Project Gutenberg's Semblanzas literarias, by Armando Palacio Valds

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Title: Semblanzas literarias

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: March 20, 2013 [EBook #42376]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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SEMBLANZAS LITERARIAS

Obras de Palacio Valds.

Pesetas.

El Seorito Octavio (nueva edicin), un tomo.                          4

Marta y Mara (nueva edicin), un tomo.                                4

Traducida al ingls por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York.

Traducida al ruso por Mr. Pawlosky: publ. en el _Diario de San
Petersburgo_.

Traducida  la lengua bohemia por O. S. Vetti. Un tomo. Praga.

Traducida al sueco por A. Hillman. Un tomo. Stockolmo.

El Idilio de un enfermo (nueva edicin), un tomo                       4

Traducida al francs por Mr. Albert Savine: publicada en _Les
Heures du Salon et de l'Atelier_.

Traducida  la lengua bohemia por Mr. A. Pikhart. Un tomo.
Praga.

Traducida al ingls por W. T. Faulkner.

Aguas fuertes (nueva edicin), un tomo.                                4

Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por
_La Independencia Belga, El Diario de Ginebra, El Correo
de Hannover, Hlas Nroda, Lumir_ y otros peridicos y revistas.

Edicin espaola con introduccin y notas en ingls para el
estudio del espaol en Inglaterra y Estados Unidos, por W. T.
Faulkner. Un tomo. New-York.

Jos (nueva edicin), un tomo.                                         4

Traducida al francs por Mlle. Sara Oquendo y publicada en la
Revue de la Mode. Pars.

Traducida al ingls por M. C. Smith. Un tomo. New-York.

Traducida al alemn y publicada en _Interhaltungs-Beilage_.

Traducida al holands por Mr. Hora Adema y publicada en Het
_Nieuws van den Dag_. Amsterdam.

Traducida al sueco por A. Hillman. Un tomo. Stockolmo.

Traducida al portugus por Cunha e Costa. Publicada en _Revista
da Semana_. Ro de Janeiro.

Traducida al tcheque por A. Pikhart. Un tomo. Praga.

Edicin espaola con prefacio y notas en ingls para el estudio
del castellano en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor
Mr. Davidson. Un tomo. New-York. London.

Riverita (nueva edicin), un tomo                                      4

Traducida al francs por Mr. Julien Lugol: publ. en la _Revue
Internationale_.

Maximina (nueva edicin), un tomo.                                     4

Traducida al ingls por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York.

El Cuarto Poder (nueva edicin), un tomo.                              4

Traducida al holands por Mr. Hora Adema. Un tomo. Amsterdam.

Traducida al ingls por Miss Rachel Challice. Un tomo. New-York.
Nueva edicin inglesa. _Grant and Richards_. Londres.

La Hermana San Sulpicio (nueva edicin), un
tomo.                                                                  4

Traducida al francs por Mme. Huc con prefacio de Emile
Faguet, de la Academie Franaise. Un tomo. Pars.

Traducida al ingls por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York.

Traducida al holands y publicada en _El Correo de Rotterdam_.

Traducida al sueco por Mr. A. Hillman. Un tomo. Stockolmo.

La Espuma (nueva edicin), un tomo.                                    4

Traducida al ingls por Clara Bell. Un tomo. London.

La Fe, un tomo.                                                        4

Traducida al ingls por Miss I. Hapgood. Un tomo. New-York.

Traducida al alemn por Mr. Albert Cronau. Un tomo. Leipzig.

El Maestrante, un tomo.                                                4

Traducida al francs por Mr. J. Gaure, con un estudio preliminar
de Mr. Bordes. Un tomo. Pars.

Traducida al ingls por Miss Challice. Un tomo. London.

El Origen del Pensamiento, un tomo.                                    4

Traducida al francs por Mr. Dax Delime: publicada en la _Revue
Britannique_.

Traducida al ingls por I. Hapgood: publicada en _The Cosmopolitan_,
con ilustraciones de Cabrinety.

Los Majos de Cdiz, un tomo.                                           4

Traducida al holands por Mary Hora Adema. Un tomo. Amsterdam.

La Alegra del Capitn Ribot, un tomo.                                 4

Traducida al francs por C. du Val Asselin: publicada en _Le
Gaulois_.

Traducida al ingls por Minna C. Smith. Un tomo. New-York.

Traducida al holands por el Dr. A. Fokker. Un tomo. Amsterdam.

Edicin espaola con notas en ingls y vocabulario para el estudio
del castellano, por los profesores Morrison y Churchman.
Un tomo. New-York. London.

La Aldea perdida, un tomo.                                             4

Tristn  el pesimismo, un tomo.                                       4

Semblanzas literarias (nueva edicin), un tomo.                        4




OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS

TOMO XI

SEMBLANZAS LITERARIAS

MADRID

Librera general de Victoriano Surez.

PRECIADOS, NMERO 48

1908

ES PROPIEDAD DEL AUTOR.

MADRID.--Hijos de M. G. Hernndez, Libertad, 16 dup, bajo.

[Illustration]




TREINTA AOS DESPUS


[Illustration: L]LEGO  la reimpresin de estas semblanzas, escritas y
publicadas treinta aos ha, con la curiosidad burlona y tambin con el
enternecimiento con que descubrimos en el desvn de nuestra casa el
caballo de cartn que hemos montado en la niez. Oh cielos, cunto me
he divertido cabalgando sobre mi pluma irresponsable en aquel tiempo
feliz! Cuan dulce poder soltar la carcajada en una reunin prevalidos
de nuestra insignificancia! Despus crecemos, adquirimos seriedad,
reputacin, pero huye la alegra, y gracias que no sea en compaa del
talento.

Parece que me estoy viendo discurrir por aquel amplio corredor del
Ateneo, en la calle de la Montera, pobremente esterado, sin ms
decoracin que los libros encerrados en estantes de pino. Conmigo pasean
otros cuantos seres insignificantes, y juntos todos formamos un grupo de
una insignificancia escandalosa. Por aquel pasillo cruzan  cada
instante enormes personajes, estadistas, oradores, acadmicos cuyo
rostro se frunce al pasar  nuestro lado. Por qu se frunce? Aquellos
personajes nos detestan porque disputamos de lo que no entendemos y
acaparamos las revistas extranjeras. Algunos, sin embargo, son buenos y
cariosos para nosotros, y el ms bueno y carioso de todos y el ms
sabio al mismo tiempo es aquel varn magnnimo que se llam D. Jos
Moreno Nieto. All estaba siempre sentado en el rincn de la Biblioteca
como un sacerdote en su confesonario esperando afablemente  todo el que
quisiera molestarle. Con l consultbamos nuestras dudas cientficas,
nuestros planes de estudio  ensayos literarios. No era avaro, no, de su
talento y de su ciencia. Pobre D. Jos! Qu suma de indulgencia se
necesitaba para sufrir nuestra petulancia y no mandarnos  paseo!

Pero haba otros, como he dicho, no tan pacientes y nos hacan
ostensible su desprecio y nos dirigan miradas furibundas cuando
osbamos entrar en las salas de conversacin. Tanto que desesperados un
da resolvimos declararnos independientes y conquistar tambin nuestro
terruo.

Haba en aquel vetusto casern de la calle de la Montera una estancia
grande y lbrega con balcones  un patio que serva de trastera. All
decidimos plantar nuestra tienda. Dicho y hecho. Una tarde,  la hora en
que no haba llegado todava ninguno de aquellos odiosos viejos
(llambamos viejos ay!  los hombres de treinta  cuarenta aos),
penetran cautelosamente en el Ateneo una docena escasa de valerosos
jvenes, se dirigen impetuosamente  la trastera, la limpian en un abrir
y cerrar de ojos de las sillas decrpitas y mesas patizambas que all
dorman bajo el polvo, ahuyentan tambin ste con escobas; luego se
lanzan impvidos al asalto de los salones, roban, pillan, escamotean, y
en otro abrir y cerrar de ojos queda amueblada y decorada con relativo
lujo aquella _cacharrera_ que no tard en hacerse famosa en Espaa. Los
criados contemplaban con espanto el saqueo; el conserje se mesaba los
cabellos exclamando: Dios mo, qu dir el secretario! Uno de
aquellos chicos, el de voz ms bronca (porque ya haba llegado  la
muda), se yergue altivo al oir esto y ahuecndola cuanto pudo y
empinndose sobre la punta de los pies deja caer como gotas de hierro
incandescente estas palabras: Dgale usted al secretario (pausa),
dgale usted al secretario... que no le conozco! Despus de tan
arrogante respuesta que nos hizo recordar la de Lenidas al emisario de
Jerjes, volvi la espalda con infinito desprecio y el conserje qued
anonadado.

Nuestra audacia impuso respeto  los _viejos_  tal vez les hizo reir.
Lo cierto es que al da siguiente nos enviaron  guisa de burla, como
regalo, el retrato al leo de D. Julin Sanz del Ro, filsofo tan
profundo como feo, importador en Espaa de la filosofa de Krause. 
estas horas pocos recuerdan en el mundo  Sanz del Ro ni  Krause, pero
en aquella fecha eran tan odiados de los hombres de orden como hoy lo
son los anarquistas, y sus preceptos vive una vida ntegra, realiza
tu esencia, etc., inspiraban el mismo terror que las bombas de
dinamita. Nosotros acogimos con jbilo al laberntico filsofo y le
colgamos respetuosamente de la pared, aunque jurando con las manos
extendidas no leer jams su _Filosofa analtica_.

Todo aquello se hundi en el abismo del olvido y slo los cuatro  cinco
canosos y panzudos _cacharreros_ que paseamos por las aceras de Madrid
nos acordamos con emocin de aquellos das risueos y nos enternecemos
hablando del retrato al leo de D. Julin.

Precisamente en aquellos das risueos fueron escritas estas semblanzas
sobre los negros y sobados pupitres de la Biblioteca del Ateneo.
Publicadas primero en la _Revista Europea_ y despus en volumen, se
agotaron rpidamente, porque en Espaa siempre hubo pblico para los
azotados. Desde aquella remota fecha  la presente se me han hecho
algunas proposiciones para reimprimirlas, pero me he negado
obstinadamente  ello y aun al publicar la serie de mis obras completas
prescind de incluirlas, hasta ahora. Por qu tan severa resolucin?
Porque estoy persuadido de que  los veintids  veintitrs aos se
puede ser un excelente poeta  tal vez un mediano novelista, pero slo
un detestable crtico. Adems, estas semblanzas estn llenas de
alusiones personales de dudoso gusto, estn escritas en general con la
arrogancia decisiva que suele caracterizarnos en los primeros aos de la
vida. Por tales razones las haba condenado  eterna proscripcin.

Pero he aqu que en una noche de insomnio me asalt la terrible duda que
 todos los escritores acomete ms  menos tarde. Si yo fuese inmortal!
pens de improviso. Si mis obras fuesen ledas de las generaciones
venideras! Entonces no slo se reimprimira cuanto yo he escrito, sino
que se buscaran, se recogeran y se publicaran las cartas que he
dirigido  mis amigos y quin sabe! hasta los billetitos amorosos; hay
eruditos capaces de las mayores infamias. Pensar esto y sentir inundado
mi cuerpo de un fro sudor entre las sbanas fu todo uno. No existe
hombre en el mundo que haya escrito ms simplezas  sus amigos, pero
estas simplezas no son comparables con las que he escrito  las amigas.
Mis huesos se ruborizaran dentro de la tumba, estoy seguro de ello. Tan
desazonado me dej tal pensamiento, que  la maana siguiente encontr
paseando con sus nietos por el Retiro  una venerable seora  quien en
otro tiempo dirig por escrito una declaracin de amor, y me cost
trabajo no acercarme  ella y suplicarle por el de Dios, ya que no por
el mo, que me devolviese la epstola si es que la conservaba. Por
supuesto, ahora me miro mucho cuando escribo cartas, pensando en que
andando el tiempo han de ser publicadas, y si algn conocido me escribe
una pidindome prestadas cien pesetas adopto el estilo ms puro y ms
clsico, imitado de Hurtado de Mendoza, para responderle que no me es
posible envirselas.

Desde esta fecha me di  imaginar que era menester reimprimir las
presentes semblanzas. Para animarme  ello me he dicho  m mismo
repetidas veces que los pecados de la juventud son letras de cambio que
se pagan indefectiblemente en la vejez. Puesto que yo he cometido
algunos, debo valerosamente sufrir las consecuencias. Al lado de este
motivo generoso, levanta la cabeza su compaero eterno, el motivo
egosta y srdido. Si este volumen de semblanzas ha de reportar algunas
ganancias, no es preferible que estas ganancias caigan en mi bolsillo
antes que en el de un editor profano que las desentierre?

He aqu pues, lector, este libro de semblanzas que te vuelvo  ofrecer
al cabo de tantos aos. Si eres viejo sentirs cierta melancola
hallndote de nuevo frente  los hombres que amabas  aborrecas en tu
juventud y  quien siempre escuchabas con inters. Si eres joven
sonreirs desdeosamente al ver la importancia que entonces concedamos
 ciertos hombres absolutamente desconocidos para ti. No te equivoques,
sin embargo; lo que ahora sucede, suceder ms tarde y suceder siempre.
Cuntos de los personajes que hoy provocan tu admiracin  tu clera se
salvarn del olvido? En conciencia puedo decirte que aquellos hombres
por m zaheridos no tenan ms talento que los que ahora figuran en las
letras y en la poltica, pero te afirmo igualmente, con la mano sobre el
corazn, que eran menos pedantes. En cuanto  los por m ensalzados,
dme, quines son actualmente los sustitutos de Zorrilla, de Castelar y
Campoamor?

Este libro viene  ser un camposanto. De los muchos varones que aqu se
estudian y de los otros  quien se alude, slo tres  cuatro pertenecen
todava al mundo de los vivos. Un sentimiento de vergenza que semeja
remordimiento me acomete al entregar de nuevo  la publicidad estas
stiras de oradores y escritores que ya han descendido  la regin de
las sombras. Pero todos ellos comprendern ahora que en mi corazn
juvenil no haba ni un grano de odio. Yo no era entonces ms que un nio
travieso y poco respetuoso. Por eso cuando en breve me presente delante
de ellos en ese lugar oscuro donde vagan las sombras de los hroes,
estoy seguro de que todos me tendern la mano. Quiz me pidan con afn
noticias del Ateneo y de los hroes actuales de la literatura. Quiz
suspiren como Aquiles murmurando que vale ms una noche pasada
discutiendo _lo predominantemente subjetivo_, aunque haya crticos que
se burlen de sus discursos, que cien aos trascurridos ms all de la
laguna Estigia.

[Illustration]

[Illustration]




LOS ORADORES DEL ATENEO




PROEMIO


[Illustration: E]L Ateneo Cientfico y Literario de Madrid ha
manifestado en los ltimos cursos una vida y animacin  que no
estbamos acostumbrados los que tristemente discurramos en aos
anteriores por sus desiertos pasillos. Casi diariamente resuenan las
voces de sus oradores por los mbitos del espacioso, aunque irregular,
saln consagrado  la ctedra, y trasformado ahora en candente arena de
estos palenques cientficos. La discusin no queda encerrada tampoco en
el ceremonial de las formas acadmicas, sino que, desencadenada y movida
por los huracanes de la pasin, sale  los pasillos consiguiendo
arrebatar los cerebros de aquellos que, por carecer de facundia  por
modestia, no tercian en el pblico certamen. En privado, as como en
pblico, lbranse formidables batallas, en las cuales se combate con
todo el entusiasmo de la idea, aunque algunas veces, fuerza es decirlo,
se sustituye ste por otro menos noble, el de los bandos polticos  el
que origina las heridas del amor propio. Esparcidos aqu y all por los
divanes y butacas del establecimiento, suele verse  ltima hora
empolvados, deshechos, aporreados y casi sangrientos  los campeones de
la noche, sorbiendo con ansia el agua fresca, mientras alguno que otro,
de pulmn ms robusto, mantenindose an en pie frente  estos
desgraciados, descarga sobre ellos con extraa ferocidad los golpes de
remate. No pocas veces demand gracia para algunos cuya inflamada pupila
nos anunciaba la nube de argumentos que por su cabeza corra, sin que
esta temerosa nube lograse rociar con algunas gotas sus exhaustos
gaznates, y les pusiera en condiciones de revolverse contra su duro
adversario.

Debtense en esta culta Sociedad los ms arduos  interesantes problemas
de la ciencia; pero obsrvase el,  primera vista, extrao fenmeno de
que todas sus discusiones, previamente anunciadas en un tema concreto,
vienen precipitadamente  parar en puro asunto teolgico  poltico.
Fuertemente impresionado por estas singulares corrientes que en breve
plazo conducen siempre el tema  su disolucin, trat de inquirir la
causa, y no cifrando gran confianza en el dictamen de mi pobre razn,
busqu el parecer de los ms doctos. La mayora se inclin  creer
noblemente que la trascendencia de tales temas, la irresistible
atraccin que ejercen sobre el espritu en estos crticos tiempos y su
actualidad, sobre todo en nuestra Espaa, donde  la hora presente
teologa y poltica andan sobradamente confundidas, son parte bastante 
explicar los extravos de nuestro pensamiento. Los menos y con peor
intencin, quisieron ver en ello pruebas claras de nuestra insuficiencia
para ahondar con profundo y delicado anlisis en un determinado punto de
la ciencia. Nuestros lectores optarn entre las dos contrarias teoras,
aunque  mi ver no sera difcil hallar elementos de verdad en ambas.

Lo cierto de todo es, como digo, que las discusiones marchan en completo
y general desorden. Cada cual, sin preocuparse de nada del tema
discutido, verdadero nufrago en estas borrascosas sesiones, teje como
puede un discurso y encomienda  la Providencia la conviccin de sus
oyentes. Dudo que exista pas en el mundo donde se hable tanto y tan
bien como en Espaa, pero seguro me encuentro de que en ninguno se
recaba menos de tanta oratoria. Consiste esto en que la forma, el
aspecto artstico de la oratoria espaola, absorbe y avasalla su fondo
cientfico, el cual se halla primorosamente velado, pero velado al fin,
por las hermosas galas de una retrica desenfrenada.

En ningn otro pas ms que en Espaa, y para encarecer  los
representantes de la Nacin la conveniencia de votar un impuesto sobre
el aguardiente, trae el orador  cuento, flotando en un mar de rizadas
ondas, las primitivas construcciones pelsgicas, el monotesmo de la
raza semtica  los cuadros del Correggio. Los oradores espaoles no
hacen obras de ciencia, sino obras de arte, y como artistas deben ser
juzgados. De este modo nos explicamos el deleite con que hemos asistido
estos cursos  las sesiones del Ateneo, y  la par el insignificante
ardor cientfico que lograron despertar en nosotros. El pblico, artista
tambin como los oradores, aplaude con frenes los perodos tersos, las
brillantes imgenes, la mmica fogosa; en cambio repugna el argumento
recto y descarnado y el anlisis detenido del asunto. Hay una derecha y
hay una izquierda. Sentada la una enfrente de la otra, se miran con
recelosa antipata, y tienen por costumbre aplaudir tan slo  sus
respectivos oradores. Excusado ser advertir que los aos de las
personas que en la derecha se sientan suman bastante ms que los de
aquellos que tienen su asiento en la izquierda. Esto no obstante, el
ardor, el entusiasmo y aun la intransigencia es igual por ambas partes.

Y cuenta que esto no lo decimos  modo de censura, porque estamos bien
convencidos de que estos fuegos y arrebatos salen del fondo mismo del
carcter nacional, de cuyas grandezas participan muchos, de cuyos
defectos y pequeeces todos participamos. No creemos posible, segn lo
expuesto, que la ciencia gane mucho en las sesiones del Ateneo, donde
sus ms intrincadas cuestiones se discuten; pero en cambio suponemos
que el arte, ese fantasma divino que logr arrastrar siempre con
predominio los deseos y las fuerzas de nuestra patria, tendr que
agradecer  este centro literario un culto desinteresado y devotsimo.
En buen hora que se nos hagan ver los peligros sin cuento que la verdad
corre entre tanta magnificencia y suntuosidad; por cima de todo flotarn
siempre las bellezas reales que hemos sabido crear.

Nuestra oratoria recorre en toda su extensin la colosal escala trazada
para esta manifestacin artstica. Oradores, cuya sutil irona asuela y
abrasa, tenemos, y tambin poseemos esos grandes artistas, verdaderos
magos de la palabra, que en todas ocasiones saben rodearse de hermosas y
nunca pensadas imgenes que encantan y transportan el alma. El
instrumento que exterioriza los vuelos de esta fantasa con su
majestuosa dulzura y sonoridad, realza la obra del orador, y la coloca 
la par  por encima de los ms acabados modelos del arte clsico.

Fijo en estas consideraciones, pienso mostrar en las pginas siguientes
algunas observaciones sobre varios de los oradores que han terciado
durante los ltimos cursos en los debates del Ateneo. No aspiro  hacer
retratos, que harto difcil lo considero para mi humilde pluma. Busco
tan slo el medio de echar  volar algunos pensamientos que me
ocurrieron al escuchar los discursos pronunciados en las veladas del
Ateneo. Excusado parecer aadir, despus de lo expresado, que mi punto
de vista ser principalmente artstico. Esto no obstante, tratar,
hasta donde me sea posible, de hacer ver,  la par que los mritos
artsticos de cada orador, las tendencias ms caracterizadas de su
inteligencia,  sea el rumbo que actualmente sigue en el ocano del
pensamiento humano. Bajo uno y bajo otro aspecto, aunque mucho pueda
aplaudir, algo tendr tambin que censurar; mas har de modo que estas
censuras, ni tengan su raz en la pasin, ni se presenten tan agrias que
puedan herir ninguna susceptibilidad.

[Illustration]

[Illustration]




D. MIGUEL SNCHEZ


[Illustration: C]IERTA noche, y en ocasin que el seor Snchez peda la
palabra, omos decir  nuestro lado: Este seor cura padece una
equivocacin; se diriga  San Luis y entr distrado en el Ateneo.

No es exacto, sin embargo, lo que el mordaz interlocutor trataba de
significar. El Sr. Snchez ( el Padre Snchez, que as es como
generalmente se le conoce) nada tiene de orador sagrado, si no es cierta
pastosidad de voz y melifluidad de tono, y el empleo de algunas frases,
como las de mansedumbre por humildad, misericordia por compasin, y
otras tales que trascienden de una legua  plpito.

Por lo dems, quin podr dudar que el Sr. Snchez abandon totalmente
las formas arcaicas de la Ctedra Santa para aceptar con amor la nueva
fase de la apologtica catlica? No se trata ya de hinchadas 
indigestas plticas, sembradas de msticos ejemplos donde Satans juega
por lo comn papeles de melodrama, de smiles bblicos y latines
macarrnicos, no; la moda, que todo lo invade, como me propongo
demostrar en ocasin propicia, se ha introducido por la mohosa cancela
de las catedrales y ha sugerido  los defensores de la verdad catlica
nuevas y radicales reformas en su piadosa estrategia. La Iglesia haba
posedo hasta ahora santos padres, doctores y mrtires; pero careca de
guerrilleros de la palabra, y los tiempos actuales se los han
suministrado.

Los modernos paladines del Catolicismo no se aperciben  la batalla,
como los antiguos, demandando al cielo fuerzas en medio de fervorosas
oraciones y spera penitencia, sino que afilan su lengua en las peleas
del _meteeng_, y adiestran su pluma en las turbulencias del periodismo
candente. Los apstoles  iluminados de otros das, son actualmente
polemistas irascibles y batalladores. Los que fecundaban antes con su
preciosa sangre los campos de la religin, riegan con bilis ahora la
arena del debate. Los apologistas catlicos se creen en el deber de
aceptar las condiciones en que hoy se les ofrece la lucha, y mantienen
en tensin constantemente el arco que tiene aparejado el dardo del
sarcasmo  del ultraje.

El Sr. Snchez ha entrado de lleno en los derroteros de la nueva
apologtica. No pertenece  la escuela de San Anselmo y San Bernardo;
pero, en cambio, es discpulo aprovechado de Luis Veuillot. Hace
bastantes aos que esgrime su palabra, sutil y revoltosa, en el Ateneo
de Madrid, si bien ha padecido un prolongado mutismo, ocasionado,  lo
que parece, por la suspicacia clerical. No merecen los honores de
batallas las luchas en que interviene, porque no entra en sus miras
presentar el pecho al enemigo, pero sabe preparar con destreza una
emboscada y evitar los ms certeros golpes. No para mientes jams en las
doctrinas, sino en la persona que las representa, y  ella asesta luego
sus malignas estocadas. El Padre Snchez entiende que la discusin es un
pugilato donde el laurel de la victoria debe adjudicarse al que ms
aporrea  su adversario.

Es un polemista escabroso; un defensor audaz del antiguo rgimen; tiene
bastante nervio dentro del gnero especial de su oratoria, y maneja con
xito ese estilo, ora mstico, ora volteriano, que por medio de
intencionadas burlas  incesantes sarcasmos pretende inculcarnos el amor
de Dios y del prjimo.

Cuando escuchamos las picantes alusiones, las sangrientas diatribas con
que el P. Snchez maltrata  sus adversarios polticos, nuestro
pensamiento se remonta sin darnos cuenta de ello  los primeros tiempos
del Cristianismo. Y contemplamos la figura apacible del Redentor, y
escuchamos la dulce y persuasiva voz que nos ordena amarnos los unos 
los otros; y vemos tambin sobre el fuste marmreo de una columna 
aquellos ejemplares varones que salieron del mundo vivos en fuerza de
mirar al cielo. Oh santos Estilitas! Cuntas veces se hubiera
desplomado el P. Snchez de vuestra memorable columna; l que tan fijos
tiene sus ojos en la tierra!

La verdad de todo es que estos detractores irreconciliables de la
revolucin, son en el fondo espritus revolucionarios. Comprese, si no,
la forma en que el Cristianismo se difunda en sus primeros tiempos con
el mtodo que hoy adoptan sus apstoles para esparcirlo por el orbe, y
se notar con claridad la profunda revolucin que en su modo de ser y de
propagarse se ha operado. Bajo este sentido, el Padre Snchez es un
demagogo del apostolado, un descamisado del Catolicismo. Su temperamento
no le llevar seguramente al desierto  vivir con races y frutas y 
gozar de los inefables misterios de la soledad y del xtasis, antes
bien, le arrastrar constantemente hacia el choque ruidoso y apasionado
de las ideas, hacia la invectiva, hacia la stira. Es un fantico del
pasado con instintos y lenguaje democrticos.

Con estos procedimientos irrespetuosos, con esta fecundidad de invectiva
y esta agudeza que le caracterizan, el orador catlico logra despertar
en alto grado la curiosidad del auditorio. En Espaa nada hay que nos
regocije tanto como oir en la calle unos tiros  una desvergenza:
estamos vidos de sensaciones fuertes; la monotona nos causa terror;
queremos, en una palabra, divertirnos. Y hay que convenir en que nada
ms divertido que las filpicas con que el P. Snchez flagela  los
enemigos del absolutismo. No extrae, pues, que en la sala del Ateneo se
espere un discurso suyo con la risuea impaciencia con que en el teatro
se aguarda en pos de un drama un sainete.

De este modo, con las armas de la irona, con las donosuras del gracejo,
con los excesos de la pasin, quiere servir nuestro orador al
Catolicismo sin comprender que lo rebaja al nivel de secta tumultuosa y
alborotada. Esto equivale  servirse de la religin como de un
estandarte bajo cuyos pliegues se lanzan al combate todos los mpetus
del sectario, todas las genialidades del carcter y los rencores todos
del espritu. Nuestra conciencia nos dice que servir  la religin con
tales armas es desnaturalizarla; y el imponerle una absurda solidaridad
con el ideal absolutista es comprometerla gravemente.

No ofrece duda que en los tiempos en que vivimos, cuando las ideas
chocan con estrpito en medio de una incesante discusin, y se ponen en
tela de juicio las bases fundamentales del Catolicismo, es no tan slo
un derecho sino tambin un deber de los creyentes el acudir con presteza
 su defensa. Lo que lamentamos no es que los escritores y oradores
catlicos intervengan en la controversia, sino que se mezclen en los
ardores y desmanes que la pasin produce siempre, quedando al mismo
tiempo apartados de los altos y serios debates que ha suscitado la
crtica contempornea.

El Sr. Snchez,  pesar de cuanto llevamos dicho, no es un orador
catlico  la moderna, en la acepcin ms completa de la palabra.
Fltale para esto una condicin esencial, la de ser lego, joven y bien
quisto de las damas. No pertenece  esa falange inquieta de fogosos
mancebos que aspiran  ser la polica de la Iglesia, y que, juzgndose
intrpretes nicos de la voluntad divina, vilipendian  cuantos
desconocen su autoridad en materia de fe, de costumbres y de literatura.

Su carcter sacerdotal le impide afectar ese buen tono y exquisita
cortesana en la intemperancia misma que tanto brillo comunica  los
apstoles con bigote y rizada cabellera.

Se dice que el paso por el seminario imprime un sello de tal modo
indeleble, que ni el cambio ms radical en las opiniones y en los
hbitos alcanzan  borrarlo. Calclese, pues, qu claro se ver este
sello en el Sr. Snchez, cuando ningn cambio se ha operado, ni
esperamos que se opere, en sus concepciones mundanas y extramundanas.
Cuando se le ocurre discutir alguna doctrina (lo cual repetimos que rara
vez acontece), saca todo el arsenal de argucias y sofismas con que le
abastecieron en sus juveniles aos los maestros de la escolstica. Si se
le cita un hecho que perjudica  la doctrina que sustenta, lo niega; si
se le demuestra, _distingue_; y cuando los distingos no bastan, replica:
...ms eres t. Manifiesta gran predileccin por la historia, pero la
historia del Padre Snchez no es historia, sino una especie de cmara
oscura, muy oscura, donde todo se ve cabeza abajo.  tal nclito varn,
cuya memoria honra la humanidad desde largo tiempo, se le ve,
terriblemente ataviado con cuernos y rabo, comerse los nios crudos. 
tal otro bellaco que en su vida ha hecho ms que picardas y ruindades,
se le contempla por arte de encantamento trasformado en santo. Profesa,
en cambio, una aversin casi sagrada, por lo inmensa,  la poesa. Se
comprende bien. Los poetas son los profetas de nuestra edad, y el Padre
Snchez es todo lo contrario de un profeta. Tan lejos lleva nuestro
orador esta aversin, que todo cuanto de malo encuentra en los discursos
de sus contrarios no es ms que poesa, pura poesa, como l dice
afectando el ms profundo desprecio. Los dedos se le tornan poetas. Un
da se le ocurri llamar poeta al Sr. Figuerola!

En lo referente  la demostracin de las ideas, profesa este orador
ideas muy singulares. La prueba de que una idea es verdadera, no
consiste para l en que sea rigurosamente lgica y se imponga desde
luego al espritu como cierta. Precisa que vaya acompaada, adems, de
un texto donde se apoye, cuyo texto deber citarse en toda regla, esto
es, con la pgina, captulo, libro, edicin, archivo, etc. l as lo
practica; mas o decir en los pasillos  un sujeto (probablemente aquel
mismo socio mordaz que cierta noche le llamaba seor cura) que el Padre
Snchez es una verdadera especialidad en la invencin de citas. No creo
que esto pase de cuchufleta.

Sea de esto lo que quiera, con tales maneras y otras parecidas, el Padre
Snchez no convence  nadie, pero logra excitar la hilaridad del
auditorio, y bien conocidas son las deferencias y respetos que en
nuestro pas se guardan  quien se da bastante maa para hacernos pasar
un rato divertido.

Una observacin para terminar. El gnero agresivo y picante de la
oratoria del Sr. Snchez, ms que  la condicin de su carcter, cuya
nobleza y sinceridad reconocemos, responde  las tradiciones constantes
de la escuela en que milita. Sirva esto de alivio y descargo para lo que
se halle de acerbo en nuestra censura.

[Illustration]

[Illustration]




D. SEGISMUNDO MORET Y PRENDERGAST


[Illustration: P]ENETRAMOS en el florido vergel de la poesa, en el
recinto deleitable y ameno donde se albergan los genios seductores de la
elocuencia. Llegamos al ms suave y armonioso de nuestros oradores.

No es guila soberbia que lanza su vuelo impetuoso por las regiones del
aire; no es el rayo de sol ardiente que abrasa los tiernos ptalos de la
flor; no es la ola gigantesca que forja el mar en su embravecido seno y
brinca espumosa sobre el inmoble escollo. Es el malvs alirrojo que
entona su cntico dulce y montono, oculto entre las frondas de un tilo;
es el rayo tenue de la luna que esparce sosiego por el valle; es la onda
cristalina que expira sin estrpito en la playa.

De dnde viene? De la libertad. Quin no recuerda aquel grupo de
jvenes inteligentes que en los albores de una revolucin rodeaba el
estandarte de la libertad? Uno de estos jvenes, por la distincin de su
figura, singularmente interesante, por el encanto que saba comunicar 
su palabra, siempre florida y persuasiva, arrastraba hacia s todas las
miradas y todos los entusiasmos. Quin es entre nosotros el que no le
ha visto subir  la tribuna acompaado de ese murmullo lisonjero con que
la simpata impone silencio  la atencin? Su cabeza, delicadamente
bella, irradiaba inteligencia; su mirada, un poco vaga y soadora,
buscaba instintivamente la luz que entraba por el medio punto del saln
como para suplicarla que iluminase su pensamiento. Su palabra, confiada
y vibrante, corra sobre los abismos temerosos de la poltica como un
incauto nio que no percibe el peligro que le cerca.

Moret no es un orador parlamentario. Fltale malicia, sbrale fantasa y
elevacin para terciar en esas peleas nobles muchas veces,  veces
tambin indignas, en que se agitan los intereses polticos. Carece en
absoluto de esa decantada habilidad, que mejor llamaramos astucia, con
que,  guisa de ganza, consiguen abrir hoy nuestros polticos las
puertas del alczar gubernamental. Si ha entrado en l algn da, fu
deslumbrando con el brillo de su palabra  los astutos enanos que lo
guardaban. Arrojronle de all ms tarde explotando malignamente su
candidez. Tampoco posee esa energa y firmeza que en el fragor de la
lucha pone en suspensin  los contendientes, ni con fogosos arrestos
tritura y despolvorea las doctrinas de sus contrarios. Es un tribuno
aristocrtico que slo produce efecto entre los espritus cultos y un
tanto iniciados en los refinamientos del lenguaje. Y en verdad que ste
responde con solicitud tan primorosa  los soplos ms leves de su
pensamiento,  sus matices ms desvados, como las cuerdas del arpa
contestan exhalando dulces notas  la blanca mano que las hiere.

La oratoria del Sr. Moret no tiene trascendencia en el sentido de que
despierte el pensamiento para nuevas y ms profundas concepciones.
Limtase  recoger del suelo una idea generosa para arrojar sobre ella
la luz de su inteligencia y ofrecrnosla adornada con todos los colores
del iris y todas las magias del arte. De este modo, mejor que con
profundas y sabias disquisiciones, sirve  las ideas hacindolas amables
y simpticas para todos. Su claro pensamiento tiene la virtud de disipar
las nieblas con que la malicia y el error las cubren. La libertad es la
musa que inspira todas sus oraciones. Esta musa, que por capricho
inescrutable se ofrece las ms de las veces  la vista de sus oradores
como deidad sangrienta y vengativa, como ngel exterminador y ministro
de la voluntad del pueblo destinado  dar muerte  los primognitos del
privilegio y de la fortuna, se presenta  los ojos del joven tribuno y 
los de aquellos que la gala de su elocuencia encadena, como ngel de
ventura que trae en su mano, no la tea del exterminio, sino el olivo de
la paz.

Grande y poderoso influjo el de la elocuencia!  su poder no se allanan
los peascos ni se aplacan los irritados mares, pero hay algo que se
mitiga y se aplaca ms duro que los peascos y ms irritado que los
mares: el corazn del hombre!

El Sr. Moret es un gran orador; pero nada ms que un orador. Ha tenido
la desgracia de nacer  la vida de la inteligencia en una poca en que
las aspiraciones ms nobles del espritu moderno se hallaban
representadas por la escuela que tom el nombre de economista. Y digo
desgracia, porque no es mucha fortuna ciertamente para nuestra juventud
el que haya de percibir la luz de la ciencia siempre de reflejo y al
travs de los cristales que el curso de las circunstancias le
interponen. En los comienzos del siglo los jvenes que en nuestra patria
amaban la cultura y ocupaban su espritu con los problemas que arrastra
consigo eran cndidos descredos y reformadores ilusos. Miraban por el
cristal de la Enciclopedia y no alcanzaban  ver ms que negaciones en
el vasto campo de la naturaleza. Ms tarde lleg hasta aqu la ola de la
escuela economista y arrastr consigo  la flor de nuestros pensadores
que navegaron incautos sobre su turgente espalda, sin comprender  qu
abismo de anarqua y egosmo nos conducan sus falaces armonas.
ltimamente la amplitud que de poco  esta parte han tomado los estudios
de medicina introdujeron aqu de soslayo la gallina del positivismo,
que con tal extraa fecundidad va empollando en nuestras tierras, como
se advierte por el nmero de pollos que en el da hacen profesin de
incrdulos.

Todas estas direcciones, imposible fuera negarlo, corresponden en la
esfera del conocimiento  otros tantos puntos de la realidad. Pero
tienen la desdichada ocurrencia de aspirar al monopolio de toda ella,
por lo mismo que en Espaa van campeando sucesivamente sin mantener las
luchas incesantes  que otras escuelas rivales las provocan en los dems
pases, y consiguen de esta suerte hacerse insoportables y odiosas para
los espritus que buscan imparcial y seriamente la verdad.

El Sr. Moret puso al servicio del individualismo las prodigiosas
aptitudes con que la Providencia le dotara, cuando el individualismo era
el nico pan que se ofreca  los hambrientos de la inteligencia.
Sintise vencido por aquella serie de hermosos sofismas con que el
optimismo individualista nos llevaba  la felicidad sin movernos del
sitio, sin hacer otra cosa que presenciar inmviles el desenvolvimiento
de las leyes que llamaban naturales. Parodiando  la inversa la frase de
Mahoma, decan: No vayis  la felicidad; dejad que la felicidad venga
 vosotros. Y, no obstante, ninguna de las cualidades morales del Sr.
Moret acusa un individualista. Un espritu como el suyo, generoso y
armnico, ms apto parece para la iniciativa de algn noble y
filantrpico proyecto que para la expectacin fra y calculada que la
antigua escuela econmica impona  sus afiliados.

Escuchad  ese orador ameno y elegante, saboread la ambrosa de su
diccin, extasiaos ante ese conjunto de hermosas imgenes que surgen
bullidoras al conjuro de su encantada fantasa, y sabed despus que ese
orador tan delicado, ese espritu tan potico es... un hacendista.

S; el Sr. Moret se ha consagrado  la ciencia financiera, ha sido su
intrprete en la Universidad de Madrid y su ministro en las esferas del
poder. Podr darse mayor desdicha para la poesa, quiero decir, para la
Hacienda!

Por qu es el Sr. Moret un financiero? Preguntad  la ms fragante de
las flores,  la suave madreselva, por qu despide su perfumado aroma
entre las aguzadas espinas de una zarza; preguntad  la perla por qu
oculta sus bellezas en el fondo de un molusco repugnante; preguntad por
qu de un matemtico profundo se forma de sbito un poeta dramtico.

Arcanos y paradojas son stos con que la naturaleza nos quiere
sorprender algunas veces.

El Sr. Moret naci orador y se hizo financiero , lo que es lo mismo,
naci ruiseor y quiso ser gorrin. Para gorrin es demasiado fino y
atildado.

Queremos, pues, al Sr. Moret ruiseor; queremos escuchar su voz
elocuente siempre que no nos hable de deuda flotante  de emisin de
bonos. Queremos tambin contemplarle desempeando en la escena de la
oratoria papeles de vctima, porque su frase, siempre meldica y
regalada, no se hizo para expresar los acentos speros y arrebatados del
tribuno batallador, ni mucho menos para engolfarse en el laberntico
juego de la irona y la stira.

Nada hay que nos disguste tanto como el gracejo del Sr. Moret cuando
graceja. Con aquel rostro afeminado, con aquellos ojos que, aun
queriendo reflejar malicia, siguen expresando la misma amable inocencia,
con aquel aire soador, con aquella voz conmovida y temblorosa que
frecuentemente se anuda en la garganta, produciendo un movimiento de
simpata en el auditorio, aspira el Sr. Moret  ser zumbn? No
comprende que el chiste que sale de su boca suena como un suspiro?

Abandone el ilustre orador esa forma, que se hizo para almas ms
revueltas y tempestuosas que la suya; no vuelva  introducirse
incautamente en los matorrales de la hacienda, donde su espritu dejar
el rico velln de la poesa y de la elocuencia, y siga el glorioso
camino que su naturaleza le tiene trazado. Es nuestro respetuoso
consejo.

[Illustration]

[Illustration]




D. CARLOS MARA PERIER


[Illustration: S]UAVES ondas que besis las playas de la Italia, tibias
auras que mecis los cedros del Lbano, gentiles corderillos que
triscis en la pradera, aroma de las flores, perfume de los campos,
venid! Vengan los elementos todos de la buclica, y mjese mi pluma en
la rica miel de Cho y en los lagos azules de la Helvecia. No tardis.
Ved que el orador se encuentra en pie, y yo impaciente por dar comienzo
 la semblanza.

La voz llega ya  nuestros odos.

Sentados bajo la frondosa y secular encina, en esas horas ardientes del
medioda en que el ruido de los humanos se apaga casi por completo y el
de los insectos toma proporciones sofocantes; cuando todo dormita
buscando con anhelo la sombra deleitosa, no escuchasteis los errantes
sonidos de la flauta? Las cadencias se prolongan de un modo indefinido,
la misma frase se repite sin cesar, pero sus notas llegan unas veces
puras y vibrantes, otras, cuando atraviesan por los juncos que crecen 
orillas del arroyo, melanclicas y vagas, estremeciendo el aire con
dulzura y cerrando blandamente vuestros ojos. Os hallis dormidos, y
todava percibs los mismos sones. Despertis, y los segus oyendo.
Despus de algn tiempo, la flauta llega  ser uno de tantos insectos y
forma coro con los cantos penetrantes del grillo y la cigarra.

Trasladaos al Ateneo de Madrid, y, si no os inspira algn temor, sentaos
en una de esas butacas de color de cielo-- tal punto es cierto que el
hbito no hace al monje![1].--El Sr. Perier se levanta y da comienzo la
sinfona. La flauta entona con dulzura una meloda delicada que regalar
vuestros odos; mas ya se viene repitiendo cinco veces, y el artista no
piensa en buscar un nuevo tema. Despus de algn tiempo quedaris
dormidos. Cuando abris los ojos, las cosas se encontrarn probablemente
en el mismo ser y estado, esto es, las auras que vienen de la derecha
traern  vuestros odos la misma meloda. Acontece que el artista
pretende introducir algunas variaciones en la frase; pero no me engaa,
la percibo tan clara y tan distinta como si por vez primera saliera de
la flauta.

El Sr. Perier es, pues, un orador, pero orador de una sola cuerda, y
sobre ella nos da luengos conciertos. Orador de exordio interminable,
aunque hemos de advertir que jams emplear el conocido en la retrica
con el nombre de exabrupto: se lo veda su exquisita cortesa.

Que en el horizonte de las discusiones del Ateneo se deje ver un tema
por fas  por nefas relacionado con la religin, la familia  la
propiedad, y ya tienen ustedes  mi orador con verdadera comezn de
acudir  la muralla de estas instituciones, para que ninguna reforma
clave en ella su bandera. Quiz sea el ms constante de los sitiados,
pero es carabina de chispa la que empua y sus fuegos no son mortferos.
Avezado el enemigo  contemplarlo derecho sobre el muro, le dispara
saetas sin veneno, porque ni su actitud es arrogante, ni son muchas las
bajas que causa.

Esfurzase en pedir respeto y gracia para las sagradas instituciones que
defiende, y no demanda la muerte y el exterminio para las que combate.
Mis plcemes por ello. Poco hay tan destemplado y ponzooso como el
lenguaje de los que toman por oficio la defensa incondicional de
nuestras tradiciones. El Sr. Perier, al separarse totalmente de esta
forma, merece con justicia los elogios de todas las personas sensatas 
imparciales, porque en ello revela comprender que las instituciones de
orden y de paz, pacfica y ordenadamente necesitan defenderse, y deja
ver, adems de esto, una buena fe que en vano han de alardear los que
adoptan otros modos de polmica.

Muy lejos, pues, de erizarlo con argumentos de mala ley, sabe envolver
con gran esmero el proyectil entre algodn y seda, barnizndolo despus
bonitamente de aceites olorosos antes de enviarlo al enemigo. Es tan
manso y sosegado el juego de su palabra, que sta fluye de sus labios,
como dice Homero que flua de los del prudente Nestor, dulce cual la
miel de las abejas.

Acabis de entrar en una de nuestras gticas baslicas, y es la hora en
que con toda pompa se oficia ante los fieles. Los cnticos sagrados y
las plegarias fervorosas adquieren resonancia en los ngulos del templo.
Las flores silvestres esparcidas por todo el pavimento ofrecen mil
olores al sentido. El incienso que arde en los pebeteros del altar
suspende por algunos instantes vuestro pensamiento, y os pone en deseo
de reclinar la cabeza para recibir en plcido desmayo las tristes y
graves melodas del rgano. Todo es paz y sosiego. Los ruidos mundanales
no quieren vibrar en aquella atmsfera serfica.

Si os al orador de que ahora estoy tratando, experimentaris
sensaciones anlogas. Parece que no vive en medio de la lucha de
creencias y doctrinas cuyo fragor conturba nuestros nimos, y su
oratoria es, pudiramos decir, extramundana. En los momentos ms
crticos de la contienda, cuando el coraje inyecta de sangre los ojos de
los hroes y la muerte cierne sus alas sobre el campo de batalla,
levntase un orador con severo continente, saca del bolsillo una
encclica romana, y da comienzo  su lectura, que impasible y tranquilo
hace prolongar un buen lapso de tiempo. Quin lo dira! Esta lectura es
la lluvia copiosa y refrescante que apaga los ardores de la tierra. En
adelante, los oradores se levantan  hablar entumecidos, y la sesin
figura padecer de reumatismos.

Sigamos con el agua. No escuchis los ruidos medrosos y solemnes de
poderosa catarata que se despea, sino el susurro montono del arroyo
que serpea entre yerbas aromticas, y al cual acompaa el no menos
triste y montono rumor que el viento produce en los rboles. En vano
anhelis nuevas y variadas emociones. El orador, como la Naturaleza,
languidece sin morir jams. Navegamos por el mar Muerto, sin que un
soplo de la brisa hinche nuestras velas.

Muchas veces me he preguntado: qu actitud pensara tomar el Sr. Perier
dentro de la Convencin francesa? Despus de las enrojecidas palabras de
Marat, cmo sonaran sus discretas disertaciones? De aquella Montaa
partan torrentes espumosos y violentos huracanes. Qu cefirillos tan
suaves llegaran si el Sr. Perier se viera en ella!

Las distancias que de su homnimo Casimiro Perier le separan son
inmensas. Aquel orador, cuya energa borrascosa tiranizaba  todas las
fracciones de la Cmara, se hubiera visto en grave aprieto ante la
cristiana mansedumbre de su tocayo. Bienaventurados los mansos, porque
ellos poseern la tierra!

Para figurarse con cierta exactitud  este orador, es indispensable
haber contemplado mucho tiempo un cielo siempre lmpido, que si primero
serena y dulcifica nuestro espritu, luego empezar  causarnos tedio y
concluir por abrumarnos. Con qu ansia pedimos entonces  ese cielo
que en sus senos profundos condense los vapores que recibe y un momento
nos cubra al astro del da! Ay! en el cielo del pensamiento del Sr.
Perier jams ha estallado tempestad alguna!

La diccin es correcta y el ademn sosegado; pero le falta color y
animacin.

[Illustration]

[Illustration]




D. JUAN VALERA


[Illustration: N]O es tarea tan fcil como  primera vista parece
trasladar al papel los rasgos salientes de un orador. Unos, como el Sr.
Perier, estn siempre traspuestos  adormecidos, y es fuerza copiar su
semblante con la ausencia de vida que caracteriza al sueo. Otros, de
espritu agitado y sutil, como el Sr. Valera, se niegan  estarse
quietos, y con sus desordenados movimientos hacen imposible el buen
desempeo de la obra.

Siento aprensin inusitada al tocar con mis torpes dedos la delicada, la
culta, la espiritual figura del seor Valera. Intilmente tratar de
imitar, haciendo su semblanza, al acreditado pintor que ha enriquecido
la galera del Ateneo con su retrato. Confieso humildemente que no me
siento con fuerzas para reproducir embellecida la imagen del ilustre
escritor. Harto har si consigo no empaar su mucho brillo.

Principio por suponer al Sr. Valera bastante sensato para no abrigar las
pretensiones de orador grandilocuente. Corto es el nmero de los que ven
ceidas sus sienes con una corona legtimamente alcanzada; ms corto an
el de los que pueden soportar el peso de dos  ms. Y el renombre que el
Sr. Valera tiene adquirido como escritor brilla con luz demasiado clara
para no eclipsar el de otros astros de segunda magnitud que alguna vez
se dejan ver en el cielo de su gloria. El escritor y el orador se
confunden en el Sr. Valera, y como las condiciones exigidas para uno y
otro son muy distintas, el escritor tiene sofocado bajo su gran
pesadumbre al orador. En el Sr. Castelar encontramos un ejemplo de lo
contrario. El orador puede y debe ser exuberante en la frase, armonioso
hasta con detrimento de la precisin, siempre rico, fcil y sonoro. El
prosista debe proceder con cierto rigor en el empleo de las formas
mtricas, y huir con tacto de las asociaciones de palabras que tienen su
verdadero lugar en la oratoria. De aqu la inferioridad del Sr. Valera
como orador. Posee todo el donaire, ingenio y flexibilidad de un
consumado prosista, pero es necesario afirmar que no tiene la afluencia,
ni la armona, ni la fluidez que deben adornar al orador. Es un hablador
delicioso  quien se escucha con ms gusto en conversacin familiar que
sobre la tribuna. Es el rey de los pasillos. Discurriendo en aquella
atmsfera ms ardiente y menos hipcrita que la de la ctedra, no tiene
rival. All vierte el Sr. Valera el manantial inagotable de su gracejo.
Los jvenes expresan ruidosamente su alborozo; los viejos hacen el
sacrificio de su paseo: todos forman crculo en torno suyo y escuchan
regocijados la palabra breve, incisa y modulada por un acento andaluz
que se escapa como aguda saeta de los labios del ilustre novelista. Las
exigencias de la tribuna le embarazan sobremanera: as que ha optado con
buen acuerdo por no satisfacerlas y convertir el discurso en sabrosa
pltica.

Entro  hablar ahora del espritu del Sr. Valera, que, como he indicado,
no tiene poco de inextricable y enmaraado. Las puertas de este espritu
me causan cierto temor supersticioso como las de un alczar encantado.
Tanto pienso que hay en l de misterioso y laberntico. Desde fuera se
escuchan ruidos que unas veces semejan risas, otras lamentos.

Despus que oigo hablar al Sr. Valera, no me preocupa tanto lo que ha
dicho como lo que dej por decir; de suerte que cuando ha expresado un
juicio sobre alguna cuestin, nunca dejo de preguntarme: Qu pensar el
Sr. Valera sobre esta cuestin? Quin puede saberlo!

El carcter del Sr. Valera no puede reconocerse en su manera de escribir
 de hablar, porque no pertenece al nmero de aquellos que siguen la
inspiracin del momento, que obedecen  la palabra y no la gobiernan.
Slo los espritus superficiales se abren sin inconveniente para que la
mirada del observador penetre en ellos. La multitud los comprende y los
aplaude; pero esta facilidad con que son comprendidos significa, en
ltimo trmino, que pagan tributo servil  la inspiracin del momento,
que carecen de esa plstica necesidad propia de los grandes artistas. La
multitud no puede medir jams el horizonte en que se mueven los grandes
espritus. Considrese por qu el Sr. Valera jams ser un escritor
popular. El pueblo jams ver al travs de las nieblas que flotan sobre
su espritu, jams llegar  descifrar la charada de su carcter, jams
entender esos refinamientos  _tiquis miquis_ (como l los llamara)
psicolgicos con que se complace en amasar sus novelas. Son muy pocas
las mujeres que han podido dar fin  la lectura de su _Pepita Jimnez_.
Pesada  incomprensible les parece,  cuando ms, slo advierten en ella
los rasgos vulgares con que se disfraza el pensamiento.

Sin que yo trate de escudriar lo que pasa en el cerebro del Sr. Valera,
pienso que es un espritu engendrado por la civilizacin helnica ms
que un producto del movimiento cristiano. Tiene una naturaleza demasiado
realista, y se entrega sobradamente  las alegras y dulzuras de la
vida, para que le seduzcan las tendencias ascticas, iconoclsticas y
espiritualistas que caracterizan al cristiano. Ama y se penetra de todo
lo que vale la existencia, y goza con esa majestad propia del que tiene
conciencia de su divinidad. Tengo entendido que nuestro orador no se
macera como el padre Snchez, privndose del tabaco, del caf y de
otros productos ultramarinos. En cuanto  aquellos otros que el sol de
Andaluca sazona y torna tan dulces, tampoco juzgo que sienta demasiado
horror por ellos, recordando el ltimo captulo de _Pepita Jimnez_. Y
no se me enoje el Sr. Valera porque no le tenga por un San Antonio, pues
 tiempo est para serlo si le place seguir sus huellas y desea ver,
como la de aqul, su imagen de madera honestamente vestida con muchos
pliegues adornando bajo un fanal la celda de alguna devota. Nada ms
fcil que el Sr. Valera enderece el da menos pensado sus torcidos
pensamientos y los incline hacia el padre Snchez, y por el padre
Snchez consiga la bienaventuranza, desde donde tal vez en recuerdo de
estas lneas me dispense la merced de un milagro que estoy necesitando
hace tiempo. Lstima es que el Sr. Valera no crea en los milagros! Pero
qu acabo de decir? Advierto que el insigne novelista se ha ruborizado
hasta las orejas y me hace seas para que calle. Si soy ms
indiscreto!... Qu necesidad tena de saber la elevada sociedad donde
el Sr. Valera se agita que no cree en la eficacia del agua de Lourdes!
El comercio con una sociedad distinguida, culta y espiritual, el trato
ntimo con hermosas y aristocrticas damas que nos celebran y nos
aplauden, que nos sonren al vernos aparecer y nos estrechan dulcemente
la mano al partir, merece bien que alguna vez reservemos y hasta
sacrifiquemos nuestra opinin. Pars bien vale una misa!

Transijo, pues, con que el Sr. Valera sea un hombre de orden entre las
damas, y despus de dar  luz  D. Luis de Vargas, vaya  rezar con
ellas novenas  San Luis Gonzaga, porque son cosas stas que nacen y
mueren con el individuo; pero que tan esclarecido ingenio tenga el mal
gusto de entonar loas  la Inquisicin y al fanatismo religioso del
siglo XVI en plena Academia Espaola, le digo  usted, seor D. Juan,
que esto me ha conturbado penosamente. Usted y el Sr. Nez de Arce, 
quien muy de veras aprecio, son dos sabios de primera fuerza, como dira
_La Correspondencia_. Son ustedes tan eruditos, tienen tanto talento y
son tan liberales, que cuando de ustedes hablo, no puedo remediarlo, se
me cae la baba como si les hubiera enseado algo. Imagnese usted ahora
la rabieta que habr tenido al ver la dureza con que atacaba usted al
Sr. Nez de Arce, que es tan buena persona, para defender al bribn de
Torquemada! Es mucho afn de llevar la contraria!

He dicho que transiga con la devocin aristocrtica del Sr. Valera
porque me parece de todo punto inofensiva. Yo no soy de los que
excomulgan  un demcrata por haberle hallado besando la mano de una
dama encopetada. Goethe supona que la mano ms digna de ser besada el
domingo era la que haba cogido la escoba el sbado. Me adhiero con toda
el alma  esta delicada lisonja que el gran poeta dedica  las hijas del
pueblo. Mas para que la verdad quede en su punto, es necesario hacer
constar que la escoba no tiene el privilegio de embellecer las manos,
antes por el contrario las torna duras y acrece sus dimensiones. Por lo
que no es gran maravilla que el Sr. Valera, y con l otros muchos, sean
ms dados  adorar manos aristocrticas que plebeyas.

Pero estos instintos que alejan  ciertos escritores y oradores
demcratas de lo que ha dado en llamarse cuarto estado y los arrastran 
las doradas mansiones de los nobles, responden adems  una verdadera y
plausible disposicin del espritu, que detesta lo vulgar y lo
adocenado, que ama lo brillante y lo distinguido.

Ernesto Renan ha convertido en sistema lo que no pasaba de vergonzante
inclinacin, pretendiendo sustituir  la aristocracia de la sangre, que
ya no tiene ninguna significacin positiva en nuestra poca, otra ms
verdadera y respetable: la del talento.

En efecto, ya estamos cansados de que por un palo ms  menos oportuno y
fecundo en consecuencias, aplicado en tiempo del rey que rabi, llamemos
hoy todava  un descendiente del nclito apaleador Marqus del
Real-Trancazo. Cunta mayor razn existe para expedir ttulos de
nobleza  los que han dado  la humanidad una obra imperecedera? Por
qu no habra de titularse el seor Castelar Prncipe de la
Elocuencia, el Sr. Valera Barn de Pepita Jimnez, el Sr. Revilla
Marqus de las Dudas y Conde de las Tristezas?

Lo dicho basta para comprender que, si bien el Sr. Valera es un bravo
campen de la idea democrtica, no se juzga obligado por esto  comer
callos y caracoles. Ama la atmsfera perfumada de los salones y se aleja
del pueblo que no se lava con jabn de olor.  lo que es igual, algunos
sienten al pueblo en el corazn; el Sr. Valera lo siente en la nariz.

Doy de mano al carcter del Sr. Valera, porque me siento sin fuerzas
para llevar adelante mi exploracin. Temo llegar  ser indiscreto (si es
que ya no lo he sido) levantando un poco ms la punta de la cortina.
Veamos si para terminar logro dar mayor precisin al gnero de su
oratoria.

Es una elocuencia original la del Sr. Valera. Procede en sus discursos
con un tan ameno desorden, que nadie echa de menos la ausencia de
proporciones y la excesiva copia de incisos y parntesis. Es una
conversacin que el Sr. Valera sostiene con el pblico, sin que nadie le
interrumpa. Dice todo cuanto le viene bien; pero por un extrao capricho
quiere hacer pasar por pueriles indiscreciones las ms acerbas de sus
diatribas. Es regla general que yo entrego  la delicada observacin de
mis lectores; cuando el Sr. Valera hace una salvedad, es que nada deja 
salvo; cuando vacila, es que est muy decidido; cuando su intencin era
otra, no lo duden ustedes, era la misma.

Pero esto es llamarle embustero, me dir alguno. Distingo, digo yo
siguiendo el ejemplo del padre Snchez. Cuando Moiss, por encargo
divino, escribi las tablas de la ley, prohibi en absoluto la mentira,
pero lo hizo sin contar con el Sr. Valera. Al lado de la regla debi
establecer,  mi juicio, la excepcin y conceder carta blanca  nuestro
orador para decir cuanto se le ocurriese, fuese verdad  no. Pues qu,
no valen ms las mentiras del Sr. Valera que las verdades de todos los
dems? Cunto ms chistoso es el Sr. Valera que Pero Grullo, con ser
ste el hombre de ms verdad que se ha conocido? Adems, nuestro orador
sabe desenterrar con mucha oportunidad verdades que yacen en el polvo
injustamente olvidadas. Cuando alguno de esos seores que pasan la vida
sobando manuscritos, echa sobre los tiempos pasados todo el color rosa
de su paleta, con qu alegra veo al Sr. Valera tomar el pincel y
arrojar sobre el rosado cuadro unas docenas de manchas rojas  negras!
Sale un orador lamentndose de la inmoralidad del teatro moderno? Pues
ah tienen ustedes al Sr. Valera demostrndole inmediatamente que no
sabe lo que se dice, porque nuestro teatro de los siglos XVI y XVII es
bastante ms inmoral que el presente. Quiere algn otro ensalzar el
fervor religioso de otras pocas? Pues el Sr. Valera pone con presteza
de relieve cuanto haba de brutal  irrespetuoso en este fervor. Todo
sazonado con tan graciosos y picantes ejemplos, que ordinariamente el
inadvertido reaccionario vuelve  su guarida maltrecho y amoscado para
no salir ms de ella.

Doy fin  estos renglones haciendo presente  mis lectores que cuando
sientan impulsos de ahuyentar por algn tiempo sus pesares sin menoscabo
de la pureza del espritu, dirijan sus pasos al Ateneo de Madrid, y si
el Sr. Valera est hablando, sintense para escuchar humildemente la
palabra ms culta, ms ingeniosa y ms chispeante de nuestra patria.

[Illustration]

[Illustration]




D. JOS MORENO NIETO


[Illustration: L]ARGOS aos hace que el Ateneo de Madrid guarda en su
seno como precioso tesoro un hombre estudioso, modesto y elocuente.

Cuando este hombre, arrobado por el canto de la sirena poltica, ha
querido lanzarse en sus revueltas aguas, se le ha visto, como el que
despus de un plcido sueo abre los ojos en lbrica estancia donde el
vicio desentona con procaz algaraba, llevarse  ellos las manos,
vacilar y estremecerse como si le doliera aquel contacto,  inclinando
de nuevo la cabeza, sumergirse en el ter de los gratos sueos.

Silencio! No le despertemos.

Este hombre, movindose con embarazo por las sinuosidades y asperezas de
la poltica, es el ruiseor que bate sus alas y mueve su lengua en medio
de los buitres.

Todo consiste en que no es hbil, segn dicen.

Acaso consista en que no sabe arrastrarse, pensamos nosotros. De todas
suertes, poco nos importa la personalidad poltica del Sr. Moreno Nieto,
puesto que se halla eclipsada totalmente por la del orador y la del
sabio. Vamos  decir algunas palabras sobre la oratoria del Sr. Moreno
Nieto, en cumplimiento del compromiso formal que con el pblico hemos
contrado.

El Sr. Moreno Nieto estudia mucho, acaso ms de lo que fuera menester, y
escribe poco, casi nada. Esto produce un doble resultado: primero, una
asombrosa erudicin en las ciencias  que predominantemente se consagra,
que son las llamadas morales y polticas; despus, cierta vaguedad 
indisciplina en el pensamiento, que le hacen aparecer  los ojos de sus
adversarios como desprovisto de conviccin y de firmeza en sus
opiniones. Cualesquiera que sean las mudanzas  que el Sr. Moreno Nieto
haya cedido en el curso de su laboriosa vida, yo s con toda certeza,
sin embargo, y as lo declaro paladinamente, que no responden ni al
clculo ni  la ligereza; fruto son del examen y el estudio.

El Sr. Moreno Nieto no escribe, volvemos  decir; pero habla, y habla
con pasmosa facilidad. Con mayor, jams hemos odo hablar  nadie. Esos
soplos dbiles y fugaces del pensamiento, que en los dems no bastan 
despertar la lengua, en l son chispas que le abrasan y retuercen; esos
inefables sentimientos que en el fondo del corazn duermen, sin
definirse, se hablan y definen por su boca; los vagos y tenues rumores
que se escuchan apenas en los profundos abismos del alma llegan  su
odo distintos y atronadores. Pudiera decirse que el seor Moreno Nieto
cuando habla pone un cristal en su pecho para que todos, grandes y
pequeos, vayamos  contemplar las alegras y las tristezas, los
triunfos y los desmayos, las luchas y los dolores de un corazn elevado
y generoso. El resultado de esto es que,  pesar del mpetu y violencia
con que salen las palabras de su boca, verdadera lava que va  caer
derretida sobre las cabezas de sus adversarios, le miren stos con
particular cario, contentndose con sonreir maliciosamente mientras
habla, y con exponer alguna de las contradicciones en que incurre,
despus que cesa. Maravilloso poder de la ingenuidad! Los mismos que
levantan murmullos de protesta cuando algn orador atusado y relamido
empua la bandera de la tradicin, acogen con salvas de aplausos las
descargas cerradas del seor Moreno Nieto. Y en esto puede reconocerse
con toda precisin la antigedad que cada cual goza en la casa. Los que
por primera vez acuden al Ateneo para sentarse en los bancos de la
izquierda, vseles alterados  impacientes al escuchar aquella granizada
de denuestos con que el Sr. Moreno Nieto salpica sin cesar las doctrinas
que combate, y es indispensable que los veteranos, para evitar
conflictos, los sujeten por los faldones, dicindoles al odo al propio
tiempo: Sosiguese usted, compaero; ya ver usted cmo no es nada.

La facundia de este orador es imponderable. Despus de hablar dos horas
y media, sale sigilosamente del saln con nimo de engullir un sorbete,
clebre ya en los fastos del Ateneo. Desdichado! Los sabuesos que dej
malparados en la contienda le siguen de cerca y le alcanzan en la puerta
de la Biblioteca. Acorralado all, se defiende siempre hasta quemar el
ltimo cartucho, que es la postrera palabra que expira de sus labios.

El palenque est abierto. La voz de los ujieres,  guisa de clarn,
acaba de anunciarlo. Todos presurosos acudimos  colocarnos en aquellos
potros, verdadero baldn del ramo de ebanistera que reciben el nombre
inverosmil de butacas. La izquierda ostenta sus ojos brillantes y
negros cabellos. La derecha exhibe su frente venerable y la grave
rigidez de sus modales. El leal caballero se presenta. Pero qu es lo
que acontece? El caballero acaba de lanzar su bridn  la carrera.
Virgen de las tormentas, qu acometida!

Su lanza salta en mil pedazos. Empua la espada y se revuelve dando
furiosos mandobles. Pero qu es lo que va persiguiendo all abajo? Ah!
ya lo veo, es la filosofa de Krause. Rechina su armadura y el polvo
enturbia los aires.

Torna y vuelve  arremeter con creciente denuedo. Quin resiste al
diluvio de estos golpes! Huyamos. Tendr al menos un tendn vulnerable
como Aquiles?

Quiz, y  buscarlo se aplican con ahinco varios campeones.

Muchos aos hace que el caballero viene ejercitando su valor y bizarra
en estas contiendas, y la experiencia no le ha enseado  preparar
traidoras emboscadas ni  tejer insidiosas asechanzas. Lucha con
bravura, pero siempre de frente y alzada la visera.

Como la pitonisa que asciende sobre el trpode, y al recibir en su
frente los vapores pestilentes de la cisterna, siente el fuego de
misteriosa llama, y se agita y se retuerce presa de fatal impulso, as
el Sr. Moreno Nieto, subiendo  la tribuna y al aspirar los hmedos
vapores de la pelea, se ve posedo de un calor desconocido que forja sin
cesar pensamientos cada vez ms luminosos y frases cada vez ms
hermosas. El alma sube entonces  los ojos y quiere salir al exterior.

El orador vive para leer, como la sibila, los secretos inextricables del
porvenir, y llora tambin con sublime emocin sobre las ruinas poticas
del pasado. Espritu generoso, escruta con ansia los lazos invisibles
que unen las aspiraciones del presente con la historia, y los presenta 
nuestros ojos con vigorosa elocuencia.

