una centella, se abre al modo de una rosa, y cae deshecha en lgrimas
sobre el manto sombro de la noche. A esta luz, siguen muchas
semejantes, y a las luces, unos retumbos pavorosos que hacen temblar la
tierra, y a los retumbos, el silencio otra vez.

Y, entonces, la caravana sigue su ruta en las tinieblas...

       *       *       *       *       *

Un fuerte resplandor alumbra todo el cielo en Occidente; la llanura se
tie de roja claridad; los mbitos se pueblan de voces y tronidos. Es la
guerra que cabalga en su negro corcel por los campos europeos; es la
Muerte, que, en plena Navidad cristiana, viene a arrullar las cunas con
el brbaro son del hierro y de la plvora, a encender sus infames
hogueras en la noche, en la bendita Noche en que se dijo: Gloria a Dios
en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad...

Y arden las casas de los hombres, como antorchas de Luzbel, bajo los
rayos de la implacable artillera; a la luz de los incendios, pasan las
muchedumbres de soldados con un fragor de tempestad. Son legiones
innumerables de todas las razas y banderas: aqu, la cruz, all la media
luna, ac las lises, ms all las guilas y, juntos en la hueste, el
casco y el turbante, el capote y el alquicel, los rostros de bano y de
nieve, todos estremecidos por la misma clera infernal.

Y al paso de estas ciegas multitudes se abren los senos de la tierra, se
conmueven las montaas, crujen los bosques, enrojecen los ros, flamean
los aires y caen las vidas de los hombres como las mieses al golpe de la
hoz.

       *       *       *       *       *

La caravana que vena de Oriente, para otra vez ante el desfile trgico.
Rojas lenguas de fuego tiemblan al borde del camino. Una ciudad arde en
la noche.

A su siniestro fulgor, se descubre la calidad y riqueza de los tres
peregrinos viajeros.

Son tres Reyes. El uno es persa: venerable la figura, verdes los ojos,
la barba de nieve, majestuosa la actitud. Viste una tnica de prpura y
de oro; cie un alfanje, con un topacio sobre el puo, y trae sobre la
tnica un rico manto de armio.

El otro Rey es rabe: tiene la barba negra y ensortijada, los labios
gruesos, la nariz de fino dibujo, los ojos negros, grandes y hermosos,
en figura de almendra. El sayo es bermejo, bordado con ureas labores;
rojo tambin el turbante; preciosa la espada, con puo de oro y de
rubes; el manto, azul.

Y el otro Rey, etope. Es negra su tez como la endrina, pero elegante
el cuerpo y nobles las facciones, alta la frente, aguilea la nariz, muy
rojos los labios, puntiaguda la barba, muy blancos los ojos y los
dientes, rizo y menudo el cabello, como granos de pimienta. Cie un
vestido blanco, de graciosos pliegues, y es nevada tambin la _xema_ o
toga que luce, con tornasoles de oro. Trae al cuello desnudo una sarta
de corales, y a la cintura, en el verde tahal, un cuchillo con el puo
de oro y esmeraldas.

Vienen los tres Reyes en sendos caballos, negro, blanco y alazn.
Sgueles larga servidumbre, con camellos y acmilas, y un carro, lleno
de prdigos caudales.

       *       *       *       *       *

Como en el ancho desierto, cuando sopla el simn, se levantan las arenas
y, en espantosos torbellinos, giran ardientes, azotan el aire,
obscurecen el sol y caen sobre las pobres caravanas que, unidas en un
haz, esperan temblando hallar en las arenas sepultura, as, de pronto,
una nube de soldados, hirviente y clamorosa, con mpetus de simn, llega
por trochas y veredas a la ciudad en llamas y cae sobre los tres Reyes
peregrinos.

Cercados por la tropa, que ya husmea el regio botn, presa de un
ejrcito alegre y victorioso, van, con mengua de su noble majestad,
cautivos entre lanzas y fusiles, a las tiendas del vencedor.

El cual, un viejo adusto y orgulloso, de recios bigotes blancos, y
envuelto en una capa gris, los recibe, sin grande cortesa, en su
habitacin de campaa, toda llena de planos y mapas de colores, erizados
de banderitas y alfileres.

--Quines sois vosotros--dice arrogante el general--que as os atrevis
a pasar las lneas de batalla? Ignoris, acaso, que en estas lneas no
puede, sin grave riesgo, entrar gente forastera y civil? Quines sois
vosotros, simples o traidores, que con tanta llaneza osis venir con
armas y mercancas a estos lugares prohibidos? Qu documentos, qu
razones abonan vuestra audacia? Sabis el castigo que aqu se inflige a
los espas? Hablad pronto, extranjeros; decidme quines sois y de dnde
vens; mostradme pasaportes y papeles, y agradeced a esta cruz que llevo
sobre el pecho que no os aplique, sin ms preguntas ni demoras, el fallo
inexorable de nuestra ley marcial...

       *       *       *       *       *

--No me conocis?--responde el rey anciano.--Es mi nombre Melchor. Soy
del Irn, del antiguo y famoso imperio que abati los orgullosos bros
de Babilonia, reina de las ciudades. Vengo del sacro Elburs, padre de
los ros terrestres, cuyas aguas vivas devuelven la juventud y resucitan
a los difuntos. He llegado hasta aqu, al travs de montaas y
desiertos, cruzando las llanuras de la implacable soledad, las arenas
crueles y los pantanos salobres, pero, merced a mis fatigas, traigo
inciensos y blsamos y perfumes de la Ciudad de las Rosas, de los
jardines de Tiharn; paos de seda, ms finos que el plumn de un ave,
sembrados de arabescos y de flores, de leopardos y gacelas; perlas de
Ormuz; tises de oro y plata, cojines y alcatifas de los bazares de
Chiraz... Voy en busca de las tierras apacibles donde reina la paz del
Seor, de Aquel que, nio y pobre, naci en un establo de Beln...

--Yo soy Gaspar--dice el segundo rey.--Vengo del Eufrates y el Tigris,
de los bosques gigantes de palmeras, vecinas del mar y del desierto, de
las tierras gloriosas y milenarias llenas de ruinas y sepulcros, de los
osarios imponentes de la historia, de las ciudades muertas, que aun
fatigan al mundo con el eco sonoro de sus nombres. Vengo de Basora y
Bagdad, donde aprend los cuentos de las Mil y una noches; puse a mi
tienda entre los plidos ladrillos de Khorsabad y de Nnive, de
Babilonia y de Seleucia: cargu mis camellos de oro antiguo, de
reliquias sagradas, magnficos despojos de los reyes de Siria; traje
tambin yeguas de pura sangre arbiga y asnos blanqusimos, todos
cargados de riquezas...

--Soy Baltasar--dice el rey negro.--Yo tengo mi palacio junto a las
aguas del Nilo Azul que salta y corre entre lagos, volcanes y torrentes,
al travs del hielo de las cumbres y el fuego de los desiertos y los
crteres. Negro soy porque el sol me abras desde la cuna en las tierras
brbaras y esplendorosas de Etiopa. Cruc el Mar Rojo; pas al Yemen, a
la Arabia Feliz; segu las rutas de la Meca, de Medina y Jerusaln; el
camino glorioso de Damasco; hall los tesoros de las antiguas reinas, la
de Palmira y la de Saba; dorm a la sombra de los cedros del Lbano;
ba mi rostro en el Jordn, y vengo a Europa cargado de prpuras y
marfiles, de piedras y maderas preciosas, aejos licores, sndalos,
mirras y cinamomos exquisitos, con ofrendas mil para los nios
cristianos, para aquellos que aprendieron en la cuna el dulce nombre de
Jess...

       *       *       *       *       *

Con muchas y siniestras carcajadas celebran en el campamento las razones
de los Reyes Magos.

--Por fuerza sois--dice un prncipe grave y taciturno que acompaa al
general--unos dementes o unos grandsimos socarrones cuando vens hogao
en disfraz de ingenuos y candorosos peregrinos, con aires de beatitud y
de leyenda, a este mundo senil despedazado por el hierro y por el fuego.
La culta, la cristiana Europa, maestra de cobardes hipocresas; la que
destruye a sus propios hijos en nombre de la civilizacin, del derecho y
de la libertad; la que puso una cruz en sus banderas y otra en el puo
de sus espadas, hoy, ultrajando a Dios, se entrega a una furiosa bacanal
de sangre. Ved las antorchas, las msicas y los cantos con que celebra
la Navidad de Cristo: ciudades que arden, caones que retumban, soldados
que corren a la muerte lanzando gritos de odio. La paz del Seor slo
reina ya en los sepulcros. Los nios que aprendieron el nombre de Jess,
abandonan sus antiguos juegos y tienden las manos delicadas pidiendo el
fusil, un fusil de _veras_ que acierte a dar en un corazn. Ya todos
saben que los Reyes de Oriente no han de venir, que aquellos Magos
misteriosos y benvolos que en otras Pascuas apacibles colmaban de
ofrendas los zapatitos del balcn, estn ahora en las trincheras y
reductos, temblorosos de fro y de nostalgia, deseando matar o morir. El
acre incienso de la plvora embriaga a los hombres, a las mujeres, a
los nios; el oro se convierte en plomo, y la mirra en mortfero gas...
Caminantes: si lo sois de buena fe, idos a vuestras montaas y
desiertos, a los bosques de palmeras, al Nilo Azul, all donde aun
recitan al amor de la lumbre los cuentos de las Mil y una noches; huid a
vuestras tierras brbaras y remotas, y si es que all, como creo,
entraron tambin las Furias de la discordia y de la muerte, id a otras
tierras todava ms salvajes, ms escondidas y felices, donde jams se
oiga la palabra civilizacin, donde, a lo menos, se maten los hombres
francamente, con el sano y desnudo valor de su barbarie, sin decir que
se matan por la justicia y el derecho.

--Idos, s--confirma el general,--pues a lo que veo sois hombres de
bien. Pero qudense aqu vuestros bagajes y preseas, vuestros caballos y
tesoros, a fin de que no caigan en manos del enemigo. Tornad a vuestras
tierras, como Dios os diere a entender, que harto salvis con salvar
vuestras vidas en estos infiernos de la Europa civilizada...

Y los Reyes Magos, pobres y desnudos, como el divino Infante de Beln,
se van para siempre, tristes y cabizbajos, haciendo voto de no volver a
este mundo por todos los siglos de los siglos.




Las tres cosas del to Juan.

(JOS NOGALES)




LAS TRES COSAS DEL TIO JUAN


Todo el pueblo saba que Apolinar se estaba derritiendo vivo por Luca,
y que, aunque sta no se derreta por nadie, no pona mala cara a las
solicitudes del mozo. Matrimonio igual: ella, joven, guapa, robusta y,
de aadidura, rica; l, en los linderos de los veinticinco, no pobre,
medio seoritn por lo que iba para alcalde, y entrambos hijos nicos.
No faltaba al naciente afecto ms que el sacramento de la confirmacin,
y para eso no haba otro obispo sino to Juan, el _Plantao_, padre y
seor natural de la dama requerida.

El ilustre linaje de los _Plantaos_ distinguise desde muy antiguo
tiempo por una terquedad nativa, de que estaba justamente orgulloso, y,
de haber querido proveerse de herldica, su escudo no fuera otro que un
clavo clavado por el revs en una pared de gules. Apolinar sentase
cohibido por esta testarudez hereditaria, y recelaba que el to Juan
saliese con una gaita de las suyas, porque era hombre que no se apartaba
de sus ses o sus noes as lo hicieran pedazos.

No hubo ms remedio que pasar el Rubicn... y tirarse de cabeza en
aquellas honduras insondables de la voluntad paterna. El to Juan haba
dicho una vez: Qu trae ese por aqu? Y para los que le conocan el
genio, era bastante.

--Ahora que est tu padre en la bodega, voy y se lo espeto, y Dios
quiera que pueda salir con cara alegre... Pero antes dime, para que
lleve fuerza, que me quieres como yo te quiero, con los redaos del
alma.

--Apolinar, que me aburres con tus quereres y tonteos. Si quieres
decrselo, anda; y lo que saques a mi padre del buche eso ser, porque
yo tambin soy _plant_.

Renegando de aquellos bravos rigores de la casta, encaminse Apolinar a
la bodega, pasando primero bajo la llorosa parra, que tenda sus
sarmientos como cuerdas secas, y despus por el angosto corral atestado
de aperos de labranza y cachivaches de vendimia. En la puerta de la
bodega enredsele un manojo de telaraas en el _bombn_, y tragando
saliva entr en la obscura pieza.

