The Project Gutenberg EBook of Sonata de otoo; Sonata de invierno, by 
Ramn del Valle-Incln

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Title: Sonata de otoo; Sonata de invierno
       memorias del Marqus de Bradomn

Author: Ramn del Valle-Incln

Release Date: July 3, 2014 [EBook #46182]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SONATA DE OTOO ***




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RENACIMIENTO.--MADRID


[imagen: OPERA OMNIA

SONATA DE OTOO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN

VOL VII]


[imagen: SONATA DE OTOO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN LAS

PVBLICA DON RAMON DEL VALLE-INCLAN

OPERA OMNIA

VOL VII]

[imagen]

[imagen: MEMORIAS DEL MARQVS DE BRADOMN]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: M]i Amor Adorado, estoy murindome y slo deseo verte!"
Ay! Aquella carta de la pobre Concha se me extravi hace mucho tiempo.
Era llena de afn y de tristeza, perfumada de violetas y de un antiguo
amor. Sin concluir de leerla, la bes. Haca cerca de dos aos que no me
escriba, y ahora me llamaba a su lado con splicas dolorosas y
ardientes. Los tres pliegos blasonados traan la huella de sus
lgrimas, y la conservaron largo tiempo. La pobre Concha se mora
retirada en el viejo Palacio de Brandeso, y me llamaba suspirando.
Aquellas manos plidas, olorosas, ideales, las manos que yo haba amado
tanto, volvan a escribirme como otras veces. Sent que los ojos se me
llenaban de lgrimas. Yo siempre haba esperado en la resurreccin de
nuestros amores. Era una esperanza indecisa y nostlgica que llenaba mi
vida con un aroma de fe: Era la quimera del porvenir, la dulce quimera
dormida en el fondo de los lagos azules, donde se reflejan las estrellas
del destino. Triste destino el de los dos! El viejo rosal de nuestros
amores volva a florecer para deshojarse piadoso sobre una sepultura.

La pobre Concha se mora!

Yo recib su carta en Viana del Prior, donde cazaba todos los otoos.
El Palacio de Brandeso est a pocas leguas de jornada. Antes de ponerme
en camino, quise oir a Mara Isabel y a Mara Fernanda, las hermanas de
Concha, y fu a verlas. Las dos son monjas en las Comendadoras. Salieron
al locutorio, y a travs de las rejas me alargaron sus manos nobles y
abaciales, de esposas vrgenes. Las dos me dijeron, suspirando, que la
pobre Concha se mora, y las dos como en otro tiempo, me tutearon.
Habamos jugado tantas veces en las grandes salas del viejo Palacio
seorial!

Sal del locutorio con el alma llena de tristeza. Tocaba el esquiln de
las monjas: Penetr en la iglesia, y a la sombra de un pilar me
arrodill. La iglesia an estaba oscura y desierta. Se oan las pisadas
de dos seoras enlutadas y austeras que visitaban los altares: Parecan
dos hermanas llorando la misma pena e implorando una misma gracia. De
tiempo en tiempo se decan alguna palabra en voz queda, y volvan a
enmudecer suspirando. As recorrieron los siete altares, la una al lado
de la otra, rgidas y desconsoladas. La luz incierta y moribunda de
alguna lmpara, tan pronto arrojaba sobre las dos seoras un lvido
reflejo, como las envolva en sombra. Yo las oa rezar medrosamente. En
las manos plidas de la que guiaba, distingua el rosario: Era de coral,
y la cruz y las medallas de oro. Record que Concha rezaba con un
rosario igual y que tena escrpulos de permitirme jugar con l. Era muy
piadosa la pobre Concha, y sufra porque nuestros amores se le figuraban
un pecado mortal. Cuntas noches al entrar en su tocador, donde me
daba cita, la hall de rodillas! Sin hablar, levantaba los ojos hacia m
indicndome silencio. Yo me sentaba en un silln y la vea rezar: Las
cuentas del rosario pasaban con lentitud devota entre sus dedos plidos.
Algunas veces sin esperar a que concluyese, me acercaba y la sorprenda.
Ella tornbase ms blanca y se tapaba los ojos con las manos. Yo amaba
locamente aquella boca dolorosa, aquellos labios trmulos y contrados,
helados como los de una muerta! Concha desasase nerviosamente, se
levantaba y pona el rosario en un joyero. Despus, sus brazos rodeaban
mi cuello, su cabeza desmayaba en mi hombro, y lloraba, lloraba de amor,
y de miedo a las penas eternas.

[imagen]

Cuando volv a mi casa haba cerrado la noche: Pas la velada solo y
triste, sentado en un silln cerca del fuego. Estaba adormecido y
llamaron a la puerta con grandes aldabadas, que en el silencio de las
altas horas parecieron sepulcrales y medrosas. Me incorpor
sobresaltado, y abr la ventana.

Era el mayordomo que haba trado la carta de Concha, y que vena a
buscarme para ponernos en camino.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: E]l mayordomo era un viejo aldeano que llevaba capa de
juncos con capucha, y madreas. Mantenase ante la puerta, jinete en una
mula y con otra del diestro. Le interrogu en medio de la noche:

--Ocurre algo, Brin?

--Que empieza a rayar el da, Seor Marqus.

Baj presuroso, sin cerrar la ventana que una rfaga bati. Nos pusimos
en camino con toda premura. Cuando llam el mayordomo aun brillaban
algunas estrellas en el cielo. Cuando partimos o cantar los gallos de
la aldea. De todas suertes no llegaramos hasta cerca del anochecer. Hay
nueve leguas de jornada y malos caminos de herradura, trasponiendo
monte. Adelant su mula para ensearme el camino, y al trote cruzamos la
Quintana de San Clodio, acosados por el ladrido de los perros que
vigilaban en las eras atados bajo los hrreos. Cuando salimos al campo
empezaba la claridad del alba. Vi en lontananza unas lomas yermas y
tristes, veladas por la niebla. Traspuestas aquellas, vi otras, y
despus otras. El sudario ceniciento de la llovizna las envolva: No
acababan nunca. Todo el camino era as. A lo lejos, por La Puente del
Prior, desfilaba una recua madrugadora, y el arriero, sentado a
mujeriegas en el rocn que iba postrero, cantaba a usanza de Castilla.
El sol empezaba a dorar las cumbres de los montes: Rebaos de ovejas
blancas y negras suban por la falda, y sobre verde fondo de pradera,
all en el dominio de un Pazo, larga bandada de palomas volaba sobre la
torre seorial. Acosados por la lluvia, hicimos alto en los viejos
molinos de Gundar, y, como si aquello fuese nuestro feudo, llamamos
autoritarios a la puerta. Salieron dos perros flacos, que ahuyent el
mayordomo, y despus una mujer hilando. El viejo aldeano salud
cristianamente:

--Ave Mara Pursima!

La mujer contest:

--Sin pecado concebida!

Era una pobre alma llena de caridad. Nos vi ateridos de fro, vi las
mulas bajo el cobertizo, vi el cielo encapotado, con torva amenaza de
agua, y franque la puerta, hospitalaria y humilde:

--Pasen y sintense al fuego. Mal tiempo tienen, si son caminantes!
Ay! Qu tiempo, toda la siembra anega. Mal ao nos aguarda!

Apenas entramos, el mayordomo volvi a salir por las alforjas. Yo me
acerqu al hogar donde arda un fuego miserable. La pobre mujer aviv el
rescoldo y trajo un brazado de jara verde y mojada, que empez a dar
humo, chisporroteando. En el fondo del muro, una puerta vieja y mal
cerrada, con las losas del umbral blancas de harina, golpeaba sin
tregua: Tac! tac! La voz de un viejo que entonaba un cantar, y la
rueda del molino, resonaban detrs. Volvi el mayordomo con las
alforjas colgadas de un hombro:

--Aqu viene el yantar. La seora se levant para disponerlo todo por
sus manos. Salvo su mejor parecer, podramos aprovechar este huelgo. Si
cierra a llover no tendremos escampo hasta la noche.

La molinera se acerc solcita y humilde:

--Pondr unas trbedes al fuego, si acaso les place calentar la vianda.

Puso las trbedes y el mayordomo comenz a vaciar las alforjas: Sac una
gran servilleta adamascada y la extendi sobre la piedra del hogar. Yo,
en tanto, me sal a la puerta. Durante mucho tiempo estuve contemplando
la cortina cenicienta de la lluvia que ondulaba en las rfagas del aire.
El mayordomo se acerc respetuoso y familiar a la vez:

--Cuando a vuecencia bien le parezca... Dgole que tiene un rico
yantar!

Entr de nuevo en la cocina y me sent cerca del fuego. No quise comer,
y mand al mayordomo que nicamente me sirviese un vaso de vino. El
viejo aldeano obedeci en silencio. Busc la bota en el fondo de las
alforjas, y me sirvi aquel vino rojo y alegre que daban las vias del
Palacio, en uno de esos pequeos vasos de plata que nuestras abuelas
mandaban labrar con soles del Per, un vaso por cada sol. Apur el vino,
y como la cocina estaba llena de humo, salme otra vez a la puerta.
Desde all mand al mayordomo y a la molinera que comiesen ellos. La
molinera solicit mi venia para llamar al viejo que cantaba dentro. Le
llam a voces.

--Padre! Mi padre!...

Apareci blanco de harina, la montera derribada sobre un lado y el
cantar en los labios. Era un abuelo con ojos bailadores y la guedeja de
plata, alegre y picaresco como un libro de antiguos decires. Arrimaron
al hogar toscos escabeles ahumados, y entre un coro de bendiciones
sentronse a comer. Los dos perros flacos vagaban en torno. Fu un
festn donde todo lo haba previsto el amor de la pobre enferma.
Aquellas manos plidas, que yo amaba tanto, servan la mesa de los
humildes como las manos ungidas de las santas princesas! Al probar el
vino, el viejo molinero se levant salmodiando:

--A la salud del buen caballero que nos lo da!... De hoy en muchos aos
torne a catarlo en su noble presencia.

Despus bebieron la mujeruca y el mayordomo, todos con igual ceremonia.
Mientras coman yo les oa hablar en voz baja. Preguntaba el molinero
adnde nos encaminbamos y el mayordomo responda que al Palacio de
Brandeso. El molinero conoca aquel camino, pagaba un foro antiguo a la
seora del Palacio, un foro de dos ovejas, siete ferrados de trigo y
siete de centeno. El ao anterior, como la sequa fuera tan grande,
perdonrale todo el fruto: Era una seora que se compadeca del pobre
aldeano. Yo, desde la puerta, mirando caer la lluvia, les oa emocionado
y complacido. Volva la cabeza, y con los ojos buscbales en torno del
hogar, en medio del humo. Entonces bajaban la voz y me pareca entender
que hablaban de m. El mayordomo se levant:

--Si a vuecencia le parece, echaremos un pienso a las mulas y luego nos
pondremos en camino.

Sali con el molinero, que quiso ayudarle. La mujeruca se puso a barrer
la ceniza del hogar. En el fondo de la cocina los perros roan un hueso.
La pobre mujer, mientras recoga el rescoldo, no dejaba de enviarme
bendiciones con un musitar de rezo:

--El Seor quiera concederle la mayor suerte y salud en el mundo, y que
cuando llegue al Palacio tenga una grande alegra!... Quiera Dios que
se encuentre sana a la seora y con las colores de una rosa!...

Dando vueltas en torno del hogar la molinera repeta montonamente:

--As la encuentre como una rosa en su rosal!

Aprovechando un claro del tiempo, entr el mayordomo a recoger las
alforjas en la cocina, mientras el molinero desataba las mulas y del
ronzal las sacaba hasta el camino, para que montsemos. La hija asom en
la puerta a vernos partir:

--Vaya muy dichoso el noble caballero!... Que Nuestro Seor le
acompae!...

Cuando estuvimos a caballo sali al camino, cubrindose la cabeza con el
mantelo para resguardarla de la lluvia que comenzaba de nuevo, y se
lleg a m llena de misterio. As, arrebujada, pareca una sombra
milenaria. Temblaba su carne, y los ojos fulguraban calenturientos bajo
el capuz del mantelo. En la mano traa un manojo de yerbas. Me las
entreg con un gesto de sibila, y murmur en voz baja:

--Cuando se halle con la seora mi Condesa, pngale sin que ella le
vea, estas yerbas bajo la almohada. Con ellas sanar. Las almas son como
los ruiseores, todas quieren volar. Los ruiseores cantan en los
jardines, pero en los palacios del rey se mueren poco a poco...

Levant los brazos, como si evocase un lejano pensamiento proftico, y
los volvi a dejar caer. Acercse sonriendo el viejo molinero, y apart
a su hija sobre un lado del camino para dejarle paso a mi mula:

--No haga caso, seor. La pobre es inocente!

Yo sent, como un vuelo sombro, pasar sobre mi alma la supersticin, y
tom en silencio aquel manojo de yerbas mojadas por la lluvia. Las
yerbas olorosas llenas de santidad, las que curan la saudade de las
almas y los males de los rebaos, las que aumentan las virtudes
familiares y las cosechas... Qu poco tardaron en florecer sobre la
sepultura de Concha en el verde y oloroso cementerio de San Clodio de
Brandeso!

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: Y]o recordaba vagamente el Palacio de Brandeso, donde
haba estado de nio con mi madre, y su antiguo jardn, y su laberinto
que me asustaba y me atraa. Al cabo de los aos, volva llamado por
aquella nia con quien haba jugado tantas veces en el viejo jardn sin
flores. El sol poniente dejaba un reflejo dorado entre el verde sombro,
casi negro, de los rboles venerables. Los cedros y los cipreses, que
contaban la edad del Palacio. El jardn tena una puerta de arco, y
labrados en piedra, sobre la cornisa, cuatro escudos con las armas de
cuatro linajes diferentes. Los linajes del fundador, noble por todos
sus abuelos! A la vista del Palacio, nuestras mulas fatigadas, trotaron
alegremente hasta detenerse en la puerta llamando con el casco. Un
aldeano vestido de estamea que esperaba en el umbral, vino presuroso a
tenerme el estribo. Salt a tierra, entregndole las riendas de mi mula.
Con el alma cubierta de recuerdos, penetr bajo la oscura avenida de
castaos cubierta de hojas secas. En el fondo distingu el Palacio con
todas las ventanas cerradas y los cristales iluminados por el sol. De
pronto vi una sombra blanca pasar por detrs de las vidrieras, la vi
detenerse y llevarse las dos manos a la frente. Despus la ventana del
centro se abra con lentitud y la sombra blanca me saludaba agitando sus
brazos de fantasma. Fu un momento no ms. Las ramas de los castaos se
cruzaban y dej de verla. Cuando sal de la avenida alc los ojos
nuevamente hacia el Palacio. Estaban cerradas todas las ventanas:
Aquella del centro tambin! Con el corazn palpitante penetr en el
gran zagun oscuro y silencioso. Mis pasos resonaron sobre las anchas
losas. Sentados en escaos de roble, lustrosos por la usanza, esperaban
los pagadores de un foral. En el fondo se distinguan los viejos arcones
del trigo con la tapa alzada. Al verme entrar los colonos se levantaron,
murmurando con respeto:

--Santas y buenas tardes!

Y volvieron a sentarse lentamente, quedando en la sombra del muro que
casi los envolva. Sub presuroso la seorial escalera de anchos
peldaos y balaustral de granito toscamente labrado. Antes de llegar, a
lo alto, la puerta abrise en silencio, y asom una criada vieja, que
haba sido niera de Concha. Traa un veln en la mano, y baj a
recibirme:

--Pguele Dios el haber venido! Ahora ver a la seorita. Cunto
tiempo la pobre suspirando por vuecencia!... No quera escribirle.
Pensaba que ya la tendra olvidada. Yo he sido quien la convenci de que
no. Verdad que no, Seor mi Marqus?

Yo apenas pude murmurar:

--No. Pero, dnde est?

--Lleva toda la tarde echada. Quiso esperarle vestida. Es como los
nios. Ya el seor lo sabe. Con la impaciencia temblaba hasta batir los
dientes, y tuvo que echarse.

--Tan enferma est?

A la vieja se le llenaron los ojos de lgrimas:

--Muy enferma, seor! No se la conoce.

Se pas la mano por los ojos, y aadi en voz baja, sealando una puerta
iluminada en el fondo del corredor:

--Es all!...

Seguimos en silencio. Concha oy mis pasos, y grit desde el fondo de la
estancia con la voz angustiada:

--Ya llegas!... Ya llegas, mi vida!

Entr. Concha estaba incorporada en las almohadas. Di un grito, y en
vez de tenderme los brazos, se cubri el rostro con las manos y empez a
sollozar. La criada dej la luz sobre un velador y se alej suspirando.
Me acerqu a Concha trmulo y conmovido. Bes sus manos sobre su rostro,
apartndoselas dulcemente. Sus ojos, sus hermosos ojos de enferma,
llenos de amor, me miraron sin hablar, con una larga mirada. Despus, en
lnguido y feliz desmayo, Concha entorn los prpados. La contempl as
un momento. Qu plida estaba! Sent en la garganta el nudo de la
angustia. Ella abri los ojos dulcemente, y oprimiendo mis sienes entre
sus manos que ardan, volvi a mirarme con aquella mirada muda que
pareca anegarse en la melancola del amor y de la muerte, que ya la
cercaba:

--Tema que no vinieses!

--Y ahora?

--Ahora soy feliz.

Su boca, una rosa descolorida, temblaba. De nuevo cerr los ojos con
delicia, como para guardar en el pensamiento una visin querida. Con
penosa aridez de corazn, yo comprend que se mora.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: C]oncha se incorpor para alcanzar el cordn de la
campanilla. Yo le cog la mano, suavemente:

--Qu quieres?

--Quera llamar a mi doncella para que viniera a vestirme.

--Ahora?

--S.

Reclin la cabeza y aadi con una sonrisa triste:

--Deseo hacerte los honores de mi Palacio.

Yo trat de convencerla para que no se levantase. Concha insisti:

--Voy a mandar que enciendan fuego en el comedor. Un buen fuego! Cenar
contigo.

Se animaba, y sus ojos hmedos en aquel rostro tan plido, tenan una
dulzura amorosa y feliz.

--Quise esperarte a pie, pero no pude. Me mataba la impaciencia! Me
puse enferma!

Yo conservaba su mano entre las mas, y se la bes. Los dos sonremos
mirndonos:

--Por qu no llamas?

Yo la dije en voz baja:

--Djame ser tu azafata!

Concha solt su mano de entre las mas:

--Qu locuras se te ocurren!

--No tal. Dnde estn tus vestidos?

Concha se sonri como hacen las madres con los caprichos de sus hijos
pequeos:

--No s dnde estn.

--Vamos, dmelo...

--Si no s!

Y al mismo tiempo, con un movimiento gracioso de los ojos y de los
labios me indic un gran armario de roble que haba a los pies de su
cama. Tena la llave puesta, y lo abr. Se exhalaba del armario una
fragancia delicada y antigua. En el fondo estaban los vestidos que
Concha llevara puestos aquel da:

--Son stos?

--S... Ese ropn blanco nada ms.

--No tendrs fro?

--No.

Descolgu aquella tnica, que an pareca conservar cierta tibia
fragancia, y Concha murmur ruborosa:

--Qu caprichos tienes!

Sac los pies fuera de la cama, los pies blancos, infantiles, casi
frgiles, donde las venas azules trazaban ideales caminos a los besos.
Tuvo un ligero estremecimiento al hundirlos en las babuchas de marta, y
dijo con extraa dulzura:

--Abre ahora esa caja larga. Escgeme unas medias de seda.

Escog unas medias de seda negra, que tenan bordadas ligeras flechas
color malva:

--Estas?

--S, las que t quieras.

Para ponrselas me arrodill sobre la piel de tigre que haba delante de
su cama. Concha protest:

--Levntate! No quiero verte as.

Yo sonrea sin hacerle caso. Sus pies quisieron huir de entre mis
manos. Pobres pies, que no pude menos de besar! Concha se estremeca y
exclamaba como encantada:

--Eres siempre el mismo! Siempre!

Despus de las medias de seda negra, le puse las ligas, tambin de seda,
dos lazos blancos con broches de oro. Yo la vesta con el cuidado
religioso y amante que visten las seoras devotas a las imgenes de que
son camaristas. Cuando mis manos trmulas anudaron bajo su barbeta
delicada, redonda y plida, los cordones de aquella tnica blanca que
pareca un hbito monacal, Concha se puso en pie, apoyndose en mis
hombros. Anduvo lentamente hacia el tocador, con ese andar de fantasma
que tienen algunas mujeres enfermas, y mirndose en la luna del espejo,
se arregl el cabello:

--Qu plida estoy! Ya has visto, no tengo ms que la piel y los
huesos!

Yo protest:

--No he visto nada de eso, Concha!

Ella sonri sin alegra.

--La verdad, cmo me encuentras?

--Antes eras la princesa del sol. Ahora eres la princesa de la luna.

--Qu embustero!

Y se volvi de espaldas al espejo para mirarme. Al mismo tiempo daba
golpes en un "tan-tan" que haba cerca del tocador. Acudi su antigua
niera:

--Llamaba la seorita?

--S; que enciendan fuego en el comedor.

--Ya est puesto un buen brasero.

--Pues que lo retiren. Enciende t la chimenea francesa.

La criada me mir:

--Tambin quiere pasar al comedor la seorita? Tengan cuenta que hace
mucho fro por esos corredores.

Concha fu a sentarse en un extremo del sof, y envolvindose con
delicia en el amplio ropn monacal, dijo con estremecimiento:

--Me pondr un chal para cruzar los corredores.

Y volvindose a m, que callaba sin querer contradecirla, murmur llena
de amorosa sumisin:

--Si te opones, no.

Yo repuse con pena:

--No me opongo, Concha: Unicamente temo que pueda hacerte dao.

Ella suspir:

--No quera dejarte solo.

Entonces su antigua niera nos aconsej, con esa lealtad bondadosa y
ruda de los criados viejos:

--Natural que quieran estar juntos, y por eso mismo pensaba yo que
comeran aqu en el velador! Qu le parece a usted, seorita Concha? Y
al Seor Marqus?

Concha puso una mano sobre mi hombro, y contest risuea:

--S, mujer, s. Tienes un gran talento, Candelaria. El Seor Marqus y
yo te lo reconocemos. Dile a Teresina que comeremos aqu.

Quedamos solos. Concha, con los ojos arrasados en lgrimas, me alarg
una de sus manos, y, como en otro tiempo, mis labios recorrieron los
dedos haciendo florecer en sus yemas una rosa plida. En la chimenea
arda un alegre fuego. Sentada sobre la alfombra y apoyado un codo en
mis rodillas, Concha lo avivaba removiendo los leos con las tenazas
de bronce. La llama al surgir y levantarse, pona en la blancura
eucarstica de su tez, un rosado reflejo, como el sol en las estatuas
antiguas labradas en mrmol de Pharos.


[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: D]ej las tenazas, y me tendi los brazos para levantarse
del suelo. Nos contemplamos en el fondo de los ojos, que brillaban con
esa alegra de los nios, que han llorado mucho y luego ren
olvidadizos. El velador ya tena puestos los manteles, y nosotros con
las manos todava enlazadas, fuimos a sentarnos en los sillones que
acababa de arrastrar Teresina. Concha me dijo:

--Recuerdas cuntos aos hace que estuviste aqu con tu pobre madre, la
ta Soledad?

--S. Y t te acuerdas?

--Hace veintitrs aos. Tena yo ocho. Entonces me enamor de ti. Lo
que sufra al verte jugar con mis hermanas mayores! Parece mentira que
una nia pueda sufrir tanto con los celos. Ms tarde, de mujer, me has
hecho llorar mucho, pero entonces tena el consuelo de recriminarte.

--Sin embargo, qu segura has estado siempre de mi cario!... Y cmo
lo dice tu carta!

Concha parpade para romper las lgrimas que temblaban en sus pestaas.

--No estaba segura de tu cario: Era de tu compasin.

Y su boca rea melanclicamente, y sus ojos brillaban con dos lgrimas
rotas en el fondo. Quise levantarme para consolarla, y me detuvo con un
gesto. Entraba Teresina. Nos pusimos a comer en silencio. Concha, para
disimular sus lgrimas, alz la copa y bebi lentamente, al dejarla
sobre el mantel la tom de su mano y puse mis labios donde ella haba
puesto los suyos. Concha se volvi a su doncella:

--Llame usted a Candelaria que venga a servirnos.

Teresina sali, y nosotros nos miramos sonriendo:

--Por qu mandas llamar a Candelaria?

--Porque te tengo miedo, y la pobre Candelaria ya no se asusta de nada.

--Candelaria es indulgente para nuestros amores como un buen jesuta.

--No empecemos!... No empecemos!...

Concha mova la cabeza con gracioso enfado, al mismo tiempo que apoyaba
un dedo sobre sus labios plidos:

--No te permito que poses ni de Aretino ni de Csar Borgia.

La pobre Concha era muy piadosa, y aquella admiracin esttica que yo
senta en mi juventud por el hijo de Alejandro VI, le daba miedo como si
fuese el culto al Diablo. Con exageracin risuea y asustadiza me
impona silencio:

--Calla!... Calla!

Mirndome de soslayo volvi lentamente la cabeza:

--Candelaria, pon vino en mi copa...

Candelaria, que con las manos cruzadas sobre su delantal almidonado y
blanco, se situaba en aquel momento a espaldas del silln, apresurse a
servirla. Las palabras de Concha, que parecan perfumadas de alegra, se
desvanecieron en una queja. Vi que cerraba los ojos con angustiado
gesto, y que su boca, una rosa descolorida y enferma, palideca ms. Me
levant asustado:

--Qu tienes? Qu te pasa?

No pudo hablar. Su cabeza lvida desfalleca sobre el respaldo del
silln. Candelaria fu corriendo al tocador y trajo un pomo de sales.
Concha exhal un suspiro y abri los ojos llenos de vaguedad y de
extravo, como si despertase de un sueo poblado de quimeras. Fijando en
m la mirada, murmur dbilmente:

--No ha sido nada. Siento nicamente el susto tuyo.

[imagen]Despus, pasando la mano por la frente, respir con ansia. La
obligu a que bebiese unos sorbos de caldo. Reanimse, y su palidez se
ilumin con tenue sonrisa. Me hizo sentar, y continu tomando el caldo
por s misma. Al terminar, sus dedos delicados alzaron la copa del vino
y me la ofrecieron trmulos y gentiles: Por complacerla humedec los
labios: Concha apur despus la copa y no volvi a beber en toda la
noche.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: E]stbamos sentados en el sof y haca mucho tiempo que
hablbamos. La pobre Concha me contaba su vida durante aquellos dos aos
que estuvimos sin vernos. Una de esas vidas silenciosas y resignadas que
miran pasar los das con una sonrisa triste, y lloran de noche en la
oscuridad. Yo no tuve que contarle mi vida. Sus ojos parecan haberla
seguido desde lejos, y la saban toda. Pobre Concha! Al verla
demacrada por la enfermedad, y tan distinta y tan otra de lo que haba
sido, experiment un cruel remordimiento por haber escuchado su ruego
aquella noche en que llorando y de rodillas, me suplic que la olvidase
y que me fuese. Su madre, una santa enlutada y triste, haba venido a
separarnos! Ninguno de nosotros quiso recordar el pasado y permanecimos
silenciosos. Ella resignada. Yo con aquel gesto trgico y sombro que
ahora me hace sonreir. Un hermoso gesto que ya tengo un poco olvidado,
porque las mujeres no se enamoran de los viejos, y slo est bien en un
Don Juan juvenil. Ay, si todava con los cabellos blancos, y las
mejillas tristes, y la barba senatorial y augusta, puede quererme una
nia, una hija espiritual llena de gracia y de candor, con ella me
parece criminal otra actitud que la de un viejo prelado, confesor de
princesas y telogo de amor! Pero a la pobre Concha el gesto de Satn
arrepentido la haca temblar y enloquecer: Era muy buena, y fu por eso
muy desgraciada. La pobre, dejando asomar a sus labios aquella sonrisa
doliente que pareca el alma de una flor enferma, murmur:

--Qu distinta pudo haber sido nuestra vida!

--Es verdad!... Ahora no comprendo cmo obedec tu ruego. Fu sin duda
porque te vi llorar.

--No seas engaador. Yo cre que volveras... Y mi madre tuvo siempre
ese miedo!

--No volv porque esperaba que t me llamases. Ah, el Demonio del
orgullo!

--No, no fu el orgullo... Fu otra mujer... Haca mucho tiempo que me
traicionabas con ella. Cuando lo supe, cre morir. Tan desesperada
estuve, que consent en reunirme con mi marido!

Cruz las manos mirndome intensamente, y con la voz velada, y temblando
su boca plida, solloz:

--Qu dolor cuando adivin por qu no habas venido! Pero no he tenido
para t un solo da de rencor!

No me atrev a engaarla en aquel momento, y call sentimental. Concha
pas sus manos por mis cabellos, y enlazando los dedos sobre mi frente,
suspir:

--Qu vida tan agitada has llevado durante estos dos aos!... Tienes
casi todo el pelo blanco!...

Yo tambin suspir doliente:

--Ay! Concha, son las penas.

--No, no son las penas. Otras cosas son... Tus penas no pueden igualarse
a las mas, y yo no tengo el pelo blanco...

Me incorpor para mirarla. Quit el alfilern de oro que sujetaba el
nudo de los cabellos, y la onda sedosa y negra rod sobre sus hombros:

--Ahora tu frente brilla como un astro bajo la crencha de bano. Eres
blanca y plida como la luna. Te acuerdas cuando quera que me
disciplinases con la madeja de tu pelo?... Concha, cbreme ahora con l.

Amorosa y complaciente, ech sobre m el velo oloroso de su cabellera.
Yo respir con la faz sumergida como en una fuente santa, y mi alma se
llen de delicia y de recuerdos florecidos. El corazn de Concha lata
con violencia, y mis manos trmulas desabrocharon su tnica, y mis
labios besaron sobre la carne, ungidos de amor como de un blsamo:

--Mi vida!

--Mi vida!

Concha cerr un momento los ojos, y ponindose en pie, comenz a
recogerse la madeja de sus cabellos:

--Vete!... Vete por Dios!...

Yo sonre mirndola:

--Adonde quieres que me vaya?

--Vete!... Las emociones me matan, y necesito descansar. Te escrib que
vinieses, porque ya entre nosotros no puede haber ms que un cario
ideal... T comprenders que enferma como estoy, no es posible otra
cosa. Morir en pecado mortal... Que horror!

Y ms plida que nunca cruz los brazos, apoyando las manos sobre los
hombros en una actitud resignada y noble que le era habitual. Yo me
dirig a la puerta:

--Adios, Concha!

Ella suspir:

--Adios!

--Quieres llamar a Candelaria para que me gue por esos corredores?

--Ah!... Es verdad que an no sabes!...

Fu al tocador y golpe en el "tan-tan". Esperamos silenciosos sin que
nadie acudiese. Concha me mir indecisa:

--Es problable que Candelaria ya est acostada...

--En ese caso...

Me vi sonreir, y movi la cabeza seria y triste.

--En ese caso, yo te guiar.

--T no debes exponerte al fro.

--S, s...

Tom uno de los candelabros del tocador, y sali presurosa, arrastrando
la luenga cola de su ropn monacal. Desde la puerta volvi la cabeza
llamndome con los ojos, y toda blanca como un fantasma, desapareci en
la oscuridad del corredor. Sal tras ella, y la alcanc:

--Qu loca ests!

Rise en silencio y tom mi brazo para apoyarse. En la cruz de dos
corredores abrase una antesala redonda, grande y desmantelada, con
cuadros de santos y arcones antiguos. En un testero arrojaba cerco
mortecino de luz, la mariposa de aceite que alumbraba los pies lvidos y
atarazados de Jess Nazareno. Nos detuvimos al ver la sombra de una
mujer arrebujada en el hueco del balcn. Tena las manos cruzadas en el
regazo, y la cabeza dormida sobre el pecho. Era Candelaria que al ruido
de nuestros pasos despert sobresaltada:

--Ah!... Yo esperaba aqu, para ensearle su habitacin al Seor
Marqus.

Concha le dijo:

--Cre que te habas acostado, mujer.

Seguimos en silencio hasta la puerta entornada de una sala donde haba
luz. Concha solt mi brazo y se detuvo temblando y muy plida: Al fin
entr. Aquella era mi habitacin. Sobre una consola antigua ardan las
bujas de dos candelabros de plata. En el fondo, vease la cama entre
antiguas colgaduras de damasco. Los ojos de Concha lo examinaron todo
con maternal cuidado. Se detuvo para oler las rosas frescas que haba en
un vaso, y despus se despidi:

--Adios, hasta maana!

Yo la levant en brazos como a una nia:

--No te dejo ir.

--S, por Dios!

--No, no.

Y mis ojos rean sobre sus ojos, y mi boca rea sobre su boca. Las
babuchas turcas cayeron de sus pies, sin dejarla posar en el suelo, la
llev hasta la cama, donde la deposit amorosamente. Ella entonces ya se
someta feliz. Sus ojos brillaban, y sobre la piel blanca de las
mejillas se pintaban dos hojas de rosa. Apart mis manos dulcemente, y
un poco confusa empez a desabrocharse la tnica blanca y monacal, que
se desliz a lo largo del cuerpo plido y estremecido. Abr las sbanas
y refugise entre ellas. Entonces comenz a sollozar, y me sent a la
cabecera consolndola. Aparent dormirse, y me acost.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: Y]o sent toda la noche a mi lado aquel pobre cuerpo
donde la fiebre arda, como una luz sepulcral en vaso de porcelana tenue
y blanco. La cabeza descansaba sobre la almohada, envuelta en una ola de
cabellos negros que aumentaba la mate lividez del rostro, y su boca sin
color, sus mejillas dolientes, sus sienes maceradas, sus prpados de
cera velando los ojos en las cuencas descarnadas y violceas, le daban
la apariencia espiritual de una santa muy bella consumida por la
penitencia y el ayuno. El cuello floreca de los hombros como un lirio
enfermo, los senos eran dos rosas blancas aromando un altar, y los
brazos de una esbeltez delicada y frgil, parecan las asas del nfora
rodeando su cabeza. Apoyado en las almohadas, la miraba dormir rendida y
sudorosa. Ya haba cantado el gallo dos veces, y la claridad blanquecina
del alba penetraba por los balcones cerrados. En el techo las sombras
seguan el parpadeo de las bujas, que habiendo ardido toda la noche se
apagaban consumidas en los candelabros de plata. Cerca de la cama, sobre
un silln, estaba mi capote de cazador, hmedo por la lluvia, y
esparcidas encima aquellas yerbas de virtud oculta, solamente conocida
por la pobre loca del molino. Me levant en silencio y fu por ellas.
Con un extrao sentimiento, mezcla de supersticin y de irona, escond
el mstico manojo entre las almohadas de Concha, sin despertarla. Me
acost, puse los labios sobre su olorosa cabellera e insensiblemente me
qued dormido. Durante mucho tiempo flot en mis sueos la visin
nebulosa de aquel da, con un vago sabor de lgrimas y de sonrisas. Creo
que una vez abr los ojos dormido y que v a Concha incorporada a mi
lado, creo que me bes en la frente, sonriendo con vaga sonrisa de
fantasma, y que se llev un dedo a los labios. Cerr los ojos sin
voluntad y volv a quedar sumido en las nieblas del sueo. Cuando me
despert, una escala luminosa de polvo llegaba desde el balcn al fondo
de la cmara. Concha ya no estaba, pero a poco la puerta se abri con
sigilo y Concha entr andando en la punta de los pies. Yo aparent
dormir. Ella se acerc sin hacer ruido, me mir suspirando y puso en
agua el ramo de rosas frescas que traa. Fu al balcn, solt los
cortinajes para amenguar la luz, y se alej como haba entrado, sin
hacer ruido. Yo la llam rindome:

--Concha! Concha!