Algunas veces se vislumbra que su alma, poseda de espanto ante las
recias y fragosas contiendas del pensamiento filosfico, se aferra con
ms ansia que absoluta conviccin  una creencia. Esto, no puedo menos
de confesarlo, me inspira hacia l profunda simpata. Los dolores que
sufre nuestro cuerpo son tan crueles, que nos hacen exhalar agudos
gritos. Pero qu me decs de esas luchas invisibles en que el alma se
tortura y se abrasa da y noche, latiendo sin cesar dentro del pecho
como si albergramos en l pequea bestia? No veis con qu ardor lima
ese cautivo las rejas de su crcel? No le veis caer rendido y jadeante,
con el llanto y la angustia en los ojos? Qu cosas tan tristes volarn
por su pensamiento! Respetemos este dolor y amemos  los hombres que
trabajan por abrirnos las puertas del infinito.

Dicen que los rabes, forzados en sus largos paseos por el desierto  un
ayuno continuado de palabras, si la ocasin se presenta, saben darse
harturas ms que regulares de pltica. El Sr. Moreno Nieto, despus de
peregrinar largamente de un cabo  otro de la Biblioteca durante varios
das, se dirige  la seccin, y con tal apetito entra en el debate, que
no le bastan para saciarlo varias horas. Nos hace recorrer con velocidad
que causa vrtigo todo el panorama de las cuestiones vitales, y saltando
de astro en astro, visitamos en corto tiempo todos los puntos luminosos
que brillan en el cielo del pensamiento. Quin se atrever  censurar
las metamrfosis de sus ideas? Por acaso no hay hermosuras en todos los
parajes del camino recorrido? No hay tambin en todos ellos
indignidades y torpezas? Son muchas las flores de donde su inteligencia
podr extraer la miel sabrosa. Mucho tambin es el cieno donde sus alas
corren peligro de mancharse. Si la humanidad muda diariamente de
creencias y opiniones, qu podr ser la individual firmeza!

Jams emplea la chanza  la burla para atacar las doctrinas que tiene
enfrente. Cuando es objeto de ellas, su indignacin sube de punto y se
irrita y exaspera, pero la rabia de que se siente posedo  nadie
infunde pavor ni miedo. Tiene un dejo de infantil inocencia que la hace
simptica ms que repugnante.

El conocimiento que del auditorio tiene es, si la paradoja valiera,
inconsciente; sabe apreciar en globo los efectos, pero no llega su
penetracin  graduar los ltimos registros. El perodo sale terso casi
siempre, pero el mpetu que trae lo prolonga  menudo ms de lo
conveniente, rebajando un poco su belleza.

Aunque la palabra es fogosa y la entonacin acalorada, apenas se vale de
imgenes para expresar su pensamiento. Cuando las emplea, son animadas y
del mejor gusto.

Resumamos el carcter del Sr. Moreno Nieto.

Elocuente y un poco ms impetuoso de lo que fuera necesario. Carece de
los recursos del orador experto, porque en el Sr. Moreno Nieto nada
pende de la experiencia, y todo de su genio vigoroso y espontneo. Es en
el ademn arrebatado, pero noble y simptico. Por ltimo, en la
incontestable vacilacin que se observa en sus ideas, creemos ver
reflejada esa lucha sorda, pero profunda, en que viven los
entendimientos de este siglo tan grande y tan desgraciado!

[Illustration]




D. MANUEL DE LA. REVILLA


[Illustration: H]E aqu que el Sr. Revilla surge ante mis ojos y ya
adopta la figura ms graciosa para ser retratado. No le hagamos esperar.
Tiene fama de impaciente, y pudiera marcharse dejando  mis lectores
defraudados, y  m corrido y boquiabierto con la pluma tras la oreja.

Todo el mundo ha puesto las manos sobre el seor Revilla. Y por si estas
metafricas manos le hacen cosquillas, me apresuro  explicar el tropo
diciendo que el Sr. Revilla ha dado ya mucho que decir en el curso de su
vida. Yo mismo, que soy una especialidad en no decir nada, sobre todo
cuando no me preguntan, confieso que he murmurado de este orador un
poco, en cierto nmero de _La Poltica_, que no recuerdo en qu mes ni
en qu ao vi la luz. Algo de lo que entonces dije habr de repetir
ahora. Mas no ser poco lo que necesite callar, pues la fisonoma moral,
como la fsica, sufre por virtud de los aos grande y atendible mudanza.

Al hablar del Sr. Revilla, juzgo necesario despojarme de aquella
simpata personal que pudiera conducirme  un entusiasmo sobrado
ruidoso, para manifestar, con toda imparcialidad, mi serio y leal
entender sobre su persona. Ninguna prueba ms clara de aprecio puede
darse  un grande espritu que presentar sus defectos al lado de los
mritos que lo realzan. Porque de esta suerte asegura su reputacin
contra la malevolencia, y la guarda tambin de una vil y funesta
lisonja.

Una de las cualidades que la opinin se empea en sealar con ms
insistencia al carcter de nuestro orador, es la de ser profundamente
escptico. Sobre tal escepticismo, fuerza es que discurramos brevemente.
El Sr. Revilla no es un escptico de pura sangre, de aquellos que salen
al mundo haciendo muecas al cura que los bautiza y lo dejan con una
helada sonrisa de desdn; almas provistas de concha como la tortuga, en
las cuales el sol de la religin no consigue hacer entrar sus rayos, ni
el amor humano logra introducir su elixir de vida. No; el Sr. Revilla es
un escptico de ayer, un escptico novicio, y por eso incurre en todas
las imprudencias y sinrazones del nefito. Ms que escptico, es un
creyente avergonzado, que perdi su fe en la verdad porque la hall
ridcula. Si la verdad se ostentase siempre bella  fuese de buen tono,
como ahora se dice, nunca dejara de contar al Sr. Revilla entre sus
adeptos. Mas aqulla afecta en ocasiones formas rudas y desgraciadas, y
el Sr. Revilla ama demasiado  la esttica para consentir en privarse,
ni por un instante, de sus tiernos halagos. De aqu que se preocupe ms
por seguir con escrupulosa exactitud los vaivenes de la moda en el mundo
cientfico que de aquilatar con paciencia la verdad  el error de cada
nueva teora. Su inteligencia, un tanto impresionable, le arrastra todos
los das por distintos y peregrinos senderos. Y hago observar que as
como el escepticismo corriente se caracteriza por no creer nada, el del
Sr. Revilla, ms original, consiste en creerlo todo por etapas. Su
viajero pensamiento se columpia como una oropndola y discurre con
increble agilidad por todos los sistemas religiosos  sociales haciendo
noche fatigado en los yermos de la duda. La duda! La duda no es para el
Sr. Revilla la llave de la sabidura, sino una deidad misteriosa 
incitante  quien su confundido entendimiento rinde fervoroso culto.

No soy de los que creen en la absoluta necesidad de afiliarse  una
secta filosfica  poltica; pero s abrigo la conviccin de que urge
para todo pensador el crearse un sistema de verdades, sin el cual
pensamiento y conducta marcharn siempre vacilantes. Por lo mismo no
reprocho al Sr. Revilla sus geniales deserciones, sus transacciones 
sus intransigencias. Lo que me atrevo  censurar con todas mis fuerzas
es que por mostrar discrecin,   guisa de solaz, haga frente  cada
escuela con las doctrinas de su contraria, sin que alcance  recabar de
estos conflictos su poderosa inteligencia otra conclusin que la que
deducen los espritus vulgares del choque de los sistemas, esto es, que
todos por igual son falsos y mentidos.

Mas dejemos al Sr. Revilla, filsofo, entregado  las enervantes
caricias de la duda, y salgamos del ocano amargo de la censura para
entrar en las dulces aguas del aplauso. El Sr. Revilla podr no ser un
filsofo, y de hecho le falta mucho para serlo, pero es fuerza convenir
en que tiene bastante para ser uno de los entendimientos ms
privilegiados que hoy posee nuestra patria. Es uno de esos talentos
insinuantes y serenos  propsito para sortear los escollos de la vida,
porque al modo de ciertos metales, es dctil y maleable. No quiero decir
con esto que carezca de vigor, pero es ms audaz que vigoroso. Se ofrece
como uno de esos hombres que nadie sabe de dnde vienen ni  dnde van,
pero que todo el mundo conoce perfectamente dnde se les encuentra. Vive
en la polmica, en la incesante batalla que tienen trabada las escuelas,
y lucha, ya de un lado, ya de otro, con una  con otra ensea, porque

    _sus_ arreos son las armas,
    _su_ descanso el pelear,

esgrimiendo la lengua con aquel denuedo y bizarra con que Orlando daba
vueltas  su espada.

En la polmica es donde el Sr. Revilla pone de manifiesto lo perspicuo y
lo flexible de su ingenio. Por abstrusa que la cuestin parezca,  por
lejana que se encuentre de su recto camino (y cuenta que en el Ateneo
las cuestiones son bastante dadas  irse por los cerros de beda), as
que el Sr. Revilla se apodera de ella, se esclarece y depura cual si
entrara en un crisol. Conviene advertir, no obstante, que el Sr. Revilla
ve con asombrosa claridad los aspectos ms capitales de todo asunto,
pero acostumbra  dejar en lamentable abandono los detalles. Tratndose
de problemas sociales  religiosos, este lgico porte antes parece
plausible que vicioso, porque la vaguedad con que las ms de las veces
se plantean, lo reclama. Mas en achaques de arte suelen jugar los
detalles un papel principalsimo, alumbrando  oscureciendo el
pensamiento generador de la obra. De aqu que el Sr. Revilla, como
crtico, no tenga,  mi juicio, aquel puro sentido artstico que en vano
se busca en los tratados de Esttica, porque slo reside en una
naturaleza fina y exquisita socorrida por una larga y atenta
contemplacin de obras artsticas. En una palabra, creo que el Sr.
Revilla no tanto posee el sentido como la ciencia del arte.

Pero es ya tiempo de estudiar sus condiciones de orador. Todos los
reproches y censuras que como pensador pueden dirigirse al Sr. Revilla,
deben cesar al tiempo mismo que como orador se le considera. No le dot
Dios de aquel sublime calor que enrojece el pensamiento del Sr. Moreno
Nieto, merced al cual se consigue inspirar y apasionar al auditorio;
pero concedile el don sealado de dominar absoluta  incondicionalmente
la palabra. sta responde siempre con escrupulosa exactitud  los ms
ligeros choques del pensamiento, y camina con gran desembarazo por sus
pliegues ms profundos. La inteligencia es viva, y ejercita las
transiciones repentinas con una facilidad que maravilla. Parece que el
orador jams se encuentra dominado por un pensamiento nico que le
dirija y avasalle, sino que todos los evocados por su mente se le
presentan con la misma pureza en las lneas y la misma intensidad en los
colores. Esto me hace presumir que el Sr. Revilla mantendra con la
misma soltura el pro y el contra en todas las cuestiones.

Maneja la irona con buen xito, y  esta arma debe muchos de sus
triunfos. Tiene gran perspicacia y ve la situacin de un solo golpe,
hiriendo con firmeza  su adversario en los sitios vulnerables, pero
haciendo resbalar con sutileza el cuerpo cuando se siente cogido entre
sus brazos.

Recuerdo que en una ocasin cierto ministro, al entrar en la Cmara,
respondi satisfactoriamente  una compleja interpelacin que no haba
odo, ganando por esto y otras cosas semejantes fama de diestro.

Pues bien: el Sr. Revilla, tratndose de ciencia (que es algo ms frgil
y delicado que la poltica), sabe discutir con brillantez las cuestiones
que no ha estudiado ni pensado previamente. Es tan formidable
improvisador de teoras como el P. Snchez de citas. Solicitado el
pensamiento  la continua por una fantasa inquieta y afilada, trabaja
con bro durante la peroracin, y cuando llega el momento de reposo,
presumo que muy quedo le dir: Tambin por esta vez te he sacado del
aprieto.

No es en la entonacin ardiente, como el Sr. Moreno Nieto, sino grave 
insinuante. La diccin es correcta, y repito que la maneja por entero 
su talante. El ademn noble y circunspecto, aunque deja traslucir un
poco al pedagogo.

[Illustration]

[Illustration]




D. GABRIEL RODRGUEZ


[Illustration: S]ENTADO en un rincn de la estancia, y medio oculto
entre un divn y una silla, gozando de la ltima rfaga de la luz que se
iba, y entregado  la dulce voluptuosidad de no pensar en nada, he visto
una vez penetrar con sonora planta en la galera de retratos del Ateneo
 uno de los patricios y notables que en ella figuran. Le he visto
dirigirse, sin vacilar, hacia su efigie, y permanecer ante ella en
atenta contemplacin, un tiempo que no me fu posible medir. Y, sin
quererlo, algunos pensamientos prfidos y traviesos, y vestidos de
encarnado, cual pequeos Mefistfeles, acudieron  mi desocupado
cerebro, y entornaron mi vista hacia aquella muda, pero elocuente
escena. El patricio contemplaba el retrato. El retrato contemplaba al
patricio. Y yo, silencioso, muy silencioso, los contemplaba  ambos.
Parecame asistir  extraa y misteriosa ceremonia de una religin
perdida. El patricio renda con la mirada un tierno y fervoroso culto al
retrato; lanzbale con los ojos todo el incienso de su alma, y hasta se
me figur que sus rodillas se doblaban, buscando con ansia el duro
pavimento.

El retrato, con impasible y fro continente, dejbase adorar sin dar
muestras de que aquel incienso se le subiera  la cabeza; antes bien,
pareca un poco molestado. Yo guardaba silencio, mucho silencio, pero de
mis ojos deba partir un ro de irona, un Mississip de sarcasmos,
porque el patricio separ, con trabajo, su vista del retrato, la volvi
hacia m, y oh, pudor santo y adorable! cual tmida doncella, que
imprudente cazador sorprende en el bao, las tintas de un rojo carmn
tieron sus mejillas. Gir sobre los talones, y sali con breve, pero
cortado paso de la sala. Y yo qued  merced de mis prfidos y traviesos
pensamientos.

Ay! pens; _anch'io son pictore!_ Tambin yo he dibujado con mano
torpe el perfil de muchos de esos seores! Mas  mi pobre galera no
vendrn coronados de pmpanos  celebrar festejos en su propio honor,
como el ilustre patricio que acababa de salir, porque se respira en ella
un ambiente de franqueza y desenfado que los asfixiara!

Y sin embargo, y  pesar de cuantas quejas voy recibiendo, estoy bien
convencido de que no he lastimado  nadie. Yo no puedo lastimar 
aquellos  quienes admiro. Tan slo me he permitido sonreir alguna vez
con el borde de los labios, y volviendo la cara,  fin de que el pblico
no se diera por enterado. Mas si estas mis sonrisas pudieran
molestarles, protesto una y mil veces de su inmaculada inocencia. Son
cndidas y puras, s, como la oracin de un nio  un exordio de Perier!

Quin es D. Gabriel Rodrguez? Vamos  verlo.

Acababa yo de llegar  Madrid de mi insigne cuanto remoto villorrio, y
no hay para qu decir que traa almacenado en el pecho un buen
cargamento de admiracin, del cual he derrochado ya bastante, hasta el
punto de que  la hora presente slo me queda un poco, que procuro
gastar con la mayor prudencia. Pues bien, hallbame cierta noche de
sesin en la ctedra del Ateneo, cuando acert  entrar por ella una
persona de fisonoma noble y expresiva, que llam desde luego mi
atencin. Y ya me dispona  preguntar su nombre al vecino, cuando sobre
un leve rumor que se produjo en torno mo cre percibir el nombre de
Rodrguez. Y no slo percib el nombre, sino tambin algunas frases
dialogadas que me impresionaron vivamente:

Ah est Rodrguez.--Rodrguez?--S; Rodrguez, el que no ha querido
ser ministro.--Eso no puede ser, amigo. Y un eco que se produjo en las
sillas, repiti varias veces: No puede ser, no puede ser, no puede
ser.--Esas cosas es necesario verlas para creerlas. El eco volvi 
decir: para creerlas, para creerlas, para creerlas. Pero ustedes
entienden, seores, que el hombre que no acepta una cartera debe ser
mostrado al pblico  peseta la entrada como un objeto curioso? Aqu se
me figura que el interlocutor era yo. Toqu la fibra sensible, y
entonces todo se volvi patas arriba. Nada me parece ms natural, dijo
uno.--Si para aceptar hoy una cartera se necesita un valor...--Mtase
usted entre esa balumba de expedientes.--Y luego el descrdito... y la
agitacin... En fin, todos convinimos en que no haba en el mundo papel
ms ridculo y desairado que el de un ministro.

Desde aquella noche conceb el propsito de trazar el perfil del Sr.
Rodrguez. Es un hombre tan franco, tan sencillo, tan amable, que no
dudo se alegrarn mis lectores de haberle conocido, y hasta llegarn 
ofrecerle cordialmente su casa.

Rodrguez ha llegado  ser en nuestra sociedad un personaje
aristocrtico, pero en el sentido etimolgico de la palabra, esto es,
uno de los mejores. Es un digno representante de esa aristocracia
democrtica, si fuera lcito expresarme as, que tiene por nicos
blasones, en campo azul--es mi color predilecto, como ya tuve el honor
de advertir,--virtud y talento. En la vida pblica ha sido un caballero
sin tacha y sin miedo, una especie de Bayardo poltico, siempre
dispuesto  romper lanzas con toda suerte de iniquidades. Por eso ha
merecido que debajo de su efigie, repartida  todos los vientos por la
fotografa, se lean sus famosas palabras sobre la esclavitud, las ms
bellas que nunca se hayan pronunciado en lengua castellana. En la vida
privada... Pero yo no tengo derecho  entrar en la vida privada,
siquiera sea para dejar afirmado que nuestro orador pasa con justicia
por un modelo de integridad, de modestia y de laboriosidad. En la vida
cientfica hay de todo y de todo voy  decir, contando con un perdn que
humildemente demando, y que noble y generosamente me otorga el Sr.
Rodrguez.

La inmovilidad es,  mi entender, la cualidad ms hermosa de un
carcter. Despus de las pirmides de Egipto, lo que ms admiro en este
mundo son esos hombres que, encastillados en sus principios morales,
mantienen el alma intacta en medio de las borrascas de la vida. Nadie
puede dudar de mi amor  la solidez. Y, sin embargo, repugno bastante
los sabios slidos. La inmovilidad, que tanto me place en los principios
morales, me parece cosa extraa y hasta ridcula tratndose de escuelas
cientficas. Flotar  merced de todos los sistemas y sealar exactamente
como alta veleta los vientos que reinan en la regin de la ciencia, me
parece pueril; pero dejar pasar en raudo vuelo por delante de los ojos
las escuelas y los sistemas en actitud indiferente, suponindolos 
todos descarriados, lo juzgo insensato.

He aqu por qu siento que el Sr. Rodrguez haya arrojado el ncora
sobre la escuela econmico-individualista y an est fondeado
tranquilamente en su estrecha baha. No soy de los que desconocen los
altos merecimientos de esta escuela, ni pretendo de ninguna suerte
menguarlos. Tengo siempre en la memoria el denuedo con que ri
batallas, combates y escaramuzas contra ese socialismo de baja estofa,
que hoy tambin ha encontrado intrpretes en los debates del Ateneo,
contra ese socialismo que empieza pidiendo herramientas de trabajo, y
concluye negando  Dios. S que la debo muchos y buenos oficios. Oh!,
s, es mucho lo que debe mi pobre entendimiento  la escuela de los
Smith, Say y Bastiat. Cuando ahora cae de nuevo un libro economista en
mis manos, se me figura que recibo la visita de mi buena y anciana
nodriza.  sta la estrecho entre mis brazos, pensando en el amante
esmero con que en otro tiempo puso en mis labios el jugo de la vida. 
aqul le tiendo una mirada cariosa, busco y leo con placer algn
captulo, cuya huella no se haya borrado de mi espritu, y torno 
colocarlo con el mayor cuidado en su estante, recordando que en otro
tiempo ha provisto mi carcaj de escolar con firmes y aguzadas saetas.

Conste, pues, que me duele profundamente el ver al Sr. Rodrguez tan
individualista. Sera muy largo el asunto, y no tengo en este instante
tiempo ni oportunidad para dar explicaciones sobre este mi metafsico
dolor. Da y ocasin llegarn tal vez en que sea ms pertinente el
hacerlo.

Mas el Sr. Rodrguez es un individualista que ha puesto siempre su
palabra y su pluma al servicio de todas las grandes causas sociales. Con
esto y con la aficin que de poco ac se le ha despertado al estudio del
Derecho, todava puede esperarse que rectifique y temple algn tanto su
espritu intransigente. De un hombre de talento se puede esperar mucho;
pero de un hombre de talento y sincero, debe esperarse todo.

Como no acostumbro  ocultar nada, tampoco quiero ocultar al Sr.
Rodrguez uno de los efectos que me produce. He pensado muchas veces que
el seor Rodrguez es el nico que entre nuestros polticos conserva
pura la tradicin progresista. Creo ver en l el nico ejemplar que hoy
nos queda de aquella insigne raza de hombres fervorosos y resueltos,
exagerados quiz en su odio  las instituciones del pasado, como en su
amor  la libertad, pero firmes y generosos en sus pensamientos y en su
conducta. El seor Rodrguez es, como si dijramos, el ltimo
Abencerraje del progresismo. Si algn da tienen mis semblanzas el honor
de pasar  la categora de zarzuelas, pido al ilustre compositor que
lleve  cabo tan meritoria empresa no deje de poner  sta por msica el
himno de Riego.

No ras, mancebo presuntuoso, t que apellidas cndidos  los hombres
del progreso y reservas tus frases ms ingeniosas y sarcsticas para el
momento en que percibes los acordes del himno de Riego. Recuerda que al
son candencioso de este himno derramaron tus padres mucha sangre por
darte la libertad, que acaso t no sabras conquistar. Recuerda que
vibr cual msica de esperanza en los odos de muchos moribundos
mrtires de la libertad y son aterrador en los alczares de los
tiranos. Quiero confesarte una debilidad, joven imberbe. Yo, cuando es
cucho el himno de Riego, creo oir entre sus notas agudas y enrgicas los
gritos triunfales de los hroes que lucharon hasta morir por la madre
patria y por la santa libertad, y derramo lgrimas de gratitud y de
alegra. Lloro, joven escptico, lloro como un cursi!

La oratoria del Sr. Rodrguez es genial y espontnea. No busca ni
esquiva el efecto; esto es, no se entretiene en limar esmeradamente los
perodos, pero tampoco llega su austeridad cientfica, y por ello le
felicito,  despojarlos torpemente de sus galas cuando acuden ataviados
 su lengua. Toda idea, por abstrusa que sea, puede expresarse en un
perodo castizo, sonoro y terso, y no necesita, como algunos suponen,
andar  tajos, barbarismos y mandobles con la gramtica para darse 
luz. Es flido sin dejar de ser sencillo, castizo sin pedantera y
enrgico sin afectacin. Tampoco deja de poseer todo el donaire y
gracejo que caben dentro de los lmites que le impone la nunca
desmentida y tradicional gravedad de su partido. No echemos en olvido
que, ante todo, es el progresista, es decir, la imagen perfecta de la
aguja imantada que slo abandona por breves instantes la idea que
seala. Pero es el progresista que guarda en su pecho, como precioso
tesoro de padres  hijos trasmitido, toda la fe, todo el aliento y toda
la inocencia de aquel memorable partido. No s quin ha dicho que el
partido progresista vivi durante algunos aos con una idea y una
cebolla. Yo creo que el Sr. Rodrguez sera capaz hasta de prescindir de
la cebolla.

[Illustration]




D. FRANCISCO DE PAULA CANALEJAS


[Illustration: C]UANDO oigo decir que en Espaa abunda el talento, mi
pensamiento va  parar sin saber cmo al Sr. Canalejas. Cuando me dicen
que escasean la diligencia y el carcter, sin saber cmo tambin pienso
en el docto presidente de la seccin de Literatura. Por ms que no acabe
de convencerme de que el talento busca puerto en nuestra patria con
preferencia  otros puntos del globo, no cabe duda que el Supremo
Hacedor mostrse prdigo y hasta rumbn, como ac decimos, y aun se le
fu la mano con alguno de mis compatriotas.

Excelente cosa es el talento! Que lo diga, si no, el Sr. Perier, que en
esta materia es testigo de mayor excepcin. Cuntas cosas buenas se
pueden hacer con talento! Entre ellas, una semblanza de gracioso corte
que agrade  los lectores y no disguste al orador. Lo cual es mucho ms
difcil que inflar un perro.

Para m, el talento del Sr. Canalejas es materia de dogma. Aparte de que
mi entendimiento as me lo dice, tengo otro motivo para creerlo. Es un
motivo fantstico. Han de saber ustedes que all en los tenebrosos
laberintos de mi cerebro, he dado en representarme, sin que tenga
fuerzas para huir esta insensata imaginacin, las ideas y las cualidades
del espritu por los colores de la materia. As que al amor me lo figuro
blanco,  la simpleza rosada, al talento azul, al pas rojo y  los
constitucionales verdes. El Sr. Canalejas lleva siempre delante de sus
ojos unos espejuelos azules. No me cabe duda, tiene talento.

Creo haber dicho ya, y si no lo he dicho lo digo ahora, que el talento
del Sr. Canalejas est contrarrestado por un carcter enteco y
tornadizo. Esto al menos se dice de pblico, y esto debemos creer
pensando mal, que es la mejor y ms fcil manera de acertar. En el
espritu del Sr. Canalejas han contrado matrimonio un talento macho y
un carcter hembra. Y como este matrimonio no se ha verificado como el
Santo Concilio de Trento lo dispone, para los buenos creyentes es un
nefando concubinato.

La voz del pueblo (_vox Dei_) acusa, adems, al seor Canalejas del feo
pecado de holgazanera. Confesemos que en esta ocasin la voz de Dios ha
dado un gallo. Para m el Sr. Canalejas es un prodigio de actividad.
Slo con actividad, y con mucha actividad, se alcanza un nombre
esclarecido en la literatura, en el foro y en la filosofa. Pero nuestro
presidente sostiene lucha desigual, que agotar sus fuerzas, con un
enemigo terrible: el tiempo. El tiempo es la materia primera de todo
sabio, y sin ella no es posible laborar ciencia. As se explica que el
seor Canalejas aborde con denuedo todos los problemas del pensamiento
humano y los abandone cuando an no est bastante saturado de ellos. Yo
hubiera deseado ms verle ahondar en la ciencia de la esttica, que
tanto contribuy  propagar en nuestra patria, que hallarle cual frvolo
mancebo requebrando de amores, ora  los estudios de erudicin
literaria, ora al derecho, ora  la filosofa. Necesito hacer una
salvedad. Si el Sr. Canalejas se ha dedicado al estudio del
Derecho--incompatible,  mi juicio, con otros de distinta ndole--por
pura aficin  deseo de saber, merece que le censuremos acremente. Mas
si ha dedicado sus talentos  la jurisprudencia tan slo para alcanzar
por su intercesin lo que no ha podido recabar por vas ms amables,
entonces slo nos resta lamentarnos amargamente de que en nuestro pas
necesite un literato insigne sacrificar su vocacin en aras de las
necesidades fsicas.

He dicho que el Sr. Canalejas tena talento, y no me vuelvo atrs. Sobre
que sera igual que me volviera, pues no dejara por eso de tenerlo.
Conviene que determine ahora de qu clase es su talento. Acerca de esto
no puede existir duda alguna: el talento del Sr. Canalejas es
esencialmente crtico. Como crtico no tiene rival hoy en Espaa. Vaya
usted  averiguar ahora por qu un hombre que posee dotes
extraordinarias de crtico no piensa en criticar nada. Para la
resolucin de este problema recurdese lo que he dicho en el comienzo de
este artculo. De todos modos, es imperdonable que el Sr. Canalejas
abandone el campo de la crtica, principalmente de la crtica dramtica,
 la impotencia petulante  insufrible de los literatos menores que hoy
la tienen monopolizada para baldn de las espaolas letras.

Las cualidades que lo realzan como crtico menoscaban su elocuencia, de
la cual tiempo es ya que hablemos. Un crtico es un hombre que necesita
criterio firme, talento analtico, diccin correcta y juicio sereno. No
dir yo que estas aptitudes sean para el orador cosas superfluas, pero
me atrevo  creer que tampoco son de primera necesidad. Tengo para m
que el docto lector ha enderezado ya su pensamiento hacia un insigne
orador del Ateneo, y lo est desmenuzando sin piedad para comprobar mi
aserto. Caro lector, ten el afilado escalpelo y observa que vas  cortar
la fibra de la pasin y el hermoso tejido de la fantasa.

El Sr. Canalejas pasa por orador de muchas tildes. Con efecto, de tal
modo peina y asea su palabra, que las frases que brotan de sus labios,
por lo afeitadas y relamidas, semejan damas del tiempo de Luis XV. Salen
con el cabello empolvado, las mejillas pintarrajadas y hasta lunares
postizos. El seor Canalejas aspira, por lo visto,  hablar lo mismo
que escribe. Supongamos que lo consigue: tendremos un elegante y castizo
escritor que redacta su prosa con la punta de la lengua, pero no un
orador. La oratoria necesita ms de calor y oportunidad que de tildes.

Pero si no es un verdadero orador el Sr. Canalejas, bien puede
considerrsele en cambio (un cambio que nadie vacilara en aceptar) como
el prosista ms elegante, ms castizo y ms flido que hoy posee el
idioma castellano. Es la prosa del Sr. Canalejas como una de esas
bebidas azucaradas y refrescantes que se toman con delicia en una tarde
calurosa del esto. Si la comparamos con las inmundas pcimas que
diariamente nos hacen gustar las prensas espaolas, parece ambrosa de
los dioses. He aqu por qu leo sus discursos con ms placer que los
escucho. El Sr. Canalejas no pronuncia discursos, los dicta,  lo que es
igual, los pronuncia para el da siguiente. Pero al da siguiente son
una obra tan lcida y primorosa, que merecen llevar  su cabeza el
humeante pebetero de la Academia con la metafrica inscripcin: _Limpia,
fija y da esplendor_.

La palabra de este orador sera flida y expedita si no cuidara tanto de
su alio. Pero el pblico tiene que esperar  que cada una haga su
_toilette_  tocado, como decimos en romance, y ste se prolonga alguna
vez en demasa. No s decir si  esta frialdad que advierto en la
oratoria del ilustre presidente contribuyen aquellos supradichos
espejuelos azules. Creo que s. Los ojos son un poderoso auxiliar para
la lengua, y los del Sr. Canalejas son unos ojos mudos; mudos al menos
para el auditorio, aunque agoten los giros ms expresivos detrs de unas
paredes cristalinas. Los ojos ren, los ojos lloran, los ojos
interrogan, los ojos amenazan. Nada de esto llega  nosotros cuando
habla el orador que nos ocupa. El Sr. Canalejas habla como hablaban con
su boca de slice los antiguos orculos egipcios. Se percibe el
movimiento de los labios, se escucha el ruido de la voz, y nada ms. Los
ojos no varan el curso de la palabra, pero lo iluminan. Cicern no
hubiera confundido  Catilina si gastara anteojos azules.

En cambio, estos anteojos prestan  su pensamiento un optimismo que
escandaliza al Sr. Revilla. La tierra para l es un segundo cielo. Los
campos y las ciudades son azules para nuestro orador. Hasta al Sr.
Revilla lo ve de color de cielo.

Se dice que es discpulo de Krause[2]. Distingamos. Si por krausista se
entiende un personaje extravagante y soberbio que, colndose de sopetn
en la morada de la ciencia, pretende dar con la puerta en las narices 
cualquier otra doctrina que no sea la suya; es decir, si el krausista ha
de ser un ultramontano vuelto al revs, el Sr. Canalejas est muy lejos
de recibir con justicia tal denominacin. Mas si sta significa por
ventura la creencia razonada en todas  en parte de las doctrinas de
aquel filsofo sin constituirse en sectario suyo, bien puede asegurarse
sin temor de calumniarle que es krausista. Que no fueran todos los
krausistas como el Sr. Canalejas, tolerantes, flexibles, y sobre todo
ms estticos en su obrar y decir!

Merced  su talento y  una base metafsica bien asimilada, nuestro
orador habla con lucidez y discrecin sobre todo lo que es asunto de la
ciencia y del arte. Prefiero, no obstante, escucharle cuando diserta
sobre el ltimo punto. Entonces adquiere su frase el ms alto grado de
perfeccin y domina en las palabras como en los pensamientos una armona
que denota la irresistible vocacin de su espritu. No hay duda que el
Sr. Canalejas est formado para amar la verdad por conducto de la
belleza.

[Illustration]

[Illustration]




D. FRANCISCO JAVIER GALVETE


[Illustration: L]A muerte, que todo la quebranta, tambin ha quebrantado
un propsito que haba concebido al inaugurar esta galera de oradores.
Pens que siendo los jvenes de suyo sobrado inquietos para hallarse
bien entre personas de tal gravedad y discrecin como las que aqu han
venido, era prudente no dar cabida en ella  los oradores noveles.

Por otra parte, el carcter de stos ofrece tal vaguedad en los
contornos y estn sus tendencias tan borrosas y confusas, que la pluma
nada acierta  definir con claridad en ellos. Al convertirse en hombres,
acaso mostraran mi semblanza como una de esas fotografas envejecidas y
arrinconadas en lbum aoso que despiertan siempre la risa de los amigos
de la casa.

Pero la muerte envejece ms que los aos. El que muere queda en un todo
definido, y sus rasgos fijados por una eternidad. Es un joven muerto de
quien os voy  hablar.

Poco ms de un mes hace todava que un puado de yeso cerr para siempre
en ttrica estancia el cadver de Javier Galvete, y cuntos le han
olvidado ya! Tal vez  alguno le parezca demasiado tarde para hablar de
l. Har mal en entregar  su indiferencia con este recuerdo el nombre
de un amigo querido? Decdmelo los que escuchasteis por ltima vez
aquella palabra vigorosa y acerada que haca vibrar las conciencias!
Decdmelo los que visteis aquel rostro, lvido por el dolor y por la
duda, mirando por vez postrera hacia vuestros escaos, con los ojos
opacos y ansiosos del gladiador que muere en la arena! S! muri el
atleta del espritu, y el olvido fu la losa que cerr su tumba. Mas yo
tengo motivos poderosos, motivos del corazn, para no asociarme  tal
olvido, y quiero rendir  Galvete con estas lneas un triste y fraternal
homenaje.

Javier Galvete haba alcanzado una madurez de entendimiento fatalmente
prematura. Como ciertos frutos que ostentan desde muy temprano su dorada
corteza entre las verdes hojas del esto, Galvete ocultaba una
inteligencia de gran alcance, bajo una frente de nio. Pero los frutos
prematuros no pueden resistir el mpetu del vendaval ni las tempestades
del verano, y caen y se corrompen en el suelo. As cay Galvete del
rbol de la vida.

De aquellos dos grupos de temperamentos que se reparten el linaje
humano, el uno soador, mstico, entusiasta; el otro, prctico, sereno,
impasible, Galvete perteneca al primero. El mundo indiferente y egosta
en que vivimos era pobre escenario para un espritu tan ardiente y
turbulento como el suyo. Mejor le cuadrara aquel otro de tensin
extrema, de fiebre, que recibe el nombre de Edad Media. En sus locas
empresas, en sus frreos dogmas, en sus intensas emociones, conseguira
tal vez apagar la sed que lo devoraba. Este afn ansioso que senta de
llenar su alma de ideas para engrandecerla, llevle harto temprano, sin
auxilio de nadie y sin medios de fortuna, al pas donde hoy se forjan
los ms altos pensamientos,  la tierra insigne de Alemania. Cmo se
repiti con mi infeliz amigo el viejo cuento germano! La prfida
Loreley, la virgen de los cabellos de oro, disfrazada ahora con el manto
inmaculado de la filosofa, le atrajo con sus cnticos suaves para
hacerle morir traidoramente.

Los que hemos conocido  Galvete nunca dudamos de su mrito y sabamos
bien que no tardara en hacerse la luz sobre su nombre. Mas l
mostrbase indiferente y hasta esquivo  las seducciones de la gloria,
tal vez porque reclamaba toda su atencin la cruel batalla que se rea
en su conciencia. La idea religiosa llen completamente su breve
existencia. Al nacer  la vida de la razn sintise acometido de esa
terrible enfermedad que azota nuestro siglo y que amarga todos nuestros
placeres. La duda impa alojse en su cerebro. Muchos estudios, muchas
vigilias, muchas torturas consiguieron al cabo lanzarla fuera, pero al
salir dej atrs un cuerpo marchito y agotado, propio para servir de
presa  la tisis.

Nada hay ms horrible que esos gritos desesperados del pensamiento que 
toda costa quiere ser accin. Galvete los sinti siempre tronar en sus
odos. Apenas nacidos, ya le atormentaban demandndole una instantnea
realizacin, y su alma y su cuerpo se esforzaban en vano por
concedrsela. Esta lucha le produca fiebre y la fiebre le mataba lenta,
pero seguramente.

La enfermedad es antigua. El espritu del hombre vive en perpetua
agitacin como las aguas del Ocano, sube como sus olas hasta los cielos
y baja tambin  los ms negros abismos. Y as, entre el dolor, la duda
y la esperanza se mueve eternamente el mundo de los seres humanos. Feliz
el hombre cuya vista no penetra la regin de los sueos y de las
ambiciones. Su vida ignorada, apacible, montona, es mil veces ms dulce
que la de aquellos cuyo cerebro pudiera tomarse por guarida de
fantasmas.

Feliz aquel que trata  sus nervios como viles lacayos! Plegue  Dios
que jams se le rebelen ni promuevan algaradas en su organismo! Porque
si la lucha del hogar domstico est pintada con tan sombros colores
por los moralistas, qu debemos pensar de la que existe en el fondo de
la conciencia? S, hombres que sufrs los excesos del pensamiento,
guerra  muerte por dscolo y traidor al sistema nervioso
cerebro-espinal! Loor eterno al prudente tejido muscular! l slo es
fuerte y  la par sensato y honesto.

El mal se ha recrudecido de un modo alarmante en nuestros das. El
vrtigo se ha apoderado de todas las cabezas, quiero decir, de casi
todas. Todo se piensa, todo se medita, todo se proyecta, pero nada se
deja sazonar. El minuto mata al minuto y el pensamiento al pensamiento,
y en esta desenfrenada actividad intelectual se rompe la armona del
espritu y se disipa el encanto de la vida. Y es lo peor que cada hombre
no se resigna  ocupar el sitio que le corresponde en la obra de las
generaciones, no quiere limitarse  cultivar con paciencia el suelo que
pisa, sino que aspira, en los breves das que se le otorgan sobre la
tierra,  resolver todos los problemas,  someter los imperios del cielo
y de la tierra  su dominacin.

Yo no s si Galvete era un hombre religioso  un impo. Los hombres
religiosos que me han hecho conocer desde muy temprano, respiran sosiego
y alegra por todos los poros de sus mejillas frescas y rosadas por
punto general: su marcha es reposada y firme: estn siempre en guardia
contra su pensamiento, y hablan sin escrpulo de todas las cosas que no
se relacionan directa ni indirectamente con el dogma. La Providencia,
pero una Providencia regocijada y prvida, parece habitar en su alma.
Cun diferente de ellos era Javier Galvete, tan brusco, tan flaco, tan
triste, tan inquieto!

Yo he odo decir, sin embargo, que la meditacin sobre la naturaleza de
Dios es un verdadero culto. Nuestra alma se desprende de lo que es
perecedero y finito, y marcha hacia lo absoluto  infinito en alas de la
razn, penetrndose del amor eterno y de la armona del universo. Acaso
sean stas huecas palabras de una filosofa revolucionaria y atea.

Lo cierto es que nuestro joven orador no iba  la moda en materia de
religiosidad, sin comprender que  todo el que pretende romper con la
moda se le levanta una cruz en este mundo.

Como escritor tuvo tambin este ilustre joven la mala ventura de no ver
aprovechadas sus notables aptitudes por la prensa poltica afn  sus
ideas, necesitando poner su pluma, para subsistir, al servicio de otra
menos liberal.

De este ultrajante grillete que la necesidad aplicaba  su inteligencia
durante el da, vengbase  la noche lanzando rojas oleadas de una
oratoria vivaz y atrevida sobre las dormilonas cabezas de los
reaccionarios del Ateneo. Nadie como l logr estremecerlos azotando sin
compasin sus invasoras doctrinas, despus de arrancar  jirones el
oropel con que se encubren. Aquel rostro plido y de algn modo
siniestro, aquella palabra audaz, penetrante, fantica, traan  la
memoria las predicaciones de los primeros campeones de la Reforma. Como
en los de ellos, brillaba alternativamente en sus discursos un
entusiasmo ruidoso, un amargo desengao  una ansiedad febril. Sin
embargo, aunque exaltado  impetuoso en el debate, era dulce y afable
cuando haca reposar su espritu angustiado en el seno de la amistad. Me
complazco en afirmarlo aqu para desvanecer cualquiera duda que acerca
de su carcter pudieran concebir los que no conocieron  Galvete ms que
en las discusiones acadmicas. Se haba erigido en apstol de los
derechos del individuo y del Estado, enfrente de las pretensiones del
tradicionalismo monstruosamente acentuadas en estos ltimos aos, y
acaso mova su lengua con demasiada sinceridad para la usanza de esta
tierra. Su oratoria era profunda y nerviosa. Hablaba con una facilidad
severa y restringida, como aquel que quiere hacer que prevalezca la idea
sobre la palabra. La accin con que se acompaaba tena poca variedad;
era montona, pero se acomodaba bien  ese gnero de oratoria sin
efectos, serena y clara, donde cada juicio vale una sentencia y cada
palabra un hecho. Era una oratoria interior ms que exterior. Los aos
hubieran limado las asperezas de su estilo y los arranques de su
misticismo, y entonces pasara  formar entre los ms grandes oradores.

Pero  qu imaginar lo que pudo ser? Acordmonos ms bien de lo que ha
sido: un joven que pens, que sinti con exceso y que pag con la muerte
el capricho de pensar y de sentir las cosas que tienen sin cuidado  los
dems; un perseguidor infatigable de fantasmas; uno de esos hombres que
en el jardn de la vida se empean en coger tan slo aquellas flores
tristes y simblicas que la fantasa del pueblo ha llamado
_pasionarias_.

La verdad es que el nmero de stas va aumentando de tal modo, que
amenazan cubrir con fnebre manto los vergeles de la tierra. Todos los
antdotos de la filosofa optimista no bastan ya  convencernos de que
esta vida sea ms que una serie dolorosa de tristezas y decepciones. La
muerte va adquiriendo de da en da mayor reputacin entre los hombres
razonables. Y es que la vida debe parecerse  una de esas mujeres
coquetas y abominables de las que nos cuesta gran trabajo separarnos,
pero que, despus de conseguido, nos admiramos de haber amado tanto. Por
el contrario, la muerte es tranquila, serena, inalterable como la virgen
de los ltimos amores. Vale tanto por acaso una vida de dolores y
desengaos como el dulce reposo de lo eterno? Y qu otra clase de vidas
ofrece el destino  los que nacen con talento? El talento es ya por s
una enfermedad, por ms que esta enfermedad, como la de las ostras,
produzca hermosas perlas, y el que lo posee lo arrastra por el mundo con
trabajo. Fuera de los carriles ordinarios de la vida, va tropezando con
todo, chocando con los infinitos obstculos que la preocupacin, el
egosmo y la rutina oponen  su paso, y cuando llega al trmino de su
carrera, que es la muerte, ha dejado ya en jirones por el camino todos
los deseos y todas las ilusiones de su alma. El hombre que muere sabe
que deja en pos de s un universo de desdichas cuyo amargo jugo hubiera
l gustado gota  gota,  prolongarse ms su estancia en este suelo. Lo
que nos hace amar la vida es la seguridad que tenemos de perderla. Sin
esa seguridad, no me cabe duda que la miraramos con desdn, y quin
sabe tambin si con horror!

He visto morir  algunos de mis amigos cuando haban llegado  la
plenitud de las esperanzas, pero no  la de la razn. Pues bien: creo,
despus de considerar atentamente su existencia, que  serles posible,
ninguno volvera de la regin de las sombras, ninguno atravesara de
nuevo la laguna Estigia para mezclarse otra vez con la turba de los
vivos. Galvete menos que todos querra emprender nuevamente su fatigoso
Calvario. l, que ha descifrado ya el enigma tremendo de lo infinito,
conoce bien lo que vale este mundo finito. Algunos, muy pocos,
atraviesan la tierra de da. Galvete la atraves en las horas ms negras
de la noche. Por eso de los hombres como Galvete no debe decirse que
mueren, sino que hacen dimisin de la vida.

[Illustration]

[Illustration]




D. EMILIO CASTELAR


I


[Illustration: C]ASTELAR y el P. Snchez!

No es posible negar que nuestra patria es incomprensible y caprichosa en
extremo. Unas veces se dedica  lo sublime, y sumergiendo su mano en lo
profundo, arranca del rizado mar de su poesa una figura como Castelar.
Otras se entrega con pasin  lo cmico, y despide de su seno entre
muecas y contorsiones oradores como el P. Snchez. Castelar y el P.
Snchez son el alfa y la omega de mi humilde trabajo. He salvado como
pude el paso que media, segn dicen, entre lo ridculo y lo sublime.

Pero abordar el carcter y la fisonoma oratoria del seor Castelar
ofrece un sinnmero de dificultades. La primera y ms principal, en mi
concepto, es la falta de perspectiva. La figura de Castelar, como
orador, dir, empleando una locucin tcnica, que est tallada en
colosal, y es de todo punto imposible, sin alejarse un tanto, apreciar
con exactitud su valor artstico. Confieso que no puedo darme cuenta
cabal del sitio que ocupa en el horizonte del Arte, y entrego por lo
tanto esta mi semblanza  la enmienda de los futuros. Otra de las ms
grandes dificultades que se me ofrecen es el compromiso formal que he
contrado al comenzar mi tarea de eliminar por entero el aspecto
poltico del orador para ceirme exclusivamente  su aspecto acadmico.
Oh! si me fuera dado mirar, siquiera fuese con el rabillo del ojo, al
Parlamento, con cunto grande hombre pondra  mis lectores en
contacto! Les contara la vida y milagros de aquel insigne orador que al
terminar su discurso se sent con la mayor dignidad sobre el vaso de
agua. Y los de aquel otro que tratndose de la langosta pidi la palabra
para una alusin personal. Sin olvidarme tampoco de aquel que al llegar
en su discurso cargado de apstrofes, epifonemas, perfrasis y
concatenaciones  la frase: pensis tal vez, hombres ilusos, que
Napolen... la repiti tres veces, y muri con Napolen en la boca,
realizndose en los escaos del Congreso aquel da un Waterloo de risa.
Pero yo no soy cronista del Parlamento, sino del Ateneo, y es fuerza que
guarde en el fondo de mi pupitre las historias que acabo de mencionar y
otras muchas no menos sabrosas y divertidas. De ello me pesa con toda
el alma, porque estos seores acadmicos tan graves y comedidos que no
son capaces de romper un plato, ni de sentarse sobre un vaso de agua, me
obligan  guardar demasiada ceremonia. Siento que all, por los
laberintos de mi imaginacin, viene, va y torna un espritu retozn y
travieso que est ganoso de reir  toda costa, y me empuja fuertemente 
ocuparme de otra ralea de oradores menos sabios, menos artistas, pero
ms amenos.

Tambin hoy es necesario que dormite en la ms enervante postracin. Se
trata de Castelar, del ms grande de nuestros oradores, y me veo en la
precisin de ponerme el frac y adoptar un continente grave y respetuoso.
Castelar, como orador, no pertenece solamente al Ateneo, pertenece 
Espaa, pertenece al mundo, pertenece  la libertad. La tirana ha
tenido  su servicio grandes filsofos, juristas y hasta poetas. Jams
ha tenido un grande orador. Cicern, Demstenes, Mirabeau, Oconnell y
Castelar son hijos de la libertad. Es que el filsofo, el jurista y
hasta el poeta envan sus cuartillas corregidas  la imprenta, mientras
el orador lanza su alma toda entera, sin tachas ni raspaduras, por la
boca y por los ojos  la muchedumbre. La muchedumbre, que no es capaz de
percibir toda la perfidia que puede esconderse entre los renglones de un
libro, ve con admirable instinto la que se oculta bajo los ojos de un
hombre, y sabe matar con el desprecio al que la engaa.

Castelar, en la ciencia, en el arte y en la vida, representa un
pensamiento amable, pero inverosmil y extrao para nuestra sociedad.
Este amable pensamiento se llama en la ciencia pantesmo, en el arte
realismo y en la vida armona.

Castelar es un campen de la causa de la naturaleza. Es pantesta en el
gran sentido de la palabra, en un sentido fundamental. Esto ha hecho
pensar  muchos que el famoso orador es hegeliano. No puedo creerlo. No
es Hegel el que ha hecho pantesta  Castelar, sino que, siendo el
pantesmo inherente y virtual en su modo de ser, ha permitido que la
filosofa hegeliana influyera poderosamente en su espritu. Pero
Castelar no es el pantesta especulativo que procede con rigurosa
dialctica para encerrar el pensamiento en un sistema, no; es el poeta,
es el enamorado de las formas vivas que percibe con la claridad de un
iluminado el lazo invisible que existe entre los dos aspectos, bajo los
cuales el universo siempre idntico y el mismo se ofrece al espritu y 
los sentidos. La filosofa de Castelar no permanece inmvil y como
cristalizada en el abstracto recinto de una frmula matemtica 
dialctica, es una filosofa que arranca del fondo mismo de su
naturaleza, es una filosofa puramente individual.

Esto significa que nuestro orador no siente la imperiosa necesidad de
dar  la vida soluciones concretas, que es  la postre de todo lo que
hace brotar los sistemas. La vida le parece demasiado rica, demasiado
varia para someterla al imperio de una frmula inflexible y abstracta.
Sin embargo, busca con ansia la generalizacin, la sntesis que son
leyes del espritu, huyendo de un particularismo estrecho y falto de
perspectiva con el que no podra acomodarse jams su elevado
pensamiento.

Esta filosofa individual no puede menos de engendrar una religin
excesivamente flexible y humana. La inmortalidad se ofrece  su
inteligencia como una trasformacin incesante, como un progreso sin fin,
en el cual el espritu llega  agotar todas las formas de la vida
infinita. Esta religin tiene su catecismo en el gozoso panorama de la
Naturaleza. En todas las pginas de este catecismo se encuentra grabado
el excelso nombre de Dios. Mas el Dios de Castelar no es el Dios
crucificado, no es el Dios transido de dolor, sino el Dios en quien se
expresa todo lo que vive y siente, que incesantemente se trasforma, que
incesantemente se modifica, que muere en la naturaleza para renacer en
el espritu, y se ofrece, total y absoluto, en una evolucin infinita.

El arte es una de las formas que ese Dios afecta al bajar sobre la
tierra, y nuestro orador le rinde un culto apasionado. Si he dicho que
Castelar era realista, entindase que no es el realismo efmero de los
tiempos presentes el que le cautiva, sino el realismo que parte de la
clebre frmula de la lgica hegeliana, toda idea es realidad, toda
realidad es idea. La idea realizndose bajo forma sensible, se es el
arte, y artista el que siente palpitar la idea bajo la forma.

No obstante, aunque Castelar representa en la esfera del arte la
apoteosis de la forma, no se le puede acusar de haber alentado con su
ejemplo ese cmulo de producciones frvolas, donde la miseria del fondo
aspira  velarse por los artificios de la forma. El fondo y la forma en
el arte no se distinguen perfectamente como  primera vista parece, sino
que mantienen tan estrecho enlace que es imposible separarlos en la obra
bella. Quin sera capaz de distinguir el fondo y la forma en un cuadro
de Velzquez  en una meloda de Haydn? Castelar expresa bellamente lo
que acude bello  su pensamiento. Ser por ventura responsable de que
algunos se empeen en expresar de un modo bello lo que acude feo y
desgraciado  su imaginacin? Lo que es preciso buscar en el arte, y lo
que nuestro orador alcanza en grado superlativo, es la espontaneidad
individual disciplinada y corregida por la regla, que debe presidir 
toda concepcin artstica para comunicarle las proporciones
convenientes.

Pero se le censura,  mi juicio, con sealada injusticia por el empleo,
segn se dice, abusivo de las formas artsticas. Es opinin demasiado
extendida que Castelar sacrifica la precisin y el rigor, que son los
atributos de la exposicin cientfica, en aras de la fantasa, la cual
quebranta y destruye con sus imgenes el encadenamiento lgico y
necesario con que el entendimiento enlaza, los juicios  los juicios, y
las consecuencias  las consecuencias. Veamos lo que hay de fundado en
esta censura. Indudablemente el empleo de las formas artsticas en el
discurso tiene un lmite, y no hay esttico que no se apresure 
sealrselo. Pero este lmite todos convienen que est determinado, de
un lado por la naturaleza del discurso, y de otro por la naturaleza de
lo bello. La belleza de la expresin contribuye poderosamente  llevar
el convencimiento al nimo del auditorio; mas segn que el discurso se
proponga demostrar lgica y razonadamente una idea  slo infundir el
amor  esta idea  hacerla triunfar en el nimo del auditorio, as se
habr de restringir  extender el uso de la forma artstica.  este
propsito, dice Schiller: Existen dos clases de conocimientos: un
conocimiento _cientfico_ que est basado sobre nociones precisas, sobre
principios reconocidos; y un conocimiento _popular_ que no se funda ms
que en sentimientos ms  menos desenvueltos. Lo que es ventajoso para
el segundo es con frecuencia contrario al primero. Ahora bien: no
debemos echar en olvido que Castelar es el tribuno, no es el disertante,
es el apstol de la libertad y la libertad es una verdad _popular_. No
hay duda que fu necesario demostrarla cientficamente, pero sta es la
obra de la filosofa moderna,  partir de Kant. Castelar concibi la
titnica empresa de hacerla amable en este pas, cuyo sentido poltico
hubieran pervertido largos siglos de tirana y fanatismo. Es el fundador
de la democracia en Espaa, es el propagador de una idea esencialmente
popular y nunca se vi que las ideas populares fuesen difundidas por
maestros y pedagogos, sino por poetas y oradores. El profesor busca en
su discurso un resultado futuro, el desarrollo intelectual de su
discpulo mediante la adquisicin de ideas perfectamente deducidas y
probadas. El orador popular aspira  un resultado inmediato y para esto
es indispensable que trabaje sobre la imaginacin de sus oyentes,
individualizando, haciendo sensibles las ideas. De aqu nace ese estilo
animado, lleno de vida y colorido con que los escritores y oradores
populares como Castelar difunden sus conceptos, el cual representa una
transaccin feliz y armnica entre el entendimiento que busca sobre todo
el encadenamiento, la continuidad, y la imaginacin que aspira  tocar y
sentir la realidad y el calor de las ideas. Castelar, por el esfuerzo de
su naturaleza armoniosa y comprensiva, junta y agrega lo que la
abstraccin haba separado, y en vista de las facultades espirituales y
de las facultades sensibles del hombre, se dirige  l todo entero y lo
atrae por ese encanto irresistible que producen cuando se encuentran
reunidos lo verdadero y lo bello.

En la vida Castelar tampoco representa un fragmento, sino toda la
humanidad. La moderacin y la actividad que se observa en su conducta es
un signo de fuerza. Slo los dbiles son obstinados  impacientes.
Contempla la vida con mirada serena y recoge en conjunto todos sus
elementos sin predominio ni monstruosidades, porque es un espritu
equilibrado. Se ajusta fcilmente al medio y  las condiciones de su
existencia, pero las modifica mediante la influencia de su genio.
Castelar entiende que la vida es un arte y no una fiebre, que la
continuidad moderada de la accin vale mucho ms que una agitacin
estril y morbosa. Por eso no opone diques intiles  la corriente de
las ideas, sino que busca el medio de encauzarla para que le conduzca al
resultado que se propone.

Hay muchos hombres que, aun cuando fabricados de barro como todos los
dems, aspiran  tener la consistencia de los peascos  creen cumplir
con su conciencia ofrecindose inermes al torrente devastador de las
preocupaciones, como aquellos indios que se arrojan voluntariamente
entre las ruedas del carro triunfal de sus dolos para ser aplastados.
Estos hombres merecen respeto por la pureza de los motivos que los
impulsan. Pero es necesario convenir en que no deben ser hombres de
accin en ninguna causa, porque, lejos de contribuir  su triunfo, lo
retardan considerablemente. Tienen un puesto sealado en las esferas de
la pura teora, porque son impotentes para discurrir por los laberintos
de la realidad. La vida es una continua transaccin entre lo ideal y lo
real, y aquel que no sabe transigir no debe acudir  ella.

Castelar tiene un fin que llenar en nuestra patria y lo persigue con un
celo y al propio tiempo con un sosiego que me traen  la memoria
aquellos hermosos y profundos versos de Goethe: Como la estrella, sin
prisa, pero sin tregua, que cada uno se mueva dentro de su propia
naturaleza. No puede petrificarse en la defensa obstinada de uno sola
verdad porque pertenece  su obra y su obra es grande y comprende
muchas verdades. No puede retraerse de la lucha porque el retraimiento
enerva y enmohece la inteligencia. Todava en estos tiempos en que la
vida poltica arrastra una existencia precaria, cuando se ha hecho un
silencio mortal en todos los locutorios de la opinin, cuando no se
escucha el crujir de una pluma sobre el papel, cuando no se mueve una
hoja en los rboles ni una lengua en la tribuna, slo el gran orador es
capaz de sostener la contienda, porque l solo habla un lenguaje que no
es el de las parcialidades polticas, un lenguaje que no lastima  nadie
y que  todos seduce.

Una vez preguntaron  Sieyes: Qu habis hecho durante el Terror?
Qu es lo que he hecho! He vivido. Y haba hecho bastante. Cuando
rodando los tiempos le pregunten  Castelar: Qu habis hecho durante
el perodo del _Silencio_? Qu es lo que he hecho!--podr
contestar.--He hablado. Y aquellos hombres casi no podrn creerlo.


II

Los que voy  trascribir son datos suministrados por un espritu,  si
se quiere trasgo con quien suelo celebrar conferencias de importancia
suma. Es un trasgo verdico, al menos por tal le tengo, pero se ha
dedicado ltimamente, con harta asiduidad para lo que corresponde  un
duende de su significacin,  las lecturas de Hoffman, Poe, Fernndez y
Gonzlez y otros escritores no menos alcohlicos, y me temo un poco que
su cabeza, como la del ilustre hidalgo manchego, no rija de un modo
cabal. Ustedes decidirn despus de haberle escuchado si conserva una
pizca de juicio  si ser preciso oirle como quien oye...  Perier.

No hace muchas horas vino  m con afectado misterio, y me dijo: Ests
escribiendo la semblanza de Castelar, no es verdad? S. Pues yo, que
he vivido con todas las generaciones y en todos los pases, te puedo
comunicar datos interesantes para tu trabajo.--Vengan esos
datos--repuse. Y entonces el fantasma comenz  silbar con sigilo en mi
odo este inverosmil y descabellado relato:

Castelar! Castelar tiene una historia mucho ms larga de lo que t te
figuras. Vosotros sabis admirar y aplaudir  los grandes espritus,
pero rara vez os detenis  estudiar su procedencia  filiacin
histrica, ni las fuerzas ideales anteriores que han concurrido  su
generacin. Vosotros los humanos...--Aqu el fantasma se despach  su
sabor contra nuestra raza y hago gracia  los lectores de su filpica,
que no les habra de complacer gran cosa.

Castelar--prosigui el espritu--es un regalo que el viejo Oriente
enva al Occidente. Sali de la cabeza de Brama cierta noche en que las
estrellas, con un dulce titilar, llamaban el pensamiento hacia lo
infinito, cuando las oscuras ondas del sagrado Ganges relataban muy
quedo  la flor del lotus, que se inclinaba sobre su corriente, los
misterios inescrutables de la muerte, cuando el piadoso anacoreta,
postrado en tierra, murmuraba tembloroso su enigmtica oracin, cuando
el ruiseor turbaba slo el silencio augusto de la naturaleza con su
grito de amor y de esperanza.

El dios luminoso que le diera el ser envile como fiel mensajero de su
abdicacin cerca de su hermano Zeos, y ste le prodig mil agasajos,
haciendo brillar su Olimpo con todo el esplendor de sus encantos
perdurables. Todo cuanto una imaginacin sobrehumana puede apetecer de
dulce y halageo derramlo el monarca de los dioses en su feliz morada
para honrar al venturoso embajador. Hasta se pens en celebrar corridas
de toros, pero el dios Apolo, con su squito de musas, declar
rotundamente que en este caso no tomara parte en las fiestas, y fu
abandonado el proyecto. Aquella serie sin tregua de placeres y delicias
comenz  cansar  vuestro orador, comenz  aburrirle la conversacin
del dios Jpiter, que no le dejaba ni  sol ni  sombra, y lleg 
empalagarle la ambrosa. As que un da, tomando de aqul la regia
venia, descendi por los suaves declives del Olimpo  las llanuras del
tica, y bajo los pltanos del Agora, comenz  arengar  la multitud de
libres cuanto ociosos ciudadanos que all rendan  la sombra culto  la
libertad y al arte.

Despus le vi muchas veces, ya en el taller de Fidias, ora en los
jardines de Academo escuchando atentamente los discursos de Platn, ora
tambin en los misterios de Eleusis dedicado  interpretar los ruidos de
las hojas del rbol sagrado al ser heridas por el viento. Pareca feliz
y no me preocup ms de l.

Largo tiempo despus le volv  encontrar en Roma, cuando sta,
fatigada por las discordias civiles, plegaba sus brazos y bajaba su
orgullosa frente ante la majestad de Octavio Augusto. Fu en una sesin
del Senado. Se hallaba ste reunido en la Curia Hostilia sobre el Foro.
Una docena de lictores que  la puerta vigilaban, anunci la llegada del
cnsul Josefo que deba presidir la Asamblea. Antes de penetrar en el
templo detvose en el peristilo para consultar los auspicios, siguiendo
la antigua prctica. Parecime, sin embargo, que al observar las
entraas de la vctima inmolada, se dibujaba en su rostro angular y
glacial una sonrisa ambigua y poco ortodoxa. Los sacerdotes declararon
que los padres de la patria podan deliberar, y el cnsul entr en el
recinto seguido de su cortejo. Una vez dentro, se aproxim al altar de
Jano (el de las dos caras) y ofrecile incienso y vino. Despus fu 
sentarse en su silla, y como la sesin an no se haba abierto, muchos
senadores rodearon al cnsul departiendo entre s con grande animacin.
Pude notar que aun cuando todos dirigan un diluvio de preguntas al
presidente, ste apenas desplegaba los labios, limitndose  sonreir de
aquella manera equvoca que ya antes me llamara la atencin y  sacar de
su esportilla algunos caramelos que ofreca con agrado  los _padres_.
Estos revolvanlos en la boca con no poco regocijo comentando al propio
tiempo en detalle todos los matices de la sonrisa que los haba
acompaado. Los unos pretendan que aqulla era una sonrisa de
oposicin, mientras los otros la juzgaban de todo punto ministerial. Y
entre estas y otras azucaradas razones se abri la sesin. Uno de los
ediles del Senado se levant para leer una proposicin en la cual se
elevaba al _prncipe del Senado_ Antonio  la categora de _Eterno_, la
cual hubo de agradar tanto  la Asamblea que prorrumpi en calurosas
muestras de entusiasmo. En vano fu que Antonio rehusara con fuerza esta
pequea distincin, pues la mayora en masa, como un solo empleado,
decidi  todo trance votarla. El edil proponente se levant entonces 
dar las gracias al Senado, y suplic  los padres se sirviesen decretar
para conmemorar tan fausto acontecimiento se inmolasen en el templo de
la Concordia 150 _ilegales_. En este instante el tribuno Emilio pidi la
palabra desde su _subsellium_ y reconoc en l  Castelar. Pronunci una
brillante arenga combatiendo esta sangrienta proposicin, y haciendo la
defensa de las antiguas formas republicanas tan escarnecidas en aquellos
das, por los que volvan su rostro al sol del Imperio, que era el que
ms calentaba por entonces. Me fu imposible oir por entero su discurso,
pues las continuas y ruidosas interrupciones de que era objeto impedan
que su voz llegase muchas veces  mi odo.

No volv  verle en Roma y perd su pista durante toda la Edad Media.
En el siglo XV me dijeron que haciendo unas excavaciones en la ciudad de
Agrigento, al levantar la tapa de una urna, maravilloso trabajo de
cincel griego, lo encontraron dormido profundamente sobre el manuscrito
de las obras de Homero.

Por ltimo, le vi una vez ms en la Universidad Central de Madrid.
Explicaba la historia del universo en una ctedra de diez pies en cuadro
con honores de pasillo. Ay--exclam para mis adentros,--y cmo echars
de menos, ilustre heleno, aquellos tapizados jardines del tica, donde
tantas veces te he visto conversar con Iscrates y Platn!

En aquel momento el profesor fij en m su mirada perdida, y cual si
viese mis adentros  fueran tambin los suyos, dijo:

       *       *       *       *       *

.....Al posar, seores, nuestra vista sobre los campos resplandecientes
de la Grecia, sobre el Olimpo, ornado de mirtos floridos, de lentiscos,
de laureles, en cuyas hojas brillan eternamente gotas de roco que
descomponen la luz en mil varios matices; monte coronado de un cielo
siempre etreo y azul, desde cuya cima se descubren  lo lejos las ondas
del mar, que se rizan en blancas espumas, y el Oriente, la cuna del sol,
la cuna tambin del paganismo, y al ver aquel templo misterioso
convertido en ruinas, sus dioses en momias, secas las flores que lo
cubran, perdidos sus cnticos sin que de ellos quede ni un eco en los
aires, desiertas las rientes playas por donde corran, coronadas de
verbena, sus teoras, una indefinible tristeza se apodera de nosotros y
parece que se despierta en nuestra alma un sentimiento hostil al
cristianismo.


III

Cuando una idea baja de la _regin de las madres_  tomar carne en un
hombre, agota con habilidad que maravilla, sin distraer uno solo, todos
los recursos que nuestra naturaleza finita la ofrece para mostrarse
admirable; y aparece el genio. Castelar ha encarnado en los tiempos
presentes la idea de la elocuencia. El que desee ver claramente las
pruebas de esa verdad no tiene ms que examinar con cuidado su vida y
sus escritos, y podr observar con cunta energa se muestra el orador
en todos los rasgos del hombre y en todas las pginas del escritor. Leed
cualquiera de las obras de Castelar y, sin daros cuenta de ello,
vuestros labios empezarn  moverse, pronunciarn al principio
tmidamente aquellos tersos perodos, despus los dirn con nfasis, y
al cabo de algn tiempo, si algo no os saca de vuestra distraccin,
estaris declamando en alta voz. Es que por todas las pginas del libro
corre y centellea la idea de la elocuencia. Es que Castelar es siempre
un orador.

Y qu es un orador? El orador es para m el hombre  quien Dios entrega
la espada del espritu, la palabra. Unas veces se sirve de ella para
sacar muelas en la plaza pblica, y otras para volcar los imperios. Pero
esta espada sale alguna vez de las fbricas cerleas luciente y afilada
como aquella de fuego que, al decir de la Biblia, un ngel esgrimi
contra nuestros primeros padres  las puertas del Paraso, y la
Providencia las destina  los seres privilegiados como Castelar. Otras
salen melladas y opacas como la que Bernardo usara en otro tiempo, y son
las que el Padre Eterno regala  los seres que nacen sin privilegios
como Perier.

