Project Gutenberg's La araa negra, t. 1/9, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La araa negra, t. 1/9

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 30, 2014 [EBook #45829]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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 En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
 original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en
 el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)




                         VICENTE BLASCO IBAEZ

                               LA ARAA
                                 NEGRA

                                NOVELA

                             TOMO PRIMERO

                        [Illustration: colofn]

                         EDITORIAL COSMPOLIS

                            APARTADO 3.030
                                MADRID

      Imprenta Zoila Ascasbar.--Martn de los Heros, 65. MADRID




PROLOGO




I

--No es sta la mejor hora para hacer visitas. En este colegio se
guardan muy bien las reglas, seor; no s si la madre directora podr
recibirle..., pero, a pesar de esto, preguntar.

Y el hermano Andrs, al decir estas palabras, se llevaba indolentemente
una mano a su puntiagudo y mugriento gorro de seda, como queriendo medir
con justo patrn un saludo que no fuese descorts, pero tampoco amable;
uno de esos saludos que se guardan para las personas misteriosas que no
se sabe de dnde vienen ni lo que quieren. Y sonrea con la expresin de
un cancerbero, abriendo aquella bocaza frailuna, oscura, mal oliente, de
profundidad interminable y adornada en su entrada con tres dientes
gastados, retorcidos y amarillentos como las fichas de un domin de
caf.

Aquel portero de religioso colegio, en su juventud lego de las disueltas
Ordenes religiosas, defensor despus del Altar y el Trono a las rdenes
de Cabrera, criado de los jesutas en Francia y en Espaa, y empleado,
por fin, de la pensin del Corazn de Jess, miraba al recin llegado
con la recelosa y hostil curiosidad propia de quien ha pasado casi toda
su vida entre gente inquieta y aficionada a la sospecha, que cree la
desconfianza un sentimiento natural y el espionaje un deber ineludible.
Se vea en el hermano Andrs, con un poco de observacin y a pesar de
los estragos que la edad haba hecho en su cuerpo flacucho, al antiguo
lego tosco, brutal, de puos tan frreos como su estmago y dispuesto
lo mismo a barrerle la celda al padre prior como a empuar el trabuco
carlista; pero su posterior roce con los jesutas habale creado una
nueva personalidad que se adaptaba sobre su antiguo natural como el
traje sobre el cuerpo, y en virtud de aquella cepilladura loyolesca
saba sonrer con mansedumbre evanglica, mirar a todas partes con los
ojos fijos en el suelo y dar a su voz una entonacin meliflua y humilde
que haca exclamar a ms de una de las ricas devotas que visitaban el
colegio:

--Este hermano Andrs es un santo varn.

Y al santo varn no le caa muy en gracia aquel caballero que, apendose
a la puerta del colegio de un carruaje de alquiler, con cierto
misterioso recato, haba entrado de sopetn en su portera. Haba en l
algo que alarmaba su olfato amaestrado en la sacrista y en las partidas
carlistas, algo que el hermano Andrs haba ya rotulado en su
imaginacin con el terrible ttulo de "tufillo liberal".

--Este hombre no es de los nuestros--se deca el serfico portero
mirndole al sesgo con desconfianza, y, efectivamente, todo en l se
diferenciaba del aspecto de los asiduos visitantes del colegio. Estos
eran buenas gentes que nunca hablaban alto, que decan al entrar: "Ave
Mara!", que preguntaban con cierta veneracin por la reverenda madre
superiora y de paso dirigan una sonrisa al conserje hermano en Cristo;
que inclinaban la cabeza ante las innumerables estampas de santos de
todas clases y tamaos que, colgadas de las paredes de la portera,
convertan sta en una verdadera corte celestial al cromo barato, y el
recin llegado no deca una palabra sin mirar a los ojos de aquel a
quien se diriga; tena un acento enrgico y vibrante que no se
esforzaba en disimular; mostraba en sus ademanes una noble franqueza,
haba preguntado con desfachatez revolucionaria por la "seora
directora", y al fijarse en los bienaventurados de vivos colorines que
adornaban el cuarto, horror de los horrores!, al hermano Andrs le
haba parecido que a los labios del incgnito apuntaba una fugaz y
amarga sonrisa.

Adems, aquel rostro moreno de facciones pronunciadas, aquellos bigotes
gruesos de un color rubio oscuro con reflejos metlicos y aquella frente
surcada por una arruga vertical, signo en ciertos caracteres enrgicos
lo mismo de clera que de contrariedad, por un no s qu misterioso,
afirmaban cada vez ms al religioso portero en la creencia de que aquel
hombre, que por su aire marcial pareca un antiguo militar, no tena
nada de comn con el Sagrado Corazn, con las monjas ni con sus
visitantes.

--Si ser alguno de esos revolucionarios arrepentidos que ahora han
subido al Poder?--y esta consideracin que mentalmente se haca el
portero, era la que le impulsaba a mostrarse framente amable y no
contestar con aquella insolente sequedad que guardaba siempre para los
impos poco temibles.

--Voy a ver si dan permiso para que usted pase, y entretanto puede usted
descansar aqu.

Esto lo dijo el portero tras el largo silencio transcurrido despus de
las palabras con que recibi al recin llegado.

Nada contest ste, y el hermano, que haba tomado de las monjas la
curiosidad femenil, no se resolvi a moverse sin practicar algn sondeo
en aquel incgnito que l calificaba de misterioso.

--Y qu nombre tendr que anunciar a la madre superiora?

--Es intil; no me conoce.

--Creo que no vendr usted por asuntos de ninguna seorita de las que
estn aqu a pensin?

--Vengo a ver a la seorita Mara Alvarez y Baselga, que hace tres aos
est en este colegio.

--Perdone usted, seor; aqu no hay ninguna seorita Alvarez.

--Cmo!...--exclam con sorpresa el desconocido, mirando fijamente al
portero.

--Usted se referir, sin duda--continu ste tomando un aire de
compungido servilismo--a la seorita Mara Quirs de Baselga, condesa de
Baselga.

Al or estas palabras, el rostro de aquel hombre se transfigur
rpidamente; su habitual expresin noble y franca trocse en
reconcentrada y feroz, y con voz temblona por la clera, grit:

--Eso de Quirs es mentira; la seorita Alvarez, esa nia...

Pero call como si comprendiera lo ridculo que resultaba discutir sobre
apellidos con un portero curioso, y mirando a ste con aire de
superioridad, le dijo:

--Estoy perdiendo un tiempo precioso para m. Anuncie usted
inmediatamente a la seora directora que hay un caballero que desea
hablarla.

El hermano Andrs obedeci, saliendo de la portera, no sin antes
saludar a aquel hombre que tal aire de imposicin saba mostrar, y
abriendo la mampara de pintados cristales se intern en el patio del
colegio.

El incgnito sentse en el conventual silln de cuero del conserje y
esper, dejando vagar su mirada sobre los mamarrachos artsticos que
reciban el homenaje del fanatismo.

Reinaba la calma propia de un edificio que, a pesar de encontrarse en la
parte ms cntrica de una ciudad, aunque no muy grande, bastante
populosa, tena la defensa que le proporcionaba el estar enclavado al
extremo de una calleja sin salida, que en su entrada de embudo recoga
los ruidos propios de la vida y de la agitacin, para irlos disminuyendo
y conducirlos amortiguados hasta las puertas del Colegio, donde se
extinguan como temerosos de salvar los umbrales de aquella casa
dedicada a las oraciones y a una educacin tan religiosa como
extravagante.

Cuando el distrado incgnito, saliendo momentneamente de su
ensimismamiento, fijaba su mirada en la pequea ventana de cristales
algo empaados y orlada de estampitas que en la fachada se abra al lado
de la gran puerta del colegio, vea a continuacin de la mercenaria
berlina, la callejuela en toda su extensin, solitaria, montona y fra
como la plegaria de una religiosa, y all, a su trmino, el cruzar
rpido de carruajes, el encuentro de transentes y todos los detalles
propios de una va concurrida, o ms bien de la arteria principal de una
ciudad de provincia.

De vez en cuando, sobre el confuso rumor que se produca en la gran
calle y que llegaba al colegio como el rugido de un mar lejano,
dominaban gritos estridentes que se repetan con metdica precisin.

Era el vocear de los vendedores de papeles pblicos. Desde la portera
no podan precisarse las palabras del oral anuncio; pero el desconocido
lo haba odo momentos antes y saba lo que significaba.

Era la hoja extraordinaria que anunciaba cmo en la madrugada del da
anterior el general Pava haba penetrado en el palacio de la
Representacin Nacional para disolver a viva fuerza las Cortes
Constituyentes de la Repblica.

El golpe de Estado, tan esperado por los elementos conservadores, se
haba realizado; la Repblica no haba cado an de nombre, pero estaba
muerta de hecho y el pas buscaba ya con mirada indiferente cul era el
nuevo amo que iba a proporcionarle el soldado de fortuna, burlesco
hroe del 3 de enero.

Cada vez que sobre el popular rumor alzbase el estridente chillido de
uno de los voceadores, el desconocido pestaeaba como queriendo alejar
una idea dolorosa que vena a turbarle en sus meditaciones harto graves.

No tard el portero en volver. Sus pasos tardos y acompasados sonaron al
otro lado de la mampara de cristales; sta se abri, y el hermano
Andrs, asomando medio cuerpo, dijo con su eterna sonrisa:

--Cuando el caballero guste, puede seguirme.

Levantse el interpelado, precedido de aqul, atraves el patio, y
dejando a un lado la gran escalera, obra maestra de pasados siglos,
propia de aquel viejo casern, con su gruesa baranda de labrada piedra,
sus berroqueos follajes, sus leones rampantes rodos por el tiempo
sosteniendo escudos borrosos, y sus peldaos gastados y angulosos como
encas viejas, subieron una escalerilla de construccin moderna y poco
extensa que conduca al entresuelo, donde estaban la habitacin y el
despacho de la madre superiora y el saln para recibir a los visitantes.

El que ahora entraba en el colegio fu conducido al despacho, pieza que
a ms del indispensable crucifijo gigantesco, cromos devotos y
estanteras con libros empolvados encuadernados en pergamino, ostentaba
varios grandes cuadros; el uno fiel retrato del pontfice, puesto en
serfica actitud, y los otros representando imgenes de santos, bulas
concediendo indulgencias y labores caligrficas de las educandas.

Cuando qued solo el visitante, sentse en una butaca y esper mirando
fijamente el blanco retrato del Papa. Un ligero roce consigui muy
pronto sacarle de tal contemplacin, y volviendo la cabeza un poco le
pareci columbrar por los resquicios que quedaban entre un pesado
cortinaje y el hueco de la puerta, blancas tocas, ojos de mujeres y
bocas que cuchicheaban suavemente.

La fugaz visin desapareci; el desconocido engolfse otra vez en sus
contemplaciones y por tres o cuatro veces volvi a mirar a la puerta,
viendo siempre alguien en acecho, slo que en una ocasin no fueron
tocas monjiles lo que distingui, sino una negra sotana y unos ojos de
ave de rapia que desaparecieron con la rapidez de las fantasmagoras
del sueo.

El incgnito sonri pensando en la revolucin que haba causado en el
convento su llegada y que tal vez habra hecho ms misteriosa con sus
palabras el mastuerzo del postero.

De pronto la cortina se levant y entr en el despacho la superiora, una
buena moza que, a pesar de hallarse ya lejos de los cuarenta, ostentaba
con cierta satisfaccin femenil su carne fofa, pero blanca, tersa y
sonrosada a juzgar por los abultados carrillos, y llevaba con majestad,
no exenta de coquetera, su blanca toca y sus gafas de oro.

Hablaba con gran correccin; pero a las cuatro palabras demostraba su
origen francs, pues ciertas letras no podan pasar por su lengua sin
ser graciosamente desfiguradas por aquella esposa del Seor.

--Dios guarde a usted, caballero--dijo al entrar--. Sintese usted y
diga en qu pueden servirle en esta santa casa destinada a educar a las
jvenes en el temor de Dios.

Y la buena madre, despus de decir con gran calma estas palabras,
sentse majestuosamente en su poltrona, interponiendo entre ella y el
visitante la mesa de trabajo cargada de papeles, de rosarios y de un
sinnmero de baratijas religiosas, y clav en aqul sus gafas
deslumbrantes.

El caballero acerc un poco la silla a la mesa, como para hablar ms
bajo, y con voz no muy segura comenz:

--Seora... (aqu la religiosa hizo un mohn de disgusto, como
rechazando tan mundano tratamiento).

--Seora--volvi a decir aquel hombre, como para demostrar que no
retiraba la palabra--. Tengo gran prisa por terminar el asunto que aqu
me arrastra, y en usted consistir el verse pronto libre de mi
presencia, que de seguro la distrae de ms graves ocupaciones.

--Diga usted lo que desea--contest impasible la superiora.

--Acontecimientos imprevistos me obligan a salir de Espaa. No s cundo
volver; tal vez nunca, tal vez muy pronto. Una reciente tempestad ha
cado sobre m y otros muchos, y voy lejos, muy lejos, aunque
proponindome volver as que cese lo que hoy me empuja. En tal
situacin, seora, antes de partir a un destierro en el que tal vez
pierda la vida, vengo aqu a cumplir el ms santo de los deberes, el
deber de padre, que es el que con ms fuerza conmueve mi corazn. En
fin, seora, vengo a ver a mi hija; djeme usted que la d un beso y me
voy al momento.

Y aquel hombrn todo msculos y energa, que en ciertos momentos miraba
con una fiereza que no por ser noble impona menos, al decir estas
palabras hablaba con voz cada vez ms temblona, y al final tir con
cierta violencia de sus grandes bigotes y se rasc en la frente como si
con esto quisiera ocultar que sus ojos se ponan lacrimosos a causa de
la emocin.

La superiora continuaba en tanto impasible, con el aire de una persona
que oye cosas que no entiende.

El desconocido tom tal expresin por una muestra de extraeza y dijo
sonriendo con melancola:

--No extrae usted, seora, que casi me ponga a llorar. Aqu donde usted
me ve, me he conmovido muy pocas veces, y eso que en ms de una he visto
la muerte de cerca. Pero ya puede usted considerar lo que es un padre
que en muchos aos no ve a su hija, y... adems, no s si el beso que
ahora la d ser el ltimo.

Y el caballero, que luchaba por serenarse, pareci sentir nuevo
enternecimiento.

Entretanto la monja despeg los labios y dijo con la solemnidad de una
antigua sibila:

--Debo manifestar a usted que no entiendo lo que dice ni a qu hija se
refiere.

El interpelado se incorpor en su asiento con nervioso arranque,
manifestando en su mirada la mayor extraeza; pero despus pareci
reflexionar, y sonriendo, dijo:

--Es verdad; usted dispense, seora. En mi carioso aturdimiento he
olvidado manifestar a usted a quin quiero ver y cul de sus educandas
es mi hija. Mi hija es...

--Ante todo, caballero--dijo la superiora interrumpindole--. Es la
primera vez que veo a usted y, por tanto, excusado es preguntarle si ha
sido usted el que ha trado a este colegio a la seorita en cuestin.

--No la he trado yo.

--Ni la habr conducido aqu alguien por encargo expreso de usted.

--No, seora.

--Pues ninguna de las educandas de la casa se encuentra en tal caso.
Todas estn aqu por la voluntad y disposicin de sus padres o de las
personas encargadas de su vigilancia.

--Seora, acabemos, y a ver si logramos entendernos. Yo vengo en busca
de Mara Alvarez y Baselga, que es mi hija.

La monja hizo como quien repasa su memoria con gran detenimiento, y
despus dijo con sequedad:

--No hay aqu ninguna educanda de tal nombre.

--Seora--contest el caballero con voz que iba inflamndose y tomando
una entonacin enrgica--, no perdamos el tiempo y vayamos rectamente al
asunto. Aqu est la joven de quien hablo y necesito verla; si es que
para entendernos debemos ir discutiendo apellidos, le preguntar, ya que
as usted lo quiere, en vez de por la seorita Alvarez, por la seorita
Quirs.

Y al nombrar este apellido, recalc las letras con cierta amargura
despreciativa.

--Eso es diferente--dijo la superiora--. Aqu est como educanda hace
tres aos, la seorita Mara Quirs y Baselga, condesa de Baselga, pero
yo ignoro con qu derecho quiere usted verla.

--Soy su padre.

--Su padre muri hace mucho tiempo.

--Mentira!--exclam el hombre con iracunda voz.--Aqul no era ms que
un miserable, un autmata que, para sus fines particulares, movieron
los...

Pero al llegar aqu se detuvo como si el lugar en que estaba y el sexo y
clase de la persona a quien se diriga le hicieran variar de tono.

--Perdone usted, seora--continu--, este rapto de clera, hijo de mi
carcter arrebatado. Hace dos das que estoy fuera de m y, en algunos
instantes, me tengo por prximo a la locura. Crame usted seora
directora, crame, pues le aseguro por mi conciencia de hombre honrado,
de hombre que jams ha mentido, que esa nia de quien usted habla, es mi
hija. Usted tal vez me conozca, tal vez haya odo hablar de m. Si la
persona que trajo aqu a Mara, a mi hija querida!, ha hecho ciertas
revelaciones de familia, de seguro que mi nombre no le ser a usted
desconocido.

Se detuvo un momento para estudiar el efecto que sus palabras causaban
en la superiora, y al verla impasible, dijo con cierta satisfaccin
propia del que ostenta un nombre que no tiene por qu ocultar:

--Yo, seora, soy Esteban Alvarez, ex comandante del ejrcito y uno de
los pocos que huyen de su patria por no ver la deshonra consumada en la
madrugada de ayer.

Y el que as se revelaba, baj un instante la cabeza como para devorar
la amargura que le causaban sus ltimas palabras; momento que aprovech
la monja para fijarse rpidamente en el cortinaje que se haba agitado
ligeramente y dirigir una mirada a alguna persona oculta, a la que
pareca decir:--Qu tal! Me engaaba yo?

Cuando don Esteban volvi a fijar su vista en los espejuelos de la
superiora, sta, con cierta desdeosidad, no exenta de evanglica
lstima, dijo calmosamente:

--Efectivamente, conoca su nombre, seor Alvarez. Y quin lo ignora en
Espaa? Por desgracia, hasta el fondo de las santas moradas en que se
rinde culto a Dios, llega el infernal rumor del hervidero revolucionario
y se conoce de odas a los hombres impos que, olvidando los ms
preciosos sentimientos, declaran la guerra al cielo y a sus servidores,
dirigen a las hordas armadas para destruir lo tradicional y venerando de
nuestra patria, y despus, en ese centro de escndalos que llaman las
Cortes, tienen el satnico atrevimiento de negar la existencia del que
es autor del mundo y algn da ha de juzgarnos. Seor Alvarez, le
conozco bastante! Ojal que su nombre no fuera tan popular, que con ello
ganara su alma y tendra ms segura su salvacin.

--No se trata de eso, seora--dijo don Esteban, que haba odo con
impaciencia--. Deje usted a un lado todas esas apreciaciones nacidas de
sus ideas polticas y religiosas y que yo respeto. No le he preguntado
si usted conoca mi nombre por la fama que mis actos peores o mejores le
han dado, sino por haberlo odo en sus conversaciones con la persona que
aqu trajo a Mara.

--La condesita de Baselga fu trada a este colegio por su ta, la
seora baronesa de Carrillo.

--Justo. Y nada le ha dicho a usted de m esa seora?

--No creo que la baronesa, persona devota y temerosa de Dios como pocas,
y perteneciente a una de las familias ms ilustres, haya tenido nunca
relacin con los hombres de la Repblica.

Estas palabras, dichas con acento melifluo, causaron a don Esteban el
efecto de un latigazo, e incorporndose en el asiento, contest:

--Valiente jesuitaza es la tal seora, y en cuanto a que yo haya podido
tener relacin con ella, cosas hay que tal vez usted no ignore (aunque
finja lo contrario) y que nos ligan muy de cerca. En fin, seora,
terminemos. Hgame usted el inmenso favor de que pueda ver a mi hija un
slo instante.

--Aqu no tiene usted ninguna hija, y extrao mucho que un hombre como
usted, a menos de haberse vuelto loco, venga en circunstancias tan
crticas para su seguridad, cuando tal vez le buscan para castigarle por
sus excesos, a perturbar la tranquilidad de esta santa casa.

--Tiene usted razn, seora--dijo don Esteban con tristeza--. Me
encuentro en circunstancias muy crticas y esto es lo que ms debe
moverla a acceder a mis deseos. En la madrugada de ayer, cuando vi mis
ilusiones deshechas y que todos huan olvidando su deber cre volverme
loco, y mi nico pensamiento fu defender lo que tanto nos haba costado
alcanzar: esa Repblica que ustedes maldicen y en cuya cada pueden
reclamar parte; pero cuando me convenc de que la resistencia era
imposible, de que estaba prximo a perder mi libertad y que lo ms
racional era la fuga, mi ferviente deseo consisti en ver a mi hija, al
nico ser que me liga a este mundo, y por eso, exponindome a la
venganza de rencorosos enemigos que me odian por mis pasadas hazaas y
me temen a causa de lo mucho que an puedo hacer para que reviva la
Repblica, exponindome, digo, a tantos peligros, he abandonado Madrid,
no para huir rectamente a Francia, como aconseja la conveniencia, sino
para venir antes a esta ciudad a contemplar, sin duda por ltima vez, al
ser inocente cuyo recuerdo llena mi existencia y derrama dulce calma en
mi nimo cuando me encuentro amargado por las luchas de la vida. Mi
mayor felicidad sera lograr que mi hija, mi Mara! me acompaase en el
destierro que me aguarda, que fuese mi sostn en la vejez prematura que
las circunstancias me preparan; pero s muy bien, seora, que esto no lo
lograr, pues ni usted me dar mi hija, ni yo a los ojos de la sociedad
tengo derecho para reclamarla; pero ya que esto es imposible, seora, no
ya como a directora de este establecimiento, como mujer de tierno
corazn, como ser que an recordar las tiernas caricias del hombre que
le di la existencia, la pido que antes de que yo parta me deje besar a
la pobre nia, vctima en su nacimiento de un miserable engao y sobre
la cual un oculto poder que no quiero nombrar, porque con ello herira
la susceptibilidad de usted, parece que arroja una maldicin. Seora,
quiere usted concederme lo que le pido?

Call don Esteban y esper ansiosamente la contestacin de la religiosa;
pero sta no pareca apresurarse en hablar, por lo que aquel pobre padre
aadi para reforzar sus anteriores palabras:

--Seora, en nombre de ese ser ideal, todo amor y bondad que
continuamente tienen ustedes en los labios, en nombre de Dios, no
niegue usted tan mezquino favor a un hombre que lo pide cuando ms
abrumado est por la desgracia.

La superiora, como mostrndose ofendida de que don Esteban introdujera a
Dios en la conversacin, se incorpor en su asiento, y con voz
acompasada, despus de envolver a su interlocutor en una mirada de
olmpico desdn, dijo por fin:

--Este colegio, caballero, tiene reglas estrictas aprobadas por la
superioridad, de las que no puede salir y a las que yo no faltar nunca.

--Acaso esas reglas pueden privar que un padre d un beso a su hija?

--Ya le he dicho a usted antes que no es padre de ninguna educanda ni
menos de la seorita Quirs por quien pregunta, y como tampoco le tengo
a usted por pariente ni por amigo de la familia, de aqu que me vea
obligada a negarle lo que pide, pues nuestras reglas prohiben que las
educandas sean visitadas por personas extraas.

--Yo persona extraa!--exclam don Esteban con indignacin--. Yo
considerado como un desconocido, cuando vengo en busca de mi hija!
Seora..., acabemos ya, pues la paciencia me falta y me siento capaz,
cegado por la indignacin, hasta de faltar a las conveniencias que un
caballero debe siempre a una seora, aunque sta se muestre cruel, tan
slo por obedecer los mandatos de la negra institucin que la dirige y
de la que es miserable ruedecilla sin conciencia ni voluntad en sus
actos. Por ltima vez, seora; djeme usted ver a mi hija.

Estas postreras palabras las dijo don Esteban en actitud humilde,
suplicante, con los ojos casi llorosos y extendiendo sus brazos como si
rogase.

Conmova aquella hermosa figura varonil en actitud tan tierna; pero en
el rostro de la superiora no se not la ms leve emocin y contest con
su seco acento:

--Tambin yo digo que acabemos, caballero. Se acerca la hora de comer
para las educandas, tengo que presidir la mesa y mi presencia es
necesaria arriba para otros asuntos. Creo que no podr usted quejarse de
la calma con que he estado oyendo sus palabras, mezcla confusa de
halagos e insultos. Le perdono a usted y le ruego se marche, pues me
urge quedar libre.

--Marcharme yo? Y sin ver a mi hija? Seora, eso jams lo har.

Y don Esteban se afirm en su asiento, como si pretendiera clavarse en
l y qued en actitud provocativa, retando con la vista a la superiora a
que lo arrojase del colegio.

Pronto abandon tal actitud, para caer en una dulce abstraccin.
Llegaron a su odo, lejanas, amortiguadas y sueltas, algunas notas de
armonium que sirvieron como de preludio a un coro de voces infantiles
que estall, a juzgar por lo lejano que sonaba, en el otro extremo del
edificio.

La monstica calma que reinaba en el colegio permita apreciar en sus
detalles aquella agradable confusin de voces frescas, y aunque algo
desentonadas y rebeldes a las reglas del canto, ingenuas y agradables,
que evocaban en la imaginacin grupos de atractivas cabecitas rubias o
morenas y ramilletes de inocentes bocas entreabiertas por el indefinido
anhelo propio de las soadoras.

Don Esteban escuchaba con tal atencin y arrobamiento, que su rostro
haba adquirido gran semejanza con el de los msticos que representa la
pintura sagrada en los momentos de amoroso xtasis.

En cada una de aquellas voces crea encontrar la de su hija, y tan
pronto saltaba su imaginacin de una a otra sin saber por qu, como
acababa confundindose y dudando de su cario de padre, que no le
revelaba por el eco producido en el corazn cul de los sonidos proceda
de su adorada nia.

De pronto aquel hombre experiment un rudo estremecimiento, una
conmocin nerviosa que le sac del rpido xtasis, arrojndole
nuevamente a la realidad.

Pens en que su hija, aquel ser que llenaba de continuo su pensamiento,
estaba all, bajo el mismo techo que l, y que un ser sin sensibilidad,
la monja que tena enfrente, era el nico obstculo que se opona a que
l fuera a estrechar su tesoro entre sus brazos.

Esta ltima consideracin conmovi su temperamento sanguneo, terrible
en las explosiones de ira. La sangre, agolpndose tempestuosa en la
cabeza, colore fuertemente su rostro, sus ojos brillaron con
reconcentrado fuego, y con voz algo enronquecida, dijo a la directora:

--Seora... No soy hombre que vuelvo atrs en mis propsitos. Me he
propuesto ver a mi hija y la ver por encima de todos los obstculos que
usted y las dems monjas opongan.

Y don Esteban, levantndose, dirigise con marcial continente hacia la
puerta, mientras la monja, haciendo la seal de la cruz sobre su frente,
como si fuese a morir, y con un espanto teatral, digno de mejor
escenario, fu a cortarle el paso, interponindose entre l y la salida.

Ya llegaba el militar junto a la monja, ya extenda su brazo rgido y
potente como un ariete para separar a la importuna de su camino, cuando
la pesada cortina se levant y entr en el despacho otra monja, o ms
bien dicho, un hbito y unas tocas mirando al suelo, bajo las cuales
presentase, aunque no con mucha certeza, que exista una cabeza y algo
semejante a una inteligencia.

--Reverenda madre--dijo una voz gangosa que surgi por bajo las tocas,
tan lejana y apagada como si saliera de una caverna--, don Toms acaba
de llegar y desea verla.

--Que pase el buen padre.

La superiora dijo estas palabras despus de examinar con una rpida
ojeada a su enfurecido interlocutor y conocer que ste haba
experimentado una pasajera calma en su ira con el anuncio de la visita.

--El talento de nuestro director--pens la superiora--me sacar pronto
de este compromiso.




II


Entr en el despacho don Toms, arrastrando con tanta humildad sus
hbitos clericales, que su tierna mirada pareca pedir perdn a la
alfombra, porque la rozaba con los bajos de la sotana.

Su edad, unos cincuenta aos; su estatura, ms que regular; su defecto
fsico saliente, un arqueo de espaldas que casi llegaba a ser joroba, y
su rostro, el de un hombre que en su juventud tuvo el pelo rojo y ahora,
por causa de las canas, lo ostenta de un color indefinido y sucio; sus
mejillas chupadas, su boca contrada por una eterna sonrisa, mezcla de
la mansedumbre del esclavo y de la abnegacin del mrtir, pero que en
ciertos momentos desaparece para que pase con la rapidez del relmpago
una expresin altiva, sarcstica y soberbia, que parece indicar que
sobre aquellos labios est en su casa, pues representa el verdadero
carcter del individuo.

En cuanto a los ojos, eran fieles imitadores de la boca, pues miraban
con la dulzura de la paloma..., cuando no tenan la misma expresin
cruel, avarienta y cobarde del milano ladrn.

Salud varias veces don Toms con cierta cortedad, llevndose el
mugriento sombrero de teja a la picuda nariz, hizo dos o tres
genuflexiones, invoc la gracia de Dios para aquella santa casa y todos
los presentes, y fu a sentarse en una silla inmediata a la que antes
haba ocupado don Esteban.

Este permaneca en pie en medio del despacho, mirando fijamente al don
Toms, que pona su vista en todas partes menos en el rostro del
militar.

Le conoca perfectamente don Esteban. Era el mismo cura que al entrar en
el despacho haba entrevisto tras el portier, atisbando en compaa de
las monjas. Sin duda haba seguido escuchando toda la conversacin y
entraba ahora como un recin llegado para auxiliar a la superiora.

--Maniobra jesutica--se deca don Esteban--, buena para algunos
imbciles, pero que no sirve para m. Este hombre debe ser de la clebre
Compaa. Ahora veremos por dnde sale.

--Vaya, vaya--dijo en esto don Toms, con su voz meliflua y humilde, al
mismo tiempo que golpeaba acompasadamente una mano con otra,
bondadosamente--. He venido a interrumpir a ustedes y lo siento mucho.
Ha sido una verdadera inoportunidad el llegar a estas horas. Lo nico
que me consuela es que el asunto no ser de gran inters, ya que la
buena madre me ha permitido la entrada.

--Mire usted, caballero--contest don Esteban, plantndose frente al
cura con el aplomo de un soldado--. Ni cuanto esta seora y yo hemos
hablado, ni el asunto que aqu me ha trado, le importan a usted nada;
as es que har muy bien en no mezclarse en ello. Por lo dems, le
advierto que a m no me gustan comedias en la vida, que las farsas las
conozco inmediatamente, que usted ha odo escondido tras esa cortina
todo cuanto hemos hablado, y que yo ver a mi hija a pesar de la
oposicin de esa seora y de la hipocresa de usted. Y den gracias que
no me propongo llevrmela, pues si en ello me empeara, tenga por seguro
que lo lograra, aunque hubiera de pasar por encima de usted, de esa
monja y de todas las gentes que encierra esta santa casa.

--Conozco muy bien a don Esteban Alvarez--contest el cura con su eterna
sonrisa--para no dudar que sabe cumplir cuanto se propone, y ms si es
contra los respetos que se deben a las personas sagradas.

--Veo que no le es desconocido mi nombre y que no me equivocaba al creer
que usted nos oa desde la puerta.

--Seor don Esteban--contest el cura cambiando repentinamente su
aspecto encogido y humilde por el aire de un hombre de mundo algo
escptico--. Con usted no valen engaos, cosa de que me alegro mucho,
pues tampoco a m me place la mentira. No he espiado tras esa cortina
intencionalmente, como usted cree; pero s debo manifestarle que he odo
sus ltimas palabras y a lo que usted viene aqu.

--Sabe usted amoldarse a todos los caracteres--dijo don Esteban con
rudeza--. Es usted un perfecto jesuta.

--Jesuta! jesuta!--exclam el cura con un asombro angelical--. En
Espaa no hay jesutas; los arrojaron ustedes el ao 68.

--Eso no importa; saben disfrazarse muy bien tales parsitos, y si usted
no lo es, merece serlo. Pero, en fin, esto nada me importa. Adelante!
Deca usted?...

--Que por deberes de mi ministerio, hace tiempo que lo conozco a usted
de nombre. He sido por algn tiempo el confesor de la baronesa de
Carrillo... No haga usted por esto mala cara. Mi direccin espiritual
data de corta fecha; yo no conoca a la seora baronesa en la poca que
usted tuvo con ella y su sobrina, la condesa, asuntos de que no hay por
qu hablar ahora. Continuando en lo que deca, debo manifestarle que
conozco sus pretensiones sobre la seorita Quirs, que se educa en este
colegio por encargo de su ta la baronesa, su empeo en pasar por padre
suyo y el cario que dice profesarle, y, por tanto, comprendo esta
situacin y me felicito de haber llegado en ocasin para servir de
intermediario entre usted, vctima ciego de su arrebatado carcter, y
esta santa mujer que, esclava de sus deberes, no quiere faltar a las
leyes del establecimiento que dirige.

La "santa mujer", al or que don Toms, en vez de apoyarla
enrgicamente, comenzaba por ceder, le dirigi una mirada, mezcla de
sorpresa y reproche, a la que l contest con otra rpida e intensa, que
demostraba autoridad y pareca decir:--Confa en m; de este modo
lograremos ms que con una ruda oposicin.

--Segn eso, usted est dispuesto a influir para que yo vea a mi hija?

--S, seor; y al ruego de usted uno el mo para que la reverenda madre
permita que venga aqu la seorita de Quirs. Accede usted a ello,
madre directora?

Esta, cada vez ms asombrada y bajo la fascinacin de aquel hombre que
pareca ejercer sobre ella una gran influencia, contest haciendo con la
cabeza un signo afirmativo.

--Ahora mismo--continu el cura--ver usted a esa seorita. Va usted a
cumplir su deseo, pero antes, en inters a su bienestar y tranquilidad
de corazn, le ruego que desista de su empeo y se retire.

--Qu quiere usted indicarme con tan extrao consejo?

--Que esa seorita le odia a usted, pues se estremece de espanto al solo
nombre de don Esteban Alvarez.

--Imposible! Temblar una hija ante el nombre de su padre! Eso es un
absurdo; alguna infame maniobra de los jesutas, de ustedes, miserables,
que pretenden robarme cuanto amo en el mundo. A ver..., pronto...,
venga aqu mi hija! Ahora ms que nunca necesito verla.

Don Esteban dijo estas palabras con tal entonacin, que la superiora,
temiendo volviera a repetirse la escena de momentos antes, hizo sonar el
timbre de su mesa, ordenando a la hermana que se present en la puerta
que fuera en busca de la seorita Quirs.

Pasaron algunos minutos sin que ninguno de los tres pronunciara una
palabra. Don Esteban, cruzando el despacho en paseo precipitado, la faz
contrada y la vista fija en el suelo; la superiora, inmvil, y don
Toms, pasndose de vez en cuando su repugnante pauelo de hierbas por
la cara y aprovechando tal teln para dirigir a aqulla rpidas miradas
de inteligencia.

Sonaron ligeros y menudos pasos al otro lado del portier; levantse
ste, y entr en el despacho, con desenvoltura encantadora, una nia de
ocho aos, morena, de grandes ojos, de nariz un tanto gruesa, y llevando
con cierta gracia ingenua el ingrato y desgarbado uniforme del colegio.

Salud con un respetuoso mohn a la monja y al capelln y se qued
mirando fijamente a don Esteban como si quisiera adivinar quin era
aquel desconocido.

Este no se pudo contener. Sonri con el dulce entusiasmo de un iluminado
que en sus desvaros ve la gloria, y abalanzndose a la nia con los
brazos abiertos, dej escapar las palabras de cario que a borbotones
acudan a sus labios.

--Hija ma! Cada vez eres ms semejante a tu pobre madre...

La nia, al sentir el abrazo rudo y carioso a la vez, el cosquilleo de
los bigotes y el besuqueo de aquella boca vida, mir a su directora y
al confesor del colegio, como preguntndoles quin era aquel hombre.

--Seorita--dijo don Toms, poniendo por primera vez serio su rostro y
dando a sus palabras cierta intencin--; al seor lo conoce usted
perfectamente. Es don Esteban Alvarez.

Fu algo ms que emocin lo que aquella nia experiment al or tal
nombre. Su cuerpecito tembl nerviosamente como si estuviera en
presencia de un gran peligro, su rostro tornse plido, y desasindose
rpidamente de aquellos brazos que la opriman, di un salto de algunos
pasos mirando a todas partes, como si no supiera por dnde huir.

--Cmo! Qu es esto?--exclam con extraeza don Esteban--. Huyes de
m? Huyes de tu padre?

--Mi padre!--dijo la nia con pasmo que la obligaba a balbucear--. Qu
horror! Usted no es mi padre. Usted es don Esteban Alvarez, el verdugo
de mi mam, el ngel malo de mi familia.

Don Esteban mostr en los primeros momentos un asombro cercano a la
imbecilidad. Mir a su alrededor como si dudara de lo que haba odo y
di algunos pasos hacia la nia; pero sta, exhalando un grito de miedo,
fu a refugiarse tras la superiora.

Este grito pareci volver a la realidad al angustiado padre. Mir con
todo el furor propio de tan dramtica situacin al cura y a la
religiosa, y rugi:

--Infames! Habis hecho ms an de lo que yo crea. Auxiliados por una
familia fanatizada, no slo me habis separado de mi hija, sino que la
enseis a que se horrorice y tiemble ante el nombre de su padre. Qu
espantosas mentiras habis dicho a esa infeliz nia? Qu tremendas
calumnias habis dejado caer sobre mi pasado? Canalla vil!, hace un
momento os despreciaba, pero ahora me causis asco y temor; siento ansia
de vengarme aplastndoos, y, por Cristo!, que no saldr de aqu sin que
sepis quin soy, y cmo respondo a las maquinaciones del jesuitismo
contra mi persona.

Y don Esteban, agitndose como un loco y hablando atropelladamente,
agarr una silla, y levantndola como una pluma, se abalanz sobre el
cura y la monja.

Esta haba perdido ya su presencia de nimo y temblaba, pero el clrigo
no se inmut y fu retrocediendo hacia la pared, nicamente para ganar
tiempo y poder decir antes de que descargara sobre su cabeza el primer
golpe:

--Piense usted que los suyos han cado del poder, que el Gobierno le
persigue, y que si da usted un escndalo la servidumbre del colegio
llamar a la polica y resultarn intiles todas sus precauciones para
huir.

A las primeras palabras ya se detuvo don Esteban como si adivinara todo
el resto. Aquel cura haba sabido desarmar tanta indignacin, recordando
hbilmente un peligro.

Como rendido por la realidad, baj lentamente su silla, recogi su
sombrero, passe una mano por los ojos como si despertara de un sueo
cruel, y se dirigi lentamente a la puerta.

Cuando lleg a sta, volvise pausadamente, y abarcando en una mirada a
la nia y a los dos seres sombros, dijo:

--Confieso que sois muy fuertes y que se necesita gran energa para
luchar con vosotros. Adis, sabandijas infames! Adis, jesuta!
Derrama sin piedad tu saliva venenosa sobre mi historia; sigue tejiendo
la negra tela de araa alrededor de esa familia cuya fortuna desea tu
Orden, y escarnceme e insltame cuanto quieras, que da llegar en que
pueda devolverte golpe por golpe. Hoy el porvenir es tuyo, pues viene la
reaccin a hacer de la desdichada patria blanda cama para que te
revuelques a tu sabor. Mucha guerra os hice al triunfar la revolucin,
pero veo que aqulla no ha causado gran mella en vosotros, y os juro que
no ser tan blando el da en que nuevamente estn los sucesos de nuestra
parte. Adis, miserables! Seres sin piedad ni corazn, insensibles a
todo sentimiento. Si t eres la esposa de Dios y se es su
representante, yo os digo que Dios es un mito, pues si existiera,
tendra mritos suficientes para ingresar en un presidio.

--En cuanto a ti, hija ma--continu don Esteban con acento
enternecido--, algn da te acordars con pena de este infeliz que ahora
te causa espanto. Tal vez dentro de algunos aos, cuando te veas vctima
de estas gentes que hoy te rodean, llames en tu auxilio a tu padre y
ste no podr acudir por haber muerto ya, o encontrarse lejos de la
patria e imposibilitado de volver a ella.

Y el infortunado, al decir esto ltimo, rompi a llorar, y como si no
quisiera dar tal prueba de flaqueza ante sus enemigos, sali corriendo
de la habitacin, despus de lanzar a su hija una postrera mirada de
cario.

Al pasar frente a la portera di un rudo empujn al hermano Andrs, que
quiso acercrsele con su ademn obsequioso, y montando en el carruaje de
alquiler que aguardaba a la puerta del colegio, grit al cochero:

--A la fonda!

       *       *       *       *       *

Al apearse don Esteban y atravesar el patio del hotel oy que le
llamaban, y volvindose, tropez con Benito, su antiguo asistente,
despus ayuda de cmara, y en el momento, compaero de aventuras
polticas.

--Arriba, en el cuarto, aguardan, don Esteban. Son varios
correligionarios de esta ciudad que desean saber por usted la actitud
que deben tomar.

--Cmo han sabido que estamos aqu?

--No lo s. Qu diablos!, cree uno que no lo conocen, y donde menos lo
espera... En fin, que esto nos demuestra la necesidad de marcharnos a
Francia cuanto antes. Esta tarde, a las cuatro, sale vapor para
Marsella.

--Arrglalo todo para embarcarnos a tal hora, y alejmonos pronto de
aqu. Ahora vamos a ver qu quieren esos amigos, aunque yo no tengo hoy
la cabeza para estas cosas.

Cuando don Esteban entr en su habitacin levantronse de sus asientos
para saludarle respetuosamente tres hombres de rostro honrado y enrgico
que por sus trajes demostraban pertenecer a esa clase de pequeos
industriales que son el principal nervio del pas y el primer elemento
de toda revolucin.

Venan a cambiar impresiones, a recibir rdenes, a ofrecer su vida y la
de algunos centenares de amigos en defensa de la forma de gobierno que
acababa de caer. Haban sabido por un compaero que reconoci a don
Esteban al bajar del tren que el clebre agitador se hallaba en la
ciudad y deseaban ponerse a sus rdenes si es que el antiguo
revolucionario quera desenvainar la espada vengadora contra los
pretorianos del 3 de enero.

Aquellos honrados patriotas demostraban en su palabra defectuosa, pero
firme, una completa confianza. An no era tarde; la reaccin haba
triunfado en Madrid, pero todava poda desvanecer tal victoria una
protesta armada en las provincias, y para ello nada mejor que iniciarla
en una capital de importancia.

Don Esteban oa con agrado aquellas valientes proposiciones, y por nica
contestacin deca con triste acento:

--No puede ser; es ya muy tarde. Juzgamos por nuestro entusiasmo al pas
y ste se halla fro e indiferente.

Cuando los revolucionarios agotaron todos sus argumentos para convencer
a don Esteban, ste les dijo:

--Es intil que ustedes insistan. Saben hace ya mucho tiempo que estoy
dispuesto a todas horas a dar mi vida por las doctrinas que profeso;
pero en esta circunstancia no me arriesgar a nada porque conozco
perfectamente la situacin. Nuestra Repblica ha cado en medio de la
mayor indiferencia del pas; triste es confesarlo, pero entre nosotros
debemos guiarnos ante todo por la verdad. Naci cuando menos lo
esperbamos, y ms por las desavenencias de nuestros enemigos los
progresistas que por nuestro propio esfuerzo; se implant sin ser
precedida de esas tremendas, pero saludables convulsiones
revolucionarias, y ha sido semejante a esas criaturas exiguas y dbiles
que al venir al mundo no producen a sus madres los dolores de un
laborioso parto, pero que en cambio carecen de vida y llevan en su
sangre la ms espantosa anemia. Creedme, ciudadanos, no nos empeemos en
dar vida a un feto abortado. La Repblica vino cuando la nacin estaba
ya cansada por las repetidas e infructuosas agitaciones de los partidos,
y lo que hoy desea el pas es paz, y por esto se ir, indudablemente,
con aquel que se la d. Quin sabe si, guiado por tal deseo, aceptar
dentro de poco la restauracin monrquica? Afortunadamente, el espritu
republicano y federal existe cada vez ms arraigado en el pueblo
espaol, y algn da fructificar dando resultados ms firmes y
duraderos. En resumen, amigos mos, guarden ustedes su energa sin
lmites para el porvenir, y no expongan en el presente, sin esperanza
alguna, unas vidas que son preciosas y de las que necesita nuestro
partido.

