Project Gutenberg's La araa negra, t. 4/9, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La araa negra, t. 4/9

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 30, 2014 [EBook #45832]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 4/9 ***




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                         VICENTE BLASCO IBAEZ

                               LA ARAA
                                 NEGRA

                                NOVELA

                              TOMO CUARTO

                        [Illustration: colofn]

                         EDITORIAL COSMPOLIS

                            APARTADO 3.030

                                MADRID

                   Imprenta Zoila Ascasbar. Martn
                      de los Heros, 65.--MADRID.




                             CUARTA PARTE

                          EL CAPITN ALVAREZ

                            (CONTINUACIN)




XVIII

El padre y la hija.


Doa Fernanda adopt la resolucin ms propia del caso.

Di dos gritos, se retorci furiosamente las manos, revolvironse sus
ojos en sus rbitas como si quisieran saltar, y arrojando espumarajos
por la boca se dej caer, revolcndose a su sabor entre los muebles
cados por la anterior lucha.

Baselga no se inmut gran cosa.

Le era muy conocido aquel accidente nervioso, medio que la baronesa
empleaba en su juventud cuando viva Mara Avellaneda y sta no quera
acceder a sus peligrosos caprichos.

Saba el conde que aquello era un medio de salir del paso como otro
cualquiera, y se limit a ordenar a la curiosa servidumbre, agolpada en
la puerta, que llevase a la baronesa a su cama.

Cuando doa Fernanda, siempre agitada por sus convulsiones, sali del
saln en brazos de los criados y reclinando su desmayada cabeza sobre el
pecho de la burlona doncella, ms seria que nunca, el conde fij su
severa mirada en Tomasa, que bajaba la vista esperando con resignacin
la clera de su seor.

--Ya esperaba yo esto. Hace tiempo que comprendo que algn da mi hija y
t deshonrarais esta casa con un escndalo como ste. Te parece bien
que una mujer de tu edad y tu carcter proceda de tal modo?

--Seor--se apresur a decir el ama de llaves--, yo no tengo la culpa, y
esto no lo ha ocasionado la enemistad que yo pueda tener con la seora
baronesa. Ha sido sencillamente que escuch desde el comedor cmo se
quejaba mi pobre seorita, y al entrar aqu vi cmo doa Fernanda la
pona de golpes como un Cristo, y yo..., vamos!, yo no puedo ver con
tranquilidad que a una cristiana se la trate de este modo, y ms siendo
mi seorita, y por eso, agarrando lo que tena ms a mano..., pum!, se
lo arroj a esa "indina" seora. Eso es todo.

Tomasa, recordando lo sucedido, no se senta ya cohibida ante su seor,
y ergua audazmente la cabeza como orgullosa de su buena accin.

--Bueno, celebro que hayas defendido a mi hija; pero mientras la
baronesa y t estis bajo el mismo techo no habr aqu tranquilidad. Ya
es hora de que te retires del servicio, te estoy muy agradecido, y
aunque nos abandones, yo te dar lo suficiente para que en adelante no
tengas que servir a nadie.

Tomasa se estremeci. Nunca haba llegado a imaginarse que algn da
tendra que salir de aquella casa. As es que a pesar de las promesas
lisonjeras para el porvenir que le haca el conde, protest:

--Yo no quiero abandonar esta casa. Seor, piense usted que yo me
considero de la familia, que vi nacer a la seorita Mara y tambin a
los nios, que...

Tomasa se detuvo. Conoca muy bien al conde, y al ver que ste haca un
ademn indicndola que callase y saliese, obedeci inmediatamente; pero
antes de marcharse abraz lloriqueando a Enriqueta.

Esta no pareca haber salido de la estupefaccin producida por la
anterior escena. Cuando su padre la sac de aquella pelea que la
envolva, golpendola ciegamente, qued asombrada como si no pudiera
darse exacta cuenta de lo que acababa de suceder.

Parecale aquello un sueo; pero para convencerse de lo contrario,
senta en su cuerpo delicado el escozor de los golpes, y todava le
duraba el convulsivo temblor producido por el miedo.

Al quedar sola con su padre, en vez de tranquilizarse, sinti aumentado
su terror.

Qu le sucedera ahora? Despus de lo ocurrido con su hermanastra, le
produca an ms terror aquel padre, siempre grave y silencioso, que en
vez de franco cario le inspiraba una sumisin supersticiosa.

Baselga, al verse solo con su hija, procur borrar de su rostro la
expresin ceuda e iracunda de momentos antes y dijo con voz dulce:

--Aqu estamos mal. Quieres que vayamos a mi despacho, hija ma? Tengo
que hablarte.

Enriqueta se apresur a obedecer a su padre con la sumisin de
costumbre, pero no por esto dej de temblar. A su despacho! A aquella
habitacin casi misteriosa, en la que apenas si haba entrado dos veces!
Dios mo, qu cosas tan terribles iba a decirle cuando la llevaba a tan
terrorfico gabinete!

As iba pensado Enriqueta al salir del saln precediendo a su padre.
Junto a la puerta, sucias y pisoteadas por la anterior lucha, estaban
las cartas de Alvarez, aquel tesoro de amor que haba provocado la
violenta escena.

La joven, por ms que quiso evitarlo, fij su vista en las cartas
comprometedoras y hasta se detuvo como dudando si deba recogerlas o
guardarlas.

Su padre not aquel movimiento, y cuando Enriqueta volvi a ponerse en
marcha, Baselga se agach, agarrando con su gran mano, en un puado,
todos los sucios papeles.

Aquello hizo llegar al colmo el terror de Enriqueta. Despus de su
hermanastra iba a saber su padre el secreto amoroso. Dios mo! Qu iba
a sucederle! La indignacin de aquel hombre misterioso y ensimismado le
produca ms terror que la ruidosa clera de doa Fernanda.

Cuando entraron en el sombro despacho, Baselga sentse en su silln
giratorio, situado junto a la mesa, y Enriqueta, obedeciendo sus mudas
indicaciones, se coloc al borde de una silla con aspecto azorado y como
dispuesta a escapar al primer grito amenazador.

El conde no dijo nada. Haba arrojado sobre la mesa el puado de cartas,
y deshaciendo sus dobleces y arrugas y limpiando con sus manos las
manchas que en ellas haba dejado un sucio pisoteo, las ley con
extremada atencin.

Enriqueta estaba con la cabeza baja y temblando como si esperara el rayo
que la anonadase; pero algunas veces, al levantar la vista
furtivamente, le pareci que su padre, suspendiendo la lectura, la
miraba fijamente.

La joven no encontraba en el grave rostro de su padre ninguna expresin
de clera; antes bien, le pareca ver impreso en l un gesto de cariosa
benevolencia; pero tal terror experimentaba ante el hombre misterioso y
melanclico, que su bondad la causaba ms terror que si le hubiera visto
en pie y con ademn colrico avanzar hacia ella.

El conde, cuando hubo ledo una docena de cartas, hizo un gesto como
quejndose de la monotona de aquellos escritos, invariables sinfonas
de cario sobre un eterno tema, que era un amor puro, ideal y saturado
de un romanticismo dulzn.

Cuando termin la lectura, fijse atentamente en su hija y su miedo, que
se manifestaba con un temblor convulsivo, no le pas desapercibido.

--Hija ma--dijo con voz de dulce gravedad--, haces mal temblando de
este modo en mi presencia. Soy tu padre y nadie tiene gusto en inspirar
terror a sus hijas. Tranquilzate, que tenemos que hablar de cosas muy
graves.

Estas palabras produjeron en la joven una impresin de bienestar.
Parecale que vea a su padre por primera vez y que encontraba algo de
que hasta entonces no haba podido darse exacta cuenta; pero que le era
muy necesario. Aquel personaje terrorfico que ella vea antes en el
conde de Baselga haba desaparecido, y en su lugar comenzaba a entrever
un padre bondadoso que la animaba a espontanearse y a confesarle sus
sentimientos.

Enriqueta se sinti ms duea de s misma, acab de sentarse con menos
recelo y se dispuso a or a su padre.

--Lo que voy a decirte, hija ma, es muy importante, por lo mismo que de
ello depende tu porvenir, y espero que me contestes con leal franqueza.
Yo me he ocupado poco de tu educacin. La muerte de esa santa mujer, que
fu tu madre (y seal el retrato de Mara Avellaneda), me conmovi de
tal modo, que he vivido muchos aos solo y aislado como un monje,
huyendo hasta de tratarme mucho con mis hijos, y especialmente contigo,
pues tu rostro me recuerda la inocente hermosura de esa infeliz a quien
nunca llorar bastante.

Y Baselga, al decir esto, miraba el retrato de Mara, que sonrea
melanclicamente, alegrando la sombra habitacin con el brillante negro
de sus ojos y su rosada palidez.

El conde haca esfuerzos por contener las lgrimas que producan
aquellos recuerdos, y en su rostro se notaba la expresin sublime de un
alma grande y amorosa que llora la perdida felicidad.

Enriqueta tambin lloraba, pero su llanto era por su padre, por aquel
hombre desconocido que ahora se le revelaba con toda la grandeza de un
mrtir del amor. Los corazones jvenes, que se abren como capullos
primaverales al sol del cario, guardan siempre cierta inmensa
admiracin para los que sufren por haber amado mucho.

Aquella pasin que viva ms all de la tumba, aquel amor pstumo,
conmova a Enriqueta y le haca mirar a su padre con la adoracin
respetuosa que siente un artista principiante ante el genio que lucha
buscando la inmortalidad.

El ogro haba desaparecido, y como en los cuentos de hadas, se
transformaba en un amante entusiasta. Era ya viejo, pero su pasin tena
la grandeza meritoria de no ser rosa inclinada sobre el hermoso pecho de
una Venus, sino melanclico sauce llorando sobre una tumba que encerraba
la nada.

Enriqueta senta ya una inmensa tranquilidad. Su padre haba amado y
amaba an; su padre sabra comprenderla.

En su presencia senta nacer una confianza que nunca haba experimentado
al lado de doa Fernanda, aquella solterona egosta y malhumorada que
era el ser con el que haba vivido en mayor intimidad.

El exterior fro y antiptico de su padre acababa de rasgarse y por el
jirn escapbase el fulgor de aquella pasin pstuma que arda en el
pecho de Baselga. Enriqueta se analizaba a s misma, sin darse cuenta de
ello, y se convenca de que, aunque amaba mucho al capitn Alvarez,
nunca llegara a tal grado de apasionamiento. Esto la haca sentir una
admiracin sin lmites por su padre.

El conde, despus de haberse frotado con fuerza los ojos, como para
rechazar las lgrimas que a ellos hacan afluir los recuerdos, continu,
siempre con su dulce acento:

--Conozco que he obrado mal al vivir tan alejado de mis hijos, y es
fcil que Dios me castigue por mi criminal desvo. T debes de quererme
poco, Enriqueta.

--Yo, pap mo--se apresur a decir la joven--, le quiero a usted con
toda mi alma.

Y Enriqueta dijo estas palabras con gran expresin de sinceridad, pues
el cario que profesaba a su padre, por ser reciente, no la daba lugar a
dudas.

--Pues debas odiarme--continu Baselga--; o por lo menos mirarme con
indiferencia. Apenas si he sido para ti algo ms que un extrao de
aspecto taciturno y antiptico. Pero hoy... todo ha cambiado, y estoy
arrepentido de mi dolor egosta que me haca huir de la familia. Quiero
ser padre; deseo que mi hija no me mire como un ser extrao, y busco su
cario inmenso que me ayude y haga ms llevadera mi triste vida.

El conde se haba levantado de su asiento. Sus palabras haban sido
acompaadas de una excitacin que le hizo avanzar hacia su hija.
Experimentaba la necesidad de estrecharla entre sus brazos, de besarla,
de convencerse de que era suya, y que su anterior conducta misantrpica
y egosta no haba desvanecido la cariosa inclinacin que aquel ser
deba sentir hacia l.

Cuando la tuvo sentada sobre las rodillas y se hubo saciado del puro
goce que le produca pasar su mano por entre los rizos de su adorable
cabecita, retuvo las lgrimas que pugnaban otra vez por salir, y
separndose un poco de aquella boca fresca e inocente que besaba sus
curtidas mejillas, pregunt con ingenuidad:

--Dime, es verdad que piensas abandonarme y entrar en un convento?

La joven experiment la misma turbacin que cuando era interrogada por
doa Fernanda.

--Habla con franqueza--dijo el padre al notar su impresin--. Eso de
abandonar el mundo es una resolucin de gran importancia que no puede
tomarse a la ligera. La vida del claustro es pesada y para ella se
necesita gran vocacin. La tienes t?

Enriqueta no contest. Despus de lo que haba ocurrido con doa
Fernanda sentase ms atemorizada que de costumbre. Tema que las
paredes, oyendo su contestacin franca y leal, fuesen a contrselo todo
a la baronesa, y que sta repitiese sus vergonzosos arranques de poco
antes. Su nica contestacin fu estrecharse ms contra el robusto pecho
de su padre ocultando el rostro sobre su hombro.

Baselga adivin la preocupacin que sufra su hija.

--Comprendo tu miedo--la dijo--. Temes disgustar a alguien, y tiemblas
pensando en tu castigo. Pues bien, yo te aseguro que nadie pondr la
mano en ti, mientras viva tu padre, y que lo ocurrido en el saln de
Fernanda no volver a repetirse.

Enriqueta, a pesar de esto, no habl, y entonces el conde dijo con su
acento bondadoso:

--Veo que no tienes confianza en m, y que tendr que ir adivinando tus
pensamientos y anticipando tus contestaciones. T no quieres ser monja.
Esas cartas que he ledo me lo demuestran, y, adems, tengo el
convencimiento de que todo es obra de esa Fernanda, beata maligna, que
aconsejada por su tertulia de curas es capaz de meter en un convento a
todos los de esta casa. No es ella la que te ha hecho pensar en la vida
monjil?

Enriqueta mir con azoramiento a todas partes, como si temiese ocultos
espas que fuesen a contar a su hermana lo que deca, y despus hizo con
su cabeza un signo afirmativo.

--Perfectamente--dijo el conde--. Veo que no me haba equivocado, y me
felicito de que tu vocacin sea falsa. T no quieres ir a un convento,
no es eso?

--No, pap mo. Amo mucho a Dios, pero no me siento con fuerzas para una
vida tan dura, y prefiero, prefiero...

El conde fu en auxilio de su hija, que no saba cmo expresar su
pensamiento.

--Prefieres ser como son todas las mujeres honradas. Primero, una
honesta joven que goza de cuantas alegras decentes puede proporcionar
la sociedad, y despus, una honrada madre de familia, til a la patria y
sostenedora de la virtud en el hogar domstico. Me alegro de ello, hija
ma; yo pienso de igual modo.

Enriqueta, oyendo expresarse a su padre de este modo, senta crecer su
confianza. Por esto no experiment una gran turbacin cuando el conde le
dijo as:

--Ya que no quieres ser monja, cuntame tus amores, Quin es el autor
de esas cartas que acabo de leer?

La joven se ruboriz; mas no por esto sinti deseos de ocultar la
verdad.

Mostrbase su padre tan amoroso y complaciente, que fcil era que
accediese a autorizar sus relaciones con el capitn Alvarez.

Esta dulce esperanza hizo que la joven se espontanease y con acento
confidencial fuese relatando al conde la historia de su pasin. Ningn
incidente escap a la memoria de Enriqueta. Desde la maana de invierno
en que vi a Esteban Alvarez por primera vez, hasta la ruidosa escena de
una hora antes provocada por la indignacin de doa Fernanda al conocer
los amores de su hermana, la crnica completa de aquella pasin fu
relatada detalladamente, cuidando Enriqueta de aprovechar cuantas
ocasiones se le presentaban de hacer una apologa sencilla, pero
completa, de su adorador.

La joven no poda menos de asombrarse de aquella confianza extremada que
la dominaba, impulsndola a hacer partcipe a su padre de todos sus
secretos. Una hora antes hubiese credo el mayor de los absurdos el
pensar solamente que ella llegara alguna vez a relatar voluntariamente
sus amores al conde de Baselga.

Cuando ste supo quin era Esteban Alvarez su rostro obscurecise un
poco; pero la mala impresin fu fugaz, y reapareci aquella expresin
benvola que tena por objeta animar a Enriqueta en su confesin
amorosa.

As que sta termin, el padre quedse pensativo, intentando despus
sondear ms hondamente el alma de Enriqueta.

--Y amas t verdaderamente a ese joven capitn?

--S pap--contest la joven ruborizndose--. Conozco que le amo. Y...
la verdad, es que l lo merece! Si usted supiera cun bueno es!

Y Enriqueta, al decir esto, miraba fijamente a su padre para adivinar el
efecto que le producan sus palabras; pero el conde permaneca
impasible.

--No me cabe duda alguna--continu la joven--de que l me ama
honradamente. Es hombre incapaz de mentir y muchas veces me ha dicho con
lgrimas en los ojos que quisiera que yo fuese pobre y de humilde origen
para que nadie pudiera atribuir su pasin a un mezquino y egosta
inters.

Baselga, al oir esto, sali al fin, de su mutismo.

--Piensa muy bien ese joven al hablar as, y demuestra que es un hombre
honrado. Efectivamente; para un hombre tan pobre como l es, pues slo
tiene su espada, es peligroso amar a una joven noble y rica como la hija
del conde de Baselga. Siendo l tu esposo, todo el mundo tendra derecho
a creer que te amaba por tus millones, y eso resultara deshonroso para
l y para t. Por eso me opongo a esos amores y te ruego, como padre
carioso, que olvides al capitn.

Enriqueta experiment una profunda conmocin. Adis sus ilusiones! Su
padre tambin se opona a aquellos amores, y aunque no usaba las formas
rudas y brutales de la baronesa, no por eso su resolucin era menos
firme.

--Pero eso no est bien--arguy con tono quejumbroso--. Esteban y yo nos
amamos, y por lo que pueda decir la gente nos separan?

--Hija ma, vivimos en la esfera ms alta de la sociedad y sta impone
pesados deberes que todos hemos de cumplir. T, por el apellido que
llevas, mereces un marido mejor.

--Pero si Alvarez es un hombre honrado, un perfecto caballero!

--As lo creo. Leyendo sus cartas hace un instante y oyendo tus
revelaciones me he convencido de que es un buen chico, y adems el
empleo que hoy tiene y sus cruces le acreditan como militar valiente. No
me es antiptico y le perdono las ridiculeces de aquella tarde que tanto
me molestaron y que me impulsaban a darle de palos. Pero... fjate bien
en esto!, no es ms que un militar obscuro, un capitn pobre y tal vez
sin proteccin, que a fuerza de aos y de salvar grandes obstculos,
puede ser que a la vejez llegue a coronel. Te parece bien que una joven
a quien la alta sociedad de Madrid considera de las ms distinguidas y
ricas se case con un hombre de tan humilde condicin? No, hija ma. An
hay clases, por ms que se empea en negarlo el espritu revolucionario
de estos tiempos. T debes casarte con un hombre de tu alcurnia, que
tenga una posicin brillante que unir a la tuya. Ahora eres an muy
joven y no debes separarte tan pronto de tu padre, so pena de pasar por
mala hija. Cuando llegue el momento propicio, ya encontrars un hombre
digno de ti. De sobra los hay en nuestra clase que puedan hacer tu
felicidad. Vaya, muchacha! Yo te buscar un novio que te convenga, y te
advierto que para estas comisiones no tengo mal gusto.

Baselga, viendo que su negativa iba a hacer llorar a Enriqueta, rea y
bromeaba, procurando quitar toda importancia al asunto y dando a su
conversacin un carcter trivial y ligero.

El conde se vali de todos los recursos para que la negativa no
resultase a la joven muy dolorosa. Traz un sonriente y hermoso cuadro
de la vida que en adelante llevaran padre e hija, y todas sus aficiones
de la juventud volvieron a renacer al eco de sus palabras.

--Yo, aqu donde me ves--deca Baselga riendo como un nio--, he sido un
calavera en mis tiempos. La muerte de tu pobre madre me convirti en
hurn, pero en adelante te aseguro que en tu obsequio volver a ser lo
que fu. Se acabaron mis ttricas meditaciones y las largas encerronas
en este despacho. Desde hoy, al mundo!, a divertirse! No perders ni
una sola fiesta; se acabar para siempre esa educacin monjil que
quera darte Fernanda; sers la reina de la moda, brillars en todas las
"soires", y cuando no tengas con quien bailar, bailars conmigo. Qu
diablo! Yo, aunque viejo, no estoy del todo mal y puede ser que llame la
atencin como en otro tiempo en los salones de Palacio. Vas a tener en
m un caballero sirviente, que muchas jvenes te envidiarn. Entonces te
curars de esa pasioncilla romntica y agradecers a tu padre el haberte
lanzado al mundo en el que todas las jvenes ambicionan figurar.

Baselga estaba transfigurado. La idea de hacer nuevamente el galn y el
hombre de mundo en los salones acompaando a su hija, le rejuveneca,
sintiendo adems un secreto placer con la esperanza de que por este
medio Enriqueta olvidara sus actuales amores.

Tan contento estaba, que acompaaba sus palabras con alegres carcajadas
y gestos maliciosos, interrumpindose muchas veces para estrechar
fuertemente a la joven contra sus brazos, como si quisiera ahuyentar de
este modo la tristeza que de ella se apoderaba.

Enriqueta acoga con indiferencia aquellas promesas de vida alegre y
brillante que quitaban a su pasin toda esperanza.

Atrevise a protestar varias veces, manifestando que nunca podra
olvidar a Esteban Alvarez; pero aquel viejo, que tan dominado estaba por
una pasin pstuma y sin esperanza, mostrbase escptico con los amores
de la juventud y no crea en su firmeza indestructible.

--Oh! Eso se dice siempre--exclamaba Baselga riendo--. La juventud es
en todas las pocas lo mismo. Cuntas veces, cuando yo era mozuelo,
jur eterno amor, y a los cuatro das me olvid del juramento! Cuntas
de esas viejas damas que t conoces en las reuniones me prometieron en
la primavera de su vida no olvidarme nunca, y, sin embargo, poco despus
se casaron con otros! Esas protestas de amor son muy bonitas, pero mira,
yo estoy seguro de que slo se cumplen en novelas. El corazn a los
veinte aos es olvidadizo; necesita muchas emociones, y stas slo se
encuentran cambiando mucho. Lnzate al gran mundo, obedceme
divirtindote todo lo que puede una joven aristocrtica y bien educada,
y yo te aseguro que antes de medio ao te has de olvidar de tu capitn.

El conde sigui hablando en este tono, y tan ocupado estaba en pintar a
su hija un risueo porvenir, que se olvidaba de su clebre conquista de
Gibraltar y de la posibilidad de dejar abandonada a Enriqueta para ir a
cumplir sus aspiraciones patriticas.

La joven conoca ya completamente el deseo de su padre. Nada de ser
monja ni de hacer caso de las prfidas sugestiones de la baronesa, pero
menos an de continuar las relaciones amorosas con un hombre de tan
humilde posicin como Alvarez. El conde ya le buscara para marido un
general, un embajador o un grande de Espaa, que aumentase el lustre y
prestigio de la casa de Baselga. Esta no haba de ir abajo como otras
casas nobiliarias; antes perecer que consentir la decadencia, pues l,
don Fernando Baselga, se haba empeado en que su nombre llegara a ser
el primero entre toda la aristocracia espaola.

Enriqueta estaba en peor situacin que en su escandalosa conferencia con
la baronesa. Al menos en sta, al or cmo insultaban a su novio, haba
sabido defenderle y sostener su pasin; pero ahora, en presencia de su
padre, careca de tal recurso, pues el conde le hablaba con bondad y le
peda que olvidase sus amores haciendo valer sus canas y su cario de
padre.

Notaba la joven en ella misma una impresin reciente y extraa, y era
que el cario que ahora senta por su padre, inmenso y ardiente, ejerca
sobre su nimo tal seduccin, que haca vacilar un tanto su
inflexibilidad en defender su amor.

El golpe que ella esperaba por parte de su padre no tard en llegar.

--Es preciso, hija ma--dijo el conde, acompaando sus palabras de
bondadosas caricias--, que terminen cuanto antes estas relaciones que me
disgustan. Nadie como tu padre querr tu felicidad en este mundo y es
preciso que me obedezcas, pues de este modo t sers dichosa y yo me
considerar como el ms afortunado de los hombres. Tendrs valor para
negar lo que te pide tu padre? Piensa, hija ma, que he sido muy
desgraciado y que el colmo de mi infelicidad sera que mis hijos se
rebelasen contra m.

Enriqueta estaba conmovida por el acento triste y resignado con que su
padre le hablaba.

--Y qu quiere usted de m, pap?

--Que escribas inmediatamente a ese joven diciendo que no le amas y que
todo ha terminado entre los dos.

Era una proposicin igual a la de la baronesa, pero a pesar de ello no
tuvo la fuerza que en aquella ocasin para negarse.

La impresionaba la presencia de aquel padre cuya alma grande y amorosa
acababa de conocer, y tema rebelarse, por el inmenso dolor que esto
pudiera producirle. Bastante haba sufrido en este mundo para que ella
fuese ahora a aumentar sus penas.

--Pero, pap--se limit a decir, con ligera entonacin de protesta--.
Si yo le amo!... Eso sera mentir.

--Bueno. No mientas y omite el decirle en tu carta que no le amas. Dile
sencillamente que todo ha concludo y que no piense ms en ti. Este es
el sacrificio que te pide tu anciano padre. Te negars a ello? No
sers, como yo creo, una joven sencilla y buena que no quiere acibarar
la vida que le queda al que le di el ser?

Enriqueta, conmovida, levantse de las rodillas de su padre donde
estaba, y se sent en el silln que haba junto a la mesa.

Tena los labios fruncidos y en su rostro adivinbase el supremo y
doloroso esfuerzo que le costaba la resolucin que acababa de tomar.

--Dicte usted--fu lo nico que dijo, con expresin enrgica y como si
pisotease su rebelde corazn.

Aquello conmovi al conde y tuvo que hacer esfuerzos para no llorar.

Despus de buscar en los cajones de la mesa papel de cartas, Baselga
dict y la joven fu escribiendo sin oponer ninguna protesta ni hacer
gesto alguno de desagrado.

     "Sr. D. Esteban Alvarez:

     Todo ha concludo entre nosotros. Comprendo que nuestras relaciones
     amorosas nunca podran llegar a ser formales no mereciendo la
     aprobacin de mi familia, y por esto me apresuro a romperlas.
     Juzgue usted mi conducta como quiera, pero le ruego que no me exija
     explicaciones. Mi resolucin es en inters de la felicidad de
     ambos. Usted podr ser feliz lejos de m y yo, despus de este
     rompimiento, ser dichosa cumpliendo los deseos de mi familia.

     Enriqueta."



--As est bien--dijo el conde cuando su hija termin de escribir--.
Cierra la carta y dmela. Yo la entregar a Tomasa, que se ha atrevido a
ser la medianera de vuestros amores, y ella se la dar a ese joven.
Junto con sta le entregar sus cartas amorosas que estn sobre la mesa.

Enriqueta hizo un gesto que manifestaba sus deseos de protestar.

Haba admitido el rompimiento resignada, pero le pareca una crueldad
sin lmites desprenderse de aquellas cartas, eterno poema de amor, cuya
lectura poda consolarla y devolverla momentneamente su perdida
felicidad.

--No te opongas, hija ma--aadi el conde--. Es por tu bien por lo que
quiero yo alejar de ti esos testimonios de tu pasin que estarn
recordndotela a todas horas.

Enriqueta nada dijo. El conde recogi la carta escrita por su hija y
aquella correspondencia amorosa.

--Esta misma tarde--dijo--se encargar Tomasa de llevar estos papeles a
su destino y maana tu confidenta amorosa tomar el retiro. Voy a
asegurarla un porvenir envindola de administradora a mis fincas de
Castilla. As no ser desagradecido y evitar al mismo tiempo que viva
junto a nosotros esa buena Tomasa, cuyos nicos defectos son reir a
todas horas con Fernanda e interesarse demasiado en tus asuntos
amorosos.

Enriqueta estaba ya en pie junto a la puerta y como, ansiosa por salir
cuanto antes.

Porque la verdad era que estaba violenta.

Aquella atmsfera, por decirlo as, la ahogaba.

Comprenda que haba obrado mal no oponindose resueltamente a lo que su
padre la propuso.

Reprochbase su debilidad.

Remordale la conciencia porque tena la ntima conviccin del profundo
dolor que haba de experimentar su amante al recibir aquella carta, que
nicamente en un momento de inconcebible ceguedad pudo escribir.

El conde la contemplaba fijamente.

Y tal vez lleg a leer lo que en su corazn pasaba, porque le dijo al
par que la estrechaba cariosamente entre sus brazos:

--Hija ma, para tranquilidad de tu conciencia, basta solamente que
reflexiones que has seguido los consejos de tu padre, y un padre slo
apetece el bien de sus hijos.




XIX

La fuerza y la astucia.


Estaba el capitn Alvarez muy lejos de figurarse que Enriqueta le
abandonase, as es que, cuando recibi su carta, experiment una
sorpresa sin lmites.

Tomasa, que haba recibido de su seor la orden para marchar a sus
posesiones de Castilla, entreg al amo de su sobrino la consabida carta
y toda la correspondencia amorosa en que el capitn haba depositado sus
sentimientos.

Alvarez sinti mucho aquella herida mortal, y busc con ahinco al que se
la produca.

Conoca que aquella carta no poda ser obra de Enriqueta, y quera saber
de quin proceda para descargar en l su furor.

Pronto encontr lo que buscaba, pues desde mucho antes conoca la gran
influencia que el padre Claudio ejerca en casa de Baselga.

La mano jesutica era la verdadera autora de aquella resolucin fatal
que l nunca esperaba de Enriqueta.

La creencia de que el padre Claudio haba mediado en sus amores para
estorbarlos ponale loco de furor, y pasendose febrilmente por su
cuarto, miraba de vez en cuando su sable colgado de la pared, terror de
los moros en la pasada guerra, y que ahora pensaba esgrimir contra la
negra y maligna chusma.

Aquella maldita carta puso enfermo al capitn. El, que por su gran
apetito era motivo de justa alarma para la patrona, mostrse inapetente
hasta el punto de excitar la compasin de la interesada pupilera.

Perico, el asistente, no estaba menos preocupado por aquella situacin
extraa de su seor, cuyo secreto conoca por su ta, mujer incapaz de
guardar ocultas las noticias por mucho tiempo.

El buen muchacho, que se mostraba triste por estarlo su seorito, con su
solicitud habitual, busc un medio para impedir que el capitn pasase el
tiempo encerrado en su cuarto y huyendo de la conversacin de sus
compaeros cuando asista a los actos de servicio, y un da arregl, no
se sabe cmo, que el alfrez Lindoro fuese a visitar al amigo Alvarez.

Aquel vizcondesillo insustancial, por pertenecer a la misma clase que
Enriqueta y ser amigo de su familia, gozaba de gran prestigio con
Alvarez y lograba que ste pasase el rato muy entretenido con su
conversacin.

El capitn estaba en estado tal de nimo, que le era indispensable
confiar sus penas a alguien, y relat al vizconde cuanto le haba
sucedido, ensendole la carta.

El aristocrtico alfrez fu de la misma opinin que su amigo.

Aquello era obra de los jesutas, y si el mismo padre Claudio no haba
dictado la carta, por lo menos se haba mezclado en el asunto. Esto lo
aseguraba l, que como visitante de la casa conoca la influencia que
sobre toda la familia Baselga ejerca el jesuta.

--Mira, chico, creme--continu el vizconde--. Mientras no pongas de tu
parte a ese cura, no conseguirs nada absolutamente en tus amores. Si l
te protegiera, a estas horas estaras ya casado con Enriqueta. Conozco
muy bien el poder que tiene ese pjaro. Es capaz con su sonrisa y sus
palabras melosas de trastornar el juicio de todas las muchachas, y a la
ms enamorada hacerla que olvide a su novio.

--De modo que tienes seguridad de que el autor de mi desdicha es el
padre Claudio?

--Completa, mi querido "Sneca". Si no es l, quin puede ser? De
Quirs, gran amigo de la casa, no puedo sospechar. Es un buen muchacho
que slo piensa en hacerse clebre y nicamente se ocupa en amores
fciles. Del conde tampoco puede ser. Aunque l es quien ha dado a la
ta de su asistente la tal carta, no debe de haber sabido nada de tus
amores hasta el momento del rompimiento. Aqu los que han descubierto
todo y han destrozado tus relaciones, son, indudablemente, el famoso
jesuta y doa Fernanda, que estn empeados, como t sabes, en meter
monja a Enriqueta, sin duda para apoderarse de sus millones.

Alvarez, despus de reflexionar mucho y de fruncir las cejas, pregunt a
su amigo:

--Y dnde podra yo encontrar a ese padre Claudio?

--Mira, querido Esteban--se apresur a decir el vizconde, comprendiendo
la intencin de la pregunta--. Te conozco bien y, por lo mismo, te
advierto que no hagas ninguna tontera. El padre Claudio est hoy muy
alto y no es un cualquiera a quien se le dan cuatro palos as que nos
estorba.

--Slo quiero hablar con l. No estoy loco y s que un hombre como yo no
se rinde con un enemigo de tal clase que dispone de la astucia como
nica fuerza. Dime dnde podr verle.

--Difcil resulta encontrarlo, pues es tal vez el hombre ms atareado de
Madrid. Sin embargo, hay una hora en que es fcil verlo. Casi todas las
maanas va a las diez a Palacio para visitar a la reina, y si el da es
bueno, es fcil verle a pie, pues segn l dice, es el nico instante en
que puede hacer ejercicio.

--Maana ir.

Y efectivamente, a la maana siguiente eran todava las nueve y media, y
ya estaba Alvarez paseando por la plaza de Oriente, frente a Palacio,
aguardando la llegada del jesuta.

La maana era magnfica.

Brillaba en el cielo un sol esplendoroso que daba a los muros sombros
de Palacio un tinte rosado y alegre, embelleciendo al mismo tiempo el
vasto crculo de estatuas de reyes que como un cinturn de piedra
estrechaba el jardn.

Una nube de gorriones revoloteaba con infernal algaraba en torno de la
ecuestre estatua del centro, y por los andenes correteaban los nios y
nieras de la vecindad, estorbando a media docena de retirados o viejos,
sin ocupaciones, que estaban abstrados en la lectura de los peridicos.

Pequeos cochecitos tirados por cabras hacan de vez en cuando un viaje
de circunvalacin en torno del jardn, siendo saludadas con sonriente
algazara las cabecitas infantiles que asomaban entre las cortinillas del
vehculo por los compaeros que, apoyados en el aro u oprimiendo entre
sus manos la pelota multicolor, miraban con envidia a aquellos
excursionistas en pequeo.

Alvarez, al entrar en la plaza, fu a mirar el reloj de Palacio.
Comprendi que an tendra que esperar por mucho tiempo, y no queriendo
llamar la atencin, recorri con paso lento el espacio existente entre
el arco de la Armera y las caballerizas.

Parse a hablar un buen rato con un oficial de la guardia a quien
conoca, y cuando el reloj di las diez, volvi al jardincillo del
centro de la plaza, plantndose frente al teatro Real.

Por all le haban dicho que llegaba todos los das el padre Claudio, y
l quera abordarlo lejos de Palacio, como si temiese que alguien
pudiera fijarse en aquella extraa conferencia que preparaba.

Entraron en la plaza por el punto indicado dos o tres curas, e igual
nmero de veces se sobresalt Alvarez, disponindose a abordar al que
esperaba; pero cuando estuvieron cerca, reconoci que ninguno de ellos
era el terrible jesuta.

An esper ms de media hora; pero, al fin, por la calle del Arenal vi
entrar en la plaza al padre Claudio. El capitn slo lo haba visto una
vez y, a pesar de esto, lo reconoci inmediatamente, pues tambin a l,
como al conde de Baselga en otros tiempos, le haba impresionado el
continente de aquel jesuta, que con su afectada modestia y humildad, no
poda ocultar su aspecto de hombre enrgico acostumbrado a ser obedecido
ciegamente.

Por una extraa casualidad, la mirada del jesuta fijse desde muy lejos
en aquel militar que estaba inmvil y erguido en la entrada del
jardincillo. Pareca que adivinaba que aquel hombre estaba all
esperndole impaciente.

El padre Claudio, como si se sintiera atrado o supiera con anterioridad
lo que iba a suceder, avanz en lnea recta hacia donde estaba el
capitn, aunque bajando su cabeza con extremada expresin de humildad y
sencillez y mirando de reojo.

Alvarez, cuando lo tuvo casi al lado, llevse cortsmente una mano a su
ros y dijo con fra urbanidad:

--Dispense usted la pregunta. Es usted el padre Claudio, de la Compaa
de Jess?

El jesuta mostrse algo sorprendido. Por una extraa atraccin habase
fijado en el militar, mozo de bizarra figura y marcial aspecto, pero no
esperaba que ste le conociese ni le dirigiera la palabra.

Sorprendido, dej caer el embozo de su manteo de seda e hizo con la
cabeza un signo afirmativo.

--Pues, en tal caso--continu el capitn--, deseo hablar con usted.

--Es caso de conciencia o asunto particular?--pregunt el jesuta con
la expresin resignada de un hombre que se ve forzado a ejercer su
profesin extemporneamente.

--Tengo que hablar de un asunto particular, que es para mi de gran
importancia.

El padre Claudio, por toda contestacin, se dirigi a un banco de piedra
y tom asiento. El capitn Alvarez le imit, y los dos hombres
permanecieron silenciosos por algunos instantes.

--Usted dir--dijo, por fin, el jesuta abarcando toda la figura del
militar con el rpido relampagueo de su mirada.

--Yo soy el capitn Esteban Alvarez. No me conoce usted?

El padre Claudio hizo un gesto negativo.

--Extrao que mi nombre le resulte desconocido; pero yo le dar detalles
que refresquen su memoria. Soy el novio de la hija del conde de Baselga,
o sea de la hermana de la baronesa de Carrillo. Me conoce usted ahora?

Desde las primeras palabras se haba ya imaginado el jesuta que aquel
militar era el adorador de Enriqueta, el ser que remova toda la bilis
de doa Fernanda, y de quien sta hablaba siempre en los peores
trminos; pero al saber que efectivamente era quien l se imaginaba, no
pudo reprimir un instintivo movimiento de curiosidad, y se fij "en la
casta de aquel pjaro", como l se deca interiormente.

El jesuta reflexion antes de contestar, y, por fin, con aquella
sencillez que tan notable le haca, contest:

--Efectivamente, seor...; cmo ha dicho usted que se llamaba?

--Esteban Alvarez--contest algo amoscado el capitn.

--Ah!; s, eso es. Pues como deca, seor Alvarez, el nombre de usted
no me es desconocido; pero mentira si dijera que antes de este momento
lo haba odo ms de una sola vez.

--Segn eso, no me conoce usted? No sabe quin soy yo?

--No digo tanto, seor capitn. S que usted era novio de la seorita
Enriqueta Baselga; pero esto lo s desde ayer, en que su familia tuvo a
bien hacerme algunas consultas sobre tal asunto. Ya puede usted
considerar que a un amigo antiguo de la casa como yo lo soy se le
dispensan siempre algunas confianzas.

--Pues precisamente sobre el mismo asunto quiero hablarle yo, hacindole
algunas advertencias saludables.

El padre Claudio hizo un gesto de extraeza ante el tonillo amenazador
con que Alvarez dijo estas palabras, y contest framente:

--Hable usted. Estoy dispuesto a escucharle.

Alvarez fu breve y expuso con gran claridad lo que pensaba. Enriqueta
le amaba; estaba muy seguro de ello, porque la joven se lo haba jurado
mil veces por la memoria de su madre y era incapaz de mentir; y a pesar
de esto, l haba recibido una carta escrita en estilo seco y
desesperante, en la que se daban por muertos los antiguos amores. Era
posible esto? Resultaba racional? No, vive Cristo!, y por esto l
estaba convencido de que en el negocio andaba una mano oculta y que
alguien se haba encargado de dictar aquella carta que causaba su
desesperacin.

Alvarez no usaba anfibologas para decir quin poda ser aquel "alguien"
tan fatal para su amor. Era franco hasta la rudeza, y manifestaba al
padre Claudio sus vehementes sospechas de que hubiese sido l el autor
de aquella trama miserable que amargaba su felicidad, y en tal caso...

Ya se encargaba el gesto sombro de Alvarez de explicar lo que l era
capaz de hacer con los que de un modo tan miserable se oponan a sus
amores y pretendan robarle a Enriqueta.

El padre Claudio recibi sin pestaear aquella rociada de acusaciones y
de amenazas.

Estaba acostumbrado a la explosin de las justas iras que provocaban
muchas veces las intrigas jesuticas, as es, que no se conmovi con
tales acusaciones, antes al contrario, comenz a sonrerse con la
superioridad benigna del que se ve injustamente atacado y no se ofende
por ello.

--Es eso cuanto tena usted que decirme?--pregunt a Alvarez cuando
ste finaliz sus acusaciones.

--S, seor; eso es cuanto quera decirle, y por su bien le repito que
si es usted quien ha obligado a Enriqueta a escribir esa carta, deshaga
todo el mal que ha producido, pues de lo contrario podra usted tener
ms de un disgusto.

El padre Claudio segua sonriendo, y despus de reflexionar algunos
minutos, dijo siempre con tono amable:

--Usted debe de tenernos a los jesutas en muy mal concepto.

--No es muy bueno el que tengo formado de su Orden. Pero a qu viene
esa pregunta?

--La hago porque comprendo que nicamente uno que odie mucho a nuestra
santa Compaa puede atribuirnos intervenciones oficiosas como esa que
usted me achaca. No pretendo sincerarme ni tengo necesidad de ello,
pues usted no tiene sobre m derecho alguno; pero tampoco quiero que
est usted en un error tan lastimoso como ahora. Vamos a ver, qu
inters he de tener yo en mezclarme en los asuntos ntimos de la familia
de Baselga y con qu fin he de obligar a una joven a escribir esa carta
de que usted habla? El porvenir de Enriqueta no me es indiferente, pero
tampoco soy su padre para inquietarme tanto por su suerte.

Entonces fu Alvarez quien sonri con cierta expresin siniestra, y dijo
maliciosamente:

--Los individuos de la Compaa de Jess siempre tienen "inters" por
las familias que visitan.

--Qu quiere usted decir? Vamos--repuso framente el padre Claudio.

--Quiero decir que Enriqueta tiene muchos millones, es inmensamente rica
y esto, en ciertas ocasiones, es una desgracia. Tal vez por esto se
quiere impedir que ella ame, y su hermana la baronesa la inclina a
entrar en un convento, como mil veces me lo ha dicho la misma Enriqueta.

El padre Claudio mir fijamente con aire de lstima al gallardo militar,
y despus, dijo por toda contestacin:

--Indudablemente usted es de los que han ledo "El judo errante", del
impo Su.

--S, seor; pero a qu viene esa pregunta?

--Y del mismo modo habr ledo otros libros en que se calumnia del modo
ms infame a nuestra santa Compaa.

--He ledo algo de lo mucho que contra ustedes se ha escrito, pero no
comprendo el motivo de tales preguntas.

--Las hago, hijo mo, porque me causa compasin el ver que un militar
distinguido e ilustrado, como usted parece serlo, cree en las mil
paparruchas que viles escritores vendidos a los judos y los
protestantes, han propalado contra la sublime obra de nuestro santo
padre San Ignacio.

Y el padre Claudio, al nombrar a su santo patrono, llevse
reverentemente una mano al ala de su sombrero de teja.

Alvarez, en vista del giro que el jesuta daba a la conversacin, no
saba qu decir, pero aquel continu:

--Como si yo supiese leer en los corazones, adivino lo que usted piensa
en estos instantes. Usted, que se ha empapado en la impa novela de
Eugenio Su, cree que los jesutas somos gente que nos introducimos en
las familias ricas para apoderarnos de su dinero, y est firmemente
convencido de que yo entro en casa del conde de Baselga con el
propsito de hacer monja a Enriqueta y robarle sus millones. No piensa
usted as?

--S, seor; as pienso y mentira si dijera lo contrario. Toda persona
ilustrada que conozca medianamente la historia sabe lo que ustedes han
sido y de lo que hoy son capaces. Nada tendra de extrao que usted y
los suyos se hubieran introducido en la familia de Baselga con tal
propsito, y cualquier otro en mi lugar, vindose vctima de una
miserable intriga, pensara de igual modo.

