The Project Gutenberg EBook of Miau, by Benito Prez Galds

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Title: Miau

Author: Benito Prez Galds

Release Date: June 22, 2016 [EBook #52392]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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                                 MIAU

                    Es propiedad. Queda hecho
                    el depsito que marca la ley.
                    Sern furtivos los ejemplares
                    que no lleven el sello del autor.



                                 MIAU

                                  POR

                            B. PREZ GALDS

                                14.000

                                MADRID

                  LIBRERA DE PERLADO, PEZ Y C.^{A}
                        (Sucesores de Hernando)
                           Arenal, nm, 11.

                                 1907

         Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.




MIAU




I


 las cuatro de la tarde, la chiquillera de la escuela pblica de la
plazuela del Limn sali atropelladamente de clase, con algazara de mil
demonios. Ningn himno  la libertad, entre los muchos que se han
compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan
los oprimidos de la enseanza elemental al soltar el grillete de la
disciplina escolar y _echarse  la calle_ piando y saltando. La furia
insana con que se lanzan  los ms arriesgados ejercicios de
volatinera, los estropicios que suelen causar  algn pacfico
transeunte, el delirio de la autonoma individual que  veces acaba en
porrazos, lgrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos
revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres...
Salieron, como digo, en tropel; el ltimo quera ser el primero, y los
pequeos chillaban ms que los grandes. Entre ellos haba uno de
menguada estatura, que se apart de la bandada para emprender solo y
calladito camino de su casa. Y apenas notado por sus compaeros aquel
apartamiento que ms bien pareca huida, fueron tras l y le acosaron
con burlas y cuchufletas, no del mejor gusto. Uno lo coga del brazo,
otro le refregaba la cara con sus manos inocentes, que eran un dechado
completo de cuantas porqueras hay en el mundo; pero l logr desasirse
y... pies, para qu os quiero. Entonces dos  tres de los ms
desvergonzados le tiraron piedras, gritando _Miau_; y toda la partida
repiti con infernal zipizape: _Miau, Miau_.

El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era
bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho
aos, quizs de diez, tan tmido que esquivaba la amistad de sus
compaeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintindose sin bros
para devolverlas. Siempre fu el menos arrojado en las travesuras, el
ms soso y torpe en los juegos, y el ms formalito en clase, aunque uno
de los menos aventajados, quizs porque su propio encogimiento le
impidiera decir bien lo que saba  disimular lo que ignoraba. Al doblar
la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir  su casa, que estaba
en la calle de Quiones, frente  la Crcel de Mujeres, unisele uno de
sus condiscpulos, muy cargado de libros, la pizarra  la espalda, el
pantaln hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul
en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratn. Llamaban al tal
Silvestre Murillo, y era el chico ms aplicado de la escuela y el amigo
mejor que Cadalso tena en ella. Su padre, sacristn de la iglesia de
Monserrat, le destinaba  seguir la carrera de Derecho, porque se le
haba metido en la cabeza que el mocoso aqul llegara  ser personaje,
quizs orador clebre, por qu no ministro? La futura celebridad habl
as  su compaero:

--Mia t, _Caarso_, si  m me dieran esas chanzas, de la galleta que
les pegaba les pona la cara verde. Pero t no tienes coraje. Yo digo
que no se deben poner motes  las presonas. Sabes t quin ti la
culpa? Pues _Posturitas_, el de la casa de emprstamos. Ayer fu
contando que su mam haba dicho que  tu abuela y  tus tas las llaman
las _Miaus_, porque tienen la fisonoma de las caras, es  saber, como
las de los gatos. Dijo que en el paraso del Teatro Real les pusieron
este mal nombre, y que siempre se sientan en el mismo sitio, y que
cuando las ven entrar, dice toda la gente del pblico: Ah estn ya las
_Miaus_.

Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignacin, la vergenza y el
estupor que senta, no le permitieron defender la ultrajada dignidad de
su familia.

--_Posturitas_ es un ordinario y un disinificante--aadi Silvestre,--y
eso de poner motes es de tos. Su padre es un to, su madre una ta, y
sus tas unas tas. Viven de chuparle la sangre al pobre, y qu te
crees? al que no desempresta la capa, le despluman, es  saber, que se
la venden y le dejan que se muera de fro. Mi mam las llama _las
arpidas_. No las has visto t cuando estn en el balcn colgando las
capas para que les d el aire? Son ms feas que un tmulo, y dice mi
pap que con las narices que tienen se podran hacer las patas de una
mesa y sobraba maera... Pues tambin. _Posturitas_ es un buen mico;
siempre pintndola y haciendo gestos como los _clos_ del Circo. Claro,
como  l le han puesto mote, quiere vengarse, encajndotelo  ti. Lo
que es  m no me lo pone, contro!, porque sabe que tengo yo mu malas
pulgas, pero mu malas... Como t eres as tan poquita cosa, es  saber,
que no achuchas cuando te dicen algo, vele ah por qu no te guarda el
rispeto.

Cadalsito, detenindose en la puerta de su casa, mir  su amigo con
tristeza. El otro, arrendole un fuerte codazo, le dijo: Yo no te llamo
_Miau_, contro!, no tengas cuidado que yo te llame _Miau_; y parti 
escape hacia Monserrat.

En el portal de la casa en que Cadalso habitaba, haba un memorialista.
El biombo  bastidor, forrado de papel imitando jaspes de variadas
vetas y colores, ocultaba el hueco del escritorio  agencia donde
asuntos de tanta monta se despachaban de continuo. La multiplicidad de
ellos se declaraba en manuscrito cartel, que en la puerta de la casa
colgaba. Tena forma de ndice, y deca de esta manera:

_Casamientos_.--Se andan los pasos de la Vicara con prontitud y
economa.

_Doncellas_.--Se proporcionan.

_Mozos de comedor_.--Se facilitan.

_Cocineras_.--Se procuran.

_Profesor de acorden_.--Se recomienda.

_Nota_.--Hay escritorio reservado para seoras.

Abstrado en sus pensamientos, pasaba el buen Cadalso junto al biombo,
cuando por el hueco que ste tena hacia el interior del portal,
salieron estas palabras: Luisn, bobillo, estoy aqu. Acercse el
muchacho, y una mujerona muy grandona ech los brazos fuera del biombo
para cogerle en ellos y acariciarlo: Qu tontn! Pasas sin decirme
nada. Aqu te tengo la merienda. Mendizbal fu  las diligencias. Estoy
sola, cuidando la _oficina_, por si viene alguien. Me hars compaa?

La seora de Mendizbal era de tal corpulencia, que cuando estaba dentro
del escritorio pareca que haba entrado en l una vaca, acomodando los
cuartos traseros en el banquillo y ocupando todo el espacio restante con
el desmedido volumen de sus carnes delanteras. No tena hijos, y se
encariaba con todos los chicos de la vecindad, singularmente con
Luisito, merecedor de lstima y mimos por su dulzura humilde, y ms que
por esto _por las hambres que en su casa pasaba_, al decir de ella.
Todos los das le reservaba una golosina para drsela al volver de la
escuela. La de aquella tarde era un bollo (de los que llaman _del
Santo_) que estaba puesto sobre la salbadera, y tena muchas arenillas
pegadas en la costra de azcar. Pero Cadalsito no repar en esto al
hincarle su diente con gana. Sbete ahora--le dijo la portera
memorialista, mientras l devoraba el bollo con grajea de polvo de
escribir;--sbete, cielo, no sea que tu abuela te ria; dejas los
libritos, y bajas  hacerme compaa y  jugar con _Canelo_.

El chiquillo subi con presteza. Abrile la puerta una seora cuya cara
poda dar motivo  controversias numismticas, como la antigedad de
ciertas monedas que tienen borrada la inscripcin, pues unas veces,
mirada de perfil y  cierta luz, daban ganas de echarle los sesenta, y
otras el observador entendido se contena en la apreciacin de los
cuarenta y ocho  los cincuenta bien conservaditos.

Tena las facciones menudas y graciosas, del tipo que llaman aniado, la
tez rosada todava, la cabellera rubia cenicienta, de un color que
pareca de alquimia, con cierta efusin extravagante de los mechones
prximos  la frente. Veintitantos aos antes de lo que aqu se refiere,
un periodistn que escriba la cotizacin de las harinas y las revistas
de sociedad, anunciaba de este modo la aparicin de aquella dama en los
salones del Gobernador de una provincia de tercera clase: Quin es
aquella figura arrancada de un cuadro del Beato Anglico, y que viene
envuelta en nubes vaporosas y ataviada con el nimbo de oro de la
iconografa del siglo XIV? Las vaporosas nubes eran el vestidillo de
gasa que la seora de Villaamil encarg  Madrid por aquellos das, y el
ureo nimbo, el demonio me lleve si no era la efusin de la cabellera,
que entonces deba de ser rubia, y por tanto cotizable  la par,
literariamente, con el oro de Arabia.

Cuatro  cinco lustros despus de estos xitos de elegancia en aquella
ciudad provinciana, cuyo nombre no hace al caso, doa Pura, que as se
llamaba la dama, en el momento aquel de abrir la puerta  su nietecillo,
llevaba peinador no muy limpio, zapatillas de fieltro no muy nuevas, y
bata floja de tartn verde.

--Ah!, eres t, Luisn--le dijo.--Yo cre que era Ponce con los
billetes del Real. Y nos prometi venir  las dos! Qu formalidades
las de estos jvenes del da!

En este punto apareci otra seora muy parecida  la anterior en la
corta estatura, en lo aniado de las facciones y en la expresin
enigmtica de la edad. Vesta chaquetn degenerado, descendiente de un
gabn de hombre, y un mandil largo de arpillera, prenda de cocina en
todas partes. Era la hermana de doa Pura, y se llamaba Milagros. En el
comedor,  donde fu Luis para dejar sus libros, estaba una joven
cosiendo, pegada  la ventana para aprovechar la ltima luz del da,
breve como da de Febrero. Tambin aquella hembra se pareca algo  las
otras dos, salvo la diferencia de edad. Era Abelarda, hija de doa Pura,
y ta de Luisito Cadalso. La madre de ste, Luisa Villaamil, haba
muerto cuando el pequeuelo contaba apenas dos aos de edad. Del padre
de ste, Vctor Cadalso, se hablar ms adelante.

Reunidas las tres, picotearon sobre el caso inaudito de que Ponce (novio
titular de Abelarda, que obsequiaba  la familia con billetes del Teatro
Real) no hubiese parecido  las cuatro y media de la tarde, cuando
generalmente llevaba los billetes  las dos. As, con estas
incertidumbres, no sabiendo una si va  no va al teatro, no puede
determinar nada ni hacer clculo ninguno para la noche. Qu cachaza de
hombre! Djolo doa Pura con marcado desprecio del novio de su hija, y
sta le contest: Mam, todava no es tarde. Hay tiempo de sobra. Vers
cmo no falta se con las entradas.

S; pero en funciones como la de esta noche, cuando los billetes andan
tan escasos que hasta influencias se necesitan para hacerse con ellos,
es una contracaridad tenernos en este sobresalto.

En tanto, Luisito miraba  su abuela,  su ta mayor,  su ta menor, y
comparando la fisonoma de las tres con la del micho que en el comedor
estaba, durmiendo  los pies de Abelarda, hall perfecta semejanza entre
ellas. Su imaginacin viva le sugiri al punto la idea de que las tres
mujeres eran gatos en _dos pies y vestidos de gente_, como los que hay
en la obra _Los animales pintados por s mismos_; y esta alucinacin le
llev  pensar si sera l tambin gato _derecho_ y si mayara cuando
hablaba. De aqu pas rpidamente  hacer la observacin de que el mote
puesto  su abuela y tas en el paraso del Real, era la cosa ms
acertada y razonable del mundo. Todo esto germin en su mente en menos
que se dice, con el resplandor inseguro y la volubilidad de un cerebro
que se ensaya en la observacin y en el raciocinio. No sigui adelante
en sus gatescas presunciones, porque su abuelita, ponindole la mano en
la cabeza, le dijo: Pero la Paca no te ha dado esta tarde merienda?

--S, mam... y ya me la com. Me dijo que subiera  dejar los libros y
que bajara despus  jugar con _Canelo_.

--Pues ve, hijo, ve corriendito, y te ests abajo un rato, si quieres.
Pero ahora me acuerdo... vento para arriba pronto, que tu abuelo te
necesita para que le hagas un recado.

Despeda la seora en la puerta al chiquillo, cuando de un aposento
prximo  la entrada de la casa sali una voz cavernosa y sepulcral, que
deca: Puuura, Puuura.

Abri sta una puerta que  la izquierda del pasillo de entrada haba, y
penetr en el llamado despacho, pieza de poco ms de tres varas en
cuadro, con ventana  un patio lbrego. Como la luz del da era ya tan
escasa, apenas se vea dentro del aposento ms que el cuadro luminoso de
la ventana. Sobre l se destac un sombrajo larguirucho, que al parecer
se levantaba de un silln como si se desdoblase, y se estir
desperezndose,  punto que la temerosa y empaada voz deca: Pero,
mujer, no se te ocurre traerme una luz. Sabes que estoy escribiendo, que
anochece ms pronto que uno quisiera, y me tienes aqu secndome la
vista sobre el condenado papel.

Doa Pura fu hacia el comedor, donde ya su hermana estaba encendiendo
una lmpara de petrleo. No tard en aparecer la seora ante su marido
con la luz en la mano. La reducida estancia y su habitante salieron de
la obscuridad, como algo que se crea surgiendo de la nada.

--Me he quedado helado--dijo D. Ramn Villaamil, esposo de doa Pura;
el cual era un hombre alto y seco, los ojos grandes y terrorficos, la
piel amarilla, toda ella surcada por pliegues enormes en los cuales las
rayas de sombra parecan manchas; las orejas transparentes, largas y
pegadas al crneo; la barba corta, rala y cerdosa, con las canas
distribuidas caprichosamente, formando rfagas blancas entre lo negro;
el crneo liso y de color de hueso desenterrado, como si acabara de
recogerlo de un osario para taparse con l los sesos. La robustez de la
mandbula, el grandor de la boca, la combinacin de los tres colores
negro, blanco y amarillo, dispuestos en rayas, la ferocidad de los ojos
negros, inducan  comparar tal cara con la de un tigre viejo y tsico,
que despus de haberse lucido en las exhibiciones ambulantes de fieras,
no conserva ya de su antigua belleza ms que la pintorreada piel.

-- ver,  quin has escrito?--dijo la seora, acortando la llama que
sacaba su lengua humeante por fuera del tubo.

--Pues al jefe del Personal, al seor de Pez,  Snchez Botn y  todos
los que puedan sacarme de esta situacin. Para el ahogo del da (dando
un gran suspiro), me he decidido  volver  molestar al amigo
Cucrbitas. Es la nica persona verdaderamente cristiana entre todos mis
amigos, un caballero, un hombre de bien, que se hace cargo de las
necesidades... Qu diferencia de otros! Ya ves la que me hizo ayer ese
badulaque de Rubn. Le pinto nuestra necesidad; pongo mi cara en
vergenza suplicndole... nada, un pequeo anticipo, y... Sabe Dios la
hiel que uno traga antes de decidirse... y lo que padece la dignidad...
Pues ese ingrato, ese olvidadizo,  quien tuve de escribiente en mi
oficina siendo yo jefe de negociado de cuarta, ese desvergonzado que por
su audacia ha pasado por delante de m, llegando nada menos que a
gobernador, tiene la poca delicadeza de mandarme medio duro.

Villaamil se sent, dando sobre la mesa un puetazo que hizo saltar las
cartas, como si quisieran huir atemorizadas. Al oir suspirar  su
esposa, irgui la amarilla frente, y con voz dolorida, prosigui as:

--En este mundo no hay ms que egosmo, ingratitud, y mientras ms
infamias se ven, ms quedan por ver... Como ese bigardn de Montes, que
me debe su carrera, pues yo le propuse para el ascenso en la Contadura
Central. Creers t que ya ni siquiera me saluda? Se da una
importancia, que ni el Ministro... Y va siempre adelante. Acaban de
darle catorce mil. Cada ao su ascensito, y ole morena... Este es el
premio de la adulacin y la bajeza. No sabe palotada de administracin;
no sabe ms que hablar de caza con el Director, y de la galga y del
pjaro y qu s yo qu... Tiene peor ortografa que un perro, y escribe
_hacha_ sin _h_ y _echar_ con ella... Pero en fin, dejemos  un lado
estas miserias. Como te deca, he determinado acudir otra vez al amigo
Cucrbitas. Cierto que con ste van ya cuatro  cinco envites; pero no
s ya  qu santo volverme. Cucrbitas comprende al desgraciado y le
compadece, porque l tambin ha sido desgraciado. Yo le he conocido con
los calzones rotos y en el sombrero dos dedos de grasa... l sabe que
soy agradecido... Crees t que se le agotar la bondad?... Dios tenga
piedad de nosotros, pues si este amigo nos desampara iremos todos 
tirarnos por el Viaducto.

Di Villaamil un gran suspiro, clavando los ojos en el techo. El tigre
invlido se transfiguraba. Tena la expresin sublime de un apstol en
el momento en que le estn martirizando por la fe, algo del San
Bartolom de Ribera cuando le suspenden del rbol y le descueran
aquellos tunantes de gentiles, como si fuera un cabrito. Falta decir que
este Villaamil era el que en ciertas tertulias de caf recibi el apodo
de Ramss II[A].

 [A] _Fortunata y Jacinta_. Tomo III.

--Bueno, dame la carta para Cucrbitas--dijo doa Pura, que acostumbrada
 tales jeremadas, las miraba como cosa natural y corriente.--Ir el
nio volando  llevarla. Y ten confianza en la Providencia, hombre,
como la tengo yo. No hay que amilanarse (con risueo optimismo). Me ha
dado la corazonada... ya sabes t que rara vez me equivoco... la
corazonada de que en lo que resta de mes te colocan.




II


--Colocarme!--exclam Villaamil poniendo toda su alma en una palabra.
Sus manos, despus de andar un rato por encima de la cabeza, cayeron
desplomadas sobre los brazos del silln. Cuando esto se verific, ya
doa Pura no estaba all, pues haba salido con la carta, y llam desde
la escalera  su nieto, que estaba en la portera.

Ya eran cerca de la seis cuando Luis sali con el encargo, no sin volver
 hacer escala breve en el escritorio de los memorialistas. Adis, rico
mo--le dijo Paca besndole.--Ve prontito para que vuelvas  la hora de
comer. (Leyendo el sobre.) Pues digo... no es floja caminata, de aqu 
la calle del Amor de Dios. Sabes bien el camino? No te perders?

Qu se haba de perder, contro!, si ms de veinte veces haba ido  la
casa del seor de Cucrbitas y  las de otros caballeros con recados
verbales  escritos! Era el mensajero de las terribles ansiedades,
tristezas  impaciencias de su abuelo; era el que reparta por uno y
otro distrito las solicitudes del infeliz cesante, implorando una
recomendacin  un auxilio. Y en este oficio de peatn adquiri tan
completo saber topogrfico, que recorra todos los barrios de la Villa
sin perderse; y aunque saba ir  su destino por el camino ms corto,
empleaba comnmente el ms largo, por costumbre y vicio de paseante 
por instintos de observador, gustando mucho de examinar escaparates, de
oir, sin perder slaba, discursos de charlatanes que venden elixires 
hacen ejercicios de prestidigitacin.  lo mejor, topaba con un mono
cabalgando sobre un perro  manejando el molinillo de la chocolatera lo
mismito que una _persona natural;_ otras veces era un infeliz oso
encadenado y flaco,  italianos, turcos, moros falsificados que piden
limosna haciendo cualquiera habilidad. Tambin le entretenan los
entierros muy lucidos, el riego de las calles, la tropa marchando con
msica, el ver subir la piedra sillar de un edificio en construccin, el
Vitico con muchas velas, los encuartes de los tranvas, el trasplantar
rboles y cuantos accidentes ofrece la va pblica.

--Abrgate bien--le dijo Paca besndole otra vez y envolvindole la
bufanda en el cuello.--Ya podran comprarte unos guantes de lana. Tienes
las manos heladitas, y con sabaones, Ah, cunto mejor estaras con tu
ta Quintina! Vaya, un beso  Mendizbal, y hala! _Canelo_ ir
contigo.

De debajo de la mesa sali un perro de bonita cabeza, las patas cortas,
la cola enroscada, el color como de barquillo, y ech  andar gozoso
delante de Luis. Paca sali tras ellos  la puerta, les mir alejarse, y
al volver  la estrecha oficina, se puso  hacer calceta, diciendo  su
marido: Pobre hijo! Me le traen todo el santo da hecho un carterito.
El sablazo de esta tarde va contra el mismo sujeto de estos das. La
que le ha cado al buen seor! Te digo que estos Villaamiles son peores
que la filoxera. Y de seguro que esta noche las tres _lambionas_ se irn
tambin de pindongueo al teatro y vendrn  las tantas de la noche.

--Ya no hay cristiandad en las familias--dijo Mendizbal grave y
sentenciosamente.--Ya no hay ms que suposicin.

--Y que no deben nada en gracia de Dios (meneando con furor las agujas).
El carnicero dice que ya no les fa ms aunque le ahorquen; el frutero
se ha plantado, y el del pan lo mismo... Pues si esas mueconas supieran
arreglarse y pusieran todos los das, si  mano viene, una cazuela de
patatas... Pero, Dios nos libre... Patatas ellas! pobrecitas! El da
que les cae algo, aunque sea de limosna, ya las tienes dndose la gran
vida y echando la casa por la ventana. Eso s, en arreglar los trapitos
para suponer no hay quien les gane. La doa Pura se pasa toda la maana
de Dios enroscndose las greas de la frente, y la doa Milagros le ha
dado ya cuatro vueltas  la tela de aquella eternidad de vestido, color
de mostaza para sinapismos. Pues digo, la antiptica de la nia no para
de echar medias suelas al sombrero, ponindole cintas viejas,  alguna
pluma de gallina  un clavo de cabeza dorada de los que sirven para
colgar lminas.

--Suposicin de suposiciones... Consecuencias funestas del
materialismo--dijo Mendizbal, que sola repetir las frases del
peridico  que estaba suscrito.--Ya no hay modestia, ya no hay
sencillez de costumbres. Qu se hizo de aquella pobreza honrada de
nuestros padres, de aquella... (no recordando lo dems) de aquella,
pues... como quien dice?...

--Pues el pobre D. Ramn, cuando cierre el ojo, se ir derecho al cielo.
Es un santo y un mrtir. Crete que si yo le pudiera colocar, le
colocaba Me da una lstima! Con aquellas miradas que echa parece que se
va  comer  la gente, pobre seor!, y se la comera  una, no por
maldad, sino por puras hambres (clavndose en el pelo la cuarta aguja).
Da miedo verle. Yo no s cmo el seor Ministro, cuando le ve entrar en
las oficinas, no se muere de miedo y le coloca por perderle de vista.

--Villaamil--dijo Mendizbal con suficiencia--es un hombre honrado, y
el Gobierno de ahora es todo de pillos. Ya no hay honradez, ya no hay
cristiandad, ya no hay justicia. Qu os lo que hay? Ladronicio,
irreligiosidad, desvergenza. Por eso no le colocan, ni le colocarn
mientras no venga el nico que puede traer la justicia. Yo se lo digo
siempre que pasa por aqu y se para en el portal  echar un prrafo
conmigo: No le d usted vueltas, D. Ramn, no le d usted vueltas. De
todo tiene la culpa la libertad de cultos. Porque nterin tengamos
racionalismo, mi seor don Ramn, nterin no sea aplastada la cabeza de
la serpiente, y... (perdiendo el hilo de la frase y no sabiendo ya por
dnde andaba) y en tanto que... precisamente... quiero decir, digo...
(cortando por lo sano). Ya no hay cristiandad!

Entretanto, Luisito y Canelo recorran parte de la calle Ancha y
entraban por la del Pez, siguiendo su itinerario. El perro, cuando se
separaba demasiado, detenase mirando hacia atrs, la lengua de fuera.
Luis se paraba  ver escaparates, y  veces deca  su compaero esto 
cosa parecida: _Canelo_, mira qu trompetas tan bonitas. El animal se
pona en dos patas, apoyando las delanteras en el borde del escaparate;
pero no deban de ser para l muy interesantes las tales trompetas,
porque no tardaba en seguir andando. Por fin llegaron  la calle del
Amor de Dios. Desde cierta ocasin en que _Canelo_ tuvo unos ladridos
con otro perro, inquilino en la casa de Cucrbitas, adopt el
temperamento prudente de no subir y esperar en la calle  su amigo. ste
subi al segundo, donde el incansable protector de su abuelo viva; y el
criado que le abri la puerta psole aquella noche muy mala cara. El
seor no est. Pero Luisito, que tena instrucciones de su abuelo para
el caso de hallarse ausente la vctima, dijo que esperara. Ya saba que
 las siete, infaliblemente, iba  comer el seor D. Francisco
Cucrbitas. Sentse el chico en el banco del recibimiento. Los pies no
le llegaban al suelo, y los balanceaba como para hacer algo con qu
distraer el fastidio de aquel largo plantn. El perchero, de pino
imitando roble viejo, con ganchos dorados para los sombreros, su espejo
y los huecos para los paraguas, le haba producido en otro tiempo gran
admiracin; pero ya le era indiferente. No as el gato, que de la parte
interior de la casa sola venir  enredar con l. Aquella noche deba de
estar ocupado el micho, porque no aport por el recibimiento; pero en
cambio vi Luis  las nias de Cucrbitas, que eran simpticas y
graciosas. Solan acercarse  l, mirndole con lstima  con desdn,
pero nunca le haban dicho una palabra halagea. La seora de
Cucrbitas, que  Luis le pareca, por lo gruesa y redonda, una
imitacin humana del elefante _Pizarro_, tan popular entonces entre los
nios de Madrid, sola tambin dejarse rodar por all, y ya conoca bien
Cadalsito sus pasos lentos y pesados. La seora llegaba al ngulo que el
pasillo de la derecha formaba con el recibimiento, y desde aquel punto
miraba con recelo al mensajero. Despus se internaba sin decirle una
palabra. Desde que el chico la senta venir se levantaba rgido, como un
mueco de resortes, recordando las lecciones de urbanidad que le haba
dado su abuelo. Cmo est usted?... Cmo lo pasa usted? Pero la mole
aqulla, rival en corpulencia de Paca la memorialista, no se dignaba
contestarle, y se alejaba haciendo estremecer el suelo, como la mquina
de apisonar que Luis haba visto en las calles de Madrid.

Aquella noche fu muy tarde  comer el respetable Cucrbitas. Observ el
nieto de Villaamil que las nias estaban impacientes. La causa era que
tenan que ir al teatro y deseaban comer pronto. Por fin son la
campanilla, y el criado fu presuroso  abrir la puerta, mientras las
pollas, que conocan los pasos del pap y su manera de llamar, corran
por los pasillos dando voces para que se sirviera la comida. Al entrar
el seor y ver  Luisn, di  entender con ligera mueca su desagrado.
El nio se puso en pie, soltando el saludo como un tiro  boca de jarro,
y Cucrbitas, sin contestarle, metise en el despacho. Cadalsito,
aguardando  que el seor le mandara pasar, como otras veces, vi que
entraron las hijas dando prisa  su pap, y oy  ste decir: Al
momento voy... que saquen la sopa, y no pudo menos de considerar cun
rica sopa sera aquella que  sacar iban. Esto pensaba, cuando una de
las seoritas sali del despacho y le dijo: Pasa t. Entr gorra en
mano, repitiendo su saludo, al cual se dign al fin contestar D.
Francisco con paternal acento. Era un seor muy bueno, segn opinin de
Luis, el cual, no entendiendo la expresin ligeramente ceuda que tena
en su cara lustrosa el prvido funcionario, se figur que hara aquella
noche lo mismo que las dems. Cadalsito recordaba muy bien el trmite:
el seor de Cucrbitas, despus de leer la carta de Villaamil, escriba
otra , sin escribir nada, sacaba de su cartera un billetito verde 
encarnado, y metindolo en un sobre se lo daba y deca: Anda, hijo; ya
ests despachado. Tambin era cosa corriente sacar del bolsillo duros 
pesetas, hacer un lo y drselo, acompaando su accin de las mismas
palabras de siempre, con esta aadidura: Ten cuidado, no lo pierdas 
no te lo robe algn tomador. Mtelo en el bolsillo del pantaln...
As... guapo mozo. Anda con Dios.

Aquella noche, ay!, en pie, delante de la mesa _de ministro_, observ
Luis que D. Francisco escriba una carta, frunciendo las peludas cejas,
y que la cerraba sin meter dentro billete ni moneda alguna. Not tambin
el nio que al echar la firma, daba mi hombre un gran suspiro, y que
despus le miraba  l con profundsima compasin.

--Que usted lo pase bien--dijo Cadalsito cogiendo la carta; y el buen
seor le puso la mano en la cabeza. Al despedirle, le di dos perros
grandes, aadiendo  su accin generosa estas magnnimas palabras: Para
que compres pasteles. Sali el chico tan agradecido... Pero por la
escalera abajo le asalt una idea triste: Hoy no lleva nada la carta.
Era, en efecto, la primera vez que sala de all con la carta vaca. Era
la primera vez que D. Francisco le daba perros  l, para su bolsillo
privado y fomentar el vicio de comer bollos. En todo esto se fij con la
penetracin que le daba la precoz experiencia de aquellos mensajes.
Pero quin sabe!--dijo despus con ideas sugeridas por su
inocencia;--puede que le diga que le colocan maana...

_Canelo_, que ya estaba impaciente, se le uni en la puerta. Se pusieron
ambos en camino, y en una pastelera de la calle de las Huertas compr
Luis dos bollos de  diez cntimos. El perro se comi uno y Cadalsito el
otro. Despus, relamindose, apresuraron el paso, buscando la direccin
ms corta por el mismo laberinto de calles y plazuelas, desigualmente
iluminadas y concurridas. Aqu mucho gas, all tinieblas; ac mucha
gente; despus soledad, figuras errantes. Pasaron por calles en que la
gente, presurosa, apenas caba; por otras en que vieron ms mujeres que
luces; por otras en que haba ms perros que personas.




III


Al entrar en la calle de la Puebla, iba ya Cadalsito tan fatigado que,
para recobrar las fuerzas, se sent en el escaln de una de las tres
puertas con rejas que tiene en dicha calle el convento de Don Juan de
Alarcn. Y lo mismo fu sentarse sobre la fra piedra, que sentirse
acometido de un profundo sueo... Ms bien era aquello como un
desvanecimiento, no desconocido para el chiquillo, y que no se
verificaba sin que l tuviera conciencia de los extraos sntomas
precursores. Contro!--pens muy asustado,--me va  dar aquello... me
va  dar, me da... En efecto,  Cadalsito _le daba_ de tiempo en tiempo
una desazn singularsima, que empezaba con pesadez de cabeza, sopor,
fro en el espinazo, y conclua con la prdida de toda sensacin y
conocimiento. Aquella noche, en el breve tiempo transcurrido desde que
se sinti desfallecer hasta que se le nublaron los sentidos, se acord
de un pobre que sola pedir limosna en aquel mismo escaln en que l
estaba. Era un ciego muy viejo, con la barba cana, larga y amarillenta,
envuelto en parda capa de luengos pliegues, remendada y sucia, la cabeza
blanca, descubierta, y el sombrero en la mano, pidiendo slo con la
actitud y sin mover los labios.  Luis le infunda respeto la venerable
figura del mendigo, y sola echarle en el sombrero algn cntimo, cuando
lo tena de sobra, lo que suceda muy contadas veces.

Pues como iba diciendo, cay el pequeo en su letargo, inclinando la
cabeza sobre el pecho, y entonces vi que no estaba solo.  su lado se
sentaba una persona mayor. Era el ciego? Por un instante crey Luis que
s, porque tena barba espesa y blanca, y cubra su cuerpo con una capa
 manto... Aqu empez Cadalso  observar las diferencias y semejanzas
entre el pobre y la persona mayor, pues sta vea y miraba y sus ojos
eran como estrellas, al paso que la nariz, la boca y frente eran
idnticas  las del mendigo, la barba del mismo tamao, aunque ms
blanca, muchsimo ms blanca. Pues la capa era igual y tambin
diferente; se pareca en los anchos pliegues, en la manera de estar el
sujeto envuelto en ella; discrepaba en el color, que Cadalsito no poda
definir. Era blanco, azul  qu demonches de color era aqul? Tena
sombras muy suaves, por entre las cuales se deslizaban reflejos
luminosos como los que se filtran por los huecos de las nubes. Luis
pens que nunca haba visto tela tan bonita como aqulla. De entre los
pliegues sac el sujeto una mano blanca, preciossima. Tampoco haba
visto nunca Luis mano semejante, fuerte y membruda como la de los
hombres, blanca y fina como la de las seoras... El sujeto aqul,
mirndole con paternal benevolencia, le dijo:--No me conoces? No sabes
quin soy?

Luisito le mir mucho. Su cortedad de genio le impeda responder.
Entonces el seor misterioso, sonriendo como los obispos cuando
bendicen, le dijo:--Yo soy Dios. No me habas conocido?

Cadalsito sinti entonces, adems de la cortedad, miedo, y apenas poda
respirar. Quiso envalentonarse mostrndose incrdulo, y con gran
esfuerzo de voz pudo decir:--Usted Dios, usted?... Ya quisiera...

Y la aparicin, pues tal nombre se le debe dar, indulgente con la
incredulidad del buen Cadalso, acentu ms la sonrisa cariosa,
insistiendo en lo dicho:--S, soy Dios. Parece que ests asustado. No me
tengas miedo. Si yo te quiero, te quiero mucho...

Luis empez  perder el miedo. Se senta conmovido y con ganas de
llorar.

--Ya s de dnde vienes--prosigui la aparicin.--El seor de Cucrbitas
no os ha dado nada esta noche. Hijo, no siempre se puede. Lo que l
dice, hay tantas necesidades que remediar!...

Cadalsito di un gran suspiro para activar su respiracin, y contemplaba
al hermoso anciano, el cual, sentado, apoyando el codo en la rodilla y
la barba resplandeciente en la mano, ladeaba la cabeza para mirar al
chiquitn, dando, al parecer, mucha importancia  la conversacin que
con l sostena:--Es preciso que t y los tuyos tengis paciencia, amigo
Cadalsito, mucha paciencia.

Luis suspir con ms fuerza, y sintiendo su alma libre de miedo y al
propio tiempo llena de iniciativas, se arranc  decir esto:--Y cundo
colocan  mi abuelo?

La excelsa persona que con Luisito hablaba dej un momento de mirar 
ste, y fijando sus ojos en el suelo, pareca meditar. Despus volvi 
encararse con el pequeo, y suspirando, tambin l suspiraba!,
pronunci estas graves palabras:--Hazte cargo de las cosas. Para cada
vacante hay doscientos pretendientes. Los Ministros se vuelven locos y
no saben  quin contentar. Tienen tantos compromisos, que no s yo cmo
viven los pobres. Paciencia, hijo, paciencia, que ya os caer la
credencial cuando salte una ocasin favorable... Por mi parte, har
tambin algo por tu abuelo... Qu triste se va  poner esta noche
cuando reciba esa carta! Cuidado no la pierdas. T eres un buen chico.
Pero es preciso que estudies algo ms. Hoy no te supiste la leccin de
Gramtica. Dijiste tantos disparates, que la clase toda se rea, y con
muchsima razn. Qu vena te di de decir que el _participio expresa la
idea del verbo en abstracto_? Lo confundiste con el _gerundio_, y luego
hiciste una ensalada de los _modos_ con los _tiempos_. Es que no te
fijas, y cuando estudias ests pensando en las musaraas...

Cadalsito se puso muy colorado, y metiendo sus dos manos entre las
rodillas, se las apret.

--No basta que seas formal en clase; es menester que estudies, que te
fijes en lo que lees y lo retengas bien. Si no, andamos mal; me enfado
contigo, y no vengas luego dicindome que por qu no colocan  tu
abuelo... Y as como te digo esto, te digo tambin que tienes razn en
quejarte de _Posturitas_. Es un ordinario, un mal criado, y ya le
restregar yo una guindilla en la lengua cuando vuelva  decirte _Miau_.
Por supuesto que esto de los motes debe llevarse con paciencia; y cuando
te digan _Miau_, t te callas y aguantas. Cosas peores te pudieran
decir.

Cadalsito estaba muy agradecido, y aunque saba que Dios est en todas
partes, se admiraba de que estuviese tan bien enterado de lo que en la
escuela ocurra. Despus se lanz  decir:

--Contro, si yo le cojo!...

--Mira, amigo Cadalso--le dijo su interlocutor con paternal
severidad,--no te las eches de matn, que t no sirves para pelearte
con tus compaeros. Son ellos muy brutos. Sabes lo que haces? Cuando te
digan _Miau_, se lo cuentas al maestro, y vers como ste pone 
_Posturitas_ en cruz media hora.

--Vaya que si lo pone... y aunque sea una hora.

--Ese nombre de _Miau_ de lo encajaron  tu abuela y tas en el paraso
del Real, es  saber, porque parecen propiamente tres gatitos. Es que
son ellas muy relamidas. El mote tiene gracia.

Sinti Luis herida su dignidad; pero no dijo nada.

--Ya s que esta noche van tambin al Real--aadi la aparicin.--Hace
un rato les ha llevado ese Ponce los billetes. Por qu no les dices t
que te lleven? Te gustara mucho la pera. Si vieras qu bonita es!

--No me quieren llevar... bah!... (desconsoladsimo). Dgaselo usted.

Aun cuando  Dios se le dice _t_ en los rezos,  Luis le pareca
irreverente, _cara  cara_, tratamiento tan familiar.

--Yo? No quiero meterme en eso. Adems, esta noche han de estar todos
de muy mal temple. Pobre abuelito tuyo! Cuando abra la carta... La has
perdido?

--No, seor, la tengo aqu--dijo Cadalso, sacndola.--La quiere usted
leer?

--No, tontn. Si ya s lo que dice... Tu abuelo pasar un mal rato; pero
que se conforme. Estn los tiempos muy malos, muy malos...

La excelsa imagen repiti dos  tres veces el _muy malos_, moviendo la
cabeza con expresin de tristeza; y desvanecindose en un instante,
desapareci. Luis se restregaba los ojos, se reconoca despierto y
reconoca la calle. Enfrente vi la tienda de cestas en cuya muestra
haba dos cabezas de toro, con jeta y cuernos de mimbre; juguete
predilecto de los chicos de Madrid. Reconoci tambin la tienda de
vinos, el escaparate con botellas; vi en los transentes _personas
naturales_, y  _Canelo_, que  su lado segua, le tuvo por verdico
perro. Volvi  mirar  su lado buscando un rastro de la maravillosa
visin, pero no haba nada. Es que me di _aqullo_--pens Cadalsito,
no sabiendo definir lo que le daba;--pero me ha dado de otra manera.
Cuando se levant tena las piernas tan dbiles, que apenas se poda
sostener sobre ellas. Se palp la ropa, temiendo haber perdido la carta;
pero la carta segua en su sitio. Contro!, otras veces le haba dado
aquel desmayo, pero nunca haba visto personajes tan... tan... no saba
cmo decirlo. Y que le vi y le habl, no tena duda. Vaya con el
_Seorn_ aqul!... Si sera el Padre Eterno en _vida natural!_... Si
sera el anciano ciego que le quera dar un bromazo!...

Pensando de este modo, dirigise Luis  su casa con toda la prisa que
la flojedad de sus piernas le permita. La cabeza se le iba, y el fro
del espinazo no se le quitaba andando. _Canelo_ pareca muy
preocupado... Si habra visto tambin algo!... Lstima que no pudiese
hablar para que atestiguara la verdad de la visin maravillosa! Porque
Luis recordaba que, durante el coloquio, Dios acarici dos  tres veces
la cabeza de _Canelo_, y que ste le miraba sacando mucho la lengua...
Luego _Canelo_ podra dar fe...

Lleg por fin  su casa, y como le sintieran subir, Abelarda le abri la
puerta antes de que llamara. Su abuelo sali ansioso  recibirle, y el
nio, sin decir una palabra, puso en sus manos la carta. Don Ramn fu
hacia el despacho, palpndola antes de abrirla, y en el mismo instante
doa Para llam  Luis para que fuera  comer, pues la familia estaba ya
concluyendo. No le haban esperado porque tardaba mucho, y las seoras
tenan que irse al teatro de prisa y corriendo, para coger un buen
puesto en el paraso antes de que se agolpara la gente. En dos platos
tapados, uno sobre otro, le haban guardado al nieto su sopa y cocido,
que estaban ya fros cuando lleg  catarlos; mas como su hambre era
tanta, no repar en la temperatura.

Estaba doa Pura atando al pescuezo de su nieto la servilleta de tres
semanas, cuando entr Villaamil  comer el postre. Su cara tomaba
expresin de ferocidad sanguinaria en las ocasiones aflictivas, y aquel
bendito, incapaz de matar una mosca, cuando le amargaba una pesadumbre
pareca tener entre los dientes carne humana cruda, sazonada con acbar
en vez de sal. Slo con mirarle comprendi doa Pura que la carta haba
venido _in albis_. El infeliz hombre empez  quitar maquinalmente las
cscaras  dos nueces resecas que en el plato tena. Su cuada y su hija
le miraban tambin, leyendo en su cara de tigre caduco y veterano la
pena que interiormente le devoraba. Por poner una nota alegre en cuadro
tan triste, Abelarda solt esta frase:--Ha dicho Ponce que la ovacin de
esta noche ser para la Pellegrini.

--Me parece una injusticia--afirm doa Pura con sus cinco sentidos--que
se quiera humillar  la Scolpi Rolla, que canta su parte de Amneris muy
 conciencia. Verdad que sus xitos los debe ms al buen palmito y  que
ensea las piernas. Pero la Pellegrini con tantos humos no es ninguna
cosa del otro jueves.

--Calla, mujer--indic Milagros doctoralmente.--Mira que la otra noche
_dijo_ el _fuggi fuggi, tu sei perdutto_ como no lo hemos odo desde los
tiempos de Rossina Penco. No tiene ms sino que bracea demasiado, y,
francamente, la pera es para cantar bien, no para hacer gestos.

--Pero no nos descuidemos--dijo Pura.--En noches as, el que se
descuida se queda en la escalera.

--Qui!... Pero no creis que Guilln  los chicos de Medicina nos
guardarn los asientos?

--No hay que fiar... Vmonos, no nos pase lo de la otra noche, Dios
mo!, que si no es por aquellos muchachos tan finos, los de Farmacia,
sabes?, nos quedamos en la puerta como unas pasmarotas.

Villaamil, que nada de esto oa, se comi un higo pasado, creo que
tragndolo entero, y fu hacia su despacho con paso decidido, como quien
va  hacer una atrocidad. Su mujer le sigui, y cariosa le dijo:--Qu
hay? Es que esa nulidad no te ha mandado nada?

--Cero--replic Villaamil con voz que pareca salir del centro de la
tierra.--Lo que yo te deca, se ha cansado. No se puede abusar un da y
otro da... Me ha hecho tantos favores, tantos, que pedir ms es
temeridad. Cunto siento haberle escrito hoy!

--Bandido!--exclam iracunda la seora, que sola dar esta denominacin
y otras peores  los amigos que se ladeaban para evitar el sablazo.

--Bandido no--declar Villaamil, que ni en los momentos de mayor
tribulacin se permita ultrajar al _contribuyente_.--Es que no siempre
se est en disposicin de socorrer al prjimo. Bandido, no. Lo que es
ideas no las tiene ni las ha tenido nunca; pero eso no quita que sea
uno de los hombres ms honrados que hay en la Administracin.

--Pues no ser tanto (con enfado impertinente), cuando le luce el pelo
como le luce. Acurdate de cuando fu compaero tuyo en la Contadura
Central. Era el ms bruto de la oficina. Ya se saba; descubierta una
barbaridad, todos decan: Cucrbitas. Despus, ni un da cesante, y
siempre para arriba. Qu quiere decir esto? Que ser muy bruto, pero
que entiende mejor que t la aguja de marear. Y crees que no se hace
pagar  tocateja el despacho de los expedientes?

--Cllate, mujer.

--Inocente!... Ah tienes por lo que ests como ests, olvidado y en la
miseria; por no tener ni pizca de trastienda y ser tan devoto de _San
Escrpulo bendito_. Creme, eso ya no es honradez, es sosera y necedad.
Mrate en el espejo de Cucrbitas; l ser todo lo meln que se quiera,
pero vers cmo llega  Director, quizs  Ministro. T no sers nunca
nada, y si te colocan, te darn un pedazo de pan, y siempre estaremos lo
mismo (acalorndose). Todo por tus gazmoeras, porque no te haces
valer, porque _fray modesto_ ya sabes que no lleg nunca  ser guardin.
Yo que t, me ira  un peridico y empezara  vomitar todas las
picardas que s de la Administracin, los enjuagues que han hecho
muchos que hoy estn en candelero. Eso, cantar claro, y caiga el que
caiga... desenmascarar  tanto pillo... Ah duele. Ah! entonces veras
cmo les faltaba tiempo para colocarte; veras cmo el Director mismo
entraba aqu, sombrero en mano,  suplicarte que aceptaras la
credencial.

--Mam, que es tarde--dijo Abelarda desde la puerta, ponindose la
toquilla.

--Ya voy. Con tantos remilgos, con tantos miramientos como t tienes,
con eso de llamarles  todos _dignsimos_, y ser tan delicado y tan de
ley que ests siempre montado al aire como los brillantes, lo que
consigues es que te tengan por un cualquiera. Pues s (alzando el
grito), t debas ser ya Director, como esa es luz, y no lo eres por
mandria, por apocado, porque no sirves para nada, vamos, y no sabes
vivir. No; si con lamentos y con suspiros no te van  dar lo que
pretendes. Las credenciales, seor mo, son para los que se las ganan
enseando los colmillos. Eres inofensivo, no muerdes, ni siquiera
ladras, y todos se ren de ti. Dicen: Ah, Villaamil, qu honradsimo
es! Oh! el empleado _probo_... Yo, cuando me ensean un _probo_, le
miro  ver si tiene los codos de fuera. En fin, que te caes de honrado.
Decir honrado,  veces es como decir oo. Y no es eso, no es eso. Se
puede tener toda la integridad que Dios manda, y ser un hombre que mire
por s y por su familia...

--Djame en paz--murmur Villaamil desalentado, sentndose en una silla
y derrengndola.

--Mam--repeta la seorita, impaciente.

--Ya voy, ya voy.

--Yo no puedo ser sino como Dios me ha hecho--declar el infeliz
cesante.--Pero ahora no se trata de que yo sea as  asado; trtase del
pan de cada da, del pan de maana. Estamos como queremos, s... Tenemos
cerrado el horizonte por todas partes. Maana...

--Dios no nos abandonar--dijo Pura intentando robustecer su nimo con
esfuerzos de esperanza, que parecan pataleos de nufrago.--Estoy tan
acostumbrada  la escasez, que la abundancia me sorprendera y hasta me
asustara... Maana...

No acab la frase ni aun con el pensamiento. Su hija y su hermana le
daban tanta prisa, que se arregl apresuradamente. Al envolverse en la
cabeza la toquilla azul, di esta orden  su marido: Acuesta al nio.
Si no quiere estudiar, que no estudie. Bastante tiene que hacer el
pobrecito, porque maana supongo que saldr  repartirte dos arrobas de
cartas.

El buen Villaamil sinti un gran alivio en su alma cuando las vi salir.
Mejor que su familia le acompaaba su propia pena, y se entretena y
consolaba con ella mejor que con las palabras de su mujer, porque su
pena, si le oprima el corazn, no le araaba la cara, y doa Pura, al
cuestionar con l, era toda pico y uas toda.




IV


Cadalsito estaba en el comedor, sentado  la mesa, los codos sobre ella,
los libros delante. stos eran tantos, que el escolar se senta
orgulloso de ponerlos en fila, y pareca que les pasaba revista, como un
general  sus unidades tcticas. Estaban los infelices tan estropeados,
cual si hubieran servido de proyectiles en furioso combate; las hojas
retorcidas, los picos de las cubiertas doblados  rotos, la pasta con
pegajosa mugre. Pero no faltaba  ninguno, en la primera hoja, una
inscripcin en letra vacilante que declaraba la propiedad de la finca,
pues sera en verdad muy sensible que no se supiera que pertenecan
exclusivamente  Luis Cadalso y Villaamil. ste coga uno cualquiera, 
la suerte,  ver lo que sala. Contro, siempre sala la condenada
Gramtica!... Abrala con prevencin y vea las letras hormiguear sobre
el papel iluminado por la luz de la lmpara colgante. Parecan mosquitos
revoloteando en un rayo de sol. Cadalso lea algunos renglones. Qu es
adverbio? Las letras de la respuesta eran las que se haban propuesto
no dejarse leer, corriendo y saltando de una margen  otra. Total, que
el adverbio deba de ser una cosa muy buena; pero Cadalsito no lograba
enterarse de ello claramente. Despus lea pginas enteras, sin que el
sentido de ellas penetrara en su espritu, que no se haba desprendido
an del asombro de la visin; ni se le haba quitado el malestar del
cuerpo,  pesar de haber comido con tanta gana; y como notase que al
fijar la atencin en el libro se pona peor, tuvo por buen remedio el ir
doblando una  una las puntas de las hojas de la Gramtica, hasta dejar
el pobre libro rizado como una escarola.

En esto estaba cuando sinti que su abuelo sala del despacho. Se le
haba apagado la luz por falta de petrleo, y aunque no escriba, la
obscuridad le lanz de su guarida hacia el comedor. En ste y en el
pasillo se pase un rato el infeliz hombre, excitadsimo, hablando solo
y dando algunos tropezones, porque la desigual y en algunos puntos
agujereada estera no permita el paso franco por aquellas regiones.

Otras noches que se quedaban solos abuelo y nieto, aqul le tomaba las
lecciones, repitindoselas y fijndoselas en la memoria. Aquella noche,
Villaamil no estaba para lecciones, lo que agradeci mucho el pequeo,
quien por el bien parecer empez  desdoblar las hojas del martirizado
texto, planchndolas con la palma de la mano. Poco despus, el mismo
libro fu blando cojn para su cabeza, fatigada de estudios y visiones,
y dejndola caer se qued dormido sobre la definicin del adverbio.

Villaamil deca: Esto ya es demasiado. Seor Todopoderoso. Qu he
hecho yo para que me trates as? Por qu no me colocan? Por qu me
abandonan hasta los amigos en quienes ms confiaba? Tan pronto se
abata el nimo del cesante sin ventura, como se inflamaba, suponindose
perseguido por ocultos enemigos que le haban jurado rencor eterno.
Quin ser, pero quin ser el danzante que me hace la guerra? Algn
ingrato, quizs, que me debe su carrera. Para mayor desconsuelo, se le
representaba entonces toda su vida administrativa, carrera lenta y
honrosa en la Pennsula y Ultramar, desde que entr  servir all por el
ao 41 y cuando tena veinticuatro de edad (siendo Ministro de Hacienda
el Sr. Surr). Poco tiempo haba estado cesante antes de la terrible
cruja en que le encontramos: cuatro meses en tiempo de Bertrn de Lis,
once durante el bienio, tres y medio en tiempo de Salaverra. Despus de
la Revolucin pas  Cuba y luego  Filipinas, de donde le ech la
disentera. En fin, que haba cumplido sesenta aos, y los de servicio,
bien sumados, eran treinta y cuatro y diez meses. Le faltaban dos para
jubilarse con los cuatro quintos del sueldo regulador, que era el de su
destino ms alto, Jefe de Administracin de tercera. Qu mundo ste!
Cunta injusticia! Y luego no quieren que haya revoluciones!... No
pido ms que los dos meses, para jubilarme con los cuatro quintos, s,
seor... En lo ms vivo de su soliloquio, vacil y fu  chocar contra
la puerta, repercutiendo al punto para dar con su cuerpo en el borde de
la mesa, que se estremeci toda. Despertando sobresaltado, oy Luis  su
abuelo pronunciar claramente al incorporarse estas palabras, que le
parecieron lo ms terrorfico que haba odo en su vida: ...con
arreglo  la ley de Presupuestos del 35, modificada el 65 y el 68!

--Qu, pap?--dijo espantado.

--Nada, hijo; esto no va contigo. Durmete. No tienes ganas de
estudiar? Haces bien. Para qu sirve el estudio? Mientras ms burro sea
el hombre, mientras ms pillo, mejor carrera hace... Vamos,  la cama,
que es tarde.

Villaamil busc y hall una palmatoria, mas no le fu tan fcil
encontrar vela que encender en ella. Por fin, revolviendo mucho,
descubri unos cabos en la mesa de noche de Pura, y encendido uno de
ellos, se dispuso  acostar al nio. ste dorma en la alcoba de
Milagros, que estaba en el mismo comedor. Haba en aquella pieza un
tocador del tiempo de _vivan las caenas_, una cmoda jubilada con los
cuatro quintos de su cajonera, varios bales y las dos camas. En toda
la casa,  excepcin de la sala, que estaba puesta con relativa
elegancia, se revelaba la escasez, el abandono y esa ruina lenta que
resulta del no reparar lo que el tiempo desluce y estraga.

Empez el abuelo  desnudar  su nieto, y le deca: S, hijo mo,
bienaventurados los brutos, porque de ellos es el reino... de la
Administracin. Y le desabrochaba la chaqueta, y le tiraba de las
mangas con tanta fuerza, que  poco ms se cae el chico al suelo. Hijo
mo, ve aprendiendo, ve aprendiendo para cuando seas hombre. Del que
est cado nadie se acuerda, y lo que hacen es patearle y destrozarle
para que no se pueda levantar... Figrate t que yo debiera ser Jefe de
Administracin de segunda, pues ahora me tocara ascender con arreglo 
la ley de Cnovas del 76, y aqu me tienes pereciendo... Llueven
recomendaciones sobre el Ministro, y nada... Se le dice: Vea usted los
antecedentes, y nada. T crees que l se cuida de examinar mis
antecedentes? Pues si lo hiciera... Todo se vuelve promesas,
aplazamientos; que espera una ocasin favorable; que ha tomado nota
preferente... En fin, las pamplinas que usan para salir del paso... Yo,
que he servido siempre lealmente, que he trabajado como un negro; yo que
no he dado el ms ligero disgusto  mis jefes...; yo, que estando en la
Secretara, all por el 52, le ca en gracia  don Juan Bravo Murillo,
que me llam un da  su despacho y me dijo... lo que callo por
modestia... Ah! si aquel grande hombre levantara la cabeza y me viera
cesante... Yo, que el 55 hice un plan de presupuestos que mereci los
elogios del Sr. D. Pascual Madoz y del Sr. D. Juan Bruil, plan que en
veinte aos de meditaciones he rehecho despus, explanndolo en cuatro
memorias que ah tengo! Y no es cosa de broma. Supresin de todas las
contribuciones actuales, substituyndolas con el _income tax_... Ah, el
_income tax_! Es el sueo de toda mi vida, el objeto de tantsimos
estudios y el resultado de una larga experiencia... No lo quieren
comprender y as est el pas... cada da ms perdido, ms pobre, y
todas las fuentes de riqueza secndose que es un dolor... Yo lo
sostengo: el impuesto nico, basado en la buena fe, en la emulacin y en
el amor propio del contribuyente, es el remedio mejor de la miseria
pblica. Luego, la renta de Aduanas, bien reforzada, con los derechos
muy altos para proteger la industria nacional... Y por ltimo, la
unificacin de las Deudas, reducindolas  un tipo de emisin y  un
tipo de inters... Al llegar aqu, tir Villaamil con tanta fuerza de
los pantalones de Luis, que el nio lanz un ay! diciendo: Abuelo, que
me arrancas las piernas.  lo que el irritado viejo contest secamente:
Por fuerza tiene que haber un enemigo oculto, algn trasto que se ha
propuesto hundirme, deshonrarme...

Por fin qued Luis acostado. Haba costumbre de no apagarle la luz hasta
mucho despus de dormido, porque le daban pesadillas, y despertndose
con sobresalto se espantaba de la obscuridad. En vista de que el primer
cabo de vela se apagaba, encendi otro el abuelo, y sentndose junto 
la cmoda, se puso  leer _La Correspondencia_, que acababan de echar
por debajo de la puerta. En su febril trastorno, el desventurado buscaba
ansioso las noticias de personal, y por una fatal puntera de su
espritu, encontraba al instante las noticias malas. Ha sido nombrado
oficial primero en la Direccin de Impuestos el Sr. Montes... Real
decreto concediendo  D. Basilio Andrs de la Caa los honores de Jefe
superior de Administracin. Esto es escandaloso, esto es el _delrium
tremens_ del polaquismo. Ni en las kabilas de frica pasa esto. Pobre
pas, pobre Espaa!... Se ponen los pelos de punta pensando lo que va 
venir aqu con este desbarajuste administrativo... Es buena persona
Basilio; pero si ayer, como quien dice, le tuve de oficial cuarto  mis
rdenes!... Tras de la pena vena la esperanza. Pronto se har la
combinacin de personal con arreglo  la nueva plantilla de la Direccin
de Contribuciones. Dcese que sern colocados varios funcionarios
inteligentes que hoy se hallan cesantes.

Las miradas de Villaamil bailaron un instante sobre el papel, de letra
en letra. Los ojos se le humedecieron. Ira l en aquella combinacin?
Cabalmente, los amigos que le recomendaban al Ministro en aquella
campaa fatigosa, proponanle para la prxima hornada. Dios mo, si
ir en esa bendita combinacin! Y cundo ser? Me dijo Pantoja que
sera cosa de tres  cuatro das.

Y como la esperanza reanimaba todo su ser dndole un inquieto hormigueo,
lanzse al ddalo obscuro de los pasillos. La combinacin... la
plantilla nueva... dar entrada  los funcionarios inteligentes, y adems
de inteligentes, digo yo, identificados con... Dios mo! insprales,
mete todas tus luces dentro de esas molleras... que vean claro... que se
fijen en m; que se enteren de mis antecedentes. Si se enteran de ellos,
no hay cuestin; me nombran... Me nombrarn? No s qu voz secreta me
dice que s. Tengo esperanza. No, no quiero consentirme ni
entusiasmarme. Vale ms que seamos pesimistas, muy pesimistas, para que
luego resulte lo contrario de lo que se teme. Observo yo que cuando uno
espera confiado, pum! viene el batacazo. Ello es que siempre nos
equivocamos. Lo mejor es no esperar nada, verlo todo negro, negro como
boca de lobo, y entonces, de repente, pum!... la luz... S, Ramn,
figrate que no te dan nada, que no hay para ti esperanza,  ver si
creyndolo as, viene la contraria... Porque yo he observado que siempre
sale la contraria... Y en tanto, maana mover todas mis teclas, y
escribir  unos amigos y ver  otros, y el Ministro... ante tantas
recomendaciones... Dios mo! qu idea! no sera bueno que yo mismo
escribiese al Ministro?...

Al decir esto, volvi maquinalmente  donde Cadalsito dorma, y,
contemplndole, pens en las caminatas que tena que dar al da
siguiente para repartir la correspondencia. Cmo se encaden esto con
las imgenes que en el cerebro del nio determinaba el sueo, no puede
saberse; pero ello es que mientras su abuelo le miraba, Luis, ya
profundamente dormido, estaba viendo al mismo sujeto de barba blanca; y
lo ms particular es que le vea sentado delante de un pupitre en el
cual haba tantas, tantsimas cartas, que no bajaban, segn Cadalsito,
de un par de cuatrillones. El Seor escriba con una letra que  Luis le
pareca la ms perfecta cursiva que se pudiera imaginar. Ni don
Celedonio, el maestro de su escuela, la hara mejor. Concluda cada
carta, la meta el Padre Eterno en un sobre ms blanco que la nieve, lo
acercaba  su boca, sacaba de sta un buen pedazo de lengua fina y
rosada, para humedecer con rpido pase la goma; cerraba, y volviendo 
coger la pluma, que era, cosa ms rara!, la de Mendizbal, y mojada,
por ms seas, en el mismo tintero, se dispona  escribir la direccin.
Mirando por encima del hombro, Luisito crey ver que aquella mano
inmortal trazaba sobre el papel lo siguiente:

                               B. L. M.

                 _Al Excmo. Sr. Ministro de Hacienda,

                         cualisquiera que sea,

                               seguro servidor,_

                                    =_Dios_=.




V


Aquella noche no durmi Villaamil ni un cuarto de hora seguido. Se
aletargaba un instante; pero la idea de la combinacin prxima, el
criterio pesimista que se haba impuesto, ponindose en lo peor y
esperando lo malo para que viniese lo bueno, le sembraban de espinas el
lecho, desvelndole apenas cerraba los ojos. Cuando su mujer volvi del
teatro, Villaamil habl con ella algunas palabras extraordinariamente
desconsoladoras. Ello fu algo referente  la dificultad de allegar
provisiones para el da siguiente, pues no haba en la casa ninguna
especie de moneda ni tampoco materia hipotecable; el crdito estaba
agotado, y apuradas tambin la generosidad y paciencia de los amigos.

Aunque afectaba serenidad y esperanza, doa Pura estaba muy intranquila,
y tambin pas la noche en claro, haciendo clculos para el da
siguiente, que tan pavoroso y adusto se anunciaba. Ya no se atreva 
mandar traer gneros  crdito de ningn establecimiento, porque todo
era malas caras, grosera, desconsideracin, y no pasaba da sin que un
tendero exigente y descorts armase un cisco en la misma puerta del
cuarto segundo. Empear! La mente de la seora hizo rpida sntesis de
todas las prendas tiles que estaban condenadas al ostracismo: alhajas,
capas, mantas, abrigos. Se haba llegado al mximum de emisin,
digmoslo as, en esta materia, y no haba forma humana de desabrigarse
ms de lo que ya lo estaba toda la familia. Una pignoracin en grande
escala se haba verificado el mes anterior (Enero del 78) el mismo da
del casamiento de D. Alfonso con la reina Mercedes. Y sin embargo, las
tres _Miaus_ no perdieron ninguna de las fiestas pblicas que con aquel
motivo se celebraron en Madrid. Iluminaciones, retretas, el paso de la
comitiva hacia Atocha; todo lo vieron perfectamente, y de todo gozaron
en los sitios mejores, abrindose paso  codazo limpio entre las
multitudes.

La sala, hipotecar algo de la sala! Esta idea causaba siempre terror y
escalofros  doa Pura, porque la sala era la parte del menaje que  su
corazn interesaba ms, la verdadera expresin simblica del hogar
domstico. Posea muebles bonitos, aunque algo anticuados, testigos del
pasado esplendor de la familia Villaamil; dos entredoses negros con
filetes de oro y lacas, y cubiertas de mrmol; sillera de damasco,
alfombra de moqueta y unas cortinas de seda que haban comprado al
Regente de la audiencia de Cceres, cuando levant la casa por
traslacin. Tena doa Pura  las tales cortinas en tanta estima como 
las telas de su corazn. Y cuando el espectro de la necesidad se le
apareca y susurraba en su odo con terrible cifra el conflicto
econmico del da siguiente, doa Pura se estremeca de pavor, diciendo:
No, no; antes las camisas que las cortinas. Desnudar los cuerpos le
pareca sacrificio tolerable; pero desnudar la sala... eso nunca! Los
de Villaamil,  pesar de la cesanta con su grave disminucin social,
tenan bastantes visitas. Qu diran stas si vieran que faltaban las
cortinas de seda, admiradas y envidiadas por cuantos las vean! Doa
Pura cerr los ojos queriendo desechar la fatdica idea y dormirse; pero
la sala se haba metido dentro de su entrecejo y la estuvo viendo toda
la noche, tan limpia, tan elegante... Ninguna de sus amigas tena una
sala igual. La alfombra estaba tan bien conservada, que pareca que
humanos pies no la pisaban, y era que de da la defendan con pasos de
quita y pon, cuidando de limpiarla  menudo. El piano vertical,
desafinado, s, desafinadsimo, tena el palisandro de su caja
resplandeciente. En la sillera no se vea una mota. Los entredoses
relumbraban, y lo que sobre ellos haba, aquel reloj dorado y sin hora,
los candelabros dentro de fanales, todo estaba cuidado exquisitamente.
Pues las mil baratijas que completaban la decoracin, fotografas en
marcos de papel caamazo, cajas que fueron de dulces, perritos de
porcelana y una licorera de imitacin de Bohemia, tambin lucan sin
pizca de polvo. Abelarda se pasaba las horas muertas limpiando estos
cachivaches y otros que no he mencionado todava. Eran objetos de
frgiles tablillas caladas, de esos que sirven de entretenimiento  los
aficionados  la marquetera domstica. Un vecino de la casa tena
maquinilla de trepar y haca mil primores que regalaba  los amigos.
Haba cestos, estantillos, muebles diminutos, capillas gticas y
chinescas pagodas, todo muy mono, muy frgil, de _mrame y no me
toques_, y muy difcil de limpiar.

Doa Pura di una vuelta en la cama, como queriendo variar sus lgubres
ideas con un cambio de postura. Pero entonces vi en su mente con mayor
claridad las suntuosas cortinas, color de amaranto, de seda riqusima,
de esa seda _que no se ve ya en ninguna parte_. Todas las seoras que
iban de visita haban de coger y palpar la incomparable tela, y frotarla
entre los dedos para apreciar la clase. Pero haba que tomarle el peso
para saber lo que era aquello!... En fin, doa Pura consideraba que
mandar las cortinas al Monte  la casa de prstamos, era trance tan
doloroso como embarcar un hijo para Amrica.

En tanto que la _figura de Fra Anglico_ se agitaba en su angosto
colchn (dorma en la alcobita de la sala, y su marido, desde que vino
de Filipinas, ocupaba solo la alcoba del gabinete), proponase distraer
y engaar su pena recordando las emociones de la pera y lo bien que
dijo el bartono aquello de _rivedrai le foreste imbalsamate_...

Villaamil, solo, insomne y calenturiento, se revolcaba en el gran
camastro matrimonial, cuyo colchn de muelles tena los _dem_ en
lastimoso estado, los unos quebrados y hundidos, los otros estirados y
en ereccin. El de lana, que encima estaba, no le iba en zaga, pues todo
era pelmazos por aqu, vaciedades por all, de modo que la cama habra
podido figurar dignamente en las mazmorras de la Inquisicin para
escarmiento de herejes. El pobre cesante tena en su lecho la expresin
externa  el molde de las torturas de su alma, y as, cuando la
hormiguilla del insomnio le haca dar una vuelta, caa en profunda sima,
del centro de la cual surga como la joroba de un demonio, enorme
espoln que se le clavaba en los riones; y cuando sala de la sima, un
amasijo de lana, duro y fuerte como el puo, le estropeaba las
costillas.

Algunas voces dorma tal cual en medio de estos accidentes; pero aquella
noche, la exaltacin de su cerebro le agrandaba en la obscuridad las
desigualdades del terreno: ya crea que se despeaba, quedndose con los
pies en alto, ya que se balanceaba en el vrtice de una eminencia  que
iba navegando hacia Filipinas con un tifn de mil demonios. Seamos
pesimistas--era su tema;--pensemos, con todo el vigor del pensamiento,
que no me van  incluir en la combinacin,  ver si me sorprende la
felicidad del nombramiento. No esperar el hecho feliz, no, no lo
espero, para que suceda. Siempre pasa lo que no se espera. Pngome en lo
peor. No te colocan, no te colocan, pobre Ramn; vers cmo ahora
tambin se burlan de ti. Pero aunque estoy convencido de que no consigo
nada, convencidsimo, s, y no hay quien me apee de esto; aunque s que
mis enemigos no se apiadarn de m, pondr en juego todas las
influencias y har que hasta el lucero del alba le hable al Ministro.
Por supuesto, amigo Ramn, todo intil. Vers cmo no te hacen maldito
caso; t lo has de ver. Yo estoy tan convencido de ello, como de que
ahora es de noche. Y bien puedes desechar hasta el ltimo vislumbre de
credulidad. Nada de melindres de esperanza; nada de _si ser  no
ser_; nada de debilidades optimistas. No lo catas, no lo catas, aunque
revientes.




VI


Doa Pura durmi al fin profundamente toda la madrugada y parte de la
maana. Villaamil se levant  las ocho sin haber pegado los ojos.
Cuando sali de su alcoba, entre ocho y nueve, despus de haberse
refregado el hocico con un poco de agua fra y de pasarse el peine por
la rala cabellera, nadie se haba levantado an. La estrechez en que
estaban no les permita tener criada, y entre las tres mujeres hacan
desordenadamente los menesteres de la casa. Milagros era la que guisaba;
sola madrugar ms que las otras dos; pero la noche anterior se haba
acostado muy tarde, y cuando Villaamil sali de su habitacin
dirigindose  la cocina, la cocinera no estaba an all. Examin el
fogn sin lumbre, la carbonera exhausta; y en la alacena que haca de
despensa vi mendrugos de pan, un envoltorio de papeles manchados de
grasa, que deba de contener algn resto de jamn, carne fiambre  cosa
as, un plato con pocos garbanzos, un pedazo de salchicha, un huevo y
medio limn... El tigre di un suspiro y pas al comedor para registrar
el cajn del aparador, en el cual, entre los cuchillos y las
servilletas, haba tambin pedazos de pan duro. En esto oy rebullicio,
despus rumor de agua, y he aqu que aparece Milagros con su cara
gatesca muy lavada, bata suelta, el pelo en sortijillas enroscadas con
papeles, y un pauelo blanco por la cabeza.

--Hay chocolate?--le pregunt su cuado sin ms saludo.

--Hay media onza nada ms--replic la seora, corriendo  abrir el cajn
de la mesa de la cocina donde estaba.--Te lo har en seguida.

--No,  m no. Lo haces para el nio. Yo no necesito chocolate. No tengo
gana. Tomar un pedazo de pan seco y beber encima un poco de agua.

--Bueno. Busca por ah. Pan no falta. Tambin hay en la alacena un
trocito de jamn. El huevo se es para m hermana, si te parece. Voy 
encender lumbre. Haz el favor de partirme unas astillas mientras yo voy
 ver si encuentro fsforos.

Don Ramn, despus de morder el pan, cogi el hacha y empez a partir un
madero, que era la pata de una silla vieja, dando un suspiro  cada
golpe. Los estallidos de la fibra leosa al desgarrarse parecan tan
inherentes  la persona de Villaamil, como si ste se arrancase tiras
palpitantes de sus secas carnes y astillas de sus pobres huesos. En
tanto, Milagros armaba el templete de carbones y palitroques.

--Y hoy, se pone cocido?--pregunt  su cuado con cierto misterio.

Villaamil medit sobre aquel problema tan descarnadamente
planteado.--Tal vez... quin sabe!--replic, lanzando su imaginacin 
lo desconocido.--Esperemos  que se levante Pura.

sta era la que resolva todos los conflictos, como persona de
iniciativa, de inesperados golpes y de prontas resoluciones. Milagros
era toda pasividad, modestia y obediencia. No alzaba nunca la voz, no
haca observaciones  lo que su hermana ordenaba. Trabajaba para los
dems por impulso de su conciencia humilde y por hbito de
subordinacin. Unida fatalmente durante toda su vida al msero destino
de aquella familia, y partcipe de las vicisitudes de sta, jams se
quej ni se la oy protestar de su malhadada suerte. Considerbase una
gran artista malograda en flor, por falta de ambiente; y al verse
perdida para el arte, la tristeza de esta situacin ahogaba todas las
dems tristezas. Hay que decir aqu que Milagros haba nacido con
excelentes dotes de cantante de pera.  los veinticinco aos tena una
voz preciossima, regular escuela y loca aficin  la msica. Pero la
fatalidad no le permiti nunca lanzarse  la verdadera vida de artista.
Amores desgraciados, cuestiones de familia aplazaron de da en da la
deseada presentacin al pblico, y cuando los obstculos
desaparecieron, ya Milagros no estaba para fiestas; haba perdido la
voz. Ni ella misma se di cuenta de la suave gradacin por donde sus
esperanzas de artista vinieron  parar en la precaria situacin en que
se nos aparece; por dnde el soado escenario y los triunfos del arte se
convirtieron en la cocina de Villaamil, sin provisiones. Cuando pensaba
ella en el contraste duro entre sus esperanzas y su destino, no acertaba
 medir los escalones de aquel lento descender desde las cumbres de la
poesa  los stanos de la vulgaridad.