Los tres revolucionarios, si no convencidos, mostrronse anonadados por
la certeza de tales observaciones, y se despidieron de don Esteban
tristes por no poder realizar sus nobles deseos.

Algunas horas despus don Esteban Alvarez y su fiel acompaante salan
de la fonda en un carruaje cerrado, dirigindose al puerto donde se
preparaba a levar anclas el vapor que semanalmente sala para Marsella.




III


--Qu escndalo, padre mo!

Estas fueron las primeras palabras que, elevando los ojos al cielo y
poniendo las manos juntas en dulce actitud, pronunci la directora del
colegio apenas don Esteban sali de su despacho, y la nia fu internada
nuevamente en el colegio.

--Efectivamente, reverenda madre--contest el cura--; ese hombre es un
pecador empedernido que para atacar a los representantes de Dios no
vacila en insultar al rey de cielos y tierra.

--Decir que Dios... Vamos, que el cielo me libre de repetir, ni aun de
recordar tanta blasfemia.

--Y atacar tan calumniosamente a nuestra Compaa!

--A la Compaa de Jess, reverendo padre; a esa inmortal institucin
del ms grande de los santos; del glorioso Loyola, que supo crear con su
Orden la ms firme columna del catolicismo y del Santo Padre.

--Es abominable. Ese infeliz tiene a Satans en el cuerpo...

--Y a Voltaire en la lengua.

El reverendo padre acogi con una amable sonrisa este rasgo de erudicin
de la religiosa, y tras esto quedaron ambos silenciosos como pensando en
un asunto importante, pero que ninguno de los dos quera ser el primero
en exponer.

--Ese hombre--dijo por fin la superiora, no pudiendo resistir ms tiempo
el silencio--es un ser peligroso que algn da puede introducirse en la
noble familia de Baselga, como ya lo hizo en otros tiempos, y matar la
santa influencia que sobre ella ejerce la Compaa.

--Eso no puede ser, reverenda madre; don Esteban Alvarez no volver
nunca a Espaa.

--Padre mo las amnistas polticas son frecuentes en este pas, y
aunque ahora se vea perseguido ese hereje, pronto podr volver a Espaa.

--Eso sucedera si nuestro hombre slo fuera culpable de delitos
polticos; pero ya arreglaremos las cosas de modo que aparezca
complicado en delitos comunes para los que no haya indultos y que
forzosamente conduzcan a un presidio. Esto le mantendr alejado de
Espaa mientras viva.

--No es eso fcil, padre.

--Santa mujer! Para la Compaa no hay nada difcil. Don Esteban
Alvarez, meses antes de la cada de don Amadeo, mand partidas
republicanas en los montes de Catalua, y ya sabemos que en Espaa esa
guerra irregular de guerrillas siempre es causa de atropellos, de los
que bien pueden sacarse responsabilidades criminales para hacerlas caer
sobre quien convenga. Nosotros tenemos en todas las esferas buenos
amigos que nos sirven bien, y adems, los sucesos polticos no pueden
marchar mejor. Esto se va, reverenda madre, y pronto quedar desvanecido
el andrajo de revolucin que aun nos cubre. Dentro de poco, o triunfan
los carlistas, cada vez ms poderosos en el Norte, o surge victoriosa la
restauracin borbnica en la persona de don Alfonso. Nosotros jugamos en
ambas partes, ayudamos a las dos causas, y resulte quienquiera
victoriosa, los amos seremos siempre nosotros; ved pues, si podremos
lograr que ese hombre peligroso no vuelva a Espaa.

--Admiro vuestro talento, padre.

--No, hija: entusiasmaos ante la grandeza de la Institucin de que
formamos parte. Deseando extender la gloria de Dios, trabajamos sin
descanso con el santo propsito de que el mundo entero adore su podero
tomndonos a nosotros por intermediarios. Grande es la empresa, inmensos
medios se necesitan para ella y por esto no hay misin ms noble ni
meritoria a los ojos de la divinidad que la que ahora os toca desempear
dando a Dios el alma tierna de una joven y al tesoro de la Compaa una
respetable fortuna que nos pertenece y que hace tiempo vamos
persiguiendo.

--Padre mo: humilde sierva soy del Seor, pero har cuanto pueda por
dirigir las aficiones de esa nia a la ms santa de las vidas y que su
fortuna venga a aumentar el tesoro de la gran empresa... para la mayor
gloria de Dios.

--El os lo premiar, hija ma. Mucho tenemos que batallar para alcanzar
la conquista del mundo y que en l se inaugure el verdadero reino de
Dios: pero lo lograremos, reverenda madre, lo lograremos, porque nuestro
ejrcito es invencible; los aos pasan sobre l sin hacerle mella; los
huecos que la muerte causa en sus filas se llenan inmediatamente y
camina sin descanso, lentamente, a la sordina, siempre con el mismo
derrotero y a la conquista de idntico fin. La impiedad nos impone
obstculos y los saltamos; escudados en nuestros fines no reparamos en
los medios; nuestras armas invulnerables son el oro, cebo eterno de los
mortales, y la persuasin dulce y embriagadora, cuyo secreto poseemos;
todo cuanto el diablo invent para halagar las pasiones de los hombres
lo empleamos para la mayor gloria de Dios, y seguimos adelante
tranquilos y confiados, ms que en nuestro propio valer, en los
estatutos de la Orden, que la hacen inmortal. Qu importa que nosotros,
soldados de Cristo y del Papa pasemos rpidamente por la esfera de la
vida sin darnos cuenta exacta de las conquistas que realizamos, si sobre
nuestras tumbas queda siempre ese ejrcito invencible, esa sublime
Compaa, eterno fnix que renace sobre las cenizas y que no descansar
hasta el da del triunfo?

--Oh! Seguid, padre mo, seguid--dijo la superiora, a travs de cuyas
gafas se escapaba el brillo del entusiasmo--. Decidme esas palabras, que
me llenan de vida.

--Tened fe en el porvenir de nuestra Orden y cumplid con entusiasmo la
misin que ella os confe. El mundo ser nuestro. Las primeras fortunas
de la tierra irn entrando poco a poco en nuestro tesoro. La confesin,
el continuo consejo en el seno de las familias y la direccin espiritual
realizarn tales milagros. Poco a poco nos apoderamos en todos los
pases de las principales fuentes de produccin; llegar un da en que
el comercio y la industria de la tierra sern nuestros, y entonces
sonar la trompeta apocalptica y comenzar el reinado de Dios. El Papa
ser el rey del mundo, la Compaa de Jess estar como ahora encargada
de dirigir al Santo Padre, y esos reyes, manada de imbciles a quienes
los revolucionarios atacan con razn, sern al frente de sus Estados
simples gobernadores obedientes a la autoridad pontifical y al mandato
de la Compaa. Cada nacin, por grande que sea, equivaldr a una
provincia del inmenso Estado de la Iglesia ideal gigantesco que un da
so el gran Gregorio VII y que realizaremos nosotros los hijos de San
Ignacio. Acabar esa escandalosa doctrina que se llama democrtica; la
libertad morir porque los pueblos han de ser cual los arbolillos de
jardn que son ms hermosos al crecer guiados por la frrea mano del
hortelano; eso que llaman progreso desaparecer de entre los humanos; el
hombre no creer satnicamente, cual hoy, que lleva en su cabeza una
cosa que titula razn y con la que quiere explicarse todo lo existente;
el sentimiento universal ser la adoracin a Dios y a sus representantes
los compaeros de Jess, y el mundo ofrecer el hermoso espectculo de
una vasta congregacin de devotos dirigidos espiritual y materialmente
por nosotros. Os agrada el cuadro? Sents renacer vuestra fe al pensar
que trabajis por tan santa causa?

La religiosa hizo con la cabeza enrgicas seales de aprobacin y don
Toms aadi, cambiando su anterior tono de apstol por el insinuante y
dulce que le era peculiar:

--Pues para la sublime obra, la Compaa necesita dinero, mucho dinero.
Cumplid, pues, vuestro encargo. Que la condesita de Baselga tome el
hbito de religiosa y que sus millones ingresen en el tesoro que hace
tres siglos venimos reuniendo... "ad majorem Dei gloriam".




PRIMERA PARTE

EL CONDE DE BASELGA




I

Un defensor del absolutismo.


En la madrugada del 1. de julio de 1822, cuatro batallones de la
Guardia Real salieron a la callada de Madrid y se trasladaron al Pardo,
donde, con aire omnipotente, dispusieron que su amado rey el seor don
Fernando VII recobrase todos sus derechos de monarca absoluto y que
cayera el rgimen constitucional nacido ao y medio antes con la
sublevacin de Riego en Cabezas de San Juan.

Fu aquello una chiquillada valiente, que cost la vida a muchos
infelices y en la que se dieron a conocer don Luis Fernndez de Crdoba
y otros futuros generales que entonces eran simples tenientes, o ms
bien dicho, pollos militares recin salidos del cascarn.

En aquella jornada, preparada en honor del absolutismo monrquico, son
por primera vez el nombre de don Fernando Baselga, conde de Baselga, que
era un rapaz recin salido de la escuela militar, vivo de genio,
despierto de mollera en lo tocante a travesuras, gran amigo de los
placeres y con el alma un poco atravesada, segn decan sus compaeros;
pero a quien se le dispensaban sus faltas, que no eran pocas, en gracia
al alegre carcter y a la distincin caballeresca que saba dar hasta a
sus actos ms ruines.

El subteniente Baselga, de la Guardia Real, era una esperanza para
aquella corte de Fernando, que se senta molestada bajo la influencia
liberal de la situacin y deseaba el restablecimiento del absolutismo,
lo que significaba la vuelta de aquellos tiempos de Godoy y Carlos IV,
donde cada maana se comentaban los escndalos palaciegos ocurridos en
la noche anterior, sucesos capaces de ruborizar a un Cuerpo de guardia,
y se renda homenaje al querido de la reina, la que, por su parte,
cambiaba de amante cada semana.

Aquellos fueron los buenos tiempos, y no los que haban sobrevenido
despus de 1820, en aquella inaudita poca constitucional, donde los
mismos revolucionarios que trastornaron a la nacin en las Cortes de
Cdiz, aquellos plebeyos insolentes y deslenguados, enemigos de Dios y
de la propiedad, como eran Argelles, Martnez de la Rosa, Garca
Herreros, y otros no menos nombrados, pisaban las alfombras del regio
palacio con el carcter de ministros e iban a deslucir con sus casacas
mal cortadas aquel brillante golpe de vista que presentaban los salones
del rey, repletos de dorados uniformes, faldas de vistosos colorines y
sotanas rojas o moradas.

Cuando el joven subteniente se haca estas consideraciones, sentase
acometido de un furor sin lmites. Aquello no era corte; el palacio real
no pasaba de ser un campamento del pueblo, la ola democrtica lo invada
todo y era preciso que los buenos servidores del rey se agrupasen a su
lado para barrer a todos los "negros" y devolver al palacio su antiguo
esplendor.

El condesito de Baselga experimentaba la misma desesperacin del artista
convencido de que posee condiciones para hacerse inmortal y que, sin
embargo, no encuentra medios para darse a conocer del mundo.

El joven subteniente tena la firme persuasin de que l poda ser el
ms brillante adorno de una corte, y se desesperaba al pensar que, por
culpa de los liberales, all no haba bailes, saraos, ni ninguna de las
grandes diversiones de los antiguos tiempos, pues el rey se pasaba la
mayor parte del ao en sus posesiones campestres huyendo de los motines,
asonadas y manifestaciones con acompaamiento de pedradas y palos, que
siempre venan a terminar frente a las ventanas de Palacio.

Si l hubiera nacido en otros tiempos!...

Ya se lo haba dicho el revoltoso y viejo conde de Montijo, el mismo que
el ao ocho acaudillaba, vestido de chaln y con el nombre de "el to
Pedro", el motn de los lacayos y trajineros contra el favorito Godoy.

--Muchacho, t hubieras hecho una gran carrera a vivir en la corte de
Carlos IV.

El no era ambicioso, no quera medrar; nicamente deseaba divertirse, y
divertirse mucho, y para ello necesitaba un escenario digno de sus
facultades, una corte donde menudearan las fiestas, las damas fueran
traviesas, se tuviera alguno que otro duelo, y desde el rey abajo todos
fueran galanteadores.

Para eso haba entrado l en la Guardia Real, y como tena la completa
seguridad, por informes fidedignos, de que Fernando pensaba de igual
modo y se vea obligado a reprimirse por culpa de los vencedores
liberales, de aqu que profesara a stos un odio ms vivo e inexplicable
que el que pudieran inspirarle sus tradiciones de rancia nobleza.

Por esto, olvidando momentneamente el vino, la baraja y unas relaciones
nada platnicas, que ms por amor propio que por pasin haba contrado
con una duquesa casi cincuentona, dama de honor de la reina, hzose
hombre serio, metise a conspirador, y entendindose con su compaero de
armas, el inquieto Crdova, que era quien se avistaba continuamente con
el rey y estaba en el secreto de "la gorda" que se preparaba contra los
liberales, encontrse a los veintin aos convertido en terrible
sedicioso, aunque no dejando por esto de ser tan superficial como de
costumbre.

Aquel condesito de Baselga era un hermoso ejemplar de la especie de
fatuos dainos, y honraba tanto en lo fsico como en lo moral a su
privilegiada clase demostrando que en la nobleza no todas las familias
degeneran a pesar de los incesantes cruzamientos entre individuos de
idntica sangre.

Su familia, tan cargada de blasones y pergaminos como escasa en
peluconas, habase mantenido hasta entonces pegada al terruo en lo ms
aislado de Castilla la Vieja odiando a la corte y considerando
nicamente como iguales a los individuos de aquella nobleza rstica, que
no doblaba el espinazo ante los favoritos de los reyes, nobleza que
guardaba encerradas en sus casas solariegas las tradiciones de los
feudales tiempos y que se coma sus cosechas al calor de la blasonada
chimenea, teniendo por nica ocupacin la caza y por exclusivo
esparcimiento la diaria misa mayor, las vsperas y alguno que otro
rosario.

La guerra de la Independencia por un lado y las Cortes de Cdiz por
otro, removieron toda la nacin; los franceses a caonazos, y los
diputados con leyes y decretos, sacaron de su marasmo a clases que
permanecan tan quietas como la momia de un Faran en lo ms hondo de
la Pirmide; y aquellos restos semifeudales de la nobleza castellana
fueron arrojados de sus vetustos caserones por el azar de las
circunstancias y entraron en plena vida para contaminarse, como todas
las otras clases, con el ambiente social.

Entonces, como tronco que arranca y arrastra el torrente de una
inundacin, el joven conde de Baselga fu desgajado del rin de
Castilla donde haba crecido y lleg a Madrid contando como nico
capital el puado de duros que cada seis meses le enviaba el cura de su
pueblo como administrador de sus reducidos bienes seoriales, y
especialmente aquellas prendas fsicas que, segn testimonio de los
expertos en achaques de corte, le haran ir lejos, muy lejos.

Sus progenitores haban muerto al terminar la guerra; su padre, a
consecuencia de fatigas experimentadas en la lucha contra los franceses,
pues haba querido organizar una guerrilla y de la campaa slo haba
sacado escasa gloria, muchas penalidades y bastantes golpes; y su madre,
a causa de los numerosos sustos que la haban producido las continuas
fugas y ocultaciones para no caer en manos de los invasores.

El condesito no tena a los diez y seis aos otro arrimo y amparo que el
duque de Alagn, gran seor de la corte, con el que le una un lejano
parentesco; pero en esto le favoreci la suerte, pues lleg a Madrid en
1815, o sea cuando estaba en su perodo lgido la reaccin, cuando el
pueblo era feliz gritando: "Vivan las cadenas y la Inquisicin!", y
Espaa entera adoraba una trinidad tan respetable como la catlica,
compuesta por Fernando "el Deseado", el exaguador Chamorro, bruto con
suerte, que tena el privilegio de provocar la carcajada real relatando
chuscadas del Matadero, y el citado duque de Alagn, personaje
respetable y necesario para la felicidad del Estado, cuyas funciones
consistan en llevar la cuenta de los conventos de monjas que esperaban
la visita de Su Majestad y acompaar al monarca en sus excursiones
nocturnas a casa de Pepa "la Naranjera", o alguna otra notabilidad
manolesca que tena el privilegio de distraer el fastidio de aquel a
quien los predicadores de la poca ponan en parangn con Dios.

Bajo la poderosa proteccin de tan digno personaje hizo el joven conde
sus estudios.

Cerca de cuatro aos invirti en abrir un resquicio en su mollera a un
escrpulo de matemticas y un poquillo de tctica y estrategia, pero
como en aquel entonces tener un padrino como el duque de Alagn
equivala casi a ser pariente del Espritu Santo, pronto ingres en la
Guardia Real con el grado de subteniente y fu presentado al rey y a las
principales damas de la corte.

No fu pequeo el efecto que caus en Palacio, atendida la
insignificancia de su posicin. El monarca, que a la sazn andaba muy
preocupado con la Constitucin que acababa de jurar y las crecientes
pretensiones de los liberales, desarrug, sin embargo, el entrecejo y le
dispens una sonrisa y algunas chuscadas de su repertorio, con las
cuales demostraba conocer las aventuras del joven subteniente, y en
cuanto a las damas de la corte, seoronas de carne hinchada, mascarilla
de colorete y peinado de tres pisos, le dedicaron las ms insinuantes
sonrisas y recogieron sus pomposos vestidos para que se sentara a su
lado aquel nuevo manjar sano y apetitoso que llevaba en su interior la
energa vital de cien generaciones libres de la anemia de las capitales
y fortalecidas por la vida del campo.

En verdad que Baselga mereca tan afectuoso recibimiento.

Era el ms hermoso animal que en muchos aos haba entrado en la corte
para satisfaccin del capricho femenil de las grandes damas.

Su esqueleto poda figurar, por su tamao y fortaleza, en un museo, y
sobre sus huesos de gigante llevaba un apretado tejido de msculos y
nervios capaz de desarrollar la fuerza del atleta y refractario a la
enfermedad y a la fatiga. Su rostro tena una expresin ceuda que al
sonrer se converta en maligna; llevaba con mucha gracia el recortado
bigote y las patillas a la rusa, en moda entre los militares de
entonces, y a tantos encantos fsicos se unan los de una educacin
distinguida, pues manejaba el sable como un cosaco, beba sin caer, como
un arriero, miraba con desprecio a todo hombre que no llevaba uniforme y
jugaba con privilegio de ganar siempre, ya que todas sus fulleras saba
sostenerlas despus, como un matachn, con la punta de su espada.

Los cuartos que le enviaba el cura, su corta paga, algn que otro
socorro que le dispensaba su protector el de Alagn, y las trampas en el
juego, le permitan vivir con ms boato que muchos de sus compaeros de
armas, y hasta se susurraba entre stos que la duquesa madura cuidaba de
su brillante aspecto, renovndole el uniforme cada tres meses, con el
fin de que se presentara como el oficial ms elegante y apuesto de la
Guardia.

Sus calaveradas y rasgos de carcter eran uno de los temas obligados en
las tertulias elegantes, y hasta absolutistas tan ceudos y malhumorados
como el duque del Infantado y el padre Cirilo Alameda, rean a
carcajadas al saber que Baselga se disfrazaba de majo e iba a las Cortes
para tener el gusto de arrojar a los diputados cortezas de naranja, o se
emboscaba al anochecer con algunos compaeros en la plaza de Palacio,
embozado hasta los ojos y con el sable desnudo, para emprenderla a
cintarazos con los mozuelos y mujeres que se colocaban bajo las ventanas
del regio alczar llamando a Fernando "feo narizotas, cara de pastel".

Todas estas hazaas las consumaba el joven subteniente como en muestra
de agradecimiento al rey y al duque de Alagn, y para desahogar la rabia
que senta contra aquellos liberales que, con sus costumbres puritanas,
impedan que fuera la corte lo que en los buenos tiempos y que en ella
pudiera lucirse un descendiente de los hroes de la reconquista que se
llamaba don Fernando de Baselga.

La fama de los despropsitos que continuamente cometa el calavera
subteniente fu hacindose tan grande, que lleg a odos de Fernando, y
ste, que entonces se ocupaba en urdir la conspiracin nmero mil y
tantas contra la Constitucin que voluntariamente haba jurado, en uno
de los concilibulos que a altas horas de la noche celebraba en su
alcoba con Alagn, Infantado y el joven Crdova, habl a ste de la
necesidad de interesar en el plan a Baselga.

--Seor--contest Crdova con el desprecio que los hombres de genio
guardan para los fatuos--; ese hombre ser til para cuando demos el
golpe; pero, entretanto, puede comprometernos.

--No importa; hblale de mi parte. Es un bruto que sabr animar a la
gente y te evitar descender a ciertos trabajos.

El joven subteniente, a quien el soberano haba agraciado con tan
hermosa calificacin, recibi con el mayor placer las indicaciones de su
compaero de armas, y estuvo a punto de desmayarse de satisfaccin al
saber que Su Majestad haba pensado en l para tan delicada empresa.

Desde aquel momento se olvid de todo para dedicarse exclusivamente a la
vida de conspirador.

Qu actividad la suya! Con qu elocuencia saba hablar a sus
compaeros para decidirles a que desenvainaran su espada contra el
Gobierno! A los amigotes de rias y francachelas pintbales con
arrebatada oratoria la necesidad que haba de cortar a los liberales
esto, aquello y lo de ms all; a los que sentan sus mismas aficiones
entusiasmbalos describiendo lo que sera la corte as que la Guardia
echara abajo la maldecida Constitucin, y a los que se mostraban tmidos
e irresolutos intentaba atemorizarles dicindoles con aire de matoncillo
que as que triunfase la buena causa se procurara hacer en las horcas
una buena cuelga de aquellos que en los momentos de peligro no queran
defender los sagrados derechos del rey.

Pronto tuvo Baselga terminados sus trabajos de preparacin, y no debi
hablar mal de ellos Crdova al rey, pues ste diriga bondadosas
sonrisas al subteniente siempre que lo vea en Palacio.

Por fin, lleg el momento de dar el golpe.

Con motivo de ciertas manifestaciones de desagrado que el pueblo hizo al
rey, el 30 de junio, cuando se retiraba a Palacio, despus de asistir a
la clausura reglamentaria de las Cortes, hubo sablazos y culatazos entre
la Guardia y la milicia nacional, con el consabido acompaamiento de
corridas y cierre de puertas.

Baselga comenzaba a estar en su elemento y varias veces propuso a sus
compaeros el dar all mismo el grito de "Viva el rey absoluto!", y
volviendo a las Cortes, fusilar a todos los diputados.

Quera acelerar el movimiento con un acto disparatado, y ya que no pudo
lograrlo en aquel momento, por la tarde lo consigui, pues a las puertas
del mismo Palacio Real, y por consejo suyo, unos cuantos soldados
hicieron fuego por la espalda sobre don Mamerto Landaburu, capitn de la
compaa de Baselga y a quien ste odiaba por sus ideas liberales.

Despus de un crimen de tal importancia realizado al grito de "Viva la
monarqua absoluta!" ya no caban vacilaciones.

La milicia nacional, la guarnicin de Madrid afecta al Gobierno, y el
pueblo, caeran inmediatamente sobre los agresores y la conspiracin
quedara desbaratada, lo que oblig a tomar a los conspiradores una
resolucin definitiva.

Cuatro batallones de la Guardia Real salieron aquella misma noche de
Madrid, mandados por oficiales jvenes y de poca graduacin, pues el que
ms, era capitn.

El conde de Baselga iba al frente de medio batalln, contento de la
aventura y con todo el empaque de un ilustre caudillo.




II

El 7 de julio.


Al anochecer del da 7 de julio, entre las gentes de alta estofa
reunidas en los salones del Palacio Real, reinaba una alegra no exenta
de zozobra.

Se esperaban graves acontecimientos para dentro de breves horas.

El rey, bajo frvolos pretextos, mantena a su lado a los ministros
liberales; los cortesanos comenzaban a tratar a stos ms como vencidos
y prisioneros que como gobernantes, y fuera de las doradas cmaras, en
las antesalas escalinatas y patios, vociferaban los soldados de la
Guardia que no haban seguido a sus compaeros en la insurreccin, y
permanecan all para guardar la persona del soberano.

Aquellos pretorianos, actores indispensables de la tragedia que se
preparaba, eran tratados como cannigos por la servidumbre de Palacio,
que se extremaba en llenar sus estmagos para que as adquirieran nuevas
fuerzas y supieran batirse firmemente con los liberales.

Los platos humeantes, recin salidos de los fogones, los fiambres
costosos, las frutas raras, los helados exquisitos y los vinos, que
haca ya muchos aos dorman en las bodegas de Palacio bajo espesa capa
de telaraas y polvo, salan a borbotones por la puerta de las cocinas
en brazos de diligentes pinches, y eran distribudos entre aquellos
mocetones uniformados, tan gallardos como brutales, que con el fusil
bajo el brazo recogan el regalo del rey y lo partan alegremente con
sus amigas, alegres mujercillas que haban llegado de los barrios ms
extremos de Madrid al olor de la fiesta.

Las antecmaras estaban convertidas en comedor, y cada rincn o hueco de
escalera en un burdel.

La licencia soldadesca se posesionaba a sus anchas del regio alczar, y
el rey y sus cortesanos lo vean pero callaban.

Convena acariciar y sufrir antes de la pelea a aquellos perros de presa
que iban a ser arrojados contra la Constitucin.

A intervalos apareca en los tejados de Palacio una gran linterna roja
que se mova con seales de telegrafa misteriosa, y a la que contestaba
all a lo lejos, con idnticos movimientos, otra del mismo color desde
las alturas del Pardo que ocupaban los batallones insurrectos.

Aquello, segn las gentes enteradas de los secretos de Palacio, era la
seal convenida entre el rey y sus pretorianos para que stos cayeran
sobre los liberales que defendan Madrid y que se mostraban descuidados
y muy ajenos de esperar ataque alguno.

La contestacin que marcaba el farol del Pardo, produjo en los regios
salones la ms grata impresin.

Los cortesanos se felicitaban mutuamente, y los frailes y clrigos
estrechaban las manos de los grandes de Espaa y generales de saln,
dndose plcemes por el prximo triunfo que devolvera a las clases
tradicionales sus antiguos privilegios, desterrando de la nacin los
demonios de la libertad y del progreso.

--Van a venir!--deca con gozo un obeso cannigo a un acartonado
gentilhombre.

--Pronto tendremos absoluto a nuestro seor don Fernando.

--Absoluto!--exclamaba con alegra casi frentica y frotndose las
manos el esfrico prebendado--. Absoluto! Eso es; y que podamos arrojar
pronto lejos de nosotros la polilla liberal.

Fernando, en tanto, rodeado de sus inseparables duques de Alagn y del
Infantado y de otros cortesanos ntimos, celebraba con su chusca risa de
canalla la mala jugada que les preparaba a los liberales.

Los cuatro batallones de la Guardia no anduvieron perezosos en cumplir
lo prometido por medio de aquel extrao telgrafo ptico.

Seis das de inaccin, de crueles indecisiones y de ver que en toda
Espaa nadie se levantaba a secundar el movimiento, conforme el rey
haba prometido, destruyeron un tanto la disciplina militar e
introdujeron el desorden en las filas.

Crdova haca esfuerzos para que no se malograra aquella empresa, de la
que l era el alma.

Los liberales, por una extraa apata, haban dejado a los guardias que
permaneciesen tanto tiempo sublevados en los alrededores de Madrid; pero
era de esperar que de un momento a otro cayeran sobre ellos,
aplastndoles con el peso de su superioridad, y por esto los directores
del movimiento decidieron tomar la ofensiva presentndose
inesperadamente en la capital y poniendo de su parte la gran ventaja de
la sorpresa.

El condesito de Baselga ayud mucho a Crdova en la tarea de decidir a
los compaeros a caer sobre Madrid.

Aquel matoncillo de corte deseaba con ansia tomar parte en una funcin
de guerra y hacer contra la libertad algo ms serio que darse de
sablazos con los milicianos en la plaza de Palacio o de bofetadas con
los patriotas que aplaudan en la tribuna de las Cortes.

El deseo de los ms levantiscos se impuso a la cautela de los ms
prudentes, y los cuatro batallones emprendieron la marcha a las diez de
la noche.

Baselga mandaba una compaa, y muchas veces volvi la cabeza durante la
marcha para contemplar el ciento de altas gorras de pelo que en
correctas lneas se movan detrs de l entre el bosque de caones de
fusil que brillaban al fulgor misterioso de un cielo sin luna, pero
poblado de estrellas.

All abajo deba estar Madrid, el antro donde se guareca el monstruo
liberal que aquellos caballeros andantes del absolutismo iban a
exterminar; y los guardias miraban ansiosamente hacia adelante, como
queriendo entrever los contornos de la poblacin en la semiobscuridad de
la noche.

Cuando los cuatro batallones llegaron a las tapias de Madrid,
apoderronse fcilmente de un portillo y entraron en la capital.

Cambi entonces el aspecto de aquellas fuerzas. Algunos de los reclutas
de la Guardia, entusiasmados por el buen resultado de la sorpresa,
gritaron: "Viva el rey neto!"; pero las escasas voces fueron ahogadas
por los veteranos, soldadotes duchos en la guerra, que llevaban sobre su
pecho, en forma de cruces, el recuerdo de las ms clebres campaas de
la Independencia y a quienes la gente llamaba los barbones de
Ballesteros, por la gran aficin que demostraban a dejarse crecer los
pelos de la cara.

Haba que caer por sorpresa sobre los liberales; era preciso no
avisarles con gritos ni disparos, y por esto los batallones, a la
desfilada y rozando las casas, fueron deslizndose a lo largo de las
calles.

Aquellos paladines de la legitimidad monrquica avanzaban con la vil
cautela del asesino que va a caer sobre el enemigo descuidado.

Pronto ces tal situacin. Al volver la cabeza del primer batalln una
esquina, encontrse frente a una patrulla liberal que recorra,
vigilante, la ciudad. Son un tiro, despus una descarga, y los vivas a
la Constitucin y al absolutismo se confundieron con el tremendo rugido
de la fusilera.

Haba ya empezado el combate y Madrid despert de su sueo.

La milicia corri a las armas; elevse en las calles un rumor semejante
al bostezo de la fiera que despierta sorprendida por el primer tiro de
los cazadores, y en los puntos ms cntricos de la capital fueron
reunindose los batallones de la milicia nacional y los patriotas
armados que deseaban luchar por la libertad.

La plaza Mayor era el punto cuya posesin ms interesaba a los
insurrectos realistas y all se dirigi la Guardia Real en varias
columnas y siguiendo distintas rutas.

Baselga, sin separarse de Crdova, al que profesaba tanto respeto como
admiracin, psose al frente de los quinientos hombres que iban a atacar
la plaza por el callejn llamado del Infierno, y denodadamente comenz a
avanzar.

Aquel truhn palaciego era valiente y tena la audacia del bandido
cuando se ve en peligro.

El tiroteo que se inici en la calle de la Luna haba puesto en guardia
a los defensores de la plaza Mayor, y al extremo de aquella angosta y
oscura callejuela, bajo el amplio arco que daba acceso a la plaza,
destacbanse, al rpido resplandor de los fogonazos, los enormes chacs
de los milicianos terminados en orondos pompones, y las figuras
bizarras, aunque poco militares, de aquellos tenderos, abogados y
oficinistas que en das tranquilos jugaban a soldados con infantil
complacencia y que en aquella noche, por uno de esos raros fenmenos que
surgen en la historia cuando menos se les espera, se disponan a morir
como hroes.

La espesa granizada de balas de fusil ruga en la estrecha garganta de
la callejuela, salpicando las paredes, acribillando puertas y ventanas y
derribando los acometedores, de los cuales muchos avanzaban apegados a
los muros y amparndose de sus huecos y salientes, mientras que otros,
situados en el centro de la angosta va, hacan fuego a pecho
descubierto o desafiaban a la muerte, siguiendo adelante sin otra
defensa ante su pecho que la punta de la bayoneta.

Baselga atac con el ardor de un granadero. En el primer empuje se vi
prximo a la sombra arcada, cuyas negras fauces se iluminaban con el
instantneo relmpago de la fusilera; casi lleg a tocar con la punta
de su espada aquellos grupos de azules capotes, charreteras encarnadas y
gigantescos morriones que cubran, como animada barricada, la entrada
de la plaza; pero inmediatamente tuvo que retroceder, pues se encontr
solo. Ninguno de aquellos guardias de tan reconocida bravura haba
conseguido avanzar tanto.

Los audaces estaban tendidos en el suelo y los dems se replegaban al
fondo de la callejuela, hostigados por las incesantes descargas de
fusilera.

El condesito volvi adonde estaban los suyos y all encontr a Crdova,
que, con el rostro contrado por el furor y los ojos saltando de sus
rbitas, arengaba a los soldados y se dispona a cargar a la bayoneta,
forzando de este modo la entrada de la plaza.

Formse la columna. Agitando sus espadas pusironse al frente los
oficiales y aquella masa de hombres y de hierro que por debajo era
monstruo de innumerables y feroces piernas, y por arriba confusa
aglomeracin de bayonetas y colosales gorras de pelo, parti con
arrolladora furia sobre el montn de milicianos que serva de
inexpugnable muralla a la arcada y que esperaba el ataque con el fro y
terco valor del hombre pacfico a quien el entusiasmo convierte en
soldado.

La granizada de plomo no detuvo al monstruo de hierro en su precipitada
carrera; el suelo de la calle tembl bajo tan uniformes y aceleradas
pisadas, y sobrevino el choque, brutal, ensordecedor y furioso como el
tremendo topetazo de dos bestias prehistricas.

Las bayonetas de una y otra parte se cruzaron buscando con rabia los
enemigos pechos; los fusiles, todava humeantes, voltearon sobre las
cabezas, esgrimidos como mazas de combate, y a las respiraciones
jadeantes acompaaron rugidos de rabia, gemidos de dolor y vivas a la
libertad y al absolutismo.

El brutal encuentro dur slo algunos instantes. Pugnaron ambas masas
por repelerse mutuamente; las filas de la milicia parecieron abrirse un
tanto con los movimientos de la lucha, y un gran nmero de guardias,
aprovechando el claro, introdujronse en la plaza con la audacia del que
comienza a sentirse vencedor.

Un nuevo obstculo vino a cerrarles el paso. All estaban, hasta
entonces inactivos, los jinetes de Almansa, aquel terrible regimiento de
Caballera cuyos soldados y oficiales eran el ncleo de todas las
sociedades secretas y el principal elemento de las algaradas
revolucionarias y que ostentaban el lema de "Libertad o Muerte".

Cay el tropel de caballos con arrolladora furia sobre la manga de
guardias que iba introducindose en la plaza, y stos vironse
arrollados y obligados a retroceder.

Aquellos terribles liberales saban pegar recio con sus sables, y
cuantos intentaron oponerse a la carga cayeron acuchillados por los
centauros de la revolucin.

Deslizbanse los viejos soldados por entre los grupos de caballos,
pugnando por llegar al centro de la plaza; pero por todas partes
encontraban cerrado el paso y tenan que retroceder esquivando con el
fusil un diluvio de tajos y estocadas.

Baselga haba sido de los primeros en penetrar en la plaza y quiso
resistir antes que ser empujado por la Caballera nuevamente al
callejn.

A los sablazos de los jinetes contest con toda su habilidad de
consumado espadachn; pero en una de las ocasiones que levant su
espada, un sable, resbalando a lo largo de sta, cay sobre su hombro
derecho arrancndole media charretera y rompindole la clavcula.

Cay intil el brazo a lo largo del cuerpo; su mano abandon la espada y
se consider prximo a perecer entre aquel torbellino de hombres,
caballos y sables que vertiginosamente le envolva.

Afortunadamente para l, la fuga de los guardias lo arrastr, y con toda
la vaguedad de un sueo vino a recordar, cuando volvi a encontrarse en
el fondo de la callejuela, lo que haba ocurrido en la plaza y cmo
sali de ella entre empujones, golpes y bayonetazos esquivados, por
aquella arcada tan valientemente defendida por los milicianos.

Baselga, al verse con los suyos, que haban vuelto a rehacerse, recobr
su habitual energa, y para demostrar con cierta pueril complacencia que
no haca gran caso de la herida, crey muy propio proferir algunas
interjecciones contra aquella "gentecilla" de la milicia que tan dura
era de pelar y con tanta tenacidad defenda su alabada Constitucin.

Para ser unos tenderillos--como deca Baselga despreciativamente--, se
batan muy bravamente aquellos milicianos que juzgaban la Constitucin
del 12 como el arca santa en cuyo interior se encerraba el tesoro de
todas las verdades y la suprema felicidad.

Ni por un instante decaa el entusiasmo de los defensores de la plaza
Mayor y nadie se hubiera imaginado horas antes que aquellos batallones
de la milicia, a los que daban cierto aspecto ridculo los honrados
burguesillos de rostro bonachn y abdomen prominente, haciendo
esfuerzos por tomar dentro de su uniforme un aire marcial, pudieran
llegar a tal grado de herosmo.

Mezclados entre los milicianos que vivaqueaban desde el anochecer en la
plaza, figuraban los principales personajes de la revolucin, los que
gozaban de ms grande popularidad.

Riego, vestido de paisano y presentndose como un simple diputado,
animaba a los milicianos con marcial elocuencia e interrumpa su
peroracin para coger el fusil de un herido y dispararlo contra los
asaltantes.

El general Morillo, el hroe de las guerras de Amrica, con aquel gesto
avinagrado que le era caracterstico, diriga la defensa sin bajar de su
caballo, presentando fcil blanco a los tiros de los asaltantes.

El jefe de la milicia era el brigadier Palanca, aquel mdico toledano
que en la guerra de la Independencia abandon la curacin de enfermos
para matar franceses y que a fuerza de seguir la original tctica de las
guerrillas lleg a convertirse en un completo y popular caudillo y poco
despus en ardiente liberal.

Estos tres personajes mezclados con un sinnmero de generales,
diputados, periodistas y oradores de club, que eran la representacin
ms genuina de aquella poca revolucionaria, constituan el ncleo de la
defensa, siendo el alma de aquel gigante de hierro y fuego que alargaba
sus brazos relampagueantes y estremecedores por todas las avenidas de la
plaza.

La defensa, en vez de decrecer con el tiempo, iba en aumento conforme
transcurran las horas, pues los liberales reciban nuevos refuerzos de
los extremos de la capital.

Las columnas de la Guardia Real, lejos de manifestar debilidad al ver
aumentado el peligro, redoblaban su empuje semejante al toro que se
enfurece pugnando por derribar con la testa un resistente obstculo.

Pronto tuvieron los sediciosos que luchar con un nuevo y terrible
enemigo.

Los guardias, desde el fondo de las tres calles por donde dirigan sus
ataques, vieron rodar bajo las arcadas bultos informes e inanimados que
arrastraban los defensores de la plaza produciendo sordo ruido.

Al poco rato ya no fu la fusilera nicamente la que barri las calles.
Un fogonazo ms intenso que los anteriores enrojeci las sombras,
sonaron detonaciones ensordecedoras y la metralla rasg rugiendo el
espacio para ir a incrustarse en aquellas masas de carne que se
amontonaban, preparndose a un nuevo ataque.

Los caones daban una terrible superioridad a los liberales y los
guardias reconocan que era preciso apoderarse de ellos o resignarse a
morir despedazados por aquella lluvia de hierro.

Preparronse a hacer el ltimo esfuerzo y a morir si necesario era antes
que retroceder y ser barridos por aquel vendaval de plomo. Haba que
hacer callar a las bocas de bronce aunque tuvieran que obstruirlas con
sus propios cuerpos.

Sin otro gua que la desesperacin, rugiendo de rabia, en completo
desorden y viendo abiertos a cada instante nuevos claros en sus filas,
partieron veloces las columnas, como si quisieran aplastar aquellas
barricadas de hombres y caones.

Estos redoblaron sus rugidos y pronto tuvieron junto a sus fauces de
bronce el tropel de desesperados que buscando la muerte, aclamaban al
rey, que a aquellas horas estaba en su palacio, si no muy tranquilo,
bastante descansado.

Aquella lucha furiosa hasta llegar a la demencia tom un carcter tan
grandioso como el de los combates homricos.

Los continuos fogonazos rasgaban en lvidas fajas la densa oscuridad y a
su instantneo resplandor destacbanse los movedizos contornos de aquel
gigantesco montn de hombres tenaces en su idea de permanecer firmes o
de avanzar.

Con la fantstica y atropellada rapidez de las visiones del delirio,
vislumbrbanse en los instantneos focos de luz que produca la plvora,
las casacas azules de los guardias con sus rojas franjas sobre el pecho
a modo de alamares, las amplias levitas de los milicianos, las rojas
charreteras en desorden, los rostros contrados por el furor o
ennegrecidos por la plvora con la horripilante expresin de una imagen
dantesca, las gorras granaderas y los morriones pugnando y
entremezclndose y ms encima un bosque centelleante de espadas y
bayonetas, machetes y escobillones de artillera que se agitaban
buscando la presa sobre quien caer.

Los caones hacan fuego a quemarropa. Cada vez que rugan trazbase en
la apretada masa de hombres un surco rojizo; retroceda aqulla con
instintivo movimiento y en el claro que exista por un momento, tendidos
en el suelo o pugnando por sostenerse, como espectros de una pesadilla,
veanse seres mutilados y horribles que se retorcan con las
contorsiones de infernal dolor.

Aquello ya no era el combate de soldados civilizados, era la apoteosis
de la guerra, desprovista de toda conveniencia y mostrndose en su
salvaje desnudez. La pasin poltica y la desesperacin converta a los
combatientes en fieras. Un poeta al describir la nocturna batalla la
hubiera comparado en tal momento a un canto con estrofas de hierro y
fuego entonado en loor de la brutalidad de los hombres.

No poda durar mucho tiempo aquella hecatombe espantosa.

La Guardia, ms por irreflexivo espritu de conservacin que por miedo,
retrocedi, recibiendo por la espalda el fuego de sus enemigos; pero
como avergonzada de su fuga, apenas se reconcentr al extremo de las
calles, volvi otra vez al ataque con furia todava creciente.

Aquellos jvenes oficiales, calaverillas de la guerra, que haban
efectuado la insurreccin de la Guardia con la misma ligereza que una
aventura amorosa, comprenda ya la terrible situacin en que
voluntariamente se haban colocado; vean claramente el compromiso
terrible contrado con sus soldados, a quienes llevaban a la muerte y
con su rey, que aguardaba el triunfo, y se arrojaban decididos sobre el
enemigo pensando ms en la muerte que en la victoria.

Hay que hacer justicia a aquellos jvenes fanticos del realismo
absoluto que acometieron la loca aventura del 7 de julio y ensalzar el
valor heroico que desplegaron por tan despreciable causa.

El condesito de Baselga estaba fuera de s.

Sentase avergonzado y loco de rabia al pensar lo que diran al da
siguiente las duquesas de la corte sabiendo que "los tenderos" de la
milicia haban derrotado a los valientes y dorados mozalbetes de la
Guardia; y esta idea horripilante le arrastraba al suicidio.

Ya no pensaba en penetrar en la plaza; tan slo quera morir abrazado a
uno de aquellos caones que tanto dao causaban y que vinieran despus
las hermosuras cortesanas y hasta el mismo rey a contemplar el cadver
de tan glorioso mrtir del absolutismo.

Guiado por tal idea, mostrbase bravo entre los bravos, marchando el
primero en la columna, a pesar de que slo con gran dificultad poda
mover su brazo derecho.

La metralla pasaba rozndole y haca caer a los que ms cerca estaban;
pero ni una sola vez se desviaba para tocar a aquel insensato que la
llamaba a gritos. Los rugidos de los caones parecan a Baselga
sarcsticas carcajadas de la muerte que se burlaba de un amante tan
porfiado.

Varias veces lleg a tocar con su brazo casi intil el bronce de
aquellos caones, y otras tantas retrocedi arrastrado por el reflujo de
los asaltantes, que slo por algunos instantes podan permanecer
batindose cuerpo a cuerpo y recibiendo las descargas a quemarropa.