Ella se volvi:

--Ah! Conque estabas despierto?

--Estaba soando contigo.

--Pues ya me tienes aqu!

--Y cmo ests?

--Ya estoy buena!

--Gran mdico es amor!

--Ay! No abusemos de la medicina.

[imagen]Reamos con alegre risa el uno en brazos del otro,
juntas las bocas y echadas las cabezas sobre la misma almohada. Concha
tena la palidez delicada y enferma de una Dolorosa, y era tan bella,
as demacrada y consumida, que mis ojos, mis labios y mis manos hallaban
todo su deleite en aquello mismo que me entristeca. Yo confieso que no
recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella
noche.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: N]o habia llevado conmigo ningn criado, y Concha, que
tena esas burlas de las princesas en las historias picarescas, puso un
paje a mi servicio para honrarme mejor, como deca rindose. Era un nio
recogido en el Palacio. An le veo asomar en la puerta y quitarse la
montera, preguntando respetuoso y humilde:

--D su licencia?

--Adelante.

Entr con la frente baja y la monterilla de pao blanco colgada de las
dos manos:

--Dice la seorita, mi ama, que me mande en cuanto se le ofrezca.

--En dnde queda?

--En el jardn.

Y permaneci en medio de la cmara, sin atreverse a dar un paso. Creo
que era el primognito de los caseros que Concha tena en sus tierras de
Lantao y uno de los cien ahijados de su to Don Juan Manuel Montenegro,
aquel hidalgo visionario y prdigo que viva en el Pazo de Lantan. Es
un recuerdo que todava me hace sonreir. El favorito de Concha no era
rubio ni melanclico como los pajes de las baladas, pero con los ojos
negros y con los carrillos picarescos melados por el sol, tambin poda
enamorar princesas. Le mand que abriese los balcones y obedeci
corriendo. El aura perfumada y fresca del jardn penetr en la cmara, y
las cortinas flamearon alegremente. El paje haba dejado la montera
sobre una silla, y volvi a recogerla. Yo le interrogu:

--T sirves en el Palacio?

--S, seor.

--Hace mucho?

--Va para dos aos.

--Y qu haces?

--Pues hago todo lo que me mandan.

--No tienes padres?

--Tengo, s, seor.

--Qu hacen tus padres?

--Pues no hacen nada. Cavan la tierra.

Tena las respuestas estoicas de un paria. Con su vestido de estamea,
sus ojos tmidos, su fabla visigtica y sus guedejas trasquiladas sobre
la frente, con tonsura casi monacal, pereca el hijo de un antiguo
siervo de la gleba:

--Y fu la seorita quien te ha mandado venir?

--S, seor. Hallbame yo en el patn deprendindole la riveirana al
mirlo nuevo, que los viejos ya la tienen deprendida, cuando la seorita
baj al jardn y me mand venir.

--T eres aqu el maestro de los mirlos?

--S, seor.

--Y ahora, adems, eres mi paje?

--S, seor.

--Altos cargos!

--S, seor.

--Y cuntos aos tienes?

--Parceme... Parceme...

El paje fij los ojos en la monterilla, pasndola lentamente de una mano
a otra, sumido en hondas cavilaciones:

--Parceme que han de ser doce, pero no estoy cierto.

--Antes de venir al Palacio, dnde estabas?

--Serva en la casa de Don Juan Manuel.

--Y qu hacas all?

--All enseaba al hurn.

--Otro cargo palatino!

--S, seor.

--Y cuntos mirlos tiene la seorita?

El paje hizo un gesto desdeoso:

--Tan siquiera uno!

--Pues de quin son?

--Son mos... Cuando los tengo bien adeprendidos, se los vendo.

--A quin se los vendes?

--Pues a la seorita, que me los merca todos. No sabe que los quiere
para echarlos a volar? La seorita deseara que silbasen la riveirana
sueltos en el jardn, pero ellos se van lejos. Un domingo, por el mes de
San Juan, vena yo acompaando a la seorita: Pasados los prados de
Lantan, vimos un mirlo que, muy puesto en la rama de un cerezo, estaba
cantando la riveirana. Acuerdme que entonces dijo la seorita: Mralo
adnde se ha venido el caballero!

Aquel relato ingenuo me hizo reir, y el paje al verlo rise tambin. Sin
ser rubio ni melanclico, era digno de ser paje de una princesa y
cronista de un reinado. Yo le pregunt:

--Qu es ms honroso, ensear hurones o mirlos?

El paje respondi despus de meditarlo un instante:

--Todo es igual!

--Y cmo has dejado el servicio de Don Juan Manuel?

--Porque tiene muchos criados... Qu gran caballero es Don Juan
Manuel!... Dgole que en el Pazo todos los criados le tenan miedo. Don
Juan Manuel es mi padrino, y fu quien me trujo al Palacio para que
sirviese a la seorita.

--Y dnde te iba mejor?

El paje fij en m sus ojos negros e infantiles, y con la monterilla
entre las manos, formul gravemente:

--Al que sabe ser humilde, en todas partes le va bien.

Era una rplica calderoniana. Aquel paje tambin saba decir
sentencias! Ya no poda dudarse de su destino. Haba nacido para vivir
en un palacio, educar los mirlos, amaestrar los hurones, ser ayo de un
prncipe y formar el corazn de un gran rey.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: C]oncha me llamaba desde el jardn, con alegres voces.
Sal a la solana, tibia y dorada al sol maanero. El campo tena una
emocin latina de yuntas, de vendimias y de labranzas. Concha estaba al
pie de la solana:

--Tienes ah a Florisel?

--Florisel es el paje?

--S.

--Parece bautizado por las hadas.

--Yo soy su madrina. Mndamelo.

--Qu le quieres?

--Decirle que te suba estas rosas.

Y Concha me ense su falda donde se deshojaban las rosas, todava
cubiertas de roco, desbordando alegremente como el fruto ideal de unos
amores que slo floreciesen en los besos:

--Todas son para ti. Estoy desnudando el jardn.

Yo recordaba nebulosamente aquel antiguo jardn donde los mirtos
seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador, en torno de una
fuente abandonada. El jardn y el Palacio tenan esa vejez seorial y
melanclica de los lugares por donde en otro tiempo pas la vida amable
de la galantera y del amor. Bajo la fronda de aquel laberinto, sobre
las terrazas y en los salones, haban florecido las risas y los
madrigales, cuando las manos blancas que en los viejos retratos
sostienen apenas los paolitos de encaje, iban deshojando las margaritas
que guardan el cndido secreto de los corazones. Hermosos y lejanos
recuerdos! Yo tambin los evoqu un da lejano, cuando la maana otoal
y dorada envolva el jardn hmedo y reverdecido por la constante lluvia
de la noche. Bajo el cielo lmpido, de un azul herldico, los cipreses
venerables parecan tener el ensueo de la vida monstica. La caricia de
la luz temblaba sobre las flores como un pjaro de oro, y la brisa
trazaba en el terciopelo de la yerba, huellas ideales y quimricas como
si danzasen invisibles hadas. Concha estaba al pie de la escalinata,
entretenida en hacer un gran ramo con las rosas. Algunas se haban
deshojado en su falda, y me las mostr sonriendo:

--Mralas qu lstima!

Y hundi en aquella frescura aterciopelada sus mejillas plidas:

--Ah, qu fragancia!

Yo le dije sonriendo:

--Tu divina fragancia!

Alz la cabeza y respir con delicia, cerrando los ojos y sonriendo,
cubierto el rostro de roco, como otra rosa, una rosa blanca. Sobre
aquel fondo de verdura grcil y umbroso, envuelta en la luz como en
difana veste de oro, pareca una Madona soada por un monje serfico.
Yo baj a reunirme con ella. Cuando descenda la escalinata, me salud
arrojando como una lluvia las rosas deshojadas en su falda. Recorrimos
juntos el jardn. Las carreras estaban cubiertas de hojas secas y
amarillentas, que el viento arrastraba delante de nosotros con un largo
susurro: Los caracoles, inmviles como viejos paralticos, tomaban el
sol sobre los bancos de piedra: Las flores empezaban a marchitarse en
las versallescas canastillas recamadas de mirto, y exhalaban ese aroma
indeciso que tiene la melancola de los recuerdos. En el fondo del
laberinto murmuraba la fuente rodeada de cipreses, y el arrullo del
agua, pareca difundir por el jardn un sueo pacfico de vejez, de
recogimiento y de abandono. Concha me dijo:

--Descansemos aqu.

Nos sentamos a la sombra de las acacias, en un banco de piedra cubierto
de hojas. Enfrente se abra la puerta del laberinto misterioso y verde.
Sobre la clave del arco se alzaban dos quimeras manchadas de musgo, y un
sendero umbro, un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el
camino de una vida solitaria, silenciosa e ignorada. Florisel pas a lo
lejos entre los rboles, llevando la jaula de sus mirlos en la mano.
Concha me lo mostr:

--All va!

--Quin?

--Florisel.

--Por qu le llamas Florisel?

Ella dijo, con una alegre risa.

--Florisel es el paje de quien se enamora cierta princesa inconsolable
en un cuento.

--Un cuento de quin?

--Los cuentos nunca son de nadie.

[imagen]Sus ojos misteriosos y cambiantes miraban a lo lejos, y me son
tan extraa su risa, que sent fro. El fro de comprender todas las
perversidades! Me pareci que Concha tambin se estremeca. La verdad es
que nos hallbamos a comienzos de Otoo y que el sol empezaba a
nublarse. Volvimos al Palacio.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: E]l Palacio De Brandeso, aunque del siglo dcimo octavo,
es casi todo de estilo plateresco. Un Palacio a la italiana con
miradores, fuentes y jardines, mandado edificar por el Obispo de Corinto
Don Pedro de Bendaa, Caballero del Hbito de Santiago, Comisario de
Cruzada y Confesor de la Reina Doa Mara Amelia de Parma. Creo que un
abuelo de Concha y mi abuelo el Mariscal Bendaa, sostuvieron pleito
por la herencia del Palacio. No estoy seguro, porque mi abuelo sostuvo
pleitos hasta con la Corona. Por ellos hered toda una fortuna en
legajos. La historia de la noble Casa de Bendaa es la historia de la
Cancillera de Valladolid.

Como la pobre Concha tena el culto de los recuerdos, quiso que
recorrisemos el Palacio evocando otro tiempo, cuando yo iba de visita
con mi madre, y ella y sus hermanas eran unas nias plidas que venan a
besarme, y me llevaban de la mano para que jugsemos, unas veces en la
torre, otras en la terraza, otras en el mirador que daba al camino y al
jardn... Aquella maana, cuando nosotros subamos la derruda
escalinata, las palomas remontaron el vuelo y fueron a posarse sobre la
piedra de armas. El sol dejaba un reflejo dorado en los cristales, los
viejos aleles florecan entre las grietas del muro, y un lagarto
paseaba por el balaustral. Concha sonri con lnguido desmayo:

--Te acuerdas?...

Y en aquella sonrisa tenue, yo sent todo el pasado como un aroma
entraable de flores marchitas, que trae alegres y confusas memorias...
Era all donde una dama piadosa y triste, sola referirnos historias de
Santos. Cuntas veces, sentada en el hueco de una ventana, me haba
enseado las estampas del Ao Cristiano abierto en su regazo. An
recuerdo sus manos msticas y nobles que volvan las hojas lentamente.
La dama tena un hermoso nombre antiguo: Se llamaba gueda: Era la madre
de Fernandina, Isabel y Concha. Las tres nias plidas con quienes yo
jugaba. Despus de tantos aos volv a ver aquellos salones de respeto
y aquellas salas familiares! Las salas entarimadas de nogal, fras y
silenciosas, que conservan todo el ao el aroma de las manzanas agrias y
otoales puestas a madurar sobre el alfizar de las ventanas. Los
salones con antiguos cortinajes de damasco, espejos nebulosos y retratos
familiares: Damas con basquia, prelados de doctoral sonrisa, plidas
abadesas, torvos capitanes. En aquellas estancias nuestros pasos
resonaban como en las iglesias desiertas, y al abrirse lentamente las
puertas de floreados herrajes, exhalbase del fondo silencioso y oscuro,
el perfume lejano de otras vidas. Solamente en un saln que tena de
corcho el estrado, nuestras pisadas no despertaron rumor alguno:
Parecan pisadas de fantasmas, tcitas y sin eco. En el fondo de los
espejos el saln se prolongaba hasta el ensueo como en un lago
encantado, y los personajes de los retratos, aquellos obispos
fundadores, aquellas tristes damiselas, aquellos avellanados mayorazgos
parecan vivir olvidados en una paz secular. Concha se detuvo en la cruz
de dos corredores, donde se abra una antesala redonda, grande y
desmantelada, con arcones antiguos. En un testero arrojaba cerco
mortecino de luz la mariposa de aceite que da y noche alumbraba ante un
Cristo desmelenado y lvido. Concha murmur en voz baja:

--Te acuerdas de esta antesala?

--S. La antesala redonda?

--S... Era donde jugbamos!

Una vieja hilaba en el hueco de una ventana. Concha me la mostr con un
gesto:

--Es Micaela... La doncella de mi madre. La pobre est ciega! No le
digas nada...

Seguimos adelante. Algunas veces Concha se detena en el umbral de las
puertas, y sealando las estancias silenciosas, me deca con su sonrisa
tenue, que tambin pareca desvanecerse en el pasado:

--Te acuerdas?

Ella recordaba las cosas ms lejanas. Recordaba cuando ramos nios y
saltbamos delante de las consolas para ver estremecerse los floreros
cargados de rosas, y los fanales ornados con viejos ramajes ureos, y
los candelabros de plata, y los daguerreotipos llenos de un misterio
estelar. Tiempos aquellos en que nuestras risas locas y felices haban
turbado el noble recogimiento del Palacio, y se desvanecan por las
claras y grandes antesalas, por los corredores oscuros, flanqueados con
angostas ventanas de montante donde arrullaban las palomas!...

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: A]l anochecer, Concha sinti un gran fro y tuvo que
acostarse. Alarmado al verla temblar, plida como la muerte, quise
mandar por un mdico a Viana del Prior, pero ella se opuso, y al cabo de
una hora ya me miraba sonriendo con amorosa languidez. Descansando
inmvil sobre la blanca almohada, murmur:

--Creers que ahora me parece una felicidad estar enferma?

--Por qu?

--Porque t me cuidas.

Yo me sonre sin decir nada, y ella, con una gran dulzura, insisti:

--Es que t no sabes cmo yo te quiero!

En la penumbra de la alcoba la voz apagada de Concha tena un profundo
encanto sentimental. Mi alma se contagi:

--Yo te quiero ms, princesa!

--No, no. En otro tiempo te he gustado mucho. Por muy inocente que sea
una mujer, eso lo conoce siempre, y t sabes lo inocente que yo era.

Me inclin para besar sus ojos, que tenan un velo de lgrimas, y le
dije por consolarla:

--Creers que no me acuerdo, Concha?

Ella exclam rindose.

--Qu cnico eres!

--Di qu desmemoriado. Hace ya tanto tiempo!

--Y cunto tiempo hace, vamos a ver?

--No me entristezcas haciendo que recuerde los aos.

--Pues confiesa que yo era muy inocente.

--Todo lo inocente que puede ser una mujer casada!

--Ms, mucho ms. Ay! T fuiste mi maestro en todo.

Exhal las ltimas palabras como si fuesen suspiros, y apoy una de sus
manos sobre los ojos. Yo la contempl, sintiendo cmo se despertaba la
voluptuosa memoria de los sentidos. Concha tena para m todos los
encantos de otro tiempo, purificados por una divina palidez de enferma.
Era verdad que yo haba sido su maestro en todo. Aquella nia casada
con un viejo, tena la cndida torpeza de las vrgenes. Hay tlamos
fros como los sepulcros, y maridos que duermen como las estatuas
yacentes de granito. Pobre Concha! Sobre sus labios perfumados por los
rezos, mis labios cantaron los primeros el triunfo del amor y su
gloriosa exaltacin. Yo tuve que ensearle toda la lira: Verso por
verso, los treinta y dos sonetos de Pietro Aretino. Aquel capullo blanco
de nia desposada, apenas saba murmurar el primero. Hay maridos y hay
amantes que ni siquiera pueden servirnos de precursores, y bien sabe
Dios que la perversidad, esa rosa sangrienta, es una flor que nunca se
abri en mis amores. Yo he preferido siempre ser el Marqus de Bradomn,
a ser ese divino Marqus de Sade. Tal vez esa haya sido la nica razn
de pasar por soberbio entre algunas mujeres. Pero la pobre Concha nunca
fu de stas. Como habamos quedado en silencio, me dijo:

--En qu piensas?

--En el pasado, Concha.

--Tengo celos de l.

--No seas nia! Es el pasado de nuestros amores.

Ella se sonri, cerrando los ojos, como si tambin evocase un recuerdo.
Despus murmur con cierta resignacin amable, perfumada de amor y de
melancola:

--Slo una cosa le he pedido a la Virgen de la Concepcin, y creo que va
a concedrmela... Tenerte a mi lado en la hora de la muerte.

Volvimos a quedar en triste silencio. Al cabo de algn tiempo, Concha se
incorpor en las almohadas. Tena los ojos llenos de lgrimas. En voz
muy baja me dijo:

--Xavier, dame aquel cofre de mis joyas, que est sobre el tocador.
brelo. Ah guardo tambin tus cartas... Vamos a quemarlas juntos... No
quiero que me sobrevivan.

Era un cofre de plata, labrado con la suntuosidad decadente del siglo
XVIII. Exhalaba un suave perfume de violetas, y lo aspir cerrando los
ojos:

--No tienes ms cartas que las mas?

--Nada ms.

--Ah! Tu nuevo amor no sabe escribir.

--Mi nuevo amor? Qu nuevo amor? Seguramente has pensado alguna
atrocidad!

--Creo que s.

--Cul?

--No te la digo.

--Y si adivinase?

--No puedes adivinar.

--Qu enormidad habrs pensado?

Yo exclam rindome:

--Florisel.

Por los ojos de Concha pas una sombra de enojo:

--Y sers capaz de haberlo pensado!

Hundi las manos entre mis cabellos, arremolinndolos:

--Qu hago yo contigo? Te mato?

Vindome reir, ella rea tambin, y sobre su boca plida, la risa era
fresca, sensual, alegre:

--No es posible que hayas pensado eso!

--Di que parece imposible.

--Pero lo has pensado?

--S.

--No te creo! Cmo has podido siquiera imaginarlo?

--Record mi primera conquista. Tena yo once aos y una dama se enamor
de m. Era tambin muy bella!

Concha murmur en voz baja:

--Mi ta Augusta.

--S.

--Ya me lo has contado... Pero t no eras ms bello que Florisel?

Dud un momento y cre que mis labios iban a mancharse con una mentira.
Al fin, tuve el valor de confesar la verdad:

--Ay, Concha! Yo era menos bello.

Mirndome burlona, cerr el cofre de sus joyas.

--Otro da quemaremos tus cartas. Hoy no. Tus celos me han puesto de
buen humor.

[imagen]Y echndose sobre la almohada volvi a reir como antes, con
frescas y alegres carcajadas. El da de quemar aquellas cartas no lleg
para nosotros: Yo me he resistido siempre a quemar las cartas de amores.
Las he amado como aman los poetas sus versos. Cuando muri Concha, en el
cofre de plata, con las joyas de familia las heredaron sus hijas.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: L]AS ALMAS enamoradas y enfermas son tal vez las que
tejen los ms hermosos sueos de la ilusin. Yo nunca haba visto a
Concha ni tan alegre ni tan feliz. Aquel renacimiento de nuestros amores
fu como una tarde otoal de celajes dorados, amable y melanclica.
Tarde y celajes que yo pude contemplar desde los miradores del Palacio,
cuando Concha con romntica fatiga se apoyaba en mi hombro! Por el
campo verde y hmedo, bajo el sol que mora ondulaba el camino. Era
luminoso y solitario. Concha suspir con la mirada perdida:

--Por ese camino hemos de irnos los dos!

Y levantaba su mano plida, sealando a lo lejos los cipreses del
cementerio. La pobre Concha hablaba de morir sin creer en ello. Yo me
burlaba:

--Concha, no me hagas suspirar. Ya sabes que soy un prncipe a quien
tienes encantado en tu Palacio. Si quieres que no se rompa el encanto,
has de hacer de mi vida un cuento alegre.

Concha, olvidando sus tristezas del crepsculo, sonrea:

--Ese camino es tambin por donde t has venido...

La pobre Concha procuraba mostrarse alegre. Saba que todas las
lgrimas son amargas y que el aire de los suspiros, aun cuando perfumado
y gentil, slo debe durar lo que una rfaga. Pobre Concha! Era tan
plida y tan blanca como esos ramos de azucenas que embalsaman las
capillas con ms delicado perfume al marchitarse. De nuevo levant su
mano, difana como mano de hada:

--Ves, all lejos, un jinete?

--No veo nada.

--Ahora pasa la Fontela.

--S, ya le veo.

--Es el to Don Juan Manuel.

--El magnfico hidalgo del Pazo de Lantan!

Concha hizo un gesto de lstima.

--Pobre seor! Estoy segura que viene a verte.

Don Juan Manuel se haba detenido en medio del camino, y levantndose
sobre los estribos y quitndose el chambergo, nos saludaba. Despus, con
voz poderosa, que fu repetida por un eco lejano, grit:

--Sobrina! Sobrina! Manda abrir la cancela del jardn!

Concha levant los brazos indicndole que ya mandaba, luego volvindose
a m, exclam rindose:

--Dile t que ya van.

Yo rug, haciendo bocina con las manos:

--Ya van!

Pero Don Juan Manuel aparent no oirme. El privilegio de hacerse
entender a tal distancia, era suyo no ms. Concha se tap los odos:

--Calla, porque jams confesar que te oye.

Yo segu rugiendo:

--Ya van! Ya van!

Intilmente. Don Juan Manuel se inclin acariciando el cuello del
caballo. Haba decidido no oirme. Despus volvi a levantarse sobre los
estribos:

--Sobrina! Sobrina!

Concha se apoyaba en la ventana riendo como una nia feliz:

--Es magnfico!

Y el viejo segua gritando desde el camino:

--Sobrina! Sobrina!

Es verdad que era magnfico aquel Don Juan Manuel Montenegro. Sin duda
le pareci que no acudan a franquearle la entrada con toda la presteza
requerida, porque hincando las espuelas al caballo, se alej al galope.
Desde lejos, se volvi gritando:

--No puedo detenerme. Voy a Viana del Prior. Tengo que apalear a un
escribano.

Florisel, que bajaba corriendo para abrir la cancela, se detuvo a mirar
cun gallardamente se parta. Despus volvi a subir la vieja escalinata
revestida de yedra. Al pasar por nuestro lado, sin levantar los ojos,
pronunci solemne y doctoral:

--Gran seor, muy gran seor, es Don Juan Manuel!

Creo que era una censura, porque nos reamos del viejo hidalgo. Yo le
llam:

--Oye, Florisel.

Se detuvo temblando.

--Qu me mandaba?

--Tan gran seor te parece Don Juan Manuel?

--Mejorando las nobles barbas que me oyen.

[imagen]Y sus ojos infantiles, fijos en Concha, demandaban perdn.
Concha hizo un gesto de reina indulgente. Pero lo ech a perder, riendo
como una loca. El paje se alej en silencio. Nosotros nos besamos
alegremente, y antes de desunir las bocas, omos el canto lejano de los
mirlos, guiados por la flauta de caa que taa Florisel.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: E]RA NOCHE de luna, y en el fondo del laberinto cantaba
la fuente como un pjaro escondido. Nosotros estbamos silenciosos, con
las manos enlazadas. En medio de aquel recogimiento sonaron en el
corredor pasos lentos y cansados. Entr Candelaria con una lmpara
encendida, y Concha exclam como si despertase de un sueo:

--Ay!... Llvate esa luz.

--Pero van a estar a oscuras? Miren que es malo tomar la luna.

Concha pregunt sonriendo:

--Por qu es malo, Candelaria?

La vieja repuso, bajando la voz:

--Bien lo sabe, seorita... Por las brujas!

Candelaria se alej con la lmpara haciendo muchas veces la seal de la
cruz, y nosotros volvimos a escuchar el canto de la fuente que le
contaba a la luna su prisin en el laberinto. Un reloj de cuco, que
acordaba el tiempo del fundador, di las siete. Concha murmur:

--Qu temprano anochece! Las siete todava!

--Es el Invierno que llega.

--T, cundo tienes que irte?

--Yo? Cuando t me dejes.

Concha suspir:

--Ay! Cuando yo te deje! No te dejara nunca!

Y estrech mi mano en silencio. Estbamos sentados en el fondo del
mirador. Desde all veamos el jardn iluminado por la luna, los
cipreses mustios destacndose en el azul nocturno coronados de
estrellas, y una fuente negra con aguas de plata. Concha me dijo:

--Ayer he recibido una carta. Tengo que ensertela.

--Una carta, de quin?

--De tu prima Isabel. Viene con las nias.

--Isabel Bendaa?

--S.

--Pero tiene hijas Isabel?

Concha murmur tmidamente:

--No, son mis hijas.

Yo sent pasar como una brisa abrilea sobre el jardn de los recuerdos.
Aquellas dos nias, las hijas de Concha, en otro tiempo me queran
mucho, y tambin yo las quera. Levant los ojos para mirar a su madre.
No recuerdo una sonrisa tan triste en los labios de Concha:

--Qu tienes?... Qu te sucede?...

--Nada.

--Las pequeas estn con su padre?

--No. Las tengo educndose en el Convento de la Enseanza.

--Ya sern unas mujeres.

--S. Estn muy altas.

--Antes eran preciosas. No s ahora.

--Como su madre.

--No, como su madre nunca.

Concha volvi a sonreir con aquella sonrisa dolorosa, y qued pensativa
contemplando sus manos:

--He de pedirte un favor.

--Qu es?

--Si viene Isabel con mis hijas, tenemos que hacer una pequea comedia.
Yo les dir que ests en Lantan cazando con mi to. T vienes una
tarde, y sea porque hay tormenta o porque tenemos miedo a los ladrones,
te quedas en el Palacio, como nuestro caballero.

--Y cuntos das debe durar mi destierro en Lantan?

Concha exclam vivamente:

--Ninguno. La misma tarde que ellas vengan. No te ofendes, verdad?

--No, mi vida.

--Qu alegra me das. Desde ayer estoy dudando, sin atreverme a
decrtelo.

--Y t crees que engaaremos a Isabel?

--No lo hago por Isabel, lo hago por mis pequeas, que son unas
mujercitas.

--Y Don Juan Manuel?

--Yo le hablar. Ese no tiene escrpulos. Es otro descendiente de los
Borgias. To tuyo, verdad?

--No s. Tal vez ser por ti el parentesco.

Ella contest rindose.

--Creo que no. Tengo una idea que tu madre le llamaba primo.

--Oh! Mi madre conoce la historia de todos los linajes. Ahora tendremos
que consultar a Florisel.

Concha replic:

--Ser nuestro Rey de Armas.

Y al mismo tiempo, en la rosa plida de su boca temblaba una sonrisa.
Luego qued cavilosa con las manos cruzadas contemplando al jardn. En
su jaula de caas colgada sobre la puerta del mirador, silbaban una
vieja riveirana los mirlos que cuidaba Florisel. En el silencio de la
noche, aquel ritmo alegre y campesino evocaba el recuerdo de las felices
danzas clticas a la sombra de los robles. Concha empez tambin a
cantar. Su voz era dulce como una caricia. Se levant y anduvo vagando
por el mirador. All, en el fondo, toda blanca en el reflejo de la luna,
comenz a bailar uno de esos pasos de gloga alegres y pastoriles.
Pronto se detuvo suspirando:

--Ay! Cmo me canso! Has visto que he aprendido la riveirana?

Yo repuse rindome:

--Eres tambin discpula de Florisel?

--Tambin.

Acud a sostenerla. Cruz las manos sobre mi hombro y reclinando la
mejilla, me mir con sus bellos ojos de enferma. La bes, y ella mordi
mis labios con sus labios marchitos.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: P]OBRE CONCHA!... Tan demacrada y tan plida, tena la
noble resistencia de una diosa para el placer. Aquella noche la llama de
la pasin nos envolvi mucho tiempo, ya moribunda, ya frentica, en su
lengua dorada. Oyendo el canto de los pjaros en el jardn, quedme
dormido en brazos de Concha. Cuando me despert, ella estaba incorporada
en las almohadas, con tal expresin de dolor y sufrimiento, que sent
fro. Pobre Concha! Al verme abrir los ojos, todava sonri.
Acaricindole las manos, le pregunt:

--Qu tienes?

--No s. Creo que estoy muy mal.

--Pero qu tienes?

--No s... Qu vergenza si me hallasen muerta aqu!

Al oirla sent el deseo de retenerla a mi lado:

--Ests temblando, pobre amor!

Y la estrech entre mis brazos. Ella entorn los ojos: Era el dulce
desmayo de sus prpados cuando quera que yo se los besase! Como
temblaba tanto, quise dar calor a todo su cuerpo con mis labios, y mi
boca recorri celosa sus brazos hasta el hombro, y puse un collar de
rosas en su cuello. Despus alc los ojos para mirarla. Ella cruz sus
manos plidas y las contempl melanclica. Pobres manos delicadas,
exanges, casi frgiles! Yo le dije:

--Tienes manos de Dolorosa.

Se sonri:

--Tengo manos de muerta.

--Para m eres ms bella cuanto ms plida.

Pas por sus ojos una claridad feliz:

--S, s. Todava te gusto mucho y te hago sentir.

Rode mi cuello, y con una mano levant los senos, rosas de nieve que
consuma la fiebre. Yo entonces la enlac con fuerza, y en medio del
deseo, sent como una mordedura el terror de verla morir. Al oirla
suspirar, cre que agonizaba. La bes temblando como si fuese a
comulgar su vida. Con voluptuosidad dolorosa y no gustada hasta
entonces, mi alma se embriag en aquel perfume de flor enferma que mis
dedos deshojaban consagrados e impos. Sus ojos se abrieron amorosos
bajo mis ojos. Ay! Sin embargo, yo adivin en ellos un gran
sufrimiento. Al da siguiente Concha no pudo levantarse.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: L]A TARDE caa en medio de un aguacero. Yo estaba
refugiado en la biblioteca, leyendo el "Florilegio de Nuestra Seora",
un libro de sermones compuesto por el Obispo de Corinto, Don Pedro de
Bendaa, fundador del Palacio. A veces me distraa oyendo el bramido del
viento en el jardn, y el susurro de las hojas secas que corran
arremolinndose por las carreras de mirtos seculares. Las ramas desnudas
de los rboles rozaban los vidrios emplomados de las ventanas. Reinaba
en la biblioteca una paz de monasterio, un sueo cannico y doctoral.
Sentase en el ambiente el hlito de los infolios antiguos encuadernados
en pergamino, los libros de humanidades y de teologa donde estudiaba el
Obispo. De pronto sent una voz poderosa que llamaba desde el fondo del
corredor:

--Marqus!... Marqus de Bradomn!...

Entorn el "Florilegio" sobre la mesa, para guardar la pgina, y me puse
de pie. La puerta se abra en aquel momento y Don Juan Manuel apareci
en el umbral, sacudiendo el agua que goteaba de su montecristo:

--Mala tarde, sobrino!

--Mala, to!

Y qued sellado nuestro parentesco.

--T, leyendo aqu encerrado?... Sobrino, es lo peor para quedarse
ciego!

Acercse a la lumbre y extendi las manos sobre la llama.

--Es nieve lo que cae!

Despus volvise de espaldas al fuego, e irguindose ante m exclam con
su engolada voz de gran seor:

--Sobrino, has heredado la mana de tu abuelo, que tambin se pasaba los
das leyendo. As se volvi loco!... Y qu librote ese ese?

Sus ojos, hundidos y verdosos, dirigan al "Florilegio de Nuestra
Seora" una mirada llena de desdn. Apartse de la lumbre y di algunos
pasos por la biblioteca, haciendo sonar las espuelas. Se detuvo de
pronto:

--Marqus de Bradomn, se acab la sangre de Cristo en el Palacio de
Brandeso!

Comprendiendo lo que deseaba me levant. Don Juan Manuel extendi un
brazo, detenindome con soberano gesto:

--No te muevas! Habr algn criado en el Palacio?

Y desde el fondo de la biblioteca empez a llamar con grandes voces:

--Arnelas!... Brin!... Uno cualquiera, que suba presto...

Ya empezaba a impacientarse, cuando Florisel apareci en la puerta:

--Qu mandaba, seor padrino?

Y llegse a besar la mano del hidalgo, que le acarici la cabeza:

--Sbeme del tinto que se coge en la Fontela.

Y Don Juan Manuel volvi a pasear la biblioteca. De tiempo en tiempo se
detena frente al fuego, extendiendo las manos, que eran plidas, nobles
y descarnadas como las manos de un rey asceta. A pesar de los aos, que
haban blanqueado por completo sus cabellos, conservbase arrogante y
erguido como en sus buenos tiempos, cuando serva en la Guardia Noble de
la Real Persona. Llevaba ya muchos aos retirado en su Pazo de Lantan,
haciendo la vida de todos los mayorazgos campesinos, chalaneando en las
ferias, jugando en las villas y sentndose a la mesa de los abades en
todas las fiestas. Desde que Concha viva retirada en el Palacio de
Brandeso, era tambin frecuente verle aparecer por all. Ataba su
caballo en la puerta del jardn, y entrbase dando voces. Se haca
servir vino, y beba hasta dormirse en el silln. Cuando despertaba,
fuese de da o de noche, peda su caballo, y dando cabeceos sobre la
silla, tornaba a su Pazo. Don Juan Manuel tena gran predileccin por el
tinto de la Fontela, guardado en una vieja cuba que acordaba el tiempo
de los franceses. Impacientndose porque tardaban en subir de la bodega,
se detuvo en medio de la biblioteca:

--Ese vino!... O acaso estn haciendo la vendimia?

Todo trmulo apareci Florisel con un jarro, que coloc sobre la mesa.
Don Juan Manuel despojse de su montecristo, y tom asiento en un
silln:

--Marqus de Bradomn, te aseguro que este vino de la Fontela es el
mejor vino de la comarca. T conoces el del Condado? Este es mejor. Y
si lo hiciesen eligiendo la uva, sera el mejor del mundo.

Deca esto mientras llenaba el vaso, que era de cristal tallado, con asa
y la cruz de Calatrava en el fondo. Uno de esos vasos pesados y
antiguos, que recuerdan los refectorios de los conventos. Don Juan
Manuel bebi con largura y sosiego, apurando el vino de un solo trago, y
volvi a llenar el vaso:

--Muchos as deba beberse mi sobrina. No estara entonces como est!