Milagros tena un tipo fino, delicado, propio para los papeles de
_Margarita_, de _Dinorah_, de _Gilda_, de la _Traviatta_, y voz aguda de
soprano. Todo esto se convirti en hojarasca, sin que nunca llegara 
ser admiracin del pblico. Slo una vez cant en el Real la parte de
_Adalgisa_, por condescendencia de la empresa, como alumna del
Conservatorio. Estuvo muy feliz, y los peridicos le auguraron un
porvenir brillante. En el Liceo Jover, ante un pblico invitado y poco
exigente, cant _Saffo_ y _Los Capuletos_ de Bellini con el tercer acto
de Vacai. Entonces se trat de que fuera  Italia; pero se atraves una
pasin, la esperanza de un gran partido para casarse, enredndose mucho
el asunto entre el novio y la familia. Pas tiempo, y la cantatriz hubo
de malograrse, pues ni fu  Italia, ni se contrat en el Real, ni se
cas.

Doa Pura y Milagros eran hijas de un mdico militar, de apellido
Escobios, y sobrinas del msico mayor del Inmemorial del Rey. Su madre
era Muoz, y tenan ellas pretensiones de parentesco con el marqus de
Casa-Muoz. Por cierto que cuando trataron de que Milagros fuera
cantante de pera, se pens en italianizarle el apellido, llamndola la
_Escobini_; pero como la carrera artstica se malogr en ciernes, el
mote italiano no lleg nunca  verse en los carteles.

Antes de que la vida de la seorita de Escobios se truncara, tuvo una
poca de fugaz xito y brillo en una capital de provincia de tercera
clase,  donde fu con su hermana, esposa de Villaamil. ste era Jefe
econmico, y su familia intim, como era natural, con la de los
Gobernadores civil y militar, que daban reuniones,  que asista lo ms
granadito del pueblo. Milagros, cantando en los conciertos de la
brigadiera, enloqueca y electrizaba. Salanle novios por docenas, y
envidias de mujeres que la inquietaban en medio de sus triunfos. Un
joven de la localidad, poeta y periodista, se enamor frenticamente de
ella. Era el mismo que en la resea de los saraos llamaba  doa Pura,
con exaltado estilo, _figura arrancada  un cuadro de Fra Anglico_. 
Milagros la ensalzaba en trminos tan hiperblicos que causaban risa, y
aun recuerdan los naturales algunas frases describiendo  la joven en
el momento de presentarse en el saln, de acercarse al piano para
cantar, y en el acto mismo del cantorrio: _Es la pudorosa Ofelia
llorando sus amores marchitos y cantando con gorjeo celestial la endecha
de la muerte_. Y cosa extraa! el mismo que escriba estas cosas en la
segunda plana del peridico, tena la misin, y por eso cobraba, de
hacer la revista comercial en la primera. Suya era tambin esta endecha:
_Harinas. Toda la semana acusa marcada calma en este polvo. Slo han
salido para el canal mil doscientos sacos que se hicieron  22 y tres
cuartillos. No hay compradores, y ayer se ofrecan dos mil sacos  22 y
medio, sin que nadie se animara_. Al da siguiente, vuelta otra vez con
_la pudorosa Ofelia_,  _el ngel que nos traa  la tierra las
celestiales melodas_. Ya se comprende que esto no poda acabar en bien.
En efecto; mi hombre, inflamndose y desvariando cada da ms con su
amor no correspondido, lleg  ponerse tan malo, pero tan malo, que un
da se tir de cabeza en la presa de una fbrica de harina, y por pronto
que acudieron en su auxilio, cuando le sacaron era cadver. Poco despus
de este desagradable suceso, que impresion mucho  Milagros, sta
volvi  Madrid; verificse entonces el _dbut_ en el Real, luego las
funciones en el Liceo Jover, y todo lo dems que brevemente referido
queda. Echemos sobre aquellos tristes sucesos un montn de aos
tristes, de rpido envejecimiento y decadencia, y nos encontramos  _la
pudorosa Ofelia_ en la cocina de Villaamil, con la lumbre encendida y
sin saber qu poner en ella.

De un cuartucho obscuro que en el pasillo interior haba, sali Abelarda
restregndose los ojos, desgreada, arrastrando la cola sucia de una
bata mayor que ella, la cual fu usada por su madre en tiempos ms
felices, y se dirigi tambin  la cocina,  punto que sala de ella
Villaamil para ir  despertar y vestir al nieto. Abelarda pregunt  su
ta si vena el panadero,  lo que Milagros no supo qu responder, por
no poder ella formar juicio acerca de problema tan grave sin oir antes 
su hermana. Haz que tu madre se levante pronto--le dijo consternada,--
ver qu determina.

Poco despus de esto, oyse fuerte carraspeo all en la alcoba de la
sala, donde Pura dorma. Por la puertecilla que dicha alcoba tena al
recibimiento, frente al despacho, apareci la seora de la casa,
radiante de displicencia, embutido el cuerpo en una americana vieja de
Villaamil, el pelo en sortijillas, el hocico amoratado del agua fra con
que acababa de lavarse, una toquilla rota cruzada sobre el pecho, en los
pies voluminosas zapatillas. Qu, no os podis desenvolver sin m?
Estis las dos atontadas. Pues no es para tanto. Habis hecho el
chocolate del nio? Milagros sali de la cocina con la jcara,
mientras Abelarda sentaba al pequeuelo y le colgaba del pescuezo la
servilleta. Villaamil fu  su despacho, y a poco sali con el tintero
en la mano, diciendo: No hay tinta, y hoy tengo que escribir ms de
cuarenta cartas. Mira, Luisn, en cuanto acabes, te vas abajo y le dices
al amigo Mendizbal que me haga el favor de un poquito de tinta.

--Yo ir--dijo Abelarda cogiendo el tintero y bajando en la misma facha
en que estaba.

Las dos hermanas, en tanto, cuchicheaban en la cocina. Sobre qu? Es
presumible que fuera sobre la imposibilidad de dar de comer  la familia
con un huevo, pan duro y algunos restos de carne que no bastaban para el
gato. Pura frunca las cejas y haca con los labios un mohn muy
extrao, juntndolo con la nariz, que pareca alargarse. _La pudorosa
Ofelia_ repeta este signo de perplejidad, resultando las dos tan
semejantes, que parecan una misma. De sus meditaciones las distrajo
Villaamil, el cual apareci en la cocina diciendo que tena que ir al
Ministerio y necesitaba una camisa limpia. Todo sea por Dios!--exclam
Pura con desaliento.--La nica camisa lavada est en tan mal estado, que
necesita un recorrido general. Pero Abelarda se comprometi  tenerla
lista para el medioda, y adems planchada, siempre que hubiera lumbre.
Tambin hizo don Ramn  su hija sentidas observaciones sobre ciertos
flecos y desgarraduras que ostentaba la solapa de su gabn, rogndola
que pasara por all sus hbiles agujas. La joven le tranquiliz, y el
buen hombre metise en su despacho. El concilibulo que las _Miaus_
tenan en la cocina termin con un repentino sobresalto de Pura, que
corri  su alcoba para vestirse y largarse  la calle. Haba estallado
una idea inmensa en aquel cerebro cargado de plvora, como si en l
penetrase una chispa del fulminante que de los ojos brotara. Enciende
bien la lumbre y pon agua en los pucheros, dijo  su hermana al salir,
y se escabull fuera con diligencia y velocidad de ardilla. Al ver esta
determinacin, Abelarda y Milagros, que conocan bien  la directora de
la familia, se tranquilizaron respecto al problema de subsistencias de
aquel da, y se pusieron  cantar, la una en la cocina, la otra desde su
cuarto, el do de Norma: _in mia mano al fin tu sei_.




VII


 eso de las once entr doa Pura bastante sofocada, seguida de un
muchacho recadista de la plazuela de los Mostenses, el cual vena
echando los bofes con el peso de una cesta llena de vveres. Milagros,
que  la puerta sali, hzose multitud de cruces de hombro  hombro y de
la frente  la cintura. Haba visto  su hermana salir avante en
ocasiones muy difciles, con su enrgica iniciativa; pero el golpe
maestro de aquella maana le pareca superior  cuanto de mujer tan
dispuesta se poda esperar. Examinando rpidamente el cesto, vi
diferentes especies de comestibles, vegetales y animales, todo muy
bueno, y ms adecuado  la mesa de un Director general que  la de un
msero pretendiente. Pero doa Pura las haca as. Las bromas,  pesadas
 no darlas. Para mayor asombro, Milagros vi en manos de su hermana el
portamonedas, casi reventando de puro lleno.

--Hija--le dijo la seora de la casa, secretendose con ella en el
recibimiento, despus que despidi al mandadero,--no he tenido ms
remedio que dirigirme  Carolina Lantigua, la de Pez. He pasado una
vergenza horrible. Hube de cerrar los ojos y lanzarme, como quien se
tira al agua. Ay, qu trago! Le pint nuestra situacin de una manera
tal, que la hice llorar. Es muy buena. Me di diez duros, que promet
devolverle pronto; y lo har, s, lo har; porque de esta hecha le
colocan. Es imposible que dejen de meterle en la combinacin. Yo tengo
ahora una confianza absoluta... En fin, lleva esto para dentro. Voy all
en seguida. Est el agua cociendo?

Entr en el despacho para decir  su marido que por aquel da estaba
salvada la tremenda crisis, sin aadir cmo ni cmo no. Algo debieron
hablar tambin de las probabilidades de colocacin, pues se oy desde
fuera la voz iracunda de Villaamil gritando: No me vengas  m con
optimismos de engaifa. Te digo y te redigo que no entrar en la
combinacin. No tengo ninguna esperanza, pero ninguna, me lo puedes
creer. T, con esas ilusiones tontas y esa mana de verlo todo color de
rosa, me haces un dao horrible, porque viene luego el trancazo de la
realidad, y todo se vuelve negro. Tan empapado estaba el santo varn en
sus cavilaciones pesimistas, que cuando le llamaron al comedor y le
pusieron delante un lucido almuerzo, no se le ocurri inquirir, ni
siquiera considerar, de dnde haban salido abundancias tan desconformes
con su situacin econmica. Despus de almorzar rpidamente, se visti
para salir. Abelarda le haba zurcido las solapas del gabn con
increble perfeccin, imitando la urdimbre del tejido desgarrado; y
dndole en el cuello una soba de bencina, la pieza qued como si la
hubieran rejuvenecido cinco aos. Antes de salir, encarg  Luis la
distribucin de las cartas que escrito haba, indicndole un plan
topogrfico para hacer el reparto con mtodo y en el menor tiempo
posible. No le podan dar al chico faena ms de su gusto, porque con
ella se le relevaba de asistir  la escuela, y se estara toda la
santsima tarde como un caballero, paseando con su amigo _Canelo_. Era
ste muy listo para conocer dnde haba buen trato. Al cuarto segundo
suba pocas veces, sin duda por no serle simptica la pobreza que all
reinaba comnmente; pero con finsimo instinto se enteraba de los
extraordinarios de la casa, tanto ms esplndidos cuanto mayor era la
escasez de los das normales. Estuviera el can de centinela en la
portera  en el interior de la casa,  bien durmiendo bajo la mesa del
memorialista, no se le escapaba el hecho de que entraran provisiones
para los de Villaamil. Cmo lo averiguaba, nadie puede saberlo; pero es
lo cierto que el ms astuto vigilante de Consumos no tendra nada que
ensearle. Por supuesto, la aplicacin prctica de sus estudios era
subir  la casa abundante y estarse all todo un da y  veces dos; pero
en cuanto le daba en la nariz olor de quema, deca... hasta otra, y ya
no le vean ms el pelo. Aquel da subi poco despus de ver entrar 
doa Pura con el mandadero; y como las tres _Miaus_ eran siempre muy
buenas con l y le daban golosinas,  Cadalsito le cost trabajo
llevrselo  su excursin por las calles. _Canelo_ sali de mala gana,
por cumplir un deber social y porque no dijeran.

Las tres _Miaus_ estuvieron aquella tarde muy animadas. Tenan el don
felicsimo de vivir siempre en la hora presente y de no pensar en el da
de maana. Es una hechura espiritual como otra cualquiera, y una
filosofa prctica que, por ms que digan, no ha cado en descrdito,
aunque se ha despotricado mucho contra ella. Pura y Milagros estaban en
la cocina, preparando la comida, que deba ser buena, copiosa y
dispuesta con todos los sacramentos, como desquite de los estmagos
desconsolados. Sin cesar en el trabajo, la una espumando pucheros 
disponiendo un frito, la otra machacando en el almirez al ritmo de un
_andante con esprezione_  de un _allegro con bro_, charlaban sobre la
probable  ms bien segura colocacin del jefe de la familia. Pura habl
de pagar todas las deudas, y de traer  casa los diversos objetos tiles
que andaban por esos mundos de Dios en los cautiverios de la usura.

Abelarda estaba en el comedor con su caja de costura delante, arreglando
sobre el maniqu un vestidillo color de pasa. No llamaba la atencin por
bonita ni por fea, y en un certamen de caras insignificantes se habra
llevado el premio de honor. El cutis era malo, los ojos obscuros, el
conjunto bastante parecido  su madre y ta, formando con ellas cierta
armona, de la cual se derivaba el mote que les pusieron. Quiero decir
que si, considerada aisladamente, la similitud del cariz de la joven con
el morro de un gato no era muy marcada, al juntarse con las otras dos
pareca tomar de ellas ciertos rasgos fisiognmicos, que venan  ser
como un sello de raza  familia, y entonces resultaban en el grupo las
tres bocas chiquitas y relamidas, la unin entre el pico de la nariz y
la boca por una raya indefinible, los ojos redondos y vivos, y la
efusin caracterstica del cabello, que era como si las tres hubieran
estado rodando por el suelo en persecucin de una bola de papel  de un
ovillo.

Aquella tarde todo fu dichas, porque entraron visitas, lo que  Pura
agradaba mucho. Dej rpidamente los menesteres culinarios para echarse
una bata y componerse el pelo, y entr satisfecha en la sala. Eran los
visitantes Federico Ruiz y su esposa Pepita Ballester. El insigne
_pensador_ estaba tambin sin empleo, pasando una cruja espantosa, de
la cual haba ms seales en su ropa que en la de su mujer; pero llevaba
con tranquilidad su cesanta, mejor dicho, tan optimista era su
temperamento, que la llevaba hasta con cierto gozo. Siempre era el mismo
hombre, el mtome-en-todo infatigable, fraguando planes de bullanguera
literaria y cientfica, premeditando veladas  centenarios de
celebridades, discurriendo algn gnero de ocupacin que  ningn nacido
se le hubiera pasado por el magn. Aquel bendito haca pensar que hay
una _Milicia Nacional_ en las letras.

Escriba artculos sobre lo que debe hacerse para que prospere la
Agricultura, sobre las ventajas de la cremacin de los cadveres, 
bien reseando puntualmente lo que pas en la Edad de Piedra, que es,
como si dijramos, hablar de ayer por la maana. Su situacin econmica
era bastante precaria, pues viva de la pluma. De higos  brevas lograba
que en Fomento le tomasen cierto nmero de ejemplares de ediciones
viejas y de libros tan maulas como el _Comunismo ante la razn_,  el
_Servicio de incendios en todas las naciones de Europa_,  la _Resea
pintoresca de los Castillos_. Pero tena en su alma caudal tan pinge de
consuelo, que no necesitaba la resignacin cristiana para conformarse
con su desdicha. El estar satisfecho vena  ser en l una cuestin de
amor propio, y por no dar su brazo  torcer se encariaba,  fuerza de
imaginacin, con la idea de la pobreza, llegando hasta el absurdo de
pensar que la mayor delicia del mundo es no tener un real ni de dnde
sacarlo. Buscarse la vida, salir por la maana discurriendo  qu editor
de revista enferma  peridico moribundo llevar el artculo hecho la
noche anterior, constitua una serie de emociones que no pueden saborear
los ricos. Trabajaba como un negro, eso s, y el Tostado era un nio de
teta al lado de l, en el correr de la pluma. Verdaderamente, ganarse
as el cocido tena mucho de placer, casi de voluptuosidad. Y el cocido
no le haba faltado nunca. Su mujer era una alhaja y le ayudaba 
sortear aquella situacin. Pero la eficaz Providencia suya era su
carcter, aquella predisposicin optimista, aquel procedimiento ideal
para convertir los males en bienes y la escasez adusta en risuea
abundancia. Habiendo conformidad no hay penas. La pobreza es el
principio de la sabidura, y no ha de buscarse la felicidad en las
clases privilegiadas. El _pensador_ recordaba la comedia de Egulaz, en
la cual el protagonista, para ponderar lo divertido que es ser pobre,
dice con mucho calor:

    Yo tena cinco duros
    el da que me cas.

Y recordaba tambin que la cazuela se vena abajo con el estruendo de
los aplausos y las patadas de entusiasmo, prueba de lo popular que es en
esta raza la escasez de dinero. Tambin Ruiz haba hecho en sus tiempos
una comedia en que se probaba que para ser honrado y justo es
indispensable andar con los codos de fuera, y que todos los ricos acaban
siempre malamente. Por supuesto,  pesar de esta idealidad con que saba
dorar el cobre de su crisis econmica, pasando la calderilla por oro,
Ruiz no ceda en sus pretensiones de ser nuevamente colocado. No dejaba
vivir al Ministro de Fomento, y las Direcciones de Instruccin pblica y
de Agricultura se echaban  temblar en cuanto l traspasaba la mampara.
 falta de empleo, pretenda una comisioncita para estudiar cualquier
cosa; lo mismo le daba la Legislacin de propiedad literaria en todos
los pases, que los Depsitos de sementales en Espaa.




VIII


En la visita se habl primero de la pera,  la que Ruiz iba con
frecuencia, lo mismo que las Miaus, con entradas de _alabarda_. Despus
recay la conversacin en el tema de destinos. A D. Ramn--dijo
Ruiz--no le harn esperar ya mucho.

--Va en la combinacin que se har estos das--dijo Pura radiante.--Y no
ha ido ya, porque Ramn no quiso aceptar plaza fuera de Madrid. El
Ministro tena gran empeo en mandarle  una provincia, donde hacen
falta hombres como mi esposo. Pero Ramn no est ya para viajes. Yo, si
he de decir verdad, deseo que le coloquen porque est ocupado; nada ms
que porque est ocupado. No puede usted figurarse, Federico, lo mal que
le sienta  mi marido la ociosidad... vamos, que no vive. Ya se ve,
acostumbrado  trabajar desde mozo!... Y que le conviene tambin
colocarse para los derechos pasivos. Figrese usted,  Ramn no le
faltan ms que dos meses para poderse jubilar con los cuatro quintos. Si
no fuera por esto, mejor se estara en su casa. Yo lo digo: No te
apures, hijo, que, gracias  Dios, para vivir modestamente no nos
falta; pero l no se conforma, le gusta el calor de la oficina, y hasta
el cigarro no le sabe si no se lo fuma entre dos expedientes.

--Lo creo... Qu santo varn! Y cmo est de salud?

--Delicadillo del estmago. Todos los das tengo que inventar algo nuevo
para sostenerle el apetito. Mi hermana y yo nos dedicamos ahora  la
cocina, por entretenimiento, y por vernos libres de criadas, que son una
calamidad. Le hacemos cada da un platito distinto... caprichos y
frioleras suculentas.  veces tengo que irme  la plazuela del Carmen en
busca de cosas que no se encuentran en los Mostenses.

--Pues vea usted--dijo la seora de Ruiz,--ese es un trabajo que yo no
conozco, porque ste tiene un estmago que no se lo merece, y un apetito
tan famoso, que no se necesitan melindres para sostenrselo.

--Gracias  Dios--indic el _publicista_ con jovialidad.--De ah viene
esta buena pasta ma y la confianza que tengo en mi suerte. Crame
usted, doa Pura, no hay nada que valga lo que un buen estmago. Aqu me
tiene usted tan conforme siempre: si me colocan, bien; si no, dos
cuartos de lo mismo. Hablando con verdad, no me gusta ser empleado, y
preferira lo que me ofreci ayer el Ministro: una comisin para
estudiar los Montes de Piedad de Alemania. Es cuestin muy importante.

--Ya lo creo que es importante. Figrese usted!--exclam la seora de
Villaamil arqueando las cejas.

En esto entr otra visita. Era un amigo de Villaamil, que viva en la
calle del Acuerdo, un tal Guilln, cojo por ms seas, empleado en la
Direccin de Contribuciones. Dijo el tal, despus de los saludos, que un
compaero suyo, que estaba en el Personal, le haba asegurado aquella
misma tarde que Villaamil iba en la prxima combinacin. Doa Pura lo
di por cierto, y Ruiz y su seora apoyaron esta apreciacin lisonjera.
Se fueron enzarzando de tal modo en la conversacin los plcemes, que
doa Pura, al fin, se arranc  ofrecer  sus buenos amigos una copita y
pastas. Entre las provisiones de aquel fausto da, se contaba una
botella de moscatel de  tres pesetas, licor con que Pura sola
obsequiar  su marido  los postres. Ruiz y Guilln chocaron las copas,
expresando con igual calor su afecto  la simptica familia. La
sobriedad del _pensador_ contrastaba con la incontinencia un tanto
grosera del empleado cojo, quien rog  doa Pura no se llevase la
botella, y escanciando que te escanciars, pronto se vi que quedaba el
lquido en menos de la mitad.

Ya encendidas las luces, y cuando se haban ido las visitas, entr
Villaamil. Pura corri  su encuentro, viendo con satisfaccin que el
ferocsimo semblante tigresco tena cierto matiz de complacencia. Qu
hay? Qu noticias traes?

--Nada, mujer--dijo Villaamil, que se encastillaba en el pesimismo y no
haba quien le sacara de l.--Todava nada; las palabritas sandungueras
de siempre.

--Y el Ministro... le has visto?

--S, y me recibi tan bien--se dej decir Villaamil haciendo traicin,
por descuido,  su afectada misantropa,--me recibi tan bien, que... no
s... parece que Dios le ha tocado al corazn, que le ha dicho algo de
m. Estuvo amabilsimo... encantado de verme por all... sintiendo mucho
no tenerme  su lado... decidido  llevarme...

--Vamos; no dirs ahora que no tienes esperanza.

--Ninguna, mujer, absolutamente ninguna (recobrando su papel). Veras
cmo todo se queda en jarabe de pico. Si sabr yo... Tenlo por cierto!
No me colocan hasta el da del juicio por la tarde!

--Ay, qu hombre! Eso tambin es ponerle  Dios cara de palo. Se podra
enojar y con muchsima razn.

--Djate de tonteras, y si t esperas, buen chasco te llevars. Yo no
quiero llevrmelo; por eso no espero nada, sabes? Y cuando venga el
golpe me quedar tan tranquilo.

Luisito lleg cuando sus abuelos discutan acaloradamente si deban
abrigar  no esperanza, y di cuenta de la puntual entrega de todas las
cartas. Tena hambre, fro, y le dola un poco la cabeza. Al regreso de
la excursin se haba sentado en el prtico de las Alarconas; pero no le
_di aqullo_, ni la visin tuvo  bien presentarse en ninguna forma.
_Canelo_ no se apartaba de doa Pura, siguindola del despacho  la
cocina, y de sta al comedor, y cuando llamaron  comer al dueo de la
casa, como ste tardara un poco en salir, fu el entendido perro 
buscarle y con meneos de cola le deca: Si usted no tiene gana, dgalo;
pero no nos tenga tanto tiempo espera que te espera.

Comieron con regular apetito y bastante buen humor, y de sobremesa
Villaamil se fum, saborendolo mucho, un habano que el seor de Pez le
haba dado aquella tarde. Era muy grande, y al tomarlo, el cesante dijo
 su amigo que lo guardara para despus. Aquel cigarro le recordaba sus
tiempos prsperos. Sera tal vez anuncio de que los tales tiempos
volveran? Dijrase que el buen Villaamil lea en las espirales de humo
azul su buena ventura, porque se quedaba alelado mirndolas subir en
graciosas curvas hacia el techo del comedor, nublando vagamente la
lmpara.

Por la noche tuvieron gente (Ruiz, Guilln, Ponce, los de Cuevas,
Pantoja y su familia, de quien se hablar despus), y se formaliz el
proyecto iniciado el mes anterior, de representar una piececita, pues
algunos amigos de la casa tenan aptitudes no comunes para el teatro,
sobre todo en el gnero cmico. Federico Ruiz se encarg de escoger la
pieza, de distribuir los papeles y dirigir los ensayos. Se convino en
que Abelarda hara uno de los principales personajes, y Ponce otro; pero
ste, reconociendo con laudable modestia que no tena maldita gracia y
que hara llorar al pblico en los papeles ms jocosos, reserv para s
la parte de _padre_, si en la comedia le hubiera.

Cansado de tales majaderas, D. Ramn huy de la sala buscando en el
interior obscuro de la casa las tinieblas que convenan  su pesimismo.
Maquinalmente entr en el cuarto de Milagros, donde sta desnudaba 
Luis para acostarle. El pobre nio haba hecho tentativas para estudiar,
que fueron completamente intiles. Le dola la cabeza, y senta como el
presagio y el temor de la visin, pues sta, al par que le daba mucho
gusto, causbale cierta ansiedad. Se fu  acostar con la idea de que le
entrara la desazn y de que iba  ver cosas muy extraas. Cuando su
abuelo entr, ya estaba metido en la cama, y su ta le haca rezar las
oraciones de costumbre: _Con Dios me acuesto, con Dios me levanto_,
etc... que l recitaba de carretilla. Con brusca interrupcin se volvi
hacia Villaamil para decirle: Abuelito, verdad que el Ministro te
recibi muy bien?

--S, hijo mo--replic el anciano, estupefacto de esta salida y del
tono con que fu dicha.--Y t por dnde lo sabes?

--Yo?... yo lo s.

Miraba Cadalsito  su abuelo con una expresin tan extraa, que el pobre
seor no saba qu pensar. Parecile expresin de Nio-Dios, la cual no
es otra cosa que la seriedad del hombre armonizada con la gracia de la
niez.

--Yo lo s... lo s--repiti Luis sin sonreir, clavando en su abuelo una
mirada que le dej inmvil.--Y el Ministro te quiere mucho... porque le
escribieron...

--Quin le escribi?--dijo con ansiedad el cesante, dando un paso hacia
el lecho, los ojos llenos de claridad.

--Le escribieron de ti--afirm Cadalsito sintiendo que el miedo le
invada y no le dejaba continuar. En el mismo instante pens Villaamil
que todo aquello era una tontera, y dando media vuelta se llev la mano
 la cabeza, y dijo: Pero qu cosas tiene este chiquillo!...




IX


Cosa rara! nada le pas  Cadalsito aquella noche, ni sinti ni vi
cosa alguna, pues  poco acostarse hubo de caer en sueo profundsimo.
Al da siguiente cost trabajo levantarle. Sentase quebrantado, y como
si hubiese andado largo trecho por sitio desconocido y lejano, que no
poda recordar. Fue  la escuela, y no se supo la leccin. Encontrbase
tan torpe aquel da, que el maestro le hizo burla y aj su dignidad ante
los dems chicos. Pocas veces se haba visto en la escuela carrera en
pelo como la que aguant Cadalsito al ser confinado al ltimo puesto de
la clase en seal de ignorancia y desaplicacin.  las once, cuando se
pusieron  escribir, Cadalso tena junto  s al famoso _Posturitas_,
chiquillo travieso y graciossimo, flexible como una lombriz, y tan
inquieto, que donde l estuviese no poda haber paz. Llambase Paquito
Ramos y Guilln, y sus padres eran los dueos de la casa de prstamos de
la calle del Acuerdo. Aquel Guilln, cojo y empleado, que hemos visto en
casa de Villaamil celebrando con copiosas libaciones de moscatel la
prxima colocacin de su amigo, era to materno de _Posturitas_, el cual
deba este apodo  la viveza ratonil de sus movimientos,  la gracia con
que remedaba las actitudes y gestos de los _clowns_ y dislocados del
Circo. Todo se le volva hacer garatusas, sacar la lengua, volver del
revs los prpados; y como pudiera, meta el dedo en el tintero para
pintarse rayas negras en la cara.

Aquella maana, cuando el maestro no le vea, _Posturitas_ abra la
carpeta, y l y su amigo Cadalso hundan la pelona en ella para ver las
cosas diversas que encerraba. Lo ms notable era una coleccin de
sortijas, en las cuales brillaban el oro y los rubes. No se vaya 
creer que eran de metal, sino de papel, anillos de esos con que los
fabricantes adornan los puros medianos para hacerlos pasar por buenos.
Aquel tesoro haba venido  manos de Paquito Ramos mediante un
cambalache. Perteneci la coleccin  otro chico llamado Polidura, cuyo
padre, mozo de caf  restaurant, sola recoger los aros de cigarro que
los fumadores dejaban caer al suelo, y obsequiar con ellos  su hijo 
falta de mejores juguetes. Haba llegado  reunir Polidura ms de
cincuenta sortijas de diversos calibres. En unas deca _Flor fina_, en
otras _Selectos de Julin lvarez_. Cansado al fin de la coleccin, se
la cambi  _Posturas_ por un trompo en buen uso, mediante contrato
solemne ante testigos. Cadalso regal al nuevo propietario el anillo de
la tagarnina dada por el seor de Pez  Villaamil, y que ste se fum
majestuosamente despus de la comida.

La travesura de _Posturitas_, fielmente reproducida por el bueno de
Cadalso, consista en llenarse ambos los dedos de aquellas sorprendentes
joyas, y cuando el maestro no les vea, alzar la mano y mostrarla  los
otros granujas con dos  tres anillos en cada dedo. Si el maestro vena,
se los quitaban  toda prisa, y a escribir como si tal cosa. Pero en una
vuelta brusca, sorprendi el dmine  Cadalsito con la mano en alto,
distrayendo  toda la clase. Verle, y ponerse hecho un len, fu todo
uno. Pronto se descubri que el principal delincuente era el maligno
_Posturitas_, que tena en su carpeta un depsito de aros de papel; y en
un santiamn el maestro, despus que arranc de los dedos las pedreras
de que estaban cuajados, agarr todo el depsito y lo deshizo,
terminando con una mano de coscorrones aplicados  una y otra cabeza.
Ramos rompi  llorar, diciendo: Yo no he sido... _Miau_ tiene la
culpa. Y _Miau_, no menos lastimado de esta calumnia que del mote,
clam con severa dignidad: l es el que los tena. Yo no traje ms que
uno... Mentira... El mentiroso es l.

--_Miau_ es un hipcrita--dijo el maestro, y Cadalso no supo contener su
afliccin oyendo en boca de D. Celedonio el injurioso apodo. Solt el
llanto sin consuelo, y toda la clase coreaba sus gemidos, repitiendo
_Miau_, hasta que el maestro pim, pam! reparti una zurribanda
general, recorriendo espaldas y mofletes, como el fiero cmitre entre
las filas de galeotes, vapulando  todos sin misericordia.

--Se lo voy  decir  mi abuelo--exclam Cadalso con un arranque de
dignidad,--y no vengo ms  esta escuela.

--Silencio... silencio todos--grit el verdugo, amenazndoles con una
regla, que tena los ngulos como filos de cuchillo.--Sin vergenzas, 
escribir; y al que me chiste le abro la cabeza.

Al salir, Cadalso segua indignado contra su amigo _Posturitas_. ste,
que era procaz, de una frescura y audacia sin lmites, di un empujn 
Luis, dicindole: T tienes la culpa, tonto... panoli... cara de gato.
Si te cojo por mi cuenta...

Cadalso se revolvi iracundo, acometido de nerviosa rabia, que le puso
plido y con los ojos relumbrones. Sabes lo que te digo? Que no tis
que ponerme motes, contro!, mal criado... ordinario... cualisquiera.

--_Miau!_--may el otro con desprecio, sacando media cuarta de lengua y
crispando los dedos.--Ole... _Miau..._ morrongo... fu, fu, fu...

Por primera vez en su vida percibi Luis que las circunstancias le
hacan valiente. Ciego de ira se lanz sobre su contrario, y lo mismo se
lanzara si ste fuese un hombre. Chillido de salvaje alegra infantil
reson en toda la banda, y viendo el desusado embestir de Cadalso,
muchos le gritaron: ntrale, ntrale... _Miau_ pelendose con
_Posturas_ era espectculo nuevo, de trgicas y nunca sentidas
emociones, algo como ver la liebre revolvindose contra el hurn,  la
perdiz emprendindola  picotazos con el perro. Y fu muy hermosa la
actitud insolente de _Posturitas_, al recibir el primer achuchn,
espatarrndose para aplomarse mejor, soltando libros y pizarra para
tener los brazos libres... Al mismo tiempo rezongaba con orgullo insano:
Vers, vers... recontro!... me caso con la biblia...

Trabse una de esas luchas homricas, primitivas y cuerpo  cuerpo, ms
interesantes por la ausencia de toda arma, y que consisten en encepar
brazos con brazos y empujar, empujar, sacudiendo topetadas con la
cabeza,  lo carneril, esforzndose cada cual en derribar  su
contrario. Si pujante estaba _Posturas_, no lo pareca menos Cadalso.
Murillito, Polidura y los dems, miraban y aplaudan, danzando en torno
con feroz entusiasmo de pueblo pagano, sediento de sangre. Pero acert 
salir de la casa en aquel punto y ocasin la hija del maestro, seorita
algo hombruna, y les separ de un par de manotadas, diciendo: Sin
vergenzas,  casa,  llamo  la pareja para que os lleve  la
prevencin. Ambos tenan la cara como lumbre, respiraban como fuelles,
y echaban por aquellas bocas injurias tabernarias, sobre todo Paco
Ramos, que era consumado hablista en el idioma de los carreteros.

--Vamos, _hombres_--deca Murillito, el hijo del sacristn de Monserrat,
en la actitud ms conciliadora;--no es para tanto... vaya... Qutate
t... Mi que te... vers. Sacabaron las quistiones.

Mostrbase el mediador decidido  arrearle un buen lapo  cualquiera de
los dos que intentase reanudar la contienda. Un polica que por all
andaba les dispers, y se alejaron chillando y saltando, algunos
hacindose lenguas del arranque de Cadalsito. ste tom silencioso el
camino de su casa. Su ira se calmaba lentamente, aunque por nada del
mundo le perdonaba  _Posturas_ el apodo, y senta en su alma los
primeros rebullicios de la vanidad heroica, la conciencia de su
capacidad para la vida,  sea de su aptitud para ofender al prjimo, ya
probada en la tienta de aquel da.

Aquella tarde no haba escuela, por ser jueves. Luisito se fu  su
casa, y durante el almuerzo, ninguna persona de la familia repar en lo
sofocado que estaba. Baj luego  pasar un ratito en compaa de sus
amigos los memorialistas, que sin duda le tenan guardada alguna
friolera. Parece que arriba andamos muy divertidos--le dijo Paca.--Oye,
han colocado ya  tu abuelo? Porque debe de ser ya lo menos ministro 
tan siquiera embajador. Vaya con la cesta de compra que trajeron ayer!
Y botellas de moscatel como quien no dice nada. Anda, anda, qu rumbo!
Estamos como queremos. As no hay quien haga bajar  _Canelo_ de tu
casa...

Luis dijo que todava no haban colocado  su abuelo; pero que era cosa
_de entre hoy y maana_. El da estaba hermossimo, y Paca propuso  su
amiguito ir  tomar el sol en la explanada del Conde-Duque,  dos pasos
de la calle de Quiones. Psose la enorme memorialista su mantn,
mientras Luisito suba  pedir permiso, y echaron  andar. Eran las
tres, y el vasto terrapln comprendido entre el paseo de Areneros y el
cuartel de Guardias estaba inundado de sol, y muy concurrido de vecinos
que iban all  desentumecerse. Gran parte de este terreno se vea
entonces, y se ve hoy, ocupado por sillares, baldosas, adoquines, restos
 preparativos de obras municipales, y entre la cantera, las vecinas
suelen poner colgaderos para secar ropa lavada. La parte libre de
obstculos la emplea la tropa para los ejercicios de instruccin, y
aquella tarde vi Cadalsito  los reclutas de Caballera aprendiendo 
marchar, dirigidos por un oficial que, sable al puo y dando gritos, les
enseaba  medir el paso. Entretvose el pequeuelo en contemplar las
evoluciones, y oa la cadencia con que los soldados pisaban
unsonamente, diciendo: _una, dos, tres, cuatro_. Era un mugido que se
confunda con la vibracin del suelo al ser golpeado  comps, cual
inmenso tambor batido por un gigante. Entre la sociedad que all se
congregaba  gozar del sol, discurran vendedores de cacahuet y
avellanas, pregonndolos con un grito dejoso. Paca le compr  Cadalso
algunas de estas golosinas, y se sent en una piedra  chismorrear con
varias comadres amigas suyas. El chiquillo corri detrs de la tropa,
evolucionando con ella; fu y vino durante una hora en aquella militar
diversin, marcando tambin el _uno, dos, tres, cuatro_, hasta que,
sintiendo fatiga, se sent en un rimero de baldosas. Entonces se le fu
un poco la cabeza; vi que la mole pesada del cuartel se corra de
derecha  izquierda, y que en la misma direccin iba el palacio de
Liria, sepultado entre el ramaje de su jardn, cuyos rboles parecen
estirarse para respirar mejor fuera de la tumba inmensa en que estn
plantados. Empezle  Cadalsito la consabida desazn; se le iba el
conocimiento de las cosas presentes, se mareaba, se desvaneca, le
entraba el misterioso sobresalto, que era en realidad pavor de lo
desconocido; y apoyando la frente en una enorme piedra que prxima
tena, se durmi como un ngel. Desde el primer instante, la visin de
las Alarconas se le present clara, palpable, como un ser vivo, sentado
frente  l, sin que pudiese decir dnde. El fantstico cuadro no tena
fondo ni lontananza. Lo constitua la excelsa figura sola. Era el mismo
personaje de luenga y blanca barba, vestido de indefinibles ropas, la
mano izquierda escondida entre los pliegues del manto, la derecha fuera,
mano de persona que se dispone  hablar. Pero lo ms sorprendente fu
que antes de pronunciar la primer palabra, el Seor alarg hacia l la
diestra, y entonces se fij en ella Cadalsito y vi que tena los dedos
cuajados de aquellas mismas sortijas que formaban la rica coleccin de
_Posturas_. Slo que en los dedos soberanos, que haban fabricado el
mundo en siete das, los anillos relumbraban cual si fueran de oro y
piedras preciosas. Cadalsito estaba absorto, y el Padre le dijo: Mira,
Luis, lo que os quit el maestro. Ve aqu los bonitos anillos. Los
recog del suelo, y los compuse al instante sin ningn trabajo. El
maestro es un bruto, y ya le ensear yo  no daros coscorrones tan
fuertes. Y por lo que hace  _Posturitas_, te dir que es un pillo,
aunque sin mala intencin. Est mal educado. Los nios decentes no ponen
motes. Tuviste razn en enfadarte, y te portaste bien. Veo que eres un
valiente y que sabes volver por tu honor.

Luis qued muy satisfecho de oirse llamar valiente por persona de tanta
autoridad. El respeto que senta no le permiti dar las gracias; pero
algo iba  decir, cuando el Seor, moviendo con insinuacin de castigo
la mano aquella cuajada de sortijas, le dijo severamente: Pero, hijo
mo, si por ese lado estoy contento de ti, por otro me veo en el caso de
reprenderte. Hoy no te has sabido la leccin. Ni por casualidad
acertaste una sola vez. Bien claro se vi que no habas abierto un libro
en todo el santo da... (Luisn, acongojadsimo, mueve los labios
queriendo disculparse.) Ya, ya s lo que me vas  decir. Estuviste hasta
muy tarde repartiendo cartas; volviste  casa de noche. Pero luego
pudiste leer algo; no me vengas con enredos. Y esta maana, por qu no
echaste un vistazo  la leccin de Geografa? Cuidado con los desatinos
que has dicho hoy! De dnde sacas t que Francia est limitada al Norte
por el Danubio y que el Po pasa por Pau? Vaya unas barbaridades! Te
parece  ti que he hecho yo el mundo para que t y otros mocosos como t
me lo estis deshaciendo  cada paso?

Enmudeci la augusta persona, quedndose con los ojos fijos en Cadalso,
al cual un color se le iba y otro se le vena, y estaba silencioso,
agobiado, sin poder mirar ni dejar de mirar  su interlocutor.

Es preciso que te hagas cargo de las cosas--aadi por fin el Padre,
accionando con la mano cuajada de sortijas.--Cmo quieres que yo
coloque  tu abuelo si t no estudias? Ya ves cun abatido est el pobre
seor, esperando como pan bendito su credencial. Se le puede ahogar con
un cabello. Pues t tienes la culpa, porque si estudiaras...

Al oir esto, la congoja de Cadalsito fu tan grande, que crey le
apretaban la garganta con una soga y le estaban dando garrote. Quiso
exhalar un suspiro y no pudo.

T no eres tonto y comprenders esto--agreg Dios.--Ponte t en mi
lugar; ponte t en mi lugar, y vers que tengo razn.

Luis medit sobre aqullo. Su razn hubo de admitir el argumento
creyndolo de una lgica irrebatible. Era claro como el agua: mientras
l no estudiase, contro! cmo haban de colocar  su abuelo? Parecile
esto la verdad misma, y las lgrimas se le saltaron. Intent hablar,
quizs prometer solemnemente que estudiara, que trabajara como una
fiera, cuando se sinti cogido por el pescuezo.

--Hijo mo--le dijo Paca sacudindole,--no te duermas aqu, que te vas 
enfriar.

Luis la mir aturdido, y en su retina se confundieron un momento las
lneas de la visin con las del mundo real. Pronto se aclararon las
imgenes, aunque no las ideas; vi el cuartel del Conde-Duque, y oy el
_uno, dos, tres, cuatro_, como si saliese de debajo de tierra. La
visin, no obstante, permaneca estampada en su alma de una manera
indeleble. No poda dudar de ella, recordando la mano ensortijada, la
voz inefable del Padre y Autor de todas las cosas. Paca le hizo
levantar y le llev consigo. Despus, quitndole del bolsillo los
cacahuets que antes le diera, djole: No comas mucho de esto, que se te
ensucia el estmago. Yo te los guardar. Vmonos ya, que principia 
caer relente... Pero l tena ganas de seguir durmiendo; su cerebro
estaba embotado, como si acabase de pasar por un acceso de embriaguez;
le temblaban las piernas, y senta fro intenssimo en la espalda.
Andando hacia su casa, le entraron dudas respecto  la autenticidad y
naturaleza divina de la aparicin. Ser Dios  no ser
Dios?--pensaba.--Parece que es, porque lo sabe todito... Parece que no
es, porque no tiene ngeles.

De vuelta del paseo, hizo compaa  sus buenos amigos. Mendizbal,
concluda su tarea, y despus de recoger los papeles y de limpiar las
diligentes plumas, se dispuso  alumbrar la escalera. Paca limpi los
cristales del farol, encendiendo dentro de l la lamparilla de petrleo.
El _secretario del pblico_ lo cogi entonces, y con ademn tan solemne
como si alumbrara al Vitico, fu  colgarlo en su sitio, entre el
primero y segundo piso. En esto suba Villaamil, y se detuvo, como de
costumbre, para echar un prrafo con el memorialista.

--Sea enhorabuena, D. Ramn--le dijo ste.

--Calle usted, hombre...--replic Villaamil, afectando el humor que
suele acompaar  un terrible dolor de muelas.--Si todava no hay nada,
ni lo habr...

--Ah! pues yo cre.. Es que son muy perros, D. Ramn. Vaya unos
birrias de Ministros! Lo que yo le digo  usted: mientras no venga la
escoba grande...

--Oh! amigo mo--exclam Villaamil con cierto aire de templanza
gubernamental,--ya sabe usted que no me gustan exageraciones. Sus ideas
son distintas de las mas... Qu es lo que usted quiere? Ms religin?
Pues venga religin, venga; pero no osbcurantismo... Desengamonos.
Aqu lo que hace falta es administracin, moralidad...

--Ah duele, ah duele (con expresin de triunfo). Precisamente lo que
no habr mientras no haya fe. Lo primero es la fe, s  no?

--Corriente; pero... No, amigo Mendizbal; no exageremos.

--Y las sociedades que la pierden (en tono triunfal), corren derechitas,
como quien dice, al abismo...

--Todo eso est muy bien; pero... Haya moralidad, moralidad; que el que
la hace la pague, y all los curas se entiendan con las conciencias. No
me cambalache los poderes, amigo Mendizbal.

--No, si yo no cambalacho nada... En fin, usted lo ver (bajando un
escaln mientras Villaamil suba otro). nterin domine el libre
pensamiento, espere usted sentado. Como que no hay justicia ni nadie se
acuerda del mrito. Buenas noches.

Desapareci por la escalera abajo aquel hombre fesimo, de semblante
extrao, por tener los ojos tan poco separados que parecan juntarse y
ser uno solo cuando fijamente miraban. La nariz le sala de la frente, y
despus bajaba chafada y recta, esparranclando sus dos ventanillas en el
nacimiento del labio superior, dilatado, tirante y tan extenso en todas
direcciones que ocupaba casi la mitad del rostro. La boca era larga,
terminada en dos arrugas que dividan la barba en tres compartimientos
flcidos, de pelambre ralo y gris; la frente estrecha, las manos enormes
y velludas, el cogote recio, el cuerpo corto, inclinado hacia adelante,
como resabio de una raza que hasta hace poco ha andado  cuatro pies. Al
descender la escalera, pareca que la bajaba con las manos, agarrndose
al barandal. Con esta filiacin de _gorilla_, Mendizbal era un buen
hombre, sin ms tacha que su furiosa inquina contra el libre
pensamiento. Haba sido traficante en piedras de chispa durante la
primera guerra civil, espa faccioso y cocinero del padre Cirilo.
Ah!--mil veces lo deca l,--si yo escribiera mi historia! ltimo
detalle biogrfico: le compuso una rueda  la clebre tartana de San
Carlos de la Rpita.




X


Poco despus de anochecido, al subir  su casa, Cadalsito sinti pasos
detrs de s; pero no volvi la cara. Mas cuando faltaban pocos
escalones para llegar al piso segando, manos desconocidas le cogieron la
cabeza y se la apretaron, no dejndole mirar hacia atrs. Tuvo miedo,
creyndose en poder de algn ladrn barbudo y feo, que iba  robar la
casa y empezaba por asegurarle  l. Pero antes que tuviera tiempo de
chillar, el intruso le levant en peso y le bes. Luis pudo verle
entonces la cara, y al reconocerle, su intranquilidad no disminuy.
Haba visto aquella cara por ltima vez algn tiempo antes, sin poder
apreciar cundo, en una noche de escndalo y reyerta, en la cual todos
chillaban en su casa, Abelarda caa con una pataleta, y la abuelita
gritaba pidiendo el auxilio de los vecinos. La dramtica escena
domstica haba dejado indeleble impresin en Luis, que ignoraba por qu
se haban puesto sus tas y abuela tan furiosas.

En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba, y no viva la familia en la
calle de Quiones. Record tambin que las iras de las _Miaus_ recaan
sobre una persona que entonces desapareci de la casa, para no volver 
ella hasta la ocasin que ahora se refiere. Aquel hombre era su padre.
No se atrevi Luis  pronunciar el carioso nombre; de mal humor dijo:
Sultame. Y el sujeto aqul llam.

Cuando doa Pura, al abrir la puerta, vi al que llamaba, acompaado de
su hijo, quedse un instante como quien no da crdito  sus ojos. La
sorpresa y el terror se pintaban en su semblante... despus
contrariedad. Por fin murmur: Vctor... t?

Entr saludando  su suegra con cierta emocin, de una manera corts y
expresiva. Villaamil, que tena el odo muy fino, se estremeci al
reconocer desde su despacho la voz aqulla. Vctor aqu... Vctor otra
vez en casa! Este hombre nos trae alguna calamidad. Y cuando su yerno
entraba  saludarle, el rostro tigresco de D. Ramn se volvi espantoso,
y le temblaba la mandbula carnicera, indicando como un prurito de
ejercitarla contra la primera res que se le pusiera delante. Pero cmo
ests aqu? Has venido con licencia?, fu lo nico que dijo.

Vctor Cadalso sentse frente  su suegro. El quinqu les separaba, y su
luz, iluminando los dos rostros, haca resaltar el vivo contraste entre
una y otra persona. Era Vctor acabado tipo de hermosura varonil, un
ejemplar de los que parecen destinados  conservar y transmitir la
elegancia de formas en la raza humana, desfigurada por los cruzamientos,
y que por los cruzamientos, reflujo incesante, viene de vez en cuando 
reproducir el gallardo modelo, como para mirarse y recrearse en el
espejo de s misma, y convencerse de la permanencia de los arquetipos de
hermosura,  pesar de las infinitas derivaciones de la fealdad. El
claro-obscuro producido por la luz de la lmpara modelaba las facciones
del guapo mozo. Tena nariz de contorno puro, ojos negros, de ancha
pupila, cuya expresin variaba desde el matiz ms tierno hasta el ms
grave,  voluntad. La frente plida tena el corte y el bruido que en
escultura sirve para expresar nobleza.--Esta nobleza es el resultado del
equilibrio de piezas cranianas y de la perfecta armona de lneas.--El
cuello robusto, el pelo algo desordenado y de azabache, la barba obscura
tambin y corta, completaban la hermosa lmina de aquel busto, ms
italiano que espaol. La talla era mediana, el cuerpo tan bien
proporcionado y airoso como la cabeza; la edad deba de andar entre los
treinta y tres  los treinta y cinco. No supo responder terminantemente
 la pregunta de su suegro, y despus de titubear un instante, se aplom
y dijo:

--Con licencia no... es decir... he tenido un disgusto con el jefe. Sal
sin dar cuenta  nadie. Ya conoce usted mi carcter. No me gusta que
nadie juegue conmigo... Ya le contar. Ahora vamos  otra cosa. Llegu
esta maana en el tren de las ocho, y me met en una casa de huspedes
de la calle del Fcar. All pensaba quedarme. Pero estoy tan mal, que si
ustedes (doa Pura se hallaba todava presente) no se incomodan, me
vendr aqu por unos das, nada ms que por unos das.

Doa Pura se ech  temblar, y corri  transmitir la fatal nueva  su
hermana y  su hija. Se nos mete aqu! Qu horror de hombre! Nos ha
cado que hacer.

--Aqu estamos muy estrechos--objet Villaamil con cara cada vez ms
fiera y tenebrosa.--Por qu no te vas  casa de tu hermana Quintina?

--Ya sabe usted--replic--que mi cuado Ildefonso y yo estamos as... un
poco de punta. Con ustedes me arreglo mejor. Yo les prometo ser pacfico
y razonable, y olvidar ciertas cosillas.

--Pero, en resumidas cuentas, sigues  no en tu destino de Valencia?

--Le dir  usted... (mascando las primeras palabras, pero discurriendo
al fin una respuesta que disimulase su perplejidad). Aquel Jefe
Econmico es un trapisonda... Se empe en echarme de all, y ha
intentado formarme expediente. No conseguir nada; tengo yo ms conchas
que l.

Villaamil di un suspiro, tratando de descifrar por la fisonoma de su
yerno el misterio de su intempestiva llegada. Pero saba por
experiencia que la cara de Vctor era impenetrable y que, histrin
consumado, expresaba con ella lo que mas convena a sus fines.

--Y qu te parece tu hijo?--le pregunt al ver entrar  Pura con
Luisn.--Est crecido, y le vamos defendiendo la salud, Delicadillo
siempre, por lo cual no queremos apretarle para que estudie.

--Tiempo tiene--dijo Cadalso, abrazando y besando al nio.--Cada da se
parece ms  su madre,  mi pobre Luisa. Verdad?

Al anciano se le humedecieron los ojos. Aquella hija malograda en la
flor de la edad, fu todo su amor. El da de su temprana muerte,
Villaamil envejeci de un golpe diez aos. Siempre que alguien la
nombraba en la casa, el pobre hombre senta renovada su afliccin
inmensa, y si quien la nombraba era Vctor, al pesar se mezclaba la
repugnancia que inspira el asesino condolindose de su vctima despus
de inmolada.  doa Pura tambin se le abatieron los espritus al ver y
oir al que fu esposo de su querida hija. Luis se entristeci, ms bien
por rutina, pues haba notado que cuando alguien pronunciaba en la casa
el nombre de su mam, todos suspiraban y se ponan muy serios.

Vctor, llevando  su hijo, pas  saludar  Milagros y  Abelarda.
Aqulla le aborreca de todo corazn, y respondi  su saludo con
desdeosa frialdad. La cuadita se meti en su cuarto al sentirle;
luego sali, y su color, siempre malo, era como el color de una muerta.
Le temblaba la voz; quiso afectar el mismo desdn de su ta hacia
Vctor; ste la apretaba la mano. Ya ests aqu otra vez, perdido?,
balbuce ella, y sin sabor qu hacer se volvi  meter en el aposento.

Entretanto Villaamil, aprensivo y sobresaltado, se desperezaba en su
asiento como si quisiera crucificarse, y deca  su mujer:

--Este hombre traer hoy la desgracia  nuestra casa como la ha trado
siempre. Y si no, t lo has de ver. Cuando le sent la voz, cre que el
infierno se nos meta por las puertas. Maldita sea la hora (exaltndose
y dejando caer con ruidosa pesadumbre las palmas de las manos sobre la
mesa) en que este hombre entr en mi casa por vez primera; maldita la
hora en que nuestra querida hija se prend de l, y maldito el da en
que les casamos... porque ya no tena remedio. Ojal viviera mi hija
deshonrada, ojal!... Qu estpido afn de casar  las hijas sin saber
con quin! Ah! Pura, mucho cuidado con ese danzante; no te fes. Tiene
el arte de adornar su perversidad con palabras que, al pronto, emboban y
seducen.  m no me la da, no;  m me enga una vez sola. Pero pronto
le cal, y ahora me pongo en guardia, porque es el hombre ms malo que
Dios ha echado al mnundo.

--Pero no ha dicho  qu viene? Le han dejado cesante? De seguro ha
hecho alguna pillada y viene  que t se la tapes.

--Yo! (espantado y echando los ojos fuera del casco). Como no se la
tape el moro Muza!  buena parte viene...

Llegada la hora de comer, Vctor, sentndose  la mesa con la mayor
frescura, hubo de permitirse ciertos alardes de conversacin jocosa.
Todos le miraban con hostilidad, esquivando los temas joviales que
quera sacar  relucir.  ratos se pona ceudo y receloso; pero  la
manera de un actor que recobra su papel momentneamente olvidado, tomaba
la estudiada actitud bonachona y festiva. Luego reapareci la dificultad
grave. Dnde le ponan? Y doa Pura, sofocada ante la imposibilidad de
alojar al intruso, se plant dicindole:--No, no puede ser, Vctor; ya
ves que no hay medio de tenerte en casa.

--No se apure usted, mam--replic l, acentuando con cario el
tratamiento.--Me quedar aqu, en el sof del comedor. Dme usted una
manta, y dormir como un cannigo.

Nada pudieron oponer  esta conformidad doa Pura y las otras _Miaus_.
Cuando empezaron  llegar las personas que iban  la tertulia, Vctor
dijo  su suegra:--Mire usted, mam, yo no me presento. No tengo
malditas ganas de ver gente, al menos en algunos das. Me parece que he
odo la voz de Pantoja. No le diga usted que estoy aqu.

--Pues no s  qu vienen esos incgnitos--replicle amoscada su
suegra.--Te vas  estar de plantn en el comedor? Pues sabrs que voy 
poner en esta mesa los vasos de agua, para que salgan  beber todos los
que tengan sed. Y te advierto que Pantoja es hombre que me bebe media
cuba todas las noches.

--Pues me meter en el cuarto de Luis, si no pone usted el abrevadero en
otra parte.

--Pero dnde?

--Nada, nada, mam; por mi parte no altere usted sus costumbres. Vyase
usted  la sala, donde ya tiene toda la _crme_ reunida. No olvide
ponerme aqu la manta. Maana temprano traer mi equipaje.

Cuando doa Pura transmiti  su marido el recelo de ser visto que en
Cadalso notara, el buen seor se intranquiliz ms, y ech nuevas pestes
contra el intruso. Puesta sobre la mesa del comedor la bandeja con los
vasos de agua, nico refrigerio que los Villaamil podan ofrecer  sus
amigos, Cadalso se qued un rato solo con su hijo, el cual mostraba
aquella noche aplicacin desusada. Estudias mucho?, pregunt su padre
acaricindole. Y l contest que s con la cabeza, cohibido y
vergonzoso, como si el estudiar fuese delito. Su padre era para l como
un extrao, y al intentar hablarle, la timidez le ataba la lengua. El
sentimiento que al pobre nio inspiraba aquel hombre era mezcla
singularsima de respeto y temor. Lo respetaba por el concepto de padre,
que en su alma tierna tena ya el natural valor; lo tema, porque en su
casa haba odo mil veces hablar de l en trminos harto desfavorables.
Era Cadalso el pap malo, como Villaamil era el pap bueno.

Al sentir los pasos de algn tertulio sediento que vena al abrevadero,
Vctor se colaba en el cuarto de Milagros. Conoci por la voz  Ponce,
que amn de crtico era novio de Abelarda; reconoci tambin  Pantoja,
empleado en Contribuciones, amigo de Villaamil y aun del propio Cadalso,
quien le tena por la mquina humana ms intil y roosa que en oficinas
existiera. No puedo dejar de notar que una de las personas que ms sed
tuvieron aquella noche fu Abelarda. Sali dos  tres veces  beber, y
adems quiso substituir  su ta Milagros en la obligacin de acostar al
pequeo. Estando en ello, se meti Vctor en la alcoba, huyendo de otro
tertulio sofocado que iba  refrescarse.

--Pap est muy inquieto con esta aparicin tuya--le dijo Abelarda sin
mirarle.--Has entrado en casa como Mefistfeles, por escotilln, y todos
nos alteramos al verte.

--Me como yo la gente?--respondi Vctor sentndose en la misma cama de
Luis.--Por lo dems, en mi venida no hay misterio; hay algo, s, que no
comprendern tu padre y tu madre; poro t lo comprenders cuando te lo
explique, porque t eres buena para m, Abelarda; t no me aborreces
como los dems, sabes mis desgracias, conoces mis faltas y me tienes
compasin.

Insinu esto con mucha dulzura, contemplando  su hijo, ya medio
desnudo. Abelarda evitaba el mirarle. No as Luisito, que haba clavado
los ojos en su padre, como queriendo descifrar el sentido de sus
palabras.

--Lstima yo de ti!--repuso al fin la insignificante con voz
trmula.--De dnde sacas eso?... Si pensars que creo algo de lo que
dices?  otras engaars, pero  la hija de mi madre...!

Y como Vctor empezase  replicarle con cierta vehemencia, Abelarda le
mand callar con un gesto expresivo. Tema que alguien viniese  que
Luis se enterase, y aquel gesto seal una nueva etapa en el dilogo.

--No quiero saber nada--dijo, determinndose al fin  mirarle cara 
cara.

--Pues  quin he de confiarme yo si no me confo  ti... la nica
persona que me comprende?

--Vete  la iglesia, arrodllate ante el confesonario...

--La antorcha de la fe se me apag hace tiempo. Estoy 
obscuras--declar Vctor mirando al chiquillo, ya con las manos cruzadas
para empezar sus oraciones.

Y cuando el nio hubo terminado, Abelarda se volvi hacia el padre,
dicindole con emocin:--Eres muy malo, muy malo. Convirtete  Dios,
encomindate  l, y...

--No creo en Dios--replic Vctor con sequedad;--  Dios se le ve
soando, y yo hace tiempo que despert.

Luisito escondi su faz entre las almohadas, sintiendo un fro terrible,
malestar grande y todos los sntomas precursores de aquel estado en que
se le presentaba su misterioso amigo.




XI


 las doce; cuando los tertulios desfilaron, Cadalso se acomod en el
sof del comedor, cubrindose con la manta que Abelarda le diera.
Ignoraba l que su cuada se acostara vestida aquella noche por carecer
de abrigo. Retirronse todos, menos Villaamil, que no quiso recogerse
sin tener una explicacin con su yerno. La lmpara del comedor haba
quedado encendida, y el abuelo, al entrar, vi  Vctor incorporado en
su duro lecho, con la manta liada de medio cuerpo abajo. Comprendi al
punto el yerno que su padre poltico quera palique, y se prepar, cosa
fcil para l, pues era hombre de imaginacin pronta, de afluente
palabra, de salidas giles y oportunas,  fuer de meridional de pura
sangre, nacido en aquella costa granadina que tiene detrs la Alpujarra
y enfrente  Marruecos. Este to--pens--me quiere embestir.  buena
parte viene... Empiece la brega. Le trastearemos con gracia.

--Ahora que estamos solos--dijo Villaamil con aquella gravedad que
impona miedo,--decdete  ser franco conmigo. T has hecho algn
disparate, Vctor. Te lo conozco en la cara, aunque tu cara pocas veces
dice lo que piensas. Confisame la verdad, y no trates de marearme con
tus pases de palabras ni con esas ideas raras de que sacas tanto
partido.

--Yo no tengo ideas raras, querido D. Ramn; las ideas raras son las de
mi seor suegro. Debemos juzgar las ideas de las personas por el pelo
que stas echan. Le han colocado  usted ya? Se me figura que no. Y
usted sigue tan fresco, esperando su remedio de la justicia, que es lo
mismo que esperarlo de la luna. Mil veces le he dicho  usted que el
mismo Estado es quien nos ensea el derecho a la vida. Si el Estado no
muere nunca, el funcionario no debe perecer tampoco administrativamente.
Y ahora le voy  decir otra cosa: mientras no cambie usted de papeles,
no le colocarn; se pasar los meses y los aos viviendo de ilusiones,
findose de palabras zalameras y de la sonrisa traidora de los que se
dan importancia con los tontos, haciendo que les protegen.

--Pero t, necio--dijo Villaamil enojadsimo,--has llegado  figurarte
que yo tengo esperanzas? De dnde sacas, majadero, que yo me forje ni
la milsima parte de una condenada ilusin? Colocarme  m! No se me
pasa por la imaginacin semejante cosa, no espero nada, nada, y digo
ms: hasta me ofende el que me supone pendiente de formulillas y de
palabras cucas.

--Como siempre le he conocido  usted as, tan confiado, tan
optimista...

--Optimista yo! (muy contrariado). Vamos, Vctor, no te burles de estas
canas. Y sobre todo, no desves la cuestin. Ahora no se trata de m,
sino de ti. Vuelvo  mi pregunta: Qu has hecho? Por qu estas aqu, y
por qu te escondes de la gente?

--Es que las tertulias de esta casa me cargan. Ya sabe usted que soy muy
extremado en mis antipatas. Yo no me escondo; es que no quiero ver la
cara de Ponce con sus ojos pitaosos, ni que me hable Pantoja, el cual
tiene un aliento que da el _quin vive_.

--No se trata del aliento de Pantoja, sino de que t no has dejado tu
destino con la frente alta.

--Tan alta que si mi jefe dice algo contra m, tengo medios de mandarle
 presidio (acalorndose). Sepa usted que he prestado servicios tales,
que si el Estado fuera agradecido, ya sera yo jefe de Administracin.
Pero el Estado es esencialmente ingrato, bien lo sabe usted, y no sabe
premiar. Si el funcionario inteligente no se recompensa  s propio,
est perdido. Para que usted se entere: cuando fu  Valencia 
encargarme de Propiedades  Impuestos, el Negociado estaba por los
suelos. Mi antecesor era un cmico sin voz, que recibi el empleo como
jubilacin de la escena. El infeliz no saba por dnde andaba. Llegu
yo, y _arsa!_  trabajar. Qu lo! Las cdulas personales no se
cobraban ni  tiros. En Consumos haba descubiertos horribles. Llam 
los alcaldes, les apremi, les met el resuello en el cuerpo. Total, que
saqu una millonada para el Tesoro, millonada que se habra perdido sin
m... Entonces reflexion, y dije: Cul es la consecuencia natural del
inmenso servicio que he prestado  la Nacin? Pues la consecuencia
natural, lgica, ineludible de defender al Estado contra el
contribuyente es la ingratitud del Estado. Abramos, pues, el paraguas
para resguardarnos de la ingratitud, que nos ha de traer la miseria.

--No se puede decir ms claro que tus manos no estn muy limpias.

--No hay tal, no, seor (incorporndose y accionando con mucha energa);
porque mediador entre el contribuyente y el Estado, debo impedir que
ambos se devoren, y no quedaran ms que los rabos si yo no los pusiera
en paz. Yo formo parte de la entidad contribuyente, que es la Nacin;
yo formo parte del Estado, como funcionario. Con esta doble naturaleza,
yo, mediador, tengo que asegurar mi vida para seguir impidiendo el
choque mortal entre el contribuyente y el Estado...

--Ni te entiendo, ni te entender nadie (con gesto de ira y desprecio).
El mismo de siempre. Con esas chuscadas de tu ingenio quieres ocultar
tus trapisondas. Pues sabes lo que te digo? que en mi casa no puedes
estar.

--No se acalore mi querido suegro. Entre parntesis, no he pretendido
que me tengan aqu por mi linda cara. Pagar mi pupilaje... Ser por
pocos das, porque en cuanto me asciendan...

--Ascenderte! qu dices? (como si le hubiera picado un escorpin).

--Ay! pues usted qu se crea? Qu inocente! Siempre el mismo D.
Ramn, la virginal doncella. Que le traigan tila. Ya... qu crea
usted? que yo no soy de Dios y no debo ascender? Sabe que llevo dos
aos de oficial primero y me corresponde el ascenso  Jefe de Negociado
de tercera, por la ley de Cnovas? Y usted, que tan optimista es en lo
propio y tan pesimista en lo ajeno, creer que me voy  pasar la vida
escribiendo cartas, espiando la sonrisa de un Director general 
quitndole motas  Cucrbitas! No, seor mo, yo no voy al trapo rojo,
sino al bulto.

--S, s, lo que es a descarado no te gana nadie; y digo ms... por lo
mismo que no tienes vergenza (lvido de ira y tragndose su propia
amargura), consigues todo lo que quieres... El mundo es tuyo... Vengan
ascensos, y ole morena.

--En cambio usted (con cruel sarcasmo), siga mecindose en esos dulces
eextasis, siga creyendo que las mariposillas le traen la credencial, y
despirtese todos los das diciendo: hoy, hoy ser, y lea _La
Correspondencia_ por las noches con la esperanza de ver su nombre en
ella.

--Te repito de una vez para siempre (deseando tener  mano una botella,
tintero  palmatoria que tirarle  la cabeza), que yo no espero nada, ni
pienso que me colocarn jams. En cambio estoy convencido de que t, t,
que acabas de defraudar al Tesoro, tendrs el premio de tu gracia,
porque as es el mundo, y as est la cochina Administracin... Dios
mo! que viva yo para ver estas cosas! (levantndose y llevndose las
manos  la cabeza).

--Lo que tiene usted que hacer (con cierta fatuidad) es aprender de m.

--Bonito modelo! No quiero oirte, no quiero verte ni en pintura...
Adis (marchndose y volviendo desde la puerta). Y ten entendido que yo
no espero ni esto; que estoy conforme, que llevo con paciencia mi
desgracia, y que no se me ocurre que me puedan colocar ahora, ni
maana, ni el siglo que viene... aunque buena falta nos hace. Pero...

--Pero qu?... (echndose  reir malignamente). Vamos,  que le coloco
yo  usted si me atufo?

--T... t! deberte yo  ti...!

Y fu tal su indignacin, que no quiso hablar ms, temeroso de hacer un
disparate, y pegando un portazo que estremeci la casa, huy  su alcoba
y arrojse en la inquieta superficie de su camastro, como un desesperado
al mar.

Vctor se arrebuj en la manta, tratando de dormir; poro hallbase
excitadsimo, ms que por el altercado con su suegro, por la memoria de
sucesos recientes, y no poda conciliar el sueo, no siendo tampoco
extraa  esto fenmeno la dureza del banco en que reposaba. La luz
mengu de tal manera despus de media noche, que apenas alumbraba con
incierto resplandor la estancia; y en el cerebro insomne y febril de
Vctor, esta penumbra y el olor  comida fiambre que flotaba en la
atmsfera, se confundan en una sola impresin desagradable. Examin
punto por punto el comedor, las paredes vestidas de papel,  trozos
desgarrado,  trozos sucio. En algunos sitios, particularmente junto 
las puertas, la crasitud marcaba el roce de las personas; en otros se
vean impresas las manos de Luisito y aun los trazos de su artstico
lpiz. El techo, ahumado en la proyeccin de la lmpara, tena dos 
tres grietas, dibujando una inmensa M y quizs otras letras menos
claras. En la pared, agujeros de clavos, de los cuales colgaron en otros
tiempos lminas. Vctor recordaba haber visto all un reloj, que nunca
haba dicho _esta campana es ma_, y sealaba siempre una hora
inverosmil; tambin hubo antao bodegones al cromo con sandas y
melones despanzurrados. Lminas y reloj haban desaparecido, como carga
que se arroja al mar para que el barco no zozobre. El aparador
subsista; pero qu viejo y qu aburrido estaba, con sus vivos negros
despintados, un cristal roto, cado el copete! Dentro de l se vean
algunas copas boca abajo, vinagreras con frascos desiguales, un limn
muy arrugado, un molinillo de caf, latas mugrientas y algunas piezas de
loza. La puerta que conduca al pasillo de la cocina estaba cubierta por
un pesado portier de abac, mugriento por el borde en que lo sobaban las
manos, y con una claraboya en medio, que bien pudiera servir de torno.

Cansado de mudar posturas, Vctor se incorpor en su lecho, que pareca
un potro, y su desasosiego par en desvaro mental. Le entraron ganas de
explicarse consigo mismo, de deshacer con recriminaciones el nublado de
su alma, y en voz no muy alta, pero perceptible, se expres de este
modo: Esto es mo, estpidos. Ratas de oficina, idos  roer
expedientes. Yo valgo ms que vosotros; en un da s despabilar yo todo
el trabajo del Negociado, correspondiente  un mes.

Despus se ech, asustado de su propio acento. Y al poco rato, los ojos
cerrados, el ceo fruncido, reprodujo en su cerebro, como ciertos
sonmbulos, el caso cuya reminiscencia no poda echar de s.

Los consumos... ah! los consumos. Son la ms ingeniosa de las
invenciones. Pcaros pueblos! Por no pagar, son ellos capaces de
venderse al diablo... Y cmo les sabe  cuerno quemado la cuenta
corriente que se los lleva! Y que  m no me joraban. Al que me cerdee,
le abraso vivo. Ah! en la expedicin de los apremios est el _quid_. Y
como nunca falta un roto para un descosido, nada ms fcil que ponerse
de acuerdo con el interventor para formar la relacin de apremios.
Feliz el pueblo que se escabulle de la relacin, aunque tenga dos
semestres en descubierto!... Seor Alcalde, entendmonos. Ustedes
quieren respirar? Pues yo tambin necesito oxgeno. Todos somos hijos de
Dios... Y t, Hacienda, por qu te amontonas? No te salv yo ms de
seis millones que mi antecesor di por perdidos? Pues entonces,  qu
ese lloriqueo de mujer arratrada? Quien presta tan grandes servicios,
no merece premio? No hemos de ponernos  cubierto de la ingratitud del
Estado, agradecindonos nosotros mismos nuestros leales servicios? La
recompensa es el principio de la moralidad, es la aplicacin de la
justicia, del derecho, del _Jus_  la Administracin. Un Estado ingrato,
indiferente al mrito, es un Estado salvaje... Lo que yo digo:
dondequiera que hay el _haber_ de un servicio, hay el _debe_ de una
comisin. Partida por partida, esto es elemental. Yo doy al Estado con
una mano seis millones que andaban trasconejados, y alargo la otra para
que me suelte mi comisin... Ah! perro Estado, ladrn, indecente; qu
queras t? mamarte los millones y despus dejarme asperges? Ah!
infame, eso habras hecho si yo me descuido. Pues te juro que por listo
que t seas, ms lo soy yo. Vamos de pillo  pillo. Y t, contribuyente,
por qu me pones hocico? No ves que te defiendo? Pero para que t
respires es preciso que respire yo tambin. Si yo me ahogo, vendr otro
que te sacar el redao.

Y ese estpido Jefe, ese animal, ese bandido que en Pontevedra se
merend la suscripcin para los nufragos y en Cceres dej en cueros 
las viudas de los mineros muertos; ese que sera capaz de tragarse la
Necrpolis con todos sus difuntos, quiere formarme expediente! Pero la
comprobacin es muy difcil, tunante, y si me pinchas, te denunciar, te
sacar los trapitos  la calle, con datos, con fechas, con nmeros. Yo
tengo buenos amigos, y manos blancas que me defiendan... Eso es lo que
t no me perdonas... Te come la envidia. Y por eso te revuelves contra
m ahora, tomador, que no sirviendo para afanar relojes, te metiste 
empleado.