--To Juan; eh, to Juan...!

--Aqu! Eres t? Con este jinojo de tinglao no se ve gota.

Estaba el hombre muy metido en faena, en mangas de camisa, despechugado,
con una pelambre de pecho que pareca una maceta de albahaca. Era ms
que medianamente apersonado, canoso y fuerte; y sudando, como estaba,
pareca un oso polar.

--No se figura usted a lo que vengo?

--A tomar un jarrillo.

--No, seor; a tomar un parecer.

--Pues no es lo mesmo. Pero, anda, sultala; que no hay hombre sin
hombre.

--Con esa licencia... no s cmo le diga que Luca me tira un poco, un
pocazo, si se han de decir las cosas conforme son. Y como me parece a m
que yo tambin le tiro una migaja, vena, porque es razn, a decirle qu
le parece a usted de este tiraero que va por buen fin y por derecho
camino.

Dise to Juan cuatro rasconazos en el testuz, y, volviendo las
espaldas, fu a buscar el jarrillo y la venencia, y con ambas cosas en
las manos, como quien echa el _Dominus vobiscum_, se abri de brazos,
diciendo:

--Todo el toque del hombre est en un s y un no. As es que, antes de
soltar uno u otro, hay que rumiar bien las cosas. Tomaremos un par de
alumbradores y que Dios sea con todos.

Y despus de beber por riguroso turno, quedse to Juan rumiando aquel
escopetazo, como un hermoso y prudente buey que no pone la pata sino en
terreno firme.

--Pues atento a eso, digo que me parece a m que la mujer se hizo para
el hombre y el hombre para la mujer... y que por eso tiran el uno del
otro. Pero como ni el hombre ni la mujer son siempre libres, otros han
de agarrarse a la mancera para que el surco salga bien hecho y la
simiente no se desperdicie. Yo, que por lo de ahora soy el gan en este
negocio, te digo que quien quiera ayuntarse con mi cordera ha de hacer
tres cosas, sin que ninguna le perdone; no hacindolas, ya se puede ir
con viento fresco y levantar la parva.

--Aunque sean trescientas har yo, con tal de meterme debajo del yugo.
Eche usted, to Juan, por esa boca, que ya se me hace tarde, y aunque me
mande cargar con la bodega, todava me haba de parecer mandato ligero,
segn lo encalabrinado y emperrado que estoy con el aquel del tiraero
que ya le he dicho.

--No soy tan brbaro para mandar lo que est fuera de las fuerzas del
hombre, por animal que sea. Las tres cosas que pido son stas: que me
traigan todos los das la primera gallinaza que suelte el gallo al
romper el alba, para hacer un remedio de este dolor de ijares que me
quita el resuello de cuando en cuando; que al que tenga ese querer,
valo yo una vez siquiera trincar un bocado de hierba sin doblar los
corvejones, ni acularse, ni tenderse; que el tal me d candela en la
palma de la mano el da de mi santo por la maana, y esto ha de ser con
sosiego, sin hacer bailes, ni meneos, ni soplar, ni sacudir.

--Nada ms?

--En eso me he plantao, y ha de ser a lo justo; que ni sobre ni falte.

--To Juan, vaya usted preparando el yugo ms fuerte que haya en casa,
porque yo me lo echo encima, si Dios no dispone otra cosa.

Y Apolinar sali de all con la cara radiante, bailndole los ojos en
una rfaga de alegra loca, y dando al viento como romntica pluma aquel
jirn de telaraas que se peg en el sombrero.

--Troncho, qu suerte! Luca, me ha dicho tu padre que te vayas
preparando, que tenemos que abrir un surco.

--Qu tonto eres. De qu surco hablas? Me parece que viene su merced
algo repuntado y que el jarro habl ms que las personas.

--Te hablo del surco que han de hacer en el mundo todas las yuntas
humanas. Vers qu labor ms dulce.

--Pero qu borrico te has vuelto!

       *       *       *       *       *

La del alba sera cuando Apolinar acudi solcitamente a su corral sin
quitar ojo del gallo hasta que di de s el extrao remedio del mal de
ijares, que en caliente recogi, bien as como si llevase dentro una
preciosa esmeralda. Cumplida por aquel da la primera condicin y no
sabiendo qu hacer a tales horas, tan desacostumbradas para su vigilia,
fuse con los cavadores a su majuelo, _a matar el tiempo_ hasta que el
estmago le avisase. Al llegar a la via, dijo a los jornaleros:

--Vamos a ver, muchachos: un cuartillo de vino hay para quien sin doblar
los corvejones, ni acularse ni tenderse trinque un bocado de sarmientos.

--Pero eso qu tiene que hacer? Valiente hombra!

Y cuatro o cinco, los ms jvenes, salieron del grupo y doblndose y
enderezndose, sac cada cual un sarmiento del modo y manera que los
palomos cogen pajitas para hacer el nido.

--A ver yo...

Que si quieres! Cuantas veces quiso probar, di de cabeza en el montn.
Una risa franca y noblota alegr el majuelo, y hasta el sol de color de
cereza que suba por la cuesta azul pareca una gran cara hinchada de
risa.

--Para hacer eso hay que criar mucha fuerza de espinazo y que las patas
no se blandeen. Es menester cavar vias y darle al cuerpo buenos
remojones de sudor.

--S? Venga un azadn. Este no pesa, otro...

Y como general que arenga a sus tropas, dijo, blandiendo el instrumento:

--Hoy ser uno de tantos. Hay que apretar..., y no os compadezcis de m
si veis que reviento, porque necesito echar un espinazo que sea a la vez
tronco de olivo y vara de mimbre.

Aquella fu una jornada heroica. Los cavadores, viendo cun
gallardamente trabajaba Apolinar, mermaron cigarros, ahorraron
coloquios, apresuraron meriendas y sacaron el unto a sus brazos. Al
ponerse el sol, no presentaba aquella cara burlona, henchida de risa,
con que apareci entre las brumas de la maana, sino otra muy grave,
casi austera, que pareca complacida con la ofrenda del sudor humano que
riega el terrn y fecundiza el mundo.

Al dar de mano, dijo el jefe de la cuadrilla:

--No has visto la sementera?

--No.

Y Apolinar sinti una vergenza muy honda por aquella confesin hecha en
pleno campo.

--Pues, vamos, hombre; hay da para todo. Tengo una disputa con tu primo
Epifanio: l, que lo suyo es mejor; yo, que lo tuyo. Como sementera
temprana, la cebada nos llega a la rodilla; el trigo parece un forrajal.

Y fueron al sembrado, que con su verdor alegraba el alma, y en ella
sinti Apolinar una voz gozosa que pareca brincar en otra mancha verde
y lozana, gritndole: Todo es tuyo; regocjate, o no eres hombre!

Y se regocij honradamente, paternalmente, como si toda aquella vigorosa
fuerza germinativa hubiese salido de sus propias entraas.

--Yo, que no haba visto esto! Maldito sea el casino y las cartas y
quien las invent! Malditos los tabernculos, que nos chupan el tiempo
y no nos dejan ver esta gloria, esta bendicin de Dios derramada por los
campos!

Los sembrados del primo Epifanio no resistan la comparacin. La tierra
era la misma; pero rutinas, codicias, caprichos, ignorancia y necesidad
la haban esquilmado y empobrecido. El viejo jornalero explicaba el
caso.

--Dale a un trabajador carne y vino; a otro, papas y tomates. Eso es la
tierra: un trabajador. Segn le eches, as produce.

Apolinar sinti que otro amor sano y fuerte se le entraba en el alma: el
amor a la tierra, el amor a lo suyo, el gozo ntimo y callado del que
posee, del que se conforta al calor del surco, como semilla que germina,
brota, crece y se reproduce.

--En qu estara yo pensando? To Agapito, usted me hace un hombre. Voy
a echarme al campo como una fiera.

--Al campo, al campo! Esa es la ubre... Si vieras a cunto gandul
mantiene el campo!

--Yo soy el primero. Mejor dicho, lo fu. Ya soy otro. Me duelen los
pies... zapatos de vaca... Me duele la cabeza... tirar este apestoso
_bombn_ y comprar un sombrero de esos fuertes, como si los hicieran de
cerdas de cochino. No ms vestidos de Carnaval. To Agapito, un abrazo,
y pdale usted a Dios que all, por la primavera, pueda yo comer hierba
sin doblar los corvejones.

       *       *       *       *       *

No durmi bien, porque el excesivo cansancio rie con el sueo. En las
manos parecan arder sus huesos desencajados; el espinazo se le
engarrotaba... y en medio de sus dolores, otro sentimiento nuevo lo iba
conquistando mansamente; un sentimiento de infinita piedad hacia el
jornalero desheredado, que todos los das, a cambio de unos cuartos
roosos, aumenta el caudal ajeno con brbaro derroche de su propia vida,
y como a la madrugada oyese cantar al gallo, pregonero de su deber y
compromiso, volvi a ver la claridad del naciente da, y otra vez
cogieron sus doloridas manos el azadn lustroso, y el sudor del amo cay
como lluvia fecunda en la heredad, que pareca estremecerse de amor y
agradecimiento.

Y un da tras otro se fu curtiendo al sol y al aire, y mientras ms se
endureca la corteza, ms nobles blanduras aparecan por dentro.--Como
la via de Apolinar no hay ninguna. La sementera de Apolinar es la
capitana. Qu suerte de hombre!--Este era el tema de conversacin entre
la gente labradora. Los jornaleros se disputaban la casa, porque haba
formalidad y trago de vino, y all no se haca el agio vergonzoso para
la baja de jornales. Con Apolinar trabajaban los sanos, los hombres de
empuje, estimulados con su ejemplo.

Pas el invierno y el sol primaveral visti el campo de gala. Los
habares en flor henchan el aire de aromas pursimos; los trigos
azuleaban, los cebadales se mecan orgullosamente a comps del viento;
las yemas del higueral, reventando al esfuerzo de las primeras hojas,
tendan al sol una esplndida gasa de oro verde... y los viedos
extendan sobre la rojiza tierra otra gasa de pmpanos, y ya el olor
tempranero del cierne se esparca como una caricia dulce y vivificante.

Lleg el da de la prueba; el da temido y deseado en que Apolinar tena
puestos todos los grandes anhelos de su vida. Antes que el canticio de
los gallos sonaron las campanas de la torre con un repique de gloria, de
alegra, como voces de un coro nupcial que celebrase las bodas del cielo
y de la tierra.

No pudo Luca convencer a su padre de que, al menos aquel da, debiera
pasarlo con la chaqueta puesta.--Me ajogara.--Y por parecerle esta
razn de suficiente peso, no daba otra. Con orgullo hereditario cubra
su busto de oso polar con limpsima camisa de lienzo, por entre la cual
se desbordaba la cresta pelambre como maceta frondossima. Cuando entr
Apolinar, ya estaban all el primo Clmaco y la hermana Bella con su
dilatada prole, los trabajadores de la casa y varios vecinos, atrados
por aquellos olores de cocina y fritanga, fieros despertadores de la
gula.

--Que los tenga usted muy felices, to Juan y la compaa.

--Apolinar, tantas gracias, y lo mesmo digo.

--Vaya, aqu tiene usted la gallinaza de hoy, que parece un bruo.

Y sin pedir permiso, fuese a la cuadra y trajo un brazado de amapolas,
que tir al suelo.

--To Juan, eche usted cuenta.

Y ms gil que un pjaro, doblse y pesc un manojo de hierba en flor
que le caa sobre el pecho como una llama.

--Si usted quiere, me la como.

--No tienes que comerla. El toque est en trincarla.

--Luca, coge el ascua ms grande que haya en la hornilla: hala, ya
est. To Juan, encienda usted su cigarro, y si quiere liar otro, por m
no hay apuro: que ni me meneo, ni bailo, ni soplo, ni sacudo... Como
que tengo aqu un callo que parece una onza de oro!

--Ya est. Ahora... justo, las tres cosas. Ahora, t, Luca, abraza a
este bruto.

El bruto no esper a Luca; l la abraz con toda su fuerza.

--To Juan, de veras que es para m?

--Para ti, cerncalo. Y dale gracias al gallo que te cur; porque ni yo
tengo dolor de ijares ni cosa que se le parezca.

--Entonces?...

--No seas borrico--dijo Luca.--Padre quera que madrugases; si no
madrugas, no me abrazas.