En aquel momento Concha asom en la puerta de la biblioteca, arrastrando
la cola de su ropn monacal y sonriendo:

--El to Don Juan Manuel quiere que le acompaes. Te lo ha dicho?
Maana es la fiesta del Pazo: San Rosendo de Lantan. Dice el to que
te recibirn con palio.

Don Juan Manuel asinti con un ademn soberano.

--Ya sabes que desde hace tres siglos es privilegio de los Marqueses de
Bradomn ser recibidos con palio en las feligresas de San Rosendo de
Lanta, Santa Baya de Cristamilde y San Miguel de Deiro. Los tres
curatos son presentacin de tu casa! Me equivoco, sobrino?

--No se equivoca usted, to.

Concha interrumpi, rindose:

--No le pregunte usted. Es un dolor, pero el ltimo Marqus de Bradomn
no sabe una palabra de esas cosas!

Don Juan Manuel movi la cabeza gravemente:

--Eso lo sabe! Debe saberlo!

Concha se dej caer en el silln que yo ocupaba poco antes, y abri el
"Florilegio de Nuestra Seora" con aire doctoral:

--Estoy segura que ni siquiera conoce el origen de la casa de Bradomn!

Don Juan Manuel se volvi hacia m, noble y conciliador:

--No hagas caso. Tu prima quiere indignarte!

Concha insisti:

--Supiera al menos cmo se compone el blasn de la noble casa de
Montenegro!

Don Juan Manuel frunci el spero y canoso entrecejo:

--Eso lo saben los nios ms pequeos!

Concha murmur con una sonrisa de dulce y delicada irona:

--Como que es el ms ilustre de los linajes espaoles!

--Espaoles y tudescos, sobrina. Los Montenegros de Galicia descendemos
de una emperatriz alemana. Es el nico blasn espaol que lleva metal
sobre metal: Espuelas de oro en campo de plata. El linaje de Bradomn
tambin es muy antiguo. Pero entre todos los ttulos de tu casa:
Marquesado de Bradomn, Marquesado de San Miguel, Condado de Barbanzn y
Seoro de Padn, el ms antiguo y el ms esclarecido es el Seoro. Se
remonta hasta Don Roldn, uno de los Doce Pares. Don Roldn ya sabis
que no muri en Roncesvalles, como dicen las Historias.

Yo no saba nada, pero Concha asinti con la cabeza. Ella sin duda
conoca aquel secreto de familia. Don Juan Manuel, despus de apurar
otro vaso, continu:

--Como yo tambin desciendo de Don Roldn, por eso conozco bien estas
cosas! Don Roldn pudo salvarse, y en una barca lleg hasta la isla de
Slvora, y atrado por una sirena naufrag en aquella playa, y tuvo de
la sirena un hijo, que por serlo de Don Roldn se llam Padn, y viene a
ser lo mismo que Paladn. Ah tienes por qu una sirena abraza y
sostiene tu escudo en la iglesia de Lanta.

Se levant, y acercndose a una ventana, mir a travs de los vidrios
emplomados si abonanzaba el tiempo. El sol apareca apenas entre densos
nubarrones. Un instante permaneci Don Juan Manuel contemplando el
aspecto del cielo. Despus volvise hacia nosotros:

--Llego hasta mis molinos que estn ah cerca y vuelvo a buscarte...
Puesto que tienes la mana de leer, en el Pazo te dar un libro antiguo,
pero de letra grande y clara, donde todas estas historias estn contadas
muy por largo. Don Juan Manuel acab de vaciar el vaso, y sali de la
biblioteca haciendo sonar las espuelas. Cuando se perdi en el largo
corredor el eco de sus pasos, Concha se levant apoyndose en el silln
y vino hacia m: Era toda blanca como un fantasma.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: E]N EL FONDO del laberinto cantaba la fuente como un
pjaro escondido, y el sol poniente doraba los cristales del mirador
donde nosotros esperbamos. Era tibio y fragante: Gentiles arcos
cerrados por vidrieras de colores le flanqueaban con ese artificio del
siglo galante que imagin las pavanas y las gavotas. En cada arco, las
vidrieras formaban trptico y poda verse el jardn en medio de una
tormenta, en medio de una nevada y en medio de un aguacero. Aquella
tarde el sol de Otoo penetraba hasta el centro como la fatigada lanza
de un hroe antiguo.

Concha, inmvil en el arco de la puerta, miraba hacia el camino
suspirando. En derredor volaban las palomas. La pobre Concha enojrase
conmigo porque oa sonriendo el relato de una celeste aparicin, que le
fuera acordada hallndose dormida en mis brazos. Era un sueo como los
tenan las santas de aquellas historias que me contaba cuando era nio,
la dama piadosa y triste que entonces habitaba el Palacio. Recuerdo
aquel sueo vagamente: Concha estaba perdida en el laberinto, sentada al
pie de la fuente y llorando sin consuelo. En esto se le apareci un
Arcngel: No llevaba espada ni broquel: Era cndido y melanclico como
un lirio: Concha comprendi que aquel adolescente no vena a pelear con
Satans. Le sonri a travs de las lgrimas, y el Arcngel extendi
sobre ella sus alas de luz y la gui... El laberinto era el pecado en
que Concha estaba perdida, y el agua de la fuente eran todas las
lgrimas que haba de llorar en el Purgatorio. A pesar de nuestros
amores, Concha no se condenara. Despus de guiarla atravs de los
mirtos verdes e inmviles, en la puerta del arco donde se miraban las
dos Quimeras, el Arcngel agit las alas para volar. Concha,
arrodillndose, le pregunt si deba entrar en su convento, el Arcngel
no respondi. Concha, retorcindose las manos, le pregunt si deba
deshojar en el viento la flor de sus amores, el Arcngel no respondi.
Concha, arrastrndose sobre las piedras, le pregunt si iba a morir, el
Arcngel tampoco respondi, pero Concha sinti caer dos lgrimas en sus
manos. Las lgrimas le rodaban entre los dedos como dos diamantes.
Entonces Concha haba comprendido el misterio de aquel sueo... La pobre
al contrmelo suspiraba y me deca:

--Es un aviso del Cielo, Xavier.

--Los sueos nunca son ms que sueos, Concha.

--Voy a morir!... T no crees en las apariciones?

Me sonre, porque entonces an no crea, y Concha se alej lentamente
hacia la puerta del mirador. Sobre su cabeza volaron las palomas como un
augurio feliz. El campo verde y hmedo, sonrea en la paz de la tarde,
con el casero de las aldeas disperso y los molinos lejanos
desapareciendo bajo el emparrado de las puertas, y las montaas azules
con la primera nieve en las cumbres. Bajo aquel sol amable que luca en
medio de los aguaceros, iba por los caminos la gente de las aldeas. Una
pastora con dengue de grana guiaba sus carneros hacia la iglesia de San
Gundin, mujeres cantando volvan de la fuente, un viejo cansado picaba
la yunta de sus vacas que se detenan mordisqueando en los vallados, y
el humo blanco pareca salir de entre las higueras... Don Juan Manuel
asom en lo alto de la cuesta, glorioso y magnfico, con su montecristo
flotando. Al pie de la escalinata, Brin el mayordomo tena de las
riendas un caballo viejo, prudente, reflexivo y grave como un
Pontfice. Era blanco con grandes crines venerables, estaba en el
Palacio desde tiempo inmemorial. Relinch noblemente, y Concha al oirle
enjug una lgrima que haca ms bellos sus ojos de enferma:

--Vendrs maana, Xavier?

--S.

--Me lo juras?

--S.

--No te vas enojado conmigo?

Sonriendo con ligera broma le respond:

--No me voy enojado contigo, Concha.

Y nos besamos con el beso romntico de aquellos tiempos. Yo era el
Cruzado que parta a Jerusaln, y Concha la Dama que le lloraba en su
castillo al claro de la luna. Confieso que mientras llev sobre los
hombros la melena merovingia como Espronceda y como Zorrilla, nunca
supe despedirme de otra manera. Hoy los aos me han impuesto la tonsura
como a un dicono, y slo me permiten murmurar un melanclico adios!
Felices tiempos los tiempos juveniles. Quien fuese como aquella fuente,
que en el fondo del laberinto an re con su risa de cristal, sin alma y
sin edad!...

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Brandomin_]


[imagen: C]ONCHA, tras los cristales del mirador, nos despeda
agitando su mano blanca. An no se haba puesto el sol, y el airoso
creciente de la luna ya comenzaba a lucir en aquel cielo triste y
otoal. La distancia al Pazo de Lantan era de dos leguas, y el camino
de herradura, pedregoso y con grandes charcos, ante los cuales se
detenan nuestras cabalgaduras moviendo las orejas, mientras en la otra
orilla, algn rapaz aldeano que dejaba beber pacficamente a la yunta
cansada de sus bueyes, nos miraba en silencio. Los pastores que volvan
del monte trayendo los rebaos por delante se detenan en las revueltas,
y arreaban a un lado sus ovejas para dejarnos paso. Don Juan Manuel iba
el primero. A cada momento yo le vea tambalearse sobre el caballo, que
se mostraba inquieto y no acostumbrado a la silla. Era un tordo montaraz
y de poca alzada, de ojos bravos y de boca dura. Pareca que por
castigo le llevaba su dueo tonsurado de cola y crin. Don Juan Manuel
gobernbale sin cordura: Le castigaba con la espuela y al mismo tiempo
le recoga las riendas, el potro se encabritaba sin conseguir
desarzonarle, porque en tales momentos el viejo hidalgo luca una gran
destreza.

A medio camino se nos hizo completamente de noche. Don Juan Manuel
continuaba tambalendose sobre la silla, pero esto no impeda que en los
malos pasos alzase su poderosa voz para advertirme que refrenase mi
rocn. Llegando a la encrucijada de tres caminos, donde haba un retablo
de nimas, algunas mujeres que estaban arrodilladas rezando, se pusieron
en pie. Asustado el potro de Don Juan Manuel, di una huda y el jinete
cay. Las devotas lanzaron un grito, y el potro, rompiendo por entre
ellas, se precipit al galope, llevando arrastras el cuerpo de Don Juan
Manuel, sujeto por un pie del estribo. Yo me precipit detrs... Los
zarzales que orillaban el camino producan un ruido sordo cuando el
cuerpo de Don Juan Manuel pasaba batiendo contra ellos. Era una cuesta
pedregosa que baja hasta el ro, y en la oscuridad, yo vea las chispas
que saltaban bajo las herraduras del potro. Al fin, atropellando por
encima de Don Juan Manuel, pude pasar delante y cruzarme con mi rocn en
el camino. El potro se detuvo cubierto de sudor, relinchando y con los
ijares trmulos. Salt a tierra. Don Juan Manuel estaba cubierto de
sangre y de lodo. Al inclinarme abri lentamente los ojos tristes y
turbios. Sin exhalar una queja volvi a cerrarlos. Comprend que se
desmayaba: Le alc del suelo y le cruc sobre mi caballo. Emprendimos la
vuelta. Cerca del Palacio fu preciso hacer un alto. El cuerpo de Don
Juan Manuel se resbalaba y tuve que atravesarle mejor sobre la silla. Me
asust el fro de aquellas manos que pendan inertes... Volv a tomar el
diestro del caballo que relinchaba, y seguimos acercndonos al Palacio.
A pesar de la noche vi que salan al camino por la cancela del jardn
tres mozos caballeros en sendas mulas. Les interrogu desde lejos:

--Sois alquiladores?

Los tres respondieron a coro.

--S, seor.

--Qu gente habis llevado al Palacio?

--Una seora an moza, y dos seoritas pequeas... Esta misma tarde
llegaron a Viana en la barca de Flavia-Longa.

Los tres espoliques haban arrendado sus mulas sobre la orilla del
camino, para dejarme paso. Cuando vieron el cuerpo de Don Juan Manuel
cruzado sobre mi caballo, hablronse en voz baja. No osaron, sin
embargo, interrogarme. Debieron presumir que era alguno a quien yo
haba dado muerte. Jurara que los tres villanos temblaban sobre sus
cabalgaduras. Hice alto en medio del camino, y mand a uno de ellos que
echase pie a tierra para tenerme el caballo, en tanto que yo daba aviso
en el Palacio. El espolique se ape en silencio. Al entregarle las
riendas reconoci a Don Juan Manuel:

--Vlgame Nuestra Seora de Brandeso! Es el mayorazgo de Lantan...

Asi los ramales con mano trmula y murmur en voz baja, llena de
temeroso respeto:

--Alguna desgracia, mi Seor Marqus?

--Cayse de su caballo.

--Parece que viene muerto!

--Parece que s!

En aquel momento Don Juan Manuel alzse trabajosamente en la silla:

--No vengo ms que medio muerto, sobrino.

Y suspir con la entereza del hombre que reprime una queja. Dirigi a
los espoliques una mirada inquisidora, y volvise a m:

--Qu gente es esa?

--Los alquiladores que han venido con Isabel y con las nias.

--Pues dnde estamos?

--Delante del Palacio.

Hablando de esta suerte, volv a tomar el caballo del diestro y penetr
bajo la secular avenida. Los espoliques se despidieron:

--Santas y buenas noches!

--Vayan muy dichosos!

--El Seor les acompae!

Se alejaban al paso castellano de sus mulas. Don Juan Manuel volvise
suspirando, y apoyadas las manos en uno y otro borren, les grit ya de
muy lejos, todava con arrogante voz:

--Si topaseis mi potro, llevadlo a Viana del Prior.

A las palabras del hidalgo respondi una voz perdida en el silencio de
la noche, deshecha en las rfagas del aire:

--Seor padrino, descuide!...

Bajo la sombra familiar de los castaos, mi rocn, venteando la cuadra,
volvi a relinchar. All lejos, pegados a las tapias del Palacio,
cruzaban dos criados hablando en dialecto. El que iba delante llevaba un
farol que meca acompasado y lento. Tras los vidrios empaados de roco,
la humosa llama de aceite iluminaba con temblona claridad la tierra
mojada, y los zuecos de los dos aldeanos. Hablando en voz baja se
detuvieron un momento ante la escalinata, y al reconocernos,
adelantaron con el farol en alto para poder alumbrarnos, desde lejos,
el camino. Eran los dos zagales del ganado que iban repartiendo por los
pesebres la racin nocturna de hmeda y olorosa yerba. Acercronse, y
con torpe y asustadizo respeto bajaron del caballo a Don Juan Manuel. El
farol alumbraba colocado sobre el balaustral de la escalinata. El
hidalgo subi apoyndose en los hombros de los criados. Yo me adelant
para prevenir a Concha.

La pobre era tan buena, que pareca estar siempre esperando una ocasin
propicia para poder asustarse!

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: H]ALL A CONCHA en el tocador rodeada de sus hijas y
entretenida en peinar los largos cabellos de la ms pequea. La otra
estaba sentada en el canap Luis XV al lado de su madre. Las dos nias
eran muy semejantes: Rubias y con los ojos dorados, parecan dos
princesas infantiles pintadas por el Tiziano en la vejez. La mayor se
llamaba Mara Fernanda, la pequea Mara Isabel. Las dos hablaban a un
tiempo contando los lances del viaje, y su madre las oa sonriendo,
encantada y feliz, con los dedos plidos, perdidos entre el oro de los
cabellos infantiles. Cuando yo entr sobresaltse un poco, pero supo
dominarse. Las dos pequeas me miraban ponindose encendidas. Su madre
exclam con la voz ligeramente trmula:

--Qu agradable visita! Vienes de Lantan? Sin duda sabas la
llegada de mis hijas?...

--La supe en el Palacio. El honor de veros lo debo a Don Juan Manuel,
que rod del caballo al bajar la cuesta de Brandeso.

Las dos nias interrogaron a su madre:

--Es el to de Lantan?

--S, hijas mas.

Al mismo tiempo Concha dejaba preso en la trenza de su hija el peine de
marfil y sacaba de entre las hebras de oro una mano plida, que me
alarg en silencio. Los ojos inocentes de las nias no se apartaban de
nosotros. Su madre murmur:

--Vlgame Dios!... Una cada a sus aos!... Y de dnde venais?

--De Viana del Prior.

--Cmo no habis encontrado en el camino a Isabel y a mis hijas?

--Hemos atajado por el monte.

Concha apart sus ojos de los mos para no reirse, y continu peinando
la destrenzada cabellera de su hija. Aquella cabellera de matrona
veneciana, tendida sobre los hombros de una nia! Poco despus entr
Isabel:

--Primacho, ya saba que estabas aqu!

--Cmo lo sabas?

--Porque he visto al to Don Juan Manuel. Verdaderamente es milagroso
que no se haya matado!

Concha se incorpor apoyndose en sus hijas, que flaqueaban al
sostenerla y sonrean como en un juego.

--Vamos a verle, pequeas. Pobre seor!

Yo le dije:

--Djalo para maana, Concha.

Isabel se acerc y la hizo sentar:

--Lo mejor es que descanse. Acabamos de envolverle en paos de vinagre.
Entre Candelaria y Florisel le han acostado.

Nos sentamos todos. Concha mand a la mayor de sus hijas que llamase a
Candelaria. La nia se levant corriendo. Cuando llegaba a la puerta, su
madre le dijo:

--Pero adnde vas, Mara Fernanda?

--No me has dicho?...

--S, hija ma; pero basta que toques el "tan-tan" que est al lado del
tocador.

Mara Fernanda obedeci ligera y aturdida. Su madre la bes con ternura,
y luego, sonriendo bes a la pequea, que la miraba con sus grandes ojos
de topacio. Entr Candelaria deshilando un lenzuelo blanco:

--Han llamado?

Mara Fernanda se adelant:

--Yo llam, Candela. Me mand mam.

Y la nia corri al encuentro de la vieja criada, quitndole el lenzuelo
de las manos para continuar ella haciendo hilas. Mara Isabel, que
estaba sentada sobre la alfombra con la sien reclinada en las rodillas
de su madre, levant mimosa la cabeza:

--Candela, dame a m para que haga hilas.

--Otra lleg primero, paloma.

Y Candelaria, con su bondadosa sonrisa de sierva vieja y familiar, le
mostr las manos arrugadas y vacas. Mara Fernanda volvi a sentarse en
el canap. Entonces mi prima Isabel, que tena predileccin por la
pequea, le quit aquel pao de lino que ola a campo y lo parti en
dos:

--Toma, querida ma.

Y despus de un momento su hermana Mara Fernanda, colocando hilo a hilo
sobre el regazo, murmur con la gravedad de una abuela:

--Vaya con la mimosa!

Candelaria, con las manos cruzadas sobre su delantal blanco y rizado,
esperaba rdenes en medio de la estancia. Concha le pregunt por Don
Juan Manuel:

--Le habis dejado solo?

--S, seorita. Quedse traspuesto.

--Dnde le habis acostado?

--En la sala del jardn.

--Tambin tenis que disponer habitaciones para el Seor Marqus... No
es cosa de que le dejemos volver solo a Lantan.

Y la pobre Concha me sonrea con aquella ideal sonrisa de enferma. La
frente arrugada de su antigua niera tise de rojo. La vieja mir a las
nias con ternura y despus murmur con la rancia severidad de una duea
escrupulosa y devota:

--Para el Seor Marqus ya estn dispuestas las habitaciones del Obispo.

Se retir en silencio. Las dos nias se aplicaron a deshilar el
lenzuelo, lanzndose miradas furtivas, para ver cul adelantaba ms en
su tarea. Concha e Isabel secreteaban. Daba las diez un reloj, y sobre
los regazos infantiles, en el crculo luminoso de la lmpara, iban
formando lentamente las hilas, un cndido manojo.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: T]OM ASIENTO cerca del fuego, y me distraje removiendo
los leos con aquellas tenazas tradicionales, de bronce antiguo y
prolija labor. Las dos nias habanse dormido: La mayor con la cabeza
apoyada en el hombro de su madre, la pequea en brazos de mi prima
Isabel. Fuera se oa la lluvia azotando los cristales, y el viento que
pasaba en rfagas sobre el jardn misterioso y oscuro. En el fondo de la
chimenea brillaban los rubes de la brasa, y de tiempo en tiempo una
llama alegre y ligera pasaba corriendo sobre ellos.

Concha e Isabel, para no despertar a las nias, continuaban hablando en
voz baja. Al verse despus de tanto tiempo, las dos volvan los ojos al
pasado y recordaban cosas lejanas. Era un largo y susurrador comento
acerca de la olvidada y luenga parentela. Hablaban de las tas devotas,
viejas y achacosas, de las primas plidas y sin novio, de aquella pobre
Condesa de Cela, enamorada locamente de un estudiante, de Amelia
Camarasa, que se mora tsica, del Marqus de Tor, que tena reconocidos
veintisiete bastardos. Hablaban de nuestro noble y venerable to, el
Obispo de Mondoedo. Aquel santo, lleno de caridad, que haba recogido
en su palacio a la viuda de un general carlista, ayudante del Rey! Yo
apenas atenda a lo que Isabel y Concha susurraban. Ellas de tiempo en
tiempo me dirigan alguna pregunta, siempre con grandes intervalos.

--T quiz lo sepas. Qu edad tiene el to Obispo?

--Tendr setenta aos.

--Lo que te deca!

--Pues yo le haca de ms!

Y otra vez comenzaba el clido y fcil murmullo de la conversacin
femenina, hasta que tornaban a dirigirme otra pregunta:

--T recuerdas cundo profesaron mis hermanas?

Concha e Isabel me tomaban por el cronicn de la familia. As pasamos la
velada. Cerca de media noche, la conversacin se fu amortiguando como
el fuego de la chimenea. En medio de un largo silencio, Concha se
incorpor suspirando con fatiga, y quiso despertar a Mara Fernanda, que
dorma sobre su hombro:

--Ay!... Hija de mi alma, mira que no puedo contigo!...

Mara Fernanda abri los ojos cargados con ese sueo cndido y adorable
de los nios. Su madre se inclin para alcanzar el reloj que tena en un
joyero, con las sortijas y el rosario:

--Las doce, y estas nias todava en pie. No te duermas, hija ma.

Y procuraba incorporar a Mara Fernanda, que ahora reclinaba la cabeza
en un brazo del canap:

--En seguida os acuestan.

Y con la sonrisa desvanecindose en la rosa marchita de su boca, quedse
contemplando a la ms pequea de sus hijas, que dorma en brazos de
Isabel, con el cabello suelto como un angelote sepultado en ondas de
oro:

--Pobrecilla, me da pena despertarla!

Y volvindose a m, aadi:

--Quieres llamar, Xavier?

Al mismo tiempo Isabel trat de levantarse con la nia:

--No puedo: Pesa demasiado.

Y sonri dndose por vencida, con los ojos fijos en los mos. Yo me
acerqu, y cuidadosamente cog en brazos a la pequea sin despertarla:
La onda de oro desbord sobre mi hombro. En aquel momento omos en el
corredor los pasos lentos de Candelaria que vena en busca de las nias
para acostarlas. Al verme con Mara Isabel en brazos, acercse llena de
familiar respeto:

--Yo la tendr, Seor Marqus. No se moleste ms.

Y sonrea, con esa sonrisa apacible y bondadosa que suele verse en la
boca desdentada de las abuelas. Silencioso por no despertar a la nia,
la detuve con un gesto. Levantse mi prima Isabel y tom de la mano a
Mara Fernanda, que lloraba porque su madre la acostase. Su madre le
deca besndola:

--Quieres que se ofenda Isabel?

Y Concha nos miraba vacilante, deseosa por complacer a su hija:

--Dime, quieres que se ofenda?...

La nia volvise a Isabel, suplicantes los ojos todava adormecidos:

--T te ofendes?

--Me ofendo tanto, que no dormira aqu! La pequea sinti una gran
curiosidad:

--Adnde iras a dormir?

--Adnde haba de ir? A casa del cura!

La nia comprendi que una dama de la casa de Bendaa slo deba
hospedarse en el Palacio de Brandeso, y con los ojos muy tristes se
despidi de su madre. Concha qued sola en el tocador. Cuando volvimos
de la alcoba donde dorman las nias, la encontramos llorando. Isabel me
dijo en voz baja:

--Cada da est ms loca por ti!

Concha sospech que era otra cosa lo que me deca y a travs de las
lgrimas nos mir con ojos de celosa. Isabel aparent no advertirlo:
Sonriendo entr delante de m y fu a sentarse en el canap al lado de
Concha.

--Qu te pasa, primacha?

Concha, en vez de responder, se llev el pauelo a los ojos y despus lo
desgarr con los dientes. Yo la mir con una sonrisa de sutil
inteligencia, y vi florecer las rosas en sus mejillas.

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[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: A]L CERRAR la puerta del saln que me serva de alcoba,
distingu en el fondo del corredor una sombra blanca que andaba
lentamente, apoyndose en el muro. Era Concha. Lleg sin ruido:

--Ests slo, Xavier?

--Slo con mis pensamientos, Concha.

--Qu mala compaa!

--Adivinaste!... Pensaba en ti.

Concha se detuvo en el umbral. Tena los ojos asustados y sonrea
dbilmente. Mir hacia el corredor oscuro y estremecise toda plida:

--He visto una araa negra! Corra por el suelo! Era enorme! No s si
la traigo conmigo.

Y sacudi en el aire su luenga cola blanca. Despus entramos, cerrando
la puerta sin ruido. Concha se detuvo en medio de la estancia,
mostrndome una carta que sac del pecho:

--Es de tu madre!...

--Para ti o para m?

--Para m.

Me la di, cubrindose los ojos con una mano. Yo la vea morderse los
labios para no llorar. Al fin estall en sollozos:

--Dios mo!... Dios mo!

--Qu te dice?

Concha cruz las manos sobre su frente casi oscurecida por un mechn de
cabellos negros, trgicos, adustos, extendidos como la humareda de una
antorcha en el viento:

--Lee! Lee! Lee!... Que soy la peor de las mujeres!... Que llevo
una vida de escndalo!... Que estoy condenada!... Que le robo su
hijo!...

Yo quem la carta tranquilamente en las luces del candelabro. Concha
gimi:

--Hubiera querido que la leyeses!

--No, hija ma... Tiene muy mala letra!

Viendo volar la carta en cenizas, la pobre Concha enjug sus lgrimas:

--Que la ta Soledad me escriba as, cuando yo la quiero y la respeto
tanto!... Que me odie, que me maldiga, cuando no tendra goce mayor
que cuidarla y servirla como si fuera su hija!... Dios mo, qu
castigada me veo!... Decirme que hago tu desgracia!...

Yo, sin haber ledo la carta de mi madre, me la figuraba. Conoca el
estilo. Clamores desesperados y colricos como maldiciones de una
sibila. Reminiscencias bblicas. Haba recibido tantas cartas iguales!
La pobre seora era una santa. No est en los altares por haber nacido
mayorazga y querer perpetuar sus blasones tan esclarecidos como los de
Don Juan Manuel. De reclamar varona las premticas nobiliarias y las
fundaciones vinculares de su casa, hubiera entrado en un convento, y
hubiera sido santa a la espaola, abadesa y visionaria, guerrera y
fantica.

Haca muchos aos que mi madre--Mara Soledad Carlota Elena Agar y
Bendaa--llevaba vida retirada y devota en su Palacio de Bradomn. Era
una seora de cabellos grises, muy alta, muy caritativa, crdula y
desptica. Yo sola visitarla todos los otoos. Estaba muy achacosa,
pero a la vista de su primognito, pareca revivir. Pasaba la vida en el
hueco de un gran balcn, hilando para sus criados, sentada en una silla
de terciopelo carmes, guarnecida con clavos de plata. Por las tardes,
el sol que llegaba hasta el fondo de la estancia, marcaba ureos caminos
de luz, como la estela de las santas visiones que Mara Soledad haba
tenido de nia. En el silencio oase, da y noche, el rumor lejano del
ro, cayendo en la represa de nuestros molinos. Mi madre pasaba horas y
horas hilando en su rueca de palo santo, olorosa y noble. Sobre sus
labios marchitos vagaba siempre el temblor de un rezo. Culpaba a Concha
de todos mis extravos y la tena en horror. Recordaba, como una afrenta
a sus canas, que nuestros amores haban comenzado en el Palacio de
Bradomn, un verano que Concha pas all, acompandola. Mi madre era su
madrina, y en aquel tiempo la quera mucho. Despus no volvi a verla.
Un da, estando yo de caza, Concha abandon para siempre el Palacio.
Sali sola, con la cabeza cubierta y llorando, como los herejes que la
Inquisicin expulsaba de las viejas ciudades espaolas. Mi madre la
maldeca desde el fondo del corredor. A su lado estaba una criada plida
y con los ojos bajos: Era la delatora de nuestros amores. Tal vez la
misma boca habale contado ahora que el Marqus de Bradomn estaba en el
Palacio de Brandeso!... Concha no cesaba de lamentarse:

--Bien castigada estoy!... Bien castigada estoy!

Por sus mejillas resbalaban las lgrimas redondas, claras y serenas,
como cristales de una joya rota. Los suspiros entrecortaban su voz. Mis
labios bebieron aquellas lgrimas sobre los ojos, sobre las mejillas y
en los rincones de la boca. Concha apoy la cabeza en mi hombro, helada
y suspirante:

--Tambin te escribir a ti! Qu piensas hacer?

Yo murmur a su odo:

--Lo que t quieras.

Ella guard silencio y qued un instante con los ojos cerrados. Despus,
abrindolos cargados de amorosa y resignada tristeza, suspir:

--Obedece a tu madre, si te escribe...

Y se levant para salir. Yo la detuve.

--No dices lo que sientes, Concha.

--S lo digo... Ya ves cunto ofendo todos los das a mi marido... Pues
te juro que en la hora de mi muerte, mejor quisiera tener el perdn de
tu madre que el suyo...

--Tendrs todos los perdones, Concha... Y la bendicin papal.

--Ah, si Dios te oyese! Pero Dios no puede oirnos a ninguno de
nosotros!

--Se lo diremos a Don Juan Manuel, que tiene ms potente voz.

Concha estaba en la puerta y se recoga la cola de su ropn monacal.
Movi la cabeza con disgusto:

--Xavier! Xavier!

Yo le dije acercndome:

--Te vas?

--S, maana vendr.

--Maana hars como hoy.

--No... Te prometo venir...

Lleg al fondo del corredor y me llam en voz baja:

--Acompame... Tengo mucho miedo a las araas! No hables alto... All
duerme Isabel.

Y su mano, que en la sombra era una mano de fantasma, mostrbame una
puerta cerrada que se marcaba en la negrura del suelo por un dbil
resplandor:

--Duerme con luz.

--S.

Yo entonces le dije, detenindome y reclinando su cabeza en mi hombro:

--Ves!... Isabel no puede dormir sola... Imitmosla!

La cog en brazos como si fuese una nia. Ella rea en silencio. La
llev hasta la puerta de su alcoba, que estaba abierta sobre la
oscuridad, y la pos en el umbral.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: M]e Acost rendido, y toda la maana estuve oyendo entre
sueos las carreras, las risas y los gritos de las dos pequeas, que
jugaban en la Terraza de los Miradores. Tres puertas del saln que me
serva de alcoba daban sobre ella. Dorm poco, y en aquel estado de vaga
y angustiosa conciencia, donde adverta cundo se paraban las nias ante
una de las puertas, y cuando gritaban en los miradores, el moscardn
verdoso de la pesadilla daba vueltas sin cesar, como el huso de las
brujas hilanderas. De pronto me pareci que las nias se alejaban:
Pasaron corriendo ante las tres puertas: Una voz las llamaba desde el
jardn. La terraza qued desierta. En medio del sopor que me impeda de
una manera dolorosa toda voluntad, yo columbraba que mi pensamiento iba
extravindose por laberintos oscuros, y senta el sordo avispero de que
nacen los malos ensueos, las ideas torturantes, caprichosas y deformes,
prendidas en un ritmo funambulesco. En medio del silencio reson en la
terraza festivo ladrar de perros y msica de cascabeles. Una voz grave y
eclesistica, que pareca venir de ms lejos, llamaba:

--Aqu, Carabel!... Aqu, Capitn!...

Era el Abad de Brandeso, que haba venido al Palacio despus de misa,
para presentar sus respetos a mis nobles primas:

--Aqu, Carabel! Aqu, Capitn!

Concha e Isabel despedan al tonsurado desde la terraza:

--Adios, Don Benicio!

Y el Abad contestaba bajando la escalinata:

--Adios, seoras! Retrense que corre fresco. Aqu, Carabel! Aqu,
Capitn!

Percib distintamente la carrera retozona de los perros. Luego, en medio
de un gran silencio, se alz la voz lnguida de Concha:

--Don Benicio, que maana celebra usted misa en nuestra capilla! No lo
eche usted en olvido!...

Y la voz grave y eclesistica, responda:

--No lo echo en olvido!... No lo echo en olvido!...

Y como un canto gregoriano, se elevaba desde el fondo del jardn entre
el cascabeleo de los perros. Despus las dos damas se despedan de
nuevo. Y la voz grave y eclesistica repeta:

--Aqu, Carabel! Aqu, Capitn!... Dganle al Seor Marqus de
Bradomn que hace das, cazando con el Sumiller, descubrimos un bando de
perdices. Dganle que a ver cundo le caemos encima. Resrvenlo al
Sumiller, si viene por el Palacio. Me ha encargado el secreto...

Concha e Isabel pasaron ante las tres puertas. Sus voces eran un
murmullo fresco y suave. La terraza volvi a quedar en silencio, y en
aquel silencio me despert completamente. No pude volver a conciliar el
sueo, e hice sonar la campanilla de plata, que en la penumbra de la
alcoba resplandeca con resplandor noble y eclesistico, sobre una mesa
antigua, cubierta con un pao de velludo carmes. Florisel acudi para
servirme, en tanto me vesta. Pas tiempo, y de nuevo o las voces de
las dos pequeas que volvan del palomar con Candelaria. Traan una
pareja de pichones. Hablaban alborozadas, y la vieja criada les deca,
como si refiriese un cuento de hadas, que cortndoles las alas, podran
dejarlos sueltos en el Palacio:

--Cuando la madrecita era como vosotras mucho la diverta este
divertimiento!

Florisel abri las tres puertas que daban sobre la terraza, y me asom
para llamar a las nias, que corrieron a besarme cada una con su paloma
blanca. Al verlas record aquellos dones celestes concedidos a las
princesas infantiles que perfuman la leyenda dorada como lirios de azul
herldico. Las nias me dijeron:

--No sabes que el to de Lantan se fu al amanecer, en tu caballo?

--Quin os lo ha dicho?

--Hemos ido a verle, y hallamos todo abierto, puertas y ventanas, y la
cama deshecha. Candelaria dice que ella le vi salir, y Florisel
tambin.

Yo no pude menos de reirme:

--Y vuestra madre lo sabe?

--S.

--Y qu dice?

Las nias se miraron vacilantes. Hubo entre ellas un cambio de sonrisas.
Despus exclamaron a un tiempo:

--Mam dice que est loco.

Candelaria las llam, y se alejaron corriendo para cortar las alas a los
pichones y soltarlos en las estancias del Palacio. Aquel juego que amaba
tanto de nia, la pobre Concha.

[imagen]

[imagen: Sonata de Otoo]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_\]


[imagen: E]n la Luminosa pereza de la tarde, con todos los
cristales del mirador dorados por el sol y las palomas volando sobre
nuestras cabezas, Isabel y las nias hablaban de ir conmigo a Lantan
para saber cmo haba llegado el to Don Juan Manuel. Isabel me
pregunt:

--Qu distancia hay, Xavier?

--No ms de una legua.