--Alabo la franqueza de usted; al menos no se puede dudar de que
manifiesta con claridad su pensamiento. Pero, ay, hijo mo! En qu
error tan grande est usted! Lstima me causan su ignorancia y la
ceguera de su alma. Sabe usted bien lo que es la Compaa de Jess?

Alvarez estuvo a punto de contestar: "Una gavilla de malvados!", pero
se contuvo, prefiriendo permanecer silencioso.

--La Compaa de Jess--continu el jesuta en vista del silencio de su
interlocutor--es una Institucin alejada por completo de los fines
terrenales y creada nicamente para la noble empresa de combatir al
demonio y a su hijo el pecado, extirpando del mundo las infames
herejas. Cun lejos estamos los hijos de San Ignacio de mezclarnos en
las miserias de la vida social! Cun engaados estn los que creen que
nicamente buscamos el poder universal en lo que esto tiene de
agradable, queriendo con este fin apoderarnos del dinero de todos!
Nosotros somos nicamente los humildes soldados de la Fe, los obedientes
servidores del Papa, representante de Dios en la tierra; y as como
llegamos hasta el martirio cuando se trata de defender los sacrosantos
intereses de la religin, permanecemos neutrales e indiferentes en los
asuntos sociales, en los cuales nos mezclamos nicamente por casualidad.
Nuestra misin es ms alta y sublime de lo que cree ese mundo metalizado
que en todas las acciones ve siempre un mezquino inters.

El capitn no pareca convencido por estas palabras, pero reconoca que
aquel sacerdote era un actor inimitable, que saba dar a sus
declaraciones un hermoso tinte vehemente y dramtico.

--El dinero!--continu el padre Claudio--. Creer que el mvil de
nuestras acciones es el dinero! Para qu lo queremos? Nuestra Orden no
es pobre, porque as se lo mandan los sagrados Estatutos? No hacemos
nosotros al entrar en la Compaa un solemne voto de pobreza al que no
podemos faltar, so pena de ser perjuros y castigados, por tanto, en la
eternidad? Oh! Mienten los que nos pintan como seres rapaces que
nicamente pensamos en acaparar tesoros. Nuestro gnero de vida nos hace
estar muy por encima de las mezquinas aficiones humanas y despreciamos
el dinero, ese vil metal que a los ojos de las almas grandes no tiene
ningn valor.

El padre Claudio hablaba con gran vehemencia y en aquel momento tenan
sus palabras una expresin de veracidad. Efectivamente, l, como
individuo, despreciaba el dinero; su alma nicamente tena sed de poder,
afn de autoridad, y quera elevarse merced a su talento. El dinero lo
despreciaba como medio vil reservado nicamente a los imbciles para
abrirse paso. Pero como individuo de la Orden no apreciaba del mismo
modo el asunto, pues consideraba al dinero como poderoso auxiliar. Saba
el aprecio que la Compaa haca de los millones que entraban en su
caja; conoca que una buena operacin era el mejor medio de deslumbrar a
sus rapaces correligionarios, y buscaba por esto aquel dinero que l
despreciaba y que nunca se hubiera tomado el ms mnimo trabajo de
conquista para su persona.

Alvarez se senta molestado por las palabras del jesuta y por aquellos
ademanes dramticos que fingan veracidad asombrosamente, pues estaba
firmemente convencido de lo que era la Compaa y de lo que buscaba su
principal agente en casa del conde de Baselga.

--Usted, padre Claudio--dijo bruscamente el militar--, dir lo que
quiera, pero est seguro de que yo por ello no dejar de creer que la
Compaa busca los millones de Enriqueta y para ello me quita a m de en
medio.

El jesuta hizo un gesto de ira ante este brusco ataque. Sus facciones
se colorearon, luci en sus ojos un fugaz relmpago de ira y fu a
contestar en tono an ms duro, pero se detuvo, y volviendo a adoptar su
actitud dulce y humilde, dijo con mansedumbre:

--Piense usted cuanto quiera de malo, que yo le perdono. Humilde siervo
soy del Seor y las injurias van siempre muy bajas para que toquen en mi
corazn, puesto a todas horas en Dios. No guardo rencor a los que me
atacan, pues me basta con la satisfaccin de mi conciencia tranquila. Ya
lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir. Yo no tengo con la familia
Baselga otras relaciones que una amistad puramente espiritual. En otros
tiempos confesaba a la baronesa, y ahora me limito a darla algn consejo
sobre la direccin de su conciencia, siempre que me lo pide. A Enriqueta
la considero como una nia, y apenas si mi amistad con ella pasa de ese
cario que tenemos siempre a las personas que hemos visto nacer. Nunca
me he mezclado en el asunto de su vocacin religiosa, y si saba antes
de esta conversacin que tena amores con un militar, fu porque ayer me
lo dijo doa Fernanda en una conferencia que tuve sobre la creacin de
una nueva asociacin religiosa.

--Y no tiene usted arte ni parte en la tal cartita?--pregunt
sarcsticamente el militar.

--No, seor. Se lo aseguro a usted con todo mi corazn.

El padre Claudio, tan acostumbrado a mentir, cuando le tocaba afirmar
por casualidad una cosa cierta, saba hacerlo con un acento que no daba
lugar a dudas. Por esto Alvarez se convenci de que en la tal carta no
tena participacin el jesuta.

--Lo creo--continu--; pero si el rompimiento de mis relaciones no es
obra de usted, la preparacin s que ser debida a sus consejos. Esa
idea de hacer monja a Enriqueta, la reconozco; es producto de los
consejos jesuticos. Doa Fernanda la defiende, y por tanto no es
aventurado afirmar que es idea del padre Claudio.

--Dios mo! Me marea usted con sus sospechas. Y qu empeo he de tener
yo en hacer monja a una muchacha que ha tenido novio hace pocos das?

Alvarez sonri, y dijo con sorna:

--Vamos, padre Claudio, que el meter unos cuantos millones de pesetas en
las arcas de la Orden sera un buen golpecito.

El padre Claudio perdi su aplomo. Experiment la misma impresin de ira
que poco antes, pero esta vez no se detuvo, y mirando fijamente al
joven, dijo recalcando las palabras:

--Ya estn los millones otra vez en danza! A juzgar por lo presentes
que estn en su memoria, cualquiera dira que usted es quien les tiene
aficin y quiere hacerlos suyos casndose con Enriqueta.

El golpe era maestro; uno de aquellos golpes brutales, pero terribles,
que el padre Claudio daba cuando comenzaba a perder su habitual calma.
El efecto fu inmediato.

Nada lograba sublevar de un modo tan terrible el carcter caballeresco y
susceptible de Alvarez como la creencia de que aquel amor que tanto le
dominaba fuese una miserable especulacin. Muchas veces en sus horas de
reflexin sentase conmovido al pensar que alguien pudiese confundirlo
con uno de esos explotadores del amor que aprecian a las mujeres por sus
fortunas. Ver a Enriqueta pobre y abandonada para entonces amarla ms
an era la ilusin que muchas veces acariciaba como la suprema
felicidad, y se senta capaz de aplastar con toda la indignacin de un
hombre honrado al miserable que osara dudar del desinters de su pasin.

Con movimiento nervioso levantse del banco y clav una mirada
amenazadora en el padre Claudio, apretando los puos convulsivamente y
prximo a dejarlos caer sobre el rostro del jesuta. Este le miraba
impasible. Estaba acostumbrado a arrostrar las consecuencias de sus
ataques y adems se encontraba muy alto y era muy poderoso para
asustarse ante la clera de un pobre militar. Por esto miraba a Alvarez
con la impasibilidad con que contempla el dolo gigantesco las amenazas
del esclavo que rebulle furioso a sus pies.

Alvarez apreci la diferencia de posicin que exista entre ambos, y sea
que temiese las consecuencias o que no quisiera abusar de su fuerza con
un hombre que forzosamente haba de ser de costumbres pacficas, volvi
a sentarse en el banco.

La escena haba sido tan rpida que no se apercibi de ella ninguno de
los que estaban en los bancos cercanos.

--Dispense usted mi arranque--dijo framente el militar al
sentarse--Crea que estaba hablando con un hombre como yo y me olvidaba
que usted lleva faldas.

Tampoco fu mal dirigido el golpe que Alvarez asest al jesuta con tal
grosera. Aquel Borgia de la Compaa, que no tema a nadie y se senta
con valor para exterminar a todo el gnero humano, recibi un tremendo
latigazo con tan despreciativas palabras. Todos los insultos consenta
l antes de que nadie le creyese dbil y le recordase su estado. El, que
aspiraba a la conquista del mundo y que tena nimos para acometer las
empresas ms imposibles, se avergonzaba justamente ante aquella
compasin. Hubiera preferido que Alvarez le diese de bofetadas y lo
patease en medio del jardin, antes de tratarle con aquella compasin de
superioridad omnipotente, propia para las mujeres y los nios.

Al recibir tal insulto, en los primeros momentos, sinti tentaciones de
contestar con una bofetada, pero se contuvo y todo su furor, todo su
odio lo desahog con una de aquellas miradas que en su despacho hacan
temblar a todos sus subordinados.

Transcurri algn tiempo sin que hablase ninguno de los dos hombres.

Alvarez, con la vista fija en unos nios que jugaban a pocos pasos,
canturreaba batiendo el suelo con un pie, mientras el padre Claudio le
contemplaba con mirada estpida. A pesar de esto, notbase en l que
estaba reflexionando.

--Oiga usted, hijo mo--dijo por fin--. Hemos sido unos locos
insultndonos de este modo. Yo no acostumbro a trabar amistad con las
personas de un modo tan extrao y sentira separarme de usted en este
momento quedndonos ambos con tan malos recuerdos. Usted me ha sido
simptico, no quiero que sea mi enemigo; y adems, le perdono los
insultos que me acaba de dirigir. Oh, la juventud! Yo s bien lo que
son esas cosas, pues tambin he sido joven y he tenido mi sangre
ardiente y mis arranques de intemperancia, como cualquier otro. Pensando
en esto me siento dominado por la melancola.

Y el padre Claudio deca esto con un acento de verdad que sorprenda al
capitn. Al mirar a aquel hombre que hablaba con tanta dulzura y
benignidad, dudaba Alvarez que fuese cierta la escena violenta ocurrida
momentos antes.

--Yo quiero que seamos amigos--continu el padre Claudio--. Quiero que
usted no tenga ninguna queja de m. Mire usted, sera la primera vez que
se habra acercado una persona a m marchndose descontenta de mi
carcter. Esto le demostrar a usted quin es este malvado, este
"jesuta", como dicen ustedes, los impos, con maligna entonacin.

Y el poderoso clrigo rea bondadosamente al decir esto, como hombre
cuya benignidad est por encima de todas las pasiones mundanales.

--Yo--continu--tengo empeo en ser su amigo, porque presiento en usted
un gran corazn, cuyo nico defecto consiste en estar emponzoado por
lecturas impas propias de estos tiempos en que ruge amenazador el
espritu revolucionario. Si somos amigos, como yo espero, ya me conocer
usted ms a fondo y sabr lo que somos nosotros los jesutas, esos
monstruos horripilantes de maldad e hipocresa que con tan negros
colores pintan los novelistas enemigos de la Iglesia.

Y el jesuta segua riendo bondadosamente, como si en la inmensidad de
su risuea misericordia incluyera tambin a los escritores enemigos de
la Compaa de Jess.

--Conque vamos a ver--dijo interrumpindose en su bondadosa jocosidad--:
qu favor puedo yo hacer a usted? De qu modo debo obrar para que
usted sea mi amigo y no me odie? Tengo inters en hacerme simptico a
usted, y no crea que esto es desinteresadamente. Tengo la ambicin de
conquistarlo a usted, arrancndole de las garras del diablo; no quiero
que un joven digno de la mejor suerte siga encenagado en la impiedad y
tenga sobre nuestra Compaa un concepto tan errneo e injusto.

El capitn Alvarez senta extraeza ante aquella rpida mutacin que
haba experimentado el carcter del jesuta; pero la promesa de hacer
por l cuanto pudiera le deslumbr hasta el punto de que mir ya con ms
simpata al padre Claudio. Alvarez record lo que mil veces le haba
dicho su compaero el vizconde, y tena la seguridad de que si el
jesuta le ayudaba podra llegar a ser el esposo de Enriqueta. Los
jesutas eran mala gente, y de ello estaba l bien convencido, mas no
por esto desconfiaba del padre Claudio. Este poda sentir por l una
repentina simpata; tal vez le hubiese impresionado favorablemente su
carcter vivo y arrebatado, y adems... nada perda solicitando su
proteccin.

Estaba el capitn Alvarez en uno de esos instantes en que el hombre se
siente predispuesto a la esperanza y en que, acariciando una risuea
ilusin, cierra los ojos a la realidad. No se le ocurri, pues,
desconfiar, y contest a las promesas del jesuta:

--Lo que yo deseo de usted, ya que muestra inters en protegerme, es que
no ponga obstculos a mis amores. Yo s el inmenso poder que usted
tiene, conozco la gran influencia que ejerce sobre la familia de
Enriqueta y estoy convencido de que como usted quisiera, sera yo muy
pronto el marido de la mujer que amo. Esto nada le costara a usted, y
yo sera feliz.

El padre Claudio segua riendo bondadosamente:

--Ah, juventud, pcara juventud! Siempre lo mismo: el amor
sobreponindose a todos los sentimientos. Har cuanto pueda hijo mo;
pero lo que usted pide es tan grande, que no s si llegar a realizar
sus deseos.

--Oh, usted puede mucho!

--No tanto como usted se figura. Si en m consistiera que Enriqueta y
usted se casasen, poda ya darlo por hecho; pero, amigo mo, est ah
el padre, el conde de Baselga, viejo como yo, y, por tanto, testarudo y
loco. Es muy difcil, por no decir imposible, que un hombre como l,
apegado a las rancias tradiciones, consienta en dar su hija a uno que no
es noble.

--Usted tiene sobre l gran ascendiente.

--S, hijo mo, excepto cuando nos tiramos los trastos a la cabeza;
pero, en fin, el asunto no se perder por mi culpa, pues har cuanto
pueda.

--Si usted cree que la familia de Enriqueta no ha de hacer caso de sus
consejos, al menos logre usted, por su parte, deshacer el efecto de esa
carta que a mi novia la obligaron a escribir, y haga lo posible porque
se reanuden nuestras relaciones. Comprendo que soy muy exigente y que
usted juzgar tal vez degradante esta proposicin; pero si usted fuera
tan bondadoso que aceptase, le debera mi felicidad.

--Vaya, pues--dijo el jesuta, siempre en tono jocoso--. Har ese favor,
aunque el papel que usted me encarga desempee no sea muy honroso. Se ha
de transigir algo con la juventud, siempre exigente cuando est
enamorada. Aconsejar a Enriqueta que no se deje imponer por nadie y que
cumpla lo que le dicte su voluntad. Si tiene verdadera vocacin, ser
monja; y si aqulla es una ficcin de su hermana doa Fernanda, entonces
tenga usted la seguridad de que ella misma desmentir esa carta y
reanudar el interrumpido galanteo. Est usted contento?

Alvarez, por toda contestacin, tendi una mano al jesuta, que ste
estrech con efusin; pero al mismo tiempo su sonrisa tom una expresin
sarcstica, de la que no pudo apercibirse el militar.

Retuvo el padre Claudio la mano del capitn, apretndola cariosamente
como para infundirle confianza, y pasado algn rato, le pregunt con
tierna solicitud, mirando fijamente sus ojos, como si pretendiese
sondear sus pensamientos:

--Y cmo est usted en su carrera? Tiene usted esperanzas de ascender?
Me parece usted un militar de mrito.

--Yo--contest con sencillez Alvarez--soy uno de esos predestinados a
encontrar siempre de espaldas a la fortuna.

--Sin embargo, para su edad no puede usted quejarse. Es capitn y tiene
la cruz de los valientes...

--Algo me cost ganarme todo esto, y haciendo lo que yo, otros seran
coroneles. Adems, soy de los que nicamente se abren paso en tiempo de
guerra a costa de grandes servicios; pero en la paz es imposible que
logre ser favorecido, ni menos que se me haga justicia.

--No tiene usted protectores?

--No; ni los busco. Soy demasiado altivo para mendigar lo que, en mi
concepto, slo puede alcanzarse honradamente con la punta de la espada.

--No conoce usted ningn poderoso? No es amigo de ningn general?

--Uno solo conozco, pero ste es imposible que me favorezca, pues su
recomendacin causara mal efecto en el Ministerio.

--Quin es? Puedo saberlo?

--El general Prim.

--Ah!...

El jesuta lanz esta exclamacin de un modo que alarm a Alvarez. A
ste le pareci que los ojos del padre Claudio se animaban con una
siniestra expresin, como si una alegra infernal le conmoviera
interiormente.

El astuto clrigo, adivinando el mal efecto que aquella demostracin
haba causado en el militar, se apresur a corregir su imprudencia:

--No me extraa ahora--dijo con tono festivo--que usted haya perdido la
esperanza de hacer carrera. Efectivamente, mala recomendacin es la
amistad de Prim; pero usted podr deshacer este obstculo rompiendo toda
clase de relaciones con el general y buscando mejores amistades.

Alvarez se irgui con altivez y dijo con cierta solemnidad:

--Yo slo abandono a mis amigos cuando me ofenden y no por un vil
inters. Admiro al marqus de los Castillejos como uno de los mayores
hroes que ha tenido Espaa, y lo mismo en la adversidad que en la
fortuna, estar siempre a su lado.

Aquello pareca gustarle al padre Claudio, a juzgar por su sonrisita, y
despus de estar silencioso un buen rato, con la vista fija en el suelo,
como si reflexionase, dijo as:

--La verdad es que usted obra perfectamente no separndose del valiente
Prim. Quin sabe si ste ser el medio ms rpido de hacer fortuna!
Esto se va, amigo mo; yo soy el primero en reconocerlo, a pesar de que
estoy interesado en mantener lo existente. En aquella casa--y seal al
Palacio Real--el diablo anda suelto y no se hacen ms que desatinos; as
es que no ser extrao que cualquier da el pueblo, excitado por la
propaganda revolucionaria, d al traste con todo lo que hay detrs de
esos muros. Si ese momento llega, Prim ser el encargado de dar el
golpe, y usted, de un solo salto, subir a gran altura, porque,
indudablemente, le ayudar en su empresa revolucionaria. No es esto?

--Yo--contest Alvarez con sencillez--voy siempre donde van mis amigos.

Esta vez el padre Claudio fu ms cauto y no se transparent en su
rostro la alegra que le causaba tal declaracin.

--Aun siendo contra mis intereses--continu el astuto clrigo--, lo
reconozco. La nacin est mal.

--Y tan mal!--repuso Alvarez, a quien animaba tal conversacin--. La
mitad de las miserias que sufre Espaa, vienen de ah.

Y al decir esto, sealaba enrgicamente al Palacio Real.

--S--aadi el padre Claudio--; y la otra mitad, de nosotros, los que
vestimos sotana. Le he adivinado el pensamiento?

--As es. Por qu he de mentir? En mi concepto, Espaa slo ser un
pueblo completo el da en que se emancipe de la tutela de la Monarqua y
la Iglesia.

--Ah, impo!--dijo el jesuta en broma y sin escandalizarse por tales
palabras--. Necesario es que sea usted amigo mo, que venga a verme y
que hablemos largamente para que yo limpie su inteligencia de todas esas
ideas pecaminosas, adquiridas en perversas lecturas. Paso porque esa
monarqua que hoy tenemos es mala, pero la Iglesia! Por qu echar la
culpa a la Iglesia de los males de la nacin? Los pueblos nunca podrn
pasar sin reyes y sin sacerdotes. Pero hablaremos de esto ms despacio
en otra ocasin, pues hora es ya de que entre en Palacio.

Los dos hombres se levantaron.

--Joven, ya sabe usted que le quiero y cuente con que har cuanto pueda
en su asunto. Cuando quiera verme o me necesite, me encontrar en la
casa residencia de la Orden. Pregunte por m, que para usted tengo
siempre las puertas abiertas.

Cruzronse entre los dos amistosos saludos y ofrecimientos, y despus se
separaron.

Alvarez iba con direccin a la calle del Arenal, pensando que el
jesuitismo no era en el fondo tan malo como lo suponan, y que aquel
clebre padre podra ser un malvado en otros asuntos, pero que en lo
referente a la familia Baselga no tena seguramente ningn fin secreto
ni mostraba empeo en estorbar sus amores con Enriqueta. El capitn
senta un gozo inmenso, con la seguridad de que el bondadoso sacerdote,
poniendo en juego su influencia, volvera los galanteos al mismo ser y
estado que antes de la malhadada carta.

Mientras tanto, el padre Claudio entraba en Palacio. Llevaba el rostro
casi oculto en el embozo de su manteo de seda para ocultar una risita
que daba miedo, por lo mismo que era espontnea.

--Se ha vendido--murmuraba--. Ese muchacho es amigo de Prim y conspira
en la actualidad. Estoy seguro: sus palabras lo indican. Haremos que lo
vigilen, y muy listo ha de ser para que no lo coja por su cuenta el
ministro de la Guerra y lo enve a Ceuta. Quin sabe si har mritos
suficientes para ser fusilado! Para esto hoy basta poco. De un modo o de
otro nos libraremos de un novio romntico que estorba mis planes, y ese
mequetrefe aprender a or con ms calma, sin amenazar con bofetadas...
y a no burlarse de "mis faldas".




XX

El lazo tendido.


Estaba don Fernando Baselga en el sombro despacho, ocupado en su
habitual tarea de estudiar las fortificaciones inglesas de Gibraltar,
cuando entr un criado anuncindole la visita del padre Claudio, a quien
acompaaba un caballero.

El conde experiment cierta emocin al oir tal anuncio.

Haca ms de dos meses que no vea al poderoso jesuta; pero aquel mismo
da por la maana haba recibido la visita de Joaquinito Quirs, quien
con aire misterioso, le haba dicho de parte del padre Claudio que por
la tarde ira ste a verle, acompaado de un caballero que acababa de
llegar de Gibraltar, y que se comprometera indudablemente a tomar parte
muy activa en la grande empresa.

Aquello alentaba mucho las esperanzas de Baselga. Este, siempre que
reflexionaba en su soada conquista del Pen y tericamente apreciaba
sus inmensas dificultades, pensaba en el jefe de los jesutas de Espaa,
comprendiendo que poda prestarle un auxilio poderossimo.

Las promesas veladas, pero halageas, que el padre Claudio le haba
hecho el da en que estuvo prximo a romper sus relaciones con l a
causa de la educacin que tanto l como la baronesa queran dar a
Enriqueta, haban entusiasmado al conde, que con ciego optimismo se
crea ya invencible si la Compaa protega ocultamente su empresa
patritica. De aqu que acogiera con tanto jbilo el recado que Quirs
le comunic de parte del poderoso jesuta.

Baselga, ocupndose continuamente de su empresa, obsesionado por ella,
haba llegado a los ltimos lmites de la exaltacin.

Cumpla las promesas que haba hecho a su hija para obligarla a olvidar
sus amores, y continuamente se exhiba con ella en los paseos, los
teatros y los salones; llevaba la vida de un hombre elegante que quiere
hacer agradable su existencia y no pierde diversin; tena empeo en
lanzar a su hija en el dorado torbellino de la sociedad aristocrtica, y
para animarla la daba el ejemplo, hacindose el viejo verde y
mezclndose ms entre los jvenes que entre los amigos de su edad; pero
todo esto no lograba borrar de su cerebro aquella idea de conquista que
le persegua hasta en el sueo y le impulsaba a fatigosos trabajos y a
un cabildeo continuo.

Su regreso al gran mundo y a sus esplendorosas fiestas, en vez de
distraerle, haba servido para exacerbar el afn de gloria que le
dominaba. En los aristocrticos salones o en los regios bailes de
Palacio haba encontrado a sus antiguos compaeros de la Guardia Real,
que ahora eran generales famosos, polticos de gran renombre y jefes de
gobierno, gozando de todas las dulzuras y satisfacciones que
proporcionan el poder y el aura popular. Le haban hablado con la
cariosa franqueza que da una antigua amistad, bromeaban con l como si
an fuesen tenientes del Real Cuerpo y comentasen en el cuarto de
guardia las locuras de su general en jefe, el estrafalario conde de
Espaa, o las alcahueteras del complaciente duque de Alagn; pero a
pesar de tantas expansiones cariosas, Baselga notaba que entre l y sus
compaeros se levantaba un obstculo infranqueable, el de la diferencia
de clase, y que l, al lado de aquellos hombres clebres de cuya vida y
actos se ocupaba toda la nacin, no era ms que un hombre rico, pero
desconocido fuera del mundo de la aristocracia, y que slo mereca el
afecto desdeoso que se dispensaba al desgraciado que ha malogrado su
existencia y llega a la vejez sin haber hecho nada de provecho.

Su vida resultaba obscura y misteriosa para sus antiguos compaeros.

--Pero qu es lo que haces?--le preguntaban stos con extraeza cada
vez que hablaban de su existencia--. En qu pasas el tiempo?
Indudablemente te limitas a gozar de tu gran fortuna y te contentas con
llevar una vida regalada y oscura. Podas haber sido mucho, pero t no
conoces la ambicin y eres feliz no imitndonos a nosotros, que sufrimos
el eterno tormento de subir a una altura que no tiene fin.

Cada vez que aquellos generales, ministros y embajadores hablaban de
este modo a su antiguo amigo, ste volva a su casa ms agitado que de
costumbre, y muchas veces, encerrndose en su despacho, lloraba de rabia
al ver que estaba ya prximo a la ancianidad, y era de todos sus amigos
de la juventud quien menos haba ilustrado su nombre.

Conque l no tena ambicin? Esta haba sido su pasin dominante, y de
la que no se haba dado cuenta hasta verse en la vejez. Ambicin era el
sentimiento de bullicio y escndalo que le movi a sublevarse contra los
liberales en 1822; ambicin, lo que le haca llevar a cabo tan
estupendos actos de valor al frente de su regimiento carlista, y
ambicin lo que ahora le enloqueca y le impulsaba a realizar su
aventurado plan de conquista, que de obtener completo xito, hara su
nombre inmortal.

Lo que l tena de malo, el obstculo en que tropezaba, es que era un
incapaz, un bruto (y Baselga se aplicaba con fruicin este
calificativo), un hombre incompleto, que haba subordinado su ambicin a
sus amores, y cuando no, haba estado ligado al padre Claudio, siendo un
ser sin voluntad, una mquina que se mova segn las rdenes que
emanaban de la voluntad de aqul.

Sus compaeros haban trabajado para s completamente solos, sin el
bagaje de amores que embrutecan, de pasiones pstumas que enervaban, y
de proteccin que en vez de engrandecer, anulaba al protegido, y por
esto, con menos esfuerzos y marchando con ms arte, haban conseguido
escalar la cima de la Fortuna. Pero an era tiempo, y l estaba
dispuesto a remediar todos sus antiguos desaciertos.

All estaba su plan, magnfico, sorprendente, digno por lo difcil y
aventurado de los romancescos tiempos, el cual, de un solo golpe y en
muy pocos das, le colocara a mayor altura que todos sus afortunados
compaeros.

La esperanza de conquistar con tan singular golpe de mano la fortuna
hasta entonces esquiva, exaltaba al conde hasta el delirio.

Era rico; pero esto no le bastaba, y pronto sera universalmente
clebre, que era lo que constitua su felicidad.

Aquella exaltacin patritica que le dominaba, haba cambiado su
exterior lo mismo que su carcter. Tena en los ojos ese brillo propio
de la fiebre que consume a los hombres empeados en realizar por s
solos una empresa que raya en lo imposible, y tan obsesionado estaba por
su proyecto, que oa mal y contestaba peor cuando le hablaban de algo
que no fuese la conquista de Gibraltar.

Su familia era la que mejor notaba la transformacin operada en el
conde; sus distracciones, que muchas veces tomaban en la mesa del
comedor un carcter cmico, y sus terribles e injustificadas cleras,
que ponan en conmocin toda la casa y que estallaban los das en que
Baselga se desalentaba en su plan, convencido de los insuperables
inconvenientes que se oponan a su realizacin.

Pretextando un viaje de inspeccin a sus posesiones de Castilla, para
que ninguno de sus contados amigos pudiera concebir sospechas acerca del
objeto de su excursin, abandon Madrid y estuvo tres das en Gibraltar,
teniendo que salir forzosamente pasado este tiempo, a causa de las
indicaciones de la Polica inglesa, a quien debi llamar un tanto la
atencin las preguntas algo indiscretas y el examen interesado y
detenido de cuantas obras fuertes pudo ver.

El viaje slo sirvi para que el conde se indignase todava ms contra
los ingleses que expulsaban a un espaol del suelo de su Pennsula, y
para que se convenciese de la imposibilidad de su empresa. Esto puso a
Baselga de un humor endiablado, y tanto su servidumbre como su familia
sufrieron por algunos das las consecuencias de aquel viaje, que les
resultaba misterioso.

El apoyo prometido del padre Claudio fu en adelante su nica esperanza,
y esper pacientemente a que ste le concediera el ansiado auxilio.

Tan vehemente era este deseo, que el conde, que nunca haba apetecido
las visitas del poderoso jesuta, cuyo verdadero carcter crea ya
conocer, las esperaba ahora con tanta impaciencia como la devota
baronesa, desesperndose al ver que el padre Claudio no cumpla sus
promesas.

El, tan altivo y deseoso poco antes de ir rompiendo poco a poco sus
relaciones con los jesutas, fu en busca del reverendo padre a la casa
residencia de la Orden, pero en ninguna de sus visitas logr encontrar
al padre Claudio. Pareca que lo haba tragado la tierra o que se
ocultaba intencionadamente, deseando con su ausencia excitar los deseos
del conde.

Por esto la alegra de ste fu grande cuando Quirs le comunic el
recado del reverendo padre, y ms an cuando el criado le anunci su
visita.

Entr el padre Claudio en el despacho, siempre sonriente y haciendo
reverencias, y tras l apareci un hombrecillo moreno, de pelo rojizo,
nerviosa movilidad, y una expresin en el rostro algo siniestra, que
pretenda corregir con una sonrisa estpida.

Miraba a todas partes con azoramiento no exento de curiosidad, y tuvo su
vista fija algn tiempo en las vistas de Gibraltar, que adornaban el
despacho del conde, diciendo despus con acento atolondrado, de marcada
pronunciacin extranjera:

--Oh! Est bien; muy bien.

El padre Claudio, despus de saludar a Baselga, tom asiento con su
acompaado junto a la mesa de trabajo, y con voz misteriosa pregunt:

--Estamos seguros aqu? Podr oirnos alguien?

--No acostumbran mis criados a escuchar tras las puertas; pero, sin
embargo, tomaremos precauciones.

Y el conde, a quien le iba gustando mucho aquel misterio, por lo mismo
que le presagiaba cosas muy interesantes, levantse y sali del
despacho, oyndosele cerrar una puerta lejana y viniendo despus a hacer
lo mismo con la de la habitacin.

--Ahora--dijo, volviendo a sentarse--, ya estamos seguros de que nadie
nos oye. Diga usted cuanto quiera, padre Claudio.

Este se detuvo antes de contestar, como si saborease un golpe de efecto,
y al fin dijo, dando cariosas palmaditas en la espalda de su
acompaante, que instintivamente tomaba la actitud de un perro
acariciado:

--Este seor, que usted ve aqu, es el capitn Patricio O'Conell,
caballero ingls que est de guarnicin en Gibraltar.

Prodjose en el conde el efecto esperado por el jesuta. En su rostro
retratse la alegra y mir cariosamente al capitn irlands,
examinando con atencin su personilla.

Baselga, a pesar de que estaba predispuesto a impresionarse
favorablemente, no pudo menos de reconocer con su buen ojo de soldado
que aquel hombre tena poco de militar. Era vivaracho y desgarbado en
demasa, y, adems, llevaba afeitado el labio superior, demasiado grueso
y prolongado, ostentando unas patillas rojas y lacias, que le daban ms
aire de comerciante britnico injertado en mercader judo, que de
capitn del bravo ejrcito que con Wellington se cubri de gloria en
Waterlo.

Pero el conde estaba inclinado a verlo todo por su lado bueno, e
internamente excus al extranjero, dicindose que en el ejrcito ingls,
aunque haba buenos mozos, tambin se vean figuras raquticas y
extraas, lo que no impeda que se batieran bien cuando llegaba la
ocasin.

Baselga, algo emocionado, haba murmurado un cumplido, extendiendo su
mano al extranjero.

--Tanto gusto en conocer a usted, seor conde--deca el capitn, con su
acento extranjero, que cuidaba de extremar--. El padre Claudio me ha
hablado mucho de usted y de su magnfico plan, y tantos deseos siento de
ayudarle en su empresa, que he solicitado una licencia de mis jefes,
pretextando deseos de conocer las principales ciudades de Andaluca, tan
slo por venir a verle.

--Eh! Qu le parece a usted?--dijo el padre Claudio--. Le promet
ayudarle en su patritica empresa, y aqu me tiene usted, con el socorro
apetecido, pues le traigo nada menos que a uno de los ms valientes
oficiales del ejrcito ingls. El capitn O'Conell, cual buen irlands,
es ferviente catlico, como nosotros, y tambin lo son todos los
soldados irlandeses de la guarnicin de Gibraltar, que pasan de
ochocientos. Por esto es casi seguro que todos ellos tomarn parte en
nuestra santa empresa. No es as, amigo O'Conell?

--As es, reverendo padre.

Baselga estaba entusiasmado con aquellas seguridades, y se senta tan
feliz, que hasta crea estar soando. Aquello de poder disponer de casi
la cuarta parte de las tropas del Pen, le causaba una felicidad
prxima al desvanecimiento.

Una cosa le llamaba la atencin en el capitn irlands, y era la
facilidad con que se expresaba en castellano.

--Est usted mucho tiempo en la Pennsula, capitn?--le pregunt--.
Habla usted muy bien nuestro idioma.

--Oh! Es usted muy indulgente, pues conozco que lo hablo bastante mal.
Estoy ms de un ao en Gibraltar, pero yo tengo gran aficin a los
idiomas, y, adems, conoca desde mi niez muchas palabras del espaol.
Mi padre fu tambin militar, e hizo la guerra en Espaa contra los
franceses, a las rdenes del duque de Wellington.

Baselga, a quien preocupaba algo aquella facilidad de lenguaje, se
tranquiliz, e impaciente por conocer las probabilidades de xito de su
plan, entr directamente a tratar de la conquista del Pen, su tema
favorito.

El tena en su imaginacin ultimado todo su plan. Se haba procurado
todo lo escrito sobre las clebres fortalezas de Gibraltar y sobre las
costumbres militares en dicha plaza; haba visto por sus propios ojos
en el mismo teatro de operaciones todo lo que le haba permitido la
polica inglesa, y, para dar el golpe, nicamente necesitaba quien
estuviese en combinacin con l dentro de la ciudad y le ayudase en el
momento decisivo. Estaba conforme el capitn O'Conell en ser su
auxiliar?

Lleg para el irlands el momento de manifestar su pensamiento, que fu
bien sencillo y expresado en pocas palabras. El estaba dispuesto a todo,
y lo mismo que l todos los irlandeses de la guarnicin. Antes que
sbditos de la Gran Bretaa, eran vasallos del Papa y fervientes
catlicos, y, por tanto, se hallaban prontos a ejecutar las rdenes que
Dios dictase por boca de sus representantes directos, los jesutas, los
cuales, al mismo tiempo, eran muy buenos amigos de San Patricio, patrn
de Irlanda. Adems, sentan hacia la vieja Inglaterra, su opresora,
perdurables odios, y les gustaba mucho quitarle una plaza de tanta
importancia como Gibraltar, crendole, de paso, un conflicto con Espaa.

La conjuracin poda contar con ochocientos soldados esforzados, fuerza
con la cual bien poda intentar un golpe de mano el conde de Baselga, de
cuya historia militar ya se haban enterado tanto l como sus
compaeros, y especialmente de sus estupendas hazaas en la guerra
carlista.

Al conde resultbale extrao que su vida militar fuese conocida de los
extranjeros; pero, a pesar de esto, sentase halagado por las lisonjas,
como todo mortal, y se imaginaba ya apoderndose de Gibraltar al frente
de los soldados irlandeses, que le aclamaban como caudillo invencible.

Baselga, cada vez ms entusiasmado, en vista de lo segura que era la
adhesin de los irlandeses, entraba a detallar su plan, y haca
preguntas al capitn, a las que ste contestaba con su habitual
precipitacin.

--Y esos ochocientos hombres forman todos un Cuerpo?

--No, seor conde. La mayora estn en el batalln de rifles, o sea lo
que all llaman batalln de cazadores, y el resto en los otros cuerpos
de la guarnicin. Oh! El Gobierno ingls tiene buen cuidado de esparcir
a los irlandeses por todos los Cuerpos evitando que formen un regimiento
completo, pues saben que ste se sublevara inmediatamente.

--Y qu procedimiento cree usted mejor para dar el golpe?

--El que usted ha expuesto antes es el ms aventurado, pero el ms
seguro. Aguardamos una noche en que entren de guardia en las principales
fortificaciones una parte de los nuestros, y en que yo pueda quedarme en
el castillo. Usted, al frente de los que estn libres, se apodera del
gobernador de la plaza y las principales autoridades; nosotros, desde
arriba, apuntamos los caones a los cuarteles donde estn alojadas las
fuerzas no comprometidas, y el hecho queda ya realizado con xito.

--S; ste es el mejor plan. Adems, tiene la ventaja de que las
autoridades inglesas no estn acostumbradas a esta clase de sucesos, y
es, por tanto, ms fcil pillarlas desprevenidas.

--Tiene usted razn. Las sublevaciones militares son tan desconocidas de
los ingleses como populares entre los espaoles.

Baselga, cada vez ms entusiasmado y deseoso de ultimar su difcil plan,
sac de un cajn de su mesa un plano de Gibraltar, hecho por l mismo,
con arreglo a cuanto haba visto o estudiado sobre la clebre plaza.
Haba en l algunos claros que llenar, y deseaba que aquel inesperado y
valioso compaero le ayudase a corregir errores y le ilustrase en varios
puntos que le resultaban oscuros.

El conde no obtuvo lo que deseaba. El rojo capitn, con tanto aplomo
como precipitacin, contestaba a todas sus preguntas; pero a Baselga le
pareci que muchas veces hablaba sin saber lo que deca, y nicamente
por no demostrar su ignorancia.

--Este mozo--pensaba el conde--sabe menos an que yo. Debe ser un
militar ignorante, como yo lo era en mis buenos tiempos. Pero esto no
importa. Me doy por satisfecho con que sea valiente y sepa hacerse dueo
del Pen, facilitndome la conquista de Gibraltar.

Baselga guard el plano y la conversacin continu, mezclndose en ella
el padre Claudio, que hasta entonces haba permanecido silencioso y
mirando a los dos interlocutores con la mayor atencin, como si le
interesara mucho su dilogo.

--Me deca el capitn, cuando venamos aqu--dijo el jesuta--, que
sera necesario que en la empresa entrasen tambin algunos espaoles de
corazn, que no vacilaran al iniciar el movimiento.

--S, seor conde--aadi el irlands--. Cincuenta o sesenta hombres
decididos no estaran de ms en el primer instante de nuestra santa
revolucin. Serviran para apoderarse de una guardia que pudiera
estorbar nuestros planes, para desarmar una patrulla, o, cuando menos,
para guardar la persona de usted, que es muy necesaria y no debe
exponerse a caer tontamente en manos de las autoridades inglesas.

--Algo de eso haba yo pensado--dijo el conde--. Efectivamente, no sera
de sobra ese grupo de hombres, con el cual se aseguraba la iniciativa
del movimiento.

--La cosa no es difcil. Se tienen estos hombres en La Lnea, y cuando
llega el da propicio para dar el golpe, se los hace entrar en
Gibraltar con diversos disfraces. En cuanto a sus armas, yo me encargo
de introducirlas sin que nadie se aperciba de ello.

--Lo difcil es encontrar hombres que sirvan para una comisin tan
delicada.

--Difcil es. Yo, como vivo en Gibraltar, conozco mucho la gente que
pulula en el campo fronterizo, contrabandistas y merodeadores, y aunque
son hombres valerosos, aconsejo a usted, seor conde, que no se fe de
ellos. Son gente borracha y habladora, y contar con ellos es ir a la
perdicin, pues no saben guardar un secreto.

--A quin buscaramos?--murmur el conde con expresin pensativa.

--No es difcil encontrar la gente que necesitamos--dijo el padre
Claudio--. Usted, seor conde, conserva, segn muchas veces me ha dicho,
sus relaciones con muchos carlistas de Navarra que hicieron la guerra a
sus rdenes. Estos, por lo regular, son gente dura y aguerrida, no es
eso?

--Se portaron bien a mis rdenes y tengo en ellos absoluta confianza.

--Perfectamente. Pues basta que usted les enve una carta, dicindoles
que los necesita para una empresa importante (sin decirles cul sea),
para que inmediatamente vengan aqu, creyendo que van a hacer algo por
el Pretendiente. Est usted seguro de que le obedecern?

--Oh! Segursimo. A pesar de los aos transcurridos, me quieren y
respetan tanto como cuando yo era su coronel. Algunos han muerto desde
entonces, pero quedan sus hijos, que me obedecern de igual modo, pues
los he favorecido a todos con mano prdiga, y es imposible que tan
pronto olviden mis beneficios.

--Ya tenemos, pues, lo que desebamos--dijo el capitn irlands--. De
entre esa gente escoger usted cincuenta, los ms fornidos y temerarios.

--Escribir al to Fermn, de Zumrraga, que fu sargento a mis rdenes
y l se encargar del reclutamiento.

--Adems, los armar usted convenientemente. Puede usted comprar
cincuenta carabinas de repeticin, de esas que han inventado
recientemente los yanquis. Las tiene almacenadas aqu, y ya le
comunicar yo desde Gibraltar la forma ms adecuada para remitrmelas,
introducindolas sin riesgo en la plaza. Todo esto resultar tal vez un
poco caro, seor conde.

--Bah!--repuso ste con ademanes de desprecio--. Quin repara en
dinero cuando se trata de una empresa tan grande y que redunda en
beneficio de la Patria?

--Muy bien dicho, amigo Baselga--dijo el padre Claudio con entusiasmo--.
Y, adems, si el dinero faltase, aqu estoy yo, o, ms bien dicho, aqu
est la Orden, que, aunque pobre, contribuir cuanto pueda a tan santa
empresa.

El conde dirigi una mirada de gratitud al jesuta.

La conversacin entre los tres hombres se generaliz, y pasaron ms de
una hora ocupados en examinar el plan de conquista, aprecindolo hasta
en sus menores detalles.

El capitn O'Conell lo aprobaba todo con entusiasmo, y mostraba a
Baselga una confianza slo comparable con la que un granadero de la
clebre Guardia Imperial pudiera sentir por Napolen.

Esto ensorberbeca al conde y atizaba aquella exaltacin nerviosa de que
era vctima siempre que examinaba su plan patritico.

Slo el padre Claudio le haca objeciones y le opona algunos reparos,
siendo de stos el que ms molestaba al conde el empeo del jesuta en
asociar otras personas a la empresa.

--Me extraa mucho, padre Claudio--deca Baselga--, que una persona tan
culta y prudente como lo es usted, se empee en mezclar en este asunto
ms personas. Recuerde usted el antiguo refrn: "Secreto de dos, lo
guarda Dios". Aqu somos ms de dos, y bastante es con que conozcan el
plan usted, el seor O'Conell y Joaquinito Quirs. An quiere usted que
lo conozca ms gente? Piense usted que de este modo el secreto puede
desaparecer, y entonces, adis las probabilidades de xito, pues si los
ingleses llegan a apercibirse de nuestros intentos, nada podr hacerse.

A pesar de estas razones el jesuta no se daba por vencido, y alegaba
otras para demostrar la necesidad de asociar ciertas personas a la
empresa.

--Desengese usted, seor conde--deca con expresin de superioridad--;
es preciso que personas respetables, de mi mayor confianza, entren
tambin en la aventura. Para esta clase de negocios, por muchos que
seamos, nunca resultaremos bastantes. No todo ha de ser combatir y
conquistar. Una vez sea usted dueo de Gibraltar, conviene que forme una
Junta, o lo que hoy se llama, en lenguaje revolucionario, un Comit de
patriotas, que gobierne la plaza, que entienda de todos los asuntos
puramente polticos y que negocie con el Gobierno espaol, para que ste
no tema a Inglaterra y quiera admitir el regalo que le haremos. Adems,
es necesario mover la opinin pblica en favor nuestro, para que no se
asuste ante tan estupenda conquista, que podr traer consecuencias
internacionales, y esto lo ha de hacer el tal Comit, pues usted y
O'Conell no han de estar en todas partes ni ocuparse de todos los
asuntos, pues bastante harn con llevar adelante la cuestin militar.