Apolinar solt un relincho estrepitoso; un relincho de salud, de amor,
de fortaleza y de ventura.

--Sabis lo que so esta noche?--dijo el to Juan.--Pues que yo era el
Padre Eterno, y esta mi cordera era la Espaa, y yo se la daba a una
gente nueva, recin vena no s de ande, con la barriga llena, los ojos
relucientes, con callos en las manos y el azan al hombro....

Un alarido triunfal hendi como dardo sonoro el aire azul de aquella
serena maana de esto. El sol, deslumbrante, caa en lluvia de oro
sobre los aperos de labranza; dos mariposas de color de fuego volaban
bajo el fresco toldo de pmpanos, y el alegre repique de las campanas
pareca responder all, en lo alto, al alborozo de la raza nueva, de la
raza fuerte, que abra su fecundo surco de amor en la llanura humana.




La enamorada indiscreta

(PEDRO DE RPIDE)




DEL LICENCIADO ALONSO DE LAS TORRES

_Al Autor._


              SONETO

      Saludo a ti, seor, en el Parnaso,
    como a un divino hermano de las Nueve.
    La brisa suave que tu plectro mueve
    agita con sus alas el Pegaso.
      El ms sabio varn de Halicarnaso
    no fuera nunca en tus elogios breve.
    Hay una diosa que en tu frente llueve
    celeste luz a su celeste paso.
      De la Helicona la preclara linfa,
    te di a beber con plcido secreto
    en ureo vaso extraordinaria ninfa.
      Bienhayan tus decires y cantares,
    por ti miran laureles del Himeto
    las riberas del grato Manzanares.


DEL AUTOR

_Al licenciado Alonso de las Torres._

              SONETO

      Dolor de los amores que se mueren
    y son en nuestras almas enterrados.
    Dolor de los puales bienamados
    que ya ms no nos buscan ni nos hieren.
      No en estos melanclicos narrares,
    el fausto busques de la pompa loca.
    Yo cambio ese laurel de los cantares
    por la rosa del beso de una boca.
      Es el dolor mayor de los dolores
    el deshojar la flor de unos amores
    en el jardn do fuimos sus cautivos.
      Aoranza de fuente en el desierto.
    Dolor de los amores que no han muerto,
    y Dios nos manda que se entierren vivos.




PRIMERA PARTE

CUNTASE EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE TAMBIN FU
LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.


En una de las ms famosas y nobles ciudades de la prcer Italia, asiento
de las artes y patria de los ms nclitos varones, aconteci esta rara
historia que aqu se relata, y donde se muestra la ejemplaridad de los
designios del Altsimo, que trae aparejada la ms alta edificacin as
saludable para que huyan la tentacin del Enemigo los que aun no
pecaron, y vuelvan a la senda de la Gracia los apartados de ella.

Era, pues, en Ferrara, ciudad insigne, que haba visto prender al
delicado Torcuato Tasso, vate preclarsimo, y haba visto tambin morir
a aquel gallardo ingenio, prncipe soberano de los de su poca, que fu
el divino Ariosto, de quien pudo decirse que hubo reinas que besaron su
pie, ya que egregias hermosuras y la mayor de estos ltimos tiempos,
como ha sido la sin par Catalina Cornaro, a quien sus paisanos los dux
de la repblica veneta, Federico Barbarigo y Leonardo Loredano, ms
codiciosos que caballeros, han quitado su reino de Chipre, tuvo en ese
poeta el consuelo de un amor que bien vala un trono. Y siguiendo en
este relato verdico y curioso, ha de decirse, que frontera a la casa
donde haba muerto el Ariosto, alzbase otra suntuossima, que bien a
las claras pregonaba la elegancia y distincin de la gente principal que
en ella moraba.

Estaba la tal habitada por un magistrado de uno de los ms altos linajes
de la ciudad, que era la magnfica seora de Leonardo Aldobrandino,
hermano de Hrcules, senescal de los duques. Viudo de una seora de
Pisa, tena los ojos del alma y los del rostro puestos en su hija
Renata, que era ya una doncella de diez y nueve aos, ms bella y fresca
que las rosas de aquel gran rosal de Florencia que ha visto arder el
hereje Savonarola. Saba l que no hay mejor duea y rodrign para las
mujeres que su propio recato, y en este punto, la virtud de Renata
pareca guardarse sola. La misa de madrugada en San Lotario, oda con su
padre; algn paseo por la vega de las flores al morir de la tarde, y
otro rato de divertimiento con sus primas en el estrado de la casa, y
siempre bajo la custodia del grave Leonardo. No perdonaba ste, en
cambio, nada que dejase de adornar la gentilsima presencia de su hija;
las perleras ms finas que traan los traficantes de Venecia, y los
guardamaces bordados y justillos y corseletes de seda de Persia que
llevan a Ferrara los mercaderes ginoveses, nuncios del lujo y ministros
del oro.

De una parte, el respeto que su alto nombre mova a todos, y de otra la
seguridad de un mal fin de aventura, haba librado de galanes a aquella
joya ferraresa, bajo cuyas ventanas no se haban taido msicas ni
cantado sonetos. Sabase que su padre tena dispuesta la doncella para
esposa de un caballero fabuloso. Hablbase de un grave suceso de honra
que aconteci muchos aos atrs a Leonardo viajando por Espaa y
hallndose en Sevilla, donde top con un gentilhombre a quien qued muy
obligado. Era ste, espaol, cuatralvo en Cdiz de los galeones de
nuestro prudentsimo soberano el segundo de los Filipos, que hoy
asintanse en los cielos gozando de la bienandanza de los justos, y
siendo por aquellos das acaecido el trnsito del gran monarca, apenas
tom el cetro de las Espaas su hijo, nuestro actual gloriossimo
prncipe Filipo, el tercero de los de su nombre, a quien Dios Nuestro
Seor d tan larga vida como es sabio su gobierno, fu ste servido de
hacer al gentilhombre su visorrey en uno de los visorreinatos que
tenemos en Indias para mayor grandeza de nuestro Csar.

Tena el nuevo visorrey un hijo de breve edad, que llevaba el nombre de
San Miguel Arcngel, y cuando se despidieron para tornar el uno a Italia
y partir el otro hacia su destino, concertaron que si Leonardo tena
alguna hija, haba de ser esposa del heredero del noble espaol, que si
la estirpe de ste no cediera a la del Infantado y Medinaceli, la del
italiano era tan alta como la de los Dandolo y Colonna. Un ao despus
naci Renata, y comunicado el suceso al visorrey, fu luego considerado
su hijo, que tena entonces no ms de dos aos, como esposo de la tierna
Aldobrandino. Y en la traza aprobada, quedse dicho, que tan luego como
Miguel llegase a los veinte aos, haba de venir a Ferrara para sus
bodas.

Cercana al palacio de Leonardo hallbase, y aun se halla para contento
de caminantes, la celebrada hostera del Centauro, tan famosa por el
arte de sus guisanderas como por las varias aventuras de amor que la han
hecho tan temida de los padres y sospechosa para los maridos. Como es la
mejor de la ciudad, toda la gente de calidad que viaja suele hacer en
ella posada: capitanes espaoles, clrigos romanos, mercaderes
franceses, damas de alta condicin y grandes seores detinense en ella
a su paso por Ferrara, y as es de ver el trfago de su anchuroso patio,
donde se mezclan la carroza blasonada y el carro de trfico, el caballo
del alfrez y la mula del prebendado. El vino de Chianti llena con
liberal abundancia los jarros de las mesas, y bajo la parra esplndida y
tupida que rodea el portn, hay, como a las puertas conventuales, un
congreso de pordioseros, a quienes en ciertas horas se reparte la comida
sobrante. Sus aposentos son espaciosos como de la casa de un grande, y
su cocina esplndida como de un monasterio de Jernimos.

Era en el dulce morir del melanclico Octubre cuando al fenecer de una
tarde arribaron dos jinetes a la hostera. Era el uno muy mozo, de
gallardo y finsimo talle y rostro de ngel, y sus manos, como esas
talladas en marfil que se ven en algunas iglesias de Italia y son obra
del singular artfice llamado el Donatello. Cabalgaba en un potro
andaluz de agradable estampa, y en su rostro marcbase cierto
desasosiego y como embarazo al montar a horcajadas, que no daba muestra
de grande pericia en el arte de cabalgar. Seguale caballero en una mula
un hombre viejo y recio con tipo de haber sido soldado del duque de Alba
all en sus tiempos, y de llevar ahora dignamente su oficio con algo de
humildad para ser ayo, y un poco familiar para ser escudero. Tan luego
como llegaban a la puerta de la hostera, hubieron de detenerse porque
costera de ellos llegaba y parbase tambin una gran carroza cargada de
cofres. Detuvironse y vieron descender de ella tan slo a un caballero.
Era ste mozo tambin, aunque de ms fuerte y varonil gentileza que el
joven de a caballo; morena tena la tez y negro su cabello como de un
prncipe del Oriente, que no pareca sino que su padre era el sol y que
asomaba por sus ojos. Gallarda y arrogante era su apostura, y su
continente nobilsimo. Traa obscuro su vestido y sencillo como de
viaje; solamente sobre su ferreruelo llameaba como una espada de fuego
la insigne encomienda de Santiago. Entr en el zagun, apartse la
carroza y el mozo y su viejo acompaante entraron sobre sus cabalgaduras
hasta el patio de la hostera. Haba llovido algo y con eso estaba
escurridizo el pavimento, que era todo de guijarros, los cuales el uso
continuo haba hecho planos y lustrosos. Fuera ello la causa o la poca
experiencia del mozo, el caso es que al ir a apearse del caballo hubo de
caer ste arrodillado, y hubiese dado tambin con su cuerpo en el suelo
el jinete, si con grande presteza no acudieran a un tiempo su escudero y
el caballero de la encomienda. No se hizo mal alguno, y con esto
subieron juntos a los aposentos que les destinaron, y haba querido la
suerte que fuesen contiguos. La igualdad de sus aos, y el hallarse
ambos espaoles en tierra extranjera, hzoles entrar prontamente en
pltica y ofrecerse.--Yo me llamo don Diego de Ziga--dijo el del
caballo--y viajo con Marcos, mi escudero. Vengo desde Toledo, y no
tardar en llegar al final de mi viaje, que es en la ilustre ciudad de
Mantua, tantas veces nombrada, y he de deciros que no me llevan los
negocios ni los placeres, sino un gran pesar.

--Yo soy--dijo el caballero de la encomienda--don Miguel de Guzmn.
Vengo desde Indias, y llegando a Ferrara, he tocado al trmino de mi
peregrinacin. Hame trado aqu un cuidado muy grave que ya os
descubrir si os detenis aqu, y si, como pienso, hemos de ser amigos.

--Reposarme he unos das y muy de mi grado, seor don Miguel, que me
obliga la merced que me hacis de llamarme vuestro amigo--contestle don
Diego.

Y departiendo sobre su viaje y otras indiferentes materias, luego que
hicieron colacin, retirronse a descansar con promesa de salir juntos
al siguiente da para visitar la ciudad.

No tard en amanecer el sol ms que en saltar de sus lechos y vestirse
los caballeros. Don Diego, con su traje de veludillo gris y capa
aleonada, y don Miguel, que haba hecho subir sus cofres, adornse con
unas cachondas de raso y un jubn de vellor y colg de su cuello una
finsima cadena de oro con un grueso diamante que alumbraba su pecho.
Salieron, y su primer visita fu para el Santsimo Sacramento, como
devotos caballeros que eran, y acudan a agradecerle que les hubiera
dejado llegar con bien a la ciudad. Cumplido el po deber y oda la
misa, dironse a discurrir por las calles y plazas, y admirar iglesias
y palacios, maravillas todas que tenan suspenso su nimo, a pesar de
venir de la opulenta Espaa. Y aconteci que, como se hallasen a media
maana en el atrio de la catedral, vieron detenerse la gente, y pasar
ante ellos y perderse a la revuelta de una esquina, una corta pero
admirable comitiva. Componanla dos graves caballeros ataviados con sumo
lujo, y entre los dos una doncella, portento casi ms por su talle y por
su rostro que por sus galas suntuosas, cabalgando todos en soberbios
corceles precedidos de palafreneros y seguidos de lacayos. Riqusimas y
blasonadas gualdrapas llevaban los bridones, y los guanteletes y el azor
en la mano de la joven y el arreo de todos mostraban a las claras el
aparato de cetrera. Como las gentes se descubriesen al paso de aquellos
seores, don Miguel y don Diego se informaron de quines eran.--Son--les
contestaron--el seor senescal Hrcules Aldobrandino, su hermano
Leonardo y su sobrina Renata. Qu bien se echa de ver que sois
forasteros al no conocer a tan visibles personas!

