The Project Gutenberg EBook of Despertar Para Morir, by Concha Espina

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Title: Despertar Para Morir

Author: Concha Espina

Release Date: May 14, 2015 [EBook #48954]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DESPERTAR PARA MORIR ***




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  Nota del Transcriptor:


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  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




                         DESPERTAR PARA MORIR




                                 OBRAS

                           DE CONCHA ESPINA


  LA NIA DE LUZMELA (novela). Segunda edicin.

  DESPERTAR PARA MORIR (novela). Segunda edicin.

  AGUA DE NIEVE (novela). Segunda edicin.

  LA ESFINGE MARAGATA (novela). Segunda edicin. Obra premiada
      por la Real Academia Espaola.

  LA ROSA DE LOS VIENTOS (novela). Segunda edicin.

  AL AMOR DE LAS ESTRELLAS (mujeres del _Quijote_).

  RUECAS DE MARFIL (novela).




                             CONCHA ESPINA


                               DESPERTAR
                              PARA MORIR

                               (NOVELA)


                            SEGUNDA EDICIN


                            [Ilustracin]


                             RENACIMIENTO
                     Calle de San Marcos, nm. 42.
                                MADRID
                                 1917




                             ES PROPIEDAD


    Imp. de Ramona Velasco, Viuda de Prudencio Prez, Libertad, 31.




                             LIBRO PRIMERO

                       LA QUINTA DE LAS PALMERAS




I


--Aqu hacemos verdadera vida de campo--deca la marquesa con
negligente ademn--; aqu saboreamos los placeres de la escondida
senda... Mis hijas estn encantadas de esta libertad... Aos hace que
tenan el antojo de pasar un verano en _Las Palmeras_, aburridas ya de
Biarritz, de San Sebastin... de San Juan de Luz...

Sonriendo amablemente, Lpez, el condiscpulo provinciano del marqus,
repeta:

--Muy bien... muy bien... perfectamente...

Y en sus ojos grises y fros, que miraban al rostro bello de la dama,
haba una expresin de refinada picarda.

--El campo--aadi la marquesa--es para m una deliciosa novedad.
Estos paisajes, esta paz, este silencio, son como un bao del alma...
Aqu se siente uno ms joven... No es cierto, amigo mo?... En las
grandes ciudades se vive tan deprisa que hasta los muchachos de quince
aos tienen all seales de prematura vejez... Quin pudiera vivir
siempre en el campo!... Los que ocupamos cierta posicin en el mundo,
somos igual que los reyes, prisioneros de nosotros mismos... Slo el
que es pobre es libre...

Con un tono de profunda cordialidad, asenta Lpez:

--Perfectamente... mucho que s...

Y estaba pensando el buen seor:--Mi ilustre amiga la marquesa de
Coronado, siente ahora inclinaciones  la vida pastoril...  la santa
pobreza... Coqueteras y caprichos de mujer guapa y ociosa!... Y
cuidado que es guapa... todava! Me parece una figura de Rubens... con
un poquito de malicia meridional... Jurara haber visto su retrato en
la galera de los Mdicis.

La luz cansada y triste de la tarde, de una tarde melanclica del
Norte, penetraba por las ventanas del saln, donde la marquesa de
Coronado reciba  sus amigos. Era la estancia moderna y elegante, pero
con algunos rasgos de mal gusto en el decorado y los muebles. Sin duda
los dueos de la casa no deban ser muy rigurosos en cuestionas de
esttica.

En un ngulo del saln, junto al piano, sostena animada conversacin
un grupo de muchachas.

--Este buen Lpez--deca una de ellas,  quien llamaban Teresita--es un
hombre delicioso... Todo le parece bien... Es un perfecto ministerial
de todos los Ministerios... No hay para l hombres necios ni mujeres
feas... Parece un revistero de salones...

--Con menos aos y ms renta sera un excelente marido--apunt Clara,
una _ingenua_, que acababa de vestirse de largo--. El hombre que  todo
dice _amn_, es el marido ideal.

--Pues yo no quisiera un marido tan complaciente--declar Benigna, la
hija mayor de la marquesa--, me gustan los hombres que saben serlo...
los hombres de energa y de carcter... En lugar de un Lpez, yo
prefiero el _Petruchio_ de _La fierecilla domada_ y, en ltimo caso,
_Otelo, el moro de Venecia_...

Rieron todas las muchachas, y en los ojos negros y ardientes de Benigna
brill una mirada burlona. Su hermana Isabel, nia gentil, ingeniosa y
locuaz, clebre por sus dichos y sus hechos, aadi muy seria:

--Esta chica tiene gustos plebeyos... Un marido celoso! Dios nos
libre!... Eso ya no se estila en ninguna parte... Los celos son de mal
tono...

--No hay verdadero amor sin celos--repuso Benigna con entusiasmo--.
El optimismo es indiferencia  es hipocresa... Decir  todo
perfectamente, equivale  pensar  m qu me importa? El optimismo
de Lpez es frialdad de corazn... Ah tenis en cambio  ese
murmurador sempiterno, Pizarro, que vale mucho ms que Lpez. Yo no
digo que Pizarro haya descubierto la plvora ni conquistado siquiera
el Per... Es un pobre hombre, pero,  lo menos, un hombre de
carcter... Reniega de todo, pero es capaz de tener rasgos...

Aun segua Benigna haciendo frases con su charla sentenciosa, cuando
entr Pizarro en el saln, tosiendo recio y frotndose las manos.

--Muy malas tardes--dijo con voz ronca--. Porque supongo que ustedes
no las tendrn por buenas, con este fro sutil y estos cielos grises...
Yo he adquirido el primer catarro...

Habl Teresita con desmayado acento:

--El primero?... Llevo yo el tercero de abono... Esto es horrible...
vaya un tiempo!

De mal talante corrigi Pizarro.

--No es que yo numere por capricho este que hoy estreno; le clasifico
usando de esa especie de adjetivo que anda por ah ahora; se dice: el
primer susto... el primer sablazo...

--Ah!... ya...--suspir la nia en el colmo del aburrimiento.

--Entonces--dijo sonriente la marquesa--este ser el primer verano...

--Perfectamente--asegur Lpez muy corts.

Y Pizarro suplic, dirigindose  la seora de la casa:

--Me dar usted su permiso para tiritar... no puedo remediarlo.

Condescendiente, la marquesa, le replicaba:

--Est usted muy exagerado en sus lamentaciones, amigo mo; hace
un poco de fresco, la temperatura propia del pas;  m me placen
sobremanera este cielo nublado y esta brisa del mar, refrigerante y
pura...

--Ya... ya...--murmur Teresita.

Prodigaba  todos una sonrisa el simptico Lpez, mientras Pizarro
haca un desabrido gesto de protesta.

--En Madrid abrasa el calor... aqu se tiembla de fro... La
naturaleza es una eterna paradoja... Y luego quieren que los hombres
seamos razonables!

Las muchachas que estaban al otro extremo del saln habanse acercado
al grupo de las personas serias. Slo una joven, rubia y hermosa,
vestida de blanco, se qued sentada junto  la reja mirando al jardn.

Teresita haba mudado de silla varias veces. No poda estar cinco
minutos en el mismo lugar, y  travs de toda la sala iba dejando ayes
de fastidio.

Las dos nias de la marquesa embromaban  Pizarro ofrecindole una
manta, un ponche caliente, una pastillita pectoral...

Asomse Clara  una de las ventanas abiertas sobre la gran avenida de
_Las Palmeras_, y  poco volvi la cara hacia el saln, anunciando:

--Aqu est Eva, con su madre... Las acompaa Galn.

Cuchicheaban las muchachas malignas y curiosas.

--Estn de acuerdo...

--Ella le persigue...

--Pues l no parece que da chispas!

--Es un valiente.

--Es un fatuo.

Intervino la marquesa con prudente insinuacin:

--Vamos, nias... por qu esas bromas?... Todas queris  Eva... Luis
Galn es un joven excelente...

Callaron rindose, menos Isabelita que susurr:

--S... para un apuro...--y mir  su madre que se alejaba de all
con un aire de suprema dignidad.




II


Anunciaron detrs de la _portire_:

--Las seoras de Guerrero... D. Luis Galn...

Entr primero doa Manuela, encendida y jadeante, repartiendo besos
chillones y expresivos saludos, pugnando por conservar, en medio del
cansancio que senta, la compostura y afectacin de su persona.

--Vengo rendida--suspiraba condolindose--, estos chicos se empearon
en venir  pie desde la playa... qu sofocacin!... Claro, como ellos
vienen tan entretenidos!... Y esta maana de compras... no me he
sentado ms que para comer!

Mirndose con gozo de burlas se estaban solazando las muchachas. La
nia rubia del vestido blanco haba dejado su contemplacin para
saludar  la seora de Guerrero, y al acercarse  ella pleg con una
sonrisa leve la dulce boca pensativa.

Detrs de doa Manuela apareci Eva, su hija, hermosa y arrogante
mujer, y en ltimo trmino Luis Galn, un buen mozo, insustancial y
presumido.

Ya haba penetrado Eva en el saln y aun sostena con Galn un
juego gracioso de mimosas palabritas, frases sin terminar, acentos
insinuantes... todo un _flirteo_  la alta escuela. Siguiendo  la
hermosa, Galn sonrea, luciendo su magnfica dentadura.

Despus de los saludos convencionales volvieron las muchachas 
su predilecto rincn, llevndose  la seorita de Guerrero, cuyo
acompaante las envolva en una sonrisa toda blanca por el marfil de
los dientes preciosos.

Eva, irguiendo su lozano busto en medio de las vulgares nias de la
casa, aduebase del saln, atrayendo todas las admiraciones. Por
encima de plantas y muebles elegantes Pizarro y Lpez entornaban los
ojos para mejor acercarse la deliciosa imagen de aquella mujer.

Tambin la marquesa miraba  hurtadillas, mientras hablaba con doa
Manuela, y las muchachas deletreaban la hermosura de Eva con oculto
despecho,  excepcin de la nia rubia y silenciosa, que haba puesto
sobre ella, tranquilamente, la ingenua admiracin de sus ojos azules.

Haba en el semblante de Eva Guerrero un encanto sombro y
avasallador, trgico en ocasiones. En la palidez morena de su rostro
ovalado, la boca sensual se abra como un clavel sangriento y
tembloroso, y los soberanos ojos negros radiaban en las mejillas con un
fulgor metlico y ardiente que fascinaba. Sobre aquellos tiranos ojos
se arqueaban las cejas con valenta de ojiva gtica, y la orla rizosa
de los prpados caa con majestad de crepsculo en el intenso livor de
las ojeras; la nerviosa elegancia del cuello y de las manos; el seno
redondo y robusto; la riqueza del cabello, negro como la endrina; la
esbeltez del talle; la plenitud y proporcin de las formas; la gracia
y desenfado de las actitudes; todo respiraba en aquella mujer fuerza y
hermosura, vehemencia fsica y firmeza de la voluntad.

Su voz, un poco dura, que al hablar  los hombres se tornaba flexible
y melosa, alzbase fcilmente en frvolas charlas, con menos ingenio
que ligereza. Y en el abismo profundo de sus ojos, dulces para engaar,
algunas veces se encendan relmpagos extraos, centelleos de un bro
salvaje. Sola vestir con lujo exagerado, mostrando el alma primitiva
en la riqueza de las telas y en la abundancia de las joyas, sin esa
elegante sencillez de los espritus finos  inteligentes.

En el saln de _Las Palmeras_, frente  la necia sonrisa de Galn,
malgastaba la hermosa sus coqueteras y monadas, fuegos artificiales de
un corazn ardiente y codicioso, inclinado  todos los vanos placeres
del mundo. Belleza sin dote, cazadora esforzada de marido, contemplaba
con angustia el declinar de su juventud; las luces del ocaso que
encendan su rostro le quemaban el alma; senta una secreta envidia
de las mujeres ricas y ms jvenes, aun cuando fuesen menos hermosas.
Apartando su mirada, un instante, del inspido buen mozo, buscaba
con rencor aquellos ojos azules y serenos de la muchacha del vestido
blanco, cuya dulce belleza le irritaba.

Pero la nia rubia, esquiva y silenciosa, se haba sentado otra vez 
la vera de la ventana, y los celestes ojos miraban siempre obstinados
al jardn.




III


Se detuvo un coche al pie de la escalinata del vestbulo, y Teresita
corri hasta la reja de la ventana para asomar su cabecita de pjaro y
decir enseguida.

--Es el coche de usted, marquesa; viene Rafael y trae  Luisa.

Hubo entonces otro malvolo cuchicheo en el grupo juvenil, y dijo una
voz atrevida:

--Van acudiendo en parejas...

La marquesa sali al encuentro de la seora que llegaba, una mujer
arrogante, en pleno esto, vestida con exquisita sencillez y donosa de
palabra y ademanes.

Con argentina voz declar al entrar:

--Rafaelito, que estuvo  visitarme, se ha empeado en traerme en el
coche...

--Nunca mejor ocupado--asegur la duea de la casa.

Y despus de algunas presentaciones, y cumplidos se llev del brazo 
la buena moza y le hizo sitio en el sof.

Qued en medio de la sala Rafaelito, haciendo graciosas reverencias.

Jams un hombre mereci el despectivo remoquete de sietemesino con
ms justicia que el nico hijo varn de los marqueses de Coronado.

Era enteco, menudo, zambo. Sobre su mezquino tronco se balanceaba una
cabeza enorme, sostenida con esfuerzo por un cuello largo y sinuoso. El
semblante era de una fealdad tan perfecta que inspiraba emocin; se
le poda mirar con repugnancia  regocijo, nunca con indiferencia.

De aquella caricatura de hombre sala una voz opaca y profunda, que
tena el raro privilegio de contener todas las conversaciones y reinar
sobre todos los odos con extrao deleite, por ms que el peregrino
vozarrn slo dijese por casualidad algunas palabras de sustancia.

A Rafaelito le amaban sus hermanas y le adoraban sus padres, gozaba
las simpatas de las ms bellas mujeres y era solicitado y preferido
en todos los centros de la buena sociedad. No haba gran fiesta sin
su concurso ni escndalo aristocrtico sin su tercera, y en amores
prohibidos de estufa y de saln giraba siempre con fortuna alrededor de
algn astro de primera magnitud.

Aquel ao haba tenido, como sus hermanas, el capricho de veranear
en la quinta de _Las Palmeras_, suspendida sobre una playa admirable,
 corta distancia de una capital nortea. Tal vez se hubiera aburrido
demasiado, en la relativa calma de aquel modesto veraneo, si Luisa
Ramrez no le hubiera cautivado all con los sabrosos atractivos de su
brillante puesta de sol...

Luisa alardeaba de ser una artista extravagante y genial. Gran lectora
de toda clase de libros, y amiga de toda suerte de paradojas, sala,
audaz, al encuentro de los ms atrevidos murmuradores.

--La emocin esttica--sola decir, hablando de Rafaelito--est lo
mismo en la belleza absoluta que en la absoluta fealdad. Lo feo llega
 ser hermoso por la enrgica expresin del carcter. Este muchacho,
fruto de las viejas aristocracias corrompidas, es un hermoso ejemplar
de decadencia, una obra de arte, digna del pincel de Rembrandt 
de Goya. Y al cabo es preferible para una dama llevar detrs un
hombrecillo tan gracioso en lugar de uno de esos perritos falderos, tan
del gusto de la seora marquesa.

Cambi Rafaelito al entrar algunas frases galantes con las muchachas y
fuse apresurado hacia el grupo en donde estaba Luisa.

Entonces, alrededor del piano, se acentu, en voz baja, la crtica
perversa.

--Va ganando terreno--deca Teresita, balancendose en la mecedora con
demasiada libertad.

--Tiene una suerte este chico!--exclam Benigna con orgullo.

--Pero si es una delicia de muchacho!--afirm su hermana Isabel--Dios
me libre de los hombres guapos!... son tontos de capirote!--Y miraba
de reojo  Luis Galn.

--El talento no sirve para nada--dijo el buen mozo, sonriendo.

--Ni siquiera sirve para disculpar la pobreza--aadi Clarita, dndolas
tambin de ingeniosa.

--Ser pobre es peor que ser tonto--asegur Benigna muy formal--. Quiz
son ambas la misma cosa...

Eva, que estaba sobre ascuas, al escuchar tan necias alusiones, quiso
desviar la conversacin, y dijo, con gesto desdeoso, que la de Ramrez
le pareca algo _fan_.

Galn, torpemente, se permiti contradecirla, opinando que tena muy
buen ver aquella seora.

Cuando quiso Eva confundirle con una mirada de reproche l estaba
ocupadsimo en cultivar la simetra de su barba sedosa.

Mientras tanto afirmaba Clarita, muy risuea:

--Esa pobre Luisa ya se ha cado... He aqu para lo que sirve el
talento... No os lo dije?

Y se puso  tararear un tango popular, lleno de sal y pimienta.

La nia rubia y pensativa estaba demasiado cerca del grupo maldiciente
para no oir aquella charla procaz. Haba cogido un libro que disculpara
su retraimiento; pero la luz de la tarde fu apagndose en el jardn, y
tuvo que plegar el libro sobre las rodillas.

Por hacerla tomar parte en la conversacin, la pregunt Galn:

--Y usted, Mara, qu dice  esto?...

Una voz cristalina y blanda se alz, respondiendo un poco insegura:

--No s de qu hablan ustedes...

Acercndose Galn  la muchacha, repuso con acento misterioso:

--Del idilio de Rafael.

Y dijo entonces Mara, no sin cierta timidez:

--Doa Luisa es muy buena...

--Pero, Dios mo, quin ha dicho que sea mala?--replic la de Infante
con cinismo.

Celebraron todos la ocurrencia, y  Mara le tembl el libro en las
manos sobre la falda blanca del vestido.

Mirbala fijamente Galn sin acordarse de sonreir ni de alisarse la
barba; y observndolo Eva, esconda un destello de ira  la sombra
huraa de los ojos.




IV


Le estaba contando la marquesa  Luisa Ramrez:

--De esas dos nias que le he presentado  usted, Teresita Vidal,
la que est en la mecedora, es hija del clebre mdico de Palacio.
Hurfana de madre, hija nica, mimada y llena de caprichos, enfermiza y
neurastnica, le recomiendan aires puros y vida apacible, pero ella en
todas partes se aburre y se fatiga. Vidal es nuestro mdico; en Madrid
nos tratamos mucho; as es que ahora la nia, que vino  esta playa
con una seora de respeto, pasa con nosotros la mayor parte del da;
en el hotel dice que est desesperada... La otra nia, Clara Infante,
es tambin muy amiga de mis hijas, una madrilea alegre y desenfadada
que siempre est de broma. Por no separarse de Benigna y de Isabel,
vino este ao  la quinta que poseen unos parientes suyos aqu cerca;
pero ms bien puede decirse que vive con nosotros; la mayor parte de
las noches se queda aqu  dormir... Aquel joven, Luis Galn, es un
ntimo de Rafael;  pesar de ello no conozco mucho sus antecedentes,
pero en Madrid alterna con lo mejorcito de la sociedad, y se le ve en
todas partes; debe de ser rico, porque tiene excelentes relaciones, y
luego... con esa figura!

--S--dijo Luisa un poco mordaz--, tiene unos dientes primorosos.

--Mi hijo--aadi la marquesa--le anim  que pasase aqu el verano.

--Y est contento?

--Galn lo est siempre; y adems--insinu confidencialmente la dama,
recatndose de doa Manuela--tiene ahora motivos para estarlo... Eva,
la ms linda muchacha que tienen ustedes en la capital, le distingue
mucho, no lo ha observado usted?

--Apenas he tenido tiempo... Bueno sera que  ella la distinguieran
al fin...

--S; tiene poca suerte, porque es muy bonita, lleva un apellido
ilustre, y se est quedando...

--Los apellidos y la hermosura valen muy poco si no les acompaa el
pcaro dinero. Vivimos en poca tan prosaica!

--Pero es cierto que estn...?

--Tronadsimas!

--Y ese lujo, entonces?

--El ltimo esfuerzo para atrapar marido, un esfuerzo lleno de vanidad
y de angustia.

--Mal sistema...

--S, muy malo... Pero, dgame usted, marquesa, es tonto ese amigo de
Rafael?...

Ri la marquesa de buena gana y contest con sorna, muy bajito:

--Lo parece, pero no debe de serlo... He notado que,  pesar de sus
mariposeos con Eva, le gusta ms mi sobrina Mara... que tiene un
precioso capital...

En animado grupo discuta Pizarro con doa Manuela, dichoso al no dejar
ociosas ni un momento sus dotes de polemista, y, cerca de ambos, Lpez,
paciente y amable, asenta:

--Convenido... convenido... mucho que s...

Rafaelito contemplaba  Luisa con avidez, sentado en el brazo de un
silln.

Oyse cercana la bocina de un automvil, y se ilumin la sala cuando
aun la marquesa le deca  su reciente amiga:

--Aqu se han conocido Eva y Galn. El padre de esta chica era muy
amigo del marqus y, por lo mismo que la pobre est arruinada, mi
marido quiere que tengamos con ella todas las atenciones posibles...

--Muy bien hecho--afirmaba Luisa--, es un rasgo de piedad que les honra
 ustedes... Y ese seor Pizarro?

--Ah! Es un tipo muy famoso: ex militar, ex negociante, ex poltico...
en eterna oposicin con todo lo divino y lo humano... Ha cado en
esta playa por casualidad, cansado de recorrer todas las conocidas y
renegando de todas... Nos divierte mucho, est furioso porque no sale
el sol...

--Es casado?

--S..., pero est separado de su mujer... no le digo  usted que es
un disidente de todo lo establecido?




V


Entr el marqus, con mucha solemnidad, y cumpliment puntual y
cortsmente  toda la concurrencia, sin omitir frase ni sonrisa de las
sealadas para el caso.

Figuraos un seor de tipo arrogante y majestuoso, uno de esos
arquetipos con que suele representarse en mrmoles y bronces la estampa
de la noble ancianidad. La frente ancha y despejada; los ojos grandes
y vivos; la nariz aguilea; el pelo abundante y sedoso, blanco como
la nieve, igual que la barba, una barba de apstol, toda rizada; el
cuerpo alto y membrudo; la actitud grave y seoril... Imaginis, con
tan hermosa cobertura un entendimiento ruin y perezoso, un espritu
de una vulgaridad insuperable? La seora naturaleza suele darnos estas
bromas crueles. Sin despegar los labios, el marqus impona con su
presencia: era un prcer de la vieja cepa castellana, con trazas de
condestable  de maestre; pero apenas abra la boca, brotaban de ella
en afluente discurso todos los lugares comunes y tonteras picas
puestos al alcance de los caletres hueros. Y lo peor del caso era que
el buen seor le placa hablar de todo, con una suficiencia, con una
pausa y un nfasis que daban grima. Suponed por un momento al Moiss de
Miguel Angel, abriendo sus labios de mrmol para decir una majadera,
y tendris cabal idea del seor don Agustn Mara Celada y Osorio,
marqus de Coronado.

Luego de cumplimentar  sus amigos y de acariciar con una mirada
protectora el rostro bello de la marquesa y las caritas plidas y
maliciosas de sus hijas, anunci pomposamente, irguiendo el arrogante
busto en medio del saln.

--Grandes noticias...

Hubo un movimiento de inquietud y curiosidad.

--Ha cado el ministerio?--pregunt Lpez con voz suave.

--Se acaba el mundo?--suspir tediosa la voz lastimera de Teresita.

--Ha dado  luz la reina?--interpel Pizarro.

--No es nada de eso... tranquilizaos--repuso el marqus con un gesto
enigmtico.--Mis noticias son un poco ms modestas y de un orden que
pudiramos llamar interior... sin alcance universal ni poltico... Una
de ellas es que maana llega Gracin Soberano...

--Gracin aqu!--exclamaron varias voces.

Y muchos ojos se volvieron indiscretos hacia la marquesa.

Sonriente, un poco plida, la seora disimulaba con maestra su
turbacin, no obstante las miradas tenaces de sus hijos.

--Quin te ha dicho que viene Gracin?--pregunt Rafael, intranquilo y
ceudo, sin apartar los ojos de su madre.

--Esa es otra de mis noticias--aadi el prcer, acaricindose la barba
y sonriendo con grande complacencia--. Me lo ha dicho un periodista
madrileo..., poeta..., autor dramtico..., muy amigo mo...

--Buen autor ser entonces!--apunt Clara al odo de Teresita.

--Del gnero chico...--agreg Teresa con desdn.

--Me lo ha dicho _Nenfar_, que acaba de llegar...--dijo el marqus al
fin.

--Ha venido _Nenfar_?--clam  coro la colonia madrilea.

Luego Teresita murmur:

--Qu fastidio!

Y confes Clara:

--Qu alegra!

--Ha venido--repiti don Agustn, muy satisfecho--, y estar aqu
dentro de media hora; le he dejado en el hotel y he quedado en mandarle
el _auto_ para que le traiga en cuanto se vista.

Clara, muy amiga de los chistes fciles, acercse  Coronado,
preguntndole en voz baja alguna cosa... A la cual contest l, muerto
de risa:

--Por Dios, Clara... es usted un diablillo delicioso... _Nenfar_ llega
de un largo viaje, y estando usted aqu querr presentarse como l sabe
hacerlo...

--S, hecho un cursi--critic Isabel, implacable--, con monculo
y gardenia..., diciendo palabras _azules_..., recitando versos
modernistas, con ripios _verdes_..., y quedndose  comer todos los
das con un apetito _negro_... Pero, pap, qu amigos tienes!

Con mohines de protesta acudi Clara  decir, fingiendo grande enojo:

--Vaya! No consiento que se calumnie  _mi_ poeta...

La voz melodiosa de Luisa Ramrez cort los vuelos de algunos chistes
equvocos que empezaban  brotar de aquellas boquitas maliciosas.

--Me haban dicho--refiri Luisa--que esta noche el marqus les iba 
presentar  ustedes nuestro poeta..., un poeta de verdad...

Y reson en la sala el bronco acento de Rafaelito, lanzando un nombre:

--Diego Villamor...

--Es cierto--afirm el marqus--,  m me encanta la amistad de los
intelectuales... Ah, seora! La literatura, el arte, la poesa...
son...  no dudarlo... mis ms preciados blasones... El talento... es
mi flaqueza... Admiro mucho el talento de Villamor, y no esta noche,
pero s muy pronto, he de traerle aqu... Oh los poetas!... Siempre
fu amigo de todos los poetas... Yo mismo hice versos en mi primera
mocedad... Tuve el honor de ser premiado en algunos Juegos Florales...

Dbilmente, saltando  otra silla, Teresita gimi:

--Cielo santo... una lluvia de poetas!... Esto es intolerable!

Entonces, Eva Guerrero dijo con aires de suficiencia:

--Diego Villamor es tambin un gran novelista... Acaba de obtener un
xito ruidoso con su obra _Almas sedientas_. La alta crtica le ha
consagrado maestro de la novela contempornea... Dicen que va para
acadmico... Le espera un porvenir brillantsimo... Ya lo habrn
ustedes ledo en los peridicos...

Casi todos los contertulios dijeron que s, alabando mucho las altas
cualidades del poeta cntabro.

Slo Clara, con cierta hostilidad hacia la bella apologista del vate,
murmur desdeosa:

--Yo estoy muy al tanto en cuestiones de _alta crtica_, pero no he
odo nombrar nunca  ese Villamor...

Se iniciaron algunas sonrisas. Doa Manuela fu en apoyo de su hija
para defender al paisano ausente, y como quien hace el ms acabado
elogio de un caballero, expuso:

--Es un buen partido.

Acentuse el regocijo de la tertulia con estas ingenuas palabras,
y para disimular la risa que le retozaba en los labios, dijo Luisa
Ramrez:

--Aqu encontrar Villamor dos amiguitas... Eva y Mara...

Repuso Eva con aplomo:

--Es un muchacho de porvenir.

Y Mara, dulcemente, asegur:

--Diego es muy bueno...

Otra vez se rieron las muchachas, al comps de la voz cristalina que
sonaba  milagro en el saln de _Las Palmeras_, y Clara, como cosa
indiscutible, pronunci en secreto:

--Esa chica es tonta...

Mientras se sucedan estos menudos acontecimientos, se estaba
Galn atusando la barba con perezosa delectacin; Pizarro grua
desaforadamente, luego de discutir con la marquesa sobre el problema
femenino; el marqus lanzaba su cmica elocuencia en medio del saln,
diciendo herejas sobre cuestiones de arte; Rafaelito miraba  Luisa
con sus grandes ojos de saurio, y Lpez, el buen Lpez repeta  cada
instante sus predilectas muletillas:

--Muy bien... convenido... perfectamente...




VI


Lleg _Nenfar_, al cabo, tal como le haba descrito Isabel; vestido
con presumida elegancia, luciendo unas romnticas melenas, la gardenia
y el monculo.

Llevaba el rostro afeitado, un rostro moreno y triste, de expresin
fatigada y viciosa, mscara de una vida bohemia y artificial.

Fu recibido con socarrn alborozo por la colonia madrilea; bajo la
gida protectora del marqus, recorri el saln en triunfo, perseguido
por las miradas curiosas de las seoras provincianas. Comprendiendo
y aceptando al punto su papel de histrin distinguido, sac  luz el
largo repertorio de encumbradas galanteras, derrochadas en verso y
prosa durante su larga carrera de pcaro elegante y poeta de saln.

Esgrimiendo con insistencia su pertinaz monculo, hzose lenguas de la
noble hospitalidad de aquella casa:

      --Ilustre hogar, en cuyo viejo escudo,
    su nido hicieron guilas caudales
    y su nido, tambin, los ruiseores...

Dijo luego las excelencias de

      ...aquella costa brava
    grande orquesta singular,
    que entona la sinfona,
    la brbara sinfona de los vientos y del mar...

Segn le explic luego el marqus, la repeticin de la palabra
_sinfona_ en estos versos era un alarde maravilloso de
instrumentacin potica...

Habl tambin del paisaje, del admirable paisaje montas, sonata
pattica en gris mayor.

      ... Melancola de invierno,
    profunda melancola,
    que adormece y extasa
    cual la imagen de lo eterno...
    Cielo gris, tierra mojada,
    silencio, tristeza, y una
    vieja torre abandonada,
    vieja torre enamorada
    de la luna...

Estos versos le parecan al poeta la ltima palabra de la sensacin,
y as lo deca con gran orgullo y graciosa petulancia.

Disert largamente sobre la poesa clsica y la poesa moderna; sobre
los msticos y decadentistas; sobre Santa Teresa y San Juan de la Cruz,
Verlaine y Rubn Daro; mezclando lo divino con lo humano, lo viejo con
lo nuevo, la poesa con la extravagancia; mentando libros y autores con
pasmosa intrepidez, deslumbrando al candoroso marqus de Coronado con
las nuevas teoras del ritmo, del color de las vocales y otras por el
estilo. Y como notase en el auditorio ciertos sntomas de aburrimiento,
se dedic  las damas, obsequindolas con disparatados requiebros y
frases conceptuosas.

Hall  Mara albescente;  Eva rojeante, y  la de Ramrez
esmeraldina; compar  las nias del marqus con las hijas del
Rhin, y  la marquesa apellid _Walkyria_, diosa inmune al crepitar
del fuego, y tal lenguaje hubo de usar en la lrica expresin de sus
admiraciones, que las seoras festejadas, ignorantes de aquella jerga
modernista, se quedaron en ayunas del discurso.

Tampoco Lpez entendi una palabra, pero, fiel  su costumbre, repeta
embelesado:

--Muy bien... convenido... perfectamente...

Cuando se hubo encalmado el regocijo que produjeron las palabras de
_Nenfar_, recay la conversacin sobre la prxima llegada de Gracin
Soberano, y el joven modernista ensalz hasta las nubes la vida y
milagros del viajero, menudeando los golpes de monculo, dirigidos
hacia la duea de la casa.

--Gracin es un hombre extraordinario--afirmaba _Nenfar_--, es el
prototipo del _superhombre_. Tanto tiene del hroe como del discreto;
tanto de valor como de cortesa; su pecho es de diamante y su palabra
de oro... Veo en l cifrada la estrella de los antiguos escultores de
pueblos... Gracin es la esperanza de la Espaa joven...

Coronado y sus nias unieron sus ponderaciones  los exagerados
elogios de _Nenfar_, y tambin Clara y Galn se contagiaron de aquella
entusiasta apologa. Hasta la displicente nia de Vidal soliloqui
devota, trasladndose  otra silla:

--Gracin Soberano... ya lo creo!...

La novedad del asunto tena suspensos  los contertulios provincianos.
Escuchaban Eva y Luisa con visible inters aquella letana de
alabanzas,  las cuales haca coro la marquesa con naturalidad de
consumada actriz. Lpez colocaba  destajo sus muletillas, con la mayor
satisfaccin, y el contumaz murmurador, Pizarro, buscaba intilmente un
lado vulnerable por donde asaltar, con demoledora discusin, aquella
bizarra fortaleza de flores, sobre la cual se engrean triunfantes una
leyenda y un nombre.

--Gracin... Gracin...--murmuraba entre dientes--Todas las
muchedumbres necesitan un dolo... Y en Espaa, cuando faltan hombres,
se crean dolos para mayor comodidad... Un hroe..., un superhombre...,
ah es nada! Pero, despus de todo, quin es Gracin? Un aventurero
afortunado, un hombre listo, un orador... aqu donde todos vivimos 
la aventura y somos grandes oradores y nos pasamos de listos!...

Pobre Gracin... y pobre Espaa!

Unos soadores ojos de cielo se abran con infantil curiosidad encima
de aquel nombre y de aquella leyenda, y Rafaelito balanceaba en la
conversacin su enorme cabeza de bufn velazqueo, un poco desmayada y
reflexiva...




VII


Una tarde, son tras la _portire_ el nombre peregrino, que fu rodando
de boca en boca iluminado por el brillo de todos los ojos.

Gracin Soberano apareci en la puerta. Mara no pudo reprimir un
movimiento de instintiva curiosidad. Mir al forastero y experiment
de repente cierta desilusin. Tanto le haban ponderado  Gracin, que
imagin verle como  un sr extraordinario, semejante  un prncipe de
los cuentos de hadas.

Era un hombre de mediana estatura, sencillo en apariencia, elegante
sin afectacin. Los cabellos negros y rizosos, los ojos oscuros y
audaces, la nariz fina y recta, los labios fuertes y bien modelados,
la tez morena y brillante, daban la impresin de una hermosura viril y
enrgica, de una cumplida madurez.

Al entrar en el saln detvose un instante para abarcarle de una
ojeada. Avanz con elegante soltura, se acerc  la duea de la casa y,
tomndole una mano, le hizo una gallarda reverencia. Luego salud  las
dems personas conocidas y se dej abrazar por el marqus, que le deca
enternecido:

--Dichosos los ojos!...

Fu presentado con toda solemnidad  los nuevos contertulios. Tuvo
Gracin para todos ellos palabras y sonrisas de una exquisita
urbanidad, probando cumplidamente que era un perfecto hombre de mundo.

--Vengo de Bilbao--dijo explicando su presencia en aquellos
lugares--adonde fu para estudiar un negocio de minas... All supe que
estaban ustedes en _Las Palmeras_... Se me ofreca nueva ocasin de ver
 mis amigos predilectos... Pasar unos das en esta playa; es un breve
descanso que me permito.

--Siempre igual--repuso el marqus encantado--usted no puede estar
ocioso.

--Me atrae la lucha, me tienta la accin, me enamora el riesgo...
Siento la poesa de los viajes y los negocios, la fiebre de la
actividad... He pasado una temporada en el extranjero buscando nuevas
orientaciones  mis empresas; pero, al cabo, sent el deseo de volver
 nuestro pas... la pcara nostalgia!... Cuando estoy en mi patria,
la aborrezco y cuando me alejo de ella, la amo; slo soy buen espaol
fuera de Espaa! Condicin, al fin, de espaoles, de espritus
inquietos que slo adoran lo que no poseen...

Habl de sus viajes por el extranjero con amenidad extraordinaria,
salpicando el relato de observaciones ingeniosas; cont algunas
originales aventuras, recatando sus triunfos bajo el velo de una
estudiada modestia. Pareca hombre de mucho saber y gran copia de
lectura, y las palabras acudan  sus labios fciles y sumisas,
enfervorizadas por el fuego de una vibrante elocuencia.

--No le atrae  usted la poltica?--pregunt el marqus, que le
escuchaba absorto.

--Ps! tuve algunos coqueteos con esa dama--respondi Gracin
sonriendo--, pero me seduce ms la vida de los negocios... La poltica
es el arte de los pueblos viejos, y  m me encantan los pueblos
nuevos, enamorados del porvenir, resonantes de fbricas y de oro,
coronados por las altas virtudes del trabajo y de la inteligencia...
El mundo vive y progresa por razones econmicas... Los hombres de
estado son prisioneros de los hombres de negocios... En Espaa, todo
lo inficiona la poltica, y es preciso orientar  la juventud por los
caminos de la libre actividad. Conviene despertar este gran pueblo,
dormido  la sombra de sus catedrales, y lanzarle al galope en la vida
moderna, en ese torrente de energas hermosas que corre por el mundo...

Acostumbrados los contertulios del marqus  la frvola charla de los
salones, juego necio de frases con pretensiones de elegancia y de
ingenio, sentanse como sorprendidos por aquella palabra impetuosa,
llena de imgenes y penetrada de emocin.

Comprendindolo as Gracin, y estimulado por la religiosa uncin con
que le oan, habl de poltica, de arte, de literatura, de negocios...
No profundizaba gran cosa en tan distintas materias; pero las tocaba
con habilidad y atrevimiento, poniendo en el discurso una fuerza
admirable de persuasin. La palabra le enardeca; embriagado por su
propio verbo, con los ojos brillantes y el rostro iluminado, haca
resaltar los ms menudos pensamientos con el bro de la expresin y la
gracia natural de sus maneras. Desde el primer instante captse las
simpatas de las damas; era Gracin un maestro en el arte de halagar 
las mujeres, lisonjendolas, y atacando como astuto psiclogo el punto
flaco de la vanidad femenina.

--La mujer--deca con su sonrisa galante--no es slo el ornamento
de la vida, sino tambin la razn y el impulso de todas las grandes
acciones. Detrs de todo hroe hay siempre una herona; que no se mueve
el corazn ni la inteligencia de los hombres sin que les ayude la mano
delicada de una mujer...

Habanse agrupado los contertulios en torno de Gracin, hechizados por
su conversacin. Unicamente Pizarro segua con burlona mirada el vuelo
audaz y voluble de la palabra conmovedora. Aquella gente superficial
 impresionable, aunque no comprendiese gran cosa de los discursos de
Gracin, no por ello estaba menos encantada. Lpez tena en los labios
una sonrisa deslumbradora; Clarita, con los ojos encandilados, repeta
en voz baja:

--Delicioso!... delicioso!...

--Un gran artista!--deca Eva.

--Un ruiseor!--pensaba la de Ramrez.

--_Eclatante_--aseguraba _Nenfar_.

El marqus miraba  su esposa y  sus hijos como queriendo decir:

--He aqu los amigos que yo tengo!

Y el disidente Pizarro rezongaba entre dientes con aspereza.

--Oratoria fin de siglo... _pour pater les bourgeois..._

Generalizse, al fin, la conversacin; mas apenas abra la boca el
forastero tornaban todos  escucharle con profundo inters...

Mara estaba de pie, junto  una de las ventanas. Caa la tarde; el
sol, al ponerse, desgarrando el palio tenaz de las nubes, baaba el
parque de encendidos reflejos, dorando suavemente la mullida tierra
mojada. Un opulento rosal escalaba el muro de la quinta y asomaba en
los cristales la prpura de sus rosas. Todo era bello y triste en
aquella tarde estival.

--Qu hermoso paisaje!--murmur Gracin, asomndose  la ventana--No
es verdad que conmueve?--aadi, clavando sus ojos en Mara--Estos
paisajes enternecen y llegan  lo ms hondo del corazn... Al mirar ese
horizonte el pensamiento vuela, como una golondrina, hacia el pas del
sueo... Es tan dulce soar!

Escuchaba la joven en silencio, y conmovida por la palabra
acariciadora, le pareci ver en el rostro de aquel hombre un gran
resplandor de juventud.

--Hermoso atardecer!--segua diciendo Soberano--Tiene una tristeza y
una dulzura! No s por qu imagino que, al contemplarle, siente usted
una ternura fraternal... Es usted bella y triste como ese crepsculo...
Algo del alma de usted flota en el alma de ese paisaje...

Mara no respondi; senta una turbacin inexplicable, algo muy dulce
y profundo que le sali del pecho y le tembl en los labios y le brill
en los ojos, en los ojos azules y pensativos.




VIII


Las jornadas de _Las Palmeras_ se animaron desde que Gracin lleg  la
playa, precedido de _Nenfar_.

En el elemento femenino creci sordamente la lucha de pasioncillas
en torno  las dos mujeres, gala de aquellas tertulias, Eva y Mara,
que descollaban sobre las dems con fcil dominio. Luisa Ramrez, cuya
juventud declinaba en una sabrosa madurez de esto, era precisamente la
nica en mirar sin enojos la triunfante belleza de las dos muchachas.

Era en Mara el don de la hermosura, gracia pasiva y melanclica,
divina luz encendida en el semblante como un resplandor del alma; y era
en Eva don agresivo y orgulloso, roja lumbre de soberbia, amenaza de
esclavitud y de dolor.

Heredera de una copiosa fortuna, creci Mara en la triste paz de
su casa solariega, hundida en el fondo de un valle norteo, cerca
de una blasonada villa. Llorando la muerte prematura de sus padres,
asombase al mundo sola y nia, con un vago anhelo lleno de timideces y
delicados asombros. Aliviaba con el blanco ropaje estivo el grave luto
de sus dolores, cuando su to, el marqus de Coronado, quiso que les
acompaase unos das en _Las Palmeras_, sin abandonar la ntima tutela
de doa Cndida, una bendita seora que cuidaba  la nia con maternal
solicitud, vigilndola con su cario desde cualquier rincn que la
fuse propicio para rezar, suspirante y quejosa, diciendo en voz queda:
Ay, Dios mo!

Era ajeno  Mara el trato mundano de las gentes; ella slo saba
las costumbres patriarcales de la buena sociedad aldeana, y, en sus
breves visitas  la capital, habase iniciado apenas en la vida
de los salones. Pero de su nativa distincin emerga, con natural
y elegantsimo alarde, un aroma aristocrtico lleno de atractiva
sencillez, y en el noble reposo de sus maneras, en sus mismos silencios
observantes y pensativos, haba una placidez romntica, un grave
misterio seorial.

Sazonada su belleza por la madurez de los treinta aos, diestra
ya en lances de la vida, Eva Guerrero saba del mundo todo lo que
tranquilamente ignoraba su joven amiga Mara Ensalmo. Ni el paisanaje,
ni las aejas relaciones de ambas linajudas familias, unieron  las
dos muchachas ms que con una dbil amistad de buen tono, sin races
y sin flores. La arrogante morena de ojos de sultana tena un corazn
rebelde y ambicioso. Crease con derecho  la felicidad por haber
nacido hidalga y hermosa; los quebrantos de fortuna, que pusieron en
manos de su padre un arma suicida, irritaron el amor propio de Eva sin
amansar su dura condicin. Slo por coquetera dominaba la destemplanza
del carcter; mas, aun en los momentos en que su voz finga blandas
cadencias y melosas risas, fulguraba en sus ojos un destello
implacable. Contaba algunos aos ms que Mara, nuevo motivo de rencor;
miraba ya declinar su estrella y perderse en caminos de crepsculo todo
el cortejo de sus ardientes ilusiones.

Entre Eva y Mara, entre estas dos mujeres cuyas vidas iban  correr
 la par en distintos caminos de dolor, alzbase una frontera de mal
callados sentimientos. Los negros ojos profundos miraban siempre con
secreta perfidia  los azules ojos, brillantes y apacibles como un
girn de la calma del cielo...