La palabra de Castelar es una palabra exuberante, briosa, con todo el
calor de la juventud. Es una palabra destinada  hacer la luz en el
profundo pilago de nuestra poltica, sublime y aparatosa como la de
Moiss, flexible y gubernamental como la de un lord.

Su espritu recibe todos los das nuevos ensanches como las grandes
poblaciones, y la palabra corre con presteza como medio de comunicacin
 infundir la vida y el movimiento en la nueva ciudad. Es una fuerza que
sin cesar acrece, llenndose de todo lo sano que flota en el ambiente
que respira, y su palabra recibe en cada transformacin un nuevo temple
que la hace esclava, bella y sumisa de un pensamiento grande.

Mas esta esclava es una esclava india, no hay que dudarlo, y por ms que
en ocasiones vista  la europea y siga la moda de Pars, veo aprisionado
en sus ojos el rayo de sol del Medioda y en sus cabellos negros y
sedosos contemplo las sagradas selvas del Indostn.

Castelar trae del Oriente el sentido potico de la naturaleza tan
necesario para templar y vigorizar los vuelos harto descompasados del
ideal en nuestra Europa. Su estilo es un estilo plstico y poblado de
imgenes que giran en caprichosos pasos por delante de vuestros ojos con
la sonrisa en los labios y apuntando al porvenir.

Nunca sumergisteis vuestra mirada en las profundidades del mar durante
una tarde sosegada y dulce del esto, en una de esas tardes en que se
muestra trasparente como una doncella que quisiera abriros su corazn?
Cunto rico tesoro, cuntas esplndidas ciudades olvidadas para siempre
en el seno de las aguas os hace ver la inquieta fantasa! Sumergidlas
tambin en las profundidades de ese estilo oriental, y alcanzaris  ver
los prodigiosos tesoros y las maravillas que puede fabricar la palabra
humana.

Es una felicidad para el Sr. Castelar no haber nacido en los tiempos de
Nern  de Calgula, porque su lengua admirable hara nacer
indudablemente en aquellos insensatos la infernal idea de cortrsela
para servir de plato en sus festines.

Por qu no se mueve ya esta lengua en la ctedra del Ateneo de Madrid?
Por ventura teme la competencia de la hoja de Albacete que esgrime el
P. Snchez entre sus carrillos?  le infunde pavor la brocha de polvos
de arroz que Perier pasea dulcemente por su boca?

No dejo de comprender que la poltica es una amiga celosa y exclusiva
que con frecuencia nos priva de cualquiera otra inocente distraccin.
Tengo presente, adems, que usted, D. Emilio, necesita aprovechar todas
sus fuerzas para llevar  feliz trmino la patritica tarea que ha
emprendido; pero se figura usted que en el Ateneo no hacemos poltica?
Vaya si la hacemos y muy flamante y muy seria[3]. Si usted pensara en
dar una vuelta por aqu, no dejara de tropezar con algunos jvenes de
corazn sano y de mente vigorosa, discutiendo en voz un poco ms que
alta las ms arduas cuestiones de la ciencia del Estado. Si viera usted
qu mustios andan y qu desencantados! Entusiastas siempre de la
libertad, pero aterrados ahora por sus excesos, se encuentran al borde
del escepticismo, del cual slo usted puede librarlos. Es necesario
hacerles entender que an hay para la democracia espaola una bandera,
smbolo de progreso y compatible con la paz y la salud de la patria, y
esta bandera es la que usted ha levantado valerosamente sobre los restos
de un partido ensangrentado y delirante.

El Ateneo es un pas neutral, es la Blgica de nuestra poltica, y
aunque no pocas veces se cuela por sus rendijas y ventiladores el
_simoun_ de la pasin, usted sabe muy bien que los rabes llaman al
_simoun_ el hlito de Dios, y lo es en efecto. Qu sera de una idea si
la pasin no la cobijara bajo su manto de grana? Se morira de fro. 
este centro debe usted acudir nuevamente, porque este centro con sus
pasiones, con sus indisciplinas, con sus deslices artsticos, hasta con
sus conservadores, y  pesar de sus ultramontanos, sabe mantener vivo el
amor al estudio de los grandes problemas. Tiene una historia gloriosa,
goza de un feliz presente, y si los grandes espritus como usted no
desertan de su modesto recinto, continuar empuando en nuestra patria,
con aplauso de todos, el cetro de la ciencia.

[Illustration]




LOS NOVELISTAS ESPAOLES

[Illustration]




PROEMIO


[Illustration: T]AL vez convendra, lector, que empezase este prlogo
aseverando que el xito, y slo el xito tan ruidoso como inmerecido,
ganado por mi coleccin anterior de semblanzas, me ha impulsado 
ofrecerte la presente. De esta suerte llegaras  saber, no tan slo que
existe un libro de semblanzas que puede ser comprado, sino tambin que
el autor del que tienes en la mano es un autor aplaudido, cursado y
experto en tales sujetos, lo cual previene admirablemente para que no se
escape ninguna de las agudezas que en l pudieran contenerse, y se
tornen invisibles las muchas tonteras de que est plagado. Pero,
lector, yo no soy un embustero. Conozco perfectamente los mandamientos
de Krause, y s que el hombre debe buscar la verdad con espritu atento
y constante, por motivo de la verdad y en forma sistemtica. Cuanto
saliese de mi pluma sobre favorables acogidas, compromisos contrados,
temores del porvenir  inquietudes del presente, sera pura y vulgar
hipocresa. Ni tengo noticia de que mi libro anterior haya logrado xito
alguno, ni, caso de lograrlo, me creyera obligado  escribir otro
parecido, ni aun al darlo  luz en este instante me propongo llenar el
ms pequeo hueco. No; este libro se ha escrito sin motivo, quiz porque
su autor no ha tenido ocupaciones ms urgentes que se lo hayan
estorbado. Sobre esto, puedo aadir que no fu mi intento trazar un
estudio serio  profundo de la novela espaola, ni menos apuntar los
fundamentos estticos en que tal gnero descansa, ni siquiera influir
con mi desautorizado consejo en los acuerdos  en la marcha de sus
cultivadores. Mi objeto fu, pura y lisamente, escribir semblanzas.

Bien se me ocurre que el hombre no vino al mundo slo para escribir
semblanzas; pero debes tener presente, lector, antes de fulminar tu
juicio sobre estas pginas, que ningn trabajo de las criaturas en este
planeta merece total desprecio, ni las telas de las araas, ni los
agujeros de los grillos, ni los versos de Grilo. Por no despreciar 
nadie, me impuse la obligacin de consagrar tiempo y espacio  ciertos
autores que vers con sorpresa en esta galera. He sido un tanto
irrespetuoso con ellos, y me he autorizado ms de una chanza al hablar
de sus escritos; pero todos los grandes ingenios han tenido que sufrir
estos desahogos de la envidia y maledicencia coetneas, y en esta
ocasin, como en todas las dems, la posteridad no dejar de resarcirles
cumplidamente de tales molestias, dejndoles dormir en paz el sueo
eterno.

En rigor, pues, no son todos los que estn. Mas en rigor, tampoco estn
todos los que son, y no ha de faltar, lo estoy viendo, quien con gesto
de soberano desdn, suelte mi libro de las manos diciendo: no est
Fulano!--Contestar  este gesto y  este cargo.--En primer lugar, es
preciso que el pblico reconozca mi derecho  fatigarme de escribir
semblanzas. He podido escribirlas y he podido no escribirlas. De la
misma suerte he podido escribir tales  cuales y no escribir tales 
cuales otras. Porque el hombre posee la facultad de determinarse  s
mismo en conciencia, lo cual significa que es causa propia y primera de
su actividad. Unas veces se determina  obrar y otras se determina  no
obrar. En esto se hallan conformes todos los tratadistas.

Ahora bien, al dar fin  este trabajo,  si se quiere trabajito, no
quise decir expresa  tcitamente: no hay ms novelistas en Espaa: lo
que puramente dije, fu: yo no escribo ms semblanzas de novelistas.

La novela, en nuestra patria, no es otra cosa, por ahora, que un campo
vasto  inculto donde de trecho en trecho brota alguna flor de ptalos
rojos y lustrosos, y crecen en abundancia las plantas de forraje. Mas el
suelo puede dar novelas, sobre esto no cabe duda. Los ltimos trabajos
de la comisin del mapa geolgico lo comprueban de un modo terminante.

Subamos  una de las sierras ms elevadas de nuestra Pennsula. No es
bastante? Pues subamos  una sierra ideal y observemos.

Hacia el Medioda el sol es ms grande y ms dorado, el espacio ms
difano y azul. Sembrados por doquiera, en medio de viedos y jardines
de naranjos, blanquean centenares de pueblos, nadando en un vapor
trasparente, luminoso, embriagados por los perfumes de una vegetacin
vvida y ardiente. En el aire vuelan las mariposas irisadas; en la
tierra hormiguea un pueblo nervioso, exaltado, feliz, que se enamora al
pie de la reja, que inventa caricias y bravatas, que injuria  los
santos y les besa los pies, que llora y re sin motivo, que suspira
cuando canta, que tiene los ojos negros, un pueblo hospitalario, franco,
orgulloso, que ha hecho las proezas por millares y las relata por
millones, que ama  Dios y  las mujeres sobre todas las cosas, y se
come la mitad del idioma castellano.

Por la parte del Norte se descubre un cielo triste, pero de tintas
dulces y delicadas. Hay un toldo de nubes que embaraza y aprisiona los
rayos del sol, y cuida de que lleguen  la tierra lnguidos y mimosos.
Los valles y las colinas y todo lo que abraza la vista es verde. En las
colinas crecen los rboles que detienen las nieblas, en los valles
crecen las yerbas y serpean los arroyos. Las gotas de agua estn
suspendidas constantemente en la atmsfera, en los rboles, en las
yerbas, en los techos de las viviendas. La mar es spera y espumosa, el
cielo caprichoso y melanclico, la tierra dulce y agradecida. All vive
un pueblo que trabaja como las acmilas y medita como los filsofos, un
pueblo espiritual y sensible que come pan de maz, que ve fantasmas y
duendes por las noches, que muere en el campo de batalla por una idea,
que tiembla en presencia del escribano; un pueblo sensato, paciente,
melanclico, que sera muy poeta si estuviese mejor alimentado, que
posee cual ningn otro la virtud de no decir esta boca es ma.

Cada uno de estos pueblos guarda en su vida preciosas novelas que no ha
querido mostrar  los viajeros frvolos. Mas, cuando Galds y Valera
llegaron  demandrselas, todos hemos visto con qu singular cortesa se
ha portado.

La hora es por dems oportuna y decisiva. El fruto amarillea en el
rbol, y no espera ms que una leve sacudida para caer en nuestras
manos. Las antiguas y originalsimas costumbres de nuestra patria van
desapareciendo y ofrecen al morir el inters punzante y melanclico de
todo lo que ha sido y dejar pronto de ser. Si no aprovechamos estos
momentos, la moderna cultura ceir  nuestros miembros su estrecho
uniforme que oculta lo singular, lo original, lo caracterstico, y ya no
ser tan fcil percibirlo.

Preparaos, pues, aquellos que sents latir en vuestra alma la
inspiracin artstica, poneos la pluma tras la oreja, arreglad vuestras
cuartillas, tomad el tren expreso, diseminaos por la Pennsula. No
tardaris mucho en volver, yo lo presiento, con salud en las mejillas y
la novela espaola bajo el brazo.

[Illustration]

[Illustration]




FERNN-CABALLERO


[Illustration: Y]O he ledo muchas novelas; todas cuantas hube  mano en
los felices tiempos en que con la mayor inhumanidad me obligaban 
estudiar humanidades. Mi profesor de latn, una especie de arcasmo
semoviente que nos traduca con espasmos de regocijo la descripcin de
Venus Cyterea en la Eneida, y con lgrimas en los ojos las quejas de
Ariadna abandonada, me tiene sorprendido no pocas veces enfrascado en la
lectura de _Juan Palomo_. Esta lectura, llevada  cabo en los momentos
mismos en que se volva por activa y por pasiva  la diosa ms amable y
despreocupada del paganismo, constitua un verdadero desacato  la
mitologa, y como tal era castigado. Pero esto no impeda que yo
siguiera simpatizando con todos los engendros de Ponson du Terrail, Paul
Feval, Sue, Fernndez y Gonzlez, Dumas y tantos otros. Mi cerebro
pareca el saln donde se hubiera dado cita la sociedad ms escogida de
Pars y Sierra Morena. _Juan Palomo_, _Juan Valjean_, _Juan Lanas_, _La
Dama de las Camelias_, _Los Siete Nios de cija_, _El Caballero del
guila_, _Candelas_, _Manolito Caparrota_, y muchos otros de igual jaez,
 todos los reciba yo en mis salones con la amabilidad ms exquisita,
como dira _La Correspondencia_.

Estas recepciones, que me hacan trasnochar en demasa, redundaban por
lo mismo en perjuicio de mi humanidad y _humanidades_, porque me tornaba
cada vez ms flaco y amarillo, al paso que ignoraba por redondo hasta el
ms insignificante supino. Ni siquiera, pues, poda decirse que era
supina mi ignorancia. Mas en cambio de una ciencia que yo miraba con el
ms cmico desdn desde el Chimborazo de mi entusiasmo, iba criando una
imaginacin encendida y melenuda capaz de dar al traste con el poco
sentido comn que me quedaba. As lo comprendieron mis deudos y amigos,
y as hube tambin de comprenderlo yo  la postre, por lo cual trat de
ir apartndome paulatinamente de tan brava compaa. Desde luego me
decid  dedicar slo un da  la semana, los viernes,  la lectura de
novelas y  ser un poco ms cauto en su eleccin. Acudieron entonces 
mi tertulia una porcin de personajes ms simpticos y finos que los
anteriores. Veanse all  Werter, Ivanohe, Atala, Eugenia Grandet,
Wilhelm Meister y muchos otros que no recuerdo. Fernn-Caballero surta
tambin de amables personajes esta tertulia.

No caba duda que _los viernes_ del Sr. Palacio Valds eran de lo ms
ameno que por entonces exista. As y todo mi profesor segua
considerndome como un brbaro escyta indigno de toda relacin con los
hroes de la Eneida y hasta con los animales de las Gergicas.

Al llegar  la edad en que ya no se le pregunta  uno lo que lee, sino
lo que gana, me he visto obligado, con profundo dolor de mi alma, 
poner de patitas en la calle  todos mis romnticos amigos. Y los
momentos en que mis ocupaciones me dan tregua, en vez de leer novelas,
me dedico  escribirlas. Pero las escribo para adentro, porque hoy por
hoy tengo la fantasa al servicio de mi corazn y tejo cada pocas horas,
para mi uso particular, unos cuentos tan fantsticos y patticos que 
todos pareceran increbles. sta es la costumbre de las cosas
inverosmiles.

Sin embargo, como siempre fui bastante amigo de pasar con la ma (quin
no es amigo de pasar con la suya?) me he empeado en demostrar  mi
viejo maestro que aquellas lecturas anticlsicas que con tanto ardor
persigui en otro tiempo no fueron tan intiles, qu digo intiles? tan
perniciosas como l supona, puesto que hoy me permiten cumplir con el
deber que he contrado de escribir para el pblico.

Voy  describir, por tanto, cual viajero que se sienta  descansar
despus de un largo viaje, las extraas y rientes comarcas por donde
anduve. Voy  lanzar  los vientos de la publicidad impresiones,
juicios, observaciones sobre mis lecturas atrasadas. Pblico amigo, no
des la razn  mi viejo maestro. Dgnate recogerlas del suelo, aunque
despus las arrojes como frutos desabridos  los que falta la madurez de
la experiencia.

He dicho que Fernn-Caballero perteneci  mi segunda poca. Por cierto
que me eran tan simpticas sus creaciones y tan amables sus cuadros, que
con ser yo muy devoto de la poca presente y muy admirador de sus
progresos, ms de una gana me asaltaba de volver casaca y hacerme
serviln, tan slo por el placer de ocupar un puesto en sus escenas de
familia y tratar personalmente  la mstica _Elia_ y  la sensible
_Lgrimas_. Mas pronto reflexionaba que no poda ser tal mi fuerza de
disimulo que no asomara la oreja de _negro_ en la ocasin menos
prevista, y entonces tendra que pasar por el bochorno de ser arrojado
de aquellos santos hogares y despreciado por aquellas lindas mujeres.

Quin me dijera entonces que yo, su admirador, su enamorado, hara,
tiempo andando, el papel de amiga envidiosa, ponindome  buscarles con
la mayor sangre fra sus ms pequeos defectos! El papel de crtico es
en verdad muy desairado,  veces odioso, pero como acontece tambin con
ciertos otros en las obras dramticas, es absolutamente necesario para
el buen orden y progreso de la literatura.

Bien que las novelas de Fernn-Caballero me encantasen siempre, no
dejaba por eso de pensar vagamente aun en los tiempos de mayor
entusiasmo que en ellas sobraba mucho. Ahora entiendo que falta no poco.

Para comprender bien  Fernn-Caballero, es preciso tener presente, en
primer trmino, que sus obras no son la expresin pura y sencilla de una
fantasa que gusta de presentar al pblico la turba de imgenes que en
ella flotan; sino ms bien la labor viva y apasionada de un pensamiento
batallador. La novela es para l un arma con que asalta las conciencias
y las somete  su imperio. Y ciertamente no he ser yo quien repruebe tal
uso, cuando responde perfectamente  la naturaleza de este gnero
literario, y no rompe con sus constantes tradiciones. La novela puede
servir y ha servido siempre para un fin social. Mas debo advertir, para
satisfaccin de ciertos escrpulos literarios, que antes que nada, la
novela es una obra de arte, y que como tal, su fin primero es realizar
belleza. Lo dems se le otorga por aadidura. La novela, como tal obra
de arte, puede, aunque no debe por necesidad, ensear algo. De hecho
constituye un verdadero poder en nuestra sociedad, ejerce una influencia
legtima en nuestras costumbres, y en ocasiones ha buscado y hallado
arraigo para alguna idea peregrina. La tarea del crtico sobre este
punto consiste en observar de qu modo se ha llevado  cabo todo esto.
Nunca debe olvidarse de que es el defensor del arte contra los excesos
de la pasin  las invasiones del espritu didctico.

Cul es la idea que agita el corazn femenil de Fernn-Caballero, que
mueve su pluma y se encarna en sus novelas? La idea del pasado. Por l
combate cuerpo  cuerpo, sin que le rinda jams el sueo  la fatiga,
manejando con febril entusiasmo una daga tenue y afilada, la sola arma
que puede sostener su delicada mano. Sus novelas, no son ms, es decir,
son adems de obras muy bellas, un diluvio de alfilerazos  nuestra
filosofa,  nuestras costumbres,  nuestra poltica. Son pequeos
cuadros de antao, que por la suavidad del color, por su dibujo
primoroso y por su ambiente difano, quiere que contrasten con los
licenciosos cromos de hogao.

Espera que el lector, al contemplarlos, eche de menos aquellos
sabihondos frailes, aquellos severos padres, sumisos hijos y servidores
fieles, comprenda la santidad de aquellos respetuosos besos en la mano,
y la solemnidad de aquellos chocolates al amor del brasero. Todo lo cual
gozaron nuestros abuelos dentro de la sana moral y del temor de Dios.

Y en verdad que el lector no deja de tener por ciertas las proposiciones
de Fernn-Caballero y de extasiarse con las tiernas escenas que nos
representa en sus cuadros. Mas como la funesta mana de pensar se ha
introducido en todas las cabezas y es un mal que no tiene cura, doy en
cavilar y da tambin el lector, pariente cercano mo, que para mudar de
vida y volver  las usanzas de nuestros progenitores es de toda
necesidad que Fernn-Caballero nos garantice: que los frailes sern
siempre sabihondos y mesurados, y no cicateros intrigantes, amigos de
darse buena vida y de revolver por solaz la ajena; los padres, siempre
comedidos, incapaces de contrariar la legtima vocacin de sus hijos ni
de abusar de su poder por ningn concepto; los nobles, protectores
generosos de la debilidad, no insolentes disipadores de sus caudales. Y
despus que todo esto nos garantice, es menester tambin que nos indique
los medios de volver este pcaro mundo al estado que apetece. Aunque
presumo que slo se podr dar cima  la empresa convocando una magna
reunin de los humanos y conviniendo entre nosotros, despus de haber
estudiado minuciosamente cada una de las pocas histricas, cul es la
que debemos preferir. Con esto, y con encargar  Pars que en vez de
sombreros de copa se fabriquen en adelante bonetes y chambergos y que
apaguen  toda prisa sus endiabladas luces elctricas, podramos tal vez
inaugurar de nuevo los tiempos de Mari-Castaa.

Pero y el espritu? Pondramos tambin bonete al espritu?

Las novelas de Fernn-Caballero son de las que un notario, que vive en
el cuarto segundo de mi casa, llama morales. Debo advertir que, segn la
esttica singular del infrascrito, las novelas no tienen otra divisin
que en morales  inmorales. Y ningunas, con mejores ttulos, pueden
incluirse en el primero de los grupos que las de nuestro ortodoxo
escritor. La moral entra por mucho, por casi todo, en sus obras; pero es
justo que haga una observacin capital sobre este punto. La moral de
Fernn-Caballero no surge en la escena, engrandecida por el dolor y por
el combate, prestando eficaz respuesta y solucin al sombro
interrogatorio de la conciencia, disipando como un soplo de esperanza
las nubes siniestras que se agrupan en la frente del hombre de este
siglo. Es una moral de cortsimo vuelo destinada  colegialas de quince
aos y  jvenes que no hayan pasado en sus estudios de la segunda
enseanza. No resuelve ms cuestiones que las de la obediencia  los
padres, respeto  los mayores, castidad en las obras, palabras y
pensamientos, dulzura con los inferiores y misericordia con los
menesterosos. Es una moral de primera comunin.

Mas aunque as sea, sacan ventaja y no poca sus novelas por ms de un
concepto  la multitud de bastardas producciones difundidas por la
sociedad francesa de nuestros das. Ya que por su insignificante
trascendencia no dirijan el pensamiento hacia un ideal de perfeccin y
grandeza, abstinense de perturbar los corazones y corromper las
costumbres como aqullas. Pueden caer sin peligro en las manos de una
virgen. Son libros de misa un poco romancescos. En cierta ocasin
tropec con un amigo mo, joven de gran inteligencia y muy conocido
entre nosotros por sus ideas radicalmente anticatlicas. Llevaba debajo
del brazo algunos libros que yo con poca discrecin tom en la mano sin
pedirle permiso. Eran dos novelas de Fernn-Caballero, y mi querido ateo
me confes, con un ligero rubor, que iban destinadas  su prometida.

No tena por qu ruborizarse mi joven amigo.  un estado de perfecta
inocencia (entendiendo que es un estado transitorio, imposible de
sostener como definitivo en la vida humana), convienen en un todo estas
novelas escritas con una pluma delicada y sumisa. Predicar la rebelin 
los jvenes y muy particularmente al sexo femenino, sin justificar
plenamente esta lucha insensata con la sociedad; deslizar entre los
arrebatos de la pasin una multitud de dudas cuyo examen no puede
llevarse  cabo seriamente en los laberintos de una fbula, es,  mi
entender, uno de los caracteres que ms afean y hacen peligrosa la
moderna literatura romancesca de Francia.

Sin embargo, no todos en la sociedad van  la escuela y comulgan por
Pascua florida. Los ms de los seres han dejado en los abismos del
tiempo sus quince aos, y en los de la nada las puras ilusiones que los
acompaan. Hay muchos en los cuales el sentimiento religioso yace
amortiguado bajo el peso de la sensualidad  del escepticismo. Las
novelas de Fernn-Caballero y su escuela no tienen poder, no tienen
rasgos bastante enrgicos para despertarlo en estos seres. La duda
amarga y deletrea de _Lelia_ no alcanza  disiparla la cndida y
mstica sonrisa de Elia. Jorge Sand ha dado vida  un ser misterioso,
siniestro, imaginario, pero grande, porque expresa con notas desoladoras
la crisis de un alma grande. Fernn-Caballero, quiz con el secreto
intento de oponer la obediencia  la rebelin, la certidumbre  la duda,
el sosiego  la exaltacin, ha engendrado un ser inmaculado y tierno,
pero que toca en los confines de la vulgaridad.

Elia, criatura frgil  inocente, se rinde  la pesadumbre de una
preocupacin social. Lelia alza su noble, pero asombrada frente, antes
de morir y exhala una blasfema imprecacin. Elia muere, no ya sin
maldecir, pero sin comprender siquiera la injusticia que la mata. Lelia
rompe violentamente los moldes de la naturaleza femenina, y se lanza con
vuelo impetuoso en las regiones de la protesta y de la rebelin. Elia no
sale de estos moldes, pero sucumbe aceptando como santo uno de los ms
torpes errores que ha engendrado el orgullo humano. Lelia se revuelve
con acento inspirado, aunque colrico, contra los egosmos y sinrazones
de la sociedad. En Lelia hay un derroche de genio. En Elia hay un
derroche de moral.

La trascendencia que nuestro novelista piensa comunicar  sus obras, no
se deriva de su concepcin y desenlace, dbiles  insignificantes las
ms de las veces, sino ms bien de una multitud de ideas esparcidas sin
gran razn y pertinencia por el curso de ellas. Sus personajes ms
simpticos se pronuncian casi siempre por el antiguo rgimen, y baten en
brecha por medio de una argumentacin potica  irnica, todo menos
profunda,  los desdichados  ignorantes que representan la edad
moderna. As se da el caso en una de sus obras, de que una cocinera
arrolle discutiendo alta filosofa  un sabio doctor enciclopedista.
Cuando no tiene liberales con quien habrselas, Fernn-Caballero la
emprende con los paganos, y se irrita grandemente porque aquellos ciegos
adoradores de Jpiter grababan sobre sus tumbas el _sit tibi terra
levis_[4], en vez del _requiescat in pace_. De los accidentes ms nimios
de la vida quiere sacar razones para la apologtica catlica. Por todas
partes trata de ir  Roma.

Tiene una sensibilidad religiosa que sabe aspirar lo que de potico hay
en la pompa del culto, y en el ritual de las ceremonias eclesisticas;
una sensibilidad que algn sacristn llamara _de rbrica_. Pero es
intransigente en este punto, como el Breviario, y para no incurrir en
sus iras, es necesario conmoverse  misa mayor. Desgraciados aquellos
que son insensibles al incienso y al rgano! Sobre ellos cae sin piedad
todo el negro de su paleta.

Mas aparte de estas intransigencias y exageraciones, no puedo negar que
me complace ms ver una pluma femenina al servicio de la religin, que
sirviendo de intrprete  las vacilaciones y combates de nuestro siglo.
El espritu de la mujer es esencialmente receptivo, conservador, se
amolda fcilmente  toda realidad, aun la ms dolorosa, y extrae de
ella los elementos de belleza y armona que contiene. La mujer no debe
participar de nuestras dudas y sufrimientos, porque se quebrara como se
quebr _Gloria_. Esperemos para introducirla en el mundo agitado de
nuestra conciencia religiosa  que hayamos conseguido arrancar  la duda
su cabellera de sierpes para ofrecrsela, al modo de los antiguos
guerreros de la Amrica, como trofeo de nuestro combate.

La inspiracin de Fernn-Caballero es la que ms conviene  su sexo; una
inspiracin suave y delicada que reposa dulcemente en el seno de la
religin. Es capaz de describirnos con admirables toques la psicologa
simplicsima que se encierra en el pecho de una virgen, pero su pincel
diminuto no tiene fuerza para trasladar los surcos terribles que abre la
pasin en el corazn del hombre. Se advierte en este pincel la falta de
firmeza y costumbre que caracteriza al artista femenino, mas en su lugar
se observa la ternura y sagacidad que tambin le caracterizan. Se
presenta como paladn de la fe catlica, de la poltica monrquica y de
las costumbres aejas, pero siempre expresando amor apasionado  la
causa que defiende, no con esos refinamientos y artificios hipcritas
que hoy despliegan los que se cobijan bajo la bandera de la tradicin.
Con su amor y su entusiasmo quiere infundir el alma en el cadver del
pasado, como uno de esos soplos de aire tibio que en medio del invierno
vienen resueltos  dar vida  la naturaleza muerta.

La traza y disposicin de sus novelas no pueden ser ms sencillas. La
sencillez es una hija predilecta de la realidad, aunque la realidad por
s misma no sea el arte. Para que el arte aparezca, es necesario que en
la realidad penetre la idea, porque lo real sin idea no es ms que lo
trivial. Y lo trivial es precisamente el escollo en que tropieza con
frecuencia el esquife de Fernn-Caballero. Sus caracteres no dejan de
tener realidad, pero son casi siempre adocenados y vulgares: no han
recibido el soplo del arte que los trasfigura sin arrancarles su
realidad. Tngase presente, adems, que se esfuerza con censurable
empeo en derramar sobre el personaje que encarna las ideas que aborrece
todo el veneno de su pluma, privndole, no slo de las virtudes ms
corrientes, sino hasta de una regular educacin. Formar caracteres de
una sola pieza no indica ms que ausencia de recursos para obrar con los
que estn formados de varias, redunda en grave menoscabo de la verdad y
disminuye en no poco el inters de la novela.

Las situaciones que describe tienen verdad y sentimiento, pero vuelvo 
repetir que esto no basta. El fin de la novela no es conmover el corazn
y hacer derramar lgrimas, sino despertar la emocin esttica, la
admiracin que produce lo bello. Nunca se hiere en vano la fibra del
sentimiento; nunca se representan cuadros lastimosos de las desdichas
humanas, ya sean estos cuadros en alto grado dignos de lstima, desde el
punto de vista del Arte, sin afectar nuestra sensibilidad. Adems, hay
lgrimas que se derraman por el buen parecer, porque _no digan_, sobre
todo viendo dramas. En la representacin de uno titulado..... (suprimir
el ttulo), al morirse el protagonista de una enfermedad no muy bien
diagnosticada, en lo ms pattico de su discurso, hube de sufrir un tal
ataque de risa, que despert en torno mo fuertes murmullos de
desaprobacin y aun de amenaza. Los padres fruncieron el entrecejo en
manifiesta seal de desagrado; las madres lanzronme miradas cargadas de
rencor y de odio; las nias posaban sobre m sus ojos velados por las
lgrimas con mezcla de indignacin y de asombro. Nunca se viera corazn
ms empedernido. Y sin embargo, yo presumo de tenerlo blando en demasa.
Cuando nio he salvado muchos gorriones de las manos de mis
condiscpulos. Lo que hay es que soy un poco romano, y cuando un hombre
muere en escena y no en una alcoba de su casa, exijo, como  los
gladiadores, que muera con gracia.

El estilo de nuestro autor es sencillo y potico. Su lenguaje, aunque
padece notables incorrecciones, es, por lo general, franco y animado, en
ocasiones lleno de color y armona, reflejando la vvida luz, los
argentados celajes de la Btica, repercutiendo los mil rumores de sus
bulliciosas ciudades, devolvindonos todo el perfume de su embalsamado
ambiente.

Triste cosa, por cierto, que un escritor que tan bien siente la
naturaleza, la combata con tal encarnizamiento!

[Illustration]




D. PEDRO ANTONIO DE ALARCN


[Illustration: C]OMO soy un s es no es escrupuloso, me asaltan ciertos
temores de no ajustar mi crtica  la constante y perpetua voluntad de
dar  cada uno su derecho. Todo el mundo sabe que el Sr. Alarcn se ha
cortado la coleta, para dedicarse  reaccionario. Y yo, que en punto 
reaccionarios me atengo  Perier y al Padre Snchez, y no deseo conocer
ni tropezar con otros, me veo ahora en un aprieto al dar con mi pluma
sobre otro de la misma camada.

Cualquiera creer, si digo algo malo del Sr. Alarcn, que me impulsa 
ello la pasin poltica. Pongo por caso: figrense ustedes que afirmo
que Alarcn es elocuentsimo cuando describe los _arremangados brazos_ y
la _soberana pierna_ de la se Frasquita, y torpe y descolorido al
pintar la faz plida y enjuta del Padre Manrique. Qu apasionado! qu
injusto! Y con este anatema sobre la cabeza no hay medio de que un
hombre de bien emita su juicio sobre otro hombre de bien y de orden.

Y no obstante, yo estoy firmemente convencido, no slo de las anteriores
afirmaciones, sino de que el Sr. Alarcn, en el santuario de su
conciencia, sigue ms aficionado  los brazos y  las piernas de la se
Frasquita que  la carne de momia del Padre Manrique.

Pero qu tiene que ver esto con la poltica?

Ay! cuando llegue  Prez Escrich, vern ustedes cmo no le pregunto si
es cantonal  retrgrado.

Fu en un viaje cuando trab conocimiento con el Sr. Alarcn. Iba desde
Palencia  Valladolid. Por cierto que en este trayecto el paisaje y la
tarifa de ferrocarriles son  cual ms despiadados. No concibo cmo
nuestros Alfonsos y Fernandos hicieron verter tanta sangre por adquirir
algunos palmos de esta tierra, mejor dicho de este polvo.

As, que huyendo aquella vista aflictiva cerr los ojos y me dispuse 
dormir. En el espacio de media hora tres veces cog el sueo y tres
veces me lo arrebat de entre las cejas la presencia de un empleado, que
sacudindome con delicadeza, eso s, me demand el billete para hacerle
unos agujeros cabalsticos. Se quiere usted quedar con l? dije yo al
fin esperando salvar mi cuarto sueo. No, seor. Pues entonces dme
usted cualquier libro,  haga por que descarrile el tren  ver si logro
no aburrirme tanto. El empleado de la empresa sonri con benevolencia y
sac de la faltriquera dos  tres librillos muy sobados que decan sobre
el forro: Biblioteca de viaje. Le di las gracias. Contenan varias
novelas de Alarcn, _Por qu era rubia? Coro de ngeles, El final de
Norma_ y algunas otras.

Las devor como pan bendito, y el autor que las confeccionara se
introdujo por derecho propio en mi estimacin. Son animadas, picarescas,
llenas de color y donaire. En verdad que al recordarlas deploro
amargamente la austeridad que sombrea su ltima produccin romancesca.
Se conoce que el Padre Manrique le tiene aterrado con sus lucubraciones
de ultratumba.

Me agradaron y contribuyeron en casi todo  hacerme soportable el mundo
gris que se perciba por las ventanillas del carruaje. En efecto, son
frescas, risueas, campechanas. Bien se echa de ver que no han pasado
todava por la sacrista. Son pequeitas, vivarachas, bien torneadas
como las nias de Guadix, y sobre todo tan poco mojigatas! Oh, Dios!
cmo me gustan  m las nias de Guadix! Pero no confundamos lo
abstracto con lo concreto. Debo afirmar que sus formas son inmejorables
(las de las novelas, no las de las nias), que estn escritas con
lenguaje castizo y flido y salpimentadas feliz y largamente.

Paso por alto un tomo de poesas, que bien mereciera pasarse por bajo, y
hago merced tambin del _Diario de un testigo de la guerra de frica_,
de las _Cosas que fueron_ y de alguna otra produccin literaria del
autor, para convertir mi atencin y mi crtica al _Sombrero de tres
picos_.

Si yo le dijese al Sr. Alarcn que el _Sombrero de tres picos_ es lo
mejor que ha hecho en su vida, tal vez mostrase mal talante y se doliese
de que tomara por obra maestra lo que slo aparece como fruto del
esparcimiento y no de la meditacin. Sin embargo, cuando los ocios del
ingenio dan por resultado obras como la ya mencionada y la actividad
exquisita del espritu engendra producciones como _El escndalo_, yo, 
despecho del Padre Astete, me declaro campen de la pereza y lucho en
campo abierto contra la diligencia.

Y es que en las obras de arte juega la espontaneidad un gran papel, y
entiendo que es ms cordura en un autor consultar primero al poder que 
los deseos. El que ejecuta aquello para lo que sirve  se siente
llamado, es mil veces superior al mayor ingenio si ste, desconociendo
su vocacin, se empea en tareas imposibles y absurdas. Mas no
anticipemos los comentarios.

La historia verdadera  fingida que se narra en el _Sombrero de tres
picos_ era conocida de todos los espaoles. Yo haba recibido la
patritica tradicin de los labios autorizados de un sujeto que en otro
tiempo haba tenido la debilidad de dar de pualadas  su legtima
esposa. El hado adverso, en figura de Cdigo penal, quiso que fuera 
pasar una temporada  Ceuta  al Pen de la Gomera, no estoy bien
seguro dnde, y de all nos trajo la historieta cuya relacin sola
acompaar con juegos malabares, algunos saltos y no pocas muecas.

Lbreme Dios de hacer ningn cargo al Sr. Alarcn por haber tomado como
fundamento de su novela el antiguo cuento andaluz. Los asuntos son del
que mejor los trata, y es necesario convenir en que este asunto lo ha
tratado mucho mejor Alarcn que Palicio (as se llamaba el sujeto).

En esta novela el autor nos hace la sealada merced de no meterse en
filosofas. Dos cosas son las que no he podido digerir en mi vida: los
langostinos y la filosofa de Alarcn. S, es preciso hacer constar que
las arenas de la filosofa no han enturbiado todava su inmaculada
ignorancia. En esta obra todo es propiedad del Sr. Alarcn. No as en
otra ms reciente hecha en colaboracin en _El Siglo Futuro_. Crame el
Sr. Alarcn; ms vale beber el agua en el hueco de la propia mano que
por un vaso sucio. _El sombrero de tres picos_ est escrito con una
pluma retozona. Yo le perdono de buen grado su travesura. Pues para qu
nos ha dado Dios la pluma? En primer lugar, para decir pestes del
Gobierno, despus para manifestar lo que exista dentro de nuestro
espritu. Soy bien pensado y no creo que en la mente del Sr. Alarcn
haya ningn _escndalo_ y s muchos _sombreros de tres picos_.

Acerqumonos  los personajes de esta novela. A ninguno de mis lectores
le pesar de que le acerque  la se Frasquita la molinera. Es todo
una buena moza, segn nos asevera el autor. Pero cuidado con ella, que
es arisca cuanto hermosa. Me ro yo del ascetismo de la pluma que la
traz. El to Lucas, de profesin molinero y por ende consorte de la
escultural molinera, es un hombre, aparte de la joroba, muy recto, muy
firme y muy honrado. La se Frasquita y l se llevan  las mil
maravillas. Mas hete aqu que estos esposos felices tenan costumbre de
recibir por las tardes en su molino  una porcin de conservadores. Uno
de ellos, el corregidor de la ciudad, se enamora de la se Frasquita;
vaya una gracia! Lo que s tiene gracia y mucha es la escena en que el
corregidor declara su amor  la molinera, mientras el to Lucas,
cmplice de su mujer en esta broma, la presencia encaramado en una
parra. El jiboso y baboso corregidor prepara, con la ayuda de su
alguacil _Gardua_, una emboscada  la virtud selvtica de la se
Frasquita. Aleja al to Lucas del molino cierta noche, prevalindose de
su autoridad. Esto es muy feo, como ustedes comprendern. Pero an ms
feo es el papel que el lbrico gobernador se vi precisado  representar
ante la inexpugnable molinera. Chorreando y tiritando de fro por
haberse cado en la acequia al emprender el asalto del molino, se
presenta el valetudinario galn  la se Frasquita, que lo recibe con
un trabuco  la cara. El bizarro corregidor se desmaya, no sabemos si de
fro,  de susto,  de rabia. La se Frasquita lo abandona y corre en
busca de su esposo, que debe hallarse aprisionado en el lugar
inmediato. Mas el to Lucas, que le haba dado mucho en que pensar la
extraa detencin que sufra, consigui fugarse y vuelve presuroso  su
molino con la duda y la ansiedad en el corazn. En el camino se cruzan
los dos esposos montados en sendas burras, pero no se reconocen. El to
Lucas entra en su casa y ve sobre unas sillas las ropas del corregidor
tendidas  secar. Empua el trabuco que pocos momentos antes haba
servido para defender su honra, y sube la escalera que conduce  su
cuarto. Por el agujero de la llave contempla el infeliz esposo la
grotesca figura del corregidor sobre su lecho conyugal. No ve ms, pero
da por cierto que su esposa tambin se encuentra all y se apercibe  la
venganza. La muerte de los culpables, sin embargo, le parece poco. Mejor
es el sarcasmo, la befa, para castigar tal ofensa. El demonio de la
venganza le sugiere una muy original. El to Lucas tiene un parecido
notable con el corregidor. Se viste aceleradamente con las ropas de
ste, y balancendose como l se encamina hacia la ciudad murmurando con
expresin satnica:

Tambin la corregidora es guapa!

Este captulo est admirablemente escrito. Lo digo  boca llena.

En tanto que el to Lucas se dirige  la ciudad en alas de su venganza,
la se Frasquita, despus de poner en pie  la autoridad municipal del
pueblo donde su esposo deba encontrarse prisionero, y visto que se
haba fugado, vuelve con el alcalde  toda prisa hacia el molino
sospechando que el to Lucas estara ya en l haciendo lo que su corazn
resentido le dictara. Se encuentran al corregidor disfrazado por
necesidad de molinero, lo cual da lugar  una escena cmica de buen
efecto, y una vez enterados todos de la resolucin, puesta ya en vas de
hecho, del to Lucas, marchan  la ciudad  fin de resolver aquel
conflicto.

Llegan  deshora  las puertas del corregimiento. Al corregidor vestido
de to Lucas le cuesta muchos sustos y algunos palos el penetrar en su
casa. Una vez dentro, se presenta su esposa y despus el to Lucas y
tiene lugar una escena en que todo se arregla, todo se conjura, no sin
dar motivo antes  muchos y muy graciosos episodios y  algunas frases
felicsimas del narrador.

En este incidente romancesco, fruto genuino de la tierra donde se
escribi, resulta demostrado que Alarcn es un escritor nacional,
ingenioso, castizo y picante.

Lbrenos Dios de que se le antoje ser profundo!

Veamos _El escndalo_. Antes de empezar su examen, signmonos en la
frente, en la boca y en los pechos y digamos: _Yo pecador me
confieso..._ El asunto es una confesin, no la _confession d'un enfant
du sicle_, sino la _d'un enfant gatt_. Dura cuatrocientas treinta y
tres pginas en cuarto. Padre Alarcn, yo pecador os confieso que me
habis levantado un gran dolor de cabeza y me habis dejado los pies muy
fros. Tengo adems la franqueza de anunciaros que no he comprendido
gran cosa de vuestro pensamiento filosfico. Psame, seor, de no
haberos entendido y prometo enmendarme as que escribis ms claro.

Fabin Conde, joven, rico, disipado y no muy largo de alcances, tiene un
grave caso de conciencia que solventar. Marcha  proponrselo  un
jesuta nombrado el Padre Manrique, que habita de paso en esta corte.
Debo advertir, para mayor edificacin de mis lectores, que el joven
Fabin no va  confesarse como un penitente vulgar, sino guiando por s
mismo elegante _charrette_. Una vez en la celda del Padre Manrique,
Fabin cuenta  su merced punto por punto toda su vida y milagros, la de
su pap, la de su novia y la de todos sus amigos. Compadezco de todas
veras  su paternidad; y para no verme en el caso de compadecer tambin
 mis lectores, me abstendr de reproducirla. Es forzoso, no obstante,
que sepan que Fabin, entregado desde su niez  los placeres del mundo
y  los desenfrenos del vicio, manteniendo relaciones adlteras y
enamorado de una nia inocente, era todo un filsofo, un filsofo
escandaloso. Vase  confesar y principia por declarar  su confesor 
boca de jarro que no cree en Dios. El confesor, es natural, no le hace
caso, y en vez de convencerle de que s lo hay, le endilga un manojo de
preguntas de mucho efecto.

Pero no entremos en teologas. La trama de _El escndalo_ es una madeja
enredada, inverosmil  interesante. Debemos reconocer  este libro el
mrito de mantenerse firme en las manos del lector hasta que se
termina.

Hoy que son tantos los que se doblan tristes y mustios buscando el santo
suelo, mientras se alza de sus virginales prrafos espeso vapor que
entorna la cabeza y cierra los ojos del que se aventura  leerlos, es
grato encontrar uno tan erguido, tan vivo y tan nervioso.

Los caracteres... pero dnde estn los caracteres? Figuras toscamente
talladas, arlequines cubiertos de oropel, adefesios literarios, eso son
los personajes de _El escndalo_. Causa verdadero asombro el que Alarcn
haya podido dar inters  su novela con semejante personal.

Fabin Conde es un mancebo de todo punto insignificante, dibujado con
agua fresca para que no se le perciba. En cambio, Diego est pintado con
el rojo ms subido de la paleta. El Padre Manrique es un sabio, porque
as lo dice el autor; cualquiera creera otra cosa. Lzaro es la
encarnacin ms viva de la inopia de Alarcn, de su total ineptitud para
trazar un carcter moral, verdadero y humano. Gabriela y Gregoria son
las figuras ms correctas, pero no escapan tampoco  la exageracin que
inunda toda la obra.

Queremos terminar estos apuntes, dirigiendo una splica al Sr. Alarcn.
Suplicmosle de todas veras, con la conciencia limpia de toda prevencin
malsana, y por su propio inters ms que por otro alguno, que torne, y
torne cuanto antes,  su _antigua manera_ de componer novelas frescas,
animadas, risueas, sin caracteres y sin filosofa.

Esa filosofa es una calumnia que el Sr. Alarcn se ha levantado  s
mismo. Yo debo protegerle contra su propia injusticia y pregonar muy
alto, _urbi et orbi_, que en punto  filosofa el Sr. Alarcn se halla
_tanquam tabula rasa_, y que si un da se ha atrevido  escribir una
novela trascendental, fu que el diablo le tent, y que se le perdone
por esta vez, que no lo volver  hacer.

[Illustration]

[Illustration]




D. JUAN VALERA


I

[Illustration: A]TRS, sueos regalados de la edad romntica, visiones
placenteras  terribles de fantasas enfermas, mundo fulgurante de
bellezas inmarcesibles, de heronas impalpables, de caballeros
indmitos! Hud por siempre, forjadores calenturientos de aventuras. Ya
no queremos penetrar por puentes levadizos en castillos encantados, ni
taer la ctara al pie de ninguna reja, ni darnos de estocadas en ningn
callejn hediondo, ni comerciar con astrlogos fingidos, con rodrigones
speros  con ascetas idiotas. Marchad  sepultaros en vuestras
profundas cavernas, enanos y gigantes, gnomos, grifos y vestiglos.

Los rayos de luna nos hastan, las ventanas ojivales nos apestan y ya
por nada en el mundo asistiramos otra vez  una caza de jabal con el
seor feudal.

Necesitamos un gnero romancesco ms positivo y ms serio. No veis qu
positivos son nuestros palets? Qu grave y metafsico nuestro sombrero
de copa? Lo que hemos perdido en garbo, lo ganamos en discrecin y en
mesura.

El novelista que hoy nos quiera deleitar, ha de ser observador, sagaz 
inteligente, ha de pintarnos la vida real con acierto y con verdad, nos
ha de presentar en relieve caracteres y tipos morales, ha de ser
novelista y psiclogo, y adems un poco metafsico.

La metafsica es nuestra pasin ms decidida. Troya se perdi por
Helena; Cnovas por la Constitucin interna; nosotros nos perderemos por
la metafsica. Cuando digo nosotros, quiero decir el Sr. Valera[5].

La novela ha sido hasta ahora en Espaa, dejando  salvo los eternos
modelos clsicos, una joven bastante ligera de cascos, muy predispuesta
 marcharse con el primer forastero que sonase en los pies lucientes
espuelas, que arrebujase su rostro con blanco y flotante albornoz, que
hiciese temblar al comps de sus pasos airosa pluma en el sombrero.
Galds ha hecho de ella una mujer discreta y hermosa. Valera la ha
convertido en profesor de la Institucin Libre de Enseanza.

No dir yo que no me gusten las obras de Valera. Me encantan
sobremanera. Pero siento que ese barniz metafsico que sobre ellas
extiende las haga impenetrables para la mayora de los lectores.

Todo es asunto de dosis en este mundo. La metafsica en las obras de
arte es preciso administrarla con mucho cuidado. Debe ser accin ms que
discurso y fruto de la intuicin ms que del estudio.

El procedimiento artstico que Valera emplea en sus novelas es el mismo
que han adoptado todos los novelistas psiclogos. Poner frente  frente
la vida ideal y la real, para que de este contraste resulte una
enseanza, una elega  una stira. En las obras de Valera resulta
siempre una stira. Mas el pensador hace enmudecer hartas veces al
artista. Se observa esto en el vagar con que escruta y describe los
misteriosos senderos del alma, lo mismo que en la ligereza con que roza
los trillados caminos de la vida real.

La stira que resulta de sus novelas, principalmente de _Las ilusiones
del Doctor Faustino_, es el castigo del idealismo, pero aun este castigo
resulta ideal. No parece sino que el autor, en fuerza de estudiar el
espritu de la vctima en quien va  consumarse el escarmiento, se
enamora de ella. As que, cuando el castigo se presenta, el lector se
niega  admitirlo como tal, y lo considera como una desgracia fortuita 
inmerecida. A las novelas de Valera, como no son dramticas no se las
debe pedir un inters vivo, un enredo complicado, ni tampoco esa
brevedad y rapidez que caracterizan al drama. Tal vez por no tener bien
presente esto se han dirigido  Valera reproches inmerecidos que
debieran compartir con l, por hallarse en caso semejante, Cervantes,
Goethe y Juan Pablo. Qu enredo tienen el _Quijote_, el _Wlhelm
Meister_ y el _Maestro de escuela Wutz_? Slo un enredo moral. El azar
apenas juega papel en estas producciones reflexivas.

No tiene fundamento, pues,  mi entender, la censura de pobreza en la
accin que se dirige  las obras de Valera. Su accin es ms interior
que exterior, y camina en esa lentitud propia de un gnero tan cercano 
la epopeya.

Mas si no demandamos  estas obras lo que siendo fieles  su ndole no
pueden otorgarnos, s podemos exigirles ciertas cualidades que les son
propias. El carcter, que expresa el elemento espiritual, tan
preponderante en las obras que examinamos, no ser jams una entidad
abstracta, debe formar en las filas de la humanidad como individuo, por
ms que la exprese toda por la grandeza del pensamiento  la energa de
la voluntad. La descripcin ha de ser viva, fiel y acalorada. La
digresin filosfica, lo mismo que la episdica, que son obligado
acompaamiento de este gnero de novelas, deben ser oportunas y poco
disertas. Sobre todo tngase presente que si el lector las admite y las
goza al principio y al medio de la obra, cuando sta toca  su fin, le
turban sobremanera. Conviene tambin que el desenlace no sea, por ningn
concepto, obra del azar, sino efecto y resultado del pensamiento
generador de la obra, manifestndose por un rasgo peculiar del carcter
principal  por otro medio cualquiera.

Ahora bien, estas cualidades que Cervantes llev al ms alto grado de
perfeccin, creo verlas otra vez en _Pepita Jimnez_, la obra ms
primorosa del seor Valera.

Las novelas de Valera son fruto de la inspiracin, pero van
poderosamente auxiliadas, como las de Goethe, por el estudio. Hay
quien supone que el estudio perturba la inspiracin. Yo no creo que la
cultura del espritu entorpezca poco ni mucho los vuelos de la fantasa.
Cuando la inspiracin es robusta, lleva con facilidad sobre s el fardo
de la ciencia, y de inspiraciones que no sean robustas lbranos, Seor!

Figurmonos  un poeta encajonado en su inspiracin y aprestndose 
emprender su vuelo por las regiones del arte. Qu podris aadir  su
equipaje que no le estorbe? Aadidle unos agujeritos al cajn por donde
pueda ver ms claramente los parajes que va  recorrer. No es verdad
que no le pesarn cosa? El hombre de ciencia, como el Sr. Valera, puede
pintar ms, porque ha visto ms. Entiendo yo (como dira un orador del
Ateneo) que para hacerse cargo de lo que es la oscuridad, basta cerrar
los ojos. Pero quin puede comprender la luz sin haberla visto?

Si hemos de penetrar ahora en el fondo de sus novelas, no dejar de
gritar antes que est muy turbio. De este modo el lector, si yo no pongo
en claro el asunto, es claro! echar la culpa al autor.

Pues como iba diciendo, el Sr. Valera es un conservador que hace novelas
de oposicin. Una vez he ledo en Aristteles que al hombre se le puede
conocer por sus dioses. Por qu no hemos de conocer al novelista por
sus hroes? Los hroes del Sr. Valera tienen mucho talento, son
espirituales, discretos, hablan correctamente; en fin, no son
conservadores. _No tienen de ellos ms, si bien se mira_, que la aficin
 la holgura y al regalo.

Porque, eso s, los hroes del Sr. Valera discurren mucho y bien, pero
siempre sobre el modo de pasarlo mejor en este pcaro mundo. Confieso
que el hombre, lo mismo que el reaccionario, tiende por su misma
naturaleza  no separar los ojos de la tierra, pero es conveniente que
en las obras de arte se les muestre alguna vez el cielo. En las obras
del seor Valera no hay cielo. Debo establecerlo as, aunque comprometa
la dicha que le espera como ferviente constitucional. Pero esto no
infiere detrimento alguno  su condicin de novelista. Si el hombre es
libre, como manda la Santa madre Iglesia, puede pensar lo que mejor le
parezca. Lo nico que rogara  todo hombre es que, si le fuera posible,
pensara con la profundidad y con la gracia que el seor Valera. Pero
quin va  rogar esto  Prez Escrich!

Valera concede  la vida un valor absoluto, pero  esta vida terrenal,
porque respecto  la otra parece que ya sabe  qu atenerse. Un
novelista que ama la vida tiene mucho adelantado para hacerse simptico.
Esa literatura de catafalco cultivada por la literatura romntica nos
hace soar con los difuntos.

Presentadnos la vida apetitosa oh novelistas!, puesto que no tenemos
ms en que escoger.

Cmo sonren los cuadros de Valera, hacindonos guios, invitndonos 
gozar de lo que hoy se llama actual momento histrico! No veis qu
dichoso ha sido D. Luis de Vargas por haber dado en el clavo, y cun
infeliz el alcaide perpetuo de la fortaleza de Villabermeja por machacar
tanto en la herradura? Acertar  no acertar: he aqu la cuestin. Se me
figura que estoy plagiando  Shakspeare.  pesar de eso no teman ustedes
que le injurie.

Dicho sea entre nosotros, Valera no pinta virtudes, sino pecados; pero
son pecados veniales, de esos que bien sera confesar, aunque no es
necesario, y por los cuales an vive Campoamor. Escriba usted, Sr.
Valera, que el mundo lee. Esos pecados, que si fuera zagala llamara de
los hombres, no han perdido nada de su atractivo con el descubrimiento
del vapor y del telgrafo. An hay encuentros en el amor y besos en el
bosque,  al revs si ustedes quieren. Esta generacin no es tan
desgraciada como suponen mis amigos los ultramontanos. Le falta fe, pero
todava hay algn da de fiesta. Todava se gozan por el mundo fciles
digestiones, rayos de luna y novelas de Valera. Vean ustedes, yo me
dedico al periodismo, voy sorteando lo mejor que puedo  las patronas, y
no lo paso del todo mal. Pero me alejo del Sr. Valera, por contarles 
ustedes lo que no les importa.

El molde de sus obras es antiguo. Es el mismo que usaran Cervantes,
Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza; esa prosa llena de efectos, de
colores, de imgenes, de reflejos que deslumbran.

Confesando que tal estilo es buscado y que palpita bajo sus laberintos
el esfuerzo, para m es el lenguaje del artista. Con este lenguaje los
objetos no se expresan en su desnuda realidad, sino que por s tienen
una vida propia, superior, sin ser opuesta,  la que anteriormente
posean. Cierto que alguna vez el refinamiento de la frase llega  tal
punto que nos muestra el objeto indeciso y tembloroso, como si el humo
azulado del cigarro se esparciera sobre l; pero aun as, prefiero los
excesos del color  la anemia del estilo.

El contenido es moderno. Est constitudo por un fondo contradictorio de
filosofa, aspiraciones tradicionales, escepticismo, frivolidad, irona
y profundidad, caracteres los ms extraos y ms difciles de explicar.
Es un ateneo racionalista que discute la existencia del Ser Supremo en
la resonante nave de una catedral gtica.

El Sr. Valera mantiene enhiesto hoy el estandarte de la fantasa
satrica, que con tanto bro empuaron en nuestra patria Cervantes,
Quevedo, Mateo Alemn y Larra. Esta fantasa no es otra cosa que el
capricho de un espritu grande, erigido en fuente de inspiracin.
Consiste en la sucesin variada y dramtica de los cuadros, en el
contraste de las combinaciones de todos los elementos reales, en una
libertad celosa y prevenida contra toda regla, en una mezcla de
sagacidad y gracia, de frivolidad y fuerza, de crueldad y delicadeza.

Mas  esta arpa vibrante y sonorosa, henchida de profundas notas, le
falta, como  la de Quevedo, una cuerda ms dulce y armoniosa que
ninguna, la cual acompaa el cntico de sus hermanas con triste y
melanclica voz: la cuerda del sentimiento. Valera carece de
sentimiento, carece de emocin. Detrs de su risa, quiz se esconda un
pensamiento noble, un juicio recto y sereno, nunca se encontrarn
lgrimas.

No se vislumbra un rayo de fe, de esa fe que engendra el herosmo, el
amor eterno y el desapego de la vida. Slo se ve una concepcin clara y
positiva de la existencia, un buen sentido inalterable, una realidad
perfecta.

No hallaris en las obras de Valera expresada la idea de la
trascendencia y de lo absoluto. Todo es relativo, todo es fenomenal,
todo es mundano en sus concepciones. Con cierto menosprecio
aristocrtico detesta la vida humilde y popular, la virtud media, las
alegras y las tristezas de las gentes sencillas. Le cautivan en cambio
los trabajos vivos y apasionados que se realizan en los espritus ms
altos, le preocupan sus vacilaciones, sus luchas y sus desgracias.

Aqu ya encuentro un poco exclusivo al Sr. Valera. No le aconsejar que
como Zola vaya de taberna en taberna recogiendo malas palabras y peores
acciones; que no son dignos en verdad esos lugares de que un tan
cumplido caballero los visite. Pero s me atrever  indicarle que
Goethe, padre natural y legtimo del gnero que con tan buena fortuna
ha introducido en nuestra patria, ha derramado siempre los tesoros de su
fantasa en las moradas ms humildes y en los corazones ms sencillos.
No se olvide el ilustre novelista de ponernos en contacto con seres
semejantes  nosotros. Cuanto ms semejantes, ms nos inflamarn sus
alegras, ms nos enternecern sus desdichas. Alambicando los
caracteres, como alguna vez lo hace, y separndolos demasiado del comn
de las gentes, empezamos  mirarlos con recelo, sospechamos que no
piensan tales cosas como el autor dice, y llegamos  creer que quieren
darse tono. Esa incesante meditacin fatiga y seca el alma. Yo creo que
hay algo en este mundo que se debe derramar de cuando en cuando. Sr.
Valera, por qu no nos hace usted derramar alguna lgrima? Por qu
alumbrar usted tanto y calentar tan poco?

Mire usted, Sr. Valera, yo he tenido una novia, aunque me est mal el
decirlo, y me pidi una novela, y yo le di una de las que usted
escribi, y  los pocos das me la volvi dicindome que no le haba
gustado, lo cual me caus mucho disgusto, porque me di  pensar que el
dueo de mi corazn era tonto. Despus reflexion ms, y me convenc de
que el tonto era yo, es decir, usted, que no haba sabido darle gusto.
Porque  usted,  quien todo se le alcanza, no debi escaprsele que mi
novia iba  leer sus novelas. Y entonces, por qu no las ha escrito de
suerte que le gustasen, vamos  ver, por qu?

No todos me comprendern, pero usted, que tiene tantsimo talento,
sabr perfectamente que hay un problema esttico detrs de esa pregunta.

Mas si no logra dar solucin  este pavoroso problema (como dira un
orador del Ateneo), si no triunfa de las mujeres, en cambio,  todos los
que ceimos nuestras sienes con el laurel de un ttulo acadmico, bien
sea el de abogado, farmacutico, perito agrimensor, etc., etc., nos
tiene materialmente hechizados. Todos, todos convenimos en que Valera es
un novelista profundo, intencionado, ameno y sabroso cual ningn otro en
nuestra patria. Un ingeniero agrnomo que ha viajado mucho, asegura que
no lo hay tampoco mejor en Europa y en Amrica. Cuando hablamos de su
lenguaje, los abogados, ingenieros y farmacuticos, no encontramos
calificativos bastante lisonjeros. El lenguaje no es, como se dice,
patrimonio del hombre: es patrimonio de Valera. Yo tornara  describir
nuevamente este lenguaje clsico y romntico  la vez, si tuviera
seguridad de encontrar quien me oyese. Porque lo que es en este momento,
francamente, no se me ocurre ms sobre el Sr. Valera.


II

La religin, cosa muy santa y muy digna de que los hombres la tomen por
lo grave, puede ser trasformada, merced  ilusiones fantsticas y
quimricas imaginaciones propias de la edad juvenil, en un verdadero
libro de caballeras. As como en la edad madura el hombre se aplica 
convertir en sustancia cuanto se halla dentro del radio de su horizonte
moral y sensible, solidificando, por decirlo as, el ambiente que le
rodea, del mismo modo el joven cifra su empeo en convertir en flido
imponderable, en humo, en nada, cuanta sustancia miran sus ojos y tocan
sus manos.

El mundo gaseoso que todos hemos habitado por mayor  menor lapso de
tiempo, est impregnado de una pasin omnipotente, pero oscura y arcana
aun para el mismo que padece sus efectos. La naturaleza, la religin, el
arte no nos hablan ms que un lenguaje indefinible y dulce. El alma no
toca  la alegra y la tristeza, sino que alternativamente se anega y se
revuelve en ellas con extraa violencia. Un vapor sutil  interno sube
del corazn al rostro movido por una palabra, por un soplo, y lo
enrojece. El sacrificio nos causa dulzuras inexplicables, la soledad nos
arrastra con poder irresistible, la meditacin es sueo, el sueo es
alucinacin.

Todo es furtivo y vago en esta edad, pero ardoroso y excntrico. Los
sentimientos dentro de nuestro ser se dilatan y amenazan romper su
molde. El fuego de nuestra alma va haciendo presa en ellos y
devorndolos todos hasta que llega  uno ante el cual se detiene. Qu
sentimiento es ste cuyo poder reconoce nuestro espritu al cabo, y al
cual ofrece en holocausto todos sus pretritos sueos y fantasas?

Esperad un poco; Valera nos lo va  decir.

Era D. Luis de Vargas un joven de veintids aos de edad, muy salado,
con mucho ngel y con unos ojos muy pcaros, aunque seminarista.
Confieso que ste _aunque_ que acabo de estampar tiene cierto sabor
hertico. Estoy admirado de lo fcilmente que se cae en la hereja
cuando no est uno prevenido.

A los veintids aos, como ya tuve el honor de indicar, se tiene siempre
algn romanticismo en la cabeza. Este _siempre_ me parece ahora algo
benvolo, pero lo dejo porque no me gusta andar en distinciones. El
romanticismo de D. Luis era el _amor divino_, con su cortejo de
trasportes msticos, escrpulos, desprecio de los bienes terrenales,
conversin de infieles, etc., etc.

Era un nio muy telogo que rezaba y pensaba mucho y que lloraba en el
silencio de la noche al oir los acordes de la guitarra rasgueada por un
campesino enamorado.

D. Luis, que haba ido por algunos das  su pueblo antes de recibir las
rdenes mayores,  las cuales se avecinaba, escriba luengas cartas  su
to el den de la catedral de..... En tales cartas desahogaba el
tonsurado mancebo con gran discrecin los profundos y sutiles afectos
que bullan en su alma. Levanta suavemente  vista del lector la cortina
 un mundo de pensamientos vagos y areos,  una serie de cavilaciones
labernticas y exageradas que muestran bien en claro el estado de
confusin de su espritu. Sin embargo, una frase tenue, casi
imperceptible se aade pronto  esta sinfona asctica que D. Luis hace
sonar en sus epstolas; el nombre de una mujer. Esta frase se oye ms
clara y ms distinta en cada nueva carta; va _crescendo, crescendo_,
hasta que se convierte en tema principal. Qu arte tan admirable
despliega aqu Valera! No es posible mayor delicadeza ni un conocimiento
ms perfecto del corazn humano.

El den advierte la nueva fase que presenta la mstica de su sobrino, y
le aconseja que se aparte del peligro si no quiere caer en l,  lo que
es igual, que pierda de vista cuanto ms antes  Pepita Jimnez. Son de
leer entonces los intrincados razonamientos y agudezas del mancebo para
convencer  su to y convencerse  s propio de que la corriente de sus
ideas marcha siempre por el cauce del amor divino. Aunque no fuese ms
que para aguzar el ingenio, convendra que todos estudisemos un poco de
teologa. Mas ay! que la teologa, _fuerte contra Dios_, como Israel,
es dbil contra una viuda de veinte aos. Toda la teologa de D. Luis de
Vargas viene al suelo reducida  cenizas, como una momia que se sacude,
al estrechar la mano de Pepita Jimnez. El sobrino de su to siente
discurrir por sus venas una idea dulce y heterodoxa. Todava habla de
spides y serpientes que es preciso aplastar; todava cita textos de la
Escritura y se compara  Holofernes y al corzo sediento, y exhala quejas
como el Salmista, pero utiliza la Biblia tambin para llamar  su amante
fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos,
paloma ma y hermana.

Cuando el atribulado joven pide  Dios con acento lastimero que separe
de sus labios el cliz de la amargura (Pepita Jimnez), los del lector
no pueden menos de contraerse con una sonrisa de asombro, de tristeza y
de burla.

Concluyen las cartas de D. Luis y con ellas la primera parte de la
novela.

En la segunda, titulada _Paralipmenos_, se narra con cierto
intencionado ensaamiento la tremenda cada de D. Luis desde la cumbre
de su imaginario ascetismo. Pepita se prenda frenticamente del
seminarista y le da  entender su amor por todos los medios conocidos
hasta lo presente. D. Luis vacila como un santo llevado sobre andas en
da de procesin. El amor divino y el amor humano rien encarnizada
batalla dentro de su alma. Toman parte por el amor divino ciertas
consideraciones sociales,  saber: la reputacin de santo ganada por D.
Luis, y de la cual, como de todas las reputaciones, cuesta mucho trabajo
desprenderse; la sorpresa dolorosa del den al saber su repentina cada,
dem la del obispo que haba recomendado con mucho encarecimiento la
solicitud de dispensa, dem la del Sumo Pontfice, que la haba
concedido en gracia de las relevantes cualidades del candidato.
Favorecen al amor humano, su padre D. Pedro, que se hallaba enterado de
todo por su hermano el den; Antoona, servidora leal y habilidosa de
Pepita, y la desesperacin de sta, que no coma, ni dorma, ni sosegaba
por culpa del arisco telogo. Las fuerzas de entrambos contendientes,
como se ve, estn equilibradas.

Pero qu desalmado y maquiavlico es el Sr. Valera!

Sin ms ni ms se pone de parte del amor humano, y prepara al
infortunado D. Luis una emboscada tan cargada de lazos y peligros que no
hay santo en el Calendario que supiera escapar  ella. Antoona,
pintando y aun exagerando  D. Luis el estado de tristeza de Pepita, le
arranca la promesa de ir  verla antes de su partida, decretada por l
mismo para el da siguiente.