Hizo don Miguel un gesto, no advertido para don Diego, y comentando
ambos la majestad de los ancianos y la elegancia de la joven,
prosiguieron su paseo, hasta que fu hora de retornar a la posada. Y a
peticin de don Diego separronse despus del meridiano yantar para el
reposo de la siesta.

Buena siesta diere Dios a don Diego, que as que se vi en su aposento a
solas con su escudero, hubo de arrojarse en sus brazos y comenzar a
llorar como una Magdalena despus del arrepentimiento.--Malhaya mil
veces, Marcos amigo--le deca--, malhaya mil veces la hora en que nos
partimos de nuestra casa si haba de ser para tal fin de viaje, que me
pienso que no llegar a Mantua y quedar con la maldicin de mis padres
y sin el asilo de mi ta la priora.

--Sosegos, seora ma--respondi el escudero--que ana os turbis y me
dais ganas de llorar a m tambin. Mirad, doa Menca, mi ama, que si
ven vuestros ojos encendidos del llanto dudarn de vuestro varonil
disfraz. Hicsteis mal en prometer a don Miguel que os detendrais aqu,
pues lo que importa es que lleguis cuanto antes a Mantua, donde os
espera la paz del monasterio.

--Ay! Por qu nac mujer? Unos padres crueles quisieron depararme como
esposo a un hombre viejo, feo y corcovado, con achaque de decir que todo
cuanto llevaba en la joroba eran doblones. Pens en mi ta doa Clara y
en su convento de Italia, y para dejar tierra de por medio entre el
novio y yo salimos de Toledo, sin reparar en lo largo del viaje. Ms me
valiera haberme quedado de religiosa en el colegio de San Clemente de
nuestra ciudad, que no hacer peligrar aqu mi vocacin forzosa y la
salvacin de mi alma.

--Fuerza es que lleguemos a Mantua, mi seora. Pero decidme, qu mal
pjaro os ha picado que os ha causado tal maleficio?

--Alas tiene y no es ave. Ciego es y todo lo penetra. Nio es y sabe ms
que cien doctores.

--Acabramos, doa Menca de mi alma, que ya me asombraba a m que el
tal picaruelo no se nos hubiera puesto delante en el camino.

--Ganas me dan de sacar de la maletilla el traje femenino que traigo
para entrar en Mantua, descubrirle a don Miguel la verdad de nuestra
historia y decirle que le amo de todas veras desde que le vi. No has
parado mientes en lo apuesto de su porte, en la nobleza de sus modos, en
la galanura de su decir y en la discrecin de su pensar? Heme aficionado
a l de tal manera y cobrdole un tan grandsimo afecto, que sangre del
corazn lloraran mis ojos si me arrancasen de su compaa.

Juntos pasaron el siguiente da ambos muy divertidos con sus plticas.
Era el don Miguel muy letrado y placase en decir versos que saba, y
slo ignoraba que sus coloquios con don Diego aumentaban una llama
cruel. As aconteci que hallndose juntos tuvo el don Miguel la donosa
ocurrencia de recitar a su amigo el siguiente soneto que l compuso
cierta vez a una dama que mostraba un lunar en uno de sus pechos:

               SONETO

      Sabio lunar que colocarse supo
    tan sabiamente en el redondo seno.
    De orgullo le supongo y gozo lleno
    por la preciosa suerte que le cupo.

      Es flor de tal jardn, l es el astro,
    astrolabio, astro mago, gua y norte
    de esa esfera de amor. Oh rey sin corte!
    Planeta de ese cielo de alabastro.

      Atrae por quemar. Fuego de Neso.
    Imn de la mirada. Imn del beso.
    Para encender los labios con su llama,

      y que la apague al recibirlos luego,
    lago que apaga de la antorcha el fuego,
    los verdes ojos de la rubia dama.

No apercibise Guzmn de la turbacin que disimulaba en cuanto poda don
Diego, segn avanzaba l en el declamado de los versos, que a bien que
l pensaba decirlos a un caballero mancebo para diversin, y no que
caan en los castsimos odos de una noble doncella. As al terminarlos
y recibidos plcemes por su arte de bien decir, fu requerido el de
Ziga para recitar a su vez. Era ste grave aprieto para la dama; pero
cediendo a la fatalidad de la ocasin, hubo de decir con voz algo
turbada, pero suave y cristalina, esta cancin que recordaba:

          CANCION
    Amor de yo no s dnde.
    Pasin de yo no s cundo.
    Qu necio es lo que se esconde,
    si el alma lo est buscando!
    No el severo pensamiento
    me distraiga de mis cosas.
    Acaso medita el viento,
    y acaso piensan las rosas?
    Viva la bella locura
    que habla al sol en la pradera,
    y corre por la llanura
    cabalgando en la quimera.
    El sol que en la tarde muere
    vuelve a nacer otro da.
    Quien de nosotros muriere
    a nacer no volvera;
    da en que no hemos amado,
    da es que habremos perdido.
    Oh, amores que ya han pasado,
    y amores que aun no han venido!
    Llegue a leer tu mirada
    mi dulce libro secreto.
    Sin ti la vida no es nada.
    Qu sera el Paracleto
    sin Helosa? Qu fuera
    Valchiuso sin el Petrarca?
    Por qu la encantada barca
    en vano en el lago espera?
    Para quines la ribera
    tiene su sombra y su flor?
    Jardines de primavera,
    qu seris sin el amor?

Hubo de comprimir un suspiro el ficticio don Diego al terminar la
relacin, y apenas supo dar las gracias por las albricias que le daba el
de Guzmn, encantado por el modo con que haba sido dicha la cancin.
Entretuvironse departiendo sobre otros puntos puestos de codos sobre la
abierta ventana, mientras abajo prosegua el eterno coro de todos
tiempos y pases. Los criados hablando mal de sus amos y del gobierno de
la repblica, y las mujeres mordiendo en las honras de las vecinas y las
vidas de las amigas ausentes. Que no hay Trajano que no sea Calgula
para la gente lacayuna, ni dama que no sea liviana para las mujeres que
por los aos no pueden ya valerse de sus donaires, y por su
desabrimiento no llegaron a doctorarse de alcahuetas en las academias
del amor.

Al caer de la tarde, don Miguel fu a buscar al que para l segua
siendo don Diego, y requirile para dar un paseo por las afueras de la
ciudad, que con aquel otoo tan dulce eran de una amenidad
extraordinaria. Hizo don Diego esfuerzos para serenarse, y cuando
departan bajo de una frondosa olmeda, don Miguel, asustando a su
interlocutor con tal comienzo de discurso, hubo de decirle as. Lo que
le dijo vern los curiosos ojos que pasaren a la segunda parte de tan
certsima historia.




SEGUNDA PARTE

SGUESE REFIRIENDO EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE
TAMBIN FU LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.


--Quiero, amigo don Diego--empez diciendo el de Guzmn--, ya que sois
el nico que por ahora tengo en esta ciudad, daros cuenta del propsito
de mi viaje y razn de mi llegada a estas tierras. Habis de saber que
he venido a celebrar mis bodas, a las cuales os podis tener por
natural convidado; pero os ha de asombrar el saber que no he hablado
nunca con mi esposa, que as puedo llamarla, y que quiero probar la
condicin de su carcter, aunque ya conozco la de su continente.

--Ya la habis visto?--pregunt casi temblando don Diego.

--Cierto que s, y vos tambin. No recordis aquella joven del azor que
vimos pasar por delante de la catedral? Pues esa es, la hija de Leonardo
Aldobrandino, primate de este ducado.

Crey don Diego que su amigo se chanceaba y acabara por darle vaya y
declarar que eran sus palabras burla de pasatiempo; pero tal insisti,
refirindole la historia que ya conocemos, que don Diego felicitle, el
rostro demudado y casi balbuciente el habla.

--Muri mi padre hace tres aos--concluy don Miguel--y he venido yo
solo a cumplir el pacto, si en ello no va nada, como espero, contra el
lustre de mi raza y la honra de mi persona. Para mis planes necesito de
vos, caballero don Diego, pues desde luego he descubierto en vos una
gran nobleza, y servirisme, procurando ser visto de la hija de
Leonardo, despus que yo haya llegado a ella, aunque sin descubrir quin
soy. Si ella sabe rechazar toda pretensin que no sea la de ver a su
esposo de Indias, a quien debe esperar fielmente, ser mi esposa. Pero
si no sale triunfante de la prueba y tiene a los galanteos la
inclinacin que otras muchas jvenes italianas, no ser ella quien venga
conmigo a mi palacio de Sevilla.

De tal modo insisti don Miguel, que logr que don Diego aceptara la
misin, y algunos ricos trajes y preseas para el atavo de su cuerpo,
que eran muy de menester para el intento. Y aquella misma noche unos
msicos colocados bajo las ventanas de Renata, cantaron con meliflua voz
el siguiente:

              SONETO

      Amor es, Filis, brisa perfumada.
    Ola de un mar de encanto. Golondrina.
    Es algo que va y viene. Peregrina
    cancin que en la espesura canta un hada.
      Ha tenido el jardn fulgores raros
    como luz de un espritu que pasa,
    y ese fuego he sentido que me abrasa
    al resplandor de vuestros ojos claros.
      La luz y vuestra sombra se perdieron.
    Amargura y dolor permanecieron.
    Al bosque y a las almas vuelve el fro.
      La fuente gime con gemir sonoro.
    Llorando est el jardn sus hojas de oro
    porque han muerto las flores y el esto.

Era por la mitad del cntico cuando entreabrise una de las ventanas y
asom su rostro cenceo la duea Lisarda, que haba sido tercera de los
amores de Leonardo con la madre de Renata, y viva desde tiempo
inmemorial en la casa. Retirse en seguida; y al punto muy
discretamente, como nio que teme cometer impertinencia, miraron a la
calle los propios y celebrados ojos de Renata, a quien placa tener por
vez primera msica delante de su casa. Pero como Leonardo, que haba
salido al palacio del obispo, donde se celebraba un festn, no haba de
tardar en volver, Lisarda baj a decir a los msicos para quien les
enviaba, que su ama se holgaba con su taido y les agradeca con notable
contento la merced; pero que si el seor volva y aperciba serenata,
haban de verse en grave aprieto por ser justicia de la ciudad y muy
celoso de la guardia de su hija. Con esto y haber juzgado que para ser
la primera noche haban hecho bastante, retirronse caballeros y
msicos.

Jzguese el dolor del fingido D. Diego al representar tal papel. Fu tan
grande como la alegra de Renata, al verse regalada y con cortejo. Al
otro da, y por encargo del de Ziga, busc Marcos la traza para hablar
con Lisarda, y su coloquio fu tan sabroso como breve:--Garrido es el
soldado--dijo la vieja al escucharle--, y a fe que si fuera ms mozo
pudiera ser el roto de mi descosido. Pero sepa que mi boca es de oro, y
slo se abre con llave de ese mismo metal, que no quiero comprometerme
de balde con mi seora. Vlame Dios.

--Miren el orejoncillo con faldas--contestla Marcos--que en mi tierra
la hubieran paseado por el Zoco, caballera en un pollino, emplumada y
con coroza, y conocera todas las pencas de la comarca. Y concluy con
una sarta de pesiatales y de porvidas, con ms votos que el altar de San
Blas. Fuse el escudero, y apenas hubo subido Lisarda a la casa, fu
llamada por Renata.

--Sabes--preguntla sta--quin puede ser uno de los galanes de la
msica de anoche?

--Yo tengo, hija ma--repuso la duea--tan poca vista para la malicia,
que no acierto en esas cosas.

--Pues esta maana, viniendo de San Lotario, le he visto entrar en la
hostera del Centauro, que no se me despinta su talle con slo habrseme
aparecido de noche y no haber mirado yo ms que de soslayo. Y decirte
quiero, Lisarda, que estoy harta de esperar a ese caballero de Indias,
que me tiene prometido mi padre y tambin que he soado con el rondador
de la serenata. No es desagradable tampoco otro caballero que hoy tiene
mi padre convidado, y nos ha saludado esta maana en la iglesia; pero no
me parece tan amable como el de la hostera. Fuerza es que te enteres de
sus prendas y si es persona de calidad como representa ser.