Para el prodigioso viajero, que se llamaba Gracin Soberano, fueron
aquellas dos mujeres una novedad tentadora, el plato del da en su
insaciable apetito de galanteos.

No se cuid Gracin de que apareciese como un capricho su prolongada
estancia en aquellos cntabros arenales  como una promesa que cumpla
cerca de su complaciente amiga Generosa de la Ddiva, marquesa de
Coronado. En la altivez majestuosa con que andaba por la vida  grandes
pasos, sin tropezar nunca y siempre victorioso, tampoco se cuid
de ocultar que Eva, Mara y Luisa, las tres flores costaneras, le
parecan adorables; y hasta se permiti declarar pblicamente que en
_Las Palmeras_ haba otra provinciana encantadora, una doncellita muy
peripuesta y gentil, que se llamaba Rosa.

Tambin _Nenfar_ lo haba advertido, y apostado en el _hall_ de la
quinta, mientras acomodaba lentamente el sombrero y el bastn, le haba
rezado  la moza una oracin modernista, tan extravagante y pomposa,
que la buena muchacha, creyendo que la hablaban en idioma extrao, roja
y confusa, murmur:

--No entiendo...

Fu perspicaz en cambio para entender el lenguaje atrevido de las
manos del bohemio, y contuvo su explicacin con tal agilidad y
valenta, que el goloso, escarmentado, tornse con ella prudente y
humilde, y  hurto de las damas, en breves solaces deliciosos, le
confes que se llamaba nicamente Simn Ruiz, y que era un pobre
vagabundo, un pcaro con talento, que sitiado por el hambre haca de
_Nenfar_... y de otras cosas peores...

Su acento adolecido hiri el tierno corazn de la muchacha, que se fu
humanizando un poco  los amorosos requerimientos del seorito; y sin
tardar muchos das, delante de una sonrisa apicarada y suave de la
moza, declaraba tambin _Nenfar_ que Clara Infante era una caprichosa
pervertida, y que  l slo le gustaban las frescas amapolas del campo,
las lindas mujeres de la aldea:

      Flores de sangre y sol, en cuyos labios,
    la pura esencia del amor se bebe...




IX


Mientras _Nenfar_ demostraba su sagacidad de hambriento solicitando
los apetitosos favores de Rosita y cultivando los de Clara, ms
refinados y exquisitos, Gracin, que haca las cosas en grande, se
apoderaba, en el concurrido saln de _Las Palmeras_, de la admiracin y
el aplauso de todas las mujeres, derrochando sus artes y enamorndolas
por turno...

Su apostura elegante, su continente varonil, su gracejo y su elocuencia
le daban un indiscutible dominio en sociedad, donde jugaba con el
propio prestigio como con una baraja, en temerarios alardes de buena
fortuna, ganando siempre.

Al mundo,  esa monstruosa entidad annima que amedrenta  muchos
hombres de talento positivo, le tena Gracin deslumbrado con el brillo
audaz de sus ojos, las vibrantes ondulaciones de su voz y el gallardo
gesto de su persona. Y el terrible mundo, engaado como un nio, haba
tomado por admirable existencia la farsa seductora en que Gracin
viva. Mujeres fascinadas y hombres necios  cndidos aseguraban que
Gracin era un gran artista, un negociante genial, un guila y un
ruiseor; como deca _Nenfar_, un _superhombre_...

Debajo de la estupenda fbula slo haba un perfecto comediante,
un salteador de buenos caminos, disfrazado con arte de imaginarias
virtudes. Cierto da apareci en la corte con aires de fortuna y
distincin, diciendo que vena de Pars, en cuya Universidad haba
estudiado varias facultades. Como pareca rico y era guapo, y se deca
de buena familia, fu admitido en muy selectos crculos, logrando la
amistad de personas influyentes. Tomle bajo su proteccin la marquesa
de Coronado, con harto detrimento de la honra y los dineros del
marqus, y aquel mozo de origen oscuro subi como la espuma.

Graves disgustos cost  la de Coronado su flaqueza. Gracin no era
lo que pareca. Hombre sin escrpulos, dominante y codicioso, fro
de corazn como la nieve, slo atenda  su propio medro y  la
satisfaccin de su naturaleza inconstante y caprichosa.

La imaginacin haca en l las veces del sentimiento. Fabricbase
un mundo de imgenes y ficciones, de rasgos fabulosos y aventuras
fantsticas, y era en su pensamiento tan natural la mentira como un
hecho vivo y presente. Menta por necesidad y deporte, ejerciendo con
la falsedad un arte sutilsimo, poseyendo de tal modo sus propias
invenciones que las incorporaba  su vida hacindolas reales  fuerza
de creerlas y practicarlas.

Todo su poder estaba en la palabra, en aquella palabra encendida
siempre en pasajeros entusiasmos; despus de hablar mucho,
embriagndose con ficticios ardores, quedbase como vaco. Desfloraba
todas las cosas, hastindose de ellas en cuanto las posea.

Lleg la marquesa  conocerle  fondo cuando ya se hallaba hechizada
por la sugestin de tan extrao carcter. Sufri en silencio engaos y
humillaciones, arrastrando como un castigo aquel amor culpable lleno de
ingratitudes y amarguras.

Gracin no paraba mientes en tales cosas; dispuesto  la caza de
una buena dote que supliese la vacuidad de su imaginaria fortuna,
mariposeaba entre las mujeres aun en presencia de su amiga, la de
Coronado, con una brillante y elegantsima insolencia...

Nutrise con nuevos elementos la tertulia de los marqueses. La colonia
madrilea de la playa encontraba desanimadas y cursis las veladas
del Casino, y, tcitamente, acordaron los ms distinguidos veraneantes
asistir  las que en _Las Palmeras_ se haban improvisado, encadenadas
con jiras y paseos por los alrededores del balneario.

Aprovechando en aquellas gratas reuniones el conato de un silencio,
la sonora voz de Gracin comenzaba con hbil estrategia un curioso
relato; agrupbanse los seores complacidos en torno al orador, y
al comps de un acento que repeta: convenido... convenido... las
frentes varoniles se inclinaban en seal de aprobacin; todas las
atenciones quedaban sumisas al poderoso farsante, y todas las damas
soaban con ser la favorita de aquel galante taumaturgo...




X


Al fin, una noche present el marqus en _Las Palmeras_  Diego
Villamor. Era el poeta un muchacho de aspecto simptico, de facciones
finas y aniadas, el pelo rubio, los ojos zarcos, la boca sonriente,
mediana la estatura, tmida la expresin. Haba en su figura cierta
nativa elegancia; pero el busto algo encorvado y la mirada indecisa
dbanle un aire de prematura vejez, de cansancio  de tristeza.

Al penetrar en el saln una picante brisa de curiosidad agit las
ligeras cabecitas de las nias veraneantes. Clara fu la nica que le
mir con ceo; las dems le brindaron protectoras sonrisas y placentera
conversacin.

Diego no se mostr muy comunicativo, y el lisonjero recibimiento que
se le haca pareci acrecentar su natural timidez y envolverle en un
amago de inquietante torpeza. Con graciosa amabilidad sali la marquesa
al encuentro de aquel malestar embarazoso, y tomando gentilmente el
brazo del poeta, fuse  iniciarle en la amistad de las muchachas,
contndole, con llaneza seoril, las menudas intrigas y bagatelas de
aquel saln de verano.

La insinuante benevolencia de la dama no logr disipar la turbacin
del artista, y slo cuando entre los grupos bullangueros columbr la
delicada figura de Mara, sintise Diego acompaado en la tertulia y
guiado hacia un rostro amigo.

Juntos compartieron ambos jvenes en el mismo valle natal las plcidas
intimidades de la infancia, y, ms tarde, al abrigo de una amistad
serena, Diego le haba regalado  Mara muchos ramos de rosas en las
lindes del huerto, muchas rimas sinceras, improvisadas con ese arte
primicial y balbuciente de la adolescencia, inculto y bravo perfume
del corazn. Fu Mara su primera musa, la reveladora de sus primeras
emociones, un delicado ensueo hecho carne y belleza de mujer. Ella
haba sonredo siempre sin coquetera ni complicidad al embeleso
encendido en los ojos miopes del poeta; y ahora, en el ambiente
frvolo de aquella sala abierta al mundo, tambin le sonri, ingenua y
bondadosa, como en los solitarios caminos de la aldea.

Logr Diego sentarse  su lado y ofrecerle, un poco anhelante, la rosa
pequea y linda que llevaba en el ojal.

--No es tan bonita como las de nuestro valle, te acuerdas?--le dijo.

--S... all arriba t me las buscabas muy hermosas--respondi
levemente la muchacha.

Pero en vano Diego persegua los celestes ojos absortos en la rosa.
La nia blanca, de casta belleza, la musa de los lejanos senderos,
alz sobre la florecilla sus pupilas acariciadoras para dejarlas caer
sin cautela en la sugestin de otras audaces. Siguiendo el camino de
aquella mirada, comprendi el poeta que  su amiga la estaba Gracin
enamorando.

Y se sinti otra vez solo en la tertulia, extrao y triste en aquella
sociedad ligera...

Tambin Eva se hallaba sola en aquel instante. Con frecuencia, al
lado suyo hacase un vaco desdeoso por parte de las muchachas, que
no acababan de perdonarle su hermosura, ni el orgullo con que la
ostentaba. Mara en aquellas ocasiones acuda bondadosa cerca de la
bella desairada, sin que Eva mostrase agradecer semejante favor, ni
ofenderse con las otras crueles displicencias. Bajo el escudo de su
recia altivez sonrea como una esfinge; atenta slo  sus planes de
conquista, contemplaba en silencio el campo de batalla, como un
experto general, y era precisamente Mara el blanco de sus temores.
Delante de la nia rubia, desplegaba Luis Galn sus ms necias y
petulantes sonrisas; quemaba _Nenfar_ el incienso de sus conceptuosos
madrigales; modulaba su harmoniosa voz el superhombre, y hasta la voz
ronca del marquesito, al resonar junto  Mara, se apagaba dulcemente,
como el suspiro de un violoncello.

Eva, despechada, contenase  duras penas...; iban  ser tambin para
la nia romntica los obsequios de Villamor?...

Sin duda le nacieron inquietas alas  esta pregunta insidiosa, porque
vol  lo largo del saln, posndose en los odos de las seoritas
veraneantes, y la alarma de esta sospecha lleg hasta la duea de la
casa que haba puesto los ojos en Diego con la secreta intencin de
fraguar un desquite...

Por cierto que los ardientes ojos de la marquesa pareca que haban
llorado...

Rosa, la doncellita gentil, le cont  _Nenfar_ aquella tarde que el
seorito Gracin haba discutido acaloradamente con la seora marquesa
en un escondido rincn del parque...




XI


--S que es usted un gran poeta... y un hombre excesivamente
modesto--deca Gracin, clavando sus ojos de guila en los tmidos ojos
de Villamor.

Bajo la cruda sugestin de aquella mirada vacil el poeta, respondiendo
con voz insegura:

--Muchas gracias..., usted me favorece demasiado.

Sonri Gracin, un poco burln, y repuso con aire entre protector y
desdeoso:

--La modestia excesiva, la timidez, es cmo una niebla del talento.
_Audaces fortuna juvat._ Los hombres, amigo mo, para cumplir una
elevada misin, necesitamos hacernos duros y valerosos. No basta con
tener talento, se necesita fuerza para imponerle. Todo gran pensamiento
es agresivo, cortante, eficaz como una espada...

--Es usted poeta?--murmur Diego, embelesado por las palabras sonoras
de Gracin.

--S..., algo poeta..., pero un poeta de accin... Yo no hago
poesa..., la vivo. Los viajes, los negocios, las realidades, son
mis poemas... Qu mejor estrofa que un pensamiento dominador que en
un instante se hace dueo del mundo? Aborrezco la vida sedentaria, y
le confieso  usted que no admiro esa poesa del surco, ocioso canto
de cigarras en la pereza del verano... Ya que tiene usted talento y
es poeta de verdad, abandone el rincn de su provincia, lncese al
mundo, suelte esa timidez un tanto rstica de su persona y... algn
da me dar las gracias por el consejo. Es usted muy joven..., segn
parece. Vaya usted por de pronto  Madrid, escriba para la Prensa y los
teatros, busque usted el gran pblico, la popularidad, los halagos de
la fortuna, las grandes emociones de la vida, el dinero y la gloria.
Roto el hielo, consagrado el nombre, todo lo dems le ser dado por
aadidura.

La tertulia del marqus hallbase pendiente de los labios de Gracin.
Aquella voz limpia y armoniosa, aquel tono de energa y suficiencia,
capaces de vestir con brillantes galas los conceptos ms falsos y
vacos, producan un efecto seguro en el frvolo auditorio. Estaba
el marqus radiante; triste y conmovida la marquesa; entusiasmadas
las nias y hecho un puro caramelo el optimista Lpez. Mara callaba
pensativa;  su lado Eva pona una sonrisa en el duro semblante, y
Pizarro, el eterno disidente, repeta en un rincn:

--Palabras... palabras... palabras...

--Yo no sirvo para la lucha--deca Diego con ingenua sencillez--,
mi mundo acaba tras de las tapias de mi huerto. No me seducen otras
glorias... El amor y la poesa se reducen  un nido... Por qu buscar
tan lejos lo que est dentro del corazn?

Las humildes frases del poeta causaron una emocin extraa. Decalas
con voz fina y temblorosa; los ojos miopes brillaban con ardiente luz.

Gracin, un poco sorprendido, refut victoriosamente las razones del
vate, volcando sobre el trmulo mozo un aluvin de frases elocuentes,
y mortificndole de paso con algunas ironas poco piadosas. Diego
intent responderle; mas la sugestin de aquellos ojos, clavados en l
con fuerza, cortle las alas del discurso, y call al fin, balbuciendo
torpes y dbiles disculpas, azorado al descubrir en los rostros
femeninos ciertas sonrisas mal disimuladas. Huy  esconder su derrota
en un rincn de la sala, donde fu acogido cordialmente por el grun
de Pizarro.

El _superhombre_, luego de haber inutilizado  Villamor, segn frase
de Clarita Infante, pase con regalo sus finezas conquistadoras por
todas las damas de la tertulia, y decidise por fin, con seriedad
extraa,  enamorar  Mara.

Con sus saltitos de pjaro y sus atrevidas intromisiones, Teresita
Vidal descubri el galanteo. Unos comentarios maliciosos volaron como
dardos por la estancia cuando el descubrimiento se hizo pblico, y
slo Luisa Ramrez tuvo para esta noticia sensacional un franco gesto
de indiferencia que rod en las murmuraciones como rara nota de bondad.

Pero en estos rumores sibilantes, levantados  la sombra de habituales
sonrisas, no haba tanto despecho ni tanto furor como en el maligno
silencio con que Eva acogi la certidumbre de que Gracin se constitua
en pretendiente oficial de Mara Ensalmo.

Durante algunos das acarici Eva la esperanza de aquella singular
conquista; en el _flirteo_ galante de Gracin hubo para ella halagos y
promesas, y atizada su vanidad, fomentada su ambicin, vise vencida de
improviso por la mansa hermosura de aquella nia contemplativa y dulce.

Altanera y rabiosa--es porque tiene dote--haba pensado.

La amargura del desengao irreparable cincel en su cara morena una
mueca despreciativa, y fu un vaso henchido de clera su corazn,
mucho ms combatido por los celos que el de la abandonada marquesa de
Coronado...

En aquella tormenta de sus ilusiones, apremiada por los aos y la
vergonzante pobreza, Eva Guerrero mir frente  frente  Diego
Villamor, aprovechando aquel instante en que el poeta, fcilmente
vencido por Gracin, se sinti forastero y desorientado en la velada de
_Las Palmeras_, sin ms apoyo que la adusta cordialidad de Pizarro.

No era Diego un extrao para Eva; vecinos de la misma ciudad,
conocanse todo lo que el retraimiento del artista lo haba consentido.
Admirbala l siempre por hermosa; ella no le haba prestado nunca gran
atencin por considerarle pobre, pero ltimamente el nombre de Villamor
haba corrido por Espaa con entusiasta elogio, y el triunfo de su
reciente novela le abra dilatados horizontes. Se le auguraba un puesto
eminente en el mundo literario, y esto ya no era grano de ans.

En aquella misma sala haba dicho doa Manuela, con sobrada razn, que
Diego era un buen partido, y haciendo Eva un rpido recuento de los
mritos del mozo en sus aptitudes para ganar dinero, vile poderoso
y encumbrado en plazo breve, figurando en Madrid como un personaje,
en salones, ateneos y academias, rota al fin la corteza de aquel pcaro
carcter tmido y bonachn...

Muy armada con todo el poder de sus hechizos, fuse Eva Guerrero
hasta el rincn del poeta; le desafi  lucha brava y singular
tendindole traidoramente el lazo y asegurndole primero con palabritas
de miel. Sitile al fin, con formidable asedio, disimulando entre
gorjas y burlas incitantes, y Diego, maravillado, engaado, seducido,
rindi sin gran defensa su alma exquisita, su noble alma, soadora de
huertos y de nidos...




XII


Ya Gracin era novio de Mara. Las veraneantes en estado de merecer,
dejando como cosa fatal aquellos graves casos de pasin, dedicronse
 otros menudos enredos, y consiguieron poner ceuda y triste 
la burlona Clara Infante, asegurndole que tena una rival, y que
_Nenfar_ le era infiel en la misma quinta de _Las Palmeras_.

Teresita empezaba  divertirse un poco viendo errar sin destino la
ntida sonrisa de Galn, y observando en Rafaelito sntomas alarmantes
de locura amorosa.

Y cuando los dos de las incautas parejas eran celebrados en el saln
con ingeniosas travesuras, de aquel rincn del parque donde la marquesa
y Gracin haban discutido airadamente, entr en la sala un viento
de escndalo que impuls  Benigna hacia su madre, para decirle,
inverecunda y perversa:

--No habas t pensado en Luis Galn... para un caso... como ste?

Mir  su hija la dama, sin pestaear siquiera, durante un largo
minuto, y volviendo  otro lado la cabeza con aquel aire de altiva
dignidad que le era propio, hallse con el inofensivo semblante de
Lpez, que maquinalmente silabeaba:

--Convenido... perfectamente...

Y en el hueco de una ventana doa Cndida, adormecida y lastimosa,
balbuca:

--Ay... Dios mo!...

       *       *       *       *       *

En aquella msera crcel de su pecho tena Rafaelito Coronado un
compasivo corazn. A ratos senta el mozo, por all dentro, ciertos
barruntos de hidalgua y hasta un poco de romanticismo sentimental.

Posedo de una de estas crisis interiores, hall  su prima sentada
en la terraza y en propicia soledad. Se puso horriblemente feo para
sonreirla, y acariciando con manso mirar la fresca hermosura de la nia
blanca y dulce, estremecila con su voz tonante.

--Maruja preciosa; dme si es cierto, de toda certeza, que t seas
novia de Gracin...

Ruborizada y sorprendida, quedse Mara en silencio, con los divinos
ojos un poco acobardados.

--Es cierto... por desgracia--tron entonces el bronco acento.

--Por desgracia?--interrog la nia, alzando vivamente la cabeza.

Aplaci Rafael su voz todo lo posible, y tomando con fraternal
confianza la breve mano de su prima, casi al odo, le rog.

--Marujilla... eres buena... eres inocente... No te cases con
Gracin... Desconfa de l... y de ellas... y de todos en esta casa,
menos de doa Cndida y de m...

Y apenas dicho esto, gir sobre sus pies deformes y desapareci en el
vestbulo.

Vile  poco Mara en el jardn, como si buscara  soara alguna
cosa... Arrancaba las flores, las morda, las estrujaba y las iba
sembrando muertas por los caminos.

Le miraba la nia, suspensa, con un vago terror, y slo cuando le
vi hundirse en el misterio del parque, suspir aliviada, como si
despertase de una lgubre pesadilla.

Acodse en el mrmol de la recia balaustrada, y sus pupilas curiosas
temblaron debajo del cielo y encima del mar, con una interrogante
expresin llena de ansiedad inefable. Pero ni los cielos ni las aguas
respondieron  la callada consulta.

La vasta llanura del Cantbrico era toda una mancha azul, cuajada de
sol. Gozaba el mar de esas horas de reposo y de hermosura en que parece
que est escuchando una inmortal querella. Su inmovilidad expectante y
magnfica quebrbase en la orilla levemente, con blando embatir de olas
y espumas que sonaban  rezo. Mar y cielo se besaban en el horizonte,
con la majestad suprema de dos amantes inmensos que celebrasen paces y
bodas delante de Dios...

Absorta en la grandeza del espectculo, sinti Mara estremecerse su
corazn en aquel beso colosal de aguas y nubes; volaba su fantasa con
descansados giros de gaviota por la inmensidad azul, pero una voz grave
y augural repeta en lo hondo de la conciencia desconfa de l!

--Por qu?, por qu recelar siempre?--preguntbase la nia
enamorada--Es acaso la vida una emboscada perpetua? Es el amor tan
ciego que ni valerse de las alas sabe? Por qu temer cuando la tierra
luce un esplndido traje de gala, y se est la mar dormida en excelsa
quietud y tiene el cielo tan noble mansedumbre?...

--Por qu sufrir, Dios mo--suspiraba Mara--cuando la vida es una
maana de sol, y el alma una dulce llama de amores?

Pero la temerosa voz agorera no acallaba sus crueles profecas, y en
las azules contemplaciones de la muchacha qued flotando, trgica y
amorfa, la negrura de un presentimiento fatal...

Debajo de la terraza se rebullan unas faldas y unos cuchicheos.
Las hijas del marqus salan  la sazn con Clara y Teresa hacia el
balneario.

Iban las cuatro vestidas en liviana desnudez, con unos trajes
transparentes, muy bonitos y escandalosos.

Charlaban y rean, bajando por la escalinata, cuando Rosa las encontr,
viniendo del jardn con una opulenta carga de flores para adornar
los aposentos. Detuvo Clara  la doncella con desgarrado impulso y
preguntle, llena de clera:

--Dme t... muchachuela... de veras te has figurado que los
caballeros que vienen  esta casa te cortejan  ti?

Al oir tal, qued la chica inmvil y absorta, gentilmente abrazada 
sus hermanas las flores. Despus, un poco encendido el semblante y algo
quebrada la voz, replic altanera:

--El que viene  esta casa  cortejarme no es un caballero... es...
Simn Ruiz.

Tornse de cera el rostro de Clarita; pugn iracunda por desatar su
lengua dicaz, paralizada por el despecho, cuando sus amigas se la
llevaron jardn afuera, ordenando  la moza, con fingida severidad, que
callara y siguiera su camino.

Obedeci ella sin replicar, mas pisando, al subir, con valenta, los
finos escalones. Agitada y trmula de celos y de orgullo, fu dejando
caer, en su descuido, algunos de los ramos preciosos que llevaba. Y
as, en la escalinata de honor de _Las Palmeras_, testigo de aquella
escena bochornosa, qued triunfante con un rastro de flores, en plena
gloria de sol, la huella donosa de Rosita...




XIII


Al caer la noche sobre la costa, los contertulios de la quinta salan
al jardn y se iban disgregando en galantes parejas, bajo el quieto
dosel de los rboles.

Plida la luna en un cielo de tersa limpidez, asombase por los claros
de la fronda, poniendo su gentil resplandor en los misteriosos andenes.

Haba un perfil desasosegado en las sombras enlazadas bajo la
fantstica luz; un perfil rebelde, que tan pronto pareca el de un slo
cuerpo que dulcemente ambulase en la paz de la senda, como partido
en dos airadas figuras, simulaba un grupo combatiente y furioso,
desesperndose en la calma enervante de la noche.

Eran _Nenfar_ y Clara, que agriamente rean, paseando por el jardn.
Decanse agravios y quejas, discutan con mal recatado enojo; mas
luego, un rayo indiscreto de la luna los dibujaba en el csped,
inmviles, y amistados en lagotera pltica...

Por la alameda central,  toda luz, discurran lentamente Mara y
Gracin, coloquiando en traza de novios, ms atentos al rumor de sus
palabras que  la tranquila belleza de la noche.

Cerca de ellos, Diego y Eva, sentados en rstico sof, se decan amores
quedamente, con apasionada uncin.

Y en otra arbolada calle, un poco ms sombra, la risa de plata de
Luisa Ramrez haca contrapunto al vozarrn de Rafael.

Las seoritas de la casa acompaaban  los dems amigos, y, al travs
de los grupos pintorescos, Pizarro protestaba del calor, de la luna y
de los novios, mientras que  Lpez le pareca todo de perlas.

Hojas, flores y brisas, refrigeradas por el aliento bienhechor de la
noche, escuchaban curiosas las carcajadas y los dilogos de aquellos
felices huelguistas de la playa... Tambin con las brisas y las flores,
Rosita la doncella andaba escuchando entre los rboles...

Sonaron lnguidamente las cuerdas de un piano. Por las ventanas
abiertas del saln cayeron  la sombra del parque unas divinas notas
de cristal. La silueta romntica de Schumann pase un momento por el
jardn umbroso, cantando con delicada voz sus _Lgrimas secretas_, sus
_Noches de angustia_...

Era, sin duda, una mano de mujer, nerviosa y sentimental, la que
pulsaba las teclas del piano.

Al escuchar aquellas notas alzse Diego Villamor del escao rstico,
mirando con sorpresa hacia las ventanas de la quinta, que proyectaban
en la sombra del parque la viva luz de los salones. De repente la
voz de Schumann se apag en un sollozo, y tras la pausa de un amplio
silencio musical vibraron los acordes del _Claro de luna_, el triste
_adagio_ de la sonata de Beethoven. Las graves y profundas armonas
causaron al poeta una impresin conmovedora. Sacudile aquella rfaga
como un latigazo inclemente recibido al desnudo en pleno corazn; todo
el dolor y la tristeza de la vida lloraban en aquel _adagio_ como un
_de profundis_ cantado  orillas de un lecho nupcial,  la luz piadosa
de la noche...

Notando Eva la emocin de Diego, echse  reir alborozada, burlndose
del poeta con aceradas frases...

La vertiginosa rueda de sensaciones, que en vorgine silenciosa giraba
en la arboleda, tuvo entonces un extrao engranaje de pensamientos,
y tambin Mara sinti, alarmada, que un tremante acento de dolor se
acordaba  los sones del piano con las clidas ternezas de Gracin.

Una supersticin callada y penosa doli en dos corazones al mismo
tiempo con lancinante acometida.

La marquesa, en tanto, sentada en el saln ante la clave, desgranaba
las notas dulcemente y Galn, muy rendido  su lado, volva con
lentitud las hojas de la partitura, luciendo una sonrisa intensa y
blanca, como la del teclado marfileo sumiso  los hbiles dedos de la
seora.




XIV


Arreciaba el calor; todo el oro solar cado en clidos torrentes
durante el da caldeaba la arena de la playa y tostaba la densa copa
de los pinares. En la costa brava, y en los gayos jardines ribereos,
yacan las flores con desmayo estival, desabrochados los hondos
clices, entregadas  la caricia ardiente de la luz.

Descenda la tarde sobre el Cantbrico con exquisita diafanidad;
llegada era, sin duda, la solemne hora que inspir al poeta los alados
versos:

      Harto acaso de vidas
    serense ya el mar, las costas callan;
    cansadas  dormidas
    sus turbulentas olas no batallan.

      Y si la playa suena,
    si mueve el agua espumas y rumores,
    su voz sobre la arena
    no amaga muertes, que suspira amores...

El saln de los marqueses abri sus puertas de par en par sobre el
parque frondoso, y la familia, con sus habituales amigos, buscaba en
animados grupos la regalada sombra del boscaje.

En el palique de aquella gente ociosa y novelera, pasto de toda malsana
curiosidad, eran tema favorito las bodas de Eva y de Mara. Juzgadas
tales bodas como ciertas  irremediables, las mocitas casaderas que
estaban en turno hicironse benvolas y afectuosas alrededor de los
novios.

Decase de ellos, no slo que formaban dos gallardas parejas, sino que
la conveniencia de ambos enlaces era visible y acertada. Con su hermosa
cabeza de Apolo, su ciencia de la vida y su trato seductor, Gracin
Soberano era el marido ideal para la noble nia acaudalada, indefensa
y tmida paloma. Y la colmada hermosura de Eva Guerrero, su hidalgo
linaje y su dominio de los salones, digna corona seran del poeta.

Ufana y ambiciosa, maquinando grandezas y esplendores, quiso Eva
asomarse  las puertas del porvenir. So una vida muelle y regalada en
la corte; un trono para su belleza en aquella sociedad aristocrtica;
una existencia de triunfo y de placer... Y el novio artista, hechizado
por el mismo sueo y abrasado por Eva en un incendio voraz de los
sentidos, pona sobre su cabeza todos los deseos desbocados del corazn
de aquella mujer, duro corazn rebelde al dolor de la vida, slo
inclinado y dcil  la ambicin y  la lisonja.

En la atormentada juventud de Diego, Eva ejerca una mortal
fascinacin. Con ser en sus novelas Diego un agudo psiclogo, careca
de todo sentido prctico. Hzole el dolor poeta, pero no le ense 
vivir ni le adiestr en los crueles engaos del mundo. Empujado por
la enlutada soledad de su niez, cay de rodillas en la negra noche
del sufrimiento, delante del eterno manantial donde lgrimas y penas
fluyen con el incesante lamento de la vida. Aplic sus labios febriles
al humano caudal, abierta el alma, sediento el corazn; y de sus aos
de abandono y pequeez alzse con la sagrada lira entre las manos,
derretido el pecho en piedades y ternuras, llena la imaginacin de
luces y de sombras. Colmada su inspiracin en el raudal saludable del
llanto, sus canciones eran al propio tiempo viriles y sentimentales,
tempestuosas  veces,  veces serenas y apacibles, impregnadas siempre
en la poesa nortea, romntica y triste. Sollozaba en sus versos
el Cantbrico, geman los robledales montaeses,  iba la niebla
prendiendo sus gasas de pena en pena por el mundo.

Nio y poeta, Diego Villamor, entregado precozmente  la soledad y al
silencio, cay deslumbrado  los pies de Eva. Todos los sentimientos
puros engendrados por la desgracia en su pecho sin hiel, fueron 
decorar como devota ofrenda el pecho vaco de la hermosa. Y all
abatieron sus alas trmulos y heridos, sin hallar un asequible rincn
de piedad en la altiva muralla de carne, hecha mrmol. Su alma de
artista quedse rendida y suspensa delante de aquella escultura viva y
lozana, que le era prometida en amoroso brindis de traidor beleo. Y en
su sed de vivir, sinti el poeta, nacido, como todos los poetas, para
sufrir y amar, estremecerse las dos races de la vida: el deseo y la
esperanza.

La esperanza y el deseo rutilaban, tambin, en las azules pupilas
de Mara Ensalmo, en aquellas sosegadas pupilas que saban mucho de
lgrimas. Un tumulto de sensaciones nuevas mova inquietudes y afanes
en el quieto remanso de su espritu, y, acaso, lenta y sutil, una
brisa de orgullo meca el plantel de ilusiones de su juventud en flor.
Crdula y soadora, las alas de su fantasa se quemaron presto en el
halo de superioridad y grandeza que la alta crnica mundana pona en
las sienes de Gracin. Fu con alegra infantil su dama predilecta en
el ntimo veraneo de la quinta; fu despus con secreta delicia, su
enamorada, y al fin, con frvida rendicin, su prometida esposa.

Quera Gracin llevar  trmino el noviazgo con las ardientes prisas
de una recia pasin, y el marqus de Coronado, como tutor de la novia,
intervino complaciente en las negociaciones matrimoniales, acortando
caminos y diligencias.

As qued cautiva al primer vuelo aquella blanca paloma del hondo
valle montas. Y as, cuando ya las florestas agonizaban y los das
serenos eran idos, florecan los azahares en la pura meditacin de una
frente, y unos horizontes risueos se abran  las preguntas curiosas
de una mirada.




XV


Corra el mes de Octubre. Flotaba el celaje bajo y ceudo; las
gaviotas, agoreras y tenaces, volaban en anchas curvas sobre las olas,
y el estruendo de la marejada confunda su voz en los pinares con el
duro ventar. Balancebanse entre las nieblas de la baha las sombras de
los barcos, trgicas sombras en la tristeza enorme de los crepsculos.

All, en la playa, los hoteles parecan dormidos, con los prpados de
sus persianas cados encima de puertas y balcones; las vistosas casetas
de los baos, desmanteladas ya, se aselaban en lo alto, apretadas y
tmidas, contra las garras de espuma con que la mar suba por la arena.
De la festiva decoracin de aquellos lugares de placer slo quedaban
algunas toscas cifras grabadas en los troncos de los pinos, huellas de
amoros fugaces; el esqueleto ingrato de algn ramaje triunfal,  el
trapo roto de alguna flmula, oscilando al viento en la desolacin de
los arcos desnudos. Las tardes breves se desmadejaban con afliccin
en la montaa y en la costa, sobre jardines marchitos y viviendas
cerradas; muertas las hojas, gris la marina, y amarillo el paisaje.

Unicamente la quinta de _Las Palmeras_ daba seales de vida en aquella
otoal decoracin. Los de Coronado aguardaban el prximo enlace de
Mara, para asistir al dichoso acontecimiento antes de regresar 
Madrid.

Rezongaban las nias y renegaban de los novios; pero Rafaelito, el dios
de la casa, se haba puesto al lado de sus padres en aquel deseo, menos
acaso por cumplir un deber de familia que por asonantar su vozarrn con
la risa musical de Luisa Ramrez.

El marqus, muy interesado en el Casino con algunas serias partidas de
_baccarat_, no se impacientaba gran cosa en aquella desapacible espera.
Y su satlite _Nenfar_, habase convertido, con el mayor desenfado, en
husped de la quinta, apenas su protector se lo indic al cerrarse las
fondas veraniegas. Tambin Clara se prest generosa  compartir con las
de Coronado la cruel prolongacin del veraneo, en aquella dura soledad
de _Las Palmeras_, sin excursiones ni tertulias, desatadas sobre la
marina ribera todas las tristezas del Norte.

Hudas con septiembre las ltimas veladas del esto, ya las nias no
tenan para divertirse ni siquiera las genialidades de Pizarro, el
primer fugitivo de la costa, ni los dichos un tanto grotescos de doa
Manuela, ni aun los suspiros lastimosos de doa Cndida.

A poco de esconderse Mara en su hidalga casona del valle  preparar
sus desposorios, fuse Gracin  la corte con igual propsito, en
apariencia; y desfilaron tambin otros ntimos de los marqueses, entre
ellos Teresita Vidal. Eva y Diego se recluyeron en la ciudad vecina
para tejer  solas, sin testigos burlones, sus magnficos proyectos.
Y la graciosa y bella Luisa Ramrez se dej galantear en su casa por
Rafaelito, con ms regalo y holgura que en la quinta de _Las Palmeras_,
donde se hall un poco descentrada y recelosa cuando se fu iniciando
en algunas intimidades de aquella gente cuyo trato era nuevo para ella.
El ms rezagado veraneante de la temporada haba sido Luis Galn.
Cuando la ltima puerta hospitalaria se hubo cerrado, blanquearon los
dientes del buen mozo entre los disciplinados rizos de su barba, en
sonriente despedida, y las desenvueltas nias de Coronado hicieron en
presencia de su madre algunas cnicas manifestaciones de duelo...

Suceda esto  la hora en que una tmida puesta de sol inflamaba el
confn remoto del Cantbrico; y aquel fugitivo rubor del horizonte
lleg  la quinta mundana como un rojo destello de ira, como una
protesta silenciosa, que la pureza del mar y del cielo mandaban  la
tierra miserable.




XVI


Ignorado qued el motivo que retuvo  _Nenfar_ cerca de sus ilustres
amigos, en la destemplanza otoal de la ribera. Pudo ser una
condescendencia de gratitud hacia el marqus, una doble exigencia de
amor,  un acoso inclemente del hambre. Djose por entonces que haba
perdido en Madrid la plaza que tena en un peridico, y que ya no le
quedaban de sus glorias literarias ms que el blando pseudnimo de
_Nenfar_, la gardenia contrahecha, y un traje de verano,  grandes
rayas, un poco desvado de color, y  trozos algo sonriente...

Lo cierto era que el pobre _Nenfar_ andaba escalofriado y macilento
por los desiertos parajes de la playa y por las estancias de la quinta,
soportando estoico y glacial las mordaces cuchufletas de Rafael
mientras le tenda la mano importuna en demanda de un cigarrillo.

Cuando ms triste era su semblante, ms apiadada y crdula se le
mostraba Rosa. Hbil y falaz, arriesgaba l promesas de matrimonio que
ya la moza iba encontrando llanas y hacederas. Desenmascarado Simn
Ruiz, se le apareca como un infeliz seorito de capa cada, humilde
plaidero de salones, que se ganaba la vida sacando de su cabeza
historietas y coplas, lo mismo que otro jornalero saca piedras de la
mina  las machaca en el camino real. Ya los mozos de su clase le
parecan  Rosa ignorantes y soeces, y adiestrndose en traducir el
pintoresco lenguaje de _Nenfar_, hallaba inspidos y groseros los
requiebros de los menestrales que se peinaban para ella. Su altanera
cabecita urdi una quimera sensacional, y vise emparejada con el poeta
por la vida adelante, vestida de seorita estrafalaria, al estilo de
su esposo, con guantes y sombrero, con entrada libre en las casas
distinguidas, y con prctica donosa en el uso de raras y sonoras frases.

Admitido, al fin, el programa de boda, acordaron ambos realizarle
en la prxima primavera, y, entre tanto, la prometida esposa exigi
que su futuro dejase de obsequiar  la seorita Clara, con quien no
quera ella compartir ni una sola mirada del poeta. A todo accedi l,
muy rendido y complaciente; pero aconsejando  la nia un cuidadoso
disimulo de aquellos planes, para que nadie en la quinta impidiese las
furtivas entrevistas de los novios.

Embada Rosita la bella, y astuto el cesante literato, buscbanse al
anochecer bajo el mustio dosel de los pinares, desafiando con denuedo
los glidos rafagazos del vendabal. Estaba ella rebosando de orgullo
como novia formal del seorito, y _Nenfar_ ventilaba su mal humor
con el aire mimoso de las palabras de Rosita.

--Hblame en francs...  en lo que sea... anda!--djole, en una
cita la muchacha, al truhn de su novio--Hblame en esa moda que dices
se estila ahora en libros y en papeles...

--Impoluta y viripotente Rosita--contest _Nenfar_ con mucha
seriedad--cuntome gustas!... qu olmpico espectculo me ofrendas en
este lugar soledoso!...

--_Oso..._--repiti el eco en la concavidad de una pea vecina.

--Afinojado  tus pies en el lindor de la boscuria, yo olvidara del
mundo los aferes...

--_Eres_--reson en la roca, apenas el galn se di un respiro.

--Embeleado con el monortmico...

--_Mico_--dijo al punto el sonoro espacio.

Solt Rosita los cascabeles de una jovial carcajada, y con sabia
simplicidad objet:

--El eco se est burlando de ti... Primero te llam _oso_, bien
clarito; y ahora, con mucha gracia, te ha espetado: _eres... mico..._

Quedse la muchacha contemplando al tenorio, algo corrido por la
singular bromita, y su agudeza de observacin le sugiri rpidamente la
idea de que, en efecto, _Nenfar_ era un mico... Esmirriado, melenudo,
vestido con vergonzante ridiculez... era un mico!...

Pero la vena romntica de la muchacha lanz  escape su clido chorro
de fantasa sobre la desnuda realidad, y con fervor de ilusa corrigi
la inconsciente meditacin, dicindose: qu ha de ser un mico... es un
poeta modernista!...

Y aun temblaba en el aire la libre locura de su risa burlona cuando,
tornando  su embeleso sentimental, susurr:

--De todo lo que hablaste, slo entend: _me gustas mucho..._

Tendi l la mano avara hacia la nia; pero ella, por instintiva
delicadeza, tomaba muy en serio su papel de novia para casarse y
esquivaba los atrevimientos del mozo, pensando con desdn que tales
libertades eran para consentidas por una doa Clara, canija y fea, sin
pudor ni esperanzas..., no por ella, la gentil Rosa, codicia de cien
futuros maridos...

Vencedora y ufana, sin dejarse alcanzar, le fu diciendo:

--Se hace de noche, cuntame pronto aquello que empezaste...

Muchas cosas le hubiera contado _Nenfar_ en regalada intimidad, al
encubridor amparo de los pinos, pero estaba seguro de que era imposible
hacer entrar en su vereda de lobo  aquella cordera montesina.
Chasqueado el muy pcaro, pens ganar en la partida lo que buenamente
cayera, y as, otra tarde, en el mismo lugar, le dijo  Rosa con grave
continente:

--Vuelvo  la corte... Al despedirme de ti, preciosa, quiero jurarte
que vivirs siempre en mi pensamiento.

--_Miento_--replic implacable la irnica resonancia.

Azorse Rosita, algo miedosa, y el embaucador empez  hablar
callandito, enojado con el eco.

--En mi pensamiento vivirs como reina absoluta, hasta que vuelva 
buscarte con los papeles en la mano...

--Pero de veras te vas?

--S; parten ya los marqueses para la boda de su sobrina, y yo no puedo
quedarme sin llamar la atencin... Y lo peor es, que temo no recibir
maana el dinero que necesito para llegar  Madrid...

Hablaba _Nenfar_ en castellano, reposadamente, y miraba  Rosita con
ansiedad.

--Y quin te manda ese dinero?

Tras una breve vacilacin se hizo traviesa y divertida la expresin de
_Nenfar_, para responder:

--Pues... no s si t le habrs odo nombrar... un seor de muchas
campanillas, un tal Don Homero... que hace versos conmigo...

--Don Homero?... No... no caigo... Si fuera Don Honorio!... A ese le
conozco mucho porque va  mi pueblo todos los veranos...

Recrendose en la credulidad de la muchacha, muy risueo, _Nenfar_
dijo al punto:

--Este no ha ido nunca  tu pueblo... me parece... Es un seor muy
distrado... _Aliquando dormitat..._ y si no se acuerda de mandarme 
tiempo esos cuartos, voy  pasar maana un sofocn...

--Yo tengo cinco duros... si fueran bastantes...

Pronto y alegre respondi el bohemio:

--S, con cinco duros ya me puedo arreglar... En cuanto llegue  Madrid
se los cobro  mi socio, y te los remito...

Con la satisfaccin del triunfo haba levantado la voz el galancete, y
la costanera roca se apresur  repetir:

--_Mito..._

Qued el eco prendido en el espacio como una advertencia  como un
reproche; pero Rosita no pudo recoger el extrao aviso, ignorando que
mito fuse una palabra expresiva y til, acaso sentenciada en los
aires para ella.

Y _Nenfar_ no estaba para reparar en coincidencias acsticas, gozoso
de no sacar vacas sus aprovechadas manos, en aquella singular aventura
veraniega.




XVII


Junto  la verja blasonada, el automvil de los marqueses, un doble
faetn magnfico, estaba dispuesto. Ocupronle las seoras mientras el
marqus montaba en el Panhard de su hijo, que esperaba tambin.

Partan camino del valle hermoso y triste donde Mara Ensalmo levantaba
el altar de sus bodas. Iban las damas alegres porque muy pronto
regresaran  su amado Madrid; pareca que la marquesa haba envejecido
un poco; mas la albura sutilsima del velo que nimbaba su semblante y
la volubilidad graciosa de su palabra, dbanle en aquel momento una
traza juvenil y placentera.

Lpez, el incansable amigo provinciano, ltima visita de _Las
Palmeras_, haba acudido  despedir  los viajeros, y contempl  la
marquesa con tan intenso arrobo, que hasta sus tercas muletillas le
temblaron cobardes en los labios.