Y el Sr. Valera, digo Antoona, seala para la cita la hora ms
comprometida del mundo; las diez de la noche. Era una noche serena y
perfumada de Andaluca. Brillaban en lo alto las estrellas; sonaban en
lo bajo, formando un concierto dulcsimo, las castauelas, las
guitarras, los ruiseores y los grillos. Celebrbase en el lugar de D.
Luis la verbena de San Juan. La luna, el aire, los arroyos, las yerbas y
las flores todo lo arregla el Sr. Valera  su gusto, para perder al
msero D. Luis. Pero lo arregla tan admirablemente, que repito lo que
antes dije: quisiera ver all  muchos santos del Calendario.

D. Luis penetra en la casa de Pepita, donde previamente el Sr. Valera,
como Mefistfeles, haba evocado  los demonios de la voluptuosidad,
encargndoles mucho celo y discrecin.

La visita comienza _grave y ceremoniosa_ hasta que entran en materia.
Una vez entrados, voy  dirigir al autor una sentida queja. Por qu ha
dado usted tan poco movimiento al dilogo, y hace que Pepita y D. Luis,
en vez de hablar como Dios manda en tales casos, pronuncien esos
discursos tan metafsicos y tan indigestos?

Afortunadamente D. Luis, con todo aquello de la luna, el aire difano,
los ruiseores, los grillos y las estrellas, vena de buen temple. La
pasin triunfa de la metafsica, y sucede lo que ustedes pueden ver
leyendo  _Pepita Jimnez_.

Esta escena y todo lo dems que acontece hasta la conclusin de la
novela (que ya no es mucho) lo premiara yo con la inmortalidad si en mi
mano la tuviera. Al ver la resignacin con que D. Luis se acomoda 
beber el cliz de la amargura por los ojos de Pepita Jimnez y la
filosofa positiva terrenal y tangible que de pronto le acomete,
expresada por un sin fin de reflexiones y silogismos  cual ms
graciosos, no hay labios que no sonran, no hay ojos que no brillen.

Dicen que el fondo de _Pepita Jimnez_ es _satnico_, pero ya pueden
ustedes suponer quines lo dicen. Es ms difcil que estos crticos
lleguen  entender ciertas cosas que el que un camello pase por el ojo
de una aguja.

El fondo de la novela del Sr. Valera es _humano_, y porque es humano nos
interesa. Cierto que algo tiene de Satn D. Luis de Vargas. Se desploma
como l por virtud de fuerza mayor; pero Satn cae trgicamente de los
cielos herido por el rayo y don Luis slo cae de su asno. Las ansias y
los arrebatos de su ardiente corazn, enderezados merced 
circunstancias de su vida hacia el ideal religioso, eran indicios
seguros de que aquel corazn esperaba, como la noche al da, la visin
de un misterio inefable, la revelacin de una mujer. Sus sueos y sus
ilusiones no se disipan, porque son privilegio dichoso de la juventud;
slo cambian de rumbo y van  libar de la vida real el dulce nctar de
la voluptuosidad. Oh si la realidad nos arrancara siempre de la regin
de los sueos con mano tan delicada como  D. Luis de Vargas!

Por su forma es _Pepita Jimnez_ la obra ms perfecta de Valera y una de
las ms esmeradas y primorosas de la literatura espaola. La accin, que
no puede ser ms sencilla, est presentada con mucho orden y
originalidad. Los caracteres trazados con ms delicadeza que bro, pero
vivos y correctos. Las descripciones de un colorido inimitable y
exornadas por las galas de ese estilo mgico que slo posee Valera. El
dilogo un tanto oscuro y alambicado.

Lstima de metafsica!


III

Al ocuparme en la crtica de _Las ilusiones del doctor Faustino_, vuelvo
 exclamar: Lstima de metafsica!

No comparto, sin embargo, la especie de que esta produccin constituya
un gran yerro del autor, como muchas veces he odo afirmar.

_Las ilusiones del doctor Faustino_, aunque en orden  sus proporciones,
desarrollo y alio de la forma se encuentra muy por bajo de _Pepita
Jimnez_, est  la misma altura, y aun por encima, considerando la
trascendencia y magnitud del asunto, la verdad de los caracteres y la
profunda irona que envuelve toda la obra.

En Espaa, donde solemos morirnos algunas veces de seriedad, no da gran
resultado un estilo como el del Sr. Valera. Se supone que para que
salgan bien las cosas es necesario hacerlas con la mayor gravedad
posible, casi sin pestaear. Y mucho menos se comprende que el escritor
descienda de esa prosa campanuda  impasible, sin olor, color ni sabor
ni otros accidentes de pan y vino,  una ms familiar y corriente, sin
moldes forjados de antemano, donde se re cuando se tiene gana y se
llora si hay algo que lo merece.

El que tal prosa emplee en sus escritos, crame usted, Sr. Valera, si se
llama Juan no pasar de Juanito.

Acaso, y sin acaso por ser _Las ilusiones del doctor Faustino_ una de
las novelas ms picantes, ms sustanciosas y mejor intencionadas que se
hayan producido en Espaa y fuera de ella no ha conseguido  su salida
por el mundo ms que desaires y vejmenes.

Yo voy  estar ms fino, aunque no tanto que me pase. Doy por leda la
obra, para evitarme la molestia de narrar el argumento, y paso con la
mayor frescura  decir mi opinin.

Vuelven  ser las ilusiones y los sueos de un joven el tema en que se
emplea la perspicua inteligencia de Valera. Mas las ilusiones del hroe
de esta novela no toman el rumbo generoso que las de D. Luis de Vargas,
no salen  espaciarse por las luminosas esferas de la religin ni por
los campos inmarcesibles del sacrificio, son ilusiones ms caseras y no
trascienden del _yo_ bastante enrevesado del doctor Faustino.

Cualquiera ha sido joven en este mundo. Este cualquiera que escribe
semblanzas literarias, lo es todava. No es difcil tampoco tener
ilusiones. Yo las tengo muy grandes de que ustedes no me suelten de la
mano. Pues bien, cuando las ilusiones distan mucho de la realidad, como
en este caso, surge el ridculo, que hbilmente presentado por una pluma
discreta y afilada como la del Sr. Valera, sirve de provechosa leccin y
enseanza saludable.

La ilusin es el mismo deseo revistiendo forma, tomando vida y
apariencia de verdad en la fantasa. Por eso los hombres de imaginacin
son los ms propensos  concebir ilusiones y  naufragar en sus prfidas
aguas. Mas como quiera que la imaginacin es la facultad ms amable del
alma y la que imprime carcter al hombre, el doctor Faustino, con todas
sus ilusiones, sueos y fantasas, si logra hacerse ridculo, no excita
antipatas ni rencores. Antes me figuro que todos le miran con marcada
benevolencia y hasta presumo que el autor llega  prendarse de l por la
nobleza y originalidad de su espritu. Siempre los amores traen
inconvenientes, y los del Sr. Valera en esta ocasin han trado para su
novela un desenlace desproporcionado y no muy bello. Con el fin de
preparar el trgico remate de la obra se ve el autor en la necesidad de
vulgarizar al hroe. En efecto, pierde el doctor Faustino su primera
originalidad y se trasforma en un carcter endeble y pasivo cuya muerte
ms sorprende que conmueve. El autor deshace con harta precipitacin y
torpeza la delicada urdimbre del carcter del hroe. Ms que desenlace
parece un corte de cuentas.

En la fbula no brilla el Sr. Valera como ya tuve el descaro de
manifestar, mas  m se me advierte que es mejor que no brille. De
intrigas tenebrosas, espantables y absurdas nos tienen hasta el cuello
los novelistas franceses y la ms enferma parte de los espaoles. Y sin
embargo, quin dira que el Sr. Valera, tan sencillo, tan razonable y
tan sobrio en sus fbulas, ha introducido en la de esta novela un
elemento maravilloso que resulta melodramtico! Yo bien s por qu lo ha
introducido el Sr. Valera. Es que ha oido decir  los crticos que no
tiene imaginacin y que no consigue dar un inters palpitante  sus
novelas. Porque los crticos son de esta guisa. Se presenta un hombre
blanco y le llaman plido; se presenta un moreno y le apellidan negro.
Sale  luz un novelista de mucha intriga y enredo: truena la crtica
contra la intriga y califica al novelista de intrigante y mala persona.
Aparece otro sensato y discreto: entonces la crtica hecha de menos la
intriga y se queja amargamente de que no le interese.

Valera ha dicho: queris aventuras estupendas? Pues all van; y nos
propin las de _la inmortal amiga_. Yo me permito creer, Sr. Valera, que
no debe usted abandonar jams por ninguna clase de murmuracin, es
decir, de crtica, el gnero realista del cual tan brillante muestra nos
ha dado en _Pepita Jimnez_, porque opino como su correligionario
Voltaire, que todos los gneros son buenos menos el fastidioso.

No hay en el gnero de usted, es verdad, motivo para soltar muchos cabos
con el exclusivo objeto de amarrarlos despus como Dios d  entender,
que  veces lo da  entender psimamente, y otras ni bien ni mal, pero
en cambio puede comunicarse  la novela un inters ms espiritual y de
mejor ley, desarrollando plsticamente un pensamiento luminoso y
fecundo, interpolando descripciones como la de la Nava en el captulo
titulado _El Paraso terrenal_, tan fresca, tan viva, tan primorosa y
tan mgica, que puede figurar dignamente al lado de algunas del
_Quijote_, y dibujando en fin con felicidad caracteres y tipos humanos
cuyo estudio se me antoja ms digno de un ingenio privilegiado como el
de Valera, que la exposicin desatinada de aventuras increbles, propias
para despertar miedo en los nios.

_Las ilusiones del doctor Faustino_ es una novela de caracteres, y
sobre los principales, ustedes me dispensarn si digo algunas palabras.

Yo, que al igual de todos los cndidos, cuando quiero tener malicia me
paso de malicioso y suspicaz, he pensado descubrir que el doctor
Faustino es el mismo Sr. Valera que viste y calza, y que todos los das
vemos por ah, gozando una tranquilidad de espritu un tanto positivista
y epicrea, aficionado  las especulaciones y sistemas metafsicos que
le interesan como pura poesa, amando y respetando la realidad, hecho,
en fin, un D. Juan Fresco. El hombre da mucha vuelta con los aos, y
creo que para llegar  la situacin de nimo de D. Juan Fresco, es
necesario haber pasado por la del doctor Faustino  algo que se le
parezca.

Este pensar mo es el que ha dado margen al cario que profeso  la obra
que voy examinando. Eso de conocer el corazn humano cuando es el
corazn humano de otro, no me parece lo ms fcil del mundo; mas
tratndose del propio, la tarea se simplifica extraordinariamente. El
Sr. Valera, que tiene su alma en su armario, la saca, la limpia el
polvo, y la ofrece  nuestra vista.

Por eso me embelesan los tipos del doctor Faustino y D. Juan Fresco,
porque resultan bellos y al mismo tiempo humanos.

El carcter de D. Juan Fresco, nada ms que apuntado  bosquejado en
esta novela, aparece plenamente desenvuelto en el _Comendador Mendoza_,
ltima produccin romancesca del autor que venimos estudiando. Son
innegables y patentes las afinidades que guardan entre s el antiguo y
el coetneo retirado de Villabermeja, y de ambos caracteres tan nobles
como despreocupados, repito que concepto propietario al Sr. Valera.

La obra no tiene, ni con mucho, la trascendencia y significacin que
_Las ilusiones del doctor Faustino_ ni la originalidad de _Pepita
Jimnez_. En cambio uno de sus tipos, el de D. Blanca, est trazado con
ms bro del que Valera acostumbra, y su accin, aunque excesivamente
sencilla, es rpida  interesante.

Seor Presidente, me siento fatigado y ya no tengo ms que decir sobre
el Sr. Valera.

Se levanta la sesin.

[Illustration]

[Illustration]




D. MANUEL FERNNDEZ Y GONZLEZ.


[Illustration: N]O s cmo arreglarme para decir algo bueno del Sr.
Fernndez y Gonzlez. Mucho temo no llegar  decirlo. Por ms que lo
intento no consigo desechar de m cierto rencor y mala voluntad hacia su
persona  personalidad, que es lo ms de moda, y como soy tan
impresionable y tengo tan poco peso (cinco arrobas escasas), lo ms
probable es que le suelte alguna pulla de mal gnero, impropia por
entero de mis antecedentes y de mis aos.

Pero, Seor, quin me habr metido  m  crtico!

Hubo un tiempo, sin embargo, en que yo tena menos aos que ahora, _et
in illo tempore_, el Sr. Fernndez y Gonzlez me hizo perder bastante
dem. Cuando lo pienso, no puedo menos de verter lgrimas, y exclamar
como Augusto:

Fernndez, Fernndez; vulveme mi tiempo!

No slo de esta abundosa fuente mana mi rencor. El Sr. Fernndez con sus
narraciones fantsticas, lances maravillosos y combates descomunales, ha
infludo de un modo muy pernicioso en mi carcter. Hace ya bastantes
aos, era yo lo que se llama una malva, incapaz de romper un plato
adrede.

Mas hete aqu que leo los _Siete Nios de cija_, donde se describe  lo
vivo de qu modo siete valientes derrotan y ponen en vergonzosa fuga, en
cuantas batallas libran,  siete mil carabineros; y hubieran derrotado
en la misma forma  siete millones, dada su infinita bravura. Esta
bravura me contagi de tal suerte, que llegu  suponerme dotado de una
fuerza incontrastable y sobrenatural, y empec  ensayar mis fuerzas y
arrestos, descargando terribles puetazos sobre las puertas de la
vecindad.  los pocos das de efectuar estos ensayos, era conocido entre
los granujas del pueblo con el pintoresco mote de _Brazo de hierro_. Y
aconteci que un da o sonar  mis espaldas el famoso apodo acompaado
de cierta risa que  m me pareci por muchos conceptos irrespetuosa. Me
vuelvo y veo  tres pilluelos muy risueos que se estaban sin quitarme
ojo. Lleg la ocasin, pens, y encomendndome al invicto Juan Palomo,
cerr con el mayor coraje y ardimiento sobre aquellos canallas. Mas ay!
que entre nosotros deban existir las mismas relaciones que entre los
antiguos aragoneses y su monarca: cada uno de ellos vala tanto como yo,
y juntos mucho ms que yo.

Me llevaron  casa y me pusieron sobre la frente algunos paos empapados
en rnica. Jams se lo perdonar al Sr. Fernndez y Gonzlez.

Fundada, pues, mi crtica en motivos tan balades, es preciso convenir
en que no tendrn fuerza de ninguna clase cuantas censuras dirija al Sr.
Fernndez y Gonzlez. Convengamos en ello y meditemos un rato sobre la
pequeez de los hombres que por unos mojicones ms  menos llegan hasta
rebajar las glorias de un esclarecido novelista.

Sin embargo, aunque no otra cosa, espero que se me reconozca cierto
valor para arrostrar la impopularidad. El Sr. Fernndez goza de gran
crdito entre las clases ms virtuosas de la nacin. Conozco algunas
amas de huspedes que en gracia de sus interesantes novelas seran
capaces de no pedirle el dinero hasta fin de mes. Y yo, escritor
ventajosamente conocido en Espaa, Francia, Inglaterra, Rusia, los
Pases Bajos y Carabanchel de Abajo, no vacilo en depositar en el
pedestal de la estatua de la Verdad mis coronas y mis lauros.

Hermosa figura y ejemplo perdurable de herosmo!

El Sr. Fernndez y Gonzlez no siempre escribi malas novelas. Hubo un
tiempo en que las escribi buenas. Esto deba decirlo al final del
artculo, bien lo comprendo, para que la ltima impresin fuese dulce,
pero como el Sr. Fernndez y Gonzlez escribi las novelas buenas antes
que las malas, parece natural que me atenga  su cronologa. Especial
cronologa la del Sr. Fernndez! Todo en el Cosmos progresa, todo se
perfecciona por virtud de la ley de la evolucin pasando de lo homogneo
 lo heterogneo[6]. Y no obstante, el Sr. Fernndez y Gonzlez rompe de
frente con la ley de la evolucin, y despus de escribir novelas muy
heterogneas da  luz las homogneas. _El Condestable D. lvaro de Luna,
Men Rodrguez de Sanabria, Martn Gil, El cocinero de Su Majestad y Los
Monfes_ son novelas histricas en que  ms de observarse con algn
cuidado los requisitos del gnero, revela el autor cualidades
excepcionales para brillar en l. No resucita por medio de un estudio
atento y minucioso el mundo de la Edad Media como Walter Scott, sus
costumbres, sus trajes, su fisonoma exterior; mas quiz debido  una
portentosa imaginacin consiga penetrar ms adentro que el inmortal
creador de la novela histrica, en sus sentimientos, en sus acciones y
su discurso; en el mundo del espritu.

No maneja tan bien el guardarropa feudal, ni el mobiliario de una sala
gtica, ni es capaz de disponer un torneo con tanta propiedad; pero
nuestros abuelos no aparecen con ese tinte suave y melanclico que
inmerecidamente les concede el autor de _Ivanhoe_, sino con el lenguaje
rudo, la sensualidad desenfrenada y la ferocidad bestial que les
conviene. Los acentos speros que resuenan en los tiempos medios parecen
vibrar puros y frescos todava en la briosa fantasa de Fernndez y
Gonzlez. Penetra por la coraza damasquina y la recia cota de malla, y
sorprende los sentimientos de aquellos corazones tan rudos 
independientes. Es ms _realista_ de la Edad Media que su maestro Walter
Scott.

An pudiera serlo ms, no lo dudo, rebajando un noventa por ciento de
aventuras; mas como, despus de todo, ninguno de nosotros ha vivido en
la Edad Media, la narracin de las maravillas acaecidas en esta Edad no
nos puede irritar tanto como la de aquellas que suceden en la presente,
donde no sucede ninguna.

No tengo inconveniente, pues, en admitir que los siglos medios son
poticos, y que en ellos se efectuaron todos esos lances portentosos que
los novelistas nos cuentan, y otros muchos ms que no nos cuentan. Mas
deseo hacer constar que aunque poticos eran unos siglos brbaros, y que
en punto  urbanidad y buena crianza, pese  Walter Scott y su escuela,
el nuestro les saca mucha ventaja.

 pesar de esto no falta quien apellida  nuestro siglo torpe y
escandaloso, y se siente muy desgraciado por haber nacido en l en vez
de florecer en la poca del feudalismo. Hay que convenir en que la
Providencia ha estado muy dura con los que as discurren ponindoles
sombrero de copa en lugar de casco. Pero una vez que no ha querido
darles ese gusto, no hay ms remedio que resignarse y esperar de mala
manera, en cualquier oficina,  que este siglo se hunda en los abismos
del tiempo. nimo, pues, que ya falta poco; veintids aos escasos.

Quede sentado que el Sr. Fernndez y Gonzlez manifest en otro tiempo,
muy lejano por desgracia, disposiciones felicsimas para la novela
histrica. Pero no hay que atribuirle tampoco con afn hiperblico
aptitudes que no ha tenido jams. Si las mostr nada comunes para el
cultivo de este gnero, nunca di la ms leve seal de poseerlas para la
novela de costumbres, social, realista  como quiera denominarse. El
gnero histrico es de todos los romancescos el que ms semejanzas y
afinidades guarda con el poema, y Fernndez y Gonzlez es mejor poeta
que novelista. Tal vez depender de que el poeta se constituye y
caracteriza por la fantasa, viniendo  ser el entendimiento y el
estudio nada ms que auxiliares de su inspiracin, mientras el novelista
necesita por partes iguales de una inteligencia superior y de una
imaginacin pintoresca. El talento de Fernndez y Gonzlez guarda,  mi
juicio, ms parentesco con el de Zorrilla que con el de ningn novelista
de los que figuran  han figurado en nuestra patria.

Mas ya que su empeo fuera escribir novelas y no versos, pareca
razonable que siguiera novelando en el gnero histrico cada da con
mayor discrecin y lucimiento. El Sr. Fernndez y Gonzlez toda su vida
profes mucho horror  lo razonable. As es que, en vez de continuar
estudiando para corregirse y mejorarse, comenz  echar por aquella
pluma un diluvio de novelas plagadas de lances y aventuras imposibles
que produjeron grandes disturbios en el ramo de modistas. De la novela
histrica no qued ms que los nombres de los personajes, los cascos,
las lanzas y las cimitarras. Todo lo dems, la pintura de los
caracteres, la descripcin de las costumbres, la verosimilitud de la
fbula, naufrag en un mar de tinta.

Este afn insaciable de aventuras fu causa de su perdicin. Lo que es
el corazn humano! como dira Prez Escrich. Un hombre que haba pasado
toda su vida en el alczar del rey tratado  cuerpo de dem, dedicado
exclusivamente  vigilar la entrada y la salida de los galanes por las
puertas secretas, los suspiros de la reina y las rdenes del monarca,
marcha de improviso  Sierra Morena y empieza  echar el alto  los
viajeros, en compaa de _Juan Palomo_ y _Diego Corrientes_.

Estos cambios bruscos  inesperados de la fortuna me conmueven
sobremanera.

Y qu haba de suceder! El Sr. Fernndez, que era un caballero muy
cumplido y espiritual, consigui al principio dar cierto barniz
romntico  aquellos secuestradores; mas al cabo y  su pesar tuvo que
sufrir la influencia nefasta de tan grosera compaa, perdiendo las
buenas formas y los refinamientos palaciegos. Descuid  abandon por
entero los estudios literarios, acaudalando en cambio gran copia de
bellaqueras y ruindades que aspir  presentar como admirables,
redactndolas al mismo tiempo en un lenguaje que por nada en el mundo me
atrevera  llamar cervantesco.

Si el Sr. Fernndez y Gonzlez hubiera ido  recorrer los desfiladeros y
encrucijadas de Sierra Morena con el objeto de estudiar minuciosamente
las costumbres de sus indgenas y ofrecrnoslas despus en cuadros
romancescos vivos y fieles, yo no le dira una sola palabra malsonante;
all se las arreglara con los enemigos del realismo. Pero eso de ir ni
ms ni menos que  buscar con su linterna por aquellas breas almas
grandes, corazones generosos, honrados padres de familia y ciudadanos
ntegros, se me figura depresivo para los que habitamos en poblado. No
parece sino que escandalizado el Sr. Fernndez y Gonzlez de nuestra
corrupcin, como Tcito de la de Roma, desea presentarnos en las
costumbres puras  inocentes de la bandolera algo que nos edifique y
nos enderece. Pues mire usted, Sr. Fernndez, convengo en que por Madrid
hay muchos perdidos y que es peligroso hasta cierto punto atravesar 
las tres de la tarde por delante del caf Suizo; pero tambin hay muchos
caballeros, tan fieles como el oro, que slo le detienen  usted para
pedirle fuego. No es absolutamente necesario ser ladrn en cuadrilla
para tener un corazn sensible. Conozco muchas personas que, sin haber
desvalijado  nadie en su vida, riegan con sus lgrimas las butacas del
teatro Espaol cada vez que se pone en escena _ locura  santidad_.

Repito, pues, Sr. Fernndez, que el ideal de la bandolera no es
suficiente para el arte. El ideal cristiano me parece ms fecundo y ms
conforme con la naturaleza humana.

Estos trueques de ideales producen unos efectos desastrosos. Las novelas
fueron bajando, bajando, y bajaron yo no s hasta dnde. Salieron  luz
por entregas, por arrobas y por metros cbicos. El seor Fernndez tena
un establecimiento en liquidacin dentro de la cabeza.

Y, sin embargo, _qu fu de tanta invencin?_ Destinadas estas novelas
 entretener los ocios de las clases menos doctas de la sociedad,
perdieron casi en absoluto el carcter de obras literarias y fueron
proscritas con excomunin mayor de toda biblioteca bien nacida. El autor
ya no volvi  preocuparse de la composicin, del anlisis de los
caracteres, ni de las pasiones, ni de la verosimilitud, ni de la pureza
de la lengua. Lo nico  que atendi fu  sorprender,  asustar las
imaginaciones femeniles,  despertar y encadenar la curiosidad,
arrastrndola violentamente por sucesos increbles y absurdos.

De este modo logr conquistar una inmensa popularidad, sobre la cual
tampoco debe forjarse grandes ilusiones el Sr. Fernndez y Gonzlez.
Tuvo y an tiene muchos lectores, pero son de tal jaez estos lectores
que no pueden fundar ninguna reputacin duradera. Leen por distraerse,
por _matar el tiempo_, y las ms de las veces no se detienen  mirar el
nombre del autor del libro que soportan en la mano. Si lo miran, no son
capaces de tributarle admiracin,  la manera que al nio jams se le
ocurre admirar al inventor del juguete con que se divierte.

Las obras literarias,  las que tal nombre merecen, no se presentan como
los arenques en grandes turbas; vienen solas despus de haber madurado
por ms  menos tiempo en el cerebro del artista. Aquellas que no sufren
una gestacin laboriosa cuando se escriben, es que ya la han sufrido en
el pensamiento. Me refiero, por supuesto,  las obras de mrito
permanente, capaces de resistir  las inclemencias del tiempo y de la
crtica.

La _entrega_, que Fernndez y Gonzlez ha cultivado con ms xito que
ningn otro en nuestra patria, es la institucin ms perniciosa que
inventaron los hombres para tormento de las letras.

Me equivoco, hay todava otra institucin ms deletrea: el tomo de 
peseta. En tomos de  peseta ha exprimido el Sr. Fernndez las ltimas
gotas de su desordenada inspiracin. En vano el poder legislativo de la
sociedad se afana por introducir las reformas ms convenientes en todos
los ramos de la administracin; en vano el poder ejecutivo cumplimenta
con toda fidelidad las disposiciones legales, desenvolvindolas y
aclarndolas por medio de reglamentos acertados y sabios y concienzudos
prembulos. Mientras Manini, con su biblioteca _de lujo_, y los
traductores de Barcelona sigan conspirando contra la salud pblica, no
tendremos en nuestra patria ni sosiego, ni riqueza, ni vas frreas, ni
administracin.

Torna  la ciudad el Sr. Fernndez y quiere describirnos la vida real,
lo que pasa pared en medio de nosotros. No dejan de tener estas sus
novelas contemporneas cierto inters y movimiento, porque el autor, por
ms que se empea, no puede prescindir completamente de su poderosa
imaginativa; mas all, por el campo, adquiri unos modales tan
impolticos y serranos, que por ningn concepto recomiendo la lectura de
tales obras  las nias de quince abriles.

Resplandece en sus ltimas novelas,  ms de un color verde harto
subido, la ausencia absoluta de previsin artstica. El autor no medita
ni calcula nada de lo que constituye el fondo y la forma de una obra
romancesca. Prefiere abandonarse  la corriente alborotada de la
improvisacin, y all van escenas y sucesos donde quiere una fantasa
delirante. Yo que juzgaba  la improvisacin slo buena para decir unas
cuantas redondillas despus de haber comido fuerte!

La pintura exagerada y un tanto burda de la vida exterior es lo que se
observa  primera y segunda vista en estas producciones. La vida del
espritu merece tanto respeto al Sr. Fernndez y Gonzlez que no se
atreve  penetrar en ella. Tal vez el alma humana tendr que agradecerle
este respeto. Debo manifestar, no obstante, en descargo de mi
conciencia, que el espritu del hombre tiene derecho  ocupar el lugar
preferente en la novela. Cuando se le condena  comer el pan negro de la
emigracin, como en las obras de Fernndez y Gonzlez, la novela se
transforma en cuento de viejas.

En resolucin. No es posible juzgar las producciones del Sr. Fernndez y
Gonzlez, si exceptuamos las primeras, citadas ya en este artculo, con
arreglo  los sanos principios literarios. Tales obras salen del recinto
de la literatura para entrar en el ms oscuro y tambin ms lucrativo de
la industria. Una vez convertido el arte en oficio, ya no se trata ms
que de mucho papel y mucha tinta. El que hace un cesto hace ciento, y el
que escribi una novela puede escribir un cargamento de ellas.

Cuntos aos hace que el Sr. Fernndez y Gonzlez est haciendo cestos
sin darse punto de reposo!

Sus novelas, como las saetas del ejrcito de Jerjes, amenazan ya nublar
el sol.

As, que me he visto precisado  pelear  la sombra.

Conste sobre todo, Sr. Fernndez, que esta crtica fu inspirada por los
mviles ms bajos y ms ruines.

[Illustration]

[Illustration]




D. FRANCISCO NAVARRO VILLOSLADA


[Illustration: O]ROCEDAMOS con mtodo. El Sr. Villoslada, aunque
novelista vivo, no es un novelista contemporneo. Pertenece al grupo de
los romnticos que pas felizmente para no volver. El romanticismo di
muerte al clasicismo: el realismo filosfico acaba de matar al
romanticismo. ste fu una gloriosa insurreccin contra las formas
aristocrticas y convencionales de la tradicin literaria encauzada
desde el renacimiento por el seguro pero estrecho lveo de la cultura
clsica, un retorno  la verdad y  la belleza aprisionadas en
inflexibles moldes, un himno entusiasta  la inspiracin libre y
sencilla de la Edad Media. En el romanticismo precisa distinguir dos
momentos. Detinense en el primero los apasionados y devotos de la Edad
Media, los que no slo demandan  estos siglos naturalidad y sencillez
para la forma, sino ideales, tangibles y completos para la vida, los que
aman sus creencias y sus costumbres, oponindolas con decisin al
amaneramiento y  la tibieza de nuestros tiempos. Fueron representantes
ms  menos insignes de estas tendencias, en Alemania los hermanos
Schlegel, Tiek, Ruckert y Huland; en Inglaterra, Walter-Scott y Southey;
en Francia Chateaubriand, Vigny, y en Espaa el duque de Rivas y
Zorrilla.

Pero esta grandiosa revolucin literaria encontr en otros muy notables
ingenios una representacin ms amplia y humana. Las altas ideas morales
y metafsicas expresadas con exageracin, con violencia y con exceso,
vinieron  engendrar otro gran movimiento que podemos denominar
romanticismo filosfico, que ilustraron, en Alemania, principalmente
Schiller, Herder y Heine[7], en Inglaterra Byron, Wordsworth y Shelley,
en Francia Hugo, Lamartine y Musset, y entre nosotros Espronceda.

No me cumple el ocuparme ahora en esta segunda fase del movimiento
romntico, sino tan slo decir escasas palabras sobre la primera, por
ser aquella en la cual se fija y encierra el carcter del novelista que
estudiamos.

Disgustados por la miseria y bajeza de nuestra poca, atenta muy
particularmente al desenvolvimiento y progreso de los intereses del
cuerpo, desnuda casi por completo de fervor religioso, los primeros
romnticos,  cuyo frente debe colocarse al clebre Walter-Scott,
creyeron ver en la poca feudal un dechado para la nuestra. La audaz
imaginacin, estimulada por la distancia y el deseo, hzoles trocar la
grosera en caballerosidad, la barbarie en nobleza y la srdida ambicin
en altanera bravura,  iluminaron los speros contornos de aquella edad
con los colores de una luz ideal. As naci la novela arqueolgica; no
como descripcin ms  menos fiel de las costumbres y sentimientos de un
perodo histrico, sino como fantstica resurreccin de una edad de oro.

No gusto de exclusiones en literatura, ni fuera tampoco prudencia
desechar un gnero en el cual ha conseguido su renombre el ms insigne
de los novelistas modernos; pero s apuntar que la novela histrica en
su misma naturaleza lleva grmenes de falsedad y de muerte. Vemoslos.

Para pintar las costumbres de una poca histrica no hay nada mejor,
est averiguado, que haber vivido en ella. Todo intento de resucitar
aejas costumbres tiene mucho de fantstico. Insensiblemente, sin que el
artista lo perciba, y  despecho de todos sus escrpulos y pruritos de
veracidad, se introduce en la obra el acento moderno y se enseorea de
ella.

Y si esto podemos decir de las costumbres, qu suceder con los afectos
y pasiones? Aqu es donde se penetra claramente la miseria de la traza y
todo el artificio de que los novelistas arquelogos se valen para
deslumbrarnos momentneamente. Cuando mencionan cualquier usanza antigua
suelen poner debajo la autoridad en que se apoyan; mas yo no veo jams
ninguna prueba para sus anacronismos cuando se trata de ideas y
sentimientos.

Cuntas veces al penetrar en una sala gtica hall sentado al pie de la
tosca chimenea, reposando el codo en uno de los brazos del sitial, la
mano en la mejilla, al vecino del cuarto tercero, persona muy honrada,
de continente grave y hasta cierto punto melanclico!

--D. Facundo, usted por aqu! Cmo es eso?

--Qu quiere usted, amigo mo; fu empeo de Villoslada el ataviarme con
este ridculo disfraz, aunque no estemos en Carnaval, y aqu me tiene
usted escuchando, quiera que no, dejando para ello abandonada la
oficina,  ese trovador errante y cargante.

Doy la vuelta para mirar al trovador y me veo con largas guedejas, muy
adormecido y tristn con el lad en la mano,  Pepito Paniagua, el novio
de mi prima, estudiante de segundo ao de farmacia, que pasa la vida en
el portal de enfrente.

Digan ustedes ahora si no tengo motivos para dejar de creer en la
autenticidad de tales guerreros y trovadores.

Pues por estas y otras razones ms prolijas, considero que la novela
arqueolgica no es viable como gnero literario. Esta consideracin
tendra mucho mayor mrito si fuese escrita y publicada hace algunos
aos, lo reconozco, porque entonces hubiera sido una profeca, mientras
que hoy aparece tan slo como la explicacin de un hecho. Porque es un
hecho que ya no se cultiva la novela histrica ni dentro ni fuera de
Espaa.

Todas las personas de cierta categora literaria estn conformes en que
las costumbres y los sentimientos que se pinten han de ser las
costumbres y los sentimientos contemporneos. Cuando queramos conocer
(de un modo muy imperfecto, por supuesto) los de otra poca, acudamos 
las crnicas,  las Memorias autnticas,  la literatura de aquel
tiempo, jams  las novelas de los romnticos.

Un gnero literario puede ser efmero, no obstante, mientras obtienen la
inmortalidad aquellos que lo cultivan. Buena prueba de esto nos ofrece
el ilustre Walter-Scott, rey y seor de la novela histrica. Su fama no
se merma ni decae con los aos; antes se levanta cada da con ms brillo
y esplendor. Porque es privilegio dichoso del arte mudar constantemente
de gustos y derroteros, dejando  salvo la gloria de sus intrpretes:
Walter-Scott tiene feudatarios en todas las comarcas de Europa. Le
rindieron pleitohomenaje en su pas Horacio Smith, James, el ms fecundo
de los novelistas histricos, Grattan y Banim, llamado el Walter-Scott
irlands; en Francia, Alfredo de Vigny, Vctor Hugo, Alfonso Royer, el
biblifilo Jacobo y Alejandro Dumas; en Italia, el incomparable Manzoni,
Rosini, Guerrazzi y el marqus de Azeglio.

En Espaa recibieron de l el espaldarazo y fueron armados novelistas
por su mano Larra, Martnez de la Rosa, Espronceda, Escosura, Enrique
Gil, Garca de Miranda, Fernndez y Gonzlez, Cnovas del Castillo y
Villoslada.

No es por cierto este ltimo,  sea el que ahora nos ocupa, el menos
notable de los que hemos apuntado. Hablemos de l un momento, si ustedes
gustan.

Se presenta desde luego como discpulo franco y declarado del ilustre
_baronet_ escocs, pero no deja de manifestar al propio tiempo una
tendencia, an ms pronunciada que la de su maestro, hacia la
arqueologa. El Sr. Villoslada considera de su deber el restituirnos las
pocas histricas por entero, sin que falte ni sobre un cabello, y
atento como buen hidalgo al cumplimiento de sus deberes, dispone de tal
suerte el enredo de la novela, que va haciendo pasar por delante de
nuestra vista en ordenada procesin todo lo ms caracterstico de
aquellas remotas edades. Primero una refriega en un bosque, despus un
torneo, ms tarde el tormento aplicado  un delincuente, la descripcin
del interior de un castillo, una conjuracin de villanos, la entrada de
un rey en una poblacin, etc., etc. Todo esto conspira, sin disputa, 
que la novela tenga mayor mrito  los ojos de anticuarios y
arquelogos, pero disminuye no poco su belleza como obra de arte.
Percbese en demasa el artificio con que van sujetas entre s las
escenas y los cuadros.

stos y aqullas, no obstante, tienen mucho vigor y entonacin. En
cuanto al color local, ustedes dirn. Yo, por mi parte, como no he sido
ni pechero ni rico hombre en aquella edad,--lo ltimo me vendra muy
bien en sta--jams tuve ocasin de presenciar lo que en ellos se
describe y no puedo, por lo mismo, entrar en comparaciones que, despus
de todo, siempre son odiosas.

Mas dejemos  un lado lo del color y vengamos  la fbula. El Sr.
Villoslada es espaol y un buen espaol, sabe armar un lo de todos los
diablos donde quiera que pone la mano. El enredo de sus novelas es
complicadsimo, vivo  interesante. Verdad que los trminos entre los
cuales se mueve la fbula de la novela histrica parecen obligados y de
antiguo constitudos.

Una reina que se enamora de un villano, el cual resulta prncipe  cosa
por el estilo; un prisionero que por odiosas artes vive sepultado en una
mazmorra largos aos hasta que llega el da de su rehabilitacin
gloriosa; un matrimonio secreto; un relicario; un lunar en la espalda;
un paje enterado de todo. El Sr. Villoslada maneja  la perfeccin tales
palillos y mantiene en zozobra hasta el fin la atencin del lector.

Por otra parte, las pasiones, singularmente el amor, no son tan
nebulosas y desvadas como en los cuadros de su ilustre maestro. Pender
tal vez de que el Sr. Villoslada, aunque en la regin ms alta, naci en
tierra de Espaa, pas donde al amor se le toma ms por lo claro.

Los caracteres no estn mal trazados, por punto general, aunque algunos
los considero algo progresistas para su siglo. Verbi y gracia, en _Doa
Urraca de Castilla_, una de las mejores novelas del autor, dice un noble
 un villano:

--Maese Sisnando, merecas haber nacido noble!

--Conde de Lara--contest el villano,--sois leal y agradecido; merecais
haber nacido hombre.

Esto me recuerda  un amigo de mi niez. Era un retirado que haba
servido  las rdenes de Espartero. Pobre hombre! Parece que le estoy
viendo, con su enorme nariz colorada, su boca cavernosa y su formidable
caa de las Indias. Por espacio de quince meses me describi todas las
semanas la batalla de Ramales. Admiraba mis profundos conocimientos en
aritmtica y estimaba en lo que vala mi carcter ntegro 
independiente. Yo tena nueve aos entonces y juntos salamos de paseo
por un camino solitario hasta llegar  un sitio frondoso donde manaba
una fuente. All me describa la batalla de Ramales, me deca lo mal que
le trataba la huspeda por una peseta diaria, que fielmente le pagaba, y
cuando estaba de humor cantaba con solemne entonacin:

    Todo conde  marqus nace hombre,
    el dictado le viene despus, etc.

Yo tambin cantaba y se me saltaban las lgrimas. Entonces me deca que
yo era un gran hombre, que saba ms que Lepe y que el den de la
catedral.

 pesar de mi ciencia confesar que no sospechaba que tuviramos un
correligionario tan avisado como maese Sisnando en pleno siglo XII.

Esto no pudo menos de herir mi amor propio, pero ya le he perdonado la
ofensa al Sr. Villoslada, y es lo cierto que hoy le tengo por un
novelista de mrito y uno de nuestros escritores ms correctos y
elegantes.

Parece mentira que yo diga tales cosas de un ultramontano.

Cuntenselo ustedes  Alarcn, que no lo va  creer.

[Illustration]

[Illustration]




D. ENRIQUE PREZ ESCRICH


[Illustration: S]IEMPRE est el hombre orgulloso de alguna resolucin 
acto de su vida que le parece digno de loa. Yo, que al parecer nada hice
en la ma de notable, puedo preciarme, sin embargo, de no haber ledo 
Prez Escrich desde los diez aos.

Fu en unas vacaciones. Haba ido  cursar mis latines  la capital.
Cuando volv al pueblo, el libro, el libro de Prez Escrich, el _Cura de
aldea_, en una palabra, estaba sobre la _mesa de pintado pino_, tan
rozagante y tan fresco como si acabase de salir de las manos de su
creador. Quise recordar las emociones dulces que aquel libro me haba
hecho experimentar en otro tiempo, poco despus de haber salido del
claustro materno.  las pocas pginas comenc  sentir cierta pesadez en
la cabeza, como si tuviese all mucho plomo, y  las otras pocas me
qued deliciosamente dormido.

Ustedes podrn decir, seores, qu no debe esperarse de un muchacho
que, en tan corta edad, ya se dorma leyendo  Prez Escrich!

Han volado desde entonces sobre mi cabeza muchos vientos, ya glaciales,
ya ardorosos, y he odo desde mi balcn, no s cuntas veces, cantar 
la codorniz en la vega. Y hoy mi bello ideal consiste en no leer  Prez
Escrich. Pero no puedo menos de tenerlo en el corazn como el _Catecismo
de Fleury_ y el _Amigo de los nios_.

Por Prez Escrich supe yo, primero que por nadie, de la existencia de
los puntos suspensivos. Cuando algn hroe de sus novelas iba  perder
el juicio, nunca dejaba primero de lanzar una carcajada histrica,
despus de lo cual venan dos  tres lneas de puntos suspensivos. Por
bajo de ellos deca el seor Escrich: Estaba loco!  estaba loca!,
segn fuese varn  hembra el demente. De otras invenciones de los
hombres, no menos peregrinas  ingeniosas, tuve noticia por nuestro
autor, de las cuales pienso hacer, con la ayuda de Dios, el uso que ms
prudente me pareciese.

No slo por haber acaudalado con preciosos datos mi saber debo estar
reconocido al Sr. Escrich. An recuerdo con lgrimas en los ojos
(lquidas perlas que l llamara) el ruido que hacan sus novelas al
entrar por debajo de la puerta. Yo caa sobre ellas como el gato sobre
el ratn, y con la entrega en la mano marchaba mayando  devorarla  la
soledad de mi cuarto. Pero la primera entrega siempre dejaba levantado
un pual sobre el pecho de un inocente,  cuando no, pendiente  alguno
de un clavo sobre un abismo, y eran de ver entonces las ansias que  m
me entraban por saber cuntas pulgadas haba penetrado la navaja  en
qu forma se haba roto la cabeza aquel prjimo. El saberlo costaba
dinero, que no era el Sr. Prez Escrich de esos que de buenas  primeras
y por aficin le vienen  contar  uno todo lo que ocurre, y me vea
precisado  demandar socorros  mi padre. Mas ste, por aquel entonces,
estaba empeado en que Cervantes era mejor novelista que Prez Escrich y
sola negarlos, y entonces acuda  mi buena madre, que no profesaba
ideas tan perversas. sta descoga con mano piadosa la jareta de su
faltriquera para que todas las semanas se entrasen por la casa dos
reales de _Esposa mrtir_  de _Mujer adltera_, que no bastaban, ni con
mucho, para calmar los arrebatos de mi espritu investigador. Ahora
comprendo por qu he llegado  ser el mejor crtico de Espaa.

Prez Escrich en el campo, en el crculo, en el terreno, en el estadio,
en el circuito de la literatura representa una idea, es una idea. La
idea de Hegel es realidad. La de Prez Escrich es entrega.

Ay, niita ma, quin se volviera entrega, aunque fuese de Prez
Escrich, para que tus manos blancas y fragantes como la magnolia le
tomasen, para que tu regazo tan casto como la nieve de las montaas le
diese reposo!

Esto lo digo por una chica que conoc en Gijn, que se pasaba las horas
muertas leyendo  Escrich. Me enamor de ella, como era natural, y si no
hubiera sido por un to que me dijo  tiempo: Pero, hombre, no
comprendes que vas  cortar tu carrera!, me hubiera casado sin
remisin. Pero la carrera ante todo. Ya les dir  ustedes en qu
pararon aquellos amores.

Deca que Prez Escrich, como novelista, es una idea. Debo aadir que
Prez Escrich...

Mas antes bueno es que advierta que justamente porque Prez Escrich es
una idea, me siento obligado  hacerle hueco en esta mi galera, 
pepitoria de novelistas. Muchos hay de los que se quedan fuera, tenidos
por s y por los otros en ms estima. Pero son tan notorios? Ejercen
tanta influencia? En una palabra, son una idea?

Queda demostrado de un modo concluyente que Prez Escrich es el
novelista que en este momento debe ocuparme. No se me tilde de crtico
motolito y poco avisado.

Despertad, pues, recuerdos azules, verdes y carmeses de la edad
primera! Salid de las argentadas y bramantes olas que lloraban noche y
da debajo de mis balcones! Salid de las vegas lujuriantes de maces
que crujen al viento como la seda! Venid de lo alto de aquellas
montaas donde blandean las nubes como banderas! Venid y decidme cmo
es Prez Escrich, que ya no me acuerdo!

Pienso, si no me es infiel la memoria, que hay en las obras del Sr.
Escrich algo de lo que se observa en las de Esquilo. Los caracteres del
Sr. Escrich,  semejanza de los del trgico griego, son inmobles como
los peascos, representan un sentimiento nico, son personajes de un
momento determinado y de una simplicidad absoluta. Pero el autor de _Las
Eumnidas_ y del _Prometeo encadenado_, con tales caracteres, no lograba
idear ms que una situacin casi fija, un cuadro delicioso, pintado con
inspiracin sublime, pero siempre el mismo; mientras el Sr. Escrich
consigue tejer una accin complicada, altamente dramtica y llena de
peripecias. Sin embargo, el parentesco de ambos ingenios no es menos
visible, por ms que la distancia de los tiempos haya establecido entre
ellos diferencias favorables al ltimo.

Para Escrich, lo mismo que para Esquilo, hay entre el bien y el mal, ac
en la tierra, el mismo irreconciliable dualismo que en el cielo. No es
posible que en un mismo hombre coexistan partculas de bien y de mal.
Sus personajes son siempre Ormuz  Ahriman,  lo que es lo mismo, cuando
un personaje de Prez Escrich sale malo, no hay por dnde cogerle de
pcaro y endemoniado; al paso que cuando es hombre de bien, lo es 
carta cabal. El Sr. Escrich cuida tambin con particular esmero de unir
la belleza fsica con la moral, prestando hermosura, fuerza y elegancia
corporales  los dechados ms completos de bondad. En efecto, sera
cosa fatal y hasta absurda el que un joven de cabellera rizada, de ojos
expresivos, de nariz recta y modales distinguidos robase unas
cucharillas de plata. Me encantaban  m sobremanera aquellas tertulias
de sujetos tan lindos y de tan buenas partes! Generalmente llevbanse 
efecto en alguna guardilla  sotabanco, y los que all se reunan, ms
buenos que el pan candeal, solan festejar su honradez con algn
extraordinario en medio de la mayor cordialidad y buen orden. Las
guardillas de Prez Escrich exhalan un olor tan fuerte  virtud, que
echa para atrs.

Casi siempre, en pos de la tertulia de honrados vena la de perdidos,
con el objeto de formar contraste. All se vea hasta dnde puede llegar
la malicia humana. Todos eran bandidos de pura raza, con sus ojos
atravesados y sus correspondientes cicatrices. Como era natural, en
aquella sociedad nadie crea en Dios, y as tenan buen cuidado de
manifestarlo  la primera ocasin.

Los buenos y los malos se distinguen, pues, de un modo cabal en las
novelas de Escrich. No aparecen tan bien determinadas las diferencias
entre los hombres de talento y los majaderos. Nuestro autor no es tan
feliz en la pintura de discretos como en la de tontos. As es que cuando
pretende hacer pasar  alguno por sabio, debemos creerlo tal con aquella
fe viva que aconseja el P. Astete para los misterios de la religin.

Por otra parte, sus personajes hablan con un lenguaje adecuado en
cuanto es posible  la situacin y modo de ser del hroe. Shakspeare
haca lo mismo. Cun envidiable me ha parecido siempre esta facultad de
adaptarse  todos los momentos y estados de la vida! No puedo menos de
recordar  un orador sagrado de mi pueblo, que predicaba siempre al aire
libre el sermn del _Encuentro_ durante la Semana Santa. Cuando para
formalizar de un modo plstico, como era costumbre, las dramticas
escenas de la Pasin, necesitaba dirigirse  las imgenes soportadas por
robustos marineros, sola decir: Eh!  sotavento San Juan... Mara
Santsima  barlovento. Hubiera sido un gran novelista aquel cura.

Y  propsito de la Pasin. Tengo entendido que el Sr. Prez Escrich, en
competencia con San Lucas, describi muy  lo vivo la pasin y muerte de
Nuestro Seor Jesucristo en una novela titulada _El Mrtir del Glgota_.
No he ledo _El Mrtir del Glgota_, y lo que es an peor, doy  ustedes
palabra redonda de no leerla; mas precisamente por eso debo extenderme
algo sobre esta novela para no romper con la costumbre de la sana
crtica.

Si yo fuese un crtico desalmado y avieso, nunca perdera la ocasin de
lucir mi donaire escribiendo sobre la obra del Sr. Escrich las frases
ms sabrosas y picantes, pues ingenio tengo que me sobra para ello. Con
la intencin ms perversa podra comparar su novela  la lanzada de
Longinos y con otros pasajes del Nuevo Testamento hacer chacota de ella.
Pero esto desmentira la gravedad ingnita de mi carcter y me hara
perder no poco en el concepto de las personas serias. Examinar, pues,
la obra del Sr. Escrich de un modo concienzudo, haciendo resaltar todas
sus bellezas y sealando al propio tiempo sus defectos ms capitales.
Examinarla desde el punto de vista histrico y asimismo desde el
filosfico, econmico y administrativo.

En primer trmino, debo llamar la atencin de los lectores hacia una
singular coincidencia que corrobora el juicio ya emitido acerca de la
afinidad que media entre la inspiracin de Esquilo y la de Escrich.
Esquilo sola tomar por asunto de sus tragedias los misterios y smbolos
de la religin, dando forma potica  las tradiciones de la mitologa
primitiva, como acontece en la triloga de los _Prometeos_. Escrich
busca motivo para sus creaciones romancescas en los augustos sucesos de
nuestra religin, novelando la dramtica historia de nuestro Redentor.
Cuntas bellsimas reflexiones le habr sugerido la inicua degollacin
de los santos inocentes! Con qu vivos colores habr descrito el
establo donde naci el hijo de Mara! Qu observaciones no habr hecho,
todas atinadas y profundas, sobre los tres reyes magos, Melchor, Gaspar
y Baltasar!

Pero quines desempearn en _El Mrtir del Glgota_ los papeles de
cazador manaco, de pescador distrado, de costurera angelical, de
criado fiel y de banquero infame? Porque al Sr. Escrich le pasa algo de
lo que  los generales espaoles; le caben pocos hombres en la cabeza, y
estoy casi seguro de que no ha cambiado el personal de sus novelas por
hallarse ahora en la Palestina y en siglo tan apartado. He aqu por qu
me estara muy bien haber ledo _El Mrtir del Glgota_.

Pero si los personajes son siempre los mismos, en cambio la trama de sus
novelas suele ser idntica, y vyase lo uno por lo otro. Creo haber
dicho que el centro de operaciones del Sr. Escrich es una guardilla.
All habita una familia honrada, laboriosa, pacfica, aseada; la
familia, en fin, ms excelente y admirable que se puede decir ni pensar.
Mientras esta familia infinitamente buena vive en la mayor estrechez,
procurndose con su trabajo apenas lo indispensable para no morirse de
inanicin, en un palacio de la misma calle, sumido hasta el cogote en la
opulencia, y no sabiendo qu hacer del tiempo y los millones, mora el
inicuo despojador de esta familia. Ahora bien: habr nada ms justo que
el que esta familia salga de la miseria, torne  disfrutar sus bienes, y
el malvado que se los arranc, confuso y despatarrado, vaya 
entendrselas con los esbirros del Saladero? Cierto que no lo hay, y el
Sr. Escrich aplica todo su esfuerzo  una empresa tan meritoria. Una vez
conseguido su propsito, esto es, despus de restitudos los cuartos y
puesto el ladrn  buen recaudo, el Sr. Escrich, en conciencia, no
quedaba obligado  ms. Sin embargo, la novela no da fin en este punto,
sino que, desplegando un celo nunca bastante agradecido y pagado con el
miserable cuartillo de real en que se estima cada entrega, el autor se
entretiene con afectuoso esmero  contarnos en qu forma y manera gast
aquella familia su dinero, qu vida se daba, cunto pagaba de
contribucin y qu nmero de platos se ponan  la mesa. Con esto, la
descolorida costurera que tiene entre sus manos _El pan de los pobres_,
se inflama de curiosidad y de gozo: cierra el libro, apoya en la mano su
mejilla, y fijando los ojos en la luz de petrleo, comienza  soar.
Quin sabe si algn pcaro de los que pasean en coche por el Retiro
estar comiendo una fortuna que pertenezca  sus progenitores! Mira 
sus manos, y sus manos no pueden ser ms afiladas, ms finas, ms
aristocrticas; mira  sus pies, y sus pies no pueden ser ms breves,
ms estrechos ni ms altos de empeine. La costurera se siente con
fuerzas bastantes para ser millonaria. He aqu cmo Prez Escrich sabe
herir las fibras ms delicadas del corazn humano.

El Sr. Escrich--dicho sea en honor suyo--no es hombre de grandes
conocimientos. Las ciencias y las artes no salen casi nunca de sus
novelas sin algn araazo. Sea ejemplo uno de los captulos de _El pan
de los pobres_, novela que me ha prestado la patrona de un amigo mo.

En este captulo, titulado Uno de los dos, dice el Sr. Escrich:

 las once y media, Luis y Antonio firmaron como testigos el
testamento, el notario se despidi y Carlos, etc.

Ahora bien, el que esto suscribe, ante el juez competente, como mejor
proceda en derecho parece y dice:

Que en el testamento de D. Carlos de San Pablo se ha omitido y se falta
 una de las solemnidades necesarias de los testamentos, cual es la
presencia  la firma de los testigos. En el caso de que el testamento de
D. Carlos de San Pablo fuese abierto  nuncupativo, debi atenderse para
formalizarlo  la ley 1. tt. 19 del Ordenamiento de Alcal, modificada
por la pragmtica de D. Felipe II de 1556, y ambas includas, como la
ley 1. tt. 18 del libro 10 de la Novsima Recopilacin. En esta ley se
previene que en el otorgamiento del testamento abierto deben ser
presentes tres testigos vecinos con escribano,  cinco testigos vecinos
sin escribano,  siete testigos si no son vecinos. En el testamento de
don Carlos de San Pablo no aparecen presentes ms que dos.

Asimismo digo, que si el testamento de D. Carlos de San Pablo fuese
cerrado, debi atenderse para formalizarlo  la ley 3 de Toro, includa
como 2. del ttulo 18 del libro 10 de la Novsima Recopilacin, la cual
fija en el nmero de siete los testigos que han de firmar sobre la
carpeta del testamento. En el de D. Carlos de San Pablo no firman ms
que dos.

En uno y otro caso, pues, el testamento de don Carlos de San Pablo no
cumple con las solemnidades exigidas por la ley, y debe ser redargido
de nulo de toda nulidad, como as espero que se considere, declarando
fallecido abintestato al D. Carlos de San Pablo.

Otros. Pido que se le d  cada cual lo que ms le convenga, aunque
esto sea pedir golleras.

Ya estaba reventando por lucir mis conocimientos en jurisprudencia!

En el mismo captulo el Sr. Escrich se niega  describir las peripecias
de un duelo, so pretexto de que ya lo ha descrito en otros muchos libros
publicados anteriormente. Esa no es razn. Cuanto ms se repita una
cosa, mejor impresa quedar en el nimo de los lectores, y me sorprende
bastante que el seor Escrich rompa en esta ocasin con su constante y
saludable prctica.

Al observar cmo me detengo en este captulo, tal vez pensar el lector
que no he ledo ningn otro. Pues mucho se engaara ay! porque todos
los he ledo.

Hablemos ahora de la filosofa del Sr. Escrich.

La verdad es que este mundo no est bien arreglado. En esto convenimos
todos. Por qu haba yo de estar, sin bendita la gana, borroneando la
semblanza del Sr. Escrich, en vez de ocuparme seriamente en pasear por
Recoletos? Por qu cuando salgo de casa con paraguas no llueve, y
llueve precisamente cuando salgo sin l? Por qu es la muerte condicin
necesaria de la vida? Por qu los oradores del Congreso dicen  cada
instante tuvo lugar?

Son stos misterios que no acierta  penetrar el humano discurso y que
nos llevan  pensar en un ms all. Como deca el cura de mi pueblo en
un sermn que predicaba siempre en el da de la Magdalena, todo es
fugaz sobre la faz de la tierra. Pero  mi ver no debemos lamentarnos
de que todo sea fugaz en la tierra; al contrario, yo he celebrado mucho
que fuese fugaz el tirn que me dieron a una muela cuando me la sacaron.
Lo que de veras siento es que se hayan fugado tan presto otros momentos
que tengo, cual preciosos brillantes, engastados en la memoria. De todos
suertes, ora porque el placer sea fugaz, ora porque el dolor lo es harto
poco, pienso que el mundo pudo haberse arreglado de mejor modo. Por
donde quiera que tendamos la vista, se observan claras seales de que la
Providencia no haba ledo las novelas de Prez Escrich. El mundo del
Sr. Escrich, digmoslo de una vez, vale sin comparacin ms que el del
Padre Eterno. Cmo haba de consentir nuestro autor que un tunante
estuviera comiendo tranquilamente hasta su muerte la fortuna adquirida
por el crimen! Ni que un aristcrata deshonrase  una doncella del
pueblo sin recibir el condigno castigo! Ni que dos muchachos que se
quieren dejen de casarse! Pues de todo esto se ve en el mundo  cada
paso, en este pcaro mundo, hecho,  lo que parece, sin conocimiento del
Sr. Prez Escrich.

Pasemos al estilo. El estilo del Sr. Escrich no puede ser...

Qu es lo que tena yo que decirles antes?

Ah! s, promet  ustedes la historia de unos amores en que juega
papel importantsimo el autor de quien tratamos, y no quiero pasar ms
all sin cumplir la palabra.

Ya les he dicho que el amor mo, aquel que conoc en la villa de Gijn,
lea sin duelo  Prez Escrich. Yo la amaba  pesar de esto. Tena unos
ojos tan tristes, que al mirarlos hua toda la alegra del corazn y
pensaba uno en la muerte. Pero eran tan hermosos como sombros. Pareca
que decan: amadme, que voy  morir. Despus que cambi su amor por la
honra de ser el peor jurisconsulto de Espaa, aquellos ojos me
produjeron muchas pesadillas.

Un da en que despert ms sentimental que de ordinario me decid 
verlos otra vez, y no sin que se alborotase mi buen juicio, tom
prosaicamente un asiento en el coche de Gijn.

Rodaba el carruaje por la blanca carretera con cenefas de csped. Sobre
ella, desde ambas orillas, pendan en apretados pios las manzanas
relucientes y sonrosadas, y an ms reluciente y sonrosado apareca  lo
mejor entre el follaje el rostro de alguna campesina.  los viajeros se
les haca la boca agua. La tarde era de otoo, melanclica y huracanada.
Las nubes pasaban ligeras sobre un cielo lvido, perdindose al instante
de vista cual si acudiesen presurosas  un llamamiento lejano. El polvo
cegaba los ojos y blanqueaba los vestidos. Retorcanse los rboles con
angustia cual si pidiesen compasin. All del monte venan mil ruidos
extraos de ejrcitos que se pelean, muchedumbres que rugen y olas que
braman. Las amarillentas hojas volaban por los aires de aqu para all
aturdidas y sin saber dnde refugiarse. En los momentos de calma se oa
bien el ruido de las campanillas, pero muy pronto se confunda con todos
los dems. Los pauelos rojos y blancos de las muchachas que se paraban
 vernos cruzar parecan gallardetes sujetos  esbeltos mstiles. Les
costaba mucho trabajo refrenar los mpetus de sus enaguas ansiosas por
saludarnos. La brisa se hizo ms hmeda y ms acre, y comprend que
estaba cerca de Gijn con su gruona mar. En Gijn se toma el peor
chocolate del mundo.

Estaba sentada junto al balcn toda vestida de blanco: los cabellos tan
negros como el pao de los fretros, caan hechos sortijas por la
espalda.

Hice parar el coche, y llegu hasta sus pies donde me arrodill. Quise
pedirla perdn, pero me dijo: Djame, no ves que leo _La esposa
mrtir?_

Efectivamente, lea _La esposa mrtir_. Cielo mo, yo tambin he ledo
_La esposa mrtir!_

Entonces me dijo: Eres un infame, t no has ledo _La esposa mrtir_;
en tus ojos lo estoy viendo, traidor. Ni has ledo _La esposa mrtir_ ni
tienes en el pecho corazn. Dnde est el amor? Quin lo ha visto? Ya
no hay amor ms que aqu, en este libro. Mira  mis ojos. Estn rojos de
leer. He ledo mucho, mucho. Por eso hoy me ro de ti y de tu amor...
No ves cmo me ro?

La hermosa lanz una carcajada histrica.

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Estaba tonta!

[Illustration]

[Illustration]




D. JOS DE CASTRO Y SERRANO


[Illustration: Y]O no dir que el Sr. Castro y Serrano sea un gran
novelista. No seor, no lo dir. Pero confiesen ustedes que despus de
haber hablado del Sr. Prez Escrich, tendra derecho  decirlo.

Al llegar  un villorrio de la Mancha  de Castilla, sobre todo viniendo
directamente de la corte, habrs observado, lector, que las mujeres
parecen zafias desgarbadas y hasta ridculas. Pues yo te juro que 
permanecer algn tiempo en aquel pueblo, llegaras  juzgarlas con menos
severidad y aun presumo que no tardaras en poner los ojos dulces 
alguna, tenindola por tan airosa y gallarda como la dama ms elegante
que pasea sus gemelos de ncar por el mbito del Teatro Real. Mas
supongamos que te haces carlista y vienes  Madrid con un buen empleo, y
al cabo de algn tiempo te encuentras de manos  boca en la Carrera de
San Jernimo con tu manchega deidad. Qu horror! Te pones colorado al
pensar solamente que el amigo que va contigo llegue  saber que has
compuesto unas octavas reales  aquel talle.

Perdona que me suceda algo parecido tratndose de novelistas. Despus de
leer  Vctor Hugo, Dickens, Tourguenef, Balzac y Manzoni, soy lo ms
impertinente y quisquilloso que jams se ha visto; pero lo mismo es
andar algunos das entre Fernndez y Gonzlez, Prez Escrich y Trrago,
que ya se me ensanchan las tragaderas de un modo inverosmil.

 no s lo que me digo,  acabo de prevenirles  ustedes contra los
elogios que voy  tributar al seor Castro y Serrano.

Lo siento de todas veras, y si no llevase escritas ya cerca de dos
cuartillas, es casi seguro que empezara de nuevo esta semblanza.

No hay cosa que ms repugnancia y desazn me cause que esa desdichada y
nunca bien entendida divisin de las obras de arte en _realistas_ 
_idealistas_. No obstante, por espritu de humildad evanglica y sin
otro pensamiento que el de mortificar la carne, dir que el Sr. Castro y
Serrano es un escritor realista.

Hay gente-- quien la palabra realismo le huele  hospital,  carbn y 
taberna--que de aqu para adelante no ha de mirar ms de buen ojo 
nuestro novelista slo por esto. As como los naturalistas dividen el
mundo que habitamos en reino orgnico y reino inorgnico, ellos lo
dividen en verso y prosa.  la jurisdiccin del verso pertenecen las
noches despejadas de luna, el primer beso que se da  la novia, el canto
del ruiseor, los murmullos del ro, las mariposas, el aire cuando no es
muy fuerte, que toma entonces el nombre de cfiro, etc., etc. Entra en
el recinto de la prosa toda la maquinaria industrial, el comercio por
mayor y por menor, los presidios, los hospitales, las grandes ciudades,
las estaciones de ferrocarriles, etc., etc.

Ahora bien, yo no creo en esta divisin.  m se me figura que el verso
y la prosa andan confundidos en este mundo lo mismo que en el _Almanaque
de la Ilustracin Espaola y Americana_. El distinguirlos entre s, no
es tan fcil como  primera vista parece. Hay ocasiones en que dentro de
un espacio tan reducido como el de este Almanaque, cuesta trabajo
mprobo el diferenciarlos, qu no acontecer tratndose del orbe
entero! Para eso estn los poetas; para eso y para hacer disparates
cuando son ministros.

Quisiera ponerme serio, muy serio, y despus de ponerme tan serio como
en Espaa se necesita para ser algo de provecho, dira  esos seores
detractores del realismo como sigue.

La vida tiene toda ella un aspecto potico. Este aspecto potico, total
 parcialmente velado y desconocido para el comn de los hombres, es
slo visible en la mayora de los casos para las almas privilegiadas. El
que no sabe libar de las bajezas y miserias de este mundo la rica miel
de la poesa, no se tenga por poeta, por ms que le encanten y deleiten
hasta conmoverle la amenidad de los campos, la serenidad del cielo, los
trinos de los pjaros, y haya escrito en su juventud algn artculo
titulado Impresiones.

Introducid  Dante en los talleres de una fbrica, y all, donde nadie
sospecha que existe elemento alguno potico, es bien seguro que l lo
encontrar. Vase si no cmo nuestro Campoamor lo ha encontrado en un
_tren expreso_, Nez de Arce en los ridos y montonos campos de
Castilla _(Idilio)_, Prez Galds en la explotacin de unas minas de
calamina _(Marianela)_.

Acercad mucho los ojos al cuadro de las _Meninas_, de Velzquez, y no
percibiris otra cosa que manchones  plastas de color. Si queris
admirar aquellos prodigiosos efectos de luz, es fuerza que os coloquis
 una distancia conveniente. As el poeta busca en todos los momentos y
situaciones de la vida la distancia para ver los objetos bajo la
apariencia bella.

La llamada escuela realista ha padecido lamentable error traduciendo al
arte, sin buscar previamente su punto de vista, muchos momentos de la
vida indiferentes  indignos. Pero cunto bien ha merecido por haber
traspuesto la barrera en que los romnticos lo tenan encerrado!
Innumerables acciones y sentimientos humanos desdeados por el
romanticismo vinieron  reclamar el puesto  que tenan derecho, y aun
aquellos otros, perseguidos sin tregua por los romnticos, presentronse
desnudos de todo aparato absurdo y convencional. Derrumbronse los
blancos albornoces de los hombros de los caballeros y empezaron  sentir
los afectos ms tiernos debajo del forrado palet. Las damas, que hasta
ahora no haban comido ni bebido, sacaron la tripa de mal ao en las
novelas  poemas realistas. Era ya tiempo. Las pastoras y zagales que
tanto tiempo perdieron cogiendo florecitas, sonando el caramillo y
mirndose en los arroyos, empuaron el arado y la rueca que nunca
debieron haber soltado. Despus de tanta holganza, todos vinieron
perezosamente  sus tareas, y tuvimos la satisfaccin de verlos en
poemas y novelas como si estuviesen en su casa.