El conde, despus de alguna resistencia, se rindi a las razones de su
amigo, y accedi a la formacin del Comit, del que sera l mismo el
presidente, y el vicepresidente un mdico afamado y gran patriota, amigo
del padre Claudio.

Despus de quedar acordes en todos los puntos, el jesuta se levant
para retirarse, y Baselga y O'Conell se abrazaron con una efusin
conmovedora. El capitn irlands saldra aquella misma noche para
Andaluca, antes que nadie pudiera apercibirse de su estancia en Madrid.

Ya no podran verse hasta el da del golpe; pero l, por conducto del
padre Claudio, le tendra al corriente de cuanto ocurriese y le avisara
la fecha en que deba llegar con sus hombres a las cercanas de
Gibraltar.

El jesuta se neg a que el conde les acompaara hasta la puerta de la
escalera, y al pasar por la antesala y ver al ayuda de cmara del conde,
que le saludaba reverente, dijo con afectacin a su acompaante:

--Pocas horas le quedan a usted, "seor doctor", para sus asuntos, si es
que quiere coger el tren de esta noche.

El criado se fij con curiosidad en el "seor doctor", y el jesuta, con
un ligero gesto, pareci indicar que esto era lo que deseaba.

Ya estaba el padre Claudio en la escalera, cuando volvi atrs, y con
aire distrado pregunt al criado:

--Me has dicho antes que la seora baronesa haba salido?

--S, reverendo padre. Creo que hoy tiene reunin de cofrada en San
Jos.

--Lo siento; quera presentarle al doctor O'Conell, ese sabio irlands
que viene conmigo.

El criado crey de su deber hacer una profunda reverencia a aquel sabio,
que le volva las espaldas y bajaba la escalera canturreando.

En la puerta del palacio esperaba una elegante berlina, y a ella
subieron los dos hombres.

Cuando el coche parti, el capitn O'Conell lanz una carcajada sonora,
que hizo temblar los vidrios de las ventanillas, y dijo a su
acompaante:

--Eh? Qu tal, reverendo padre? Soy buen actor? S desempear bien
una farsa? De seguro que vuestra reverencia no esperaba tanto de m.

--Has estado bien, Daniel Clark, y no desmientes que eres hijo del viejo
James Clark, que en su tiendecita de Gibraltar se ha acreditado como el
ms astuto truhn que compra, cambia y presta a todo el mundo. Tenas un
aire completo de militar ingls, y nadie hubiese dicho que te has pasado
la vida regateando con los judos del Pen, prestando al doscientos por
ciento o embarcando contrabando.

--Oh! Para fingir me reconozco con algunas facultades; puedo
asegurarlo, aunque falte con ello a mi natural modestia.

--Ahora, truhn, lo que debes hacer es salir esta misma noche de Madrid.
Vete a Gibraltar, o al infierno; lo importante es que aqu nadie se
pueda fijar en ti. En ciertos negocios tiene ms mrito que el trabajo
el saber desaparecer a tiempo.

--Me ir; perded cuidado. El valiente capitn O'Conell toma el petate,
o, si os parece mejor, el seor doctor se va. Y, a propsito, una
pregunta, reverendo padre: qu es eso de seor doctor?

El padre Claudio contempl el gesto de malicia con que su compaero le
haca esta pregunta, y framente, subrayando sus palabras con aquella
sonrisa especial, tan temida por algunos, le dijo:

--Seor Clark, hay cosas que muchas veces producen al que las sabe
terribles daos; por tanto, har usted muy bien en no querer averiguar
el por qu le haya yo llamado as o de otro modo. He dicho "seor
doctor" porque me ha dado la gana. Ya est usted contestado; ahora, cada
uno a sus negocios.




XXI

La confesin.


La Colegiata de San Isidro, a las cinco de la tarde, ofreca el aspecto
sombro, fro y desnudo que presenta toda iglesia a la hora en que los
fieles no llenan sus naves y los santos quedan en esa soledad absoluta y
vaca, semejante a la de los muertos en olvidado cementerio.

No haba bajo las sombras bvedas del templo otros vestigios de la
vida exterior que los hilillos del mortecino sol, que, filtrndose por
las altas y pintadas ventanas, trazaban en la pared frontera algunas
tibias manchas de luz, y el zumbido que la calle de Toledo, arteria
popular, siempre rebosante en vida y movimiento, lanzaba al interior del
desierto templo.

En las sombras que envolvan el altar mayor y en la obscuridad de las
capillas laterales, brillaban algunos cirios y lmparas, con la misma
luz indecisa y tmida de las estrellas entre los nubarrones de una noche
tempestuosa, y de vez en cuando, el suelo conmovase, repercutiendo con
agigantada vibracin la pisada del sacristn y los aclitos, que iban de
un lugar a otro, ocupados en faenas de embellecimiento y aseo.

Golpes sordos sonaban en las capillas, anunciando la "toilette" de los
santos, que los dependientes de la iglesia hacan con sus zorros,
sacudiendo el polvo a los mantos bordados y a las cabezas de cartn
piedra, que a la maana siguiente, rodeados de cirios y de flores,
haban de recibir la oracin de los fieles, arrodillados reverentemente
ante ellos.

Las gastadas baldosas exhalaban perniciosa humedad donde no estaban
cubiertas por una spera estera de esparto, mugrienta y gastada por el
roce continuo de pies y rodillas, y en el ambiente se respiraba ese
calor pegajoso y caliente propio de los locales donde muchos respiran y
es escasa la ventilacin.

Sentadas en taburetes de tijera estaban cerca del altar mayor unas
cuantas viejas que permanecan inmviles, confundiendo sus perfiles en
la sombra, y con todo el misterio y el aspecto tenebroso de las brujas
que aguardaban a Mcbeth al borde del camino.

Cada vez que la cancela de la gran puerta se abra, anuncindolo el
chirrido de sus viejos goznes y el sordo chocar de las maderas, las
viejas volvan la cabeza con curiosidad, y una vez se borraba la mancha
de luz que dejaba entrar la puerta entreabierta, volvan a su
inmovilidad de momias y seguan en sus asientos, convencidas de que ya
que nada tenan que hacer, era mejor permanecer en el templo, que ya
consideraban como su propia casa.

Oyse el ruido de un carruaje, que par a la puerta de la iglesia y esta
vez la curiosidad de las beatas fu mayor.

Abrise la cancela y entraron dos seoras, vestidas de negro y con
mantilla.

Las viejas pudieron ver bien a aquellas dos elegantes, que se
persignaban en el espacio de luz que dejaba entrar la puerta, todava
abierta; pero no las conocieron.

No era extrao, pues la baronesa de Carrillo y su hermana Enriqueta
visitaban muy de tarde en tarde la iglesia de San Isidro, a la que no
tenan gran aficin por estar enclavada en un barrio popular y ruidoso.

En cambio, el padre Claudio la tena gran cario; llambale su templo, y
a l haca ir a cuantas amigas merecan el alto honor de que l las
oyera en confesin. La Colegiata de San Isidro la consideraba l como
una finca propia, y relataba a los allegados que le pedan el motivo de
tal predileccin, cmo uno de sus antecesores en la direccin de la
Compaa en Espaa, la haba construido en 1561 con los legados que para
tal objeto dej la Emperatriz de Alemania doa Mara.

Buscando, pues, al padre Claudio iban las dos seoras a tal iglesia, y
cuando se vieron envueltas por completo en las tinieblas esparcidas por
las naves, sus ojos, acostumbrados a la luz del sol que baaba las
calles, no pudieron distinguir lo que les rodeaba.

Enriqueta se asi a la falda de su hermana, y sta fu avanzando con
cierta seguridad, dando a entender que el terreno no le era del todo
desconocido.

--A la derecha--murmuraba la baronesa--, en la penltima capilla, est
el confesonario. All vendr.

Y acostumbrada a aquella oscuridad en la que se iban marcando los
perfiles de los objetos, avanz rectamente hacia el punto que indicaba,
llevando siempre a remolque a su hermana.

Cuando llegaron a la capilla sentronse en un banco de madera, que cea
el fuste de una columna, y aguardaron pacientemente. La baronesa sac de
su manguito un elegante rosario de oro y perlas, y se puso a rezar.
Enriqueta abismse en sus pensamientos.

Iba a confesarse con el padre Claudio, accediendo a los ruegos de la
baronesa, que ya no la maltrataba, como dos meses antes, contentndose
ahora con rogarle con aire imperativo.

Doa Fernanda, que respetaba mucho a su padre, el conde, slo porque le
tema, se haba abstenido de seguir educando a su modo a Enriqueta, y
procuraba no hablar ni incidentalmente de aquella pasin, cuyo
descubrimiento tan grave escndalo haba producido.

La ausencia de Tomasa, su eterna rival, la tranquilizaba, comprendiendo
que esto alejaba el peligro de que volvieran a reanudarse los amoros de
su hermana con aquel capitn Alvarez, contra el que ella senta un odio
mortal.

La aficin que el conde de Baselga haba adquirido recientemente a la
vida de los salones, y a la que arrastraba a su hija, inquietaba un poco
a la baronesa, que tema que la coquetera elegante borrase a Enriqueta
las huellas de la educacin mstica que se haba esforzado en darla.

Una cosa tranquilizaba a doa Fernanda, y era la seguridad de que su
hermana, obedeciendo a su padre, haba roto sus relaciones con el
capitn Alvarez. Esto lo saba por el padre Claudio, que la haba
manifestado algo de su conferencia con el militar, aunque cuidndose de
ocultar ciertos detalles.

Enriqueta era para ella ms fcil de dominar olvidando aquel amor que
cambiaba completamente su carcter y converta en altivez e
independencia su habitual humildad.

Un da tuvo doa Fernanda un disgusto. Al pasar junto a una ventana de
su saln, vi parado en la acera de enfrente al capitn Alvarez, que
espiaba la casa como buscando una ocasin para comunicarse con su amada.

El militar estaba en una situacin que juzgaba insostenible. Nada saba
de Enriqueta; haba buscado al padre Claudio varias veces, sin lograr
nunca encontrarlo, e ignoraba cmo marchaba la negociacin amorosa que
le haba encargado, como tambin si la joven senta por l algn cario
o haba olvidado totalmente su pasin, siendo verdad cuanto le deca en
la funesta carta.

Por esto, agitado por crueles dudas y deseoso de salir de ellas cuanto
antes, el capitn rondaba la casa de Baselga con la esperanza de
encontrar el medio de hacer que llegase una carta suya a Enriqueta. Por
desgracia, tropezaba con obstculos do quiera se diriga. La servidumbre
hua de l, hacindose sorda a sus ruegos por temor a la ira del conde
de Baselga, y Enriqueta no se asomaba nunca a los balcones, y si sala
de casa, era acompaada siempre por su hermana o su padre.

La baronesa se alarm ante aquella inesperada aparicin. Cmo! El
botarate todava insista en sus pretensiones amorosas? Habra que
consultar el asunto con el sabio jesuta.

Este no mostr extraeza alguna al tener noticia de los actos de
Alvarez. Limitse a sonreir, como siempre, y con tono de omnipotencia
asegur que l tena el medio para anular y hacer desaparecer a aquel
hombre peligroso; y que si no lo haca inmediatamente, era porque an no
haba llegado la hora oportuna.

A pesar de esto, los dos compadres religiosos trataron con inters del
porvenir de Enriqueta, asunto que les preocupaba. Haba llegado, segn
la opinin del padre Claudio, el instante oportuno para trabajar.
Enriqueta era probable que, deslumbrada por el brillo de la vida
elegante, se hubiese olvidado de aquel amor romntico, obstculo hasta
entonces de gran importancia, y resultaba necesario reconquistar
prontamente su voluntad, antes que echasen races en ellas las
seducciones del gran mundo y se comprometiese amorosamente con algn
joven que, por su nacimiento y su fortuna, admitiese el conde de Baselga
como yerno.

Para desviar a Enriqueta del camino en que estaba y atraerla nuevamente
a la senda de la devocin, dispona de un medio tan seguro y poderoso
como es el confesonario, y qued decidido que doa Fernanda, con su
hermana, fuesen al da siguiente a la Colegiata de San Isidro, donde el
buen padre tena su cajn, en que depositaban sus extravos todas las
pecadoras de la aristocracia.

Por esto, a la cada de la tarde del da siguiente, las dos hijas del
conde de Baselga entraban en la iglesia de la calle de Toledo.

El padre Claudio no haba llegado an, y mientras se retardaba el
instante de la confesin, Enriqueta pensaba con terror en aquel acto en
que tendra que revelar todos sus secretos a un sacerdote, que a pesar
de sus amables sonrisas y pegajosas bondades, le inspiraba siempre un
terror casi supersticioso.

Era la primera vez que se confesaba con el padre Claudio. Hasta
entonces, el sagrado depositario de todas sus faltas haba sido el mismo
director espiritual de la baronesa, aquel padre Felipe, en quien ella
reconoca instintivamente una imbecilidad inalterable, y que oa su
confesin con la boca seca, brillantes los ojos, algo temblonas las
manos, y complacindose en enviar a travs de la mugrienta rejilla hasta
aquel rostro aterciopelado, su caliente resuello cargado de los vapores
grasientos de una digestin larga y difcil.

El padre Felipe era benvolo hasta la exageracin. Todo lo encontraba
bien, todo lo excusaba, y si la joven pareca reservarse algo en su
confesin, l tampoco mostraba gran inters en descubrirlo.

Pero, el padre Claudio!... Este nombre alarmaba a Enriqueta, quien, si
en aquellos momentos de espera estaba pensativa, era porque rebuscaba en
su imaginacin el medio de salir del atolladero, evitando decir cosas
que ella tena gran inters en ocultar.

Reson dbilmente el pavimento con unos pasos menudos y ligeros, que
parecan de mujer y en el oscuro arco que daba entrada a la capilla,
dibujse el contorno de un clrigo, al mismo tiempo que la mortecina luz
de una lmpara haca surgir de la sombra el rostro del padre Claudio,
dndole un tinte rojo.

Las dos mujeres se levantaron respetuosamente, y el jesuta pas ante
ellas grave, contra su costumbre, limitndose a saludarlas con una
ceremoniosa inclinacin de cabeza.

El acto comenzaba con la gravedad necesaria para que la joven
comprendiese que no iba a confesarla el amigo de su familia, que iba con
frecuencia a reir y decir bromitas en el saln de doa Fernanda, sino el
ministro de Dios.

Oyse el choque seco de la portezuela del confesonario al cerrarse,
revolvise la abultada sotana, para encontrar una posicin cmoda en el
asiento, y la baronesa di un suave empujn a su hermana, diciendo con
tono imperativo:

--Anda!

Se arrodill Enriqueta a uno de los lados del confesonario, junto a la
rejilla que serva para confesar mujeres, y con voz trmula y
balbuciente comenz a runrunear el "Yo, pecador, me confieso...".

Tan turbada estaba, que se equivoc por dos veces, y volvi a empezar,
como si deseara que se retardase el para ella terrible momento.

Dentro del confesonario, con las manos juntas y la actitud esttica de
un brahmn indio, que, tras cuarenta das de ayuno absoluto contempla a
Dios cara a cara, estaba el padre Claudio, esperando pacientemente.

Por fin termin la joven su oracin y acerc su rostro a la rejilla,
pegajosa por la humedad y la grasa que en ella haban dejado toda clase
de respiraciones.

Lo que pensaba Enriqueta al comenzar su confesin era que el padre
Claudio se perfumaba demasiado, pues su olfato senta la picazn del
almizcle que exhalaba la sotana del elegante jesuta. El perfume
favorito de las modistillas y camareras comenzaba a marearla.

--Ave Mara Pursima!--dijo con voz dbil.

--Sin pecado es concebida Mara Santsima!--contest el jesuta con su
meliflua voz--. Hace mucho tiempo que no te has confesado?

--Ms de dos meses, padre mo. Antes iba muy a menudo con Fernanda a
confesarme con el padre Felipe, pero ahora he tenido ocupaciones y no me
ha sido posible venir hasta hoy. El pap me deca siempre que ms
adelante me confesara...

--Vaya con las ocupaciones!--dijo el jesuta con tono jovial--. Es
preciso--aadi--que no te descuides tanto en limpiar tu alma, y que
antes de obedecer a tu pap, pienses en obedecer a Dios. Vamos,
adelante. De qu pecados te acusas, hija ma?

Puesto el asunto en este terreno, Enriqueta cobr un poco de confianza.
Ya llevaba ella preparado todo un bagaje de pecados veniales y sin
importancia, que haba estado rebuscando en su memoria la noche
anterior. Para confesarse era preciso decir algo, tener actos de que
acusarse, pues la Iglesia no puede creer que una persona honrada pase
dos meses sin faltar a todas las leyes divinas y humanas, y por esto, la
joven se ech a cazar pecados por el campo de la imaginacin, y unos
reales y otros inventados, form con todos ellos un muralln diablico,
tras el cual quera ocultar el ms gordo, o sea sus amores con Esteban
Alvarez. Este pecado s que no lo deca ella al padre Claudio, aunque
los demonios la pellizcasen con tenazas de hierro ardiente.

La confesin comenz, y Enriqueta fu desarrollando la espantosa serie
de pecados horribles que la noche anterior haba almacenado en su
memoria. Ella se acusaba de que tena mal corazn para los animales y de
que martirizaba a los gatos de su casa; de que rea muchas veces sin
motivo alguno a los criados y tena gusto en desobedecer a su hermana;
de que cuando sta rezaba el rosario ella se dorma o pensaba en las
funciones de teatro a que le llevaba su padre; de que el demonio la
martirizaba, hacindola que le gustasen ms las arias italianas del
Teatro Real que los gozos que la enseaba la baronesa; de que en el
ltimo baile de la Embajada alemana, en unin de algunas amiguitas, se
haba burlado de otra que llevaba un traje muy feo; de que en las noches
fras prefera rezar sus oraciones entre las calientes sbanas a estar
arrodillada al pie de la cama..., y as segua a este tenor horripilante
aquella confesin en que los hechos ms inocentes se presentan con
importancia afectada, queriendo hacerlos pasar por pecados terribles.

El padre Claudio escuchaba tranquilamente, aunque de vez en cuando se
remova nerviosamente en su asiento, como si se impacientara, en vista
de la marcha que segua aquella confesin. La muchacha resultaba algo
ladina, y as lo pensaba el jesuta, quien quera comprometerla en otra
clase de revelaciones.

Call Enriqueta y entonces pregunt el sacerdote:

--Nada te queda por decir? No tienes ms pecados?

--No, padre.

--Ests segura de ello?

--Creo que s, padre mo.

El padre Claudio se revolvi vivamente en su asiento. Decididamente, la
muchacha se presentaba reservada, y habra que emplear algn trabajo
para lograr que confesase sus secretos amorosos.

--Piensa, hija ma--dijo el cura--a lo mucho que te expones si ocultas
un pecado. Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que viva y se
arrepienta, es inexorable con los seres que ante el tribunal de la
confesin ocultan intencionadamente algunas de sus faltas. Este lugar es
la piscina espiritual donde se limpian las almas de toda mancha, y quien
aqu oculta una parte de su ser por mezquinas pasiones, es un rprobo
que se niega a recibir la gracia de Dios, y a quien ste castiga con
mano fuerte. El que oculta algo a su confesor, engaa a Dios, y el Seor
ha de indignarse forzosamente cuando se ve engaado por una miserable
criatura.

El jesuta hablaba con tono severo; vibraba su voz terriblemente, como
si fuese la de la divina clera, y Enriqueta temblaba atemorizada por
las amenazas del confesor.

Este no quiso extremar el santo terror de la joven y aadi, haciendo su
voz menos imponente:

--Hay ejemplos de los graves males que han sufrido muchos infelices que
pretendieron ocultar a sus confesores algunos de sus pecados. Recuerdo
justamente ahora lo que le en un libro piadoso digno del mayor crdito,
acerca de lo ocurrido a una joven y hermosa princesa en tiempos ya
lejanos. Ocult a su director espiritual varios pecados de amor, y el
sacerdote, engaado por la que crea una joven candorosa e inocente, le
di la absolucin. Ojal la princesa hubiese dicho todos sus pecados
sin ocultar ninguno! Apenas volvi a su palacio, sinti su pecho
oprimido por una gran angustia; un fuego infernal le abrasaba el corazn
y por su garganta senta subir algo que la ahogaba y la haca estremecer
con su contacto viscoso. Tuvo una espantosa convulsin y de su boca
salieron disparadas esparcindose por el aire e impregnndolo todo de un
irresistible olor a azufre, las ms infernales apariciones. Serpientes
verdes y repugnantes que se enroscaban en complicados anillos, echando
llamas por las temblonas bocas; diablejos que hacan espantosas
contorsiones y obscenas cabriolas; sapos negros manchados de colorado,
que hacan repicar las campanillas que llevaban pendientes del cuello y
cuyo sonido pona los pelos de punta; en fin, cuantas apariciones
espantables y horripilantes pueden creerse en el infierno. Sabes, hija
ma, lo que era aqullo?

El padre Claudio se detuvo para excitar mejor la temerosa curiosidad de
Enriqueta y apreciar el efecto que en sta causaba la relacin. Despus
aadi con acento de religioso terror:

--Pues eran los pecados que aquella infeliz haba ocultado a su confesor
y que salan bajo tan horribles formas, por no poder estar ms tiempo
encerrados en un cuerpo que la absolucin haba santificado. Los
pecados; al salir, ahogaron a la princesa, cuya alma indudablemente,
est ahora ardiendo en el infierno. Piensa, hija ma, a cuan terribles
castigos se expone la miserable criatura que intenta ocultar su
conciencia a Dios.

El padre Claudio haba logrado su objeto. Conoca el verdadero carcter
de Enriqueta, el gran predominio que en ella tema la imaginacin sobre
las demas facultades, y, por tanto, obraba acertadamente para sus
planes, relatando aquella leyenda estupida, sacada de uno de esos
antiguos libros de devocin, que tanto utilizan los confesores para
asustar a las mujeres y los nios.

Enriqueta estaba horrorizada por la terrible muerte de aquella princesa,
y con los ojos de su viva imaginacin, pronta siempre a dar cuerpo y
vida a todos los pensamientos, vea el asqueroso coleo y las cabriolas
incesantes de los pecados ocultados al confesor, y hasta por una
aberracin de los sentidos, las exhalaciones almizcladas del jesuta le
parecan oler a azufre.

Si ira a ahogarla a ella aquel pecado de amor, que tan cuidadosamente
quera ocultar?

No necesit el jesuta de grandes esfuerzos para arrancar a la joven la
revelacin que ella tanto se haba esforzado en evadir. Llorosa y
suspirando, pero al mismo tiempo con la satisfaccin del que, arrojando
un peso comprometedor, se libra de un peligro, relat al confesor sus
amores con Alvarez, aunque haciendo la salvedad de que ella crea
siempre que aquello no poda ser pecado.

El padre Claudio mostraba indignacin. Cmo que no era pecado? Y no
venial, sino grave, resultaba el comprometerse en amoros una joven a
quien su familia destinaba a Dios, convencida de que senta una santa
vocacin por la vida monstica.

El jesuta, oyendo el relato de aquellos amores, mostraba gran
curiosidad, especialmente al tratarse de los paseos matutinos por el
Retiro, nicos momentos en que los dos amantes se vean de cerca.
Mostrabase el jesuta vido de detalles y varias veces interrumpi a la
joven, dirigindola preguntas que en parte no comprendi, pero que la
hicieron ruborizar.

Era la primera vez que Enriqueta oa hablar de aquellas tretas amorosas,
pero obscenas, y, avergonzada, contestaba negativamente, extrandose de
que un sacerdote le hiciera tales preguntas, y de que creyera a ella y a
Alvarez capaces de tales locuras, burlando la vigilancia de Tomasa, que
los segua.

El buen padre manifest la misma expresin de desaliento del cazador que
cree haber encontrado un rastro y al fin no halla nada, y sigui
interrogando a la joven, hasta que se crey bastante enterado de
aquellos amores desde el principio al fin.

--Ese es, hija ma--dijo, cuando la joven termin la revelacin--, el
ms grave pecado, pues los dems que has confesado nada son al lado de
tales amores. Afortunadamente has acudido a tiempo a lavar tu alma y a
librarte del demonio de la voluptuosidad, que te posee.

--Pero, padre mo, si ya no existen tales amores! Si yo, por orden de
pap, escrib una carta rompiendo mis relaciones con el capitn!

--No importa; t le amas. Se conoce en tu modo de expresarte que no has
olvidado an a ese hombre, y es preciso, si quieres salvar tu alma, que
de ella se borre la huella de un amor vergonzoso.

Enriqueta, que tanto haba temido revelar sus amores al jesuta, ahora
que se vea ya descubierta haba recobrado su serenidad y senta renacer
su carcter, que era doble, pues si en ciertas circunstancias se
mostraba dbil, y como propio de un ser automtico, en otras daba a
conocer una energa y una independencia verdaderamente inesperada.

--Pero padre--dijo con resolucin--, yo crea que un amor puro no era
tan enorme pecado!

--Ests en un grave error, hija ma, y sin duda, el diablo te mantiene
en l. La joven que no sienta temor al pensar en las penas del infierno,
la que no quiera ir al cielo, esa puede entregarse a ese amor puramente
terrenal, que no es, en el fondo, ms que una torpe pasin; pero la que
desee figurar despus de su muerte entre las bienaventuradas y gozar las
delicias celestes, debe huir de las falsas dichas terrenales dedicndose
al nico amor cierto, al que no engaa, a ese amor ardiente a Dios, que
tan clebre hizo a Santa Teresa. En una palabra: dnde quieres ir t
despus de la muerte, al cielo o al infierno?

No haba perdido el tiempo la baronesa educando a su hermana. La gran
preponderancia que en sta tena la imaginacin, convertala en ciertos
momentos en una visionaria; la continua lectura de leyendas piadosas, le
haba hecho formarse un horrible y exacto concepto del diablo y sus
malficas hazaas; cerrando los ojos, vea a Satans, con su horrible
catadura, y no poda oir hablar del infierno sin estremecerse de pies a
cabeza.

--Al cielo; quiero ir al cielo--contest con ansiedad, como si ya oyera
en la sombra los pasos del demonio, que se acercaba para cargar con
ella.

--Pues para ir al cielo es preciso, hija ma, estar en estado de
santidad, y este estado los que ms fcilmente pueden adquirirlo son los
clibes o las vrgenes. T, indudablemente, procediendo como joven
honrada, querras contraer matrimonio con ese hombre que deca amarte.
No es esto?

--S, padre.

--Pues bien; el matrimonio, aunque muchos no lo crean as, es lo ms
opuesto al estado de santidad y el camino ms recto para ir al infierno.
No soy yo quien lo digo, sino la Santa Madre Iglesia, que no puede
engaarse jams.

--Y cmo es que la Iglesia casa a la gente?--pregunt Enriqueta con
ingenuidad terrible.

--Es necesario el matrimonio, pues de lo contrario acabara la
procreacin, y el mundo quedara desierto. La Iglesia lo consiente, mas
no por esto aconseja el matrimonio, pues sabe que para ganar el cielo
sirviendo a Dios, no basta la virginidad del alma, pues es necesario
tambin conservar la del cuerpo. Has odo t hablar del Santo Concilio
de Trento?

--S, padre--contest Enriqueta, que algunas veces haba odo tal nombre
en boca de los contertulios de su hermana aunque no estaba muy segura de
lo que pudiera significar.

--Fu una santa reunin de todas las lumbreras de la Iglesia, sobre cuya
augusta frente descendi el Espritu Santo. All se distingui por
primera vez nuestra sagrada Compaa de Jess, y se dictaron cnones
sobre el matrimonio, que afirman esto que te digo. Oye lo que dice el
Canon X, y recurdalo siempre: "Si alguno dijese que el estado de
matrimonio debe preferirse al estado de virginidad y de celibato, y que
no es mejor y ms venturoso permanecer en la virginidad o en el celibato
que casarse, sea anatema." Anatematizados son, pues, por la Iglesia, los
que no creen que la virginidad es el procedimiento ms seguro para ir al
cielo, como lo prueba el celibato de los sacerdotes, fieles
representantes del Altsimo, y el de las religiosas, dulces esposas del
Seor. Ahora, ya lo sabes; ya ests advertida por m, que en estos
momentos hablo por inspiracin del cielo; csate si sta es tu voluntad
y lo permite tu familia, pero est segura de que vas rectamente camino
del infierno.

--No, padre mo; no me casar. Adems, he roto ya toda clase de
relaciones con el hombre que amaba, y hoy mi corazn est vaco.

--No basta esto. Es preciso que ese corazn lo llenes con el santo amor
a Jess crucificado, divino Esposo de todas las jvenes destinadas a
gozar en el cielo una eterna dicha.

--Amar a Dios, padre mo! Yo se lo aseguro. Hoy no le amo an como
debiera, pero con el tiempo...

--La oracin y la humildad harn ms que cuantos esfuerzos de nimo
intentes. Obedceme a m siempre; sigue los consejos de tu hermana, que
es casi una santa, y no dudes que ste es el camino que te conduce a la
eterna felicidad.

--Mi hermana desea hacerme monja.

--Es porque te quiere con verdadero cario; porque se interesa por tu
dicha. Te sientes con fuerza para entrar en un convento?

--Yo!... No s. En este instante creo que s; pero despus...

--Eso es, porque como muy bien has dicho antes, no amas an a Dios
verdaderamente. Cuando te sumas en la inmensa felicidad que produce
entregarse en cuerpo y alma a la contemplacin de la felicidad, cuando
sigas fielmente mis consejos, entonces t sers la ms interesada en
abandonar el mundo y pedir la vida religiosa. Sers monja y nos
agradecers a tu hermana y a m el cuidado que nos hemos tomado por tu
alma.

--Y mi pap?--pregunt Enriqueta, que al hablar del convento recordaba
la oposicin de su padre.

--Se opone acaso a tu vocacin?

--S; un da me dijo que prefera verme muerta antes que monja.

--Eso es, sin duda, una obcecacin lamentable del seor conde. Yo, que
como sabes, le trato con asiduidad, estoy convencido de que las
desgracias le han perturbado bastante, y que muchas veces no piensa bien
lo que dice. Su oposicin ser fcil de vencer.

Enriqueta hizo un gesto, como indicando que no crea fcil disuadir al
conde.

--Adems--continu el jesuta--, los obstculos que tu padre pueda
oponer a tu vocacin no deben torcer sta. Los padres slo tienen
potestad sobre sus hijos cuando se trata de asuntos puramente
terrenales; pero cuando un alma privilegiada quiere elevarse sobre las
miserias mundanas y volar directamente a Dios, un padre es poca cosa
para impedir tan sublime designio.

Enriqueta escuchaba con instintiva extraeza tales palabras. El padre
Claudio apercibise del efecto que en su penitente producan sus
afirmaciones y se apresur a aadir, apelando al procedimiento
casualista, propio de los jesutas.

--No es esto decir que se debe desconocer y despreciar la autoridad de
los padres; pero todo tiene su lmite en este mundo, y ante Dios deben
enmudecer las jerarquas y los privilegios creados por la sociedad.
Nuestra santa Compaa, que por ser la que ms hombres eminentes ha
contado en su seno, se ha ocupado de todos los problemas que pueden
surgir en la vida cuando se trata de servir a Dios, tiene previsto el
caso en que la voluntad del padre se oponga a los sentimientos
religiosos del hijo. Ilustres escritores de la Compaa de Jess han
publicado libros en que se marca lo que deben hacer los hijos cuando por
culpa de sus padres ven en peligro su piedad y su salvacin eterna. El
padre Estevan Facndez, jesuta portugus, en su "Tratado sobre los
Mandamientos de la Iglesia", que public en 1626, dice que los hijos
catlicos pueden denunciar a sus padres, si son herejes y no creen en su
religin, y hasta pueden, sin caer en pecado, asesinarlos, si intentan
obligarlos a abandonar la fe. Otro jesuta espaol, el padre Dicastille,
en su libro "De la Justicia del Derecho", cree del mismo modo que un
hijo puede hasta asesinar a su padre si ste le impide ser buen
catlico. Del mismo modo han hablado otros respetables escritores de la
Compaa, que no creo necesario citarte, y ya ves que cuando la Iglesia,
por boca de nosotros, que somos sus ms legtimos representantes,
autoriza a un hijo, en cuestin de religin, para que mate a su padre,
bien puede aconsejar a una hija que desobedezca a su padre tambin, que
desprecie sus mundanales consejos y que procure, ante todo, salvar su
alma, hacindose esposa del Seor.

Enriqueta pareca convencida.

All dentro, en lo ms profundo de su cerebro, le escarabajeaba cierta
duda sobre la bondad y la lgica de las doctrinas del padre Claudio;
pero esto en una joven ignorante e impresionable, como era ella, no
pasaba de ser un fugaz chispazo, y, arrastrada por su fe, atribua la
ligera duda a una prfida sugestin del demonio, que todava intentaba
poseerla.

--No; tu padre no se opondr--continu el jesuta--. Y si se opusiera,
el cielo se encargara de defenderte y de barrer tales obstculos.
Quin sabe lo que Dios habr dispuesto contra tu padre, en vista de su
impa obstinacin!

El jesuta dijo estas palabras con tono tal, que Enriqueta se
estremeci, presintiendo en ellas una amenaza.

Por algunos momentos permanecieron silenciosos confesor y penitente, y,
al fin, el padre Claudio, como arrancndose de una grave meditacin,
dijo a Enriqueta:

--Es preciso, hija ma, que te decidas; que tomes una resolucin y sepas
sostenerla con energa. Ahora es tiempo para escoger el porvenir. Ests
en el cruce de dos caminos: el del cielo y el del infierno. Si eres
dbil, si te sientes seducida por las mseras pompas terrenales, si
ocultas tu escasa fe, diciendo que quieres obedecer a un padre que
tiene tendencia a la impiedad, entonces toma el camino del infierno;
pero si quieres ir al cielo, sacrifica el msero cuerpo, renuncia para
siempre a los goces de la materia, guarda un alma virgen en un cuerpo
intacto, huye de la maldita sociedad y encirrate en un convento, lugar
seguro, donde se alcanza la vida eterna. Por quin te decides? Por
Dios o por el demonio?

--Por Dios, padre mo; yo amo a Dios sobre todas las cosas, como manda
el catecismo.

--Muy bien, hija ma. Ama al Seor, que l te recompensar con creces.
No olvidars esta resolucin? No sentirs flaqueza de nimo?

--No, padre mo. Estoy resuelta.

--Por si algn da te tienta el diablo con los esplendores del mundo,
pretendiendo apartarte de la buena senda, piensa que esta existencia que
arrastramos es cosa dbil y efmera, que a los ojos de la eternidad
tiene tanta duracin como el fugaz relmpago ante nuestros ojos. Qu es
la vida? Unas cuantas docenas de aos, que la criatura humana malgasta
en satisfacer su ambicin o en apagar su sed de placeres, sin pensar en
ponerse bien con Dios, ni menos en que ms all de la tumba est la
verdadera vida, la que no acaba nunca, la existencia eterna, y que lo
que aqu hacemos sirve para estar por los siglos de los siglos nadando
en un pilago de felicidad celeste o sumido en un infierno de horrores.
Mira a esas mismas mujeres que te rodean en los salones y que se llaman
tus amigas. Son honradas, no lo dudo: cumplen sus deberes de esposas,
hermanas e hijas: no hacen mal, al menos con deliberada intencin: pero
viven totalmente olvidadas de Dios, y no piensan un solo instante en
poner bien su alma para el da en que les sorprenda la muerte. No
piensan ms que en el presente, no lanzan una sola mirada al porvenir:
su dios es la moda: su devocin, el amor: sus oraciones, estpidos y
dulzones galanteos, e ignoran, oh, desgraciadas!, que llegar el da de
la ira, el da de la desolacin, en que el Seor juzgar a los buenos y
a los malos, a los que le han amado y a los que le han desconocido, y
entonces esas carnes, ahora tan cuidadas y frescas, chirriarn al
contacto del infernal fuego: sus blondos cabellos se convertirn en
ondulante corona de azuladas llamas: sentirn en el pecho una angustia
enloquecedora, y para apagar su inmensa sed slo tendrn sus amargas
lgrimas. Ya los alegres violines del baile o del teatro no las
arrullarn con sus gratos sonidos: gritos de agona, espantosas
maldiciones, rugidos de dolor, llegarn a sus odos, como horrsono
concierto de los desesperados rprobos; y danzarn sin tregua ni
descanso, pero no ser como ahora, por puro placer, sino para librar sus
pies de las enrojecidas brasas, de los viscosos monstruos, de los agudos
puales que forman el pavimento del infierno. Ah, infelices los que
ahora se divierten unos cuantos aos, para vivir agonizando durante una
eternidad!

Conoca perfectamente el jesuta el carcter de la joven, y saba
manejar a su placer aquella viva imaginacin, por la que pasaban las
ideas atropelladamente, aunque detallndose y tomando el relieve de los
hechos reales.

Aquella peroracin de tonos apocalpticos era para Enriqueta una especie
de linterna mgica, cuyos cuadros la aterraban. Ella, con los ojos de la
imaginacin, vea a Dios iracundo, ofendido y deseoso de venganza,
arrojando las almas en el infierno, y sobre el suelo, tapizado de
monstruos y brasas, por entre las crepitantes y azules llamas,
distingua a todas sus compaeras, las flores de la aristocracia
madrilea, desnudas y chamuscadas, apestando a grasa quemada y arrojando
raudales de lgrimas por los ojos, implorando en vano la misericordia
divina y lanzando lamentos de loca desesperacin.

No, ella no quera verse as; no quera ir al infierno; deseaba ser
esposa de Jess, y llevada del religioso egosmo, propio de las
visionarias, se prometa no dejarse tentar ms tiempo por las
seducciones mundanas, renunciar al amor y desobedecer a su padre, si es
que ste se opona a que entrara en un convento, impidindola que
salvara su alma.

Pero, qu era aquello que con tono tan agradable resonaba en su odo?
De dnde proceda una armona tan deliciosa? Era el padre Claudio, que
segua hablando; pero su acento enrgico y aterrador haba tomado una
entonacin dulce y meliflua.

--Cun distinta es la suerte de la mujer que dedica su existencia a
Dios! Ella ve claramente lo que es el mundo, y con la vista fija en el
porvenir sabe despreciar el presente por lo futuro. Renuncia a las
pompas y las dulzuras humanas, pero, en cambio, goza la eterna
felicidad, y cuando su alma queda libre de la terrena envoltura, pasase
por las celestes salas, conversa con los bienaventurados, oye el
arrobador concierto de los angelicales coros, y se sumerge en el
esplendor de sublime luz que circunda la persona de Dios,
estremecindose con los arrebatadores espasmos del ms sublime placer.
La lengua humana es pobre para describir la inmensidad de dichas que se
gozan en la mansin de los justos, pero bstate, para imaginar cun
grande ser la celestial felicidad, pensar que es Dios el que todo lo
puede y todo lo sabe, quien dispone y prepara los goces de los
bienaventurados. Cuando se considera lo poco que cuesta ganar tanta
dicha, es cuando mejor se comprende la inmensa bondad del Seor. Qu
sacrificios exige? Nada. Renunciar a los engaosos placeres que
proporciona el demonio durante el poco tiempo que dura la vida de la
humana criatura. Y a ms de esto, cun llena de dichas est la
existencia de la feliz esposa de Jesucristo! Vive alejada de las
miserias del mundo y los dolores sociales; las penas que engendra la
familia, la maldad y la murmuracin de los hombres, vienen a estrellarse
contra los muros del convento. Dentro de l, la mstica esposa es libre,
independiente, se ha despojado del peso de las preocupaciones
mundanales, no tiene que luchar ni que preocuparse en defender su honor,
ni tiene marido que la aflija, ni hijos que la apenen con sus dolencias.
Le basta con amar a Dios, su esposo, y vive en ntimo y dulce consorcio
con sus compaeras, seres llenos de dulzura y de benignidad. Habla
amorosamente con Jess crucificado, que le sonre amoroso y besa con
estremecimientos de pasin sus abiertas llagas, sus raudales de sangre;
aspira el mstico y tranquilizador ambiente de los claustros, que elevan
en el espacio su filigrana de piedra de un modo tan areo como la
oracin del creyente; no tiene que preocuparse ni an de reflexionar;
todo muere dulcemente dentro de su cerebro, y un poder superior y
maternal se encarga de pensar por ella. De da, a la luz del sol, mira
las florecillas que abren sus clices salpicados de roco, como mudas
bocas que entonan su invisible himno a la divinidad; conversa con el
sencillo pajarito; de noche, para ir al coro, atraviesa las silenciosas
crujas baadas por la misteriosa luz de la luna, y siente tras sus
pasos los del invisible Angel de la Guarda, que con la gnea espada
desenvainada, la defiende del demonio; junta el oro con el terciopelo y
la seda para hacer un traje a la Madre de Jess, y se extasa a todas
horas en la contemplacin de su alma, pura y limpia de malos
pensamientos, por lo mismo que no piensa, y hasta puede esperar que el
Omnipotente la favorezca, hacindola obrar milagros y destinndola a que
por el tiempo figure en los altares. No es esto la mayor de las
felicidades?

Ah, padre Claudio! Bendito padre Claudio! Buena mano derecha os haba
dado Dios para trastornar cabezas juveniles y para hacer hervir, hasta
derramarse, a las imaginaciones fogosas. Por algo la Compaa le tena,
ya que no por uno de sus mejores predicadores, por el ms eminente
confesor de cuantos enloquecen cabezas juveniles de aristocrticas
herederas, para arrojar sobre ellas las blancas tocas y limpiarlas
despus los bolsillos.

Enriqueta estaba trastornada. Aquella descripcin de las dulzuras
monsticas, que el jesuta an recarg con detalles ms conmovedores,
hizo ms que todas las exhortaciones de la baronesa, dichas con lenguaje
imperativo.

Al terminar el jesuta su discurso, Enriqueta, con la impetuosidad de
aquel carcter que tena dos diversas fases, exclam:

--Oh, padre Claudio! Yo quiero ser monja! Obedecer cuanto usted me
mande y entrar en un convento, aunque se oponga el mundo entero!

El jesuta sonri en la sombra, con la dulce expresin de un artista que
se siente satisfecho ante su obra.

--Bien, muy bien!--dijo--. Sers monja, te lo asegura el padre Claudio,
que te mira como una hija y te proteger en todas ocasiones. Ahora di el
"Seor mo, Jesucristo...", y acabemos, que tu hermana est impaciente.

Rez la joven, con la cabeza baja, mientras dentro del confesonario
sonaba un confuso masculleo de latn.

Acab el rezo, y sobre la portezuela del sacro cajn apareci la blanca
mano del jesuta, que traz en el espacio la bendicin absolutoria.

Con aquello bajaba del cielo a la cabeza de Enriqueta la divina
clemencia, y el padre Claudio comenzaba a tentar los millones de la
familia de Baselga, tan apetecidos por la Orden.

Otro golpecito como aquella confesin, y el hermoso jesuta andaba de un
solo salto la mitad del camino que conduca al generalato.




XXII

De cmo el padre Claudio
tendi la tela de araa.


El doctor don Pedro Pelez era el mdico de Madrid ms reputado entre la
clase aristocrtica.

Una fama, si no de excesiva brillantez, slida e inalterable, acompaaba
su nombre, y no se senta enfermo un individuo de la alta sociedad sin
que al momento parientes y amigos dijesen con la expresin propia del
que ha encontrado una solucin salvadora:

--Que busquen al doctor Pelez! Que venga inmediatamente!

Su reputacin cientfica estaba al abrigo de todo ataque, y a pesar de
que era un mdico vulgar que no se distingua en ninguna especialidad,
nadie se atreva a dudar de su sabidura, que entre las gentes del gran
mundo era casi artculo de fe.

En los salones hubiera sido considerado de mal tono hablar de dolencias
sufridas, sin unir a ellas el nombre del doctor de moda, que pareca
protegido por un oculto poder, encargado de acrecentar su fama.

La consigna era general. Enfermaba alguna aristocrtica seora, y no
faltaba un amigo oficioso que dijera inmediatamente:

--Eso no es nada. Llame usted a Pelez, y en cuatro das, buena. Le
gustar a usted mucho el doctor. Es un hombre de mundo, un carcter
franco y agradable.

Se senta indispuesta alguna beata opulenta, y entonces su mismo
director espiritual era el encargado de decirla:

--Llame usted al seor Pelez. Es un gran mdico, y, adems, un buen
catlico; un hombre virtuoso que fa ms en Dios que en su ciencia, y
que no incurre en las herejas de esos doctores materialistas que hoy
tanto abundan.