Loqueaban Isabel y Benigna embromando  Rafaelito, que estaba callado
y mustio, y Clara Infante, un poco distrada, miraba con obstinacin
hacia el recodo lejano del jardn.

Por aquel lado apareci Rosita la doncella portadora de un ramillete
de plidas flores otoales. Ella tambin parta aquella tarde para
su aldea,  esperar en vano al andante caballero de sus quimeras. La
preciosa carita de la muchacha estaba algo llorosa; bien temprano aquel
da pag la inocente cinco duros, casi todo su capital, por una burbuja
de ilusin. Camino de Madrid iba _Nenfar_ en un coche de tercera,
dispuesto  sumergirse de nuevo en la oscuridad, hasta que una ventada
de la suerte le trajese otra vez  los salones para escribir melosas
crnicas y recitar versos.

Ofreci Rosita las ltimas flores del jardn  la marquesa y  sus
hijas, sin reservar ninguna para Clara.

Desde el lujoso tren, la seorita se inclin hacia la moza, y le pag
el desaire con estas palabras crueles:

--Esprale sentada... idiota!... ya ests fresca!...

Vivamente, replic Rosita  media voz:

--Vaya usted corriendo  ver si le alcanza... _que yo no le he dado ms
que cinco duros..._

Parti rpido el automvil como si al conjuro de aquella rplica
mordiente volase en pos de algo muy precioso y difcil de rescatar,
perdido, tal vez bajo las hojas que en la arbolada ribera tejieron al
amor dulces doseles, hojas agostadas ya como un despojo de muertas
alegras...

Quedaron solos, frente  frente, Rosita y Lpez,  la par de la verja.

Dentro de la quinta preparaba el viaje  Madrid la servidumbre,
precediendo  los seores, y las puertas se plegaban con estrpito en
la muda quietud de las fachadas.

Por decir algo, acert Lpez  decir:

--Perfectamente...

Y bajo la densa brumazn del horizonte, flotaron, como un comentario
maligno y sentimental, una sonrisa y un suspiro de Rosita la bella...




                             LIBRO SEGUNDO

                           CAMINOS DE DOLOR




I


--Qu guapa eres!--le deca el nio levantando hacia ella el plido
semblante--Por qu yo, madre, no tengo como t la cara de color de
rosa?... Cuando vamos por la calle todos te miran y te echan flores...
Eres tan linda..., tan alta..., tan fuerte!...

Y en la vocecilla apasionada del pequeo tembl con las ltimas
palabras una inconfesa ambicin de fortaleza y podero..., el oculto
dolor de su debilidad enfermiza y achacosa.

No advirti Eva que un acento apesarado lloraba secreto en las
ponderativas frases de aquella infantil devocin.

Acept el homenaje de su hijo con sonrisa enigmtica y, sin contestar 
la pregunta triste, murmur:

--S..., muy linda..., muy fuerte... y muy elegante!... Hace un ao
que llevo puesto el mismo vestido...

Y ri con acritud, bajo una torva mirada que recorri la estancia,
posndose con hostilidad en el humilde mobiliario.

--Ya lo s--dijo el nio con precoz razonamiento--, es que pap gana
muy poco y somos pobres... Pero no te pongas triste, que si yo crezco
ganar mucho ms que mi padre y te comprar muchos vestidos y muebles y
adornos... Ya vers..., si yo me pongo bueno..., si me hago un hombre...

Y quebrse la voz prometedora en un silencio pensativo, como el comps
de espera de una msica doliente.

A los lados de la carita, bella y lnguida, los rizos nazarenos cayeron
sobre los hombros dbiles del nio, con una ondulacin sombra, que
hizo ms intensa y lamentable la blancura anmica del rostro.

En los profundos ojos de Tristn, africanos y hermosos como los de su
madre, brillaba una extraa ansiedad, mezcla de altivez y de miedo.

Atenta la seora  sus ntimas preocupaciones, tocada en el corazn por
otros cuidados, no repar en la macilenta expresin de la criatura ni
se doli de aquella traza lamentable ms que para decir:

--Te pondras bueno si fueras los veranos  una playa..., si tomaras
los costosos reconstituyentes que te mandan los mdicos..., si tuvieras
regalo y diversiones como otros nios delicados... As..., con la vida
de mendigos que estamos haciendo..., te morirs...

--Que me morir, dices?--clam el nio--Es de veras, madre?...
Dices de veras que me voy  morir?... cundo?... pronto?... Tengo
miedo, mam; mucho miedo..., mucho fro..., no quiero, no quiero
morirme...

Y se refugi, loco de terror, en el regazo de su madre.

Dulcificse en ella la fiera sonrisa y se amans el acento indmito, al
recibir al nio sobre su corazn.

Acaricindole, con blanda voz sumisa, le calmaba:

--No te asustes, hijo; lo he dicho... por decir... T sanars... sers
alto y fuerte como yo... ganars mucho dinero, y entonces viviremos
juntos y solos... seremos felices...

--Y pap?

--Ese--pronunci Eva con lenta voz cortante y helada--tiene bastante
compaa con sus coplas... le dejaremos en paz con la poesa...

--Y no le daremos nada de nuestra riqueza?

--No le hace falta, tonto... Para soar y llorar y componer poemas, con
_una mesa de pintado pino_ ya es feliz tu padre... Nada le debemos;
mira lo que l nos da... ya ves cmo nos abandona... Vivimos aos hace
en este horrible piso interior, sin sol y casi sin aire... yo no tengo
ropa decente que vestirme... t no tienes remedios eficaces para tu
enfermedad... comemos mal... pasamos una vida miserable y odiosa...

Apenado el nio por aquel relato acusador, que ya de otras veces
conoca, pregunt impaciente:

--Y por qu  mi padre le gusta soar y llorar?... Lo sabes t?...
Estar tambin enfermo como yo,  es que no quiere trabajar?

En vibrante discurso, que el nio era incapaz de comprender, la dama,
enardecida en sus querellas, fu diciendo:

--Trabajar?... no sabe... no quiere... est fuera de este mundo...
padece el mal sagrado de los poetas, el estpido mal de Leopardi y
otros locos por el estilo... una enfermedad muy cmoda, sin duda, pero
que deba estar penada por las leyes... por lo menos en los hombres
casados... porque mientras ellos plaen y suspiran, y en traza de
orates escrutan los misterios humanos y divinos, su casa se empobrece y
su familia arrastra una existencia vergonzosa...

Hablaba Eva con furia mal contenida, con despecho mordiente, y sus
magnficos ojos radiaban soberbios bajo un liviano cristal de lgrimas.

Iba entrando la noche despacito por la estancia; avanzaba sigilosa por
los rincones, y prenda su manto invisible encima de los muebles y los
muros.

Miraba Tristn muy pensativo cmo las impalpables tinieblas iban
creciendo en torno.

Ya slo  la vera del balcn se tenda, moribundo y cobarde, un retazo
de claridad.

Levant el nio la meditacin de sus ojos sobre los vidrios
descubiertos, y detuvo la tmida ansiedad de su mirada en un pedacito
de cielo hermoso que aparecase clemente, al borde de un tejado vecino.

Tambin Eva, en inconsciente persecucin de la luz, haba vuelto su
rostro enojado hacia la azul maravilla...

Todo el cuarto qued en la sombra, y el nio se haba dormido,
escalofriado y suspirante, en los maternales brazos.

Alzse Eva del sof con la carga leve y penosa del hijo enfermo, y le
acost con cuidado en la cama, abrigndole solcita.

Inclinada sobre l, quiso observarle, un poco alarmada por el creciente
abatimiento de la criatura, y por el febril sopor que le postraba, cada
tarde atormentado y quejoso.

Era la oscuridad casi completa, y la madre slo vi, bajo el manto sin
pliegues de la sombra, blanquear la menuda carita como un exvoto de
cera, yacente en un altar negro.

Apartse de la cama con movimiento brusco y otra vez se dej caer en el
sof, colrica y agitada. De nuevo su alterado rostro volvise hacia el
jirn celeste que se asomaba en lo alto de la vidriera.

Suspendido sobre la negrura del gabinete, el pedacito azul de la
excelsa mentira, daba al silencioso cuadro una nota de luz y de
alegra, tan lejana, tan pequea, de tan desgarrador contraste, que
Eva no pudo sustraerse al influjo de aquella intensa impresin, y
rebelde al dolor sombro de su pobre estancia, clav con reto audaz sus
endrinos ojos en la remota promesa celestial. Largo rato, con brava
expresin, estuvo desafiando  la divina esperanza del horizonte. De
pronto se levant, brutal y amenazadora, y cerr con un golpe violento
las maderas del balcn. A tientas volvi al sof, hundise en l
desesperada, y rompi  llorar ruidosamente... Sentase impotente
contra la infinita tristeza que de aquel imposible azul descenda sobre
su vida oscura.




II


Gir la puerta con precaucin, y se encendi en el gabinete un globo de
luz roja y tmida.

Demudado y ansioso, Diego pregunt en el dintel:

--Por qu lloras as?..., qu sucede?, est el nio peor?

Alzse Eva altiva entre sus gemidos, y tras la cortina de su llanto
brill fugitivo el gozo cruel de verse sorprendida en aquella
desolacin que justificase una escena borrascosa entre ella y su marido.

--Pasa lo de siempre--contest en son de guerra--, que esta vida es
intolerable y que el nio se morir por tu culpa.

--Por mi culpa?--balbuci Diego--, t sabes lo que dices, mujer?
Tanto me odias que pretendes infamarme con el ms horrible de los
delitos?

Hablaba sorda y amargamente, y se le fu acercando bajo la indecisa
luz de la lmpara, como magnetizado por el abismo de los tenebrarios
ojos que le acechaban.

Cada vez ms erguida y arrogante, Eva repuso:

--No, si yo no te odio... Si lo que yo tengo de ti es lstima..., mucha
lstima... Me pareces sencillamente ridculo con tu aire de doctrino y
tus debilidades infantiles.

--Pero qu es lo que quieres?..., qu exiges de m?... No hice
cuanto pude por darte la felicidad?...

--Buena felicidad la tuya... Un amor desharrapado y miserable que slo
sabe suspirar..., un hogar mustio y fro, asilo de toda pobreza...,
un espritu tembln y cobarde, lleno de preocupaciones y timideces...
Guarda tu felicidad y saborala t solo... Yo no la quiero.

Retrocedi el artista avergonzado y trmulo, como si aquellas frases
descomedidas le abofeteasen el rostro... Con herido acento murmuraba:

--Ah criatura malvada y pequea!..., cmo sabes meter el pual en
el corazn y apretarle all clavado!... Por qu antes no te conoc
como te conozco ahora?... Te am como un insensato... Tus ironas, tus
burlas, me desgarraban el alma dulcemente... Te entregu el tesoro de
mi fe y de mi amor para que t lo arrojes con desprecio...

--Injriame, ya que no puedes disculparte--gimi ella indmita.

De nuevo el marido avanz desesperado.

--Injuriarte yo?... Si digo la verdad... la triste y tremenda
verdad... Cmo te he querido, mujer!... Todava te quiero!... Si t
supieras lo que sufro... lo que sufro por ti!...

--Yo no tengo ventaja ninguna con tus sufrimientos sentimentales,
intiles... lo que quiero es no sufrir yo...

--Pero, qu me pides?... He trabajado con perseverancia y con afn; si
no he vencido siempre, si no he llegado hasta donde t queras, no soy
el responsable de mis fracasos... Tal vez si me hubieras alentado con
ternura y con piedad... si me hubieran sostenido en la lucha tus manos
con amor...

--Clpame de tu incapacidad, de tu apocamiento... clpame... anda!--le
interrumpi Eva provocativa.

Tambin l le clav entonces una mirada desafiadora; y de cerca, muy
de cerca, echndole  la cara las palabras, atropelladas y punzantes,
afirm:

--S, te culpo... Te culpo del fracaso material de nuestra vida...
del callado divorcio de nuestras almas... Yo quera ponerte tan en
alto que ni un soplo de dolor ni de tristeza pudiera alcanzarte...
Soaba para ti una felicidad nueva, una vida colmada de goces... Al
fundar este hogar, pensaba en mi hijo... en el hijo que ya presenta...
quera hacer con l y contigo una obra de arte humano... Pero t has
roto mi corazn, has destrozado mi destino... has sido el enemigo malo
aposentado en mi casa y alimentado con la sangre de mis venas. Buscaba
en ti el calor de un alma profunda y escogida, la dulce compaera
que me ayudase  caminar, que completase mi naturaleza y compartiese
conmigo el pan y la sal de la vida... y slo hall en tus brazos
desdenes y egosmos... ambiciones, mezquindades... Sometindome  tus
caprichos, err en mis vocaciones artsticas... me desorient y me
perd... Robaste mi serenidad para el trabajo, me empujaste, anulado y
decado, perdida la fe y la salud... Derrochaste el modesto patrimonio
de mis padres... has sembrado en mi casa la discordia y en mi hijo la
semilla del desamor... Y aun te quejas... aun te alzas contra m como
una vbora y me llenas el corazn de veneno...

Fuse la culpable respaldando en el sof, y por un momento la sorpresa
de aquella formidable acusacin la contuvo silenciosa y despreciativa,
hasta que de nuevo se refugi en el llanto como en la nica defensa de
su derrota.

Desahogando en lgrimas su coraje, lloraba con fuerza, lloraba con
rabia, con el rostro bellsimo entre las manos.

El hermoso cuerpo, desmazalado sobre el divn, se estremeca con la
dura congoja. Aquellos senos divinamente modelados, aquella cintura
flexible, doblbanse bajo el peso del busto tembloroso. Toda la
peregrina fbrica de la opulenta figura, libre y tremante bajo la suave
estofa de la bata, se retorca con angustia...

La desencadenada tempestad de gemidos despert al nio de su letargo
febril. Abri los ojos asustado, y con incertidumbre de pesadilla
levant el pvido semblante sobre la escena dolorosa.

Diego, vuelto de espaldas, haba entreabierto la puerta del balcn y
miraba al cielo con el alma transida de dolor y de clera.

En lo alto de la vidriera, al borde del vecino tejado, la luna plida
y redonda giraba en el pedazo de quimera azul...




III


Largos meses haban corrido sin que Eva y Mara se visitaran.

Recin casadas las dos, habanse tratado con alguna intimidad en su
primera temporada madrilea.

Despus Eva fuse retrayendo de la amistad de Mara sin razn ni
pretexto.

Veanse con frecuencia en casa de los marqueses de Coronado, pero, en
secreta hostilidad, Eva se distanciaba de su gentil paisana con dbil
disimulo.

A medida que aqulla consuma con irreflexivo alarde el pequeo
patrimonio de su marido, dolale con ms acerba humillacin la fastuosa
existencia que disfrutaba Mara, y mal dormidas memorias de antao
levantaban entre ambas mujeres un sutil y firme valladar de pasiones.

En nadie como en Mara envidiaba la ambiciosa morena el lujo seductor y
la aparente felicidad...

Al morir doa Manuela, con afectuosa compasin quiso Mara olvidar
el inexplicable alejamiento de su amiga, y en las horas de duelo la
acompa, sencilla y buena.

Pero aliviado el luto de su madre, disculpse una y otra vez Eva de
asistir  fiestas ni reuniones en el primoroso hotelito de la calle de
Goya, y encerrse tambin Mara en prudente reserva, sin menudear sus
visitas  la calle Viclvaro.

Ultimamente, la amable seora oy en casa de sus tos unas tristes
lamentaciones sobre la situacin de Eva y Diego.

Decase que agotada en absoluto la herencia del esposo, haba llegado
la miseria  visitarles con todo su fatal cortejo de pesadumbres...
Que Diego, acobardado ante la perspectiva de tener que sostener con la
pluma una difcil apariencia de bienestar, trataba de emigrar  Amrica
en busca de mejores mercados para sus producciones literarias... En
pugna con sus aptitudes artsticas, tentado por la codicia del lucro
 por el aguijn de la necesidad, haba estrenado en el teatro obras
ligeras y vulgares, que fracasaron sin ruido ni esperanza... Se agotaba
y se consuma el poeta en la redaccin de un peridico, oscurecido y
afanoso, elaborando pacotillas amenas y efectistas informaciones, para
llevar  su casa un pedazo de pan ingrato... Mostrbase Eva esquiva y
ceuda, y el nio, enfermizo siempre, decaa amorbado y mustio, cada
vez ms lastimoso...

Todo esto se habl en un lunes de los marqueses de Coronado, al
extremo del saln donde se haban reunido algunas personas que conocan
al desgraciado matrimonio.

Entre ellas estaba Mara, que escuchaba, callada y triste, el relato
que la curiosidad glosaba con efmera condolencia: Pobre mujer, tan
hermosa!... Pobre muchacho, tan artista!... As decan unos y otros
 flor de labio, maquinalmente, sin que ninguna frase naciera de un
piadoso latido del corazn...

Tambin Gracin, que se apoyaba negligente en una artstica columna,
lanz  la conversacin su breve comentario.

--Lstima de mujer--dijo.

Y un relmpago de ruin maquinacin brill en sus ojos atrevidos.

Slo Mara, la silenciosa y bella, abri el alma  la compasin de las
relatadas amarguras.

Las saboreaba enternecida, pensando: Les falta lo que  m me sobra, y
yo carezco de lo que ellos tienen... pero mi pobreza no lleva remedio
como la suya... Yo quisiera darles alivio y consuelo... Eva nunca me
ha querido bien, pero sufre, sufre mucho y acaso podr alegrarla...
Adems, Diego es mi amigo de toda la vida... el buen amigo que en el
alto valle me buscaba las rosas ms bonitas, y para m compona las
ms dulces canciones... Vivan entonces mis padres... yo era nia
y feliz... hace ya mucho tiempo!... Luego, l y yo hemos llorado
tanto... pobre Diego!...

Y esta final exclamacin de su ntimo coloquio, la exhal en un suspiro.

Pasaron sus manos un poco temblorosas encima de su frente, como
plcida nube de bonanza que bajo los dorados rizos serenase un amago de
tempestad.

Tambin sobre el cielo de los ojos pas la nube y los dedos largos y
finos descendieron hasta la falda un poco hmedos.

Un vozarrn atronante le dijo casi al odo:

--Lloras, Mara?

Volvise  sonreir  su primo Rafael, murmurando:

--Qu he de llorar!...

Y decidi en su corazn aquietado ya, y siempre generoso: Maana, con
motivo de la enfermedad del nene, ir  ver  Eva.




IV


Tena Tristn una amiguita, una nia parlera y alegre que, cierta
tarde, le fu  visitar acompaando  una seora joven y rubia, muy
hermosa, que se llamaba Mara.

Cuando la dama y la nena entraron en el modesto gabinete de la calle
de Viclvaro, un sugestivo perfume de vida elegante se expandi en
la estancia, y Eva se ruboriz con el bochorno de su pobre ajuar...
Mirando en torno, qued confusa y disgustada, sin agradecer la visita.

Abrazronse las seoras con mutua cortedad, mientras los dos nios se
amistaban con la mirada y la sonrisa, y se eclipsaban, cogidos de la
mano, por la casa adelante...

Con alguna precipitacin, dijo, al sentarse, Mara:

--He venido porque me dijeron que estbais preocupados por la salud
del pequeo... como ya s lo que es apenarse por los hijos, me acordaba
mucho de vosotros y deseaba veros... quise traer  Lali para que jugase
un rato con Tristn... pero le encuentro animadito... eso no ser cosa
de cuidado...

La timidez cariosa y simptica de aquel exordio, suscit en la
conciencia de Eva un involuntario remordimiento; casi conquistada por
la cordialidad de Mara, respondi:

--Pero va siendo muy larga esta dolencia y me inspira mucho recelo...
Cada da est el nio ms flojo... A las horas del recargo da pena
mirarle...

--Un poquito de anemia... en cuanto avance la primavera ya vers cmo
se repone...

--Al contrario, el verano de Madrid le daa mucho...

Quedaron silenciosas, como si ambas temiesen avanzar en la
conversacin. Al fin Mara, indecisa, observ:

--Tampoco este ao podris ir  la Montaa, si Diego no tiene
vacaciones...

--Aunque las tuviera, no iramos--dijo Eva, amargado el acento, fijos
con tenacidad los ojos en la mezquina estera del piso.

Arriesgndose con precauciones en la dificultad de aquel dilogo,
propuso Mara:

--En ese caso me podas confiar al nene; yo le llevara con mucho gusto
y le cuidara como si fuera hijo mo...

Alzronse vivamente los negros ojos y, puestos con asombro sincero en
los azules, Eva contest, conmovida  su pesar:

--Gracias..., gracias..., te lo agradezco...

--Y aceptas, no es verdad?

--T no has pensado lo que me ofreces...; un nio enfermo y triste da
mucho que hacer..., perturba y molesta en todas partes...

--Pues te aseguro que en mi casa no molestara. Para m sera un
entretenimiento...; para Lali, un encanto...

--Y para tu marido?

--Gracin apenas estar con nosotras este verano..., tiene proyectado
un largo viaje... Adems, los nios le gustan, y l nunca interviene en
las cosas que yo dispongo.

--S..., t tienes libertad para todo..., tienes placeres y
caprichos..., haces bien en aprovecharte de la felicidad...

--La felicidad!--suspir Mara con una sonrisa indefinible.

--Yo--aadi Eva sordamente--no la conozco ms que de nombre..., para
m slo ha tenido una mueca burlona...

--Para muchos la tiene, hija ma..., no hables as, por Dios..., en tu
casa hay un tesoro raro y envidiable...

--Un tesoro, dices?

--S..., tenis amor...

--Amor?..., qu inocente eres!..., lo has credo de veras?...
Amor... no conozco  ese caballero!...

--Calla, calla, mujer, Diego te adora...

--Nada me importa de l.

--Qu ests diciendo, Eva?

--Me atormenta... Me hace desgraciada...

--Sufres y deliras... Diego es bueno...

Precipitada Eva en aquella inslita confidencia, irascible y
desmesurada, arguy:

--_Diego es bueno!..._ Esas mismas palabras las dijiste una noche
en _Las Palmeras_, hace ya siete aos..., las dos ramos solteras,
te acuerdas bien?... Entonces pude creerte; conocas  Diego mejor
que yo... Hoy le conozco yo mejor que nadie y no me convence tu
benevolencia...

Aterraba Mara la frente, angustiada y sorprendida.

Siempre crey que Eva no amaba mucho  su marido, pero estaba muy lejos
de suponer que le aborreciera.

Se repuso de aquella sorpresa en un triste silencio, mientras Eva
deshilachaba, nerviosa, el fleco de su pelerina de punto.

Despus, con paciencia y con dolor, habl Mara suavemente.

Su voz cristalina y dulce no encalm el nimo en borrasca de su amiga,
pero fu tan discreta y tan afable que apacigu, al menos, la adustez
amenazadora del moreno rostro.

Sugestionada Eva por el fluyente caudal de aquella noble palabra,
dejse llevar por extrao sentimiento de confianza, nico en la
vidriosa amistad que profesaba  Mara.

Confes la penosa estrechez en que se hallaban, y en los arranques de
aquella impulsiva franqueza sinti un placer satnico en acumular sobre
Diego quejas y culpas.

Tendile Mara su mano prdiga en beneficios, y con exquisita
delicadeza le ofreci en aquel trance el buen auxilio de su fortuna.

Soberbia la menesterosa, nada quiso aceptar, y aun sintiera, al cabo,
un pesar repentino de haber confiado su lamentable secreto  la oculta
rival de sus ambiciones.

El matiz velado y profundo de los consuelos que le brindaban, las
inflexiones sentimentales de la voz hialina y triste, nada ntimo y
personal revelaron  Eva, ignorante para descubrir pudorosos achaques
de corazn, incapaz de leer duelos ocultos en una mirada empaecida 
en una sonrisa punzadora.

Muy hbil  la sazn Mara para adivinar cuitas ajenas, advirti
la turbacin creciente de su amiga y apresurse  enveredar la
conversacin por menos escabroso camino, tomndola otra vez en el punto
donde haba quedado rota y porfiando en invitar  Tristn para veranear
en el Norte.

--Muchas gracias--repeta Eva--, pero no puede ser...

--Por qu te niegas?... Te lo ofrezco con toda mi alma. Y si Diego
se embarcase pronto, como dices, t tambin podas venirte con el
nio..., me haras un gran favor. Voy  pasar el verano sola con Lali
y doa Cndida... Pinsalo bien y decdete. Nos iremos en junio, hasta
septiembre... Ya vers qu bien le prueba  Tristanito..., anmate...
Le llevaremos  la playa y  la aldea, le cuidaremos mucho..., se
pondr fuerte...

Ingenua y efusiva, Mara dejaba suelto el corazn en su verbo piadoso.

Luchando entre la gratitud y el encono, Eva segua diciendo...

--No puede ser..., gracias..., gracias...




V


Tambin Tristn y Lali haban celebrado una ntima confidencia, una
confidencia sensacional, hecha sin rodeos ni disimulos, con sedienta
curiosidad de nios y llaneza infantil, encantadora y brbara.

La primera en romper el fuego de preguntas fu la nia, vivaracha y
comunicativa.

Mirando  su acompaante con mucha atencin, le pregunt callandito:

--Te llamas t Tristn, porque ests triste?

--No--dijo gravemente el nio--, yo estoy triste porque estoy malo...
Me llamo Tristn porque es un nombre de novela, muy bonito.

--De novela?... No s lo que es novela... Yo me llamo Eulalia, pero
todos me dicen Lali... te gusta ese nombre?

--Algo, ya me gusta...

--Y d; tienes muchos juguetes?

--Tengo pocos, y t?

--Yo tengo un palacio de muecas y muchas cosas ms... No te acuerdas
que una vez fuiste  mi casa y te lo ense todo?... Hace ya mucho
tiempo... todava no estabas de pantalones...

--Se me ha olvidado--pronunci Tristn, lentamente.

Haban llegado al comedor, y en un rincn, dentro de una caja de
madera, fueron  buscar los juguetes del nio: una escopeta, un juego
de bolos, un sable, dos carritos...

--Y caballos, no tienes?--pregunt Lali.

--Caballos, no... se me han roto. Tengo un rompecabezas... mira.

Abri una cajita cromada, y los dos se arrodillaron en el suelo,
examinando con mucho inters los taquitos cuadriculados, con trazos en
colores, de diversas figuras.

--Los armo, para que los veas?--interrog Tristn, galante.

--S..., rmalos... debe ser muy difcil...

Y mirando las manitas exanges de su amigo, agitadas sobre los tacos,
Lali aadi:

--Tienes las manos flacas... por qu no te curan de ese mal que tienes?

Suspenso Tristn volvi hacia la nia su cara inteligente y dolorosa,
murmurando:

--Ha dicho mi madre que me voy  morir...

Ondularon las tinieblas de sus rizos en torno al perfil trgico y
puro, y Lali abri con espanto sus dorados ojos sobre la desconsolada
expresin del nio paciente.

Pronta y resuelta, determin:

--Pues no te mueras aunque ella lo diga... Dle t  Dios que no
quieres morirte.

--Pero si mam lo dice llorando!... Si es Dios el que quiere!...

El pensamiento de la chiquilla salt rpido  otra idea, con vuelo de
mariposa, y exclam Lali:

--Todas las mams lloran!...

Hincados de rodillas, juntos y absortos, se miraron largamente, hasta
que Tristn sentenci, con una lgica terrible:

--Cuando t seas mayor... tambin llorars...




VI


Ya no era Mara la nia tmida y curiosa que vidamente secreteara con
los celestes horizontes.

Los desengaos sufridos abrieron para ella  lo largo del camino, por
encima del mismo cielo, alto y codicioso rumbo al vuelo de la fantasa.

A la inocente paloma del valle le haban nacido, por un milagro de
penas, potentes y soberanas alas de condor...

El fracaso moral de su boda, aquel tremendo error de su inexperiencia,
que la esclavizaba  una cadena perpetua de dolores, hall  Mara
dotada de viriles energas, de arrestos portentosos, en aquella
naturaleza tan femenina y dulce.

Era el vergel de su alma, donde las brisas de la ilusin entraron
triunfalmente, un terreno feraz que las lgrimas haban fecundizado.

Se hizo fuerte en las trincheras de sus virtudes ntimas, y su mirada,
pensativa y serena, no se posaba ilusa, como otras veces, en el mudable
encanto del firmamento, avizorando seales de pasajeros goces, sino
que, valiente y firme, caa al otro lado del celaje, ms all de la
vida, detrs del secreto oscuro de la muerte, esperanzada con la
suprema ambicin de una felicidad desconocida, imperecedera.

Soaba siempre Mara, soaba mucho, altiva y divinamente... qu alma
descollante no suea y delira en la humana prisin?...

Hizo el dolor descubrimientos prodigiosos en aquel temperamento
esquisito; hiri cuerdas de callados sentimientos, y toda el alma
excepcional de aquella mujer vibr en acorde infinito de sobrehumanos
anhelos.

Entonces fu Mara santa, con una santidad romntica y secreta, que por
adelantado le ofreca el excelso placer de la inmortalidad. Fu artista
con la sublime inspiracin de un arte nativo, de superior linaje.

Su corazn, sediento de inextinguibles amores, ebrio de pesares,
fabricse una vida interior de refinada hermosura; una vida tocada
con la prpura gallarda del sacrificio, aureolada con rojas flores de
pasin divina; rosas de calvario, galas inmarchitables del _eterno
jardn_.

Vertidos en la inmensidad sus sentimientos, derramados en lo infinito,
como incienso del mundo, escogido para Dios; descendan sobre los seres
y las cosas en vrtice generoso, y se prodigaban  todo lo bello, 
todo lo noble y triste del camino.

Mara amaba mucho, amaba insaciablemente los graves y sombros
misterios de la eternidad, los peregrinos secretos de la naturaleza...
las humanas bellezas... los humanos dolores.

Haba hecho de su intensa desventura un culto ferviente y extrao, y
se entregaba  l con amarga voluptuosidad, con ese morboso placer,
delirante y aciago, que se ha llamado muchas veces la coquetera del
dolor.

Y esta singular criatura, toda amor y tristeza, abrasada en oculta
llama de ardientes sentimientos, divinizada en una interior obra de
arte espiritual, pasaba por el mundo en traza gentil de mujer dichosa,
escondiendo con rubores de alma pdica el doble fondo de su martirizada
existencia.

Ocupaba con bizarra su puesto de honor en los salones madrileos, y
se la vea con frecuencia en sociedad, donairosa y risuea, elegante y
encantadora, muy bien avenida, al parecer, con los achaques de la vida
mundana.

Era su aspecto el de una de esas mujeres infantiles, dispuestas siempre
 perdonar y  sonreir, crdulas y sencillas; una discreta mujercita
sin malicias ni pasiones, muy devota del bienestar exterior; buena y
prudente, que sacrificaba su amor propio y hasta su dignidad de esposa
 las dulzuras de la paz domstica, y se conformaba con una felicidad
decorativa.

Slo una perspicaz observacin, una ciencia maestra en desdoblar
corazones, lograse descubrir detrs de aquella apariencia jovial y
apacible otra segunda vida artstica y doliente.

Ahora, en los celestiales ojos de Mara, la imperturbable mirada azul
pareca llegar de muy lejos, de remoto paraje de maravilla, donde
hubiese tomado un misterioso bao de emocin.

Fulga la luz de aquellos ojos con encanto inefable y nuevo, y donde
se posaba iba dejando el don de una gracia pura y triste, el jirn
impalpable de una nostalgia divina, que pudiera llamarse el mal del
cielo...




VII


Placase Gracin en la buena suerte que le haba deparado aquella boda
afortunada con mujer encumbrada y rica, tan sumisa y complaciente.

l tambin, como el vulgo, consideraba  Mara desde el punto de vista
de una criatura pasivamente bondadosa, una esposa de lujo, inofensiva y
bella.

Mirbala con cierto compasivo agrado y con una superioridad protectora
que tena mucho de humillante y despectiva.

La trataba con una cortesana chabacana, entre galante y
desdeosa, algo irnica siempre y siempre glacial. A menudo la
llamaba _pobrecilla_ y le acariciaba las mejillas como  una nena,
paternalmente. Era con ella indiferente y rumboso, y no se tomaba el
trabajo de ocultarle sus ms escandalosos devaneos. Aquel gran cmico,
ciego de soberbia, no poda suponer que _la pobrecilla_ le profesaba
un absoluto desprecio y que, con una clarividencia extraordinaria,
haba profundizado todo el vaco de la fantstica existencia, ruidosa y
deslumbrante, que tanto le envaneca.

Pocos meses de matrimonio le bastaron  la joven para conocer
dolorosamente la fatuidad de su marido y descubrir, bajo aquella
exterioridad fascinadora, un fondo de bastardas pasiones y un huero
corazn. Tan cierta qued la triste de su grave desventura, que ni
siquiera so con hallarle algn remedio. Sumise en ella con valenta
y, siendo tan inmerecida y traidora, la supo disimular entunicada como
una contrariedad cualquiera, de esas que ruedan sobre una florida
juventud sin entorpecer el camino de la dicha.

Y cuando ms engredo con sus triunfos huecos y falsos, Gracin se
dignaba hacer  su esposa la merced de una caricia  de una atencin,
celaba ella en sus encalmados ojos todo el desdn que le inspiraba
aquel baratero de la vida, y con una disciplinada sonrisa haca guardia
 los pesares de su corazn abandonado.




VIII


En las constantes vigilias de aquel corazn, un rayo de luz brillaba
misericordioso y alegre. Era el sol de los ojos de Lali, de la nena
reidora y charlatana, ave graciosa que poblaba de trinos y vuelos, el
bosque sombro de los pensamientos de Mara.

Era Lali una encantadora criatura de seis aos, hermosa como sus
padres, traviesa y juguetona, duea de un corazoncito angelical.

Rubios tena los cabellos y dorados los ojos, llenos de luz temblorosa
y riente, de clida luz fulgurante como un gajo de sol.

Horas enteras se pasaba Mara arrullando sus ensueos tristes con la
placentera vocecilla de Lali, que hablaba con su mueca y con doa
Cndida, indistintamente, en garla gentil.

Una dcil cortina de damasco separaba la habitacin de la nia del
saloncito donde su madre tena siempre una labor interrumpida y un
libro abierto y un bcaro con flores nuevas...

Aquella tarde llova, y la nena, que no haba podido hacer su habitual
paseo, traveseaba incansable entre dos butacas prximas al balcn.

En una estaba sentada doa Cndida, meditabunda y suspirante, tejiendo
una calceta erizada de agresivas agujas; en otra se recostaba el gran
_beb_ de celuloide, con los inmviles ojos de turquesa muy espantados,
y los bracitos extendidos, hirsuta la cabellera de lino plido, y un
poco chafada la seda rosa del traje. Sin duda estaba asustado de la
ria que Lali diriga sobre su inanimada persona.

Con la ms sincera indignacin, sermoneaba la nia:

--Si no me obedeces, te castigar sin merienda... En ti mando yo, y no
se me replica... Ya sabes que no tienes pap...

Cambi de tono, y comentari rencorosa:

--Ni falta que te hace... Los paps son unos seores muy malos... muy
tontos... muy feos...

Una voz varonil protest  la puerta del gabinete, con risuea
jactancia.

--Cmo es eso, mentirosilla? somos feos todos los paps?

Se volvi la nia hacia el reproche insinuante; y saltando al cuello de
Gracin, le respondi dentro de un beso mimoso:

--T eres guapo.

--Pues, entonces?...

--Lo deca en broma, para engaar  _Mim_.

--Cunto me quieres?... A ver...

--Te quiero cientos... miles...

La acarici el padre con ufana, orgulloso de la proceridad de aquella
criatura, que era un alarde vivo de la existencia de l; y sali de la
estancia engredo y jovial, tirndole besos  la nena, que le deca:

--Ven temprano... ninguna noche te veo... Por las noches no tengo
pap!...

Apenas se extinguieron en el corredor los firmes pasos de Gracin,
fuse la nia  levantar el tapiz medianero con el saloncito de su
madre, y hallla con el bordado cado sobre las rodillas y los ojos
errantes y distrados, embebecida en una meditacin tenaz.

Corri Lali hacia ella con los brazos abiertos, trep  su regazo, y le
dijo en un escucho ingenuo y fervoroso:

--A ti te quiero millones... mucho ms que _ l_... montones de veces
ms... Te quiero mundos y mares y cielos de cario!...

Y nerviosa, vibrante, la besaba en los prpados sumisos, en la dulce
boca enmudecida y en la aureola de los cabellos.

Cuando Lali se cansaba de hablrselo todo sola, cuando se aburra de la
mudez de doa Cndida y de la inmovilidad de _Mim_, sola preguntar 
su madre:

--Dejas  Rosita jugar conmigo?

Siempre Mara contestaba que s, y Rosita, aquella nia aldeana
y hermosa que hemos conocido hace siete aos en la quinta de _Las
Palmeras_, convertida ahora en mujer garrida y lozana, hacase pequea
y revoltosa como Lali,  fuerza de fingir que lo era, y de remedar con
infantil regocijo llantos de nena castigada, acentos y mimos de nena
maosa.

En los das inclementes del invierno, cuando no llegaba muy arropada
y valiente alguna amiguita  jugar con Lali, Rosa representaba  las
mil maravillas su papel de mueca viva y mimosa, en el gabinetito
confortable, cerca de los vigilantes espejuelos de doa Cndida, que,
entre uno y otro suspiro, sonrea con beatitud contemplando  su nia
tan divertida y alegre.

Dos aos llevaba Rosa al inmediato servicio de Lali, en descansada
labor, que consista nicamente en arreglar las habitaciones de la
minscula seorita, coser y planchar su ropa, y aun la de _Mim_;
ordenar sus armarios y sus juguetes; vestirla, desnudarla, y, en
determinadas ocasiones, oficiar, como ya hemos dicho, de mueca de
carne, llorona y traviesa,  quien indefectiblemente haba que encerrar
en el cuarto oscuro.

Con tal acierto y adhesin cumpla la muchacha estos menesteres, que
sus cuidados y compaa llegaron  hacerse indispensables cerca de la
pequea, y Mara cobr singular afecto  esta mocita hbil y donosa,
que saba con tan buena gracia complacer  Lali, obedecer  doa
Cndida y poner en los ms vulgares detalles de su obligacin una nota
de condescendencia y de dulzura, llena de solicitud, para la seora de
la casa.




IX


Aos atrs, cuando el poeta bohemio de nuestra historia di impunemente
un sablazo al bolsillo y al corazn de Rosita, quedse la muchacha por
algn tiempo alicada y tristona y hasta un poco intercadente de salud.

Amustironse los colores ufanos de sus mejillas, y con aciaga nube se
amortigu en sus ojos gitanos el brillo rutilante.

Andaba taciturna por la aldea y desoa con creciente desdn los amantes
requerimientos de los mozos que bien la queran.

Llegaron sus padres  preocuparse del aspecto adolecido de la joven,
hablaron de llevrsela al mdico, y en voz baja se lamentaron:--Ay, la
nuestra hija..., si nos la habrn daado en la ciudad!

Ms de cuatro mozas, envidiosas de la belleza de Rosita, subrayaron
con sonrisa perversa el sentimiento con que se comentaba en el pueblo
que  la muchacha le hubiese probado tan mal la buena vida entre
seores.

Pero en cuanto una de estas sonrisas perniciosas hiri  la moza en
pleno rostro, se le encendieron en las mejillas dos ruborosos claveles
y se levant su orgullo por encima de los achaquillos de su corazn.

Ya Rosa no hurt  las romeras su gentil presencia, ni dej de asistir
por la noche  las deshojas, y los domingos al corro.

Con vanidad nueva y vengativa se prendi sus galas finas de la ciudad,
y era cosa admirable en los festivos das verla caminito de la
parroquia,  la hora solemne de la misa mayor, con su falda oscura y
ceida, su mantilla de blonda, entoldando la cara morena, y su blusa
plisada y elegante, como la de una seorita.

La diversidad de sonrisas que la persiguieron entonces ya no la hacan
enrojecer, eran sntomas patentes de admiracin en los mozos y de celos
en las muchachas.

Hall Rosa un placer desconocido en la ostentacin altiva con que
se impuso en la aldea, y se distrajeron mucho sus pesares con aquel
triunfante juego de femenil vanidad.

Como no era cosa grave el mal de su corazn, con aquellos estimulantes
y aquellas diversiones fuse mejorando hasta sanar casi del todo, sin
que le quedase otro dao, acaso incurable, que el de un aborrecimiento
mortal  las toscas labores de la aldea y una aficin fuerte y decidida
 las cosas delicadas y bellas que haba conocido en la opulenta casa
de Coronado.

Aguda y espabilada, como buena montaesa, apenas se libert del arrullo
falaz con que _Nenfar_ la haba encantusado, reconoci que el bohemio
era un contrabandista de amor, explotador profesional de mujeres
crdulas.

Gozse de haber sido con l cauta y previsora, y ni siquiera se doli
del timo rastrero de los cinco duros.

Pero de aquella extica aventura de amores con un poeta, le qued 
la pobre aldeana una exaltacin sentimental que la despegaba con hasto
profundo de su miserable existencia campesina.

A la vez que se le ajaban sus vestidos seoriles, vea con desconsuelo
cmo las speras herramientas del campo encallecan otra vez sus manos
menudas y aspaban su cuerpo floreciente.

Un rebelde sentimiento de protesta se alz en su espritu inquieto y
ansioso. Miraba con terror  las mujeres, jvenes de aos, acabadas ya
y envejecidas, segada en flor su belleza por los duros azares de la
vida labradora. Con espanto volva los ojos en torno suyo, y notaba
que, de repente, se le haba entenebrecido el camino antes risueo de
su juventud. Antao le pareca benigno y grato su msero hogar, y, de
pronto, hallle todo negro por el humo de las paredes, todo tiznado de
fealdad y de tristeza...

Y el sendero del monte, no era antes azul?... Ella lo hubiera jurado
as; pero ved cmo se le apareca bruno y miedoso, serpenteando sin
rumbo ni esperanza entre crueles malezas que desgarraban  tirones de
brbaro esfuerzo la gracia juvenil de las leadoras.

Pues, y las mieses?... Rosa las haba conocido llenas de encantos;
prometedoras en la primavera, granadas en el esto, prdigas en el
otoo... Y se le volvieron otras; se le volvieron inhumanas y feroces,
tendidas en el valle como implacable maldicin que la obligase  vivir
en acecho sobre la tierra;  vivir encorvada, sudorosa, jadeante,
marchita sin haber florecido en toda su hermosura...

Ya Rosa no tuvo sosiego ni alegra.

El deseo de grandeza, sembrado en su alma, creci con la privacin
absoluta de los dones apetecidos, y determin en aquel espritu inculto
y delicado un verdadero delirio, ambicioso de cosas bellas y sutiles,
una loca pasin de arte que la enardeca y la martirizaba.

Mucho tiempo luch la moza con aquella constante fascinacin.

Quiso vencerla, y buscndole un remedio heroico, di palabra de
casamiento  un guijarreo mozalbete de las cercanas que andaba por
ella perdido de amores. Era un bravo trabajador y tena su poco de
hacienda y su fama de buen partido.

Gran contento caus  los padres de Rosa aquel suceso inesperado
que rompa la terca obstinacin con que la joven rechazaba todos
los proyectos de boda que se le haban ofrecido; y aunque la vieron
sobresaltada y ansiosa, achacronlo  emociones propias del noviazgo.

Se aproximaba la boda rpidamente, cuando en una trgica hora de
cobarda Rosa cay en los brazos de su madre hecha un mar de lgrimas,
confesndole que su novio le inspiraba una invencible repulsin, y
afirmando entre sollozos:

--No me caso con l, madre, no me puedo casar... es imposible.

Se sucedieron lamentables escenas de dolor y despecho entre las
familias de los apalabrados mozos; anduvieron sueltos por las callejas
los chismes y los comentarios, y la bella Rosita, desesperada y
confusa, intent salir de la aldea, huyendo de una vida que se le haba
hecho insoportable y de un ambiente que le era contrario.