Manch sus alas el poeta por acercarse  la tierra? Oh, no! Yo he
visto  _Eugenia Grndet_ guardando terrones de azcar  hurtadillas de
su padre para endulzar el caf de su amante, y no me pareci por eso
menos bella. Yo he visto  _Pepita Jimnez_ con su vestido corto de
merino y su paolito de seda  la cabeza, y no me pareci menos amable 
interesante. He visto sobre todo  _Margarita_,  la inocente nia de
los cabellos rubios, delante del torno de hilar, movindolo con el pie
al son melanclico de su canto, y jams sacudi mi alma la poesa de los
hombres con tal violencia. Antes de verla, grandes poetas que la
humanidad justamente reverencia, me haban puesto delante de las ms
esplndidas bellezas, ideales y magnficas seoras ante cuya hermosura
pasme absorto muchas horas. Mas siempre me infundieron tanto respeto,
que aunque vivamente herido de la gloriosa luz que en torno suyo
esparcan, en el fondo del corazn no las amaba. No se ama lo que est
muy bajo ni lo que est muy alto. Cuando cay en mis manos el libro de
Goethe y conoc  Margarita, no me postr de hinojos confesando mi
bajeza como haba hecho con las otras, sino que me adelant  saludarla
con efusin como si fuese su amigo. Qu temor puede inspirar la
timidez! Entonces ca en la cuenta de que tambin en la vida de los que
omos  Perier en el Ateneo y tomamos chocolate  ltima hora en el
establecimiento de doa Mariquita, puede existir mucha poesa. Margarita
no vive entre las nubes, no es una visin, es nuestra hermana que canta
cerca de nosotros mientras pone en orden los muebles de la habitacin;
es la mujer que amamos, cuya aguja cruje sobre el bastidor como si riera
del rubor que la causan nuestras palabras. Margarita es poesa, pero es
verdad.

Lo acabo de decir. El arte no es otra cosa en resumen que verdad y
poesa. De un puado de tierra se hace un brillante. Con un puado de
sentimientos se forma un poema. Todo se reduce  saber tallarlos. El
poeta puede mover la cabeza sobre las flotantes nubes y baarse en la
radiante luz del sol, cuando para los dems mortales no aparece, pero es
 condicin de que pise con un pie  lo menos esta pobre tierra, que con
tanta paciencia nos soporta.

Mas ahora advierto que con la mayor frescura estoy cortando y rajando en
asuntos estticos, ni ms ni menos que si fuese un orador del Ateneo.
Bien se habrn redo ustedes de m. Sin embargo, no estoy arrepentido.
El da menos pensado les encajo una defensa del _idealismo_. Hace tiempo
que me llamo discpulo fiel de aquella frase de Voltaire: Todos los
gneros son buenos menos el fastidioso.

Una vez afirmado que me despepito y alampo por el gnero realista, surge
inmediatamente esta formidable pregunta: Es el Sr. Castro y Serrano un
realista como Dios manda?

Aqu me tienen ustedes rascndome la cabeza por detrs de la oreja,
subiendo y bajando los hombros y ejecutando otra porcin de muecas 
cual ms ridcula, como si no supiese qu responder  all adentro me
tuvieran agarrada la respuesta con tenazas. En ltimo resultado podra
responder como el estudiante de marras: por m que lo sea. Pero as
se declina una responsabilidad contrada? De esta manera indecorosa se
zafa uno de un compromiso sagrado por el mezquino inters de quedar bien
con todos?

No en mis das. Por algo dijo un crtico que la crtica era un
sacerdocio. En este momento late dentro de m el sacerdote con terrible
pujanza, y si no me van  la mano voy  escribir una que sea sonada.

El Sr. Castro y Serrano pudiera ser mucho mejor novelista de lo que es.
De esto no me cabe ninguna duda. Todava ms: creo que tampoco le cabe 
l mismo. No s por qu se me antoja que es el Sr. Castro y Serrano uno
de esos hombres que saben que se debe escribir bien, y que si en su mano
estuviera, aun  costa de cualquier sacrificio, escribira
admirablemente. Esto ya es algo. Todo hombre debe proponerse hacer bien
aquello que tiene entre manos.

Y qu gusto me dara  m el Sr. Castro y Serrano si consiguiese
siempre su propsito! Apretar el entendimiento, privarse del paseo y
otros recreos honestos, ganar pocos cntimos, gastar la tinta y la salud
escribiendo cuartilla sobre cuartilla, y al fin de todo, contemplar que
la obra no es un monumento literario! Oh qu cosa tan triste es sta
para el escritor! Crean ustedes que estuve tentado muchas veces  tirar
la pluma y entrar en algn negocio de ferrocarriles.

Pero volviendo al tema. Qu mal me resultara  m de que el Sr. Castro
y Serrano escribiese tan bien como el Sr. Valera? Si cuando llegu 
Madrid y por primera vez pis las calles de esta corte

..........al rico aduladoras
    como al pobre severas, desbocadas,

segn reza Tirso, me hubiesen mostrado al Sr. Castro y Serrano
dicindome: Ese caballero que va ah es el Sr. Valera, tngase por
seguro que  la hora presente el Sr. Castro y Serrano sera para m un
eminente escritor.

Y para que se vea lo que son las aprensiones humanas; si al pasar el Sr.
Valera por mi lado me hubiesen dicho se es el Sr. Castro y Serrano,
es ms que probable que no me causara ni la mitad de impresin esa
nobleza que la comunica el culto fervoroso y constante del arte, y esa
firmeza que la experiencia de la vida ha prestado  la fisonoma del Sr.
Valera.

Mas el Sr. Valera y el turrn de Jijona son dos cosas difciles de
contrahacer, y ni el mismo Sr. Castro y Serrano, que es hombre docto y
de ingenio, sera capaz de ofrecernos un Valera sin descubrir al momento
la hilaza de la falsificacin. Porque si bien puede oponrsenos que la
frialdad es una cualidad en que ambos ingenios parecen ajustarse, yo no
puedo menos de revolverme contra tal especie. No negar que en Valera
reina de vez en cuando tanto fresco que le obliga  uno  levantar el
cuello de gabn y apretar un poco el paso, pero apenas si llega nunca 
cuajar en l la nieve, mientras que el seor Castro y Serrano es un
escritor de nieves perpetuas. Al diablo quien pare all!

Este es el secreto de por qu el Sr. Valera y mucho menos el Sr. Castro
y Serrano no llegarn jams  ser escritores populares. Pero como es un
secreto, estimar que no lo comuniquen ustedes  nadie.

Oh cmo ayuda  escribir este musculito hueco que brinca  todas horas
en nuestro pecho! Entiende poco de sintaxis y menos de ortografa, pero,
crame el Sr. Castro y Serrano, es el medio mejor que se ha inventado
hasta el da para entenderse con el pueblo soberano.

Todas las novelas del autor que nos sirve de tema padecen de lo mismo.
Hay en ellas observacin fina, mucho acierto en la exposicin y alio en
el estilo; les falta calor y poesa. Por eso juzgu siempre que el Sr.
Castro y Serrano no deba tomar otro papel que el de escritor de
costumbres, el cual no hace ms que describirlas sin darlas vida en la
accin ms  menos complicada de una fbula. No hay que olvidarse de que
el novelista es ante todo un poeta. Copiar fielmente la vida ordinaria
de los humanos podr ser en ocasiones obra meritoria, pero no una obra
romancesca. Es verdad que deseamos conocer con empeo  veces los actos
ms insignificantes  indiferentes de la vida de un hombre, pero es slo
cuando este hombre ha cumplido, est cumpliendo  va  cumplir algo
extraordinario  interesante. Querr decirme el Sr. Castro y Serrano
qu tiene que partir con el arte la vida del tendero que habita debajo
de su casa desde que abre el establecimiento y limpia el polvo del
escaparate por la maana, hasta que apaga el gas por la noche? Nada en
mi pobre juicio, mientras no se aparte del vulgo de los tenderos,
mientras no ponga de relieve de un modo genial y caracterstico algn
sentimiento humano  tome parte activa  pasiva en el curso de una
accin dramtica. No me cabe duda; el realismo del Sr. Castro y Serrano
no es el verdadero realismo. Podr ser el realismo de la vida, pero no
es el realismo del arte. Aqu vendra muy bien poner una llamada y citar
una docenita de autores alemanes para que al seor Castro y Serrano no
le quedase ninguna duda sobre este punto. No es vergonzoso que no tenga
ni uno disponible!

He ledo con placer en otro tiempo una novelita publicada por nuestro
autor en la _Ilustracin Espaola y Americana_ que llevaba por ttulo
_Juan de Sidonia_. Aunque excesivamente sencilla en su trama, tiene
mucho colorido y gran verdad y delicadeza en los sentimientos. Por _Juan
de Sidonia_ adelante se puede llegar  ser un gran novelista.

Mas el Sr. Castro y Serrano muestra aficin tan decidida  reposar
frecuentemente, que sospecho no ha de llegar jams al trmino del viaje.
Esta tendencia al reposo que se observa en el Sr. Castro y Serrano no
acusa una constitucin muy sana; es seal de apopleja. Advirtese con
frecuencia que se detiene ante cualquier objeto, aun el ms
insignificante y despreciable, y se queda dormido describindolo. Por
qu para este novelista sern iguales un paraguas  unos guantes  una
mujer hermosa y ha de gastar la misma tinta en describirlos? No
comprende que el tenernos quietos tanto tiempo ante cualquier cachivache
nos ocasiona gran molestia? Yo creo que el Sr. Castro y Serrano lo har
con la mejor intencin del mundo, pero no parece ms que lo hace adrede
para aburrirnos. Si  esto se agrega--que se agrega casi siempre--un
laberinto de reflexiones paradjicas brumosas y ensortijadas con que el
autor se cree en el caso de sazonar todas sus descripciones, hay que
convenir en que la brevedad es la primera de las virtudes teologales.

El Sr. Castro y Serrano es un gran observador. Pero tambin lo es el Sr.
Valera, y nunca se le ocurri abusar de este don del cielo, gastando, 
por mejor decir, malbaratndolo en todos los sitios y en todos los
momentos.

El Sr. Castro y Serrano es ingenioso. Pero tambin el Sr. Valera lo es,
y no se obstina en estrujar y retorcer conceptos y vocablos para
extraerles la gracia.

El Sr. Castro y Serrano es docto. Pero tambin lo es el Sr. Valera y no
siente comezn por mostrarlo.

Segn la retrica, acabo de cometer nada menos que tres _carientismos_.
Dios me los perdone!

Por todo se podra pasar, no obstante, si el seor Castro y Serrano no
fuese filsofo. Con esto declaro que no puedo transigir. No es bastante
que el seor Alarcn lo sea? Aqu en Espaa la filosofa ya va picando
en historia, y se cuenta demasiado con la paciencia de los naturales.
Por lo dems, justo es decir que el Sr. Castro y Serrano no es de los
filsofos ms cerriles, y si con fe se lo propusiera, creo que pronto
conseguira dejar de serlo.

He dado  entender hace un instante, por medio de una figura retrica,
que el Sr. Castro y Serrano sola introducir en sus novelas
observaciones triviales, oscuras y desnudas de inters, y que asimismo
no pocas veces alambicaba y retorca los conceptos y las frases estril
 inoportunamente. Si no aadiese otra cosa  esta censura, cuando me
fuese  la cama no me dejaran dormir los remordimientos. Apresrome,
por tanto,  manifestar que siendo muy exacto lo anterior, no lo es
menos que este novelista sabe formular su pensamiento en consideraciones
profundas, discretas  ingeniosas, como lo tiene probado en muchas
pginas de sus libros; y que esparcidas por ellos se encuentran tambin
frases sumamente felices y agudas. _Suum cuique tribuere_.

El Sr. Castro y Serrano tiene un estilo completamente propio. Ha
salvado, pues, la barrera que separa al escritor del que no lo es. Sin
embargo, con el estilo acontece lo que con todas las haciendas. Quin la
tiene situada en un valle frtil y ameno, en las mrgenes de un ro
bullidor y cristalino, regalada por los cfiros, el azahar y los
pjaros; quin se ve precisado  poseerla en Navalcarnero, entre el
cielo y el trigo que se abrazan all  lo lejos, lo menos  catorce
leguas. Pues bien, si no me engao, la finca del Sr. Castro y Serrano
debe hallarse hacia Creta, muy cerca del famoso laberinto. Tiene bello y
elegante aspecto como la morada de un opulento, pero no pocas veces
remedando  Teseo he tenido que dejar el ovillo  la puerta y llevar
bien cogido el hilo al internarme en sus crujas  fin de encontrar
salida cuando la hubiese menester.

Este escritor trata  su estilo como  barra de plomo. Machaca en l
hasta que lo convierte en lmina. No bastndole esto, sigue batiendo
hasta que lo transforma en papel. Y no satisfecho todava contina
empuando el mazo hasta que resulta un gas veintisiete veces ms ligero
que el aire. Por donde no pase el estilo del Sr. Castro y Serrano, crean
ustedes que no pasa la punta de una aguja.

Que estire su estilo hasta romperlo por lo ms delgado dentro del radio
de la ciudad, como puede observarse en sus _Cuadros contemporneos_, no
es pecado tan feo, pues al fin en la corte, desde los novelistas hasta
los garbanzos, todo anda estirado. Pero ponerse  sutilizar, como lo
hace en _La novela del Egipto_, frente  la naturaleza, frente al mar,
lo mismo que si estuviera delante de la sala de lo civil en pleito de
mayor cuanta! Vamos, que esto me parece... Permtaseme que sobre ello
haga pronstico reservado.

En el estilo, nuestro novelista se atiene tambin demasiado  la
simetra, no permitiendo que ningn smil  parecido marche sin su
correspondiente desemejanza, esforzndose con empeo en rebuscar unos y
otros de suerte que formen siempre una serie. De tal esfuerzo resulta en
el estilo un cierto paralelismo artificioso que nada tiene que ver con
el de la Biblia.

En fin, creo que por mucho que en ello me fatigase, nunca recomendara
bastante al Sr. Castro y Serrano la naturalidad.

Y aqu dara remate  esta semblanza si no fuese que an me resta por
decir unas palabras. Hlas aqu:

Aunque el Sr. Castro y Serrano observe en ocasiones ms de lo necesario,
aunque reflexione y considere tambin ms de lo justo, aunque sea muchas
veces nebuloso y afectado en el estilo, aunque se d aires de filsofo
y se entregue sin piedad  las descripciones; por mucho que se esfuerze
en ocultarlas, el Sr. Castro y Serrano tiene bastantes cualidades para
ser novelista estimable y un excelente escritor de costumbres.

[Illustration]

[Illustration]




D. JOS SELGAS


I

[Illustration: Y] HE aqu que vino  m el editor y me dijo: Es
necesario incluir  Selgas entre los novelistas espaoles.

En verdad te digo, repuse, que eso es ms difcil de lo que t te
figuras, porque no he ledo de Selgas ninguna novela, y s tan slo una
coleccin de artculos... Pero T DIXISTI: todo lo que el hombre puede
osar yo lo oso, como dijo Shakespeare  Prez Escrich, no recuerdo bien
cul de los dos. En el trmino de cuatro  cinco das ser con l en la
imprenta.

Para ello es indispensable adquirir LA MANZANA DE ORO, coleccin de
novelas del Sr. Selgas. El medio ms adecuado de adquirir libros
conocidos hasta el da es pedirlos  un amigo. Ya la he pedido; ya me la
ha concedido; ya est en mi poder _La Manzana de oro_.

Hteme aqu, pues, sentado frente  la mesa, en silla de gutapercha,
bajo la benfica sombra de una pantalla de papel verde botella,  la
hora en que combaten las sombras y los espectros de la noche,  la hora
en que las nieblas reposan tranquilamente sobre el casto regazo de los
ros,  la hora en que voltean por los aires las polkas de las murgas, 
la hora en que los rboles se embozan de un modo siniestro con el manto
de la noche, y pestaean en lo alto dulcemente todos los luceros del
firmamento,  la hora en que el Ateneo discute sobre lo
predominantemente subjetivo,  la hora en que las hermosas damas que
asisten al teatro Real escuchan las melodas de Bellini, hablando con
emocin de las ltimas capotas que han llegado de Pars.

Lindo por el Norte con _La mujer soada y La criolla_; al Este con
_Venganza y castigo_ y _Miseria humana_; al Oeste con _Un rayo de
esperanza_ y _El dedo de Dios_. Cul de estas novelas leer primero?
Leer la ltima; me parece lo ms original.

El caso es que mientras la leo ha de trascurrir algn tiempo, y yo no
puedo, sin faltar  la cortesa, dejarles  ustedes esperando despus de
haber comenzado la semblanza. Confo, por lo mismo, en que sabrn
dispensarme algunas impertinencias de que voy  hacer uso, con el
exclusivo objeto de que me quede algn tiempo para leer _El dedo de
Dios_.

Despus que hube ledo aquella coleccin de artculos originales del Sr.
Selgas, ms arriba mencionados, si hubiese tropezado con l y yo fuese
montado en borrica, de fijo no me apeara de mi cabalgadura para
arremeter con su persona y llamarle famoso todo, escritor alegre y
regocijo de las musas, como hizo el estudiante pardal cuando top con
Cervantes en el camino de Esquivias; antes le hubiese dicho en estilo
bblico: anda t, desdichado, que quieres escribir bien y no puedes!

Cuando pasaba rozando con algn escaparate de libros y perciba entre
ellos uno nuevo de Selgas, me alejaba batiendo las alas y graznando como
las chovas de mi ciudad... Qu graznaban las chovas de mi ciudad?

Siempre me causaron envidia. Qu indiferencia tan sublime la suya para
todas las miserias de la tierra! Por las maanas, al primer esperezo del
da, sala el bullicioso ejrcito del bosque donde pernoctaba y parta
majestuoso en correcta formacin pasando por encima de la ciudad hacia
las altsimas montaas que cierran el horizonte por la parte del Oeste.
En todo el da no se las volva  ver. Qu hacan all? Era un secreto,
y ninguna de ellas, aunque llevan nombre de mujer, tuvo la fragilidad
de revelarlo jams.

En otro tiempo, hace ms de un siglo, pernoctaban en los huecos de la
torre de la catedral, segn documentos que se conservan en el archivo de
la misma. Pero una noche, el campanero, ayudado de una docena de
chiquillos, les jug una mala partida y no volvieron  posarse otra vez
en sus dominios.

Por la tarde,  la hora del crepsculo, cuando los picachos donde
llevan  cabo sus trabajos misteriosos se tien de un color violeta, y
los amantes se despiden hasta el da siguiente apretndose dulcemente la
mano, las vea tornar con perezoso vuelo. Al divisar la aguja metlica
de la torre, que parece un florete siempre dispuesto  resistir los
asaltos del rayo, gritaban todas  una voz memento! y seguan su
carrera hasta el bosque, y all se dorman sin los temores del porvenir,
sin las congojas del pasado, protegidas por los honrados robles que no
cesan de gruir en toda la noche quejndose de las libertades del
viento.

Posteriormente me han dicho que los dueos de aquel bosque se negaron 
darles posada y las arrojaron  tiros, vindose precisadas  buscar
albergue un poco ms lejos, y que al cruzar por encima de aquellos
robles gritan con ms tristeza an: memento! memento!

As graznaban las chovas de mi ciudad. As graznaba este servidor de
ustedes, huyendo  paso de lobo de aquel escaparate.


II

Ya est ledo _El dedo de Dios_. Y en verdad que me ha tocado en el
corazn. Me arrepiento sinceramente de haber graznado de aquel modo tan
impoltico. No haba motivo para ello. Le pido, pues, mil perdones al
Sr. Selgas, y en desagravio me apercibo  regalarle por unos instantes
el odo con gorjeos y trinos de filomena.

En esta novela, ltima de la serie intitulada _La Manzana de oro_, no se
resuelve ningn problema. _Dignum et justum est_. Todo aquel que en el
da no resuelva ningn problema, merece una estatua. Es decir, todo
aquel de quien se tengan sospechas vehementes de que lo resolver mal.
Declaro, por tanto, que despus de haber hecho un escrupuloso
reconocimiento en la novela del Sr. Selgas, que lleva por ttulo _El
dedo de Dios_, no encuentro motivo de temor ni de alarma para el
pblico, el cual puede transitar por ella libremente al abrigo de toda
filosofa. Con esto ha dado pruebas el Sr. Selgas de ser un gran
filsofo.

La trascendencia en las obras de arte no es... (en ste momento quisiera
que mi voz fuese derecha al odo del Sr. Alarcn) una nueva cualidad que
se aade  se resta  placer de los artistas, sino el fondo  la esencia
misma del pensamiento creador. Cuando la trascendencia no acompaa al
germen de la obra artstica, todo lo que se haga por procurrsela ser
intil, y an ms que intil, ridculo. Pero Dios mo! yo creo que hay
en el mundo muchas cosas hermosas sin pizca de filosofa. Ustedes los
que pasean por esas calles del Municipio, no tropiezan  cada paso con
ellas? No es verdad que gastan en este momento rusos de color gris y
guantes amarillos con vivos negros? No asoman su cabecita por los
palcos del teatro de la Comedia, movindola vivamente en todas
direcciones como los pjaros posados sobre las ramas? No ren con una
cascada de notas aflautadas y alegres, enseando filas de dientes
inverosmiles, al estallar en la escena algn chiste traducido del
francs? Penetrad en uno de esos palcos, y penetrad todo lo henchido que
queris de la _Crtica de la razn pura_. Saldris con la cabeza dada 
pjaros, trastornados,  cien leguas de Kant y de sus categoras, pero
con el semblante risueo y un poco de almbar en el corazn.

Habris odo hablar mucho de Pepito Esteller, el chico ms _animado_ que
come pan, del abono de los conciertos, del faetn de Luis, de la ltima
becerrada de los Campos, del matrimonio de la de Vargas... Ni una
palabra del imperativo categrico. Os lamentis amargamente de la
frivolidad de los tiempos y de la carencia de ideales para la vida. Mas
alguna vez en el apogeo de vuestras vigilias metafsicas cuando Kant os
ha hecho sudar durante toda la noche y los carruajes que conducen las
gentes del teatro hacen vibrar los cristales de vuestro cuarto, os he
visto echados hacia atrs en la silla, poner los ojos en el vaco y
sonreir dulcemente. De qu os acordabais? Pongo cualquier cosa  que no
es del criterio de la moralidad. Lo cierto es que cerris el libro sin
dejar seal que os indique dnde habis quedado, y os acostis de mal
humor, gruendo una porcin de cosas extraas. Y aun se dice que,
cuando el sueo os abrocha los prpados, empezis  figuraros que os
hallis en la sala de un teatro inundado de luz y de alegra. El ruido
de los abanicos de las seoras es muy insinuante, y el vals que toca la
orquesta, lnguido como una noche de Agosto. Y luego hay all una
atmsfera que oprime dulcemente el corazn y produce desmayos de
felicidad. La variedad de colores deslumbra al principio los ojos y
despus los conforta. Las miradas de las bellas van y vienen en todas
direcciones, se cruzan y entrecruzan, haciendo salir mil reflejos que
traen inquietos  los hombres como si estuviesen bajo la influencia de
una prxima tempestad. Sentisteis una conmocin elctrica. La chispa
haba pasado cerca, pero sin tocaros. Mas an no os habais repuesto
cuando otra os di en mitad del corazn. Aquellos ojos que os miraron
desde un palco son ms negros que las zarzamoras, y tan dulces. Por qu
no vais all?  m se me figura que os estn llamando. Tambin debi
pareceros lo mismo, porque ganasteis precipitadamente la puerta de la
sala y subisteis  grandes trancos la escalera que conduce  los palcos.
Pero he aqu que al cruzar el estrecho pasillo donde se hallan con sus
puertas numeradas, os sale al encuentro un hombre de luenga y blanca
barba, enjuto, huesudo y plido, con los brazos desmesuradamente largos,
con los cabellos cados sobre los ojos que brillan como carbones
encendidos dentro de una hornilla. Al veros se contraen sus labios con
una sonrisa feroz.

Ah! eres t, villano?... eres t el que busca el amor en este
palco? No contabas conmigo, imbcil, no es verdad? Pues aqu me tienes,
yo soy Kant... no me reconoces? Dnde has dejado la _Razn pura_,
tunante? Aqu me tienes para cerrarte el paso, tunante. Yo soy Kant,
Kant, Kant!

El fantasma os tiene cogidos por la solapa del frac y os sacude con tal
fuerza que estis  punto de perder el sentido. Entonces despertis. Y
aquella noche las pesadillas se suceden unas  otras cada vez ms
tristes y monstruosas.

Para no exponerse  sufrirlas todas las noches, creedme, lo mejor es
entregarse de vez en cuando  la frivolidad. Que charlis con nias
mimosas y encantadoras  que leis novelas de Selgas, es igual en mi
concepto. No hay nada menos serio que la frivolidad, pero no hay nada
ms necesario en ocasiones. Cuando el encfalo se turba y el corazn
sangra, el blsamo ms seguro para curarse es la frivolidad. Al menos
por lo que  mi respecta, os puedo decir (pero os lo debo decir?) que
cuando me siento inquieto y atormentado por esa opresin particular que
comunica al espritu la meditacin de los grandes asuntos, prefiero mil
veces la conversacin petulante, voluble, pueril y graciosa de mi
vecina, sobre la cual reposa el alma con deleite y abandono, al Tratado
de la tribulacin del P. Rivadeneira, que nunca me ha divertido gran
cosa. Mas si  vosotros os sucediese lo contrario, estad seguros de que
no os dir una palabra.

Mi vecina y las novelas del Sr. Selgas estn hechas del mismo barro.
Cualquiera sabe ms que mi vecina, pero nadie mueve los ojos para arriba
y para abajo y aun para los lados como ella. Todas las novelas son
mejores que las del Sr. Selgas, pero hay pocas que diviertan tanto. Si
las novelas tuviesen una edad como las personas, las de Selgas estaran
en los doce abriles. Por eso son tan frescas, tan bonitas, tan
triviales, tan caprichosas. Unas veces le estremecen  uno de placer con
algn rasgo de ingenio  alguna chistosa zalamera, otras no hay quien
pueda soportarlas. Al lado de escenas dignas de Valera hay otras que
envidiara Prez Escrich. No encierran caracteres sostenidos y
correctos, ni fbula original, ni brillantes descripciones, pero tienen
agudezas y muecas encantadoras. Frecuentemente brota de sus pginas una
escena interesante, atrevida, luminosa y azulada como una bomba de
jabn, y extasiados, llenos de alegra segus sus giros errantes hasta
que, sin saber por qu, tal vez por pura fantasa, estalla y se deshace
en el aire.

Qu ser esto? Ser que el Sr. Selgas escribe despus de comer? Mucho
me lo temo. Es verdaderamente desastroso el escribir sin tener hecha la
digestin.

Pero de todas suertes, Selgas es un novelista que se lee. Ay! cuntos
he visto morir en la flor de la sexta pgina! No puede darse nada ms
conmovedor que esos libros inmaculados y silenciosos, que le miran  uno
desde el fondo de un escaparate. El da en que ven la luz, el librero
diligente los coloca en primera fila, casi tocando con el vidrio. Poco
 poco se observa que van perdiendo terreno, defendindose mal de los
ataques que les infieren las obras ms recientes, hasta que por fin
vuelven grupa y se les ve del revs all en lo ms hondo, medio
sofocados bajo el peso de un diccionario. Qu ojos tan tiernos ponen
los desdichados! Parece que estn diciendo  los transeuntes:
Caballero, escuche usted.

Una vez me par  contemplar  uno de estos hurfanos de la prensa. Se
hallaba en una posicin insostenible. Un libro de Eusebio Blasco le
oprima la cabeza y otro de Lpez Bago le sujetaba las piernas. No tena
libre ms que el vientre. Sent compasin, y ya me dispona  comprarlo,
cuando advert que el autor de aquel libro era yo; el mismo que tena
los dedos en el bolsillo para sacar su precio. Sin variar de postura
levant los ojos al cielo y exclam: Oh dioses inmortales, qu
amarguras hacis sufrir  los humanos!

Mas ahora caigo en que, despus de tanta charla, an no he clasificado
al Sr. Selgas. Si me descuido un poco se me escapa sin clasificar. Qu
hara por el mundo el Sr. Selgas sin estar clasificado!

Con la mano puesta sobre el corazn, declaro que el Sr. Selgas no es un
escritor realista. Sin separar la mano del mismo sitio, declaro que
tampoco es idealista. Pues entonces, qu es el Sr. Selgas?

El Sr. Selgas no es ms que lo que se ve. No hay en l trastienda ni
doble fondo de ninguna clase. Si alguna vez aparece superficial 
ignorante, consiste en que lo es. Nada de ficcin y disimulo. Me gustan
 m estos novelistas que tienen el valor de su ignorancia.

Producir pginas exuberantes de gracia y colorido cuando ocurren;
escribir candorosas necedades cuando buenamente acuden  la pluma. He
aqu la misin que la Providencia asigna  los hombres como Selgas. Y en
mi pobre juicio nadie debe apartarse del camino que la naturaleza misma
le seala. Si el Sr. Selgas siente impulsos de escribir una tontera,
por qu no ha de escribirla? La retencin de tonteras es muy
perjudicial, pues  menudo se mezclan  la sangre y producen trastornos
en el organismo. Siga, pues, el Sr. Selgas cuidndose, que la salud es
siempre lo primero.

De esto se deduce--al menos debiera deducirse--que en las novelas de
nuestro autor se encuentra, en ocasiones, una percepcin fiel y clara de
la vida, destellos  relmpagos de realidad que, por desgracia, se
apagan presto. Pero qu es lo que no se apaga en este mundo? Todo se
apaga, hasta ese sol hermoso y lascivo que arranca por la maana su
blanca tnica  las montaas, se apagar algn da. La misma luz con que
escribo se est apagando por falta de petrleo.

En tanto que este cataclismo acontece, apresurmonos  decir sobre el
Sr. Selgas unas cuantas tonteras ms.

Hay tonteras y hay tonteras; quiero decir, hay tonteras de distintas
clases. Hay tonteras solemnes  aristocrticas. stas pertenecen, por
derecho propio,  los ministros, embajadores, grandes de Espaa, jefes
superiores de administracin, acadmicos, diputados de la mayora,
directores de peridicos, etc., etc. stas son tonteras de la sangre.
Hay tambin tonteras del dinero, tonteras centrales y provinciales,
rsticas y urbanas, civiles y militares, eclesisticas y seglares,
clsicas y romnticas, etc. Pues bien, las del Sr. Selgas pertenecen 
la ltima categora. No siguen rbita conocida y sobrevienen, como los
cometas, cuando menos se piensa, si bien con alguna ms frecuencia. Son
alegres, campechanas, modestas, de buena pasta. Nadie las quiere mal.
Mas tngase presente que debe usarse con cierta prudencia del gnero
tonto, porque es de suyo muy resbaladizo, y aunque Prez Escrich y algn
otro hayan conseguido en l muchos lauros, no aconsejo  los jvenes
escritores que sigan sus huellas.

El Sr. Selgas es un verdadero poeta. No dudo por un momento que esto le
ocasionar graves disgustos, as en la vida privada, como en la pblica.
Al poeta, en este siglo material y positivo, no le caben otras dichas
que la cartera de Ultramar,  que algn pobre diablo, como el que
emborrona estos renglones, diga  sus lectores: El Sr. D. Fulano es un
poeta, mucho cuidado con l. Mas el ser poeta no perjudica casi nada
para escribir novelas. Se han dado muchos casos de personas que, sin ser
poetas, han escrito muy malas novelas. Por lo mismo me guardar bien de
considerar esta cualidad como motivo de censura. Otra cosa sera, no
obstante, si el seor Selgas hubiese escrito algn artculo filosfico.
Y quin sabe si lo habr escrito! Torres ms altas he visto
desplomarse, y la vida nos est ofreciendo  cada paso terribles
experiencias... Pero yo no tengo derecho  sondear la conciencia de un
hombre. Y, sobre todo, me ha quedado bastante dulce la boca con la
ltima novela que he ledo del Sr. Selgas, para que vaya  amargarla sin
fundamento con sospechas y presunciones de mal agero. No obstante, si
el Sr. Selgas ha cometido alguna vez uno de estos actos reprobados por
todas las leyes divinas y humanas, entindase que retiro cuanta
insinuacin favorable  su persona se hallase en este artculo, y ruego
al Dios de los poetas lricos que le obligue  rimar un milln de veces
hijos con prolijos.

Su estilo es fino, delicado, trasparente, nervioso. Pero  todos los
estilos nerviosos les falta casi siempre la salud. En ciertos momentos
de exaltacin, llegan  donde no pueden llegar los ms robustos y
fornidos, tocan con su mano febril los cielos ms lejanos y recnditos
de la poesa; mas al da siguiente, desmayados y ojerosos, se arrastran
lnguidamente por la tierra  rendidos al sueo y la fatiga se dejan
caer en el rincn ms infecto de la prosa. Hay un medio de endurecer
tales estilos. Que se acerquen  la naturaleza; que escuchen con
atencin y recogimiento su lenguaje augusto; que salgan sin temor 
recibir los rayos del sol del Medioda, las brisas acres de la mar, las
hmedas y glaciales de la montaa, los punzantes olores de los pinos;
que salgan  contemplar los furores del cielo, los arrebatos de la mar,
las peripecias infinitas de la lucha solemne entre la luz y la sombra;
que salgan  embriagarse con todos los aromas de la creacin; que hagan
gimnasia; y al cabo de algn tiempo adquirirn color y fuerza, color y
fuerza que no conseguirn jams tantos estilos crasos y linfticos como
hoy vegetan en nuestra literatura.




NUEVO VIAJE AL PARNASO




PROEMIO


I

Yo no creo en la crtica. Tengo la inmensa desgracia de no creer en la
crtica. Quin me hubiera dicho que tan presto haba de llegar  un tan
fatal escepticismo! Porque ay! ustedes no saben cunto amarga la
existencia la conviccin de que todos esos crticos, tan doctos, tan
serios, tan diestros en averiguar  qu gnero, especie y familia
pertenece una obra, tan hbiles para caer con la velocidad de un rayo
sobre cualquier inverosimilitud, no sirven para nada.

Pero lo que ms me amarga (con paz sea dicho de mis compaeros) es el
considerar que mis afanes crticos no han de tener recompensa en esta 
en la otra vida. Es triste, muy triste! Estoy por maldecir la hora en
que por primera vez tom la pluma para decir en un peridico de
provincia que la seorita C*** se haba excedido  s misma la noche
del lunes.

Mi horroroso escepticismo se form con dos proposiciones, una negativa y
otra positiva.

Primera proposicin.--Nunca hizo falta la crtica para que apareciesen
grandes artistas.

Segunda proposicin.--La crtica ha empequeecido el arte.

La crtica, en calidad de alto y poderoso cuerpo que juzga, decide,
corta, raja, truena y relampaguea, es de muy reciente invencin, y
habiendo existido desde los tiempos ms remotos grandes artistas, no hay
para qu demostrar la verdad de mi primera proposicin.

En cuanto  la segunda, exigira uno  ms volmenes para quedar bien
dilucidada; pero slo dedicar  ella una  ms cuartillas, porque no
tengo tiempo ni paciencia para otra cosa.

As que surgi la crtica como cuerpo jurdico-literario, naci el
sistema. Los unos, extasindose en la contemplacin de las obras del
clasicismo, unas veces con verdad, otras hipcritamente, pensaron que el
arte haba tocado  su lmite en aquella dichosa edad greco-romana, y
que el destino de los artistas futuros era pasar la vida copiando los
admirables modelos que de ella nos quedaron, como aprendices en una
escuela de dibujo. Advertir, de paso, que para estos crticos la
cualidad predominante del arte clsico no es el reposo  la gracia que
en l resplandecen siempre, sino el orden  la simetra. Porque, dicho
sea de paso tambin, los crticos suelen fijarse con harta frecuencia en
lo menos importante. Qu hay, pues, aqu? Un atentado contra la
libertad del artista.

Los otros, porque realmente lo sintieran as,  por el gusto de llevar
la contraria  los clsicos, no quisieron ver la belleza sino en lo
extraordinario, en lo desordenado, en el absurdo  en el delirio. Nuevo
atentado contra la libertad del artista.

Otros ms modernos, apartndose de ambas escuelas, condenan todo arte
que no sea un reflejo, mejor dicho, una repeticin fiel y minuciosa de
la vida, llevando su teora hasta los ms groseros excesos. Siempre
cadenas para el artista!

Adems de estos tres grandes grupos de crticos, hay otros muchos
esparcidos por el haz de la tierra trabajando con el mayor desinters
por el triunfo de sus teoras. Citar nicamente los metafsicos y los
trascendentales, de los cuales no quiero hablar, porque no me gustara
pasar por desvergonzado.

Para desvanecer las malvolas sospechas que al llegar aqu pudiera
concebir el lector respecto  mi acrisolada modestia, le dir que no he
citado tanto crtico con el fin de desacreditarlo, sino, muy al
contrario, para darles  todos la razn. Tratndose de arte, soy lo que
llaman vulgarmente un pastelero. Cuando llega  mis manos un clsico
como Esquilo, me deshago en elogios del clasicismo; si es un romntico
como Caldern, no hay un romntico ms furioso que yo; y si por ventura
acabo de leer una novela de Balzac, no puedo menos de exclamar:
Admirable, admirable, monsieur Balzac! Si alguien me moteja por esto,
dir con cierta habanera que o cantar  una nia muy graciosa:

      Si yo soy as,
    qu he de hacerle yo?
    Todos para m
    son  cual mejor.

Esta cita, eminentemente clsica, me excusa de alegar nuevas razones.


II

Como otros muchos hombres que andan por el mundo, estoy condenado 
trabajar sobre un objeto que no es de mi gusto. Este libro es un libro
de crtica, mejor dicho, es un cordero que sacrifico en aras de una
deidad en quien no creo. Se halla bastante esparcida la creencia de que
quien toma el oficio de crtico manifiesta por el hecho mismo cierta
arrogancia, presuncin  amor exagerado de s mismo. No lo creo. De m
s decir que cuando voy  juzgar  un artista _verdadero_, lo que me
asalta no es un sentimiento de superioridad respecto  l, sino de
espantosa y amarga inferioridad. Si yo me juzgase superior  semejante
al artista, me pondra  crear, no  criticar. Por eso los juicios ms 
menos acertados que estampo en este libro, no me enorgullecen. Si de
algo estoy orgulloso, es de haber sabido comprender y gozar las bellezas
creadas por los poetas que en l se estudian. Porque, cuando otra cosa
parezca, cranme ustedes, es mucho ms difcil admirar que censurar. He
visto amenudo personas de vulgar inteligencia discurrir con bastante
acierto, y aun sealar con claridad los defectos de una obra de arte;
pero  cun pocos he visto conmovidos al hablar de Vctor Hugo  de
Byron!  cun pocos he visto cautivos por esa idolatra que el genio
inspira  los espritus sensibles y lcidos! Voltaire, con ser Voltaire,
nunca pudo admirar  Shakespeare; el mismo Lope de Vega no admir jams
 Cervantes. No es maravilla, pues, que yo que no soy Voltaire, ni Lope
de Vega, no consiga admirar  Grilo,  Blasco,  Retes y  otros
insignes poetas de esta era.

Con todo eso, en mi crtica, como ustedes podrn ver, no deja de haber
algunos trozos admirativos. Repito que son de los que estoy ms
satisfecho. Hace mucho tiempo que vivo en la creencia de que la tarea
del crtico (si es que alguna tiene) no consiste precisamente en
escudriar las manchas  defectos que toda obra, por ser humana, ha de
llevar forzosamente; tarea, sobre fcil, ingrata; sino, antes bien,
aclarar, difundir, popularizar las bellezas de las obras artsticas,
llamar la perezosa atencin del pblico hacia ellas, colocarlas sobre
las alas del entusiasmo para que lleguen  todos los espritus, soplar
el polvo que muchos hombres tienen en los ojos, para que puedan verlas y
gozarlas. Esta tarea es noble, hermosa y fecunda, aunque no sea lo que
hoy se entiende por crtica. Los prrafos donde aspiro  desempearla
han salido del fondo de mi alma, y as como han salido los he estampado,
sin tener en nada las prcticas de este gnero de escritos. De su verdad
estoy ms convencido que de la de aquellos otros en que acepto  rechazo
teoras estticas, sealo defectos  determino nuevas vas para el arte.
Porque de mis impresiones vivo seguro siempre; de mis opiniones, jams.
Escribiendo estos prrafos he gozado momentos muy felices, aunque otra
cosa crean los espritus frvolos que no penetran jams en lo profundo
del pensamiento del escritor. Cuando censuro, cuando ataco, no puedo
menos de pensar que me parezco al murmurador. Slo me encuentro grande
cuando tributo mi admiracin  los grandes.

He admirado, pues, hasta donde he podido. Si no pude tanto como hubieran
deseado algunos de los poetas que en este libro figuran, achquese 
inopia, y no  falta de buen deseo. Mejor que nadie s que yo no morir
de un exceso de respeto, pero tengan ustedes presente siempre que
tampoco me he puesto sobre el trpode para definir y juzgar, sino que
les he hablado como si me tropezaran en la Puerta del Sol, y charlando
de literatura, me preguntasen qu opinaba de Campoamor, Nez de Arce,
Grilo, etc., esto es, con la franqueza, con la osada, con la
incoherencia propias de la conversacin. Aun con eso, es posible que
haya dado por genios  algunos que no lo son. Porque bien mirado, no
creo que en Espaa existan tantos genios como se supone. Las
contribuciones absorben ms de la mitad del producto neto de las tierras
y de la industria; las cosechas, de algunos aos  esta parte, son muy
malas. Y si  esto se agregan las frecuentes calamidades que padecemos,
como guerras, terremotos, inundaciones, etc., etc., bien se puede
asegurar, sin temor de equivocarse, que una nacin  tal punto
enflaquecida y miserable, no puede tener bien alimentados  seis docenas
de genios. Nunca me arrepentir, sin embargo, de haber echado unas
cucharadas ms de miel en el plato de algn poeta. Despus de todo, es
inevitable el exagerar un poco el aplauso tratndose de los
contemporneos con quienes uno se roza y se codea en el comercio de la
vida. Es noble tambin corresponder, por lo menos con unos granitos de
incienso,  los esfuerzos que nuestros vates hacen diariamente para
proporcionarnos instantes agradables. Si el crtico no recompensa  su
modo estos esfuerzos, quin se encargar de recompensarlos? El pueblo
espaol, que tiene aparejados siempre honra y dinero para el primer
poltico grrulo y corrompido que viene  demandrselos, los niega
siempre, con una entereza y constancia dignas de mejor causa,  los
poetas ilustres. Seamos, pues, agradecidos con los que de vez en cuando
refrescan nuestro espritu fatigado sumergindolo en las cristalinas
aguas del ideal.

Mas no confundamos por eso el cario y el respeto que deben inspirar los
verdaderos poetas y la indulgencia con que deben acogerse sus yerros y
descuidos, con esa perniciosa benevolencia que todo lo aplaude, que todo
lo celebra, lo mismo las obras sublimes del genio que las torpezas 
insulseces del ltimo coplero. Cuando veo circular con el mismo aplauso
entre los crticos las perlas y diamantes de Ayala, Nez de Arce y
Campoamor y las cuentas de vidrio de Blasco, Grilo, Snchez de Castro,
Retes, etc., etc., no saben ustedes cunto me entristezco. Estas
confusiones me parecen lastimosas, porque privan al artista de su
genuina recompensa, que es el brillo. Y quin puede brillar habiendo
tanto lucero en el firmamento!

He hudo, pues, con particular empeo de esta feroz _nivelacin_
artstica, dando al Csar lo que es del Csar, y  Grilo lo que es de
Grilo. Como ustedes podrn ver, he sido muy parco en el empleo del
anlisis. Lo tengo por arma peligrosa y que expone al que la usa 
cometer sensibles injusticias. Slo en casos muy sealados, y con el
objeto ms bien de castigar una reputacin inmerecida que de probar la
incapacidad del poeta, me parece lcito acudir  ella.

Si ustedes se deciden  leer este libro, vern que el haber hudo del
anlisis no es su mrito principal. El ms grande de todos es el de ser
corto. S que al lado de este mrito se encuentran infinitas manchas que
lo deslucen; pero ya me he resignado de antemano  escribir una obra
con defectos. Siento no ser perfecto como mi Padre que est en los
cielos, pero no puedo remediarlo.


III

Un instante para concluir.

Despus de escritas las ocho semblanzas de poetas que van 
continuacin, qued un poco cabizbajo al observar la clara desemejanza
que existe entre todos ellos. Considerando la distancia que media entre
la fisonoma artstica de Zorrilla y la de Campoamor, entre la de Nez
de Arce y Aguilera, no pude menos de pensar lo siguiente:

La poesa de nuestro tiempo no tiene un ideal. El poeta, al abrir sus
ojos, ya no ve, como vean los griegos, como vean los cristianos en la
Edad Media, un sol de belleza luciendo sobre el horizonte y una
muchedumbre feliz con adorarle y bendecirle. Ya no puede agregarse
tranquilo  esta muchedumbre para que los rayos de aquel sol caigan
sobre su frente y enciendan su pensamiento. En la actualidad todos los
soles pasados resplandecen sobre nuestras cabezas, y cada cual tiene su
grupo de adoradores. Quin dirige sus ojos al asitico, quin al griego,
quin al cristiano. Pero oh Dios! cunto han perdido estos soles en
brillo y en calor! Se necesita que nuestros poetas sientan mucho fro
en casa para salir  gozar con sus tibios rayos. Entre la poesa
oriental, cristiana  helnica de nuestros tiempos y las creaciones de
Valmiky, Pndaro y Dante, existe la misma diferencia que entre esas
salas griegas, rabes y gticas que los opulentos de ahora hacen
construir en sus palacios, y el Partenn, la Alhambra y la catedral de
Burgos. Nuestra poca, por su afn incomprensible de lanzarse en pos de
todos los ideales y de beber en todas las fuentes de belleza, no tendr
jams fisonoma ni carcter propios, y en vez de monumentos habr de
contentarse con legar  la posteridad _chalets_.

As pensaba con tristeza, cuando dentro de m escuch una voz elocuente
que me haca una oposicin ruda y violenta. Esta voz interior peda con
justicia que no fuese tan superficial en mis juicios, que penetrase ms
adentro, hasta llegar  las entraas de nuestra poesa.

Tena razn la voz. Di un paso ms y pude ver claramente el triste lazo
que une las almas de todos nuestros poetas. Por ventura no hay en la
sed, en la fiebre que empuja  la poesa de este siglo  sumergirse en
todos los ideales pasados, algo que la caracteriza perfectamente? No
hay algo que, como un tsigo fatal, penetra por toda ella y hace que
adolezca?--Miradla. Ha perdido todos sus colores, sus movimientos son
febriles y descompasados, tiene grandes y oscuras ojeras, su voz es
apagada y ronca. Ay! No cabe duda, nuestra pobre poesa est tsica.
Cun interesante la ha puesto, sin embargo, su cruel enfermedad! Qu
grandes son ahora sus ojos y qu vaga su mirada! Qu trasparencia hay
en su rostro! Qu suave melancola se esparce por toda su figura! Qu
triste es su acento y qu conmovedor! El fro ha penetrado hasta la
mdula de sus huesos. Ningn sol pasado puede darle calor; y la poesa
triste, nerviosa y exaltada de nuestro tiempo morir.

All en lo futuro, de tanta negacin, de tanto escepticismo, de tanto
esfuerzo y tantas lgrimas, no surgir siquiera una verdad que engendre
otra poesa fresca, tranquila y creyente? Y si esto sucede, aquellas
dichosas generaciones, que gozarn de una paz que nosotros nunca hemos
podido gustar, no tributarn un recuerdo de simpata y admiracin  la
pobre tsica del siglo XIX? Esperemos que s.

[Illustration]

[Illustration]




D. JOS ECHEGARAY.


[Illustration: H]ACE ya muy cerca de dos aos que permanezco silencioso
como un diputado de la mayora. No he dicho hasta ahora sino pocas
palabras sobre el ingenio dramtico del Sr. Echegaray; y en las batallas
que se han librado en el teatro con motivo de sus dramas quiso la
fortuna que no hubiese perdido los ojos, aunque en ms de una ocasin se
hayan visto entre los dedos de algn crtico y la pared. Dios me los
conserve mucho tiempo sanos para no ver los dramas de Snchez de Castro!

Mas no por haberlo guardado tanto tiempo me harn ustedes la ofensa de
suponer que no he formado juicio sobre el teatro de Echegaray. Gracias 
Dios, tengo sobre este punto mi correspondiente opinin, como cualquier
farmacutico. Y ahora que me veo lejos de aquellos dedos frenticos--cuidado
con los dedos que gastan algunos crticos!--respiro fuerte y digo mi
opinin.

Don Jos Echegaray era, como todos saben, un notabilsimo ingeniero y
fu ministro de varios ramos. Por consiguiente, qu razn haba para
que no fuese autor dramtico? Efectivamente, all por el invierno de
1873 fu representada su primera composicin dramtica con el ttulo de
_La esposa del vengador_, que era una primorosa leyenda con innumerables
defectos y algunas bellezas. Ms que la obra en s, cautivme y sedujo
la novedad del intento. El teatro espaol, merced  los trabajos de los
Egulaz, Larra, Rub y otros, haba dado grandes pasos hacia el
confesonario; se postraba  los pies del coadjutor de la parroquia,
acusndose de sus pecados romnticos, rezaba el rosario todos los das,
asista  las cuarenta horas, tomaba el sol por las tardes. Era un
teatro chocho. Cuando adopt otro gnero de vida, todas las gentes
dijeron: Echegaray es el que lo ha pervertido, el que lo ha sacado de
quicio! Desde que trata con l ha vuelto  fumar,  decir requiebros 
las muchachas y  retirarse  las altas horas de la noche. Esto no se
puede tolerar, es verdaderamente escandaloso!

All en el fondo yo me alegraba mucho de que se retirase tarde. El
teatro debe gozar independencia y tener su llavn para cualquier evento.
_La esposa del vengador_ me pareci una calaverada de buen gnero, la
expansin afortunada de un ingenio privilegiado. Nada ms? Nada ms.

Tena toda la frescura y toda la inocencia de una virgen de quince aos.
Era suave, delicada, irreflexiva, levantada de inspiracin y de cascos.
No hubo ms remedio que aplaudirla.

Empezaba  oscurecerse la estrella del P. Astete. _La esposa del
vengador_ nada nos deca acerca de las _bienaventuranzas_ ni de los
_frutos_ del Espritu Santo: omita por entero los sacramentos que se
han de obrar y hasta prescinda de los que se han de recibir.
Conmovironse hasta los cimientos los corazones de la clase media. Qu
iba  ser de nosotros? Si en el teatro no se nos enseaba lo que hemos
de creer, lo que hemos de orar, lo que hemos de obrar y lo que hemos de
recibir,  dnde volver los ojos? Con permiso de estos corazones dir
que,  mi entender, el teatro de Echegaray es ms moral que el de
Egulaz. Tengo mis razones para creer esto, y si ustedes se dignan
prestarme atencin se las dir en pocas palabras.

Todos ustedes sabrn probablemente que apoderarse de lo ajeno contra la
voluntad de su dueo es un pecado, y otro pecado levantar falsos
testimonios, lo mismo que desobedecer  los padres y jurar el santo
nombre de Dios en vano. A qu ir, pues, al teatro cuando se representan
las obras de Egulaz?  gozar de sus bellezas? Es intil, porque no las
hay.  dormirse? Es muy feo y se expone uno  que le despierte el
acomodador. Sin embargo, esta ltima solucin no me parece del todo
inadmisible, y aparte de sus inconvenientes, porque los tiene, lleva
algunas ventajas  todas las dems. Y si te duermes, lector, que s te
dormirs, en qu forma te habrs moralizado? Con qu tristeza no
pisars despus la escalera de tu casa, considerando que entras tan
inmoral como has salido?

En cambio, durmete si quieres en los dramas de Echegaray. Si por acaso
fueses tan duro de corazn que no te conmovieran las escenas patticas,
ya se encargara alguno de esos actores tan bien entonados que slo
Espaa posee de tenerte despabilado. Pero no; yo s que no hay necesidad
de que se griten los dramas de Echegaray para que se escuchen con
atencin. Sin el auxilio de aquellos inolvidables pulmones, lo mismo
hubieran conmovido al pblico. El Sr. Echegaray recoge en el teatro,
siempre que se le antoja, una buena cosecha de lgrimas.

Ahora bien, las lgrimas no son un medio de moralizar al hombre?
Cundo se derraman lgrimas? Cuando el corazn se enternece. Pues
enterneciendo el corazn muchas veces lo haremos ms blando y ms
sensible, y el hombre ser ms clemente y generoso.

Esta afirmacin no es sofstica. La puedo demostrar con un poco de
metafsica. El dolor de un semejante enternece nuestro corazn,
despierta en nosotros la piedad y tambin el amor. Porque el dolor para
muchas personas formales y tambin para m es una gran injusticia. Si el
dolor recae sobre un malvado, contrara el fin general humano, que es el
pleno goce de la vida; mas si atormenta  un hombre virtuoso, no slo
contrara este fin general, sino tambin el particular de la virtud, que
merece recompensa. En uno y otro caso hay una injusticia que nos hace
padecer moralmente. Mas para que una injusticia nos haga padecer es
necesario que en aquel momento la idea de justicia se levante con
extraordinario poder en nuestra alma. Y cuando la idea de justicia se
enseorea de nuestra alma, no somos ms morales que cuando yace
aletargada en algn oscuro rincn del pensamiento? He aqu cmo,  mi
juicio, una obra dramtica, por el mero hecho de ser bella, sin
propsito alguno de aleccionar  los espectadores, puede influir ms
poderosamente en su moral que aquellas otras cuyo primero y tal vez
nico intento sea ste. El arte perfecciona nuestras facultades morales,
no recordndonos el catecismo, sino fortalecindonos, elevndonos,
arrastrando nuestro espritu  la regin de las ideas grandes y nobles.
De m s decir--y me pongo de ejemplo, porque soy para el caso como
cualquier otro--que cuando presencio la representacin de _Hamlet_ me
conmueven tanto los sublimes pensamientos del hroe, que me figuro
participar de su grandeza, se despierta en mi ser lo que hay de ms
generoso, siento mi espritu ms grande y ennoblecido, en una palabra,
me reconozco ms moral que cuando salgo de ver _Bienaventurados los que
lloran_.

No obstante, es necesario averiguar de dnde viene la emocin; si llega
 nosotros sostenida por la falsedad y el absurdo,  la trae en sus
brazos el arte.

Cuando veo llorar  una persona en el teatro pienso que por lo menos
aquella persona tiene un corazn sensible. Las personas ac en Espaa,
tratndose del teatro, no deben exagerar la cuestin de lgrimas. Me
parece que tienen muchas ms ocasiones de reir. Slo algunos chistes de
Pina y tal vez algn otro de Blasco son los que arrancan con entera
justicia raudales de ellas  los ojos.

En la ltima escena de _ locura  santidad_ estuvieron  punto de
soltrseme. Si no hubiese acontecido que una seora se desmay  mi lado
y no hubo ms remedio que socorrerla, seguramente habra despilfarrado
algunas. Pero aquello me di tiempo  reflexionar, y he aqu lo que
sali de mis reflexiones.

Efectivamente, en la escena pasaba algo grave. Dos jayanes al servicio
de un manicomio se llevaban maniatado  un caballero, bajo el supuesto
de que estaba loco. No estaba loco, todos lo sabamos, y padeciamos,
como es natural, presenciando aquel acto de barbarie. Mas aquel acto de
barbarie haba sido preparado por el autor con el exclusivo objeto de
conmovernos. Por lo mismo tenamos derecho  exigir que la preparacin
fuese discreta y artstica. Aquella situacin atrevida  interesante no
tena, por desgracia, races muy seguras; se hallaba presa por tan
sutiles hilos al argumento de la obra, que el ms leve soplo de la
reflexin bastaba  soltarlos. El entendimiento juega un papel
secundario, pero juega su papel en la contemplacin de las obras de
arte, y es gran torpeza llevarle la contraria tan resueltamente como se
hace en esta obra. Ser posible convencer  nadie de que, mediando
buena fe, se arrastre  un manicomio  un hombre de talento, estudioso,
sensato y recto,  las pocas horas de haber declarado que la fortuna que
posee no le pertenece, por extraordinarias que sean las circunstancias
que acompaen  esta declaracin? Yo pregunto  toda la clase mdica
espaola: Hay en ella dos individuos, sobre todo si han recibido el
grado antes de la revolucin, que por los sntomas que ofrece el
espritu de D. Lorenzo de Avendao sean capaces de decretar su inmediata
clausura? Yo pregunto  todas las familias honradas de Madrid: Hay
alguna que permita y aun promueva el encierro de su jefe en una casa de
locos por los motivos y con la premura de aquella que Echegaray nos
presenta en su drama? De resultas de no haberme contestado nadie  estas
preguntas que hice mientras socorra  aquella seora, resolv no
conmoverme. Y no obstante, si un espectador  alabardero tuviese la
desgracia de caer desde el paraso  las butacas, pueden ustedes creer
que el suceso me impresionara fuertemente. Me impresionara mucho, aun
cuando aquella escena no haba tenido preparacin de ninguna clase. No
s si el lector comprender esto, pero yo lo comprendo perfectamente.

 pesar de cuanto he dicho, estoy lejos de aplaudir el espritu de
crtica, por no decir _intelectualismo_, con que de poco tiempo  esta
parte acude el pblico al teatro. Pasaron los buenos tiempos en que los
espectadores tomaban parte con lo ms hondo del alma en las peripecias
del drama, se apasionaban, se enfurecan, trataban de saltar al
escenario en socorro del hroe, arrojaban comestibles slidos  la
cabeza del traidor. Slo en algunos apartados rincones de nuestras
provincias se da el caso ya de que el pblico obligue al protagonista de
_Carlos II el Hechizado_  dar muerte cuatro  cinco veces consecutivas
al odioso fraile, autor de sus desgracias. En el resto de Espaa, el
fraile muere  la hora en que escribimos de una sola pualada. El
pblico que acude  los estrenos en Madrid, mujeres, viejos y nios,
todos se constituyen en tribunal y afectan la imperturbabilidad de un
magistrado en vista pblica y solemne. En las escenas ms interesantes y
patticas, lo ms que se permite el espectador es una helada sonrisa de
satisfaccin y el siguiente galicismo: _Est bien hecho_. En tanto que
dura la representacin, todos, todos, hasta aquella rubia de la platea
cuyos cabellos parecen dorados  fuego y uno  uno, tienen aspecto de
estar escribiendo en lo ms profundo del pensamiento unos _Apuntes
crticos_ con mucha _fibra_ y mucho _calor de humanidad_.

Permtaseme que eche de menos en el pblico un poco de sensibilidad, y
despus permtaseme proseguir.

El defecto capital del teatro de Echegaray, aquel que resplandece en
todas sus obras, es la falsedad. En algunas de ellas, como _En el puo
de la espada_, la falsedad puede denominarse absurdo. Un viento
atracado de embustes corre por todos sus dramas, desatando los cabos,
invirtiendo los trminos, lacerando la urdimbre y arrojando las escenas
muy lejos unas de otras, de tal modo que sus personajes quedan
gesticulando en la soledad, y el pblico no ve la razn de sus
desconcertados ademanes. Lo que se echa de menos en las obras dramticas
de Echegaray son las matemticas. En estas obras se estampa el resultado
sin haber hecho las operaciones previas, y el pblico pide que se le
muestre la pizarra.

Ahondando un poco en la indagacin de este asunto, tal vez observemos
que el defecto enunciado, si ataca  la esencia misma de la obra y la
reduce  la categora de efmera, no es de los que niegan por s la
aptitud del artista. Lo que s muestra inmediatamente es que  la
creacin de la obra acompa un algo perturbador y malsano que el autor
debi haber hudo con empeo. Es imprudente introducirse en el
laboratorio de un poeta para espiar sus trabajos, y  seguida
noticiarlos  los cuatro vientos. Pero si me fuese dado vencer la
repugnancia que me inspira este espionaje y me pusiera  observar el
crisol donde hierven los dramas de Echegaray, creo que no tardara en
percibir ese elemento ptrido que causa el dao de la obra. Despus, si
se me obligase  darle un nombre y no tuviese  mano otro ms potico,
lo llamara precipitacin.

La precipitacin de que el Sr. Echegaray hace uso en la fabricacin de
sus dramas es de la peor ralea, porque es la que acompaa, no tan slo
 la ejecucin, sino tambin al pensamiento mismo de la obra.

Estoy pensando en que la idea de haber aproximado el gabinete de un
poeta al laboratorio de un qumico por algo debi acudir  mi cerebro
ahora. Por qu habr sido?... Quiz tenga su raz en la impresin que
me caus el Sr. Echegaray la vez primera que le vi salir  la escena
solicitado por el clamoreo del pblico. La figura del Sr. Echegaray no
despert en m, ni ms ni menos, la idea del poeta, sino la del
astrlogo. Sin que pudiera oponerme al escape de mi fantasa, adornle
de sbito con una bata sembrada de estrellas, le puse sobre la cabeza
una caperuza y en la mano una varilla de virtudes, aposentle en una
cmara ttrica toda atestada de libros, de redomas, de animales
disecados. Le vi enfrascado  una luz mortecina en la lectura de una
_Trigonometra rectilnea_. Pareca hallarse inquieto, cerraba los ojos
con frecuencia y lanzaba tristsimos suspiros.

Ay!--exclam--Aritmtica, lgebra, geometra, y por mi desdicha
tambin la trigonometra, todo lo he profundizado con un trabajo
constante, y heme aqu pobre tonto!... Hace ya algunos aos que enseo 
la multitud las matemticas y no estoy bien seguro de haber enseado
algo de provecho. Ni aun me lisonjeo de que sirva para nada el reducir
los quebrados  comn denominador. Por eso me he dedicado algn tiempo 
la poltica. Pero todo esto, poltica y matemticas, es intrincado, es
oscuro, y adems sospecho que no sirve para nada. Oh, si yo pudiese
franquear esta muralla de frmulas algebraicas y expedientes que me
aprisiona! Si yo pudiese, libre como el humo que se escapa de estos
carbones, recorrer  la dulce claridad del gas los escenarios de los
teatros, aspirar el perfume de los polvos de arroz, salir cogido de las
manos de los artistas, en forma de danza,  embriagarme con el nctar
voluptuoso del aplauso! Oh, qu extraa turbacin se apodera de mi ser!
Escucho una voz celeste que me dice: El mundo de las bambalinas y del
albayalde no est cerrado... nimo: an puedes morder donde han mordido
Retes y Echevarra... S, creo que el genio de Shakspeare da vueltas en
torno de mi cabeza y me incita  escribir dramas. Siento que mi espritu
se entrega todo  ti. Oh, espritu inmortal!... Ven, ven...

(_El genio de Shakspeare desde dentro_): Huyamos.

Pero esto es _Fausto_ puro, dirn ustedes. No lo niego, dir yo.

Volvamos  la precipitacin, volvamos aunque no sea sino para afirmar
que la precipitacin es una frase inventada por m para explicar y
atenuar algunos pecados cometidos por el Sr. Echegaray. Por lo dems, yo
no puedo negar  ustedes el derecho de achacar sus yerros  inopia y no
 precipitacin.

El comercio y trato frecuente de los grandes hombres suele dejar en
nuestra inteligencia huellas muy visibles. Por estas huellas es fcil
conjeturar cul ha sido el grande hombre que ms nos ha cautivado. Yo
me atrevo  pensar que el favorito del Sr. Echegaray ha sido Arqumedes.
De l es de quien ha tomado, sin duda, la mala costumbre de pedir
golleras. Arqumedes deca: Dadme una palanca y un punto de apoyo, y
remover la tierra. Mas el pobre Arqumedes se fu al otro mundo sin
tener el gusto de remover la tierra, porque nadie pens en darle la
palanca ni el punto de apoyo. Echegaray dice: Dadme un hijo formado por
el rayo de la luna que penetra por un vidrio roto (el arte se encargar
de pagarlo); dadme un puo de espada que sirva de archivo  una
correspondencia que no es posible quemar ni hacer pedazos; dadme una
hoja de pual donde se escriba con sangre como en la mejor vitela, de
tal suerte que lo que sobre ella se estampe no pueda borrarse sin
habrsela hundido previamente en el pecho el protagonista; dadme la
luna, en fin, y yo os dar un drama.

Efectivamente, el pblico di la luna y el Sr. Echegaray los dramas. Mas
debemos reconocer que ste es un cambio de servicios perfectamente
enclavado en la teora de la circulacin, expuesta con gran lucidez por
Bastiat, y ni el Estado ni yo tenemos derecho  contrariar el libre
desenvolvimiento de las leyes naturales que presiden  la produccin,
distribucin y consumo de los dramas. Lo nico que lamento amargamente
es que el desgraciado Arqumedes se haya ido al otro mundo sin tener el
gusto de remover la tierra.

Inmediatamente despus de esto tena pensado decir al Sr. Echegaray que
no tiene un gusto muy exquisito para la eleccin de temas,  los cuales
tampoco sabe dar variedad, ni gran acierto en la pintura de caracteres,
que huelen  bastidor desde muy lejos, ni tampoco una versificacin
flida, castiza y armoniosa que velara pdicamente las liviandades del
fondo. Pero todo esto tena pensado decrselo de un modo delicado,
ingenioso, como deben decirse estas cosas cuando uno quiere sentar plaza
de escritor tico, intencionado y habilidoso.

Ms de un cuarto de hora he pasado tirndome por la barba y con la vista
fija en un mico de bronce que sirve de remate  la tapa del tintero, y
no acaba de brotar en mi cabeza ni una sola frase irnica. Me voy
convenciendo con verdadero dolor de que no soy tan socarrn como crea.

Despechado y sin aliento, arrojo una mirada sobre las cuartillas
escritas. Son veintisiete. Por consiguiente, segn mi clculo, falta por
escribir una tercera parte del artculo.

Ahora bien, esta tercera parte la dedica todo crtico bien educado 
elogiar la obra que juzga cuando es mala. Cuando es buena, lo comn es
dedicar dos terceras partes. No ser yo ciertamente quien con mano torpe
pretenda romper el curso de nuestras costumbres venerandas, consagradas
por los siglos y las generaciones. De las dos terceras partes que llevo
escritas, resulta que el Sr. Echegaray es mal poeta dramtico. Confo
en que de la que falta ha de resultar que es bueno.

El Sr. Echegaray no es tan insignificante poeta como pudiera deducir
cualquier adversario suyo de las premisas que he sentado. Yo escribo
para las personas ilustradas  imparciales, para aquellas que saben
conceder  las frases su verdadero sentido y ver al travs de las
travesuras del estilo el corazn del escritor. Esas personas que tienen
los ojos puestos sobre el mo saben cun lastimado est y cun triste
por las frases que un destino cruel me ha obligado  estampar. Yo admiro
al Sr. Echegaray, le admiro como admiran los gusanos  las estrellas, si
es que las admiran. En materia de admiracin, muy pocos sern los que
puedan ponerme el pie delante. Pero yo bien s por qu admiro al Sr.
Echegaray: las personas que penetran mi corazn, bien lo saben, el seor
Echegaray tambin lo sabe. Hay muchas cosas inefables para la humana
lengua, y una de ellas es sta. Asisto  la representacin de una obra
de Snchez de Castro, y quien dice Snchez de Castro dice Retes. La obra
sale mala, como puede suceder, que esto no me lo negarn ustedes. Pues
bien, este pobre joven que ha sacrificado veinte reales para verla, se
emboza con la mayor dignidad en su capa y sale del teatro murmurando
entre dientes Dios sabe qu cosas. Se estrena un drama de Echegaray, y
el tal drama no satisface ni con mucho mis exigencias. Pues en vez de
salir irritado y feroz  saciar mi clera en un chocolate, salgo con la
sonrisa ms plcida del mundo, una sonrisa que envidiara el mismo
Perier, enojando  los amigos con mi descarada alegra, y cantando
salmos en honor del Sr. Echegaray.