Aquel da tena, en efecto, Leonardo convidado al propio D. Miguel que,
sin manifestar su nombre verdadero, se haba presentado a l como un
amigo del visorrey y de su hijo, de quien le traa nuevas. Mucho agrad
a Renata la presencia del husped, as como su cortesana y discrecin;
pero el pensamiento no se le iba del lado de D. Diego, de quien las
artes del Enemigo Malo hicironla prendarse muy en malhora. Quiso
Leonardo que su hija regalase al forastero, y la hizo cantar
acompandose con el arpa, y cantado que hubo, requiri y le fu
concedida licencia para retirarse del estrado. As que Renata se vi
libre, corri en busca de Lisarda para hablar con ella de D. Diego con
ese afn de los enamorados que slo saben platicar de lo que aman.
Preguntla si haba inquirido su nombre y condicin, y supo que era un
caballero espaol que se llamaba D. Diego de Ziga, y a lo que la
dijeron viajaba por placer, siendo un mayorazgo muy rico de Castilla.
Esto sabido, su pasin afirmse al conocer que se trataba de un hombre
principal.

Instigado por D. Miguel vise D. Diego obligado a enviarla recados y
billetes de mejor gana recibidos que mandados. Y era de ver cmo al
tiempo que creca el amor de Renata por D. Diego, creca tambin la
pasin del falso Ziga por el noble don Miguel. Y la dama, oculta bajo
el disfraz de que se haba valido para salvar su recato al viajar por
los caminos en direccin al convento en donde se pensaba encerrar,
lloraba cuando estaba a solas, y para salir de tan anormal situacin
unas veces se determinaba a presentarse con el traje de su sexo al de
Guzmn, y otras decidase a partir para Mantua sin despedirse del
caballero que inocentemente haca tal estrago en su espritu, siquiera
fuese el suyo el honesto amor que cumpla a una joven dama principal y
cristiana como ella era.

Tena dispuesto el duque de Ferrara en sus bellos jardines una fiesta de
noche, para honrar una embajada de la magnfica seora de la repblica
de Venecia, y haba de ser de un fausto tal como era tradicin en los
sucesores de Alfonso de Este, _divi Hrcules filius_. Como era natural,
tena parte principal en ella Renata como sobrina del senescal, y
Aldobrandino, sin saber que con ello honraba al que deba ser su yerno,
invit a D. Miguel a que fuera parte de la misma y de una comedia que
all haba de hacerse. Di cuenta de esto el de Guzmn a D. Diego, y a
poco reciba el falso Ziga una esquela de Renata con cita en los
jardines ducales la noche de la fiesta.

Magnfica como el seor que la dispuso, era sta que anim los vergeles
seoriales. Percibase, llegando a ellos, un grato y apacible sonar de
msicas, y apercibase en entrando una muy notable frecuencia de
caballeros y de damas que discurran y departan, placanse con el
taido y holgbanse con danzas de ceremonia y otros varios deleites.

Siendo grande la frondosidad de la arboleda, toda ella arda con
profusin de luminarias, y era de ver cmo rutilaban las piedras
preciosas sobre los brochados de los trajes, y cmo los blancos chapines
de seda de las damas constelados de diamantes semejaban albas flores
cubiertas de roco sobre el verde de la pradera.

Aquellos das celebrbanse de continuo fiestas de estafermos y corranse
sortijas, habiendo justas como otras clebres que hubo en Castilla,
tales como el paso honroso del caballero Suero de Quiones en Medina del
Campo, y el otro con que le imit honrando la embajada del duque de
Bretaa el muy magnfico seor don Beltrn de la Cueva, duque de
Alburquerque, conde de Ledesma, vizconde de Huelma, seor de Mombeltrn,
y de La Adrada de Cullar y de Roa, ejemplo de validos y espejo de
caballeros leales a sus reyes.

Abrase en el centro de los jardines una amplia plaza bordeada de
lamos, cubiertos sus aosos troncos con tnicas de hiedra; nobles
estatuas alzbanse tambin all, y el suave musgo vesta de verde
terciopelo las figuras del mrmol. Corrironse en tan bello lugar unos
anillos a la luz de las antorchas y fu triunfante un caballero milans
que se llamaba Leonelo Sforza, y era hijo del esclarecido linaje que
llevaba ese nombre preclaro. Traa el vencedor en la mueca izquierda un
brazalete como de hierro y en el cual eran grabadas las palabras de su
mote, que tambin llevaba en el gallardete de su lanza. Lema lleno de
poesa y donosura, que deca as: _Galeote soy de amor_.

Fu a ofrecer su galardn a una dama que se hallaba justamente al lado
de Renata y se llamaba Laura de la Rovere y era de familia de donde han
salido pontfices romanos. Algn disgusto tuvo la vanidosa Aldobrandino
al no verse favorecida, pero ningn desabrimiento haba aquella noche en
la fiesta como el del desdichado don Diego, que tan mal de su grado la
presenciaba.

Siguise una danza de salvajes, y a sta otra en que la comparsa
vestase a la usanza de los antiguos legionarios romanos. Apartronse
luego en dos filas los bailarines y salieron del boscaje unas gentiles
amazonas que hubieran sido envidia de la propia Pentesilea y cabalgaban
sobre cndidas hacaneas cubiertas con gualdrapas. Traan una aljaba a la
espalda y blandan el arco en la diestra, disparando sus flechas hacia
lo alto de los rboles. A ellas seguan unos lacayos que conducan sobre
parihuelas de plata diversos cuerpos de toros con sus cuernos y sus
cascos dorados, y todos ellos cubiertos de guirnaldas, y con gran
concurso de frutas confitadas. Era este el anuncio del festn que se
sigui y fu tal como los opulentos de las nupcias de Beatriz de Avalos
con el magnfico Juan Jacobo Trivulzio, y las de Violante Visconti con
el duque Lionel de Inglaterra.

Fin el banquete, mas no se crea por eso que tuvo su punto la funcin.
Dironse varios vtores a la embajada veneciana, y luego unos como
lctores comenzaron a decir: Viva el duque muchos, y buenos, y largos
aos con triunfo sobre sus enemigos! Y el cardenal de Giudice, que
presente se hallaba, dijo despus: Loado sea Nuestro Seor; que nos da
tal seor. Todos cuantos haban sido parte en el festn pusironse muy
luego en marcha a otro lugar, pues que la noche y los jardines daban el
tiempo y el espacio suficientes para que la fiesta continuase. Di todo
aquel senado en una pradera donde haba dispuesto un estrado para que
unos muy ilustres histriones representasen farsas divertidas y amenas.
No era ciertamente nada de amena y divertida la farsa que tocaba
representar a D. Diego, que tena su pensamiento all donde pusiera su
nima cuitada.

Comenzse la representacin por una loa que se titulaba _El triunfo de
la prudencia_. Era en tal alegora la seora veneciana como Mentor del
pas italiano a quien se haca pasar por Ulises. La urdimbre era
sencilla y agradable, y todo aquel artificio con muy singular acierto
tramado. Hacase despus un paseo de comedias que era llamado as: _Gran
caudillo es el amor_. Bello poema donde el poeta pona en su fbula
verdades de la vida. Era aqu donde haba sido rogado D. Miguel por
Aldobrandino que, tratndose de una persona principal y muy versada en
letras italianas, tomase un papel. Eran los personajes de la accin:
Ricardo y Cardenio, caballeros; Lucrecia y Beatriz, damas; Hiplita,
duea, y Pnfilo y Doroteo, criados. Finga Renata la parte de Beatriz,
sin saber que en aquel Cardenio que era su galn en la comedia,
escondase su prometido esposo verdadero, tan bien esperado como mal
recibido.

Fingase en aquel paso que todas las damas haban movido una cruzada
contra los caballeros todos para vencerles el desamor, pues no los
consideraban suficientemente rendidos a su albedro, y valindose de
armas para su intento, haban usado primero de la tirana de la soberbia
con que slo consiguieron un desdn uniforme. Buscaron luego mejor
general para su causa y dieron en encontrar al amor que muy luego
sirviles aunque siendo igual que fuerte veleidoso hubo de traicionarlas
hacindolas a la postre esclavas de aqullos a quienes intentaron
rendir. Era bella la traza y hbilmente parlada, que bien mostrado lo
sutil del ingenio que la haba compuesto y deba de ser un poeta que no
cediera en elegancia al mismo Fracastor.

Trasldase aqu un retazo de escena, porque el inters que movi en el
senado que la escuchaba y hasta nuestro propio deleite nos lo ordenan.
Hallbanse en medio de un boscaje el caballero Ricardo, que era prncipe
de Inglaterra, y la dama Lucrecia, que era duquesa de la Italia, y as
decan sus decires:

RICARDO

Seris esquiva dama menos gradescida que las flores? Ved que ellas de
todos codiciadas no apartan el tallo de su rama cuando alguien quiere
gustar de su fragancia, y aun besarlas como a labios de hermosas.

LUCRECIA

Para vos, caballero Ricardo, las flores todas de mi jardn, menos una.
Sabedla ganar y sern sus hojas labios para vuestros labios. Vos os
llamis Ricardo. As se llamaba vuestro rey Corazn de Len.

RICARDO

Queris, dama Lucrecia, que vaya a Palestina? Yo rescatar el sepulcro
de Cristo, y traer para que adornen vuestros chapines las gemas que
adornan el turbante del seor soldn de Babilonia.

LUCRECIA

Vos no sabis la historia de la Tabla Redonda?

RICARDO

El rey Arts era mi abuelo.

LUCRECIA

An me parece a m poco linaje el vuestro. No vayis a Tierra Santa,
pero traedme la copa donde bebi Nuestro Seor en su ltima cena. Est
tallada en una piedra que salt de la diadema del demonio. Guardla el
rey Titurel de Anjous con unos bravos caballeros, y otro cado en
liviandades la perdi. Rescatla el prncipe Parcival, padre del
caballero Lanzarote del Lago. Ricardo, la noche de nuestras bodas,
quiero que bebamos licor de la vida en ese cliz. Ricardo, id al
Monsalvato y traedme al Santo Grial.

RICARDO

Rebosante de sangre de emperadores adversos, y de vino de las vides de
Chipre. Inerme acudir. Rendiros he mi espada.

(Aqu descease la espada del tahal, la cual era recibida por
Lucrecia, que besaba su pomo.)

LUCRECIA

Beso este oro donde tantas veces puso sus manos el valor.

(Soltaba la espada de improviso y daba un grande grito.)

Mal cuitada de m! Aspid, escorpin o saeta. No era espada, que era
dardo de amor. No os partis de mi lado. Para vos, caballero Ricardo,
todas mis ofrendas y todos mis sacrificios. No temis que el viento os
aparte la rosa de la rama.

RICARDO

Ay, el viento de la muerte!...

LUCRECIA

No le temis; mucho peor es el viento de la vida para arrebatar amores.
Pero yo soy eternamente para vos. Tomadme, Ricardo. Vuestra es la rosa.
Tomadla antes que la agosten los soles, la marchiten las lluvias y la
arrastren deshojada los vendavales.

(Y se oa tras el boscaje una suave msica, y se corra un rico tapiz
sobre el estrado.)

Pareci notablemente bien la comedia al concurso y todos la loaron
sobremanera. Slo D. Diego padeca despus de haber visto en una escena,
juntos al noble don Miguel con la desenvuelta Renata. Y fu ms, para
aumentar su enojo, cuando vi a Lisarda, la duea, que cautelosamente se
le llegaba y pona en sus manos un billete, dicindole en l Renata que
si quera platicar con ella, la vieja le dara la llave de una puerta
secreta de su casa, por donde sin ser notado, poda con toda seguridad
llegar a su aposento y salir del mismo modo. En poco estuvo que D. Diego
no pusiera entonces punto a la enfadosa historia en que estaba metido;
pero por servir en algo a D. Miguel, a quien tan rendido estaba su
verdadero ser, se dispuso mal de su grado a continuarla, aceptando de
manos de la duea la llave prometida. Terminse la fiesta con grande
algazara de pfanos y otros instrumentos, que recorriendo los jardines
mostraban seal de que la fiesta haba dado fin. Y fu de ver el
brillante aparato con que Renata, como corresponda a su alcurnia,
retirse a su casa en la carroza con su padre, acompaados por dos
jinetes que iban a los estribos con sendas hachas de viento encendidas.