X


La montaraz aldehuela de Rosa colgaba en la serrana, en las
inmediaciones del valle donde radicaba el noble solar de la familia de
Ensalmo; y era, precisamente, la actual duea del palacio quien llev
 la linda zagala en aos anteriores  la quinta de _Las Palmeras_,
durante un veraneo de los marqueses.

A despecho de las hablillas de los vecinos lugarejos, donde Rosa
haba cobrado fama de necia y de inconstante, agradbale  Mara
aquella labradora despierta y agraciada, de finos ademanes y rpida
comprensin, hbil y paciente para las prolijas labores de doncella.

Cuando al romper bruscamente su concertado casamiento, la muchacha
acudi  Mara buscando su favor para salir del pueblo, hall  la
seora fcil de conquistar y gustosa para otorgarle proteccin.

Finalizaba el verano, y admitida Rosa al servicio de Lali, bajo las
rdenes inmediatas de doa Cndida, fuse la aldeanita aventurera muy
alegre  Madrid con sus nuevos seores.

En un par de meses cortesanos volvi  ser Rosita la primorosa
criatura que enamor  _Nenfar_ en el norteo arenal; su tez morena,
artsticamente soleada, se suaviz con el buen trato y brill sedosa
en las manos chiquitinas y en el peregrino rostro; se le anim en los
ojos y en la sonrisa el gozo de la libertad soada, y, con el peinado
moderno y el vestido elegante, toda su armoniosa figura qued detallada
y perfecta, seduciendo con una insinuante nota de frescura campesina,
aroma sugestivo de silvestre flor.

Muchos golosos tuvo en la Corte aquel palmito gentil, y galanes de
varias categoras cortejaron con rendimiento  la nia montaesa; pero,
advertida por su seora con prudente discrecin, y aleccionada por el
desengao,  ninguno consinti ella con palabras ni actitudes, y en la
ronda de sus pretendientes cobr pronto renombre de arisca y orgullosa.

Lo que  Rosita le entusiasmaba en aquella existencia blanda y amable
que tanto ambicion, no era, por cierto, el despertar pasiones
amorosas, sino el saber que las mereca y el sentir en su mimada
hermosura el seductor halago de la lisonja.

Ella quera, sobre todo, verse linda y adornada en el espejo; tocar y
mirar cosas bonitas, gustar manjares finos, aspirar olores delicados.

Sentase dichosa con dormir en albo lecho, con pisar fonjes tapices,
con escuchar un lenguaje escogido y galano.

Padeca una obsesin aguda de belleza, y donde quiera que la
hallase--mejor  peor definida, segn su intuicin artstica se
la haca sentir--, all posaba los ojos en recreo sutilsimo, tan
largamente, que el objeto acariciado por sus admiraciones persista en
la ausencia del mismo, por mucho tiempo, surgiendo en el vaco, amorfo
y tentador,  recibir el idlatra culto de la obsesa.




XI


Mayo triunfaba en un engarce de magnficos das, y Tristanito aterraba
sus dbiles ojos acobardados por la intensa luz de aquel cielo ndigo y
deslumbrador.

Todas las tardes le llevaba su madre al Retiro  respirar el aire
embalsamado en la urbana fronda, pero Tristn ni rea, ni jugaba, ni
haca otra cosa que enlazar sus manos de cera en actitud de meditacin
y abatir la desmayada cabeza cuyos rizos de azabache parecan rendirle
con un peso abrumador.

En el temblor angustioso de su mirada haba un fnebre seuelo, y
sus labios descoloridos mostraban, al sonreir, una trgica mueca de
sufrimiento y de fatiga.

Eva segua con dolor desesperado el avance de aquella consuncin
invencible que aniquilaba  la criatura, y  menudo tena arrebatos de
protesta rebelde contra el destino, y hasta contra Dios y sus santos.

En su paseo cotidiano haban buscado la madre y el nio un paraje
predilecto donde solan sentarse; y,  una hora habitual, Lali apareca
en la avenida umbrosa, corriendo hacia Tristn con jbilo manifiesto.

Al contemplarla, saltarina y alegre, senta Eva un impulso de
acometividad hacia la nia, tan ciego y airado, que hubirase
complacido en araarle la cara de color de rosa y en desgarrarle 
tirones el vestidito elegante.

Muchas veces la pequea, con el vago presentimiento de un peligro,
se detena en su carrera hacia Tristn, y quedbase, temerosa y
ruborizada, ante la extraa expresin de la seora.

En cambio, el enfermito haba cobrado  Lali un cario apasionado.
Consenta en salir, por el slo afn de encontrarla; hablaba de ella
obstinadamente, y la nombraba, delirante, en sus ratos de fiebre.

La risuea hermosura de la nia constitua para Tristn una visin de
magia encantadora; y Eva, por complacerle, soportaba el tormento de
verlos juntos y de comparar, con amargusimo despecho, el acuitado
semblante de su hijo, con la ufana galana de Lali.

Una tarde de estas que decimos, la diaria entrevista de los dos
pequeos termin borrascosamente por la iracunda intervencin de Eva.

Engaado por una fugaz llamarada de alegra, quiso Tristn correr  la
par de la nena, que pareca hermana de las mariposas y las brisas.

Flojo y torpe cay de bruces, y levemente se hiri en una mano.

Volaba Lali  socorrerle, compungida y cuidadosa, cuando Eva acudi
hacia ellos muy alterada. Empuj  la nia con violencia, y alzando al
cado profiri duramente:

--Se acabaron los juegos con esa chiquilla; cada uno por su lado...

Con las dos manitas, confusa y desconsolada, se cubri Lali el rostro
sofocado, y fuse hacia doa Cndida, que ms lejos se apareca, y que
sin saber de qu se trataba la recibi suspirando: Ay, Dios mo! Y
con sus manos cenceas se puso  alisarle los cabellos, desordenados y
sedosos.

Eva, entretanto, se alejaba por el medio de la arbolada calle, altivo
el continente, veloz el paso. Como adorno de su sombrero, cimeando la
altanera figura de la dama, balancebase un ave hostil, que ofreca en
aquel instante un singular aspecto de fiereza: plumaje, garras y pico
tomaban una actitud fosca y amenazante sobre la erguida frente de la
dama.

Casi en volandas iba el pobre Tristn, aferrado al brazo redondo y
firme de su madre; sollozaba con hondo sentimiento, y afanoso volva la
mirada hacia el sitio donde Lali se haba quedado.

Despus de andar buen trecho en esta forma, compadecida Eva de la
afliccin del nio y temerosa de su cansancio, acort la marcha y trat
de consolarle.

--No llores ms--empez  decir--; te va  doler la cabeza y tendrs
hoy mayor recargo..., no llores; yo te buscar con quin jugar.

--Quiero  Lali--gema Tristn sin consuelo.

--Y por qu  ella nicamente, hijo? Es una alborotada, no me gusta
esa nia, te hace sudar y fatigarte siguindola, te hace caer, ya ves,
te ha lastimado...

--Ella no, fu yo solo, que tropec.

--Pero, por qu la quieres tanto?, dme...

Se detuvo Eva, se inclin hacia el nio lloroso y con su pauelo le
enjug las lgrimas.

Ms calmado, con rara elocuencia y acento ferviente, Tristn replic:

--Ella est hecha de alegra y de sol, sabe correr..., sabe reir...,
parece que est toda llena de oro y de flores... La quiero..., la
quiero!...

Y tenda sus manos de lirio hacia el paraje, ya invisible, donde la
nia sola buscarle.

Conmovida y absorta la madre, interrog:

--Entonces t, cmo eres?

--Yo soy enfermo y triste; una pena que tengo no s dnde me va
creciendo y me hace llorar... Voy  morirme!

--No, no, calla.

--T misma lo has dicho.

--Cundo?

--Una noche... Dijiste que pap tendra la culpa, te acuerdas?

Turbada y dolorida, murmur la madre vagamente:

--De nada quiero acordarme...

Y ambos siguieron el camino desalentados y mudos.




XII


En casa de los marqueses de Coronado se discutan las ventajas de
veranear aquel ao en la quinta de _Las Palmeras_.

Haba opiniones diversas y empate en la votacin del proyecto, porque
la marquesa y su hijo abogaban por la conveniencia de una temporada de
reposo en la saludable y hermosa playa nortea, mientras que Isabel y
Benigna, torciendo el gesto, preferan adolecer pblicamente de alguno
de los achaques de moda cuya curacin se inicia en Vichy, avanza en
Carlsbad, se consolida en Baden, y luego se reproduce al ao siguiente
como pretexto de una nueva peregrinacin por los balnearios preferidos
entre los incurables enfermos que el ocio y la abundancia producen.

Como no llegasen los de Coronado  una avenencia en sus discusiones,
Benigna propuso con aire retozn:

--Podemos consultarle  pap el caso...

Todos, sin disimulo, rieron la gracia, y fu cierto que don Agustn
recibi la consulta. Tom en serio su intervencin en las decisiones
familiares, y galantemente vot en favor de la marquesa, que apoyaba
sus deseos en el motivo poderoso de hallarse muy cansada y abatida para
emprender un veraneo de lujo.

Era verdad que la dama haba perdido su proverbial buen humor;
mostrbase desmedrada y triste, y hasta un poco devota.

Decase que, ltimamente, desconfiando ya del poder de su hermosura,
que iba en declinacin, su ntima existencia licenciosa tena horas de
tormento desesperado.

Decase que Luis Galn, despus de haberla consagrado algunos aos de
constancia, haba cortado traidoramente sus relaciones con ella, apenas
logrado un importante favor en dinero de la amorosa incorregible, que
no se llamaba en vano Generosa de la Ddiva.

Pero suelen decirse tantas cosas!...

Slo se saba con seguridad que la marquesa rezaba mucho y estaba
alicada; y que Luis Galn haba desaparecido del crculo elegante
llamado la buena sociedad madrilea, donde la sonrisa inalterable de
aquel buen mozo mereciera privilegio de patente exclusiva.

Ya decidido el viaje  la Montaa, hubieron de resignarse  l las
seoritas de Coronado y hasta trataron filosficamente de buscarle
atractivos.

Evocaron las risueas jornadas de la quinta, que haca siete aos se
haban deslizado como un sueo en la juventud inquieta y turbia de las
dos hermanas.

Del tumulto de sus memorias surga con extraeza y singularidad
aquel recuerdo de un solo esto, de playa modesta, entre jardines
melanclicos y brava costa, y desfilaban con un penetrante aroma de
juventud alegre las imgenes de todo aquel verano tranquilo y dulce,
sin grandes cotillones, sin aventuras sonadas, meses raros y fugitivos
que brindaron  la agitada vida de estas dos mujeres un alto apacible
y una rfaga bienhechora de salud y poesa. Desdoblando pensamientos y
membranzas con una vaga tristeza y una remota ilusin, Isabel y Benigna
quisieron  todo trance adornar de promesas el porvenir, y se miraron
una  otra desconfiadas y marchitas, sin brillo los ojos y sin risa los
labios.

Con el presentimiento de un fracaso, lentamente formaron las dos
hermanas un plan de invitaciones y un programita de fiestas. Era
preciso atraer hacia el arenal cantbrico un buen plantel de amigos
alegres, y prepararse una agradable temporada en _Las Palmeras_.

El recuento de amistades disponibles para este caso suscit
desconsoladoras memorias y arroj un total de nombres nuevos en nuestra
narracin. Ni uno solo de aquellos que en la hospitalaria quinta hemos
conocido estaba al propicio alcance del iniciado convite.

Clara Infante, casada con un banquero cataln y separada de su
marido al mes de la boda, viajaba  la sazn por el extranjero, bien
acompaada, segn decan procaces lenguas.

Pizarro, el famoso descontentadizo, haba vuelto, desilusionado como
nunca, de un largo viaje  las Amricas y, en protesta bizarra  sus
reniegos contra todos los pases y todas las civilizaciones, trataba
de tomar parte en una expedicin al Polo Norte, y viva encerrado
en el cuarto de una fonda, sosteniendo fantstica correspondencia
con unos seores noruegos y una dama rusa, que eran de la partida en
proyecto. La sinrazn de sus antojos hacale olvidar que tiritaba en el
esto cantbrico y que hasta los ms dulces climas eran hostiles  su
intemperancia.

El poeta de ocasin, _Nenfar_, no haba logrado salir  flote de su
reciente naufragio social y con prudente discrecin se haba eclipsado
en el horizonte luminoso de sus amistades aristocrticas.

Las seoritas de Coronado no ornamentaran su saln montas con la
belleza rubia de Mara Ensalmo, ni con la morena hermosura de Eva
Guerrero, y tampoco Teresita Vidal llevara  _Las Palmeras_ la nota
extraa de su juventud aburrida y achacosa. Pobre Teresita!...

Cuando las hojas cayeron, dos aos haca, su entierro blanco y pomposo
baj lentamente por la calle de Alcal buscando el cementerio de
Nuestra Seora de la Almudena... Piando inquieta y saltarina como un
pajarito, haba dado el salto mortal una tarde de otoo, quedndose
repentinamente inmvil en el sof donde se rebulla fastidiada y
quejosa.

La trgica quietud dej en su rostro aniado una mueca de hasto, y en
sus labios irnicos unas gotas de sangre descolorida.

Con ms vanidad que misericordia la vistieron un traje de gala,
esplndido en encajes y flores, tan escaso en el escote y en las
mangas como sobrado en la cola... Encajes, flores y telas, junto con
la carne msera, todo ello se acomod con desahogo en un metro de
atad, porque el cuerpo de Teresita, que siempre fu endeble y menudo,
entre las garras de la muerte quedse tan pequeo y mermado, que era
casi imposible suponerle veinticinco aos de edad. Las amigas de la
joven recordaban con terror aquella postrera visita que le hicieron
al borde de la gran _cama imperial_, bajo la macilenta luz de los
cirios crepitantes. Sobre el engalanado cadver de Teresita, la mundana
adulacin, que ni  los muertos respeta, lanz una frase en son de
halago: parece una novia... Aquella lisonja servil son  comparacin
impa y burlesca, con crueldad de stira, all donde la muerte,
abrazada  una miserable figurilla de mujer, pona espanto y atricin
en los ms insensibles corazones. Isabel y Benigna no pudieron olvidar
su pavor y su asombro al cerciorarse de que aquella muequita de cera,
encogida y helada, insensible y dura  la srica delicia del vestido
admirable, era la vivaracha y mimosa Teresita Vidal. Y al pensar en las
invitaciones para un nuevo veraneo en _Las Palmeras_, en la memoria
triste de las antiguas amistades qued flotando la visin de aquel
metro de atad lujoso, de aquel entierro blanco que en la dulce tarde
otoal pas por la vida hacia el lvido misterio del sepulcro.




XIII


Arrancndose el recuerdo de tan medroso lance, dijo Isabel  su hermana:

--De aquel ao feliz que memoramos, slo una amiga encontraremos en la
costa: Luisa Ramrez...

--Y un amigo, Lpez--repuso Benigna sonriendo.

--S; queda Lpez todava, y... quin sabe?...--murmur Isabel con
singular acento. Cambiando de expresin, exclam despus:

--Sabes que Rafaelito acabar por casarse con Luisa?

--As lo temo.

--Estoy pasmada de la duracin de ese cario.

--Es que el amor sentimental dicen que puede hacerse crnico...

--Ay, qu miedo, hija!...

--Pero t creas  Rafael capaz de una constancia semejante?

--Qu haba de creer yo, criatura!

--Ese amor es un milagro.

--Es una majadera. Rafael puede hacer una boda brillante; puede
escoger entre la flor y nata de los buenos partidos; sin ir ms lejos,
Casilda Manrique, condesa y millonaria, est loquita por l.

--Y por Gracin...

--Calla, mujer, eso es aparte...

Hubo un silencio malicioso y risueo; luego, Benigna reanud el palique.

--Oye;  m se me figura que Rafael,  ratos, tambin se enamora un
poco de Mara.

--Lo que has notado es lstima, no es amor.

--Lstima? Y de qu?

--Cosas raras de ese chico. No sabes que resulta romntico y
piadoso?... Se le antoja que Mara es desgraciada.

--Si dijera que es boba!... Poda ser hoy la primera mujer de Madrid.

--Ya lo creo... Mira que ha tenido perseguidores...

--Y los que tiene.

--Pero es inabordable.

--As lo afirma Rafael, que la admira mucho; pero no hay que fiarse de
las apariencias. Esas seoras que al parecer no han roto un plato en su
vida, no me inspiran simpatas ni confianza.

--Tambin Eva es una virtud incorruptible.

--Tampoco es santo de mi devocin; la encuentro demasiado orgullosa y
demasiado bonita.

--Y tiene un marido insoportable de poesa y sentimentalismo.

--Dicen que Diego se embarca...

--Y el chiquillo se les muere...

--Han sido desgraciados.

--Pues  ella no le faltaran consuelos si quisiera;  Gracin le gusta
mucho...

--Todas le gustan  Gracin.

--Pero ahora la predilecta es Casilda Manrique.

Quedronse un punto calladas las dos seoritas, y de pronto Benigna
exclam triunfante:

--Tengo una magnfica idea.

--A ver...

--Si Casilda viniera con nosotros  la Montaa, tenamos ya seguras
las visitas y las diversiones. Ella servira de gran reclamo  nuestra
_tourne_; tal vez Rafaelito cayera en la tentacin de pretenderla
formalmente y al fin quedase roto su pertinaz idilio con Luisa, esa
extraa aficin con amenaza de boda, que  todas nos disgusta.

Dijo Isabel pesimista:

--La Manrique no ir  _Las Palmeras_, hija ma; tiene un plan de
veraneo que quita el sentido...

Maliciosa y porfiada, Benigna insinu:

--Si sabe que Gracin va por all, ir contenta, de seguro.

--Pero l va solamente  dejar  Mara en su casa del valle.

--Si Casilda est en la playa, Gracin nos har una visita.

--Tienes razn; eres maga.

Una risa pcara y sagaz comentari el coloquio.




XIV


Sobre el cristal zarco de los cielos ni una nube pasaba.

La tarde, en su lenta cada, se desmayaba en el horizonte, como si el
mirfico celaje la detuviese con un largo beso de despedida...

Gracin aparentaba dejarse llevar por Lali, que le tiraba del brazo con
impaciencia, repitiendo:

--Es por aqu, anda; si tardamos un poco ms se habrn marchado.

Sonrea el caballero, y tarareaba en voz queda una liviana cancin
aprendida entre los bastidores de un teatrillo.

Dieron la vuelta al estanque, tomaron hacia la derecha, y en el ms
adoselado y fragante rincn del Retiro, vieron  una seora y  un
nene, sentados en un banco.

Ella pareca leer alguna cosa insulsa en un peridico, mientras que el
nene pareca descifrar algn misterio tenebroso en la arena fina del
camino, tanto sus ojos se fijaban en el suelo, inquisitivos y asustados.

Dos movimientos de distintos afanes se produjeron en el banco, cuando
se detuvieron ante l, la nia y el caballero.

Maravillado y feliz, Tristn dijo nicamente:

--Lali!

Y tendi los brazos hacia su amiguita con un impulso de fascinacin.

Eva exclam con sincero asombro:

--Ah!...

Y se qued confusa y risuea ante el rendido saludo de Gracin. El
cual,  guisa de explicacin, dijo con un acento insinuante:

--La nia me ha contado que usted viene todas las tardes  este sitio,
y hoy he querido que ella me guiase hasta el lugar dichoso donde usted
se esconde, cada da ms bella y ms esquiva...

Los dos pequeos, cogidos del brazo, se alejaban alegres, y su infantil
confidencia se trenzaba en el dulce silencio de la fronda, con el
perlado rumor de una fontana vecina...

Tardaba la seora en recobrarse de su sorpresa, y pareca indecisa en
la manera que deba adoptar para responder al gentil caballero.

Era verdad que Eva, entonces, no se mostraba siempre halagadora y
afable con sus amigos, como cuando Gracin la conoci. La natural
dureza de su semblante hermoso habase acentuado con un gesto arisco,
y por la noche huraa de sus ojos pasaban con frecuencia relmpagos
de amenazadora tempestad. Pona la mirada como un pual sobre todas
las mujeres  quienes consideraba felices, y en los hombres que la
admiraban vengbase con furioso desdn de aquellos otros galanes que
siendo ella soltera y bonita, la haban dejado olvidada  un lado del
camino, sola y pobre, arrojndola, al pasar, la limosna de una flor
galante.

Y el rencor ardiente que la sociedad le inspiraba, iba defendindola,
mejor que su escasa virtud, del acecho de algunos cortejantes,
codiciosos de sus encantos.

Desamorada y ambiciosa, su alma pequea se llen de tentaciones y de
iras, sin que  su honor le quedase ms amparo que el escudo fro
de la soberbia. Detrs de una defensa tan endeble, Eva pens que
entre aquellos que la deseaban, slo uno mereca el sacrificio de su
reputacin; acaso el que menos la persegua. Era Gracin.

La conquista de aquel hombre significaba para ella el triunfo, el
poder y la venganza... Tres grandes ansias para un mezquino corazn.




XV


Cuando hubo meditado unos instantes, Eva, mirando de hito en hito 
Gracin, se ech  reir entre irnica y burlesca.

Pero l, sin desconcertarse, muy gozoso y complacido, sentse en el
banco, mira que te mira  la seora.

Pas el jocundo proceso de la risa, prevaleci el de las miradas, y
las frases de una pltica, ingeniosa y difcil, tendieron el vuelo con
recato en el propicio rincn del parque.

Sutilizando maosamente la intencin de sus palabras con la habilidad
de quien conociese  fondo las flaquezas de aquella mujer, Gracin
despleg ante ella todo un plan de conquista, cimentndole en una
supuesta simpata de muchos aos y en una constante admiracin.

Justific el silencio que hasta entonces se impusiera con el profundo
respeto profesado  la amiga y  la dama; y rellen este prrafo
sentimental con una porcin de vulgaridades, que hallaron eco de
novedad y de emocin, en su voz conqueridora y regalada.

Se lament de que la juventud fuera tan breve, de que las buenas horas
amigas de la belleza y del amor tuviesen una duracin fugaz... y de que
hubiera tantos maridos indignos de tener mujeres hermosas, remisos y
torpes para colmarlas de halagos y de placeres.

Tales maridos,  juicio de Gracin, no merecan fidelidad ni
consideracin ninguna.

Y al hablar as, con expresin mensurada y pa, el libertino caballero
se mostraba ecunime y razonador, como si pudiera escupir al cielo
impunemente, y ejemplarizar con su vida el tipo admirable de un
_perfecto casado_.

Qued el discurso redondito y brillante, hinchado como un globo; y
arrollada por l, se debata Eva dbilmente en las trincheras de su
vanidad. Callada en los toques pasionales de la oracin, asinti con
amargura cuando las frases de Gracin iban contra Diego,  contra la
infelicidad de que ella se crea colmada.

Y engolfados en el malabarismo de aquel juego peligroso, vieron con
extraeza que la tarde se haba muerto y que haba nacido la noche.

Temerosos de la oscuridad creciente, volvan ya los nios, juntos y
callados, despacito, porque Tristn se fatigaba mucho.

Eva, asombrada de su descuido, se levant con presteza, y corri 
tocar la frente de su hijo, que arda y se doblaba.

La crisis fatal del enfermo sealaba su hora cruel, y era preciso
volver  casa en seguida.

Gracin propuso salir por el paseo del _Angel Cado_, que estaba
prximo, y tomar un coche para que el nio fuse con reposo.

Al paso lento de Tristn, avanzando por la sombra del parque entre
la desbandada de los paseantes rezagados, todava el caballero hall
manera de avizorar seales de su buena  mala ventura en el comienzo de
aquella andanza.

Presa en el embaimiento de tan finas redes, Eva no supo mostrarse
impervia en aquella tentadora ocasin, y entre deslumbrada y satisfecha
dej caer una esperanza en los anhelos de su amigo...

Iba Lali muy pensativa y un poco pesarosa. Tristn tropezaba  cada
instante, sin tino y sin fuerzas, y por los azules senderos de la noche
paseaba su luz pursima el astro amoroso del silencio.




XVI


_Caminos de dolor_ se titulaba un libro que Diego estaba fabricando con
pedazos de su corazn de poeta y rasgos admirables de su pluma genial.

Ya tocaba  su trmino el manuscrito, cuando Tristn, una noche, una
noche azul de Mayo, al regresar de paseo con su madre, cay rendido
por abrasadora fiebre, agravado en su lenta enfermedad de una manera
alarmante.

Consultada una vez ms en el proceso largo de aquella cuita, la
ciencia inexorable dijo su ltima palabra sobre la inocente cabeza del
nio. Slo un milagro le poda salvar, y la hechura de aquel milagro
corresponda por derecho propio, en caso feliz, al aire libre y serrano
de la campia.

Con acrimonia insolente Eva pregunt  su marido, sealando al enfermo:

--Qu vas  hacer? le dejas morir  intentas salvarle?

Mirndole Diego con espanto, murmur unas palabras incompletas, que
sonaron  lamento y  rugido, y huy  encerrarse en el escondite donde
laboraba y sufra en sus horas inclementes de hogar.

Pero su mujer le persigui implacable; entr en la habitacin detrs de
l, y afilando la voz y la mirada, como quien aguza un acero homicida,
le dijo:

--Es que si no quieres salvarle t yo le salvar... Soy hermosa y... No
lo olvides.

Diego, espavorecido, se llev las manos al pecho y despus  la frente;
en seguida las apoy en la mesa, buscando sostn para su cuerpo
vacilante.

Estaba mudo y desemblantado; pareca un difunto puesto de pie en
macabra ficcin.

Avanzando hacia l con la feroz complacencia de aquel tormento que
causaba, Eva insisti:

--No respondes?

Como si entonces recobrase la vida, Diego se estremeci y mir en torno.

Haba tal expresin de sorpresa y novedad en su semblante, que
hubirasele credo despierto de un sueo  vuelto de un desmayo en
extrao paraje, y  punto de preguntar, como en las novelas:

_Dnde estoy?..._

Pero no pregunt cosa alguna, sino que dijo  guisa de rplica:

--Ya se acab todo... Por fin, ya est roto; ya est deshecho, cado...

--Cul est deshecho y cado?--pregunt Eva, creyendo que su marido se
hubiese vuelto loco.

--El dolo que un da levant engaado por las melodiosas mentiras
de tu boca... Me arrastr hacia tu belleza con brbaro regocijo, con
deseo tempestuoso; y te quise con tan insensato afn, que slo ahora te
desprecio bastante.

--Que me desprecias, has dicho?

--S; ya estoy libre de tus cadenas: ya soy otra vez mo... Ya no me
inspiras ms que lstima... Me acusas de pobreza,  m, que tengo dos
inestimables tesoros: sentimiento y arte... De indigente me tratas,
 m, que tengo una eterna fortuna: la gloria... Y eres t la que
me culpas de necesitado, criatura msera sin otro bien que tu carne
hecha de tierra?... Qu gracia inmarchitable posees, dme? Qu don
inmortal?... Me diste una deleznable hermosura  cambio de mi corazn,
y ahora me amenazas con quitarme tu hermosura... Es que ya no la
quiero, es tuya nicamente; puedes venderla si te place... Yo te la
haba pagado demasiado cara. Me has devuelto el precio que por ella
te di; estamos en paz... Vete, mujer, vete y no temas mi enojo... Te
compadezco.

Eva trataba de hablar, roja de furor; pero el marido asila por un
brazo con firmeza, y la condujo hasta la puerta de la estancia.

--Con un alma, con un corazn, con sentimiento y poesa no se
come--pudo ella proferir sordamente.

--No es sazonado pan lo que te ha faltado; galas y trenes ambicionas,
y yo, loco de m, te daba el alma. Un alma imperecedera por una
terrenal hermosura no alumbrada por el divino soplo del amor!...
Te haces justicia, mujer; me devuelves mi tesoro y te quedas con
tu belleza... Vndela en su justo valor; por ella te darn lo que
apeteces: piedras, metales, baratijas...

Abri la puerta, y dbilmente lleg hasta ellos una voz humilde y
gemidora, como de cristal roto.

Era Tristanito que lloraba...

Entonces Diego, solevantado y tremulante, murmur al odo de su esposa.

--Pero no pongas por pretexto de tu infamia la vida de ese ngel; si
con dinero se salva, yo le salvar.

--Mam, mam, tengo miedo!--clam el nene.

Empujando suavemente  la madre, Diego aadi con acento profundo.

--Vete  sufrir al lado de tu hijo... Vete  llorar, criatura. La vida
no es placer; slo penando se vive plenamente... Deja que el santo
dolor llene tu espritu, para que no quede vaca la obra de Dios...




XVII


Y era cierto que el poeta haba recobrado su libertad.

Las palabras imprudentes de Eva fueron como un hachazo decisivo que
cortase  cercn la ltima raz, ya enferma, de aquel amor hecho slo
de humano deleite.

Al sentirse redimido de su cautiverio, goz el artista una exaltacin
triunfante y reparadora, el dulce halago interior de una paz profunda.

Su espritu, atrofiado en la crcel de la pasin sensual, se ba de
gracia pura y libre, y desatse ligero de la tierra, asunto y glorioso,
como antao volara.

Tuvo un anhelo infantil aquella alma liberta; quiso volver  los
abiertos caminos donde sufri cantando y am idealmente; aor su
primera musa, la casta ilusin de ojos azules y cndida sonrisa...
Vestida con ropajes pulcros y nuevos, fuse  buscarla, peregrinante
por los invisibles surcos que los grandes amores han dejado en la
inmensidad.

Pero ay! que el alma curiosa del poeta desconoci los amigos vergeles
de otros das; y halllos abandonados y mudos... Solitaria entonces,
medit.

Y no se puede meditar en las nubes sin grave peligro de cada... All
por las altas veredas del ensueo, es preciso viajar, vuela que te
vuela, sin detenerse un punto...

La cavilacin del artista di en tierra con sus afanes; y en la
realidad de la vida, Diego hizo memoria...

La aldeana musa de su mocedad, rubia y sonriente como un arcngel,
tuvo un corazoncito enamorado que se prend de un hombre; y  la sazn
aquel primer sueo del poeta, era una dama muy bella, un poco triste,
festejada y poderosa, puesta por el destino  una enorme distancia del
artista...

Ya tentado  reflexionar en las cosas irremediables y trgicas del
mundo, Diego record que una vez, una sola vez en mucho tiempo, se
acerc  la amada ilusin de su adolescencia, convertida en seora
gentil, reina de salones; y la mir  los ojos tanto, tanto, que ella
se ruboriz mientras l se asustaba de haber descubierto en las azules
pupilas ideales un secreto dolorido.

Villamor se sorprenda de que al despertar l, sano y libre  la vida
del arte bello y del sentimiento puro, despertase con tenacidad en su
mente la dormida memoria de aquel suceso.

Y como los poetas tienen  menudo ideas muy extravagantes, quiso
Diego festejar la asuncin de su espritu encarcelado, con un voto
solemne que adunase su nueva existencia artstica con aquel recuerdo
punzante y las otras remotas aoranzas. As jur, que ya para siempre
su inspiracin tendra la forma ideal de una dama esbelta de pensativos
ojos zarcos y cabellera de oro; una criatura  quien se le pudiese
llamar callandito: _Mara?..._ y que con serfica voz sin sonidos,
respondiera: _qu quieres?_; una mujer que mostrase la firmeza
escultural de su carne baada en beato resplandor de santidad; un ngel
que llorar supiera los santos dolores del amor, con lgrimas llenas de
aromas y rumores...

Y era lo extrao, que Diego haca aquellos votos singulares y se
recreaba serenamente en aquellas sutiles maquinaciones, velando el
sueo doliente de su hijo en noche de vigilia y de pobreza.

Tena apoyados los codos sobre su mesa de labor, la cara entre las
manos, cerrados los ojos, y en torno desparramadas las ltimas pginas
de su novela _Caminos de dolor_.

El manuscrito, que era un primor de estilo y originalidad, una obra
intensa y emocionante, dolorosa como la vida, estaba ya vendido  un
editor afortunado que daba por l la suma precisa para que Tristanito
fuse  pedir el milagro de la salud  las tnicas brisas de las
montaas.

Diego esperara que se decidiese la suerte de su hijo, y, salvndole
 perdindole, partira  luees tierras americanas, errante y soador
con su lira y su arte, acompaado por aquella imagen dulce y hermosa 
quien haba jurado fidelidad romntica.




XVIII


Y  todo esto, la bella Rosita empez  mostrarse distrada y
contristada. Hasta se poda jurar que lloraba en silencio.

Cuando haca de mueca jugando con Lali, quedbase tan silenciosa y
parada como el mismo _beb_ de celuloide.

Corra la pequea  sacudirla por los hombros, le alzaba la barbilla
con sus manitas enanas, y decale:

--Pero, mujer, te has vuelto lela; ya no sabes jugar!...

Ella entonces se disculpaba sonriendo para ocultar su turbacin, pero
no lograba componer con la placentera de otras veces la farsa pueril
de la mueca mimosa.

El rumor de ciertos pasos, el metal de ciertas voces, le hacan 
Rosita ruborizarse y temblar; y doa Cndida, detrs de sus espejuelos
escrutadores y de las erizadas agujas de su calceta, la observaba con
recelo, murmurando:

--Ay, Dios mo!...

Una tarde de aquellas, cuando ya en el hotelito de la calle de Goya
se dispona el anual viaje  la Montaa, Rosita se divirti mucho con
un pequeo suceso que la puso de buen humor, y durante algunas horas
escamp de su frente la nube aciaga que la oscureca.

Sucedi que, yendo la doncella  llevar  casa de los de Coronado una
carta de la seorita, al subir la escalera de servicio encontrse de
cara con uno que descenda; y este uno, que era joven y malandante,
por las trazas, la mir con despacio, y exclam:

--Rosita!

A cuya voz la joven respondi con aire divertido y asombro en la mirada:

--Simn!... T por aqu!...

Como si el pobre _Nenfar_ fuera una planta extica en casa de los
marqueses, y aun en la populosa villa y corte...

Aunque Rosita llevaba algunos aos avecindada en Madrid, y aunque
por broma y risa deseara encontrarse con el poeta bohemio, no lo
haba logrado hasta aquel instante. As que, muy risuea y picarilla,
peg con l la hebra con la mejor voluntad del mundo, y le baquete
lindamente con burlas y compasiones, que para todo ello se prestaba el
apocado y lastimoso aspecto de _Nenfar_.

El cual contemplaba  Rosita con cierta emocin y con un embeleso
que al crecer por minutos, se mezclaba con un recuerdo bochornoso,
porque en el diogenismo del aventurero galn, aquella mala partida,
dolosamente jugada  la nia montaesa, haba dejado una extraa
comezn de remordimiento.

No era malo _Nenfar_; era slo un msero ambulante de la vida,
propenso siempre  bajar mucho y  subir poco en las marejadas
sociales. Como l mismo lo haba confesado ingenuamente, su destino
menguado le obligaba  hacer de _Nenfar_, de poeta modernista y de
otras cosas peores...

La aparicin radiante de Rosita y su ingenioso palique le demostraron
pronto que la joven haba crecido en belleza y sagacidad de una manera
sorprendente.

Y trat en vano de explicar los graves motivos que le haban obligado 
dejar incumplidas sus promesas matrimoniales.

Ella le atajaba, pronta y zarandera, con rplicas agudas, tan burlonas,
que el mozo, confundido, se senta picado en su amor propio y abrumado.
As le tuvo preso y abatido largo rato la joven, hasta que humilde y
fino como un guante, ofrecile el trovero nuevamente su mano.

Por la escalera abajo rod la risa franca de la moza, y _Nenfar_,
asido  la barandilla con la angustia del que se siente vacilar, le
dijo:

--He dejado el periodismo y la poesa, que tienen muchas quiebras;
pienso ahora trabajar seriamente... Voy  poner, en sociedad con otro,
una gran sastrera...

--Pues ya s yo--le interrumpi Rosita sin dejar de reir--quin ser tu
primer parroquiano...

Y le miraba con detencin y condolencia el traje.

--Pero dme, Rosa hechicera--murmur _Nenfar_--, si sers mi mujer;
mi mujercita, mi consuelo y mi bien!...

--Cllate, hijo; para un sastre me parece muy florido el discurso... A
m los industriales no me gustan... Adems, los tiempos han cambiado;
ya soy otra...

--Dame, al menos, una leve esperanza...

--Voy de prisa... Me he detenido mucho... Si quieres dos pesetas...

Y se puso  buscarlas en su portamonedas elegante.

Dos chispazos de codicia y enojo se asomaron al famlico rostro del
galn. Tartamudo y cobarde, profiri:

--Me tratas como  un pobre mendigo; no te molestes, no...

Pero tenda con avidez su mano avillanada.

Puso en ella Rosita la limosna, y con mucho donaire y garabato le dijo
adis, subiendo  todo escape, para ahorrarle el sonrojo de su ddiva.

En dos brincos _Nenfar_ se plant en la taberna de la esquina, y ms
hambriento que enamorado, se consol de las ironas de la muchacha,
gastando su moneda alegremente...

Ya Rosita no supo del bohemio desde aquel punto y hora...




XIX


Con el pretexto de preguntar por la salud de Tristanito, Gracin hizo
una visita  la calle de Viclvaro, escogiendo la hora en que sola
Diego estar fuera de casa.

Eva le recibi con sobresalto; mas l, habilidoso y precavido, le
habl muy finamente, sin descubrir del todo sus intentos; slo se
vislumbraban un poquito, como si el manto de razn y prudencia que los
envolva fuse alzado en descuido inconsciente por un soplo violento de
pasin.

Pero, inquieta, luchando con el orgullo de su limpio linaje y sus
instintos ambiciosos, tena la hermosa todo el aspecto de una
delincuente; y la culpa, ya esquiciada en su indefenso corazn, se le
asom  los ojos hechiceros con un fuego sombro.

Como el nene segua mucho mejor y estaba ya resuelto su traslado 
la Montaa, se habl de este propsito con el tcito acuerdo de una
deliciosa temporada de intimidad en el remoto valle.

La visita, que pudo bien pasar por una correcta frmula de cumplido,
tom el aire malsano de furtiva confidencia, que dej en el nimo de
Eva un estimulante amargor de aventura prohibida.

Aliviada en la pena de ver enfermo al nio, y disfrutando aquellos das
de cierta holgura con el producto que Diego le entreg de la novela, se
ilumin la vida, toda exterior, de aquella mujer, y un desatado anhelo
de placeres la llev  consentir en la idea del pecado.

La actitud indiferente y despreciativa de su marido la tena suspensa.

Revelbase su vanidad ante el sumo desdn que en l vea, y un vago
sentimiento indefinible la obligaba  bajar los ojos y la voz en su
presencia.

Por primera vez desde su matrimonio tuvo Diego paz en su casa; pero
la triste paz del desamor, una calma penosa y desabrida de hogar
abandonado.

Para que Eva,  costa de todo, se lanzase al placer de la abundancia,
con libertad y gusto, era preciso que su esposo partiese cuanto antes.

Ya Villamor haba recibido de Amrica ventajosos ofrecimientos como
fruto de sus gestiones de literato emigrante. Desde Buenos Aires,
un gran peridico espaol le prometa sueldo cuantioso, y otras
publicaciones americanas solicitaban su firma que, mediante una lenta
labor de periodismo, se iba haciendo un envidiable puesto en la prensa
mundial.

Y al recobrar su confianza en el escritor, Eva crea muy prudente no
romper en absoluto con el marido. Pero era menester que fuse Diego
quien se humillase  ella.

A pesar del continente grave del esposo y del desdn supremo con que
la trataba por la vez primera, ella supona que aun el poder de su
hermosura le pudiera rendir embelesado y dcil  todos sus designios...

Slo las imprescindibles palabras cambiaban los esposos; cosas
referentes al nio  al viaje trazado  la montaa; pero Eva procuraba
que aquellas frases suyas fuesen tanto comedidas y dulces como Diego
las pudiera querer para mediadoras de una convencional avenencia. Su
primera medida salvadora, en tan rara ocasin, fu empujar  Tristn
hacia su padre y conseguir que el nio depusiera algo de la pasiva
hostilidad que, por instigacin de ella, le haba manifestado siempre.

Diego, que adoraba  su hijo, al ver que el nene le demostraba afecto
como nunca, sentase abrumado por el terror de perderle, tal vez en
breves das, y quedarse solo en el mundo, solo y triste en la cumbre
lozana de la vida, sin ver colmado el insaciable anhelo de su alma
sedienta de ternuras.

Entonces era cuando, velando el sueo de Tristn, pona su
atormentada frente entre las manos y cerraba los ojos para mirar su
existencia interior llena de afanes, para jurar fidelidad y amores 
una musa hecha con aoranzas, toda bella, un conjunto de arcngel y
mujer.




XX


Lleg junio caballero, muy sofocado, pleno de alegra. Las familias
veraneantes prodigaban sus visitas  tarjetas despidindose de los
amigos.

Tambin Eva sali  sus despedidas, con un traje flamante, muy bonito;
era de tonos claros y en las mangas y el escote llevaba guarniciones
transparentes; el sombrero, jovial y gracioso, adornado con flores y
cerezas, tenda sus alas con misterio sobre el bello semblante de la
dama, y una sonrisa alegre, mucho tiempo extinguida en aquel rostro, le
daba ahora ms encanto y realce.

Hizo varias visitas, aquel da, y, despus de algunas vacilaciones, ya
casi anocheciendo, fu  despedirse de Mara Ensalmo.

Encontr  la puerta del hotel el coche en que Mara regresaba de
paseo con Lali; pero Eva no se turb, humillada y molesta como otras
veces por el boato de su amiga, sino que, con mucho agrado y libertad,
la salud y bes  la nena.

Un poco recelosa se retrajo la nia hacia su madre, y sta disimul
un movimiento de extraeza viendo  la de Villamor tan solcita y
engalanada.

Juntas subieron la alfombrada escalera de mrmol orillada de palmeras
frondosas, y cruzando un vestbulo de lujoso paramento, entraron en la
elegantsima pieza donde la seora de la casa sola recibir.

Desde su postrera visita, ya lejana, hall Eva en aquel recinto
artsticas novedades; pero no puso en ellas con envidia los ojos, sino
que las contemplaba con delectacin, tal como si de ellas se aduease 
se estuviese recreando en el propsito de adquirir unas preciosidades
parecidas.

Entretanto, Mara buscaba mentalmente los motivos de la mudanza de Eva,
y sin dar con ellos, la oy decir:

--Quera darte las gracias por tus atenciones antes de marchar, y
anunciarte que vamos  ser vecinas este verano; yo tambin voy  la
Montaa, por fin. A Diego parece que se le van arreglando sus asuntos,
y como los mdicos dicen que es indispensable llevar al nio al campo,
ya lo tenemos todo dispuesto para salir de aqu antes que arrecie el
calor...

--Entonces, ya Diego no se embarca?--interrumpi Mara alegremente.

Y Eva se apresur  decir:

--S, s; est decidido  emprender el viaje, pero aguarda que se
reponga el nene.

Se quedaron silenciosas las dos, y Lali, que cea con un bracito el
cuello de su madre, pregunt con mucho inters:

--Va Tristanito al pueblo,  la casa aquella que est cerrada siempre?

--S, preciosa; vais  estar muy cerquita; los jardines lindan por una
tapia de madreselva y boj--le replic Mara.

--Ya, ya me acuerdo; es por aquel lado donde t dices que siendo
chiquitina jugabas mucho... qu contenta estoy! Me asomar  llamar 
Tristanito entre las flores...

Cort la nia su gozoso discurso como si un repentino temor le
acometiese, y, con viveza encantadora, se acerc  Eva, afirmando:

--Yo no tir  Tristn aquella tarde...

--No, hija ma--repuso la seora sonriente--, l slo se cay, porque
es muy torpe, y  ti el susto te hizo llorar, pobrecita!...

Y muy halagadora la di un beso. Luego dijo, tenindola abrazada:

--All, en la aldea, jugaris libremente el da entero. Tristn te
quiere mucho.