Porque tienes garras como el len y dientes como el chacal, seor,
desgarras y trituras el arte dramtico.

Te glorificar por tus dramas malos lo mismo que por los buenos y
cantar tus alabanzas.

T has abierto mi boca, seor, y mi boca cantar tus alabanzas.

Cuando t llegaste, los dainos gorriones, entre los cuales figuraban
Prez Escrich y Larra, y tambin Egulaz, divertan sus ocios en
picotear la escena.

La picoteaban sin compasin; en su pico no se hallaba palabra de verdad,
ni verso sin ripio, y en su alma de gorrin se albergaban la frivolidad
y la impotencia.

Llegaste y los desmenuzaste como polvo que el viento esparce, y los
barriste como lodo de las plazas.

 t, oh seor! tributar gracias con todo mi corazn, y narrar todas
tus maravillas.

Las maravillas del Sr. Echegaray son algunas escenas tan bellas como
haca muchos aos no haban resplandecido en el teatro espaol y un
enjambre de pensamientos graves y luminosos que surcan altaneros el
pilago de sus obras, dejando brillante estela de fuego.

Las buenas acciones siempre las tengo presentes y no olvidar mientras
viva de qu modo se ha portado el Sr. Echegaray en una clebre noche.
Tres veces consecutivas haba subido el teln, y tres veces consecutivas
haba vuelto  bajar. Cuando suba, me quitaba el sombrero y lo colocaba
con delicadeza, que semejaba uncin, en la butaca de enfrente hasta que
llegaba un caballero de corbata encarnada que me obligaba  levantarlo
rpidamente y  plancharlo dos  tres veces con la manga de la levita.
Estas maniobras me hacan perder algunas docenas de versos. Cuando
bajaba, me pona el sombrero y trataba de lanzarme  los pasillos.
Indudablemente en la vida del hombre hay momentos crticos. Uno de ellos
es salir de una fila de butacas del teatro Espaol en noche de estreno.
Se debe salir dando el rostro  la espalda  las seoras que ocupan la
fila? Militan razones poderosas en pro de ambos sistemas. No obstante,
mi opinin, y la apunto con las debidas reservas, es que se debe salir
mirando  las seoras. Se deben apretar las piernas hasta donde alcancen
las fuerzas contra la fila contigua, con el fin de hacer patente que
vuestras extremidades son tan inofensivas como hidalgas. Conviene que al
demandar perdn por la molestia, formulis brevemente una enrgica
protesta contra la empresa del teatro, que sacrifica el pudor al srdido
inters. No dejis tampoco de decir, si os ocurre, alguna frase
ingeniosa y moral, sobre todo moral. Si no os ocurre, lo ms sensato es
doblar el espinazo, sonreir con modestia y abreviar cuanto se pueda.
Recorra automticamente los pasillos, el saln de descanso; escuchaba
distrado profundas disquisiciones sobre la verdad de los caracteres y
la verosimilitud de la fbula, y pienso que cuando me aposent de nuevo
en la butaca y vi sepultarse  los msicos, cual gnomos misteriosos, en
sus ttricos agujeros, Dios me perdone! pero algo semejante  un
bostezo vag por mis labios. Alzse la cortina pausadamente, con cierto
chirrido proftico, anunciando que en el caso poco probable de que la
obra saliera de la noche limpia de todo silbido, tos  estornudo, no
reportara pinges ganancias  la empresa. Lo que es el sino!
Partiendo de la garita del apuntador hacia dentro, hasta el teln tiene
derecho  carecer de sentido comn!

As que vi el escenario, me di en la nariz un tufillo de belleza que
reanim mi espritu sooliento. Tufillo lo he llamado? Pues no es
verdad; aroma, aroma era, aroma embriagador que llegaba al corazn. Un
hombre que agoniza vertiendo profundos pensamientos en flido y enrgico
romance. Esto no se ve todos los das. Cuntos se mueren en las tablas
con el ripio entre los labios! Despus, una escena verdadera, con vida
terrenal, que en el cerebro delirante del moribundo engendra otra ms
grande y fantstica. Sombras que toman carne para ofrecer perdn al
crimen. Seres vivos que la noche y el remordimiento convierte en
sombras. Relmpagos siniestros que alumbran una conciencia cenagosa. El
amor tomando posesin de un corazn dolorido. Un poco de verdad y otro
poco de poesa. Por all deba de andar el arte.

Aplaud como se aplaude cuando no se representa nada de Blasco, y sin
acordarme poco ni mucho de que era un crtico, llor como un simple
mortal. No hay ms remedio que confesarlo: los crticos, salvo honrosas
excepciones, tenemos tambin corazn como los dems.

Qu noche aqulla! Fu _La ltima noche_ del seor Echegaray. Despus
le aplaud ms de una vez, pero mis palmadas, casi siempre dbiles 
indecisas, sonaban  hueco, como las cabezas de algunos sabios. No crea,
sin embargo, el Sr. Echegaray que estoy cansado de aplaudirle ni de
escuchar sus alabanzas, como aquel paisano de Atenas, que se hastiaba de
oir las de Arstides. An me restan fuerzas bastantes para sonar las
palmas, y si llega el caso sabr gritar: Bravo, bravo, el autor! tan
bien como cualquier radical. La Providencia me ha concedido un tesoro de
aplausos; mas yo no tengo facultad para malgastarlo en cuatro das.
Redundara en menosprecio de las buenas obras dramticas futuras y
pretritas, en perjuicio del Sr. Echegaray, que tiene derecho  no ser
empujado por oscuros y peligrosos senderos, y en menoscabo y dao de mi
conciencia, que si no regatea jams los aplausos al mrito, me exige
estrecha cuenta de los que tributo  la torpeza.

[Illustration]




D. JOS ZORRILLA


[Illustration: A] las nueve;  las nueve en punto de la noche. Se haba
anunciado con la debida anticipacin en los peridicos y la tabla de
anuncios del Ateneo lo aseguraba de un modo terminante:

El viernes  las nueve de la noche el eminente poeta D. Jos Zorrilla
dar lectura pblica de algunas composiciones inditas.

No poda estar ms claro. Y no obstante an me quedaba un resquicio de
duda. Verdad que el autor del _Tenorio_ estaba vivo, pero haba dejado
de pisar muchos aos haca la tierra espaola. Fatigado de regocijar
nuestras moradas con sus melodiosos cnticos, el misterioso pjaro haba
levantado el vuelo y yo no saba dnde lo haba posado; en qu paraje
risueo y frondoso, bajo un cielo azul, haba fabricado su nido. No
podra haber otro D. Jos Zorrilla  quien le hubiese convenido nacer
poeta? Un tanto extrao pareca en este caso que la tabla de anuncios
del Ateneo le apellidase eminente, mas la crtica severa y concienzuda
no ha sido jams el fuerte de la tabla de anuncios del Ateneo. La duda,
ese fantasma siniestro del siglo XIX que turba las conciencias y las
empuja  los negros abismos de la filosofa alemana, se haba apoderado
de mi alma, cuando tropec con un empleado de la casa.

--Este D. Jos Zorrilla que aqu se mienta es verdaderamente D. Jos
Zorrilla?

La pregunta no poda ser ms directa, ms clara, ms concreta.

--Creo que s, porque el seor presidente ha mandado preparar un
refresco para esta noche.

La respuesta era precisa y categrica. Ningn artculo de _El Siglo
Futuro_ fu en la vida ni ms claro ni ms contundente.

Quedamos en que era D. Jos Zorrilla el que haba de leer aquella noche
varias composiciones inditas.

Es decir que iba  hallarme frente  frente del prodigioso mago que
haba evocado en mi espritu juvenil sueos infinitos, azules, verdes,
rosados y de otros colores intermedios; con el arpa de oro cuyas dulces
canciones arrullaron las horas melanclicas de mi adolescencia; con el
cometa fulgurante que al promedio del siglo apareci en los cielos del
arte, y cuya cola, formada por miradas de tomos de poesas, an no ha
traspuesto por entero el horizonte!

No faltar; de ningn modo faltar. Aunque necesite perder un sermn de
Snchez de Castro  un drama del P. Snchez, no faltar.

En tanto que la hora llegaba, empec  meditar--cosa bastante rara en un
crtico--acerca del romanticismo.

El romanticismo ha llegado  ser en nuestra poca una abstraccin, una
idea que la crtica considera, ya funesta, ya dichosa; que para ciertos
historiadores atacados del novsimo sistema de explicarlo todo, fu
simplemente una necesidad de los tiempos. Probablemente no ser nada de
esto, y s tan slo un grupo de hombres de poderoso ingenio con el cual
nada poda rivalizar ms que su arrogancia. Amantes de la libertad,
orgullosos de vivir y respirar, pensando que sus obras no caban en el
molde clsico ni en ningn otro molde conocido, comenzaron  asestar
furiosos golpes  las formas tradicionales de la poesa. Rompieron la
tupida malla de preceptos que el estudio de los clsicos, unido  la
miseria del ingenio, haba formado en los ltimos siglos, y lanzaron sus
vuelos por los mundos no explorados de la fantasa. Hoy el viajero
tropieza en el camino con los restos de algn pjaro infeliz vctima del
fro y de la oscuridad, pero tiene presente que otros muchos surcaron
atrevidos las tinieblas y dichosos llegaron  puerto de salvacin.

El cultivo ciego, insensato, de la forma llegara  tal punto en los
tiempos que precedieron al romanticismo, que haban sido proscritas del
arte las ideas por intiles. Todo estaba inventado. Los asuntos del
poeta se hallaban trazados de antemano, y guay del que osara salirse de
la pauta! Un amante que llora celos, ausencias  fierezas de su amada;
un natalicio, una muerte, unos das, un matrimonio; en el aniversario de
la entrada del Rey nuestro seor en Madrid  su vuelta de Francia; en el
da del cumpleaos de la Reina nuestra seora; oda al combate de
Trafalgar; soneto  un pajarillo; stira contra las costumbres del
tiempo; letrilla contra los pantalones cuando empezaron  usarse; en la
proximidad del parto de la Excma. Sra. Marquesa de Villaburrida; 
cierto joven militar de grandes esperanzas con motivo de su temprana y
repentina muerte:  mi seora D. Ramona Portillo; epstola  Poncio
quejndose del atraso que sufra el autor en su carrera, etc., etc.

Tales eran los temas predilectos de aquella musa cumplimentera. Delito
de leso clasicismo se consideraba enamorarse  derechas de Pepita,
Asuncin  Juana. El poeta no poda amar sino  Galatea, Florinda  Cloe
y eso en el campo y disfrazado de Batilo  Fileno, porque en la ciudad
ya se guardara bien de hacerlo. Si le gustaba una nia era
indispensable el decir que _arda en ansias_  que _se hallaba
encadenado por un dspota inhumano_, para que se le creyera. El cuello
de la nia haba de ser _albo_ forzosamente y los cabellos _madeja de
oro_, los ojos lanzaran _mortferos venenos_, dado que no hubiera en
ellos un Cupidillo que disparase _mortales saetas_; los labios seran
_hibleos_, las mejillas de _ncar_ y el seno tomara la denominacin de
_pomas de nieve_  _orbes torneados_. La poesa, en resumen, se hallaba
estereotipada.

En esto, dejronse oir los rugidos de los romnticos, que llegaron cual
rebao de leones agitando ferozmente sus melenas, y al llegar pusieron
en gran desorden y confusin  la turba de gozques que alastraban contra
el regazo y coman en las blancas manos de las damas aristocrticas.
Traan consigo la idea de libertad, la de naturaleza-- la cual no
siempre han sido fieles--y ms arraigada que otra alguna, la de
tristeza. La tristeza fu la musa que inspir por ms tiempo al
romanticismo. Sin que hubiese mayor motivo que antes, todos los poetas
de aquella poca convinieron en ponerse muy tristes y en dar claras
seales de hallarse bajo el peso de un gran dolor. Caan sobre el suelo
las lgrimas y formaban pronto regueros, arroyos, ros caudalosos que se
llevaban los puentes y los corazones; desatbanse en el espacio furiosos
vendavales de suspiros y estallaban tempestades de sollozos. Ms grande
desesperacin no la haban presenciado los siglos.

Aun dando por supuesto, como es justo que se d, que aquella tristeza
tena no poco de afectada y artificiosa, quin osar negar que
constituye un manantial riqusimo de inspiracin potica? Lo pregonan
con elocuencia el _Childe-Harold_ y el _Manfredo_ de Byron, el _Ren_ de
Chateaubriand, los cantos lricos de Heine, de Vctor Hugo, de
Espronceda y de Zorrilla. Estas obras sern por siempre bellas, aunque
el arte, en sus giros de vagabundo, haya abandonado la regin de las
tristezas individuales y parezca sumergirse ahora con deleite en el
ocano profundo de la realidad. No queramos juzgar las obras de arte con
el criterio que el gusto de hoy nos seala. Si despreciamos las obras y
los hombres del romanticismo porque las aficiones de nuestra poca nos
empujan por opuestos derroteros, cuando otros gustos y otras tendencias
hayan venido  sustituir  las nuestras, con qu derecho pediremos
gracia para nuestros poetas ms queridos y para nuestras obras ms
predilectas? Pensemos ms bien que la belleza es una dama serena y
augusta, pero muy coqueta; el arte un mancebo turbulento y caprichoso
que sin cesar la enamora. Que vista la dalmtica griega,  la toga
romana,  el jubn de la Edad Media,  el frac de nuestra poca, que
gaste peluca  melena, que parle en latn  en sueco, como se muestre
insinuante, rendido y discreto, obtendr sus favores.

Aqu llegaba en mi trascendental meditacin, cuando rasg la atmsfera
erudita del Ateneo la voz del ujier: Ctedra del Sr. Zorrilla. Ay!
Quiz este mismo ujier gritara impo al da siguiente: Ctedra del Sr.
Vilanova.

Acud con ligereza  sentarme delante de la misma tribuna, y esper con
recogimiento, con cierto temblor cortesano, la llegada del monarca.

Y lleg. Pero cmo lleg, cielos! Como oveja  quien privaron de su
velln; como pjaro desplumado. Lleg sin melena!

El viejo y trasquilado len subi lentamente los escalones de la
tribuna, y una vez arriba, alz la cabeza. La juventud haba hudo de
aquella frente, el fuego de aquellos ojos, el carmn de aquellos labios.
Pase una mirada por la concurrencia, y salud. Yo no s lo que vi en
aquella mirada y en aquel saludo, pero me sent profundamente conmovido.
Aquella mirada triste, muy triste, aquel saludo humilde y encogido
parecan decir:

Estoy en el Ateneo de Madrid; lo s. Los que aqu os reuns, todos sois
ms  menos sabios; todos sabis que he cometido muchos anacronismos y
muchas faltas de gramtica. S que os res de mis composiciones vacas,
de mi lirismo trasnochado; s que os gustan otros poetas ms filsofos,
s que ya no tengo ni un admirador ni un amigo entre vosotros. La
generacin  la cual el soplo de mi musa revolva y encrespaba unas
veces, y otras rizaba y adorma blandamente; el pblico que deca mis
versos en el teatro antes que el actor los profiriese, se ha llevado 
la tumba mi renombre. Los amigos que conmigo lo compartan han cado
tambin uno  uno en el oscuro misterio de la muerte. Cuanto miro en
torno mo, me es extrao y desconocido. No entiendo vuestra sabidura,
no entiendo vuestro escepticismo, no entiendo vuestros versos. Me
encuentro solo, triste y pobre, y ni aun fuerzas me quedan para
repetiros la vieja cancin. Nada puedo daros digno de vosotros:
perdonadme, seores, perdonadme.

Y  m se me encoga dentro del pecho el corazn y me asaltaban deseos
irresistibles de decir:

Procedamos por partes, ilustre vate. En primer lugar, gracias  Dios,
no somos todos sabios los que aqu nos reunimos. Desde mi asiento estoy
viendo  varios que no lo son, puede usted creerlo, no lo son. Algunos
hay que la opinin pblica califica de tales, pero ya sabe usted que la
maledicencia en nuestro pas no respeta nada, y que no es posible poner
trabas  las lenguas. De los pocos que restan, la mitad son traducidos
del francs y la otra mitad en el pecado llevan la penitencia, pues
nadie cuenta con ellos para nada. Mas supongamos por un instante que
todos lo fusemos. Piensa usted que habr sabio alguno, por tonto que
sea,  quien no cautiven y deleiten los hermosos poemas que usted ha
creado? Piensa usted que esta poesa amaneradilla y artificiosa que hoy
est de moda osar chistar mientras se alce en los aires el son de sus
dulces y frescas melodas?

Esto dira seguramente si hubiese dicho algo. Me reduje  pensarlo, con
otras muchas cosas que el lector ir conociendo seguramente si no se
queda rezagado en la lectura de este artculo.

Situmonos en un punto de vista equidistante de todas las escuelas y de
todas las tendencias que han imperado en el arte. Mejor dicho,
situmonos en tal lugar y tan lejano que apenas se divisen esas barreras
que las alternativas y variantes del gusto han levantado en los vergeles
de la poesa. Desde aqu, desde el lugar empingorotado donde plugo  mi
voluntad colocarme, no acierto  ver ningn lindero; el huerto de los
clsicos es una prolongacin del de los romnticos,  tal me parece al
menos, y el de los realistas se introduce sin que nadie le vaya  la
mano por el de los idealistas. En unos y otros las flores y las berzas
fraternizan con efusin. Los ingenios que los han cultivado estn all
representados con tamaos muy distintos, sin que pueda asegurar que se
haya atendido para nada ni  la poca en que florecieron ni  la escuela
en que militaron. Por ejemplo, all veo  Caldern que est representado
por un coloso de oro con rica corona de brillantes, mientras Snchez de
Castro es una hormiguita que en este momento le entra por la ventana de
la nariz y le hace estornudar.

Mas en realidad mi obligacin en este momento es no acordarme para nada
de Snchez de Castro y no quiero dar un paso ms por este terreno
escabroso. As, pues, convirtiendo mis ojos  Zorrilla, observo que su
talla se eleva majestuosa sobre todos los poetas espaoles de este
siglo, y slo Espronceda y Quintana logran altura parecida. Bien se me
ocurre que esta observacin tomada del natural, como ahora se dice, no
enternecer el corazn de los poetas que hoy figuran; mas ay! consiste
en que el corazn del poeta, blando y sensible para el canto del
ruiseor, para el beso de la virgen, para las noches de luna, es de
piedra berroquea para los versos de su vecino.

La poesa de Zorrilla es una flor de los campos, risuea, fresca, suave,
fragante. Naci sin que una mano diligente hubiese derramado en aquel
sitio algunos granitos de semilla trados de Pars. Naci porque Dios
quiso que naciera para solaz del viajero que en el camino angustioso de
la vida se tiende  descansar un instante en los dominios del arte. La
regadera de la ciencia no ha venido  chapuzarla maana y tarde. En los
das de cierzo no ha tenido cristales que la resguardaran; en las noches
de hielo no ha tenido  su lado estufa que le prestara calor. Alguna vez
se doblaba la pobrecita al peso de la nieve; otras veces se arrugaba por
las quemaduras del sol. Pero tornabais al da siguiente y la
encontrabais de nuevo fresca y erguida derramando aromas y esparciendo
reflejos.

Porque Zorrilla es un gran poeta,  despecho de la ciencia,  despecho
de la Academia de la Lengua,  despecho de sus torpes imitadores y hasta
 despecho de s mismo. Infinitamente ms poeta que otros que poseen
mucha ciencia, mucha Academia y pocos imitadores.

 la flor de la poesa dedicmosle hoy cuidados exquisitos y prolijos.
No los rechazo, que prefiero yo con mucho los refinamientos del espritu
 las groseras de la letra. Mas djenme ustedes admirar de buena
voluntad  aquellos rboles gigantes de espeso y oscuro ramaje cuyas
copas se columpian majestuosamente al impulso de los vientos en los
bosques de mi pas, y no tanto  aquellos otros del Buen Retiro
cortejados sin cesar por la mano solcita del jardinero y recibiendo el
agua bonitamente por tubos de hoja de lata. No lo puedo remediar.

Los versos de Zorrilla no han sido forjados penosamente como tantos
otros en las fraguas del pensamiento. Zorrilla no ha tomado jams las
medidas  la idea para encajarla en el verso. El verso y la idea
nacieron en su mente  un tiempo mismo, como la luz y el color. Si 
Zorrilla le privaseis del lenguaje numeroso, le arrancarais las alas y
pronto verais con qu dificultad se mova por la tierra. Si quisierais
ensearle la prosa, verais cun torpemente se expresaba, como esos
pobres mirlos  los cuales sus dueos progresistas! se empean en
ensear el himno de Riego con la flauta.

La prosa es una cosa muy excelente. Yo se la recomiendo con toda mi alma
al Sr. Grilo. Mas la prosa slo puede expresar lo que se concibe en
prosa: cuando se concibe en verso, se debe parir en verso. Hay tal
vaguedad en las ideas del poeta y tanta contradiccin en sus
sentimientos, que no es fcil empeo introducirlos en la prosa sin
sacarla de quicio. El verso, segn dicen, es el lenguaje intermedio
entre la prosa y la msica. Zorrilla lo ha hecho acercarse mucho ms 
la msica que  la prosa. Por eso penetra ms fcilmente que ningn otro
poeta en nuestra alma y se guarda ms tiempo en la memoria. Quin en
Espaa no sabe versos de Zorrilla? Quin es el que no ha sentido el
aroma de aquella flor silvestre de que antes os hablaba?

Voy  figurarme que cruzis por un pas extranjero. En una sala
esplndida, muy bien arrebujada con riqusimas alfombras y tapices,
chisporrotea un fuego malicioso haciendo guios y prometindolas muy
felices al aterido contertulio, que descalzndose los chanclos y
sacudindose la nieve, alza la cortina diciendo: Good evening
gentlemen.

Ya estis de la parte de adentro, y al comps de vuestros pasos se alza
un repique adulador en el cristal de las araas y en la porcelana de las
mesas. Y luego los enormes espejos, tan altos como el techo, se
apresuran  reproducir profusamente vuestra imagen, como si fuese la de
un grande hombre. As que llegis  las cercanas de la chimenea, os
inclinis con mucha gracia y estrechis una mano ms blanca que el manto
con que en aquel instante se embozan los rboles del jardn, ms suave
que la seda que viene de las Indias. No quisiera equivocarme, pero
aquella mano pertenece,  mi entender,  una _lady_ de alabastro con
ojos azules. Hablis del tiempo, por supuesto, hablis del prncipe de
Gales, hablis de _sport_, y hasta, si os parece oportuno, hablis de
los ojos azules de _mylady_. Todo esto  m no me importa poco ni mucho.
Pero la conversacin viene  caer sobre materia de poesa, y entonces ya
pongo el odo para escucharla. _Mylady_ tiene gran pasin por Tennyson,
y se empea en leeros uno de sus idilios, que vosotros, claro es,
encontris divino.  la lectura del idilio sigue un silencio, y al
silencio esta pregunta: Decidme, _my dear_, qu poetas tenis en
vuestro pas?

Ah! Yo estoy seguro de que en aquel instante separis la vista de la
argentada _lady_, y la sacis por el balcn  pasear por otros espacios.
Una lgrima tiembla en vuestros prpados, que no llega  caer, porque
aquella lgrima pertenece  la patria y no quiere pisar tierra
extranjera. All, muy lejos, detrs de la nieve, hay una regin feliz
donde calientan los rayos del sol y esparce el azahar sus fragancias.
Las aguas azules del mar y los bosques espesos de lauros, la lengua
melodiosa de las aves y la boca imperceptible de los insectos elevan sin
cesar un coro de bendiciones al firmamento lmpido...

Seora, el primero de nuestros poetas se llama D. Jos Zorrilla. Sus
versos son el ms preciado regalo de los odos espaoles. Ninguno ha
conseguido tanta popularidad, porque ninguno es tan sencillo, tan
melodioso y tan flido. Sus versos tienen el color de nuestras flores,
el brillo de nuestro cielo, la frescura de nuestra brisa. Cuando los
escuchamos, nos sucede lo mismo que cuando paseamos al declinar la tarde
por las riberas del Tajo, se olvida uno de que esta tierra es un valle
de lgrimas. Ninguno tampoco ms nacional. Su espritu nos pertenece de
tal modo, sus pensamientos estn ligados por tan estrechos lazos  la
tierra espaola, que en vano querrais formaros idea de su encanto los
que no habis balbuceado jams plegarias  la Virgen, los que no habis
escuchado en esa lengua los consejos de vuestra madre. Su poesa, como
nuestro sol, no se puede traducir.

S; estoy seguro de que estas  parecidas palabras saldran de vuestra
boca, porque en tal instante no querrais semejaros al asno de la
fbula, que dispara furiosas coces sobre la frente del len moribundo.
Quiz en vuestro corazn tendrais ya reservado este papel para algn
amigo de Madrid. Y no dirais mentira. El troquel que acu los versos
del _Capitn Montoya_ y _Margarita la tornera_ bajar al sepulcro de
Zorrilla, y tal vez se guarde all por siempre. Aquellos fantsticos
caballeros de la tradicin no tornarn ya  este mundo, tan vivos, tan
altivos, tan resueltos; aquellas doncellas de ojos garzos que beben por
entre una reja el tsigo del amor, no sern tan puras, tan risueas, tan
ideales. Las noches de Andaluca, difanas  brumosas, los bosques, las
tempestades, las flores, los claustros, el canto de las aves, los
suspiros del amor, ya no tendrn pincel que los retrate y los difunda
por la tierra. Qu jinetes osarn en lo porvenir cruzar de noche un
bosque de este modo?

      Muerta la lumbre solar,
    iba la noche cerrando,
    y dos jinetes cruzando
     caballo un olivar.

      Crujen sus largas espadas
    al trotar de los bridones,
    y vense por los arzones
    las pistolas asomadas.

      Calados anchos sombreros,
    en sendas capas ocultos,
    alguien tomara los bultos
    lo menos por bandoleros.

      Llevan, por que se presuma
    cul de los dos vale ms,
    castor con cinta el de atrs,
    y el de adelante con pluma.
      Etc., etc.

Qu nyade se atrever en adelante  salir del fondo del agua en esta
forma?

      Toc en el haz del agua
    su cabellera blonda;
    quebr la frgil onda
    su frente virginal.

      Dej el agua mil hebras
    entre sus rizos rotas,
    y  unirse volvi en gotas
    al limpio manantial.

Oigo decir que Zorrilla no ha respetado en ms de una ocasin la
gramtica. Pero ha respetado la belleza. Y aun sobre su decantada
incorreccin pudiera decir unas palabras. Si ustedes me lo permiten, las
voy  decir.

Es mi creencia arraigada que los idiomas no se perfeccionan en las
Academias, como el estado poltico de las naciones no progresa por la
labor de las Cmaras altas. La tarea de unas y de otras es de
conservacin y resistencia: nada ms. Los idiomas progresan por el
impulso que les comunica un gran escritor  por el nuevo aspecto en que
los ofrece. Sin acudir  pases extraos, donde hallaramos grande copia
de ejemplos, y atenindonos solamente al nuestro, consideremos que el
ms singular y glorioso de nuestros escritores, Miguel de Cervantes, ha
sido quien abri ms amplios horizontes  la lengua, comunicndole el
mayor grado de flexibilidad  que pudo aspirar jams idioma alguno.
Observemos de paso que Cervantes no est notado de escritor correcto y
castizo, pues no tuvo inconveniente en aportar al castellano multitud de
italianismos y galicismos. Asimismo es verdad que todos nuestros grandes
escritores han trabajado sobre el patrio idioma, otorgndole cada cual
su propia y peculiar fisonoma. Quevedo, Rivadeneira, Sols, el P. Isla,
etc., han bordado primorosamente en el rico tapiz del habla castellana,
llevando siempre un nuevo color  su exquisita urdimbre.

En tiempos ms cercanos, quin no recibir deleite leyendo la prosa
tersa y elegante de Jovellanos,  los versos sonoros de Quintana,  la
acerada frase de Larra? Y no obstante, stos, que sern siempre dechados
del buen decir, no lo son de correccin y pureza.

Zorrilla ha prestado servicios eminentes al idioma. En sus obras
adquiri el ms alto grado de dulzura y armona. Cuando hayan
desaparecido los correctsimos escritores que tan duramente le zahieren
por sus descuidos, y las obras donde han estampado sus relamidas frases
hayan vuelto  la tierra de donde salieron, an vivir Zorrilla y sus
canciones andarn en boca de los hombres.

Mas,  todo esto, todava no he preguntado al poeta que me ocupa en qu
ideales se inspira. Es extrao, muy extrao; mucho ms extrao
tratndose de un sujeto que lleva varios aos de socio del Ateneo.

Iba  remediar mi falta, cuando me interrumpe una salva de bravos y
palmadas. Los sabios aplauden desaforadamente _La siesta_. Mas ahora
corresponde preguntar: Cul es el ideal de _La siesta_?

Opino como Zorrilla: dormirla con Rosa.

                      EPLOGO

Alguna vez le he vuelto  encontrar en las calles de Madrid, triste,
cabizbajo y acompaado de Lpez Bago.

El genio, vaya  no vaya acompaado de Lpez Bago, es digno de respeto.

Por eso yo, aunque lleve la derecha, me apresuro  dejarle la acera.

[Illustration]

[Illustration]




D. RAMN CAMPOAMOR


[Illustration: P]ARA comprender bien la fisonoma potica de Campoamor
es necesario pertenecer por entero, con alma, vida y corazn,  la poca
presente. El Sr. Campoamor es un poeta de la edad presente. No hay ms
que considerar un instante sus patillas para convencerse de ello. Hace
algunas noches le oa leer uno de sus bellsimos poemas, _El amor y el
ro Piedra_. Y al escuchar las aventuras de aquellos enamorados
desertores que van dejando en las grutas, en los cspedes y en las
zarzas del ro Piedra sus risueas ilusiones, el autor se me
representaba de improviso bajo una forma semejante. Tambin l es un
desertor, un desertor de la fe, que marcha por la vida ro abajo, ro
abajo, tambin dejando entre los zarzales jirones de sus creencias. Y al
dejarlas se detiene un punto para lanzar sobre ellas una mirada triste;
suelta una lgrima, escribe una dolora, se echa  reir y sigue su
camino. Y con l vamos todos, todos, casi todos (como l dira), y
tambin soltamos lgrimas y carcajadas, pero no soltamos doloras para no
descalabrar  nuestros semejantes. Pero ro abajo, ro abajo, se va 
parar al escepticismo, dirn ustedes.--Tal vez.--Y entonces?--Entonces
qu?...--Nada.

Campoamor no tiene padre. Menos afortunado en esto que D. Jos Zorrilla,
el cual es hijo legtimo de un ruiseor, segn ha tenido la bondad de
revelarnos ltimamente, nuestro poeta es un pobre hurfano dentro de la
literatura patria. Fuera de ella quiz tenga algn pariente cercano,
pero que no merece por ningn concepto el nombre de padre. En el mundo
de la poesa lrica no est mal mirado el que no tiene padre conocido.
Es un mundo democrtico, donde cada cual es hijo de sus versos y donde
conviene mucho que stos se parezcan lo menos posible  los de los
dems, aun cuando no acaben de hacerse cargo por completo de ello el
Marqus de Molns, el Conde de Cheste, el Marqus de Valmar y otros
prceres del Reino.

En cambio, vean ustedes; en el mundo de la poesa dramtica no acaece ya
lo mismo. El poeta dramtico puede y debe tener presente para orientarse
en sus concepciones la tradicin del teatro nacional, porque el poeta
aqu no va  expresar exclusivamente sus sentimientos, sino tambin los
del pblico. As es el mundo,  mejor dicho, as son los mundos.

Como no tiene padre, nuestro poeta ha gozado de una libertad envidiable
desde sus primeros aos, enderezando sus pasos  donde bien le plugo,
unas veces exhalando gemidos y vertiendo lgrimas en compaa de la musa
romntica, otras retozando alegremente con la clsica. Mas no es
hacedero pasar en esta existencia, que no llamar msera porque ya lo
han hecho antes algunos ilustres escritores, entre ellos Prez Escrich,
de la risa  las lgrimas y de las lgrimas  la risa sin llegar  una
conclusin. Justamente  esta conclusin ha llegado nuestro poeta. Y la
conclusin es la siguiente.

Las lgrimas y la risa no son otra cosa que manifestaciones concretas
del estado particular del pensamiento en cada momento. La risa expresa
la alegra, como el llanto la tristeza. Mas he aqu que el pensamiento
consigue sobreponerse  estos medios de expresin congnitos  nuestra
naturaleza, y se eleva  una regin serena y en cierta medida
indiferente,  donde llegan confundidos y revueltos los suspiros y las
risas. Entonces el pensamiento, tal vez sin darse cuenta de ello, si se
ve triste toma para salir  la calle la risa, mscara de la alegra; si
se encuentra alegre, el llanto, vestidura del dolor.

No es esto lo corriente, debo confesarlo; pero alguna vez acontece, y
cuando acontece, al que de tal modo quebranta el orden establecido para
la emisin del pensamiento, se le llama _humorista_, aunque la palabra
no haya recibido todava carta de naturaleza en nuestro idioma.
_Humorista_, sin embargo, no es nicamente el que pone en contradiccin
su pensamiento con sus palabras, pues esta contradiccin se observa en
cualquier escritor satrico, sino ms bien el que pone en contradiccin
su pensamiento con el pensamiento universal. El escritor que slo aspire
 producir un efecto cmico, no llegar jams  este punto. Es necesario
poseer un alma superior y lcida, que aprecie las cosas de este mundo en
su verdadero tamao y no en el que se ofrecen  los ojos del vulgo. El
_humorismo_ es un soplo delicado que se esparce por todos los
pensamientos del escritor, suavizando su aspereza, refrenando sus
tendencias  lo absoluto y tindolos todos con el color de lo relativo.
Es algo que nos emancipa y nos liberta de la bajeza de esta vida,
colocndonos en un sitio elevado  inexpugnable. El _humorista_ re;
pero bien sabemos todos que su risa no durar mucho, y que sus lgrimas
se encuentran siempre apercibidas  salir. En este mundo no todo inspira
risa. El _humorista_ llora; mas si aplicamos el odo, no tardaremos en
percibir cmo se une al coro de gemidos una nota risuea y bulliciosa.
En este mundo no todo arranca lgrimas. El _humorista_ ridiculiza los
actos y las personas, pero su stira no lleva veneno, y por eso no mata,
antes vivifica. Cervantes, el ms grande de los _humoristas_,
ridiculizando en un personaje la desmedida aficin  las aventuras
caballerescas, no ha podido menos de hacerlo amable  todos los
corazones sensibles. El espritu del verdadero humorista se halla
dotado, en fin, de una tolerancia inagotable para con los defectos de la
humanidad. Los considera como una herencia que no es posible repudiar,
y dirige sus ataques ms al defecto en general que  los defectos.

Pues bien, seores; tengo el honor de presentar  ustedes un poeta
_humorstico_. Mrenlo ustedes bien, porque en Espaa no hay ms que
este ejemplar. Y aun ste ha llegado un poco tarde  rendir parias  esa
musa plida y nerviosa que acarici  Byron,  Heine y  Musset. Despus
de malgastar los bros de su juventud en estriles devaneos con otras
musas y ms tarde en licenciosas bacanales filosficas, es natural que
al entregarse  sta se hallase un tanto debilitado y maltrecho. No le
dedica como Musset y Heine las primicias de su fantasa, sino los
ltimos resplandores. Por eso las poesas de Campoamor no tienen la
frescura y espontaneidad que tanto encarecen y abrillantan las de
aqullos. Ac para nosotros; yo creo que el Sr. Campoamor tiene
demasiada metafsica entre pecho y espalda. Nada ms funesto para los
rganos vocales que la metafsica. Estoy seguro de que los catarros del
seor Campoamor no proceden de otra cosa. Sin embargo, el Sr. Campoamor
lo ha advertido, si no  tiempo, con bastante oportunidad al menos. Yo
le he visto apostrofando  la metafsica cual si tuviese la calavera de
Yorik en la mano; y como Hamlet arrojarla diciendo: qu olor tan
ftido, puf!

Efectivamente, Sr. Campoamor, hay muchas cosas en el cielo y en la
tierra que no conocen ni Orti y Lara ni Aristteles; y ha obrado usted
muy cuerdamente poniendo cada da mayor distancia entre sus poesas y
_Lo absoluto_. Pero aquella sucia calavera dejle algunas telaraas en
los dedos y fu necesario que usted se baase en el Jordn cristalino de
los _Pequeos poemas_ para arrojarlas de s enteramente.

Vamos  otra cosa. En la poesa del Sr. Campoamor se observa un
desequilibrio notable entre el pensamiento y la forma. Aqul es el
tirano que se impone con maneras tan descorteses, tan despticas en
ocasiones, que la msera forma corre  ocultarse por los rincones de la
prosa, reducindose de buena voluntad al menor tamao y apariencia
posibles. Pero de estas y otras cosas no doy culpa ninguna al Sr.
Campoamor. Hemos convenido en que pasaron los tiempos ominosos de las
formas. Los escultores achacan la decadencia de su arte  los excesos
del pensamiento, que favorecen el desarrollo de la cabeza destruyendo al
propio tiempo la armona corporal que el arte reclama, y yo no estoy muy
lejos de creerlo as. La facultad del alma que hoy alcanza ms xito
entre la buena sociedad es el entendimiento. Sentira mucho, no
obstante, que se viese en estas palabras una alusin directa  indirecta
al Sr. Grilo ni tampoco al Sr. Blasco.

En el cerebro de los hombres de este siglo, las ideas se codean, chocan,
se atropellan, quieren salir todas  un tiempo, cual si estuviesen en el
Ateneo en el momento de pedir la palabra el Sr. Perier, y, es claro, no
hay manera de que salgan con la debida compostura. Fuerza es
confesarlo; el siglo va echando demasiada cabeza, si bien me complazco
en reconocer que dentro del siglo hay algunas cosas que, aunque no
tienen pies, tampoco tienen cabeza. Necesitar repetir que no hay en
mis palabras ninguna alusin concreta?

La forma huye, pues, del siglo en que vivimos, y es lo peor de todo, que
en la poesa no puede sustituirse por el algodn y la goma como en otras
esferas de la vida individual. Ya no les queda  los desdichados hijos
de esta poca ms que fondo, y todava  muchos de ellos les niega la
suerte este ltimo consuelo. Pero no se lo ha negado al Sr. Campoamor.
El Sr. Campoamor es el poeta ms sustancioso que poseemos; tal vez el
nico que pudiera sufrir una traduccin en prosa  cualquier lengua
extranjera. Y aun cuando no es opinin ma que deba someterse al poeta 
prueba tan terrible, porque hay en la poesa un algo sutil, vagoroso y
tenue que se evapora y desvanece as que se quiebra la estrofa en que se
guarda, debemos confesar que da seales manifiestas de robustez y bro
la que sabe resistir  esa brutal profanacin. Si no aconteciese de esta
suerte en otros varios casos, no es del todo seguro que la mayora de
los espaoles leyesen los poemas de Byron y de Goethe.

Porque ha querido hablar de las cosas del cielo con el lenguaje de la
tierra, los dioses indignados vertieron sobre los poemas de Campoamor el
veneno de la monotona, de esa monotona que en los alejandrinos
franceses hace tan desastrosa competencia al opio. El desdn soberano
con que Campoamor arroja  los pies de los dioses la octava sonora, la
quintilla chispeante, la dcima coqueta y el romance cadencioso,
quedndose tranquilo con su pobre pero honrada _silva_, es un rasgo de
audacia y estoicismo que me seduce. Sin embargo, gurdense nuestros
vates de imitar un acto de herosmo semejante, pues si los dioses por
capricho perdonan  uno de estos temerarios, cuando algn otro intenta
repetir el sacrilegio, no dejan de confundirlo con ejemplar castigo.
Verbi y gracia: das atrs he visto los _pequeos poemas_ de un joven
vate, formando un elegante tomo con hermosa cubierta  dos tintas, que
hacinados miserable  irrespetuosamente en un cesto, se vendan en la
Puerta del Sol  medio real. Qu terrible enseanza para los jvenes
poetas!

La sencillez de Campoamor es proverbial, y porque es proverbial puedo
excusarme de hablar de ella. Tan slo quiero que ustedes me den su
opinin sobre el siguiente caso.

Ms de una vez me ha acontecido el pararme en los pasillos de un teatro
 en la puerta de un saln de baile  inspeccionar seriamente la entrada
de las bellas. Qu joven no tiene en su vida alguno de estos rasgos de
talento! Otros jvenes, dando pruebas del mismo ingenio, no tardan en
colocarse  mi lado en alineacin derecha, quiz con idntico objeto, y
presto se forma una apretada fila de cuellos  la marinera y corazones
predispuestos  la admiracin. Las bellas pasando por delante de la
noble fila con los ojos bajos y el rubor en las mejillas esperando
humildemente el fallo de aquellos cuellos soberanos. Y  cada nueva
belleza que entra abrochndose los guantes, se alza del seno de la fila
un himno de murmullos y de muecas que va derecho al trono del Altsimo 
felicitarle por sus ltimas producciones. Mas, no cabe duda, cuando la
fila se siente verdaderamente alarmada y herida en lo ms ntimo, es
cuando pasa Melita. Melita es tan linda!... Tiene unos ojos!... Y
unos labios!... Va siempre tan sencilla!... Y sobre todo, eso de no
pintarse poco ni mucho es un rasgo que la coloca  la altura de Lucrecia
y de la madre de los Gracos en opinin de la muy alta y poderosa fila.
Por eso aquellos esforzados jvenes se sienten acometidos de la
imperiosa necesidad de producir en su garganta algunos gruidos muy
lisonjeros, sin duda alguna, para Melita.

Esto mismo se ha repetido en distintas ocasiones, y cuantas veces se ha
repetido, otras tantas he visto  Melita tan linda y tan risuea, y
otras tantas su acrisolada y nunca desmentida sencillez ha pesado de un
modo decisivo en la opinin.

Ahora pregunto yo: Tendr algo que ver la sencillez de Campoamor con la
de Melita?


                          LAS DOLORAS

_Pregunta._ Qu son doloras?

_Respuesta._ Unas composiciones breves, ingeniosas y muy desengaadas,
que revolotean sin cesar desde la poesa  la prosa y desde la prosa 
la poesa, donde se expresa un pensamiento que el Sr. Rayn y algunos
otros distinguidos crticos, entre los cuales se cuenta el Sr. Rayn, no
dudan en calificar de filosfico.

_P._ Es sta, por ventura, la definicin aceptada y seguida en las
escuelas?

_R._ No seor. En este punto, como en algunos otros, no todos los sabios
estamos de acuerdo. El seor Marqus de Molns tiene para s que tales
poesas, sencillas como la anacrentica, ligeras como el madrigal,
picantes como el epigrama, no estn empapadas en el vino de los
banquetes como la anacrentica, ni perfumadas de tomillo y mejorana como
el madrigal, ni salpimentadas de mostaza como el epigrama; pero que
conmueven como la oda, describen como el idilio y corrigen como la
stira. No me es posible, sin embargo, acostarme  la opinin de este
varn eminente.

_P._ Y el nombre de doloras de dnde lo hubieron?

_R._ El Sr. Conde de Revillagigedo, con esa perspicacia que caracteriza
 los condes, supone que tuvo origen en algn misterio del corazn. Y
efectivamente, nadie puede dudar de que los corazones son muy capaces de
encerrar misterios. Pero tenemos acaso derecho  introducirnos en su
vida privada?

P. Mas dejando  un lado al Sr. Conde de Revillagigedo, pues no es bueno
en este instante discutir las grandezas de la tierra, cul es vuestra
opinin (entendiendo que os pido la mejor que tengis) sobre las doloras
de Campoamor?

_R._ No slo os dar mi opinin, sino tambin la de mi familia, en el
caso de que os fuese de alguna utilidad. Las doloras, aunque un poco
dadas  la metafsica, son unas composiciones muy bellas, elegantes y
discretas. Predomina en ellas la imaginacin sobre el sentimiento, y
esto es precisamente lo que las aparta de los _lieder_ alemanes, con los
cuales guardan ms de un parecido. Son picarescas, llenas de gracia y
donaire y nos dicen ms  veces con una mueca, que el Sr. Perier con un
discurso. Ren mucho y lloran alguna que otra vez. La gente ha dado en
decir que tienen poco corazn.

_P._ Por qu habis dicho de ellas que son muy desengaadas?

_R._ Porque no he querido llamarlas escpticas. No se dir jams que yo
he sido grosero con las damas. Y si paramos mientes en este asunto, an
se ver claramente que existen razones para adoptar un adjetivo y
desechar el otro. Cuando leo las doloras, sin poderlo remediar me
acuerdo de ciertas preciosas jvenes que despus de dos  tres
acometidas infructuosas de matrimonio se deciden  tener ojeras y 
estar distradas cuando se las habla, plegando sus labios hmedos y
rojos con una sonrisa irnica, y paseando su belleza por teatros y
salones con la misma uncin que si mostrasen las tablas de la ley al
pueblo israelita. Aquellas jvenes no son escpticas; sienten la
belleza, sienten la religin, sienten el arte y sienten el matrimonio.
Pero estn desengaadas.

_P._ Qu tenis que decir sobre su moralidad?

_R._ Dirigos, si tenis empeo en saberlo, al cura de la parroquia.

_P._ Y qu opinis del comentario que el Sr. Rayn va poniendo  cada
una de las doloras?

_R._ Bien echo de ver, por la pregunta, que no habis visto jams unas
lminas que suelen traer los libros de ciruga, donde aparece primero el
rostro hechicero y virginal de una nia, y en la pgina siguiente este
mismo rostro despojado de la piel.

_P._ Por qu decs que revolotean sin cesar desde la poesa  la prosa
y desde la prosa  la poesa?

_R._ Porque en algunas de ellas el pensamiento es tan potico, que
merece una expresin ms pura y armoniosa que la que el Sr. Campoamor le
presta, y en otras tan prosaico, que no hay razn para lanzarlo  los
espacios de la poesa en alas de la versificacin, cuando debiera
discurrir  pie por la tierra como el vulgo de los mortales. Muy lejos
de m la idea de dividir las palabras en legales  ilegales, cual si
fuesen partidos de oposicin. Si hubo un tiempo en que multitud de
vocablos no podan tener acceso  la vida del arte, hoy por fortuna el
cuarto estado del diccionario ha roto sus cadenas, y en la ms
encopetada poesa se tropieza sin sorpresa con palabras de un origen muy
humilde. Mas con ser esto tan cierto como justo, no os daris por
ofendido si opino que, cuando en la mente del escritor se presenta un
pensamiento lcido y como si dijramos de sangre azul, el escritor se
encuentra en la imprescindible obligacin de procurarle el traje que
conviene  su rango, al paso que cuando llama  su puerta un pobre
diablo lleno de harapos y greas, la caridad no le ordena ms que
alargarle un plato de potaje para remediar su hambre.

_P._ Y creis que las doloras llegarn  formar un gnero literario?

_R._ No, padre.

_P._ Y en qu os fundis?

_R._ En que el carcter de las doloras no est determinado por su forma,
sino por su fondo. Ahora bien; el fondo de las doloras es el mismo
talento potico del Sr. Campoamor. Creis que un talento tan original
tendr muchos hermanos?

_P._ Cules son las mejores  vuestro juicio?

_R._ Aunque son muchas las que me gustan, en general considero
superiores las comprendidas en la cuarta parte, no s si por su belleza
intrnseca,  por la aureola que las presta el no llevar comentario de
Rayn.

                   EL DRAMA UNIVERSAL

No tengo predileccin por el poema simblico  fantstico. Algo parecido
me pasa con las ostras. Las como cuando se presenta la ocasin, es decir
cuando me las ofrecen; pero yo no las pido jams. Mas no por eso dejo
de comprender la aficin  los poemas simblicos. Es una aficin tan
plausible por lo menos como la de las ostras. Mi espritu, abierto 
todos los mariscos y  todos los poemas, sabr, ya que la vez se
presenta, tributar los honores debidos al _Drama universal_.

All en otro tiempo, sin embargo, senta yo verdadera pasin por las
ostras. Mas he aqu que un amigo escribe un poema simblico, y lo que es
an ms generoso por su parte, se decide  lermelo. Bien sabe Dios que
jams he exigido  ningn amigo que me lea un poema simblico. Comprendo
que la amistad tiene sus lmites, y por eso si l no se ofreciese
espontneamente  lermelo, nunca me hubiera aventurado  pedrselo. Me
llev  su casa, me regal el paladar con unas ostras y me ley su poema
simblico. Por la noche so unas cosas espantosas. Un mar embravecido,
negro como la tinta, arrojaba  la orilla donde yo estaba una cantidad
de ostras que iba en aumento de un modo prodigioso. La playa se hallaba
cubierta enteramente por ostras que destilaban framente su licor
viscoso y nauseabundo. Yo trataba de huir  toda prisa, pero en vano,
porque  cada paso aquel maldito licor me haca resbalar. Qu angustia!
El mar segua rugiendo y arrojando ostras y ostras. Pareca que se
haban dado cita en aquella playa las ostras de las cinco partes del
mundo. Por ltimo despert, y not que me dola la cabeza. Despus, creo
que me hicieron tomar algunas limonadas purgantes y un ocano de caldo.
Cuando sal de la cama, al cabo de varios das, haba perdido casi todas
mis ilusiones sobre las ostras y los poemas simblicos.

Mas echo de ver que estoy poniendo una singular introduccin al juicio
crtico de El drama universal. En vez de disertar ampliamente sobre los
orgenes y vicisitudes del poema simblico al travs de las edades, me
entretengo en hablar frvolamente de una indigestin de ostras! Me estn
hormigueando por el cuerpo unos deseos terribles de mostrar al
respetable pblico que si me empeo soy capaz de ofrecerle una erudita
introduccin fraguada con todas las reglas del arte. Todo parece
invitarme  ello. La hora; el sitio--que es la biblioteca del Ateneo de
Madrid;--el ruido ameno de los pasillos; todo me dice con elocuencia que
puedo escribirla impunemente. Enfrente de m, detrs de los cristales de
un armario, percibo los lomos verdes, rojos  grises de los libros
mejores para el caso. All veo uno que dice con caracteres de oro:
_Schlegel_.--_Histoire de la litterature ancienne et moderne_; ms all
otro que dice: _Hallam._--_Introduction to the literature of Europe in
the fifteenth sixteenth and seventeenth centuries_; ms all:
_Leveque.--La science du beau_; y  este tenor otras muchas obras
monumentales y sublimes que llevan en sus entraas ricos veneros de
citas. Cmo me miran las taimadas!--Anda, ven ac, parecen decirme,
brenos y vers cuntos medios hay en el mundo de darse tono. Si tienes
la digestin rpida, como deca Schiller, vers cun fcilmente te
convertimos en sabio.

Es una fuerte tentacin, pero sabr resistirla. Para algo me ha dado
Dios esta inflexibilidad de criterio que tanto perjudicaba  mi nodriza
en los primeros meses de mi vida.

Voy, pues,  expresar sin una sola cita y con las menos palabras
posibles (pues hace demasiado calor en la biblioteca del Ateneo de
Madrid) mi humilde, pero lisa y llana opinin sobre _El drama
universal_.

No s, ni me importa saber, lo que se ha propuesto el Sr. Campoamor al
escribir _El drama universal_. Probablemente sera (lo saco por el
ttulo) una cosa enorme y grandiosa. Y antes de pasar ms adelante, me
conviene indicar que las obras artsticas ms trascendentales conocidas
hasta el da, no son precisamente aquellas en que el artista vi al
escribirlas su trascendencia; antes me figuro que tales obras son
trascendentales sin que el mismo artista lo sospeche. Vanse, por
ejemplo, el _Quijote_ de Cervantes, el _Hamlet_ de Shakspeare, _Edipo en
Colona_ de Sfocles, y tantas otras en que la poderosa intuicin, y
todava pudiera decir el instinto del escritor, ha llegado sin quererlo
 los parajes ms recnditos de la filosofa.

Entrando por el poema del Sr. Campoamor, observo que juegan en l
pasiones humanas. El Sr. Campoamor fu muy dueo de encarnar estas
pasiones humanas en seres fantsticos, pero yo tambin lo soy de
preferir que las hubiese encarnado en seres humanos. El amor es el
asunto del poema. El seor Campoamor fu muy dueo de dividir el amor en
tres categoras: el amor terrenal, representado por Honorio; el amor
ideal, representado por Soledad, y el amor divino, representado por
Jess el Mago; pero yo tambin lo soy de pensar que no existe ms que
uno. Y porque no existe ms que uno, el personaje que lo encarna,
Honorio, es el nico que interesa y conmueve en el poema. Porque el amor
de Honorio no es el amor sensual, sino amor humano, esto es, amor que
participa  la vez del orden fsico y del moral, amor que se mueve
dentro de nuestra peculiar esfera. Por eso no hallo bien que el Sr.
Campoamor oponga  este amor, que es el verdadero, el amor de Soledad,
que es una abstraccin. Las abstracciones, que generalmente vienen del
Norte, son fras como las escocesas y las rusas, y cuando ponen el pie
en un poema simblico, casi siempre es para echarlo  perder. Soledad,
como ser abstracto, no consigue interesar  nadie. El amor pursimo y
castsimo que profesa  Palaciano parece copiado de un libro de misa. En
cuanto  Jess el Mago,  pesar de sus apariciones y desapariciones, 
la hora en que escribo estas lneas no s todava  punto fijo qu papel
juega en el poema.

El problema de la lucha del espritu y la materia, que es el fondo
metafsico de _El drama universal_, tiene poco de potico planteado en
la forma simblica que lo ha hecho el Sr. Campoamor. Por regla general,
los problemas se aburren mucho dentro de las obras de arte y estn
siempre como forasteros. Parecen  esos ingleses lacios y fatigados que
recorren nuestras ciudades del Medioda en busca de un rayo de sol para
calentar su helado corazn. Y _Fausto_? me dirn ustedes. En primer
lugar, _Fausto_ es la obra gigantesca de uno de los ms grandes poetas
que registra la historia del Arte. Despus (dicho sea esto con perdn de
mi muy querido  ilustre amigo Urbano Gonzlez Serrano), la metafsica
de la segunda parte de _Fausto_ me seduce mucho menos que el drama de la
primera. Ay!  este tenor, cuntas veces me gusta ms la criada que me
abre la puerta de alguna casa, que su seorita!

Mas si dejamos  un lado (al que ustedes quieran; lo mismo me da uno que
otro) la trascendencia del _Drama universal_, y pasamos  considerar lo
que ante todo debe considerarse en un poema, esto es, su poesa, con
cunto placer echara mi pluma  caza de frases lisonjeras! Aparte de la
monotona que engendra el cuarteto, aun ms montono que la octava, no
conozco otra obra en la moderna literatura espaola que la aventaje en
riqueza de imgenes, en brillantez y en colorido. Hay en el fondo de
ella depositado oro bastante para dorar muchos poemas, y todos sus
cuartetos por lo elegantes y sustanciosos semejan estuches diminutos
donde se guarda siempre una joya. Pero ustedes saben muy bien que yo no
puedo seguir  caza de frases lisonjeras, sin inferir una ofensa ms 
menos grave 


                    LOS PEQUEOS POEMAS

Ro abajo, ro abajo, no se va  parar al escepticismo. Si alguno dijera
lo contrario, aunque fuese el mismo autor de este artculo, mi opinin
es que no se le debe hacer caso. Ro abajo, ro abajo, podr ir  parar
al escepticismo el autor de este artculo, que es hombre vulgar, para
quien las cosas se gastan pronto y pronto decaen, cuando lo que se gasta
y decae en realidad es su imaginacin. El autor de este artculo podr
muy bien dentro de algunos aos ver el mundo al travs de mil prosaicos
desengaos y de su propia fatiga; podr renegar de las flores, las
mujeres y las lgrimas, declarndose ciego partidario de los
calzoncillos ingleses y de los discursos de Perier. Pero quin puede
tomar como ejemplo en asuntos tan elevados y espirituales al frvolo
cuanto insignificante autor de este artculo?

Tal vez me haya excedido un poco en los cargos que dirijo al autor de
este artculo. Si es as, declaro que no ha sido mi nimo, ni lo ser
jams, inferirle el ms pequeo agravio.

El Sr. Campoamor, como todos los hombres de espritu verdaderamente
potico, no envejece. El espectculo que le rodea no le agita, pero le
impresiona como en sus mejores aos. Yo opino que an mejor que en sus
primeros aos. Oh! quin llegara  su edad con una imaginacin viva y
fresca para recibir las bellezas infinitas de lo creado! Pues qu!
dentro de treinta aos, la brisa que venga de bosque en bosque 
murmurar  nuestro odo, ser por ventura menos tibia y traer menos
perfumes? La ola lejana del mar, baada por la luz del medioda, ser
menos brillante y azul? Las aguas de los ros corrern al travs de las
sombras vacilantes de la noche con menos calma y majestad hacia el
Ocano? Las flores soltarn, fatigadas de vivir, sus ptalos, all en
la tarde, con menos dulzura y silencio? Y aquellos picos siempre
nevados, que se columbran desde el balcn de mi casa, sern menos
hermosos cuando el sol les dirija su ltima mirada?

Ay! mucho lo temo. Por eso siento ya una envidia anticipada hacia el
Sr. Campoamor. _Los pequeos poemas_ son la poesa del ocaso; pero qu
ocaso tan esplndido! Ese sol, como el de su pas y el mo, se pone ms
hermoso an que se levanta. Qu luz tan suave, qu ternura y qu
melancola tienen los ltimos poemas de Campoamor! Al hundirse en los
espacios insondables, ese sol no corre ansioso soando dichas imposibles
all en otras esferas: baja lentamente, mirando con tristeza hacia la
tierra y acariciando dulcemente sus recuerdos. En su carrera ha habido
nubes que le empaaron y ofuscaron, pero ya no se acuerda. Ya no se
acuerda sino de aquellos pedazos de cielo azul desde donde contemplaba
extasiado las flores que crecen por la tierra.

La fantasa del poeta llega  comprender, despus de haber discurrido
por el mundo de los sueos y de las verdades, que muchas cosas le
calentaron sin razn y otras le enfriaron sin motivo. Los jvenes se
arrojan ansiosos sobre aquellos objetos que ms se destacan y brillan, y
abandonan por insignificantes  indignos otros ms pobres y modestos.
As podemos observarlo en las obras de la escuela romntica.

_Los pequeos poemas_ han venido  demostrar cunta sinrazn hay en
ello. Con una irona dulce, con una sensibilidad tierna, con una
fantasa sana y equilibrada, Campoamor va recogiendo del suelo aquellas
florecitas que no han conseguido fijar nuestra atencin ni detener
nuestro paso. Poco  poco forma con ellas un ramo, y al ensernoslo nos
estremece de placer y remordimiento. Aqu es una pobre joven que viaja
en un tren expreso, herida mortalmente de un desengao de amor. All es
una novia que enrojece y tiembla y medita  la vista de un nido. Ms
all es una pobre nia que espera  todas horas una carta que no viene.
En todas partes lo humilde, lo pequeo; jams lo brillante y elevado.
Pero lo humilde surge al reclamo del poeta con proporciones grandiosas,
y llega  fascinarnos como lo ms soberbio. Por eso ahora, si veo  una
nia que contempla un nido, me detengo, cual si creyera escuchar la
turba de inefables pensamientos que cruzan aleteando por aquella
cabecita blonda. Cuando miro al cartero penetrar en una casa, me digo
siempre: quin sabe si llevar un nuevo desengao  Dorotea! Cuando
viajo en tren expreso, vislumbro por el cristal de la ventana mil
negruras y fantasmas que antes no perciba. Y si en el fondo del
carruaje veo reclinada una joven rubia digna de ser morena y
sevillana, siento punzantes deseos de preguntarle su triste historia, y
de envolver sus lindos pies con mi manta zamorana.

As es el Arte. El poeta aade cada da nuevos mundos al que Dios ha
sacado de la nada.

[Illustration]

[Illustration]




D. ANTONIO F. GRILO


[Illustration: C]ADA vez que tomo la pluma para escribir la semblanza de
un grande hombre, me asalta el temor, que me turba y desazona, de no ser
bastante respetuoso con l. Hoy, como nunca, esta terrible duda se
presenta negra y honda en mi espritu. He arrojado una mirada previa al
fondo de mi conciencia, y no he visto en ella depositado bastante
respeto para trazar esta semblanza. En vano acudo  mil oscuros
expedientes para estimularlo y acrecerlo. En vano me represento al Sr.
Grilo con el lad entre las manos y los ojos puestos en el cielo,
lanzando  los aires su melodioso cntico al pie de las columnas de _La
Ilustracin Espaola y Americana_. En vano recuerdo haber odo de los
autorizados labios de mi prima que Grilo hace unos versos muy bonitos.
En vano quiero figurrmelo en pie, detrs de una mesa, lealmente
acompaado de un vaso de agua azucarada, dirigiendo sus versos  un
senado ilustre, circundado por esa aureola que presta al poeta una
hermosa voz de bajo cantante. Nada; por ms que hago no consigo
confiarme en mi respeto, y tiemblo pensando que puede faltarme  lo
mejor.

Esta duda me incita  mirar hacia atrs en mi vida literaria. Considero
que esta vida se ha deslizado dulcemente hasta ahora escribiendo
despropsitos  propsito de oradores, novelistas y poetas,
ensalzndolos  desprecindolos al sabor de mi pluma desbocada, y
comienzo  sentir desasosiego en la conciencia. Creo ya que es necesario
corregirme por medio de la pena; que es fuerza atemperar mis mpetus
procaces con saludable escarmiento. Yo mismo quiero entregar mi cuello
al hacha justiciera para borrar los yerros de mi nefanda crtica.

Sabed, seores todos, los que visteis vuestros sagrados versos 
inmaculada prosa en los torpes renglones de este crtico, que este
crtico acaba de cometer un drama. Y no slo lo ha cometido, sino que,
sin lerselo previamente  nadie, pues se dice partidario del antiguo
precepto de Man no leas dramas al prjimo para que el prjimo no te
los lea  ti, ha tenido la perfidia de presentarlo en el teatro Espaol
sin conocimiento de los Sres. Retes y Echevarra.

Ha sonado, pues, la hora de la reparacin. El crtico quiere daros la
batalla en vuestro propio terreno y debis acudir  l provistos de
vuestras sonrisas ms concluyentes y de vuestras toses ms demoledoras.
Como adversario leal, debo, sin embargo, advertiros de las fuerzas con
que cuento para la lucha, puesto que no es mi nimo armaros asechanzas.
En primer lugar no debo ocultaros que el drama es bueno. Despus de esta
sincera y espontnea declaracin que acabo de hacer, sin que para ello
se haya ejercido sobre m presin de ningn gnero, considero que ya no
dudaris ni por un instante de mi lealtad.

 ms de esto, para contrarrestar y resistir el ataque de _los morales_,
esto es, de Prez Escrich, Snchez de Castro, Herranz, Frontaura, etc.,
cuyas fuerzas no puedo desconocer, os dir que cuento con el apoyo tan
ferviente como valioso de los autores de obras en un acto. Es una
falange de jvenes llenos de talento y de fe en el empresario. Podrn
causar  mis enemigos mucho dao.

Paso por alto algn otro detalle de mis fuerzas, porque quiero llegar
cuanto ms antes  lo principal. Seores, aquello en que despus de Dios
tengo puestas todas mis esperanzas para la salvacin y xito dichoso de
mi drama, son unas veinticuatro dcimas de esas llamadas calderonianas,
que el protagonista debe decir al punto de atravesar con su espada al
nico to materno que le resta. No puede darse nada ms enmaraado y
perfecto que estas dcimas. Mucho dudo que podis resistir  su mpetu
salvaje. Si fiis en vuestro esfuerzo y no os duele una derrota, acudid
 la cita que os demando, pues me propongo confundiros y correros,
dejndoos con las bocas abiertas al negro espacio, como los grifos de
Echegaray.

En tanto que la clepsidra tiene en suspenso el instante de mi triunfo,
me permitiris, seores, que dedique algunas lneas al Sr. Grilo.

En el Sr. Grilo existen dos naturalezas: una, la del poeta; otra, la del
pensador. La ndole y carcter de este artculo no me consienten, como
fuera mi gusto, estudiar por igual estos dos aspectos diversos del mismo
ingenio, sino que necesito separar por abstraccin la naturaleza del
poeta de la del pensador y atenerme nicamente  una de ellas, que ser
la primera. Por lo cual considerar, en este mi artculo, las
composiciones del Sr. Grilo como si se hallasen desprovistas enteramente
de pensamiento, aplazando para otra ocasin el estudio minucioso de su
contenido.

Y empezando el examen del poeta, nos corresponde preguntar: qu nuevos
elementos aporta el seor Grilo  la obra del arte nacional? En la
respuesta  esta pregunta debe ir envuelta sin remedio la definicin
breve y precisa del carcter del poeta, porque aquello en que los poetas
discrepan y se apartan de los que les han precedido, esto es, lo que hay
en ellos de nuevo y peregrino, es lo que seala y determina su carcter
artstico.  mi juicio, la ventaja principal de que nuestra poesa es
deudora al Sr. Grilo consiste en el empleo ms amplio y comprensivo que
hasta aqu se ha hecho nunca de las piedras preciosas como elemento
potico. Nadie puede desconocer la importancia que las piedras
preciosas tienen dentro de la literatura, sobre todo como trminos de
comparacin. En nuestros clsicos se encuentran alguna vez empleadas con
bastante acierto, aunque siempre tmidamente. Las piedras de que se
valen suelen ser por regla general las ms comunes y conocidas; el
brillante, el rub, la esmeralda, el topacio y pocas ms. Estbale
reservada al Sr. Grilo la gloria de dar un paso de mucha trascendencia
en esta va. El Sr. Grilo, no slo ha manejado siempre con gran novedad
y atrevimiento las de uso ms frecuente, sino que puede considerarse
como dichoso introductor de una multitud de ellas que nuestros clsicos
desconocan por completo, tales como el zafiro, el gata, el granate, la
turquesa, el palo y otras muchas que se encuentran  cada paso en las
composiciones del ilustre escritor que nos ocupa.

Pero si es la mayor, nadie osara afirmar que es la nica ventaja que ha
otorgado al arte patrio. El seor Grilo ha conseguido como ningn otro
escritor espaol poner al servicio de cada idea el mayor nmero posible
de palabras. La palabra es sin disputa el ms precioso don que la
Providencia concedi  los humanos, y el que  juicio de los
naturalistas nos aparta rigurosamente del bruto. Comprendindolo as el
seor Grilo, es quiz de todos los humanos el que mejor ha sabido
aprovecharse de ese inestimable favor, procurando por medio de todas las
voces del diccionario de Domnguez (que es el ms completo) alejarse el
mayor trecho posible de los animales inferiores. La palabra no fu dada
al hombre en un solo instante y gratuitamente, sino tras largo y penoso
aprendizaje. El trnsito del sonido inarticulado al sonido articulado
cost  nuestros antepasados muchos siglos[8]. Ms tarde el paso de las
lenguas monosilbicas  las aglutinantes y de stas  las de flexin se
realiz en largusimo perodo histrico[9]. El progreso no slo ha
caminado  la par con el lenguaje, sino que es, en el sentir de varios
eminentes fillogos, una consecuencia de esta noble facultad humana. Y
en efecto, qu distancia tan inmensa no existe entre el hombre
primitivo, que expresa con un sonido inarticulado el ms intrincado de
sus razonamientos, y el Sr. Grilo, que emplea un nmero infinito de
sonidos articulados para decir que le encanta la luna y que de ningn
modo puede pasar sin ella!