--Entonces podemos ir a pie.

--Y no se cansarn las pequeas?

--Son muy andarinas.

Y las nias apresuradas, radiantes, exclamaron a un tiempo:

--No! No!... El ao pasado hemos subido al Pico Sagro sin cansarnos.

Isabel mir hacia el jardn:

--Creo que tendremos buena tarde...

--Quin sabe! Aquellas nubes traen agua.

--Pero esas se van por otro lado.

Isabel confiaba en la galantera de las nubes. Nosotros dos hablbamos
reunidos en el hueco de una ventana contemplando el cielo y el campo,
mientras las nias palmoteaban dando gritos, para que asustadas volasen
las palomas. Al volverme vi a Concha: Estaba en la puerta, muy plida,
con los labios trmulos. Me mir, y sus ojos me parecieron otros ojos:
Haba en ellos afn, enojo y splica. Llevndose las dos manos a la
frente murmur:

--Florisel me dijo que estabais en el jardn.

--Hemos estado.

--Parece que os ocultis de m!

Isabel repuso sonriendo:

--S, para conspirar.

Cogi a las nias de la mano, y sali llevndoselas consigo. Quedme a
solas con la pobre Concha, que anduvo lnguidamente hasta sentarse en un
silln. Despus suspir como otras veces, diciendo que se mora. Yo me
acerqu festivo, y ella se indign:

--Rete!... Haces bien, djame sola, vete con Isabel...

Alc una de sus manos y cerr los ojos, besndole los dedos reunidos en
un haz oloroso, rosado y plido.

--Concha, no me hagas sufrir!

Ella agit los prpados llenos de lgrimas, y murmur en voz baja y
arrepentida:

--Por qu quieres dejarme sola?... Ya comprendo que t no tienes la
culpa... Es ella, que sigue loca y que te busca!...

Sequ sus lgrimas y le dije:

--No hay ms locura que la tuya, mi pobre Concha... Pero como es tan
bella, no quisiera verla nunca curada...

--Yo no estoy loca.

--S que ests loca... Loca por m.

Ella repiti con gentil enojo:

--No! No! No!...

--S.

--Vanidoso.

--Pues entonces, para qu quieres tenerme a tu lado?

Concha me ech los brazos al cuello y exclam riendo, despus de
besarme:

--La verdad es que si tanto te envaneces de mi cario ser porque vale
mucho!

--Muchsimo!

Concha pas sus manos por mis cabellos, con una caricia lenta:

--Djalas ir, Xavier... Ya ves que te prefiero a mis hijas...

Yo, como un nio abandonado y sumiso, apoy la frente sobre su pecho y
entorn los prpados, respirando con anhelo delicioso y triste aquel
perfume de flor que se deshojaba:

--Har cuanto t quieras. No lo sabes?

Concha murmur, mirndome en los ojos y bajando la voz:

--Entonces no irs a Lantan?

--No.

--Te contrara?

--No... Lo siento por las nias, que estaban consentidas.

--Pueden ir ellas con Isabel... Las acompaa el mayordomo.

En aquel momento un aguacero repentino azot los cristales y los
follajes del jardn. Las nubes oscurecieron el sol. Qued la tarde en
esa luz otoal y triste que parece llena de alma. Mara Fernanda entr
muy afligida:

--Has visto qu mala suerte tenemos, Xavier? Ya est lloviendo!

Despus entr Mara Isabel:

--Si escampa nos dejas ir, mam?

Concha respondi:

--Escampando, s.

Y las dos nias fueron a enterrarse en el fondo de una ventana: Con la
cara pegada a los cristales miraban llover. Las nubes pesadas y
plomizas iban a congregarse sobre la Sierra de Cltigos, en un horizonte
de agua. Los pastores, dando voces a sus rebaos, bajaban presurosos por
los caminos, encapuchados en sus capas de juncos. El arco iris cubra el
jardn, y los cipreses oscuros y los mirtos verdes y hmedos parecan
temblar en un rayo de anaranjada luz. Candelaria con la falda recogida y
chocleando las madreas, andaba encorvada bajo un gran paraguas azul
cogiendo rosas para el altar de la capilla.

[imagen]

[imagen: Sonata de Otoo]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: L]a capilla era hmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el
retablo campeaba un escudo de diez y seis cuarteles, esmaltados de gules
y de azur, de sable y de sinople, de oro y de plata. Era el escudo
concedido por ejecutorias de los Reyes Catlicos al Capitn Alonso
Bendaa, fundador del Mayorazgo de Brandeso: Aquel Capitn que en los
Nobiliarios de Galicia tiene una leyenda brbara! Cuentan que habiendo
hecho prisionero en una cacera a su enemigo el Abad de Mos, le visti
con pieles de lobo y le solt en el monte, donde el Abad muri atarazado
por los perros. Candelaria, la niera de Concha, que como todos los
criados antiguos, saba historias y genealogas de la casa de sus
seores, sola en otro tiempo referirnos la leyenda del Capitn Alonso
Bendaa, como la refieren los viejos Nobiliarios que ya nadie lee.
Adems, Candelaria saba que dos enanos negros se haban llevado al
infierno el cuerpo del Capitn. Era tradicional que en el linaje de
Brandeso los hombres fuesen crueles y las mujeres piadosas!

Yo an recuerdo aquel tiempo cuando haba capelln en el Palacio y mi
ta gueda, siguiendo aeja e hidalga costumbre, oa misa acompaada por
todas sus hijas, desde la tribuna seorial que estaba al lado del
Evangelio. En la tribuna tenan un escao de velludo carmes con alto
respaldar que coronaban dos escudos nobiliarios, pero solamente mi ta
gueda, por su edad y por sus achaques, gozaba el privilegio de
sentarse. A la derecha del altar estaba enterrado el Capitn Alonso
Bendaa con otros caballeros de su linaje: El sepulcro tena la estatua
orante de un guerrero. A la izquierda estaba enterrada Doa Beatriz de
Montenegro, con otras damas de distinto abolengo: el sepulcro tena la
estatua orante de una religiosa en hbito blanco como las Comendadoras
de Santiago. La lmpara del presbiterio alumbraba da y noche ante el
retablo labrado como joyel de reyes: Los ureos racimos de la vid
evanglica parecan ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era
aquel piadoso Rey Mago que ofreci mirra al Nio Dios: Su tnica de seda
bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental.
La luz de la lmpara, entre las cadenas de plata, tena tmido aleteo de
pjaro prisionero, como si se afanase por volar hacia el Santo.

Concha quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los
pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas, como ofrenda de su
alma devota. Despus, acompaada de las nias, se arrodill ante el
altar. Yo desde la tribuna solamente oa el murmullo de su voz, que
guiaba moribunda las ave-maras, pero cuando a las nias les tocaba
responder, oa todas las palabras rituales de la oracin. Concha se
levant besando el rosario, cruz el presbiterio santigundose y llam
a sus hijas para rezar ante el sepulcro del guerrero, donde tambin
estaba enterrado Don Miguel Bendaa. Aquel seor de Brandeso era el
abuelo de Concha. Hallbase moribundo cuando mi madre me llev por
primera vez al Palacio. Don Miguel Bendaa haba sido un caballero
dspota y hospitalario, fiel a la tradicin hidalga y campesina de todo
su linaje. Enhiesto como un lanzn, pas por el mundo sin sentarse en el
festn de los plebeyos. Hermosa y noble locura! A los ochenta aos,
cuando muri, an tena el alma soberbia, gallarda y bien templada, como
los gavilanes de una espada antigua. Estuvo cinco das agonizando, sin
querer confesarse. Mi madre aseguraba que no haba visto nada semejante.
Aquel hidalgo era hereje. Una noche, poco despus de su muerte, o
contar en voz baja que Don Miguel Bendaa haba matado a un criado
suyo. Bien haca Concha rezndole por el alma!

La tarde agonizaba y las oraciones resonaban en la silenciosa oscuridad
de la capilla, hondas, tristes y augustas, como un eco de la Pasin. Yo
me adormeca en la tribuna. Las nias fueron a sentarse en las gradas
del altar: Sus vestidos eran albos como el lino de los paos litrgicos.
Yo slo distingu una sombra que rezaba bajo la lmpara del presbiterio:
Era Concha. Sostena entre sus manos un libro abierto y lea con la
cabeza inclinada. De tarde en tarde el viento meca la cortina de un
alto ventanal: Yo entonces vea en el cielo ya oscuro, la faz de la
luna, plida y sobrenatural, como una diosa que tiene su altar en los
bosques y en los lagos...

Concha cerr el libro dando un suspiro, y de nuevo llam a las nias. Vi
pasar sus sombras blancas a travs del presbiterio y columbr que se
arrodillaban a los lados de su madre. La luz de la lmpara temblaba con
un dbil resplandor sobre las manos de Concha, que volvan a sostener
abierto el libro. En el silencio su voz lea piadosa y lenta. Las nias
escuchaban, y adivin sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje.
Concha lea.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: E]ra media noche. Yo estaba escribiendo cuando Concha,
envuelta en su ropn monacal, y sin ruido, entr en el saln que me
serva de alcoba.

--A quin escribes?

--Al secretario de Doa Margarita.

--Y qu le dices?

--Le doy cuenta de la ofrenda que hice al Apstol en nombre de la Reina.

Hubo un momento de silencio. Concha, que permaneca en pie, apoyadas
las manos en mis hombros, se inclin, rozndome la frente con sus
cabellos:

--Escribes al secretario, o escribes a la Reina?

Me volv con fra lentitud:

--Escribo al secretario. Tambin tienes celos de la Seora?

Protest vivamente:

--No! No!

La sent en mis rodillas, y le dije, acaricindola:

--Doa Margarita no es como la otra...

--A la otra tambin la calumnian mucho. Mi madre, que fu dama de honor,
lo deca siempre.

Vindome sonreir, la pobre Concha inclin los ojos con adorable rubor:

--Los hombres creis todo lo malo que se dice de las mujeres... Adems,
una reina tiene tantos enemigos!

Y como la sonrisa an no haba desaparecido de mis labios, exclam
retorcindome los negros mostachos con sus dedos plidos:

--Boca perversa!

Se puso en pie con nimo de irse. Yo la retuve por una mano:

--Qudate, Concha.

--Ya sabes que no puede ser, Xavier! Yo repet.

--Qudate.

--No! No!... Maana quiero confesarme... Temo tanto ofender a Dios!

Entonces, levantndome con helada y desdeosa cortesa, le dije:

--De manera que ya tengo un rival?

Concha me mir con ojos suplicantes:

--No me hagas sufrir, Xavier!

--No te har sufrir... Maana mismo saldr del Palacio.

Ella exclam llorosa y colrica:

--No saldrs!

Y casi se arranc la tnica blanca y monacal con que sola visitarme en
tales horas. Qued desnuda. Temblaba, y le tend los brazos:

--Pobre amor mo!

A travs de las lgrimas, me mir demudada y plida:

--Qu cruel eres!... Ya no podr confesarme maana.

La bes, y le dije por consolarla:

--Nos confesaremos los dos el da que yo me vaya.

Vi pasar una sonrisa por sus ojos:

--Si esperas conquistar tu libertad con esa promesa, no lo consigues.

--Por qu?

--Porque eres mi prisionero para toda la vida.

Y se rea, rodendome el cuello con los brazos. El nudo de sus cabellos
se deshizo, y levantando entre las manos albas la onda negra, perfumada
y sombra, me azot con ella. Suspir parpadeando:

--Es el azote de Dios!

--Calla, hereje!

--Te acuerdas cmo en otro tiempo me quedaba exnime?

--Me acuerdo de todas tus locuras.

--Aztame, Concha! Aztame como a un divino Nazareno!... Aztame
hasta morir!...

--Calla!... Calla!...

Y con los ojos extraviados y temblndole las manos, empez a recogerse
la negra y olorosa trenza:

--Me das miedo cuando dices esas impiedades... S, miedo, porque no eres
t quien habla: Es Satans... Hasta tu voz parece otra... Es
Satans!...

Cerr los ojos estremecida y mis brazos la abrigaron amantes. Me pareci
que en sus labios vagaba un rezo y murmur rindome, al mismo tiempo que
sellaba en ellos con los mos:

--Amn!... Amn!... Amn!...

Quedamos en silencio. Despus su boca gimi bajo mi boca.

--Yo muero!

Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembl como sacudido por mortal
aleteo. Su cabeza lvida rod sobre la almohada con desmayo. Sus
prpados se entreabrieron tardos, y bajo mis ojos vi aparecer sus ojos
angustiados y sin luz:

--Concha!... Concha!...

Como si huyese el beso de mi boca, su boca plida y fra se torci con
una mueca cruel:

--Concha!... Concha!...

Me incorpor sobre la almohada, y helado y prudente solt sus manos an
enlazadas en torno de mi cuello. Parecan de cera. Permanec indeciso,
sin osar moverme:

--Concha!... Concha!...

A lo lejos aullaban canes. Sin ruido me deslic hasta el suelo. Cog la
luz y contempl aquel rostro ya deshecho y mi mano trmula toc aquella
frente. El fro y el reposo de la muerte me aterraron. No, ya no poda
responderme. Pens huir, y cauteloso abr una ventana. Mir en la
oscuridad con el cabello erizado, mientras en el fondo de la alcoba
flameaban los cortinajes de mi lecho y oscilaba la llama de las bujas
en el candelabro de plata. Los perros seguan aullando muy distantes, y
el viento se quejaba en el laberinto como un alma en pena, y las nubes
pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendan y se apagaban como
nuestras vidas.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomn_]


[imagen: D]ej abierta la ventana, y andando sin ruido, como si
temiese que mis pisadas despertasen plidos espectros, me acerqu a la
puerta que momentos antes haban cerrado trmulas de pasin aquellas
manos ahora yertas. Receloso tend la vista por el negro corredor y me
aventur en las tinieblas. Todo pareca dormido en el Palacio. Anduve a
tientas palpando el muro con las manos. Era tan leve el rumor de mis
pisadas que casi no se oa, pero mi mente finga medrosas resonancias.
All lejos, en el fondo de la antesala, temblaba con agonizante
resplandor la lmpara que da y noche alumbraba ante la imagen de Jess
Nazareno, y la santa faz, desmelenada y lvida, me infundi miedo, ms
miedo que la faz mortal de Concha. Llegu temblando hasta el umbral de
su alcoba y me detuve all, mirando en el testero del corredor una raya
de luz, que marcaba sobre la negra oscuridad del suelo la puerta de la
alcoba donde dorma mi prima Isabel. Tem verla aparecer despavorida,
sobresaltada por el rumor de mis pasos, y tem que sus gritos pusiesen
en alarma todo el Palacio. Entonces resolv entrar adonde ella estaba y
contrselo todo. Llegu sin ruido, y desde el umbral, apagando la voz,
llam:

--Isabel!... Isabel!...

Me haba detenido y esper. Nada turb el silencio. Di algunos pasos y
llam nuevamente:

--Isabel!... Isabel!...

Tampoco respondi. Mi voz desvanecase por la vasta estancia como
amedrentada de sonar. Isabel dorma. Al escaso reflejo de la luz que
parpadeaba en un vaso de cristal, mis ojos distinguieron hacia el fondo
nebuloso de la estancia un lecho de madera. En medio del silencio,
levantbase y decreca con ritmo acompasado y lento la respiracin de mi
prima Isabel. Bajo la colcha de damasco, apareca el cuerpo en una
indecisin suave, y su cabellera deshecha era sobre las almohadas
blancas un velo de sombra. Volv a llamar:

--Isabel!... Isabel!...

Haba llegado hasta su cabecera y mis manos se posaron al azar sobre los
hombros tibios y desnudos de mi prima. Sent un estremecimiento. Con la
voz embargada grit:

--Isabel!... Isabel!...

Isabel se incorpor con sobresalto:

--No grites, que puede oir Concha!...

Mis ojos se llenaron de lgrimas, y murmur inclinndome:

--La pobre Concha ya no puede oirnos!

Un rizo de mi prima Isabel me rozaba los labios, suave y tentador. Creo
que lo bes. Yo soy un santo que ama siempre que est triste. La pobre
Concha me lo habr perdonado all en el Cielo. Ella, aqu en la tierra,
ya saba mi flaqueza. Isabel murmur sofocada:

--Si sospecho esto echo el cerrojo!

--Adnde?

--A la puerta, bandolero! A la puerta!

No quise contrariar las sospechas de mi prima Isabel. Hubiera sido tan
doloroso y tan poco galante desmentirla! Era Isabel muy piadosa, y el
saber que me haba calumniado la hubiera hecho sufrir inmensamente.
Ay!... Todos los Santos Patriarcas, todos los Santos Padres, todos los
Santos Monjes pudieron triunfar del pecado ms fcilmente que yo!
Aquellas hermosas mujeres que iban a tentarles no eran sus primas. El
destino tiene burlas crueles! Cuando a m me sonre, lo hace siempre
como entonces, con la mueca macabra de esos enanos patizambos que a la
luz de la luna hacen cabriolas sobre las chimeneas de los viejos
castillos... Isabel murmur, sofocada por los besos:

--Temo que se aparezca Concha!

Al nombre de la pobre muerta, un estremecimiento de espanto recorri mi
cuerpo, pero Isabel debi pensar que era de amor. Ella no supo jams
por qu yo haba ido all!

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: C]uando volv a ver con mis ojos mortales la faz amarilla
y desencajada de Concha, cuando volv a tocar con mis manos febriles sus
manos yertas, el terror que sent fu tanto, que comenc a rezar, y de
nuevo me acudi la tentacin de huir por aquella ventana abierta sobre
el jardn misterioso y oscuro. El aire silencioso de la noche haca
flamear los cortinajes y estremeca mis cabellos. En el cielo lvido
empezaban a palidecer las estrellas, y en el candelabro de plata el
viento haba ido apagando las luces, y quedaba una sola. Los viejos
cipreses que se erguan al pie de la ventana, inclinaban lentamente sus
cimas mustias, y la luna pasaba entre ellos fugitiva y blanca como alma
en pena. El canto lejano de un gallo se levant en medio del silencio
anunciando el amanecer. Yo me estremec, y mir con horror el cuerpo
inanimado de Concha tendido en mi lecho. Despus, sbitamente recobrado,
encend todas las luces del candelabro y le coloqu en la puerta para
que me alumbrase el corredor. Volv, y mis brazos estrecharon con pavura
el plido fantasma que haba dormido en ellos tantas veces. Sal con
aquella fnebre carga. En la puerta, una mano, que colgaba inerte, se
abras en las luces, y derrib el candelabro. Cadas en el suelo las
bujas siguieron alumbrando con llama agonizante y triste. Un instante
permanec inmvil, con el odo atento. Slo se oa el ulular del agua en
la fuente del laberinto. Segu adelante. All, en el fondo de la
antesala, brillaba la lmpara del Nazareno, y tuve miedo de cruzar ante
la imagen desmelenada y lvida. Tuve miedo de aquella mirada muerta!
Volv atrs.

Para llegar hasta la alcoba de Concha era forzoso dar vuelta a todo el
Palacio si no quera pasar por la antesala. No vacil. Uno tras otro
recorr grandes salones y corredores tenebrosos. A veces, el claro de la
luna llegaba hasta el fondo desierto de las estancias. Yo iba pasando
como una sombra ante aquella larga sucesin de ventanas que solamente
tenan cerradas las carcomidas vidrieras, las vidrieras negruzcas, con
emplomados vidrios, llorosos y tristes. Al cruzar por delante de los
espejos cerraba los ojos para no verme. Un sudor fro empaaba mi
frente. A veces, la oscuridad de los salones era tan densa que me
extraviaba en ellos y tena que caminar a la ventura, angustiado, yerto,
sosteniendo el cuerpo de Concha en un solo brazo y con el otro extendido
para no tropezar. En una puerta, su trgica y ondulante cabellera qued
enredada. Palp en la oscuridad para desprenderla. No pude. Enredbase
ms a cada instante. Mi mano asustada y torpe temblaba sobre ella, y la
puerta se abra y se cerraba, rechinando largamente. Con espanto vi que
rayaba el da. Me acometi un vrtigo y tir... El cuerpo de Concha
pareca querer escaparse de mis brazos. Le oprim con desesperada
angustia. Bajo aquella frente atirantada y sombra comenzaron a
entreabrirse los prpados de cera. Yo cerr los ojos, y con el cuerpo de
Concha aferrado en los brazos hu. Tuve que tirar brutalmente hasta que
se rompieron los queridos y olorosos cabellos...

Llegu hasta su alcoba que estaba abierta. All la oscuridad era
misteriosa, perfumada y tibia, como si guardase el secreto galante de
nuestras citas. Qu trgico secreto deba guardar entonces! Cauteloso y
prudente dej el cuerpo de Concha tendido en su lecho y me alej sin
ruido. En la puerta qued irresoluto y suspirante. Dudaba si volver
atrs para poner en aquellos labios helados el beso postrero: Resist la
tentacin.

Fu como el escrpulo de un mstico. Tem que hubiese algo de sacrlego
en aquella melancola que entonces me embargaba. La tibia fragancia de
su alcoba encenda en m, como una tortura, la voluptuosa memoria de los
sentidos. Ansi gustar las dulzuras de un ensueo casto y no pude.
Tambin a los msticos las cosas ms santas les sugestionaban, a veces,
los ms extraos diabolismos. Todava hoy el recuerdo de la muerta es
para m de una tristeza depravada y sutil: Me araa el corazn como un
gato tsico de ojos lucientes. El corazn sangra y se retuerce, y dentro
de m re el Diablo que sabe convertir todos los dolores en placer. Mis
recuerdos, glorias del alma perdidas, son como una msica lvida y
ardiente, triste y cruel, a cuyo extrao son danza el fantasma lloroso
de mis amores. Pobre y blanco fantasma, los gusanos le han comido los
ojos, y las lgrimas ruedan de las cuencas! Danza en medio del corro
juvenil de los recuerdos, no posa en el suelo, flota en una onda de
perfume. Aquella esencia que Concha verta en sus cabellos y que la
sobrevive! Pobre Concha! No poda dejar de su paso por el mundo ms que
una estela de aromas. Pero acaso la ms blanca y casta de las amantes
ha sido nunca otra cosa que un pomo de divino esmalte, lleno de
afroditas y nupciales esencias?

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: M]aria Isabel y Mara Fernanda anuncironse primero
llamando en la puerta con sus manos infantiles. Despus alzaron sus
voces frescas y cristalinas, que tenan el encanto de las fontanas
cuando hablan con las yerbas y con los pjaros:

--Podemos pasar, Xavier?

--Adelante, hijas mas.

Era ya muy entrada la maana, y llegaban en nombre de Isabel a
preguntarme cmo haba pasado la noche. Gentil pregunta, que levant en
mi alma un remordimiento! Las nias me rodearon en el hueco del balcn
que daba sobre el jardn. Las ramas verdes y foscas de un abeto rozaban
los cristales llorosos y tristes. Bajo el viento de la sierra, el abeto
senta estremecimientos de fro, y sus ramas verdes rozaban los
cristales como un llamamiento del jardn viejo y umbro que suspiraba
por los juegos de las nias. Casi al ras de la tierra, en el fondo del
laberinto, revoloteaba un bando de palomas, y del cielo azul y fro
descenda avizorado un milano de luengas alas negras:

--Mtalo, Xavier!... Mtalo!...

Fu por la escopeta, que dorma cubierta de polvo en un ngulo de la
estancia, y volv al balcn. Las nias palmotearon:

--Mtalo! Mtalo!

En aquel momento el milano caa sobre el bando de palomas que volaba
azorado. Echme la escopeta a la cara, y cuando se abri un claro, tir.
Algunos perros ladraron en los agros cercanos. Las palomas
arremolinronse entre el humo de la plvora. El milano caa volinando, y
las nias bajaron presurosas y le trajeron cogido por las alas. Entre el
plumaje del pecho brotaba viva la sangre... Con el milano en triunfo se
alejaron. Yo las llam sintiendo nacer una nueva angustia:

--Adnde vais?

Ellas desde la puerta se volvieron sonrientes y felices:

--Vers qu susto le damos a mam cuando se despierte!...

--No! No!

--Un susto de risa!

No os detenerlas, y qued solo con el alma cubierta de tristeza. Qu
amarga espera! Y qu mortal instante aquel de la maana alegre, vestida
de luz, cuando en el fondo del Palacio se levantaron gemidos inocentes,
ayes desgarrados y lloros violentos!... Yo senta una angustia
desesperada y sorda enfrente de aquel mudo y fro fantasma de la muerte
que segaba los sueos en los jardines de mi alma. Los hermosos sueos
que encanta el amor! Yo senta una extraa tristeza como si el
crepsculo cayese sobre mi vida y mi vida, semejante a un triste da de
Invierno, se acabase para volver a empezar con un amanecer sin sol. La
pobre Concha haba muerto! Haba muerto aquella flor de ensueo a
quien todas mis palabras le parecan bellas! Aquella flor de ensueo a
quien todos mis gestos le parecan soberanos!... Volvera a encontrar
otra plida princesa, de tristes ojos encantados, que me admirase
siempre magnfico? Ante esta duda llor. Llor como un Dios antiguo al
extinguirse su culto.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoo_]

          ACABSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
            EN LA IMPRENTA CERVANTINA
              DE MADRID A XI DAS
                DEL MES DE ENERO
                  DE MCMXXIV
                     AOS

                   [imagen]

RENACIMIENTO.--MADRID




[imagen: OPERA OMNIA

SONATA DE INVIERNO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN]

[imagen: SONATA DE INVIERNO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN LAS
PVBLICA DON RAMON DEL VALLE-INCLAN

OPERA OMNIA

VOL VIII]

[imagen: MI SANGRE SE DERRAM POR LA CAZA QUE CAZ]

[imagen: MEMORIAS DEL MARQUES DE BRANDOMIN]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: C]omo soy muy viejo, he visto morir a todas las mujeres
por quienes en otro tiempo suspir de amor: De una cerr los ojos, de
otra tuve una triste carta de despedida, y las dems murieron siendo
abuelas, cuando ya me tenan en olvido. Hoy, despus de haber despertado
amores muy grandes, vivo en la ms triste y ms adusta soledad del alma,
y mis ojos se llenan de lgrimas cuando peino la nieve de mis cabellos.
Ay, suspiro recordando que otras veces los halagaron manos
principescas! Fu mi paso por la vida como potente florecimiento de
todas las pasiones: Uno a uno, mis das se caldeaban en la gran hoguera
del amor: Las almas ms blancas me dieron entonces su ternura y lloraron
mis crueldades y mis desvos, mientras los dedos plidos y ardientes
deshojaban las margaritas que guardan el secreto de los corazones. Por
guardar eternamente un secreto, que yo temblaba de adivinar, busc la
muerte aquella nia a quien llorar todos los das de mi vejez. Ya
haban blanqueado mis cabellos cuando inspir amor tan funesto!

Yo acababa de llegar a Estella, donde el Rey tena su Corte. Hallbame
cansado de mi larga peregrinacin por el mundo. Comenzaba a sentir algo
hasta entonces desconocido en mi vida alegre y aventurera, una vida
llena de riesgos y de azares, como la de aquellos segundones hidalgos
que se enganchaban en los tercios de Italia por buscar lances de amor,
de espada y de fortuna. Yo senta un acabamiento de todas las ilusiones,
un profundo desengao de todas las cosas. Era el primer fro de la
vejez, ms triste que el de la muerte. Llegaba cuando an sostena
sobre mis hombros la capa de Almaviva, y llevaba en la cabeza el yelmo
de Mambrino! Haba sonado para m la hora en que se apagan los ardores
de la sangre, y en que las pasiones del amor, del orgullo y de la
clera, las pasiones nobles y sagradas que animaron a los dioses
antiguos, se hacen esclavas de la razn. Yo estaba en ese declinar de la
vida, edad propicia para todas las ambiciones y ms fuerte que la
juventud misma, cuando se ha renunciado al amor de las mujeres. Ay, por
qu no supe hacerlo!

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: L]legu a la Corte de Estella, huyendo y disfrazado con
los hbitos ahorcados en la cocina de una granja por un monje
contemplativo, para echarse al campo por Don Carlos VII. Las campanas de
San Juan tocaban anunciando la misa del Rey, y quise oirla todava con
el polvo del camino, en accin de gracias por haber salvado la vida.
Entr en la iglesia cuando ya el sacerdote estaba en el altar. La luz
vacilante de una lmpara caa sobre las gradas del presbiterio donde se
agrupaba el cortejo. Entre aquellos bultos oscuros, sin contorno ni faz,
mis ojos slo pudieron distinguir la figura prcer del Seor, que se
destacaba en medio de su squito, admirable de gallarda y de nobleza,
como un rey de los antiguos tiempos. La arrogancia y bro de su persona,
parecan reclamar una rica armadura cincelada por milans orfebre, y un
palafrn guerrero paramentado de malla. Su vivo y aguileo mirar hubiera
fulgurado magnfico bajo la visera del casco adornado por crestada
corona y largos lambrequines. Don Carlos de Borbn y de Este es el nico
prncipe soberano que podra arrastrar dignamente el manto de armio,
empuar el cetro de oro y ceir la corona recamada de pedrera, con que
se representa a los reyes en los viejos cdices.

Terminada la misa, un fraile subi al plpito, y predic la guerra santa
en su lengua vascongada, ante los tercios vizcanos que acabados de
llegar, daban por primera vez escolta al Rey. Yo sentame conmovido:
Aquellas palabras speras, firmes, llenas de aristas como las armas de
la edad de piedra, me causaban impresin indefinible: Tenan una
sonoridad antigua: Eran primitivas y augustas, como los surcos del arado
en la tierra cuando cae en ellos la simiente del trigo y del maz. Sin
comprenderlas, yo las senta leales, veraces, adustas, severas. Don
Carlos las escuchaba en pie, rodeado de su squito, vuelto el rostro
hacia el fraile predicador. Doa Margarita y sus damas permanecan
arrodilladas. Entonces pude reconocer algunos rostros. Recuerdo que
aquella maana formaban el cortejo real los Prncipes de Caserta, El
Mariscal Valdespina, la Condesa Mara Antonieta Volfani, dama de Doa
Margarita, el Marqus de Lantana, ttulo de Npoles, el barn de
Valati, legitimista francs, el Brigadier Adelantado, y mi to Don Juan
Manuel Montenegro.

Yo, temeroso de ser reconocido, permanec arrodillado a la sombra de un
pilar, hasta que terminada la pltica del fraile, los Reyes salieron de
la iglesia. Al lado de Doa Margarita caminaba una dama de aventajado
talle, cubierta con negro velo que casi le arrastraba: Pas cercana, y
sin poder verla adivin la mirada de sus ojos que me reconocan bajo mi
disfraz de cartujo. Un momento quise darme cuenta de quin era aquella
dama, pero el recuerdo huy antes de precisarse: Como una rfaga vino y
se fu, semejante a esas luces que de noche se encienden y se apagan a
lo largo de los caminos. Cuando la iglesia qued desierta me dirig a la
sacrista. Dos clrigos viejos conversaban en un rincn, bajo tenue rayo
de sol, y un sacristn, todava ms viejo, soplaba la brasa del
incensario enfrente de una ventana alta y enrejada. Me detuve en la
puerta. Los clrigos no hicieron atencin, pero el sacristn, clavndome
los ojos encendidos por el humo, me interrog adusto:

--Viene a decir misa el reverendo?

--Vengo tan slo en busca de mi amigo Fray Ambrosio Alarcn.

--Fray Ambrosio an tardar.

Uno de los clrigos intervino:

--Si tiene prisa por verle, con seguridad le halla paseando al abrigo de
la iglesia.

En aquel momento llamaron a la puerta, y el sacristn acudi a descorrer
el cerrojo. El otro clrigo, que hasta entonces haba guardado silencio,
murmur:

--Parceme que le tenemos ah.

Abri el sacristn y destacse en el hueco la figura de aquel famoso
fraile, que toda su vida aplic la misa por el alma de Zumalacrregui.
Era un gigante de huesos y de pergamino, encorvado, con los ojos hondos
y la cabeza siempre temblona, por efecto de un tajo que haba recibido
en el cuello siendo soldado en la primera guerra. El sacristn,
detenindole en la puerta, le advirti en voz baja:

--Ah le busca un reverendo. Debe venir de Roma.

Yo esper. Fray Ambrosio me mir de alto a bajo sin reconocerme, pero
ello no estorb que amistoso y franco me pusiese una mano sobre el
hombro:

--Es a fray Ambrosio Alarcn a quien desea hablar? No viene
equivocado?

Yo, por toda respuesta, dej caer la capucha. El viejo guerrillero me
mir con risuea sorpresa. Despus, volvindose a los clrigos, exclam:

--Este reverendo se llama en el mundo el Marqus de Bradomn!

El sacristn dej de soplar la brasa del incensario, y los dos clrigos
sentados bajo el rayo de sol, delante del brasero, se pusieron en pie
sonriendo beatficamente. Yo tuve un momento de vanidad ante aquella
acogida que mostraba cunta era mi nombrada en la Corte de Estella. Me
miraban con amor, y tambin con una sombra de paterno enojo. Eran todos
gentes de cogulla, y acaso recordaban algunas de mis aventuras mundanas.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: T]odos me rodearon. Fu preciso contar la historia de mi
hbito monacal, y cmo haba pasado la frontera. Fray Ambrosio rea
jovial, mientras los clrigos me miraban por cima de los espejuelos, con
un gesto indeciso en la boca desdentada. Tras ellos, bajo el rayo de sol
que descenda por la angosta ventana, el sacristn escuchaba inmvil, y
cuando el exclaustrado interrumpa, reconvenale adusto:

--Djele que cuente, hombre de Dios!

Pero Fray Ambrosio no quera dar por bueno que yo saliese de un
monasterio adonde me hubiesen llevado los desengaos del mundo y el
arrepentimiento de mis muchas culpas. Ms de una vez, mientras yo
hablaba, volvirase a los clrigos murmurando:

--No le crean: Es una donosa invencin de nuestro ilustre Marqus.

Tuve que afirmarlo solemnemente para que no continuase mostrando sus
dudas. Desde aquel punto aparent un profundo convencimiento,
santigundose en muestra de asombro:

--Bien dicen que vivir para ver! Sin tenerle por impo, jams hubiera
supuesto ese nimo religioso en el Seor Marqus de Bradomn.

Yo murmur gravemente:

--El arrepentimiento, no llega con anuncio de clarines como la
caballera.

En aquel momento oase el toque de botasillas, y todos rieron. Despus
uno de los clrigos me pregunt con amable tontera:

--Supongo que el arrepentimiento tampoco habr llegado cauteloso como
la serpiente?

Yo suspir melanclico:

--Lleg mirndome al espejo, y viendo mis cabellos blancos.

Los dos clrigos cambiaron una sonrisa tan discreta, que desde luego los
tuve por jesutas. Yo cruc las manos sobre el escapulario de mi hbito,
en actitud penitente, y volv a suspirar:

--Hoy la fatalidad de mi destino me arroja de nuevo en el mar del
mundo! He conseguido dominar todas las pasiones menos el orgullo. Debajo
del sayal me acordaba de mi marquesado.

Fray Ambrosio alz los brazos y la voz, su grave voz que pareca
templada para las clsicas conventuales burlas:

--El Csar Carlos V, tambin se acordaba de su Imperio en el monasterio
de Yuste.