Alegre la chiquilla, se solt de los brazos de la dama exclamando:

--Ahora mismo se lo voy  contar  doa Cndida y  Rosa.

Y batiendo palmas corri fuera del camarn.

--Ya s--dijo Mara--que en el Retiro los nios suelen verse, y que el
tuyo se cay la otra tarde... Se hizo dao?

--Nada, mujer; pero como est delicado y mimoso, llora por cualquiera
cosita... Tu nena se asust. Los dos se quieren mucho.

--Cierto. Lali habla constantemente de tu nio... Y, dme, Eva: no
puedes evitar que Diego marche?

--No lo intento siquiera; es su deber probar todos los medios de salir
adelante con la vida... Ya es hora que le cumpla.

--Pero dicen que ha escrito una novela magistral, digna hermana de
aquella que le di tanto renombre. La publicacin de esa obra sera
para tu marido la consagracin definitiva de su fama de literato, y
pudiera en Espaa...

--La literatura se paga en Amrica mucho mejor que aqu. Ya ves cmo
otros escritores de prestigio emigran tambin.

--S; sobre todo  la Argentina; pero van muchos en viaje de
exploracin para hacer propaganda de sus obras con el pretexto
simptico de las conferencias internacionales... Preparan su mercado,
conquistan un pblico y se vuelven  su tierra.

--Pero mi marido no est en situacin de hacer excursiones artsticas
que cuestan mucho dinero. l fijar all su residencia para trabajar.

--Pobre Diego!--murmur Mara con acento levsimo.

Eva no haba odo esta exclamacin,  fingi no escucharla. Con
serenidad y reposo continu diciendo:

--Algunos espaoles, compaeros suyos, residen all, le animan y le
facilitan el viaje. No todos los artistas nuestros que han cruzado los
mares vuelven tan pronto como t supones... y Diego va para quedarse.

Indiferente, al parecer, pregunt Mara:

--Lleva mucho bagaje literario?

--Poca cosa... La novela, ya vendida, y un librito de versos.

--Sern muy hermosos--asegur con devocin la dama rubia.

--No s, porque  mi la posea me causa tedio, en rimas, en paisajes y
en amores.

--Yo, siendo de buena ley, la adoro en todas las formas.

--Pues yo--aadi Eva con desdn--estoy por lo positivo. No creo
que las ilusiones, las quimeras y las sensibleras puedan darnos la
felicidad.

Con sosiego de meditacin  de plegaria, Mara murmur:

--Acaso la felicidad es una quimera, acaso la ilusin es lo nico
cierto de la vida.

--T eres romntica; hubieras hecho con mi marido una buena pareja...
En algn tiempo te hizo la corte; aun guarda muchos versos dedicados 
ti.

Eva no advirti que su amiga estaba un poco emocionada, porque se
entretuvo pensando que de veras Mara y Diego se completaban mucho, y
ella en cambio...

Pase por el gabinete una mirada codiciosa, y en la sima profunda
de sus ojos brill una centella de perversidad. Lanzando  la
conversacin, sin cuidado ninguno, el nombre que tena en los labios,
pregunt:

--Y Gracin, cundo marcha  ese largo viaje al extranjero?

--Le ha suspendido para el otoo; dice que est cansado y va  pasar
el verano en el campo con nosotros... Har excursiones frecuentes  la
ciudad y visitas  _Las Palmeras_ para no aburrirse tanto.

--La aldea es una cosa muy aburrida y triste.

--As dice Gracin...

--La otra tarde le he visto en el Retiro con la nia.

--Nunca sale con ella; solamente esa tarde que dices fu  llevarla en
busca de Tristn. Lali me dijo...

Un poco acelerada,  pesar suyo. Eva ataj las palabras de su amiga
para explicarle su encuentro con Gracin y su detenida pltica en el
complaciente rincn del parque, suponiendo que la nia hubiese contado
todos los detalles de la entrevista.

Pero Lali, sin malicia ninguna y atenta  sus antojos infantiles,
refiri nicamente que ella misma le suplic  su padre que la llevara
al sitio donde otras veces encontraban  Tristn.

Y as, fu tan ociosa la explicacin de Eva, que Mara, mirndola en
silencio, sinti crecer la turbacin extraa que en su espritu dejaba
siempre el trato con aquella mujer incomprensible.




XXI


En este punto embarazoso de la visita, Gracin se hizo anunciar
discretamente, y  poco entr en la estancia con un feliz gesto de
vanidad y triunfo.

Tom entonces la conversacin giros alegres, y recay en el prximo
viaje de ambas familias  un mismo pueblo montas.

--Pueblo de pesca--exclam Gracin, festivo--; yo creo, seoras, que
debemos tomarle  pequeas dosis, en clase de medicina corporal,
pero con precaucin, para que el nimo quede ileso de nostalgias y
enfermizos decaimientos... Debemos ir con frecuencia  la playa de la
ciudad, que va  estar muy animada, segn mis noticias.

--Yo estoy invitada en _Las Palmeras_ con mucho empeo--dijo la
de Villamor, y dirigindose  Mara, que permaneca silenciosa,
aadi:--T irs tambin.

--No le tengo cario  aquella casa--respondi, la seora con un tono
muy desusado en ella.

Eva, con intencin astuta, se apresur  decir:

--Cre que guardara para ti adorables recuerdos...

Y dirigi  Gracin una mirada, viva y fugaz, como estival relmpago.

Despus continu hablando con su amiga:

--No ests con tus tos en buenas relaciones?

--Ni buenas, ni malas... Siempre les he querido poco.

--Pues  ti bien te quieren.

--Me quiere Rafael.

--Y eres ingrata?--interrog, muerta de risa, Eva.

Sin alterarse ni dejar de mirar atentamente la punta fina de su bota
imperial, Mara dijo:

--No soy ingrata, que tambin le quiero yo.

--Ya lo oye usted, Gracin--exclam Eva, un poquito burlona.

Y ste, con sorna, asegur riendo:

--Me est dando un cuidado terrible esa noticia.

Indiferente  estas bromas punzantes, la dama rubia segua contemplando
con suma atencin sus botitas menudas, y Eva, picada por aquella
actitud y aquel mutismo, dijo de pronto, con penetrante acento:

--Pues yo ir  divertirme  _Las Palmeras_ si el nio sigue bien.

Y se levant para marcharse.

--Procuraremos que se divierta usted--repuso con intencin Gracin.

Y, muy galante, quiso acompaarla, porque era ya de noche, y una mujer
bonita, sola por la calle en Madrid...

Acept Eva sin excusa la interesada oferta, y entonces  Mara se le
ocurri decir:

--Tambin va  _Las Palmeras_ Casilda Manrique.

La mir Gracin con fijeza y encono, replicando:

--Y har una excursin  tu casa del valle; en honor suyo daremos una
fiesta.

La de Villamor, poco enterada de mundanas intrigas en aquel tiempo,
sintise llena de curiosidad por descubrir aqulla, cuyo velo se alzaba
casualmente ante sus ojos.

Mara la pregunt, sin contestarle nada  su marido:

--Qu ttulo le pone  su novela Diego?

--Uno muy triste: _Caminos de dolor..._

Ya en el vestbulo, Rosita, un poco plida, le present el sombrero al
seorito y abri la rica puerta de bisagras de bronce y esmerilados
cristales.

Extremando los cumplidos con Eva, se la llev del brazo el caballero.
Bajaban la elegante escalera muy alegres, en ovante coloquio; y sola en
su cuarto, Mara se acerc  la ventana abierta sobre un breve jardn
lleno de flores, y alz al cielo los ojos, murmurando:

--Caminos de dolor... crueles caminos!




                             LIBRO TERCERO

                         EL HIERRO DEL ESCLAVO




I


Fuera del radio de la villa, huyendo hacia la hoz, la casa de Ensalmo
seoreaba el valle montas, un valle triste y hermoso, acosado por
nieblas y montes, cruzado por el ferrocarril en trgica senda lograda
entre abismos y torrentes, que ms parece alarde fantstico de la
imaginacin que obra posible de ingeniera.

La poblacin histrica y blasonada que llama suyo  este valle, qudase
 lo lejos tendida en ms llano y espacioso terreno, con cimera de
torres y de cruces que en conventos y torres gallardean, dndole al
pueblo un carcter fuerte y vetusto, con algo de austeridad y mucho de
altivez clsica.

Esta villa ilustre que vejeta orgullosa de sus recuerdos, ufana de sus
escudos y blasones, nada quiso con el ferrocarril pregonero de modernas
industrias, y bien hallada con su quieta vida de antao, le vi pasar
 la distancia sin importrsele un ardite sus humos y sus silbidos,
mirndole de soslayo, con grave ceo, zigzaguear por las montaas como
un monstruo fugitivo que no hallase la salida en la cntabra cordillera.

Semejante  las que en la villa dorman solitarias esperando algn
fugaz veraneo de seores caprichosos, la casa de Mara daba la
impresin de haberse escapado del poblado recinto, curiosa de ver el
tren, de atisbar la carretera  de asomarse al Besaya en sus cauces
tormentosos.

El azar  el orgullo la pusieron como reina en el medio del valle,
y en su clase de solariega fu conocida en la comarca con el nombre
pomposo de el palacio de arriba. Era antigua y severa como casona
hidalga, con muros de avellanadas piedras, robusta puerta de toscos
herrajes, grandes y recios balcones, volados aleros llenos de nidos de
golondrinas, blasn rado por la lluvia y comido por el musgo, ancho
zagun y altiva portalada. En los callados aposentos del edificio
flotaba el gran espritu de antao, ese aroma del tiempo que perdura
en los vetustos muebles y en los gastados artesones como el soplo
inmaterial de un alma. Y aderezando aquellas estancias silenciosas,
mueblaje escaso y macizo de venerables tallas y oscuro color; antiguos
cueros y sedas marchitas; lienzos crepusculares donde emergan un
rostro plido, unos ojos ardientes, una mano aristocrtica; amn de
muchos libros en pergamino, algunas armas ociosas, y viejos paramentos
apolillados por cuyos desgarrones asomaban los hierros de un cofre 
los marfiles de un bargueo.

A esta grave mansin le hacan la corte, puestas  respetuosa
distancia, algunas viviendas labradoras, y como dama de honor la
acompaaba, muchos aos haca, una casita burguesa cuyo jardn mediaba
con el parque de Ensalmo por un florido lindero. Era esta casa la nica
hacienda que Diego Villamor haba podido salvar de las voraces manos de
su esposa.

Por casualidad  premeditacin, las dos familias  quienes el campo
separaba con una linde en flor, llegaron  la Montaa con pocas horas
de diferencia, y desde luego los nios iniciaron tan ntimas y dulces
relaciones, que el trato entre ambos matrimonios qued abierto bajo
los mejores auspicios. Eva lo procuraba as. Gracin, por su parte,
apercibise  conquistar la voluntad de Diego, que nunca muy cordial
se la mostrara; y con la frecuencia de sus visitas  invitaciones, se
manifest con los de Villamor solcito y amable en alto grado.

Pero este vulgar sistema de congraciar al marido cuya mujer se
persigue, pudo Gracin ponerle en juego muy pocos das, porque fu
el caso singular que, estando Diego avaricioso de su amada tierra y
contento con ver mejor que nunca al nio, dijo de pronto que tena que
volverse  Madrid inmediatamente. Dispuso su maleta, y tom el tren en
la estacin que distaba un kilmetro apenas de la finca.

Por qu Diego se alejaba de aquel modo inesperado y brusco?... Iba
conmovido, agitado, qu fuerza le ahuyentaba?

Que eran celos crey Eva, feliz con inspirarlos y orgullosa.

Gracin supuso que era una atroz cobarda de rival, abandonando la
plaza apenas descubierto un enemigo formidable.

Algo decay entonces su inters en conquistar  Eva, vindose
incapacitado en el papel del amigo traidor; que aunque la hazaa no
era nueva ni airosa,  Gracin le sedujo como aventura jams llevada
 cabo, porque tal vez ni en lances amorosos ni en otras lides, fuse
el portento aquel ms que un pobre hombre, afortunada parodia de
Rostchild y _Don Juan_.




II


Nunca imaginara el poeta que aquel descanso apacible en el valle natal
hubiera de ser tan breve. Mientras luch en la corte, en lucha mezquina
y triste, sostvole la esperanza de dar reposo  su cuerpo y  su
espritu con la vida sedante de la montaa. Mas, apenas llegado al
campesino hogar, vi deshecha la ltima ilusin, que ni aun entonces le
consinti sosiego su mala fortuna.

Sucedi hallndose una tarde en el jardn las familias vecinas gozando
la dulzura del ambiente.

--Yo no conozco el parque--dijo Eva.

Y Gracin, muy atento, la invit  recorrerle.

--Qudate t conmigo--rog  Diego, Mara.

l, un poco turbado y muy alegre, sentse al lado suyo mientras la otra
pareja se alejaba.

Absortos en la plcida quietud del paisaje parecan estar los dos
amigos; pero no, que miraban fijamente, obstinados sin duda en una
idea, el camino que seguan Eva y Gracin.

Ya tocaron los paseantes el lindero del bosque; se internaron en l...
se borraron en la sombra.

--Qu silencio!--suspir Mara.

--S; qu paz y qu belleza la del valle!

--El valle tuyo y mo... No te acuerdas cuando ramos aqu los dos
felices?

Ni ella puso en duda que Diego fuse ahora desgraciado, ni l trat
de negar que Mara fuera infeliz. La mir  los ojos mucho, mucho,
como aquella sola vez que en largo tiempo se acerc  mirarla, y dijo
nicamente:

--Siempre me acuerdo.

Sosteniendo la mirada del poeta se le llenaron  Mara los ojos de
lgrimas.

--Sufres mucho? es de veras?--interrog l, con anhelo piadoso.

--No cabe en las palabras lo que sufro...

--Por qu no me lo cuentas y te alivias?... Como hermanos hemos vivido
aqu; ten confianza en mi amistad; ya sabes cunto te quiero.

--T tambin sufres...

--Pero soy hombre, y puedo con mi pena y la tuya.

--Y te vas  marchar lejos y solo, cargado con dos penas?... Pobre
Diego!...

--Si t me compadeces ya no ser tan pobre... Tienes lstima para m?

--Lstima slo?... Y cario tambin; y admiracin; llorando he
aprendido  quererte... Ahora s todo lo que vales...

--Qu alegra, que alegra tan loca!--exclam Diego  solas con su
alma.

--Ya no me compadezcas--dijo en seguida con expresin radiante--, soy
dichoso.

Incrdula, Mara, replicle:

--Dichoso?... No lo creo... Es que lo sueas...

--Sueo divino del amor de un ngel!

--Amor?... Amor?... Ay, Diego, me da espanto esa palabra
hermosa!... Yo te quiero como una hermana tuya; como tu compaera de
infortunio...--Y en voz muy leve,--pero no con amor... de ese que
dices--aadi suspirando.

--Pues yo--dijo el poeta, con un mpetu entre plcido y fiero--yo
te adoro desde que eras chiquita como Lali; creci mi amor contigo,
y tus desdenes dormido le dejaron en mi pecho durante algunos aos;
ya despert, Mara; est despierto, lozano como nunca, brota flores,
lgrimas y cantares... Perdona si soy poco valiente y te lo digo en
la primera hora bendita en que tus ojos me miran con piedad y con
ternura... Perdona y no rechaces mi confesin...

--Tal vez te engaas, Diego--murmur ella temblando.

--He querido engaarme suponiendo que esto que yo senta eran slo
fuegos fatuos de la imaginacin; el recuerdo personificado del valle
montas; algo de romanticismo nebuloso, de espuma sentimental; pero
he sentido en el alma el estremecimiento de unas hondas races, la
voz ntima y fuerte del verdadero amor, ese sublime arrebato de los
sentimientos, ese alimento sobrehumano ansioso de la eternidad...

--Me das miedo; no hables as... Acaso yo misma provoqu tu
confidencia... He sido una imprudente.

--No; mi secreto ha volado  buscarte no s cmo, no te debe inquietar;
l te revela que por encima de todo dolor y de todo obstculo hay quien
sigue con amor y respeto las huellas de tu vida, que hay un hombre en
el mundo  quien le duele en el alma la injusta suerte de una mujer tan
noble y tan hermosa...

Trastornada, con las manos cruzadas sobre el pecho, ella exclam:

--Dios mo!...

--Dme que no te ofendo con amarte de esta manera delicada y pura.

--Ofenderme?... Si me obligas  una gratitud inmensa,  una devocin
constante... Pero temo que ofendamos  Dios.

--No temas nada. Este es un cario amasado con todo lo ms exquisito y
noble que puede haber en el fondo de mi naturaleza, y que tiene, para
mayor santidad, la levadura del dolor; es un desinteresado cario que
nada quiere para s, que slo pide un poco de clemencia  cambio del
consuelo que te ofrece.

--Mis desgracias te atraen...

--Y tus virtudes; la hermosura admirable de tu alma; la gallarda con
que llevas la cruz que te atormenta...

--Es mi deber...

--Pero un deber en forma de suplicio; un deber que te oprime y
te maltrata... T me has dado un ejemplo de fortaleza y de valor,
tan grande, que me has cambiado en otro hombre til y valeroso. La
desesperacin que me consuma es arrogancia ahora; ya me siento capaz
de acometer las empresas ms altas, de luchar y vencer en nobles lides.

--Calla, calla; parece que deliras...

--Mi elocuencia te parece un delirio. A m tambin me asombra esta
divina fiebre de inspiracin que late en mis palabras. Todo el tumulto
de mis sentimientos se me agolpa en el corazn, encendido en la eterna
llama del amor, y me siento feliz y poderoso.

--Ests alucinado, ests enfermo... Me vas  contagiar con tu
locura--balbuci Mara, presa de ansiedad y emocin.

--Estoy redimido por ti; el aliento ideal de tu espritu ha penetrado
en el mo, y esta comunin de nuestras almas me ha dado la fuerza.
Has despertado el profundo sentimiento religioso que en m dorma,
el anhelo del sacrificio... Me has revelado mi propio corazn,
alumbrndole con la luz de la verdad.

--Y en tanto el mo, va quedando en tinieblas...

--En tinieblas el tuyo?... No, Mara, nunca la sombra te podr
oscurecer.

--Pues tus palabras caen sobre mi vida como una niebla que me envuelve
toda.

--Puede ser una niebla que te oculte los abrojos fatales del sendero.

--O el abismo que me acecha traidor...

--Desconfas de m?

--De esa pasin que cuentas desconfo... y tambin de la ma!--clam
ella con la voz amargada y sollozante.

Entonces Diego, con exaltado acento de ternura, exclam:

--Tu pasin!... Bendito sea este divino hallazgo de dos almas! No me
sorprende, yo le presenta; he venido  este valle tuyo y mo con la
ilusin celestial de quien acude  una cita de amor siempre esperada.

Alzse Mara de su asiento, demudada y tremulante.

--Yo no te he dado cita... Cundo?... nunca!... De veras que ests
loco...

--No me la di tu boca, ni tu mano, ni tus ojos siquiera. Me la di
tu alma, no lo niegues; la ma te buscaba por voluntad de Dios, por
impulso irresistible y santo; y la tuya, piadosa y obediente al supremo
designio, me cit en este huerto memorable  la luz de la luna... No
te acuerdas?

Como evocado por el devoto acento del artista, un haz de luna espaci
en el paisaje su reflejo, heraldo de la noche.

Tendise en las montaas la tristeza infinita del atardecer cntabro,
esa lenta y profunda declinacin del da, que produce en las almas
sentimentales un sacudimiento de lgrimas y oraciones.

Sealndole  Mara el astro que bajaba por el cielo, Diego murmur:

--Ya acude como testigo.

Y ella, seducida por la aparicin encantandora, vacilante, repuso:

--Me haces perder el juicio. Eso que dices, ha sucedido acaso,  es un
romance de los que t inventas?

--Es un trozo de poesa palpitante que arranco de nuestra existencia,
y te le ofrezco... Un romance parece por lo hermoso, y t y yo le
vivimos.

Sacudi la seora su cabeza rubia como para librarse de aquella
fascinacin, y afirm luego:

--No se vive en romance; estamos hablando muchos desatinos... La vida
es un tormento que hay que resistir con firmeza.

--Y si Dios nos enva el inefable consuelo del amor?

--Amor culpable Dios no le bendice.

--Yo no te ofrezco un amor condicional y transitorio, fiado  la hora
presente, un amor de ocasin y de venganza que Dios no puede consentir;
te estoy hablando de nuestra boda espiritual, del santo desposorio de
nuestros corazones. El sufrimiento une las almas con lazos mucho ms
firmes que los de la dicha... Deja que nos enlacen nuestras penas!

Sentada otra vez en el banco junto  Diego, con una voz adelgazada y
lenta, Mara murmur:

--Es imposible!

Y l, henchido de gozo al verla conmovida y vibrante.

--No tiembles--le deca--, no te asustes de m; yo soy tu amigo y tu
hermano, adems de adorarte con toda mi alma de hombre y de poeta,
con todo cuanto hay en ella de eterno y de divino... Estbamos
predestinados el uno para el otro, y hemos peregrinado entre dolores
para amarnos mejor y ser ms buenos... Ya el destino se cumple y aqu
estamos en la cita de amor, cita de boda...

Mara, con los ojos errantes en el cielo, abismada en deliquio
sentimental, confirm:

--S, se cumple el destino...

Ebrio de felicidad quiso el poeta besar las lindas manos de la dama,
pero ella, volviendo de su xtasis, le dijo con entereza y con dulzura:

--Ni siquiera la punta de los dedos.

l entonces, humilde y reverente, se arrodill  besarle el borde del
vestido.

Hacia el lado del bosque se oy rumor de risas y palabras, y Mara
inquietse murmurando:

--Ya vuelven!...

--As nunca volvieran!--profiri Diego, y se levant con el semblante
hmedo, de lgrimas quiz,  del roco de algunas florecillas que al
inclinarse acarici en la hierba.

Un suspiro de la noche se desliz sobre los campos y arom la vida.

En el celaje sereno se extendieron las estrellas con mansedumbre de
bendicin sacerdotal.




III


Horas intensas y milagrosas fueron para Mara las que siguieron  su
cita de amor con el poeta.

Toda la noche la pas celando sus sentimientos, en desafo con una
tormenta de impresiones, bajo la cual temblaban su conciencia y su
corazn.

Sola en su estancia, sola en su lecho, con los ojos cerrados y el
alma abierta, sintise desfallecer de miedo y de felicidad. Era al
principio su miedo oscuro y silencioso, sin voz y sin imagen, un pavor
inconsciente, con sensacin de vrtigo; y su felicidad era precisa y
luminosa, era un halago desconocido y puro, que la meca como en una
hamaca y la cantaba con la voz de Diego romances deliciosos, colmados
de promesas y glorias y alegras. En su espritu difano aquella dicha
nueva y potente no poda quedar indefinida ni confusa, y as al nacer
ya tuvo un nombre, una forma y hasta un destino; fu la realizacin
de sus callados anhelos, el sazonado fruto de su corazn, cultivado
en secreta vida de arte espiritual, la recompensa de sus inmerecidos
padeceres. Fu el amor con toda su fuerza, con toda su hermosura; pero
ay!, que desde la celsitud de este amor pleno, el vrtigo agitaba
sobre Mara sus alas amenazadoras con un pnico soplo de exterminio...
Enemiga de las sombras, diestra en luchar con los fantasmas de la
imaginacin, esforzbase ella en descubrir la traza y origen de aquel
miedo, que la haca temblar, como una hoja, en la altura sublime de la
felicidad. Miraba en torno, y una luz celeste baaba su conciencia y
su corazn, corazn y conciencia que temblaban en el bao de luz!...
Aquel terror funesto, de dnde vena? La atraccin del abismo le
di  la enamorada la respuesta. Vena de la tierra, de lo humano...
El peligro era cierto, la amenaza inexorable... Que cmo se llamaba
aquel peligro?... No lo supo Mara; pecado?, deshonor?, traicin?...
No atin con el nombre, pero lo mismo daba; cualquiera de aquellas
cosas tristes, todas juntas acaso; el espritu escudriador y noble
slo encontr la boca del abismo, el lugar oscuro de donde emerga la
trgica sentencia... De quin era la voz que sentenciaba contra la
inocente pasin recin nacida? Era una voz oculta, atrayente y fatal;
voz sorda y varia, que tan pronto pareca gemir sumisa y feble como
ronca gritar con acentos brutales. Atento, muy atento el odo, Mara
escuch la voz amenazante, fijos los ojos en el secreto arcano donde
echa sus races el dolor; y acert quin hablaba con voces poderosas
y altivas, con roncos gritos y gemidos truncados; era la vida, la
naturaleza, cuanto hay en la criatura de miserable y perecedero...

Noche trgica y grande! Toda entera la vivi Mara en lucha denodada
entre luz y tinieblas, triunfando en el placer ms exquisito al borde
de una sima de llanto.

Ni una duda, ni una confusin, dejaron su huella sombra en el drama
silencioso de aquella mujer. Ningn mal artificio la envolvi en sus
lazos engaosos, que ella sali valiente  encontrar los riesgos de su
pasin y de su dicha. Segura de que en el amor no se vive sin dolores,
escogi de stos los ms puros, y sobre la santa desgarradora de su
carne joven y hermosa seal  su corazn un camino blanco y triste,
una alta senda de sacrificios y renunciamientos.

Guardara su amor como una joya espiritual, en avaro secreto, todo para
ella, qu otra cosa ms suya, ms eternamente suya que aquel fuego
sagrado encendido en su corazn?... As oculto el tesoro, nadie se le
podra daar ni perseguir, y aposentara en su pecho, hasta la muerte,
aquella gran tristeza, llena de extraa dicha...

Alboreciendo ya, por el balcn entreabierto al aire libre de la sierra,
penetr la claridad, tmidamente, en el hondo aposento de Mara.

Del huerto y de las campas la ofrenda del aroma se desliz tambin
hasta el dormitorio, y adquiri la beatitud de la alborada una inocente
expresin de plegaria infantil.

Por cumbres y veredas montaraces las esquilas sonoras del ganado
dejaban una estela de vida brava y saludable.

La campanita aguda de la Virgen del Camino toc el _Angelus_, y la
maana, desembozndose sobre la vega en lnguido desperezo, qued
mecida en un mstico acento de oracin.

Rez Mara al son de la campana, incorporada en su lecho, con las
rubias trenzas flotantes y la mirada llorosa.

Su ruego, triste y dulce, tena arrullo de lgrimas, fervores de
alabanza y de resignacin, clidos tonos de jurada promesa. Apenas le
pronunci, el gozo de la paz descendi sobre ella y su alma, sana y
fuerte, se apacent  la luz de un divino consuelo.




IV


Alto el sol en los cielos, sinti Mara en sus manos, tendidas sobre la
colcha, unos besos muy dulces y mimosos. Despert sobresaltada... Le
tembl en los labios un nombre, en pugna entre el sueo y la realidad;
y, ruborizada, toda estremecida, mir alrededor. Los besos eran de
Lali, que la contemplaba sonriente, en una larga caricia de sus ojos
dorados.

--Hija ma!--murmuraron los labios temblorosos, y Lali qued envuelta
en abrazo frentico.

Sorprendida la nena por la vehemencia de aquel abrazo, pregunt:

--Me quieres ms que ayer?

--Siempre ms, ngel mo... Si t supieras cunto!...

Abri la nia anchamente los ojos, con gentil mueca de placer, diciendo:

--Qu gusto que me quieras as!

Bes otra vez las manos de su madre, trmulas todava, y alzando sobre
ella un dedito muy mono y chiquitn, la ri:

--Dormilona; son las once del da, y t en la cama!

Corri al balcn entornado, y abrindole, traviesa, el cuarto se llen
con sol de cielo y con sol de los ojos de la nia...

En la regin abrupta de Cantabria el gozo del verano, breve y nico en
la naturaleza, se viste de alegra salvaje que arrebata y conmueve,
por lo extraa en un pas donde, igual que las almas, valles, montes y
cielos tienen siempre un halo de pesadumbre, una luz de crepsculo y
ensueo que parece trenzada con lgrimas y nieblas por el ngel de la
melancola. Y hasta en el pleno triunfo del esto, con el atardecer y
la alborada, la cntabra tristeza se estremece en los paisajes y los
corazones!

Nimb  Mara el esplendor de julio radiando en su aposento, y poseda
del inmenso alborozo de la hora, sinti que su existencia se llenaba de
sol.

La pareci la vida nueva, dorada y sonriente como las pupilas de Lali;
el valle era distinto, un valle de leyenda y fantasa, quimrico
lugar donde las ms acariciadas ilusiones tomaban forma y nombre en
realidades llenas de poesa y sentimiento...

Tan bella como nunca, con fulgores de pasin y de herosmo en el
semblante, acudi Mara, horas despus, al proyectado paseo de la
jornada.

La vspera haban convenido Diego y Gracin en ir hacia Reinosa, por
las hoces, que Eva no conoca.

Salieron  las cinco de la tarde, cuando ya en el hondo camino que iban
 seguir haba cado la sombra huraa de la cordillera.

En un grupo amistoso iban los cuatro, y hubirase podido suponer que
la dama morena y el galn caballero que la codiciaba, se divertan
audazmente  costa de la seora rubia y el poeta,  juzgar por algunas
miradas y sonrisas, algunas frases dobles y mordientes, saturadas de
malicia y desdn.

Pero difcil era imaginar que detrs de la apariencia inofensiva de
los don burlados, palpitaba una historia de gallardo amor, que era
el tremendo desquite, la venganza providencial y magnfica de aquel
mezquino antojo de Gracin y aquella loca vanidad de Eva.

Percatados de la mundana broma de que eran objeto, Diego y Mara
saboreaban el encanto sutil de tener en sus manos el castigo de aquella
burla tan vulgar y frvola; porque la posesin de la venganza que no
se ha buscado ni se realiza, es un fino placer que no desdean los ms
delicados temperamentos... Grano de sal tica y sabrosa que sazona la
vida,  qu espritu luchador y noble le habr sido extrao?; en la
eterna farndula del mundo su sabor agridulce pone siempre una amarga
sonrisa de escepticismo, una mueca de piadosa irona en las ms bellas
almas, bajo los apacibles antifaces...

Gracin, el poderoso, estaba ajeno de tener  su lado un goce superior
que jams gustara. Ponderando la majestad augusta del paisaje, se
encar con Diego para decirle con protector acento algo insidioso:

--El ruiseor montas debiera de cantarnos esta hermosura esplndida...

Ya no era Diego el tmido doncel  quien Gracin confunda con
sus ojos dominadores y su oratoria relumbrante; mir al buen mozo
fijamente, y contest muy serio:

--Estoy cantando.

--Pues no oigo nada...

--Porque estar usted sordo para ciertos cantares--dijo Diego con tal
entonacin que  Gracin se le qued helada entre los labios una blanda
sonrisa mofadora.

Para disimular su desagrado pregunt  las damas:

--Y ustedes, oyen algn cantar?

--Yo tambin estoy sorda para cnticos--murmur Eva  media voz.

Mara, un poco plida, se estuvo silenciosa, tal vez escuchando la
cantiga secreta; y por iniciativa prudente de Gracin, la conversacin
tom distinto rumbo.

Pero qued algo tirante la cordialidad entre los dos seores. Por
encima de su carcter sereno y retrado, Diego devolva  Gracin
burlas y stiras, en ataque certero ms que en defensa tolerante.

Gracin se reportaba cortsmente, como si en clase de rival afortunado
quisiera mostrarse generoso con su vctima. Y  cada momento miraba al
poeta con menos osada, con el vago recelo de que aquel hombre fuse
ms que un ruiseor, acaso un ave altiva con garras temibles, como
los azores que rasgaban el espacio sobre aquellas montaas altaneras,
encumbrando la gloria de sus giros hasta el celaje remoto.




V


El paseo fu largo,  travs de una senda tortuosa y trgica que Diego
conoca. Los accidentes de la vereda brava sobre el ro, desatado en el
cauce profundo de las hoces, se prestaron complacientes  los ntimos
coloquios del amor y la tristeza y tambin  los vanos juegos de la
coquetera y el capricho.

Eva y Gracin pareca que llevaban prisa; se adelantaban de sus
compaeros con tanta ligereza de paso como de conversacin y
sentimientos. Iban veloces, impacientes, livianos. Cuando se haban
alejado largo trecho de la otra pareja, detenanse un momento 
esperarla, y sin llegar  reunirse con ella volvan  correr sobre el
camino, encorvado y peligroso, encima del Besaya, que gema en hervores
torrenciales.

Mara y Diego caminaban despacio y abstrados en el lenguaje de sus
corazones, que suba  los labios,  los ojos,  la cumbre dorada de
la cordillera y al mismo cielo, luminoso y puro, para bajar despus,
tremante y angustiado, al fondo del torrente, estremecido en sus
crenchas de verberantes espumas.

Fu Mara la ms diligente y animosa para romper el encanto de los
primeros instantes de soledad, en que entablaron las miradas un mudo
lenguaje de inquietud.

--Es necesario--dijo, con un treno dulcsimo en la voz--que ya no
hablemos nunca como anoche.

--Entonces me condenas  no verte jams.

--No; que hablaremos como hermanos y amigos.

--Lo exiges?

--Te lo ruego.

--Para obedecerte ser preciso que huya de tu lado.

--Tan poco valor tienes?

--A veces el huir es una hazaa de valor y honradez.

--No decas que era posible un amor sin delito entre los dos?

--Ayer habl el poeta; hoy el hombre no teme al amor absoluto que t
llamas delito, pero el caballero tiembla al pensar que su pasin arroje
una sombra, un dolor nuevo sobre tu santa vida.

--S, s; dolor y sombra, y pecado tambin, nos amenazan, Diego.

--Amor de este linaje todo lo ennoblece y Dios lo mira con piedad; al
mundo temo, y le temo por ti.

--A una mujer que atropella su honor, que falta  sus deberes, ni Dios
ni el mundo pueden perdonarla.

--El honor... el deber...--murmur Diego--mi conciencia vacila en
esta lucha atroz de sentimientos que pugnan con todas las arraigadas
creencias de mi vida, y estoy odiando ese montn de leyes y
convencionalismos que atan un corazn  perpetuo yugo sin dejarle ms
esperanza que la muerte.

--Son decretos del cielo los que atan as los corazones--protest Mara
con mansedumbre.

--No; son absurdos lazos con que el mundo encadena. El amor es un
sentimiento que nace libre por ley divina.

Una llama de ansia rebelde prendise en estas frases, y la mansa voz
implor desgarradora:

--No hables as, por compasin; tus palabras atraen como la sima. Al
escucharte, el vrtigo me envuelve y me sacude, y me invade una loca
tentacin de lanzarme  las regiones de esa pasin desatinada que
oscurece conciencias y caminos, y vuelve las creencias al revs... T
no querrs perderme, condenarme, hacerme llorar siempre sin consuelo...

--No, no, jams!--prometi el artista con vehemencia ardorosa.

Estaban en un tajo del sendero florecido en las peas. Abajo, muy
abajo, el ro sollozaba entre juncales, despeado en el fondo de las
hoces.

--Mira--dijo empaecida la suplicante voz de la mujer--, mira cmo
atrae esa hermosura trgica del torrente, esa profundidad de la sima
con misterio de tumba... Oye cmo las aguas parece que dan gritos y
nos llaman para contarnos un atroz secreto... A poco que estuviramos
mirando, curiosos como ahora y anhelantes, el vrtigo nos empujara y
no habra salvacin para nosotros.

Y una mano, frgil y ntida como las espumas del Besaya, tendase
hacia el precipicio en proftico ademn.

Diego, espavorecido, se apoder con fuerza de la mano breve, la detuvo
en las suyas protectoras, y ofreci con acento seguro:

--Har lo que t quieras, lo que mandes, no pienses en peligros ni
en desgracias que te vengan por m. Maana regresar  Madrid con el
pretexto de alguna urgencia literaria; activar los preparativos de mi
viaje  Amrica y en septiembre me embarcar.

--Sufrirs mucho--se lament la enamorada triste.

--Eso es lo que deseo: sufrir hasta desgarrarme las entraas, y
saborear el excelso placer de vivir muriendo por amor tuyo.

--Tanto, tanto me quieres?--averigu temblando el clavel de la boca de
Mara.

Con abrasada voz, exclam Diego:

--Con un amor tan fuerte y decisivo que lleva dentro todos los amores
divinos y humanos... Te quiero como quise  mi madre, como adoro  mi
hijo, como venero  Dios... y adems, ms todava... mucho ms.

Palideci el clavel de los labios preguntones, al proferir:

--Calla, calla; blasfemas...

Pero la voz de fuego, interrogaba.

--Y t, me quieres mucho?

Qued muda la boca roja y dulce, y al cabo de un silencio torturante,
respondi con firmeza:

--S; te quiero tambin inmensamente.

Diego, transfigurado, fervoroso, murmur:

--Pues no llores, no padezcas sin buscar las dulzuras benditas del
dolor. Tenemos en nuestros corazones el secreto de la felicidad, que no
consiste en una bienandanza pacfica, sino que es el ejercicio de todas
las facultades del alma, la lucha heroica de todos los sentimientos, en
torno  una gran pasin... Slo aquellos que aman mucho saben lo que es
felicidad...

--Y aunque pasen los aos--dijo ella, avara de la prometida ventura--,
me querrs siempre?

--Para los sentimientos eternos el tiempo no existe, y el mo es de los
que alcanzan ms all del tiempo y de la muerte.

Cayeron estas graves palabras del poeta en el hondo misterio de la sima
y se acordaron con la eterna cancin de las aguas, con esa estrofa
inmortal que rueda por el mundo en cadencia de plegarias, arrullos
y sollozos, besos interminables, y silbos desesperados de agona;
porque tal vez sea la voz humana  quien Dios ha confiado la misin de
perpetuar toda la poesa, el dolor y la gloria de los grandes amores
que pasan por la tierra peregrinos y errantes en las almas...

La tarde moribunda se recost  la sombra de los montes.

Eva y Gracin hicieron por fin un alto decisivo para entrar en la
vega con los rezagados paseantes. Marchaban los cuatro en extraa
conturbacin, como si llevasen el peso de una noticia sorprendente...
En tan rara actitud les hall la luna al asomarse al llano; la luna
llena, que mostraba en la redonda faz un gran asombro...




VI


Un beso muy largo  su hijo, y  su mujer un ruego as:

--Quisiera que me dieses  menudo noticias de Tristn.

--Pero, vas de viaje?... Cundo?... A dnde?--pregunt Eva, atnita.

Y Diego, con voz sin inflexiones ni matices, dijo:

--Maana, en el correo que pasa por Santacruz  las ocho, vuelvo para
Madrid. Entre los peridicos llegados encuentro ahora una noticia que
me fuerza  marchar.

--Volvers pronto?--insinu, queriendo ser amable, la seora.

--Ya veremos--repuso el desertor evasivamente. Y no hubo medio de
hacerle dar ms explicaciones sobre su repentina determinacin.

En vano Eva mariposeaba en torno del viajero mostrndose solcita para
ayudarle en sus preparativos. l, mudo y serio, dilos por terminados
con presteza y se retir  su cuarto sin ms despedida que decir:
adis, levemente.

Una hora antes, al dar las buenas noches en el jardn de Ensalmo, toda
su alma se ofrend  Mara en una llama intensa de los ojos y en un
acento roto de la voz.

Fingiendo inesperada la partida, dej Diego en su casa un recado
despidindose de los seores vecinos, y Mara vi con impasible rostro
la chanza con que Gracin comentari el suceso,  la siguiente maana,
calificando de fuga aquel viaje. Tan alta risa arm, y mostrse
tan despreocupado en sus burlas y alusiones, que los ojos azules y
apacibles se clavaron en l un largo rato, fijos, fijos y desdeantes
con una expresin que oblig al osado  pestaear con cautela, como si
el sol le diese en la cara de lleno.

Despus de haber evitado con precaucin el dardo lancinante de aquella
mirada, por dos veces seguidas se volvi Gracin  contemplar  su
mujer, dudando si lo que en ella le sorprenda era altivez, amenaza 
desprecio. Lo que fuse le sentaba tan bien  la dama rubia, que su
esposo, mirndola, aadi  la sorpresa del descubrimiento una desusada
admiracin; y aunque la quiso hablar galante y fino, ella se alej
lentamente con traza distrada. La blancura espumosa de su bata dej
flotando en el pasillo oscuro una nota gentil, que se llev prendidas
las curiosas pupilas de Gracin. Luego que se esfum el encanto de la
silueta, aquellas pupilas, confusas en la sombra, dejaron reflejar un
pensamiento vanidoso que expresaba:--Acaso Mara ser capaz de sentir
celos... Y una sonrisa dilatada y feliz, glos este comentario.

A la misma hora, Eva desgranaba en sus labios burlones un gesto cruel
de satisfaccin, suponiendo, como Gracin, que Diego se marchaba
celoso y lastimado y que Mara estaba muy cerca de sentir un tormento
semejante.

Entretanto, el poeta se alejaba sumiso  uno de los dolores ms vivos
del amor: el de la ausencia.

Otra vez era esclavo Diego, pero ahora con una esclavitud definitiva
y solemne de cuanto haba en l de ms escogido y envidiable. Aquel
amor de ensueo y de nostalgia haba madurado insensiblemente al sol de
las penas, y ahora se mostraba en toda su razn y plenitud, revelado
y confeso en el abandono de la ocasin tentadora. La fuerza interior,
la ansiedad espiritual que haban llevado  Diego  ser poeta, hacan
explosin en el sentimiento impetuoso que le llevaba hacia Mara.
Bajo la apariencia tranquila de aquel hombre, un alma tempestuosa y
romntica saciaba sus voraces deseos en el fruto sabroso de aquella
pasin. Tan fuertes eran los anhelos de aquella alma descollante y
brava, que no se los aplacaron ni el arte, ni la gloria, ni el dolor.
Ahora, su inagotable ternura hallaba cauce cumplido, y se desataban
en ambiciones inmensas. Las incertidumbres, las prohibiciones, los
deseos contenidos, las cadenas inquebrantables, encendan, castigaban,
depuraban aquel amor, y le convertan en la ms alta y sutil felicidad.
Pero, al mismo tiempo, todas aquellas zozobras y aquellos obstculos
asaeteaban el corazn del amante en un suplicio violento. Hua la
tierra, su amada tierra de Cantabria, puesta ya entre l y Mara como
una barrera; luego, montes, ciudades, llanuras, iban  separarlos; y
por si esto fuera poco, el mar inmenso y misterioso, como sepultura del
mundo, se tendera en medio de los dos, para siempre quiz... Bajo la
punzada dolorosa de esta idea, todas las hieles posadas en el corazn,
todas las humanas rebeldas se levantaban contra Diego para hacerle
desear aquella mujer que era su nica ventura. Contemplbala cada
vez ms admirable, llena de sentimiento y de gracia, de ternura y de
piedad, arrebatada por la ardiente pasin que les una, viviendo dentro
de l con el alma y el pensamiento, pulcra y castsima como la paloma
de San Juan de la Cruz, y le pareca que desear la dicha encarnada en
aquella ideal criatura, era en l legtimo y santo.

Para ms refinado martirio de la ansiosa fiebre de amor, el tren,
despus de correr como un loco por las entraas de los montes,
asombase una y otra vez al diminuto valle, donde se ergua, con
seoro de reina, la casa de Ensalmo, junto  la casita de Villamor.
Colgado el camino frreo sobre las bravas hoces, en revueltas
inverosmiles y temerarias, por tres veces pas el convoy encima de la
estacin de Santacruz. Subiendo, subiendo siempre empinadas laderas,
atravesando tneles y salvando precipicios, volva  contemplar, en
una y otra curva ascendente, la vega amable, tributaria de la noble
casa de Mara. En un balcn, circundado de rosas, distingui Diego
perfectamente la figura esbelta de su amada... Aqul era su dormitorio,
aqul su cuerpo grcil, envuelto en un ropaje blanco... Era ella, ella
misma, que persegua al tren con sus ojos azules y clementes; ella,
que alzaba en el copo de nieve de su mano un albo lienzo para decir:
Adis... Adis...