TERCERA PARTE

DASE FIN Y CABO A TAN EXTRAORDINARIA HISTORIA


Habl D. Diego con Marcos al salir del vergel de los duques, y ste
aconsejle que pusiese cuanto antes trmino a tan enojosa aventura. Pero
no bien haban andado algunos pasos, cuando Lisarda entreg a D. Diego
un billete en que Renata peda el hablarle sin falta aquella misma
noche y con grande urgencia. Determinse don Diego a acudir al
llamamiento con la presteza demandada, y despidiendo a su escudero,
sigui a la duea, hasta la puerta oculta y la escala secreta. Vise de
pronto en una estancia suntuossima con tapices de tan raro gusto y lujo
por las paredes, y muelles escabeles y blandas acitaras que ms llevaban
a la pereza que a la diligencia. Un braserillo donde se quemaba canela y
mbar, haca oficio de pebetero y aromaba el agradable ambiente.
Levantse uno de los tapices y apareci Renata ataviada con el mismo
vestido carmes y la gorguera de batista finsima, y las mismas preseas
que en la fiesta, pues tocbase con la _lenza_, que es como llaman en
Toscana a la diadema que llevan las damas prceres, y traa sobre su
pecho un primoroso cintillo de topacios y de diamantes. Estaba cubierto
el pavimento con una prsica alcatifa de tal modo, que los perlados
chapines de Renata no movieron ruido ninguno y el absorto D. Diego no
advirti su presencia hasta tenerla junto a s. Y fu notable su
maravilla cuando la vi caer de rodillas ante l y con mil protestas y
juramentos solicitarle que sin prdida de tiempo mostrara a su padre la
calidad de su persona y cmo poda ser digno esposo de su hija, para que
la pidiera en matrimonio. Lleg la desventurada en su desvaro a
pedirle que la llevara consigo a su posada, con lo que por evitar que se
siguiera el escndalo, el mismo padre acudira con el clrigo para los
desposorios. Y esto deca aquella nia criada con tal cuidado y esmero
en el santo temor de Dios por el ms severo y amante de los padres. Que
a tan notables extremos de locura lleva a las criaturas humanas el ciego
amor, ministro del infierno y arma de Satans.

--Hicierais mejor--le repuso serenamente D. Diego--en amar de lejos, que
las almas que son mariposas de la llama de amor mueren abrasadas en ella
cuando se acercan demasiado.

Arrojse Renata a sus brazos, y en poco estuvo que el disfrazado Ziga
no la mostrara la gravedad de su disparate; pero contenindose y dejando
el fin de todo para el siguiente da, desprendindose de ella y con la
promesa de volver a la otra noche gan la secreta escalera y se puso en
salvo.

Apenas tornse a la posada donde le esperaba D. Miguel, refirile punto
por punto lo acaecido, haciendo grandes esfuerzos por no declararse a l
como Renata, pues la dama espaola consideraba todo aquello como una
prueba a que el Seor Rey de cielos y de tierra haba sido servido de
someterla en su alta sabidura. Pero fu grande su espanto cuando supo
que D. Miguel haba recibido tambin un billete de Renata para verla a
la siguiente noche, a hora diversa de la concedida a D. Diego.--Ah,
prfida y malvada mujer--deca el de Guzmn--que as haces aprecio de
las canas de ese noble varn, que es tu padre, y crees que el amor de
los caballeros y el recato de las damas son prendas para juego!--Y luego
continu ms sereno:--Yo te juro que esta vez tu saber ha sido errado, y
que no ha de valerte que sepas tanto de amor como de ciencia doa Oliva
Sabuco, y que has de olvidarla toda muy pronto, as tengas ms memoria
que Mitrdates y Scalgero, y en seguida concertse con D. Diego para ir
juntos a la siguiente noche y confundirla con la licin de la presencia
de ambos a la vez.

Marchse D. Diego a su aposento, y fuera necio advertir, que no slo no
pudo conciliar el sueo, sino que ni lo intent siquiera. Tena una
grande turbacin, que era ese inmenso desasosiego de la mujer
fuertemente enamorada, que lucha porque la color de su rostro y la frase
de su labio no traicionen a su alma.

Grande cosa es el amor, deca el escudero Marcos, que l vuelve agudos
a los tontos y torna necios a los discretos! Doa Menca en tanto
deshacase querellando sus cuitas. Salase a un muy apacible retiro
formado de olmos muy aosos, y all se lamentaba:--Que as hemos de ser
las mujeres--, deca--que as cambiamos amores con desdenes, y nos
perecemos por amar a quien no nos ama, y somos esquivas para los que nos
quieren bien--. Era aquel lugar muy sujeto a melancolas en su sombra
nocturna, y servala de consuelo. Oh noche, divina noche, hermana del
misterio y madre de la bendita poesa, t eres la puerta encantada de
los placeres, y la piedra filosofal de los dolores, maravilla de los
amantes, arpa de las canciones, princesa del secreto, y alczar
universal del amor.

Ya pensaba la piadosa Menca en el exorcismo, creyndose posesa,
malhayan la caldereta y el hisopo para tales hechizos y para tal
demonio. Busc despus el halago en la piedad, y cogiendo un libro
eucolgico que D. Miguel habala emprestado, y se llamaba _Ruta de la
montaa de Sin_, hubo de toparse entre sus pginas con unos versos
manuscritos, que sin duda alguien habalos dado traslado a aquel papel,
habindole placido el donaire de un poeta que deba de ser, a no dudar,
algn preclaro ingenio de la corte de Madrid, y eran estos que aqu se
copian para mayor deleite:

      LETRILLA A DOA BELISA

      Amor, que es nio y travieso,
    me mata con sus mercedes.
    Hame tendido sus redes,
        y hame preso.
    Pedisme duea y amiga,
        que os diga
    mis bienandanzas de bella,
    y la cuitada cantiga
    slo oiris de mi querella.

    Ya no ro, ya no canto,
    del arca en el fondo estn
    basquia de veludillo,
    paizuelos y tontillo,
    y la prenda de mi encanto,
    aquel primoroso manto
    de bordado tafetn.

    Que amor que es nio y travieso
    me mata con sus mercedes,
    hame tendido sus redes,
        y hame preso.

    Y sabris Doa Belisa,
    que slo salgo a la misa
    de las madres Recoletas,
    y ya no me regodeo,
    ni bullo, ni me paseo
    por San Blas, ni por el Prado,
    que amo plticas secretas
    tenidas en el estrado,
    y triste cilicio cio
    por la culpa de un doncel.
    Que amor me llev al cario
    de uno que es travieso y nio
        como l.

    Como l gracioso y avieso,
    con perfil de Ganimedes.
    Hame tendido sus redes
        y hame preso,
    el que sin mal ni dolor
    el seso roba al discreto,
    y enturbia el sabio conceto
    al letrado y al dotor.

        El amor,
    que no obliga con premticas,
    ni otras leyes mayestticas,
    el seor corregidor.
    Y a quien no rinden los reyes,
    ni con l hay valimiento,
    ni rigen con l las leyes
    que llenan el aposento
    de mi to el oidor.

    Se trata, doa Belisa,
    de un rapaz ms que donoso
    que en los diez y siete frisa.

        Quin me viera!
    Yo, aquella dama que fuera
    la del gesto desdeoso,
    castigo de los galanes
    que despreci los afanes
    postreramente de tres.
    Don Gil que ahora en Indias loco
    padece por sus desmanes.
    Un mayorazgo por poco,
    y por harto un ginovs.

    No juguis con el cario.
    Mirad quien as os lo avisa.
    No sabis, Doa Belisa
    cmo me tiene ese nio.

    Dejadme, duea y amiga,
        que no siga
    con tan plaidero son.
    A vos os digo el secreto
    a que me obliga el afeto
    de nuestra vieja aficin.
    Pero no es bien que mi lengua
    al viento diga mi mengua,
    que no es bien que la publique
    y mi escndalo predique
        mi cancin.
    Y pues mi mal conoscedes,
    si hallis afrenta en mi exceso
    no preguntis por mi seso,
    que la deidad que sabedes,
    hame tendido sus redes
        y hame preso.

Leylos y releylos doa Menca con atento cuidado, como si fuese
aquella dulce poesa espejo de sus propias penas. Muy luego tomlos en
su memoria, que era clarsima, y casi de continuo los recitaba.

Tan luego como amaneci, sac del cofrecillo que haba trado Marcos a
las ancas de su mula los atavos femeniles que la correspondan, y eran
sencillsimos y de una gran honestidad. Un vestido de estamea y un
tafetancillo como velo, que eran con los que pensaba entrar en Mantua,
por no ser decoroso que entrase en el convento con el traje hombruno del
camino. Y cuando don Miguel envi a su amigo los buenos das, el que ya
no era don Diego, despus de tomar licencia para entrar en el aposento
del de Guzmn, presentse en el umbral de la puerta, mostrando tan
gentil presencia de mujer, que don Miguel qued todo turbado y confuso
ante la inesperada aparicin.

--No fu soacin vuestra sin duda, seor don Miguel--comenz diciendo
la dama,--ver trocado desta manera a vuestro gentil amigo don Diego.
Pero en pocas palabras os dir la verdad de mi historia. Soy nacida en
Toledo, de muy nobles padres y llmome doa Menca de Carvajal. Ms
cuidadosos de medrar en su hacienda que de beneficiar mi espritu,
dbanme por marido a un hombre rico, pero viejo, sucio y feo. Nada
valieron mis protestas, y entonces determinme a tomar por esposo al que
es eternamente bello y bueno. Una hermana de mi padre, dama que fu de
gran hermosura, vive en Italia rigiendo una comunidad de religiosas y
pens venirme con ella, tomando para mi intento ese disfraz con que me
habis visto, y acompandome de Marcos, escudero de mi casa, que fu
compaero de armas de mi abuelo y tineme ms aficin que mi propio
padre, y as tom el camino destas tierras donde haba de unirme con la
que se llam en el siglo doa Clara de Carvajal y de Mendoza, y hoy es
en religin sor Margarita, priora de las Capuchinas de Mantua. Pero
quiso Dios (Dios debe ser) que os hallare en mi camino. Sabed, don
Miguel, que de hoy ms no me veris. He sido fuerte hasta ahora, ser un
momento dbil para haceros una confesin, que el corazn se me saltar
del pecho si no os la hago y puedo hacrosla, porque sois hidalgo y
noble como un hijo de rey, y luego volver a mi prstina fortaleza para
daros un adis que lleve quizs pedazos de mi alma.

El asombro de don Miguel creci de punto al escuchar tales palabras y de
tan linda boca, que la gravedad del continente de doa Menca y toda la
honestidad que pona en el hablar, que lo haca con los ojos fijos en
el suelo, habanle llegado a lo hondo de su nima.

--No acierto--prosigui la dama--a deciros lo que deciros no quisiera,
pero deciros he. Diros, don Miguel, que os amo, que sois el primer
caballero a quien puedo decirlo, y nico, pues que dentro de breve
tiempo el mundo habr concludo para m. Considero vuestro amor como una
rosa encantada, de aroma fragantsimo que debo aspirar a distancia,
porque si tocarla quiero, cien espinas budas me castigarn de mi
osada. Pero sabed que os adoro, aunque sea mengua ma decroslo, y que
soy tan ambiciosa que quiero de vos una gran merced. Os pido don Miguel,
que perdonis como discreto a la que os ama como loca.

Quiso arrodillarse ante l; pero Guzmn la detuvo, y cogindola una de
sus blanqusimas manos bessela con uncin respetuosa.

Aquella noche, como haban convenido, acudi doa Menca con su traje
viril a la casa de Renata. Esperaba la italiana a su don Diego en el
mismo aposento que la otra noche, y no bien fu verle entrar, que se
arroj a su cuello con transportes de amor, y como entonces tropezase
con el redondo seno de doa Menca, extrandose de hallar tal obstculo
en el pecho de su amado, hubo de preguntarle al tiempo que paseaba sus
manos por el misterioso lugar:

--Qu os abulta aqu, caballero?

--Esto es lo nico que me abulta, seora--respondila don Diego con modo
socarrn.

Y entonces, desabrochndose el juboncillo con gran presteza y abatiendo
su camisa, mostr a Renata, que esperaba el pecho fuerte del mancebo, su
blanco cuerpo, su finsimo talle y la turgencia de sus admirables senos,
cuya vista pusiera en notable desasosiego al ms austero y fro de los
varones.