Poda dormir tranquilo el doctor Pelez, pues su fama no corra peligro.
Se le moran los enfermos con aterradora frecuencia; los compaeros de
Facultad sonrean desdeosamente al hablar de l, y le aplicaban, como
saetas de desprecio, los ms denigrantes calificativos; pero all
estaba, para defenderle, toda la alta sociedad, los pollos tsicos, las
nias clorticas, los padres martirizados por la gota, y, sobre todo, la
gente de Iglesia, y ms especialmente los individuos de la Compaa de
Jess, que hablaban de la piedad y las virtudes del mdico con
preferencia a sus conocimientos cientficos.

El padre Claudio era la ms slida base de aquella reputacin mdica, y
no visitaba una sola casa en la que no introdujera a su buen amigo don
Pedro Pelez, asombroso portento, que era capaz de obrar milagros, como
los antiguos santos.

Nada tena el doctor en su aspecto que justificase tan buena y general
aceptacin. Conocase su origen campesino por cierta rudeza en sus
maneras y aun en su lenguaje, que l pugnaba por ocultar; su rostro,
curtido y cetrino, era vulgarote, teniendo, como detalles distintivos,
unos ojos verdosos, que rebosaban malicia, unas patillejas recortadas
con poco arte y una gran boca que sonrea con graciosa bondad, y a esto
haba que aadir que vesta con cierta afectacin, procurando ostentar
un lujo recargado y ridculo.

Pero, en cambio, tena una conversacin entretenida, era francote e
ingenuo, hasta el punto de que, segn la expresin de sus bellas
clientas, llevaba el corazn en la mano, y tanta facilidad tena para la
narracin, que se senta capaz de pasar un da entero sin repetirse ni
cansar a su aristocrtico auditorio.

Cuando entraba en una casa, aunque el enfermo estuviera murindose,
todos desarrugaban el ceo, y hasta algunos sonrean acariciados por la
confianza que el mdico infunda con su presencia. Pulsaba a los
enfermos diciendo un chiste, entretena a la familia con un alegre
cuento, y cuando se le mora el infeliz que l cuidaba (lo que ocurra
las ms de las veces), aun llegaba a alcanzar con sus palabras que se
mitigara bastante el dolor de parientes y allegados.

No se llegaba a determinar en l quin alcanzaba tal xito y era motivo
de tan gran fama, si el mdico o el elegante bufn. Joaquinito Quirs,
gran aficionado a las imgenes clsicas, aun cuando las sacase por los
cabellos, deca de l que era Momo embozado en el manto de Esculapio.

Este don Pedro Pelez era el patriota de quien el padre Claudio habl a
Baselga en su conferencia con O'Conell, y pocos das despus de que sta
se verificase, lo present al conde en aquel despacho, estancia
misteriosa donde se incubaba, al calor de una exaltada imaginacin, la
gran empresa de Gibraltar.

El jesuta deba ya haber puesto a Pelez al corriente de lo que se
trataba, pues el mdico habl al conde de la importante conquista con
gran entusiasmo, jurando repetidas veces hacer los mayores sacrificios
para devolver Gibraltar a la patria espaola.

A Baselga no le fu muy simptico el doctor Pelez al primer golpe de
vista. Conoca de nombre a aquel mdico, del que se haca lenguas la
buena sociedad, y al verlo lo encontr un tipo de rstico, malicioso y
vulgar, incapaz de acometer ninguna empresa grande.

Pero aqul, exaltado por el patriotismo, tena la condicin de apreciar
a sus amigos con arreglo al grado de entusiasmo que mostraban por su
grandiosa empresa, y como el famoso Pelez no anduvo parco en punto a
elogios y exageraciones, tratndose de la idea concebida por Baselga,
ste le reput inmediatamente por hombre de gran vala, que bajo un
exterior vulgar encerraba un corazn de oro.

Tratndose de un carcter tan franco y amigo de entrometerse en todo,
como era el del reputado mdico, fcil es adivinar lo poco que le
costara captarse la confianza de aquel Don Quijote del patriotismo,
nombre que el padre Claudio daba a Baselga en sus conversaciones con su
secretario.

Pelez visit todos los das a su amigo, y con l permaneca horas
enteras, discutiendo calurosamente los ltimos detalles del famoso plan
y lo que deba hacerse despus del triunfo.

El conde estaba contento y satisfecho del carcter de su auxiliar, y,
sobre todo, lo que ms le agradaba en l, es que nunca le haca la
oposicin y acataba siempre todas sus rdenes.

Aquello marchaba, segn la expresin del conde, que muchas veces no
poda contener su alegra, y en la mesa hablaba a sus hijas con fruicin
y chispendole los ojos, del gran plan que l cuidaba de no revelar,
pero que las honrara a ellas como hijas del ms grande hombre de
Espaa.

A Enriqueta producale alguna inquietud la exaltacin que notaba en su
padre, y que aumentaba de un modo poco tranquilizador.

Fernanda, por el contrario, permaneca tranquila, y nicamente examinaba
a su padre con curiosidad. Saba que el padre Claudio tena algo que ver
con aquella exaltacin, y no se inquietaba, pues tena absoluta
confianza en aquel grande hombre, del que era ferviente admiradora.

Adems, en ella exista un gran fondo de odio contra el hombre que saba
no era su padre, y que la trataba siempre con desdeosa indiferencia,
hacindola sentir muchas veces el peso de su autoridad. El conde era un
obstculo para los planes del padre Claudio, y ella, por su amor a ste,
deseaba que le hiciera desaparecer.

Un da comenz a alarmarse, no slo la familia, sino toda la servidumbre
de casa de Baselga.

Eran las ocho de la maana, y en el patio sonaron voces colricas,
disputando con gran furor, y se vi subir precipitadamente al obeso
portero con una mejilla enrojecida por la marca que deja un tremendo
bofetn.

El ayuda de cmara del conde, que acababa de ponerse en actitud de
servir, pues su seor se levantaba siempre a dicha hora, acudi
presuroso al encuentro del atribulado portero, que con aire azorado
exclam:

--Yo no s lo que es eso; pero abajo hay muchos hombres, una tropa de
palurdos, que parecen del Norte, y que son salvajes como unos indios. No
les quera dejar pasar, y mira cmo me han puesto. Ese viejo que va al
frente me ha dado dos bofetadas.

Y el gordo sirviente se llevaba la mano a la mejilla con una expresin
de dolor que resultaba grotesca.

--Pero, qu quieren esos brbaros?--pregunt el ayuda de cmara.

--Buscan al seor conde, y dicen que son amigos de l, y que si vienen
es porque l los ha llamado. Vase si esto puede ser. Como si el seor
conde fuera a buscar sus amigos en los corrales de ganado!

En esto ya sonaba en la anchurosa escalera el pesado trote de muchos
pies torpes, pero seguros en el pisar, y poco despus desembocaba en la
antesala un rebao de hombres vestidos de lana parda, la boina azul
sobre la oreja y en la mano groseros y robustos bastones.

Eran como unos veinte, y los haba de todas clases. Unos membrudos, de
estatura gigantesca y rostro ingenuo como el del nio; otros pequeos,
angulosos e inquietos, con cara de rusticidad maliciosa; algunos, viejos
y curtidos; las ms, jvenes, con la tez respirando esa frescura que
presta la vida de las montaas, y todos de gesto enrgico y apostura
resuelta, como hombres seguros de su fuerza, que ni buscan ni rehuyen el
peligro.

Al frente de ellos iba un viejo enjuto y pequeo, de airecillo socarrn
y ojos menudos, azules y penetrantes, el cual tena sobre sus compaeros
cierto aire de superioridad y miraba a todas partes con confianza, como
hombre que no se cree capaz de que le asombre cosa alguna.

Al ver al ayuda de cmara, le dijo con tono imperativo:

--Eh, muchacho! T sabrs darnos mejor razn que ese gordote. Dile a tu
amo, el seor conde, que aqu est el to Fermn, el de Zumrraga. Anda
vivo!, que l ya nos estar esperando hace das.

Luego continu dirigindose a los suyos, que le miraban con satisfecho
amor propio al verle mandar en aquella casa:

--Vaya, chiquillos! Sentaos sin vergenza. El conde es muy campechano,
y aqu estis como en vuestra propia casa.

El rebao, obedeciendo la orden del pastor, se esparci por la
antecmara, moviendo gran estruendo con sus fuertes patadas y
colocndose ruidosamente en las sillas de madera tallada, algunas de las
cuales chocaron violentamente contra la pared.

Aquella horda, con su ruidosa invasin, su vocero en el patio y los
gritos del to Fermn, puso en conmocin toda la casa, y a los pocos
instantes, el resto de la servidumbre asomaba sus curiosas caras tras
los portiers del recibidor, asombrndose ante aquellas feroces cataduras
y la rusticidad de trajes que desentonaban del lujo de la habitacin.

Doa Fernanda, avisada por su curiosa doncella, supo inmediatamente la
irrupcin brbara de que era objeto la casa, y vistindose
apresuradamente, fu a asomar sus ojos por las rendijas de un cortinaje
de la antecmara.

Su instinto aristocrtico se sublev al ver aquella manada de hombres
toscos que miraban con asombro los detalles lujosos de la habitacin, al
mismo tiempo que dejaban impresas en la alfombra las sucias huellas de
sus zapatos cubiertos de barro. Iba la baronesa ya a salir para arrojar
a la calle a la plebeya turba, cuando vi entrar por la puerta de
enfrente, envuelto en su bata, al conde de Baselga, erguido y sonriente,
como si experimentase inmensa satisfaccin.

Todos se levantaron, moviendo tanto estrpito como al sentarse.

--A sus rdenes, mi coronel!--grit el to Fermn, llevndose una mano
a la boina para saludar militarmente, al mismo tiempo que con la otra
estrechaba con gran respeto la que le tenda el conde.

--Aqu estn los chicos!--continu con expresin gozosa--. Usted, mi
coronel, de seguro que habr dicho en vista de mi tardanza: "Ese Fermn
no se acuerda ya de m ni me quiere obedecer"; pero el to Fermn no es
ingrato, qu ha de ser! Lo nico que le ha sucedido es que le ha sido
difcil buscar y reunir la gente; pero lo importante es que ya est aqu
dispuesta a obedecerle como en otros tiempos; je, je! Qu tiempos
aqullos, mi coronel!

Y el fuerte viejo se rea abriendo su boca desdentada, y oprimiendo con
entusiasmo la mano del conde.

--Y es sta la gente, to Fermn?--dijo Baselga, paseando su penetrante
mirada por el confuso grupo que le contemplaba con respetuosa
admiracin.

--Esta es; s, seor. Es decir, quedan an treinta ms, que vendrn
dentro de dos das. Les quedaba algo que hacer por all, y adems no
convena que viniramos todos juntos. Algunos sirvieron en las filas
cuando la guerra, y todos estos jovenzuelos son hijos de antiguos
soldados de nuestro regimiento y le conocen a usted por lo mucho que
hablaban sus padres del valiente coronel Baselga. Verdad, hijos mos?

Aquellos mocetones contestaron muda y afirmativamente con tal energa,
que pareca iba a salrseles la cabeza de los hombros.

--Ya veo que es gente que promete--dijo el conde--, y de seguro que con
ellos pueden hacerse muy buenas cosas.

Veinte sonrisas estpidas acogieron agradecidas el cumplido.

--Pngalos usted a prueba y ver. Son fieras, y ms cuando se trata de
reir por el rey legtimo. Conque, seor conde, cundo daremos el
grito? Porque yo supongo que no nos habr usted llamado, gastando tanto
dinero, por el solo placer de vernos.

--Ya hablaremos de eso. Ven solo esta tarde y te dir lo que hemos de
hacer. Necesitas dinero?

--Qui!, no, seor. Con los tres mil duros que usted envi he tenido de
sobra para dejar algo a las familias y traer esta gente y la que ha de
venir, y an queda para mantenerse muchos das aqu.

--As que necesites ms dinero, avsamelo. Ahora marchaos y procurad ir
por Madrid en pequeos grupos, sin llamar la atencin. Hasta la vista,
muchachos; y t, Fermn, te espero esta tarde.

Sali la horda con el mismo estrpito, saludando con sus boinas al conde
y llevando al frente, como cuidadoso pastor, al to Fermn, que haba
tomado ojeriza al portero, pues al verle en la escalera blanda su
garrote de un modo poco tranquilizador.

Perdironse escalera abajo los trotes de aquella tribu, arrancada de lo
ms abrupto de las montaas navarras y llevada a Madrid por la voluntad
del conde. En la antecmara no quedaron como recuerdos de la invasin
ms que las manchas de barro en la alfombra y un nauseabundo olor a
salud.

La baronesa experiment gran alarma con aquel acontecimiento inesperado.

Por ms que esforzaba su imaginacin no poda adivinar cules eran
aquellos propsitos que su padre ocultaba con tanto misterio, y por qu
haba hecho venir tanta gente desde Navarra.

Comprenda que el padre Claudio saba ms que ella en aquel asunto; pero
por no merecer de l una reprimenda, ni oir que su curiosidad se
mezclaba en todo, no avis al jesuta de lo ocurrido, como en el primer
momento lo pens.

Quiso aquella tarde sorprender algo de la conversacin del conde con el
viejo navarro, pero no pudo lograr su intento, pues Baselga, como de
costumbre, cuando tena que tratar algo en secreto, haba cerrado la
puerta de una habitacin anterior a su despacho.

La baronesa hubo de contener forzosamente su curiosidad, que se excit
dos das despus con motivo de otra visita que hizo el to Fermn, con
ms numeroso acompaamiento y con el mismo estruendo, aunque sin tener
choques con el obeso portero.

Eran treinta mozos los que el viejo navarro presentaba al conde,
dicindole que acababan de llegar en el tren de la maana, y que estaban
tan deseosos de ver a su noble jefe, que no haba podido disuadirlos de
tal visita.

La baronesa, que oculta tras el mismo cortinaje de la antesala
presenciaba la escena, se alarm ms an y pens con terror si su padre
hara desfilar por aquella casa a todo su antiguo regimiento.

No crea ya que en aquello pudiera tomar parte el padre Claudio, y se
propuso revelarle lo que ocurra aunque el jesuta le reprochara su
curiosidad.

Envi al portero a la casa residencia de los jesutas, con una esquela
en que rogaba al padre Claudio pasase a verla cuanto antes, y a su
director espiritual, el padre Felipe, le comunic cuanto ocurra en
aquella misma tarde, pues no poda contener ms tiempo la extraeza
producida por tan inesperados sucesos.

Estaba la baronesa muy ocupada en comentar con su director espiritual
aquellas misteriosas maquinaciones de su padre, cuando entr la
doncella, a quien doa Fernanda haba encargado que espiara todos los
actos del conde.

--Seora, seora!--dijo apresuradamente la joven--. El seor ha bajado
hace un rato a las cuadras y ha hecho desocupar el cuarto del forraje.

--Bien! Y qu?--contest la baronesa, no comprendiendo que tal noticia
pudiera causar tanto azoramiento.

--Que acaban de llegar dos carros con unos cajones muy pesados, y a
fuerza de muchos brazos acaban de colocarlos en el depsito del forraje.

--Y qu contienen los cajones?

--Agustn el cochero, que ha ayudado a colocarlos y ha hablado con los
mozos, acaba de decirme que tienen dentro carabinas.

--Ser una broma--dijo la baronesa palideciendo.

--No, seora. Yo he odo el ruido de los cajones al descargarlos, y
aseguro a la seora que contienen objetos de hierro. Indudablemente son
armas.

La baronesa y su amigo se miraron asombrados, hacindose mudamente la
misma pregunta. Para qu seran aquellas armas?

--Y dnde est el seor?--pregunt doa Fernanda.

--Vigilando y dirigiendo la colocacin de los cajones. Uno de stos,
dice Agustn que lo han descargado con precaucin, pues contiene
cartuchos que pueden dispararse con facilidad.

A la baronesa le pareci que ya se bamboleaba la casa, movida por una
explosin, y con acento algo angustiado, dijo a la doncella:

--Vuelve a ver lo que hace el seor, y Dios quiera que no nos suceda una
desgracia.

Doa Fernanda y su director espiritual se entregaron a los ms
aventurados comentarios, creyendo, cuando menos, que el conde trataba de
verificar un alzamiento carlista en el mismo Madrid.

Era preciso poner aquello en conocimiento del padre Claudio, y su
subordinado, el robusto y potente confesor, se comprometa a
manifestarle la urgencia con que la baronesa solicitaba su presencia.

A la maana siguiente, el padre Claudio, antes de la hora en que
acostumbraba a ir a Palacio, entr en el saln de doa Fernanda.

Esta, que le aguardaba haca ya mucho tiempo y que, como de costumbre,
se haba vestido y acicalado con elegancia para recibir dignamente al
poderoso jesuta, se abalanz a l, exclamando con doloroso acento:

--Oh, padre mo! Qu va a suceder aqu? Con qu impaciencia le
aguardaba! Creo que ya sabr usted lo que ha hecho mi padre.

--S, hija ma. Este suceso lo aguardaba yo hace algn tiempo; pero
sintate y hablemos con calma, pues el asunto lo merece.

Sentronse los dos en un sof, y el jesuta dijo, adoptando un aire
paternal:

--Vamos, hija ma. Cuntame todo lo sucedido ayer. El padre Felipe me ha
dicho algo, pero deseo que seas t quien me diga lo ocurrido, con todos
los detalles.

La baronesa hizo la relacin de todo lo sucedido. La llegada de los
navarros, el almacenaje de las armas, el gran susto de los criados, que
saban todo lo que ocurra, y el no menor que experimentaba ella, pues
comprenda que de todo aquello nada bueno poda salir.

--Y t--dijo el jesuta--, qu intenciones le supones a tu padre? Por
qu crees que hace todas esas cosas que resultan extraas?

--Yo, padre mo, la verdad, no s cul pueden ser sus ideas. Ahora,
afortunadamente, estamos en una poca tranquila, el partido carlista no
piensa en conspiraciones, y al ver yo estos preparativos guerreros de mi
padre, casi llego a sospechar si estar loco.

El padre Claudio sonri, como halagado por estas ltimas palabras, y
dijo a su admiradora:

--Recuerdas que un da vine aqu con un sabio irlands, el doctor
O'Conell? T estabas en una Junta de Cofrada, y encargu al ayuda de
cmara de tu padre que te participase la visita. Lo recuerdas?

--Oh, s, perfectamente! Vino vuestra paternidad con un sabio que
estaba de paso en Madrid y que se marchaba aquella misma noche. El
doctor O'Conell, segn usted me dijo despus, es un sabio de gran
reputacin, y, adems, un buen catlico y amigo de la Orden. Ya ve usted
que me acuerdo.

--Pues bien; aquella visita, que pareca insignificante, tena gran
importancia. Yo traje aqu a O'Conell con toda intencin.

--Tambin ha trado usted al famoso doctor Pelez, con el que ha
simpatizado mucho mi padre.

--Tambin ha sido intencionadamente. Necesitaba que la ciencia viniese a
ratificar una sospecha que hace tiempo abrigaba yo.

--Cmo! Qu es eso? Qu es lo que usted cree, padre Claudio? Oh,
dgamelo, por Dios!

La baronesa demostraba gran excitacin. Pero sta era producida ms por
la curiosidad que por la zozobra dolorosa que en toda hija produce un
riesgo que amenaza a su padre.

--Calma, hija ma, calma! No te inmutes y conserva la serenidad, que en
estas circunstancias es ms necesaria que nunca. Comprendo que mis
palabras te impresionarn desagradablemente, pero debes tener valor.

Y luego aadi, bajando la voz y mirando a todas partes, como si temiera
ser odo:

--Tu padre est loco.

Y doa Fernanda, por toda contestacin, murmur:

--Me lo tema.

Quedaron en silencio los dos, y pasados algunos minutos de reflexin, la
baronesa pregunt a su dolo:

--Pero dgame vuestra paternidad: qu ha sucedido? Cmo ha venido
usted a convencerse de la locura de mi padre?

--Oh! Es muy largo de contar. Procurar decrtelo brevemente. Tu padre
ha cado en la extraa monomana de querer arrebatar Gibraltar a los
ingleses, y hace ya muchos meses que no se ocupa de otro asunto. La
idea, siempre fija, de alcanzar gran renombre, como sus antiguos
compaeros de armas, le ha hecho incurrir en tal mana, y l que, como
sabes, no ha sido nunca gran aficionado a los libros, estudia ahora con
tenacidad las obras militares, y ha conseguido hacerse un sabio. Las
fortificaciones de Gibraltar las conoce perfectamente, y hace poco
tiempo aquel viaje que emprendi, y del que tan malhumorado vino, no fu
a sus posesiones de Castilla la Vieja...

La baronesa, que oa la relacin con extraeza y curiosidad, no se pudo
contener.

--Pues, adonde fu?--exclam.

--A Gibraltar, de donde le arroj la polica inglesa, sin duda porque
con sus imprudencias excit sus sospechas. El mismo me lo ha contado,
pues por una extraa casualidad le inspiro gran confianza. Su mana le
induce principalmente a considerar a todos sus amigos como cmplices de
la conspiracin y les comunica sus planes. Yo, que conozco su carcter y
s que es terrible cuando se irrita, procuro no contradecirle, y
consiento que me trate como compaero de conspiracin. Lo mismo le
ocurre a Joaquinito Quirs, que hace tiempo se apercibi de las manas
del conde. Al principio eran stas inofensivas, y se limitaban a
risueas esperanzas y planes, que no se haban de realizar; pero, poco
despus, tomaron un carcter alarmante, hasta tal punto, que hoy puedo
asegurarte, hija ma, que si t, en representacin de toda la familia,
no tomas medidas enrgicas, este loco puede perturbar, no solamente esta
casa, sino Espaa entera, creando un conflicto internacional, en el que,
indudablemente, perder la vida. Figrate que ha comprado armas y ha
llamado esa gente que t ya conoces, con el descabellado propsito de
apoderarse de Gibraltar por sorpresa, y habla de esta empresa imposible
con la misma naturalidad que Don Quijote hablaba de las ms tremendas
aventuras. Tan parecido est al loco hidalgo manchego, que toma ya por
gigantes los molinos de viento, pues a un doctor lo convierte en
capitn, metindolo imaginariamente en su conspiracin.

--Cmo es eso?

--Se ha empeado en que el sabio doctor O'Conell es un capitn irlands
de guarnicin en Gibraltar, y que se ha comprometido a ayudarle en su
aventurada empresa.

--Pero, puede haberse forjado tal idea? Eso es un disparate.

--Qu te extraa, hija ma? Si no pensase tan absurdamente no sera un
loco. Indudablemente, lo que suea en su desordenada imaginacin lo cree
una realidad, y por esto afirma tan seriamente que el doctor es un
militar comprometido en la patritica conspiracin.

--Pero en algo se fundar para hacer tales afirmaciones.

--En nada absolutamente, querida hija. El doctor O'Conell tuvo con l
una larga conferencia, de la que yo fu testigo, y en ella no se trat
nada que pudiera servir de base a tales ilusiones. Es verdad que el
conde habl de Gibraltar con esa exaltacin que siempre le acomete
cuando trata de ese plan tan funesto para su razn; pero el doctor,
ocupado en observarlo, apenas si le contest, fijndose nicamente en
las muestras que daba de enajenacin mental. Salimos mi amigo y yo de la
visita, sin que pudiera imaginar el efecto que sta haba de producirle,
y al da siguiente, al volver aqu, mi sorpresa no tuvo lmites cuando
el conde me pregunt por el capitn O'Conell, y si ste tardara mucho
en indicarle, por conducto mo, el momento oportuno para dar el golpe
sobre Gibraltar. Pero mi asombro se troc en miedo cuando me habl de
traer de Navarra hombres de confianza y comprar armas. Tembl, pensando
en los terribles compromisos que su locura iba a traer sobre esta casa,
para m tan querida, y busqu inmediatamente al amigo Pelez,
encargndole que estudiase atentamente la enfermedad del conde.

Doa Fernanda estudiaba fijamente a su poderoso amigo, como si intentase
adivinar en su frente pensamientos muy opuestos a su palabra.

La aristocrtica devota se haba rozado demasiado con gentes cuya
facultad predominante era la astucia, para no presentir que all deba
haber algo extrao e importante, que el buen padre le ocultaba.

Sentase inclinada a la desconfianza, pero, al mismo tiempo, era tan
pura la mirada del jesuta, tena su rostro tal expresin de inocencia,
que la devota se senta arrepentida de sus sospechas.

El padre Claudio poda jactarse de ser dueo absoluto de su voluntad y
tener en la baronesa una sierva sumisa.

No; ella, a pesar de todos sus presentimientos, no quera recelar nada;
no se senta capaz de pensar mal de su poderoso amigo, y estaba
dispuesta a creer a ojos cerrados cuanto el jesuta le dijera.

Adems, no le desagradaba aquello de que el conde fuese declarado loco,
y pensaba con fruicin en que por tal procedimiento se realizaran sin
obstculo alguno los planes que sobre el porvenir de Enriqueta se haba
forjado ella y el jesuta.

Pensando en tan halagea idea, se le escap una sonrisa de
complacencia, y como llama de atalaya que hace una seal en la oscuridad
de la noche, en el fondo de la mirada del padre Claudio brill una luz
fugaz y extraa. Aquel chispazo contestaba a la sonrisa. Se daban ya por
entendidos el maestro y la discpula.

Doa Fernanda se haba decidido ya a creer en la locura de su padre.
Ella saba lo que significaba tal locura sobreviniendo poco despus de
negarse el conde a las demandas del jesuta; pero senta tranquila su
conciencia, ms que todo por la naturalidad simple y terrible que
presentaba el asunto, y que haca honor a la preparacin jesutica.

La cosa era sencilla y no daba lugar a dudas. Baselga ya no era el mismo
de un ao antes. Se haba fijado tenazmente en su cerebro un plan
imposible, y el que antes era un ser misantrpico y silencioso,
mostrbase ahora exaltado y locuaz. Esto no era suficiente para declarar
a un hombre loco; pero all estaban, como acusaciones poderosas e
indestructibles, el empeo en convertir a un sabio doctor en capitn del
ejrcito ingls, la llamada de aquella turba de feroces navarros, la
compra de armas y, sobre todo, el testimonio del doctor Pelez, aquella
lumbrera cientfica del mundo elegante, que golpendose el pecho con sus
rudas manazas, manifestbase dispuesto a jurar ante Dios, si era
preciso, que Baselga estaba ms loco que muchos reclusos en los
manicomios.

Ella volva a repetirse que no senta intranquilidad en la conciencia.
Tena la obligacin, como buena catlica, de creer a un santo varn tan
respetable como el padre Claudio, y desechaba, como inspiraciones del
demonio, las sospechas que la acometan. Ella no pecaba creyendo a su
padre loco, aunque la razn le aseguraba todo lo contrario. Se lo deca
el respetable jesuta, y ella, con creerlo, quedaba libre de toda
responsabilidad. Oh! Cun cmoda era aquella fe!

El padre Claudio adivin, con su natural perspicacia, lo que pensaba
aquel ser tan supeditado a su voluntad, y seguro ya de su obediencia
sigui adelante.

Habl a la baronesa de la necesidad en que estaba de prevenir los
peligros que pudiera ocasionar la locura de su padre, y le pint con
sombros colores cul iba a ser la suerte de ste, si permaneca libre,
como hasta el presente.

--T no llegas a imaginarte lo peligroso que es para su familia, y hasta
para su propia persona, un loco dominado por tan extraa mana como la
del conde. Hasta la paz de la nacin peligra, si tu padre permanece,
como hasta el da, dueo por completo de sus acciones. Figrate que
maana mismo, tenaz en su idea de que el doctor O'Conell es un capitn
que le ayuda dentro de la plaza de Gibraltar, se le ocurre valerse de
sus armas y de esos hombres que ha reunido, y se dirige a la posesin
inglesa, intentando entrar en ella en son de guerra. Las autoridades
britnicas, que no reparan gran cosa en apreciar locuras, lo ahorcarn,
indudablemente, en tal caso, y todo el mundo te sealara a ti como
responsable de tan afrentosa muerte, pues, conociendo a tiempo su
locura, no habas evitado sus consecuencias.

--Jess!--exclam la baronesa con afectado horror, tapndose el rostro
con las manos.

--Vamos, hija ma; hay que tener presencia de nimo y no entregarse al
dolor. Hoy an estamos a tiempo para evitar tales horrores, si es que t
tienes la suficiente firmeza para adoptar una resolucin que ponga en
seguro la existencia de tu padre y la paz de esta casa.

--Oh, diga usted, reverendo padre! Qu debo hacer?

--Ante todo hay que buscar a varios doctores de reconocida capacidad,
para que celebren una consulta sobre la salud del conde, y enterados
suficientemente de sus nuevas costumbres y extraas ideas, digan si est
loco o no.

--Estoy dispuesto a ello, y llamar a los doctores que usted me indique.

--Basta con que llames a uno; los otros los convocar el doctor Pelez,
que puede apreciar mejor que nosotros el mrito de sus compaeros de
Facultad.

--A quin tengo que llamar yo?

--Al doctor Zarzoso, ese clebre catedrtico de la Escuela de Medicina,
que tanto ruido mueve con sus conferencias pblicas sobre enfermedades
mentales. A quin mejor podemos confiar el diagnstico de la enfermedad
de tu padre? Oh! Estte segura de que si don Antonio Zarzoso nos
declarase locos a nosotros dos, no habra nadie en el mundo que dudase
de sus palabras. Puedes escribirle hoy mismo, rogndole que te diga a
qu hora podr venir maana a examinar al conde. El tal doctor es un
hombre de perversas ideas polticas, un revolucionario recalcitrante,
que, aunque valindose de rodeos, aprovecha todas las ocasiones que se
le presentan para atacar nuestra santa fe; pero sabe mucho, es un
portento de ciencia, y en ocasiones como sta, resulta necesario valerse
de sus superiores conocimientos.

--Le llamar, reverendo padre. Un criado le llevar inmediatamente mi
carta, en que le rogar venga maana mismo.

--El doctor Pelez vendr con los dos compaeros que elija, y la
consulta se llevar a cabo. Yo, en inters tuyo y de esta casa, me
resignar a asistir a la consulta, pues tal vez el doctor Zarzoso quiera
interrogarme sobre las costumbres y el carcter del conde.

--Oh, gracias, padre mo! Cmo agradecer tantas bondades!

Hablaron an mucho rato el jesuta y la baronesa sobre la locura del
conde, y cuando el primero hubo determinado bien hasta en sus ltimos
detalles lo que su aristocrtica subordinada deba decir en la consulta
del da siguiente, se despidi de ella, alegando sus muchas ocupaciones.

Al atravesar la antecmara el padre Claudio habl con el ayuda de cmara
del conde:

--Est el doctor Pelez con tu seor?

--S, reverendo padre. Quiere usted que le d algn recado?

--Ahora, no; sera interrumpir su conversacin con el conde y
estorbarlos en importantes ocupaciones. Si tarda en marcharse, puedes
entrar de aqu a una hora, y decirle que le aguardo en mi casa.

El padre Claudio se fu.

Cuando una hora despus el doctor Pelez entr en el despacho del
poderoso jesuta, estaba ste completamente slo y papeleando con la
misma suprema atencin que cuando era joven. Aquel hombre se senta en
su elemento y experimentaba un inmenso placer cuando hojeaba aquellos
legajos, inmenso registro de las vidas de muchos miles de seres, que
encerraba secretos importantes y era como un cementerio moral, donde
dorman los hombres ms conocidos, mostrando el esqueleto descarnado de
su vida, el carcter secreto, sin convencionalismos sociales que
encubren los defectos, ni excusas engaosas que desfiguran los crmenes.
Revolviendo aquella necrpolis de papel emborronado, el padre Claudio se
agigantaba, apreciando en toda su magnitud su poderosa omnipotencia, y
al tomar en sus manos uno de los legajos, su peso le pareca el del
mundo entero, que poda estrujar a su placer.

El doctor Pelez entr en el despacho transfigurado. A sus elegantes
clientes les hubiese costado algn trabajo reconocer en aquel hombre
grave, cabizbajo y con aire de siervo rastrero que se humilla, su doctor
alegre, chismoso y bromista, que tanto alegraba a los enfermos.

El padre Claudio le mir de un modo muy distinto que cuando lo
encontraba en los salones de la alta sociedad.

Ahora ya no eran dos amigos, sino que el subordinado compareca ante el
superior omnipotente y absoluto.

--Sintese usted, doctor--dijo el padre Claudio--Cmo est el conde?

--Lo mismo que siempre. Esta tarde, como de costumbre, hemos hablado de
Gibraltar. Dice que slo espera el aviso de O'Conell, y que todo lo
tiene preparado para ponerse en camino y dar el golpe.

--A qu altura se encuentra su demencia?

--Reverendo padre, el conde est tan loco como vuestra paternidad y como
yo. Es cierto que en l hay algn desarreglo de las facultades mentales,
que esa idea de conquista le obsesiona, hasta el punto de excitar
demasiado su imaginacin; pero de esto a la locura hay mucha distancia.

El padre Claudio hizo un gesto terrible, y el mdico tembl.

--Doctor Pelez, es usted un imbcil, que no sabe una palabra de
medicina. Yo le digo a usted que Baselga est loco.

Y al decir esto miraba con tal aire de autoridad avasalladora a Pelez,
que este, como si fuese el eco de las palabras del jesuta, dijo
rotundamente:

--Est loco, efectivamente.

--Muy bien; veo que ya va sabiendo usted algo ms de medicina. El conde
de Baselga est loco, y en la consulta que usted, como mdico de la
casa, tendr maana con el clebre alienista Zarzoso, es preciso que
sepa relatar perfectamente la historia de la enfermedad y que cuente
todos los detalles justificativos, de modo que nadie pueda dudar que el
conde es vctima de una enajenacin mental. Resulta esto necesario para
que la familia pueda conducirlo a un manicomio.

--Difcil es eso, reverendo padre.

--Claro, es ms fcil contar chascarrillos en las tertulias y alborotar
a las pollas con cuentecillos de color de rosa; pero aqu no lo hemos
encumbrado a usted por el gusto de que la aristocracia tenga un bufn
ms, sino para que nos sirva siempre que lo necesitemos. Usted no est
autorizado para decir si una cosa es fcil o difcil; usted lo que debe
hacer es cumplirla a ojos cerrados, y... en paz.

--La cumplir, reverendo padre. Slo temo no saber hablar de un modo que
convenza a mis colegas.

--Yo estar all.

--De ese modo ya estoy ms tranquilo.

--Ya puede usted apreciar el modo ms adecuado de hacer la historia de
la locura de Baselga. He aqu la sntesis: primero, un hombre
ensimismado, malhumorado, misntropo; despus, se le ve dedicarse con
ahinco a los estudios militares, habla de gloria a todas horas, cambia
de carcter rpidamente, se irrita con frecuencia, al mismo tiempo que
siente retoar en l los apetitos juveniles, y se lanza al mundo
elegante de que antes hua bailando como un muchacho y adoptando el
aspecto de un viejo verde. La idea absurda y estupenda de conquistar a
Gibraltar la acaricia en secreto, y al fin acaba por revelarla a varios
amigos de confianza. Yo, que soy uno de stos, y a quien empiezan a
inspirarle cuidado las ideas estrambticas del conde, aprovecho el
rpido paso por Madrid de un amigo mo, renombrado mdico irlands,
llamado O'Conell, y lo llevo a casa de Baselga. La conferencia es
tranquila. El conde habla, como siempre, de su plan sobre Gibraltar; el
mdico le contesta cuatro generalidades, con el nico fin de hacerle
hablar ms y estudiar mejor su pensamiento, y termina la visita, sin que
ocurra ningn incidente y sin que O'Conell d motivo alguno para que el
pobre loco crea que l es un capitn del ejrcito ingls que se propone
ayudarle en la conquista del Pen. Al da siguiente, yo veo con el
mayor asombro que el conde tergiversa las cosas del modo ms lamentable,
y que tiene por militar al que slo es doctor, y supone que dentro de la
posesin inglesa hay quien secunda sus planes. Esto me produce una
inmensa alarma, y entonces yo le busco a usted para que estudie la
enfermedad del conde, y usted, por datos que tendr recogidos, probar
claramente a sus colegas que Baselga est loco de remate, aadiendo que
tan tenaz es su mana patritica y conquistadora, que tambin lo
considera a usted como uno de los conjurados y le expone sus planes.
Adems, puede usted asegurar al doctor Zarzoso, que a l, en el momento
que visite al conde, tambin ste lo considerar como auxiliar para la
conquista.

--Pero..., reverendo padre. Cmo vamos a conseguir esto ltimo? Y si
el conde recibe a mis colegas como simples mdicos y no quiere hablar de
su famoso proyecto? Cmo nos arreglaremos entonces para probar su
locura?

--No se ocupe usted de eso, seor Pelez. Es cuenta ma, y ya sabr yo
arreglar las cosas para que el xito sea a nuestro gusto.

--Procurar, reverendo padre, cumplir sus rdenes y proceder de modo que
la Orden no quede descontenta de m.

--Har usted perfectamente. Esta es la primera vez que necesitamos de
sus servicios para un asunto serio. Hasta ahora no ha hecho usted ms
que vigilar por nuestra cuenta a ciertas familias y darnos relacin
exacta de sus acciones. Servicios de poca importancia, menudencias que
no merecen mucho agradecimiento. Ya empieza usted a devolver lo mucho
que nos debe, y es preciso que en este asunto se extreme y aguce el
ingenio para que no podamos tacharle de ingrato. Piense usted, ante
todo, que si hoy se ve bien recibido en la alta sociedad y vive en la
opulencia, a nosotros nos lo debe, y que as como lo hemos elevado,
podemos hacerle caer en la ruina de un solo golpe. Procure, pues, no
dejar descontenta a la Orden.

--Reverendo padre: soy de la Compaa en cuerpo y alma.

--Pues a eliminar al conde de Baselga del mundo de los cuerdos.

--O el doctor Pelez no sirve para nada, o maana el conde es declarado
loco.

--As sea, querido doctor. Con ello libraremos a una familia catlica
del yugo de una obstinacin impa, y la Orden recibir un refuerzo de
importancia para continuar su obra sublime de conquistar el mundo en
nombre de Cristo. Considere usted si el servicio que yo le exijo es
meritorio y digno de santa alabanza.




XXIII

Baselga convertido en mosca.


La baronesa de Carrillo viva en el palacio de su padre con completa
independencia.

Ocupaban sus habitaciones una gran parte del primer piso, y slo dos o
tres piezas, las ms sombras, por tener sus vistas al patio, eran las
reservadas al jefe de la familia, que viva en completo aislamiento, y
nicamente iba en busca de su hija Enriqueta cuando tena que
acompaarla a una fiesta de sociedad.

Entre las habitaciones de la baronesa y las del conde, aunque slo
estaban separadas por la antecmara, padeca mediar un abismo.

El odio de la falsa hija y la indiferencia del padre, que saba bien a
qu atenerse acerca de la sangre que circulaba por las venas de la
baronesa, impedan toda relacin entre los dos, y de aqu que slo se
viesen en el comedor, donde cambiaban algunas fras palabras.

Esta falta de comunicacin en que ambos vivan creaba en aquella casa
dos mundos distintos que seguan sus rumbos, sin rozarse ni
aparentemente el uno con el otro.

Baselga no pona nunca los pies en las habitaciones de su hija mayor ni
se preocupaba de las visitas que sta reciba y de sus rsticas
tertulias.

En cuanto a la baronesa, sta no se preocupaba aparentemente de la vida
que haca su padre, ni haca preguntas a sus enviados; pero era porque
su chismosa doncella, mediante generosas recompensas, se encargaba de
averiguar lo que el conde haca desde la maana hasta la noche, y qu
gentes entraban a visitarle en su despacho.

A esta separacin era debido que Baselga no se enterase de lo que contra
l se tramaba en el saln de su hija, ni se apercibiera de las personas
a quienes sta reciba.

De este modo, nada supo de la reunin que se verificaba en dicha pieza a
las once de la maana, o sea a la hora en que l, con los codos apoyados
en su mesa de trabajo y la cabeza entre las manos, reflexionaba sobre su
clebre plan, que nunca se cansaba de acariciar.

Media hora antes haba estado con l su ntimo amigo, el padre Claudio,
para anunciarle de all a poco rato la visita de tres individuos del
Comit patritico que diriga Pelez, las cuales se mostraban ansiosos
de conocer al gran hombre encargado de dar el golpe sobre Gibraltar.

El jesuta haba salido poco despus, anunciando que iba a visitar a la
baronesa en sus habitaciones, y, efectivamente, all estaba hablando con
ella, en un rincn, explicndola con cierta vehemencia el modo como
deba recibir al doctor Zarzoso.

De pie, junto a una ventana, estaba Pelez mirando atentamente a la
calle, y sentados en grandes sillones, con la expresin de hombres que
se encuentran en un sitio que no les inspira confianza, figuraban los
dos mdicos que el doctor de la aristocracia haba buscado para que
sirviesen como de coro a la consulta mdica que se preparaba.

Eran dos facultativos insignificantes, dos mdicos vulgares, a quienes
protega Pelez, dndoles las migajas de su clientela, y de los que
dispona a su antojo como verdaderos autmatas.

A pesar de su ttulo acadmico, consideraban a Pelez como un orculo;
su falta de ciencia les haca creer, como a toda la alta sociedad, que
el aristocrtico mdico era un portento de sabidura, y bastaba que ste
abriese la boca para que los dos aclitos comenzasen a mover la cabeza
para apoyar con signos de aprobacin todas sus palabras.

Par en la calle un carruaje, y Pelez se retir de la ventana, diciendo
con precipitacin:

--Ya est ah. Su berlina ha parado en la puerta.

El rato que transcurri hasta la presentacin del famoso catedrtico, lo
emple la gente que estaba en el saln en colocarse convenientemente.

Los dos mdicos limitronse a incorporarse un poco en sus sillones; pero
la baronesa y el jesuta levantronse de sus asientos para colocarse en
el sof, donde doa Fernanda, estrujando nerviosamente su pauelo y
ladeando dolorosamente su cabeza, tom una actitud trgica.

El padre Claudio estaba a su lado como esforzndose en inspirarla valor,
y Pelez colocse modestamente en un ngulo del saln con toda la
actitud de un hombre eminente, que, en obsequio a un sabio que le
sobrepuja, quiere hacerse pequeo e insignificante.

Un criado anunci al doctor Zarzoso, y ste entr inmediatamente en el
saln.

Era un hombre de cincuenta aos, de estatura regular, que disminua una
excesiva obesidad; de rostro cetrino, cano bigote cortado a cepillo,
crneo algo despoblado y reluciente, y frente anchurosa, cruzada por una
arruga vertical que naca entre las dos cejas y que se marcaba de un
modo alarmante apenas estallaba en l el mal humor.

Todo en l denotaba a un hombre testarudo e inflexible, capaz de reir a
puetazo limpio con la ciencia, si sta, despus de hacerle entrever
alguno de sus misterios, se empeaba en ocultrselo.

Llevaba un gabn azul abrochado hasta el cuello y muy estrecho, por lo
que marcaba demasiado su prominente abdomen, y sus ojuelos brillaban
tras los cristales de sus gafas de oro, con la expresin de un hombre
desconfiado y tosco, que en su franqueza llega, sin notarlo, hasta la
grosera.

Era el verdadero tipo de sabio que aparece en comedias y novelas, y que
ha llegado a hacerse popular. Su despreocupacin era ya legendaria en la
escuela de Medicina; sus frecuentes distracciones, muchas veces de
carcter cmico, daban mucho que reir a alumnos y practicante, y
resultaba tpico en l su odio a esas ridculas conveniencias sociales
creadas por la aristocracia.

Aborreca el "confort", se burlaba de modas y recordaba con fruicin la
feliz edad en que no haba encontrado an un inteligente protector que
le dedicase a la ciencia costendole la carrera, y era l todava un
aprendiz de carpintero, travieso como un diablo, que con el saquillo al
hombro iba al taller pelendose de paso con todos los chiquillos de la
calle. Empeado en recordar su primera edad, el doctor Zarzoso, el
profesor insigne a cuyas conferencias sobre enfermedades mentales acuda
todo el mundo cientfico y literario de Madrid, y de cuya sabidura se
hacan lenguas todas las revistas profesionales de Europa, haca la vida
de un obrero: coma tan "vulgarmente" como un albail, y con una tirana
que resultaba chusca, diriga las ms atroces censuras a aquellos de sus
jvenes discpulos que, deseosos de deslumbrar a elegantes hermosuras,
vestan con arreglo a la ltima moda.