En ms de una ocasin la bayoneta de un miliciano pudo atravesar su
pecho con un solo ligero empuje; pero los defensores de la portalada le
respetaron, admirando su valor y tal vez compadecidos de su juventud.

Iba ya acercndose el amanecer, las sombras eran cada vez menos densas,
y la Guardia, extenuada por tan gigantescos esfuerzos y cada vez ms
combatida por sus enemigos, convencise de que era intil su empeo.

Apenas esta conviccin se extendi por las filas, aquellos bravos
batallones, en los que figuraban los ms aguerridos veteranos del
ejrcito espaol, declarronse en fuga.

Comenzaba el cielo a empaparse con la claridad de los rpidos
crepsculos del verano; esa luz azulada y vaga propia del amanecer,
coloreaba los objetos, y los guardias, como horrorizados del desolador
aspecto del campo de batalla, y aun del que ellos mismos presentaban,
desordenronse y apelaron a la fuga con direccin al palacio real en
busca de asilo, como los facinerosos de las pocas de fanatismo que,
huyendo de la justicia, se acogan al sagrado de las iglesias.

Los oficiales intentaron detenerlos; pero se vieron desobedecidos,
arrollados, arrastrados por aquella vertiginosa corriente de hombres, y
pronto los batallones, pocas horas antes de tan brillante aspecto,
corrieron azorados, revueltos y en espantoso desorden, perseguidos de
cerca por los defensores de la plaza Mayor.

Al entrar en la calle del Arenal aguardbales una tremenda sorpresa.

Las fuerzas liberales que ocupaban la Puerta del Sol acababan de recibir
tres caones del Parque y enviaron un certero golpe de metralla a aquel
tropel de fugitivos.

Baselga marchaba de los ltimos, avergonzado de la huda, y corra tan
slo para detener a sus soldados, que eran sordos a las voces de mando.

Cuando sonaron los metrallazos desde la Puerta del Sol, vi caer a dos
soldados que iban delante, y al mismo tiempo sinti en una pierna un
golpe semejante al de un tremendo garrotazo.

Mir... y estaba lleno de sangre. Algo entre angustia y asfixia subi de
su estmago a la cabeza, parecile que el suelo tiraba de l, y
tambalendose como un borracho fu a detenerse con dolorosa
voluptuosidad en el umbral de una gran puerta.

A travs de la nube sangrienta que empaaba sus ojos, vi Baselga pasar
por el centro de la calle, con la rapidez de una tromba, a los
batallones de la Milicia y del ejrcito liberal, que, con la bayoneta
calada, iban en persecucin del enemigo.

Despus, todo qued a su alrededor desierto y silencioso.

Un rpido y creciente entumecimiento invada el cuerpo de Baselga, y sus
facultades se amortiguaban gradualmente.

Cuando estaba ya prxima a extinguirse en l la nocin del ser, le
pareci que alguien tiraba de sus hombros y lo arrastraba.

--Ser esto la muerte que llega?--pens el destrozado realista.

E inmediatamente su cerebro qued inmvil, sumergindose en la sombra.




III

La casa misteriosa.


Desde principios de siglo, llamaba la atencin de los vecinos de la
calle del Arenal y aun de los que no sindolo pasaban a menudo por dicha
calle, un gran casern situado frente al antiguo convento de San Felipe
Neri, que tena ese aspecto enigmtico y terrible de los edificios sobre
los que pesa una leyenda terminada con su correspondiente maldicin.

Ancha puerta eternamente cerrada y casi revestida con las pellas de
barro que sobre ella iban arrojando sucesivas generaciones de muchachos;
largos y panzudos balcones aprisionando entre el labrado de hierro de
sus balaustradas espesas capas de polvo y telaraas que se extendan
hasta cubrir las rotas vidrieras; paredes pintadas al fresco con
escenas mitolgicas y atrevidos aleros con canalones terminados en boca
de dragn que en los das de lluvia arrojaban un verdadero diluvio sobre
los transentes; stos eran los detalles ms llamativos y principales de
aquella fachada que bajo la mscara de su decrepitud inspiraba horror a
todos los vecinos.

En las rendijas de la gran puerta crecan bosques en miniatura que
movan mansamente sus verdes cabelleras al pasar un transente por cerca
de aqulla, y las ninfas y dioses olmpicos pintados en el muro estaban
descoloridos por la lluvia y los vientos y ostentaban con ademn triste
unas carnes enfermizas y amarillentas que haban surgido muchos aos
antes sobradamente rosadas del pincel de un artista italiano.

All se encerraba un misterio; algo sobrenatural, algo gordo que hara,
sin duda, estremecer de horror hasta erizar el cabello; pero aunque
resulte triste el confesarlo, no andaban muy conformes las tradiciones
del barrio acerca del terrible suceso ocurrido en aquella enigmtica
escena.

En tal casern, lo mismo poda haber vivido algn maldito hereje que
vendiendo su alma al demonio fu arrastrado por ste al infierno en la
hora de la muerte, con rayos, truenos y nubes de azufre a estilo de
comedia de magia, que algn marido que terminara las adlteras
relaciones de su esposa dando de pualadas a la amorosa pareja, y
marchando despus a un convento, no sin antes dejar bien cerrada la casa
para que nadie pisara ms el lugar del espantoso crimen.

Todas las leyendas de aquellos tiempos de fanatismo, credulidad y
aficin a lo absurdo, podan haber ocurrido en el casern, incluso la de
haber servido de fbrica a monederos falsos, que era lo que opinaba un
barbero de la vecindad, hombre de cierta despreocupacin y de eterno
sentido prctico, que en punto a suposiciones se adelantaba algunos aos
a sus contemporneos.

Sea cual fuera la historia de aquel casern, por todos desconocida y que
a causa de esto cada cual relataba a su modo, lo cierto es que en el
barrio y en las gradas del fronterizo convento de San Felipe, lugar del
clebre "mentidero", era objeto de muchas conversaciones y de cierta
preocupacin respetuosa. Las viejas al pasar junto a l, hacan la seal
de la cruz; los muchachos slo en un arranque de audacia se atrevan a
ensuciar su frontera arrojndola pellas de barro, y al cerrar la noche,
ms de un transente, al acercarse al ttrico edificio, lo contemplaba
con recelo y apresuraba el paso.

Por desgracia para los espritus inquietos y amigos de noveleras,
pronto ces aquel misterio, pues una maana aparecieron abiertos los
antiguos balcones, mientras que por el ya franqueable portn entraban y
salan a cada momento, para arreglar las diligencias propias de una
instalacin laboriosa, unos cuantos criados, entre los que se
distinguan dos enormes negros y un vejete de aspecto tan ruin como
repulsivo, que miraba a todos con airecillo de superioridad.

Ocurri esto a mediados de 1819, cuando la primera reaccin
anticonstitucional estaba ya prxima a terminar y los absolutistas se
iban alarmando en vista de las muchas conspiraciones liberales que se
descubran y las inequvocas muestras de revolucin que se notaban en
las provincias.

Estaba entonces la curiosidad de las gentes ms excitada que nunca, as
es que a los pocos das ya saban los vecinos de la calle del Arenal
quin era la persona atrevida que iba a habitar una casa de tan malos
antecedentes.

Era la baronesa de Carrillo, joven seora americana, viuda de un alto
funcionario, muerto en Mjico por los insurrectos, y que vena a Espaa
para salvar su vida y las muchas peluconas que constituan su fortuna,
de los riesgos que pudieran correr entre el torbellino de la revolucin.

Esto lo supieron los vecinos de boca de uno de aquellos negrazos a costa
de pagar algunos vasos de vino en la taberna ms cercana, y tambin
lograron tener la certeza de que la tal seora era muy buena catlica y
temerosa de Dios, pues en su viaje la haba acompaado un sacerdote y
eran muchos los curas que la visitaron en todas las poblaciones de
importancia que atraves desde Cdiz a Madrid.

Esta ltima circunstancia tranquiliz a los curiosos vecinos y desterr
de su nimo toda sospecha de complicidad diablica.

Una seora que estaba en tal intimidad con las gentes de iglesia, no
poda tener ninguna relacin con los malos espritus que hasta poco
antes haban habitado aquella misteriosa casa.

Los sucesos pblicos que a poco sobrevinieron, el ruidoso triunfo de la
revolucin y las agitaciones propias de un pueblo que al verse en
posesin de su libertad experimentaba idntica impresin que un muchacho
con zapatos nuevos borraron muy pronto en los vecinos de la calle del
Arenal la curiosidad que les produca todo lo que se relacionaba con el
clebre casern y sus habitantes.

Las algaradas continuas, los motines a diario, los frecuentes paseos
nocturnos del retrato de Riego a la luz de antorchas y las agitadas
sesiones de los Clubs patriticos, eran motivo de pblica preocupacin y
ms que suficiente para que la gente se olvidara de los chismes y
enredos de vecindad que poco antes constituan su delicia y eran el tema
obligado de conversacin.

Poco a poco, en el transcurso de ao y medio, el misterioso casern de
la calle del Arenal, a pesar de que su puerta slo se abra varias veces
cada da y de que la seora que lo habitaba tena cierto empeo en
dejarse ver poco, se convirti en una casa vulgar, incapaz de llamar la
atencin de nadie.

Si los compadres del barrio no hubiesen estado tan ocupados en los
asuntos polticos, y en vez de asistir por las noches a las tumultuosas
sesiones de "La Fontana de Oro", a or los revolucionarios discursos de
Alcal Galiano, o a las Juntas organizadoras de la Milicia Nacional,
hubiesen permanecido, como antao, tomando el fresco a las puertas de
sus casas, de seguro que hubieran visto algo digno de ser comentado y
discutido.

Casi todas las noches el postigo de la gran puerta se abra lenta y
silenciosamente casi al mismo tiempo que por la parte de Palacio
aparecan en la calle dos hombres altos y recios que, a pesar de estar
ya bien entrada la primavera de 1822, iban embozados en largas capas,
semejantes a las usadas por los majos del Matadero.

Los dos embozados caminaban con afectada naturalidad hasta llegar a la
casa, pues as que estaban junto al entreabierto portn, miraban a todos
lados rpidamente y con alarma, acabando por desaparecer en la negra
abertura que inmediatamente quedaba cerrada.

Aquellos dos hombres y algn que otro cura, de aire humilde y sonrisa
serfica, eran los nicos visitantes de la seora de la casa.

Aunque en la calle no dominara, por causa de las circunstancias, el
mismo espionaje que antes, no por esto faltaban comadres curiosas que se
hicieran pronto cargo de tales visitas.

Una vez conocidas stas, la curiosidad se interes en averiguar ms, y
pronto hizo un gran descubrimiento.

En una corta temporada que la familia real residi en los jardines de
Aranjuez las nocturnas visitas quedaron interrumpidas.

La consecuencia que la curiosidad sac de tal hecho fu inmediata. Los
dos embozados pertenecan a la corte y eran, sin duda, condes o duques
que se rozaban con las personas reales.

Dos aos antes, cuando el grito nacional era "vivan las cadenas!", y la
aspiracin de todo buen espaol "ser un gran servil", tal descubrimiento
hubiera bastado a aplacar la curiosidad de las vecinas, pues el deseo de
saber lo que no las importaba, poda hacerlas dar con sus huesos en la
Galera; pero no en balde se estaba en pleno perodo revolucionario y
dominaba el deseo de conocer todos los secretos de los de arriba para
hacerlos pblicos y que el pueblo supiera qu clase de gentes eran
aquellos nobles que se tenan por seres privilegiados.

Noches enteras pasaron las buenas vecinas tras las ventanas y rejas,
espiando a los dos embozados, por si lograban distinguir sus rostros.

Pero fu intil su intento, y no consiguieron distinguir la ms pequea
parte de sus caras, cubiertas por las alas del sombrero, el embozo de la
capa y la sombra de la noche.

La casualidad vino a satisfacer, por fin, los deseos de las curiosas.

Una noche (pocos das antes de la sublevacin de la Guardia Real), el
postigo se abri como siempre y los embozados aparecieron al extremo de
la calle, justamente cuando por la parte de la Puerta del Sol llegaba un
mozalbete, a quien la sobra de alcohol haca andar en zigzag, y que daba
rienda suelta a su buen humor cantando con largos intervalos y algn
relincho la copla liberal de 1813:

      "Un realista en un mesn
    llamaba por que le abrieran,
    y tanto y tanto llam
    que le abrieron... la cabeza."

Los dos embozados, al ver aquel inoportuno transente, procuraron evitar
su encuentro marchando hacia el centro de la calle; pero el borracho,
con la tenacidad imprudente propia de los que estn en tal estado, puso
especial empeo en manejar sus poco obedientes pies, de modo que fuera a
tropezar con aqullos.

Yendo de un lado a otro de la calle, los unos por evitar el encuentro y
el otro buscndole, vinieron por fin a chocar.

El mozalbete di con su barriga un fuerte golpe al ms alto y elev su
aguardentosa cara a la altura del embozo, pugnando por deshacer ste, al
mismo tiempo que exclamaba con ronca voz:

--Quin eres t? Si tienes mucho fro, ven a echar unas copas.

El importuno se vi pronto sacudido por los dos embozados, que, sin
preocuparse de que dejaban sus rostros al descubierto, le agarraron con
sus manos, y despus de moverlo en todas direcciones, le arrojaron al
suelo.

El borracho cay sentado, conmoviendo el suelo con sus posaderas, y en
tan cmica actitud permaneci mucho rato, siguiendo con vista asombrada
a los dos embozados, el ms alto de los cuales rea estrepitosamente,
procurando ahogar las carcajadas con el embozo.

Cuando ambos hubieron penetrado en el viejo casern, el borracho, sin
abandonar su actitud, rascse la frente, como quien duda, y al fin
murmur, con la satisfaccin del que se despoja del peso de un secreto:

--Que me maten, si sos no son Narizotas y su alcahuete.

Las vecinas, que haban presenciado en sus escondites la anterior
escena, oyeron estas palabras, que fueron para ellas una completa
revelacin.

Efectivamente; de los dos personajes, el ms bajo tena todo el aire del
duque de Alagn, favorito de Su Majestad y autor de servicios semejantes
a los que el jefe de los eunucos presta al Gran Sultn, y en cuanto al
ms alto, era, sin duda, el ser privilegiado cuyo retrato, por la gracia
de Dios, figuraba en todas las monedas.

En la puerta de dicha casa fu donde cay herido el conde de Baselga.




IV

El seor Antonio.


A ser poeta el gallardo subteniente de la Guardia Real, el tiempo que
permaneci sin volver a la vida le hubiera proporcionado tema suficiente
para componer un poema describiendo las vagorosas fantasas de la nada.

Hubo un instante en que perdi la nocin de ser; pero este estado
negativo desapareci, y del mismo modo que se sale del sueo no para
despertar, sino para entrar en el ensueo, Baselga comenz a sentir y a
pensar, sin volver por esto a la vida real, pues entr de lleno en las
nerviosas fantasas del delirio.

Sus odos zumbaban como si fuesen caones conmovidos por ensordecedores
disparos; le pareca que su cuerpo se hunda en un lecho de espuma de
jabn, cuya profundidad no tena trmino, y por encima de sus ojos, que
vean estando cerrados, desfilaba una interminable procesin de seres
vagorosos de color azulado y formas grotescas, a fuerza de ser
extravagantes, que en la confusa memoria del subteniente despertaban el
recuerdo de los clebres cartones dibujados por Goya, inagotable almacn
de raras imaginaciones.

Algunas veces entre aquel extravagante desfile de visiones
contornebanse rostros conocidos aunque desfigurados por diablicas
sonrisas y, cosa rara!, siempre eran aquellas fantsticas caras las de
seres que tenan motivos ms que suficientes para odiar a Baselga. Dos o
tres muchachos de la Guardia, a quienes el subteniente haba sealado
con su sable por quejarse de sus fulleras en el juego, desfilaron
haciendo visajes de alegra por encima de sus cerrados ojos, y tras
ellos, plido, ensangrentado y llevando en los labios el nombre de su
mujer y de sus hijos, pas el desgraciado Landaburu, aquel mismo capitn
a quien por sus ideas liberales haba hecho asesinar Baselga el da en
que los batallones iniciaron su sublevacin en la plaza de Palacio.

Aquellos fantasmas despertaban en el nimo del atolondrado subteniente
algo semejante a un remordimiento y los contemplaba con miedo como
temiendo su venganza ahora que l se encontraba dbil e incapaz de
defensa.

Pronto experiment algo que le hizo estremecer y dar gritos de miedo y
de dolor. Los terribles fantasmas le rodearon con sus invisibles manos,
comenzaron a araar en sus heridas excavando hondo, como si buscasen
algo, y cuando se cansaron de ver correr la sangre las oprimieron con
sus pesados brazos, causando al infeliz un dolor que le estremeca de
pies a cabeza.

Un calor insufrible se apoder de todo su cuerpo: a Baselga le pareci
que el cerebro herva dentro del crneo y que ste iba a estallar de un
momento a otro, y torn a abismarse en la sombra del no ser.

Cuando volvi a recobrar cierta nocin de existencia, no fu para
delirar, pues abri los ojos y se convenci de que estaba en el uso de
sus facultades aunque stas estuviesen amortiguadas de un modo
alarmante.

Lo primero que vieron sus ojos fueron otros, grandes, saltones y de un
blanco amarillento, que le miraban muy de cerca y que correspondan a un
rostro negro como el carbn, adornado con una boca de labios hinchados y
coronado por una cabellera crespa y enmaraada.

Baselga, como buen realista catlico, era supersticioso, y lo primero
que a su debilitado cerebro se le ocurri pensar fu que haba muerto y
que aquella cara negra y horrible que casi rozaba la suya era la del
diablo en persona.

Pronto se tranquiliz, reparando a continuacin de tal rostro el cuello
de una casaca galoneada propia de un servidor de casa grande, pues
repasando rpidamente en su memoria las leyendas piadosas y los cuentos
de cuartel en que el diablo aparece bajo las ms distintas formas,
record que ste en sus ratos de buen humor slo haba descendido a
disfrazarle de fraile, pero nunca se le haba ocurrido vestirse de
lacayo.

No tard en salir de dudas, pues la cara negra habl, y arrastrando las
slabas con ese acento meloso de los americanos, pregunt al
subteniente:

--Cmo se siente el nio?

A Baselga no se le ocurri hablar y por toda contestacin se sonri de
un modo lgubre.

--Hace bien el nio en no hablar--continu el negrazo con acento
carioso--. Los hombres malos le han hecho mucho dao y en casa todos
temamos que iba a morir. Yo y el negro Juan fuimos los que bajamos a
por el nio esta maana cuando estaba casi muerto en la puerta.

El subteniente, impulsado por el reconocimiento, quiso incorporarse para
dar la mano al negro; pero inmediatamente sinti agudas y estremecedoras
punzadas en el hombro y la pierna, donde tena las heridas.

Fij su atencin en estas partes de su cuerpo y not que las tena
oprimidas con fuertes vendajes que le causaban cierta angustia.

--No se mueva el nio--dijo el negro con su acento indolente--. No se
mueva, y si quiere algo pdalo que yo se lo traer.

Separse el negro al decir esto de la cama y entonces not Baselga que
junto a sta y sobre una mesita arda un quinqu con pantalla verde,
objeto que entonces era de reciente novedad y que slo se permitan
usar las gentes acomodadas.

Aquella luz acab por traer al herido a la realidad.

--Qu hora es?--pregunt con voz desfallecida despus de hacer un gran
esfuerzo.

--El reloj de San Felipe ha dado las nueve hace muy poco.

--Desde cundo estoy aqu?

--Desde esta maana, seor. La nia, desde el balcn, vi caer a su
merced junto a la puerta y nos mand bajar para que le entrramos en
casa y no lo remataran los hombres malos. Toda esta noche pasada hemos
estado oyendo los tiros; la nia no ha dormido, y el negro Pablo, que
soy yo, quera ir, como en Mjico, a disparar contra los enemigos del
rey.

Estas palabras acabaron de despertar los recuerdos en la memoria de
Baselga, hasta entonces embotada. Aquello de "enemigos del rey" hizo
revivir en el subteniente la pasin de conspirador absolutista y
rpidamente acudieron a su mente los recuerdos de todo lo ocurrido en la
noche anterior y al amanecer de aquel mismo da.

Baselga experiment ansiosamente el deseo de saber cul haba sido la
suerte de sus compaeros de armas, y pregunt con voz angustiada:

--Qu ha ocurrido en Madrid desde que ca herido?

--No s, ciertamente, cul ha sido la suerte de la Guardia. Negro Pablo
no ha salido de casa en todo el da, porque la seora no ha querido que
fuera yo en busca de un mdico. El seor Antonio ha sido el encargado de
traer al cirujano esta maana y al volver le he odo hablar con la nia
de graves sucesos que han ocurrido en la plaza de Palacio. Lo nico que
s de cierto es que los hombres malos pasan a grandes grupos por la
calle, cantando y dando vivas a eso que llaman libertad.

--No hay duda--murmur Baselga, dejando caer la cabeza con desaliento--;
esos tenderillos nos han vencido.

En aquel momento, amortiguados y como si provinieran de larga distancia,
llegaron hasta la alcoba centenares de voces que con bastante
discordancia cantaban el himno de Riego y daban vivas a la Constitucin.

Era el pueblo liberal que todava celebraba con alegres manifestaciones
el triunfo de la maana.

Baselga, a pesar de su debilidad y postracin, se agit como para huir
de aquellas voces que llegaban hasta l con sonido debilitado por muros
y cortinajes, y cerr los ojos.

--Seor--dijo el negro--. La nia y el seor Antonio me han encargado
les avisara apenas recobrara usted los sentidos.

--Quin es la nia?--pregunt Baselga con extraeza.

--Es mi ama, nia Pepita, la seora baronesa de Carrillo, viuda del
gobernador de Acapulco.

--Y ese seor Antonio, quin es?

--Es el seor; pero digo mal... no es el seor, pero poco le falta. Es
como si dijramos el amo de todos los que aqu vivimos, menos de la
seorita.

--Ser el administrador.

--Administrador, no, seor; pero s una cosa parecida. Algunas
veces--continu el negro, sonrindose con cierta malignidad--da consejos
terminantes a la nia, que sta sigue aun contra su gusto.

--Es joven tu ama?

--Casi como usted, y crea que si aqu se dejara ver tanto como en
Mjico, haba de encontrar a cientos los adoradores.

--Es guapa, eh?--dijo Baselga, que a pesar de su triste estado
comenzaba a preocuparse de nia Pepita, llevado de sus eternas aficiones
galantes.

--Pronto la ver usted y podr juzgar. Muchas seoras miro cuando salgo
por Madrid, pero pocas he encontrado que puedan comparrsele.

--Bueno; la ver y dar con justicia mi opinin.

Baselga, despus de decir esto con displicencia, cerr los ojos, como
para indicar al negro su cansancio, y lade un poco la cabeza, huyendo
del reflejo de la luz.

El negro Pablo quedse un rato mirndolo con estpida fijeza, y
nicamente se movi cuando le pareci or pisadas que lentamente se
acercaban.

Fuse el negro a la puerta de la alcoba, y sacando la cabeza por entre
los cortinajes, reconoci al recin llegado.

--Seor Antonio--dijo con voz queda--, el nio se ha despertado ya. He
hablado con l y ahora mismo acaba de cerrar los ojos.

Apartse el negro y entr en la alcoba el seor Antonio.

Su figura era extraa, y atendida la poca resultaba un espantoso
anacronismo.

Ocurra aquella escena a mediados de 1822. Las modas igualitarias y
democrticas inventadas por la Revolucin francesa haca ya bastantes
aos que imperaban en Espaa, y, sin embargo, aquel hombre vesta como
en tiempos de Carlos III, que sin duda fueron los de sus mocedades.

Llevaba el pelo largo, recogido con una cinta sobre la nuca y trenzado
en coleta, y su traje componase de chupa y calzones de pao negro,
rado, manchado y polvoriento; camisa con girindola, medias de color
indefinible y zapatos con hebillas holgados como pantuflas.

Tena el rostro apergaminado y surcado por innumerables arrugas que al
menor gesto titilaban y se ponan en movimiento semejante al oleaje de
un mar alborotado, y sus ojos hundidos y pequeos apenas si marcaban la
pupila verde, inmvil y gatuna tras el empaado cristal de unas enormes
gafas con pesado armazn de plata.

En el porte de aquella persona original percibanse detalles que a
primera vista conocase eran caractersticos, y de stos los ms
notables eran: el gran pauelo de hierbas, asomando siempre sus
mugrientas puntas por entre los faldones de la casaca; el rosario, de
cuentas gastadas por el uso, escapando su extremo por uno de los
bolsillos de la chupa, mientras que del otro colgaba, sirviendo de
cadena del reloj, una rastra de medallitas terminada en esa cifra casi
cabalstica que designan los devotos con el ttulo de "Nombre de Mara".

El seor Antonio, tal vez por ser pequeo de estatura y falto de carnes,
no andaba encorvado humildemente, como muchos de su clase; pero a falta
de tal rasgo de servil amabilidad, dispona de una sonrisa que, aunque
afeaba ms aquel rostro chato propio de una momia, le daba cierto tinte
de serfica inocencia.

Baselga, que al notar la presencia del recin llegado haba abierto los
ojos, contempl con atencin a aquel personaje de exterior tan raro,
mientras que ste le miraba dulcemente con sus ojos claruchos de un modo
que pareca pedirle perdn por la molestia que le causaba.

El seor Antonio, despus de vacilar, se decidi a ser el primero en
hacer uso de la palabra, y buscando en los registros de su voz el tono
ms melifluo y humilde, pregunt:

--Cmo se siente usted, caballero?

--Mal, muy mal--contest Baselga, a quien causaban gran incomodidad los
apretados vendajes.

--No lo extrao. Ha perdido usted esta maana mucha sangre, y, adems,
las heridas son de consideracin. A pesar de esto, tengo la satisfaccin
de manifestarle que su vida no corre peligro.

--Ha visto bien mis heridas el cirujano?

--Perfectamente. Es un hombre tan cristiano como inteligente, amigo de
la casa e interesado en salvar la vida de todo buen defensor del rey y
nuestra sacratsima religin. Cuando le extraa las balas esta maana
murmuraba oraciones para que Dios librara pronto a usted de aquel
espantoso delirio, en el cual crea ver fantasmas que le araaban las
heridas.

Baselga record entonces su atroces pesadillas, de las cuales an
quedaba rastro en su memoria. Las manipulaciones del cirujano le haban
parecido, en estado tan anormal, crueles tormentos de seres fantsticos.

--Hay que reconocer--continu el seor Antonio--que Dios ha querido
poner hoy a prueba la paciencia de los suyos destruyendo la obra de los
buenos.

--Es usted de los nuestros?--pregunt Baselga mirando ya con cierta
simpata a aquel hombre que por su aspecto extrao le haba sido
antiptico a primera vista.

--Y quin no lo es, caballero oficial?--contest el vejete con enftica
solemnidad--. Todo buen espaol debe ser enemigo de esos hombres
desaforados, sin conciencia ni respeto a las leyes divinas y humanas,
que no tienen ms santos ni santas que Riego y la Constitucin, que
quieren la perdicin de la Iglesia y de sus sagrados e inviolables
derechos, que han arrojado a los buenos padres jesutas que nuestro
seor don Fernando VII haba vuelto a Espaa para que labrasen nuestra
felicidad y que si Dios no lo remedia acabarn igualmente con el rey,
pues a nombre de esa libertad que siempre tienen en los labios, aspiran
a que desaparezca todo lo antiguo y ms digno de veneracin. Locos!
Infelices! Mentecatos! Pues no hay entre ellos quienes hablan de eso
que llaman democracia y hasta quieren poner en prctica aqu las
infernales doctrinas de aquellos bandidos que hicieron el noventa y tres
de Francia? Imbciles! Como si las naciones pudieran existir sin reyes
que las gobiernen y frailes que las eduquen.

Y el vejete, que hablando al principio en tono natural, haba ido
exaltndose poco a poco, paseaba nerviosamente al decir las ltimas
palabras y cada uno de los eptetos que diriga a los liberales, lo
marcaba con iracundas patadas que daba contra el suelo como si bajo de
sus pesados zapatos tuviera a la "Fontana de Oro" y a todos los clubs
revolucionarios que funcionaban en Madrid.

Baselga comenzaba a mirar con admiracin a aquel hombre.

El subteniente, a pesar de todo su entusiasmo monrquico, era incapaz de
hilvanar un prrafo realista de elocuencia tan conmovedora como aqul y
confesaba su pequeez intelectual ante el vejete que poco antes le
pareca despreciable.

El seor Antonio era, sin duda, un sabio tan eminente como el cannigo
Ostolaza u otro de los frailes de la camarilla de Fernando, y el
condesito de Baselga comprenda que poda recibir de sus labios grandes
enseanzas con que deslumbrar, el da que se encontrara restablecido, a
sus compaeros de batalln.

Estuvo el subteniente mucho rato silencioso por si el viejo quera
seguir hablando sin tener l la imprudencia de interrumpirle el curso de
la peroracin, y en vista de que no deca nada ms contra la situacin
poltica, se atrevi a preguntarle, con la cortedad de un discpulo al
dirigirse a su maestro:

--Diga usted, qu ha ocurrido esta maana al llegar los batallones de
la Guardia a la plaza de Palacio?

--Una cosa inaudita. Los campeones de la Fe han sido derrotados y
acuchillados por esos herejes. Dios, como antes he dicho, ha querido
probarnos. Los batallones llegaron a la plaza, y all se detuvieron. Sus
perseguidores, los liberales, llegaron poco despus y tambin
descansaron las armas impuestos por ese respeto que inspira la mansin
de los reyes. Entraron en tratos Morillo y los dems generales del
Gobierno con el rey nuestro seor para ajustar las condiciones con
arreglo a las cuales haban de rendirse los guardias; pero stos, no
queriendo pasar por tal deshonra, volvieron a tomar las armas, y bajando
al Campo del Moro, huyeron de enemigos tan superiores en nmero.

--Y entonces, qu sucedi?--pregunt Baselga con ansiedad.

--La caballera liberal y, sobre todo, el maldito regimiento de Almansa,
cuyos individuos son todos francmasones o comuneros, aprovechndose del
terreno llano, carg a los cuatro batallones, y antes de que pudieran
stos formar el cuadro, los acuchill a su gusto, dejando el campo
sembrado de cadveres.

--Y el rey?--volvi a decir el subteniente con impaciencia--. Qu
haca el rey?

--El seor don Fernando, asomado a un balcn de su palacio, azuzaba a
los liberales contra los guardias, gritando: "A ellos, hijos mos!
Que se escapan! No dejis uno con vida!"

--Eso es una gran canallada--dijo Baselga irreflexivamente dejndose
llevar de su indignacin.

El seor Antonio quedse mirndole fijamente por algn tiempo, y, al
fin, dijo con frialdad y calma:

--Caballero; el rey no se equivoca nunca, ni obra jams como un canalla.
Es un representante de Dios en la tierra, y sus actos son indiscutibles.
Hay que analizar bien los hechos para atreverse a calificarlos. Quin
le asegura a usted que don Fernando no vea en lontananza amenazada su
existencia por los vencedores liberales y nicamente para congraciarse
con ellos di aquellos gritos? Valen unas palabras sin importancia la
existencia de un rey? Nuestro monarca tiene el deber de vivir para que
sea feliz nuestro pueblo e hizo bien en asegurar su existencia con unas
palabrejas que esos liberales podrn interpretar como gusten, pero que
no tienen importancia.

El nclito de Baselga qued aplastado por aquella leccin de realismo, y
mir al vejete an con ms admiracin.

--Adems, caballero--continu el seor Antonio--, en todos los asuntos
hay que guiarse por los consejos de la sabidura. Cree usted que los
padres jesutas son los hombres ms sabios del mundo?

Baselga no tena motivos para contestar, pues en su corta vida nunca
haba tratado a ningn discpulo de Loyola; pero recordando elogios que
muchas veces haba odo, y guindose por sus aficiones reaccionarias,
crey muy del caso hacer un gesto como extrandose de que hubiera quien
pusiera en duda tan terminante verdad.

--Celebro que usted lo reconozca--dijo el vejete--. Pues bien; los
jesutas ensean que para lograr un fin no hay que reparar en los
medios, y el seor don Fernando no ha hecho ms que seguir tan sabia
mxima al obrar esta maana del modo que ya he dicho.

El herido asinti a tales razonamientos, y como aunque le gustaban mucho
las palabras del vejete, senta cada vez ms imperiosamente la necesidad
de descansar, dese que acabara pronto aquella conferencia para l
fatigosa, y cerr los ojos.

--Comprendo que usted necesitar mucho descanso, porque su estado,
aunque no peligroso, es bastante grave. Me retiro, pues, y le advierto
que apenas necesite el ms leve auxilio, aqu tiene a Pablo, que est
completamente a su servicio y que dormir a la puerta de su alcoba.

El negro afirm las palabras del seor Antonio con una estpida sonrisa.

Baselga, que comenzaba a sentir invadido su cuerpo por una atroz
calentura, pregunt con inters:

--Ha dicho el cirujano cunto tiempo tendr que permanecer de este
modo?

--Tiene usted mucha prisa en abandonar esta casa?

--Siento impaciencia por ir a participar de la misma suerte que aquellos
de mis compaeros que no hayan muerto.

--Pues siento decir a usted que tendr que resignarse a permanecer mucho
tiempo aqu aun cuando se encuentre bueno, a menos que quiera morir en
un cadalso.

--Un cadalso!... Tan cruelmente piensan los liberales castigar nuestra
sublevacin?

--Es que usted no es slo reo de insurreccin, sino de haber ocasionado
la muerte a su capitn a las mismas puertas del palacio real.

--Cmo sabe usted eso?

--Seor conde de Baselga--dijo el vejete irguindose con cierta
majestad--; cuando se forma parte de instituciones poderossimas, aunque
slo sea como humilde tomo, se sabe mucho y se tiene conocimiento de
todos los hechos de importancia y de quines son sus autores. Yo s
quin es usted, conozco su vida hace algn tiempo y tambin los grandes
servicios que ha prestado a la buena causa de Dios y el Rey.

El desmesurado amor propio de Baselga sintise halagado por aquellas
palabras de tan entusiasta realista, y, a pesar de su calentura vi con
dolor que el buen viejo se alejara.

--Buenas noches--dijo ste haciendo un ceremonioso saludo--, que usted
descanse! Y en cuanto a ti, Pablo, ya sabes que ests aqu para obedecer
las rdenes de este caballero.

Estaba ya el seor Antonio en la puerta de la alcoba, cuando Baselga,
incorporndose cuanto pudo, le dijo, procurando reproducir el tono
galante que haba aprendido en los salones del regio palacio:

--Salude usted en mi nombre a la seora de la casa, y hgala patente mi
profundo agradecimiento por su auxilio.

Volvise el seor Antonio y dijo con expresin respetuosa:

--La seora baronesa de Carrillo, a pesar de su juventud y hermosura, es
tan catlica como juiciosa, y est an ms interesada que nosotros en
defender los sagrados privilegios del rey.




V

Nia Pepita.


Era ya el octavo da que Baselga estaba en aquella cama, que, a pesar de
ser mullida, monumental y de interminable anchura, resultaba para el
joven potro inquisitorial que le produca las mayores desazones.

Nunca haba permanecido l tanto tiempo acostado, y su sangre juvenil, a
pesar de estar debilitada, enardecase con aquella larga inercia,
impulsando al subteniente a adoptar locas resoluciones.

El cirujano que le asista estaba maravillado. Nunca haba visto una
encarnadura tan privilegiada como la de aquel hermoso animal, para quien
las heridas graves eran insignificantes rasguos a juzgar por la
facilidad con que se cicatrizaban y la poca molestia que le producan.

A los ocho das, Baselga estaba ya poco menos que bueno, y su nico mal
consista en la gran debilidad que experimentaba a causa de la mucha
sangre que perdi.

La herida del hombro estaba casi cicatrizada y la de la pierna, aunque
no tan adelantada, la tena ya prxima a curarse.

Baselga, obligado a permanecer inmvil, distraa su fastidio dejando
vagar su imaginacin por el espacio de las ilusiones, y como la poltica
slo ocupaba en las aficiones del subteniente un lugar secundario, claro
est que su pensamiento haba de reconcentrarse en el objeto de todos
sus apetitos; la mujer, y que esta mujer haba de ser la baronesa de
Carrillo, aquella nia Pepita, de que hablaba el negro tantas veces como
se acercaba a la cama y de cuya hermosura haca los ms hiperblicos
elogios.

El joven, a excepcin de los ratos que hablaba de poltica y de los
sucesos del da con el seor Antonio, pasaba todo el tiempo conversando
con el negro Pablo, sondendole y excitndole su aficin a charlar para
ir recogiendo, entre la hojarasca de una palabrera brbara e
insustancial, detalles interesantes sobre la vida y el modo de ser de
aquella beldad desconocida que ocupaba su pensamiento.

Conoca ya el subteniente hasta en sus menores detalles la historia de
la baronesa y la clase de belleza que posea.

Guindose por las revelaciones del negro, saba que nia Pepita era
morena, que sus ojos negros tenan un mirar tan pronto grave como
picaresco, y que su cuerpo posea toda la majestad de una reina de
teatro.

Su vida era vulgar aunque salpicada de alguno que otro lance novelesco.

Su padre fu el barn de Carrillo, criollo descendiente de uno de los
compaeros de Hernn Corts y que gozaba en Mjico de una buena fortuna
sin lmites, consistente en tierras que se encargaban de hacer
productivas, animados por las caricias del ltigo, innumerables
cuadrillas de esclavos.

Soltern hurao e incorruptible, aquel hombre americano pareca nacido
nicamente para las intrigas y las luchas que creaban el fanatismo
religioso y el deseo de cimentar el poder universal de la Iglesia. Los
jesutas disponan a capricho de su persona y bienes, pues el barn de
Carrillo cifraba todo su anhelo en aparecer como el soldado de la
intolerancia ms decidido y audaz de cuantos seguan el estandarte de
Loyola.

Al expulsar Carlos III de Espaa y sus dominios la negra polilla
jesutica, el de Carrillo, por inspiracin propia o siguiendo los
consejos de los dueos de su conciencia, protest con las armas en la
mano contra la pragmtica del rey e inici una revolucin de fanticos,
en la que le siguieron los ignorantes indios de tres rancheras. Pero el
movimiento no tom cuerpo y los jesutas vironse arrojados de Mjico,
mientras que el barn, vencido por las tropas del Gobierno, fu
encontrado en una fortaleza y contempl confiscada por la justicia toda
su enorme fortuna.

Aunque el tribunal encargado de juzgarlo le consider como traidor al
rey, por ciertas consideraciones le perdon la vida, y como premio a su
afeccin por los jesutas, fu condenado a eterna prisin, as como a la
prdida de todos sus bienes.

La calma de la crcel y el fastidio que produce la soledad, arraigaron
en aquel hombre adusto, fantico y casi autmata, un afecto hasta
entonces desconocido, pues el barn, con la salud profundamente
quebrantada y casi prximo a la muerte, se enamor como un loco de la
hija del comandante de la fortaleza donde viva encerrado. La muchacha
correspondi a su pasin y el resultado de tales relaciones fueron un
casamiento y la venida al mundo de nia Pepita, que no conoci a sus
padres, pues stos murieron cuando tena poco ms de dos aos.

La hija nica del barn de Carrillo quedaba pobre y casi desamparada,
pues la inmensa fortuna de su padre, al ser confiscada por el Estado, se
haba deshecho en manos de ste; pero a pesar de ello, nada falt a la
nia, cuyo progenitor era considerado por muchos como un mrtir de la
causa de Dios.

Un poder superior pareca velar por el bienestar de aquella nia, de
cuya educacin se encarg un seor Antonio Garca, comerciante de
Veracruz hombre cristiano y honrado--segn decan sus amigos--y que
manejaba en su trfico enormes capitales, que nadie saba de dnde
procedan, as como tampoco persona alguna poda averiguar dnde iban a
depositarse las pinges ganancias que le produca su incesante comercio.

El ocuparse tal persona y algunas ms de idntica clase y profesin de
la suerte de la criatura, hizo pensar y aun decir a ciertos incrdulos
que el jesuitismo no haba desaparecido de Mjico, pues aunque los
padres con sotana haban sido barridos por la pragmtica de Carlos III,
an quedaban all los jesutas de hbito corto, valindose del inmenso
poder de su ttrica asociacin para monopolizar el comercio y toda clase
de industrias: pero tales palabras no pasaron de insignificantes
murmuraciones, y la baronesa de Carrillo creci siempre amparada por
oculta proteccin, hasta que a los diecisis aos se cas, o la casaron,
con el nuevo gobernador de Acapulco, noble espaol, algo ya entrado en
aos, tan licencioso y calavera en la juventud como devoto en la
madurez, y a quien el Gobierno envi a Mjico para que, robando con su
alto cargo a indgenas y europeos, pudiera tapar las brechas que en su
fortuna haban hecho el vicio y la disipacin.

Acapulco era entonces puerto de gran importancia, del que partan los
convoyes martimos a Filipinas y el gobernador, su joven esposa y
aquellos comerciantes misteriosos que haban amparado a sta en su
infancia supieron exprimir bien el jugo de tal feudo que derramaba por
los abiertos poros de tributos, derechos de aduanas y gabelas, chorros
interminables de peluconas.

Por desgracia para nia Pepita, llegaron los tiempos en que a los
indgenas les pareci muy pesado vivir unidos a una nacin que les
explotaba dispensndoles el gran favor de tenerlos en perpetua barbarie,
y comenz la insurreccin a levantar cabeza, obligando al gobernador de
Acapulco a ejercer de guerrero saliendo a campaa en busca de los
rebeldes.

Algunos aos permaneci indeciso el xito de la lucha; pero, por fin, la
fortuna psose de parte de los insurrectos, y como el esposo de la
baronesa haba demostrado su religiosidad y buen celo realista,
fusilando a cuantos revolucionarios caan en sus manos, le toc a su vez
desempear el papel de vctima, y al caer prisionero de sus enemigos fu
macheteado de suerte que su cadver, al ser encontrado, slo pudo
identificarse por algunos indicios.

Qued la bella Pepita viuda a los veintisis aos, sin familia y libre,
y como no era prudente permanecer ms tiempo en aquel pas donde la
revolucin ganaba terreno por instantes y se corra peligro de que se
cumpliera el refrn de "lo mal ganado se lo lleva el diablo", la
baronesa psose en camino para Espaa, llevando en su compaa la
fortuna adquirida en Acapulco y a aquel seor Antonio, su eterno
protector, que abandon los negocios por la misma razn que su
protegida.

Esta historia fu conocindola Baselga a trozos, por boca de aquel negro
que la relataba de un modo incoherente y teniendo el joven necesidad de
llenar con su imaginacin algunos claros que resultaban en lo narrado.

El romntico nacimiento de nia Pepita--como llamaba el negro a su ama,
siguiendo la costumbre de los de su raza--, el pas de donde proceda y
el afn de lo desconocido, excitaban en el condesito el deseo de ver de
cerca a aquella hermosura de un gnero para l completamente nuevo, pues
toda su crnica amorosa reducase a las marquesas y duquesas de Palacio,
seoras elegantes y distinguidas, pero de edad ya algo madura, gastadas
como meretrices apenas se mostraban con intimidad y afligidas por
dolencias que dejaban en sus cuerpos indelebles rastros.

Aquella mujer, en cuya casa estaba, haba de ser algo muy diverso a las
ya por l tratadas; en su amor encontrara algo nuevo y original, que
hasta entonces ignoraba, y esto le haca desear con ansia el conocerla.

Baselga amaba ya a una mujer sin haberla visto; si es que amor puede
llamarse la brutal pasin con mezcla de curiosidad que dominaba a aquel
atleta, a pesar de su postracin fsica.

Haba, adems, en aquella mujer un nuevo atractivo, y era algo de
misterioso en su vida, pues el condesito, que tena en su memoria el
catlogo de todas las mujeres jvenes, hermosas y elegantes que
residan en Madrid y que saba al dedillo sus nombres y aun las familias
a que pertenecan, no recordaba haber visto nunca en el paseo del Prado,
en el teatro del Prncipe ni en ningn otro punto de reunin de la
sociedad distinguida a aquella baronesa de Carrillo, que, por otra
parte, no deba tener gran deseo de ocultarse del mundo, pues habitaba
una casa con honores de palacio en una de las calles ms cntricas de la
capital.