--Me gustan ms los mos--dijo Renata, que al comprender la situacin
haba tomado una gran seriedad.

Fu en este momento cuando don Miguel apareci en la puerta de la
estancia, lo cual termin de turbar a la infeliz Renata. Y subi de
punto su burla cuando el caballero recin llegado dijo a doa Menca:

--Venid, mi esposa.

Y despus de haberla ayudado a vestirse de nuevo, cogila de la mano, y
sin dirigir palabra a Renata salieron ambos.

Fu inmenso el enojo de Leonardo Aldobrandino al saber los hechos de su
hija por boca del mismo don Miguel, que ya se haba descubierto como
quien era; y habiendo el de Guzmn declarado que doa Menca de
Carvajal haba de ser su legtima esposa ante Dios y ante los hombres,
quiso Aldobrandino que su hija fuese a ocupar en el convento de Mantua
la misma celda que esperaba a la dama espaola.

No se holgaron menos de la fausta nueva los padres de doa Menca,
quienes muy luego ordenaron una misa en la iglesia de Santo Tom de su
ciudad, para celebrar el feliz matrimonio de su hija. Misa fu sta a la
que no asisti don Lucas Lev Escobedo, hombre fro y desabrido como las
gracias de Mari Angola, que era el novio que la deparaban primeramente,
y hay quien dice que no acudi al santo sacrificio, porque descendiendo
de los Leves, que fueron tesoreros de don Pedro de Castilla, era sin
duda, ms viejo como avaro que como cristiano, y que haca al tocino los
ascos que no hizo nunca a los escudos de a ocho.

Fueron suntuosas de toda suntuosidad las bodas de don Miguel y doa
Menca, las cuales recordaron con piedad y lstima el engao de la
infeliz Renata, que por ser indiscreta en sus amores y querido buscar el
afecto imposible del fingido don Diego, vise tan justamente castigada.
Y hoy sabemos della que es una religiosa tan perfecta como ejemplar y
venturosa casada ha sido doa Menca, que pocos aos ha muri en su
palacio de Sevilla, mirndose en los ojos de su esposo.

Y vese aqu que hasta los ms extraos sucesos son caminos por los que
la sabidura del Altsimo lleva a las criaturas adonde ms les conviene
para la salvacin de sus almas. A ella conduzca a los que leyeren o
escucharen leer la presente verdica historia, la Misericordia de
Nuestra Seora la Madre de Dios, como as desales y para l pide
tambin el cristiano y devoto caballero que la escribe, para ejemplo de
algunos y regalo de todos. Vale.




Cosas de hombre.

(A. REYES)




COSAS DE HOMBRE


Cuando el to _Pizarroso_ lleg a su casa, las sombras empezaban a
invadir el a modo de embudo formado por los montes, en cuyo fondo
blanqueaba el edificio, al borde de una caada llena de piedras enormes
y espesos macizos de adelfas.

--Pos di t que te has dormo en un _cajorro_--exclam la ta Tomasa al
ver llegar al legtimo dueo de su orondsima persona.

--Pos no me he dormo, ni tan siquier he estao a dormivela.

--Pos entonces habrs estao de picos pardos en algn abrevaero del
monte.

--No ha so malo el abrevaero!

--Pos entonces, ande te has meti, alma conden?

--Pos en ninguna parte: una miaja que me entretuve en la encrucij del
_Tomillo_ con Juan el _Rumboso_ y _Toico_ el _Pastaeta_, y... arza pa
entro, _Pimentona_, arza pa entro!

Y esto lo dijo asestando una cariosa palmada en una de las poderosas
ancas a la mula, a la cual habale quitado el aparejo mientras hablaba.

La cabalgadura, a la cariosa insinuacin, tom lentamente el camino de
la cuadra, mientras el _Pizarroso_ sentbase sobre un capacho, junto a
su hermano el _Totovas_, un viejo enjuto y grave que entretenase en
hacer tomizas para los usos domsticos, mientras el porquero, un rapaz
greudo y andrajoso, contemplaba con famlica expresin, desde la
puerta, la gran olla que herva sobre las enormes trbedes de hierro en
la chimenea.

--Y qu es lo que dicen el _Rumboso_ y el _Pastaeta_? Tantas cosas
tenais que contaros, que si se entretienen ostedes una miaja ms
volvis tos a vuestras casas con barbas corras?

--Y dale, mujer, dale, no seas asina; si me he entreteno ha so por
decirle al Rumboso con toas las veritas de mi alma y con t mi metal de
voz: Ole con ole por los hombres machos con toas las de la ley! Vaya
si es una prenda el viejo! Y con un corazn ms grande que una cantera!

--Y eso poiqu? Te ha regalao alguna vestiura pa el _Corpus_?

--No, seora, que lo que ha jechito vale ms que t eso; el _Rumboso_ ha
puesto esta tarde su bandera en lo ms artico del monte.

--No es una nove en l; ese es de los que siempre se la han
trao!--exclam con voz gutural el _Totovas_--pero, a la fin y a la
postre, dinos ya lo que ha jecho, que la olla mos espera grue que te
grue.

--Pos ha jecho lo que sus voy a contar. Figrense ostedes que Rosala,
la del cortijo de la _Embocaura_, que es un pasmo de bonita y que ti un
cuerpo que es una parma...

--Una parma! Un parmito, ms ropa que carne!--dijo con tono desdeoso
la ta Tomasa.

--Eso ya sus lo dir el _Pastaeta_ cuando se case con ella!

--Pos no ests t mu atrasao de noticias! Rosala ya no se casa con el
_Pastaeta_, poique se le ha cruzao en el camino ese que dices t que es
una prenda.

--A eso voy, mujer, a eso voy; es mu verd que el _Rumboso_ se le cruz
en el camino, y que, como el hombre ti ms fanegas de tierra que
nosotros abejas en los panales, al padre de la Rosala, que es un
agonioso, la avaricia se le puso de pie, y cogi a su hija y le dijo que
como gorviera a mirar a _Toico_ les iban a caer cataratas en los ojos a
dambos, y que era menester que se pegara manque fuera con liria una
sonrisica en los labios pa cuando hablara con el viejo; y la muchacha
no entendi de chiquitas, y cuando se le puso a tiro el _Rumboso_ se le
ech a llorar, y le dijo que lo que quera jacer con ella era una
picarda; que ella no poda peinarse ni despeinarse en el mundo ms que
pa su _Too_; y tan y mientras ella le deca esto al seor Juan, el otro
andaba dicindole a grito pelao a t el que lo quera oir que no haba
de parar hasta sembrarle al viejo una almciga de plomo en el corazn, o
el jierro de su cuchillo en la mismsima boca del estmago.

--Y eso era lo que se mereca por dir a meter la pata en unos genos
quereles, valindose de que el padre de Rosala es un t pa m de
cuerpo entero y _Too_ es un probetico desmamparao.

--T no ests bien enter, Tomasa; en estas cosas sa menester ajondar pa
verles el fondo. Cuando el hombre se prend de Rosala, cuasi naide
estaba enterao de esos quereles, poique se queran de contrabando; y lo
que pas fu que el _Rumboso_, que jaca ya cinco aos que no vea a la
muchacha, se la top una tarde en el pueblo, y al hombre se le
reverdeci la sangre, y el hombre est ms solo que una esparraguera, y
la zagala es gena y es bonita, y el hombre no saba na de sus amoros;
y cuando el hombre se enter, ya l le haba hablao al de la
_Embocaura_, y ya el _Pastaeta_ andaba de atajo en atajo aconsejndole
que se pusiera bien con Dios y que jiciera testamento.

--Pero es que no vas a acabar nunca? No ves que se va a pegar la olla!

--Ya arremato. Pos bien, esta tarde, miajita antes de que yo llegara, el
_Rumboso_, que iba pa el lagarillo del _Zegr_ montao en su
_Ceniciento_, que es un jaco que vale un milln, al dir a dar la vuelta
al olivar del _Tardo_, se top manos a boca con el _Too_, que estaba
acechndolo entre las pitas de la linde.

--Naturalmente, al echrselo a la cara, el seor Juan se comi la
parta, poique estaba al cabo de la calle en lo tocante a las bocans
del otro; pero el hombre, que es prudente, se jizo el lila, y no hubiera
chistao tan siquiera si el otro no se le hubiera atravesao en el camino,
con la escopet mont en la mano, dicindole que se apeara pa hablar de
la Rosala.

--Y mi t lo que son las casolidades; en aquel mesmsimo momento
desemboqu yo en la encrucij, poique esto que yo sus he contao, esto lo
s yo por boca del _Rumboso_.

--Y no acabars, y la olla grue que te grue.

--Ya acabo, jambrn, ya acabo. Pos bien, yo, al ver aquello, mir por si
encontraba un boquete por donde colarme, pero el seor Juan, al verme
llegar, me grit rindose:

--No te vayas, _Pizarroso_, no te vayas, que me conviene que veas la
corra.

Y diciendo esto, salt en tierra con la misma agili con que yo saltaba
en mis mocees, y endispus de jecharle las riendas sobre las crines al
_Ceniciento_, le dijo a _Too_ al mesmo tiempo que se iba pa l:

--A ver si bajas ese juguete, chaval, poique si se te va el tiro y gelo
la plvora, no vas a volver a estornuar en toa tu va.

--Coja ost la suya, mostramo, cjala ost, poique esta tarde me queo
con ost, u ost se quea conmigo.

Y esto se lo deca el _Pastaeta_ reculando, jacindole puntera, con la
cara del color de la gayomba y con los ojos espaventos.

--Yo qu he de quearme contigo! Yo no mato volantones.

--No se acerque ost, y coja ost su escopeta; mire ost, mostramo, que
hoy le jago yo a ost yesca el pecho.

Y entoava no haba arrematao de icirlo, cuando le di gusto al deo, y
pum! vaya un berro que di la vizcana!

--Y qu, encarn?

--Un plomo en un brazo na ms, un plomo perdiguero; pero, camar, yo no
he visto hombre ms vivo ni ms bravo que el _Rumboso_; entoava no se
haba arrematao el estampo, cuando la escopeta de _Too_ y el cuchillo
que ste haba sacao estaban en la cuneta, y _Too_ en el suelo, sin
poer mover un remo, tan y mientras el seor Juan le dica con acento
enfureci:

--Eso que t has jecho no se jace; los hombres no pelean sino como Dios
manda; y si yo ahora te diera lo que te mereces?

--Dmelo ost; mteme ost, mostramo; mteme ost, poique si hoy me ha
faltao la puntera otro da me pu no faltar...

--Anda y alevntate y vete, y otra vez no jechas tanta plvora, poique
con tanta plvora no se le da un tiro a un cerro.

Y diciendo esto, l mesmito alevant al _Too_, y le volvi las
espaldas, tan tranquilo como si detrs tuviera una pareja de la
benemrita.

--Y el _Pastaeta_?

--Pos el _Pastaeta_ se que mirndolo y mirndome como atontao;
endispus recogi la escopeta y el cuchillo, y de pronto, cuando ya el
_Rumboso_ iba a montar, tira la jerramientas y se va pa el viejo, y baja
los ojos, y le dice como si de pronto se hubiera vuelto tartamo:

--Mostramo, perdneme ost; pero yo estoy loco, yo estoy desesperato;
yo soy un probe, yo no tengo ms calor en el mundo que mi Rosala, y
quitarme a m mi Rosala es sacarme el corazn del pecho, y es darme
garrote vil, y es...

Y al decir esto se le llenaron los ojos de lgrimas como puos; y miren
ustedes, a m tambin se me mojaron las parpagueras, poique la verd es
que aquello lo dijo el mozo de un mo... Ya ven ostedes cmo lo dira,
que el _Rumboso_ le tendi la mano y le dijo:

--Pedazo e bruto que eres, poiqu no has hablao asn antes? No
comprendes t que desde el punto y hora en que t quisiste que me fuera
a rumbo de valenta, yo no poda dirme, y que necesitaba antes de dirme
probarte a ti y a t el mundo que me iba poique me daba la gana, poique
yo no le hago a naide estorsiones, y adems que yo no estoy tan loco que
quiera casarme con una jembra prend de otro hombre? T no comprendas
eso, peazo de bruto que eres, t no lo comprendas?

Y n, que se dieron las manos, y que se fu _Too_ y que yo acompa un
ratico al _Rumboso_ y que me he veno t el camino diciendo: Ole con
ole por los hombres machos con toas las de la ley, y lo he veno
diciendo con t el metal de mi voz y con toas las veritas de mi alma.