Sin necesidad de acudir  las pocas prehistricas, cuantos pasos no ha
dado el gnero humano desde los primeros escritores que surgieron en la
tierra, verbi y gracia desde Moiss, que con dos miserables palabras
quiere relatar la aparicin de la luz, hasta nuestro poeta, que hubiera
sabido ntercalar oportunamente ms de dos mil, como lo exige la
grandeza del asunto y la propia dignidad del poeta!

Mucho se engaara, no obstante, el que juzgase que slo por la
abundancia y riqueza de voces brillan las composiciones del Sr. Grilo.
En la acertada y oportuna colocacin de aqullas hay tambin no poco que
admirar. Echemos una mirada  cualquiera de sus ms notables poesas,
por ejemplo,  la titulada _Al borde del abismo_, y nos convenceremos de
ello.

Empieza esta composicin:

    A la orilla del mar; casi sin luna,
        sin una luz apenas,
    un adis! nuestras almas se decan
        en la noche desierta.
    Dos infinitos batallaban solos
        en la muda ribera;
    el de aquella imposible despedida
        y el de la mar inmensa.

Considere el lector cunta fuerza y majestad comunica  la composicin
el adverbio _casi_ interpolado en el verso primero. No es posible decir
de modo ms elocuente y peregrino que la luna se hallaba en cuarto
menguante.

El adverbio _apenas_ del segundo verso presta al _casi_ del primero un
apoyo eficaz y desinteresado, que este ltimo nunca agradecer lo
bastante. Al mismo tiempo, y penetrando en el asunto de la composicin,
declaro que no he visto jams un cuadro tan desolador. Porque, si para
nadie es cosa agradable encontrarse  la orilla del mar, casi sin luna,
con dos infinitos que batallan solos, para el Sr. Grilo, que nunca se
ha excusado de expresar su fervoroso apego  aquel satlite, debe ser
una situacin verdaderamente desesperada.

Citar  ms de sta, como es mi deber, la clebre composicin titulada
_Las Ermitas de Crdoba_. Slo de pensar que pudo haberse muerto el Sr.
Grito sin escribir _Las Ermitas de Crdoba_, me estremezco. Yo no
comprendo de qu modo podra pasar la sociedad elegante sin esta
maravillosa poesa, sobre todo por las noches. El oir al Sr. Grilo
recitar, con las manos quietas, _Las Ermitas de Crdoba_, es uno de esos
goces sencillos y honestos que no puede sustituirse con nada. Plegue al
cielo que nuestra aristocracia contine siempre buscando un refugio para
su hasto en esta milagrosa composicin!

Mas, como no hay nada en el mundo perfecto, en algunas de las poesas
del Sr. Grilo he credo hallar ciertas imperfecciones que, si no daan
poco ni mucho  su pensamiento (del cual he dicho ya que prescinda por
entero en este artculo), turban y empaan el claro brillo de la forma.
Sea ejemplo este soneto que trascribo fielmente de _La Ilustracin
Espaola y Americana_:

           AL RO PIEDRA

      Nigara de Aragn! Del alta cumbre
    tus ondas vuelcas de luciente plata,
    cuyo raudal sonoro se desata
    de saltos en vistosa muchedumbre!

      Rota el agua en su inmensa pesadumbre,
    en torrentes de espuma se dilata,
    y ruedas de una en otra catarata,
    copiando el iris en cristal y lumbre!

      No hay pea que  tu paso no sonra
    mientras filtras tus gotas una  una
    de la gruta en el mbito indeciso!

      Ah! la escala eres t, por donde un da
    las hadas,  los rayos de la luna,
    bajaron  este nuevo Paraso!

    Monasterio de Piedra 20 de Agosto de 1876.

Observo en el soneto anterior algunas exageraciones  injusticias que me
importa rectificar. Deploro en primer trmino que sin ms ni ms, y slo
por capricho, ponga el Sr. Grilo en el mismo nivel al ro Piedra y al
Nigara. Prescindiendo de que las comparaciones siempre son odiosas,
creo que en el caso del Nigara me sentira profundamente humillado de
este parangn; porque al fin y al cabo, si no vale ms que el ro Piedra
(que esto no puedo decidirlo, pues no tengo el gusto de conocer ni  uno
ni  otro), por lo menos tiene mucha mayor reputacin y un nombre ms
conocido en las letras. Duleme en segundo lugar que el raudal sonoro
de las ondas se desate en una muchedumbre vistosa de saltos, porque
hasta aqu, por regla general, los saltos no eran aficionados  reunirse
en grandes agrupaciones; y me inquieta bastante que eso suceda ahora,
pues siempre estoy temiendo cualquier desmn por parte de las
muchedumbres.

El segundo cuarteto dice que

      Rota el agua en su inmensa pesadumbre,
    en torrentes de espuma se dilata,
    y ruedas, etc.

No veo aqu tampoco la paz y la concordia que deben reinar siempre entre
el sujeto y el verbo. Ese desfachatado _ruedas_ tiene todo el aire de
sublevarse contra _el agua_.

En cuanto  las copias del iris que el Piedra ha conseguido sacar en
cristal y lumbre, me veo en la precisin de confesar que aunque me eran
conocidas mucho ha las reproducciones en cristal, por lo que se refiere
 las de lumbre no puedo decir lo mismo. Esto, despus de todo, no tiene
mucho de particular, porque nadie ignora que la fotografa est haciendo
en estos ltimos tiempos unos progresos increbles.

Transijo con que todas las peas, sin exceptuar una siquiera, sonran al
pasar el ro Piedra, aunque no veo motivo para ello, y hasta con que
dicho ro filtre sus gotas con tanta sobriedad y parsimonia en las
grutas. Por lo que no puedo pasar en modo alguno es por que el Sr. Grilo
califique, tan  la ligera,  los mbitos de indecisos. Ninguno,
absolutamente ningn motivo tiene el Sr. Grilo para arrojar sobre los
mbitos ese odioso calificativo. Pues  buena parte va con los mbitos!
No puede darse nada ms decidido que ellos as que toman una resolucin,
por peligrosa y extremada que sea.

      Ah! la escala eres t, por donde un da
    las hadas,  los rayos de la luna,
    bajaron  este nuevo Paraso!

An estoy en duda sobre lo que quieren decir estas frases; mas si por
ventura se pretende significar con ellas que el ro Piedra es una
escala, no puedo menos de rechazar con todas mis fuerzas tan gratuita
suposicin. Tengo razones poderosas para creer que este virtuoso ro ni
sirve ni ha servido jams de escalera  nadie para subir  bajar  los
rayos de la luna, y mucho menos  las hadas. Cualquiera comprender que
eso no est en su carcter.

Despus de observar estas y otras extraas injusticias del orden fsico
y del orden gramatical en las composiciones de nuestro poeta,  nadie
sorprender que me haya quedado meditando sobre l unos instantes. En
conciencia, me corresponde declarar que hay pocas cosas en el mundo que
se presten  tantas consideraciones como el Sr. Grilo. Yo quera conocer
la fuente misteriosa de donde manaban estas injusticias,  la raz
invisible que las una al espritu del poeta,  el rasgo genial y
caracterstico en que se aposentaban; quera darme cuenta, en suma, y
penetrar en ese mundo de representaciones y sentimientos que los grandes
poetas llevan consigo, dentro del cual todas sus grandezas y
extravagancias hallan cumplida explicacin. Varias veces haba arrojado
ya la sonda en el espritu de nuestro poeta sin que jams hubiese
logrado tocar en firme. No fu en esta ocasin ms afortunado que
anteriormente. Con la frente apoyada sobre la mano, y la mano sobre el
codo, y el codo sobre la mesa, dejaba correr la cuerda por los dedos de
mi pensamiento, y el plomo que la arrastraba segua marchando con
vertiginosa rapidez por el espritu del Sr. Grilo, cual si estuviera
ansioso de encontrar el fondo. Pero no lo encontraba. A medida que la
cuerda se iba deslizando, creca ms y ms la admiracin que siempre he
profesado  este poeta, hasta el punto de no caber ya en los estrechos
lmites de mi chaleco, por lo cual tuve la precaucin de soltarle unos
botones con el nico y exclusivo objeto de dar  aqulla algn respiro.
El cielo de mi pensamiento se iba poblando de refulgentes
consideraciones, y adquira un parecido notable con la bveda
estrellada, cuyo centro se halla en todas partes, y cuya circunferencia
en ninguna, segn Pascal. De repente el plomo ces de caminar. Haba
concludo la cuerda.

No s lo que entonces me ocurri, aunque algo debi ocurrirme. Lo cierto
es que se abri la puerta de mi cuarto para dejar paso  un personaje,
que segn lo que entonces pude colegir era mi criada, la cual me entreg
una tarjeta. Esta tarjeta deca como sigue: _La Musa del Sr. Grilo_. Y
nada ms.

Al fin y al cabo se trataba de una mujer, y yo que en estos asuntos soy
muy nervioso, no pude evitar un raro estremecimiento en toda mi persona,
del cual estoy en este momento sinceramente arrepentido.

--Dgale usted que pase adelante.

Fuse la criada, y se puso  discusin con mucha premura en mi cerebro
la actitud que yo debera adoptar en el instante de abrirse la puerta
nuevamente. Por ltimo se decidi como lo ms sensato que me echase un
poco hacia atrs en la silla, dejando descansar el brazo izquierdo con
cierto abandono sobre el respaldo de otra que  mi lado tena, mientras
la mano derecha jugaba graciosamente con el mico de bronce que corona la
tapa del tintero. Las piernas extendidas con dignidad, y la cabeza
inclinada hacia un lado. Lo que cost ms trabajo resolver fu el
problema de la mirada; mas al fin prevaleci la idea de que fuese
abierta, tranquila y un si es no es fra.

Cualquiera comprender que esta noble actitud no impidi que me
levantase apresuradamente, haciendo mil reverentes cortesas as que
penetr en el cuarto la Musa. La Musa era una seora de la cual no
habra muchos que dijesen que era bonita y airosa (aunque alguno habra,
porque nunca falta un caballo de buena boca). En el traje que vesta,
bordado primorosamente con toda clase de piedras preciosas, se hallaban
dignamente representados los siete colores primordiales del iris y todos
los dems intermedios.

-- qu debo el honor, seora?... Seora, tenga usted la bondad de
tomar asiento.

Sentse la Musa, haciendo antes con la cabeza ciertos movimientos que no
me parecieron bastante compatibles con su elevada posicin, y fij en m
una mirada que deca todo lo que una mirada puede decir en semejantes
casos.

Sonaba en la parte de afuera un fuerte y extrao rumor, y como la Musa
notara la inquietud que me causaba, dijo:

--No tenga usted cuidado; es mi squito de palabras, que he dejado en el
pasillo.

Tena la Musa una voz muy dulce, que me reconcili hasta cierto punto
con sus movimientos de cabeza, los cuales continuaban cada vez ms
extraos  inverosmiles.

--Seora, podra saber?...

--Qu?... el significado de mi visita? No, caballero, no puede usted
saber nada. La explicacin de mis actos y de mis palabras slo
corresponde  Dios.

--Dado que as sea, no es por eso menos grato y honroso para m ver en
esta su casa  la persona que mejores ratos ha hecho pasar  la buena
sociedad madrilea... Tendra usted la bondad, seora, de no enredar
con esos papeles? Me va  costar despus mucho trabajo arreglarlos.

La Musa fij otra vez en m su mirada comprensiva, y quiso decir algo,
pero no lo dijo.

-- propsito, seora; en este momento me hallaba sumido en enojosas
perplejidades y confusiones que usted mejor que nadie, seguramente,
podra desvanecer. Meditaba sobre el dueo actual de su albedro;
meditaba sobre el Sr. Grilo tratando de investigar,  mejor dicho, de
medir, el contenido de sus composiciones. Dispnseme usted, graciosa
seora, si faltndome fuerzas para llevar  cabo tal empresa, me atrevo
 suplicarla que me diga dnde est el fondo potico del Sr. Grilo.

Aqu la Musa se inmut visiblemente, acudiendo sbita palidez  sus
mejillas. Alz los brazos al cielo con ademn pattico, movi la cabeza
fantsticamente, y muy temblorosa y conmovida, dijo:

--Oh caballero!... por Dios no quiera usted saber eso. No sea usted tan
cruel como otros crticos... Para qu le hace falta  usted saber eso!

Gruesas lgrimas empezaron  rodar por las descoloridas mejillas de la
Musa. Llevse las manos  la cara y comenz  sollozar fuertemente.
Pareca que iba  ahogarse.

Yo permanec mudo contemplndola con lstima, y bien sabe Dios que no
cruz por mi cabeza la idea de insistir en mi deseo.

Respetemos los grandes dolores.

[Illustration]

[Illustration]




D. ADELARDO LPEZ DE AYALA


I

[Illustration: H]E ledo en Hegel (cierta vez que tom la resolucin de
leer  Hegel) que la poesa dramtica es aquella que reune  la
objetividad de la epopeya el carcter subjetivo de la poesa lrica. No
estoy bien seguro de haber comprendido todo el alcance de las
reflexiones con que el filsofo germano ilustra este su principio
esttico. Mas s lo estoy plenamente de poderlas repetir al pie de la
letra, como lo ha hecho ya mi esclarecido amigo el Sr. Revilla, ganando,
con justicia, por sta y otras graves empresas, fama de docto y avisado.
Respetando, como debo respetar, esta fatal delantera, permtaseme, no
obstante, deplorarla amargamente. Nadie puede figurarse hasta qu punto
me conceptuara feliz de que tales flores metafsicas se irguieran
todava sobre el tallo frescas y olorosas, esperando con resignacin la
podadera del sabio. Me cuesta gran trabajo renunciar  ese barniz
filosfico que tanto avalora las producciones de los jvenes crticos.
Yo haba soado para esta semblanza con un prembulo sabio y concienzudo
que supiera abrirle maosamente las puertas de la buena sociedad y de
las doctas corporaciones; un prembulo que ganase para su autor
inmediatamente una inmensa reputacin de hombre serio. Ah! Quedan ya
tan pocos hombres serios! Son tan pocos, por desgracia, los escritores
que saben mantener su pluma limpia de toda farsa  chanzoneta! Quizs
dentro de poco no quede en el mundo ms hombre serio que el Sr. Revilla.
Por mi parte, declaro que hice hasta aqu y seguir haciendo, Dios
mediante, los mayores esfuerzos para despojarme de esa levadura jocosa
que se desliza como veneno mortal en la mayora de mis producciones.

Hace algunas noches me hallaba presenciando una de las brillantes
funciones ecuestres y gimnsticas del circo de Price en la misma sazn
que la embajada china asista tambin al espectculo desde un palco.
Respirbase en aquel recinto una atmsfera frvola, que no poda menos
de disgustar  todo hombre grave. Los _clowns_ agotaban el repertorio de
sus muecas y carocas ms ridculas y extravagantes, las cuales producan
en aquel pblico superficial mucha algazara, escuchndose aqu y all
extemporneas y ftiles carcajadas, vindose en todas partes
desordenados movimientos que turbaban el nimo y lo dejaban sumido en
tristes meditaciones. Hall el mo, sin embargo, motivo para regocijarse
al percibir los semblantes serenos y rgidos del embajador chino y su
cortejo. Qu majestad y qu calma reinaban en aquellos continentes
monglicos! Todos se mantenan en una perfecta dignidad, sin
manifestarse en poco ni en mucho impresionados por lo risible del
espectculo. Yo los contemplaba extasiado, y lgrimas de admiracin
acudan sin poderlo remediar  mis ojos. Ay!--pensaba al mismo
tiempo.--Con facultades tan excepcionales de gravedad y circunspeccin,
 dnde no habran llegado estos chinos si se hubiesen dedicado en
Espaa  la crtica literaria! Tratemos de imitarlos hasta donde
alcancen nuestras fuerzas, y si est de Dios que he de renunciar  Hegel
(como es mi deber, una vez que otros con ms mritos han sabido
trasladar  nuestro idioma sus profundos razonamientos), procure al
menos decir algo mesurado y digno sobre el Sr. Ayala.


II

La combinacin de lo objetivo con lo subjetivo ha sido siempre el fuerte
de los espaoles. Nuestro pas, ms dado por impulsos naturales  la
accin que  la contemplacin, fu toda la vida vasto escenario manchado
con la sangre de innumerables tragedias. El drama se aloja en los
temperamentos exaltados  irreflexivos, como la culebra en su nido de
hierbas. No hay ms que hacer un poco ruido para que se despierte. Y en
nuestra patria se ha hecho siempre tanto ruido! Quizs por eso los
espaoles hemos convertido en sangrientos dramas los aspectos ms nobles
de la vida, el amor, la gloria, el honor, la religin. El espaol no ha
devorado jams sus impresiones en el silencio y la soledad, como el
sombro germano  el melanclico semita; ha necesitado sacarlas al aire
libre y verlas seguir su camino por la tierra. La lucha consigo mismo
dura para l slo un instante; la lucha con lo que le rodea dura toda la
vida. Prefiri siempre lo definido y lo enrgico  lo vago y lo
sentimental, y con la misma facilidad que ha hecho salir el pensamiento
de la boca, ha sacado la espada de la vaina. En la historia no existe
ningn pueblo que haya tenido tan cerca el pensamiento de las manos.

Un pueblo tan objetivo, digmoslo con Hegel, necesariamente ha de poseer
una gran epopeya  un gran teatro. Nosotros poseemos un gran teatro.
Aadid unos bastidores por los lados, unas bambalinas por arriba, unas
candilejas por abajo y unos deliciosos versos por todas partes,  lo que
ha doscientos aos acaeca  la luz del sol en nuestros palacios, en
nuestros caminos, en nuestros templos,  la de la luna, en nuestros
jardines, en nuestras calles y en nuestros mesones, y tendris un teatro
apasionado, vivo  interesante. As lo han hecho Lope, Caldern, Tirso
y Moreto. Y como la literatura responde siempre  cualidades  aficiones
del espritu, y gusta tambin de adquirir costumbres pisando hoy el
camino que sigui ayer con preferencia  otro nuevo, de aqu que, 
pesar del transcurso de los tiempos, del cambio radical de vida y de las
notables modificaciones que el carcter ha experimentado, nuestra poesa
se dirija an hoy con amor al teatro, que ha sido siempre el de su
gloria. Desde Caldern hasta ahora hemos perdido mucha fe, mucho
herosmo, mucha supersticin, mucho entusiasmo, mucha firmeza y muchas
costumbres pintorescas, que todava nos agrada ver retratadas en la
escena. Sobre todo, hemos perdido  Caldern. Mas aun con eso, no deja
nuestra poca de ofrecer aspectos interesantes y poticos que, si no
engendraron hasta el presente un gran teatro, han motivado por lo menos
algunas obras maestras del arte dramtico. Moratn, Bretn de los
Herreros, Ventura de la Vega, Garca Gutirrez, Tamayo y Ayala son sus
autores.

No es Ayala el menos insigne de cuantos acabo de mencionar. De todos los
autores que han intentado representar  la sociedad espaola de este
siglo en sus obras, si exceptuamos  Bretn, ninguno lo ha realizado, 
mi entender, de un modo ms perfecto y acabado que Ayala. Pero es el
destino del artista representar al vivo los sentimientos de la sociedad
en que ha nacido,  debe, por el contrario, expresar los sentimientos
generales y permanentes del gnero humano, para que sus obras tengan
consistencia y sepan resistir al esfuerzo de los siglos? No lo s, ni
lo sabe nadie tampoco; que es imposible resolver asuntos en que
intervienen gustos, opiniones y hasta escuelas filosficas contrarias.
La inclinacin del sentimiento me arrastra, sin embargo,  preferir lo
primero. Yo amo ante todo y sobre todo en el artista lo individual, esto
es, lo que le caracteriza y le distingue de los dems hombres y los
dems artistas. Me deleito en observar la impresin que sobre su
espritu excepcional causa lo que le rodea, las huellas profundas 
leves que van dejando en l los sucesos de la vida. Dejmosle que pinte
 su manera sus propios sentimientos y los sentimientos de los que le
acompaan en este viaje terrenal. Humanos sentimientos habr de
expresar, porque hombre es l y hombres los que le rodean. Lo que hace
amable la poesa, despus de todo, no son, en mi entender los
sentimientos generales y permanentes que expresa, sino el cmo se han
sentido estos sentimientos en cada pueblo, en cada individuo; el cmo la
luz interior que  todos nos alumbra se ha descompuesto al atravesar
aquellos prismas, originando tantos y tan hermosos matices. La poesa es
un mundo aparte, donde los sentimientos se fijan con fuerza unas veces,
se desvanecen y se pierden otras, se iluminan, se oscurecen, agtanse
febriles  reposan blandamente; modifcanse, en fin, de mil extraos
modos, para que el poeta extraiga de ellos ese divino jugo que hace la
vida dulce. Esto es la poesa, y esto es lo que me tomo la libertad de
juzgar que es, no creyendo con ello herir la dignidad de nadie. Todo
hombre lleva, ms  menos grande, uno de esos mundos dentro de su alma.
Yo s que mis sentimientos son iguales  los de otro hombre cualquiera;
mas en los aos que llevo de existencia, han surgido dentro de mi
espritu algunos risueos  lgubres fantasmas que se desvanecieron tan
pronto como los que el humo de mi hogar forma en los aires, algunos
fugitivos y adorados sueos que pasaron para no volver, y que
exclusivamente me pertenecen. Si yo hallase en el fondo de mi
pensamiento la expresin que les conviene, no les quepa  ustedes duda,
sera un poeta.

Por eso lo es el Sr. Ayala; porque la encuentra. La mayor parte de los
hombres pasamos por el mundo sin percibir apenas ms que las apariencias
de las cosas. Actores  espectadores en los sucesos que en torno nuestro
acaecen, no comprendemos, ni nos imaginamos siquiera su valor potico
hasta que el artista nos lo ofrece en sus producciones.

Todos los das tropezamos en las tertulias  que asistimos con alguno de
esos hombres cuyo egosmo les lleva  concebir y pregonar un sistema
moral para la vida, donde se disculpen y hasta se ennoblezcan los vicios
y los crmenes de la suya; con uno de esos distinguidos infames que
aspiran por medio de modales elegantes y correctos  difundir entre los
pueblos un nuevo Evangelio, donde la perfidia y la bajeza sean
consideradas de buen tono, y las ms nobles virtudes, patrimonio slo de
los cursis. Al lado del apstol tambin solemos ver al discpulo, que,
rebosando de fe y entusiasmo, marcha con botas de charol por el spero
sendero del maestro. Pero no se le ha ocurrido sino al Sr. Ayala que el
converso fije sus miradas en la esposa del apstol, y ste le preste,
sin saberlo, todo su valioso apoyo para la consumacin de su propia
deshonra, originndose de aqu un enredo tan sencillo  interesante como
el de _El tejado de vidrio_.

Quin no ha presenciado y aun intervenido en alguna de las contiendas
que el inters del dinero rie  cada instante con los sentimientos
generosos y los afectos dulces del corazn? El inters--que responde 
uno de los aspectos repugnantes de la naturaleza humana--no es un vicio
peculiar de nuestra poca; mas no hay duda que en nuestra poca presenta
caracteres singulares y dignos de atencin. La codicia ha tomado en el
transcurso de los tiempos formas ms sutiles y corteses; se ha acicalado
un poco, y se la conoce hoy con el nombre inofensivo de _negocios_.
Nadie mejor que el Sr. Ayala ha sabido describirla, ponindola en lucha
con la pasin ms divina y humana al mismo tiempo, con el amor, en _El
tanto por ciento_, la ms trascendental sin duda, y en concepto de
muchos, la ms bella de sus obras.

Apenas pasa un da sin que necesitemos estrechar la mano de una de esas
nias angelicales que van  pie por Recoletos, lanzando miradas furtivas
y ardorosas  los carruajes que cruzan.  veces la vemos acompaada de
un joven de modesto porte y mirada franca. Es su novio, nos dicen; un
muchacho que sigue la carrera de mdico y est empleado en una sociedad
de ferrocarriles. Despus de escuchar la noticia pasamos  otra
conversacin. Ms tarde nos dicen que aquella nia se ha casado con
Fulano de Tal, un conocido nuestro y hombre acaudalado. Ms tarde la
vemos en un palco del Teatro Real  en un carruaje de la Castellana, y
le quitamos desde lejos el sombrero. Ms tarde vemos  su marido
acompaando  otra mujer, hermosa y cubierta de galas. Ms tarde la
encontramos en una casa, nos saluda con afecto, se muestra un poco
expansiva y nos dice que no es dichosa en su matrimonio. Y el joven
estudiante, empleado en ferrocarriles, ay! ni por casualidad vuelve 
parecer por nuestro pensamiento! Dnde est?-- lo mejor vemos su
nombre en un peridico. Le han nombrado presidente de una comisin
cientfica. Pluguiera  Dios que le nombrasen tambin hombre feliz!

Qu historia tan vulgar! Y, sin embargo, con ella se ha formado una de
las obras ms admirables del teatro moderno.

Consuelo era uno de esos ngeles que piensan mucho en su porvenir, y no
se empalagan nunca de s mismos cuando se miran al espejo. Fernando la
amaba con toda su alma, como aman los hombres sensibles y honrados, sin
empalagarse jams de pensar en ella. Fernando llega un da  casa de su
amada despus de larga ausencia. Consuelo se desmaya al verlo. Qu
corazn tan puro! Examinad bien ese corazn, no obstante; dadle muchas
vueltas en la mano, y percibiris en cierto paraje una ligera picadura.
Por all ha penetrado el gusano de la vanidad. Arrojad, arrojad pronto
ese corazn. Dentro de l ya no hay ms que podredumbre.

Pobre Fernando! Acaba de recibir la primera pedrada que el egosmo
arroja  la inocencia en este mundo! Consuelo, aquella nia que haba
visto por vez primera sentada al piano,

    muy sorprendida y risuea
    de que mano tan pequea
    moviese tan grande estruendo,

aquella nia que se haba filtrado en su alma como un rayo de luz, no
era un rayo de luz de los cielos, sino de las hogueras del infierno. El
oro que Fernando despreciara por no manchar su conciencia, lo haba
recogido Ricardo, y Ricardo haba decidido pedir la mano de Consuelo por
conducto de Fulgencio, el mismo da que lleg Fernando. Consuelo  su
vez haba decidido casarse con Ricardo. Qu tiene esto de particular!
Acaso es la primera nia que deja un novio y toma otro? As razonaba
ella con profundidad que encanta y admira  Fulgencio, hombre muy bien
afinado con el sentido moral predominante en nuestra sociedad.

Hay una escena violenta entre Consuelo, Antonia su madre y Fernando.
Antonia, que amaba ya  ste como  un hijo, se desmaya; pero Consuelo
se haba comprometido  salir en carruaje con Fulgencio, la seora de
ste y Ricardo, y no tiene ms remedio que marcharse apenas vuelve su
madre  la vida. Ay! Fernando la ha perdido para siempre... y su madre
tambin! As termin el acto primero.

Ricardo era un hombre fro, imperioso y egosta. Nada tiene de extrao
que Consuelo se enamorase de l perdidamente. Ricardo, pasada la luna de
miel, considera  su mujer como el mueble ms elegante de su casa. Una
vez satisfecha su vanidad por esta parte, era imprescindible
satisfacerla por otras, y al efecto dedica su amor y sus brazaletes 
una renombrada cantante. Consuelo sorprende una carta y paladea todo el
amargor de los celos. Fulgencio, el dulcsimo Fulgencio, tiene la buena
ocurrencia de convidar  comer en su casa (donde coman tambin Ricardo
y Consuelo)  Fernando. Con qu jovial indiferencia haba escuchado
Consuelo esta noticia! Al saber Fernando que va  sentarse  la mesa en
compaa de Ricardo y Consuelo, trata de irse.

Ya es tarde. Consuelo penetra en la habitacin y experimenta una ligera
sorpresa, de la cual bien pronto se repone. Mientras Consuelo habla con
Fulgencio para informarse del concierto donde canta su rival, Fernando,
apoyado en una silla, no despliega los labios. En este silencio tan
natural, tan delicado, tan conmovedor, se revela bien claramente lo
poeta que es el Sr. Ayala. Un autor observador no hubiese dejado nunca
de hacer prorrumpir al desdichado amante en desesperadas exclamaciones,
que destruiran enteramente el efecto de esta interesantsima escena.

Fernando no quiere quedarse  comer, y Consuelo lo despide dicindole:

       Pues, Fernando, que nos veas
    antes de irte; no seas
    ingrato...

Todos nos hemos odo llamar ingratos de esta suerte por alguna hermosa
dama; pero todos conocemos tambin la trascendencia de la suave y
distrada sonrisa que suele acompaar  este adjetivo. Por eso Fernando
cae desolado en una silla, cubrindose el rostro con las manos. Cmo la
ama todava!

Consuelo, ofuscada por los celos, se arroja  drselos  su marido con
Fernando, suponiendo que ste, amante suyo en otro tiempo, era el mejor
para el caso. En presencia de Ricardo le escribe una carta invitndole 
que venga  visitarla, y entrega el billete  Ricardo para que lo remita
 su destino (esto es, para que lo lea). Pero Ricardo no lee el billete,
porque ha ledo ya todo lo que necesitaba en el alma de Consuelo, y lo
deja intacto sobre la mesa. Llega Fernando, y Fulgencio, que haba
recogido el billete, se lo entrega.

Por qu se habr escrito una carta tan infame! Parece increble que dos
renglones de una letra menuda y desigual vuelvan el entendimiento y
hasta el corazn del revs. Yo, sin embargo, lo creo  pie juntillas.
Fernando se sorprende, se acalora, se llama infame, delira... y
resuelve acudir  la cita. Da fin el acto segundo.

Es de noche. Lorenzo, el criado de Ricardo, despus de haber acompaado
al Teatro Real  Consuelo, se entretiene en coloquio amoroso con Rita la
doncella. Algunos tildan de larga esta escena. Yo la encuentro tan
extraordinariamente bella, que nunca me he fijado en sus dimensiones. El
suave donaire, el sosiego y la frescura de esta escena son medios
artsticos de gran delicadeza para que la aparicin del drama cause
efecto ms seguro. El drama aparece con la entrada repentina y violenta
en la escena de Consuelo. Se dirige al armario de sus joyas, y pide con
voz temblorosa la llave  Rita. En el teatro haba visto  su rival
luciendo un aderezo muy semejante al suyo, y viene  saber si es el
mismo. El aderezo no est en el armario. En el mismo instante aparece
Fulgencio, que de acuerdo con Ricardo, era portador de otro aderezo
igual y una mentira. El portador recibe en pago de sus buenos oficios
algunas injurias, y Consuelo se queda  solas con su amargura y sus
celos abrasadores. Cun lejos estaba su pensamiento en aquel instante
de Fernando! Y, sin embargo, en aquel instante Fernando entraba en la
casa, suba la escalera, alzaba la cortina del gabinete. Qu vena 
hacer all? Consuelo, la misma Consuelo, cuya mano haba escrito una
carta llamndolo, se lo pregunta con sorpresa.

Fernando vena  apurar las heces de aquel cliz que el destino le
present al enamorarse de Consuelo. Vena  saber que no slo no haba
sido amado jams, sino que su amor haba servido en esta ocasin de
seuelo para atraer al precioso  irresistible Ricardo. Y la mujer que
se cebara con tanta saa en su pobre corazn estaba all, la tena
delante de sus ojos siempre con su rostro dulce y angelical! Fernando se
para  meditar el estrago que aquel rostro dulce y angelical ha hecho en
su alma, y se sienta con tranquilidad aterradora en una silla. Qu
intenta? No repara que Ricardo vendr muy pronto? Qu importa! Hoy
habr penas para todos, dice con sonrisa feroz el desdichado amante. Y
ni las amenazas ni las splicas de Consuelo le conmueven. Mas al fin le
disuaden de su propsito las lgrimas de Antonia, de aquella pobre madre
que haba protegido su amor en otro tiempo.

      Triunfa el crimen. Quin lo duda,
    si hasta le prestan su ayuda
    la virtud y la bondad!

exclama Fernando al partir. Llega Ricardo, y sin sospechar siquiera, 
si lo sospecha sin drsele nada de los atroces tormentos que sufre
Consuelo, se despide de ella para Pars. Se va  Pars con su querida.
La infeliz esposa se arroja  los pies del marido, y con sus lgrimas y
ruegos quiere retenerlo. Todo es en vano. Las lgrimas pueden mucho con
los hombres que tienen corazn, pero nada con los que no lo tienen. Se
va Ricardo y aparece Fernando, que por haber hallado la puerta cerrada,
tuvo necesidad de presenciar la escena anterior desde la habitacin
contigua. A l se dirige la infeliz Consuelo pidindole perdn. Pero
Fernando, el humillado y escarnecido Fernando, cmo se ha de compadecer
de sus tormentos, cmo se ha de apiadar de ella! Se va Fernando como se
haba ido Ricardo. En aquel amargo trance,  quin acudir? Quin poda
compartir con la desventurada esposa el dolor de aquel fiero abandono?
Tan slo su madre, su tierna madre, que tanto la amaba. Mas al dirigirse
 su habitacin, Rita sale de ella dando gritos y pidiendo socorro... Su
madre se haba ido tambin  otro mundo mejor!

      Dios mo! (exclama Consuelo desplomndose)
    Que espantosa soledad!

S: la soledad espantosa que el egosta va formando en torno suyo en
esta vida. El desenlace no es artificioso ni violento: es un desenlace
sencillo, natural y lgico. Obsrvase en l sobre todo la austeridad que
debe acompaar  una catstrofe interior ms que exterior. Pero esa
misma austeridad lo hace infinitamente ms conmovedor. Aquella figura
sola, terriblemente sola enmedio del escenario, que cierra los ojos para
mirar  su alma, y se desploma lgubremente sobre el pavimento, es una
figura verdaderamente grande y pattica.

He relatado adrede el argumento de _Consuelo_, por ser ste tal vez la
ms sencilla y corriente de las historias que el Sr. Ayala ha elegido
para tema de sus obras. El cmo de esta historia tan vulgar se ha hecho
una obra dramtica tan primorosa y exquisita, yo no puedo explicarlo.
Vayan ustedes al teatro, y all vern cmo se ha hecho. El Sr. Ayala nos
trasporta  todos  las tablas con los mismos cuerpos y almas que
tenemos; y sin dejar de ser los mismos pobres diablos que nos empujamos
por las tardes en Recoletos y tomamos el fresco por las noches en los
jardines del Buen Retiro, quedamos por arte de birlibirloque
trasformados en personajes interesantes y poticos. Casi estoy por
asegurar que el Sr. Ayala sera capaz de presentar en la escena una
discusin del Ateneo, con discurso de Perier y todo, y hacer que todos
estuvisemos embargados y suspensos escuchndola.

Mas yo, que s decir todas estas lindas cosas de un poeta, me pinto solo
para decir las feas cuando por desgracia las encuentro. Y si no, van
ustedes  ver.

Las obras todas del Sr. Ayala dejan percibir, desde el comienzo hasta el
fin, al artista de corazn y al poeta de nacimiento; mas en ninguna de
ellas se revela el ingenio poderoso que seala  determina, impulsado
por una fantasa viva y espontnea, nuevos  ignotos derroteros para el
arte. Estos ingenios, que aparecen de tarde en tarde, son por regla
general fecundos, desordenados, sublimes muchas veces, monstruosos y
extravagantes otras, pero siempre grandes y admirables. No concurren
estas circunstancias en la inspiracin del Sr. Ayala, por lo cual,  mi
entender, no debe ser comprendido entre tales ingenios, sino mejor entre
aquellos otros que arrojndose con criterio ms seguro, pero con menos
inventiva y atrevimiento, por las vas trazadas por los primeros, las
asientan y perfeccionan.

Caracterzanse las obras del Sr. Ayala por una perfecta regularidad y
proporcin entre todas sus partes, por un orden acabado en el
desenvolvimiento de la fbula, y principalmente por una discrecin nunca
desmentida en todo cuanto dicen y ejecutan sus hroes. Es una discrecin
pasmosa. Declaro, no obstante, ingenuamente que tanta discrecin me
llega algunas veces  fatigar. Hay ocasiones en las obras de arte en que
el lector desea que el artista le sorprenda por un golpe de mano
atrevido de la imaginacin, aunque sea por un disparate estupendo.
Llegan momentos en que realmente siente uno la nostalgia de Grilo. Todo
menos ese comps que el entendimiento--no la fantasa--va marcando
framente al travs de los parajes de una obra. En las de nuestro poeta
percbese con harta claridad la mano que escribe y que borra, que torna
 escribir y torna  borrar. El arte es de todo punto necesario, pero
conviene siempre ocultar esa mano entrometida, para que las gentes, en
vez de arte, no den en llamarle artificio.

Mas si la inspiracin del Sr. Ayala no tiene ni el calor ni la fuerza
que la de nuestros grandes dramaturgos del siglo XVII, en cambio hay en
ella tanta dulzura y elegancia que no puede menos de ser amable para
todo el mundo, aun para aquellos que, como yo, prefieren lo grandioso 
lo correcto. Me gustan ms, lo confieso, los aromas penetrantes de un
bosque de naranjos y limoneros, de acacias y magnolias, pero tambin
aspiro con delicia el perfume suave y delicado de las flores que crecen
en los tiestos. Me gustan ms las tierras que naturaleza hizo frtiles,
pero me agradan tambin mucho las que lo son por la diligencia y el
esmero de su dueo.

Tiene,  ms de dulzura y elegancia, la inspiracin de nuestro poeta un
no s qu de buen tono, un cierto dejo aristocrtico que al trasmitirse
 sus obras se filtra tambin en el alma de los espectadores. Cuando
salgo de verlas en el teatro, aunque vista camisa de color y americana,
sin saber por qu, me figuro que estoy vestido de frac y corbata blanca,
y al poner al pie en la calle me extraa grandemente que no me espere
para llevarme a casa un ligero y elegante _land_ con dos caballos.

Hasta las sesiones del Congreso de Diputados notan la presencia de
nuestro poeta cuando toma asiento en el silln presidencial,
reducindose  ser ms amenas y correctas. Hay algunas, no obstante, que
saben resistir con buen xito  la influencia artstica del presidente.
Cuntas veces le he visto al declinar la tarde, con sus dos maceros
detrs, bostezando una de estas rebeldes sesiones! As que llega 
persuadirse de que ni sus efusivos bostezos ni las miradas distradas
que pasea por el mbito de la sala logran enternecer  la empedernida
sesin, el seor Ayala adopta, como es natural, las medidas que la
prudencia y su alta representacin aconsejan. Se echa hacia atrs, y
apoyado el codo en el brazo del silln, deja reposar blandamente la
mejilla sobre la mano. Sus ojos permanecen abiertos, muy abiertos, pero
su abundante cabellera empieza  descender con lentitud por el suave
declive de la frente, y en breve tiempo logra invadir la mayor parte de
aquel rostro literario ms que poltico. Al poco rato, sobre la silla
presidencial ya no se ven ms que cabellos. El Congreso est presidido
por una melena.

La luz que poco antes entraba  torrentes por los medios puntos abiertos
en las alturas del saln, empieza  retraerse disgustada de la
inflexibilidad del reglamento. Lo primero que deja sumido en la sombra
es la cabellera del presidente. Pasa con la mayor indiferencia por
encima de la orden del da, que se halla extendida sobre la mesa, y
baja culebreando y con mucho cuidado para no hacerse dao por la
charolada madera de la tribuna hasta el redondel,  como se llame. En el
redondel no estn ms que los taqugrafos, gente de escasa importancia.
La luz los mira de reojo y con altivez, y marcha hacia el banco azul,
donde se encuentra  la sazn un ministro. La luz se apercibe un
momento, como para poner los papeles en orden, y de repente se encara
con l, interpelndole:--Eh! seor ministro, qu noticia tiene S. S.
de los desrdenes ocurridos en Navalcarnero? El ministro, como acontece
siempre en tales casos, frunce las cejas, arruga la nariz y cambia
inmediatamente de postura. La luz marcha poco satisfecha del ministro.
Bien se le conoce en la mirada severa y rpida que lanza de una vez 
toda la derecha. Esta mirada va  extenderse tambin  la izquierda, mas
la luz all se encuentra casi sola y se quiebra, y se sume tristemente
en el terciopelo de los bancos. Despus se pone  escalar con trabajo
las paredes, detenindose en cada relieve y en cada adorno para tomar
aliento. Despus se asoma  la boca de las tribunas, y al ver su negrura
renuncia de buen grado  esclarecerlas. Sin embargo, all enfrente, en
la tribuna de la presidencia, muy cerca de una columna, se ve una
cabecita blonda, una cabeza de mujer. La luz, sin respeto alguno  lo
sagrado y augusto del recinto, se detiene frvolamente  jugar con
aquella cabeza, y ahora se empea con malicia en herirla en los ojos
para hacerla sonreir, ahora se entretiene en retozar con sus cabellos,
ahora la baa prfidamente con viva claridad, logrando ruborizarla. Ay!
quin no se ha detenido alguna vez en su vida  jugar con una cabecita
blonda, sin pensar en el tiempo que pasa! El tiempo que pasa obliga, no
obstante,  la luz  abandonar aquella cabecita, y se despide de ella
con un prolongado beso, primero en los labios, despus en los ojos,
despus en la frente, despus en el pelo. Adis! adis! Sube un poco
ms y llega al techo. All se para un buen espacio, y medrosa quiz de
los grifos y caritides, tiembla y se estremece, lanza vivos y
vacilantes reflejos que iluminan por momentos todos los ngulos, todos
los huecos del vasto recinto, arroja con furia oleadas de sombra  todas
partes, y esparce el terror y el misterio por los rostros y las figuras
de los cuadros. Despus, sin saber por dnde, se va como si fuera un
duende.

El Sr. Ayala, bien guarecido detrs de su melena, contempla absorto en
esta hora el viaje interesante de la luz. Nadie dira, al verlo con los
ojos desmesuradamente abiertos  inmviles, que preside una sesin de
diputados de carne y hueso, sino un congreso de fantasmas y de
espritus.

Y quin sabe si lo presidir! Quin sabe si de all, de los negros
rincones de la estancia, saldrn flotando mil imgenes tristes 
risueas, de todos colores y apariencias, que irn  formar en el aire y
delante de nuestro presidente una mgica asamblea! Siendo as (que me
perdone el orador que use  la sazn de la palabra), yo asistira con
ms gusto  esos debates invisibles del espacio que  los que debajo de
ellos se efectan.

[Illustration]

[Illustration]




D. VENTURA RUIZ AGUILERA


I

[Illustration: L]A ilustre escritora francesa princesa de Ratazzi
afirma, en su ltimo libro sobre Espaa, que el Sr. Ruiz Aguilera es un
joven de muchas esperanzas. Lo mismo se deca de l all por los aos de
1840  1842. De lo cual se deduce muy naturalmente que el Sr. Aguilera,
en punto  juventud, se ha adelantado muchsimo  su siglo, haciendo dar
un salto prodigioso  la vida media del hombre;  bien que la ilustre
princesa de Ratazzi no est por completo en lo firme al estampar tal
noticia. Despus de conocer personalmente al Sr. Aguilera, me siento
inclinado  pensar lo ltimo,  reserva, no obstante, de reformar mi
juicio en el caso de que la egregia escritora alegase nuevos datos 
probara en cualquier forma su asercin. De todas suertes, quiero hacer
constar que es la primera vez en mi vida, y plegue  Dios sea la ltima,
que en pblico  en privado me separo  sabiendas de la opinin de una
princesa.

D. Ventura Ruiz Aguilera ( quien interinamente consideraremos como
hombre ya entrado en das) ha tenido la mala ocurrencia de nacer poeta.
Mejor le hubiera sido nacer contratista de obras pblicas.

Como es fcil de comprender, una vez dado este mal paso, no tuvo otro
remedio que atenerse  las consecuencias, trabajando mucho, viviendo
modestamente, y vindose al fin de su carrera olvidado del bullicioso
mundo, cuyas orejas ha regalado tantas veces con su cntico. Y an se da
por contento el pobre con que le dejen abrir por las maanas el balcn
de su cuarto del barrio de Pozas para recibir el sol, que como un nio
inquieto y revoltoso entra sin pedir permiso, y todo cuanto hay dentro
quiere registrar y palpar en un instante; con que le dejen por las
noches sentarse en su butaca, y mirar atentamente los penachos de humo
que forman los carbones encendidos de la chimenea, y tomar alguna que
otra vez la pluma para trasladar al papel lo que aquellos penachos, tan
mudos al parecer, le cuentan. Durante el da est en la oficina. Ay!
Qu poeta se escapa en este siglo de la oficina! Podr revolotear
locamente en los primeros aos de su vida, como el pjaro que
incautamente penetra en una sala. Mas no consigue nada con volar de aqu
para all, lanzndose con ansia una y otra vez al espacio en busca de
aire y libertad. Los dueos de la casa no tardan en cerrar los balcones,
para acosarle despus  su sabor en ruidosa zalagarda con toallas,
pauelos y sombreros por todos los ngulos, hasta que, rendido y
jadeante, cae en poder de una mano brutal que inmediatamente lo encierra
en una jaula. All lo podis ver todo el da informando expedientes del
modo ms deplorable que le es dado.

Dicen que all en otro tiempo, hace ya muchos siglos, existi una nacin
llamada Grecia, donde los poetas, lejos de ser perseguidos,
representaban el papel principal en todas partes, hasta el punto de que
no se promova empresa  se preparaba fiesta sin contar con ellos, ni se
realizaba hecho alguno poltico sin su intervencin. Los mismos
contratistas de obras pblicas, cuando tropezaban con un poeta en la
calle, se quitaban el sombrero y le hacan un saludo muy reverente, y 
un general famoso que haba vertido su sangre en cien combates, no haba
que hablarle de sus hazaas y victorias, porque esto era ponerse mal con
l, sino de tales  cuales coplas que haba presentado en un certamen, y
que los jueces con sealada injusticia no haban querido premiar. No
satisfechos aquellos hombres con prodigar  los poetas en vida toda
clase de mercedes y honores, solan despus de muertos erigirles
estatuas que colocaban en los templos, ni ms ni menos que si fuesen
dioses, y no pocas veces aconteci pasear una de estas estatuas en un
esplndido carro por todo el pas, enmedio del entusiasmo y los vtores
fervorosos de la multitud.

Si alguno de los poetas de ahora, por ejemplo el Sr. Grilo  el Sr.
Blasco, pensasen que saco todas estas cosas de mi cabeza, yo les juro
por mi vida que son la pura verdad,  que por tal la dan al menos las
historias ms corrientes. En verdad que fu aqulla una poca prspera y
dichosa para los poetas. Bien se puede asegurar que no volvern  verse
en otra.

Los romanos, que sucedieron  los griegos, continuaron honrando y
enalteciendo  los poetas, aunque ya con bastante menos ardor, porque
andaban sumamente atareados con sus guerras y expediciones.

Vinieron despus los brbaros, incapaces por entero, como su nombre lo
indica, de entender al seor Revilla, ni menos tomar parte en los
debates del Ateneo.

Pues aun  los brbaros les gustaba la poesa. En sus fiestas ms
ruidosas, en sus orgas ms desenfrenadas y brutales, llegaba un momento
de desmayo para el cuerpo y excitacin para el espritu; un momento en
que la imprecacin expiraba en los labios, la copa se desprenda
suavemente de las manos, y los ojos buscaban distrados y arrobados los
postreros rayos de la luz. En aquel momento apareca entre tanto rostro
fiero un semblante dulce, expresivo y circundado de dorados bucles,
donde brillaban unos ojos tristes y misteriosos. Era el poeta. Todas las
miradas sentan necesidad de posarse sobre l, y todos los corazones se
crean en la obligacin de amar  aquel ser dbil y extrao, que de
parte de Dios vena  desenterrar los nobles sentimientos que dentro de
ellos se hallaban sepultados. Estos corazones era lo nico que se mova,
lo nico que sonaba imperceptiblemente en la estancia al comenzar su
canto el trovador. Fuera sonaba el viento y sonaba el mar. La cancin
del poeta les hablaba de su Dios, de su patria, de su amor, de todas las
cosas en que el cielo y la tierra parecen confundirse, como all  lo
lejos en el rojizo horizonte. Y de aquellos ojos, poco antes inyectados
de sangre por la clera, saltaba  veces una lgrima que poda contar,
si quisiera, muchas cosas de aquel sitio en que el cielo y la tierra se
confunden.

Cesaba el canto. Las cuerdas del lad seguan vibrando melanclicamente
un momento, y despus tambin cesaban. Alzbase un murmullo en la
estancia, y muchas manos grandes y velludas alargaban doradas copas al
buen trovador. El vino chispeaba en la copa, y la alegra chispeaba en
los ojos del trovador al beberlo. Pero la luz mora, y an le quedaba
algn camino que andar. Por eso, enmedio de bendiciones y roncos adioses
desaparece de la sala. Si alguno de los alegres convidados quisiera
asomarse poco despus  una de las ventanas del castillo, tal vez podra
verle ocultarse lentamente all en el rojizo horizonte.

Tambin en nuestras fiestas y banquetes llegan momentos de fatiga y
tristeza: que es la alegra como un ro impetuoso, que no puede menos
de reposar alguna que otra vez en un sombro remanso. Mas cuando llega
uno de esos remansos, he aqu que entra por la puerta de la sala un
grupo de botellas rebujadas en papel de estao. Los criados se apresuran
 desembozarlas, suenan algunas detonaciones y se esparce por las copas
un licor muy ruidoso y fanfarrn, pero inspido y embustero. Los
convidados, no obstante, se regocijan y alborozan de nuevo; ren,
cantan, patean, dicen chistes y se tiran los platos  la cabeza. Oh! No
cabe duda, el _champagne_ ha reemplazado perfectamente al trovador.

Que la poesa no ha muerto bien lo s. La poesa es inmortal. Pero que
la estimacin concedida al poeta va muriendo, muriendo hasta convertirse
en la sombra de una nada, tampoco puede dudarse. El poeta, en nuestra
sociedad, va siendo cada da ms singular y anmalo. Es un ser que, como
el Hijo de Mara, no encuentra una piedra donde reclinar la cabeza.
Siguen naciendo poetas como antes, pero ya nadie se dedica  poeta,
porque caera en ridculo quien tal hiciese. Un poeta, en la actualidad,
no es un poeta; es un diputado constitucional, un ex-ministro, un
presidente del Congreso, un gobernador civil  un empleado del Banco que
escribe versos. Lo cual, hasta en concepto de ellos mismos, no pasa de
ser una flaqueza, inofensiva de todo punto. Cuando encontris 
cualquier poeta amigo en la calle  en un tranva, y entablis
conversacin con l, lo que solis preguntarle es si hay esperanza de
que su partido suba al poder  de que caiga, si le han ascendido, qu
sueldo tiene ahora, cuntas horas de oficina, etc., etc. Si por
casualidad os ocurre preguntarle por sus versos, verisle ruborizarse un
poco, mirar al suelo, sonreirse y mover la cabeza  un lado y
otro.--Phs... Estos das atrs he escrito una cosilla... una
tontera... Ya se la leer  usted cuando vaya  almorzar conmigo.--
lo mejor esta tontera es _La lira rota_  _El Raimundo Lulio_,  _La
leyenda de Noche-buena_  _El nudo gordiano_.

Este desprecio que de sus mismas obras hacen los poetas, tiene una
explicacin. Es que en la poca actual, sin saber cmo y  su despecho,
el alma del contratista de obras pblicas ha trasmigrado al poeta. El
contratista que entra con un amigo (solo no entra jams) en la librera
de Fe, al contemplar tanto libro apilado en los estantes se ve
necesariamente acometido por una reflexin que est siempre emboscada
detrs de los libros para caer de improviso sobre todos los
contratistas.--Cunto se escribe hoy! medita. Y sumido hasta el
cogote en tan honda consideracin, empieza  tomar libros y  soltarlos,
despus de darles algunas vueltas en la mano y leer el ttulo en voz
alta, hasta que viene  sacarle de sus cavilaciones y maniobras la
amabilidad del Sr. Fe (que es mucha) mostrndole las novedades del da.

--Vea usted; aqu tiene _La ltima lamentacin de lord Byron_...

--Por Gaspar Nez de Arce (dice el contratista leyendo por encima del
hombro del Sr. Fe). Hombre, s! Este ha sido secretario de la
Presidencia. Le conoc mucho cuando estuvo de gobernador en Barcelona.
Es hombre despejado...

--Ha llamado mucho la atencin este su ltimo poema.

--S?... Pues me lo llevo _(arrollndolo como un plano de carretera)_.

Si tuvieseis tiempo para ir conmigo aquella misma noche  cierta alcoba
lujosamente decorada, verais un hombre acostado en una cama, con _La
ltima lamentacin de lord Byron_ en la mano. Qu paz y sosiego reinan
en la fisonoma de aquel hombre! Qu gorro de dormir tan admirable cie
sus sienes! Qu luz tan suave esparce el quinqu sobre el vaso de agua,
el azucarillo y las galletas inglesas! Qu aire tan respetuoso y sumiso
tiene el almohadn de plumas que est tendido  sus pies!

Mas apenas hacis atropelladamente estas observaciones, cuando se
escucha un fuerte resoplido, y la alcoba queda  oscuras.

En la alcoba hay todava un espritu que dice muy bajo  las
tinieblas:--Lo ms que habr sacado ese hombre con tanto verso son
cuatro  cinco mil reales...

Poco despus no queda ms que un cuerpo roncando.


II

Deca ms arriba,  vueltas de una digresin con la cual no contaba, que
el Sr. Aguilera haba nacido poeta. Aado ahora que naci poeta dulce,
ameno, delicado y tierno. En la resignacin y sosiego que se observa en
todas sus composiciones trae al recuerdo al maestro Fray Luis de Len y
 San Juan de la Cruz. Los huracanes de la vida no han formado jams en
su alma medrosas tempestades. Las nubes volaron ligeras por ella,
dejando siempre descubierto un fondo azul. Y en ese fondo azul,
reverberante de luz, nadan como brillante polvo de oro los ms gratos
sueos y los ms nobles sentimientos del corazn. Y ese fondo azul, esa
eterna y pura alegra del alma es la que se descubre bajo todas las
composiciones de Aguilera, aun bajo aquellas que estn inspiradas por un
sentimiento triste.

Mirad  un cielo azul: qu es lo que veis? Lo primero que se ve en un
cielo azul es  Dios. El autor de estas lneas cree haberlo visto
algunas veces cuando nio,  fuerza de abrir mucho los ojos hasta que le
dolan, y pasando horas enteras tendido con el rostro vuelto al
firmamento. Despus, viniendo los aos, perdi la costumbre de pasar las
horas enteras mirando hacia arriba, porque necesitaba  todo trance
estudiar la ley de organizacin del poder judicial. Y sucedi que, en
cierta ocasin en que muy festejado y risueo se tendi como antes para
verlo, no lo consigui. Pero all estaba. Lo sabe porque otras veces
mir con semblante mucho menos risueo y lo hall fcilmente.

De la misma manera, lo primero que se encuentra en el fondo azul del Sr.
Aguilera es  Dios. No busquis en sus composiciones arrebatos msticos,
ni explosiones de entusiasmo por la fe ni encendidas diatribas contra el
impo, ni siquiera _gritos del combate_ con la duda amarga. Pero late en
ellas el amor sincero  lo divino, porque son tiernas, sencillas y
bellas, y Dios no puede estar lejos de lo que es tierno, sencillo y
bello. Los cuatro versos de algunos de sus cantares infunden ms fe en
el alma que cien tomos de controversia teolgica. Son cuatro versos que
abren por un instante las diamantinas puertas del cielo y dejan entrever
lo que hay dentro. Qu ms se les puede pedir!

Cuando trata directamente un asunto religioso, como en la _Leyenda de
Noche-buena_, lo hace con una verdad, con una sencillez, con un
sentimiento tan vivo y tan fresco de los inefables misterios de la
Religin, que necesitamos acudir  los recuerdos de la infancia para
hallar algo parecido en nuestra alma.

El Sr. Aguilera, en este caso, es un hombre que describe y expresa con
fidelidad asombrosa los frescos y puros conceptos de un nio. Lanse, en
confirmacin de mi aserto, los siguientes versos que tomo de esta
leyenda:

   --Golondrinas que en rpido vuelo,
    Os tendis por la atmsfera azul:
    Dnde vais, dnde vais, golondrinas?
    A quitar las agudas espinas
    De la angustia que siente Jess.
   --Si Jess en Beln ha nacido
    Coronada su frente de luz,
    Qu corona, decid, golondrinas,
    Qu corona de agudas espinas
    Atormenta al divino Jess?
   --Si los hombres sois ciegos del alma
    Y con ella no veis su dolor,
    Viendo estn, viendo estn golondrinas,
    Que aunque nio, corona de espinas
    Ya en su espritu lleva el Seor.
    Hoy nosotras, con po amoroso,
    Templaremos su interna afliccin;
    Vendr un da que irn golondrinas
    A quitar en la cruz las espinas
    Que la frente herirn del Seor.

Qu ms se ve en el fondo azul del seor Aguilera?--El amor  su
patria; el amor  la tierra espaola.

La patria! Qu es la patria?--La patria es un hombre andrajoso y sucio
que se estrecha con efusin en una soledad de Amrica  de Asia; la
patria es una frase de desprecio que se pronuncia all muy lejos, donde
no brilla el sol ni huele el azahar, y hace correr la sangre por el
suelo; la patria es un canto que suena de noche en una ciudad de
Inglaterra  Alemania, haciendo saltar una lgrima  los ojos de un
hombre que lee en su gabinete; la patria son unos batallones de
soldados barbilampios y morenos que llegan de Africa, y entran en
Madrid con msica y banderas desplegadas; la patria es el gento inmenso
que se arroja gritando  su paso, ebrio de entusiasmo y orgullo; la
patria, ltimamente, es una cosa que no se puede definir, como acontece
con otras muchas.

Los espaoles tenemos patria?--Unas veces se me antoja que s; otras
que no. Lo que no ofrece duda es que trabajamos todo lo posible por no
tenerla. Hace muchos aos que los espaoles empleamos lo mejor del
tiempo en zaherir  nuestra patria con la lengua y con la pluma, y en
desgarrarla con la espada. Sera un milagro que quedase todava algo de
ella.

Por otra parte, la patria ha pasado de moda. Los filsofos han
demostrado recientemente que el sentimiento patritico no se acuerda con
las exigencias cada da ms amplias y universales del espritu humano.
Es un sentimiento primitivo y grosero, que se aloja por lo comn y
arraiga con extremada fuerza en los hombres de inteligencia inculta y de
carcter bravo.

Lleno mi espritu de estas ideas cosmopolitas y filosficas, enderec
mis pasos alguna vez al Museo del Prado. Mi objeto ostensible al dar
este paseo era ver y recrearme con las pinturas que all hay; mas en el
fondo de mi corazn lata tambin el deseo de inculcar  los chisperos y
manolos que figuran en el clebre cuadro del _Dos de Mayo_, de Goya,
alguna de las ideas generales y comprensivas de que iba saturado. Es
imposible imaginarse nada ms salvaje que la actitud de aquellos
chisperos desharrapados, con los brazos en alto, erizados los cabellos,
los ojos amenazando saltar de las rbitas, frente  las bocas de los
fusiles franceses, y gritando al parecer con todas sus fuerzas:
Fuego!!!

No consegu mi objeto. En vano quise persuadirles de que aquella
actitud, si bien en otra poca tena razn de ser, mirando al estado del
progreso, en los momentos actuales era completamente inexplicable, y se
hallaba en abierta oposicin  la doctrina corriente entre los
tratadistas. En vano les demostr como pude que el concepto de humanidad
era superior al de patria, y que ste, como ms limitado y primitivo,
deba subordinarse siempre  aqul. No queran escuchar nada; no
atendan poco ni mucho  mis razones, y quedaron, como es fcil colegir,
tan ignorantes y brbaros como antes. De tal modo, que an podis verlos
cuando queris, firmes en su cuadro y cubiertos de sangre, siempre con
los brazos en alto y los cabellos erizados, gritando como energmenos:
Fuego!!!

Mucho me holgara de que lo que voy  decir en este instante no lo
escuchase ninguno de los varones que siguen con ahinco y amor los pasos
de la ciencia.

Cierta tarde en que me hallaba frente al mencionado cuadro, amonestando
 aquellos salvajes, como tengo por costumbre siempre que me pongo al
habla con ellos, me distraje al parecer con un rayo de sol, que vino de
repente  herir  un manolo en el rostro. Al mismo tiempo una mosca
grande y azulada empez  zumbar confusamente algunas cosas  mi odo, y
perd el hilo del discurso. Sin saber por qu ni cmo, en aquel momento
sent mucho calor en las mejillas, comenzaron  latirme fuertemente las
sienes, percib cierto olor  plvora, y sin saber tambin por qu ni
cmo (qu vergenza!), pienso que exclam, dirigindome  los feroces
chisperos: Oh, amigos mos, quiero ser brbaro como vosotros!
Afortunadamente no haba nadie en la sala.

El Sr. Aguilera, al parecer, tambin quiere ser brbaro, y escribe sus
_Ecos nacionales_, inspirados en el amor vivo y ardiente de la madre
patria. Estas composiciones fueron escritas en los aos juveniles del
autor, y aunque revelan, bastante inexperiencia artstica, que en
ocasiones semeja puerilidad, trasparntase en ellas un sentimiento tan
puro, un candor y una energa que cautivan y embriagan. Quiz si
tuviesen ms alio no produjeran el mismo efecto. Estn destinadas al
pueblo,  ese pueblo espaol tan noble, tan altivo, tan feliz en otro
tiempo, cuando el despotismo austriaco no haba asentado su maldita
planta en nuestro suelo. Haga Dios que algn da ese pueblo espaol
salga de su letargo y se disipen los malos sueos que oscurecen su
frente; no para conquistar tierra, que harta tenemos ya, sino para ser
ms dichoso dentro y ms respetado fuera.

El pueblo ha pagado bien al Sr. Aguilera el amor que le profesa, dndole
lo nico que poda darle, su poesa. El pueblo expresa siempre su
poesa en una forma muy breve y concisa. El pobre necesita trabajar, y
no tiene tiempo  componer grandes trozos de versificacin. Por tal
motivo, se ha acostumbrado  decir mucho en pocas palabras, y acaso
tambin por llevar un poco la contraria al Sr. Grilo. El arte supremo de
iluminar vivamente el espritu con cuatro versos, hacindole columbrar
dilatados y hermosos horizontes, no lo rob el Sr. Aguilera al pueblo,
como se ha dicho; el pueblo se lo ha regalado, como desquite de una
deuda de amor y de sacrificios. No es tan insignificante el regalo como
algunos piensan, incluso quiz el mismo Sr. Aguilera. A mi juicio, son
los cantares la obra maestra de nuestro poeta y aquella en que no ha
tenido, ni tiene, ni es probable que tenga rival. Los cantares de
Aguilera no morirn jams, porque salen del fondo del corazn, y como l
mismo dice con admirable delicadeza:

    Cantar que del alma sale,
    Es pjaro que no muere;
    Volando de boca en boca
    Dios manda que viva siempre.

Volando de boca en boca, y acompaados de la guitarra, los he visto
cruzar  menudo, unas veces tristes, otras alegres, pero siempre dulces
y apasionados.

Qu ms se ve en fondo azul del Sr. Aguilera?--El amor de la
naturaleza. No hay que confundir el amor que Aguilera siente hacia la
naturaleza con esa aficin frvola y afectada, hoy tan en boga entre
viajeros y baistas, los cuales creen pagar su deuda de admiracin  la
naturaleza gritando sin ton ni son en todas partes: Magnfico!
Delicioso! Sorprendente! y ponindose una rama de madreselva en el
sombrero cuando tornan del paseo. No; el Sr. Aguilera ama la naturaleza
como sta pide que se la ame, con sentimiento profundo y verdadero, con
exttica contemplacin y fervoroso culto, con cierto misterioso terror
que contrae el corazn y cierra la boca. Solamente  los que as la aman
entrega el tesoro infinito de sus gracias. As la ha amado Fray Luis de
Len, el inmortal autor de la _Vida del campo_, con quien guarda nuestro
poeta, segn creo haber indicado, un estrecho y singular parentesco, y
as la amaron todos los ingenios que han sabido cantarla.

Mas el amor de la naturaleza para el Sr. Aguilera y para todos los que
residimos en la corte es un amor platnico, porque no gozamos de sus
galas y encantos. En Madrid hay unos rboles en el Retiro y unas
montaas hacia Fuencarral que los miran por encima de las torres y las
chimeneas. Lo que queda entre estas montaas y estos rboles no merece
el nombre de naturaleza. En punto  naturaleza, los madrileos no deben
alzar el gallo  nadie, porque el ms zafio y miserable labriego de
Asturias  Galicia es mil veces ms rico que ellos.

No obstante, sera poco decoroso despreciar lo que hay en casa. A m me
gusta mucho el cachito de naturaleza que posee Madrid. Aquellos rboles
del Retiro son muy hermosos, digan lo que quieran. Son hermosos por la
maana cuando, regocijados y alegres con la salida del sol, bendicen la
tierra sacudiendo sobre ella, como enormes hisopos; el roco que vino
por la noche  dormir en sus hojas. Son hermosos al medioda cuando el
sol los baa, los inunda con su luz amarilla, vistindolos de verde y
oro, como si fuesen _primeros espadas_. Entonces los ltimos vapores del
roco se disipan y se pierden en la atmsfera, la luz consigue penetrar
por mil intersticios en su interior y los hace trasparentes como faroles
venecianos, los troncos parece que estn satinados, el sol dibuja con
sus ramas negra y tremante red en la arena, y las hojas chiquitas de las
puntas relucen como monedas de oro acabadas de acuar. Son hermosos
sobre todo  la tarde, cuando se destacan sobre el azul plido del cielo
con tal limpieza que parecen recortados  tijera por una mano invisible.
Si os sentaseis debajo de uno de ellos  contemplar la muerte del da,
verais al principio regueros de luz que cambian  cada instante de
cauce, corriendo primero por la parte baja de la copa, despus por el
centro, despus por la cima, despus por ninguna parte. La sombra lo
envuelve en su manto protector, y el rbol, inmvil y silencioso, se
prepara  dormir, respirando con libertad en el ambiente fresco y
hmedo. Ms he aqu que de aquellas montaas del Guadarrama, un poco
soolientas tambin, llega una brisa spera y fra, con el exclusivo
objeto de darle las buenas noches. Una hojita que en el extremo de la
rama ms alta parece servir de viga se estremece primero dbilmente,
despus empieza  moverse con bro tocando  rebato, y todas las dems,
advertidas de la presencia del emisario, comienzan  bailar alegremente,
devolviendo su cordial saludo al Guadarrama. Cumplido este deber de
cortesa, el rbol se abandona al reposo, y duerme  pierna suelta.

Qu hermosos estn aun durante el sueo estos rboles, dibujando sus
fantsticas siluetas en el oscuro azul de la noche! Acaso no sea todo
oscuridad ni duerma todo en el interior de estos rboles. Reparando
bien, tal vez percibis el brillo suave  intermitente de una de sus
hojas. Alzad los ojos al mismo tiempo, y veris en el cielo un lucero
tan brillante como presuntuoso. Retiraos, no seis indiscretos.

Mas hgome cargo, aunque tarde, de que no estoy escribiendo la semblanza
de los rboles del Retiro, sino del Sr. Aguilera, y paso inmediatamente
 otro punto.