Los clrigos sonrean apenas, con aquella sonrisa de catequizadores, y
el sacristn, sentado bajo el rayo de sol que descenda por la angosta
ventana, rezongaba:

--No, no le dejar que cuente!

Fray Ambrosio, luego de haber hablado, rise abundantemente, y an
quedaba en la bveda de la sacrista la oscura e informe resonancia de
aquella risa jocunda, cuando entr un seminarista plido, que tena la
boca encendida como una doncella, en contraste con su lvido perfil de
aguilucho, donde la nariz corva y la pupila redonda, velada por el
prpado, llegaban a tener una expresin cruel. Fray Ambrosio le recibi
inclinando el aventajado talle, con extremos de burla, y su cabeza
siempre temblona pareci que iba a desprenderse de los hombros:

--Bien venido, ignorado y excelso capitn! Nuevo Epaminondas de quien,
andando los siglos, narrar las hazaas otro Cornelio Nepote. Saluda al
Seor Marqus de Bradomn!

El seminarista se quit la boina negra, que juntamente con una sotana ya
muy trada completaba el atavo de su gallarda persona, y ponindose
rojo me salud. Fray Ambrosio asentndole una mano en el hombro, y
sacudindole con rudo afecto, me dijo:

--Si este mozo consigue reunir cincuenta hombres, dar mucho que hablar.
Ser otro Don Ramn Cabrera. Es valiente como un len!

El seminarista se hizo atrs, para libertarse de la mano que an pesaba
sobre su hombro, y clavndome los ojos de pjaro, dijo como si adivinase
mi pensamiento y lo respondiese:

--Algunos creen que para ser un gran capitn no se necesita ser
valiente, y acaso tengan razn. Quin sabe si con menos temeridad no
hubiera sido ms fecundo el genio militar de Don Ramn Cabrera.

Fray Ambrosio le mir desdeosamente:

--Epaminondas, hijo mo, con menos temeridad hubiera cantado misa, como
puede sucederte a ti.

El seminarista tuvo una sonrisa admirable:

--A m no me suceder, Fray Ambrosio.

Los dos clrigos sentados delante del brasero, callaban y sonrean: El
uno extenda las manos temblonas sobre el rescoldo, y el otro hojeaba su
breviario. El sacristn entornaba los prpados dispuesto a seguir el
ejemplo del gato que dormitaba en su sotana. Fray Ambrosio baj
instintivamente la voz:

--T hablas ciertas cosas porque eres un rapaz, y crees en las argucias
con que disculpan su miedo algunos generales que deban ser obispos...
Yo he visto muchas cosas. Era profeso en un monasterio de Galicia cuando
estall la primera guerra, y colgu los hbitos, y combat siete aos
en los Ejrcitos del Rey... Y por mis hbitos te digo que para ser un
gran capitn, hay primero que ser un gran soldado. Rete de los que
dicen que era cobarde Napolen.

Los ojos del seminarista brillaron con el brillo del sol en el pavn
negro de dos balas:

--Fray Ambrosio, si yo tuviese cien hombres los mandara como soldado,
pero si tuviese mil, slo mil, ya los mandara como capitn. Con ellos
asegurara el triunfo de la Causa. En esta guerra no hacen falta grandes
ejrcitos, con mil hombres yo intentara una expedicin por todo el
reino, como la realiz hace treinta y cinco aos Don Miguel Gmez, el
ms grande general de la pasada guerra.

Fray Ambrosio le interrumpi con autoritaria y desdeosa burla:

--Ilustre e imberbe guerrero, t oste hablar alguna vez de un tal Don
Toms Zumalacrregui? Ese ha sido el ms grande general de la Causa. Si
tuvisemos hoy un hombre parecido, era seguro el triunfo.

El seminarista guard silencio, pero los dos clrigos mostrronse casi
escandalizados: El uno dijo:

--Del triunfo no podemos dudar!

Y el otro:

--La justicia de la Causa es el mejor general!

Yo aad, sintiendo bajo mi sayal penitente aquel fuego que anim a San
Bernardo cuando predicaba la Cruzada:

--El mejor general es la ayuda de Dios Nuestro Seor!

Hubo un murmullo de aprobacin, ardiente como el de un rezo. El
seminarista sonrise y continu callado. A todo esto las campanas
dejaron oir su grave son, y el viejo sacristn se levant sacudindose
la sotana donde el gato dormitaba. Entraron algunos clrigos que venan
para cantar un entierro. El seminarista vistise el roquete, y el
sacristn vino a entregarle el incensario: El humo aromtico llenaba el
vasto recinto. Oase el grave murmullo de las cascadas voces
eclesisticas que barboteaban quedo, mientras eran vestidas las albas de
lino, los roquetes rizados por las monjas, y las ureas capas pluviales
que guardan en sus oros el perfume de la mirra quemada hace cien aos.
El seminarista entr en la iglesia haciendo sonar las cadenas del
incensario. Los clrigos, ya revestidos, salieron detrs. Yo qued solo
con el exclaustrado, que abriendo los largos brazos me estrech contra
su pecho, al mismo tiempo que murmuraba conmovido:

--El Marqus de Bradomn an se acuerda de cuando le enseaba latn en
el Monasterio de Sobrado!

Y despus, tras el introito de una tos, volviendo a cobrar su sonrisa de
viejo telogo, marrulle en voz baja, como si estuviese en el
confesonario:

--Me perdonara el ilustre prcer, si le dijese que no he credo el
cuento con que nos regal hace un momento?

--Qu cuento?

--El de la conversin. Puede saberse la verdad?

--Donde nadie nos oiga, Fray Ambrosio.

Asinti con un grave gesto. Yo call compadecido de aquel pobre
exclaustrado que prefera la Historia a la Leyenda, y se mostraba
curioso de un relato menos interesante, menos ejemplar y menos bello que
mi invencin. Oh, alada y riente mentira, cundo ser que los hombres
se convenzan de la necesidad de tu triunfo! Cundo aprendern que las
almas donde slo existe la luz de la verdad, son almas tristes,
torturadas, adustas, que hablan en el silencio con la muerte, y tienden
sobre la vida una capa de ceniza? Salve, risuea mentira, pjaro de luz
que cantas como la esperanza! Y vosotras resecas Tebaidas, histricas
ciudades llenas de soledad y de silencio que parecis muertas bajo la
voz de las campanas, no la dejis huir, como tantas cosas, por la rota
muralla! Ella es el galanteo en las rejas, y el lustre en los carcomidos
escudones, y los espejos en el ro que pasa turbio bajo la arcada
romana de los puentes: Ella, como la confesin, consuela a las almas
doloridas, las hace florecer, las vuelve la Gracia. Cuidad que es
tambin un don del Cielo!... Viejo pueblo del sol y de los toros, as
conserves por los siglos de los siglos, tu genio mentiroso, hiperblico,
jacaresco, y por los siglos te aduermas al son de la guitarra, consolado
de tus grandes dolores, perdidas para siempre la sopa de los conventos y
las Indias! Amn!

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: F]ray Ambrosio tom como empeo de honra el hospedarme, y
fu preciso ceder al agasajo. Sali acompandome y juntos atravesamos
las calles de la ciudad leal, arca santa de la Causa. Haba nevado, y al
abrigo de las casas sombras quedaba una estela inmaculada. De los
negruzcos aleros goteaba la lluvia, y en las angostas ventanas que se
abran debajo asomaba, de raro en raro, alguna vieja: Tocada con su
mantilla, miraba a la calle por ver si el tiempo clareaba y salir a
misa. Cruzamos ante un casern flanqueado por altas tapias que dejaban
asomar apenas los cipreses del huerto. Tena gran escudo, rejas mohosas
y claveada puerta que, por estar entornada, descubra en una media luz
el zagun con escaos lustrosos y gran farol de hierro. Fray Ambrosio me
dijo:

--Aqu vive la Duquesa de Ucls.

Yo sonre, adivinando la intencin ladina del fraile:

--Se conserva siempre bella?

--Dicen que s... Por mis ojos nada s, pues va siempre cubierta con un
velo.

No pude menos de suspirar.

--En otro tiempo fu gran amiga ma!

El fraile tuvo una tos socarrona:

--Ya estoy enterado.

--Secreto de confesin?

--Secreto a voces. Un pobre exclaustrado como yo, no tiene tan ilustres
hijas espirituales.

Seguimos andando en silencio. Yo, sin querer, recordaba tiempos mejores,
aquellos tiempos cuando fu galn y poeta. Los das lejanos florecan en
mi memoria con el encanto de un cuento casi olvidado que trae aroma de
rosas marchitas y una vieja armona de versos: Ay, eran las rosas y los
versos de aquel buen tiempo, cuando mi bella an era bailarina!
Jaculatorias orientales donde la celebraba, y le deca que era su cuerpo
airoso como las palmeras del desierto, y que todas las gracias se
agrupaban en torno de su falda cantando y riendo al son de cascabeles
de oro. La verdad es que no haba ponderacin para su belleza: Carmen se
llamaba y era gentil como ese nombre lleno de gracia andaluza, que en
latn dice poesa y en arbigo vergel. Al recordarla, record tambin
los aos que llevaba sin verla, y pens que en otro tiempo mi hbito
monstico hubiera despertado sus risas de cristal. Casi
inconscientemente, le dije a Fray Ambrosio:

--La Duquesa vive siempre en Estella?

--Es dama de la Reina Doa Margarita... Pero jams sale de su palacio si
no es para oir misa.

--Tentaciones me vienen de volverme y entrar a verla.

--Tiempo hay para ello.

Habamos llegado a Santa Mara y tuvimos que guarecernos en el cancel de
la iglesia para dejar la calle a unos soldados de a caballo que suban
en tropel: Eran lanceros castellanos que volvan de una guardia fuera de
la ciudad: Entre el clido coro de los clarines se levantaban
encrespados los relinchos, y en el viejo empedrado de la calle las
herraduras resonaban valientes y marciales, con ese noble son que tienen
en el romancero las armas de los paladines. Desfilaron aquellos jinetes
y continuamos nuestro camino. Fray Ambrosio me dijo:

--Estamos llegando.

Y seal hacia el fondo de la calle una casa pequea con carcomido
balcn de madera sustentado por columnas. Un galgo viejo que dormitaba
en el umbral gru al vernos llegar y permaneci echado. El zagun era
oscuro, lleno de ese olor que esparce la yerba en el pesebre y el vaho
del ganado. Subimos a tientas la escalera que temblaba bajo nuestros
pasos: Ya en lo alto, el exclaustrado llam tirando de la cadena que
colgaba a un lado de la puerta, y all dentro bailote una esquila
clueca. Se oyeron pasos y la voz del ama que refunfua:

--Vaya una manera de llamar!... Qu se ofrece?

El fraile responde con breve imperio:

--Abre!

--Ave Mara!... Cunta priesa!

Y sigui oyndose la voz refunfuona del ama, mientras descorra el
cerrojo. El fraile a su vez murmuraba impaciente:

--Es inaguantable esta mujer!

Franqueada la puerta, el ama encrespse ms:

--Cmo haba de venir sin compaa! Tiene tanto de sobra, que necesita
traer todos los das quien le ayude a comrselo!

Fray Ambrosio, plido de clera, levant los brazos escuetos,
gigantescos, amenazadores: Sobre su cabeza siempre temblona, bailoteaban
las manos de rancio pergamino:

--Calla, lengua de escorpin!... Calla y aprende a tener respeto.
Sabes a quin has ofendido con tus infames palabras? Lo sabes? Sabes
quin est delante de ti?... Pide perdn al Seor Marqus de Bradomn.

Oh insolencia de las barraganas! Al oir mi nombre aquella mujeruca, no
mostr ni arrepentimiento ni zozobra: Me clav los ojos negros y brujos,
como los tienen algunas viejas pintadas por Goya, y un poco incrdula
se limit a balbucir con el borde de los labios:

--Si es el caballero que dice, por muchos aos lo sea. Amn!

Se apart para dejarnos paso. Todava la omos murmurar:

--Vaya un barro que traen en los pies! Divino Jess, cmo me han
puesto los suelos!

Aquellos suelos limpios, encerados, lucientes, puros espejos donde ella
se miraba, sus amores de vieja casera, acababan de ser brbaramente
profanados por nosotros. Me volv consternado para alcanzar todo el
horror de mi sacrilegio, y la mirada de odio que hall en los ojos de la
mujeruca fu tal, que sent miedo. Todava sigui rezongando:

--Si estuviesen matando petrolistas... Da dolor cmo me han puesto los
suelos. Qu entraas!

Fray Ambrosio grit desde la sala:

--Silencio!... A servirnos pronto el chocolate.

Y su voz reson como un blico estampido en el silencio de la casa. Era
la voz con que en otro tiempo mandaba a los hombres de su partida y la
nica que les haca temblar, pero aquella vieja tena sin duda el nimo
isabelino, porque volviendo apenas el apergaminado gesto, murmur ms
avinagrada que nunca:

--Pronto!... Pronto, ser cuando se haga. Ay, Jess, dame paciencia!

Fray Ambrosio tosa con un eco cavernoso, y all en el fondo de la casa
continuaba oyndose el marullar confuso de la barragana, y en los
momentos de silencio el latido de un reloj, como si fuese la pulsacin
de aquella casa de fraile donde reinaba una vieja rodeada de gatos:
Tac-tac! Tac-tac! Era un reloj de pared con el pndulo y las pesas al
aire. La tos del fraile, el rosmar de la vieja, el soliloquio del reloj,
me pareca que guardaban un ritmo quimrico y grotesco, aprendido en el
clavicordio de alguna bruja melmana.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: D]espojme del hbito monacal y qued en hbito de zuavo
pontificio. Fray Ambrosio me contempl con infantil deleite, haciendo
grandes aspavientos con sus brazos largos y descoyuntados:

--Cuidado que es bizarro arreo!

--Usted no lo conoca?

--Solamente en pintura, por un retrato del Infante Don Alfonso.

Y curioso de averiguar mis aventuras, con la tonsurada cabeza temblando
sobre los hombros, murmur:

--En fin, puede saberse la historia del hbito?

Yo repuse con indiferencia:

--Un disfraz para no caer en manos del maldito cura.

--De Santa Cruz?

--S.

--Ahora tiene sus reales en Oyarzun.

--Y yo vengo de Arimendi, donde estuve enfermo de calenturas, oculto en
una casera.

--Vlete Dios! Y por qu le quiere mal el cura?

--Sabe que obtuve del Rey la orden para que le fusile Lizrraga.

Fray Ambrosio enderez su encorvado talle de gigante:

--Mal hecho! Mal hecho! Mal hecho!

Yo repuse con imperio:

--El cura es un bandido.

--En la guerra son necesarios esos bandidos. Pero claro, como esta no
es guerra sino una farsa de masones!

No pude menos de sonreir.

--De masones?

--S, de masones: Dorregaray es masn.

--Pero quien quiere cazar a la fiera, quien ha jurado exterminarla, es
Lizrraga.

El fraile vino hacia m, cogindose con las dos manos la cabeza
temblona, como si temiese verla rodar de los hombros:

--Don Antonio se cree que la guerra se hace derramando agua bendita, en
vez de sangre. Todo lo arregla con comuniones, y en la guerra, si se
comulga, ha de ser con balas de plomo. Don Antonio es un frailuco como
yo, qu digo, mucho ms frailuco que yo, aun cuando no haya hecho los
votos. Los viejos que anduvimos en la otra guerra, y vemos esta,
sentimos vergenza, verdadera vergenza!... Ya me ha dado la alfereca.

Y se afirm con ms fuerza las manos sobre la cabeza, sentndose en el
silln a esperar el chocolate, porque ya sonaban en el corredor los
pasos del ama y el timbre de las jcaras en el metal de las bandejas. El
ama entr ya mudado el gesto, mostrando la cara plcida y sonriente de
esas viejas felices con los cuidados caseros, el rosario y la calceta:

--Santos y buenos das nos d Dios! El Seor Marqus no se acordaba de
m. Pues le he tenido en mi regazo. Yo soy hermana de Micaela la Galana.
Se acuerda de Micaela la Galana? Una doncella que tuvo muchos aos su
abuelita, mi duea la Condesa.

Mirando a la vieja, murmur casi conmovido:

--Ay, seora, si tampoco recuerdo a mi abuela!

--Una santa. Quin estuviera como ella sentadita en el Cielo, al lado
de Nuestro Seor Jesucristo!

Dej sobre el velador las dos bandejas del chocolate, y despus de
hablar al odo del fraile, se retir. El chocolate humeaba con grato y
exquisito aroma: Era el tradicional soconusco de los conventos, aquel
que en otro tiempo enviaban como regalo a los abades, los seores
visorreyes de las Indias. Mi antiguo maestro de gramtica an haca
memoria de tanta bienandanza. Oh, regalada holgura, eclesistica
opulencia, jocunda glotonera, siempre aorada, del Real e Imperial
Monasterio de Sobrado! Fray Ambrosio, guardando el rito, mascull
primero algunos latines, y luego emboc la jcara: Cuando le di fin,
murmur a guisa de sentencia, con la elegante concisin de un clsico,
en el siglo de Augusto:

--Sabroso! No hay chocolate como el de esas benditas monjas de Santa
Clara!

Suspir satisfecho, y volvi al cuento pasado:

--Vleme Dios! Ha estado bien no decir la historia del disfraz all en
la sacrista. Los clrigos son acrrimos partidarios de Santa Cruz.

Qued un momento meditando. Despus bostez largamente, y sobre la boca
negra como la de un lobo, se hizo la seal de la cruz:

--Vleme Dios! Y qu desea de este pobre exclaustrado el Seor Marqus
de Bradomn?

Yo murmur con simulada indiferencia:

--Luego hablaremos de ello.

El fraile barbote ladino:

--Tal vez no sea preciso... Pues s seor, contino ejerciendo oficios
de capelln en casa de la Seora Condesa de Volfani. La Seora Condesa
est buena, aun cuando un poco triste... Precisamente sta es la hora de
verla.

Yo hice un vago gesto, y saqu de la limosnera una onza de oro:

--Dejemos los negocios mundanos, Fray Ambrosio. Esa onza para una misa
por haber salido con bien...

El fraile la guard en silencio, y fuse despus de ofrecerme su cama
para que descabezase un sueo, y me repusiese del camino. Era una cama
con siete colchones, y un Cristo a la cabecera. Enfrente una gran cmoda
panzuda, un tintero de cuerno encima de la cmoda, y en la punta del
tintero un solideo.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: T]odo el da estuvo lloviendo. En las breves escampadas,
una luz triste y cenicienta amaneca sobre los montes que rodean la
ciudad santa del carlismo, donde el rumor de la lluvia en los cristales,
es un rumor familiar. De tiempo en tiempo, en medio de la tarde llena de
tedio invernal, se alzaba el ardiente son de las cornetas, o el campaneo
de unas monjas llamando a la novena. Tena que presentarme al Rey, y
sal cuando an no haba vuelto Fray Ambrosio. Un velo de niebla
ondulaba en las rfagas del aire: Dos soldados cruzaban por el centro de
la plaza, con el andar abatido y los ponchos chorreando agua: Se oa la
canturia montona de los nios de una escuela. La tarde lvida daba
mayor tristeza al vano de la plaza encharcada, desierta, sepulcral. Me
perd varias veces en las calles, donde slo hall una beata a quien
preguntar el camino: Anochecido ya, llegu a la Casa del Rey.

--Pronto ahorcaste los hbitos, Bradomn.

Tales fueron las palabras con que me recibi Don Carlos. Yo respond,
procurando que slo el Rey me oyese:

--Seor, se me enredaban al andar.

El Rey murmur en el mismo tono:

--Tambin a m se me enredan... Pero yo, desgraciadamente, no puedo
ahorcarlos.

Me atrev a responder:

--Vos debais fusilarlos, Seor.

El Rey sonrise, y me llev al hueco de una ventana:

--Conozco que has hablado con Cabrera. Esas ideas son suyas. Cabrera, ya
habrs visto, se declara enemigo del partido ultramontano y de los curas
facciosos. Hace mal, porque ahora son un poderoso auxiliar. Creme, sin
ellos no sera posible la guerra.

--Seor, ya sabis que el general tampoco es partidario de la guerra.

El Rey guard un momento silencio:

--Ya lo s. Cabrera imagina que hubieran dado mejor fruto los trabajos
silenciosos de las Juntas. Creo que se equivoca... Por lo dems, yo
tampoco soy amigo de los curas facciosos. A ti ya te dije eso mismo en
otra ocasin, cuando me hablaste de que era preciso fusilar a Santa
Cruz. Si durante algn tiempo me opuse a que se le formase consejo de
guerra, fu para evitar que se reuniesen las tropas republicanas
ocupadas en perseguirle, y se nos viniesen encima. Ya has visto como
sucedi as. El Cura ahora nos cuesta la prdida de Tolosa.

El Rey hizo otra pausa, y con la mirada recorri la estancia, un saln
oscuro, entarimado de nogal, con las paredes cubiertas de armas y de
banderas, las banderas ganadas en la guerra de los siete aos por
aquellos viejos generales de memoria ya legendaria. All en un extremo
conversaban en voz baja el Obispo de Urgel, Carlos Caldern y Diego
Villadarias. El Rey sonri levemente, con una sonrisa de triste
indulgencia, que yo nunca haba visto en sus labios:

--Ya estn celosos de que hable contigo, Bradomn. Sin duda no eres
persona grata al Obispo de Urgel.

--Por qu lo decs, Seor?

--Por las miradas que te dirige: Ve a besarle el anillo.

Ya me retiraba para obedecer aquella orden, cuando el Rey, en alta voz
de suerte que todos le oyesen, me advirti:

--Bradomn, no olvides que comes conmigo.

Yo me inclin profundamente:

--Gracias, Seor.

Y llegu al grupo donde estaba el Obispo. Al acercarme habase hecho el
silencio. Su Ilustrsima me recibi con fra amabilidad:

--Bien venido, Seor Marqus.

Yo repuse con seoril condescendencia, como si fuese un capelln de mi
casa el Obispo de la Seo de Urgel:

--Bien hallado, Ilustrsimo Seor!

Y con una reverencia ms cortesana que piadosa, bes la pastoral
amatista. Su Ilustrsima, que tena el nimo altivo de aquellos obispos
feudales que llevaban ceidas las armas bajo el capisayo, frunci el
ceo, y quiso castigarme con una homila:

--Seor Marqus de Bradomn, acabo de saber una burda fbula urdida esta
maana, para mofarse de dos pobres clrigos llenos de inocente
credulidad, escarneciendo al mismo tiempo el sayal penitente, no
respetando la santidad del lugar, pues fu en San Juan.

Yo interrump:

--En la sacrista, Seor Obispo.

Su Ilustrsima, que estaba ya escaso de aliento, hizo una pausa, y
respir:

--Me haban dicho que en la iglesia... Pero aun cuando haya sido en la
sacrista, esa historia es como una burla de la vida de ciertos santos,
Seor Marqus. Si, como supongo, el hbito no era un disfraz
carnavalesco, en llevarlo no haba profanacin. Pero la historia
contada a los clrigos, es una burla digna del impo Voltaire!

El prelado iba, sin duda, a discurrir sobre los hombres de la
Enciclopedia. Yo, vindole en aquel paso, tembl arrepentido:

--Reconozco mi culpa, y estoy dispuesto a cumplir la penitencia que se
digne imponerme su Ilustrsima.

Viendo el triunfo de su elocuencia, el santo varn ya sonri benvolo:

--La penitencia la haremos juntos.

Yo le mir sin comprender. El prelado, apoyando en mi hombro una mano
blanca, llena de hoyos, se dign esclarecer su irona:

--Los dos comemos en la mesa del Rey, y en ella el ayuno es forzoso. Don
Carlos tiene la sobriedad de un soldado.

Yo respond:

--El Bearns, su abuelo, soaba con que cada uno de sus sbditos pudiese
sacrificar una gallina. Don Carlos, comprendiendo que es una quimera de
poeta, prefiere ayunar con todos sus vasallos.

El Obispo me interrumpi:

--Marqus, no comencemos las burlas. El Rey tambin es sagrado!

Yo me llev la diestra al corazn, indicando que aun cuando quisiera
olvidarlo no podra, pues estaba all su altar. Y me desped, porque
tena que presentar mis respetos a Doa Margarita.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: A]l entrar en la saleta, donde la Seora y sus damas
bordaban escapularios para los soldados, sent en el alma una emocin a
la vez religiosa y galante. Comprend entonces todo el ingenuo
sentimiento que hay en los libros de caballeras, y aquel culto por la
belleza y las lgrimas femeniles que haca palpitar bajo la cota, el
corazn de Tirante el Blanco. Me sent ms que nunca, caballero de la
Causa: Como una gracia dese morir por aquella dama que tena las manos
como lirios, y el aroma de una leyenda en su nombre de princesa plida,
santa, lejana. Era una lealtad de otros siglos la que inspiraba Doa
Margarita. Me recibi con una sonrisa de noble y melanclico encanto:

--No te ofendas si contino bordando este escapulario, Bradomn. A ti te
recibo como a un amigo.

Y dejando un momento la aguja clavada en el bordado, me alarg su mano
que bes con profundo respeto. La Reina continu:

--Me han dicho que estuviste enfermo. Te hallo un poco ms plido. T me
parece que eres de los que no se cuidan, y eso no est bien. Ya que no
por ti, hazlo por el Rey que tanto necesita servidores leales como t.
Estamos rodeados de traidores, Bradomn.

Doa Margarita call un momento. Al pronunciar las ltimas palabras,
habase empaado su voz de plata, y cre que iba a romperse en un
sollozo. Acaso haya sido ilusin ma, pero me pareci que sus ojos de
madona, bellos y castos, estaban arrasados de lgrimas: La Seora, en
aquel momento inclinaba su cabeza sobre el escapulario que bordaba, y no
puedo asegurarlo. Pas algn tiempo. La Reina suspir alzando la frente
que pareca de una blancura lunar bajo las dos crenchas en que parta
sus cabellos:

--Bradomn, es preciso que vosotros los leales salvis al Rey.

Yo repuse conmovido:

--Seora, dispuesto estoy a dar toda mi sangre, porque pueda ceirse la
corona.

La Reina me mir con una noble emocin:

--Mal has entendido mis palabras! No es su corona lo que yo te pido que
defiendas, sino su vida... Que no se diga de los caballeros espaoles,
que habis ido a lejanas tierras en busca de una princesa para vestirla
de luto! Bradomn, vuelvo a decrtelo, estamos rodeados de traidores.

La Reina call. Se oa el rumor de la lluvia en los cristales, y el
toque lejano de las cornetas. Las damas que hacan corte a la Seora,
eran tres: Doa Juana Pacheco, Doa Manuela Ozores y Mara Antonieta
Volfani: Yo senta sobre m, como amoroso imn, los ojos de la Volfani,
desde que haba entrado en la saleta: Aprovechando el silencio se
levant, y vino con una interrogacin al lado de Doa Margarita:

--La Seora quiere que vaya en busca de los Prncipes?

La Reina a su vez interrog:

--Ya habrn terminado sus lecciones?

--Es la hora.

--Pues entonces ve por ellos. As los conocer Bradomn.

Me inclin ante la Seora, y aprovechando la ocasin hice tambin mis
saludos a Mara Antonieta: Ella muy duea de s, respondime con
palabras insignificantes que ya no recuerdo, pero la mirada de sus ojos
negros y ardientes fu tal, que hizo latir mi corazn como a los veinte
aos. Sali y dijo la Seora:

--Me tiene preocupada Mara Antonieta. Desde hace algn tiempo la
encuentro triste y temo que tenga la enfermedad de sus hermanas: Las
dos murieron tsicas... Luego la pobre es tan poco feliz con su marido!

La Reina clav la aguja en el acerico de damasco rojo que haba en su
costurero de plata, y sonriendo me mostr el escapulario:

--Ya est! Es un regalo que te hago, Bradomn.

Yo me acerqu para recibirlo de sus manos reales. La Seora, me lo
entreg diciendo:

--Que aleje siempre de ti las balas enemigas!

Doa Juana Pacheco y Doa Manuela Ozores, rancias damas que acordaban la
guerra de los siete aos, murmuraron:

--Amn!

Hubo otro silencio. De pronto los ojos de la Reina se iluminaron con
amorosa alegra: Era que entraban sus dos hijos mayores, conducidos por
Mara Antonieta. Desde la puerta corrieron hacia ella, colgndosele del
cuello y besndola. Doa Margarita les dijo con una graciosa severidad:

--Quin ha sabido mejor sus lecciones?

La Infanta call ponindose encendida, mientras Don Jaime, ms denodado,
responda:

--Las hemos sabido todos lo mismo.

--Es decir, que ninguno las ha sabido.

Y Doa Margarita los bes, para ocultar que se rea: Despus les dijo,
tendida hacia m su mano delicada y alba:

--Este caballero es el Marqus de Bradomn.

La Infanta murmur en voz baja, inclinada la cabeza sobre el hombro de
su madre:

--El que hizo la guerra en Mxico?

La Reina acarici los cabellos de su hija:

--Quin te lo ha dicho?

--No lo cont una vez Mara Antonieta?

--Cmo te acuerdas!

La nia, llenos de timidez y de curiosidad los ojos, se acerc a m:

--Marqus, llevabas ese uniforme en Mxico?

Y Don Jaime, desde el lado de su madre, alz su voz autoritaria de nio
primognito:

--Qu tonta eres! Nunca conoces los uniformes. Ese uniforme es de zuavo
pontificio, como el del to Alfonso.

Con familiar gentileza, el Prncipe vino tambin hacia m:

--Marqus, es verdad que en Mxico los caballos resisten todo el da al
galope?

--Es verdad, Alteza.

La Infanta interrog a su vez.

--Y es verdad que hay unas serpientes que se llaman de cristal?

--Tambin es verdad, Alteza.

Los nios quedaron un momento reflexionando: Su madre les habl:

--Decidle a Bradomn lo que estudiis.

Oyendo esto, el Prncipe se irgui ante m, con infantil alarde:

--Marqus, pregntame por donde quieras la Historia de Espaa.

Yo sonre:

--Qu reyes hubo de vuestro nombre, Alteza?

--Uno solo: Don Jaime el Conquistador.

--Y de dnde era Rey?

--De Espaa.

La Infanta murmur ponindose encendida:

--De la Corona de Aragn: Verdad, Marqus?

--Verdad, Alteza.

El Prncipe la mir despreciador:

--Y eso no es Espaa?

La Infanta busc nimo en mis ojos, y repuso con tmida gravedad:

--Pero eso no es toda Espaa.

Y volvi a ponerse roja. Era una nia encantadora, con ojos llenos de
vida y cabellera de luengos rizos que besaban el terciopelo de las
mejillas. Animndose volvi a preguntarme sobre mis viajes:

--Marqus, es verdad que tambin has estado en Tierra Santa?

--Tambin estuve all, Alteza.

--Y habrs visto el sepulcro de Nuestro Seor? Cuntame cmo es.

Y se dispuso a oir, sentada en un taburete, con los codos en las
rodillas y el rostro entre las manos que casi desaparecan bajo la
suelta cabellera. Doa Manuela Ozores y Doa Juana Pacheco, que traan
una conversacin en voz baja, callaron, tambin dispuestas a escuchar el
relato... Y en estas andanzas llega la hora de hacer penitencia, que fu
ante los regios manteles segn profeca de Su Ilustrsima.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: T]uve el honor de asistir a la tertulia de la Seora.
Durante ella, en vano fu buscar una ocasin propicia para hablar a
solas con Mara Antonieta. Sal con el vago temor de haberla visto huir
toda la noche. Al darme en rostro el fro de la calle advert que una
sombra alta, casi gigantesca, vena hacia m. Era Fray Ambrosio:

--Bien le han tratado los soberanos. Vaya, que no puede quejarse el
Seor Marqus de Bradomn!

Yo murmur con desabrido talante:

--El Rey sabe que no tiene otro servidor tan leal.

Y el fraile murmur tambin desabrido, pero en tono menor:

--Algn otro tendr...

Sent crecer mi altivez:

--Ninguno!

Caminamos en silencio hasta doblar una esquina donde haba un farol.
All el exclaustrado se detuvo:

--Pero adnde vamos?... La dama consabida, dice que la vea esta misma
noche, si puede ser.

Yo sent latir mi corazn:

--Dnde?

--En su casa... Pero ser preciso entrar con gran sigilo. Yo le guiar.

Volvimos sobre nuestros pasos, recorriendo otra vez la calle encharcada
y desierta. El fraile me habla en voz baja:

--La Seora Condesa tambin acaba de salir... Esta maana me haba
mandado que la esperase. Sin duda quera darme ese aviso para el Seor
Marqus... Temera no poder hablarle en la Casa del Rey.

El fraile call suspirando: Despus se ri, con un reir extrao,
ruidoso, grotesco:

--Vlete Dios!

--Qu le sucede, Fray Ambrosio?

--Nada, Seor Marqus. Es la alegra de verme desempeando estos
oficios, tan dignos de un viejo guerrillero. Ay!... Cmo se ren mis
diez y siete cicatrices...

--Las tiene usted bien contadas!

--Mejor recibidas las tengo!

Call, esperando sin duda una respuesta ma, y como no la obtuviese,
continu en el mismo tono de amarga burla:

--Eso s, no hay prebenda que iguale a ser capelln de la Seora Condesa
de Volfani. Lstima que no pueda cumplir mejor sus promesas!... Ella
dice que no es suya la culpa, sino de la Casa Real... All son enemigos
de los curas facciosos, y no se les debe disgustar. Oh, si dependiese
de mi protectora!...

No le dej proseguir. Me detuve y le habl con firme resolucin:

--Fray Ambrosio, se acab mi paciencia. No tolero ni una palabra ms.

Agach la cabeza:

--Vlete Dios! Est bien!

Seguimos en silencio. De largo en largo hallbase un farol, y en torno
danzaban las sombras. Al cruzar por delante de las casas donde haba
tropa alojada, percibase rasgueo de guitarras y voces robustas y
jvenes cantando la jota. Despus volva el silencio, slo turbado por
la alerta de los centinelas y el ladrido de algn perro. Nos entramos
bajo unos soportales y caminamos recatados en la sombra. Fray Ambrosio
iba delante, mostrndome el camino: A su paso una puerta se abri
sigilosa: El exclaustrado volvise llamndome con la mano, y desapareci
en el zagun. Yo le segu y escuch su voz:

--Se puede encender candela?

Y otra voz, una voz de mujer, respondi en la sombra:

--S, seor.

La puerta haba vuelto a cerrarse. Yo esper, perdido en la oscuridad,
mientras el fraile encenda un enroscado de cerilla, que ardi
esparciendo olor de iglesia. La llama lvida temblaba en el ancho
zagun, y al incierto resplandor columbrbase la cabeza del fraile,
tambin temblona. Una sombra se acerc: Era la doncella de Mara
Antonieta: El fraile hzole entrega de la luz y me llev a un rincn. Yo
adivinaba, ms que vea, el violento temblor de aquella cabeza
tonsurada:

--Seor Marqus, voy a dejar este oficio de tercera, indigno de m!

Y su mano de esqueleto clav los huesos en mi hombro:

--Ahora ha llegado el momento de obtener el fruto, Seor Marqus. Es
preciso que me entregue cien onzas: Si no las lleva encima puede
pedrselas a la Seora Condesa. Al fin y al cabo, ella me las haba
ofrecido!

No me dej dominar, aun cuando fu grande la sorpresa, y hacindome
atrs puse mano a la espada:

--Ha elegido usted el peor camino. A m no se me pide con amenazas ni se
me asusta con gestos fieros, Fray Ambrosio.