Y al cabo de un cuarto de hora, cuando pareca que haba encontrado el
sueo, solt de improviso la risa, diciendo: No me pueden probar nada.
Pero aunque me lo probaran... Por fin se durmi, y tuvo una pesadilla,
semejante  otras que en los casos de agitacin moral turbaban su
descanso. So que iba por una galera muy larga, inacabable, con
paredes de espejos, que hasta lo infinito repetan su gallarda persona.
Iba por aquel inmenso callejn persiguiendo  una mujer,  una dama
elegante, la cual corra agitando con el rpido mover de sus pies la
falda de crujiente seda. Cadalso le vea los tacones de las botas, que
eran... cascarones de huevo! Quin poda ser la dama, lo ignoraba; era
la misma con quien soara otra noche, y al seguirla, se deca que todo
aquello era sueo, asombrndose de correr tras un fantasma, pero
corriendo siempre. Por fin pona la mano en olla, la dama se paraba y se
volva, dicindole con voz muy ronca: Por qu te empeas en quitarme
esta cmoda que llevo aqu? En efecto, la dama llevaba en la mano una
cmoda de tamao natural!, y la llevaba tan desahogadamente como si
fuera un portamonedas. Entonces Vctor despertaba sintiendo sobre s un
peso tal que no poda moverse, y un terror supersticioso que no saba
relacionar ni con la cmoda, ni con la dama, ni con los espejos. Todo
ello era estpido y sin ningn sentido.

Despierto, tenan ms miga los sueos de Cadalso, porque toda la vida se
la llevaba pensando en riquezas que no tena, en honores y poder que
deseaba, en mujeres hermosas, cuyas seducciones no le eran desconocidas,
en damas elegantes y de alta alcurnia que con ardentsima curiosidad
anhelaba tratar y poseer, y esta aspiracin  los supremos goces de la
vida le traa siempre intranquilo, vigilante y en acecho. Devorado por
el ansia de introducirse en las clases superiores de la sociedad, crea
tener ya en las manos un cabo y el primer nudo de la cuerda por donde
otros menos audaces haban logrado subir. Cul era este nudo? Ved aqu
un secreto que por nada del mundo revelara Cadalso  sus vulgarsimos y
apocados parientes los de Villaamil.




XII


Aparecisele muy temprano _la figura arrancada  un cuadro de Fra
Anglico_, por otro nombre doa Pura, quien le acometi con el arma
cortante de su displicencia, agravada por la mala noche que un
dolorcillo de muelas le hizo pasar. Ea, despejarme el comedor. Ve 
lavarte  mi cuarto, que tenemos precisin de barrer aqu. Lrgate
pronto si no quieres que te llenemos de polvo. Apoyaba esta admonicin,
de una manera ms persuasiva, la segunda _Miau_, que se present escoba
en mano.

--No se enfade usted, mam. ( doa Pura le cargaba mucho que su yerno
la llamase _mam_.) Desde que est usted hecha una potentada, no se la
puede aguantar. Qu manera de tratar  este infeliz!

--Eso es, brlate... Es lo que te faltaba para acabar de conquistarnos.
Y que tienes el don de la oportunidad! Siempre te descuelgas por aqu
cuando estamos con el agua al cuello.

--Y si dijera que precisamente he venido creyendo ser muy oportuno? 
ver... qu respondera usted  esto? Porque no conviene despreciar 
nadie, querida mam, y se dan casos de que el husped molesto nos
resulte Providencia de la noche  la maana.

--Buena Providencia nos d Dios (siguindole hacia el cuarto donde
Vctor pensaba lavarse). Qu quieres decir? que vas  apretar la
cuerda que nos ahorca?

--Tanto como est usted chillando ah (con zalamera), y todava soy
hombre para convidarla  usted  palcos por asiento.

--Ninguna falta nos hacen tus palcos... Ni qu has de convidar t, si
siempre te he conocido ms arrancado que el Gobierno!

--Mam, mam, por Dios, no rebaje usted tanto mi dignidad. Y sobre todo,
el que yo sea pobre no es motivo para que se dude de mi buen corazn.

--Djame en paz. Ah te quedas. Despacha pronto.

--Prefiero ver delante de m el pual del asesino  ver malas caras.
(Detenindola por un brazo.) Un momento. Quiere usted que pague mi
hospedaje?

Sac su cartera en el mismo instante, y  doa Pura se le encandilaron
los ojos viendo que abultaba y que el bulto lo haca un grueso manojo de
billetes de Banco.

--No quiero ser gravoso (dndole un billete de 100 pesetas). Tome usted,
querida mam, y no juzgue mis intenciones por la insuficiencia de mis
medios.

--Pues no creas... (echando la zarpa al billete como si ste fuera un
ratn), no creas que voy  llevar mi delicadeza hasta lo increble,
rechazando con indignacin tu dinero,  estilo de teatro. No estamos
ahora para escrpulos ni para indignaciones cursis. Lo tomo, s, lo
tomo, y voy  pagar con l una deuda sagrada, y adems, nos viene bien
para...

--Para qu?

--Djame  m. Quin no tiene sus secretillos?

--Y un hijo, un hijo carioso, no merece ser depositario de esos
secretos? Gracias por la confianza que merezco. Yo cre que me
apreciaban ms. Querida mam, aunque usted no me considere de la
familia, yo no puedo desprenderme de ella. Mndeme usted que no los
quiera, y no obedecer... En otra parte puedo entrar con indiferencia,
poro en esta casa no; y cuando en ella noto sntomas de estrechez,
aunque usted me lo prohiba, me tengo que afligir... (ponindole
cariosamente la mano en el hombro). Simptica suegra, no me gusta que
pap ande sin capa.

--Pobrecito!... y qu le hemos de hacer!... Su situacin viene siendo
muy triste hace tiempo. La cesanta va estirando ms de lo que creamos.
Slo Dios y nosotras sabemos las amarguras que en esta casa se pasan.

--Menos mal si el remedio viene, aunque sea de la persona  quien no se
estima (dndole otro billete de igual cantidad, que doa Pura se
apresura  recoger).

--Gracias... No es que no te estimemos; es que t...

--He sido malo, lo confieso (patticamente); reconocerlo es seal de que
ya no lo soy tanto. Tengo mis defectos como cada _quisque_; pero no soy
empedernido, no est mi corazn cerrado  la sensibilidad, ni mi
entendimiento  la experiencia. Yo ser todo lo malo que usted quiera;
pero, en medio de mi perversidad, tengo una mana, vea usted... no
tolero que esta familia,  quien tanto debo, pase necesidades. Me da por
ah... llmelo usted debilidad  como quiera (dndole un tercer billete
con gallarda generosa, sin mirar la mano que lo daba). Mientras yo gane
un real, no consiento que el padre de mi pobre Luisa vista
indecorosamente, ni que mi hijo ande desabrigado.

--Gracias, Vctor, gracias (entre conmovida y recelosa).

--No tiene usted por qu darme las gracias. No hay mrito ninguno en
cumplir un deber sagrado. Se me ocurre que podra usted tomar hasta dos
mil reales, porque no sern una ni dos las cosas que se han ido 
Pearanda.

--Rico ests... (con escama de si seran falsos los billetes).

--Rico, no... Ahorrillos. En Valencia se gasta poco. Se encuentra uno
con economas sin notarlo. Y repito que si usted me habla de
agradecimiento, me incomodo. Yo soy as. He variado tanto! Nadie sabe
la pena que siento al recordar los malos ratos que he dado  ustedes, y
sobre todo  mi pobre Luisa (con emocin falsa  verdadera, pero tan
bien expresada, que  doa Pura se le humedecieron los ojos). Pobre
alma ma! Que no pueda yo reparar los agravios que aquella santa
recibi de m! Que no pueda yo resucitarla para que vea mi corazn
mudado, aunque luego nos muriramos los dos! (Dando un gran suspiro.)
Cuando la muerte se interpone entro la culpa y el arrepentimiento, no
tiene uno ni el amargo consuelo de pedir perdn  quien ha ofendido.

--Cmo ha de ser! No pienses ahora en cosas tristes. Quieres otra
toalla? Aguarda. Y si necesitas agua caliente, te la traer volando.

--No; nada de molestarse por m. Pronto despacho, y en seguida ir 
traer mi equipaje.

--Pues si se te ocurre algo, llamas... La campanilla no hay quien la
haga sonar. Te asomas  la puerta y me das una voz.

Aquel hombre, que saba desplegar tan variados recursos de palabra y de
ingenio cuando se propona mortificar  alguien, ya con feroz sarcasmo,
ya hiriendo con delicada crueldad las fibras ms irritables del corazn,
entenda maravillosamente el arte de agradar, cuando entraba en sus
miras.  doa Pura no la cogan de nuevas las demostraciones insinuantes
de su yerno; pero esta vez, sea porque fuesen acompaadas de la donacin
en metlico, sea porque Vctor extremara sus zalameras, la pobre seora
le tuvo por moralmente reformado  en camino de ello siquiera. Corridas
algunas horas, no pudo la _Miau_ ocultar  su cnyuge que tena dinero,
pues el disimular las riquezas era cosa enteramente incompatible con el
carcter y los hbitos de doa Pura. Interrogla Villaamil sobre la
procedencia de aquellos que modestamente llamaba _recursos_, y ella
confes que se los haba dado Vctor, por lo cual se puso D. Ramn muy
sobresaltado, y empez  mover la mandbula con saa, soltando de su
feroz boca algunos vocablos que asustaran  quien no le conociera.

--Pero qu simple eres!... Si no me ha dado ms que una miseria. Pues
qu queras t, que le mantenga yo el pico? Bonitos estamos para eso. Le
he acusado las cuarenta... clarito, clarito. Si se empea en estar aqu,
que contribuya  los gastos de la casa. Bah! qu cosas dices! Que ha
defraudado al Tesoro. Falta probarlo... sern cavilaciones tuyas. Vaya
usted  saber! Y en ltimo caso, es eso motivo para que viva  costa
nuestra?

Villaamil call. Tiempo haca que estaba resignado  que su seora
llevase los pantalones. Era ya achaque antiguo que cuando Pura alzaba el
gallo, bajase l la cabeza fiando al silencio la armona matrimonial.
Recomendronle, cuando se cas, este sistema, que cuadraba
admirablemente  su condicin bondadosa y pacfica. Por la tarde volvi
doa Pura  la carga, dicindole: Con este poco de barro hemos de tapar
algunos agujeros. Ve pensando en hacerte ropa. Es imposible que consiga
nada el que se presenta en los Ministerios hecho un mendigo, los tacones
torcidos, el sombrero del ao del hambre, y el gabn con grasa y flecos.
Desengate:  los que van as nadie les hace caso, y lo ms  que
pueden aspirar es  una plaza en San Bernardino. Y como ahora te han de
colocar, tambin necesitas ropa para presentarte en la oficina.

--Mujer, no me marees... No sabes el dao que me haces con esa confianza
de que no participo; al contrario, yo nada espero.

--Pues sea lo que sea; si te colocan, porque s, y si no, porque no,
necesitas ropa. El traje es casi casi la persona, y si no te presentas
como Dios manda, te mirarn con desprecio, y eres hombre perdido. Hoy
mismo llamo al sastre para que te haga un gabn. Y el gabn nuevo pide
sombrero, y el sombrero botas.

Villaamil se asust de tanto lujo; pero cuando Pura adoptaba el nfasis
gubernamental, no haba medio de contradecirla. Ni se le ocultaba lo
bien fundado de aquellas razones, y el valor social y poltico de las
prendas de vestir; y harto saba que los pretendientes bien trajeados
llevan ya ganada la mitad de la partida. Vino, pues, el sastre llamado
con urgencia, y Villaamil se dej tomar las medidas, taciturno y fosco,
como si ms que de gabn fuesen medidas de mortaja.

Con la entrada del sastre, tuvieron Paca y su marido comidilla para todo
el resto del da y parte de la noche.--No sabes, Mendizbal? Ha entrado
tambin un sombrero nuevo. Desde que estamos en esta casa, y va para
quince aos, no he visto entrar ms chisteras nuevas que la de hoy y la
que estren D. Basilio Andrs de la Caa, el que vivi en el tercero, 
los pocos das de venir Alfonso. Ser que va  haber revolucin?

--No me extraara--dijo Mendizbal,--porque ese Cnovas ha perdido los
papeles. El peridico dice que hay crisis.

--Debe de haberla, y ser que van  subir los de D. Ramn. T, quines
son los del seor Villaamil?

--Los del Sr. Villaamil son las nimas benditas... (echndose  reir).
Conque cobertera nueva y ropa maja? Pues mira, mujer, en vista de ese
lujo... asitico, voy  subir ahorita mismo con los recibos atrasados,
por si pagan todo  parte de lo que deben.  esta gente es menester
acecharla, para cogerla en el momento econmico, me entiendes?, en el
nterin, como quien dice, de tener dinero, que es ni visto ni odo.

Miraba el memorialista  su perro, el cual pareca decirle con su
expresiva geta: Arriba, mi amo, y no se descuide, que ahora tienen
guita. Vengo de all y estn como unas pascuas. Por ms seas, que han
trado un salchichn italiano, gordo como mi cabeza, y que huele 
gloria divina.

Subi, pues, Mendizbal, precedido del can. Casi siempre, cuando el
portero se apareca con aquellos fatdicos papeles en la mano, Villaamil
temblaba sintiendo herida su dignidad en lo ms vivo, y  doa Pura se
le pona la boca amarga, los labios descoloridos y el corazn rebosando
congoja y despecho. Ambos, cada cual en la forma propia de su
temperamento, alegaban razones mil para convencer  Mendizbal de lo
bueno que sera esperar al mes siguiente. Por dicha suya, el hombre
_gorilla_, aquel monstruo cuyas enormes manos tocaran el suelo  poco
que la cintura se doblase; aquel tipo de transicin zoolgica en cuyo
crneo parecan verse demostradas las audaces hiptesis de Darwin, no
ejerca con malos modos los poderes conferidos por el casero. Era, en
suma, Mendizbal, con su fealdad digna de la vitrina de cualquier museo
antropolgico, hombre benvolo, indulgente, compasivo, que se haca
cargo de las cosas. Senta lstima de la familia y verdadero afecto
hacia Villaamil. No apremiaba sino en trminos comedidos y amistosos, y
al rendir cuentas al casero echaba por aquella boca horrenda, rascndose
la oreja corta y chata, frases de intercesin misericordiosa en pro del
inquilino atrasado _por mor_ de la cesanta. Y gracias  esto, el
propietario, que no era de los ms dspotas, aguardaba con triste y
filosfica resignacin.

Cuando Villaamil y doa Pura no estaban en disposicin de pagar, aadan
 sus excusas algn oficioso prrafo con el memorialista, lisonjendole
y cayndose del lado de sus aficiones. Decale Villaamil: Pero cunto
ha visto usted en este mundo, amigo Mendizbal, y qu de cosas habr
presenciado tan trgicas, tan interesantes, tan...! Y el _gorilla_,
abarquillando los recibos, contestaba: La historia de Espaa no se ha
escrito todava, amigo D. Ramn. Si yo plumeara mis memorias, vera
usted... Doa Pura extremaba an ms la adulacin: El mundo anda
perdido. Mendizbal est en lo cierto: mientras haya libertad de cultos
y eso que llaman el racionalismo...! Total, que el portero se guardaba
los recibos, y  la seora se le alegraban las pajarillas. Ya tenamos
otro mes de respiro.

Pero aquel da en que, por merced de la Providencia, les era dado pagar
dos meses de los tres vencidos, ambos esposos rectificaron con cierta
arrogancia aquel criterio de asentimiento. Villaamil habl con discreta
autoridad de los ideales modernos, y doa Para, al verle embolsar los
billetes, dijo: Pero venga ac, Mendizbal, para que tiene esas ideas?
Y usted cree de buena fe que va  venir aqu D. Carlos con la
Inquisicin y todas esas barbaridades? Vamos, que es preciso estar
(apuntando  la sien) de la jcara para creer eso...

Mendizbal les contest con frases truncadas, mal aprendidas del
peridico que sola leer, y se alej refunfuando. Contraste increble:
se iba de mal humor siempre que llevaba dinero.




XIII


Antes de proseguir, evoquemos la doliente imagen de Luisa Villaamil,
muerta aunque no olvidada, en los das de esta humana crnica. Pero
retrocediendo algunos aos, la cogeremos viva. Vmonos, pues, al 68, que
marca el mayor trastorno poltico de Espaa en el siglo presente, y
seal adems graves sucesos en los azarosos anales de la familia
Villaamil.

Contaba Luisa cuatro aos ms que su hermana Abelarda, y era algo menos
insignificante que ella. Ninguna de las dos se poda llamar bonita; pero
la mayor tena en su mirada algo de _ngel_, un poco ms de gracia, la
boca ms fresca, el cuello y hombros ms llenos, y por fin, la
aventajaba ligeramente en la voz, acento y manera de expresarse. Las
escasas seducciones de entrambas no las realzaba una selecta educacin.
Se haban instrudo en tres  cuatro provincias distintas, cambiando de
colegio  cada triquitraque, y sus conocimientos, aun en lo elemental,
eran imperfectsimos. Luisa lleg  saber un francs macarrnico que
apenas le consenta interpretar, sobando mucho el Diccionario, la primer
pgina del _Telmaco_, y Abelarda lleg a farfullar dos  tres polcas,
martirizando las teclas del piano. De cuatro nias y un varn, frutos
del vientre de doa Pura, slo se lograron aquellas dos; las dems cras
perecieron  poco de nacer.  principios de 1868, desempeaba Villaamil
el cargo de Jefe Econmico en una capital de provincia de tercera clase,
ciudad arqueolgica, de corto y no muy brillante vecindario, famosa por
su catedral, y por la abundante cosecha de desportillados pucheros 
informes pedruscos romanos que al primer azadonazo salan del terruo.
En aquel _pueblo de pesca_ pas la familia de Villaamil la temporada
triunfal de su vida, porque all doa Pura y su hermana daban el tono 
las costumbres elegantes y hacan lucidsimo papel, figurando en primera
lnea en el escalafn social. Cay entonces en la oficina de Villaamil
un empleadillo joven y guapo, de la clase de aspirantes con cinco mil
reales, engendro reciente del caciquismo. Cmo fu  parar all Vctor
Cadalso, es cosa que no nos importa saber. Era andaluz, haba estudiado
parte de la carrera en Granada, se vino  Madrid sin blanca, y aqu,
despus de mil alternativas, encontr un padrinazgo de momio, que lo
lanz de un manotazo  la vida burocrtica, como se puede lanzar una
pelota.  poco de entrar en las oficinas de aquella provincia, hzose
muy de notar, y como tena atractivos personales, lenguaje vivo y
gracioso, buenas trazas para vestirse y desenvueltos modales, no tard
en obtener la simpata y agasajo de la familia del jefe, en cuya sala
(no hay manera de decir _salones_), bastante concurrida los domingos y
fiestas de guardar, fu desde la primera noche astro refulgente. Nadie
le igualaba en el donaire, generalmente equvoco, de la conversacin, en
improvisar pasatiempos ingeniosos, en dar sesiones de magnetismo,
prestidigitacin  nigromancia casera. Recitaba versos imitando  los
actores ms clebres, bailaba bien, contaba todos los cuentos de
Manolito Gzquez, y saba, como nadie, entretener  las seoras y
embobar  las nias. Era el _lin_ de la ciudad, el nmero uno de los
chicos elegantes, espejo de todos en finura, garbo y ropa. La alta
sociedad se reuna alternativamente en la casa de Villaamil, en la del
Brigadier gobernador militar, cuya esposa era una jamona de muchas
campanillas, en la de cierto personaje, que era el cacique, agente
electoral y dspota de la comarca; pero la casa en que haba ms
refinamientos sociales era la de Villaamil, y las seoras de Villaamil
las ms encumbradas y vanagloriosas. La esposa del cacique tena hijas
casaderas, la Brigadiera no las tena de ninguna edad, el Gobernador era
clibe; de modo que las del Jefe Econmico, las _cacicas_, la
Gobernadora militar y la Alcaldesa, boticaria por aadidura, componan
todo el mujero distinguido de la localidad. Eran las dueas del cotarro
elegante, las que reciban incienso de aquella espiritada juventud
masculina, con _chaquet_ y hongo, las que asombraban al pueblo
presentndose en los Toros (dos veces al ao) con mantilla blanca, las
que pedan para los pobres en la catedral el Jueves Santo, las que
visitaban al Obispo, las que daban el tono y reciban constantemente el
homenaje tcito de la imitacin. En aquellos tiempos le quedaban an 
Milagros algunos vestigios de su hermosa voz, mucha afinacin y todo el
comps. Todava, hacindose muy de rogar, casi casi  la fuerza, se
acercaba al piano, y soltando las rebaaduras de su arte, les largaba
all un par de cavatinas que hacan furor. Los palmoteos se oan desde
la cercana plaza de la Constitucin, y las alabanzas duraban toda la
noche, amenizando el baile y los juegos de prendas.

Ornamento de esta sociedad fu, desde que en ella se introdujo, Vctor
Cadalso, artista social digno de teatro mejor, y no con las facultades
marchitas como las de Milagros, sino en la plenitud de su poder y
lozana. Por esto sucedi lo que deba suceder, que Luisa se prend del
aspirante repentina y locamente, desde la primera noche que se vieron,
con ese amor explosivo en que los corazones parece que estn llenos de
plvora cuando los traspasa la inflamada flecha. Esto suele ocurrir en
las clases populares y en las sociedades primitivas, y pasa tambin
alguna vez en el seno del vulgo infatuado y sin malicia, cuando cae en
l, como rayo enviado del cielo, un ser revestido de apariencias de
superioridad. La pasin sbita de Luisa Villaamil fu tan semejante  la
de Julieta, que al da siguiente de hablarle por primera vez, no habra
vacilado en huir con Vctor de la casa paterna, si l se lo hubiera
propuesto. Siguieron al flechazo unos amoros furibundos. Luisa perdi
el sueo y el apetito. Haba carteo dos  tres veces al da y telgrafos
 todas horas. Por la noche espiaban la coyuntura de verse  solas,
aunque fuese breves momentos. La enamorada chica contaba sus tristezas y
sus alegrones  la luna,  las estrellas, al gato, al jilguero,  Dios y
 la Virgen. Hallbase dispuesta, si la ley de su amor se lo exiga, 
cualquier gnero de heroicidad, al martirio. Doa Pura no tard en
contrariar aquellos amores, porque soaba con el ayudante del Brigadier
para yerno; y Villaamil, que empez  columbrar en el carcter de Vctor
algo que no le agradaba, hubo de gestionar con el cacique para que le
trasladasen  otra provincia. Los amantes, guiados por la perspicacia
defensiva que el amor, como todo gran sentimiento, lleva en s,
olfatearon el peligro, y ante el enemigo se juraron fidelidad eterna,
resolviendo ser dos en uno, y antes morir que separarse, con todo lo
dems que en estos apretados lances se acostumbra. El delirio les
extraviaba, y la oposicin les precipit  estrechar de tal modo sus
lazos, que nadie fuera poderoso  desatarlos. En resolucin, que el amor
se sali con la suya, como suele. Trinaron los seores de Villaamil;
pero, pensndolo bien, qu remedio quedaba ms que arreglar aquel
desavo como se pudiese?

Luisa era toda sensibilidad, afecto y mimo; un ser desequilibrado,
incapaz de apreciar con sentido real las cosas de la vida. Vibraban en
ella el dolor y la alegra con morbosa intensidad. Tena  Vctor por el
ms cabal de los hombres, se extasiaba en su guapeza y era completamente
ciega para ver las jorobas de su carcter. Los seres y las acciones eran
como hechuras de su propia imaginacin, y de aqu su fama de escaso
mundo y discernimiento. Fue padrino del bodorrio el cacique, y su regalo
sacarle  Vctor una credencial de ocho mil, lo que agradecieron mucho
D. Ramn y su mujer, pues una vez incorporado Cadalso  la familia, no
haba ms remedio que empujarle y hacer de l un hombre.  poco estall
la Revolucin, y Villaamil, por deber aquel destino  un ntimo de
Gonzlez Brabo, qued cesante. Vctor tuvo aldabas y atrap un ascenso
en Madrid. Toda la familia se vino por ac, y entonces empezaron de
nuevo las escaseces, porque Pura haba tenido siempre el arte de no
ahorrar un cntimo, y una gracia especial para que la paga de primero de
mes hallase la bolsa ms limpia que una patena.

Volviendo  Luisa, spase que, comido el pan de la boda, segua
embelesada con su marido, y que ste no era un modelo. La infeliz nia
viva en ascuas, agrandando cavilosamente los motivos de su pena; le
vigilaba sin descanso, temerosa de que l partiese en dos su cario  se
lo llevase todo entero fuera de casa. Entonces empezaron las
desavenencias entre suegros y yerno, enconadas por enojosas cuestiones
de inters. Luisa pasaba las horas devorada por ansias y sobresaltos sin
fin, espiando  su marido, siguindole y contndole los pasos de noche.
Y el truhn, con aquella labia que Dios le di, saba desarmarla con una
palabrita de miel. Bastaba una sonrisa suya para que la esposa se
creyese feliz, y un monoslabo adusto para que se tuviera por
inconsolable. En Marzo del 69 vino al mundo Luisito, quedando la madre
tan desmejorada y endeble, que desde entonces pudieron, los que
constantemente la vean, augurar su cercano fin. El nio naci
raqutico, expresin viva de las ansias y aniquilamiento de su madre.
Pusironle ama, sin ninguna esperanza de que viviera, y estuvo todo el
primer ao si se va  no se va. Y por cierto que trajo suerte  la
familia, pues  los seis das de nacido, dieron al abuelo un destino con
ascenso, en Madrid, y de este modo pudo doa Pura bandearse en aquel
golfo de trampas, imprevisin y despilfarro. Vctor se enmend algo.
Cuando ya su mujer no tena remedio, mostrse con ella carioso y
solcito. Padeca la infeliz accesos de angustiosa tristeza  de alegra
febril, cuyo trmino era siempre un ataque de hemoptisis. En el ltimo
perodo de su enfermedad, el cario  su marido se le recrudeci en
trminos que pareca haber perdido la razn, y cuando l no estaba
presente, llambale  gritos. Por una de esas perversiones del
sentimiento que no se explican sin un desorden cerebral, su hijo lleg 
serle indiferente; trataba  sus padres y  su hermana con esquiva
sequedad. Toda la atencin de su alma era para el ingrato, para l todos
sus acentos de amor, y sus ojos haban eliminado cuantas hermosuras
existen en el mundo moral y fsico, quedndose tan slo con las que su
exaltada pasin fantaseaba en l.

Villaamil, que conoca la incorrecta vida de su yerno fuera de casa,
empez  tomarle aborrecimiento; Pura, ms conciliadora, dejbase
engatusar por las traidoras palabras de Cadalso, y  condicin de que
ste tratara con piedad y buenos modos  la pobre enferma, se daba por
satisfecha y perdonaba lo dems. Por fin, la demencia, que no otro
nombre merece, de la infortunada Luisa tuvo fatal trmino en una noche
de San Juan. Muri llorando de gratitud porque su marido la besaba
ardientemente y le deca palabras amorosas. Aquella maana haba sufrido
un ataque de perturbacin mental ms fuerte que los anteriores, y se
arroj del lecho pidiendo un cuchillo para matar  Luis. Juraba que no
era hijo suyo, y que Vctor le haba trado  la casa en una cesta,
debajo de la capa. Fu aquel da de acerbo dolor para toda la familia,
singularmente para el buen Villaamil que, sin ruidoso duelo exterior,
mudo y con los ojos casi secos, se desquici y desplom interiormente,
quedndose como ruina lamentable, sin esperanza, sin ilusin ninguna de
la vida; y desde entonces se le sec el cuerpo hasta momificarse, y fu
tomando su cara aquel aspecto de ferocidad famlica que le asemejaba 
un tigre anciano  intil.

La necesidad de un sueldo que permitiese economas, le lanz  colocarse
en Ultramar. Fu con un regular destino, de los que proporcionan buenas
obvenciones, y regres  los dos aos con algunos ahorros, que se
deshicieron pronto como granos de sal en la mar sin fondo de la
administracin de doa Pura. Emprendi segundo viaje con mejor empleo;
pero tuvo no s qu cuestiones con el Intendente, y volvi para ac en
los aciagos das de los cantonales. El Gobierno presidido por Serrano
despus del 3 de Enero del 74 le mand  Filipinas, donde se las
prometa muy felices; pero una cruel disentera le oblig  embarcarse
para Espaa sin ahorros, y con el propsito firme de desempear la
portera de un Ministerio antes que pasar otra vez el charco. No le fu
difcil volver  Hacienda, y vivi tres aos tranquilo, con poco sueldo,
siendo respetado por la Restauracin, hasta que en hora fatdica le
atizaron un _cese_ como una casa. Y el tremendo anatema cay sobre l
cuando slo le faltaban dos meses para jubilarse con los cuatro quintos
del sueldo regulador, que era el de Jefe de Administracin de tercera.
Acudi al Ministro, llam  distintas puertas; todas las intercesiones
fueron solicitadas sin xito. Poco  poco sucedi  la molesta escasez
la indigencia descarnada y aterradora; los recursos se concluan, y se
agotaron tambin los medios extraordinarios y arbitristas de sostener 
la familia.

Lleg por ltimo la etapa dolorossima para un hombre delicado como
Villaamil, de tener que llamar  la puerta de la amistad implorando
socorro  anticipo. Haba l prestado en mejor tiempo servicios de tal
naturaleza  algunos que se los agradecieron y  otros que no. Por qu
no haba de apelar al mismo sistema? Sobre todo, no poda discutirse si
estas postulaciones eran  no decorosas. El que se quema no se pone 
considerar si es conveniente  no sacudir los dedos. El decoro era ya
nombre vano, como la inscripcin impresa en la etiqueta de una botella
vaca. Poco  poco se gasta la vergenza, como se gasta el diente de una
lima, y las mejillas pierden la costumbre de colorearse. El desgraciado
cesante lleg  adquirir maestra terrible en el arte de escribir cartas
invocando  la amistad. Las redactaba con amplificaciones patticas, y
en un estilo que pareca oficial, algo parecido  los prembulos de las
leyes en que se anuncia al pas aumento de contribucin, verbigracia:
Es muy sensible para el Gobierno tener que pedir nuevos sacrificios al
contribuyente... Tal era el patrn, aunque el texto fuera otro.




XIV


Para completar las noticias biogrficas de Vctor, importa aadir que
tena una hermana llamada Quintina, esposa de un tal Ildefonso Cabrera,
empleado en el ferrocarril del Norte, buenas personas ambos, aunque algo
extravagantes. Faltndoles hijos, Quintina deseaba que su hermano le
encomendase la crianza de Luis, y quizs lo habra conseguido sin las
desavenencias graves que surgieron entre Vctor y su hermano poltico,
por cuestiones relacionadas con la mezquina herencia de los hermanos
Cadalso. Tratbase de una casa ruinosa y sin techo en el peor arrabal de
Vlez-Mlaga, y sobre si el tal edificio corresponda  Quintina  
Vctor, hubo ruidossimas querellas. La cosa era clara, segn Cabrera,
y para probar su diafanidad, no inferior  la del agua, puso el asunto
en manos de la curia, la cual, en poco tiempo, form sobre l un mediano
monte de papel sellado. Todo para demostrar que Vctor era un pillo, que
se haba adjudicado indebidamente la valiosa finca, vendindola y
guardndose su importe. El otro lo echaba  broma, diciendo que el
producto de su fraude no le haba alcanzado para un par de botas.  lo
que responda Ildefonso que no era por el huevo, sino por el fuero; que
no le incomodaba la prdida material, sino la frescura de su cuado; y
por esta y otras razones le lleg  cobrar odio tan profundo, que
Quintina temblaba por Vctor cuando ste iba  la casa. Cabrera tena el
genio tan atropellado, que un da por poco descarga sobre Vctor los
seis tiros de su revlver. La hermana de Cadalso deseaba que el pleito
se transigiera y concluyesen aquellas enojosas cuestiones; y cuando su
hermano fu  verla,  los pocos das de llegar de Valencia
(aprovechando la ocasin en que la fiera de Ildefonso recorra el trozo
de lnea de que era inspector), le propuso esto: Mira, si me das  tu
Luis, yo te prometo desarmar  mi marido, que desea tanto como yo tener
al nio en casa. Trato inaceptable para Vctor, que aunque hombre de
entraas duras, no osaba arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus
abuelos. Quintina, firme en su pretensin, argumentaba: Pero no ves
que esa gente te lo va  criar muy mal? Lo de menos seran los resabios
que ha de adquirir; pero es que le hacen pasar hambres al ngel de Dios.
Ellas no saben cuidar criaturas ni en su vida las han visto ms gordas.
No saben ms que suponer y pintar la mona; ni se ocupan ms que de si
tal artista cant  no cant como Dios manda, y su casa parece un
herradero.

Aunque se trataban las _Miaus_ y Quintina, no se podan ver ni en
pintura, porque la de Cadalso, que era una buena mujer (con lo cual
dicho se est que no se pareca  su hermano), tena el defecto de ser
excesivamente curiosa, refistolera, entrometida, olfateadora. Al visitar
 las Villaamil, no entraba en la sala, sino que se iba de rondn al
comedor, y ms de una vez hubo de colarse en la cocina y destapar los
pucheros para ver lo que en ellos se guisaba.  Milagros, con esto, se
la llevaban los demonios. Todo lo preguntaba Quintina, todo lo quera
averiguar y en todo meter sus vidas narices. Daba consejos que no le
pedan, inspeccionaba la costura de Abelarda, haca preguntas capciosas,
y en medio de su chchara impertinente, se dejaba caer con alguna
reticencia burlona, como quien no dice nada.

 Cadalsito le quera con pasin. Nunca se iba de casa sin verle, y
siempre le llevaba algn regalillo, juguete  prenda de vestir. 
veces, se plantaba en la escuela y mareaba al maestro preguntndole por
los adelantos del rapaz,  quien sola decir: No estudies, corazn, que
lo que quieren es secarte los sesitos. No hagas caso; tiempo tienes de
echar talento. Ahora come, come mucho, engorda y juega, corre y
divirtete todo lo que te pida el cuerpo. En cierta ocasin, observando
 las _Miaus_ bastante tronadas, les propuso que le dieran el chico;
pero doa Pura se indign tanto de la propuesta, que Quintina no hubo de
plantearla ms sino en broma. Al bajar de la visita, echaba siempre una
parrafada con los memorialistas  fin de sonsacarles mil menudencias
sobre los del cuarto segundo; si pagaban  no la casa, si deban mucho
en la tienda (aunque este conocimiento lo sola beber en ms limpias
fuentes), si volvan tarde del teatro, si la _sosa_ se casaba al fin con
el _gil_ de Ponce, si haba entrado el zapatero con calzado nuevo... En
fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espa
siempre alerta.

Eran sus costumbres absolutamente distintas de las de sus vctimas. No
frecuentaba el teatro, viva con orden admirable, y su casa de la calle
de los Reyes era lo que se dice una tacita de plata. Fsicamente, vala
Quintina menos que su hermano, que se llev toda la guapeza de la
familia; era graciosa, mas no bella; bizcaba de un ojo, y la boca pecaba
de grande y deslucida, aunque la adornase perfecta dentadura. Viva el
matrimonio Cabrera pacficamente y con desahogo, pues adems del sueldo
de inspector, disfrutaba Ildefonso las ganancias de un trfico hasta
cierto punto clandestino, que consista en traer de Francia objetos para
el culto y venderlos en Madrid  los curas de los pueblos vecinos y aun
al clero de la Corte. Todo ello era gnero barato, de cargazn, producto
de la industria moderna que no pierde ripio, y sabe explotar la penuria
de la Iglesia en los difciles tiempos actuales. Cabrera tena sus
socios en Hendaya y entendase con ellos, llevndoles telas,
cornucopias, plata de ley, algn cuadro y otras antiguallas substradas
 las fbricas de los templos de Castilla, un da opulentos y hoy
pobrsimos. El toque de este comercio estaba, segn indicaciones
maliciosas, en que al ir y venir pasaban las mercancas la frontera
francas de derechos; pero esto no se ha comprobado. De ordinario, la
quincalla eclesistica que Cabrera introduca (objetos de latn dorado,
todo falso, frgil, pobre y de mal gusto) era tan barata en los centros
de produccin y se venda tan bien aqu, que soportaba sin dificultad el
sobreprecio arancelario. En otras pocas, cuando empezaba este negocio,
sola Quintina introducirse en la sacrista de cualquier parroquia con
un bulto bajo el mantn, como quien va  pasar matute, y susurrar al
odo del ecnomo: Quieren ustedes ver un cliz que da la hora? Y se
pasmarn los seores del precio. La mitad que el gnero Meneses... Pero
en breve la seora renunci al papel de chalana, y recibi en su casa 
los clrigos de Madrid y pueblos inmediatos. ltimamente importaba
Cabrera enormes partidas de estampitas para premios  primera comunin,
grandes cromos de los dos Sagrados Corazones, y por fin, agrandando y
extendiendo el negocio, trajo surtidos de imgenes vulgarsimas, los San
Joss por gruesas, los nios Jess y las Dolorosas  granel y en
variados tamaos, todo al estilo devoto francs, muy relamido y
charolado, doraditas las telas  la bizantina, y las caras con chapas de
rosicler, como si en el cielo se usara ponerse colorete. No s si
consista en el trato familiar con las cosas santas  en una disposicin
de carcter el que Quintina fuera radicalmente escptica. Lo cierto es
que cumpla yendo  misa de Pascuas  Ramos y rezando un poco, por aeja
rutina, al acostarse. Y nada de hociqueos con sacerdotes, como no fuera
para encajarles el _artculo_  sonsacarles alguna casulla vieja de
brocado, hecha un puro jirn.

Cadalsito iba de tiempo en tiempo  casa de la de Cabrera y se
embelesaba contemplando las estampas. Cierto da vi un Padre Eterno, de
luenga y blanca barba, en la mano un mundo azul, imagen que le
impresion mucho. Se derivaba de esto el fenmeno extrasimo de sus
visiones? Nadie lo sabe; nadie quizs lo sabr nunca. Pero,  lo mejor,
prohibile su abuela volver  la casa aquella repleta de santos,
dicindole: Quintina es una picarona que te nos quiere robar para
venderte  los franceses. Cadalsito cogi miedo, y no volvi  parecer
por la calle de los Reyes.

Tampoco Villaamil tragaba  Ildefonso, que era atrozmente sincero en la
emisin de sus opiniones, desconsiderado y  veces groserote. En otro
tiempo iban  la misma tertulia de caf; pero desde que Cabrera dijo que
el planteamiento del _income tax_ en Espaa era un desatino, y que tal
cosa no se le ocurra  nadie que tuviera sesos, Villaamil le tom
ojeriza. Se encontraban... saludo al canto, y hasta otra. Doa Pura
reservaba para Cabrera motivos de odio ms graves que aquel criterio
despiadado sobre el _income tax_. En jams de los jamases les haba
obsequiado aquel _to_ con billetes  mitad de precio para una
excursioncita veraniega. Vctor hablaba perreras de su cuado,
vengndose de los malos ratos que el otro le haca pasar con exhortos,
notificaciones y comparecencias. Para Vctor era de rbrica que Cabrera
burlaba el rigor de la Aduana en sus tradas de material eclesistico y
exportaciones de guiapos artsticos. Y no slo robaba al Estado, sino 
la empresa, porque en los comienzos del negocio confiaba sus paquetes 
los conductores, y despus, cuando aqullos se trocaron en voluminosas
cajas y no quiso exponerse  un rspice de los jefes, facturaba, s,
pero aplicando  sus mercancas de lujo la tarifa de _envases de
retorno_  maderas de construccin. En sus declaraciones de Aduanas
haba cosas muy chuscas. Cmo creen ustedes que declar una caja llena
de San Joss?--deca Vctor.--Pues la declar _piedras de chispa_. Como
l haca favores  los vistas, stos le pasaban aquellos manifiestos
incongruentes; y los incensarios de bronce, qu eran?... _ferretera
ordinaria_; y los ternos de tela barata?... _paraguas sin armar y
corss en bruto_.




XV


En los das subsiguientes, Pura sald algunas cuentas de las que ms la
agobiaban; trajo  casa diversas prendas de ropa de las ms
indispensables, y en la mesa restableci el trato de los das felices.
La _pudorosa Ofelia_ se pasaba las horas muertas en la cocina, pues
insensiblemente iba tomando aficin al arte de Vatel, tan distinto
Mara Santsima! del de Rossini, y senta verdadero goce espiritual en
perfeccionarse en l, lanzndose  inventar  componer algn plato.
Cuando haba provisiones, , si se quiere, asunto artstico, la
inspiracin se encenda en ella, y trabajaba con ahinco, entonando 
media voz por aeja costumbre y con afinacin perfecta, algn tiernsimo
fragmento, como el _moriamo insieme, ah! s, moriamo_...

Todas las noches que las _Miaus_ no iban  la pera, la sala llenbase
de gente. _Aliquando_, la esplndida doa Pura obsequiaba  los actores
con dulces y pastas, lo que haca creer  la tertulia que Villaamil
estaba ya colocado  al menos con un pie dentro de la oficina. La
combinacin, sin embargo, no acababa de salir, porque el Ministro, harto
de recomendaciones y compromisos, no se resolva  darle la ltima mano.
Creca, pues, en la familia la incertidumbre y Villaamil hundase ms y
ms en su estudiado pesimismo, llegando al extremo de decir: Antes
veremos salir el sol por Occidente que  m entrar en la oficina.

Desde el segundo da de su llegada, Vctor no se recataba de nadie.
Entraba y sala con libertad; pasaba  la sala  las horas de tertulia,
pero sin echar races en ella, porque tal sociedad le era atrozmente
antiptica. Desarmada Pura por la generosidad de su hijo poltico, se
compadeci de verle dormir en el duro sof del comedor, y por fin
convinieron las tres _Miaus_ en ponerle en la habitacin de Abelarda,
previa la traslacin de sta  la de su ta Milagros, que era la de
Luisito. La _pudorosa Ofelia_ se fu  dormir  la alcoba de su hermana,
en angostsimo catre.  D. Ramn no le supieron bien estos arreglos,
porque lo que l deseara era ver salir  su yerno  cajas destempladas.
En la Direccin de Contribuciones, su amigo Pantoja le haba dicho que
Vctor pretenda el ascenso, y que tena un expediente cuya resolucin
poda serlo funesta si algn padrino no arrimaba el hombro. Era cosa de
la Administracin de Consumos,  irregularidades descubiertas en la
cuenta corriente que Cadalso llevaba con los pueblos de la provincia.
Pareca que en la relacin de apremios no figuraban algunos pueblos de
los ms alcanzados, y se crea que Cadalso obraba en connivencia con los
alcaldes morosos. Tambin dijeron  Villaamil que el reparto de
consumos, propuesto en el ltimo semestre por Vctor, estaba hecho de
tal modo que _saltaba  la vista_ el chanchullo y que el jefe no haba
querido aprobarlo.

De estas cosas no habl Villaamil ni una palabra con su yerno. En la
mesa, el primero estaba siempre taciturno y Cadalso muy decidor, sin
conseguir interesar vivamente en lo que deca  ninguno de la familia.
Con Abelarda echaba largos parlamentos, si por acaso se encontraban
solos  en el acto interesante de acostar  Luis. Gustaba el padre de
observar el desarrollo del nio y vigilar su endeble salud, y una de las
cosas en que principalmente pona cuidado era en que le abrigaran bien
por las noches y en vestirle con decencia. Mand que se le hiciera
ropa, lo compr una capita muy mona y traje completo azul con medias del
mismo color. Cadalsito, que era algo presumido, no poda menos de
agradecer  su pap que le pusiera tan majo. Pero en lo tocante a ropa
nueva, nada es comparable al lujo que despleg en su persona el mismo
Vctor al poco tiempo de llegar  Madrid. Cada da traale el sastre una
prenda flamante, y no era ciertamente su sastre como el de Villaamil, un
_artista_ de poco ms  menos, casi de portal, sino de los ms afamados
de Madrid. Y que no luca poco la gallarda figura de Vctor con aquel
vestir correcto y airoso, no exento de severidad, que es el punto y filo
de la verdadera elegancia, sin cortes ni colores llamativos! Abelarda le
observaba con disimulo, solapadamente, admirando y reconociendo en l al
mismo hombre excepcional que algunos aos antes le sorbi el seso  su
desgraciada hermana, y senta en su alma depsito inmenso de indulgencia
hacia el joven tan vivamente denigrado por toda la familia. Aquel
depsito pareca pequeo mientras no se vea de l sino la mal explorada
superficie; pero luego, cavando, cavando, se vea que era inagotable,
quizs infinito, como grande y riqusima cantera. Y qu vetas purpreas
se encontraban en la masa; qu rfagas brillantes; algo como venas
henchidas de sangre  como el material de las piedras preciosas
derretido y consolidado por los siglos en el seno de la tierra! La
indulgencia se le suba del corazn al pensamiento en esta forma: No,
no puede ser tan malo como dicen. Es que no le comprenden, no le
comprenden.

La idea de no ser comprendido la haba expresado Vctor muchas veces, no
slo en aquella temporada, sino en otra ms antigua, dos aos antes,
cuando pas algunos meses con la familia. Cmo haban de comprender las
pobres cursis  un ser de esfera  casta superior  la de ellas por la
figura, los modales, las ideas, las aspiraciones y hasta por los
defectos? Abelarda retroceda con la imaginacin  los tiempos pasados,
y estudiando sus sentimientos con respecto  Vctor, se reconoca
poseedora de ellos aun en vida de la pobre Luisa. Cuando todos en la
casa hablaban pestes de l, Abelarda consolaba  su hermana con
especiosas defensas del prfido  volviendo por pasiva sus faltas. No
tiene Vctor la culpa de que todas las mujeres le quieran, sola decir.

Muerta su hermana, Abelarda sigui admirando en silencio al viudo.
Cierto que haba dado disgustos y jaquecas sin fin  la difunta; pero
ello consista en la fatalidad de su buena figura. Sin saber cmo, 
veces por delicadeza, se vea cogido en lazos amorosos  en trampas que
le tendan las picaras mujeres. Pero tena buen fondo; con la edad
sentara un poco la cabeza, y slo necesitaba una mujer de corazn y de
temple que le sujetase, combinando el cario con la severidad. La
desdichada Luisa no serva para el caso. Cmo haba de practicar este
difcil rgimen una mujer que por cualquier motivo ftil se echaba 
llorar; una mujer que en cierta ocasin cay con un sncope porque su
marido, al entrar en casa, traa el lazo de la corbata hecho de manera
muy distinta de como ella se lo hiciera al salir?

En los das de este relato, costbale  la insignificante gran esfuerzo
el disimular la turbacin que su cuado produca en ella al dirigirle la
palabra.  veces un gozo ntimo y bullicioso, con inflexiones de
travesura, le retozaba en el corazn, como insectillo parsito que
anidase en l y tuviera cras;  veces era una pena gravativa que la
agobiaba. En toda ocasin sus respuestas eran vacilantes, desentonadas,
sin gracia ninguna.

--Pero es de veras que te casas con ese pjaro frito de Ponce?--le dijo
l una noche, cuando apostaba al pequeo.--Buena boda, hija. Qu
envidia te tendrn tus amigas! No  todas les cae esa breva.

--Djame  m... tonto, mala persona.

Otra noche, demostrando vivo inters por la familia, Vctor le indic:
Mira, Abelarda, no esperes que coloquen  tu pap. La combinacin est
hecha, pero no se publica todava. No va en ella. Me lo han dicho
reservadamente. Ya comprenders cunto lo deploro. El pobre seor tan
lleno de ilusiones!... porque, aunque l diga que no espera nada, no
hace otra cosa el infeliz. Cuando se desengae recibir un golpe
tremendo. Pero no tengas cuidado; mi ascenso es seguro, tengo mejor
arrimo que tu padre, y como he de quedarme en Madrid, no os abandonar;
ten por cierto que no. Os he dado muchos disgustos, y mi conciencia
necesita descargarse. Por mucho que haga en beneficio vuestro, no
acabar de quitarme este peso.

--No, no es malo--pensaba Abelarda reconcentrndose en sus
cavilaciones.--Y todo eso que dice de que no cree en Dios es msica,
guasa, por divertirse conmigo y hacerme rabiar. Porque eso s; echa por
aquella boca cosas muy extraas, que no se le ocurren  nadie. No es
malo, no; es travieso, y tiene mucho talento, pero mucho. Slo que no le
sabemos entender.

En lo de no ser entendido insista Vctor siempre que vena  pelo.
Mira t, Abelarda, esto que te digo no debiera parecerte  ti una
barbaridad, porque t me comprendes algo; t no eres vulgo,  al menos
no lo eres del todo,  vas dejando de serlo.

 solas se descorazonaba la pobre joven, achicndose con implacable
modestia. S, por ms que l diga que no, vulgo soy, y qu vulgo Dios
mo! De cara... psh; soy insignificante; de cuerpo no digamos; y aunque
algo valiera, cmo haba de lucir mal vestida, con pingos aprovechados,
compuestos y vueltos del revs? Luego soy ignorantsima; no s nada, no
hablo ms que tonteras y vaciedades, no tengo salero ninguno. Soy una
calabaza con boca, ojos y manos. Qu pnfila soy, Dios mo, y qu
sosaina! Para qu nac as?




XVI


Siempre que Vctor entraba en la casa, mirbale Abelarda cual si llegase
de regiones sociales muy superiores. En su andar lo mismo que en sus
modales, en su ropa lo mismo que en su cabellera, traa Vctor algo que
se despegaba de la pobre vivienda de las _Miaus_, algo que rea con
aquel hogar destartalado y pedestre. Y las entradas y salidas de Cadalso
eran muy irregulares.  menudo coma de fonda con sus amigos; iba al
teatro un da s y otro tambin; y hasta se di el caso de pasarse toda
la noche fuera. No siempre estaba de buen talante; tena rachas de
tristeza, durante las cuales no se le sacaba palabra en todo el da.
Pero otros estaba muy parlanchn, y como sus suegros no le hacan
maldito caso, despachbase con su hermana poltica. Los ratos de pltica
 solas, no eran muchos; pero l saba aprovecharlos, conociendo el
dinamismo de su persona y de su conversacin sobre el turbado espritu
de la insignificante.

Luisito andaba malucho, llegando su desazn al punto de guardar cama:
doa Pura y Milagros fueron aquella noche al Real, Villaamil al caf, en
busca de noticias de la combinacin, y Abelarda se qued cuidando al
chiquillo. Cuando menos lo pensaba, llaman  la puerta. Era Vctor, que
entr muy gozoso, tarareando un tango zarzuelero. Enterse de la
enfermedad de su hijo, que ya estaba durmiendo, le oy respirar,
reconoci que la fiebre, caso de haberla, era levsima, y despus se
puso  escribir cartas en la mesa del comedor. Su cuada le vigilaba con
disimulo; dos  tres veces pas por detrs de l fingiendo tener que
trastear algo en el aparador, y echando furtiva ojeada sobre lo que
escriba. Carta de amores era sin duda por lo larga, por lo metido de la
letra y por la febril facilidad con que Vctor plumeaba. Pero no pudo
sorprender ni una frase ni una slaba. Concluida la misiva, Cadalso
trab conversacin con la joven, que sali  coser al comedor.

--Oye una cosa--le dijo, apoyando el codo en la mesa y la cara en la
palma de la mano.--Hoy he visto  tu Ponce. Sabes que he variado de
opinin? Te conviene; es buen muchacho, y ser rico cuando se muera su
to el notario, de quien dicen va  ser nico heredero... Porque no
hemos de atendernos al criterio del amigo Ruiz segn el cual no hay
felicidad como estar  la cuarta pregunta... Si Federico tuviera razn,
y yo me dejara llevar de mis sentimientos, te dira que Ponce no te
conviene, que te convendra ms otro; yo, por ejemplo...

Abelarda se puso plida, desconcertndose de tal modo, que sus esfuerzos
por reir no le dieron resultado alguno.

--Qu tonteras dices!... Jess, siempre has de estar de broma!

--Bien sabes t que esto no lo es (ponindose muy serio). Hace dos aos,
una noche, cuando vivais en Chamber, te dije: Abelardilla, me gustas.
Siento que el alma se me desmigaja cuando te veo...  que no te
acuerdas? T me contestaste que... No s cmo fu la contestacin; pero
vena  significar que si yo te quera, t... tambin.

--Ay, qu embustero!... Quita all! Yo no dije tal cosa.

--Entonces, lo so yo?... Como quiera que sea, despus te enamoraste
locamente de esa preciosidad de Ponce.

--Yo... enamorarme... T ests malo.. Pues s, pongamos que me enamor.
Y  ti qu te importa?

--Me importa, porque en cuanto yo me enter de que tena un rival, volv
mi corazn hacia otra parte. Para que veas lo que es el destino de las
personas: hace dos aos estuvimos casi  punto de entendernos; hoy la
desviacin es un hecho. Yo me fu, t te fuiste, nosotros nos fuimos. Y
al encontrarnos otra vez, qu pasa? Yo estoy en una situacin muy rara
con respecto  ti. El corazn me dice: enamrala, y en el mismo
momento sale, no s de dnde, otra voz que me grita: mrala y no la
toques.

--Qu me importa  m nada de eso (ahogndose), si yo no te quiero  ti
ni pizca ni te puedo querer?

--Lo s, lo s... No necesitas jurrmelo. Hemos convenido en que no
tiene el diablo por dnde desecharme. Me aborreces, como es lgico y
natural. Pues mira t lo que son las cosas. Cuando una persona me
aborrece,  m me dan ganas de quererla, y  ti te quiero, porque me da
la gana, ya lo sabes, ea... y ole morena, como dice tu pap.

--Qu cosas tienes!... Ay, qu tonto! (proponindose estar seria, y
echndose  reir).

--No, si yo no te engao ni te engaar nunca. Crasla  no la creas,
all va la verdad. Te quiero y no debo quererte, porque eres demasiado
angelical para m. No puedes ser ma sino por el matrimonio, y el
matrimonio, esa mquina absurda que slo funciona bien para las personas
vulgares, no nos sirve en estos momentos. Bueno  malo, como t quieras
suponerme, tengo, aunque parezca inmodestia, una misin que cumplir:
aspiro  algo peligroso y difcil, para lo cual necesito ante todo
libertad; corro desalado hacia un fin, al cual no llegara si no fuera
solo. Acompaado me quedar  la mitad del camino. Adelante, adelante
siempre (con afectacin teatral). Qu impulso me arrastra? La
fatalidad, fuerza superior  mis deseos. Vale ms estrellarse que
retroceder. No puedo volver atrs ni llevarte conmigo. Temo envilecerte.
Y si tuvieras la inmensa desgracia de ser mujer de este miserable...
(cerrando los ojos y extendiendo la mano como para apartar una sombra).
No, rechacemos con energa semejante idea... Te quiero lo bastante para
no traerte jams  mi lado. Si algn da... (con sonsonete
declamatorio), si algn da me alucino y cometo la torpeza insigne de
decirte que te amo, de pedirte tu amor, desprciame; no te dejes llevar
de tu inmensa bondad; arrjame de ti como  un animal daino, porque ms
te valiera morir que ser ma.

--Pero di, te has propuesto marearme? (trmula y disimulando su
turbacin con la tentativa frustrada de enhebrar una aguja). Qu
disparates son esos que me dices? Si yo no he de... hacerte caso... 
qu viene eso de que me mate  que me muera  que me lleven los
demonios?

--Ya s que no me quieres. Lo nico que te pido, y te lo pido como un
favor muy grande, es que no me aborrezcas, que me tengas compasin.
Djame  m, que yo me entiendo solo, guardando con avaricia estas
ideas para consolarme con ellas. En medio de mis desgracias, que t no
conoces, tengo un alivio, y es saber vivir en lo ideal y fortificar mi
alma con ello. Tu destino es muy diferente al mo, Abelarda. Sigue tu
senda, que yo voy por la ma, llevado de mi fiebre y de la rapidez
adquirida. No contrariemos la fatalidad que todo lo rige. Quizs no
volvamos  encontrarnos. Antes de que nos separemos, te voy  dar un
consejo: si Ponce no te es desagradable, csate con l. Basta con que no
te sea desagradable. Si no te gusta, si no encuentras otro que tenga los
ojos menos hmedos, renuncia al matrimonio... Es el consejo de quien te
quiere ms de lo que t piensas... Renuncia al mundo, entra en un
convento, consgrate  un ideal y  la vida contemplativa. Yo no tengo
la virtud de la resignacin, y si no consigo llegar  donde pienso, si
mi sueo se convierte en humo, me pegar un tiro.

Lo dijo con tanta energa y tal acento de verdad, que Abelarda se lo
crey, ms impresionada por aquel disparate que por los otros que
acababa de oir.

--No hars tal. Matarte! Eso s que no me hara gracia... (cazando al
vuelo una idea). Pero qui! todo eso de la desesperacin y el tirito es
porque tienes por ah algn amor desgraciado. Alguien habr que te
atormenta. Bien merecido lo tienes, y yo me alegro.

--Pues mira, hija (variando de registro), lo has dicho en broma, y
quizs, quizs aciertes...

--Tienes novia? (fingiendo indiferencia).

--Novia, lo que se dice novia... no.

--Vamos, algn amor.

--Llmalo fatalidad, martirio...

--Dale con la dichosa fatalidad... Di que ests enamorado.

--No s qu responderte (afectando una confusin bonita y muy del caso).
Si te digo que s, miento; y si te digo que no, miento tambin. Y
habindote asegurado que te quiero  ti, en qu juicio cabe la
posibilidad de interesarme por otra? Todo ello se explicar
distinguiendo entre un amor y otro amor. Hay un cario santo, puro y
tranquilo, que nace del corazn, que se apodera del alma y llega  ser
el alma misma. No confundamos este sentimiento con las ebulliciones
enfermizas de la imaginacin, culto pagano de la belleza, anhelo de los
sentidos, en el cual entra tambin por mucho la vanidad, fundada en la
jerarqua de quien nos ama. Qu tiene que ver esta desazn, accidente y
pasatiempo de la vida, con aquella ternura inefable que inspira al alma
deseo de fundirse con otra alma, y  la voluntad el ansia del
sacrificio...?

No sigui, porque con sutil instinto comprenda que la excesiva sutileza
le llevaba  la ridiculez. Para la pobre Abelarda, estos conceptos
ardorosos, pronunciados con cierta mmica elegante por aquel hombre
guapsimo que, al decirlos, pona en sus ojos negros expresin tan dulce
y pattica, eran lo ms elocuente que haba odo en su vida, y el alma
se le desgarraba al escucharlos. Comprendiendo el efecto, Vctor buscaba
en su mente discursiva nuevos arbitrios para seguir sorbiendo el seso 
la cuitada joven. All le solt algunas frases ms, paradjicas y
acaloradas, en contradiccin con las anteriores; pero Abelarda no se
fijaba en lo contradictorio. La honda impresin de los ltimos conceptos
borraba en su mente la de los primeros, y se dejaba arrastrar por aquel
torbellino, entre un hervidero de sentimientos encontrados, curiosidad,
amor, celos, gozo y rabia. Vctor doraba sus mentiras con metforas y
anttesis de un romanticismo pesimista que est ya mandado recoger. Mas
para la seorita Villaamil, la quincalla deslucida y sin valor era oro
de ley, pues su escasa instruccin no le permita quilatar los textos
olvidados de que Vctor tomaba aquella monserga de la fatalidad. El
volvi  la carga, dicindole en tono un tanto lgubre:

--No puedo seguir hablando de esto. Lo que no debe ser, no es. Comprendo
que convendra ms entregarme  ti... quizs me salvaras. Pero no, no
me quiero salvar. Debo perderme, y llevarme conmigo este sentimiento que
no merec, este rayo celestial que guardo con susto como si lo hubiera
robado.. En m tienes un trasunto del Prometeo de la fbula. He
arrebatado el fuego celeste, y en castigo de esto, un buitre me roe las
entraas.

Abelarda, que no saba nada de Prometeo, se asust con aquello del
buitre; y el otro, satisfecho de su triunfo, prosigui as:

--Soy un condenado, un rprobo... No puedo pedirte que me salves, porque
la fatalidad lo impedira. Por tanto, si ves que me llego  ti y te digo
que te quiero, no me creas... es mentira, es un lazo infame que te
tiendo; desprciame, arrjame de tu lado; no merezco tu cario, ni tu
compasin siquiera...

La insignificante, con inmensa pena y desaprobacin de s misma, pens:
Soy tan pava y tan vulgar, que no se me ocurre nada qu responder 
estas cosas tan remontadas y tan sentidas que me est diciendo. Di un
gran suspiro y le mir, con vivos deseos de echarle los brazos al cuello
exclamando: Te quiero yo  ti ms de lo que t puedes suponer. Pero no
hagas casos de m, no merezco nada, ni valgo lo que t. Quiero gozarme
en la amargura de quererte sin esperanza.

Vctor, sostenindose la cabeza con ambas manos, espaciaba sus
distrados ojos por el hule de la mesa, ceudo y suspirn, hacindose el
romntico, el no comprendido, algo de ese tipo de Manfredo, adaptado 
la personalidad de mancebos de botica y oficiales de la clase de
quintos. Despus la mir con extraordinaria dulzura, y tocndole el
brazo, le dijo: Ah! cunto te hago sufrir con estas horribles
misantropas que no pueden interesarte! Perdname; te ruego que me
perdones. No estoy tranquilo si no dices que s. Eres un ngel, no soy
digno de ti, lo reconozco. Ni siquiera aspiro  merecerte; sera
insensato atrevimiento. Slo pretendo por ahora que me comprendas... Me
comprenders?

Abelarda llegaba ya al lmite de sus esfuerzos por disimular el ansia y
la turbacin. Pero su dignidad poda mucho. No quera entregar el
secreto de su alma, sin defenderlo hasta morir; y al cabo, con supremo
herosmo, solt una risa que ms bien pareca la hilaridad espasmdica
que precede  un ataque de nervios, diciendo  Cadalso:

--Vaya si te comprendo... Te haces el pillo, te haces el malo... sin
serlo, para engaarme. Pero  m no me la pegas... Tonto de capirote...
yo s ms que t. Te he calado. Qu mana de que te aborrezcan, si no
lo has de conseguir?...




XVII


Luisito empeor. Tratbase de un catarro gstrico, achaque propio de la
infancia, y que no tendra consecuencias, atendido  tiempo. Vctor,
intranquilo, trajo al mdico, y aunque su vigilancia no era necesaria
porque las tres _Miaus_ cuidaban con mucho cario al enfermito, y hasta
se privaron durante varias noches de ir  la pera, no cesaba de
recomendar la esmerada asistencia, observando  todas horas  su hijo,
arropndole para que no se enfriara y tomndole el pulso.  fin de
entretenerle y alegrar su nimo, cosa muy necesaria en las enfermedades
de los nios, le llev algunos juguetes, y su ta Quintina tambin
acudi con las manos llenas de cromos y estampas de santos, el
entretenimiento favorito de Luis. Debajo de las almohadas lleg  reunir
un sinnmero de baratijas y embelecos, que sacaba  ciertas horas para
pasarles revista. En aquellas noches de fiebre y de mal dormir,
Cadalsito se haba imaginado estar en el prtico de las Alarconas  en
el sillar de la explanada del Conde-Duque; pero no vea  Dios, , mejor
dicho, slo le vea  medias. Presentbasele el cuerpo, el ropaje
flotante y de incomparable blancura;  veces distingua confusamente las
manos, pero la cara no. Por qu no se dejaba ver la cara? Cadalsito
lleg  sentir gran afliccin, sospechando que el Seor estaba enfadado
con l. Y por qu causa?... En una de las estampitas que su padre le
haba trado, estaba Dios representado en el acto de fabricar el mundo.
Cosa ms fcil!... Levantaba un dedo, y salan el cielo, el mar, las
montaas... Volva  levantar el dedo, y salan los leones, los
cocodrilos, las culebras enroscadas y el ligero ratn... Pero la lmina
aqulla no satisfaca al chicuelo. Cierto que el Seor estaba muy bien
pintado; pero no era, no, tan guapo y respetuoso como su amigo.

Una maana, hallndose ya Luis limpio de calentura, entr su abuelo 
visitarle. Parecile al chico que Villaamil sufra en silencio una gran
pena. Ya, antes de llegar el viejo, haba odo Luis un run-run entre las
_Miaus_, que le pareci de mal agero. Se susurraba que no haba sitio
en la combinacin. Cmo se saba? Cadalsito recordaba que por la maana
temprano, en el momento de despertar, haba odo  doa Pura diciendo 
su hermana: Nada por ahora... Valiente mico nos han dado. Y no hay duda
ya; me lo ha dicho Vctor, que lo averigu anoche en el Ministerio.

Estas palabras, impresas en la mente del chiquillo, las relacion luego
con la cara de ajusticiado del abuelo cuando entr  verle. Luis, como
nio, asociaba las ideas imperfectamente, pero las asociaba, poniendo
siempre entre ellas afinidades extraas sugeridas por su inocencia. Si
no hubiera conocido  su abuelo como le conoca, le habra tenido miedo
en aquella ocasin, porque en verdad su cara era cual la de los ogros
que se zampan  las criaturas... No le colocan, pens Luisito, y al
decirlo juntaba otras dos ideas en su mente an turbada por la mal
extinguida calentura. La dialctica infantil es  voces de una precisin
aterradora, y lo prueba esto razonamiento de Cadalsito: Pues si no le
quiere colocar, no s por qu se enfada Dios conmigo y no me ensea la
cara. Ms bien debiera yo estar enfadado con l.

Villaamil se puso  dar paseos por la habitacin, con las manos en los
bolsillos. Nadie se atreva  hablarle. Luis sinti entonces congojosa
pena que le abata el nimo: No le colocan--pensaba,--porque yo no
estudio, contro! porque no me s las condenadas lecciones. Pero al
punto la dialctica infantil resurgi para acudir  la defensa del amor
propio: Pero cmo he de estudiar si estoy malo?... Que me ponga bueno
l, y ver si estudio

Entr Vctor, que vena de la calle, y lo primero que hizo fu darle un
abrazo  Villaamil, cortando sus pasos de fiera enjaulada. Doa Pura y
Abelarda hallbanse presentes.

--No hay que abatirse ante la desgracia--dijo Vctor al hacer la
demostracin afectuosa, que Villaamil, por ms seas, recibi de
malsimo temple.--Los hombres de corazn, los hombres de fibra, tienen
en s mismos la fuerza necesaria para hacer frente  la adversidad... El
Ministro ha faltado una vez ms  su palabra, y han faltado tambin
cuantos prometieron apoyarle  usted. Que Dios les perdone, y que sus
conciencias negras les acusen con martirio horrible del mal que han
hecho.

--Djame, djame--replic Villaamil, que estaba como si le fueran  dar
garrote.

--Bien s que el varn fuerte no necesita consuelos de un hombre vulgar
como yo. Qu ha sucedido aqu? Lo natural, lo lgico en estas
sociedades corrompidas por el favoritismo. Qu ha pasado? Que al padre
de familia, al hombre probo, al funcionario de mrito, envejecido en la
Administracin, al servidor leal del Estado que podra ensear al
Ministro la manera de salvar la Hacienda, se le posterga, se le
desatiende y se le barre de las oficinas como si fuera polvo. Otra cosa
me sorprendera; esto no. Pero hay ms. Mientras se comete tal
injusticia, los osados, los ineptos, los que no tienen conciencia ni
ttulo alguno, apandan la plaza en premio de su inutilidad. Contra esto
no queda ms recurso que retirarse al santuario de la conciencia y
decir: Bien. Me basta mi propia aprobacin.

Vctor, al expresarse con tanta filosofa, miraba  doa Pura y 
Abelarda, que estaban muy conmovidas y  dos dedos de llorar. Villaamil
no deca palabra, y con la cara lvida y la mandbula temblorosa haba
vuelto  sus paseos.

--Nada me sorprende--aadi Vctor, desbordndose en sacrosanta
indignacin.--Esto est tan podrido, que va  resultar la cosa ms
chocante del mundo: mientras  este hombre, que debiera ser Director
general, lo menos, se le desatiende y se le manda  paseo, yo, que ni
valgo nado, ni soy nada y tengo tan cortos servicios, yo... cranlo
ustedes, yo, cuando est ms descuidado, me encontrar con el ascenso
que he pedido. As es el mundo, as es Espaa y as nos vamos educando
todos en el desprecio del Estado, y atizando en nuestra alma el rescoldo
de las revoluciones. Al que merece, desengaos; al que no, confites.
Esta es la lgica espaola. Todo al revs; _el pas de los
viceversas_... Y yo, que estoy tranquilo, que no me apuro, que no tengo
tampoco necesidades, que desprecio la credencial y  quien me la ofrece,
ser colocado, mientras el padre de familia, cargado de obligaciones, el
que por su respetabilidad, por sus servicios, se haca tan fundadamente
la ilusin de que...

--Yo no me haca ilusiones, ni ese es el camino--dijo bruscamente y con
arrebato de ira don Ramn, elevando las manos hasta muy cerca del
techo.--Yo no tuve nunca esperanzas... yo no cre que me colocasen, ni
lo volver  creer jams. Vaya, que es tema el de esta gente! Si yo no
esper nada... Cmo se ha de decir? De veras parece que entre todos os
proponis freirme la sangre.

--Hijo, cualquiera dira que es crimen tener esperanzas--observ doa
Pura.--Pues las tengo, y ahora ms que nunca. Habr otra combinacin. Te
lo han prometido, y  la fuerza te lo han de cumplir.

--Claro!--dijo Vctor, contemplando  Villaamil con filial inters.--Y,
sobre todo, no conviene apurarse. Venga lo que viniere, puesto que todo
es injusticia y sinrazn, si  m me ascienden, como espero, mi suerte
compensar la desgracia de la familia. Yo soy deudor  la familia de
grandes favores. Por mucho que haga, no los podr pagar. He sido malo;
pero ahora me da, no dir que por ser bueno, pues lo veo difcil, pero
s porque se vayan olvidando mis errores... La familia no carecer de
nada mientras yo tenga un pedazo de pan.

Agobiado por sentimientos de humillacin, que caan sobre su alma como
un techo que se desploma, Villaamil di un resoplido y sali del cuarto.
Siguile su mujer, y Abelarda, dominada por impresiones muy distintas de
las de su padre, se volvi hacia la cama de Luis, fingiendo arroparle,
para esconder su emocin, mientras discurra: No, lo que es de malo no
tiene nada. No lo creer, dgalo quien lo diga.

--Abelarda--insinu l melosamente, despus de un rato de estar solos
con el pequeo.--Yo bien s que  ti no necesito repetirte lo que he
manifestado  tus padres. T me conoces algo, me comprendes algo; t
sabes que mentras yo tenga un mendrugo de pan, vosotros no habis de
carecer de sustento; poro  tus padres he de decrselo y aun probrselo
para que lo crean. Tienen muy triste idea de m. Verdad que no se pierde
en dos das una mala reputacin. Y cmo no haba de brindar  ustedes
ayuda,  no ser un monstruo? Si no lo hiciera por los mayores, tendra
que hacerlo por mi hijo, criado en esta casa, por este ngel, que ms os
quiere  vosotros que  m... y con muchsima razn.

Abelarda acariciaba  Luis, tratando de ocultar las lgrimas que se le
agolpaban  los ojos, y el pequeuelo, vindose tan besuqueado y oyendo
aquellas cosas que pap deca y que le sonaban  sermn  parrafada de
libro religioso, se enterneci tanto, que rompi  llorar como una
Magdalena. Ambos se esforzaron en distraer su espritu, riendo,
dicindole chuscadas festivas  inventando cuentos.

Por la tarde, el muchacho pidi sus libros, lo que admir  todos, pues
no comprendan que quien tan poco estudiaba estando bueno, quisiese
hacerlo hallndose encamado. Tanto se impacient l, que le dieron la
Gramtica y la Aritmtica, y las hojeaba, cavilando as: Ahora no,
porque se me va la vista; pero en cuanto yo pueda, contro! me lo
aprendo enterito... y veremos entonces... veremos!