Cavilando Baselga continuamente sobre la incgnita hermosura passe los
das de su curacin, y tan preocupado lleg a estar, que en sus diarias
conversaciones con el seor Antonio ya no se cuidaba de hablar de
poltica ni de preguntar por la situacin del rey y la suerte de Crdova
y dems compaeros de la Guardia, pues hbilmente quera hacer recaer
siempre la pltica sobre la seora de la casa; pero el astuto vejete,
que miraba al subteniente desde una altura inmensa, saba desbaratar con
una sola palabra todas las artimaas preparadas por aqul para hacerle
hablar.

El seor Antonio tena buen cuidado en decir al joven todos los das que
la seora baronesa se interesaba por su salud, que deseaba su pronto
restablecimiento y que ya tendra el gusto de saludarlo tan pronto como
se lo permitieran las conveniencias sociales; pero en el resto de la
pltica no nombraba ms a su seora, y, adems, adivinando los
pensamientos del joven, procuraba que ste tampoco trajera su recuerdo a
la conversacin.

Lleg, por fin, el da en que el cirujano, despus de examinar
minuciosamente las heridas, vindolas perfectamente cerradas y limpio de
calentura al paciente, le permiti que se levantase de aquel lecho que
tanto le atormentaba.

Baselga no tard en aprovechar el permiso, y calndose una bata del
seor Antonio que le prest el negro, sali de la cama para dar algunos
pasos vacilantes por la habitacin e ir, por fin, rendido por tal
esfuerzo y la falta de costumbre, a sentarse en un silln colocado junto
a la nica ventana de aquella estancia.

A travs de los verdosos cristales vease un patio de paredes negruzcas,
cuyo extremo superior estaba baado por el sol refulgente, propio de una
maana de verano.

El subteniente, obligado por el cansancio a permanecer en aquel silln,
distingua, mirando arriba, un pedazo de cielo azul impregnado de esa
luz viva y deslumbradora que embellece hasta los lugares ms tristes y
la hermosura de la naturaleza penetraba hasta el fondo de su pecho,
producindole gran alegra y despertando en su cerebro un mundo de
risueas ideas.

Baselga se senta feliz. Experimentaba la misma impresin que el
nufrago que, despus de luchar con las impetuosas olas y sentir bajo
sus pies el abismo, pisa el firme suelo de la playa y se considera en
salvo.

Sus heridas, la proximidad de la muerte, la terrible tragedia del 7 de
julio, le parecan terribles ensueos de la noche anterior; su debilidad
de convaleciente era lo nico que le recordaba tales sucesos; pero, en
cambio, senta su pecho repleto de la satisfaccin que le causaba la
vida, encontraba el mundo ms hermoso que nunca, mostrbase orgulloso de
su juventud y de su fuerza, y su imaginacin revolva mil planes de
futura felicidad.

Pareca que uno de los rayos de aquel sol que brillaba arriba, se haba
deslizado en el interior del crneo de Baselga, para dar a todas sus
ideas un color de rosa.

No pudiendo resistir el joven su satisfaccin y deseoso de demostrarse a
s mismo que la debilidad de la convalecencia no haba de causarle tan
gran cansancio, se levant del silln, irguindose con arrogancia como
si estuviera en una formacin de la Guardia frente a Palacio, y con un
paso que quiso hacer marcial, encaminse a un gran espejo que ocupaba
casi un lienzo de pared y se mir en l de pies a cabeza.

Vamos! Haba que reconocer que la cara no estaba del todo mal. La tez
la tena descolorida y el pelo estaba enmaraado; pero esto le daba
cierto aire interesante y romntico, muy propio para causar impresin en
una mujer de carcter novelesco.

Baselga, satisfecho de su rostro, baj su vista para examinar su cuerpo
y..., gran Dios!, no pudo contener un grito de sorpresa y de furor al
verse en tan ridcula catadura.

La bata del seor Antonio ya le haba parecido, al ponrsela, tan
desteida, sucia y mugrienta como todos los trajes del vejete; pero
ahora contemplaba en el espejo lo mal que caa sobre su cuerpo y senta
impulsos de romperla en menudos pedazos.

Aquella pieza confeccionada para un cuerpo poco robusto, resultaba
estrecha y corta puesta sobre las carnes del gigantesco condesito, y
ste no poda ver sin sentir escalofros de rabia sus piernas robustas y
vellosas que asomaban por bajo la bata para ocultar sus extremos en unas
pantuflas viejas, tan grandes, que a cada momento se escapaban de sus
pies.

Dios de Dios! Cun ridculo estaba! Ahora lo nico que le faltaba es
que a la linda baronesa de Carrillo se le ocurriera entrar a visitarlo
para burlarse gentilmente vindole en tal facha.

Solamente la idea de que esto pudiera ocurrir, le helaba la sangre al
fatuo subteniente, que slo tema en el mundo al ridculo ante las
mujeres; pero an vino a hacer ms grande su terror el or de repente
cierto roce de cortinas y el sonido de una carcajada femenil, a duras
penas contenida.

El condesito qued como petrificado, y durante algunos momentos no se
atrevi a moverse ni a volver su vista hacia la puerta; pero no tard en
revivir en l su instinto de conquistador, y rpido cual un relmpago
lanzse a la entrada de la alcoba, tras cuyo tapiz le observaban
indudablemente.

Cuando lleg a tal punto y levant la cortina, no encontr a nadie, pero
pudo or el rumor de unos pasos ligeros que se alejaban y aun le pareci
distinguir en la puerta fronteriza a la que l ocupaba, el extremo de
una flotante falda azul, que desapareci con la rapidez de momentnea
visin.

Baselga no dud ya. La hermosa baronesa era quien le haba observado
tras aquel cortinaje y esto le puso de un humor infernal.

Nunca, ni aun en los das de mayor desesperacin, haba llegado l a
imaginarse que una mujer hermosa deba contemplar al oficial ms guapo
de la Guardia en el mismo traje de un avaro de sainete, envuelto en
viejos trapos manchados de grasa y con las piernas al aire.

Despus de tal suceso, cmo iba l a enamorar a una mujer que haba
tenido que rerse al verle en tan grotesca catadura?

Baselga, enterrado en su monumental silln, pas junto a aquella ventana
un da de perros, y cuando el negro Pablo entr con su pucherete de
enfermo, sinti la necesidad de desahogar su rabia y casi estuvo tentado
de tirarle los platos a la cabeza.

Para colmo de tristezas, el joven, al dar algunos paseos por la estancia
not que su pierna derecha, aquella en que haba recibido el casco de
metralla, no funcionaba con regularidad y al andar le obligaba a
balancearse sin gracia alguna.

Estaba cojo y el descubrimiento hay que decir que espant a aquel
valiente.

El que no haba temblado durante el terrible combate de la plaza Mayor,
se horroriz de pensar que su hermoso fsico acababa de ser afeado por
un defecto visible.

No era muy de notar aquella cojera. Algn descuido de la curacin, algn
tendn interesado por la herida; pero lo cierto es que el subteniente ya
no poda andar con aquella gallarda que tanto le distingua en la
corte.

Otro detalle para que se malograra la conquista de aquella Pepita que
era su continua preocupacin.

Acab esto por poner a Baselga de un humor endiablado, y despus de
rasgar en dos manotadas la mugrienta bata del viejo, se meti en cama al
anochecer, echando maldiciones a la Constitucin de 1812, a Riego y a
todo liberal, como si en ellos residiera la culpa de lo ocurrido en
aquel aciago da.

Soando en faldas azules, que se escapaban ligeras, en carcajadas
burlonas, en batas sucias que le opriman como corazas de hierro y en
batallones de guerreros cojos, pas el joven toda la noche presa de
nerviosa inquietud, y cuando un rayo de sol le despert traspasando los
vidrios de la ventana y posndose en sus ojos, lo primero que stos
vieron en su silla cercana fu algunas prendas de ropa interior de fino
hilo y un uniforme nuevo y vistoso de oficial de la Guardia Real.

Baselga, para convencerse de que no soaba, salt inmediatamente de la
cama, y cuando, tocando aquellas prendas flamantes y ricas, se convenci
de que estaba despierto, sintise dominado por infantil alegra y
comenz a ponrselas con la satisfaccin del muchacho que viste por
primera vez su traje de hombre.

Cuando el condesito acab de abrocharse su casaca azul, fu a mirarse en
el gran espejo y experiment una alegra slo comparable por lo grande
al disgusto del da anterior.

Sin salir de la habitacin encontr todo lo necesario para lavarse y
acicalarse y con fruicin deleitante us de aquellos artculos de
perfumera puestos sobre una consola dorada y que eran reconocidos por
el joven como procedentes de un tocador femenil.

En Baselga, el estmago era el rgano que ms parte tomaba en todas las
impresiones; as es, que cuando el negro entr con un enorme canjiln de
chocolate y una pirmide de bollos de Jess, devor el contenido de los
dos platos en un santiamn; y despus, con aire satisfecho, encendi un
cigarrillo y se prepar a preguntar al criado algo sobre su seorita.

Pero el negro Pablo le ahorr tal trabajo, pues con aire confidencial
dijo casi al odo del subteniente:

--Hoy va a tener usted una visita. Nia Pepita vendr a verle.

--Cmo lo sabes?

--He odo cmo se lo deca al seor Antonio, preguntndole si estaba ya
aqu el uniforme que hace unos das encomend. El otro uniforme tuvimos
que tirarlo, pues estaba roto y sucio de sangre.

--Y sabes si tardar mucho la visita?

--No puedo asegurarlo. Nia Pepita tiene mucho que hacer por las
maanas. Ahora est en misa y despus tendr que hablar con los padres
que vienen a verla casi todos los das.

--Qu padres son esos?

--Nia Pepita conoce muchos curas; ellos y dos seores que vienen
algunas noches, son las nicas visitas de la casa.

El subteniente iba a preguntarle ms; pero en esto se oy un lejano
campanillazo y el negro recogi apresuradamente los platos y sali
diciendo:

--La seora vuelve de misa. Ya est ah.

Baselga qued paladeando la alegra que le causaba saber que de un
momento a otro iba a presentarse all aquella mujer que, aunque
desconocida, era la seora de sus pensamientos.

Algunas veces acudi a su memoria el recuerdo de lo ocurrido en la
maana anterior, y esto le hizo experimentar cierta turbacin; pero
inmediatamente renaca su antigua osada de conquistador y ansiaba la
llegada de la incgnita beldad.

La impaciencia devoraba al condesito. Haban dado ya las nueve en el
reloj de San Felipe y la baronesa no vena; y no fu esto lo peor, sino
que la campana fu marcando las diez y las once, sin que la deseada
beldad diera seales de vida.

El subteniente estaba con el odo atento, y cada ruido de pasos lejanos
que llegaba a su habitacin, le pareca ser la baronesa que se acercaba;
pero al sufrir nuevas decepciones, aumentaba su impaciencia.

Levantse del silln repetidas veces, entretvose en golpear con los
nudillos los vidrios de la ventana tarareando cuantas marchas militares
conoca y acab por plantarse ante el espejo y abismarse en su propia
contemplacin, que era lo que ms le distraa.

No estaba mal. El nuevo uniforme le caa a las mil maravillas y
nicamente se notaba en l la falta de charreteras. Pero..., al fin!
Para ostentar el distintivo de simple subteniente!...

Hacase estas reflexiones por centsima vez ante el espejo, cuando oy
aquellos mismos pasos ligeros del da anterior que rpidamente se
aproximaban.

Ahora s que era ella.

Baselga estir su casaca, agit sus piernas para limpiar el blanco
pantaln de arrugas y se apoy en la dorada consola, tomando una actitud
estudiada y escogida entre todas las posturas que puede tomar un hombre
interesante.

Levantse la cortina y entr la baronesa de Carrillo haciendo un
gracioso saludo.

Baselga no se sinti cegado por tanta hermosura, como sucede a los
hroes de las novelas, ni cay de rodillas a los pies de la dama.
Limitse a examinar rpidamente a la baronesa con ojos de experto
conocedor, la encontr soberbia y contest al saludo con una respetuosa
reverencia.

Nia Pepita no era hermosa, sino guapa. Era alta y maciza de carnes, sin
carecer por esto de esbeltez. Su tipo de belleza no haba que buscarlo
en los perfiles ideales de una Venus griega, sino en aquellas figuras
bizarras, carnosas y excitantes que, llenas de vida y de fuego, salieron
del pincel de Rubens.

Su rostro moreno y con tendencia a la graciosa redondez, tena el tinte
ligeramente moreno de la perla, y sus dos principales adornos eran unos
ojos grandes, negros, tan pronto soadores como interrogantes, y una
boca fresca, sonrosada y de labios algo gruesos, siempre entreabierta
para ostentar la dentadura admirable. Una nariz que en su extremo se
levantaba con cierta audacia, y algunos graciosos hoyuelos que aun se
marcaban ms al sonrer, completaban aquel rostro que, a poco de ser
observado, ofreca una mezcla extraa de aficiones a la alegra y a la
devocin.

Baselga, aunque inclinado, miraba con el rabillo del ojo la mujer que
tena delante, y haca de toda ella un detenido inventario, desde la
negra cabellera agolpada sobre ambas sienes en escalonados rizos, segn
la moda de la poca, hasta los pequeos, pero robustos pies que asomaban
sus zapatitos de tafilete bajo la falda, que era de las llamadas de
medio paso.

El vestido de seda color de rosa, estrecho, escurrido, rgido y con el
talle bajo el pecho, conforme a la moda entonces dominante, dejaba
adivinar un tesoro de embriagadoras formas, y Baselga, que senta
renacer en su interior la bestia carnal, miraba con ojos casi saltones
la deliciosa y atrevida curva de un pecho esplndido, y las
magnificencias que parecan vibrar a cada paso bajo aquella falda
semejante a una tela mojada, segn la fidelidad con que se amoldaba a
los contornos.

Aquella buena moza pareca no saber lo que era cortedad ni haber
experimentado rubor ms que cuando a ella le conviniera; as es que
miraba con cierta lstima al subteniente, que a pesar de toda su fama de
calavera estaba turbado y balbuciente como un colegial al hacer su
primera declaracin.

La baronesa tom asiento en el silln ocupado hasta poco antes por
Baselga e indic a ste que viniera a colocarse en una silla inmediata.

El condesito vacil. Iba a descubrir su cojera si no andaba con tiento y
por esto movise con embarazo aun conociendo que hara una figura muy
ridcula.

--Ande usted con franqueza--dijo la baronesa riendo--. Ya s que ha
tenido usted la desgracia de quedarse cojo, y no es caso de que sufra
por ocultarme un defecto.

El escopetazo era tremendo y Baselga qued como dudando si haba odo
tales palabras.

Qu mujer era aquella que con tal frescura se expresaba?

El condesito reconoci que ante aquella beldad que pretenda conquistar,
l quedaba muy pequeo y que para nada le valdran sus experimentadas
artes de calavera.




VI

Galantera y devocin.


Cuando Baselga hubo tomado asiento frente a la dama y tan cerca de ella
que sin esfuerzo alguno poda pisar uno de aquellos pies que con algo
ms importante asomaban bajo la falda demasiado recogida, qued
silencioso un buen rato, no sabiendo cmo expresarse con una mujer tan
excesivamente despreocupada.

La baronesa, por su parte, segua contemplando con aire burln al
gallardo subteniente y esperaba con calma sus palabras.

--Cunto tengo que agradecer a usted bella dama!--dijo por fin el joven
rompiendo aquel abrumador silencio--.

A usted debo la vida, pues sin su auxilio es probable que a estas horas
no existira ni tendra la dicha de haberla conocido.

--No he hecho ms que cumplir con mi deber, galante conde. Yo soy tan
realista y entusiasta por la buena causa como usted, y puede creerme que
siento que la sociedad no permita a las mujeres ciertos desahogos, pues
de lo contrario sera capaz de salir espada en mano a batirme con esa
canalla liberal.

--Estara usted graciossima en atavo militar--dijo Baselga sonrindose
y recobrando su peculiar aplomo.

--No tanto como usted que siempre que entra en Palacio se lleva
prendidos muchos corazones de los botones de su uniforme. Pero... qu
hace usted? Despacio, conde; no me pise el pie, que eso es costumbre de
muy mal gusto, indigna de un seductor de tanto renombre.

Baselga qued nuevamente desconcertado por aquella franqueza arisca, y
ruborizndose como una nia, permaneci callado algunos minutos,
mientras que Pepita le contemplaba con la superioridad de la mujer que
tiene un fro imperio sobre sus pasiones y que sabe jugar con fuego sin
quemarse.

--Baronesa--dijo por fin el subteniente buscando palabras para salir del
paso--. A juzgar por sus palabras, usted me conoce hace algn tiempo.

--Quin no conoce en Madrid al conde de Baselga, la ms gallarda figura
de la Guardia Real, el hombre adorado por las damas ms encopetadas de
la corte?

--Parece baronesa, que se burla usted de m al hablar en ese tonillo.

--Todo pudiera ser, seor Matamoros. Eh! Va usted, acaso a desafiarme?

--Hermosa baronesa: usted est autorizada para burlarse cuanto quiera de
m, para tratarme como un perro, para hacerme pedazos si quiere, porque
yo le debo la vida, y aunque no...

--Usted nada me debe--interrumpi la baronesa--. Lo que por usted he
hecho es un servicio propio entre correligionarios, y... nada ms. Pero,
contine usted. Estbamos en el preludio de la declamacin. Contine
usted y procure no turbarse, como sucede a los cmicos sin experiencia.

--Brlese usted cuanto quiera, pero igame. Deca yo que aunque no le
debiera la vida, podra usted disponer de mi persona como de la de un
esclavo, porque yo ya no soy dueo de mis acciones, porque yo...

--Yo... la amo!--dijo Pepita, riendo como una loca y levantndose del
silln para remedar la actitud de Baselga, que era la de un actor
amanerado.

--No est mal, seor conde--continu mirando burlonamente al joven--.
Para ser un militar poco versado en literatura, segn creo, sabe usted
decir cosas muy bonitas; ahora slo le falta comparar su amor al himno
de un pjaro, al murmullo de una fuente o al susurro de un bosque, y que
me maten si no parece usted el galn de una comedia de don Pedro
Caldern.

Baselga volvi a quedar anonadado por la sempiterna irona de aquella
mujer, y nicamente supo decir con voz balbuciente:

--Se burla usted?

--Qu me he de burlar? Lo que estoy es admirada de la facilidad con que
usted se enamora y de la manera original y distinguida con que sabe
expresar su pasin. Ah, gran calavera! Por eso tiene usted tanto
partido entre las mujeres; con tan dulces palabras y algn pisotn que
haga ver las estrellas no hay beldad que se le resista. Es as como
usted conquista a las duquesas de la corte?

Y la baronesa, al decir esto, se paseaba por la estancia lanzando
carcajadas sonoras y detenindose algunas veces frente al espejo para
echar sobre su persona una furtiva mirada.

Baselga estaba asombrado. Nunca haba llegado a imaginarse una mujer
como aquella y se senta humillado ante el genio burlesco de la
baronesa, que le dejaba cortado y balbuciente como un cadete.

Las continuas heridas que Pepita abra en su amor propio excitaban aun
ms su naciente pasin; pero esto no evitaba que se sintiera avergonzado
por su derrota y que permaneciera en su asiento encogido y tal vez
deseando que se abriera la tierra y lo tragara para no servir ms de
diversin a la burlona baronesa.

Cuando sta se cans de rer, acercse algo sofocada al cabizbajo
subteniente, y con acento carioso le dijo, tocndole en un hombro:

--Se ha enfadado usted acaso? Reconozco que he sido cruel; pero... qu
quiere usted? Este carcter maldito me obliga muchas veces a
indisponerme aun con las personas que ms estimo. Vaya, todo acab;
perdneme usted, y en prueba de reconciliacin y perpetua amistad,
permito que bese usted mi mano.

Y la baronesa avanz una mano de piel satinada, tibia y con graciosos
hoyuelos, de la que se apoder rpidamente el condesito, llevndola con
avidez a su boca.

No fueron uno ni dos los besos que la di Baselga, y poco a poco los
labios se deslizaron al antebrazo, y aun hubieran llegado ms arriba a
no soltarse Pepita meced a un fuerte tirn, quedndose en guardia con la
diestra levantada y en actitud graciosamente amenazante.

--Cuidadito, Baselga--dijo la hermosa con tono irritado y dulce--. Mire
usted que puedo enfadarme y entonces soy terrible.

Y Pepita, como para demostrar que era verdad lo que deca, di al joven
una cariosa bofetada que le supo a gloria.

--Ahora, sintese usted--dijo la joven volviendo a ocupar el silln--y
hablemos como buenos y tranquilos amigos. De dnde le ha venido esa
rpida pasin que parece haberse creado con sola mi presencia?

--Baronesa, yo la amo hace ya muchos das.

--Sin haberme visto hasta ahora? Mire usted; eso slo puede pasar en
las novelas, y si sigue usted por ese camino, volver a rerme. Sabe
usted, acaso, quin soy yo?

--S, una mujer enloquecedora a quien amo y debo la vida.

--La vida se la deber usted al cirujano; pues yo, como antes he dicho,
no he hecho ms que socorrer a un hroe de mi mismo partido. Porque yo,
spalo usted bien, aunque parezca una mujer superficial, mordaz y
casquivana, soy muy realista, muy catlica y muy enemiga de esa canalla
liberal. Para m, despus de Dios y de su representante en la tierra el
Papa, slo hay una persona sagrada, que es el rey.

--Y para m tambin--se apresur a decir Baselga para estar en
consonancia con su adorada, que hablando de tales cosas se pona tan
seria como un diplomtico.

--Ya s que es usted un decidido defensor del absolutismo, y de ello ha
dado buenas pruebas. Lstima grande que tan buen muchacho tenga el feo
vicio de hacer el amor a la primera mujer que encuentra!

--Eso no es verdad. Yo la hago el amor a usted, porque la adoro.

--Hombre! No diga usted disparates. Usted me ha visto por primera vez
hace poco rato, e inmediatamente, sin tomarse ni tiempo para respirar,
me ha espetado su declaracin, que tiene aprendida de memoria y que
suelta a todas cuantas ve.

--No es cierto. Yo no he amado nunca; yo, es el primer da que me siento
dominado por la pasin.

--Cunteselo usted a su abuela. Conque no ha amado usted nunca? Y
dnde se deja a cierta airosa manola de la Ribera de Curtidores?

--Eso ha sido un entretenimiento sin consecuencias, y del cual apenas si
me acuerdo.

--Pero no olvidar usted a la duquesa de Len, dama de la reina y que
tanto cuidado se toma por que sea usted el oficial ms rumboso y bien
vestido de la Guardia.

--Est usted tan enterada de mi vida--dijo Baselga sonrindose--como yo
mismo. Es que hace tiempo me espa usted? Esto casi me hara creer que
mi humilde persona es objeto de inters y que usted...

El condesito se detuvo indeciso, como si no se atreviera a terminar su
pensamiento; pero la baronesa, lanzando nuevamente su sonora carcajada,
exclam:

--Habrse visto mayor mamarracho! Sin duda ha llegado a imaginarse, lo
que menos, que yo le amo hace mucho tiempo en secreto y que procuro
enterarme de su vida. Pues, hijo, est usted en el mayor engao, y ahora
me he convencido de que es verdad lo que las gentes dicen de usted.

--Y qu dicen de m?--pregunt Baselga con acento de susceptibilidad
herida.

--Pues que el condesito de Baselga es un buen muchacho, aunque muy
ignorante y muy fatuo.

El subteniente se ruboriz hasta las orejas e hizo un gesto con el que
pareca decir: "Eso no lo dir ningn hombre delante de m."

En aquel momento sonaron las doce en el reloj de San Felipe y cada una
de las campanadas pareca que iba borrando del rostro de Pepita aquella
expresin burlona y mundanal que la caracterizaba.

Psose seria, alz los ojos al cielo, junt las manos como una Pursima
de Murillo, y con voz dbil y gangosa, propia de un locutorio de
convento, murmur:

--A esta hora y a todas horas, sea bendito y alabado el Santsimo
Sacramento en el altar.

Y a continuacin rez contritamente tres padrenuestros que fueron
contestados por Baselga, aunque no con tanta devocin.

El joven estaba admirado y no saba cmo calificar a aquella mujer que
tan pronto se colocaba en actitudes provocativas, marcando sus
esplndidas formas, como rezaba padrenuestros, y que entre dos
carcajadas hablaba del monarca con tanta seriedad que daba a entender un
fanatismo realista a toda prueba.

Comenzaba el subteniente a experimentar cierto respeto ante aquella
hermosura que tena el ambiente misterioso de las diablicas apariciones
de las leyendas.

Pero no dur mucho tiempo la actitud esttica de la baronesa, pues su
rostro volvi a adquirir la habitual expresin, y mirando burlonamente
al joven, dijo:

--Quedamos en que usted deca...

--Baronesa, yo no deca nada; usted es la que de un modo gracioso me
llamaba ignorante y fatuo.

--Y lo es usted, pues sus actos se encargan de demostrarlo. Slo a un
ente superficial se le ocurre hacer el amor a una mujer a quien no
conoce. Bien andara el mundo si todas las mujeres que recogen por
compasin o por deber a un herido, hubieran de enamorarse de l. Vamos a
ver, quin soy yo? Sabe usted algo de mi vida?

--Baronesa, yo creo conocer la historia de usted.

--Indudablemente, el negro Pablo le habr distrado durante su curacin
relatndole un cmulo de majaderas. Es un charlatn a cuya lengua
impondr correctivo. Pero aunque usted crea conocer mi vida, eso no
impide que sea una chiquillada el hacerme el amor a primera vista.
Adems, usted no se ha fijado en que hay desigualdad de edades, porque
yo tengo cuatro o cinco aos ms que usted.

--El amor no reconoce edades.

--Ya lo s--repuso la baronesa riendo con crueldad--; y por esto ama
usted a la duquesa de Len, que ya pasa de los cuarenta.

El recuerdo de la duquesa trajo sin duda a la memoria de Pepita los
uniformes que aqulla regalaba a Baselga, y fijndose en el que ahora
llevaba ste, pregunt:

--Qu le parece a usted ese uniforme?

--Ah, baronesa! Es una atencin ms que tengo que agradecer a la
hermosa protectora que ha salvado mi vida.

--Nada de agradecimientos, pues el tal regalo ha sido por egosmo,
estimable conde. Para recibir la visita de una dama, haba de
encontrarse usted presentable, y ayer, permtame que le diga que estaba
espantosamente ridculo con aquella bata sucia y estrecha.

El joven ruborizse al recordar la grotesca aventura, y Pepita, como
para consolarle, aadi:

--Hoy est usted muy guapo. De seguro que la duquesa se extasiara
contemplando a su lindo adorador. Pero, calle!; falta una prenda que de
seguro ese imbcil de Pablo habr olvidado. Voy por ella.

Y la baronesa, antes de que Baselga pudiera oponerse, sali corriendo de
la habitacin, exhibiendo una vez ms, con el menudo y acelerado paso,
sus excitantes formas.

El condesito estaba tan anonadado por las continuas zurras que a su amor
propio haba dado aquella mujer con su inagotable irona, que al
quedarse solo no pens en nada, pues pareca que la ms absoluta
estupidez se haba apoderado de su cerebro.

No tard en orse el paso ligero de Pepita, que entr en la habitacin
agitando sobre su cabeza dos magnficas charreteras de oro.

Baselga, apenas las mir, dijo con la seriedad propia del militar que
teme cometer una grave falta:

--Baronesa, eso no me sirve. Yo no soy ms que subteniente, y esas
charreteras son de capitn.

--Pngaselas usted y calle.

--Pero, baronesa, eso sera faltar a mis deberes, exponindome a un
castigo, y yo no quiero hacerme reo usurpando una categora que no
tengo.

--Es usted muy tenaz, y si tan testarudo se muestra en hacerme el amor,
casi acabar por rendirme. Vamos a ver: si yo le hubiera dejado hablar
al hacerme la declaracin, no habra acabado por llamarme reina de
belleza, como siempre dicen los adoradores ramplones en tales casos?
Pues bien; yo, la reina, tengo a bien hacer a usted capitn.

--Baronesa--dijo Baselga ponindose serio--; las cosas del ejrcito son
demasiado graves para jugar con ellas.

--Y usted es un fatuo testarudo con el que no se puede hablar. Cree
usted que yo hago las cosas a ciegas? O es que acaso ha llegado usted a
imaginarse que slo conocen al rey los oficiales de la Guardia Real?

--Qu quiere usted decir con eso?

--Quiero decir que nuestro seor, el rey don Fernando VII, en premio a
su heroico comportamiento en la jornada del da 7, le nombra a usted
capitn; gracia que le ser reconocida el da en que los buenos
servidores de Su Majestad barran de Espaa eso que se llama
Constitucin. Yo, en representacin de la augusta persona, confiero a
usted tal empleo.

El condesito fu a protestar de aquello que le pareca farsa de mal
gusto, o una de las muchas bromas a que tan aficionada se mostraba la
baronesa; pero vi en el rostro de sta tal expresin de seriedad, que
se tranquiliz, y ms cuando Pepita dijo para acabar de disipar sus
dudas:

--Pngase usted las charreteras, seor capitn, que yo ser responsable
de cuantos perjuicios puedan sobrevenirle por eso que usted cree
usurpacin de empleo.

Y luego aadi con expresin de orgullo y altivez:

--Obedecindome a m, obedece usted al rey.

Baselga, subyugado por aquella mujer original que tan pronto rea y
bromeaba con gran descoco como hablaba de poltica y tomaba aires de
soberana, obedeci sus rdenes y coloc las charreteras sobre sus
hombros, ayudado por Pepita, que ms de una vez roz sus robustos pechos
con los brazos del joven.

No debi ser ste manco ni corto de genio, por cuanto la hermosa,
tomando aquella actitud de ofendida sonriente que tan bien le cuadraba,
exclam levantando su manecita:

--Cuidado, don Fernando. Mire usted que si me enfado de veras, va usted
a acordarse por mucho tiempo.

--Baronesa, es usted irresistible, y aunque me amenazara con los mayores
castigos, me sera imposible permanecer quieto.

--Yo encontrar un remedio para su impresionabilidad. Me voy, y hasta
maana, en que podr salir de esta habitacin y comer con nosotros, no
me ver usted.

--Y sera usted capaz de dejarme solo tanto tiempo?

--Hijo mo, aunque usted me crea una mujer superficial y casquivana,
tengo muchas ocupaciones y no puedo disponer a mi antojo del tiempo. La
comida me espera, y despus tengo que recibir algunas visitas.

--Y se va usted as? Sin dejarme la ms leve esperanza?

--Qu es lo que usted quiere, hermoso condesito?

--Linda baronesa, or de su boca que no le soy indiferente; saber que me
ama.

--Mire usted, Baselga; es usted muy nio, y aunque yo no sea una
abuela, all va un consejo; para conquistar el corazn de una mujer lo
de menos es amar; lo importante es hacer mritos para ser amado.

--Y podr yo conseguir el realizar esos mritos que me realcen a sus
ojos?

--Veremos..., tal vez. Lo mismo puede usted conseguirlo maana, que
nunca.

Y Pepita, despus de hacer al condesito uno de sus saludos irnicos,
sali de la estancia riendo como una loca.




VII

Sigue la conquista.


Nunca haba estado Baselga en un estado moral tan raro.

Si aquello no era amor, sera que tal pasin no existe en el mundo.

El gentil militar no pensaba ya ni en el rey, ni en la Guardia, ni en
los liberales; su nica y constante idea era Pepita, aquel encantador
diablazo con faldas; y tan enamorado estaba, que--caso
asombroso!--hasta perda las ganas de comer, pues su estmago no poda
ya, como en pasados tiempos, engullirse un pollo grandecito, de una
sentada, y absorber tres cuartillos de vino de otros tantos tragos.

El condesito languideca, se encontraba ms abatido que cuando hua
perseguido por los defensores de la plaza Mayor, y hasta lleg, en el
colmo de su desesperacin amorosa, a intentar el escribir unos versos
describiendo la inmensidad de su pasin.

Al bravo defensor del absolutismo le causaba algn rubor el pensar que
en un rapto de locura haba estado a punto de escribir versos, lo mismo
que uno de aquellos pobres diablos periodistas u oradores del partido
liberal, a los que l, como buen realista, que apenas si saba leer y
escribir, profesaba un odio sin lmites; ni arrancndole la carne con
tenazas le hubieran hecho confesar delante de personas tamaa debilidad,
y lo nico que le consolaba es que, despus de emborronar muchos pliegos
de papel, no encontrando un consonante a baronesa, ni sabiendo a
ciencia cierta si los versos haban de medirse a palmos o a dedos,
acab por hacer trizas su engendro potico, arrojando los menudos
pedazos de papel al vaso de noche.

Y la verdad era que Baselga no tena motivos para mostrarse desesperado,
pues sus asuntos amorosos, si no marchaban tan bien como deseaba su
voluntad, tampoco iban del todo mal.

Por de pronto, el cirujano le haba permitido que saliera de aquella
alcoba, en la que tan malos ratos haba pasado, y se paseaba por la
casa, pudiendo distraer su imaginacin tirando del rabo o haciendo otras
diabluras a dos hermosos loros parlanchines, que sobre artsticas
perchas estaban en el saloncito donde Pepita pasaba la mayor parte del
da.

Adems, coma en compaa de su adorada y del seor Antonio, y tena la
inmensa satisfaccin de comprender cada vez menos el genio raro de
aquella baronesa original que se burlaba de l, se complaca en
martirizarlo, y apenas le vea un poco amoscado, saba desvanecer el
enfado con alguna palabrita dulce o algn bofetn carioso.

Cada una de aquellas comidas era para Baselga motivo de alegras y de
pesares; pero estas diversas impresiones iban tan seguidas y mezcladas,
que cuando el joven quedaba solo, no saba si sonrer de felicidad o
entristecerse.

En la mesa, que era grande y semejante a las de conventual refectorio,
tena la dicha de sentarse a un extremo frente a Pepita y en amable
vecindad con sus lindos pies, mientras que el seor Antonio, siempre
grave y ensimismado, ocupaba el otro extremo como para demostrar que
perteneca a una clase inferior y que no osaba faltar a la sagrada ley
de castas, digna de respeto entre buenas gentes realistas.

Por lo regular vena a medioda algn convidado con sotana, que era el
que mereca todos los honores, y que con su presencia quitaba a la
reunin de los dos jvenes el alegre carcter que sola tener.

En los primeros das de su restablecimiento, not Baselga que el nmero
de clrigos convidados era grande, siendo aqullos cada vez diferentes,
y tampoco le cay en saco roto la aficin que tales seores tenan a
mirarlo como un bicho raro y la maa con que saban sondearlo, haciendo
que expusiera sus opiniones polticas, sin que l se diera inmediata
cuenta de ello.

Afortunadamente, el desfile de negras sotanas y caras austeras o
astutas ces muy pronto, y slo de tarde en tarde apareca a la hora de
comer alguno de aquellos pjaros, que eran de mal agero para el amor de
Baselga.

Cun feliz era ste cuando a la hora de comer slo se reunan en torno
de la mesa Pepita y el sombro administrador!

La baronesa era un encantador diablillo que mortificaba al joven
hacindole al mismo tiempo concebir risueas esperanzas.

Se burlaba lindamente cuando con palabras alambicadas pretenda
expresarla su amor; a cada uno de sus floreos estpidos, aprendidos en
los salones de Palacio, responda arrojndole a las narices bolitas de
pan; contestaba a los continuos pisotones por bajo de la mesa con alguna
graciosa coz; le recordaba su cojera, defecto que haca salir de quicio
al condesito, y cuando ya haba puesto bien a prueba su voluntad y
estaba una vez ms convencida de su amorosa paciencia, le llamaba "hijo
mo!", con aquel tono zalamero que produca en el pecho de Baselga
extraas vibraciones, le tiraba cariosamente de las patillas, y hasta
algunas veces le permita que le besara la mano.

Cuando Pepita no estaba de mal humor permitale estar en su saloncito
mientras ella haca alguna labor, rezaba oraciones o tocaba el piano, y
all se pasaba el joven las horas muertas recorriendo con la vista una y
otra vez todos los detalles de aquel hechicero cuerpo desde los pies a
la cabeza, o quedndose como hipnotizado al escuchar a la baronesa, que
con su voz pastosa y sonora de contralto cantaba danzas mejicanas o
sentimentales romanzas italianas, en que el poeta hablaba siempre de
amor, de besos y de morir.

Aquella habitacin, que pareca impregnada por el perfume de Pepita, era
para Baselga como un oasis delicioso en el desierto de su vida. Las
paredes, rameadas por el pincel de pintor churrigueresco; los cuadros de
santos y santas; el retrato obscuro en que el difunto gobernador de
Acapulco ostentaba su rostro avinagrado y los dos loros chillones y
aleteadores, eran testigos cada da de fogosas declaraciones repetidas
por centsima vez, siempre con idnticas palabras, de irnicas
carcajadas que parecan no tener fin, de audaces tentativas del
condesito, que quera prevalerse de la fuerza de sus msculos y de
soberbias bofetadas con acompaamiento de sonrisas que terminaban
siempre el conflicto.

Baselga estaba cada vez ms desesperado.

Pensando a todas horas en Pepita y su rara conducta, el menguado cerebro
del condesito acab por sacar la consecuencia de que la baronesa le
amaba. Y si no..., vamos a ver. Si a Pepita le era antiptica su
persona, por qu sufra aquella pasin tenaz, y vindole ya curado no
le plantaba con muy buenas palabras en la puerta? Por qu quera
tenerle en su casa y no le permita salir ni aun de noche, dicindole
que le buscaban con gran empeo por Madrid los revolucionarios, con los
cuales haba ido a palos tantas veces antes de la sublevacin de la
Guardia? Por qu, en fin, tras las crueles burlas y los golpes, que
aunque dados con acompaamiento de sonrisas no eran por esto menos
pesados, se cuidaba tanto de desenojarlo con palabras cariosas o con
alguna que otra concesin?

El joven, hacindose tales reflexiones, se convenci de que la baronesa
le amaba y que deba esperar a que sta modificase su conducta
extravagante.

Pronto tuvo ocasin Baselga de convencerse de que al menos una vez su
cerebro haba pensado con cierta cordura y que nada perda en esperar.

El verano haca sentir sus rigores con ese encono que guarda siempre
para la coronada villa, poblacin privilegiada por la naturaleza, pues
el invierno la dedica sus ms crueles y mortferos fros y el esto sus
ms abrasantes e irresistibles calores.

En el interior de aquel casern se respiraba una atmsfera pesada y
sofocante, y era preciso buscar el viento de la calle, que tena un poco
ms de frescura y pureza.

Aquella noche Pepita observ con su adorador una magnanimidad sin
precedentes, pues en vez de despedirse de l al poco rato de terminada
la cena y rezado el rosario, como ocurra siempre, envindole a su
cuarto a que charlase con el seor Antonio hasta la hora de acostarse,
le invit a pasar al saloncito, en el que slo entraba de da, y puesta
ya en el camino de las concesiones, le permiti asomarse al balcn.

Eran ya ms de las nueve; la luna alumbraba el otro lado de la calle,
dejando envuelta en la obscuridad la fachada de la casa, y transitaba
poca gente, pues era noche en que por ciertas agitaciones polticas del
momento, la gente bullanguera estaba aplaudiendo en los "clubs"
patriticos a los oradores ms fogosos. No haba, pues, peligro de que
Baselga fuera reconocido por algn transente.

Pepita estaba adorable puesta de pechos al balcn y contemplando con
soolienta mirada aquel trozo de cielo azul que pareca un toldo tendido
entre los tejados de ambos lados.

Desde aquel balcn no se vea la luna, pero su luz daba un tinte
blanquecino al azulado ter sobre el cual los titilantes astros
destacaban sus cuerpos de inquieto brillo, semejantes a las pupilas de
un nio martirizadas por extraordinario resplandor.

Era una de esas noches en que se siente con ms fuerza que nunca el
deseo de vivir y en las que debe ser ms dolorosa y desesperante la
llegada de la muerte; noches en que la inspiracin, despertada por el
tibio ambiente de la naturaleza, sale de la mansin de lo desconocido y
desciende sobre el cerebro humano, o en que el amor se infiltra en la
sangre para conmover los cuerpos jvenes y exuberantes de vida con
agudos pinchazos de pasin que hacen desperezarse hambrienta la bestia
carnvora que todos llevamos dentro de nuestro ser.

Baselga se encontraba a s propio desconocido. Senta una dulce
embriaguez y un abandono voluptuoso y hasta le pareca que iba a caer
nuevamente en el feo vicio de hacer versos.

Aquel viento caliente que cada vez que abra la boca se colaba hasta el
fondo de su pecho, le enardeca la sangre y le produca igual efecto que
si estuviera en una de las alegres francachelas con sus compaeros de
batalln apurando a docenas las botellas.

En la agradable obscuridad que envolva al balcn, perciba el opaco
perfil de aquel rostro encantador y senta impulsos de morder sus labios
frescos y sensuales y la barbilla, partida por delicioso hoyuelo.

Su olfato aspiraba con delicia el perfume embriagador que exhalaba aquel
cuerpo robusto, incitante y de artstica exuberancia, cubierto por un
vestido de verano de traidora sutilidad, pues al ms ligero roce dejaba
adivinar la tersa finura de aquellos miembros ocultos como misterioso
tesoro.

Baselga se apoyaba cada vez con ms fuerza sobre el hermoso busto, y una
de sus manos, deslizndose por la barandilla, fu a buscar otra de las
de Pepita, oprimindola con fuerza as que la encontr.

La baronesa, faltando a su costumbre, no protest; dej hacer a su
adorador, y hasta le pareci a ste que aquella mano tibia y satinada
corresponda a sus amorosos apretones, sin que por esto la duea dejara
de mirar al cielo.

--Si supieras cunto te amo!--murmur Baselga con voz tenue al mismo
tiempo que doblaba su cabeza descansndola sobre el hombro de Pepita.

Esta sali entonces de su celeste contemplacin, y volviendo los lindos
ojos, mir al condesito de soslayo con expresin de cario.

--Oh!, me amas?, me amas?--pregunt el joven con entusiasmo, creyendo
adivinar la expresin de aquella mirada.

Pepita pareca poseda por la misma embriaguez que su adorador, y ste,
siguiendo su instinto o como queriendo aprovecharse de aquella
excitacin que la contemplacin de la Naturaleza produca en la hermosa,
rode con su brazo la gentil cintura, atrayendo a la baronesa sobre su
pecho.

Pero aquella caricia produjo en Pepita un efecto semejante a una
descarga elctrica.

Conmovise todo su cuerpo con rpido estremecimiento, agit su cabeza
como si despertara de un pesado sueo y se separ del joven con rudo
empuje, yendo a colocarse al otro extremo del balcn, en la actitud
sombra propia de una mujer ofendida.

--Fernando--dijo con voz vibrante por la clera, despus de contemplar
con cierto ceo al condesito--. Eres un hombre enfadoso por lo tenaz, y
acabar por aborrecerte si persistes en tu conducta.

--Seora, yo...

--Hblame de t, como antes lo has hecho. No te satisface esta
concesin? Tutemonos ya que nos amamos.

--Por fin! Oh, felicidad! T me amas?

--S, te amo; para qu seguir ocultando tanto tiempo mi pasin? Te amo,
pero no te acerques tanto; no pretendas arrancarme por la fuerza una
sola caricia, porque te aborrecer.

--Por qu tan esquiva?

--Respeta los caprichos de mi carcter. Soy una loca, pero conviene que
sepas que aquel hombre que por m quiera ser amado, tendr que
considerarse siempre inferior a mi persona y obedecerme en todo. Si yo
me diera por vencida y cayera trmula, pasiva y sin voluntad en tus
brazos, yo tendra que ser tu esclava en vez de tu seora.

--Yo ser a tu lado todo cuanto quieras: tu esclavo, tu servidor en
cuerpo y alma; dispn de m como gustes, pero no huyas, no me arrojes
lejos de ti, me abraso..., ten compasin de mi amor.