El exclaustrado ri, con su risa de mofa grotesca:

--No alce la voz, que pasa la ronda y podran oirnos.

--Tiene usted miedo?

--Nunca lo he tenido... Pero acaso, si ahora, fuese el cortejo de una
casada...

Yo comprendiendo la intencin aviesa del fraile, le dije refrenada y
ronca la voz:

--Es una vil tramoya!

--Es un ardid de guerra, Seor Marqus. El len est en la trampa!

--Fraile ruin, tentaciones me vienen de pasarte con mi espada.

El exclaustrado abri sus largos brazos de esqueleto descubrindose el
pecho, y alz la temerosa voz:

--Hgalo! Mi cadver hablar por m.

--Basta.

--Me entrega esos dineros?

--S.

--Cundo?

--Maana.

Call un momento, y luego insisti en un tono que a la vez era tmido y
adusto:

--Es menester que sea ahora.

--No basta mi palabra?

Casi humilde murmur:

--No dudo de su palabra, pero es menester que sea ahora. Maana acaso no
tuviese valor para arrostrar su presencia. Adems quiero esta misma
noche salir de Estella. Ese dinero no es para m, yo no soy un ladrn.
Lo necesito para echarme al campo. Le dejar firmado un documento. Tengo
desde hace tiempo comprometida a la gente, y era preciso decidirse. Fray
Ambrosio no falta a su palabra.

Yo le dije con tristeza:

--Por qu ese dinero no me fu pedido con amistad?

El fraile suspir:

--No me atrev. Yo no s pedir: Me da vergenza. Primero que de pedir,
sera capaz de matar... No es por malos sentimientos, sino por
vergenza...

Call, rota, anudada la voz, y echse a la calle sin cuidarse de la
lluvia que caa en chaparrn sobre las losas. La doncella, temblando de
miedo, me gui adonde esperaba su seora.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: M]ara Antonieta acababa de llegar, y hallbase sentada
al pie de un brasero, con las manos en cruz y el cabello despeinado por
la humedad de la niebla. Cuando yo entr alz los ojos tristes y
sombros, cercados de una sombra violcea:

--Por qu tal insistencia en venir esta misma noche?

Herido por el despego de sus palabras, me detuve en medio de la
estancia:

--Siento decirte, que es una historia de tu capelln...

Ella insisti:

--Al entrar, le encontr acechndome por orden tuya.

Yo call resignado a sus reproches, que contarle mi aventura, y el ardid
de Fray Ambrosio para llevarme all, hubiera sido poco galante. Ella me
habl con los ojos secos, pero empaada la voz:

--Ahora tanto afn en verme, y ni una carta en la ausencia!...
Callas!... Qu deseas?

Yo quise desagraviarla:

--Te deseo a ti, Mara Antonieta.

Sus bellos ojos msticos fulminaron desdenes:

--Te has propuesto comprometerme, que me arroje de su lado la Seora.
Eres mi verdugo!

Yo sonre:

--Soy tu vctima.

Y la cog las manos con intento de besarlas, pero ella las retir
fieramente. Mara Antonieta era una enferma de aquel mal que los
antiguos llamaban mal sagrado, y como tena alma de santa y sangre de
cortesana, algunas veces en invierno, renegaba del amor: La pobre
perteneca a esa raza de mujeres admirables, que cuando llegan a viejas
edifican con el recogimiento de su vida y con la vaga leyenda de los
antiguos pecados. Entenebrecida y suspirante guard silencio, con los
ojos obstinados, perdidos en el vaco. Yo cog de nuevo sus manos y las
conserv entre las mas, sin intentar besarlas, temeroso de que
volviese a huirlas. En voz amante supliqu:

--Mara Antonieta!

Ella permaneci muda: Yo repet despus de un momento:

--Mara Antonieta!

Se volvi, y retirando sus manos repuso framente:

--Qu quieres?

--Saber tus penas.

--Para qu?

--Para consolarlas.

Perdi de pronto su hieratismo, e inclinndose hacia m con un arranque
fiero, apasionado, clam:

--Cuenta tus ingratitudes: Porque esas son mis penas!

La llama del amor arda en sus ojos con un fuego sombro que pareca
consumirla: Eran los ojos msticos que algunas veces se adivinan bajo
las tocas monjiles, en el locutorio de los conventos! Me habl con la
voz empaada:

--Mi marido viene a servir como ayudante del Rey.

--Dnde estaba?

--Con el infante Don Alfonso.

Yo murmur:

--Es una verdadera contrariedad.

--Es ms que una contrariedad, porque tendremos que vivir la misma vida:
La Reina me lo impone, y ante eso, prefiero volverme a Italia... T no
dices nada?

--Yo no puedo hacer otra cosa que acatar tu voluntad.

Me mir con reconcentrado sentimiento:

--Seras capaz de que me repartiese entre vosotros dos? Dios mo,
quisiera ser vieja, vieja caduca!...

Agradecido, bes las manos de mi adorada prenda. Aun cuando nunca tuve
celos de los maridos, gustaba aquellos escrpulos como un encanto ms,
acaso el mejor que poda ofrecerme Mara Antonieta. No se llega a viejo
sin haber aprendido que las lgrimas, los remordimientos y la sangre,
alargan el placer de los amores cuando vierten sobre ellos su esencia
afrodita: Numen sagrado que exalta la lujuria madre de la divina
tristeza y madre del mundo. Cuntas veces, durante aquella noche, tuve
yo en mis labios las lgrimas de Mara Antonieta! An recuerdo el dulce
lamento con que habl en mi odo, temblorosos los prpados y estremecida
la boca que me daba el aliento con sus palabras:

--No deba quererte... Deba ahogarte en mis brazos, as, as...

Yo suspir:

--Tus brazos son un divino dogal!

Y ella oprimindome an ms gema:

--Oh!... Cunto te quiero! Por qu te querr tanto? Qu bebedizo me
habrs dado? Eres mi locura!... Di algo! Di algo!

--Prefiero el escucharte.

--Pero yo quiero que me digas algo!

--Te dira lo que t ya sabes... Que me estoy muriendo por ti!

Mara Antonieta volvi a besarme, y sonriendo toda roja, murmur en voz
baja:

--Es muy larga la noche...

--Lo fu mucho ms la ausencia.

--Cunto me habrs engaado!

--Ya te demostrar lo contrario.

Ella, siempre roja y riente, respondi:

--Mira lo que dices.

--Ya lo vers.

--Mira que voy a ser muy exigente.

Confieso que al oirla, tembl. Mis noches, ya no eran triunfantes, como
aquellas noches tropicales perfumadas por la pasin de la Nia Chole!
Mara Antonieta soltse de mis brazos y entr en su tocador. Yo esper
algn tiempo, y despus la segu: Al rumor de mis pasos, la mir huir
toda blanca, y ocultarse entre los cortinajes de su lecho: Un lecho
antiguo de lustroso nogal, tlamo clsico donde los hidalgos matrimonios
navarros dorman hasta llegar a viejos, castos, sencillos, cristianos,
ignorantes de aquella ciencia voluptuosa que diverta el ingenio maligno
y un poco teolgico, de mi maestro el Aretino. Mara Antonieta fu
exigente como una dogaresa, pero yo fu sabio como un viejo cardenal que
hubiese aprendido las artes secretas del amor, en el confesionario y en
una Corte del Renacimiento. Suspirando desfallecida, me dijo:

--Xavier, es la ltima vez!

Yo cre que hablaba de nuestra amorosa epopeya, y como me sent capaz de
nuevos alardes, suspir inquietando con un beso apenas desflorado, una
fresa del seno. Ella suspir tambin, y cruz los desnudos brazos
apoyando las manos en los hombros, como esas santas arrepentidas, en los
cuadros antiguos:

--Xavier, cundo volveremos a vernos!

--Maana.

--No!... Maana empieza mi calvario...

Call un momento, y echndome al cuello el amante nudo de sus brazos,
murmur en voz muy baja:

--La Seora tiene empeo en la reconciliacin, pero yo te juro que
jams... Me defender diciendo que estoy enferma.

Era un mal sagrado el de Mara Antonieta. Aquella noche rugi en mis
brazos como la faunesa antigua. Divina Mara Antonieta, era muy
apasionada y a las mujeres apasionadas se las engaa siempre. Dios que
todo lo sabe, sabe que no son stas las temibles, sino aquellas
lnguidas, suspirantes, ms celosas de hacer sentir al amante, que de
sentir ellas. Mara Antonieta era cndida y egosta como una nia, y en
todos sus trnsitos se olvidaba de m: En tales momentos, con los senos
palpitantes como dos palomas blancas, con los ojos nublados, con la
boca entreabierta mostrando la fresca blancura de los dientes entre las
rosas encendidas de los labios, era de una incomparable belleza sensual
y fecunda. Muy saturada de literatura y de Academia Veneciana.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: C]uando me separ de Mara Antonieta an no rayaba el
da, y los clarines ya tocaban diana. Sobre la ciudad nevada, el claro
de la luna caa sepulcral y doliente. Yo, sin saber dnde a tal hora
buscar alojamiento, vagu por las calles, y en aquel caminar sin rumbo
llegu a la plaza donde viva Fray Ambrosio. Me detuve bajo el balcn de
madera para guarecerme de la llovizna, que comenzaba de nuevo, y a poco
observ que la puerta hallbase entornada. El viento la bata duro y
alocado. Tal era la inclemencia de la noche, que sin detenerme a
meditarlo, resolv entrar, y gan a tientas la escalera, mientras el
galgo preso en la cuadra se desataba en ladridos, haciendo sonar los
hierros de la cadena. Fray Ambrosio asom en lo alto, alumbrndose con
un veln: Vesta el cuerpo flaco y largo con una sotana recortada, y
cubra la temblona cabeza con negro gorro puntiagudo, que daba a toda la
figura cierto aspecto de astrlogo grotesco. Entr con sombra
resolucin, sin pronunciar palabra, y el fraile me sigui alzando la luz
para esclarecer el corredor: All dentro sentanse apagados runrunes de
voces y dineros: Reunidos en la sala jugaban algunos hombres, con los
sombreros puestos y las capas terciadas, desprendindose de los
hombros: Por sus barbas rasuradas mostraban bien claramente pertenecer a
la clereca: La baraja tenala un mozo aguileo y cetrino, que
cabalmente a tiempo de entrar yo, echaba sobre la mesa los naipes para
un albur:

--Hagan juego.

Una voz llena de fe religiosa, murmur:

--Qu caballo ms guapo!

Y otra voz secrete como en el confesonario:

--Qu juego se da?

--Pues no lo ve... Judas!... Van siete por el mismo camino.

El que tena la baraja advirti adusto.

--Hagan el favor de no cantar juego. As no se puede seguir. Todos se
echan como lobos sobre la carta cantada!

Un viejo con espejuelos y sin dientes, dijo lleno de evanglica paz:

--No te incomodes, Miquelcho, que cada cual lleva su juego: A Don
Nicols le parece que son judas...

Don Nicols afirm:

--Siete van por el mismo camino.

El viejo de los espejuelos sonri compadecido:

--Nueve si no lo toma a mal... Pero no son judas, sino bizcas y
contrabizcas, que es el juego.

Otras voces murmuraron como en una letana:

--Tira, Miquelcho.

--No hagas caso.

--Lo que sea se ver.

--No echas gallo?

Miquelcho repuso desabrido:

--No.

Y comenz a tirar. Todos guardaron silencio. Algunos ojos se volvan
desapacibles, fijndome una mirada rpida, y tornaban su atencin a las
cartas. Fray Ambrosio llam con un gesto al seminarista que estaba
peinando el naipe, y que lo solt por acercarse. Habl el Fray:

--Seor Marqus, no me recuerde lo de esta noche... No me lo recuerde
por Mara Santsima! Para decidirme haba estado bebiendo toda la tarde.

An barbote algunas palabras confusas, y asentando su mano sarmentosa
en el hombro del seminarista, que se nos haba juntado y escuchaba, dijo
con un suspiro:

--Este tiene toda la culpa... Le llevo como segundo de la partida.

Miquelcho me clav los ojos audaces, al mismo tiempo que enrojeca como
una doncella:

--El dinero hay que buscarlo donde lo hay: Fray Ambrosio me haba dicho
cunta era la generosidad de su amigo y protector...

El exclaustrado abri la negra boca, con tosco y adulador encomio:

--Muy grande! En eso y en todo, es el primer caballero de Espaa.

Algunos jugadores nos miraban curiosos. Miquelcho se apart, recogi los
naipes y continu peinndolos. Cuando terminaba, dijo al viejo de los
espejuelos:

--Corte, Don Quintiliano.

Y Don Quintiliano, al mismo tiempo que alzaba la baraja con mano
temblona, adverta risueo:

--Cuidado, que yo doy siempre vizcas.

Miquelcho ech un nuevo albur sobre la mesa, y se volvi hacia m:

--No le digo que juegue porque es una miseria de dinero lo que se
tercia.

Y el viejo de los espejuelos, siempre evanglico, aadi:

--Todos somos unos pobres.

Y otro murmur a modo de sentencia:

--Aqu slo pueden ganarse ochavos, pero pueden en cambio perderse
millones.

Miquelcho, vindome vacilar, se puso en pie brindndome con la baraja, y
todos los clrigos me hicieron sitio en torno de la mesa. Yo me volv
sonriendo al exclaustrado:

--Fray Ambrosio, me parece que aqu se quedan los dineros de la partida.

--No lo permita Dios! Ahora mismo se acaba el juego.

Y el fraile, de un soplo mat la luz. Por las ventanas se filtraba la
claridad del amanecer y un son de clarines alzbase dominando el hueco
trotar de los caballos sobre las losas de la plaza. Era una patrulla de
Lanzas de Borbn.

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[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: D]on Carlos, a pesar del temporal de viento y de nieve,
resolvi salir a campaa. Me dijeron que desde tiempo atrs slo se
esperaba para ello a que llegase la caballera de Borbn. Trescientas
lanzas veteranas, que ms tarde merecieron ser llamadas del Cid! El
Conde de Volfani, que haba venido con aquella tropa, formaba entre los
ayudantes del Rey. Al vernos mostramos los dos mucho contento pues
ramos grandes amigos, como puede presumirse, y cabalgamos emparejadas
las monturas. Los clarines sonaban rompiendo marcha, el viento levantaba
las crines de los caballos, y la gente se agrupaba en las calles para
gritar entusiasmada:

--Viva Carlos VII!

En lo alto de las angostas ventanas guarecidas bajo los aleros
negruzcos, asomaba de largo en largo, alguna vieja: Sus manos secas
sostenan entornada la falleba al mismo tiempo que con voz casi
colrica, gritaba:

--Viva el Rey de los buenos cristianos!

Y la voz robusta del pueblo contestaba:

--Viva!

En la carretera hicimos alto un instante. El viento de los montes nos
azot tempestuoso, helado, bravo, y nuestros ponchos volaron
flameantes, y las boinas, descubriendo las tostadas frentes, tendironse
hacia atrs con algo de furia trgica y hermosa. Algunos caballos
relincharon encabritados, y fu un movimiento unnime el de afirmarse en
las sillas. Despus toda la columna se puso en marcha. La carretera se
desenvolva entre lomas coronadas de ermitas. Como viento y lluvia
continuaron batindonos con grandes rfagas, ordense el alto al cruzar
el poblado de Zabalcn. El Cuartel Real aposentse en una gran casera
que se alzaba en la encrucijada de dos malos caminos, de ruedas uno y de
herradura el otro. Apenas descabalgamos nos reunimos en la cocina al
amor del fuego, y una mujeruca corri por la casa para traer la silla de
respaldo donde se sentaba el abuelo y ofrecrsela al Seor Rey Don
Carlos. La lluvia no cesaba de batir los cristales con ruidoso azote, y
la conversacin fu toda para lamentar lo borrascoso del tiempo, que nos
estorbaba castigar como quisiramos a la faccin alfonsina que ocupaba
el camino de Oteiza. Por fortuna cerca del anochecer comenz a calmar el
temporal. Don Carlos me habl en secreto:

--Bradomn, qu haramos para no aburrirnos!

Yo me permit responder:

--Seor, aqu todas las mujeres son viejas. Queris que recemos el
rosario?

El Rey me mir al fondo de los ojos con expresin de burla.

--Oye, dinos el soneto que has compuesto a mi primo Alfonso: Sbete a
esa silla.

Los cortesanos rieron: Yo qued un momento mirndolos a todos, y luego
habl, inclinndome ante el Rey:

--Seor, para juglar nac muy alto.

Don Carlos al pronto dud: Luego, decidindose, vino a m sonriente, y
me abraz:

--Bradomn, no he querido ofenderte: Debes comprenderlo.

--Seor, lo comprendo, pero tem que otros no lo comprendiesen.

El Rey mir a su squito, y murmur con severa majestad:

--Tienes razn.

Hubo un largo silencio, slo turbado por el rafagueo del viento y de las
llamas en el hueco de la chimenea. La cocina comenzaba a ser invadida
por las sombras, pero a travs de los vidrios llorosos, se adverta que
en el campo an era la tarde. Los dos caminos, el de herradura y el de
ruedas, se perdan entre peascales adustos, y en aquella hora los dos
aparecan solitarios por igual. Don Carlos me llam desde el hueco de la
ventana, con un gesto misterioso:

--Bradomn, t y Volfani vendris acompandome. Vamos a Estella, pero
es preciso que nadie se entere.

Yo, reprimiendo una sonrisa, interrogu:

--Seor, queris que avise a Volfani?

--Volfani est avisado. l ha sido quien prepar la fiesta.

Me inclin, murmurando un elogio de mi amigo:

--Seor, admiro cmo hacis justicia a los grandes talentos del Conde!

El Rey guard silencio, como si quisiese mostrar disgusto de mis
palabras: Luego abri la vidriera, y dijo extendiendo la mano:

--No llueve.

En el cielo anubarrado comenzaba a esbozarse la luna. A poco lleg
Volfani:

--Seor, todo est dispuesto.

El Rey, murmur brevemente:

--Esperemos a que cierre la noche.

En el fondo oscuro de la cocina resonaban dos voces: Don Antonio
Lizrraga y Don Antonio Dorregaray, discurran sobre arte militar:
Recordaban las batallas ganadas, y forjaban esperanzas de nuevos
triunfos: Dorregaray hablando de los soldados se enterneca: Ponderaba
el valor sereno de los castellanos y el coraje de los catalanes, y la
acometida de los navarros. De pronto una voz autoritaria interrumpe:

--Esos, los mejores soldados del mundo!

Y al otro lado del fuego, se alza lentamente la encorvada figura del
viejo general Aguirre. El resplandor rojizo de las llamas temblaba en su
rostro arrugado, y los ojos brillaban con fuego juvenil bajo la fosca
nieve de las cejas. Con la voz temblona, emocionado como un nio,
continu:

--Navarra es la verdadera Espaa! Aqu la lealtad, la fe y el herosmo
se mantienen como en aquellos tiempos en que fuimos tan grandes.

En su voz haba lgrimas. Aquel viejo soldado era tambin un hombre de
otros tiempos. Yo confieso que admiro a esas almas ingenuas, que an
esperan de las rancias y severas virtudes la ventura de los pueblos: Las
admiro y las compadezco, porque ciegas a toda luz no sabrn nunca que
los pueblos, como los mortales, slo son felices cuando olvidan eso que
llaman conciencia histrica, por el instinto ciego del futuro que est
cimero del bien y del mal, triunfante de la muerte. Un da llegar, sin
embargo, donde surja en la conciencia de los vivos, la ardua sentencia
que condena a los no nacidos. Qu pueblo de pecadores trascendentales
el que acierte a poner el gorro de cascabeles en la amarilla calavera
que llenaba de meditaciones sombras el alma de los viejos ermitaos!
Qu pueblo de cnicos elegantes el que rompiendo la ley de todas las
cosas, la ley suprema que une a las hormigas con los astros, renuncie a
dar la vida, y en un alegre balneario se disponga a la muerte! Acaso no
sera ese el ms divertido fin del mundo, con la coronacin de Safo y
Ganimedes?... Y a todo esto la noche haba cerrado por completo, y el
claro de la luna iluminaba el alfizar. Por la ventana abierta entraba
un aire fro y hmedo que tan pronto abata como alzaba flameantes las
llamas del hogar. Don Carlos nos indic con un gesto que le siguisemos:
Salimos, y caminamos a pie durante algn tiempo, hasta llegar al abrigo
de los peascales donde un soldado nos esperaba con los caballos del
diestro. El Rey mont, arrancando al galope, y nosotros le imitamos. Al
pasar ante los guardias, una voz se alzaba en la noche:

--Quin vive?

Y el soldado responda con un grito:

--Carlos VII!

--Qu gente?

--Borbn!

Y nos dejaban paso. Los peascales que flanquean la carretera parecan
llenos de amenazas, y de los montes cercanos llegaba en el silencio de
la noche el rumor de las hinchadas torrenteras. En las puertas de la
ciudad hubimos de confiar los caballos al soldado, y recatndonos
caminamos a pie.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: N]os detuvimos ante un casern con rejas: Era el casern
de mi bella bailarina elevada a Duquesa de Ucls. Llamamos con recato, y
la puerta se abri... El gran farol de hierro estaba encendido, y un
hombre march delante de nosotros franqueando otras puertas, que francas
se quedaban mucho despus de pasar. Ms de una vez aquel hombre me mir
curioso. Yo tambin le miraba queriendo reconocerle: Tena una pierna
de palo, era alto, seco, avellanado, con ojos de ca, y la calva y el
perfil de Csar. De pronto sent esclarecerse mi memoria ante el solemne
ademn con que de tiempo en tiempo se acariciaba los tufos. El Csar de
la pata de palo era un famoso picador de toros, hombre de mucha majeza,
amigo de las juergas clsicas con cantadores y aristcratas: En otro
tiempo se murmur que me haba substitudo en el corazn de la gentil
bailarina: Yo nunca quise averiguarlo porque siempre tuve como un deber
de andante caballera, respetar esos pequeos secretos de los corazones
femeninos. Con profunda melancola record aquel buen tiempo pasado!
Pareca despertarse al golpe seco de la pierna de palo, mientras
cruzbamos el vasto corredor, sobre cuyos muros se desenvolva en
viejas estampas la historia amorosa de Doa Marina y Hernn Corts. Mi
corazn an palpit cuando en el fondo de una puerta surgi la Duquesa.
Don Carlos la interrog:

--Ha venido?

--Ya no tardar, Seor.

La Duquesa quiso apartarse cediendo el paso, pero muy galn lo rehus el
Rey:

--Las damas primero.

El saln, apenas alumbrado por los candelabros de las consolas, era
grande y fro, con encerada tarima. Ante el sof del estrado brillaba un
brasero de cobre sostenido por garras de len. Don Carlos murmur, al
tiempo que extenda sus manos sobre el rescoldo:

--Las mujeres slo saben hacerse esperar... Es su gran talento!

Call, y nosotros respetamos su silencio. La Duquesa me enviaba una
sonrisa. Yo, al verla con tocas de viuda, record a la dama del negro
velo que haba salido de la iglesia en el cortejo de Doa Margarita. En
el corredor volva a resonar el golpe de la pata de palo, y un murmullo
de voces. A poco entran dos mujeres muy rebozadas y anhelantes, con un
vaho de humedad en los mantos. Al vernos, una de ellas retrocede hasta
la puerta mostrando disgusto. Don Carlos se acerca, y despus de algunas
palabras en voz baja, sale acompandola. La otra, una duea que andaba
sin ruido, sale detrs, pero a los pocos momentos vuelve, y con la mano
asomando apenas bajo el manto, hace una sea a Volfani: Volfani se
levanta y la sigue. Al vernos solos, murmura y re la Duquesa:

--Se tapan de usted!

--Acaso las conozco?

--No s... No me pregunte usted nada.

Call, sin sentir la menor curiosidad, y quise besar las manos ducales
de mi amiga, pero ella las retir sonriendo:

--Ten formalidad. Mira que somos dos viejos.

--T eres eternamente joven, Carmen!

Me mir un momento, y replic maliciosa y cruel:

--Pues a ti no te sucede lo mismo.

Y como era muy piadosa, queriendo restaar la herida me ech al cuello
su boa de marta, ofrecindome los labios como un fruto. Divinos labios
que desvanecan en un perfume de rezos el perfume de los ols flamencos!
Se apart vivamente porque el golpe de la pierna de palo volva a sonar
despertando los ecos del casern. Yo le dije sonriendo:

--Qu temes?

Y ella frunciendo el arco de su lindo ceo, respondi:

--Nada! Tambin t crees esa calumnia?

Y besando la cruz de sus dedos, con tanta devocin como gitanera,
murmur:

--Te lo juro!... Jams he tenido nada con ese... Somos paisanos y le
guardo ley, y por eso cuando un toro le dej sin poderse ganar el pan,
le recog de caridad. T haras lo mismo!

--Lo mismo!

Aun cuando no estuviese muy seguro, lo afirm solemnemente. La Duquesa,
como queriendo borrar por completo aquel recuerdo, me dijo con amoroso
reproche:

--Ni siquiera me has preguntado por nuestra hija!

Qued un momento turbado, porque apenas haca memoria. Luego mi corazn
puso la disculpa en mis labios.

--No me atrev.

--Por qu?

--No quera nombrarla viniendo en aventura con el Rey.

Una nube de tristeza pas por los ojos de la madre:

--No la tengo aqu... Est en un convento.

Yo sent de pronto el amor de aquella hija lejana y casi quimrica:

--Se parece a ti?

--No... Es fecha.

Temiendo una burla, me re:

--Pero de veras es mi hija?

La Duquesa de Ucls volvi a jurar besando la cruz de sus dedos, y tal
vez haya sido mi emocin, pero entonces su juramento me pareci limpio
de toda gitanera. Fijndome sus grandes ojos morunos, dijo con un
profundo encanto sentimental, el encanto sentimental que hay en algunas
coplas gitanas:

--Esa criatura es tan hija tuya como ma. Nunca lo ocult, ni siquiera a
mi marido. Y cmo la quera el pobrecito!

Se enjug una lgrima. Era viuda desde el comienzo de la guerra, donde
haba muerto oscuramente el pacfico Duque de Ucls. La antigua
bailarina, fiel a la tradicin como una gran dama, se estaba arruinando
por la Causa: Ella sola haba costeado las armas y monturas de cien
jinetes: Cien lanzas que se llamaron de Don Jaime. Al hablar del
heredero se enterneca como si tambin fuese su hijo.

--De manera que has visto a mi precioso prncipe?

--S.

--Y a cul de las Infantas?

--A Doa Blanca.

--Qu salada, verdad? Va a ser ms barbiana!

Y an quedaba en el aire el aleteo gracioso de aquella profeca, cuando
all, en el fondo del casern, reson la voz del Rey. La Duquesa se puso
de pie:

--Qu pasar?

Don Carlos entr. Estaba un poco plido. Nosotros le interrogamos con
los ojos. l dijo:

--A Volfani acaba de darle un accidente. Ya se haban ido esas damas y
estaba hablndole, cuando de pronto veo que cae poco a poco, doblndose
sobre un brazo del silln. Yo tuve que sostenerle...

Dicho esto sali, y nosotros, obedeciendo el mandato que no lleg a
formular, salimos tras l. Volfani estaba en un silln, deshecho,
encogido, doblado y con la cabeza colgante. Don Carlos se acerc, y
levantndole en sus brazos robustos, le asent mejor:

--Cmo ests, Volfani?

Volfani hizo visibles esfuerzos para contestar, pero no pudo. De su boca
inerte, cada, hilbanse las babas. La Duquesa acudi a limpiarlas,
caritativa y excelsa como la Vernica. Volfani pos sobre nosotros sus
tristes ojos mortales. La Duquesa, con el nimo que las mujeres tienen
para tales trances, le habl:

--Esto no es nada, Seor Conde. A mi marido, como estaba un poco
grueso...

Volfani agit un brazo que le colgaba, y los labios exhalaron un
ronquido donde se adivinaba el esbozo de algunas palabras. Nosotros nos
miramos creyendo verle morir. El ronquido, manchado por una espuma de
saliva, volvi a pasar entre los labios de Volfani: De los ojos nublados
se desprendieron dos lgrimas que corrieron escuetas por las mejillas de
cera. Don Carlos le habl como a un nio, levantando la voz con cariosa
autoridad:

--Vas a ser trasladado a tu casa. Quieres que te acompae Bradomn?

Volfani sigui mudo. El Rey nos llam aparte, y hablamos los tres en
secreto. Lo primero, como cumpla a corazones cristianos y magnnimos,
fu lamentar el disgusto de la pobre Mara Antonieta: Despus fu
augurarle la muerte del pobre Volfani: Lo ltimo fu acordar de qu
suerte haba que trasladrsele para evitar todo comento. La Duquesa
advirti que no podan llevarle criados de su casa, convnose en ello y
al cabo de algunas dudas se acord confiar el caso a Rafael el Rondeo.
El Csar de la pata de palo, luego de enterarse, se acarici los tufos y
dijo ceceando:

--Pero estamos seguros de que no es vino lo que tiene?

La Duquesa, poseda de justa indignacin, le impuso silencio. El Csar,
impasible, continu acaricindose los tufos hasta que al fin se encar
con nosotros dando por resuelto el caso. Cargaran con el cuerpo del
Conde Volfani dos sargentos que estaban alojados en los desvanes. Eran
hombres de confianza, veteranos del Quinto de Navarra, y le llevaran a
su casa como si viniesen de camino. Y termin su discurso con una
palabra que, como una caa de manzanilla, daba todo el aroma de su
antigua vida de torero y jcaro: Hace?

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: N]os volvimos adonde habamos dejado los caballos. El Rey
no ocultaba su disgusto: Frecuentemente repeta, condolido y obstinado:

--Pobre Volfani! Era un corazn leal.

Durante algn tiempo slo se escuch el paso de las cabalgaduras. La
luna, una luna clara de invierno, iluminaba la aridez nevada del
Monte-Jurra. El viento avendavalado y fro, nos bata de frente. Don
Carlos habl, y una rfaga llevse deshechas sus palabras. Apenas pude
entender:

--Crees que morir?...

Yo haciendo tornavoz con la mano grit:

--Lo temo, Seor!...

Y un eco repiti mis palabras, borrosas, informes. Don Carlos guard
silencio, y durante el camino no habl ms. Descabalgamos al abrigo de
los peascales que haba inmediatos a la casera, y entregando las
riendas al soldado que nos acompaaba, caminamos a pie. En la puerta nos
detuvimos un instante contemplando las nubes negras que el viento haca
desfilar sobre la luna. Don Carlos aun murmur:

--Maldito tiempo! Era un corazn leal!

Dirigi una ltima mirada al cielo torvo, que amenazaba ventisca, y
entr. Traspuesto el umbral, percibimos rumor de voces que disputaban.
Yo tranquilic al Rey:

--No es nada, Seor: Estn jugndose las futuras soldadas.

Don Carlos tuvo una sonrisa indulgente.

--Conoces quines son?

--Lo adivino, Seor. Todo el Cuartel Real.

Habamos entrado en la sala donde estaba dispuesto el aposento del Rey.
Un veln alumbraba sobre la mesa, la cama apareca cubierta por rica
piel de topo, y el brasero, colocado entre dos sillas de campaa, arda
con encenizados fulgores. Don Carlos, sentndose a descansar, me dijo
con amable irona:

--Bradomn, sabes que esta noche me han hablado con horror de ti...
Dicen que tu amistad trae la desgracia... Me han suplicado que te aleje
de mi persona.

Yo murmur sonriendo:

--Ha sido una dama, Seor?

--Una dama que no te conoce... Pero cuenta que su abuela siempre te
maldijo como al peor de los hombres.

Sent una vaga aprensin:

--Quin era su abuela, Seor?

--Una princesa romaola.

Call sobrecogido. Acababa de levantarse en mi alma, penetrndola con un
fro mortal, el recuerdo ms triste de mi vida. Sal de la estancia con
el alma cubierta de luto. Aquel odio que una anciana transmita a sus
nietas, me recordaba el primero, el ms grande amor de mi vida perdido
para siempre en la fatalidad de mi destino. Con cunta tristeza record
mis aos juveniles en la tierra italiana, el tiempo en que serva en la
Guardia Noble de Su Santidad! Fu entonces cuando en un amanecer de
primavera donde temblaba la voz de las campanas y se senta el perfume
de las rosas recin abiertas, llegu a la vieja ciudad pontificia, y al
palacio de una noble princesa que me recibi rodeada de sus hijas, como
en Corte de Amor. Aquel recuerdo llenaba mi alma. Todo el pasado,
tumultuoso y estril, echaba sobre m ahogndome, sus aguas amargas.

Buscando estar a solas salme al huerto, y durante mucho tiempo pase en
la noche callada mi soledad y mis tristezas, bajo la luna, otras veces
testigo de mis amores y de mis glorias. Oyendo el rumor de las hinchadas
torrenteras que se despeaban inundando los caminos, yo las comparaba
con mi vida, unas veces rugiente de pasiones y otras cauce seco y
abrasado. Como la luna no disipase mis negros pensamientos, comprend
que era forzoso buscar el olvido en otra parte, y suspirando resignado
me junt con mis mundanos amigos del Cuartel Real. Ay, triste es
confesarlo, pero para las almas doloridas ofrece la blanca luna menos
consuelos que un albur! Con el canto del gallo tocaron diana las
cornetas, y hube de guardar mi ganancia volviendo a sumirme en
cavilaciones sentimentales. A poco un ayudante vino a decirme que me
llamaba el Rey. Le hall en su cmara apurando a sorbos una taza de
caf, ya calzadas las espuelas y ceido el sable:

--Bradomn, ahora soy contigo.

--A vuestras rdenes, Seor.

El Rey apur el ltimo sorbo, y dejando la taza me llev al hueco de la
ventana:

--Conque nos ha salido otro cura faccioso!... Hombre leal y valiente,
segn me dicen, pero fantico... El cura de Orio.

Yo interrogu:

--Un mulo de Santa Cruz?

--No... Un pobre viejo para quien no han pasado los aos, y que hace la
guerra como en tiempos de mi abuelo... Creo que intenta quemar por
herejes a dos viajeros rusos, dos locos sin duda... Yo quiero que t te
avistes con l, para hacerle entender que son otros los tiempos:
Aconsjale que vuelva a su iglesia y que entregue los prisioneros. Ya
sabes que no quiero disgustar a Rusia.

--Y qu debo hacer si tiene la cabeza demasiado dura?

Don Carlos sonri con majestad:

--Romprsela.

Y se apart para recibir un correo que llegaba. Yo qued en el mismo
sitio, esperando una ltima palabra. Don Carlos alz un momento los ojos
del parte que lea y tuvo para m una de sus miradas afables, nobles,
serenas, tristes. Una mirada de gran Rey.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: S]al, y un momento despus cabalgaba llevando por
escolta diez lanzas, escogidas, de Borbn. No hicimos parada hasta San
Pelayo de Ariza. All supe que una faccin alfonsina haba cortado el
puente de Omelln: Pregunt si era hacedero pasar el ro, y me dijeron
que no: El vado con las crecidas estaba imposible, y la barca haba sido
quemada. Hacase forzoso volver atrs y seguir el camino de los montes
para cruzar el ro por el puente de Arniz. Yo quera, ante todo, dar
cumplimiento a la misin que llevaba, y no vacil, aun cuando supona
llena de riesgos aquella ruta, cosa que con los mayores extremos
confirm el gua, un viejo aldeano con tres hijos mozos en los Ejrcitos
del Seor Rey Don Carlos.