XVIII


La msera Abelarda andaba tan desmejoradilla, que su madre y su ta la
creyeron enferma y hablaron de llamar al mdico. No obstante, continuaba
haciendo la vida ordinaria, trabajando, durante muchas horas del da, en
transformaciones y arreglos de vestidos. Usaba un maniqu de mimbres,
trashumante del gabinete al comedor, y que al anochecer pareca una
persona, la cuarta _Miau_,  el espectro de alguno de la familia que
vena del otro mundo  visitar  su progenie. Sobre aquel molde probaba
la insignificante sus cortes y hechuras, que eran bastante graciosas. 
la sazn traa entre manos un vestido con retazos de cachemir que
prestaron ya dos servicios y haba sido vuelto del revs y lo de arriba
abajo. Se les aada, para combinar, una telucha de  peseta. Semejantes
componendas eran familiares  Pura, y si una tela no poda lavarse ni
volverse, la mandaba al tinte, y... como acabada de estrenar. Con tal
sistema, hubo vestido que sali por veinticuatro reales. Pero en lo que
Abelarda luca sorprendentes facultades era en la metamorfosis de
sombreros. La capota de doa Pura haba pasado por una serie de vidas
diferentes, que al modo de encarnaciones la hacan siempre nueva y
siempre vieja. Para invierno, forrbanla de terciopelo, y para verano la
cubran con el encaje de una _visita_ desechada: las flores  prendidos
eran regalo de las vecinas del principal. La martirizada armadura del
sombrero de Abelarda haba tomado ya, durante la poca de la cesanta,
formas y estilos diferentes, segn las pragmticas de la moda, y con
este exquisito arte de disimular la indigencia, salan las Villaamil 
la calle hechas unos brazos de mar.

Las noches que no iban las _Miaus_  rendir culto  Euterpe, tena que
aguantar Abelarda, por dos  tres horas, la jaqueca de Ponce,  bien
ensayaba su papel en la pieza. Mucho disgustaba  doa Pura tener que
dar funcin dramtica habiendo fracasado las esperanzas de prxima
colocacin; pero como estaba anunciada  son de trompeta, distribudos
los papeles y tan adelantados los ensayos, no haba ms remedio que
sacrificarse en aras de la tirnica sociedad. De propsito haba
escogido Abelarda un papel incoloro, el de criada, que al alzarse el
teln sala plumero en mano, lamentndose de que sus amos no le pagaban
el salario, y revelando al pblico que la casa en que serva era la ms
tronada de Madrid. La pieza perteneca al gnero predilecto de los
ingenios de esta Corte, y se reduca  presentar una familia cursi, con
menos dinero que vanidad; una seora hombruna que trataba  zapatazos 
su marido, un noviazgo, un enredo fundado en equivocaciones de nombres,
con gran mareo de entradas y salidas, hasta que, cuando aquello pareca
una casa de Orates, sala el padre memo diciendo: _Ahora lo comprendo
todo_, y se acababa el entrems con boda y una dcima pidiendo al
pblico aplausos. Ponce haca el papel de padre tonto; y el de un pollo
calavera y achulado, que era autor del lo y la sal y pimienta de la
pieza, toc  un tal Cuevas, hijo del vecino del principal, D. Isidoro
Cuevas, viudo con mucha familia, empleado en la Alcaida de la vecina
Crcel de Mujeres, y comnmente llamado en la vecindad _el seor de la
Galera_. El Cuevas hijo era chistoso, de buena sombra; contaba cuentos
de borrachos con tal gracia, que era morirse de risa; imitaba el
lenguaje chulo, se cantaba flamenco por todo lo alto, amn de otras
muchas habilidades, por las cuales se lo rifaban en las tertulias del
jaez de la de Villaamil. El papel de seorita de la casa corra  cargo
de la chica de Pantoja (D. Buenaventura Pantoja, empleado en el
Ministerio de Hacienda, amigo ntimo de Villaamil); y el de mam
impertinente, ordinaria, lenguaraz, sargentona, papel del tipo Valverde,
correspondi  una de las chicas de Cuevas (eran cuatro y se ayudaban
con la modistera de sombreros, por cierto muy bien). Otros papeles, un
lacayo, un viejo prestamista, un marqus tronado y de filfa, que
resultaba ser _lipendi_ de marca mayor, fueron repartidos entre
diferentes chicos de la tertulia. El cojo Guilln se avino  ser
apuntador. Federico Ruiz oficiaba de director de escena, y habra
deseado que tal funcin tuviera carteles en las esquinas, para poner en
ellos con letras muy gordas: _bajo la direccin del reputado
publicista_, etc., etc.

Posea Abelarda memoria felicsima, y se aprendi el papel muy pronto.
Asista  los ensayos como un autmata, prestndose dcilmente  la vida
de aquel mundo, para ella secundario y artificial; como si su casa, su
familia, su tertulia, Ponce, fuesen la verdadera comedia, de fciles y
rutinarios papeles... y permaneciese libre el espritu, empapado en su
vida interior, verdadera y real, en el drama exclusivamente suyo,
palpitante de inters, que no tena ms que un actor, ella, y un solo
espectador, Dios.

Monlogo desordenado y sin fin. Una maana, mientras la joven se
peinaba, el espectador habra podido oir lo siguiente: Qu fea soy,
Dios mo; qu poco valgo! Ms que fea, sosa, insignificante; no tengo ni
un grano de sal. Si al menos tuviera talento!; pero ni eso... Cmo me
ha de querer  m, habiendo en el mundo tanta mujer hermosa y siendo l
un hombre de mrito superior, de porvenir, elegante, guapo y con
muchsimo entendimiento, digan lo que quieran?... (Pausa.) Anoche me
cont Bibiana Cuevas que en el paraso del Real nos han puesto un mote;
nos llaman las de _Miau_  las _Miaus_, porque dicen que parecemos tres
gatitos, s, gatitos de porcelana, de esos con que se adornan ahora las
rinconeras. Y Bibiana crea que yo me iba  incomodar por el apodo. Qu
tonta es! Ya no me incomodo por nada. Parecemos gatos? S? Mejor.
Somos la risa de la gente? Mejor que mejor. Qu me importa  m? Somos
unas pobres cursis. Las cursis nacen, y no hay fuerza humana que les
quite el sello. Nac de esta manera y as morir. Ser mujer de otro
cursi y tendr hijos cursis,  quienes el mundo llamar los
_michitos_... (Pausa.) Y cundo colocarn  pap? Si lo miro bien, no
me importa; lo mismo da. Con destino y sin destino, siempre estamos
igual. Poco ms  menos, mi casa ha estado toda la vida como est ahora.
Mam no tiene gobierno; ni lo tiene mi ta, ni lo tengo yo. Si colocan 
pap, me alegrar por l, para que tenga en qu ocuparse y se distraiga;
pero por la cuestin de bienestar, me figuro que nunca saldremos de
ahogos, farsas y pingajos... Pobres _Miaus_! Es gracioso el nombre.
Mam se pondr furiosa si lo sabe; yo no; ya no tengo amor propio. Se
acab todo, como el dinero de la familia... si es que la familia ha
tenido dinero alguna vez. Le voy  decir  Ponce esto de las _Miaus_, 
ver si lo toma  risa  por la tremenda. Quiero que se encrespe un da
para encresparme yo tambin. Francamente, me gustara pegarle  algo
as... (Pausa.) Vaya que soy desaborida y sin gracia! Mi hermana Luisa
vala ms; aunque, la verdad, tampoco era cosa del otro jueves. Mis ojos
no expresan nada; cuando ms, expresan que estoy triste, pero sin decir
por qu. Parece mentira que detrs de estas pupilas haya... lo que hay.
Parece mentira que este entrecejo y esta frente angosta oculten lo que
ocultan. Qu difcil para m figurarme cmo es el cielo; no acierto, no
veo nada! Y qu fcil imaginarme el infierno! Me lo represento como si
hubiera estado en l... Y tienen razn; el parecido con la cara de un
gato salta a la vista... La boca es lo peor; esta boca de esquina que
tenemos las tres... S; pero la de mam es la ms caracterstica. La
ma, tal cual; y cuando me ro, no resulta maleja. Una idea se me
ocurre: si yo me pintara, valdra un poco ms? Ah! no; Vctor se
reira de m. l podr desdearme; pero no me considera mujer ridcula y
antiptica. Jess! Ser antiptica? Esta idea s que no la puedo
sufrir. Antiptica, no, Dios mo. Si me convenciera de que soy
antiptica, me matara... (Pausa.) Anoche entr y se meti en su cuarto
sin decir oxte ni moxte. Ms vale as. Cuando me habla me estruja el
corazn. Porque me quisiera, sera yo capaz de cometer un crimen. Qu
crimen? Cualquiera... todos. Pero no me querr nunca, y me quedar con
mi crimen en proyecto y desgraciada para siempre.

--Hija--indic doa Pura, sacndola impensadamente de su
abstraccin.--Cuando venga Ponce, le dices que le matamos si no nos trae
los billetes para el beneficio de la Pellegrini. Si no los tiene, que
los busque. Ella ha de dar billetes  los peridicos y  toda la
dignsima alabarda. Crelo; si Ponce va  pedrselos, ella es muy fina y
no se los negar. Nos enojaremos de veras si no los trae.

--Los traer--dijo Abelarda, que haba acabado de edificar su
moo.--Como no los traiga, no le vuelvo  dirigir la palabra.

Ponce entraba all como Pedro por su casa, dirigindose al comedor,
donde comnmente encontraba  su novia. Lleg aquella tarde  eso de las
cuatro, y pas, atusndose el pelo, despus de haber colgado la capa y
hongo en la percha del recibimiento. Era un joven raqutico y linftico,
de esos que tienen novia como podran tener un paraguas, con ribetes de
escritor, crtico gratuito, siempre atareado, quejoso de que no le lea
nadie (aqu no se lee), abogadillo, buen muchacho, orejas grandes,
lentes sin cordn, bizcando un poco los ojos, mucha rodillera en los
pantalones, poca sal en la mollera, y en el bolsillo obra de seis
reales, cuando ms. Gozaba un destinillo en el Gobierno de provincia, de
seis mil, y estaba hipando por los ocho que le haban prometido desde el
ao anterior... que hoy, que maana. Cuando los tuviera, boda al canto.
Estas esperanzas no habran bastado  que los Villaamil aceptasen su
candidatura  yerno; pero tena un to rico, notario, sin hijos, enfermo
de cncer, y como se haba de morir antes de un ao, quizs de un mes, y
Ponce era su heredero, la familia _Miau_ vi en el aspirante una
chiripa. El desgraciado to, segn los clculos de Pantoja, que era su
amigo y testamentario, dejara dos casas, algunos miles y la notara...

Lo mismo fu entrar Ponce en el comedor, que soltarle Abelarda esta
indirecta:

--Si no trae usted las entradas para el beneficio de la Pellegrini, no
vuelve usted  poner los pies aqu.

--Calma, hija, calma; djame sentar, tornar aliento... He venido 
escape. Me pasan cosas muy gordas, pero muy gordas.

--Qu lo pasa  usted, hombre de Dios?--pregunt doa Pura, que
acostumbraba reprenderle como  un hijo.--Siempre viene con apuros, y
total, nada.

--igame usted, doa Pura, y t, Abelarda, yeme tambin. Mi to est
muy malo, pero muy malo.

--Ave Mara Pursima!--exclam doa Pura, sintiendo que le daba un
vuelco el corazn.

Y brincando como un cervatillo, fu  la cocina  dar la noticia  su
hermana.

--Est expirando...

--Quin?

--El to, mujer, el to... no te enteras?... Pero dgame usted, Ponce
(volviendo al comedor con rapidez gatuna), va de veras?... Estar usted
muy contento, muy... triste quiero decir.

--Se harn ustedes cargo de que no puedo ir al teatro, ni visitar  la
Pellegrini... Como ustedes conocen... Muy malo, muy malito... Dicen los
mdicos que no dura dos das...

--Pobre seor!... Y qu hace usted que no se planta en casa del
difunto... digo, del enfermo?

--De all vengo... Esta noche,  las siete, le llevaremos el Vitico.

Corri doa Pura al despacho, donde estaba Villaamil.

--El Vitico... no te enteras?

--Qu?... quin?

--El to, hombre, el to de Ponce, que est dando las boqueadas...
(Deslizndose otra vez hacia el comedor). Amigo Ponce, quiere usted
tomar una copita de vino con bizcochos? Estar usted muy afectado... Y
no hay que pensar en teatros... No faltaba ms. Nosotras tampoco iremos.
Ya ve usted, el luto... guardaremos luto riguroso... De veras no quiere
usted una copita de vino con bizcochos?... Ah! qu cabeza!... si se
ha acabado el vino!... Pero lo traeremos... Con formalidad: no quiere
usted?

--Gracias; ya sabe usted que el vino se me sube  la cabeza.

Abelarda y Ponce pegaron la hebra, sin ms testigo que Luis, que andaba
enredando en el comedor, y  veces se paraba ante los novios, mirndoles
con estupor infantil. Hablaban  media voz... Qu diran? Las
trivialidades de siempre. Abelarda haca su papel con aquella indolente
pasividad que demostraba en los lances comunes de la vida. Era ya rutina
en ella charlotear con aquel tonto, decirle que le quera, anticipar
alguna idea sobre la boda. Haba contrado hbito de responder
afirmativamente  las preguntas de Ponce, siempre comedidas y correctas.
El albedro no tomaba parte alguna en semejantes confidencias; la mujer
exterior y visible realizaba una serie de actos inconscientes,  manera
de sonmbula, quedando desligada la mujer interna para obrar conforme 
sentimientos ms humanos. Antes de la aparicin sbita de Vctor en la
casa, Abelarda consideraba  Ponce como un recurso y apoyo probable en
las vicisitudes de la suerte. Se casara con l por colocarse, por tener
posicin y nombre y salir de aquella estrechez insoportable de su hogar.
Desde que vino _el otro_, dejbase llevar de estas mismas ideas, pero
como el patinador, que una vez lanzado, sigue y sigue girando y
resbalando sin caer sobre el hielo. No se le ocurra  la joven
desdecirse ni renegar del matrimonio con Ponce; porque tener aquel
marido equivala  tener un abanico, un imperdible  otro objeto
cualquiera de los ms usuales  la vez que indiferentes. El pegajoso
crtico se crey obligado  mostrarse aquel da ms tierno que los
dems, atrevindose  fijar el de las bendiciones y  proponer,
desmintiendo su timidez, algunos particulares de su futura existencia
matrimonial. Oale la insignificante como quien oye llover, y en virtud
de la velocidad adquirida, se mostraba conforme con semejantes proyectos
y los apoyaba con palabras glaciales y descoloridas,  la manera de
quien repite paternster y avemaras de un rosario rezado  bostezos sin
devocin alguna.

Son la campanilla y Abelarda se sobresalt por dentro, sin perder su
continente fro. Le conoca en el modo de llamar, conoca su taconeo al
subir la escalera, y si desde la puerta de la casa hasta el comedor
pronunciaba alguna frase, hablando con doa Pura  con Villaamil,
discerna por la inflexin lejana del acento si llegaba bien  mal
humorado. Doa Pura, al abrir  Vctor, le emboc la noticia de la
inminente muerte del to de Ponce. Incapaz de contenerse la buena
seora, se espontane hasta con el _maestro de baile_ (vulgo aguador).
Vctor entr sonriendo, y, por inadvertencia  malicia, hubo de dar la
enhorabuena  Ponce, el cual se qued turulato.




XIX


--Ah! no... dispense usted. Me confund... Es que  mi seora suegra lo
bailaban los ojos cuando me lo dijo. Efectos del cario que le tiene 
usted, nclito Ponce. El cario ciega  las personas... Usted es ya de
casa; le queremos mucho, y como no tenemos el gusto de conocer, ni aun
de vista,  su seor to...

Acarici  Luis sobndole la cara y repujndole los carrillos para
besrselos, y despus le mostr el regalo que le traa. Era un lbum
para sellos, prometido el da que el nio tom la purga, y adems del
lbum una porcin de sellos de diferentes colores, algunos extranjeros,
espaoles los ms, para que se entretuviera pegndolos en las hojas
correspondientes. Lo que agradeci Cadalsito este obsequio, no puede
ponderarse. Estaba en la edad en que empieza  desarrollarse el sentido
de la clasificacin y en que relacionamos los juguetes con los
conocimientos serios de la vida. Vctor le explic la distribucin de
las hojas del lbum, ensendole  reconocer la nacionalidad de los
sellos. Mira, esta ta frescachona es la Repblica francesa. Esta
seora con corona y _bands_ es la Reina de Inglaterra, y esta guila
con dos cabezas, Alemania. Los vas poniendo en su sitio, y ahora lo que
has de hacer es reunir muchos para llenar los huecos todos. El
pequeuelo estaba encantado; slo senta que la cantidad de sellos no
fuera suficiente  inundar la mesa. Pronto se enter del procedimiento,
y en su interior hizo voto de conservar el lbum y de cuidarlo mientras
le durase la vida.

Vctor, entretanto, meti cucharada en la conversacin hocicante que se
traan Abelarda y Ponce. Casi estaban morro con morro, tejiendo un
secreto, una conspiracin de soseras, para l amorosas y para ella
indiferentes y cansadas. Vctor encaj la cuchara entre boca y boca,
dicindoles:

--Amiguitos, los gorros  quien los tolere; yo protesto. Y no podran
aguardar  la luna de miel para hacer los tortolitos? Francamente, eso
es insultar  la desgracia. La felicidad debe disimularse ante los
desdichados, como la riqueza ante el pobre. La caridad lo manda as.

--Pero  ti qu te importa que nosotros nos queramos  dejemos de
querernos--dijo Abelarda,--ni que nos casemos  dejemos de casarnos?
Seremos felices  no, segn nos d la gana. Eso, ac nosotros. T nada
tienes que ver.

--Don Vctor--indic Ponce con su habitual insipidez,--si est usted
envidioso, con su pan se lo coma.

--Envidioso? No negar que lo estoy. Mentira si otra cosa dijese.

--Pues rabia, pues rabia.

--Pap, pap--chill Luisito, empeado en que Vctor volviera la cabeza
hacia donde l estaba, y ponindole la mano en la cara para obligarlo 
que lo mirase.--De qu parte es este que tiene un seor con bigotes muy
largos?

--Pero no lo vos, hijo? Es de Italia... Pues s que estoy envidioso.
sta me dice que rabie, y no tongo inconveniente en rabiar y aun en
morder. Porque cuando veo dos que se quieren bien, dos que resuelven el
problema del amor y allanan todas las dificultades, y caminito, caminito
de la dicha, llegan hasta el matrimonio, me muero de envidia. Para m,
cranlo  no lo crean, ustedes han resuelto el problema. Yo miro en esta
parejita lo que nunca podr alcanzar. Ustedes no tienen ambicin,
ustedes se contentan con una vida pacfica y modesta, estimndose y
querindose sin fiebre ni locuras de esas... Ustedes no tendrn mucho
_parn_, pero no carecern del puchero; ustedes, sin ser santos, renen
bastante virtud para recrearse el uno en el otro... Qu ms se puede
desear?... Ah! nclito Ponce, usted la ha sabido entender; ha sabido
elegir... y ella tambin, esta pcara, que parece que no rompe un plato,
ha metido la mano en el cesto y ha sacado la fruta mejor. Yo me
felicito, pues no me he de felicitar? Pero eso no quita que tenga mi
_pelusa_, como cualquier hijo de vecino, porque me contemplo en
situacin tan distinta, ay! tan distinta... Dara todo cuanto tengo,
cuanto espero, por una cosa.  que no lo adivinan?

Con repentina intuicin, Abelarda le vi venir y temblaba.

--Pues yo dara todo por ser el nclito Ponce. Cranlo ustedes  no lo
crean, esta es la verdad. Quiere usted cambiarse, Ponce amigo?

--Francamente, si en el cambio me quedo con la dama, no hay
inconveniente ninguno.

--Oh! eso no, porque cabalmente ah est la tostada. Yo dara sangre de
las venas por echar mi anzuelo en el mar de la vida con el cebo de una
declaracin amorosa y pescar una Abelarda. Es una ambicin que me
curara de las dems.

--Pap, pap (tirndole de la nariz para que volviera la cara hacia l).
Y esto que tiene una cotorra?

--Guatemala... Djame, hijo... No aspiro  ms. Una Abelardita que me
mime, y con tal compaa lo arrostro todo. Con una como sta me casara
yo por puertas, es decir, sin una mota. No faltara el garbanzo.
Prefiero con ella un pedazo de pan solo,  todas las riquezas del mundo.
Porque dnde se encuentra un carcter tan dulce, un corazn tan tierno,
una mujer tan hacendosita, tan...

--Don Vctor, que se corre usted mucho (con tentativas de humorismo,
enteramente frustradas). Que es mi novia, y tantos piropos me van  dar
celos...

--Aqu no se traa de celos...  buena parte viene usted... sta,
sta?... sta es segura, amigo; lo quiere  usted con el alma y con la
vida. Ya podan acudir todos los reyes y prncipes del orbe 
disputrsela  su Ponce adorado. Pues se figura usted que si no lo
creyera yo as no lo habra puesto los puntos? La caridad bien ordenada
empieza por uno mismo. Si yo llego  concebir tanto as de esperanzas,
piensa que no me alzo con el santo y la limosna? Pero, qui!,  otra
puerta... Mrela usted: al que le hablo de cambiar  su Poncecito por
otro, le tira los trastos  la cabeza... Vala usted con esa cara que
parece un enigma, con esa sonrisita que parece postiza; cualquiera se
atreve  decirle algo.

--Vamos, D. Vctor--objet Ponce con mucha saliva en la boca,--que
cuando usted habla as, es porque ha tenido sus pretensiones... y ha
sacado lo que el negro del sermn.

--No hagas caso, tontn--dijo Abelarda muy inquieta, sonriendo
violentamente, y con ms gana de llanto que de broma.--No ves que se
est quedando contigo?

--Que se quede. Lo que hay es que Abelarda es formal, y una vez dada su
palabra, no hay quien la apee. Nosotros nos comprendimos en cuanto nos
tratamos; nuestros caracteres ajustan perfectamente, y si yo estoy
cortado para ella, ella est cortadita para m.

--Poco  poco, caballero Ponce (ponindose muy serio, como siempre que
elevaba al grado heroico sus crueles bromas), usted estar cortado para
quien guste, no me meto en eso. Pero lo que es Abelarda, lo que es
Abelarda...

Ponce le mir serio tambin, esperando el final de la frase, y la
insignificante baj la vista hacia su labor de costura.

--Digo que lo que es ella no est, cortada para usted. Y lo sostendr
contra todo el que opine lo contrario. La verdad por delante. Ella le
quiere  usted, lo reconozco; pero en cuanto al corte... Es mucho corte
el suyo; hablo del corte moral y tambin del fsico, s, seor, tambin
del fsico. Quiere usted que lo diga claro? Pues para quien est
cortada Abelarda es para m... Para m; y no hay que tomarlo  ofensa.
Para m, aunque  usted le parezca un disparate. Si usted no puede
juzgarla como yo, que la conoc siendo una mueca todava!... Y, adems,
usted no me ha tratado  m lo bastante para saber si congeniamos 
no... Ya s que estoy hablando de una cosa imposible; ya s que tengo la
culpa de haber llegado tarde; ya s que usted me cogi la delantera, y
no hemos de reir... Pero en cuanto  conocer el mrito de quien lo
tiene; en cuanto  deplorar que tantas dotes no sean para m, lo que es
en eso (marcando la frase con la mayor formalidad y en tono oratorio),
ah! lo que es en eso, no cedo ni puedo ceder.

--No le hagas caso, djale--indic Abelarda  su novio, que empezaba 
enfurruarse.

--Amigo D. Vctor, todo eso podr ser verdad, poro no viene muy al caso.

--Parece que se amostaza usted, nclito Ponce. Spase que yo soy muy
leal. Reconozco que se ha ganado usted lo que  mi parecer debi ser
mo. (Patticamente.) Bien ganado est. Ha sido en buena lid. Lo que he
perdido, lo he perdido por mi culpa. No me quejo. Seremos amigos,
siempre amigos. Vengan esos cinco.

--Ah, este D. Vctor, qu cosas tiene! (dejndose apretar la mano).

Con otro que no fuera Ponce, bien se librara Cadalso de emplear
lenguaje tan impertinente; pero ya saba l con quin trataba. El novio
estaba amoscadillo, y Abelarda no saba qu pensar. Para burla, le
pareca demasiado cruel; para verdad, harto expresiva. Mucho le pes 
Ponce tener que marcharse: presuma que Vctor continuara hablando  la
chica en el mismo tono, y, francamente, Abelarda era su novia, su
prometida, y aquel cuadito hospedado bajo el propio techo principiaba 
inquietarle. El pillete de Cadalso, conociendo la turbacin del crtico,
en el momento de despedirse le sacudi mucho la diestra, repitiendo:

--Leal, soy muy leal... Nada hay que temer de m.

Y cuando volvi al lado de la joven, que lo miraba consternada:

--Perdname, hija; se me escap aquella idea, que yo quera esconder a
todos... Espontaneidades que uno tiene cuando menos piensa, y que el ms
ducho en disimular no puede contener  veces. Yo no quera hablar de
esto; pero no s qu me entr. Me di tal envidia de veros como dos
trtolos!... me asust tanto de la soledad en que me encontraba, nada
ms que por llegar tarde, s, por llegar tarde!... Dispnsame, no te
dir una palabra ms. S que este captulo te aburre y te molesta. Ser
discreto.

Abelarda no poda reprimirse. Levantse, sintiendo pavor, deseo de huir
y de esconderse, para ocultar algo que impetuosamente al demudado rostro
le sala.

--Vctor--exclam descompuesta y temblando,-- eres el hombre ms malo
que hay en el mundo,  no s lo que eres.

Corri  su habitacin y rompi  llorar, desplomndose de cara sobre
las almohadas de su lecho. Vctor se qued en el comedor, y Luis, que en
su inocencia comprenda que pasaba algo extrao, no se atrevi durante
un rato  molestar  pap con aquel teje-maneje de los sellos. El padre
fu quien afect entonces interesarse en el juego inteligente, y se puso
 explicar  su hijo los smbolos de nacionalidades que ste no
comprenda: Este rey barbudo es Blgica, y esta cruz la Repblica
helvtica, es decir, Suiza.

Doa Pura entr de la calle, y como no viese  su hija en el comedor ni
en la cocina, buscla en el dormitorio. Abelarda sala ya, con los ojos
muy colorados, sin dar  su madre explicacin satisfactoria de aquellos
signos de dolor. Vctor, interrogado por doa Pura sobre el particular,
lo dijo con socarronera:

--Parece usted tonta, mam. Llora por el to de Ponce.




XX


Acostaron temprano  Luis, que meti consigo en la cama el lbum de
sellos y se durmi tenindole muy abrazadito. No sufri aquella noche el
acceso espasmdico que preceda  la singular visin del anciano
celestial. Pero so que lo sufra, y, por consiguiente, que deseaba y
esperaba la fantstica visita. El misterioso personaje hizo novillos, y
as lo expresaba con desconsuelo Cadalsito, deseando ensearle su lbum.
Esper, esper mucho tiempo, sin poder determinar el sitio donde estaba,
pues lo mismo poda ser la escuela que el comedor de su casa  el
escritorio del memorialista. Y al hilo del sueo, donde todo era
sinrazn y desvaro, descarg el rapaz un golpe de lgica admirable:
Pero qu tonto soy!--pens.--Cmo ha de venir, si le han llevado
esta noche  casa del to de Ponce?

El da siguiente le dieron de alta; pero se determin que no fuese  la
escuela en lo que restaba de semana, lo que l agradeci mucho,
determinando estudiar algo por las noches, nada ms que una miaja, y
reservando los grandes esfuerzos de aplicacin para cuando volviera 
sus tareas escolares. Le permitieron bajar  la portera, y carg con el
lbum para enserselo  Paca y  _Canelo_. Bien quisiera llevarlo 
casa de su ta Quintina; mas para esto no hubo permiso. En la portera
se estuvo hasta el anochecer, hora en que le llamaron, temiendo que se
pasmase con el aire del portal. Al subir llevaba una idea que en sus
conversaciones con Mendizbal y Paca haba adquirido; una idea que le
pareci al principio algo rara, pero que luego tuvo por la ms natural
del mundo. Hallbase solo con Abelarda, pues su abuela y Milagros
zascandileaban por la cocina, cuando se determin Cadalsito  comunicar
 su ta la famosa idea. Esta le acariciaba con extremada vehemencia, le
daba besos, le prometa regalarle un lbum mayor, y de repente Luis,
respondiendo  tantos carios con otros no menos tiernos, le dijo:

--Ta, por qu no te casas t con mi pap?

Quedse la chica como lela, fluctuando entre la risa y el enojo.

--De dnde has sacado t eso, Luis?--le dijo, asustndole con la
fiereza de su semblante.--T no lo has inventado. Alguien te lo ha
dicho.

--Me lo dijo Paca--afirm Luis, no queriendo cargar con
responsabilidades ajenas.--Dice que Ponce es ms tonto que quiere y que
no te conviene; que mi pap es listo y guapo y que va  hacer una
carrera muy grande, muy grande.

--Dile  Paca que no se meta en lo que no le importa... Y qu ms, qu
ms te dijo?

--Pues... (escarbando en su memoria). Ah! que mi pap os un caballero
muy decente... como que le da pesetas  la Paca siempre que le lleva
algn recado... Y que t debas casarte con mi pap, para que todo
quedase en casa.

--Le lleva recados?... Cartas? Y  quin? No sabes?

--Debe ser al Ministro... Es que son muy amigos.

--Pues todo eso que te ha contado Paca del pobre Ponce, es un
disparate--afirm Abelarda sonriendo.-- ti no te gusta Ponce? Dime la
verdad, dime lo que pienses.

Luis vacil un rato en dar contestacin. Haban extinguido la prevencin
medrosa que su padre le inspiraba, no slo los regalos recibidos de l,
sino la observacin de que Vctor se llevaba muy bien con toda la
familia. En cuanto  Ponce, bueno ser decir que Cadalsito no haba
formado opinin ninguna acerca de este sujeto, por lo cual acept, sin
discutirla, la de Paca.

--Ponce no sirve para nada, desengate. Va por la calle que parece que
se le caen los calzones. Y lo que es talento... Mira, ms talento tiene
Cuevas. No te parece  ti?

Abelarda se rea con tales ocurrencias. Aun hubiera seguido charlando
con Luis de aquel asunto; pero la llam su padre para que le pegara
algunos botones al chaleco, y en esto se entretuvo hasta la hora de
comer. Doa Pura dijo que Vctor no coma en casa, sino en la de un
amigo suyo, diputado y jefe de un grupito parlamentario. Sobre esto hizo
Villaamil algunos comentarios acres, que Abelarda oy en silencio, con
grandsima pena. Discutise si iran  no al teatro aquella noche,
resolvindose en afirmativa, porque Luis estaba ya bien. Abelarda
solicit quedarse, y su madre le di una arremetida  solas, asestndole
varias preguntas:

--Por qu no comes? Qu tienes? Qu cara es esa de carnero  medio
morir? Por qu no quieres venir al Real? No me tientes la paciencia.
Vstete, que nos vamos en seguida.

Y fueron las tres _Miaus_, dejando  Villaamil con su nieto y sus
fnebres soledades. Despus de acostar al nio se puso  leer _La
Correspondencia_, que hablaba de una nueva combinacin.

Cuando las _Miaus_ regresaron, ya Vctor estaba all, escribiendo cartas
en la mesa del comedor. Don Ramn segua royendo el peridico, y suegro
y yerno no se decan media palabra. Retirronse todos, monos Abelarda,
que tena que mojar ropa para planchar al da siguiente, y al verla
metida en esta faena, Vctor, sin soltar la pluma, le dijo:

--He pensado en ti todo el da. Tem que te enojaras por lo de ayer. Yo
haba hecho el propsito de no revelarte nunca mis sentimientos. Aun no
te he dicho toda la verdad, ni te la dir, Dios mediante. Cuando uno
llega tarde, debe resignarse y callar. Y t no me respondes nada? No
hablas ni siquiera para reirme?

La insignificante tena los ojos fijos en la mesa, y sus labios se
agitaban como si la palabra retozara en ellos. Por fin no chist.

--Te hablar como hermano (con aquella gravedad bondadosa que tan bien
saba fingir), ya que de otra manera no me es lcito. Soy muy
desgraciado... no lo sabes t bien. Aqu me tienes arrastrado por un
vrtigo de pasiones insanas; aqu me tienes bajo el peso de relaciones
que solicit con aturdimiento, que mantuve por rutina y por pereza, y
que ahora deseo romper. Contaba yo para este fin con el auxilio de un
ser angelical a quien pensaba encomendarme primero y entregarme por fin
en cuerpo y alma. Pero ya no puede ser. Qu hago yo en este trance?
Seguir y seguir encenagado, perderme ms y ms en el laberinto sin
salida. Ya no hay salvacin para m. La fatalidad me arrastra... T no
comprendes esto, Abelarda; pero quin sabe!... quizs lo comprendas,
porque tienes mucha penetracin. Oh! pues si yo te hubiera encontrado
libre...! Mil veces me he propuesto no decirte nada. Slo que las
palabras se me salen de la boca... Basta, basta; no me hagas caso. Esto
te lo vengo diciendo desde un principio. No hagas caso de este infeliz;
desprciame. Yo no te merezco. Estoy expiando los enormes disparates que
comet desde que me falt mi pobre Luisa, aquel ngel... ngel del
cielo, pero inferior  ti, tan inferior, que no hay punto de comparacin
entre ambas. Yo, francamente (levantndose con exaltacin), cuando veo
qu tesoro tan grande va  ser para un Ponce; cuando pienso que tal
conjunto de cualidades cae en manos de...

Abelarda estaba tan sofocada, que si no desahoga, si no abre al menos
una valvulita, revienta de seguro.

--Y si yo te dijera... vamos  ver (palideciendo), si yo te dijera que
no quiero  Ponce?...

--T?... y es verdad?...

--Si yo te dijera que ni le quise jams, ni le querr nunca?...  ver.

Vctor no contaba con esta salida, y se desorient.

--Ah tienes t una cosa... vamos... (balbuciendo) una cosa que me
produce el efecto de un porrazo en la cabeza... Pero es verdad? Cuando
lo dices, verdad debe de ser. Abelarda, Abelarda, no juegues conmigo;
no juegues con fuego... Estas bromas, si bromas son, suelen traer
catstrofes. Porque cuando se aborrece  un hombre, como me aborreces t
 m... (confuso y sin saber  qu santo encomendarse) no se le dice
nada que pueda extraviarlo respecto ... quiero decir, respecto  los
sentimientos de la persona que le aborrece, porque podra suceder que el
aborrecido... No, no atino  explicarte lo que siento. Si no quieres 
Ponce, es que quieres  otro, y esto es lo que no debes decirme  m...
Para qu? Para que me confunda ms de lo que estoy? (Columbrando un
postigo y aguzando su ingenio para escurrirse por l.) Y no quiero
interrogarte sobre este particular, porque me volvera loco. Gurdate tu
secreto y respeta mi situacin. Si yo no te inspiro ms que odio, si no
llegas  la repugnancia, te ruego que me dejes solo, que te retires y no
aadas una palabra ms. No te ofrezco mis consejos, porque no los
aceptaras; pero si te encontraras en alguna situacin difcil, y mis
consejos te pudieran servir de algo, ya sabes que soy para ti lo que t
quieras que sea; hermano, si como hermano me tratas...

--Y si los necesitara, si necesitara tus consejos?--insinu Abelarda,
que buscaba no una salida, sino la entrada, sin poder descubrirla.

--Pues dispn de m (otra vez desconcertado). Si quieres  un hombre y
temes la oposicin de tus padres; si la ruptura con Ponce te parece
difcil y necesitas auxilio, aqu estoy dispuesto  prestrtelo, por
penoso que el caso sea para m (acercndose ms  ella). Dmelo, dmelo,
no tengas miedo. Quieres  un hombre que no es tu novio?

--Es mucho pedir que confiese yo... as... de tenazn (recurriendo  la
coquetera para salir del paso). Y  ti quin te da vela en este
entierro?...

--Soy de la familia... soy tu amigo. Podra ser algo ms si t
quisieras. Pero he llegado tarde; no hay que hablar de mi persona. Estoy
fuera de juego. Si no quieres confiarme tu secreto, mejor para m. As
no padecer tanto. Respndeme  una pregunta: el hombre  quien t
quieres, te quiere  ti tambin?

--Yo no he dicho que quiera  nadie... me parece que no lo he dicho...
Pero pongamos que lo dijese. Eso no es cuenta tuya. Eres muy
entrometido... Claro que yo no iba  querer  nadie que no me
correspondiese. Pues lucida estaba!

--De modo que hay reciprocidad (con fingida clera). Y estas cosas me
las dices en mi propia cara!

--Yo!... si yo no he chistado.

--Pero lo das  entender... No quiero ser tu confidente, vamos... De
modo que el otro te ama?...

--No lo s... (dejndose llevar de su espontaneidad, ya irresistible).
Es lo que no he podido averiguar todava.

--Y vienes sin duda  que yo te lo averige (con sarcasmo). Abelarda,
esa clase de papeles no los hago yo. No, no me digas quin es; no
necesito saberlo. Es quizs persona que yo conozco? Pues cllate el
nombre, cllatelo si no quieres que perdamos las amistades. Esto te lo
dice un hombre que siente hacia ti un afecto... pero un afecto que ahora
no quiero definir; un hombre que vive bajo el peso de su destino fatal
(estas filosofas y otras semejantes las tomaba Cadalso de ciertas
novelas que haba ledo), un hombre  quien est vedado referirte sus
padecimientos; y pues yo no debo quererte ni puedo ser tuyo ni t ma,
no debo atormentarme ni dejar que me atormentes t. Gurdate tu secreto,
y yo reservar la parte de l que he adivinado. Si la fatalidad no se
hubiera interpuesto entre nosotros dos, yo intentara an tu remedio,
procurando arrancarte ese amor, reemplazndolo con el mo. Pero no soy
dueo de mi voluntad. El sentimiento ste (golpendose el pecho) jams
pasar del corazn  la realidad de la vida. Por qu me incitas 
descubrirlo? Djalo en m, mudo, sepultado, pero siempre vivo. No me
tientes, no me irrites. Quieres  otro? Pues que yo no lo sepa.  qu
enconar una herida incurable?... Y para impedir mayores conflictos,
maana mismo me voy de esta casa, y no vuelvo  entrar aqu.

Abelarda sinti tan viva afliccin al oir esto, que no pudo encubrirla.
No tena ella en su pobre caletre armas de razonamiento para combatir
con aquel monstruo de infinitos recursos  ingenio inagotable, avezado 
jugar con los sentimientos serios y profundos. Aturdida y atontada, iba
 entregar su secreto, ofrecindose indefensa y cubierta de ridiculez al
brutal sarcasmo de Vctor; pero pudo serenarse un poco, recobrar algn
equilibrio, y con afectada calma le dijo:

--No, no, no hay motivo para que te vayas. Es que hiciste las paces con
Quintina?

--Yo? Qu disparate! Ayer Cabrera por poco me pega un tiro. Es un
animal. Me ir  vivir  cualquier rincn.

--No, eso no. Puedes seguir aqu.

--Pues promteme no hablar de esto una palabra ms.

--Si yo no he hablado. Eres t el que se lo dice todo. Que me quieres,
que no me puedes querer. Cmo se entiende?

--Y la ltima prueba de que te quiero y no te debo querer (con agudeza),
te la voy  dar ahora con este consejo: vuelve los ojos  Ponce...

--Gracias.

--Vuelve los ojos al nclito Ponce. Csate con l. Ten espritu
prctico, Que no le quieres? No importa.

--T ests loco (aturrulladsima). Acaso he dicho yo que no le quera?

--Lo has dicho, s.

--Pues me vuelvo atrs. Qu disparate! Si lo dije, fu broma, por orte
y darte tela.

--Eres mala, muy mala. Yo pensaba otra cosa de ti.

--Pues sabes lo que digo? (levantndose con violento arrebato de ira y
despecho). Que ests de lo ms cargante y de lo ms inaguantable con
tus... con tus enigmas; y que no te puedo ver, no te puedo ver. La culpa
la tengo yo, que oigo tus necedades. Abur... Voy  dormir... Y dormir
tan ricamente, qu te crees?

--El odio muy vivo, como el amor, quita el sueo.

-- m no... perverso... tonto...

--T  dormir, y yo  velar pensando en ti... Adis, Abelarda... Hasta
maana.

Y cuando se retir el impo, un minuto despus de la desaparicin de la
vctima (que se meti en su cuarto y atranc la puerta como quien huye
de un asesino), llevaba en los labios risilla diablica y este monlogo
amargo y cruel: Si me descuido, me espeta la declaracin con toda
desvergenza. Y cuidado que es antiptica y levantadita de cascos la
nia!... Y cursi hasta dejrselo de sobra, y sosita... Todo se le
podra perdonar si fuera guapa... Ah! Ponce, qu ganga te ha
cado!... Es una plepa que no hay por dnde cogerla para echarla  la
basura.




XXI


Aunque las esperanzas de los Villaamil, apenas segadas en flor, volvan
 retoar con nueva lozana, el atribulado cesante las daba siempre por
definitivamente muertas, fiel al sistema de esperar desesperando. Slo
que su pesimismo se avena mal con el furor de escribir cartas y de
mover cuantas teclas pudiesen comunicar vibracin  la desmayada
voluntad del Ministro. Todo eso de esperar vacante, es
msica--deca.--Yo s que cuando quieren hacer las cosas, las hacen
saltando por cima de las vacantes y hasta por cima de las leyes. Ni que
furamos tontos. He visto mil veces el caso de entrar un prohombre en el
Ministerio, navaja en mano, pedir una credencial de las gordas; el
Ministro zas! llama al Jefe del personal... No hay vacante... Pues
hacerla. Patapln! all te va, caiga el que caiga... Pero dnde est
mi prohombre? Qu personaje de campanillas entrar en el despacho del
Ministro con cara _feroce_ diciendo: De aqu no me muevo hasta que me
den... eso? Ay, Dios mo, qu desgraciado soy y cmo me voy quedando
fuera de juego!... Con esta Restauracin maldita, eplogo de una
condenada Revolucin, ha salido tanta gente nueva, que ya se vuelve uno
 todos lados sin ver una cara conocida. Cuando un D. Claudio Moyano, un
D. Antonio Benavides  un Marqus de Novaliches le dicen  uno: Amigo
Villaamil, ya estamos mandados recoger, es que el mundo se acaba. Bien
dice Mendizbal, que la poltica ha cado en manos de mequetrefes.

Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo
afectaba no creer,  realmente no crea, iba por las tardes al
Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tena muchos amigos de
categoras diversas. All se pasaba largas horas, charlando, enterndose
del expedienteo, fumando algn cigarrillo, y sirviendo de asesor  los
empleados noveles  inexpertos que le consultaban sobre cualquier punto
obscuro de la enrevesada Administracin.

Profesaba Villaamil entraable cario  la mole colosal del Ministerio;
la amaba como el criado fiel ama la casa y familia cuyo pan ha comido
durante luengos aos; y en aquella poca funesta de su cesanta,
visitbala l con respeto y tristeza, como sirviente despedido que ronda
la morada de donde le expulsaron, soando en volver  ella, Atravesaba
el prtico, la inmensa cruja que separa los dos patios, y suba
despacio la monumental escalera, encajonada entre gruesos muros, que
tiene algo de feudal y de carcelario  la vez. Casi siempre encontraba
por aquellos tramos  algn empleado amigote que suba  bajaba. Hola,
Villaamil, qu tal?--Vamos tirando. Al llegar al principal titubeaba
antes de decidir si entrara en Aduanas  en el Tesoro, pues en ambas
Direcciones le sobraban conocidos; pero en el segundo prefera siempre
Contribuciones  Propiedades. Los porteros le saludaban; y como
Villaamil era tan afable, siempre echaba un prrafo con ellos. Si era
tarde, les encontraba con la paletada de brasas, resto de las chimeneas,
cuyo ltimo fuego sirve para alimentar los braseros de las porteras; si
temprano, llevando papeles de una oficina  otra  transportando
bandejas con vasos de agua y azucarillos. Hola, Bermejo, cmo
va?--Tal cual, D. Ramn, y sintiendo mucho no verle  usted todos los
das por aqu.--Dgame, y Ceferino?--Ha pasado  Impuestos. El
pobre Cruz fu el que _casc_.--Qu me cuenta usted? Hombre, si le
vi el otro da tan bueno y tan sano!... Qu mundo ste! Vamos quedando
pocos de aquella fecha. Cuando yo entr aqu en tiempos de D. Juan Bravo
Murillo, ya estaba Cruz _en la casa_... Mire usted si ha llovido...
Pobre Cruz, lo siento.

El mejor amigo entre los muchos buenos que Villaamil tena en aquella
casa era D. Buenaventura Pantoja, de quien algo sabemos ya, padre de
Virginia Pantoja, una de las actrices del coliseo domstico de las
_Miaus_. Visitaba con preferencia D. Ramn la oficina de tan excelente y
antiguo compaero (Contribuciones), del cual haba sido jefe: tomaba
asiento en la silla ms prxima  la mesa; le revolva los papeles si no
estaba all, y si estaba, trabbase entre los dos sabroso coloquio de
chismografa burocrtica.

--Sabes...?--deca Pantoja.--Hoy salieron calentitos dos oficiales
primeros y un jefe de Administracin. Ayer estuvo ese fantoche (aqu el
nombre de cualquier clebre poltico), y claro,  rajatabla. Lo que yo
te digo: cuando quieren hacer las cosas, saltan por cima de todo.

--Sea por amor de Dios--responda Villaamil, dando un doliente suspiro
que pona trmulas las hojas de papel ms cercanas.

Aquel da tard mucho el buen hombre en fondear ante la mesa de Pantoja.
 cada paso saltaban conocidos. Uno sala por aqu, aferrando legajos
atados con balduque; otro entraba presuroso por all, retrasado y
temiendo un regao del jefe. Cunto bueno?... Qu tal,
Villaamil?--Hijo, defendindonos. La oficina de Pantoja formaba parte
de un vastsimo saln, dividido por tabiques como de dos metros de alto.
El techo era comn  los distintos departamentos, y en la vasta
capacidad se vean los tubos de las estufas, largos y negros, quebrados
en ngulo recto para tomar la horizontal, horadando las paredes. Llenaba
aquel recinto el estridor sonoro de los timbres, voz lejana de los
jefes, llamando sin cesar  sus subalternos. Como era la hora en que
entran los rezagados, en que los madrugadores almuerzan, en que otros
toman caf, que mandan traer de la calle, no reinaba all el silencio
propicio al trabajo mental; antes, todo se volva cierres de puertas,
risas, traqueteo de loza y cafeteras, gritos y voces impacientes.

Villaamil entr en la seccin, saludando  diestro y siniestro. All
estaba de oficial tercero el cojo Guilln, muy amigo de la familia
Villaamil, tertuliano asiduo, apuntador en la pieza que se iba 
representar. Era, por ms seas, to del famoso _Posturitas_, amigo y
mulo de Luisito Cadalso, y viva con sus hermanas, dueas de la casa de
_emprstamos_. Tena fama Guilln de mordaz y maleante, capaz de tomarle
el pelo al lucero del alba. En la oficina escriba juguetes cmicos
groseros y verdes, algn dramn espeluznante, que nunca llegara 
arrostrar las candilejas; dibujaba caricaturas y rimaba stiras contra
la mucha gente ridcula de la casa. Tambin haba por all un
aspirantillo, hijo del Director del Tesoro, que apenas frisaba en los
diez y seis y cobraba sus cinco mil reales, listo como una plvora, apto
para traer y llevar recados de oficina en oficina. Oficial segundo era
un tal Espinosa, seorito elegante, de carrera improvisada y raya en el
polo, con mucho requilorio en el vestir y bastantes gazapos en la
ortografa; buen muchacho, que no se formalizaba nunca por las cargantes
bromas de Guilln. Pero el ms caracterstico de todos era un tal
Argelles y Mora, oficial segundo, perfecta parodia de un caballero del
tiempo de Felipe IV: pequeo, genuino _gato_ de Madrid, rostro enjuto y
color de cera, bigote y perilla teidos de negro, melenas largas y bien
atusadas. Para que el tipo resultase ms cabal, usaba cierta capita
corta y negra, que pareca un desecho del guardarropa de Quevedo. El
sombrero era hongo chato, achambergado, con un dedo de grasa. Lstima
que no llevara golilla; mas aun sin ella, era un acabado tipo de
alguacil. En sus tiempos tuvo pretensiones de guapeza, originalidad y
elegancia; pero ya sus espaldas tiraban  corcovarse, y su rostro, con
los pelos pintados, tena un sello de vigilia forzoso que daba
compasin. Tocaba la trompa en un teatro. Llambanle sus compaeros el
_padre de familia_, porque en todas las conversaciones burocrticas
traa  colacin la multitud de bocas que tena que mantener con el
mezquino y descontado sueldo de doce mil reales. Haba tres  cuatro
empleados ms, algunos taciturnos y atentos  su obligacin, repartidos
en varias mesas,  distancia respetuosa de la del jefe, prxima  la
ventana que daba al patio.

Cerca de las mesas veanse las perchas donde los funcionarios colgaban
capas y sombreros. Guilln tena las muletas junto  s. Entre mesa y
mesa, estantes y papeleras, trastos de forma y aspecto que slo se ven
en las oficinas, viejos los unos, con no s qu olor y color de _Paja y
Utensilios_, de donde tal vez procedan; los otros nuevos, pero no
semejantes  ningn mueble usado fuera de las regiones burocrticas.
Sobre todos los pupitres abundaban legajos atados con cintas rojas, los
unos amarillentos y polvorosos, papel que tiene algo de cinerario y
encierra las esperanzas de varias generaciones; los otros de hojas
flamantes y reciente escritura, con notas marginales y firmas
ininteligibles. Eran las piezas ms modernas del pleito inmenso entre el
pueblo y el fisco.

Pantoja no estaba: le haba llamado el Director.

--Tome usted asiento, D. Ramn. Quiere un cigarrito?

--Y t qu te traes entre manos? (acercndose  la mesa del cojo y
apoderndose de un papel).  ver,  ver...? _Drama original y en
verso._ Ttulo? _La hijastra de su hermanastra._ Muy bien, znganos;
as perdis las horas.

--Don Ramn, D. Ramn--dijo el elegante, que acababa de paladear su
caf.--No sabe?  Caizares, se acuerda usted, el que estaba en
Propiedades, aquel  quien llambamos don Simplicio?, le han dado los
doce mil. Ha visto usted _polacada_ mayor?

--Lo tuve yo en mi oficina con cinco mil hace catorce aos--dijo el
_padre de familia_, esgrimiendo su puo cerrado y revelando toda la
afliccin del mundo en su cara alguacilesca.--Era tan asno, que le
ocupbamos en traer lea para la estufa. Ni para eso serva. Cscaras,
qu hombre ms animal! Yo cobraba entonces doce mil, lo mismo que ahora.
Vean ustedes si esto es justicia  qu. Tengo  no tengo razn cuando
digo que vale ms recoger boiga en las calles que servir al gran
pindongo del Estado? Convengamos en que se acab la vergenza.

--Amigo Argelles--suspir Villaamil con tristeza estoica,--no hay ms
remedio que tragar bilis. Dgamelo usted  m, que he tenido  mis
rdenes, en provincias, con seis mil, al propio Director del ramo...
Estaba la criatura en Estancadas... y no vala ni para pegar precintos
en las cajas de cigarros.

--Dame, paloma ma, de lo que comes... Cuando me acuerdo, cascarones!,
de que mi padre quera colocarme de hortera en una tienda, y yo me
remont creyendo que esto no era cosa fina!... Vamos, cuando me acuerdo
de esto, me dan ganas de arrancarme  puados estos condenados mechones
que  uno le quedan!... Era all por el 51. Pues no slo no quise oir
hablar de mostrador, sino que me met  empleado por aquello de ser
caballero; y para acabar de ensuciarla, me cas. Si sera yo pilln!...
Despus, _pian pianino_, nueve de familia, suegra y dos sobrinos
hurfanos. Y defienda usted el garbanzo de tanta gente... Y gracias que
la trompa ayuda, seores. El 64 llegu  los doce mil reales, y all me
plant. Saben ustedes quin me sac los doce mil? Julin Romea. No me
ver en otra. Catorce aos llevo en esta plaza. Ya ni siquiera pido el
ascenso. Para qu? Como no lo pida  tiros...

Las lamentaciones del trompista _padre de familia_ eran odas siempre
con deleite. Entr en aquel punto Pantoja, y _conticuere omnes_. Cubra
la cabeza del jefe de la seccin un gorrete encarnado, con unas al modo
de alcachofas bordadas de oro, y borla deshilachada que caa con gracia.
Vesta gabn pardo y muy trado, pantaln con rodilleras, rabicorto,
dejando ver la caa de las botas recin estrenadas, sin lustre an.
Despus de saludar al amigo, ocup su asiento. Arrimse Villaamil, y
charlaron. Pantoja no olvidaba por el palique los deberes, y  cada
instante daba rdenes  su tropa. Oiga usted, Argelles, haga el favor
de ponerme una orden  la Administracin Econmica de la Provincia
pidiendo tal cosa... Usted, Espinosa, squeme en seguida el estado de
dbitos por Industrial. Y deshaca con mano experta el lazo de
balduque para destripar un legajo y sacarle el mondongo. En atarlos
tambin mostraba singular destreza, y pareca que los acariciaba al
mudarlos de sitio en la mesa  al ponerlos en el estante.

El tipo fisiognmico de este hombre consista en cierta inercia
espiritual que en sus facciones se pintaba. Su frente era ancha, lisa, y
tan sin sentido como el lomo de uno de esos libros rayados para cuentas,
donde no se lee rtulo alguno. La nariz era gruesa en el arranque,
resultando tan separados los ojos, que parecan estar reidos y mirar
cada uno por su cuenta y riesgo, sin hacer caso del otro. Su gran boca
no se saba dnde acababa. Las orejas lo sabran. Sus labios fruncidos
pareca que se violentaban al desplegarse para hablar, cual si fuesen
expresamente creados para la discrecin.

Moralmente, era Pantoja el prototipo del integrismo administrativo. Lo
de _probo funcionario_ iba tan adscrito  su persona como el nombre de
pila. Se le citaba de tenazn y por muletilla, y decir _Pantoja_ era
como evocar la propia imagen de la moralidad. Hombre de pocas
necesidades, viva obscuramente y sin ambicin, contentndose con su
ascenso cada seis  siete aos, ni vido de ventajas, ni temeroso de
cesanta, pues era de esos pocos  quienes, por su conocimiento
prctico, cominero y minucioso de los asuntos oficinescos, no se les
limpia nunca el comedero. Haba llegado  considerar su inmanencia
burocrtica como tributo pagado  su honradez, y esta idea se
transformaba en sentimiento exaltado  supersticin. Era un alma
ingenuamente honrada, una conciencia tan angosta, que se asustaba si oa
hablar de millones que no fuesen los de la Hacienda. Las cifras muy
altas, no siendo las del presupuesto del Estado, le producan un
estremecimiento convulsivo; y si en el Ministerio se preparaba algn
proyecto relacionado con fuertes empresas industriales  bancarias, se
le suba  la boca, sin poderlo remediar, la palabra _chanchullo_. Nunca
iba  la Tesorera Central sin experimentar sensacin de espanto, como
en presencia de un abismo  sima pavorosa donde anidan el peligro y la
muerte; y cuando vea entrar en la Direccin del Tesoro  en la
Secretara  los altos personajes de la Banca, temblaba por la riqueza
del Erario, de quien se crea perro de presa. Segn Pantoja, no deba
ser verdaderamente rico nadie ms que el Estado. Todos los dems
caudales eran producto del fraude y del cohecho. Siempre haba servido
en Contribuciones, y durante su larga y laboriosa carrera fu cultivando
en su alma el insano goce de perseguir al contribuyente moroso 
maligno, placer que tiene algo del cruel entusiasmo de la caza: para l
era deleite inefable ver  la grande y  la pequea propiedad
defenderse, pataleando, de la persecucin del Fisco, y sucumbir siempre
ante la superioridad del cazador. En todos los conflictos entre la
Hacienda y el contribuyente, la Hacienda tena siempre razn, segn el
dictamen inflexible de Pantoja, y este criterio se mostraba en sus
notas, que jams reconocieron el derecho de ningn particular contra el
Estado. Para l la Propiedad, la Industria, el consumo mismo, eran
organismos  instrumentos de defraudacin, algo de disolvente y
revolucionario, que tena por objeto disputar sus inmortales derechos 
la nica entidad duea y propietaria de todo: la Nacin. Pantoja no
posey nunca ms que su ropa y sus muebles; era hijo de un portero de la
Sala de _Mil y Quinientas_; se haba criado en un desvn de los
Consejos, sin salir nunca de Madrid; no conoca ms mundo que las
oficinas, y para l la vida era una sucesin no interrumpida de menudos
servicios al Estado, recibiendo de ste, en recompensa, el garbanzo y la
santa rosca de cada da.




XXII


Ah! Cielos! Qu sera del mundo sin cocido? Y qu de la msera
humanidad sin pagas? La paga era la nica forma de bienes terrestres en
conformidad con los principios morales, pues para todas las dems
clases de bienestar archivaba Pantoja en el fondo de su alma un altivo
desprecio. Difcilmente conceda que en la clase de ricos hubiera alguno
que fuese propiamente honrado, y  las grandes empresas y  los audaces
contratistas les miraba con religioso horror. Labrar en pocos aos
pinge fortuna, pasar de la pobreza  la opulencia... era imposible por
medios lcitos. Para que tal cosa suceda, es indispensable _ensuciarse_,
quitndole lo suyo  la vctima eterna, al propietario elemental, al
Estado. Al millonario que haba heredado su fortuna y no haca ms que
gastarla, le perdonaba el buen Pantoja; pero aun as no le tena en olor
de santidad, diciendo que si l no robaba, lo haban hecho sus padres, y
la responsabilidad, como el dinero, se transmita de generacin en
generacin.

Cuando vea entrar en el Ministerio y pasar al despacho del Ministro al
representante de Rothschild  de otra opulenta casa espaola 
extranjera, pensaba cuan til sera ahorcar  todos aquellos seores que
no iban all sino  tramar algn enjuague. Estas ideas y otras
semejantes las verta Pantoja en el crculo del caf adonde concurra,
siendo objeto de punzantes burlas por su estrechez de miras; pero l no
se daba  partido. Hablbase de Hacienda? Pues en el acto tremolaba
Pantoja su bandern con este sencillo y convincente lema: _Mucha
administracin y poca  ninguna poltica_. Guerra  los grandes
negocios, guerra al agio y guerra tambin  los extranjeros, que no
vienen aqu ms que  explotarnos y  llevarse el _cumquibus_,
dejndonos ms pobres que las ratas. Tampoco ocultaba Pantoja sus
simpatas por el rigor arancelario, pues el libre cambio es la
proteccin  la industria de extranjis.

Al propio tiempo sostena que los propietarios se quejan de vicio, que
en ninguna parte se pagan menos contribuciones que en Espaa, que el
pas es esencialmente defraudador, y la poltica el arte de cohonestar
las defraudaciones y el turno pacfico  violento en el saqueo de la
Hacienda. En suma, las ideas de Pantoja eran tres  cuatro, pero
profundamente incrustadas en su _intellectus_, como si se las hubieran
metido  mazo y escoplo. Su conversacin en el crculo de amigos
languideca, porque nunca hablaba mal de sus jefes, ni censuraba los
planes del Ministro; no se meta en honduras, ni revelaba ningn secreto
de entre bastidores. En el fondo de su cerebro dorma cierto comunismo
de que l no se daba cuenta. De este tipo de funcionario, que la
poltica vertiginosa de los ltimos tiempos se ha encargado de
extinguir, quedan an, aunque escasos, algunos ejemplares.

En su trabajo era Pantoja puntualsimo, celoso, incorruptible y enemigo
implacable de lo que l llamaba _el particular_. Jams emiti dictamen
contrario  la Hacienda; la Hacienda le pagaba, era su ama, y no estaba
l all para servir  los enemigos _de la casa_. En cuanto  los asuntos
obscuros, de una antigedad telaraosa y de resolucin difcil, su
sistema era que no deban resolverse nunca; y cuando llegaba
forzosamente el ltimo trmite impuesto por las leyes, buscaba en la ley
misma la triquiuela necesaria para enredarlos de nuevo. Escribir la
ltima palabra de uno de estos pleitos equivala  una fragilidad de la
Administracin,  declararse vencida y casi deshonrada. En cuanto  su
probidad, no hay que decir sino que reciba  cajas destempladas  los
agentes que iban  ofrecerle recompensa por despachar bien y pronto tal
 cual negocio. Conocanle ya, y no se atrevan con aquel puerco-espn,
que erizaba sus pas todas al sentir la aproximacin del _particular_, 
sea del contribuyente.

En su vida privada, era Pantoja el modelo de los modelos. No haba casa
ms metdica que la suya, ni hormiga comparable  su mujer. Eran el
reverso de la medalla de los Villaamil, que se gastaban la paga entera
en los tiempos bonancibles, y luego quedaban pereciendo. La seora de
Pantoja no tena, como doa Pura, aquel ruinoso prurito de suponer,
aquellos humos de persona superior  sus medios y posicin social. La
seora de Pantoja haba sido criada de servir (creo que de D. Claudio
Antn de Luzuriaga, al cual debi Pantoja su credencial primera), y lo
humilde de su origen la inclinaba  la obscuridad y al vivir modesto y
esquivo. Nunca gastaron ms que los dos tercios de la paga, y sus hijos
iban adoctrinados en el amor de Dios y en el supersticioso miedo al
fausto y pompas mundanales.  pesar de la amistad ntima que entre
Villaamil y Pantoja reinaba, nunca se atrevi el primero  recurrir al
segundo en sus frecuentes ahogos; le conoca como si le hubiese parido;
saba perfectamente que el _honrado_ ni peda ni daba, que la
postulacin y la munificencia eran igualmente incompatibles con su
carcter, arcas cuyas puertas jams se abran ni para dentro ni para
fuera.

Sentados los dos, el uno ante un pupitre, el otro en la silla ms
prxima, Pantoja se lade el gorro, que resbalaba sobre su cabeza
lustrosa al menor impulso de la mano, y dijo  su amigo:

--Me alegro que hayas venido hoy. Ha llegado el expediente contra tu
yerno. No le he podido echar un vistazo. Parece que no es nada limpio.
Dej de incluir dos  tres pueblos en la nota de apremios, y en los
repartos del ltimo semestre hay sapos y culebras.

--Ventura, mi yerno es un pillo; demasiado lo sabes. Habr hecho
cualquier barrabasada.

--Y me enter ayer el Director de que anda por ah dndose la gran vida,
convidando  los amigachos y gastando un lujo estrepitoso, con un
surtidito de sombreros y corbatas que es un asco, y hecho un figurn el
muy puerco. Dime una cosa: vive contigo?

--S--respondi secamente Villaamil, que senta la ola de la vergenza
en las mejillas, al considerar que tambin su ropa, por flaqueza de
Pura, proceda de los dineros de Cadalso.--Pero estoy deseando que se
largue de mi casa. De su mano, ni la hostia.

--Porque... vers, me alegro de tener esta ocasin de decrtelo: eso te
perjudica, y basta que sea yerno tuyo y que viva bajo tu techo, para que
algunos crean que vas  la parte con l.

--Yo... con l! (horrorizado). Ventura, no me digas tal cosa...

--No; si yo no soy quien lo dice, ni me pasa por el magn. Pero la gente
de esta casa... Ya ves, hay tanto pillo! Y cuando tocan  pensar mal,
los ms pillos son los que descueran al inocente.

--Pues aunque Vctor es mi yerno, tan ajeno soy  sus trapaceras, que
si en mi mano estuviera el impedirle ir  presidio, no lo impedira...
Figrate.

--Ah! No ir, no ir; no te d cuidado. No ir por lo mismo que lo
merece. Tiene pararrayos y paracadas. Se estn poniendo los tiempos tan
corruptos, que estos granujas como tu yerno son los que cobran el
barato. Vers cmo le echan tierra al expediente, aprueban su conducta y
le dan el jeringado ascenso. Por cierto que es de lo ms atrevido que
conozco. Ayer estuvo aqu; luego baj  ver al Subsecretario, y como
tiene aquella labia y aquel buen ver, el Subsecretario... (me lo ha
dicho quien estaba presente) le recibi con palmas, y all estuvieron
los dos de chchara ms de media hora.

--Y el seor Ministro le ha visto? (con grandsimo desconsuelo).

--No te lo puedo decir; pero me consta que ha venido  recomendrselo un
diputado de la provincia en que serva la alhajita de tu yerno. Es de
estos que mientras ms le dan ms quieren. No sale de aqu nunca el tal
sin apandar dos  tres credenciales gordas, pero gordas, y eso que es
disidente; pero por lo mismo, por la disidencia, le atienden ms.

--Crees t que le darn el ascenso  Vctor? (con ansiedad profunda).

--Yo no puedo asegurarte nada.

--Y de lo mo, qu sabes? (con ansiedad mayor an).

--El Jefe del Personal no suelta prenda. Cuando le hablo de ti, me echa
un _veremos_, y un _yo har lo que pueda_, que es tanto como no decir
nada. Ah! entre parntesis: ayer, despus de hablar con el
Subsecretario, se col Vctor en el Personal. Vino  contrmelo el
hermano de Espinosa. El Jefe le ense las vacantes de provincias, y tu
yernito se dej decir con arrogancia que  provincias no iba ni atado.

--Amigo Ventura--indic Villaamil con dolorosa consternacin,--acurdate
de lo que te anuncio. T lo has de ver, y si lo dudas, apostemos algo...
 que ascienden  Vctor y  m no me colocan? Otra cosa sera justicia
y razn, y la razn y la justicia andan ahora de paseo por las nubes.

Pantoja volvi  ladear el gorro. Era una manera especial suya de
rascarse la cabeza. Dando un gran suspiro, que sali muy oprimido de la
boca, porque sta no se abra sino con cierta solemnidad, trat de
consolar  su amigo en la forma siguiente:

--No sabemos si podrn arreglar lo del expediente de Vctor,  pesar de
las ganas que parece tienen de ello sus protectores. Y por lo que hace 
ti, yo que t, sin dejar de machacar en el Director, el Subsecretario y
el Ministro, me buscara un buen faldn entre la gente que manda.

--Pero si me cojo y tiro, y... como si no.

--Pues sigue tirando, hombre, hasta que te quedes con el faldn en la
mano. Arrmate  los pjaros gordos, sean  no ministeriales; dirgete 
Sagasta,  Cnovas,  D. Venancio,  Castelar,  los Silvelas; no
repares si son blancos, negros  amarillos, pues al paso que vas, tal
como se han puesto las cosas, no conseguirs nada. Ni Pez ni Cucrbitas
te servirn: estn abrumados de compromisos, y no colocan ms que  su
pandilla,  sus paniaguados,  sus ayudas de cmara, y hasta  los
barberos que les afeitan. Esa gente que sirvi  la Gloriosa primero y
despus  la Restauracin, est con el agua al cuello, porque tiene que
atender  los de ahora, sin desamparar  los de antes, que andan
ladrando de hambre. Pez ha metido aqu  alguien que estuvo en la
faccin y  otros que retozaron con la cantonal. Cmo puede olvidar Pez
que los del gorro colorado le sostuvieron en la Direccin de Rentas, y
que los amadestas casi casi le hacen Ministro, y que los moderados del
tiempo de Sor Patrocinio le dieron la gran cruz?

Villaamil oa estos sabios consejos, los ojos bajos, la expresin
lgubre, y sin desconocer cun razonables eran. Mientras que los dos
amigos departan de este modo, totalmente abstrados de lo que en la
oficina pasaba, el maldito cojo Salvador Guilln trazaba en una
cuartilla de papel, con humorsticos rasgos de pluma, la caricatura de
Villaamil, y una vez terminada, y habiendo visto que era buena, puso por
debajo: _El seor de Miau, meditando sus planes de Hacienda_. Pasaba el
papel  sus compaeros para que se riesen, y el monigote iba de pupitre
en pupitre, consolando de su aburrimiento  los infelices condenados 
la esclavitud perpetua de las oficinas.

Cuando Pantoja y Villaamil hablaban de generalidades tocantes al ramo,
no sonaban con armonioso acuerdo sus dos voces. Es que discrepaban
atrozmente en ideas, porque el criterio del honrado era estrecho y
exclusivo, mientras Villaamil tena concepciones amplias, un plan
sistemtico, resultado de sus estudios y experiencia. Lo que sacaba de
quicio  Pantoja era que su amigo preconizara el _income tax_, haciendo
tabla rasa de la Territorial, la Industrial y Consumos. El impuesto
sobre la renta, basado en la declaracin, teniendo por auxiliares el
amor propio y la buena fe, resultaba un disparate aqu donde casi casi
es preciso poner al contribuyente delante de una horca para que pague.
La simplificacin, en general, era contraria al espritu del _probo
funcionario_, que gustaba de mucho personal, mucho lo y muchsimo mete
y saca de papeles. Y por ltimo, algo haba de recelo personal en
Pantoja, pues aquella mana de suprimir las contribuciones era como si
quisiesen suprimirle  l. Sobre esto discutan acaloradamente hasta que
 los dos se les agotaba la saliva. Y cuando Pantoja tena que salir
porque le llamaba el Director, y se quedaba Villaamil solo con los
subalternos, stos se distraan y solazaban un rato  cuenta de l,
distinguindose el cojo Guilln por su intencin maligna.

--Dgame, D. Ramn, por qu no publica usted su plan para que lo
conozca el pas?

--Djame  m de publicar planes (pasendose agitadamente por la
oficina). S; buen caso me hara ese puerco de pas! El Ministro los ha
ledo y les ha dado un vistazo el Director de Contribuciones. Como si
no... Y no es la dificultad de enterarse pronto, porque en las Memorias
que he escrito he atendido: primero,  la sencillez; segundo,  la
claridad; tercero,  la brevedad.

--Yo cre que eran muy largas, pero muy largas--dijo Espinosa con
gravedad.--Como abrazan tantos puntos...

--Quin le ha dicho  usted semejante cosa? (enfadndose). Si cada una
no abraza ms que un punto, y son cuatro. Y basta y sobra. Ojal no me
hubiera ocupado de escribirlas! Bienaventurados los brutos...

--Porque de ellos es la nmina de los cielos... Bien dicho, seor don
Ramn--observ Argelles, mirando con ojeriza  Guilln,  quien
detestaba.-- m tambin se me ocurri un plan; pero no quise darlo 
luz. Ms cuenta me tena componer el solo de trompa.

--Eso, toque usted la trompa, y djese de arreglar la Hacienda, que al
paso que va, pronto, ni los rabos. Mire usted, amigo Argelles
(parndose ante la mesa del caballero de Felipe IV, la capa terciada, la
mano derecha muy expresiva). Yo he consagrado  esto mi experiencia de
tantos aos. Podr acertar  no; pero que aqu hay algo, que aqu hay
una idea, no puede dudarse. (Todos le oan con gran atencin.) Mi
trabajo consta de cuatro Memorias  tratados, que llevan su ttulo para
ms fcil inteligencia. Primer punto: _Moralidad_.

--Muy bien. Rompe plaza la moralidad, que es lo primero.

--Es el fundamento del orden administrativo. Moralidad arriba, moralidad
abajo,  izquierda y a derecha. Segundo punto: _Income tax_.

--Que es la madre del cordero.

--Fuera Territorial, Subsidio y Consumos. Lo substituyo con el impuesto
sobre la renta, con su recarguito municipal, todo muy sencillo, muy
prctico, muy claro; y expongo mis ideas sobre el mtodo de cobranza,
apremios, investigacin, multas, etc... Tercer punto: _Aduanas_. Porque,
fjense ustedes, las Aduanas no son slo un arbitrio, son un mtodo de
proteccin al trabajo nacional. Establezco un arancel bien remontadito,
para que prosperen las fbricas y nos vistamos todos con telas
espaolas.

--_Superior de Holanda_... Don Ramn, Bravo Murillo era un nio de
teta... Siga usted...

--Cuarto punto: _Unificacin de la Deuda_. Recojo todo el papel que anda
por ah con diferentes nombres: _Tres_ consolidado, Diferido, Bonos,
Banco y Tesoro, Billetes hipotecarios, y lo canjeo por un 4 por 100,
emitido al tipo que convenga... Se acabaron los quebraderos de
cabeza...

--Sabe usted ms, D. Ramn, que el muy marrano que invent la Hacienda.

(Coro de plcemes. El nico que callaba era Argelles, que no gustaba de
rerle mucho las gracias  Guilln.)