Sus opiniones polticas y religiosas eran el perpetuo motivo de
entusiasmo de sus alumnos, y la conversacin obligada en los salones de
esa clase social que, inspirada por el fanatismo, arrastraba a su casa
un pedazo de Iglesia.

Aquel hijo del pueblo, elevado a las sublimes alturas de la ciencia por
sus propios esfuerzos y por la caracterstica terquedad que le haca
pasar por encima de toda clase de obstculos, inspiraba un terror casi
supersticioso a las buenas gentes devotas.

Sus explicaciones materialistas, aquel atesmo de que haca gala con
cierta afectacin, sin duda porque le divertan los aspavientos de los
fanticos escandalizados, formaban alrededor de su nombre una terrible
leyenda.

A pesar del horror que senta hacia su persona la gente devota y esa
inmensa masa indiferente que no cree en nada, pero que se muestra
profundamente religiosa mientras esto le produce algn resultado
material, nadie pona en duda sus conocimientos cientficos, y era
general la opinin de que nadie como l poda dedicarse con gran xito a
la curacin de las enfermedades.

Era un hombre terrible, un rprobo, un monstruo, un insensato que no
crea en Dios ni en los reyes, que se mostraba partidario de la
Repblica y hablaba pestes contra el Papa, pero a pesar de esto, no
haba familia aristocrtica ni prncipe de la Iglesia que vacilase en
llamarle apenas tena necesidad de sus servicios.

En sus relaciones con los clientes, tena el doctor Zarzoso grandes
extravagancias, segn afirmaban sus compaeros de Facultad.

Una vez se hizo pagar dos mil duros por haber curado a un opulento
cannigo de una enfermedad mental casi insignificante. Esto nada tena
de particular, segn sus compaeros; pero lo que en su concepto
resultaba absurdo es que al mismo tiempo dedicase gran parte de su
tiempo e hiciese nuevos estudios para la curacin de un cerrajero, al
que apenas conoca, y a quien el doctor tuvo que conducir por fin a un
manicomio, entregando antes a su mujer los dos mil duros del cannigo
para que se dedicara a una pequea industria y mantuviera a sus cuatro
hijos.

El doctor Zarzoso se indign de un modo terrible un da que se
atrevieron a preguntarle por qu procedi de aquel modo.

--Djenme ustedes en paz--grit dirigindose a los otros catedrticos--.
Si yo tuviese el poder que se le supone a ese tal Dios a quien nadie ha
visto, iran las cosas de otra manera, pues sera un terrible nivelador.
Entretanto, procuro quitar lo que puedo a los favorecidos por el reparto
social para drselo a los despojados que mueren de miseria.

Eran horribles las teoras de aquel sabio endemoniado. Con ellas, a
dnde ira a parar el mundo?

Las gentes indiferentes slo reconocan en el doctor un gran defecto, y
ste tan arraigado, que difcilmente podra nunca despojarse de l.

Era tan apasionado por sus ideas polticas y religiosas, y tan rudamente
se encastillaba en ellas, que miraba con odio a todos los que no
pensasen del mismo modo que l, y si buscaban los auxilios de su
ciencia, los trataba con tantos escrpulos como un brahmn que se viera
obligado a poner sus manos sobre un paria de la India.

Toda la inmensa paciencia y los cuidados maternales que dedicaba a
cuantos enfermos no le inspiraban ninguna preocupacin, lo trocaba en
mal humor y aspereza cuando tena que curar a algn ser que en su poca
de sana razn se haba distinguido como ardiente defensor de rancias y
tradicionales ideas.

En l estaba arraigada la creencia de que todo fantico es un loco; pero
no quera comprenderse en esta regla general, porque nunca lleg a
pensar que l fuese otro fantico, aunque de las ideas ms opuestas.

Al entrar el doctor en el saln de la baronesa, todos los hombres se
levantaron, hacindole un respetuoso saludo.

El seor Zarzoso, al ver a doa Fernanda, que supona sera la seora
que le haba llamado, avanz hacia donde ella estaba, dirigiendo al
mismo tiempo una escudriadora mirada a las otras personas que ocupaban
el saln.

Tanto el padre Claudio como los dos mdicos le eran desconocidos
personalmente; pero al mirar al doctor Pelez hizo un gesto de
desagrado, como si se encontrara en presencia de una persona molesta y
antiptica.

El sabio, cuya rudeza casi era legendaria, odiaba con todo su
apasionamiento caracterstico a aquel mdico aristocrtico, bufn
cientfico, que cifraba todo su renombre en hacer reir a los enfermos de
alta categora.

El tal Pelez vena a ser la continua preocupacin del doctor Zarzoso.
Por esto le agobiaba con burlas crueles y sarcasmos terribles; pero el
aristocrtico doctor, ducho en el arte de doblar reverentemente el
espinazo, contestaba siempre con lisonjas y adulaciones, lo que
aumentaba todava ms el mal humor en el rudo sabio, puesto que odiaba
an ms los procedimientos rastreros que el charlatanismo cientfico.

Pelez no ignoraba la poca simpata que le tena el clebre profesor, y
de aqu que, a pesar de toda su serenidad, se inmutase un poco al verse
en su presencia.

--Querido maestro--dijo, inclinndose servilmente y con acento propio
del que experimenta una gran satisfaccin--. Cun inmensa es mi alegra
al tener la honra de...!

El mdico de la alta sociedad no pudo continuar. El doctor Zarzoso le
haba mirado despreciativamente con sus ojillos grises, que en ciertos
momentos parecan reir chuscamente bajo sus tapaderas de cristal y fu a
estrechar la mano que le tenda la baronesa, siempre en actitud trgica
y como prxima a desmayarse.

--Seora, he acudido a su llamamiento tan pronto como me ha sido
posible. Ahora espero que me diga usted lo que ocurre y deseo que mis
servicios puedan ser de gran utilidad.

--Doctor, se trata de una consulta. Mi padre, el conde de Baselga, est
gravemente enfermo, y como la fama de usted como especialista en
dolencias mentales es universal, me he tomado la libertad de llamarle,
deseando que tenga a bien celebrar una consulta con estos seores.

--Con quines?--dijo con extraeza el doctor Zarzoso, que estaba
mirando fijamente al padre Claudio con la insolencia propia de un
clerfobo rudo y empedernido.

No poda explicarse la presencia de un cura en aquella reunin que iba a
convertirse en consulta cientfica, y por esto sigui diciendo con
cierta irona al mismo tiempo que sealaba al jesuta:

--Acaso el seor es tambin de la Facultad?

--No, seor doctor. El seor, es el padre Claudio, de la Compaa de
Jess, un amigo de mi niez, un protector de mi infancia, a quien
considero como mi segundo padre. Como ntimo amigo de mi familia, ha
tratado a mi padre con intimidad y puede suministrar a la consulta datos
de alguna importancia.

El jesuta se inclin modestamente como ratificando las palabras de la
baronesa, y el sabio doctor an mir con ms fijeza al sacerdote.

Haba odo hablar mucho de aquel jesuta que visitaba a la Reina con
asiduidad; tena gran prestigio en los centros oficiales e influa
algunas veces en la vida de los Gobiernos, cuando stos no tenan al
frente algn general testarudo.

Siempre haba sentido deseos de conocer qu "clase de pajarraco" era
aquel jesuta que tan poderoso se mostraba, y ahora que poda examinarlo
a su sabor, esforzbase en adivinar en aquel exterior que afectaba
humildad algn gesto, algn detalle que revelase el genio de intriga que
posea en tan alto grado.

Pronto le sac de su contemplacin escudriadora la voz de la baronesa.

--En cuanto a estos otros seores, ilustre doctor, son colegas de usted,
con los que podr verificar la consulta. Permtame usted que los
presente. El doctor don Pedro Pelez.

El aludido se inclin con afectacin, y despus dijo con nfasis:

--Tena ya el honor de que el sabio catedrtico me conociese, pues ya he
logrado varias ocasiones en que he podido manifestarle que tiene en m
uno de sus mayores admiradores.

Pelez se qued muy satisfecho de sus palabras; pero el sabio las acogi
con gruidos poco tranquilizadores y dijo despus con sorna:

--Efectivamente, conozco al seor... Y quin no conoce a esta lumbrera
de la ciencia elegante, a este portento capaz de hacer reir a un
moribundo con sus habilidades? Es todo un sabio que ir muy lejos;
lstima que la muerte se empee en impedir siempre sus triunfos
cientficos.

Y el doctor Pelez se rea al lanzar su colega aquellas burlas crueles y
ver cmo haca esfuerzos por conservar su serenidad.

--Oh! Mi ilustre maestro--murmur como si estuviese muy agradecido--,
siempre me distingue con su alegre benevolencia. Permtame ahora que le
presente a mis compaeros.

Y Pelez hizo la presentacin de sus dos compaeros, aquellos mdicos
vulgares que con su expresin de zozobra al verse frente a aquella
eminencia daban mucho que reir al doctor Zarzoso.

--He aqu--murmur ste--dos excelentes aclitos que dirn "amn" a
todo.

Despus de la presentacin era necesario entrar en materia, y la
baronesa fu quien abord la cuestin.

--Seor doctor--dijo con acento quejumbroso--. En esta casa, despus de
mi padre, soy yo quien, por mi edad, debo encargarme de la direccin de
ella, y por esto, hoy, que con profundo dolor veo en peligro la razn
del conde, me he apresurado a impetrar los auxilios de la ciencia para
impedir mayores males. Mi padre est loco o, al menos, esta es la
opinin de todos estos seores. A m, como hija cariosa, me repugna
creer en tal desgracia, y para convencerme o animarme en mis esperanzas,
slo espero lo que diga el sabio que goza de tan justo renombre en esta
clase de enfermedades.

El doctor Zarzoso inclin la cabeza, agradeci la lisonja, sin dejar de
mirar aquella mujer madura y fea que se expresaba con acentos tan
dramticos y que pareca ser lista en demasa.

--Yo, seor doctor--continuo doa Fernanda--, slo le pido, por Dios y
por todos los santos!, que piense bien antes de dar su dictamen, que de
sus palabras pende la tranquilidad de mi pobre hermana, joven inocente
que no sabe nada de la dolencia de su padre, y la ma propia; pero
tambin le pido que no nos oculte la verdad, pues de seguir mi padre
como hasta hoy, libre por completo, teniendo la razn perturbada,
podran originarse terribles sucesos y de sus consecuencias todos me
culparan a m por no haberlos evitado a tiempo.

Pelez, los dos mdicos y el jesuta hicieron signos de aprobacin, y el
doctor Zarzoso crey del caso hablar:

--Efectivamente, seora; en estos asuntos hay que decir siempre la
verdad, y si yo valgo algo es porque jams la he ocultado, aun a riesgo
de destrozar los sentimientos ms naturales de las familias. No tema
usted que yo la oculte lo que piense. Mi rudeza es bien conocida de
todos cuantos me tratan, y si su padre est loco o si est cuerdo, con
la misma claridad se lo manifestar. Vamos, pues, al asunto. Hay algn
inconveniente en que veamos al enfermo?

--No, seor doctor. Mi padre est en su despacho y pueden ustedes entrar
a verlo cuando quieran.

--Eso se har despus. Ahora oigamos al mdico de la casa. Es el
seor...?

--Pelez, para servirle, querido maestro--dijo el aludido fingiendo no
comprender la malignidad de aquel olvido.

--Oh! S; dispense usted. Conoce uno a tantos... Pero esto no impide
que sea un pecado imperdonable olvidar un nombre tan conocido como el de
usted lo es en la clase ms selecta de la sociedad.

Pelez se morda los labios al sentir aquellas incesantes punzadas que
le diriga el irnico maestro, y todos los presentes, a pesar de la
gravedad de la situacin, comenzaban a regocijarse algo en su interior,
al ver el apuro del mdico aristcrata, tan chusco y atrevido en sus
conversaciones como tmido y rastrero con el clebre profesor.

--Vamos adelante--dijo ste, que se gozaba en el martirio de su
vctima--. A ver la historia de la enfermedad.

Pelez recit hbilmente la leccin aprendida. Todo cuanto en el da
anterior le haba dicho el padre Claudio en su despacho, lo fu
repitiendo con una expresin tal, que en sus palabras no se notaba
preparacin ajena y pareca el resultado de largas meditaciones
cientficas.

El aristocrtico mdico se explic con claridad y prob la locura del
conde, despus de afirmar que slo se decida a hacer tal declaracin
tras meditar largamente sobre el asunto.

La historia de la enfermedad fu breve, pero precisa. Primeramente, el
paciente, posedo de una mana heroica que le haca ansiar la gloria,
habase decidido a realizar un plan tan absurdo como la conquista de
Gibraltar, por un golpe de mano hijo de su iniciativa, y sin confiar en
ningn auxilio extrao. Despus, dominado por esta mana, haba cado en
otra ms peligrosa, cual era considerar a todos sus amigos comprometidos
voluntariamente en tan loca empresa. La visita de un mdico extranjero
le haba hecho concebir la absurda esperanza de que dentro de la plaza
inglesa haba gente que secundara sus planes, y desde este momento su
locura se extrem, llegando a hacer preparativos materiales, tales como
la compra de armas y reclutamiento de hombres; medidas que podan
perturbar el orden, que tenan en perpetua alarma a las familias, y que
hacan necesaria una resolucin pronta y enrgica en la persona de aquel
desgraciado, que constitua un continuo peligro.

El doctor Zarzoso escuchaba silenciosamente la larga y detallada
relacin de Pelez, y comenzaba a interesarse por el conde de Baselga,
dicindose interiormente que aquel enfermo era un caso raro y digno de
estudio.

Al terminar, su compaero le interrog con una mirada que tena la misma
expresin del cortesano que aguarda anhelosamente una expresin de su
seor para celebrarla, y el doctor Zarzoso, que, cuando entraba en el
ejercicio de su profesin adquira la gravedad sagrada de un augur, dijo
con expresin pensativa:

--Rara es, seores, la locura del conde. En estos tiempos son ms
frecuentes que nunca los desarreglos mentales por el exceso de vicios y
la imbecilidad producida por la degeneracin progresiva de las familias;
pero una mana heroica como esa que acaban de explicar, resulta cada vez
ms rara. Lo que ms me pasma es que unida a la locura vaya tal dosis de
actividad y de raciocinio, como suponen esos preparativos blicos que,
segn dice el seor Pelez y afirman ustedes, ha verificado el enfermo,
pero..., bien considerado, de nada de esto debemos pasmarnos. El genio
no es ms que el hermano mayor de la locura. Si se hubiera aumentado un
poco la exaltacin de carcter del gran Napolen; si en su cerebro se
hubiese extremado aquel afn a lo grandioso hasta el absurdo, a lo
inesperado hasta lo fantstico, es seguro que el conde de Baselga
hubiese tenido un digno compaero.

El padre Claudio sonri con cierto agrado, y los tres mdicos creyeron
del caso acoger con sendas inclinaciones de cabeza las palabras del
ilustre profesor.

--Pero no divaguemos, seores--continu el sabio doctor--. No perdamos
tiempo y determinemos bien la historia de la enfermedad antes de ver al
paciente. Ante todo, segn las anteriores explicaciones, resulta que el
enfermo manifest claramente su locura despus de la visita de ese
doctor irlands, pues al da siguiente se lo representaba en su
imaginacin como un capitn ingls dispuesto a ayudarlo en la conquista
de Gibraltar. No es esto?

--As es, ilustre maestro.

--Y quin trajo a esta casa a ese mdico extranjero?

--Fu yo, seor Zarzoso.

Y el padre Claudio, al decir esto, sonrea humildemente.

--Ah! Fu usted...?

El sabio miraba fijamente al jesuta y en sus ojos lea una marcada
expresin de duda. Pareca que le inspiraba fuertes sospechas la
circunstancia de ser el jesuta quien arregl aquella visita tras la
cual tan marcadamente se mostr la locura del conde.

--S, yo fu; seor doctor--continu el jesuta ansioso por deshacer la
mala impresin que adivinaba en el nimo del profesor--. Como ha dicho
antes la seora baronesa, me inspiran mucho inters su familia y todos
los asuntos de esta casa, y por ello me tom la libertad de traer aqu a
mi amigo, el doctor O'Conell, para que examinase al conde, cuyo estado
me inspiraba ya entonces mucha inquietud.

--Y quin es ese doctor O'Conell? Aqu, en Madrid, resulta desconocido.
Yo conozco a todos los mdicos de Europa y Amrica que gozan de algn
renombre, y de ese seor nunca he odo hablar.

--A pesar de eso, seor doctor--contest el jesuta sin perder su
serenidad, en vista de la desconfianza que mostraba su interlocutor--,
mi amigo O'Conell tiene mucha fama en su patria y obtuvo grandes xitos
hace pocos aos con sus explicaciones en la escuela de Medicina de
Dubln. En la actualidad se dedica a estudios de observacin, para lo
cual hace continuamente grandes viajes. En Madrid slo estuvo un da y
sali inmediatamente para Cdiz, donde se embarc para ir a no recuerdo
qu punto de la Amrica del Sur.

El jesuta, al hablar as, rease interiormente del doctor Zarzoso, y de
aquella mirada desconfiada e inquisitorial que fijaba en l con el
propsito de sorprender la menor vacilacin y apreciar la cantidad de
verdad que haba en sus palabras.

--Mira cuanto quieras--se deca el jesuta interiormente--. Seras t el
primer hombre que leeras en mi pensamiento cuando yo estoy mintiendo.
No es fcil que hombres como t me sorprendan ni me atolondren.

Efectivamente, el doctor estaba desconcertado por aquel tono de natural
veracidad con que hablaba el jesuta, y comenzaban a extinguirse las
sospechas que momentos antes haba concebido.

--Y cul fu la opinin de ese doctor sobre el estado del
conde?--pregunt el sabio, que a pesar de todo segua sospechando.

--Dijo rotundamente que estaba loco.

--No dijo nada en su conversacin que tendiera a producir en el cerebro
del conde la idea de que el tal doctor era un capitn del Ejrcito
ingls?

--Nada absolutamente.

--No habl de Gibraltar?

--Poca cosa. La conversacin vers principalmente sobre viajes, y el
conde se mostr en ella muy razonable y comedido. Unicamente le mostr a
O'Conell los planos de la posesin inglesa que tiene en su despacho, y
dijo que se estaba ocupando en una gran obra. El doctor procur hacerle
hablar de tal asunto para apreciar mejor su exaltacin; pero el conde se
mostraba entonces muy reservado.

--Y cmo se explica usted que al da siguiente al hablarle, se refiera
tranquilamente a un capitn ingls habindole usted presentado un
mdico?

--Eso, la ciencia podr explicarlo. Yo nicamente puedo sacar de ello la
consecuencia de que el conde est loco.

El doctor Zarzoso, a pesar de la humildad candorosa con que el jesuta
contestaba a sus preguntas, segua firme en su creencia de que haba
algo extrao en aquella trasformacin de personalidad que tan
rpidamente se haba operado en el cerebro del conde.

Pareca que el clebre mdico presenta algo de la terrible verdad que
se encerraba en el fondo de aquella inicua intriga; pero sus sospechas
no eran determinadas, ni tenan ningn hecho real sobre que apoyarse.
Adems, l quera manifestar al jesuta que dudaba de sus palabras, para
ver si de este modo turbaba aquella serenidad tan completa; y por esto
pregunt con marcada intencin:

--Y fu usted el nico que presenci la conversacin del conde y el
doctor irlands?

--Yo solo, seor Zarzoso. Quin ms deba presenciar la visita? La
seora baronesa estaba fuera de casa, y, por tanto, slo yo poda estar
en la entrevista del doctor y del conde.

--Y ha sido usted el nico que ha tratado al tal doctor durante su
estancia en Madrid?

El sabio profesor marc mucho esta pregunta, como si esperase
desconcertar con ella al jesuta demostrndole las sospechas que
abrigaba de que aquel doctor fuese un ser fantstico inventado por l
mismo.

--No, seor doctor. Mi amigo O'Conell, aunque slo permaneci algunas
horas en Madrid, convers largamente sobre materias cientficas con una
persona que se encuentra aqu.

El doctor Zarzoso preguntaba con su mirada quin era el aludido.

El jesuta se apresur a responder:

--Fu el doctor Pelez, que encontr al sabio O'Conell en mi despacho y
qued muy encantado de su conversacin.

El padre Claudio saba improvisar, segn las necesidades del momento,
mentiras con visos de veracidad, y, adems, tena la seguridad de que su
protegido ratificara inmediatamente cuanto l afirmase.

--As fu--se apresur a decir Pelez--. Tuve el gusto de encontrar al
doctor O'Conell en casa del reverendo padre, y le aseguro a usted,
ilustre maestro, que qued encantado de su amabilidad y de su ciencia.

El mdico intrigante, puesto ya a mentir, crey del caso seguir adelante
en sus afirmaciones.

--Acababa de ver, segn me dijo, al seor conde, y me manifest que
estaba firmemente convencido de su locura, y eso que sta an no haba
tomado un carcter tan alarmante como en el presente. Sus observaciones
coincidieron con las que yo hice despus, y esto me afirm en mi
creencia de que el doctor O'Conell, aunque no tan sabio como usted,
ilustre maestro, es un entendido especialista en enfermedades mentales.

El doctor Zarzoso ya no pudo seguir dudando. Por algunos momentos su
instinto haba adivinado algo de intriga jesutica en aquella
enfermedad, y hasta lleg a pensar que aquel doctor irlands era algn
ser imaginario, creado por el padre Claudio con ocultos fines; pero en
vista de lo dicho por Pelez, crey absurdo seguir dudando.

El mdico aristocrtico era para l un bufn sin formalidad alguna, que
envileca a la ciencia con su conducta; pero, por lo mismo que apreciaba
su escasez de inteligencia, le crea incapaz de mezclarse en ninguna
intriga de importancia.

Adems, por qu no haba de ser todo aquello verdad? Tratndose de un
loco, resultaba lgico que confundiese la profesin de ciertas personas,
siempre con ventaja para sus absurdos planes, y ya se mostraba l
arrepentido de que su preocupacin contra los jesutas le llevase a ver
maquiavlicas tramas donde slo existan hechos naturales y sencillos.

El padre Claudio adivinaba cmo en el nimo de su interlocutor iban
disipndose las dudas, y para vencer definitivamente su desconfianza, se
levant del sof, sali del saln y volvi a entrar a los pocos
instantes, seguido del ayuda de cmara del conde.

--Adems, seor Zarzoso--dijo el jesuta--, tenemos este criado, que
podr decirle a usted algo de la visita de O'Conell, pues tambin le
vi.

--Recuerdas--aadi dirigindose al ayuda de cmara--la tarde en que
vine a visitar al seor conde, acompaado de un caballero, pequeo de
estatura y con patillas rojas?

--Lo recuerdo perfectamente, reverendo padre--contest el criado con
entonacin respetuosa--. Era un sabio extranjero, y recuerdo que vuestra
reverencia le llamaba doctor y que hablaba con l, al atravesar la
antecmara, de lo breve que era su estancia en Madrid.

--Recuerdas algo ms?

--Me parece que vuestra reverencia me pregunt por la seora baronesa, y
al saber que haba salido, me encarg manifestara que el doctor...
O'Conell (eso es, ya se me haba olvidado, el nombre), que el doctor
O'Conell haba estado a saludarla.

--Est bien. Puedes retirarte.

El doctor Zarzoso no crey prudente insistir ms sobre tal punto.
Estaba convencido de que aquel doctor era un ser real, un mdico como
l, que haba estado all a instancias de su amigo el jesuta para
cumplir un deber profesional, y que el conde, al empearse en creerlo un
capitn ingls, que le auxiliaba en sus absurdos planes, demostraba
estar realmente loco.

--Doy a usted las gracias--dijo al sacerdote, sin reparar que en su
interrogatorio haba pecado algo de grosero--por los datos que me ha
suministrado, y como creo intil insistir ya ms sobre este punto,
pasemos a la cuestin ms importante, o sea al examen del enfermo.

La baronesa, que hasta entonces haba permanecido muda, crey del caso
intervenir en la conversacin, obedeciendo a una mirada del padre
Claudio.

--Seor Zarzoso, antes de que usted, con su colega, entre a ver a mi
padre, me atrevo a dirigirle un ruego. No le exasperen ustedes
contradicindole, pues entonces se revuelve furioso, y su clera es tan
terrible, que pone en conmocin a toda la casa.

El doctor se inclin, contestando con toda la galantera de que era
susceptible su rudo carcter:

--Seora, agradezco esa indicacin, pero es intil. Estoy acostumbrado
hace ya muchos aos a tratar dementes, y s que nada se gana con
exasperarlos y contradecir directamente sus manas. Permtame usted
ahora una pregunta: son muy frecuentes en el conde los accesos de
clera?

--S, seor; muy frecuentes--contest la baronesa con la precipitacin
del que ha de mentir sin preparacin alguna--. A menudo se pone furioso
cuando cree encontrar obstculos a su plan; slo que yo, para evitar que
la servidumbre se entere de la triste verdad, procuro ocultar tales
raptos de violenta locura.

--Pero no habr usted podido ocultar del mismo modo los preparativos
militares del conde?

--Oh! Eso no. Todos los criados saben que abajo, en las cuadras, hay
varias cajas de armas y municiones, y comentan de un modo poco
respetuoso para mi padre la llegada de esa banda de hombres casi
salvajes que l ha hecho venir desde las montaas de Navarra.

--Ya ve usted, querido maestro--dijo entonces Pelez--, que esos
preparativos constituyen un tremendo peligro, que es preciso que
nosotros evitemos cuanto antes.

--Oh! Efectivamente--dijeron a un mismo tiempo los dos mdicos
annimos, que hasta entonces no haban despegado los labios.

El doctor Zarzoso, por toda contestacin, se levant, diciendo a la
baronesa:

--Con el permiso de usted, vamos a ver al enfermo.

--S; vayan ustedes. El padre Claudio les acompaar, pues l y el
doctor Pelez son las nicas personas que logran inspirarle confianza.
Ah! Me olvidaba de Joaquinito Quirs, que tambin es gran amigo suyo.

--Quin es ese caballero?--pregunt el sabio doctor.

--Un joven, amigo de mi padre, que fu el primero a quien confi ese
maldito plan, causa de su locura. Quirs no tard en comprender que
estaba loco. Debamos haberlo llamado hoy, pues aunque nada nuevo
hubiese aadido a los informes del doctor Pelez y del padre Claudio,
siempre hubiese sido til su presencia. Cmo no se le ha ocurrido a
usted llamarlo, reverendo padre?

--Ayer le envi aviso; pero tal vez sus ocupaciones no le habrn
permitido venir.

Esto no era verdad, pues el padre Claudio haba tenido buen cuidado en
que Quirs no se enterara de lo que l proyectaba acerca del porvenir
del conde.

No supona esta reserva que l dudase de la adhesin del escritor
catlico, pero haca algn tiempo que Quirs le resultaba peligroso.
Notaba en l cierta fatuidad y el claro intento de labrarse una posicin
sin el apoyo del padre Claudio, para recobrar su independencia, y esto
haca que el astuto jesuta evitase que se mezclara en un asunto tan
importante como era el de la familia de Baselga. El lobo tema las uas
de aquel cachorrillo que con tanto esmero haba educado, y reconoca en
l facultades suficientes para ser temible.

Los cuatro mdicos y el jesuta estaban ya de pie, dispuestos a salir de
la habitacin.

El padre Claudio dirigise al doctor Zarzoso, para decirle, con su aire
de hombre humilde y amable:

--Debo advertir a usted, seor doctor, que nuestra visita al conde, si
no tiene algn preparativo, puede extraarle, y les ser, por tanto, muy
difcil a todos ustedes el estudiarle con entera libertad.

--Y qu preparativo es el que usted propone?

--El conde slo se deja llevar de su mana cuando se cree en presencia
de hombres comprometidos en su famoso plan.

--Bien: puede usted presentarnos a l en la forma que ms guste.

--Si a usted le parece bien dir que son ustedes individuos del Comit
patritico, que preside el doctor Pelez. Una de sus manas es creer
que este seor tiene formada una Junta que ha de ayudarle en sus
trabajos de conspiracin.

El doctor Zarzoso movi la cabeza, en seal de asentimiento, y estrech
la mano que le tendi la baronesa, medio desmayada en el sof.

--Valor, seora--dijo el sabio, que, a pesar de su rudeza, se senta
conmovido por el dolor teatral de aquella mujer--. La vida es una lucha,
y hay que saber sufrir las desgracias.

--Que Dios le ilumine, seor doctor. Yo slo pido la verdad, que usted
me diga la verdad, sin ocultarme el verdadero estado de mi padre.

Subieron Pelez y sus dos aclitos, llevando en medio al doctor Zarzoso
con toda la veneracin respetuosa de los labriegos cuando sacan a la
calle al santo patrono del lugar.

El padre Claudio les segua con paso lento; pero cuando les vi salir,
volvi rpidamente al sof donde estaba la baronesa.

--Qu va a suceder, padre mo?--exclam doa Fernanda, que, repeliendo
su actitud trgica, se mostraba inquieta y alarmada--. Qu dir ese
doctor sobre el estado de mi padre? Nos traer el haberlo llamado
alguna nueva desgracia?

--Tranquilzate. Tu padre ser declarado falto de razn. Los alienistas
eminentes, como Zarzoso, a fuerza de tratar locos, acaban por invertir
el estado de la humanidad, y creen que la demencia es la regla general,
y la cordura una excepcin. Basta que se sospeche de la razn de una
persona para que la declaren inmediatamente loca. El conde ser muy
pronto para Zarzoso un caso raro de locura, digno de un curioso estudio.
Por eso pens yo en llamarlo.

--Vaya usted, reverendo padre; vaya pronto a presenciar ese examen, y no
tarde, por Dios!, pues esta intranquilidad me mata.

El padre Claudio sali rpidamente del saln y alcanz en la antecmara
al grupo de mdicos, que lentamente se diriga al despacho del conde.

El jesuta estaba radiante de satisfaccin. Haba estudiado rpidamente
el carcter del doctor Zarzoso, y tena ya la seguridad del triunfo.

La araa acababa de tejer su tupida y viscosa tela, y Baselga era la
incauta mosca que revoloteaba alrededor de aquella prfida red.

El padre Claudio acechaba tras la oscilante malla, y su alma satnica y
ambiciosa senta como un escalofro de placer al pensar que estaba
prximo el instante en que sera anulado el hombre que se opona a los
planes de la Orden.




XXIV

Baselga cae en la red.


El conde, al ver entrar en su despacho al padre Claudio y a Pelez,
seguido de tres desconocidos, levantse de su silln con la actitud de
un hombre corts y amable y les hizo tomar asiento en derredor de su
gran mesa de trabajo.

El jesuta tuvo buen cuidado en sentarse junto al doctor Zarzoso, que se
haba colocado frente al conde, y que con sus vivos ojillos, tan pronto
examinaba el rostro de Baselga como aquella habitacin, hasta en sus
menores detalles.

Para el clebre alienista, que tena la costumbre de analizar los
rostros con una sola mirada, no pasaron desapercibidos la exaltacin que
brillaba en la mirada inquieta y vaga del conde y el ensimismamiento que
en l se notaba, a pesar de su empeo en mostrarse amable y atractivo.

El aspecto del despacho no le preocupaba menos. En sus conferencias
cientficas se haba detenido siempre con predileccin en las relaciones
directas que existen entre la higiene y la locura, y mirando aquella
habitacin sombra, con ventanas a un patio, y en la que jams haba
entrado el sol, no recibiendo ms resplandor diurno que una luz tenue,
sucia y cernida, que resbalaba por las paredes grises, despus de
atravesar la claraboya de cristales del tejado, sacaba como consecuencia
inevitable que el ser que pasara la mayor parte del da encerrado en una
estancia tan lbrega, forzosamente haba de sufrir un desarreglo de sus
facultades mentales y sentir predileccin por empresas absurdas y
disparatadas.

Mientras el doctor Zarzoso reflexionaba, el padre Claudio haca a
Baselga la presentacin de aquellos seores, "ardientes patriotas que
pertenecan al Comit del seor Pelez, y que sentan vehementes deseos
de conocer al grande hombre que iba a vengar a Espaa."

Los dos compaeros de Pelez creyeron acertado afirmar mudamente las
palabras del jesuta, y se inclinaron profundamente; pero, a pesar de
esto, el conde apenas si fij en ellos la atencin.

Como si instintivamente conociera la insignificancia de unos y la vala
de otros, despreciaba a los dos mdicos y fijaba su atencin en Zarzoso,
quien clavaba en l su mirada escrutadora e inquebrantable, que tena
algo de la agudeza y frialdad del estilete anatmico.

El padre Claudio not inmediatamente la predileccin que Baselga senta
por el clebre doctor, y comprendi la causa. El carcter susceptible y
colrico del conde, forzosamente se haba de irritar ante aquel examen
detenido y fijo, que le resultaba una imperdonable insolencia.

No crea el jesuta que fuera favorable a sus planes un choque entre el
conde y el doctor, pues poda impedir la conferencia, y por esto se
apresur a intervenir.

--Este seor--dijo sealando al sabio, que estaba a su lado--, es, de
todos los admiradores del conde de Baselga, el ms entusiasta, y quien
ms ansiaba conocerle. De seguro que en estos momentos experimenta una
satisfaccin sin lmites al verse cerca del que es su dolo. No es as,
seor Zarzoso?

--As es, no quiero negarlo. Tengo una gran satisfaccin en conocer al
seor conde, y me honrara mucho en tratarlo con ms asiduidad.

Baselga agradeci la lisonja con palabras que demostraban no haba
muerto en l el antiguo cortesano, pero, a pesar de esto, aquel hombre
panzudo segua atrayndole con la antipata que le inspiraba. Su mirada
especialmente, con su fijeza y su frialdad, que pareca registrarle
desde la cabeza hasta los pies, le crispaba los nervios, hasta el punto
de que en ciertos instantes no se senta dueo de su voluntad y
experimentaba irresistibles impulsos de abofetear al insolente curioso.

Pelez, que por carecer de la penetracin del padre Claudio no
comprenda lo que pasaba en el interior del conde, sonrea sin objeto,
y, deseoso de mezclarse en la conversacin, dijo al conde:

--Aqu, donde usted ve a mi amigo el seor Zarzoso, es un hombre de gran
importancia, un sabio, que podr ser de gran utilidad para nuestra
empresa.

--Oh!, los sabios--dijo con expresin desdeosa el conde, que deseaba
desahogar su ira contra el que tanto le mortificaba con su mirada--. Los
sabios no sirven gran cosa en esta clase de empresas, y en nuestro
Comit, seor Pelez, lo que deben figurar son los hombres de accin,
patriotas de mucha alma, que puedan ayudarnos. No supone esto que yo
desprecie a este seor; en esta clase de asuntos todos sirven, pero,
siempre que se pueda, deben escogerse personas aptas. Creo que, porque
hable con esta franqueza, no se ofender el caballero.

--No, seor conde--contest el doctor, siempre mirando fijamente a
Baselga--. Me gusta mucho hablar con franqueza, y, por lo mismo, deseo,
antes de comprometerme en una empresa como la que usted ha ideado,
enterarme de ciertos detalles importantes.

El conde se sonri con cierto desprecio, y dijo irnicamente:

--Ah! El caballero tiene dudas sobre mi plan?

--Algunas, seor conde, aunque no de gran importancia, y deseara que
usted las aclarase. Advierto a usted que estos amigos--y Zarzoso indic
a los dos mdicos annimos--se encuentran en el mismo caso que yo, y
desean saber de un modo claro con qu elementos cuenta la patritica
empresa antes de comprometerse en ella.

El doctor ya no miraba fijamente al conde, y ste, como si se viera
libre de una presin magntica, que le predispona al mal humor,
sintise mas aliviado y comunicativo.

--Estoy dispuesto a satisfacer su deseo. Pregunte usted.

El sabio doctor mir a sus compaeros, como indicndoles que iba a
comenzar el examen, y habl as:

--Mi amigo Pelez me ha dicho que dentro de Gibraltar tendremos
compaeros que nos ayudarn en nuestra empresa. Son dignos de confianza
esos auxiliares?

--Oh! Yo respondo de ellos, y aqu hay tambin quien responder con
tanta seguridad como yo. Tenemos all al capitn O'Conell, un irlands
de gran valor, que est dispuesto a auxiliarnos, aunque esta empresa le
cueste la vida. El padre Claudio lo conoce mejor an que yo, y sabe que
es todo un hroe.

La rodilla del jesuta choc suavemente con la del doctor, y aquel roce
pareca indicar al seor Zarzoso que el conde comenzaba ya a dejarse
arrastrar por la locura.

El sabio hizo un gesto de inteligencia y continu:

--Y no podra engaarnos ese capitn?

--Engaarnos? No, seor. Yo soy de los que a primera vista conocen a
las personas, y tengo al capitn por un hombre franco e incapaz de una
traicin. No piensa usted lo mismo, padre Claudio?

--Oh! Seguramente. Mi amigo O'Conell es una buena persona.

Y volvieron a tocarse las rodillas, para excusarse el jesuta, porque
segua al conde en su mana, con el propsito de evitar que ste se
irritara.

--No dudo--continu el doctor Zarzoso--que ese irlands sea una buena
persona. Pero, est usted seguro de que sea, efectivamente, un capitn
del ejrcito ingls? Dijo que era militar o se present con otro
carcter: por ejemplo, mdico?

El padre Claudio, a pesar de su serenidad a toda prueba, comenzaba a
inmutarse. Aquel doctor tena un modo tan intencionado de preguntar, que
el jesuta tema que de un momento a otro, y merced a una palabra
insignificante, se descubriera la verdad, y su trama, con tanta
paciencia forjada, viniese al suelo con estrpito.

Afortunadamente para l, el doctor Zarzoso resultaba antiptico a los
ojos de Baselga, quien gozaba en contradecirle y en demostrar que sus
preguntas no tenan pizca de sentido comn.

--Qu cosas tan extraas dice usted, caballero!--exclam el conde--.
Acaso estoy yo loco? O'Conell es un capitn del ejrcito ingls, y como
tal se me present, pues tratndose de un caballero, como yo lo soy, no
tuvo inconveniente en manifestarse tal como es. Conque el tal capitn
poda ser un mdico, segn usted? Buena es esa! Estos sabios tienen
unas ideas verdaderamente originales, y si no le hubiera visto ah
mismo, donde usted est sentado, y si no hubiera conversado largamente
con l, sobre las fortificaciones de Gibraltar, casi me hara usted
creer que yo haba soado. Padre Claudio, no le parece a usted muy
extrao lo que pregunta este caballero?

--S, seor; pero hay que permitir que el seor se entere bien de la
empresa que usted prepara, antes de comprometerse en ella.

Y el jesuta, al decir esto, volvi a tocar con su rodilla al doctor.

--Perdone usted, seor conde, que yo haga esas preguntas que a usted
parecen tan extraas. Ahora, en vista de sus explicaciones, comprendo
que son impertinentes y las retiro. Despus de esto, lo que yo deseara
es que usted tuviese a bien explicarnos todo el plan, hasta en sus
menores detalles.

Pelez intervino:

--Oh! El plan es magnfico. Honra al seor conde y demuestra que es un
militar de primer orden.

El sabio lanz al mdico aristocrtico una furibunda mirada, como
indicndole que l, como sus dos compaeros, estaban all para or y
callar, dejndole al ms antiguo la tarea de interrogar al enfermo.

El conde no se hizo rogar. Estaba tan entusiasmado con su plan, que
gozaba en relatarlo; as es que inmediatamente comenz a contar lo que
ya conocemos, o sea el medio que pensaba emplear para apoderarse por
sorpresa del Pen.

El doctor volva a tener fija su mirada en el conde, estudiando
atentamente su fisonoma y apreciando aquella exaltacin que brillaba en
sus ojos y la fiebre nerviosa que le dominaba al hablar de la futura
victoria.

El jesuta comenzaba a tranquilizarse, pues el sabio, preocupado en
analizar a Baselga mientras hablaba, no se cuidaba de ocultar sus
impresiones, y algunas veces, instintivamente, rozaba con su pierna la
del padre Claudio, como indicando la certidumbre que ya abrigaba sobre
la locura del conde.

Este no ocult ninguno de sus preparativos. Habl de los hombres que
tena a sus rdenes, y de los cajones de armas que haba almacenado,
todo por indicacin del capitn O'Conell, y con acento de indignacin
relat su viaje a Gibraltar y la grosera de la Polica inglesa, que le
oblig a salir de la plaza a viva fuerza.

El doctor, oyendo hablar a Baselga con tanta naturalidad de su
conferencia con O'Conell y sus blicos preparativos, senta tanto
asombro como inters, y se deca en su interior que era uno de los casos
de locura ms raros y dignos de estudio.

El conde termin su relacin.

--Y en este estado, seores--dijo--, se encuentran las cosas Yo estoy
dispuesto a no demorar el golpe. Espero una carta del capitn O'Conell,
anuncindome que todo est preparado; pero la impaciencia me consume, y
si tarda mucho en escribirme ese irlands, es ms que probable que,
ponindome al frente de mi gente, salga para Gibraltar, dispuesto a dar
el golpe por mi propia cuenta. Yo conozco bien aquello, y, adems, no
soy hombre para estarme esperando pacientemente cuando ya lo tengo todo
preparado.

--Y no retroceder usted ante el silencio que guardan los auxiliares de
dentro de la plaza?

--No, caballero. Tengo el valor suficiente para ultimar las empresas que
he iniciado, aunque en ello pierda la vida. Slo aguardar una semana,
ya se lo he manifestado as varias veces al padre Claudio. Si durante
ese tiempo no escribe O'Conell, ir con mi gente a situarme en las
inmediaciones de Gibraltar.

El doctor Zarzoso mir a todos los que le rodeaban; pero esta vez no fu
con enojo, sino con marcada expresin de alarma. Decididamente, el conde
estaba loco de remate, y su demencia era de temer, pues poda producir
tremendos conflictos.

Para Baselga no pas desapercibida aquella mirada.

--Se asustan ustedes de mi decisin, no es as? Yo reconozco que es
algo aventurada; pero, seores, en las grandes empresas hay que jugar
el todo por el todo, y ser audaz hasta la locura. Por si lo dudan
ustedes, ah tienen al gran Napolen, que muchas veces se meta
voluntariamente en trances que saba eran peligrosos, y, sin embargo,
sala siempre victorioso.

El doctor se anim, como hombre a quien hablan de su tema favorito.

--Oh! Es mucha verdad--exclam--; usted, seor conde, tiene mucho de
Napolen, y hace un momento tena el honor de decrselo a estos seores.

Y al mismo tiempo que deca estas palabras, con cierta malicia miraba a
sus compaeros, como dicindoles: "No hay remedio, est loco".

--S, seores--continu el conde, hablando con creciente exaltacin--.
Cuando se siente apego a la vida hay que permanecer tranquilo en casa;
pero cuando se piensa vengar a la patria, cuando se desea volver por su
dignidad ultrajada, hay que ser valiente hasta el herosmo, despreciar
la existencia, y si la suerte es adversa, morir, con la sublime
serenidad de los mrtires de una gran idea.

Mientras el conde hablaba, el doctor Zarzoso deca, entre dientes, muy
quedo, a pesar de lo cual sus palabras llegaban al fino odo del
jesuta:

--Monomana heroica; caso curioso.

--Estoy decidido a todo--continuaba el conde--. Yo no espero ya ms
tiempo, y como tan meritorio es a los ojos de la Historia alcanzar la
victoria, como saber morir heroicamente por conseguirla, no reparo ya en
peligros, y saldr inmediatamente para Gibraltar, donde no tardar en
dar el golpe.

Qued en silencio el conde durante algunos instantes, y despus aadi
con acento triste, marcndose en su rostro una expresin de desaliento:

--Y la verdad es que sera terrible que yo fuera vencido, cayendo en
manos de las autoridades inglesas, pues con mi muerte se desvanecera la
segunda parte de mi plan, que es magnfico, y ninguno de ustedes conoce.

Todos se conmovieron, y hasta el padre Claudio hizo un gesto de
curiosidad. Qu segunda parte sera aquella, de la que nunca haba
hablado?

Baselga vi el ansia de la curiosidad marcada en todos los semblantes, y
como no era hombre capaz de ocultar nada cuando le posea el entusiasmo,
hizo la revelacin esperada:

--Voy a decirles cul es mi idea. He pensado que, en caso de que
triunfemos, es una locura devolver Gibraltar a Espaa, mientras est
regida por el Gobierno actual.

--Y qu es lo que usted se propone?--pregunt el jesuta, que deseaba
aclarase pronto el conde aquel punto, con la esperanza de que expusiera
alguna idea disparatada, que hiciese creer ms en su supuesta locura.