Antes de emprender la jornada bajamos con los caballos a que bebiesen en
el ro, y al mirar tan cerca la otra orilla, sent la tentacin de
arriesgarme. Consult con mis hombres, y como unos se mostrasen
resueltos mientras otros dudaban, puse fin a tales plticas entrndome
ro adentro con mi caballo: El animal tembloroso sacuda las orejas: Ya
nadaba con el agua a la cincha, cuando en la otra ribera asom una vieja
cargada de lea, y comenz a gritarnos. Al pronto supuse que nos
adverta lo peligroso del paso. A mitad de la corriente, entend mejor
sus voces.

--Tenos, mis hijos! No pasis por el amor de Dios. Todo el camino est
cubierto de negros alfonsistas...

Y echando al suelo el haz de lea, baj hasta meterse con los zuecos en
el agua, los brazos en alto como una sibila aldeana, clamorosa,
desesperada y adusta:

--Dios Nuestro Seor quiere probarnos y saber ans la fe que cada uno
tiene en la su nima, y la firme conciencia de los procederes!...
Cuentan y no acaban que han ganado una gran batalla! Abun, Tafal,
Endrs, Otiz, todo es de los negros, mis hijos...

Me volv a mirar el talante que mostraba mi gente y hallme que
retroceda acobardada. En el mismo instante sonaron algunos tiros, y
pude ver en el agua el crculo de las balas que caan cerca de m.
Apresurme para ganar la otra orilla, y cuando ya mi caballo se ergua
asentando los cascos en la arena, sent en el brazo izquierdo el golpe
de una bala y correr la sangre caliente por la mano adormecida. Mis
jinetes, doblados sobre el arzn, ya trepaban al galope por una cuesta
entre hmedos jarales. Con los caballos cubiertos de sudor entramos en
la aldea. Hice llamar a un curandero que me puso el brazo entre cuatro
caas, y sin ms descanso ni otra prevencin, tom con mis diez lanzas
el camino de los montes. El gua, que caminaba a pie al diestro de mi
caballo, no cesaba de augurar nuevos riesgos.

Los dolores que mi brazo herido me causaban eran tan grandes, que los
soldados de la escolta viendo mis ojos encendidos por la fiebre, y mi
rostro de cera, y mis barbas sombras, que en pocas horas simulaban
haber crecido como en algunos cadveres, guardaban un silencio lleno de
respeto. El dolor casi me nublaba los ojos, y como mi caballo corra
abandonada sobre el borrn la rienda, al cruzar una aldea falt poco
para que atropellase a dos mujeres que caminaban juntas, enterrndose en
los lodazales. Gritaron al apartarse, fijndome los ojos asustados: Una
de aquellas mujeres me reconoci:

--Marqus!

Me volv con un gesto de dolorida indiferencia:

--Qu quiere usted, seora?

--No se acuerda usted de m?

Y se acerc, descubrindose un poco la cabeza que se tocaba con una
mantilla de aldeana navarra. Yo vi un rostro arrugado y unos ojos
negros, de mujer enrgica y buena. Quise recordar:

--Es usted?...

Y me detuve indeciso. Ella acudi en mi ayuda:

--Sor Simona, Marqus!... Parece mentira que no se acuerde?

Yo repet desvanecida la memoria:

--Sor Simona...

--Si me ha visto cien veces cuando estbamos en la frontera con el Rey!
Pero qu tiene? Est herido?

Por toda respuesta le mostr mi mano lvida, con las uas azulencas y
fras. Ella la examin un momento, y acab exclamando con bondadoso
mpetu:

--Usted no puede seguir as, Marqus.

Yo murmur:

--Es preciso que cumpla una orden del Rey.

--Aunque haya de cumplir cien rdenes. Tengo visto en esta guerra muchos
heridos, y le digo que ese brazo no espera... Por lo tanto que espere el
Rey.

Y tom el diestro de mi caballo para hacerle torcer de camino. En
aquella cara arrugada y morena, los ojos negros y ardientes de monja
fundadora, estaban llenos de lgrimas: Volvindose a los soldados, les
dijo:

--Venid detrs, muchachos.

Hablaba con ese tono autoritario y enternecido, que yo haba escuchado
tantas veces a las viejas abuelas mayorazgas. Aun cuando el dolor me
robaba toda energa, llevado de mis hbitos galantes hice un esfuerzo
por apearme. Sor Simona se opuso con palabras que a la vez eran bruscas
y amables. Obedec, falto de toda voluntad, y entramos por una calle de
huertos y casuchas bajas que humeaban en la paz del crepsculo,
esparciendo en el aire el olor de la pinocha quemada. Yo perciba como
en un sueo las voces de algunos nios que jugaban, y los gritos
furibundos de las madres. Las ramas de un sauce que verta su copa fuera
de la tapia, me dieron en la cara. Inclinndome en la silla pas bajo su
sombra adversa.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: N]os detuvimos ante una de esas hidalgas casonas
aldeanas, con piedra de armas sobre la puerta y ancho zagun donde se
percibe el aroma del mosto, que parece pregonar la generosa voluntad.
Estaba en una plaza donde creca la yerba: En el mbito desierto
resonaba el martillo del herrador y el canto de una mujeruca que
remendaba su refajo. Sor Simona me dijo, mientras me ayudaba a
descabalgar:

--Aqu tenemos nuestro retiro, desde que los republicanos quemaron el
convento de Abarzuza... La furia que les entr cuando la muerte de su
general!

Yo interrogu vagamente:

--Qu general?

--Don Manuel de la Concha!

Entonces record haber odo, no saba cundo ni dnde, que la nueva de
aquel suceso, una monja con disfraz de aldeana, hubo de llevarla a
Estella. La monja, por ganar tiempo, haba caminado toda la noche a pie,
en medio de una tormenta, y al llegar fu tomada por visionaria. Era Sor
Simona. Al darse a conocer aun me lo record sonriendo:

--Ay, Marqus, cre que aquella noche me fusilaban!

Yo suba, apoyado en su hombro, la ancha escalera de piedra, y delante
de nosotros suba la compaera de Sor Simona. Era casi una nia, con los
ojos aterciopelados, muy amorosos y dulces. Se adelant para llamar, y
nos habri la hermana portera:

--Deo gracias!

--A Dios sean dadas!

Sor Simona me dijo:

--Aqu tenemos nuestro hospital de sangre.

Yo distingu en el fondo crepuscular de una sala blanca entarimada de
nogal, un grupo de mujeres con tocas, sentadas en sillas bajas de enea,
haciendo hilas y rasgando vendajes. Sor Simona orden:

--Dispongan una cama en la celda donde estuvo Don Antonio Dorregaray.

Dos monjas se levantaron y salieron: Una de ellas llevaba a la cintura
un gran manojo de llaves. Sor Simona, ayudada por la nia que viniera
acompandola, comenz a desatar el vendaje de mi brazo:

--Vamos a ver cmo est. Quin le puso estas caas?

--Un curandero de San Pelayo de Ariza.

--Vlgame Dios! Le doler mucho?

--Mucho!

Libre de las ligaduras que me opriman el brazo, sent un alivio, y me
enderec con sbita energa:

--Hganme una cura ligera, para que pueda continuar mi camino.

Sor Simona murmur con gran reposo:

--Sintese!... No hable locuras. Ya me dir cul es esa orden del
Rey... Si fuese preciso, la llevar yo misma.

Me sent, cediendo al tono de la monja:

--Qu pueblo es ste?

--Villareal de Navarra.

--Cunto dista de Amelzu?

--Seis leguas.

Yo murmur reprimiendo una queja:

--Las rdenes que llevo son para el Cura de Orio.

--Qu rdenes son?

--Que me entregue unos prisioneros. Es preciso que hoy mismo me aviste
con l.

Sor Simona movi la cabeza:

--Ya le digo que no piense en tales locuras. Yo me encargo de arreglar
eso. Qu prisioneros son los que ha de entregarle?

--Dos extranjeros a quienes ha ofrecido quemar por herejes.

La monja ri celebrndolo:

--Qu cosas tiene ese bendito!

Yo, reprimiendo una queja, tambin me re. Un momento mis ojos
encontraron los ojos de la nia, que asustados y compasivos, se alzaban
de mi brazo amarillento donde se vea el crdeno agujero de la bala. Sor
Simona le advirti en voz baja:

--Maximina, que pongas sbanas de hilo en la cama del Seor Marqus.

Sali presurosa: Sor Simona me dijo:

--Estaba viendo que rompa a llorar. Es una criatura buena como los
ngeles!

Yo sent el alma llena de ternura por aquella nia de los ojos
aterciopelados, compasivos y tristes. La memoria acalenturada, comenz a
repetir unas palabras con terca insistencia:

--Es feucha! Es feucha! Es feucha!...

Me acost con ayuda de un soldado y una vieja criada de las monjas. Sor
Simona lleg a poco, y, sentndose a mi cabecera, comenz:

--He mandado un aviso al alcalde, para que aloje a la gente que usted
trae. El mdico viene ahora, est terminando la visita en la sala de
Santiago.

Yo asent con apagada sonrisa. Poco despus, oamos en el corredor una
voz cascada y familiar, hablando con las monjas que respondan
melifluas. Sor Simona murmur:

--Ya est ah.

Todava pas algn tiempo hasta que el mdico asom en la puerta,
tatareando un zorcico: Era un viejo jovial, de mejillas bermejas y ojos
habladores, de una malicia ingenua: Detenindose en el umbral, exclam:

--Qu hago? Me quito la boina?

Yo murmur dbilmente:

--No, seor.

--Pues no me la quito. Aun cuando quien debiera autorizarlo era la Madre
Superiora... Veamos qu tiene el valiente caporal.

Sor Simona murmur con severa cortesa de seora antigua:

--Este caporal es el Marqus de Bradomn.

Los ojos alegres del viejo, me miraron con atencin:

--De odas le conoca mucho.

Call inclinndose para examinarme la mano, y comenzando a desatar el
vendaje, se volvi un momento:

--Sor Simona, quiere hacerme el favor de aproximar la luz?

La monja acudi. El mdico me descubri el brazo hasta el hombro, y
desliz sus dedos oprimindolo: Sorprendido levant la cabeza:

--No duele?

Yo respond con voz apagada:

--Algo!

--Pues grite! Precisamente hago el reconocimiento para saber dnde
duele.

Volvi a empezar detenindose mucho, y mirndome a la cara: Bordeando el
agujero de la bala me hinc ms fuerte los dedos:

--Duele aqu?

--Mucho.

Oprimi ms, y sintise un crujido de huesos. Por la cara del mdico
pas como una sombra y murmur dirigindose a la monja, que alumbraba
inmvil:

--Estn fracturados el cbito y el radio, y con fractura conminuta.

Sor Simona, asinti con los ojos. El mdico baj la manga
cuidadosamente, y mirndome cara a cara, me dijo:

--Ya he visto que es usted un hombre valiente.

Sonre con tristeza, y hubo un momento de silencio. Sor Simona dej la
luz sobre la mesa y torn al borde de la cama. Yo vea en la sombra las
dos figuras atentas y graves. Comprendiendo la razn de aquel silencio,
les habl:

--Ser preciso amputar el brazo?

El mdico y la monja se miraron. Le en sus ojos la sentencia, y slo
pens en la actitud que a lo adelante deba adoptar con las mujeres para
hacer potica mi manquedad. Quin la hubiera alcanzado en la ms alta
ocasin que vieron los siglos! Yo confieso que entonces ms envidiaba
aquella gloria al divino soldado, que la gloria de haber escrito el
Quijote. Mientras cavilaba estas locuras volvi el mdico a descubrirme
el brazo y acab declarando que la gangrena no consenta esperas. Sor
Simona le llam con un gesto, y apartados en un extremo de la estancia
vi conferenciar en secreto. Despus la monja volvi a mi cabecera:

--Hay que tener nimo, Marqus.

Yo murmur:

--Lo tengo, Sor Simona.

Y volvi a repetir la buena Madre:

--Mucho nimo!

La mir fijamente, y le dije:

--Pobre Sor Simona, no sabe cmo anuncirmelo!

La monja guard silencio y la vaga esperanza que yo haba conservado
hasta entonces, huy como un pjaro que vuela en el crepsculo: Yo
sent que era mi alma como viejo nido abandonado. La monja susurr:

--Es preciso tener conformidad con las desgracias que nos manda Dios.

Alejse con leve andar, y vino el mdico a mi cabecera: Un poco receloso
le dije:

--Ha cortado usted muchos brazos, Doctor?

Sonri, afirmando con la cabeza:

--Algunos, algunos.

Entraban dos monjas, y se apart para ayudarlas a disponer sobre una
mesa hilas y vendajes. Yo segua con los ojos aquellos preparativos, y
experimentaba un goce amargo y cruel, dominando el femenil sentimiento
de compasin que naca en m ante la propia desgracia. El orgullo, mi
gran virtud, me sostena. No exhal una queja ni cuando me rajaron la
carne, ni cuando serraron el hueso, ni cuando cosieron el mun. Puesto
el ltimo vendaje, Sor Simona murmur con un fuego simptico en los
ojos:

--No he visto nunca tanto nimo!

Y los aclitos que haban asistido al sacrificio, prorrumpieron tambin
en exclamaciones:

--Qu valor!

--Cunta entereza!

--Y nos pasmbamos del General!

Yo sospech que me felicitaban, y les dije con voz dbil:

--Gracias, hijos mos!

Y el mdico que se lavaba la sangre de las manos, les advirti jovial:

--Dejadle que descanse...

[imagen]Cerr los ojos para ocultar dos lgrimas que acudan a
ellos, y sin abrirlos advert que la estancia quedaba a oscuras. Despus
unos pasos tenues vagaron en torno mo, y no s si mi pensamiento se
desvaneci en un

sueo o en un desmayo.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: E]ra todo silencio en torno mo, y al borde de mi cama
una sombra estaba en vela. Abr los prpados en la vaga oscuridad, y la
sombra se acerc solcita: Unos ojos aterciopelados, compasivos y
tristes, me interrogaron:

--Sufre mucho, seor?

Eran los ojos de la nia, y al reconocerlos sent como si las aguas de
un consuelo me refrescasen la aridez abrasada del alma. Mi pensamiento
vol como una alondra rompiendo las nieblas de la modorra donde
persista la conciencia de las cosas reales, angustiada, dolorida y
confusa. Alc con fatiga el nico brazo que me quedaba, y acarici
aquella cabeza que pareca tener un nimbo de tristeza infantil y divina.
Se inclin besndome la mano, y al incorporarse tena el terciopelo de
los ojos brillante de lgrimas. Yo le dije:

--No tengas pena, hija ma.

Hizo un esfuerzo para serenarse, y murmur conmovida:

--Es usted muy valiente!

Yo sonre un poco orgulloso de aquella ingenua admiracin:

--Ese brazo no serva de nada.

La nia me mir, con los labios trmulos, abiertos sobre m sus grandes
ojos como dos florecillas franciscanas de un aroma humilde y cordial. Yo
le dije deseoso de gustar otra vez el consuelo de sus palabras tmidas:

--T no sabes que si tenemos dos brazos es como un recuerdo de las
edades salvajes, para trepar a los rboles, para combatir con las
fieras... Pero en nuestra vida de hoy, basta y sobra con uno, hija
ma... Adems, espero que esa rama cercenada servir para alargarme la
vida, porque ya soy como un tronco viejo.

La nia solloz:

--No hable usted as, por Dios! Me da mucha pena!

La voz un poco aniada se unga con el mismo encanto que los ojos,
mientras en la penumbra de la alcoba quedaba indeciso el rostro menudo,
plido, con ojeras. Yo murmur dbilmente, enterrada la cabeza en las
almohadas:

--Hblame, hija ma.

Ella repuso ingenua y casi riente, como si pasase por sus palabras una
rfaga de alegra infantil:

--Por qu quiere usted que le hable?

--Porque el oirte me hace bien. Tienes la voz balsmica.

La nia quedse un momento pensativa y luego repiti, como si buscase en
mis palabras un sentido oculto:

--La voz balsmica!

Y recogida en su silla de enea, a la cabecera de mi lecho, permaneci
silenciosa, pasando lentamente las cuentas del rosario. Yo la vea al
travs de los prpados flojos, hundido en el socavn de las almohadas
que parecan contagiarme la fiebre, caldeadas, quemantes. Poco a poco
volvieron a cercarme las nieblas del sueo, un sueo ingrvido y
flotante, lleno de agujeros, de una geometra diablica. Abr los ojos
de pronto, y la nia me dijo:

--Ahora se fu la Madre Superiora. Me ha reido, porque dice que le
fatigo a usted con mi charla, de manera que va usted a estarse muy
callado.

Hablaba sonriendo, y en su cara triste y ojerosa, era la sonrisa como el
reflejo del sol en las flores humildes, cubiertas de roco. Recogida en
su silla de enea, me fijaba los ojos llenos de sueos tristes. Yo al
verla senta penetrada el alma de una suave ternura, ingenua como amor
de abuelo que quiere dar calor a sus viejos das consolando las penas
de una nia y oyendo sus cuentos. Por oir su voz, le dije:

--Cmo te llamas?

--Maximina.

--Es un nombre muy bonito.

Me mir ponindose encendida, y repuso risuea y sincera:

--Ser lo nico bonito que tenga!

--Tienes tambin muy bonitos los ojos.

--Los ojos podr ser... Pero soy toda yo tan poca cosa!...

--Ay!... Adivino que vales mucho.

Me interrumpi muy apurada:

--No, seor, ni siquiera soy buena.

Tend hacia ella mi nica mano:

--La nia ms buena que he conocido.

--Nia!... Una mujer enana, Seor Marqus. Cuntos aos cree usted
que tengo?

Y puesta en pie, cruzaba los brazos ante m, burlndose ella misma de
ser tan pequea. Yo le dije con amable zumba:

--Acaso tengas veinte aos!

Me mir muy alegre:

--Cmo se burla usted de m!... An no tengo quince aos, Seor
Marqus... Si cre que iba usted a decir doce!... Ay, que le estoy
haciendo hablar y no me prohibi otra cosa la Madre Superiora!

Sentse muy apurada y se llev un dedo a los labios al tiempo que sus
ojos demandaban perdn. Yo insist en hacerla hablar:

--Hace mucho que eres novicia?

Ella, sonriente, volvi a indicar el silencio: Despus murmur:

--No soy novicia: Soy educanda.

[imagen]Y sentada en la silla de enea qued abstrada.
Yo callaba, sintiendo sobre m el encanto
de aquellos ojos poblados por los
sueos. Ojos de nia, sueos de
mujer! Luces de alma en pena
en mi noche de viejo!

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: L]as tropas leales cruzaban la calle batiendo marcha. Se
oa el bramido fantico del pueblo que acuda a verlas. Unos gritaban:

--Viva Dios!

Otros gritaban arrojando al aire las boinas:

--Viva el Rey! Viva Carlos VII!

Record de pronto las rdenes que llevaba y quise incorporarme, pero el
dolor del brazo amputado me lo impidi: Era un dolor sordo que me finga
tenerlo an, pesndome como si fuese de plomo. Volviendo los ojos a la
novicia le dije con tristeza y burla:

--Hermana Maximina, quieres llamar en mi ayuda a la Madre Superiora?

--No est la Madre Superiora... Si yo puedo servirle!

La contempl sonriendo:

--Y te atreveras a correr por m un gran peligro?

La novicia baj los ojos, mientras en las mejillas plidas florecan dos
rosas:

--Yo s.

--T mi pobre pequea!

Call, porque la emocin embargaba mi voz, una emocin triste y grata al
mismo tiempo: Yo adivinaba que aquellos ojos aterciopelados y tristes
seran ya los ltimos que me mirasen con amor. Era mi emocin como la
del moribundo que contempla los encendidos oros de la tarde y sabe que
aquella tarde tan bella es la ltima. La novicia levantando hacia m sus
ojos, murmur:

--No se fije en que soy tan pequea, Seor Marqus.

Yo le dije sonriendo:

--A m me pareces muy grande, hija ma!... Me imagino que tus ojos se
abren all en el cielo.

Ella me mir risuea, al mismo tiempo que con una graciosa seriedad de
abuela repeta:

--Qu cosas!... Qu cosas dice este seor!

Yo call contemplando aquella cabeza llena de un encanto infantil y
triste. Ella, despus de un momento me interrog con la adorable timidez
que haca florecer las rosas en sus mejillas:

--Por qu me ha dicho si me atrevera a correr un peligro?...

Yo sonre:

--No fu eso lo que te dije, hija ma. Te dije si te atreveras a
correrlo por m.

La novicia call, y vi temblar sus labios que se tornaron blancos. Al
cabo de un momento murmur sin atreverse a mirarme, inmvil en su silla
de enea, con las manos en cruz:

--No es usted mi prjimo?

Yo suspir:

--Calla, por favor, hija ma.

Y me cubr los ojos con la mano, en una actitud trgica. As permanec
mucho tiempo esperando que la nia me interrogase, pero como la nia
permaneca muda, me decid a ser el primero en romper aquel largo
silencio:

--Qu dao me han hecho tus palabras: Son crueles como el deber.

La nia murmur:

--El deber es dulce.

--El deber que nace del corazn, pero no el que nace de una doctrina.

Los ojos aterciopelados y tristes me miraron serios:

--No entiendo sus palabras, seor.

Y despus de un momento, levantndose para mullir mis almohadas, murmur
apenada de ver mi ceo adusto:

--Qu peligro era ese, Seor Marqus?

Yo la mir todava severo:

--Era un vago hablar, Hermana Maximina.

--Y por qu deseaba ver a la Madre Superiora?

--Para recordarle un ofrecimiento que me hizo y del cual se ha olvidado.

Los ojos de la nia me miraron risueos:

--Yo s cul es: Que se viese con el Cura de Orio. Pero quin le ha
dicho que se ha olvidado? Entr aqu para despedirse de usted, y como
dorma no quiso despertarle.

La novicia call para correr a la ventana. De nuevo volvan a resonar en
la calle los gritos con que el pueblo saludaba a las tropas leales:

--Viva Dios! Viva el Rey!

La novicia tom asiento en uno de los poyos que flanqueaban la ventana,
aquella ventana angosta, de vidrios pequeos y verdeantes, nica que
tena la estancia. Yo le dije:

--Por qu te vas tan lejos, hija ma?

--Desde aqu tambin le oigo.

Y me enviaba la piadosa tristeza de sus ojos sentada al borde de la
ventana desde donde se atalayaba un camino entre lamos secos, y un
fondo de montes sombros, manchados de nieve. Como en los siglos
mediovales y religiosos llegaban desde la calle las voces del pueblo:
Viva Dios! Viva el Rey!

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: E]xaltaba la fiebre mis pensamientos. Dorma breves
instantes, y despertbame con sobresalto, sintiendo aferrada y dolorida
en un trmino remoto, la mano del brazo cercenado. Fu para m todo el
da de un afn angustioso. Sor Simona entr al anochecer, saludndome
con aquella voz grave y entera que tena como levadura de las rancias
virtudes castellanas:

--Qu tal van esos nimos, Marqus?

--Decados, Sor Simona.

La monja sacudi bravamente el agua que mojaba su mantilla de aldeana:

--Vaya que me ha costado trabajo convencer a ese bendito Cura de
Orio!...

Yo murmur dbilmente:

--Le ha visto?

--De all vengo... Cinco horas de camino, y una hora de sermn hasta que
me cans y le habl fuerte... Tentaciones tuve de araarle la cara y
hacer de Infanta Carlota. Dios me lo perdone!... No s ni lo que hablo.
El pobre hombre no haba pensado nunca en quemar a los prisioneros, pero
quera retenerlos para ver si los converta. En fin, ya estn aqu.

Yo me incorpor en las almohadas:

--Sor Simona, quiere usted autorizarles a entrar?

La Madre Superiora se asom a la puerta y grit:

--Sor Jimena, que pasen esos seores.

Luego volviendo a mi cabecera, murmur:

--Se conoce que son personas de calidad. Uno de ellos parece un gigante.
El otro es muy joven, con cara de nia, y sin duda era estudiante all
en su tierra, porque habla el latn mejor que el Cura de Orio.

La Madre Superiora call poniendo atencin a unos pasos lentos y
cansados que se acercaban corredor adelante, y qued esperando vueltos
los ojos a la puerta, donde no tard en asomar una monja llena de
arrugas, con tocas muy almidonadas y un delantal azul: En la frente y en
las manos tena la blancura de las hostias:

--Madrecica, esos caballeros venan tan cansados y arrecidos que les he
llevado a la cocina para que se calienten unas migajicas. Viera cmo se
quedan comiendo unas sopicas de ajo con que les he regalado! Si parece
que no haban catado en tres das cosa de sustancia. La Madrecica ha
reparado cmo se les conoce en las manos pulidas ser personas de mucha
calidad?

Sor Simona repuso con una sonrisa condescendiente:

--Algo de eso he reparado.

--El uno es tenebroso como un alcalde mayor, pero el otro es un bien
rebonico zagal para sacarlo en un paso de procesin, con el tontillo de
seda y las alicas de pluma, en la guisa que sale el Arcngel San Rafael.

La Madre Superiora sonrea oyendo a la monja, cuyos ojos azules y
lmpidos conservaban un candor infantil entre los prpados llenos de
arrugas. Con jovial entereza le dijo:

--Sor Jimena, con las sopas de ajo le sentar mejor que las alicas de
pluma, un trago de vino rancio.

--Y tiene razn, Madrecica! Ahora voy a encandilarles con l.

Sor Jimena sali arrastrando los pies, encorvada y presurosa. Los ojos
de la Madre Superiora la miraron salir llenos de indulgente compasin:

--Pobre Sor Jimena, ha vuelto a ser nia!

Despus tom asiento a mi cabecera y cruz las manos. Anocheca y los
vidrios llorosos de la ventana dejaban ver sobre el perfil incierto de
los montes, la mancha de la nieve argentada por la luna. Se oa lejano
el toque de una corneta. Sor Simona me dijo:

--Los soldados que vinieron con usted han hecho verdaderos horrores. El
pueblo est indignado con ellos y con los muchachos de una partida que
lleg ayer. Al escribano Arteta le han dado cien palos por negarse a
desfondar una pipa y convidarlos a beber, y a Doa Rosa Pedrayes la han
querido emplumar porque su marido, que muri hace veinte aos, fu amigo
de Espartero. Cuentan que han subido los caballos al piso alto, y que en
las consolas han puesto la cebada para que comiesen. Horrores!

Seguase oyendo el toque vibrante y luminoso de la corneta que pareca
dar sus notas al aire como un despliegue de blicas banderas. Yo sent
alzarse dentro de m el nimo guerrero, desptico, feudal, este noble
nimo atvico, que hacindome un hombre de otros tiempos, hizo en stos
mi desgracia. Soberbio Duque de Alba! Glorioso Duque de Sesa, de
Terranova y Santangelo! Magnfico Hernn Corts!: Yo hubiera sido
alfrez de vuestras banderas en vuestro siglo. Yo siento, tambin, que
el horror es bello, y amo la prpura gloriosa de la sangre, y el saqueo
de los pueblos, y a los viejos soldados crueles, y a los que violan
doncellas, y a los que incendian mieses, y a cuantos hacen desafueros al
amparo del fuero militar. Alzndome en las almohadas se lo dije a la
monja:

--Seora, mis soldados guardan la tradicin de las lanzas castellanas, y
la tradicin es bella como un romance y sagrada como un rito. Si a m
vienen con sus quejas, as se lo dir a esos honrados vecinos de
Villarreal de Navarra.

Yo vi en la oscuridad que la monja se enjugaba una lgrima: Con la voz
emocionada, me habl:

--Marqus, yo tambin se lo dije as... No con esas palabras, que no s
hablar con tanta elocuencia, pero s en el castellano claro de mi
tierra. Los soldados deben ser soldados, y la guerra debe ser guerra!

En esto la otra monja llena de arrugas, risuea bajo sus tocas blancas y
almidonadas, abri la puerta tmidamente y asom con una luz, pidiendo
permiso para que entrasen los prisioneros. A pesar de los aos reconoc
al gigante: Era aquel prncipe ruso que provocara un da mi despecho,
cuando all en los pases del sol quiso seducirle la Nia Chole. Viendo
juntos a los dos prisioneros, lament ms que nunca no poder gustar del
bello pecado, regalo de los dioses y tentacin de los poetas. En aquella
ocasin hubiera sido mi botn de guerra y una hermosa venganza, porque
era el compaero del gigante el ms admirable de los efebos.
Considerando la triste aridez de mi destino, suspir resignado. El efebo
me habl en latn, y en sus labios el divino idioma evocaba el tiempo
feliz en que otros efebos sus hermanos, eran ungidos y coronados de
rosas por los emperadores:

--Seor, mi padre os da las gracias.

Con aquella palabra padre, alta y sonora, era tambin cmo sus hermanos
nombraban a los emperadores. Y le dije enternecido:

--Que los dioses te libren de todo mal, hijo mo!

Los dos prisioneros se inclinaron. Creo
que el gigante me reconoci, porque advert
en sus ojos una expresin huidiza y cobarde.
Incapaz para la venganza, al verlos partir
record a la nia de los ojos aterciopelados
y tristes, y lament con un
suspiro, que no tuviese las formas
grciles de aquel efebo.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: T]oda la noche hubo sobresalto y lejano tiroteo de
fusilera. Al amanecer comenzaron a llegar heridos, y supimos que la
faccin alfonsina ocupaba el Santuario de San Cernn. Los soldados
cubiertos de lodo exhalaban un vaho hmedo, de los ponchos: Bajaban sin
formacin por los caminos del monte: Desanimados y recelosos murmuraban
que haban sido vendidos.

Yo haba obtenido permiso para levantarme, y con la frente apoyada en
los cristales de la ventana contemplaba los montes envueltos en la
cortina cenicienta de la lluvia. Me senta muy dbil, y al verme en pie
con mi brazo cercenado, confieso que era grande mi tristeza. Exaltbase
mi orgullo, y sufra presintiendo el goce de algunas viejas amigas de
quien no hablar jams en mis Memorias. Pas todo el da en sombro
abatimiento, sentado en uno de los poyos que guarnecan la ventana. La
nia de los ojos aterciopelados y tristes, me hizo compaa largos
ratos. Una vez le dije:

--Hermana Maximina, qu blsamo me traes?

Ella, sonriendo llena de timidez, vino a sentarse en el otro poyo de la
ventana. Yo cog su mano y comenc a explicarle:

--Hermana Maximina, t eres duea de tres blsamos: Uno lo dan tus
palabras, otro tus sonrisas, otro tus ojos de terciopelo...

Con la voz apagada y un poco triste, le hablaba de esta suerte, como a
una nia a quien quisiera distraer con un cuento de hadas. Ella me
responda:

--No le creo a usted, pero me gusta mucho oirle... Sabe usted decir
todas las cosas, como nadie sabe!...

Y toda roja enmudeca. Despus limpiaba los cristales empaados, y
mirando al huerto quedbase abstrada. El huerto era triste: Bajo los
rboles creca la yerba espontnea y humilde de los cementerios, y la
lluvia goteaba del ramaje sin hojas, negro, adusto. En el brocal del
pozo saltaban esos pjaros gentiles que llaman de las nieves, al pie de
la tapia balaba una oveja tirando de la jareta que la sujetaba, y por el
fondo nublado del cielo iba una bandada de cuervos. Yo repeta en voz
baja:

--Hermana Maximina!

Volvise lentamente, como una nia enferma a quien ya no alegran los
juegos:

--Qu mandaba usted, Seor Marqus?

En sus ojos de terciopelo pareca haber quedado toda la tristeza del
paisaje. Yo le dije:

--Hermana Maximina, se abren las heridas de mi alma, y necesito alguno
de tus blsamos. Cul quieres darme?

--El que usted quiera.

--Quiero el de tus ojos.

Y se los bes paternalmente. Ella bati muchas veces los prpados y
qued seria, contemplando sus manos delicadas y frgiles de mrtir
infantil. Yo senta que una profunda ternura me llenaba el alma con
voluptuosidad nunca gustada. Era como si un perfume de lgrimas se
vertiese en el curso de las horas felices. Volv a murmurar:

--Hermana Maximina...

Y ella, sin alzar la cabeza respondi con la voz vaga y dolorosa:

--Diga, Seor Marqus.

--Digo que eres avara de tus tesoros. Por qu no me miras? Por qu no
me hablas? Por qu no me sonres, Hermana Maximina?

Levant los ojos tristes y lnguidos como suspiros:

--Estaba pensando que llevaba usted muchas horas de pie. No le har a
usted dao?

Yo tom sus dos manos y la atraje hacia m:

--No me har dao si me haces el don de tus blsamos.

Por primera vez la bes en los labios: Estaban helados. Olvid el tono
sentimental y con el fuego de los aos juveniles le dije:

--Seras capaz de quererme?

Ella se estremeci sin responderme. Yo volv a repetir:

--Seras capaz de quererme, con tu alma de nia?

--S... Le quiero! Le quiero!

Y se arranc de mis brazos demudada. Huy y no volv a verla en todo
aquel da. Sentado en el poyo de la ventana permanec mucho tiempo. La
luna se levantaba sobre los montes en un cielo anubarrado y fantstico:
El huerto estaba oscuro: La casa en santa paz. Sent que a mis prpados
acuda el llanto: Era la emocin del amor, que da una profunda tristeza
a las vidas que se apagan. Como la mayor ventura so que aquellas
lgrimas fuesen enjugadas por la nia de los ojos aterciopelados y
tristes. El murmullo del rosario que rezaban las monjas en comunidad,
llegaba hasta m como un eco de aquellas almas humildes y felices que
cuidaban a los enfermos cual a los rosales de su huerto, y amaban a Dios
Nuestro Seor. Por la sombra del cielo iba la luna sola, lejana y
blanca como una novicia escapada de su celda. Era la Hermana Maximina!

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: D]espus de una noche en lucha con el pecado y el
insomnio, nada purifica el alma como baarse en la oracin y oir una
misa al rayar el da. La oracin entonces es tambin un roco matinal y
la calentura del Infierno se apaga con l. Yo como he sido un gran
pecador, aprend esto en los albores de mi vida, y en aquella ocasin no
poda olvidarlo. Me levant al oir el esquiln de las monjas, y
arrodillado en el presbiterio, tiritando bajo mi tabardo de soldado,
atend la misa que celebr el capelln. Algunos mocetones flacos,
envueltos en mantas y con las frentes vendadas, se perfilaban en la
sombra de uno y de otro muro, arrodillados sobre las tarimas. En el
mbito oscuro resonaban las toses cavadas y tsicas, apagando el
murmullo del latn litrgico. Terminada la misa, sal al patio que
mostraba su enlosado luciente por la lluvia. Los soldados convalecientes
paseaban: La fiebre les haba descarnado las mejillas y hundido los
ojos: A la luz del amanecer parecan espectros: Casi todos eran mozos
aldeanos enfermos de fatiga y de nostalgia. Herido en batalla slo haba
uno: Yo me acerqu a conversar con l: Vindome llegar se cuadr
militarmente. Le interrogu:

--Qu hay, muchacho?

--Aqu, esperando que me echen a la calle.

--Dnde te han herido?

--En la cabeza.