--No es que sepa mucho (con modestia), es que miro las cosas _de la
casa_ como mas propias, y quisiera ver  este pas entrar de lleno por
la senda del orden. Esto no es ciencia, es buen deseo, aplicacin,
trabajo. Ahora bien: ustedes me hicieron caso? Pues ellos tampoco. All
se las hayan. Llegar da en que los espaoles tengan que andar
descalzos y los ms ricos pedir para ayuda de un panecillo... digo, no
pedirn limosna, porque no habr quien la d.  eso vamos. Yo les
pregunto  ustedes: tendra algo de particular que me restituyesen  mi
plaza de Jefe de Administracin? Nada, verdad? Pues ustedes vern todo
lo que quieran, pero eso no lo han de ver. Vaya, con Dios.

Sala encorvado, como si no pudiera soportar el peso de la cabeza. Todos
le tenan lstima; pero el despiadado Guilln siempre inventaba algn
sambenito que colgarle  la espalda despus que se iba.

--Aqu he copiado los cuatro puntos conforme los deca: seores, oro
molido. Vengan ac. Qu risa, Dios! Vean, vean los cuatro ttulos,
escritos uno bajo el otro.

_Moralidad_.

_Income tax_.

_Aduanas_.

_Unificacin de la Deuda_.

Juntadas las cuatro iniciales, resulta la palabra _M I A U_.

Una explosin de carcajadas retumb en la oficina, ponindola tan alegre
como si fuera un teatro.




XXIII


Desconcertada para muchos das qued Abelarda despus del largo dilogo
aquel con Vctor; pero pona la infeliz tal arte en evitar que su madre
y su ta comprendieran el estado de su nimo, que lo lograba al fin.
Desde el da posterior  las incomprensibles declaraciones de Vctor,
not  ste taciturno. Evitaba encontrarse solo con su cuada; apenas la
miraba, y ni por incidencia le diriga palabra alguna. Creyrase que un
delicado asunto personal le traa caviloso. Transcurrido poco tiempo,
observ Abelarda que estaba de mejor temple y que le echaba miradas
amorosas y lnguidas,  las que ella, sin poderlo remediar, responda
con otras inflamadas aunque rapidsimas. Delante de la familia le
hablaba Vctor; pero  solas ni jota. Estaban, pues, como los que se
aman y no se atreven  decrselo: mas ella esperaba ese estallido
impensado y sbito de la ocasin que no falta nunca, como si las leyes
del tiempo y del espacio tuvieran marcado el necesario instante en que
se junten las rbitas de los seres compelidos  ello por la voluntad. En
aquella temporada le di  la insignificante por ir  la iglesia
bastante  menudo. Las prcticas religiosas de los Villaamil se
concretaban  la misa dominguera en las Comendadoras, y esto no con
rigurosa puntualidad. Don Ramn faltaba rara vez; pero doa Pura y su
hermana, por aquello de no estar vestidas, por quehaceres  por otra
causa, quebrantaban algunos domingos el precepto. Abelarda se senta
ansiosa de corroborar su espritu en la religin y meditar en la
iglesia; se consolaba mirando los altares, el sagrario donde el propio
Dios est guardado, oyendo devotamente la misa, contemplando los santos
y vrgenes con sus ahuecadas vestiduras. Estos inocentes consuelos le
sugirieron pronto la idea de otro ms dulce y eficaz, el confesarse;
porque senta la necesidad imperiosa y punzante de confiar  alguien un
secreto que no le caba en el corazn. Tema que si no lo confiaba, _se
le escapara_  lo mejor con espontaneidad indiscreta delante de sus
padres, y esto le aterraba, porque sus padres se habran de enfadar
cuando tal supieran.  quin confiarlo?  Luis? Era muy nio. Hasta se
le pasaba por las mientes el disparate increble de revelar su secreto
al buenazo de Ponce. Por ltimo, el mismo sentimiento religioso que se
amparaba de su alma le inspir la solucin, y  la maana siguiente de
pensarla acercse al confesonario y le cont al cura lo que le pasaba,
aadiendo pormenores que al sacerdote no le importaba saber. Despus de
la confesin se qued la insignificante muy aliviada y con el espritu
bien dispuesto para lo que pudiera sobrevenir.

Como era tiempo de Cuaresma, haba ejercicios todas las tardes en las
Comendadoras y los viernes en Monserrat y en las Salesas Nuevas. Algo
chocaba  la familia la asiduidad con que Abelarda iba  la iglesia, y 
doa Pura no se le pudri en el cuerpo esta observacin impertinente:
Vaya, hija,  buenas horas mangas verdes!

La circunstancia de que Ponce estaba complacidsimo y un si es no es
entusiasmado con las devociones de su novia, por ser l uno de los
chicos ms catlicos de la generacin presente (aunque ms de pico que
de obras, como suele suceder), acall las susceptibilidades de doa
Pura. El nclito joven acompaaba  su novia algunas tardes  la
iglesia,  pesar de las reiteradas instancias de ella para que la dejara
sola. Comnmente la esperaba al salir, y juntos iban hasta la casa,
hablando del predicador, como la noche antes, en la tertulia, hablaban
de los cantantes del Real. Si Abelarda iba temprano  la iglesia, la
acompaaba Luis, que  poco de probar estas excursiones tom grandsima
aficin  ellas. El buen Cadalsito pasaba un rato con devocin y
compostura; pero luego se cansaba y se pona  dar vueltas por la
iglesia, mirando los estandartes de la Orden de Santiago que hay en las
Comendadoras, acercndose  la reja grande para atisbar  las monjas,
inspeccionando los altares recargados de ex-votos de cera. En Monserrat,
iglesia perteneciente al antiguo convento que es hoy Crcel de Mujeres,
no se encontraba Luis tan  gusto como en las Comendadoras, que es uno
de los templos ms despejados y ms bonitos de Madrid.  Monserrat
encontrbalo fro y desnudo; los santos estaban mal trajeados; el culto
le pareca pobre, y, adems de esto, haba en la capilla de la derecha,
conforme entramos, un Cristo grande, moreno, lleno de manchurrones de
sangre, con enaguas y una melena natural tan larga como el pelo de una
mujer, la cual efigie le causaba tanto miedo, que nunca se atreva 
mirarla sino  distancia, y ni que le dieran lo que le dieran entraba en
su capilla.

Sucedi ms de una vez que Cadalsito, en su inquieta vagancia dentro de
la iglesia, se sentaba en algn banco solitario, sintindose acometido
del mal precursor de la extraa visin. Ms de una vez se dijo que en
tal sitio,  poco que se adormilase, haba de ver al _Seor de la barba
blanca_, por ser aqulla una de sus casas. Pero cerraba los ojos,
haciendo como una mental evocacin de la extraordinaria visita, y sta
no se presentaba. En alguna ocasin, no obstante, crey ver al augusto
anciano saliendo por una puerta de la sacrista y perdindose en el
altar, como si se introdujera por invisible hueco. Tambin le pareci
que el mismo Seor sala revestido de la sacerdotal tnica y casulla
bordada,  decir misa, _ decirse  s mismo la misa_, cosa que 
Cadalsito le pareci por dems extraa. Pero no estaba muy seguro de que
esto fuera as, y bien poda ser que se engaase; al menos, grandes
dudas tena sobre el particular. Una tarde, oyendo en Monserrat el
rosario que rezaba el cura, al cual contestaban en la iglesia unas dos
docenas de mujeres y en el coro las presas, que deban ser ms de ciento
por el murmullo intenssimo que sus voces hacan, Luisito se sinti con
los sntomas de somnolencia. En la iglesia haba muy poca luz, y todo en
ella era misterio, sombras que la cadencia ttrica del rezo haca ms
cerradas y tenebrosas. Desde donde Cadalsito estaba, vea un brazo del
Cristo aquel, y la lamparilla que junto al brazo colgaba del techo. Le
entr tal pnico, que se habra marchado  la calle si hubiera podido;
pero no se pudo levantar. Hizo propsito de vencer el sopor, y se
pellizc los brazos diciendo: Ay! contro! Si me duermo y se me pone
al lado el Cristo de las melenas, del miedo me caigo muerto. Y el
miedo y los esfuerzos por despabilarse vencan al fin su insano sopor.

En cambio de estos malos ratos, Monserrat se los proporcionaba buenos,
cuando se apareca por all su amigo y condiscpulo Silvestre Murillo,
hijo del sacristn. Silvestre inici  Luis en algunos misterios
eclesisticos, explicndole mil cosas que ste no comprenda; por
ejemplo: qu era la Reserva del Santsimo, qu diferencia hay entre el
Evangelio y la Epstola, por qu tiene San Roque un perro y San Pedro
llaves, metindose en unas erudiciones litrgicas que tenan que oir.
La hostia, verbigracia, lleva dentro  Dios, y por eso los curas, antes
de cogerla, se lavan las manos para no ensuciarla; y _dominus vobisco_
es lo mismo que decir: _cuidado, que seis buenos_. Metidos los dos en
la sacrista, Silvestre le enseaba las vestiduras, las hostias sin
consagrar, que Cadalso miraba con respeto supersticioso, las piezas del
monumento que pronto se armara, el palio y la manga-cruz, revelando en
el desenfado con que lo enseaba y en sus explicaciones un cierto
escepticismo del cual no participaba el otro. Pero no pudo Murillito
hacerle entrar en la capilla del Cristo de las melenas, ni aun
asegurndole que l las haba tenido en la mano cuando su madre se las
peinaba, y que aquel Seor era muy bueno y haca la mar de milagros.

Como la mente de los chicos se impresiona con todo, y  esta impresin
se amolda con energa y prontitud su naciente voluntad, aquellas visitas
 la iglesia despertaron en Cadalsito el deseo y propsito de ser cura,
y as lo manifestaba  sus abuelos una y otra vez. Todos se rean de
esta precoz vocacin, y al mismo Vctor le hizo mucha gracia. S,
Luisito aseguraba que  no sera nada  cantara misa, pues le
entusiasmaban todas las funciones sacerdotales, incluso el predicar,
incluso el meterse en el confesonario para _oir los pecados de las
mujeres_. Djolo con ingenuidad tan graciosa, que todos se partieron de
risa, y de ello tom pie Vctor para romper  hablar  solas con la
insignificante por primera vez despus de la conferencia de marras. No
estaba presente ninguna persona mayor, y el nico que poda oir era
Luis, y estaba engolfado en su lbum filatlico.

--Yo no dir, como mi hijo, que quiero ordenarme; pero ello es que de
algn tiempo  esta parte siento en m una necesidad tan viva de
creer!... Este sentimiento, jzgalo como quieras, me viene de ti,
Abelarda (aqu una mirada amplia, sostenida, tiernsima), de ti, y de la
influencia que tu alma tiene sobre la ma.

--Pues cree, quin te lo impide?--repuso la joven, que se senta
aquella tarde con facilidades para hablar, y esperaba mayor claridad en
l.

--Me lo impiden las rutinas de mi pensamiento, las falsas ideas
adquiridas en el trato social, que forman una broza difcil de extirpar.
Me convendra un maestro anglico, un ser que me amase y que se
interesara por mi salvacin. Pero dnde est ese ngel? Si existe, no
es para m. Soy muy desgraciado. Veo el bien muy prximo, y no me puedo
acercar  l. Dichosa t si no comprendes esto.

Encontrbase la seorita de Villaamil con fuerzas para tratar aquel
asunto, porque la religin se las diera hasta para confesar su secreto 
quien no deba orlo de sus labios.

--Yo quise creer, y cre--dijo.--Yo busqu un alivio en Dios, y lo
encontr. Quieres que te cuente cmo?

Vctor, que, sentado junto  la mesa, se oprima la cabeza entre las
manos, levantse de pronto, diciendo con el tono y gesto de un consumado
histrin:

--No hables: me atormentaras sin consolarme. Soy un rprobo, un
condenado...

Estas frases de relumbrn, espigadas sin criterio en diferentes libros,
las traa muy preparaditas para espetarlas en la primera ocasin. Apenas
dichas, acordse de que haba quedado en juntarse en el caf con varios
amigos, y busc la frmula para cortar la hebra que su cuada haba
empezado  tender entre boca y boca.

--Abelarda, necesito alejarme, porque si estoy aqu un minuto ms... yo
me conozco: te dir lo que no debo decirte... al menos todava... Dame
tu permiso para retirarme. Voy  dar vueltas por las calles, sin
direccin fija, errante, calenturiento, pensando en lo que no puede ser
para m... al menos todava...

Di un suspiro, y hasta otra... Dej  la insignificante confusa y con
un palmo de morros, procurando desentraar el significado de aquel _al
menos todava_, frase de risueos horizontes.

Por la noche, antes de comer, Vctor entr muy gozoso y di un abrazo 
su suegro, al cual no le hicieron gracia tales confianzas, y estuvo por
decirle: En qu pcaro bodegn hemos comido juntos? No tard el otro
en explicar los mviles de su enhorabuena. Haba estado en el Ministerio
aquella tarde, y el Jefe del Personal le dijo que Villaamil iba en la
primera hornada.

--Otra vez el mismo cuento!--exclam don Ramn furioso.--De cundo ac
es permitido que te burles de m?

--No es burla, hombre--manifest doa Pura, alentada por dulces
esperanzas.--Cuando l te lo dice es porque lo sabe.

--Cralo usted  no lo crea, es verdad.

--Pues yo lo niego, yo lo niego--declar Villaamil, rayando el aire con
el dedo ndice de la mano derecha.--Y de m no se re nadie, estamos?
Cundo y por dnde te has ocupado t de m en el Ministerio? T vas
all por tus asuntos propios, por trabajar tu ascenso, que te darn...
Ah! Yo estoy cierto de que te lo dan... Bueno fuera que no.

--Pues yo lo digo  usted (con gran energa) que podr haber ido otras
veces con ese objeto; pero hoy por hoy fu, y por cierto en compaa de
dos diputados de muchsima influencia, exclusivamente  interceder por
usted,  hablarle gordo al Jefe del Personal, despus de teclear al
Ministro. Si no se lo digo  usted porque me lo agradezca; si esto no
tiene mrito ninguno... Y tan cierto como es luz esa que nos alumbra
(con solemne acento), lo es que yo dije  los amigos que me apoyan:
Seores, antes que mi ascenso, pdase la colocacin de mi suegro.
Repito que no lo digo para que me lo agradezca nadie. Vaya un puado de
ans...

Doa Pura estaba radiante, y Villaamil, desconcertado en su pesimismo,
pareca un combatiente  quien le destruyen de improviso las defensas
que le amparan, dejndole inerme y desnudo ante las balas enemigas.
Esforzbase en recobrar su aplomo pesimista... Historias... Bueno, y
aunque fuese verdad que Juan, Pedro y Diego me recomendaran, de eso se
sigue que me coloquen? Djame en paz, y pide para ti, pues sin abrir la
boca te lo han de dar, mientras que yo, aunque vuelva loco al gnero
humano, nada alcanzar.

Abelarda, aunque no despleg los labios, senta su pecho inundado de
gratitud hacia Vctor y se congratulaba de amarle, declarndose que
ninguna duda poda existir de la bondad de sus sentimientos. Imposible
que aquel acento noble y hermoso no fuera el acento de la verdad.
Mientras coman, se discuti lo mismo: Villaamil opinando tercamente que
jams habra piedad para l en las esferas ministeriales, y la familia
entera sosteniendo con denuedo lo contrario. Entonces solt Luisito
aquella frase que fu clebre en la familia durante una semana y se
coment y repiti hasta la saciedad, celebrndola como gracia
inapreciable,  como uno de esos rasgos de sabidura que de la mente
divina pueden descender  la de los seres cuyo estado de gracia les
comunica directamente con aqulla. Lo dijo Cadalsito con ingenuidad
encantadora y cierto aplomo petulante que aumentaba el hechizo de sus
palabras. Pero abuelito, parece que eres tonto. Por qu ests pidiendo
y pidiendo  esos tos de los Ministerios, que son unos cualisquieras y
no te hacen caso? Pdeselo  Dios, ve  la iglesia, reza mucho, y vers
cmo Dios te da el destino.

Todos se echaron  reir; pero en el nimo de Villaamil hizo efecto muy
distinto la salida del inspirado nio. Por poco se le saltan al buen
viejo las lgrimas, y dando un golpe en la mesa con el cabo del tenedor,
deca: Ese demonches de chiquillo sabe ms que todos nosotros y que el
mundo entero.




XXIV


Marchse Vctor, apenas tomado el postre, que era, por ms seas, miel
de la Alcarria, y de sobremesa, doa Pura ech en cara  su marido la
incredulidad y desabrimiento con que ste haba odo lo expresado por el
yerno.

--Por qu no ha de ser cierto que se interesa por ti? No debemos
ponernos siempre en la mala. Es ms: Vctor, si no lo ha hecho, estaba
en la obligacin de hacerlo.

--Pues es claro...--observ Abelarda, dispuesta  hacer panegrico
ardiente de su cuado,  quien no entenda en la cuestin de amores,
pero cuya cacareada maldad estimaba calumniosa.

--Pero vosotras--dijo Villaamil sulfurndose--sois tan cndidas que
creis lo que dice ese embustero trapaln?... Apuesto lo que queris 
que, en vez de recomendarme, lo que ha hecho es llevarle al Jefe del
Personal algn cuento para que se le quiten las pocas ganas que tiene de
servirme...

--Jess, Ramn!

--Pap, por Dios!... tambin usted tiene unas cosas...

--Parece mentira que en tantos aos no hayis aprendido  conocer  ese
hombre (exaltndose), el ms malo y ms traicionero que hay bajo la capa
del sol. Para hacerle ms temible, Dios, que ha hecho tan hermosos 
algunos animales dainos, le di  ste el mirar dulce, el sonreir
tierno y aquella parla con que engaa  los que no le conocen, para
atontarles, fascinarles y comrseles despus... Es el monstruo ms...

Detvose Villaamil al reparar que estaba presente Luisito, quien no
deba oir semejante apologa. Al fin era su padre. Y por cierto que el
pobre nio clavaba en el abuelo sus ojos con expresin de terror.
Abelarda, como si le arrancaran el corazn  tenazazos, senta impulsos
de echarse  llorar, seguidos de un brutal anhelo de contradecir  su
padre, de taparle la boca, de disparar algn denuesto contra su cabeza
venerable. Levantse y se fu  su cuarto, aparentando que entraba 
buscar algo, y desde all oy an el murmullo de la conversacin... Doa
Pura denegaba tmidamente lo dicho por su esposo, y ste, despus que se
retir Luisito, llamado por Milagros para lavarle en la cocina boca y
manos, reiter su brbaro, implacable y sangriento anatema contra
Vctor, aadiendo que con l no iba ni  recoger monedas de cinco duros.
Era tan hondo el acento del buen Villaamil, y tan lleno de sinceridad y
conviccin, que Abelarda crey volverse loca en aquel mismo instante,
soando como nico alivio  su desatada pena salir de la casa, correr
hacia el Viaducto de la calle de Segovia y tirarse por l. Figurbase el
momento breve de desplomarse al abismo, con las enaguas sobre la cabeza,
la frente disparada hacia los adoquines. Qu gusto! Despus la
sensacin de convertirse en tortilla, y nada ms. Se acabaron todas las
fatigas.

 poco de esto, empez  llegar la escogida sociedad que frecuentaba en
determinadas noches aquella elegante mansin. Milagros, terminada su
faena en la cocina, prepar la luz de petrleo para iluminar la sala. Se
arregl, dejando en la cocina  la vieja que iba  fregar, pues la
_pudorosa Ofelia_, si se adaptaba con gusto a todos los ramos de la
culinaria, no entraba con aquel rudo trajn del fregado, y  poco
penetr en _sus salones_ tan bien apaadita que daba gusto verla.
Abelarda tard ms en presentarse, y apareci al fin con tan fuerte mano
de polvos en la cara, que pareca una molinera. Y aun no bastaba tanto
afeite  disimular el tono cadavrico de su faz ni el cerco violado de
sus ojos. Virginia Pantoja, su madre y otras seoras la observaron y
callaban, guardando sus comentarios para postdata de la tertulia.
Ninguna de las amigas dej de decir para s: Ajadilla est! Fue
tambin aquella noche Salvador Guilln, el cual present  su compaero
de oficina, el elegante Espinosa. Villaamil, desde que empezaba 
entrar gente, se iba  la calle, renegando de la tal tertulia, y se
pasaba en el caf un par de horitas oyendo hablar de crisis  probando,
como dos y tres son cinco, que deba haberla. Sola Pantoja acompaarle,
volviendo despus con l para recoger  la familia, y por el camino
seguan glosando el tema eterno, sin agotarlo nunca ni encontrar jams
la ltima variacin. Conocedor sagaz de la vida burocrtica y de las
misteriosas energas psicolgicas que determinan la elevacin y cada de
funcionarios, Pantoja trazaba  su amigo un nuevo plan de campaa.
Primero, sin perjuicio de buscarse entre la gente poltica de influencia
algn padrinazgo de empuje, convena no dejar vivir al Ministro, ni al
Jefe del Personal; convertirse en su sombra, espiarles las entradas y
salidas, acometerles cuando ms descuidados estuvieran, ponerles en el
terrible dilema de _la credencial_  _la vida_, imponerse por el terror.
De esta manera se sacaba siempre tajada, pues al fin, Ministros,
Subsecretarios y Jefes del Personal eran hombres, y para poder respirar
y vivir daban al moscn lo que peda, por quitrselo de encima de su
alma y perderlo de vista. Reconociendo el profundo sentido humano y
poltico de estos consejos, Villaamil deploraba sinceramente haber
llegado al extremo de ser l lo que tantas veces haba censurado en
otros; acosador importuno y pordiosero inaguantable.

Vctor no sola concurrir a las tertulias; pero aquella noche entr ms
temprano que de costumbre y pas  la sala, produciendo la admiracin de
Virginia Pantoja y de las chicas de Cuevas. Era tan superior por todos
conceptos  los tipos que all se vean! Guilln le tena ojeriza, y
como Vctor le pagaba en la misma moneda, se tirotearon con frases de
doble sentido, haciendo reir  la concurrencia.

Al da siguiente, antes de almorzar, hallndose en el comedor Vctor, su
suegra, Abelarda y Luisito, que acababa de llegar de la escuela, dijo
Cadalso  doa Pura:

--Pero cmo reciben ustedes en su casa  ese cojo inmundo? No
comprenden que viene por divertirse observando y contar luego en la
oficina lo que ve?

--Pero acaso tenemos monos pintados en la cara--dijo Pura con
desenfado,--para que ese cojitranco venga aqu nada ms que  reirse?

--Es un sapo venenoso que en cuanto ve algo que no es sucio como l, se
irrita y suelta toda la baba. Cuando pap va  la oficina de Pantoja,
en qu creen ustedes que se ocupa Guilln? En hacerle la caricatura.
Tiene ya una coleccin que anda de mano en mano entre aquellos gandules.
Ayer, sin ir ms lejos, vi una con un letrero al pie que dice: _El seor
de Miau, meditando su plan de Hacienda_. Haba ido corriendo de oficina
en oficina, hasta que Urbanito Cucrbitas la llev al Personal, donde
el majadero de Espinosa, hermano de ese cursiln que estuvo aqu anoche,
la peg en la pared con cuatro obleas para que sirviera de chacota 
todo el que entraba. Cuando vi aquello me sulfur, y por poco se arma
all la de San Quintn.

Doa Pura se indign tanto, que el coraje le cortaba la respiracin y la
palabra.

--Pues yo le dir  ese galpago que no vuelva  poner los pies en mi
casa... Y cmo dices que llaman  mi marido? Habr desvergenza?...

--Es que le quieren aplicar ahora el mote que le pusieron  la familia
en el Real--dijo Vctor dulcificando su crueldad con una sonrisa;--mote
que no tiene maldita gracia.

-- nosotras,  nosotras!--exclamaron  un tiempo, rojas de ira, las
dos hermanas.

--Tommoslo  risa, pues no merece otra cosa. Es pblico y notorio que
cuando toman ustedes posesin de su sitio en el Paraso, todo el mundo
dice: Ya estn ah las _Miaus_... qu tontera!

--Y el muy mamarracho se re de la gracia!--exclam doa Pura cogiendo
lo primero que encontr  mano, que fu un pan, y apuntando con l  la
cabeza de su yerno.

--No, no la emprenda usted conmigo, seora, que no soy yo autor del
apodo... Pues si yo las acompaara  ustedes alguna vez y un cursi de
aqullos se atreviera  mayar delante de m, de la primera boletada
todas sus muelas salan  tomar el aire.

--No ests t mal fantasmn (devorando su ira). Pico, y nada ms que
pico. Si no tuviramos nosotras ms defensa que t!...

La ira de las dos hermanas era nada en comparacin de la que agitaba el
nimo de Luisito Cadalso, al oir que el cojo Guilln motejaba  su
abuelo y le pona en solfa; y para s deca: De todo esto tiene la
culpa _Posturitas_, y le he de dar pa el pelo, porque la ordinariota de
su mam, que es hermana de Guilln, fu la que puso el mote, contro!, y
luego se lo dijo al cojo, que es un sapo venenoso, y el muy canalla se
lo ha dicho  los de la oficina.

Tan rabioso se puso, que al ir  la escuela cerraba los puos y apretaba
los dientes. De seguro que si encuentra  _Posturitas_ en la calle la
emprende con l dndole una morrada buena en _mit la cara_. Tocle
despus estar  su lado en la clase y le peg con el codo, dicindole:
No _quio na_ contigo, sinvergenza. T no eres caballero, ni tu familia
tampoco son caballeros. El otro no le contest, y dejando caer la
cabeza sobre el brazo, cerr los ojos como vencido de un profundo sueo.
Hubo de notar entonces Cadalso que su amigo tena la cara muy encendida,
los prpados hinchados, la boca abierta, respirando por ella, y  ratos
soplando fuertemente por la nariz, como si quisiera desobstruirla.
Nuevos y ms fuertes codazos de Luisito no le hicieron salir de aquel
pesado sopor. Qu tienes, recontro?... ests malo? La cara de
_Posturitas_ echaba fuego. El maestro lleg por all, y vindole en tal
estado y que no haba medio de enderezarle, le observ, le puls, le
puso la mano en la cara. Chiquillo, t ests malo; vete corriendo  tu
casa y que te acuesten y te abriguen bien para que sudes. Levantse
entonces el rapaz tambalendose, y con cara y gesto de malsimo humor,
atraves la sala de la escuela. Algunos compaeros le miraron con
envidia porque se iba  su casa antes que los dems. Otros, Cadalsito
entre ellos, crean que la enfermedad era farsa, pura comedia para irse
de pingo y estarse brincando toda la tarde en el Retiro con los peores
gateras de Madrid. Porque era muy pillo, muy embustero, y en ponindose
 inventar y  hacer pamemas, no haba quien le ganara.

Al da siguiente, Murillito trajo la noticia de que Paco Ramos estaba
enfermo de tabardillo, y que le haba entrado tan fuerte, pero tan
fuerte, que si no bajaba la calentura aquella noche, se morira. Hubo
discusin  la salida sobre ir  no  verle. Que eso se pega,
_hombre_.--Que no se pega... bah, t!--Morral.--Morral l. Por
fin, Murillito, otro que llamaban Pando y Cadalso con ellos, fueron 
verle. Era  dos pasos de la escuela, en la casa que tiene farol y
muestra de prestamista. Subieron los tres muy ternes, discutiendo
todava si se pegaba  no se pegaba la _tifusidea_, y Murillito, el ms
farfantn de la partida, les animaba escupiendo por el colmillo. No
seis gallinas. Si creeris que por entrar vus vais  morir!...
Llamaron, y les abri una mujer, quien al ver la talla y fuste de los
visitantes, no les hizo maldito caso y les dej plantados, sin dignarse
responder  la pregunta que hizo Murillito. Otra mujer pas por el
recibimiento y dijo: Qu buscan aqu estos monos? Ah! Vens  saber
de Paquito? Ms animado est esta tarde... Que pasen, que pasen--grit
dentro otra voz femenil,-- ver si mi nio les conoce. Vieron, al
entrar, el despacho de los prstamos, donde estaba un seor de gorro y
espejuelos que _pareca un ministro_ (segn pens Cadalso), y
atravesaron luego un cuarto grande donde haba ropa, golfos de ropa, la
mar de ropa, y por fin, en una habitacin toda llena de capas dobladas,
cada una con su cartn numerado, yaca el enfermo y  su lado dos
enfermeras, la una sentada en el suelo, la otra junto al lecho.
_Posturitas_ haba delirado atrozmente toda la noche y parte de la
maana. En aquel momento estaba ms tranquilo, sin que el recargo se
iniciara an. Rico--le dijo la mujer  seora instalada  la cabecera,
y que deba de ser la mam,--aqu estn tus amiguitos, que vienen 
preguntar por ti. Quieres verles? El pobre nio exhal una queja,
como si quisiera romper  llorar, lenguaje con que indican las criaturas
enfermas lo que les desagrada y molesta, que suele ser todo lo
imaginable. Mrales, mrales. Te quieren mucho. Paquito di una vuelta
en la cama,  incorporndose sobre un codo, ech  sus amigos una mirada
atnita y vidriosa. Tena los ojos, aunque inflamados, mortecinos, los
labios tan crdenos que parecan negros, y en los pmulos manchas de
color de vino. Cadalso senta lstima y tambin terror instintivo que le
mantuvo desviado de la cama. La mirada fija y sin luz de su compaero de
escuela le haca temblar. Paco Ramos sin duda no conoci de los tres ms
que  Luisito, porque slo dijo _Miau, Miau_, despus de lo cual su
cabeza se derrumb sobre la almohada. La madre hizo una sea  los
chicos para que despejaran, y ellos obedecieron como unos santos. En la
habitacin prxima tropezaron con dos hermanillos de _Posturitas_, ms
chicos que l, carisucios y culirrotos, los zapatos agujereados y los
mandiles hechos una sentina. El uno arrastraba un mueco de trapo
amarrado por el pescuezo, y el otro un caballo sin patas, gritando como
un desesperado _arre!_ Al ver gente menuda, se fueron detrs, deseando
hacer migas con ella; pero Murillo, echndoselas de persona, les
reprendi por la bulla que armaban, estando el hermanito malo. Ellos se
miraron estupefactos. No comprendan jota. El ms pequeo sac del
bolsillo del delantal un pedazo de pan ya muy lamido, todo lleno de
babas, y le meti el diente con fe. Al pasar por la sala, el seor aquel
que pareca un ministro estaba examinando dos mantones de Manila que lo
presentaba una mujer. Los tres amigos lo saludaron con exquisita
cortesa, pero l no les contest.




XXV


Muy pensativo se fu Cadalsito  su casa aquella tarde. El sentimiento
de piedad hacia su compaero no era tan vivo como debiera, porque el
mameluco de Ramos le haba insultado, arrojndole  la cara el infamante
apodo, delante de gente. La infancia es implacable en sus
resentimientos, y la amistad no tiene races en ella. Con todo, y aunque
no perdonaba  su mal educado compaero, pens pedir por l en esta
forma: Ponga usted bueno  _Posturitas_.  bien que poco le cuesta. Con
decir _levntate, Posturas_, ya est. Acordndose despus de que la
mam de su amigo, aquella misma seora que estaba junto al lecho tan
afligida, era la inventora del ridculo bromazo, renovse en l la
inquina que le tena. Pero no es _seora_--pens.--No es ms que
_mujer_, y ahora Dios la castiga de firme por poner motes.

Aquella noche estuvo muy intranquilo; dorma mal, se despertaba  cada
instante, y su cerebro luchaba angustiosamente con un fenmeno muy
singular. Habase acostado con el deseo de ver  su benvolo amigo el de
la barba blanca; los sntomas precursores se haban presentado, pero la
aparicin no. Lo doloroso para Cadalsito era que soaba que la vea, lo
que no era lo mismo que verla. Al menos no estaba satisfecho, y su mente
forcejeaba en un razonar penoso y absurdo, diciendo: No es ste, no es
ste... porque yo no le veo, sino sueo que le veo, y no me habla, sino
sueo que me habla. De aquella febril cavilacin pasaba  estotra: Y
no podr decir ya que no estudio, porque hoy s que me supe la leccin,
contro! El maestro me dijo: Bien, bien, Cadalso. Y la clase toda
estaba turulata. Largu de corrido lo del adverbio, y no me com ms que
una palabra. Y cuando dije lo de que caa el man en el desierto,
tambin _me lo supe_, y slo me trabuqu despus en aquello de los
Mandamientos, por decir que los trajo encima de un tablero, en vez de
una tabla. Luis exageraba el xito de su leccin de aquel da. La dijo
mejor que otras veces, pero no haba motivo fundado para tanto bombo.

Mala noche fu aqulla para los dos habitantes del estrecho cuarto, pues
Abelarda no haca ms que dar vueltas en su catre, rebelde al sueo,
concilindolo breves minutos, sintindose acometida por bruscos
estremecimientos, que la hacan pronunciar algunas palabras, de cuyo
sonido se asombraba ella propia. Una vez dijo: Huir con l. Y al
punto le respondi un acento suspirn: Con el que tena los anillos de
puros. Al oir esto, di un salto aterrada. Quin le responda? Todo
era silencio en la alcoba; pero al poco rato la voz volvi  sonar,
diciendo: Le castiga usted por malo, por poner motes. Al fin, la mente
de Abelarda se esclareca, pudiendo apreciar la realidad y reconocer la
vocecilla de su sobrino. Volvise del otro lado y se durmi. Luis
murmuraba gimiendo, como si quisiera llorar y no pudiese. Que s me
supe la leccin... que s. Y al cabo de un rato: No me mojes el sello
con tu boca negra... Ves? Eso te pasa por malo. Tu mam no es seora,
sino mujer...  lo que contest Abelarda: Esa elegantona que te
escribe cartas no es dama, sino una ta _ferstica_... Tonto, y me
desprecias  m por ella,  m, que me dejara matar por...! Mam, mam,
yo quiero ser monja. No...--deca Luis,--ya s que no le di usted al
Sr. de Moiss los Mandamientos en un tablero, sino en una tabla...
Bueno, en dos tablas... _Posturas_ se va  morir. Su padre le envolver
en aquel mantn de Manila... Usted no es Dios, porque no tiene
ngeles... En dnde estn los ngeles?

Y Abelarda: Ya pesqu la llave de la puerta. Quiero escapar. Con el
fro que hace, esperndome en la calle!... Vaya un llover!

Luis: Es un ratn lo que _Posturas_ echa por la boca, un ratn negro y
con el rabo mu largo. Me escondo debajo de la mesa. Pap!

Abelarda en voz alta: Qu... qu es eso, Luis? qu tienes?
Pobrecito... esas pesadillas que le dan. Despierta, hijo, que ests
diciendo disparates. Por qu llamas  tu pap?

Despierto tambin Luis, aunque no con el sentido muy claro: Tita, no
duermo. Es que... un ratn. Pero mi pap lo ha cogido. No ves  mi
pap?

--Tu pap no est aqu, tontn; durmete.

--S que est... Mrale, mrale... Estoy despierto, tita. Y t?

--Despjate, hijo... Quieres que encienda luz?

--No... Tengo sueo. Es que todo es muy grande, todas las cosas grandes,
y mi pap estaba acostado contigo, y cuando yo le llam vino  cogerme.

--Prenda, acustate de ladito y no tendrs malos sueos. De qu lado
ests acostado?

--Del lado de la mano izquierda... Por qu es todo grandsimo, del
tamao de las cosas mayores?

--Acustate del lado derecho, alma ma.

--Estoy del lado de la mano izquierda y del pie derecho... Ves? ste es
el pie derecho, tan grande! Por eso la mam de Posturas no es seora.
Tita...

--Qu?

--Ests dormida?... Yo me duermo ahora. Verdad que no se muere
_Posturas_?

--Qu se ha de morir, hombre! No pienses en eso.

--Dme otra cosa. Y mi pap se va  casar contigo?

En la excitacin cerebral que producen la obscuridad y el insomnio,
Abelarda no pudo responder lo que habra respondido  la luz del da con
la cabeza serena; por cuya razn se dej decir: No s todava...
verdaderamente no s nada... Puede...

Poco despus murmur Luis bueno en tono de conformidad, y se qued
dormido. Abelarda no peg los ojos en el resto de la noche, y al da
siguiente se levant muy temprano, la cabeza pesadsima, los prpados
encendidos y el humor destemplado, deseando hacer algo extraordinario y
nuevo, reir con alguien, as fuese el mismsimo cura cuya misa pensaba
oir pronto,  el monago que haba de ayudarla. Se fu  la iglesia, y en
ella tuvo muy malos pensamientos, tales como escabullirse de la casa sin
saber para qu, casarse con Ponce y pegrsela despus, meterse monja y
amotinar el convento, hacerle una declaracin burlesca de amor al cojo
Guilln, empezar la representacin de la comedia y retirarse  la
mitad, dejndoles  todos plantados; envenenar  Federico Ruiz, tirarse
del paraso del Real  las butacas en lo mejor de la pera... y otros
disparates por el estilo. Pero la permanencia en el templo, silencioso y
plcido, las tres misas que oy, sosegaron poco  poco sus nervios,
estableciendo en su cerebro la normalidad de las ideas. Al salir se
asustaba y aun se rea de aquellas extravagancias sin sentido. Pasara lo
de tirarse del paraso  las butacas en un momento de desesperacin;
pero envenenar al pobre Federico Ruiz,  qu santo?

Al llegar  su casa, lo primero que hizo, segn costumbre, fu enterarse
de si Vctor haba salido  no. Result que s, y doa Pura dijo con
alegra no disimulada que su yerno almorzaba fuera. Los recursos se le
haban ido agotando  la seora con la rapidez solutiva de esa sal
puesta en agua que se llama dinero. Cosa ms rara! Lo mismo era cambiar
un duro que deslersele pieza  pieza. Y ya vea prximo el aterrador
lindero que separa la escasez de la carencia absoluta. Detrs de aquel
lindero se alzaban los espectros familiares mirando  doa Pura y
hacindole muecas. Eran sus terribles compaeros de toda la vida, el
deber, el pedir y el empear, resueltos  acompaarla hasta la tumba. Ya
estaba la seora tirando sus lneas  ver si Vctor le daba medios de
zafarse de aquellos socios insufribles. Pero Vctor,  las primeras
indirectas, se haba hecho el mal entendedor, seal de que no encerraba
ya su cartera los tesoros de mejores das. Adems, pudo observar doa
Pura que por dos  tres veces haban venido  cobrarle  su yerno
cuentas de zapateros  sastres, y que Vctor no haba pagado, diciendo
que volvieran  que l pasara por all. Este olor  chamusquina puso 
la seora sobre ascuas.

Fueron aquella tarde doa Pura y su hermana  visitar unas amigas.
Milagros encarg  Abelarda que diese una vuelta por la cocina; pero la
exaltada joven, al quedarse sola, pues Villaamil haba ido al Ministerio
y Luis  la escuela, ech al olvido cacerolas y sartenes, y metise en
el cuarto de Vctor, con el fin de revolver, de escudriar, de ponerse
en ntimo contacto con su ropa y los objetos de su uso. Senta la
insignificante, en esta inspeccin vedada, los estmulos de la
curiosidad mezclados con un goce espiritual de los ms profundos. El
examen de la indumentaria, la exploracin de todos los bolsillos, aunque
en ellos no encontrara cosa de verdadero inters, era un gusto que no
cambiara ella por otros ms positivos  indiscutibles. Porque
manoseando las camisas se supona por momentos en una intimidad  la
cual su viva imaginacin daba apariencias reales. Soaba actos de los
ms nobles, como el cuidar la ropa de su hombre, fuera marido  no,
deseando algo que arreglar en ella, botn suelto  forro descosido; y
en tanto reconoca en el olor la persona, por ms seas limpia y
elegante, gozando en olfatearla  menor distancia que en familia y ante
el mundo. Las pocas veces que Abelarda poda darse estos atracones de
idealidad y sensaciones rebuscadas, sus registros de bolsillos no
arrojaban ninguna luz sobre el misterio que  su parecer envolva la
existencia de Cadalso.  veces, encontraba en el bolsillo del pantaln
perros grandes  chicos, billetes de tranva y butacas de teatro; en los
de la americana  levita, alguna nota del Ministerio, alguna carta
indiferente. Al concluir, cuidaba de volver todo  su sitio para que no
fuera notado el escrutinio, y se sentaba sobre el bal  meditar. No
haba sido posible poner en el cuarto de Vctor cmoda ni armario
ropero, de modo que tena su equipo en la misma maleta de viaje, como si
estuviera por pocos das en una fonda. Lo que desesperaba  la
insignificante, era encontrar el bal siempre cerrado. All s que
habra querido ella meter manos y ojos. Qu de secretos guardara
aquella cavidad misteriosa! Varias veces haba probado  abrirla con
llaves diferentes, pero en vano.

Pues seor, aquel da, al sentarse en el bal, tlin!, un rumorcillo
metlico. Mir, y... las llaves estaban puestas! Vctor se haba
olvidado de quitarlas, faltando  sus hbitos cautelosos y previsores.
Ver las llaves, abrir y levantar la tapa casi fueron actos simultneos.
Gran desorden en la parte superior del contenido. Haba all un
sombrero chafado, de los que llaman _livianillos_, cuellos y puos
sueltos, cigarros, una caja de papel y sobres, ropa blanca y de punto,
peridicos doblados, corbatas ajadas y otras nuevecitas. Abelarda
observ todo un buen rato sin tocar, enterndose bien, como es uso de
curiosos y ladrones, de la colocacin de los objetos para volver 
ponerlos lo mismo. Luego desliz la mano por un lado, explorando la
segunda capa. No saba por dnde empezar. Al propio tiempo, la
presuncin de que Vctor andaba en los con alguna seora de mucho
lustre y empinadsimo copete, se impona y destacaba sobre las ideas
restantes. Pronto se descubrira todo; all se encontraban de fijo las
pruebas irrecusables. De tal modo dominaba este prejuicio la mente de
Abelarda, que antes de descubrir el cuerpo del delito ya crea
olfatearlo, porque el olfato era quizs su sentido ms despierto en
aquellas pesquisas. Ah! no lo dije? Qu es esto? Un ramito de
violetas. En efecto, al levantar con cuidado una pieza de ropa,
encontr el ramo ajado y oloroso. Sigui explorando. Su instinto, su
intuicin  corazonada, que tena la fuerza de una luz precursora  de
indicador misterioso, la guiaba por aquellas revueltas honduras. Sac
varias cosas cuidadosamente, las puso en el suelo, y adelante; busca de
aqu, busca de all, su mano convulsa di con un paquete de cartas. Ah!
por fin haba parecido la clave del secreto. Si no poda ser de otro
modo! Cogi el paquete, y al sentirlo entre sus dedos infundile terror
su propio hallazgo.

Sin quitar la goma ley algo ya, pues las cartas no tenan envoltura que
las cubriese. Lo primero que se ech  la cara fu una coronita
estampada en el membrete de la carta superior; y como no era fuerte en
herldica, no supo si la corona era de marquesa  de condesa... Pens
entonces la insignificante en su mucho acierto y sagacidad. No, no poda
ella equivocarse al suponer que la misteriosa persona con quien _l_
estaba en relaciones era de alta categora. Haba nacido Vctor para las
esferas superiores de la vida, como el guila para remontarse  las
alturas. Pensar que hombre de tales condiciones descendiese  las
esferas de cursilera y pobreza en que ella viva... absurdo! y
raciocinando as, persuadase tambin de que lo incomprensible y
tenebroso de la conducta y del lenguaje de Vctor no era falta de l,
sino de ella, por no alcanzar con sus cortas luces y su apreciacin
vulgar de la vida  la superioridad de semejante hombre.

 leer tocan. No saba la joven por dnde empezar. Hubiera querido
echarse al coleto en un santiamn todas las cartas de cruz  fecha. El
tiempo apremiaba; su madre y su ta no tardaran en entrar. Ley
rpidamente una, y cada frase fu una cuchillada para la lectora. All
se trataba de negativa de rompimiento, se daban descargos como
respondiendo  una acusacin celosa: all se prodigaban los trminos
azucarados que Abelarda no haba ledo nunca ms que en las novelas;
all todo era finezas y protestas de amor eterno, planes de ventura,
anuncios de entrevistas venideras, y recuerdos dulces de las pasadas,
refinamientos de precaucin para evitar sospechas, y al fin derrames de
ternezas en forma ms  menos velada. Pero el nombre, el nombre de la
sinvergenzona aqulla, por ms que la lectora lo buscaba con ansia, no
pareca en ninguna parte. La firma no rompa el annimo;  veces una
expresin convencional, _tu chacha, tu nenita_;  veces un simple
garabato... Pero lo que es nombre, ni rastros de l. Leyendo todo, todo
cuidadosamente, se habra podido sacar en limpio, por referencias, quin
era la _chacha_; pero Abelarda no poda detenerse; ya era tarde,
llamaban  la puerta... Haba que colocar todo en su sitio de modo que
no se conociese la mano revoltijera. Hzolo rpidamente, y fu  abrir.
Ya no se borr ms de su mente, en aquel da ni en los que le siguieron,
la fingida imagen de la odiada seora. Quin sera? La insignificante
se la figuraba hermosota, muy _chic_, mujer caprichosa y desenfadada,
como  su parecer lo eran todas las de las altas clases. Qu guapa
debe de ser!... qu perfumes tan finos usar!--se deca  todas horas
con palabras de fuego que del cerebro le salan para estamprsele en el
corazn.--Y cuntos vestidos tendr, cuntos sombreros, cuntos
coches!...




XXVI


All va otra vez el amigo D. Ramn  la oficina de Pantoja. l no quiere
hablar de su pleito, de su cuita inmensa y desgarradora, pero sin
quererlo habla; y cuanto dice va  parar insensiblemente al eterno tema.
Le pasa lo que  los amantes muy exaltados, que cuanto hablan  escriben
se convierte en substancia de amor. Aquel da encontr en la oficina de
su amigo  cierto sujeto que discuta ardorosamente. Era un seor de
provincia, uno de aquellos enemigos de la Administracin  quienes _el
honrado_ designaba con el desdeoso nombre de _particulares_;
comerciante de vinos al por mayor, con establecimiento abierto, y la
Hacienda le haba cogido por banda, hacindole pagar contribucin por
dos conceptos. Protest l alegando que renunciaba  detallar,
quedndose slo con el almacn. El asunto pas  informe de Pantoja.
Quejbase el _particular_ de que se le hiciera pagar por dos conceptos,
y va Pantoja y qu hace? Pues informar que pagara por tres. De suerte
que mi hombre, hecho un basilisco, dijo all tales picardas de la
Administracin, que por poco le echan  la calle. Villaamil comprenda
que tena razn. Nunca haba sido l verdugo del _particular_, como su
amigo Pantoja; pero no se atrevi  intervenir por no malquistarse con
_el honrado_. Su flaqueza le llev hasta apoyar la providencia del
Dracn administrativo, diciendo:

--Claro, por tres conceptos: por el de detallista, por el de almacenista
y por el de fabricante de vinos.

En fin, que el desgraciado _particular_ se larg trinando como ruiseor
en la poca del celo, y cuando se quedaron solos Villaamil y Pantoja, al
primero le falt tiempo para decir:

--Ha vuelto Vctor por aqu? Cmo va su expediente?

Pantoja tard en responder; tena la boca lo mismo que si se la hubieran
cosido. Se ocupaba en abrir pliegos, dentro de los cuales, al ser
abiertos, sonaba la arenilla pegada  la tinta seca, y _el honrado_
cuidaba de que los tales polvos no se cayeran lstima de desperdicio! y
prolijamente los verta en la salbadera. Era en l costumbre antigua
este aprovechamiento de los polvos empleados ya en otra oficina, y lo
haca con nimio celo, cual si mirase por los intereses de su ama, la
seora Hacienda.

--Creme  m--replic al fin, dando permiso  la boca y poniendo la
mano por pantalla  fin de que sus oficiales no oyeran.--No le harn
nada  tu yerno. El expediente es msica. Creme  m que conozco el
pao.

--Ventura, las influencias lo pueden todo--observ Villaamil con inmensa
pena;--absolver  los delincuentes, y aun premiarlos, mientras los
leales perecen.

--Y las influencias que vuelven el mundo patas arriba y hacen escarnio
de la justicia, no son las polticas... quiero decir que estas
influencias no revuelven el cotarro tanto como otras.

--Cules?--pregunt Villaamil.

--Las faldas--replic Pantoja tan  media voz, que Villaamil no lo oy,
y tuvo que hacerse repetir el concepto.

--Ah!... Noticia fresca... Pero dime. Crees t que Vctor, por ese
lado...?

--Me ha dado en la nariz (con malicia, llevndose el dedo  la punta de
aquella faccin). No aseguro nada; es que yo, con mi experiencia de esta
casa, lo huelo, lo huelo, Ramn... no s... puede que me equivoque. Al
tiempo. Anoche en el caf, Ildefonso Cabrera, el cuado de tu yerno,
cont de ste ciertos lances...

--Dios, qu cosas ve uno!--dijo Villaamil llevndose las manos  la
cabeza. Y en medio de su catoniana indignacin, pensando en aquella
ignominia de las faldas corruptoras, se preguntaba por qu no habra
tambin faldas benficas que, favoreciendo  los buenos, como l,
sirvieran  la Administracin y al pas.

--Eso tuno sabe por dnde anda. Acurdate de lo que te digo: le echarn
tierra al expediente...

--Y venga el ascenso... y ole morena.

Son el timbre, y Pantoja fu al despacho del Director, que le llamaba.
En cuanto sali, los subalternos la emprendieron con el cesante.

--Amigo Villaamil, ni usted ni yo echaremos buen pelo hasta que no suban
los nuestros; y los nuestros son los del petrleo.

--As subieran maana--dijo D. Ramn agitando las quijadas y poniendo en
sus ojos toda la ferocidad de su expresin carnvora.

--No lo diga usted de broma, que esto est muy malo. Hay crisis.

--Qu broma? S, para bromitas est el tiempo! As saltara esta noche
el cantn de Madrid y la _Commune_ inclusive, y tocaran  pegar fuego...
Les digo  ustedes que el amigo Job era un nio mimado y se quejaba de
vicio... Que venga el santo petrleo, que venga. Ms de lo que nos han
quitado no nos han de quitar... Peor que esta gente no lo han de hacer.

--Sabe usted la que corre hoy? Que van  ceder las Islas Baleares 
Alemania... Y que quieren arrendar las Aduanas  no s qu empresa
belga, recibiendo el primer plazo en unos puentes viejos para
ferrocarriles.

--Como si lo viera, hombre, como si lo viera... Todo lo que sea un
disparate tiene aqu su fundamento. Francamente, el D. Antonio tendr
mucho pesquis, pero no se le conoce... Digo, cualquiera que estuviese en
su puesto, me parece  m que lo haba de hacer mejor.

--Pues claro!--dijo el _caballero de Felipe IV_ atusndose el bigotillo
embetunado.--Y si no, figrese usted que los que estamos aqu formamos
un Ministerio. Villaamil, Presidencia; Espinosa, por la buena lmina,
ira  Estado  poner varas  las diplomticas.

--Y que las hay de _buten_.  Guilln le encajamos en Guerra.

--Madre de Dios! Un cojo en Guerra! Mejor es en Marina.

--S, para que reme con las muletas.

-- por lo que tiene de tortuga--dijo Argelles, que no perdonaba
ocasin de tirar una china al cojo.--Y para m, venga la carterita de
Gobernacin.

--Clavado. Para que pueda colocar de temporeros  su cfila de hijos,
los de teta inclusive.

--Y para que expida una Real orden mandando que se toque la trompa en
todos los entierros. Y Hacienda, seores?

--Hacienda, Villaamil, con la Presidencia.

--Y qu le damos al _insine_ Pantoja?

--Hacienda, Ventura, qu duda tiene?--apunt Villaamil, que no tomaba
aquello en serio, pero dejaba correr la broma para prestar un poco de
esparcimiento  su angustiado espritu.

--S, buena se iba  armar!... Y el _income tax_?

--Lo que es eso...--observ Villaamil sonriendo triste y
descorazonado--no me lo pasaba.

--No; fuera Pantoja, que es capaz de imponer una contribucin sobre las
pulgas que lleva cada _quisque_. Viva el _income tax_, dogma del nuevo
Gabinete, y la unificacin de la Deuda.

--Eso... (con seriedad, bostezando) es fcil que me lo admitiera
Ventura... Vaya, caballeros (como quien vuelve en s, levantndose con
ademn diligente), ustedes tienen que hacer, y yo _dem_.  trabajar se
ha dicho.

Y pas  Propiedades (el mismo piso  la derecha), donde era segundo
Jefe D. Francisco Cucrbitas, y de all baj para caer como una bomba en
el Personal, donde tena varios conocidos, entre ellos un tal Sevillano,
que  veces le informaba de las vacantes efectivas  presuntas. Despus
bajaba  Tesorera, dando una vuelta por el Giro Mutuo, previo el
consabido palique de los porteros al entrar en cada oficina. En algunas
partes le reciban con cordialidad un tanto helada; en otras, la
constancia de sus visitas empezaba  ser molesta. No saban ya qu
decirle para darle esperanzas, y los que le haban aconsejado que
machacase sin tregua, se arrepentan ya, viendo que sobre ellos se pona
en prctica el socorrido consejo. En el Personal era donde Villaamil se
mostraba ms tenaz y jaquecoso. El Jefe de aquel departamento, sobrino
de Pez y sujeto de mucha escama, le conoca, aunque no lo bastante para
apreciar y distinguir las excelentes prendas del hombre, bajo las
importunidades del pretendiente. As, cuando las visitas arreciaron, el
Jefe no ocultaba su desabrimiento ni sus pocas ganas de conversacin.
Villaamil era delicado, y sufra lo indecible con tales desaires; pero
la imperiosa necesidad le obligaba  sacar fuerzas de flaqueza y 
forrar de vaqueta su cara. Con todo,  veces se retiraba consternado,
diciendo para su capote: No puedo, Seor, no puedo! El papel de
mendigo porfiado no es para m. Y la consecuencia de este abatimiento
era no parecer unos das por el Personal. Luego volva la ley tirnica
de la necesidad  imponerse brutalmente; el amor propio se sublevaba
contra el olvido, y  la manera del lobo en ayunas, que sin reparar en
el peligro de muerte se echa al campo y se aproxima impvido al casero
en busca de una res  de un hombre, as D. Ramn se lanzaba otra vez,
hambriento de justicia,  la oficina del Personal, arrostrando desaires,
malas caras y peores respuestas. Quien mejor le reciba y ms le
alentaba, ofrecindole cordialmente su ayuda, era D. Basilio Andrs de
la Caa (Impuestos). Terminada la excursin, Villaamil volva  su rasa
rendido de cuerpo y espritu. Su mujer le interrogaba con arte; pero l,
firme en su dignidad estudiada, sostena no haber ido al Ministerio ms
que  fumar un cigarro con los amigos: que no esperando nada, no
formulaba pretensiones, y que la familia no deba edificar castillos en
el aire, sino irse preparando para un viaje de recreo  San Bernardino.
Replicaba  esto Pura que si l no haca por colocarse, entrara ella 
funcionar, apelando  la intercesin de la seora de Pez, Carolina de
Lantigua, pues hasta los gatos saben que donde acaba la eficacia de las
recomendaciones polticas, empieza la de las _faldas_.

--Ah! No es esa _faldamenta_ la que hace y deshace la
fortuna--responda Villaamil con profundo escepticismo, hijo de su
conocimiento del mundo burocrtico.--Carolina Pez es una seora honrada,
es decir, para el caso, la carabina de Ambrosio. Adems... hazte cargo:
los _Peces_ no privan ahora; se defienden, y nada ms. Ya hay quien
habla de dejarles en seco. Figrate una gente que ha mamado en todas las
ubres y que ha sabido empalmar la Gloriosa con Alfonsito... Pues el
turrn que ellos comen es el que corresponde  tantos leales como
estamos mirando  la luna. Ya principia  levantarse un runrn contra
ellos. Y digo ms: la Administracin necesita de servidores fieles,
identificados, fjate bien, identificados con la poltica monrquica; es
preciso que no se vinculen los destinos; es menester que hay a turno. Si
no, adnde vamos  parar? Y ah tienes al Jefe del Personal, sobrino de
Pez, vendiendo proteccin  los que, por no servir  la jeringada
Repblica, sacrificaron sus destinos. Esto es escandaloso y no se ha
visto nunca. De esta manera no se puede evitar que haya trifulcas, y que
 Espaa se la lleve Pateta. Conque te vas enterando? Por el lado de
Pez, ya se trate de Peces con faldas  con pantalones, no esperes tanto
as. Por supuesto (volviendo  su tema, del cual se haba olvidado en el
calor del discurso), con Peces y sin Peces, para m no habr nada. La
Caa es el nico que se interesa ahora por m. Algo hara si pudiera.
Pero tengo enemigos ocultos, que en la sombra trabajan por hundirme.
Alguien me ha jurado guerra  muerte. Quin podr ser, no lo s; pero el
traidor existe, no lo dudes.

Por aquellos das, que eran ya primeros de Marzo, volvi la infortunada
familia  notar los prdromos de la _sindineritis_. Hubo una semana de
horrible penuria, mal disimulada ante los ntimos, sobrellevada por
Villaamil con estoica entereza y por doa Pura con aquella ecuanimidad
valerosa que la salvaba de la desesperacin. Pero el remedio vino
inopinadamente y por el mismo conducto que en otra ocasin no menos
aflictiva. Vctor volvi a estar boyante. Su suegra fu sorprendida
cuando menos lo pensaba por nuevos ofrecimientos de metlico, que no
vacil en aceptar, sin meterse en la filosofa de inquirir la
procedencia. Ni crey discreto contarle  su marido que haba visto la
cartera de Vctor reventando de billetes. Como que se le haban
encandilado los ojos! Embols los cuartos recibidos y las
consideraciones que el caso le sugera. Si aun no le haban colocado,
de dnde sacaba tanto dinero? Y aunque le hubieran colocado... Por
fuerza haba mano oculta... En fin,  qu escarbar en el temido enigma?
No gustaba ella de averiguar vidas ajenas.

Vctor andaba otra vez muy fachendoso. Se haba encargado ms ropa,
tena butaca una y otra noche en diferentes teatros, y en el mismo Real;
haca frecuentes regalitos  toda la familia, y su esplendidez lleg
hasta convidar  las tres _Miaus_  la pera,  butaca nada menos.

Lo que produjo en Villaamil verdadera indignacin, pues era un escarnio
de su pobreza y un insulto  la moral pblica. Pura y su hermana se
rieron del ofrecimiento, pues aunque rabiaban por ir, carecan de los
perendengues necesarios  semejante exhibicin. Abelarda se neg
resueltamente. Armse gran disputa sobre esto, y la mam sugiri algunas
ideas para obviar las grandes dificultades con que el pensamiento de su
yerno tropezaba en la prctica. Vase lo que discurri el cacumen
arbitrista de la _figura de Fra Anglico_. Sus amigas y vecinas las de
Cuevas se ayudaban, como se ha dicho antes, con la confeccin de
sombreros. En cierta ocasin que las _Miaus_ pescaron tres butacas de
peridico para el Espaol, Abelarda, doa Pura y Bibiana Cuevas se
encasquetaron los mejores modelos que aquellas amigas tenan en su
taller, despus de arreglarlos cada cual  su gusto. Por qu no hacer
lo mismo en la ocasin que se discuta? Bibiana no se haba de oponer. Y
por cierto que tena en aquel entonces tres  cuatro _prendas_, una de
la marquesa A, otra de la condesa B,  cual ms bonitas y elegantes. Se
las disfrazaba, pues para eso haba en el taller cantidad de alfileres,
hebillas, cintas y plumas, y aunque sus dueas estuvieran en el teatro,
no haban de conocer las mascaritas. En cuanto  los vestidos, ellas lo
arreglaran, con ayuda de las amigas, procurndose adems algn abrigo,
trado de la tienda para probarlo, y como Vctor se haba brindado 
regalarles tambin los guantes, no era un arco de iglesia el ir 
butacas, Cuntos no iran disimulando con menos gracia la _tronitis_!




XXVII


Abelarda se resisti  esta trapisonda, asegurando que ni en pedazos la
llevaran  butacas de aquella manera, y as qued la cuestin. Todo se
redujo  ir  delantera de paraso una noche que dieron _La Africana_, y
al punto de sentarse las tres cundi por la concurrencia de aquellas
alturas el comentario propio de tan desusado acontecimiento. Las
_Miaus_ en delantera! En diez aos no se haba visto un caso igual. La
vasta gradera del centro y las laterales estaban llenas de bote en
bote. Las _Miaus_ eran conocidas de todo aquel pblico como puntos fijos
del paraso, siempre en la ltima fila lateral de la derecha junto  la
salida. La noche que faltaban notbase un vaco, como si desaparecieran
los frescos de la techumbre. No eran ellas las nicas _abonadas 
paraso_, pues innumerables personas y aun familias se eternizan en
aquellos bancos, sucedindose de generacin en generacin. Estos
benemritos y tenaces _dilettanti_ constituyen la masa del entendido
pblico que otorga y niega el xito musical, y es archivo crtico de las
peras cantadas desde hace treinta aos y de los artistas que en las
gloriosas tablas se suceden. Hay all crculos, grupos, peas y
tertulias ms  menos ntimas; all se traban y conciertan relaciones;
de all han salido infinitas bodas, y los tortoleos y los telgrafos
tienen, entre romanza y do, atmsfera y ocasin muy propicias. Desde su
delantera, las _Miaus_ saludaron con sonrisas  los amigos que en la
banda de la derecha y en el centro tenan, y de una y otra parte las
saetaron con miradas y frasecitas del tenor siguiente: Mira qu slfide
est doa Pura. Se ha trado toda la caja de polvos. Pues y la
hermana con su cinta de terciopelo al cuello? Si las tres traen cinta
negra, no les faltar el cascabelito para estar en carcter. Mira,
mira con los gemelos  la _Miau_ chica; tiene que ver. Aquel traje caf
y leche es el que llevaba el ao pasado la mam. Le ha puesto unas
cintas coloradas, que parecen de caja de cigarros. S, s, son de
mazos de cigarros. Pues la otra, la cantante averiada, trae el vestido
que debi de sacar en el Liceo Jover cuando hizo la parte de Adalgisa.
S, mira, mira; es una tnica romana con grecas y todo. Qu clsica
est!

--Diga usted, Guilln--murmuraban en otro crculo, donde haca el gasto
el maldecido cojo.

--Han colocado  ese pobre _Miau_, el padre de sus amigas de usted?
Porque ese lujo asitico de delantera significa que _han subido los
nuestros_.

--Como no le coloquen en Legans... Viven ahora del _sable_. El buen
seor da unas estocadas... de maestro.

Abelarda, ms que en la pera, que haba visto cien veces, fij su
atencin en la concurrencia, recorriendo con ansiosa mirada palcos y
butacas, reparando en todas las seoras que entraban por la calle del
centro con lujosos abrigos, arrastrando la cola  introducindose
despus con todo aquel faldero por las filas ya ocupadas. Poco  poco
se iba poblando el patio. Los palcos no aparecan poblados hasta el fin
del primer acto, cuando Vasco, incomodado con aquellos fantasmones del
Consejo tan retrgrados, les canta cuatro frescas. En el palco regio
apareci la reina Mercedes, detrs D. Alfonso. Las seoras inevitables,
conocidas del pblico, aparecieron en el segundo acto, conservando el
abrigo hasta el tercero, y aplaudan maquinalmente siempre que haba por
qu. Las _Miaus_, conocedoras de toda la sociedad elegante, _abonada_
tambin, la comentaba como ellas fueron comentadas al ocupar sus
asientos. Vindola una y otra noche, haban llegado  tomarse tanta
confianza, que se creera que trataban ntimamente  damas y caballeros.
Ah est ya la Duquesa. Pero Rosario no ha venido todava... Mara
Buschental no puede tardar. Ya empiezan  llegar al _tranva_ sus
amigos... Mira, mira, ahora viene Mara Heredia... Pero qu plida est
Mercedes; pero qu plida!... Ah tienes  D. Antonio en el palco de los
Ministros, y  ese Cos-Gayn... as le fusilaran.

Despus de mucho rebuscar, descubri la insignificante  su cuadito en
la segunda fila de butacas. Estaba de frac, tan elegante como el
primero. Qu cosas hay en la vida! Quin haba de decir que aquel
hombre parecido  un duque, aquel apuesto joven que charlaba
desenfadadamente con su vecino de butaca, el Ministro de Italia, era un
empleado obscuro y cesante, alojado en la casa de la pobreza, en
cuartucho humilde, guardando su ropa en un bal! No es aqul
Vctor?--dijo Pura, echndole los gemelos.--Buen charol se est
dando!... Si le conocieran!... Parece un potentado! Cunto hay de
esto en Madrid! Yo no s cmo se las compone. l buena ropa, l butacas
en todos los teatros, l cigarros magnficos. Mira, mira con qu
desparpajo habla. Pobre seor, qu papas le estar encajando! Y esos
extranjeros son tan inocentes, que todo se lo creer.

Abelarda no le quitaba los ojos, y cuando le vea mirar para algn
palco, segua la direccin de sus miradas, creyendo que ellas venderan
el amoroso secreto. Cul de stas que aqu estn ser?--pensaba la
insignificante.--Porque alguna de stas tiene que ser. Ser aquella
vestida de blanco? Ah! Puede. Parece que le mira. Pero no; l mira 
otro lado. Ser alguna cantante? Qui!, no, cantante no. Es de stas,
de estas elegantonas de los palcos, y yo la he de descubrir. Fijbase
en alguna, sin saber por qu, por mera indicacin de su avizor
instinto; pero luego, desechando la hiptesis, se fijaba en otra, y en
otra, y en otra ms, concluyendo por asegurar que no era ninguna de las
presentes. Vctor no manifestaba preferencias en sus ojeadas  butacas y
palcos. Podra ser que hubieran concertado no mirarse de una manera
descarada y delatora. Tambin ech el joven una visual hacia la
delantera de paraso,  hizo un saludito  la familia. Doa Pura estuvo
un cuarto de hora dando cabezadas, en respuesta  la salutacin que del
noble fondo del teatro suba hasta las pobres _Miaus_.

En los entreactos, algunos amigos, _abonados_ como ellas  paraso
limpio, se acercaron  saludarlas, abrindose paso por entre la apretada
muchedumbre. Federico Ruiz era uno de ellos, y l y todos queran oir la
opinin crtica de Milagros sobre la soprano que se estrenaba aquella
noche en el papel de Selika. Cuando sta espich bajo el manzanillo,
retirronse las _Miaus_, que nunca perdonaban nota, y no se marchaban
sino despus de la ltima llamada  la escena. Durante el penoso
descenso por las anchas escaleras invadidas del pblico, se les
aproximaron varios ntimos, entre ellos el cojo Guilln, y algunas
amigas de las que tan acerbamente pusieron en solfa su aparicin en
delantera.

Al regresar  su casa, encontraron  Villaamil en vela; Vctor no haba
entrado an ni lo hizo hasta muy tarde, cuando todos dorman menos
Abelarda, que sinti el ruido del llavn, y echndose de la cama y
mirando por un resquicio de la puerta, le vi entrar en el comedor y
meterse en su alcoba, despus de beber un vaso de agua. Vena de buen
humor, tarareando, el cuello del gabn alzado, pauelo de seda al
cuello, anudado con negligencia, y la felpa del sombrero ajadsima y con
chafaduras. Era la viva imagen del perfecto perdis de buen tono.

Al da siguiente molest bastante  la familia solicitando pequeos
servicios de aguja, ya pegadura de botn, ya un delicado zurcido,  bien
algo referente  las camisas. Pero Abelarda supo atender  todo con gran
diligencia.  la hora de almorzar, entr doa Pura diciendo que se haba
muerto el chico de la casa de prstamos, noticia que confirm Luis con
ms acento de novelera que de pena, condicin propia de la dichosa edad
sin entraas. Villaamil enton al difuntito la oracin fnebre de
gloria, declarando que es una dicha morirse en la infancia para librarse
de los sufrimientos de esta perra vida. Los dignos de compasin son los
padres, que se quedan aqu pasando la tremenda cruja, mientras el nio
vuela al cielo  formar en el glorioso batalln de los ngeles. Todos
apoyaron estas ideas, menos Vctor, que las acoga con sonrisa burlona,
y cuando su suegro se retir y Milagros se fu  su cocina y doa Pura
empez  entrar y salir, encarse con Abelarda, que continuaba de
sobremesa, y le dijo:

--Felices los que creen! No s qu dara por ser como t, que te vas 
la iglesia y te ests all horas y horas, ilusionada con el aparato
escnico que encubre la mentira eterna. La religin, entiendo yo, es el
ropaje magnfico con que visten la nada para que no nos horrorice... No
crees t lo mismo?

--Cmo he de creer eso?--clam Abelarda, ofendida de la tenacidad
artera con que el otro hera sus sentimientos religiosos siempre que
encontraba coyuntura favorable.--Si lo creyera no ira  la iglesia, 
sera una farsante hipcrita.  m no tienes que salirme por ese
registro. Si no crees, buen provecho te haga.

--Es que yo no me alegro de ser incrdulo, fjate bien; yo lo deploro, y
me haras un favor si me convencieras de que estoy equivocado.

--Yo? No soy catedrtica ni predicadora. El creer nace de dentro.  ti
no se te pasa por la cabeza alguna vez que puede haber Dios?

--Antes s; hace mucho tiempo que semejante idea vol.

--Pues entonces... qu quieres que yo te diga? (Tomndolo en serio.) Y
piensas t que cuando nos morimos no nos piden cuenta de nuestras
acciones?

--Y quin nos la va  pedir? Los gusanitos? Cuando llega la de
_vmonos_, nos recibe en sus brazos la seora _Materia_, persona muy
decente, pero que no tiene cara, ni pensamiento, ni intencin, ni
conciencia, ni nada. En ella desaparecemos, en ella nos dilumos
totalmente. Yo no admito trminos medios. Si creyese lo que t crees, es
decir, que existe all por los aires, no s dnde, un Magistrado de
barba blanca que perdona  condena y extiende pasaportes para la Gloria
 el Infierno, me metera en un convento y me pasara todo el resto de
mi vida rezando.

--Y es lo mejor que podas hacer, tonto. (Quitndole la servilleta 
Luis, que tena fijos en su padre los atnitos ojuelos.)

--Por qu no lo haces t?

--Y qu sabes si lo har hoy  maana? Estte con cuidado. Dios te va 
castigar por no creer en l; te va  sentar la mano, y una mano muy
dura; vers.

En este momento, Luisito, muy incomodado con los dicharachos de su
padre, no se pudo contener, y con infantil determinacin agarr un
pedazo de pan y se lo arroj  la cara al autor de sus das, gritando:
Bruto!

Todos se echaron  reir de aquella salida, y doa Pura di muchos besos
 su nieto, azuzndole de este modo: Dale, hijo, dale, que es un pillo.
Dice que no cree para hacernos rabiar. Pero veis qu chico? Si vale ms
que pesa. Si sabe ms que cien doctores. Verdad que mi nio va  ser
eclesistico, para subir al plpito y echar sus sermoncitos y decir sus
misitas? Entonces estaremos todos hechos unos carcamales, y el da que
Luisn cante misa, nos pondremos all de rodillas para que el cleriguito
nuevo nos eche la bendicin. Y el que estar ms humilde y cayndosele
la baba ser este zngano, verdad? Y t le dirs: Pap, ya ves como al
fin has llegado  creer.

--Qu guapo es este hijo y qu talento tiene!--dijo Vctor,
levantndose gozoso y besando al pequeo, que esconda la cara para
rehuir el halago.--Si le quiero yo ms!... Te voy  comprar un
velocpedo para que pasees en la plazuela de enfrente. Vers qu envidia
te van  tener tus compaeros.

La promesa del velocpedo trastorn por un momento las ideas del
pequeo, quien calcul con rudo egosmo que sus deseos de ser cura y de
servir  Dios y aun de llegar  santo no estaban reidos con tener un
velocpedo precioso, montarse en l y pasrselo por los hocicos  sus
compaeros, muertos de dentera.




XXVIII


 la maana siguiente, Villaamil celebr con su mujer, cuando sta
volvi de la compra, una conferencia interesante. Estaba l en su
despacho escribiendo cartas, y al sentir entrar  su costilla, sise
con misterio, y encerrndose con ella, le dijo: De esto, ni una palabra
 Vctor, que es muy perro y me puede parar el golpe. Aunque yo nada
espero, he dado ayer algunos pasos. Me apoya un diputado de mucho
empuje... Hablamos anoche largamente. Te dir, para que lo sepas todo,
que me present  l mi amigo La Caa. Le relat mis antecedentes, y se
admir de que me tuvieran cesante. As como quien no quiere la cosa, le
expuse mis ideas sobre Hacienda, y mira t qu casualidad: son las
mismas que tiene l. Piensa igualito que yo. Que deben ensayarse nuevas
maneras de tributacin, tirando  simplificar, apoyndose en la buena fe
del contribuyente y tendiendo  la baratura de la cobranza. Pues
prometi apoyarme  rajatabla. Es hombre que vale mucho y parece que no
le niegan nada.