Y Fernando adelant algunos pasos; pero Pepita fu retrocediendo hasta
llegar a un extremo del largo balcn, y levantando su diestra, dijo con
voz que tena algo de rugido:

--Si avanzas ms, te abofeteo como a un esclavo! Crees t que a m se
me conquista por el sistema aprendido en el Cuerpo de guardia? Te
figuras que a una mujer como yo se la domina con cuatro suspiros y
oprimindola por la cintura? Soy duea absoluta de mis pasiones y me
avergonzara de que stas me dominaran alguna vez. Yo mando en mi
voluntad sin que sta logre dominarme nunca, y aunque te amo, me creera
deshonrada si cayera en tus brazos sin darme exacta cuenta de ello. Yo
ser tuya cuando me plazca y no cuando lo quiera el amor.

--Qu debo hacer, pues?

--Esperar.

--Es imposible; me devora la impaciencia. Adems, t eres muy loca, y
quin me garantiza que maana me querrs lo mismo que hoy?

--Imbcil! Una mujer como yo slo ama una vez, y el hombre que logra
interesarla puede estar seguro de su felicidad.

--Y t me amas as?

--Mucho antes de que t cayeras herido a la puerta de esta casa y de que
lograras conocerme, ya tu nombre haba llegado a mis odos, y mi
curiosidad me haba arrastrado a conocerte personalmente. Te conozco muy
bien, y el amor no realza a mis ojos tu persona. S que eres un inocente
lleno de fatuidad, que te crees irresistible por tu fama de espadachn y
algunas fciles conquistas; pero a pesar de todo hay en ti algo que para
m te distingue de los dems hombres, y te amo. No tengo inconveniente
en manifestrtelo: te amo.

--Angel mo!--exclam Baselga, halagado por aquel "te amo" tan
encantador, y avanzando nuevamente.

--No te acerques, o te golpeo! Si quieres que te aborrezca, no tienes
ms que desobedecer mis mandatos. Esta situacin es insostenible para
ti, que eres impaciente, y para m, que la encuentro ridcula. Retrate,
que en tu habitacin te aguardar Antonio. Habla con l de poltica,
intenta distraerte y espera, procurando no ser importuno.

--Y cundo ser feliz? Cundo podr llamar ma a la mujer que me ama?

--No tengas prisa y consulate con la esperanza de que he de ser tuya
antes que de otro. El da en que me encuentres ms fra, ms
desapasionada, ms duea de mi voluntad, entonces ser cuando me
arrojar en tus brazos. La hora de mi cada no la habis de determinar
ni t ni el amor: he de sealarla yo misma; yo, a quien de hoy en
adelante obedecers con la fidelidad pasiva de un ser sin voluntad.




VIII

Una sorpresa.


Lleg, por fin, para el impaciente Baselga la hora de su felicidad, que
fu aquella en que se contempl dueo de la mujer ansiada.

Despus de la nocturna escena en el balcn, transcurrieron an muchos
das sin que la baronesa se mostrara dispuesta a acceder a los deseos
del condesito; pero por fin, ste se consider dichoso viendo, cuando
menos lo esperaba, caer en sus brazos el ansiado tesoro de belleza.

Sentada al piano e interrumpiendo el canto de aquellas melanclicas
romanzas italianas, fu como Pepita declar a Baselga, con una mirada
llena de voluptuosidad y hechiceras promesas, que estaba dispuesta a ser
suya.

Aquella fu la primera vez que el audaz joven logr acercarse a Pepita
sin miedo a sus bofetadas, y desde entonces pudo considerarse dueo
absoluto de la mujer cuya imagen tantas noches le haba robado el sueo.

Los dos amantes se entregaban a su pasin, sin recelos ni
preocupaciones, y casi puede decirse que hacan una vida marital.

Los criados, y especialmente los dos negros, nada parecan comprender, y
en cuanto al seor Antonio, como miraba siempre al suelo, le era fcil
dejar de ver las muestras de cario que se daban los arrulladores
pichones.

Baselga estaba en sus glorias. Jams en sus ensueos de libertino haba
soado una mujer como aqulla, y a veces, en los instantes de mayor
placer, llegaba a dudar si estaba despierto, o era vctima de fantstica
ilusin.

Aquel hrcules del absolutismo, en materia de amores haba estado
reducido hasta entonces a conquistas sin importancia, y ahora que su
buena estrella le deparaba tanta felicidad experimentaba la misma
impresin que el ebrio de baja estofa que, al verse dueo de abundante
depsito de puro nctar, quisiera tener cien bocas para beber ms
aprisa.

El amor de aquel calavera novel y de aquella mujer casquivana conocedora
del mundo, no tena nada de la dulce placidez de las pasiones sublimes,
pues estaba reducido a un delirio carnal, pero tan fuerte y arrollador
que casi llegaba a la locura.

Baselga mostrbase cada vez ms confuso en lo tocante a su querida.
Antes de realizar la conquista (que de tal slo tena el nombre), crea
que lograra conocer el verdadero carcter de Pepita; pero conforme iba
ganando su confianza y penetraba en los secretos, materia de cariosas
confidencias, encontrbase ms desorientado, no sabiendo, al fin, en qu
concepto tener a su amada.

A todas horas mostrbase dominante y celosa de que su voluntad imperara
sobre las de todos cuantos la rodeaban.

Si Baselga, en sus raptos de entusiasmo amoroso, haba prometido ser su
esclavo, ahora vea realizado su ofrecimiento, pues Pepita proceda con
l, as que se vea desobedecida, casi del mismo modo que con los dos
negros.

Pero fuera de este rasgo dominante, todos los dems de su carcter eran
tan ligeros, variables e indecisos, que acusaban un desarreglo cerebral.

Entregbase al placer con el instinto carnvoro propio de una fiera
insaciable, y cuando ms dominada pareca por la locura apasionada,
cambibase rpidamente la expresin de su rostro, sus ojos arrojaban
lgrimas y con voz quejumbrosa comenzaba a condolerse de sus grandes
pecados y a pedir a la Virgen y a todos los santos que la perdonasen.

Unas veces llamaba a Fernando, gritando como una loca, su ngel bueno,
su Dios, y le besaba en la boca y en los ojos, acabando por morderle la
nariz; y otras le arrojaba de su lado con varonil empuje, le amenazaba
iracunda y le deca que en su cuerpo se encerraba el diablo que quera
tentarla y hacerla suya para arrastrarla al infierno.

Dos o tres veces que Baselga, valindose de su intimidad con Pepita,
intercal en su conversacin soeces juramentos de cuartel en que las
cosas de la religin no salan muy bien libradas, la joven tornse
plida mostrando una indignacin sin lmites, y en cambio, cuando por la
falta ms pequea daba de puetazos a los infelices negros, blasfemaba
como una furia, sin que, al parecer, le importara un ardite lo que
pudieran pensar de ella en el cielo.

El condesito estaba asombrado por aquel carcter original, que cada vez
se haca ms raro; pero como al fin su voluntad no era de las que podan
sostener grandes resistencias, ni su cerebro de los que se entregan a
largas observaciones, opt pronto por la pasividad y se entreg por
completo a aquella mujer que haca de l cuanto quera.

Cun feliz se consideraba el nclito don Fernando! Los celos eran lo
nico que de vez en cuando, como ttrica sombra, turbaban su dicha; pero
como no tena ningn fundamento para dudar de la fidelidad de aquella
mujer, tales pensamientos se desvanecan rpidamente y apenas si
conseguan tener fruncido su entrecejo breves minutos.

Pepita sala poco de casa, y todo el da y gran parte de la noche lo
pasaba a su lado, procurando endulzar aquella reclusin forzosa a que lo
obligaba la vigilancia de los liberales.

Por miedo a las murmuraciones de los criados y por no hacer demasiado
ridcula la posicin del seor Antonio en la casa, Baselga se retiraba
todas las noches a su cuarto antes de las doce, pero durante las horas
que seguan a la cena y despus de bien rezado el rosario, los dos
amantes, agitados por todos los caprichos de una concupiscencia nunca
harta, daban abundante pasto a la bestia carnal que se agitaba furiosa
dentro de sus cuerpos.

Algunas veces, la nocturna entrevista no se verificaba, con gran
disgusto del joven.

Pepita alegaba para ello indisposiciones momentneas o actos de devocin
que haba de hacer en determinados das, y el condesito tena que darse
por satisfecho con tales explicaciones e ir a pasar la velada con el
seor Antonio, que siempre, con cierta superioridad, se ocupaba de
cuestiones tan atractivas como hablar contra Carlos III o su ministro el
conde de Aranda, y sobre los graves males que produca a su patria el
general descreimiento sostenido por la masonera.

Una noche de aquellas en que Pepita se encerr a las nueve en sus
habitaciones, Bastera encontrse al poco rato cansado por la montona
charla del vejete, y deseando salir de su habitacin y dar un paseo por
la casa, pretext una apremiante necesidad fsica para abandonar al
seor Antonio, quien pareci mostrar algunas contrariedades por la
salida del joven.

Las habitaciones principales estaban ya a obscuras, pero el joven,
habituado a pasar por ellas, avanz con resolucin, aunque tropezando de
vez en cuando con algn mueble.

Baselga sintise acometido de pronto por una curiosidad digna de un
amante. Qu hara Pepita en aquellos instantes? Pensara en l?
Estara rezando a sus santos favoritos, cuyo catlogo era interminable?

Apenas se hizo tales preguntas, tom una resolucin algo indigna de su
caballerosidad, pero propia de un amante apasionado.

Con el intento de espiar a su amada, dirigise a tientas hacia el
clebre saloncillo inmediato al cual se encontraba el dormitorio de la
hermosa; pero al llegar al corredor que conduca a aqul, encontr
cerrada la puerta.

Mir por la cerraja y a lo lejos vi, amortiguada por la densa sombra
interpuesta, una gran faja de luz que marcaban los entreabiertos
cortinajes del saloncillo.

El corazn del condesito lati con violencia; no por considerar que all
dentro, envuelta en aquella luz, estaba la mujer amada, sino porque le
pareci escuchar el amortiguado eco de una voz que no era la suya, pues
tena un timbre hombruno y aun cierta gangosidad que no le era
desconocida.

Algn tiempo pas escuchando con una oreja aplicada al ojo de la cerraja
y haciendo los mayores esfuerzos por percibir aquella conversacin
muchas veces interrumpida y que llegaba hasta l como el susurro de una
lejana fuente.

Oh desesperacin! Aquellos sonidos confusos perdan, al llegar a l, su
contorno de palabras y no poda adivinar su significado. La voz hombruna
le pona fuera de s. No caba dudar: Pepita se libraba de l algunas
noches para encerrarse con un hombre.

Esta idea hizo renacer en su pecho todos los celos infundados y sin
objeto, que tantas veces le haban atormentado, y por primera vez
sinti, con la vehemencia propia de su carcter algo salvaje, la pasin
que ha sido autora muchas veces de las ms clebres venganzas.

Siguiendo los impulsos de su voluntad, hubiera derribado a patadas
aquella puerta penetrando como un torbellino destructor en el cuarto de
Pepita; pero aunque parezca extrao, hay que decir que aquel gigantazo
tena cierto respeto y no poco miedo a su amada; de tal modo haba
conseguido esclavizarlo la gentil mejicana.

Esto le hizo revestirse de paciencia, y sigui escuchando, a pesar de
que con ello experimentaba en su parte moral horribles tormentos.

Fuese realidad o fantasa de su imaginacin acalorada por los celos, lo
cierto es que de pronto llegaron a sus odos alborozadas carcajadas, y
hasta le pareci que con ellas iba mezclado su nombre. Entonces ya no
quiso escuchar ms. La puerta tembl, conmovida por tremenda patada que
hizo cesar el murmullo de aquellas voces.

Baselga, por la fuerza de la costumbre, se llev la mano al costado
buscando la espada, y al notar que no la tena pens en sus robustos
puos, capaces de echar abajo una pared.

--Abre, Pepita--mugi con su vozarrn, enronquecido por la ira--. Abre,
o echo la puerta abajo!

Durante algunos instantes la ms profunda calma contest a tales
palabras; pero por fin oyronse pasos varoniles en el largo corredor, y
la puerta se abri, delinendose en la obscuridad la figura de un hombre
de aventajada estatura.

Apenas se present ste, Baselga se arroj sobre l, y agarrndole por
los hombros con sus frreas manos, de dos soberbios empujones y chocando
a cada paso con las paredes del pasadizo, lo arrastr al saloncillo.

Cuando el apretado grupo que formaban aquellos dos hombres, agitndose,
tropezando con los muebles y llevndose tras de s los cortinajes,
lleg, semejante a veloz proyectil, al centro del saloncillo, Baselga
prorrumpi en un juramento y, manifestando una sorpresa sin lmites,
solt a su contrincante, que de seguro guardaba indelebles seales de
sus manos.

A la luz del rojo fanal que penda del florn del techo, acababa de
reconocer a su pariente y protector el duque de Alagn.

Pero la anterior sorpresa no vali nada en comparacin con la que
experiment al volver la vista y ver sentado frente a Pepita, que le
miraba sonriendo irnicamente, un personaje de gran nariz, ojos
maliciosos y chuscos, cabeza poco poblada y labios abultados y
colgantes, que rea con cierto aire canallesco al ver la original
entrada de los dos hombres.

--Seor!--murmur Baselga con la mayor confusin, haciendo una gran
reverencia.

Entretanto, el duque de Alagn se rascaba los hombros en actitud
compungida, como para borrar las huellas que en ellos haban dejado los
dedos de Baselga, y su amo, sin cesar de rerse, le dijo con voz algo
gangosa:

--Duque, vaya un pedazo de bruto que tienes por pariente! Este jayn te
paga los beneficios a coscorrones.

--Seor--dijo el joven con humildad--, perdneme Su Majestad este
arrebato.

--Necesitado ests de perdn, pues tal manera de presentarse es impropia
de un oficial de mi Guardia, y ms en casa de una seora. Es as como
correspondes a la hospitalidad de la baronesa de Carrillo?

Baselga hubiera querido desaparecer como por ensalmo, pues estaba
pasando uno de los ratos ms malos de su vida. Verse amonestado
duramente por su rey, y puesto en ridculo ante la mujer querida,
constitua una situacin demasiado fuerte para aquel realista y
enamorado.

--Di, incorregible calavera--continu el soberano--. Te parece bien
venir a estorbar los negocios de tu rey con tales escndalos?

--Seor--contest Baselga, que buscaba una ocasin de lucir su realismo
a toda prueba--, si yo hubiera sabido que aqu se encontraba mi rey y
seor, me hubiera guardado de entrar sin ser llamado.

--As lo creo, y terminemos esta cuestin que tanto disgusto me causa.
Te veo con charreteras de capitn, lo que demuestra que no has andado
tardo en gozar el premio que te conced a instancia de esta linda seora
por tu herosmo en el 7 de julio.

--Seor, vuestra majestad es muy magnnima conmigo.

--Ahora slo te falta justificar ese ascenso con nuevas hazaas. Con
vuestra desgraciada sublevacin me habis puesto en tremendo compromiso;
los liberales me martirizan ms que nunca y necesito de buenos
servidores como t que vayan a ponerse al frente de los fieles vasallos
que en varias provincia se baten, formando las bandas de la Fe.

--Su majestad--dijo el conde con cierta fiereza--me tiene a sus rdenes
como firme servidor. Mi sangre y mi espada estn a su disposicin.

--Bueno, retrate, y maana recibirs rdenes mas. Procura en adelante
tener la cabeza menos ligera y no comprometer con irreflexivos mpetus
el honor de una respetable dama.

El rey, en seal de despedida, tendi su mano al capitn, que con cara
compungida, despus de hincar una rodilla en tierra, la bes
contritamente. Pcara imaginacin! Pues no le pareci poco rato
despus al loco Baselga que aquella mano tena algo del perfume gentil
del cuerpo de Pepita?

El conde sali de la estancia acompaado del de Alagn, y entonces,
Fernando, inclinndose con cierto garbo manolesco sobre la hermosa
baronesa, que durante la anterior escena no haba cesado de rer,
exclam:

--Chica! No has tenido mal gusto. Ese condesito es un animal, propio de
tu carcter. Vais a formar una adorable pareja de locos; cada uno de
gnero distinto.

--Le tengo alguna voluntad, tal vez por lo fcilmente que se amolda a
todos mis caprichos. Es un matachn tan valeroso como inocente, lo que
no impide que se tenga por un calavera consumado.

--Sin embargo, creo que despus de esta escena no va a tener gran fe en
ti y que te ser difcil hacerle tu marido.

--Ya se encargarn de esto los buenos Padres.

--Buenos ayudantes tienes. Qu no se lograr con su apoyo? A ellos debo
la dicha de conocerte.

--Vuestra majestad est esta noche muy galante.

--Mi majestad lo que est es muy aburrido de ver que para que des un
beso es necesario pedrtelo.

Son un beso tan fuerte, prolongado y escandaloso, que todava lo
hubiera odo Baselga a no estar en aquel instante hablando con el duque
de Alagn.

Cuando los dos nobles llegaron al extremo del corredor, que poco antes
haban pasado furiosamente agarrados y topando con las paredes, el
capitn se par para decir con ansiedad a su ilustre pariente:

--Pero to, qu es esto?

--Sobrino: cosas en las que hars muy bien en no mezclarte, si es que
quieres ser fiel cortesano y buen realista. Y ahora que estamos solos,
te advierto que si no fuera porque la violenta escena de antes no ha
tenido ms testigos que el rey y esa seora, a pesar de ser mi pariente
y de toda tu fama de espadachn, te batiras maana conmigo.

--Algo imprudente he estado, lo confieso; pero sepa usted que esa mujer
me pertenece.

--Lo s perfectamente, y tambin lo sabe el rey.

--El rey?... Pues entonces, a qu viene aqu?

--Sobrino--dijo Alagn dando a su voz un tono misterioso--. A ti se te
puede decir, pues eres de casa. La seora baronesa de Carrillo tiene un
talento poltico de primer orden, y el rey viene aqu muchas noches a
que le d consejos sobre los actuales conflictos.

Aquella noche el conde no pudo dormir tranquilo. Tanta satisfaccin le
causaba ser amado por una mujer a quien el rey peda consejo y que era
casi un ministro universal con faldas.




IX

La confesin.


Al anochecer del da siguiente, Baselga supo por boca de su amada que en
el saln de visitas le esperaba el padre Claudio, deseoso de hablar con
l de asuntos muy graves.

Quin era el padre Claudio?

Entre la inmensa banda de ttricas sotanas que por turno iban pasando
por los salones del vetusto casern o se sentaban a la mesa de Pepita
Carrillo, el padre Claudio constitua una brillante excepcin, y tal vez
por esto era recibido con ms grandes honores.

Rodeado de tantos rostros huraos o forzadamente amables, pero siempre
con el sello especial de la idiotez disimulada o de la astucia
encubierta, el de aquel cura destacbase luminoso, atrayente y como
esparciendo efluvios de una dulzura evanglica.

Era el padre Claudio muy joven para tener tan gran imperio sobre los que
le rodeaban, pero sin duda este ascendiente se lo proporcionaba su
hermosura fsica, su exterior simptico y el encanto dulce y persuasivo
de su conversacin.

Su cabeza, de fino cutis y cabello corto, ensortijado y aplastado sobre
la frente, recordaba la de aquellos elegantes romanos del tiempo del
Imperio; su figura era de proporciones artsticas y los pies y manos,
por su pequeez y delicadeza, casi hacan creer que la flamante y bien
cortada sotana ocultaba el cuerpo de una fina damisela.

Hablaba con voz dulce y reposada y todas sus palabras tenan un carcter
tan vagoroso, que las hacan casi semejantes a los perfumes agradables
que exhalaban las vestiduras del elegante sacerdote.

Haba devota que oyendo las palabras del padre Claudio quedaba extasiada
en la contemplacin de su tez fresca y transparente y de sus cabellos de
un rubio apagado, pero brillante comparndolo mentalmente con el ngel
Miguel y dems elegantes de la corte celestial.

Slo un detalle vena a afear aquel rostro, modelo de bondad y
hermosura anglica. Los que le trataban con cierta confianza saban que
su frente se contraa en ciertos momentos con colricas arrugas, y que
sus ojazos azules, cndidos y casi inmviles, en muchas ocasiones
dejaban pasar por su fondo rpidos chispazos de una ira tan intensa que
asombraba y permita adivinar en sus pupilas, en los instantes de
alegra, una ambicin que por lo inmensa causaba miedo.

Semejantes a esos mares tranquilos y risueos, cuna de belleza y de
poesa que, cuando se alteran con el viento de la tempestad son ms
terribles que el Ocano, aquellos ojos imponan, cuando, despojndose de
su falsa expresin, transparentaban las pasiones que se agitaban en el
cercano cerebro.

El padre Claudio era un hombre terrible, que una con pasmosa habilidad
la bondad con el odio, la sencillez con la astucia y la humildad con una
ambicin sin lmites.

Aquel "dandy" de sotana era semejante a las pequeas vboras de las
selvas ndicas, que escogen siempre por nido la corola de una flor.

Para l nada haba imposible, ni retroceda ante obstculo alguno. Todo
cuanto le era til, lo tena inmediatamente por moral, y de aqu que
reparara poco en los fines de sus empresas, fijando nicamente su
atencin en los medios, pues tena cierta preocupacin de artista en su
modo de obrar.

Aborreca el ruido, el escndalo y los procedimientos brutales tanto
como era partidario de la cautela, la sagacidad y los golpes rpidos y
silenciosos.

Para el padre Claudio el rey de la Naturaleza no era el len, sino la
serpiente, y le inspiraba ms admiracin el avance traidor, rastrero y
espeluznante de sta que el ataque brutal, pero franco e instintivo de
aqul.

Perteneca a la misma categora que Nern y dems delincuentes artistas
que encubrieron sus ms tremendos crmenes bajo un manto de belleza.

El padre Claudio era capaz de asesinar, con tal de que la hoja del pual
estuviera cubierta de rosas.

Esta quintaesencia de maldad le haca ser ms respetado y temido por sus
compaeros y subordinados, y por otra parte, sus prendas fsicas y aquel
carcter de apstol que tan a la perfeccin le disfrazaba, valanle una
admiracin sin lmites entre sus amigos devotos que ponan sus
conciencias bajo la absoluta direccin del hermoso padre.

En casa de Pepita, don Claudio imperaba como un soberano; el seor
Antonio mostraba ante l una servil humillacin que ni el ms adulador
lacayo poda tener a su alcance, y hasta la casquivana baronesa no osaba
en su presencia dejar la menor libertad a su estrafalario carcter, y
acoga con aspecto contrito las dulces reprimendas que el padre tena a
bien dirigirla.

Tambin en Baselga causaba gran impresin aquel cura elegante que apenas
si tendra seis aos ms que l.

El condesito admiraba la finura de sus ademanes, su carcter simptico y
su gran ilustracin; pero an haba en su persona una cosa que le
subyugaba ms, y era que en ciertos momentos tena el empaque de un
caudillo, y el oficial de la Guardia profesaba admiracin y respeto a
todos esos hombres especiales que son enrgicos sin manifestarlo y
parecen nacidos para mandar.

Tres o cuatro veces haba comido con el padre Claudio en casa de Pepita
y casi sinti tanto como sta el que no fuesen ms frecuentes las
visitas del cura, pues le eran tan simptica su conversacin sencilla,
pero amena, como enojosa la presencia de los otros clerigotes, por lo
regular groseros y bruscos en sus palabras y modales.

Cuando Baselga entr en el saln de visitas, el padre Claudio se levant
del silln que ocupaba en un rincn oculto bajo la sombra.

El quinqu colocado sobre el ligero velador tena puesta de tal modo la
pantalla que baaba con viva y rojiza luz medio saln, dejando la otra
parte envuelta en la ms densa obscuridad.

Bes el capitn aquella mano blanca fina y casi femenil que le tendi el
cura con graciosa amabilidad, y se sent, obedeciendo su indicacin,
junto a la lmpara que haca resaltar todos los detalles salientes de su
rostro enrgico.

Sac el padre Claudio de una petaca de oro, cubierta de filigranas, dos
cigarrillos casi microscpicos, que olan a perfumes de tocador ms que
a tabaco, y despus que vi arrojar al militar las primeras bocanadas de
humo, di principio a la conversacin.

--Seor conde, vengo de parte del rey, que, segn creo se dign hace
poco tiempo anunciaros que os comunicara pronto sus rdenes.

--As es, padre Claudio. S. M. me honra distinguindome entre sus ms
fieles vasallos.

--El seor don Fernando (que Dios guarde)--y al decir esto el cura, a
pesar de encontrarse casi invisible en la sombra, se inclin por la
fuerza de la costumbre--desea auxiliar por cuantos medios pueda a los
buenos espaoles que en Navarra, en Aragn y en Catalua luchan por los
santos derechos del Altar y el Trono, y para esto necesita del apoyo de
todos sus leales servidores.

--Dispuesto estoy a obedecer sus rdenes. Mi vida es suya por completo.

--El rey tiene la certeza de ello, y por esto le designa a usted para
que sea portador de varios encargos que enva a los defensores de la Fe,
y al mismo tiempo ordena que se una usted a esas legiones de esforzados
defensores de la legitimidad, con la seguridad de que all ser ms til
su espada que en otro cualquier lugar.

--Dispuesto estoy a obedecer. Cundo tengo que partir?

--Maana al romper el da. Debe usted agradecer al soberano esta
determinacin respecto a su persona. Aqu peligra su vida, y la Polica
por un lado y los patriotas por otro, buscan a usted, tanto en Madrid
como fuera de l, ganosos de castigarle como a uno de los principales
promovedores de la jornada del 7 de julio. Se acuerda usted del
teniente Goiffeaux?

--S; un buen muchacho francs que perteneca a mi mismo batalln. Es
grande amigo mo; qu ha sido de l?

--La semana pasada fu ajusticiado en la plaza de la Cebada, como autor
del asesinato perpetrado a las puertas de Palacio en la persona del
capitn Landaburu. Calcule qu sera de usted si fuera descubierto por
esos furiosos liberales que tienen al conde de Baselga por el principal
autor de tal hecho.

El joven capitn, a pesar de su carcter tan enrgico como ligero, no
pudo menos de sentirse impresionado por el trgico fin de su amigo, y
qued durante algunos instantes silencioso y como en profunda reflexin.
Por fin, rompi el silencio para preguntar:

--Y qu misin es la que me confiere el rey cerca de los caudillos de
la Fe?

--Su Majestad desea que usted sea portador de cincuenta mil duros
pertenecientes a la asignacin que le da el Gobierno liberal y que l
con un desprendimiento digno del mayor elogio destina a la formacin de
nuevas partidas realistas en el Alto Aragn que nos libren pronto de la
maldecida Libertad. Usted se pondr al frente de las que se vayan
creando y de seguro que con una brillante campaa har mritos para ser
recompensado largamente por el soberano el da en que triunfe la buena
causa.

Baselga, a quien el combate de la plaza Mayor, su amistad con Crdova y
hasta el roce con Pepita haban hecho bastante ambicioso, soaba desde
poco tiempo antes con la gloria guerrera; as es que recibi con el
mayor gozo aquel tcito nombramiento de caudillo del absolutismo.

--Padre Claudio--dijo con arrogancia y transparentando en sus ojos el
entusiasmo que le dominaba--. Si habla vuestra reverencia con el rey,
dgale que podr tener servidores que valgan ms que yo; pero tan
entusiastas y decididos al sacrificio, ninguno. Ir donde me mandan y
volver vencedor ms pronto o ms tarde, pues de lo contrario ser un
mrtir ms entre los innumerables que han dado su vida por la buena
causa.

--El Dios de los ejrcitos ir contigo y te proteger!--dijo don
Claudio con cierto aire de inspirado, y extendiendo su mano de dama di
la bendicin al capitn.

El sacerdote, durante la anterior conversacin haba estado desde el
fondo de la obscuridad observando aquel rostro brutal pero franco, en el
que tan claramente se transparentaban las internas impresiones, y con
exacto conocimiento de la situacin, crey muy del caso la reciente
invocacin bblica que acab de entusiasmar al inculto cruzado del
fanatismo.

Baselga qued como reflexionando bajo el peso de aquella santa
bendicin, y el clrigo dijo al poco rato:

--Maana saldr usted de Madrid al amanecer, precedido de un hombre de
confianza que vendr a buscarle, y fuera de las puertas encontrar un
carruaje de camino bajo cuyos asientos, y en onzas de oro, estarn los
cincuenta mil duros. El mismo hombre le dar cartas del rey para sus
defensores en Aragn. De preparar a usted para que salga de Madrid sin
ser conocido, se encargar el respetable administrador de la seora
baronesa, quien le afeitar cuidadosamente y le dar unos hbitos de
sacerdote que ya tiene en su poder.

--Har cuanto indica vuestra reverencia.

--Mucha prudencia al atravesar las calles de Madrid, y piense usted que
son muchos los que le buscan, que usted es muy conocido y que un
sacerdote en estos abominables tiempos revolucionarios inspira tantas
sospechas como en otras pocas veneracin.

--No tema usted. Sabr fingir perfectamente, slo por darles un buen
chasco a esos aborrecidos liberales.

Quedaron despus de esto callados un largo espacio los dos hombres, y al
fin, el condesito fu el primero en romper el silencio, preguntando con
inters:

--Sabe ya la seora baronesa mi prxima partida?

--La conoce perfectamente, pues ella ha sido la ms interesada en
proporcionarle ocasiones de lucir su heroico valor y alcanzar su
legtima gloria.

Baselga, que hasta entonces haba permanecido obsesionado por la ilusin
de convertirse en un clebre caudillo, comenzaba a recordar
apasionadamente a Pepita, cuya imagen se le apareca ahora ms seductora
que nunca.

La idea de alejarse en breve de la mujer adorada aumentaba el valor de
su hermosura, y el placer de sus caricias apareca centuplicado en la
imaginacin de Baselga.

Abandonarla cuando en su ser no se haba saciado la terrible hambre
amorosa que su belleza provocaba! Aquel libertino defensor de los reyes
y los curas, senta cierta desesperacin y aun se mostraba inclinado a
maldecir las circunstancias que le arrancaban de las delicias del amor y
le arrojaban rpidamente del cielo al suelo.

Don Claudio, siempre recatndose en la sombra, contemplaba fijamente al
capitn, y en la sonrisa que vagaba por sus labios comprendase la
facilidad con que iba leyendo en la frente de aqul todos sus
pensamientos.

--Seor conde--dijo el cura cambiando con gran maestra el tono de su
voz, que de ligera y meliflua se troc en grave--. Dentro de pocas horas
va usted a partir para cumplir una importante misin y poner en prctica
lo que, al ceir espada, jur usted como cristiano caballero.

Baselga, que pensando en su prxima y dolorosa separacin de la mujer
amada tena la frente apoyada en la mano, levant la cabeza como
sorprendido al or aquellas palabras dichas en tono solemne.

--Va usted a entrar--continu don Claudio siempre con la misma
entonacin--en esa vida accidentada y abundante en peligros, propia del
valiente que tiene que luchar contra superiores y temibles enemigos.
Grandes sern las aventuras de que estar erizada su prxima existencia;
aunque el Seor tiene contados los das de sus criaturas, nadie sabe en
el mundo cul ser la ltima hora de su vida y hay que temer a la
muerte.

--Padre!--dijo Baselga con arrogancia--. Yo no la temo, y eso que no ha
mucho me vi casi en sus brazos. Soldado soy y mi destino es morir en el
campo de batalla: otra clase de muerte, la considerara deshonrosa.

--Est muy bien lo que usted dice; pero considere que no todo es morir,
que ms all de la tumba existe otra vida y que conforme a la doctrina
que ensea la Santa Madre Iglesia hay que pensar en tener la conciencia
lo ms limpia de pecados que sea posible, para cuando hayamos de
comparecer ante el Tribunal de Dios. El buen catlico antes de morir
descarga su pecho del peso de las culpas en el regazo del confesor.
Usted va a cumplir una noble misin, en la que tal vez le busque la
muerte. Se encuentra el alma de usted limpia de culpas?

Baselga qued anonadado por estas palabras y mir con gran confusin al
sacerdote, que poco a poco haba ido arrastrando su silln hacia el que
ocupaba el capitn, y que ahora avanzaba su cabeza de modo que destacara
su artstico perfil sobre el foco de luz del quinqu.

El condesito estaba tan aturdido, como muchacho que en la escuela es
sorprendido por el maestro en flagrante delito, y no encontraba palabras
para contestar.

Excitado por la mirada bondadosa y angelical del cura se decidi al fin
a hablar y al principio no consigui ms que embrollarse en un sinnmero
de confusas palabras.

--Yo... padre... la verdad... ando bastante descuidado en materias de
religin. Creo en Dios, en Jesucristo, en el Papa y en todo lo que manda
la Iglesia; en otros tiempos me saba el catecismo de memoria, pero
ahora... ya ve usted... los amigos, la vida militar, las locuras de la
juventud... en fin, que hace mucho tiempo que no me he confesado y que,
de morir en este momento, el diablo tendra mucho que hacer con mi alma.

--A tiempo est usted, hijo mo, de conjurar el peligro. En m, que soy
indigno representante de Dios, encontrar usted el medio de librarse del
peso de tantas faltas.

--Yo quisiera confesarme, pero... en este sitio? En un saln de
visitas?

--Dios est en todas partes y en todas tambin puede su sacerdote or la
confesin de un pecador. Acrquese usted ms... as est bien. Y ahora
si tiene usted verdadero fervor por reconciliarse con Dios, brame su
pecho y no tema en revelarme la verdad sin miedo a la enormidad de los
pecados pues el Supremo Hacedor no quiere que el culpable agonice bajo
el peso de sus faltas, sino que viva y se arrepienta.

Estuvo Baselga por mucho rato cabizbajo, ensimismado y como contrayendo
todos los pliegues de su memoria para que no quedara trasconejado el
recuerdo de las ms pequeas de sus faltas; pero cuando ya se dispona a
hablar, le interrumpi don Claudio para decirle:

--Supongo que no ir usted a imitar a ciertas devotas viejas que tienen
como pecados nimiedades insignificantes y ridculos escrpulos. Aqu ms
que confesor y penitente somos dos hombres, y, por tanto, hemos de
hablar con franqueza e ir derechamente a la verdadera importancia de las
cosas. Empiece usted, hermano, y diga todo aquello que considere
realmente como pecado.

Baselga hizo un poderoso esfuerzo para romper los lazos con que el amor
propio y la vergenza sujetaban su lengua, y con el rostro teido de
rubor comenz as:

--Padre; me acuso de haberme valido de mi habilidad en el juego para
robar con malas artes el dinero de mis compaeros.

--Mala cosa es el juego; pero como culpables son igualmente todos los
que se dejan dominar por vicio tan reprobable, no cay usted en pecado
mortal al explotar la simpleza de los que confan su suerte a la baraja.
Adelante, hijo mo.

--Me acuso de haber hecho uso de mi espada, sin razn alguna, contra
personas a quienes antes haba ofendido, derramando su sangre
injustamente.

--Gran pecado es atentar contra la vida del prjimo, mas sin embargo,
todo aquel que lleve espada, se tenga por caballero y ostente un nombre
ilustre, tiene el deber de velar por su prestigio personal y no incurrir
nunca en la nota de cobarda. Adems, as como la Providencia vel por
la vida de usted poda haber ocurrido todo lo contrario, en cuyo caso
tanto se expona usted como su contrincante a morir en el lance. No es,
pues, muy grave este pecado. Animo, hijo! Cules son los otros?

--Yo fu el que instigu a los soldados a dar muerte en la plaza de
Palacio al capitn Landaburu, y confieso que el recuerdo de su mujer
viuda y de sus hijos hurfanos me ha quitado el sueo muchas noches.

--Digno de execracin es siempre el asesinato; pero hay que convenir en
que aquel hecho nada tuvo de tal. La muerte violenta de Landaburu fu
uno de tantos incidentes propios de poca de agitacin, y sin duda aquel
desgraciado fu designado por Dios para servir de triste ejemplo a sus
compaeros en poltica y hacerles ver prcticamente cun terrible es el
fin de los hombres que se separan de las buenas doctrinas. Landaburu era
un impenitente revolucionario a quien usted conoca muy bien; quin
sabe si Dios quiso castigarle por sus malos pensamientos y lo escogi a
usted como ejecutor de sus venganzas! No es, pues, tan enorme este
pecado. Adelante, hijo mo, adelante.

Baselga estaba encantado por la bondad de aquel sacerdote que todo lo
encontraba bien; que en vez de las reprimendas esperadas, le diriga
amables sonrisas y que demostraba un empeo paternal por desvanecer
todos los remordimientos en el pecho del penitente.

Con un confesor tan "de manga ancha" que saba desmenuzar los pecados de
modo que perdieran su carcter horrible, dejndolos reducidos a simples
faltas, se poda hablar con entera tranquilidad, y por eso el condesito,
cobrando cada vez ms confianza, repas por completo todo lo grave de su
pasado y al fin lleg a sus amores con la baronesa.

Al pensar en tal aventura, su lengua se detuvo. El capitn crea
circunstancia indispensable en todo galanteador caballeresco guardar
eternamente el secreto de sus amores; as es que no se mostr propicio a
revelar lo ocurrido en aquella casa entre Pepita y l; tanto ms cuanto
que el padre Claudio era amigo de la baronesa.

El sacerdote, que con mirada atenta segua contemplando al joven,
pareci adivinar nuevamente los pensamientos que se agitaban bajo su
frente, y para desvanecer todo escrpulo dijo as:

--Hace usted mal si es que piensa ocultarme por miras particulares algn
suceso importante de su vida. Engandome a m engaa usted a Dios, y de
poco puede servir a su alma una confesin incompleta e inspirada en
miras egostas. Todas las preocupaciones mundanas deben expirar al pie
del confesonario; para el representante de Dios no han de guardarse
secretos, tanto ms cuanto que lo que usted diga aqu quedar como
encerrado en una tumba. Vamos!, decdase usted, hijo mo, y ya que se
ha propuesto implorar la proteccin de Dios descargando su conciencia de
culpas, no oculte ni una sola de stas.

El condesito, impresionado por aquella voz dulce y atractiva decidise a
hablar, aun faltando a su condicin de amante reservado y silencioso.
Adems pens en que Pepita se confesaba igualmente con don Claudio y
que, como buena catlica, ya le habra revelado todo lo ocurrido.

As que Baselga se decidi a decir la verdad, y dej escapar un
verdadero chaparrn de palabras que fu la relacin completa y detallada
de todo lo ocurrido entre l y la baronesa desde el da en que se
conocieron hasta la hora presente.

El cura escuchaba con aparente atencin las palabras del penitente; pero
un profundo observador hubiera adivinado en l la distraccin que le
causaba or por segunda vez la relacin de sucesos que ya le eran
conocidos.

Cuando Baselga, acalorado en la descripcin de su ltima conquista,
deslizaba algn detalle de color algo subido y se detena como
avergonzado, el clrigo le animaba con un gesto de benevolencia, y el
joven segua adelante en su relacin, encontrando cierto placer en
revelar a un hombre (aunque ste fuese un cura) toda la felicidad que
haba gozado.

Cuando el condesito termin de hablar, vi con cierto recelo que don
Claudio se pona muy serio por primera vez y an se alarm ms al or
que con voz algo irritada le deca:

--Despus de lo que usted acaba de decirme, es casi imposible que yo le
d la absolucin.

--Cmo! Qu dice usted, padre mo?

--Usted, llevado de sus antiguos hbitos de galanteador irreflexivo, ha
abusado de la generosa hospitalidad que le dispens una mujer que aunque
a primera vista parezca algo ligera es modelo de virtudes. La baronesa
ha perdido su honor en los brazos del hombre a quien salv la vida, y
ste obrara con una deslealtad nunca vista e impropia de un caballero
si se negara a reparar el mal que caus.

Baselga qued anonadado bajo aquella severa reprimenda.

--Va usted a partir--continu el sacerdote--dentro de breves horas, y
Dios slo sabe dnde podrn arrastrarle los azares de la guerra. El
corazn de usted es ligersimo, su facilidad amorosa grande en extremo,
y casi es probable que cuando termine la guerra usted haya dado su
afecto a otra mujer y olvidado a la baronesa, en cuyo caso, cul ser
la suerte de esa desgraciada seora, modelo de virtudes, pero a quien el
amor ha hecho pecar?

--Oh!, no, padre. Yo nunca olvidar a Pepita: la amo mucho.

--El amor, cuando no est santificado por la bendicin del sacerdote, es
fugaz pasin que el menor vaivn de la vida hace desaparecer. No basta
que usted quiera a Pepita, es necesario afirmar esa pasin con algo ms
serio que los juramentos de amor.

--Y qu puedo hacer yo, padre mo?--dijo Baselga, a quien las palabras
del cura haban conmovido.

--Hoy casi nada. La orden del rey le obliga a partir dentro de breves
horas y no hay tiempo para que usted legitime por medio del casamiento
cannico sus amores con la baronesa.

--Entonces, cul ha de ser mi conducta para que vuestra reverencia me
d la absolucin?

--Ya que es imposible por el momento el borrar las anteriores faltas con
el matrimonio, jure usted ante Dios que est en el cielo y en todo lugar
que dar su mano y su nombre a la mujer amada tan luego termine la
comisin que ahora le encarga su majestad.

--Dispuesto estoy a jurarlo, padre mo.

Entonces, Baselga, por indicacin del cura, psose en pie, y extendiendo
su diestra a un antiguo cuadro que representaba a Cristo, macilento y
negruzco, fu repitiendo el juramento que palabra por palabra le dict
don Claudio, y al final de cuya frmula peda para s todos los
tormentos del suplicio y los dolores de la tierra si dejaba de cumplir
lo prometido.

El mastuerzo que con tanto valor saba batirse en las calles de Madrid,
sentase ahora conmovido por las palabras que le haca pronunciar el
hbil capelln y le falt poco para derramar lgrimas de alegra cuando
le dijo don Claudio con acento melifluo.

--Hermano; de rodillas.

Oy Baselga latinajos que no entenda y con ademn compungido recibi la
bendicin de aquella mano fina y aristocrtica, que despus bes
contritamente.

--Ahora--dijo don Claudio levantando del suelo al capitn--, a luchar
como un hroe por la santa causa de la Iglesia y del Rey.

--Luchar hasta morir--contest el joven con resolucin que no daba
lugar a dudas.

--No es verdad que se siente usted mejor despus de la confesin?

--Me encuentro posedo de un bienestar inmenso.

--El pecador que tiene fe en Dios, siempre experimenta tan grata
impresin despus de desahogar su pecho de culpas.

--Ya hemos terminado--continu el cura despus de un breve silencio--;
retrese usted a hacer sus preparativos de viaje y avstese con el seor
Antonio, que ya ha recibido las instrucciones necesarias. Adems,
autorizo a usted para que cuando vea a la seora baronesa, le revele
cuanto aqu ha ocurrido. Es una santa mujer que experimentar una
alegra sin lmites al saber que usted ha jurado ser su esposo tan
pronto como lo permitan las circunstancias.

--Adis, padre!--dijo el capitn con algn enternecimiento--. Que el
cielo permita nos volvamos a ver pronto.

--Adis, hijo mo! Que el Seor proteja a usted.

Y aquel Pedro el Ermitao del realismo espaol, estrech con cario la
mano del cruzado que iba a defender en los montes la tirana del monarca
y el restablecimiento de la Inquisicin.

Cuando los pasos de Baselga hubieron dejado de sonar en la habitacin
vecina, el cura sonrise con aire satisfecho, y dirigindose a la puerta
del saln contraria a aquella por la que haba salido el joven, levant
el pesado cortinaje, preguntando con voz meliflua:

--Est usted contenta, Pepita?

--Mucho, padre mo. Cunto tengo que agradecer a usted!

Y la baronesa, diciendo estas palabras entr en el saln. Sus mejillas
estaban coloreadas por la alegra y en toda ella conocase el vivo
placer que le haba causado la anterior escena.

--Esto es un servicio ms que usted tendr que agradecer a la poderosa
Compaa que la protege desde la cuna.

--Lo agradezco con toda mi alma, padre Claudio, y crea vuestra
reverencia que siento no corresponder con ms fuerza a tan grandes y
continuos favores.

--Con que tenga usted al rey mucho tiempo hechizado con sus gracias y
disponga un poco de su voluntad, nosotros nos damos por satisfechos.