Y momentos despus humeaba el sabroso contenido de la olla en el enorme
barreo donde la hubo de volcar la ta Tomasa, y sentbanse todos
alrededor de la reducida mesa, a la oscilante luz de un enorme candil
suspendido del alero de la chimenea, donde entre ramos de verde romero
brillaban, como si fuesen de oro, las grandes calderas y los limpsimos
peroles.




Fuerte como la muerte.

(PEDRO MATA)




FUERTE COMO LA MUERTE


De pie, con las manos en los bolsillos, frente a la luna del escaparate,
estuvo largo rato mirando, vacilante y perplejo, sin acabar de
decidirse. Se decidi por fin.

--A ver, ese collar... Me hace usted el favor?

Un dependiente le sac del escaparate y le extendi en el mostrador
sobre un retal de terciopelo azul. El le examin detenida y
minuciosamente.

--S, est bien... es bonito. Me gusta; qu vale?

--Para usted 1.200 pesetas.

--Precio fijo?

El dueo de la tienda intervino.

--A un cliente como usted, don Joaqun, no se le pide en esta casa ms
que lo justo. Es usted bastante inteligente para que haya necesidad de
hacer el artculo. De todos modos, usted se le lleva, le manda tasar, y
con arreglo a la tasacin me da usted lo que guste.

--Es que, adems, no las llevo encima.

--Usted se pasa por aqu cuando quiera. No hay prisa ninguna.

Sali muy contento, satisfechsimo de la compra. Lleg a casa, y en la
misma puerta pregunt a la doncella que le sali a abrir:

--Cmo est la seorita?

--Bien; muy tranquila toda la tarde. Hace poco se qued dormida.

Entr de puntillas en la alcoba y dilatando las pupilas para orientarse
bien en la penumbra lleg pausadamente hasta la cama y se inclin sobre
la enferma. Al roce imperceptible de la ropa, Paulina abri los ojos.

--Cre que dormas.

--No.

--Cmo ests?

--Parece que mejor. No tengo fatiga. He podido descansar un ratito.

--Naturalmente, mujer, y te pondrs muy pronto buena. Roldn me dijo
ayer que ests en franca mejora. Lo que hace falta es que no seas
aprensiva, que te animes. Es necesario que pongas de tu parte un poquito
de buena voluntad.

--Voluntad! Ay, si con la voluntad se pudiera vivir!

--Vamos, no seas tonta; no quiero verte as.--Di luz al globo de
cristal que colgaba sobre la cabecera y se sent en el borde de la
cama.--Te he comprado una cosa, una sorpresa, sabes? Qu me das si te
gusta?

--Pobrecita de m, qu quieres que te d!

--Un poco de alegra. Yo con verte reir tengo bastante.--Sac el estuche
del bolsillo y la entreg el collar. Ella, al verle, di un grito de
contento y lo cogi con sus manos febriles.--Ay, qu lindo! Qu
bonito!... Qu cosa ms preciosa!--Mas en seguida, con una brusca
transicin, cambi de tono:--Pero, por qu haces esto? Por qu te
gastas el dinero en esto? Yo para qu lo quiero, si no lo he de lucir!

--Que no? En cuantito que te pongas buena.

Y como ella moviese la cabeza con ademn de desaliento, agreg
vivamente, temblorosa la voz de amor y de ternura:--Tontina, si no
creyese que le ibas a lucir, te le comprara? Ven ac, te le voy a
poner. Vers qu lindo.--Y, en efecto, l mismo se lo puso, cerr el
broche y fu a buscar un espejo para que se mirase.--Eh! Qu tal?

--Muy lindo.

Acodada sobre las almohadas, el espejo en la mano, se estuvo
contemplando mucho tiempo. Separ con los dedos algunos bucles
desrizados que le caan sobre la frente y se mordisque los labios
exanges y descoloridos.

--Qu plida estoy!

--Es la luz, nena.

--Por Dios, no digas... Estoy horrible. Parezco una muerta.--Di un gran
suspiro, tir el espejo y se dej caer sobre la almohada.--Estoy muy
mala, Joaqun. Vosotros no me queris creer, no me hacis caso y yo
estoy muy mala.

El, conmovido, la mir en silencio. Luego, de pronto:

--Oye, est una tarde magnfica; no hace nada de fro. Quieres que abra
un momento el balcn?

--S, abre un poquito, para que se ventile. Huele mal, verdad?

--No, nenita, no es eso. No huele ms que a etilo, y ya sabes que a m
este olor no me disgusta. Me sabe a pltanos y a ilang-ilang. Era para
fumar un cigarro.

Para fumar un cigarro y para que ella no viese que las lgrimas le
llenaban los ojos. Cruz el gabinete, abri el balcn y se acod en la
barandilla. Sobre la lnea recta y dura de los tejados de la casa de
enfrente, la tarde comenzaba a morir en un crepsculo de color de malva
de una diafanidad imponderable. A lo lejos, por el andn del bulevar,
unas nias venan cantando enlazadas del talle. Ennoblecida por la
distancia, sonaba la cancin melanclica y triste:

    --Dnde vas, Alfonso doce,
    dnde vas, triste de ti?
    --Voy en busca de Mercedes,
    que ayer tarde no la vi.

La cancin infantil se meti como un pual en su corazn dolorido.
Tambin l, dentro de poco, no vera ms a su Paulina. Qu horror!...
Qu pena! Morir en plena juventud, cuando con ms ansia se ambiciona la
vida... Morir a los treinta aos, tan bonita, tan buena, tan adorada,
tan feliz!... Alz los ojos, y turbios de llanto los clav en la
serenidad del crepsculo.--Seor, Seor, qu te hemos hecho para que
nos trates as! Por qu no me eliges a m y la salvas a ella! Por qu
te complaces en segar las vidas en flor?

Desde que se di cuenta de la gravedad de su mujer, todos los das, en
sus oraciones, elevaba a Dios la misma splica. Mas Dios no la atenda.
El, a pesar de sus cincuenta aos, de su vida de luchador, ajetreada y
dura, cada vez estaba ms fuerte, ms robusto, ms lleno de salud; y, en
cambio ella, la pobre nena, rodeada de lujos y de comodidades, mimada y
consentida, tena en el pecho un corazn que no serva para nada, un
corazn intil que se ira a romper cualquier momento como una figurita
de biscuit. Los mdicos se lo haban dicho leal y rudamente. Todo es
intil. No se puede hacer nada. No queda ms que resignarse y esperar.

Y as llevaba esperando dos aos, vindola vivir artificialmente a
fuerza de tnicos y cordiales; asistiendo impotente a los tremendos
ataques de disnea; contemplando con horror cmo aumentaba la hinchazn
del cuerpo, cmo se embotaba la sensibilidad, cmo se abra la piel en
llagas espantosas. As llevaba dos aos, rodendola de cuidado y de
mimo, concretado exclusivamente a ella, siempre vigilante y atento para
hacerle las horas agradables, el ambiente propicio, para apartar de la
tristeza de la alcoba todo lo que pudiera ser emocin violenta y
sensacin desagradable, y, sobre todo, para infiltrar en su alma, da
tras da, con tenacidad piadosa, el engao sutil de una mentira que ella
se negaba a aceptar.--No, Joaqun, no; yo estoy muy mala. Estoy mucho
ms mala de lo que creis.

Unas voces argentinas que sonaban en la alcoba le trajeron a la
realidad. Eran los nenes, que haban vuelto del colegio y entraban a
besar a su madre. Joaqun cerr el balcn y fu a verlos. Joaquinito, el
pequeo, se haba encaramado y trepaba gateando por la colcha arriba.
Luisita, la mayor, jugaba con las cuentas del collar.

--Qu bonito! D, mam, te le ha trado pap?

--S, ngel mo.

--Y a m no me ha trado ninguno?

Paulina alz la mano y sus dedos hinchados y torpes acariciaron los
cabellos dorados de la nia.

--No te ha trado ninguno porque ste es para ti. Para ti, ngel mo. T
le llevars cuando yo me muera.

--Bueno; pero como t no te vas a morir...

Ella no contest. Un gesto doloroso crisp toda su cara, y se le
llenaron de lgrimas los ojos. Joaqun cogi a los nios y los puso
dulcemente en el pasillo.

--Id a la cocina y decid a Juana que os d de merendar.

Luego, al ver que Paulina segua sollozando:

--Pero, nena, por Dios, no seas as... no te pongas as... No
comprendes que te perjudicas? Te excitas, te emocionas, viene la fatiga
y...

Paulina segua llorando. Se inclin sobre ella y la bes en los ojos con
caricias de inefable ternura.

--Mi nenita... mi nena!... Vamos, lo ves?... Lo ves?... Si ya lo
saba yo!

Fue tremendo el ataque; tan violento que, a pesar de estar l
acostumbrado a presenciarlos, hubo un instante en que perdi la
serenidad y se asust, creyendo que era el ltimo. Afortunadamente, la
digital y el cloruro de etilo surtieron sus efectos, y el ataque pas;
aclarse la vidriosidad de las pupilas; cesaron las violentas sacudidas
crispantes, los saltos descompasados del corazn y el ronco silbar de la
garganta. Quedse de cara a la pared, baada en sudor, aniquilada,
destrozada, rendida. El, conmovido, la miraba en silencio. Luego, al
cabo de un rato:

--Quieres que te quite el collar? Te molesta, verdad?

Pas dulcemente una mano por debajo del cuello y desabroch el cierre.
Al ir a retirarla, sus dedos tropezaron debajo de la almohada con una
hoja de papel. La cogi inconscientemente, sin darse cuenta. Ella no se
movi. Fu al gabinete a dejar el collar y, por curiosidad, mir el
papel: medio pliego de cartas escrito con lpiz.

Mi alma:

Una convulsin nerviosa le cerr los ojos.

Los volvi a abrir.

Mi alma: Te escribo estas dos lneas aprovechando un momento en que me
dejan sola. Estoy muy mala. S que nunca ms me volvers a ver. Esta es
la nica pena que tengo: morirme sin...

No deca ms.

Se llev una mano a los ojos y con la otra se apoy en una silla, porque
todo su cuerpo vacilaba. As estuvo mucho tiempo, mucho. Luego,
lentamente, volvi a la alcoba. A medida que avanzaba hacia el lecho, se
le aceraban las pupilas y las manos se le crispaban como garras de
presa; tremolaron un segundo sobre la cabeza de Paulina y en seguida se
estrujaron, enlazadas con ademn de desesperacin y de impotencia. Ella
no se haba movido. Dorma dulcemente, reposadamente.

De pie junto a la cama, la mir largo rato. Al suave resplandor del
globo azul colgado de la cabecera estuvo contemplando los bucles
desrizados y marchitos, los prpados translcidos, las ojeras amoratadas
y profundas, los labios secos, incoloros y exanges; las manchas
crdenas de la piel, lustrosas aun de sudor. Una carcajada infantil
reson en el pasillo, y pasaron los nios retozando.

Abri muy despacio la puerta y, con ademn imperioso, les impuso
silencio:

--Chisss...! Mam est dormida. No hagis ruido.

       *       *       *       *       *


Errores corregidos por el etext transcriptor:

gritando:--No;=> gritando:--No; {pg 30}

sobre esta roidlla=> sobre esta rodilla {pg 21}

Oh, Dios mo!=> Oh, Dios mo! {pg 28}

limpia de pelo las otras=> limpias de pelo las otras {pg 35}

la senda de sus sueos.=> la senda de sus sueos! {pg 67}

ESCENA IX=> ESCENA IV {pg 71}

en tus presencia=> en tu presencia {pg 72}

La nadre y la hermana=> La madre y la hermana {pg 91}

Ah, en cuanto a eso s.=> Ah, en cuanto a eso s! {pg 105}

yo padre y tu madre=> yo padre y t madre {pg 108}

quien su padre recomendaban el cuidado=> quien su padres recomendaban el
cuidado {pg 128}

encueros vivos=> en cueros vivos {pg 128}

brillaban las gusanos=> brillaban los gusanos {pg 162}

La epopeya de una zngraa=> La epopeya de una zngara {pg 165}

fu lllamada=> fu llamada {pg 224}






End of the Project Gutenberg EBook of La voz de la conseja, t.I,
compiled by Emilio Carrre

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE LA CONSEJA, T.I ***

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business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

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     Chief Executive and Director
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