--Es de oposicin?

--No; ministerialsimo, pero disidente, ah est el chiste, y cada da
le da una desazn al Gobierno. Vale, vale. Y es de estos que no se
ocupan ms que del bien del pas. Cuando se levanta  hablar, el banco
azul tiembla. Como que les prueba, _ce_ por _be_, que el pas corre  la
perdicin si siguen las cosas como van, y que la agricultura est
arruinada, la industria muerta y la nacin toda en la ms espantosa
miseria. Esto salta  los ojos. Pues el Gobierno, que ve en l su
acusador, le tiene un miedo, hija, un canguelo tal, que cosa que l pida
es otorgada. Saca las credenciales  espuertas... Bueno; hemos quedado
en que yo le avisara si se hace hoy una vacante que me indicaron
Sevillano y Pantoja. Voy al Ministerio en cuanto almuerce, me entero de
si hay  no la vacante, y como la haya, le escribo  su casa  al
Congreso, segn la hora. Me ha dado palabra de hablar esta tarde al
Ministro, el cual le est agradecidsimo, por haber renunciado 
explanar una interpelacin sobre cierta contrata en que hay sapos y
culebras. Ya se ve, el Ministro le dara hoy el arpa de David si se la
pidiera. Te vas enterando?

--S, hombre, s (radiante de satisfaccin); y me parece que lo que es
ahora, no hay quien nos quite el bollo.

--Oh! lo que es confianza, lo que se llama confianza, yo no la tengo.
Ya sabes que me pongo siempre en lo peor. Pero vamos  hacer nuestro
plan: Yo al Ministerio. Que Luis no vaya  la escuela esta tarde, y que
espere aqu, porque con l le tengo que mandar la carta. No le ver yo
mismo, porque Vctor se ha empeado en que visitemos juntos esta tarde
al Jefe del Personal. Quiero ir con l para despistarle. Entiendes?
Cuidado como le dejas entender  ese pillo de dnde sopla ahora el
viento.

Levantndose excitadsimo, se puso  dar paseos por el angosto aposento.
Su mujer, gozosa, le dej solo, y  pesar de la reserva que se impuso,
su hija y hermana le conocieron en la cara las buenas nuevas. Era de
esas personas que atesoran en s mismas un arsenal de armas espirituales
contra las penas de la vida y poseen el arte de transformar los hechos,
reducindolos y asimilndoselos en virtud de la facultad dulcificante
que en sus entraas llevan, como la abeja, que cuanto chupa lo convierte
en miel.

Para Cadalsito fu aquel da de huelga, pues por la maana, segn
disposicin del maestro, deban ir todos al sepelio del malogrado
_Posturitas_. Y uno de los designados para llevar las cintas del fretro
era Luis,  causa de ser tal vez el que mejor ropa tena, gracias  su
pap Vctor. Su abuela le puso los trapitos de cristianar, con guantes y
todo, y sali muy compuesto y emperejilado, gozoso de verse tan guapo,
sin que atenuara su contento el triste fin de tales composturas. La
mujer del memorialista le hizo mil caricias encareciendo lo majo que
estaba, y el nio se dirigi hacia la casa de prstamos, seguido de
_Canelillo_, que tambin quiso meter su hocico en el entierro, aunque no
era fcil le dieran vela en l. Al entrar en la calle del Acuerdo, se
encontr Cadalso  su ta Quintina, que le llen de besos, ensalz mucho
su elegancia, le estir el cuerpo de la chaqueta y las mangas, y le
arregl el cuello para que resultara ms guapo todava. Esto me lo
debes  m, pues le dije  tu padre que te comprara ropita.  l no se
le hubiera ocurrido nunca tal cosa; anda muy distrado. Por cierto,
corazn, que estoy bregando ahora ms que nunca con tu pap para que te
lleve  vivir conmigo. Qu es eso? qu cara me pones? Estars conmigo
mucho mejor que con esas remilgadas _Miaus_... Si vieras qu cosas tan
bonitas tengo en casa! Ay, si las vieras!... Unos nios Jess que se
parecen  ti, con el mundito en la mano; unos nacimientos tan preciosos,
pero tan preciosos... tienes que verlos. Y ahora estamos esperando
clices chiquititos, custodias que son una una monada, casullas as...
para que los nios buenos jueguen  las misas; santos de este tamao,
as, mira, como los soldados de plomo, y la mar de candeleritos y
araitas que se encienden en los altares de juguete. Todo lo tienes que
ver, y si vas  casa, puedes hacer con ello lo que quieras, pues es para
tu diversin. Irs, rico mo?

Cadalsito, abriendo cada ojo con aquellas descripciones de juguetes
sacros, deca que s con la cabeza, aunque afligido por la dificultad de
ver y gozar tales cosas, pues abuelita no le dejaba poner los pies all.
En esto llegaron  la puerta de la casa mortuoria, donde Quintina,
despus de besuquearle otra vez refregndole la cara, le dej en
compaa de los dems chicos, que ya estaban all, alborotando ms de lo
que permitan las tristes circunstancias. Unos por envidia, otros
porque eran en toda ocasin muy guasones, empezaron  tomarle el pelo al
amigo Cadalso por la ropa flamante que llevaba, por las medias azules y
ms an por los guantes del mismo color, que, dicho sea entre
parntesis, le entorpecan las manos. No dejaba l que le tocasen,
resuelto  defender contra todo ataque de envidiosos y granujas la
limpieza de sus mangas. Tratse luego de si suban  no  ver  Paco
Ramos muerto, y entre los que votaron por la afirmativa, se col tambin
Luis, movido de la curiosidad. Nunca tal hiciera.

Porque le impresion tan vivamente la vista del chiquillo difunto, que 
poco se cae al suelo. Le entr una pena en la boca del estmago, como si
le arrancasen algo. El pobre _Posturistas_ pareca ms largo de lo que
era. Estaba vestido con sus mejores ropas; tena las manos cruzadas, con
un ramo en ellas: la cara muy amarilla, con manchas moradas, la boca
entreabierta y de un tono casi negro, vindose los dos dientes de en
medio, blancos y grandes, mayores que cuando estaba vivo... Tuvo que
apartarse Luisn de aquel espectculo aterrador. Pobre _Posturas_!...
Tan quieto el que era la misma viveza, tan callado el que no cesaba de
alborotar un punto, riendo y hablando  la vez! Tan grave el que era la
misma travesura y  toda la clase la traa siempre al retortero! En
medio de aquel inmenso trastorno de su alma, que Luis no poda definir,
ignorando si ora pena  temor, hizo el chico una observacin que se
abra paso por entre sus sentimientos, como voz del egosmo, ms
categrico en la infancia que la piedad. Ahora--pens--no me llamar
_Miau_. Y al deducir esto, pareca quitrsele un peso de encima, como
quien resuelve un arduo problema  ve conjurado un peligro. Al descender
la escalera, procuraba consolarse de aquel malestar que senta,
afirmando mentalmente: Ya no me dir _Miau_... Que me diga ahora
_Miau_.

Poco tard en bajar la caja azul para ser puesta en el carro. En todos
los balcones de la casa, sin exceptuar los del establecimiento de
prstamos, se asomaron no pocas mujeres para ver salir el entierro. El
cojo Guilln apareci con los ojos encendidos de llorar y la cara tan
seria, que no se pareca  s mismo. l fu quien dispuso todo y
distribuy las cintas, confindole una  Cadalso. Despus se meti en el
coche, donde iba tambin el maestro, con su bastn roten y su chistera
lacia; el tendero vecino, con limpia camisa de cuello corto sin corbata,
y un seor viejo  quien no conoca Cadalso. En marcha, pues, Luis pens
que su ropa daba golpe, y no fu insensible  las satisfacciones del
amor propio. Iba muy consentido en su papel de portador de cinta,
pensando que si l no la llevase, el entierro no sera, ni con mucho,
tan lucido. Busc  _Canelo_ con la mirada; pero el sabio perro de
Mendizbal, en cuanto entendi que se trataba de enterrar, cosa poco
divertida y que sugiere ideas misantrpicas, di media vuelta y tom
otra direccin, pensando que le tena ms cuenta ver si se pareca
alguna perra elegante y sensible por aquellos barrios.

En el cementerio, la curiosidad, ms poderosa que el miedo, impuls 
Cadalso  ver todo... Bajaron del carro el cadver, le entraron entre
dos, abrieron la caja... No comprenda Luis para qu, despus de taparle
la cara con un pauelo, le echaban cal encima aquellos brutos... Pero un
amigo se lo explic. Cadalsito senta, al ver tales operaciones, como si
le apretasen la garganta. Meta su cabeza por entre las piernas de las
personas mayores, para ver, para ver ms. Lo particular era que
_Posturitas_ se estuviese tan callado y tan quieto mientras le hacan
aquella hereja de llenarle la cara de cal. Luego cerraron la tapa...
Qu horror quedarse dentro! Le daban la llave al cojo, y despus metan
la caja en un agujero, all, en el fondo, all... Un albail empez 
tapar el hueco con yeso y ladrillos. Cadalso no apartaba los ojos de
aquella faena... Cuando la vi concluida, solt un suspiro muy grande,
explosin del respirar contenido largo tiempo. Pobre _Posturitas_!
Pues seor,  m me dirn _Miau_ todos los que quieran; pero lo que es
ste no me lo vuelve  decir.

Cuando salieron, los amigos le embromaron a vez por su esmerado atavo.
Alguno dej entrever la intencin malvola de hacerle caer en una zanja,
de la cual habra salido hecho una compasin. Varias manos muy puercas
le tocaron con propsitos que es fcil suponer, y ya Cadalso no saba
qu hacerse de las suyas, aprisionadas en los guantes, entumecidas 
incapaces de movimiento. Por fin se libr de aquella apretura,
quitndose los guantes y guardndolos en el bolsillo. Antes de llegar 
la calle Ancha, los chicos se dispersaron y Luisito sigui con el
maestro, que le dej  la puerta de su casa. Ya estaba all _Canelo_ de
vuelta de sus depravadas excursiones, y subieron juntos  almorzar, pues
el can no ignoraba que haba repuesto fresco de vveres arriba.

--Y los guantes?--pregunt doa Pura  su nieto cuando le vi entrar
con las manos desnudas.

--Aqu estn... No los he perdido.

Villaamil,  eso de las tres, entr de la calle, afanadsimo, y
metindose en su despacho, escribi una carta delante de su esposa, que
vea con gusto en l la excitacin saludable, sntoma de que la cosa iba
de veras.

--Bueno. Que Luis lleve esta carta y espere la contestacin. Me ha dicho
Sevillano que tenemos vacante, y quiero saber si el diputado la pide
para m  no. De la oportunidad depende el xito. Yo estoy citado con
Vctor, y para desorientarle no quiero faltar... Es labor fina la que
traigo entre manos, y hay que andar con muchsimo tiento. Dame mi
sombrero... mi bastn, que ya estoy otra vez en la calle. Dios nos
favorezca.  Luis que no se venga sin la respuesta. Que d la carta  un
portero y se aguarde en el cuarto aqul,  la derecha conforme se entra.
Yo no espero nada; pero es preciso, es preciso echar todos los
registros, todos...

Sali Cadalsito  eso de las cuatro con la epstola y sin guantes,
seguido de _Canelo_ y conservando la ropita del entierro, pues su abuela
pens que ninguna ocasin ms propicia para lucirla. No fu preciso
indicarle hacia dnde caa el Congreso, pues haba ido ya otra vez con
comisin semejante. En veinte minutos se plant all. La calle de
Florida-Blanca estaba invadida de coches que, despus de soltar en la
puerta  sus dueos, se iban situando en fila. Los cocheros de chistera
galonada y esclavina charlaban de pescante  pescante, y la hilera
llegaba hasta el teatro de Jovellanos. Junto  las puertas del edificio,
por la calle del Sordo, haba filas de personas formando cola, que los
de Orden pblico vigilaban, cuidando de que no se enroscase mucho.
Examinado todo esto, el observador Cadalsito se meti por aquella puerta
coronada de un techo de cristales. Un portero con casaca le apart
suavemente para que entrasen unos seorones con gabn de pieles, ante
los cuales abra la mampara roja. Cadalsito se encar despus con el
sujeto aquel de la casaca, y quitndose la gorra (pues l, siempre
corts en viendo galones, no distingua de jerarquas), le di la carta,
diciendo con timidez: Aguardo contestacin. El portero, leyendo el
sobre: No s si ha venido. Se pasar. Y poniendo la carta en una
taquilla, dijo  Luis que entrase en la estancia  mano derecha.

Haba all bastante gente, la mayor parte en pie junto  la puerta,
hombres de distintas cataduras, algunos muy mal de ropa, la bufanda
enroscada al cuello, con trazas de pedigeos; mujeres de velo por la
cara, y en la mano enrollado papelito que  instancia trascenda.
Algunos acechaban con airado rostro  los seores entrantes, dispuestos
 darles el alto. Otros, de mejor pelo, no pedan ms que papeletas para
las tribunas, y se iban sin ellas por haberse acabado. Cadalsito se
dedic tambin  mirar  los caballeros que entraban en grupos de dos 
de tres, hablando acaloradamente. Muy grande debe de ser esta
casona--pens Luis,--cuando cabe tanto seoro. Y cansado al fin de
estar en pie, se meti para dentro y se sent en un banco de los que
guarnecen la sala de espera. All vi una mesa donde algunos escriban
tarjetas  volantes, que luego confiaban  los porteros, y aguardaban
sin disimular su impaciencia. Haba hombre que llevaba tres horas, y
aun tena para otras tres. Las mujeres suspiraban inmviles en el
asiento, soando una respuesta que no vena. De tiempo en tiempo abrase
la mampara que comunicaba con otra pieza; un portero llamaba: El seor
Tal, y el seor Tal se ergua muy contento.

Transcurri una hora, y el nio bostezaba aburridsimo en aquel duro
banco. Para distraerse, levantbase  ratos y se pona en la puerta 
ver entrar personajes, no sin discurrir sobre el intrngulis de aquella
casa y lo que iran  guisar en ella tantos y tantos caballerotes.

El Congreso (bien lo saba l) era un sitio donde se hablaba. Cuntas
veces haba odo  su abuelo y  su padre: Hoy habl Fulano  Mengano,
y dijeron esto, lo otro y lo de ms all. Y cmo sera la casa por
dentro? Gran curiosidad. Cmo sera? Dnde hablaban? Ello deba de ser
una casa grandona como la iglesia, con la mar de bancos, donde se
sentaban para charlar todos  un tiempo. Y  qu era tanta habladura?
Pues tambin entraban all los Ministros. Y quines eran los Ministros?
Los que gobernaban y daban los destinos. Igualmente record haber odo 
su abuelo, en frecuentes ratos de mal humor, que las Cortes eran una
farsa y que all no se haca ms que perder el tiempo. Pero otras veces
se entusiasmaba el buen viejo, elogiando un discurso de alboroto.
Total, que Luisn no poda formar juicio exacto, y su mente era toda
confusin.

Volvi al banco, y desde l vi entrar  uno que se le figur su padre.
Mi pap tambin aqu! Y le franquearon la mampara como  los dems.
Por poco sale tras l gritando: Pap, pap, pero no hubo tiempo, y
donde estaba se qued. Y ser mi pap de los que hablan? Quien deba
venir aqu  explicarse es Mendizbal, que sabe tanto, y dice unas cosas
tan buenas... En esto sinti que se le nublaba la vista, y le entraba
el intenso fro al espinazo. Fu tan brusca y violenta la acometida del
mal, que slo tuvo tiempo de decirse: _que me da, que me da_; y dejando
caer la cabeza sobre el hombro, y reclinando el cuerpo en la esquina
prxima, se qued profundamente dormido.




XXIX


Por un instante, Cadalsito no vi ante s cosa alguna. Todo tinieblas,
vaco, silencio. Al poco rato aparecise enfrente el Seor, sentado,
pero dnde? Tras de l haba algo como nubes, una masa blanca,
luminosa, que oscilaba con ondulaciones semejantes  las del humo. El
Seor estaba serio. Mir  Luis, y Luis  l en espera de que le dijese
algo. Haba pasado mucho tiempo desde que le vi por ltima vez, y el
respeto era mayor que nunca.

--El caballero para quien trajiste la carta--dijo el Padre,--no te ha
contestado todava. La ley y se la guard en el bolsillo. Luego te
contestar. Le he dicho que te d un _s_ como una casa. Pero no s si
se acordar. Ahora est hablando por los codos.

--Hablando--repiti Luis;--y qu dice?

--Muchas cosas, hombre, muchas que t no entiendes--replic el Seor,
sonriendo con bondad.--Te gustara  ti oir todo eso?

--S que me gustara.

--Hoy estn muy enfurruados. Acabarn por armar un gran rebumbio.

--Y usted--pregunt Cadalso tmidamente, no decidindose nunca  llamar
 Dios de _t_,--usted no habla?

--Dnde, aqu? Hombre... yo... te dir... alguna vez puede que diga
algo... Pero casi siempre lo que yo hago es escuchar.

--Y no se cansa?

--Un poquitn; pero qu remedio!...

--El caballero de la carta contestar que s? Colocarn  mi abuelo?

--No te lo puedo asegurar. Yo le he mandado que lo haga. Se lo he
mandado la friolera de tres veces.

--Pues lo que es ahora (con desembarazo), bien que estudio.

--No te remontes mucho. Algo ms aplicado ests. Aqu, entre nosotros,
no vale exagerar las cosas. Si no te distrajeras tanto con el lbum de
sellos, ms aprovecharas.

--Ayer me supe la leccin.

--Para lo que t acostumbras, no estuvo mal. Pero no basta, hijo, no
basta. Sobre todo, si te empeas en ser cura, hay que apretar. Porque
figrate t, para decirme una misa has de aprender latn, y para
predicar tienes que estudiar un sin fin de cosas.

--Cuando sea mayor lo aprender todito... Pero mi pap no quiere verme
cura, y dice que l no cree nada de usted, ni aunque lo maten. Dgame,
es malo mi pap?

--No es muy catlico que digamos.

--Y la Quintina, es buena?

--La ta Quintina s. Si vieras qu cosas tan bonitas tiene en su casa!
Debas ir  verlas.

--Abuelita no me deja (desconsolado). Es que  la ta Quintina se le ha
metido en la cabeza que me vaya  vivir con ella, y los de casa... que
nones.

--Es natural. Pero t, qu piensas de esto? Te gustara seguir donde
ests y que te dejaran ir  casa de la ta para ver los santos?

--Vaya si me gustara!... Dgame, y mi pap est aqu dentro?

--S, por ah anda.

--Y tambin l hablar?

--Tambin. Pues no faltaba ms!...

--Usted perdone. El otro da dijo mi pap que las mujeres son muy malas.
Por eso yo no quiero casarme nunca.

--Muy bien pensado (conteniendo la risa). Nada de casorios. T vas  ser
curita.

--Y obispo, si usted no manda otra cosa...

En esto vi que el Seor se volva hacia atrs como para apartar de s
algo que le molestaba... El chico estir el cuello para ver qu era, y
el Padre dijo: Largo!; idos de aqu y dejadme en paz. Entonces vi
Luisito que por entre los pliegues del manto de su celestial amigo
asomaban varias cabecitas de granujas. El Seor recogi su ropa, y
quedaron al descubierto tres  cuatro chiquillos en cueros vivos y con
alas. Era la primera vez que Cadalso les vea, y ya no pudo dudar que
aquel era verdaderamente Dios, puesto que tena ngeles. Empezaron 
aparecerse por entre aquellas nubes algunos ms, y alborotaban y rean,
haciendo mil cabriolas. El Padre Eterno les orden segunda vez que se
largaran, sacudindoles con la punta de su manto, como si fuesen moscas.
Los ms chicos revoloteaban, subindose hasta el techo (pues haba techo
all) y los mayores le tiraban de la tnica al buen abuelo para que se
fuera con ellos. El anciano se levant al fin, algo contrariado,
diciendo: Bien; ya voy, ya voy... Qu machacones sois! No os puedo
aguantar. Pero esto lo deca con acento bonachn y tolerante.
Cadalsito estaba embobado ante tan hermosa escena, y entonces vi que de
entre los alados granujas se destacaba uno...

Contro! era _Posturitas_, el mismo _Posturas_, no tieso y lvido como
le vi en la caja, sino vivo, alegre y tan guapote. Lo que llen de
admiracin  Cadalso fu que su condiscpulo se le puso delante y con el
mayor descaro del mundo le dijo: _Miau_, fu, fu... El respeto que
deba  Dios y  su squito no impidi  Luis incomodarse con aquella
salida, y aun se aventur  responder: Pillo, ordinario... eso te lo
ensearon la puerca de tu madre y tus tas, que se llaman _las
arpidas_! El Seor habl as, sonriendo: Callar,  callar todos...
Andando... Y se alej pausadamente, llevndoselos por delante, y
hostigndoles con su mano como  una bandada de pollos. Pero el
recondenado de _Posturitas_, desde gran distancia, y cuando ya el Padre
celestial se desvaneca entre celajes, se volvi atrs, y plantndose
frente al que fu su camarada, con las patas abiertas, el hocico
risueo, le hizo mil garatusas, y le sac un gran pedazo de lenguaza,
diciendo otra vez: _Miau_, _Miau_, fu, fu... Cadalsito alz la mano...
Si llega  tener en ella libro, vaso  tintero, le descalabra. El otro
se fu dando brincos, y desde lejos, haciendo trompeta con ambas manos,
solt un _Miau_ tan fuerte y tan prolongado, que el Congreso entero,
repercutiendo el inmenso mayido, pareca venirse abajo...

Un portero con una carta en la mano despert al chiquillo, que tardaba
mucho en volver en s. Nio, nio, eres t el que ha trado la carta
para ese seor? Aqu est la respuesta. Sr. D. Ramn Villaamil.

--S, yo soy... digo, es mi abuelo--contest al fin Luisito, y
restregndose los ojos sali. El fresco de la calle despejle un poco la
cabeza. Estaba lloviendo, y su primera idea fu para considerar que se
le iba  poner la ropa perdida. _Canelo_,  todas estas, haba matado el
tiempo en la Carrera de San Jernimo, calle arriba, calle abajo, viendo
las _muchachas_ bonitas que pasaban, algunas en coche, con sus collares
de lujo; y cuando Luis sali del Congreso, ya estaba de vuelta de su
correra, esperando al amigo. Unise  ste, esperando que comprase
bollos; pero el pequeo no tena cuartos, y aunque los tuviera, no
estaba l de humor para comistrajos despus de las cosas que haba visto
y con el gran trastorno que en todo su cuerpo le quedara.

Y la carta?... qu deca la carta? Con trmula mano abrila Villaamil
(mientras doa Pura se llevaba adentro al chiquillo para mudarle la
ropa), y al leerla se le cayeron las alas del corazn. Era una de esas
cartas de estampilla, como las que  centenares se escriben diariamente
en el Congreso y en los Ministerios. Mucha frmula de cortesa, mucho
trasteo de promesas vagas sin afirmar ni negar nada. Cuando su mujer
acudi  enterarse, Villaamil ofreca un aspecto trgico, mostrando la
epstola abierta, arrojada sobre la mesa.

--Ya!--dijo la _Miau_, despus de leerla;--las pamplinas de siempre.
Pero no te apures, hombre. Vete maana  verle, y...

--Cuando te digo (con atroz desaliento) que entre unos y otros me estn
jorobando...

Pas la noche sumido en negra tristeza, y  la maana inmediata, cambio
completo de decoracin. En la afanosa vida del pretendiente ocurren
estos rudos contrastes que les hacen pasar del desconsuelo  la
esperanza. Recibi Villaamil una esquela del prohombre citndole para su
casa, de doce  una. Con la prisa y el anhelo que le entr  mi hombre,
no acertaba  ponerse el gabn. Me llamar para decirme alguna
tontera--pensaba, arrimndose siempre  lo peor.--Vamos, vamos all. Y
sali, dejando  su mujer excitadsima con la ilusin de un prximo
triunfo. Por el camino procuraba compenetrarse bien de su fatalismo
pesimista. Segn su teora, siempre sucede lo contrario de lo que uno
piensa. Vase por qu no nos sacamos nunca la lotera; bien claro est:
porque compra uno el billete con el intento firme de que le ha de caer
el premio gordo. Lo previsto no ocurre jams, sobre todo en Espaa,
pues por histrica ley, los espaoles viven al da, sorprendidos de los
sucesos y sin ningn dominio sobre ellos. Conforme  esta teora del
fracaso de toda previsin, qu debe hacerse para que suceda una cosa?
Prever la contraria, compenetrarse bien de la idea opuesta  su
realizacin. Y para que una cosa no pase? Figurarse que pasar, llegar
 convencerse, en virtud de una sostenida obstinacin espiritual, de la
evidencia de aquel supuesto. Villaamil haba experimentado siempre con
xito este sistema, y recordaba multitud de ejemplos demostrativos. En
uno de sus viajes  Cuba, corriendo furioso temporal, se compenetr
absolutamente de la idea de morir, arranc de su espritu toda
esperanza, y el vapor hubo de salvarse. Otra vez, hallndose amenazado
de una cesanta, se empap de la persuasin de su desgracia; no pensaba
ms que en el fatdico _cese_; lo vea delante de s da y noche,
manifestndose con brutal laconismo. Y qu sucedi? Pues sucedi que me
le ascendieron.

En resumidas cuentas, al ir  casa del padre de la patria, Villaamil se
impregn bien en el convencimiento de un desastre, y pensaba as: Como
si lo viera; este seor me va  dar ahora la puntilla, dicindome:
Amigo, lo siento mucho; el Ministro y yo no nos entendemos, y me es
imposible hacer nada por usted.

Pero las palabras del aprovechado personaje fueron muy distintas, y
jams habra podido barruntar D. Ramn que el otro saliese por este
registro: Pues ayer tarde, despus de escribir  usted, habl con su
yerno, el cual me manifest que  usted le convendra ms servir en
provincias. Eso ya vara de especie, porque en provincias es mucho ms
fcil. Hoy mismo me ocupar del asunto.

En medio de la sorpresa grata que tan expresivas razones le causaron,
sinti mi hombre el disgusto de la ingerencia de Vctor en aquel
negocio. Retirse  su casa intranquilo; pues le haca muy poca gracia
ver mezcladas la persona y recomendaciones de Cadalso con las suyas. No
particip doa Pura de estos recelos, y el sol de su regocijo brill sin
nubes. Cierto que les contrariaba tener que hacer el hatillo; pero no
estaban en situacin de escoger lo mejor, sino de apechugar con lo
posible, dando gracias  Dios.

Desde aquel da, Villaamil frecuentaba la iglesia de un modo
vergonzante. Al salir de casa, si las Comendadoras estaban abiertas, se
colaba un rato all, y oa misa si era hora de ello, y si no, se estaba
un ratito de rodillas, tratando sin duda de armonizar su fatalismo con
la idea cristiana. Lo conseguira? Quin sabe! El cristianismo nos
dice: _Pedid y se os dar_; nos manda que fiemos en Dios y esperemos de
su mano el remedio de nuestros males; pero la experiencia de una larga
vida de ansiedad sugera al buen Villaamil estas ideas: _No esperes y
tendrs_; _desconfa del xito para que el xito llegue_. All se las
compondra en su conciencia. Quizs abdicaba de su diablica teora,
volviendo al dogma consolador; tal vez se entregaba con toda la efusin
de su espritu al Dios misericordioso, ponindose en sus manos para que
le diera lo que ms le convena, la muerte  la vida, la credencial  el
eterno _cese_, el bienestar modesto  la miseria horrible, la paz
dichosa del servidor del Estado  la desesperacin famlica del
pretendiente. Quizs anticipaba su acalorada gratitud para el primer
caso  su resignacin para el segundo, y se propona aguardar con nimo
estoico el divino fallo, renunciando  la previsin de los
acontecimientos, resabio pecador del orgullo del hombre.




XXX


Una tarde, ya cerca de anochecido, al volver  su casa, vi  Monserrat
abierto, y all se entr. La iglesia estaba muy obscura. Casi  tientas
pudo llegar  un banco de los de la nave central y se hinc junt  l,
mirando hacia el altar, alumbrado por una sola luz. Pisadas de algn
devoto que entraba  sala y silabeo tenue de rezos eran los nicos
rumores que turbaban el silencio, en cuyo seno profundo arroj el
cesante su plegaria melanclica, mezcla absurda de piedad y
burocracia... Porque por ms que revuelvo en mi conciencia no encuentro
ningn pecado gordo que me haga merecer este cruel castigo... Yo he
procurado siempre el bien del Estado, y he atendido  defender en todo
caso la Administracin contra sus defraudadores. Jams hice ni consent
un chanchullo, jams, Seor, jams. Eso bien lo sabes t, Seor... Ah
estn mis libros cuando fu tenedor de la Intervencin... Ni un asiento
mal hecho, ni una raspadura... Por qu tanta injusticia en estos
jeringados Gobiernos? Si es verdad que  todos nos das el pan de cada
da, por qu  m me lo niegas? Y digo ms: si el Estado debe favorecer
 todos por igual, por qu  m me abandona?...  m, que le he
servido con tanta lealtad! Seor, que no me engae ahora... Yo te
prometo no dudar de tu misericordia como he dudado otras veces; yo te
prometo no ser pesimista, y esperar, esperar en ti. Ahora, Padre
Nuestro, tcale en el corazn  ese cansado Ministro, que es una buena
persona: slo que me le marean con tantas cartas y recomendaciones.

Transcurrido un rato se sent, porque el estar de rodillas le fatigaba,
y sus ojos, acostumbrndose  la penumbra, empezaron  distinguir
vagamente los altares, las imgenes, los confesonarios y las personas,
dos  tres viejas que rezongaban acurrucadas en ruedos al pie de los
confesonarios. No esperaba l el buen encuentro que tuvo  la media hora
de estar all. Deslizndose sobre el banco  andando con las asentaderas
sobre la tabla, se le apareci su nieto.

--Hijo, no te haba visto. Con quin vienes?

--Con ta Abelarda, que est en aquella capilla... Aqu la estaba
esperando y me qued dormido. No le vi entrar  usted.

--Pues aqu llegu hace un ratito--le dijo el abuelo, oprimindole
contra s.--Y t, vienes aqu  dormir la siesta? No me gusta eso; te
puedes enfriar y coger un catarro. Tienes las manos heladitas. Dmelas
que te las caliente.

--Abuelo--le pregunt Luis cogindole la cara y ladendosela,--estaba
usted rezando para que le coloquen?

Tan turbado se encontraba el nimo del cesante, que al oir  su nieto
pas de la risa al lloro en menos de un segundo. Pero Luis no advirti
que los ojos del anciano se humedecan, y suspir con toda su alma al
oir esta respuesta:

--S, hijo mo. Ya sabes t que  Dios se le debe pedir todo lo que
necesitamos.

--Pues yo--replic el chicuelo saltando por donde menos se poda
esperar--se lo estoy diciendo todos los das, y nada.

--T... pero t tambin pides?... Qu rico eres! El Seor nos da
cuanto nos conviene. Pero os preciso que seamos buenos, porque si no, no
hay caso.

Luis lanz otro suspiro hondsimo que quera decir: Esa es la
dificultad, contro!, que uno sea bueno. Despus de una gran pausa, el
chiquillo, manoseando otra vez la cara del abuelo para obligarle  mirar
para l, murmur:

--Abuelo, hoy me he sabido la leccin.

--S? Eso me gusta.

--Y cundo me ponen en latn? Yo quiero aprenderlo para cantar misa...
Pero mire usted, lo que es esta iglesia no me hace feliz. Sabe usted
por qu? Hay en aquella capilla un Seor con pelos largos que me da
mucho miedo. No entro all aunque me maten. Cuando yo sea cura, lo que
es all no digo misa...

Don Ramn se ech  reir.

--Ya se te ir quitando el temor, y vers cmo tambin al Cristo
melenudo le dices tus misitas.

--Y que ya estoy aprendiendo  echarlas. Murillo sabe todo el latinaje
de la misa, y cuando se toca la campanilla y cuando se le levanta el
faldn al cura.

--Mira--le dijo su abuelo sin enterarse,--ve y avisa  la ta que estoy
aqu. No me habr visto. Ya es hora de que nos vayamos  casa.

Fu Luis  llevar el recado, y el taconeo de sus pisadas reson en el
suelo de la iglesia como alegre nota en tan lgubre silencio. Abelarda,
sentada  la turca en el suelo, mir hacia atrs, despus se levant, y
vino  situarse junto  su padre.

--Has acabado?--le pregunt ste.

--Aun me falta un poquito.--Y sigui silabeando, fijos los ojos en el
altar.

Confiaba mucho Villaamil en las oraciones de su hija, que crea fuesen
por l, y as le dijo:

--No te apresures; reza con calma y cuanto quieras, que hay tiempo
todava. Verdad que el corazn parece que se descarga de un gran peso
cuando le contamos nuestras penas al nico que las puede consolar?

Esto brot con espontaneidad nacida del fondo del alma. El sitio y la
ocasin eran propicios al dulcsimo acto de abrir de par en par las
puertas del espritu y dar salida  todos los secretos. Abelarda se
hallaba en estado psicolgico semejante; pero senta con ms fuerza que
su padre la necesidad de desahogo. No era duea de callar en aquel
instante, y  poco que se descuidara, le rebosaran de la boca
confidencias que en otro lugar y momento por nada del mundo dejara
asomar  sus labios.

--Ay, pap!--se dej decir.--Soy muy desgraciada... Usted no lo sabe
bien.

Asombrse Villaamil de tal salida, porque para l no haba en la
familia ms que una desgracia, la cesanta y angustiosa tardanza de la
credencial.

--Es verdad--dijo soturnamente;--pero ahora... ahora debemos confiar...
Dios no nos abandonar.

--Lo que es  m--confirm Abelarda,--bien abandonada me tiene... Es que
le pasan  una cosas muy terribles. Dios hace  veces unos disparates...

--Qu dices, hija? (alarmadsimo). Disparates Dios...!

--Quiero decir que  veces le infunde  una sentimientos que la hacen
infeliz; porque,  qu viene querer, si no van las cosas por buen
camino?

Villaamil no comprenda. La mir por ver si la expresin del rostro
aclaraba el enigma de la palabra. Pero la menguada luz no permita al
anciano descifrar el rostro de su hija. Y Luisito, en pie ante los dos,
no entenda ni jota del dilogo.

--Pues si te he de decir verdad--aadi Villaamil buscando luz en
aquella confusin,--no te entiendo. Qu disgusto tienes? Has reido
con Ponce? No lo creo. El pobre chico, anoche en el caf, me habl tan
natural de la prisa que le corre casarse. No quiere esperar  que se
muera su to, el cual, entre parntesis, es hombre acabado.

--No es eso, no es eso--dijo la _Miau_ con el corazn en prensa.--Ponce
no me ha dado rabieta ninguna.

--Pues entonces...

Callaron ambos, y  poco Abelarda mir  su padre. Le retozaba en el
alma un sentimiento maligno, un ansia de mortificar al bondadoso viejo
dicindole algo muy desagradable. Cmo se explica esto? nicamente por
el rechazo de la efusin de piedad en aquel turbado espritu, que
buscando en vano el bien, rebotaba en direccin del mal, y en l
momentneamente se complaca. Algo hubo en ella de ese estado cerebral
(relacionado con desrdenes nerviosos, familiares al organismo femenil),
que sugiere los actos de infanticidio; y en aquel caso, el misterioso
flido de ira descarg sobre el msero padre  quien tanto amaba.

--No sabes una cosa?--le dijo.--Ya han colocado  Vctor. Hoy al
medioda...  poco de salir t, llamaron  la puerta: era la credencial.
l estaba en casa. Le han dado el ascenso y le nombran... no s qu en
la Administracin Econmica de Madrid.

Villaamil se qued atontadsimo, como si le hubieran descargado un
fuerte golpe de maza en la cabeza. Le zumbaron los odos... crey
delirar, se hizo repetir la noticia, y Abelarda la repiti con acento en
que vibraba la saa del parricida.

--Un gran destino--aadi.--El est muy contento, y dijo que si  ti te
dejan fuera, puede, por de pronto y para que no ests desocupado, darte
un destinillo subalterno en su oficina.

Crey por un momento el anciano sin ventura que la iglesia se le caa
encima. Y en verdad, un peso enorme se le sentaba sobre el corazn no
dejndole respirar. En el mismo instante, Abelarda, volviendo en s de
aquella perturbacin cerebral que nublara su razn y sus sentimientos
filiales, se arrepinti de la pualada que acababa de asestar  su
padre, y quiso ponerle blsamo sin prdida de tiempo.

--Tambin  ti te colocarn pronto. Yo se lo he pedido  Dios.

-- m! colocarme  m! (con furor pesimista). Dios no protege ms que
 los pillos... Crees que espero algo ni del Ministro ni de Dios? Todos
son lo mismo... Arriba y abajo farsa, favoritismo, polaquera! Ya ves
lo que sacamos de tanta humillacin y de tanto rezo. Aqu me tienes
desairado siempre y sin que nadie me haga caso, mientras que ese
pasmarote, embustero y trapisondista...

Se di con la palma de la mano un golpe tan recio en el crneo, que
Luisito se asust, mirando consternado  su abuelo. Entonces volvi 
sentir Abelarda la malignidad parricida, unindola  un cierto instinto
defensivo de la pasin que llenaba su alma. Los grandes errores de la
vida, como los sentimientos hondos, aunque sean extraviados, tienden 
conservarse y no quieren en modo alguno perecer. Abelarda sali  la
defensa de s misma defendiendo al otro.

--No, pap, malo no es (con mucho calor), malo no. En qu error tan
grande estn usted y mam! Todo consiste en que le juzgan de ligero, en
que no le comprenden.

--T qu sabes, tonta?

--Pues no he de saberlo? Los dems no le comprenden, yo s.

--T, hija...!--y al decirlo, una sospecha terrible cruz por su mente,
atontndole ms de lo que estaba. Pronto se rehizo, dicindose: No
puede ser; qu absurdo! Pero como notara la excitacin de su hija, el
extravo de su mirar, volvi  sentirse acometido de la cruel sospecha.

--T... dices que le comprendes t!

Resistindose  penetrar el misterio, ste, al modo de negra sima, ms
profunda y temerosa cuanto ms mirada, le atraa con vrtigo insano.
Compar rpidamente ciertas actitudes de su hija, antes inexplicables,
con lo que en aquel momento oa; at cabos, record palabras, gestos,
incidentes, y concluy por declararse que estaba en presencia de un
hecho muy grave. Tan grave era y tan contrario  sus sentimientos, que
le daba terror cerciorarse de l. Ms bien quera olvidarlo  fingirse
que era vana cavilacin sin fundamento razonable.

--Vmonos--murmur.--Es tarde, y yo tengo que hacer antes de ir  casa.

Abelarda se arrodill para decir sus ltimas oraciones, y el abuelo,
cogiendo  Luisito de la mano, se dirigi lentamente hacia la puerta,
sin hacer genuflexin alguna, sin mirar para el altar ni acordarse de
que estaba en lugar sagrado. Pasaron junto  la capilla del Cristo
melenudo, y como Cadalsito tirase del brazo de su abuelo para alejarle
lo ms posible de la efigie que tanto miedo le daba, Villaamil se
incomod y le dijo con cruel aspereza:

--Que te come... Tonto...

Salieron los tres, y en la esquina de la calle de Quiones se
encontraron  Pantoja, que detuvo  D. Ramn para hablarle del inaudito
ascenso de Cadalso. Abelarda sigui hacia la casa. Al subir por la mal
alumbrada escalera, sinti pasos descendentes. Era l... Su andar con
ningn otro poda confundirse. Habra deseado esconderse para que no la
viera, impulso de vergenza y sobresalto que obedeca  misterioso
presentimiento. El corazn le anunciaba algo inusitado, desarrollo y
resultante natural de los hechos, y aquel encuentro la haca temblar.
Vctor la mir y se detuvo tres  cuatro escalones ms arriba del
rellano en que la chica de Villaamil se par, vindole venir.

--Vuelves de la iglesia?--le dijo.--Yo no como hoy en casa. Estoy de
convite.

--Bueno--replic ella, y no se le ocurri nada ms ingenioso y oportuno.

De un salto baj Vctor los cuatro escalones, y sin decir nada, cogi 
la insignificante por el talle y la oprimi contra s, apoyndose en la
pared. Abelarda dejse abrazar sin la menor resistencia, y cuando l la
bes con fingida exaltacin en la frente y mejillas, cerr los ojos,
descansando su cabeza sobre el pecho del guapo monstruo, en actitud de
quien saborea un descanso muy deseado, despus de larga fatiga.

--Tena que ser--dijo Vctor con la emocin que tan bien saba
simular.--No hemos hablado con claridad, y al fin nos entendemos. Vida
ma, todo lo sacrifico por ti. Ests dispuesta  hacer lo mismo por
este desdichado?

Abelarda respondi que s con voz que slo fu un simple despegar de
labios.

--Abandonaras casa, padres, todo, por seguirme?--dijo l en un rapto
de infernal inspiracin.

Volvi la sosa  responder afirmativamente, ya con voz ms clara y con
acentuado movimiento de cabeza.

--Por seguirme para no separarnos jams?

--Te sigo como una tonta, sin reparar...

--Y pronto?

--Cuando quieras... Ahora mismo.

Vctor medit un rato.

--Alma ma, todo puede hacerse sin escndalo. Separmonos ahora... Me
parece que viene alguien. Es tu padre... Sbete. Hablaremos.

Al sentir los pasos de su padre, Abelarda despert de aquel breve sueo.
Subi azorada, trmula, sin mirar hacia atrs. Vctor sigui bajando
lentamente, y al cruzarse con su suegro y el nio, ni les dijo nada, ni
ellos le hablaron tampoco. Cuando Villaamil llegaba al segundo, ya la
joven haba llamado presurosa, deseando entrar antes de que su padre
pudiera sorprender la turbacin de criminal que desencajaba su rostro.




XXXI


Toda aquella noche estuvo la insignificante en un estado prximo  la
demencia, dividido su espritu entre la alegra loca y una tristeza
sepulcral.  ratos sentase acometida de punzante suspicacia. Haba
entregado su voluntad sin condiciones, sin exigir en cambio la rendicin
del albedro del otro y el trmino de aquellos amores con mujer
desconocida, amores de compromiso sin duda, difciles de romper. Los
rompa y liquidaba todas sus atrasadas cuentas de amor? As tena que
ser. Y francamente, no estaba de ms haberlo dicho. Pero si no haba
habido tiempo para nada, ni pudieron darse y pedirse las explicaciones
propias del caso!... Fu como un relmpago aquel trueque y abandono
mutuo de ambas voluntades. Convena, pues, en la primera coyuntura,
despejar la situacin, alejando todo temor de duplicidad, y poner para
siempre  un lado  la seora aquella de las cartas. Hecho esto,
Abelarda se entregara sin ningn trmite al hombre que le haba
absorbido el alma; renunciaba  toda libertad, era suya, de l, en la
forma y condiciones que l quisiese, con escndalo  sin escndalo, con
honra  sin honra.

Mientras coman, Villaamil observaba  su hija, poniendo en su rostro
los rasgos ms enrgicos de aquella ferocidad tigresca que le
caracterizaba. Coma sin apetito, y creerase que devoraba una pieza
palpitante y medio viva, que gema y temblaba con dolores horribles,
clavada en su tenedor. Doa Pura y Milagros no osaron hablarle de la
colocacin de Vctor. Ambas estaban mohnas, lgubres y con cara de
responso, y la misma Abelarda concluy por formar parte de aquel
silencioso coro de sepulcrales figuras. Aquella noche no haba Real. El
cesante se meti en su despacho, y las tres _Miaus_ fueron  la sala,
donde se reunieron el nclito Ponce y las de Cuevas. Abelarda tuvo
momentos de febril locuacidad, y otros de meditacin taciturna.

 las doce se acab la tertulia, y  dormir... La casa en silencio,
Abelarda en vela, esperando  Vctor para decirse lo que por decir
estaba, y vaciar de lleno alma en alma, cambiando los vasos su
contenido. Pero di la una, la una y media, y el galn no pareca. Entre
dos y tres, la infeliz muchacha se hallaba en estado febril, que
encenda en su mente los ms peregrinos disparates. Le haban matado...
Tambin poda ser que el abrazo, el besuqueo y la declaracin de la
escalera fueran una burla infame... Esta idea la rechazaba por ser
demasiado absurda y no caber, segn ella, dentro de los moldes de la
humana maldad. Luego pensaba (y eran ya las tres y media) que la
elegantona de las cartas coronadas, al enterarse aquella misma noche de
que el amante se le iba,  al oir de su propio labio tristes acentos de
ruptura, tramaba contra l horrible venganza, le convidaba  cenar y le
envenenaba, echndole en una copa de Jerez el veneno de los Borgias. Con
las extraas cavilaciones mezclaba la sosa mil lances que haba visto en
las peras, las conjuraciones que arma la mezzo-soprano contra el tenor,
porque ste la desprecia por la tiple; las perreras del bartono para
deshacerse de su aborrecido rival, la constancia sublime del tenor (y
eran ya las cuatro), que sucumbiendo  las combinadas artimaas del bajo
y la contralto, revienta en brazos de la tiple, y concluyen ambos
dicindose que se amarn en el otro mundo.

Las cinco, y Vctor sin parecer. El cerebro de Abelarda era un volcn,
que desfogaba por los ojos en destellos de calentura, por los labios en
monoslabos de despecho, de amor, de clera. Slo dos veces, en la
temporada aqulla, haba pasado el _hombre superior_ toda la noche fuera
de casa; y la primera vez que esto sucediera, entr  eso de las diez de
la maana en un desorden lamentable, denunciando con su actitud, con sus
palabras y hasta con su ropa, los excesos de una noche de festn entre
personas de vida poco regular. Si sucedera lo mismo aquella segunda
vez!... Pero no; algo haba ocurrido. Entre el tiernsimo paso de la
escalera y aquella ausencia inexplicable, haba un enigma, algo
misterioso, quizs una desgracia  una monstruosidad que la pobre
muchacha, en la ofuscacin de su inteligencia, no acertaba  comprender.
Las seis, y nada. Rompi  llorar, y tan pronto reclinaba su cabeza
sobre la almohada, como se sentaba en un bal  iba de una parte  otra
de la habitacin, cual pjaro saltando en su jaula de palito en palito.

Lleg el da, y nada. El primero  quien Abelarda sinti levantarse fu
su padre, que pas camino de la cocina y despus del despacho. Las ocho.
Doa Pura no tardara en abandonar las ociosas plumas. Como ya, aunque
Vctor entrase, no era posible hablar  solas con l, la dolorida se
acost, no para dormir ni descansar, sino para que su madre no cayese en
la cuenta de la noche toledana. Ms de las nueve eran ya cuando entr el
trasnochador con muy mal cariz. Doa Pura le abri la puerta sin decirle
una sola palabra. Metise en su cuarto, y Abelarda, que sala del suyo,
le sinti revolvindose en el estrecho recinto, donde apenas caban la
cama, una silla y el bal. Si vas  la iglesia--djole Pura, sacando
unos cuartos del portamonedas,--te traes cuatro huevos... Que te
acompae Luis. Yo no salgo. Me duele la cabeza. Tu padre est
disgustadsimo, y con razn. Mira que colocar  este perdulario y
dejarle  l en la calle,  l, tan honrado y que sabe ms de
Administracin que todo el Ministerio junto! Qu Gobiernos, Seor, qu
Gobiernos! Y se espantan luego de que haya revolucin! Te traes cuatro
huevos. No s cmo saldremos del da!... Ah! trete tambin el cordn
negro para mi vestido y los corchetes.

Abelarda fu  la iglesia, y al volver con los encargos de su madre,
hall  sta, su ta y Vctor en el comedor, enzarzados en furiosa
disputa. La voz de Cadalso sobresala, diciendo:

--Pero, seoras mas, yo qu culpa tengo de que me hayan colocado  m
antes que  pap? Es esto razn bastante para que todos en esta casa me
pongan cara de cuerno? Pues ganas me dan, como hay Dios, de tirar la
credencial  la calle. Antes que nada, la paz de la familia. Yo
desvivindome porque me quieran, yo tratando de hacer olvidar los
disgustos que les he causado, y ahora, vlgame Dios!, porque al
Ministro se le antoja colocarme, ya falta poco para que mi suegra y la
hermana de mi suegra me saquen los ojos! Bueno, seoras; araen, peguen
todo lo que gusten; yo no he de quejarme. Mientras ms perreras me
digan, ms he de quererles yo  todos.

--Como si no supiramos--objet doa Pura hecha un spid--que t tienes
vara alta en el Ministerio, y que si hubieras querido, ya Ramn tendra
plaza...!

--Por Dios, mam, por Dios!--replic Vctor revelando verdadera
consternacin.--Eso es del gnero inocente... No puedo creer que usted
lo diga con formalidad. Que yo...! vamos; tengo entre la familia una
reputacioncita...! Y si yo jurase que he gestionado por pap ms que
por m? Si yo lo jurase? Claro, no me creeran. Pero, cranlo  no, lo
digo y lo sostengo.

Abelarda no intervino en la reyerta, pero mentalmente se pona de parte
de su hermano poltico. En esto entr Villaamil, y Vctor se fu
resueltamente  l: Usted que es un hombre razonable, dgame si cree,
como estas seoras, que yo he gestionado  trabajado  intrigado porque
me colocaran  m y  usted no. Porque aqu me estn calentando las
orejas con esa historia, y francamente, me aflige oirme tratar como un
Judas sin conciencia. (Con noble acento.) Yo, Sr. D. Ramn, me he
portado lealmente. Si he tenido la desgracia de ir por delante de otros,
no es culpa ma. Sabe usted lo que yo hara ahora?... y que me muera si
no digo verdad. Pues cederle  usted mi plaza.

--Si nadie habla del asunto--replic Villaamil con serenidad, que
obtena violentndose cruelmente.--Colocarme  m! Crees que alguien
piensa en tal cosa? Ha pasado lo natural y lgico. T tienes all... no
s dnde... buenos padrinos  madrinas... Yo no tengo  nadie... Que te
aproveche.

Cerr la puerta de su despacho, dejando en el pasillo  Vctor, algo
confuso y con una respuesta entre labio y labio, que no se atrevi 
soltar. Aun quiso engatusar  doa Pura en el comedor, tratando de
rendir su nimo con expresiones servilmente cariosas. Qu desgracia
tan grande, Dios mo, no ser comprendido! Me consumo por esta familia,
me sacrifico por ella, hago mas sus desgracias y suyos mis escasos
posibles, y como si nada. Soy y ser siempre aqu un husped molesto y
un pariente maldito. Paciencia, paciencia.

Dijo esto con afectacin hbil, en el momento de sacar papel y
disponerse  escribir sobre la mesa del comedor. Ausentarse vi ante s
 su cuada, de pi y mirndole, sosteniendo la barba entre los dedos
de la mano derecha, actitud atenta, pensativa y cariosa semejante,
salva la belleza,  la de la clebre estatua de Polimnia en el grupo
antiguo de las Musas. No era preciso ser lince para leer en las pupilas
y expresin de la insignificante estas  parecidas reconvenciones:
Pero qu haces ah sin atenderme? No sabes que soy la nica persona
que te ha comprendido? Vulvete hacia m, y no hagas caso de los
dems,.. Estoy aguardndote desde anoche, ingrato!, y t tan distrado.
Qu se hicieron tus planes de escapatoria? Estoy pronta... Me ir con
lo puesto.

Al verla en tal actitud y al leer en sus ojos la reconvencin, cay
Vctor en la cuenta de que estaba en descubierto con ella. Maldito si
desde la noche anterior se haba vuelto  acordar del paso de la
escalera, y si lo recordaba era como un hecho balad, cual humorada
estudiantil sin consecuencias para la vida. Su primera impresin, al
despertarse la memoria, fu de disgusto, cual si recordase la precisin
impertinente de pagar una visita de puro cumplido. Pero al instante
compuso la fisonoma, que para cada situacin tena una hermosa mscara
en el variado repertorio de su histrionismo moral; y cerciorndose de
que no andaba por all su suegra, puso una cara muy tierna, mir al
techo, despus  su cuada, y entre ambos se cruzaron estas breves
clusulas:

--Vida ma, tengo que hablarte... dnde y cundo?

--Esta tarde... en las Comendadoras...  las seis.

Y nada ms. Abelarda se escap  arreglar la sala, y Vctor se puso 
escribir, arrojando con desdn la careta y pensando de este modo: La
chiflada sta quiere saber cundo tocan  perderse... Ah!... pues si t
lo cataras... Pero no lo catars.




XXXII


Puntual, como la hora misma, entr Abelarda,  la de la cita, en las
Comendadoras. La iglesia, callada y obscura, estaba que ni de encargo
para el misterioso objeto de una cita. Quien hubiera visto entrar  la
chica de Villaamil, se habra pasmado de notar en ella su mejor ropa,
los verdaderos trapitos de cristianar. Se los puso sin que lo advirtiera
su madre, que haba salido  las cinco. Sentse en un banco, rezando
distrada y febril, y al cuarto de hora entr Vctor, que al pronto no
vea gota, y dudaba  qu parte de la iglesia encaminarse. Fu ella 
servirle de gua, y le toc el brazo. Dironse las manos y se sentaron
cerca de la puerta, en un lugar bastante recogido y el ms tenebroso de
la iglesia,  la entrada de la capilla de los Dolores.

 pesar de su pericia y del desparpajo con que sola afrontar las
situaciones ms difciles, Vctor, no sabiendo cmo desflorar el asunto,
estuvo mascando un rato las primeras palabras. Por fin, resuelto 
abreviar, encomendndose mentalmente al demonio de su guarda, dijo:

--Empiezo por pedirte perdn, vida ma; perdn, s, lo necesito, por mi
conducta... imprudente... El amor que te tengo es tan hondo, tan
avasallador, que anoche, sin saber lo que haca, quise lanzarte por
las... escabrosidades de mi destino. Estars enojadsima conmigo, lo
comprendo, porque  una mujer de tu calidad, proponer yo como
propuse...! Pero estaba ciego, demente, y no supe lo que me dije. Qu
idea habrs formado de m! Merezco tu desprecio. Proponerte que
abandonaras tus padres, tu casa, por seguirme  m,  m, cometa errante
(recordando frases que haba ledo en otros tiempos y enjaretndolas con
la mayor frescura),  m que corro por los espacios, sin direccin fija,
sin saber de dnde he recibido el impulso ni adnde me lleva mi carrera
loca...! Me estrellar; de fijo me estrellar. Pero sera un infame,
Abelarda (tomndole una mano), sera el ltimo de los monstruos si
permitiera que te estrellaras conmigo... t, que eres un ngel: t, que
eres el encanto de tu familia... Oh! te pido perdn, y me pondra de
rodillas para alcanzarlo. Comet gravsimo atentado contra tu dignidad,
ultraj tu candor, proponindote aquella atrocidad nacida en este
cerebro calenturiento... en fin, perdname, y admite mis honradas
excusas. Te amo, te amo, y te amar siempre, sin esperanza, porque no
puedo aspirar  poseer tan... rica joya. Insultara  Dios si tal
aspiracin tuviese...

No acortaba la _Miau_  comprender bien aquella palabrera, de sentido
tan opuesto  lo que esperaba escuchar. Mirbale  l, y despus  la
imagen ms prxima, un San Juan con cordero y banderola, y le preguntaba
al santo si aquello era verdad  sueo.

--Ests, ests perdonado--murmur respirando muy fuerte.

--No extraes, amor mo--prosigui l, dueo ya de la situacin,--que en
tu presencia me vuelva tmido y no sepa expresarme bien. Me fascinas, me
anonadas, hacindome ver mi pequeez. Perdname el atrevimiento de
anoche. Quiero ahora ser digno de ti, quiero imitar esa serenidad
sublime. T me marcas el camino que debo seguir, el camino de la vida
ideal, de las acciones perfectamente ajustadas  la ley divina. Te
imitar; har por imitarte. Es preciso que nos separemos, mujer
incomparable. Si nos juntamos, tu vida corre peligro y la ma tambin.
Estamos cercados de enemigos que nos acechan, que nos vigilan... Qu
debemos hacer?... Separarnos en la tierra, unirnos en las esferas
ideales. Piensa en m, que yo ni un instante te apartar de mi
pensamiento...

Abelarda, inquietsima, se mova en el banco como si ste se hallara
erizado de pas.

--Cmo olvidar que cuando toda la familia me despreciaba, t sola me
comprendas y me consolabas? Ah! no se olvida eso en mil aos. Te
aseguro que eres sublime. Soy un miserable. Djame abandonado  mi
triste suerte. S que has de pedir  Dios por m, y esto me consuela. Si
yo creyera, si yo pudiera prosternarme ante ese altar  ante otro
semejante, si yo rezar pudiese, rezara por ti... Adis, amor mo.

Quiso cogerle una mano, pero Abelarda la retir, volviendo la cara hacia
el opuesto lado.

--Tu esquivez me mata. Bien s que la merezco... Anoche estuve contigo
irrespetuoso, grosero, indelicado. Pero ya has dicho que me perdonabas.
 qu ese gesto? Ya, ya s... Es que te estorbo, es que te soy
aborrecible... Lo merezco; s que lo merezco. Adis. Estoy expiando mis
culpas, porque ahora quiero separarme de ti, y ya ves, no puedo...
Clavado en este banco!... (impaciente, y atropellndose por concluir
pronto). Te acordars de m en tu vida futura?... Oye un consejo:
csate con Ponce, y si no te casas, entra en un convento, y reza por l
y por m, por este pecador... T has nacido para la vida espiritual.
Eres muy grande, y no cabes en la estrechez del matrimonio ni en la...
prosaica vida de familia... No puedo seguir, mujer, porque pierdo la
razn... deliro y... Valor... un supremo esfuerzo... Adis, adis.

Y como alma que lleva Satans, sali de la iglesia, refunfuando. Tena
prisa, y se felicitaba de haber saldado una fastidiosa cuentecilla.
Qu demonio!--dijo, mirando su reloj y avivando el paso.--Pens
despachar en diez minutos y he empleado veinte. Y _aqulla_ esperndome
desde las seis!... Vamos, que sin poderlo remediar me da lstima de esta
inefable cursi. Van  tener que ponerte camisa...  cors de fuerza.

Y Abelarda, qu haca y qu pensaba? Pues si hubiera visto que al
plpito de la iglesia suba el Diablo en persona y echaba un sermn
acusando  los fieles de que no pecaban bastante, y dicindoles que si
seguan as no ganaran el infierno; si Abelarda hubiera visto esto, no
se habra pasmado como se pasm. La palabra del monstruo y su salida
fugaz dejronla yerta, incapaz de movimiento, el cerebro cuajado en las
ideas y en las impresiones de aquella entrevista, como substancia echada
en molde fro y que prontamente se endurece. Ni le pas por la cabeza
rezar, para qu? Ni marcharse, adnde? Mejor estaba all, quieta y
muda, rivalizando en inmovilidad con el San Juan del gallardete y con la
Dolorosa. sta se hallaba al pie de la cruz, rgida en su enjuto vestido
negro y en sus tocas de viuda, acribillado el pecho de espaditas de
plata, las manos cruzadas con tanta fuerza, que los dedos se confundan
formando un haz apretadsimo. El Cristo, mucho mayor que la imagen de su
madre, extendase por el muro arriba, tocando al techo del templete con
su corona de abrojos, y estirando los brazos  increble distancia.
Abajo velas, los atributos de la Pasin, exvotos de cera, un cepillo con
los bordes de la hendidura mugrientos, y el hierro del candado muy
rooso; el pao del altar goteado de cera; la repisa pintada imitando
jaspe. Todo lo miraba la seorita de Villaamil, no viendo el conjunto,
sino los detalles ms nfimos, clavando sus ojos aqu y all como aguja
que picotea sin penetrar, mientras su alma se apretaba contra la esponja
henchida de amargor, absorbindolo todo.

Vinieron  coincidir en el tiempo dos gravsimos actos, cada uno de los
cuales pudo decidir por s solo la vida ulterior de la insignificante y
trastornada joven. Con diferencia de dos horas y media, se realizaron el
suceso que acabo de referir y otro no menos importante. Ponce,
conferenciando con doa Pura en la sala de sta, sin testigos, se mostr
enojado porque los padres de su prometida no haban fijado an el da de
la boda.

--Pues por fijado, hijo, por fijado. Ramn y yo no deseamos otra cosa.
Le parece  usted que  principios de Mayo? el da de la Cruz?

Poco antes doa Pura haba explicado la ausencia de su hija en la
tertulia por el grandsimo enfriamiento que aquella tarde cogiera en las
Comendadoras. Entr en casa castaeteando los dientes, y con un
calenturn tan fuerte, que su madre la mand acostarse al momento. Era
esto verdad; mas no toda la verdad, y la seora se call el asombro de
verla entrar  horas desusadas y con un vestido que no acostumbraba
ponerse para ir de tarde  la iglesia mas prxima. Eso es, lo mejorcito
que tienes; estropalo donde no lo puedes lucir, y dedcate  refregar
con ese casimir tan rico de catorce reales los bancos de la iglesia,
llenos de mugre, de polvo y de cuanta porquera hay. Tambin se call
que su hija no contestaba acorde  nada de cuanto le deca. Esto, el
chasquido de dientes y la repugnancia  comer movieron  doa Pura 
meterla en la cama. No las tena la seora todas consigo, y estaba
cavilosa buscando el sentido de ciertas rarezas que en la nia notaba.
Sea lo que quiera--pens,--cuanto ms pronto la casemos, mejor. Sobre
esto dijo algo  su marido; pero Villaamil no se haba dignado contestar
slaba; tan ttrico y cabizbajo andaba.

Abelarda, que se haca la dormida para que no la molestase nadie, vi 
Milagros acostando  Luisito, el cual no se durmi pronto aquella
noche, sino que daba vueltas y ms vueltas. Cuando ambos se quedaron
solos, Abelarda le mand estarse callado. No tena ella ganas de jarana;
era tarde y necesitaba descanso.

--Tita, no puedo dormirme. Cuntame cuentos.

--S, para cuentos estoy yo. Djame en paz  vers...

Otras veces, al sentir  su sobrino desvelado, la insignificante, que le
amaba entraablemente, procuraba calmar su inquietud con afectuosas
palabras; y si esto no era bastante, se iba  su cama, y arrullndole y
agasajndole, consegua que conciliara el sueo. Pero aquella noche,
excitada y fuera de s, senta tremenda inquina contra el pobre
muchacho; su voz la molestaba y hera, y por primera vez en su vida
pens de l lo siguiente: Qu me importa  m que duermas  no, ni que
ests bueno ni que ests malo, ni que te lleven los demonios?

Luisito, hecho  ver  su ta muy cariosa, no se resignaba  callar.
Quera palique  todo trance, y con voz de mimo, dijo  su compaera de
habitacin:

--Ta, viste tu por casualidad  Dios alguna vez?

--Qu hablas ah, tonto?... Si no te callas, me levanto y...

--No te enfades... pues yo, qu culpa tengo? Yo veo  Dios, lo veo
cuando me da la gana; para que lo sepas... Pero esta noche no le veo ms
que los pies... los pies con mucha sangre, clavaditos y con un lazo
blanco, como los del Cristo de las melenas que est en Monserrat... y me
da mucho miedo. No quiero cerrar los ojos, porque... te dir... yo nunca
le he visto los pies, sino la cara y las manos... y esto me pasa...
sabes por qu me pasa?... porque hice un pecado grande... porque le
dije  mi pap una mentira, le dije que quera ir con la ta Quintina 
su casa. Y fu mentira. Yo no quiero ir ms que un ratito para ver los
santos. Vivir con ella no. Porque irme con ella y dejaros  vosotros es
pecado, verdad?

--Cllate, cllate, que no estoy yo para oir tus sandeces... Pues no
dice que ve  Dios el muy borrico?... S, ah est Dios para que t le
veas, bobo...

Abelarda oy al poco rato los sollozos de Cadalsito, y en vez de piedad,
sinti, cosa ms rara!, una antipata tal contra su sobrino, que mejor
pudiera llamarse odio saudo. El tal mocoso era un necio, un farsante
que embaucaba  la familia con aquellas simplezas de ver  Dios
y de querer hacerse curita; un hipcrita, un embustero, un
mtalas-callando... y feo, y enclenque, y consentido adems...

Esta hostilidad hacia la pobre criatura era semejante  la que se inici
la vspera en el corazn de Abelarda contra su propio padre, hostilidad
contraria  la naturaleza, fruto sin duda de una de esas auras
epileptiformes que subvierten los sentimientos primarios en el alma de
la mujer. No supo ella darse cuenta de cmo tal monstruosidad germinara
en su espritu, y la vea crecer, crecer  cada instante, sintiendo
cierta complacencia insana en apreciar su magnitud. Aborreca  Luis, le
aborreca con todo su corazn. La voz del chiquillo le encalabrinaba los
nervios, ponindola frentica.

Cadalsito, sollozando, insisti: Le veo las piernas negras con
manchurrones de sangre, le veo las rodillas con unos cardenales muy
negros, tita... tengo mucho miedo... Ven, ven!

La _Miau_ crisp los puos, mordi las sbanas. Aquella voz quejumbrosa
remova todo su ser, levantando en l una ola rojiza, ola de sangre que
suba hasta nublarle los ojos. El chiquillo era un cmico, fingido y
trapaln, bajado al mundo para martirizarla  ella y  toda su casta...
Pero aun quedaba en Abelarda algo de hbito de ternura que contena la
expansin de su furor. Haca un movimiento para echarse de la cama y
correr  la de Luis con nimo de darle azotes, y se reprima luego. Ah!
como pusiera las manos en l, no se contentara con la azotaina... le
ahogara, s. Tal furia le abrasaba el alma y tal sed de destruccin
tenan sus ardientes manos!

--Tita, ahora le veo el faldelln todo lleno de sangre, mucha sangre...
Ven, enciende luz,  me muero de susto; qutamele, dile que se vaya. El
otro Dios es el que  m me gusta, el abuelo guapo, el que no tiene
sangre, sino un manto muy fino y unas barbas blanqusimas...

Ya no pudo ella dominarse, y salt del lecho... Quedse  su orilla
inmovilizada, no por la piedad, sino por un recuerdo que hiri su mente
con vvida luz. Lo mismo que ella haca en aquel instante, lo haba
hecho su difunta hermana en una noche triste. S, Luisa padeca tambin
aquellas horribles corazonadas de aborrecer  su progenitura, y cierta
noche que le oy quejarse, echse de la cama y fu contra l, con las
manos amenazantes, trocada de madre en fiera. Gracias que la sujetaron,
pues si no, sabe Dios lo que habra pasado. Y Abelarda repeta las
mismas palabras de la muerta, diciendo que el pobre nio era un
monstruo, un aborto del infierno, venido  la tierra para castigo y
condenacin de la familia.

Llevla este recuerdo  comparar la semejanza de causas con la semejanza
de efectos, y pens angustiadsima: Estar yo loca, como mi
hermana?... Es locura, Dios mo?

Volvi  meterse entre sbanas, prestando atencin  los sollozos de
Luis, que parecan atenuarse, como si al fin le venciera el sueo.
Transcurri un largo rato, durante el cual la tita se aletarg  su
vez; pero de improviso despert sintiendo el mismo furor hostil en su
mayor grado de intensidad. No la detuvo entonces el recuerdo de su
hermana; no haba en su espritu nada que corrigiese la idea,  mejor
dicho, el delirio de que Luis era una mala persona, un engendro
detestable, un ser infame  quien convena exterminar. l tena la culpa
de todos los males que la agobiaban, y cuando l desapareciera del
mundo, el sol brillara ms y la vida sera dichosa. El chiquillo aqul
representaba toda la perfidia humana, la traicin, la mentira, la
deshonra, el perjurio.

Reinaba profunda obscuridad en la alcoba. Abelarda, en camisa y
descalza, echndose un mantn sobre los hombros, avanz palpando...
Luego retrocedi buscando las cerillas. Habasele ocurrido en aquel
momento ir  la cocina en busca de un cuchillo que cortara bien. Para
esto necesitaba luz. La encendi, y observ  Luis que al cabo dorma
profundamente. Qu buena ocasin!--se dijo;--ahora no chillar, ni
har gestos... Farsante, pinturero, monigote, me las pagars... Sal
ahora con la pamplina de que ves  Dios... Como si hubiera tal Dios, ni
tales carneros... Despus de contemplar un rato al sobrinillo, sali
resuelta. Cuanto ms pronto, mejor. El recuerdo de los sollozos del
chico, hablando aquellos disparates de los pies que vea, atizaba su
clera. Lleg  la cocina y no encontr cuchillo, pero se fij en el
hacha de partir lea, tirada en un rincn, y le pareci que este
instrumento era mejor para el _caso_, ms seguro, ms ejecutivo, ms
cortante. Cogi el hacha, hizo ademn de blandirla, y satisfecha del
ensayo, volvi  la alcoba, en una mano la luz, en otra el arma, el
mantn por la cabeza... Figura tan extraa y temerosa no se haba visto
nunca en aquella casa. Pero en el momento de abrir la puerta de
cristales de la alcoba, sinti un ruido que la sobrecogi. Era el del
llavn de Vctor girando en la cerradura. Como ladrn sorprendido,
Abelarda apag de un soplo la luz, entr, y se agach detrs de la
puerta, recatando el hacha. Aunque rodeada de tinieblas tema que Vctor
la viese al pasar por el comedor y se hizo un ovillo, porque la furia
que haba determinado su ltima accin se troc sbitamente en espanto
con algo de femenil vergenza. l pas alumbrndose con una cerilla,
entr en su cuarto y se cerr al instante. Todo volvi  quedar en
silencio. Hasta la alcoba de Abelarda llegaba dbil, atravesando el
comedor y las dos puertas de cristales, la claridad de la vela que
encendiera Vctor para acostarse. Cosa de diez minutos dur el reflejo;
despus se extingui, y todo qued en sombra. Pero la cuitada no se
atreva ya  encender su luz; fu tanteando hasta la cama, escondi el
hacha bajo la cmoda prxima al lecho, y se desliz en ste
reflexionando: No es ocasin ahora. Gritara, y el otro... Al otro le
dara yo el hachazo del siglo; pero no basta un hachazo, ni dos, ni
ciento... ni mil. Estara toda la noche dndole golpes y no le acabara
de matar.




XXXIII


Nuestro infortunado Villaamil no viva desde el momento aciago en que
supo la colocacin de su yerno, y para mayor desdicha el prohombre
ministerial no le haca caso. Inmediatamente despus de almorzar, se
echaba  la calle, y se pasaba el da de oficina en oficina, contando su
malaventura  cuantos encontraba, refiriendo la atroz injusticia, que,
entre parntesis, no le coga de nuevo; porque l, se lo podan creer,
nunca esper otra cosa. Cierto que, apretado por la fea necesidad, y
llegando  sentir como un estorbo en aquel pesimismo que se haba
impuesto, se lo arrancaba  veces como quien se arranca una mscara, y
deca, implorando con toda el alma desnuda: Amigo Cucrbitas, me
conformo con cualquier cosa. Mi categora es de Jefe de Administracin
de tercera; pero si me dan un puesto de oficial primero, vamos, de
oficial segundo, lo tomo, s seor, lo tomo, aunque sea en provincias.
La misma cantinela le entonaba al Jefe del Personal,  todos los amigos
influyentes que en la casa tena, y epistolarmente al Ministro y  Pez.
 Pantoja, en gran confianza, le dijo: Aunque sea para m una
humillacin, hasta oficial tercero aceptar por salir de estas
angustias... Despus, Dios dir.

Luego iba de estampa contra Sevillano, de quien se hablar despus,
empleado en el Personal, el cual le deca con expresin de lstima: S,
hombre s, clmese usted; tenemos nota preferente... Debe usted procurar
serenarse. Y le volva la espalda. Poco  poco fu el santo varn
desmintiendo su carcter, aprendiendo  importunar  todo el mundo y
perdiendo el sentido de las conveniencias. Despus de verle andar por
las oficinas, dando la lata  diferentes amigos, sin excluir  los
porteros, Pantoja le habl en confianza:

--Sabes lo que el bigardo de tu yerno le dijo al Diputado ese? Pues que
t estabas loco y que no podas desempear ningn destino en la
Administracin. Como lo oyes; y el Diputado lo repiti en el Personal
delante de Sevillano y del hermano de Espinosa, que me lo vino  contar
 m.