--Eso hago y eso har tan bien como me sea posible. Mis ilusiones se
realizan y desde la cumbre a que me elevan los favores de la Orden,
podr servir mejor a los intereses de la Compaa. Unicamente me faltaba
un marido, y ste ya le tengo gracias a la sabidura de vuestra
reverencia, que tan acertadamente sabe dirigir las conciencias. Querida
predilecta del rey, pero teniendo que vivir oculta por no poder
presentarme en sociedad como la viuda forastera, problemtica y sin
amistades, me es imposible servir tan bien a la Orden como lo har el
da en que figure en la corte como la esposa de un hombre que ha
prestado grandes servicios a la causa del rey. Baselga es un necio, pero
tiene algo de hroe, y si no lo matan, conseguir abrirse paso y llegar
a los ms altos puestos. Yo necesitaba un marido de tal clase y vuestra
reverencia me lo asegura valindose de su profundo talento que a todos
convence. Cun agradecida debo estar a la Orden que me protege!

--Baronesa: el que trabaja "para la mayor gloria de Dios", se ve colmado
siempre por el Altsimo de inmensas felicidades.




X

1823


En 1823 cambi por completo la decoracin para liberales y serviles que
con tanta saa venan combatindose haca tres aos.

Al rey que deca "a sus sbditos" "marchemos todos francamente, y yo el
primero, por la senda constitucional", mientras ocultamente favoreca
con dinero y con hombres las sublevaciones absolutistas en los montes de
Catalua y Navarra, le pareca todava insuficiente el armar tropeles de
fanticos que combatieran en favor del Altar y del Trono, y solicit el
auxilio de Francia, que envi a Espaa al duque de Angulema con sus cien
mil hijos de San Luis.

Fu aqulla una poca de desbordamiento y de impudor. Nunca se haba
visto un pueblo ms propenso a la mudanza, a la traicin y a la
desvergenza.

Largos aos de tirana haban corrompido el sentido moral de nuestro
pueblo; la revolucin slo haba servido para hacerlo ms bullanguero, y
ni una sola de las ideas democrticas que los oradores predicaban en los
clubs, consegua penetrar en aquella juventud que todava era hija
legtima y directa de la generacin de Pan y Toros.

Los que antes iban con gran fervor a las procesiones o eran cofrades del
Rosario de la Aurora, asistan ahora a los clubs, cantaban a grito
pelado en las calles los himnos en moda u organizaban las
manifestaciones cvicas. He aqu toda la reforma que la revolucin
consigui hacer en el pueblo espaol.

El rey, a pesar de la Constitucin y de todos los esfuerzos de
exaltados y comuneros, segua siendo la personificacin del pas; lo que
el monarca haca, los sbditos lo imitaban, y como Fernando VII era
canallesco, desvergonzado y traidor, el pueblo no conoca ni aun de
odas el pudor poltico, y cuando an repeta el eco sus gritos de viva
la Constitucin!, volva la hoja rpidamente para pedir a gritos el
triunfo del rey "neto" y la vuelta de los felices tiempos en que
funcionaba la Inquisicin, los jesutas dirigan el Gobierno y el amo de
Espaa mostraba el sobrehumano talento que le haba dado Dios para
presidir las corridas de toros.

La poltica, en los ltimos tiempos de aquella poca constitucional,
estaba reducida a una serie de vergonzosos engaos. La agona del
trienio liberal puede definirse diciendo que fu una espantosa traicin.

Fernando engaaba a los liberales, y mientras firmaba cuantos
manifiestos le ponan delante y en los cuales se entonaban himnos
laudatorios a la Constitucin, solicitaba con gran urgencia el auxilio
de las bayonetas francesas; Morillo haca traicin a sus compaeros los
generales La Bisbal y Ballesteros; La Bisbal le imitaba y Ballesteros,
por no ser menos, unase a los invasores para derribar al Gobierno, que
confiaba en el apoyo de sus espadas.

La Constitucin era una enferma atacada de rpida tisis y los hombres,
dueos del Poder, semejaban embrollada consulta de mdicos pedantes,
ocupados en discutir el nombre y etimologa de los medicamentos que
pensaban emplear, mientras la paciente se mora a toda prisa.

No faltaban liberales entusiastas dispuestos a dar su sangre por aquella
Constitucin que tantas veces haban jurado sostener, pero estaban en
minora y sus esfuerzos se perdan entre la indiferencia y el
envilecimiento del pueblo.

El heroico Mina resucitaba en Catalua la epopeya de la independencia,
luchando con escasas fuerzas contra las hordas realistas y las legiones
invasoras; pero su sublime tenacidad tena el plido reflejo de un rayo
de sol en el fondo de putrefacta laguna.

Aquella revolucin mora como mueren todas las formas de Gobierno que no
llegan a ser populares. Slo la clase media haba abierto sus ojos a la
luz de la libertad.

El pueblo, llevando todava en su mente el recuerdo de los privilegios
seoriales y de las rapias de la Iglesia, estaba tan ciego, que tomaba
sus armas para defender la causa de los nobles y de los curas.

Pudo muy bien el Gobierno constitucional organizar una tenaz defensa que
hiciera ms lenta la marcha del tropel de alguaciles que Francia nos
enviaba para reponer el absolutismo en su primitivo ser y estado.

Con esto no se habra salvado la libertad, pero habra cado con ms
honra, y los Borbones de la nacin vecina no se hubieran engredo y
puesto al nivel de Bonaparte por una guerra en la que los reclutas de la
restauracin no dispararon dos veces sus fusiles.

Pero los liberales adoptaron sus resoluciones con demasiada lentitud,
confiaron su defensa a militares de dudosa fe poltica, y cuando
vinieron a apercibirse de sus desaciertos, vieron sus rdenes
desobedecidas y que la traicin de sus generales dejaba libre el paso al
chaparrn de la venganza absolutista que iba a caer sobre ellos con
furor terrible.

El final del perodo liberal tuvo algo de la rapidez del vrtigo y mucho
de la vaguedad del sueo.

EL avance de las bayonetas francesas hizo salir de Madrid a toda prisa a
ministros y periodistas, diputados y milicianos, formando inmensa
caravana que, semejante al vagabundo pueblo de Israel, llevaba como arca
santa la chusca persona de Fernando VII. Este se rea interiormente de
la candidez de aquellos revolucionarios tan respetuosos siempre con el
mismo hombre que les daba muerte. Todos ellos saban que el mismo
monarca era quien mova el ejrcito invasor que vena pisndole los
talones, y ni a uno solo de los fugitivos se les ocurri encargar a su
fusil la misin de librar a Espaa del monstruo que pocos meses despus
haba de ensangrentarla con horribles venganzas.

El ms vergonzoso rebajamiento se haba apoderado de nuestro pueblo, y
como si quisiera poner su adoracin al nivel de su vileza, tributaba
homenajes a los seres ms abyectos.

El pas, que doce aos antes haba admirado a Mina y al Empecinado, se
entusiasmaba ahora con las proezas de cuatro bandidos que vestan el
sayal frailuno y con la cruz en una mano y el trabuco en la otra, iban
sembrando el incendio y la muerte, queriendo exterminar "a los negros"
hasta la cuarta generacin. Los mismos que haban aplaudido a Argelles
y a Muoz Torrero, miraban ahora como dechados de sabidura a los
pedantes y covachuelistas que componan la Regencia de Urgel.

El "Trapense", una fiera con hbito, era el hroe de la situacin.
Crease que su trabuco tena el poder de hacer milagros, y cuando el
fraile guerrillero, llevando a la grupa a la hermosa aventurera Josefina
Comeford, penetr en Madrid, el mismo pueblo que tres aos antes haba
tirado de la carretela en que iba Riego, se arroj bajo las herraduras
del caballo con la misma entusistica indiferencia del indio que desea
ser aplastado por el carro del dolo y ganar el cielo.

Una bendicin de aquella mano era una dicha que muchos solicitaban. La
mano del "Trapense" estaba, sin duda, santificada por Dios, pues nunca
la abata el cansancio. Prueba de ello, era la rapidez y limpieza con
que degoll uno tras otro, sin interrupcin, setenta y seis soldados
constitucionales, que fueron hechos prisioneros en la toma de Seo de
Urgel.

Barrido de Madrid y Sevilla, el Gobierno liberal, siempre fugitivo y
vagabundo con rumbos inciertos, fu a refugiarse en Cdiz. La
Constitucin de 1812, semejante al hijo prdigo, despus de correr
grandes aventuras, volva decada y derrotada a morir en el mismo punto
donde naci.

All fueron a buscarla sus implacables enemigos, y el ejrcito de
Angulema, en unin de algunas de las hordas realistas que le precedan,
a guisa de avanzadas, estableci el sitio de Cdiz.

Los muros de la inmortal ciudad volvieron a conmoverse con el estampido
de los caones franceses; pero entre el sitio de 1810 y el de 1823, hubo
tanta diferencia como la que existe desde el drama a la comedia.

Ni Angulema era Soult, ni aquellos liberales, fugitivos, desilusionados,
y que se batan por "el qu dirn" y por dar a su bandera cierta gloria
antes de plegarla, podran compararse con los gaditanos de 1810, que,
despus de asistir a las sesiones de las clebres Cortes, empuaban el
fusil con la mente llena de sublimes pensamientos e iban a morir en las
trincheras.

En el ltimo sitio de Cdiz se luchaba sin nimo de triunfar y
nicamente por cumplir con el deber. Todos los personajes que estaban
encerrados en Cdiz saban cul iba a ser su muerte y la aguardaban
pacientemente. Argelles pensaba en la prxima emigracin; el cannigo
Villanueva se entretena escribiendo sonetos y letrillas contra Angulema
y los absolutistas; el marino Valds se convenca de que era intil
pensar en revivir la clebre defensa por l organizada en 1810, y,
entre tanto, Fernando distraa sus ocios remontando cometas de varias
formas y colores en el tejado de la Aduana, sistema de telegrafa ptica
que enteraba a los sitiadores de cuanto en la plaza ocurra.

La toma del Trocadero fu la nica operacin que honr militarmente a
los invasores; pero aquel simple acto de guerra, que resultaba una
bagatela para las legiones de Napolen, fu pregonado por la Fama del
realismo como una hazaa al lado de la cual las proezas de Anbal y de
Alejandro quedaban obscurecidas.

La restauracin borbnica, tan mezquina en Francia, como en Espaa,
necesitaba aumentar la importancia de los hechos para adquirir ese
prestigio que tan necesario es a los tiranos.

Por desgracia para la causa realista, la gloria le volva la espalda, y
para que el mundo no se apercibiera de tal desdn, se vea obligada a
falsificar los hechos. Ni ms ni menos que esos amantes desdeados en
cuya boca los ms insignificantes favores de la mujer ansiada se
convierten en comprometedoras y decisivas concesiones.




XI

Cmo termina un calavera


Entre el tropel de esbirros de la tirana, que como un cinturn de
hierro y bocas de fuego rodeaba los muros de Cdiz, figuraba el conde de
Baselga, realista decidido y hombre de gran porvenir, del cual se
ocupaban peridicos tales como "La Atalaya de la Mancha", "El
Regenerador", y otros papeluchos redactados por furibundos frailes,
citando al Capitn de la Guardia como un modelo de fieles defensores del
despotismo.

Quin poda saber con certeza el nmero de barbaridades que el ilustre
Baselga haba cometido desde agosto de 1822 hasta aquel momento,
defendiendo en los montes con ms aire de bandido que de militar la
causa del Rey y de la Religin!

Al frente de unas guerrillas compuestas de fanticos y de gente
perdida, haba pasado ms de un ao en los montes de Aragn, operando
unas veces con entera independencia y otras a las rdenes de Bessieres,
el aventurero francs que en 1822 era sentenciado a muerte por
conspirador republicano y en 1823 se distingua mandando a los feroces
"feotas", nombre que los liberales daban a los defensores del
absolutismo, por llamarse con nfasis soldados de la Fe.

Con gran disgusto de Baselga, las necesidades de la guerra le haban
llevado de Aragn a Valencia, y de este ltimo punto tuvo que salir para
Andaluca, no pudiendo dirigirse a Madrid, donde ya funcionaba con el
carcter de Gobierno la reaccionaria regencia formada en Urgel.

El conde ansiaba ardientemente ver a Pepita, cuyo recuerdo no se
apartaba de su memoria, y ya que le era imposible cumplir su deseo,
consolbase escribindola largas cartas siempre que le era posible, y en
las cuales, con toda la correccin de que era susceptible su rudeza y
pasando por alto los homicidios ortogrficos, describa una vez ms la
constante grandeza de su pasin.

Cuando a principios de julio lleg aquel paladn del absolutismo a las
inmediaciones de Cdiz con sus feroces hordas, ms para entorpecer que
para ayudar las operaciones de bloqueo que ejecutaban los franceses, el
administrador de Correos de Puerto de Santa Mara le entreg una carta,
cuya procedencia adivin antes de abrirla.

El corazn le lati agitadamente, pues en las letras desiguales y
arrebatadas de la cubierta, le pareci ver la nerviosa mano de Pepita
manejando la pluma con loca precipitacin.

Era la primera carta que reciba de la mujer querida desde que se separ
de ella.

Al principio, Baselga slo se fij en las palabras cariosas y
apasionadas, en las promesas de eterno amor, en aquellos requiebros
melosos y aniados, propios de la imaginacin de una criolla; pero
despus sus ojos que saltaban apresuradamente de rengln en rengln con
el ansia de leer de un golpe toda la carta, parronse sorprendidos en
unas palabras misteriosas, cuyo significado no lograba comprender.

Pepita hablaba de circunstancias que hacan visible su deshonra, de
sucesos acaecidos despus de su partida que echaban un borrn sobre su
buen nombre; aluda con cierto misterio al ltimo mes de abril, y
terminaba anunciando que el buen padre Claudio enviaba al campamento
sitiador de Cdiz un hombre de confianza para que tratase con l de un
asunto grave. "De tu resolucin--deca Pepita--, del acuerdo que t
tomes, depende que yo viva o muera. La prdida definitiva de mi honor
acabar mi existencia."

Baselga ley una y otra vez la carta, deletre todas sus palabras, y, al
fin, se qued tan ignorante y confuso como al principio.

Qu peligros para el honor de Pepita seran aqullos? El fogoso
militar, pensando que la mujer amada pudiera encontrarse en apurada
situacin, soaba ya en villanos enemigos y acariciaba la espada en su
cinto, y en el cerebro la descabellada idea de partir inmediatamente con
direccin a Madrid para emprender a estocadas a todos cuantos turbasen
la tranquilidad de la hermosa baronesa.

El ver includo en la carta el nombre del padre Claudio, excitaba an
ms la curiosidad del condesito; pues ste reconoca que el afable
sacerdote no se iba a mezclar en asuntos de poca monta ni a tomarse por
stos la molestia de enviar emisarios a Cdiz.

Dos das pas Baselga dominado por una constante preocupacin, y a tal
punto lleg sta, que por las noches los oficiales franceses y algunos
guerrilleros que haban organizado una timba en el campamento, en la
cual tallaba el conde por derecho propio, le ganaron cuanto dinero puso
en la banca, sin que al antiguo fullero se le ocurriera sacar a plaza
sus indiscutibles habilidades.

En la tercera noche, Baselga, que arruinado ya, haba pasado de banquero
a la simple calidad de mirn, fu avisado por su asistente de que fuera
de la tienda le esperaba un caballero que deca acababa de llegar de
Madrid.

Jzguese con qu rapidez acudira el joven al llamamiento y cul sera
su sorpresa al conocer que el enviado del padre Claudio no era otro que
el seor Antonio, el vejete realista que completaba su antiguo traje con
un gran sombrero de los que se llevaban a principios del siglo, llamados
de "medio queso".

El conde experiment la mayor alegra al ver al eterno acompaante de su
amada. Hasta le pareci que en l haba algo que evocaba la seductora
imagen de Pepita y que su mugrienta casaca exhalaba el mismo perfume de
su hechicero cuerpo. Quien haya estado enamorado comprender
inmediatamente tan extraa aberracin.

No fueron pocas las preguntas que apresuradamente dispar Baselga sobre
el vejete; pero ste, con gran calma, le agarr suavemente por uno de
sus brazos y le fu alejando de la tienda.

--Si le parece a usted, seor conde--dijo el seor Antonio--, pasaremos
por sitio donde no nos puedan or, pues tengo que comunicarle cosas
graves.

Dirigironse los dos hombres a los lmites del campamento y comenzaron a
pasear a lo largo de una de las trincheras, cuidando de no acercarse
demasiado a un centinela que contemplaba curiosamente las idas y venidas
de aquella pareja, cuyas sombras dilataba fantsticamente la luna sobre
el suelo.

--Comenzar por indicarle--dijo el viejo--que yo no vengo enviado aqu
por mi seora, sino por el reverendo padre Claudio.

--Lo saba desde anteayer.

--Le ha escrito a usted mi seora?--pregunt con sorpresa el vejete--.
Lo ignoraba; pero ya nos lo recelbamos el bueno del padre y yo. La
pobre baronesa... le quiere a usted tanto!

Y el seor Antonio quedse cabizbajo al decir estas palabras, como si
lamentara en el fondo de su pecho que su ama se hubiese enamorado de
semejante perilln.

--Yo--continu el viejo con acento triste--conozco a la seora baronesa
casi desde que naci, y aunque cometa una censurable irreverencia, digo
que la amo como si fuese hija ma. Juzgue usted cul ser mi dolor hoy
que la veo deshonrada.

--Deshonrada!..., por quin?

--Usted lo sabe mejor que nadie. La seora, corazn sencillo e ingenuo,
se dej engaar por un hombre audaz que cay moribundo a la puerta de su
casa, y el premio de su cristiana caridad ha sido la deshonra.

--Seor Antonio! Mida sus palabras, que ya sabe usted quin soy yo y
qu genio gasto. La seora baronesa me ama tanto como yo a ella; pero
esto no autoriza a nadie para que hable de deshonra ni ponga mi honor en
duda.

--Es ya intil todo fingimiento. Lo s todo, y as como yo, cuantos
entran en nuestra casa de Madrid. La pasin carnal que usted encendi en
el pecho de la seora la hizo caer, y hoy el fruto del pecado atestigua
su deshonra.

--Fruto de deshonra!--exclam el joven, con tanta extraeza como
miedo--. Qu quiere usted decir, seor Antonio? Por Dios!, explquese
usted.

--La seora baronesa ha tenido una nia hace tres meses. Usted es su
padre.

Ante esta lacnica respuesta, Baselga no supo lo que le pasaba. De un
golpe penetr en el misterio que envolvan las palabras de la carta de
Pepita, y qued asombrado, pues todo lo esperaba menos aquella noticia.

--Ya ve usted--continu el viejo--cun dolorosa es la situacin de mi
seora! Una dama modelo de virtudes y de recato, una seora considerada
hasta por el mismo rey a causa de su profundo talento, caer de repente
de tan envidiable altura para ponerse al nivel de una mujer perdida!
Seor conde; la infeliz nada dice contra usted, le ama tanto, que no se
queja; pero si usted es cristiano, si en su corazn, ya que no el amor,
la compasin ocupa algn vaco, ya sabe usted cul es el deber que tiene
que cumplir. Usted es caballero y a su consideracin de honrado dejo el
asunto.

Baselga estaba demasiado impresionado por la noticia para fijarse en
tales palabras que llegaban a sus odos como un murmullo sin sentido.

Aquella solucin de sus amores le tena anonadado. Por una extraa
analoga, pensando en la deshonra de Pepita, surgi en su memoria el
recuerdo de la ltima noche que pas en su casa, de la confesin con el
padre Claudio y del terrible juramento que ste le haba hecho prestar
ante la imagen del Crucificado.

La idea de faltar a lo jurado cruz rpidamente como soplo diablico por
su cerebro; pero inmediatamente la sola posibilidad del perjurio produjo
un escalofro al caudillo de la Fe.

El seor Antonio contemplaba con atencin al joven, y comprendiendo las
impresiones que le agitaban, continu:

--Yo vengo aqu enviado por el respetable padre Claudio con el solo
objeto de recordarle un juramento sagrado que usted hizo en cierta noche
y saber si est dispuesto a cumplirlo. Nada sabe la baronesa de este
paso que damos, pero el respetable sacerdote, como su director
espiritual, y yo como su ms antiguo servidor y amigo de su padre,
tenemos el deber de explorar el nimo del que es causa de su deshonra
para obrar en consecuencia, manifestando antes a usted que si no est
dispuesto a cumplir sus promesas, jams volver a ver a mi seora, pues
sta se encerrar en un convento a llorar sus culpas. No queremos, tanto
el padre Claudio como yo, que continen esas relaciones escandalosas e
inmorales que arrojan negra mancha sobre el blasn de una casa digna de
toda clase de respetos.

La terrible amenaza de no ver ms a Pepita fu lo que ms impresin
caus en el nimo de Baselga.

Hay que confesar que ste, durante su ao de campaa, no se haba
olvidado de Pepita, sin dejar por esto de hacer de las suyas en cuantos
pueblos encontraba y vea hermosura femenil con digna representacin;
pero a pesar de tales recuerdos, haca tiempo que del cerebro del
militar se haba borrado la idea de casarse. De sus amores guardaba
constantemente el recuerdo de la hermosura de Pepita y el grato sabor de
los placeres, pero la confesin y el juramento con el padre Claudio se
haban perdido en su memoria, hasta aquel momento en que surgan con
nueva e importante fuerza.

El conde tena que decidir entre su libertad de clibe y su amor, y
estaba demasiado impresionado para no inclinarse por este extremo.

--Seor Antonio--dijo despus de reflexionar largo rato--. Los
caballeros nunca dudan en reparar el mal que hayan hecho, y ms si el
amor va unido a sus generosos sentimientos. Diga usted al padre Claudio,
que tan pronto como nos apoderemos de Cdiz y yo presente mis respetos
al rey, ir a Madrid para casarme inmediatamente con la baronesa.

El viejo, al escuchar estas palabras, hizo las ms grandes
demostraciones de alegra y exclam enternecido:

--Oh, gracias, seor conde! No esperaba yo menos de usted. Le pido con
toda mi alma que me perdone las palabras que hace poco le dirig.
Reconozco que estuve sobradamente fuerte y que me dej arrastrar por una
ira injustificada; pero... la baronesa es el ser en quien he depositado
todo mi cario de anciano, y cuanto a ella atae produce en m ms
impresin que mis propios negocios.

Una vez convenida entre los dos hombres la resolucin del grave asunto,
Baselga sinti gran curiosidad por conocer detalladamente la existencia
de su amada durante el largo ao de separacin, y el seor Antonio se
vi bastante apurado para contestar por completo el diluvio de preguntas
que Baselga dej caer sobre su persona.

La baronesa haba procurado ocultar su estado durante el tiempo que le
fu posible, y las frecuentes dolencias que experimentaba su organismo
atribualas al disgusto que le causaba la escasez de noticias de su
Fernando y el no saber tampoco a dnde dirigirle una carta. Pero, por
fin, lleg un da en que le fu imposible ocultar por ms tiempo su
estado disimulndolo con dolorosos artificios, y confes entre lgrimas
y rubores su triste deshonra ante el padre Claudio y el administrador,
que eran las nicas personas de su confianza.

El parto se haba verificado en el mes de abril, y la nia, que en honor
al padre haba sido bautizada con el nombre de Fernanda, gozaba de buena
salud.

Baselga escuchaba con embeleso la relacin del vejete.

En sus sentimientos, despus de pasada la primera impresin y los
efectos de la lucha entre el amor y la libertad celibataria, causaba
honda sensacin la idea de ser padre.

A quin no produce alegra la paternidad!

El condesito sentase orgulloso de haber dado al mundo un nuevo ser, y
lleno de satisfaccin pensaba que aquella obra era suya y muy suya.

Para apoyar tal certeza, buscaba en los rincones de su memoria el
recuerdo de la poca en que Pepita cay en sus brazos, y con ayuda de
los dedos iba contando los meses desde julio a abril, y al encontrar que
eran nueve justos, se convenca de que su paternidad era cierta.

Aquella ltima aventura de su vida de calavera le causaba un placer
nunca experimentado, a pesar de su desenlace de comedia vulgar, que nada
tena de novelesco y original.

En cuanto al silencio que Pepita haba guardado desde abril hasta el
presente mes de julio, el seor Antonio se encargaba de justificarlo
explicando la carencia de noticias acerca del paradero del conde.

Este no encontraba ni un solo motivo capaz de turbar su felicidad y
estaba dispuesto a cumplir su juramento. Tan pronto como terminasen sus
compromisos de guerrillero realista, ira en busca de su hija y se
casaba; s, seor, se casaba con una viuda, pero joven y hermosa, aunque
esta resolucin arrancara una carcajada burlona a todos sus antiguos
compaeros de libertinaje.




SEGUNDA PARTE

EL PADRE CLAUDIO




I

Los negocios de la Orden.


Fu bastante cruel en la capital de Espaa el invierno de 1825.

Los temporales sucedanse con alarmante frecuencia; cuando no llova,
nevaba y un viento fro y huracanado limpiaba las calles de transentes,
encargndose al mismo tiempo de llenar los cementerios, esparciendo
pulmonas a granel.

Pareca que la Naturaleza deseaba imitar con sus furores los actos de la
triunfante reaccin.

A las cuatro de la tarde de uno de aquellos das, o sea cuando las
sombras nocturnas comenzaban ya a invadir las calles cubiertas por
espesa capa de nieve, un hombre con sotana, de pie tras los vidrios de
un balcn perteneciente a una casa vieja con honores de palacio,
contemplaba un grupo de voluntarios realistas que, parados en el centro
de la calle, entonaban la "Pitita bonita con el piopom...", cancin
insustancial y ridcula que haba venido a sustituir al marcial himno de
Riego y que era el canto de guerra de los defensores del absolutismo.

Aquellos bravos voluntarios de la reaccin no hacan mucho caso del
fro, sin duda a causa de la gran cantidad de vino que calentaba su
estmago; y con sus ademanes grotescos, sus discusiones incoherentes, su
canto montono y sus movimientos inseguros, parecan causar gran placer
al cura, que sonriente les atisbaba tras el balcn.

Era joven el curioso ensotanado, y, sin embargo, al primer golpe de
vista tena el aspecto de un hombre que ha llegado a la decrepitud. Su
cabeza enorme, que an pareca ms grande sostenindose al extremo de un
cuello flaco y prolongado, tena grandes manchas de calvicie, pues slo
a trechos ostentaba manojos de cabello, spero e hirsuto, iguales a
punzantes brochas de rojo esparto; su rostro estaba surcado de arrugas
que, por lo inmviles y petrificadas, semejaban las huellas que las
continuas lluvias dejan en las caritides de una fachada, y sus ojillos
verdosos, hundidos y chispeantes, as como su boca de delgados labios,
tena una expresin que causaba miedo, por lo mismo que era eternamente
sonriente.

Adivinbase en aquel cuerpo flacucho, largo y un tanto encorvado, un
cmulo de malos instintos y una gran propensin a encontrar el placer en
la contemplacin del dolor.

Se vea en l inmediatamente al ser nacido para el mal, que de nio se
divierte en atormentar a cuantos le rodean, que de hombre prepara con la
fruicin de un artista el ataque contra sus semejantes y que, al llegar
a la vejez, muere posedo de desesperacin por no haber tenido mano
suficiente para estrujar el mundo entre los dedos.

Era uno de esos ambiciosos insaciables que sienten la nostalgia de la
gloria. Pero su gloria es el triste y fatdico prestigio de los grandes
criminales.

Ante la imagen de Nern, era capaz de sentir el mismo desconsuelo que
Csar delante de la estatua de Alejandro cuando se lamentaba de ser
desconocido a la misma edad que el caudillo macednico era ya clebre.

Gozaba con la degradacin humana; le gustaba en extremo que el hombre
apareciera al nivel del irracional, y de aqu que sintiera idnticas
impresiones que un filarmnico en un concierto, contemplando a los
realistas ebrios que en medio de la calle gesticulaban grotescamente
como monos.

Era malvado, y por eso aspiraba a la destruccin de todo cuanto de
grande y noble haba en el mundo; pero era cobarde y por esto haba
ingresado en la Compaa de Jess.

Formando parte de la inmensa y misteriosa falange creada para combatir
al progreso y a la dignidad humana, podra hacer uso de todas sus
infames cualidades sin miedo al castigo. La solidaridad jesutica le
pona a salvo, y si le atacaban, miles de sotanas negras saldran
inmediatamente en su defensa. Adems, en ninguna otra parte como en el
mundo creado por Loyola, podan apreciar sus brillantes facultades de
bandido.

Detrs del jesuta, que segua derecho tras las vidrieras, exista un
espacioso saln que apenas si lograba alumbrar la mezquina claridad del
crepsculo que penetraba por el balcn y la luz de una gran lmpara con
pantalla verde que estaba en lo ms hondo de la habitacin, colocada
sobre una gran mesa de caoba groseramente tallada y de patas macizas,
igual a las que aun hoy se ven en el atrio de las iglesias sirviendo de
despacho a las juntas de cofradas.

A lo largo de las paredes y alzndose hasta tocar el techo, estaban
puestos en fila grandes armarios repletos de libros encuadernados en
pergamino y de ventrudas carpetas, todo clasificado y rotulado
escrupulosamente, a juzgar por las pequeas tarjetas pendientes de
libros y legajos con nmeros y letras que formaban jeroglficos
enrevesados, solamente comprensibles para su autor.

Tal era la abundancia de escritos en aquella estancia, que pareca que
por ella haba pasado una inundacin de papeles, dejando su rastro en
todas partes.

En el suelo y sobre las sillas, veanse montones de pliegos y cuadernos
cubiertos de renglones apretados, y alrededor de la mesa, la avalancha
de papeles an era mayor, pues se ergua formando gruesas columnas que
amenazaban desplomarse sobre la escribana, cubierta de capas de tinta
seca y rematada por un busto de San Ignacio.

El lienzo de pared que se extenda detrs de la mesa era el nico
desnudo de armarios y legajos; pero estaba ocupado por un gran mapa de
Espaa, hecho a mano, y una gran parte del cual quedaba envuelto en la
sombra.

El jesuta, siempre de espaldas a la habitacin, con las manos metidas
en los bolsillos de la sotana y chupando el residuo de un cigarrillo de
papel, segua contemplando la calle sin que lograran hacerle volver la
cabeza las diabluras de un gatazo blanco, gordo y lustroso como un
cannigo, que saltaba sobre un ancho brasero cuando no se entretena en
araar estridentemente los hilos de la alambrera.

De pronto, un hermoso coche, que por su forma moderna y elegante pareca
impropio de aquel tiempo en que todava imperaba la pesada y antigua
carroza, penetr en la calle con ligereza, ahogndose el ruido de sus
ruedas en la espesa alfombra de nieve.

El jesuta lo reconoci inmediatamente.

--Su reverencia, que llega!--murmur, e inmediatamente se retir del
balcn para ir a ocupar su asiento junto a la mesa, no sin antes dar una
patada al gato por puro gusto de hacer dao.

Psose inmediatamente a escribir en un papel colocado en el centro de la
gran cartera de badana y as estuvo mucho tiempo sin levantar la
cabeza, hasta que, por fin, oy rumor de pasos cerca de la puerta.

Entonces levant el rostro, fingiendo admirablemente una expresin de
sorpresa.

Quien entr fu el padre Claudio. Arroj su sombrero y manteo sobre una
silla, dirigi como saludo al escribiente una sonrisa protectora, propia
de un superior distinguido, pero amable, y fu a sentarse al lado del
brasero con aire mujeril, subindose un poco la sotana y mostrando sus
ajustados zapatos con hebillas de oro y sus medias de seda negra, que
compriman las pantorrillas, de lneas correctas y artsticas como las
de una dama.

Despus de remover las brasas y de acariciar al gato, que fu a frotarse
cariosamente contra sus piernas, fij su vista en el otro jesuta, que
desde la llegada de su reverencia se haba quedado inmvil y con la
cabeza baja, como si esperara para seguir trabajando la orden de su
superior.

--Has trabajado mucho?

--As, as, reverendo padre. Mi voluntad es ms grande que mis fuerzas.

--Despachaste ya el correo?

--En ello estoy, reverendo padre. Tengo ya escritas las contestaciones a
las cartas recibidas ayer. No son tantas como en otros das.

--Lleg ya el correo de hoy?

--El hermano portero del Seminario lo trajo hace una hora. He examinado
todas las cartas y aguardo vuestras rdenes para contestar.

--Bien; procedamos con orden. Primero las contestaciones a las cartas de
ayer.

--Aqu estn escritas y slo esperan vuestra firma. Las copias estn
puestas ya en cifra en el libro de memorias.

--Qu le dices al superior de nuestra casa de Zaragoza?

--Lo que vuestra reverencia me indic. Que es imposible enviarle un
ochavo y que l es quien debe procurar lo necesario para que la Orden
sea rica y poderosa en Aragn, y enviar adems aqu cuanto pueda.

--Esa es la verdad. Los jesutas, cuando se establecen en un punto, es
para sacar de los buenos devotos los medios para proseguir su campaa en
bien de Dios y de la Religin, y no para gastar en provecho del pueblo
el dinero que la Orden atesora despus con tan grandes esfuerzos.
Nosotros slo somos esponjas que chupamos el zumo del pas en que nos
establecemos para exprimirlo despus sobre nuestra caja de Roma.
Medrada estara nuestra Orden si en vez de atesorar derramara su dinero
en los pases donde est establecida! El que piensa lo contrario no es
buen hijo de nuestro santo padre Ignacio.

--Lo mismo creo yo, reverendo padre--apunt servilmente el amanuense.

--Creo, hermano Antonio, que habrs escrito en tono fuerte al superior
de Aragn.

--As es, reverendo padre.

--Muy bien. Ya pensaremos en reemplazar a ese padre con otro que sea ms
activo e inteligente y que no nos venga pidiendo auxilios a pretexto de
los grandes daos que en nuestras antiguas posesiones causaron los
revolucionarios durante su gobierno, y de la pobreza de los devotos para
contribuir a su reparacin. Adelante. A quin ms has escrito?

--Conforme a la lista que vuestra reverencia me entreg y a sus
indicaciones, he contestado al alcalde corregidor de Murcia.

--Es un caballero honrado, ferviente defensor de Dios y del rey y digno
de nuestra estimacin, por el afecto que siempre ha demostrado a la
Orden. No nos felicitaba porque el seor don Fernando haba decretado
nuestro restablecimiento, poniendo las cosas de la Orden tal como se
encontraban antes de la maldita revolucin del veinte?

--S, reverencia. Yo le he contestado dndole gracias por el afecto que
demuestra y rogndole cuide de favorecer y dar proteccin en todas
ocasiones a los padres que hemos enviado a dicha provincia.

--Est bien. Cules son las otras contestaciones?

--A James Clark, en Gibraltar, excitndole a que vigile cada vez ms a
los emigrados liberales y que vea el modo de impulsarlos a que intenten
un desembarco en las costas de Espaa.

--S; eso sera de muy buen efecto. El rey fusilara unos cuantos de
esos miserables que tanto dao nos han hecho, y los que an piensan
ocultamente en el restablecimiento de la libertad, acabaran de
desengaarse y se arrojaran en nuestros brazos.

--Clark pide dinero para seguir sus trabajos.

--Di maana al padre Echarri que le remita diez onzas.

--Al librero Surez, de Barcelona, le he dicho que puede enviar los dos
mil ejemplares de "Triunfos recprocos de Dios y de Fernando VII".

--Es una buena obra escrita por un fraile, que, aunque no de nuestra
Orden, nos es muy adicto. Conviene hacerla circular, pues de este modo
el pueblo odiar cada vez ms a los liberales y estar por completo
sumiso a la paternal autoridad de Fernando y a nuestra santa direccin.
Avisa al padre Echarri para que enve el importe de los libros y los
reparta en las escuelas y entre los voluntarios realistas que sepan
leer... Afortunadamente, stos no son muchos.

--Al superior de Jan le he excitado para que no deje de la mano el
negocio de la condesa de la Fuente y que procure que el testamento se
haga cuanto antes.

--Muy bien. Esa buena condesa es vieja y achacosa; su fortuna asciende a
cuatro millones, y justo es que nosotros seamos sus herederos, ya que
durante muchos aos hemos estado encargados de la administracin de su
casa.

--A don Jos Lpez, el secretario del obispo de Oviedo, le he escrito
recomendndole que vigile bien al den. Al den le he encargado que no
pierda de vista a don Jos Lpez.

--Muy bien. Y qu ms?

--A don Nazario Ercilla, cannigo de la catedral de Oviedo, le he dicho
que siga observando atentamente al den y al secretario del obispo.

--Perfectamente. Con tres agentes distintos no es posible el engao ni
los informes falsos.

--He incitado a nuestro comisionado en Sevilla a que siga en los cafs y
tabernas hablando pestes del Gobierno y haciendo la apologa de Riego y
la Constitucin.

--Eso es lo que conviene, y hars bien en escribir maana mismo de un
modo idntico a todos nuestros agentes asalariados en las principales
capitales. Conviene que, hablando como furibundos revolucionarios, echen
el anzuelo: pues tal vez algunos de los que an son admiradores de la
muerta Constitucin, en el calor del entusiasmo, se delaten sin
conocerlo. Es til en la actual situacin dar trabajo a las comisiones
militares permanentes, que no saben ya a quin enviar a la horca.

--Al marqus del Pino, de Crdoba, le he contestado diciendo que vuestra
reverencia no olvida su pretensin y que interpondr en Roma su
influencia para que Su Santidad le conceda los honores de camarero
secreto de capa y espada.

--Has hecho bien. Nada me cuesta halagar con tales nimiedades la
frivolidad de ciertos seres. Adems, el marqus es gran amigo nuestro y
hace poco decidi a una prima suya a que hiciese testamento en nuestro
favor.

--Al "Patilludo" le he escrito al cortijo de Sierra Morena, que ya
conoce vuestra reverencia, amenazndole con nuestro desagrado si no es
ms puntual en enviar la mitad del producto de sus operaciones. Diez
coches de posta han sido robados en el pasado mes; en ellos iba gente
rica, la mayor parte indianos que haban desembarcado en Cdiz, y sin
embargo, ha tenido la desvergenza de enviarnos solamente cien
peluconas.

--Le has escrito en tono fuerte?

--No he ido corto en amenazas.

--As debe hacerse. Ese canalla debe saber que nuestra proteccin no se
vende barata y que, si no enva ms dinero, cualquier da haremos que el
Superintendente de Polica del reino le enve a sus guaridas de Sierra
Morena una partida de caballera, y entonces no le valdr el haberse
batido contra los liberales a las rdenes del conde de Baselga... Qu
ms hay?

--He escrito al comandante de los realistas de Haro manifestndole
nuestra satisfaccin por el acierto con que sabe castigar a los
emigrados liberales paseando por las calles a sus esposas emplumadas,
montadas en un borrico y con un cencerro al cuello, entre la rechifla y
las pedradas de los buenos cristianos; igualmente doy las gracias, en
nombre de Dios, al prior de los capuchinos de Castelln por el acierta
con que ha sabido conquistar el alma de la esposa de un ex diputado que
est en Londres, haciendo que olvide a este maldito, que deje de
escribirle y que entre en una casa de religiosas; y he dicho a Antonio
Ullastres, zapatero de Barcelona, que ha hecho muy bien en dar informes
desfavorables en el expediente de purificacin del general Castaos,
pues, aunque ste en el ao diecisiete fusil por orden del rey a un
general hereje como Lacy, despus no se ha mostrado muy obediente a la
causa del altar y el trono y transigi, aunque encubiertamente, con el
Gobierno de la Revolucin.

--No hay nada ms?

--Nada, reverencia. Aqu tengo apartadas todas las contestaciones que
slo esperan vuestra firma o vuestro nombre de guerra. No son tantas
como en otros das.

--Ya habrs hecho en el resumen diario de trabajos el extracto de la
correspondencia.

--S, reverendo padre. He procurado corregirme de los defectos que en m
haba notado y el resumen va tan conciso como claro, sin confusiones ni
ambigedades.

--Haces bien, pues en tal trabajo consiste tu porvenir. Dicho resumen va
dirigido a nuestro general en Roma y queda sepultado en nuestros
archivos, donde existen las biografas secretas y retratos morales de
cuantas personas de alguna significacin existen en el mundo. Es un arma
invencible que ningn rey ni potestad de la tierra posee, y juzga t si
con su ayuda podemos tener por segura nuestra victoria sobre el
universo. Conviene, pues, que el diario informe vaya redactado con
claridad y exactitud notables, tanto ms cuanto que la mayor parte de
las personas que nos escriben envan tambin a Roma copia de sus
documentos y all unos y otros sufren el consiguiente cotejo. Si logras
hacerte notar por tu veracidad y exactitud, tu suerte est ya hecha;
pero si en los informes faltas a la verdad, ya sabes cul ser tu
castigo. Nunca podrs figurar como un verdadero hijo de Loyola ni
pronunciars el juramento "en cadver viviente me convierto".

El hermano Antonio pareci conmoverse un tanto por esta amenaza, y como
si quisiera cambiar la conversacin, cogi de un extremo de la mesa
algunas cartas abiertas.

--Estas son, reverendo padre, las cartas llegadas esta tarde. Quiere su
reverencia que le indique el contenido?

--Habla y despus me dirs los informes de nuestros agentes en Madrid.

--Esta carta es del superior del colegio de Vitoria. En la ciudad se
habla mucho contra un hermano coadjutor que, segn dicen, intent forzar
a la hija de un militar desterrado y pendiente de purificacin. La
familia dice pestes contra el coadjutor y nuestra Orden y el superior
pregunta qu es lo que debe hacerse... Qu contestamos?

Reflexion un breve espacio el padre Claudio y despus dijo a su
secretario que se preparara a tomar notas de las respuestas:

--Ese escndalo es demasiado importante para dejarlo sin remedio. El
prestigio de nuestra Orden exige una inmediata reparacin. Al hermano
coadjutor que lo enven al colegio de Sevilla, y all que est durante
quince das arrodillado a la hora de comer frente a todos sus
compaeros, con un cartel al cuello que diga: "Lascivo". En cuanto a la
familia de la muchacha, recomienda a la Comisin militar permanente de
Vitoria que la vigile de cerca, y a la primera ocasin oportuna, enve
el padre a presidio o lo ahorque si le parece mejor. As aprendern esos
impos a no llevar en lenguas a la Compaa de Jess.

--El agente de Salamanca escribe que a nuestro amigo, el boticario don
Leandro, lo han metido en la crcel como autor de la muerte de tres
domsticas que en diversas pocas han desaparecido de su casa. El
boticario solicita la proteccin de la Orden, y jura que es inocente.

--Nada tendra de particular que fuese verdadero el asesinato de esas
muchachas. El tal don Leandro es un tuno redomado, pero hay que confesar
que nadie le va a la mano en la confeccin de venenos. Con qu lentitud
y disimulo matan! No es verdad, hermano Antonio?

Y el hermano jesuta, al decir estas palabras, sonrea tan malignamente
que su rostro tena la misma expresin de esos diablos berroqueos, que,
horripilantes y sarcsticos, surgieron en los frisos de las catedrales
bajo el cincel de los escultores de la Edad Media. El amanuense le imit
con una de sus ms fnebres sonrisas, y as permanecieron largo rato,
como recrendose en el recuerdo de hechos pasados.

--Favoreceremos a don Leandro--dijo, al fin, el padre Claudio--pues no
es racional que nos privemos de tan hbil y sumiso proveedor. Maana
recurdame, cuando vaya a Palacio, que debo hablar con don Tadeo
Calomarde, para que, como ministro de Gracia y Justicia, mande al
corregidor de Salamanca que ponga en libertad al boticario.

--La casa Gmez, de Cdiz, anuncia que ha vendido a buen precio la
partida de caf que nos enviaron de Puerto Rico.

--Enva la carta al padre Echarri, nuestro administrador.

--El agente de Jbea dice que el alijo de tabaco se ha llevado a cabo
sin otra novedad que la de tender de un trabucazo a un guardia de costa.
La ganancia de esta operacin pasar en su concepto de seiscientas
onzas.

--Avisa tambin al padre Echarri, que siempre experimenta un santo gozo
cuando ve aumentar el tesoro de la Orden.

--El superior del colegio de Granada se queja de la propaganda que unos
frailes dominicos hacen en aquella ciudad contra nuestra Orden. La
semana pasada predicaron un sermn en el que pintaban a los jesutas
como intrigantes, sin conciencia, ms amigos de los negocios que de la
religin y deseosos de avasallar al mundo.

El padre Claudio, al or esto perdi la calma. Su sonrisa desapareci y
un relmpago de ira pas por sus ojos.