Todo el profundo lecho del Besaya estaba sealado con una neblina
triste y leve que  Diego le pareca nube de llanto. La maana era
plida y dulce, de cntabra hermosura melanclica.

La mano vacilante del poeta respondi en la ventanilla, agitando un
pauelo, al adis que le enviaban desde el trono de rosas del balcn...

Penetr el convoy en un tnel tenebrario, y despus de una carrera
negra y silbante sali  un llano espacioso, dejando atrs las
imponentes hoces de Brcena y la vega tributaria del solar de Ensalmo.

En aquella ancha llanura, que pareca sonreir gratamente  la vida,
sinti Diego una brusca sensacin de soledad y de abandono, como si la
humanidad toda hubiese fenecido y l fuera el nico superviviente de la
catstrofe.




VII

      Tan alta la vi volar,
    un guila palomera,
    luego la vide bajar
    ms humilde que la sierra...


En la maravilla y calma de la noche una voz, recia y varonil, lanz
este cantar derecho  una ventana encendida, que se abra, cual ojo
investigador, en la oscura fachada del palacio.

Era la ventana de Rosita y estaba en el segundo piso, vigilando la
carretera con mucha curiosidad.

Debajo de aquel cuadro de luz, parpadeante como una estrella, se
rebulla un grupo de hombres del campo.

Hasta siete seran, y hablaban quedamente entre gorjas y risas,
escogiendo en su aldeano repertorio de coplas algunas intencionadas,
como la del _guila palomera_.

Arriba, en la habitacin luminosa, Rosita sentada en el borde de su
lecho intacto, desvelada y anhelante, escuchaba la cantaleta de los
mozos; y al sonreir despus de cada cantar, hubirase dicho que tena
los ojos llenos de lgrimas; tanto lucan en su cara morena, hmedos y
tristes.

De pronto el cuchicheo de abajo tom proporciones de discusin; se
oyeron algunas frases crudas y un juramento rotundo que calm todas las
voces.

Rosita apag su vela de un soplo, y se acerc  escuchar, orilla de la
ventana.

Un acento que le era conocido, el mismo que haba lanzado el juramento,
profiri con entereza:

--Cantares que la piquen, s; pero no que la daen; ya os he dicho
que la tengo ley...

Un murmullo de avenencia se inici en torno  una copla de despedida,
y, poco despus, la ronda de mozos se alej lentamente, por la cinta
blanca de un camino, que se retorca entre praderas y bosques, en la
angostura del valle, buscando salida por la hoz profunda,  la par del
ro.

Acodse Rosita en su ventana, y, mirando cmo desapareca el grupo
rondador, exclam callandito, con amargura honda:

--Todava me quiere Manuel...

Despus sus ojos, nublados de tristeza, se pusieron  rezar en el altar
solemne de los cielos.

Bajo el rezo sin voz de su mirada, el corazn sincero de la moza se
confes con Dios, lanzando con valenta un gran secreto al espacio
infinito.

Ella crey que al rodar en la noche aquel secreto iba  quedar
envuelto en una nube  preso en una estrella,  perdido, tal vez, en un
repliegue del firmamento azul.

Pero fu el caso que la contrita confesin de Rosa se extendi por el
cielo con una claridad nueva y extraa que no era de los astros, y que
pudiera ser nicamente luz milagrosa y pura de una conciencia honrada.

Vi entonces, la infeliz, cmo en la luna y en un lucero claro y
rutilante, que ella llamaba suyo desde nia, y en las estrellas todas,
por el terso cristal inmaculado, resbalaba la imagen de su culpa; una
culpa moral, involuntaria, pero negra y odiosa como la ingratitud.

Tremante y angustiada se llev las dos manos  los ojos cargados de
roco, del roco del alma que es el llanto; y despus de enjugarlos
con presteza, torn  mirar ansiosa hacia la altura, creyendo hallarla
limpia de su revelacin.

Pero, ms claros los cielos de su cara, mejor vieron cmo todo el dosel
peregrino de la noche estaba empaado del terrible secreto de su vida...

Cay Rosa de hinojos en la media penumbra de su cuarto, y en el
acusador espejo del celaje vi pasar, luminosa y desnuda, toda la
historia de su traicin.

Era cierto que, olvidando gratitud y lealtad, como una loca, amaba
tiempo haca al seorito Gracin, al esposo de la mujer tan santa como
bella que haba sido su ngel protector aos enteros.

Aquella pasin desordenada, naci de sus aficiones  seres y cosas
brillantes. De amar lo portentoso y deslumbrador, lleg  enamorarse
del hombre ms galn de cuantos conoca, de aquel afortunado y apuesto,
osado y triunfante como ninguno de los que la moza viera.

Cuando quiso pensar la sin ventura que aquel caballero poda ser para
ella, perdicin solamente, causa cierta de ingratitud y deshonor, ya
era tarde, ya la pasin fatal se haba ganado corazn y sentidos, y un
incendio de amor le consuma con llama inextinguible.

Pero esta cuita, tan dolorosa y grave, no era un pecado para el nima
en pena de la moza.

Fu lo tremendo en el percance aquel, que anduvo ella propicia y
diligente para hacerse notar del seorito; el cual, muy atareado en
diversos problemas de su vida, apenas se haba detenido  confirmar que
la doncella era guapa, segn l,  la vez que _Nenfar_, lo haba dicho
all abajo en la playa, siendo Rosa una nia.

Sin duda el mismo Lucifer le inspir  la muchacha perversos planes,
que sin meditacin ni consciencia fueron puestos en prctica audazmente.

Ella, que slo de cuidar  Lali tena obligacin, mostrbase solcita
para entrar en el cuarto de Gracin con hbiles pretextos, y servirle
con una asiduidad tan extremosa como llena de prfidas coqueteras.

Y el ngel que guardaba  Rosita fu, de seguro, quien preocup 
Gracin con tan arduos asuntos econmicos,  tan altas conquistas
amorosas, que sus muchos cuidados le pusieron una venda en los ojos.




VIII


Pero el ngel, al cabo, se cans de tomar precauciones salvadoras en
favor de la pobre enamorada, y el caballero la mir de pronto, con la
sorpresa de encontrarla nueva para su admiracin y su codicia...

Rosita se quedaba asustada al recordar ahora, con una claridad
mortificante, los esfuerzos que hizo para producir en Gracin la
admirativa sorpresa... Qu atrevimiento el de aquel peinado ondulante,
hecho con tenacillas y postizos... Pues, y la blusa azul, toda calada
sobre el pecho y los brazos?... Con la intencin de aparecer hermosa,
ella le haba preguntado  la modista:--Diga usted, cul color me
sentar ms? Y la modista, sin titubear, le respondi.

--El azul plido, que es un hechizo en las morenas...

Luego de fabricar el peinado y la blusa, una tarde, cuando la luz caa,
entr en el cuarto del seorito  cerrar las persianas.

Era la hora en que l sola llegar para mudarse de ropa y para
anunciar probablemente, que no se quedaba  comer. Rosa esper al pie
de una ventana, fingiendo que muy distrada contemplaba el jardn; y
cuando sinti en la estancia pasos, se volvi con aire asustadizo, lo
mismo que en la escena hubiera hecho una cmica hbil.

Con aquel ingenioso efecto teatral, toda su belleza tentadora y madura
se le entr al seorito por los ojos.

Como los cortejantes que la moza haba visto en las comedias, Gracin
se le acerc, muy inflamada la mirada y la voz, para decirle:--No
sabes que me gustas y te quiero?... No sabes que te has hecho una
mujer preciosa?...--Y le cogi una mano entre las suyas, y el talle
luego, con un brazo firme. Sonaron en la puerta, muy discretos, un
par de golpecitos, y un acento, como el de doa Cndida, angustioso,
dijo:--Rosita, ests aqu? Lali te llama...--El ngel de la guarda,
compadecido de la ciega moza, todava la quiso proteger!...

Despus de aquella tarde, otros milagros de compasin divina
envolvieron  la joven como en un manto protector. Gracin hizo un
viaje rpido y misterioso como todos los suyos; luego, la nena estuvo
algo malita, y Rosa no dej de cuidarla ni un momento. Despus... los
convexos cristales inclinados siempre sobre la inacabable calceta de
doa Cndida, se posaron encima de la muchacha con tal persistencia,
que los vea, atisbadores y penetrantes, persiguindola hasta en
sueos, como una lente mgica, al travs de la cual Dios mismo leyera
en su turbado corazn.

Huyendo, entonces, el reflejo obstinado de aquellos cristales, Rosa se
retrajo modesta y acobardada, evitando todo encuentro  solas con el
seorito, hasta que l acech una ocasin para decirle:

--Tengo que hablar contigo muchas cosas...

Y la quiso abrazar. Desasise Rosita del abrazo, suplicando con miedo.

--Djeme usted, por Dios.

Pero muy carioso, repiti el seorito:

--Hemos de hablar; ya te dir yo cundo; nada temas, hermosa.

Era esto en vsperas del viaje  la Montaa, y una vez en el valle,
Gracin muy fcilmente busc  Rosita sola, en los amplios locales de
la casa, y le notific sin ms ambages:

--Una noche de estas subir  tu cuarto; no te asustes, y esprame.

Nada repuso ella, conmovida por el espanto y el amor, y desde aquel
instante viva en la confusin terrible de un mal sueo, midiendo
con pasos de sonmbula aquellas tumultuosas jornadas de su vida, tan
apacibles en apariencia.

Lo ms extrao del oculto lance era que el caballero, tan
enamoradizo y caprichoso, no acudiese  la cita en doce noches; doce,
largas y crueles, que Rosita le aguard medio loca de pasin y de
remordimientos. Ella tan esquiva y de mrmol para cuantos la quisieron,
ya con honrados propsitos, ya con finuras galantes; la que slo una
vez, por romntica fantasa, prendi su imaginacin de un hombre que
se dijo poeta; la mujer altanera y soadora; la aldeana artista, all
estaba sacudida por el espasmo de la pasin, destrozada por el brusco
despertar de su rstica naturaleza, que, protestando de un largo
cautiverio bajo el seoro espiritual, se revelaba en todo su arrogante
poder, brava y ardiente, como en el esto la sierra donde naci Rosa.

Celos y rabia sumaban un tormento mayor  la espera de la joven.

Sus sagaces ojos de enamorada haban visto delante de Gracin la figura
altiva y donosa de otra mujer. Era la misma  quien l acompa en
Madrid una noche reciente, desde el hotel cuya puerta abri Rosita,
ya sintiendo una celosa sospecha hacia aquella que aceptaba, con tan
patente agrado, la obsequiosa compaa del seorito.

De tiempo atrs la conociera Rosa, y mucho mejor al caballero poeta que
le di su nombre, oriundo del valle y bien querido en la comarca.

Tambin conoca al hijo de ambos, aquel nio macilento y quejoso de
quien tanto hablaba Lali; y la nia le haba contado muy alegre, que
aquellos seores, dueos de la casa contigua al palacio, iban tambin 
la Montaa.

Las malas sospechas de la moza se aumentaron cuando observ que la dama
gentil y morena coqueteaba lindamente con el seorito Gracin, apenas
llegaron al valle ambas familias.

Juntos paseaban por la mies y por la selva: juntos suban  la montaa
en traza de cazadores,  charlaban en el jardn bajo los jazmines de un
cenador mientras los nios jugaban. Juntos haban hecho  caballo una
larga excursin, hundindose en la hoz adusta, por el camino de Reinosa.

La seorita Mara los miraba ir y venir, con glacial indiferencia, en
tanto que Rosita conceba un mortal aborrecimiento por aquella seora
que embelesaba  Gracin, hasta el punto, sin duda, de hacerle olvidar
que haba dicho  otra mujer: esprame...

Y esperando, ya desesperada aquella noche de su confesin, despus de
llorar de rodillas en el suelo, lavada su conciencia por el llanto, se
vi Rosa tan culpable de consentimientos y de ansias, que un bochorno
ardiente le enrojeci las mejillas con ascua dolorosa.

Llam  Dios en su ayuda y ment con fervor  la Virgen del Camino, la
patrona del valle.

Mir al lucero suyo, y su luz blanca estaba un poco roja; qu
sera?... Con impulso vehemente la muchacha fuse  cerrar la puerta
con cerrojo, y se dijo: Aunque llame cien veces no he de abrir; quiero
ser buena, quiero tener en el cielo una luz blanca siempre, una luz
ma...

Sinti un rumor, apenas perceptible, cerquita de la puerta.

Escuch ansiosa, y el rumor fu creciendo. Pasos quiz?... S; unos
pasos muy leves que se detenan... Llamaban?... S; ya lo creo;
llamaban despacito.

Rosa prendi la luz y abri la puerta con jbilo demente.

Un gato negro hizo _fu_, muy arisco, delante de la moza, y ech 
correr con un galope avieso, encandilados los ojos y el rabo erguido...

Despeinada y llorosa, Rosita se durmi mucho ms tarde, cansada de
gemir y de rezar sobre su lecho, por divino milagro defendido.

Haba dejado su ventana abierta, y la noche, gozosa, entraba por el
cuarto, toda llena de un vago son de vida; voz de espumas fluyentes en
el ro, de besos de las hojas en el bosque, de amores de la brisa con
la flor...

El pobre amor humano all dorma, rendido de pesar, y el lucero de
Rosa, blanco y puro, temblaba en la llanura de los cielos.




IX


Era indudable que Gracin se aburra, una estancia en el campo de cerca
de un mes, era mucho poema gergico para aquel gran artista multiforme,
aun contando con el aliciente de perseguir un par de conquistas
amorosas. Por logradas las tena el famoso cortejante, y con cinismo y
jactancia clasificbalas en su imaginacin de este modo: Eva, que se
har desear para hacerse valer... equivale  decir que me costar un
pico... Rosa, que espera mis rdenes rendida  discrecin... de balde
y con gracia... Total, dos empeos de poca monta, sin dificultades ni
riesgos... Dos mujeres conseguidas sin ms que extender la mano, como
quien dice...

Y al hacerse estas cuentas galanas, la triunfante sonrisa de Gracin
se converta en un bostezo prolongado y fastidioso. Trataba de
ocultarse  s mismo, que si algn lazo le detena en el valle con
deseo creciente y mortificador, era su propia mujer, la abandonada y
ofendida esposa que ahora le pareca ms bella y codiciable que nunca.
La encontraba diferente  cada momento, y siempre encantadora como
jams se le haba parecido. Algunas veces era Mara la nia novia de
cndidos ojos y actitudes infantiles, pero ms altiva, ms arrogante
y desdeosa que cuando Gracin la enamor en _Las Palmeras_, en
facilsima escaramuza de pretendiente; en otras ocasiones adquira una
expresin ideal de Dolorosa, y con las azules pupilas rasas de llanto,
las menos de azucena entrelazadas y el nimbo dorado de los cabellos,
rutilante  modo de corona, le pareca  Gracin haberla visto cubierta
de luctuosa tnica, con un pual clavado en el corazn, conducida en
andas por las calles en un cortejo de lgrimas y oraciones. Y aquel
incrdulo, que no tena firme en su alma ni una sola idea religiosa,
contemplaba con extrao respeto, como una cosa nueva y fascinante, el
santo dolor de la mujer que l llev al altar, con engao y perjurio,
para marcarla con el hierro de la esclavitud, en martirio irremediable.
Pero, de pronto, aquella pura frente contrada, aquel mirar nublado,
aquella boca crispada, se aplacan en sbita transformacin, y todo el
semblante bellsimo tornbase dulcedumbre y alegra, como cuando en la
mar arbolada y tormentosa salta una mano de viento bonancible.

Quedbanse entonces los ojos de Mara suspensos de alguna divina
aparicin, y en los labios le temblaba una sonrisa, colmada de
promesas, que  Gracin le haca estremecer. Estos cambios bruscos
y peregrinos dbanle al esposo mucho cuidado, y le causaban un
desasosiego que iba convirtindose en amorosa tentacin. Tan menguadas
consideraciones haba guardado l  su esposa y en tan ruin estima la
tuvo siempre, que la indiferencia  la culpa le impidieron protestar de
la tcita separacin que entre ambos inici Mara, y que se consumaba
en discreto disimulo, con todo el aparato de una avenencia cordial.

Y en aquella rara situacin, Gracin el victorioso, el siempre feliz
enamorado, senta una singular inquietud al acercarse  su mujer con
leves insinuaciones de ntima pltica.

Saba ella detenerle de tal modo en aquel camino, intil haca tiempo
entre los dos, que sin hablarle, con una mirada, con un gesto, le haca
retroceder intimidado. Sin querer confesarle la derrota, calmaba el
_super-hombre_ su vanidad inmensa suponiendo que Mara, en silencioso
culto, le adoraba, y que los insistentes y rendidos galanteos que l
prodigaba  Eva, la tenan enojada y celosa.

Varias veces, dentro de su propia casa, soport Mara enredos amorosos
de Gracin y ofensas imperdonables; pero l se esforzaba en pensar que
entonces no se haba fijado como ahora en el efecto que el impudor de
sus hazaas produca en aquella mujer paciente y noble. Quiso creer que
la casualidad, y no una aficin que despertaba, le pona al descubierto
aquella supuesta condicin celosa de Mara, y ahogando con soberbia
terrible su malestar interior, acariciaba con protectores ojos  la
esposa, murmurando compasivo: pobrecilla!...

Para distraerse de aquella sorda irritacin que le sublevaba,
esforzbase en cortejar  Eva sin recato ninguno, improvisando caceras
y paseos  los ms pintorescos lugares de la comarca; y aunque siempre
invitaba  su mujer  que tomara parte en aquellas excursiones, ella
se disculpaba de asistir, invariablemente, con pretextos tan ftiles
y poco justificados, que Eva, molestada por aquella displicencia
mortificante, aceptaba los proyectos de Gracin con espritu de
venganza hacia Mara, y lanzbase en imprudentes holgorios con su
galanteador, escandalizando aquella vecindad tranquila y timorata.

Se quedaba Mara muy  gusto en la dulce soledad de su jardn  de sus
habitaciones, libre para saborear la felicidad dolorosa de su alma, y
mientras tanto los dos excursionistas disimulaban difcilmente su mutuo
aburrimiento.

Eva senta ya un verdadero asombro ante el silencio obstinado de su
marido, y Gracin perda terreno en el nimo de la hermosa,  medida
que la preocupaba aquella terca actitud del ausente y la dola como una
humillacin injusta la indiferencia de aquel  quien para siempre crey
su esclavo.

Por su parte Gracin se fatigaba en las alternativas de resistencia
y alientos  que Eva le tena sometido, y suponindolas ajustadas 
planes de astucia femenil, sentase impaciente y disgustado.

As pasaban los das tejiendo paradojas alrededor de nuestros
personajes. Rosa, en acecho de los pasos del seorito, desfalleca en
atroces luchas de insensata pasin. Su pobre corazoncito, macerado por
la pena, se rasgaba en cauces de remordimientos cuando los ojos de la
moza contemplaban  la seorita Mara, tan abandonada y tan bella, con
el semblante divinizado por una apacible luz que  veces pareca de
resignacin y  veces de felicidad...




X


Una de aquellas maanas agostizas, clidas y radiantes, tempranito
llamaron  la puerta del gabinete donde Eva dorma con Tristn. Acababa
de vestirse la seora, cuando una voz infantil pregunt--se puede?...
Y sin esperar contestacin, la cabecita rizosa de Lali asomse en la
estancia.

--Ven, ven--grit con afn Tristanito--me traes flores?

--Slo traigo un clavel--dijo la nia, alzndole, rojo y hmedo, en su
mano diminuta. Acercse  la cama donde el nio se haba sentado, muy
contento, y aadi con delicioso aire maternal:

--He venido muy deprisa; luego te coger ms flores, monn; ahora estn
llenas de roco...

--Mucho has madrugado!--la dijo Eva amablemente.

Muy pizpireta, salt la nia:

--Porque hoy hemos madrugado todos en casa;  mi pap se le ha
ocurrido marcharse ahora  _Las Palmeras_ en el tren correo, y como
pasa  las ocho, desde el amanecer estn en danza las maletas y los
armarios... yo no s las cosas que ha revuelto... y eso que va por dos
das!...

Eva se qued estupefacta, y con un vago terror, murmur entre dientes:

--Otra huda!...

Igual idea tuvo Tristn, que record con misterio asustadizo:

--Tambin mi pap se fu de repente una maana, con su maleta... A
dnde irn tan deprisa todos los paps?

Lali se ech  reir.

--Qu tonto eres!--dijo sentenciosa--Van deprisa porque el tren no
espera. Mam me ha contado que tu pap ha ido  Madrid  escribir
versos y libros que valen mucho dinero, y despus te va  comprar
muchas cosas... muchsimas... Mi padre ha ido  _Las Palmeras_...
sabes dnde es?... Pues all abajo, en una playa... sabes lo que
es playa?... La arena donde llegan las olas... El mar es como un ro
grande, grande... como un cielo todo de agua... Da algo de miedo!...
Pues all tienen mis tos una quinta, y en el peridico que escriben en
aquel pueblo lemos anoche que haba llegado  visitarlos una seora
muy guapa de Madrid, que se llama condesa de Manrique... Y mi pap ha
ido  verla.

Centellearon los africanos ojos de la dama, y Tristn levant hacia
ellos los suyos encendidos de ansiedades, para interrogar:

--Cmo dices que los versos son una tontera y que pap no sabe ganar
dinero?... No oyes que me va  comprar muchas cosas?...

No. Eva oa solamente aquellas palabras del parlamento de Lali, una
seora muy guapa, condesa de Manrique. Recordaba la breve escena
enigmtica entre Gracin y su mujer el da que en Madrid se despidi
de ellos... Hablaron de Casilda Manrique con singular entonacin.
Seguramente era una mujer de quien Mara estaba celosa; una rival de
cuidado tambin para las ilusiones de Eva...

Se puso  vestir al nio maquinalmente; luego le mand con Lali al
jardn para que all le sirvieran el desayuno, y nerviosa, agitada,
comenz  peinarse delante del espejo.

En su endrina cabellera se asomaban con timidez las primeras canas,
tan pocas y con tal precaucin, que slo ella las haba advertido;
aquella maana le parecieron  Eva muchas ms que otras veces; iba
entreabriendo la madeja sedosa, y con mueca iracunda, al descubrirlas,
renegando de la edad y de la suerte, golpeaba el suelo con el tacn
agudo de su bota. Aquel da todo le sali  disgusto; el peinado,
dificultoso y lento como nunca, se malogr en ondulaciones que 
su parecer no la sentaban. Hall su rostro descolorido y vulgar,
sealado con las huellas del tiempo; sus modestos vestidos de
diario, le parecan tnicas indecorosas; sus zapatos, inservibles;
su habitacin, miserable... Se crey abandonada y vendida, vctima
de estupendas traiciones y de infames atropellos... Como una furia
se debati en su cuarto contra imaginaria tormenta de infortunios,
y, al medio da, sali de su encerrona con la repentina esperanza de
que, torpe la sirviente, no le hubiera transmitido algn recadito
galante de Gracin. Pero se frustr su presentimiento. Ni una palabra
de corts despedida tuvo para ella su ferviente adorador del da
antes... Aun pretendi disculparle, imaginando que volvera pronto y
no habra querido comprometerla con cartas ni avisos. Pero el nombre
sonoro de la condesa de Manrique cay sobre la dbil disculpa como un
sarcasmo cruel. Pas toda la tarde en desesperada actitud, y, ya al
anochecer, incapaz de resistir sola aquella silente meditacin del
crepsculo, fuse de visita  la casona de Ensalmo. En la solana hall
 Mara jugando con Lali y con Tristn como una nena; estaba hermosa
y sonriente, con un aire juvenil, encantador. La figura amenazante de
Eva avanz sobre el grupo alegre como una sombra trgica, y su voz,
impregnada de reproches ocultos, fu apagando las risas en silencio
fatal.




XI


En la quinta de _Las Palmeras_ sucedanse las emociones ms varias y
curiosas, ocultas, en lo posible, bajo sonrientes hbitos de bailes,
paseos y dems estivales holgorios.

Todas las caras, menos la del marqus, tenan puesto un antifaz
deslumbrador.

El que usaba la marquesa sola rasgarse  menudo con un rebelde gesto
de amargura, tan congojoso y desesperado, que mova  misericordia.

Desde que la ilustre familia lleg  la playa, parque, jardn
y salones, tomaron en la quinta un continuo aspecto de fiesta.
Veraneantes forasteros y familias visibles de la capital nortea se
apresuraron  nutrir con brillante concurso la aristocrtica mansin
de los marqueses. Se extraaba en aquellos regocijos la ausencia de
Rafael, que, engolfado en su interminable do con Luisa Ramrez,
detenase apenas en los festejos familiares. La graciosa provinciana,
que, con tan invencible poder atraa al marquesito, estaba siempre
bella, con un encanto crepuscular, dulce como un recuerdo hermoso.
Su risa segua fluyendo, cantarina y saludable,  modo de arroyada
bienechora. La aficin que esta mujer inspiraba  Coronado, habase
convertido en un sentimiento profundo, lleno de dulcedumbre y
simpata; una mansa ternura algo filial, algo romntica y piadosa, que
insensiblemente iba dignificando la existencia del mozo. Al influjo
de aquel cario noble, refrenadas las licencias de su juventud, lleg
Rafael  pensar en los serenos placeres matrimoniales; pero iniciado
vagamente este plan de boda, la familia de Coronado le opuso serias
razones de apellidos, linajes y fortunas, ntimos problemas de suma
importancia confiados todos  la descendencia del futuro marqus. Grave
pareca el asunto, pero  Rafaelito le estimularon las dificultades,
encendiendo con llama fuerte su propsito de consagrar marquesa 
Luisa. Para hacerle desistir de aquel antojo, llegaron sus hermanas 
asegurarle que Casilda Manrique, la diosa de la aristocracia madrilea,
le prefera  todos sus adoradores--que eran muchos y escogidos--,
pero l celebr su feliz suerte con una carcajada jocunda que le puso
espantoso de feo.

--Casilda Manrique?--dijo con su voz cavernosa--muchas gracias!... Yo
quiero una mujer para m solo...

Como era tan hbil y tan bonita aquella celebrada condesa, las de
Coronado se hicieron ilusiones de rendir  sus pies al marquesito,
y lograron, con artes ingeniosas, llevarla  _Las Palmeras_ una
temporada. Todo eran halagos y funciones para detener all  la
beldad de moda, una viuda tan verde y tan magnfica, que se haba
adueado de los ms finos homenajes de la dorada sociedad. No estaba el
prestigio de la condesa muy lustroso, pero las mculas de su reputacin
no eran obstculo para que los prceres herederos atisbasen sus
millones, que, segn se deca, disfrutaban de limpieza cabal.

La de Manrique aceptaba pleitesas y cumplidos con una omnipotencia
soberana, y tena pendiente de su eleccin amorosa  un lucidsimo
rebao de aristocrticos borregos. Pero, cuando mayor era el ansia de
conocer la voluntad de la condesa, susurrse en crtica elegante de
salones, que Casilda tena un amor,  cosa as, y que el favorecido por
la suerte se llamaba Gracin Soberano.

En la noticia, que no era cierta, tuvo mucha parte la jactancia
habilidosa de Gracin,  quien tent la codicia de aadir un laurel
 su mote de irresistible, comprometiendo con alardes fementidos
 la festejada seora; y cuando supo que la condesa haba llegado 
la playa, apresurse  cumplimentar  los marqueses con una visita
que se prolong entre lances placenteros. Dejse la de Manrique, con
fcil travesura, obsequiar por Soberano, pero con pruebas palmarias
de que deseaba marido mucho ms que galanteador. Era caso curioso y
sorprendente ver  la viudita aprovechar las pocas ocasiones en que
Rafael se le acercaba, para enconfitarse con el hombrecillo encanijado,
y dejar al buen mozo con un palmo de narices.

Gracin se pona frentico  favor de su radiante careta, y las de
Coronado se desesperaban viendo la risa con que Rafael iba  contarle
 su madura novia aquellos xitos, para que le sirvieran de solaz y de
orgullo...

Lpez, el impertrrito asentidor, el amigo complaciente y simple,
soportaba con bendita conformidad la charla insulsa del marqus,
contemplando  la marquesa con unos ojos pcaros y lnguidos, que 
Benigno le hacan sonreir.

Y, de repente, como llovido del cielo, cay en la playa Luis Galn, muy
elegante, muy ufano, con los dientes blanqusimos... y con una cara de
tonto, que no haba ms que pedirle. Pero ya dijo la marquesa en otra
ocasin, que no era tonto, aunque lo pareca. Una insolente frescura
fu lo que demostr presentndose en casa de Coronado como si tal
cosa y con el decidido intento de hacerle la corte  Isabelita. Fu lo
grave del caso que la muchacha se haca un caramelo con Galn, y que
don Agustn Mara Celada y Osorio acogi estos amores bajo su gida con
tales entusiasmos, que la boda se daba por segura al poco tiempo...

As cruz el verano por la quinta, luminoso y florido. En el mar el
rumor era un arrullo; en la ribera el viento una bendicin; la luz en
el celaje era una gracia ardiente y generosa.




XII


La calma del valle y su silencio llegaron  ser para Eva una tortura.
Su corazn vaco no le daba compaa en la soledad, ni mansedumbre
en la tristeza; estaba sola con sus pasiones, en la ms horrible
de las soledades. Obstinndose en la suposicin de que todos la
traicionaban, la posey el terror de ver su cuerpo abandonado de
la belleza, dolo material de aquella mujer, nico goce que la di
su fruto de dulzura falaz, amargo al fin... Se contemplaba en el
espejo horas seguidas, escrutando la euritmia de sus formas y de sus
facciones, con ojos agresivos, rencorosa y zaharea recordando las
frases crueles y profticas con que Diego una noche la llam pobre
criatura sin ms tesoro que su carne msera... Aquellas palabras
le parecan ahora una maldicin que empezaba  cumplirse, y loca de
miedo, desde el fondo turbio de su conciencia, diera ya por seguro que
todo le era infiel, que todo hua entre sus manos dbiles y ansiosas,
 no alzarse la imagen de su hijo mirndola, mirndola con muda y
triste reconvencin... Su hijo que la adoraba, que era todo de ella,
carne suya, alma suya!... quin la haba llamado pobre?... Ceuda
y dominante, con un placer torvo sin sonrisas, buscaba al nio y
estrechbale en un abrazo duro que  Tristn le haca gemir:--Mamita,
me haces dao!...--y temeroso, hurtbase  la ardiente caricia de la
madre, para correr con Lali  sus juegos...

Una noche de aquellas de Septiembre, ya largas y aun apacibles, Eva se
despert  las altas horas, soando que tena arrugado el semblante,
mortecinos los ojos y blancos los cabellos; di una voz lastimera, y
echse de la cama despavorida  buscar el espejo en la oscuridad del
dormitorio. Le hall con tino de sonmbula, y se quiso mirar en l sin
luz, con una obcecacin desesperante.

Desorbitados los ojos en la negrura del vaco, con un santiguamiento
febril y supersticioso, clam horrorizada:--Estoy ciega, Dios mo,
estoy ciega!...

Temblorosas las manos, fras y torpes, buscaron encima de los ojos, y 
gritos como una poseda, Eva imploraba:--Luz... luz... misericordia!...

Despert el nene lleno de susto, y su acento llorante cay en la
penumbra de la estancia como plaido de recental:

--Mam, tengo miedo; estamos  oscuras...

Fu una brisa de clemencia para la desolacin de la madre aquel aviso.
Con desatinado aceleramiento encendi una vela, y sin atender al
asombro del chiquitn, fuse al cristal del tocador, que, indiferente
al trgico ademn, la ofreci una imagen tan bella como pvida y dura.
La llama de la buja, envolviendo  la mujer en nimbo tembloroso,
prestle tal encanto en el espejo, que ya desensoada, conmovida por el
goce de hallarse siempre hermosa, Eva lanz un prolongado suspiro de
bienestar.

Medio desnuda, con la srica mata de pelo desmandada sobre los hombros,
blanca por la emocin, la tez morena, sonriente un minuto, la seora
exclam triunfante.--Aun tengo mi hermosura!...

--Mam--lloraba el nio--por que hablas sola, y gritas y no duermes?

Vuelta  su lado la madre, serense para dormirle. Le besaba, y
mentalmente deca: tengo tambin  mi hijo; aqu est, le tengo para
siempre... Y al ceirle entre sus brazos fuertes y desnudos le haca
lamentarse:

--Me lastimas!...

Aflojando la cadena amorosa, logr la madre que durmiese el nio, mas
con un sueo leve y anheloso, sueo de pesadilla  de enfermedad.

Contemplbale Eva con angustia; su orgullo maternal herido estaba sobre
el cuerpo inocente de aquel ngel, siempre en lucha con el dolor,
pobre ngel triste, con las alas cadas hacia la tierra!...

Slo en aquel esto, ya expirante, haba disfrutado Tristanito un
poco de salud. Y al pensar esto, el recuerdo de Lali, alegre y sana,
acometa como un dardo al corazn de Eva.

El rosicler indeciso de las mejillas, era en Tristn como un sonrojo
del que pint las rosas en la cara de Lali; la voz del nio, un eco de
la garla gentil con que la nena cantaba el goce sano de la vida...

Todo en Lali era alegre y placentero, y al verla junto  Tristn
comalido y atnico, dirase que era el sol de los ojos de la nia
quien le daba un piadoso calor para vivir, y que el soplo tenue de su
existencia era un aroma de la salud de Lali... Nunca Eva como entonces
dese aquel hijo que dorma en sus brazos, lastimoso y yacente como el
ngel de mrmol de un sepulcro.

En el pecho endurecido de aquella madre, los ocultos senos de la
ternura se dilataron con una ansiedad desgarradora; haba temblado la
mujer con el terror de que su belleza fuse de cierto carne msera,
fruto amargo y doloroso; y tembl tambin por la carne flaca del hijo,
fruto deleznable de una mentira de amor...

Como si reanudase su reciente sueo con un eplogo fnebre, vise
lanzada por devastados caminos, hermosa y desnuda, con un tesoro en los
brazos. Anduvo, anduvo en la vastedad de aquel desierto sin orillas,
y hall una cosa reverberante que la atraa; era un cristal  un
lago, una lmina tersa que reproduca las imgenes. Acercse trmula
 descubrirlo, y se vi en un espejo vieja y ceuda,  la luz de una
llama tembladora... Su preciado tesoro era un ngel de mrmol, duro y
fro... Estaba pobre, sola, cargada con su carne marchita y con su nio
muerto...

Amaneci en las cumbres de la cordillera cntabra, y aun Eva senta
pesar sobre sus prpados la cerrazn espantosa de una noche sin fin.




XIII


Al palidecer el paisaje con una ligera marchitez de otoo, la casona de
Ensalmo hallse lejos, moralmente, de la casita de Eva; slo el cario
de Tristn y Lali las enlazaba, tendido como un cable de socorro entre
dos nufragos que agonizan.

Mara, encerrada en los dulces pesares de su amor, traspasaba apenas
los linderos del parque  del jardn; pero los nenes, siempre juntos
como hermanitos bien hallados, eran entre las madres ocasin de algunas
visitas y conversaciones, lo bastante para que la frgil amistad de las
dos seoras no se rompiera por completo...

Un da, Lali dijo:

--Cmo tarda en volver mi pap!

Y se estremeci Mara con una sorpresa dolorosa, como si hubiese
olvidado que Gracin estuviera en el mundo... Amedrentse con la
certidumbre de aquel retorno, y el yugo de su cautiverio la hiri con
implacable castigo. La pobre esclava apeteca la libertad con unas
ansias tan hondas y tan fuertes, que toda su existencia era un impulso
errante, un vuelo roto... Del sopor de su vida despertaba para que
la felicidad muriese entre sus manos; muchas veces, vindola morir
tan hermosa y risuea, estaba  punto Mara de perder la razn, y el
arroyo de sus dolores, desatado y rugiente, desbordbase en llanura sin
trmino.

La dama rubia y triste gustaba como nunca de la noche, que es novia
del dolor. En su banco predilecto del jardn--en aquel de la cita
inolvidable--,  en su silln de mimbres en la solana, abismbase en
cavilaciones dolientes y dulces  la par. Tenan aquellas horas en
el valle montas un alarde raro de tristeza y de calma. El perfil
altanero de las cumbres, recortado sobre apacible toldo celeste, daba
un marco de encantadora irrealidad  la hondura de las hoces, toda
envuelta en plidos desfallecimientos de luna; un soplo tibio, como
aliento del brego, meca en el ambiente aromas bravos y penetrantes de
hierba recin segada, y rezaban los bosques, luees y misteriosos, con
lnguido rumor de brisa  deshoja.

En aquel cuadro de meditacin y de magia, la figura interesante
de la enamorada yaca como en su propio lecho, en divino abandono;
muchas veces, radiando en los azules ojos una santa luz de inmolacin,
susurraban los labios reverentes palabras de sacrificio y acatamiento,
y una fugaz sonrisa renunciadora aplaca el bellsimo semblante. Mas, 
poco, la hermosura de la mujer se humanizaba con resplandor ardiente de
pasiones. Quedbase Mara escuchando con ansiedad los graves secretos
del paisaje pensativo, y la aspirada fragancia del jardn la haca
estremecer; con el rostro oculto en sus cabellos y en sus lgrimas,
musitaba entonces una splica loca, sin que el pobre corazn implorante
supiera por cules caminos haba de llegar al cielo su amarga voz...

Durante sus deliquios amorosos sola ver la dama una silueta que
erraba en el jardn como embriagada en el grato embeleso de la
noche; maravillndose de tal descubrimiento observ, recelando del
fantasma, y pudo descubrir que era Rosita aquella aparicin triste
y aventurera, desvelada entre las flores. Una de aquellas veces la
doncella acert  cruzar junto al escao donde Mara trenzaba sus
ensoaciones en un completo olvido de la moza sonmbula. Alzse de su
asiento la seora viendo avanzar aquel perfil errante, y la muchacha
lanz un grito espantoso  la gentil figura de la dama, que imaginse
justiciera sombra. Con acento dolido, como una elega, de hinojos
murmuraba--Perdn, perdn!...

--Qu dices?... perdn, de qu?

Y la albura del seoril ropaje se meci como nube serena sobre el
abatimiento de la joven.

--En qu me has ofendido?--pregunt con asombro la seora. Y,
dulcemente, le tendi sus manos, que en las manos morenas de Rosita
semejaron dos lgrimas de luna.

--En todo, en todo--solloz la moza, humillada y tremante.

--En todo?--repiti Mara con incrdula expresin--cuntame, 
ver...--Pero la muchacha, contemplando la apacible actitud de la
seora, temi apenarla con el cruel secreto, y llena de rubores y de
susto, balbuci:

--Maana se lo contar  la seorita...

Y la bes las manos con ternura tan honda, que Mara, sintiendo la
emocin de los instantes sublimes, puso los labios con benignidad sobre
la frente de la doncella... Por diversos caminos del jardn se alejaron
las dos hacia la casona, conmovidas y desconsoladas.

El rostro plido y sobrenatural de la luna las estaba mirando desde el
cielo con trgica sonrisa...




XIV


Al medio da cruz con estrpito la carretera un automvil, que gir
por un camino vecinal entre las mieses, y se detuvo en la portalada
orgullosa de la casa de Ensalmo. En el grave edificio hubo un revuelo
de curiosidad, y la casita de Eva conmovise tambin con la rpida
trepidacin de unas persianas. Rafaelito, disfrazado ventajosamente con
el saco flotante y la cartula de automovilista, descendi del carruaje
con una seora que, despojada de gasas, tnica y sombrero, result ser
Benigna. Con alborozo y gritos asaltaron la casa los dos hermanos,
pidiendo su cubierto en la mesa, y asegurando que llegaban con un
hambre feroz, y que el heno en tendales de los campos les haba dado
una gana terrible de pacer...

Lali estaba muerta de risa, y Mara, recibiendo  sus primos, cariosa,
orden que la comida se sirviese pronto.

Expusieron los de Coronado con aceleramiento su propsito de llevarse
 Mara y  Eva, aquella tarde, con los nios; venan por ellos
decididamente; era menester sacar un poco  las dos seoras de aquel
abismo de hoces y de torrentes, de campos agostizos y lnguidas
arboledas... La playa estaba hermosa todava; los nenes tenan que
baarse... Pero, qu reclusin era aqulla? Acaso un voto?... Y los
maridos por esos mundos!...

--Gracin divirtindose como un muchacho soltero--asegur Benigna,
sonriente y perversa.

Luego, insinuante, aadi:

--Por qu no has de venir t con nosotros?

La cabeza rubia de la seora gir en dulce negativa; Mara, aquel
ao, se propuso no salir del valle hasta regresar  Madrid  fines de
Octubre,  algo despus si el otoo se presentaba benigno... Agradeca
mucho aquel empeo...

Y una firmeza singular se acentuaba en sus frases de gratitud, dejando
 los solicitantes pocas esperanzas de xito.

Sigui Benigna, sin embargo, obstinada en su convite, mientras los
ojos de Rafael celebraron una fiesta de admiracin sobre la dama; y
en tanto que sirviesen la comida quisieron los de Coronado visitar 
Eva. Por el lindero complaciente del jardn pasaron los tres  la casa
vecina. Ya la de Villamor los aguardaba, adiestrndose en previsiones
mltiples de alio, indagaciones y disimulo. Estaba hermosa; satnicos
los ojos, profundas las ojeras, y la tez ms plida que de costumbre.
Agasajada por una invitacin cordialsima, dejse rogar, titubeando;
pero al saber que Mara se quedaba en el valle, pareci decidida 
consentir.

--Nada, nada, est resuelto--declar Rafael--, usted y el nio se
vienen con nosotros esta tarde; ahora es necesario que conquistemos 
Mara para quedar victoriosos.

La rubia cabeza de querubn, en movimiento firme dijo otra vez--No...
no...

Ardiendo en impaciencias, Eva quiso enterarse.

--Tienen ustedes muchos invitados?

--En nuestra casa--contest Benigna--slo quedan la de Manrique y su
madre, Gracin, y la chica de Alfaro, ntima de Isabel; pero en los
hoteles hay an mucha gente de Madrid, y lo pasamos admirablemente.

--La condesa se marcha un da de estos--aventur el acento profundo
de Rafaelito. Y Benigna dirigindose  la de Ensalmo:--Tambin
Gracin--dijo--emprender desde _Las Palmeras_ una excursin antes de
venir  buscarte... ya sabrs...--Con discreta mesura, la voz musical
de la esposa, que ignoraba los proyectos del infiel, repuso:

--S; ya saba...--y un aire de sutil indiferencia envolvi estas
palabras como en un tul vaporoso que flot con misterio en la
pltica... Los ojos de Mara estaban parados en remota meditacin,
al borde de una mesa escritorio llena de papeles y libros. Aquella
sala alegre, con balcones  la casona y al jardn, era la habitacin
preferida del poeta, su taller literario en otro tiempo; tiempo
distante, hudo para siempre!

Las azules pupilas soadoras tornronse infantiles, de tan cndidas,
al rimar los recuerdos de una adolescencia compartida fraternalmente
con el hombre, amado ahora, en la desventura... Benigna y Eva discutan
los inconvenientes de llevar al nio  la playa; resistase de pronto
la de Villamor, con nuevos escrpulos, en aceptar la invitacin para el
nene, tan delicadito, tan mimoso... Era una fatiga salir con l fuera
de casa...

--Pero le vendrn muy bien aquellos aires; quiz los baos... los de
este mes son los mejores--anunciaba Benigna.

--No, no; es mucha molestia para ustedes.

--De ninguna manera...

Intervino Mara con prontitud:

--Djamele  m; con Lali estar muy contento.