--Pues lo que yo pienso hacer, apenas me vea dueo de la clebre plaza,
es dar un manifiesto a los espaoles, dicindoles que Gibraltar es de
Espaa, pues para eso la habr conquistado yo; pero que su guarnicin,
sublevada, no har entrega de ella mientras la nacin est gobernada por
doa Isabel II.

--Muy bien; me gusta la idea--dijo el doctor Zarzoso, que con el sesgo
que tomaba la conversacin senta que en su interior la curiosidad del
hombre poltico comenzaba a sobreponerse a la del sabio--. Y cul ha de
ser la condicin precisa para que la entrega se efecte?

--Que vuelva a reinar en Espaa el Gobierno legtimo.

--Y qu entiende usted por Gobierno legtimo?

--Caballero, su pregunta me extraa. En esta nacin no hay ms Gobierno
legtimo que el del Rey Don Carlos V, por el cual tanto expuse mi vida
en Navarra, durante la guerra civil. Ya que el Monarca ha muerto, slo
forman la dinasta legtima sus hijos y dems sucesores, y nicamente a
ellos entregar la plaza de Gibraltar cuando sea ma. Los espaoles, con
tal de volver a poseer el trozo de la Pennsula que les perteneca, y
que tan infamemente les fu robado, se levantarn en masa, pidiendo el
restablecimiento de mis reyes, y de este modo yo habr logrado lo que
vulgarmente se dice matar dos pjaros de un golpe.

El padre Claudio estaba muy contento de aquella extraa idea que se le
haba ocurrido al conde, llevado de su fanatismo poltico, y su gozo era
mayor al ver el gesto de desagrado que haca el doctor Zarzoso.

El sabio estaba irritado por aquel plan, que calificaba de estpido, y
hasta le falt poco para olvidarse que examinaba a un loco y decir al
conde que su idea era absurda y ridcula.

El jesuta le toc con su rodilla, como para recordarle que hablaba con
un loco, y el doctor se seren.

--Esa segunda parte del plan--dijo el padre Claudio--me gusta mucho, y
creo que de igual modo pensarn estos seores.

Todos hicieron gesto de aprobacin, y el doctor Zarzoso, que estaba ya
convencido de la locura del conde, aunque no crea necesario insistir,
quiso an apreciar el dominio que en su nimo ejerca la familia y hasta
dnde llegaba su mana heroica.

--La patria--dijo--tendr mucho que agradecer a usted; pero, por grato
que sea el aprecio de los conciudadanos, creo que usted, seor conde, se
expone demasiado y lleva su sacrificio a un lmite exagerado. Usted
tiene familia: ha pensado alguna vez en el dolor de sta, si es que
usted llega a morir en la empresa?

Este recuerdo, hbilmente evocado, produjo bastante efecto en el nimo
de Baselga. La figura de Enriqueta surgi de su imaginacin, rodeada de
un ambiente de pureza y sencillez, y se sinti conmovido.

--S, seores. Tengo familia, y, sobre todo, una hija, mi Enriqueta, a
la que amo mucho, y que es el nico ser que me liga a este mundo.

Pero el conde slo poda sentir un enternecimiento pasajero, cuando
estaba posedo de su afn heroico, que tanto le dominaba.

--Sentira mucho--continu con el acento del que toma una resolucin
definitiva--que mi muerte la produjera un eterno dolor; pero me consuela
la idea de que un da u otro debo morir, y que aunque no quisiera
exponer mi vida en esta santa empresa, no por esto la evitara tal
afliccin. Soy ya viejo, y todo consiste en que el momento fatal llegue
antes o despus. Adems, los mrtires del cristianismo, para morir por
su idea, no reparaban en su mujer ni en sus hijos, y el amor a la patria
es una verdadera religin, que tambin necesita mrtires.

El doctor desisti de seguir la conversacin sobre tal punto. Era intil
excitar en el conde el recuerdo de la familia, pues esto no causaba
mella alguna en sus ambiciones tan arraigadas.

--Celebro mucho verle tan decidido--dijo el doctor--, y le deseo que la
suerte le favorezca. La empresa me parece muy aventurada; pero, a pesar
de ello, estoy dispuesto a trabajar en ella y a seguir a sus rdenes.

--Segn eso, no tiene usted ya, ms objeciones que hacer?

Y el conde, al decir esto, sonrea con aire de superioridad.

--Algunas me quedan, seor conde--respondi el doctor--; pero evito
hacerlas, no sea que usted lo tome a mal.

--Oh! No. Hable usted con entera confianza, que yo le escuchar sin
inmutarme.

Baselga desmenta sus recientes palabras, pues haca un gesto de mal
humor, como indicando la molestia que le producan las preguntas de
aquel hombre, que para l era un desconocido.

El doctor Zarzoso mir rpidamente a sus compaeros, y despus di un
enrgico rodillazo al padre Claudio.

El jesuta comprendi en la tal seal que Zarzoso iba a intentar el
ltimo medio para convencerse de la locura del conde. Sin duda, quera
apreciar la irritabilidad de su carcter.

Mostraba Baselga marcada impaciencia por or al doctor; pero ste, como
si se propusiera exasperarle, sigui mirndolo fijamente, sin decir
nada, y, por fin, habl as, con lentitud:

--Quera manifestarle a usted que estoy admirado de ese valor sublime
que demuestra, pero que esto no me impide creer que puede ser vctima de
un engao. Est usted seguro de haber visto alguna vez a ese capitn
O'Conell, de que tanto habla, y que tan gran confianza le inspir?

El conde palideci; el cetrino color de su rostro tom un tinte verdoso
y sus manos se agitaron con un temblorcillo nervioso. Para el jesuta,
que conoca su carcter, era aquello el claro signo de una explosin
violenta.

--Caballero--dijo Baselga con voz insegura por la ira--. Tengo yo cara
de haber mentido alguna vez? A ver, explquese usted: se lo exijo, se lo
mando, o, de lo contrario...

Y Baselga, con aire amenazador, se ergua en su silln.

Pelez no permaneca muy tranquilo ante la actitud que tomaba el conde,
y en cuanto a sus dos compaeros, los silenciosos mdicos que crean
habrselas realmente con un loco, comenzaban a lamentarse en su interior
de las imprudencias del doctor Zarzoso, que tena gusto en exasperar a
los enfermos.

Slo el sabio y el jesuta permanecan tranquilos.

--No se altere usted, caballero--dijo el doctor Zarzoso con absoluta
tranquilidad, como si las palabras del conde fuesen insignificantes--.
Dar a usted cuantas explicaciones quiera, pues aqu lo importante es
buscar la verdad. He querido decir antes que tal vez se hubiese usted
engaado acerca de la personalidad de ese seor O'Conell.

--Qu engao es se, caballero? Acaso estoy yo ciego o es que usted
quiere suponer que yo estoy loco?

Y Baselga, a pesar de toda su clera, se rea sardnicamente, solamente
de pensar que alguien pudiera suponerlo falto de razn, cuando se senta
intelectualmente ms fuerte que nunca.

Era la primera vez que rea en toda la conferencia. El padre Claudio
toc nuevamente al doctor, indicndole que se fijase en aquella risa
poco espontnea.

--S perfectamente lo que me digo--continu--, y a menos que usted, en
su odioso afn de contradecirme, no quiera suponer que soy un loco,
habr de creer que ah, en el mismo sitio donde usted se encuentra,
estuvo sentado hace algn tiempo el irlands Patricio O'Conell, capitn
del batalln de rifles, de guarnicin en Gibraltar.

Call Baselga, pero su razn revolvase furiosa contra aquellas
suposiciones, que l tena por impertinentes, y que parecan tender a la
negacin de sus facultades mentales.

--Y gran Dios!--continu--. Por qu esas dudas sobre la personalidad
de O'Conell, cuando yo le he visto, le he hablado y he quedado muy
satisfecho del valor y de la resolucin que mostraba? Paso porque se
dude de su fidelidad, porque se crea que no cumplir su promesa de
auxiliarnos, aunque esto sea muy aventurado; pero, creer que l no es
l, o, ms bien dicho, llegar a suponer que yo no he hablado con dicho
capitn de la conquista de Gibraltar, ni escuchado sus promesas de
auxilio? Vamos, eso s que es un absurdo, una tremenda locura.

Baselga se agitaba nerviosamente en su asiento, como si aquellas
suposiciones del doctor le molestasen, como otras tantas punzadas, y
clavaba sus ojos amenazadores en la fra mirada del sabio, que cada vez
le irritaba ms.

El conde resultaba ya peligroso, y los dos mdicos amigos de Pelez
lamentaban las palabras del maestro, y mirando a Baselga esperaban de un
momento a otro que, levantndose del asiento, cerrase con todos y dejase
caer sobre sus espaldas un chaparrn de golpes.

El supuesto loco se seren un tanto, y, dirigindose al jesuta, dijo
con acento despreciativo:

--Qu le parece a usted, padre Claudio, lo que supone este seor? Ser
O'Conell algn ser que yo me habr inventado? Usted puede decirlo mejor
que nadie, pues fu quien lo trajo aqu y presenci toda la
conversacin. No le parece que este caballero tiene ganas de burlarse,
y me cree tan mentecato que quiere hacerme dudar de lo que yo he visto?

El doctor Zarzoso, en vista de la exaltacin del conde y de la
insolencia agresiva con que dijo las ltimas palabras, crey prudente
intervenir.

--Yo no he dudado de que usted hablase con O'Conell. S que estuvo aqu
y que lo present el padre Claudio. Pero, seor conde, no podra usted
haber odo mal? A veces la imaginacin puede engaarnos. A ver, procure
usted recordar lo ocurrido en aquella conferencia. Est usted seguro de
que el irlands era un capitn que trat con usted de la clebre
empresa, o usted se lo imagin as, a pesar de que l nada dijo de
pertenecer al ejrcito?

El conde, con el ceo fruncido y la mirada centelleante, estuvo algunos
momentos contemplando frente a frente al doctor Zarzoso, que segua
impasible.

Todos callaban, aguardando con impaciencia.

Por fin, el conde agit la cabeza, como si quisiera repeler una idea
enojosa, y extendiendo su diestra, dijo con fosca voz:

--Caballero, salga usted inmediatamente.

Prodjose un movimiento de extraeza en todos, menos en el clebre
doctor, que segua imperturbable.

El conde se irrit ms ante aquella calma, y avanzando el cuerpo sobre
la mesa, como una fiera ansiosa de devorar, le lanz estas palabras, con
la misma expresin que si se las escupiera a la cara:

--Est usted burlndose de m, y hace un momento he sentido tentaciones
de abofetearle; pero estamos en mi casa, y esto es lo que me detiene;
mas si no sale usted inmediatamente, por Cristo!, que le marcar el
rostro, para que eternamente se acuerde de su impertinencia.

Y el conde, al jurar, di un puetazo sobre la mesa, que demostr cmo
quedaba an en sus brazos aquella fuerza de la juventud, que tan
insolente le haca. El puo, al chocar contra la madera, produjo un
enorme estampido, y todo danz en la mesa, papeles, plumas, plegaderas,
cajas de dibujo y hasta la tinta, que, movida por la trepidacin, salt
del negro receptculo, invadiendo con su creciente suciedad la dorada
escribana.

El fiero golpe repercuti en el nimo de los mdicos annimos, que, como
movidos por un resorte, se levantaron de sus asientos. No haba remedio:
el loco iba a pegarles.

Pelez se levant tambin, y el padre Claudio le imit, poniendo el
semblante triste, aunque en su interior estaba muy satisfecho del
resultado de aquella conferencia. El doctor Zarzoso fu el ltimo en
levantarse, y se dispuso a salir.

Mientras tanto, el conde, como para evitar la presencia de aquel hombre
que tan antiptico le resultaba, y cual muestra de soberano desprecio,
haba hecho girar su silln y estaba con el rostro vuelto a la pared.

Los mdicos comenzaron a desfilar.

El padre Claudio no se separaba del doctor Zarzoso, y ste, cuando ya
estaba en la puerta del despacho, al ver la pregunta muda que el
jesuta le haca con los ojos, dijo con voz queda:

--Est loco. No tengo ya la menor duda.

El jesuta acerc sus labios al odo del doctor y habl en el mismo
tono.

--Pueden ustedes celebrar su consulta en el saln donde aguarda la
baronesa. Yo me quedo aqu para disipar un tanto el furor del conde y
evitar que lo descargue despus sobre su familia. Es un deber que me
impone mi sagrado ministerio.

El doctor Zarzoso hizo un movimiento de hombros y sali tras sus
compaeros.

Cuando se extingui el ruido de sus pasos, el conde volvi el rostro,
que todava tena impreso un gesto de feroz ira.

Al ver al padre Claudio derecho en el centro del despacho, se seren un
poco.

--Ha visto usted, padre?--dijo, despus de un largo intervalo de
silencio--. Qu entes tan antipticos hay en el mundo! No s cmo no le
he dado de bofetadas.

--Calma, seor conde, mucha calma. Hay ciertos carcteres que resultan
insufribles. Yo siento haber presentado a usted ese seor, que tan mal
rato le ha dado; pero, en fin... lo mejor que podemos hacer es
olvidarnos de lo ocurrido.

--Si todos los individuos del Comit formado por Pelez son como se,
nos hemos lucido. Dgale usted a nuestro doctor que en adelante no
cuente con el tal sabio, que a m me parece un majadero.

--Se lo dir. Ahora yo confo en que lo ocurrido no habr entibiado su
fe, y que seguir usted tan dispuesto como siempre a llevar a cabo el
patritico plan.

--Oh! Eso siempre. Esto ha sido un incidente ligero, y nada ms. En
cuanto se desvanezca la irritacin producida por las suposiciones de ese
majadero, todo lo habr olvidado.

--As lo espero. El desaliento no existe para hombres como usted.
Adelante, y siempre adelante, que Dios premiar a los que se sacrifican
por su causa.

El conde y el jesuta hablaron despus largamente sobre el eterno
asunto, extremndose el segundo en entusiasmar a Baselga con optimistas
ilusiones.

--Usted--dijo--debe cumplir su propsito de partir para Gibraltar as
que pase una semana y yo no reciba carta de O'Conell; pero no creo que
transcurra ese tiempo sin que el capitn d seales de existencia. Un
agente que tenemos en aquella plaza dice que O'Conell hace muchos
trabajos sediciosos entre sus compatriotas de la guarnicin, y no s por
qu me figuro que no tardar mucho en avisar. Tal vez maana recibamos
noticias suyas y nos indique que todo est preparado para que pueda
usted marchar a la plaza con sus hombres.

La esperanza que mostraba el jesuta anim mucho al conde, e hizo que
cuando aqul sali del despacho, su rostro estuviese ya serenado y no se
notase en l la menor huella de su anterior ira.

Cuando el padre Claudio entr en el saln de la baronesa, sta se
hallaba completamente sola y sentada en el sof, siempre con actitud
trgica.

--Y los mdicos?--pregunt el jesuta, extrandose de aquella soledad.

--Chist! Hable usted ms bajo--contest la baronesa, indicndole con
una seal que no levantase tanto la voz--. Estn en el gabinete
inmediato celebrando consulta. No los oye vuestra reverencia?

En efecto; apagado por la puerta y los cortinajes, llegaba hasta el
saln el eco de la voz de Pelez, haciendo tmidas indicaciones al
doctor Zarzoso, que explicaba la enfermedad del conde.

--He escuchado un poco--continu la baronesa--, y, a la verdad, no he
entendido gran cosa. Hablan en trminos tcnicos y las palabras acabadas
en _a_ y en _oni_ se repiten con una frecuencia abrumadora. Lo que me
parece es que todos estamos conformes en declarar loco a mi padre...
Ay, padre Claudio!

--Qu es eso, hija ma!--exclam el jesuta, asombrado por aquella
inesperada manifestacin de dolor--. Vamos, ten un poco de valor!
Adems, esta noticia no es nueva para ti, pues ya hace das que conocas
la locura de tu padre. Piensa que Dios saca muchas veces el bien del
mal, y... no digo ms.

La baronesa comprendi la intencin de estas palabras, que dijo el
jesuta de un modo muy marcado, y permaneci silenciosa.

Era ms acertado guardar absoluto mutismo que seguir una conversacin en
la que ambos se exponan a ser demasiado francos y decir pblicamente
sus pensamientos, que mutuamente eran conocidos. Muchas veces las
paredes oyen.

Transcurri como un cuarto de hora sin que ninguno de los dos despegase
los labios. El padre Claudio tena apoyada la barba en el pecho, y
pareca entregado a profunda meditacin; la baronesa se entretena en
peinar con sus dedos las franjas de cordonera del sof.

Las voces de los mdicos iban siendo cada vez ms sordas; callaron por
fin, y levantndose el cortinaje de la puerta del gabinete, entraron
todos ellos en el saln.

El doctor Zarzoso iba al frente y tena el aspecto grave, cabizbajo y
ttrico de un sacerdote de pera que se presenta a dar la noticia fatal.

--Seora--dijo colocndose en frente de la baronesa--, la conciencia
profesional me impone el penoso deber de proporcionarle con mis palabras
un profundo dolor. Mis compaeros y yo nos hallamos plenamente
convencidos de que el seor conde est loco.

Doa Fernanda mir al cielo con la misma expresin que si en su interior
se desgarrara algo.

--No debe usted por eso entregarse a la desesperacin--continu el
doctor--. La locura del conde no es ms que una monomana que, aunque
grave, resulta de posible curacin. Con un rgimen moral lento, pero
seguro, iremos despojndole de esas creencias que hoy le perturban, y es
casi cierto que recobrar la razn.

--Dios lo quiera! Dios lo quiera!--murmur la baronesa con dramtica
resignacin.

--Ahora, intil es que yo diga a usted el terrible compromiso que
arrostra teniendo a su padre en esta casa.

--Lo s, seor doctor; qu debemos hacer?

--Despus de la declaracin suscrita por nosotros, en que certificamos
la falta de salud mental que aqueja al conde, puede usted, como jefe de
la familia, hacerlo ingresar en un manicomio, donde atendern a su
curacin.

--Oh, Jess mo! Y cmo comunico a mis hermanos la fatal noticia? Qu
dir Enriqueta? Qu impresin tan cruel experimentar Ricardito cuando
sepa que su padre, a quien no ha visto en tanto tiempo, ha perdido la
razn? Por Dios, padre Claudio! Ocltele usted al pobre nio la verdad,
mientras pueda.

--No tengas cuidado, hija ma--dijo el jesuta--. As lo har; pero
ahora lo importante es ocuparse de lo inmediato, o sea de lo que debe
hacerse con tu padre. El doctor Zarzoso creo que dirige un manicomio,
montado con arreglo a los ltimos adelantos.

--S, seor--contest el aludido--. Lo dirige un compaero; pero yo voy
all todos los das para hacer estudios prcticos.

--Pues all llevaremos al conde, y as podr usted atender ms
directamente a la curacin. Ests conforme, hija ma?

La baronesa aprob todas las disposiciones del jesuta y se convino en
que al da siguiente el conde sera conducido al manicomio.

Era preciso no perder tiempo, segn deca el padre Claudio, pues de lo
contrario, se corra el peligro de que Baselga, en un rapto de locura,
acelerase la ejecucin de sus quimricos planes, y con su gente y sus
armas saliese para Gibraltar marchando a una muerte cierta.

Pelez qued encargado de conducir al conde a la casa de salud, y el
padre Claudio se comprometi a hacerle marchar a ella sin violencia,
valindose de un habilidoso engao.

El doctor Zarzoso crea que era ms fcil curar una mana como la de
Baselga permaneciendo ste en su casa; pero el miedo a que estando en
libertad promoviese un conflicto de carcter pblico, le haca transigir
con la idea de conducirlo al manicomio. Para el sabio, la curacin era
larga, pero no difcil. Todo consista en hacerle comprender que el tal
O'Conell era un mdico y que nicamente por una aberracin intelectual
lo haba l credo un militar. Una vez demostrado esto, todos aquellos
planes descabellados caeran por su base.

Los mdicos despidironse de la baronesa, y sta qued sola con el
jesuta, quien no pudo reprimir sus impresiones.

--Por fin!...--exclam, suspirando con la expresin del que se despoja
de un peso enorme.

El padre Claudio, a pesar de toda la serenidad que haba demostrado poco
antes, estaba bastante intranquilo. La intriga era hbil, pero frgil en
exceso, y una palabra demasiado indiscreta poda haber desbaratado su
obra, dejndole a l en descubierto como nico autor de tan infame
maquinacin.

La suerte, que siempre le haba favorecido, acababa de mostrrsele
constante.

Ya se haba librado del conde, eterno obstculo para sus planes; y l
jesuta, al pensar en su triunfo, sonrea diablicamente.

Estaba satisfecho de su fuerza y de su terrible astucia. O no haba
justicia, o l sera general de la Compaa de Jess.




XXV

Donde el padre Claudio da el ltimo
golpe a Baselga y vuelve a ocuparse
del capitn Alvarez.


Cuando a la maana siguiente el conde de Baselga vi entrar en su
despacho a su amigo el jesuta, llamle la atencin inmediatamente la
expresin de alegra que llevaba impresa en el rostro.

Acababa el conde de levantarse; eran las ocho de la maana y en la otra
ala de la casa, o sea donde estaban situadas las habitaciones de doa
Fernanda y de Enriqueta, todo estaba en silencio, velado por la dulce
penumbra del sueo matutino.

El conde, en la noche anterior, haba ido con su hija al teatro Real.
Necesitaba repeler del todo el mal humor producido por su altercado con
el doctor Zarzoso, aquel seor desconocido para l, que tanta irritacin
le haba causado; y logr su deseo, pues se acost muy tranquilo y se
levant tarareando trozos de msica italiana que haban quedado en su
memoria, y que l, falto de sentido filarmnico, desfiguraba de un modo
horrible.

Cuando Baselga canturreaba, a pesar de hacerlo muy mal, se alegraba toda
la casa. Era esto signo evidente de buen humor en aquel gigantazo que
con un bufido de clera haca temblar a todos.

El gozo interior que delataba la cara del jesuta, extrem la alegra
del conde.

--Qu hay, padre Claudio? Por qu tan contento a estas horas?

--Grandes noticias, seor conde--contest el jesuta sentndose en un
silln y respirando precipitadamente, como si llegase sofocado.

--Qu es ello? Vamos a ver. Siento gran curiosidad, y me parece que va
usted a darme un alegrn. Anoche, no s por qu, presenta que hoy iba a
ocurrirme algn suceso feliz. Es que ha escrito O'Conell, marcando ya
fecha para el golpe?

--Mejor, mucho mejor--dijo el jesuta, que pareca gozarse en excitar
la curiosidad del conde, para lo cual retardaba la explicacin
definitiva.

--Mejor? Pues confieso que no lo entiendo. Por Dios, explquese
pronto!

El jesuta se levant, y acercndose a su amigo, le dijo al odo, con
entonacin misteriosa:

--O'Conell est aqu.

--Dnde?--exclam el conde, incorporndose con nervioso impulso
producido por la sorpresa.

--En Madrid. No puedo decir a usted ms.

--Y le ha visto usted?

--No; pero acabo de recibir aviso de su llegada, y al mismo tiempo, el
encargo de que l desea hablar a usted con mucha urgencia.

--Y por qu no viene aqu?

--Lo ignoro: mas l tendr sus motivos para obrar tan misteriosamente.
Tal vez teme ser espiado por el personal de la Embajada inglesa: tal vez
la ndole de su conferencia con usted requiera el misterio.

--Y qu debo yo hacer?

--Vestirse inmediatamente y acudir a la cita.

--En qu punto me espera?

--No he tenido tiempo de informarme, pues inmediatamente he venido a
manifestarle la noticia. Abajo, en un coche de punto, para no llamar la
atencin, le espera el doctor Pelez, que es quien sabe dnde es halla
O'Conell. El le conducir.

--Voy al momento. La impaciencia me devora, y no tardar ni cinco
minutos en estar listo.

Sali el conde del despacho apresuradamente, llamando a su ayuda de
cmara con estrepitosas voces, y despojndose de su bata rameada para
acabar cuanto antes de vestirse.

El padre Claudio lanz una mirada distrada a la mesa de trabajo, donde
los papeles estaban en desordenado abandono.

Un objeto brillaba asomando bajo algunos peridicos, y el jesuta fij
en l la atencin. Apart los papeles, y vi una pistola doble, con los
caones niquelados y la culata de bano. Tena la pequeez de las armas
de bolsillo; los arabescos complicados y fantsticos que la adornaban
dbanle cierto carcter de joya; pero el excesivo calibre de sus caones
le haca una mquina terrible.

El jesuta la contemplaba con curiosidad. Examin sus caones, que
estaban cargados, y se puso a reflexionar que un tiro disparado con
aquella pistola, a corta distancia, era tan seguro como mortal.

El conde era muy aficionado a las armas; tena siempre en casa las ms
modernas, y aquella pistola era, sin duda, una novedad.

Daba vueltas el jesuta en sus manos a la brillante pistola y sonrea de
un modo extrao, como si le fuera muy grato el pensamiento que en
aquellos instantes se agitaba en su cerebro.

Cuando el conde volvi a entrar en el despacho, con traje de calle y el
sombrero puesto, hall al padre Claudio examinando todava con atencin
la hermosa pistola y sonriendo con una expresin poco tranquilizadora.
Pero el conde no se fij en la sonrisa.

--Le gusta a usted, padre Claudio?--le pregunt.

--Mucho. Es una hermosa arma que da gran seguridad al que la lleva y que
al mismo tiempo no ocupa gran puesto en los bolsillos.

--Esa es su principal ventaja. Yo la suelo llevar alguna vez, y siempre
la meto en un bolsillo del chaleco, sin que apenas se note el bulto que
produce. Es de moderna invencin, y ah donde usted la ve, tan diminuta,
yo me comprometo a hacer blancos con ella a cincuenta metros.

--Es un arma maravillosa.

--Qudese usted con ella, si le gusta.

--Yo! Para qu? Un sacerdote no debe llevar armas; y, adems, usted la
necesita ahora mismo.

--Necesitar yo armas? Salgo nicamente para ver a O'Conell.

--En asuntos como el nuestro, que no es muy legal, aun cuando usted
piense lo contrario, conviene siempre ir prevenidos. Cuando O'Conell se
ha escondido, sus motivos tendr, y no es cosa que vaya usted a un punto
que desconoce sin tomar sus precauciones. Quin sabe lo que puede
ocurrir? Recuerde usted que, segn el refrn, "hombre prevenido..."

--S: "vale por ciento"; pero yo tengo siempre mis puos, que casi dan
los mismos resultados que una pistola, cuando el enemigo est prximo.

--Vamos, seor conde, no sea usted tan confiado, y mtase esta arma en
el bolsillo.

--Como usted quiera, ya que tanto se empea. Bien considerado, no me
estorba llevarla, y tal vez, como usted cree, puede serme de alguna
utilidad.

El conde meti la pistola en un bolsillo de su chaleco, y abrochndose
la levita, indic al jesuta que estaba dispuesto a partir.

Salieron los dos y atravesaron la antecmara sin encontrar ningn
criado.

Baselga iba delante, y ocupado en reflexionar sobre la extraa cita de
O'Conell, en nada se fijaba. El padre Claudio, que lanz una mirada a la
puerta que comunicaba con las habitaciones de la baronesa, vi que el
cortinaje se agitaba y hasta le pareci que una mano, semejante a la de
doa Fernanda, asomaba para desaparecer rpidamente, despus de hacer
una seal de despedida.

Al salir a la calle encontraron parado frente a la puerta un coche de
alquiler, por cuyas portezuelas vease recostado en el interior al
doctor Pelez, fumando tranquilamente.

El aristocrtico doctor se apresur a abrir la portezuela, y demostrando
una agitacin que contrastaba con su anterior calma, grit:

--Vamos, seor conde; suba usted inmediatamente, pues se hace tarde y
nos aguardarn con impaciencia.

--Adnde vamos?--pregunt el conde subiendo a la berlina de alquiler.

--Ya lo sabe el cochero. Vaya, adis, padre Claudio!

--Salude usted en mi nombre, amigo Pelez, al capitn O'Conell.

El mdico correspondi con un malicioso guio a la sonrisa intencionada
con que el jesuta acompa sus palabras.

Estrech el conde la mano del padre Claudio, e inmediatamente el
carruaje se alej a buen paso.

El jesuta qued inmvil en la acera, como atendiendo al monlogo que la
alegra recitaba en el interior de su cerebro.

--Anda con Dios!--se deca--. Por fin he logrado librarme de ti, que
eres el eterno obstculo para mis planes dentro de tu familia. Ya no me
irritars con tu tenaz oposicin; ya no impedirs que tu hija entre en
un convento y tu hijo en la santa Compaa de Jess, y yo podr con toda
tranquilidad guiar hacia las cajas de la Orden ese rebao de millones
que no son tuyos, sino de tu mujer.

El pensamiento del jesuta cambi de faz repentinamente, y el monlogo
continu:

--No puedo quejarme. Hoy es un da feliz; se inicia del modo ms
favorable, pues ese imbcil se ha dejado conducir sencillamente y sin
resistencia al lugar de donde no saldr nunca. Y quin sabe lo que all
podr sucederle! Por algo le he hecho tomar su pistola.

Este pensamiento se reflejaba en el rostro del jesuta con una sonrisa
diablica.

--Da que as empieza--continuaba dicindose--forzosamente ha de ser muy
favorable a mis planes. De seguro que me espera alguna buena noticia.
Apostara algo a que de aqu a la noche conquisto una fortuna o me libro
de algn enemigo. Me lo dice el corazn. Hoy, despus de tan feliz
principio, har algo bueno.

El padre Claudio volvi en s, y dndose cuenta de que estaba plantado
en el centro de la acera, gesticulando mudamente y llamando la atencin
de los transentes, emprendi la marcha con direccin a la antigua casa
donde tena establecida su oficina y su archivo y en la cual viva con
independencia y separado de la Orden que diriga.

Saludando algunas veces a personas que le conocan y rehuyendo muchas el
encuentro de otras cuya conversacin importuna le era molesta, lleg a
su casa.

Entr en sta, no por el gran portal, sino por una escalerilla de
servicio, segn era su costumbre, para que no conocieran su ausencia las
personas que iban a buscarle y que llenaban continuamente la antesala.

Aquella maana nadie le esperaba, segn dijo un lego que le serva de
ujier. Haban estado un buen rato algunos de los que la Compaa
empleaba como agentes; pero, despus de hacer sus revelaciones al padre
Antonio, que segua siendo el secretario general del asistente o vicario
de la Compaa en Espaa, se haban marchado inmediatamente.

El padre Claudio entr en su despacho, donde su secretario estaba, como
siempre, entregado al trabajo de ordenar notas y extractar informes para
enviarlos a Roma o encerrarlos en aquellos legajos que, cada vez ms
numerosos, invadan todo el gran saln.

El secretario salud con una rpida cabezada a su superior, y sigui
escribiendo.

--Qu hay?--pregunt el padre Claudio, con aquel acento imperativo que
era el suyo propio y se manifestaba siempre que el jesuta estaba lejos
de los convencionalismos de la sociedad.

--Han venido tres de nuestros agentes, y en estos instantes estoy
redactando en forma las notas que he tomado de sus revelaciones.

--Qu informes son los suyos?

--Dos de ellos no tienen gran importancia. Helos aqu. El presidente del
Consejo de Ministros dijo anoche, en una antesala de Palacio, que hay
que temer ms a vuestra reverencia que a sor Patricio y al padre Claret,
pues stos no son ms que agentes de vuestra paternidad, que los mueve a
su gusto. El otro informe es detallando el carcter de ese periodista
rojo que tan furibundos artculos escribe contra nuestra Orden. Es
irritable en extremo, y, adems, tan falto de dotes oratorias y tmido,
como mordaz con la pluma.

--Est bien. Al presidente del Consejo ya procurar, de aqu a un rato,
cuando yo vaya a Palacio, darle a entender que estoy enterado de sus
palabras, y de paso le har comprender a lo que se expone tirndonos
chinitas a los compaeros de Jess. En cuanto al asunto de ese
periodista, toma nota de lo que voy a decir.

El secretario puso los puntos de su pluma sobre el papel, y esper.

--Quin ha trado los informes?

--Pepe, "el Americano", ese que perora en los clubs y que est afiliado
en la Masonera, para darnos cuenta de todo lo que piensan nuestros
enemigos.

--Cmo est ahora en punto a prestigio?

--Mejor que nunca, reverendo padre. Ha estado aqu largo rato, y como es
muy chistoso, me ha hecho reir mucho remedando grotescamente la que
hacen en las sociedades secretas, y las sartas de barbaridades que l
suelta a guisa de discurso. Como es tan vocinglero e intrigante, y como
habla mal de todos los que se distinguen en los partidos avanzados, ha
conseguido formarse su correspondiente grupito con cuatro imbciles, y
hoy se da ya importancia de hombre de prestigio en las masas.

--Perfectamente. Pues ordenars a nuestro agente que poco a poco y con
mucho arte emprenda una campaa de difamacin contra ese periodista que
tanto nos ataca. El mejor medio de matar su pluma, que tanto nos
molesta, es aislarle, quitarle el afecto y la admiracin de los suyos,
que hoy tanto le aplauden. Esto puede conseguirlo nuestro hombre.

Al secretario debi parecerle difcil la empresa, pues levantando el
rostro, interrog con la mirada a su superior.

--Te parece difcil lo que me propongo? Pues nada tan sencillo. Nuestro
agente tiene facilidad de palabra, y esto constituye una ventaja
preciosa cuando se ha de trabajar sobre la conciencia de muchedumbres
tornadizas y veleidosas, ms propensas a derribar que a sostener a sus
dolos. Ves anotando lo que "el Americano" debe hacer para anular a
nuestro enemigo. Primero perorar en los clubs, diciendo con maligna
intencin que a los hombres hay que apreciarlos por lo que hagan y no
por lo que digan, y de paso har la apoteosis de la fuerza, diciendo que
vale ms un carbonero que est dispuesto a salir con un trabuco a la
barricada, que todos esos periodistas, oradores y sabios que nicamente
sirven para enredarlo todo. Este ser, el primer golpe. Despus, cuando
el terreno est preparado y haya tronado en varios discursos contra los
traidores y los espas, asegurando que entre los partidarios hay muchos
agentes pagados por los jesutas...

--Esto podr l jurarlo por su alma, sin temor de ir al infierno.

--No me interrumpas y escribe. Despus que, como deca, haya preparado
el terreno, podr ir poco a poco deslizando la idea de que ese
periodista que nos ataca es uno de tantos traidores pagados por los
jesutas. Eh! Qu te parece el golpe?... Por qu pones esa cara?

--Reverendo padre; eso me parece demasiado fuerte. Cmo van a creer
esas gentes que est pagado por los jesutas el mismo que con tanto
rigor nos ataca?

--Bah! T no conoces a las muchedumbres. Son enemigos por instinto de
todo el que se distingue y se eleva por encima de lo vulgar, y, adems,
todo lo que es absurdo y raro lo recoge con ms entusiasmo, por lo mismo
que lo comprende menos. Unicamente aqul que posee una oratoria
vehemente y tribunicia, es el que consigue conservar el aprecio del
pueblo; pero el que no tiene ms arma que la pluma, pierde con facilidad
el prestigio, pues esas masas revolucionarias slo se sienten subyugadas
por una palabra ardiente. Adems, las masas sienten primero que
discurren; adivinan entre ellas ms traidores y espas de los que
nosotros pagamos, y aqul que cualquiera seale como agente jesutico,
ser el desgraciado sobre el cul caer el odio popular. En fin,
Antonio, escribe mis instrucciones y aprende eso bien; s lo que me
digo. Ya vers cul es el resultado.

El secretario escribi las rdenes de su superior.

--La calumnia--continu el padre Claudio--es siempre entre las masas
populares una bola de nieve que a poco que ruede se convierte en
imponente alud. Que nuestro agente obedezca mis rdenes y dentro de poco
apreciars el resultado. No faltar una turba de imbciles que le haga
coro; todos, una vez sealado el traidor, querrn estar enterados de su
traicin, se aguzarn las imaginaciones, la mentira rodar de boca en
boca agigantndose rpidamente, y antes de dos meses habr exaltado que
contar con todos sus pelos y seales la traicin del periodista, el
lugar donde se avista con nosotros, las rdenes que le damos y hasta la
cantidad que percibe por su infame obra. Hay que emplear todos los
medios para batir al enemigo.

El padre Antonio mostraba la admiracin que le produca el diablico
arte de su superior. Este continu hablando.

--Despus que la calumnia se extienda, ser cuestin de poco tiempo el
robarle la pluma al escritor y hacernos dueos de su conciencia. Se ver
escarnecido, insultado y calumniado por los mismos que ahora le admiran,
y posedo del despecho y la rabia, despreciar justamente a asa misma
gente a quien quiere ilustrar y abrir los ojos, y que paga a coces sus
desvelos. El vaco se formar en torno de su persona; no tendr a su
lado un admirador que le aliente ni un amigo que le sostenga; sus
escritos no sern ledos y carecer ya del mezquino producto que hoy le
da su trabajo y que le permite vivir. Intentar defenderse de palabra en
las reuniones de su partido; pero su timidez personal y su falta de
elocuencia, harn que sea anonadado por nuestros agentes, que pintarn
su balbuceo e inseguridad como el rubor de su conciencia que se delata;
y cuando est ya definitivamente perdido, cuando no tenga un amigo y
est aplastado bajo el peso de su descrdito, entonces...

--Entonces llegaremos nosotros. No es eso, reverendo padre?

--As es. Entonces nosotros nos presentaremos a l como seres que nos
apiadamos de su desgracia y que llevados de nuestro noble y generoso
carcter, sabemos perdonar al enemigo cuando ste se halla en la
desgracia. Nuestra dulzura por una parte, y por otra el odio que l
sentir contra los ingratos, harn que, sin gran esfuerzo, su voluntad
se nos entregue, y entonces dispondremos por completo de esa pluma que
ahora tanto nos incomoda. Adems, vivir en la miseria, y las
necesidades de su familia le harn mirar nuestra amistad como un auxilio
de la Providencia. No dudes que as ser. Tengo mucha experiencia, y ms
de una vez he conseguido iguales xitos. Con los hombres ocurre lo mismo
que con las plazas fuertes. No hay ninguno inexpugnable, y el xito
nicamente depende del modo y forma de establecer el bloqueo.

--Oh!, magnfico!, reverendo padre. La comparacin es exacta, y cada
vez me convenzo ms de que al lado de vuestra reverencia, siempre se
estn aprendiendo cosas nuevas.

--Bah! Djate de palabreras y vayamos a lo importante. Ha dicho "el
Americano" algo sobre trabajos revolucionarios?

--Nada importante. En los clubs se habla mucho y se confa en que Prim
har pronto un movimiento; pero nada se dice de cierto. Pero hay aqu
otra revelacin sobre el mismo asunto, que es muy importante.

--Vamos a ella. De quin es?

--De aquel teniente retirado a quien hace ms de quince das encarg
vuestra reverencia que siguiese los pasos a un capitn llamado don
Esteban Alvarez.

--Y han llegado, por fin, los informes? Gracias a Dios!

--Caros han costado. He dado tres mil reales al tal teniente.

--No hay que reparar en gastos cuando se trata de asuntos importantes.
Ve diciendo.

Y el padre Claudio se coloc en actitud de escuchar con profunda
atencin. Brillbanle los ojos y en su rostro se mostraba una satnica
alegra. Su cerebro rumiaba con detencin un pensamiento halagador. Iba
a darle una leccin a aquel mequetrefe que en la plaza de Oriente lo
haba tratado como una mujer, amenazndole con darle de bofetadas. Ahora
vera el tal mequetrefe si se poda insultar impunemente a un hombre
como el padre Claudio.

El secretario consult sus notas para estar ms seguro de su informe.

--El teniente, para encarecer su servicio, ha dicho lo mucho que le ha
costado averiguar la vida y costumbres del capitn Alvarez. Adivinaba
que ste conspiraba y que era amigo de Prim; pero no poda saber la
cosa, con todos los detalles que le peda su paternidad. Por fin, merced
a las palabras indiscretas de un amigo del capitn, y despus de haber
seguido a ste a todas partes, ha podido averiguar cosas que comprometen
mucho al espiado. El capitn Alvarez es el secretario de la Junta
militar que preside Prim, y que est encargada de los trabajos
revolucionarios en toda Espaa.

--No hay ms datos?

--S, reverendo padre. Los conspiradores se renen en una casa cuyas
seas exactas tengo aqu. Est en las inmediaciones de la plaza de Santo
Domingo. El capitn Alvarez asiste a todas las reuniones. Lo ha visto
nuestro agente.

--Y no sabe ms?

--Ha indicado un dato de gran estima. El tal capitn, como ejerce de
secretario del Comit, tiene en su poder papeles importantes y
comprometedores, y, segn cree nuestro agente, los guarda en su
domicilio.

--S que es de importancia la noticia. Con este dato ese hombre est por
completo a nuestra disposicin. Ya pensaremos en el medio ms adecuado
para que el Gobierno se incaute de esos papeles y d su correspondiente
castigo a los conspiradores. No hay ms asuntos?

--No, reverendo padre.

--Saca extracto de las dos primeros, el del periodista y la murmuracin
del jefe del Gobierno, para enviarlos al archivo de Roma, como es
costumbre.

--Y el otro?--pregunt el secretario, lanzando una rpida mirada a su
superior.

--Te refieres al asunto del capitn Alvarez?--dijo el padre
Claudio--.Oh! Ese es negocio particular, que slo a m me importa, y
del que no es necesario que sepan una palabra en Roma. Es una pequea
venganza, un desahogo que me permito, y no creo necesario ocupar la
atencin del general y de sus secretarios con tales nimiedades.

El secretario sigui escribiendo, con la cabeza baja, y sin hacer el
menor movimiento; pero el padre Claudio, bien fuese por curiosidad o
porque adivinase sus pensamientos, sintise impulsado a preguntarle:

--Oye, Antonio, te parece mal lo que yo hago?

El secretario clav su mirada con cierta audacia en los ojos de su
superior.

--Reverendo padre, ya conocis los estatutos de la Orden.

--Te pregunto si te parece censurable mi conducta. Responde
terminantemente.

--Ya que me preguntis, fuerza es contestar, cumpliendo mi voto de
obediencia. La Orden tiene leyes, y nadie debe faltar a ellas.

--Y te parece que yo falto?

--Nuestros estatutos disponen que todo individuo de la Compaa d
cuenta de sus asuntos a sus superiores provinciales y nacionales, y que
stos, igualmente, lo comuniquen todo al padre general.

--Y yo, que oculto algo a los de Roma, falto a nuestras leyes, no es
esto?

--As es, seguramente.

--Celebro que seas franco. Yo lo ser de igual modo, dicindote que
conviene que te convenzas de todo lo contrario. Es por tu bien. Hay
cosas que resultan peligrosas nicamente al pensarlas.

Y el padre Claudio sonrea al decir esto, y fijaba en su secretario
aquella mirada extraa, que haca temblar a cuantos le conocan.

--Est bien, reverendo padre--contest framente el secretario--. No
olvidar vuestras indicaciones.

--Confo--continu el padre Claudio--que todo quedar en secreto y sers
tan fiel como siempre lo has sido. Pon, pues, todas las notas referentes
al capitn Alvarez en carpeta aparte, y que sea un secreto para todos lo
que se haga en tal asunto.

El secretario sigui escribiendo durante algunos minutos, pero, de
pronto, hizo un rpido movimiento, y se encar con su superior.

--Reverendo padre--dijo--, ya sabis que os quiero.

--No mucho. Me debas querer verdaderamente, pues todo cuanto eres me lo
debes a m; pero, en fin, prefiero que me tengas un afecto dbil a que
seas mi enemigo. A qu vienen tus palabras?

--A que por lo mismo que os quiero, no puedo menos de lamentar que os
separis demasiado de vuestros deberes. Son muchos ya los asuntos que
figuran en carpeta aparte, y de los que no se da conocimiento alguno a
Roma.

El padre Claudio hizo un gesto expresando el poco cuidado que le daba
tal indicacin.

--Hacis mal en trabajar tanto por vuestra cuenta, y en faltar
continuamente a nuestras leyes. Yo guardar siempre el secreto; pero
esto no supone que vuestros negocios queden ocultos eternamente a los
ojos del general.

--Ah! Guardando t el secreto, quin puede enterarse de mis asuntos?

--Ya sabis que en nuestra Orden todo se sabe.

--Por esta vez, no se sabr. Tengo tomadas mis precauciones, y estoy
seguro de que si algo llega a odos del general, ser porque t me
habrs vendido. Ya ests enterado; ahora, a trabajar.