--Esos frailuchos--dijo con voz algo temblorosa por la clera--son una
canalla soez y grosera que nos hace cruda guerra y a los que necesitamos
amordazar. Por qu nos combaten? No los dejamos tranquilos? Durante
largos siglos han estado todos ellos, y especialmente los dominicos,
monopolizando un instrumento tan valioso como la Inquisicin, y
explotando toda Europa. Ya que han tragado bastante, que nos dejen ahora
hacer nuestro agosto a los hijos de Loyola, pues lo contrario es ser
soberbios, y Dios no quiere ms que servidores humildes y pobres como
nosotros.

--Esa es la verdad, reverendo padre--dijo el secretario, que no perda
ocasin de adular a su superior--. Vuestra reverencia habla con la
elocuencia de un Bossuet.

Ya sabr poner remedio a la osada frailuna haciendo que toda Espaa
odie a esos seres que uno de los malditos escritores de la Revolucin
defini graciosamente diciendo que eran "groseros animales que asomaban
la cabeza por una ventana de pao pardo".

Qued el jesuta pensativo, como combinando un plan contra aquellos
competidores que disputaban a la Orden la explotacin del fanatismo, y
despus dijo al secretario con resolucin:

--Antonio, maana llamars al gacetista Martnez.

--Reverendo padre, ese sujeto es un borracho del que no puede sacarse
partido. An no ha hecho las letrillas satricas que le encargamos
contra los absolutistas templados que aconsejan al rey la clemencia con
los liberales. Y eso que el padre tesorero se las pag por adelantado.

--Cllate y no repliques--dijo el superior dirigiendo una altanera
mirada al amanuense--. Llamars a Martnez y le encargars que sin
perder tiempo escriba un folleto diciendo que la Compaa de Jess ha
tenido ms sabios, oradores y publicistas que todas las Ordenes
religiosas juntas, y que los frailes (especialmente los dominicos) son
gentecilla borracha, disoluta, avarienta, mujeriega y todo cuanto de
malo existe. Martnez es un exclaustrado que abandon el hbito por su
mala conducta, as es que estar bien enterado de las hazaas de sus
antiguos colegas.

--Est bien, reverendo padre. Pero ruego a vuestra reverencia que se
acuerde de lo que nos ocurri hace dos aos en tiempos de la
Revolucin, cuando le encargamos aquel folleto en el que, a nombre de la
libertad, se peda la santa guillotina, el amor libre y la comunin de
bienes; todo para desacreditar a los liberales. Cobr el folleto por
adelantado, se lo bebi en unas cuantas borracheras y sta es la hora
que an no lo ha escrito.

--En vez de llamarlo a l, avstate con su querida, la Pepa, y dale el
importe del escrito. Ella es mujer capaz de acelerar la redaccin del
libro, dando al autor una paliza diaria hasta que lo acabe. Toma nota
del asunto, despchalo maana mismo, y a ver si la semana que viene est
ya el manuscrito en la imprenta. Lstima que ese perdido tenga una
pluma sangrienta, de la que tanto necesitamos! Vamos a otro asunto.

--No queda ms que esta carta, que es del arzobispo de Valencia.

--Qu quiere su ilustrsima?

--Pregunta qu es lo que debe hacerse con Ripoll, el maestro de escuela
de Ruzafa.

--Grande hereje es ese maestro, y no parece sino que el diablo hable
dentro de su cuerpo. Figrate, hermano Antonio, que en todos los tonos y
con la firmeza del que asegura una verdad indiscutible, afirma que la
Santsima Trinidad es una farsa, que la misa es un sainete, que todas
las religiones son falsas y malas, sin exceptuar la catlica; que el
hombre no debe creer en otra cosa que en su propia razn, y no s
cuntos disparates ms, que apoya siempre con testimonios sacados de las
endiabladas obras de Voltaire, Rousseau y dems filosofastros que
formaron la endiablada Enciclopedia. Bien marchara la Religin y
medrados estaramos nosotros si el pueblo creyera lo mismo que ese
maestro hereje!

--El arzobispo se muestra admirado por el valor y la fuerza de voluntad
del preso.

--Qu es lo que hace?

--Los presos, en la crcel de Valencia, estn subyugados por la humildad
y los buenos sentimientos que demuestra el hereje. A sus perseguidores,
los hijos de la Fe, les devuelve palabras cariosas por insultos; con
discursos halagadores anima a los presos a que sepan sobrellevar su
suerte y a no encenagarse en el vicio, y varias veces se ha despojado de
sus ropas en el rigor del invierno para cubrir las desnudeces de
empedernidos criminales.

--En muchas ocasiones he visto, con sorpresa, cmo algunos de esos
herejes, enemigos del rey y de la Religin, procedan tan santamente.
Misterio es ste que me llama mucho la atencin, y aun me hace creer que
quien tan meritorias obras hace es el diablo, que se alberga en su
cuerpo, y que con tales demostraciones quiere atraerse a los incautos y
a los asombrados.

--As ser, reverendo padre. Vuestra sabidura descubre siempre la
verdad.

--Y pregunta algo su ilustrsima?

--S. Consulta a vuestra reverencia de qu modo ha de proceder para
castigar a ese impo. Los buenos catlicos de Valencia quieren
aprovechar tan buena coyuntura para restablecer la Inquisicin, quemando
vivo al maestro en medio de la plaza del Mercado, y el arzobispo desea
saber si puede hacerse tal fiesta en honor de Dios, sin peligro de que
se queje el Gobierno de Su Majestad.

--Difcil es eso. Nuestra aliada, Francia, a quien debemos la cada de
la Constitucin, no quiere consentir, a pesar de todo su realismo, que
vuelvan los felices tiempos de la Inquisicin. Un auto de fe en una
capital tan importante como Valencia motivara grandes protestas de las
potencias de la Santa Alianza.

--Qu es, pues, lo que debo contestar?

--Dile al arzobispo que se contente con ahorcar al impo Ripoll. Lo
importante es librar a la sociedad de un monstruo que tan descaradamente
blasfema de la religin y atenta contra los derechos de la Iglesia; lo
de menos es que muera achicharrado o pendiente de una cuerda. No tiene
el arzobispo constituda una especie de Inquisicin con el ttulo de
Junta de la Fe? Pues que esa Junta se convierta en tribunal, y que
juzgue al maestro, condenndolo a muerte. Di a su ilustrsima que no
tema las reclamaciones del Gobierno, y que cuente con nuestra valiosa
proteccin. Si los embajadores se quejan ya sabremos arreglar el asunto.
Organizaremos otra conspiracin como la de aquel Bessieres (que santa
gloria haya) y diremos a las potencias extranjeras que es necesario
dejar al pueblo amante del Rey y de la Religin que desahogue sus
instintos contra los liberales y los impos, pues de lo contrario se
corre el peligro de que se subleven a cada momento los voluntarios
realistas.

--Reverendo padre, vuestro inmenso talento se manifiesta en todos los
asuntos.

Aquella nueva muestra de adulacin rastrera caus grata impresin en el
padre Claudio, que permaneci durante algunos minutos silencioso, como
gozndose en sus ideas.

--Adems--dijo al amanuense, cual si le acometiera sbita inspiracin--,
los buenos catlicos de Valencia pueden cumplir sus deseos. La horca
puede compaginarse con la hoguera. Di al arzobispo de Valencia que
ahorque a Ripoll primeramente y, despus, que arroje su cadver en un
tonel pintado de llamas. Ser quemado aparentemente, pues el tal tonel
vale tanto como la hoguera del Santo Oficio. Por algo se ha dicho que
con la intencin basta... Pasemos ahora a los informes de nuestros
agentes de Madrid.




II

La polica jesutica


--Qu agentes son los que han venido hoy?--pregunt el padre Claudio a
su "alter ego" o, ms bien, a su "socius", como se dice en el lenguaje
usado entre los hijos de Loyola.

--Esta tarde slo he recibido la visita de tres: el camarero de Palacio,
el oficial del ministerio de Gracia y Justicia y el empleado de la
embajada de Francia.

--Empieza por el ltimo. Cules son sus informes?

El amanuense consult las abiertas pginas de un grueso cuaderno, en el
cual anotaba las delaciones de los espas de la Compaa, y despus de
repasar las ltimas notas con una rpida ojeada, contest:

--El embajador piensa pedir maana una audiencia al Rey para quejarse en
nombre de su Gobierno del carcter brutal que reviste la restauracin
absolutista. Hoy, a la hora del almuerzo, ha dicho a algunos amigos que
le acompaaban que est harto de las barbaridades de los realistas
espaoles, y que M. Chateaubriand le ha escrito autorizndole para que
manifieste al Rey que Francia se cree ya deshonrada por haber favorecido
con su ejrcito una reaccin que pone a Espaa, en cultura y humanidad,
ms abajo que el imperio de Marruecos.

--Eso es una exageracin propia de un poeta como el ministro
francs--dijo el jesuta sonriendo con expresin de desprecio.

--El embajador ha dicho, adems--continu el hermano Antonio consultando
de vez en cuando las notas--, que aunque su Gobierno no le ordenara tal
comisin, l la hara por propia voluntad muy gustoso, pues se conduele
de la brutalidad de los victoriosos realistas. Adems, ha dicho que de
todo cuanto sucede es culpable la Compaa de Jess, y que no ha de
parar hasta que acabe con el prestigio y la influencia que hoy ejerce la
Orden.

--Eso ha dicho el botarate francs?--exclam el padre Claudio sonriendo
de un modo que causaba miedo--. Ya voy cansndome de sus continuas
fanfarronadas y comprendo que es preciso librarnos de l. A ver,
Antonio, cmo buscas inmediatamente en el archivo la nota del embajador.

Levantse el secretario de su asiento, y colocndose casi en el centro
de la habitacin, pase su mirada rpidamente por los grandes estantes,
agobiados bajo el inmenso peso de papeles y libros.

Despus, con la seguridad del can que ha olfateado el rastro, dirigise
a uno de los estantes, y sin consultar las colgantes etiquetas, sac una
abultada carpeta. Ya estaba seguro aquel ratn de archivo de no
equivocarse!

Descarg el pesado paquete sobre la mesa, hoje los diversos cuadernos
que contena, y separ uno, cuya cubierta tena este lema: "Nota
relativa al barn de La Tour-Royal, embajador de Francia".

--Aqu est--dijo el hermano Antonio enseando el legajo a su superior.

--Busca la pgina referente al carcter, y lee.

Pas el secretario algunas hojas, y encontrando al fin lo que buscaba,
comenz a leer:

--Carcter del anotado. Enrgico, pundonoroso y susceptible. Como en su
mocedad se bati en la Vende contra la Revolucin, guarda ciertas
costumbres militares y es incapaz de tolerar ninguna ofensa. Se ha
batido muchas veces. Es hombre temible. Cree mucho en el rey y poco en
Dios. Antes de la Revolucin fu de los nobles que aplaudan las
impiedades de Voltaire.

--No dice ms, reverendo padre--aadi el lector.

--Dice bastante--contest el padre Claudio--. Ahora mira en la seccin
de documento tiles; tal vez encontrars en ella dos cartas adheridas
que nos sern de gran provecho en esta ocasin.

El hermano Antonio volvi a buscar, y al poco rato tremolaba en la
diestra dos pequeos pliegos.

--Aqu estn, reverendo padre.

--Mira la firma, y ve si son de la seora baronesa de "La Tour-Royal".

--Efectivamente, reverendo padre. A lo que veo, son dos cartas de amor.

--As es. La esposa del embajador hace ms de un ao que tiene por
amante a un gallardo oficial de la Guardia, y a l van dirigidas las
tales cartas. El oficial es antiguo penitente de un padre de la Orden, y
ste logr arrancrselas. Maana las enviars con persona de confianza y
en sobre cerrado a ese embajador tan lenguaraz, para que se convenza de
su deshonra.

El secretario mir a su superior con la expresin de un discpulo ante
el maestro. Con ser l un malvado sin escrpulos ni preocupaciones,
reconocase pequeo ante el padre Claudio.

--Ahora veremos--continu ste--si el embajador de Francia sigue
hacindonos dao. Nuestros informes nunca mienten. Ese hombre tiene un
carcter belicoso e incapaz de sufrir la ms leve mancha en su honor. Se
ha batido en varias ocasiones, y ahora se batir otra vez con ese
militar elegante que posee a su mujer. Si le mata el oficial, nos
libramos para siempre de tan enojoso enemigo, y si l mata al amante de
su esposa, el suceso causar suficiente escndalo para que el Gobierno
francs le releve del cargo y lo llame a Pars. De un modo o de otro nos
libraremos de ese enemigo de los defensores de Dios.

El secretario haba quedado como embelesado por la diablica astucia del
superior, pero ste no poda permanecer inactivo mucho tiempo.

--No tienes ms noticias de la Embajada? Pues a otro asunto. A ver lo
que dijo el empleado de Gracia y Justicia.

--No son gran cosa sus revelaciones en comparacin con las de otros
das.

--Qu hace Calomarde?

--Nada entre dos aguas y quiere estar bien con tirios y troyanos para
hacer mejor su santa voluntad.

--Obra mal el bueno de don Tadeo siguiendo esa conducta. Eso de halagar
al mismo tiempo a unos y a otros para explotarlos mejor a todos, slo lo
podemos hacer los jesutas, y el que quiera imitarnos corre peligro de
que le declaremos la guerra.

--Calomarde se permite ya tener voluntad propia y olvida que fu vuestra
reverencia quien lo elev al ministerio.

--Es un hijo ingrato. Nos sirve de buena voluntad, pero algunas veces
olvida su deber. Habr que echarle una buena reprimenda.

--Hoy mismo ha dado dos excelentes canonicatos a unos paisanos suyos,
dejando para otra vacante que se presente a un recomendado de vuestra
reverencia. Adems, en la confiscacin de los bienes de los emigrados
liberales se queda la mayor parte de los productos de las ventas y slo
nos enva a nosotros miserables cantidades, y esto a regaadientes. A
pesar de portarse mal, se ha hecho tan desvergonzado, que en su despacho
ha tenido el atrevimiento de decir que estando bien con el rey, le
importa muy poco quedar mal con los jesutas.

--Eso ha dicho?--exclam con sorpresa el padre Claudio.

--As lo ha asegurado nuestro agente, que es hombre incapaz de mentir.

--Ya arreglaremos las cuentas al ministro favorito de Su Majestad. Saca
del archivo la nota referente a la vida y actos de don Tadeo, y en la
seccin de documentos tiles encontrars la carta dirigida al obispo de
Sigenza, acusndole recibo de los tres mil duros a cambio de la mitra.
Bien es verdad que don Tadeo destin de dicha cantidad treinta mil
reales para nuestra Orden, por gastos de comisin; pero esto no consta
en la carta, y adems, el bueno del ministro se guardar mucho de
decirlo. Bonita ser la cara que haga Su Majestad maana al ensearle
yo el documento en que el ministro favorito se delata tan claramente!
Cuando el rey le eche una filpica que le ponga las orejas coloradas,
don Tadeo adivinar de dnde procede el golpe, y en adelante ser ms
cauto y tratar con ms respeto a nuestra Orden.

--Busco ahora la carta, reverendo padre?

--No; maana me la dars cuando vaya a Palacio a la hora de la misa.
Qu ms hay en el ministerio?

--Nada que nos interese.

--Pasemos pues, a las revelaciones del camarero de Palacio. Es buena
persona, muy temeroso de Dios y de sus representantes, y estoy por decir
que es el mejor de nuestros agentes.

--Soy de la misma opinin.

Y el hermano Antonio, despus de halagar otra vez con tales palabras la
vanidad de su superior, consult las notas y comenz a decir:

--Las noticias de Palacio son, como de costumbre, abundantes, aunque no
de gran importancia. Por dnde le parece a vuestra reverencia que
comencemos?

--Di primero todo lo referente al rey.

--Su Majestad se muestra algo preocupado por la actitud de Francia y las
dems potencias de la Santa Alianza, las cuales no le dejan respirar ni
obrar con libertad, pues, como de costumbre, apenas da una ley contra
los liberales, llueven sobre l amenazadoras notas diplomticas, en las
que los soberanos le aseguran que van a dejarlo solo si se obstina en
extremar la reaccin. An se preocupa ms de la falta de buenos espadas
desde que Pedro Romero se retir del arte a causa de sus achaques y de
la decadencia que viene notndose en el ganado que se presenta en la
plaza de Madrid.

El hermano Antonio mir de reojo al padre Claudio, y viendo que se
sonrea despreciativamente, crey muy del caso el imitarle.

--Anoche--continu el amanuense--hablaba en su tertulia de la necesidad
de remediar prontamente esa decadencia que deshonra a la nacin, y
apunt la idea de establecer en Sevilla una escuela de tauromaquia.
Calomarde se atrevi a hacerle algunas objeciones, y el rey consinti en
dejar la realizacin de tal proyecto para ms adelante.

--No hay nada referente a la vida secreta?

--S, reverendo padre. El rey muestra ahora gran aficin por una manola
que vive cerca de la puerta de Toledo y es hija del to Quitapellejos,
honrado dependiente del Matadero. El duque de Alagn le acompaa muchas
noches a la casa de esa rstica beldad. Esta nueva conquista es en
Palacio desconocida para todos menos para nuestro agente, que ha logrado
descubrirla a fuerza de paciencia y astucia.

--Desconocida es tal aventura, pues ni aun yo tena noticias de ella. Y
qu hace el rey con la condesa de Baselga?

--La baronesa de Carrillo pasa en la corte todava, para los que se
precian de conocer los regios secretos, como la querida predilecta de Su
Majestad; pero lo cierto es que don Fernando (que Dios guarde) parece
hastiado de ella, pues slo acude a sus citas de tarde en tarde, y ms
por la fuerza de la costumbre que por la del amor.

--Mala noticia es sta--dijo el padre Claudio poniendo la cara seria--.
Pepita, gracias a sus relaciones con el rey, nos presta grandes
servicios. Nosotros tenemos gran influencia en el nimo de Su Majestad;
pero aquello que ste no nos concede, lo alcanza la baronesa cuando
tiene a su regio amante ebrio de lujuria entre sus brazos. Qu hacemos
si el rey abandona definitivamente a la hermosa seora de Baselga y va
en busca de las manolas del Matadero?

--La noticia es tanto ms grave cuanto que nuestro agente asegura que
don Fernando est cada vez ms enloquecido por la hermosa hija del
matarife, y muchos das espera con impaciencia la noche para dirigirse a
su casa.

--Lo comprendo; es la pasin senil. El ltimo amor de un viejo, o sea la
lujuria ms terca y persistente. Ser necesario poner en juego toda la
linda locura de Pepita, y que invente nuevas gracias para atraerse al
rey.

--Ser intil, reverendo padre, pues Pepita, segn los informes, est
tambin cansada del soberano y busca distraccin a su tedio, llamando a
su casa, siempre que su marido est de servicio en Palacio, a un guapo
mozo que figura como agregado a la Embajada inglesa y que se llama el
"baronet" sir Walace.

El padre Claudio, a pesar del imperio que tena sobre sus sensaciones,
mostr algn asombro ante aquella revelacin que no esperaba, y murmur
con enfado:

--Ya hace tiempo que creo, con razn, que con mujeres nada puede
hacerse. Esa Pepita es una...

Y el hermoso jesuta larg una palabra tan castellana y clsica como
poco culta. Despus dijo con voz ms fuerte:

--Hace mucha falta en aquella casa el seor Antonio. Cuando el general
de nuestro instituto envi desde Roma la orden para que el viejo
volviera a Amrica, donde podra servir mejor nuestros intereses,
present que pronto nos sera muy necesaria su presencia. Si l
estuviera en casa de la baronesa, ni entrara ese ingls ni Pepita
hubiera dejado escapar al veleidoso rey; pero est casi sola, su marido
es un imbcil que no ve ni oye ms que cuanto su mujer quiere, y ya dice
el refrn que la cabra apenas se ve suelta siempre tira al monte. Lo
vuelvo a repetir: esa Pepita es una perdida, digna de que la abandonemos
y aun de que digamos a su marido todo cuanto hace, para que ste, que es
un barbarote, la estrangule sin misericordia.

Y al decir esto el padre Claudio, brillaba en sus ojos aquella chispa
maligna que transfiguraba su rostro de un modo horrible, ponindolo en
armona con su oculto pensamiento.

--Nada se pierde--aadi el jesuta cuando pas el primer mpetu de su
rabia--en echar un buen sermn a Pepita, que la lleve nuevamente a la
buena senda. Es una loca tan inclinada a la devocin como a
prostituirse, y tal vez tocando sus aficiones religiosas la arrastremos
nuevamente a sufrir pacientemente las caricias del rey, que, en verdad,
no deben ser muy gratas para una mujer joven y hermosa.

--Difcil lo veo, reverendo padre. La baronesa est tan entusiasmada con
el ingls, que, segn las revelaciones de nuestro agente, en el baile
que hubo anteanoche en Palacio iban los dos ocultndose tras los
cortinajes de los balcones, buscando siempre huecos obscuros y
solitarios.

--La baronesa es una mujer caprichosa, nacida para cometer estupendas
locuras, pero con una gran dosis de ambicin. Mientras fu en Madrid una
desconocida, nos obedeci fielmente, cifrando todo su empeo en agradar
al rey; pero desde que conoci al conde de Baselga y se cas con l,
vindose al poco tiempo dama de Palacio y uno de los ms lindos adornos
de la corte, ha dado por satisfecha su ambicin y hoy nicamente piensa
en satisfacer sus pasiones sin trabas de ninguna especie y a gusto de su
variable voluntad. Maana hablar con ella y le har entender que, si
por creerse satisfecha no quiere servirnos, nosotros tenemos medios para
romper lo que ella considera hoy como felicidad, arrojndola en la
desgracia.

--En estas notas, reverendo padre, hay algo muy interesante respecto al
marido de la baronesa, o sea el conde de Baselga.

--Habla, hermano Antonio.

--Nuestro agente sorprendi el otro da algunas palabras de la
conversacin que en la antecmara de la reina sostena la duquesa de
Len con otra dama de honor.

--Qu tiene que ver en el anterior asunto la duquesa de Len?

--Vuestra reverencia olvida, sin duda, que la tal duquesa, antes que el
de Baselga conociera a doa Pepita, era su querida y hasta se cree que
corra con todos los gastos del gallardo militar, incluyendo la
confeccin de sus uniformes.

--Es verdad; no recordaba tal antecedente, que de seguro figura en
nuestra nota acerca de la duquesa de Len. Y cules eran las palabras
de sta?

--Aunque nuestro agente no escuch toda la conversacin, comprendi
inmediatamente que las dos damas trataban del conde de Baselga. La
duquesa hablaba de su antiguo amante, que ahora se mostraba fro e
indiferente por culpa de su esposa, que le tena sujeto con sus
embelecos y que, en cambio, le haca traicin, no con un amante, ni con
dos. Cuando nuestro agente se acerc ms, la duquesa hablaba
misteriosamente de venganza, de abrir los ojos al mentecato y de
terribles pruebas de que poda disponer.

--Eso es muy grave--dijo el padre Claudio--. Pepita puede or nuestros
consejos y volver a atrapar al rey, en cuyo caso sera un tremendo
inconveniente el que su marido conociera los deslices de la baronesa,
pues el tal Baselga es un gaan algo idiota que no conoce eso que en el
mundo llaman honor, pero que por amor propio es capaz de no consentir
como amante de su esposa ni aun al mismo rey.

Quedse reflexionando un buen rato el padre Claudio, y al fin aadi:

--La duquesa de Len es un gran peligro. La conozco bien y s que es una
mujer terca capaz de cumplir cuanto diga. Adems, esas viejas
libidinosas, cuando se enamoran de un hombre, no retroceden ante ningn
obstculo. Si ella ha hablado de pruebas, es porque las tiene o piensa
adquirirlas pronto... Afortunadamente, la duquesa es penitente ma y
podr dentro de pocos das sondear su conciencia desde el confesonario.

Call el jesuta por algn tiempo, y al fin aadi con aire de hombre
preocupado:

--Sin embargo, no dejan de interesarme esas pruebas de que habla la
duquesa. Adivinas t cules pueden ser, hermano Antonio?

--No, reverendo padre. Doa Pepita no es mujer capaz de haber escrito
cartas a sir Walace ni al lindo frailecito de la Merced, que es el
amante que tuvo antes del ingls y cuyas relaciones tan hbilmente supo
estorbar vuestra reverencia. No existiendo cartas, no s qu pruebas
pueda tener la duquesa de Len.

--Hay otra prueba ms terrible y concluyente que una persona astuta,
como lo es la duquesa, poda aprovechar si nosotros no estuviramos
alerta.

--Cul es, reverendo padre?

--El testimonio de la mujer que asisti a Pepita en su parto, la cual
puede citar la fecha cierta en que ste se verific.

--Reverendo padre, esa mujer ya sabis que es mi madre. Ella hace cuanto
yo quiero y nunca traicionar los intereses de la Compaa.

--En ello confo. Ya sabes que buscamos a tu madre para tan delicada
misin confiando en tu palabra, y tampoco debes olvidar que a m me
debes cuanto eres, y que as como puedo encumbrarte ms alto de lo que
te imaginas, puedo arrojarte al suelo y aniquilarte como un insecto si
es que haces traicin a la Orden.

--Lo s, padre mo, lo s perfectamente--dijo el secretario sonriendo
con afectada humildad.

Reflexion el padre Claudio y aadi con tono imperativo:

--Dirs maana a nuestro agente en Palacio que vigile de cerca a la
duquesa de Len, procurando penetrar en sus propsitos. Yo buscar el
medio de que me revele su pensamiento, y al mismo tiempo procurar
extinguir en el conde de Baselga toda sospecha, si es que esa alegre
vieja ha intentado ya excitar sus celos y su instinto receloso. Pasemos
a otros asuntos. Qu ms se dice en Palacio?

--En el cuarto del infante don Carlos se conspira, y tanto su esposa,
doa Francisca, como el obispo de Len, preparan una sublevacin en
Catalua, en la que entrarn todos los realistas descontentos con la
poltica que actualmente sigue don Fernando.

--Me voy convenciendo de que estos realistas son gente ms levantisca e
ingobernable que los mismos liberales...; pero ms vale as, pues hay
que reconocer que don Carlos, prncipe piadoso, amante de Dios y
obediente en todas ocasiones al clero y a la Compaa de Jess, sera
ms buen rey que don Fernando, que, aunque adicto a la religin y sumiso
a nuestros consejos, se ve tentado de continuo por el demonio de la
carne y deja plantados a lo mejor a los representantes del Altsimo para
irse tras la primera falda bien contorneada que encuentra al paso.

--Don Carlos hara la felicidad de Espaa.

--Prohibo, hermano Antonio, que te permitas tener opiniones polticas.
Eso es indigno de un hombre que ha prometido dejar a sus superiores que
discurran por l. Sin embargo, en esta ocasin, te digo que ests en lo
cierto. Don Carlos, rey, sera para nosotros tan ventajoso como tener un
individuo de nuestra Orden en el trono, pero su corona es hoy por hoy
problemtica, y no es caso de que vayamos a exponer lo cierto por lo
dudoso. Manda actualmente don Fernando? Pues permanezcamos a su lado y
dejemos conspirar a esos furibundos realistas, que si algn da llega su
triunfo, tendremos tiempo para ponernos al lado de don Carlos y ser los
primeros en recoger mercedes. Hermano Antonio, no olvides nunca esta
poltica, que es la que debe seguir todo buen jesuta.

El secretario acogi la leccin con aire de gratitud y crey del caso
dar a su rostro una expresin de asombro, que interpretaba la admiracin
producida por las palabras de su maestro.

--Las noticias de Palacio han terminado ya, reverendo padre, y a los
trabajos del da slo hay que aadir la pltica que he tenido esta tarde
con el brigadier Chapern, presidente de la Comisin militar permanente
de Madrid.

--Ha venido aqu ese brbaro?

--S. Quera visitar a vuestra reverencia y saber de propios labios si
estabais satisfecho de su conducta, y me ha dicho, con el aire de
satisfaccin propio del que cumple con su deber, que si en el mes pasado
ahorc siete liberales en la plaza de la Cebada, en el presente piensa
que lleguen a una docena, adems de que tiene en lista unos doscientos
individuos parientes hasta de sexto grado y amigos de vista de los
emigrados revolucionarios, los cuales a la mayor brevedad sern enviados
a los presidios de Africa.

--Chapern es un partidario tan decidido de la causa de Dios y del rey,
que el Gobierno deba citarlo como modelo digno de imitacin a esas
comisiones de las provincias que slo envan cada vez un liberal a la
horca. Lstima que tan perfecto campen de la Fe sea un poco imbcil y
no se le pueda confiar otro trabajo que el exterminio de los
revolucionarios!

--El brigadier desea que vuestra reverencia le recomiende al rey, y que
ste, en vista de sus nobles servicios a la causa del absolutismo, le
conceda un ascenso, una gran cruz o cualquiera otra distincin.

--Puede contar con ello. Hoy somos nosotros los dueos de la situacin,
y cuanto indicamos se realiza inmediatamente.

El jesuta, al decir esto, inclin la cabeza sobre el respaldo del
silln, y con los ojos cerrados permaneci algunos instantes sonriendo,
como el que paladea risueas y halagadoras ideas.

--Hermano Antonio--dijo de pronto el jesuta, estremecindose para
sacudir el dulce sopor que le haba acometido--. A ti te lo digo todo
porque tengo confianza en tu discrecin y me siento inclinado a tratarte
con franqueza. Los asuntos de nuestra Orden en Espaa no pueden ir
mejor. Despus de la cada de la Constitucin, el rey se ha arrojado por
completo en nuestros brazos, y esta tarde misma, al volver de su diario
paseo, y en uno de los salones de Palacio, ha dicho ante la turba
cortesana, en la que figuraban los generales de los dominicos, de los
franciscanos y de otros institutos religiosos, que slo tiene confianza
en los jesutas, que slo fa en nuestra fidelidad, y que si antes de
1820 hubiramos sido nosotros sus consejeros de gobierno, seguramente
que no hubiera triunfado la revolucin. No es esto suficiente motivo
para mostrarse satisfecho? No te sientes orgulloso de pertenecer a una
Orden que tanta admiracin inspira a su rey?

--Oh, seguramente, reverendo padre!

Y el secretario, al decir esto, no menta, pues sus mejillas
cadavricas, coloreadas por un fugaz rubor, demostraban lo caldeada que
estaba su soberbia por tales palabras.

--Comienzan ya--continu el padre Claudio--a brillar para nuestra Orden
aquellos felices das del reinado de Carlos II, en que ramos dueos de
la nacin y movamos a nuestro gusto los resortes del Estado. Ya no nos
veremos obligados a asustar a los reyes como lo hicimos con el impo
Carlos III, enemigo de nuestra preponderancia, organizando el motn de
Esquilache y envindole annimos en que le amenazbamos de muerte. Nadie
nos arrojar de aqu; somos los amos y ya no tendremos que esgrimir
pistolas ni puales, como lo hicimos en Portugal con el rey Jos y en
Francia con Enrique III y Enrique IV. Para qu?... Hoy los reyes, en
vez de nuestros mortales enemigos, son nuestros lacayos, viven la vida
que nosotros les damos y estn sujetos a nuestra voluntad. En el rgimen
absolutista, el rey es un sol cuyos rayos llegan hasta el antro ms
obscuro de la nacin, y, sin embargo, la luz de ese sol nosotros la
mantenemos...; nosotros, que trabajamos en la densa sombra.

Y el padre Claudio, al decir esto, rea sarcsticamente. Su secretario
le imitaba; pero esta vez no era por adulacin, sino porque le produca
inmenso placer la completa victoria del aborto de Loyola.

--Nada puede oponerse a nuestro soberano poder--continu el jesuta
levantndose de su asiento, impulsado por la fiebre del entusiasmo y
repeliendo al gatazo que hasta entonces haba estado enroscado sobre sus
piernas--. Ves a don Tadeo Calomarde, que se cree omnipotente slo
porque el rey le aprecia a causa de su actividad de ardilla? Pues que
procure que yo no levante mi omnipotente mano pues de un revs lo
arrojar del ministerio cuando quiera, y se ver pobre y desgraciado, si
es que no va a morir en la horca como otros favoritos regios. Y qu
digo Calomarde! El mismo don Fernando caera, si alguna vez se mostrara
rebelde a nuestros mandatos y no quisiera adoptar las dulces
insinuaciones de nuestra Orden. En las arcas de la Compaa hay dinero
suficiente para comprar un reino y para armar un ejrcito ante el cual
el de Jerjes parecera miserable pelotn; y en cuanto a gente que nos
defendiera, demasiado sabes que en Espaa tenemos hoy ms de la que
podamos desear. Mira, Antonio; mira una vez ms, y podrs convencerte de
que Espaa es nuestra.

Al padre Claudio el entusiasmo y la contemplacin de la grandeza que su
persona representaba, ponanle nervioso y le hacan pasearse por la
habitacin con la impetuosidad de una fiera que encuentra pequea su
jaula.

Al decir sus ltimas palabras, cogi el gran quinqu que estaba sobre la
mesa, y levantndolo al nivel de su crneo, ba en luz el colosal mapa
de Espaa, que ocupaba la pared libre de armarios.

--Pasea bien tus ojos por ese mapa--continu diciendo a su secretario--,
y vers cmo Espaa semeja un pedazo de firmamento en el que las cruces
negras brillan tan compactas e innumerables como las estrellas en el
cielo.

Efectivamente, sobre aquel mapa destacbanse un sinnmero de crucecillas
negras de varios tamaos, que parecan esparcidas a la ventura, pero que
ocupaban los mismos sitios que las ciudades, los pueblos y los lugares
sin importancia en los mapas ordinarios. Bajaban serpenteando a lo largo
de las costas, saltaban a las cercanas islas, extendanse sobre las
tortuosas cordilleras, enseorebanse de las provincias del centro y
hasta ocupaban las Canarias y las Antillas, que en cuadro aparte
figuraban a un extremo del mapa.

Estaban tan inmediatas las cruces, que sus aspas casi se tocaban unas
con otras y formaban como una negra red que envolva el territorio
espaol, dndole el aspecto de un insecto enredado en fnebre telaraa.

El padre Claudio, con la cabeza erguida y la soberbia expresin de un
general ante su ejrcito, abarc de una mirada la colosal obra de su
Orden, y sonriendo despus con aire satisfecho, continu:

--Ya sabes t lo que representan estas cruces. Cada una de ellas
equivale a un miembro que desde aqu puedo yo mover a mi voluntad, as
como a m y a todos los vicarios que estn al frente de una nacin nos
maneja el general desde Roma, y cmo a ste lo impulsa Dios. Las cruces
ms grandes representan ciudades de importancia, donde hay colegios y
casas profesas que hacen una continua propaganda en favor de la Orden;
las medianas son poblaciones de menor importancia donde tenemos misiones
permanentes, y las ms pequeas equivalen a lugares y villorrios, en lo
que no nos faltan amigos fieles y obedientes a nuestros mandatos. Espaa
entera tiene su centro y su eje en esta habitacin. Para moverla y que
se alce en ste o en otro sentido, el mismo da y a la misma hora, slo
es necesario que t tomes la pluma y yo te dicte. Hay alguien que posea
tan inmenso poder? Quin es ms dueo de Espaa: don Fernando VII o
nosotros? Ah! Si todos los reyes comprendieran de lo que la Orden es
capaz y los sujetos que los tiene, no nos concederan tanta estimacin
ni nos protegeran. Ves cunto se afana el infante don Carlos por
quitarle la corona a su hermano? Pues todo cuanto haga ser intil si
nosotros permanecemos impasibles, y en cambio dentro de un mes ocupara
el trono si as conviniera a los intereses de la Orden; para esto
bastara que yo hiciese un llamamiento a nuestros innumerables agentes.

La contemplacin de su propio poder pareci calmar al padre Claudio, que
recobrando su aspecto habitual, fro y sonriente volvi a dejar el
quinqu sobre la mesa, y fu a sentarse junto al brasero, mientras su
secretario le miraba con admiracin.

--Reverendo padre--dijo tras una larga pausa el hermano Antonio--. Cada
vez me siento ms orgulloso de pertenecer a la Orden de nuestro santo
padre San Ignacio, y cuando os oigo hablar con acento tan inspirado me
miro con asombro pues me parece que yo, miserable gusanillo, crezco al
comps de vuestras palabras hasta convertirme en un gigante.

El padre Claudio se sonri por aquella lisonja, y dijo a su secretario
con tono protector:

--Crecers, no lo dudes; crecers, hermano Antonio; pero es preciso,
como antes te dije, que permanezcas fiel a nuestra Orden y que jams me
hagas traicin a m, que soy tu superior. Tienes condiciones para
brillar en nuestra sociedad. Eres astuto, conoces a los hombres, sabes
aprovecharte de sus debilidades, no reparas en los medios y, sobre todo,
el bien y el mal son indiferentes a tus ojos, pues uno y otro valen lo
mismo y deben emplearse en una empresa siempre que as convenga. Con
tales condiciones se puede formar un excelente jesuta, y t lo sers.
Slo te falta despojarte de ciertas preocupaciones mundanas. Todava
eres hombre y te falta algo para convertirte en un completo hijo de
Loyola, que debe ser mquina inconsciente para los mandatos de los
superiores, e inteligencia despierta para cuantos se encuentran a un
nivel ms bajo.

--Reverendo padre--dijo con humildad el jesuta--. Yo hago cuanto puedo,
y siento no tener ms voluntad para aprovecharme de vuestras notables
lecciones.

--Si me sigues e imitas en todos mis actos, puedes llegar a ser como mi
sombra, y algn da, cuando la Orden me llame a ms altos destinos,
ocupar t la direccin de Espaa, que hoy desempeo. Yo siento simpata
por ti, por qu he de ocultarlo? En tus actos veo mi propia
personalidad como en un fiel espejo, y reconozco que tus facultades son
iguales a las mas para ayudar a la conquista del mundo en nombre de
Dios, que es el fin que persigue nuestra Orden. Unicamente hay en ti
defectos que afean tu mrito y que yo corregir.

--Decid, padre mo; os escucho ansioso.

--Eres desordenado hasta el punto de que parezca que has declarado una
cruda guerra al mtodo. En esta misma habitacin tienes una clara
muestra de tu defecto culminante. Los papeles ms importantes estn
archivados con el orden ms caprichoso y extravagante, y documentos
preciosos ruedan a cada momento sobre sillas y mesas, sin mtodo alguno.
T te entiendes y sabes guiarte en tal ddalo, pero esto no impide que
te agites en un caos incomprensible para los dems, por lo mismo que t
eres su nico creador. Te parecer nimia tal vez esta observacin, pero
has de saber que en un jesuta lo ms esencial es un orden rgido e
inmutable, al cual deben sujetarse su persona y sus actos. Tu vida debe
ser semejante al reloj de la alta torre que lo mismo en los das serenos
que en medio de la tempestad, deja or sus horas impasible y con igual
indiferencia. El desorden es indicio de carcter propio, y el jesuta
debe perder todo lo que le sea personal y le emancipe de las reglas de
la Orden. Mrame, estudia mis actos, y vers cmo la pulcritud y el
orden, que siempre acompaan a la verdadera astucia, facilitan mucho el
xito de las empresas.

El hermano Antonio escuchaba atentamente la leccin de su superior,
quien continu con su acostumbrado aire de proteccin:

--Adems, tu terrible defecto, al par que te hace desmerecer como buen
secretario, te pierde como campen de nuestra Orden. Como eres
desordenado, gustas de los golpes ruidosos y de efecto, y muchas veces
atacas antes de hora, lo que facilita la defensa del enemigo. Tu odio es
terrible, pero tiene el tremendo inconveniente de que puede ser ledo en
tu rostro mucho antes de que estalle. Imtame a m, que me encubro con
el contrario bajo la forma ms agradable. Si cuantos me rodean me
conocieran bien, temblaran en el instante que yo sonriera ms
placenteramente.

Qued unos instantes silencioso el lindo padre acariciando con aire
distrado al gato, que haba vuelto a colocarse sobre sus piernas, y de
repente agarr una de las patas delanteras del felino, y extendindola,
dijo al secretario:

--Aqu tienes la verdadera imagen del perfecto jesuta. Este animal
acaricia con su fina mano, toma un aire humilde que atrae y cuando menos
se espera hace valer sus afiladas uas, que oculta cuidadosamente.
Nosotros somos los gatos, que nos tendemos humildemente a los pies de la
sociedad, pidindola su calor y su proteccin; el que se deje acariciar
por nosotros que tenga por seguro el araazo.

El secretario psose a reflexionar sobre la metfora de su maestro, pero
cuando estaba en lo mejor de sus reflexiones fu llamado a la realidad
por tres rudos golpes de timbre que sonaron dentro de la casa aunque
algo lejanos.

--Tres toques!--dijo el padre Claudio--. Una carta es. Antonio, marcha
a recogerla inmediatamente, pues, trada a estas horas, debe tratar de
asuntos interesantes.




III

El lobo de Pars al lobo de Madrid


--Carta es, reverendo padre--dijo el secretario al volver a entrar en el
saln--. Acaba de traerla el portero de nuestro colegio, y dice que an
no hace un cuarto de hora se la ha entregado el correo de Burgos, el
cual ha llegado con retraso a causa de las nieves que obstruyen el paso
del Guadarrama.

--De dnde viene la carta?

--A juzgar por el sobre, procede de Pars.

--Ya haca tiempo que no tenamos noticias de nuestros hermanos de
Francia. A ver, hermano Antonio, rompe el sobre y dame su contenido.

El padre Claudio acerc su silln a la luz y recibiendo el pliego que su
secretario le tenda respetuosamente, pase rpidamente su vista por l.

Estaba escrito en latn, con caracteres menudos y erizados de
caprichosos rasgos.

Deca as:

                                [cruz]

                              A. M. D. G.

     "El Vicario General de Francia al Vicario General de Espaa; Salud
     y la bendicin de Cristo.

     Respetable hermano: Conviene a los intereses de nuestra Orden que a
     la mayor brevedad enviis informes completos acerca de la vida de
     don Ricardo Avellaneda, y una relacin detallada de todos los
     bienes que posee en Espaa, en concepto de administrador legtimo
     de su hija Mara, nico fruto de su difunta esposa.

     El seor Avellaneda fu de los espaoles que en 1808 se unieron a
     Napolen y su hermano Jos Bonaparte y a quienes el pueblo llamaba
     "afrancesados". Desempe altos cargos en la corte del rey intruso,
     y cuando ste tuvo que huir a Francia, l sigui a su soberano, y
     desde entonces vive en Pars, no queriendo volver a Espaa, a pesar
     de las amnistas, por miedo a los insultos de liberales y
     reaccionarios.

     Su mujer fu patriota y se separ de l por no seguirle en la
     traicin. Como los cuantiosos bienes eran de esta seora, que hizo
     bastantes donativos para el sostenimiento de las tropas espaolas,
     las llamadas Cortes de Cdiz respetaron su fortuna y no la
     confiscaron como hicieron con otras familias afrancesadas.

     Dichos bienes ascienden a unos quince millones de francos, segn
     nuestros informes.

     Enteraos vos por ah para ver si estamos engaados, y decidnos el
     resultado de vuestras gestiones.

     El asunto es de gran inters para nuestra Orden, pues se trata de
     que los quince millones ingresen en nuestro tesoro.

     Tan gran fortuna slo tiene derecho a percibirla una nia, que en
     la actualidad cuenta ocho aos de edad y que naci aqu cuando la
     esposa del seor Avellaneda se decidi a hacer las paces con su
     marido y vivir con l en Pars.

     La seora de Avellaneda muri hace un ao; su esposo est algo
     resentido en su parte moral, y al paso que va pronto caer en
     completa imbecilidad. En cuanto a la nia, tiene aficiones a la
     vida monstica, que nosotros nos encargaremos de fomentar. Hemos
     conseguido introducir en la casa a uno de nuestros hermanos, que es
     espaol, el cual ejerce gran influencia sobre la hija, y es
     probable que tambin logre conquistar al seor Avellaneda.

     El da en que la joven sea mayor de edad y pueda disponer, con
     arreglo a las leyes, de su colosal fortuna, estar ya en un
     convento, y entonces la Compaa ser su heredera, pues Mara, al
     abrazar la vida monstica, renunciar antes sus bienes terrenales
     en favor nuestro.

     Vuelvo a recomendaros la urgencia en los informes que os pedimos,
     pues ya veis que el asunto es de importancia.