--Eso dijo? (estupefacto). Ah! lo creo. Es capaz de todo...

Esto acab de trastornarle. Ya la insistencia de su incansable porfa y
la expresin de ansiedad que iban tomando sus ojos asustaba  sus
amigos. En algunas oficinas, cuidaban de no responderle  de hablarle
con brevedad para que se cansara y se fuese con la msica  otra parte.
Pero estaba  prueba de desaires, por habrsele encallecido la epidermis
del amor propio. En ausencia de Pantoja, Espinosa y Guilln le tomaban
el pelo de lo lindo:

--No sabe usted, amigo Villaamil lo que se corre por ah? Que el
Ministro va  presentar  las Cortes una ley estableciendo el _income
tax_. La Caa la est estudiando.

--Como que me ha robado mis ideas. Mis cuatro Memorias durmieron en su
poder ms de un ao. Vean ustedes lo que saca uno de quemarse las cejas
por estudiar algo que sirva de remedio  esta Hacienda moribunda... Pas
de rateras, Administracin de nulidades, cuando no se puede afanar una
peseta, se tima el entendimiento ajeno. Ea, con Dios.

Y sala disparado, precipitndose por los escalones abajo, hacia la
Direccin de Impuestos (patio de la izquierda), ansioso de calentarle
las orejas al amigo La Caa.  la media hora se le vea otra vez
venciendo jadeante la cansada escalera para meterse un rato en el Tesoro
 en Aduanas. Algunas veces, antes de entrar, daba la jaqueca  los
porteros, contndoles toda su historia administrativa. Yo entr 
servir en tiempo de la Regencia de Espartero, siendo Ministro el Sr.
Surr y Rull, excelente persona, hombre muy mirado. Me parece que fu
ayer cuando sub por esa escalera. Traa yo unos calzoncitos de
cuadros, que se usaban entonces, y mi sombrero de copa, que haba
estrenado para tomar posesin. De aquel tiempo no queda ya nadie en _la
casa_, pues el pobre Cruz,  quien vi en este mismo sitio cuando yo
entraba, se las li hace dos meses. Ay, qu vida sta!... Mi primer
ascenso me lo di D. Alejandro Mon... buena persona... y de mucho
carcter, no se crean ustedes. Aqu se plantificaba  las ocho de la
maana, y haca trabajar  la tropa; por eso hizo lo que hizo. Como
madrugador, no ha habido otro D. Juan Bravo Murillo, y el nmero uno de
los trasnochadores era D. Jos Salamanca, que nos tena aqu  los de
Secretara hasta las dos  las tres de la madrugada. Pues digo, hay
alguno entre ustedes que se acuerde de D. Juan Bruil, que, por ms
seas, me hizo  m oficial tercero? Ah, qu hombre! Era una plvora.
Pues tambin el amigo Madoz las gastaba buenas. Qu cascarrabias! Yo
tuve el 57 un director que no haca un servicio al lucero del alba ni
despachaba cosa alguna, como no viniera una mujer  pedrsela. Crean
ustedes que la perdicin del pas es la faldamenta.

Los porteros le llevaban el humor mientras podan; pero tambin llegaron
 sentir cansancio de l, y pretextaban ocupaciones para zafarse. El
santo varn, despus de explayarse por las porteras, volva adentro, y
no faltaba en Aduanas  en Propiedades un guasn presumido, como
Urbanito, el hijo de Cucrbitas, que le convidase  caf para tirarle de
la lengua y divertirse oyendo sus exaltadas quejas. Miren ustedes;  m
me pasa esto por decente, pues si yo hubiera querido desembuchar ciertas
cosas que s referentes  pjaros gordos, me entienden ustedes?... digo
que si yo hubiera sido como otros que van  las redacciones con la
denuncia del enjuage A, del enredo B..., otro gallo me cantara... Pero
qu resulta? Que aunque uno no quiera ser decente y delicado, no puedo
conseguirlo. El pillo nace, el orador se hace. Total, que ni siquiera me
vale haber escrito cuatro Memorias que constituyen un plan de
Presupuestos, porque un mal amigo  quien se las enseo, me roba la idea
y la da por suya. Lo que menos piensan ustedes es que ese dichoso
_income tax_ que quieren establecer, temprano y con sol!, es idea
ma... diez aos devanndome los sesos... para qu? Para que un grajo
se adorne con mis plumas  con la obra de mi pluma. Yo digo que si el
Ministro sabe esto, si lo sabe el pas, qu suceder? Puede que no
suceda nada, porque all se van el pas y el Ministro en lo puercos y
desagradecidos... Yo me lavo las manos; yo me estoy en mi casa, y si
vienen revoluciones, que vengan; si el pas cae en el abismo, que caiga
con cien mil demonios. Despus dirn: Qu lstima no haber planteado
los cuatro puntos aquellos del buen Villaamil: _Moralidad_, _Income
tax_, _Aduanas_, _Unificacin_! Pero yo dir: _tarde piache_...
Haberlo visto antes. Dirn: Pues que sea Villaamil Ministro; y yo
responder: Cuando quise no quisiste, y ahora...  buena hora, mangas
verdes... Conque, seores, me voy para que ustedes trabajen. En mis
tiempos no haba estos ocios. Se fumaba un cigarrito, se tomaba caf, y
luego al telar... Pero ahora, empleado hay que viene aqu  inventar
charadas,  chapucear comedias, revistas de toros y gacetillas. As est
la Administracin pblica, que es una mujer pblica, hablando mal y
pronto. Francamente, esto da asco, y yo no s cmo todos ustedes no
hacen dimisin, y dejan solos al Ministro y al Jefe del Personal,  ver
cmo se desenvuelven. No, no lo digo en broma; veo que se ren ustedes,
y no es cosa de risa. Dimisin total, huelga en un da dado,  una hora
dada...

Por fin, hartos de este charlar incoherente, le echaban con buenos
modos, dicindole: Don Ramn, usted debiera ir  tomar el aire. Un
paseito por el Retiro le vendra muy bien. Sala rezongando, y en vez
de seguir el saludable consejo de oxigenarse, bajaba, mal terciada la
capa, y se meta en el Giro Mutuo, donde estaba Montes,  en Impuestos,
donde su amigo Cucrbitas soportaba con increble paciencia discursos
como ste: Te digo en confianza, aqu de ti para m, que me contento
con una plaza de oficial tercero: proponme al Ministro. Mira que siento
en mi cabeza unas cosas muy raras, como si se me fuera el santo al
cielo. Me entran ganas de decir disparates, y aun recelo que  veces se
me salen de la boca. Que me den esos dos meses,  no s; creo que pronto
empezar  tirar piedras. Ya sabes mi situacin; sabes que no tengo
cesanta, porque, si bien soy anterior al 45, mi primer destino no fu
de Real orden; no entr en plantilla hasta el 46, gracias  D. Juan
Martn Carramolino. Bien te acordars. T estabas por debajo de m; yo
te ense  poner una minuta en regla. El 54 t entraste en la Milicia
Nacional; yo no quise, porque nunca me ha gustado la bullanga. Ah
tienes el principio de tu buena fortuna y el de mi desdicha. Gracias al
morrin te plantaste de un salto en Jefe de Negociado de segunda,
mientras yo me estancaba en oficial primero... Parece mentira,
Francisco, que el sombrero influya tanto. Pues dicen que Pez debe su
carrera nada ms que al chistermetro de alas anchas y abarquilladas que
le da un aire tan solemne... Bien recuerdo que t me decas: Ramn,
ponte un chaleco de buen ver, que esto ayuda; gasta cuellos altos, muy
altos, muy tiesos, que te obliguen  engallar la cabeza con cierto aire
de importancia. Yo no te hice caso, y as estoy.  Basilio, desde que
se encaj la levita inglesa, le empezaron  indicar para el ascenso, y
 m se me antoja que las botas chillonas del amigo Montes, dando  su
personalidad un no s qu de atrevido, insolente y _qu se me da  mi_,
han infludo para que avance tanto... Sobre todo el sombrero, el
sombrero es cosa esencialsima, Francisco, y el tuyo me parece un
perfecto modelo... alto de copa y con hechura de trombn, el ala muy
semejante  la canaleja de un cura. Luego esas corbatas que t te
permites... Si me colocan, me pondr una igual... Conque ya sabes:
oficial tercero: cualquier cosa: el quid est en firmar la nmina, en
ser algo, en que cuando entre yo aqu no me parezca que hasta las
paredes lloran compadecindome... Francisco, hormiga de esta casa, hazlo
por Dios y por tus hijos, tres de los cuales tienes ya bien colocados de
aspirantes con cinco mil, sin contar  Urbanito que se calza doce. Si mi
mujer fuera Pez en vez de ser rana, ay! no estara yo en seco. Parece
que lo tenis en la masa de la sangre, y cuando nacen tus nenes y
sueltan el primer lloro de la vida, en vez de ponerles la teta en la
boca, les ponen el _estado Letra A, Seccin octava_, del Presupuesto.
Adis; intersate por m, scame de este pozo en que me he cado... No
quiero molestarte; tienes que hacer. Yo tambin estoy atareadsimo.
Abur, abur.

No se crea que se iba mi hombre  la calle. Atrado de irresistible
querencia, se lanzaba otra vez, jadeante,  la fatigosa ascensin por
la escalera, y llegaba sin aliento  Secretara. All cierto da se
encontr una novedad. Los porteros, que comnmente le franqueaban la
entrada, le detuvieron, disimulando con insinuaciones piadosas la orden
terminante que tenan de no dejarle pasar. Don Ramn, vyase  su casa,
y descanse y duerma para que se le despeje ese meollo. El Jefe est
encerrado y no recibe  nadie. Irritse Villaamil con la desusada
consigna y aun quiso forzarla, alegando que no deba regir para l. La
capa del infeliz cesante barri el suelo de aqu para all, y aun
tuvieron los ordenanzas que ponerle el sombrero, desprendido de su
cabeza venerable. Bien, Pepito Pez, bien--deca el infeliz, respirando
con dificultad;--as pagas  quien fu tu jefe, y te tap muchas faltas.
En donde menos se piensa salta un ingrato. Basta que yo te haya hecho
mil favores, para que me trates como  un negro. Lgica puramente
humana... Quedamos enterados. Adis... Ah! (volvindose desde la
puerta), dgale usted al Jefe del Personal, al D. Soplado se, que usted
y l se pueden ir  escardar cebollinos.




XXXIV


Pecho  los escalones, y otra vez al piso segundo,  la oficina de
Pantoja. Cuando entr, Guilln, Espinosa y otros badulaques estaban muy
divertidos viendo las aleluyas que el primero haba compuesto, una serie
de dibujillos de mala muerte, con sus pareados al pie, ramplones,
groseros y de mediano chiste, comprendiendo la historia completa de
Villaamil desde su nacimiento hasta su muerte. Argelles, que no vea
con buenos ojos las groseras bromas de Guilln, se apartaba del corrillo
para atender  su trabajo. Rezaba la aleluya que el Sr. de _Miau_ haba
nacido en Coria, garrafal dislate histrico, pues vi la luz en tierra
de Burgos; que desde el vientre de su madre pretenda, y que el ombligo
se lo ataron con balduque. Entre otras particularidades, deca la
ilustrada crnica, con dudosa gramtica: _En vez de faja y paales,--le
envuelven en credenciales_; y ms adelante: _Pide teta con afn,--y un
Presupuesto le dan_. Luego, cuando el digno funcionario llega  la mayor
edad, _Henchido de amor sin tasa,--con Zapaquilda se casa_; y  poco de
estrenada la vida matrimonial empiezan los apuros. El desmantelado hogar
de Villaamil se caracteriza en este elegante dstico: _Cuando faltan
patacones,--se dan  cazar ratones_... Pero en lo que el inspirado
coplero explaya su numen, es en la pintura de los sublimes trabajos
villaamilescos: _Modelo de asiduidaz,--inventa el_ INCOME TAZ... _Al
Ministro le presenta--sus planes sobre la renta_... _El Jefe, al ver el_
INCOMIO,--_me le manda  un manicomio_. Por fin le arroja el poeta estas
flores: _Su existencia miserable--la sostiene con el sable_; y por aqu
segua hasta suponer el glorioso trnsito del hroe: _Le dan al fin la
racin,--y muere del alegrn_... _Los gatos, cuando se mueren,--dicen
todos: Miserere_...

Al ver  Villaamil escondieron el nefando pliego, pero con hilaridad mal
reprimida denunciaban la broma que traan y su objeto. Ya otras veces el
infeliz cesante pudo notar que su presencia en la oficina (faltando de
ella Pantoja) produca un recrudecimiento en la sempiterna chacota de
aquellos holgazanes. Las reticencias, las frases ilustradas con
morisquetas al verle entrar, la cmica seriedad de los saludos le
revelaron aquel da que su persona y quizs su desventura motivaban
impertinentes chanzas, y esta certidumbre le lleg al alma. El enredijo
de ideas que se haba iniciado en su mente, y la irritacin producida en
su nimo por tantas tribulaciones, encalabrinaban su amor propio; su
carcter se agriaba; la ingnita mansedumbre trocbase en displicencia y
el temple pacfico en susceptibilidad camorrista.

-- ver,  ver--gru, acercndose al grupo con muy mal gesto.--Me
parece que se ocupaban ustedes de m... Qu papelotes son esos que
guarda Guilln?... Seores, hablemos claro. Si alguno de ustedes tiene
que decirme algo, dgamelo en mis barbas. Francamente, en toda la casa
noto que se urde contra m una conjuracin de calumnias; se trata de
ponerme en ridculo, de indisponerme con los jefes, de presentarme al
seor Ministro como un hombre grotesco, como un... Y he de saber quin
es el canalla, quin...! Maldita sea su alma! (tercindose la capa, y
pegando fuerte puetazo en la mesa ms prxima).

Quedronse todos fros y mudos, porque no esperaban en Villaamil aquel
rasgo de dignidad. _El caballero de Felipe IV_ fu el primero que se
explic aquel sbito cambio de temperamento, por un desequilibrio
mental. Adems de que odiaba profundamente  Guilln, senta lstima de
su amigo, y echndole el brazo por encima del hombro, le rog que se
tranquilizara, aadiendo que donde l estuviera, nadie osara zaherir 
persona tan respetable. Mas no se calmaba Villaamil con estas razones,
porque vi al maldito Guilln aguantando la risa con la cara pegada al
pupitre, y en un arrebato de clera se fu  l, y con ahogada y trmula
voz le dijo:

--Sepa usted, cojitranco de los infiernos, que de m no se re nadie...
Ya s, ya s que ha hecho usted unos estpidos versos y unos mamarrachos
ridiculizndome. En Aduanas he odo que si yo propuse  no propuse al
Ministro el _income tax_... y si me mand  no me mand  un manicomio.

--Yo?... D. Ramn... qu cosas tiene!--replic Guilln cortado y
cobarde.--Yo no he hecho las aleluyas; las hizo Pez Cortzar, el de
Propiedades, y Urbano Cucrbitas es el que las ha enseado por ah.

--Pues hgalas quien las hiciere, el autor de esa porquera es un
marrano que debiera estar en un cubil. Me ultrajan porque me ven cado.
Es eso de caballeros?  ver, respndanme. Es eso de personas
regulares?

El santo varn gir sobre s mismo, y se sent, quebrantadsimo de aquel
esfuerzo que acababa de hacer. Sigui murmurando, como si hablara 
solas: Es que por todos los medios se proponen acabar conmigo,
desautorizarme, para que el Ministro me tenga por un ente, por un
visionario, por un idiota.

Exhalando suspiros hondsimos, encaj la quijada en el pecho y as
estuvo ms de un cuarto de hora sin pronunciar palabra. Los dems
callaban, mirndose de reojo, serios, quizs compadecidos, y durante un
rato no se oy en la oficina ms que el rasgueo de la pluma de
Argelles. De pronto, el chillar de las botas de Pantoja anunci la
aproximacin de este personaje. Todos afectaron atender  la faena, y el
jefe de la seccin entr con las manos cargadas de papeles. Villaamil no
alz la cabeza para mirar  su amigo ni pareca enterarse de su
presencia.

--Ramn--dijo Pantoja en afectuoso tono, llamndolo desde su
asiento.--Ramn... pero Ramn... qu es eso?

Y por fin el amigo, dando otro suspirazo como quien despierta de un
sueo, se levant y fu hacia la mesa con paso claudicante.

--Pero no te pongas as--le dijo D. Ventura quitando legajos de la silla
prxima para que el otro se sentara.--Pareces un chiquillo. En todas las
oficinas hablan de ti, como de una persona que empieza  pasearse por
los cerros de beda... Es preciso que te moderes, y sobre todo
(amoscndose un poco), es preciso que cuando se hable de planes de
Hacienda y de la confeccin de los nuevos Presupuestos, no salgas con la
patochada del _income tax_... Eso est muy bueno para artculos de
peridico (con desprecio),  para soltarlo en la mesa del caf, delante
de cuatro tontos perdularios, de esos que arreglan con saliva el
presupuesto de un pas y no pagan al sastre ni  la patrona. T eres
hombre serio y no puedes sostener que nuestro sistema tributario, fruto
de la experiencia...

Levantse Villaamil como si en la silla hubiera surgido agudsimo
punzn, y este movimiento brusco cort la frase de Pantoja, que sin dada
iba  rematarla en estilo administrativo, ms propio de la _Gaceta_ que
de humana boca. Quedse el buen Jefe de seccin archipasmado al ver que
la faz de su amigo expresaba frentica ira, que la mandbula le
temblaba, que los ojos despedan fuego; y subi de punto el pasmo al oir
estas airadas expresiones:

--Pues yo te sostengo... s, por encima de la cabeza de Cristo lo
sostengo... que mantener el actual sistema es de jumentos rutinarios...
y digo ms, de chanchulleros y tramposos... Porque se necesita tener un
dedo de telaraas en los sesos para no reconocer y proclamar que el
_income tax_, impuesto sobre la renta  como quiera llamrsele, es lo
nico racional y filosfico en el orden contributivo... y digo ms: digo
que todos los que me oyen son un atajo de ignorantes, empezando por ti,
y que sois la calamidad, la polilla, la ruina de esta casa y la filoxera
del pas, pues le estis royendo y devorando la cepa, majaderos mil
veces. Y esto se lo digo al Ministro si me apura, porque yo no quiero
credenciales, ni colocacin, ni derechos pasivos, ni nada; no quiero ms
que la verdad por delante, la buena administracin, y conciliar...
compaginar... armonizar (golpeando los dos dedos ndices uno contra
otro) los intereses del Estado con los del contribuyente. Y el
mastuerzo, canalla, que diga que yo quiero destinos, se ver conmigo de
hombre  hombre, aqu  en mitad de la calle, junto al Dos de Mayo,  en
la pradera del Canal,  media noche, sin testigos... (dando terribles
gritos, que atrajeron  los empleados de la oficina inmediata). Claro,
me toman por un mandria porque no me conocen, porque no me han visto
defendiendo la ley y la justicia contra los infames que en esta casa la
atropellan. Yo no vengo aqu  mendigar una cochina credencial que
desprecio; yo me paso por las narices  toda la casa, y  vosotros, y al
Director, y al Jefe del Personal, y al Ministro; yo no pido ms que
orden, moralidad, economa...!

Revolvi los ojos  una parte y otra, y vindose rodeado de tantas
caras, alz los brazos como si exhortara  una muchedumbre sediciosa, y
lanz un alarido salvaje gritando: Vivan los presupuestos nivelados!

Sali de la oficina, arrastrando la capa y dando traspis. El buen
Pantoja, rascndose con el gorro, le sigui con mirada compasiva,
mostrando sincera afliccin. Seores--dijo  los suyos y  los
extraos, agrupados all por la curiosidad,--pidamos  Dios por nuestro
pobre amigo, que ha perdido la razn.




XXXV


No eran las once de la maana del da siguiente, da ltimo de mes, por
ms seas, cuando Villaamil suba con trabajo la escalera encajonada del
Ministerio, parndose  cada tres  cuatro peldaos para tomar aliento.
Al llegar  la entrada de la Secretara, los porteros, que la tarde
anterior le haban visto salir en aquella actitud lamentable que
referida est, se maravillaron de verle tan pacfico, en su habitual
modestia y dulzura, como hombre incapaz de decir una palabra ms alta
que otra. Desconfiaban, no obstante, de esta mansedumbre, y cuando el
buen hombre se sent en el banco, duro y ancho como de iglesia, y arrim
los pies al brasero prximo, el portero ms joven se acerc y le dijo:

--Don Ramn, para qu viene por aqu? Estse en su casa y cudese, que
tiempo tiene de rodar por estos barrios.

--Puede que tengas razn, amigo Ceferino. En mi casa metidito, y ac se
las arreglen estos seores como quieran. Yo qu tengo que ver? Verdad
que el pas paga los vidrios rotos, y no puede uno ver con indiferencia
tanto desbarrar. Sabes t si han llevado ya al Ministro el nuevo
Presupuesto ultimado? No sabes... Verdad,  ti que ms te da! T no
eres contribuyente... Pues desde ahora te digo que el nuevo Presupuesto
es peor que el vigente, y todo lo que hacen aqu una cfila de
barbaridades y despropsitos. Ah me las den todas. Yo en mi casa tan
tranquilo, viendo cmo se desmorona este pas, que podra estar nadando
en oro si quisieran.

 poco de soltar esta perorata, el pobre cesante se qued solo,
meditando, la barba en la mejilla. Vi pasar algunos empleados conocidos
suyos; pero como no le dijeron nada, no chist. Consideraba quizs la
soledad que se iba formando en torno suyo, y con qu prisa se desviaban
de l los que fueron sus compaeros y hasta poco antes se llamaban sus
amigos. Todo ello--pens con admirable observacin de s
mismo--consiste en que mis desgracias me han hecho un poco extravagante,
y en que alguna vez la misma fuerza del dolor es causa de que se me
escapen frases y gestos que no son de hombre sesudo, y contradicen mi
carcter y mi... cmo es la palabreja?... ah! mi idiosincrasia...
Todo sea por Dios!

Distrjole de su meditacin un amigo que entraba, y que se fu derecho 
l en cuanto le vi. Era Argelles, _el padre de familia_, envuelto en
su capa negra,  ms bien ferreruelo, el sombrerete ladeado  la
chamberga, el bigote retorcido, la perilla enhiesta y erizada por el
roce del embozo. Antes de subir  Contribuciones sola entrar un rato
en el Personal, para desahogar las penas de su alma con un amigo que le
daba cuenta de todo, y as alimentaba sus ilusiones de un prximo
ascenso.

--Qu hace usted por aqu, amigo Villaamil?--le dijo en el tono que se
emplea con los enfermos graves.--Quiere usted que tomemos caf? Pero
no; quizs el caf le sentar mal. Hay que cuidarse, y si vale mi
consejo, hara usted muy bien en no parecer por esta _pos del Peine_ en
muchos das.

--Adnde vamos? (levantndose).

--Al Personal. Echaremos un parrafillo con Sevillano, que nos enterar
de los nombramientos del da. Venga usted.

Y se internaron por luengo corredor, no muy claro, que primero doblaba
hacia la derecha, despus  la izquierda.  lo largo del pasadizo
accidentado y misterioso, las figuras de Villaamil y de Argelles
habran podido trocarse, por obra y gracia de hbil caricatura, en las
de Dante y Virgilio buscando por senos recnditos la entrada  salida de
los recintos infernales que visitaban. No era difcil hacer de D. Ramn
un burlesco Dante por lo escueto de la figura y por la amplia capa que
le envolva; pero en lo tocante al poeta, haba que substituirle con
Quevedo, parodiador de la _Divina Comedia_, si bien el bueno de
Argelles, ms semejanza tena con el _Alguacil alguacilado_ que con el
gran vate que lo invent. Ni Dante ni Quevedo soaron, en sus
fantsticos viajes, nada parecido al laberinto oficinesco, al campaneo
discorde de los timbres que llaman desde todos los confines de la vasta
mansin, al abrir y cerrar de mamparas y puertas, y al taconeo y
carraspeo de los empleados que van  ocupar sus mesas colgando capa y
hongo; nada comparable al mete y saca de papeles polvorosos, de vasos de
agua, de paletadas de carbn,  la atmsfera tabacosa,  las rdenes
dadas de pupitre  pupitre, y al trfago y zumbido, en fin, de estas
colmenas donde se labra el panal amargo de la Administracin. Metironse
Villaamil y su gua en un despacho donde haba dos mesas y una sola
persona, que en aquel momento se mudaba el sombrero por un gorro de pana
morada, y las botas por zapatillas. Era Sevillano, oficial de
secretara, buen mozo, aunque algo machucho, bien quisto en la casa, con
fama de cuquera. Salud el tal  Villaamil con recelo, mirndole mucho
 la cara: Vamos tirando, contest el cesante eterno, y ocup una
silla junto  la mesa.

--De lo mo nada...?--dijo Argelles, usando una frmula interrogativa
y afirmativa  la vez.

--Nada--replic el presumido Sevillano, que al ponerse delante de la
mesa, pareca movido del deseo de que le vieran las zapatillas bordadas
y de que admiraran su breve pie,--lo que se llama nada. Ni te han
propuesto ni ese es el camino.

--No me coge de nuevo--gru el otro soltando capa y sombrero, como si
quisiera oponer  la publicidad de las zapatillas de Sevillano la
exhibicin de sus encrespadas melenas.--Ese perro de Pantoja me ha
engaado ya tres veces, y me engaar la cuarta si no le doy la
morcilla. Yo lo paso todo, con tal que no me eche el pie adelante ese
gorgojo repulsivo de Guilln. Vamos, si le ascienden  l antes que 
m; si un _padre de familia_ cargado de hijos y que lleva todo el peso
de la oficina, se ve pospuesto  ese aborto intil que mata el tiempo
pintando monos...! (Volvindose  Villaamil en solicitud de su
aquiescencia.) Tengo razn  no tengo razn? Le parece  usted que
despus de tantos aos en este empleo, todava les parezca temprano para
darme el ascenso, y en cambio se lo den  ese coco, mamarracho, mal
hombre y peor amigo, que adems no sabe poner una minuta?

--Cabalmente, cabalmente por eso, por ser una inutilidad--afirm
Villaamil con inmenso pesimismo,--tiene asegurada su carrera.

--Yo me sublevo--declar con rabia _el caballero de Felipe IV_ dando una
patada.--Si ascienden  se antes que  m, me voy al Ministro y le
digo... vamos, le suelto una frescura. Esto es peor que insultarle  uno
y escupirle la cara. S, porque tanto polaquismo requema la sangre, y le
entran  uno ganas de echarse la moral  la espalda y casarse con Judas.
Esa garrapata de Guilln, con sus chuscadas y sus versitos y sus
porqueras, se ha hecho popular aqu. Le ren las gracias estpidas...
Todos tenemos algo de culpa en darle alas, lo reconozco... Yo le aseguro
 usted, amigo D. Ramn, que no volver  ensear delante de m sus
monigotes. Ya le dir yo cuntas son cinco, ya le dir...

Argelles se detuvo, creyendo ver en el rostro de Villaamil seales de
excitacin; pero, contra lo que tema, el anciano escuchaba sereno, no
mostrndose lastimado por el recuerdo de las groseras burlas.

--Dejarle, dejarle--contest.--Por mi parte, s sobreponerme  esas
majaderas. Acurdese usted; ayer, al enterarme de que se burlaban de
m, no dije esta boca es ma; verdad que no? Estas cosas se desprecian,
y nada ms. Despus me tropec en la calle con el chico de Cucrbitas,
Urbanito, el cual est en Aduanas, y me cont que all haba ido Guilln
con las aleluyas, que son una pura sandez. Ni siquiera hay un chiste en
ellas. Que si, de nio, en vez de envolverme en paales, me envolvan en
nminas... que si le propuse al Ministro el _income tax_... Y  l,
pregunto yo ahora,  l, el muy asno, qu le va ni le viene con que yo
proponga el _income tax_? Qu entiende l de esas materias tan
superiores al entendimiento de un escuerzo sietemesino? Luego dice que
doy sablazos... calumnia infame, porque si en las horribles trinquetadas
que paso, la necesidad me impulsa  pedir el auxilio de un amigo, eso no
quiere decir que sea yo un petardista. Pero estas injurias hay que
llevarlas con muchsima paciencia, y no dar al infame denostador ni
siquiera el gusto de nuestras quejas, porque se engreira del mal que
hace. Desprecio, indiferencia, y que vomite veneno hasta que se le seque
el alma. Ah! yo no obsequiar nunca  esos reptiles con el favor de mis
miradas. Y  ese tal le he dado yo calor en mi seno, vean ustedes,
porque l va  mi casa, adula  mi familia, se bebe mi vino, y all
parece que nos quiere  todos como hermanos. Valiente bicharraco!... Y
digo ms: digo que Pantoja tambin tiene algo de culpa, porque le
permite perder el tiempo en hacer estas porqueras... Todos sus
mamarrachos los conozco lo mismo que si los hubiera visto, pues Urbanito
no omiti detalle. Pasa por tonto este chico; pero yo afirmo que tiene
mucho talento, y lo que es  memoria no hay quien le gane. Djome
tambin que con las iniciales de los ttulos de mis cuatro Memorias ha
compuesto Guilln el mote de Miau, que me aplica en las aleluyas. Yo lo
acepto. Esa M, esa I, esa A y esa U, son, como el _Inri_, el letrero
infamante que le pusieron a Cristo en la cruz... Ya que me han
crucificado entre ladrones, para que todo sea completo, pnganme sobre
la cabeza esas cuatro letras en que se hace mofa y escarnio de mi gran
misin.




XXXVI


Sevillano y Argelles, que al principio le haban odo con algo de
respeto, en cuanto oyeron aquella salida, titubearon entre la compasin
y la risa, prevaleciendo al fin la primera, que expres Sevillano en
esta forma:

--Hace bien usted en despreciar tales miserias. Nada ms repugnante que
hacer burla de un hombre digno y desgraciado. Aqu me trajeron tambin
los muecos esos; pero no los quise ver... Ahora, si ustedes quieren,
tomaremos caf.

Entr el mozo con el servicio; Villaamil rehus cortsmente el obsequio,
y los otros dos se sentaron para tomar  gusto, en vaso muy colmadito,
el brebaje aromtico que es alegra y consuelo de las oficinas.

--Pues le he de decir  usted--manifest el cesante con la serenidad de
un hombre dueo de sus facultades,--que se vaya usted haciendo  la
injusticia, que se familiarice con las bofetadas y se acostumbre  la
idea de ver  ese piojo pasndole por delante. La lgica espaola no
puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del
entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo. Y agradezca
usted que en premio de sus servicios no le limpian el comedero... que no
s, no s si sacar tambin esa consecuencia lgica.

--Armo un tiberio, cralo usted, lo armo, pero gordo--dijo el _padre de
familias_ entre sorbo y sorbo.--Como le asciendan antes que  m, crea
usted que todo el Colegio de Sordomudos me tendr que oir.

--Le oir y callar, y no habr ms remedio que conformarse. Vase mi
raciocinio (acercando su silla  las de los bebedores de caf). Quin
le apoya  usted? Nadie; y digo nadie, porque no le apoya ninguna mujer.

--Eso es verdad,

--Bueno. Cuando veo un nombramiento absurdo, pregunto: _quin es ella?_
Porque es probado; siempre que una nulidad se sobrepone  un empleado
til, ponga usted el odo y escuchar rumor de faldas. Apostamos  que
s quin ha pedido el ascenso del cojo? Pues su prima, la viuda del
comandantn aquel que est en Filipinas, esa tal Enriqueta, frescachona,
ms suelta que las gallinas, de la cual se dice si tuvo que ver  no
tuvo que ver con nuestro egregio Director. Ahora, sabiendo  qu
aldabas se agarra ese morral de Guilln, aydenme ustedes  sentir.
Nada, el amigo Argelles, con toda su prole arrastras, se quedar
ladrando de hambre, y el otro ascender, y ole morena.

Sevillano confirmaba con una sonrisa las acres observaciones del
trastornado Villaamil, que no lo pareca al decir cosas tan  pelo; y el
_caballero de Felipe IV_ se atusaba sus engrasadas melenas y se retorca
el bigote, dndole  la perilla tales tirones, que  poco ms se la
arranca de cuajo.

--Lo vengo diciendo hace tiempo, cscaras! Se necesita no tener
vergenza para servir  este cabrn del Estado. Y ya que el amigo
Villaamil est hoy de buena pasta, le diremos una cosa que no sabe.
Quin recomend  Vctor Cadalso para que echaran tierra al expediente
y encimita le encajaran un ascenso?

--Ello debe de ser cosa de hembras; alguna joven sensible que ande por
ah, porque Vctor las atrapa lindamente.

--Le apoyaron dos Diputados--dijo Sevillano:--hicieron fuerza de vela
sin conseguir nada, hasta que vino presin por alto...

--Pero si me ha dicho Ildefonso Cabrera--observ el viejo
acalorndose--que ese pelele est liado con marquesas, duquesas y cuanta
seorona hay en la alta sociedad...

--No haga usted caso, D. Ramn--indic Argelles.--Si, despus de todo,
su yerno de usted es un cursi... as como suena, un cursiln. No se ve
ya un mozo verdaderamente elegante, como los de mi tiempo. Rase usted
de todas esas conquistas de Vctor, que no tiene ms amparo que el de mi
vecina. En el principal de mi casa vive un marqus... no me acuerdo del
ttulo; es valenciano y algo as como Benengeli, algo que suena 
morisco. Este marqus tiene una ta, dos veces viuda... una criatura,
como quien dice... Mi mujer, que ya pas de los cincuenta, asegura que
estando ella de corto (mi mujer, se entiende), conoci  esa seora en
Valencia, ya casada. En fin, que los sesenta y pico no hay quien se los
quite, y aunque debi de ser buena moza, ya no hay pintura que la salve
ni remiendo que la enderece.

--Y cuando menos, mi yernecito ha seducido toda esa inocencia.

--Agurdese usted. Es cosa pblica en Valencia que el tiburn ese se
enamorisc de Cadalso, y l... tambin la quiso, por supuesto, con su
cuenta y razn. Vinieron juntos  Madrid; enredito all, enredito aqu.
 m nadie tiene que contrmelo, pues le veo en la calle, esperando  la
abuela, porque los marqueses no le permiten entrar en la casa. Ella sale
en su coche, muy emperejilada, toda fofa y hueca, con unas tmporas as,
todo postizo, se entiende, y la cara con ms pintura que el _Pasmo de
Sicilia_... Se para en la esquina de Relatores, y all entra el terror
de las doncellas y se van qu s yo adnde... Y me ha contado el lacayo,
que es vecino mo en el sotabanco de la izquierda, que casi todos los
das recibe carta la tarasca, y en seguida le larga  su nene tres
pliegos... El lacayo echa las cartas al correo, y me cuenta lo que dice
el sobre y las seas... Quiones, 13, segundo.

--Si yo me sorprendiera de esto--declar Villaamil entre risueo y
desdeoso,--sera un nio de teta. Y esa fantasma ha venido aqu, al
templo de la Administracin (indignndose),  arrojar sobre el Estado la
ignominia de sus recomendaciones en favor de un perdis...!

--No, por aqu no ha parecido, ni lo necesita--apunt Sevillano.--Con el
teclado de sus relaciones, mueven sas todo el Ministerio, sin poner los
pies en l.

--Les basta decir una palabrita  cualquier pjaro gordo. Luego descarga
aqu la nota...

--De esas que no piden, sino mandan.

-- raja tabla... Hgase... Y hecho est, y ole morena,.. No sera malo
un buen pararrayos para esas chispas, un Ministro de carcter. Pero
dnde est ese Mesas? (dndose fuerte puetazo en la rodilla). La
condenada Administracin es una hi de mala hembra con la que no se puede
tener trato sin deshonrarse... Pero los que tienen hijos, amigo
Argelles, qu han de hacer sino prostituirse?  ver, bsquese usted
por ah un felpudito que le ampare. Usted tiene todava buen ver.  poco
que se emperifolle, le salen las conquistas as... y le pica en el
anzuelo una lamprea con conchas... Animarse, pollo... Pues si yo
tuviera veinte aos menos...!

Sevillano se rea, y Argelles se pavoneaba henchido de fatuidad,
enroscndose aquella birria de bigote pintado... No pareca echar en
saco roto la exhortacin, porque la edad no le haba curado de su
vanidad de Tenorio.

--Francamente, seores--manifest con acento de hombre muy
corrido,--nunca me ha gustado el amor como negocio... El amor por el
amor. Ni con dinero encima cargo yo con una res como esa de Vctor,
contempornea del andar  pie, y que todo lo tiene postizo, todo
absolutamente, cranme ustedes.

--Fuera remilgos, y  ellas!--dijo Villaamil,  quien le haba entrado
hilaridad nerviosa.--No estn los tiempos para hacer _fu_  nada... Este
_padre de familias_ es terrible. No le gustan ms que las doncellitas
tiernas.

--Pues de broma ha dicho usted la verdad. De quince  veinte. Lo dems
para bobos.

--Vamos, que si le cayera  usted un pimpollo como ese de Vctor!...
Porque la tal debe de tener guita, y  su vera no hay bolsillo vaco...
Ahora me explico que mi yerno, cuando se le acabaron los dineros que
afan por el enjuague de Consumos, gastaba del captulo de guerra de
esa vejancona... Vamos (dndose otro palmetazo en la rodilla), que
vivimos en una condenada poca en que no podemos ni siquiera
avergonzarnos, porque el estircol, la condenada costra de estircol que
llevamos en la cara nos lo impide!

Levantse para salir. Argelles suspir y con un gesto despidise de
Sevillano, que se puso  trabajar antes de que salieran.

--Vamos  la oficina--dijo el caballero alguacilado, embozndose en el
ferreruelo, cogiendo del brazo  su amigo  internndose por los
pasillos;--que ese mal bicho de Pantoja me chillar si tardo. Qu vida,
D. Ramn, qu vida!... Y  propsito. No observ usted que mientras
hablbamos de la seora que protege  Vctor, Sevillano no chistaba? Es
que tambin l se calza  una momia... s... no saba usted? la viuda
de aquel Pez y Pizarro que fu Director de Loteras en la Habana, primo
de nuestro amigo D. Manuel. Eso lo saben hasta los perros... y ella le
protege, le regala cada dos aos su ascensito.

--Qu me dice usted? (parndose y mirndole cara  cara, en una actitud
propiamente dantesca). Conque Sevillano... S; ya deca yo que ese chico
iba demasiado aprisa. Era yo Jefe de Negociado, cuando entr de
aspirante con cinco mil...

Se persign y siguieron hasta Contribuciones. Pantoja y los dems
recibieron al sufrido cesante con sobresalto, temerosos de una escena
como la del da anterior. Pero el anciano les tranquiliz con su
apacible acento y la serenidad relativa de su rostro. Sin dignarse mirar
a Guilln, fu  sentarse junto al Jefe,  quien dijo de manos  boca:

--Hoy me encuentro muy bien, Ventura. He descansado anoche, me despej,
y estoy hasta contento, me lo puedes creer, echando chispas de contento.

--Ms vale as, hombre, ms vale as--repuso el otro observndole los
ojos.--Qu traes por ac?

--Nada... la querencia... hoy estoy alegre... ya ves cmo me ro
(riendo). Es posible que hoy venga por ltima vez, aunque... te lo
aseguro... me divierte, me divierte esta casa. Se ven aqu cosas que le
hacen  uno... morir de risa.

El trabajo concluy aquel da ms pronto que de ordinario, porque era
da de paga, la fecha venturosa que pone feliz trmino  las angustias
del fin de mes, abriendo nueva era de esperanzas. El da de paga hay en
las salas de aquel falansterio ms luz, aire ms puro y un no s qu de
difano y alegre que se mete en los corazones de los infelices
jornaleros de la Hacienda pblica.

--Hoy os dan la paga--dijo Villaamil  su amigote, suspendiendo aquel
reir franco y bonachn de que afectado estaba.

Ya se conoca en el ruido de pisadas, en el sonar de timbres, en el
movimiento y animacin de las oficinas, que haba empezado la operacin.
Cesaba el trabajo, se ataban los legajos, eran cerrados los pupitres, y
las plumas yacan sobre las mesas entre el desorden de los papeles y las
arenillas que se pegaban  las manos sudorosas. En algunos
departamentos, los funcionarios acudan, conforme les iban llamando, al
despacho de los habilitados, que les hacan firmar la nominilla y les
daban el trigo. En otros, los habilitados mandaban un ordenanza con los
santos cuartos en una hortera, en plata y billetes chicos, y la
nominilla. El Jefe de la seccin se encargaba de distribuir las raciones
de metlico y de hacer firmar  cada uno lo que reciba.




XXXVII


Es cosa averiguada que cuando Villaamil vi entrar al portero con la
horterita aqulla, se excit mucho, acentuando su increble alegra, y
expresndola de campechana manera. Anda, anda, qu cara ponis
todos!... Aqu est ya el santo advenimiento... la alegra del mes...
San Garbanzo bendito... Pues apenas vais  echar mal pelo con tantos
dinerales!...

Pantoja empez  repartir. Todos cobraron la paga entera, menos uno de
los aspirantes,  quien entreg el Jefe el pagar otorgado  un
prestamista, diciendo: Est usted cancelado, y Argelles recibi un
tercio no ms, por tener retenido lo restante. Cogilo torciendo el
gesto, echando la firma en la nominilla con rasgos que declaraban su
furia; y despus, el gran Pantoja se guard su parte pausada y
ceremoniosamente, metiendo en su cartera los billetes, y los duros en el
bolsillo del chaleco, bien estibaditos para que no se cayesen. Villaamil
no le quitaba ojo mientras dur la operacin, y hasta que no desapareci
la ltima moneda no dej de observarle. Le temblaba la mandbula, le
bailaban las manos.

--Sales?--dijo  su amigo, levantndose.--Nos iremos de paseo. Yo tengo
hoy... muy buen humor...no ves?... Estoy muy divertido...

--Yo me quedo un rato ms--respondi el _honrado_, que deseaba quitarse
de encima aquella calamidad.--Tengo que ir un rato  Secretara.

--Pues qudate con Dios... Me largo de paseo... Estoy contentsimo... y
de paso, comprar unas pldoras.

--Pldoras? Te sentarn bien.

--Ya lo creo!... Abur; hasta ms ver. Seores, que sea por muchos
aos... Y que aproveche... Yo bueno, gracias...

En la escalera de anchos peldaos desembocaban, como afluentes que
engrasan el ro principal, las multitudes que  la misma hora chorreaban
de todas las oficinas. Contribuciones y Propiedades descargaban su
personal en el piso segundo; descenda la corriente unindose luego  la
numerosa grey de Secretara, Tesoro y Aduanas. El humano torrente,
haciendo un ruido de mil demonios de peldao en peldao, apenas caba en
la escalera, y mezclbanse los pisotones con la charla gozosa y
chispeante de un da de paga. En los odos de Villaamil aadase al
murmullo inmenso el tintineo de los duros, recin guardados en tanta
faltriquera. Pens que el metal de los pesos deba de estar fro an;
pero se calentara pronto al contacto del cuerpo, y aun se derretira al
de las necesidades. Al llegar al vasto ingreso que separa del prtico la
escalera, veanse en los patios de derecha  izquierda afluir las
muchedumbres de Impuestos, Tesorera y Giro Mutuo, y antes de llegar 
la calle, las corrientes se confundan. Las capas deslucidas abundaban
ms que los rados gabanes; pero tambin los haba flamantes, y
chisteras lustrosas, destacndose entre la muchedumbre de hongos
chafados y verdinegros. El taconeo ensordeca la casa, y Villaamil oa
siempre, por cima del rumor de pisadas, aquel tintn de las piezas de
cinco pesetas. Hoy--se dijo, echando toda su alma en un suspiro--han
dado casi toda la paga en duros nuevecitos, y algo en pesetas dobles con
el cuo de Alfonso.

Al desaguar la corriente en la calle, iba cesando el ruido, y el
edificio se quedaba como vaco, solitario, lleno de un polvo espeso
levantado por las pisadas. Pero aun venan de arriba destacamentos
rezagados de las multitudes oficinescas. Sumaban entre todos tres mil,
tres mil pagas de diversa cuanta, que el Estado lanzaba al trfico
devolviendo por modo parablico al contribuyente parte de lo que sin
piedad le saca. La alegra del cobro, sentimiento caracterstico de la
humanidad, daba  la caterva aqulla un aspecto simptico y
tranquilizador. Era sin duda una honrada plebe anodina, curada del
espanto de las revoluciones, sectaria del orden y la estabilidad, pueblo
con gabn y sin otra idea poltica que asegurar y defender la pcara
olla; proletariado burocrtico, lastre de la famosa nave; masa
resultante de la hibridacin del pueblo con la mesocracia, formando el
cemento que traba y solidifica la arquitectura de las instituciones.

Embozbase Villaamil en su paosa para resguardarse del fro callejero,
cuando le tocaron en el hombro. Volvise y vi  Cadalso, quien le ayud
 asegurar el embozo lindoselo al cuello.

--Qu tiene usted... de qu se re usted?

--Es que... estoy esta tarde muy contento...  bien que  ti no te
importa. No puede uno ponerse alegre cuando le da la real gana?

--S... pero... Va usted  casa?

--Otra cosa que no es de tu incumbencia. T adnde vas?

--Arriba  recoger mi ttulo... Yo tambin estoy hoy de enhorabuena.

--Te han dado otro ascenso? No me extraara. Tienes la sartn por el
mango. Mira, que te hagan Ministro de una vez; acaba de ponerte el mundo
por montera antes que se acaben las carcamales.

--No sea usted guasn. Digo que estoy de enhorabuena, porque me he
reconciliado con mi hermana Quintina y el salvaje de su marido. l se
queda con aquella maldecida casa de Vlez-Mlaga que no vala dos higos,
paga las costas, y yo...

--Suma y van tres... Otra cosa que  m me tiene tan sin cuidado como el
que haya  no pulgas en la luna. Qu se me da  m de tu hermana
Quintina, de Ildefonso, ni de que hagis  no cuantas recondenadas paces
queris?

--Es que...

--Anda, sube, sube pronto y djame  m. Porque yo te pregunto: en qu
cochino bodegn hemos comido juntos? T por tu camino, lleno de flores;
yo por el mo. Si te dijera que con toda tu buena suerte no te envidio
ni esto... Ms quiero honra sin barcos que barcos sin honra. Agur...

No le di tiempo  ms explicaciones, y asegurndose otra vez el embozo,
avanz hacia la calle. Antes de traspasar la puerta, le tiraron de la
capa, acompaando el tirn de estas palabras amigables:

--Eh, simptico Villaamil, aunque usted no quiera!...

Urbanito Cucrbitas, pollancn rubio, ralo de pelo, estirado, zancudo y
con mucha nuez; semejante  vstago precoz de la raza gallincea que
llaman Cochinchina; vestido con elegante traje  cuadros, cuello
largusimo, de cucurucho, hongo claro; manos y pies inconmensurables,
muy limpio y la boca risuea, enseando hasta los molares, que bien
podran llamarse del juicio si alguno tuviera.

--Hola, Urbanito!... Has cobrado tu paga?

--S, aqu la llevo (tocndose el bolsillo y haciendo sonar la plata);
casi todo en pesetas. Me voy  dar una vuelta por la Castellana.

--En busca de alguna conquistilla?... Hombre feliz... Para ti es el
mundo. Qu risueo ests! Pues mira; yo tambin estoy de vena hoy...
Dime, y tus hermanitos, han cobrado tambin sus paguillas? Dichosos los
nenes  quienes el Estado les pone la teta en la boca,  el bibern. T
hars carrera, Urbanito; yo sostengo que eres muy listo, contra la
opinin general que te califica de tonto. Aqu el tonto soy yo.
Merezco, sabes qu?; pues que el Ministro me llame, me haga arrodillar
en su despacho y me tenga all tres horas con una coroza de orejas de
burro... por imbcil, por haberme pasado la vida creyendo en la moral,
en la justicia y en que se deben nivelar los presupuestos. Merezco que
me den una carrera en pelo, que me pongan motes infamantes, que me
llamen _el seor de Miau_, que me hagan aleluyas con versos chabacanos
para hacer reir hasta  las paredes de la casa... No, si no lo digo en
son de queja; si ya ves... estoy contento, y me ro... me hace una
gracia atroz mi propia imbecilidad.

--Mire usted, querido D. Ramn (ponindole ambas manos en los hombros).
Yo no he tenido arte ni parte en los monigotes. Confieso que me re un
poco cuando Guilln los llev  mi oficina; no niego que me entr
tentacin de enserselos  mi pap, y se los ense...

--Pero si yo no te pido explicaciones, hijo de mi alma.

--Djeme acabar... Y mi pap se puso furioso y  poco me pega. Total,
que enterado Guilln de las cosas que mi pap dijo, sali  espetaperros
de nuestra oficina, y no ha vuelto  parecer. Yo digo que ello puede
pasar como broma de un rato. Pero ya sabe usted que le respeto, que me
parece una tontera juntar las iniciales de sus cuatro Memorias que nada
significan, para sacar una palabra ridcula y sin sentido.

--Poco  poco, amiguito (mirndole  los ojos).  que la palabra _Miau_
sea una sandez, no tengo nada que objetar; pero no estoy conforme con
que las cuatro iniciales no encierren una significacin profunda...

--Ah!... s? (suspenso).

--Porque es preciso ser muy negado  no tener pizca de buena fe para no
reconocer y confesar que la M, la I, la A y la U, significan lo
siguiente: _Mis... Ideas... Abarcan... Universo_.

--Ah!... ya... bien deca yo... Don Ramn, usted debe cuidarse.

--Si bien no faltar quien sostenga... y yo no me atrevera 
contradecirlo de plano... quien sostenga, quizs con algn fundamento,
que las cuatro misteriosas letras rezan esto: _Ministro... I...
Administrador... Universal_.

--Pues mire usted, esa interpretacin me parece una cosa muy sabia y con
muchsimo intrngulis.

--Lo que yo te digo: hay que examinar imparcialmente todas las
versiones, pues ste dice una cosa, aqul sostiene otra, y no es fcil
decidir... Yo te aconsejo que lo mires despacio, que lo estudies, pues
para eso te da el Gobierno un sueldo, sin ir  la oficina ms que un
ratito por la tarde, y eso no todos los das... Y que tus hermanitos lo
estudien tambin con el bibern de la nmina en los labios. Adis;
memorias  pap. Dile que crucificado yo, por imbcil, en el madero
afrentoso de la tontera,  l le toca darme la lanzada, y  Montes la
esponja con hiel y vinagre, en la hora y punto en que yo pronuncie mis
Cuatro Palabras, diciendo: _Muerte... Infamante... Al... Ungido..._ Esto
de ungido quiere decir... para que te enteres... _lleno de basura_, 
embadurnado todo de materias ftidas y asquerosas, que son el smbolo de
la zanguanguera,  llmese principios.

--Don Ramn... va usted  su casa? quiere que le acompae? Tomar un
coche.

--No, hijo de mi alma; vete  tu paseto. Yo me voy _pian pianino_.
Antes tengo que comprar unas pldoras... aqu en la botica.

--Pues le acompaar... y si quiere que veamos antes  un mdico...

--Mdico! (riendo desaforadamente). Si en mi vida me he sentido ms
sano, ms terne... Djame  m de mdicos. Con estas pildoritas...

--De veras, no quiere que le acompae?

--No, y digo ms: te suplico que no lo hagas. Tiene uno sus secretillos,
y el acto, al parecer insignificante, de comprar tal  cual medicina,
puede evocar el pudor. El pudor, chico, aparece donde menos se piensa.
Qu sabes t si soy yo un joven, digo, un anciano disoluto? Conque vete
por tu camino, que yo tomo el de la farmacia. Adis, nio salado,
chiquitn del Ministerio, divirtete todo lo que puedas; no vayas  la
oficina ms que  cobrar; haz muchas conquistas; pica siempre muy alto;
arrmate  las buenas mozas, y cuando te lleven  informar un
expediente, pon la barbaridad ms gorda que se te ocurra... Adis,
adis... Sabes que se te quiere.

Fuese el pollancn por la calle de Alcal abajo, y Villaamil, despus de
cerciorarse de que nadie le segua, tom en direccin de la Puerta del
Sol, y antes de llegar  ella, entr en la que llamaba botica; es 
saber: en la tienda de armas de fuego que hay en el nmero 3.




XXXVIII


Notaban aquellos das doa Pura y su hermana algo desusado en las
maneras, en el lenguaje y en la conducta del buen Villaamil, que si en
actos de relativa importancia se mostraba excesivamente perezoso y
aptico, en otros de ningn valor y significacin desplegaba brutales
energas. Tratse de la boda de Abelarda, de sealar fecha y de fijar
ciertos puntos  tan gran suceso pertinentes, y el hombre no dijo esta
boca es ma. Ni la bonita herencia de su futuro yerno (pues ya se haba
llevado Dios al to notario) le arranc una sola de aquellas hiprboles
de entusiasmo que de la boca de doa Pura salan  borbotones. En
cambio,  cualquier tontera daba Villaamil la importancia de suceso
transcendente, y por si su mujer cerr la puerta con algn ruido
(resultado de lo tirantes que tena los nervios),  por si le haban
quitado, para ensortijarse la cabellera, un nmero de _La
Correspondencia_, arm un cisco que hubo de durar media maana.

Tambin merece notarse que Abelarda acogi la formalizacin de su boda
con suma indiferencia, la cual,  los ojos de la primera _Miau_, era
modestia de hija modosa bien educada, sin ms voluntad que la de sus
padres. Los preparativos, en atencin al ahogo de la familia, haban de
ser muy pobres, casi nulos, limitndose  algunas prendas de ropa
interior, cuya tela se adquiri con un donativo de Vctor, del cual no
se di cuenta  Villaamil para evitar susceptibilidades. Debo advertir
que desde la escena aquella en las Comendadoras, Vctor apenas paraba en
la casa. Rarsimas noches entraba  dormir, y coma y almorzaba fuera
todos los das. Los tertulios de la casa eran los mismos, excepto
Pantoja y familia, que escaseaban sus visitas, sin que doa Pura
penetrase la causa de este desvo, y Guilln, que definitivamente se
eclips, muy  gusto de las tres _Miaus_. Las repetidas ausencias de
Virginia Pantoja motivaron gran atraso en los ensayos de la pieza.  la
seorita de la casa se le olvid en absoluto su papel, y por estas
razones y por la desgana de fiestas que Pura senta mientras no se
resolviera el problema de la colocacin de su esposo, fu abandonado el
proyecto de funcin teatral.

Federico Ruiz, consecuente siempre, iba algunos ratos por las tardes,
pidiendo mil perdones  las _Miaus_ por quitarles su tiempo, pues no
ignoraba que deban de estar sobre un pie con los preparativos...
Dichosos preparativos, y cuntos castillos y torres edific sobre
cimiento tan frgil la imaginacin fecunda de la esposa de Villaamil!...
Una maana entr Ruiz muy sofocado, seguido de su mujer, ambos
despidiendo alegra de sus ojos, ebrios de jbilo, deseando que los
amigos participaran de su dicha.

Vengo--dijo l casi sin aliento-- que nos den la enhorabuena. S que
nos quieren y que se alegrarn de verme colocado.

Tanto Federico como Pepita fueron sucesivamente abrazados por las tres
_Miaus_. En esto sali de su despacho olfateando alegra el buen
Villaamil, y antes de que Ruiz tuviera tiempo de embocarle la venturosa
nueva, le cogi en los brazos, dicindole:

--Sea mil y mil veces enhorabuena, queridsimo... Bien merecido lo
tiene, y muy requetebin ganado.

--Gracias, muchsimas gracias--dijo Ruiz constreido en los enormes
brazos de Villaamil, que apretaba con nerviosa contraccin.--Pero, por
la Virgen Santsima, no me apriete tanto, que me va  ahogar... D.
Ramn... ay, ay! que me hace aicos...

--Pero, hombre--dijo Pura  su marido sorprendida y temerosa,--qu
manera de abrazar?

--Es que...--balbuci el cesante--quiero darle un parabin bien dado...
una enhorabuena de padre y muy seor mo, para que le quede memoria de
m y de lo muy contento que estoy por su triunfo. Y qu es ello?

--Una comisioncilla en Madrid mismo... esa es la ganga... para estudiar
y proponer mejoras en el estudio de las ciencias naturales...  fin de
que resulte prctico.

--Oh, cosa buena!... Ni s cmo no se les haba ocurrido antes. Y este
msero Pas vive ignorando cmo se ensean las ciencias naturales!
Felizmente, ahora, amigo Ruiz, vamos  salir de dudas... Nuestro sabio
Gobierno tiene una mano para escoger el personal... As est la Nacin
reventando de gusto. Pues digo, si tendr su aquel la comisioncita.
Golpes de esos bastan  salvar la patria oprimida... En fin, lo celebro
mucho... Y digo ms, Sr. de Ruiz; si usted est de enhorabuena, no lo
est menos el Pas, que debe ponerse  tocar las castauelas al saber
que tiene quien le estudie eso... verdad? Con su permiso, me vuelvo 
trabajar. Mil millones de plcemes.

Sin esperar lo que Federico contestaba  estas expansiones calurosas, el
buen hombre se meti de rondn en su despacho. Algo extra  los
Ruces, lo mismo que  las _Miaus_, aquella manera desordenada y
estrepitosa de dar enhorabuenas; pero disimularon su extraeza. Furonse
los felicitados para seguir sus visitas de dar parte, cosechando 
granel las felicitaciones. Y no era la comisioncita el nico motivo de
contento que Ruiz aquella maana tena, pues el correo le trajo nueva
satisfaccin con que no contaba. Era nada menos que el diploma de una
sociedad portuguesa, cuyo objeto es enaltecer  los que realizan actos
heroicos en los incendios, y tambin  los que propagan por escrito las
mejores teoras sobre este til servicio. Todo individuo perteneciente 
dicha asociacin tena derecho, segn rezaba el diploma,  usar el
ttulo de _Bombeiro, salvador da humanidade_, y  ponerse un vistossimo
uniforme con relucientes bordados. El figurn de la deslumbradora casaca
acompaaba al nombramiento. Si estara hueco el hombre con su comisin
(de que dependa el porvenir cientfico de Espaa), con los honores de
_bombeiro_, y con la librea reluciente que pensaba lucir en la primera
coyuntura pblica y solemne que se le presentase!

Luisito sali  paseo aquella tarde con Paca, y al volver se puso 
estudiar en la mesa del comedor. Pasado el extrasimo, increble
arrechucho de Abelarda en la famosa noche de que antes habl, el cerebro
de la insignificante qued aparentemente restablecido, hasta el punto
de que un olvido benfico y reparador arranc de su mente los vestigios
del acto. Apenas lo recordaba la joven con la inseguridad de sueo
borroso, como pesadilla estpida cuya imagen se desvanece con la luz y
las realidades del da. Ocupbase en coser su ajuar, y Luis, cansado del
estudio, se entretena en quitarle y esconderle los carretes de algodn.
Chiquillo--le dijo su ta sin incomodarse,--no enredes. Mira que te
pego. En vez de pegarle, le daba un beso, y el sobrinillo se
envalentonaba ms, ideando otras travesuras, como suyas, poco
maliciosas. Pura ayudaba  su hija en los cortes, y Milagros funcionaba
en la cocina, toda tiznada, el mandiln hasta los pies. Villaamil
siempre encerrado en su leonera. Tal era la situacin de los individuos
de la familia, cuando son la campanilla y ctate  Vctor.
Sorprendironse todos, pues no sola ir  semejante hora. Sin decir nada
pas  su cuartucho, y se le sinti all lavndose y sacando ropa del
bal. Sin duda estaba convidado  una comida de etiqueta. Esto pens
Abelarda, poniendo especial estudio en no mirarle ni dirigir siquiera
los ojos  la puerta del menguado aposento.

Pero lo ms singular fu que  poco de la entrada del monstruo, sinti
la sosa en su alma, de improviso, con aterradora fuerza, la misma
perturbacin de la noche de marras. Estall el trastorno cerebral como
una bomba, y en el mismo instante toda la sangre se le remova, amargor
de odio hacale contraer los labios, sus nervios vibraban, y en los
tendones de brazos y manos se iniciaba el brutal prurito de agarrar, de
estrujar, de hacer pedazos algo, precisamente lo ms tierno, lo ms
querido y por aadidura lo ms indefenso. Tuvo Cadalsito, en tan crtica
ocasin, la mala idea de tirarle del hilo de unos hilvanes, y la tela se
arrug... Chiquillo, si no te ests quieto, vers, grit Abelarda, con
elctrica conmocin en todo el cuerpo, los ojos como ascuas. Quizs no
habra pasado  mayores; pero el tontn, queriendo echrselas de muy
pillo, volvi  tirar del hilo, y... aqu fu Troya. Sin darse cuenta de
lo que haca, obrando cual inconsciente mecanismo que recibe impulso de
origen recndito, Abelarda tendi un brazo, que pareca de hierro, y de
la primera manotada le cogi de lleno  Luis toda la cara. El restallido
debi de orse en la calle. Al hacerse para atrs, vacil la silla en
que el chico estaba, y pataplm!, al suelo.

Doa Pura di un chillido... Ay, hijo de mi alma!... mujer!, y
Abelarda, ciega y salvaje, de un salto cay sobr la vctima, clavndole
los dedos furibundos en el pecho y en la garganta. Como las fieras
enjauladas y entumecidas recobran, al primer rasguo que hacen al
domador, toda su ferocidad, y con la vista y el olor de la primera
sangre pierden la apata perezosa del cautiverio, as Abelarda, en
cuanto derrib y clav las uas  Luisito, ya no fu mujer, sino el ser
monstruoso creado en un tris por la insana perversin de la naturaleza
femenina. Perro, condenado... te ahogo! embustero, farsante... te
mato!, grua rechinando los dientes; y luego busc con ciego tanteo
las tijeras para clavrselas. Por dicha, no las encontr  mano.

Tal terror produjo el acto en el nimo de doa Pura, que se qued
paralizada sin poder acudir  evitar el desastre, y lo que hizo fu dar
chillidos de angustia y desesperacin. Acudi Milagros, y tambin Vctor
en mangas de camisa. Lo primero que hicieron fu sacar al pobre
Cadalsito de entre las uas de su ta, operacin no difcil, porque
pasado el mpetu inicial, la fuerza de Abelarda cedi bruscamente. Su
madre tiraba de ella, ayudndola  levantarse, y de rodillas an,
convulsa, toda descompuesta, su voz temblorosa y cortada, balbuca:

--Ese infame... ese trasto... quiere acabar conmigo... y con toda la
familia...

--Pero, hija, qu tienes?...--gritaba la mam sin darse cuenta del
brutal hecho, mientras Vctor y Milagros examinaban  Luisito, por si
tena algn hueso roto. El chico rompi  llorar, el rostro encendido,
la respiracin fatigosa.

--Dios mo, qu atrocidad!--murmur Vctor ceudamente.

Y en el mismo instante se determinaba en Abelarda una nueva fase de la
crisis. Lanz tremendo rugido, apret los dientes, rechinndolos, puso
en blanco los ojos y cay como cuerpo muerto, contrayendo brazos y
piernas y dando resoplidos. Aparece entonces Villaamil pasmado de aquel
espectculo: su hija con pataleta, Luisito llorando, la cara rasguada,
doa Pura sin saber  quin atender primero, los dems turulatos y
aturdidos.

--No es nada--dijo al fin Milagros, corriendo  traer un vaso de agua
fra para rociarle la cara  su sobrina.

--No hay por ah ter?--pregunt Vctor.

--Hija, hija ma--exclam el padre,--qu te pasa? Vuelve en ti.

Haba que sujetarla para que no se hiciese dao con el pataleo incesante
y el bracear violentsimo. Por fin, la sedacin se inici tan enrgica
como haba sido el ataque. La joven empez  exhalar sollozos, 
respirar con esfuerzo como si se ahogara, y un llanto copiossimo
determin la ltima etapa del tremendo acceso. Por ms que intentaban
consolarla, no tena trmino aquel ro de lgrimas. Llevronla  su
lecho, y en l sigui llorando, oprimindose con las manos el corazn.
No pareca recordar lo que haba hecho. Entre Villaamil y Cadalso
haban conseguido acallar  Luisito, convencindole de que todo haba
sido una broma un poco pesada.

De repente el jefe de la familia se cuadr ante su yerno, y con temblor
de mandbula, intensa amarillez de rostro y mirada furibunda, grit:

--De todo esto tienes t la culpa, danzante. Vete pronto de mi casa, y
ojal no hubieras entrado nunca en ella.

--Que tengo yo la culpa!... Pues no dice que yo...!--respondi el otro
descaradamente.--Ya me pareca  m que no estaba usted bueno de la
jcara...

--La verdad es--observ Pura, saliendo del cuarto prximo,--que antes de
que t vinieras no pasaban en mi casa estas cosas que nadie entiende.

--Ah tambin usted... No parece sino que me hacen un favor con tenerme
aqu. Y yo cre que les ayudaba  pasar la travesa del ayuno! Si me
marcho, dnde encontrarn un husped mejor?

Villaamil, ante tanta insolencia, no encontraba palabras para expresar
su indignacin. Acarici el respaldo de una silla, con prurito de
blandirla en alto y estamprsela en la cabeza  su hijo poltico. Pudo
dominar las ganas que de esto tena, y reprimiendo su ira con fortsima
rienda, le dijo con voz hueca de sochantre:

--Se acabaron las contemplaciones. Desde este momento ests de ms
aqu. Recoge tus brtulos y toma el portante, sin ningn gnero de
excusas ni aplazamiento.

--No se apure usted... No parece sino que estoy en Jauja.

--Jauja  no Jauja ( punto de estallar), ahora mismo fuera. Vete 
vivir con los esperpentos que te protegen. De qu te sirve esta familia
pobre y desgraciada? Aqu no hay credenciales, ni destinos, ni
recomendaciones, ni nada, como dijo el otro. Y en esta pobreza honrada
somos felices. No ves lo contento que yo estoy? (Castaeteando los
dientes.) En cambio t no tendrs paz en el pinculo de tus glorias,
alcanzadas por el deshonor... Pronto,  la calle... El seor de _Miau_
quiere perderte de vista.

Vctor lvido, doa Pura asustada, Luisito con ganas de romper  llorar
nuevamente, Milagros haciendo pucheros...

--Bien--dijo Cadalso con aquella gallarda que saba poner en sus
resoluciones, siempre que eran mortificantes.--Me voy. Tambin yo lo
deseaba, y no lo haba hecho por caridad, porque soy aqu un sostn, no
una carga. Pero la separacin ser absoluta. Me llevo  mi hijo.

Las dos _Miaus_ le miraron aterradas. Villaamil apret con ferocidad los
dientes.

--Pues qu...? Despus de lo que ha pasado hoy--aadi
Vctor,--todava pretenden que yo deje aqu  este pedazo de mi vida?

La lgica de esto argumento desconcert  lodos los _Miaus_ de ambos
sexos.

--Pero qu tonto!--insinu doa Pura con ganas de capitular,--crees t
que esto volver  pasar? Y adnde vas con tu hijo, adnde? Si el
pobrecito no quiere separarse de nosotros.

Poco le faltaba para llorar. Milagros dijo:

--No, lo que es el nio no sale de aqu.

--Vaya si sale!--sostuvo Cadalso con brutal resolucin.-- ver: saque
usted toda la ropita de mi hijo para juntarla con la ma.

--Pero, adnde le llevas?, bobo, simple... Qu cosas se te ocurren tan
disparatadas!

--Por sabido se calla. Su ta Quintina le criar y le educar mejor que
ustedes.

Doa Pura se sent, atacada de gran congoja, sudor fro y latidos
dolorosos del corazn. Vaya, que despus de la hija, la madre iba  caer
con la pataleta. Villaamil di una vuelta sobre s mismo, como si le
hiciera girar el vrtice de un cicln interior, y despus de parar en
firme; abrise de piernas, alz los brazos enormes, simulando la figura
de San Andrs clavado en las aspas, y rugi con toda la fuerza de sus
pulmones:

--Que se lo lleve... que se lo lleve con mil demonios! Mujeres locas,
mujeres cobardes, no sabis que _Morimos... Inmolados... Al...
Ultraje_?

Y tropezando en las paredes corri hacia el gabinete. Su mujer fu
detrs, creyendo que iba disparado  arrojarse por el balcn  la calle.




XXXIX


--No cedo, no cedo--dijo Vctor  Milagros, al quedarse solo con
ella.--Me llevo  mi hijo. Pero no comprende usted que no podr vivir
con tranquilidad dejndole aqu despus de lo que ha pasado hoy?

--Por Dios, hijo!--le respondi con dulzura _la pudorosa Ofelia_,
queriendo someterle por buenas.--Todo ello es una tontera... No volver
 suceder. No ves que es nuestro nico consuelo este mocoso?... y si
nos le quitas...

La emocin le cortaba la palabra. Call la artista, tratando de
disimular su pena, pues harto saba que como la familia mostrase vivo
inters en la posesin de Luisito, esto slo era motivo suficiente para
que el monstruo se obstinase en llevrsele. Crey oportuno dejar el
delicado pleito en las manos diplomticas de doa Pura, que saba tratar
 su yerno combinando la energa con la suavidad. Al ir la _Miau_ mayor
al gabinete en seguimiento de su marido, le encontr arrojado en un
silln, la cabeza entre las manos.

--Qu te parece que debemos hacer?--le dijo ella confusa, pues no haba
tenido tiempo an de tomar una resolucin. Grande, inmensa fu la
sorpresa de doa Pura, cuando su marido, irguiendo la frente, respondi
estas inverosmiles palabras:

--Que se lo lleve cuando quiera. Ser un trance doloroso verle salir de
aqu; pero qu remedio!... Por lo dems, no hay que remontarse, y digo
ms... digo que, en efecto, mejor estar el chiquillo con Quintina que
con... _vosotras_.

Al oir esto, _la figura de Fra Anglico_ examin en silencio, atnita,
el turbado rostro del cesante. La sospecha de que empezaba  perder la
razn, confirmse entonces, oyndole decir aquel gran desatino. Que
estar mejor con Quintina que con nosotras! Tu no ests en tu juicio,
Ramn.

--Y dejando  un lado lo que al nio convenga (atenuando su crueldad),
Vctor es su padre, y tiene sobre l ms autoridad que nosotros. Si l
quiere llevrsele...

--Es que no querr... Pues no faltaba otra! Vers cmo arreglo yo  ese
truhn...

--Yo no le dira una palabra, ni me rebajara  tratar con l (cayendo
en gran aplanamiento, sedacin enrgica de su furia pasada). Yo le
dejara hacer su gusto. Tiene la autoridad, s  no? Pues si la tiene,
 nosotros nos corresponde callar y sufrir.

--Pues no dice que callemos y suframos (espantada y briosa), cuando ese
vil nos quiere quitar nuestra nica alegra?... T no ests bueno. Te
aseguro que Vctor se llevar al nio, pero ha de ser  la fuerza,
atropellndonos, y no sin que yo le arranque las orejas  ese perro.

--Pues mi opinin es no cuestionar con semejante tipo... Se me figura
que si le veo otra vez delante de m, le muerdo... Siento algo como una
ansiedad fsica de clavar los dientes en alguien. Crelo, mujer, la
Administracin est deshonrada; ya no podr decir _el probo_ y _sufrido
personal_ de Hacienda, como se deca antes. Y lo que en cuanto 
nivelacin del presupuesto, que se limpien. Con esta chusma que va
invadiendo la casa, es imposible.

--Pero  qu me sacas ahora la Administracin (exaltada), ni qu tiene
que ver el burro con las tmporas? Ay, Ramn, t no ests bueno! Djame
 m de _probos_... Que les parta un rayo. Mrate en tu espejo, y abre
esos ojos, brelos...

--Abiertos, muy abiertos los tengo! (Intencionadamente.) Y qu
horizontes ante m!