El padre Claudio dijo esto con su tono imperioso, y el secretario le
obedeci inmediatamente.

Transcurri algn tiempo, sin que mediara palabra alguna entre los dos
jesutas. El secretario escriba, y el superior, de pie ante la mesa,
hojeaba los papeles que estaban en sta, esperando una clasificacin.

Un criado levant con discrecin el cortinaje de la puerta, y asom su
cabeza, con el propsito de retirarse silenciosamente si vea al padre
Claudio entregado a una grave preocupacin. A los sirvientes de aquella
casa bastbales una sencilla ojeada para apreciar la importancia del
trabajo de su dueo y su necesidad de aislamiento. Al ver al padre
Claudio contemplando con mirada distrada los papeles, se atrevi a
interrumpirle y dijo con voz meliflua:

--Reverendo padre, don Joaqun Quirs desea ver a vuestra reverencia. Ha
venido ya muchas veces en esta maana.

--Que espere en el gabinete. Voy all inmediatamente.

Sali el criado, y el poderoso jesuta dijo en voz alta:

--Qu querr Quirs? Por qu vendr a buscarme con tanta insistencia?
Ese muchacho cada vez me gusta menos. Presiento en l algo de
ingratitud. Qu te parece a ti, Antonio, de ese muchacho?

--Es un fatuo que se ha hecho la ilusin de emplear a vuestra reverencia
y a la Orden para llegar muy alto. Hay que tener cuidado con ese
ambiciosillo.

--Pues si piensa aprovecharse de nuestro poder para lograr sus fines, y
despus desligarse de nosotros, est muy equivocado. Eso sera
engaarnos, y, francamente!, tendra que ver que un trastuelo como se
engaase a la Compaa de Jess.

El padre Claudio sali del despacho, y, atravesando varias habitaciones,
entr en un pequeo gabinete de paredes grises y desnudas, amueblado con
una antigua consola y una sillera de damasco rado.

Joaquinito Quirs, al entrar el poderoso jesuta, se abalanz
inmediatamente a besarle la mano humildemente, recibiendo su bendicin
con aire compungido.

--Hola, desertor!--dijo el padre Claudio con jovialidad--. Qu mal
viento le trae por aqu? Yo crea que ya haba muerto.

--Oh, reverendo padre! A pesar de mis trabajos apremiantes, he venido
por aqu varias veces, slo que nunca estaba usted visible.

--No es extrao; yo, aunque no me presento agobiado por el trabajo, como
usted, no dispongo de un minuto todos los das para recibir a los
amigos. Conque, vamos a ver, qu le trae a usted por aqu?

--Vengo corriendo de casa de Baselga.

--Ah!... Y qu?--dijo el jesuta con una frialdad que contrastaba con
el azoramiento exagerado del joven escritor.

--Haba ido a consultar a la baronesa sobre un asunto urgente de la
Asociacin de San Vicente de Pal...

--Bueno, y qu quiere usted decirme?

--Que de boca de la misma baronesa ha salido una noticia que apenas me
atreva a creer.

--Vamos a ver esa noticia estupenda.

--Que el conde ha sido declarado loco.

--Y que yo lo he enviado al manicomio, no es eso? De seguro que as se
lo habr dicho la baronesa. Y qu hay en todo esto para que usted venga
con tanto azoramiento a comunicarme cosas que ya casi tengo olvidadas?

--Oh!, reverendo padre: la impresin, lo inesperado de la noticia...
Comprenda usted el efecto que en m habr causado.

--Djese usted de pamplinas. Usted saba tan bien como yo, hace ya mucho
tiempo, que el conde estaba loco, y que su mana de conquistar
Gibraltar, que comunic a usted antes que a nadie, era un solemne
disparate. A qu extraarse tanto ahora? Baselga estaba loco y lo hemos
encerrado en un manicomio. Eso es todo.

--Perdone usted, padre Claudio. Yo esperaba que, como amigo de la
familia, me hubiese usted llamado, al tratarse de un asunto tan
importante. Tal vez hubiesen aprovechado para algo mis servicios.

--No hemos necesitado a usted para nada.

--Muchas gracias. Adems debo manifestarle mi disgusto por la conducta
que usted ha observado conmigo. Hace tiempo que comprend que no le era
muy grata mi presencia en casa de Baselga, y por eso he estado tanto
tiempo sin ir por all.

--As es. No me gustaba mucho que fuese usted por aquella casa; pero
ahora puede volver cuando guste.

--S, eso es--dijo con rudeza Quirs--. Puedo ya volver, ahora que no
est el conde y que le han declarado loco, Dios sabe cmo.

Quirs, apenas dijo estas palabras, se arrepinti, al ver el gesto de
indignacin que hizo el padre Claudio.

--Joven--dijo el jesuta con frialdad hostil--, la benevolencia que yo
le he dispensado, slo ha servido, segn veo, para que usted se muestre
sobradamente audaz y se atreva a hacer suposiciones que no puedo
consentir. El conde ha sido declarado loco, porque realmente lo estaba,
y yo no he infludo para nada en tal declaracin. Qu inters poda yo
tener en ello?

Quirs, a pesar de que tema al padre Claudio, no pudo evitar un gesto
de incredulidad.

--Duda usted de mis palabras? Pues pronto tendr que convencerse
forzosamente. Qu mdicos cree usted que han certificado la demencia
del conde? Se lo ha dicho a usted la baronesa?

--No, seor; pero, como si lo viera: el mdico encargado de tal trabajo
habr sido, indudablemente, el doctor Pelez. Un amigo fiel y
obediente.

--Pues se engaa usted. El que ha certificado la demencia del conde ha
sido el doctor Zarzoso, ese sabio alienista, que es bien conocido por
sus ideas antirreligiosas. Dir usted ahora que Zarzoso es de los
nuestros y que yo puedo manejarle para hacer que declare cosas
contrarias a la verdad?

El joven qued moralmente aplastado por estas palabras, y el padre
Claudio se goz en mirarlo con desdeosa compasin.

Quirs estaba perplejo. Comprenda que acababa de cometer una torpeza,
mostrando antes de tiempo cierta aspiracin de independencia ante el
terrible jesuta, que no consenta la emancipacin de ninguna de las
voluntades a l supeditadas. Por esto, deseoso de remediar su ligereza,
se apresur a decir con acento humilde:

--Perdn, reverendo padre. No haba yo imaginado, ni remotamente, nada
que fuese en perjuicio de la honradez y caridad de vuestra reverencia,
pero el maldito amor propio, herido por el despego que hace algn tiempo
me mostraba usted, ha sido la principal causa de que yo haya hablado de
un modo irrespetuoso. Ruego a usted que me perdone. Ya sabe que le
venero y que eternamente le ser fiel.

El jesuta hizo como que crea en estas palabras, cuyo verdadero valor
conoca.

--Es usted un nio, amigo Quirs--dijo con paternal benevolencia--, y si
no estuviera convencido de esa ligereza, que le ha de producir muchos
disgustos, tomara en serio sus palabras, en cuyo caso mi enojo sera
terrible. Usted tiene un defecto, que consiste en querer subir demasiado
aprisa a las alturas donde le arrastra su exagerada ambicin. Yo no
critico que usted sea ambicioso: todos lo somos en este mundo, y yo el
primero: pero hay que pensar bien que aquello que todo hombre ha de
procurar para subir, es escoger bien los medios que han de servirle para
su elevacin. Usted, mientras suba apoyado por nuestra Orden, har
carrera, y el da que intente emanciparse de nosotros, su ruina ser
completa.

--Reverendo padre, yo no intento separarme de usted, al que tanto
venero; yo...

--Menos protestas de adhesin, amigo Quirs. Dios, que lee en el corazn
de todos los humanos, es quien sabe mejor la verdad y puede apreciar los
sentimientos de cada uno. Aunque no estoy muy seguro de la adhesin de
usted, le quiero, a pesar de todo, y buena prueba del ello es que hace
un momento pensaba en usted y le procuraba un medio seguro para
engrandecerse.

--A m!--exclam Quirs con codicia--. Oh, cunto le agradecera que
hiciese algo por mi suerte! Mi situacin es cada vez ms difcil; mis
compaeros ascienden todos, hacen fortuna, y yo permanezco inmvil en mi
miserable mediana, sin adelantar un paso. Necesito un protector
poderoso, como vuestra paternidad, y que no me abandone en ninguna
ocasin.

--Mi proteccin depender del modo como usted se porte en adelante
conmigo. Por de pronto, sepa que tengo un medio seguro e inmediato para
que el Gobierno agradezca a usted un servicio importantsimo y le premie
con largueza.

Quirs hizo un gesto de impaciencia; estaba ansioso por conocer aquel
medio, tan seguro, de engrandecerse.

--Se trata--dijo el jesuta con gran calma--de descubrir al Gobierno una
conspiracin revolucionaria, verdaderamente terrible, por las personas
que de ella forman parte.

Quirs mostr cierta extraeza al escuchar estas palabras. Notbase en
l que acababa de sufrir una profunda decepcin.

--Oh!--exclam--. Si no es ms que eso!... Todos los das recibe el
Gobierno delaciones de esa clase, y apenas si las premia con unas
cuantas onzas de oro. Los ministros hacen ya poco caso de tales
revelaciones, pues las ms de las veces resultan falsas o intiles, ya
que no pueden encontrarse las pruebas.

--Es que aqu las hay, seor Quirs: pruebas claras y concluyentes,
papeles de tanta importancia, que con ellos el Gobierno puede ponerse al
tanto de una terrible conspiracin militar, y conocer a todas las
personas que estn comprometidas en ella.

--Ah!--exclam el joven, cuyos ojos brillaron con terrible llamarada de
alegra--. Eso es otra cosa. Si vuestra paternidad me facilita tan
importante delacin, mi ascenso est ya asegurado.

--Pues cuente usted con que le apoyar. Ir usted a ver al ministro de
la Gobernacin. No lo conoce usted?

--S, reverendo padre. He hablado varias veces con l en las reuniones
del gran mundo.

--Perfectamente. Pues puede usted decirle que en Madrid funciona una
Junta revolucionaria militar, de la cual es secretario un capitn
llamado don Esteban Alvarez.

--Eso no basta, reverendo padre.

--No sea usted impaciente, y escuche. Dicho capitn tiene en su casa la
mayor parte de los papeles de la conspiracin, y registrando su
domicilio, el Gobierno puede dar un buen golpe a los revolucionarios.

--Est usted seguro, reverendo padre, de que los papeles estn en casa
de ese capitn?

--Oh!, segursimo. Ya sabe usted que estoy siempre bien informado de
todo. Tengo buenos amigos.

--Diablo!, pues la cosa resulta grave para ese capitn, si le pillan en
su domicilio los papeles. Es algn joven ese capitn?

--Creo que s. Segn me han dicho es una cabeza ligera, un exaltado muy
peligroso.

--No le conoce vuestra reverencia?

--No. Nunca lo he visto.

Quirs se qued pensativo unos minutos.

--Vamos!--dijo el jesuta--. Qu piensa usted? No se atreve a dar el
golpe?

--Pienso que si le pillan los papeles a ese pobre muchacho, pronto le
oler la cabeza a plvora. El Gobierno est hoy ms irritado que nunca
contra los revolucionarios, y ser inexorable con aquel que pille.

--As lo creo yo tambin. Pero veo que me he equivocado al pensar en
usted y ofrecerle un medio tan rpido de elevacin. Tiene usted reparo
en delatar tan peligrosa conspiracin? No hablemos, pues, del asunto.
Olvdese usted de todo lo dicho, que otro se encargar de hacer el
trabajo. No falta gente que quiera ser premiada por el Gobierno.

Quirs se estremeci, como si acabara de recibir un rudo golpe.

--Eh! Qu es eso, reverendo padre?... El negocio es para m, y yo no
puedo consentir que otro me lo arrebate. He dicho yo acaso que no
quiero encargarme de la delacin? Lo que hay es que me inspiraba algo de
compasin ese pobre muchacho, que es un joven como yo y que no aguarda
seguramente el terrible cataclismo que le va a caer encima. Un poco de
simpata, y nada ms. Pero se acab ya el escrpulo; no soy tan imbcil
que d un puntapi a la Fortuna, cuando sta se me presenta. Se acab la
compasin. Vaya, padre Claudio!, siga usted dndome rdenes, que yo las
cumplir inmediatamente.

--Celebro verle tan animoso y dispuesto a aprovecharse de mi cariosa
benevolencia. Para alcanzar la gratitud del Gobierno, no tiene usted ms
que hacer esa delacin. Yo me encargar despus de recomendarlo y hacer
que la recompensa oficial sea lo ms alta posible.

--Pero, padre Claudio, con lo dicho no basta para que la delacin sea
completa. Falta saber, el domicilio del capitn Alvarez, el punto donde
los conspiradores se renen y todos los dems detalles que vuestra
paternidad juzgue importantes.

--Es verdad. Tiene usted mejor memoria que yo. Pase usted a mi despacho
y mi secretario le dar una nota exacta de todo cuanto pide.

Quirs hizo un gesto de alegra, como si ya tuviera en sus manos el
importante ascenso que tanto deseaba.

Ansioso por realizar cuanto antes aquel negocio, y sin el menor rastro
del escrpulo que momentos antes haba sentido, se dispuso a salir del
gabinete para dirigirse al despacho.

--Aguarde usted, impaciente joven--dijo el jesuta sonriendo con
amabilidad--. Supongo que todo esto quedar en el ms absoluto misterio,
y que el Gobierno no traslucir quin ha proporcionado tan importantes
datos.

--Oh! De eso no hay que hablar, padre Claudio. Bueno soy yo para que se
me escape una palabra indiscreta. Yo slo digo lo que quiero.

--Buena condicin es sa. Con ella ir usted muy lejos. Lo importante es
que usted no se arrepienta nunca de lo hecho, y quiera perder a sus
amigos algn da, sabiendo perfectamente lo que dice.

El joven comprendi que el padre Claudio segua dudando de su adhesin.

--No recele vuestra reverencia de mi fidelidad--dijo Quirs--. Ya que no
por cario, por egosmo, debo seguir siempre al lado del padre Claudio.
Tratndome como hoy, nunca podr quejarme de su proteccin. Yo, al que
me da, nunca le falto.

--Magnfico! Es usted adorable por su, franqueza, Joaquinito. Usted ir
lejos y nunca le faltar mi proteccin. Unicamente--continu el jesuta
sonriendo con cierto aire de superioridad--, le falta a usted el no
dejarse dominar por la compasin en momentos supremos.

--Oh! La indecisin de antes ha sido momentnea, como usted ha visto.

--Cuando yo le aconseje una cosa, no dude usted nunca. Yo no puedo
aconsejar a nadie que peque y pierda su alma, y las acciones que yo
recomiendo, aunque a primera vista parezcan censurables, seguramente no
lo son por venir de boca de un sacerdote del Altsimo. Dios saca el bien
del mal, no olvide usted esto, y para hacer bien a nuestros semejantes,
es preciso que antes les hagamos dao. Al delatar a ese joven capitn,
tal vez le sentenciemos a muerte; pero, cun inmenso caudal de bienes
no producir nuestra delacin! Con su prisin y la incautacin de sus
papeles, la Sociedad permanecer tranquila, la revolucin quedar
desbaratada, perecern esas ideas diablicas y disolventes que propagan
los enemigos de la Monarqua y de la Iglesia, y quedarn tranquilas en
el podero de que hoy gozan, por la voluntad de Dios, Doa Isabel II,
esa reina modelo de virtudes, y la Compaa de Jess, santa institucin
que trabaja por la salvacin del mundo. Si quiere usted ser grande y
poderoso en la tierra, y despus feliz y bienaventurado en el cielo, no
vacile usted nunca en obedecer mis indicaciones. Todo cuanto yo ordene
es...

--"Para mayor gloria de Dios"--interrumpi el joven--. Si ya lo s,
reverendo padre, y juro obedecerle inmediatamente. Ahora, si le parece
bien, vamos al despacho a por la nota, pues siento verdadera impaciencia
por servir a Dios haciendo la delacin.

El jesuta sonri bruscamente al or estas palabras. Saba l a qu Dios
serva el joven egosta, al mostrarse tan impaciente por cumplir sus
rdenes.

--Sobre todo, amigo Quirs, no cometa usted ninguna imprudencia, ni deje
que la cometa el Gobierno. Si hace usted la delacin ahora mismo, nos
exponemos a que el ministro d inmediatamente rdenes a la Polica, en
cuyo caso es posible que armndose estruendo extemporneamente, se nos
escape la liebre. Vaya usted al Ministerio al anochecer, y haga la
delacin. La noche es favorable para esta clase de asuntos.

Quirs se conform a esperar algunas horas para dar el golpe que
aseguraba su porvenir, y con aire de humildad hipcrita, sigui al
poderoso jesuta a su despacho.




XXVI

La ltima buena obra
del padre Claudio.


A Baselga comenzaba a parecerle demasiado extrao el aparato misterioso
con que el capitn O'Conell haba revestido su cita.

Pasaba el conde por alto que le hubiese hecho salir a una legua de
Madrid para ir a aquel casern de grandes y desiertos patios, rodeado de
un vasto jardn con solitarias alamedas, a cuyo extremo haba entrevisto
algunos hombres que al notar su presencia haban desaparecido; haca
caso omiso igualmente de que el doctor Pelez lo hubiese abandonado
diciendo que as lo exiga el secreto de la entrevista, dejndolo bajo
la direccin de un criado, soberbio mocetn de grandes patillas que
orlaban una cara cuadrada y sin expresin alguna; pero no le pareca ya
indiferente, pues le causaba cierta molestia prxima a la irritacin,
que le tuvieran ms de una hora en aquella sala, grande, fra y de
elevado techo, cuya desnudez an haca ms antiptica el torrente de sol
que entraba por las dos rejas situadas sobre el vasto jardn que l
haba atravesado.

La aventura iba ya resultando para el conde demasiado extraa. Aquellas
rejas eran demasiado robustas y tenan todo el aspecto de las de
presidio. Mirndolas fijamente, el conde lleg a sonrerse.

--En esta casa--pensaba--debe ser la gente muy miedosa. Segn leo a
veces en los peridicos, hay bastantes ladrones en los alrededores de
Madrid; pero la cosa no creo que sea para tomar tantas precauciones.
Cuidado si han empleado hierro en las tales rejas!

Y Baselga, que para buscar distraccin al tedio que comenzaba a
dominarle, se haba entretenido en contar varias veces los barrotes de
las rejas, pas a fijarse en otros detalles de la habitacin.

--Pues aqu dentro--continu pensando el conde--no han sido tan prdigos
en muebles como en el hierro de las rejas. Vaya un menaje! Parece que
slo hayan puesto lo estrictamente necesario para que la pieza no sea
inhabitable.

As era. La sala era muy espaciosa, y a pesar de esto, slo haba en
ella cuatro sillas de paja, muy ligeras por cierto, y una mesilla
colocada entre las dos rejas.

Baselga se levant, fu tocando uno por uno los escasos muebles, y
despus sigui paseando de un extremo a otro de la habitacin.

Sac su reloj de oro y mir la hora. Las diez y media. Estaba ya all
ms de una hora y comenzaba a parecerle la espera ms que pesada.

En uno de sus paseos, al pasar junto a la puerta, que crea entornada,
se fij en ella. Tambin not, como en las rejas, gran lujo de
precauciones. Vaya una puerta slida. Los tableros estaban tan
ajustados, que no dejaban la menor rendija, y toda ella pareca hecha
de una sola pieza. En el centro tena un ventanillo cerrado.

El conde, al pasar, la golpe distradamente con el pie, como para
apreciar su robustez, y la puerta no se movi.

Baselga hizo un gesto de inmensa extraeza. Qu era aquello? Acaso
estaba la puerta cerrada? Era l un preso?

Esta consideracin sublev al conde, quien, para convencerse de si la
puerta estaba cerrada, dej caer sobre ella sus robustos puos.
Conmovise la recia madera produciendo un sonido sordo, pero la puerta
no se movi.

Ya no poda dudar el conde. Estaba encerrado, prisionero en aquella
destartalada habitacin tan inaccesible a la fuga como un calabozo. Las
rejas le impedan saltar al jardn.

Apoderse de Baselga una terrible indignacin al verse tratado de un
modo tan inicuo. Por qu le reciban de tal modo? Dnde estaba aquel
O'Conell, que no llegaba nunca?

De repente cruz por la imaginacin del conde una absurda idea, propia
de su continua preocupacin. Sin duda, el Gobierno ingls conoca su
plan, tema al audaz patriota, y se atreva a secuestrarlo casi a las
puertas de Madrid. Esta presuncin fatua y loca consolaba al conde y le
daba cierto valor para sobrellevar tan extraa aventura; pero a pesar de
esto, segua golpeando con sus vigorosos puos la fuerte puerta, sin
lograr que hiciera el menor movimiento.

El ms absoluto silencio contestaba a aquellos golpes, y Baselga se
decidi por fin a gritar:

--Eh! Los de la casa. Qu es esto? Venid a abrir esta puerta.

Varias veces grit y no vino nadie. Pero los gritos no fueron acogidos
con el mismo silencio que los golpes.

A los odos de Baselga llegaron confusas y amortiguadas voces
estentreas, chillidos y cnticos montonos, que formaban un extrao
concierto y que se repetan cada vez que l llamaba.

--No--dijo el conde en alta voz, como si tuviera a sus espaldas quien lo
oyera--, pues la broma resulta bastante pesada. Y qu grita toda esa
gente?... Juro a Dios, que en cuanto salga de aqu aprendern cmo nadie
se burla impunemente de un hombre como yo.

Transcurrieron algunos minutos sin que el conde se cansara de golpear la
puerta. Antes bien, pareca que sus puos, al maltratar a la madera,
adquiran nuevo vigor.

Cuando comenz a llamar, habale parecido or unas pisadas que
ligeramente se alejaban, y stas volvieron a escucharse pasado un buen
rato, aunque aproximndose con gran rapidez.

El conde vi abrirse el estrecho ventanillo de la puerta, a travs del
cual apenas si podan mirar a la vez con ambos ojos.

En el pasillo estaban dos hombres; el criadote de las patillas y de
rostro inmvil, que, segn se deca el conde, tena cara de palo, y un
joven tambin fornido y barbudo, que llamaba la atencin por su gesto
inteligente.

Baselga se dirigi a l lanzndole por el ventanillo una mirada
iracunda.

--Caballero, es sta manera de recibir una persona decente? Soy algn
criminal terrible para tenerme cerrado? Soy el conde de Baselga, spalo
usted.

--Lo s, seor conde--dijo el joven con sonrisa amable--; y ruego
dispense esta falta de atencin. El tenerle cerrado, comprendo que le
ser a usted tan enojoso como molesto para m; pero tengo que cumplir
forzosamente las rdenes que me dan. A usted mismo le conviene
permanecer ah.

--Esas rdenes son de O'Conell? A ver, dnde est O'Conell?

El joven mdico no saba quin era aquel extranjero que nombraba el
conde; pero con el aplomo que le daba su continuo trato con los
enajenados, respondi:

--S; O'Conell me ha dado la orden. No tardar en venir, puede usted
esperar tranquilo. Es cuestin de una hora a lo ms. Le ruego, sobre
todo, que no se incomode ni se exalte. Piense usted en que le conviene
estar as.

El conde segua no comprendiendo aquel extrao aparato; pero se
tranquilizaba contemplando aquellos dos hombres.

No; aquella gente no poda ser mala. Tena buen aspecto y no pareca que
se propusieran causarle el menor dao. Esperara, ya que tan cortsmente
se lo suplicaban, y cuando llegara O'Conell, ste le explicara la razn
de tan extraa conducta.

El joven hizo una cortesa, disponindose a retirarse.

--Ya lo sabe usted, seor conde. Permanezca usted tranquilo, que as que
llegue el que usted espera, entrar a verle inmediatamente. Mientras
tanto, el ventanillo quedar abierto, y si algo se le ocurre, no tiene
usted ms que llamar a este seor, que acudir inmediatamente.

Los dos hombres se retiraron, y el conde volvi a pasearse por la
habitacin.

En los primeros momentos estaba tranquilizado por la conferencia; pero
as que estuvo solo un buen rato, comenzaron a renacer las antiguas
sospechas. No podan ser terribles enemigos aquellos hombres que tan
amables se mostraban?

Todo induca a esperar algo malo, porque un misterio tan absurdo, rara
vez puede ser precursor de felices acontecimientos.

Y el conde, al pensar esto, se diriga a s mismo preguntas de imposible
contestacin.

--Vamos a ver, dnde est O'Conell? Por qu ordena estas precauciones
irritantes? Ser acaso un traidor que nos habr engaado al padre
Claudio y a m? Y qu casa es sta? Se me ha olvidado preguntarlo a ese
joven, as como por qu chillaban tan desaforadamente hace poco rato.

Justamente cuando el conde se deca esto, volvi a estallar aquel
extrao y espeluznante concierto de gritos, rugidos e incoherentes
canciones.

Esta vez se oa mejor, y pareca ms prximo el gritero, sin duda por
estar abierto el ventanillo.

A Baselga le pona nervioso aquel estruendo, que pareca araarle los
odos. Adems, crea que era una burla; el regocijo de ocultos enemigos,
que celebraban con risotadas extravagantes verle a l encerrado, y por
esto, dando en el suelo una furiosa patada, murmur iracundo:

--Dios! Esto parece una casa de locos.

Despus, como si tomara una resolucin, se dirigi al ventanillo:

--Buen hombre!--grit--. Eh, buen hombre!

Sonaron las pisadas del criado, que a pesar de su robustez, andaba con
una ligereza juvenil.

--Qu se le ofrece?--dijo apareciendo y con acento rudo, que pugnaba
por dulcificar.

--Qu ruido es se? Por qu chilla esa gente de un modo tan
extravagante? Diga usted que callen. Me incomoda esa msica rara.

--No haga usted caso, seor. Son huspedes que tenemos aqu hace algn
tiempo, y que nos dan bastante trabajo.

--Y qu clase de casa es sta? Qu hacen aqu?

Por fin, la cara de palo del criado perdi su expresin estpida para
animarse con una sonrisa extraamente irnica.

--Oh! Ya lo sabr usted, ya se encargar de decrselo la persona a
quien espera.

--Ya lo creo que me lo dir! Tengo deseos de saber el por qu del
aparato de esta cita, que me va resultando pesada. Alguna extravagancia
tal vez. Esos ingleses son tan excntricos!

Baselga not en la inanimada cara del criado cierta expresin de
extraeza. Si l lograra hacerle hablar!

--Qu, te extraas de lo que digo? No conoces t al capitn O'Conell?

--Yo, no, seor. Es decir..., ese capitn, no es la persona que usted
espera?

--S, hombre. Al que espero, y por el que he venido aqu.

--Pues a se s que lo conozco; slo que no saba que usted lo llamaba
por tal nombre, ni que era capitn.

--Pues, cmo llamis aqu al que yo espero?

--Aqu se le llama el doctor Zarzoso, y todas las maanas, a las once,
viene a hacer su visita. Por lo regular, slo inspecciona a algunos de
los huspedes y se pasa ms de dos horas hablando con ellos. Hoy tendr
con usted una conferencia larga.

El conde qued profundamente desconcertado por tales palabras. Qu
enredo era aqul? Haba otro que al capitn irlands quera convertirlo
en doctor? Baselga comprenda la necesidad de hacer hablar a aquel
hombre, y recordando sus antiguas prcticas de hombre de mundo, que hace
apreciar el dinero como el mejor medio de desatar lenguas, sac del
bolsillo del chaleco dos piezas de a duro, y sac la mano por el
ventanillo.

--Toma, esto para ti. Por la molestia que te tomas al entretenerme con
tu conversacin, hasta que llegue ese seor a quien espero.

--Gracias, seor conde--dijo el criado mirando con codicia las
relucientes monedas--; pero me es imposible aceptar la "fineza". El
reglamento de la casa lo prohibe terminantemente.

--Tmalos sin cuidado. Guardar el secreto, pues tengo el gusto de
hacerte este regalo.

La manaza del criado no tard en apoderarse de las dos monedas.

--Y dime--continu el conde--; ese seor doctor que t nombras, es el
mismo a quien yo espero?

--Vaya una pregunta! Usted no espera al doctor Zarzoso? No es l
quien lo ha enviado aqu para su curacin?

--Para mi curacin?... Ah!, s. Por eso me encuentro en este sitio y
le espero con tanta impaciencia. Mira lo que son las cosas. Conozco
mucho a ese seor mdico, y, sin embargo, en este momento no me acuerdo
de su cara.

--No es extrao; a muchos les sucede igual aqu. Vea usted si recuerda.
Es un seor gordo, de bigote cano, gasta gafas y mira muy fijamente
cuando habla. Todo el mundo le conoce. Pues dicen que es un gran sabio.

Al conde no le caba ya duda alguna. Se trataba de aquel caballero, que
en la maana del da anterior haba ido a su casa a revolverle la bilis
con sus objeciones. Qu venganza era aquella?

Baselga senta verdadera ansia de penetrar en lo ms hondo ce aquel
misterio, que comenzaba a asustarle. Sospechaba algo que le causaba
escalofros de terror, y al mismo tiempo, empezaba a hacer hervir su
impetuoso carcter.

--Habla, querido, habla--dijo al criado--. Y crees t que el doctor me
curar?

--Bien puede ser. Yo, por mi parte, lo creo segursimo, si usted ayuda.
Debe usted hacer esfuerzos, y, sobre todo, no atolondrarse y conservar
su serenidad. Una desgracia a cualquiera le sucede, y nadie puede
asegurar que est libre de vivir aqu o en presidio.

Aquel mocetn hablaba con tono de filsofo. Al conde le causaba cierto
pavor su filosofa; pero a pesar de todo tuvo serenidad para preguntar
con marcada impaciencia:

--Y qu enfermedad es la ma? Lo sabes t, acaso?

--No es gran cosa. Hace poco rato me la contaba don Csar, el mdico de
guardia, ese joven tan simptico que antes ha hablado con usted. Se
halla usted tan bueno y sano como yo u otro cualquiera; slo que en
ciertos momentos le domina una mana, que le hace muy peligroso.

El conde temblaba de pavor. El, tan animoso, tan enrgico, se senta
dominado por el miedo ante el sesgo que tomaba la aventura, que momentos
antes crea una broma de mal gusto, pero sin consecuencias.

Adivinaba ya dnde estaba, para qu serva el edificio, y qu clase de
hombre era el que con l hablaba: Horror! Convertido de pronto en un
demente, y teniendo que hablar con fingida tranquilidad con un loquero.

La seguridad que tena el conde de que su razn estaba sana, an haca
ms horrible su situacin.

--Conque decas--continu el conde esforzndose en sonreir--que mi mana
es muy peligrosa.

--As lo he odo. Usted no piensa en algunos ratos ir a hacerle la
guerra a los ingleses, y tena preparados muchos hombres y armas para
tal negocio?

Baselga an experiment mayor impresin de terror. Cmo era aquello!
Su secreto era ya del dominio pblico? Lo conoca hasta un criado de
manicomio?...

Senta el infeliz una creciente curiosidad, y por esto, a pesar de su
terrible angustia, sigui preguntando:

--Cmo sabis aqu lo que yo pienso?

--Bah! Aqu se sabe la historia y la mana de cada enfermo. Ese seor
mdico que le ha acompaado a usted aqu, ha estado examinndolo con
detencin durante mucho tiempo, hasta que se ha convencido de su
enfermedad.

--El doctor Pelez!--exclam con extraeza el conde.

--S, ese creo que es su nombre. Hasta hace poco ha estado abajo en el
gabinete de consultas explicando la enfermedad de usted a don Csar y
recomendndole que lo trate muy atentamente.

Baselga no se pudo contener.

--Pero eso es una infame traicin!...

El criado volvi a sonreir irnicamente.

--Bah! Todos dicen lo mismo cuando vienen aqu, y despus, si es que
salen completamente sanos, dan las gracias por haberlos tenido tanto
tiempo en esta casa atendiendo a su curacin.

Rein un largo silencio. El conde, con la cabeza baja, reflexionaba sin
llegar a creer completamente en su horrible situacin. Tan absurdo le
pareca.

Al fin, como quien pregunta una cosa que tiene por axiomtica, dijo al
criado:

--Pero mi familia no sabr que yo estoy aqu; no tendr noticia de este
miserable secuestro.

--Toma! Hermosa pregunta! Le parece a usted, seor conde, que sin
consentimiento de su familia le hubieran trado a usted aqu? Tenemos
acaso ganas de ir a presidio? A usted le han trado aqu despus que
ayer verificaron en su casa una consulta el doctor Zarzoso, el doctor
Pelez y otros dos mdicos. As he odo que aquel seor se lo deca a
don Csar. Qu, no se acuerda usted ya? Pues dicen que usted estaba
presente, y que hablaron largamente en su despacho. Tambin estaba un
cura que ha trabajado para que usted, a quien quiere mucho, quede aqu,
en seguridad, sin emprender peligrosas aventuras. No se acuerda usted
de eso?

--S, lo recuerdo; lo recuerdo perfectamente--dijo el conde con voz
desfallecida.

Y, efectivamente, recordaba con todos sus detalles la conferencia de la
maana anterior en su despacho, y ahora comprenda la significacin de
las miradas del sabio doctor y aquellas preguntas que tanto le haban
irritado. Pero, Dios mo!, cun infame era aquello!, qu traicin tan
terrible! Haba para volverse loco, pero de verdad; no con aquella
demencia fingida, que l comenzaba a comprender de quin era obra.

Su mano crispada apretaba convulsamente el borde del ventanillo, y con
la cabeza baja permaneca silencioso y meditando, sin comprender muchas
de las palabras que le diriga el criado.

--Debe usted tranquilizarse, seor conde, y tomar con calma lo que le
sucede. Estos son percances de la vida, de los que nadie se halla libre.
Si usted tiene serenidad y pone de su parte para ayudar a la ciencia es
posible que pronto se encuentre bueno. Calma, mucha calma. Aqu no se
pasa del todo mal. Le hemos alojado en esta pieza hasta que venga el
doctor Zarzoso y hable con usted. Despus, lo trasladaremos a una celda
donde tendr usted vecinos; gente divertida, que en los primeros das le
incomodar; pero que al fin le har reir. Son los que usted oa antes.
Adems, yo ser el encargado de cuidarle, y no tendr queja alguna. Me
es usted muy simptico, y ms desde que veo que es persona razonable.
Ratos de sobra tendremos para charlar de nuestras cosas, como ahora lo
hacemos.

El conde segua meditabundo, y de las palabras del criado slo algunas
lograban deslizarse hasta su cerebro, donde no eran del todo
comprendidas.

Una sorda irritacin comenzaba a bullir en el nimo de Baselga,
sustituyendo al miedo que momentos antes le dominaba.

Hubo un instante en que el conde se crea vctima de una lgubre
pesadilla; pero tocaba la pesada puerta, oa al criado, y la esperanza
de ser todo un sueo se desvaneca inmediatamente.

La dignidad de clase, el orgullo viril, la rectitud de conciencia y el
convencimiento de su sana inteligencia, todo se sublevaba enrgicamente
contra aquella terrible situacin, con tan imponente fuerza, con tan
arrebatadora rabia, que Baselga se crea capaz de proceder como un loco
furioso, ya que todos se empeaban en hacerlo aparecer como tal.

En aquel momento, por un misterioso encadenamiento de ideas, recordaba
la escena terrible en que sus manos de hierro estrangularon a Pepita
Carrillo, la esposa infiel y cnica.

El rostro del conde palideca, sus ojos adquiran el brillo extrao y el
tinte sanguinolento que produce la indignacin en ciertos hombres de
carcter pronto para la violencia.

A pesar de esto, logr contenerse an, y con voz ronca pregunt al
criado:

--Pero t me crees loco?

--Yo! J, j!

Y el criado, por toda contestacin, rea maliciosamente.

--De qu te res? Quiero saberlo; lo exijo. No creo que esta situacin
sea cosa de risa.

--Me ro, seor conde, de que todos cuantos vienen aqu hacen la misma
pregunta.

--Pero contesta, con mil demonios! T crees que estoy loco, s o no?

--En este momento no lo est usted; pero si sigue as, no tardar en
darle el acceso. Lo conozco en sus ojos, y le ruego que procure
calmarse.

El conde se estremeci. Si estara realmente loco? Esto es difcil que
pueda apreciarlo el mismo paciente, y, adems, l se senta en un estado
anormal, a causa de la indignacin. Deba tener en el rostro una
expresin terrible, a juzgar por el aspecto alarmado del sirviente.

Baselga haba comprendido todo el horrible carcter de aquella trama,
que se haba urdido en torno de su persona, para conducirlo a tan msera
situacin. Senta la necesidad imperiosa de salir de all; ansiaba
destrozar a aquellos miserables enemigos que tan rastreramente haban
preparado su ruina. Anhelaba procurarse el divino gozo de despedazar
entre sus manos de hierro al repugnante padre Claudio.

Por esto hizo un gesto de imponente autoridad, como si aun estuviese en
el Norte, al frente de su regimiento de lanceros carlistas, y
dirigindose al criado, dijo con voz breve e imperiosa:

--Abre la puerta. Necesito salir al momento.

El mocetn puso el mismo gesto del que oye una cosa ridculamente
absurda.

--Quin, yo? Tiene gracia.

--Que abras, te digo, o si no, por Cristo vivo!, que...

Y el conde comenz a dar patadas en la puerta, vomitando por el
ventanillo un tropel de juramentos y maldiciones.

El criado permaneca impasible ante aquella rociada de insultos. Vease
que estaba acostumbrado a tales desahogos de los huspedes de la casa.

--Cobarde! Abre, u os echo la puerta abajo y le pego fuego a la casa.
Abrid, canallas. Es as como se procede con un hombre honrado! Ah,
miserables jesutas! Abrid, esbirros del padre Claudio. Dejad salir a un
padre infeliz. Dios sabe qu ser a estas horas de mi hija. Quieren
hacerla monja, para robarle su dinero; quieren meter fraile a mi hijo,
para robarlo igualmente, y a m me encierran para que no lo estorbe.
Abrid, o lo rompo todo... Pero t, cara de palo, qu haces ah tan
quieto? Abre y no repares en pedirme gratificacin. Te dar cuatro mil
duros, diez mil..., los que quieras! Pero abre en seguida. Abre esa
puerta, o, por Cristo!, que me como tus hgados y los de todos los
doctores canallas.

Y el conde se destrozaba las rodillas y se quebrantaba los pies,
golpeando aquella puerta, que permaneca tan inmvil como el flemtico
criado.

Apur Baselga en su balbuciente y furiosa indignacin todas las
maldiciones y blasfemias aprendidas en los campamentos, sin conseguir
alterar aquella estatua de carne, que permaneca rgida e indiferente en
el pasillo. Su calma le desesperaba. Oh, cunto hubiese dado l por
poder salir y destrozar a puetazos la "cara de palo"! Era el primer
hombre que se burlaba impunemente de l, que era el terror de cuantos
intentaban ofenderle.

La frialdad con que acoga sus palabras era lo que aumentaba su
indignacin. Hubiese preferido Baselga que el criado contestara a sus
insultos, que se enfureciera, que le dirigiese injurias insufribles;
pero verse acogido con un silencio compasivo, propio para seres
irresponsables, para nios o para viejos, excitaba an ms su terrible
rabia. Era ya un loco, no poda dudar. Sus palabras no tenan valor; le
haban despojado de su condicin viril, y, en adelante, a sus ms
injuriosas palabras contestaran todos con una sonrisa de conmiseracin.

Al conde de Baselga le cegaba la rabia, como si para aliviarla y
desahogarse necesitara algo ms que proferir insultos, apret su rostro
cuanto ms pudo contra el estrecho ventanillo, y escupi furiosamente al
rostro del criado.

--Toma, cara de palo; esto, para ti. A ver si abres la puerta y entras a
reir conmigo.

Baselga recibi en el rostro un rudo golpe, que le hizo retroceder al
centro de la habitacin.

Era que el criado le haba arrojado la hoja del ventanillo en las
narices, y despus de cerrarlo se retiraba con lentos pasos.

El golpe, a pesar de ser fuerte, apenas si caus efecto en Baselga.
Pronto se repuso del aturdimiento que le produjo el choque de la recia
madera contra su rostro, y dando un salto prodigioso que tena algo de
la ligereza flexible y elegante del tigre, cay con todo el peso de su
corpulento cuerpo sobre aquella puerta, a la que combata e injuriaba lo
mismo que si fuese un ser viviente.

Nada. Gimieron las maderas sordamente, pero ni una sola se movi. Eran
previsores en aquella casa y la puerta estaba a prueba de locos, aun de
los ms furiosos y forzudos.

Varias veces repiti el conde aquel asalto, sin conseguir abrir brecha
en la puerta.

Su rostro estaba congestionado; gruesas gotas de sudor surcaban sus
facciones; respiraba fatigosamente, con la entonacin del rugido; sus
ojos estaban veteados de sangre; las venas de su cuello, hinchadas por
furiosas contracciones, parecan querer estallar, y, a pesar de esto, no
se senta fatigado.

La rabiosa indignacin centuplicaba su fuerza de Hrcules, y l, al
tropezar con aquel implacable obstculo, inmvil y firme, se crea un
nio, y le faltaba poco para llorar su debilidad.

Excitado por su misma impotencia, y dominado por loca tenacidad, volvi
varias veces a caer en prodigioso salto desde el centro de la estancia
sobre la pesada puerta, y aquellos choques que le magullaban hacan
crecer su furor sin lmites.

Fuera de la estancia, la espeluznante gritera de los locos contestaba a
cada uno de los quejidos de la madera, combatida por aquel ariete
humano.

Los mdicos y los criados del establecimiento, agrupados en el fondo del
corredor, escuchaban el estrpito producido por Baselga, y se prometan
tratarlo en adelante con grandes precauciones, pues sus violentos
accesos le hacan temible.

El conde, despus de golpear intilmente la puerta, dirigise a las
rejas, y posedo de vertiginosa movilidad, iba de una a otra, agarrando
los barrotes con sus nervudas manos y haciendo esfuerzos poderosos por
romper el hierro.

Desollose sus manos, tirando de los robustos barrotes, y... nada; no
consigui que las rejas hicieran el menor movimiento.

Estaba vencido, le era imposible libertarse, y aquella casa haba de ser
el sepulcro de su razn calumniada.

El sol, que en oleadas de oro entraba en la habitacin, marcando en el
suelo dos cuadrilteros de luz; las verdes capas de los rboles del
jardn, en las que piaban algunos gorriones; el cielo azul y
esplendoroso que se vea a travs de las rejas, todo constitua un
sarcasmo para el infeliz prisionero. La naturaleza sonrea y mostraba a
Baselga la inmensa libertad que en ella existe justamente cuando el
desgraciado reconoca que haba perdido ya para siempre la suya.

El conde se senta posedo de tal furor, que en su cerebro surgi este
pensamiento:

--Si estar yo loco!

Y experiment un tremendo dolor de cabeza. Qu era aquello? Hizo un
esfuerzo Baselga para volver en s, y cuando adquiri cierta serenidad,
encontrse que estaba golpendose furiosamente la cabeza contra las
paredes.

Otra vez volvi el mismo pensamiento a surgir en su cerebro, dndole
razonables consejos.

--Si sigues entregndote a tu desesperacin, si te golpeas, creern
fundadamente que ests loco. Modrate, ten calma.

Haba en aquellos instantes en el interior de Baselga dos seres
distintos. Uno, sensato, que aconsejaba y vea claramente la situacin;
otro, irascible, indignado, furioso, que ansiaba sangre y destruccin.

Los msculos, la sangre, los nervios, el organismo entero, se iba detrs
del ltimo, y obedeca todos sus mandatos.

--Detente, espera, no pierdas la calma--gritaba la eterna idea en el
interior del cerebro del conde. Y, sin embargo, el desgraciado gritaba,
aullaba de furor, daba puetazos en las paredes, se arrojaba con la
cabeza baja a embestir la puerta, se destrozaba la ropa, se araaba la
cara, se morda las manos, y, al fin, se arroj en el centro de la
habitacin, revolcndose, agitado por terribles convulsiones.

Su ronca voz no cesaba de gritar, alternando las palabras con aullidos
de fiera. Peda por centsima vez a los canallas de afuera que le
abrieran la puerta, y en algunos momentos se crea estar luchando con el
padre Claudio, y como si le asestara terribles puetazos, se golpeaba el
rostro, hasta hacerse sangre.

Su cuerpo rodaba sobre el pavimento, como una informe y gigantesca masa,
derribando las sillas y dejando tras s pedazos de su traje, rasgado por
terribles zarpadas, y si alguna vez se incorporaba era para dejarse caer
con mayor furia, golpeando con rabiosa saa su magullado rostro contra
los fros baldosines.