Qu ms se ve en el fondo azul del Sr. Aguilera?

En ese espacio difano flotan como claras estrellas dos ojos negros,
grandes, brillantes y serenos que podis ver retratados en la hoja
primera de sus _Elegas y Armonas_. Era una nia, era un pedazo del
alma del poeta, la que en otro tiempo los haca brillar con su sonrisa,
los elevaba, los adorma, los ocultaba un instante en la sombra de sus
pestaas y los haca lucir de nuevo como dos rayos de sol que hieren el
cristal de una fuente.

Cuntas veces os habris sentado en las sillas del paseo de Recoletos!
no es cierto? Pues en verdad que no habr dejado de revolotear en torno
vuestro casi siempre un enjambre de nios que juegan corriendo unos en
pos de otros y lanzando chillidos penetrantes, como golondrinas que se
persiguen por el aire.  fuerza de contemplar con mirada distrada
aquella escena bulliciosa, conclus por fijaros en una nia de ojos y
cabellos negros y vestido blanco. Os interesa su mirar melanclico y la
suavidad y elegancia de sus movimientos. Al pasar  vuestro lado muy
descuidada y risuea, la pillis al vuelo por uno de sus bracitos y la
atrais blandamente hacia vosotros, la aprisionis entre las rodillas,
tomis entre las vuestras sus diminutas manos, que parecen dos botones
de rosa, y la acariciis de mil maneras, interrogndola al mismo tiempo
sobre el juego en que se divierte, cul es su nombre, cuntos aos
tiene, cuntos hermanos, etc., etc. Al principio os mirar con ojos de
asombro y temor, se negar resueltamente  contestar y tratar de
arrancarse  vuestras caricias. Mas poco  poco ir perdiendo el miedo,
y  los cinco minutos sois los mejores amigos del mundo.  los diez ya
sabis que su hermano menor es un insoportable glotn, capaz de comerse
la parte de dulces de todos los hermanos, y algunos otros gravsimos
secretos. Al cuarto de hora, cuando su aya viene  llamarla y os
presenta la mejilla para que la besis, vuestra amistad est  prueba de
desavenencias y disgustos. Oh, bien se puede asegurar que durante este
cuarto de hora no os aburristeis poco ni mucho! Mas cuando la veis
alejarse dando graciosos brincos, no ha cruzado por vuestra mente la
idea de que pudierais tener una hija igual, y que poda morirse? S; con
seguridad ha cruzado y habis sentido todo vuestro cuerpo estremecerse
de sbito con un movimiento de terror, y habis medido con los ojos de
la imaginacin los profundos abismos del ms fiero dolor, del _dolor de
los dolores_.

Pues bien, figuraos que el padre de aquella nia es nuestro poeta y que
la ha perdido. Otro hombre no hubiera podido hacer ms que llorarla. l
la ha llorado y la ha cantado. Y su canto es el ms armonioso, el ms
sentido, el ms tierno que ha salido de su pecho. Las elegas que
Aguilera dedica  la memoria de su hija, por el profundo sentimiento que
guardan y por la delicadeza con que han brotado de la pluma, sern
ledas mientras haya poesa. Parecen escritas como fueron sentidas, en
el mismo instante en que el brillo de un lucero, los ecos lejanos de un
organillo  los lirios que crecen en un balcn traen  la memoria del
poeta su dicha pasada y su desgracia presente. Detrs de aquellas
pginas se escuchan realmente los sollozos. Voy  coger no ms que dos
perlas del collar, copiando las siguientes bellsimas composiciones:

      Debajo de mis balcones
    Parbase el saboyano;
    Ella, la msica oyendo,
    danzaba al sonido mgico,
    y yo de gozo temblaba
    como la hoja en el rbol.
      Debajo de mis balcones
    hoy se par el saboyano;
    levantar le vi los ojos
    una, dos, tres veces, cuatro...
    Y una, dos, tres, cuatro veces
    sin esperanza bajarlos!

           * * *

    No mires  mis balcones:
    por qu miras, saboyano,
    si ya no ha de salir ella
     este balcn solitario,
    para echarte la limosna
    bendecida por su labio?...
      No mires  estos balcones,
    y si vuelves, saboyano,
    la voz del rgano apaga,
    y pase por Dios callando,
    pues yo no s lo que tiene
    ay! que no puedo escucharlo.

           * * *

   --Cmo tardan estos lirios,
    cmo tardan en dar flor!--
    Me deca muchas veces
    al regar los del balcn.
   --Cuando se abran, sern tuyos
    contestbale mi voz;
    y esperando el ngel mo,
    esperando, se muri.
      Vino Mayo ay, no viniera!
    y los lirios del balcn
    su corola azul abrieron
     los cfiros y al sol.

      Y las lgrimas brillaban
    que sobre ellos vert yo,
    al dejarlos en la tumba
    donde tengo el corazn.


III

Y ahora, qu voy  decir de los defectos del seor Aguilera? He pasado
un rato delicioso escribiendo las anteriores lneas, sin curarme para
nada de ellos. Ni yo lo he sentido, ni acaso el lector lo sienta
tampoco. Encadenado al vuelo del poeta, vime suspenso un instante sobre
la tierra. Pienso (Apolo me perdone la injuria) que fu poeta el espacio
de un relmpago. No es maravilla que me pese el salir de un grato sueo
para dar con verdades fras y amargas. Es tan triste acostarse poeta y
despertar crtico! Pero Dios lo quiso, y el editor tambin. Seamos
crticos!

No satisfecho el Sr. Aguilera con expresar lo que senta bien,
verbigracia, los afectos ms arriba indicados, quiso tambin cantar en
ms de una ocasin lo que senta mal  no senta de modo alguno. De aqu
han nacido todos sus defectos. En el crecido nmero de sus composiciones
se encuentran no pocas endebles, fatigosas y descoloridas, sobre todo en
el _Libro de las stiras_, no tanto por falta de primor y elegancia en
la forma (que rara vez acontece), como por falta de verdad y de bro en
la inspiracin. El Sr. Aguilera ha incurrido en un vicio, harto
frecuente por desgracia en nuestra poca; el de acudir  lugares
comunes,  frases llevadas y tradas por todos los que comercian con las
Musas. Los lugares comunes en filosofa admiten excusa y hasta prestan
utilidad, mas en el Parnaso son rechazados y perseguidos como animales
dainos. No es posible encarecer bastante el horror con que las Musas
miran la poesa de estereotipia, tan en boga al presente. Dicen ellas, y
yo soy de su opinin, que cuando el poeta no tiene nada nuevo que decir
 no encuentra nueva forma en que expresarlo, debe callarse.

Puesto ya  censurar, tambin dir que el seor Aguilera introduce
alguna vez en sus poesas lecciones de moral que encajaran mejor en una
pltica de Semana Santa. Una cosa es componer poesas, y otra dirigir
pastorales  los catlicos de una dicesis. Tambin dir que acostumbra
 desleir sobradamente los conceptos, dando esto por resultado el que se
pierda,  debilite al menos, el efecto que deben producir, comunicando
al propio tiempo  sus composiciones cierta languidez, que alguno
pudiera calificar de inanicin. Tambin dir que la aficin  poner
estribillo en una gran parte de sus poesas, produce en ciertos casos el
efecto apetecido de moverlas y animarlas; mas en otros, quiz por
rechazarlo la ndole del asunto,  por no acertar  poner el que
conviene, las hace pueriles unas veces, y otras artificiosas.

Pero no dir ms; que ya me voy avergonzando de echar en cara estas
menudencias  un tan insigne y excelente poeta.

[Illustration]




D. GASPAR NEZ DE ARCE


[Illustration: A]UNQUE parezca descorts y hasta irreverente dar
comienzo  la semblanza de un poeta con una apologa de la prosa, tengo
razones poderosas para escribirla, y la he de escribir, si en ello
hubiera de irme la fama de atento y comedido. No la escribo porque tenga
en aborrecimiento el verso; que el hecho mismo de consagrar mi pobre
ingenio al estudio de los poetas dice bien claramente lo contrario.
Tampoco porque juzgue, como algunos, que es el verso un lenguaje propio
de la infancia de los pueblos y opuesto  la gravedad de nuestra poca,
y que ha de llegar un da en que desaparezca totalmente. Para m el
verso es y ser eternamente el lenguaje genuino de la poesa. Y cuenta
que lo dice un hombre tan pudoroso en esta materia, que para l las
columnas de _La Ilustracin Espaola y Americana_ son selvas vrgenes
donde nunca ha osado poner el pie: incapaz, por consiguiente, de meterse
con nadie ni de escribir un mal soneto,  no ser que le hurguen mucho y
de mala manera: en cuya fe quiere vivir y espera morir. Mas el verso,
como todas las grandezas de la tierra, no necesita apologistas. Por el
hecho de existir pregona su excelencia; mientras la prosa, la prosa vil,
al tenor de las causas malas, necesita campeones que salgan  su
defensa. No es bizarro el que ahora se presenta, pero s bastante
cazurro, y ha de suplir, ciertamente, con zancadillas y trazas de mala
ley lo que le falta de arrojo. Mucho cuidado con l.

La prosa no es bonita, debo confesarlo, pero no me nieguen ustedes que
es muy expresiva. Tiene las facciones abultadas  incorrectas, le falta
majestad y dulzura en los movimientos, es spera, indmita y arisca,
todo lo que ustedes quieran; pero no me nieguen ustedes que es muy
expresiva. Oh, s, es muy expresiva! El alma se ve muy pronto por sus
ojos grandes y oscuros. En sus posturas descuidadas y caprichosas, en
sus movimientos desordenados y bruscos, en sus arrebatos y en sus
desmayos, hay  veces mucha gracia. Y luego, tiene unas salidas! Nunca
puede estar tranquila ni caminar con paso mesurado y sereno.  cada
instante se siente acometida por la necesidad de alargarlo  acortarlo.
Viene un perodo amplio, terso y sonoro, de esos que piden  todas horas
los pseudo-clsicos, sin saber lo que piden; en pos de l, otro breve y
palpitante como el corazn que lo dicta. Aparece uno suave y
almibarado, como el requiebro de un adolescente, y  toda prisa surge
detrs otro seco y spero que le deja cortado. La prosa, en fin, odia de
muerte la monotona, y procura demostrrselo en cuantas ocasiones se
presentan. Quizs por eso se eleva rara vez al cielo. El cielo es
hermoso, pero es montono.

Mas si no consigue volar por el cielo sereno y lmpido, en cambio
discurre admirablemente por la tierra. Alguna vez se mancha con sus
lodos y se pincha con sus abrojos, pero sabe lavarse inmediatamente en
sus claras fuentes, y curarse con el blsamo de sus flores. No se
desdea de andar  pie por los parajes ms escabrosos, ni penetrar en
los lugares ms humildes. A menudo se la ve pararse ante un objeto
nfimo y despreciable, iluminndolo y describindolo con amor.  veces
tambin,  semejanza del mar, sabe reflejar el azul del cielo.

No se me oculta, sin embargo, que se la mira generalmente con desprecio.
No se me oculta que al ver  la prosa entrarse por un hospital, por una
fbrica  por una taberna con la mayor frescura, y ponerse  referir
cuanto all ocurre, por insignificante y hasta despreciable que sea, hay
muchos que dicen pestes de ella, y se creen humillados al leer lo que
juzgan indigno de toda atencin. S de sobra que hay mucha gente para
quien no existe ni puede existir arte alguno en la descripcin del catre
en que duerme un nio desamparado y pobre,  en la de la faena de un
rudo labrador,  en la del tocado breve y sencillo de una costurera.
Ah! Tal vez se figura esa gente que no se encuentra  Dios ms que en
la sublimidad de la bveda celeste poblada de astros luminosos,  cuyo
lado el que habitamos no es ms que un leve grano de arena. Si tal se
figura, es que no ha mirado jams en una gota de agua por el lente de un
microscopio. Habiendo mirado, no dejara de comprender al instante que
es tan fcil llegar  Dios por lo infinitamente pequeo como por lo
infinitamente grande.

Tampoco la prosa carece de ritmo en absoluto. Su ritmo es mucho ms
hondo y arcano que el del lenguaje mtrico, mas no por eso deja de
existir. Un odo delicado lo percibe como blanda y recndita msica
dentro de una selva oscura. Quin osar negar el ritmo, el nmero y la
armona  la prosa de Cervantes, Feneln  Manzoni? No ser yo quien
cargue con semejante responsabilidad. Lo que hay es que el ritmo de la
prosa no es uniforme y continuo como el de la versificacin. Los vientos
del pensamiento lo agitan  su capricho y le hacen variar  cada
instante de rumbo, sin darle jams punto de reposo. La prosa, mejor que
el verso, obedece  las insinuaciones del espritu, dejndose llevar
cual dcil pluma, unas veces por regiones serenas y tranquilas, otras
por parajes revueltos y oscuros...

Pero basta ya de panegrico; que tal suma de perfecciones voy acumulando
sobre la prosa, y tan devoto de ella me presento, que temo murmuren las
malas lenguas.

Lleg el instante, por m bastante temido, de dar explicaciones sobre
las causas que engendraron este inoportuno panegrico. Y la verdad, si
ustedes pudieran pasarse sin ellas, me alegrara en el alma, porque no
tengo deseo alguno de manifestarlas. Mas ustedes no pueden pasar sin
explicaciones, por ms que la galantera les mueva  decir otra cosa, y
aunque me pese, creo hallarme en la obligacin de remediar su justa
curiosidad.

Y por qu siento dar explicaciones? Dirlo de una vez: porque temo que
estas explicaciones no agraden al Sr. Nez de Arce. Tal temor, si bien
se nota, es ms lisonjero que ofensivo para el Sr. Nez de Arce, puesto
que si yo no le respetase y admirase muy de veras,  buen seguro que no
me turbara ms ni menos. Mas, por desgracia, s lo peligroso que es
decir  una mujer hermosa que no es la ms hermosa del mundo,   un
poeta inspirado que no es el ms inspirado de todos los poetas. Desde
Homero hasta Revilla, no ha habido jams poeta alguno que escuchase con
calma una afirmacin parecida. Compadzcanse ustedes de mi situacin, y
por Dios me den algunos alientos, que harto los necesito. Comienzo.

Reconozco, como tendr ocasin de mostrar en el presente artculo,
muchas y notables dotes de poeta en el Sr. Nez de Arce, mas he dado en
imaginar que las tiene an ms notables y sobresalientes de prosista.
En las cortas pginas que lleva escritas en prosa, he pensado reconocer
casi todas las cualidades que distinguen  los grandes prosadores;
flexibilidad, nmero, concisin, elegancia, naturalidad, energa. Si se
me apurase, tal vez llegara  decir que en el gnero histrico es donde
pudiera alcanzar mayores lauros. Tengo la creencia de que si el seor
Nez de Arce hubiese dedicado su pluma  la historia, dejara
oscurecidas, por lo que toca al aspecto literario, las glorias de todos
nuestros historiadores, excepto Mariana. Y aqu me salta al encuentro
cierta semejanza que hace tiempo he observado entre nuestro poeta y otro
de la nacin portuguesa: Alejandro Herculano. A entrambos los
caracteriza la austeridad del pensamiento, la virilidad y firmeza del
tono y la sobriedad de la diccin. Pero Alejandro Herculano, que no pasa
de notable poeta, fu un eminentsimo prosista, el ms eminente quiz de
cuantos ha producido la Pennsula Ibrica, en este siglo, dejando, como
es sabido, en la historia y en la novela monumentos perdurables del arte
literario. Sentir ahora el Sr. Nez de Arce que le compare 
Herculano?--Lo sentir, estoy seguro de ello; y lo sentir, porque la
comparacin, como dicen los filsofos, slo es exacta _en potencia_,
dado que el Sr. Nez de Arce no ha querido hasta el presente mantener
relaciones duraderas con la prosa. Respetando, como me cumple, su
acuerdo en este punto, permtaseme deplorarlo, en gracia siquiera de la
desgraciada defensa que de aqulla acabo de hacer. Y ya no necesito
decir ms para explicar el raro modo de dar comienzo  este artculo.

Mas ya que me veo forzado  juzgar en el Sr. Nez de Arce al poeta y no
al prosista (como fuera mi gusto), debo empezar declarando que ciertas
cualidades que el Sr. Nez de Arce posee en alto grado, esenciales para
el prosador, no lo son tanto en mi concepto para el poeta,  saber: la
concisin y la energa. Nada ms frecuente, cuando se quiere ensalzar la
musa del Sr. Nez de Arce, que apellidarla viril, como si con este
adjetivo quedase hecha su apologa por completo y no hubiese ms que
decir. Es ms: hasta he ledo juicios crticos en que se considera esta
cualidad como la ms alta y suprema que el poeta puede recibir del
cielo. No lo entiendo yo as. Medrados estaramos si no hubiese ms que
virilidad y fuerza en la poesa, si el poeta hubiese de cantar por
necesidad  todas horas asuntos  temas viriles! Tanto valdra afirmar
que en el terreno metafsico, la belleza y la forma se confunden. Por
fortuna no es esto cierto en ningn terreno. El elemento femenino ha
jugado, juega y jugar un papel principalsimo dentro del arte. En la
humanidad, la belleza no est representada por el hombre, sino por la
mujer. Y la naturaleza, si es sublime en sus aspectos  momentos
terribles, bella no lo es ms que en los de calma y sosiego, y en los
lugares apacibles y amenos.

Tampoco hay que confundir la energa de la expresin, que es ingnita 
todo el que se halla bien penetrado de un sentimiento, sea ste tierno
 viril, con la ndole de los afectos que animan al poeta. Espronceda es
ms enrgico para m en su _Canto  Teresa_ que Quintana cantando el
combate de Trafalgar. Y es porque,  mi entender, le tenan con ms
cuidado  Espronceda las liviandades de su querida, que  Quintana la
derrota de la escuadra hispano-francesa.

Por lo dicho, y por algo ms que me callo, no soy tan gran admirador
como otros de los poetas viriles (cuando la virilidad reside en la
naturaleza del asunto  en el tono, y no en la mayor  menor energa del
sentimiento). As que no doy la estimacin que aqullos  la virilidad
del Sr. Nez de Arce. Pudiera muy bien ser ms viril que Adn, padre
del gnero humano, y no tener pizca de poeta. Si lo es, y excelente, no
lo debe  los temas viriles que elige para sus composiciones, ni al tono
elevado que adopta para cantarlos, sino  su ingenio y fantasa.

En cuanto  la concisin, cierto que es una dote que puede cuadrar bien
 un poeta; pero no le es tan indispensable como al prosista. Conviene
distinguir adems la concisin  sobriedad de la frase de la precisin y
fijeza de los conceptos. La primera puede enaltecer las producciones de
un poeta: la segunda no hace ms que confundirle con el prosador. El
verso es semejante  la msica, y como sta, sirve para expresar lo ms
vago, lo ms delicado, lo ms inefable de los sentimientos humanos.
Cuando se le obliga  decir cosas que la prosa puede expresar tan bien
 mejor que l,  mi juicio, se le desnaturaliza. Esto hace en ocasiones
el Sr. Nez de Arce. Algunas de las composiciones insertas en los
_Gritos del combate_ parecen escritas en prosa sonora y rimada, y
semejan manifiestos polticos en verso, ms que verdadera y limpia
poesa.

Llevar, por ventura, la musa poltica el feo vicio del prosasmo? No
lo s; mas cuando echo la vista  los frutos que ha dado en este siglo
dentro y fuera de Espaa, me siento inclinado  pensarlo. Aunque fijemos
nuestra atencin en lo ms selecto, por ejemplo, en Quintana y Bernger,
yo encuentro el prosasmo (el prosasmo del concepto y del sentimiento,
que es mil veces peor que el de la frase) cebndose saudamente en un
gran nmero de sus composiciones, por ms que el primero aspire 
disfrazarlo con la pompa del estilo, y el segundo con su donaire. Me
parece que en esto no hago ms que seguir la opinin general, porque la
fama de ambos poetas ha desmedrado notablemente con el tiempo. No quiero
decir, sin embargo, que la poltica no pueda inspirar en ocasiones  los
poetas grandes, bellos y atrevidos pensamientos, aunque s imagino que
la poltica antigua, entregada al acaso   los golpes de la fortuna y 
la espontaneidad de las fuerzas individuales, serva mejor para el caso
que la moderna, sometida casi por completo  una serie de reglas
complicadsimas que la convierten en una maquinaria inflexible y
montona. Padilla luchando  campo abierto en Villalar con el emperador
Carlos V, es una figura potica; pero un general que se pronunciara hoy
con unos cuantos batallones en favor de la _descentralizacin_, no lo
sera gran cosa. Y es porque en el instante en que las ideas dejan de
formar parte de nuestra vida, de nuestra carne, si pudiera hablar as,
como en el caso de Padilla, para convertirse en abstracciones, se
deshace su encanto. El poeta no quiere abstracciones, sino figuras
vivas, imgenes, algo visible y palpable que infunda calor en su corazn
y en su fantasa. El Sr. Nez de Arce ha cado en el mismo vicio que su
maestro Quintana, y como l ha procurado velar lo descarnado y prosaico
del pensamiento con la magnificencia del estilo. Esto no obstante, debo
hacer una declaracin que va  estremecer profundamente muchas orejas
clsicas. Para m, el discpulo posee ms cualidades de poeta que el
maestro. Est muy lejos de superarle, ciertamente, en la profundidad del
pensamiento, ni en el vigor y armona de la elocucin potica, pero le
lleva ventaja en el calor y riqueza de la fantasa, que, por ms que 
ello se opongan los pseudo-clsicos, es lo que eternamente caracterizar
al poeta. No manejar la lengua con tanto imperio y maestra, ni
escribir unos versos tan audaces como los de Quintana, pero ste
tampoco escribira ni el _Idilio_ ni el _Raimundo Lulio_ de nuestro
poeta.

No es slo la poltica la que inspira al Sr. Nez de Arce, aunque s le
preocupa con exceso. Hay otro orden de pensamientos que le atraen, le
alteran y le mortifican, como puede verse leyendo sus _Gritos del
combate_; y son los del orden religioso. No me asombra. Las cosas de
ultratumba nos traen revueltos  muchos que no tenemos nada de poetas.
Hasta aqu, por consiguiente, el Sr. Nez de Arce no es ms que uno de
tantos. Conviene ahora saber si esta preocupacin constante de la mayor
parte de los hombres en el da inflama su espritu y le presenta nuevas
y originales bellezas, pues es de lo que se trata.

Nuestro poeta se empea en hacernos creer que su espritu vive presa de
la duda ms cruel, que no puede deshacerse de ella, que en todos los
parajes y ocasiones le acompaa y le persigue, etc., etc. Y  la verdad,
lo que se vislumbra en las poesas del seor Nez de Arce no es un alma
atormentada por la duda, sino un hombre descredo que echa menos sus
perdidas creencias. Esto, que hasta cierto punto es una falta de
sinceridad, de la cual tal vez el mismo poeta no se d cuenta perfecta,
contribuye poderosamente  que tales poesas no hieran la fantasa ni
conmuevan el corazn de quien las lee. Otra razn hay para que estas
composiciones, bien entonadas, correctas y armoniosas, no nos hieran muy
vivamente; y es que los pensamientos en ellas esparcidos tienen ms de
cientficos que de poticos. Son los pensamientos que se ocurren  un
hombre de talento, y no  un poeta. El Sr. Nez de Arce no ha sacado
partido del estado de incertidumbre  de incredulidad en que
necesariamente han de vivir los poetas de esta poca. Byron, Schiller,
Heine, Musset, Leopardi y otros varios, han credo, han dudado, han
descredo. Todo esto se trasluce con bastante claridad en sus obras,
aunque ellos muy rara vez nos lo digan concretamente. Y la enfermedad
que les devora presta  sus poesas diversas tintas  colores, segn los
estados por que atraviesa; unas veces oscuros y lgubres, otras vagos y
desvados, otras dulces y melanclicos. Pero siempre, siempre buscando
la belleza con admirable instinto. As que, para m, sus figuras son
mucho ms interesantes y amables que la del Sr. Nez de Arce, el cual
se revuelve airadamente contra su siglo y contra Voltaire, Darwin y todo
el cortejo de filsofos modernos,  quienes achaca la culpa de que l no
viva feliz y satisfecho. Es muy lamentable; mas para el arte es an ms
lamentable que la duda  el esceptismo no hayan logrado descubrir
tesoros de ms vala dentro de su espritu.

Los defectos que dejo apuntados proceden, si no en todo, en gran parte
al menos, de que el Sr. Nez de Arce no est completamente en su cuerda
en la poesa lrica. La ndole de su ingenio y de su inspiracin es
mucho ms pica que lrica. Y si fuera permitido  un hombre humilde y
desautorizado, como yo, invocar el auxilio de dos palabras tan augustas,
dira que es ms objetiva que subjetiva. Lejos de mi la idea de entrarme
de rondn, por esto, en el dominio de las divisiones literarias. Entre
todos los espaoles que saben leer y escribir, no habr otro menos
amigo de clasificaciones. Creo que las divisiones en el arte son como
las que se hacen en el mar: tan pronto hechas como borradas. Pueden los
retricos  su antojo dividir el arte en gneros,  semejanza de los
astrnomos que dividen el firmamento en zonas para mejor estudiar sus
estrellas. Dios en el cielo y el poeta en el arte nunca tendrn en
cuenta para nada tales divisiones. Mas una cosa es trazar
clasificaciones y otra determinar el carcter y naturaleza de la
inspiracin de un poeta.  esto nicamente me dirijo cuando digo que el
Sr. Nez de Arce es ms pico que lrico.

Como poeta lrico, carece de aquella delicadeza y escrupulosidad con que
los grandes modelos exploran todos los pliegues de su alma y sondean sus
ms profundos misterios; carece de aquella exquisita sensibilidad que
les mueve de un modo irresistible  exhalar sus afectos. Pero en cambio
su imaginacin viva y osada, su briosa entonacin y su maestra para
describir y narrar, le estn pregonando como un gran poeta pico. As lo
ha comprendido l mismo al cabo, decidindose  escribir algunos poemas
que son los cimientos ms seguros de su gloria. Entre ellos, dos, el
titulado _Raimundo Lulio_ y el que por un extrao capricho titula
_Idilio_, compiten con lo ms hermoso y selecto que este siglo puede
ofrecer en poesa  los futuros.

El _Idilio_ es una prueba ms de que en la vida lo pequeo es muchas
veces lo grande. Casi tantas como lo grande es lo pequeo.

Lo pequeo y lo grande! Quin se atrever  decidir sobre uno y otro?
Cuando nios nos hacen llorar cosas que hacen reir  los hombres. Me
negaris que aquellas lgrimas son tan sinceras y tan vivas como todas
las dems que se vierten en el mundo? Cuando jvenes nos desesperan 
nos arrebatan de alegra ciertas cosas que los viejos desprecian. En
cambio los jvenes suelen mirar con soberano desdn otras que preocupan
 los viejos. Y si esto acontece en un mismo hombre, qu no suceder
entre hombres diferentes? Preguntadle al comerciante de enfrente qu es
lo que opina del ruido que hacen las hojas al caer ahora por otoo.
Preguntadle  un poeta qu juzga de la subida de los algodones.
Preguntadle  una madre que ve  su hijo partir  la guerra qu es lo
que opina de la autonoma de los Estados. Preguntadle  un diplomtico
cunto le preocupa el dolor de aquella madre. Lo pequeo y lo grande!
Quin se atrever  decidir sobre uno y otro?

El asunto  tema del _Idilio_ del Sr. Nez de Arce quizs ser para
otros muy pequeo; para m es muy grande. La amistad cndida y pura de
un nio y una nia que crecen bajo un mismo techo, transformada por
virtud de la edad y de cierta separacin en amor apasionado: el trmino
fatal que la muerte viene  dar  este naciente amor. As es el tema en
resumen. He dicho que para algunos tal vez ser pequeo, porque los
hombres suelen  menudo burlarse de estos afectos  pasiones de la
adolescencia y llamarlos nieras. Quiz tengan razn; mas antes que yo
se la d, precisa que me demuestren que los afectos  apetitos que
despus cautivan su alma valen ms que estas nieras. Que estos hombres
pongan la mano en su pecho y me digan ingenuamente si  los cincuenta
aos de edad se sienten ms nobles, ms desinteresados, ms valerosos,
ms compasivos y ms prontos al sacrificio que  los diez y ocho. Que me
digan tambin si los sustanciosos devaneos de la edad viril les han
proporcionado ms goces y menos remordimientos que los amores tontos y
platnicos de la adolescencia. As que me lo digan (y yo los crea),
renunciar de buen grado  parar mientes en tales menudencias. Mientras
tanto, no extraen ustedes que adore estas nieras, considerndolas
como flores que exhalan su fragancia, no slo por los aos en que viven,
sino aun por toda la existencia cuando se guardan como preciosas
reliquias dentro del corazn. Sigamos ahora con la niera del Sr. Nez
de Arce.

Aunque no tenga  la vista su precioso _Idilio_, y lo haya ledo hace ya
bastante tiempo, recuerdo muy bien todos sus detalles; prueba
incontestable de que me ha impresionado fuertemente. Recuerdo aquella
partida del estudiante novel  la ciudad, aquel caballo overo que
aguarda  la puerta, aquella tierna despedida de la madre, la reprimida
aunque no menos tierna del padre, y la triste y candorosa de la hurfana
que ha sido su compaera; recuerdo su gozosa vuelta, sus inocentes
recreos, aquel carro del vecino en que tornaba  su casa por la tarde;
recuerdo aquella esquivez incomprensible para l de su compaera de la
infancia; recuerdo aquella tarde en que  solas con sus pensamientos
trepa al castillo derrudo, y la magnfica descripcin que el autor hace
entonces de los campos de Castilla, la tempestad que le sorprende en
aquel sitio y su fatal cada; recuerdo aquel rostro angelical que el
estudiante ve siempre cerca de su lecho, y que apenas se pone bueno
desaparece; recuerdo aquella delicada y naturalsima declaracin de
amor, las nobles promesas de la madre, la nueva partida, la nueva
vuelta... En fin, lo recuerdo todo, y todo me encanta hasta un grado
indecible. Yo s dnde est el secreto del hechizo que para todo el
mundo tiene este poema. S, yo lo s. No hay en l otro secreto que la
verdad del sentimiento. Cranme ustedes, cuando un autor siente una
cosa, tiene mucho adelantado para hacer sentir con ella  los dems.

De muy distinto modo, pero no con menos fuerza, me ha impresionado la
lectura de _Raimundo Lulio_. Trtase de un personaje tan insigne, y al
mismo tiempo tan misterioso, que cuanto  l se refiera no puede menos
de tener mucho inters y excitar la imaginacin. Raimundo Lulio es el
faro que desde una isla del Mediterrneo esclarece las tinieblas de la
Edad Media.

Lo que sirve de argumento al poema es un episodio de su vida terrible
hasta lo sumo, y tan dramtico... Pero antes de pasar ms adelante,
necesito escribir una carta al Sr. Nez de Arce. Suplico  ustedes el
favor de entregrsela en propia mano y no leerla por el camino.



           Sr. D. Gaspar Nez de Arce.

     Muy seor mo y de mi mayor aprecio: Si algo puede con usted la
     sincera admiracin, y aun el cario que le profeso, acoja con
     indulgencia la respetuosa splica, con honores de consejo, que voy
      hacerle.

     Por su propio inters y por el de la poesa espaola, que tiene en
     usted un tan ilustre representante, le ruego que cuando llegue el
     da de dar  la estampa una nueva edicin de su RAIMUNDO LULIO, vea
     de modificar, enmendar,  para mejor hacer, suprimir la
     introduccin que le pone, dedicada  un amigo de la infancia. Las
     razones que para desear tal supresin tengo son las siguientes:

     1. La introduccin me parece,  ms de inoportuna, prosaica, y que
     no corresponde al tono inspirado y majestuoso del poema.

     2. Las pestes que usted dice en ella de la ciencia me parecen
     indignas de quien se llama  rengln seguido hijo de su siglo.

     3. El supuesto de que Raimundo Lulio, desengaado de la ciencia,
     cuyo smbolo es Blanca de Castelo, dijo adis al mundo me parece
     falso. Lo que se saca de la vida de este varn, siendo tambin lo
     ms lgico, es que, desengaado del mundo, busc abrigo en la
     religin y en la ciencia.

     4. Aun concediendo que todo fuese cierto, nunca debi usted
     declarar que Blanca de Castelo es un smbolo. Estas declaraciones
     se dejan para los crticos, retricos y dems gente menuda. El
     poeta debe amar los hijos de su fantasa como si fuesen de carne y
     hueso; por lo que son, y no por lo que pueden representar.

     Perdneme el atrevimiento, en gracia del afn que siento por no ver
     deslucida una joya de tanto precio. Y considere que convertir una
     figura hermosa y divina, como la de Blanca de Castelo, en una
     abstraccin, es un sacrilegio casi tan grande como el de su amante
     al penetrar en el templo  caballo.

     Suyo, devoto y afectsimo,

                          A. PALACIO VALDS.



Calificaba ms arriba el episodio que se narra en el _Raimundo Lulio_ de
terrible y dramtico. As es, en efecto. El amor impuro y fogoso del
protagonista recibe una leccin tremenda, como venida de aquel cielo
triste y severo de la Edad Media. El sacrlego jinete que penetra en el
templo haciendo chasquear las herraduras de su caballo contra los
mrmoles sagrados; la airada muchedumbre que le recibe primero con sordo
rumor y despus le acosa por las calles; el lbrico insomnio que le
acomete ms tarde; la misteriosa cita; la escena viva y exaltada en que
la pasin del fogoso mancebo se desborda:

      Y estall con sus clusulas de fuego,
    con su expresin incoherente y rota
    por el halago y la pasin y el ruego:

      con ese dulce cntico que brota
    al fecundo calor de una mirada,
    y lleva una ilusin en cada nota;

      con esa breve frase entrecortada
    que, al morir en los labios, adivina
    el corazn de la mujer amada,

      msica de la almas, peregrina,
    que con suspiros trmulos empieza
    y con vibrantes sculos termina;

el horror de que se siente posedo al contemplar el seno de su amada
_carcomido por repugnante llaga cancerosa_... todo es sombro y
pattico; todo est pintado con tal bro, con toques tan seguros y
enrgicos, que nos hiere y nos conmueve profundamente. Causa verdadera
maravilla la sobriedad de diccin con que est escrito este poema.
Apenas huelga una sola palabra. Y, sin embargo, por un poderoso y casi
inconcebible esfuerzo, todo est dicho, y todo est bien dicho. La
fantasa del poeta es en esta ocasin como una lente, que ata y hace
pasar los mil rayos del sol por un punto. El tono es grave y solemne,
como conviene al narrador. Slo un gran poeta puede hacer hablar  un
personaje como Raimundo Lulio, grande de por s y engrandecido adems
por el tiempo y el misterio, sin empaar el brillo que adquiri en
nuestra imaginacin.

Despus de leer este poema, quin no se convencer de que el Sr. Nez
de Arce no debe pulsar ms cuerda que la pica? El rpido y majestuoso
desenvolvimiento de la accin, la firmeza y dignidad de los caracteres,
la verdad de las descripciones, aquel concebir osado y aquel decir grave
y conciso, no dejan lugar  duda sobre este punto. Por esta va debe
marchar, y por ella confieso que ha marchado de algn tiempo  esta
parte. Los ltimos poemas que di  luz son brillantes y hermosos. No
obstante, el Sr. Nez de Arce, estoy seguro de ello, tiene fuerzas para
hacer mucho ms todava. Quisiera verle acometer una empresa grande y
digna de su inspiracin; una empresa que le inmortalizara, como al
autor de _Fausto_  al de _Manfredo_. Los tiempos no se prestan  ello,
bien lo conozco. Si tuviese la fortuna de escribir algo semejante, la
crtica igualitaria que al presente se usa nunca le perdonara el haber
rebasado la lnea de los Grilo, Blasco, Retes, Herranz, etc., etc. Las
flores ms bellas de su imaginacin quiz seran rodas como avena 
paja. Y si, por ventura, resultaba que el poema era un s es no es ms
subjetivo  objetivo de lo que le correspondiese de derecho, ya le caa
obra al Sr. Nez de Arce!

Con todo eso, no dejar de aconsejarle que emprenda su poema. Demos que
tenga muchos defectos y que stos no sean imaginarios, sino verdaderos y
efectivos; si las bellezas que haya en l son dignas de la inmortalidad,
inmortal ser el poema con todos sus defectos. Los defectos! Moratn
encontraba el _Hamlet_ atestado de ellos. Y, sin embargo, cunto ms
vale dormir alguna vez como Shakspeare que andar siempre tan vigilante y
avispado como Moratn!

[Illustration]

[Illustration]




D. MANUEL DE LA REVILLA[10]


[Illustration: R]EVILLA!--He aqu un nombre que hace soar, como esas
nubes rojas que se amontonan en el horizonte al declinar a tarde, para
servir de lecho al sol en su cada. Hay en este nombre algo de vago y
misterioso que fascina el espritu y lo inclina  meditar. Cuando lo
escuchamos, sin saber por qu, viene  nuestra mente el recuerdo
punzante de una flor que hemos deshojado,  el de una voz que nos
cantaba al odo cuando nios para dormirnos,  el de unos labios
ardorosos que rozaron nuestra mejilla en otro tiempo,  las notas
suaves, tiernas, pursimas de la metafsica neo-kantiana. Si se me
preguntara dnde est el secreto de tal fascinacin, no podra contestar
satisfactoriamente. Para m no est en que el seor Revilla sea
filsofo, y sea poeta, y sea orador, y crtico, y catedrtico, y
revistero de teatros. Cada una de estas cualidades de por s, estoy
seguro de que no le hara el blanco de la admiracin de sus
contemporneos. Mas ha de existir entre ellas una singular y extrasima
relacin, inextricable para el espritu, mediante la que el fenmeno
indicado se realiza. De tal suerte, que si el Sr. Revilla fuese orador y
poeta, y no fuese filsofo al mismo tiempo, perdera por eso slo la
inmortalidad; y si fuese orador, poeta, filsofo y catedrtico, y no
tuviese adems la cualidad precisa de revistero de teatros, es como si
no fuese nada para el efecto de la fascinacin. El Sr. Revilla es, pues,
el resultado feliz de una agregacin de elementos diversos, cuyo modo de
enlazarse  combinarse slo Dios conoce. La naturaleza nos est
ofreciendo  cada paso ejemplos admirables de estas dichosas
combinaciones. Suprimid  cierto paisaje el mar que se divisa  lo lejos
 la montaa que se levanta imponente sobre l, y perder su carcter y
no atraer vuestra atencin. El Sr. Revilla es como un paisaje (en este
respecto nada ms): no es posible quitar ni poner en l cosa alguna, sin
privarle de su efecto.

Desde muy temprano ha reconocido en s mismo una vocacin decidida 
influir sobre su siglo, y siguiendo los nobles impulsos de su alma, no
ha querido privarle de ninguno de aquellos medios por los que un hombre
puede influir sobre un siglo. Bien sabido es de todos que el primero y
ms poderoso es la gravedad. Nada hay tan pernicioso, y por
consiguiente, nada tan aborrecible, en mi pobre opinin, como las
expansiones jocosas  burlescas en todos los puntos de vista que se las
considere. Porque no slo han sido y son una rmora para el progreso
moral y material de las naciones, sino, lo que es an peor, han servido
ya en algunas ocasiones para poner en duda el ingenio y la sabidura del
Sr. Revilla. Qu tiempos los nuestros! Ya no existe para este siglo
menguado nada de respetable ni digno de ser mirado seriamente. Escribe,
pongo por caso, el Sr. Revilla uno de sus artculos guarnecidos y
bordados de primorosas metafsicas, y sin ms ni ms, salta un
cualquiera diciendo, con cierta vaya impertinente, que aquel artculo es
una coleccin de lugares comunes, un tejido de frases huecas arrancadas
al tecnicismo filosfico para imponer respeto  la gente ignorante, al
modo que se fija en las huertas un mueco de paja para espantar  las
aves inocentes. Por eso la gravedad del Sr. Revilla es un dulce y
apetecible oasis en este vasto arenal de liviandades.

Aunque ya he hablado de ella en otra ocasin, slo fu por incidencia;
as que no me considero relevado de la obligacin de consagrarle algunas
palabras. Y la primera cuestin que se presenta es la siguiente: La
gravedad del Sr. Revilla es de nacimiento, esto es, puede considerarse
como una dote otorgada graciosamente por el cielo,  es una cualidad
adquirida en virtud de un largo y penoso aprendizaje, de prolijos afanes
y desvelos? No es tan fcil como  primera vista parece la resolucin de
este problema. Mirando el asunto por encima, y teniendo presente nada
ms que lo rara que es hoy esta cualidad, aun entre los hombres ms
favorecidos por la Providencia, es fcil deducir que el Sr. Revilla ha
llegado  ella por el trabajo y el estudio. Esta facilidad arrastr 
muchos al error. Cualquiera que se fije un poco, comprender que la
gravedad del Sr. Revilla tiene un no s qu de agreste, indmito y
bravo que la distingue perfectamente de las dems gravedades imitadas
 contrahechas. Es una de esas gravedades que aparecen muy de tarde en
tarde en la historia humana, y por lo tanto, considero absurdo el
suponer que est en manos del hombre el adquirirla. Para encontrar algo
parecido, es preciso remontarse  los primeros tiempos de Roma. Aseveran
los historiadores ms fidedignos que Numa Pompilio no conoci la risa,
aunque s aaden que, en sus conferencias con la ninfa Egeria,
acostumbraba sonreir una que otra vez, pero slo por complacencia. Mi
profesor de psicologa, lgica y tica, tambin posea en cierto grado
esta cualidad; por lo cual, hoy que la edad me ha enseado  juzgar
mejor  los hombres, no puedo menos de reconocer que, aunque oscuro, era
un hombre muy notable. No vaya  creerse, sin embargo, que intento
comparar la gravedad del catedrtico de psicologa, lgica y tica con
la de Numa Pompilio y Revilla. Oh, no! Cuando el Sr. Revilla, despus
de tomar convenientemente las medidas  una obra literaria, la califica
de _predominantemente subjetiva_, y por ello la condena, como es justo,
 una eterna execracin, es tan serena y tan augusta su frase, palpita
tanto herosmo dentro de ella, que el espritu se engrandece y se
inflama, y es preciso acudir  los recuerdos de la Ilada,  Hctor, 
Dimedes,  Menelao, para observar algo semejante.

Y aunque muy fuera de sazn, no quiero pasar ms adelante sin formular
una pregunta que constantemente se est presentando en mi espritu. Es
la siguiente: Cmo el Sr. Revilla, sin imaginacin alguna, sin gusto,
sin ingenio, y con una ilustracin tan superficial, juzga con tal
grandeza las obras de arte que le ponen delante? Repito que muchas veces
me hice esta pregunta, y siempre conclu pensando que en el Sr. Revilla
existe algo extraordinario que, aun sin darse acaso l mismo razn de
ello, le mueve  dictar sus fallos; algo que, despus de encenderle,
como  la pitonisa griega, le inspira y le sostiene sobre el trpode,
circundando su frente con la aureola del misterio. Este algo, digmoslo
de una vez, no puede ser otra cosa que el genio[11]. El genio, slo el
genio puede volar tan alto sin necesidad de los medios que los humanos
juzgamos indispensables.

Deca que la pregunta estaba fuera de sazn, y como ustedes han podido
ver, era muy cierto. Sin embargo, ya se sabe que estas informalidades 
impertinencias son en m frecuentes, y no hay que asombrarse. Por algo
gozo fama entre mis enemigos (porque aqu donde ustedes me ven tan
jovencito y tierno, ya me permito el lujo de tener enemigos) de crtico
subjetivo entre los subjetivos. Soy como si dijramos un crtico lrico,
pues la subjetividad es lo que caracteriza al gnero lrico, mientras el
Sr. Revilla,  juzgar por su inflexible talante y por la opaca
sublimidad de sus formas, es un crtico pico. De la combinacin de lo
lrico con lo pico, como han demostrado hasta la saciedad Hegel y el
Sr. Revilla ya saben ustedes que nace lo dramtico. Por consiguiente,
vean ustedes lo que son las cosas: el da que al Sr. Revilla y  m nos
d la gana de reunimos en la mesa de un caf, pongo por caso, ya est
formado un crtico dramtico, sin necesidad de ms msicas. Conclumos
de tomar caf, nos damos la mano y nos separamos. Cada cual torna  ser
lo que antes era, yo el crtico lrico y l el pico. Es admirable!

Pero estos temas incidentales me estn apartando,  despecho mo, del
propsito nico del presente artculo. Toquemos de una vez en las
entraas del asunto, y hablemos del Sr. Revilla como poeta, sin meternos
en otras honduras.

Yo no he ledo los versos del Sr. Revilla; lo declaro con la franqueza
que me caracteriza. Mas al mismo tiempo quiero hacer constar que no fu
por mi culpa. He aqu lo que sucedi. Habiendo pensado, como es natural,
cuando empec  escribir estas semblanzas, en incluir entre ellas la del
Sr. Revilla, ped su tomo de poesas  un amigo (si ustedes quieren que
diga quin es, lo dir), el cual, como lo tuviese ya ledo, me lo
prometi para el momento oportuno. En esta seguridad descans
confiadamente, sin preocuparme ms del asunto. Cualquiera creo que hara
lo mismo. Pues bien, hace cuatro das, tropiezo con mi amigo, y le digo
al pasar: Necesito ese tomo de poesas; maana mandar por l. Mi
amigo, entonces, arque un poco las cejas, levant un s es no es los
hombros, y por tres veces consecutivas sacudi la cabeza en distintas
direcciones. No haba para qu decir ms: era cosa corriente. Envo,
pues, por l, y en vez de las poesas, veo llegar al emisario con una
esquela muy fina en que mi amigo me pide mil perdones, porque, sin
recordar su promesa, haba prestado el libro  un cannigo de Granada,
el cual se haba marchado  su destino sin devolvrselo. Este golpe me
hizo bastante impresin. Qu significaban entonces aquellos movimientos
de cabeza, hombros y cejas del da anterior? Es lo que no pude averiguar
hasta la hora en que escribo estas lneas. De resultas de todo ello, me
qued sin leer las poesas del seor Revilla. No obstante, mi amigo dice
en la esquela que escribe con la misma fecha al cannigo de Granada, 
fin de que remita el libro tan pronto como le sea posible. Lo espero con
ansiedad, y excuso encarecer  ustedes los nuevos y puros atractivos que
tendr para m despus de haber pasado por las manos de un digno y
respetable capitular.

Entre tanto, para no defraudar completamente la atencin del pblico,
que pensara hallar en estas lneas un examen ms  menos sucinto de los
talentos poticos del Sr. Revilla, voy  echar mano de alguno de los
materiales que hace tiempo estoy acumulando para una obra ms importante
que la presente. La obra se titular _Vida y opiniones de D. Manuel de
la Revilla_, y pienso dedicar  ella todos los das que de aqu adelante
me conceda Dios sobre la tierra, pues ya estoy realmente cansado y
arrepentido de ocupar tan slo mi espritu en asuntos frvolos 
indecorosos. Me ayudar en esta empresa, superior  mis fuerzas (no me
forjo ilusiones), un distinguido artista conocido y estimado ya del
pblico,  cuyo cargo queda la formacin de unos magnficos planos en
que podrn verse, en todo su espesor, las opiniones del Sr. Revilla
desde su nacimiento hasta su disolucin, con exactitud y claridad. Ser
una obra primorosa y exquisita, que ha de facilitar extraordinariamente
la inteligencia del texto.

Entre estos revueltos materiales, voy  elegir una opinin grandiosa y
peregrina, como todas las de nuestro poeta, que ha de dar al traste, si
no me equivoco, con las ideas ms propagadas en asuntos de arte. Todo el
mundo sabe que algunos poetas antiguos ms de una vez trataron de
ensear distintas ciencias  artes, valindose para ello de las formas
artsticas, y que los retricos, apresurndose  dar un nombre  este
capricho, lo llamaron _gnero didctico_  _didasclico_. Debemos
confesar que el gnero didasclico,  pesar de sus esfuerzos, no logr
pelechar gran cosa. Pero no es eso lo peor, sino que en los ltimos
tiempos lleg  tal punto su laceria, que algunos autores dironle por
muerto, y, so pretexto de que el fin nico y esencial del arte debe ser
la manifestacin de la belleza, pretendieron hasta borrar su claro
nombre.  tanta vergenza hubiramos llegado sin la dichosa aparicin
en nuestro planeta de un hombre extraordinario que, fijando en la vasta
esfera del arte su mirada de guila, hall medio de cortar  tiempo la
perniciosa corriente. Este hombre dijo: El fin del arte no es, como se
ha credo hasta ahora, la belleza, sino la ciencia; no hay arte donde no
se ensee algo til y provechoso; el artista y el maestro de escuela se
confunden en una unidad superior; no hay ms arte que el didasclico.
El nombre no convena, sin embargo, por ser esdrjulo, y lo llam arte
_docente_  _trascendental_.

Fu una verdadera revelacin para los que yacamos sumidos en los
groseros errores de la antigedad. Crear una belleza slo por crearla me
pareci entonces cosa indigna de un hombre serio. La naturaleza empez 
hablarme con un lenguaje distinto del que antes usara. Antes, por
ejemplo, al cruzar por un bosque, vea unos rboles cuyos troncos
blancos y satinados parecan de plata, me gustaban muchsimo, los
miraba, los remiraba, pero no pasaba de ah. Ahora s que esos rboles
se llaman abedules, que su madera es excelente para hacer canastos, y
que tambin se emplea para construir las cajas de las diligencias.
Cuando los veo, echo inmediatamente la cuenta del nmero de chaplones
que de sus troncos podrn sacarse, y encuentro en ello un placer tan
vivo y tan puro! Antes, al ver amontonarse por el azul del cielo
ejrcitos de nubes oscuras y medrosas anunciando tempestad, me quedaba
mirando para ellas como un tonto, sin pensar en nada.  fuerza de
mirar, llegaba  ver las ms raras y monstruosas escenas que nadie puede
imaginarse; unas veces era una araa inmensa que iba tejiendo su tela
por el espacio; otras veces era un navo que marchaba con rapidez
vertiginosa sacudido por la borrasca; otras, era un brazo colosal que
sostena una espada no menos disforme, cuya punta enrojecida se estaba
templando en el sol, quiz para atravesar despus  la tierra; otras,
era la lucha tremenda de un demonio de grandes cuernos con un ngel; el
ngel caa al fin vencido, y presa del dolor, sacuda sus monstruosas
alas contra la frente de unas montaas lejanas. Todo esto era
sencillamente un absurdo, porque en aquellas nubes no haba araas, ni
navos, ni ngeles, ni mucho menos demonios. All no haba ms que una
serie de _cumulus_ que  fuerza de hincharse concluan por reunirse y
cubrir la tierra, formando despus verdaderos y genuinos
_cumulo-stratus_. Cualquiera comprende que era una insensatez confundir
un _cumulo-stratus_ con un navo  una araa. Hoy, gracias al Sr.
Revilla, no se me ocurren tales disparates, porque veo las cosas desde
un punto de vista docente. Antes un ro claro y lmpido era para m un
objeto que siempre miraba con deleite. Pues hoy, cranme ustedes, por
sereno y cristalino que sea un ro, como no tenga truchas, lo encuentro
aborrecible.

Tuve noticia de la teora del arte docente  trascendental en un verano,
residiendo en el campo. La buena nueva lleg  m por medio de un
peridico que traa inserto uno de esos artculos que el Sr. Revilla
viene escribiendo constantemente desde que empez  arder en su pecho el
fuego sagrado de la crtica. Aqu debo advertir que con las crticas del
seor Revilla me sucede lo mismo que con ciertas peras de mi gusto;
esto es, que  fin de que me impresionen ms fuertemente, slo las oigo
 las leo de raro en raro. Quiso la fortuna que leyera este artculo,
donde, con motivo de no s qu novela, desenvolva nuestro poeta su
grandiosa y atrevida concepcin de la naturaleza y del arte. La luz se
hizo sbito en mi espritu, y pude medir con la vista todo el horror de
una obra artstica sin trascendencia.

Ya he dicho que era en un verano, y que estaba pasando una temporada en
el campo. Por aquel entonces sola yo levantarme temprano (qu tiempos
aquellos! ya no volvern!), y despus de levantarme, acostumbraba 
salir  respirar el aire puro de la maana sentado debajo de un
magnfico y corpulento roble. Era un roble que se mora de risa cuando
le hablaban de los rboles del Retiro. Sin poder decir fijamente si era
simpata personal  otra razn de ms peso la que enderezaba su vuelo,
lo cierto es que todos los das, y  la hora en que yo me sentaba, vena
un pjaro  posarse sobre el roble. Yo no tena el honor de conocerle,
pero no importaba nada, porque l guardaba poca ceremonia en eso de no
cantar delante de gente. Se conoca  la legua que era un pjaro
despreocupado y un poco aturdido, gozoso de vivir y viviendo mucho ms
en el mundo exterior que en s mismo. Era un pjaro predominantemente
objetivo, como dira el Sr. Revilla, con el estilo mgico que l slo
posee. Tena parda la color, el pico amarillo, el mirar firme y osado,
los modales francos y desenvueltos, ofreciendo el conjunto de su persona
un cierto aire de petulancia que no dejaba de sentarle bien. Apenas se
posaba en una rama, empezaba  columpiarse, y con la cabeza un poco
entornada y los ojos puestos en el espacio, entregbase  la
voluptuosidad del movimiento, sin que aparentase pensar absolutamente en
nada. No tardaba, sin embargo, en proferir varias notas graves y llenas
como las de las flautas metlicas. Era su preludio.

Sin otra preparacin, subase repentinamente al tono agudo y lanzaba al
aire una serie interminable de trinos penetrantes y acalorados, como
quien quiere echar el alma por la boca. Ora atronaba el espacio con una
cascada de notas fuertes y vibrantes que llegaban  producir mareo, ora
desfalleca y se dejaba arrastrar al tono ms suave y apagado. Tan
pronto cambiaba  cada instante de inflexin y de ritmo, de modo que los
trinos salan atropelladamente de su boca persiguindose los unos  los
otros, como insista una y otra vez, por un largo espacio, sobre una
misma frase; pareca que trataba de que la aprendisemos de memoria. De
todas suertes, siempre terminaba con un arrullo tenue y moribundo, como
si quisiera indicar que an le quedaban muchas cosas por decir, aunque
no espersemos que salieran jams de su boca.

En honor de la verdad, debo confesar que el canto de aquel pjaro me
gustaba. No s por qu extraa asociacin de ideas, cuando cantaba, me
acudan  la memoria los instantes felices de mi existencia. Vealos
pasar leves, dulces, luminosos como ellos fueron, sonriendo tristemente
y dicindome adis para siempre. Aqu podra aprovechar la ocasin para
contar  ustedes mis primeros amores, sin que ninguno tuviera derecho 
quejarse; pero soy incapaz por naturaleza de jugar  nadie estas
pasadas. Tan slo dir que el canto de aquel pjaro resucitaba en mi
espritu sentimientos muy dulces que haca mucho tiempo haba dado por
muertos. Todo era una pura ilusin, sin embargo, y una flaqueza de mi
alma, disculpable nicamente por el estado de ignorancia en que me
hallaba respecto  los eternos principios del arte. Porque, es preciso
decirlo claro, no poda darse nada ms deplorable que el canto de aquel
pjaro desde el punto de vista docente; nada ms desprovisto de
trascendencia. Despus de escucharlo me quedaba tan sabio como antes, no
puedo negarlo, pero ni la ms leve partcula de ciencia vena  acrecer
el caudal de mi sabidura. As lo comprend con dolor al cabo, por lo
que me propuse no sufrir ms tiempo las impertinencias de un descarado
partidario del arte por el arte. Si entre tanto trino y gorjeo se
hubiese deslizado, siquiera fuese de un modo secundario, cualquier
problemita insignificante de historia  de metafsica, crean ustedes que
nunca me resolvera  hacer lo que hice. Pero decidirme  perder de un
modo necio el tiempo! Francamente, que ya no se espere jams eso de m.
Lo que hice, pues, fue aparejarme con una piedra bastante crecida al
sentarme un da, como de costumbre, debajo del roble, y as que columbr
 mi pjaro, encajrsela sin otras retricas con toda mi fuerza. No le
toqu; mas al sentir tan cerca de s la primer pedrada de la crtica
(crtica aunque severa muy justa), despleg sus alas y no volvi 
parecer por aquel sitio. Pobre diablo! A dnde habr ido  parar?

En verdad que la grandiosa teora del Sr. Revilla est  punto de hacer
cambiar radicalmente la faz de todas las artes, arquitectura, escultura,
pintura, msica, poesa y baile. Tengo algunos motivos para creerlo. Por
lo pronto, me han informado de que el nico maestro que en Espaa
cultiva con buen xito la expresin ms pura y genuina de la msica,
esto es, la sinfona, est escribiendo una en que probar,  tratar de
probar al menos, que el problema amenazador de las subsistencias slo
puede resolverse rebajando las tarifas del arancel. Este precioso tema,
que el oboe se encargar de apuntar nada ms en el _andante_, se ir
repitiendo por el _allegro_, el _allegro con motto_ y el _scherzzo_
entre mil combinaciones armnicas, hasta quedar totalmente dilucidado.
Por otra parte, un joven escultor amigo mo est  punto de terminar una
preciosa Venus en cuclillas, que llevar grabada  cincel en la espalda
la teora del valor de Bastiat, que comienza como todos saben:
Disertacin, fastidio; disertacin sobre el valor, fastidio sobre
fastidio. De esta suerte, el espectador podr gozar con la belleza de
la estatua y al mismo tiempo meditar sobre el asunto ms escabroso de la
economa poltica. Creo que el pblico ha de acoger con entusiasmo esta
Venus trascendental, si no por su mrito, al menos por ser la primera
que del gnero docente le presentan.

La teora va, pues, abrindose paso al travs de la frialdad de los unos
y de la abierta oposicin de los otros. Su glorioso fundador puede estar
seguro de que no tardar mucho en triunfar por completo. Y como nada es
despreciable tratndose de contribuir  una obra tan fecunda y generosa,
yo tambin quiero llevar un grano de arena al edificio, dedicando mi
pluma (que no puedo llamar mal cortada, porque es de acero) al cultivo
del arte trascendental. Al efecto, tengo intencin de escribir una
novela en la que, por medio de una accin no muy complicada, pero
bastante dramtica, tratar de presentar y aun resolver el siguiente


                          PROBLEMA

     Un cosechero recoge de sus fincas en los aos ordinarios
     doscientas cincuenta fanegas de trigo candeal, noventa de centeno y
     treinta y siete de mijo. Ahora bien, suponiendo que durante un ao
     llueve una tercera parte menos que en los ordinarios, cunto
     trigo, centeno y mijo recoger?

Dicho se est que tratar de desenvolver este problema de tal modo que
se deduzca del contenido mismo de la fbula, y no sea un miembro
agregado artificiosamente  la novela. Para ello he de procurar que la
accin sea rpida, haciendo que dure solamente los tres meses de otoo.
La descripcin de la sequa, que como es natural formar una parte muy
principal de la obra, ser bastante sobria, sin perder de su verdad y
energa; las escenas, sobre todo desde que el nudo se forma por entero,
sern vivas y dramticas. Por ltimo, ver de concentrar en cuanto sea
posible un gran inters sobre el cosechero, hroe de la accin,
hacindole morir trgicamente en el cadalso. Lo difcil en esta obra,
como en todas las dems del arte docente, es presentar el problema
aparentando encubrirlo, como hacen los arroyos con las guijas que tienen
en el fondo.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

En este momento llega  mi noticia que el seor Revilla no es el
inventor del arte docente. An ms, que el Sr. Revilla lo ha combatido
personalmente con gran encarnizamiento hace pocos aos. Cuando esto
fuese cierto, no es posible negar que el arte docente era muy digno de
ser inventado por el seor Revilla. La conversin, segn me aseguran, se
realiz al doblar nuestro poeta la esquina de la calle de la _Montera_ 
la del _Caballero de Gracia_, donde crey escuchar una voz misteriosa
saliendo del fondo de la tierra, que deca: Emanuel! Emanuel! Cur
persequeris me? Instantneamente el poeta sinti iluminarse su alma con
una luz viva y pursima, y derramando abundantes lgrimas, di gracias
al Todopoderoso por no haberle dejado eternamente en el abismo del arte
por el arte. En el mismo punto levant en su pecho un altar al culto del
arte docente, y el sol de la verdad comenz  teir de grana y oro los
bordes de sus revistas de teatros. Sin dar paz  la mano, el Sr. Revilla
viene trabajando desde entonces tanto y tanto en favor de esta
nobilsima teora, que bien puede perdonrsele el no haberla inventado.

Mas el Sr. Revilla empieza ya  recorrer ese doloroso calvario que el
mundo ofrece siempre al genio. El pblico ( reserva de glorificarlo
despus de muerto!), cuando no se re de ellas, aparenta no comprender
sus intrincadas opiniones; en tanto que el Gobierno, cuya obligacin de
alentar al genio debiera ser una verdad, me aseguran que est pensando
seriamente en prohibir el uso de los vocablos _objetivo_ y _subjetivo_.
Si por desgracia este rumor tuviese fundamento, triste es decirlo! al
Sr. Revilla no le queda otro recurso que retirarse  la vida privada.

FIN.

[Illustration]

INDICE

Los oradores del Ateneo.

                                                                 Pginas.

TREINTA AOS DESPUS                                                   7

PROEMIO                                                               20

D. Miguel Snchez                                                     25

 Segismundo Moret y Prendergast                                      33

 Carlos Mena Perier                                                  41

 Juan Valera                                                         47

 Jos Moreno Nieto                                                   57

 Manuel de la Revilla                                                65

 Gabriel Rodrguez                                                   73

 Francisco de Paula Canalejas                                        81

 Francisco Javier Galvete                                            90

 Emilio Castelar                                                    100

Los novelistas espaoles.

PROEMIO                                                              122

Fernn Caballero                                                     127

D. Pedro Antonio Alarcn                                             141

 Juan Valera                                                        154

 Manuel Fernndez y Gonzlez                                        177

 Francisco Navarro Villoslada                                       189

 Enrique Prez Escrich                                              200

 Jos de Castro y Serrano                                           215

 Jos Selgas                                                        232

Nuevo viaje al Parnaso.

PROEMIO                                                              248

D. Jos Echegaray                                                    260

 Jos Zorrilla                                                      277

 Ramn Campoamor                                                    296

 Antonio F. Grilo                                                   317

 Adelardo Lpez de Ayala                                            333

 Ventura Ruiz de Aguilera                                           356

 Gaspar Nez de Arce                                               380

 Manuel de la Revilla                                               399

[Illustration]


NOTAS:

[1] Estas butacas fueron sustitudas al fin por otras, si no tan
vistosas, un poco ms cmodas.

Loado sea el seor secretario!

[2] Observen ustedes que escribo Krause con una ese, aun cuando sus
impugnadores en Espaa lo escriben casi siempre con dos.

[3] La _Academia de la Lengua_ no permite que _se haga_ poltica, pero
la haremos  hurtadillas.

[4] _Elia_, cap. X.

[5] Se me figura que ya he dicho algo sobre este seor en otra parte.
Vase por si acaso _Los oradores del Ateneo_.

[6] Vase Herbert Spencer, _First principles_.

[7] No hago mencin de Goethe, porque el Jpiter de la poesa abraz con
su poderoso ingenio el romanticismo histrico, el filosfico y el
realismo de nuestros das.

[8] Darwin.--_La descendencia del hombre y la seleccin natural_.

Haeckel.--_Historia de la creacin de los seres organizados segn las
leyes naturales_.

[9] Hovelacque.--_La lingstica_.

Whitney.--_La vida del lenguaje_.

[10] Al leer esta semblanza, escrita ha ms de treinta aos, no puede
menos de parecerme injusta. Revilla fu uno de los hombres de ms
talento que he conocido. Pero al mismo tiempo, siento en mi alma un
cosquilleo de orgullo al pensar que tal violenta arremetida al crtico
mximo de aquella poca, que daba y quitaba reputaciones  su talante,
fu obra de un joven literato de 23 aos. Era lo que se ha llamado,
despus de la hazaa de Hernn Corts, quemar las naves.

Cuando se public en la _Revista Europea_, mis juveniles compaeros del
Ateneo me miraban con asombro y lstima, y se decan al odo: Se ha
perdido! Se ha perdido para siempre!

Por la noche me hallaba sentado entre ellos en un divn del pasillo de
dicho centro, cuando acert  pasar Revilla, que no me salud, como era
natural. Pero volvi  cruzar una y otra vez y yo advert que estaba
inquieto. Al fin se plant delante de nosotros, se respald contra el
armario de libros que guarneca toda la pared del corredor, sac un
cigarrillo, lo encendi con calma, y mirndome fijamente me dijo:

--Ya he ledo _eso_.

Yo me limit  sonreir sin contestar.

--No siento el ataque--profiri al cabo de un momento;--lo nico que
deploro es que est escrito sin gracia alguna.

--No lo he escrito para que le hiciese gracia  usted--respond--sino al
pblico.

--Pues se ha equivocado usted, porque al pblico tampoco le hace gracia.

--Ser  sus amigos:  sus enemigos les ha hecho destornillarse de risa.

La conversacin sigui en este tono algunos momentos y al cabo el
insigne crtico se alej con sonrisa amenazadora, diciendo:

--Nos encontraremos!

Por desgracia para l y para las letras patrias no pudo saciar su
venganza. Poco tiempo despus le acometi una enfermedad cerebral  la
cual sucumbi.

[11] Genio, en la acepcin que aqu le damos, es un neologismo que
debe admitirse, pues en ocasiones como la presente, no hay vocablo
castellano con que pueda ser sustitudo.


Las correcciones hecho por el transcriptor del texto electrnico:

titulos de nobleza=> ttulos de nobleza {pg 53}

un debilidad=> una debilidad {pg 79}

lucida y primorosa=> lcida y primorosa {pg 85}

rigorosa dialctica=> rigurosa dialctica {pg 102}

La palabra de Casteler=> La palabra de Castelar {pg 115}

el profundo pielago=> el profundo pilago {pg 115}

la candida y mstica sonrisa=> la cndida y mstica sonrisa {pg 135}

ferrocarrriles=> ferrocarriles {pg 142}

La trama da _El escndalo_=> La trama de _El escndalo_ {pg 149}

casi impercetible=> casi imperceptible {pg 165}

en su almario=> en su armario {pg 175}

a ra los que habitamos=> para los que habitamos {pg 184}

los rboles con angusta=> los rboles con angustia {pg 212}

habia evocado=> haba evocado {pg 248}

os poetas espaoles=> los poetas espaoles {pg 285}

ms conmodedor=> ms conmovedor {pg 347}

ejmplar=> ejemplar {pg 299}

la opinion=> la opinin {pg 304}

su vda privada=> su vida privada {pg 304}

al sonido arriculado=> al sonido articulado {pg 322}

 mis ojos=>  mis ojos {pg 335}

uno esos mundos=> uno de esos mundos {pg 339}

gorro de dormr=> gorro de dormir {pg 362}

Vendr un dia que irn=> Vendr un da que irn {pg 365}

eleganca=> elegancia {pg 384}

un si es no=> un s es no {pg 398}

extraisima relacin=> extrasima relacin {pg 400}

Francisco Javier Calvete=> Francisco Javier Galvete {pg 417}









End of Project Gutenberg's Semblanzas literarias, by Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SEMBLANZAS LITERARIAS ***

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

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