--Te pregunto en qu accin.

--Un encuentro que tuvimos cerca de Otiz.

--Qu tropas?

--Nosotros solos contra dos compaas de Ciudad Rodrigo.

--Y quines sois vosotros?

--Los muchachos del fraile. Yo era la primera vez que entraba en fuego.

--Y quin es el Fraile?

--Uno que estaba en Estella.

--Fray Ambrosio?

--Creo que se.

--Pues t no le conoces?

--No, seor. Quien nos mandaba era Miquelcho. El Fraile decan que
estaba herido.

--T no eras de la partida?

--No, seor. A m, junto con otros tres, me haban cogido al pasar por
Omelln.

--Y os obligaron a seguirlos?

--S, seor. Hacan leva.

--Y cmo se ha batido la gente del Fraile?

--A mi parecer bien. Les hemos tumbado siete a los del pantaln
encarnado. Los esperamos ocultos en un ribazo del camino: Venan muy
descuidados cantando...

El muchacho se interrumpi. Oase lejano clamoreo de femeniles voces
asustadas. Las voces corran la casa clamando:

--Qu desgracia!

--Virgen Santsima!

--Divino Jess!

El clamoreo se apag de pronto: La casa volvi a quedar en santa paz.
Los soldados hicieron comentarios y el suceso obtuvo distintas
versiones. Yo me paseaba bajo los arcos y sin poner atencin oa frases
desgranadas que apenas bastaban a enterarme: Hablaban en este corro de
una monja muy vieja y encamada que haba prendido fuego a las cortinas
de su lecho, y en aquel otro de una novicia muerta en su celda al pie
del brasero. Fatigado del paseo bajo los arcos donde el viento meta la
lluvia, me dirig hacia mi estancia. En uno de los corredores hall a
Sor Jimena:

--Hermana, puede saberse qu ha ocurrido para esos lloros?

La monja vacil un momento, y luego repuso sonriendo candorosa:

--Cules lloros?... Ay, nada saba!... Ocupadica en repartir un rancho
a los chicarros. Virgen del Carmelo, da pena ver cmo vienen los
pobreticos!

No quise insistir y fu a encerrarme en mi celda. Era una tristeza
depravada y sutil la que llenaba mi alma. Lujuria larvada de mstico y
de poeta. El sol matinal, un sol plido de invierno, temblaba en los
cristales de aquella ventana angosta que dejaba ver un camino entre
lamos secos y un fondo de montes sombros manchados de nieve. Los
soldados seguan llegando diseminados. Las monjas reunidas en el huerto
los reciban con amorosa solicitud y les curaban, despus de lavarles
las heridas con aguas milagrosas. Yo perciba el sordo murmullo de las
voces dolientes y airadas. Todos murmuraban que haban sido vendidos.
Present entonces el fin de la guerra, y contemplando aquellas cumbres
adustas de donde bajaban las guilas y las traiciones, record las
palabras de la Seora: Bradomn, que no se diga de los caballeros
espaoles, que habis ido a lejanas tierras en busca de una princesa,
para vestirla de luto!

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: P]ulsaron con los artejos. Volv la cabeza, y en el
umbral de la puerta descubr a Sor Simona. No haba reconocido la voz,
tal era su mudanza. La monja, clavndome los ojos autoritarios, me dijo:

--Seor Marqus, vengo a comunicarle una grata noticia.

Hizo una pausa, con nimo de dar ms importancia a sus palabras, y sin
adelantar un paso, inmvil en la puerta, prosigui:

--El mdico le ha dado de alta, y puede usted ponerse en camino sin
peligro alguno.

Sorprendido mir a la monja queriendo adivinar sus pensamientos, pero
aquel rostro permaneci impenetrable, envuelto en la sombra de las
tocas. Lentamente, superando el tono altanero con que la monja me haba
hablado, le dije:

--Cundo debo partir, Reverenda Madre?

--Cuando usted quiera.

Sor Simona mostr intencin de alejarse y con un gesto la detuve:

--Escuche usted, Seora Reverenda.

--Qu se le ofrece?

--Deseo decirle adios a la nia que me acompa en estos das tan
tristes.

--Esa nia est enferma.

--Y no puedo verla?

--No: Las celdas son clausura.

Ya haba traspuesto el umbral, cuando volviendo resuelta sobre sus pasos
entr de nuevo en la estancia y cerr la puerta. Con la voz vibrante de
clera y embargada de pena, me dijo:

--Ha cometido usted la mayor de sus infamias enamorando a esa nia.

Confieso que aquella acusacin slo despert en mi alma un remordimiento
dulce y sentimental:

--Sor Simona, imagina usted que con los cabellos blancos y un brazo de
menos an se puede enamorar!

La monja me clav los ojos, que bajo los prpados llenos de arrugas
fulguraban apasionados y violentos:

--A una nia que es un ngel, s. Comprendiendo que por su buen talle
ya no puede hacer conquistas, finge usted una melancola varonil que
mueve a lstima el corazn! Pobre hija, me lo ha confesado todo!

Yo repet, inclinando la cabeza:

--Pobre hija!

Sor Simona retrocedi dando un grito:

--Lo saba usted!

Sent estupor y zozobra. Una nube pesada y negra envolvi mi alma, y una
voz sin eco y sin acento, la voz desconocida del presagio, habl dentro
sonmbula. Sent terror de mis pecados como si estuviese prximo a
morir. Los aos pasados me parecieron llenos de sombras, como cisternas
de aguas muertas. La voz de la corazonada repeta implacable dentro de
m aquellas palabras ya otra vez recordadas con terca insistencia. La
monja juntando las manos clam con horror:

--Lo saba usted!

Y su voz embargada por el espanto de mi culpa me estremeci. Parecame
estar muerto y escucharla dentro del sepulcro, como una acusacin del
mundo. El misterio de los dulces ojos aterciopelados y tristes eran el
misterio de mis melancolas en aquellos tiempos, cuando fu galn y
poeta. Ojos queridos! Yo los haba amado porque encontraba en ellos los
suspiros romnticos de mi juventud, las ansias sentimentales que al
malograrse me dieron el escepticismo de todas las cosas, la perversin
melanclica y donjuanesca que hace las vctimas y llora con ellas. Las
palabras de la monja, repetidas incesantemente, parecan caer sobre m
como gotas de un metal ardiente:

--Lo saba usted!

Yo guardaba un silencio sombro. Haca mentalmente examen de conciencia,
queriendo castigar mi alma con el cilicio del remordimiento, y este
consuelo de los pecadores arrepentidos tambin huy de m. Pens que no
poda compararse mi culpa con la culpa de nuestro origen, y aun lament
con Jacobo Casanova, que los padres no pudiesen hacer en todos los
tiempos la felicidad de sus hijos. La monja, con las manos juntas y el
acento de horror y de duda, repeta sin cesar:

--Lo saba usted! Lo saba usted!

Y de pronto clavndome los ojos ardientes y fanticos, hizo la seal de
la cruz y estall en maldiciones. Yo, como si fuere el diablo, sal de
la estancia. Baj al patio donde estaban algunos soldados de mi escolta
conversando con los heridos, y di orden de tocar botasillas. Poco
despus el clarn alzaba su canto animoso y dominador como el de un
gallo. Las diez lanzas de mi escolta se juntaron en la plaza: Regidos
por sus jinetes piafaban los caballos ante el blasonado portn. Al
montar ech mi brazo tan de menos que sent un profundo desconsuelo, y
buscando el blsamo de aquellos ojos aterciopelados mir a las ventanas,
pero las angostas ventanas de montante donde temblaba el sol de la
maana, permanecieron cerradas. Requer las riendas, y sumido en
desengaados pensamientos cabalgu al frente de mis lanzas. Al remontar
un cerro me volv enviando el ltimo suspiro al viejo casern donde
haba encontrado el ms bello amor de mi vida. En los cristales de una
ventana vi temblar el reflejo de muchas luces, y el presentimiento de
aquella desgracia que las monjas haban querido ocultar, cruz por mi
alma con un vuelo sombro de murcilago. Abandon las riendas sobre el
borren, y me cubr los ojos con la mano, para que mis soldados no me
viesen llorar. En aquel sombro estado de dolor, de abatimiento y de
incertidumbre, a la memoria acalenturada volvan con terca insistencia
unas palabras pueriles: Es fecha! Es fecha! Es fecha!

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: F]u aquella la ms triste jornada de mi vida. Mis
dolores y mis pensamientos no me daban un instante de paz. La fiebre tan
pronto me abrasaba como me estremeca, hacindome chocar diente con
diente. Algunas veces un confuso delirio me embargaba, y las ideas
quimricas, funambulescas, ingrvidas, se trasmudaban con angustioso
devaneo de pesadilla. Cuando al anochecer entramos por las calles de
Estella, yo apenas poda tenerme sobre el caballo, y al apearme falt
poco para que diese en tierra. Me aloj en casa de dos seoras, madre e
hija, viuda la vieja del famoso Don Miguel de Arizcun. Conservo vivo el
recuerdo de aquellas damas vestidas con hbito de estamea, de su rostro
marchito y de sus manos flacas, del andar sin ruido y de la voz monjil.
Me atendieron con amorosa solicitud dndome caldos con vino generoso, y
a cada momento entornaban la puerta de la estancia por mirar si yo
dorma o deseaba alguna cosa. Cerrada ya la noche, y a continuacin de
fuertes aldabonazos que resonaron en toda la casa, la solterona entr
algo asustada:

--Seor Marqus, aqu le buscan!

Un hombre de aventajado talle, con la frente vendada y el tabardo sobre
los hombros, se destacaba en la puerta de mi alcoba. Su voz levantse
grave como en un responso:

--Saludo al ilustre prcer y deploro su desgracia!

Era Fray Ambrosio y el verle no dej de regocijarme. Adelantse haciendo
sonar las espuelas, y con la diestra en la sien para contener un tanto
el temblor de la cabeza. La seora le advirti meliflua, al mismo tiempo
que saludaba para retirarse:

--Procure no cansar al enfermo, y hblele bajito.

El exclaustrado asinti con un gesto. Quedamos solos, tom asiento a mi
cabecera y comenz a mascullar rancias consideraciones:

--Vlgame Dios!... Despus de haber corrido tanto mundo y tantos
peligros, venir a perder un brazo en esta guerra, que no es guerra...
Vlgame Dios! No sabemos ni dnde est la desgracia, ni dnde est la
fortuna, ni dnde est la muerte... No sabemos nada. Dichoso aquel a
quien la ltima hora no le coge en pecado mortal!...

Yo diverta mis dolores oyendo estas plticas del fraile guerrillero:
Adivinaba su intencin de edificarme con ellas, y no poda menos de
sentir el retozo de la risa. Fray Ambrosio al verme exange y demacrado
por la fiebre, habame juzgado en trance de muerte, y le complaca
deponer por un momento sus fieros de soldado, para encaminar al otro
mundo el alma de un amigo que mora por la Causa. Aquel fraile lo mismo
libraba batallas contra la faccin alfonsista que contra la faccin de
Satans. Habasele corrido la venda que a modo de turbante llevaba
sobre el cano entrecejo, y mostraba los labios sangrientos de una
cuchillada que le henda la frente. Yo gem sepultado entre las
almohadas, y le dije con la voz moribunda y burlona:

--Fray Ambrosio, todava no me ha referido usted sus hazaas, ni cmo
recibi esa herida.

El fraile se puso en pie: Tena el aspecto fiero de un ogro, y a m me
diverta al igual que los ogros de los cuentos:

--Cmo he recibido esta herida?... Sin gloria, como usted la suya!...
Hazaas? Ya no hay hazaas, ni guerra, ni otra cosa ms que una farsa.
Los generales alfonsistas huyen delante de nosotros, y nosotros delante
de los generales alfonsistas. Es una guerra para conquistar grados y
vergenzas. Acurdese de lo que le digo: Terminar con una venta, como
la otra. Hay en el campo alfonsista muchos generales capaces para esas
terceras. Hoy se conquistan as los tres entorchados!

Call de mal talante, luchando por ajustarse la venda: Las manos y la
cabeza temblbanle por igual. El crneo, desnudo y horrible, recordaba
el de esos gigantescos moros que se incorporan chorreando sangre bajo el
caballo del Apstol. Yo le dije con una sonrisa:

--Fray Ambrosio, estoy por decir que me alegro de que no triunfe la
Causa.

Me mir lleno de asombro:

--Habla sin irona?

--Sin irona.

Y era verdad. Yo hall siempre ms bella la majestad cada que sentada
en el trono, y fu defensor de la tradicin por esttica. El carlismo
tiene para m el encanto solemne de las grandes catedrales, y aun en los
tiempos de la guerra, me hubiera contentado con que lo declarasen
monumento nacional. Bien puedo decir, sin jactancia, que como yo pensaba
tambin el Seor. El fraile abra los brazos y desencadenaba el trueno
de su voz:

--La Causa no triunfar porque hay muchos traidores!

Qued un momento silencioso y ceudo, con la venda entre las manos,
mostrando la temerosa cuchillada que le henda la frente. Yo volv a
interrogarle:

--En fin, sepamos cmo ha recibido esa herida, Fray Ambrosio?

Trat de ponerse la venda al mismo tiempo que barboteaba:

--No s... No me acuerdo...

Yo le mir sin comprender. El fraile estaba en pie al borde de mi cama,
y en la vaga oscuridad albeaba el crneo desnudo y tembln: La sombra
cubra la pared. De pronto, arrojando al suelo la venda convertida en
hilachas, exclam:

--Seor Marqus, nos conocemos! Usted sabe muy bien cmo recib esta
herida, y me lo pregunta por mortificarme.

Al oirle me incorpor en las almohadas, y le dije con altivo desdeo:

--Fray Ambrosio, he sufrido demasiado en estos das para perder el
tiempo ocupndome de usted.

Arrug el entrecejo e inclin la cabeza:

--Es verdad!... Tambin ha tenido lo suyo... Pues esta descalabradura
me la ha inferido ese ladrn de Miquelcho. Un traidor que se alz con
el mando de la partida!... La deuda contrada yo la pagar como pueda...
Crea que el exabrupto de aquella noche me pesa. En fin, ya no hay que
hacerle... El Seor Marqus de Bradomn, afortunadamente, sabe
comprender todas las cosas...

Yo le interrump:

--Y disculparlas, Fray Ambrosio.

Su clera acab en abatimiento, y suspirando dejse caer en un silln
que haba a mi cabecera. Al cabo de algn tiempo, mientras se registraba
bajo el tabardo, comenz:

--Lo he dicho siempre!... El primer caballero de Espaa... Pues aqu le
entrego cuatro onzas. Supongo que el ilustre prcer no querr ver la ley
del oro... Dicen que eso es de judaizantes.

Del aforro del tabardo haba sacado el dinero envuelto en un papel
manchado de rap, y rea con aquella risa jocunda que recordaba los
vastos refectorios conventuales. Yo le dije con un suspiro de pecador:

--Fray Ambrosio, diga usted una misa con esas cuatro onzas.

La boca negra del fraile abrise sonriente:

--Por qu intencin?

--Por el triunfo de la Causa.

Habase alzado del silln, mostrando talante de poner trmino a la
visita. Yo le fijaba los ojos desde el fondo de las almohadas, y
guardaba un silencio burln, porque le vea vacilar. Al cabo me dijo:

--Tengo que trasmitirle un ruego de aquella dama... Sin que haya dejado
de quererle, le suplica que no intente verla...

Sorprendido y violento me incorpor en las almohadas. Recordaba la otra
celada que me haba tendido aquel fraile, y juzgu sus palabras un nuevo
engao: Con orgulloso menosprecio se lo dije, y le seal la puerta.
Quiso replicar, pero yo sin responder una sola palabra, repet el mismo
gesto imperioso. Sali amenazador y brusco, barboteando amenazas. El
rumor se extendi por toda la casa, y las dos seoras se asomaron
a la puerta, cndidamente asustadas.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: D]orm toda la noche con un sueo reparador y feliz. Las
campanas de una iglesia vecina me despertaron a la madrugada, y algn
tiempo despus las dos seoras que me atendan, asomaron a la puerta de
mi alcoba tocadas con sus mantillas y el rosario arrollado a la mueca.
La voz, el ademn y el vestido eran iguales en las dos: Me saludaron con
esa uncin un poco rancia de las seoras devotas: Las dos sonrean con
una sonrisa pueril y meliflua que pareca extenderse en la sombra
mstica de las mantillas sujetas al peinado con grandes alfilerones de
azabache. Yo murmur:

--Van ustedes a misa?

--No, que venimos.

--Qu se cuenta por Estella?

--Qu quiere que se cuente!...

Las dos voces sonaban acordadas como en una letana, y la media luz de
la alcoba pareca aumentar su dejo monjil. Yo me decid a interrogar sin
rebozo:

--Saben cmo sigue el Conde de Volfani?

Se miraron y creo que el rubor ti sus rostros marchitos. Hubo una
laguna de silencio, y la hija sali de mi alcoba obediente a un gesto de
la vieja, que desde haca cuarenta aos velaba por aquella pudibunda
inocencia. En la puerta se volvi con esa sonrisa candorosa y rancia de
las solteronas intactas:

--Me alegro de la mejora, Seor Marqus.

Y con pulcro y recatado andar desapareci en la sombra del corredor. Yo,
aparentando indiferencia, segu la pltica con la otra seora:

--Volfani es como un hermano para m. El mismo da que salimos sufri un
accidente y no he vuelto a saber nada...

La seora suspir:

--S!... Pues no ha recobrado el conocimiento. A m quien me da mucha
pena es la Condesita: Cinco das con cinco noches pas a la cabecera de
su marido cuando le trajeron... Y ahora dicen que le cuida y le sirve
como una Santa Isabel!

Confieso que me llen de asombro y de tristeza el amor casi pstumo que
mostraba por su marido Mara Antonieta. Cuntas veces en aquellos das
contemplando mi brazo cercenado y dndome a soar, haba credo que la
sangre de mi herida y el llanto de sus ojos caan sobre nuestro amor de
pecado y lo purificaban! Yo haba sentido el ideal consuelo de que su
amor de mujer se trasmudaba en un amor franciscano, exaltado y mstico.
Con celoso palpitar, murmur:

--Y no ha mejorado el Conde?

--Mejorado s, pero quedse como un nio: Le visten, le sientan en un
silln y all se pasa el da: Dicen que no conoce a nadie.

La seora, al tiempo de hablar, despojbase de la mantilla, y la doblaba
cuidadosamente para clavar luego en ella los alfilerones: Vindome
silencioso juzg que deba despedirse:

--Hasta luego, Seor Marqus: Si desea alguna cosa no tiene ms que
llamar.

Al salir se detuvo en la puerta, prestando atencin a un rumor de pasos
que se acercaba. Mir hacia afuera, y enterada me habl:

--Le dejo en buena compaa. Aqu tiene a Fray Ambrosio.

Sorprendido me incorpor en las almohadas. El exclaustrado entr
barboteando:

--No deba volver a pisar esta casa, despus de la manera como fu
afrentado por el ilustre prcer... Pero cuando se trata de un amigo todo
lo perdona este indigno Fray Ambrosio.

Yo le alargu la mano:

--No hablemos de ello. Ya conozco la conversin de nuestra Condesa
Volfani.

--Y qu dice ahora? Comprende que este pobre fraile no mereca ayer
sus arrogancias marquesiles?... Yo slo era un emisario, un humildsimo
emisario.

Fray Ambrosio me oprima la mano hasta hacerme crujir los huesos. Yo
volv a repetir:

--No hablemos de ello.

--S que hemos de hablar. Dudar todava que tiene en m un amigo?

El momento era solemne y lo aprovech para libertar mi mano y llevarla
al corazn:

--Jams!

El fraile se irgui:

--He visto a la Condesa.

--Y qu dice nuestra Santa?

--Dice que est dispuesta a verle una sola vez para decirle adios.

En vez de alegra sent como si una sombra de tristeza cubriese mi
alma, al conocer la resolucin de Mara Antonieta. Era acaso el dolor
de presentarme ante sus bellos ojos despoetizado, con un brazo de menos?

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: A]poyado en el brazo del fraile dej mi hospedaje para ir
a la Casa del Rey. Un sol plido abra jirones en las nubes plomizas, y
comenzaba a derretir la nieve que desde algunos das marcaba su blanca
estela al abrigo de los paredones sombros. Yo caminaba silencioso: Con
romntica tristeza evocaba la historia de mis amores, y gustaba el
perfume mortuorio de aquel adios que iba a darme Mara Antonieta. El
fraile me haba dicho que por un escrpulo de santa no quera verme en
su casa, y que esperaba encontrarme en la Casa del Rey. Yo, por otro
escrpulo, haba declarado suspirando que si acuda adonde ella estaba,
no era por verla sino por presentar mis respetos a la Seora. Al entrar
en la saleta tem que a los ojos me acudiese el llanto: Recordaba aquel
da, cuando al besar la mano alba y real de azules venas, sent con
ansias de paladn el deseo de consagrar mi vida a la Seora. Por primera
vez gust ante mi fea manquedad, un orgulloso y altivo consuelo: El
consuelo de haber vertido mi sangre por aquella princesa plida y santa
como una princesa de leyenda, que rodeada de sus damas bordaba
escapularios para los soldados de la Causa. Al entrar yo, algunas damas
se pusieron en pie, cual solan cuando entraban los eclesisticos de
respeto. La Seora me dijo:

--He tenido noticia de tu desgracia, y no sabes cunto he rezado por ti.
Dios ha querido que salvases la vida!...

Me inclin profundamente:

--Dios no ha querido concederme el morir por vos.

Las damas se limpiaron los ojos, emocionadas de oirme: Yo sonre
tristemente, considerando que aquella era la actitud que a lo adelante
deba adoptar con las mujeres para hacer potica mi manquedad. La Reina
me dijo con noble entereza:

--Los hombres como t no necesitan de los brazos, les basta con el
corazn.

--Gracias, Seora!

Hubo breves momentos de silencio, y un seor obispo que estaba presente,
murmur en voz baja:

--Dios Nuestro Seor ha permitido que conservase la mano derecha, que es
la de la pluma y la de la espada.

Las palabras del prelado, movieron un murmullo de admiracin entre las
damas. Me volv, y mis ojos tropezaron con los ojos de Mara Antonieta.
Un vapor de lgrimas los abrillantaba. La salud con leve sonrisa, y
ella permaneci seria, mirndome fijamente. El prelado se acerc
pastoral y benvolo:

--Habr sufrido mucho nuestro querido Marqus?

Respond con un gesto, y Su Ilustrsima entorn los prpados con grave
pesadumbre:

--Vlgame Dios!

Las damas suspiraron: Slo permaneci muda y serena Doa Margarita: Su
corazn de princesa le deca que para mi altivez era lo mismo
compadecerme que humillarme. El prelado continu:

--Ahora que forzosamente ha de tener algn descanso, deba escribir un
libro de su vida.

La Reina me dijo sonriendo:

--Bradomn, seran muy interesantes tus memorias.

Y gru la Marquesa de Tor:

--Lo ms interesante no lo dira.

Yo repuse inclinndome:

--Dira slo mis pecados.

La Marquesa de Tor, mi ta y seora, volvi a gruir, pero no entend
sus palabras. Y continu el prelado en tono de sermn:

--Se cuentan cosas verdaderamente extraordinarias de nuestro ilustre
Marqus! Las confesiones cuando son sinceras, encierran siempre una gran
enseanza: Recordemos las de San Agustn. Cierto que muchas veces nos
ciega el orgullo y hacemos en esos libros ostentacin de nuestros
pecados y de nuestros vicios: Recordemos las del impo filsofo de
Ginebra. En tales casos la clara enseanza que suele gustarse en las
confesiones, el limpio manantial de su doctrina, se enturbia.

Las damas, distradas del sermn, se hablaban en voz baja. Mara
Antonieta, un poco alejada, mostrbase absorta en su labor y guardaba
silencio. La pltica del prelado slo a m pareca edificar, y como no
soy egosta, supe sacrificarme por las damas, y humildemente
interrumpirla:

--Yo no aspiro a ensear, sino a divertir. Toda mi doctrina est en una
sola frase: Viva la bagatela! Para m haber aprendido a sonreir, es la
mayor conquista de la Humanidad.

Hubo un murmullo regocijado y burlesco, poniendo en duda que por largos
siglos hubiesen sido todos los hombres absolutamente serios, y que hay
pocas enteras durante las cuales ni una sonrisa clebre recuerda la
Historia.

Su ilustrsima alz los brazos al cielo:

--Es probable, casi seguro, que los antiguos no hayan dicho viva la
bagatela, como nuestro afrancesado Marqus. Seor Marqus de Bradomn,
procure no condenarse por bagatela. En el Infierno debi haberse
sonredo siempre.

Yo iba a replicar, pero me miraron severos los ojos de la Reina. El
prelado recogise los hbitos con empaque doctoral, y en ese tono
agresivo y sonriente, que suelen adoptar los telogos en las
controversias de los seminarios, comenz un largo sermn.

[imagen]

[imagen: _Memorias de Marqus de Bradomin_]


[imagen: L]a Marquesa de Tor, con el gesto familiar y desabrido
que solan adoptar para hablarme todas mis viejas y devotas tas, me
llam al hueco de un balcn: Me acerqu reacio porque nada halageo
presagiaba. Sus primeras palabras confirmaron mis temores:

--No esperaba verte aqu... Ya te ests marchando.

Yo murmur sentimental:

--Quisiera obedecerte, pero el corazn me lo impide.

--No soy yo quien te lo manda, sino esa pobre criatura.

Y con la mirada me mostr a Mara Antonieta. Yo suspir cubrindome los
ojos con la mano:

--Y esa pobre criatura puede negarse a decirme adios, cuando es por
toda la vida?

Mi noble ta dud: Bajo sus arrugas y su gesto adusto conservaba el
candor sentimental de todas las viejas que fueron damiselas en el ao
treinta:

--Xavier, no intentes separarla de su marido!... Xavier, t mejor que
nadie debes comprender su sacrificio! Ella quiere ser fiel a esa sombra
detenida por un milagro delante de la muerte!...

La anciana seora me deca esto emocionada y dramtica, con mi mano
entre las suyas amojamadas. Yo repuse en voz baja, temeroso de que la
emocin me anudase la garganta:

--Qu mal puede haber en que nos digamos adios? Si ha sido ella quien
lo quiso!...

--Porque t lo exigiste, y la pobre no tuvo valor para negrtelo. Mara
Antonieta desea vivir siempre en tu corazn: Quiere renunciar a ti, pero
no a tu cario. Yo como tengo muchos aos conozco el mundo, y s que
pretende una locura. Xavier, si no eres capaz de respetar su sacrificio,
no intentes hacerlo ms cruel.

La Marquesa de Tor se enjug una lgrima. Yo murmur con melanclico
resentimiento:

--Temes que no sepa respetar su sacrificio! Eres injusta conmigo, bien
que en eso no haces ms que seguir las tradiciones de la familia. Cmo
me apena esa idea que todos tenis de m! Dios que lee en los
corazones!...

Mi ta y seora recobr el tono autoritario:

--Calla!... Eres el ms admirable de los Don Juanes: Feo, catlico y
sentimental.

Era tan vieja la buena seora, que haba olvidado las veleidades del
corazn femenino, y que cuando se tiene un brazo de menos y la cabeza
llena de canas, es preciso renunciar al donjuanismo. Ay, yo saba que
los ojos aterciopelados y tristes que se haban abierto para m como dos
florecillas franciscanas en una luz de amanecer, seran los ltimos que
me mirasen con amor! Ya slo me estaba bien enfrente de las mujeres la
actitud de un dolo roto, indiferente y fro. Presintindolo por
primera vez, con una sonrisa triste le mostr a la anciana seora la
manga vaca de mi uniforme: De pronto, emocionado por el recuerdo de la
nia recluda en el viejo casern aldeano, tuve que mentir un poco,
hablando de Mara Antonieta:

--Mara Antonieta es la nica mujer que todava me quiere: Solamente su
amor me queda en el mundo: Resignado a no verla y lleno de desengaos,
estaba pensando en hacerme fraile, cuando supe que deseaba decirme adios
por ltima vez...

--Y si yo te suplicase ahora que te fueses?

--T?

--En nombre de Mara Antonieta.

--Crea merecer que ella me lo dijese!

--Y ella, pobre mujer, no merece que le evites ese nuevo dolor?

--Si hoy atendiese su ruego, acaso maana me llamase. Crees que esa
piedad cristiana que ahora la arrastra hacia su marido, durar siempre?

Antes que la anciana seora pudiese responder, una voz que las lgrimas
enronquecan y velaban, gimi a mi espalda:

--Siempre, Xavier!

Me volv y hallme enfrente de Mara Antonieta: Inmvil y encendidos los
ojos me miraba. Yo le mostr mi brazo cercenado, y ella con un gesto de
horror cerr los prpados. Haba en su persona tal mudanza que
aparentaba haber envejecido muchos aos. Mara Antonieta era muy alta,
llena de altiva majestad en la figura, y con el pelo siempre fosco, ya
mezclado de grandes mechones blancos. Tena la boca de estatua y las
mejillas como flores marchitas, mejillas penitentes, descarnadas y
altivas, que parecan vivir hurfanas de besos y de caricias. Los ojos
eran negros y calenturientos, la voz grave, de un metal ardiente. Haba
en ella algo extrao de mujer que percibe el aleteo de las almas que se
van, y comunica con ellas a la media noche. Despus de un silencio
doloroso y largo, volvi a repetir:

--Siempre, Xavier!

Yo la mir intensamente:

--Ms que mi amor?

--Tanto como tu amor.

La Marquesa de Tor, que tenda por la sala su mirada cegata, nos
advirti en voz queda y aconsejadora:

--Si habis de hablar, al menos que no sea aqu.

Mara Antonieta asinti con los ojos, y severa y muda se alej cuando
algunas damas ya comenzaban a mirarnos curiosas. Casi al mismo tiempo
hacan irrupcin en la sala los dos perros del Rey. Don Carlos entr
momentos despus: Al verme adelantse y sin pronunciar una sola palabra
me abraz largamente: Luego comenz a hablarme en el tono que sola, de
amable broma, como si nada hubiese cambiado en m. Confieso que ninguna
muestra de su aprecio pudiera conmoverme tanto como me conmovi aquella
generosa delicadeza de su nimo real.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqus de Bradomin_]


[imagen: M]i seora ta la Marquesa de Tor me hace sea de que la
siga, y me conduce a su cmara, donde llorosa y sola espera Mara
Antonieta: Al verme entrar se ha puesto en pie clavndome los ojos
enrojecidos y brillantes: Respira ansiosa, y con la voz violenta y ronca
me habla:

--Xavier, es preciso que nos digamos adios. T no sabes cunto he
sufrido desde aquella noche en que nos separamos!

Yo interrumpo con una vaga sonrisa sentimental:

--Recuerdas que fu con la promesa de querernos siempre?

Ella a su vez me interrumpe:

--T vienes a exigirme que abandone a un pobre ser enfermo, y eso
jams, jams, jams! Sera en m una infamia.

--Son las infamias que impone el amor, pero desgraciadamente ya soy
viejo para que ninguna mujer las cometa por m.

--Xavier, es preciso que me sacrifique.

--Hay sacrificios tardos, Mara Antonieta.

--Eres cruel!

--Cruel!

--T quieres decirme que el sacrificio debi ser para no faltar a mis
deberes.

--Acaso hubiera sido mejor, pero al culparte a ti me culpo a m
tambin. Ninguno de los dos supo sacrificarse, porque esa ciencia slo
se aprende con los aos, cuando se hiela el corazn.

--Xavier, es la ltima vez que nos vemos, y qu recuerdo tan amargo me
dejarn tus palabras!

--T crees que es la ltima vez? Yo creo que no. Si accediese a tu
ruego volveras a llamarme, mi pobre Mara Antonieta.

--Por qu me lo dices! Y si yo fuese tan cobarde que volviera a
llamarte, t no vendras. Este amor nuestro es imposible ya.

--Yo vendra siempre.

Mara Antonieta levanta al cielo sus ojos, que las lgrimas hacen ms
bellos, y murmura como si rezase:

--Dios mo, y acaso llegar un da en que mi voluntad desfallezca, en
que mi cruz me canse!

Yo me acerco hasta beber su aliento, y le cojo las manos:

--Ya lleg.

--Nunca! Nunca!...

Intenta libertar sus manos pero no lo consigue. Yo murmur casi a su
odo:

--Qu dudas? Ya lleg.

--Vete, Xavier! Djame!

--Cunto me haces sufrir con tus escrpulos, mi pobre Mara Antonieta!

--Vete! Vete!... No me digas nada... No quiero oirte.

Yo le beso las manos:

--Divinos escrpulos de santa!

--Calla!

Con los ojos espantados se aleja de m. Hay un largo silencio. Mara
Antonieta se pasa las manos por la frente y respira con ansia. Poco a
poco se tranquiliza: En sus ojos hay una resolucin desesperada cuando
me dice:

--Xavier, voy a causarte una gran pena. Yo ambicion que t me quisieras
como a esas novias de los quince aos. Pobre loca! Y te ocult mi vida.

--Sigue ocultndomela.

--He tenido amantes!

--La vida es as!

--No me desprecias!

--No puedo.

--Pero te sonres!...

Yo le respondo cuerdamente:

--Mi pobre Mara Antonieta, me sonro porque no hallo motivo para ser
severo! Hay quien prefiere ser el primer amor: Yo he preferido siempre
ser el ltimo. Pero acaso lo ser?

--Qu crueles son tus palabras!

--Qu cruel es la vida cuando no caminamos por ella como nios ciegos!

--Cunto me desprecias!... Es mi penitencia.

--Despreciarte, no. T fuiste como todas las mujeres, ni mejor ni peor.
Ahora acabas en santa. Adios, mi pobre Mara Antonieta!

Mara Antonieta solloza, y desgarra con los dientes el paolito de
encajes: Se ha dejado caer en el sof: Yo, en pie, permanezco ante ella.
Hay un silencio lleno de suspiros. Mara Antonieta se enjuga los ojos,
me mira y sonre tristemente:

--Xavier, si todas las mujeres son como t me juzgas, yo tal vez no haya
sido como ellas Compadceme, no me guardes rencor!

--No es rencor lo que siento, es la melancola del desengao: Una
melancola como si la nieve del invierno cayese sobre mi alma, y mi
alma, semejante a un campo yermo, se amortajase con ella.

--T tendrs el amor de otras mujeres.

--Temo que reparen demasiado en mis cabellos blancos y en mi brazo
cercenado.

--Qu importa tu brazo de menos! Qu importan tus cabellos blancos!...
Yo los buscara para quererlos ms. Xavier, adios por toda la vida!...

--Quin sabe lo que guarda la vida? Adios, mi pobre Mara Antonieta!

Estas palabras fueron las ltimas. Despus ella me alarga su mano en
silencio, yo se la beso y nos separamos. Al trasponer la puerta sent
la tentacin de volver la cabeza y la venc. Si la guerra no me haba
dado ocasin para mostrarme heroico, me la daba el amor al despedirse de
m, acaso para siempre.

[imagen]

          ACABSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
            EN LA IMPRENTA CERVANTINA
              DE MADRID A XI DAS
                DEL MES DE ENERO
                  DE MCMXXIV
                     AOS

                   [imagen]







End of the Project Gutenberg EBook of Sonata de otoo; Sonata de invierno, by 
Ramn del Valle-Incln

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law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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