Esta terrible escena dur ms de diez minutos, y al fin las fuerzas de
Baselga, con ser tan grandes, se agotaron, y dej caer su cuerpo inerte.

Una saludable reaccin comenz a operarse en l. Su respiracin era
semejante al estertor del moribundo, y as, tendido de espaldas, con la
vaga mirada fija en el techo y agitndose de pies a cabeza por un
nervioso estremecimiento, permaneci mucho tiempo.

Por fin movi la cabeza a uno y otro lado; su mirada, vaga hasta
entonces, contempl fijamente cuanto le rodeaba con marcada expresin de
extraeza, y se incorpor, como si volviera en s despus de un terrible
ensueo.

Sus ojos fueron fijndose en las desgarradas ropas y en las sillas
cadas, y comenz a sentir al mismo tiempo el punzante dolor que en
todos sus miembros producan las contusiones y magullamientos.

Otra vez el buen sentido volvi a hablar bajo su crneo, y una sonrisa
contrajo los labios del conde.

--Bravo, Fernando--se dijo con terrible irona--. Ya han logrado tus
enemigos lo que queran. Te has entregado a la desesperacin neciamente,
has dejado libre de toda traba tu carcter violento, has hecho locuras,
y ahora nadie dudar que eres un demente furioso. Ya no saldrs de aqu,
y tal vez dentro de poco te pongan la camisa de fuerza.

Mientras que estas ideas se agitaban en su cerebro, el conde permaneca
sentado en el suelo, con los codos sobre las rodillas, la cabeza entre
las manos y mirando con estpida fijeza su sombrero, que, pisoteado y
roto, estaba en un rincn.

Cuando Baselga sali de su abstraccin, se encontr derecho, paseando
apresuradamente por la sala, de un extremo a otro.

El conde haba experimentado una reaccin. Senta una calma absoluta;
todo lo vea de diverso modo, senta una tranquilidad sobrenatural y
hasta le pareca que durante la anterior crisis haba muerto, y ahora se
encontraba en otra vida, libre de las miserias y de las desgracias de
este mundo.

Haba en el interior de su cerebro alguien que le segua hablando, y
cuyos consejos aceptaba sin protesta.

--Resignacin, Fernando. Ya ests loco; y qu? Piensa en permanecer
tranquilo; tu salud es antes que nada. No te golpees, no te maltrates.
Qu vas ganando con desesperarte? Olvdate del mundo, de esos
miserables, que te han engaado; de tu familia, que te ha trado aqu.

Las ideas del conde giraban invariablemente dentro del mismo crculo, y
despus de una vuelta vertiginosa, venan a parar al punto de partida: a
la necesidad de permanecer tranquilo. Pero en una de las vueltas de su
cerebro, sali al paso, y se introdujo en la incesante ronda de sus
ideas, el recuerdo de sus hijos, de Enriqueta y de Ricardo, de aquellos
seres inocentes y desgraciados, a quienes l vea ahora acechados por la
negra traicin, tmidos e incautos insectos, que iban a caer en la red
de la sombra araa, en aquella red que haba aprisionado a su razn, y
que de un hombre fuerte e independiente haba hecho un guiapo humano,
arrojndolo, sin compasin, al fondo de un manicomio.

La figura del padre Claudio apareci en la imaginacin de Baselga,
irnica, sonriente y como complacindose en burlarse de su
desesperacin.

Oh, rabia! Estar encerrado..., no poder vengarse... Y el conde se llev
la crispada mano a la frente. Necesitaba araar algo.

Iba, sin duda, a reproducirse la crisis de furor. Pero la voz misteriosa
debi hablar otra vez bajo el crneo, y la mano cay desmayada a lo
largo del tronco, chocando con un objeto duro.

Baselga palp instintivamente el objeto que haba detenido su mano, y
sac del bolsillo derecho del chaleco la pequea y brillante pistola que
haba tomado en su casa, a ruegos del padre Claudio.

Como si el brillo de los niquelados caones le produjeran un principio
de hipnotismo, estuvo mirndola fijamente bastante tiempo. Su frente se
contraa como si en el interior le punzara algn terrible pensamiento;
sonri dos o tres veces con frialdad, y su voz murmur muy quedamente:

--Y por qu no...?

Movi la pistola, levant el gatillo, mir las dos negras bocas de sus
caones, siempre con la misma sonrisa de frialdad; pero de repente hizo
un movimiento de sorpresa horrible, como el que despierta al borde de un
precipicio, y se apresur a dejar la terrible arma sobre la mesa.

Haba hablado otra vez su buen sentido, y comprenda la terrible
revelacin que encerraba aquel hallazgo.

--Quieren mi muerte--pensaba--, por eso el padre Claudio mostraba tanto
empeo en que me llevara la pistola. El saba bien adnde me conducan.

Y el conde se prometa mentalmente no dar gusto a sus enemigos. Queran
su muerte? Pues bien, l vivira, l hara esfuerzos por conservarse
sano y recobrar su libertad, l probara que su razn no estaba enferma
y que tena derecho a salir de all, y en cuanto saliera... El conde
miraba otra vez fijamente la pistola; pero era apreciando lo bien
alojadas que estaran sus dos balas en la cabeza del padre Claudio.

La esperanza de vengarse algn da de su miserable enemigo, tranquiliz
al conde, devolvindole su perdida calma; pero una mirada que lanz a
las robustas rejas y a la puerta, le hizo caer bruscamente en la
terrible realidad.

Cundo saldra l de all? Los mdicos seran tan duros e inexorables
como aquel hierro y aquella madera; en vano pugnara l por hacerles
comprender que su razn estaba sana, y que era vctima de una
maquinacin infame; los mdicos estaban prevenidos contra l, tenan el
prejuicio de que l se hallaba privado de razn, y cuantos esfuerzos
intentase para convencerlos de su verdadero estado, seran tan
infructuosos como las tremendas acometidas que haba dado a la robusta
puerta. Adems, los encargados de aquel establecimiento, aquel doctor
Zarzoso que tan antiptico le resultaba, no podan ser agentes del
terrible jesuta, que despreciaran sus alardes de razn y eternamente
le tendran por loco?

--Dios mo!--segua dicindose el conde--, qu infierno en el
porvenir! Hay para volverse loco de veras.

No haba salvacin. Dentro de un momento llegara el antiptico sabio,
y qu? Le escuchara con atencin, sonreira, como lo haba hecho el
loquero al or que le era necesario salir de all, y despus lo enviara
a una miserable celda, donde agonizara aos y aos, acompaado siempre
por aquel diablico gritero de la locura, que le crispaba los nervios.

No; un hombre como l, un Baselga, no haba nacido para morir de tal
modo. Saba salir del mundo ms dignamente. Y dentro de su crneo segua
bailoteando el mismo pensamiento:

--Y por qu no!... Y por qu no!

El conde avanz hacia la mesa, poniendo su mano sobre la pistola. El
fro del brillante acero le produjo el efecto de una ducha.

El siniestro pensamiento se desvaneci, su inteligencia pareci
despejarse y nuevas ideas vinieron a tocar su cerebro, con consoladora
caricia.

El no poda morir. Tena en el mundo dos seres que necesitaban de su
apoyo, y estaba en el deber de luchar para recobrar la libertad y correr
a su lado.

Adems, un arranque de altivez le daba fuerza. Matarse era dar gusto a
sus enemigos, a aquel diablico padre Claudio, que casi haba puesto la
pistola en su mano, y l no quera pasar por un imbcil capaz de vivir o
perecer a capricho de la voluntad ajena.

Vivira; as se lo exiga su altivez y su instinto de padre: tendra
fuerzas para resistir el infortunio. Y halagado por estas decisiones que
le fortalecan, permaneci derecho, inmvil y con la mano puesta en la
pistola, sin pensar en nada, invadido por una dulce somnolencia.

El silencio que le rodeaba qued turbado repentinamente. Otra vez el
gritero irritante de los locos, pero en esta ocasin haba uno cuyos
rugidos, que parecan imposibles para una garganta humana, sobresalan
sobre las voces y las carcajadas de los dems.

Baselga sonrise tristemente. Otro que estaba como l mismo momentos
antes, y con curiosidad oa aquel rugido, tan atentamente como si se
mirara a un espejo, para apreciar su rostro.

Aquello trastornaba al conde, le produca honda pena. A cun bajo nivel
puede la desgracia hacer descender a un hombre! Y pensar que l haca
poco rato haba gritado as, y que tal vez, a la menor contrariedad, o
apreciando todo su infortunio, volviera a caer en la brutal
irracionalidad!

El conde senta miedo, y como si la imaginacin se complaciera en
asustarle, le desarrollaba el porvenir con toda su horripilante
lobreguez.

Pronto tendra l por vecinos a aquellos infelices. Como ellos,
gritara, golpeara su cuerpo, por ms cuidadosos que con l fueran los
guardianes, ira siempre cubierto de andrajos, como ahora estaba, pues
su traje apareca ya despedazado por varias partes, las plagas de una
miseria irracional se cebaran en l, languidecera e ira muriendo
lentamente, y la razn se anulara del mismo modo, gradualmente,
extinguindose hasta en su ltima chispa.

No, aquello no llegara a sucederle; l sabra evitar tanta degradacin,
tan horrible miseria.

Y aquella idea, persistente y diablica, que pareca estar clavada en su
cerebro, segua gritando dentro del crneo:

--Cobarde! Atrvete... Y por qu no! Por qu no?

Por qu? Porque no quera proporcionar a sus enemigos el placer de su
muerte; porque tena en el mundo dos seres inocentes por quienes
velar... Pero, Dios mo! Qu lucha tan terrible!

Apenas pensaba esto, la funesta idea se revolva indignada, echndose en
cara su cobarda, y pintndole el porvenir con los ms sombros colores.
Y qu! Si viva, evitara con esto el permanecer hasta el instante de
su muerte encerrado en aquella casa, sumido en una horrible degradacin,
y convirtindose en loco lentamente, por el contagio moral con los otros
enajenados? Acaso conservando su vida podra acudir en auxilio de sus
hijos?

Sus enemigos haban sido ms hbiles que l, y le haban muerto
moralmente. Ya que su razn haba muerto, por qu no anular aquella
msera envoltura, aquel cuerpo destinado a rugir, posedo de delirante
indignacin, y a agitarse con las ms violentas convulsiones?

El diablico pensamiento segua aconsejndole, al par que le inspiraba
tales reflexiones.

Haba que apresurarse, si quera aprovechar la ocasin. No tardara en
llegar el doctor Zarzoso; le someteran entonces a un registro antes de
llevarlo a la nueva celda; le quitaran su pistola, y con ella toda
esperanza de eterna emancipacin: si quera matarse, tendra que
estrellar su cabeza contra la pared.

Baselga pensaba en la muerte con una calma sobrehumana. El mismo senta
asombro ante aquella tranquilidad absoluta que le posea.

--Atrvete; ste es el momento. No vaciles, porque despus, ser tarde.

El conde se sorprendi, hablando en alta voz:

--Acabemos--murmuraba--, sufro mucho.

Y su imaginacin se recreaba en considerar la calma absoluta, el
descanso eterno que le aguardaba en la tumba. Un supremo egosmo le
embargaba, y el recuerdo de sus hijos era ya para l un grupo de plidas
figuras, sin contorno ni expresin, que no lograba conmoverle.

A morir; a sumirse para siempre en la densa sombra de la nada. All no
haba repugnantes traiciones, ni padre Claudio alguno.

El conde, como si despertara de un sueo, se vi con la pistola en la
mano, y el ndice en el gatillo.

Experiment una ligera sorpresa. Qu iba a hacer!... Ah, s! Iba a
matarse y no se arrepenta de su decisin.

Lanz una mirada a su traje desgarrado, y le pareci contemplarse,
demacrado, miserable y roto, tal como estara al poco tiempo de
permanecer en aquella casa. El pasado acudi a su memoria y record a
aquel conde de Baselga, elegante y palaciego y adorado de las damas.
Podra tal hombre morir de un modo tan miserable? Seguramente que no. A
librarse, pues, del peligro; a demostrar que en el trance supremo saba
salir del mundo con toda la maestra de un actor que conoce el medio de
desaparecer dignamente de la escena.

Baselga mir a una de las rejas. Sufra ya alucinaciones, y le pareca
que algo negro haba cruzado volando por delante de ella. Tal vez la
sotana del padre Claudio.

--Adis, canalla! Hiciste bien en darme la pistola. Es el ltimo favor
que te debo.

El conde apoy la pistola en el pecho, buscando el sitio del corazn.
Oprimi el gatillo, y recibi un golpe violento que le hizo caer; aunque
con gran extraeza, no oy detonacin alguna.

Haba quedado de rodillas, agarrado con una mano al borde de la mesa, y
miraba a su alrededor, con ojos asombrados, parecindole que toda la
habitacin tena otro aspecto.

La pistola haba cado al suelo, y l murmuraba con rabia:

--Maldita pistola! Ha fallado el tiro!

Pero su pecho y su mano derecha estaban cubiertos de sangre caliente,
que, escurrindose a lo largo del cuerpo, caa sobre el pavimento.

A sus odos llegaban un tropel de apresurados pasos y el chirrido de una
cerradura.

--Vienen, vienen!

Y Baselga, alarmado, busc a tientas la pistola que estaba en el suelo,
e hizo un esfuerzo supremo para montar el gatillo.

Apoy el segundo can en la sien, en el mismo instante que la puerta se
abra y entraban en la sala muchos hombres, alarmados por la detonacin.

El conde apret el gatillo, y le pareci reconocer entre los que
avanzaban sobre l despavoridos al sabio, que tan antiptico le era, el
doctor Zarzoso, cuya visita esperaban en el manicomio.

Esta vez tampoco oy el infeliz ruido alguno, pero recibi en la cabeza
un golpe tan anonadador como si la casa entera hubiese cado sobre su
crneo.

Sinti lo mismo que si le arrebatasen, arrojndolo en una inmensidad de
negrura vibrante, en la que danzaban como chispas de una colosal fragua,
millones de millones de puntos luminosos.

Pero an tuvo fuerzas para hacer subir a sus labios una sonrisa de
amarga irona y murmurar de modo que lo oyeran todos aquellos hombres
consternados que le rodeaban:

--Ya tengo bastante.




XXVII

Revelacin inesperada


Aquella tarde, la baronesa se haba mostrado muy complaciente y amable
con su hermana. La haba dirigido alegres palabras, acariciando
bondadosamente sus cabellos, y la haba prometido concederle alguna
libertad mientras el pap estuviera de viaje.

Ignoraba Enriqueta cul era la suerte de su padre, y cuando a la hora de
comer mostr extraeza por su ausencia, la baronesa y el padre Claudio,
que a la vuelta de su visita a Palacio haba sido invitado por doa
Fernanda a quedarse "a hacer penitencia", le dijeron que el conde haba
salido muy de maana para un viaje en el que estara algn tiempo.

Enriqueta se lament de la inesperada marcha de su padre, por cuanto le
impeda la asistencia a algunas fiestas aristocrticas, que haban de
verificarse en aquella semana, pero la amabilidad de la baronesa y la
jocosidad del padre Claudio, y del padre Felipe, que lleg a la hora de
los postres, la resarcieron algn tanto de la contrariedad sufrida.

--Hoy ests libre--la dijo la baronesa--; si no quieres dedicarte a la
oracin o al trabajo, puedes hacer lo que gustes. Ves, si quieres, a
asomarte al balcn; te doy permiso. Maana ya saldremos de paseo.

Enriqueta se apresur a aprovecharse del permiso, y sali del comedor,
sin ver cmo su hermana miraba con dramtica tristeza a los dos
jesutas, y murmuraba:

--Pobrecilla; si ella supiera lo que sucede!

De pie, tras los cristales del balcn, que daba luz al gabinete contiguo
al saln de la baronesa, permaneci Enriqueta toda la tarde,
entretenindose en contemplar la incesante circulacin de los
transentes y los coches que bajaban la calle al paso tardo de sus
huesudos caballos, y llevando en el pescante, con toda la prosopopeya de
un dios, al cochero, de nariz vinosa, envuelto en su capa remendada.

A la hora de permanecer en aquel sitio, Enriqueta oy en el saln
cercano las voces de su hermana y del padre Felipe.

El padre Claudio se haba ido ya, llamado, sin duda, por sus apremiantes
ocupaciones, y la baronesa y su director espiritual se entregaban a sus
diarias conferencias.

La puerta que comunicaba con el gabinete estaba cerrada.

Enriqueta no era curiosa, y, adems, presenta algo del significado de
aquellas relaciones espirituales, y su delicadeza y pudor la alejaban de
ellas.

La joven no era de carcter inocente: no senta esa curiosidad maliciosa
y malsana, que es patrimonio de ciertos temperamentos juveniles; pero no
por esto ignoraba la existencia de ese sagrado misterio, productor de la
vida, que las ms de las veces degenera en vicio.

Slo en ciertas novelas aparecen jvenes de sublime candor, ignorantes
del amor sexual; en la vida real, y ms an en las elevadas capas
sociales, es imposible encontrar tan prodigiosa inocencia.

Enriqueta era una joven igual a todas. No experimentaba ninguna
curiosidad, ni senta deseos de hacer penetrar su pensamiento en las
oscuridades del vicio, pero haba visitado demasiado los salones, haba
tratado con cariosa intimidad a jvenes de su clase, educadas ms
libremente, y sabedoras de cuanto en el mundo pasa, y comprenda ahora
cosas que hasta poco antes le resultaban indescifrables misterios.

Adivinaba el significado de aquella intimidad entre su hermana y el
robusto jesuta, presenta la forma de aquellas conferencias, que tanto
daban que hablar a la servidumbre; pero no quera conocer de cerca tales
suciedades.

Experimentaba nuseas al pensar en aquellas relaciones, que ya se haban
hecho pblicas y que eran comentadas en los corrillos de murmuracin que
las damas ya venerables formaban en los salones aristocrticos.

La curiosidad de Enriqueta permaneca alejada de tales relaciones, que
presenta, sin sentir deseo de conocerlas de cerca, al igual de ciertas
damas, que al saber las miserias del pobre se compadecen de ellas, pero
no van a buscarlo a su vivienda, por miedo a mancharse el vestido de
seda.

La joven tena el egosmo de la castidad, y no quera ponerla en
peligro, atisbando cosas de las que le haban enseado a huir.

Por esto haca caso omiso de aquella escena que, indudablemente, se
estaba desarrollando en el saln, y segua de pie tras los cristales,
contemplando el movimiento de transentes en la gran calle.

Aquello constitua para ella una gran distraccin. Contemplaba con
simpata a las personas de porte franco y atrayente; rease de otras de
aspecto ridculo, entretenindose en buscar en su imaginacin apodos que
les cuadrasen, y segua con mirada cariosa a los nios, que, cogidos de
las faldas de sus madres, andaban con paso vacilante, contonendose con
la timidez graciosa del polluelo al romper el cascarn.

Enriqueta, fijando sus ojos en la acera de enfrente, recordaba a Esteban
Alvarez, que tantos das haba invertido en pasear por ella, esperando
siempre una mirada furtiva, promesa futura de felicidad.

La joven se senta invadida por una dulce tristeza. Qu sera ahora de
Esteban?

Haca ya mucho tiempo que nada saba de l. Desde el da en que su padre
le hizo prometer que olvidara para siempre su amor, no haba recibido
ya ninguna carta del capitn, ni cruzado con l la menor palabra.

Su padre y su hermana haban formado en torno de ella una muralla
infranqueable, sobre la que se estrellaban todos los esfuerzos que haca
el capitn por protestar amorosamente contra aquel inesperado
rompimiento.

Varias veces, al ir con el conde al teatro o a una fiesta del gran
mundo, bajando de su coche, haba visto a Esteban entre la gente,
lanzndola una mirada interrogante, mezcla de amor y de reproche; pero
la joven, herida por la vergenza y escudndose en su padre, huy
ligera.

Despus, la vigilancia de la baronesa y la promesa hecha al padre
Claudio, al pie del confesonario, y en un momento de exaltacin mstica,
la haban alejado moralmente ms an de su antiguo amor.

Pero en aquella tarde, por un fenmeno de su alma, senta renacer con
fuerza su antigua pasin, y gozaba recordando todas las dulzuras
experimentadas en las gratas maanas del Retiro, cuando en vez de
encontrarse bajo la irritante vigilancia de la baronesa, estaba bajo la
proteccin de la cariosa y condescendiente Tomasa.

Enriqueta estaba arrepentida de su debilidad, y se lamentaba de haber
cedido por cario a las indicaciones de su padre y por terror a las del
padre Claudio, perdiendo para siempre aquella pasin, que tan feliz la
haca.

Quin sabe lo que a aquellas horas hara el capitn Alvarez? Tal vez la
hubiese olvidado, en vista de aquella carta cruel que ella le envi, y
hasta bien pudiera ser que ahora amase a otra joven ms fiel, y que
supiera defender mejor su cario.

Enriqueta, pensando en esto, ya no miraba a la calle, y, de espaldas a
los vidrios, mirando al oscuro fondo del gabinete, lloraba
silenciosamente.

Ya no se oa ningn rumor en el saln inmediato. El padre Felipe acababa
de irse, y la baronesa no tardara en llamarla para decirle que se
vistiera, con objeto de ir, como todas las tardes, a las Cuarenta Horas.

Esperando la joven que, de un momento a otro, se presentase su hermana
en el gabinete, secbase ya apresuradamente las lgrimas, y haca
esfuerzos para recobrar su serenidad, cuando un carruaje, que
apresuradamente bajaba la calle, produciendo gran estrpito, par
repentinamente en el centro de la va, frente a la misma puerta de la
casa.

Enriqueta mir y vi bajar de una berlina de alquiler al padre Claudio,
que, entregando una moneda al cochero, atraves con gran prisa la calle
y entr en la casa. La joven respir con satisfaccin. Aquella visita
era muy oportuna, pues la libraba a ella del pesado tormento de fingir
una completa tranquilidad ante los sagaces ojos de su hermana.

Comenzaba la cada de la tarde. En las calles, los ltimos rayos de sol
doraban las puntas de las chimeneas de los tejados fronterizos, pero en
las habitaciones se iba extendiendo esa penumbra de los rpidos
crepsculos del invierno.

Oy Enriqueta cmo entraba en el saln el poderoso jesuta, y casi al
mismo tiempo, en la barnizada madera de la puerta, cubierta en parte por
los cortinajes, surgi un punto de luz. Era que acababan de encender la
lmpara del saln, cuyas ventanas, cargadas de pesadas cortinas, apenas
si a medioda dejaban pasar una semiluz, que envolva la vasta pieza en
una claridad mstica.

A los odos de la joven lleg el eco de la voz del jesuta, aunque sus
palabras no podan determinarse, y prefiriendo volver a abismarse en sus
recuerdos, apoy su rostro contra los cristales, que producan una grata
sensacin de frescura en sus mejillas, abrasadas por el llanto.

Un grito estridente, agudo, que punzaba los odos, vino a sacarla de su
abstraccin.

Era Fernanda quien haba gritado. Qu sera aquello?

Y Enriqueta, conmovida por aquel grito, que pareca haberla araado en
lo ms hondo del pecho, se retir del balcn y qued indecisa en el
centro del gabinete, no sabiendo si ir a buscar la otra puerta, para
entrar en el saln, o escuchar tras la que tena ms cerca, y que estaba
cerrada.

Al fin se decidi por ltimo, y aplic un ojo en la luminosa cerradura.

Desde all no se vea al jesuta, pero distingua bien a su hermana,
que, sentada en una butaca y con la cara hacia la puerta que ocultaba a
Enriqueta, pareca vctima de un terrible espasmo.

Tena impresa en el rostro una expresin de inmenso terror; sus ojos
miraban con el mismo espanto que si contemplaran una visin horrible, y
todo su cuerpo estaba agitado por una nerviosa conmocin.

Enriqueta sinti miedo, y tal vez por esto se apresur a retirarse del
ojo de la cerradura; pero apenas se vi en el centro del gabinete,
volvi a dominarla la curiosidad, y entonces aplic una oreja al
luminoso agujero.

Estaba hablando el padre Claudio, y el timbre de su voz, siempre tan
seguro, demostraba ahora gran agitacin.

--Pero, Dios mo!, clmate, Fernanda; no te entregues de tal modo a la
desesperacin. Piensa que si no sabes dominarte te va a dar algn
accidente, y entonces el efecto ser fatal, pues tu hermana, esa pobre
nia, sabr lo que por caridad debemos ocultarle. Yo te crea ms
fuerte, y a saber que carecas de serenidad, no te hubiese dado tan
pronto la noticia. Vamos, llora, llora, que tal vez las lgrimas
desahoguen tu pecho. No te detengas, hija ma; sobre todo, que
Enriqueta no se entere de lo que pasa!

Enriqueta senta tanto temor como curiosidad.

Qu noticia tan siniestra era aqulla?

--Ay, padre mo!--dijo, por fin, la baronesa, dando un suspiro ruidoso,
que tena mucho del estampido del tapn al saltar con el empuje de los
oprimidos gases, e inmediatamente comenz a llorar, acompaando su
llanto con un hipo doloroso.

El padre Claudio nada deca. Esperaba, sin duda, para hablar, que pasara
el primer mpetu de dolor en la baronesa.

Transcurrieron algunos minutos, que fueron para Enriqueta verdaderos
siglos de angustia. Su curiosidad, tan vivamente despertada, agitbala
con el ansia de conocer aquel misterio.

Por fin, la baronesa pareci calmarse, y pregunt al jesuta, con acento
quejumbroso:

--Cundo ocurri la desgracia?

--Esta maana, a las once. El conde, segn dicen los empleados, al
comprender que haba sido encerrado en un manicomio, se entreg a un
acceso de violenta locura, golpendose e intentando derribar la puerta.

--Ay, pobre padre mo!--grit la baronesa.

--Chist! Ms bajo, hija ma. No grites tanto; piensa que puede orte tu
hermana.

Doa Fernanda reanud su llanto silenciosamente, y el jesuta, despus
de una larga pausa, sigui hablando:

--Los empleados del manicomio oan desde fuera el estrpito que el conde
produca, derribando los muebles, golpeando la puerta y revolcndose en
el suelo. Cuando se restableci el silencio, creyeron que el conde
descansaba de su fatigosa lucha; pero el estampido de un tiro vino a
hacerles conocer la terrible verdad.

Se detuvo el padre Claudio, como si se gozara en apreciar el efecto que
producan sus palabras.

--Entraron inmediatamente en la habitacin y vieron al conde de
rodillas, con el pecho cubierto de sangre y una pistola en la mano. Por
pronto que acudieron a quitarle el arma de la mano, ya tu padre se haba
disparado un segundo tiro en la sien, y mora con la sonrisa en los
labios, diciendo que ya tena bastante. Ha sido una catstrofe horrible.
Mira si el personal del manicomio quedara impresionado, que hasta
algunas horas despus no ha pensado en noticiar el hecho. El doctor
Zarzoso est aturdido por la desgracia, y cuando vino con Pelez a mi
casa, a participarme la fatal noticia, dijo que se consideraba falto de
fuerzas para venir a relatarte lo ocurrido.

El padre Claudio ces de hablar, y lanz en derredor una mirada de
alarma. La baronesa not aquella impresin.

--Eh! Qu es eso, reverendo padre?

--Crea haber odo algo as como un suspiro o un lamento lejano.

La baronesa puso igualmente atencin, y los dos quedaron por algunos
instantes silenciosos y aguzando el odo.

--No ha sido nada, reverendo padre. Alguna ilusin de sus sentidos.
Estas catstrofes conmueven de tal modo, que hasta hacen ver visiones.

Enriqueta haba odo perfectamente la terrible relacin. Nunca se haba
imaginado que fuese ella capaz de tanto valor.

Era un verdadero golpe mortal saber de repente que aquel padre al que
amaba con toda la fuerza de una pasin reciente, y al que crea de
viaje, acababa de morir en el fondo de un manicomio, habiendo sido
despojado antes de su razn; pero, a pesar de lo abrumadora que era la
noticia, la recibi con valor, y ella, que se conmova profundamente con
la ms pequea desgracia, resisti con herclea firmeza la inmensa
pesadumbre que caa sobre su corazn.

Aquella noticia, tal vez por su misma inmensidad dolorosa, no la
conmovi tanto como era de esperar. Pareca que su inteligencia se
negaba a creer aquella catstrofe tan inesperada como terrible.

Un rudo golpe en el corazn y una rpida y creciente debilidad en las
piernas fueron todos los efectos fsicos que en ella produjo la noticia
en el primer momento. Pero despus, sus pulmones parecieron contraerse,
agarrotados por una mano de hierro. Le falt aire que respirar, y un
gemido sordo fu subiendo y subiendo lentamente a lo largo de su
garganta, saliendo, al fin, amortiguado de sus labios, con la triste
entonacin del balido del inocente cordero cuando se ve prximo al
sacrificio.

Aquello fu lo que oy el padre Claudio.

Los odos de la joven zumbaban, su crneo pareca comprimido por un aro
de hierro, y sinti que el suelo la atraa y que sus piernas negbanse a
sostenerla. Pero la alarma del jesuta y de la baronesa, que haban
quedado silenciosos y en acecho, y un arranque propio de su carcter,
que tena en ciertos momentos toda la inflexible energa del de su
padre, la hizo sostenerse con un valor impropio de su edad y su sexo.

Qu! Iba ella a desmayarse como una necia? Iba a imitar a las damas
del teatro, que siempre caen desvanecidas al suelo en las circunstancias
ms crticas, y en que ms necesaria es su presencia de nimo? No; ella
escuchara ahora, y despus dara rienda suelta a su dolor, llorando al
conde cuanto quisiera. Ahora, lo importante era enterarse de aquella
conversacin que le revelaba desgracias inesperadas. Su padre en un
manicomio? Cmo poda ser aquello?

Y sostenida por tal decisin, sigui con el odo aplicado a la
cerradura, haciendo esfuerzos por contener sus suspiros y librarse de
aquella dolorosa angustia, que haca temblar sus piernas.

Resultaba sublime la energa de aquella joven hermosa y delicada. El
carcter de Baselga estaba en ella, as como en su hermanastra, la
baronesa, sobreviva el espritu de Pepita Carrillo.

Cuando doa Fernanda y el jesuta se hubieron convencido de que no les
espiaba nadie, continuaron su conversacin.

La baronesa, repuesta ya de la emocin que le haba producido el
suicidio de Baselga, pareca ms consolada. Su dolor era ms bien hijo
de la sorpresa que de un verdadero sentimiento. El padre Claudio saba
bien hasta dnde llegaba el afecto que dona Fernanda profesaba a su
padre.

La baronesa senta ya ms curiosidad que dolor. Por esto se apresur a
continuar la conversacin.

--Pero, padre mo, me resulta muy extrao el triste fin de mi padre.
Cmo pudo proporcionarse la pistola con que se di muerte?

--Esto es lo que yo mismo me pregunto y lo que produce gran extraeza en
los empleados del manicomio. Nadie sabe cmo lleg a sus manos dicha
arma, y lo ms natural es creer que l la llevaba en el bolsillo
siempre, y que al hallarla, despus de su acceso de furor, pens
utilizarla, suicidndose. Era una pistola pequea.

--Me parece haberla visto varias veces en la mesa de su despacho.

--Ha sido una gran desgracia que la llevara al ir al manicomio. Si yo
hubiera podido pensar esta maana que la tena en sus bolsillos, me
hubiera apresurado a quitrsela, con cualquier pretexto! Oh, Dios mo!
Qu desgracia tan terrible! Cmo nos aflige el Seor cuando menos lo
esperamos!

La baronesa crey del caso volver a sus gimoteos, aunque esta vez no
fueron tan naturales y espontneos como antes.

Enriqueta segua escuchando.

La emocin que aquellas palabras le producan no poda compararse a la
que le hizo experimentar la primera noticia, que fu la ms fatal; pero
servan para exacerbar su dolor, detallando el trgico fin de su padre.

El curso que tom la conversacin entre el jesuta y la baronesa, an
excit ms su curiosidad.

--Ha sido muy grande esta desgracia, hija ma--continuaba el padre
Claudio--; pero no por esto debemos rebelarnos contra Dios, que todo lo
dispone y lo dirige; cuando da a una de sus criaturas tan triste
destino, sabe bien por qu lo hace. Llora la muerte de tu padre, ya que
para un dolor tan justo y natural no son tiles los humanos consuelos;
pero no olvides que Dios saca siempre el bien del mal, la felicidad de
la desgracia, y que tal vez ha dispuesto esta catstrofe para facilitar
los planes que t ya conoces, y que son, para mayor gloria del Seor.

--Ah! Nuestros planes!...--dijo la baronesa con aire de distraccin.

--S, nuestros planes, hija ma, nuestros planes, que t, sumida en tu
dolor, pareces haber olvidado. Acaso ya no piensas en que tu hermana
abrace la vida religiosa?

--Nunca he desistido de ello.

--Pues por esto digo que tal vez esa desgracia que hoy nos aflige, sea
para nuestro bien. No recuerdas de qu modo tan terco se opona tu
padre a que Enriqueta fuese monja?

--S; era inflexible en este punto, y con tal de que mi hermana no
entrase en un convento, prefera lanzarla al gran mundo y pasearla por
esos salones, donde slo se aprenden pecados.

--Debemos llorar la muerte del conde; mas no por esto hemos de dejar
olvidado nuestro asunto, que tanto interesa a Dios. Es preciso que
aprovechemos los momentos y que decidamos a Enriqueta a que entre en el
convento. Tal vez la reciente desgracia contribuya a alejarla del mundo
para siempre; adems, tenemos la promesa que me hizo en confesin, y de
la que ya te hablar.

--S, padre mo. Es preciso que aprovechemos la ocasin y decidamos a
Enriqueta a que abrace el estado religioso. Yo me comprometo a alcanzar
su definitivo consentimiento dentro de pocos das.

--No creo que ella presente gran resistencia.

--Creo que as ser. Pero aunque se resistiera... Acaso no mando yo en
ella? No soy su segunda madre?

Y la baronesa deca estas palabras en son de amenaza, dando a entender
de lo que era capaz para domar una voluntad rebelde.

--Seguramente--dijo el jesuta--lograremos ver realizados nuestros
planes. Ya no tenemos obstculos. Convncete, hija ma, de que an
tendremos que dar gracias a Dios por haber dispuesto de un modo tan
trgico de la vida del conde.

Enriqueta ya no oy ms.

Adivinaba en aquella conversacin algo que le causaba un inmenso terror.
El extrao e inesperado fin de su padre hacala pensar si ste sera
obra de una traicin premeditada. En su cerebro surga y se agrandaba la
sospecha de que el padre Claudio poda tener su parte en aquella
catstrofe.

Las palabras amenazantes y profticas que haba pronunciado al
confesarla en la Colegiata de San Isidro, renacan en su memoria como
pruebas acusadoras contra el poderoso jesuta. Recordaba aquella
afirmacin de que los poderes celestiales anulaban a todos cuantos se
oponan a su voluntad, asegurando que el conde sera castigado si se
negaba a permitir que su hija entrara en un convento.

Enriqueta, envuelta en las sombras crepusculares que haban invadido el
gabinete, senta miedo. No crea que el padre Claudio hubiera influido
directamente en el triste fin del conde, pero se imaginaba ya al jesuta
como un ser terriblemente poderoso y sobrenatural, que slo necesitaba
mirar con indignacin a una persona y desearla la muerte, para que
inmediatamente la fatalidad acudiese en su auxilio, exterminando al ser
odiado.

La oscuridad que rodeaba a la joven, el lgubre silencio de aquel
gabinete, solamente interrumpido por el rodar de algn carruaje, que con
su estrpito conmova sordamente las paredes, las lgubres imgenes que
en su cerebro evocaba aquella terrible revelacin y el desfallecimiento
creciente que de su cuerpo se apoderaba, y que an haca mayor el miedo,
obligaron a Enriqueta a salir de all.

Temblorosa, con paso vacilante y casi sin darse cuenta de lo que haca,
sali del gabinete la joven, con direccin a su cuarto, evitando el
tropezar con los muebles.

El jesuta y la baronesa seguan hablando de la vocacin religiosa de
Enriqueta y del entusiasmo mstico de su hermano Ricardo, que prometa
ser un excelente soldado de la Compaa de Jess.

Cuando la joven lleg a tientas a su cuarto, sin darse cuenta exacta de
lo que haca, encendi una buja y cerr con llave la puerta.

Despus, desalentada, inerte, y como si la vida se escapara su cuerpo,
dejse caer como un cadver sobre su blanco lecho.

Un suspiro angustioso levant su pecho, y rompi por fin a llorar.
Necesidad tena su espantoso dolor, tan firmemente detenido, de tal
desahogo fsico, y por esto Enriqueta permaneci ms de una hora inerte,
sin pensar en nada, ni dar otras muestras de vida que aquel llanto
incesante y sin trmino, que pareca una verdadera fuente de lgrimas.

Pas mucho tiempo antes de que Enriqueta, algo aliviada de aquel dolor
que le produca una angustia asfixiante, se diera cuenta de dnde
estaba.

Cuando pudo reflexionar, y su razn, ya fra y despejada, record cul
era la desgracia que la haba sumido en tal postracin, su dolor volvi
a renacer, aunque ms punzante y vivo.

Se senta anonadada por aquella desgracia inmensa, y pensaba en su padre
con la misma viveza de pasin que si se tratara de un amante. Haba
conocido demasiado tarde el verdadero carcter de aquel hombre tan
adusto exteriormente como carioso y tierno en la intimidad, y esto
contribua a aumentar su desesperacin. Morir cuando ella casi acababa
de encontrar en un ser misantrpico y terrible, un verdadero padre!...

Enriqueta, con la mirada fija en la pared, y siguiendo la inquieta danza
de sombras que arrojaba sobre ella la vacilante luz de la buja,
permaneci mucho tiempo con todo el aspecto de una sonmbula.

Un ruido que reson en todo el cuarto la sac de su ensimismamiento.

Llamaban a la cerrada puerta, y la voz de la baronesa preguntaba:

--Enriqueta, nia ma! Qu haces? Ests enferma?

La joven dud en contestar; pero, por fin, siguiendo instintivamente el
hbito de disimular y mentir que le haba inspirado aquella educacin
monjil, contest:

--Me encuentro bien. Djame tranquila, Fernanda. Estoy rezando.

--Bueno, pues reza. Ya nos veremos a la hora de cenar.

Alejse la baronesa, y Enriqueta continu en la misma posicin y con la
mirada fija en la pared.

La presencia de su hermana haba cambiado repentinamente el curso de sus
pensamientos, y ahora, su actual situacin se le apareca con terrible
claridad.

Sin el poderoso apoyo que encontraba en su padre, sometida por completo
a la voluntad de su irascible hermana, iban a obligarla a que entrase en
un convento, y seran infructuosos cuantos esfuerzos hiciese por
resistirse.

Ella no quera ser monja. La elocuencia artificiosa del padre Claudio la
haba arrastrado en un momento a prometer que entrara en el claustro;
pero ahora no estaba dispuesta a tal suicidio.

Adems, sin que ella pudiera explicarse el porqu, senta gran
repugnancia al pensar en la baronesa y su director, el jesuta.
Parecanle dos miserables de la peor especie, y aun cuando no tena
ninguna prueba, empebase en considerarlos como los autores del trgico
fin de su padre, como los que le haban empujado a acabar de un modo tan
horrible con su vida.

El hallarse su padre encerrado en un manicomio en el instante de morir,
producala grandes reflexiones. Qu locura era la suya? Cmo ella, que
viva al lado de su padre, no se haba apercibido de nada? No poda ser
todo el resultado de una diablica maquinacin de Fernanda, que nunca
haba querido a su padre? Y por qu aquel empeo tan tenaz de procurar
su salvacin eterna metindola en un convento?

Enriqueta, atropelladamente, y sin la menor ilacin, hacase todas estas
preguntas, y aunque a ninguna de ellas saba responderse
satisfactoriamente, en el fondo de su pensamiento siempre quedaba
latente la sospecha de que all mismo, en aquella casa, estaba la
verdadera causa de todas las desventuras que caan sobre su familia.

El porvenir aparecase a la joven sombro y execrable. Ella podra
resistirse a los mandatos de su hermana, podra negarse tenazmente a
obedecerla y a entrar en un convento, pero su vida sera un verdadero
infierno, y tendra que sufrir toda clase de castigos. Recordaba aquella
escena violenta ocurrida el da en que la baronesa descubri su
correspondencia amorosa con el capitn Alvarez, y an le pareca sentir
en su rostro el escozor de los golpes de su fiera hermana.

Aquella beata era capaz de todo cuando su voluntad encontraba
obstculos.

Estremecase de terror al pensar en su porvenir de hurfana, sometida a
la autoridad de una hermanastra que siempre la haba odiado.

Lo futuro se le apareca como un mar de sombras ondas poblado de
horribles monstruos; pero sobre aquellas aguas oscuras, infectas y
mugientes, su imaginacin le haca ver una isla de luz en la cual
erguase la figura de un ser amado, del nico protector que le quedaba y
que estaba aguardndola con los brazos abiertos.

Ella poda llegar all. Todo consista en un esfuerzo supremo. Bastaba
un momento de decisin para salir del lbrego mar de su existencia
futura y poner el pie en aquella isla de esperanza.

Permaneci Enriqueta mucho tiempo sentada en su lecho y con la cabeza
inclinada, entregndose a una lucha interna y tempestuosa, que agitaba
su pensamiento de un modo horrible.

Varias veces se levant con la expresin del que adopta una solucin
desesperada, y otras tantas volvi a arrojarse en el lecho, plida,
desalentada y mirando con terror a todas partes como asustada de sus
propios pensamientos y de algn poder oculto que la retena prisionera
en aquella habitacin.

Por fin, levant su cabeza con arrogancia, como si desafiara a ocultos
escrpulos que la martirizaban, y plantndose en el centro de la
habitacin, mir en derredor como si fuera a hablar con las sombras de
los rincones.

--Me ir; s, me ir--murmur--;por qu he de quedarme aqu? Tengo a
alguien que me quiera?

Y lentamente, sin precipitacin ni alarma, sac de su ropero un vestido
negro y se lo puso. Echse a la cabeza una mantilla de tupido velo,
coloc ste sobre su rostro y abri con precaucin la puerta, evitando
el chirrido de la cerradura.

Deslizse por las oscuras habitaciones tan silenciosamente como una
sombra, y al pasar cerca de su gabinete escuch la voz de la baronesa
que hablaba con toda la servidumbre, dndola instrucciones sobre el modo
como deban observar el luto por la muerte del dueo de la casa,
recomendndoles que por aquella noche nada dijeran a la seorita, pues
ya se encargara ella de hacerla saber al da siguiente la fatal
noticia.

En la antecmara no encontr Enriqueta a nadie, y bajando rpidamente la
escalera, pas con no menor celeridad por ante la portera, en cuyo
interior el obeso conserje estaba muy ensimismado, leyendo un folletn
de "Las Novedades".

Cuando la joven puso sus pies en la acera lanz un suspiro de
satisfaccin, y bajando ms an su velo sobre el rostro, se alej calle
arriba con rpido paso, confundindose entre los transentes.

Dos mozalbetes, que caminaban en direccin contraria, al ver a la joven
enlutada detuvironse indecisos, y riendo la siguieron por fin,
marchando junto a ella y hablndola con aire de calaveras.

Poco despus dieron las ocho, y una berlina de alquiler que bajaba la
calle con paso tardo, par frente a la casa de Baselga.

El portero abandon su folletn y asom la cabeza por la puerta de su
habitacin, viendo cmo sobre la acera discuta, por cuestin de la
propina, con una mujerona que llevaba agarrado con ambas manos un gran
saco de noche.

Cuando la mujer entr en el portal y la luz del lujoso farol la di en
el rostro, el portero la reconoci inmediatamente.

Era Tomasa, la antigua ama de llaves.


FIN DEL TOMO CUARTO

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

decirla=> decirle {pg 5}

Gibraltal=> Gibraltar {pg 36}

No tiene ms=> No tienes ms {pg 49}

devocion=> devocin {pg 51}

por orden de papa=> por orden de pap {pg 52}

rudas amenazas=> rudas manazas {pg 71}

Estate=> Estte {pg 72}

Quin ese caballero=> Quin es ese caballero {pg 90}

el medico=> el mdico {pg 61}

el medico=> el mdico {pg 95}

extemporneamnte=> extemporneamente {pg 124}






End of Project Gutenberg's La araa negra, t. 4/9, by Vicente Blasco Ibez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 4/9 ***

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is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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