Y el chiquillo, que se haba deslizado en la visita y escuchado al lado
de su madre, susurr:

--S; estar muy contento.

Eva, inclinada  ceder, con jovial tono se querell del nene:

--Yo voy  estar celosa de tu Lali... La quieres ms que  m...

Luego, irresoluta:--No s que hacer--deca--, le ha probado tan bien
la aldea!

Mara insisti.

--Djale...

Y Tristn, muy bajito:

--S... s... me quedo con Lali.

--Dos  tres das, si acaso--fu concediendo la mam.

Todos quedaban satisfechos. En _Las Palmeras_ el nio no haca falta;
slo Eva para divertir  Gracin,  Mara para contenerle,  ver si
librando  Casilda de su asedio, arreciaba ella en las insinuaciones en
torno  Rafael, y antes de partir la condesa dejaba comprometido con
una declaracin categrica al constante enamorado de Luisa Ramrez...
Todo un plan de enredos y artificios, fragundose en el ocio de la
quinta...

Avisaron de la casona que la comida esperaba; y Eva se qued con
sus preparativos de viaje, inquieta, febril, dudando si sera una
locura dejar  Tristn para correr  divertirse cerca de aquel hombre
extrao y prfido, que se burlaba de unas cuantas mujeres  la vez.
Retenala su orgullo, pero la empujaba una ardiente curiosidad de
conocer  la de Manrique, y senta un diablico antojo de rivalizar
con ella, de vencerla acaso, en aquel frvolo torneo de vanidades,
que era el encanto de su vida... Al revolver su vestuario olvid al
nio; y destemplada, rabiosa, hall mezquinas todas las prendas de su
ajuar, y tuvo la certidumbre de ser ella la criatura ms desgraciada
del mundo... Faldas, cuerpos, dijes y tocados, sufrieron tirones y
sacudidas durante una hora cruel que pas sobre Eva como un suplicio.
Al cabo de perplejidades acerbas, qued preparada una maletita con lo
mejor que la vanidosa pudo elegir entre sus galas, y despus de dar
algunas rdenes  la sirviente nica de la familia, y escribir una
breve esquela  su marido, Eva en traje de excursin, bella siempre,
presentse en la casa de Ensalmo.

Ya Benigna se impacientaba por el regreso; no as el marquesito, 
quien la tarde se le hizo un soplo en compaa de la dama rubia.

Tristn y Lali celebraban con jbilo inocente el goce de vivir
juntos bajo un mismo techo, y Mara qued libre, por fin, de la tenaz
invitacin de sus primos, porque Rafael interrumpi de pronto una nueva
consulta de su hermana, dicindole:

--No porfes ms; hace bien Mara en quedarse en el valle--y miraba
con raro enternecimiento los ojos azules, que tambin le miraron
agradecidos.

Lleg la hora de la marcha, y todos juntos salieron  buscar el
automvil que esperaba rodeado de chicuelos pasmados y curiosos.

La de Villamor despidise muy azorada de Mara; hubiera querido estar
amable con ella, agradecerle con acento cordial el hospedaje que
brindaba al nene, pero senta rubor de su conducta, remordimientos de
aquel viaje furtivo. Al besar  Tristn tembl un instante con intensa
inquietud; mas el pequeo, gozoso y animado, le devolvi los besos sin
afliccin ninguna, y la madre sintise ya calmada.

--Vamos sin que anochezca--rog Benigna, mirando con asustados
ojos hacia el triste camino de Reinosa--. Por all--aadi
sealndole--deben llegar los trasgos, y los lobos y los ladrones...
Qu s yo cuntas cosas horribles!... El Besaya parece que est loco,
con los gritos que da... Yo me mora, si tuviera que estar un mes en
este valle.

Y volvindose hacia su prima, que estaba sonriendo, preguntaba:

--No te da mucho terror cuando llega la noche?

--Al contrario, me alegro...

Reson con trgico placer la respuesta valiente, y Rafaelito, al odo
de la dama murmur:

--Quien pudiera acompaarte en esta soledad toda la vida!...

Acomodados en el raudo tren: Adis, adis...--dijeron--Hasta muy
pronto--aadi la voz de Eva extinguindose en la distancia. Partieron,
trepidantes y veloces, carretera abajo, y fueron  perderse en un
recodo violento del camino...

Los nenes corrieron hacia casa, de la mano, y quedse Mara en el
dintel de la portalada, sola y muda, de relieve en la piedra, como el
ngel tenante de un escudo. Los ojos de la hermosa subieron  la cumbre
de los montes arropados de niebla, y desde all  los cielos en busca
de algn signo de esperanza; pero estaban cerrados los confines con
plidas cortinas, y ni luces, ni rumbos, ni seales de una consolacin
hall la triste.




XV


Me voy  _Las Palmeras_, con Benigna y Rafael, que vienen  buscarme.
El nene queda al cuidado de Doa Cndida y de Mara; est muy bueno y
contentsimo con Lali.

As ley Diego en unos lacnicos renglones, patrn de extraa
correspondencia; no se asombr gran cosa de la audacia de su mujer,
y aunque ella colocase en segundo trmino  Mara como guardadora de
Tristn, aquel detalle de imaginar al hijo cobijado por la bien amada,
causle viva emocin.

Un peridico, muy pretencioso y algo cursi, publicado en la playa
con el ttulo de _Revista Veraniega_, le haba dicho  Villamor, 
su tiempo, que Gracin estaba en la quinta de los marqueses; y en
las almibaradas crnicas de aquella misma publicacin, lea el poeta
 menudo el nombre sonoro de Soberano. Luego Mara estaba sola con
los nios, sola con sus pesares y su mansedumbre. Pensara mucho en
l?... Le olvidara?... Si olvidarle fuse ventura para ella, Diego
con heroico afn hubiera deseado aquel olvido. Pero no; vivir era amar;
Mara no dejaba de amarle, porque despert con l  una vida intensa
de sentimiento... Mas, acaso un amor sin esperanza no es una muerte
cruel?... Amarse de aquel modo no vala tanto como despertar al borde
de la tumba?... Y la vida era un don amable, el supremo don que tenemos
derecho  defender; por ella son lcitas todas las batallas y buenos
todos los caminos...

Diego, pensando as en sus terribles horas de infortunio, rebelbase
con dementes razones, contra el dolor sublime de la amada. Senta
una lstima desgarradora de ella, una ternura llena de caridad, una
misericordia infinita. Quisiera abrirse el corazn para meterla en l,
para abrigarla en l, para tenerla siempre consigo, amparada, defendida
por el recio muro de su carne, por el torrente impetuoso de sus venas,
como un nio en el seno maternal. Gozaba y padeca en pocos minutos
mil torturas y placeres, lanzado todo su sr en locas vueltas de la
imaginacin. Embebido en sus ansias, perciba de la adorada voz el
metal dulcsimo, y olvidaba cuanto le haca temer y sufrir, para soar
que haban vuelto  nacer los dos amantes, el uno para el otro, y que
iban juntos por la vida, muy cerca los ojos y los corazones...; y hasta
en la calle, entre el bullicio de la gente, Mara se acercaba  Diego,
en ilusin, hermosa y enamorada, como un divino milagro.

Poco despus, la ansiedad y la impaciencia devoraban al soador;
tenda las manos en la sombra, y la dicha se le escapaba, hallando
slo el vaco, el vaco de una eterna cada irremediable... De
pronto renaca  una inefable confianza, creyendo firmemente que un
amor conquistado  fuerza de dolor tena que florecer en rosas de
felicidad, con la ms santa de las justicias. Una lgica de enamorado
le llev  admitir la idea de que las almas superiores tienen el
derecho y el placer de redimirse con valenta de todos los dominios
extraos, juzgando en el tribunal sumo de las conciencias sus propios
sentimientos, y hurtando el cuello, hasta por dignidad, al fallo de
una sentencia injusta... Sobre la vida y la hacienda--pensaba el
artista--han podido pesar la voluntad de un hombre  el mandato de una
ley; pero sobre las almas, ni antes, ni ahora, ni nunca, quin sino
Dios puede mandar? El amor tiene tambin sus fueros, y cuando es de
calidad altsima y no est manchado con impurezas, se levanta sobre
todos los cdigos y todas las prohibiciones...

De una en otra concesin hecha  s mismo, fu Diego adentrndose
en su conciencia por rutas peligrosas, con menoscabo de firmes leyes
de moralidad y de sanas costumbres sociales; y entre las encendidas
llamas del amor divino, aparecieron tambin las ascuas rojas del amor
humano, por una natural evolucin. A la par del caballero y del poeta,
el hombre, estremecido por las sordas voces de la vida, sediento de la
amada, quera beber llena la copa del deleite; reclamaba su derecho
 vivir en el goce pleno del amor, sin escrpulos, sin reservas,
afrontndolo todo, vencindolo todo, hasta sentir la felicidad en su
corazn convertida en esclava... Pero el pobre corazn ambicioso le
dola de tanto querer y esperar!

En medio de estas crisis del sentimiento y la naturaleza, de estas
luchas entre el instinto y el ideal, lleg  manos de Villamor una
carta con sobre de Mara, algo temblona la letra, algo asustado el
nombre del artista, escrito con menudos caracteres. Un pliego de lneas
ondulantes sealadas por una escritura difcil, deca: Papato: te
quiero mucho; hazme unos versos y cmprame un caballo. Todos los das
rezo por ti con Lali y su mam, y para que veas que no te olvido te
mando esta carta llena de caricias... Tristn.

Piadosos renglones para Diego los que traz la mano de Mara con la
mano del nene. Eran smbolo y prenda de un recuerdo delicado y bendito,
y abismbase el alma de aquel hombre en infinita gratitud hacia la
autora de tan dulce milagro. El inocente corazn de Tristn, al impulso
de una santa influencia, volaba hacia el padre sin ventura  quien
hurtaron el amor del hijo, y las letras deformes y nerviosas que traan
el regalo, parecironle  Diego una imagen viva y trmula del amor de
la ausente.




XVI


Se remeci la linde de los huertos, y una sombra erguida y lenta,
avanzando en el csped, tendise  los pies de Mara, bajo el mando
impalpable de la luna. Punz el silencio un grito borbotante en los
labios de la dama:

--T... t!...

--Yo...; no tiembles ni me culpes--dijo el acento frvido y opaco de
Villamor.

--Pero,  qu vienes?... por qu vienes, Diego?

--Porque es razn que venga; porque es justo... Porque ests sola y
triste, en brbaro abandono de tristeza... Y vengo  consolarte... y 
quererte.

--Llegas como un ladrn; de noche, de improviso, rompiendo tus
propsitos y mi serenidad... Me has asustado mucho.

Y la voz se apag rendida y dulce, temblando en el sosiego del
paisaje. La indulgente caricia del acento perdon la osada del poeta,
que vencedor y ufano dijo:

--El amor es amigo de la noche, y llega as, callado, cuando menos se
espera...

--As llegan tambin las tentaciones!...--lamentaba la voz
acariciante; y ardiente la otra voz, cant su triunfo:

--Nada vengo  robar, porque me has dado lo mejor que tenas: el alma.
Y porque es ma la quiero recibir de tus labios como una comunin.

--Ya vuelves  estar loco--murmuraba Mara ahogando sus reproches en
un ritmo de pena--; ya olvidas nuestro pacto y la tranquilidad que me
ofreciste.

--Algo loco estar, ya que pretendo arrancarle  la vida, por fuerza
si es preciso, toda la felicidad que nos esconde... Dme t que me
ayudars; dme que me quieres sobre todas las cosas y que quieres ser
ma en cuerpo y alma; dme que ests divinamente loca, como yo lo
estoy, y que nada te asusta ni te detiene...

--Cllate por piedad... Tengo miedo... Un miedo horrible...

--De la dicha?

--De ti, que ya no sabes ser mi hermano.

--Yo s adorarte con la sublime insensatez de la pasin que slo
atiende  s mismo, sin importarle nada lo dems. Yo te adoro divina
y humanamente, con cuanto hay en ti de espritu eterno y de humana
desventura, y quiero compartir contigo el mayor tesoro del mundo, que
es el amor; nada vale tanto, nada merece tanto la pena de vivir. Merced
 su admirable poder, le arrancaremos  la vida sus mejores frutos,
y en nuestro paso por la tierra dejaremos una huella de poesa y de
pasin que maana encender otros corazones...

--Para que despierten y mueran?--interrumpi Mara con duelo.

--No; para que en ellos vivamos como en los nuestros vive la sagrada
lumbre de los amantes de otros siglos... Es la antorcha eterna que,
como en los juegos clsicos, pasa de corazn en corazn sin apagarse
nunca... Cuando se acabe el mundo, yo imagino que sobre el planeta
muerto esa antorcha arder todava como el smbolo de un amor
inmortal...

--Y despus de este mundo, all en el otro, que cuenta le daremos 
Dios de estos amores?

--l uni nuestras almas aqu abajo...

--Las almas?... Tal vez s--balbuci la mujer con zozobra infinita--.
Pero las almas nicamente... Que hablemos de esta manera  favor de la
noche, es una cosa mala... es un peligro...

Pero Diego razonaba  su modo.

--Por qu ha de ser malo que estemos juntos querindonos mucho y
habiendo sufrido mucho tambin?... Lo malo es no quererse, es llevar
el odio en el alma, causar la infelicidad de una criatura buena, ser
ocasin de infortunio y de lgrimas, valerse del implacable rigor de un
sacramento  de la dureza de una ley para atormentar  los que tienen
hambre y sed de amor y de justicia...

La fascinante voz sugestionaba el nimo suspenso de Mara. Iba
quedando en sombras aquel espritu, y con afn de luz salt  los
ojos azules, todo entero, y fu  posarse en un retazo de luna cado
al csped desde un jirn de las nubes. Un blando soplo lleg de la
arboleda, acariciando un momento la agona de las rosas, y en el fondo
sombro del jardn, acompasada como un corazn, lata una fuente.

Diego, enardecido y febril, lanzaba su copiosa elocuencia en el
silencio,  la luz de los ojos pensadores impregnados de luna.

--Quin puede pensar que somos _malos_--dijo--porque nos queremos?...
De estos pecados toda la naturaleza es responsable. Habra que ir
destruyendo y aniquilando todos los grmenes de la vida, desde la
semilla de las flores hasta el corazn nuestro, para castigar los
_delitos_ del amor... Qu culpa tenemos nosotros, pobres seres
dolientes y apasionados, de que el mundo haya sido hecho de esta
manera?... Es que nos vamos  arrancar el corazn, lo nico verdadero
que hay en nosotros?... Qu ridculas deben parecer desde all
arriba todas las preocupaciones humanas, las leyes, las conveniencias,
los disimulos, las hipocresas, todas estas prohibiciones con que se
pretende sujetar todos los fueros del amor!...

Cielo y luna en los ojos de Mara escuchaban cautivos; un robledal
oscuro, con msica de fronda suspirante, charlaba con el ro en
coloquio feliz, y la noche, perfumada y serena, segua caminando por el
valle.

Con indmito afn se acerc Diego  la oyente pensativa, y rog:

--No me esquives tu corazn... Dme lo que meditas, lo que sufres...

Ella, condesciendo, le contaba:

--Pienso que te extravan los pesares, que todo lo que dices es
daoso... El valor de la felicidad est en que jams puede ser poseda;
si la estrechramos en nuestros brazos como  una criatura, perdera su
divino perfume... La felicidad, como la belleza, como todas las altas y
graves cosas inmateriales, rechaza toda posesin, todo contacto...; es
un aroma, una luz, una brisa que pasa...; la sentimos, la gozamos tal
vez... pero no la poseemos! Si de ella sabe algo nuestra vida, ser 
condicin de que respetes el juramento que nos separa.

--Yo har lo que t mandes--dijo Diego alcanzado de angustia
punzadora--; promet obedecerte y s cumplirlo; pero as castigamos
nuestro amor con sutilezas crueles, asustndole con fantasmas
invencibles... Somos unos pobres ilusos, y, en vez de amarnos con todo
nuestro corazn, nos fatigamos estrilmente en un torneo de razones
locas, cuando la razn suprema que nos ampara es el amor mismo... Y no
se vive ms que una vez!...

Con exaltado acento de tortura le replic Mara:

--Una vez... en la tierra... El sacrificio tiene tambin sus goces y
hermosuras...

--Pero cuando es estril, lleva forma de orgullo, y  veces de
crueldad. Esta mansedumbre pasiva no tendr la grandeza que t
supones... Mi amor te ofrece otra clase de sacrificio, activo, fecundo,
lleno de misericordia y de consuelos, mucho ms noble y hermoso que
todos los tormentos intiles y solitarios de tu abandonado corazn.

--Intiles mis tormentos!--gimi la valerosa, amargamente.

--Los tuyos y los mos... Aceptamos el hierro de la esclavitud  placer
de nuestros verdugos... Lo haran ellos por nosotros as?

--Ellos... ellos...--murmur dolorida la voz mansa. Y despus con
transporte en que temblaron dos amores rivales.--Por ti--dijo--pudiera
olvidar lo que soy, sacrificar mi honor... si fuse mo...

Y Diego, ronco, hurao, termin:

--Pero es de _l_!

--No!... es de ella... de mi hija.

--Ah!... s... Lali!--balbuciente clam el poeta, con respeto humilde.

Y tan absorto se qued en su desventura, que la mujer, con suma piedad
santa, fu  decirle muy bajo:

--Ni t ni yo somos dos amantes ciegos; nuestro amor no est hecho de
pasin ni de instinto, es el dulce fruto del sentimiento y del dolor;
no le amarguemos con la culpa... dejmosle vivir muriendo, como un
atisbo de la suprema felicidad que por l se nos dar algn da.

--Cundo?--solloz el hombre, hambriento de aquella promesa,
impaciente y quejoso como un nio.

Ella, con el poema de sus lgrimas, fu tejiendo una esperanza remota.

--Pronto--dijo--, all donde todo es posible y todo es bueno; cuando la
carne se hace polvo en la tierra.

Y l, la miraba en xtasis de inefable ternura, asegurando:

--A m tu cuerpo me parece hecho todo con alma...

Apret en sus manos fuertes las manos de Mara, hmedas por el llanto,
blancas y temblorosas como jazmines que la lluvia doblase. Pero ella,
desprendise con terror de la caricia pura, y lloraba:

--Pues  m nuestras almas... me parecen de carne...

Luego, imploradora, trmula, suplic:

--Vete... vete... Hasta maana.

Obedeci l, sumiso, y como un eco repiti con pavura:

--Hasta maana...

Bajo el cendal bendito de la luna sollozaba Mara, desgarrndose en
triunfo doloroso, y la figura gentil de Rosita se alz en un escondite
por detrs de la seora. Deslizbase la doncella hacia la casa con un
susto inaudito en el semblante, y en el alma un fervor y un asombro que
la hacan pisar con leve paso sin rozar casi el suelo.

Se remeci otra vez la linde del jardn; la sombra del poeta, huyendo
entre macizos, se tenda en las flores del otoo... Estaba la noche
como adormecida de placer, y se agit el paisaje con un escalofro de
pasin.




XVII


Cuntos das? uno? mil?... La vida toda?... Un minuto?... La
sublime demencia del amor inmoviliz el tiempo en el valle, para
los enamorados inertes en su idilio, todo niebla y dulzura, todo
inseguridad y dolor. Era un correr entre sombras y resplandores, un
vagar por los cielos y la tierra, un delirio tan puro y tan humano!...

A nadie le extra que Diego se hubiese aparecido en su casita, ni
que se encerrase  escribir tenazmente,   pasear  lo largo de la
estancia horas enteras, sin dejar su retiro ms que para hacer la
diaria visita  la seora del palacio.

La zafia sirviente del poeta cont que el seorito haba llegado en el
tren de la noche, sin preguntar por la seora ni por el nene, porque
sabra, sin duda, que no estaban en casa... Cont que apenas coma el
caballero, que hablaba solo y que le daba gran tarea  la pluma.

Para Tristn fu una sorpresa alegre la de ver  su padre una maana
en el balcn, gozando con el asombro de los dos amiguitos, que
corrieron  abrazarle.

Con el franco egosmo de la infancia, el nio dijo al hombre:

--Me traes un caballo?

--No pude... Estaban las tiendas cerradas cuando vine...

--Y los versos?

--Ah! s, traigo muchos, para ti y para Lali.

--Versos--dijo la nia charlatana--son unos regloncitos chiquitines que
caen bien unos con otros... Son cantares.

--S--repiti Tristn con maravilla--; son cantares, y valen el
dinero... lo ha dicho tu mam.

Villamor escuchaba embelesado el gracioso palique de los nenes, y un
tierno gozo le inundaba, vindolos tan unidos en la gloria envidiable
de la inocencia.

Sin el ropaje de los disimulos sigui Tristn diciendo sus antojos:

--Papato; yo no quiero quedarme en esta casa; vente t al palacio
tambin, porque mam se ha ido no s  dnde...

--Donde est mi pap--salt la nia resolviendo el problema fcilmente.

Diego endulz una sonrisa muy amarga besando  los pequeos, y les dijo
que l se estara solo y ellos juntos con la mam de Lali; que le iran
 ver los dos  cada rato, y que todas las tardes les llevara  paseo
y les hara una visita.

Se quedaron conformes los chiquillos, y cumplieron por su parte el
programa de tal modo, que  cada media hora gritaban  la puerta del
despacho: Abre, que una mariposa se nos muere;  ver si t la curas...
Que nos cuentes un cuento... Que nos hagas un cantar... Mira, traemos
flores...

Algunas veces encontraban al artista con los ojos llenos de lgrimas.

--Lloras?--le dijo Lali en una ocasin.

Y Tristn, conmovido, salt  los brazos de su padre, murmurando:

--No llores, que ya te quiero mucho.

--Y antes no?--pregunt Villamor entre caricias.

--Antes... poco.

--Desde cuando me quieres?

Encarnado y confuso balbuce el nio con elocuente verdad:

--Desde que la madre de sta me ha dicho que eras bueno...

Lali, absorta, miraba aquella escena con sus pupilas de oro dilatadas
en una compasin profunda. Le daba mucha lstima aquel seor tan
triste, que la besaba siempre en los ojos con unos besos clidos y
dulces, largos, largos... suavsimos. Y el poeta, prendado de la nia,
gozaba sobrehumanas emociones cada vez que la luz de aquellos ojos
entraba en su conciencia, refrigerante y pura, como el sol de los
cielos...

Acosado por un tropel de ideas inefables y ardientes, Villamor quera
condensarlas en renglones felices, en estrofas de gallarda inmortal,
centella de perenne fuego eternizado en el arte con romntica lumbre
de pasin. Quiso poner su alma, deshecha en tempestad, bajo la pluma,
y estrujarla encima del papel, y dejarla en un canto  Mara ardiendo
para siempre con llamas de gloria inextinguible en el amor infinito. En
sus horas de emocin solitaria, le pareca que todo el universo vibrase
dentro de l, y se quedaba en xtasis, sin hallar ms digna elocuencia
que la del llanto; sus nervios, como el cordaje de una lira inmensa,
se estremecan temblorosos, y las sensaciones le envolvan en olas
de luz, de msica y de color. Mas en aquellos instantes de plenitud
vital y esttica, no lograba arrancar al corazn sus secretos mejores;
torpe la pluma, remisa la palabra, encarcelados los pensamientos en la
exaltacin sentimental, caa el poeta en freneses morales, en accesos
de tristeza y de lgrimas, que le llevaron al dintel de la locura.
Entre sus montones de cuartillas rotas en aquel tiempo, slo alguna por
azar qued en olvido, menospreciada por la desesperacin del hombre
artista, que no acert  verter en ellas el aroma de su alma.




XVIII


Arbolada como el mar estaba la quinta; pareca que la borrasca de
las olas alcanzase al saln,  la terraza, al jardn ya marchito y
al parque derrotado por el otoo. Bajo la rasgadura de la fronda,
pasebase Rafael nervioso y ceudo, pisando con cruel complacencia la
crujiente hojarasca. El marqus buscaba intilmente  su hijo por los
aposentos de la quinta.

--Rafael... Rafaelito!--iba diciendo--En dnde ests, muchacho?...
Todo se arreglar, no te disgustes. Estas son nubecillas familiares,
caprichos de mujeres...

Abra don Agustn las puertas, atravesaba las estancias, y su acento,
sonoro y reposado, se apagaba entre muebles y cortinas, tapices y
molduras. Al final de su intil excursin, una vidriera del piso
bajo le permiti ver, peregrina en el parque, la ruin catadura de su
hijo. Fuse el prcer hacia su heredero con prontitud conciliadora y
grata, y en paternales tonos, un poco altisonantes y campanudos, le
habl de transigir con sus deseos de matrimonio; l haba hecho las
veces, en obsequio suyo, cerca de las seoras, encaprichadas contra
Luisa Ramrez... Las bodas por amor, eran siempre un asunto potico
y hermoso, digno de simpata; por eso, como padre y como romntico,
apadrinaba don Agustn los ideales amores de Isabel y Galn...

Nada, nada: dos casamientos altrustas, dos alardes de aristocrtica
insurreccin contra los convencionalismos de alcurnias y talegas, y
 ser felices por muchos aos!... No olvidaba el marqus aquel adagio
de casa  tu hija como pudieres y  tu hijo como quisieres; pero l
tambin se cas sin ms estmulo que el de una pasin desinteresada,
y su felicidad conyugal era un ejemplo elocuente de cuntos premios
reciben en el mundo el puro amor y los nobles sentires.

Extendise Coronado en otras consideraciones sentimentales, y su
discurso, cmico-lrico, tuvo el don de plegar con difcil sonrisa
el gesto bravo de Rafael. El padre fu diciendo que Isabelita, como
enamorada, habase puesto de parte del hermano, en defensa de su
boda con Luisa; y que, siendo ya dos en apoyarle contra el parecer
de Benigna y la marquesa, iban ellas cediendo en su oposicin, y ya
queran paces francas y prontas con el predilecto...

Todo se arreglara; las seoras, ya avanzado el otoo y desapacible la
playa, volveran  Madrid inmediatamente, y l se quedaba acompaando
al novio en un hotel de la ciudad para prevenir con solcito inters
todos los menesteres de la boda,  la cual, en el da sealado,
vendran la marquesa y las nias; luego, todos asistiran cordialmente
 los desposorios de Isabel, en la corte...

Para que no viajaran solitas las seoras, Lpez, el buen
Lpez, el amigo constante y bondadoso, se prestaba con gusto 
acompaarlas; quedarase con ellas unos das, hasta la fecha de la
boda, y en ambos viajes les sera muy til su compaa... Eh?...
Qu tal?...--interrogaba don Agustn muy satisfecho, en triunfo
de proyectos y soluciones. Rafaelito mordase los labios, entre
compadecido y burln, y el marqus se le llev del brazo hacia la casa,
donde fu recibido el heredero con caricias de la mam y mimos de las
nias... De Isabel sobre todo, que, haca un rato, oyera del furor de
Rafael una amenaza:

--Si t sigues conspirando contra mi casamiento, yo desbarato el tuyo
en diez minutos... Hablar  pap de tal modo, que, por cndido y ciego
que sea, se opondr  que te cases con ese...

--Comprendido--interrumpi la avisada seorita; suprime los eptetos,
hermano, y cuenta con mi apoyo... y tranquilzate; nos casaremos los
dos muy pronto... Ya lo creo!...

Isabel y Benigna conferenciaron despus de la amenaza de Rafael;
luego, las dos, se encerraron con su madre en una discusin agria y
triste, y, por fin, la marquesa, llamando  su esposo  un coloquio
trascendental, le despidi al instante hecho una malva, ufano en su
papel conciliador en busca del terco Rafaelito, que impusiera ya
definitivamente su resolucin de casarse con Luisa Ramrez sin tardar
ms de un mes...

Aplacada aquella tormenta familiar, muda la casa en crisis de descanso,
todos los gritos que se oan eran del viento y de las olas, y del
ropaje roto de los rboles.

Pero en la terraza de la quinta estallaba otra tempestad, asomndose
 los ojos profundos de una mujer. Ascuas y tinieblas, relmpagos y
huracanes, pasaban por aquellos endrinos ojos que miraban desafiadores
la intumescencia del mar en su pujante bravura. Olas ms crueles que
aquellas del Cantbrico furioso, se deshacan verberantes en el corazn
de Eva.

La curiosidad aciaga, y el despecho que la empujaron hacia la quinta,
en castigo implacable se tornaron, porque Gracin, engredo como nunca
en vanaglorias del rendimiento de ella, la utiliz como estmulo para
lograr  la condesita, y cuando la de Manrique se march  Vichy,
segura de no encontrar marido en _Las Palmeras_, l quiso hacer una
pblica ostentacin de la supuesta conquista, acompandola en el
viaje, olvidado de cuanto no fuse aquel empeo altivo en afirmar su
fortuna de tenorio. Con la humillante ofensa de Gracin coincidi para
Eva una carta de Mara, dando buenas noticias de la salud del nio y
aadiendo que, aunque estaba all Villamor, ella tena mucho gusto en
retener al nene  su lado. Aquel regreso, sin aviso ni explicacin,
fu para Eva un asombro ms en la extraa conducta que  Diego
atribua. Por primera vez se le ocurri que su marido, desprecindola
en realidad, se haba marchado en un momento de hasto, y regresaba 
disfrutar del valle aprovechando la ausencia de la menospreciada... Era
cierto, entonces, que ya ella no inspirase cario ni admiracin, que ya
no tuviese poder sobre alma ninguna...; que el abandono y la soledad la
ponan sitio con incansable ardid... De nuevo padeci el terror de la
llanura solitaria, el indmito espanto del desierto sin orillas, sendas
tortuosas y estriles donde la fatalidad la empujaba, sola y pobre, sin
juventud y sin belleza, sin poder asirse ni  su propio corazn, que,
callado y cobarde, pareca muerto... El plido rostro de Tristanito
cruz por su memoria vivamente, como estrella fugaz en noche oscura.
Al recuerdo del nene, irguise Eva con indomable orgullo, poniendo
enfrente de su gesto bravo la imagen dulce y bella de una nia.

--Me le quieren quitar--rugi sauda--; es Lali que le lleva  su casa,
que le tiene hechizado y me le roba... la quiere ms que  m!...
Un maretazo fiero de pasiones agit  la mujer atormentada por su
propia ruindad. Contemplando al Cantbrico en borrasca,  las flores
en derrota, y aislada su existencia, sin consuelo ni rumbo, lleg 
pensar, obsesa en sus espantos, que Tristn, su nico tesoro, padeca
un secuestro malfico en poder de un hada diminuta con los ojos de sol,
las mejillas de rosas, y la risa arpada; una hechicera, de nombre Lali,
carne de la mujer feliz  quien todos los halagos del mundo le pintaron
un cielo en los ojos de ardiente azul...

Eva quiso volver al valle inmediatamente. Habiendo prolongado su
estancia en _Las Palmeras_ muchos ms das de lo que se propuso,
pareca demasiado significativo su deseo de marchar tan pronto
como Gracin lo hiciese; pero la llegada de su esposo la sirvi de
justificante en la repentina determinacin. Nadie la detuvo, porque
la vuelta  Madrid revolva ya la casa de los marqueses en ajetreo
formidable. En aquel regocijo entraba Lpez, frotndose las manos y
mascullando el glorioso perfectamente que hizo poca en las crnicas
galantes de la playa...

Prendido en las plidas nieblas de la costa, el Cantbrico,
en furia, se despeda  grandes voces de aquella caravana de
viajeros. Gritos, sollozos, ventadas, salivazos, una acusanza dura
y arrogante mandaba  la ribera la tempestad marina... No de otra
suerte, en salmos inmortales, nos cuenta el Evangelio que al pueblo
escandaloso:--_Avergnzate, oh Sidn!_--le dijo el mar...




XIX


Tristanito tena mucha fiebre y una gran cobarda en la mirada.
Hubirase dicho que no quera abrir los ojos  la luz, desde la hora
en que oy  sus padres hablarse con palabras dursimas y crueles,
lo mismo que en Madrid haca tiempo, igual que en otras ocasiones
inolvidables para el nio... Fu en la tarde que Eva lleg; fu en
aquella salita blanca y alegre donde Diego escriba y paseaba, donde
Tristn y Lali trenzaron juncos y margaritas para fabricar coronas,
alzando con su charla infantil castillos maravillosos, bajo la
acariciante mirada del poeta...

El nio entre los dos, Eva iracunda apostrofaba  Diego, como si ella
no fuse la culpable de la distancia de sus corazones, del secreto
divorcio de sus vidas.

Con dspota altivez, pedale razn de sus desdenes, noticia de sus
planes y cuenta de sus horas. Decase abandonada y ofendida, y no daba
tregua  los reproches ni respiro al discurso acusador.

En casos parecidos corra el nene  calmar  su madre con caricias,
guardando para ella todos sus compasivos sentimientos; pero esta vez
se refugi con susto en los brazos del artista, y con dulce piedad le
consolaba en frases rotas de inocente pena. En el colmo del furor,
la madre entonces, quiso arrancarle  Diego el hijo; mas el nene
se aferraba  los brazos varoniles, y el padre defenda su tesoro.
Porfiaron un instante con brutal insensatez, y el hombre, al cabo,
temiendo lastimarle, solt al nio.

Habl Diego de partir en seguida  lejanas tierras para nunca tornar;
habl de la desgarradura de su alma dejando al hijo suyo en manos que
atizasen odios horrendos contra el padre ausente... Tristn oa con
mudo estupor los augurios amargos del poeta; le miraba anheloso, y,
preso entre los brazos de su madre, no se atreva ni siquiera  llorar.

Poco despus temblaba como una hoja, sacudida por fatales soplos; los
prpados cados en cansancio de terror  de lgrimas.

A la maana siguiente avisaron al mdico de la villa, que lleg,
caballero en esculido potro,  visitar al nio.

Examinle con atenta bondad, moviendo lentamente la cabeza. Averigu si
la criatura era de genio triste, si estuvo siempre dbil como entonces,
si haba tenido alguna emocin fuerte.

Con sus dedos suaves y piadosos, levantle los prpados, tenaces en
su pliegue fatdico. Encedi una cerilla, y se la pase delante de
los ojos, engandole: Mira que preciosa luz... Mira otra vez... Ms,
un poco ms...--Giraron dbilmente las pupilas veladas; el mdico
descubri el inmvil cuerpecillo, y en el vientre le hizo una raya
con la yema del dedo, observando con el mayor inters aquel signo de
experiencia. Dispuso un plan de alimentacin, y un gran cuidado en
anotar, cada dos horas, las curvas de la fiebre. Recet hielo para
la cabeza, en aplicaciones continuas, y con acento reservado, dijo:
Volver  la noche...

A Diego, que ansioso le interrogaba, acompandole hasta el portal, le
confes pesimista: Temo una meningitis; el temperamento del nio y los
sntomas que presenta no me ofrecen mucha confianza... Pero puede ser
un amago nicamente.

--Si fuera meningitis?--pregunt el padre aterrado.

--Si lo fuera... un milagro tal vez le salvara.

Se estrecharon la mano los dos hombres, en un silencio grave y
aflictivo, y el mdico se alej muy despacio en su potro consunto y
valiente, de heroica traza.

Al volver Villamor al aposento de Tristn, Eva mirle interrogante, y
en la pavidez de su esposo ley el temible diagnstico. Poseda de una
zozobra inmensa, acobard los ojos en el suelo, y con la voz tan blanda
como nunca, balbuci:

--Voy  prevenir todo lo necesario...

Quedse el padre al lado de la cama donde el ngel amado padeca, y la
mujer huy ciega de ansiedad, parecindole insufrible la idea de volver
cerca del nio  contemplarle inerte y estuoso, con los ojos cerrados
como un muerto y la amenaza inexorable encima de la frente pura...
Di vueltas como loca por la casa; quiso en vano llorar, buscando una
oracin intilmente. Lleg al despacho, y hall sobre el sof juncos
lacios y flores praderosas, muertas aquella noche en las redes de una
coronita humilde. El hallazgo causle un miedo supersticioso; floja
y vacilante, se fu  sentar al lado de la mesa, y con las manos
impacientes y fras se puso  revolver en los papeles y  escudriar
los libros. Entre pliegos en blanco, tropezaron sus ojos unos versos,
sin principio ni fin, rimas truncadas. Y ley con asombro de locura
este hilvn de renglones:

      Mi destino eres t. Yo te quera
    desde antes de nacer; yo te soaba
    desde el remoto cielo donde moran,
    sin cuerpo todava, nuestras almas.
    Fueron tus ojos candelitas de oro
    sobre los horizontes de mi infancia;
    fueron tu besos los primeros besos
    que soando sent. Yo te buscaba
    sin alcanzarte nunca. Desde nio
    mi pobre corazn te adivinaba,
    presintiendo las vivas emociones
    de nuestras horas dulces, de nuestras horas trgicas.

       *       *       *       *       *

          La historia eterna del amor humano
              recoger en sus pginas,
        como oro en pao, nuestros nombres. Da
              llegar en que otras almas
        su sed apaguen en la fuente pura
              de nuestras lgrimas...

       *       *       *       *       *

      Nuestra vida ser como un poema,
    nuestra muerte ser como un hossana...
    No moriremos nunca; viviremos
    como un sueo de amor, en otras almas.
    No hay madrigal, cantiga ni querella,
    clavel ni pasionaria
    de viejo epistolario  cancionero
    que guarde entre sus pginas
    aroma tan sutil como el aroma
    de nuestras horas dulces, de nuestras horas trgicas.

Trepidaba en las manos de Eva la cuartilla donde Diego escribi estas
estrofas sentimentales y sinceras, intiles al parecer, pues que
holgaban en descuido, con una cruz de lpiz rojo atravesada en el
pliego hasta las cuatro puntas. La imaginacin de la curiosa giraba con
mpetu, ajena  todo lo que no fuse buscar la musa de aquel canto...
No daba con ella... No existira. Era, sin duda, una imagen de poeta.
Diego, retrado, casi hurao con las mujeres, acaso no saba amarlas
ms que en sus coplas, en sus delirios de artista... No. Diego no tena
pasiones violentas, ni antojos verdaderos... Era un anormal, un iluso,
un soador...

Pero los versos dolan en la memoria de Eva como un rasguo cruel.
Mirando la cuartilla, salpicada con la letra menuda de su esposo,
parecale cada frase un grano de simiente que otra mujer feliz
recogera en cosecha de flores inmortales... Las lneas rojas, tendidas
en el pliego, eran un araazo que sangraba... Sospechosa de anlogos
encuentros, sigui doblando libros y cuartillas con febril impaciencia.
Hall notas, renglones inseguros, crcel de altas ideas temblando como
chispas de luz sobre la nieve ingrata del papel; y al cabo de su audaz
inspeccin, hall un soneto, colocado  manera de registro entre versos
de Fray Luis. Ley con avidez:

      Amor que en lo infinito se asegura
    y en la callada eternidad se enciende,
    es una noble llama, que trasciende
    ms all de la triste sepultura.

      Brilla serena en la tiniebla oscura,
    en la lumbre inmortal su lumbre prende;
    ni el sol la apaga ni su luz la ofende,
    ni de los hombres ni los siglos cura.

      Se apagar de nuestra vida el rastro
    y nuestras lenguas tornarnse hielo,
    y nuestra carne rgido alabastro,

      mas, la llama de amor de nuestro anhelo,
    brillar con ms fuerza, como un astro
    en la tranquila inmensidad del cielo.

Esta vez la furtiva lectora no dud; un clido soplo de sentimiento
corra por aquellas estrofas, asegurndola que detrs de ellas haba
una mujer, una mujer apasionada que comparta con Diego aquel amor
infinito y sobrehumano; amor que vence  la triste sepultura;
amor que inmortaliza, fuego de llama perenne como un astro...
Pero existan aquellos amores?... Acaso no eran ficiones de
poetas, penitencias de mrtires  manas de locos?... Amar, para
sufrir nicamente; vivir muriendo, y muriendo de amor nacer  la
inmortalidad... Qu misterio era aquel impenetrable  los ojos de
Eva?... Sintise poseda por un pavor extrao y luminoso, en el centro
del cual arda aquel inmenso amor que ella negaba, y la gloriosa
lumbre calent un instante su aterido corazn. En inquietud profunda
atraves la estancia varias veces como si buscase razones y verdades
donde asirse para no caer al suelo. De pronto se volvi hacia la mesa,
agitando papeles y libros en huracn de ansiosas pesquisas. Nada
nuevo encontr, y el taller del poeta quedse conturbado, en traza de
terremoto. Eva se acod en la ventana, esperando de la tierra  del
cielo lo que no hall al abrigo de las paredes...

Ya bajaba la noche por los campos, y temblaba un lucero en el azul.

En el jardn andaba Lali de puntillas, como por el cuarto de un
enfermo; buscaba entre los plidos macizos las ltimas flores
moribundas, y recoga, en su actitud de sigilo y de tristeza, toda la
emocin de aquel instante.

El doliente recuerdo de Tristn hiri  la madre entonces, con punzada
traidora, y del calor desconocido que poco haca le tocara el pecho
como rfaga espiritual, se le subi  los ojos una nube de llanto.

A la par de sus lgrimas copiosas, en el callado valle palpitaba el
quejido inconsciente y misterioso de la naturaleza.




XX


Se aumentaron las incertidumbres y el dolor en la humilde casa del
poeta.

Tristn, presa de aguda meningitis, se debata bajo la garra implacable
de la muerte; flagelado por el duro martirio, gritaba con desgarradoras
energas; toda su fuerza, su vida toda, se le escapaba en aquellos
lamentos, agudos como puales. Peda socorro, peda misericordia;
el treno de su voz atormentada, corra por las habitaciones como un
soplo de locura doliente, y se lanzaba al jardn agostado, y al huerto
en deshoja, y aun llegaba  los campos y al camino, como un eco de
espantable agona.

Hecha pedazos su esperanza, Eva se tapaba los odos en los rincones de
la casa, huyendo de las quejas del mrtir.

Entretanto Mara baaba su corazn en las penas de Diego, y, con
ternura y piedad, cuidaba al nio. Tambin el poeta, romero del dolor,
velaba en torno al sentenciado, con intil afn.

Alejada en lo posible de aquella desoladora escena, supo Lali que su
amigo estaba muy malo, y que se iba  marchar al cielo. Muy confusa y
pasmada, la chiquilla abrum  doa Cndida con preguntas: El cielo no
era un palacio de seda, con dulces y juguetes y angelines?... Por qu,
entonces, Tristn daba tantos gritos y se quejaba as?... No quera
irse?... Y por qu le llevaban  la fuerza?... Tendra miedo de ir
solo?... Sera menester que ella le acompaara...

Inquieta y reflexiva, Lali espiaba las conversaciones y los sucesos, y
escuchaba, temblando, los ayes que rompan el silencio de aquel drama.

Rezaba fervorosa, y la sal de sus lgrimas primeras, en la flor de los
labios le amargaba, sazonando su sonrisa... Algunas veces, lograba
penetrar en el cuarto del enfermo; asomaba los rizos y los ojos en el
barandaje de la cama, y quedbase absorta en el espanto de aquella
dolencia cruel. Su madre, acaricindola, permita que besara  Tristn
en una mano, para no molestarle; y Diego, dulcemente, la sacaba de la
habitacin, compadecido del dolor angustioso de la nia.

Mientras Tristn conserv el conocimiento, slo el nombre de Lali
le decidi  levantar el plomo de sus prpados ardientes. Trataba
de mirarla y de sonreir, y tenda hacia ella las manos, con afanes
devotos. Era menester llamarla para lograr que el nio tomase las
medicinas y el alimento; la sentaban al borde de la cama, y la voz
cariciosa de la nena, con msica de llanto y de piedad, musitaba la
peticin:

--Toma esto, Tristanito; tmalo para sanar pronto y que juguemos juntos.

Y, dcil  la instancia insinuante, el enfermo desplegaba sus
descoloridos labios para tomar todo cuanto le diesen.