Viendo que no poda ponerse de acuerdo con su marido, volvi 
emprenderla con Vctor, que no haba salido an. Contra la creencia de
Pura, el otro continuaba inflexible, sosteniendo su acuerdo con
tenacidad digna de mejor causa.  entrambas _Miaus_ se les habra podido
ahogar con un cabello, y Abelarda, confesndose autora del conflicto,
lloraba en su lecho como una Magdalena. Entre atender  su hija y
discutir con Vctor, doa Pura tena que duplicarse, corriendo de aqu
para all, mas sin poder dominar la afliccin de la una ni la implacable
contumacia del otro. Nunca haba visto al guapo mozo tan encastillado en
una resolucin, ni encontraba el busilis de tanta crueldad y firmeza.
Para ello habra sido preciso estar al tanto de lo ocurrido el da
anterior en casa de los de Cabrera. ste gan en segunda instancia el
famoso pleito de la casucha de Vlez-Mlaga, siendo Vctor condenado 
reintegrar el valor de la finca y al pago de costas. El irreconciliable
Ildefonso le haba echado ya el dogal al cuello y disponase  apretar,
retenindole la paga, persiguindole y acosndole sin piedad ni
consideracin. Pero del fallo judicial tom pie la muy lagarta de
Quintina para satisfacer sus aspiraciones maternales, y engatusando 
Cabrera con estudiadas zalameras y carantoas, obtuvo de l que
aprobara las bases del siguiente convenio: Se echara tierra al asunto;
Ildefonso pagara las costas (quedndose con la casa, se entiende). Y
Vctor les entregara  su hijo. Vi el cielo abierto Cadalso, y aunque
le haca mala boca arrancar al chiquillo del poder y amparo de sus
abuelos, hubo de aceptar  ojos cerrados. Todo se reduca  pasar un mal
rato en casa de las _Miaus_,  recibir algn araazo de Pura y otro de
Milagros y una dentellada quizs de Villaamil. He aqu muy claro el
mvil de la determinacin por la cual hubo de cambiar de casa y de
familia el clebre Cadalsito.

En lo ms recio del trajn que Milagros y Pura traan, corriendo de
Abelarda inconsolable  Vctor inflexible, con escala en Luisito, que
tambin haba vuelto  gimotear, entr Ponce. No poda venir en peor
ocasin, y su presunta suegra, contrariada con la visita, le enchiquer
en la sala para decirle: Ese trasto de Vctor nos ha hecho una pillada.
Hemos tenido aqu hoy una verdadera tragedia. Figrese usted que ha dado
en llevarse al chiquitn, arrancndolo de este hogar, donde se ha
criado. Estamos consternadsimas. Abelarda, al ver que ese verdugo se
llevaba al nio  viva fuerza, cay con un sncope atroz, pero atroz. En
la cama la tenemos, hecha un mar de llanto. Ay, hijo, qu rato hemos
pasado!

Por fin, como Abelarda estaba vestida sobre el lecho, se permiti 
Ponce pasar  verla. La insignificante no lloraba ya; tena los ojos
encendidos, los miembros desmadejados. El nclito mancebo se sent  la
cabecera, apretndole la mano y permitindose el inefable exceso de
besrsela cuando no estaba presente la mam, quien repiti delante de su
hija la versin dada al novio sobre el suceso del da.

--Pero qu malo es ese hombre!--dijo el crtico  su amada.--Es una
bestia apocalptica.

--No lo sabes t bien--respondi la chica, mirando fijamente  su novio
mientras ste se acariciaba con el pauelo sus siempre hmedos
lagrimales.--Alma ms negra no ech Dios al mundo... Mira t que es
maldad; querer quitarnos  Luisito, nuestro encanto, nuestra dicha!
Desde que naci est con nosotras. Nos debe la vida, porque le hemos
cuidado como  las nias de nuestros ojos; le sacamos adelante del
sarampin y la tos ferina, con mil sacrificios. Qu ingratitud, y qu
infamia! Ya ves lo pacfica que soy. Ms que pacfica soy cobarde,
inofensiva, pues hasta cuando mato una pulga me da lstima del pobre
animalito. Pues bien;  ese hombre, si  mano le tuviera, creo que le
atravesara de parte  parte con un cuchillo... Para que veas.

--Sosigate, minina--dijo Ponce con voz meliflua.--Ests excitada. No
hagas caso t. Me quieres mucho?

--Vaya si te quiero!--replic Abelarda, plenamente decidida  tirarse
por el Viaducto, es decir,  casarse con Ponce.

--Tu mam te habr dicho que hemos fijado el 3 de Mayo, da de la Cruz.
Qu largo me est pareciendo el tiempo y con que lentitud corren noches
y das.

--Pero todo llega... Detrs de un da viene otro--dijo Abelarda mirando
al techo.--Todos los das son enteramente iguales.

Las conferencias entre las dos _Miaus_ y Vctor duraron hasta que ste
sali vestido de etiqueta, y toda la diplomacia de la una y los ruegos
quejumbrosos de la otra no ablandaron el duro corazn de Cadalso. Lo ms
que obtuvieron fu aplazar la traslacin de Luis hasta el da siguiente.
Enterado Villaamil de esto, sali y dijo  su yerno con sequedad:

--Yo te prometo, te doy mi palabra de que lo llevar yo mismo  casa de
Quintina. No hay ms que hablar... No necesitas t volver ms ac.

 esto respondi el monstruo que por la noche volvera  mudarse de
ropa, aadiendo benvolamente que el acto de llevarse al hijo no
significaba prohibicin de que le vieran sus abuelos, pues podan ir 
casa de Quintina cuando gustaran, y que as lo advertira l  su
hermana.

--Gracias, seor elefante--dijo doa Pura con desdn.

Y Milagros:

--Lo que es yo... all?... Ests t fresco!

Faltaba todava un dato importante para apreciar la gravedad del asunto;
faltaba conocer la actitud del interesado, si se prestara de buen grado
 cambiar de familia,  si, por el contrario, se resistira con la
irreductible firmeza propia de la edad inocente. Su abuela, en cuanto
el monstruo se fu, empez  disponer el nimo del chico para la
resistencia, asegurndole que la ta Quintina era muy mala, que le
encerrara en un cuarto obscuro, que la casa estaba llena de unas
culebronas muy grandes y de bichos venenosos. Oa Cadalsito estas cosas
con incredulidad, porque realmente eran papas demasiado gordas para que
las tragase un nio ya crecidito y que empezaba  conocer el mundo.

Aquella noche nadie tuvo apetito, y Milagros se llevaba para la cocina
las fuentes lo mismo que haban ido al comedor. Villaamil no despleg
los labios sino para desmentir las terrorficas pinturas que su mujer
haca del domicilio de Cabrera. No hagas caso, hijo mo; la ta
Quintina es muy buena, y te cuidar y te mimar mucho. No hay all sapos
ni culebras, sino las cosas ms bonitas que puedes imaginarte; santos
que parece que estn hablando, estampas lindsimas y altares soberbios,
y... la mar de cosas. Vas  estar muy  gusto.

Oyendo esto, Pura y Milagros se miraban atnitas, sin poder explicarse
que el abuelo se pasase descarada y cobardemente al enemigo. Qu vena
le daba de apoyar la inicua idea de Vctor, llegando hasta defender 
Quintina y pintando su casa como un paraso infantil? Lstima que la
familia no estuviera en fondos, pues de lo contrario, lo primero sera
llamar  un buen especialista en enfermedades de la cabeza para que
estudiara la de Villaamil y dijere lo que dentro de ella ocurra.




XL


Cadalsito tampoco tuvo ganas de comer y menos de estudiar. Mientras le
acostaban, la tita, completamente repuesta de aquel salvaje desvaro y
sin tener de l ms que vaga reminiscencia, le bes y le hizo extremadas
caricias, no sin cierta escama del pequeo y aun de doa Pura. Milagros
se qued all  dormir aquella noche, por lo que pudiera tronar.

Luis cogi pronto el sueo; pero  media noche despert con los sntomas
anunciadores de la visin. Su ta Milagros cuid de arroparle y hacerle
mimos, acostndose al fin con l para que se tranquilizase y no tuviera
miedo. Lo primero que vi el chiquillo al adormilarse, fu una extensin
vaca, un lugar indeterminado, cuyos horizontes se confundan con el
cielo, sin accidente alguno, casi sin trminos, pues todo era igual, lo
prximo y lo lejano. Discurri si aquello era suelo  nubes, y luego
sospech si sera el mar, que nunca haba visto ms que en pintura. Mar
no deba de ser, porque el mar tiene olas que suben y bajan, y la
superficie aqulla era como la de un cristal. All lejos, muy lejos,
distingui  su amigo el de la barba blanca, que se aproximaba
lentamente recogiendo el manto con la mano izquierda y apoyndose con la
otra en un bastn grande  bculo como el que usan los obispos. Aunque
vena de muy lejos y andaba despacio, pronto lleg delante de Cadalsito,
sonriendo al verle. Acto continuo se sent. Dnde, si all no haba
piedra ni silla? Todo ello era maravilloso en grado sumo, pues por
encima de los hombros del Padre vi Luis el respaldo de uno de los
sillones de la sala de su casa. Pero lo ms estupendo de todo fu que el
buen abuelo, inclinndose hacia l, le acarici la cara con su preciosa
mano. Al sentir el contacto de los dedos que haban hecho el mundo y
cuanto en l existe, sinti Cadalso que por su cuerpo corra un temblor
gustossimo.

--Vamos  ver--le dijo el amigo,--he venido desde la otra parte del
mundo slo por echar un prrafo contigo. Ya s que te pasan cosas muy
raras. Tu ta... Parece mentira que querindote tanto!... T entiendes
esto? Pues yo tampoco. Te aseguro que cuando lo vi, me qued como quien
ve visiones. Luego tu pap, empeado en llevarte con la ta Quintina...
Sabes t el porqu de estas cosas?

--Pues yo--opin Luis con timidez, asombrndose de tener ideas propias
ante la sabidura eterna--creo que de todo lo que est pasando tiene la
culpa el Ministro.

--El Ministro! (asombrado y sonriente).

--S, seor, porque si ese to hubiera colocado  mi abuelo, todos
estaran contentos y no pasara nada.

--Sabes que me ests pareciendo un sabio de tomo y lomo?

--Mi abuelo furioso porque no le colocan y mi abuela lo mismo, y mi ta
Abelarda tambin. Y mi ta Abelarda no puede ver  mi pap, porque mi
pap le dijo al Ministro que no colocara  mi abuelo. Y como no se
atreve con mi pap, porque puede ms que ella, la emprendi conmigo.
Despus se puso  llorar... Dgame, mi ta es buena  es mala?

--Yo estoy en que es buena. Hazte cuenta que el achuchn de hoy fu de
tanto como te quiere.

--Vaya un querer! Todava me duele aqu, donde me clav las uas... Me
tiene mucha tirria desde un da que le dije que se casara con mi pap.
Usted no sabe? Mi pap la quiere; pero ella no le puede ver.

--Eso s que es raro.

--Como usted lo oye. Mi pap le dijo una noche que estaba enamoradsimo
de ella, por lo fatal... sabe? y que l era un condenado, y qu s yo
qu...

--Pero  ti quien te mete  escuchar lo que dicen las personas mayores?

--Yo... estaba all... (alzando los hombros).

--Vaya, vaya! Qu cosas ocurren en tu casa! Se me figura que ests en
lo cierto: el pcaro del Ministro tiene la culpa de todo. Si hubiera
hecho lo que yo le dije, nada de esto pasara. Qu le costaba, en
aquella casona tan llena de oficinas, hacer un hueco para ese pobre
seor? Pero nada, no hacen caso de m, y as anda todo. Verdad que
tienen que atender  ste y al otro, y cuanto yo les digo, por un odo
les entra y por otro les sale.

--Pues que le coloquen ahora... vaya! Si usted va all y lo manda
pegando un bastonazo fuerte con ese palo en la mesa del Ministro...

--Qui! No hacen caso. Pues si consistiera en bastonazos, por eso no
haba de quedar. Los doy tremendos, y como si no.

--Entonces, contro! (envalentonado por tanta benevolencia), cundo le
van  colocar?

--Nunca--declar el Padre con serenidad, como si aquel _nunca_ en vez de
ser desesperante fuera consolador.

--Nunca! (no entendiendo que esto se dijera con tanta calma). Pues
estamos aviados!

--Nunca, s, y te aadir que lo he determinado yo. Porque vers: para
qu sirven los bienes de ese mundo? Para nada absolutamente. Esto, que
t habrs odo muchas veces en los sermones, te lo digo yo ahora con mi
boca, que sabe cuanto hay que saber. Tu abuelito no encontrar en la
tierra la felicidad.

--Pues dnde?

--Parece que eres bobo. Aqu,  mi lado. Crees que no tengo yo ganas de
trarmele para ac?

--Ah!... (abriendo la boca todo lo que abrirse poda). Entonces... eso
quiere decir que mi abuelo se muere.

--Y verdaderamente, chico,  cuento de qu est tu abuelo en este mundo
feo y malo? El pobre no sirve ya para nada. Te parece bien que viva
para que se ran de l, y para que un Ministrillo le est desairando
todos los das?

--Pero yo no quiero que se muera mi abuelo...

--Justo es que no lo quieras... pero ya ves... l est viejo, y, crelo,
mejor le ir conmigo que con vosotros. No lo comprendes?

--S (diciendo que s por cortesa, pero sin estar muy convencido...)
Entonces... el abuelo se va  morir pronto?

--Es lo mejor que puede hacer. Advirteselo t; dile que has hablado
conmigo, que no se apure por la credencial, que mande al Ministro 
freir esprragos, y que no tendr tranquilidad sino cuando est conmigo.
Pero qu es eso? Por qu arrugas las cejas? No comprendes eso,
tontn? Pues no dices que vas  ser cura y  consagrarte  m? Si as
lo piensas, vete acostumbrando  estas ideas. No te acuerdas ya de lo
que dice el Catecismo? Aprndetelo bien. El mundo es un valle de
lgrimas, y mientras ms pronto sals de l, mejor. Todas estas cosas,
y otras que irs aprendiendo, las has de predicar t en mi plpito
cuando seas grande, para convertir  los malos. Vers cmo haces llorar
a las mujeres, y dirn todas que el padrito _Miau_ es un pico de oro.
Dime, no ests en ser clrigo y en ir aprendiendo ya unas miajas de
misa, un poco de latn y todo lo dems?

--S, seor... Murillo me ha enseado ya muchas cosas: lo que significa
_aleluya_ y _gloria patri_, y s cantar lo que se canta cuando alzan, y
cmo se ponen las manos al leer los santsimos Evangelios.

--Pues ya sabes mucho. Pero es menester que te apliques. En casa de tu
ta Quintina vers todas las cosas que se usan en mi culto.

--Me quieren llevar con la ta Quintina. Qu le parece?... voy?

Al llegar aqu, Cadalsito, alentado por la amabilidad de su amigo, que
le acariciaba con sus dedos las mejillas, se tom la confianza de
corresponder con igual demostracin, y primero tmidamente, despus con
desembarazo, le tiraba de las barbas al Padre, quien nada haca para
impedirlo, ni se incomodaba diciendo como Villaamil: _en qu cochino
bodegn hemos comido juntos?_

--Sobre eso de vivir  no con los Cabreras, yo nada te digo. T lo
deseas por la novelera de los juguetes eclesisticos, y al mismo tiempo
temes separarte de tus abuelitos. Sabes lo que te aconsejo? Que
llegado el momento, hagas lo que te salga de dentro.

--Y si me lleva mi pap  la fuerza sin dejarme pensarlo?

--No s... me parece que  la fuerza no te llevar. En ltimo caso,
haces lo que mande tu abuelo. Si l te dice:  casa de Quintina, te
callas, y andando.

--Y si me dice que no?

--No vas. Psate sin los altaritos, y entretanto, sabes lo que haces?
Le dices al amigo Murillo que te d otra pasada de latn, de ese que l
sabe, que te explique bien la misa y el vestido del cura, cmo se pone
el cngulo, la estola, cmo se preparan el cliz y la hostia para la
consagracin... en fin, Murillito est muy bien enterado, y tambin
puede ensearte  llevar el Vitico  los enfermos, y lo que se reza por
el camino.

--Bueno... Murillo sabe mucho; pero su padre quiere que sea abogado.
Qu estpido! Dice l que llegar  Ministro, y que se casar con una
moza muy guapa. Qu asco!

--S que es un asco.

--Tambin _Posturas_ tena malas ideas. Una tarde nos dijo que se iba 
echar una querida y  jugar  la timba. Qu cree usted? Fumaba colillas
y era muy mal hablado.

--Todas esas maas se le quitan aqu.

--Dnde est que no le veo con usted?

--Todos castigados. Sabes lo que me han hecho esta maana? Pues entre
_Posturitas_ y otros pillos que siempre estn enredando, me cogieron el
mundo, sabes?, aquel mundo azul que yo uso para llevarlo en la mano, y
lo echaron  rodar, y cuando quise enterarme, se haba cado al mar.
Cost Dios y ayuda sacarlo. La suerte que es un mundo figurado, sabes?,
que no tiene gente, y no hubo que lamentar desgracias. Les di una mano
de cachetes como para ellos solos. Hoy no me salen del encierro...

--Me alegro. Que la paguen. Y dgame, dnde les encierra?

La celestial persona, dejndose tirar de las barbas, miraba sonriendo 
su amigo, como si no supiera qu decir.

--Dnde les encierra?...  ver... diga...

La curiosidad de un nio es implacable, y ay de aquel que la provoca y
no la satisface al momento! Los tirones de barba debieron de ser
demasiado fuertes, porque el bondadoso viejo, amigo de Luis, hubo de
poner coto  tanta familiaridad.

--Que dnde les encierro?... Todo lo quieres saber. Pues les
encierro... donde me da la gana.  ti qu te importa?

Pronunciada la ltima palabra, la visin desapareci sbitamente, y
quedse el buen Cadalso hasta la maana, durante el sueo, atormentado
por la curiosidad de saber dnde les encerraba... Pero dnde diablos
les encerrara?




XLI


No pareci Vctor en toda la noche; pero  la maana, temprano, fu 
reiterar la temida sentencia respecto  Luis, no cediendo ni ante las
conminaciones de doa Pura, ni ante las lgrimas de Abelarda y Milagros.
El chiquillo, afectado por aquel aparato luctuoso, se mostr rebelde 
la separacin; no quera dejarse vestir ni calzar; rompi en llanto, y
Dios sabe la que se habra armado sin la intervencin discreta de
Villaamil, que sali de su alcoba diciendo: Pues es forzoso separarnos
de l, no atosigarle, no afligir  la pobre criatura. Asombrbase
Vctor de ver  su suegro tan razonable, y le agradeca mucho aquel
criterio consolador, que le permitira realizar su propsito sin apelar
 la violencia, evitando escenas desagradables. Milagros y Abelarda,
viendo el pleito perdido, retirronse  llorar al gabinete. Pura se
meti en la cocina echando de su boca maldiciones contra los Cabreras,
los Cadalsos y dems razas enemigas de su tranquilidad, y en tanto
Vctor le pona las botas  su hijo, tratando de llevrsele pronto,
antes que surgieran nuevas complicaciones.

--Vers, vers--le deca--qu cosas tan monas te tiene all la ta
Quintina: santos magnficos, grandes como los que hay en las iglesias,
y otros chiquitos para que t enredes con ellos; vrgenes con mantos
bordados de oro, luna de plata  los pies, estrellas alrededor de la
cabeza, tan majas... vers... Y otras cosas muy divertidas...
candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios...

--Y les puedo poner fuego y menearlos para que den olor?

--S, vida ma. Todo es para que t te entretengas y vayas aprendiendo,
y  los santos puedes quitarles la ropa para ver cmo son por dentro, y
luego volvrsela  poner.

Villaamil se paseaba en el comedor oyendo todo esto. Como observara que
Luis, despus de aquel entusiasmo por el uso del incensario, volvi 
caer en su morria, gimoteando: Yo quiero que la abuela me lleve y se
est all conmigo, hubo de meter su cuarto  espadas en la
catequizacin, y acaricindole, le dijo:

--Tienes all tambin altares chicos con velitas y araas de este
tamao, custodias as, casullitas bordadas, un sagrario que es una
monada, una manga-cruz que la puedes cargar cuando quieras, y otras
preciosidades... como, por ejemplo...

No saba por dnde seguir, y Vctor supli su falta de inventiva
aadiendo:

--Y un hisopo de plata que echa agua bendita por todos lados, y, en fin,
un cordero pascual...

--De carne?

--No, hombre... Digo, s, vivo...

Para abreviar la penosa situacin y acelerar el momento crtico de la
salida, Villaamil ayud  ponerle la chaqueta; pero aun no le haban
abrochado todos los botones, cuando Madre de Dios! sale doa Pura hecha
una pantera y arremete contra Vctor, badila en mano, diciendo:

--Asesino, vete de mi casa! No me robars esta joya!... Vete,  te
abro la cabeza!

Y lo mismo fu oir las otras _Miaus_ aquella voz airada, salieron
tambin chillando en la propia cuerda. En suma, que aquello se iba
poniendo feo.

--Puesto que ustedes no quieren que sea por buenas, ser por malas--dijo
Vctor ponindose  salvo de las uas de las tres furias.--Pedir
auxilio  la justicia. l aqu no se ha de quedar. Conque ustedes
vern...

Villaamil intervino, diciendo con voz conciliadora, sacada
trabajosamente del fondo de su oprimido pecho:

--Calma, calma. Ya lo tenamos arreglado, cuando estas mujeres nos lo
echan  perder. Vyanse para adentro.

--Eres un estafermo--le dijo la esposa, ciega de ira.--T tienes la
culpa, porque si te pusieras de nuestra parte, entre todos habamos
ganado la partida.

--Cllate t, loca, que harto s yo lo que tengo que hacer. Fuera de
aqu todo el mundo!

Pero Luisito, viendo  sus tas y abuela tan interesadas por l, volvi
 mostrar resistencia. Pura no se contentaba con menos que con sacarlo
los ojos  su yerno, y aquello iba  acabar malamente. La suerte que
aquel da estaba Villaamil tan razonable y con tal dominio de s mismo y
de la situacin, que pareca otro hombre. Sin saber cmo, su
respetabilidad se impuso.

--Mientras t ests aqu--dijo  Vctor, sacndole con hbil movimiento
de la cuna del toro,  sea de entre las manos tiesas de doa Pura,--no
adelantaremos nada. Vete, y yo te doy mi palabra de que llevar  mi
nieto  casa de Quintina. Djame  m, djame... No te fas de mi
palabra?

--De su palabra s, pero no de su capacidad para reducir  estos
energmenos.

--Yo los reducir con razones. Descuida. Vete, y esprame all.

Habiendo logrado tranquilizar  su yerno, entr en gran parola con la
familia, agotando su ingenio en hacerles ver la imposibilidad de impedir
la separacin del chiquillo.

--No veis que si nos resistimos vendr el propio juez  quitrnosle?

Media hora dur el alegato, y por fin las _Miaus_ parecieron resignadas;
convencidas, nunca.

--Lo primero que tenis que hacer--les dijo, deseando alejarlas en el
momento crtico de la salida,--es iros  la sala cantando bajito. Yo me
entiendo con Luis. Si l no va  dejar de querernos porque se vaya con
Quintina!... y adems, su padre me ha prometido que le traer todos los
das  vernos, y los domingos  pasar el da en casa...

Abelarda se retir la primera, llorando, como quien se aparta de la
persona agonizante para no verla morir. Despus se fu Milagros, y
finalmente Pura, quien no se hubiera resignado,  no domarla su esposo
con este ltimo argumento:

--Si porfiamos, vendr el juez esta tarde. Figrate qu escena!
Apuremos el cliz, y Dios castigar al infame que nos le ofrece.

Solo con Luis, el abuelo estuvo  punto de perder su estudiada,
dificilsima compostura, y echarse  llorar. Se trag toda aquella hiel,
invocando mentalmente al cielo con esta frase:

--Terrible es la separacin, Seor, pero es indudable que estar mucho
mejor all, mucho mejor... Vamos, Ramn, nimo, y no te amilanes.

Pero no contaba con su nieto, que, oyendo el gimoteo de las tas, volvi
 las andadas, y cuando se acercaba el instante fiero de la partida, se
afligi diciendo:

--Yo no quiero irme.

--No seas tonto, Luis--le amonest el anciano.--Crees t que si no
fuera por tu bien te sacaramos de casa? Los nios bonitos y dciles
hacen lo que se les manda. Y que no puedes t figurarte, por mucho que
yo te las pondere, las preciosidades que Quintina tiene all para tu uso
particular.

--Y puedo yo cogerlo todo para m, y hacer con ello lo que me d la
gana?--pregunt el chiquillo con la ansiedad avariciosa que en la edad
primera revela el egosmo sin freno.

--Pues quin lo duda? Hasta puedes romperlo si te acomoda.

--No, romper no. Las cosas de la iglesia no se rompen--declar el nio
con cierta uncin.

--Bueno... vamos ya... Saldremos calladitos para que no nos sientan
sas... y no se alboroten... Pues vers; entre otras cosas, hay una
pilita bautismal, que es una monera; yo la he visto.

--Una pila... con mucha agua bendita?

--Cabe tanta agua como en la tinaja de la cocina... Vamos (cargndoselo
 cuestas). Mejor ser que yo te lleve en brazos...

--Y esa pila es para bautizar personas?

--Claro!... Con ella puedes t jugar todo lo que quieras, y de paso vas
aprendiendo, para cuando seas cura, la manera de cristianar  un peln.

Atraves Villaamil con paso recatado el corredor y recibimiento,
llevando  su nieto en brazos, y como durante la peligrosa travesa el
chico prosiguiese con su flujo de preguntas, sin bajar la voz, el abuelo
le puso una mano por tapaboca, susurrndole al odo: S, puedes
bautizar nios, todos los nios que quieras. Y tambin hay mitras  la
medida de tu cabeza y capitas doradas y un bculo para que te vistas de
obispn y nos eches bendiciones...

Con esto franquearon la puerta, que Villaamil no cerr  fin de evitar
el ruido. La escalera la baj  trancos, como ladrn que huye cargando
el objeto robado, y una vez en el portal, respir y dej su carga en el
suelo: ya no poda ms. No estaba l muy fuerte que digamos, ni
soportaba pesos, aun tan livianos como el de su nietecillo. Temeroso de
que Paca y Mendizbal cometiesen alguna indiscrecin, esquiv sus
saludos. La mujerona quiso decir algo  Luis, condolindose de su
marcha; pero Villaamil anduvo ms listo; dijo _volvemos_, y sali  la
calle ms pronto que la vista.

El temor de que Luis cerdease otra vez, le estimul  reforzar en la
calle sus mentirosas artimaas de catequista:

--Tienes all tan gran cantidad de flores de trapo para altares, que
slo para verlas todas necesitas un ao... y velas de todos colores... y
la mar de cirios... Pues hay un San Fernando vestido de guerrero, con
armadura, que te dejar pasmado, y un San Isidro con su yunta de bueyes,
que parecen naturales. El altar chico para que t digas tus misas es
ms bonito que el de Monserrat...

--Dime, abuelito, y confesionario, no tengo?

--Ya lo creo!... y muy majo... con rejas, para que las mujeres te
cuenten sus pecados, que son muchsimos... Te digo que vas  estar muy
bien, y cuando crezcas un poquito, te encontrars hecho cura sin
sentirlo, sabiendo tanto como el padre Bohigas, de Monserrat,  el
propio capelln de las Salesas Nuevas, que ahora sale  cannigo.

--Y yo, ser cannigo, abuelito?

--Pues qu duda tiene?... y obispo, y hasta puede que llegues  Papa.

--El Papa es el que manda en todos los curas?...

--Justamente... Ah! tambin vers all un monumento de Semana Santa,
que lo menos tiene mil piezas, qu s yo cuntas estatuas, todo blanco y
como de alfeique. Parece que acaba de salir de la confitera.

--Y se come, abuelo, se come?--pregunt Cadalsito, tan vivamente
interesado en todo aquello, que su casa, su abuela y sus tas se le
borraron de la mente.

--Quin lo duda? Cuando te canses de jugar le pegas una
dentellada--respondi Villaamil, ya vuelto tarumba, pues su imaginacin
se agotaba, y no saba de qu echar mano.

Andaba el abuelo rpidamente por la acera de la calle Ancha, y  cada
paso suyo daba Cadalsito tres, cogido de la mano paterna,  ms bien
colgado. Don Ramn se detuvo bruscamente y gir sobre s mismo,
dirigindose hacia la parte alta de la calle, donde est el Hospital de
la Princesa. Fijse Luis en la incongruencia de esta direccin, y
observ, impacientndose:

--Pero, abuelo, no vamos  casa de la ta Quintina en la calle de los
Reyes?

--S, hijo mo; pero antes daremos una vuelta por aqu para que tomes el
sol.

En el cerebro del afligido anciano se determin un retroceso sbito,
semejante al rechazo de la enrgica idea que informaba todos los actos
referentes  la cesin y traslado de su nieto. ste segua charla que te
charla, preguntando sin cesar, tirndole  su abuelo del brazo cuando
las respuestas no empalmaban inmediatamente con las interrogaciones. El
abuelo contestaba por monoslabos, evasivamente, pues todo su espritu
se reconcentraba en la vida interior del pensar. Cabizbajo, fijos los
ojos en el suelo como si contara las rayas de las baldosas, apechugaba
con la cuesta, tirando de Luisito, el cual no adverta la congoja de su
abuelo, ni el temblor de sus labios, articulando en baja voz la
expresin de las ideas. No es un verdadero crimen lo que voy  hacer,
, mejor dicho, dos crmenes?... Entregar  mi nieto, y despus...
Anoche, tras larga meditacin, me parecieron ambas cosas muy acertadas,
y consecuencia la una de la otra. Porque si yo voy ... cesar de vivir
muy pronto, mejor quedara Luis con los Cabreras que con mi familia... Y
pens que mi familia le criara mal, con descuido, consintindole mil
resabios... eso sin contar el peligro de que est al lado de Abelarda,
que volver  las andadas cualquier da. Los Cabreras me son
antipticos; pero les tengo por gente ordenada y formal. Qu diferencia
de Pura y Milagros! stas, con su msica y sus tonteras, no sirven para
nada. As pens anoche, y me pareci lo ms cuerdo que  humana cabeza
pudiera ocurrirse... Por qu me arrepiento ahora y me entran ganas de
volver  casa con el chico? Es que estar mejor con las Miaus que con
Quintina? No, eso no... Es que desmaya en m la resolucin salvadora
que ha de darme libertad y paz? Es que te da ahora el antojillo de
seguir viviendo, cobarde? Es que te halagan el cuerpo los melindres de
la vida?

Atormentado por cruelsima duda, Villaamil ech un gran suspiro, y
sentndose en el zcalo de la verja del hospital que cae al paseo de
Areneros, cogi las manos del nio y le mir fijamente, cual si en sus
inocentes ojos quisiera leer la solucin del terrible conflicto. El
chico arda de impaciencia; pero no se atrevi  dar prisa  su abuelo,
en cuyo semblante notaba pena y cansancio.

--Dime, Luis--propuso Villaamil, abrazndole con cario.--Quieres t
de veras irte con la ta Quintina? Crees que estars bien con ella, y
que te educarn  instruirn los Cabreras mejor que en casa? Hblame con
franqueza.

Puesta la cuestin en el terreno pedaggico, y descartado el aliciente
de la juguetera eclesistica, Luis no supo qu contestar. Busc una
salida, y al fin la hall:

--Yo quiero ser cura.

--Corriente; t quieres ser cura y yo lo apruebo... Pero suponiendo que
yo falte, que Pura y Milagros se vayan  vivir con Abelarda, seora de
Ponce, con quin te parece  ti que estaras mejor?

--Con la abuela y la ta Quintina juntas.

--Eso no puede ser.

Cadalsito alz los hombros.

--Y no temeras t, si siguieras donde estabas, que mi hija se
alborotase otra vez y te quisiera matar?

--No se alborotar--dijo Cadalsito con admirable sabidura.--Ahora se
casa y no volver  pegarme.

--De modo que t... no tienes miedo? Y entre la ta Quintina y
nosotros, qu prefieres?

--Prefiero... que vosotros vivis con la ta.

Ya tena Villaamil abierta la boca para decirle: Mira, hijo, todo eso
que te he contado de los altaritos es msica. Te hemos engaado para
que no te resistieses  salir de casa; pero se contuvo, esperando que
el propio Luis esclareciese con alguna idea primitiva, sugerida por su
inocencia, el problema tremendo. Cadalsito mont una pierna sobre la
rodilla de su abuelo, y echndole una mano al hombro para sostenerse
bien, se dej decir:

--Lo que yo quiero es que la abuela y la ta Milagros se vengan  vivir
con Quintina.

--Y yo?--pregunt el anciano, atnito de la pretericin.

--T? Te dir. Ya no te colocan... entiendes? ya no te colocan, ni
ahora ni nunca.

--Por dnde lo sabes? (con el alma atravesada en la garganta).

--Yo lo s. Ni ahora ni nunca... Pero maldita la falta que te hace.

--Cmo lo sabes? Quin te lo ha dicho?

--Pues... yo... Te lo contar; pero no lo digas  nadie... Veo  Dios...
Me da as como un sueo, y entonces se me pone delante y me habla.

Tan asombrado estaba Villaamil, que no pudo hacer ninguna observacin.
El chico prosigui:

--Tiene la barba blanca, es tan alto como t, con un manto muy bonito...
Me dice todo lo que pasa... y todo lo sabe, hasta lo que hacemos los
chicos en la escuela...

--Y cundo le has visto?

--Muchas veces: la primera en las Alarconas, despus aqu cerca, y en
el Congreso y en casa... Me da primero como un desmayo, me entra fro, y
luego viene l y nos ponemos  charlar... Qu, no lo crees?

--S, hijo, s lo creo (con emocin vivsima); pues no lo he de creer?

--Y anoche me dijo que no te colocarn, y que este mundo es muy malo, y
que t no tienes nada que hacer en l, y que cuanto ms pronto te vayas
al cielo, mejor.

--Mira t lo que son las cosas:  m me ha dicho lo mismo.

--Pero t le ves tambin?

--No, tanto como verlo... no soy bastante puro para merecer esa
gracia... pero me habla alguna vez que otra.

--Pues eso me dijo... Que morirte pronto es lo que te conviene, para que
descanses y seas feliz.

El estupor de Villaamil fu inmenso. Eran las palabras de su nieto como
revelacin divina, de irrefragable autenticidad.

--Y  ti qu te cuenta el Seor?

--Que tengo que ser cura... ves? lo mismo, lo mismito que yo deseaba...
y que estudie mucho latn y aprenda pronto todas las cosas...

La mente del anciano se inund, por decirlo as, de un sentido
afirmativo, categrico, que exclua hasta la sombra de la duda,
estableciendo el orden de ideas firmsimas  que deba responder en el
acto la voluntad con decisin inquebrantable.

--Vamos, hijo, vamos  casa de la ta Quintina--dijo al nieto,
levantndose y cogindole de la mano.

Le llev aprisa, sin tomarse el trabajo de catequizarle con
descripciones hiperblicas de juguetes y chirimbolos sacro-recreativos.
Al llamar  la puerta de Cabrera, Quintina en persona sali  abrir.
Sentado en el ltimo escaln, Villaamil cubri de besos  su nieto,
entregle  su ta paterna, y baj  escape sin siquiera dar  sta los
buenos das. Como al bajar creyese oir la voz del chiquillo que
gimoteaba, aviv el paso y se puso en la calle con toda la celeridad que
sus flojas piernas le permitan.




XLII


Era ya cerca de medio da, y Villaamil, que no se haba desayunado,
sinti hambre. Tir hacia la plaza de San Marcial, y al llegar  los
vertederos de la antigua huerta del Prncipe Po, se detuvo  contemplar
la hondonada del Campo del Moro y los trminos distantes de la Casa de
Campo. El da era esplndido, raso y bruido el cielo de azul, con un
sol picn y alegre; de estos das precozmente veraniegos en que el calor
importuna ms por hallarse an los rboles despojados de hoja.
Empezaban  echarla los castaos de Indias y los chopos; apenas
verdegueaban los pltanos; y las soforas, gleditchas y dems leguminosas
estaban completamente desnudas. En algunos ejemplares del rbol del amor
se vean las rosadas florecillas, y los setos de aligustre ostentaban ya
sus lozanos renuevos, rivalizando con los evonymus de perenne hoja.
Observ Villaamil la diferencia de tiempo con que las especies arbreas
despiertan de la somnolencia invernal, y respir con gusto el aire tibio
que del valle del Manzanares suba. Dejse ir, olvidado de su buen
apetito, camino de la Montaa, atravesando el jardinillo recin plantado
en el relleno, y di la vuelta al cuartel, hasta divisar la sierra, de
ntido azul con claros de nieve, como mancha de acuarela extendida sobre
el papel por la difusin natural de la gota, obra de la casualidad ms
que de los pinceles del artista.

--Qu hermoso es esto!--se dijo soltando el embozo de la capa, que le
daba mucho calor.--Parceme que lo veo por primera vez en mi vida,  que
en este momento se acaban de crear esta sierra, estos rboles y este
cielo. Verdad que en mi perra existencia llena de trabajos y
preocupaciones, no he tenido tiempo de mirar para arriba ni para
enfrente... Siempre con los ojos hacia abajo, hacia esta puerca tierra
que no vale dos cominos, hacia la muy marrana Administracin,  quien
parta un rayo, y mirndoles las cochinas caras  Ministros, Directores y
Jefes del Personal, que maldita gracia tienen. Lo que yo digo: cunto
ms interesante es un cacho de cielo, por pequeo que sea, que la cara
de Pantoja, la de Cucrbitas y la del propio Ministro!... Gracias  Dios
que saboreo este gusto de contemplar la Naturaleza, porque ya se
acabaron mis penas y mis ahogos, y no cavilo ms en si me darn  no me
darn el destino; ya soy otro hombre, ya s lo que es independencia, ya
s lo que es vida, y ahora me les paso  todos por las narices, y de
nadie tengo envidia, y soy... soy el ms feliz de los hombres.  comer
se ha dicho, y ole morena ma.

Di un par de castaetazos con los dedos de ambas manos, y volviendo 
liarse la capa, se dirigi hacia la cuesta de San Vicente, que recorri
casi toda, mirando las muestras de las tiendas. Por fin, ante una
taberna de buen aspecto se detuvo murmurando: Aqu deben de guisar muy
bien. Entra, Ramn, y date la gran vida. Dicho y hecho. Un rato despus
hallbase el buen Villaamil sentado ante una mesa redonda, de cuatro
patas, y tena delante un plato de guisado de falda olorossimo, un
cubierto cachicuerno, jarro de vino y pan. Da gusto--pensaba,
emprendindola resueltamente con el guisote--encontrarse as, tan libre,
sin compromisos, sin cuidarse de la familia... porque, en buena hora lo
diga, ya no tengo familia; estoy solo en el mundo, solo y dueo de mis
acciones... Qu gusto, qu placer tan grande! El esclavo ha roto sus
cadenas, y hoy se pone el mundo por montera, y ve pasar  su lado  los
que antes le opriman, como si viera pasar  Perico el de los Palotes...
Pero qu rico est este guisado de falda! En su vida compuso nada tan
bueno la simple de Milagros, que slo sabe hacerse los ricitos, y
cantarse y mayarse por todo lo alto aquello de _morrramo, morrramo_...
Parece un perrillo cuando le pellizcan el rabo... De veras est rica la
falda... Qu gracia tienen para sazonar en esta taberna! Y qu persona
tan simptica es el tabernero, y qu bien le sientan los manguitos
verdes, los zapatos de alfombra y la gorra de piel! Cunto ms guapo es
que Cucrbitas y que el propio Pantoja!... Pues seor, el vinillo es
fresco y picn... Me gusta mucho. Efectos de la libertad de que gozo, de
no importrseme un bledo de nadie, y de ver mi cabeza limpia de
cavilaciones y pesadumbres. Porque todo lo dejo bien arregladito: mi
hija se casa con Ponce, que es buen muchacho y tiene de qu vivir; mi
nieto en poder de Quintina, que le educar mejor que su abuela... y en
cuanto  esas dos pcoras, que carguen con ellas Abelarda y su marido...
En resolucin, ya no tengo que mantener el pico  nadie, ya soy libre,
feliz, independiente, y _me abro al cartagins incautamente_. Qu
dicha! Ya no tengo que discurrir  qu cristiano espetarle maana la
cartita pidiendo un anticipo. Qu descanso tan grande haber puesto
punto  tanta ignominia! El alma se me ensancha... respiro mejor, me ha
vuelto el apetito de mi mocedad, y  cuantas personas veo me dan ganas
de apretarles la mano y comunicarles mi felicidad.

Aqu llegaba del soliloquio, cuando entraron en la taberna tres
muchachos, sin duda recin salidos del tren, con sendos morrales al
hombro, vara en cinto, vestidos  usanza campesina, iguales en el
calzado, que era de alpargata, y distintos en el sombrero, pues el uno
lo traa de aparejo redondo, el otro boina y el tercero pauelo de seda
liado  la cabeza.

--Qu chicos tan gallardos!--dijo Villaamil contemplndoles embebecido,
mientras ellos, bulliciosos y maleantes, pedan al tabernero algo con
qu matar la feroz gazuza que traan.--Sern jvenes labradores que han
dejado la obscura pobreza de sus aldeas por venir  esta Babel 
pretender un destino que les d barniz de seoro y aire de personas
decentes?... Infelices! Y qu gran favor les hara yo en
desengaarles!

Sin ms deliberacin, se fu derecho  ellos dicindoles:

--Jvenes, pensad lo que hacis. Aun estis  tiempo. Volveos  vuestras
cabaas y dehesas, y huid de este engaoso abismo de Madrid, que os
tragar y os har infelices para toda la vida. Seguid el consejo de
quien os quiere bien, y volveos al campo.

--Qu dice este to?--contest el ms despabilado de ellos, ponindose
al hombro la chaqueta, que se le haba cado.--Otra que Dios con el
abuelo! Somos quintos de este reemplazo, y como no nos presentemos nos
afusilan...

--Ah! bueno, bueno... Si sois militares, la cosa muda de aspecto... 
defender la patria. Yo la defend tambin, saliendo en una compaa de
voluntarios cuando aquel pillo de Gmez se corri hacia Madrid... Pero
tambin os digo que no hagis caso de lo que os prediquen vuestros
jefes, y que os sublevis  las primeras de cambio, hijos. Despreciad al
gran pindongo del Estado... No sabis quin es el Estado?

Los tres chicos se rean, mostrando sus dentaduras sanas y frescas: sin
duda les haca mucha gracia la estantigua que tenan delante. Ninguno de
ellos supo quin era el Estado, y tuvo Villaamil que explicrselo en
esta forma:

--Pues el Estado es el mayor enemigo del gnero humano, y  todo el que
coge por banda lo divide... Mucho ojo... sed siempre libres,
independientes, y no tengis cuenta con nadie.

Uno de los mozos sac la vara del cinto y di con ella tan fuerte golpe
sobre la mesa, que por poco la parte en dos, gritando:

--Patrona, que tenemos mucha hambre. Por vida del condenado Solimn...
Vengan esas magras.

 Villaamil le cay en gracia esta viveza de genio, y admir la
juventud, la sangre hirviente de los tres muchachos. El tabernero les
rog que esperasen minutos, y les puso delante pan y vino para que
fueran matando el gusanillo. Pag entonces Villaamil, y el tabernero, ya
muy sorprendido de sus maneras originales, y tenindole por tocado, se
corri  ofrecerle una copita de Cariena. Acept el cesante, reconocido
 tanta bondad, y tomando la copa y levantndola en alto, brind por la
prosperidad del establecimiento. Los quintos berrearon:

--Madrid, cinco minutos de parada y fonda!... Viva la Nastasia, la
Bruna, la Ruperta y toas las mozas de Daganzo de Arriba!

Y como Villaamil elogiase, al despedirse del tabernero con mucha finura,
el buen servicio y lo bien condimentado del guiso, el dueo le contest:

--No hay otra como sta. Fjese en el rtulo: _La Via del Seor_.

--No, si yo no he de volver. Maana estar muy lejos, amigo mo. Seores
(volvindose  los chicos y saludndoles sombrero en mano), conservarse.
Gracias; que les aproveche... Y no olviden lo que les he dicho... ser
libres, ser independientes... como el aire. Vanme  m. Me pongo al
Estado por montera... Hasta ahora...

Sali arrastrando la capa, y uno de los mozos se asom  la puerta
gritando:

--Eh... abuelo, agrrese, que se cae!... Abuelo, que se le han quedado
las narices. Vuelva ac.

Pero Villaamil no oa nada, y sigui hacia arriba, buscando camino 
vereda por donde escalar la Montaa segunda vez. Encontrla al fin,
atravesando un solar vaco y otro ya cercado para la edificacin, y por
ltimo, despus de dar mil vueltas y de salvar hondonadas y de trepar
por la movediza tierra de los vertederos, lleg  la explanada del
cuartel y lo rode, no parando hasta las vertientes ridas que desde el
barrio de Argelles descienden  San Antonio de la Florida. Sentse en
el suelo y solt la capa, pues el vino por dentro y el sol por fuera le
sofocaban ms de lo justo.

--Qu tranquilo he almorzado hoy! Desde mis tiempos de muchacho, cuando
salimos en persecucin de Gmez, no he sido tan dichoso como ahora.
Entonces no era libre de cuerpo; pero de espritu s, como en el momento
presente; y no me ocupaba de si haba  no haba para mandar maana  la
plaza. Esto de que todos los das se ha de ir  la compra es lo que hace
insoportable la vida...  ver, esos pajarillos tan graciosos que andan
por ah picoteando, se ocupan de lo que comern maana? No; por eso son
felices; y ahora me encuentro yo como ellos, tan contento, que me
pondra  piar si supiera, y volara de aqu  la Casa de Campo, si
pudiese. Por qu razn Dios, vamos  ver, no le hara  uno pjaro, en
vez de hacerle persona?... Al menos que nos dieran  elegir. Seguramente
nadie escogera ser hombre, para estar descrismndose luego por los
empleos y obligado  gastar chistera, corbata, y todo este matalotaje
que, sobre molestar, le cuesta  uno un ojo de la cara... Ser pjaro s
que es cmodo y barato. Mrenlos, mrenlos tan campantes, pillando lo
que encuentran, y zampndoselo tan ricamente... Ninguno de stos estar
casado con una pjara que se llame Pura, que no sabe ni ha sabido nunca
gobernar la casa, ni conoce el ahorro...

Como viera los gorriones delante de s,  distancia de unas cuatro
varas, acercndose  brincos, cautelosos y audaces, para rebuscar en la
tierra, sac el buen hombre de su bolsillo el pan sobrante del almuerzo
que haba guardado en la taberna, y desmigajndolo, lo arroj  las
menudas aves. Aunque el movimiento de sus manos espant  los
animalitos, pronto volvieron, y descubierto el pan, ya se colige que
cayeron sobre l como fieras. Villaamil sonrea y se esponjaba
observando su voracidad, sus graciosos meneos y aquellos saltitos tan
cucos. Al menor ruido,  la menor proyeccin de sombra  indicio de
peligro, levantaban el vuelo; pero su loco apetito les traa pronto al
mismo lugar.

--Coman, coman tranquilos--les deca mentalmente el viejo, embelesado,
inmvil, para no asustarlos...--Si Pura hubiera seguido vuestro sistema,
otro gallo nos cantara. Pero ella no entiende de acomodarse  la
realidad. Cabe algo ms natural que encerrarse en los lmites de lo
posible? Que no hay ms que patatas... pues patatas... Que mejora la
situacin y se puede ascender hasta la perdiz... pues perdiz. Pero no
seor, ella no est contenta sin perdiz  diario. De esta manera
llevamos treinta aos de ahogos, siempre temblando; cuando lo haba,
comindonoslo  trangullones como si nos urgiese mucho acabarlo; cuando
no, viviendo de trampas y anticipos. Por eso, al llegar la colocacin ya
debamos el sueldo de todo un ao. De modo que perpetuamente estbamos
lo mismo, _ ti suspiramos_, y mirando para las estrellas... Treinta
aos as, Dios mo! Y  esto llaman vivir. Ramn, qu haces que no te
diriges  tal  cual amigo?... Ramn, en qu piensas? Crees que somos
camaleones?... Ramn, determnate  empear tu reloj, que la nia
necesita botas... Ramn, que yo estoy descalza, y aunque me puedo
aguantar as unos das, no puedo pasarme sin guantes, pues tenemos que
ir al beneficio de la Furranguini... Ramn, dile al habilitado que te
anticipe quinientos reales; son tus das, y es preciso convidar  las de
tal  cual... Ramn... Y que yo no haya sido hombre para trincar  mi
mujer y ponerle una mordaza en aquella boca, que debi de hacrsela un
fraile, segn es de pedigea! Cuidado que soportar esto treinta
aos!... Pero ya, gracias  Dios, he tenido valor para soltar mi cadena
y recobrar mi personalidad. Ahora yo soy yo, y nadie me tose, y por fin
he aprendido lo que no saba:  renegar de Pura y de toda su casta, y 
mandarlos  todos  donde fu el padre Padilla.

No pudiendo reprimir su entusiasmo y alegra, di tales manotadas, que
los pjaros huyeron.




XLIII


--No seis tontos... con vosotros nadie se mete. Por quin me tomis?
Por algn Ministro sin entraas, que quita el pan  los padres de
familia para darlo  cualquier gandul? Porque vosotros tambin sois
padres de familia y tenis hijitos que mantener. No os asustis, y tomad
ms miguitas... Creed que si mi mujer hubiera sido otra, la de Ventura,
por ejemplo, yo no habra llegado  esta situacin... La esposa de
Ventura, de quien la ma se burla tanto porque dice bacalao de
_Escuecia_, vale ms que ella cien veces... Con Pura no hay dinero que
alcance; ni la paga de un Director. El maldito suponer, el trapito, las
visitas, el teatro, los perendengues y el morro siempre estirado para
fingir dignidad de personas encumbradas, nos perdieron... No temis,
tontos; podis acercaros, aun tengo ms migas... En cuanto  Milagros,
vosotros convendris conmigo en que, si es buena y sencilla, no por eso
deja de ser una inutilidad como su hermana. Qu bien hizo aquel que se
tir al agua! Pues si no se tira y carga con ella,  estas horas se
habra ahogado cien mil veces quedndose vivo, que es lo peor que le
puede pasar  un cristiano... Entre las dos hermanitas me han tenido 
m lo mejor de mi vida con un dogal al cuello, aprieta que te
apretars... No dirn que me he portado mal con ellas, pues desde que me
cas... Ahora me ocurre que, cuando fu  pedir al seor Escobios la
mano de su hija, el apreciable mdico del Cuarto Montado debi arrearme
un bofetn que me volviera la cara del revs... Ay, cunto se lo
hubiera agradecido ms adelante!... Coman, coman tranquilos, que aqu no
estamos para quitarle el pan  la gente... Pues deca que desde que me
cas hasta la fecha, he sido vctima de la insubstancialidad y el
desgobierno de esas dos tarascas, y no podrn quejarse de que no he sido
sumiso y paciente, ni tampoco de que las abandono y las dejo en la
miseria, pues no me he determinado  recobrar mi libertad sino al saber
que quedan al amparo de Ponce, que es un bendito y les mantendr el
pico, pues para eso le dej todas sus migas el to notario. Ay, nclito
Ponce, y qu mochuelo te toca! Ya vers lo que es canela fina. Si no
tienes cuidado, pronto te liquidan... te evaporan, te volatilizan, te
sorben. All se las haya. Yo he cumplido... he cargado mi cruz treinta
aos; ahora, que la lleve otro... Se necesitan espaldas jvenes... y el
peso es maysculo, amigo Ponce. Ya lo vers... Si he de ser franco, te
dir que mi hija, sin ser un talento, vale ms que su mam y su ta;
tiene algunas ideas de orden y previsin; no es tan amiga de echar
plantas... Pero cuidadito con ella, Ponce amigo, porque  yo no entiendo
nada de afectos y afecciones de mujeres,   mi Abelarda le gustas t lo
mismo que un dolor de muelas. Nadie me quita de la cabeza que ese peine
de Vctor le haba sorbido los sesos... Pero csese en buen hora, y si
son felices las seoras _Miaus_, y aprenden ahora lo que ignoraban en mi
tiempo, yo me alegrar mucho y hasta las aplaudir desde all: vaya si
las aplaudir.

Con estas meditaciones, harto ms largas y difusas de lo que en la
narracin aparecen, se le fu pasando la tarde  Villaamil. Dos  tres
veces mud de sitio, destrozando impamente al pasar alguno de los
arbolillos que el Ayuntamiento en aquel erial tiene plantados. El
Municipio--deca--es hijo de la Diputacin Provincial y nieto del muy
gorrino del Estado, y bien se puede, sin escrpulo de conciencia, hacer
dao  toda la parentela maldita. Tales padres, tales hijos. Si
estuviera en mi mano, no dejara un rbol ni un farol... El que la hace
que la pague... y luego la emprendera con los edificios, empezando por
el Ministerio del cochino ramo, hasta dejarlo arrasadito, arrasadito...
como la palma de la mano. Luego, no me quedara vivo un ferrocarril, ni
un puente, ni un barco de guerra, y hasta los caones de las fortalezas
los hara pedacitos as.

Vagaba por aquellos andurriales, sombrero en mano, recibiendo en el
crneo los rayos del sol, que  la cada de la tarde calentaba
desaforadamente el suelo y cuanto en l haba. La capa la llevaba
suelta, y tuvo intenciones de tirarla, no hacindolo porque consider
que poda venirle bien  la noche, aunque fuese por breve tiempo. Parse
al borde de un gran talud que hay hacia la Cuesta de Areneros, sobre las
nuevas alfareras de la Moncloa, y mirando al rpido declive, se dijo
con la mayor serenidad: Este sitio me parece bueno, porque ir por aqu
abajo, dando vueltas de carnero; y luego, que me busquen... Como no me
encuentre algn pastor de cabras... Bonito sitio, y sobre todo, cmodo,
digan lo que quieran.

Pero luego no debi parecerle el lugar tan adecuado  su temerario
intento, porque sigui adelante, baj y volvi  subir, inspeccionando
el terreno, como si fuera  construir en l una casa. Ni alma viviente
haba por all. Los gorriones iban ya en retirada hacia los tejares de
abajo  hacia los rboles de San Bernardino y de la Florida. De repente,
le di al santo varn la vena de sacar un revlver que en el bolsillo
llevaba, montarlo y apuntar  los inocentes pjaros, dicindoles:
Pillos, granujas, que despus de haberos comido mi pan pasis sin darme
tan siquiera las buenas tardes, qu dirais si ahora yo os metiera una
bala en el cuerpo?... Porque de fijo no se me escapaba uno. Tengo yo
tal puntera!... Agradeced que no quiero quedarme sin tiros; pues si
tuviera ms cpsulas, aqu me las pagabais todas juntas... De veras que
siento ganas de acabar con todo lo que vive, en castigo de lo mal que se
han portado conmigo la Humanidad, y la Naturaleza, y Dios (con
exaltacin furiosa)... s, s: lo que es portarse, se han portado
cochinamente... Todos me han abandonado, y por eso adopto el lema que
anoche invent y que dice literalmente: _Muerte... Infamante... Al...
Universo..._.

Con esta cantata sigui buen trecho alejndose hasta que, ya cerrada la
noche, encontrse en los altos de San Bernardino que miran 
Vallehermoso, y desd all vi la masa informe del casero de Madrid con
su crestera de torres y cpulas, y el hormigueo de luces entre la
negrura de los edificios... Calmada entonces la exaltacin homicida y
destructora, volvi el pobre hombre  sus estudios topogrficos: Este
sitio s que es de primera... Pero no; me veran los guardas de Consumos
que estn en esos cajones, y quizs... son tan brutos... me estorbaran
lo que quiero y debo hacer... Sigamos hacia el cementerio de la
Patriarcal, que por all no habr ningn importuno que se meta en lo que
no le va ni le viene. Porque yo quiero que vea el mundo una cosa, y es
que ya me importa un pepino que se nivelen  no los presupuestos, y que
me ro del _income tax_ y de toda la indecente Administracin. Esto lo
comprender la gente cuando recoja mis... restos, que lo mismo me da
vayan  parar  un muladar que al propio panten de los Reyes. Lo que
vale es el alma, la cual se remonta volando  eso que llaman... el
empreo, que es por ah arriba detrs de aquellos astros que relumbran y
parecen hacerle  uno guios llamndole... Pero aun no es hora. Quiero
llegarme  ese puerco Madrid y decirle las del barquero  esas indinas
_Miaus_ que me han hecho tan infeliz.

El odio  su familia, ya en los ltimos das iniciado en su alma, y que
en aqul tomaba  ratos los vuelos de frenes demente  rabia feroz,
estall formidable, hacindole crispar los dedos, apretar reciamente la
mandbula, acelerar el paso con el sombrero echado atrs, la capa cada,
en la actitud ms estrafalaria y siniestra. Era ya noche obscura.
Resueltamente se dirigi al Conde-Duque, pas por delante del cuartel,
y al aproximarse  la plaza de las Comendadoras, andaba con paso
cauteloso, evitando el ser visto, buscando la sombra y mudando de
direccin  cada instante. Despus de meterse por la solitaria calle de
San Hermenegildo, volvi hacia la plazuela del Limn, rond la manzana
de las Comendadoras, aventurndose por fin  atravesar la calle de
Quiones y  observar los balcones de su casa, no sin cerciorarse antes
de que no estaban en el portal Mendizbal y su mujer. Agazapado en la
esquina de la plazuela obscura, solitaria y silenciosa, mir repetidas
veces hacia su casa, queriendo espiar si alguien entraba  sala...
Iran las _Miaus_ al teatro aquella noche? Vendran  la tertulia
Ponce y los dems amigos? En medio de su trastorno, supo colocarse en la
realidad, considerando al fin como seguro  inevitable que, alarmada por
la ausencia de su marido, Pura pona en movimiento  todos los ntimos
de la familia para buscarle.

Al amparo de la esquina, como ladrn  asesino que acecha el descuidado
paso del caminante, Villaamil alargaba el pescuezo para vigilar sin que
le vieran. Propiamente, su cuerpo estaba en la plazuela de las
Comendadoras y su cabeza en la calle de Quiones; su flcido cuello,
dotado de prodigiosa elasticidad, se doblaba sobre el ngulo mismo.
All sale el nclito Ponce de estampa. De seguro han ido  casa de
Pantoja, al caf,  todos los sitios que acostumbro frecuentar... Ese
que llega echando los bofes me parece que es Federico Ruiz. De fijo
viene de la prevencin  del juzgado de guardia... Habr salido 
averiguar... Pobrecillos, qu trabajo se toman! Y cunto gozo yo
vindoles tan afanados, y considerando  las _Miaus_ tan aturdiditas...
Fastidiarse; y usted, doa Pura de los infiernos, trague ahora la
cicuta; que durante treinta aos la he estado tragando yo sin
quejarme... Ah!, alguien sale y viene hacia ac... Me parece que es
Ponce otra vez. Agazapmonos en este portal... S, l es... (viendo al
crtico atravesar la plazuela de las Comendadoras).  dnde ir? Quizs
 casa de Cabrera. Trabajo te mando... Habr bobo igual? No, no me
encontraris; no me atraparis, no me privaris de esta santa libertad
que ahora gozo, bendita sea!, ni aunque revolvis el mundo entero me
daris caza, estpidos. Qu se pretende? (amenazando con el puo  un
ser invisible), que vuelva yo al poder de Pura y Milagros, para que me
amarguen la vida con aquel continuo pedir de dinero, con su desgobierno
y su majadera y su presuncin? No; ya estoy hasta aqu; se colm el
vaso... Si sigo con ellas me entra un da la locura, y con este
revlver... con este revlver (cogiendo el mango del arma dentro del
bolsillo y empundolo con fuerza) las despacho  todas... Ms vale que
me despache yo, emancipndome y yndome con Dios... Ah! Pura, Purita,
se acab el suplicio. Hinca tus garras en otra vctima. Ah tienes 
Ponce con dinero fresco; cbate en l... ah me las den todas... Cunto
me voy  reir!... Porque esta doa Pura es atroz, querido Ponce, y como
se encuentre con barro  mano, se arm la fiesta, y mesa y ropa y todo
ha de ser de lo ms fino, sin considerar que maana faltar la condenada
libreta... Ay, Dios mo! El ltimo de los artesanos, el triste mendigo
de las calles me han causado envidia en esta temporada; as como ahora,
desahogado y libre, no me cambio por el rey; no, no me cambio; lo digo
con toda el alma.




XLIV


Fuera del portal, y vuelta  los atisbos. Sale ahora el chico de
Cuevas, afanadillo y presuroso.  dnde ir?... Busca, hijo, busca, que
ya te lo pagar doa Pura con una copita de moscatel... Pues la
bobalicona de Milagros estar con el alma en un hilo, porque la infeliz
me quiere... Es natural; ha vivido conmigo tantos aos y ha comido mi
pan... Y si vamos  poner cada cosa en su punto, tambin Pura me
quiere...  su modo, s. Yo tambin las quise mucho; pero lo que es
ahora, las aborrezco  las dos, qu digo  las dos?,  las tres, porque
tambin mi hija me carga... Son tres apuntes que se me han sentado
aqu, en la boca del estmago, y cuando pienso en ellas, la sangre
parece que se me pone como metal derretido, y la tapa de los sesos se me
quiere saltar... Vaya con las tres _Miaus_!... Bien haya quien os puso
tal nombre! No ms vivir con locas. Vaya por dnde le di  mi dichosa
hijita! Por enamoriscarse de Vctor!... Porque,  yo no lo entiendo, 
aquello era amor de lo fino... Qu mujeres, Dios santo! Prendarse de un
zascandil porque tiene la cara bonita, sin reparar... Y que l la
desprecia, no hay duda... Me alegro... Bien empleado le est. Chpate
las calabazas, imbcil, y vuelve por ms, y csate con Ponce...
Francamente, si uno no se suprimiese por salvarse de la miseria, debiera
hacerlo por no ver estas cosas.

Como observara luz en el gabinete, se encalabrin ms: Esta noche,
Purita de mis entretelas, no hay teatrito, verdad? Gracias  Dios que
est usted con la pierna quebrada. Jorobarse!... Ya la veo  usted
arbitrando de dnde sacar el dinero para el luto. Lo mismo me da.
Squelo usted... de donde quiera. Venda mi piel para un tambor  mis
huesos para botones... Magnfico, admirable, deliciooooso!...

Al decir esto vi  Mendizbal en la puerta, y ste, por desgracia, le
vi tambin  l. Grandes fueron la alarma y turbacin del anciano al
notar que el memorialista le observaba con ademn sospechoso. Ese
animal me ha conocido y viene tras de m, pens Villaamil deslizndose
pegado al muro de las Comendadoras. Antes de volver la esquina, mir, y,
en efecto, Mendizbal le segua paso  paso, como cazador que anda
quedito tras la res, procurando no espantarla. En cuanto traspuso el
ngulo, Villaamil, recogindose la capa, apret  correr despavorido con
cuanta rapidez pudo, creyendo escuchar los pasos del otro y que un
enorme brazo se alargaba y le coga por el cogote. Mal rato pas el
infeliz. La suerte que no haba nadie por aquellos barrios, pues si pasa
gente, y  Mendizbal se le ocurre gritar _ se_!, en aquel mismo
punto hubiera acabado la preciosa libertad del buen cesante. Huy con
increble ligereza, atravesando la plazuela del Limn, pas por delante
del cuartel, temeroso de que la guardia le detuviese, y siguiendo la
calle del Conde-Duque, mir hacia atrs, y vi que Mendizbal, aunque le
segua, quedaba bastante lejos. Sin tomar aliento, encaminse hacia la
desierta explanada, y antes que su perseguidor pudiera verle, se ocult
tras un montn de baldosas. Sacando la cabeza con gran precaucin y sin
sombrero por un hueco de su escondite, vi al hombre-mono desorientado,
mirando  derecha  izquierda, y con preferencia  la parte del paseo de
Areneros, por donde crey se haba escabullido la caza. Ah! sectario
del obscurantismo, queras cogerme? No te mirars en ese espejo. S yo
ms que t, monstruo, feo, ms feo que el hambre, y ms neo que Judas.
Ya sabes que siempre he sido liberal, y que antes morir que soportar el
despotismo. Vete al cuerno, grandsimo reaccionario, que lo que es  m
no me encadenas t... Me futro en tu absolutismo y en tu inquisicin.
Jerngate, animal, carca y liberticida, que yo soy libre y liberal y
demcrata, y anarquista y petrolero, y hago mi santsima voluntad...

Aunque perdiera de vista al feo _gorilla_, no las tena todas consigo.
Conocedor de la fuerza herclea de su portero, saba que si ste le
echaba la zarpa, no le soltara  dos tirones; y para evitar su
encuentro, se agach buscando la sombra y amparo de los sillares 
rimeros de adoquines que de trecho en trecho haba. Protegido por la
densa obscuridad, volvi  ver al memorialista, que al parecer se
retiraba desesperanzado de encontrarle. Abur, lechuzo, sicario del
fanatismo y opresor de los pueblos... Miren qu facha, qu brazos y qu
cuerpo! No andas  cuatro pies por milagro de Dios. Jorbate y bscame,
y date tono con doa Pura, dicindole que me viste... Zngano, neo,
salvaje, los demonios carguen contigo.

Cuando se crey seguro, volvi  internarse en las calles, siempre con
el recelo de que Mendizbal le iba  los alcances, y no daba un paso sin
revolver la vista  un lado y otro. Crea verle salir de todos los
portales  agazapado en todos los rincones obscuros, acechndole para
caer encima con salto de mono y coraje de len. Al doblar la esquina del
callejn del Cristo para entrar en la calle de Amaniel, pataplm!
ctate  Mendizbal hablando con unas mujeres. Afortunadamente, el
memorialista le volva la espalda y no pudo verle. Pero Villaamil,
vindose cogido, tuvo una inspiracin sbita, que fu meterse por la
primera puerta que hall  mano. Encontrse dentro de una taberna. Para
justificar su brusco ingreso, pasado el primer instante de sobresalto,
fuse al mostrador y pidi Cariena. Mientras le servan observ la
concurrencia: dos sargentos, tres paisanos de chaqueta corta y cuatro
mozas de malsimo pelaje. Vaya unas chicas guapas y elegantes!--dijo
mirndolas, al beber, por encima del vaso.--Vase por dnde me entran
ahora ganas de echarles alguna flor... yo que desde que llev  Pura al
altar no he dicho  ninguna mujer _por ah te pudras_!... Pero con la
libertad parece que me remozo, y que me resucita la juventud... vaya...
y me bailan por el cuerpo unas alegras... Cuidado que pasarse un
hombre seis lustros sin acordarse de ms mujer que la suya!... Qu
cosas!... Vamos, que tambin me da por beberme otra copa... Treinta aos
de virtud disculpan que uno eche ahora media docena de canas al aire...
(Al tabernero.) Dme usted otra copita... Pues lo que es las mozas me
estn gustando; y si no fuera por esos gandules que las cortejan, les
dira yo algo por donde comprendiesen lo que va de tratar con caballeros
 andar entre gansos y soldaduchos... Debiera trabar conversacin, al
menos para dar tiempo  que desfile Mendizbal... Dios mo, lbrame de
esa fiera ultramontana y facciosa!... Nada, que me gustan las nias;
sobre todo aquella que tiene el moo alto y el mantn colorado...
Tambin ella me mira, y... Ojo, Ramn, que estas aventuras son
peligrosas. Modrate, y para hacer ms tiempo, toma una copita ms.
Paisano, otra...

La partida sali, y Villaamil, calculando con rpida inspiracin, se
dijo: Me meto entre ellos, y si an est el esperpento ah, me
escabullo mezclado con estos galanes y estas seoras. As lo hizo, y
sali confundido con las mozas, que  l le parecan de ley, y con los
militares. Mendizbal no estaba en la calle ya; pero don Ramn no las
tena todas consigo y sigui tras la patulea, pegado  ella lo ms
posible, reflexionando: En ltimo caso, si el orangutn ese me ataca,
es fcil que estos bravos militares salgan  defenderme... Vas bien,
Ramn, no temas... La sacrosanta libertad, hija del Cielo, no te la
quita ya nadie.

Al llegar cerca de las Capuchinas, vi que la alegre banda desapareca
por la calle de Juan de Dios. Oy carcajadas de las desenvueltas
muchachas, y juramentos y voquibles de los hombres. Mirando con
tristeza y envidia el grupo: Oh dichosa edad de la despreocupacin y
del _qu se me da  m_! Dios os la prolongue. Haced todos los
disparates que se os ocurran, jvenes, y pecad todo lo que podis, y
reos del mundo y sus incumbencias, antes que os llegue la negra y
caigis en la horrible esclavitud del pan de cada da y de la posicin
social.

Al decir esto, todas sus ideas accesorias  incidentales se
desvanecieron, dejando campar sola y dominante la idea constitutiva de
su lamentable estado psicolgico. Debe de ser tarde, Ramn. Apresrate
 ponerte punto final. Dios lo dispone. De aqu pas al recuerdo de
Luis, de quien tan cerca estaba, pues el anciano haba entrado en la
calle de los Reyes. Parse frente  la casa de Cabrera, y mirando hacia
el segundo, solt en el embozo de su capa estas expresiones: Luisn,
nio mo, t, lo ms puro y lo ms noble de la familia, digno hijo de tu
madre,   quien voy  ver pronto, qu tal te encuentras con esos
seores? Extraas la casa? Tranquilzate, que ya te irs acostumbrando
 ellos; son buenas personas, tienen mucho arreglo, gastan poco, te
criarn bien, harn de ti un hombre. No te pese haber venido. Haz caso
de m que te quiero tanto, y hasta me dan ganas de rezarte, porque t
eres un santo en flor y te han de canonizar... como si lo viera. Por tu
boca inocente se me confirm lo que ya se me haba revelado... y yo que
aun dudaba, desde que te o, ya no dud ms. Adis, chiquillo celestial;
tu abuelito te bendice... mejor sera decirte que te pide la bendicin,
porque eres un santito, y el da que cantes misa, vers, vers qu
alegra hay en el Cielo... y en la tierra... Adis, tengo prisa...
Durmete, y si eres desgraciado y alguien te quita tu libertad, sabes
lo que haces? pues te largas de aqu... hay mil maneras... y ya sabes
dnde me tienes... Siempre tuyo...

Esto ltimo lo dijo andando hacia la plaza de San Marcial con reposado
continente, como hombre que vuelve  su casa sin prisa, cumplidos los
deberes de la jornada. Encontrse de nuevo en los vertederos de la
Montaa, en lugares  donde no llega el alumbrado pblico, y los
altibajos del terreno ponanle en peligro de dar con su cuerpo en tierra
antes de sazn. Por fin, se detuvo en el corte de un terrapln reciente,
en cuyo movedizo talud no se poda aventurar nadie sin hundirse hasta la
rodilla, amn del peligro de rodar al fondo invisible. Al detenerse,
asaltle una idea desconsoladora, fruto de aquella costumbre de ponerse
en lo peor y hacer clculos pesimistas. Ahora que veo cercano el
trmino de mi esclavitud y mi entrada en la Gloria Eterna, la maldita
suerte me va  jugar otra mala pasada. Va  resultar (sacando el arma)
que este condenado instrumento falla... y me quedo vivo   medio
morir, que es lo peor que puede pasarme, porque me recogern y me
llevarn otra vez con las condenadas _Miaus_... Qu desgraciado soy! Y
suceder lo que temo... como si lo viera... Basta que yo desee una cosa,
para que suceda la contraria... Quiero suprimirme? Pues la perra suerte
lo arreglar de modo que siga viviendo.

Pero el procedimiento lgico que tan buenos resultados le diera en su
vida, el sistema aquel de imaginar el reverso del deseo para que el
deseo se realizase, le inspir estos pensamientos: Me figurar que voy
 errar el jeringado tiro, y como me lo imagine bien, con obstinacin
sostenida de la mente, el tirito saldr... Siempre la contraria! Conque
 ello... Me imagino que no voy  quedar muerto, y que me llevarn  mi
casa... Jess! Otra vez Pura y Milagros, y mi hija, con sus salidas de
pie de banco, y aquella miseria, aquel pordioseo constante... y vuelta
al pretender,  importunar  los amigos... Como si lo viera: este
cochino revlver no sirve para nada. Me enga aquel armero indecente
de la calle de Alcal?... Probmoslo,  ver... pero de hecho me quedo
vivo... slo que... por lo que pueda suceder, me encomiendo  Dios y 
San Luisito Cadalso, mi adorado santn... y... Nada, nada, este chisme
no vale... Apostamos  que falla el tiro? Ay! Antipticas _Miaus_,
cmo os vais  reir de m!... Ahora, ahora...  que no sale?

Retumb el disparo en la soledad de aquel abandonado y tenebroso lugar;
Villaamil, dando terrible salto, hinc la cabeza en la movediza tierra,
y rod seco hacia el abismo, sin que el conocimiento le durase ms que
el tiempo necesario para poder decir: Pues... s...

Madrid, Abril de 1888.

FIN DE LA NOVELA










End of the Project Gutenberg EBook of Miau, by Benito Prez Galds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MIAU ***

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