     Que el corazn de Jess sea con vos y os conceda largos aos de
     vida.

                        Fabin Renard (S. J.)"



Cuando el padre Claudio hubo terminado la lectura de la carta, quedse
pensativo y murmur:

--No es mal golpe el que preparan nuestros hermanos de Pars. Quince
millones de pesetas son un bocado que aqu en Espaa slo muy de tarde
en tarde se ofrece a nuestra voracidad.

El jesuta di despus la carta a su secretario para que a su vez la
leyera, y cuando hubo terminado le dijo:

--Buscars maana mismo esos informes que se nos piden de Pars.

--No es tarea fcil, reverendo padre. En nuestro archivo slo hay notas
muy incompletas sobre el seor Avellaneda, pues ste figur en Espaa
cuando nuestra Orden estaba expulsada, y march al extranjero antes de
nuestra restauracin.

--Irs maana, en nombre mo, al ministerio de Hacienda, y el seor
Lpez Ballesteros nos proporcionar los datos que deseamos acerca del
valor y calidad de los bienes de Avellaneda. En cuanto a la carta del
vicario de Francia, debes unirla a la nota del seor Avellaneda, pues
tal vez algn da tengamos los jesutas de Espaa relaciones ntimas con
dicho seor. Si los sesenta millones de reales llegan a escaparse en
Francia de nuestras garras, aqu los buscaremos hasta apoderarnos de
ellos.

El secretario se levant para buscar en el archivo; pero en el mismo
instante volvi a sonar la campanilla de antes, slo que ahora di cinco
toques con diferentes intervalos. Aquello era una especie de telegrafa
acstica que comprendieron perfectamente los dos jesutas.

--Es una visita--murmur el padre Claudio--. Quin podr ser a estas
horas? Hermano Antonio, sal a recibir al que llega. Debe de ser un
amigo, ya que lo deja pasar nuestro portero.




IV

Los pesares de Baselga.


--El seor conde de Baselga--dijo Antonio, volviendo a entrar en el
despacho.

Ms all de la puerta sonaban pasos ruidosos y desiguales, que se
acercaban rpidamente, acompaados del metlico retintn de unas
espuelas. Al fin, don Fernando Baselga entr cojeando en la habitacin.

El campen del 7 de julio estaba algo desfigurado. Tres aos haban sido
suficientes para robarle mucha de su antigua gallarda, y tanto la
cojera como una prematura obesidad encubran con cierto aire de pesadez
su antiguo aspecto marcial.

Atento siempre a presentar un continente interesante, el gallardo
soldado del absolutismo, que tanto se distingua en paradas, ejercicios
y guardias, marchando con varonil contoneo al frente de su compaa, no
poda ahora conformarse con la necesidad de marchar cojeando a la vista
de las damas palaciegas y de sus mismos subordinados; as es que cuando
Fernando VII, restablecido en su trono de monarca absoluto, quiso
premiar los servicios de tan excelente partidario dndole las
charreteras de comandante, Baselga solicit la merced de pasar a servir
en la caballera de la Guardia, con la esperanza de que, puesto su
airoso cuerpo sobre un inquieto corcel, nadie notara aquel tremendo
defecto fsico, que an le haca odiar ms encarnizadamente a los
liberales.

Cuando el comandante, despus de besar reverentemente la mano del padre
Claudio y accediendo a las indicaciones de ste, se sent frente a l al
amor del brasero, pase sus ojos con curiosidad por toda la habitacin,
demostrando a la vista de tan gran cantidad de papeles el asombro propio
del que tiene la lectura y escritura por necesidades de ltimo orden y
slo muy de tarde en tarde hace uso de ellas.

--Ante todo--dijo Baselga, despus de satisfacer un poco su
curiosidad--, debo pedir a usted, padre mo, mil perdones por la
libertad que me tomo al venir a buscarle a este sitio sin su permiso.

--Querido hijo, usted ya sabe el cario que, tanto yo como toda la
Orden, le profesamos, y que puede buscarme en todas partes as como
necesite de mi humilde persona.

--He estado en la casa profesa a preguntar por usted, manifestando que
tena alguna urgencia en verle, y el padre Echarri me ha encaminado a
esta casa, en la que slo admite usted las visitas de muy contadas
personas; distincin que, en el caso presente, me honra sobremanera.

--Los negocios son muchos, querido conde; el tiempo muy limitado, y hay
que aislarse un poco para huir de las estorbosas visitas de los
importunos. Por esto ocupo esta casa, antigua mansin de los marqueses
de Ordua, personas devotsimas que en el siglo pasado la cedieron a
nuestra Orden. Cuando don Carlos III (a quien Dios perdone) nos expuls
de Espaa, esta casa qued cerrada, guardando el archivo que ahora ve
usted y que no lograron descubrir los alcaldes del rey, pues eran pocas
las personas que conocan su existencia, as como tampoco que fueran
jesutas los que vivan en el viejo palacio. Aqu han vivido y trabajado
mis antecesores en la direccin de la Orden, y aqu estoy yo, que,
rodeado de tan preciosos documentos y evocando los pasados recuerdos,
trabajo con ms fe y me siento ms fuerte y hasta con mayor confianza en
las bondades de Dios.

Permanecieron silenciosos los dos interlocutores despus de tales
palabras; Baselga, mirando con atencin la parte de los armarios adonde
llegaba la luz de la lmpara, y el jesuta contemplando con aire
interrogador al comandante, como esperando que ste manifestase el
objeto de la visita.

Por fin el padre Claudio not que Baselga miraba con cierto recelo al
hermano Antonio, el cual haba vuelto a sentarse junto a la mesa y
escriba con la indiferencia de un autmata.

El jesuta comprendi que la presencia del secretario estorbaba al
conde, y dijo con acento de superioridad benvola:

--Hermano Antonio, retiraos, que ya habis trabajado hoy bastante.

Sali el secretario, despus de saludar con dos reverentes cortesas, y
apenas se hubieron perdido sus pasos a lo lejos, Baselga di un suspiro,
que tena algo de rugido, y con expresin infantil exclam, inclinando
su gigantesco cuerpo sobre el jesuta:

--Padre mo! Soy muy desgraciado.

--Desgraciado usted?--dijo el jesuta con extraeza--. Seor conde, eso
es insultar a Dios, que le concede a usted toda clase de felicidades. Es
usted el esposo de una mujer modelo de virtudes; tiene una hija
encantadora, que es su propio retrato; la paz del cielo reina en su
casa; goza en Palacio de una envidiable posicin; qu ms puede usted
desear?

--No me quejo de mi suerte--contest Baselga con aire contrito--. Dios
me ha dado mucho ms de lo que yo merezco. Mi felicidad no consiste en
mi mayor o menor fortuna, sino en mi esposa, que parece empeada en
hacerme desgraciado.

--Falta acaso a sus deberes la seora condesa?--pregunt el jesuta con
cierta alarma.

--No, padre mo. Pepita es honrada y, aunque alguien quiera hacerme
sospechar de su fidelidad, no tengo el menor dato para dudar de ella.

--Cul es, pues, la causa de su pena?

--Pepita no me ama.

--No le ama su esposa? Ella, que tantas veces ha asegurado que senta
una loca pasin por usted! Cmo puede ser eso?

--Hace usted muy bien en extraarse. Tambin experimento yo igual
impresin cuando, considerando el pasado, contemplo ese cambio radical
que hoy me entristece. Es verdad que Pepita me amaba mucho antes y que
corresponda con agrado a mi cario, pero hoy me acoge en todas
ocasiones con el ms terrible desvio, y comprendo que ya no soy para
ella el mismo que en otros tiempos. Su antiguo amor ha desaparecido.

--Permtame usted, conde, que le indique que muchas veces un exceso de
amor puede hacer ver desvio en donde no existe. El amor es pasin
desigual que, aunque no se desvanece, se amortigua con el roce, y adems
la esposa cristiana debe profesar a su marido una pasin tranquila y
cercana a la pureza, pues el amor tempestuoso e insaciable slo es
propio de impdicas cortesanas. Debe usted pensar adems que la seora
condesa tiene una pequea hija, la linda Pepita, y que forzosamente el
lugar que sta ocupa en el corazn de la madre priva al esposo de una
parte de cario.

--Ay, padre mo! Cun satisfecho estara yo con que el desvo que noto
en Pepita fuera motivado por su cario a nuestra hija! Pero
desgraciadamente la pequeuela es vctima igualmente del desvo de mi
esposa, y apenas si de vez en cuando logra recibir de ella una mirada.
La infeliz nia no tiene otro amor que el mo, y yo soy quien con ms
asiduidad cuida de ella. Pepita hace ms de un ao que est preocupada a
todas horas con un pensamiento desconocido. No s cul pueda ser la
causa de tal preocupacin, pero de seguro que no somos ni su hija ni yo.

--Esto es grave--murmur el padre Claudio involuntariamente, mostrndose
despus como arrepentido de que se le hubieran escapado tales palabras.

--Y tan grave, padre mo!--respondi inmediatamente Baselga--. En mi
nimo nunca haba arraigado la sospecha, pero hoy me siento inclinado a
dudar de la que lleva mi nombre.

--No se ha quejado usted nunca a su esposa por tal desvo?

--Ms de una vez; pero ella se vale de la superioridad que ejerce sobre
m, y a todas mis palabras responde con burlas que me enardecen la
sangre.

--Tan escaso dominio ejerce usted sobre la condesa?

--Padre Claudio, es deshonroso para un hombre de mi clase confesar tan
vergonzosa debilidad, pero debo manifestarle que Pepita ejerce sobre m
tan completa dominacin, que en punto a libre voluntad estoy yo al lado
de ella a ms bajo nivel que el ltimo de sus criados. Cuando la
declar mi amor me impuso por condicin el que abdicara mi voluntad
ponindome por completo a merced de la suya, y desde entonces soy un
infeliz esclavo de sus caprichos y carezco de libertad aun para
quejarme. No s cmo es, pero yo, que, como usted sabe muy bien, no
tengo miedo a nada y no me atemorizo ante el ms grande peligro, en
presencia de Pepita enojada tiemblo como un nio y slo s hablar para
formular excusas y pedir perdn.

El padre Claudio, oyendo las expresiones de aquel infantil gigante,
pensaba interiormente en que Pepita era una buena discpula que honraba
a sus maestros, y muy digna de vestir la sotana jesutica por la
habilidad con que saba dominar ajenas voluntades.

Pero otro sentimiento era el que en aquel instante agitaba al discpulo
de Loyola.

Consideraba la debilidad de aquel gigantazo, rendido ridculamente cual
otro Hrcules por el amor, y a la vista de aquella pusilanimidad sonrea
soberbiamente, apreciando mejor su propia voluntad, frrea e
inquebrantable, que le haca vivir independientemente de las seducciones
mujeriles.

El padre Claudio era incapaz de caer nunca vctima de un amor
apasionado. Tena una castidad casi salvaje, pues en aquel cerebro,
ocupado casi por completo por una ambicin sin lmites, no quedaba el
ms pequeo rincn para ningn tierno afecto.

Podra el hermoso padre, agitado por el aguijn de la carne, ceder ante
las seducciones de elegantes devotas, pero enamorarse hasta abdicar la
propia voluntad, era imposible.

Un hombre como l necesitaba para sus fines una completa independencia.
Para sostenerse en las alturas a que le empujaba su soberbia, era
preciso estar libre de pasiones que con su peso le arrastrasen al abismo
del descrdito. Una mujer era un bagaje pesado, que poda causar su
perdicin.

No amaba el jesuta, porque con esto tendra que pasar a ser esclavo el
que ansiaba llegar a dueo del mundo. De aqu que el padre Claudio
considerase con el desprecio que se guarda para los seres nfimos a los
que acudan a l en demanda de consejos, dominados por desptica pasin.

Pero el jesuta, despus de recrearse en la superioridad que le daba su
falta de afectos, goce que se transparent rpidamente en sus ojos con
una llamarada de satnica soberbia, crey del caso acudir a sus
intereses, y con acento meloso dijo a aquel campen del fanatismo, cuya
conciencia tena bajo sus rdenes:

--Vamos, hijo mo! Veo que todas sus sospechas carecen de fundamento.
Algo hay de cierto en cuanto usted manifiesta, y es que la condesa, a
juzgar por las anteriores revelaciones, le trata con algn desvo; pero
la mujer es ser caprichoso y variable que muchas veces, sin motivo
alguno, cambia inesperadamente de conducta y aborrece las cosas por un
momento para quererlas despus con ms grande pasin. Pepita es algo
voluble; la conozco hace mucho tiempo, s apreciar sus excesos de
imaginacin, que la arrastran a locos caprichos; pero fundndome en esto
mismo, puedo asegurarle que su amor apasionado de otros tiempos renacer
cuando menos lo espere, y entonces usted podr considerarse nuevamente
como un ser feliz. No hay, pues, motivo para que usted sospeche de su
fidelidad, de lo que yo me congratulo mucho.

Call el jesuta y estudi atentamente el rostro de Baselga para
apreciar el efecto que le causaban sus palabras, pero quedse
intranquilo al ver que el conde segua con el semblante fosco y como
preocupado por una dolorosa idea que no se atreva a exponer.

--Cmo, hijo mo!--dijo entonces el jesuta con acento dulce y
atrayente--. No est usted convencido de la inocencia de la condesa?
No la cree usted fiel a sus deberes de esposa?

El comandante permaneci silencioso algunos instantes como si dudase en
expresar su pensamiento, pero al fin se decidi:

--Padre mo--dijo con voz lenta y como haciendo grandes esfuerzos de
voluntad para hablar--. Mucho me cuesta decirle lo que realmente pienso
de mi esposa, pero al fin para ello he venido aqu, y debo hablar aunque
esto me produzca gran dolor, pues por primera vez me atrevo a tener
voluntad y a hablar contra la que lleva mi nombre.

--Hable usted, hijo mo, sin ningn reparo. Para quitarle todo escrpulo
le oir en confesin, como en otro tiempo hice.

--S; as ser mejor. Dirigindome al sacerdote me ser menos difcil el
hablar que si lo hiciera al amigo.

Y Baselga, con voz algo temblorosa y posedo del respeto que le
inspiraba el joven jesuta, comenz a relatar sus relaciones con la
duquesa de Len desde la poca en que comenzaron hasta el mes de julio
de 1822, en que los sucesos polticos le hicieron conocer a la que ahora
era su esposa.

El padre Claudio le escuchaba con atencin, a pesar de que cuanto deca
lo tena por muy sabido, y nicamente de vez en cuando mostraba alguna
impaciencia al notar que el conde se separaba de lo importante del
relato para hacer digresiones con el solo objeto de justificar sus
deslices amorosos a los ojos del sacerdote.

--No veo, seor conde--dijo el jesuta cuando el comandante hubo
terminado de referir sus amores con la duquesa--, qu relacin haya
entre esa pasin pecadora y la fidelidad de su esposa. Hasta ahora slo
encuentro que sta es la ms indicada para sospechar de la fidelidad de
usted.

Baj Baselga la cabeza como abrumado por el peso de la encubierta
recriminacin, y dijo humildemente:

--Es verdad, padre mo; mi esposa, si se fija en mi vida pasada, tiene
motivos para sospechar y no estar segura de mi fidelidad conyugal; pero
tambin yo, si atiendo a las palabras de personas que dicen quererme
bien, puedo convencerme de que Pepita falta a sus deberes.

--Quines son esas personas? Acaso la citada duquesa?

--La misma, padre mo. Hace pocas horas he hablado con ella en Palacio,
y con sus palabras ha logrado encender en mi alma un verdadero infierno.

--Le ha dado a usted pruebas de la infidelidad de su esposa?

--Ah! Ojal! As, al menos, saldra pronto de dudas y no sufrira esta
cruel zozobra que me consume.

--Qu es, pues, lo que la duquesa ha dicho?

--Hace muchos das que se goza en atormentarme cada vez que me encuentra
en las antecmaras de Palacio. La primera vez que nos vimos despus de
mi casamiento cre que iba a ser vctima de una escandalosa explosin de
celos, pues la duquesa es una mujer rara y despreocupada, cuyo carcter
varonil creo que usted conocer; pero muy al contrario de lo que yo
esperaba, me acogi con vulgar amabilidad y hasta con un aire de fra
indiferencia que... por qu no he de confesarlo?, produjo cierta
impresin en mi dignidad de antiguo amante.

Sonri el padre Claudio al escuchar estas palabras dichas con
ingenuidad; le imit Baselga con risa algo estpida, y sigui adelante
en su revelacin.

--Me habl de mi mujer con indiferencia y me asegur que su deseo era
verme feliz, pues ya se haba curado de los antiguos amores, dndome
expertos consejos para que fuera feliz en mi nuevo estado. Esta bondad
me impuls en adelante a no rehuir su trato, y la duquesa y yo, siempre
que nos encontrbamos, hablbamos con el amigable cario de dos viejos
que, fros y desapasionados, recuerdan las calaveradas de sus buenos
tiempos. Poco a poco y casi sin que yo lo notara la duquesa fu
cambiando de tctica en sus conversaciones. Yo no recuerdo cmo fu,
pero lo cierto es que comenz a introducir en mi nimo la sospecha y a
hacerme pensar que mi esposa poda muy bien engaarme, siendo como era,
joven, hermosa y de carcter alegre. Me habl de la vida un tanto
misteriosa que llevaba antes de casarse conmigo, de sus entrevistas
polticas con el rey, de cierto fraile que hace algunos meses vena con
frecuencia a nuestra casa, y hasta de mi hija, de la pobre nia!, y tal
entonacin diablica supo dar a sus palabras, al par inocentes, que la
sospecha penetr en mi alma, y tan fuertemente se arraig en ella, que
por ms que lucho y me esfuerzo no la puedo arrancar.

--Seor conde. Me parece que es usted vctima de una excitacin nerviosa
o, ms claramente dicho, de una loca preocupacin, pues en todo cuanto
me manifiesta no hay nada de particular ni que autorice a poner en duda
la virtud de Pepita.

--No he terminado an. Hace dos das, la duquesa se atrevi a decirme
claramente que mi esposa me engaaba y que ella tena razones para
creerlo. Calcule usted el efecto que esto causara en m, que cada vez
estoy ms enamorado de mi esposa. Hubiera dado cualquier cosa por que la
duquesa se hubiera convertido en hombre para poder arrojarla por una
ventana; tal fu la rabia que experiment; pero debo de estar en las
garras del diablo, ya que, despus del odio, la curiosidad se apoder de
mi alma y en vez de enfurecerme con mi antigua amante, descend hasta
suplicarla encarecidamente que me diera pruebas para creer en sus
palabras.

--Y las ha dado?--pregunt con alarma el padre Claudio.

--No, padre mo. Pero hace poco acaba de prometerme que encontrar el
medio de que vea yo por mis propios ojos cmo soy un marido infeliz.
Dice que tiene en su poder las pruebas y que slo espera una ocasin
propicia para mostrrmelas. Esa mujer conoce sin duda esta impaciencia
que me devora, y se propone atormentarme haciendo que se prolongue por
mucho tiempo. Crea usted, padre mo, que dara parte de mi vida por
saber ciertamente esta misma noche si son ciertas las palabras de la
duquesa, pues la zozobra me agita hasta el punto de privarme del sueo
y tenerme en un estado semejante a la locura. Ser cierto lo que dice
la duquesa? Qu le parece a usted, padre Claudio? Yo estoy sumido en
una confusin que me abruma. En ciertos momentos me siento inclinado a
creer en la inocencia de Pepita; pero en otros el recuerdo de su
frialdad y del despego con que nos trata a m y a mi hija, me acomete
rpidamente y entonces adquiero el convencimiento de que tiene un amante
y lo busco por todas partes. Mire usted si los celos y las dudas me
tienen loco, que he llegado a sospechar del mismo rey.

Y el furibundo realista, como si se sintiera sbitamente avergonzado por
esta confesin, call, al mismo tiempo que el jesuta le deca adoptando
un aire paternal:

--No hace usted bien en dudar tan a tontas y a locas de su esposa, pues
sta merece ms consideracin por parte de su marido, que no tiene
ningn motivo para creerla infiel. Y si no, vamos a cuentas, seor
conde: qu dato medianamente serio tiene usted para dudar de Pepita?
Todas sus sospechas se basan en las prfidas insinuaciones de una mujer
que desea vengarse de pasados desdenes y que para ello agota su ingenio
dndose maa en influir sospechas; empresa fcil tratndose de un hombre
tan crdulo y susceptible como lo es usted.

Y a este tenor sigui hablando el jesuta, aguzando su ingenio para
probar a Baselga cun desacertadamente obraba al creer en las palabras
de su antigua amante.

Todo cuanto iba encaminado a desvanecer las sospechas en el nimo del
conde no pareca causar a ste gran efecto; as es que el padre Claudio
prefiri halagar la tendencia a creer en su desgracia que mostraba
aqul, y le pareci salir mejor del asunto terminando su discurso de
este modo:

--En fin, seor conde, usted ha venido a buscarme y a consultarme sus
penas, y esto basta para que yo me interese en ellas y procure con toda
mi alma que usted salga cuanto antes de ese estado anormal en que se
encuentra. Qu es lo que usted desea? Saber con certeza si su mujer le
es infiel? Pues solamente le ruego que en adelante no d ms odos a las
prfidas insinuaciones de la duquesa, que yo me encargo de averiguar lo
que haya de verdad en el asunto, y demasiado sabe usted que a m me
sobran medios para esta clase de negocios. Restablecer la paz en los
hogares de las buenas familias cristianas es mi deber, y si me ayuda la
bondad de Dios, es muy posible que dentro de muy poco pueda decirle con
entera franqueza lo que haya de verdad en el asunto, aunque confo que
de todas las pesquisas, la virtud de la condesa, groseramente
calumniada, saldr pura y sin mancha.

--Gracias! Muchas gracias!--dijo Baselga estrechando una mano al
jesuta--. Eso es lo que yo deseaba de usted, y ahora me siento ms
tranquilo, pues confo en que pronto podr saber la verdad.

Permanecieron los dos hombres por algn tiempo hablando de cosas
indiferentes, tales como de la salud del rey, de la persecucin de los
liberales y de las disposiciones de Calomarde, y al fin Baselga se
levant, comprendiendo que con su presencia estorbaba al padre Claudio
en sus importantes trabajos.

--Que Dios sea con usted, seor conde!--dijo el jesuta levantndose y
dando su mano a besar--. Confe en que muy pronto cumplir sus deseos y
le pagar esta visita yendo a su propia casa a revelarle cuanto sepa.

El padre Claudio tir del viejo cordn de una campanilla y a su cascado
timbre, que son en lejana habitacin, acudi el hermano Antonio, el
cual apareci en la puerta, no sin antes anunciar su llegada con fuertes
pasos, como para borrar toda sospecha en el nimo de su superior de que
hubiera podido estar oyendo la conversacin.

--Hermano, acompaad al seor conde.

Salieron de la estancia el militar y el lego, y volvi a sentarse el
padre Claudio, quedando profundamente pensativo.

Algunos minutos despus, los pasos del secretario, que volva, le
sacaron de su meditacin.

--Quiere algo su reverencia?--pregunt con humildad el jesuta desde la
puerta.

--Antonio--dijo el padre Claudio con voz algo fosca--. No s por qu me
temo que en el asunto que lleva entre manos la duquesa de Len nos va a
traicionar tu madre.

--Por qu dice eso vuestra reverencia?

--La duquesa asegura que ya tiene pruebas para advertir a Baselga de su
deshonra, y como ya sabes, tu madre es en este asunto el testigo de
mayor fuerza.

--Eso no prueba que mi madre vaya a hacernos traicin.

--Bah! T conoces perfectamente el afecto y la adhesin sin lmites que
ella profesa a la duquesa. Fu doncella de sta y la tercera en todas
las escandalosas aventuras que la dicha dama corri en su juventud, y
adems debe estarle agradecida por la proteccin que tanto a ti como a
ella os dispens. Recuerda que aun no hace diez aos tu madre era casi
una ramera vagabunda que arrastraba por las calles de Madrid a un
pillete repugnante y sarnoso, hijo de padre desconocido, que eras t, y
que la seora duquesa, en un arranque de su carcter caprichoso, que tan
pronto la arrastra al bien como al mal, di a tu madre los medios para
que pudiera ejercer de partera, y a ti te hizo ingresar en nuestra santa
casa, no parando hasta lograr que yo fijara en tu persona la atencin.
Tu madre est profundamente agradecida, y de seguro que la menor
indicacin de la duquesa la recibir como una orden. Cree que estoy
grandemente arrepentido de que el secreto del parto de Pepita lo
confisemos a una mujer como tu madre.

--Reverendo padre, mi madre no hablar. Me quiere demasiado para
comprometer con tal imprudencia mi porvenir dentro de la Orden.

--Que as sea es lo que yo deseo. De todos modos, nada perders en verla
maana mismo y aconsejarla que haga por creerse ella misma que la hija
de los condes de Baselga naci en el mes de abril de 1823, y no en el de
junio. Si revelara la verdad, el conde de Baselga sabra que esa nia
que considera como a hija no tiene nada de su sangre.

--Maana mismo ver a mi madre y lograr que sta sea muda hasta para la
duquesa. Entre sta y el hijo, a m es a quien prefiere.

--Yo ver tambin a primera hora a Pepita. Tiempo es ya de que vuelva a
sentar la cabeza y se convenza de que yo no consiento por mucho tiempo
que se emancipe de la Orden. El que entra en nuestra familia y goza los
beneficios del jesuitismo, nunca podr ya recobrar su libertad.
Acurdate siempre de esto, hermano Antonio. Los lazos con que el hijo de
San Ignacio se une a la Orden, slo pueden desligarse con la prdida de
la vida.



V

La vbora y el lobo


Estaba Pepita Carrillo, en las primeras horas de la maana siguiente,
leyendo en aquel gabinete donde se haban desarrollado las primeras
escenas de sus amores con Baselga, cuando uno de los dos negros que la
servan de criados entr a anunciar la visita del padre Claudio.

Como en aquella poca la chimenea francesa era un mueble desconocido, y
hasta en el Real Palacio se empleaban los ms vulgares medios de
calefaccin, la condesa de Baselga se calentaba junto a un gran brasero,
leyendo al mismo tiempo la vida del santo del da en un tomo del "Flos
Sanctorum", mientras que de vez en cuando, con aire distrado, mojaba un
bizcocho en una jcara de chocolate puesta sobre la inmediata mesilla, y
lentamente lo llevaba a la boca.

Cuando el criado iba a retirarse despus de anunciar la visita, la
condesa ces de leer, y con el rostro contrado por furibunda expresin,
pregunt al negro:

--Todava no ha vuelto?

--No, ama ma. Desde ayer por la maana, en que desapareci, nada hemos
podido averiguar sobre su paradero.

--Habis avisado a la Polica?

--Hace un momento he llevado la carta de la seora condesa a la
Comisara, y me han dicho que harn cuanto puedan por atrapar al negro
Juan.

--Ese bergante debe de haberse emborrachado en alguna taberna y all
estar durmiendo la mona. Flojos sern los latigazos que va a llevarse
apenas lo encuentren! Los de ayer le parecern delicias comparados con
los que le d apenas lo traigan. Sois todos unos canallas dignos de la
horca.

Y la baronesa, despus de desahogar de tal modo su malhumor con el negro
Pablo y el fugitivo, di orden para que pasara adelante el jesuta, e
instintivamente fu a mirarse en un espejo, arreglando rpidamente su
peinado, bastante descuidado a aquellas horas.

Puesta an frente al espejo, vi entrar al padre Claudio, que dej su
sombrero sobre una silla y sonriente, como de costumbre, fu a sentarse
junto al brasero.

--Gracias a Dios!--dijo Pepita riendo graciosamente--que vuestra
reverencia se digna visitar esta casa.

--Mis negocios son muchos, hija ma, para que yo pueda dedicar ni una
sola hora a visitar las personas a quienes quiero bien. Y por cierto que
me conduelo mucho de no poder ser ms asiduo en venir a esta casa, pues
de lo contrario evitara algunos males.

--Qu quiere decir vuestra reverencia?

El jesuta, en vez de contestar, mir a la puerta con cierta zozobra, y
despus dijo en voz baja:

--Est el conde en casa?

--Sali hace ms de una hora. Segn me han dicho los criados, vinieron a
buscarlo muy temprano. Sin duda le ocupan mucho los asuntos de la
Guardia. Puede vuestra reverencia hablar con entera confianza.

Pepita, interesada por el aspecto un tanto misterioso del jesuta,
experimentaba grandes deseos de que hablara, y haba ido a sentarse
frente a l.

--Puesto que estamos solos--dijo el padre Claudio--, hablemos con entera
franqueza. Hace tiempo que nos conocemos, Pepita, y, por tanto, intil
es todo fingimiento.

La condesa asinti a estas palabras con movimientos afirmativos de
cabeza, y el padre Claudio continu hablando:

--Vamos a ver: cunto tiempo hace que el rey no ha venido a visitarla?

La hermosa quedse algo pensativa y despus dijo con un gracioso acento
de indiferencia:

--Pues... la verdad: no lo recuerdo ciertamente. Creo que hace ms de un
mes que el seor don Fernando no se acuerda de m, y yo, por mi parte,
si he de hablar con franqueza, debo decir que me place mucho tal
ausencia, pues el rey, a pesar de toda su majestad, es un hombre que
cada vez me resulta ms antiptico.

Y Pepita, al decir las ltimas palabras, rea como una loca, sin parar
mientes en la seriedad del jesuta.

Este lanz una severa mirada a la alegre condesa, y dijo con voz lenta,
como para que sta le entendiera mejor:

--No son sas las instrucciones que yo tuve a bien el dar a usted,
atendiendo a los intereses de la Orden. Usted deba tener al rey sujeto
a su voluntad y no dejar que fuera a ponerse a los pies de otras
mujeres.

--Pero qu he de hacer yo, reverendo padre? He de ir acaso como una
ramera a mendigar sus caricias y a decirle: "Amame, porque as le
conviene al padre Claudio"? No, reverendo padre; han pasado ya aquellos
tiempos en que poda hacer sin deshonra cuanto la Orden me exiga; pues
hoy la dignidad me impide obrar como en pasadas pocas, cuando no tena
una hija, ni llevaba un nombre tan limpio y honroso cual es el de
Baselga.

Pepita, al decir esto, miraba descaradamente al jesuta, como retndole
a que arguyera algo contra sus palabras; pero ste se limit a mirarla
con desprecio y decir en voz baja:

--Siempre farsanta! Siempre amiga de mentir!

Qued un tanto desconcertada la condesa con estas palabras, pero
rpidamente recobr su aplomo, y dijo con tono compungido, como de una
nia a quien regaan injustamente:

--Por qu dice usted eso, padre mo? Cree usted acaso que no debo
velar por el buen nombre de mi esposo? Imposible parece que sea usted
quien me aconseje lo contrario.

--Lo que parece imposible--dijo el jesuta con voz algo temblona por la
ira--es que sea usted embustera hasta el punto de venir alardeando de
virtud con una persona que ha tanto tiempo la conoce. A qu hablarme de
su hija? Acaso no s yo tan bien como usted que su padre no es Baselga,
sino el seor don Fernando? Y a qu decirme que no puede seguir
faltando al hombre que le ha dado su mano, si yo s perfectamente que
despus del rey han sido ya varios los que han sostenido con usted
adlteras relaciones? Tales excusas son intiles para librarse de los
santos compromisos que con nosotros tiene usted contrados.

La condesa pareci quedar anonadada por estas palabras, y slo supo
disculparse con voz temblorosa:

--No es verdad, padre mo. A usted le han informado mal. Mi nico amante
ha sido el rey.

--Embustera, como de costumbre! No recuerda usted al lindo frailecillo
que yo alej de esta casa y que comparta con usted locos placeres
mezclados con actos de devocin? Cree usted acaso que yo no conozco a
un "baronet" agregado a la Embajada inglesa que se llama sir Walace?

El jesuta vi que estas ltimas palabras producan en la condesa un
tremendo efecto y continu diciendo con acento cada vez ms severo:

--Nuestra Orden lo sabe todo, y desde mi despacho tengo yo noticia
exacta de cuanto hace la seora de Baselga, mujer ingrata que paga los
beneficios con desaires, olvidando, sin duda, que los mismos que la
encumbraron tienen poder para arrojarla al precipicio. Tiene usted
amantes, falta a cada momento a sus deberes de esposa, y an se atreve
usted a hablarme de honor para eludir el cumplimiento de las dulces
obligaciones que le ha impuesto la Orden? Dnde estn aquellas promesas
de eterna adhesin que usted nos haca en otro tiempo? Qu se ha hecho
del agradecimiento que demostraba cuando gracias a nuestros esfuerzos la
baronesa aventurera Pepita Carrillo se convirti primero en poderosa
manceba del rey y despus en esposa del conde de Baselga?

Cada una de las palabras del jesuta, dichas lenta e intencionadamente,
causaban tal impresin en el nimo de la hermosa, que sta qued mucho
tiempo cabizbaja y pensativa, no atrevindose a mirar de frente al
airado acusador. Por fin pareci adoptar una resolucin, y levantando el
rostro, fij sus ojos en los del padre Claudio, dicindole con aspereza:

--Qu es lo que desea usted de m?

--As la quiero ver a usted: franca y resuelta, sin apelar a
escandalosas mentiras. La Orden necesita que usted vuelva a atraer al
rey para que no perdamos nuestra antigua influencia. A usted le sobran
medios para ello; estoy convencido de que el rey la ama, y que si la
abandona momentneamente, es slo porque nota desvo y frialdad. Hoy don
Fernando, en busca de una mujer sumisa a sus caprichos, desciende hasta
los barrios ms bajos, y de seguro que volver al lado de usted en
cuanto sepa que no encontrar una mujer fra e indiferente que se
entrega por deber y no sabe fingir pasin. Est usted dispuesta a
obedecer a la Orden siendo para el rey lo que era en otros tiempos?

--No--contest resueltamente la condesa.

En el rostro del jesuta pintse una mezcla de asombro y de rabia, pero
esto slo fu momentneamente, pues sus labios volvieron a mostrar la
acostumbrada sonrisa.

--Dice usted que no?... Y por qu?

--Porque yo amo a un hombre y he jurado con toda mi alma serle fiel y no
mentir con otro la pasin que por l siento.

--De seguro que ese hombre no ser su esposo.

--Es verdad. Pero el que no sea mi esposo no impide que yo est loca por
l.

--Ese afortunado mortal ser sin duda sir Walace?

--El mismo. Le amo hasta el punto de que yo misma me asusto ante la
inmensidad de mi pasin.

--Hermosa frase!--dijo irnicamente el jesuta--. Sin duda usted deca
lo mismo hace pocos meses y tambin se asustaba ante la inmensidad del
amor que profesaba al frailecito.

Pepita acogi estas palabras con una graciosa sonrisa, y en tono de
broma contest:

--Tal vez. Debo confesar que al hombre que nombra vuestra reverencia
tambin lo am mucho.

--Lo mismo dir usted dentro de poco de ese ingls a quien tanto cario
profesa, y que no tardar en ser sustitudo.

--Todo puede ser. Conozco bien mi carcter, y s que mis pensamientos
son tan mudables, que ni yo misma mando en ellos.

El padre Claudio, a pesar de su sangre fra, mostrse un tanto asombrado
ante la cnica franqueza de Pepita.

--Acabemos pronto, hija ma--dijo adoptando aquel tonillo dulce,
insinuante y familiar que guardaba para las grandes ocasiones--. Cundo
le digo al rey que lo esperas impaciente y que piensas en l a todas
horas? Cundo quieres recibirle?

--Nunca--contest Pepita, haciendo un mohn de desprecio--. El tal don
Fernando es un ente repugnante y, por aadidura, algo viejo. Yo estoy ya
en los treinta, y a mi edad slo se siente simpata por la juventud
hermosa y robusta.

--Franca confesin de prostituta!--murmur el padre Claudio.

El jesuta quedse perplejo buscando el medio mejor para vencer a la
terca condesa, que contestaba a todas sus indicaciones con cinismos, y
sonriendo cada vez ms placenteramente, la pregunt:

--Cree usted que su marido cuando se enfada es terrible?

--Ya lo creo; mi marido...

--Dgalo usted con franqueza. El seor conde es un bruto.

--Eso es. Le conoce usted muy bien.

--El la ama a usted cada vez con pasin ms fogosa.

--As es, y debo confesar a vuestra reverencia que me incomoda con sus
caricias. Es un infeliz digno de que se le quiera, yo soy la primera en
reconocerlo; pero tiene la desgracia de estar unido a una mujer loca
como yo lo soy, y a quien gustan todos los hombres menos el legtimo.
Sus caricias me causan nuseas, y hay momentos en que me aburre, hasta
el punto en que me dan tentaciones de revelrselo todo y gritarle:
"Mrchate, animal! En otro tiempo cre que te amaba, pero hoy estoy
convencida de que puedo querer a todos, menos a ti... y al rey". Cada
vez que le veo acariciar a mi hija, me escarabajea en la lengua el deseo
de decirle que es tan hija suya como del Gran Turco, slo por el placer
de ver la cara de idiota que pondra.

--Muy bien, hija ma. Y qu le parece a usted que hara el conde si se
convenciera de que su mujer le engaa? Hasta dnde llegara su clera
cuando supiera que sus compaeros se burlan a sus espaldas y le tienen
por un marido digno de lstima?

La condesa se estremeci, y por su rostro extendise momentneamente una
gran palidez, mientras que el jesuta, cada vez ms sonriente, deca con
acento melifluo:

--Cmo le parece a la seora condesa que su marido proceder cuando lo
sepa todo? Dando de pualadas, como los protagonistas de las comedias,
o estrangulando, como un gan?

Pepita era cobarde y adems impresionable a causa de su temperamento
nervioso. Las palabras del padre Claudio, dichas con una calma que
aterraba, lograban desvanecer su afectada serenidad, y su imaginacin
reproduca con exactitud las amenazas que el jesuta apenas si indicaba.
La condesa se vi ya lvida y estrangulada, con el rostro golpeado y la
amoratada lengua asomando entre los dientes, o tendida sobre un charco
de sangre y destrozado el pecho a pualadas, teniendo al lado, como
imagen de la venganza, al iracundo Baselga, posedo de un furor
gigantesco.

Estos fantasmas, que pasaron rpidamente por su imaginacin, le
produjeron un terror que el jesuta adivinaba mientras permaneca
silencioso y atento, deseando prolongar la agitacin de la rebelde
adepta.

Esta no tard en ir recobrando su serenidad, y deseosa de tranquilizarse
a s misma, dijo al jesuta con tono triunfante:

--Afortunadamente, no hay pruebas que demuestren a mi esposo cul es mi
conducta.

--Las hay, Pepita, y la persona que las posee tiene inters en
mostrrselas al conde.

--No ser usted esa persona?

--No; pero algn ascendiente tengo sobre ella y puedo hacer o evitar que
el conde sepa toda la verdad.

Sonri la condesa al or estas palabras, y el jesuta adivin que
aquella mujer experta dudaba de la veracidad de sus amenazas.

--Cree usted acaso que lo que digo es una mentira inventada por m para
lograr mi objeto?

--Todo pudiera ser; ya sabe vuestra reverencia que nos conocemos hace
tiempo.

--Pues bien; hagamos la prueba, si a usted le parece bien. Niguese
usted a obedecer mis indicaciones, que yo permanecer inactivo, dejando
que la persona que posee las pruebas las entregue al conde, y antes de
veinticuatro horas tal vez ste se convencer de hasta dnde llega su
deshonra.

Dijo esto el padre Claudio con tanta firmeza, que Pepita se persuadi de
que sus amenazas eran ciertas, y reflexion largo rato sobre la
resolucin que le convena adoptar.

Estaba Pepita demasiado ligada a la tenebrosa Orden, y haba tomado gran
parte en sus tramas para dudar del poder de los jesutas. El padre
Claudio era la cabeza visible de la Orden, y desobedecerle era lo mismo
que ponerse en pugna con la Institucin ms poderosa de su poca, que
sabra vengarse de un modo tan oculto como seguro.

La hermosa condesa tembl ante la perspectiva de crearse tan tremendos
enemigos, y de tal modo perdi la serenidad, que mirando al impasible
padre Claudio con aire propio de quien pide compasin, le dijo
humildemente:

--Estoy dispuesta a cumplir las rdenes de vuestra reverencia.

--As la quiero ver, hija ma. Permanezca usted siempre fiel a nuestro
glorioso Instituto, y no dude que Dios y nosotros nos encargaremos de
darla toda clase de felicidades. Est usted dispuesta a recibir al rey?

--Le recibir cuando quiera vuestra reverencia.

--Bueno. Ya avisar oportunamente a la seora condesa. Por de pronto,
anuncio a usted que he de poder poco, o el conde no sabr nada de los
deslices de su esposa.

Pepita inclin la cabeza, y ocultndola entre sus manos, comenz a
llorar. El padre Claudio la contempl con la indiferencia del que est
acostumbrado a tal clase de arranques, y nicamente pregunt al poco
rato por pura cortesa:

--Qu le ocurre a usted, Pepita?

--Soy muy desgraciada, padre mo.

--Desgraciada!... Todos lo somos en este mundo; pero usted es de las
que menos derecho tienen a quejarse, pues las felicidades de la tierra
le sonren y alcanza honores que le envidian otras mujeres.

--Vaya un honor! Ser la querida de un rey gotoso, feo y de carcter
antiptico! Ay, Jess mo!... Soy muy desgraciada!... Y pensar que yo
he nacido para amar a un hombre que nunca se fija en m!...

Y al decir esto, Pepita levant la hermosa cabeza, que baada por las
lgrimas resultaba ms interesante, y con sus ojazos empaados por el
llanto, lanz una diablica mirada al bello jesuta.

No se necesitaba ser tan sagaz como el padre Claudio para comprender la
significacin de aquello. Adems, no era la primera vez que la hermosa
condesa pretenda inflamar con tan claras indirectas al almibarado
padre.

La esclava del jesuta quera convertirse en dominante seora, y para
ello pretenda encender en l una pasin. Apoderndose de la parte de
hombre que encerraba aquel negro hbito, podra dominar la parte de
autmata teocrtico que ocultaba.

Pero el jesuta comprenda la importancia de las amorosas
demostraciones; saba que aquello no significaba ms que el deseo de
arrojarse en brazos de un hombre joven, que era dueo de su voluntad,
para librarse de las caricias de un ser que le repugnaba, a pesar de su
condicin regia; y como esto no convena a los planes del padre Claudio,
de aqu que ste, para librarse de la tentacin que le ofreca aquel
cuerpo hermoso, al par que exuberante de robustez y vida, se apresuraba
a desaparecer.

Psose en pie, tom el sombrero y se despidi de Pepita, dicindola con
un tonillo jovial, aunque algo autoritario:

--Conque quedamos en que usted ser obediente y buena hija de nuestra
Orden. Buenos das y que el Sagrado Corazn le guarde!

Sali el jesuta rpidamente de la habitacin, y Pepita, secndose las
lgrimas con dos rudos restregones, fij su centelleante mirada en la
puerta, y dijo con voz colrica:

--Imbcil! Huye, como el casto Jos, de una mujer hermosa. No quiere
comprometerse por miedo a que dominen su voluntad. Monstruo! Sin duda
en los novicios de la Orden encontrar consuelo para sus pasiones.

FIN DEL TOMO PRIMERO

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

pertenciente=> perteneciente {pg 11}

Palacio=> Palaico {pg 32}

dificios=> edificios {pg 43}

quenes=> quienes {pg 54}

fracmasones=> francmasones {pg 55}

Miico=> Mjico {pg 59}

covoyes martimos=> convoyes martimos {pg 60}

distiguida=> distinguida {pg 62}

tiene utsed=> tiene usted {pg 70}

pemita=> permita {pg 78}

pemita=> permita {pg 79}

salidad=> salida {pg 85}

hemosa=> hermosa {pg 86}

deseperacin=> desesperacin {pg 86}

fueza=> fuerza {pg 87}

contamplaba=> contemplaba {pg 95}

odivinado=> adivinado {pg 99}

Hemano=> Hermano {pg 100}

deculpas=> de culpas {pg 100}

pemita=> permita {pg 101}

hemosa=> hermosa {pg 105}

quellos=> aquellos {pg 113}

Superitendente=> Superintendente {pg 119}

nicamete=> nicamente {pg 131}








End of Project Gutenberg's La araa negra, t. 1/9, by Vicente Blasco Ibez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 1/9 ***

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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