Luego empez  perder la vista y la memoria. Con breves intervalos de
sopor, el ngel herido se retorca en violentas convulsiones, y con
temblorosos acentos suplicaba:

--Ven, Lali, corre; qutame esta corona que me aprieta... Estas
flores tienen espinas que me han hecho sangre... Mira, lo ves? estoy
sangrando... me duele mucho... mucho...

Las manitas, temblonas y cobardes, suban  la frente, y, torpes, se
enredaban en los rizos, como garras de cera en un crespn de luto.
Quedbase trgico y lastimoso, y en convulsa plegaria repeta:

--Vmonos, Lali; vmonos  que me curen esta herida; llvame  otro
camino donde las flores no pinchen; donde los trenes no me pasen por la
cabeza... Me estn matando!... Me estoy muriendo!... Corre, Lali,
por Dios, llvame de aqu!...

Una maana, cuando Lali fu  verle, madrugadora, l volviendo la cara
hacia la voz de la nia pregunt impaciente:

--Todava es de noche?

--Es de da--repuso Lali con asombro--, no ves el sol y el cielo?

Quiso el nene incorporarse, se pas por los ojos con fatiga las
mariposas blancas de sus manos, y con terror insuperable dijo:

--No veo!... No te veo Lali; y adems no me acuerdo cmo tienes
la cara... No digas que hace sol, porque todo est negro... mira...
todo!...

Agitaba los brazos en el aire, palpando las tinieblas de su vida, y, al
desmayar la frente en la almohada, los rizos en desorden le formaron
una aureola de negrura mortal. Sus pupilas sin luz, muertas y turbias,
rodaban en la eterna noche... Acudieron  engaarle con ardides
piadosos; pero ya ni el amor ni la ciencia eran capaces de aliviar las
torturas del inocente. Pronto su odo, paralizado tambin por aquella
muerte calmosa y cruelsima, le neg las palabras de consuelo que el
amor le deca. En vano Lali gritaba:

--Tristn... Tristanito, no me conoces? no me quieres?...

El mrtir, ciego y sordo, gema sus quejas desesperadas, vivo para
el dolor, muerto  una tregua de esperanza  descanso. Se derreta
el hielo en tibia lluvia sobre sus sienes caldeadas por el suplicio,
henchidas de punzadas acerbas; y sus gritos imploradores se trocaron en
lento borboteo de frases rotas, de llantos y delirios que en suprema
fatiga se apagaban; pero el nombre de Lali se qued estereotipado en su
memoria y con mecnico acento le repeta  cada instante. Ya Tristn
no era ms que un despojo de la vida. La ms conmovedora expresin
del dolor humano haba descompuesto sus facciones, con tan punzante
intensidad de pena, que no haba quien le mirase sin estallar en
sollozos. En aquel trgico soplo de existencia el nombre de la nia,
vibrando como un eco inextinguible, pareca una gota de luz, un hilo
tenue, de memoria y de amor.

Ya inerte y fro--Lali... Lali...--balbuca el agonizante, con voz del
otro mundo. En sus labios, agrietados por los lamentos, qued impresa
la dulce palabra cuando el santo corazn dej de latir, y el respiro
postrero se moj con las postreras lgrimas en un amago de sonrisa...
Fu una noche de Octubre, una noche apacible y romntica de luna. En
la pesadumbre del dormitorio abrase la ventana dulcemente sobre el
cielo como una quimrica flor de esperanza. Eva y Diego vigilaban al
nio, abrumados de angustia. A los pies de la cama Mara, compadecida
y generosa, despidiendo al moribundo, imploraba al Seor un divino
consuelo para los tristes padres... Y ya son la hora. Un silbo ronco
se alz del pecho exnime del nio, con finales hervores de agona;
rod en la almohada la lvida cabeza, coronada de rizos nazarenos, y
un estremecimiento indefinible separ de la carne perecedera el alma
gloriosa reclamada por Dios.

Con la voz consumida clam Diego:

--Ya se fu... ya se fu!...

Y cay de hinojos, escondiendo el semblante en las revueltas ropas de
la cama.

Eva contemplaba el cadver con terror; sus regaladas manos fueron 
cerrarle los ojos y se agitaron en el aire con los dedos mojados en las
ltimas lgrimas del nio.

Los labios de Mara, ungidos de sacrosanta piedad, rociaron la
estancia de oraciones y consuelos. La msica de sus frases se acompas
con la brisa leda que suspiraba en el jardn, mientras que un retazuelo
de luna se entr por la ventana  hacerle una caricia al nio muerto.




XXI


A orilla de aquel lecho donde el ngel quebrant sus prisiones, un gran
amor de dos almas buenas tuvo el postrer coloquio.

Mientras Eva, rendida de cansancio, se dorma en lejano aposento,
Mara, infatigable en sus obras de compasin, con el auxilio
complaciente de Rosa, visti  Tristn por ltima vez y compuso su
lecho de reposo con los improvisados ornamentos que en las arcas del
palacio se pudieron hallar.

El poeta, sumido en profunda meditacin, se paseaba desde su despacho
hasta la estancia mortuoria, con la frente cada y los brazos cruzados
sobre el pecho. Consideraba imposible su vida sin que un deber sagrado
le encadenase  la tierra, y se dejaba seducir por las tentaciones del
descanso final, del plcido sosiego del sepulcro, que rompiendo el
arcano de las almas le abriese el camino sin fin donde el amor y la
felicidad son eternos hermanos,  la sombra de Dios.

La humana pesadumbre le venca; el dolor, ahora, le causaba una
inquietud ardiente, un desasosiego que le obligaba  dar vueltas como
si buscase el cansancio para caer en la tumba ms  gusto, rendido de
sueo y de fatiga, en supremo olvido de todos los pesares. En aquella
andariega ansiedad, detenase  menudo, contemplando el rgido perfil
de Tristanito, acariciado por las piadosas manos de Mara.

Terminada su fnebre tarea, replegse la seora hacia la ventana, y en
ella se apoy, muda y doliente.

Discreta entonces Rosita, fu  reunirse con otras criadas del palacio,
que velaban por orden de Mara, y que en el portal y en los pasillos
formaban callados grupos con algunas aldeanas serviciales.

Con rpida resolucin cerr Diego la puerta de la cmara triste, y
acercse  su amada, que le acogi con adivinadora impaciencia. l, con
acento opaco, alz un murmullo que dijo:

--Ya nada me detiene... Slo el nio tiraba dbilmente de mi vida...

Sin dejarle acabar, medrosa la dama y suplicante, murmur:

--Quiero una prueba, una prueba del amor que me has revelado.

--Una prueba?... Cumplida la tendrs dentro de poco, porque voy 
morir...

--No!--grit ella, blanca como Tristn, loca de espanto--, necesito
que vivas; te lo ruego...

--Vivir muriendo  cada instante cruel de la existencia... Vivir sin
esperanza de lograrte... Eso me pides t?

Transida de dolor:

--Eso te pido--balbuci la infeliz.

Y Diego, sordamente interrogaba:

--Qu me ofreces en pago de una vida colmada de amargura?

--Te ofrezco otra vida semejante: la ma--gimi ella, desolada y
humilde.

Condolido de aquella pena santa y valerosa, humillado por aquel
sufrimiento heroico, el artista rindise una vez ms  la sugestin
invencible que en su alma ejerca aquella mujer.

Vacil al repetir:

--Vivir sin vida; errar muerto por el mundo!...

Y fu retrocediendo como si huyera de una visin temerosa; la visin de
un camino, solitario y adverso, donde jams llegase  arrancarle  la
dicha un brote sano y dulce... Qued frente  Mara, al otro lado de la
cama del nio, en medio de dos hacheros que custodiaban el cadver.

Albeaba en la cima de los montes, y una liviana claridad de aurora,
luchando con la luz parpadeante de los cirios, daba al aposento
extraos tintes de fantstica nube... Aquel recinto de paredes blancas
 medio iluminar, por resplandores de misterio y de pena..., aquel nio
de mrmol que dorma..., aquella mujer hermosa que lloraba!... Diego
sintise desasido del mundo en un instante de sagrada emocin. Ya todo
en l fu espritu, fu anhelo de sacrificio y de virtud, afanes de
eternidad y de gloria infinita.

Mara, transfigurada en lucha de arrebatados sentimientos, se acerc
al poeta tendindole las manos. l las tom entre las suyas por
encima del cuerpo de Tristn; estaban fras, mostraban una mstica
trasparencia de idealidad. Ardan las de Diego, y aquella carne de
alabastro que acariciaba en el nio y en la mujer, le produjo un
temblor de muerte. Otra vez acobardse de pena el corazn del hombre, y
Mara, que le sinti temblar como una hoja, prometi en voz de rezo:

--Te guardar fidelidad como si fueras mi esposo adorado... Siempre,
siempre sers t mi elegido... No estars solo; mi corazn se va
enlazado al tuyo... Pero, jrame que vivirs hasta que Dios te llame.

--Vivir--murmur el poeta--te lo juro por mi alma que te ha de seguir
como una sombra atormentada y dolorida.

--No; como un consuelo; como una promesa de celeste felicidad...

--Y entretanto, hasta que lleguemos al umbral de la eterna ventura se
besarn nuestras almas  todas horas, con labios de estrellas y de
brisas, de flores y de versos?...

Las msticas manos de la mujer latieron como alas de paloma entre las
manos varoniles... Ya bajaba el da por la sierra. Vibraron lentamente
unas campanadas, y como si el reloj tuviese un toque despavorido y
alarmante, Diego y Mara se separaron con un sacudimiento brusco y
terrible. La cama de Tristn tembl al contacto de los cuerpos que
huan, y la luz de los cirios alzse en lenguas fragorosas, con lvido
fulgor.

Mara, desolada, iba diciendo.

--S... s... se besarn eternamente.




XXII


Corra la maana lenta y gris. Las campanas, en trnsito de gloria,
lanzaron en el valle sus clamores, que se esparcieron mansamente,
abriendo en el espacio anchas ondas de msica con ecos lejanos y
aorantes. Aquel santo clamor despert  Eva del fatigoso sueo de unas
horas, y en su aturdida imaginacin cayeron en tropel las sensaciones,
luchando unas con otras fieramente. Abri los ojos mucho, mucho:
palp su cuerpo vestido encima de la cama... Era verdad que estaba
despierta; que estaba viva; que tocaban  gloria por su hijo; que Diego
se marchaba para siempre...; que se quedaba sola en el mundo, sin la
flor de un consuelo ni de una esperanza... Era cierto que se realizaban
aquellos presagios suyos, de abandono y pobreza; que se abra  sus
pies, como un abismo, aquella senda trgica de sus febriles visiones...

Ya no eran suyas ni el alma ni la carne de su hijo... todas las
seducciones de la vida la engaaban al fin! Su belleza no haba
conquistado ni dicha ni amistad, ni siquiera compasin. Slo Diego la
am; ya no la amaba, porque ella nunca supo de aquellos hondos afectos
inmortales cultivados por l en huertos de poesa... Divinos amores de
horas dulces y trgicas; que lloran, que se sacrifican, que duelen,
y que lucen eternamente como un astro en la tranquila inmensidad del
cielo!... Los versos de su esposo, enamorado de otra mujer, resonaban
ahora en el odo de Eva como una msica sugestionante jams oda, y
las repercusiones de aquellas notas, bellas y silentes, rodaban en
el corazn de la desdichada con los acentos sonoros del trnsito de
gloria...

Se levant con un miedo invencible de entrar en el silencio de la casa,
saturado en vago perfume de flores muertas. Por todos los rincos yacan
amustiadas coronas de Tristn y de Lali... Los pasos de Eva en el
corredor causaron una trepidacin convulsa  todo el edificio. Asustada
de sus propias huellas mir en torno con ansia, y al travs de unos
vidrios entornados vi unas gotas de siniestra luz, suspendidas sobre
la cama de Tristn, como lgrimas de fuego. Huyendo de aquel llanto que
arda, refugise en el despacho aceleradamente. All estaba Villamor,
de bruces sobre la mesa, durmiendo  llorando; inmvil, silencioso.

Con un irresistible afn de proteccin le llam Eva.

--Diego!

Alzse el artista con lentitud.

--Qu quieres?

--Que no me abandones, que no te vayas, ten lstima de m... Sufro
mucho.

La mir l despacio:

--Sufres?--le dijo--pues ya ests en camino de redimirte. Slo el
dolor puede salvarte... Despierta, alma dormida! Sal de tu oscuro
sueo y bendice el golpe que te hace despertar...

--Las lgrimas me ciegan.

--Llora, llora... La vida no es un holgorio placentero, sino el duro
y noble aprendizaje de la verdad... Escucha: llora el ro... llora el
viento... lloran las campanas... La existencia es un arroyo de llanto
que fluye en corriente infinita, fecundizando el eterno paraso de las
almas...

--Cmo sabes todo eso?

--Llorando lo aprend.

--Quiero yo saber algo que me sirva de alivio y de luz, algo que me
ofrezca los secretos consuelos que t gozas.

--Antes llorars mucho. Slo cuando el dolor lleg muy hondo  las
races de tu corazn sentiste el sagrado temblor de la verdad en tus
entraas... Despierta, alma dormida!

Hablaba Diego con fervor solemne; su frente de poeta aparecase nimbada
con resplandores de gracia espiritual, y Eva, seducida por aquel halo
de linaje divino, le mir ansiosamente, lamentndose:

--Pero me quedo sola, sin amparo ninguno...

--Yo, desde lejos, te dar sostn y nimos.

--Quieres  otra mujer--balbuci la esposa.

Sin asombro ni disimulo respondi Villamor:

--S;  otra que llora muchos aos hace, siendo inocente y santa.

Con sbita inspiracin exclam Eva:

--Mara!

Qued el nombre dulcsimo en el aire, como bandera desplegada en alto,
y la envidiosa, con acento saudo, murmuraba:

--Ella siempre!

Pero no protest. Qued en silencio, escuchando la voz de su
conciencia. La imagen burlona de Gracin cruzaba por su mente con
resquemor de culpa.

Una rfaga de orgullo la hizo, al cabo, levantar la cabeza. Haba sido
imprudente, pero no culpable hasta la infamia. Se quiso defender de una
supuesta acusacin que la envileciese  los ojos de su marido, y habl
confusamente, un poco soberbia y un poco arrepentida. Pero Diego ataj
sus explicaciones con dignidad y lstima; nada quera saber; todo lo
perdonaba. l la protegera con el fruto de su trabajo, l la dara
ejemplo de valor y mansedumbre... todo lo dems estaba concludo entre
los dos; estaba roto por ella haca tiempo; estaba enterrado en el
reino de las cosas marchitas...

Rebelde contra el peso de sus culpas, Eva quiso probar que la
influencia daosa de otra mujer era quien la alejaba de su esposo; mas
l opuso tan fcil y elocuente defensa  la acusacin, que el nombre de
Mara qued izado con gloria sobre la triste pltica.

Acenturonse en Eva los impulsos de arrojarse  los pies de su marido
confesando sus yerros, pero su brava condicin sellaba todava los
labios orgullosos, y, en altivez arisca, fu  esconderse, desesperada
y muda, en apartada estancia.

Mientras tanto una mano chiquita empuj las vidrieras que celaban
el cuarto de Tristn, y Lali, absorta, penetr despacito hasta la
cama. Llevaba muy apretado un puo de florecillas lnguidas, los
despojos del jardn otoal. Medio dormida oy Lali decir que su amigo
se haba muerto, y fcilmente burl la previsin de doa Cndida,
para ir  visitarle. Senta, aquella maana, la nena una brbara
curiosidad de la muerte, con mezcla de una amargura grave y honda.
Estar muerto--pensaba--qu sera? Sera tener alas y volarse al
cielo?... Sera estar dormido en una caja muy preciosa?... Lali se
puso de puntillas  los pies de la cama de su amigo, y no vi ms
que un pao sedoso, y encima unos zapatines muy tiesos, que parecan
los de Tristn. En el suelo haba unos candelabros enormes con velas
encendidas. Di la vuelta  la cama, muy curiosa, se acerc, y el
espanto dilatse en sus ojos dorados y apacibles.

Tristanito se haba vuelto de cera; estaba acostado sin almohada, y
tena las manos cruzadas sobre el pecho como si estuviera rezando.
Le llam en voz de escucho:--Oye,... Tristn, Tristn!... No
responda... Se empin para tocarle... Qu miedo tan terrible!...
Virgen santa; Tristn ya no era un nio; era una piedra, una piedra
de hielo que dej dolorida y temblorosa la manita de Lali!... Lanz
la nia el puo de flores sobre el muerto, y corri hacia la puerta
mirando siempre con terror al nene. Detvose all un instante con rara
fascinacin; parecale que Tristn se haba movido... Tal vez quera
hablarla y no poda; acaso pugnase por decirle adis entre la dureza de
sus labios amarillos...

Una piedad enternecedora se levant en el pecho de la nia. Todo el
sol de sus ojos, velados de lgrimas, cay como una ardiente despedida
sobre el ngel de piedra; alz su mano en traza de saludo, y suspir,
aterrada y doliente:--Adis Tristn... Adis!...




XXIII


No haba llegado aquel maana en que Rosa le contase  la seorita
el secreto indicado en el jardn una noche de sueos y de luna. Desde
que la muchacha posea otro secreto profundo y hermoso como el mar, el
suyo parecale tan miserable y feo, que ya no osara nunca revelarle.
No pidi Mara cumplimiento  la tmida promesa de la moza, y sta se
dedic  estudiar y sorprender, con verdaderas ansias, cosas admirables
en el rostro angelical de la seorita.

Tales progresos hizo en sus observaciones y tanto inters tom su alma
buena en aquellas sutiles adivinanzas, que, valiente y sufrida, como
la mujer que tena por modelo, se propuso cumplir su destino humilde,
con intrepidez virtuosa, quebrantando de raz todas las tentaciones
violentas que la seducan.

Serena y firme en aquella resolucin, abri la ventanita de su cuarto
 las cantigas de la ronda aldeana, que  menudo cruzaban el camino
y se detenan  la vera del palacio... Ya los rondadores no cantaban
all coplas hirientes, ni amargas rimas de traiciones y celos; ya
Manuel, el recio mozn siempre enamorado de la doncella, primoroseaba
cantares tocados de esperanza, en las noches de ronda; y al travs de
una expresin pensadora y triste, la joven haba recobrado su dulce
sonrisa y su aire tranquilo. Vientos de resignacin y de paz soplaban
suavemente sobre las inquietas pasiones de la muchacha, cuando Gracin
Soberano se present en el valle en busca de su familia, ya crecido
Octubre y adusto el tiempo. Lleg como un huracn el seorito; pareci
entrar con l una loca brisa del desconcierto y el bullicio del
mundo; dentro del palacio silencioso y viejo, all, en aquel rincn
de la vega, donde todava hallaban un eco los gemidos de Tristn,
donde todos los semblantes mostraban huellas de melancola, bajo un
cielo nublado, dosel de veredas solitarias y huertos asolados...
Gracin, con su atavo elegante, su voz sonora y su risa musical,
sacudi audazmente aquella existencia pasiva y mustia de las dos casas
vecinas. Nadie pregunt de dnde llegaba el fantstico viajero, y slo
l hizo preguntas, persiguiendo noticias que en la ausencia no le
contaron las cartas insignificantes de su esposa. Nada nuevo averigu
Gracin, aparte la muerte de Tristanito, pero volvieron  nacerle
inquietudes molestas ante las trazas de misterio y de encanto que
viera en su mujer. Traa el caballero muy sealado su petulante tipo
de conquistador, como si buscase desquites de algn ntimo fracaso en
amorosa lid. A fuer de entendido, en aquella ocasin honr  Mara
con sus preferencias galantes, olvidando, sin duda, lo extraa que
ella quera vivir  tales obsequios. Y para distraer las desazones
que le causaba el fro desdn de su esposa, acordse de Rosita,
compasivamente. Concedindola merced de una bella sonrisa, la acech y
la dijo, con galn imperio de vencedor:

--Maana por la tarde, desde las cuatro, te espero en el molino de
Santacruz... estaremos solos.

Ella, confusa y agitada, sonri sin responder, y el seorito se qued
muy seguro y satisfecho de sus planes.

Aquella noche era noche de ronda, por fortuna. Cuando los mozos se
detuvieron al pie de la ventana de Rosita, rasg el silencio del paraje
un cantar ufano que rezaba:

      Tengo pena y alegra,
    tengo dos cosas  un tiempo;
    cuando la pena me mata
    la alegra dame alientos...

La copla pareca inventada por un poeta sabio y animoso, un rstico
poeta que con la voz llana y firme del rondador, desliz su sana
filosofa en unos cuantos corazones  la vez, desde los muros del
palacio. Quedaron las estrofas valientes mecidas en la quietud de la
noche sobre los callados dramas escondidos en aquel rincn del valle
montas, y ms de un pecho suspir conmovido por la rima alentadora,
mientras Rosita llamaba quedamente  Manuel para decirle que  la tarde
siguiente la esperase camino de Santacruz, al salir de la vega.

Y aquel da de citas misteriosas, fu muy raro el aspecto de la
muchacha, que anduvo inquieta y zozobrante detrs de la seorita,
mirndola mucho, hablndola sin tino y sin necesidad; besaba  Lali
 cada momento y tena en la voz un nudo de lgrimas que la haca
balbucir y truncar las frases. Al medio da, entr furtivamente en
el cuarto de la seora y coloc un papeluco encima de la mesa; era
un adis ferviente y noble en que, expresando su gratitud  la dama,
disculpbase de hacer su despedida en aquella forma, por la mucha
pena que senta al partir; contaba que la llamaban sus padres y que
haba decidido volver al pueblo para no dejarle ya nunca, tal vez para
casarse... La carta era incoherente y tena borrones do llanto; cuando
lleg  manos de Mara ya Rosa caminaba al lado de Manuel por una
agreste vereda empinada hacia el monte.

Pasmado iba el zagal, que nunca imaginase tan completa su dicha.
Mentaba l proyectos de la boda, sin que Rosa dejase de sonreir y
hablarle con benignidad; y aunque era cierto que ella tena los ojos
hmedos y empaada de pena la palabra, por su gusto iba al pueblo,
asegurando que en l iba  pasar toda la vida...

Para escalar la sierra hasta el poblado, menudo y pobre, donde nacieron
ambos caminantes, haba que pasar, precisamente, por el molino de
Santacruz, propiedad de la casa de Ensalmo, lugar de mala nota en los
contornos, por servir de guarida, con frecuencia,  caprichos infames
de Gracin.

Temblaba Rosa cuando puso el pie en el tabln crugiente tendido sobre
el cauce molinero. El agua bienhechora iba cantando con galantes
murmurios de caricia, y el cielo entristecido de Cantabria llor una
lluvia leve y dulce, como riego de flores. Detrs de los viajeros se
senta el ruidoso galope de un caballo, y Manuel, dominando la vega con
su aventajada estatura, mir y dijo que el seorito Gracin vena por
all.

--Vendr al molino--murmur Rosita, plida y afanosa; y apresurando el
paso, con pretexto de la nube, gan el ansar, al lado de su novio,
antes de que el caballero les alcanzase.

Entre los alisos deshojados buscaron la senda brava trepadora del
monte, y, ya subindola, ambos volvieron hacia el valle la cara.

Manuel, indiferente  la dulzura de los llanos y  la mansa vida de los
valles, slo tuvo atencin para decir:

--Al molino vena el seorito.

Tendi el brazo sealndole.

--Mira; dej suelto el caballo, y trae la llave de la puerta... Se
conoce que viene de caza...

--De caza?--exclam Rosa.

Y el gan, sonriente:

--Ya sabes que es mocero--repuso--, tendr cita con alguna infeliz... A
ti, por respeto  la seora, no te habr cortejado, que si no!

Turbada y descolorida se qued la joven, mirando con demente afn al
seorito que la esperaba, seductor y garboso, bien ajeno  su fuga.

Espesndose la lluvia en la montaa, una niebla torva cerraba el
horizonte, descendiendo hasta el llano en calmosa nube, como un roco,
como una bendicin.

El camino serrano, confuso y mazorral, se embraveca, brindndole  la
moza la imagen brbara de su vida futura. All abajo ondulaba la tierra
blanda y fcil, y cantaban las aguas entre alisos, mientras el hombre,
ideal para la moza, estaba atento  la cita de amor...

Puso Rosita en los ardientes ojos una inmensa ambicin hecha pedazos, y
su mano gentil, de ciudadana, hizo una breve cruz sobre la frente que
lata en cruel borrasca de pensamientos. Di cara al monte, y afirm
sus delicados pies sobre cantos y abrojos con fiereza.

Manuel, con su palo formidable, trataba de abatir la bravura del
camino... Ambos, mudos y lentos, se esfumaron en la gris cerrazn de la
montaa.




XXIV


Tormentosa aquella lunacin, que naca sobre la tumba de Tristn,
clamaba el viento en los ansares desgajados, y las nubes, bajas y
ceudas, tendieron sobre la vega inclementes augurios.

Atardecido apenas, Diego vi flotar en el huerto de Mara un traje
seoril; baj  perseguirle, y un minuto hablaron los enamorados 
la lvida luz de aquella hora. El breve coloquio rompise en quejosa
palabra, que pareca ensombrecer ms el cielo, dilatando el horizonte
en una inmensidad de pena.

--Adis!...

--Adis!...

Quedo la despedida palpitando en el silencio, suspensa entre las
sombras, como trgica rasgadura de carnes  supremo tremar de
corazones...

Lo mismo que si huyera, perseguido de atroces amenazas, parti Villamor
al da siguiente, muy temprano.

Tom un tren hacia la capital montaesa, donde necesitaba arreglar
algunos asuntos relacionados con su expatriacin, y, aquella noche,
volvera  cruzar por ltima vez su valle nativo, en viaje  La Corua,
para salir de all con rumbo  la Argentina en un buque ingls, prximo
 zarpar.

Sostuvo Eva una lucha terrible entre su vanidad y los deseos de
suplicarle  su esposo confianza y compaa. Hubiera querido irse con
l, abrazarse  l, pedirle por favor un poco de cario. Pero en sus
labios el freno del orgullo ataj las palabras; y volaron las horas,
y la tragedia de aquellas vidas, jvenes y fuertes, se consum en
silencio cruelsimo, sin el santo rumor de lgrimas y besos, que en los
grandes dolores canta un himno de paz consoladora...

Humano y generoso el artista, le dejaba  su mujer medios para esperar
nuevos socorros suyos, y libertad para residir donde quisiera, pero
esto, que, unos meses antes, era todo el afn de la ambiciosa, al
presente le causaba inquietud y desconsuelo. Viendo cmo aquel hombre
se alejaba, tan solo, tan triste, tan vencida la frente genial y
juvenil, una piedad doliente y nueva se despert en el pecho de la
esposa. Quedse hundida en pensamientos negros donde brillaban sbitos
resplandores de pasin. Una solicitud de hogar, una entraable ternura,
tomaban su corazn, tan ocioso y baldo para el bien. Con desvelos de
madre se acordaba de lo mal preparado que iba Diego para una larga
travesa. Llevaba un equipaje mezquino improvisado en pocas horas...
Mir sobre su falda unos billetes que representaban, de seguro un
sacrificio heroico, un acto de nobleza que ella no mereca.

Clara luz de los cielos alumbraba sus pasados errores; se confes
culpable; tuvo remordimientos y cuidados amorosos, tuvo, al fin, olvido
de su merecida desgracia para pensar con pa compasin en la injusta
suerte de su marido. Y llor mucho, con un dolor hondo y sincero, como
aquella tarde que viera la amenaza implacable sobre la frente pura de
Tristn. Padeca un olvido de todo, lo que no fuse su arrepentimiento,
cuando entr Lali, diciendo entre sollozos:

--Mi mam no parece... se ha marchado...

Eva se levant estupefacta.

--Que dices?... se ha marchado?... con quin?--inquiri con la
sospecha encendida en los ojos y en la voz.

--No sabemos--deca la chiquilla, asustada y gimiente.

En la puerta apareci Gracin, que sin previos saludos ni prembulos,
dijo en tonos teatrales:

--Ya sabr usted que mi mujer ha desaparecido.

En el colmo del estupor, Eva cubrise la cara con las manos y pudo
balbucir:

--Pero, es de veras?

--De veras me parece: muy temprano, la vieron ir sola por el camino
de Santacruz, ella que no sale jams... Es la una de la tarde y no ha
vuelto; la hemos buscado intilmente... he mandado por los alrededores
emisarios; nadie la encuentra...

--Yo s quien la encontrar--exclam bruscamente Eva, con desatada
amargura.

--Quin?--preguntaba Gracin, curioso y un poco demudado.

--Mi marido.

--Villamor!--pronunci el caballero, detenindose en aquel nombre con
trazas de haber dado en la clave de algn enigma. Y aadi con ms
sorpresa que indignacin y duelo:

--Quin lo hubiera credo!...

Despus, disimulando su pasmo y su rabia, con viles bromas murmur:

--No irn muy lejos, y volvern demasiado pronto. Nada debe asombrarnos
en el mundo, y usted y yo nos podemos consolar... mutuamente.

Se acerc  la mujer, encontrndola hermosa como nunca, con aquel aire
sombro y helado. Pero ella le detuvo con un gesto de repugnancia,
ordenndole:

--Salga usted ahora mismo!

Lali, sin comprender aquella escena clamaba inconsolable:

--Madre ma!...

       *       *       *       *       *

Nubes espesas como las del cielo se amontonaron dentro del palacio.

Doa Cndida, la nia y la servidumbre se confundan en lamentaciones y
en inquietudes, sin atinar con una razonable explicacin de la ausencia
de Mara.

Gracin andaba  tumbos por la casa; recorra despus los huertos y
el bosque, y en infantiles pesquisas hurgaba con los ojos los plidos
macizos y la linde de arbustos, como si la ausente fuera una brisa
 una mariposa que pudiera volar entre la muerta hojarasca. Todo
eran confusiones absurdas y pueriles delirios en la mente de aquel
hombre liviano. Haba aceptado sin la menor resistencia la traicin
de una esposa tanto tiempo modelo de virtud, y no saba si estaba
pesaroso  le halagaba cierto insano placer, pensando en el ruido de
aquella aventura, que iba  proporcionarle un desafo, un divorcio;
una nueva fase de vida notoria y popular. Ya adoptaba gallardas
actitudes, y elega mentalmente huecas frases de honor y de venganza y
severas palabras de justicia. Distraase luego recordando el aspecto
singular de su mujer en los ltimos meses... Y cuidado que estaba
encantadora!... Qu tristeza tan dulce... qu reposo tan noble...
qu mirada la suya!... Era un hechizo!... Cmo aquel Villamor,
tan callado y tan serio, lograra enamorarla?... Vaya, vaya con el
poeta!...

Se puso  silbar, y, de pronto, su pensamiento ambulario cay en Eva
con saa: la muy tonta, ahora quera darse tono de seora formal y
mujer digna; ja, ja, ja!... Toda aquella pamema era despecho de la
conducta de l... No se poda usar tanta crueldad con las mujeres!...
Y la pobre Mara estaba siendo otra vctima de los desdenes suyos;
olvidada, celosa, quiso vengarse, quiso un poco de consuelo. Volvera,
de fijo, arrepentida,  implorar su perdn... Y estaba tan bella!
Lo peor era el escndalo de la escapatoria... Tendra que batirse...
Y que el tal Villamor deba de ser obstinado y valiente, detrs
de su apacible timidez!... Se volvi  preocupar de las posibles
consecuencias de aquel suceso, y err con pasos inseguros, distrado de
la lluvia que lenta caa. Bailaba el viento danzas otoales con ropa
de hojas crugientes, y alzaba tolvaneras en los caminos con siniestro
aparato; las nubes corran velozmente como si fueran  llevar una mala
noticia.

Mirando aquella furia del paisaje, Gracin se refugi en la casona,
entretenido en una fugaz meditacin acerca del cambio de las estaciones
y de la veleidad de las mujeres... Mara, Eva, Rosa... qu sorpresas
tan raras le haban reservado, y  qu cambios tan repentinos y tan
interesantes las haba sometido el amor que le tenan!... Se quiso
ufanar de los estragos pasionales que su persona causaba en torno, pero
un jirn de rabia mal cubierta contraa en sus facciones el hbito de
orgullo; y vagamente, con arrastradas ondulaciones de reptil, corri
entre los criados la acusacin que denotaba el semblante violento del
seorito. El nombre de Villamor, unise de escaleras abajo, en infame
ayuntamiento con el de la seora... Doa Cndida, que tal rumor oy,
medio muerta de susto, repeta muchas veces su frvido Dios mo! y
besaba  la nia sin cesar.

La tarde finaba lenta y turbia, sin que pareciese el rastro de Mara.




XXV


Temblando de humildad la siempre altiva, enamorado el duro corazn,
toda supeditada  sus nacientes anhelos, Eva decidi salir  Santacruz
cuando pasara el tren donde su esposo parta aquella noche.

Estaba muy confusa en su mente la idea de que Mara acompaase 
Diego en culpable amistad. Las palabras fervientes con que l habl
de aquella mujer, encumbrndola por encima de todas las pasiones y de
todas las miserias humanas, se iban aposentando con dulzura medicinal
en el corazn de Eva, abierto por el dolor  los nobles sentimientos.

No era posible aquello que en un instante de sorpresa pronunciaron
sus labios, aquello que Gracin crey tan fcilmente, para que toda
villana hallase abrigo en la perfidia de aquel hombre. Acaso Mara
huyera de l, pero no con Diego... Las alas de la duda azotaban
implacables los sanos pensamientos que nacan dbiles y chiquitos en el
alma enfermiza de la desventurada. Con esforzado espritu resolvise 
afrontar todos los riesgos de una entrevista con su marido. Le hara
detenerse; le hablara de hinojos si era menester; le pedira perdn y
caridad con todas las humillaciones que l quisiera... Eva no era la
misma; acababa de nacer,  despertaba de un largo sueo, de un sueo de
mentira y egosmo... Quera irse con Diego, trenzando una vida nueva
y piadosa; luchara con l; trabajara con l; tendran, acaso, otros
hijos; seran suyos otra tierra y otro cielo...

--S... s... ir en seguida--murmuraba con exaltacin delirante,
arrebatada, febril, combatida por incertidumbres y esperanzas. Como
la tarde se tornara amenazadora, Eva quiso salir antes que cerrase la
noche; en la estacin esperara hasta las ocho que pasaba el tren. Y
sali, recatndose de la casa vecina; iba sola, veloz, envuelta en un
abrigo, armada con un frgil paraguas ciudadano; sorteaba los senderos
indecisos de la vega, borrados por el desuso de aquel tiempo de
holganza labradora, y empapados de lluvia. Se hundieron muchas veces en
el fango los pies de la viajera, impaciente al sentirse alcanzada por
la sombra y por la tempestad. Arreci el viento, y el agua se condens
en granizo; y los truenos bajaron por el monte con lumbre de centellas
cegadoras. A lo largo del camino los rboles sufran y se desgajaban, y
del ro, furioso en su crecida, rodaba por el valle el ronco acento.

Eva hallse mecida en los rigores de la nube, senta un solo temor,
el de perderse en el campo, raso por la tormenta, y no llegar  la
estacin antes que el tren pasara. Alz una splica vehemente  la
hrrida negrura de los cielos, y sigui caminando con intrepidez sobre
el fangal resbalalizo de la vega. En la desolacin del llano, rompise
la maraa de la lluvia por una blanca lnea; era la fachada del molino
de Santacruz. La dama peregrinante se detuvo reconociendo el sitio,
muy contenta de no haber equivocado su ruta. Al otro lado del cauce,
cruzando el breve ansar, una senda ms frecuentada que las mieses,
conduca hasta el pueblo, y en pocos minutos  la estacin.

Haba caminado de prisa la seora,  pesar de los cierzos inclementes;
calcul que sera muy temprano y que poda descansar tal vez hasta que
la nube se alejara. La fbrica en paro largos meses, tena un cobertizo
placentero; Eva atin con l y se puso al abrigao, conforme con la
rusticidad de aquel asilo, como una recia campesina acostumbrada 
tales aventuras. Sentase fuerte y casi feliz; su naturaleza robusta,
propensa  vencer, se adueaba de la esperanza fcilmente. Despus de
las tinieblas espirituales en que haba vivido, durante aquellos das,
luchando con sus pasiones y con su ceguedad, gozaba en triunfar de
s misma, en domearse con soberano seoro; le pareca que afirmaba
su paso en tierra sana y fecunda, que su horizonte se aclaraba con
la aurora de una nueva existencia. No la inquietaban la adustez del
nublado, ni la humedad de sus vestidos, ni la atroz amenaza de las
aguas molineras, hirvientes en el cauce; la fuerza corporal de aquella
mujer daba un empuje brioso y denodado al despertar de su conciencia
y de su corazn. Con hambre de las nuevas emociones que en germen
disfrutaba, ya senta el afn de humillarse y de sufrir para lograr
despus premios divinos; cosechas de inmortales placeres... Sentada
en un haz de lea, como en muelle silln, y extraa  la bravura
de aquella pnica soledad, amas con rapidez una rara mezcla de
pensamientos saltarines y varios. Lo menos dos minutos estuvo meditando
en la rpida boda de Isabelita con Luis Galn... Pens luego en la de
Rafael. A propsito de aquella boda, recordaba cuando se dijo que la de
Ramrez poda ser madre de su novio, y Mara replic, seria y triste:

--Eso necesita Rafael; una madre...

Mara tuvo razn...--Una madre!--murmuraba Eva, con las entraas
estremecidas de una ternura inmensa y maternal--s: cada mujer debe ser
una esposa y una madre para el compaero de su vida...

Se levant inquieta por llegar  los brazos   los pies del hombre
 quien deba desvelos doblemente sagrados... Las nubes traslucan
dbilmente un destello de luna, y la tempestad se alejaba hacia las
hoces, fugitiva del valle. Con firmeza y con prisa gan Eva el puente
del molino; anduvo algunos pasos llena de ansiedad, y de pronto,
resbalaron sus pies en el tabln rodo y vacilante, mojado por la
lluvia. Un grito aciago desgarr la noche. El cuerpo de Eva sepultse
en las aguas, arrebatado entre espumas por la corriente brava. La
luna se asom  los cielos con cara de muerta, y en el ansar cercano
el viento se detuvo piadoso  sostener las alas febles de un suspiro;
hondo suspiro de un alma que despert de los engaos de la vida en la
verdad eterna de la muerte...




XXVI


Para distraer la lentitud de aquellas horas raras, Gracin sali
al camino una vez ms, registrando las veredas y los recodos con
obstinada porfa; la noche se haba serenado y l fu alejndose de
la casona bajo los rboles en esqueleto, sin rumbo ni propsito. Por
casualidad tom la senda de Santacruz, la ms abierta en el valle; no
haba vuelto por ella desde su malograda cita con Rosa, y el recuerdo
de la muchacha, huyendo con su novio en el instante mismo de juzgarla
l suya, causle una molestia picante, un vivo escozor que le dola.
En vano se quiso convencer de que la moza estaba muerta por l de
amores; la realidad le haca una burlona mueca, demasiado visible para
que el superhombre lograse esquivarla; pero quera pensar en la
doncella y tejer mil pensamientos distintos, para huir del presente
bochornoso, que tomaba como suprema broma del destino. Ni honor ni
dignidad se sublevaron en su alma ante aquel infortunio que por seguro
diera; mas su pudor de tenorio padeca, y tambin el reciente capricho
por la esposa que abandon aos enteros, ultrajada; la costumbre
de su optimismo, aun le inspir, soberbia, este desprecio:--Bah!
Mujeres!... las hay siempre de sobra...

Y como afirmacin de aquella frase, una mujer apareci en la senda.
Sola y gentil llegaba. Gracin se le acerc, con un requiebro atrevido
en la boca, y solamente pronunci, despacio y con asombro:

--T... Mara!...

Luego, su atropellada curiosidad la colm de preguntas, pero ella, sin
detener el paso ni conceder importancia  las incertidumbres de su
esposo, explic indiferente:

--Fu  rezar  la ermita de la Patrona, me entretuve demasiado, y
al tiempo de volver, llova mucho. La ermitaa no me dej salir; la
pobre me di de su comida lo mejor, y me retuvo all mientras dur
la tormenta. Me acompa luego hasta el llano, y no he permitido
que llegase aqu porque me daba pena que de noche volviese al monte
sola; dej al nene que cra, dormidito en la cuna, cerrado en casa,
al cuidado de la nia mayor...; su marido est en Reinosa, serrando
madera...

Hablaba con suma tranquilidad, dulce como siempre la voz, con flexibles
cadencias argentinas.

Una turbacin grande paralizaba la lengua de Gracin; disimulando sus
villanas suposiciones, sin saber que decir, la preguntaba:

--Y no tuviste miedo?

--No; que la vega la conozco tanto como mi casa, y aqu todos me
quieren. Slo junto al molino me asust un poco; trepidaba el tabln,
resbaladizo, y pareca que en la corriente una mujer llorase.

--Voces que el agua finge.

--S; es la vida que llora...

Recobrando su aplomo, Gracin dijo:

--Sabes que Villamor se march esta maana?

--Ya lo s--repuso Mara muy serena. Y ya slo entreabri los labios en
breves contestaciones  la charla nerviosa de Gracin.

Llegaron  la casa, donde fu recibida la seora con inaudita sorpresa,
como un nima del otro mundo. El esposo,  guisa de pblica reparacin
contra los insolentes rumores que el mismo provocara, la anunci desde
la puerta, gritando muy alegre:

--Aqu est, sana y buena; se estuvo todo el da rezando en la
ermita de la Patrona.--Y, compasivamente, murmuraba en ntimo
soliloquio:--Pobrecilla, es una infeliz!

Lali, cansada de llorar, se haba dormido, vestida, sobre la cama;
quiso desnudarla su madre, y, al hacerlo, la nena abri los ojos,
dilatados por ardiente alegra. Acariciando el hermoso semblante que se
inclinaba sobre ella, balbuci:

--Te perdiste?

Con un soplo de voz la dama dijo:

--Perderme?... T me guardas.

--Fuiste muy lejos?

--Muy lejos, con la Virgen...

--Y quin te trajo?

--Un ngel... un ngel muy hermoso.

--Qu nombre tiene?

Mara, con un beso en la boca de la nena, dijo con devocin:

--Se llama Lali...

       *       *       *       *       *

Un tren silbando acometi las hoces donde la tempestad repercuta con
brbaros lamentos de aguas y de huracanes; negreaba el camino hendido
por culebras de luces iracundas, semejando una escena del fin del mundo.

Diego Villamor asomaba  las tinieblas hostiles el abismo azul de sus
ojos de artista, sintiendo que las hoces eran otros tantos dientes
monstruosos que  mordiscos le estaban devorando... Atrs quedaba
el valle sumido en la neblina de una nube atristada; y cuando, al
cruzarle, alz el ro su estruendo ms alto que los silbos del tren,
crey el poeta escuchar en las aguas, mezclados y confusos, los ayes
de Tristn, las congojas de un alma fugitiva, y los adioses, rotos y
dolientes, de un amor en tortura... Despus, los truenos, el Besaya y
el tren se dieron  gritar, juntos y locos, las enormes tristezas de la
vida, acunando al viajero como  un cadver con una marcha fnebre...

Era la hora en que una mano torpe llamaba al aposento de Mara. Llam
quedo Gracin; luego, ms fuerte... Una paz de sepulcro respondi  los
reclamos del deseo en el casto recinto de la mujer cautiva y triste en
su prisin humana, reina y seora en el glorioso triunfo del corazn.

Noche hermosa fu aquella en que se alz la esclava en rebelda,
rompiendo, con todo el bro de su alma libre, el hierro ignominioso de
la sumisin material, y levantando el palio de la honradez sobre el
suplicio de su inmolada juventud... Lloraba Mara amargamente desecha
de dolor, de hinojos, en su aposento, cerrado como una tumba... Fuera,
el manso roco de la nube, rastro de la tormenta, semejaba un infinito
llanto del paisaje...


FIN DE LA NOVELA





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the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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